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Libro N° 4107. La Guerra Del Fuego. Rosny, J. H.

Guillermo Molina Miranda mayo 04, 2025

 


© Libro N° 4107. La Guerra Del Fuego. Rosny, J. H. Colección E.O. Agosto 26 de 2017.

Título original: ©  La guerre du feu

 

Versión Original: © La Guerra Del Fuego. J. H. Rosny

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2016/04/la-guerra-del-fuego-j-h-rosny.html

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LA GUERRA DEL FUEGO

J. H. Rosny

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA GUERRA DEL FUEGO

CIFRAS Y LETRAS: UNA CRONOLOGÍA

PRIMERA PARTE

I.- La muerte del fuego.

II.- Los mamuts y los aurocs.

III.- En la caverna.

IV. - El león gigante y la tigresa.

V.- Bajo los bloques de piedra.

VI.- La huida en la noche.

SEGUNDA PARTE

I.- Las cenizas.

II.- El acecho delante del fuego.

III.- A orillas del Gran Río-

IV.- La alianza entre el hombre y el mamut.

V.- Para el fuego.

VI.- La búsqueda de Gaw.

VII.- La vida con los mamuts.

TERCERA PARTE

I.- Los enanos rojos.

II.- La arista granítica.

III.- La noche en el pantano.

IV.- El combate entre los sauces.

V.- Los hombres que mueren.

VI.- En el país de las aguas.

VII.- Los hombres de pelo azul.

VIII.- El oso gigante en el desfiladero.

IX.- La roca.

X.- Aghoo el velludo.

XI.- En la noche de las eras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA GUERRA DEL FUEGO

 

En el alba de los tiempos la muerte del fuego ha dejado a la tribu de los Oulhamr sumidos en la noche más espantosa. Los rojos dientes del fuego les protegían de sus enemigos.

Los guerreros tendrán que vérselas con el oso gris, el león gigante, la tigresa, los devoradores de hombres, los mamuts, los enanos rojos, los hombres sin hombros, los hombres de pelo azul y el oso de las cavernas, para conquistar el fuego; el premio será la bella y misteriosa Gammla. Esta novela, de ámbito prehistórico, inspiró la película "En busca del fuego".

Joseph Henri Honoré Boux, que adoptó el nombre de J-H Rosny (el Mayor), nació en Bruselas en 1856. Colaboró en importantes publicaciones de la época y estuvo vinculado a la Academia Goncourt, de la que fue elegido presidente en 1926.

La búsqueda de una literatura que ensanchara el espíritu humano y llegara a la comprensión del Universo, le llevará a escribir su ciclo de novelas prehistóricas, en las que parece conservar la memoria de otro tiempo y comprender el sentido de la muerte y de lo inexorable.

Esta obra se publicó anteriormente en castellano en 1947 con el título "La conquista del fuego".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título Original: La guerre du feu

Traductor: Lassaletta Cano, Rafael

©1911, Rosny, J.-H.

©1995, Salvat

Colección: Novela histórica, 37

ISBN: 9788434590809

Generado con: QualityEPUB v0.28

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA GUERRA DEL FUEGO

J.H. Rosny Ainé

SALVAT

Traducción: Rafael Lassaletta

Traducción cedida por Editorial EDAF, S.A.

Título original: La guerre du feu

© 1995 Salvat Editores, S.A. (Para la presente edición) ©1992 Editorial EDAF, S.A.

ISBN: 84-345-9042-5 (Obra completa)

ISBN: 84-345-9080-8 (Volumen 37)

Depósito Legal: B-8138-1995

Publicado por Salvat Editores, S.A., Barcelona

Impreso por CAYFOSA. Marzo 1995

Printed in Spain - Impreso en España

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el alba de los tiempos la muerte del fuego ha dejado a la tribu de los Oulhamr sumidos en la noche más espantosa. Los rojos dientes del fuego les protegían de sus enemigos.

Los guerreros tendrán que vérselas con el oso gris, el león gigante, la tigresa, los devoradores de hombres, los mamuts, los enanos rojos, los hombres sin hombros, los hombres de pelo azul y el oso de las cavernas, para conquistar el fuego; el premio será la bella y misteriosa Gammla. Esta novela, de ámbito prehistórico, inspiró la película "En busca del fuego".

Joseph Henri Honoré Boux, que adoptó el nombre de J-H Rosny (el Mayor), nació en Bruselas en 1856. Colaboró en importantes publicaciones de la época y estuvo vinculado a la Academia Goncourt, de la que fue elegido presidente en 1926.

La búsqueda de una literatura que ensanchara el espíritu humano y llegara a la comprensión del Universo, le llevará a escribir su ciclo de novelas prehistóricas, en las que parece conservar la memoria de otro tiempo y comprender el sentido de la muerte y de lo inexorable.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CIFRAS Y LETRAS: UNA CRONOLOGÍA

 

 

1856

17 de febrero: nacimiento de J.H. Rosny Ainé (el Mayor), de nombre auténtico Joseph Henri Honoré Boéx, en el 67 de la calle del Marché- au-Charbon, en Bruselas. Su padre, originario de Lille, tenía allí una mercería. Su madre había nacido en Malinas, en una familia de ascendencia flamenca y holandesa.

1859

21 de julio: nacimiento de J.H. Rosny Jeune (el Joven), de nombre verdadero Justin François Boéx, en la misma dirección.

1863

Fallecimiento del padre de R.A. La señora Boéx vende la mercería y se instala con sus siete hijos en Laeken, al norte de Bruselas, en una casa modesta pero con jardín y un amplio huerto.

1869

R.A., a los 13 años de edad, termina un primer libro de versos. Es sorprendente constatar que aunque R.A. se ha dedicado a lo largo de su larga carrera a la mayor parte de los géneros literarios, apenas ha escrito poesía.

1871

R.A. abandona la École Moyenne de Bruselas, en donde había entrado gracias a su tío farmacéutico, Pépin Tubiex (¡el cual moriría a los 104 años de edad!).

R.A. entra en una casa comercial de Bruselas. Por la noche sigue cursos de inglés y de escritura. Publica sus primeros artículos en la prensa belga.

R.A. traba relaciones de amistad con Alphonse Daudet.

1875

R.A. encuentra un empleo en Londres en una empresa de telégrafos privada. Trabaja por la noche. Durante el día frecuenta las bibliotecas, los museos, descubre la pintura de Turner, perfecciona su inglés y colabora incluso en algunos periódicos. Aparecen sus primeras novelas. Su hermano Justin, impresionado, también proyecta escribir.

1880

Matrimonio de R.A. con una londinense, Gertrude Holmes. Proyecto de instalarse en Gran Bretaña. Viajes frecuentes al continente, entre otros lugares a París, donde Justin se ha instalado ya. Los dos hermanos piensan seriamente escribir en colaboración, bajo un seudónimo común.

1885

R.A. abandona Londres para domiciliarse definitivamente en París. Hace su primera contribución literaria en Francia en La Revue Moderniste.

1886

Aparece en la Nouvelle Librairie Parisienne el primer libro firmado J.H. Rosny: Nell Horn de l'Arme de Salut, subtitulado «Novela de costumbres londinenses». La acogida de la crítica es más bien entusiasta, pero de la obra sólo se venden 225 ejemplares. Se fija en él, sin embargo, Edmond de Goncourt, quien decide incluir el nombre de R. A - en una primera lista de la futura academia.

«29 de octubre del 86. Señor, Acabo de leer Nell Horn y encuentro grandes cualidades en su libro. Con independencia del interés de los detalles londinenses, una cosa me encanta de usted: el esfuerzo del estilo, la aspiración del artista. Me encontrará todos los miércoles desde la una a las cinco y me causará un gran placer conversar con usted del libro aparecido y de los que tiene en la cabeza. Una vez más, mis más sinceras felicitaciones. EDMOND DE GONCOURT.»

1887

Aparición de Xipéhuz en Savine, la primera obra de auténtica ciencia ficción de la literatura francesa. R.A. conoce a Stéphane Mallarmé.

Firma con Paul Bonnetain, Lucien Descaves, Paul Margueritte y Gustave Guiches la «Declaración de los Cinco», dirigida contra La Terre, de Emilio Zola, de la que hace las consideraciones siguientes: «No sólo la observación es superficial, los trucos pasados de moda, la narración común y desprovista de características, sino que además la nota indecente se exacerba, se extiende a suciedades tan bajas que, a veces, creeríamos estar ante un libro de escatología. El Maestro ha descendido al fondo de la inmundicia». (Citado por Anatole France en La Vie littéraire, primera serie, París, Calmann-Lévy, 1913, p. 226.). Más adelante, R.A. se retractará de esa declaración y dirá de ella que fue «una pobre aventura».

Inicio de innumerables colaboraciones en diversos diarios y periódicos de la época, entre los que se cuentan: La Revue Moderne, La Revue Indépendante, La Justice, Le Figaro, La Revue Illustré, Le Figaro Illustrée, Le Temps, Cosmopolis, Le Gil Blas, La Revue Hebdomadaire, La Revue Pratique, La Grande Revue, Les Arts et la Vie, La Vie Heureuse, Echos de Paris, La Petite République, La Contemporaine, L'Illustration, etc. Firma algunos textos como Henri de Noville.

R.A. responde a la célebre encuesta de Jules Huret acerca de la evolución literaria (aparecerá en 1894). Afirma querer hacer otra cosa: «Una literatura más compleja, más alta, un avance hacia el ensanchamiento del espíritu humano, con la comprensión más profunda, más analítica y más justa del universo entero y de los individuos más humildes, adquirida con la ciencia y con la filosofía de los tiempos modernos». Esta otra cosa será precisamente el ciclo de las novelas prehistóricas.

1892

En La Revue Hebdomadaire aparece Vamireh, la primera obra prehistórica de R.A. El libro es publicado en volumen en Kolb. Será reimpreso en 1902 por Plon. R.A. firma su primera traducción literaria, Le Scarabée d'or, de Edgar Allan Poe (Dentu).

1896

El matrimonio de R.A. es un fracaso que termina en divorcio. El matrimonio que se deshace tiene cuatro hijos. «Casada demasiado joven, la pequeña inglesa no estaba preparada en absoluto para mantener el papel que debía ser el suyo. La personalidad poderosa del hombre con el que se había casado la espantaba. No le entendió jamás, y no supo adaptarse a él. Ese matrimonio, y las pesadas cargas que de él se derivaban, influyeron en J.H. Rosny Ainé.

Hay que encontrar ahí la causa de la desigualdad y la abundancia de su producción, que desconciertan a sus admiradores más convencidos. Con amargura, él mismo calificaba de alimentarias a algunas de sus obras.» (Robert Borel-Rosny, Pour le 25 anniversaire de sa mortJ.H. Rosny Ainé, París, Les Annales, marzo de 1965, p. 47.). En Mon Franc Parler, cuarta serie, Francois Coppée se inclina por la obra novelesca de R.A.

R.A. firma con el nombre de Enacryos un libro titulado La Flute de Pan. Otras obras, Amour étrusque y Les Femmes de Setné, aparecerán también con la misma firma «antigua». El 1 de febrero, el Teatro Nacional del Odeón representa por primera vez una pieza en tres cuadros de R. A., La Promesse. R.A. es nombrado caballero de la Legión de Honor.

1900

R.A. vuelve a casarse con Marie Borel.

1902

R.A. tradujo Pablo de Segovie el gran tacaño, de Francisco de Quevedo. La obra es ilustrada con 120 dibujos de Daniel Vierge y contiene un estudio sobre este admirable artista del libro realizado por Roger Marx.

1903

M. León Prunol de Rosny, un orientalista, persigue judicialmente a los hermanos Rosny, pretextando un uso abusivo de su patronímico como seudónimo literario. Hace valer el riesgo evidente de confusión aportando como prueba una carta que le ha dirigido León Tolstói, concebida en estos términos: «¿No es usted uno de los hermanos Rosny, los autores de Bilatéral? Si es así, mi estima se transformaría en admiración». Esta queja levanta protestas en el mundo de las letras. El tribunal da la razón a los escritores. Prunol de Rosny apela, pero la Primera Cámara confirma la sentencia precedente.

R.A. participa en la primera sesión de la Academia Goncourt, a la que algunos llaman entonces «la sociedad literaria de los Goncourt».

Incluye, además de los dos hermanos Rosny, a Léon Daudet, Jons-Karl Huysmans, Octave Mirbeau, Léon Hennique, Paul Marguenitte, Gustave Geffroy, Elémir Bourges y Lucien Descaves. El 21 de diciembre se concede el Primer Premio Goncourt a Jean-Antoine Nau por Force ennemie, que es, sorprendentemente, una novela de anticipación.

1905

R.A. escribe un prefacio para Les Chevaliers teutoniques, de Henryk Sienkiewicz, que traducen del polaco el conde Wodzincki y B. Kosakiewicz (Fasquelle). Es promovido al cargo de oficial de la Legión de Honor.

1907

Georges Casella publica la primera monografía consagrada a R.A. en la colección «Las Celebridades de hoy en día», en la editorial Sansot, en París. La obra, de 63 páginas, sintetiza bastante bien las diversas formas del autor. Por su parte, en La Grande Revue (1 y 16 de marzo de 1907), M.-C. Poinsot publica sobre él un importante estudio. Los dos hermanos Rosny deciden poner fin a su colaboración literaria.

«No colabora con su hermano: se yuxtaponen. Su hermano terminaba un libro que había comenzado el mayor, y recíprocamente. Es a base de fraternidad, digo yo. Pero también de concordancia. Mi hermano tiene menos palabras que yo a su disposición, pero pensamos lo mismo.» (Jules Renard, Journal inédit. Paris, Bernouard, 1927, p. 1422.).

A partir de ese momento, los dos hermanos firmarán respectivamente como J-H Rosny Ainé y J-H Rosny Jeune. Este último no escribirá apenas obras interesantes firmándolas él solo.

Los Goncourt participan en una de las sesiones más apasionadas para la atribución de su premio anual. Tras once turnos de escrutinio, Marc Elder gana el premio con Le Peuple de la mer, en detrimento de dos famosos outsiders, Alain-Fournier y Valery Larbaud. Su fallo hará las delicias de los cronistas.

1914

En el alba de la Primera Guerra Mundial, R. A. recibe la corbata de comandante de la Legión de Honor.

1919

En la Academia Goncourt, R. A. es uno de los más vivos partidarios de Marcel Proust, quien obtiene el Premio por A sombre des jeunes filíes en fieurs. «Es alguien que escucha, su inteligencia es amplia, e incluye zonas variadas. En general, los hombres de letras, incluso los mejor dotados, no tienen muchas zonas. Su inteligencia, que puede ser muy viva, está acantonada; la mayor parte de las zonas no son sino tinieblas. Proust está ávido de conocer, se extiende, viaja en el tiempo y el espacio, se encamina hacia la metafísica y rodea la ciencia. Parece interesarse por lo que yo llamo el cuarto universo, interroga, desarrolla, sugiere particularidades interesantes.» (Une soirée chez Proust. En Portraits el souvenirs, de R. A., Paris, Compagnie Francaise des Arts Graphiques, 1945, p. 78.)

1924

La Revue mondiale se cuestiona la oportunidad de un Ministerio de las Letras. R. A., respondiendo a una encuesta de Gaston Picard, dice lo siguiente: «No quiero oír hablar de un Ministerio de las Letras, no deseo que se fomenten las letras. Por tanto, si fuera ministro, el primer decreto sería éste: se suprime el Ministerio de las Letras. ¡Un Ministerio de las Letras! Chupatintas, políticos, emboscados de las letras, estafadores. ¡Nada que esperar del Estado... nada!» .

1925

R.A. es puesto en escena en una curiosa novela de Maurice Renard y Albert Jean, Le Sin ge (Cres). Aparece en el capítulo III, «donde un gran hombre dice cosas pequeñas, porque son los autores quienes le hacen hablar». Maurice Renard y Albert Jean evocan allí L'Enigme de Givreuse, un relato fantástico de R. A. sobre el tema del desdoblamiento, aparecido en 1917 (Flammarion).

1926

Tras la muerte de Gustave Geffroy, R. A. es elegido presidente de la Academia Goncourt, a la que pertenecen entonces Léon Daudet, J.H. Rosny Jeune, Léon Hennique, Jean Ajalbert, Georges Courteline, Lucien Descaves, Gaston Chérau, Raoul Ponchon y Pol Neveux.

Fallecimiento de la señora Boéx, madre de R.A., a los 98 años de edad.

1928

R.A. es el padrino de la Nouvelle Société Scientifique de Recherches, para la elaboración de los cohetes destinados a los futuros viajes interplanetarios, fundada por Robert Esnaul-Pelterie. Entre los miembros figura el físico Jean-Baptiste Perrin, Premio Nobel de 1926. En lenguaje común se dará a la sociedad el nombre de «Astronautique».

1930

En la revista Lectures pour bus, en donde había aparecido en 1918, en forma de folletín, Le Félin géant, R. A. publica el más corto de sus textos prehistóricos: La Grande Enigme (agosto de 1920, pp. 1464 a 1467).

Con Helgvordu Fleuve Bleu (Société des CentrauxBibliophiles), R.A. termina, a los 74 años de edad, el ciclo de novelas prehistóricas. El libro aparecerá en traducción inglesa en la importante revista Argosy.

1933

Dans les rues, novela de R.A. aparecida en 1913 en Fasquelle, es llevada a la pantalla por el cineasta Victor Tribas, contando, entre los principales intérpretes, con Jean-Pierre Aumont, Madeleine Ozeray, Paulette Dubost y Víadimir Sokolov.

1936

R.A. es nombrado gran oficial de la Legión de Honor. Por sus 80 años, es festejado por la Société des Gens de Lettres y recibe un homenaje en la Sorbona.

La Revue Belge, dirigida por Pierre Goemaere, propone en su número del 12 de junio un homenaje a R.A., con textos de René Benjamin, Paul Reboux, Pol Ne-veux, Robert Borel-Rosny y el propio Pierre Goemaere, cuyo libro Les Pélerins du soleil (1927) es uno de los raros relatos prehistóricos escritos «a lo Rosny Ainé».

«He tenido siempre la impresión de que Rosny Ainé era un personaje difícil de situar en el espacio y en el tiempo. Por la vista que tiene para el infinito, por su piel que parece eterna, por la menor de sus frases, por la que pasan animales y nubes, por el sentido que tiene de la muerte y lo implacable, me ayuda a representarme la Prehistoria...» (René Benjamin.) «A Théodore Duret. Este viaje a la lejana prehistoria, a los tiempos en los que el hombre no formaba todavía ninguna figura ni en la piedra ni en el cuerno, hace posiblemente cien mil años. Su admirador y amigo, J.H. ROSNY AINÉ»

 

1939

Jubilado en Selles-sur-Cher, R.A. se entera de que Francia ha sido movilizada. En diciembre, regresa a Paris para participar en las votaciones de la Academia Goncourt. El Premio es concedido a Enfants gates, de Philippe Hériat.

1940

El 11 de febrero, en su domicilio parisino de la calle de Rennes, R. A. enferma de una congestión pulmonar. Muere el 15 de febrero, a dos días de su ochenta y cuatro cumpleaños. Justin morirá en Ploubazlanec, el 16 de junio de 1948. Pierre Champion sucedió a R.A. en la Academia Goncourt.

JEAN-BAPTISTE BARONIAN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRIMERA PARTE

 

I.- La muerte del fuego.

 

 

Los Oulhamr huían en la noche espantosa. Locos por el sufrimiento y la fatiga, todo les parecía vano ante la calamidad suprema: el fuego había muerto. Desde los orígenes de la horda, lo habían mantenido en tres jaulas; cuatro mujeres y dos guerreros lo alimentaban noche y día.

En los tiempos más negros, recibía la sustancia que le permitía vivir; al abrigo de la lluvia, de las tempestades, de la inundación, había franqueado ríos y pantanos, sin dejar de azulear por las mañanas y ensangrentarse por las noches. Su rostro poderoso alejaba al león negro y al león amarillo, al oso de las cavernas y al oso gris, al mamut, al tigre y al leopardo; sus rojos dientes protegían al hombre frente al vasto mundo.

Toda alegría vivía junto a él. De las carnes sacaba un olor sabroso, endurecía la punta de los venablos, hacia estallar la piedra dura; los miembros de la horda conseguían sacar de él una dulzura que estaba llena de fuerza; en los bosques trémulos, en la sabana interminable y en el fondo de las cavernas, él era la tranquilidad de la horda. Era el padre, el guardián, el salvador, aunque, sin embargo, feroz, más terrible que los mamuts, cuando huía de la jaula y devoraba los árboles.

¡Y había muerto! El enemigo había destruido dos de las jaulas; en la tercera, durante la huida, lo habían visto fallecer, palidecer y decrecer. Siendo tan débil no podía morder en las hierbas de los cenagales, palpitaba como un animal enfermo. Al final, fue como un insecto rojizo que el viento asesinaba a cada soplo... Se había desvanecido... y los Oulhamr huían despojados en la noche otoñal. No había estrellas. El pesado cielo rozaba las pesadas aguas; las plantas extendían sus fibras frías; podía oírse el chapoteo de los reptiles; hombres, mujeres y niños se sumergían invisibles. Mientras les era posible, orientados por la voz de los guías, los Oulhamr seguían una línea de tierra más alta y más dura, a veces vadeándola, otras veces de islote en islote. Tres generaciones habían recorrido ya ese camino, pero hubieran necesitado la luz de los astros. Al amanecer, se acercaron a la sabana.

Entre las nubes de yeso y de esquisto se filtraba una luz fría. El viento giraba en torbellinos sobre aguas tan densas como el betún; las algas se hinchaban como pústulas; los saurios, embotados, rodaban entre las ninfeas y las sagitarias. Una garza se elevó sobre un árbol de ceniza y surgió la sabana con sus plantas temblorosas, bajo un vapor rojizo, extendiéndose hasta el horizonte. Los hombres, no tan reventados, se alzaron y, franqueando los cañaverales, pisaron la hierba y la tierra dura.

Entonces, cuando desapareció la fiebre de la muerte, muchos se asemejaron a animales inertes: se dejaron caer en el suelo y se hundieron en el reposo. Las mujeres resistían mejor que los hombres; las que habían perdido a sus hijos en el pantano aullaban como lobas; todas sentían de una manera siniestra la decadencia de la raza y el horrible futuro; algunas, que habían salvado a sus hijos, los alzaban hacia las nubes.

Faouhm, con la nueva luz, numeró a su tribu ayudándose de los dedos y de ramas. Cada rama representaba los dedos de las dos manos. No sabía contar bien; sin embargo, comprendió que tenía cuatro ramas de guerreros, más seis ramas de mujeres, unas tres ramas de niños y algunos ancianos.

Y el viejo Goun, que contaba mejor que todos los demás hombres, dijo que no quedaba un hombre de cada cinco, una mujer de cada tres y un niño de cada rama. Entonces fue cuando los que estaban despiertos comprendieron la inmensidad del desastre. Supieron que su descendencia estaba amenazada en su origen, y que las fuerzas del mundo se habían vuelto más formidables: tendrían que vagar, desnudos y débiles, sobre la tierra.

 

A pesar de su fuerza, Faouhm desesperó. No confiaba ya ni en su estatura ni en sus brazos enormes; su rostro grande, en el que se aglomeraban los duros pelos, sus ojos, amarillos como los de los leopardos, mostraban una terrible fatiga, pensó en las heridas que le habían hecho la lanza y la flecha enemigas; bebió a intervalos la sangre que le brotaba todavía del antebrazo.

Como todos los vencidos, recordó el momento en el que había estado a punto de vencer. Los Oulhamr se precipitaban a la carnicería; él, Faouhm, aplastaba las cabezas bajo su maza. Iban a aniquilar a los hombres, a raptar a las mujeres, a eliminar el fuego enemigo, para cazar en sabanas nuevas y bosques abundantes. ¿Qué hálito había pasado? ¿Por qué los Oulhamr habían caído en el espanto, por qué eran sus huesos los que crujían, sus vientres los que vomitaban las entrañas, sus pechos los que aullaban de agonía, mientras el enemigo, invadiendo el campo, derribaba los fuegos sagrados?

Eso era lo que el alma de Faouhm, espesa y lenta, se preguntaba. Se agarraba a ese recuerdo como la hiena lo hace a su carroña. No quería sentirse rebajado, no se daba cuenta de que tenía menos energía, menos valor y ferocidad.

La luz se elevó en toda su fuerza. Se extendía sobre el pantano, entraba en el barro y secaba la sabana. En ésta, y en la carne fresca de las plantas, estaba la alegría de la mañana. El agua parecía más ligera, menos pérfida y turbulenta. Agitaba rostros plateados entre las islas verde-grisáceas; lanzaba largos escalofríos de malaquita y de perlas, dejaba al descubierto los azufres pálidos, las micas escamosas, y su olor era más suave a través de los sauces y los alisos. Según fuera el juego de las adaptaciones y las circunstancias, triunfaban las algas, o chispeaban las azucenas de los estanques o el nenúfar amarillo, surgían las llamas del agua, los euforbios palustres, las lisimaquias, las sagitarias, se veían golfos de ranúnculos con hojas de acónito, meandros de telefios pilosos, de linos silvestres, de epilobios rosados, cardamomos amargos, de dróseras, selvas de cañas y mimbres entre las que pululaban las pulgas de agua, los chorlitos negros, las cercetas, los chorlitos reales, las avefrías de reflejos de jade, la pesada avutarda o las fúlicas de largos dedos. Las garzas acechaban al borde de las calas rojizas; las grullas retozaban y chasqueaban sobre un promontorio; el lucio dentado se lanzaba sobre las tencas, y las últimas libélulas huían dejando trazos de fuego verde en zigzags de lapislázuli.

Faouhm pensó en la tribu. El desastre había caído sobre ésta como una camada de reptiles: de color amarillo limón, escarlata por la sangre, verde de algas, lanzaba un olor a fiebre y carne podrida. Había hombres envueltos sobre sí mismos como pitones, otros estirados como saurios, y algunos que agonizaban atacados por la muerte. Las heridas se volvían negruzcas, espantosas en los vientres, y más todavía en la cabeza, donde se ensanchaban por la esponja rojiza de los cabellos. Pero casi todos curarían, pues los que estaban malheridos habían sucumbido ya en la otra orilla o perecido en las aguas.

Apartando la vista de los dormidos, Faouhm se fijó en aquellos que sentían más amargamente la derrota que la fatiga. Muchos mostraban la hermosa estructura corporal de los Oulhamr. Tenían el rostro pesado, el cráneo bajo, las mandíbulas violentas, su piel era amarillenta, no negra; casi todos tenían vello en el rostro y en los miembros. La sutileza de sus sentidos incluía al olfato, que competía con el de los animales. Tenían ojos grandes, feroces a menudo, a veces despavoridos, cuya belleza resultaba viva en los niños y en algunas jóvenes. Aunque por su tipo se acercaban a nuestras razas inferiores, toda comparación era ilusoria; las tribus paleolíticas vivían en una atmósfera profunda; su carne ocultaba una juventud que no volverá a existir, flor de una vida cuya energía y vehemencia sólo podemos imaginar imperfectamente.

Faouhm levantó los brazos hacia el sol y gritó con un largo aullido:

-¿Qué harán los Oulhamr sin el fuego? ¿Cómo vivirán en la sabana y en el bosque, quién les defenderá contra las tinieblas y el viento del invierno? Tendrán que comer la carne cruda, y amargas las plantas; ya no podrán calentarse los miembros; la punta del venablo no se endurecerá. El león, la bestia de dientes desgarradores, el oso, el tigre y la gran hiena los devorarán vivos durante la noche. ¿Quién recuperará el fuego? El que lo haga será el hermano de Faouhm; tendrá tres partes de la caza, cuatro partes del botín; recibirá a Gammla, hija de mi hermana, y, si muero yo, tomará el bastón de mando.

Entonces se levantó Naoh, hijo del Leopardo, y dijo:

-Dame dos guerreros de piernas rápidas e iré a tomar el fuego de los hijos del Mamut o de los devoradores de hombres, quienes cazan junto a las orillas del Río Doble.

Faouhm no le contempló favorablemente. Por su estatura, Naoh era el más grande de los Oulhamr. Y sus hombros seguían creciendo. No había un guerrero tan ágil como él, ni ninguno cuya carrera fuera más potente. Podía derribar a Mouh, el hijo del Uro, cuya fuerza se aproximaba a la de Faouhm, y éste le temía. Le encargaba las tareas más repugnantes, lo alejaba de la tribu y lo exponía a situaciones mortales.

Naoh no amaba a su jefe; pero se exaltaba ante la visión de Gammla, alta, flexible y misteriosa, cuyos cabellos eran como hojas. Naoh la espiaba entre los mimbres, desde detrás de los árboles o en los repliegues de la tierra, con la piel cálida y las manos vibrantes. Según el momento, se sentía agitado por la ternura o por la cólera. A veces abría los brazos para acogerla lentamente con suavidad, otras veces pensaba precipitarse sobre ella, tal como se hace con las hijas de los enemigos, para arrojarla al suelo de un mazazo. Pero no quería ningún mal para ella: si la tuviera como mujer, la trataría sin rudeza, pues no le gustaba ver crecer en los rostros ese temor que los vuelve extraños.

 

En otra ocasión, Faouhm habría acogido mal las palabras de Naoh. Pero se doblegó ante el desastre. Quizá fuera buena la alianza con el hijo del Leopardo; si no, sabría cómo hacerle morir. Por eso, volviéndose hacia el joven, le dijo:

-Faouhm sólo tiene una palabra. Si traes el fuego, tendrás a Gammla, sin pagar ningún precio a cambio. Serás el hijo de Faouhm.

Habló con la mano alzada, con una mezcla de lentitud, rudeza y desprecio. Después hizo una señal a Gammla. Esta se adelantó temblorosa, levantando sus ojos variables, llenos con el fuego húmedo de los ríos. Sabía que Naoh la espiaba entre las hierbas y en las tinieblas: cuando aparecía más allá de las hierbas, como si fuera a lanzarse sobre ella, le temía; pero a veces su imagen no le era desagradable; deseaba al mismo tiempo que pereciera bajo los golpes de los devoradores de hombres y trajera el fuego.

La mano ruda de Faouhm cayó sobre el hombro de la joven; en su orgullo salvaje, gritó:

-¿Quién es la que está mejor formada entre las hijas de los hombres? Puede llevar una cierva sobre los hombros, caminar sin desfallecer desde el sol de la mañana hasta el sol de la noche, soportar el hambre y la sed. Preparar la piel de los animales, atravesar un lago a nado; ella dará hijos indestructibles. ¡Si Naoh trae el fuego, la tomará sin dar a cambio hachas, cuernos, conchas ni pieles...!

Entonces Aghoo, el hijo del Auroc, el más velludo de los Oulhamr, se adelantó lleno de codicia:

-Aghoo quiere conquistar el fuego. Irá con sus hermanos a acechar a los enemigos que están más allá del río. Y morirá por el hacha, la lanza, el diente del tigre o la garra del león gigante, o bien traerá a los Oulhamr el fuego, sin el cual son débiles como ciervos o saigas.

En su rostro sólo se veía una boca rodeada de carne cruda y ojos homicidas. Su baja estatura hacía que sus brazos parecieran más largos y sus hombros más enormes; todo su ser expresaba un poder áspero, infatigable e implacable. Nadie sabía hasta dónde llegaba su fuerza, no la había ejercido ni contra Faouhm, ni contra Mouh, ni contra Naoh.

Pero se sabía que era enorme. No la ponía a prueba en ninguna lucha pacífica: todos los que se habían alzado en su camino habían sucumbido, y o bien les había mutilado uno de los miembros o bien los había matado para unir el cráneo a sus trofeos. Vivía lejos de los otros Oulhamr, con sus hermanos, velludos como él, y muchas mujeres reducidas a una servidumbre espantosa. Aunque los Oulhamr practicaban de una manera natural la dureza hacia sí mismos y la ferocidad hacia los otros, temían en los hijos del Auroc el exceso de esas virtudes. Causaban una reprobación oscura, primera alianza de la multitud frente a la inseguridad excesiva.

Alrededor de Naoh se apretaba un grupo, pues aunque la mayor parte le reprochaba su escasa dureza en la venganza, ese fallo, al encontrarse en un guerrero temible, complacía a aquellos que no habían heredado unos músculos gruesos ni unos miembros veloces.

Faouhm no detestaba a Aghoo menos que al hijo del Leopardo; pero le temía más. La fuerza velluda y encubierta de los hermanos parecía invulnerable. Si uno de los tres quería la muerte de un hombre, los tres la querían; quien les declarara la guerra debía perecer o exterminarlos.

El jefe buscaba su alianza; pero ellos se apartaban, encerrados en su desconfianza, incapaces de creer en la palabra o en los actos de los demás, enojados por la benevolencia, no siendo capaces de entender otra lisonja que el terror. Sin embargo, Faouhm, aunque también era desafiante e implacable, tenía las cualidades de un jefe: incluían la indulgencia hacia sus partidarios, la necesidad de la alabanza, una cierta sociabilidad, aunque estrecha, rara, exclusiva, tenaz.

Respondió con una deferencia brutal:

-Si el hijo del Auroc trae el fuego a los Oulhamr, tomará a Gammla sin pagar por ello, será el segundo hombre de la tribu, y a él le obedecerán todos los guerreros en ausencia del jefe.

Aghoo escuchó eso con una mirada brutal: volviendo su rostro tupido hacia Gammla, la miró con deseo; la amenaza endureció sus ojos redondos.

-La hija de la Ciénaga pertenecerá al hijo del Auroc; todo hombre que ponga la mano sobre ella será destruido.

Esas palabras irritaron a Naoh. Aceptó la guerra violentamente, y clamó

-¡Pertenecerá a aquel que traiga el fuego!

-¡Aghoo lo traerá!

Se miraron el uno al otro. Hasta ese día no había existido entre ellos ningún motivo de lucha. Conscientes de su fuerza mutua, sin gustos comunes ni rivalidad inmediata, ni se encontraban ni cazaban juntos. Pero el discurso de Faouhm había creado el odio.

Aghoo, que hasta el día anterior apenas si miraba a Gammla cuando ésta pasaba furtivamente por la sabana, sintió que su carne se estremecía mientras Faouhm observaba a la joven. Acostumbrado a sus impulsos súbitos, la quiso tan ásperamente como si la hubiera deseado hacía muchas estaciones. A partir de ese momento condenó a todo rival; ni siquiera tuvo que tomar una resolución; su resolución estaba en cada una de sus fibras.

Naoh lo sabía. Cogió el hacha con la mano izquierda y el venablo con la derecha. Ante el desafío de Aghoo, sus hermanos surgieron en silencio, solapados y formidables. Se le parecían extrañamente, aunque eran todavía más amarillentos, con islotes de pelos rojizos, los ojos tornasolados, como los élitros de los cárabos. Su flexibilidad era tan inquietante como su fuerza.

Los tres, dispuestos a matar, contemplaban a Naoh. Pero se elevó un rumor entre los guerreros. Incluso los que acusaban a Naoh por la debilidad de su odio no querían que pereciera después de la destrucción de tantos Oulhamr y cuando había prometido traer de nuevo el fuego.

Sabían que era rico en estratagemas, infatigable, hábil en el arte de mantener la llama más pequeña y de conseguir que brotara de nuevo de entre las cenizas: muchos creían también en su suerte.

En realidad, Aghoo también tenía la paciencia y la astucia que permiten salir triunfante en toda empresa, y los Oulhamr se daban cuenta de lo útil que era la doble tentativa. Se levantaron en tumulto; los partidarios de Naoh, estimulándose unos a otros con clamores, se dispusieron en línea de batalla.

Aunque desconocía el temor, el hijo del Auroc no despreciaba la prudencia. Dejó para más tarde la querella. Goun, el de los huesos secos, transmitió las ideas vagas de la muchedumbre.

-¿Es que los Oulhamr quieren desaparecer del mundo? Se olvidan de que los enemigos y las aguas han destruido a tantos guerreros: de cada cuatro, sólo uno queda ahora. Todos los que son capaces de llevar el hacha, el venablo y la maza deben vivir. Naoh y Aghoo son fuertes entre los hombres que cazan en el bosque y en la sabana: si muriera uno de ellos, los Oulhamr se habrían debilitado más que si hubieran perecido otros cuatro... La hija de la Ciénaga servirá a aquel que nos traiga el fuego; la horda quiere que así sea.

-¡Que así sea! -Le apoyaron unas voces ásperas.

Y las mujeres, temibles por su número, por su fuerza casi intacta y por la unanimidad de sus sentimientos, clamaron:

-¡Gammla pertenecerá al que arrebate el fuego!

Aghoo encogió sus hombros velludos. Despreciaba a la muchedumbre, pero no le parecía útil desafiarla. Seguro de vencer a Naoh, se reservó para mejor ocasión luchar con su rival y hacerlo desaparecer. Y su pecho se hinchó de confianza.

II.- Los mamuts y los aurocs.

 

 

Al amanecer siguiente el viento fuerte soplaba en las nubes, mientras que a ras de tierra y en el pantano el aire resultaba pesado, oloroso y cálido. El cielo entero, vibrando como un lago, agitaba algas, ninfeas y cañas pálidas. La aurora lo colmó con sus espumas. Creció, se desbordó en lagunas de color de azufre, en golfos de berilo, en ríos de nácar rosado.

Vueltos hacia ese fuego inmenso, los Oulhamr sentían en el fondo de su alma que crecía algo parecido a un culto, eso mismo que hinchaba también las pequeñas cornamusas de los pájaros en la hierba de la sabana y los mimbres del pantano. Pero los heridos gimieron por la sed; un guerrero muerto extendía sus miembros azules: un animal nocturno le había comido la cara.

Goun balbuceó unas quejas vagas, casi rítmicas, y Faouhm mandó que arrojaran el cadáver a las aguas. Después, la atención de la tribu se concentró en los que iban a buscar el fuego, Aghoo y Naoh, dispuestos ya a partir. Los velludos llevaban con ellos la maza, el hacha, el venablo, la azagaya de punta de sílex o de nefrito. Naoh, que contaba más con la astucia que con la fuerza, en lugar de guerreros robustos había preferido a dos hombres jóvenes, ágiles y capaces de correr mucho tiempo. Cada uno de ellos llevaba un hacha, el venablo y las azagayas. Naoh llevaba además la maza de roble, una rama apenas desbastada y endurecida al fuego. Prefería esa arma a cualquier otra cosa, y se enfrentaba con ella incluso a los grandes carnívoros.

Faouhm se dirigió primero al Auroc:

-Aghoo ha llegado junto a la luz antes que el hijo del Leopardo. Él elegirá el camino. Si va hacia los Dos Ríos, Naoh rodeará los pantanos dirigiéndose hacia el sol poniente... Y si él va hacia los pantanos, Naoh se dirigirá hacia los Dos Ríos.

-¡Aghoo no conoce todavía su camino! -protestó el velludo-. Busca el fuego; puede ir por la mañana hacia el río, y por la noche hacia el pantano. ¿Acaso el cazador que persigue al jabalí sabe dónde lo matará?

-Aghoo cambiará de camino más tarde -intervino Goun, reteniendo los murmullos de la horda-. No puede partir a la vez hacia el sol poniente y hacia los Dos Ríos. ¡Que él elija!

En su alma oscura, el hijo del Auroc se dio cuenta de que se había equivocado no por oponerse al jefe, sino por despertar la desconfianza de Naoh. Volviendo su mirada de lobo hacia la multitud, gritó:

-¡Aghoo partirá hacia el sol poniente!

Y haciendo un signo brusco a sus hermanos, se puso en camino a lo largo del pantano. Naoh no se decidió tan rápidamente. Todavía deseaba sentir en sus ojos la imagen de Gammla. Esta se encontraba de pie bajo un fresno, detrás del grupo del jefe, de Goun y de los ancianos. Naoh avanzó; la vio inmóvil y con el rostro vuelto hacia la sabana.

Había puesto en su cabellera flores sagitarias y una ninfea del color de la luna; de su piel parecía brotar un resplandor más vivo que el de los ríos y el de la carne verde de los árboles.

Naoh respiró el olor de la vida, el deseo inquieto e inagotable, el ansia temible que rehace a los animales y las plantas. Su corazón se hinchó tanto que lo sofocaba, lleno de ternura y de cólera; todos los que le separaban de Gammla parecían tan detestables como el hijo del Mamut o los devoradores de hombres.

Levantó el brazo, armado con el hacha, y dijo:

-Hija de la Ciénaga, Naoh no regresará, desaparecerá en la tierra, las aguas o el vientre de las hienas, o traerá el fuego a los Oulhamr. Y le traerá a Gammla conchas, piedras azuladas, dientes de leopardo y cuernos de aurocs.

Al escuchar esas palabras, ella dejó caer sobre el guerrero una mirada en la que palpitaba la alegría de los niños. Pero Faouhm intervino, agitándose por la impaciencia:

-Los hijos del Auroc han desaparecido tras los álamos.

Entonces Naoh se dirigió hacia el sur. Naoh, Gaw y Nam marcharon todo el día por la sabana. Esta tenía aún toda su fuerza: las hierbas seguían a las hierbas lo mismo que las olas se siguen en el mar. Se encorvaba bajo la brisa, crujía bajo el sol, sembraba en el espacio el alma innumerable de los perfumes; era amenazadora y fecunda, monótona en su volumen, variada en su detalle, y producía tanto animales como flores, tanto huevos como simientes.

Entre los bosques de gramíneas, las islas de retama, las penínsulas de brezos, se deslizaban el llantén, las milenramas, las salvias, los ranúnculos, las aquileas, las silenes y los cardos. A veces, la tierra desnuda vivía la vida lenta del mineral, la superficie primordial en la que la planta no había podido fijar sus columnas infatigables. Después, reaparecían las malvas y las gavanzas, las centaureas, el trébol rojo o los matorrales estrellados.

Se elevaba en una colina, se hundía en un valle; había una ciénaga estancada, en la que pululaban insectos y reptiles; alguna roca errática elevaba su perfil mastodóntico; se veía pasar por allí a los antílopes, las liebres, las aigas, surgir a los lobos o los perros, elevarse a las avutardas o las perdices, planear a las palomas torcaces, las grullas y los cuervos; los caballos, los hemiones y los alces galopaban en manadas.

Un oso gris, con gestos de un simio grande y de rinoceronte, más fuerte que el tigre y casi tan temible como el león gigante, caminó sobre la tierra verde; en el horizonte aparecieron unos aurocs.

Por la noche, Naoh, Nam y Gaw acamparon al pie de un terraplén; no habían franqueado todavía la décima parte de la sabana, y sólo veían las olas rompientes de la hierba. La tierra era plana, uniforme y melancólica, todos los aspectos del mundo se hacían y deshacían en las vastas vistas del crepúsculo. Ante sus fuegos innumerables, Naoh soñaba en la pequeña llama que iba a conquistar. Parecía que no tendría más que subir una colina y extender una rama de pino para captar una chispa de las brasas que consumían el occidente.

Las nubes se ennegrecieron. Un abismo púrpura permaneció mucho tiempo en el fondo del espacio, mientras las piedras pequeñas y brillantes de las estrellas surgían una tras otra, y sopló el aliento de la noche. Naoh, acostumbrado a las hogueras de los días anteriores, que como una barrera clara se oponían al mar de tinieblas, sintió su debilidad.

Podía aparecer el oso gris, o el leopardo, el tigre, el león, aunque normalmente no penetraban en la sabana, una manada de aurocs acabaría, bajo su oleada, con la frágil carne humana; el número daba a los lobos el poder de las grandes fieras, y el hambre los armaba de valor.

Los guerreros se alimentaron de carne cruda. Fue una comida penosa; les gustaba el perfume de las carnes asadas. Después, Naoh hizo la primera guardia. Todo su ser aspiraba la noche. Era una forma maravillosa, donde penetraban las cosas sutiles del universo: con su vista captaba las fosforescencias, las formas claras, los desplazamientos de las formas y ascendía entre los astros; con su oído captaba la voz de la brisa, el crujido de los vegetales, el vuelo de los insectos y las aves rapaces, el paso y el arrastrarse de las bestias; distinguía a lo lejos el grito del chacal, la risa de la hiena, el aullido de los lobos, el chillido del quebrantahuesos, el chirrido de las langostas; con el olfato, penetraba en el aliento de la flor amorosa, el alegre aroma de las hierbas, el olor fuerte de las fieras, el olor almizclado o débil de los reptiles. Su piel temblaba con mil variaciones de frío y de calor, de humedad y sequedad, con todos los matices de la brisa. De esa manera vivía lo que llenaba el espacio y la duración.

Pero esa vida no era gratuita, sino dura y llena de amenazas. Todo lo que la creaba podía destruirla; sólo persistiría gracias a la vigilancia, la fuerza, la astucia, un combate infatigable contra las cosas.

Naoh espiaba en las tinieblas los colmillos que cortan, las zarpas que desgarran, la mirada de fuego de los comedores de carne. Muchos veían en los hombres a animales poderosos, y no se retrasaban. Vio a hienas con mandíbulas más terribles que las de los leones: pero no les gustaba la batalla y preferían la carne ya muerta. Pasó un grupo de lobos, y se retrasaron: conocían el poder que les daba su número y se sabían casi tan fuertes como los Oulhamr. Pero su hambre no era excesiva y siguieron el rastro de unos antílopes. Pasaron perros, comparables a los lobos; aullaron mucho tiempo alrededor del terraplén. A veces amenazaban, otras veces uno u otro se acercaba con paso solapado. Pero no atacaban de buen grado al animal vertical.

Antaño acampaban en gran número cerca de la horda; devoraban los desperdicios y participaban en las cacerías. Goun había hecho alianza con dos perros, a los que les dejaba las entrañas y los huesos. Habían perecido en un combate contra el jabalí; la alianza con los otros se hizo imposible, pues Faouhm, cuando tomó el mando, ordenó una gran matanza.

Pero esa alianza atraía a Naoh; sentía que había en ella una fuerza nueva, mayor seguridad y más poder. Pero en la sabana, sólo con dos guerreros, pensaba sobre todo en el peligro. Se hubiera sentido tentado si los animales hubieran sido pocos, pero no con un tropel.

 

Sin embargo, los perros cerraron el círculo; sus ladridos se hacían raros y sus alientos viles. Naoh se conmovió. Tomó un puñado de tierra y lo lanzó sobre los más audaces, gritando:

-¡Tenemos venablos y mazas que pueden destruir al oso, al auroc y al león!

El perro, alcanzado en el hocico y sorprendido por las inflexiones de las palabras, escapó. Los otros se llamaron entre sí y parecieron deliberar. Naoh lanzó un nuevo puñado de tierra:

-¡Sois demasiados débiles para combatir a los Oulhamr! Id a buscar a las saigas y a destruir a los lobos. El perro que se acerque verá extendidas sus entrañas.

Despertados por la voz del jefe, Nam y Gaw se levantaron; esas nuevas siluetas determinaron la retirada de los animales.

Naoh avanzó siete días evitando las emboscadas del mundo. Aumentaban a medida que se acercaban al bosque. Aunque éste se hallaba todavía a varias jornadas, se anunciaba por los islotes de árboles y por la aparición de las grandes fieras; los Oulhamr vieron al tigre ya la gran pantera. Las noches se volvieron penosas. Mucho antes de llegar el crepúsculo, trabajaban para rodearse de obstáculos; buscaban los huecos de los terraplenes, las rocas, las espesuras; huían de los árboles.

En los días octavo y noveno sufrieron la sed. La tierra no ofrecía ni fuentes ni lagunas; el desierto de hierbas palidecía; los reptiles secos brillaban entre las piedras; los insectos extendían por el aire un pálpito inquietante: volaban en espirales de cuero, de jade y de nácar; caían sobre la piel de los guerreros clavándoles sus agudas trompas.

 

Cuando la sombra del noveno día se hizo larga, la tierra se volvió fresca y suave, y un olor de agua descendió de las colinas, y apareció un rebaño de aurocs que marchaba hacia el sur. En ese momento, Naoh les dijo a sus compañeros:

-¡Beberemos antes de que se ponga el sol!... Los aurocs van al abrevadero.

Nam, hijo del Álamo, y Gaw, hijo de la Saiga, levantaron sus cuerpos secos. Eran unos hombres ágiles, pero indecisos. Necesitaban que se les insuflara valor, resignación, resistencia al dolor, confianza. A cambio de eso, ofrecían su docilidad, maleables como la arcilla, inclinados al entusiasmo, dispuestos a olvidar el sufrimiento y degustar la alegría.

Y como al estar solos se desconcertaban pronto ante la tierra y los animales, eran propensos a la unidad: por eso, Naoh veía en ellos una prolongación de su propia energía. Las manos de estos hombres eran hábiles, sus pies eran flexibles, sus ojos veían desde lejos, sus orejas eran finas.

Un jefe podía obtener de ellos servicios seguros; bastaba con que conocieran cuál era la voluntad y el valor del jefe. Pero desde que habían partido ligaron sus corazones a Naoh; él era la emanación de la raza, el poder humano ante el misterio cruel del universo, el refugio que los abrigaría, mientras ellos lanzaban el arpón o blandían el hacha.

Y a veces, cuando él caminaba ante ellos, en la ebriedad de la mañana, gozosos por la estatura y el gran pecho de Naoh, temblaban con una exaltación feroz pero casi tierna, con todo su instinto tendido hacia el jefe lo mismo que el haya se extiende hacia la luz.

Naoh sentía esas cosas, aunque no las comprendiera, y se acrecentaba con esos seres ligados a su suerte, formando una individualidad más múltiple, más complicada, más segura de vencer y acabar con las emboscadas.

Unas sombras alargadas se separaban desde la base de los árboles, las hierbas se atracaban con la savia abundante, y el sol, más amarillento y más grande a medida que se deslizaba hacia el abismo, hacía que la manada de aurocs reluciera como un río de aguas amarillentas.

Desaparecieron así las últimas dudas de Naoh: más allá de la escotadura de las colinas, se sentía la proximidad del abrevadero; se lo aseguraba su instinto, al igual que el gran número de animales furtivos que seguían el camino de los aurocs. También los seguían Nam y Gaw, con las ventanas de la nariz dilatadas por las emanaciones frescas.

-Hay que adelantar a los aurocs - dijo Naoh.

Pues temía que el abrevadero fuera estrecho y los animales colosales obstruyeran las orillas. Los guerreros aceleraron la marcha con el fin de llegar a la escotadura de las colinas antes que la manada.

Por causa de su número, por la prudencia de los toros viejos y la dejadez de los jóvenes, los animales avanzaban con lentitud. Los Oulhamr ganaban terreno. Otros animales seguían la misma táctica; se veía desfilar a las saigas ligeras, los onagros, los muflones, los hemiones, y, transversalmente, a un rebaño de caballos. Eran muchos los que franqueaban ya el paso.

Naoh se adelantó mucho a los aurocs: podría beber sin prisas. Cuando los hombres llegaron a la colina más alta, los aurocs habían quedado mil codos atrás.

Nam y Gaw apresuraron todavía más la marcha; su sed se avivaba, rodearon la colina y se metieron por el paso. Apareció el agua, la madre creadora, más benefactora que el propio fuego, y menos cruel: era casi un lago que se extendía al pie de una cadena rocosa, cortado por unas penínsulas, nutrido por la derecha con las olas de un riachuelo, y que desaparecía por la izquierda en un precipicio. Podía llegarse hasta allí por tres caminos: el propio río, el paso que habían franqueado los Oulhamr, y otro paso que había entre las rocas y una de las colinas; pero por los otros lugares se erguían las murallas de basalto.

 

Los guerreros lanzaron exclamaciones al contemplar la capa de agua. Anaranjada por el sol poniente, apaciguaba la sed de las frágiles saigas, de los caballos pequeños y velludos, de los onagros de finas pezuñas, los muflones de rostro barbudo, de algunas cabras tan furtivas como las hojas al caer, de un viejo alce de cuya frente parecía salir un árbol.

El único que bebía sin temor era un jabalí brutal, pendenciero y apenado. Los otros mantenían la movilidad de las orejas, las pupilas saltonas, y hacían gestos continuos de huida, revelando con todo ello la ley de la vida, la alerta infinita de los débiles.

De pronto, todas las orejas se alzaron y las cabezas escrutaron lo desconocido. Fue algo rápido y seguro, aunque con cierta apariencia de desorden: caballos, onagros, saigas, muflones, las cabras y el alce huyeron por el paso de poniente, bajo la multitud de rayos escarlata. Tan sólo se quedó el jabalí, con sus pequeños y sanguinolentos ojos moviéndose entre las sedas de los párpados. Y aparecieron los lobos, de una raza grande, lobos de bosque tanto como de sabana, altos sobre sus patas, de lengua sólida, ojos próximos, y cuyas miradas amarillentas, en lugar de dispersarse como las de los herbívoros, convergían hacia la presa. Naoh, Nam y Gaw mantenían preparados el venablo y la azagaya al tiempo que el jabalí levantaba sus defensas ganchudas y gruñía de una manera formidable. Con sus ojos astutos y sus hocicos inteligentes midieron al enemigo: lo juzgaron temible y emprendieron la caza hacia los que huían.

Con su partida se produjo una gran calma y los Oulhamr, que habían terminado de beber, deliberaron. El crepúsculo estaba próximo, el sol se ocultaba tras las rocas; era demasiado tarde para proseguir el camino: ¿dónde encontrar refugio?

-¡Los aurocs se aproximan! - dijo Naoh.

Pero en ese mismo momento volvió la cabeza hacia el paso del oeste; los tres guerreros escucharon y después se agazaparon sobre el suelo:

-¡Los que vienen por allí no son aurocs! - murmuró Gaw.

Y Naoh afirmó: -¡Son mamuts!

 

Examinaron presurosamente el lugar: el río surgía entre la colina basáltica y una muralla de pórfido rojo por la que ascendía un saliente lo bastante grande como para admitir el paso de una fiera grande. Los Oulhamr lo escalaron.

Por la sima de la piedra, el agua se derramaba en la sombra y la penumbra eternas; los árboles, abatidos por los desprendimientos o caídos por su propio peso, se extendían horizontalmente sobre el abismo; otros se elevaban desde las profundidades, delgados y de una longitud excesiva, perdiendo toda su energía en permitir que brotara un ramillete de hojas en la región de las luces pálidas; y todos, devorados por un musgo espeso como la melena de los osos, estrangulados por las lianas, podridos por las setas, desplegando la paciencia indestructible de los vencidos.

Nam fue el primero en ver una caverna. Baja, y poco profunda, se hundía irregularmente. Los Oulhamr no penetraron en ella inmediatamente; la observaron mucho tiempo con la mirada.

Finalmente, Naoh precedió a sus compañeros, encogiendo la cabeza y ensanchando las ventanas de la nariz. Había allí osamentas con fragmentos de piel, cuernos, trozos de cornamenta de alces y mandíbulas. Quien allí bebía parecía un cazador poderoso y temible; Naoh respiraba continuamente sus emanaciones:

-Es la caverna del oso gris -afirmó-... lleva vacía hace más de una luna.

Nam y Gaw apenas conocían a ese animal formidable, pues los Oulhamr vagabundeaban por regiones que acosaban el tigre, el león, los aurocs, incluso el mamut, pero donde el oso gris era raro. Naoh lo había conocido en el curso de lejanas expediciones; sabía de su ferocidad, ciega como la del rinoceronte, de su fuerza casi igual a la del león gigante, de su valor furioso e inagotable.

La caverna estaba abandonada, bien porque el oso había renunciado a ella o bien porque se había apartado de allí durante unas semanas o una estación, o bien porque había conocido la desgracia al otro lado del río. Convencido de que el animal no regresaría aquella noche, Naoh decidió ocupar su morada. Mientras lo declaraba así a sus compañeros, un rumor inmenso vibró a lo largo de las rocas y de la orilla: ¡habían llegado los aurocs! Sus bramidos, potentes como el rugido de los leones, producían todo tipo de ecos en aquel extraño territorio.

Naoh se turbaba al escuchar el ruido de esos animales colosales. Pues el hombre sí cazaba al uro y al auroc. Los toros alcanzaban un tamaño, una fuerza y una agilidad que sus descendientes no conocerían ya; sus pulmones se llenaban de un oxígeno más rico; sus facultades, si no más sutiles, eran al menos más vivas y lúcidas; conocían la jerarquía que ocupaban, y no temían a las grandes fieras más que cuando eran débiles, iban rezagados o se aventuraban solitarios por la sabana.

Los tres Oulhamr salieron de la caverna. Ante el gran espectáculo, sus pechos temblaron; sus corazones conocían el esplendor salvaje; su mentalidad oscura podía captar, aunque sin saber expresarlo, sin pensamientos, la belleza enérgica que retemblaba en el fondo de su propio ser; presentían esa turbulencia trágica de la que saldría, después de siglos y siglos, la poesía de los grandes bárbaros.

Apenas habían salido de la penumbra cuando se elevó otro clamor que traspasó el primero lo mismo que un hacha traspasa la carne de una cabra. Era un grito membranoso, menos grave y menos rítmico, más débil que el grito de los aurocs; sin embargo anunciaba a la más fuerte de las criaturas que vagaban en la faz de la tierra. En aquellos tiempos, el mamut era invencible. Su estatura alejaba al león y al tigre; desanimaba al oso gris; el hombre tardaría milenios en medirse con él, y sólo el rinoceronte, ciego y estúpido, se atrevía a combatirle. Era ágil, rápido, infatigable, podía subir las montañas, reflexionaba y tenía una memoria tenaz; tocaba y medía la materia con su trompa, penetraba en la tierra con sus defensas enormes, conducía sus expediciones con sabiduría y conocía su supremacía: la vida le era hermosa; su sangre era muy roja, no podía dudarse de que su conciencia era más lúcida, y su sentimiento de las cosas más sutil que en los elefantes envilecidos por la prolongada victoria del hombre.

Sucedió que los jefes de los aurocs y los de los mamuts se acercaron al mismo tiempo a las orillas del agua. Los mamuts, siguiendo su costumbre, pretendieron pasar los primeros; esa norma no encontraba oposición ni entre los uros ni entre los aurocs. Sin embargo, esos aurocs se irritaron, pues estaban habituados a ver cómo cedían los otros herbívoros, e iban conducidos por toros que conocían mal al mamut.

Los ocho toros tenían una cabeza gigantesca: el más grande alcanzaba el volumen de un rinoceronte; su paciencia era corta y su sed ardiente. Viendo que los mamuts querían pasar primero, lanzaron su largo grito de guerra, con el hocico en alto y la garganta inflada como una cornamusa.

Los mamuts barritaron. Eran cinco machos viejos: sus cuerpos eran como montículos, y las patas como árboles; tenían unas defensas que medían diez codos, capaces de traspasar árboles; sus trompas parecían como pitones negras; las cabezas eran como rocas; se movían bajo una piel gruesa como la corteza de olmos viejos. Detrás venía la larga manada de color de arcilla...

Sin embargo, fijando sus ojos pequeños y ágiles en los toros, los mamuts viejos impedían el paso, pacíficos, imperturbables y meditativos. Los ocho aurocs, de pupilas pesadas, de espaldas como montículos, con la cabeza encrespada y velluda, los cuernos arqueados y divergentes, sacudieron sus melenas gruesas, pesadas y cenagosas: en el fondo de su instinto, percibían el poder de los enemigos; pero los rugidos de la manada les llenaban de una vibración belicosa. El más fuerte, el jefe de jefes, bajó su frente densa, con sus cuernos relucientes; se lanzó como un enorme proyectil y rebotó contra el mamut más próximo. Golpeado en un hombro, y aunque había amortiguado el golpe con un movimiento de la trompa, el coloso cayó de rodillas. El auroc prosiguió el combate con la tenacidad de su raza. Tenía la ventaja; su cuerno acerado redobló el ataque, y el mamut sólo podía servirse imperfectamente de su trompa. En esa vasta confusión de músculos, el auroc sintió un furor arriesgado, una tormenta de instintos que mostró en sus ojos grandes y brumosos, en la nuca palpitante, en el hocico espumoso y los movimientos seguros, claros y veloces, pero monótonos. Si podía alcanzar al adversario y abrirle el vientre, donde la piel era menos gruesa y la carne más sensible, vencería.

El mamut se daba cuenta de eso; procuraba evitar la caída completa y el peligro le inducía a tener la sangre fría. Con un solo impulso podría levantarse, pero para ello sería necesario que el auroc no le embistiera con tanta rapidez.

Al principio, el combate había sorprendido a los otros machos. Los cuatro mamuts y los siete toros se mantenían frente a frente, en una espera formidable. Ninguno hizo gesto de intervenir: todos se sentían amenazados. Fueron los mamuts los primeros que dieron signos de impaciencia. El más alto de ellos, con un resoplido, agitó las orejas membranosas, parecidas a murciélagos gigantescos, y avanzó. Casi al mismo tiempo, el que combatía contra el toro dirigió violentamente la trompa contra las patas del adversario. Entonces se tambaleó el auroc y el mamut pudo levantarse. Los enormes animales se encontraron cara a cara. El furor giraba en el cráneo del mamut; levantó la trompa con un barritado metálico e inició el ataque. Las defensas curvas golpearon al auroc e hicieron crujir su osamenta; después, oblicuamente, el mamut le golpeó con la trompa. Con una rabia creciente, traspasó el vientre del adversario, pateó sus largas entrañas y las costillas rotas, y bañó en sangre, hasta el pecho, sus patas monstruosas. La espantosa agonía se perdió en un fragor de clamores; había empezado la batalla entre los grandes machos. Los siete aurocs y los cuatro mamuts se enfrentaron en una batalla ciega comparable a esos pánicos en los que la bestia pierde todo control sobre sí misma. El vértigo se apoderó de los rebaños; el mugido profundo de los aurocs se enfrentaba al barritado estridente de los mamuts; el odio levantaba esas largas oleadas de cuerpos, esos torrentes de cabezas, de cuernos, de defensas y de trompas.

Los machos jefes sólo vivían para la guerra: sus estructuras se mezclaban en un bullicio informe, una inmensa trituración de carnes, petrificadas por el dolor y la rabia. En el primer choque, la inferioridad del número había dado la desventaja a los mamuts. Uno de ellos fue abatido por tres toros, un segundo quedó inmovilizado en la defensiva; pero los otros dos consiguieron una victoria rápida. Precipitándose en bloque sobre sus antagonistas, les habían traspasado, ahogado, dislocado; perdieron más tiempo en pisotear a las víctimas del que habían utilizado en vencerlas. Finalmente, viendo el peligro de los compañeros, cargaron contra los otros: los tres aurocs, que sólo se fijaban en destruir al coloso abatido, fueron sorprendidos de improviso. Cayeron violentamente como una sola masa; dos de ellos fueron despedazados bajo las pesadas patas, y el tercero consiguió huir. Su huida puso en marcha la de aquellos que combatían todavía, y los aurocs conocieron el contagio inmenso del terror. Primero un malestar tormentoso, un silencio, una inmovilidad extraña que parece propagarse a través de la multitud, después la vacilación de los ojos vagos, un estremecimiento parecido a la caída de la lluvia, la salida torrencial, una huida que se convertía en una batalla en el paso demasiado estrecho, transformándose cada animal en energía fugitiva, en proyectil aterrorizado, mientras los fuertes aplastaban a los débiles, los veloces huían sobre los lomos de los otros, y los huesos crujían como árboles abatidos por el ciclón.

Los mamuts no pensaron siquiera en perseguirlos: una vez más habían dado la medida de su poder, una vez más se reconocían como los dueños de la tierra; y la columna de gigantes de color de arcilla, de pelos largos y gruesos, de crestas rudas, se lanzó sobre la orilla del abrevadero y se puso a beber de manera tan formidable que el agua bajó de nivel en las grietas de la orilla.

En el flanco de las colinas, una oleada de animales ligeros, espantados todavía por la lucha, veía beber a los mamuts. También los contemplaban los Oulhamr, con el estupor que producía uno de los grandes episodios de la naturaleza. Y Naoh, comparando a esos animales soberanos con Nam y con Gaw, de brazos delgados, piernas pequeñas, torsos estrechos de pies rudos como robles, cuerpos altos como rocas, concibió la pequeñez y la fragilidad del hombre, la vida errante y humilde que llevaba sobre las sabanas. Pensó también en los leones amarillos, en los leones gigantes y en los tigres que encontraría en el bosque próximo y bajo cuya garra el hombre o el ciervo son tan débiles como una paloma torcaz en las garras del águila.

III.- En la caverna.

 

 

Había pasado ya el primer tercio de la noche. Una luna, blanca como la flor de la enredadera, cruzaba una nube. Dejaba caer sus ondas sobre la orilla, sobre las rocas taciturnas, fundiendo una a una las sombras del abrevadero. Los mamuts se habían ido; sólo se veía, a intervalos, un animal que se arrastraba o algún autillo que se movía sobre sus alas silenciosas. Y Gaw, al que le correspondía el turno de guardia, vigilaba la entrada de la caverna. Estaba fatigado; su pensamiento, raro y fugitivo, sólo se despertaba con los ruidos repentinos, con los olores nuevos o que se acrecentaban, con las caídas o sobresaltos del viento. Vivía en un torpor en el que todo se había acallado salvo la sensación de peligro y de la necesidad. La huida brusca de una saiga le hizo levantar la cabeza. Entrevió entonces, en la otra orilla, sobre la cima abrupta de la colina, una silueta enorme que avanzaba oscilante. Los miembros eran pesados, aunque ágiles, la cabeza sólida, afilada por las mandíbulas, con cierta apariencia humana pero extraña, signos todos que revelaban al oso.

Gaw conocía al oso de las cavernas, coloso de frente bombeada que vivía pacíficamente en sus guaridas y en sus tierras de pasto, plantívoro al que sólo el hambre inducía a nutrirse de carne. Pero el que avanzaba no parecía de ese tipo. Gaw estuvo seguro cuando la silueta se perfiló en el claro de luna: el cráneo aplastado, de pelo grisáceo, tenía un modo de andar en el que el Oulhamr reconoció la seguridad, la amenaza y la ferocidad de los carniceros: era el oso gris, el rival de los grandes felinos.

Gaw se acordó de las leyendas que trajeron aquellos que habían viajado a las tierras altas. El oso gris abate al auroc o al uro, y los transporta con la misma facilidad que transporta el leopardo a un antílope. Sus garras pueden abrir de un solo golpe el pecho y el vientre de un hombre; ahoga un caballo entre sus patas; se enfrenta al tigre y al león amarillo; el viejo Goun creía que no cedía más que ante el león gigante, el mamut o rinoceronte.

El hijo de la Saiga no sintió el temor súbito que habría padecido ante el tigre. Pues, como había conocido al oso de las cavernas, le había parecido benévolo, y no le había producido preocupación. Al principio ese recuerdo le tranquilizó; pero el modo de andar de la fiera parecía más equivoco a medida que se apreciaba su silueta, y Gaw recurrió al jefe. Nada más tocarle la mano, su alta estatura se elevó en la sombra.

-¿Qué quiere Gaw? -dijo Naoh, apareciendo a la entrada de la caverna.

El joven nómada tendió la mano hacia lo alto de la colina; el rostro del jefe se consternó.

-¡El oso gris!

Su mirada examinó la caverna. Había tenido la precaución de reunir piedras y ramas; había algunos bloques cerca que podían dificultar mucho la entrada. Pero Naoh pensó en la huida, y la retirada sólo era posible por la parte del abrevadero. Si el animal, rápido, infatigable y tenaz, se decidía a perseguirlos, alcanzaría pronto a los fugitivos. El único recurso era subirse a un árbol; el oso gris no lo hacía. Pero en cambio era capaz de esperar abajo un tiempo indefinido, y además no se veían cerca más que árboles de ramas pequeñas.

¿Es que la fiera había visto a Gaw, agachado, confundido con los bloques de piedra, procurando no hacer ningún movimiento inútil? ¿O es que era el habitante de la caverna que regresaba tras un largo viaje?

Mientras Naoh pensaba en esas cosas, el animal empezó a descender por la empinada pendiente. Al llegar a un terreno menos incómodo, levantó la cabeza, olfateó la atmósfera húmeda y reemprendió el trote.

Por un momento los dos guerreros creyeron que se alejaba. Pero se detuvo frente al lugar en el que la cornisa era accesible: toda retirada era ya imposible. Río arriba, la cornisa se interrumpía y la roca caía a pico; río abajo, habría que huir ante la mirada del oso: tendría tiempo de cruzar el estrecho río e impedir el camino a los fugitivos. Sólo quedaba esperar que la fiera se marchara o que atacara la caverna. Naoh despertó a Nam y los tres se pusieron a preparar piedras. Tras cierta vacilación, el oso decidió pasar el río. Llegó pausadamente y se subió a la cornisa. A medida que se aproximaba, se veía mejor su estructura musculosa; sus dientes brillaban a veces al claro de luna. Nam y Gaw se estremecieron. El amor a la vida hinchaba sus corazones; el instinto de la debilidad humana pesaba sobre su aliento; su juventud palpitaba como palpita en el pecho temeroso de los pájaros.

Tampoco Naoh estaba tranquilo. Conocía al adversario; sabía que necesitaría poco tiempo para dar muerte a los tres hombres. Su piel gruesa, sus huesos graníticos, eran casi invulnerables a la azagaya, al hacha y al venablo.

Entretanto, los nómadas acabaron de amontonar las piedras; pronto no quedaría más que una abertura hacia la derecha, a la altura del hombre. Cuando el oso estuvo próximo, sacudió su enorme cabeza y miró desconcertado. Pues aunque hubiera olfateado a los hombres y escuchado el ruido de su trabajo, no esperaba ver cerrada la guarida en la que había pasado tantas estaciones; en su cráneo se hizo una asociación oscura entre el cierre de la guarida y aquellos que la ocupaban. Por otra parte, reconociendo el olor de los animales débiles, con los que pensaba asociarse, no mostraba prudencia alguna, pero se mostraba perplejo.

Se desperezó al claro de luna, bien abrigado entre su pelaje, ensanchando su pecho plateado y balanceando su lengua cónica. Después se irritó, sin razón, porque tenía un humor moroso, brutal, casi extraño a la alegría, y lanzó roncos clamores. Impacientándose entonces, se levantó sobre las patas traseras, pareciendo un hombre inmenso y velludo de piernas muy cortas, pero de torso desmesurado.

Y se asomó por la abertura que todavía quedaba.

Nam y Gaw, en la penumbra, mantenían dispuestas las hachas; el hijo del Leopardo levantó la maza: esperaban a que el animal adelantara las patas para poder cortarlas. Pero fue su cráneo enorme el que introdujo, de frente arrugada, de labios babeantes y dientes afilados como puntas de arpón. Cayeron las hachas, se abatió la maza, pero impotentes por los salientes de la abertura; el oso mugió y retrocedió. No estaba herido: ningún rastro de sangre enrojecía su lengua; la agitación de sus mandíbulas, la fosforescencia de sus pupilas, anunciaban la indignación de la fuerza ofendida.

No desdeñó, sin embargo, la lección; cambió de táctica. Animal hábil para la excavación, y dotado de un fino sentido de los obstáculos, sabía que a veces es mejor derribarlos antes que cruzar un paso peligroso.

Tanteó la muralla y la empujó: ésta vibró ante sus sacudidas. El animal, aumentando su esfuerzo, trabajando con las patas, el hombro, el cráneo, se precipitaba a veces contra la barrera, otras veces tiraba de ella con sus garras brillantes. La desgastó, y, descubriendo una punta débil, consiguió que oscilara. Desde ese momento se encarnizó en el mismo lugar, tanto más favorable por cuanto que los brazos de los hombres eran demasiado cortos para llegar allí. Además, no se retrasaban con esfuerzos inútiles: Naoh y Gaw, formando un arco frente al oso, consiguieron detener la oscilación, mientras que Nam se asomaba por la abertura y vigilaba el ojo de la bestia, donde pensaba lanzar una flecha.

El asaltante se dio cuenta enseguida de que ese punto débil se había vuelto inquebrantable. Ese cambio incomprensible, que negaba su larga experiencia, le dejó estupefacto y exasperado. Se detuvo, sentándose sobre los cuartos traseros, para observar la muralla y olfatearía; sacudió la cabeza con aire de incredulidad. Finalmente, creyendo que se había engañado, regresó junto al obstáculo, le dio un golpe con la pata, otro con el hombro y, constatando que persistía la resistencia, perdió toda prudencia y se abandonó a la brutalidad de su naturaleza.

La abertura libre le hipnotizaba; le pareció la única vía franqueable, y se lanzó contra ella vehementemente. Silbó una flecha que le golpeó cerca del párpado, aunque eso no paralizó su ataque irresistible. Toda la máquina impetuosa, la masa de carne por la que la sangre corría torrencialmente, unió sus energías: la muralla se vino abajo.

Naoh y Gaw habían saltado hacia el fondo de la caverna; Nam se encontró junto a las patas monstruosas. Apenas pensó en defenderse; fue semejante al antílope alcanzado por la gran pantera, al caballo derribado por el león: los brazos extendidos, la boca babeante, esperó la muerte en una crisis de entumecimiento. Pero Naoh, que al principio se había sorprendido, recuperó ese ardor combativo que forma a los jefes y sostiene la especie. Lo mismo que Nam se olvidaba en la resignación, él se olvidaba en la lucha. Rechazó el hacha, que consideró inútil, y tomó entre las manos la maza de roble, llena de nudos.

El animal lo vio venir. Dejó para más tarde la aniquilación de la débil presa que palpitaba debajo y levantó su fuerza contra el adversario, proyectando como el rayo las patas y colmillos, mientras el Oulhamr dejaba caer la maza. El arma llegó primero. Se abatió sobre la mandíbula del oso; una de sus puntas le golpeó el hocico. El golpe, aunque desviado y poco eficaz, fue tan doloroso que el animal se doblegó. El segundo golpe del nómada rebotó sobre un cráneo indestructible. El inmenso animal volvía ya en sí y se abalanzó frenéticamente, pero el Oulhamr se había refugiado en la sombra ante un saliente de la roca: en el momento supremo, se apartó; el oso chocó violentamente contra el basalto.

Mientras se tambaleaba, Naoh le atacó oblicuamente y, lanzando un grito de guerra, dejó caer la maza sobre las largas vértebras del animal. Estas crujieron; la fiera, debilitada por el golpe contra el saliente, osciló en su base, y Naoh, embriagado de energía, le aplastó sucesivamente el hocico, las patas, las mandíbulas, mientras Nam y Gaw le abrían el vientre a hachazos.

Cuando finalmente esa masa dejó de jadear, los nómadas se contemplaron en silencio. Fue un minuto prodigioso. Naoh parecía el más temible de los Oulhamr y de todos los hombres, pues ni Faouhm, ni Hoo, hijo del Tigre, ni ninguno de los guerreros misteriosos que recordaba la memoria de Goun, el de los huesos secos, habían abatido un oso gris a mazazos. Y la leyenda quedó grabada en el cráneo de esos hombres jóvenes para transmitirse a las generaciones venideras y agrandar sus esperanzas, si Nam, Gaw y Naoh no perecían durante la conquista del fuego.

IV. - El león gigante y la tigresa.

 

 

Había transcurrido una luna. Desde hacía mucho tiempo, Naoh, avanzando siempre hacia el sur, había dejado atrás la sabana; atravesaba el bosque. Éste parecía interminable, entrecortado por islas de hierbas y piedras, por lagos, lagunas y cañadas. Descendía lentamente, con subidas inesperadas, produciendo todo tipo de plantas, todas las variedades de animales. Podía encontrarse en él al tigre, al león amarillo, al leopardo, al hombre de los árboles, que vivía solitario con algunas hembras, y cuya fuerza superaba a la de los hombres ordinarios, la hiena, al jabalí, al lobo, al gamo, al élafo, al corzo y al musmón. El rinoceronte arrastraba por él su pesada coraza; podía descubrirse incluso al león gigante, que se había hecho muy raro, pues su extinción había empezado ya desde hacía siglos.

Se encontraba también en él al mamut, asolador del bosque, pues trituraba las ramas y desenraizaba los árboles, cuyo paso era más feroz que la inundación y el ciclón. En este territorio temible, los nómadas descubrieron abundante comida; pero ellos mismos sabían que eran una presa para los carnívoros.

Avanzaban con prudencia, en triángulo, para controlar el mayor espacio posible. Durante el día, la precisión de sus sentidos podía preservarles de las emboscadas. Además, sus enemigos más funestos casi siempre cazaban en las tinieblas. De día no tenían una vista tan buena como la de los hombres; y su olfato no era comparable al de los lobos. Hubiera sido mucho más difícil despistar a éstos: pero en el bosque ni siquiera podían soñar en rastrear animales tan amenazadores como los Oulhamr.

Entre los osos, el más poderoso, el coloso de las cavernas, no cazaba si no estaba atormentado por el hambre. Herbívoro, encontraba en ese territorio lo suficiente para apaciguar su voracidad. Y el oso gris, que sólo accidentalmente se apartaba de las regiones frescas, se mantenía a distancia.

A pesar de todo, las jornadas estaban llenas de alertas, y las noches eran aterradoras. Los Oulhamr elegían cuidadosamente los refugios; se detenían mucho antes de que cayera el día. Con frecuencia, se refugiaban en un hueco; otras veces, apilaban piedras, o bien abrigándose en una espesura profunda, sembraban obstáculos a su paso; algunas noches elegían algunos árboles cercanos entre sí, en los que se fortificaban.

Pero lo que les hacía sufrir ante todo era la falta del fuego. En las noches sin luna les parecía haber entrado para siempre en las tinieblas; éstas les resultaban pesadas sobre la carne y los engullían. Cada noche acechaban el oquedal, como si fueran a ver brillar allí la llama en su jaula, creciente, devorando las ramas muertas: pero sólo discernían las chispas perdidas de las estrellas, o los ojos de un animal; su propia debilidad, y la inmensidad cruel, les abrumaba. Quizá habrían sufrido menos en la horda, con la multitud palpitando a su alrededor; pero en la soledad interminable sus pechos parecían encogerse.

Se abrió el bosque. Mientras el país de los árboles seguía llenando el poniente, una llanura se extendía por el este, en parte sabana y en parte matorral, con algunos islotes de árboles. La hierba defendía su extensión contra los grandes vegetales, ayudada por los uros, los aurocs, los ciervos, las saigas, los hemiones y los caballos, que ramoneaban los brotes jóvenes. Hacia oriente corría un río rodeado de álamos negros, sauces cenicientos, sauces llorones, olmos, juncos y cañas. Algunas piedras erráticas se incrustaban en las masas rojizas; y aunque todavía era de día, las sombras alargadas dominaban sobre los rayos del sol. Los nómadas se sentían desconfiados en ese territorio: debían pasar por allí muchos animales a la hora en que terminaba la luz. Por eso se apresuraron a beber. Más tarde exploraron la zona. La mayor parte de las piedras erráticas, como estaban solas, no les servían; algunas que se encontraban agrupadas, hubieran necesitado un largo trabajo de fortificación. Y ya se habían desanimado y estaban dispuestos a regresar al bosque, cuando Nam vio unos bloques enormes, muy cercanos entre sí, de los que dos se tocaban en sus cumbres, y que servían de límite a una cavidad con cuatro aberturas. Las tres primeras sólo permitían el acceso de animales más pequeños que el hombre: lobos, perros y panteras. El cuarto podía permitir el paso de un guerrero de gran estatura siempre que se aplastara sobre el suelo; pero impracticable a los grandes osos, a los leones y a los tigres.

A la señal de su compañero, acudieron Naoh y Gaw. Al principio temieron que el jefe no pudiera deslizarse hasta el refugio. Pero Naoh, tumbándose sobre la hierba y girando la cabeza, entró sin esfuerzo. Y pudo salir igualmente. Así encontraron un abrigo más seguro que todos los que habían tenido anteriormente, pues los bloques eran tan pesados y estaban tan incrustados que ni siquiera un rebaño de mamuts podían deshacerlos. Y el espacio no faltaba: diez hombres podían vivir allí cómodamente.

La perspectiva de una noche perfecta llenó de placer a los nómadas. Por primera vez desde que habían partido podían reírse de todos los carnívoros. Comieron la carne cruda de un cervatillo, con unas nueces que habían recogido en el bosque, y después escrutaron el territorio.

Algún élafo y algún corzo se dirigían hacia el agua; los cuervos se elevaban con un grito de guerra; un águila planeaba a la altura de las nubes. Después, un lince saltó detrás de una cerceta y un leopardo subió furtivamente entre los sauces.

La sombra seguía extendiéndose. Pronto cubrió la sabana; el sol caía tras los árboles como un inmenso brasero circular, y se acercaba el tiempo en que la vida carnívora dominaría las soledades. Nada lo anunciaba todavía. Se escuchaba el ruido inocente de los pájaros, solitarios o en bandadas, lanzaban hacia el sol su himno rápido, himno de lamento y de temor, himno a la gran noche siniestra.

En ese momento surgió un uro del bosque. ¿De dónde venía? ¿Qué aventura le había aislado? ¿Se había retrasado o, por el contrario, marchando con demasiada rapidez, amenazado por los enemigos o los meteoros, había huido al azar? Los nómadas no se lo preguntaron; la pasión por la presa les asaltó, pues aunque los cazadores de su tribu no atacaban apenas a los rebaños de grandes herbívoros, acechaban a los animales solitarios, sobre todo a los débiles y a los heridos. La bravura y tenacidad de los uros vuelve a encontrarse en nuestra raza de toros, pero el uro tenía una cabeza menos oscura. La especie estaba en su apogeo.

Ligeros, con una respiración viva, un sentido claro del peligro y una astucia compleja, estos fuertes organismos circulaban de una manera magnífica por el planeta.

Naoh se levantó con un gruñido, tras la victoria sobre una fiera, nada era más glorioso que abatir a un gran herbívoro. El Oulhamr sintió en su corazón ese instinto por el que se mantiene todo lo necesario para el crecimiento del hombre; su ardor aumentaba a medida que se aproximaba el pecho espacioso y los cuernos relucientes. Pero subsistía otro instinto: no destruir en vano la carne alimenticia. Tenía carne fresca; la presa abundaba. Finalmente, recordando su triunfo sobre el oso, Naoh juzgó menos meritorio abatir un uro. Bajó la azagaya, renunció a una caza en la que sus armas podrían estropearse.

Y el uro, avanzando con lentitud, tomó el camino del río.

De pronto, los tres hombres levantaron la cabeza, con los sentidos dilatados por el peligro. Su duda fue breve: Nam y Gaw, a una señal del jefe, se deslizaron bajo los bosques. El mismo les siguió en el momento en que un megaceros salía del bosque. Con la cabeza de grandes membranas echada hacia atrás, una espuma con tintes escarlata brotando del hocico, las patas rebotando en las ramas en un ciclón, el megaceros había dado una treintena de saltos cuando surgió a su vez el enemigo. Era un tigre de patas anchas, vértebras elásticas, y cuyo cuerpo franqueaba en cada salto veinte codos. Sus saltos flexibles daban la impresión que se deslizaba en la atmósfera. Cada vez que el felino alcanzaba el suelo se producía una pausa breve, una concentración de energía.

Con sus movimientos menos amplios, el cérvido no pareció detenerse. Cada salto era la sucesión acelerada del salto anterior. En ese momento de la persecución, perdía terreno. Para el tigre, la carrera acababa de comenzar, mientras que el megaceros llegaba de lejos.

-¡El tigre cogerá al ciervo! -exclamó Nam con voz temblorosa.

Naoh, que contemplaba apasionadamente esa caza, respondió:

-¡El gran ciervo es infatigable!

No lejos del río, el avance del megaceros se encontró reducido a la mitad. En una tensión suprema, acrecentó su velocidad; los dos cuerpos se proyectaban con igual rapidez, peno después los saltos del tigre se redujeron. Sin duda habría renunciado a la persecución si el río no hubiera estado próximo; esperaba recuperar terreno a nado: en eso, su cuerpo alargado era excelente. Al llegar a la orilla, el megaceros estaba a cincuenta codos. El tigre se deslizó por la ola con una velocidad extraordinaria; pero el megaceros progresaba a una velocidad casi igual. Ése fue el momento de la vida y de la muerte. Como el río no era ancho, el ciervo llegaría a tierra con antelación: pero si vacilaba para subir a la orilla, estaba cogido. Lo sabía; incluso se arriesgó a dar un rodeo para elegir el lugar por el que subiría: era un promontorio pequeño y pedregoso, de pendiente suave.

Aunque el megaceros había calculado su salida con precisión, tuvo una vaga vacilación durante la cual el tigre se acercó. Finalmente, el herbívoro salió del agua. Estaba a veinte codos de ella cuando el tigre alcanzó a su vez el suelo y dio el primer salto. Como el brinco había sido apresurado, las patas del felino se enredaron, trastabilló y cayó: el megaceros tenía ganada la partida. Nada estorbaba la huida; el tigre lo comprendió y, recordando una silueta alta entrevista durante la carrera, se precipitó a cruzar de nuevo el río. El uro todavía se veía.

Con el paso de la caza, había retrocedido hacia el bosque. Después mostró una incertidumbre que se acrecentó a medida que el gran felino se alejaba y sobre todo cuando desapareció entre las cañas. El uro se decidió, sin embargo, a la retirada, aunque un olor temible entraba por su hocico. Extendió el cuello y, convencido, buscó la huida. De esa manera llegó no lejos de los bosques de piedra en los que acechaban los Oulhamr: el efluvio humano le recordó un ataque en el que, siendo todavía joven y débil, había sido herido por un proyectil; se desvió de nuevo.

Al trote, iba a desaparecer en el oquedal cuando se detuvo en seco: el tigre llegaba a paso veloz. No tenía miedo de que el uro se le escapara en la carrera, como el megaceros, pero su contrariedad anterior le impacientaba. Al ver a la fiera, el toro salió de la indecisión. Como sabía que no podía contar con la velocidad plantó cara el peligro. Con la cabeza baja, horadando la tierra, daba la imagen, con su enorme pecho rojizo y los ojos de fuego violeta, de un hermoso guerrero del bosque y la pradera; una rabia oscura acabó con sus temores; la sangre que le latía en el corazón era la sangre de la lucha; el instinto de conservación se transformó en valor.

El tigre reconoció el valor del adversario y no le atacó bruscamente. Lo rodeó arrastrándose como un reptil, esperando el gesto precipitado o poco hábil que le permitiría subirse sobre el lomo de la presa, rompiéndole las vértebras o la yugular. Pero el uro, que se mantenía atento a las evoluciones del agresor, le presentaba siempre su frente compacta y sus cuernos afilados... De pronto, el carnicero se inmovilizó. Con las patas rígidas, sus grandes ojos amarillos fijos, casi despavoridos, vio avanzar a un animal monstruoso. Se parecía al tigre, aunque de más estatura y más compacto, recordaba también al león por sus crines, su pecho profundo, su paso grave. En cualquier caso, avanzaba sin detenerse, sintiendo su supremacía, aunque revelando la vacilación del animal que no está seguro fuera de su terreno de caza. ¡El tigre estaba en el suyo! Dominaba el territorio desde hacía diez estaciones, y las otras fieras, el leopardo, la pantera y la hiena, vivían a su sombra; toda presa que hubiera elegido era suya y nadie se levantaba ante él cuando, al azar de los encuentros, acababa con el élafo, el ciervo, el megaceros, el uro, el auroc o el antílope. En la estación fría, el oso gris había pasado por su dominio, otros tigres irían hacia el norte, y leones en las zonas del río: pero ninguno de ellos había venido a enfrentarse a su poder. Sólo se había preocupado por el paso de rinoceronte, que era invulnerable, o por el mamut de enormes patas, considerando demasiado dura la tarea de combatirlos.

Pero desconocía a la forma extraña que acababa de aparecer, y sus sentidos se sorprendían. Era un animal muy raro, un animal de las eras antiguas, cuya especie decrecía desde hacía ya milenios. Por su instinto, el tigre comprendió que el otro animal era más fuerte y más rápido que él, y que estaba mejor armado, pero su hábito, y sus prolongadas victorias, hacían que se rebelara contra el temor. Esa doble tendencia se traducía en su gesto. A medida que el enemigo se acercaba, se apartaba, pero sin retroceder su actitud seguía siendo amenazadora. Cuando la distancia se hacía lo suficiente, el león-tigre hinchó su enorme pecho y gruñó, y después, agachándose, ejecutó su primer salto de ataque, un salto de veinte codos. El tigre retrocedió. Al segundo salto del coloso, se dio la vuelta para batirse en retirada. Este movimiento apenas si fue esbozado. El furor le impulsaba, sus ojos amarillos verdearon; aceptó el combate. Y es que no estaba solo. Acababa de aparecer una tigresa sobre la hierba; acudía brillante, impetuosa y magnífica, en ayuda de su macho.

El león gigante vaciló entonces, dudando de su fuerza. Quizá se habría retirado entonces, dejando a los tigres su territorio, si el adversario, sobreexcitado por los rugidos de la tigresa que se aproximaba, hubiera hecho gesto de tomar la ofensiva. El enorme felino podía resignarse a ceder el lugar, pero su musculatura terrible, el recuerdo de todas las carnes que había desgarrado y todos los miembros que había destruido le obligaban a castigar la agresión. Del tigre sólo le separaba el largo de un salto. Lo franqueó, sin alcanzar, sin embargo, la meta. El otro se había desviado e intentaba un ataque por el flanco. El oso de las cavernas se detuvo para recibir el asalto. Garras y bocas se mezclaron; se escuchó el chasquido de los dientes devoradores y roncos. Como era de menor estatura, el tigre trataba de alcanzar garganta del enemigo; estuvo a punto de conseguirlo. Pero se lo impidieron los movimientos precisos; se encontró aplastado bajo una pata y el león empezó a abrirle el vientre. Brotaron las entrañas azuladas, la sangre escarlata se derramó sobre la hierba, un clamor espantoso hizo que la sabana temblara. Y el león-tigre comenzó a romperle las costillas, cuando llegó la tigresa. Vacilante, olfateó la carne caliente, la derrota de su macho; lanzó un rugido de llamada.

Al oír ese grito, el tigre se levantó, una suprema ola de belicosidad llenó su cráneo, pero al dar el primer paso, las entrañas que arrastraba lo detuvieron. Y se quedó inmóvil, con los miembros desfallecidos, aunque con los ojos llenos todavía de vida. Con el instinto, la tigresa dio lo que le quedaba de energía a aquel que durante tanto tiempo había compartido con ella las presas palpitantes, había vigilado a los enemigos y defendido a la especie contra innumerables emboscadas. Una oscura ternura sacudió sus nervios rudos; sintió de pronto lo común de sus luchas, sus alegrías y sufrimientos. Después, la ley de la naturaleza la ablandó; supo que estaba ante ella una fuerza más terrible que la de los tigres, y temblando por la necesidad de vivir, con un sordo gemido y una larga mirada hacia atrás, huyó hacia el oquedal. El león gigante no la siguió; disfrutaba de la supremacía de sus músculos, aspiraba la atmósfera de la noche, la atmósfera de la aventura, del amor y de la presa. El tigre ya no le inquietaba; le observaba; sin embargo, vacilaba en terminar con él, pues tenía el alma prudente y, vencedor, tenía miedo de heridas inútiles.

Había llegado la hora roja; se deslizaba por las profundidades de los bosques, lenta, variable e insidiosa. Los animales diurnos se callaron. A intervalos, se escuchaba el aullido de los lobos, el ladrido de los perros, la risa sarcástica de la hiena, el suspiro de una rapaz, la llamada chapoteante de las ranas o el chirrido de una langosta tardía. Mientras el sol moría tras un océano de cimas, la inmensa luna se alzaba por oriente.

No se veía otro animal que las dos fieras; el uro había desaparecido durante la lucha; en la penumbra, mil hocicos sutiles conocían las presencias temibles. El león gigante sintió una vez más la debilidad de su fuerza. Las presas innumerables palpitaban al fondo de las espesuras y de los claros, y, sin embargo, cada día, temía el hambre. Pues llevaba con él su atmósfera: ésta le traicionaba más que su paso, que el crujido de la tierra, las hierbas, las hojas y las ramas. Atmósfera que se extendía acre y feroz; era palpable en las tinieblas, y hasta en el rostro de las aguas, y era el terror y la salvación de los débiles. Cuando llegaba, todo huía, se ocultaba, desaparecía. La tierra quedaba desierta; ya no había vida; ya no había caza; el felino pensaba estar solo en el mundo.

Y ahora, en la noche que se aproximaba, el coloso tenía hambre. Expulsado de su territorio por un cataclismo, había pasado por los riachuelos y el río, rodado por horizontes desconocidos. Ahora, en una nueva tierra conquistada por la derrota del tigre, buscaba en la brisa el olor de las carnes dispersas. Toda presa le parecía lejana; apenas percibía el estremecimiento de los animalillos ocultos en la hierba, algunos nidos de pájaros, dos garzas subidas sobre la horca de un álamo negro, y que, vigilantes, no se habrían dejado sorprender ni siquiera aunque el felino hubiera sido capaz de escalar el árbol; pero desde que había alcanzado su tamaño completo, sólo era capaz de escalar los troncos bajos y caminar por las ramas gruesas.

El hambre le hizo volverse hacia la oleada tibia que se derramaba con las entrañas del vencido; se aproximó y la olfateó: le repugnaba como si fuera un veneno. Impaciente, saltó sobre el tigre, le abrió las vértebras y se puso a dar vueltas.

El perfil de los peñascos le atrajo. Como estaban en el lado opuesto del viento, y su olfato no era tan bueno como el de los lobos, había ignorado la presencia de los hombres. Pero, al acercarse, supo que la presa estaba allí, y la esperanza aceleró su aliento.

Los Oulhamr vieron con terror la alta silueta del carnívoro. Desde la huida del megaceros, toda la leyenda siniestra, todo lo que hace temblar a los vivos, había pasado por delante de sus pupilas. En el atardecer rojizo vieron al león-tigre dar vueltas alrededor del refugio; metía el hocico entre los intersticios, sus ojos lanzaban chispas de estrellas verdes; todo su ser respiraba odio y hambre.

Al llegar ante el orificio por el que se habían deslizado los hombres, se agachó y trató de introducir por él la cabeza y los hombros; y los nómadas temieron por la estabilidad de los bloques. A cada ondulación del cuerpo majestuoso, Nam y Gaw se encogían con un suspiro de angustia. El odio impulsaba a Naoh, el odio de la carne deseada, el odio de la inteligencia nueva contra el instinto antiguo y su poder instintivo. Se acrecentó cuando el animal se puso a excavar la tierra. Aunque el león gigante no fuera bueno como animal excavador, sabía agrandar un agujero o derribar un obstáculo. Esa tentativa consternó a los hombres, de tal modo que Naoh se agachó y golpeó con el venablo: la fiera, alcanzada en la cabeza, lanzó un rugido furioso y dejó de excavar. Sus ojos fosforescentes penetraban en la penumbra; nictálope, distinguía claramente las tres siluetas, más irritantes por estar tan próximas.

Empezó de nuevo a dar vueltas, tanteando las aberturas, y siempre llegaba a aquella por la que se habían introducido los hombres.

 

Finalmente, volvió a excavar: un nuevo golpe con el venablo interrumpió su tarea y le hizo retroceder, con menos sorpresa que antes. En su cabeza opaca concibió que la entrada a la guarida era imposible, pero no abandonó la presa, guardando la esperanza de que, estando tan próxima, no se le escaparía. Tras una última aspiración y una última mirada, pareció ignorar la existencia de los hombres y se dirigió hacia el bosque.

Los tres nómadas se exaltaron; la retirada parecía más segura; aspiraban, deliciosamente la noche: fue uno de esos instantes en los que los nervios tienen mayor sutileza y los músculos más energía; innumerables sentimientos, levantando sus almas indecisas, evocaban la belleza primordial, amaban la vida y lo que contenía, degustaban algo hecho de todas las cosas; una felicidad creada por encima de la acción inmediata. Y como no podían comunicarse esa impresión, ni siquiera soñar en hacerlo, se volvieron unos hacia los otros y rieron, con una alegría contagiosa que sólo aparece en el rostro de los hombres. Esperaban, sin duda, que el león gigante regresaría, pero no tenían del tiempo una noción precisa, les habría sido funesta, por lo que podrían disfrutar el presente en su plenitud: la duración que separaba el crepúsculo de aurora parecía inagotable.

Según su costumbre, Naoh se había encargado de la primera guardia. No tenía sueño. Excitado por la batalla del tigre y del león gigante, cuando Gaw y Nam se acostaron sintió que se agitaban las ideas que la tradición y la experiencia habían acumulado en su cráneo. Se trababan confusamente y daban forma a la leyenda del mundo. Y el mundo era ya vasto en la inteligencia de los Oulhamr. Conocían la dirección del sol y de la luna, el ciclo de tinieblas que seguía a la luz, la luz siguiendo a las tinieblas, la estación fría alternándose con la caliente; el camino de los riachuelos y de los ríos; el nacimiento, la vejez y la muerte de los hombres; la forma, los hábitos y la fuerza de innumerables animales; el crecimiento de los árboles y las hierbas, el arte de dar forma al venablo, el hacha, la maza, el raspador y el arpón, y de servirse de todo ello; el curso del viento y de las nubes; el capricho de la lluvia y la ferocidad del rayo. Finalmente, conocían el fuego -la más terrible y amable, mismo tiempo, de las cosas vivas-, tan fuerte que podía destruir una sabana entera y un bosque completo con todos sus mamuts, rinocerontes, leones, tigres, osos, aurocs y uros.

La vida del fuego había fascinado siempre a Naoh. Lo mismo que los animales, le hacía falta una presa: se nutría de ramas, de hierbas secas; crecía; cada fuego nacía de otros fuegos; cada fuego podía morir. Pero su estatura es ilimitada y, por otra parte, se deja cortar sin fin; cada trozo puede vivir. Se reduce cuando se le quita el alimento; se hace pequeño como una abeja, como una mosca, y, sin embargo, puede renacer de una brizna de hierba, y volverse grande como un pantano. Es un animal y no lo es. No tiene patas ni cuerpo que se arrastre, pero va más rápido que los antílopes; no tiene alas y vuela en las nubes; no tiene boca y respira, gruñe, ruge; no tiene manos ni garras, pero se apodera de todo... Naoh lo amaba, lo detestaba y lo temía. De niño, había sufrido a veces su mordedura; sabía que no tiene preferencias por nadie - que puede devorar a aquellos que lo mantienen-, que es más solapado que la hiena, más feroz que la pantera. Pero su presencia es deliciosa; disipa la crueldad de las noches frías, es el reposo de las fatigas y vuelve temibles a los débiles hombres.

En la penumbra de las piedras basálticas, Naoh, con un suave y dulce deseo recordaba la hoguera del campamento, y el resplandor que permitía ver el rostro de Gammla. La luna que subía le recordaba su llama lejana. ¿De qué lugar de la tierra saldría la luna, y por qué, como el sol, no se apagaba jamás? Decrecía; había noches en las que no era más que un diminuto fuego como el que corre a lo largo de una brizna. Pero después se reanima. Sin duda, los hombres-ocultos se ocupan de su mantenimiento y le alimentan más o menos según la época... Esa noche no tenía su fuerza. Tan alta al principio como los árboles, disminuía luego, aunque luciendo cada vez más mientras subía por el cielo. Los hombres-ocultos han debido darle leña seca en abundancia.

Mientras el hijo del Leopardo sueña en estas cosas, los animales nocturnos salen a la aventura. Siluetas furtivas se deslizan sobre la hierba. Ve musarañas, gerbos, aguties, garduñas ligeras, comadrejas de cuernos de reptil; después viene un élafo de diez cuernos que huye, contraria a la luna, como una azagaya. Naoh se fija en sus piernas secas, en su cuerpo del color de la tierra y del roble, en los enramados que inclina sobre el cuello. Ha desaparecido; los lobos enseñan sus cabezas redondeadas, sus bocas finas, sus patas delineadas y vivas. El vientre es pálido, los costados y el dorso enrojecen, y una banda negruzca se dibuja en sus vértebras; los músculos fuertes hinchan la nuca, y su forma de andar revela algo solapado, juicioso y complejo, que subraya todavía más lo oblicuo de la mirada. Han olfateado al élafo, pero éste, en la húmeda penumbra, ha sido avisado también de la proximidad de los lobos, y su adelanto es considerable. Los hocicos inteligentes disciernen cómo decrecen continuamente los efluvios: los lobos saben que el herbívoro se aleja de ellos. Sin embargo, franquean la sabana hasta llegar a cubierto, donde penetran los más ligeros. La persecución parecía inútil. Todos regresaban con paso lento, decepcionados; algunos aúllan y gimen. Después, los hocicos empiezan a explorar la atmósfera. Ésta no revela nada próximo, salvo el cadáver del tigre y los hombres ocultos entre las piedras: una presa demasiado temible y una carne que, a pesar de su hambre, a los lobos les resulta repugnante.

Al principio, los lobos dan vueltas alrededor del cadáver, con prudencia excesiva que no deja nada al azar. Finalmente, los impacientes se arriesgan. Acercan la boca a la cabeza del tigre, cerca de la gran boca entreabierta, por donde hasta hacía poco respiraba una vida pestilente y formidable; exploran el cuerpo y lamen las heridas rojas. Sin embargo ninguno se decide a meter el diente en esa carne áspera, llena de veneno, para la que sólo los estómagos del buitre y de la hiena tienen suficiente vehemencia.

Un clamor acrecentó su incertidumbre: gemidos, aullidos y risotadas. Seis hienas surgieron en el claro de luna. Avanzaban con un paso equívoco, con sus robustos cuartos delanteros, los torsos que se agachan y se ahúsan terminando en unas patas muy finas. Patizambas, de hocico corto, con el poder para triturar los huesos de los leones, la pupila triangular, la oreja puntiaguda y las crines toscas, giraban, daban vueltas o saltaban como langostas. Los lobos sintieron que aumentaba el mal olor espantoso de sus glándulas.

Eran unos animales de gran estatura que, por la fuerza enorme de sus mandíbulas, hubieran podido plantar cara a los tigres. Pero no le hacían frente más que cuando estaban acorraladas, lo que apenas sucedía pues ningún animal buscaba su carne fétida, y los otros carroñeros eran más débiles que ellas. Aunque conocían su superioridad sobre los lobos, vacilaban, giraban en el resplandor nocturno, se acercaban y retrocedían, lanzando a intervalos clamores desgarradores. Finalmente, se lanzaron todas juntas al asalto.

Los lobos no ofrecieron resistencia alguna, aunque, convencidos de ser más ágiles, permanecían a escasa distancia. Como la perdían, lamentaban la presa desdeñada. Daban vueltas alrededor de las hienas con aullidos repentinos, con señales de falsos ataques, con gestos maliciosos, disfrutando al inquietar a los enemigos.

Las hienas, sombrías y gruñendo, atacaban el cadáver: hubieran preferido que estuviera pútrido, lleno de gusanos, pero sus últimas comidas habían sido escasas, y la presencia de los lobos excitaba su voracidad. Saborearon primero las entrañas; rompiendo las costillas con sus dientes indestructibles, sacaron el corazón, los pulmones, el hígado y la lengua rasposa, que había salido con la agonía. Estaba allí la voluptuosidad de rehacer la carne viva con la carne muerta, la suavidad de satisfacerse en lugar de errar con el vientre vacio y la cabeza inquieta. Los lobos lo entendían bien, pues habían perseguido en vano, desde el crepúsculo las emanaciones del aire y el suelo.

En la decepción y el furor, algunos fueron a olfatear los bloques de piedra. Uno de ellos deslizó la cabeza por una abertura; Naoh, con desdén, le golpeó con un venablo. Alcanzado en el hombro, el animal dio un salto sobre tres patas y lanzó un aullido lamentable. Entonces clamaron todos, de forma tremenda y feroz, en un simulacro de amenaza. Sus cuerpos rojizos se movían bajo el claro de luna, los ojos relucían el ardor y el temor de vivir, los dientes lanzaban vislumbres de espuma, mientras sus patas finas rasaban el suelo, con un ruido ligero clamoroso, o se ponían rígidas en la espera: el deseo de satisfacer el hambre se hacía insoportable. Pero como sabían que detrás del basalto se ocultaban seres astutos y sólidos, que sólo sucumbirían por sorpresa, dejaron de merodear. Reuniéndose en un consejo de caza, intercambiaron rumores y gestos, varios de ellos sentados sobre los cuartos traseros, la boca en actitud de espera, y otros, agitados, frotándose el lomo. Los más viejos llamaban la atención, sobre todo un lobo grande de pelaje descolorido y dientes de ocre: lo escuchaban, lo contemplaban y lo olfateaban con deferencia.

Naoh no dudaba de que tenían un lenguaje: de que se entendían para preparar emboscadas, acorralar a la presa, turnarse durante las persecuciones y para repartir el botín. Los miraba con curiosidad, como hubiera considerado a unos hombres, intentaba adivinar qué proyectos tenían. Un grupo de ellos cruzó el río a nado; los otros se esparcieron bajo los árboles. Sólo se escuchaba ya a las hienas que se encarnizaban sobre el cadáver del tigre.

La luna, menos vasta ya, pero más luminosa, prestaba languidez a las estrellas; las más débiles se habían vuelto invisibles, y las más brillantes parecían mal iluminadas, como ahogadas bajo una ola; un torpor equívoco se extendía por el bosque y la sabana. A veces, una lechuza surcaba la atmósfera azulada, extraordinariamente silenciosa sobre sus alas de guata; otras veces ranas chapoteaban en grupos, colocadas sobre las hojas de las ninfeas, o izadas en ramitas; los mochuelos, lanzándose en carreras temblorosas, chocaban con algún murciélago a través de la penumbra.

Finalmente, se escucharon unos aullidos. Se contestaban a lo largo del río y por las profundas espesuras; Naoh supo que los lobos habían rodeado a una presa. No pasó mucho tiempo antes de que estuviera seguro de ello. Un animal apareció en la llanura. Parecía un caballo de lomo estrecho; una raya marrón recorría su espinazo. Corría con la velocidad de los élafos, seguido por tres lobos que, siendo menos ligeros, sólo podían contar con su resistencia o con un accidente para alcanzarlo. Además, no iban a toda su velocidad, pues seguían respondiendo a los aullidos de sus compañeros emboscados. Estos surgieron enseguida, y el hemione se vio cercado. Se detuvo, temblando sobre sus patas, y exploró el horizonte antes de tomar una dirección. Todas las salidas estaban cortadas, salvo por el norte, por donde sólo se veía a un lobo viejo y gris. El animal acosado eligió ese camino. El viejo lobo, impasible, dejó que se acercara. Cuando estuvo próximo y se disponía a tomar una dirección oblicua, lanzó un aullido grave. Entonces sobre una pequeña colina, aparecieron otros tres lobos.

El hemione se detuvo y lanzó un largo gemido. Sintió a su alrededor la muerte y el dolor. El campo libre estaba cerrado, aquel en que en otro tiempo había sabido esquivar tantos deseos: y al mismo tiempo desfallecieron su astucia, sus patas ligeras y su fuerza. Volvió varias veces la cabeza hacia esos seres que no viven ni de hierbas ni de hojas, sino de carne viva; les imploró oscuramente. Pero éstos, intercambiando clamores, cerraron el círculo; sus ojos lanzaban treinta fuegos asesinos: enloquecían a la presa, pues tenían miedo de sus duras pezuñas de cuerno; los que estaban delante fingían ataques, para que dejara de vigilar los flancos... Los más próximos estaban a unos cuantos codos. Entonces, con un sobresalto, recurriendo una vez más a sus patas liberadoras, el animal vencido se lanzó violentamente para romper el cerco y superarlo. Pasó más allá del primer lobo, hizo tambalearse al segundo: el embriagador espacio estaba abierto delante. Pero una nueva fiera, apareciendo de improviso, saltó a los flancos del fugitivo; otros hundieron en él sus dientes cortantes. El animal coceó desesperadamente; un lobo rodó sobre la hierba con la mandíbula rota; pero la garganta del hemione se abrió, los flancos se volvieron púrpuras, dos corvas crujieron al chocar con los caninos: cayó bajo un racimo de bocas que lo devoraron todavía vivo.

Naoh contempló durante algún tiempo aquel cuerpo del que brotaban todavía alientos, quejas, su rebelión contra la muerte. Con gruñidos de alegría, los lobos atrapaban a bocados la carne tibia y bebían la sangre caliente; la vida entraba sin detenerse en los vientres insaciables. A veces, con inquietud, algún lobo viejo se volvía hacia el grupo de hienas: éstas hubieran preferido esa presa, más tierna y menos venenosa, pero sabían que los animales tímidos se vuelven valientes para defender lo que deben a su esfuerzo; no habían ignorado la persecución del hemione y la victoria de los lobos. Se resignaron, pues, al duro cadáver del tigre.

La luna estaba a medio camino del cenit. Naoh se había adormecido y Gaw se había ocupado de la guardia; confusamente, se entreveía al río fluyendo en el vasto silencio. Volvieron los problemas; se escucharon rugidos en los oquedales, crujidos en los arbustos, los lobos y las hienas levantaron sus bocas sanguinolentas, y Gaw, sacando la cabeza bajo la sombra de las piedras, tendió hacia el exterior el oído, la vista y el olfato... Escuchó un grito de agonía, un breve gruñido, y unas ramas que se apartaban. El león gigante salía del bosque con un gamo en las mandíbulas. Junto a él, humilde todavía, pero ya familiar, la tigresa avanzaba como un reptil gigantesco. Los dos se dirigieron hacia el refugio de los hombres.

Atemorizado, Gaw tocó a Naoh en el hombro. Los nómadas espiaron durante mucho tiempo a las dos fieras: el león-tigre desgarraba la presa con un gesto continuo y amplio. La tigresa sentía incertidumbre, súbitos temores, y lanzaba miradas oblicuas hacia aquel que había acabado con su macho. Naoh sintió una gran aprensión en el pecho y que su aliento se detenía

V.- Bajo los bloques de piedra.

 

 

Cuando la mañana llegó a la tierra, el león gigante y la tigresa seguían allí. Estaban adormecidos cerca de lo que quedaba del gamo, bajo una raya de sol claro. Y los tres hombres, metidos en el refugio de piedra, no podían apartar los ojos de sus formidables vecinos. Una alegría feliz descendía sobre el bosque, la sabana y el río. Las garzas conducían a sus crías a la pesca; un relampagueo nacarado precedía a la zambullida de los somormujos; por todas partes, en la hierba y en las ramas, había pequeños pájaros.

Un temblor casi brusco señaló la presencia del martín pescador; el arrendajo mostraba su ropaje azul, plateado y rojizo, y, a veces, la urraca burlona, posada sobre una horca, balanceaba su cola, de la que alternativamente parecían brotar la sombra y la luz. Sin embargo, grajos y cornejas graznaban sobre los esqueletos del hemione y del tigre: decepcionados ante esas osamentas en las que no quedaba nada de carne, se fueron en vuelos oblicuos hacia los restos del gamo. Allí, dos cuervos gruesos de color ceniciento impedían el paso. Esos animales, de cuello sin plumas y ojos de agua palustre, no se atrevían a tocar la presa de los felinos. Daban vueltas, se desviaban, lanzaban su pico al hocico pestilente y lo retiraban, con un movimiento estúpido o con bruscos impulsos. Después, inmovilizados, parecían sumergidos en un sueño que se rompía de pronto con un sobresalto de la cabeza. Aparte de la rojiza movilidad de una ardilla, que inmediatamente se sumergió tras las hojas, no se veía ningún mamífero: el olor de los grandes felinos los mantenía en la penumbra, ocultos en el fondo de refugios seguros.

Naoh pensó que el león había regresado por el recuerdo de los golpes del venablo; lamentó ese acto inútil, pues el Oulhamr no dudaba de que las fieras sabrían llegar a entenderse, y que cada una de ellas vigilaría por turnos cerca del refugio. Por su cerebro rodaban relatos en los que se mostraban el rencor y la tenacidad de los animales ofendidos por el hombre. A veces, el furor inflamaba su pecho; se levantaba entonces, blandiendo la maza o el hacha. Pero esa cólera desaparecía rápidamente: a pesar de su victoria sobre el oso gris, pensaba que el hombre era inferior a los grandes carniceros. La astucia que le había permitido triunfar en la penumbra de la gruta no serviría para el león gigante ni la tigresa.

Sin embargo, no veía otro final que el combate: tendrían que morir de hambre bajo las piedras, o aprovecharse de un momento en el que la tigresa estuviera sola. ¿Podía contar totalmente con Nam y Gaw?

Se estremeció, como si tuviera frío, y vio que los ojos de sus compañeros estaban fijos en él. Su fuerza experimentó la necesidad de tranquilizarlos:

-¡Nam y Gaw han escapado de los dientes del oso: escaparán de las garras del león gigante!

Los jóvenes Oulhamr volvieron el rostro hacia la temible pareja dormida. Naoh respondió a su pensamiento:

-El león gigante y la tigresa no estarán siempre juntos. El hambre los separará. Cuando el león esté en el bosque, combatiremos, pero Nam y Gaw tendrán que obedecer mis órdenes.

La palabra del jefe llenó de esperanza la carne de los jóvenes; e incluso la destrucción parecía menos temible si combatían al lado de Naoh. El hijo del Alamo, que tenía más facilidad para expresarse, gritó:

-¡Nam obedecerá hasta la muerte!

El otro levantó los dos brazos:

-Gaw no teme nada junto a Naoh.

El jefe los miró con dulzura; era como si la energía del mundo descendiera hasta sus pechos, con sensaciones innumerables, sin que ninguno de ellos encontrara palabras para expresarla, por lo que, lanzando el grito de guerra, Nam y Gaw blandieron sus hachas.

Los felinos se sobresaltaron con ese ruido; los nómadas gritaron más fuerte en señal de desafío; las fieras lanzaron rugidos de cólera... Todo volvió a quedar en calma. La luz cayó sobre el bosque; el sueño de los felinos tranquilizó a los ágiles animales que, furtivamente, pasaban a lo largo del río; los buitres, a largos intervalos, cogían algunos trozos de carne, la corola de las flores se alzaba hacia el cielo; la vida pasaba tan tenaz e innumerable que parecía poder apoderarse del firmamento.

Los tres hombres esperaban, con la misma paciencia que los animales. Nam y Gaw dormían a intervalos. Naoh retomaba proyectos fugitivos y monótonos, como los de los mamuts, los lobos o los perros.

Tenían todavía carne para una comida, pero la sed empezaba a atormentarles: sin embargo, pasarían varios días antes de que se hiciera intolerable.

El león gigante se levantó hacia el crepúsculo. Lanzando una mirada de fuego a los bloques de piedra, se aseguró de la presencia de los enemigos. Sin duda que no tenía un recuerdo exacto de los acontecimientos, pero su instinto de venganza se volvió a encender ante el olor de los Oulhamr; lanzó un resoplido de cólera e hizo su ronda por delante de los intersticios del refugio. Recordando finalmente que el fuerte era inabordable, y que de él brotaban garras, dejó de dar vueltas, deteniéndose cerca del cadáver del gamo, del que los cuervos apenas habían comido nada. La tigresa estaba ya allí.

Apenas tardaron nada en devorar los restos, y después el gran león volvió hacia la tigresa su cráneo rojizo.

Algo tierno brotó de la bestia feroz, y la tigresa respondió con una especie de maullido, con su largo cuerpo extendido en la hierba. El león-tigre frotó el hocico contra el lomo de su compañera y la lamió con una lengua rasposa y flexible. Ella aceptó la caricia, con los ojos entrecerrados, llenos de resplandores verdes; después dio un salto hacia atrás, y su actitud se volvió casi amenazadora. El macho gruñó - un gruñido ensordecedor y mimoso- mientras la tigresa retozaba en el crepúsculo.

Los resplandores anaranjados le daban el aspecto de una llama danzarina; se aplastaba sobre el suelo como una culebra inmensa, se arrastraba por la hierba y se ocultaba, para reaparecer con saltos inmensos. Su compañero, al principio inmóvil, fijó sobre sus patas negruzcas los ojos enrojecidos por el sol, se precipitó hacia ella. La tigresa huyó y se deslizó entre unos fresnos, y él la siguió arrastrándose.

Nam, que había visto desaparecer a las fieras, dijo:

-Se han ido... Hay que cruzar el río.

-¿Es que Nam no tiene ya orejas ni olfato? -contestó Naoh-. ¿O es que cree que puede saltar con más velocidad que el león gigante?

Nam bajó la cabeza: un aliento cavernoso se elevó entre los fresnos, dando a las palabras del jefe una significación imperiosa. El guerrero reconoció que el peligro estaba tan próximo como cuando los carnívoros dormían delante de los peñascos. Una esperanza, sin embargo, permanecía en el corazón de los Oulhamr: el león-tigre y la tigresa, al haberse unido, sentirían todavía más poderosa la necesidad de una guarida. Pues las fieras grandes raramente yacen sobre la tierra desnuda, sobre todo en estación de las lluvias.

66

Cuando los tres hombres vieron que el brasero del sol descendía hacia las tinieblas, concibieron la misma angustia secreta que agita a los herbívoros en el vasto país de los árboles y las hierbas. Y se acrecentó cuando reaparecieron sus enemigos. El paso del león gigante era grave, casi pesado, la tigresa daba vueltas a su alrededor con una alegría formidable. Volvieron a olfatear la presencia de los hombres en el momento en que el astro rojo se desplomaba, cuando un inmenso estremecimiento y voces hambrientas se elevaba en la llanura: las bocas monstruosas pasaban una y otra vez delante de los Oulhamr, y los ojos de fuego verde danzaban como resplandores sobre una laguna. Finalmente, el león-tigre se agachó mientras su compañera se deslizaba por las hierbas e iba a rastrear a los animales entre los matorrales de la orilla.

Grandes estrellas se encendieron en las aguas del firmamento. Después, el campo abierto palpitó por entero con esos pequeños fuegos inmutables, y el archipiélago de la Vía Láctea precisó sus golfos, sus estrechos, sus islas claras.

Gaw y Nam no contemplaban apenas los astros, pero Naoh no les era insensible. Su alma confusa extraía de allí un sentido más agudo de la noche, las tinieblas y el espacio. Creía que la mayor parte de las estrellas aparecían tan sólo como chispas de una brasa, variables cada noche, pero que algunas regresaban con persistencia. La inactividad en la que vivía desde la víspera había encendido en él cierta energía perdida, y soñaba ante la masa negra de los vegetales y los resplandores dedicados del cielo. Y en su corazón se exaltaba algo que le unía más estrechamente a la tierra.

La luna se deslizaba entre las enramadas. Iluminaba al león gigante, acurrucado entre las hierbas altas, y a la tigresa que, dando vueltas desde la sabana hasta el bosque, trataba de capturar algún animal. Esa maniobra inquietaba al jefe.

Sin embargo, la tigresa acabó por meterse tan profundamente en el bosque que habrían podido luchar sólo contra su compañero. Naoh se habría arriesgado quizá a esa aventura si la fuerza de Nam y la de Gaw hubieran sido comparables a la suya. Sufría por la sed. Nam sufría todavía más: aunque no era todavía su turno de guardia, no podía dormir. El joven Oulhamr tenía abiertos en la penumbra unos ojos enfebrecidos; también Naoh estaba triste. Nunca le había parecido tan larga la distancia que le separaba de la horda, de esa pequeña isla de seres, fuera de la cual estaba perdido en la inmensidad cruel. La figura de las mujeres flotaba a su alrededor como una fuerza más suave, más segura y duradera que la de los machos... En su ensoñación, se durmió con ese sueño de vigilia que disipa la más ligera aproximación. El tiempo pasó bajo las estrellas. Naoh sólo se despertó con el retorno de la tigresa. No traía ninguna presa y parecía fatigada. El león-tigre, levantándose, la olfateó mucho tiempo y partió a su vez a la caza. También él siguió la orilla del río, se ocultó en los matorrales, prolongó su curso por el bosque.

Naoh no dejaba de espiarle, a veces estaba a punto de despertar a los otros (Nam había sucumbido al sueño), pero un instinto cierto le advertía de que el animal no estaba todavía lo bastante lejos. Finalmente, se decidió, tocó a sus compañeros en el hombro y, cuando estuvieron en pie, murmuró:

-¿Nam y Gaw están dispuestos a combatir?

Éstos respondieron:

-¡El hijo de la Saiga seguirá a Naoh!

-Nam combatirá con el venablo y el arpón.

Los jóvenes guerreros miraron a la tigresa. Aunque el animal estaba acostado, no dormía: a cierta distancia, con el dorso vuelto hacia los bloques de piedra, acechaba. Pero Naoh, durante su vigilia, había despejado en silencio la salida. Si la atención de la tigresa se despertaba de pronto, sólo un hombre, todo lo más dos, tendrían tiempo para salir del refugio. Tras asegurarse de que las armas estaban dispuestas, Naoh empezó por sacar su arpón y su maza, y después se deslizó hacia el exterior con una prudencia infinita. El azar le favoreció: los aullidos de los lobos y los gritos de la lechuza cubrieron el ligero ruido de su cuerpo arrastrándose por la tierra. Naoh estaba sobre la pradera, y la cabeza de Gaw surgía ya por la abertura. El joven guerrero salió con un movimiento brusco; la tigresa se dio la vuelta y contempló fijamente a los nómadas. La sorpresa hizo que no atacara inmediatamente, por lo que Nam también pudo salir. Sólo entonces, la tigresa dio un salto, con un rugido de llamada; después siguió acercándose a los hombres, sin prisas, convencida de que no podrían escapar. Pero éstos ya habían levantado sus azagayas. Nam tenía que ser el primero en lanzar la suya, y después Gaw, y los dos apuntarían a las patas. El hijo del Álamo se aprovechó de un momento favorable. El arma silbó; cayó demasiado alta, cerca del hombro. Bien porque la distancia era excesiva, o porque la punta se deslizara sesgadamente, la tigresa no pareció sentir ningún dolor: gruñó y precipitó la carrera. Fue entonces Gaw el que lanzó el dardo. Falló el blanco porque el animal se había apartado. Era el turno de Naoh.

Más fuerte que sus compañeros, podía hacer una herida profunda. Lanzó el dardo cuando la tigresa sólo estaba a veinte codos, y la alcanzó en la nuca. Esa herida no detuvo al animal, que precipitó su impulso. Cayó sobre los tres hombres como un bloque: Gaw cayó alcanzado por una garra en un pecho. Pero la maza pesada de Naoh la había golpeado; la tigresa aulló, con una pata rota, mientras el hijo del Álamo la atacaba con su venablo. Se dio la vuelta con una velocidad prodigiosa, aplastó a Nam contra el suelo y se levantó sobre sus patas traseras para coger a Naoh. Lanzó hacia él la boca monstruosa con un aliento ardiente y fétido; una zarpa le desgarró... La maza volvió a caer todavía. Aullando de dolor, la fiera sintió un vértigo que permitió al nómada separarse de ella y dislocarle una segunda pata. La tigresa giró sobre sí misma, buscando una posición de equilibrio, mordiendo en el vacío, mientras que la maza caía sin descanso sobre sus miembros. La bestia cayó, y Naoh hubiera podido terminar con ella, pero las heridas de sus compañeros le inquietaban. Encontró a Gaw de pie, con el torso enrojecido por la sangre que brotaba de su pecho: tres largas heridas rayaban la carne. En cuanto a Nam, yacía aturdido, con unas heridas que parecían ligeras; un dolor profundo se extendía por su pecho y sus riñones; no podía levantarse. Respondió a las preguntas de Naoh como un hombre medio dormido. Entonces el jefe preguntó:

-¿Puede Gaw llegar hasta el río?

-Gaw irá hasta el río -murmuró el joven Oulhamr.

Naoh se agachó y pegó la oreja al suelo, y después aspiró largo tiempo el espacio. Nada revelaba la cercanía del león gigante y como, tras la fiebre del combate, la sed se volvía intolerable, el jefe tomó a Nam en sus brazos y lo llevó hasta la orilla del agua. Allí ayudó a Gaw a saciarse, bebió él mismo en abundancia y dio de beber a Nam vertiéndole el agua entre los labios con las dos manos. Después regresó hacia las piedras basálticas, llevando a Nam contra su pecho y sosteniendo a Gaw que trastabillaba.

Los Oulhamr no sabían todavía la forma de curar las heridas: las cubrían con algunas hojas que un instinto más animal que humano les hacía elegir entre las más aromáticas. Naoh salió para buscar hojas de sauce y de menta, que machacó y aplicó después sobre el pecho de Gaw. La sangre brotaba en menor cantidad, y nada anunciaba que las heridas fueran mortales. Nam salió de su torpor, aunque sus miembros, sobre todo las piernas, permanecían inertes. Y Naoh no se olvidó de las útiles palabras.

-Nam y Gaw han combatido bien... Los hijos de los Oulhamr proclaman su valor.

Las mejillas de los jóvenes se animaron con la alegría de ver a su jefe, una vez más, victorioso.

-Naoh ha vencido a la tigresa -murmuró el hijo de la Saiga, con una voz profunda-, lo mismo que había vencido al oso gris.

-¡No hay ningún guerrero tan fuerte como Naoh! -gimió Nam.

Entonces el hijo del Leopardo repitió la palabra de esperanza con tanta fuerza que los heridos sintieron la suavidad del futuro:

-¡Recuperaremos el fuego!

Y añadió:

-El león gigante está todavía lejos... Naoh va a cazar una presa.

Naoh iba y venía por la llanura, sobre todo cerca del río. A veces se detenía ante la tigresa. Todavía vivía. Bajo la carne manchada de sangre, los ojos brillaban intactos: espiaba al gran nómada, que se movía a su alrededor. Las heridas del costado y del dorso eran ligeras, pero las patas tardarían mucho tiempo en curar.

Naoh se detuvo junto a la vencida; como pensaba que tenía impresiones semejantes a las de un hombre, gritó:

-Naoh ha roto las patas a la tigresa... La ha vuelto más débil que una loba.

Al acercarse el guerrero, se sobresaltó con un rugido de cólera y de temor. Levantó la maza:

-¡Naoh puede matar a la tigresa, y la tigresa no puede levantar una sola de sus garras contra Naoh!

Se escuchó un ruido confuso. Naoh reptó entre la hierba alta. Aparecieron unos ciervos que huían de perros todavía invisibles, aunque se escuchaban sus ladridos. Saltaron al agua tras haber olfateado el olor de la tigresa y del hombre, pero silbó el dardo de Naoh; alcanzado en un costado, uno de los ciervos fue arrastrado a la deriva. Naoh lo alcanzó en unas brazadas. Tras acabar con él de un mazazo, lo cargó sobre sus hombros y lo llevó al refugio, a trote rápido, pues olfateaba el peligro cercano... Cuando se deslizaba entre las piedras, el león gigante salió del bosque.

VI.- La huida en la noche.

 

 

Habían pasado seis días desde el combate de los nómadas y la tigresa. Las heridas de Gaw cicatrizaban, pero el guerrero no había podido recuperar todavía la fuerza que se le había escapado con la sangre. En cuanto a Nam, aunque ya no sufría, seguía teniendo dificultades en el movimiento de una de las piernas. La impaciencia y la inquietud roían a Naoh.

Cada noche, el león gigante se ausentaba más tiempo, pues los animales conocían cada vez más su presencia: ésta impregnaba las penumbras del bosque, creaba el espanto en las orillas del río. Como era voraz y seguía alimentando a la tigresa, su tarea era dura: a menudo, los dos sufrían hambre; su vida era más desgraciada y más inquieta que la de los lobos.

La tigresa se iba curando; se arrastraba por la sabana con tanta lentitud y con unas patas tan poco hábiles que Naoh apenas se alejaba de ella para gritarle su derrota. Pero no la mataba, porque el cuidado de alimentarla fatigaba a su compañero y prolongaba sus ausencias. Y así se estableció una costumbre entre el hombre y el animal herido. Al principio, las imágenes del combate se reavivaban en la tigresa, llenando su pecho de cólera y temor. Escuchaba con odio la voz articulada del hombre, esa voz irregular y variable, tan diferente de las voces que rugen, aúllan o gruñen, y levantaba su gran cabeza mostrando las armas formidables que formaban sus mandíbulas.

El hombre, haciendo girar la maza o levantando el hacha, repetía:

-¿De qué valen ahora las garras de tigresa? Naoh puede romperle los dientes con la maza, abrirle el vientre con el venablo. ¡La tigresa ya no tiene contra Naoh más fuerza que el ciervo o la saiga!

Ella se acostumbraba a los discursos, al giro de las armas, y fijaba la luz verde de sus ojos, que ya había vuelto a abrir, sobre la singular silueta vertical. Y aunque se acordaba de los golpes terribles de la maza, no tenía ya miedo de otros golpes, pues la naturaleza de los seres les hace creer en la presencia de lo que ven renovarse. Y el animal, cada vez que Naoh levantaba la maza sin dejarla caer, esperaba que no lo hiciera. Y como, por otra parte, había comprendido que el hombre era temible, ya no lo consideraba como una presa, sino que simplemente se familiarizaba con su presencia, y la familiaridad sin objetivo es, para todos los animales, una especie de simpatía. Finalmente, a Naoh le resultó placentero dejar vivir a la felina: así su victoria era más continua y segura. Y, de esa manera, él también sentía por ella una unión confusa.

Llegó el tiempo en el que, durante la ausencia del león gigante, Naoh ya no iba solo hasta el río: Gaw se arrastraba tras él. Después de haber bebido, llevaba agua para Nam, en el hueco de una corteza. A la quinta noche, la tigresa se había arrastrado hasta el borde del agua, más con la ayuda del cuerpo que con la de las patas, y bebió penosamente, pues la orilla estaba inclinada. Naoh y Gaw se pusieron a reír.

El hijo del Leopardo decía:

-¡Una hiena es ahora más fuerte que la tigresa... Los lobos la matarían!

Y después, habiendo llenado de agua la corteza hueca, quiso, como una bravata, colocarla delante de la tigresa. Esta dio un bufido suave y después bebió. Eso divirtió a los nómadas, tanto que Naoh volvió a hacerlo. Después, gritó con burla:

-La tigresa ya no sabe beber en el río.

Y su poder le produjo placer.

Al octavo día, Nam y Gaw se creyeron lo bastante fuertes como para franquear la extensión, y Naoh preparó la huida para la noche siguiente.

Esa noche descendió húmeda y pesada: el crepúsculo de arcilla roja estuvo mucho tiempo en la parte delantera del cielo; las hierbas y los árboles cedían bajo la lluvia; las hojas caían con un ruido de diminutas alas y un rumor de insectos. Grandes lamentaciones se elevaban desde la profundidad de los oquedales y las malezas de seres ateridos de frío, pues la fieras estaban tristes y las que tenían hambre se albergaban en su guarida.

Al mediodía, el león-tigre mostró su malestar; salió de su sueño con un estremecimiento: la imagen de un abrigo sólido, como la caverna en la que había vivido antes del cataclismo, cruzó por su memoria. Había elegido un hueco en medio de la sabana, en parte lo había preparado para él y la tigresa, pero no vivía cómodo. Naoh pensó que, sin duda, aquella noche, al partir de caza, buscaría alguna guarida. Su ausencia sería larga. Los Oulhamr tendrían tiempo de franquear el río; la lluvia favorecería su retirada: movería la tierra, borraría el olor de los rastros y el león gigante no sabría seguirlos con sutileza.

Poco después del crepúsculo, el felino se puso en marcha. Primero exploró las zonas vecinas, se aseguró que no hubiera ninguna presa cercana, y después, como las otras noches, se metió en el bosque. Naoh esperó inseguro, pues el olor excesivamente húmedo de los vegetales no dejaba percibir fácilmente el de las fieras; el ruido de las hojas y de las gotas de agua dispersaba el oído. Pero, finalmente, dio la señal, poniéndose a la cabeza de la expedición, mientras Nam y Gaw le seguían a derecha e izquierda. Esa disposición permitía prever mejor los acercamientos y volvía a los nómadas más circunspectos. Primero tenían que franquear el río. En sus salidas, Naoh había descubierto un lugar que podían vadear hasta la mitad de la corriente. Después, tenían que nadar hacia una roca, desde la que recomenzaba el vado. Antes de emprender la travesía, los guerreros borraron sus rastros; dieron vueltas algún tiempo junto al río, cortando y volviendo a cortar las líneas, deteniéndose y tratando de reforzar la huella de su paso. Tenían que guardarse también de tomar directamente el vado: llegaron a él a nado.

En la otra orilla, volvieron a entrecruzar sus pasos, describiendo largos desvíos y curvas caprichosas, y después salieron de esos meandros sobre hierbas arrancadas de la sabana. Iban colocando los montones de hierba de dos en dos, y luego los quitaban, era un estratagema con el que el hombre superaba al élafo más sutil y al lobo más sagaz. Tras franquear trescientos o cuatrocientos codos, creyeron haber hecho lo suficiente para desanimar la persecución, y prosiguieron el viaje en línea recta.

Avanzaron algún tiempo en silencio, y después Nam y Gaw se interpelaron, mientras Naoh prestaba atención. A lo lejos, había sonado un ruido: se repitió tres veces, seguido de un largo maullido.

Nam dijo:

-Es el león gigante.

-¡Vayamos más veloces! -murmuró Naoh.

Recorrieron un centenar de pasos sin que nada turbara la paz de las tinieblas; después, la voz sonó más próxima:

-¡El león gigante está junto al río!

Avivaron todavía más la marcha: ahora los ruidos se sucedían en sacudidas estridentes, llenas de cólera e impaciencia. Los nómadas comprendieron que el animal seguía sus rastros entremezclados: el corazón les latió contra el pecho como el pico de un pájaro contra la corteza de los árboles; se sintieron desnudos y débiles ante la masa pesada de la sombra. Por otra parte, esa sombra les tranquilizaba, les ponía incluso al abrigo de la mirada de los seres nocturnos. El león gigante sólo podía seguirles la pista, y si atravesaba el río se encontraría con la astucia de los hombres, ignorando por dónde habían pasado.

Un rugido formidable cruzó el campo abierto; Nam y Gaw se acercaron a Naoh:

-¡El gran león ha pasado el agua! -murmuró Gaw.

-¡Marchemos! -respondió imperiosamente el jefe, aunque él se detenía y se agachaba para escuchar mejor las vibraciones de la tierra.

Golpe a golpe, estallaron otros clamores.

Naoh, levantándose, gritó:

-¡El gran león está todavía en la otra orilla!

La voz que gruñía se iba haciendo más baja; el animal había abandonado la persecución y se retiraba hacia el norte. Pero era improbable que otro felino de gran estatura entrara en el territorio; en cuanto al oso gris, raro ya en el territorio en el que Naoh había luchado con él, sería muy difícil de encontrar tan lejos hacia el sur. Y los tres juntos no temían ni al leopardo ni a la pantera grande.

Avanzaron mucho tiempo; la llovizna se disipó, las tinieblas siguieron siendo profundas. Una espesa muralla de nubes cubría las estrellas. No se veía más que esas fosforescencias ligeras que brotan de las plantas o se posan sobre las aguas; un animal jadeaba en silencio o dejaba oír el frotamiento de sus patas; un gruñido rodaba sobre las hierbas mojadas; las fieras que iban de caza aullaban, chillaban o ladraban.

Los Oulhamr se detenían para captar los ruidos y los olores, que son como la red aérea de los animales. Al fin, Nam y Gaw empezaron a cansarse. Nam sentía debilidad alrededor de sus huesos, y las cicatrices de Gaw estaban todavía calientes: tenían que buscar un abrigo. Avanzaron, no obstante, cuatro mil codos más: el aire se volvió más húmedo, el aliento del espacio se hinchó. Adivinaron que una gran masa de agua estaba próxima, y enseguida estuvieron seguros de ello.

Todo parecía apacible. Apenas si algunos ruidos furtivos anunciaban la huida de algún animalillo, o si alguna forma aparecía y desaparecía en un salto rápido. Naoh terminó por elegir como abrigo un enorme álamo negro. El árbol no podía ofrecer defensa alguna contra el ataque de las fieras; pero en las tinieblas, ¿cómo encontrar un refugio seguro o que no estuviera ocupado? El musgo estaba mojado, y el tiempo era fresco. Pero eso les importaba poco a los Oulhamr; tenían una piel tan resistente a la intemperie como la de los osos o los jabalíes: Nam y Gaw se tendieron sobre el suelo y cayeron inmediatamente en el sueño; Naoh vigiló. No estaba cansado, había reposado mucho bajo las piedras basálticas y, como estaba bien preparado para las marchas, los trabajos y los combates, resolvió prolongar la guardia para que Nam y Gaw se fortalecieran todavía más.

SEGUNDA PARTE

 

I.- Las cenizas.

 

 

Durante mucho tiempo, se encontró en esa oscuridad sin astros que había retrasado la huida. Después, una claridad se filtró por oriente. Extendiéndose con suavidad entre el musgo de las nubes, descendía como un manto de perlas. Naoh vio que un lago cerraba el camino del sur: no podía ver su final. El lago vibraba lentamente: el nómada se preguntó si sería necesario rodearlo hacia el este, donde se distinguía una cadena de colinas, o hacia el oeste, pálido y plano, entrecortado de árboles.

La luz seguía siendo débil; una brisa corría delicadamente desde la tierra a las olas; muy por encima, se levantó un viento fuerte que empujaba y horadaba las nubes. La luna, que estaba en su último cuarto, acabó por dibujarse entre los vapores deshilachados.

Bien pronto, una gran cisterna azul recibió la imagen arqueada. Para la pupila de vista aguda de Naoh, el lugar se dibujaba hasta las fronteras mismas del horizonte: hacia levante, el jefe discernió cosas y líneas arborescentes, difuminadas contra la luz de la luna, que indicaban el camino del viaje; por el sur, y hacia el oeste, el lago se extendía indefinidamente.

Reinaba un silencio que parecía desplegarse desde las aguas hasta la luna creciente y plateada; la brisa se hizo tan débil que apenas si sacaba, a intervalos, un suspiro de los vegetales.

Cansado de estar inmóvil, e impaciente por precisar su visión, Naoh salió de la sombra del álamo y caminó a lo largo de la orilla. Según la disposición del terreno y de los vegetales, el lugar se abría mucho o se recogía, y las fronteras orientales del lago parecían más precisas; numerosos rastros revelaban el paso de ganados y fieras. El nómada se detuvo de pronto con un gran estremecimiento; sus ojos y su nariz se dilataron, el corazón le latió por la ansiedad y por un arrobamiento extraño; los recuerdos aparecieron con tanta energía que creyó volver a ver el campamento de los Oulhamr, el lugar humeante y la figura flexible de Gammla. Y es que, en el seno de la hierba verde, se abría un hueco con brasas y ramas consumidas a medias: el viento aún no había dispersado el polvo blancuzco de las cenizas.

Naoh imaginó la tranquilidad de un descanso, el aroma de las carnes asadas, el calor tierno y los saltos rojizos de la llama; pero al mismo tiempo veía al enemigo. Lleno de temor y de prudencia, se arrodilló para considerar mejor el rastro formidable de los que por allí habían pasado. Enseguida supo que había por lo menos tres veces más de guerreros que de dedos de sus dos manos, y que no había entre ellos ni mujeres ni ancianos ni niños. Era una de esas expediciones de caza y de descubrimiento que las hordas envían a veces a grandes distancias. El estado de los huesos y los restos de carne concordaba con las indicaciones suministradas por la hierba.

Naoh necesitaba saber de dónde venían los cazadores y por dónde habían pasado. Temía que pertenecieran a la raza de los devoradores de hombres, quienes desde la juventud de Goun ocupaban los territorios meridionales a los dos lados del Gran Rio. En los miembros de esa raza, la estatura era superior a la de los Oulhamr y a la de todas las razas que habían visto los jefes y los ancianos. Eran los únicos que se alimentaban de la carne de sus semejantes, aunque no la prefirieran a la de los élafos, los jabalíes, las ciervas, los corzos, los caballos o los hemiones. Su número no parecía considerable: sólo se conocían de ellos tres hordas, mientras que Ouag, hijo del Lince, el mayor aventurero nacido entre los Oulhamr, había conocido, sin embargo, hordas que sólo comían la carne del hombre.

Mientras que esos recuerdos invadían a Naoh, éste no dejaba de perseguir los rastros dejados en el suelo y entre los vegetales. La tarea era fácil, pues los errantes, confiando en su número, no se ocupaban de ocultar su avance. Habían rodeado el lago hacia oriente, y probablemente trataban de llegar a las orillas del Gran Río.

El nómada pensó en dos proyectos: llegar a la expedición antes de que ésta hubiera regresado a sus tierras de caza y quitarles el fuego mediante la astucia; o bien superarla, llegar antes que ella cerca de la horda, cuando ésta estaba privada de sus mejores guerreros, y acechar el momento favorable.

Para no tomar un camino equivocado, era necesario seguir primero la pista. Y su imaginación salvaje, a través de las aguas, las colinas y las estepas, no dejaba de ver a aquellos caminantes que llevaban con ellos la fuerza soberana de los hombres. El sueño de Naoh tenía la precisión de la realidad; estaba lleno de actos, de energía, de gestos eficaces. Se abandonó al sueño durante mucho tiempo, mientras la brisa se hacía más suave, se apaciguaba, desaparecía de hoja en hoja, de brizna de hierba en brizna.

II.- El acecho delante del fuego.

 

 

Desde hacía tres días, los Oulhamr seguían la pista de los devoradores de hombres. Rodearon primero el lago hasta el pie de las colinas. Después entraron en un país en el que los árboles alternaban con las praderas. Su tarea resultó fácil porque los caminantes avanzaban sin tomar precauciones; encendían grandes fuegos para asar sus presas o abrigarse del frío de las noches brumosas.

En cambio, Naoh utilizaba continuamente la astucia para despistar a aquellos que pudieran seguirles. Elegía los suelos duros, las hierbas flexibles que se rehacían con prontitud, aprovechaba el lecho de los torrentes, pasaba, vadeándolos o a nado, algunos giros del lago, y a veces equivocaba las huellas. Y a pesar de esa prudencia, ganaba terreno. Al final del tercer día, estaba tan cercano a los devoradores de hombres que creyó poder alcanzarlos si avanzaba una sola noche.

-¡Que Nam y Gaw preparen sus armas y su valor -dijo-, pues esta noche volverán a ver el fuego!

Los jóvenes guerreros, según que soñaran en la alegría de ver saltar las llamas, o en la fuerza de sus enemigos, respiraban más fuerte o se quedaban sin aliento.

-¡Reposemos primero! -siguió diciendo el hijo del Leopardo-. Nos acercaremos a los devoradores de hombres mientras duermen, y trataremos de engañar a los que vigilan.

Nam y Gaw concibieron la proximidad de un peligro más grande que todos los otros: la leyenda de los devoradores de hombres era temible. Su fuerza, su audacia y su ferocidad superaban a las de las hordas conocidas. Algunas veces, los Oulhamr habían sorprendido y exterminado a grupos poco numerosos; pero con mayor frecuencia habían sido los Oulhamr quienes habían perecido bajo sus hachas cortantes y sus mazas de roble.

Según el viejo Goun, descendían del oso gris; sus brazos eran más largos que los de los otros hombres; sus cuerpos tan velludos como el cuerpo de Aghoo y de sus hermanos. Y como se nutrían de los cadáveres de sus enemigos, espantaban a las hordas temerosas.

Cuando el hijo del Leopardo hubo hablado, Nam y Gaw, temblorosos, inclinaron la cabeza, y después reposaron hasta mitad de la noche.

Se levantaron antes de que la luna creciente hubiera blanqueado el fondo del cielo. Después de que Naoh reconociera de antemano el camino, avanzaron primero entre las tinieblas. Al levantarse la luna, se dieron cuenta de que se habían desviado, y después recuperaron el camino. Sucesivamente, atravesaron un monte con matorrales, cruzaron tierras pantanosas y franquearon un pequeño río.

Finalmente, desde la cumbre de una colina, ocultos entre las hierbas espesas y sacudidos por una emoción terrible, vieron el fuego.

Nam y Gaw temblaban; Naoh permanecía inmóvil, con las corvas como rotas y el aliento ronco. Después de haber pasado tantas noches en el frío, la lluvia, las tinieblas, después de tantas luchas, con el hambre, la sed, el oso, la tigresa y el león gigante, aparecía por fin el signo resplandeciente de los hombres.

Y era en una llanura cortada por terebintos y sicomoros, no lejos de la laguna, unas brasas en semicírculo, cuyas llamas se alargaban alrededor de los tizones. Y arrojaba un resplandor de crepúsculo que embebía, bañaba y vivificaba la estructura de las cosas.

Saltamontes rojos, luciérnagas de rubí, de carbunclo o de topacio agonizaban en la brisa; unas alas escarlatas crujían al dilatarse; una humareda brusca ascendía en espiral y se aplanaba en el claro de luna; había llamas levantadas como víboras, palpitantes como olas, imprecisas como nubes.

Los hombres dormían cubiertos con pieles de élafos, de lobos, de musmones, cuyo pelo aplicaban sobre el cuerpo. Las hachas, las mazas y las jabalinas estaban tendidas sobre la sabana; dos guerreros vigilaban. Uno de ellos, sentado sobre la provisión de leña seca, con los hombros abrigados con una piel de carnero, tenía la mano sobre el venablo.

Un rayo cobrizo golpeaba su rostro, cubierto hasta cerca de los ojos de un pelo semejante al de los zorros. Su piel velluda recordaba la de los musmones, de la boca sobresalían unas trompas enormes bajo una nariz plana, de ventanas circulares; dejaba colgar sus brazos largos como los del hombre de los Árboles, mientras que sus piernas se plegaban, cortas, gruesas y arqueadas.

El otro guardián caminaba furtivamente alrededor del fuego. Se detenía a intervalos, tendía el oído, las ventanas de su nariz interrogaban el aire húmedo que caía sobre la llanura a medida que se elevaban los vapores sobrecalentados. Era de una estatura igual a la de Naoh, de cráneo enorme, orejas de lobo, puntiagudas y retráctiles; los cabellos y la barba los tenía en mechones, separados por islotes de piel de color azafranado; sus ojos fosforecían en la penumbra, o se ensangrentaban con los reflejos de la llama; tenía pectorales levantados en cono, el vientre plano, el muslo triangular, la tibia cortante como el hacha, y unos pies que hubieran sido pequeños de no ser por la longitud de los dedos. Todo el cuerpo, pesado y recogido como el de los búfalos, revelaba una fuerza inmensa, pero menor actitud para la carrera que el cuerpo de los Oulhamr.

El guardián había interrumpido su avance. Dirigió la cabeza hacia la colina. Sin duda que alguna vaga emanación le inquietaba, pues no reconocía en ella ni el olor de los animales, ni el de las gentes de su horda, mientras que el otro guardián, dotado de un olfato menos sutil, seguía somnoliento.

-¡Estamos demasiado cerca de los devoradores de hombres! -comentó con voz baja Gaw-. El viento les lleva nuestro rastro.

Naoh sacudió la cabeza, pues tenía más miedo del olfato del enemigo que de su vista o su oído.

-¡Hay que ponernos contra el viento! -añadió Nam.

-El viento sigue el camino de los devoradores de hombres -respondió Naoh-. Si damos la vuelta, serán ellos quienes marcharán detrás de nosotros.

No tenía necesidad de explicar su pensamiento: Nam y Gaw conocían, lo mismo que las fieras, la necesidad de seguir a la presa, en lugar de precederla, a menos que se fuera a tender una emboscada.

Sin embargo, el guardián dirigió la palabra a su compañero, quien hizo un signo negativo. Pareció que también él se iba a sentar, pero avanzó en la dirección de la colina.

-Hay que retroceder - dijo Naoh.

Con la mirada buscó un abrigo que pudiera atenuar las emanaciones. Cerca de la cima crecía un matorral espeso: los Oulhamr se ocultaron en él y, como la brisa era ligera, si se rompía llevarían un efluvio demasiado débil para el olfato humano. El guardián detuvo pronto su marcha; tras algunas aspiraciones vigorosas, regresó al campamento.

Los Oulhamr permanecieron mucho tiempo inmóviles. El hijo del Leopardo pensaba en estratagemas, con la mirada puesta en el resplandor ensombrecido de las brasas. Pero no descubrió a ninguna. Pues si el menor obstáculo puede tapar a una visión aguda, si es posible caminar suavemente sobre la estepa para engañar al antílope o al hemione, la emanación se extiende al pasar y permanece sobre la pista: sólo el alejamiento y el viento contrario la ocultan. El rugido de un chacal hizo levantar la cabeza al gran nómada. Al principio lo escuchó en silencio, pero después expresó una risa ligera:

-Estamos en el país de los chacales. Nam y Gaw tratarán de abatir uno.

Sus compañeros volvieron hacia él sus rostros asombrados, y él siguió diciéndoles:

-Naoh vigilará en ese matorral... el chacal es tan astuto como el lobo: jamás el hombre podría acercársele. Pero siempre tiene hambre. Nam y Gaw pondrán un trozo de carne y esperarán a escasa distancia. El chacal vendrá; se acercará y se alejará. Después volverá a acercarse y alejarse. Luego dará vueltas alrededor vuestro y de la carne. Si no os movéis, si vuestra cabeza y manos son como piedras, al cabo de mucho tiempo se arrojará sobre la carne. Vendrá y se irá. Vuestra azagaya debe ser más ágil que él.

Nam y Gaw partieron a la búsqueda de chacales. No es difícil seguirles; su voz les denuncia: saben que ningún animal les busca para convertirlos en su presa. Los dos Oulhamr los encontraron cerca de un macizo de terebintos. Había cuatro, encarnizados sobre huesos de los que habían roído toda la fibra. No huyeron delante de los hombres; lanzaron sobre ellos pupilas vigilantes; chillaron suavemente, dispuestos a escapar en cuanto pensaban que los recién llegados estaban demasiado próximos.

Nam y Gaw hicieron como había dicho Naoh. Pusieron en el suelo un cuarto de cierva y, alejándose, permanecieron tan inmóviles como el tronco de los terebintos. Los chacales avanzaron con pequeños pasos sobre la hierba. Su temor se debilitaba con el olor de la carne. Aunque a menudo habían encontrado al animal vertical, ninguno había experimentado sus astucias: sin embargo, como lo consideraban más fuerte que ellos, sólo le seguían a distancia, y como su inteligencia era fina, y como sabían que el peligro no cesa jamás ni bajo la luz ni en las tinieblas, actuaban con desconfianza. Por eso, dieron vueltas mucho tiempo junto a los Oulhamr, hicieron muchos círculos, se emboscaron en los macizos de terebintos y volvieron a aparecer, rodeando a menudo a los cuerpos inmóviles. La luna creciente enrojeció por oriente antes de que sus dudas y su paciencia terminaran.

Sus acercamientos se volvían cada vez más atrevidos; llegaban a estar a veinte codos de la comida; se detenían mucho tiempo con murmullos. Finalmente, su codicia se exasperó; se decidieron, precipitándose todos juntos, para no dar ninguna ventaja los unos a los otros. Fue tan rápido como lo había previsto Naoh. Pero los arpones fueron más rápidos todavía; traspasaron el costado de dos chacales mientras los otros se llevaban la presa; después, las hachas rompieron lo que quedaba de vida en los animales heridos.

Cuando Nam y Gaw llevaron los despojos, Naoh dijo:

-Ahora podemos engañar a los devoradores de hombres. Pues el olor de los chacales es mucho más potente que el nuestro.

El fuego se había reanimado, alimentado con ramas grandes y pequeñas. Lanzaba sobre la llanura sus llamas devoradoras y llenas de humo; podía verse con mayor claridad a los que dormían, y también las armas y las provisiones; los nuevos guardianes habían sucedido a los otros, y ambos estaban sentados, con la cabeza agachada, sin sospechar peligro alguno.

-Estos son más fáciles de sorprender -dijo Naoh, tras haberlos contemplado con atención- Nam y Gaw han cazado chacales; también el hijo del Leopardo va a cazar.

Descendió del montículo llevando la piel de uno de los chacales y desapareció en las malezas que se extendían hacia poniente. Primero se alejó de los devoradores de hombres, para no descubrirse. Atravesó la maleza, reptó entre las hierbas altas, contorneó una laguna a la que daban sombra las cañas y los mimbres, giró entre unos tilos y finalmente se encontró en un matorral a cuatrocientos codos del fuego.

Los guardianes ni siquiera se habían movido. Apenas si uno de ellos percibió el olor del chacal, que no podía inspirarle inquietud alguna. Y Naoh se llenó los ojos con todos los detalles del campamento. Primero midió el número y la estructura de los guerreros. Casi todos mostraban una musculatura imponente: bustos profundos servidos por brazos largos y piernas cortas; el Oulhamr se aseguró de que ninguno le superaría en la carrera. Después examinó el suelo. Un espacio vacío, en el que la tierra estaba desnuda, le separaba por la derecha de un pequeño terraplén. Luego había algunos arbustos, y posteriormente un banco de hierbas altas que giraba hacia la izquierda. Esas hierbas se alargaban formando una especie de promontorio hasta cinco o seis codos del fuego.

Naoh no lo dudó mucho. Como los guardianes casi le daban la espalda, se arrastró hacia el terraplén. No podía apresurarse. A cada movimiento de los guardianes, se detenía y se aplastaba sobre el suelo como un reptil. Sentía sobre él, como unas manos sutiles, el doble resplandor de la hoguera y de la luna. Finalmente, se encontró al abrigo y, arrastrándose tras los arbustos y atravesando la banda de hierbas, llegó cerca del fuego.

Los guerreros dormidos le rodeaban casi por completo: la mayor parte de ellos estaban al alcance de la azagaya. Si los vigilantes daban la alarma, al menor movimiento en falso le cogerían. Sin embargo, estaba de suerte: el viento soplaba en su dirección, llevándose a la vez y ahogándose en el humo su olor y el de la piel del chacal. Además, los guardianes parecían casi adormecidos; apenas si levantaban a intervalos la cabeza.

Naoh apareció a plena luz, dio un salto de leopardo, tendió la mano y cogió un tizón. Ya regresaba hacia la banda de hierbas cuando sonó un aullido, mientras uno de los centinelas sacudía y el otro lanzaba la azagaya. Casi simultáneamente se levantaron seis siluetas. Antes de que algún devorador de hombres siguiera su camino, Naoh había sobrepasado la línea por la que podían cortarle la retirada. Lanzando su grito de guerra, se dirigió en línea recta hacia el terraplén en el que le esperaban Nam y Gaw. Le seguían los Kzamms, esparcidos, con gruñidos de jabalíes. A pesar de sus piernas cortas, eran ágiles, pero no lo bastante para alcanzar al Oulhamr, quien, blandiendo la antorcha, saltaba delante de ellos como si fuera un megaceros. Llegó al terraplén con quinientos codos de distancia y encontró en pie a Nam y Gaw:

-¡Huid hacia adelante! -les gritó.

Sus siluetas esbeltas corrieron hacia abajo con un paso casi tan rápido como el del jefe. Naoh se alegró de haber preferido a esos hombres flexibles en lugar de unos guerreros más maduros y robustos. Pues, adelantando a los Kzamms, los jóvenes ganaban dos codos cada diez saltos.

El hijo del Leopardo les seguía sin esfuerzo, deteniéndose a veces para examinar el tizón. Su emoción se dividía entre la inquietud de la persecución y el deseo de no perder la presa chispeante por la que había soportado tantos sufrimientos. La llama se estaba apagando. Sólo quedaba un resplandor rojizo que apenas subsistía en la parte húmeda de la madera. Sin embargo, el resplandor era lo bastante vivo como para que Naoh esperara reanimarlo y nutrirlo nada más detenerse.

Cuando la luna estaba en la tercera parte de su curso, los Oulhamr se encontraron ante una red de lagunas. Esa circunstancia no era desfavorable; reconocían un camino ya recorrido, un camino que les había descubierto la presencia de los Kzamms, estrecho, sinuoso, pero seguro y fundamentado sobre pórfido. Se metieron por él sin vacilación y se detuvieron.

Apenas si dos hombres podían avanzar juntos, sobre todo para combatir: los Kzamms tendrían que correr grandes riesgos o rodear la posición; a los Oulhamr les sería fácil adelantarles. Naoh, calculando sus posibilidades con su doble instinto de animal y de hombre, supo que tenía tiempo para hacer crecer el fuego. La brasa rojiza había decrecido todavía más: se oscurecía y perdía brillo.

Los nómadas buscaron la hierba y leña seca. Abundaban las cañas marchitas, las gramas amarillentas, las ramas de sauce sin savia: toda esa vegetación estaba húmeda. Secaron algunas ramitas de extremos afilados, hojas y brizna muy finas. La pequeña brasa se animaba nada más soplar el jefe. Muchas veces las puntas de hierbas se animaban con un resplandor ligero que crecía un instante, se detenía vacilante al borde de la brizna, decrecía y moría vencido por el vapor del agua. Entonces, Naoh pensó en el pelo de los chacales. Arrancó algunos mechones y trató de prender en ellos una llama. Enrojecieron algunos penachos; la alegría y el temor oprimían a los Oulhamr; en cada ocasión; a pesar de las precauciones infinitas, la menuda palpitación se detenía y se apagaba... ¡No había más esperanza! La ceniza sólo proyectaba un resplandor débil; una última partícula escarlata decrecía, primero grande como una avispa, después como una mosca, luego como esos insectos minúsculos que flotan en la superficie de las lagunas. Finalmente, todo se apagó, una tristeza inmensa heló el alma de los Oulhamr y la ensombreció. El débil resplandor había sido la realidad magnífica del mundo; iba a crecer, iba a tomar poder y duración; iba a nutrir las hogueras de los reposos, a espantar al león gigante, al tigre y al oso gris, combatir la tinieblas y crear en las carnes un sabor delicioso. Ellos la llevarían resplandeciente a la horda y la horda reconocería su fuerza... pero apenas conquistada había muerto, y los Oulhamr, tras las emboscadas de la tierra, las aguas y los animales, iban a conocer las emboscadas de los hombres.

III.- A orillas del Gran Río-

 

 

Naoh huía delante de los Kzamms. Hacía ya ocho días que duraba la persecución; era ardiente, continua, llena de tretas. Los devoradores de hombres, bien porque les preocupaba el futuro -los Oulhamr podían ser los exploradores de una horda-, o bien por su instinto destructor y su odio a los extranjeros, desplegaban una energía curiosa. Pero la resistencia de los furtivos no iba detrás de su velocidad; cada día podían ganar entre cinco y seis mil codos de ventaja. Pero Naoh no dejaba de pensar en la conquista del fuego. Cada noche, después de haber asegurado a Nam y Gaw la delantera necesaria, regresaba a dar vueltas al campamento enemigo. Dormía poco, pero lo hacía profundamente.

Como las peripecias de estas persecuciones exigían numerosos desvíos, el hijo del Leopardo se vio obligado a dirigirse oblicuamente hacia oriente, aunque al octavo día vio el Gran Rio.

Estaba en la cumbre de una colina cónica, excavada en pórfido, donde las inundaciones, las lluvias y los vegetales habían roído las orillas, abierto agujeros, arrancado bloques, pero que durante centenares de milenios resistía con paciencia tenaz a los golpes brutales de los meteoritos.

El río corría con fuerza. A través de mil países de piedra, de hierbas y de árboles, había bebido las fuentes, devorado los afluentes. Los glaciares se acumulaban para él en los pliegues de la montaña, las fuentes se filtraban hasta las cavernas, los torrentes hostigaban a los granitos, el gres o las calcáreas, las nubes vomitaban sus esponjas inmensas y ligeras, las capas se apresuraban sobre sus lechos de arcilla. Fresco, espumoso y rápido cuando era forzado por las orillas, en las tierras planas se agrandaba convirtiéndose en lagos, o destilaba pantanos; se bifurcaba alrededor de las islas; rugía en las cataratas sollozaba en los rápidos. Lleno de vida, fecundaba la vida inagotable. Desde las regiones tibias a las frescas, desde los aluviones nutridos de fuerzas innumerables a los suelos pobres, surgían los pueblos pesados de los árboles: las hordas de higueras, olivos, pinos, terebintos, de encinas, las tribus de los sicomoros, los plátanos, los castaños, arces, hayas y robles, los rebaños de nogales, abetos, fresnos, abedules, las filas de álamos blancos, álamos negros, álamos grisáceos, álamos plateados, álamos temblones y los clanes de alisos, sauces blancos, sauces purpúreos, sauces glaucos y sauces llorones.

En su profundidad se agitaba la multitud muda de los moluscos, ocultos en sus moradas de cal y de nácar, los crustáceos de armaduras articuladas, los peces veloces a los que una flexión lanza a través del agua pesada, tan rápidos como la fragata o rabihorcado sobre las nubes, los peces débiles que chapotean lentamente en el fango, reptiles flexibles como los juncos, u opacos, rugosos y densos. Según las estaciones, los azares de la tempestad, los cataclismos o la guerra, se abaten las masas triangulares de las grullas, las grandes bandadas de ocas, las compañías de patos verdes, cercetas, negretas, chorlitos y garzas, las poblaciones de golondrinas, gaviotas y chorlitos; las avutardas, cigüeñas, cisnes, flamencos, zarapitos, rascones, los martín pescadores y la inagotable multitud de pájaros. Buitres, cuervos y cornejas disfrutan de las abundantes carroñas; las águilas vigilan desde la esquina de las nubes; los halcones planean sobre sus alas cortantes; los gavilanes o cernícalos huyen por encima de las altas cimas; los milanos, furtivos, imprevistos y cobardes, y el gran duque, la lechuza y el mochuelo traspasan las tinieblas sobre sus alas silenciosas.

Sin embargo, también se distinguía algún hipopótamo oscilante como un tronco de arce, las martas se deslizaban solapadamente entre los mimbres, las ratas de agua con cráneo de conejo, mientras acudían las manadas miedosas de élafos, ciervos, corzos y megaceros, y las ligeras tropas de las saigas, onagros, hemiones y caballos, los abultados ejércitos de los mamuts, los uros y los aurocs. Un rinoceronte sumergía su opaca coraza en una ensenada; un jabalí maltrataba los viejos sauces; el oso de las cavernas, pacífico y formidable, avanzaba con su masa oscura; el lince, la pantera, el leopardo, el oso gris, el tigre, el león amarillo y el león negro se emboscaban hambrientos o mordían la presa cálida; su olor denunciaba al zorro, al chacal y a la hiena; las manadas de lobos y de perros desplegaban contra los animales débiles, heridos o agotados por la fatiga, su cautela y su paciencia. Por todas partes pululaba una menuda población de liebres, conejos, ratones de campo, campañoles, comadrejas y lirones.., de sapos, ranas, lagartos, víboras y culebras... de gusanos, larvas y orugas... de saltamontes, hormigas, cárabos... de gorgojos, libélulas y nemoceros... de moscardones y avispas, abejas, de zánganos y de moscas... de vanesas, esfinges, piérides, luciérnagas, grillos, de abejorros, de cucarachas...

El río arrastraba juntos los árboles podridos las arenas y las arcillas finas, los cadáveres, las hojas, las ramas y raíces.

Naoh amaba las olas formidables. Las veía descender en su fiebre de otoño en un éxodo inagotable. Chocaban con las islas y recluían en la orilla, en furiosas caídas de espuma, largas masas planas y casi lacustres, torbellinos de esquisto o de malaquita, hojas de nácar y remolinos de humo, despliegues espumosos, largos rumores de juventud, de energía y de exaltación.

Lo mismo que el fuego, el agua le parecía al Oulhamr un ser innumerable; lo mismo que el fuego decrecía, aumentaba, surgía de lo invisible, se precipitaba a través del espacio, devoraba animales y hombres; caía del cielo y llenaba la tierra, infatigable, utilizaba las rocas, arrastraba las piedras, la arena y la arcilla; ninguna planta ni animal podía vivir sin ella; silbaba, clamaba, rugía; cantaba, reía y sollozaba; pasaba por donde no pasaría ni el insecto más diminuto; se la oía bajo la tierra; era muy pequeña en su fuente; crecía en el arroyo; el pequeño río era más fuerte que los mamuts; y el río tan grande como el bosque. El agua dormía en el pantano, reposaba en el lago y avanzaba veloz en el río; se precipitaba en el torrente; daba saltos de tigre o de musmón en el rápido.

Todo eso sentía Naoh delante de las olas inagotables. Pero tenía que abrigarse. Había varias islas: un refugio contra la actividad de la fiera, pero poco eficaz contra los hombres, estorbaban los movimientos, hacían casi imposible la conquista del fuego y exponía a todo tipo de emboscadas. Naoh prefirió la ribera.

Se estableció en una roca de esquisto desde la que se dominaba parcialmente el lugar. Los flancos eran abruptos, la parte superior formaba una meseta en la que podían extenderse diez hombres. Los preparativos del campamento se terminaron con el crepúsculo. Entre los Oulhamr y sus perseguidores había distancia suficiente como para no tener temor alguno durante la mitad de la noche.

El tiempo era fresco. Pocas nubes cruzaban el poniente escarlata. Tras devorar su comida de carne cruda, de nueces y setas, los guerreros observaban cómo la tierra se volvía negra. La claridad permitía discernir todavía las islas, pero no la otra orilla del río.

Pasaron unos onagros; una manada de caballos descendió hasta las orillas; eran animales de corta estatura, cuya cabeza parecía demasiado grande a causa de las crines enmarañadas. Sus movimientos tenían encanto; sus ojos, grandes y enloquecidos, lanzaban un resplandor azulado; la inquietud rompía y precipitaba su impulso; inclinados sobre el agua, permanecían temblorosos, olfateando el espacio, llenos de desconfianza. Bebieron velozmente y huyeron. Entonces la noche desplegó su ala cenicienta; ya cubría el oriente, mientras que por occidente persistía un tenue color purpúreo; un rugido tronó en campo abierto:

-¡El león! -murmuró Gaw.

-¡La orilla está llena de presas! -respondió Naoh-. El león es sabio. ¡Antes atacará al antílope o al ciervo que a los hombres!

El rugido se alejó; los chacales aullaron y vieron insinuarse sus siluetas ligeras; los Oulhamr durmieron por turnos hasta el alba. Después emprendieron el descenso por la orilla del Gran Rio. Los mamuts les detuvieron. La anchura del rebaño era de mil codos, y su longitud era el triple; pastaban, arrancaban las mantas tiernas, desenterraban las raíces, y su existencia les pareció a los tres hombres feliz, segura y magnífica. A veces, disfrutando de su fuerza, se perseguían sobre la tierra blanda y entrechocaban suavemente sus trompas velludas. Bajo las inmensas patas, el león gigante sería como arcilla; sus defensas podrían desenraizar los robles, o romper con su cabeza de granito. Pensando en la flexibilidad de sus trompas, Naoh no pudo evitar decir:

-¡El mamut es el señor de todo lo que vive sobre la tierra!

Pero no les tenía miedo: sabían que no atacaban a ningún animal si no se les importunaba. Luego Naoh añadió:

-Aoum, el hijo del Cuervo, hizo una alianza con los mamuts.

-¿Por qué no hacemos nosotros como Aoum? -preguntó Gaw.

-Aoum entendía a los mamuts -replicó Naoh-. Nosotros no los entendemos.

Sin embargo, esa pregunta le había impresionado; seguía soñando en ella mientras desde una distancia prudencial rodeaban el rebaño gigantesco. Y traduciendo en voz alta su pensamiento, volvió a decir:

-Los mamuts no tienen la palabra como el hombre. Se entienden entre ellos, conocen el grito de los jefes; Goun dijo que ante una orden ocupan el lugar que se les indica, y que celebran consejo antes de partir para tierras nuevas... Si adivináramos sus signos, haríamos alianza con ellos.

Vio a un mamut enorme que les contemplaba al pasar. Solitario, orilla abajo, entre jóvenes álamos, apacentaba los brotes tiernos. Naoh no había encontrado a ninguno tan enorme. Su estatura era de doce codos. Unas crines espesas como las de los leones cruzaban su nuca; su trompa velluda parecía un ser distinto que tenía algo de árbol y de serpiente.

La visión de los tres hombres pareció interesarle, pues no podía suponerse que le inquietara. Naoh gritó:

-¡Los mamuts son fuertes! El gran mamut es más fuerte que los demás: aplastaría al tigre y al león como si fueran gusanos, derribaría diez aurocs con un choque de su peso... ¡Naoh, Nam y Gaw son los amigos del gran mamut!

El mamut levantó sus orejas membranosas; escuchó los sonidos articulados por el animal vertical, sacudió lentamente la trompa y barritó.

-¡El mamut ha entendido! -gritó Naoh con alegría-. Sabe que los Oulhamr reconocen su poder.

Y volvió a gritar:

-¡Si los hijos del Leopardo, de la Saiga y del Álamo recuperan el fuego, cogerán la castaña y la bellota para dársela al gran mamut!

Mientras hablaba, vio una laguna en la que crecían nenúfares orientales. Naoh no ignoraba que al mamut le gustaban sus ramas subterráneas. Hizo una señal a sus compañeros; éstos se pusieron a arrancar las largas plantas rojizas. Cuando tuvieron un gran manojo, las lavaron con cuidado y se las llevaron al animal colosal. Cuando se encontraba a cincuenta codos de distancia, Naoh volvió a hablar:

-¡Toma! Hemos arrancado estas plantas para que puedas comerlas. Así sabrás que los Oulhamr son los amigos del mamut. -Y se retiró.

Curioso, el gigante se aproximó a las raíces. Las conocía bien, le gustaban. Mientras las comía, sin prisa, con largas pausas, observaba a los tres hombres. A veces, levantaba la trompa para olfatearlos, y después la balanceaba con un aire pacífico.

Naoh se aproximó entonces con movimientos imperceptibles: se encontró ante esas patas colosales, bajo aquella trompa que desenraizaría los árboles, bajo esas defensas tan largas como el cuerpo de un uro; era como un ratón de campo delante de una pantera. Con un solo gesto, el animal podía reducirle a migajas. Pero, vibrando con la fe que permite crear, temblaba de esperanza y de inspiración... La trompa le rozó, pasó sobre su cuerpo olfateándole; Naoh, sin aliento, tocó a su vez la trompa velluda. Después arrancó hierbas y brotes jóvenes que ofreció en señal de alianza. Sabía que estaba haciendo algo profundo y extraordinario, y su corazón se inflamó de entusiasmo.

IV.- La alianza entre el hombre y el mamut.

 

 

Nam y Gaw vieron venir al mamut junto a su jefe: así pudieron darse cuenta de la pequeñez del hombre; después, cuando la trompa enorme se posó sobre Naoh, murmuraron:

-¡Ay! Naoh va a ser aplastado, Nam y Gaw estarán solos ante los Kzamms, los animales y las aguas.

Después vieron que la mano de Naoh tocaba al animal; y su alma se llenó de alegría y de orgullo:

-¡Naoh ha hecho alianza con el mamut! -murmuró Nam-. Naoh es el más poderoso de los hombres.

Entonces, el hijo del Leopardo gritó:

-Que Nam y Gaw se aproximen como lo ha hecho Naoh... Arrancarán hierbas y brotes y se los ofrecerán al mamut.

Le escucharon con el pecho cálido, llenos de fe; avanzaron con la lentitud con la que habían visto hacerlo a su jefe, arrancando a su paso hierbas tiernas y raíces jóvenes. Cuando estuvieron cerca, tendieron su cosecha. Como Naoh se la tendía al mismo tiempo que ellos, el mamut fue a comerla. Así se fraguó la alianza de los Oulhamr con el mamut.

La luna nueva había crecido; se acercaba la noche en la que se levantaría tan grande como el sol. Y una de esas noches, los Kzamms y los Oulhamr acampaban a una distancia de veinte mil codos. Lo hacían a lo largo del río. Los Kzamms ocupaban una franja seca del territorio; se calentaban ante el fuego que rugía, y comían grandes trozos de carne, pues la caza había sido abundante, mientras que los Oulhamr, en silencio, en la sombra húmeda y fría, compartían algunas raíces y la carne de una paloma torcaz.

A diez mil codos de la orilla, los mamuts dormían entre los sicomoros. Durante el día soportaban la presencia de los nómadas; por la noche, mostraban un humor más desconfiado, bien porque conocían sus emboscadas o bien porque el reposo se lo estorbaba una presencia distinta a la de su raza. Cada noche, los Oulhamr se alejaban más allá de donde su emanación podía ser inoportuna. Pero, en esa ocasión, Naoh preguntó a sus compañeros:

-¿Nam y Gaw están dispuestos a la fatiga? ¿Sus miembros están flexibles y su pecho lleno de aliento?

El hijo del Álamo respondió:

-Nam ha dormido una parte del día. ¿Por qué no iba a estar dispuesto al combate?

Y Gaw dijo a su vez:

-El hijo de la Saiga puede recorrer a toda velocidad la distancia que les separa de los Kzamms.

-¡Muy bien! Naoh y sus hombres jóvenes irán hacia los Kzamms. Lucharán toda la noche para conquistar el fuego.

Nam y Gaw se levantaron de un salto y siguieron a su jefe. No se podía contar con las tinieblas para sorprender al enemigo: una luna que apenas tenía cuernos se levantaba en la otra orilla del Gran Río. Lo mismo parecía rota al ras de las islas, como rota por alguna fila de altos álamos, a través de los cuales se deshacía en pequeñas lunas; además, se hundía en las olas negras; donde su imagen vacilante recordaba a veces una brillante nube de verano, y a veces se arrastraba como una pitón cobriza, o se alargaba como un cisne; de su esfera brotaba una capa de escamas y micas y se ensanchaba oblicuamente de una orilla a la otra.

Al principio, los Oulhamr aceleraron su marcha, eligiendo terrenos en los que las hierbas fueran cortas. Pero volvieron más lento el paso a medida que se aproximaban al campamento de los Kzamms. Circulaban paralelamente los unos con los otros, separados por intervalos considerables para vigilar la zona más amplia posible y no verse acorralados.

Bruscamente, al dar la vuelta a un mimbral, resplandecieron las llamas, aunque todavía lejanas: el claro de luna las empalidecía. Los Kzamms dormían: tres guardianes mantenían las brasas y vigilaban en la noche. Los caminantes, ocultos entre los vegetales, espiaban el campamento con una rabiosa codicia. ¡Ay! ¡Si solamente pudieran robarles una chispa! Tenían preparadas briznas secas, ramas finamente cortadas: el fuego no volvería a morir entre sus manos hasta que lo hubieran aprisionado en la jaula de cortezas, reforzada interiormente con piedras planas. Pero, ¿cómo acercarse a la llama? ¿Cómo desviar la atención de los Kzamms, sobreexcitados desde la noche en que el hijo del Leopardo había aparecido ante su hoguera?. Naoh dijo:

-Ya está. Mientras que Naoh subirá a lo largo del Gran Río, Nam y Gaw irán por la llanura, rodeando el campamento de los devoradores de hombres. A veces se ocultarán y otras veces se mostrarán. Cuando los enemigos se lancen sobre su rastro, emprenderán la huida, pero no con toda su velocidad, pues es preciso que los Kzamms crean que van a cogerles, y que les persigan mucho tiempo. Nam y Gaw tendrán que ser valientes para no huir demasiado rápido... Llevarán a los Kzamms hasta detrás de la piedra roja. Si Naoh no está allí, pasarán entre los mamuts y el Gran Río. Naoh sabrá encontrar su pista.

Los jóvenes nómadas se estremecieron; les resultaba duro separarse de Naoh ante los formidables Kzamms. Dóciles, se deslizaron a través de los vegetales, mientras el hijo del Leopardo se dirigía hacia la orilla. Pasó el tiempo. Nam se dejó ver bajo una catalpa y desapareció; después la silueta de Gaw se deslizó furtivamente sobre la hierba... Los vigilantes dieron la alarma; los Kzamms surgieron en desorden, con prolongados gritos, y se reunieron alrededor de su jefe. Era un guerrero de altura mediocre pero tan fornido como el oso de las cavernas. Levantó dos veces la maza, profirió unas palabras roncas y dio la señal.

Los Kzamms formaron seis grupos esparcidos en semicírculo. Naoh, asaltado por la duda y la inquietud, les vio desaparecer; después, sólo pensó en conquistar el fuego. Lo defendían cuatro hombres elegidos entre los más robustos. Uno de ellos parecía sobre todo espeluznante. Tan fornido como el jefe, pero de mayor estatura, la dimensión de su maza anunciaba ya su fuerza. Se mostraba a plena luz. Naoh se fijó en la mandíbula enorme, los ojos ensombrecidos por arcadas velludas, las piernas cortas, triangulares y enormes. Menos fuertes, los otros tres tenían, sin embargo, torsos gruesos y brazos largos de músculos endurecidos.

La posición de Naoh era favorable: la brisa, ligera pero persistente, soplaba hacia él, llevándose su emanación lejos de los guardianes. Los chacales recorrían la sabana emitiendo un olor punzante; además, había conservado una de las pieles de chacal. Esas circunstancias le permitían acercarse a sesenta codos del fuego. Se detuvo mucho tiempo. La luna sobrepasaba a los álamos cuando él se levantó y lanzó el grito de guerra.

Sorprendidos por su aparición brusca, los Kzamms le observaron. Pero su estupor no duró mucho: gritando todos juntos, levantaron el hacha de piedra, la maza o la azagaya.

Naoh clamó: -El hijo del Leopardo ha venido a través de las sabanas, los bosques, las montañas y los ríos porque su tribu no tiene fuego... Si los Kzamms le dejan tomar unos tizones de su hoguera, se retirará sin luchar.

No comprendían esas palabras en lengua extranjera más de lo que hubieran comprendido el aullido de los lobos. Viendo que estaba solo, pensaron nada más que en aniquilarlo: Naoh retrocedió con la esperanza de que se dispersaran y pudiera alejarlos del fuego; se lanzaron en grupo.

El mayor de ellos, en cuanto estuvo a una distancia conveniente, lanzó una azagaya de punta de sílex. Lo hizo con fuerza y habilidad. El arma, rozando el hombro de Naoh, cayó sobre la tierra húmeda. El Oulhamr, que prefería ahorrar sus propias armas, cogió el dardo y lo lanzó. Con un silbido, el arma describió una curva y traspasó la garganta de un Kzamm, que se tambaleó y cayó al suelo. Lanzando clamores de perros, sus compañeros respondieron simultáneamente. Naoh sólo tuvo tiempo de lanzarse a tierra para evitar las puntas cortantes, y los devoradores de hombres, creyendo que le habían alcanzado, se precipitaron para acabar con él. Pero ya había vuelto a saltar y respondió. Un Kzamm, golpeado en el vientre, abandonó la persecución, mientras los otros dos daban un golpe tras otro con sus azagayas: la sangre brotó de la cadera de Naoh, pero, sintiendo que la herida no era profunda, se puso a correr alrededor de sus adversarios, pues temía que le envolvieran. Se alejaba y regresaba, hasta encontrarse entre el fuego y sus enemigos.

-¡Naoh es más rápido que los Kzamms! -gritó-. Él cogerá el fuego, y los Kzamms habrán perdido dos guerreros.

De un salto llegó junto a las llamas. Extendió las manos para coger los tizones pero vio con temblor que todos estaban casi consumidos.

Rodeó la hoguera con la esperanza de encontrar una rama que le sirviera, pero su búsqueda fue vana. ¡Y los Kzamms llegaban! Quiso huir, tropezó con un tronco y trastabilló, mientras los enemigos conseguían cerrarle el camino acorralándolo contra el fuego. Aunque la hoguera ocupaba una zona considerable, y se encontraba más alta, hubiera podido franquearla. Pero una enorme desesperanza llenaba su pecho; la idea de regresar vencido en la noche le resultó insoportable. Levantando al mismo tiempo el hacha y la maza, aceptó el combate.

V.- Para el fuego.

 

 

Los dos Kzamms seguían aproximándose, aunque sus pasos eran ya más lentos. El más fuerte blandía una última azagaya que arrojó casi enseguida. Naoh la desvió con un revés del hacha; el arma fina se perdió en las llamas. En ese mismo instante, las tres mazas giraron. La de Naoh encontró simultáneamente las otras dos y el golpe rompió el impulso de los adversarios. El menos fuerte de los Kzamms se tambaleó. Dándose cuenta de eso, Naoh se precipitó sobre él y con un enorme golpe le rompió la nuca. Pero él mismo fue alcanzado. Un nudo de la maza desgarró rudamente su hombro izquierdo; apenas si pudo evitar que le golpeara en pleno cráneo. Resoplando, se lanzó hacia atrás para recuperar la posición, y después, con el arma en alto, esperó.

Sólo le quedaba un adversario, pero fue un momento espantoso. Su brazo izquierdo apenas podía servirle, mientras que el Kzamm se levantaba, doblemente armado en la plenitud de su fuerza. Era el guerrero alto, de torso profundo, rodeado de costillas más parecidas a las de los aurocs que a las de los hombres, con brazos cuya longitud sobrepasaba en un tercio a los de Naoh. Sus piernas, curvadas, demasiado cortas para la carrera, le daban en cambio un equilibrio poderoso.

Antes del ataque decisivo examinó solapadamente al gran Oulhamr. Pensando que su superioridad sería mayor si golpeaba con las dos manos, sólo contemplaba su maza. Después, tomó la ofensiva. Las armas, casi iguales de peso, talladas en roble duro, entrechocaron. El golpe del Kzamm fue más fuerte que el de Naoh, que no podía utilizar la mano izquierda. Pero el hijo del Leopardo lo paró con un movimiento transversal. Cuando el Kzamm renovó el ataque, encontró el vacío; Naoh se había apartado. Fue él quien tomó la ofensiva y a la tercera vez su maza cayó como una roca. Habría partido la cabeza del adversario si sus largos brazos fibrosos no lo hubieran impedido; de nuevo los nudos de roble se encontraron y el Kzamm retrocedió. Respondió con un golpe frenético que casi arrancó de cuajo la maza de Naoh; y antes de que éste recuperara la posición, las manos del devorador de hombres se levantaron y cayeron. El Oulhamr pudo amortiguar el golpe, pero no detenerlo: alcanzado en pleno cráneo, se dobló sobre las corvas, vio girar la tierra, los árboles y el fuego. En ese segundo mortal, el instinto no le abandonó y una energía suprema se elevó desde el fondo de su ser, lanzando su maza sesgadamente, antes de que el adversario se hubiera repuesto. Crujieron los huesos, y el Kzamm cayó, perdiéndose su grito en la muerte.

Entonces la alegría de Naoh bramó como un torrente; con una risa ronca, vio la hoguera, en la que saltaban las llamas. Bajo los astros profundos, en el rumor del río, entre el murmullo ligero de la brisa, entrecortado con el aullido de los chacales y la voz de un león perdido en la otra orilla, apenas podía concebir su triunfo.

Y gritó con voz jadeante:

-¡Naoh es el señor del fuego!

Le parecía ser la vida soberana del mundo. Giró lentamente alrededor del animal rojizo, tendió la mano hacia él, expuso el pecho a esa caricia perdida desde hacía tanto tiempo. Y después, en el embeleso y el éxtasis todavía, murmuró otra vez:

-¡Naoh es el señor del fuego!

La fiebre de su felicidad se apaciguó. Comenzó a temer el regreso de los Kzamms; necesitaba llevarse su conquista. Desatando las pequeñas piedras que llevaba con él desde que había salido del gran pantano, se dispuso a reunirlas con las briznas, las cortezas y las cañas. Pero mirando por el campamento tuvo otra alegría: en un repliegue de terreno acababa de ver la jaula en la que los devoradores de hombres mantenían el fuego.

Era una especie de nido hecho con corteza, provisto de piedras planas dispuestas con un arte grosero, paciente y sólido; brillaba allí todavía una pequeña llama. Aunque Naoh sabía fabricar las jaulas del fuego también como cualquier hombre de su horda, le habría sido difícil hacer una tan perfecta. Para eso se necesitaba tiempo, elegir atentamente las piedras y hacer muchos retoques. La jaula de los Kzamms se componía de una capa triple de hojas de esquisto, mantenidas exteriormente por una corteza de roble verde; estaba atada con ramitas flexibles. Una grieta mantenía en funcionamiento un tiro ligero.

Esas jaulas exigían una vigilancia incesante; había que defender la llama contra la lluvia y los vientos; vigilar que no creciera ni aumentara más allá de límites fijados por una experiencia milenaria, y renovar a menudo la corteza. Naoh no ignoraba ninguno de los ritos transmitidos por los antepasados: reanimó ligeramente el fuego, embebió la superficie exterior con un poco de agua de un charco, verificó la hendidura y los fragmentos de esquisto. Antes de huir se apoderó de las hachas y azagayas dispersas y lanzó una última mirada al campamento y la llanura.

Dos de los adversarios dirigían su faz ruda hacia las estrellas; los otros dos, a pesar de sus sufrimientos, se mantenían inmóviles para hacerle creer que estaban muertos. La prudencia y la ley de los hombres exigía que les matara. Naoh se aproximó a aquel que estaba herido en el muslo y le apuntaba ya con la azagaya: pero un desagrado extraño le penetró el corazón, todo su odio se perdió en la alegría y no podía resignarse a extinguir los nuevos alientos.

Era más urgente, además, apagar la hoguera: esparció los tizones con ayuda de una de las mazas dejadas por los vencidos, lo redujo a fragmentos demasiado pequeños para que duraran hasta el regreso de los guerreros; después, inmovilizando a los heridos con cañas y ramas, gritó:

-Los Kzamms no han querido dar un tizón al hijo del Leopardo y los Kzamms ya no tienen fuego. ¡Errarán en la noche y en el frío hasta que vuelvan a unirse con su horda!... ¡Así, los Oulhamr se han hecho más fuertes que los Kzamms!

Naoh se encontró solo al pie de la colina en la que Nam y Gaw debían unirse con él. No se asombró: los jóvenes guerreros debieron hacer grandes rodeos delante de sus perseguidores. Tras cubrirse la herida con hojas de sauce, se sentó cerca de la llama ligera en donde brillaba su destino. El tiempo transcurría lo mismo que las aguas del Gran Río y los rayos de la luna ascendente. Cuando el astro alcanzó el cenit, Naoh levantó la cabeza. Entre los mil rumores dispersos, reconoció un ritmo particular, que era el de un hombre. Era un paso rápido, pero menos complicado que el de Los animales de cuatro patas. Casi imperceptible al principio, se precisó, y después un impulso de la brisa trajo una emanación súbita que le hizo pensar al Oulhamr:

«Es el hijo del Álamo que ha despistado a sus enemigos.»

Pues ningún otro indicio de persecución se revelaba en la llanura. Poco después, una silueta flexible se dibujó entre dos sicomoros: Naoh reconoció que no se había equivocado: era Nam, que avanzaba en la capa plateada del claro de luna. No tardó en aparecer al pie de la colina. Y el jefe preguntó:

-¿Han perdido los Kzamms el rastro de Nam?

-Nam los ha llevado muy lejos hacia el norte, después les ha sobrepasado y han marchado mucho tiempo por el río. Luego se ha detenido; no ha visto, ni olido ni olfateado a los devoradores de hombres.

-¡Muy bien! -respondió Naoh, pasándole la mano por la nuca-. Nam ha sido ágil y astuto. ¿Pero qué le ha pasado a Gaw?

El hijo de la Saiga ha sido perseguido por otro grupo de Kzamms. Nam no ha encontrado su rastro.

-Esperaremos a Gaw. Y ahora, que Nam vea.

Naoh condujo a su compañero. Al dar la vuelta a la colina, en una grieta, Nam vio brillar una pequeña llama palpitante y cálida:

-¡Aquí está! -dijo simplemente el jefe-. Naoh ha conquistado el fuego.

El joven lanzó un grito; sus ojos crecieron por su embeleso; se arrodilló ante el hijo del Leopardo y murmuró:

-¡Naoh es tan astuto como una horda de hombres!... Será el gran jefe de los Oulhamr y ningún enemigo se le resistirá.

Se sentaron ante ese débil fuego y fue como si la hoguera de las noches les protegiera de su vehemencia, al borde de las cavernas natales, bajo las estrellas frías, ante los fuegos fatuos del gran pantano. La idea del prolongado regreso ya no les era penosa: cuando hubieran abandonado las tierras del Gran Río, los Kzamms ya no les perseguirían: atravesarían zonas en las que sólo los animales recorrían las soledades.

Soñaron así mucho tiempo; el porvenir era para ellos un espacio lleno de promesas. Pero cuando la luna comenzó a crecer en el cielo occidental, la inquietud se alojó en sus pechos.

-¿Dónde está Gaw? -murmuró el jefe-... ¿No ha sabido despistar a los Kzamms? ¿Ha sido detenido por un pantano o ha caído en una trampa?

La llanura estaba muda, los animales callaban, la misma brisa acababa de languidecer sobre el río y de desaparecer en los álamos; sólo se escuchaba el rumor ensordecedor de las aguas. ¿Tendrían que esperar hasta el alba o ponerse a buscar al ausente? A Naoh le repugnaba extrañamente dejar que Nam guardara el fuego. Por otra parte, la imagen del joven guerrero perseguido por los devoradores de hombres le excitaba. Por causa del fuego, tenía que abandonarlo a su suerte, debía hacerlo, pero sentía por sus compañeros una ternura salvaje, participaban verdaderamente de su persona: los peligros de éstos le alarmaban tanto como los suyos, incluso más, pues sabía que ellos se exponían más que él a las emboscadas, y estaban más amenazados por los elementos y los seres.

-¡Naoh va a buscar el rastro de Gaw! -dijo finalmente-. Dejará que el hijo del Álamo vigile el fuego. Nam no tendrá reposo; mojará la corteza cuando esté demasiado caliente: no se alejará nunca más de lo que hace falta para ir hasta el río y regresar.

-¡Nam vigilará el fuego como si fuera su propia vida! -respondió con fuerza el joven nómada. Y con orgullo, añadió:

-¡Nam sabe mantener la llama! Su madre se lo ha enseñado cuando era tan pequeño como un lobato.

-¡Muy bien!. Si Naoh no ha regresado cuando el sol esté a la altura de los álamos, Nam se refugiará junto a los mamuts... Y si Naoh no ha regresado antes del final del día, Nam huirá solo hacia el país de caza de los Oulhamr.

Se alejó, y toda su persona vibraba de tristeza, y muchas veces se volvió hacia la silueta cada vez más pequeña de Nam, hacia la pequeña jaula del fuego, donde se imaginaba ver todavía la débil luz, que se confundía ya con el claro de luna.

VI.- La búsqueda de Gaw.

 

 

Para volver a encontrar la pista de Gaw, tuvo que regresar primero hacia el campamento de los devoradores de hombres. Marchaba ahora más lentamente. El hombro le ardía bajo las hojas de sauce que había puesto sobre la herida; la cabeza le zumbaba: sentía dolor ahí donde le había alcanzado la maza y experimentaba una melancolía al ver, tras la conquista del fuego, que su tarea seguía siendo tan dura e incierta.

Llegó así junto al mismo fresnedal desde el que, con sus hombres jóvenes, había visto el campamento de los Kzamms. La otra vez una hoguera rojiza apagaba allí el resplandor de la luna ascendente; pero ahora el campamento estaba triste, las brasas dispersadas por Naoh se habían apagado todas, y el astro nocturno y plateado se posaba sobre la inmovilidad de los hombres y de las cosas; sólo se oía el quejido intermitente de un herido.

Naoh, tras consultar con cada uno de sus sentidos, tuvo la seguridad de que los perseguidores no habían regresado. Marchó hacia el campamento, y los quejidos del herido cesaron; allí sólo parecía haber cadáveres. Pero no se retrasó; marchó en la dirección por la que Gaw había huido al principio, y encontró la pista. Fácil de seguir al principio, pues iba acompañada por los rastros de numerosos Kzamms, y casi en línea recta, luego se doblaba, daba vueltas entre los montículos, volvía sobre sí misma, atravesaba las malezas. Una laguna la cortaba bruscamente: Naoh la volvió a encontrar dando la vuelta por la orilla, húmeda ahora, como si Gaw y los otros se hubieran metido en el agua.

Delante de un bosque de sicomoros, los Kzamms debieron dividirse en muchos grupos. Naoh consiguió adivinar, sin embargo, la dirección favorable y avanzó tres o cuatro mil codos todavía. Pero entonces tuvo que detenerse. Grandes nubes se tragaron a la luna y el alba todavía no venía. El hijo del Leopardo se sentó al pie de un sicomoro que crecía desde hacía diez generaciones de hombres. Las fieras habían abandonado su caza, los animales diurnos todavía no se movían, ocultos en la tierra, las espesuras, los agujeros de los árboles, o entre las ramas.

Naoh descansó; algunas gotas del tiempo eterno se derramaron a través de la vida fugitiva del bosque. Después, una blancura pálida empezó a extenderse de cima en cima. El alba del otoño, pesada y muerta, acariciaba las hojas débiles y los nidos ruinosos, empujando ante ella una pequeña brisa que parecía ser como el suspiro de los sicomoros. Naoh, de pie ante la luz, pálido todavía como la ceniza blanca de una hoguera, comió un trozo de carne seca, se inclinó sobre el suelo y volvió a seguir la pista. Esta le guió durante varios miles de codos. Saliendo del bosque, atravesaba una llanura de arena en la que la hierba era rara y los pequeños árboles canijos, giraba entre las tierras en las que los cañaverales rojos se pudrían a la orilla de los pantanos; subía a una colina y entraba entre las pequeñas colinas; se detenía finalmente a la orilla de un río que Gaw había franqueado.

También lo franqueó Naoh, y, tras prolongados recorridos, descubrió que convergían dos pistas de los Kzamms: ¡Gaw podía estar cercado! Entonces, el jefe pensó que estaría bien abandonar a su suerte al fugitivo para no arriesgar su vida contra una sola existencia, la de Nam y la del fuego. Pero la persecución le exasperaba, una fiebre latía entre sus sienes; a pesar de todo, una esperanza se obstinaba; sufría también el arrastre de la inercia de las cosas comenzadas.

Además de los dos grupos de Kzamms, cuya astucia acababa de reconocer Naoh, había que temer también a aquel que había perseguido a Nam, y que después de tantas vueltas y revueltas había tenido tiempo para tomar una posición de ventaja, si no se había dividido en grupos envolventes. Confiando en su gran velocidad y en su astucia, el hijo del Leopardo siguió sin vacilar la pista de Gaw, deteniéndose apenas para sondear la extensión.

El suelo se volvió duro: el granito surgía bajo un humus pobre y de color azulado; después apareció una colina escarpada que Naoh decidió subir, pues los rastros eran ahora tan recientes que podía esperar sorprender desde la cima la silueta de Gaw o a un grupo de perseguidores.

El nómada se deslizó entre la maleza y llegó a la parte alta de la colina. Lanzó una débil exclamación: Gaw acababa de aparecer en una banda de tierra rojiza, una tierra rojiza que parecía regada por la sangre de innumerables rebaños. Detrás de él, a mil codos, los hombres de grandes torsos y piernas cortas avanzaban en orden disperso; hacia el norte aparecía un segundo grupo. Sin embargo, a pesar de la dureza de la persecución, el hijo de la Saiga no parecía agotado; los Kzamms traicionaban una fatiga al menos igual a la suya. Durante la larga noche de otoño, Gaw sólo había corrido para rehuir a las emboscadas o para inquietar a los enemigos. Por desgracia, las maniobras de los Kzamms le habían extraviado; avanzaba a la aventura, sin saber ya si estaba al poniente o al mediodía de la roca junto a la que debía unirse a su jefe.

Naoh pudo seguir las peripecias de la caza. Gaw se dirigía hacia un bosque de pinos que estaba al noreste. El primer grupo le seguía formando una línea discontinua que cortaba la retirada en un frente de mil codos. El segundo grupo, situado por el norte, comenzaba a desviarse para llegar al bosque al mismo tiempo que el fugitivo: pero mientras que éste lo abordaría por el sudoeste, ellos tendrían que acceder a él por el levante. La situación no era desesperada, ni siquiera demasiado desfavorable, siempre que el fugitivo emprendiera un camino oblicuo hacia el oeste, donde se encontraría a cubierto. Como era veloz, le sería fácil tomar una delantera conveniente, y si Naoh se unía a él, entonces podrían tomar la dirección del Gran Río.

De un vistazo, el jefe reconoció el camino favorable: era una extensa espesura en donde estaría oculto y le conduciría hasta la altura del bosque, por poniente. Se disponía ya a descender la colina cuando una nueva peripecia, mucho más temible, le hizo temblar: apareció un tercer grupo, esta vez por el noroeste. Gaw sólo podía evitar el acoso de los Kzamms huyendo a gran velocidad por occidente. Pero, como no parecía tener conciencia del peligro, seguía una línea recta.

Una vez más, Naoh vaciló entre la necesidad de salvaguardar el fuego, a Nam y a sí mismo, y la tentación de socorrer a Gaw; y otra vez más, cedió a la fuerza misteriosa que impulsa a los hombres y a los animales a proseguir la obra comenzada. El hijo del Leopardo, tras contemplar prolongadamente el lugar, fijando en su retina todas las particularidades, bajó la colina.

Entró a lo largo de la maleza, siguiendo el límite occidental. Después dio un giro a través de las altas hierbas azules y rojas; y como su velocidad superaba mucho a la de los Kzamms y a la de Gaw, que ahorraba su aliento, llegó a ver el bosque antes de que el fugitivo hubiera entrado en él. Ahora era preciso darle a conocer su presencia. Imitó el bramido del élafo y lo repitió tres veces: era una señal familiar entre los Oulhamr.

Pero la distancia era demasiado grande; en un momento normal, Gaw podría haberlo escuchado; pero fatigado, y con la atención puesta en los perseguidores, se le escapó la llamada. Naoh decidió entonces aparecer: salió de las altas hierbas, surgió entre los enemigos y lanzó su grito de guerra. Un largo aullido, repetido por los grupos de Kzamms que venían por el oeste y el este del bosque, repercutió en el espacio. Gaw se detuvo temblando sobre sus corvas por la alegría y el asombro; después, con toda su velocidad, corrió hacia el hijo del Leopardo. Este, convencido ya de que le seguían, huía por el camino practicable. Pero el tercer grupo de Kzamms, que también había advertido aquello, cambió de dirección y se precipitó a cortarle la retirada, mientras que los primeros perseguidores avanzaban con gran velocidad en una dirección casi paralela a los fugitivos. Tuvieron éxito en sus maniobras: el camino del oeste se encontraba bloqueado a la vez por los Kzamms y por una masa rocosa casi inaccesible, y era imposible desviarse hacia el sudoeste, donde los guerreros formaban un semicírculo.

Como Naoh llevaba a Gaw directamente hacia la roca, los Kzamms cerraron el acoso, lanzando un grito de triunfo; muchos llegaron a estar a cincuenta codos de los Oulhamr y lanzaron azagayas. Pero Naoh, atravesando una cortina de maleza, arrastró a su compañero a través de un desfiladero entrevisto desde la cima de la colina. Los Kzamms aullaron; algunos se lanzaron también hacia el desfiladero; los otros rodearon el obstáculo.

Entretanto, Naoh y Gaw huían a toda velocidad; habrían tomado una delantera considerable si el terreno no hubiera sido tan difícil, desigual y movedizo. Cuando llegaron al otro extremo de la masa rocosa, tres Kzamms llegaban desde el norte cortándoles la retirada. Naoh hubiera podido desviarse hacia el mediodía; pero escuchaba el ruido creciente de la persecución: supo que por ese lado también iban a cortarles la retirada. Toda vacilación era mortal.

Se lanzó directamente sobre los que llegaban, con la maza en una mano y el hacha en la otra, mientras Gaw cogía el arpón. Temerosos de dejar escapar a los Oulhamr, los tres Kzamms se habían esparcido. Naoh saltó sobre aquel que estaba a su izquierda. Era un guerrero demasiado joven, ágil y flexible, que levantó el hacha para detener el ataque. Un golpe de la maza le arrancó el arma y un segundo golpe acabó con él.

Los otros dos devoradores de hombres se habían precipitado sobre Gaw, pensando en acabar con él rápidamente para unir las fuerzas contra Naoh. El joven Oulhamr había lanzado una azagaya hiriendo, aunque débilmente, a uno de los agresores. Antes de que pudiera golpear con el venablo, le habían alcanzado en el pecho. Un retroceso rápido y un salto transversal le permitieron ponerse a la defensiva. Mientras que uno de los Kzamms le atacaba por delante, con velocidad, el otro trataba de golpearle por detrás. Gaw iba a sucumbir cuando llegó Naoh. La maza enorme se abatió como el ruido de un árbol al caer; uno de los Kzamms crujió y se desplomó; el otro se batió en retirada hacia un grupo de guerreros que, desembocando por el norte, avanzaba a paso rápido.

Era demasiado tarde. Los Oulhamr escapaban al acoso; huían hacia el oeste, a lo largo de una línea en la que ningún enemigo les impedía el paso; con cada salto, aumentaban su avance. Corrieron mucho tiempo, por momentos sobre tierras sonoras, unas veces sobre fango o entre las hierbas silbantes, otras veces entre la maleza o en las turberas, en ocasiones trepando las pendientes, otras bajando como locos. Mucho antes de que el sol estuviera en mitad del firmamento, llevaban seis mil codos de delantera. A menudo, esperaron que el enemigo cesara la persecución, pero cuando llegaban a una cima acababan por descubrir a la jauría encarnizada de los devoradores de hombres.

Gaw se debilitaba. La herida no había dejado de sangrar. A veces, sólo era un hilillo inapreciable: a pesar de la furiosa carrera, la herida parecía cerrada; pero después, tras algunos esfuerzos más bruscos, o algún paso en falso en una hendidura, el líquido rojo volvía a brotar. Habían pasado junto a unos álamos jóvenes, y Naoh le había hecho un emplaste de hojas; pero la herida seguía sangrando bajo el vendaje; poco a poco, la velocidad de Gaw se hizo igual a la de los Kzamms, y después inferior. Ahora, cada vez que los fugitivos se daban la vuelta para mirar, la vanguardia de los Kzamms había ganado terreno.

El hijo del Leopardo, con una rabia profunda, pensó que si Gaw no recuperaba fuerzas, les darían alcance antes de poder llegar junto al rebaño de mamuts. Y Gaw no recuperaba las fuerzas; llegaron junto a una colina por la que subió con un dolor excesivo; en la cumbre, con las piernas temblorosas y el rostro de color ceniciento, con el corazón extenuado, se tambaleó. Naoh, volviéndose hacia el grupo enfurecido que comenzaba a ascender la pendiente, vio lo mucho que había decrecido la distancia.

-Si Gaw ya no puede correr -dijo con una voz profunda-, los devoradores de hombres nos habrán alcanzado antes de que lleguemos a ver el río.

-¡Los ojos de Gaw están oscuros, sus orejas silban como grillos! - balbuceó el joven guerrero-. Que el hijo del Leopardo prosiga solo la carrera, Gaw morirá por el fuego y por el jefe.

-¡Gaw no morirá todavía!

Volviéndose hacia los Kzamms, Naoh lanzó un grito furioso de guerra, y después, cargándose a Gaw sobre el hombro, reemprendió la carrera. Al principio, su gran valor y su musculatura formidable le permitieron mantener las distancias.

Sobre el suelo en declive, saltaba, empujado por la carga que llevaba. Flexibles como ramas de fresno, sus corvas sostenían esa caída incesante. Al llegar abajo de la colina, su aliento se aceleró y sus pies se hicieron más pesados. Sin su herida, que le ardía sordamente, sin el golpe de maza en la cabeza, que todavía le zumbaba en los oídos, incluso con Gaw sobre el hombro, hubiera podido ir más rápido que los devoradores de hombres, de piernas cortas y fatigadas por la larga carrera. Pero había superado sus propias fuerzas: ningún animal sobre la estepa ni en los montes altos habría podido soportar una carga tan dura durante tanto tiempo. Ahora, sin cesar, la distancia que les separaba de los Kzamms se reducía. Sintió sus pasos raspando la tierra y saltando en ella; sabía a cada momento cuánto se aproximaban: estuvieron a quinientos codos, después a cuatrocientos, luego a doscientos. Entonces, el hijo del Leopardo dejó a Gaw en la tierra y, con la mirada perdida, tuvo una vacilación suprema

-Gaw, hijo de la Saiga -dijo finalmente-, ¡Naoh no puede llevarte ya por delante de los devoradores de hombres!

Gaw se había levantado y dijo:

-Naoh debe abandonar a Gaw y salvar el fuego.

Entumecido, pues a pesar de las sacudidas había dormido sobre el hombro del jefe, se sacudió, extendió los brazos, y los Kzamms, que habían llegado a sesenta codos de distancia, levantaron las azagayas para comenzar la lucha. Naoh, decidido a no huir más que en el último momento, les hizo frente. Zumbaron los primeros proyectiles; lanzados desde muy lejos, la mayor parte de ellos cayeron fuera de donde estaban los Oulhamr; sólo uno de ellos, rozando a Gaw en la pierna, le hizo una herida tan ligera como la de una espina de escaramujo.

Como respuesta, Naoh alcanzó al más cercano de los devoradores de hombres; después, traspasó el vientre de un guerrero que avanzaba a grandes saltos. Esa doble hazaña causó problemas a la vanguardia de agresores. Lanzaron un rugido espantoso, pero se detuvieron para esperar refuerzos.

Esa pausa favoreció a los Oulhamr. La ligera herida parecía haber despertado a Gaw. Con una mano débil todavía, había cogido un arpón y lo blandía, esperando que los enemigos estuviesen a su alcance. Naoh, viendo ese gesto, preguntó:

-¿Ha recuperado Gaw la fuerza? ¡Que huya!... Naoh retrasará la persecución. El joven guerrero vaciló, pero el jefe repuso con voz cortante: ¡Vete!

Gaw empezó a huir con un paso vacilante y pesado al principio, pero que después iba afirmándose. Naoh retrocedió, lento y formidable, llevando en cada mano una azagaya, y los Kzamms vacilaron.

Finalmente, el jefe ordenó el ataque. Silbaron los dardos, saltaron los hombres. Naoh detuvo a otros dos guerreros en su carrera y cedió terreno.

La persecución volvió a empezar en la tierra innumerable. A veces, Gaw recuperaba la fuerza de las corvas, pero otras veces languidecía con los músculos blandos y el aliento difícil. Naoh le arrastraba por la mano. Los Kzamms seguían teniendo la ventaja. Mantenían un trote sostenido, sin precipitarse siquiera, confiados en su resistencia. Y Naoh ya no podía cargar a su compañero. La gran fatiga y la fiebre hacían insufrible la herida; el cráneo lo tenía lleno de rumores; y, además, se había golpeado el pie contra una roca.

-¡Es preciso que Gaw muera! -repetía incesantemente el joven guerrero-. Naoh dirá que ha combatido bien.

Sombrío, el jefe no le respondía. Escuchaba el trote de los enemigos. De nuevo estuvieron a doscientos codos, después a cien, mientras los fugitivos subían una pendiente. Entonces, el hijo del Leopardo, reuniendo sus profundas energías, mantuvo la distancia hasta la altura de la colina. Y allí, arrojando una mirada prolongada hacia occidente, con el pecho palpitándole a la vez por la fatiga y la esperanza, gritó:

-¡El Gran Rio... los mamuts!

Ahí estaba el agua inmensa, reflejándose entre los álamos, los olmos y los fresnos; también estaba allí el rebaño, a cuatro mil codos de distancia, apacentando las raíces y los árboles jóvenes. Naoh se precipitó, arrastrando a Gaw en un impulso que le hizo ganar más de cien codos.

¡Era el último sobresalto! Luego perdieron ese débil avance, codo a codo. Los Kzamms lanzaron su grito de guerra. Cuando dos mil codos separaban a Naoh y Gaw de la cima de la colina, los Kzamms los tenían casi a su alcance. Contemplaban su paso igual y breve, tan seguros de alcanzar a los Oulhamr cuando más los acosaran contra el rebaño de mamuts. Sabían que éstos, a pesar de su indiferencia pacífica, no sufrían ninguna presencia; por eso, rechazarían a los fugitivos.

Sin embargo, los perseguidores no dejaban de acercarse a ellos; escuchaban ahora su aliento; y todavía tenían que recorrer mil codos. Entonces, Naoh lanzó un quejido largo, y vio salir a un hombre de un bosque de plátanos; después, uno de los animales enormes levantó la trompa con un barritado estridente. Acudió seguido de otros tres, directamente hacia el hijo del Leopardo. Espantados pero felices, los Kzamms se detuvieron: lo único que tenían que hacer era esperar el retorno de los Oulhamr para acosarlos y aniquilarlos. Sin embargo, Naoh siguió corriendo durante un centenar de codos, y después, volviendo hacia los Kzamms su rostro marcado por la fatiga y sus ojos brillantes por el triunfo, gritó:

-Los Oulhamr han hecho una alianza con los mamuts. Naoh se ríe de los devoradores de hombres.

Mientras él hablaba, llegaron los mamuts; ante el infinito estupor de los Kzamms, el más grande puso su trompa sobre el hombro del Oulhamr. Y Naoh siguió diciendo:

-Naoh ha tomado el fuego. Ha aniquilado cuatro guerreros en el campamento; ha abatido otros cuatro durante la persecución...

Los Kzamms respondieron con gritos de furor, pero como los mamuts seguían avanzando, retrocedieron precipitadamente, pues, como los Oulhamr, no habían concebido aún que el hombre pudiera luchar contra esas hordas colosales.

VII.- La vida con los mamuts.

 

 

Nam había mantenido bien el fuego. Ardía claro y puro en su jaula cuando Naoh lo encontró. Y aunque su fatiga era extrema, y la herida mordía su carne como si fuera un lobo, y su cabeza le zumbaba por la fiebre, el hijo del Leopardo sintió por un momento una gran felicidad. En su enorme pecho latía toda la esperanza humana, más bella todavía porque ya no pensaba en la muerte, aunque no la ignoraba. La juventud palpitaba en él, y en su escasa capacidad de previsión, aquello era la eternidad.

Vio el pantano en la primavera, cuando las cañas lanzan todas juntas sus flechas tiernas, cuando los álamos, los olmos y los sauces se revisten de verde y blanco, cuando las cercetas, las garzas, las palomas torcaces y los patos se llaman, cuando cae la lluvia tan alegre como si la vida misma se derramara sobre la tierra.

Y delante de las aguas, y sobre las hierbas y entre los árboles, el rostro de la posteridad era el rostro de Gammla; toda la alegría de los hombres era el cuerpo flexible, los brazos finos y el vientre redondo de la hija de Faouhm.

Después de que Naoh soñara delante del fuego, recogió raíces y plantas tiernas para hacer un homenaje al jefe de los mamuts, pues pensaba que la alianza, para ser duradera, debía renovarse cada día. Sólo entonces, haciéndose cargo Nam de la guardia, eligió un lugar para retirarse en el centro del gran rebaño y se tendió allí.

-Si los mamuts abandonan el pasto -dijo Nam-, despertaré al hijo del Leopardo.

-El pasto es aquí abundante -respondió Naoh-. Los mamuts comerán hasta la noche.

Cayó en un sueño profundo como la muerte. Al despertar, el sol se inclinaba sobre la sabana. Se amontonaban unas nubes del color del esquisto, y suavemente se tragaron el disco amarillo, parecido a una enorme flor de nenúfar. Naoh sentía que tenía los miembros rotos por las articulaciones; la fiebre corría por su cráneo y su columna; pero el zumbido se fue debilitando en sus oídos y retrocedió el dolor del hombro.

Se levantó, contempló primero el fuego y preguntó después al vigilante:

-¿Han regresado los Kzamms?

-Todavía no se han alejado... esperan a la orilla del río, delante de la isla de los álamos altos.

-¡Muy bien! -contestó el hijo del Leopardo-. No tendrán fuego durante las noches húmedas; perderán el valor y regresarán hacia su horda. Que duerma ahora Nam.

Mientras Nam se acostaba sobre las hojas y los líquenes, Naoh examinó a Gaw, que se agitaba en un sueño. El joven estaba débil, con la piel ardiente; el aliento le salía con fatiga, pero ya no le brotaba sangre del pecho. El jefe, comprendiendo que todavía no entraría en las raíces de la tierra profunda, se inclinó sobre el fuego, con un deseo de verlo crecer en una hoguera de ramas secas.

Pero dejó ese deseo para las siguientes jornadas. Pues todavía tenía que obtener que el jefe de los mamuts permitiera a los Oulhamr pasar la noche en su campamento. Naoh lo buscó con la mirada y lo vio solitario, según acostumbraba, para vigilar mejor el rebaño y escrutar mejor el campo abierto. Apacentaba unos arbolillos cuya cabeza apenas sobresalía del suelo. El hijo del Leopardo recogió raíces comestibles; encontró también habas de pantano, se dirigió entonces hacia el gran mamut.

Al acercarse a él, el animal dejó de comer los tiernos arbolillos; agitó suavemente la trompa velluda; incluso dio algunos pasos hacia Naoh. Viéndole con las manos cargadas de comida mostró su alegría y comenzó a experimentar también una ternura hacia el hombre. El nómada tendió la comida que sostenía contra su pecho y murmuró:

-Jefe de los mamuts, los Kzamms todavía no han abandonado el río. Los Oulhamr son más fuertes que los Kzamms, pero sólo son tres, mientras que ellos son más de tres veces las dos manos. ¡Nos matarán si nos alejamos de los mamuts!

El mamut, saciado por una jornada entera dedicada a pastar, comía lentamente las raíces y las habas. Cuando terminó, contempló el sol poniente, y después se acostó sobre el suelo, rodeando a medias con su trompa el torso del hombre. Naoh comprendió que la alianza se había completado, que podría aguardar su curación y la de Gaw en el campamento de los mamuts, al abrigo de los Kzamms, del león, del tigre y del oso gris. Quizá incluso le concederían encender el fuego devorador y degustar la suavidad de las raíces, de las castañas y de las carnes asadas.

El sol se ensangrentaba entonces hacia el vasto occidente, y encendió después las nubes magnificas. Fue una anochecida roja como la flor del cañacoro, amarilla como una pradera de ranúnculos, lilas como las mariposas en una orilla otoñal, y sus fuegos penetraban en la profundidad del río: fue una de esas anochecidas hermosas de la tierra mortal.

No penetraba en zonas inconmensurables como en los crepúsculos del verano; pero había lagos, islas y cavernas petrificadas en el resplandor de las magnolias, los gladiolos y los escaramujos, y ese fulgor conmovió el alma salvaje de Naoh. Se preguntó por aquel que encendería esas extensiones innumerables, y por qué hombres y animales vivirían detrás de la montaña del cielo.

Naoh, Gaw y Nam vivían ya desde hacía tres días en el campamento de los mamuts. Los vengativos Kzamms seguían recorriendo la orilla del gran río, en la esperanza de capturar y devorar a los hombres que habían burlado su astucia, desafiado su fuerza y robado su fuego.

Naoh ya no les temía, pues su alianza con los mamuts se había hecho perfecta. Cada mañana, sus fuerzas eran más seguras. No le zumbaba el cráneo; la herida del hombro, poco profunda, se curaba con rapidez, ya no tenía fiebre. También Gaw se curaba. A menudo, los tres Oulhamr, subiéndose a un montículo, desafiaban a los adversarios.

Naoh les gritaba:

-¿Por qué dais vueltas alrededor de los mamuts y de los Oulhamr? Delante de los mamuts sois como chacales delante de un gran oso. ¡Ni la maza, ni el hacha de ningún Kzamm puede resistirse a la maza y el hacha de Naoh! Si no os vais hacia vuestras tierras de caza, os tenderemos trampas y os mataremos.

Nam y Gaw lanzaban su grito de guerra blandiendo las azagayas; pero los Kzamms caminaban entre la espesura, entre los cañaverales, sobre la sabana o sobre los arces, los sicomoros, los fresnos y los álamos. Bruscamente, percibían un torso velludo, una cabeza de cabellos largos; o unas siluetas confusas se deslizaban en la penumbra. Y aunque ya no tenían temor, los Oulhamr detestaban su presencia maligna. Les impedía alejarse para reconocer el país; amenazaba su futuro, pues tendrían que abandonar pronto a los mamuts para regresar hacia el norte.

El hijo del Leopardo buscaba medios de alejar al enemigo de su pista. Seguía rindiendo homenaje al jefe de los mamuts. Tres veces al día, reunía para él alimentos tiernos, y pasaba muchos momentos sentado junto a él, tratando de entender su lenguaje y hacerle entender el propio. El mamut escuchaba de buen grado la palabra humana, sacudía la cabeza y parecía pensativo; a veces, un resplandor singular brillaba en su ojo oscuro o plegaba el párpado como si riera. En esos momentos, Naoh pensaba:

«El gran mamut comprende a Naoh, pero Naoh no le entendía a él todavía.»

Sin embargo, intercambiaban gestos cuyo sentido no les era dudoso, y que se relacionaban con el alimento. Cuando el nómada gritaba:

- ¡Toma!

El mamut se acercaba enseguida, aunque Naoh se hubiera ocultado, pues sabía que encontraría raíces, ramas frescas o frutos. Poco a poco, aprendieron a llamarse, incluso sin motivo. El mamut lanzaba un barritado suave; Naoh articulaba una o dos sílabas. Se sentían contentos de estar uno al lado del otro. El hombre se sentaba sobre la tierra: el mamut daba vueltas a su alrededor, y a veces como un juego, lo levantaba enrollándolo en la trompa, delicadamente.

Para conseguir su objetivo, Naoh había ordenado a sus guerreros que rindieran homenaje a otros dos mamuts que eran jefes después del coloso. Como ahora se habían familiarizado con los nómadas, les habían entregado el afecto que se les pedía. Después, Naoh había enseñado a los jóvenes la manera de habituar a los gigantes a su voz, de modo que, al quinto día, los mamuts acudían al grito de Nam y Gaw.

Los Oulhamr sentían una gran felicidad. Una noche, antes de que terminara el crepúsculo, Naoh, habiendo acumulado ramas y hierbas secas, se atrevió a echarlas en el fuego. El aire era fresco, bastante seco, y la brisa muy lenta. Y la llama creció, al principio negra por el humo, pero después pura, gruñendo, con el color de la aurora. Los mamuts acudieron de todas partes, podían ver avanzar sus grandes cabezas, y la inquietud se reflejaba en sus ojos. Los más nerviosos barritaron. ¡Pues conocían el fuego! Lo habían encontrado en la sabana y en el bosque, después de que se abatiera el rayo; los había perseguido, con crujidos espantosos; su aliento les quemaba la carne, sus dientes traspasaban su piel invulnerable; los viejos se acordaban de compañeros que habían sido atrapados por esa cosa terrible, y que no habían regresado. Así consideraban, con temor y amenaza, esa llama alrededor de la cual estaban los pequeños animales verticales.

Naoh, comprendiendo su desagrado, acudió junto al gran mamut y le dijo:

-El fuego de los Oulhamr no puede huir; no puede crecer a través de las plantas; no puede arrojarse sobre los mamuts. Naoh lo ha aprisionado en un suelo en el que no encontraría ningún alimento.

El coloso, llegando a diez pasos de la llama, la contempló, y, más curioso que sus semejantes, y con una confianza oscura al ver tan tranquilos a sus débiles amigos, se calmó. Y como su agitación y su calma reglamentaban desde hacía muchos años la agitación y la calma del rebaño, todos, poco a poco, dejaron de temer al fuego inmóvil de los Oulhamr tal como temían al fuego formidable que galopaba sobre la estepa.

Así, Naoh pudo alimentar la llama y alejar las tinieblas. Aquella noche disfrutó de la carne, la raíces y las setas asadas, y se deleitó con ello.

Al sexto día, la presencia de los Kzamms se hizo más insoportable. Naoh había recuperado ya toda su fuerza; la inacción le pesaba; el campo libre le llamaba hacia el norte. Habiendo visto aparecer muchos torsos velludos entre los plátanos, le arrebató la cólera y exclamó:

-¡Los Kzamms no se nutrirán de la carne de Naoh, de Gaw y de Nam! Después hizo venir a sus compañeros y les dijo:

-Llamaréis a los mamuts con los que habéis hecho alianza, y yo haré que me siga el gran jefe. Así podremos combatir a los devoradores de hombres.

Habiendo ocultado el fuego en lugar seguro, los Oulhamr se pusieron en camino. A medida que se alejaban del campamento, iban ofreciendo alimentos a los mamuts, y, a intervalos, Naoh hablaba con voz suave. Pero, al encontrarse a una corta distancia, los colosos vacilaron. A cada paso que adelantaban crecía su sentimiento de responsabilidad hacia el rebaño. Se detenían y volvían la cabeza hacia occidente. Después, dejaron de avanzar. Cuando Naoh lanzó el grito de llamada, el jefe de los mamuts le respondió con su propia llamada. El hijo del Leopardo volvió sobre sus pasos, deslizó la mano sobre la trompa de su aliado y le dijo:

-¡Los Kzamms están ocultos entre los arbustos! ¡Si los mamuts nos ayudan a combatirlos, no se atreverán a seguir dando vueltas alrededor del campamento!

El jefe de los mamuts permanecía impasible. No dejaba de mirar hacia atrás, al rebaño cuyo destino dirigía. Naoh, sabiendo que los Kzamms estaban ocultos a escasos tiros de flecha, no quería resignarse a abandonar el ataque. Seguido por Nam y Gaw, se deslizó a través de los vegetales. Silbaron las jabalinas; muchos Kzamms se levantaron de la espesura para ver mejor al enemigo; y Naoh lanzó un grito de llamada largo y estridente.

Entonces, el jefe de los mamuts pareció comprender. Lanzó al espacio el barritado formidable que reunía al rebaño, y se lanzó, seguido de los otros dos machos, sobre los devoradores de hombres. Naoh, blandiendo la maza, y Nam y Gaw llevando el hacha en la izquierda y un dardo en la mano derecha, se lanzaron clamando belicosamente. Espantados, los Kzamms se dispersaron a través de la maleza, pero los mamuts ya se habían enfurecido: cargaron contra los fugitivos como lo habrían hecho contra los rinocerontes, mientras que en la orilla del Gran Río se veía que el rebaño acudía en masas enfurecidas. Todo crujía bajo el paso de las formidables bestias; los animales ocultos, lobos, chacales, corzos, ciervos, élafos, caballos, saigas y jabalíes, se levantaban en el horizonte como ante una crecida del río.

El gran mamut fue el primero en alcanzar un fugitivo. El Kzamm se lanzó al suelo gritando de terror, pero la trompa musculosa se recreó para cogerlo; lanzó al hombre verticalmente, a diez codos de la tierra, y cuando cayó lo aplastó con una de sus enormes patas como si fuera un insecto. Después, otro devorador de hombres expiró bajo las defensas del segundo macho, y luego se vio a un guerrero, muy joven todavía, retorcerse aullando y sollozando en un abrazo mortal.

Llegaba el rebaño. Sobre la maleza ascendía su flujo; un macareo de músculos se tragó la llanura; la tierra palpitó como un pecho; todos los Kzamms que se encontraban a su paso, desde el Gran Rio hasta las colinas y el bosque de fresnos, fueron reducidos a lodo sanguinolento. Sólo entonces se apaciguó el furor de los mamuts. El jefe, detenido al pie de la pequeña colina, dio la señal de la paz: todos se detuvieron, con los ojos todavía chispeantes, los costados sacudidos por estremecimientos.

Los Kzamms que habían escapado del desastre huían como locos hacia el sur. Ya no tenían que temer sus emboscadas: renunciaban para siempre a perseguir y devorar a los Oulhamr; llevaban a su horda la noticia sorprendente de la alianza de los hombres del norte y los mamuts, formando una leyenda que se perpetuaría a través de innumerables generaciones.

Durante diez días, los mamuts descendieron hacia las tierras bajas, siguiendo la orilla del río. Su vida era hermosa. Perfectamente adaptados a sus pastos, la fuerza llenaba sus flancos pesados; una alimentación abundante se ofrecía en todas las vueltas del río, en los limos palustres, en el humus de las llanuras, entre los viejos y venerables oquedales.

Ningún animal estorbaba su camino. Soberanos en todas partes, señores de sus éxodos y sus reposos, los antepasados habían asegurado su victoria, perfeccionado su instinto, suavizado sus costumbres sociales, reglamentado su marcha, su táctica, su campamento y jerarquía, provisto a la defensa de los débiles y al entendimiento de los poderosos.

La estructura de su celebro era delicada, sus sentidos sutiles: tenían una vista preciosa, no la pupila vaga de los caballos o los uros, un olfato fino, tacto seguro y oído agudo. Enormes pero flexibles, pesados pero ágiles, exploraban las aguas y la tierra, tocaban los obstáculos, olfateaban, recogían, desenraizaban, amasaban con esa trompa de nervios finos que se enrollaba como una serpiente, sofocaba como un oso, trabajaba como la mano de un hombre. Sus defensas se clavaban en el suelo; con un solo golpe de sus patas circulares aplastaban al león.

Nada ponía límites a la victoria de su raza. El tiempo les pertenecía lo mismo que la extensión libre. ¿Quién habría podido turbar su reposo, quién les impediría perpetuarse durante generaciones tan numerosas como aquellas de las que eran descendientes?

Así soñaba Naoh mientras acompañaba al pueblo de colosos. Escuchaba con felicidad cómo crujía la tierra bajo su marcha, pensaba orgullosamente en sus largas y pacíficas filas, escalonadas en el río o bajo las enramadas del otoño; todos los animales se apartaban cuando ellos llegaban, y los pájaros, para verlos, descendían del cielo o se elevaban entre los cañaverales. Fueron unos días tan amables por la seguridad y la abundancia que, de no ser por el recuerdo de Gammla, Naoh no hubiera deseado que terminaran. Pues ahora que conocía a los mamuts sabía que eran menos duros, menos inseguros y más equitativos que los hombres. Su jefe no era, como Faouhm, temible para sus amigos: conducía el rebaño sin amenazas y sin perfidia. Ni un solo mamut tenía el humor feroz de Aghoo y sus hermanos.

Desde el amanecer, cuando el río se volvía gris ante el oriente, los mamuts se levantaban sobre la tierra húmeda. El fuego crujía, alimentado con pino o sicomoro, con álamo o tilo, y en la profundidad silvestre, sobre la orilla brumosa, los animales sabían que la vida del mundo había reaparecido. Se crecía en las nubes, escribiendo en ella el símbolo de todo lo que hacía brotar de la nada de las tinieblas, donde, sin ellos, los pórfidos, el cuarzo, el gneis, la mica, los minerales, las gemas y los mármoles dormirían incoloros y glaciales; de todas partes creaba formas y colores abrazando el mar tumultuoso y volatilizándolo en el espacio, uniéndose al agua para tejer las plantas y amasar la carne de los animales.

Cuando llenaba el cielo pesado del otoño, los mamuts barritaban levantando las trompas y disfrutaban de esa juventud que está en la mañana y que hace olvidar la noche. Se perseguían hasta las sinuosidades de las ensenadas y la punta de los promontorios; se reunían en grupos, conmovidos por el placer simple y profundo de sentir que seguían siendo las mismas estructuras, teniendo los mismos instintos y los mismos gestos. Después, sin prisa ni esfuerzo, desenterraban raíces, arrancaban ramas frescas, apacentaban la hierba, comían las castañas y bellotas, degustaban diversas setas y hasta la trufa. Les gustaba bajar todos juntos a abrevar. Entonces, su pueblo parecía más numeroso, y su masa más impresionante.

Para verlos rodar en la orilla, Naoh ascendía cualquier pequeña colina o escalaba una roca. Sus lomos se sucedían como las olas de una crecida, sus gruesas patas horadaban la arcilla, sus orejas se asemejaban a murciélagos gigantes, dispuestos siempre a echarse a volar; agitaban sus trompas y troncos de codeso cubiertos de una espuma cenagosa, y las defensas, a centenares, alargaban sus venablos lisos, brillantes y curvos.

Llegaba la noche. De nuevo, las nubes recuperaban el esplendor de las cosas, la noche carnívora se abatía como una niebla violácea y el fuego comenzaba a crecer. Los Oulhamr lo alimentaban copiosamente. Él devoraba golosamente la madera del pino y las hierbas secas, resollaba al roer el sauce, su aliento se hacía acre al atravesar las ramas y las hojas húmedas. A medida que crecía, su cuerpo se hacía más claro, su voz más ronca, secaba la tierra fría y rechazaba las tinieblas hasta mil codos de distancia. Mientras el fuego añadía a las carnes, las castañas y raíces un sabor penetrante, el gran mamut venía a contemplarlo. Se había acostumbrado y se complacía en su caricia y su brillo; fijaba en él ojos pensativos y consideraba los gestos de Naoh, de Nam o de Gaw echando ramas o hierbas en sus bocas escarlatas. Quizá, vagamente, veía que la raza de mamuts sería todavía más fuerte si aprendiera a servirse del fuego.

Una noche se acercó más que de costumbre, adelantando la trompa y olfateando los alientos que salían de ese animal de formas cambiantes. Se detuvo, tan inmóvil que parecía una roca de esquisto; cogiendo una gruesa rama, la sostuvo un momento en el aire y la arrojó en medio de las llamas. Brotó así un reguero de chispas, y el fuego crujió, silbó, humeó y se inflamó. Entonces, sacudiendo la cabeza con aire de alegría, fue a colocar la trompa en el hombro de Naoh, que no había hecho un solo gesto. Arrebatado por el estupor y la admiración, creyó que los mamuts sabían mantener el fuego, como los hombres, y se preguntó por la razón de que pasaran sus noches en el frío y la humedad.

Desde esa noche, el gran mamut se acercó todavía más a los nómadas. Les ayudaba a reunir la provisión de madera, alimentaba el fuego con sagacidad y prudencia, soñaba en esa claridad cobriza, púrpura o carmesí, según las fases de la llama. Nuevas ideas crecían en su enorme cráneo, estableciendo un lazo mental entre él y los Oulhamr. Comprendía muchas palabras y gestos, incluso sabía hacerse entender: en aquel tiempo, las palabras que intercambiaban los hombres no sobrepasaban a las acciones inmediatas y muy próximas; la previsión de los mamuts y su conocimiento de las cosas habían llegado a su apogeo. Así, su jefe reglamentaba con algún tiempo de adelanto la puesta en marcha de la población, cuando entraban en territorios sospechosos o enigmáticos; se hacía preceder de exploradores; su experiencia, guiada con una memoria tenaz, nutrida por la reflexión, tenía variedad y envergadura. Con menos precisión que Naoh, pero tenía ideas no menos seguras sobre las aguas, las plantas y los animales; entreveía la sucesión de períodos tristes y períodos fértiles del año; discernía toscamente el curso del sol y no lo confundía con el de la luna. Si hubiera hablado la lengua de los hombres, no habría parecido más tosco que Aghoo y sus hermanos, e incluso habría expresado algunas cosas que ni el propio viejo Goun concebía.

Pues si los hombres, desde hacía millares de siglos, acrecentaban y afinaban su entendimiento con todo lo que habían tocado y transformado sus manos, los mamuts, con la ayuda de su ingeniosa trompa, desarrollaban muchas ideas que eran extrañas a los hombres. Pero al verse reducidos a escasas entonaciones y signos, el lenguaje de los colosos no podía traducir todo lo que sabían; los más sutiles estaban aislados en su soledad cerebral, ninguna reflexión múltiple podía combinarse con otras, o extenderse por ese río de la tradición oral que en los hombres llevaba, reunía y variaba infatigablemente la experiencia, la invención y las imágenes... Sin embargo, la distancia no era todavía infranqueable. Si la tradición de los mamuts se limitaba a la reproducción de los actos y gestos milenarios, a la transmisión de astucias y tácticas, a una educación simple sobre el uso de los objetos o de los deberes hacia la comunidad y los individuos, poseían la ventaja de un instinto social más antiguo que el de los hombres, y de una longevidad que favorecía la experiencia individual. Pues el hombre no estaba hecho para vivir tantas estaciones como un mamut, y estaba mucho más sujeto a perecer accidentalmente: no podía contar con una protección muy eficaz; el odio de sus semejantes le amenazaba, no sólo en el exterior, sino dentro de la propia horda. Por eso era menor el número de hombres que habían recibido de la vida una lección al mismo tiempo duradera y numerosa. Y Naoh percibía en su colosal compañero, en el que una existencia larga había dejado intactos el vigor, la flexibilidad y la memoria, cuyo ojo, oído y olfato guardaban su juventud, una inteligencia que consideraba superior a la del viejo Goun, cuyos recuerdos eran vastos, pero cuyas articulaciones se habían vuelto rígidas, sus movimientos lentos e indecisos, el oído duro y la vista turbada.

Entretanto los mamuts seguían descendiendo por el curso del Gran Río y su camino se alejaba ya de aquel que debería llevar a los Oulhamr hacia la horda. Pues el río, que primero seguía el camino del norte, giraba hacia oriente y poco después remontaba hacia el sur. Naoh se inquietaba. A menos que el rebaño consintiera abandonar la cercanía de las orillas, tendrían que abandonarlo. Y se habían habituado a vivir cómodamente entre esos compañeros enormes y benévolos. Después de tanta seguridad, las soledades parecían más feroces. A lo lejos, bajo el otoño lluvioso, en el bosque de las fieras, sobre la podredumbre de la inmensa pradera, día y noche se enfrentarían a la emboscada y el acecho, la brutalidad de los elementos y la perfidia del felino. Una mañana, Naoh se detuvo ante el jefe de los mamuts y le dijo:

-El hijo del Leopardo ha hecho alianza con la horda de mamuts. Su corazón está contento con ellos. Le seguiría durante estaciones sin número. Pero debe volver a ver a Gammla a orillas del Gran Pantano. Su ruta va hacia el norte y occidente. ¿Por qué los mamuts no abandonan las orillas del río?

Estaba apoyado en una de las defensas del mamut; el animal, presintiendo sus problemas y la gravedad de sus designios, le escuchaba inmóvil. Después, balanceó lentamente su pesada cabeza y se volvió a poner en camino para guiar el rebaño que seguía la orilla. Naoh pensó que ésa era la respuesta del coloso, y se dijo a sí mismo:

«Los mamuts tienen necesidad de las aguas... También los Oulhamr preferirían ir por el río...»

La necesidad estaba ante él. Lanzó un largo suspiro y llamó a sus compañeros. Después, tras ver desaparecer el final del rebaño, se subió a un terraplén. Contempló a lo lejos al jefe que lo había acogido y salvado de los Kzamms. Sentía oprimido el pecho; lo habitaban el dolor y el temor; y dirigiendo los ojos hacia el noroeste, a la estepa y el matorral de otoño, sintió su debilidad de hombre, y su corazón se elevó lleno de ternura hacia los mamuts y su fuerza.

TERCERA PARTE

 

I.- Los enanos rojos.

 

 

Hubo grandes lluvias. Naoh, Nam y Gaw se encenagaron en tierras inundadas, vagabundearon bajo enramadas podridas, franquearon cimas y reposaron al abrigo de las ramas, en los agujeros de las rocas, en las fisuras del suelo. Era la época de las setas. Los tres, sabiendo que son pérfidas y pueden matar un hombre con la misma seguridad que el veneno de las serpientes, no comían más que aquellas cuya forma y color les habían enseñado los ancianos. Las distinguían también por el olfato. Cuando les faltaba la carne, iban, según fuera el lugar y la altitud, a encontrar distintas setas, como mízcalos, morillas, mucerones y columbetas. Las buscaban a la sombra de los oquedales húmedos, entre los robles resplandecientes, los olmos devorados por el musgo, los sicomoros enrojecidos, sobre las plantas viscosas, en el letargo de las hondonadas, bajo las plataformas de esquisto de gneis o de pórfido.

Ahora que habían conquistado el fuego, podían cocerlas ensartándolas en ramitas, o poniéndolas sobre piedras e incluso sobre arcilla. También asaban así bellotas y raíces, a veces castañas, comían ayucos y nueces, y extraían savias dulces de los arces.

El fuego era su alegría y su trabajo. Ante los huracanes y las lluvias torrenciales, lo defendían con astucia y encarnizamiento. Algunas veces, cuando el agua se derramaba demasiado espesa y tenaz, se hacía necesario buscar un abrigo; si no lo ofrecían ni las rocas, los árboles o el suelo, había que excavarlo o construirlo. De esa manera perdían muchos días. Y también los perdían rodeando los obstáculos. Por haber querido acortar, siguiendo el camino más recto, posiblemente habían alargado su viaje. Pero como lo ignoraban, se dirigían hacia el país de los Oulhamr, guiándose por el instinto y por el sol, que les daba indicaciones toscas pero incesantes.

Quedaron al borde de una tierra de arena, entrecortada por granito y basalto. Parecía cerrar todo el noroeste, sin vegetación, miserable y amenazadora. A veces brotaban de ella unas hierbas duras; algunos pinos sacaban de las dunas una vida penosa; los líquenes mordían la piedra y colgaba en cabelleras pálidas; una liebre enfebrecida, un antílope raquítico, recorrían por el flanco de las colinas o los estrechos que había entre ellas. La lluvia se hacía cada vez más rara; las nubes, delgadas, avanzaban con las grullas, los gansos y las becadas.

Naoh dudaba de entrar en ese país lamentable. El día iba declinando, un resplandor terroso se deslizaba sobre la extensión, escuchándose un viento sordo y lúgubre. Los tres, con el rostro vuelto hacia las arenas y las rocas, sintieron pasar por su nuca el estremecimiento del desierto. Pero como tenían carne en abundancia, y la llama lucía clara en las jaulas, marcharon hacia su destino.

Cinco días transcurrieron sin que vieran el final de las llanuras y las dunas desnudas. Tenían hambre; los animales, finos y veloces, escapaban de sus trampas; tenían sed, pues la lluvia se había hecho todavía más escasa y la arena se bebía el agua; en más de una ocasión temieron la muerte del fuego. Al sexto día, la hierba se hizo menos escasa y dura, los pinos dejaron lugar a los sicomoros, a los plátanos y a los álamos.

Las lagunas se multiplicaron, después la tierra se ennegreció, el cielo se hundió y se llenó de nubes opacas que se abrían interminablemente. Los Oulhamr pasaron la noche temblando, tras haber encendido un montón de leña esponjosa y de hojas que gemían bajo el aguacero y lanzaban un aliento sofocante.

Primero vigiló Naoh, después fue el turno de Nam. El joven Oulhamr caminaba cerca del fuego, atento a reanimarlo con ayuda de una rama puntiaguda y de secar las ramas antes de dárselas como alimento. Un resplandor pesado cruzaba los vapores y el humo; se alargaba sobre la arcilla, se deslizaba entre los arbustos y enrojecía penosamente las frondas. A su alrededor reptaban las tinieblas. Éstas lo llenaban todo; en el gotear de las aguas, eran como un fluido bituminoso y formidable.

Nam se inclinó para secarse las manos y los brazos y después tendió el oído. El peligro estaba en el fondo del agujero negro: podía desgarrar con la garra o la mandíbula, aplastar bajo las patas de un rebaño, transmitir la muerte fría de la serpiente, romper los huesos con el hacha o traspasar el pecho con el arpón.

El guerrero sintió un brusco escalofrío: sus sentidos y su instinto se pusieron en tensión; sabía que la vida daba vueltas alrededor del fuego y llamó suavemente al jefe. Naoh se levantó al instante; exploró a su vez la noche. Supo que Nam no se había equivocado; pasaban unos seres cuyo efluvio turbaban las plantas húmedas y el humo; y sin embargo, el hijo del Leopardo llegó a conjeturar la presencia de hombres. Dio tres golpes fuertes con el venablo en lo más caliente de la hoguera: saltaron las llamas, mezcladas con escarlata y azufre; y, a lo lejos, se ocultaron unas siluetas. Naoh despertó al tercer compañero:

-¡Han llegado los hombres! -murmuro.

De un lado a otro, durante mucho tiempo, trataron de sorprender las sombras. Pero nada volvió a aparecer. Ningún ruido extraño turbaba el chapoteo de la lluvia; ningún olor evocador se revelaba de las sacudidas del viento. ¿Dónde estaba el peligro? ¿Los que acosaban su soledad eran una horda completa o algunos hombres? ¿Qué camino seguir para la huida o el combate?

-¡Guardad el fuego! -dijo finalmente el jefe.

Sus compañeros vieron que su cuerpo decrecía, se hacía semejante a un vapor, y que después lo desconocido lo absorbía. T ras dar un rodeo, se orientó hacia los matorrales en los que había visto ocultarse a los hombres. El fuego le guiaba. Aunque él mismo se había hecho invisible, podía distinguir un resplandor crepuscular. Se detenía continuamente, con la maza y el hacha preparadas; a veces, pegaba la cabeza a la tierra; y tenía el cuidado de avanzar dando vueltas, y no en línea recta. Gracias a que la tierra era blanda, y a su prudencia, ni la finísima oreja del lobo habría podido escuchar su paso. Se detuvo antes de haber llegado a los matorrales. Pasó el tiempo; no escuchaba ni percibía más que la caída de las gotas, los movimientos de los vegetales, algún animal que huía.

Tomó entonces una ruta oblicua, fue más allá de los matorrales y rehízo sus pasos: no vio ningún rastro. No se asombró, pues así se lo había anunciado su instinto, y se alejó en dirección a un terraplén que había observado en el crepúsculo. Llegó tras algunos titubeos y lo subió: abajo, en un repliegue, un resplandor subía a través del vaho, Naoh reconoció un fuego de hombres. La distancia era tan grande, y la atmósfera tan opaca, que apenas si distinguió algunas siluetas deformadas. Pero no tenía duda alguna acerca de su naturaleza: volvió a tener el estremecimiento que había sentido a orillas del lago. Y esta vez el peligro era peor, pues los extranjeros habían conocido la presencia de los Oulhamr antes que éstos hubieran sido descubiertos.

Naoh regresó junto a sus compañeros, muy lentamente al principio, con mayor velocidad cuando el fuego fue visible:

-¡Los hombres están allí! -murmuro.

Tendió la mano hacia el este, seguro de su orientación:

-Hay que reanimar el fuego en las jaulas -añadió tras una pausa.

Confió esta operación a Nam y Gaw, mientras que él mismo echaba ramas alrededor de la hoguera, para hacer una especie de barrera; los que se aproximaron podían ver bien el resplandor de la llama, pero no si había guardianes. Cuando las jaulas estuvieron preparadas y las provisiones repartidas, Naoh ordenó la partida.

La lluvia se fue haciendo más fina; no se sentía ya ningún soplo. Si los enemigos no cerraban el camino, o no descubrían inmediatamente la fuga, acecharían el fuego que ardía en la soledad y, creyéndolo defendido, no atacarían hasta no haber multiplicado las artimañas. De esa manera, Naoh podría ganar una ventaja considerable. La lluvia cesó al amanecer. Un resplandor triste subió de los abismos, la aurora se arrastró miserablemente detrás de las nubes. Desde hacía algún tiempo, los Oulhamr subían por una pendiente suave: cuando estuvieron en la parte más alta, no vieron al principio más que la sabana, el matorral y los bosques, de color ocre, o pizarra con islas azules y escotaduras rojizas.

-Los hombres han perdido nuestro rastro -murmuró Nam.

Pero Naoh respondió:

-¡Los hombres nos persiguen!

En efecto, en la bifurcación de un río surgieron dos siluetas, seguidas rápidamente por otros treinta. A pesar de la distancia, Naoh se dio cuenta de que su estatura era extrañamente corta; todavía no se podía distinguir claramente la naturaleza de sus armas. No veían a los Oulhamr, disimulados entre los árboles, y se detenían a intervalos para verificar el rastro. El número creció: el hijo del Leopardo contó más de cincuenta.

Pero, por otra parte, no parecía que tuvieran la misma agilidad que los fugitivos. Si no retrocedían, los Oulhamr tendrían que atravesar zonas casi desnudas, o sembradas de hierbas cortas. Lo mejor era avanzar sin rodeos y contar con la fatiga del enemigo. Como la pendiente volvió a descender, pudieron hacer un buen trecho sin fatiga. Y cuando, al darse la vuelta, vieron a los perseguidores que gesticulaban en la cresta, la delantera había aumentado.

Poco a poco, el terreno se erizaba. Primero había una llanura de creta, convulsiva e hinchada, y después unas landas en las que abundaban plantas duras, llenas de trampas, de charcas, que no se veían al principio y que luego había que rodear. Cuando se había evitado una, aparecían otras, por lo que los nómadas apenas avanzaban. Llegaron al final. Se presentaba entonces ante ellos una tierra rojiza que producía algunos pinos de escasa fuerza, muy altos pero débiles, estaba rodeada por turberas. Finalmente, volvieron a ver la sabana, y Naoh se alegró, pero hacia la izquierda apareció un grupo de hombres cuya estructura reconoció.

¿Eran los mismos que los de la mañana, y acostumbrados al territorio habían seguido un camino más corto que los fugitivos? ¿O eran otro grupo de la misma raza? Estaban tan próximos que podía distinguirse con precisión su corta estatura: el más alto apenas habría tocado con su frente el pecho de Naoh. Tenían la cabeza como un bloque, el rostro triangular, el color de la piel era como ocre rojizo, y aunque menudos, en sus movimientos y en el brillo de los ojos demostraban ser una raza llena de vida. Al ver a los Oulhamr, lanzaron un clamor que se asemejó al graznido de los cuervos, y blandieron venablos y azagayas.

El hijo del Leopardo los contempló con asombro. De no haber sido por el pelo de las mejillas, que les salía en pequeños mechones, o por el aspecto de vejez de algunos, y de no haber sido también por sus armas y por la amplitud del pecho, los habría tomado por niños.

Al principio no se imaginó que se arriesgarían a combatir. Vacilaban. Y cuando los Oulhamr levantaron las mazas y arpones, y cuando la voz de Naoh, que dominaba a la de ellos lo mismo que el trueno del león domina sobre la voz de las cornejas, retumbó sobre la llanura, desaparecieron. Pero debían tener un humor belicoso; sus gritos regresaron todos juntos, llenos de amenaza. Después, se dispersaron en semicírculo. Naoh comprendió que querían cercarlos. Teniendo más miedo de su astucia que de su fuerza, dio la señal de retirada. Los grandes nómadas, al primer impulso, se distanciaron sin esfuerzo de los perseguidores, menos rápidos todavía que los devoradores de hombres: si no se presentaban obstáculos, los fugitivos no serían alcanzados a pesar de la carga de las jaulas.

Pero Naoh desconfiaba de las trampas del hombre y de la tierra. Ordenó a sus guerreros que prosiguieran el camino, y después dejando en tierra el fuego, observó a los enemigos. En su ardor, se habían dispersado. Tres o cuatro de los más ágiles avanzaban lejos de los demás. El hijo del Leopardo no perdió tiempo. Cogió unas piedras que unió a sus armas y corrió con toda velocidad hacia los enanos rojos. El movimiento de Naoh los dejó petrificados; temieron una estratagema; uno de ellos, que parecía ser el jefe, lanzó un grito agudo; se detuvieron. Pero Naoh estaba ya a tiro de aquel al que quería alcanzar y gritó:

-Naoh, hijo del Leopardo, no quiere hacer daño a los hombres. ¡No golpeará si abandonan la persecución!

Todos escucharon con el rostro inmóvil. Al ver que el Oulhamr no avanzaba, reemprendieron su marcha envolvente. Entonces, Naoh gritó, haciendo girar una piedra:

-¡El hijo del Leopardo golpeará a los enanos rojos!

Ante la amenaza del gesto partieron tres o cuatro azagayas: su alcance era muy inferior al del nómada. Lanzó la piedra; golpeó al hombre al que había apuntado y le hizo caer. Inmediatamente después lanzó una segunda piedra, que falló el tiro, y después una tercera, que golpeó sobre el pecho de un guerrero. Entonces hizo un gesto de burla mostrándoles una cuarta piedra, y luego, con aspecto terrible, blandió una azagaya.

Los enanos rojos comprendían mejor que los Oulhamr y los devoradores de hombres los signos, pues utilizaban menos el lenguaje articulado. Comprendieron que la azagaya sería más peligrosa que las piedras, y los más adelantados se replegaron junto a la masa. El hijo del Leopardo se retiró a pasos lentos. Le siguieron a distancia: cada vez que uno u otro superaba a sus compañeros, Naoh lanzaba un gruñido y blandía su arma. Supieron así que había más peligro dispersándose que permaneciendo juntos, y Naoh, habiendo logrado su objetivo, reemprendió su camino.

Los Oulhamr huyeron durante la mayor parte del día. Cuando se detuvieron, hacía ya mucho tiempo que no veían a los enanos rojos. Las nubes se habían dispersado, el sol se filtraba por una grieta azulada, al fondo de las landas. La tierra, plena y dura al principio, se había vuelto peligrosa: ocultaba fangos que apresaban los pies y los atraían hacia el abismo. Grandes reptiles reptaban en los promontorios; serpientes de agua de cuerpo glauco y rojizo relucían entre los ríos; las ranas saltaban con un grito fangoso; los pájaros desaparecían furtivos, sobre patas, o cortaban el aire con un vuelo estremecido como las hojas del álamo temblón.

Los guerreros comieron presurosamente. Tenían miedo de las emboscadas en aquella zona, y se esforzaron por descubrir una salida. A veces, creyeron haber llegado a ella. El suelo se hacía más firme y encontraban hayas, sicomoros, pero luego los helechos sucedían de nuevo a los sauces, los álamos y las hierbas palustres. Enseguida comenzaba el agua de la fiebre, y las trampas se abrían solapadamente, y era necesario rehacer el paso y repetir el esfuerzo. La noche estaba próxima. El sol tomó el color de la sangre fresca; descendió sobre el poniente cubierto de fangos y se metió en las lagunas. Los Oulhamr sabían que sólo podían contar con su valor y su vigilancia; avanzaron mientras siguieron teniendo un resplandor en el fondo del firmamento, y después se detuvieron, pues tenían por delante una landa, y por detrás un suelo caótico, en el que percibían alternativamente vagas claridades y agujeros tenebrosos. Arrancaron ramas, hicieron rodar algunas piedras gruesas y, trabándolo todo, con la ayuda de lianas y mimbres, se encontraron al abrigo de una sorpresa. Pero no encendieron una hoguera: solamente alimentaban los fuegos pequeños, semiocultos en la tierra; y esperaban las cosas oscuras que lo mismo amenazaban que salvaban la vida de los hombres.

II.- La arista granítica.

 

 

Pasó la noche. En el resplandor parpadeante de las estrellas, ni Nam, ni Gaw, ni el jefe vieron siluetas humanas, no escucharon ni olfatearon sino los vientos húmedos, los animales del pantano, las rapaces de alas blancas.

Cuando se extendió la mañana como un vapor de plata, la landa mostró su cara triste, seguida de un agua sin límites, entrecortada por islas cenagosas. Si se alejaban de las orillas, volverían a encontrarse sin duda con los enanos rojos. Era necesario seguir los confines de la landa y el pantano, buscando una salida, y como nada les indicaba cuál era la dirección preferible, tomaron la que parecía prestarse menos a las emboscadas.

Al principio, el camino pareció bueno. El suelo, bastante resistente, cortado apenas por algunas charcas, producía plantas cortas, salvo en la propia orilla. Hacia la mitad del día, se multiplicaron los matorrales y arbustos; necesitaban acechar continuamente el horizonte, que se había estrechado. Sin embargo, Naoh no creía que los enanos rojos estuvieran próximos. Si no habían abandonado la persecución, seguían el rastro de los Oulhamr: su rastro debía ser considerable.

La provisión de carne se había agotado. Los nómadas se aproximaron a la orilla, donde abundaba la presa. No consiguieron cazar una avutarda, que se refugió en la isla. Después, Gaw capturó una pequeña brema en la desembocadura de un riachuelo; Naoh traspasó con el arpón una polla de agua, y Nam pescó varias anguilas. Encendieron un fuego con hierba seca y ramas, gozosos de olfatear el olor de las carnes asadas. La vida se hizo buena, su juventud se llenaba de fuerza; creyeron haber dejado atrás a los enanos rojos y se dedicaron a roer los huesos de la polla de agua, pero unos animales salieron corriendo de los matorrales. Naoh se dio cuenta de que huían de un enemigo considerable. Se levantó a tiempo de ver una forma furtiva en un intersticio de los vegetales.

-¡Los enanos rojos han regresado! -dijo.

El peligro era más temible que nunca. Pues los enanos rojos podían seguir a los Oulhamr estando a cubierto y cortarles el camino con emboscadas. Se estiraba una franja de terreno casi desnudo y favorable para la huida entre el pantano y el matorral. Los Oulhamr se apresuraron a cargar las jaulas, las armas y lo que les quedaba de carne. Nada les impedía marcharse. Si el enemigo les seguía por los matorrales, perdería terreno, porque los enanos eran menos rápidos y les estorbaban los matorrales. Al principio, la landa árida se ensanchó, y después empezó a estrecharse entre los árboles, arbustos o hierbas altas. Pero el suelo seguía siendo sólido, y Naoh se sintió seguro de haberse distanciado de los enanos rojos: mientras no se presentara ningún obstáculo, mantendría la ventaja.

Pero llegaron los obstáculos. El pantano lanzaba tentáculos sobre la llanura, profundas ensenadas, lagunas, canales rodeados de plantas viscosas. Los fugitivos veían que se les obstruía el camino constantemente: debían girar, desviarse, incluso rehacer sus pasos. Finalmente, se encontraron encerrados en una banda granítica limitada a la derecha por el agua inmensa, a izquierda por terrenos inundados en las crecidas otoñales. La osamenta granítica empezó a descender de nivel y desapareció, los Oulhamr se encontraban rodeados por todas partes: tenían que rehacer el camino o esperar los golpes del azar.

Fue un momento formidable. Si los enanos rojos estaban en la entrada de la franja, toda la retirada se hacía imposible. Y Naoh, con la frente baja ante el mundo hostil, lamentó amargamente haberse separado de los mamuts. Su energía se doblegó, y conoció el desánimo y la tristeza. Pero después regresó la acción con su urgencia y su rudeza; el lamento pasó como un latido del corazón; sólo existía la hora presente. Y exigía la atención de todo ser y el despertar continuo de los sentidos. Los nómadas probaron rápidamente las salidas. A lo lejos, se elevaba una masa rojiza que podía ser una isla, y que podía ser también la continuación de la arista. Gaw y Naoh buscaron un vado; pero sólo encontraron el agua profunda o la traición de los fangos y los charcos.

La última oportunidad estaba en el regreso. Lo decidieron bruscamente y lo ejecutaron con presteza. Recorrieron dos mil codos y se encontraron fuera del pantano, ante una vegetación tupida, entrecortada apenas por islotes y hierba rasa; Nam, que iba adelante, se detuvo en seco y dijo:

-Los enanos rojos están allí.

Naoh no lo dudó. Para asegurarse mejor, cogió unas piedras y las lanzó rápidamente al matorral que había señalado Nam: una huida, ligera pero cierta, reveló la presencia de los enemigos. La retirada era imposible: había que prepararse para el combate. Pero el lugar en el que se encontraban los Oulhamr no les ofrecía ninguna ventaja, y permitía a los enanos rojos envolverlos. Era mejor establecerse en una parte de la arista. Con el resplandor del fuego, estarían allí al abrigo de las sorpresas.

Naoh, Nam y Gaw lanzaron su grito de guerra. Y mientras blandían sus armas, Naoh clamó:

-Los enanos rojos hacen mal al perseguir a los Oulhamr, que son fuertes como el oso y ágiles como la saiga. ¡Si los enanos rojos les atacan, morirán muchos de ellos! Sólo Naoh abatirá a diez... Y Nam y Gaw también matarán. ¿Los enanos rojos quieren que mueran quince de sus guerreros para destruir a tres Oulhamr?

Por todas partes se elevaron voces en los matorrales y entre las altas hierbas. El hijo del Leopardo comprendió que los enanos rojos querían la guerra y la muerte. No se asombró: durante toda la vida, ¿acaso los Oulhamr no habían matado a los extranjeros a los que sorprendían cerca de la horda? El viejo Goun decía: «Es mejor dejar la vida al lobo y al leopardo que al hombre; pues el hombre que no has matado hoy, vendrá más tarde con otros hombres para matarte». Naoh no regresaría para matar a los enanos rojos si le dejaban el camino libre, pero comprendía bien que ellos podían temerlo. Por otra parte, sabía también que los hombres de dos hordas se odian unos a otros más que el rinoceronte odia al mamut. Con su enorme pecho henchido por la cólera, provocó a los enemigos avanzando hacia los matorrales y gruñendo. Silbaron pequeñas azagayas y ninguna de ellas llegó a él. Lanzó una risa feroz.

-¡Los brazos de los enanos rojos son débiles!... ¡Son brazos de niño!... Con cada golpe, Naoh matará a uno con la maza o el hacha.

Entre la viñas salvajes apareció una cabeza. Se confundía con el tono de las hojas enrojecidas por el otoño. Pero Naoh había visto el brillo de sus ojos. Una vez más, quiso mostrar su fuerza sin emplear la azagaya: la piedra que lanzó estremeció el follaje y se escuchó un grito agudo.

-¡Mirad! Ésa es la fuerza de Naoh... Con la azagaya afilada habría matado al enano rojo.

Sólo entonces emprendió la retirada, en medio de los gritos del enemigo. Prefirió ir hasta el extremo de la arista: allí había sitio para varios hombres, y los enanos rojos deberían atacar en fila. Por la parte del agua, por causa de las pérfidas plantas, ninguna balsa podría abrirse camino, ningún hombre se atrevería a llegar allí nadando. Tampoco se podría llegar a un islote escarpado que se levantaba a sesenta codos de la elevación granítica.

Como habían acumulado cañas marchitas para el fuego de la noche, los Oulhamr sólo tenían que esperar. Y de todas sus esperas, ésa fue la más terrible. Cuando acechaban al oso gris, esperaban aniquilarlo con unos golpes bien dados. Cuando estaban aprisionados entre las piedras basálticas, no ignoraban que el león-tigre debía alejarse para buscar presas. Nunca habían estado acosados por los devoradores de hombres. Pero ahora la horda que los asediaba con la astucia y el número no podía ser aniquilada. Los días seguirían a los días sin que dejaran de vigilar el pantano, y si se atrevían a hacer un ataque, ¿cómo podrían resistírseles tres hombres?

Así, Naoh se encontró apresado por la fuerza de sus semejantes; y aunque esos semejantes se encontraran entre los más débiles, pues ninguno de ellos podría estrangular a un lobo, y jamás sus ligeras azagayas penetrarían hasta el corazón de un león, como lo hacían las flechas de los Oulhamr, aunque sus venablos fueran impotentes delante de los aurocs, podrían alcanzar el corazón de un hombre.

El hijo del Leopardo olió el poder de su raza. Lo sintió más implacable, más venenoso y destructivo que el poder de los felinos, las serpientes y los lobos. Recordando la bondad de los mamuts, se le enardeció el pecho, un suspiro cavernoso lo desgarró, volvió los ojos hacia esa adoración que germinaba en el fondo de su alma y que, tan fuerte como la adoración del fuego, era más tierna y más dulce.

Pero el sol y el agua mezclaban sus vidas brillantes. El agua era inmensa, no se veía su fin, y el sol sólo era un fuego grande como la hoja de una ninfea. Pero la luz del sol era más grande que la propia agua: se extendía sobre el pantano, llenaba todo el cielo, el cual dominaba la extensión de la tierra. En su fiebre, Naoh, sin dejar de pensar en los enanos rojos, en el combate, en las emboscadas y en la muerte, se asombró de que de un fuego tan pequeño viniera una luz tan grande.

Un terrible peso envolvía sus hombros; su corazón saltaba como una pantera. Lo oía batir entre sus huesos. A veces, el nómada se erguía y levantaba la maza; la guerra le llenaba por entero; sus brazos se impacientaban por no golpear a aquellos que insultaban a su fuerza.

Pero la prudencia y la astucia volvían a él, pues sin ellas ningún hombre lograría sobrevivir una estación: su muerte sería demasiado bella para el enemigo si él mismo iba a buscarla; era necesario que fatigara a los enanos rojos, que los espantara, que matara a muchos de ellos. Además, no quería morir, quería ver de nuevo a Gammla. Y aunque no sabía cómo engañar a la horda, su fuerte vida mantenía la esperanza, no comprendiendo que pudiera desaparecer, se extendía tan lejos como las aguas y la luz.

Los enanos rojos no se dejaron ver al principio, pues temían una emboscada o esperaban una imprudencia de los Oulhamr. Pero se mostraron al declinar el día. Los vieron salir de sus refugios y avanzar hasta la entrada de la arista granítica, con una singular combinación de deslizamientos y saltos, y después, deteniéndose, contemplaron el pantano. Uno u otro lanzaban un grito, pero los jefes guardaban silencio, atentos.

Con el crepúsculo, los cuerpos rojos bullían; hubiérase dicho, bajo el resplandor ceniciento, que eran extraños chacales levantados sobre las patas traseras. Llegó la noche. El fuego de los Oulhamr extendió sobre las aguas una claridad sangrante. Detrás de los matorrales, los fuegos de los asaltantes cubrían las tinieblas. Las siluetas de los vigilantes se perfilaban y desaparecían. A pesar de los simulacros de ataque, los agresores se mantuvieron fuera de su alcance.

El siguiente día tuvo una duración insoportable. Ahora los enanos rojos circulaban sin cesar, en pequeños grupos o en masa. Sus mandíbulas crecidas expresaban una tenacidad invencible. Era evidente que perseguían sin descanso la muerte de los extranjeros; era un instinto que se había desarrollado en ellos desde hacía centenares de generaciones, y sin el cual habrían sucumbido ante razas de hombres más fuertes pero menos solitarios.

Durante la segunda noche, no intentaron ningún ataque: guardaron un silencio profundo y no se dejaron ver. Incluso sus fuegos eran invisibles, bien porque no los habían encendido o porque se los habían llevado muy lejos. Hacia el alba, se escuchó un rumor brusco, y hubiérase dicho que los matorrales avanzaban lo mismo que los seres. Cuando apuntó el día, Naoh vio que un montón de ramas obstruía la entrada de la calzada granítica: los enanos rojos lanzaban clamores guerreros.

Y el nómada comprendió que iban a avanzar tras ese abrigo. Así podrían lanzarles las azagayas sin descubrirse, o saltar bruscamente, en gran número, para un ataque decisivo. La situación de los Oulhamr se agravaba. Con su provisión agotada, habían tenido que recurrir a los peces del pantano. El lugar no era favorable. Les era difícil capturar alguna anguila o brema; y aunque le añadieran algún batracio, por su gran cuerpo y su juventud, sufrían la penuria. Nam y Gaw, apenas adultos, y hechos para crecer todavía, se agotaban.

La tercera noche, cuando estaban sentados delante del fuego, una inmensa inquietud asaltó a Naoh. Había fortificado el abrigo, pero sabría que en pocos días, si la caza seguía siendo tan escasa, sus compañeros serían más débiles que los enanos rojos, y ni siquiera él lanzaría bien la azagaya. ¿Su maza podría abatirse tan mortal como siempre? El instinto le aconsejaba la huida a favor de las tinieblas. Pero sería necesario sorprender a los enanos rojos y forzar el paso: probablemente, eso era imposible.

Lanzó una mirada hacia el oeste. La Luna creciente había aumentado su brillo y sus cuernos se debilitaban; descendía junto a una gran estrella azul que temblaba en el aire húmedo. Los batracios se llamaban con sus voces viejas y tristes, un murciélago vacilaba entre las luciérnagas, un búho pasó sobre sus alas pálidas, y se vio relucir bruscamente las escamas de un reptil. Era una de esas noches con las que la horda estaba familiarizada cuando acampaba cerca de las aguas, bajo un cielo claro.

Imágenes antiguas llenaron la cabeza de Naoh, produciéndole un zumbido. Una escena, que le ablandó como si fuera un niño, se separó de las otras. La horda acampaba junto a sus fuegos. El viejo Goun dejaba correr sus recuerdos que enseñaban a los hombres; un olor a carne asada flotaba con la brisa, y se veía, tras una jungla de cañaverales, el largo resplandor del pantano bajo el claro de luna. De entre las mujeres, se levantaron tres jóvenes. Daban vueltas alrededor de los fuegos, gastaban el ardor de su vida, que no había podido adormecerse con un día de fatiga, pasaban delante de Naoh, con su risa extraña y la locura de su juventud. El viento se levantaba bruscamente y unos cabellos golpeaban al Oulhamr en el rostro, los cabellos de Gammla, y en su instinto sordo fue como un choque. Tan lejos de la tribu, entre las emboscadas de los hombres y la rudeza del mundo, esa imagen era la representación profunda de la vida. Impulsaba a Naoh hacia la orilla, hacía brotar de su pecho un aliento ronco... Pero se borró. Naoh sacudió entonces la cabeza y volvió a pensar en su salvación. Le acosó una fiebre, se volvió y rodeó el fuego; marchó en la dirección en la que estaban los enanos rojos.

Sus dientes rechinaron: el abrigo de ramas se había acercado más; quizá en la noche siguiente el enemigo podría comenzar el ataque. De pronto, un grito agudo traspasó el aire, y una forma emergió del agua, confusa al principio; Naoh reconoció a un hombre. Se arrastraba; de uno de sus muslos brotaba la sangre. Era de una estatura extraña, casi sin hombros, con la cabeza muy estrecha. Al principio parecía que los enanos rojos no lo habían visto, pero después se elevó un clamor y silbaron las azagayas y los venablos. Entonces, unas impresiones temblaron en Naoh y lo sublevaron. Se olvidó de que ese hombre podía ser un enemigo; no sintió más que el desencadenamiento de su furor contra los enanos rojos, y corrió hacia el herido como lo habría hecho hacia Nam y Gaw. Una azagaya le golpeó en el hombro sin detenerlo.

Lanzó su grito de guerra, se precipitó sobre el herido, lo levantó con un solo gesto y se batió en retirada. Una piedra le golpeó el cráneo, otra azagaya le hizo una herida superficial en el omoplato... pero estaba ya fuera de su alcance, y aquella noche los enanos rojos no se atreverían todavía al gran combate.III.- La noche en el pantano.

III.- La noche en el pantano.

 

 

Cuando el hijo del Leopardo volvió junto al fuego, dejó al hombre sobre la hierba seca y lo miró con sorpresa y desconfianza. Era un ser totalmente distinto de los Oulhamr, los Kzamms y los enanos rojos. El cráneo, excesivamente largo y muy delgado, estaba cubierto de un pelo escaso y muy espaciado; los ojos, más altos que largos, oscuros, tiernos y tristes, parecían no ver, las mejillas se hundían sobre unas mandíbulas débiles, y la inferior se ocultaba como la de las ratas; pero lo que sorprendió sobre todo al jefe era su cuerpo cilíndrico, en el que apenas se veían hombros, por lo que los brazos parecían brotar como las patas de los cocodrilos. La piel era seca y ruda, como cubierta de escamas, y con grandes repliegues. El hijo del Leopardo pensó a la vez en la serpiente y el lagarto.

Desde que Naoh lo había dejado sobre la hierba seca, el hombre no se movió. A veces, sus párpados se levantaban lentamente y dirigía su mirada oscura a los nómadas. Respiraba haciendo ruido, de una forma ronca, lo que quizá era un quejido. A Nam y a Gaw les inspiraba una gran repugnancia; de buen grado lo habrían arrojado al agua. Pero Naoh se interesó por él porque lo había salvado de los enemigos, y, mucho más curioso que sus compañeros, quería saber de dónde venía, cómo se encontraba en el pantano, cómo lo habían herido, si era un hombre o una mezcla de hombre y animales que reptan. Intentó hablarle con gestos, persuadirle de que no lo iba a matar. Después, le enseñó el abrigo de los enanos rojos, indicándole por señas que la muerte vendría de ellos.

El hombre, volviendo el rostro hacia el jefe, emitió un grito sordo y gutural. Naoh creyó que le había entendido.

La luna creciente tocaba el extremo del firmamento y la gran estrella azul había desaparecido. El hombre, levantado a medias, se ponía hierbas en la herida; a veces se veía un débil chispear en su mirada opaca.

Cuando la luna desapareció, las estrellas alargaron sus estremecimientos sobre las aguas y se escuchó trabajar a los enanos rojos. Lo hicieron toda la noche, unos cargándose con ramas, otros haciendo avanzar el abrigo. Muchas veces, Naoh se levantó para combatir. Pero veía el número de sus enemigos, su vigilancia y emboscadas, se daba cuenta de que cada movimiento de los Oulhamr sería denunciado; y se resignó, entregándose al azar de la lucha.

Pasó una nueva noche. Por la mañana, los enanos rojos lanzaron algunas azagayas que cayeron cerca del abrigo. Gritaron su alegría y su triunfo. Era el último día. Al atardecer, los enanos terminarían de avanzar con su refugio; el ataque se produciría antes de que desapareciera la luna... Y los Oulhamr escrutaban el agua verdosa con cólera y tristeza, mientras el hambre roía sus vientres.

Con la luz de la mañana, el herido parecía todavía más extraño. Sus ojos eran semejantes al jade, su cuerpo largo y cilíndrico se movía como un gusano, su mano seca y blanca se curvaba extrañamente hacia atrás. De pronto, cogió un arpón y lo lanzó sobre una hoja de nenúfar; el agua burbujeó y se vio una forma cobriza, y el hombre, retirando con presteza el arma, sacó una carpa colosal. Nam y Gaw lanzaron un grito de alegría: el animal serviría para la comida de muchos hombres. Ya no lamentaron que el jefe hubiera salvado la vida de ese ser inquietante.

Y lo lamentaron menos todavía cuando capturó otros peces, pues tenía un instinto extraordinario para la pesca. La energía renació en los pechos: viendo que, una vez más, la acción del jefe había sido benefactora, Nam y Gaw se exaltaron. Como el calor corría por su carne, ya no creyeron que iban a morir: Naoh sabría tender una trampa a los enanos rojos y hacerles perecer en gran número y espantarlos.

El hijo del Leopardo no compartía esa esperanza. No encontraba ningún medio de escapar a la ferocidad de los enanos rojos. Cuanto más reflexionaba, mejor se mostraba la inutilidad de las tretas. A fuerza de repasarlas en su imaginación, en cierta manera se agotaban. Terminó por no contar más que con la rudeza de su brazo y con ese azar en el que ponen su confianza los hombres y los animales que no han sido alcanzados nunca por los grandes peligros.

El sol estaba casi en la parte baja del firmamento cuando el oeste se llenó de una nube temblorosa que se desgajaba continuamente y en la que los Oulhamr reconocieron una extraña migración de aves. Con un ruido de viento y de olas, las bandas roncas de cuervos precedían a las grullas de patas flotantes, a los patos lanzaban sus cabezas de varios colores, a los gansos y a las otras aves más pesadas, los estorninos se lanzaban como guijarros negros. Y mezclados, afluían las grivas, urracas, patos, estorninos, avutardas, garzas, chotacabras, chorlitos reales y becadas.

Sin duda, más lejos, detrás del horizonte, alguna gran catástrofe los había espantado y expulsado hacia tierras nuevas. Con el crepúsculo, aparecieron los animales velludos. Los élafos galopaban locamente, con los caballos vertiginosos, los megaceros ruidosos, las saigas de patas finas; hordas de lobos y de perros pasaron como un ciclón; un gran león amarillo y su hembra daban saltos de quince codos delante de un clan de chacales. Muchos se detuvieron junto al pantano y abrevaron.

Entonces, la guerra eterna, suspendida por el pánico, se encendió de nuevo: un leopardo saltó sobre la grupa de un caballo y se puso a roerle la garganta; los lobos cayeron sobre una horda de saigas; un águila se llevó una garza a las nubes; el león, con un largo rugido, espiaba las presas fugitivas. Se vio surgir un animal bajo sobre patas, casi tan grande como el mamut y cuya piel formaba una corteza profunda y arrugada como la de los viejos robles. Quizá el león no lo conocía, pues lanzó un segundo rugido, con la amenaza de su cabeza formidable, sus colmillos de granito y su crin erizada. El rinoceronte, nervioso por ese ruido de trueno, levantó un hocico cornudo y se lanzó furiosamente sobre el felino. Ni siquiera fue una lucha. El alto cuerpo rojizo cayó hacia atrás, rodó sobre sí mismo, mientras la masa rugosa proseguía su ciega carrera, habiendo vencido sin casi haberse dado cuenta de ello. Un quejido cavernoso de dolor y de rabia brotó de los costados del león. El estupor de haber sentido que su fuerza era tan vana como la de un chacal apesadumbraba su cráneo oscuro.

Naoh esperó enfebrecido a que la invasión de animales expulsara a los enanos rojos, pero su esperanza se vio defraudada. El éxodo no hizo más que rozar la zona en la que acampaban los asediantes, y cuando la noche envió la cenizas del crepúsculo, se encendieron fuegos en la llanura y se escucharon risas feroces. Después, el lugar volvió a estar silencioso. Apenas si algún inquieto chorlito real batía sus alas, o algunos estorninos penetraban entre los mimbrales, o si la aleta de un saurio agitaba las ninfeas. Sin embargo, unas criaturas singulares aparecieron a ras del agua y se dirigieron hacia el islote vecino a la arista granítica.

Podían distinguirse por los movimientos y por la aparición de unas cabezas redondas cubiertas de algas. Eran cinco o seis; Naoh y el hombre sin hombros los observaban con desconfianza. Finalmente, llegaron al islote, se subieron a un saliente rocoso y elevaron sus voces sarcásticas y feroces: con asombro, Naoh reconoció a los hombres; si había dudado, los clamores que respondieron a lo largo de la orilla habrían disipado su incertidumbre... Se daba cuenta con rabia de que los enanos rojos, aprovechándose de la inmigración de los animales, acababan de vencer su vigilancia... ¿Pero cómo se habían abierto paso?

Pensaba en ello, feroz, cuando vio al hombre sin hombros señalar con la mano, persistentemente, una dirección que partía de la orilla y desembocaba en la isla. Después le mostraba la arista granítica. El hijo del Leopardo adivinó que debía haber una segunda arista que llegaba casi a la superficie del pantano. Ahora el enemigo estaba allí, a su costado, lleno de trampas... ¡Y habría que ocultarse tras los salientes para evitar sus piedras y azagayas!

El silencio volvió a adueñarse del pantano; Naoh seguía vigilando bajo las constelaciones temblorosas. El matorral de los enanos rojos avanzaba lentamente: antes de la mitad de la noche, tocaría casi el fuego de los nómadas, y se produciría el ataque. Sería difícil. Los enanos rojos tendrían que franquear las llamas que ocupaban toda la anchura de la arista y se prolongaban durante muchos codos.

Mientras Naoh, con su instinto tenso, pensaba en esas cosas, salió una piedra del islote y cayó sobre la hoguera. El fuego silbó, se elevó una pequeña nube de vapor y al instante cayó un segundo proyectil. Con el corazón petrificado, Naoh comprendió la táctica del enemigo. Ayudándose de guijarros envueltos en hierba húmeda, iba a intentar apagar el fuego, o amortiguarlo lo suficiente, con el fin de facilitar el paso a los asaltantes... ¿Qué podía hacer? Para que pudiera alcanzar a los que ocupaban el islote no sólo se necesitaría que éstos se descubrieran, sino que los propios Oulhamr deberían exponerse a sus golpes.

Mientras el hijo del Leopardo y sus compañeros se agitaban furiosamente, se sucedían las piedras, un vapor continuo salía de las llamas, y el matorral de los enanos rojos avanzaba sin descanso: los nómadas y el hombre sin hombros temblaban con la fiebre de los animales acorralados. Enseguida, una parte entera del fuego comenzó a apagarse:

-¿Están preparados Nam y Gaw? -preguntó el jefe.

Y sin esperar respuesta, lanzó su grito de guerra. Era un clamor de rabia y de angustia, en el que los jóvenes no encontraron la confianza ruda del jefe. Resignados, esperaban la señal suprema. Pero Naoh pareció vacilar. Palpitaron sus ojos, y después una risa estridente salió de su pecho y la esperanza dilató su rostro; bramó:

-¡Hace ya cuatro días que la madera de los enanos rojos se está secando al sol!

Echándose al suelo, reptó hasta la hoguera, cogió un tizón y lo lanzó con todas sus fuerzas contra el matorral. El hombre sin hombros, Nam y Gaw se habían unido ya a él y los cuatro lanzaban tizones como locos.

Sorprendido ante esa maniobra singular, el enemigo había lanzado al azar algunas azagayas. Cuando finalmente entendió la maniobra, las hojas y las ramas secas ardían a centenares, una llama enorme gruñía alrededor de la espesura y comenzaba a penetrarla; por segunda vez, Naoh lanzó un grito de guerra, un grito de carnicería y de esperanza que inflamaba el corazón de sus compañeros:

-¡Los Oulhamr han vencido a los devoradores de hombres! ¿Cómo no iban a acabar con los pequeños chacales rojos?

El fuego seguía devorando el matorral, un largo resplandor escarlata se extendía por el pantano, atrayendo a los peces, los saurios y los insectos; los pájaros se elevaban sobre los cañaverales provocando un gran aleteo, y los lobos mezclaban sus aullidos con las risas de las hienas.

De pronto, el hombre sin hombros se levantó con un bramido. Sus ojos planos fosforecían y su brazo tendido señalaba hacia occidente. Y Naoh, dándose la vuelta, vio en las colinas lejanas un fuego semejante al de la luna naciente.

IV.- El combate entre los sauces.

 

 

Por la mañana, los enanos rojos se mostraban con frecuencia. El odio hacia chasquear sus gruesas mejillas y brillar sus ojos triangulares. Enseñaban desde lejos las azagayas y venablos, hacían gestos de traspasar enemigos, de abatirlos, de romperles el cráneo y abrirles el vientre. Y habiendo reunido un nuevo matorral, que rociaban con agua a intervalos, lo empujaban ya hacia la arista granítica.

El sol estaba ya casi en lo alto del firmamento cuando el hombre sin hombros lanzó un clamor agudo. Se levantó y agitó los dos brazos. Un grito semejante cruzó el espacio y pareció saltar sobre el pantano. Entonces, en la orilla, a gran distancia, los nómadas vieron a un hombre exactamente igual a aquel que habían recogido. Se levantaba en el extremo de un cañaveral y blandía un arma desconocida. También los enanos rojos lo habían visto e inmediatamente un destacamento se puso a perseguirlo. Pero el hombre había desaparecido ya detrás de las cañas. Naoh, sacudido por impresiones resonantes, confusas e impetuosas, seguía escrutando la extensión. Durante algún tiempo, se vio correr sobre la llanura a los enanos rojos; después retornaron el silencio y la inmovilidad.

Al cabo de mucho tiempo, reaparecieron dos de los perseguidores e inmediatamente se puso en camino otro grupo de enanos rojos: Naoh presintió una aventura considerable. También la presentía el herido, y menos oscuramente. A pesar de la herida en el muslo, estaba en pie; sus ojos opacos se iluminaban con resplandores danzantes y lanzaba a intervalos una exclamación ronca de animal lacustre.

Los acontecimientos se multiplicaron misteriosos. Cuatro veces más, los enanos rojos rodearon el pantano y desaparecieron. Y finalmente, de entre los sauces y los mangles, vieron surgir a una treintena de hombres y de mujeres, de cabezas largas, de torsos redondeados singularmente estrechos, mientras que por los tres lados se mostraban los enanos rojos. Había comenzado un combate.

Viéndose acorralados, los hombres sin hombros lanzaban azagayas, no directamente, sino con ayuda de un objeto que los Oulhamr no habían visto nunca, y del que no tenían ninguna idea. Era como una barra gruesa, de madera o de cuerno, terminada en un gancho; y ese propulsor daba a las azagayas un alcance mucho mayor que cuando se lanzaban con la mano.

En el primer momento, los enanos rojos iban perdiendo: muchos yacían en el suelo. Pero llegaban refuerzos sin cesar. Los rostros triangulares surgían de todas partes, incluso del abrigo opuesto a Naoh y sus compañeros. Les agitaba un furor frenético. Corrían directamente al enfrentamiento, con prolongados aullidos; toda la prudencia que habían mostrado ante los Oulhamr había desaparecido, quizá porque los hombres sin hombros les eran conocidos y no temían el cuerpo a cuerpo, quizá también porque un antiguo odio los excitaba.

Naoh dejó que se fueran desguarneciendo las trincheras del enemigo. Había tomado la resolución desde el principio del combate. Ni siquiera había pensado en ello. El trasfondo de su ser le empujaba, y el rencor, el desagrado ante la larga inactividad, la impresión ante todo de que el triunfo de los enanos rojos sería su propia pérdida. Sólo tuvo una vacilación: ¿habría que abandonar el fuego? Las jaulas estorbarían en el combate; sin duda se romperían. Por otra parte, tras la victoria, no faltarían fuegos, mientras que la muerte seguiría a la derrota.

Cuando creyó llegado el momento favorable, Naoh dio unas órdenes bruscas y a toda velocidad, lanzando el grito de guerra, los Oulhamr salieron de su refugio. Les rozaron algunas azagayas pero franqueaban ya el abrigo de los enemigos. Todo fue rápido y feroz. Había allí una docena de combatientes, apretados unos contra otros, lanzando los venablos. Naoh lanzó la azagaya y el arpón, y después dio un salto haciendo girar la maza. Tres enanos rojos sucumbieron en el instante en el que Nam y Gaw entraron en la pelea. Pero los venablos se lanzaban con velocidad: cada uno de los Oulhamr recibió una herida, aunque ligera, pues los golpes estaban asestados débilmente, y desde muy lejos.

Las tres mazas respondieron simultáneamente, y viendo caer nuevos guerreros, y viendo surgir también al hombre salvado por Naoh, los enanos que no habían sido heridos huyeron. Naoh consiguió abatir a otros dos, mientras que los demás lograron deslizarse entre las cañas. No perdió tiempo en buscarlos; pues estaba impaciente por unirse a los hombres sin hombros.

El cuerpo a cuerpo había comenzado entre los sauces. Sólo algunos guerreros, armados del propulsor, habían podido refugiarse en una laguna desde la que inquietaban a los enanos rojos. Pero éstos tenían la ventaja del número y del encarnizamiento. Su victoria parecía cierta: sólo una intervención fulminante podría quitársela. Nam y Gaw se habían dado cuenta de eso igual que su jefe, y saltaban a toda velocidad. Cuando estuvieron próximos, doce enanos rojos y diez hombres y mujeres sin hombros yacían en el suelo.

La voz de Naoh se elevó como la de un león; cayó como un bloque en medio de sus adversarios. En su carne no había más que furor. La enorme maza cayó sobre los cráneos, sobre las vértebras y en el hueco de los pechos. Aunque habían temido la fuerza del coloso, los enanos rojos no lo habían imaginado tan formidable. Antes de que se hubieran recuperado, Nam y Gaw se precipitaban al combate, mientras que los hombres sin hombros, liberados, lanzaban azagayas.

Reinó el desorden. El pánico hizo huir a algunos enanos rojos del campo de batalla, pero con los gritos del jefe todos se unieron en un solo bloque erizado de venablos. Y se produjo una especie de tregua. Un instinto contrario al de los enanos esparcía a los hombres sin hombros. Como manejaban sobre todo las armas de tiro, les era más ventajoso separarse. Se alejaron con paso lento y triste. Volvieron a silbar las azagayas; los que no tenían ya munición, reunían pequeñas piedras y las adaptaban a sus propulsores. Naoh, aprobando su táctica, lanzó también sus azagayas y su arpón, que había recuperado del primer ataque, y se sirvió a su vez de piedras. Los enanos rojos comprendieron que su derrota era cierta si no llegaban al cuerpo a cuerpo. Precipitaron la carga que se enfrentó al vacío. Los hombres sin hombros habían fluido por los flancos, mientras Naoh, Nam y Gaw, más ágiles, alcanzaban la retaguardia o a los heridos y los aniquilaban.

Si los aliados hubieran sido tan veloces como los Oulhamr, el contacto habría sido imposible, pero sus piernas largas eran inseguras y lentas. Desde el momento en que los enanos rojos decidieron perseguirlos individualmente, la ventaja cambió de bando. Pasó el aliento del desastre: por todas partes, los venablos se hundían en las entrañas de los hombres sin hombros. Entonces Naoh miró detenidamente la confusión. Vio a aquel cuya voz guiaba a los enanos rojos, un hombre fornido, de pelo sembrado de nieve, dientes enormes. Tenía que alcanzarlo; pero quince pechos lo rodeaban... Un valor más fuerte que la muerte irguió al nómada en toda su estatura. Con un gruñido de auroc, emprendió la carrera. Todo rodaba bajo la maza. Pero, al llegar cerca del viejo jefe, los venablos se erizaron; cerraban el camino y golpeaban los costados del coloso. Consiguió abatirlos. Acudieron otros enanos. Entonces, llamando a sus compañeros, en un esfuerzo supremo, tiró abajo la barrera de torsos y de armas y aplastó como si fuera una nuez la cabeza gruesa del jefe.

En ese mismo instante, Nam y Gaw llegaban en su ayuda. Se produjo el pánico. Los enanos supieron que había caído sobre ellos una energía nefasta, y aunque habrían combatido hasta el final a la voz de su jefe, se sintieron abandonados cuando esa voz se calló. Huyeron en confusión, sin mirar hacia atrás, hacia las tierras natales, hacia sus lagos y sus ríos, hacia las hordas de donde sacaban su valor, y a donde iban a recuperarlo.

V.- Los hombres que mueren.

 

 

Sobre la tierra yacían treinta hombres y diez mujeres. La mayor parte no estaban muertos. La sangre se derramaba en grandes oleadas; había miembros rotos y cráneos hundidos; vientres que enseñaban las entrañas. Algunos heridos se apagarían antes de la noche; otros podrían vivir muchas jornadas, muchos podían curarse. Pero los enanos rojos tenían que sufrir la ley de los hombres. El propio Naoh, que a menudo había infringido esta ley, la reconoció necesaria con esos enemigos implacables. Dejó que sus compañeros y los hombres sin hombros traspasaran sus corazones y cortaran sus cabezas. La matanza fue rápida: Nam y Gaw se precipitaban, y los otros actuaban según métodos milenarios, pero casi sin ferocidad.

Después hubo una pausa de torpor y de silencio. Los hombres sin hombros curaban a sus heridos. Lo hacían de una manera más minuciosa y segura que los Oulhamr. Naoh tuvo la impresión de que conocían más cosas de los miembros de su tribu, pero que su vida era débil. Sus gestos eran flexibles y tardíos; para levantar un herido, lo hacían dos de ellos, incluso tres; a veces, cautivos de un torpor extraño, permanecían con los ojos fijos y los brazos suspendidos como ramas muertas.

Las mujeres eran, posiblemente, menos lentas. Parecían también más hábiles, y desplegaban más recursos. Al cabo de un tiempo, Naoh se dio cuenta de que una de ellas mandaba en la tribu. Pero tenían los mismos ojos oscuros y el rostro triste de sus machos, y sus cabellos eran pobres, escasos y a mechones, con islotes de piel escamosa. El hijo del Leopardo recordó las cabelleras abundantes de las mujeres de su raza, la hierba magnífica que refulgía en la cabeza de Gammla. Se acercaron unas, acompañadas de dos hombres, a ver las heridas de los Oulhamr. De sus movimientos brotaba una suavidad tranquila.

Limpiaban la sangre con hojas aromáticas y cubrían las heridas con hierbas aplastadas que aseguraban con juncos.

Esa curación fue el signo definitivo de la alianza. Naoh pensó que los hombres sin hombros eran mucho menos rudos que sus hermanos, que los devoradores de hombres y que los enanos rojos. Y su instinto no le engañaba en esto, como tampoco le engañaba al considerar su debilidad.

Sus antepasados habían tallado la piedra y la madera mucho antes que los demás hombres. Durante milenios, los Wah ocuparon llanuras y bosques numerosos. Fueron los más fuertes. Sus armas provocaban heridas profundas, conocían los secretos del fuego, y en choque con las débiles hordas errantes o las familias solitarias, tomaban fácilmente la ventaja. Entonces su estructura era poderosa, sus músculos rudos e infatigables, se servían de un lenguaje menos imperfecto que el de sus semejantes. Y sus generaciones crecieron incomparablemente sobre la faz del mundo. Después, sin que hubiesen sufrido cataclismos distintos a los que afectaron a los demás hombres, su crecimiento se detuvo. No se habían apercibido de ello, como tampoco debían haberse apercibido de su decadencia.

Los medios que habían favorecido su desarrollo les contrariaban. Sus cuerpos se hicieron más estrechos y lentos; su lenguaje dejó de enriquecerse y después se empobreció; sus astucias se hicieron más groseras y menos numerosas; no manejaban sus armas, peor construidas, con el mismo vigor y habilidad. Pero el signo más seguro de su decadencia fue la paralización continua de su pensamiento y sus gestos. Se cansaban pronto, comían poco y dormían mucho: en invierno, llegaban a entumecerse como los osos.

De generación en generación, se reducía su capacidad de reproducirse. Las mujeres concebían penosamente uno o dos hijos, cuyo crecimiento era difícil. Un gran número de ellas eran estériles. Sin embargo, manifestaban una vitalidad superior a la de los machos, y también más resistencia, y sus músculos se habían visto menos afectados. Poco a poco, los actos de ellas se hicieron casi idénticos a los de los guerreros: ellas cazaban, pescaban, tallaban las armas y los útiles, combatían por la familia o la horda. En suma, la diferencia de sexos casi se había abolido.

Y la raza se encontró rechazada lentamente hacia el suroeste por enemigos más rudos, más activos y prolíficos.

Los enanos rojos habían aniquilado numerosas hordas. Los devoradores de hombres los habían masacrado sin descanso. Erraban como en un sueño, con los vestigios de una industria más delicada que la de los rivales, con los restos de una inteligencia menos sumaria. Se habían adaptado a las tierras que desbordaban los ríos, donde se acumulan las turberas y los pantanos, entre los grandes lagos y también en algunos países subterráneos. En las grandes cavernas excavadas por las aguas, unidas por estrechamientos sinuosos, recuperaban admirablemente su camino y sabían perforar salidas. Aunque no tuviesen una idea precisa de su decadencia, se sabían lentos, débiles, atacados rápidamente por la fatiga, y procuraban ser astutos para evitar la lucha. Se enterraban con una habilidad que desconcertaba el olfato de perros y lobos, y con mayor razón el olfato más grosero de los hombres. Ningún animal sabía borrar mejor su rastro. Pero esos seres tímidos mostraban en un solo punto su imprudencia y temeridad: lo arriesgaban todo para liberar a un miembro de su raza que estuviera preso, cercado o que hubiera caído en una trampa.

Esa solidaridad, comparable a la de los pecaríes, que antaño había acrecentado inmensamente su poder, les conducía a veces a siniestras aventuras. Era la que les había arrastrado a socorrer al hombre recogido por Naoh. Como los enanos vigilaban y habían tenido que recorrer tierras áridas, los Wah se habían dejado descubrir, incluso sorprender. Sin intervención de Naoh, hubieran sucumbido en la lucha: pero también es cierto que su presencia había salvado a los tres Oulhamr. Sin embargo, el hijo del Leopardo, tras la cura, volvió a la arista granítica para retomar las jaulas. Las encontró intactas con y pequeños fuegos llameaban todavía. Y al verlo, la victoria le pareció más completa y dulce.

Y no es que temiera la ausencia del fuego; seguramente, los hombres sin hombros se lo darían. Pero le guiaba una superstición oscura. Le atraían esas pequeñas llamas de la conquista; el porvenir le habría parecido amenazador si las tres hubieran muerto. Las llevó gloriosamente junto a los Wah.

Éstos le observaban con curiosidad, y la mujer que guiaba a la horda, sacudió la cabeza. Con gestos, el gran nómada mostró que los suyos habían visto morir el fuego, y que él había sabido reconquistarlo. Como nadie parecía entenderlo, Naoh se preguntó si no serían de esas razas miserables que no saben calentarse en los días fríos, alejar la noche o asar los alimentos. El viejo Goun decía que existían esas hordas, inferiores a los lobos, que superan al hombre por la finura del oído y la perfección del olfato. Lleno de piedra, Naoh iba a enseñarles cómo hacer crecer las llamas, cuando vio entre los sauces a una mujer que golpeaba una contra otra dos piedras. Brotaron chispas casi continuas y después un pequeño punto rojo danzó a lo largo de una hierba muy fina y seca; otras briznas llamearon, y la mujer las mantenía suavemente con su aliento: el fuego se puso a devorar hojas y pequeñas ramas. El hijo del Leopardo se quedó inmóvil y, muy sobrecogido, pensó:

«¡Los hombres sin hombros guardan el fuego en piedras!»

Acercándose a la mujer, intentaba examinarla. Ella tuvo un gesto instintivo de desconfianza. Después, recordando que ese hombre los había salvado, le entregó las piedras. Él las examinó ávidamente y, al no poder descubrir ninguna fisura, se sintió todavía más sorprendido. Luego, las tocó por todas partes: estaban frías. Se preguntó con inquietud: «¿Cómo ha entrado el fuego en estas piedras... Y cómo no las ha calentado?»

Devolvió las piedras con ese temor y desconfianza que inspiran en los hombres las cosas misteriosas.

VI.- En el país de las aguas.

 

 

Los Wah y los Oulhamr atravesaban el país de las aguas. Se extendían en capas estancadas llenas de algas, ninfeas, nenúfares, sagitarias, lisimaquias, lentejas, juncos y cañas, formaban turberas terribles y turbulentas, después se sucedían en lagos, en riachuelos, en redes entrecortadas por la piedra, la arena o la arcilla; brotaban del suelo, o se extendían sobre la pendiente de las colinas, y algunas veces, embebidas por las fisuras, se perdían en el fondo de zonas subterráneas. Los Wah sabían ahora que Naoh quería seguir una ruta entre el norte y occidente.

Le abreviaban el viaje, querían guiarlo hasta que estuviera al final de las tierras húmedas. Sus recursos parecían innumerables. A veces descubrían pasos que ninguna especie de hombre habría sospechado que existieran; otras veces construían balsas, echaban un tronco de árbol a través del abismo, cruzaban dos ríos con ayuda de lianas. Nadaban con habilidad, aunque lentamente, siempre que no hubiera allí determinadas hierbas que les producían un temor supersticioso.

Sus actos parecían llenos de incertidumbre; actuaban en ocasiones como criaturas que luchan contra el sueño, o que acaban de salir de uno de ellos; y sin embargo, no se equivocaban casi nunca.

Los víveres abundaban. Los Wah conocían muchas raíces comestibles; sobre todo eran excelentes para pescar peces. Sabían alcanzarlos con el arpón, cogerlos con la mano, trabarlos con hierbas flexibles, atraerlos por la noche con antorchas, orientar sus bancos hacia las caletas. Por las noches, cuando el fuego resplandecía sobre un promontorio, en una isla u orilla, degustaban una felicidad dulce y taciturna. Les gustaba sentarse en grupo, apretarse unos contra otros, como si sus individualidades debilitadas se fortalecieran en el sentimiento de la raza, mientras que los Oulhamr preferían espaciarse, sobre todo Naoh, que durante largos intervalos se complacía en la soledad. A veces, los Wah entonaban una melopea muy monótona, que repetían hasta el infinito y que celebraba actos antiguos, de los que ninguno de ellos tenía recuerdo alguno: debía relacionarse con generaciones muertas desde hacía mucho tiempo. Nada de todo eso interesaba al hijo del Leopardo. Sentía malestar, y casi repugnancia, pero observaba con una curiosidad vehemente sus gestos de caza, de pesca, de orientación, de trabajo, y particularmente la manera en que se servían del propulsor y cómo sacaban el fuego de las piedras.

Se inició rápidamente en el juego del propulsor. Como inspiraba a sus aliados una simpatía creciente, no le ocultaron ningún secreto. Pudo manejar sus armas y sus útiles, aprender a repararlas, y, habiéndose perdido propulsores, vio cómo construían otros. Además, la mujer- guía le dio uno, del que se sirvió con tanta habilidad y mucha más fuerza que los hombres sin hombros.

Tardó más en concebir el misterio del fuego. Y es que seguía produciéndole temor. Veía desde lejos cómo brotaban las chispas; las preguntas que se hacía seguían siendo oscuras y llenas de contradicciones. Pero en cada ocasión se tranquilizaba más. Después, el lenguaje articulado y el de los gestos vino en su ayuda. Pues empezaba a entender mejor a los Wah: había aprendido el sentido de diez o doce palabras y el de una treintena de signos particulares de la raza. Sospechó al principio que los Wah no encerraban el fuego en las piedras, sino que estaba encerrado en ellas de una manera natural. Brotaba con el choque y se arrojaba sobre la briznas de hierba seca: como entonces era muy débil, no capturaba inmediatamente su presa. Naoh se tranquilizó todavía más cuando vio sacar las chispas de guijarros que yacían en el suelo. Cuando estuvo seguro de que el secreto se relacionaba con las cosas más que con el poder de los Wah, se disipó su última desconfianza. Aprendió también que se necesitaban dos piedras de tipo distinto: la de sílex y la marcasita. Y consiguiendo él mismo hacer saltar las pequeñas llamas, trató de encender una hoguera. La fuerza y la velocidad de sus manos ayudaron a su inexperiencia: produjo mucho fuego. Pero durante otros muchos reposos, no volvió a conseguir hacer arder la más débil hoja de hierba.

Un día, la horda se detuvo antes del crepúsculo. Estaban en la punta del lago de aguas verdes, sobre una tierra arenosa, en un tiempo extraordinariamente seco. Vieron en el firmamento el vuelo de unas grullas. Las cercetas huían entre los cañaverales; a lo lejos, rugía un león. Los Wah encendieron dos grandes fuegos. Naoh, que se había procurado briznas muy pequeñas y casi carbonizadas, golpeaba las piedras una contra otra. Trabajaba con una pasión violenta. Después tuvo dudas; pensó que los Wah ocultaban todavía un secreto. Dio unos golpes tan fuertes que una de las piedras se rompió. Su pecho se hinchó y sus brazos se pusieron rígidos: había un resplandor en una de las briznas. Entonces, soplando con prudencia, hizo que creciera la llama: devoró su débil presa y apresó a las otras hierbas.

Y Naoh, inmóvil, jadeante, con los ojos terribles, conoció una alegría más fuerte todavía que la que sintió al vencer a la tigresa, robar el fuego a los Kzamms, hacer alianza con el gran mamut y abatir al jefe de los enanos rojos. Pues sintió que acababa de conquistar sobre las cosas un poder que no había poseído ninguno de sus antepasados, y que ya nadie podría matar el fuego entre los hombres de su raza.

VII.- Los hombres de pelo azul.

 

 

Los valles seguían bajando; atravesaron países en los que el otoño era casi tan tibio como el verano. Después surgió un bosque temible y profundo. Una muralla de lianas, de espinas y de arbustos lo cerraba, pero los Wah abrieron un pasadizo con ayuda de sus cuchillos de sílex y de ágata. La mujer-guía hizo saber a Naoh que los Wah no acompañarían más a los Oulhamr cuando volvieran al aire libre, pues más allá desconocían esa tierra. Sólo sabían que había allí una llanura, y después una montaña cortada en dos por un gran desfiladero. La mujer-jefe creía que ni en la llanura ni en la montaña había hombres: pero el bosque servía de alimento a algunas hordas. Las describió poderosas por sus pechos y sus brazos, le hizo entender que no encendían fuego, que no se servían de una lengua articulada, ni practicaban la guerra ni la caza. Eran terribles cuando se les atacaba, cuando se les impedía el paso o cuando consideraban algo como un acto hostil.

Tras una mañana llena de esfuerzos, el bosque se hizo menos feroz. Las garras y los dientes de las plantas decrecieron; entre los árboles milenarios se abrieron caminos trazados por los animales; la penumbra verde se iluminó; pero la multitud de pájaros seguía llenando el país de los árboles, se percibía la presencia de fieras, de reptiles, de insectos, y una palpitación infatigable, una lucha inmensa, paciente, tenaz, en la que la carne de las plantas y de los animales no cesaba de sucumbir y de crecer...

Un día, la mujer-jefe le mostró el matorral con aire enigmático. Entre las hojas de una higuera acababa de aparecer un cuerpo azulado que Naoh reconoció como el de un hombre. Recordando a los enanos rojos, tembló de odio y ansiedad. El cuerpo desapareció. Se hizo un gran silencio. Los Wah, advertidos, detuvieron la marcha y se acercaron más unos a otros.

Entonces habló el hombre más viejo de la horda.

Habló de la fuerza de los hombres de pelo azul y de su cólera espantosa; aseguró que, por encima de todas las cosas, era preciso no tomar el mismo camino que ellos, ni pasar a través de su campamento; añadió que detestaban los clamores y los gestos:

-Los padres de nuestros padres han vivido sin guerra en su vecindad. Les cedían el camino en el bosque. Y, a su vez, los hombres de pelo azul se apartaban de los Wah en la llanura y sobre las aguas.

La mujer-jefe hizo un signo de aquiescencia a ese discurso y levantó el bastón de mando. La horda, tomando una dirección nueva, se metió por un montecillo de sicomoros y acabó desembocando en un gran claro: era obra del rayo y todavía se percibían las cenizas de las ramas y los troncos de árboles. Los Wah y los Oulhamr penetraron en él, y en seguida Naoh vio de nuevo, hacia la derecha, un cuerpo azulado parecido a aquel que había visto entre las hojas de la higuera. Sucesivamente, otras formas se perfilaron en la penumbra glauca. Crujieron ramas; salió un ser ágil y poderoso. Nadie habría podido decir si había llegado a cuatro patas, como los animales velludos y los reptiles, o sobre dos patas, como los pájaros y los hombres. Parecía agachado, con los miembros posteriores alargados a medias sobre el suelo, los anteriores plegados, sobre una gruesa raíz. Su rostro era enorme, con mandíbulas de hiena, ojos redondos, rápidos y llenos de fuego, el cráneo largo y bajo, el torso profundo como el de un león pero más grande: cada uno de los cuatro miembros terminaba en una mano. Un pelo oscuro de reflejos leonados y azules le cubría todo el cuerpo. Por el pecho y los hombros, Naoh reconoció a un hombre, pues las cuatro manos hacían de él una criatura singular, y la cabeza recordaba al búfalo, al oso y al perro. Tras haber mirado hacia todas partes con desconfianza y cólera, el hombre de pelo azul se levantó sobre sus piernas. Emitió un gruñido cavernoso.

 

Luego, de todas partes, salieron de cubierto seres semejantes. Eran tres machos, una docena de hembras y algunos niños que se ocultaban a medias entre las raíces y las hierbas. Uno de los machos era colosal: con sus brazos rugosos como plátanos, el pecho dos veces más grande que el de Naoh, podría derribar un uro y ahogar a un tigre. No llevaba arma alguna, pero, entre sus compañeros, dos o tres de ellos sostenían unas ramas todavía cubiertas de hojas con las que raspaban la tierra.

El gigante avanzó hacia los Wah y los Oulhamr mientras los otros gruñían todos juntos. Se golpeó el pecho y vieron relucir la masa blanca de sus dientes entre sus labios gruesos y temblorosos.

Los Wah, a una señal de la mujer-jefe, se batieron en retirada. Lo hacían sin prisa. Obedeciendo una antigua tradición, se abstenían de todo gesto o palabra. Naoh los imitó confiando en su experiencia, pero Nam y Gaw, que precedían a la horda, permanecieron un instante indecisos. Cuando quisieron imitar a su jefe, les habían cortado la retirada: los hombres de pelo azul se habían esparcido por el claro. Entonces, Gaw se metió en el matorral, mientras Nam trató de franquear una zona libre. Se deslizó de manera tan ligera y furtiva que estuvo a punto de conseguirlo. Pero una mujer se levantó ante él de un solo salto; Nam tomó una dirección oblicua. Llegaron dos hombres. Cuando iba a evitarlos, tropezó. Brazos enormes cogieron a Nam y se encontró en las manos del gigante.

No había tenido tiempo de levantar sus armas; una presión irresistible paralizó sus hombros y se sintió tan débil como una saiga bajo el peso del tigre. Entonces, conociendo la distancia que lo separaba de Naoh, se quedó paralizado, con los músculos inmóviles, las pupilas violetas: su juventud desfallecía ante la seguridad de que iba a morir. Naoh no pudo soportar ver cómo mataban a su compañero; avanzó llevando la azagaya y la maza, pero la mujer-jefe le detuvo:

-¡No golpees! -dijo ella.

Le hizo comprender que al primer golpe Nam perecería. Estremeciéndose entre el impulso que le llevaba a combatir y el miedo a que por ese motivo ahogaran al hijo del Álamo, lanzó un suspiro ronco y se quedó mirando. El hombre de pelo azul había levantado al nómada: rechinaba los dientes, lo balanceaba, dispuesto a aplastarlo contra el tronco de un árbol... De pronto, su gesto se detuvo. Contempló el cuerpo inerte y después el rostro. No percibiendo resistencia alguna, sus mandíbulas feroces se distendieron y una vaga dulzura pasó por sus ojos fieros; dejó a Nam en el suelo.

Si el joven hubiera hecho un movimiento de defensa, o incluso de miedo, la mano terrible le hubiera cogido de nuevo. Pero lo supo así por instinto y permaneció inmóvil...

Había llegado la horda entera, hombres, mujeres y niños. Todos reconocieron confusamente en Nam una estructura análoga a la suya. Para los enanos rojos o los Oulhamr, ése habría sido un motivo más para matarlo. Pero su alma era muy oscura; no conocían la guerra; no comían carne y vivían sin tradiciones. El instinto les irritaba contra las fieras que se llevan a los jóvenes o devoran a los heridos, a veces una rivalidad exasperaba a los machos, pero no mataban a los animales que comían hierba.

Delante del nómada, permanecían llenos de incertidumbre. Les apaciguaba su inmovilidad, y la dulzura brusca del gran macho. Pues a éste los otros machos no se le resistían desde hacía muchas estaciones, y era él quien los conducía a través del bosque, eligiendo los caminos o las paradas, haciendo retroceder a los leones.

Como no había mordido ni golpeado, ellos eran menos capaces de hacerlo. Y pronto, al borrarse la imagen del combate en sus cerebros, la vida de Nam estuvo a salvo. Ya no se vería amenazada si él mismo no hacia gesto de atacar o defenderse. Ahora habría podido seguirlos sin que ellos se inquietaran, y quizá vivir con ellos. Como había sentido el aliento de la destrucción, así sintió ahora que el peligro había desaparecido. Se levantó de donde estaba, con lentitud, y esperó. Durante un momento, no dejaron de observarle, con una desconfianza lejana. Después, una mujer, a la que le tentó un brote tierno, no pensó más que en devorarlo. Un hombre se puso a desenterrar raíces; poco a poco, todos obedecieron a la necesidad profunda de alimentarse: como sacaban toda su fuerza de las plantas y su capacidad de elección era más restringida que la de los élafos o los aurocs, la tarea era larga, minuciosa, continúa...

El joven nómada quedó libre. Se reunió con Naoh, que había avanzado en el claro, y los dos vieron cómo los hombres de pelo azul desaparecían y volvían a aparecer. Nam, palpitando todavía por la aventura, hubiera querido verlos morir. Pero Naoh no odiaba a esos hombres extraños; admiraba su fuerza, comparable a la de los osos, y comprendía que, si hubieran querido, habrían aniquilado a los Wah, a los enanos rojos, a los devoradores de hombres y a los Oulhamr.

VIII.- El oso gigante en el desfiladero.

 

 

Hacía ya mucho tiempo que Naoh había abandonado a los Wah y atravesado el bosque de los hombres de pelo azul. Por las aberturas de las montañas, había llegado a las mesetas. El otoño era allí más fresco, las nubes pasaban interminables, el viento aullaba jornadas enteras, la hierba y las hojas fermentaban sobre la tierra miserable, y el frío devoraba los innumerables insectos, bajo las cortezas, entre las ramas oscilantes, las raíces marchitas, los frutos podridos, en las hendiduras de la piedra y las fisuras de la arcilla. Cuando las nubes se desgarraban, las estrellas parecían helar las tinieblas. Por la noche, los lobos aullaban casi sin descanso, los perros lanzaban clamores insoportables; se escuchaba el grito de agonía de un élafo, de una saiga o un caballo, el rugido de un tigre o de un león, y los Oulhamr veían perfiles sensibles u ojos fosforescentes que aparecían bruscamente en el círculo de sombra que rodeaba al fuego.

La vida se hacía cada vez más terrible. Con el invierno cercano, la carne de las plantas se hacía rara. Los herbívoros la buscaban desesperadamente a ras del suelo, escarbándola hasta la raíz, arrancando los brotes y cortezas; los comedores de fruta rodaban entre las ramas; los roedores consolidaban sus madrigueras; los carnívoros acechaban infatigablemente en los pastos, se emboscaban en los abrevaderos, exploraban la penumbra de las espesuras y se ocultaban en las grietas de las rocas. Aparte de los animales que hibernan o de aquellos que acumulan provisiones en su guarida, los seres trabajaban duramente, al aumentar la necesidad y disminuir los recursos.

Naoh, Nam y Gaw apenas sufrían hambre. El viaje y la aventura habían perfeccionado su instinto, habilidad y sagacidad. Adivinaban desde más lejos la presa o el enemigo; presentían el viento, la lluvia y la inundación. Cada uno de sus gestos se adaptaba hábilmente al objetivo, y economizaban energía. De un solo vistazo discernían cuál era la línea favorable para la retirada, la guarida segura, el terreno bueno para el combate. Se orientaban con una certidumbre casi igual a la de los pájaros migratorios. A pesar de las montañas, los lagos, las aguas estancadas, los bosques, las crecidas que cambian el perfil de los lugares, se iban acercando cada día al país de los Oulhamr. Ahora esperaban reunirse con la horda antes de que pasara media luna.

Un día llegaron a un país de altas colinas. Bajo un cielo calmoso y amarillo, las nubes llenaban el espacio y se desplomaban unas sobre otras, del color del ocre, la arcilla o las hojas marchitas. Con abismos blancos que revelaban su inmensidad. Parecían cobijar la tierra.

Entre los numerosos caminos, Naoh había elegido un desfiladero largo que reconocía por haberlo recorrido, cuando tenía la edad de Gaw, acompañando a un grupo de cazadores. Horadado a veces entre calcáreas, y otras veces abriéndose en un barranco, terminaba en un corredor de pendientes rápidas en el que a menudo era necesario escalar las piedras desgajadas.

Los nómadas lo recorrieron sin aventura alguna hasta dos terceras partes de su longitud. Hacia la mitad del día, se sentaron para comer. Estaban en un semicírculo que era cruce de grietas y cavernas. Podían oír el gruñido de un torrente subterráneo, y su caída en un abismo; dos agujeros sombríos se abrían en la roca y se percibía el rastro de cataclismos más antiguos que todas las generaciones de animales.

Cuando Naoh hubo tomado su alimento, se dirigió hacia una de las cavernas y la contempló prolongadamente. Recordó que Faouhm había enseñado a sus guerreros una salida por la que se encontraba un camino más rápido hacia la llanura. La pendiente, cubierta de piedras resbaladizas, era poco conveniente para un grupo numeroso, pero sería más práctica para tres hombres ligeros; Naoh tuvo deseos de tomarlo.

Fue hasta el fondo de la caverna, reconoció la fisura y se metió por ella hasta que un resplandor débil le anunció una salida cercana. Al regresar, se encontró con Nam, y éste le dijo:

-¡El oso gigante está en el desfiladero!

Una llamada gutural le interrumpió. Naoh, arrojándose a la entrada de la caverna, vio a Gaw oculto entre los bloques, en la actitud de un guerrero al acecho. Y el jefe sintió un gran escalofrío. En las salidas del circo rocoso habían aparecido dos animales monstruosos. Un pelo extraordinariamente espeso, del color del roble, los protegía del invierno próximo, de la dureza de las rocas y los aguijones de las plantas. Uno de ellos era tan grande como el auroc, de patas más cortas, más musculosas y flexibles, la frente abultada, como si fuera una piedra comida por el liquen: su enorme boca podría tragarse la cabeza de un hombre y aplastarla con un crujido de las mandíbulas. Era el macho. La hembra tenía la frente plana, la boca más corta, el andar oblicuo. En sus gestos y pechos mostraban cierta analogía con los hombres de pelo azul.

-Sí -murmuró Naoh-. Son los osos gigantes.

No temían a ningún animal. Pero sólo eran temibles en su furor, o cuando les impulsaba un hambre excesiva, pues no les gustaba mucho la carne. Estos gruñeron. El macho movía las mandíbulas y equilibraba la cabeza de una manera violenta.

-Está herido -comentó Nam.

Entre sus pelos se derramaba la sangre. Los nómadas temían que la herida hubiera sido hecha por un arma humana. En este caso, el oso trataría de vengarse. Y una vez que comenzara el ataque, ya no lo abandonaría: ningún ser vivo era tan tenaz como él. Con su pelaje grueso y su piel dura, desafiaba a la azagaya, el hacha y la maza. Podía abrir el vientre de un hombre de un solo golpe de la pata, ahogarlo con su abrazo, triturarlo con las mandíbulas.

-¿De dónde han venido?

-De entre esos árboles -respondió Gaw, mostrando unos abetos que crecían entre la roca dura-. El macho ha descendido por la derecha, y la hembra por la izquierda.

Bien por el azar o por una táctica vaga, habían logrado bloquear la salida del desfiladero. Y el ataque parecía inminente. Se percibía en la voz más ruda del macho, en la actitud recogida y furtiva de la hembra. Si todavía vacilaban era porque su cabeza era lenta y su instinto quería la certidumbre: olfateaban con largos alientos cavernosos, para medir mejor la distancia de los enemigos ocultos entre los bloques.

Naoh dio las órdenes bruscamente. Cuando los osos cobraron impulso, los Oulhamr estaban ya en el fondo de la caverna. El hijo del Leopardo ordenó que los jóvenes le precedieran; los tres se apresuraron mientras lo permitió el suelo erizado y los desvíos del pasadizo.

Al encontrar la caverna vacía, los osos gigantes perdieron tiempo en recobrar la pista entre los rastros anteriores de los Oulhamr. Llenos de desconfianza, se detenían a intervalos. Pues aunque no temían la fuerza de ningún otro ser, tenían una gran prudencia natural y el temor confuso a lo desconocido. Conocían la incertidumbre de las rocas, de la caverna y de los abismos; su memoria, tenaz, guardaba la imagen de los bloques que se abren y caen, del suelo que se agrieta, del abismo en el fondo de las tinieblas, de la avalancha, de las aguas que traspasan la pared dura. En su vida, ya larga, no les había amenazado ni el mamut, ni el león, ni el tigre. Pero a menudo surgían ante ellos energías oscuras: llevaban las marcas afiladas de la piedra, casi habían desaparecido bajo la nieve, habían sido llevados por los deshielos de la primavera, y habían quedado cautivos bajo la tierra removida.

Esa misma mañana, por primera vez, les habían atacado seres vivos. Lo habían hecho desde lo alto de una roca recta que sólo los lagartos y los insectos podían escalar. Tres seres verticales estaban en la cresta, y, al ver a los osos gigantes, emitieron un clamor y lanzaron azagayas. Una de ellas había herido al macho. Y entonces, trastornado por el dolor y desorientado por la rabia, perdió la claridad del instinto y trató de llegar directamente a la cima. Renunció pronto, y, seguido por su compañera, buscó un rodeo accesible.

En la marcha, arrancó la azagaya y la olfateó: los recuerdos vinieron a él: no había encontrado muchas veces al hombre; su aspecto no le asombraba más que el de los lobos o el de la hienas. Como se apartaban de su camino y no había podido conocer sus astucias o trampas, no se inquietó. La aventura era por eso más imprevista y problemática. Trastocaba el orden oscuro de las cosas y hacia surgir una amenaza insólita. El oso de las cavernas caminaba a través de los corredores, tanteaba las pendientes, aspiraba atentamente los olores dispersos. A la larga, se fatigó. De no ser por la herida, no habría conservado más que ese recuerdo vago que duerme en el fondo de la carne y sólo despierta cuando es atizado por circunstancias similares. Pero los sobresaltos del dolor hacían que regresara a intervalos la imagen de los tres hombres de pie en la cresta, y de la azagaya afilada. Entonces se lamía y gruñía... Después, incluso el sufrimiento dejó de ser un motivo de recuerdo. El oso gigante sólo pensaba en la penosa búsqueda de su alimento cuando olfateó de nuevo al hombre. La cólera llenó su pecho. Advirtió a su hembra, que había seguido otro camino, pues sobre todo en los tiempos fríos, no podían subsistir en superficies demasiado cercanas. Y, tras haberse asegurado de la posición de los enemigos y la distancia, habían precipitado el ataque.

En la fisura tenebrosa, Naoh no tuvo al principio la impresión de que hubiera otra presencia fuera de la de sus compañeros. Después, comenzó a dejarse oír el paso pesado de los animales, y el jadeo de alientos poderosos: los osos ganaban terreno a los hombres. Tenían la ventaja del equilibrio, de las cuatro patas que se aferraban al suelo oscuro, de la nariz que seguía la pista... A cada instante, uno de los nómadas chocaba con una piedra, tropezaba en un agujero, se golpeaba con un saliente de la muralla, pues tenían que llevar las armas, las provisiones y las jaulas del fuego, que Naoh no podía abandonar. Como las llamas estaban reducidas al fondo de las cavidades, no iluminaban el camino: su débil resplandor rojizo se perdía en lo alto y apenas si indicaba las inflexiones de la muralla. Pero, en cambio, señalaban confusamente las siluetas fugitivas...

-¡Rápido! ¡Rápido! -gritó el jefe.

Nam y Gaw no podían correr libremente, y los animales gigantes se aproximaban. A cada paso percibían mejor su aliento. Como su furor se acrecentaba a medida que sentían más próximo al enemigo, ora uno, ora el otro, lanzaban un gruñido. Sus voces potentes repercutían en las piedras. Naoh pudo ver mejor la enormidad de las estructuras y pensó en el abrazo formidable, el triturado irresistible de las mandíbulas...

Al poco tiempo los osos sólo estaban a unos pasos de distancia. El suelo vibraba debajo de Naoh, y un peso inmenso iba a batirse sobre sus vértebras...

Plantó cara a la muerte; inclinando bruscamente la jaula, dirigió el débil resplandor a una masa oscilante. El oso se detuvo en seco. Toda sorpresa despertaba su prudencia. Contempló la pequeña llama, vibró sobre sus patas y llamó sordamente a su hembra. Después, impulsado por su furor, se arrojó sobre el hombre... Naoh había retrocedido y lanzó la caja con toda su fuerza. El oso fue alcanzado en el hocico, se le quemó un párpado y lanzó un rugido doloroso; se detuvo a tocarse y, mientras lo hacía, el nómada ganó terreno.

Una claridad gris se filtraba en las galerías. Ahora los Oulhamr veían el suelo: ya no tropezaban y avanzaban a paso rápido... Pero la persecución volvió a iniciarse, y también las fieras redoblaban su velocidad y mientras la luz crecía, el hijo del Leopardo comprendió que el peligro empeoraría al encontrarse al aire libre.

El oso gigante volvía a estar próximo. La picazón del párpado avivaba su rabia y había perdido toda prudencia; con la cabeza atolondrada por la sangre, nada podía detener su impulso. Naoh lo adivinaba por su aliento más cavernoso, por sus gruñidos breves y roncos.

Iba ya a darse la vuelta para combatir, cuando Nam lanzó un grito de llamada. El jefe vio un saliente alto tras el que el corredor se hacía más pequeño. Nam ya lo había pasado, Gaw lo rodeaba. La boca del oso rugía a tres pasos cuando también Naoh se deslizó por la abertura estrechando los hombros. Llevado por su impulso, el animal se golpeó, y sólo su hocico inmenso pasó por ella. Rugía, mostraba las muelas y la sierra de sus dientes, lanzaba un clamor grande y siniestro. Pero Naoh ya no temía nada, de pronto estaba a una distancia infranqueable: la piedra, más poderosa que cien mamuts, más duradera que la vida de mil generaciones, detenía al oso con la misma seguridad que la muerte.

El nómada se burló:

-Naoh es ahora más fuerte que el gran oso. Pues tiene una maza, un hacha y azagayas. Puede golpear al oso, y el oso no puede devolverle ningún golpe.

Ya había levantado la maza. El oso reconocía las trampas de la roca, contra las que luchaba desde su infancia. Retiró la cabeza antes de que el hombre golpeara y se ocultó tras el saliente. Pero permanecía su cólera, movía sus costillas y latía con grandes golpes en sus sienes, impulsándole a actos imperiosos. Sin embargo, no cedía. Pues estaba guiado por un instinto sagaz que no olvidaba las circunstancias. Desde la mañana, en dos ocasiones, había reconocido que el hombre sabía hacer sufrir con golpes extraños. Comenzaba a aceptar el destino, se realizaba en él un trabajo penoso que, más tarde, le haría encuadrar al ser vertical entre las cosas peligrosas: lo odiaría con tenacidad, se encarnizaría en destruirlo, pero no desplegaría contra él sólo la fuerza y la prudencia, lo acecharía, se pondría a vigilarlo y recurriría a las sorpresas.

La osa gruñó, pues los acontecimientos no la habrían instruido tanto, ya que ninguna herida había aumentado su sabiduría. Cuando el grito del macho le invitó a la prudencia, dejó de avanzar, suponiendo alguna trampa en la tierra; pues no imaginaba que pudiera nacer un peligro de aquellos seres ocultos al otro lado de la pared.

IX.- La roca.

 

 

Naoh deseó durante algún tiempo golpear a las fieras. El rencor permanecía en su corazón. Y, observando la penumbra, mantenía dispuesta una azagaya afilada. Pero después, como el oso gigante permanecía invisible y la hembra se había alejado, se apaciguó y recordó que el día avanzaba y tenían que llegar a la llanura. Entonces, molesto, avanzó hacia la luz. Ésta aumentaba a cada paso. El pasillo se agrandaba y los nómadas lanzaron un grito ante las grandes nubes de otoño que se movían en el fondo del firmamento, ante la pendiente rígida, erizada, llena de obstáculos y la tierra sin límites.

Pues toda la zona les era familiar. Desde su infancia habían recorrido aquellos bosques, sabanas, colinas, habían franqueado los pantanos, acampado al borde de aquella orilla, o bajo un saliente de las rocas. En dos días de marcha, llegarían al gran pantano junto al que los Oulhamr se reunían tras sus correrías de guerra y de caza, y donde tenía sus orígenes la oscura leyenda.

Nam se echó a reír como un niño, Gaw tendió los brazos con un estremecimiento de alegría, y Naoh, inmóvil, sintió revivir la abundancia de las cosas:

-¡Vamos a ver de nuevo a la Horda!

Los tres percibían ya su presencia. Estaba mezclada con las ramas de otoño, se reflejaba en las aguas y transformaba las nubes. Cada aspecto del lugar era extrañamente distinto de los lugares que se encontraban abajo, atrás, en el inmenso oriente meridional. Sólo se acordaban de los días felices. Nam y Gaw, que habían sufrido tan a menudo la rudeza de sus mayores, los puños de Faouhm, el gesto feroz, sentían una seguridad sin límites. Contemplaban con orgullo las pequeñas llamas que ellos, con tantas luchas, fatigas y sufrimientos, habían mantenido vivas. Naoh lamentaba haber tenido que sacrificar la jaula: una superstición vaga se arrastraba en el fondo de su cerebro. ¿Pero acaso no llevaba las piedras que contienen el fuego y el secreto para hacerlo brotar? ¡No importaba! Lo mismo que sus compañeros, le hubiera gustado mantener un poco de esa vida chispeante que había conquistado a los Kzamms...

El descenso fue rudo. El otoño había multiplicado los desprendimientos y las fisuras. Se ayudaron del hacha y del arpón. Al llegar a la llanura, habían franqueado el último obstáculo; sólo tenían que seguir caminos simples y bien conocidos. Llenos de esperanza, ponían menos atención de sus sentidos en los acontecimientos innumerables que envuelven y acechan a los seres vivos.

Avanzaron hasta el crepúsculo: Naoh buscaba una curva del río en la que quería establecer el campamento. El día moría pesadamente al fondo de las nubes. Se arrastraba un resplandor rojo, siniestro y lento, acompañado por el aullido de los lobos y el quejido prolongado de los perros: éstos avanzaban en bandas furtivas acechando en el límite de los matorrales y los bosques. Su número asombró a los nómadas. Sin duda, algún éxodo de herbívoros los había expulsado de las tierras próximas y se habían reunido en esa zona rica en caza. Pero habían debido agotarla. Sus clamores anunciaban la penuria. Su forma de andar, una actividad enfebrecida. Naoh, que sabía que había que temerlos cuando eran numerosos, apresuró el paso. Con el tiempo, se habían formado dos hordas. Hacia la derecha estaban los perros y hacia la izquierda los lobos. Como seguían la misma pista, se detenían a veces para amenazarse. Los lobos eran más grandes, con las nucas abultadas y musculosas, pero los perros tenían la ventaja del número. A medida que las tinieblas se comían el crepúsculo, los ojos arrojaban mayor claridad: Nam, Gaw o Naoh percibían una multitud de pequeños fuegos verdes que se desplazaban como luciérnagas. Con frecuencia, los nómadas respondían a los aullidos con un largo grito de guerra y veían moverse todas esas fosforescencias.

Al principio, los animales se mantuvieron fuera del alcance del arpón; pero con el crecimiento de las tinieblas se fueron acercando; se oía con mayor claridad el ruido impreciso de las patas. Los perros parecían más osados. Algunos habían superado a los hombres. Se detenían bruscamente, saltaban con un grito agudo o bien se arrastraban de una manera solapada. Pero los lobos, inquietos al verse superados, llegaron todos juntos con sus voces desgarradoras. Había que presentar batalla. Los perros, apretujados los unos contra los otros, conscientes del poder que les daba el número, exaltados por el sentimiento de su avance, de pronto les hicieron frente. Una impaciencia furiosa revolvía las entrañas de los lobos. Y en la última luz crepuscular y cenicienta, las dos hordas se colocaron frente a frente, balanceándose, en oleadas de carnes palpitantes y con un largo despliegue de clamores.

No se produjo enfrentamiento. Algunos animales, menos gregarios, prosiguieron la caza, y su ejemplo predominó. Paralelamente, la fila de perros y la de lobos se amenazaban en la noche del hambre. Esa persecución tenaz inquietaba a los hombres. Delante del occidente casi negro, entre tantos cuerpos solapados, presintieron la muerte.

Un grupo de perros superó a Gaw, que caminaba hacia la izquierda, y uno de ellos, del tamaño de un lobo, se detuvo, enseñó sus dientes chispeantes y saltó. El joven lanzó nervioso su arpón. Se hundió en el costado del animal, que se puso a dar vueltas con un largo aullido; Gaw acabó con él de un mazazo.

Al escuchar el grito de agonía, afluyeron los perros: les unía una solidaridad más fuerte que la de los lobos, y cuando uno de ellos estaba en peligro, llegaban a hacer frente a los grandes carnívoros. Naoh temió el ataque de toda la manada y llamó a Nam y a Gaw para intimidar a los animales. Apretados unos contra otros, los nómadas constituían un cuerpo superior; los perros, asombrados, daban vueltas a su alrededor. Si uno de ellos se atrevía a precipitarse, todos les seguirían, y los huesos de los hombres franquearían la llanura...

Bruscamente, Naoh lanzó una azagaya: un perro cayó con el pecho agujereado. El jefe, cogiéndolo por las patas traseras, lo arrojó a un grupo de lobos que había a la derecha. El herido desapareció entre ellos, y el olor de la sangre y la presa fácil exasperaron su hambre, por lo que las fieras se pusieron a devorar esa carne viva. En ese momento los perros se olvidaron de los hombres y se lanzaron sobre los lobos.

Durante el combate, los nómadas habían huido al galope. Una neblina anunciaba la proximidad del río y Naoh veía a intervalos una reverberación. En dos o tres ocasiones se detuvo para orientarse. Al final, mostrando una masa grisácea que dominaba la orilla, dijo:

-Naoh, Nam y Gaw se reirán de los perros y los lobos.

Era una enorme roca que formaba casi un cubo y se elevaba cinco veces la altura de un hombre. Sólo era accesible por un lado. Naoh la escaló rápidamente, pues la conocía desde numerosas estaciones. Cuando Nam y Gaw le siguieron, se encontraron en una superficie plana, llena de maleza e incluso con un árbol, en donde treinta hombres podían acampar cómodamente.

Abajo, hacia la llanura cenicienta, los lobos y los perros combatían enloquecidamente. Feroces rumores y quejidos prolongados cruzaban el aire húmedo; los nómadas disfrutaban de su seguridad.

La madera crujió, el fuego lanzó sus lenguas rojizas, y sus humos y un amplio resplandor se extendió sobre las aguas. De la roca solitaria se separaban dos segmentos de orilla desértica; las cañas, los sauces y los álamos crecían en un lugar distante; de manera que se distinguían todas las cosas que había a veinte tiros de arpón...

En ese momento, los animales huyeron de la claridad y se ocultaron o acudieron hasta allí fascinados. Con un grito fúnebre, dos lechuzas se levantaron sobre un álamo, una nube de murciélagos orejudos giró, una bandada perdida de estorninos se fue a la otra orilla; los patos, molestos, abandonaron el lugar donde se ocultaban y se precipitaron hacia la sombra; peces alargados surgían del abismo, con vapores plateados, flechas de nácar, hélices cobrizas. El resplandor rojizo dejó ver un jabalí fornido que se detuvo y gruñó, a un gran élafo, con el lomo tembloroso, sus enramadas echadas hacia atrás, y también la cabeza solapada de un lince de orejas triangulares, ojos cobrizos y feroces, que apareció entre dos ramas de fresno.

Los hombres conocían su fuerza. Comían en silencio la carne asada, gozosos de vivir al calor del fuego. ¡La horda estaba cercana! Antes de la segunda noche, reconocerían las aguas del gran pantano. Nam y Gaw serían acogidos como guerreros: los Oulhamr conocerían su valor, su astucia, su larga paciencia, y les temerían. Naoh tendría a Gammla y sería el jefe después de Faouhm... Su sangre hervía esperanzada, y aunque su pensamiento fuera corto, el instinto era prodigioso y estaba lleno de imágenes profundas y precisas. Tenían la juventud de un mundo que no regresaría. Todo era enorme, todo era nuevo... Ellos mismos jamás sentían el final de su ser, pues la muerte era más una fábula espantosa que una realidad. La temían bruscamente, en los momentos terribles; después se alejaba, se borraba, se perdía en el fondo de sus energías. Si las fatalidades son formidables, si se abaten sin cesar con el animal, el hambre, el frío, los males desconocidos, los cataclismos, apenas han pasado ya no son temibles. Siempre que tuvieran abrigo y alimento, la vida sería fresca como el río...

Un rugido cruzó las tinieblas. El jabalí escapó, el élafo saltó, convulsivo, con los cuernos más inclinados sobre la nuca, y cien estructuras palpitaron. Primero vieron una forma temblorosa cerca de los álamos; después, una silueta oscilante cuyo poder se revelaba en cada gesto; una vez más, Naoh veía al león gigante. Toda vida huyó.

La soledad era ilimitada. El animal colosal avanzaba con inquietud. Conocía la velocidad, la vigilancia, el olfato agudo, la prudencia y los recursos innumerables de aquellos a quienes perseguía. Aquella tierra, en la que su raza casi había desaparecido, era menos cálida y más pobre. Vivían allí gracias a un esfuerzo agotador. El hambre roía siempre su vientre. Apenas si formaba ya pareja: los territorios en los que había suficientes presas para una pareja se habían hecho más escasos, incluso allí abajo, hacia el sol, o en los valles cálidos. Y el superviviente que todavía recorría el país del gran pantano no dejaría descendencia.

A pesar de la altura y de lo escarpada que era la roca, Naoh sintió un retorcimiento en sus entrañas. Se aseguró de que el fuego defendiera el estrecho acceso, y cogió la maza y el arpón; también Nam y Gaw estaban listos para combatir; los tres, acurrucados contra la roca, eran invisibles.

El león-tigre se detuvo; elevándose sobre sus patas musculosas, consideró esa alta claridad que turbaba las tinieblas como el crepúsculo. No la confundió con el resplandor del día, y menos todavía con esa luz fría que le impedía las emboscadas. Confusamente, volvió a ver las llamas devorando la sabana, un árbol quemado por el rayo, o incluso los fuegos del hombre, que a veces había rozado, de eso hacía ya mucho tiempo, en los territorios de los que sucesivamente le habían expulsado el hambre, la crecida de las aguas o su retirada, que hacía imposible la existencia. Vaciló y gruñó. Azotó furiosamente la cola, y después avanzó para olfatear los efluvios. Eran débiles, pues se elevaban y después se esparcían antes de descender; la pequeña brisa los llevaba hacia el río. Apenas sentía el humo, menos todavía la carne asada, y en absoluto el olor de los hombres, sólo veía esos resplandores saltarines, de los que salían unas luces rojas y amarillas que crecían, decrecían, se desplegaban en forma de cono, se derramaban en capas, se mezclaban con la sombra repentina de los humos. No se asociaba con ellos el recuerdo de ninguna presa, ni gesto alguno de combate; y el animal, sintiendo un penoso temor, abrió la boca inmensa, caverna de la muerte de la que brota el rugido... Naoh vio alejarse al león gigante, hacia las tinieblas en las que podría preparar su trampa...

-¡Ningún animal puede combatirnos! -exclamó el jefe con una risa de desafío.

Desde hacía un momento, Nam sentía estremecimientos. Con la espalda vuelta hacia el fuego, seguía con la mirada, en la otra orilla, un reflejo que saltaba sobre las aguas, se infiltraba entre los sauces y los sicomoros y, tendiendo la mano, murmuró:

-¡Hijo del Leopardo, han venido hombres!

Un peso descendió sobre el pecho del jefe, y los tres unieron todos sus sentidos. Pero las orillas estaban desiertas y sólo escuchaban el chapoteo de las aguas; sólo se distinguían animales, hierbas y árboles.

-¿Se ha equivocado Nam? -interrogó Naoh.

Convencido de lo que había visto, el joven respondió:

-Nam no se ha equivocado.., ha visto cuerpos de hombres, entre las ramas de los sauces... Eran dos.

El jefe no lo dudaba; su corazón se convulsionaba entre la angustia y la esperanza. En voz muy baja, afirmó:

-Este es el país de los Oulhamr. Lo que tú has visto son cazadores o exploradores enviados por Faouhm.

Se levantó, desarrollando su gran estatura. Pues no serviría de nada ocultarse: amigos o enemigos conocerían bien la significación del fuego. Su voz clamó: -Soy Naoh, hijo del Leopardo, que ha conquistado el fuego para los Oulhamr. ¡Que los enviados de Faouhm se muestren!

La soledad permaneció impenetrable. La misma brisa se adormeció junto con el rumor de las fieras; sólo el crepitar de las llamas y la voz fresca del río parecieron crecer.

-¡Que los enviados de Faouhm se muestren! -repitió el jefe-. Si miran, reconocerán a Naoh, Nam y Gaw. Saben que serán bienvenidos.

Los tres, de pie ante el fuego rojo, mostraron sus siluetas tan visibles como en pleno día y lanzaron el grito de llamada de los Oulhamr. La espera mordía el corazón de los compañeros; crecía con todas las cosas terribles. Y Naoh gruñó:

-¡Son enemigos!

Nam y Gaw lo sabían, y toda la alegría les abandonó. El peligro era más duro al golpear en esa noche en la que el retorno parecía tan próximo. Y era más equivoco porque venía de los hombres. En ese suelo tan próximo al gran pantano, sólo presentían la vecindad de su horda. ¿Es que los vencedores de Faouhm habían atacado otra vez? ¿Los Oulhamr habían desaparecido del mundo?

Naoh vio a Gammla conquistada o muerta. Rechinaron sus mandíbulas y amenazó con la maza a la otra orilla. Después, anonadado, se agachó ante la hoguera, pensó y acechó...

El cielo se había abierto por oriente, la luna, en su último cuarto, aparecía en el fondo de la sabana, era rojiza y como de humo, enorme, su resplandor todavía era débil, pero llegaba a las profundidades de aquel lugar: la huida que pensaba el jefe se volvería casi imposible si los hombres ocultos eran numerosos y habían tendido emboscadas.

Mientras cavilaba, le sacudió un gran estremecimiento. Río abajo, acababa de ver la silueta fornida. Aunque desapareció rápidamente en los cañaverales, la certidumbre lo penetró como la punta de un arpón. Los que se ocultaban eran Oulhamr: pero Naoh hubiera preferido a los devoradores de hombres o a los enanos rojos. Pues acababa de reconocer a Aghoo el velludo.

X.- Aghoo el velludo.

 

 

En escasos latidos de su corazón, volvió a vivir la escena en la que Aghoo y sus hermanos se habían levantado ante Faouhm y habían prometido conquistar el fuego. La amenaza brillaba en sus ojos circulares, la fuerza y la ferocidad acompañaban a sus gestos. La horda les escuchaba con temblor. Cada uno de los tres hubiera podido plantar cara al gran Faouhm. Con sus torsos tan velludos como el del oso gris, sus manos enormes, sus brazos duros como ramas de roble, con su astucia, su habilidad, su valor, su unión indestructible, su costumbre de luchar juntos, valían como diez guerreros. Y pensando en todos aquellos a los que habían matado o cuyos miembros habían roto, un odio ilimitado contrajo a Naoh.

¿Cómo abatirlo? Él, el hijo del Leopardo, se consideraba igual a Aghoo: tras tantas victorias, su confianza en sí mismo era perfecta; ¡pero Nam y Gaw serían como leopardos delante de leones! La sorpresa y todas esas impresiones saltaban en su cabeza, y no retrasaron la resolución de Naoh. Fue tan rápida como el salto de un ciervo sorprendido al acecho.

-Nam saldrá el primero -ordenó-, y después Gaw. Llevarán las azagayas y los arpones, les arrojaré las mazas cuando estén bajo la roca. Sólo yo llevaré el fuego.

Pues no podía resignarse, a pesar de las piedras misteriosas de los Wah, a abandonar la llama conquistada. Nam y Gaw comprendieron que había que adelantar con velocidad a Aghoo y sus hermanos, y no sólo esa noche, sino hasta que se reunieran con la horda. Presurosamente, cogieron las armas de tiro, y Nam descendía ya por la escarpadura, siguiéndole Gaw a dos alturas de hombre. La tarea fue más difícil que en la escalada, por causa de los resplandores falsos, de las sombras bruscas, y porque había que tantear el vacío, descubrir anfractuosidades invisibles, pegarse estrechamente a la pared.

Cuando Nam estaba a punto de llegar, un grito de espanto brotó del río, un bramido le sucedió, y después el mugido de la garza alcaraván. Naoh, inclinado al borde de la plataforma, vio salir a Aghoo de entre los juncos. Llegaba como el rayo. Un instante después surgían sus hermanos, uno por el sur y el otro por levante. Nam acababa de saltar a la llanura. Entonces, Naoh sintió su corazón lleno de problemas. No sabría si tendría que arrojar la maza a Nam o llamarlo. El joven era más ágil que los hijos del Auroc, pero como éstos convergían hacia la roca, enseguida estarían al alcance de la azagaya o del arpón... La vacilación del jefe fue breve, gritó:

-¡No arrojaré la maza a Nam... haría más lenta su carrera! Que huya... que vaya a advertir a los Oulhamr que les esperamos aquí, con el fuego.

Nam obedeció tembloroso, pues se sabía débil ante los hermanos formidables, quienes habían ganado terreno con su breve pausa. Tras algunos saltos, tropezó y tuvo que retomar el impulso. Y Naoh, viendo acrecentarse el peligro, llamó a su compañero. Los velludos estaban ya próximos. El más ágil lanzó la azagaya. Traspasó el brazo del joven en el momento en que comenzaba la escalada; el otro, lanzando un grito mortal, se abalanzó sobre Nam para acabar con él. Naoh vigilaba. Con brazo terrible, lanzó una piedra: trazó un arco en la penumbra y aplastó el fémur del asaltante, que cayó al suelo.

Antes de que el hijo del Leopardo hubiera elegido un segundo proyectil, el herido, con un rugido de rabia, desapareció tras un matorral. Después se produjo un gran silencio. Aghoo se había dirigido hacia su hermano, y examinaba la herida. Gaw ayudó a Nam a volver a la plataforma; Naoh, de pie ante la doble claridad de la hoguera y de la luna, levantando con las dos manos una piedra de pórfido, estaba dispuesto a lapidar a los agresores. Su voz fue la primera en escucharse:

-¿Los hijos del Auroc no son de la misma horda que Naoh, Nam y Gaw? ¿Por qué nos atacan como si fueran enemigos?

Aghoo el velludo se levantó entonces. Tras lanzar su grito de guerra, respondió:

-Aghoo os tratará como amigos si queréis darle su parte del fuego, y como díafos si se la negáis.

Una risa formidable abrió sus mandíbulas, su pecho era tan grande que habría podido acostarse en él una pantera. El hijo del Leopardo gritó:

-Naoh ha conquistado el fuego a los devoradores de hombres. Compartirá el fuego cuando se haya unido con la horda.

-Queremos el fuego ahora... Aghoo tendrá a Gammla y Naoh recibirá una parte doble de caza y de botín.

El furor hizo temblar al hijo del Leopardo:

-¿Por qué iba a tener Aghoo a Gammla? ¡No ha sabido conquistar el fuego! Las hordas se han burlado de él...

-Aghoo es más fuerte que Naoh. Abrirá vuestros dientes con el arpón y romperá los huesos con la maza.

-Naoh ha matado al oso gris y a la tigresa. Ha abatido a diez devoradores de hombres y veinte enanos rojos. ¡Es Naoh el que matará a Aghoo!

-¡Que Naoh baje a la llanura!

-Si Aghoo ha venido solo, Naoh irá a combatirlo.

La risa de Aghoo estalló, vasta como un rugido:

-¡Ninguno de vosotros volverá a ver el gran pantano!

Los dos se callaron. Con un estremecimiento, Naoh comparaba los torsos delgados de Nam y de Gaw con las estructuras espantosas de los hijos del Auroc. Sin embargo, ¿no había obtenido la primera ventaja? Pues si Nam estaba herido, uno de los tres hermanos era incapaz de perseguir a un enemigo. La sangre se derramaba en el brazo de Nam. El jefe aplicó en la herida las cenizas de la hoguera y la recubrió con hierbas. Después, mientras sus ojos vigilaban, se preguntó cómo combatiría. No podía contar con sorprender la vigilancia de Aghoo y sus hermanos. Los sentidos de éstos eran perfectos, y sus cuerpos infatigables. Tenían fuerza, astucia, habilidad y agilidad; algo menos rápidos que Nam y Gaw, les superaban en resistencia. Sólo el hijo del Leopardo, más rápido en el primer impulso, les igualaba en resistencia. La situación se pintaba fragmentariamente en la cabeza del jefe, y uniendo esos fragmentos consiguió darles coherencia con su instinto.

Naoh veía así las peripecias de la huida y del combate; era ya todo acción, aunque seguía agachado junto al resplandor cobrizo. Finalmente, se levantó con una sonrisa de astucia que pasó por sus párpados; su pie rozó la tierra como la pezuña de un toro. Primero había que apagar un fuego, para que, aunque vencieran, los hijos del Auroc no tuvieran ni a Gammla ni el premio. Naoh arrojó al río los tizones más gruesos; ayudado por sus compañeros, mató el fuego con tierra y piedras. Sólo guardó la débil llama de una de las jaulas. Después organizó de nuevo el descenso. Esta vez, Gaw abriría la marcha. A la altura de dos hombres se detendría sobre una saliente lo bastante grande como para mantenerse en él en equilibrio y lanzar azagayas.

El joven Oulhamr obedeció rápidamente. Cuando llegó al punto asignado, lanzó un grito ligero para advertir al jefe. Los hijos del Auroc se habían dispuesto a la batalla. Aghoo plantaba cara a la roca, con el arpón empuñado; el herido, de pie contra un arbusto, tenía dispuestas las armas, y el tercer hermano, Roukh el de los brazos rojos, menos alejado que los otros, iba y venía circularmente. De pie sobre un saliente de la plataforma, Naoh se inclinaba hacia la llanura y otras veces blandía una azagaya. Eligió el momento en que Roukh estaba más cercano para lanzar el arma. Franqueó un espacio que sorprendió al hijo del Auroc, pero le faltaron cinco longitudes de hombre para alcanzarlo. Una piedra que Naoh lanzó a continuación cayó a menos distancia. Roukh lanzó un grito de sarcasmo:

-El hijo del Leopardo es ciego y estúpido.

Lleno de desprecio, levantó el brazo derecho armado con la maza. Con gesto furtivo, Naoh cogió un arma preparada de antemano: era uno de los propulsores que había aprendido a utilizar en la horda de los Wah. Le imprimió una rotación rápida. Roukh, convencido de que era un gesto de amenaza, volvió a ponerse en marcha con una risa burlona. Como ya no miraba de cara a la roca, la luz era incierta y no vio venir el dardo. Cuando se dio cuenta, era demasiado tarde: su mano había sido traspasada en el lugar en el que el pulgar se une a los otros dedos. Con un grito de rabia, soltó la maza...

Entonces, un gran estupor sobrecogió a Aghoo y a sus hermanos. El alcance que había logrado Naoh superaba con mucho sus previsiones.

Y sintiendo que sus fuerzas decrecían ante una astucia misteriosa, los tres retrocedieron: Roukh sólo podía coger la maza con la mano izquierda. Entretanto, Naoh se aprovechó de la sorpresa de los hermanos para ayudar a Nam a bajar; los seis hombres se encontraron en la llanura, atentos y llenos de odio. Después, el hijo del Leopardo tomó un camino oblicuo hacia la derecha, por donde el paso era más amplio y seguro.

Allí, Aghoo cerraba el camino. Sus ojos circulares espiaban cada gesto de Naoh. Se movía muy bien para evitar la azagaya y el arpón. Y avanzaba con la esperanza que los adversarios agotaran sobre él, vanamente, sus proyectiles, mientras Roukh llegaba al galope. Pero retrocedió, hizo un quiebro brusco y amenazó al tercer hermano que esperaba apoyado en un arpón. Ese movimiento obligó a Roukh a dirigirse hacia el oeste; el campo abierto era más amplio, Nam, Gaw y Naoh se precipitaron; a hora podían huir sin temor de que los cercaran.

-¡El hijo del Auroc no tendrá el fuego! -gritó el jefe con voz estentórea. Y Naoh tendrá a Gammla.

Los tres huían por la llanura libre, y quizá pudieran llegar a la tribu sin combatir. Pero Naoh comprendía que esa noche había que arriesgar muerte contra muerte. Dos de los velludos estaban heridos. No luchar era darles la posibilidad de curación, y el peligro renacería más terrible. En esa primera fase de la persecución, incluso Nam, a pesar de su herida, cobraba ventaja. Los tres compañeros les ganaron más de mil pasos. Después, Naoh detuvo la carrera, entregó el fuego a Gaw y dijo:

-Corred sin deteneros hacia el poniente... hasta que yo me una a vosotros.

Obedecieron, manteniendo la velocidad, mientras el jefe seguía más lentamente. Pronto se dio la vuelta y plantó cara a los velludos amenazándoles con el propulsor. Cuando consideró que estaban bastante próximos, avanzó oblicuamente hacia el norte, los superó por la derecha y empezó a correr hacia el río... Aghoo comprendió. Lanzó un clamor de león y se lanzó con Roukh en socorro del herido. En su desesperación, alcanzaba una velocidad igual a la de Naoh. Pero esa velocidad era excesiva para su estructura. El hijo del Leopardo, mejor constituido para la carrera, le tomó ventaja. Llegó cerca de la roca con trescientos pasos de adelanto, encontrándose cara a cara con el tercer hermano.

Éste le esperaba, formidable. Lanzó una azagaya. Mal equilibrado, falló el blanco, y Naoh se lanzaba sobre él. La fuerza y la habilidad del velludo eran tales que, a pesar de su pierna herida, hubiera acabado con Nam o Gaw. Para combatir al gran Naoh, exageró su impulso: el golpe de la maza fue tan terrible que hubiera necesitado los dos pies para soportarla, y, al dar un traspiés, el arma de su adversario cayó sobre su nuca y lo derribó. Con un segundo golpe le rompió las vértebras.

Aghoo sólo estaba a cien pasos. Roukh, debilitado por la sangre que derramaba su mano, y menos ágil, iba cien pasos retrasado. Los dos llegaban a su objetivo como rinocerontes, arrastrados por un instinto de raza tan profundo que les hacia olvidar la astucia.

Con un pie sobre el vencido, el hijo del Leopardo esperaba, la maza dispuesta. Aghoo estaba a tres pasos; saltó para el ataque... Naoh se hurtó a él. Corrió hacia Roukh con una velocidad de élafo. Con un gesto supremo, con la maza cogida con los dos puños, apartó el arma que Roukh, con escasa habilidad, levantaba con la mano izquierda, y de un golpe en el cráneo acabó con el segundo enemigo...

Después, esquivando otra vez a Aghoo, gritó:

-¿Dónde están tus hermanos, hijo del Auroc? ¿No los he abatido como hice con el oso gris, la tigresa y los devoradores de hombres? ¡Y aquí estoy, tan libre como el viento! ¡Mis pies son más ligeros que los tuyos, mi aliento es tan resistente como el de los megaceros!

T ras retomar ventaja, se detuvo y vio venir a Aghoo. Le increpó:

-Naoh no quiere ya huir. Esta misma noche tomará tu vida o dará la suya...

Veía al hijo del Auroc. Pero el otro había ya recuperado su astucia: hizo más lento su avance, atento a todo. La azagaya traspasó el aire. Aghoo se agachó y el arma silbó por encima de su cráneo.

-¡Es Naoh el que va a morir! -aulló.

No se precipitaba, sabía que el adversario podía aceptar la lucha o rehusarla. Su avance era furtivo y temible. Cada uno de sus movimientos mostraba al animal de combate; llevaba la muerte con el arpón o la maza. A pesar de que los suyos habían sido aplastados, no tenía miedo del gran guerrero flexible, de brazos ágiles, de hombros rudos. Pues era más fuerte que sus hermanos e ignoraba la derrota. Ningún hombre o animal se había resistido a su maza.

Cuando estuvo a su alcance, lanzó el arpón. Lo hizo porque tenía que hacerlo: pero no se asombró de ver que Naoh evitaba la punta de cuerno. Y él mismo evitó el arpón del adversario.

Ya sólo tenían las mazas. Se levantaron al mismo tiempo; los dos eran de madera de roble. La de Aghoo tenía tres nudos, se había pulido y lucía con el claro de la luna. La de Naoh era más redondeada, menos antigua y más clara. Aghoo lanzó el primer golpe. No lo hizo con todo su vigor; no esperaba sorprender así al hijo del Leopardo. También Naoh se zafó de él sin esfuerzo y golpeó de costado. La maza del otro vino a su encuentro; las maderas se entrechocaron con un largo crujido. Entonces, Aghoo saltó hacia la derecha y volvió sobre el costado del gran guerrero: atacó con el golpe inmenso que había roto cráneos de hombres y fieras. Pero encontró el vacío, mientras que la maza de Naoh daba en la suya. El golpe fue tan fuerte que hasta Faouhm se hubiera tambaleado: pero los pies de Aghoo se mantenían sobre la tierra como si fueran raíces. Pudo echarse hacia atrás.

Así volvieron a estar cara a cara, sin heridas, como si no hubieran combatido. ¡Pero en ellos todo había luchado! Cada uno conocía bien la criatura formidable que era el otro, cada uno sabía que, si eran débiles en un solo gesto, conocerían la muerte, una muerte más vergonzosa que la otorgada por el tigre, el oso o el león: pues combatían oscuramente para hacer triunfar, a través de tiempos innumerables, una raza que nacería de Gammla.

Aghoo reemprendió el combate con un rugido ronco; toda su fuerza estaba en el brazo: dejó caer la maza directamente, dispuesto a terminar con toda resistencia. Retrocediendo, Naoh le puso la suya. Aunque desvió el golpe, no pudo impedir que un nudo hiciera una gran erosión en su hombro. Brotó la sangre, que enrojeció el brazo del guerrero; Aghoo, convencido de destruir esta vez una vida que ya había condenado, levantó la maza y cayó de manera espantosa.

El rival no lo había esperado, y el impulso hizo que el hijo del Auroc se inclinara; lanzando un grito siniestro, Naoh respondió: el cráneo de Aghoo resonó como un bloque de roble, y el cuerpo velludo se tambaleó; otro golpe le abatió en tierra.

-¡No tendrás a Gammla! -gruñó el vencedor-. ¡No volverás a ver ni a la horda, ni al pantano, y nunca volverás a calentar tu cuerpo junto al fuego!

Aghoo se levantó. Su cráneo duro estaba enrojecido, su brazo derecho colgaba como una rama rota, sus piernas ya no tenían fuerza. Pero el instinto tenaz fosforecía en sus ojos y había cogido la maza con la mano izquierda. La blandió una última vez. Antes de que le golpeara, Naoh la hacía caer a diez pasos. Y Aghoo esperó la muerte. Ya estaba en él; no comprendía de otra manera la derrota; se acordó con orgullo de todos los seres a los que había matado antes de sucumbir él mismo.

-¡Aghoo ha aplastado la cabeza y el corazón de sus enemigos! - murmuró-. Nunca ha dejado vivir a aquellos que le disputaron el botín o la presa. Todos los Oulhamr temblaban ante él.

Era el grito de su conciencia oscura. Y si hubiera podido gozarse de su derrota, lo habría hecho. Al menos, sentía la virtud de no haber concedido jamás el perdón, de haber aniquilado siempre esa trampa que es el rencor del vencido. Por eso le parecía que no tenía nada que reprocharse de toda su vida... Cuando el primer golpe de muerte resonó en su cráneo, no se quejó; tampoco se quejó cuando el pensamiento desapareció, cuando quedó sólo una carne caliente cuyos últimos estremecimientos apagaban la maza de Naoh.

Después, el vencedor fue a terminar con los otros dos hermanos. Y parecía que el poder de los hijos del Auroc había entrado en él. Se volvió hacia el río y escuchó el gruñido de su corazón; ¡el tiempo era para él! Ya no veía su fin

XI.- En la noche de las eras.

 

 

Al apagarse cada día, los Oulhamr esperaban con angustia la partida del sol. Cuando sólo las estrellas habitaban el firmamento, o la luna se enterraba en las nubes, se sentían extrañamente débiles y miserables.

Ocultos en la sombra de una caverna, o bajo el saliente de una roca, ante el frío y las tinieblas, soñaban en el fuego que les nutría con su calor y alejaba a los animales temibles. Los guardianes tenían sin cesar sus armas prestas; la atención y el temor abrumaban su cabeza y sus miembros: sabían que los podían apresar de improviso antes de haber golpeado. El oso había devorado un guerrero y dos mujeres; los lobos y los leopardos se habían llevado niños; muchos hombres llevaban las cicatrices de los combates nocturnos. Llegaba el invierno.

El viento del norte lanzaba sus azagayas, bajo los cielos puros, el hielo mordía con dientes agudos. Y una noche, Faouhm, el jefe, luchando contra un león, perdió el uso del brazo derecho. De esta manera se hizo demasiado débil para imponer su autoridad. El desorden crecía en la horda. Houm ya no quería obedecer, Mouh pretendía ser el primero entre los Oulhamr. Los dos tenían partidarios, aunque un pequeño número seguía siendo fiel a Faouhm. Sin embargo, no se llegó a la lucha armada. Pues todos estaban débiles: el viejo Goun les hablaba de su debilidad y del peligro que correrían si se mataban unos a otros.

Y lo entendían: al llegar la hora de las tinieblas, lamentaban amargamente a los guerreros desaparecidos. Después de tantas lunas, desesperaban de volver a ver a Naoh, Gaw y a Nam, y a los hijos del Auroc.

Muchas veces enviaron exploradores: regresaban sin haber descubierto ninguna pista. Más tarde, la desconfianza cayó sobre las cabezas; los seis guerreros habían sido derribados bajo la garra de las fieras, las hachas de los hombres, o habían perecido por el hambre. ¡Los Oulhamr no volverían a vivir junto al fuego caritativo!

A pesar de que sus sufrimientos eran mayores que los de los hombres, sólo las mujeres mantenían una confianza oscura. Subsistía en ellas esa resistencia paciente que salva a las razas. Gammla estaba entre las más enérgicas. Ni el frío ni el hambre habrían podido apagar su juventud. Con el invierno crecían sus cabellos; caían alrededor de los hombros como las crines de los leones. La nieta de Faouhm tenía un sentido profundo de los vegetales. En la pradera o en el matorral, bajo el bosquecillo o entre las cañas, sabía distinguir cuáles eran las raíces, frutos y setas comestibles. Sin ella, el gran Faouhm hubiera perecido durante la semana en que su herida lo mantuvo acostado en el fondo de una caverna, agotado por la pérdida de sangre. El fuego no le parecía tan indispensable como a los otros. Lo deseaba, sin embargo, con pasión, y, al principio de las noches, se preguntaba si lo traería a Aghoo o Naoh.

Estaba dispuesta a someterse, porque en la profundidad de su carne vivía el respeto al más fuerte; ni siquiera concebía que pudiera negarse a ser la mujer del vencedor, aunque sabía que con Aghoo la vida sería más dura. Se acercaba una noche que se anunciaba temible. El viento había expulsado las nubes. Pasaba sobre las hierbas marchitas y sobre los árboles negros produciendo un largo aullido. Un sol rojo, tan grande como la colina que se levantaba al poniente, iluminaba todavía el lugar. Y en el crepúsculo que iba a perderse en el fondo de los tiempos innumerables, la horda se reunió con un gran estremecimiento. Era débil y estaba triste. ¡Cuándo volverían los días en los que la llama rugía comiéndose los arbustos! En aquel tiempo, en el crepúsculo, ascendía un olor a carne asada. Dentro de los torsos crecía una alegría cálida, los lobos se alejaban con aspecto lamentable, el oso, el león y el leopardo huían de esa vida chispeante. El sol se ocultó; en el occidente desnudo, la luz moría sin resplandores. Y los animales que vivían de las sombras comenzaron a vagar por la tierra.

El viejo Goun, cuya desgracia había acrecentado la edad de muchos años, lanzó un gemido siniestro.

-Goun ha visto a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Jamás a los Oulhamr les había faltado el fuego. Pero ya no hay fuego... y Goun morirá sin haberlo vuelto a ver.

El agujero de la roca en el que se abrigaba la tribu era casi una caverna. Con buen tiempo, habría sido un buen abrigo; pero la brisa flagelaba los pechos. Goun siguió hablando:

-Los lobos y los perros se harán cada noche más osados.

Señalaba las siluetas furtivas que se multiplicaban con la caída de las tinieblas. Los aullidos se hacían más largos y amenazadores; la noche desperdigaba continuamente sus bestias famélicas. Sólo los últimos resplandores las mantenían todavía alejadas. Los vigilantes, inquietos, caminaban con aire duro bajo las estrellas frías.

Bruscamente, uno de ellos se detuvo y tendió la cabeza. Otros dos le imitaron. Después, el primero declaró:

-¡Hay hombres en la llanura!

Un temblor pasó sobre la horda. En algunos dominaba el temor; la esperanza anidaba en otros. Faouhm, recordando que todavía era el jefe, se levantó de la fisura en la que reposaba:

-¡Que todos los guerreros preparen sus armas! -ordenó.

En aquella hora equívoca, los Oulhamr obedecieron en silencio. El jefe añadió:

-Que Houm tome a tres jóvenes y que vaya a espiar a los que vienen.

Houm vaciló, pues no le gustaba recibir órdenes de un hombre que había perdido la fuerza de su brazo. Pero el viejo Goun intervino:

-Houm tiene los ojos del leopardo, la oreja del lobo y el olfato del perro. Sabrá si los que se aproximan son enemigos u Oulhamr.

Entonces, Houm y tres jóvenes se pusieron en camino. A medida que avanzaban, las fieras se agrupaban tras sus pasos. Se volvieron invisibles. Durante mucho tiempo, la horda esperó. Finalmente, un largo clamor traspasó las tinieblas. Faouhm, saltando sobre la llanura, clamó:

-¡Los que vienen son Oulhamr!

Una emoción terrible traspasó los corazones, hasta los niños pequeños se levantaban; Goun expresó su pensamiento y el de los demás:

-¿Es Aghoo y sus hermanos... o Naoh, Nam y Gaw?

Se oyeron nuevos gritos bajo las estrellas.

-¡Es el hijo del Leopardo! -murmuró Faouhm, con una alegría sorda. Pues tenía miedo de la ferocidad de Aghoo.

Pero casi todos pensaban sólo en el fuego. Si Naoh lo traía, estaban dispuestos a inclinarse ante él; si no lo traía, el odio y el desprecio se elevarían contra su debilidad. Entretanto, una manada de lobos avanzaba hacia la horda. El crepúsculo había muerto. El último rastro escarlata acababa de apagarse, las estrellas chispeaban en el firmamento de hielo: ¡Ay! ¡Ver crecer al cálido animal rojizo, sentirlo palpitar sobre los pechos y los miembros!

Finalmente, vieron a Naoh. Llegaba con su silueta negra sobre la llanura grisácea, y Faouhm gritó:

-¡El fuego!... ¡Naoh trae el fuego!

Todos se sintieron sobrecogidos. Muchos se detuvieron como golpeados por un hacha. Otros saltaron con un rugido frenético: y el fuego estaba allí. El hijo del Leopardo lo traía en su jaula de piedra. Era un pequeño resplandor rojo, una vida humilde que hasta un niño habría aplastado con un golpe de sílex. Pero todos conocían la fuerza inmensa que iba a brotar de esa debilidad. Jadeantes, mudos, con miedo a verlo desvanecerse, llenaban las pupilas con su imagen...

Después se produjo un rumor tan alto que los lobos y los perros se espantaron. Toda la horda se apretujaba alrededor de Naoh, con gestos de humildad, de adoración, de alegría convulsiva.

-¡No matéis el fuego! -gritó el viejo Goun, cuando el clamor se apaciguó.

Todos se apartaron. Naoh, Faouhm, Gammla, Nam, Gaw y el viejo Goun formaron un núcleo entre la multitud y avanzaron hacia la roca. La horda acumulaba las hierbas secas, las ramas pequeñas y grandes. Cuando estuvo dispuesto, el hijo del Leopardo aproximó su débil resplandor. Primero se apoderó de algunas briznas; con un silbido, se puso a morder las pequeñas ramas, y después, rugiendo, comenzó a devorar las grandes, mientras que, al lado de las tinieblas que retrocedían, los lobos y los perros se echaban para atrás, presos de un temor misterioso.

Entonces, Naoh, hablando al gran Faouhm, preguntó:

-¿No ha cumplido su promesa el hijo del Leopardo? Cumplirá la suya el jefe de los Oulhamr.

Señaló a Gammla, que estaba de pie en la claridad escarlata. Esta sacudió su larga cabellera. Palpitante de orgullo, ya no sentía temor. Participaba de esa admiración con la que la horda envolvía a Naoh.

-Gammla será tu mujer tal como ha sido prometido- respondió Faouhm, casi con humildad.

-¡Y Naoh mandará la horda! -declaró con atrevimiento el viejo Goun.

Lo decía así no para despreciar al gran Faouhm, sino para destruir las rivalidades que juzgaba peligrosas. En ese momento en el que el fuego acababa de renacer, nadie se atrevía a contradecirlo. Una aprobación exaltada hizo ondear las manos y los rostros. Pero Naoh sólo veía a Gammla: sus grandes cabellos, la vida de los ojos frescos que hablaban el lenguaje de su raza; una indulgencia profunda se elevaba en su corazón para el hombre que iba a entregarla. Sin embargo, comprendía que un jefe de brazo débil no podía mandar sólo sobre los Oulhamr. Por eso gritó:

-¡Naoh y Faouhm dirigirán a la horda!

Sorprendidos, todos se callaron, mientras que por primera vez, Faouhm, el del corazón feroz, se sintió invadido por una confusa ternura hacia un hombre que no había salido de sus hermanas.

Entretanto, el viejo Goun, con mucho el más curioso de los Oulhamr, deseaba conocer las aventuras de los tres guerreros. Estas se agitaban en el celebro de Naoh, tan nuevas como si las hubiera vivido la víspera. En aquellos tiempos, las palabras eran escasas, sus lazos débiles, su fuerza de evocación corta, brusca e intensa.

El gran nómada habló del oso gris, del león gigante y de la tigresa, de los devoradores de hombres, de los mamuts, los enanos rojos, los hombres sin hombros, hombres de pelo azul y del oso de las cavernas. Pero omitió, por desconfianza y por astucia, desvelar el secreto de las piedras de fuego que le habían enseñado los Wah.

El rugido de las llamas aprobaba el relato; Nam y Gaw, con gestos rudos, subrayaban cada episodio. Como era el discurso del vencedor, penetraba en lo más profundo y hacia jadear los pechos. Y Goun clamó:

-No hubo entre nuestros padres ningún guerrero comparable a Naoh... ¡y no lo habrá entre nuestros hijos y entre los hijos de nuestros hijos!

Finalmente, Naoh pronunció el nombre de Aghoo; los torsos se estremecieron como árboles en la tempestad. Pues todos temían al hijo del Auroc.

-¿Cuándo ha vuelto a ver a Aghoo el hijo del Leopardo? -preguntó Faouhm con una mirada de desconfianza hacia las tinieblas.

-Una noche y otra noche han pasado -respondió el guerrero-. Los hijos del Auroc atravesaron el río. Aparecieron ante la roca en la que estaban Naoh, Nam y Ga..., ¡Naoh los ha combatido!

Entonces se hizo un silencio en el que se apagaron incluso los alientos. Sólo se escuchaba el fuego, la brisa y el grito lejano de una fiera.

- ¡Y Naoh ha acabado con ellos! -declaró orgullosamente el nómada.

Hombres y mujeres se miraron unos a otros. El entusiasmo y la duda alternaban en el fondo de los corazones. Mouh expresó el oscuro sentimiento de todos al preguntar:

-¿Naoh los ha matado a los tres?

El hijo del Leopardo no respondió. Metió la mano en un pliegue de la piel de oso que le envolvía y arrojó al suelo tres manos sangrantes.

-¡Éstas son las manos de Aghoo y sus hermanos!

Goun, Mouh y Faouhm las examinaron. No podían desconocerlas. Enormes y fornidas, con dedos cubiertos por un pelo fiero, evocaban inequívocamente las estructuras formidables de los velludos. Todos recordaban haber temblado ante ellas. La rivalidad se apagó en el corazón de los fuertes; los débiles confundieron su vida con la de Naoh; las mujeres sintieron la prolongación de la raza. Y Goun, el de los huesos secos, proclamó:

-¡Los Oulhamr ya no temerán a ningún enemigo!

Faouhm, cogiendo a Gammla por el cabello, la arrodilló brutalmente ante el vencedor. Y dijo:

-Aquí está. Será tu mujer... Ya no la protejo yo. Se inclinará ante su señor; irá a buscar la presa que tú hayas abatido y la llevará sobre sus hombros. Si te desobedece podrás matarla.

Naoh, apoyando su mano sobre Gammla, la levantó sin rudeza, y un tiempo innumerable se extendía ante ellos.

 

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