Libro N° 4107. La Guerra Del Fuego. Rosny, J. H.
© Libro N° 4107. La Guerra Del Fuego. Rosny, J. H. Colección E.O. Agosto 26 de 2017.
Título
original: © La guerre du feu
Versión Original: © La Guerra Del Fuego. J. H.
Rosny
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LA GUERRA DEL FUEGO
J. H. Rosny
LA GUERRA DEL FUEGO
CIFRAS Y LETRAS: UNA CRONOLOGÍA
PRIMERA PARTE
I.- La muerte del fuego.
II.- Los mamuts y los aurocs.
III.- En la caverna.
IV. - El león gigante y la tigresa.
V.- Bajo los bloques de piedra.
VI.- La huida en la noche.
SEGUNDA PARTE
I.- Las cenizas.
II.- El acecho delante del fuego.
III.- A orillas del Gran Río-
IV.- La alianza entre el hombre y el mamut.
V.- Para el fuego.
VI.- La búsqueda de Gaw.
VII.- La vida con los mamuts.
TERCERA PARTE
I.- Los enanos rojos.
II.- La arista granítica.
III.- La noche en el pantano.
IV.- El combate entre los sauces.
V.- Los hombres que mueren.
VI.- En el país de las aguas.
VII.- Los hombres de pelo azul.
VIII.- El oso gigante en el desfiladero.
IX.- La roca.
X.- Aghoo el velludo.
XI.- En la noche de las eras.
LA GUERRA DEL FUEGO
En el alba de los tiempos la muerte del fuego ha dejado a
la tribu de los Oulhamr sumidos en la noche más espantosa. Los rojos dientes
del fuego les protegían de sus enemigos.
Los guerreros tendrán que vérselas con el oso gris, el
león gigante, la tigresa, los devoradores de hombres, los mamuts, los enanos
rojos, los hombres sin hombros, los hombres de pelo azul y el oso de las
cavernas, para conquistar el fuego; el premio será la bella y misteriosa
Gammla. Esta novela, de ámbito prehistórico, inspiró la película "En busca
del fuego".
Joseph Henri Honoré Boux, que adoptó el nombre de J-H
Rosny (el Mayor), nació en Bruselas en 1856. Colaboró en importantes
publicaciones de la época y estuvo vinculado a la Academia Goncourt, de la que
fue elegido presidente en 1926.
La búsqueda de una literatura que ensanchara el espíritu
humano y llegara a la comprensión del Universo, le llevará a escribir su ciclo
de novelas prehistóricas, en las que parece conservar la memoria de otro tiempo
y comprender el sentido de la muerte y de lo inexorable.
Esta obra se publicó anteriormente en castellano en 1947
con el título "La conquista del fuego".
Título Original: La guerre du feu
Traductor: Lassaletta Cano, Rafael
©1911, Rosny, J.-H.
©1995, Salvat
Colección: Novela histórica, 37
ISBN: 9788434590809
Generado con: QualityEPUB v0.28
LA GUERRA DEL FUEGO
J.H. Rosny Ainé
SALVAT
Traducción: Rafael Lassaletta
Traducción cedida por Editorial EDAF,
S.A.
Título original: La guerre du feu
© 1995 Salvat Editores, S.A. (Para la
presente edición) ©1992 Editorial EDAF, S.A.
ISBN: 84-345-9042-5 (Obra completa)
ISBN: 84-345-9080-8 (Volumen 37)
Depósito Legal: B-8138-1995
Publicado por Salvat Editores, S.A.,
Barcelona
Impreso por CAYFOSA. Marzo 1995
Printed in Spain - Impreso en España
En el alba de los tiempos la muerte del fuego ha dejado a
la tribu de los Oulhamr sumidos en la noche más espantosa. Los rojos dientes
del fuego les protegían de sus enemigos.
Los guerreros tendrán que vérselas con el oso gris, el
león gigante, la tigresa, los devoradores de hombres, los mamuts, los enanos
rojos, los hombres sin hombros, los hombres de pelo azul y el oso de las
cavernas, para conquistar el fuego; el premio será la bella y misteriosa
Gammla. Esta novela, de ámbito prehistórico, inspiró la película "En busca
del fuego".
Joseph Henri Honoré Boux, que adoptó el nombre de J-H
Rosny (el Mayor), nació en Bruselas en 1856. Colaboró en importantes
publicaciones de la época y estuvo vinculado a la Academia Goncourt, de la que
fue elegido presidente en 1926.
La búsqueda de una literatura que ensanchara el espíritu
humano y llegara a la comprensión del Universo, le llevará a escribir su ciclo
de novelas prehistóricas, en las que parece conservar la memoria de otro tiempo
y comprender el sentido de la muerte y de lo inexorable.
CIFRAS Y LETRAS: UNA CRONOLOGÍA
1856
17 de febrero: nacimiento de J.H. Rosny Ainé (el Mayor),
de nombre auténtico Joseph Henri Honoré Boéx, en el 67 de la calle del Marché-
au-Charbon, en Bruselas. Su padre, originario de Lille, tenía allí una
mercería. Su madre había nacido en Malinas, en una familia de ascendencia
flamenca y holandesa.
1859
21 de julio: nacimiento de J.H. Rosny Jeune (el Joven), de
nombre verdadero Justin François Boéx, en la misma dirección.
1863
Fallecimiento del padre de R.A. La señora Boéx vende la
mercería y se instala con sus siete hijos en Laeken, al norte de Bruselas, en
una casa modesta pero con jardín y un amplio huerto.
1869
R.A., a los 13 años de edad, termina un primer libro de
versos. Es sorprendente constatar que aunque R.A. se ha dedicado a lo largo de
su larga carrera a la mayor parte de los géneros literarios, apenas ha escrito
poesía.
1871
R.A. abandona la École Moyenne de Bruselas, en donde había
entrado gracias a su tío farmacéutico, Pépin Tubiex (¡el cual moriría a los 104
años de edad!).
R.A. entra en una casa comercial de Bruselas. Por la noche
sigue cursos de inglés y de escritura. Publica sus primeros artículos en la
prensa belga.
R.A. traba relaciones de amistad con Alphonse Daudet.
1875
R.A. encuentra un empleo en Londres en una empresa de
telégrafos privada. Trabaja por la noche. Durante el día frecuenta las
bibliotecas, los museos, descubre la pintura de Turner, perfecciona su inglés y
colabora incluso en algunos periódicos. Aparecen sus primeras novelas. Su
hermano Justin, impresionado, también proyecta escribir.
1880
Matrimonio de R.A. con una londinense, Gertrude Holmes.
Proyecto de instalarse en Gran Bretaña. Viajes frecuentes al continente, entre
otros lugares a París, donde Justin se ha instalado ya. Los dos hermanos
piensan seriamente escribir en colaboración, bajo un seudónimo común.
1885
R.A. abandona Londres para domiciliarse definitivamente en
París. Hace su primera contribución literaria en Francia en La Revue
Moderniste.
1886
Aparece en la Nouvelle Librairie Parisienne el primer
libro firmado J.H. Rosny: Nell Horn de l'Arme de Salut, subtitulado «Novela de
costumbres londinenses». La acogida de la crítica es más bien entusiasta, pero
de la obra sólo se venden 225 ejemplares. Se fija en él, sin embargo, Edmond de
Goncourt, quien decide incluir el nombre de R. A - en una primera lista de la
futura academia.
«29 de octubre del 86. Señor, Acabo de leer Nell Horn y
encuentro grandes cualidades en su libro. Con independencia del interés de los
detalles londinenses, una cosa me encanta de usted: el esfuerzo del estilo, la
aspiración del artista. Me encontrará todos los miércoles desde la una a las
cinco y me causará un gran placer conversar con usted del libro aparecido y de
los que tiene en la cabeza. Una vez más, mis más sinceras felicitaciones.
EDMOND DE GONCOURT.»
1887
Aparición de Xipéhuz en Savine, la primera obra de
auténtica ciencia ficción de la literatura francesa. R.A. conoce a Stéphane
Mallarmé.
Firma con Paul Bonnetain, Lucien Descaves, Paul
Margueritte y Gustave Guiches la «Declaración de los Cinco», dirigida contra La
Terre, de Emilio Zola, de la que hace las consideraciones siguientes: «No sólo
la observación es superficial, los trucos pasados de moda, la narración común y
desprovista de características, sino que además la nota indecente se exacerba,
se extiende a suciedades tan bajas que, a veces, creeríamos estar ante un libro
de escatología. El Maestro ha descendido al fondo de la inmundicia». (Citado
por Anatole France en La Vie littéraire, primera serie, París, Calmann-Lévy,
1913, p. 226.). Más adelante, R.A. se retractará de esa declaración y dirá de
ella que fue «una pobre aventura».
Inicio de innumerables colaboraciones en diversos diarios
y periódicos de la época, entre los que se cuentan: La Revue Moderne, La Revue
Indépendante, La Justice, Le Figaro, La Revue Illustré, Le Figaro Illustrée, Le
Temps, Cosmopolis, Le Gil Blas, La Revue Hebdomadaire, La Revue Pratique, La
Grande Revue, Les Arts et la Vie, La Vie Heureuse, Echos de Paris, La Petite
République, La Contemporaine, L'Illustration, etc. Firma algunos textos como
Henri de Noville.
R.A. responde a la célebre encuesta de Jules Huret acerca
de la evolución literaria (aparecerá en 1894). Afirma querer hacer otra cosa:
«Una literatura más compleja, más alta, un avance hacia el ensanchamiento del
espíritu humano, con la comprensión más profunda, más analítica y más justa del
universo entero y de los individuos más humildes, adquirida con la ciencia y
con la filosofía de los tiempos modernos». Esta otra cosa será precisamente el
ciclo de las novelas prehistóricas.
1892
En La Revue Hebdomadaire aparece Vamireh, la primera obra
prehistórica de R.A. El libro es publicado en volumen en Kolb. Será reimpreso
en 1902 por Plon. R.A. firma su primera traducción literaria, Le Scarabée d'or,
de Edgar Allan Poe (Dentu).
1896
El matrimonio de R.A. es un fracaso que termina en
divorcio. El matrimonio que se deshace tiene cuatro hijos. «Casada demasiado
joven, la pequeña inglesa no estaba preparada en absoluto para mantener el
papel que debía ser el suyo. La personalidad poderosa del hombre con el que se
había casado la espantaba. No le entendió jamás, y no supo adaptarse a él. Ese
matrimonio, y las pesadas cargas que de él se derivaban, influyeron en J.H.
Rosny Ainé.
Hay que encontrar ahí la causa de la desigualdad y la
abundancia de su producción, que desconciertan a sus admiradores más
convencidos. Con amargura, él mismo calificaba de alimentarias a algunas de sus
obras.» (Robert Borel-Rosny, Pour le 25 anniversaire de sa mortJ.H. Rosny Ainé,
París, Les Annales, marzo de 1965, p. 47.). En Mon Franc Parler, cuarta serie,
Francois Coppée se inclina por la obra novelesca de R.A.
R.A. firma con el nombre de Enacryos un libro titulado La
Flute de Pan. Otras obras, Amour étrusque y Les Femmes de Setné, aparecerán
también con la misma firma «antigua». El 1 de febrero, el Teatro Nacional del
Odeón representa por primera vez una pieza en tres cuadros de R. A., La
Promesse. R.A. es nombrado caballero de la Legión de Honor.
1900
R.A. vuelve a casarse con Marie Borel.
1902
R.A. tradujo Pablo de Segovie el gran tacaño, de Francisco
de Quevedo. La obra es ilustrada con 120 dibujos de Daniel Vierge y contiene un
estudio sobre este admirable artista del libro realizado por Roger Marx.
1903
M. León Prunol de Rosny, un orientalista, persigue
judicialmente a los hermanos Rosny, pretextando un uso abusivo de su
patronímico como seudónimo literario. Hace valer el riesgo evidente de
confusión aportando como prueba una carta que le ha dirigido León Tolstói,
concebida en estos términos: «¿No es usted uno de los hermanos Rosny, los
autores de Bilatéral? Si es así, mi estima se transformaría en admiración».
Esta queja levanta protestas en el mundo de las letras. El tribunal da la razón
a los escritores. Prunol de Rosny apela, pero la Primera Cámara confirma la
sentencia precedente.
R.A. participa en la primera sesión de la Academia
Goncourt, a la que algunos llaman entonces «la sociedad literaria de los
Goncourt».
Incluye, además de los dos hermanos Rosny, a Léon Daudet,
Jons-Karl Huysmans, Octave Mirbeau, Léon Hennique, Paul Marguenitte, Gustave
Geffroy, Elémir Bourges y Lucien Descaves. El 21 de diciembre se concede el
Primer Premio Goncourt a Jean-Antoine Nau por Force ennemie, que es,
sorprendentemente, una novela de anticipación.
1905
R.A. escribe un prefacio para Les Chevaliers teutoniques,
de Henryk Sienkiewicz, que traducen del polaco el conde Wodzincki y B.
Kosakiewicz (Fasquelle). Es promovido al cargo de oficial de la Legión de
Honor.
1907
Georges Casella publica la primera monografía consagrada a
R.A. en la colección «Las Celebridades de hoy en día», en la editorial Sansot,
en París. La obra, de 63 páginas, sintetiza bastante bien las diversas formas
del autor. Por su parte, en La Grande Revue (1 y 16 de marzo de 1907), M.-C.
Poinsot publica sobre él un importante estudio. Los dos hermanos Rosny deciden
poner fin a su colaboración literaria.
«No colabora con su hermano: se yuxtaponen. Su hermano
terminaba un libro que había comenzado el mayor, y recíprocamente. Es a base de
fraternidad, digo yo. Pero también de concordancia. Mi hermano tiene menos
palabras que yo a su disposición, pero pensamos lo mismo.» (Jules Renard,
Journal inédit. Paris, Bernouard, 1927, p. 1422.).
A partir de ese momento, los dos hermanos firmarán
respectivamente como J-H Rosny Ainé y J-H Rosny Jeune. Este último no escribirá
apenas obras interesantes firmándolas él solo.
Los Goncourt participan en una de las sesiones más
apasionadas para la atribución de su premio anual. Tras once turnos de
escrutinio, Marc Elder gana el premio con Le Peuple de la mer, en detrimento de
dos famosos outsiders, Alain-Fournier y Valery Larbaud. Su fallo hará las
delicias de los cronistas.
1914
En el alba de la Primera Guerra Mundial, R. A. recibe la
corbata de comandante de la Legión de Honor.
1919
En la Academia Goncourt, R. A. es uno de los más vivos
partidarios de Marcel Proust, quien obtiene el Premio por A sombre des jeunes
filíes en fieurs. «Es alguien que escucha, su inteligencia es amplia, e incluye
zonas variadas. En general, los hombres de letras, incluso los mejor dotados,
no tienen muchas zonas. Su inteligencia, que puede ser muy viva, está
acantonada; la mayor parte de las zonas no son sino tinieblas. Proust está
ávido de conocer, se extiende, viaja en el tiempo y el espacio, se encamina hacia
la metafísica y rodea la ciencia. Parece interesarse por lo que yo llamo el
cuarto universo, interroga, desarrolla, sugiere particularidades interesantes.»
(Une soirée chez Proust. En Portraits el souvenirs, de R. A., Paris, Compagnie
Francaise des Arts Graphiques, 1945, p. 78.)
1924
La Revue mondiale se cuestiona la oportunidad de un
Ministerio de las Letras. R. A., respondiendo a una encuesta de Gaston Picard,
dice lo siguiente: «No quiero oír hablar de un Ministerio de las Letras, no
deseo que se fomenten las letras. Por tanto, si fuera ministro, el primer
decreto sería éste: se suprime el Ministerio de las Letras. ¡Un Ministerio de
las Letras! Chupatintas, políticos, emboscados de las letras, estafadores.
¡Nada que esperar del Estado... nada!» .
1925
R.A. es puesto en escena en una curiosa novela de Maurice
Renard y Albert Jean, Le Sin ge (Cres). Aparece en el capítulo III, «donde un
gran hombre dice cosas pequeñas, porque son los autores quienes le hacen
hablar». Maurice Renard y Albert Jean evocan allí L'Enigme de Givreuse, un
relato fantástico de R. A. sobre el tema del desdoblamiento, aparecido en 1917
(Flammarion).
1926
Tras la muerte de Gustave Geffroy, R. A. es elegido
presidente de la Academia Goncourt, a la que pertenecen entonces Léon Daudet,
J.H. Rosny Jeune, Léon Hennique, Jean Ajalbert, Georges Courteline, Lucien
Descaves, Gaston Chérau, Raoul Ponchon y Pol Neveux.
Fallecimiento de la señora Boéx, madre de R.A., a los 98
años de edad.
1928
R.A. es el padrino de la Nouvelle Société Scientifique de
Recherches, para la elaboración de los cohetes destinados a los futuros viajes
interplanetarios, fundada por Robert Esnaul-Pelterie. Entre los miembros figura
el físico Jean-Baptiste Perrin, Premio Nobel de 1926. En lenguaje común se dará
a la sociedad el nombre de «Astronautique».
1930
En la revista Lectures pour bus, en donde había aparecido
en 1918, en forma de folletín, Le Félin géant, R. A. publica el más corto de
sus textos prehistóricos: La Grande Enigme (agosto de 1920, pp. 1464 a 1467).
Con Helgvordu Fleuve Bleu (Société des
CentrauxBibliophiles), R.A. termina, a los 74 años de edad, el ciclo de novelas
prehistóricas. El libro aparecerá en traducción inglesa en la importante
revista Argosy.
1933
Dans les rues, novela de R.A. aparecida en 1913 en
Fasquelle, es llevada a la pantalla por el cineasta Victor Tribas, contando,
entre los principales intérpretes, con Jean-Pierre Aumont, Madeleine Ozeray,
Paulette Dubost y Víadimir Sokolov.
1936
R.A. es nombrado gran oficial de la Legión de Honor. Por
sus 80 años, es festejado por la Société des Gens de Lettres y recibe un
homenaje en la Sorbona.
La Revue Belge, dirigida por Pierre Goemaere, propone en
su número del 12 de junio un homenaje a R.A., con textos de René Benjamin, Paul
Reboux, Pol Ne-veux, Robert Borel-Rosny y el propio Pierre Goemaere, cuyo libro
Les Pélerins du soleil (1927) es uno de los raros relatos prehistóricos
escritos «a lo Rosny Ainé».
«He tenido siempre la impresión de que Rosny Ainé era un
personaje difícil de situar en el espacio y en el tiempo. Por la vista que
tiene para el infinito, por su piel que parece eterna, por la menor de sus
frases, por la que pasan animales y nubes, por el sentido que tiene de la
muerte y lo implacable, me ayuda a representarme la Prehistoria...» (René
Benjamin.) «A Théodore Duret. Este viaje a la lejana prehistoria, a los tiempos
en los que el hombre no formaba todavía ninguna figura ni en la piedra ni en el
cuerno, hace posiblemente cien mil años. Su admirador y amigo, J.H. ROSNY AINÉ»
1939
Jubilado en Selles-sur-Cher, R.A. se entera de que Francia
ha sido movilizada. En diciembre, regresa a Paris para participar en las
votaciones de la Academia Goncourt. El Premio es concedido a Enfants gates, de
Philippe Hériat.
1940
El 11 de febrero, en su domicilio parisino de la calle de
Rennes, R. A. enferma de una congestión pulmonar. Muere el 15 de febrero, a dos
días de su ochenta y cuatro cumpleaños. Justin morirá en Ploubazlanec, el 16 de
junio de 1948. Pierre Champion sucedió a R.A. en la Academia Goncourt.
JEAN-BAPTISTE BARONIAN
PRIMERA PARTE
I.- La muerte del fuego.
Los Oulhamr huían en la noche espantosa. Locos por el
sufrimiento y la fatiga, todo les parecía vano ante la calamidad suprema: el
fuego había muerto. Desde los orígenes de la horda, lo habían mantenido en tres
jaulas; cuatro mujeres y dos guerreros lo alimentaban noche y día.
En los tiempos más negros, recibía la sustancia que le
permitía vivir; al abrigo de la lluvia, de las tempestades, de la inundación,
había franqueado ríos y pantanos, sin dejar de azulear por las mañanas y
ensangrentarse por las noches. Su rostro poderoso alejaba al león negro y al
león amarillo, al oso de las cavernas y al oso gris, al mamut, al tigre y al
leopardo; sus rojos dientes protegían al hombre frente al vasto mundo.
Toda alegría vivía junto a él. De las carnes sacaba un
olor sabroso, endurecía la punta de los venablos, hacia estallar la piedra
dura; los miembros de la horda conseguían sacar de él una dulzura que estaba
llena de fuerza; en los bosques trémulos, en la sabana interminable y en el
fondo de las cavernas, él era la tranquilidad de la horda. Era el padre, el
guardián, el salvador, aunque, sin embargo, feroz, más terrible que los mamuts,
cuando huía de la jaula y devoraba los árboles.
¡Y había muerto! El enemigo había destruido dos de las
jaulas; en la tercera, durante la huida, lo habían visto fallecer, palidecer y
decrecer. Siendo tan débil no podía morder en las hierbas de los cenagales,
palpitaba como un animal enfermo. Al final, fue como un insecto rojizo que el
viento asesinaba a cada soplo... Se había desvanecido... y los Oulhamr huían
despojados en la noche otoñal. No había estrellas. El pesado cielo rozaba las
pesadas aguas; las plantas extendían sus fibras frías; podía oírse el chapoteo
de los reptiles; hombres, mujeres y niños se sumergían invisibles. Mientras les
era posible, orientados por la voz de los guías, los Oulhamr seguían una línea
de tierra más alta y más dura, a veces vadeándola, otras veces de islote en
islote. Tres generaciones habían recorrido ya ese camino, pero hubieran
necesitado la luz de los astros. Al amanecer, se acercaron a la sabana.
Entre las nubes de yeso y de esquisto se filtraba una luz
fría. El viento giraba en torbellinos sobre aguas tan densas como el betún; las
algas se hinchaban como pústulas; los saurios, embotados, rodaban entre las
ninfeas y las sagitarias. Una garza se elevó sobre un árbol de ceniza y surgió
la sabana con sus plantas temblorosas, bajo un vapor rojizo, extendiéndose
hasta el horizonte. Los hombres, no tan reventados, se alzaron y, franqueando
los cañaverales, pisaron la hierba y la tierra dura.
Entonces, cuando desapareció la fiebre de la muerte,
muchos se asemejaron a animales inertes: se dejaron caer en el suelo y se
hundieron en el reposo. Las mujeres resistían mejor que los hombres; las que
habían perdido a sus hijos en el pantano aullaban como lobas; todas sentían de
una manera siniestra la decadencia de la raza y el horrible futuro; algunas,
que habían salvado a sus hijos, los alzaban hacia las nubes.
Faouhm, con la nueva luz, numeró a su tribu ayudándose de
los dedos y de ramas. Cada rama representaba los dedos de las dos manos. No
sabía contar bien; sin embargo, comprendió que tenía cuatro ramas de guerreros,
más seis ramas de mujeres, unas tres ramas de niños y algunos ancianos.
Y el viejo Goun, que contaba mejor que todos los demás
hombres, dijo que no quedaba un hombre de cada cinco, una mujer de cada tres y
un niño de cada rama. Entonces fue cuando los que estaban despiertos
comprendieron la inmensidad del desastre. Supieron que su descendencia estaba
amenazada en su origen, y que las fuerzas del mundo se habían vuelto más
formidables: tendrían que vagar, desnudos y débiles, sobre la tierra.
A pesar de su fuerza, Faouhm desesperó. No confiaba ya ni
en su estatura ni en sus brazos enormes; su rostro grande, en el que se
aglomeraban los duros pelos, sus ojos, amarillos como los de los leopardos,
mostraban una terrible fatiga, pensó en las heridas que le habían hecho la
lanza y la flecha enemigas; bebió a intervalos la sangre que le brotaba todavía
del antebrazo.
Como todos los vencidos, recordó el momento en el que
había estado a punto de vencer. Los Oulhamr se precipitaban a la carnicería;
él, Faouhm, aplastaba las cabezas bajo su maza. Iban a aniquilar a los hombres,
a raptar a las mujeres, a eliminar el fuego enemigo, para cazar en sabanas
nuevas y bosques abundantes. ¿Qué hálito había pasado? ¿Por qué los Oulhamr
habían caído en el espanto, por qué eran sus huesos los que crujían, sus
vientres los que vomitaban las entrañas, sus pechos los que aullaban de agonía,
mientras el enemigo, invadiendo el campo, derribaba los fuegos sagrados?
Eso era lo que el alma de Faouhm, espesa y lenta, se
preguntaba. Se agarraba a ese recuerdo como la hiena lo hace a su carroña. No
quería sentirse rebajado, no se daba cuenta de que tenía menos energía, menos
valor y ferocidad.
La luz se elevó en toda su fuerza. Se extendía sobre el
pantano, entraba en el barro y secaba la sabana. En ésta, y en la carne fresca
de las plantas, estaba la alegría de la mañana. El agua parecía más ligera,
menos pérfida y turbulenta. Agitaba rostros plateados entre las islas
verde-grisáceas; lanzaba largos escalofríos de malaquita y de perlas, dejaba al
descubierto los azufres pálidos, las micas escamosas, y su olor era más suave a
través de los sauces y los alisos. Según fuera el juego de las adaptaciones y
las circunstancias, triunfaban las algas, o chispeaban las azucenas de los
estanques o el nenúfar amarillo, surgían las llamas del agua, los euforbios
palustres, las lisimaquias, las sagitarias, se veían golfos de ranúnculos con
hojas de acónito, meandros de telefios pilosos, de linos silvestres, de
epilobios rosados, cardamomos amargos, de dróseras, selvas de cañas y mimbres
entre las que pululaban las pulgas de agua, los chorlitos negros, las cercetas,
los chorlitos reales, las avefrías de reflejos de jade, la pesada avutarda o
las fúlicas de largos dedos. Las garzas acechaban al borde de las calas
rojizas; las grullas retozaban y chasqueaban sobre un promontorio; el lucio
dentado se lanzaba sobre las tencas, y las últimas libélulas huían dejando trazos
de fuego verde en zigzags de lapislázuli.
Faouhm pensó en la tribu. El desastre había caído sobre
ésta como una camada de reptiles: de color amarillo limón, escarlata por la
sangre, verde de algas, lanzaba un olor a fiebre y carne podrida. Había hombres
envueltos sobre sí mismos como pitones, otros estirados como saurios, y algunos
que agonizaban atacados por la muerte. Las heridas se volvían negruzcas,
espantosas en los vientres, y más todavía en la cabeza, donde se ensanchaban
por la esponja rojiza de los cabellos. Pero casi todos curarían, pues los que
estaban malheridos habían sucumbido ya en la otra orilla o perecido en las
aguas.
Apartando la vista de los dormidos, Faouhm se fijó en
aquellos que sentían más amargamente la derrota que la fatiga. Muchos mostraban
la hermosa estructura corporal de los Oulhamr. Tenían el rostro pesado, el
cráneo bajo, las mandíbulas violentas, su piel era amarillenta, no negra; casi
todos tenían vello en el rostro y en los miembros. La sutileza de sus sentidos
incluía al olfato, que competía con el de los animales. Tenían ojos grandes,
feroces a menudo, a veces despavoridos, cuya belleza resultaba viva en los
niños y en algunas jóvenes. Aunque por su tipo se acercaban a nuestras razas
inferiores, toda comparación era ilusoria; las tribus paleolíticas vivían en
una atmósfera profunda; su carne ocultaba una juventud que no volverá a
existir, flor de una vida cuya energía y vehemencia sólo podemos imaginar
imperfectamente.
Faouhm levantó los brazos hacia el sol y gritó con un
largo aullido:
-¿Qué harán los Oulhamr sin el fuego? ¿Cómo vivirán en la
sabana y en el bosque, quién les defenderá contra las tinieblas y el viento del
invierno? Tendrán que comer la carne cruda, y amargas las plantas; ya no podrán
calentarse los miembros; la punta del venablo no se endurecerá. El león, la
bestia de dientes desgarradores, el oso, el tigre y la gran hiena los devorarán
vivos durante la noche. ¿Quién recuperará el fuego? El que lo haga será el
hermano de Faouhm; tendrá tres partes de la caza, cuatro partes del botín;
recibirá a Gammla, hija de mi hermana, y, si muero yo, tomará el bastón de
mando.
Entonces se levantó Naoh, hijo del Leopardo, y dijo:
-Dame dos guerreros de piernas rápidas e iré a tomar el
fuego de los hijos del Mamut o de los devoradores de hombres, quienes cazan
junto a las orillas del Río Doble.
Faouhm no le contempló favorablemente. Por su estatura,
Naoh era el más grande de los Oulhamr. Y sus hombros seguían creciendo. No
había un guerrero tan ágil como él, ni ninguno cuya carrera fuera más potente.
Podía derribar a Mouh, el hijo del Uro, cuya fuerza se aproximaba a la de
Faouhm, y éste le temía. Le encargaba las tareas más repugnantes, lo alejaba de
la tribu y lo exponía a situaciones mortales.
Naoh no amaba a su jefe; pero se exaltaba ante la visión
de Gammla, alta, flexible y misteriosa, cuyos cabellos eran como hojas. Naoh la
espiaba entre los mimbres, desde detrás de los árboles o en los repliegues de
la tierra, con la piel cálida y las manos vibrantes. Según el momento, se
sentía agitado por la ternura o por la cólera. A veces abría los brazos para
acogerla lentamente con suavidad, otras veces pensaba precipitarse sobre ella,
tal como se hace con las hijas de los enemigos, para arrojarla al suelo de un
mazazo. Pero no quería ningún mal para ella: si la tuviera como mujer, la
trataría sin rudeza, pues no le gustaba ver crecer en los rostros ese temor que
los vuelve extraños.
En otra ocasión, Faouhm habría acogido mal las palabras de
Naoh. Pero se doblegó ante el desastre. Quizá fuera buena la alianza con el
hijo del Leopardo; si no, sabría cómo hacerle morir. Por eso, volviéndose hacia
el joven, le dijo:
-Faouhm sólo tiene una palabra. Si traes el fuego, tendrás
a Gammla, sin pagar ningún precio a cambio. Serás el hijo de Faouhm.
Habló con la mano alzada, con una mezcla de lentitud,
rudeza y desprecio. Después hizo una señal a Gammla. Esta se adelantó
temblorosa, levantando sus ojos variables, llenos con el fuego húmedo de los
ríos. Sabía que Naoh la espiaba entre las hierbas y en las tinieblas: cuando
aparecía más allá de las hierbas, como si fuera a lanzarse sobre ella, le
temía; pero a veces su imagen no le era desagradable; deseaba al mismo tiempo
que pereciera bajo los golpes de los devoradores de hombres y trajera el fuego.
La mano ruda de Faouhm cayó sobre el hombro de la joven;
en su orgullo salvaje, gritó:
-¿Quién es la que está mejor formada entre las hijas de
los hombres? Puede llevar una cierva sobre los hombros, caminar sin desfallecer
desde el sol de la mañana hasta el sol de la noche, soportar el hambre y la
sed. Preparar la piel de los animales, atravesar un lago a nado; ella dará
hijos indestructibles. ¡Si Naoh trae el fuego, la tomará sin dar a cambio
hachas, cuernos, conchas ni pieles...!
Entonces Aghoo, el hijo del Auroc, el más velludo de los
Oulhamr, se adelantó lleno de codicia:
-Aghoo quiere conquistar el fuego. Irá con sus hermanos a
acechar a los enemigos que están más allá del río. Y morirá por el hacha, la
lanza, el diente del tigre o la garra del león gigante, o bien traerá a los
Oulhamr el fuego, sin el cual son débiles como ciervos o saigas.
En su rostro sólo se veía una boca rodeada de carne cruda
y ojos homicidas. Su baja estatura hacía que sus brazos parecieran más largos y
sus hombros más enormes; todo su ser expresaba un poder áspero, infatigable e
implacable. Nadie sabía hasta dónde llegaba su fuerza, no la había ejercido ni
contra Faouhm, ni contra Mouh, ni contra Naoh.
Pero se sabía que era enorme. No la ponía a prueba en ninguna
lucha pacífica: todos los que se habían alzado en su camino habían sucumbido, y
o bien les había mutilado uno de los miembros o bien los había matado para unir
el cráneo a sus trofeos. Vivía lejos de los otros Oulhamr, con sus hermanos,
velludos como él, y muchas mujeres reducidas a una servidumbre espantosa.
Aunque los Oulhamr practicaban de una manera natural la dureza hacia sí mismos
y la ferocidad hacia los otros, temían en los hijos del Auroc el exceso de esas
virtudes. Causaban una reprobación oscura, primera alianza de la multitud
frente a la inseguridad excesiva.
Alrededor de Naoh se apretaba un grupo, pues aunque la
mayor parte le reprochaba su escasa dureza en la venganza, ese fallo, al
encontrarse en un guerrero temible, complacía a aquellos que no habían heredado
unos músculos gruesos ni unos miembros veloces.
Faouhm no detestaba a Aghoo menos que al hijo del
Leopardo; pero le temía más. La fuerza velluda y encubierta de los hermanos
parecía invulnerable. Si uno de los tres quería la muerte de un hombre, los
tres la querían; quien les declarara la guerra debía perecer o exterminarlos.
El jefe buscaba su alianza; pero ellos se apartaban,
encerrados en su desconfianza, incapaces de creer en la palabra o en los actos
de los demás, enojados por la benevolencia, no siendo capaces de entender otra
lisonja que el terror. Sin embargo, Faouhm, aunque también era desafiante e
implacable, tenía las cualidades de un jefe: incluían la indulgencia hacia sus
partidarios, la necesidad de la alabanza, una cierta sociabilidad, aunque
estrecha, rara, exclusiva, tenaz.
Respondió con una deferencia brutal:
-Si el hijo del Auroc trae el fuego a los Oulhamr, tomará
a Gammla sin pagar por ello, será el segundo hombre de la tribu, y a él le
obedecerán todos los guerreros en ausencia del jefe.
Aghoo escuchó eso con una mirada brutal: volviendo su
rostro tupido hacia Gammla, la miró con deseo; la amenaza endureció sus ojos
redondos.
-La hija de la Ciénaga pertenecerá al hijo del Auroc; todo
hombre que ponga la mano sobre ella será destruido.
Esas palabras irritaron a Naoh. Aceptó la guerra
violentamente, y clamó
-¡Pertenecerá a aquel que traiga el fuego!
-¡Aghoo lo traerá!
Se miraron el uno al otro. Hasta ese día no había existido
entre ellos ningún motivo de lucha. Conscientes de su fuerza mutua, sin gustos
comunes ni rivalidad inmediata, ni se encontraban ni cazaban juntos. Pero el
discurso de Faouhm había creado el odio.
Aghoo, que hasta el día anterior apenas si miraba a Gammla
cuando ésta pasaba furtivamente por la sabana, sintió que su carne se
estremecía mientras Faouhm observaba a la joven. Acostumbrado a sus impulsos
súbitos, la quiso tan ásperamente como si la hubiera deseado hacía muchas
estaciones. A partir de ese momento condenó a todo rival; ni siquiera tuvo que
tomar una resolución; su resolución estaba en cada una de sus fibras.
Naoh lo sabía. Cogió el hacha con la mano izquierda y el
venablo con la derecha. Ante el desafío de Aghoo, sus hermanos surgieron en
silencio, solapados y formidables. Se le parecían extrañamente, aunque eran
todavía más amarillentos, con islotes de pelos rojizos, los ojos tornasolados,
como los élitros de los cárabos. Su flexibilidad era tan inquietante como su
fuerza.
Los tres, dispuestos a matar, contemplaban a Naoh. Pero se
elevó un rumor entre los guerreros. Incluso los que acusaban a Naoh por la
debilidad de su odio no querían que pereciera después de la destrucción de
tantos Oulhamr y cuando había prometido traer de nuevo el fuego.
Sabían que era rico en estratagemas, infatigable, hábil en
el arte de mantener la llama más pequeña y de conseguir que brotara de nuevo de
entre las cenizas: muchos creían también en su suerte.
En realidad, Aghoo también tenía la paciencia y la astucia
que permiten salir triunfante en toda empresa, y los Oulhamr se daban cuenta de
lo útil que era la doble tentativa. Se levantaron en tumulto; los partidarios
de Naoh, estimulándose unos a otros con clamores, se dispusieron en línea de
batalla.
Aunque desconocía el temor, el hijo del Auroc no
despreciaba la prudencia. Dejó para más tarde la querella. Goun, el de los
huesos secos, transmitió las ideas vagas de la muchedumbre.
-¿Es que los Oulhamr quieren desaparecer del mundo? Se
olvidan de que los enemigos y las aguas han destruido a tantos guerreros: de
cada cuatro, sólo uno queda ahora. Todos los que son capaces de llevar el
hacha, el venablo y la maza deben vivir. Naoh y Aghoo son fuertes entre los
hombres que cazan en el bosque y en la sabana: si muriera uno de ellos, los
Oulhamr se habrían debilitado más que si hubieran perecido otros cuatro... La
hija de la Ciénaga servirá a aquel que nos traiga el fuego; la horda quiere que
así sea.
-¡Que así sea! -Le apoyaron unas voces ásperas.
Y las mujeres, temibles por su número, por su fuerza casi
intacta y por la unanimidad de sus sentimientos, clamaron:
-¡Gammla pertenecerá al que arrebate el fuego!
Aghoo encogió sus hombros velludos. Despreciaba a la
muchedumbre, pero no le parecía útil desafiarla. Seguro de vencer a Naoh, se
reservó para mejor ocasión luchar con su rival y hacerlo desaparecer. Y su
pecho se hinchó de confianza.
II.- Los mamuts y los aurocs.
Al amanecer siguiente el viento fuerte soplaba en las
nubes, mientras que a ras de tierra y en el pantano el aire resultaba pesado,
oloroso y cálido. El cielo entero, vibrando como un lago, agitaba algas,
ninfeas y cañas pálidas. La aurora lo colmó con sus espumas. Creció, se
desbordó en lagunas de color de azufre, en golfos de berilo, en ríos de nácar
rosado.
Vueltos hacia ese fuego inmenso, los Oulhamr sentían en el
fondo de su alma que crecía algo parecido a un culto, eso mismo que hinchaba
también las pequeñas cornamusas de los pájaros en la hierba de la sabana y los
mimbres del pantano. Pero los heridos gimieron por la sed; un guerrero muerto
extendía sus miembros azules: un animal nocturno le había comido la cara.
Goun balbuceó unas quejas vagas, casi rítmicas, y Faouhm
mandó que arrojaran el cadáver a las aguas. Después, la atención de la tribu se
concentró en los que iban a buscar el fuego, Aghoo y Naoh, dispuestos ya a
partir. Los velludos llevaban con ellos la maza, el hacha, el venablo, la
azagaya de punta de sílex o de nefrito. Naoh, que contaba más con la astucia
que con la fuerza, en lugar de guerreros robustos había preferido a dos hombres
jóvenes, ágiles y capaces de correr mucho tiempo. Cada uno de ellos llevaba un
hacha, el venablo y las azagayas. Naoh llevaba además la maza de roble, una
rama apenas desbastada y endurecida al fuego. Prefería esa arma a cualquier
otra cosa, y se enfrentaba con ella incluso a los grandes carnívoros.
Faouhm se dirigió primero al Auroc:
-Aghoo ha llegado junto a la luz antes que el hijo del
Leopardo. Él elegirá el camino. Si va hacia los Dos Ríos, Naoh rodeará los
pantanos dirigiéndose hacia el sol poniente... Y si él va hacia los pantanos,
Naoh se dirigirá hacia los Dos Ríos.
-¡Aghoo no conoce todavía su camino! -protestó el
velludo-. Busca el fuego; puede ir por la mañana hacia el río, y por la noche
hacia el pantano. ¿Acaso el cazador que persigue al jabalí sabe dónde lo
matará?
-Aghoo cambiará de camino más tarde -intervino Goun,
reteniendo los murmullos de la horda-. No puede partir a la vez hacia el sol
poniente y hacia los Dos Ríos. ¡Que él elija!
En su alma oscura, el hijo del Auroc se dio cuenta de que
se había equivocado no por oponerse al jefe, sino por despertar la desconfianza
de Naoh. Volviendo su mirada de lobo hacia la multitud, gritó:
-¡Aghoo partirá hacia el sol poniente!
Y haciendo un signo brusco a sus hermanos, se puso en
camino a lo largo del pantano. Naoh no se decidió tan rápidamente. Todavía
deseaba sentir en sus ojos la imagen de Gammla. Esta se encontraba de pie bajo
un fresno, detrás del grupo del jefe, de Goun y de los ancianos. Naoh avanzó;
la vio inmóvil y con el rostro vuelto hacia la sabana.
Había puesto en su cabellera flores sagitarias y una
ninfea del color de la luna; de su piel parecía brotar un resplandor más vivo
que el de los ríos y el de la carne verde de los árboles.
Naoh respiró el olor de la vida, el deseo inquieto e
inagotable, el ansia temible que rehace a los animales y las plantas. Su
corazón se hinchó tanto que lo sofocaba, lleno de ternura y de cólera; todos
los que le separaban de Gammla parecían tan detestables como el hijo del Mamut
o los devoradores de hombres.
Levantó el brazo, armado con el hacha, y dijo:
-Hija de la Ciénaga, Naoh no regresará, desaparecerá en la
tierra, las aguas o el vientre de las hienas, o traerá el fuego a los Oulhamr.
Y le traerá a Gammla conchas, piedras azuladas, dientes de leopardo y cuernos
de aurocs.
Al escuchar esas palabras, ella dejó caer sobre el
guerrero una mirada en la que palpitaba la alegría de los niños. Pero Faouhm
intervino, agitándose por la impaciencia:
-Los hijos del Auroc han desaparecido tras los álamos.
Entonces Naoh se dirigió hacia el sur. Naoh, Gaw y Nam
marcharon todo el día por la sabana. Esta tenía aún toda su fuerza: las hierbas
seguían a las hierbas lo mismo que las olas se siguen en el mar. Se encorvaba
bajo la brisa, crujía bajo el sol, sembraba en el espacio el alma innumerable
de los perfumes; era amenazadora y fecunda, monótona en su volumen, variada en
su detalle, y producía tanto animales como flores, tanto huevos como simientes.
Entre los bosques de gramíneas, las islas de retama, las
penínsulas de brezos, se deslizaban el llantén, las milenramas, las salvias,
los ranúnculos, las aquileas, las silenes y los cardos. A veces, la tierra
desnuda vivía la vida lenta del mineral, la superficie primordial en la que la
planta no había podido fijar sus columnas infatigables. Después, reaparecían
las malvas y las gavanzas, las centaureas, el trébol rojo o los matorrales
estrellados.
Se elevaba en una colina, se hundía en un valle; había una
ciénaga estancada, en la que pululaban insectos y reptiles; alguna roca
errática elevaba su perfil mastodóntico; se veía pasar por allí a los
antílopes, las liebres, las aigas, surgir a los lobos o los perros, elevarse a
las avutardas o las perdices, planear a las palomas torcaces, las grullas y los
cuervos; los caballos, los hemiones y los alces galopaban en manadas.
Un oso gris, con gestos de un simio grande y de
rinoceronte, más fuerte que el tigre y casi tan temible como el león gigante,
caminó sobre la tierra verde; en el horizonte aparecieron unos aurocs.
Por la noche, Naoh, Nam y Gaw acamparon al pie de un
terraplén; no habían franqueado todavía la décima parte de la sabana, y sólo
veían las olas rompientes de la hierba. La tierra era plana, uniforme y
melancólica, todos los aspectos del mundo se hacían y deshacían en las vastas
vistas del crepúsculo. Ante sus fuegos innumerables, Naoh soñaba en la pequeña
llama que iba a conquistar. Parecía que no tendría más que subir una colina y
extender una rama de pino para captar una chispa de las brasas que consumían el
occidente.
Las nubes se ennegrecieron. Un abismo púrpura permaneció
mucho tiempo en el fondo del espacio, mientras las piedras pequeñas y
brillantes de las estrellas surgían una tras otra, y sopló el aliento de la
noche. Naoh, acostumbrado a las hogueras de los días anteriores, que como una
barrera clara se oponían al mar de tinieblas, sintió su debilidad.
Podía aparecer el oso gris, o el leopardo, el tigre, el
león, aunque normalmente no penetraban en la sabana, una manada de aurocs
acabaría, bajo su oleada, con la frágil carne humana; el número daba a los
lobos el poder de las grandes fieras, y el hambre los armaba de valor.
Los guerreros se alimentaron de carne cruda. Fue una
comida penosa; les gustaba el perfume de las carnes asadas. Después, Naoh hizo
la primera guardia. Todo su ser aspiraba la noche. Era una forma maravillosa,
donde penetraban las cosas sutiles del universo: con su vista captaba las
fosforescencias, las formas claras, los desplazamientos de las formas y
ascendía entre los astros; con su oído captaba la voz de la brisa, el crujido
de los vegetales, el vuelo de los insectos y las aves rapaces, el paso y el arrastrarse
de las bestias; distinguía a lo lejos el grito del chacal, la risa de la hiena,
el aullido de los lobos, el chillido del quebrantahuesos, el chirrido de las
langostas; con el olfato, penetraba en el aliento de la flor amorosa, el alegre
aroma de las hierbas, el olor fuerte de las fieras, el olor almizclado o débil
de los reptiles. Su piel temblaba con mil variaciones de frío y de calor, de
humedad y sequedad, con todos los matices de la brisa. De esa manera vivía lo
que llenaba el espacio y la duración.
Pero esa vida no era gratuita, sino dura y llena de
amenazas. Todo lo que la creaba podía destruirla; sólo persistiría gracias a la
vigilancia, la fuerza, la astucia, un combate infatigable contra las cosas.
Naoh espiaba en las tinieblas los colmillos que cortan,
las zarpas que desgarran, la mirada de fuego de los comedores de carne. Muchos
veían en los hombres a animales poderosos, y no se retrasaban. Vio a hienas con
mandíbulas más terribles que las de los leones: pero no les gustaba la batalla
y preferían la carne ya muerta. Pasó un grupo de lobos, y se retrasaron:
conocían el poder que les daba su número y se sabían casi tan fuertes como los
Oulhamr. Pero su hambre no era excesiva y siguieron el rastro de unos
antílopes. Pasaron perros, comparables a los lobos; aullaron mucho tiempo
alrededor del terraplén. A veces amenazaban, otras veces uno u otro se acercaba
con paso solapado. Pero no atacaban de buen grado al animal vertical.
Antaño acampaban en gran número cerca de la horda;
devoraban los desperdicios y participaban en las cacerías. Goun había hecho
alianza con dos perros, a los que les dejaba las entrañas y los huesos. Habían
perecido en un combate contra el jabalí; la alianza con los otros se hizo
imposible, pues Faouhm, cuando tomó el mando, ordenó una gran matanza.
Pero esa alianza atraía a Naoh; sentía que había en ella
una fuerza nueva, mayor seguridad y más poder. Pero en la sabana, sólo con dos
guerreros, pensaba sobre todo en el peligro. Se hubiera sentido tentado si los
animales hubieran sido pocos, pero no con un tropel.
Sin embargo, los perros cerraron el círculo; sus ladridos
se hacían raros y sus alientos viles. Naoh se conmovió. Tomó un puñado de
tierra y lo lanzó sobre los más audaces, gritando:
-¡Tenemos venablos y mazas que pueden destruir al oso, al
auroc y al león!
El perro, alcanzado en el hocico y sorprendido por las
inflexiones de las palabras, escapó. Los otros se llamaron entre sí y
parecieron deliberar. Naoh lanzó un nuevo puñado de tierra:
-¡Sois demasiados débiles para combatir a los Oulhamr! Id
a buscar a las saigas y a destruir a los lobos. El perro que se acerque verá
extendidas sus entrañas.
Despertados por la voz del jefe, Nam y Gaw se levantaron;
esas nuevas siluetas determinaron la retirada de los animales.
Naoh avanzó siete días evitando las emboscadas del mundo.
Aumentaban a medida que se acercaban al bosque. Aunque éste se hallaba todavía
a varias jornadas, se anunciaba por los islotes de árboles y por la aparición
de las grandes fieras; los Oulhamr vieron al tigre ya la gran pantera. Las
noches se volvieron penosas. Mucho antes de llegar el crepúsculo, trabajaban
para rodearse de obstáculos; buscaban los huecos de los terraplenes, las rocas,
las espesuras; huían de los árboles.
En los días octavo y noveno sufrieron la sed. La tierra no
ofrecía ni fuentes ni lagunas; el desierto de hierbas palidecía; los reptiles
secos brillaban entre las piedras; los insectos extendían por el aire un
pálpito inquietante: volaban en espirales de cuero, de jade y de nácar; caían
sobre la piel de los guerreros clavándoles sus agudas trompas.
Cuando la sombra del noveno día se hizo larga, la tierra
se volvió fresca y suave, y un olor de agua descendió de las colinas, y
apareció un rebaño de aurocs que marchaba hacia el sur. En ese momento, Naoh
les dijo a sus compañeros:
-¡Beberemos antes de que se ponga el sol!... Los aurocs
van al abrevadero.
Nam, hijo del Álamo, y Gaw, hijo de la Saiga, levantaron
sus cuerpos secos. Eran unos hombres ágiles, pero indecisos. Necesitaban que se
les insuflara valor, resignación, resistencia al dolor, confianza. A cambio de
eso, ofrecían su docilidad, maleables como la arcilla, inclinados al
entusiasmo, dispuestos a olvidar el sufrimiento y degustar la alegría.
Y como al estar solos se desconcertaban pronto ante la
tierra y los animales, eran propensos a la unidad: por eso, Naoh veía en ellos
una prolongación de su propia energía. Las manos de estos hombres eran hábiles,
sus pies eran flexibles, sus ojos veían desde lejos, sus orejas eran finas.
Un jefe podía obtener de ellos servicios seguros; bastaba
con que conocieran cuál era la voluntad y el valor del jefe. Pero desde que
habían partido ligaron sus corazones a Naoh; él era la emanación de la raza, el
poder humano ante el misterio cruel del universo, el refugio que los abrigaría,
mientras ellos lanzaban el arpón o blandían el hacha.
Y a veces, cuando él caminaba ante ellos, en la ebriedad
de la mañana, gozosos por la estatura y el gran pecho de Naoh, temblaban con
una exaltación feroz pero casi tierna, con todo su instinto tendido hacia el
jefe lo mismo que el haya se extiende hacia la luz.
Naoh sentía esas cosas, aunque no las comprendiera, y se
acrecentaba con esos seres ligados a su suerte, formando una individualidad más
múltiple, más complicada, más segura de vencer y acabar con las emboscadas.
Unas sombras alargadas se separaban desde la base de los
árboles, las hierbas se atracaban con la savia abundante, y el sol, más
amarillento y más grande a medida que se deslizaba hacia el abismo, hacía que
la manada de aurocs reluciera como un río de aguas amarillentas.
Desaparecieron así las últimas dudas de Naoh: más allá de
la escotadura de las colinas, se sentía la proximidad del abrevadero; se lo
aseguraba su instinto, al igual que el gran número de animales furtivos que
seguían el camino de los aurocs. También los seguían Nam y Gaw, con las
ventanas de la nariz dilatadas por las emanaciones frescas.
-Hay que adelantar a los aurocs - dijo Naoh.
Pues temía que el abrevadero fuera estrecho y los animales
colosales obstruyeran las orillas. Los guerreros aceleraron la marcha con el
fin de llegar a la escotadura de las colinas antes que la manada.
Por causa de su número, por la prudencia de los toros
viejos y la dejadez de los jóvenes, los animales avanzaban con lentitud. Los
Oulhamr ganaban terreno. Otros animales seguían la misma táctica; se veía
desfilar a las saigas ligeras, los onagros, los muflones, los hemiones, y,
transversalmente, a un rebaño de caballos. Eran muchos los que franqueaban ya
el paso.
Naoh se adelantó mucho a los aurocs: podría beber sin
prisas. Cuando los hombres llegaron a la colina más alta, los aurocs habían
quedado mil codos atrás.
Nam y Gaw apresuraron todavía más la marcha; su sed se
avivaba, rodearon la colina y se metieron por el paso. Apareció el agua, la
madre creadora, más benefactora que el propio fuego, y menos cruel: era casi un
lago que se extendía al pie de una cadena rocosa, cortado por unas penínsulas,
nutrido por la derecha con las olas de un riachuelo, y que desaparecía por la
izquierda en un precipicio. Podía llegarse hasta allí por tres caminos: el
propio río, el paso que habían franqueado los Oulhamr, y otro paso que había
entre las rocas y una de las colinas; pero por los otros lugares se erguían las
murallas de basalto.
Los guerreros lanzaron exclamaciones al contemplar la capa
de agua. Anaranjada por el sol poniente, apaciguaba la sed de las frágiles
saigas, de los caballos pequeños y velludos, de los onagros de finas pezuñas,
los muflones de rostro barbudo, de algunas cabras tan furtivas como las hojas
al caer, de un viejo alce de cuya frente parecía salir un árbol.
El único que bebía sin temor era un jabalí brutal,
pendenciero y apenado. Los otros mantenían la movilidad de las orejas, las
pupilas saltonas, y hacían gestos continuos de huida, revelando con todo ello
la ley de la vida, la alerta infinita de los débiles.
De pronto, todas las orejas se alzaron y las cabezas
escrutaron lo desconocido. Fue algo rápido y seguro, aunque con cierta
apariencia de desorden: caballos, onagros, saigas, muflones, las cabras y el
alce huyeron por el paso de poniente, bajo la multitud de rayos escarlata. Tan
sólo se quedó el jabalí, con sus pequeños y sanguinolentos ojos moviéndose
entre las sedas de los párpados. Y aparecieron los lobos, de una raza grande,
lobos de bosque tanto como de sabana, altos sobre sus patas, de lengua sólida, ojos
próximos, y cuyas miradas amarillentas, en lugar de dispersarse como las de los
herbívoros, convergían hacia la presa. Naoh, Nam y Gaw mantenían preparados el
venablo y la azagaya al tiempo que el jabalí levantaba sus defensas ganchudas y
gruñía de una manera formidable. Con sus ojos astutos y sus hocicos
inteligentes midieron al enemigo: lo juzgaron temible y emprendieron la caza
hacia los que huían.
Con su partida se produjo una gran calma y los Oulhamr,
que habían terminado de beber, deliberaron. El crepúsculo estaba próximo, el
sol se ocultaba tras las rocas; era demasiado tarde para proseguir el camino:
¿dónde encontrar refugio?
-¡Los aurocs se aproximan! - dijo Naoh.
Pero en ese mismo momento volvió la cabeza hacia el paso
del oeste; los tres guerreros escucharon y después se agazaparon sobre el
suelo:
-¡Los que vienen por allí no son aurocs! - murmuró Gaw.
Y Naoh afirmó: -¡Son mamuts!
Examinaron presurosamente el lugar: el río surgía entre la
colina basáltica y una muralla de pórfido rojo por la que ascendía un saliente
lo bastante grande como para admitir el paso de una fiera grande. Los Oulhamr
lo escalaron.
Por la sima de la piedra, el agua se derramaba en la
sombra y la penumbra eternas; los árboles, abatidos por los desprendimientos o
caídos por su propio peso, se extendían horizontalmente sobre el abismo; otros
se elevaban desde las profundidades, delgados y de una longitud excesiva,
perdiendo toda su energía en permitir que brotara un ramillete de hojas en la
región de las luces pálidas; y todos, devorados por un musgo espeso como la
melena de los osos, estrangulados por las lianas, podridos por las setas,
desplegando la paciencia indestructible de los vencidos.
Nam fue el primero en ver una caverna. Baja, y poco
profunda, se hundía irregularmente. Los Oulhamr no penetraron en ella
inmediatamente; la observaron mucho tiempo con la mirada.
Finalmente, Naoh precedió a sus compañeros, encogiendo la
cabeza y ensanchando las ventanas de la nariz. Había allí osamentas con
fragmentos de piel, cuernos, trozos de cornamenta de alces y mandíbulas. Quien
allí bebía parecía un cazador poderoso y temible; Naoh respiraba continuamente
sus emanaciones:
-Es la caverna del oso gris -afirmó-... lleva vacía hace
más de una luna.
Nam y Gaw apenas conocían a ese animal formidable, pues
los Oulhamr vagabundeaban por regiones que acosaban el tigre, el león, los
aurocs, incluso el mamut, pero donde el oso gris era raro. Naoh lo había
conocido en el curso de lejanas expediciones; sabía de su ferocidad, ciega como
la del rinoceronte, de su fuerza casi igual a la del león gigante, de su valor
furioso e inagotable.
La caverna estaba abandonada, bien porque el oso había
renunciado a ella o bien porque se había apartado de allí durante unas semanas
o una estación, o bien porque había conocido la desgracia al otro lado del río.
Convencido de que el animal no regresaría aquella noche, Naoh decidió ocupar su
morada. Mientras lo declaraba así a sus compañeros, un rumor inmenso vibró a lo
largo de las rocas y de la orilla: ¡habían llegado los aurocs! Sus bramidos,
potentes como el rugido de los leones, producían todo tipo de ecos en aquel
extraño territorio.
Naoh se turbaba al escuchar el ruido de esos animales
colosales. Pues el hombre sí cazaba al uro y al auroc. Los toros alcanzaban un
tamaño, una fuerza y una agilidad que sus descendientes no conocerían ya; sus
pulmones se llenaban de un oxígeno más rico; sus facultades, si no más sutiles,
eran al menos más vivas y lúcidas; conocían la jerarquía que ocupaban, y no
temían a las grandes fieras más que cuando eran débiles, iban rezagados o se
aventuraban solitarios por la sabana.
Los tres Oulhamr salieron de la caverna. Ante el gran
espectáculo, sus pechos temblaron; sus corazones conocían el esplendor salvaje;
su mentalidad oscura podía captar, aunque sin saber expresarlo, sin
pensamientos, la belleza enérgica que retemblaba en el fondo de su propio ser;
presentían esa turbulencia trágica de la que saldría, después de siglos y
siglos, la poesía de los grandes bárbaros.
Apenas habían salido de la penumbra cuando se elevó otro
clamor que traspasó el primero lo mismo que un hacha traspasa la carne de una
cabra. Era un grito membranoso, menos grave y menos rítmico, más débil que el
grito de los aurocs; sin embargo anunciaba a la más fuerte de las criaturas que
vagaban en la faz de la tierra. En aquellos tiempos, el mamut era invencible.
Su estatura alejaba al león y al tigre; desanimaba al oso gris; el hombre
tardaría milenios en medirse con él, y sólo el rinoceronte, ciego y estúpido,
se atrevía a combatirle. Era ágil, rápido, infatigable, podía subir las
montañas, reflexionaba y tenía una memoria tenaz; tocaba y medía la materia con
su trompa, penetraba en la tierra con sus defensas enormes, conducía sus
expediciones con sabiduría y conocía su supremacía: la vida le era hermosa; su
sangre era muy roja, no podía dudarse de que su conciencia era más lúcida, y su
sentimiento de las cosas más sutil que en los elefantes envilecidos por la
prolongada victoria del hombre.
Sucedió que los jefes de los aurocs y los de los mamuts se
acercaron al mismo tiempo a las orillas del agua. Los mamuts, siguiendo su
costumbre, pretendieron pasar los primeros; esa norma no encontraba oposición
ni entre los uros ni entre los aurocs. Sin embargo, esos aurocs se irritaron,
pues estaban habituados a ver cómo cedían los otros herbívoros, e iban
conducidos por toros que conocían mal al mamut.
Los ocho toros tenían una cabeza gigantesca: el más grande
alcanzaba el volumen de un rinoceronte; su paciencia era corta y su sed
ardiente. Viendo que los mamuts querían pasar primero, lanzaron su largo grito
de guerra, con el hocico en alto y la garganta inflada como una cornamusa.
Los mamuts barritaron. Eran cinco machos viejos: sus
cuerpos eran como montículos, y las patas como árboles; tenían unas defensas
que medían diez codos, capaces de traspasar árboles; sus trompas parecían como
pitones negras; las cabezas eran como rocas; se movían bajo una piel gruesa
como la corteza de olmos viejos. Detrás venía la larga manada de color de
arcilla...
Sin embargo, fijando sus ojos pequeños y ágiles en los
toros, los mamuts viejos impedían el paso, pacíficos, imperturbables y
meditativos. Los ocho aurocs, de pupilas pesadas, de espaldas como montículos,
con la cabeza encrespada y velluda, los cuernos arqueados y divergentes,
sacudieron sus melenas gruesas, pesadas y cenagosas: en el fondo de su
instinto, percibían el poder de los enemigos; pero los rugidos de la manada les
llenaban de una vibración belicosa. El más fuerte, el jefe de jefes, bajó su frente
densa, con sus cuernos relucientes; se lanzó como un enorme proyectil y rebotó
contra el mamut más próximo. Golpeado en un hombro, y aunque había amortiguado
el golpe con un movimiento de la trompa, el coloso cayó de rodillas. El auroc
prosiguió el combate con la tenacidad de su raza. Tenía la ventaja; su cuerno
acerado redobló el ataque, y el mamut sólo podía servirse imperfectamente de su
trompa. En esa vasta confusión de músculos, el auroc sintió un furor
arriesgado, una tormenta de instintos que mostró en sus ojos grandes y
brumosos, en la nuca palpitante, en el hocico espumoso y los movimientos
seguros, claros y veloces, pero monótonos. Si podía alcanzar al adversario y
abrirle el vientre, donde la piel era menos gruesa y la carne más sensible,
vencería.
El mamut se daba cuenta de eso; procuraba evitar la caída
completa y el peligro le inducía a tener la sangre fría. Con un solo impulso
podría levantarse, pero para ello sería necesario que el auroc no le embistiera
con tanta rapidez.
Al principio, el combate había sorprendido a los otros
machos. Los cuatro mamuts y los siete toros se mantenían frente a frente, en
una espera formidable. Ninguno hizo gesto de intervenir: todos se sentían
amenazados. Fueron los mamuts los primeros que dieron signos de impaciencia. El
más alto de ellos, con un resoplido, agitó las orejas membranosas, parecidas a
murciélagos gigantescos, y avanzó. Casi al mismo tiempo, el que combatía contra
el toro dirigió violentamente la trompa contra las patas del adversario.
Entonces se tambaleó el auroc y el mamut pudo levantarse. Los enormes animales
se encontraron cara a cara. El furor giraba en el cráneo del mamut; levantó la
trompa con un barritado metálico e inició el ataque. Las defensas curvas
golpearon al auroc e hicieron crujir su osamenta; después, oblicuamente, el
mamut le golpeó con la trompa. Con una rabia creciente, traspasó el vientre del
adversario, pateó sus largas entrañas y las costillas rotas, y bañó en sangre,
hasta el pecho, sus patas monstruosas. La espantosa agonía se perdió en un
fragor de clamores; había empezado la batalla entre los grandes machos. Los
siete aurocs y los cuatro mamuts se enfrentaron en una batalla ciega comparable
a esos pánicos en los que la bestia pierde todo control sobre sí misma. El
vértigo se apoderó de los rebaños; el mugido profundo de los aurocs se
enfrentaba al barritado estridente de los mamuts; el odio levantaba esas largas
oleadas de cuerpos, esos torrentes de cabezas, de cuernos, de defensas y de
trompas.
Los machos jefes sólo vivían para la guerra: sus
estructuras se mezclaban en un bullicio informe, una inmensa trituración de
carnes, petrificadas por el dolor y la rabia. En el primer choque, la
inferioridad del número había dado la desventaja a los mamuts. Uno de ellos fue
abatido por tres toros, un segundo quedó inmovilizado en la defensiva; pero los
otros dos consiguieron una victoria rápida. Precipitándose en bloque sobre sus
antagonistas, les habían traspasado, ahogado, dislocado; perdieron más tiempo en
pisotear a las víctimas del que habían utilizado en vencerlas. Finalmente,
viendo el peligro de los compañeros, cargaron contra los otros: los tres
aurocs, que sólo se fijaban en destruir al coloso abatido, fueron sorprendidos
de improviso. Cayeron violentamente como una sola masa; dos de ellos fueron
despedazados bajo las pesadas patas, y el tercero consiguió huir. Su huida puso
en marcha la de aquellos que combatían todavía, y los aurocs conocieron el
contagio inmenso del terror. Primero un malestar tormentoso, un silencio, una
inmovilidad extraña que parece propagarse a través de la multitud, después la
vacilación de los ojos vagos, un estremecimiento parecido a la caída de la
lluvia, la salida torrencial, una huida que se convertía en una batalla en el
paso demasiado estrecho, transformándose cada animal en energía fugitiva, en
proyectil aterrorizado, mientras los fuertes aplastaban a los débiles, los
veloces huían sobre los lomos de los otros, y los huesos crujían como árboles
abatidos por el ciclón.
Los mamuts no pensaron siquiera en perseguirlos: una vez
más habían dado la medida de su poder, una vez más se reconocían como los
dueños de la tierra; y la columna de gigantes de color de arcilla, de pelos
largos y gruesos, de crestas rudas, se lanzó sobre la orilla del abrevadero y
se puso a beber de manera tan formidable que el agua bajó de nivel en las
grietas de la orilla.
En el flanco de las colinas, una oleada de animales
ligeros, espantados todavía por la lucha, veía beber a los mamuts. También los
contemplaban los Oulhamr, con el estupor que producía uno de los grandes
episodios de la naturaleza. Y Naoh, comparando a esos animales soberanos con
Nam y con Gaw, de brazos delgados, piernas pequeñas, torsos estrechos de pies
rudos como robles, cuerpos altos como rocas, concibió la pequeñez y la
fragilidad del hombre, la vida errante y humilde que llevaba sobre las sabanas.
Pensó también en los leones amarillos, en los leones gigantes y en los tigres
que encontraría en el bosque próximo y bajo cuya garra el hombre o el ciervo
son tan débiles como una paloma torcaz en las garras del águila.
III.- En la caverna.
Había pasado ya el primer tercio de la noche. Una luna,
blanca como la flor de la enredadera, cruzaba una nube. Dejaba caer sus ondas
sobre la orilla, sobre las rocas taciturnas, fundiendo una a una las sombras
del abrevadero. Los mamuts se habían ido; sólo se veía, a intervalos, un animal
que se arrastraba o algún autillo que se movía sobre sus alas silenciosas. Y
Gaw, al que le correspondía el turno de guardia, vigilaba la entrada de la
caverna. Estaba fatigado; su pensamiento, raro y fugitivo, sólo se despertaba
con los ruidos repentinos, con los olores nuevos o que se acrecentaban, con las
caídas o sobresaltos del viento. Vivía en un torpor en el que todo se había
acallado salvo la sensación de peligro y de la necesidad. La huida brusca de
una saiga le hizo levantar la cabeza. Entrevió entonces, en la otra orilla,
sobre la cima abrupta de la colina, una silueta enorme que avanzaba oscilante.
Los miembros eran pesados, aunque ágiles, la cabeza sólida, afilada por las
mandíbulas, con cierta apariencia humana pero extraña, signos todos que
revelaban al oso.
Gaw conocía al oso de las cavernas, coloso de frente
bombeada que vivía pacíficamente en sus guaridas y en sus tierras de pasto,
plantívoro al que sólo el hambre inducía a nutrirse de carne. Pero el que
avanzaba no parecía de ese tipo. Gaw estuvo seguro cuando la silueta se perfiló
en el claro de luna: el cráneo aplastado, de pelo grisáceo, tenía un modo de
andar en el que el Oulhamr reconoció la seguridad, la amenaza y la ferocidad de
los carniceros: era el oso gris, el rival de los grandes felinos.
Gaw se acordó de las leyendas que trajeron aquellos que
habían viajado a las tierras altas. El oso gris abate al auroc o al uro, y los
transporta con la misma facilidad que transporta el leopardo a un antílope. Sus
garras pueden abrir de un solo golpe el pecho y el vientre de un hombre; ahoga
un caballo entre sus patas; se enfrenta al tigre y al león amarillo; el viejo
Goun creía que no cedía más que ante el león gigante, el mamut o rinoceronte.
El hijo de la Saiga no sintió el temor súbito que habría
padecido ante el tigre. Pues, como había conocido al oso de las cavernas, le
había parecido benévolo, y no le había producido preocupación. Al principio ese
recuerdo le tranquilizó; pero el modo de andar de la fiera parecía más equivoco
a medida que se apreciaba su silueta, y Gaw recurrió al jefe. Nada más tocarle
la mano, su alta estatura se elevó en la sombra.
-¿Qué quiere Gaw? -dijo Naoh, apareciendo a la entrada de
la caverna.
El joven nómada tendió la mano hacia lo alto de la colina;
el rostro del jefe se consternó.
-¡El oso gris!
Su mirada examinó la caverna. Había tenido la precaución
de reunir piedras y ramas; había algunos bloques cerca que podían dificultar
mucho la entrada. Pero Naoh pensó en la huida, y la retirada sólo era posible
por la parte del abrevadero. Si el animal, rápido, infatigable y tenaz, se
decidía a perseguirlos, alcanzaría pronto a los fugitivos. El único recurso era
subirse a un árbol; el oso gris no lo hacía. Pero en cambio era capaz de
esperar abajo un tiempo indefinido, y además no se veían cerca más que árboles
de ramas pequeñas.
¿Es que la fiera había visto a Gaw, agachado, confundido
con los bloques de piedra, procurando no hacer ningún movimiento inútil? ¿O es
que era el habitante de la caverna que regresaba tras un largo viaje?
Mientras Naoh pensaba en esas cosas, el animal empezó a
descender por la empinada pendiente. Al llegar a un terreno menos incómodo,
levantó la cabeza, olfateó la atmósfera húmeda y reemprendió el trote.
Por un momento los dos guerreros creyeron que se alejaba.
Pero se detuvo frente al lugar en el que la cornisa era accesible: toda
retirada era ya imposible. Río arriba, la cornisa se interrumpía y la roca caía
a pico; río abajo, habría que huir ante la mirada del oso: tendría tiempo de
cruzar el estrecho río e impedir el camino a los fugitivos. Sólo quedaba
esperar que la fiera se marchara o que atacara la caverna. Naoh despertó a Nam
y los tres se pusieron a preparar piedras. Tras cierta vacilación, el oso
decidió pasar el río. Llegó pausadamente y se subió a la cornisa. A medida que
se aproximaba, se veía mejor su estructura musculosa; sus dientes brillaban a
veces al claro de luna. Nam y Gaw se estremecieron. El amor a la vida hinchaba
sus corazones; el instinto de la debilidad humana pesaba sobre su aliento; su
juventud palpitaba como palpita en el pecho temeroso de los pájaros.
Tampoco Naoh estaba tranquilo. Conocía al adversario;
sabía que necesitaría poco tiempo para dar muerte a los tres hombres. Su piel
gruesa, sus huesos graníticos, eran casi invulnerables a la azagaya, al hacha y
al venablo.
Entretanto, los nómadas acabaron de amontonar las piedras;
pronto no quedaría más que una abertura hacia la derecha, a la altura del
hombre. Cuando el oso estuvo próximo, sacudió su enorme cabeza y miró
desconcertado. Pues aunque hubiera olfateado a los hombres y escuchado el ruido
de su trabajo, no esperaba ver cerrada la guarida en la que había pasado tantas
estaciones; en su cráneo se hizo una asociación oscura entre el cierre de la
guarida y aquellos que la ocupaban. Por otra parte, reconociendo el olor de los
animales débiles, con los que pensaba asociarse, no mostraba prudencia alguna,
pero se mostraba perplejo.
Se desperezó al claro de luna, bien abrigado entre su
pelaje, ensanchando su pecho plateado y balanceando su lengua cónica. Después
se irritó, sin razón, porque tenía un humor moroso, brutal, casi extraño a la
alegría, y lanzó roncos clamores. Impacientándose entonces, se levantó sobre
las patas traseras, pareciendo un hombre inmenso y velludo de piernas muy
cortas, pero de torso desmesurado.
Y se asomó por la abertura que todavía quedaba.
Nam y Gaw, en la penumbra, mantenían dispuestas las
hachas; el hijo del Leopardo levantó la maza: esperaban a que el animal
adelantara las patas para poder cortarlas. Pero fue su cráneo enorme el que
introdujo, de frente arrugada, de labios babeantes y dientes afilados como
puntas de arpón. Cayeron las hachas, se abatió la maza, pero impotentes por los
salientes de la abertura; el oso mugió y retrocedió. No estaba herido: ningún
rastro de sangre enrojecía su lengua; la agitación de sus mandíbulas, la fosforescencia
de sus pupilas, anunciaban la indignación de la fuerza ofendida.
No desdeñó, sin embargo, la lección; cambió de táctica.
Animal hábil para la excavación, y dotado de un fino sentido de los obstáculos,
sabía que a veces es mejor derribarlos antes que cruzar un paso peligroso.
Tanteó la muralla y la empujó: ésta vibró ante sus
sacudidas. El animal, aumentando su esfuerzo, trabajando con las patas, el
hombro, el cráneo, se precipitaba a veces contra la barrera, otras veces tiraba
de ella con sus garras brillantes. La desgastó, y, descubriendo una punta
débil, consiguió que oscilara. Desde ese momento se encarnizó en el mismo
lugar, tanto más favorable por cuanto que los brazos de los hombres eran
demasiado cortos para llegar allí. Además, no se retrasaban con esfuerzos
inútiles: Naoh y Gaw, formando un arco frente al oso, consiguieron detener la
oscilación, mientras que Nam se asomaba por la abertura y vigilaba el ojo de la
bestia, donde pensaba lanzar una flecha.
El asaltante se dio cuenta enseguida de que ese punto
débil se había vuelto inquebrantable. Ese cambio incomprensible, que negaba su
larga experiencia, le dejó estupefacto y exasperado. Se detuvo, sentándose
sobre los cuartos traseros, para observar la muralla y olfatearía; sacudió la
cabeza con aire de incredulidad. Finalmente, creyendo que se había engañado,
regresó junto al obstáculo, le dio un golpe con la pata, otro con el hombro y,
constatando que persistía la resistencia, perdió toda prudencia y se abandonó a
la brutalidad de su naturaleza.
La abertura libre le hipnotizaba; le pareció la única vía
franqueable, y se lanzó contra ella vehementemente. Silbó una flecha que le
golpeó cerca del párpado, aunque eso no paralizó su ataque irresistible. Toda
la máquina impetuosa, la masa de carne por la que la sangre corría
torrencialmente, unió sus energías: la muralla se vino abajo.
Naoh y Gaw habían saltado hacia el fondo de la caverna;
Nam se encontró junto a las patas monstruosas. Apenas pensó en defenderse; fue
semejante al antílope alcanzado por la gran pantera, al caballo derribado por
el león: los brazos extendidos, la boca babeante, esperó la muerte en una
crisis de entumecimiento. Pero Naoh, que al principio se había sorprendido,
recuperó ese ardor combativo que forma a los jefes y sostiene la especie. Lo
mismo que Nam se olvidaba en la resignación, él se olvidaba en la lucha.
Rechazó el hacha, que consideró inútil, y tomó entre las manos la maza de
roble, llena de nudos.
El animal lo vio venir. Dejó para más tarde la
aniquilación de la débil presa que palpitaba debajo y levantó su fuerza contra
el adversario, proyectando como el rayo las patas y colmillos, mientras el
Oulhamr dejaba caer la maza. El arma llegó primero. Se abatió sobre la
mandíbula del oso; una de sus puntas le golpeó el hocico. El golpe, aunque
desviado y poco eficaz, fue tan doloroso que el animal se doblegó. El segundo
golpe del nómada rebotó sobre un cráneo indestructible. El inmenso animal
volvía ya en sí y se abalanzó frenéticamente, pero el Oulhamr se había
refugiado en la sombra ante un saliente de la roca: en el momento supremo, se
apartó; el oso chocó violentamente contra el basalto.
Mientras se tambaleaba, Naoh le atacó oblicuamente y,
lanzando un grito de guerra, dejó caer la maza sobre las largas vértebras del
animal. Estas crujieron; la fiera, debilitada por el golpe contra el saliente,
osciló en su base, y Naoh, embriagado de energía, le aplastó sucesivamente el
hocico, las patas, las mandíbulas, mientras Nam y Gaw le abrían el vientre a
hachazos.
Cuando finalmente esa masa dejó de jadear, los nómadas se
contemplaron en silencio. Fue un minuto prodigioso. Naoh parecía el más temible
de los Oulhamr y de todos los hombres, pues ni Faouhm, ni Hoo, hijo del Tigre,
ni ninguno de los guerreros misteriosos que recordaba la memoria de Goun, el de
los huesos secos, habían abatido un oso gris a mazazos. Y la leyenda quedó
grabada en el cráneo de esos hombres jóvenes para transmitirse a las
generaciones venideras y agrandar sus esperanzas, si Nam, Gaw y Naoh no
perecían durante la conquista del fuego.
IV. - El león gigante y la tigresa.
Había transcurrido una luna. Desde hacía mucho tiempo,
Naoh, avanzando siempre hacia el sur, había dejado atrás la sabana; atravesaba
el bosque. Éste parecía interminable, entrecortado por islas de hierbas y
piedras, por lagos, lagunas y cañadas. Descendía lentamente, con subidas
inesperadas, produciendo todo tipo de plantas, todas las variedades de
animales. Podía encontrarse en él al tigre, al león amarillo, al leopardo, al
hombre de los árboles, que vivía solitario con algunas hembras, y cuya fuerza superaba
a la de los hombres ordinarios, la hiena, al jabalí, al lobo, al gamo, al
élafo, al corzo y al musmón. El rinoceronte arrastraba por él su pesada coraza;
podía descubrirse incluso al león gigante, que se había hecho muy raro, pues su
extinción había empezado ya desde hacía siglos.
Se encontraba también en él al mamut, asolador del bosque,
pues trituraba las ramas y desenraizaba los árboles, cuyo paso era más feroz
que la inundación y el ciclón. En este territorio temible, los nómadas
descubrieron abundante comida; pero ellos mismos sabían que eran una presa para
los carnívoros.
Avanzaban con prudencia, en triángulo, para controlar el
mayor espacio posible. Durante el día, la precisión de sus sentidos podía
preservarles de las emboscadas. Además, sus enemigos más funestos casi siempre
cazaban en las tinieblas. De día no tenían una vista tan buena como la de los
hombres; y su olfato no era comparable al de los lobos. Hubiera sido mucho más
difícil despistar a éstos: pero en el bosque ni siquiera podían soñar en
rastrear animales tan amenazadores como los Oulhamr.
Entre los osos, el más poderoso, el coloso de las
cavernas, no cazaba si no estaba atormentado por el hambre. Herbívoro,
encontraba en ese territorio lo suficiente para apaciguar su voracidad. Y el
oso gris, que sólo accidentalmente se apartaba de las regiones frescas, se
mantenía a distancia.
A pesar de todo, las jornadas estaban llenas de alertas, y
las noches eran aterradoras. Los Oulhamr elegían cuidadosamente los refugios;
se detenían mucho antes de que cayera el día. Con frecuencia, se refugiaban en
un hueco; otras veces, apilaban piedras, o bien abrigándose en una espesura
profunda, sembraban obstáculos a su paso; algunas noches elegían algunos
árboles cercanos entre sí, en los que se fortificaban.
Pero lo que les hacía sufrir ante todo era la falta del
fuego. En las noches sin luna les parecía haber entrado para siempre en las
tinieblas; éstas les resultaban pesadas sobre la carne y los engullían. Cada
noche acechaban el oquedal, como si fueran a ver brillar allí la llama en su
jaula, creciente, devorando las ramas muertas: pero sólo discernían las chispas
perdidas de las estrellas, o los ojos de un animal; su propia debilidad, y la
inmensidad cruel, les abrumaba. Quizá habrían sufrido menos en la horda, con la
multitud palpitando a su alrededor; pero en la soledad interminable sus pechos
parecían encogerse.
Se abrió el bosque. Mientras el país de los árboles seguía
llenando el poniente, una llanura se extendía por el este, en parte sabana y en
parte matorral, con algunos islotes de árboles. La hierba defendía su extensión
contra los grandes vegetales, ayudada por los uros, los aurocs, los ciervos,
las saigas, los hemiones y los caballos, que ramoneaban los brotes jóvenes.
Hacia oriente corría un río rodeado de álamos negros, sauces cenicientos,
sauces llorones, olmos, juncos y cañas. Algunas piedras erráticas se
incrustaban en las masas rojizas; y aunque todavía era de día, las sombras
alargadas dominaban sobre los rayos del sol. Los nómadas se sentían
desconfiados en ese territorio: debían pasar por allí muchos animales a la hora
en que terminaba la luz. Por eso se apresuraron a beber. Más tarde exploraron
la zona. La mayor parte de las piedras erráticas, como estaban solas, no les
servían; algunas que se encontraban agrupadas, hubieran necesitado un largo
trabajo de fortificación. Y ya se habían desanimado y estaban dispuestos a
regresar al bosque, cuando Nam vio unos bloques enormes, muy cercanos entre sí,
de los que dos se tocaban en sus cumbres, y que servían de límite a una cavidad
con cuatro aberturas. Las tres primeras sólo permitían el acceso de animales
más pequeños que el hombre: lobos, perros y panteras. El cuarto podía permitir
el paso de un guerrero de gran estatura siempre que se aplastara sobre el
suelo; pero impracticable a los grandes osos, a los leones y a los tigres.
A la señal de su compañero, acudieron Naoh y Gaw. Al
principio temieron que el jefe no pudiera deslizarse hasta el refugio. Pero
Naoh, tumbándose sobre la hierba y girando la cabeza, entró sin esfuerzo. Y
pudo salir igualmente. Así encontraron un abrigo más seguro que todos los que
habían tenido anteriormente, pues los bloques eran tan pesados y estaban tan
incrustados que ni siquiera un rebaño de mamuts podían deshacerlos. Y el
espacio no faltaba: diez hombres podían vivir allí cómodamente.
La perspectiva de una noche perfecta llenó de placer a los
nómadas. Por primera vez desde que habían partido podían reírse de todos los
carnívoros. Comieron la carne cruda de un cervatillo, con unas nueces que
habían recogido en el bosque, y después escrutaron el territorio.
Algún élafo y algún corzo se dirigían hacia el agua; los
cuervos se elevaban con un grito de guerra; un águila planeaba a la altura de
las nubes. Después, un lince saltó detrás de una cerceta y un leopardo subió
furtivamente entre los sauces.
La sombra seguía extendiéndose. Pronto cubrió la sabana;
el sol caía tras los árboles como un inmenso brasero circular, y se acercaba el
tiempo en que la vida carnívora dominaría las soledades. Nada lo anunciaba
todavía. Se escuchaba el ruido inocente de los pájaros, solitarios o en
bandadas, lanzaban hacia el sol su himno rápido, himno de lamento y de temor,
himno a la gran noche siniestra.
En ese momento surgió un uro del bosque. ¿De dónde venía?
¿Qué aventura le había aislado? ¿Se había retrasado o, por el contrario,
marchando con demasiada rapidez, amenazado por los enemigos o los meteoros,
había huido al azar? Los nómadas no se lo preguntaron; la pasión por la presa
les asaltó, pues aunque los cazadores de su tribu no atacaban apenas a los
rebaños de grandes herbívoros, acechaban a los animales solitarios, sobre todo
a los débiles y a los heridos. La bravura y tenacidad de los uros vuelve a
encontrarse en nuestra raza de toros, pero el uro tenía una cabeza menos
oscura. La especie estaba en su apogeo.
Ligeros, con una respiración viva, un sentido claro del
peligro y una astucia compleja, estos fuertes organismos circulaban de una
manera magnífica por el planeta.
Naoh se levantó con un gruñido, tras la victoria sobre una
fiera, nada era más glorioso que abatir a un gran herbívoro. El Oulhamr sintió
en su corazón ese instinto por el que se mantiene todo lo necesario para el
crecimiento del hombre; su ardor aumentaba a medida que se aproximaba el pecho
espacioso y los cuernos relucientes. Pero subsistía otro instinto: no destruir
en vano la carne alimenticia. Tenía carne fresca; la presa abundaba.
Finalmente, recordando su triunfo sobre el oso, Naoh juzgó menos meritorio
abatir un uro. Bajó la azagaya, renunció a una caza en la que sus armas podrían
estropearse.
Y el uro, avanzando con lentitud, tomó el camino del río.
De pronto, los tres hombres levantaron la cabeza, con los
sentidos dilatados por el peligro. Su duda fue breve: Nam y Gaw, a una señal
del jefe, se deslizaron bajo los bosques. El mismo les siguió en el momento en
que un megaceros salía del bosque. Con la cabeza de grandes membranas echada
hacia atrás, una espuma con tintes escarlata brotando del hocico, las patas
rebotando en las ramas en un ciclón, el megaceros había dado una treintena de
saltos cuando surgió a su vez el enemigo. Era un tigre de patas anchas,
vértebras elásticas, y cuyo cuerpo franqueaba en cada salto veinte codos. Sus
saltos flexibles daban la impresión que se deslizaba en la atmósfera. Cada vez
que el felino alcanzaba el suelo se producía una pausa breve, una concentración
de energía.
Con sus movimientos menos amplios, el cérvido no pareció
detenerse. Cada salto era la sucesión acelerada del salto anterior. En ese
momento de la persecución, perdía terreno. Para el tigre, la carrera acababa de
comenzar, mientras que el megaceros llegaba de lejos.
-¡El tigre cogerá al ciervo! -exclamó Nam con voz
temblorosa.
Naoh, que contemplaba apasionadamente esa caza, respondió:
-¡El gran ciervo es infatigable!
No lejos del río, el avance del megaceros se encontró
reducido a la mitad. En una tensión suprema, acrecentó su velocidad; los dos
cuerpos se proyectaban con igual rapidez, peno después los saltos del tigre se
redujeron. Sin duda habría renunciado a la persecución si el río no hubiera estado
próximo; esperaba recuperar terreno a nado: en eso, su cuerpo alargado era
excelente. Al llegar a la orilla, el megaceros estaba a cincuenta codos. El
tigre se deslizó por la ola con una velocidad extraordinaria; pero el megaceros
progresaba a una velocidad casi igual. Ése fue el momento de la vida y de la
muerte. Como el río no era ancho, el ciervo llegaría a tierra con antelación:
pero si vacilaba para subir a la orilla, estaba cogido. Lo sabía; incluso se
arriesgó a dar un rodeo para elegir el lugar por el que subiría: era un
promontorio pequeño y pedregoso, de pendiente suave.
Aunque el megaceros había calculado su salida con
precisión, tuvo una vaga vacilación durante la cual el tigre se acercó.
Finalmente, el herbívoro salió del agua. Estaba a veinte codos de ella cuando
el tigre alcanzó a su vez el suelo y dio el primer salto. Como el brinco había
sido apresurado, las patas del felino se enredaron, trastabilló y cayó: el
megaceros tenía ganada la partida. Nada estorbaba la huida; el tigre lo
comprendió y, recordando una silueta alta entrevista durante la carrera, se
precipitó a cruzar de nuevo el río. El uro todavía se veía.
Con el paso de la caza, había retrocedido hacia el bosque.
Después mostró una incertidumbre que se acrecentó a medida que el gran felino
se alejaba y sobre todo cuando desapareció entre las cañas. El uro se decidió,
sin embargo, a la retirada, aunque un olor temible entraba por su hocico.
Extendió el cuello y, convencido, buscó la huida. De esa manera llegó no lejos
de los bosques de piedra en los que acechaban los Oulhamr: el efluvio humano le
recordó un ataque en el que, siendo todavía joven y débil, había sido herido
por un proyectil; se desvió de nuevo.
Al trote, iba a desaparecer en el oquedal cuando se detuvo
en seco: el tigre llegaba a paso veloz. No tenía miedo de que el uro se le
escapara en la carrera, como el megaceros, pero su contrariedad anterior le
impacientaba. Al ver a la fiera, el toro salió de la indecisión. Como sabía que
no podía contar con la velocidad plantó cara el peligro. Con la cabeza baja,
horadando la tierra, daba la imagen, con su enorme pecho rojizo y los ojos de
fuego violeta, de un hermoso guerrero del bosque y la pradera; una rabia oscura
acabó con sus temores; la sangre que le latía en el corazón era la sangre de la
lucha; el instinto de conservación se transformó en valor.
El tigre reconoció el valor del adversario y no le atacó
bruscamente. Lo rodeó arrastrándose como un reptil, esperando el gesto
precipitado o poco hábil que le permitiría subirse sobre el lomo de la presa,
rompiéndole las vértebras o la yugular. Pero el uro, que se mantenía atento a
las evoluciones del agresor, le presentaba siempre su frente compacta y sus
cuernos afilados... De pronto, el carnicero se inmovilizó. Con las patas
rígidas, sus grandes ojos amarillos fijos, casi despavoridos, vio avanzar a un animal
monstruoso. Se parecía al tigre, aunque de más estatura y más compacto,
recordaba también al león por sus crines, su pecho profundo, su paso grave. En
cualquier caso, avanzaba sin detenerse, sintiendo su supremacía, aunque
revelando la vacilación del animal que no está seguro fuera de su terreno de
caza. ¡El tigre estaba en el suyo! Dominaba el territorio desde hacía diez
estaciones, y las otras fieras, el leopardo, la pantera y la hiena, vivían a su
sombra; toda presa que hubiera elegido era suya y nadie se levantaba ante él
cuando, al azar de los encuentros, acababa con el élafo, el ciervo, el
megaceros, el uro, el auroc o el antílope. En la estación fría, el oso gris
había pasado por su dominio, otros tigres irían hacia el norte, y leones en las
zonas del río: pero ninguno de ellos había venido a enfrentarse a su poder.
Sólo se había preocupado por el paso de rinoceronte, que era invulnerable, o
por el mamut de enormes patas, considerando demasiado dura la tarea de
combatirlos.
Pero desconocía a la forma extraña que acababa de
aparecer, y sus sentidos se sorprendían. Era un animal muy raro, un animal de
las eras antiguas, cuya especie decrecía desde hacía ya milenios. Por su
instinto, el tigre comprendió que el otro animal era más fuerte y más rápido
que él, y que estaba mejor armado, pero su hábito, y sus prolongadas victorias,
hacían que se rebelara contra el temor. Esa doble tendencia se traducía en su
gesto. A medida que el enemigo se acercaba, se apartaba, pero sin retroceder su
actitud seguía siendo amenazadora. Cuando la distancia se hacía lo suficiente,
el león-tigre hinchó su enorme pecho y gruñó, y después, agachándose, ejecutó
su primer salto de ataque, un salto de veinte codos. El tigre retrocedió. Al
segundo salto del coloso, se dio la vuelta para batirse en retirada. Este
movimiento apenas si fue esbozado. El furor le impulsaba, sus ojos amarillos
verdearon; aceptó el combate. Y es que no estaba solo. Acababa de aparecer una
tigresa sobre la hierba; acudía brillante, impetuosa y magnífica, en ayuda de
su macho.
El león gigante vaciló entonces, dudando de su fuerza.
Quizá se habría retirado entonces, dejando a los tigres su territorio, si el
adversario, sobreexcitado por los rugidos de la tigresa que se aproximaba,
hubiera hecho gesto de tomar la ofensiva. El enorme felino podía resignarse a
ceder el lugar, pero su musculatura terrible, el recuerdo de todas las carnes
que había desgarrado y todos los miembros que había destruido le obligaban a
castigar la agresión. Del tigre sólo le separaba el largo de un salto. Lo
franqueó, sin alcanzar, sin embargo, la meta. El otro se había desviado e
intentaba un ataque por el flanco. El oso de las cavernas se detuvo para
recibir el asalto. Garras y bocas se mezclaron; se escuchó el chasquido de los
dientes devoradores y roncos. Como era de menor estatura, el tigre trataba de
alcanzar garganta del enemigo; estuvo a punto de conseguirlo. Pero se lo
impidieron los movimientos precisos; se encontró aplastado bajo una pata y el
león empezó a abrirle el vientre. Brotaron las entrañas azuladas, la sangre
escarlata se derramó sobre la hierba, un clamor espantoso hizo que la sabana
temblara. Y el león-tigre comenzó a romperle las costillas, cuando llegó la
tigresa. Vacilante, olfateó la carne caliente, la derrota de su macho; lanzó un
rugido de llamada.
Al oír ese grito, el tigre se levantó, una suprema ola de
belicosidad llenó su cráneo, pero al dar el primer paso, las entrañas que
arrastraba lo detuvieron. Y se quedó inmóvil, con los miembros desfallecidos,
aunque con los ojos llenos todavía de vida. Con el instinto, la tigresa dio lo
que le quedaba de energía a aquel que durante tanto tiempo había compartido con
ella las presas palpitantes, había vigilado a los enemigos y defendido a la
especie contra innumerables emboscadas. Una oscura ternura sacudió sus nervios
rudos; sintió de pronto lo común de sus luchas, sus alegrías y sufrimientos.
Después, la ley de la naturaleza la ablandó; supo que estaba ante ella una
fuerza más terrible que la de los tigres, y temblando por la necesidad de
vivir, con un sordo gemido y una larga mirada hacia atrás, huyó hacia el
oquedal. El león gigante no la siguió; disfrutaba de la supremacía de sus
músculos, aspiraba la atmósfera de la noche, la atmósfera de la aventura, del
amor y de la presa. El tigre ya no le inquietaba; le observaba; sin embargo,
vacilaba en terminar con él, pues tenía el alma prudente y, vencedor, tenía
miedo de heridas inútiles.
Había llegado la hora roja; se deslizaba por las
profundidades de los bosques, lenta, variable e insidiosa. Los animales diurnos
se callaron. A intervalos, se escuchaba el aullido de los lobos, el ladrido de
los perros, la risa sarcástica de la hiena, el suspiro de una rapaz, la llamada
chapoteante de las ranas o el chirrido de una langosta tardía. Mientras el sol
moría tras un océano de cimas, la inmensa luna se alzaba por oriente.
No se veía otro animal que las dos fieras; el uro había
desaparecido durante la lucha; en la penumbra, mil hocicos sutiles conocían las
presencias temibles. El león gigante sintió una vez más la debilidad de su
fuerza. Las presas innumerables palpitaban al fondo de las espesuras y de los
claros, y, sin embargo, cada día, temía el hambre. Pues llevaba con él su
atmósfera: ésta le traicionaba más que su paso, que el crujido de la tierra,
las hierbas, las hojas y las ramas. Atmósfera que se extendía acre y feroz; era
palpable en las tinieblas, y hasta en el rostro de las aguas, y era el terror y
la salvación de los débiles. Cuando llegaba, todo huía, se ocultaba,
desaparecía. La tierra quedaba desierta; ya no había vida; ya no había caza; el
felino pensaba estar solo en el mundo.
Y ahora, en la noche que se aproximaba, el coloso tenía
hambre. Expulsado de su territorio por un cataclismo, había pasado por los
riachuelos y el río, rodado por horizontes desconocidos. Ahora, en una nueva
tierra conquistada por la derrota del tigre, buscaba en la brisa el olor de las
carnes dispersas. Toda presa le parecía lejana; apenas percibía el
estremecimiento de los animalillos ocultos en la hierba, algunos nidos de
pájaros, dos garzas subidas sobre la horca de un álamo negro, y que, vigilantes,
no se habrían dejado sorprender ni siquiera aunque el felino hubiera sido capaz
de escalar el árbol; pero desde que había alcanzado su tamaño completo, sólo
era capaz de escalar los troncos bajos y caminar por las ramas gruesas.
El hambre le hizo volverse hacia la oleada tibia que se
derramaba con las entrañas del vencido; se aproximó y la olfateó: le repugnaba
como si fuera un veneno. Impaciente, saltó sobre el tigre, le abrió las
vértebras y se puso a dar vueltas.
El perfil de los peñascos le atrajo. Como estaban en el
lado opuesto del viento, y su olfato no era tan bueno como el de los lobos,
había ignorado la presencia de los hombres. Pero, al acercarse, supo que la
presa estaba allí, y la esperanza aceleró su aliento.
Los Oulhamr vieron con terror la alta silueta del
carnívoro. Desde la huida del megaceros, toda la leyenda siniestra, todo lo que
hace temblar a los vivos, había pasado por delante de sus pupilas. En el
atardecer rojizo vieron al león-tigre dar vueltas alrededor del refugio; metía
el hocico entre los intersticios, sus ojos lanzaban chispas de estrellas
verdes; todo su ser respiraba odio y hambre.
Al llegar ante el orificio por el que se habían deslizado
los hombres, se agachó y trató de introducir por él la cabeza y los hombros; y
los nómadas temieron por la estabilidad de los bloques. A cada ondulación del
cuerpo majestuoso, Nam y Gaw se encogían con un suspiro de angustia. El odio
impulsaba a Naoh, el odio de la carne deseada, el odio de la inteligencia nueva
contra el instinto antiguo y su poder instintivo. Se acrecentó cuando el animal
se puso a excavar la tierra. Aunque el león gigante no fuera bueno como animal
excavador, sabía agrandar un agujero o derribar un obstáculo. Esa tentativa
consternó a los hombres, de tal modo que Naoh se agachó y golpeó con el
venablo: la fiera, alcanzada en la cabeza, lanzó un rugido furioso y dejó de
excavar. Sus ojos fosforescentes penetraban en la penumbra; nictálope,
distinguía claramente las tres siluetas, más irritantes por estar tan próximas.
Empezó de nuevo a dar vueltas, tanteando las aberturas, y
siempre llegaba a aquella por la que se habían introducido los hombres.
Finalmente, volvió a excavar: un nuevo golpe con el
venablo interrumpió su tarea y le hizo retroceder, con menos sorpresa que
antes. En su cabeza opaca concibió que la entrada a la guarida era imposible,
pero no abandonó la presa, guardando la esperanza de que, estando tan próxima,
no se le escaparía. Tras una última aspiración y una última mirada, pareció
ignorar la existencia de los hombres y se dirigió hacia el bosque.
Los tres nómadas se exaltaron; la retirada parecía más
segura; aspiraban, deliciosamente la noche: fue uno de esos instantes en los
que los nervios tienen mayor sutileza y los músculos más energía; innumerables
sentimientos, levantando sus almas indecisas, evocaban la belleza primordial,
amaban la vida y lo que contenía, degustaban algo hecho de todas las cosas; una
felicidad creada por encima de la acción inmediata. Y como no podían
comunicarse esa impresión, ni siquiera soñar en hacerlo, se volvieron unos
hacia los otros y rieron, con una alegría contagiosa que sólo aparece en el
rostro de los hombres. Esperaban, sin duda, que el león gigante regresaría,
pero no tenían del tiempo una noción precisa, les habría sido funesta, por lo
que podrían disfrutar el presente en su plenitud: la duración que separaba el
crepúsculo de aurora parecía inagotable.
Según su costumbre, Naoh se había encargado de la primera
guardia. No tenía sueño. Excitado por la batalla del tigre y del león gigante,
cuando Gaw y Nam se acostaron sintió que se agitaban las ideas que la tradición
y la experiencia habían acumulado en su cráneo. Se trababan confusamente y
daban forma a la leyenda del mundo. Y el mundo era ya vasto en la inteligencia
de los Oulhamr. Conocían la dirección del sol y de la luna, el ciclo de
tinieblas que seguía a la luz, la luz siguiendo a las tinieblas, la estación
fría alternándose con la caliente; el camino de los riachuelos y de los ríos;
el nacimiento, la vejez y la muerte de los hombres; la forma, los hábitos y la
fuerza de innumerables animales; el crecimiento de los árboles y las hierbas,
el arte de dar forma al venablo, el hacha, la maza, el raspador y el arpón, y
de servirse de todo ello; el curso del viento y de las nubes; el capricho de la
lluvia y la ferocidad del rayo. Finalmente, conocían el fuego -la más terrible
y amable, mismo tiempo, de las cosas vivas-, tan fuerte que podía destruir una
sabana entera y un bosque completo con todos sus mamuts, rinocerontes, leones,
tigres, osos, aurocs y uros.
La vida del fuego había fascinado siempre a Naoh. Lo mismo
que los animales, le hacía falta una presa: se nutría de ramas, de hierbas
secas; crecía; cada fuego nacía de otros fuegos; cada fuego podía morir. Pero
su estatura es ilimitada y, por otra parte, se deja cortar sin fin; cada trozo
puede vivir. Se reduce cuando se le quita el alimento; se hace pequeño como una
abeja, como una mosca, y, sin embargo, puede renacer de una brizna de hierba, y
volverse grande como un pantano. Es un animal y no lo es. No tiene patas ni
cuerpo que se arrastre, pero va más rápido que los antílopes; no tiene alas y
vuela en las nubes; no tiene boca y respira, gruñe, ruge; no tiene manos ni
garras, pero se apodera de todo... Naoh lo amaba, lo detestaba y lo temía. De
niño, había sufrido a veces su mordedura; sabía que no tiene preferencias por
nadie - que puede devorar a aquellos que lo mantienen-, que es más solapado que
la hiena, más feroz que la pantera. Pero su presencia es deliciosa; disipa la
crueldad de las noches frías, es el reposo de las fatigas y vuelve temibles a
los débiles hombres.
En la penumbra de las piedras basálticas, Naoh, con un
suave y dulce deseo recordaba la hoguera del campamento, y el resplandor que
permitía ver el rostro de Gammla. La luna que subía le recordaba su llama
lejana. ¿De qué lugar de la tierra saldría la luna, y por qué, como el sol, no
se apagaba jamás? Decrecía; había noches en las que no era más que un diminuto
fuego como el que corre a lo largo de una brizna. Pero después se reanima. Sin
duda, los hombres-ocultos se ocupan de su mantenimiento y le alimentan más o
menos según la época... Esa noche no tenía su fuerza. Tan alta al principio
como los árboles, disminuía luego, aunque luciendo cada vez más mientras subía
por el cielo. Los hombres-ocultos han debido darle leña seca en abundancia.
Mientras el hijo del Leopardo sueña en estas cosas, los
animales nocturnos salen a la aventura. Siluetas furtivas se deslizan sobre la
hierba. Ve musarañas, gerbos, aguties, garduñas ligeras, comadrejas de cuernos
de reptil; después viene un élafo de diez cuernos que huye, contraria a la
luna, como una azagaya. Naoh se fija en sus piernas secas, en su cuerpo del
color de la tierra y del roble, en los enramados que inclina sobre el cuello.
Ha desaparecido; los lobos enseñan sus cabezas redondeadas, sus bocas finas,
sus patas delineadas y vivas. El vientre es pálido, los costados y el dorso
enrojecen, y una banda negruzca se dibuja en sus vértebras; los músculos
fuertes hinchan la nuca, y su forma de andar revela algo solapado, juicioso y
complejo, que subraya todavía más lo oblicuo de la mirada. Han olfateado al
élafo, pero éste, en la húmeda penumbra, ha sido avisado también de la
proximidad de los lobos, y su adelanto es considerable. Los hocicos
inteligentes disciernen cómo decrecen continuamente los efluvios: los lobos
saben que el herbívoro se aleja de ellos. Sin embargo, franquean la sabana
hasta llegar a cubierto, donde penetran los más ligeros. La persecución parecía
inútil. Todos regresaban con paso lento, decepcionados; algunos aúllan y gimen.
Después, los hocicos empiezan a explorar la atmósfera. Ésta no revela nada
próximo, salvo el cadáver del tigre y los hombres ocultos entre las piedras:
una presa demasiado temible y una carne que, a pesar de su hambre, a los lobos
les resulta repugnante.
Al principio, los lobos dan vueltas alrededor del cadáver,
con prudencia excesiva que no deja nada al azar. Finalmente, los impacientes se
arriesgan. Acercan la boca a la cabeza del tigre, cerca de la gran boca
entreabierta, por donde hasta hacía poco respiraba una vida pestilente y
formidable; exploran el cuerpo y lamen las heridas rojas. Sin embargo ninguno
se decide a meter el diente en esa carne áspera, llena de veneno, para la que
sólo los estómagos del buitre y de la hiena tienen suficiente vehemencia.
Un clamor acrecentó su incertidumbre: gemidos, aullidos y
risotadas. Seis hienas surgieron en el claro de luna. Avanzaban con un paso
equívoco, con sus robustos cuartos delanteros, los torsos que se agachan y se
ahúsan terminando en unas patas muy finas. Patizambas, de hocico corto, con el
poder para triturar los huesos de los leones, la pupila triangular, la oreja
puntiaguda y las crines toscas, giraban, daban vueltas o saltaban como
langostas. Los lobos sintieron que aumentaba el mal olor espantoso de sus
glándulas.
Eran unos animales de gran estatura que, por la fuerza
enorme de sus mandíbulas, hubieran podido plantar cara a los tigres. Pero no le
hacían frente más que cuando estaban acorraladas, lo que apenas sucedía pues
ningún animal buscaba su carne fétida, y los otros carroñeros eran más débiles
que ellas. Aunque conocían su superioridad sobre los lobos, vacilaban, giraban
en el resplandor nocturno, se acercaban y retrocedían, lanzando a intervalos
clamores desgarradores. Finalmente, se lanzaron todas juntas al asalto.
Los lobos no ofrecieron resistencia alguna, aunque,
convencidos de ser más ágiles, permanecían a escasa distancia. Como la perdían,
lamentaban la presa desdeñada. Daban vueltas alrededor de las hienas con
aullidos repentinos, con señales de falsos ataques, con gestos maliciosos,
disfrutando al inquietar a los enemigos.
Las hienas, sombrías y gruñendo, atacaban el cadáver:
hubieran preferido que estuviera pútrido, lleno de gusanos, pero sus últimas
comidas habían sido escasas, y la presencia de los lobos excitaba su voracidad.
Saborearon primero las entrañas; rompiendo las costillas con sus dientes
indestructibles, sacaron el corazón, los pulmones, el hígado y la lengua
rasposa, que había salido con la agonía. Estaba allí la voluptuosidad de
rehacer la carne viva con la carne muerta, la suavidad de satisfacerse en lugar
de errar con el vientre vacio y la cabeza inquieta. Los lobos lo entendían
bien, pues habían perseguido en vano, desde el crepúsculo las emanaciones del
aire y el suelo.
En la decepción y el furor, algunos fueron a olfatear los
bloques de piedra. Uno de ellos deslizó la cabeza por una abertura; Naoh, con
desdén, le golpeó con un venablo. Alcanzado en el hombro, el animal dio un
salto sobre tres patas y lanzó un aullido lamentable. Entonces clamaron todos,
de forma tremenda y feroz, en un simulacro de amenaza. Sus cuerpos rojizos se
movían bajo el claro de luna, los ojos relucían el ardor y el temor de vivir,
los dientes lanzaban vislumbres de espuma, mientras sus patas finas rasaban el
suelo, con un ruido ligero clamoroso, o se ponían rígidas en la espera: el
deseo de satisfacer el hambre se hacía insoportable. Pero como sabían que
detrás del basalto se ocultaban seres astutos y sólidos, que sólo sucumbirían
por sorpresa, dejaron de merodear. Reuniéndose en un consejo de caza,
intercambiaron rumores y gestos, varios de ellos sentados sobre los cuartos
traseros, la boca en actitud de espera, y otros, agitados, frotándose el lomo.
Los más viejos llamaban la atención, sobre todo un lobo grande de pelaje
descolorido y dientes de ocre: lo escuchaban, lo contemplaban y lo olfateaban
con deferencia.
Naoh no dudaba de que tenían un lenguaje: de que se
entendían para preparar emboscadas, acorralar a la presa, turnarse durante las
persecuciones y para repartir el botín. Los miraba con curiosidad, como hubiera
considerado a unos hombres, intentaba adivinar qué proyectos tenían. Un grupo
de ellos cruzó el río a nado; los otros se esparcieron bajo los árboles. Sólo
se escuchaba ya a las hienas que se encarnizaban sobre el cadáver del tigre.
La luna, menos vasta ya, pero más luminosa, prestaba
languidez a las estrellas; las más débiles se habían vuelto invisibles, y las
más brillantes parecían mal iluminadas, como ahogadas bajo una ola; un torpor
equívoco se extendía por el bosque y la sabana. A veces, una lechuza surcaba la
atmósfera azulada, extraordinariamente silenciosa sobre sus alas de guata;
otras veces ranas chapoteaban en grupos, colocadas sobre las hojas de las
ninfeas, o izadas en ramitas; los mochuelos, lanzándose en carreras temblorosas,
chocaban con algún murciélago a través de la penumbra.
Finalmente, se escucharon unos aullidos. Se contestaban a
lo largo del río y por las profundas espesuras; Naoh supo que los lobos habían
rodeado a una presa. No pasó mucho tiempo antes de que estuviera seguro de
ello. Un animal apareció en la llanura. Parecía un caballo de lomo estrecho;
una raya marrón recorría su espinazo. Corría con la velocidad de los élafos,
seguido por tres lobos que, siendo menos ligeros, sólo podían contar con su
resistencia o con un accidente para alcanzarlo. Además, no iban a toda su
velocidad, pues seguían respondiendo a los aullidos de sus compañeros
emboscados. Estos surgieron enseguida, y el hemione se vio cercado. Se detuvo,
temblando sobre sus patas, y exploró el horizonte antes de tomar una dirección.
Todas las salidas estaban cortadas, salvo por el norte, por donde sólo se veía
a un lobo viejo y gris. El animal acosado eligió ese camino. El viejo lobo,
impasible, dejó que se acercara. Cuando estuvo próximo y se disponía a tomar
una dirección oblicua, lanzó un aullido grave. Entonces sobre una pequeña
colina, aparecieron otros tres lobos.
El hemione se detuvo y lanzó un largo gemido. Sintió a su
alrededor la muerte y el dolor. El campo libre estaba cerrado, aquel en que en
otro tiempo había sabido esquivar tantos deseos: y al mismo tiempo
desfallecieron su astucia, sus patas ligeras y su fuerza. Volvió varias veces
la cabeza hacia esos seres que no viven ni de hierbas ni de hojas, sino de
carne viva; les imploró oscuramente. Pero éstos, intercambiando clamores,
cerraron el círculo; sus ojos lanzaban treinta fuegos asesinos: enloquecían a
la presa, pues tenían miedo de sus duras pezuñas de cuerno; los que estaban
delante fingían ataques, para que dejara de vigilar los flancos... Los más
próximos estaban a unos cuantos codos. Entonces, con un sobresalto, recurriendo
una vez más a sus patas liberadoras, el animal vencido se lanzó violentamente
para romper el cerco y superarlo. Pasó más allá del primer lobo, hizo
tambalearse al segundo: el embriagador espacio estaba abierto delante. Pero una
nueva fiera, apareciendo de improviso, saltó a los flancos del fugitivo; otros
hundieron en él sus dientes cortantes. El animal coceó desesperadamente; un
lobo rodó sobre la hierba con la mandíbula rota; pero la garganta del hemione
se abrió, los flancos se volvieron púrpuras, dos corvas crujieron al chocar con
los caninos: cayó bajo un racimo de bocas que lo devoraron todavía vivo.
Naoh contempló durante algún tiempo aquel cuerpo del que
brotaban todavía alientos, quejas, su rebelión contra la muerte. Con gruñidos
de alegría, los lobos atrapaban a bocados la carne tibia y bebían la sangre
caliente; la vida entraba sin detenerse en los vientres insaciables. A veces,
con inquietud, algún lobo viejo se volvía hacia el grupo de hienas: éstas
hubieran preferido esa presa, más tierna y menos venenosa, pero sabían que los
animales tímidos se vuelven valientes para defender lo que deben a su esfuerzo;
no habían ignorado la persecución del hemione y la victoria de los lobos. Se
resignaron, pues, al duro cadáver del tigre.
La luna estaba a medio camino del cenit. Naoh se había
adormecido y Gaw se había ocupado de la guardia; confusamente, se entreveía al
río fluyendo en el vasto silencio. Volvieron los problemas; se escucharon
rugidos en los oquedales, crujidos en los arbustos, los lobos y las hienas
levantaron sus bocas sanguinolentas, y Gaw, sacando la cabeza bajo la sombra de
las piedras, tendió hacia el exterior el oído, la vista y el olfato... Escuchó
un grito de agonía, un breve gruñido, y unas ramas que se apartaban. El león
gigante salía del bosque con un gamo en las mandíbulas. Junto a él, humilde
todavía, pero ya familiar, la tigresa avanzaba como un reptil gigantesco. Los
dos se dirigieron hacia el refugio de los hombres.
Atemorizado, Gaw tocó a Naoh en el hombro. Los nómadas
espiaron durante mucho tiempo a las dos fieras: el león-tigre desgarraba la
presa con un gesto continuo y amplio. La tigresa sentía incertidumbre, súbitos
temores, y lanzaba miradas oblicuas hacia aquel que había acabado con su macho.
Naoh sintió una gran aprensión en el pecho y que su aliento se detenía
V.- Bajo los bloques de piedra.
Cuando la mañana llegó a la tierra, el león gigante y la
tigresa seguían allí. Estaban adormecidos cerca de lo que quedaba del gamo,
bajo una raya de sol claro. Y los tres hombres, metidos en el refugio de
piedra, no podían apartar los ojos de sus formidables vecinos. Una alegría
feliz descendía sobre el bosque, la sabana y el río. Las garzas conducían a sus
crías a la pesca; un relampagueo nacarado precedía a la zambullida de los
somormujos; por todas partes, en la hierba y en las ramas, había pequeños pájaros.
Un temblor casi brusco señaló la presencia del martín
pescador; el arrendajo mostraba su ropaje azul, plateado y rojizo, y, a veces,
la urraca burlona, posada sobre una horca, balanceaba su cola, de la que
alternativamente parecían brotar la sombra y la luz. Sin embargo, grajos y
cornejas graznaban sobre los esqueletos del hemione y del tigre: decepcionados
ante esas osamentas en las que no quedaba nada de carne, se fueron en vuelos
oblicuos hacia los restos del gamo. Allí, dos cuervos gruesos de color ceniciento
impedían el paso. Esos animales, de cuello sin plumas y ojos de agua palustre,
no se atrevían a tocar la presa de los felinos. Daban vueltas, se desviaban,
lanzaban su pico al hocico pestilente y lo retiraban, con un movimiento
estúpido o con bruscos impulsos. Después, inmovilizados, parecían sumergidos en
un sueño que se rompía de pronto con un sobresalto de la cabeza. Aparte de la
rojiza movilidad de una ardilla, que inmediatamente se sumergió tras las hojas,
no se veía ningún mamífero: el olor de los grandes felinos los mantenía en la
penumbra, ocultos en el fondo de refugios seguros.
Naoh pensó que el león había regresado por el recuerdo de
los golpes del venablo; lamentó ese acto inútil, pues el Oulhamr no dudaba de
que las fieras sabrían llegar a entenderse, y que cada una de ellas vigilaría
por turnos cerca del refugio. Por su cerebro rodaban relatos en los que se
mostraban el rencor y la tenacidad de los animales ofendidos por el hombre. A
veces, el furor inflamaba su pecho; se levantaba entonces, blandiendo la maza o
el hacha. Pero esa cólera desaparecía rápidamente: a pesar de su victoria sobre
el oso gris, pensaba que el hombre era inferior a los grandes carniceros. La
astucia que le había permitido triunfar en la penumbra de la gruta no serviría
para el león gigante ni la tigresa.
Sin embargo, no veía otro final que el combate: tendrían
que morir de hambre bajo las piedras, o aprovecharse de un momento en el que la
tigresa estuviera sola. ¿Podía contar totalmente con Nam y Gaw?
Se estremeció, como si tuviera frío, y vio que los ojos de
sus compañeros estaban fijos en él. Su fuerza experimentó la necesidad de
tranquilizarlos:
-¡Nam y Gaw han escapado de los dientes del oso: escaparán
de las garras del león gigante!
Los jóvenes Oulhamr volvieron el rostro hacia la temible
pareja dormida. Naoh respondió a su pensamiento:
-El león gigante y la tigresa no estarán siempre juntos.
El hambre los separará. Cuando el león esté en el bosque, combatiremos, pero
Nam y Gaw tendrán que obedecer mis órdenes.
La palabra del jefe llenó de esperanza la carne de los
jóvenes; e incluso la destrucción parecía menos temible si combatían al lado de
Naoh. El hijo del Alamo, que tenía más facilidad para expresarse, gritó:
-¡Nam obedecerá hasta la muerte!
El otro levantó los dos brazos:
-Gaw no teme nada junto a Naoh.
El jefe los miró con dulzura; era como si la energía del
mundo descendiera hasta sus pechos, con sensaciones innumerables, sin que
ninguno de ellos encontrara palabras para expresarla, por lo que, lanzando el
grito de guerra, Nam y Gaw blandieron sus hachas.
Los felinos se sobresaltaron con ese ruido; los nómadas
gritaron más fuerte en señal de desafío; las fieras lanzaron rugidos de
cólera... Todo volvió a quedar en calma. La luz cayó sobre el bosque; el sueño
de los felinos tranquilizó a los ágiles animales que, furtivamente, pasaban a
lo largo del río; los buitres, a largos intervalos, cogían algunos trozos de
carne, la corola de las flores se alzaba hacia el cielo; la vida pasaba tan
tenaz e innumerable que parecía poder apoderarse del firmamento.
Los tres hombres esperaban, con la misma paciencia que los
animales. Nam y Gaw dormían a intervalos. Naoh retomaba proyectos fugitivos y
monótonos, como los de los mamuts, los lobos o los perros.
Tenían todavía carne para una comida, pero la sed empezaba
a atormentarles: sin embargo, pasarían varios días antes de que se hiciera
intolerable.
El león gigante se levantó hacia el crepúsculo. Lanzando
una mirada de fuego a los bloques de piedra, se aseguró de la presencia de los
enemigos. Sin duda que no tenía un recuerdo exacto de los acontecimientos, pero
su instinto de venganza se volvió a encender ante el olor de los Oulhamr; lanzó
un resoplido de cólera e hizo su ronda por delante de los intersticios del
refugio. Recordando finalmente que el fuerte era inabordable, y que de él
brotaban garras, dejó de dar vueltas, deteniéndose cerca del cadáver del gamo,
del que los cuervos apenas habían comido nada. La tigresa estaba ya allí.
Apenas tardaron nada en devorar los restos, y después el
gran león volvió hacia la tigresa su cráneo rojizo.
Algo tierno brotó de la bestia feroz, y la tigresa
respondió con una especie de maullido, con su largo cuerpo extendido en la
hierba. El león-tigre frotó el hocico contra el lomo de su compañera y la lamió
con una lengua rasposa y flexible. Ella aceptó la caricia, con los ojos
entrecerrados, llenos de resplandores verdes; después dio un salto hacia atrás,
y su actitud se volvió casi amenazadora. El macho gruñó - un gruñido
ensordecedor y mimoso- mientras la tigresa retozaba en el crepúsculo.
Los resplandores anaranjados le daban el aspecto de una
llama danzarina; se aplastaba sobre el suelo como una culebra inmensa, se
arrastraba por la hierba y se ocultaba, para reaparecer con saltos inmensos. Su
compañero, al principio inmóvil, fijó sobre sus patas negruzcas los ojos
enrojecidos por el sol, se precipitó hacia ella. La tigresa huyó y se deslizó
entre unos fresnos, y él la siguió arrastrándose.
Nam, que había visto desaparecer a las fieras, dijo:
-Se han ido... Hay que cruzar el río.
-¿Es que Nam no tiene ya orejas ni olfato? -contestó
Naoh-. ¿O es que cree que puede saltar con más velocidad que el león gigante?
Nam bajó la cabeza: un aliento cavernoso se elevó entre
los fresnos, dando a las palabras del jefe una significación imperiosa. El
guerrero reconoció que el peligro estaba tan próximo como cuando los carnívoros
dormían delante de los peñascos. Una esperanza, sin embargo, permanecía en el
corazón de los Oulhamr: el león-tigre y la tigresa, al haberse unido, sentirían
todavía más poderosa la necesidad de una guarida. Pues las fieras grandes
raramente yacen sobre la tierra desnuda, sobre todo en estación de las lluvias.
66
Cuando los tres hombres vieron que el brasero del sol
descendía hacia las tinieblas, concibieron la misma angustia secreta que agita
a los herbívoros en el vasto país de los árboles y las hierbas. Y se acrecentó
cuando reaparecieron sus enemigos. El paso del león gigante era grave, casi
pesado, la tigresa daba vueltas a su alrededor con una alegría formidable.
Volvieron a olfatear la presencia de los hombres en el momento en que el astro
rojo se desplomaba, cuando un inmenso estremecimiento y voces hambrientas se
elevaba en la llanura: las bocas monstruosas pasaban una y otra vez delante de
los Oulhamr, y los ojos de fuego verde danzaban como resplandores sobre una
laguna. Finalmente, el león-tigre se agachó mientras su compañera se deslizaba
por las hierbas e iba a rastrear a los animales entre los matorrales de la
orilla.
Grandes estrellas se encendieron en las aguas del
firmamento. Después, el campo abierto palpitó por entero con esos pequeños
fuegos inmutables, y el archipiélago de la Vía Láctea precisó sus golfos, sus
estrechos, sus islas claras.
Gaw y Nam no contemplaban apenas los astros, pero Naoh no
les era insensible. Su alma confusa extraía de allí un sentido más agudo de la
noche, las tinieblas y el espacio. Creía que la mayor parte de las estrellas
aparecían tan sólo como chispas de una brasa, variables cada noche, pero que
algunas regresaban con persistencia. La inactividad en la que vivía desde la
víspera había encendido en él cierta energía perdida, y soñaba ante la masa
negra de los vegetales y los resplandores dedicados del cielo. Y en su corazón
se exaltaba algo que le unía más estrechamente a la tierra.
La luna se deslizaba entre las enramadas. Iluminaba al
león gigante, acurrucado entre las hierbas altas, y a la tigresa que, dando
vueltas desde la sabana hasta el bosque, trataba de capturar algún animal. Esa
maniobra inquietaba al jefe.
Sin embargo, la tigresa acabó por meterse tan
profundamente en el bosque que habrían podido luchar sólo contra su compañero.
Naoh se habría arriesgado quizá a esa aventura si la fuerza de Nam y la de Gaw
hubieran sido comparables a la suya. Sufría por la sed. Nam sufría todavía más:
aunque no era todavía su turno de guardia, no podía dormir. El joven Oulhamr
tenía abiertos en la penumbra unos ojos enfebrecidos; también Naoh estaba
triste. Nunca le había parecido tan larga la distancia que le separaba de la horda,
de esa pequeña isla de seres, fuera de la cual estaba perdido en la inmensidad
cruel. La figura de las mujeres flotaba a su alrededor como una fuerza más
suave, más segura y duradera que la de los machos... En su ensoñación, se
durmió con ese sueño de vigilia que disipa la más ligera aproximación. El
tiempo pasó bajo las estrellas. Naoh sólo se despertó con el retorno de la
tigresa. No traía ninguna presa y parecía fatigada. El león-tigre,
levantándose, la olfateó mucho tiempo y partió a su vez a la caza. También él
siguió la orilla del río, se ocultó en los matorrales, prolongó su curso por el
bosque.
Naoh no dejaba de espiarle, a veces estaba a punto de
despertar a los otros (Nam había sucumbido al sueño), pero un instinto cierto
le advertía de que el animal no estaba todavía lo bastante lejos. Finalmente,
se decidió, tocó a sus compañeros en el hombro y, cuando estuvieron en pie,
murmuró:
-¿Nam y Gaw están dispuestos a combatir?
Éstos respondieron:
-¡El hijo de la Saiga seguirá a Naoh!
-Nam combatirá con el venablo y el arpón.
Los jóvenes guerreros miraron a la tigresa. Aunque el
animal estaba acostado, no dormía: a cierta distancia, con el dorso vuelto
hacia los bloques de piedra, acechaba. Pero Naoh, durante su vigilia, había
despejado en silencio la salida. Si la atención de la tigresa se despertaba de
pronto, sólo un hombre, todo lo más dos, tendrían tiempo para salir del
refugio. Tras asegurarse de que las armas estaban dispuestas, Naoh empezó por
sacar su arpón y su maza, y después se deslizó hacia el exterior con una prudencia
infinita. El azar le favoreció: los aullidos de los lobos y los gritos de la
lechuza cubrieron el ligero ruido de su cuerpo arrastrándose por la tierra.
Naoh estaba sobre la pradera, y la cabeza de Gaw surgía ya por la abertura. El
joven guerrero salió con un movimiento brusco; la tigresa se dio la vuelta y
contempló fijamente a los nómadas. La sorpresa hizo que no atacara
inmediatamente, por lo que Nam también pudo salir. Sólo entonces, la tigresa
dio un salto, con un rugido de llamada; después siguió acercándose a los
hombres, sin prisas, convencida de que no podrían escapar. Pero éstos ya habían
levantado sus azagayas. Nam tenía que ser el primero en lanzar la suya, y
después Gaw, y los dos apuntarían a las patas. El hijo del Álamo se aprovechó
de un momento favorable. El arma silbó; cayó demasiado alta, cerca del hombro.
Bien porque la distancia era excesiva, o porque la punta se deslizara
sesgadamente, la tigresa no pareció sentir ningún dolor: gruñó y precipitó la
carrera. Fue entonces Gaw el que lanzó el dardo. Falló el blanco porque el
animal se había apartado. Era el turno de Naoh.
Más fuerte que sus compañeros, podía hacer una herida
profunda. Lanzó el dardo cuando la tigresa sólo estaba a veinte codos, y la
alcanzó en la nuca. Esa herida no detuvo al animal, que precipitó su impulso.
Cayó sobre los tres hombres como un bloque: Gaw cayó alcanzado por una garra en
un pecho. Pero la maza pesada de Naoh la había golpeado; la tigresa aulló, con
una pata rota, mientras el hijo del Álamo la atacaba con su venablo. Se dio la
vuelta con una velocidad prodigiosa, aplastó a Nam contra el suelo y se levantó
sobre sus patas traseras para coger a Naoh. Lanzó hacia él la boca monstruosa
con un aliento ardiente y fétido; una zarpa le desgarró... La maza volvió a
caer todavía. Aullando de dolor, la fiera sintió un vértigo que permitió al
nómada separarse de ella y dislocarle una segunda pata. La tigresa giró sobre
sí misma, buscando una posición de equilibrio, mordiendo en el vacío, mientras
que la maza caía sin descanso sobre sus miembros. La bestia cayó, y Naoh
hubiera podido terminar con ella, pero las heridas de sus compañeros le
inquietaban. Encontró a Gaw de pie, con el torso enrojecido por la sangre que
brotaba de su pecho: tres largas heridas rayaban la carne. En cuanto a Nam,
yacía aturdido, con unas heridas que parecían ligeras; un dolor profundo se
extendía por su pecho y sus riñones; no podía levantarse. Respondió a las
preguntas de Naoh como un hombre medio dormido. Entonces el jefe preguntó:
-¿Puede Gaw llegar hasta el río?
-Gaw irá hasta el río -murmuró el joven Oulhamr.
Naoh se agachó y pegó la oreja al suelo, y después aspiró
largo tiempo el espacio. Nada revelaba la cercanía del león gigante y como,
tras la fiebre del combate, la sed se volvía intolerable, el jefe tomó a Nam en
sus brazos y lo llevó hasta la orilla del agua. Allí ayudó a Gaw a saciarse,
bebió él mismo en abundancia y dio de beber a Nam vertiéndole el agua entre los
labios con las dos manos. Después regresó hacia las piedras basálticas,
llevando a Nam contra su pecho y sosteniendo a Gaw que trastabillaba.
Los Oulhamr no sabían todavía la forma de curar las
heridas: las cubrían con algunas hojas que un instinto más animal que humano
les hacía elegir entre las más aromáticas. Naoh salió para buscar hojas de
sauce y de menta, que machacó y aplicó después sobre el pecho de Gaw. La sangre
brotaba en menor cantidad, y nada anunciaba que las heridas fueran mortales.
Nam salió de su torpor, aunque sus miembros, sobre todo las piernas,
permanecían inertes. Y Naoh no se olvidó de las útiles palabras.
-Nam y Gaw han combatido bien... Los hijos de los Oulhamr
proclaman su valor.
Las mejillas de los jóvenes se animaron con la alegría de
ver a su jefe, una vez más, victorioso.
-Naoh ha vencido a la tigresa -murmuró el hijo de la
Saiga, con una voz profunda-, lo mismo que había vencido al oso gris.
-¡No hay ningún guerrero tan fuerte como Naoh! -gimió Nam.
Entonces el hijo del Leopardo repitió la palabra de
esperanza con tanta fuerza que los heridos sintieron la suavidad del futuro:
-¡Recuperaremos el fuego!
Y añadió:
-El león gigante está todavía lejos... Naoh va a cazar una
presa.
Naoh iba y venía por la llanura, sobre todo cerca del río.
A veces se detenía ante la tigresa. Todavía vivía. Bajo la carne manchada de
sangre, los ojos brillaban intactos: espiaba al gran nómada, que se movía a su
alrededor. Las heridas del costado y del dorso eran ligeras, pero las patas
tardarían mucho tiempo en curar.
Naoh se detuvo junto a la vencida; como pensaba que tenía
impresiones semejantes a las de un hombre, gritó:
-Naoh ha roto las patas a la tigresa... La ha vuelto más
débil que una loba.
Al acercarse el guerrero, se sobresaltó con un rugido de
cólera y de temor. Levantó la maza:
-¡Naoh puede matar a la tigresa, y la tigresa no puede
levantar una sola de sus garras contra Naoh!
Se escuchó un ruido confuso. Naoh reptó entre la hierba
alta. Aparecieron unos ciervos que huían de perros todavía invisibles, aunque
se escuchaban sus ladridos. Saltaron al agua tras haber olfateado el olor de la
tigresa y del hombre, pero silbó el dardo de Naoh; alcanzado en un costado, uno
de los ciervos fue arrastrado a la deriva. Naoh lo alcanzó en unas brazadas.
Tras acabar con él de un mazazo, lo cargó sobre sus hombros y lo llevó al
refugio, a trote rápido, pues olfateaba el peligro cercano... Cuando se
deslizaba entre las piedras, el león gigante salió del bosque.
VI.- La huida en la noche.
Habían pasado seis días desde el combate de los nómadas y
la tigresa. Las heridas de Gaw cicatrizaban, pero el guerrero no había podido
recuperar todavía la fuerza que se le había escapado con la sangre. En cuanto a
Nam, aunque ya no sufría, seguía teniendo dificultades en el movimiento de una
de las piernas. La impaciencia y la inquietud roían a Naoh.
Cada noche, el león gigante se ausentaba más tiempo, pues
los animales conocían cada vez más su presencia: ésta impregnaba las penumbras
del bosque, creaba el espanto en las orillas del río. Como era voraz y seguía
alimentando a la tigresa, su tarea era dura: a menudo, los dos sufrían hambre;
su vida era más desgraciada y más inquieta que la de los lobos.
La tigresa se iba curando; se arrastraba por la sabana con
tanta lentitud y con unas patas tan poco hábiles que Naoh apenas se alejaba de
ella para gritarle su derrota. Pero no la mataba, porque el cuidado de
alimentarla fatigaba a su compañero y prolongaba sus ausencias. Y así se
estableció una costumbre entre el hombre y el animal herido. Al principio, las
imágenes del combate se reavivaban en la tigresa, llenando su pecho de cólera y
temor. Escuchaba con odio la voz articulada del hombre, esa voz irregular y
variable, tan diferente de las voces que rugen, aúllan o gruñen, y levantaba su
gran cabeza mostrando las armas formidables que formaban sus mandíbulas.
El hombre, haciendo girar la maza o levantando el hacha,
repetía:
-¿De qué valen ahora las garras de tigresa? Naoh puede
romperle los dientes con la maza, abrirle el vientre con el venablo. ¡La
tigresa ya no tiene contra Naoh más fuerza que el ciervo o la saiga!
Ella se acostumbraba a los discursos, al giro de las
armas, y fijaba la luz verde de sus ojos, que ya había vuelto a abrir, sobre la
singular silueta vertical. Y aunque se acordaba de los golpes terribles de la
maza, no tenía ya miedo de otros golpes, pues la naturaleza de los seres les
hace creer en la presencia de lo que ven renovarse. Y el animal, cada vez que
Naoh levantaba la maza sin dejarla caer, esperaba que no lo hiciera. Y como,
por otra parte, había comprendido que el hombre era temible, ya no lo
consideraba como una presa, sino que simplemente se familiarizaba con su
presencia, y la familiaridad sin objetivo es, para todos los animales, una
especie de simpatía. Finalmente, a Naoh le resultó placentero dejar vivir a la
felina: así su victoria era más continua y segura. Y, de esa manera, él también
sentía por ella una unión confusa.
Llegó el tiempo en el que, durante la ausencia del león
gigante, Naoh ya no iba solo hasta el río: Gaw se arrastraba tras él. Después
de haber bebido, llevaba agua para Nam, en el hueco de una corteza. A la quinta
noche, la tigresa se había arrastrado hasta el borde del agua, más con la ayuda
del cuerpo que con la de las patas, y bebió penosamente, pues la orilla estaba
inclinada. Naoh y Gaw se pusieron a reír.
El hijo del Leopardo decía:
-¡Una hiena es ahora más fuerte que la tigresa... Los
lobos la matarían!
Y después, habiendo llenado de agua la corteza hueca,
quiso, como una bravata, colocarla delante de la tigresa. Esta dio un bufido
suave y después bebió. Eso divirtió a los nómadas, tanto que Naoh volvió a
hacerlo. Después, gritó con burla:
-La tigresa ya no sabe beber en el río.
Y su poder le produjo placer.
Al octavo día, Nam y Gaw se creyeron lo bastante fuertes
como para franquear la extensión, y Naoh preparó la huida para la noche
siguiente.
Esa noche descendió húmeda y pesada: el crepúsculo de
arcilla roja estuvo mucho tiempo en la parte delantera del cielo; las hierbas y
los árboles cedían bajo la lluvia; las hojas caían con un ruido de diminutas
alas y un rumor de insectos. Grandes lamentaciones se elevaban desde la
profundidad de los oquedales y las malezas de seres ateridos de frío, pues la
fieras estaban tristes y las que tenían hambre se albergaban en su guarida.
Al mediodía, el león-tigre mostró su malestar; salió de su
sueño con un estremecimiento: la imagen de un abrigo sólido, como la caverna en
la que había vivido antes del cataclismo, cruzó por su memoria. Había elegido
un hueco en medio de la sabana, en parte lo había preparado para él y la
tigresa, pero no vivía cómodo. Naoh pensó que, sin duda, aquella noche, al
partir de caza, buscaría alguna guarida. Su ausencia sería larga. Los Oulhamr
tendrían tiempo de franquear el río; la lluvia favorecería su retirada: movería
la tierra, borraría el olor de los rastros y el león gigante no sabría
seguirlos con sutileza.
Poco después del crepúsculo, el felino se puso en marcha.
Primero exploró las zonas vecinas, se aseguró que no hubiera ninguna presa
cercana, y después, como las otras noches, se metió en el bosque. Naoh esperó
inseguro, pues el olor excesivamente húmedo de los vegetales no dejaba percibir
fácilmente el de las fieras; el ruido de las hojas y de las gotas de agua
dispersaba el oído. Pero, finalmente, dio la señal, poniéndose a la cabeza de
la expedición, mientras Nam y Gaw le seguían a derecha e izquierda. Esa
disposición permitía prever mejor los acercamientos y volvía a los nómadas más
circunspectos. Primero tenían que franquear el río. En sus salidas, Naoh había
descubierto un lugar que podían vadear hasta la mitad de la corriente. Después,
tenían que nadar hacia una roca, desde la que recomenzaba el vado. Antes de
emprender la travesía, los guerreros borraron sus rastros; dieron vueltas algún
tiempo junto al río, cortando y volviendo a cortar las líneas, deteniéndose y
tratando de reforzar la huella de su paso. Tenían que guardarse también de
tomar directamente el vado: llegaron a él a nado.
En la otra orilla, volvieron a entrecruzar sus pasos,
describiendo largos desvíos y curvas caprichosas, y después salieron de esos
meandros sobre hierbas arrancadas de la sabana. Iban colocando los montones de
hierba de dos en dos, y luego los quitaban, era un estratagema con el que el
hombre superaba al élafo más sutil y al lobo más sagaz. Tras franquear
trescientos o cuatrocientos codos, creyeron haber hecho lo suficiente para
desanimar la persecución, y prosiguieron el viaje en línea recta.
Avanzaron algún tiempo en silencio, y después Nam y Gaw se
interpelaron, mientras Naoh prestaba atención. A lo lejos, había sonado un
ruido: se repitió tres veces, seguido de un largo maullido.
Nam dijo:
-Es el león gigante.
-¡Vayamos más veloces! -murmuró Naoh.
Recorrieron un centenar de pasos sin que nada turbara la
paz de las tinieblas; después, la voz sonó más próxima:
-¡El león gigante está junto al río!
Avivaron todavía más la marcha: ahora los ruidos se
sucedían en sacudidas estridentes, llenas de cólera e impaciencia. Los nómadas
comprendieron que el animal seguía sus rastros entremezclados: el corazón les
latió contra el pecho como el pico de un pájaro contra la corteza de los
árboles; se sintieron desnudos y débiles ante la masa pesada de la sombra. Por
otra parte, esa sombra les tranquilizaba, les ponía incluso al abrigo de la
mirada de los seres nocturnos. El león gigante sólo podía seguirles la pista, y
si atravesaba el río se encontraría con la astucia de los hombres, ignorando
por dónde habían pasado.
Un rugido formidable cruzó el campo abierto; Nam y Gaw se
acercaron a Naoh:
-¡El gran león ha pasado el agua! -murmuró Gaw.
-¡Marchemos! -respondió imperiosamente el jefe, aunque él
se detenía y se agachaba para escuchar mejor las vibraciones de la tierra.
Golpe a golpe, estallaron otros clamores.
Naoh, levantándose, gritó:
-¡El gran león está todavía en la otra orilla!
La voz que gruñía se iba haciendo más baja; el animal
había abandonado la persecución y se retiraba hacia el norte. Pero era
improbable que otro felino de gran estatura entrara en el territorio; en cuanto
al oso gris, raro ya en el territorio en el que Naoh había luchado con él,
sería muy difícil de encontrar tan lejos hacia el sur. Y los tres juntos no
temían ni al leopardo ni a la pantera grande.
Avanzaron mucho tiempo; la llovizna se disipó, las
tinieblas siguieron siendo profundas. Una espesa muralla de nubes cubría las
estrellas. No se veía más que esas fosforescencias ligeras que brotan de las
plantas o se posan sobre las aguas; un animal jadeaba en silencio o dejaba oír
el frotamiento de sus patas; un gruñido rodaba sobre las hierbas mojadas; las
fieras que iban de caza aullaban, chillaban o ladraban.
Los Oulhamr se detenían para captar los ruidos y los
olores, que son como la red aérea de los animales. Al fin, Nam y Gaw empezaron
a cansarse. Nam sentía debilidad alrededor de sus huesos, y las cicatrices de
Gaw estaban todavía calientes: tenían que buscar un abrigo. Avanzaron, no
obstante, cuatro mil codos más: el aire se volvió más húmedo, el aliento del
espacio se hinchó. Adivinaron que una gran masa de agua estaba próxima, y
enseguida estuvieron seguros de ello.
Todo parecía apacible. Apenas si algunos ruidos furtivos
anunciaban la huida de algún animalillo, o si alguna forma aparecía y
desaparecía en un salto rápido. Naoh terminó por elegir como abrigo un enorme
álamo negro. El árbol no podía ofrecer defensa alguna contra el ataque de las
fieras; pero en las tinieblas, ¿cómo encontrar un refugio seguro o que no
estuviera ocupado? El musgo estaba mojado, y el tiempo era fresco. Pero eso les
importaba poco a los Oulhamr; tenían una piel tan resistente a la intemperie
como la de los osos o los jabalíes: Nam y Gaw se tendieron sobre el suelo y
cayeron inmediatamente en el sueño; Naoh vigiló. No estaba cansado, había
reposado mucho bajo las piedras basálticas y, como estaba bien preparado para
las marchas, los trabajos y los combates, resolvió prolongar la guardia para
que Nam y Gaw se fortalecieran todavía más.
SEGUNDA PARTE
I.- Las cenizas.
Durante mucho tiempo, se encontró en esa oscuridad sin
astros que había retrasado la huida. Después, una claridad se filtró por
oriente. Extendiéndose con suavidad entre el musgo de las nubes, descendía como
un manto de perlas. Naoh vio que un lago cerraba el camino del sur: no podía
ver su final. El lago vibraba lentamente: el nómada se preguntó si sería
necesario rodearlo hacia el este, donde se distinguía una cadena de colinas, o
hacia el oeste, pálido y plano, entrecortado de árboles.
La luz seguía siendo débil; una brisa corría delicadamente
desde la tierra a las olas; muy por encima, se levantó un viento fuerte que
empujaba y horadaba las nubes. La luna, que estaba en su último cuarto, acabó
por dibujarse entre los vapores deshilachados.
Bien pronto, una gran cisterna azul recibió la imagen
arqueada. Para la pupila de vista aguda de Naoh, el lugar se dibujaba hasta las
fronteras mismas del horizonte: hacia levante, el jefe discernió cosas y líneas
arborescentes, difuminadas contra la luz de la luna, que indicaban el camino
del viaje; por el sur, y hacia el oeste, el lago se extendía indefinidamente.
Reinaba un silencio que parecía desplegarse desde las
aguas hasta la luna creciente y plateada; la brisa se hizo tan débil que apenas
si sacaba, a intervalos, un suspiro de los vegetales.
Cansado de estar inmóvil, e impaciente por precisar su
visión, Naoh salió de la sombra del álamo y caminó a lo largo de la orilla.
Según la disposición del terreno y de los vegetales, el lugar se abría mucho o
se recogía, y las fronteras orientales del lago parecían más precisas;
numerosos rastros revelaban el paso de ganados y fieras. El nómada se detuvo de
pronto con un gran estremecimiento; sus ojos y su nariz se dilataron, el
corazón le latió por la ansiedad y por un arrobamiento extraño; los recuerdos aparecieron
con tanta energía que creyó volver a ver el campamento de los Oulhamr, el lugar
humeante y la figura flexible de Gammla. Y es que, en el seno de la hierba
verde, se abría un hueco con brasas y ramas consumidas a medias: el viento aún
no había dispersado el polvo blancuzco de las cenizas.
Naoh imaginó la tranquilidad de un descanso, el aroma de
las carnes asadas, el calor tierno y los saltos rojizos de la llama; pero al
mismo tiempo veía al enemigo. Lleno de temor y de prudencia, se arrodilló para
considerar mejor el rastro formidable de los que por allí habían pasado.
Enseguida supo que había por lo menos tres veces más de guerreros que de dedos
de sus dos manos, y que no había entre ellos ni mujeres ni ancianos ni niños.
Era una de esas expediciones de caza y de descubrimiento que las hordas envían
a veces a grandes distancias. El estado de los huesos y los restos de carne
concordaba con las indicaciones suministradas por la hierba.
Naoh necesitaba saber de dónde venían los cazadores y por
dónde habían pasado. Temía que pertenecieran a la raza de los devoradores de
hombres, quienes desde la juventud de Goun ocupaban los territorios
meridionales a los dos lados del Gran Rio. En los miembros de esa raza, la
estatura era superior a la de los Oulhamr y a la de todas las razas que habían
visto los jefes y los ancianos. Eran los únicos que se alimentaban de la carne
de sus semejantes, aunque no la prefirieran a la de los élafos, los jabalíes,
las ciervas, los corzos, los caballos o los hemiones. Su número no parecía
considerable: sólo se conocían de ellos tres hordas, mientras que Ouag, hijo
del Lince, el mayor aventurero nacido entre los Oulhamr, había conocido, sin
embargo, hordas que sólo comían la carne del hombre.
Mientras que esos recuerdos invadían a Naoh, éste no
dejaba de perseguir los rastros dejados en el suelo y entre los vegetales. La
tarea era fácil, pues los errantes, confiando en su número, no se ocupaban de
ocultar su avance. Habían rodeado el lago hacia oriente, y probablemente
trataban de llegar a las orillas del Gran Río.
El nómada pensó en dos proyectos: llegar a la expedición
antes de que ésta hubiera regresado a sus tierras de caza y quitarles el fuego
mediante la astucia; o bien superarla, llegar antes que ella cerca de la horda,
cuando ésta estaba privada de sus mejores guerreros, y acechar el momento
favorable.
Para no tomar un camino equivocado, era necesario seguir
primero la pista. Y su imaginación salvaje, a través de las aguas, las colinas
y las estepas, no dejaba de ver a aquellos caminantes que llevaban con ellos la
fuerza soberana de los hombres. El sueño de Naoh tenía la precisión de la
realidad; estaba lleno de actos, de energía, de gestos eficaces. Se abandonó al
sueño durante mucho tiempo, mientras la brisa se hacía más suave, se
apaciguaba, desaparecía de hoja en hoja, de brizna de hierba en brizna.
II.- El acecho delante del fuego.
Desde hacía tres días, los Oulhamr seguían la pista de los
devoradores de hombres. Rodearon primero el lago hasta el pie de las colinas.
Después entraron en un país en el que los árboles alternaban con las praderas.
Su tarea resultó fácil porque los caminantes avanzaban sin tomar precauciones;
encendían grandes fuegos para asar sus presas o abrigarse del frío de las
noches brumosas.
En cambio, Naoh utilizaba continuamente la astucia para
despistar a aquellos que pudieran seguirles. Elegía los suelos duros, las
hierbas flexibles que se rehacían con prontitud, aprovechaba el lecho de los
torrentes, pasaba, vadeándolos o a nado, algunos giros del lago, y a veces
equivocaba las huellas. Y a pesar de esa prudencia, ganaba terreno. Al final
del tercer día, estaba tan cercano a los devoradores de hombres que creyó poder
alcanzarlos si avanzaba una sola noche.
-¡Que Nam y Gaw preparen sus armas y su valor -dijo-, pues
esta noche volverán a ver el fuego!
Los jóvenes guerreros, según que soñaran en la alegría de
ver saltar las llamas, o en la fuerza de sus enemigos, respiraban más fuerte o
se quedaban sin aliento.
-¡Reposemos primero! -siguió diciendo el hijo del
Leopardo-. Nos acercaremos a los devoradores de hombres mientras duermen, y
trataremos de engañar a los que vigilan.
Nam y Gaw concibieron la proximidad de un peligro más
grande que todos los otros: la leyenda de los devoradores de hombres era
temible. Su fuerza, su audacia y su ferocidad superaban a las de las hordas
conocidas. Algunas veces, los Oulhamr habían sorprendido y exterminado a grupos
poco numerosos; pero con mayor frecuencia habían sido los Oulhamr quienes
habían perecido bajo sus hachas cortantes y sus mazas de roble.
Según el viejo Goun, descendían del oso gris; sus brazos
eran más largos que los de los otros hombres; sus cuerpos tan velludos como el
cuerpo de Aghoo y de sus hermanos. Y como se nutrían de los cadáveres de sus
enemigos, espantaban a las hordas temerosas.
Cuando el hijo del Leopardo hubo hablado, Nam y Gaw, temblorosos,
inclinaron la cabeza, y después reposaron hasta mitad de la noche.
Se levantaron antes de que la luna creciente hubiera
blanqueado el fondo del cielo. Después de que Naoh reconociera de antemano el
camino, avanzaron primero entre las tinieblas. Al levantarse la luna, se dieron
cuenta de que se habían desviado, y después recuperaron el camino.
Sucesivamente, atravesaron un monte con matorrales, cruzaron tierras pantanosas
y franquearon un pequeño río.
Finalmente, desde la cumbre de una colina, ocultos entre
las hierbas espesas y sacudidos por una emoción terrible, vieron el fuego.
Nam y Gaw temblaban; Naoh permanecía inmóvil, con las
corvas como rotas y el aliento ronco. Después de haber pasado tantas noches en
el frío, la lluvia, las tinieblas, después de tantas luchas, con el hambre, la
sed, el oso, la tigresa y el león gigante, aparecía por fin el signo
resplandeciente de los hombres.
Y era en una llanura cortada por terebintos y sicomoros,
no lejos de la laguna, unas brasas en semicírculo, cuyas llamas se alargaban
alrededor de los tizones. Y arrojaba un resplandor de crepúsculo que embebía,
bañaba y vivificaba la estructura de las cosas.
Saltamontes rojos, luciérnagas de rubí, de carbunclo o de
topacio agonizaban en la brisa; unas alas escarlatas crujían al dilatarse; una
humareda brusca ascendía en espiral y se aplanaba en el claro de luna; había
llamas levantadas como víboras, palpitantes como olas, imprecisas como nubes.
Los hombres dormían cubiertos con pieles de élafos, de
lobos, de musmones, cuyo pelo aplicaban sobre el cuerpo. Las hachas, las mazas
y las jabalinas estaban tendidas sobre la sabana; dos guerreros vigilaban. Uno
de ellos, sentado sobre la provisión de leña seca, con los hombros abrigados
con una piel de carnero, tenía la mano sobre el venablo.
Un rayo cobrizo golpeaba su rostro, cubierto hasta cerca
de los ojos de un pelo semejante al de los zorros. Su piel velluda recordaba la
de los musmones, de la boca sobresalían unas trompas enormes bajo una nariz
plana, de ventanas circulares; dejaba colgar sus brazos largos como los del
hombre de los Árboles, mientras que sus piernas se plegaban, cortas, gruesas y
arqueadas.
El otro guardián caminaba furtivamente alrededor del
fuego. Se detenía a intervalos, tendía el oído, las ventanas de su nariz
interrogaban el aire húmedo que caía sobre la llanura a medida que se elevaban
los vapores sobrecalentados. Era de una estatura igual a la de Naoh, de cráneo
enorme, orejas de lobo, puntiagudas y retráctiles; los cabellos y la barba los
tenía en mechones, separados por islotes de piel de color azafranado; sus ojos
fosforecían en la penumbra, o se ensangrentaban con los reflejos de la llama;
tenía pectorales levantados en cono, el vientre plano, el muslo triangular, la
tibia cortante como el hacha, y unos pies que hubieran sido pequeños de no ser
por la longitud de los dedos. Todo el cuerpo, pesado y recogido como el de los
búfalos, revelaba una fuerza inmensa, pero menor actitud para la carrera que el
cuerpo de los Oulhamr.
El guardián había interrumpido su avance. Dirigió la
cabeza hacia la colina. Sin duda que alguna vaga emanación le inquietaba, pues
no reconocía en ella ni el olor de los animales, ni el de las gentes de su
horda, mientras que el otro guardián, dotado de un olfato menos sutil, seguía
somnoliento.
-¡Estamos demasiado cerca de los devoradores de hombres!
-comentó con voz baja Gaw-. El viento les lleva nuestro rastro.
Naoh sacudió la cabeza, pues tenía más miedo del olfato
del enemigo que de su vista o su oído.
-¡Hay que ponernos contra el viento! -añadió Nam.
-El viento sigue el camino de los devoradores de hombres
-respondió Naoh-. Si damos la vuelta, serán ellos quienes marcharán detrás de
nosotros.
No tenía necesidad de explicar su pensamiento: Nam y Gaw
conocían, lo mismo que las fieras, la necesidad de seguir a la presa, en lugar
de precederla, a menos que se fuera a tender una emboscada.
Sin embargo, el guardián dirigió la palabra a su
compañero, quien hizo un signo negativo. Pareció que también él se iba a
sentar, pero avanzó en la dirección de la colina.
-Hay que retroceder - dijo Naoh.
Con la mirada buscó un abrigo que pudiera atenuar las
emanaciones. Cerca de la cima crecía un matorral espeso: los Oulhamr se
ocultaron en él y, como la brisa era ligera, si se rompía llevarían un efluvio
demasiado débil para el olfato humano. El guardián detuvo pronto su marcha;
tras algunas aspiraciones vigorosas, regresó al campamento.
Los Oulhamr permanecieron mucho tiempo inmóviles. El hijo
del Leopardo pensaba en estratagemas, con la mirada puesta en el resplandor
ensombrecido de las brasas. Pero no descubrió a ninguna. Pues si el menor
obstáculo puede tapar a una visión aguda, si es posible caminar suavemente
sobre la estepa para engañar al antílope o al hemione, la emanación se extiende
al pasar y permanece sobre la pista: sólo el alejamiento y el viento contrario
la ocultan. El rugido de un chacal hizo levantar la cabeza al gran nómada. Al
principio lo escuchó en silencio, pero después expresó una risa ligera:
-Estamos en el país de los chacales. Nam y Gaw tratarán de
abatir uno.
Sus compañeros volvieron hacia él sus rostros asombrados,
y él siguió diciéndoles:
-Naoh vigilará en ese matorral... el chacal es tan astuto
como el lobo: jamás el hombre podría acercársele. Pero siempre tiene hambre.
Nam y Gaw pondrán un trozo de carne y esperarán a escasa distancia. El chacal
vendrá; se acercará y se alejará. Después volverá a acercarse y alejarse. Luego
dará vueltas alrededor vuestro y de la carne. Si no os movéis, si vuestra
cabeza y manos son como piedras, al cabo de mucho tiempo se arrojará sobre la
carne. Vendrá y se irá. Vuestra azagaya debe ser más ágil que él.
Nam y Gaw partieron a la búsqueda de chacales. No es
difícil seguirles; su voz les denuncia: saben que ningún animal les busca para
convertirlos en su presa. Los dos Oulhamr los encontraron cerca de un macizo de
terebintos. Había cuatro, encarnizados sobre huesos de los que habían roído
toda la fibra. No huyeron delante de los hombres; lanzaron sobre ellos pupilas
vigilantes; chillaron suavemente, dispuestos a escapar en cuanto pensaban que
los recién llegados estaban demasiado próximos.
Nam y Gaw hicieron como había dicho Naoh. Pusieron en el
suelo un cuarto de cierva y, alejándose, permanecieron tan inmóviles como el
tronco de los terebintos. Los chacales avanzaron con pequeños pasos sobre la
hierba. Su temor se debilitaba con el olor de la carne. Aunque a menudo habían
encontrado al animal vertical, ninguno había experimentado sus astucias: sin
embargo, como lo consideraban más fuerte que ellos, sólo le seguían a
distancia, y como su inteligencia era fina, y como sabían que el peligro no
cesa jamás ni bajo la luz ni en las tinieblas, actuaban con desconfianza. Por
eso, dieron vueltas mucho tiempo junto a los Oulhamr, hicieron muchos círculos,
se emboscaron en los macizos de terebintos y volvieron a aparecer, rodeando a
menudo a los cuerpos inmóviles. La luna creciente enrojeció por oriente antes
de que sus dudas y su paciencia terminaran.
Sus acercamientos se volvían cada vez más atrevidos;
llegaban a estar a veinte codos de la comida; se detenían mucho tiempo con
murmullos. Finalmente, su codicia se exasperó; se decidieron, precipitándose
todos juntos, para no dar ninguna ventaja los unos a los otros. Fue tan rápido
como lo había previsto Naoh. Pero los arpones fueron más rápidos todavía;
traspasaron el costado de dos chacales mientras los otros se llevaban la presa;
después, las hachas rompieron lo que quedaba de vida en los animales heridos.
Cuando Nam y Gaw llevaron los despojos, Naoh dijo:
-Ahora podemos engañar a los devoradores de hombres. Pues
el olor de los chacales es mucho más potente que el nuestro.
El fuego se había reanimado, alimentado con ramas grandes
y pequeñas. Lanzaba sobre la llanura sus llamas devoradoras y llenas de humo;
podía verse con mayor claridad a los que dormían, y también las armas y las
provisiones; los nuevos guardianes habían sucedido a los otros, y ambos estaban
sentados, con la cabeza agachada, sin sospechar peligro alguno.
-Estos son más fáciles de sorprender -dijo Naoh, tras
haberlos contemplado con atención- Nam y Gaw han cazado chacales; también el
hijo del Leopardo va a cazar.
Descendió del montículo llevando la piel de uno de los
chacales y desapareció en las malezas que se extendían hacia poniente. Primero
se alejó de los devoradores de hombres, para no descubrirse. Atravesó la
maleza, reptó entre las hierbas altas, contorneó una laguna a la que daban
sombra las cañas y los mimbres, giró entre unos tilos y finalmente se encontró
en un matorral a cuatrocientos codos del fuego.
Los guardianes ni siquiera se habían movido. Apenas si uno
de ellos percibió el olor del chacal, que no podía inspirarle inquietud alguna.
Y Naoh se llenó los ojos con todos los detalles del campamento. Primero midió
el número y la estructura de los guerreros. Casi todos mostraban una
musculatura imponente: bustos profundos servidos por brazos largos y piernas
cortas; el Oulhamr se aseguró de que ninguno le superaría en la carrera.
Después examinó el suelo. Un espacio vacío, en el que la tierra estaba desnuda,
le separaba por la derecha de un pequeño terraplén. Luego había algunos
arbustos, y posteriormente un banco de hierbas altas que giraba hacia la
izquierda. Esas hierbas se alargaban formando una especie de promontorio hasta
cinco o seis codos del fuego.
Naoh no lo dudó mucho. Como los guardianes casi le daban
la espalda, se arrastró hacia el terraplén. No podía apresurarse. A cada
movimiento de los guardianes, se detenía y se aplastaba sobre el suelo como un
reptil. Sentía sobre él, como unas manos sutiles, el doble resplandor de la
hoguera y de la luna. Finalmente, se encontró al abrigo y, arrastrándose tras
los arbustos y atravesando la banda de hierbas, llegó cerca del fuego.
Los guerreros dormidos le rodeaban casi por completo: la
mayor parte de ellos estaban al alcance de la azagaya. Si los vigilantes daban
la alarma, al menor movimiento en falso le cogerían. Sin embargo, estaba de
suerte: el viento soplaba en su dirección, llevándose a la vez y ahogándose en
el humo su olor y el de la piel del chacal. Además, los guardianes parecían
casi adormecidos; apenas si levantaban a intervalos la cabeza.
Naoh apareció a plena luz, dio un salto de leopardo,
tendió la mano y cogió un tizón. Ya regresaba hacia la banda de hierbas cuando
sonó un aullido, mientras uno de los centinelas sacudía y el otro lanzaba la
azagaya. Casi simultáneamente se levantaron seis siluetas. Antes de que algún
devorador de hombres siguiera su camino, Naoh había sobrepasado la línea por la
que podían cortarle la retirada. Lanzando su grito de guerra, se dirigió en
línea recta hacia el terraplén en el que le esperaban Nam y Gaw. Le seguían los
Kzamms, esparcidos, con gruñidos de jabalíes. A pesar de sus piernas cortas,
eran ágiles, pero no lo bastante para alcanzar al Oulhamr, quien, blandiendo la
antorcha, saltaba delante de ellos como si fuera un megaceros. Llegó al
terraplén con quinientos codos de distancia y encontró en pie a Nam y Gaw:
-¡Huid hacia adelante! -les gritó.
Sus siluetas esbeltas corrieron hacia abajo con un paso
casi tan rápido como el del jefe. Naoh se alegró de haber preferido a esos
hombres flexibles en lugar de unos guerreros más maduros y robustos. Pues,
adelantando a los Kzamms, los jóvenes ganaban dos codos cada diez saltos.
El hijo del Leopardo les seguía sin esfuerzo, deteniéndose
a veces para examinar el tizón. Su emoción se dividía entre la inquietud de la
persecución y el deseo de no perder la presa chispeante por la que había
soportado tantos sufrimientos. La llama se estaba apagando. Sólo quedaba un
resplandor rojizo que apenas subsistía en la parte húmeda de la madera. Sin
embargo, el resplandor era lo bastante vivo como para que Naoh esperara
reanimarlo y nutrirlo nada más detenerse.
Cuando la luna estaba en la tercera parte de su curso, los
Oulhamr se encontraron ante una red de lagunas. Esa circunstancia no era
desfavorable; reconocían un camino ya recorrido, un camino que les había
descubierto la presencia de los Kzamms, estrecho, sinuoso, pero seguro y
fundamentado sobre pórfido. Se metieron por él sin vacilación y se detuvieron.
Apenas si dos hombres podían avanzar juntos, sobre todo
para combatir: los Kzamms tendrían que correr grandes riesgos o rodear la
posición; a los Oulhamr les sería fácil adelantarles. Naoh, calculando sus
posibilidades con su doble instinto de animal y de hombre, supo que tenía
tiempo para hacer crecer el fuego. La brasa rojiza había decrecido todavía más:
se oscurecía y perdía brillo.
Los nómadas buscaron la hierba y leña seca. Abundaban las
cañas marchitas, las gramas amarillentas, las ramas de sauce sin savia: toda
esa vegetación estaba húmeda. Secaron algunas ramitas de extremos afilados,
hojas y brizna muy finas. La pequeña brasa se animaba nada más soplar el jefe.
Muchas veces las puntas de hierbas se animaban con un resplandor ligero que
crecía un instante, se detenía vacilante al borde de la brizna, decrecía y
moría vencido por el vapor del agua. Entonces, Naoh pensó en el pelo de los
chacales. Arrancó algunos mechones y trató de prender en ellos una llama.
Enrojecieron algunos penachos; la alegría y el temor oprimían a los Oulhamr; en
cada ocasión; a pesar de las precauciones infinitas, la menuda palpitación se
detenía y se apagaba... ¡No había más esperanza! La ceniza sólo proyectaba un
resplandor débil; una última partícula escarlata decrecía, primero grande como
una avispa, después como una mosca, luego como esos insectos minúsculos que
flotan en la superficie de las lagunas. Finalmente, todo se apagó, una tristeza
inmensa heló el alma de los Oulhamr y la ensombreció. El débil resplandor había
sido la realidad magnífica del mundo; iba a crecer, iba a tomar poder y
duración; iba a nutrir las hogueras de los reposos, a espantar al león gigante,
al tigre y al oso gris, combatir la tinieblas y crear en las carnes un sabor
delicioso. Ellos la llevarían resplandeciente a la horda y la horda reconocería
su fuerza... pero apenas conquistada había muerto, y los Oulhamr, tras las
emboscadas de la tierra, las aguas y los animales, iban a conocer las
emboscadas de los hombres.
III.- A orillas del Gran Río-
Naoh huía delante de los Kzamms. Hacía ya ocho días que
duraba la persecución; era ardiente, continua, llena de tretas. Los devoradores
de hombres, bien porque les preocupaba el futuro -los Oulhamr podían ser los
exploradores de una horda-, o bien por su instinto destructor y su odio a los
extranjeros, desplegaban una energía curiosa. Pero la resistencia de los
furtivos no iba detrás de su velocidad; cada día podían ganar entre cinco y
seis mil codos de ventaja. Pero Naoh no dejaba de pensar en la conquista del
fuego. Cada noche, después de haber asegurado a Nam y Gaw la delantera
necesaria, regresaba a dar vueltas al campamento enemigo. Dormía poco, pero lo
hacía profundamente.
Como las peripecias de estas persecuciones exigían
numerosos desvíos, el hijo del Leopardo se vio obligado a dirigirse
oblicuamente hacia oriente, aunque al octavo día vio el Gran Rio.
Estaba en la cumbre de una colina cónica, excavada en
pórfido, donde las inundaciones, las lluvias y los vegetales habían roído las
orillas, abierto agujeros, arrancado bloques, pero que durante centenares de
milenios resistía con paciencia tenaz a los golpes brutales de los meteoritos.
El río corría con fuerza. A través de mil países de
piedra, de hierbas y de árboles, había bebido las fuentes, devorado los
afluentes. Los glaciares se acumulaban para él en los pliegues de la montaña,
las fuentes se filtraban hasta las cavernas, los torrentes hostigaban a los
granitos, el gres o las calcáreas, las nubes vomitaban sus esponjas inmensas y
ligeras, las capas se apresuraban sobre sus lechos de arcilla. Fresco, espumoso
y rápido cuando era forzado por las orillas, en las tierras planas se agrandaba
convirtiéndose en lagos, o destilaba pantanos; se bifurcaba alrededor de las
islas; rugía en las cataratas sollozaba en los rápidos. Lleno de vida,
fecundaba la vida inagotable. Desde las regiones tibias a las frescas, desde
los aluviones nutridos de fuerzas innumerables a los suelos pobres, surgían los
pueblos pesados de los árboles: las hordas de higueras, olivos, pinos,
terebintos, de encinas, las tribus de los sicomoros, los plátanos, los
castaños, arces, hayas y robles, los rebaños de nogales, abetos, fresnos,
abedules, las filas de álamos blancos, álamos negros, álamos grisáceos, álamos
plateados, álamos temblones y los clanes de alisos, sauces blancos, sauces
purpúreos, sauces glaucos y sauces llorones.
En su profundidad se agitaba la multitud muda de los
moluscos, ocultos en sus moradas de cal y de nácar, los crustáceos de armaduras
articuladas, los peces veloces a los que una flexión lanza a través del agua
pesada, tan rápidos como la fragata o rabihorcado sobre las nubes, los peces
débiles que chapotean lentamente en el fango, reptiles flexibles como los
juncos, u opacos, rugosos y densos. Según las estaciones, los azares de la
tempestad, los cataclismos o la guerra, se abaten las masas triangulares de las
grullas, las grandes bandadas de ocas, las compañías de patos verdes, cercetas,
negretas, chorlitos y garzas, las poblaciones de golondrinas, gaviotas y
chorlitos; las avutardas, cigüeñas, cisnes, flamencos, zarapitos, rascones, los
martín pescadores y la inagotable multitud de pájaros. Buitres, cuervos y
cornejas disfrutan de las abundantes carroñas; las águilas vigilan desde la
esquina de las nubes; los halcones planean sobre sus alas cortantes; los
gavilanes o cernícalos huyen por encima de las altas cimas; los milanos,
furtivos, imprevistos y cobardes, y el gran duque, la lechuza y el mochuelo
traspasan las tinieblas sobre sus alas silenciosas.
Sin embargo, también se distinguía algún hipopótamo
oscilante como un tronco de arce, las martas se deslizaban solapadamente entre
los mimbres, las ratas de agua con cráneo de conejo, mientras acudían las
manadas miedosas de élafos, ciervos, corzos y megaceros, y las ligeras tropas
de las saigas, onagros, hemiones y caballos, los abultados ejércitos de los
mamuts, los uros y los aurocs. Un rinoceronte sumergía su opaca coraza en una
ensenada; un jabalí maltrataba los viejos sauces; el oso de las cavernas, pacífico
y formidable, avanzaba con su masa oscura; el lince, la pantera, el leopardo,
el oso gris, el tigre, el león amarillo y el león negro se emboscaban
hambrientos o mordían la presa cálida; su olor denunciaba al zorro, al chacal y
a la hiena; las manadas de lobos y de perros desplegaban contra los animales
débiles, heridos o agotados por la fatiga, su cautela y su paciencia. Por todas
partes pululaba una menuda población de liebres, conejos, ratones de campo,
campañoles, comadrejas y lirones.., de sapos, ranas, lagartos, víboras y
culebras... de gusanos, larvas y orugas... de saltamontes, hormigas, cárabos...
de gorgojos, libélulas y nemoceros... de moscardones y avispas, abejas, de
zánganos y de moscas... de vanesas, esfinges, piérides, luciérnagas, grillos,
de abejorros, de cucarachas...
El río arrastraba juntos los árboles podridos las arenas y
las arcillas finas, los cadáveres, las hojas, las ramas y raíces.
Naoh amaba las olas formidables. Las veía descender en su
fiebre de otoño en un éxodo inagotable. Chocaban con las islas y recluían en la
orilla, en furiosas caídas de espuma, largas masas planas y casi lacustres,
torbellinos de esquisto o de malaquita, hojas de nácar y remolinos de humo,
despliegues espumosos, largos rumores de juventud, de energía y de exaltación.
Lo mismo que el fuego, el agua le parecía al Oulhamr un
ser innumerable; lo mismo que el fuego decrecía, aumentaba, surgía de lo
invisible, se precipitaba a través del espacio, devoraba animales y hombres;
caía del cielo y llenaba la tierra, infatigable, utilizaba las rocas,
arrastraba las piedras, la arena y la arcilla; ninguna planta ni animal podía
vivir sin ella; silbaba, clamaba, rugía; cantaba, reía y sollozaba; pasaba por
donde no pasaría ni el insecto más diminuto; se la oía bajo la tierra; era muy pequeña
en su fuente; crecía en el arroyo; el pequeño río era más fuerte que los
mamuts; y el río tan grande como el bosque. El agua dormía en el pantano,
reposaba en el lago y avanzaba veloz en el río; se precipitaba en el torrente;
daba saltos de tigre o de musmón en el rápido.
Todo eso sentía Naoh delante de las olas inagotables. Pero
tenía que abrigarse. Había varias islas: un refugio contra la actividad de la
fiera, pero poco eficaz contra los hombres, estorbaban los movimientos, hacían
casi imposible la conquista del fuego y exponía a todo tipo de emboscadas. Naoh
prefirió la ribera.
Se estableció en una roca de esquisto desde la que se
dominaba parcialmente el lugar. Los flancos eran abruptos, la parte superior
formaba una meseta en la que podían extenderse diez hombres. Los preparativos
del campamento se terminaron con el crepúsculo. Entre los Oulhamr y sus
perseguidores había distancia suficiente como para no tener temor alguno
durante la mitad de la noche.
El tiempo era fresco. Pocas nubes cruzaban el poniente
escarlata. Tras devorar su comida de carne cruda, de nueces y setas, los
guerreros observaban cómo la tierra se volvía negra. La claridad permitía
discernir todavía las islas, pero no la otra orilla del río.
Pasaron unos onagros; una manada de caballos descendió
hasta las orillas; eran animales de corta estatura, cuya cabeza parecía
demasiado grande a causa de las crines enmarañadas. Sus movimientos tenían
encanto; sus ojos, grandes y enloquecidos, lanzaban un resplandor azulado; la
inquietud rompía y precipitaba su impulso; inclinados sobre el agua,
permanecían temblorosos, olfateando el espacio, llenos de desconfianza.
Bebieron velozmente y huyeron. Entonces la noche desplegó su ala cenicienta; ya
cubría el oriente, mientras que por occidente persistía un tenue color
purpúreo; un rugido tronó en campo abierto:
-¡El león! -murmuró Gaw.
-¡La orilla está llena de presas! -respondió Naoh-. El
león es sabio. ¡Antes atacará al antílope o al ciervo que a los hombres!
El rugido se alejó; los chacales aullaron y vieron
insinuarse sus siluetas ligeras; los Oulhamr durmieron por turnos hasta el
alba. Después emprendieron el descenso por la orilla del Gran Rio. Los mamuts
les detuvieron. La anchura del rebaño era de mil codos, y su longitud era el
triple; pastaban, arrancaban las mantas tiernas, desenterraban las raíces, y su
existencia les pareció a los tres hombres feliz, segura y magnífica. A veces,
disfrutando de su fuerza, se perseguían sobre la tierra blanda y entrechocaban
suavemente sus trompas velludas. Bajo las inmensas patas, el león gigante sería
como arcilla; sus defensas podrían desenraizar los robles, o romper con su
cabeza de granito. Pensando en la flexibilidad de sus trompas, Naoh no pudo
evitar decir:
-¡El mamut es el señor de todo lo que vive sobre la
tierra!
Pero no les tenía miedo: sabían que no atacaban a ningún
animal si no se les importunaba. Luego Naoh añadió:
-Aoum, el hijo del Cuervo, hizo una alianza con los
mamuts.
-¿Por qué no hacemos nosotros como Aoum? -preguntó Gaw.
-Aoum entendía a los mamuts -replicó Naoh-. Nosotros no
los entendemos.
Sin embargo, esa pregunta le había impresionado; seguía
soñando en ella mientras desde una distancia prudencial rodeaban el rebaño
gigantesco. Y traduciendo en voz alta su pensamiento, volvió a decir:
-Los mamuts no tienen la palabra como el hombre. Se
entienden entre ellos, conocen el grito de los jefes; Goun dijo que ante una
orden ocupan el lugar que se les indica, y que celebran consejo antes de partir
para tierras nuevas... Si adivináramos sus signos, haríamos alianza con ellos.
Vio a un mamut enorme que les contemplaba al pasar.
Solitario, orilla abajo, entre jóvenes álamos, apacentaba los brotes tiernos.
Naoh no había encontrado a ninguno tan enorme. Su estatura era de doce codos.
Unas crines espesas como las de los leones cruzaban su nuca; su trompa velluda
parecía un ser distinto que tenía algo de árbol y de serpiente.
La visión de los tres hombres pareció interesarle, pues no
podía suponerse que le inquietara. Naoh gritó:
-¡Los mamuts son fuertes! El gran mamut es más fuerte que
los demás: aplastaría al tigre y al león como si fueran gusanos, derribaría
diez aurocs con un choque de su peso... ¡Naoh, Nam y Gaw son los amigos del
gran mamut!
El mamut levantó sus orejas membranosas; escuchó los
sonidos articulados por el animal vertical, sacudió lentamente la trompa y
barritó.
-¡El mamut ha entendido! -gritó Naoh con alegría-. Sabe
que los Oulhamr reconocen su poder.
Y volvió a gritar:
-¡Si los hijos del Leopardo, de la Saiga y del Álamo
recuperan el fuego, cogerán la castaña y la bellota para dársela al gran mamut!
Mientras hablaba, vio una laguna en la que crecían
nenúfares orientales. Naoh no ignoraba que al mamut le gustaban sus ramas
subterráneas. Hizo una señal a sus compañeros; éstos se pusieron a arrancar las
largas plantas rojizas. Cuando tuvieron un gran manojo, las lavaron con cuidado
y se las llevaron al animal colosal. Cuando se encontraba a cincuenta codos de
distancia, Naoh volvió a hablar:
-¡Toma! Hemos arrancado estas plantas para que puedas
comerlas. Así sabrás que los Oulhamr son los amigos del mamut. -Y se retiró.
Curioso, el gigante se aproximó a las raíces. Las conocía
bien, le gustaban. Mientras las comía, sin prisa, con largas pausas, observaba
a los tres hombres. A veces, levantaba la trompa para olfatearlos, y después la
balanceaba con un aire pacífico.
Naoh se aproximó entonces con movimientos imperceptibles:
se encontró ante esas patas colosales, bajo aquella trompa que desenraizaría
los árboles, bajo esas defensas tan largas como el cuerpo de un uro; era como
un ratón de campo delante de una pantera. Con un solo gesto, el animal podía
reducirle a migajas. Pero, vibrando con la fe que permite crear, temblaba de
esperanza y de inspiración... La trompa le rozó, pasó sobre su cuerpo
olfateándole; Naoh, sin aliento, tocó a su vez la trompa velluda. Después arrancó
hierbas y brotes jóvenes que ofreció en señal de alianza. Sabía que estaba
haciendo algo profundo y extraordinario, y su corazón se inflamó de entusiasmo.
IV.- La alianza entre el hombre y el mamut.
Nam y Gaw vieron venir al mamut junto a su jefe: así
pudieron darse cuenta de la pequeñez del hombre; después, cuando la trompa
enorme se posó sobre Naoh, murmuraron:
-¡Ay! Naoh va a ser aplastado, Nam y Gaw estarán solos
ante los Kzamms, los animales y las aguas.
Después vieron que la mano de Naoh tocaba al animal; y su
alma se llenó de alegría y de orgullo:
-¡Naoh ha hecho alianza con el mamut! -murmuró Nam-. Naoh
es el más poderoso de los hombres.
Entonces, el hijo del Leopardo gritó:
-Que Nam y Gaw se aproximen como lo ha hecho Naoh...
Arrancarán hierbas y brotes y se los ofrecerán al mamut.
Le escucharon con el pecho cálido, llenos de fe; avanzaron
con la lentitud con la que habían visto hacerlo a su jefe, arrancando a su paso
hierbas tiernas y raíces jóvenes. Cuando estuvieron cerca, tendieron su
cosecha. Como Naoh se la tendía al mismo tiempo que ellos, el mamut fue a
comerla. Así se fraguó la alianza de los Oulhamr con el mamut.
La luna nueva había crecido; se acercaba la noche en la
que se levantaría tan grande como el sol. Y una de esas noches, los Kzamms y
los Oulhamr acampaban a una distancia de veinte mil codos. Lo hacían a lo largo
del río. Los Kzamms ocupaban una franja seca del territorio; se calentaban ante
el fuego que rugía, y comían grandes trozos de carne, pues la caza había sido
abundante, mientras que los Oulhamr, en silencio, en la sombra húmeda y fría,
compartían algunas raíces y la carne de una paloma torcaz.
A diez mil codos de la orilla, los mamuts dormían entre
los sicomoros. Durante el día soportaban la presencia de los nómadas; por la
noche, mostraban un humor más desconfiado, bien porque conocían sus emboscadas
o bien porque el reposo se lo estorbaba una presencia distinta a la de su raza.
Cada noche, los Oulhamr se alejaban más allá de donde su emanación podía ser
inoportuna. Pero, en esa ocasión, Naoh preguntó a sus compañeros:
-¿Nam y Gaw están dispuestos a la fatiga? ¿Sus miembros
están flexibles y su pecho lleno de aliento?
El hijo del Álamo respondió:
-Nam ha dormido una parte del día. ¿Por qué no iba a estar
dispuesto al combate?
Y Gaw dijo a su vez:
-El hijo de la Saiga puede recorrer a toda velocidad la
distancia que les separa de los Kzamms.
-¡Muy bien! Naoh y sus hombres jóvenes irán hacia los
Kzamms. Lucharán toda la noche para conquistar el fuego.
Nam y Gaw se levantaron de un salto y siguieron a su jefe.
No se podía contar con las tinieblas para sorprender al enemigo: una luna que
apenas tenía cuernos se levantaba en la otra orilla del Gran Río. Lo mismo
parecía rota al ras de las islas, como rota por alguna fila de altos álamos, a
través de los cuales se deshacía en pequeñas lunas; además, se hundía en las
olas negras; donde su imagen vacilante recordaba a veces una brillante nube de
verano, y a veces se arrastraba como una pitón cobriza, o se alargaba como un
cisne; de su esfera brotaba una capa de escamas y micas y se ensanchaba
oblicuamente de una orilla a la otra.
Al principio, los Oulhamr aceleraron su marcha, eligiendo
terrenos en los que las hierbas fueran cortas. Pero volvieron más lento el paso
a medida que se aproximaban al campamento de los Kzamms. Circulaban
paralelamente los unos con los otros, separados por intervalos considerables
para vigilar la zona más amplia posible y no verse acorralados.
Bruscamente, al dar la vuelta a un mimbral,
resplandecieron las llamas, aunque todavía lejanas: el claro de luna las
empalidecía. Los Kzamms dormían: tres guardianes mantenían las brasas y
vigilaban en la noche. Los caminantes, ocultos entre los vegetales, espiaban el
campamento con una rabiosa codicia. ¡Ay! ¡Si solamente pudieran robarles una
chispa! Tenían preparadas briznas secas, ramas finamente cortadas: el fuego no
volvería a morir entre sus manos hasta que lo hubieran aprisionado en la jaula
de cortezas, reforzada interiormente con piedras planas. Pero, ¿cómo acercarse
a la llama? ¿Cómo desviar la atención de los Kzamms, sobreexcitados desde la
noche en que el hijo del Leopardo había aparecido ante su hoguera?. Naoh dijo:
-Ya está. Mientras que Naoh subirá a lo largo del Gran
Río, Nam y Gaw irán por la llanura, rodeando el campamento de los devoradores
de hombres. A veces se ocultarán y otras veces se mostrarán. Cuando los
enemigos se lancen sobre su rastro, emprenderán la huida, pero no con toda su
velocidad, pues es preciso que los Kzamms crean que van a cogerles, y que les
persigan mucho tiempo. Nam y Gaw tendrán que ser valientes para no huir
demasiado rápido... Llevarán a los Kzamms hasta detrás de la piedra roja. Si Naoh
no está allí, pasarán entre los mamuts y el Gran Río. Naoh sabrá encontrar su
pista.
Los jóvenes nómadas se estremecieron; les resultaba duro
separarse de Naoh ante los formidables Kzamms. Dóciles, se deslizaron a través
de los vegetales, mientras el hijo del Leopardo se dirigía hacia la orilla.
Pasó el tiempo. Nam se dejó ver bajo una catalpa y desapareció; después la
silueta de Gaw se deslizó furtivamente sobre la hierba... Los vigilantes dieron
la alarma; los Kzamms surgieron en desorden, con prolongados gritos, y se
reunieron alrededor de su jefe. Era un guerrero de altura mediocre pero tan
fornido como el oso de las cavernas. Levantó dos veces la maza, profirió unas
palabras roncas y dio la señal.
Los Kzamms formaron seis grupos esparcidos en semicírculo.
Naoh, asaltado por la duda y la inquietud, les vio desaparecer; después, sólo
pensó en conquistar el fuego. Lo defendían cuatro hombres elegidos entre los
más robustos. Uno de ellos parecía sobre todo espeluznante. Tan fornido como el
jefe, pero de mayor estatura, la dimensión de su maza anunciaba ya su fuerza.
Se mostraba a plena luz. Naoh se fijó en la mandíbula enorme, los ojos
ensombrecidos por arcadas velludas, las piernas cortas, triangulares y enormes.
Menos fuertes, los otros tres tenían, sin embargo, torsos gruesos y brazos
largos de músculos endurecidos.
La posición de Naoh era favorable: la brisa, ligera pero
persistente, soplaba hacia él, llevándose su emanación lejos de los guardianes.
Los chacales recorrían la sabana emitiendo un olor punzante; además, había
conservado una de las pieles de chacal. Esas circunstancias le permitían
acercarse a sesenta codos del fuego. Se detuvo mucho tiempo. La luna
sobrepasaba a los álamos cuando él se levantó y lanzó el grito de guerra.
Sorprendidos por su aparición brusca, los Kzamms le
observaron. Pero su estupor no duró mucho: gritando todos juntos, levantaron el
hacha de piedra, la maza o la azagaya.
Naoh clamó: -El hijo del Leopardo ha venido a través de
las sabanas, los bosques, las montañas y los ríos porque su tribu no tiene
fuego... Si los Kzamms le dejan tomar unos tizones de su hoguera, se retirará
sin luchar.
No comprendían esas palabras en lengua extranjera más de
lo que hubieran comprendido el aullido de los lobos. Viendo que estaba solo,
pensaron nada más que en aniquilarlo: Naoh retrocedió con la esperanza de que
se dispersaran y pudiera alejarlos del fuego; se lanzaron en grupo.
El mayor de ellos, en cuanto estuvo a una distancia
conveniente, lanzó una azagaya de punta de sílex. Lo hizo con fuerza y
habilidad. El arma, rozando el hombro de Naoh, cayó sobre la tierra húmeda. El
Oulhamr, que prefería ahorrar sus propias armas, cogió el dardo y lo lanzó. Con
un silbido, el arma describió una curva y traspasó la garganta de un Kzamm, que
se tambaleó y cayó al suelo. Lanzando clamores de perros, sus compañeros
respondieron simultáneamente. Naoh sólo tuvo tiempo de lanzarse a tierra para
evitar las puntas cortantes, y los devoradores de hombres, creyendo que le
habían alcanzado, se precipitaron para acabar con él. Pero ya había vuelto a
saltar y respondió. Un Kzamm, golpeado en el vientre, abandonó la persecución,
mientras los otros dos daban un golpe tras otro con sus azagayas: la sangre
brotó de la cadera de Naoh, pero, sintiendo que la herida no era profunda, se
puso a correr alrededor de sus adversarios, pues temía que le envolvieran. Se
alejaba y regresaba, hasta encontrarse entre el fuego y sus enemigos.
-¡Naoh es más rápido que los Kzamms! -gritó-. Él cogerá el
fuego, y los Kzamms habrán perdido dos guerreros.
De un salto llegó junto a las llamas. Extendió las manos
para coger los tizones pero vio con temblor que todos estaban casi consumidos.
Rodeó la hoguera con la esperanza de encontrar una rama
que le sirviera, pero su búsqueda fue vana. ¡Y los Kzamms llegaban! Quiso huir,
tropezó con un tronco y trastabilló, mientras los enemigos conseguían cerrarle
el camino acorralándolo contra el fuego. Aunque la hoguera ocupaba una zona
considerable, y se encontraba más alta, hubiera podido franquearla. Pero una
enorme desesperanza llenaba su pecho; la idea de regresar vencido en la noche
le resultó insoportable. Levantando al mismo tiempo el hacha y la maza, aceptó
el combate.
V.- Para el fuego.
Los dos Kzamms seguían aproximándose, aunque sus pasos
eran ya más lentos. El más fuerte blandía una última azagaya que arrojó casi
enseguida. Naoh la desvió con un revés del hacha; el arma fina se perdió en las
llamas. En ese mismo instante, las tres mazas giraron. La de Naoh encontró
simultáneamente las otras dos y el golpe rompió el impulso de los adversarios.
El menos fuerte de los Kzamms se tambaleó. Dándose cuenta de eso, Naoh se
precipitó sobre él y con un enorme golpe le rompió la nuca. Pero él mismo fue
alcanzado. Un nudo de la maza desgarró rudamente su hombro izquierdo; apenas si
pudo evitar que le golpeara en pleno cráneo. Resoplando, se lanzó hacia atrás
para recuperar la posición, y después, con el arma en alto, esperó.
Sólo le quedaba un adversario, pero fue un momento
espantoso. Su brazo izquierdo apenas podía servirle, mientras que el Kzamm se
levantaba, doblemente armado en la plenitud de su fuerza. Era el guerrero alto,
de torso profundo, rodeado de costillas más parecidas a las de los aurocs que a
las de los hombres, con brazos cuya longitud sobrepasaba en un tercio a los de
Naoh. Sus piernas, curvadas, demasiado cortas para la carrera, le daban en
cambio un equilibrio poderoso.
Antes del ataque decisivo examinó solapadamente al gran
Oulhamr. Pensando que su superioridad sería mayor si golpeaba con las dos
manos, sólo contemplaba su maza. Después, tomó la ofensiva. Las armas, casi
iguales de peso, talladas en roble duro, entrechocaron. El golpe del Kzamm fue
más fuerte que el de Naoh, que no podía utilizar la mano izquierda. Pero el
hijo del Leopardo lo paró con un movimiento transversal. Cuando el Kzamm renovó
el ataque, encontró el vacío; Naoh se había apartado. Fue él quien tomó la
ofensiva y a la tercera vez su maza cayó como una roca. Habría partido la
cabeza del adversario si sus largos brazos fibrosos no lo hubieran impedido; de
nuevo los nudos de roble se encontraron y el Kzamm retrocedió. Respondió con un
golpe frenético que casi arrancó de cuajo la maza de Naoh; y antes de que éste
recuperara la posición, las manos del devorador de hombres se levantaron y
cayeron. El Oulhamr pudo amortiguar el golpe, pero no detenerlo: alcanzado en
pleno cráneo, se dobló sobre las corvas, vio girar la tierra, los árboles y el
fuego. En ese segundo mortal, el instinto no le abandonó y una energía suprema
se elevó desde el fondo de su ser, lanzando su maza sesgadamente, antes de que
el adversario se hubiera repuesto. Crujieron los huesos, y el Kzamm cayó,
perdiéndose su grito en la muerte.
Entonces la alegría de Naoh bramó como un torrente; con
una risa ronca, vio la hoguera, en la que saltaban las llamas. Bajo los astros
profundos, en el rumor del río, entre el murmullo ligero de la brisa,
entrecortado con el aullido de los chacales y la voz de un león perdido en la
otra orilla, apenas podía concebir su triunfo.
Y gritó con voz jadeante:
-¡Naoh es el señor del fuego!
Le parecía ser la vida soberana del mundo. Giró lentamente
alrededor del animal rojizo, tendió la mano hacia él, expuso el pecho a esa
caricia perdida desde hacía tanto tiempo. Y después, en el embeleso y el
éxtasis todavía, murmuró otra vez:
-¡Naoh es el señor del fuego!
La fiebre de su felicidad se apaciguó. Comenzó a temer el
regreso de los Kzamms; necesitaba llevarse su conquista. Desatando las pequeñas
piedras que llevaba con él desde que había salido del gran pantano, se dispuso
a reunirlas con las briznas, las cortezas y las cañas. Pero mirando por el
campamento tuvo otra alegría: en un repliegue de terreno acababa de ver la
jaula en la que los devoradores de hombres mantenían el fuego.
Era una especie de nido hecho con corteza, provisto de
piedras planas dispuestas con un arte grosero, paciente y sólido; brillaba allí
todavía una pequeña llama. Aunque Naoh sabía fabricar las jaulas del fuego
también como cualquier hombre de su horda, le habría sido difícil hacer una tan
perfecta. Para eso se necesitaba tiempo, elegir atentamente las piedras y hacer
muchos retoques. La jaula de los Kzamms se componía de una capa triple de hojas
de esquisto, mantenidas exteriormente por una corteza de roble verde; estaba
atada con ramitas flexibles. Una grieta mantenía en funcionamiento un tiro
ligero.
Esas jaulas exigían una vigilancia incesante; había que
defender la llama contra la lluvia y los vientos; vigilar que no creciera ni
aumentara más allá de límites fijados por una experiencia milenaria, y renovar
a menudo la corteza. Naoh no ignoraba ninguno de los ritos transmitidos por los
antepasados: reanimó ligeramente el fuego, embebió la superficie exterior con
un poco de agua de un charco, verificó la hendidura y los fragmentos de
esquisto. Antes de huir se apoderó de las hachas y azagayas dispersas y lanzó
una última mirada al campamento y la llanura.
Dos de los adversarios dirigían su faz ruda hacia las
estrellas; los otros dos, a pesar de sus sufrimientos, se mantenían inmóviles
para hacerle creer que estaban muertos. La prudencia y la ley de los hombres
exigía que les matara. Naoh se aproximó a aquel que estaba herido en el muslo y
le apuntaba ya con la azagaya: pero un desagrado extraño le penetró el corazón,
todo su odio se perdió en la alegría y no podía resignarse a extinguir los
nuevos alientos.
Era más urgente, además, apagar la hoguera: esparció los
tizones con ayuda de una de las mazas dejadas por los vencidos, lo redujo a
fragmentos demasiado pequeños para que duraran hasta el regreso de los
guerreros; después, inmovilizando a los heridos con cañas y ramas, gritó:
-Los Kzamms no han querido dar un tizón al hijo del
Leopardo y los Kzamms ya no tienen fuego. ¡Errarán en la noche y en el frío
hasta que vuelvan a unirse con su horda!... ¡Así, los Oulhamr se han hecho más
fuertes que los Kzamms!
Naoh se encontró solo al pie de la colina en la que Nam y
Gaw debían unirse con él. No se asombró: los jóvenes guerreros debieron hacer
grandes rodeos delante de sus perseguidores. Tras cubrirse la herida con hojas
de sauce, se sentó cerca de la llama ligera en donde brillaba su destino. El
tiempo transcurría lo mismo que las aguas del Gran Río y los rayos de la luna
ascendente. Cuando el astro alcanzó el cenit, Naoh levantó la cabeza. Entre los
mil rumores dispersos, reconoció un ritmo particular, que era el de un hombre.
Era un paso rápido, pero menos complicado que el de Los animales de cuatro
patas. Casi imperceptible al principio, se precisó, y después un impulso de la
brisa trajo una emanación súbita que le hizo pensar al Oulhamr:
«Es el hijo del Álamo que ha despistado a sus enemigos.»
Pues ningún otro indicio de persecución se revelaba en la
llanura. Poco después, una silueta flexible se dibujó entre dos sicomoros: Naoh
reconoció que no se había equivocado: era Nam, que avanzaba en la capa plateada
del claro de luna. No tardó en aparecer al pie de la colina. Y el jefe
preguntó:
-¿Han perdido los Kzamms el rastro de Nam?
-Nam los ha llevado muy lejos hacia el norte, después les
ha sobrepasado y han marchado mucho tiempo por el río. Luego se ha detenido; no
ha visto, ni olido ni olfateado a los devoradores de hombres.
-¡Muy bien! -respondió Naoh, pasándole la mano por la
nuca-. Nam ha sido ágil y astuto. ¿Pero qué le ha pasado a Gaw?
El hijo de la Saiga ha sido perseguido por otro grupo de
Kzamms. Nam no ha encontrado su rastro.
-Esperaremos a Gaw. Y ahora, que Nam vea.
Naoh condujo a su compañero. Al dar la vuelta a la colina,
en una grieta, Nam vio brillar una pequeña llama palpitante y cálida:
-¡Aquí está! -dijo simplemente el jefe-. Naoh ha
conquistado el fuego.
El joven lanzó un grito; sus ojos crecieron por su
embeleso; se arrodilló ante el hijo del Leopardo y murmuró:
-¡Naoh es tan astuto como una horda de hombres!... Será el
gran jefe de los Oulhamr y ningún enemigo se le resistirá.
Se sentaron ante ese débil fuego y fue como si la hoguera
de las noches les protegiera de su vehemencia, al borde de las cavernas
natales, bajo las estrellas frías, ante los fuegos fatuos del gran pantano. La
idea del prolongado regreso ya no les era penosa: cuando hubieran abandonado
las tierras del Gran Río, los Kzamms ya no les perseguirían: atravesarían zonas
en las que sólo los animales recorrían las soledades.
Soñaron así mucho tiempo; el porvenir era para ellos un
espacio lleno de promesas. Pero cuando la luna comenzó a crecer en el cielo
occidental, la inquietud se alojó en sus pechos.
-¿Dónde está Gaw? -murmuró el jefe-... ¿No ha sabido
despistar a los Kzamms? ¿Ha sido detenido por un pantano o ha caído en una
trampa?
La llanura estaba muda, los animales callaban, la misma
brisa acababa de languidecer sobre el río y de desaparecer en los álamos; sólo
se escuchaba el rumor ensordecedor de las aguas. ¿Tendrían que esperar hasta el
alba o ponerse a buscar al ausente? A Naoh le repugnaba extrañamente dejar que
Nam guardara el fuego. Por otra parte, la imagen del joven guerrero perseguido
por los devoradores de hombres le excitaba. Por causa del fuego, tenía que
abandonarlo a su suerte, debía hacerlo, pero sentía por sus compañeros una
ternura salvaje, participaban verdaderamente de su persona: los peligros de
éstos le alarmaban tanto como los suyos, incluso más, pues sabía que ellos se
exponían más que él a las emboscadas, y estaban más amenazados por los
elementos y los seres.
-¡Naoh va a buscar el rastro de Gaw! -dijo finalmente-.
Dejará que el hijo del Álamo vigile el fuego. Nam no tendrá reposo; mojará la
corteza cuando esté demasiado caliente: no se alejará nunca más de lo que hace
falta para ir hasta el río y regresar.
-¡Nam vigilará el fuego como si fuera su propia vida!
-respondió con fuerza el joven nómada. Y con orgullo, añadió:
-¡Nam sabe mantener la llama! Su madre se lo ha enseñado
cuando era tan pequeño como un lobato.
-¡Muy bien!. Si Naoh no ha regresado cuando el sol esté a
la altura de los álamos, Nam se refugiará junto a los mamuts... Y si Naoh no ha
regresado antes del final del día, Nam huirá solo hacia el país de caza de los
Oulhamr.
Se alejó, y toda su persona vibraba de tristeza, y muchas
veces se volvió hacia la silueta cada vez más pequeña de Nam, hacia la pequeña
jaula del fuego, donde se imaginaba ver todavía la débil luz, que se confundía
ya con el claro de luna.
VI.- La búsqueda de Gaw.
Para volver a encontrar la pista de Gaw, tuvo que regresar
primero hacia el campamento de los devoradores de hombres. Marchaba ahora más
lentamente. El hombro le ardía bajo las hojas de sauce que había puesto sobre
la herida; la cabeza le zumbaba: sentía dolor ahí donde le había alcanzado la
maza y experimentaba una melancolía al ver, tras la conquista del fuego, que su
tarea seguía siendo tan dura e incierta.
Llegó así junto al mismo fresnedal desde el que, con sus
hombres jóvenes, había visto el campamento de los Kzamms. La otra vez una
hoguera rojiza apagaba allí el resplandor de la luna ascendente; pero ahora el
campamento estaba triste, las brasas dispersadas por Naoh se habían apagado
todas, y el astro nocturno y plateado se posaba sobre la inmovilidad de los
hombres y de las cosas; sólo se oía el quejido intermitente de un herido.
Naoh, tras consultar con cada uno de sus sentidos, tuvo la
seguridad de que los perseguidores no habían regresado. Marchó hacia el
campamento, y los quejidos del herido cesaron; allí sólo parecía haber
cadáveres. Pero no se retrasó; marchó en la dirección por la que Gaw había
huido al principio, y encontró la pista. Fácil de seguir al principio, pues iba
acompañada por los rastros de numerosos Kzamms, y casi en línea recta, luego se
doblaba, daba vueltas entre los montículos, volvía sobre sí misma, atravesaba
las malezas. Una laguna la cortaba bruscamente: Naoh la volvió a encontrar
dando la vuelta por la orilla, húmeda ahora, como si Gaw y los otros se
hubieran metido en el agua.
Delante de un bosque de sicomoros, los Kzamms debieron
dividirse en muchos grupos. Naoh consiguió adivinar, sin embargo, la dirección
favorable y avanzó tres o cuatro mil codos todavía. Pero entonces tuvo que
detenerse. Grandes nubes se tragaron a la luna y el alba todavía no venía. El
hijo del Leopardo se sentó al pie de un sicomoro que crecía desde hacía diez
generaciones de hombres. Las fieras habían abandonado su caza, los animales
diurnos todavía no se movían, ocultos en la tierra, las espesuras, los agujeros
de los árboles, o entre las ramas.
Naoh descansó; algunas gotas del tiempo eterno se
derramaron a través de la vida fugitiva del bosque. Después, una blancura
pálida empezó a extenderse de cima en cima. El alba del otoño, pesada y muerta,
acariciaba las hojas débiles y los nidos ruinosos, empujando ante ella una
pequeña brisa que parecía ser como el suspiro de los sicomoros. Naoh, de pie
ante la luz, pálido todavía como la ceniza blanca de una hoguera, comió un
trozo de carne seca, se inclinó sobre el suelo y volvió a seguir la pista. Esta
le guió durante varios miles de codos. Saliendo del bosque, atravesaba una
llanura de arena en la que la hierba era rara y los pequeños árboles canijos,
giraba entre las tierras en las que los cañaverales rojos se pudrían a la
orilla de los pantanos; subía a una colina y entraba entre las pequeñas
colinas; se detenía finalmente a la orilla de un río que Gaw había franqueado.
También lo franqueó Naoh, y, tras prolongados recorridos,
descubrió que convergían dos pistas de los Kzamms: ¡Gaw podía estar cercado!
Entonces, el jefe pensó que estaría bien abandonar a su suerte al fugitivo para
no arriesgar su vida contra una sola existencia, la de Nam y la del fuego. Pero
la persecución le exasperaba, una fiebre latía entre sus sienes; a pesar de
todo, una esperanza se obstinaba; sufría también el arrastre de la inercia de
las cosas comenzadas.
Además de los dos grupos de Kzamms, cuya astucia acababa
de reconocer Naoh, había que temer también a aquel que había perseguido a Nam,
y que después de tantas vueltas y revueltas había tenido tiempo para tomar una
posición de ventaja, si no se había dividido en grupos envolventes. Confiando
en su gran velocidad y en su astucia, el hijo del Leopardo siguió sin vacilar
la pista de Gaw, deteniéndose apenas para sondear la extensión.
El suelo se volvió duro: el granito surgía bajo un humus
pobre y de color azulado; después apareció una colina escarpada que Naoh
decidió subir, pues los rastros eran ahora tan recientes que podía esperar
sorprender desde la cima la silueta de Gaw o a un grupo de perseguidores.
El nómada se deslizó entre la maleza y llegó a la parte
alta de la colina. Lanzó una débil exclamación: Gaw acababa de aparecer en una
banda de tierra rojiza, una tierra rojiza que parecía regada por la sangre de
innumerables rebaños. Detrás de él, a mil codos, los hombres de grandes torsos
y piernas cortas avanzaban en orden disperso; hacia el norte aparecía un
segundo grupo. Sin embargo, a pesar de la dureza de la persecución, el hijo de
la Saiga no parecía agotado; los Kzamms traicionaban una fatiga al menos igual
a la suya. Durante la larga noche de otoño, Gaw sólo había corrido para rehuir
a las emboscadas o para inquietar a los enemigos. Por desgracia, las maniobras
de los Kzamms le habían extraviado; avanzaba a la aventura, sin saber ya si
estaba al poniente o al mediodía de la roca junto a la que debía unirse a su
jefe.
Naoh pudo seguir las peripecias de la caza. Gaw se dirigía
hacia un bosque de pinos que estaba al noreste. El primer grupo le seguía
formando una línea discontinua que cortaba la retirada en un frente de mil
codos. El segundo grupo, situado por el norte, comenzaba a desviarse para
llegar al bosque al mismo tiempo que el fugitivo: pero mientras que éste lo
abordaría por el sudoeste, ellos tendrían que acceder a él por el levante. La
situación no era desesperada, ni siquiera demasiado desfavorable, siempre que
el fugitivo emprendiera un camino oblicuo hacia el oeste, donde se encontraría
a cubierto. Como era veloz, le sería fácil tomar una delantera conveniente, y
si Naoh se unía a él, entonces podrían tomar la dirección del Gran Río.
De un vistazo, el jefe reconoció el camino favorable: era
una extensa espesura en donde estaría oculto y le conduciría hasta la altura
del bosque, por poniente. Se disponía ya a descender la colina cuando una nueva
peripecia, mucho más temible, le hizo temblar: apareció un tercer grupo, esta
vez por el noroeste. Gaw sólo podía evitar el acoso de los Kzamms huyendo a
gran velocidad por occidente. Pero, como no parecía tener conciencia del
peligro, seguía una línea recta.
Una vez más, Naoh vaciló entre la necesidad de
salvaguardar el fuego, a Nam y a sí mismo, y la tentación de socorrer a Gaw; y
otra vez más, cedió a la fuerza misteriosa que impulsa a los hombres y a los
animales a proseguir la obra comenzada. El hijo del Leopardo, tras contemplar
prolongadamente el lugar, fijando en su retina todas las particularidades, bajó
la colina.
Entró a lo largo de la maleza, siguiendo el límite
occidental. Después dio un giro a través de las altas hierbas azules y rojas; y
como su velocidad superaba mucho a la de los Kzamms y a la de Gaw, que ahorraba
su aliento, llegó a ver el bosque antes de que el fugitivo hubiera entrado en
él. Ahora era preciso darle a conocer su presencia. Imitó el bramido del élafo
y lo repitió tres veces: era una señal familiar entre los Oulhamr.
Pero la distancia era demasiado grande; en un momento
normal, Gaw podría haberlo escuchado; pero fatigado, y con la atención puesta
en los perseguidores, se le escapó la llamada. Naoh decidió entonces aparecer:
salió de las altas hierbas, surgió entre los enemigos y lanzó su grito de
guerra. Un largo aullido, repetido por los grupos de Kzamms que venían por el
oeste y el este del bosque, repercutió en el espacio. Gaw se detuvo temblando
sobre sus corvas por la alegría y el asombro; después, con toda su velocidad,
corrió hacia el hijo del Leopardo. Este, convencido ya de que le seguían, huía
por el camino practicable. Pero el tercer grupo de Kzamms, que también había
advertido aquello, cambió de dirección y se precipitó a cortarle la retirada,
mientras que los primeros perseguidores avanzaban con gran velocidad en una
dirección casi paralela a los fugitivos. Tuvieron éxito en sus maniobras: el
camino del oeste se encontraba bloqueado a la vez por los Kzamms y por una masa
rocosa casi inaccesible, y era imposible desviarse hacia el sudoeste, donde los
guerreros formaban un semicírculo.
Como Naoh llevaba a Gaw directamente hacia la roca, los
Kzamms cerraron el acoso, lanzando un grito de triunfo; muchos llegaron a estar
a cincuenta codos de los Oulhamr y lanzaron azagayas. Pero Naoh, atravesando
una cortina de maleza, arrastró a su compañero a través de un desfiladero
entrevisto desde la cima de la colina. Los Kzamms aullaron; algunos se lanzaron
también hacia el desfiladero; los otros rodearon el obstáculo.
Entretanto, Naoh y Gaw huían a toda velocidad; habrían
tomado una delantera considerable si el terreno no hubiera sido tan difícil,
desigual y movedizo. Cuando llegaron al otro extremo de la masa rocosa, tres
Kzamms llegaban desde el norte cortándoles la retirada. Naoh hubiera podido
desviarse hacia el mediodía; pero escuchaba el ruido creciente de la
persecución: supo que por ese lado también iban a cortarles la retirada. Toda
vacilación era mortal.
Se lanzó directamente sobre los que llegaban, con la maza
en una mano y el hacha en la otra, mientras Gaw cogía el arpón. Temerosos de
dejar escapar a los Oulhamr, los tres Kzamms se habían esparcido. Naoh saltó
sobre aquel que estaba a su izquierda. Era un guerrero demasiado joven, ágil y
flexible, que levantó el hacha para detener el ataque. Un golpe de la maza le
arrancó el arma y un segundo golpe acabó con él.
Los otros dos devoradores de hombres se habían precipitado
sobre Gaw, pensando en acabar con él rápidamente para unir las fuerzas contra
Naoh. El joven Oulhamr había lanzado una azagaya hiriendo, aunque débilmente, a
uno de los agresores. Antes de que pudiera golpear con el venablo, le habían
alcanzado en el pecho. Un retroceso rápido y un salto transversal le
permitieron ponerse a la defensiva. Mientras que uno de los Kzamms le atacaba
por delante, con velocidad, el otro trataba de golpearle por detrás. Gaw iba a
sucumbir cuando llegó Naoh. La maza enorme se abatió como el ruido de un árbol
al caer; uno de los Kzamms crujió y se desplomó; el otro se batió en retirada
hacia un grupo de guerreros que, desembocando por el norte, avanzaba a paso
rápido.
Era demasiado tarde. Los Oulhamr escapaban al acoso; huían
hacia el oeste, a lo largo de una línea en la que ningún enemigo les impedía el
paso; con cada salto, aumentaban su avance. Corrieron mucho tiempo, por
momentos sobre tierras sonoras, unas veces sobre fango o entre las hierbas
silbantes, otras veces entre la maleza o en las turberas, en ocasiones trepando
las pendientes, otras bajando como locos. Mucho antes de que el sol estuviera
en mitad del firmamento, llevaban seis mil codos de delantera. A menudo,
esperaron que el enemigo cesara la persecución, pero cuando llegaban a una cima
acababan por descubrir a la jauría encarnizada de los devoradores de hombres.
Gaw se debilitaba. La herida no había dejado de sangrar. A
veces, sólo era un hilillo inapreciable: a pesar de la furiosa carrera, la
herida parecía cerrada; pero después, tras algunos esfuerzos más bruscos, o
algún paso en falso en una hendidura, el líquido rojo volvía a brotar. Habían
pasado junto a unos álamos jóvenes, y Naoh le había hecho un emplaste de hojas;
pero la herida seguía sangrando bajo el vendaje; poco a poco, la velocidad de
Gaw se hizo igual a la de los Kzamms, y después inferior. Ahora, cada vez que
los fugitivos se daban la vuelta para mirar, la vanguardia de los Kzamms había
ganado terreno.
El hijo del Leopardo, con una rabia profunda, pensó que si
Gaw no recuperaba fuerzas, les darían alcance antes de poder llegar junto al
rebaño de mamuts. Y Gaw no recuperaba las fuerzas; llegaron junto a una colina
por la que subió con un dolor excesivo; en la cumbre, con las piernas
temblorosas y el rostro de color ceniciento, con el corazón extenuado, se
tambaleó. Naoh, volviéndose hacia el grupo enfurecido que comenzaba a ascender
la pendiente, vio lo mucho que había decrecido la distancia.
-Si Gaw ya no puede correr -dijo con una voz profunda-,
los devoradores de hombres nos habrán alcanzado antes de que lleguemos a ver el
río.
-¡Los ojos de Gaw están oscuros, sus orejas silban como
grillos! - balbuceó el joven guerrero-. Que el hijo del Leopardo prosiga solo
la carrera, Gaw morirá por el fuego y por el jefe.
-¡Gaw no morirá todavía!
Volviéndose hacia los Kzamms, Naoh lanzó un grito furioso
de guerra, y después, cargándose a Gaw sobre el hombro, reemprendió la carrera.
Al principio, su gran valor y su musculatura formidable le permitieron mantener
las distancias.
Sobre el suelo en declive, saltaba, empujado por la carga
que llevaba. Flexibles como ramas de fresno, sus corvas sostenían esa caída
incesante. Al llegar abajo de la colina, su aliento se aceleró y sus pies se
hicieron más pesados. Sin su herida, que le ardía sordamente, sin el golpe de
maza en la cabeza, que todavía le zumbaba en los oídos, incluso con Gaw sobre
el hombro, hubiera podido ir más rápido que los devoradores de hombres, de
piernas cortas y fatigadas por la larga carrera. Pero había superado sus
propias fuerzas: ningún animal sobre la estepa ni en los montes altos habría
podido soportar una carga tan dura durante tanto tiempo. Ahora, sin cesar, la
distancia que les separaba de los Kzamms se reducía. Sintió sus pasos raspando
la tierra y saltando en ella; sabía a cada momento cuánto se aproximaban:
estuvieron a quinientos codos, después a cuatrocientos, luego a doscientos.
Entonces, el hijo del Leopardo dejó a Gaw en la tierra y, con la mirada
perdida, tuvo una vacilación suprema
-Gaw, hijo de la Saiga -dijo finalmente-, ¡Naoh no puede
llevarte ya por delante de los devoradores de hombres!
Gaw se había levantado y dijo:
-Naoh debe abandonar a Gaw y salvar el fuego.
Entumecido, pues a pesar de las sacudidas había dormido
sobre el hombro del jefe, se sacudió, extendió los brazos, y los Kzamms, que
habían llegado a sesenta codos de distancia, levantaron las azagayas para
comenzar la lucha. Naoh, decidido a no huir más que en el último momento, les
hizo frente. Zumbaron los primeros proyectiles; lanzados desde muy lejos, la
mayor parte de ellos cayeron fuera de donde estaban los Oulhamr; sólo uno de
ellos, rozando a Gaw en la pierna, le hizo una herida tan ligera como la de una
espina de escaramujo.
Como respuesta, Naoh alcanzó al más cercano de los
devoradores de hombres; después, traspasó el vientre de un guerrero que
avanzaba a grandes saltos. Esa doble hazaña causó problemas a la vanguardia de
agresores. Lanzaron un rugido espantoso, pero se detuvieron para esperar
refuerzos.
Esa pausa favoreció a los Oulhamr. La ligera herida
parecía haber despertado a Gaw. Con una mano débil todavía, había cogido un
arpón y lo blandía, esperando que los enemigos estuviesen a su alcance. Naoh,
viendo ese gesto, preguntó:
-¿Ha recuperado Gaw la fuerza? ¡Que huya!... Naoh
retrasará la persecución. El joven guerrero vaciló, pero el jefe repuso con voz
cortante: ¡Vete!
Gaw empezó a huir con un paso vacilante y pesado al
principio, pero que después iba afirmándose. Naoh retrocedió, lento y
formidable, llevando en cada mano una azagaya, y los Kzamms vacilaron.
Finalmente, el jefe ordenó el ataque. Silbaron los dardos,
saltaron los hombres. Naoh detuvo a otros dos guerreros en su carrera y cedió
terreno.
La persecución volvió a empezar en la tierra innumerable.
A veces, Gaw recuperaba la fuerza de las corvas, pero otras veces languidecía
con los músculos blandos y el aliento difícil. Naoh le arrastraba por la mano.
Los Kzamms seguían teniendo la ventaja. Mantenían un trote sostenido, sin
precipitarse siquiera, confiados en su resistencia. Y Naoh ya no podía cargar a
su compañero. La gran fatiga y la fiebre hacían insufrible la herida; el cráneo
lo tenía lleno de rumores; y, además, se había golpeado el pie contra una roca.
-¡Es preciso que Gaw muera! -repetía incesantemente el
joven guerrero-. Naoh dirá que ha combatido bien.
Sombrío, el jefe no le respondía. Escuchaba el trote de
los enemigos. De nuevo estuvieron a doscientos codos, después a cien, mientras
los fugitivos subían una pendiente. Entonces, el hijo del Leopardo, reuniendo
sus profundas energías, mantuvo la distancia hasta la altura de la colina. Y
allí, arrojando una mirada prolongada hacia occidente, con el pecho
palpitándole a la vez por la fatiga y la esperanza, gritó:
-¡El Gran Rio... los mamuts!
Ahí estaba el agua inmensa, reflejándose entre los álamos,
los olmos y los fresnos; también estaba allí el rebaño, a cuatro mil codos de
distancia, apacentando las raíces y los árboles jóvenes. Naoh se precipitó,
arrastrando a Gaw en un impulso que le hizo ganar más de cien codos.
¡Era el último sobresalto! Luego perdieron ese débil
avance, codo a codo. Los Kzamms lanzaron su grito de guerra. Cuando dos mil
codos separaban a Naoh y Gaw de la cima de la colina, los Kzamms los tenían
casi a su alcance. Contemplaban su paso igual y breve, tan seguros de alcanzar
a los Oulhamr cuando más los acosaran contra el rebaño de mamuts. Sabían que
éstos, a pesar de su indiferencia pacífica, no sufrían ninguna presencia; por
eso, rechazarían a los fugitivos.
Sin embargo, los perseguidores no dejaban de acercarse a
ellos; escuchaban ahora su aliento; y todavía tenían que recorrer mil codos.
Entonces, Naoh lanzó un quejido largo, y vio salir a un hombre de un bosque de
plátanos; después, uno de los animales enormes levantó la trompa con un
barritado estridente. Acudió seguido de otros tres, directamente hacia el hijo
del Leopardo. Espantados pero felices, los Kzamms se detuvieron: lo único que
tenían que hacer era esperar el retorno de los Oulhamr para acosarlos y
aniquilarlos. Sin embargo, Naoh siguió corriendo durante un centenar de codos,
y después, volviendo hacia los Kzamms su rostro marcado por la fatiga y sus
ojos brillantes por el triunfo, gritó:
-Los Oulhamr han hecho una alianza con los mamuts. Naoh se
ríe de los devoradores de hombres.
Mientras él hablaba, llegaron los mamuts; ante el infinito
estupor de los Kzamms, el más grande puso su trompa sobre el hombro del
Oulhamr. Y Naoh siguió diciendo:
-Naoh ha tomado el fuego. Ha aniquilado cuatro guerreros
en el campamento; ha abatido otros cuatro durante la persecución...
Los Kzamms respondieron con gritos de furor, pero como los
mamuts seguían avanzando, retrocedieron precipitadamente, pues, como los
Oulhamr, no habían concebido aún que el hombre pudiera luchar contra esas
hordas colosales.
VII.- La vida con los mamuts.
Nam había mantenido bien el fuego. Ardía claro y puro en
su jaula cuando Naoh lo encontró. Y aunque su fatiga era extrema, y la herida
mordía su carne como si fuera un lobo, y su cabeza le zumbaba por la fiebre, el
hijo del Leopardo sintió por un momento una gran felicidad. En su enorme pecho
latía toda la esperanza humana, más bella todavía porque ya no pensaba en la
muerte, aunque no la ignoraba. La juventud palpitaba en él, y en su escasa
capacidad de previsión, aquello era la eternidad.
Vio el pantano en la primavera, cuando las cañas lanzan
todas juntas sus flechas tiernas, cuando los álamos, los olmos y los sauces se
revisten de verde y blanco, cuando las cercetas, las garzas, las palomas
torcaces y los patos se llaman, cuando cae la lluvia tan alegre como si la vida
misma se derramara sobre la tierra.
Y delante de las aguas, y sobre las hierbas y entre los
árboles, el rostro de la posteridad era el rostro de Gammla; toda la alegría de
los hombres era el cuerpo flexible, los brazos finos y el vientre redondo de la
hija de Faouhm.
Después de que Naoh soñara delante del fuego, recogió
raíces y plantas tiernas para hacer un homenaje al jefe de los mamuts, pues
pensaba que la alianza, para ser duradera, debía renovarse cada día. Sólo
entonces, haciéndose cargo Nam de la guardia, eligió un lugar para retirarse en
el centro del gran rebaño y se tendió allí.
-Si los mamuts abandonan el pasto -dijo Nam-, despertaré
al hijo del Leopardo.
-El pasto es aquí abundante -respondió Naoh-. Los mamuts
comerán hasta la noche.
Cayó en un sueño profundo como la muerte. Al despertar, el
sol se inclinaba sobre la sabana. Se amontonaban unas nubes del color del
esquisto, y suavemente se tragaron el disco amarillo, parecido a una enorme
flor de nenúfar. Naoh sentía que tenía los miembros rotos por las
articulaciones; la fiebre corría por su cráneo y su columna; pero el zumbido se
fue debilitando en sus oídos y retrocedió el dolor del hombro.
Se levantó, contempló primero el fuego y preguntó después
al vigilante:
-¿Han regresado los Kzamms?
-Todavía no se han alejado... esperan a la orilla del río,
delante de la isla de los álamos altos.
-¡Muy bien! -contestó el hijo del Leopardo-. No tendrán
fuego durante las noches húmedas; perderán el valor y regresarán hacia su
horda. Que duerma ahora Nam.
Mientras Nam se acostaba sobre las hojas y los líquenes,
Naoh examinó a Gaw, que se agitaba en un sueño. El joven estaba débil, con la
piel ardiente; el aliento le salía con fatiga, pero ya no le brotaba sangre del
pecho. El jefe, comprendiendo que todavía no entraría en las raíces de la
tierra profunda, se inclinó sobre el fuego, con un deseo de verlo crecer en una
hoguera de ramas secas.
Pero dejó ese deseo para las siguientes jornadas. Pues
todavía tenía que obtener que el jefe de los mamuts permitiera a los Oulhamr
pasar la noche en su campamento. Naoh lo buscó con la mirada y lo vio
solitario, según acostumbraba, para vigilar mejor el rebaño y escrutar mejor el
campo abierto. Apacentaba unos arbolillos cuya cabeza apenas sobresalía del
suelo. El hijo del Leopardo recogió raíces comestibles; encontró también habas
de pantano, se dirigió entonces hacia el gran mamut.
Al acercarse a él, el animal dejó de comer los tiernos
arbolillos; agitó suavemente la trompa velluda; incluso dio algunos pasos hacia
Naoh. Viéndole con las manos cargadas de comida mostró su alegría y comenzó a
experimentar también una ternura hacia el hombre. El nómada tendió la comida
que sostenía contra su pecho y murmuró:
-Jefe de los mamuts, los Kzamms todavía no han abandonado
el río. Los Oulhamr son más fuertes que los Kzamms, pero sólo son tres,
mientras que ellos son más de tres veces las dos manos. ¡Nos matarán si nos
alejamos de los mamuts!
El mamut, saciado por una jornada entera dedicada a
pastar, comía lentamente las raíces y las habas. Cuando terminó, contempló el
sol poniente, y después se acostó sobre el suelo, rodeando a medias con su
trompa el torso del hombre. Naoh comprendió que la alianza se había completado,
que podría aguardar su curación y la de Gaw en el campamento de los mamuts, al
abrigo de los Kzamms, del león, del tigre y del oso gris. Quizá incluso le
concederían encender el fuego devorador y degustar la suavidad de las raíces,
de las castañas y de las carnes asadas.
El sol se ensangrentaba entonces hacia el vasto occidente,
y encendió después las nubes magnificas. Fue una anochecida roja como la flor
del cañacoro, amarilla como una pradera de ranúnculos, lilas como las mariposas
en una orilla otoñal, y sus fuegos penetraban en la profundidad del río: fue
una de esas anochecidas hermosas de la tierra mortal.
No penetraba en zonas inconmensurables como en los
crepúsculos del verano; pero había lagos, islas y cavernas petrificadas en el
resplandor de las magnolias, los gladiolos y los escaramujos, y ese fulgor
conmovió el alma salvaje de Naoh. Se preguntó por aquel que encendería esas
extensiones innumerables, y por qué hombres y animales vivirían detrás de la
montaña del cielo.
Naoh, Gaw y Nam vivían ya desde hacía tres días en el
campamento de los mamuts. Los vengativos Kzamms seguían recorriendo la orilla
del gran río, en la esperanza de capturar y devorar a los hombres que habían
burlado su astucia, desafiado su fuerza y robado su fuego.
Naoh ya no les temía, pues su alianza con los mamuts se
había hecho perfecta. Cada mañana, sus fuerzas eran más seguras. No le zumbaba
el cráneo; la herida del hombro, poco profunda, se curaba con rapidez, ya no
tenía fiebre. También Gaw se curaba. A menudo, los tres Oulhamr, subiéndose a
un montículo, desafiaban a los adversarios.
Naoh les gritaba:
-¿Por qué dais vueltas alrededor de los mamuts y de los
Oulhamr? Delante de los mamuts sois como chacales delante de un gran oso. ¡Ni
la maza, ni el hacha de ningún Kzamm puede resistirse a la maza y el hacha de
Naoh! Si no os vais hacia vuestras tierras de caza, os tenderemos trampas y os
mataremos.
Nam y Gaw lanzaban su grito de guerra blandiendo las
azagayas; pero los Kzamms caminaban entre la espesura, entre los cañaverales,
sobre la sabana o sobre los arces, los sicomoros, los fresnos y los álamos.
Bruscamente, percibían un torso velludo, una cabeza de cabellos largos; o unas
siluetas confusas se deslizaban en la penumbra. Y aunque ya no tenían temor,
los Oulhamr detestaban su presencia maligna. Les impedía alejarse para
reconocer el país; amenazaba su futuro, pues tendrían que abandonar pronto a los
mamuts para regresar hacia el norte.
El hijo del Leopardo buscaba medios de alejar al enemigo
de su pista. Seguía rindiendo homenaje al jefe de los mamuts. Tres veces al
día, reunía para él alimentos tiernos, y pasaba muchos momentos sentado junto a
él, tratando de entender su lenguaje y hacerle entender el propio. El mamut
escuchaba de buen grado la palabra humana, sacudía la cabeza y parecía
pensativo; a veces, un resplandor singular brillaba en su ojo oscuro o plegaba
el párpado como si riera. En esos momentos, Naoh pensaba:
«El gran mamut comprende a Naoh, pero Naoh no le entendía
a él todavía.»
Sin embargo, intercambiaban gestos cuyo sentido no les era
dudoso, y que se relacionaban con el alimento. Cuando el nómada gritaba:
- ¡Toma!
El mamut se acercaba enseguida, aunque Naoh se hubiera
ocultado, pues sabía que encontraría raíces, ramas frescas o frutos. Poco a
poco, aprendieron a llamarse, incluso sin motivo. El mamut lanzaba un barritado
suave; Naoh articulaba una o dos sílabas. Se sentían contentos de estar uno al
lado del otro. El hombre se sentaba sobre la tierra: el mamut daba vueltas a su
alrededor, y a veces como un juego, lo levantaba enrollándolo en la trompa,
delicadamente.
Para conseguir su objetivo, Naoh había ordenado a sus
guerreros que rindieran homenaje a otros dos mamuts que eran jefes después del
coloso. Como ahora se habían familiarizado con los nómadas, les habían
entregado el afecto que se les pedía. Después, Naoh había enseñado a los
jóvenes la manera de habituar a los gigantes a su voz, de modo que, al quinto
día, los mamuts acudían al grito de Nam y Gaw.
Los Oulhamr sentían una gran felicidad. Una noche, antes
de que terminara el crepúsculo, Naoh, habiendo acumulado ramas y hierbas secas,
se atrevió a echarlas en el fuego. El aire era fresco, bastante seco, y la
brisa muy lenta. Y la llama creció, al principio negra por el humo, pero
después pura, gruñendo, con el color de la aurora. Los mamuts acudieron de
todas partes, podían ver avanzar sus grandes cabezas, y la inquietud se
reflejaba en sus ojos. Los más nerviosos barritaron. ¡Pues conocían el fuego!
Lo habían encontrado en la sabana y en el bosque, después de que se abatiera el
rayo; los había perseguido, con crujidos espantosos; su aliento les quemaba la
carne, sus dientes traspasaban su piel invulnerable; los viejos se acordaban de
compañeros que habían sido atrapados por esa cosa terrible, y que no habían
regresado. Así consideraban, con temor y amenaza, esa llama alrededor de la
cual estaban los pequeños animales verticales.
Naoh, comprendiendo su desagrado, acudió junto al gran
mamut y le dijo:
-El fuego de los Oulhamr no puede huir; no puede crecer a
través de las plantas; no puede arrojarse sobre los mamuts. Naoh lo ha
aprisionado en un suelo en el que no encontraría ningún alimento.
El coloso, llegando a diez pasos de la llama, la
contempló, y, más curioso que sus semejantes, y con una confianza oscura al ver
tan tranquilos a sus débiles amigos, se calmó. Y como su agitación y su calma
reglamentaban desde hacía muchos años la agitación y la calma del rebaño,
todos, poco a poco, dejaron de temer al fuego inmóvil de los Oulhamr tal como
temían al fuego formidable que galopaba sobre la estepa.
Así, Naoh pudo alimentar la llama y alejar las tinieblas.
Aquella noche disfrutó de la carne, la raíces y las setas asadas, y se deleitó
con ello.
Al sexto día, la presencia de los Kzamms se hizo más
insoportable. Naoh había recuperado ya toda su fuerza; la inacción le pesaba;
el campo libre le llamaba hacia el norte. Habiendo visto aparecer muchos torsos
velludos entre los plátanos, le arrebató la cólera y exclamó:
-¡Los Kzamms no se nutrirán de la carne de Naoh, de Gaw y
de Nam! Después hizo venir a sus compañeros y les dijo:
-Llamaréis a los mamuts con los que habéis hecho alianza,
y yo haré que me siga el gran jefe. Así podremos combatir a los devoradores de
hombres.
Habiendo ocultado el fuego en lugar seguro, los Oulhamr se
pusieron en camino. A medida que se alejaban del campamento, iban ofreciendo
alimentos a los mamuts, y, a intervalos, Naoh hablaba con voz suave. Pero, al
encontrarse a una corta distancia, los colosos vacilaron. A cada paso que
adelantaban crecía su sentimiento de responsabilidad hacia el rebaño. Se
detenían y volvían la cabeza hacia occidente. Después, dejaron de avanzar.
Cuando Naoh lanzó el grito de llamada, el jefe de los mamuts le respondió con
su propia llamada. El hijo del Leopardo volvió sobre sus pasos, deslizó la mano
sobre la trompa de su aliado y le dijo:
-¡Los Kzamms están ocultos entre los arbustos! ¡Si los
mamuts nos ayudan a combatirlos, no se atreverán a seguir dando vueltas
alrededor del campamento!
El jefe de los mamuts permanecía impasible. No dejaba de
mirar hacia atrás, al rebaño cuyo destino dirigía. Naoh, sabiendo que los
Kzamms estaban ocultos a escasos tiros de flecha, no quería resignarse a
abandonar el ataque. Seguido por Nam y Gaw, se deslizó a través de los
vegetales. Silbaron las jabalinas; muchos Kzamms se levantaron de la espesura
para ver mejor al enemigo; y Naoh lanzó un grito de llamada largo y estridente.
Entonces, el jefe de los mamuts pareció comprender. Lanzó
al espacio el barritado formidable que reunía al rebaño, y se lanzó, seguido de
los otros dos machos, sobre los devoradores de hombres. Naoh, blandiendo la
maza, y Nam y Gaw llevando el hacha en la izquierda y un dardo en la mano
derecha, se lanzaron clamando belicosamente. Espantados, los Kzamms se
dispersaron a través de la maleza, pero los mamuts ya se habían enfurecido:
cargaron contra los fugitivos como lo habrían hecho contra los rinocerontes, mientras
que en la orilla del Gran Río se veía que el rebaño acudía en masas
enfurecidas. Todo crujía bajo el paso de las formidables bestias; los animales
ocultos, lobos, chacales, corzos, ciervos, élafos, caballos, saigas y jabalíes,
se levantaban en el horizonte como ante una crecida del río.
El gran mamut fue el primero en alcanzar un fugitivo. El
Kzamm se lanzó al suelo gritando de terror, pero la trompa musculosa se recreó
para cogerlo; lanzó al hombre verticalmente, a diez codos de la tierra, y
cuando cayó lo aplastó con una de sus enormes patas como si fuera un insecto.
Después, otro devorador de hombres expiró bajo las defensas del segundo macho,
y luego se vio a un guerrero, muy joven todavía, retorcerse aullando y
sollozando en un abrazo mortal.
Llegaba el rebaño. Sobre la maleza ascendía su flujo; un
macareo de músculos se tragó la llanura; la tierra palpitó como un pecho; todos
los Kzamms que se encontraban a su paso, desde el Gran Rio hasta las colinas y
el bosque de fresnos, fueron reducidos a lodo sanguinolento. Sólo entonces se
apaciguó el furor de los mamuts. El jefe, detenido al pie de la pequeña colina,
dio la señal de la paz: todos se detuvieron, con los ojos todavía chispeantes,
los costados sacudidos por estremecimientos.
Los Kzamms que habían escapado del desastre huían como
locos hacia el sur. Ya no tenían que temer sus emboscadas: renunciaban para
siempre a perseguir y devorar a los Oulhamr; llevaban a su horda la noticia
sorprendente de la alianza de los hombres del norte y los mamuts, formando una
leyenda que se perpetuaría a través de innumerables generaciones.
Durante diez días, los mamuts descendieron hacia las
tierras bajas, siguiendo la orilla del río. Su vida era hermosa. Perfectamente
adaptados a sus pastos, la fuerza llenaba sus flancos pesados; una alimentación
abundante se ofrecía en todas las vueltas del río, en los limos palustres, en
el humus de las llanuras, entre los viejos y venerables oquedales.
Ningún animal estorbaba su camino. Soberanos en todas
partes, señores de sus éxodos y sus reposos, los antepasados habían asegurado
su victoria, perfeccionado su instinto, suavizado sus costumbres sociales,
reglamentado su marcha, su táctica, su campamento y jerarquía, provisto a la
defensa de los débiles y al entendimiento de los poderosos.
La estructura de su celebro era delicada, sus sentidos
sutiles: tenían una vista preciosa, no la pupila vaga de los caballos o los
uros, un olfato fino, tacto seguro y oído agudo. Enormes pero flexibles,
pesados pero ágiles, exploraban las aguas y la tierra, tocaban los obstáculos,
olfateaban, recogían, desenraizaban, amasaban con esa trompa de nervios finos
que se enrollaba como una serpiente, sofocaba como un oso, trabajaba como la
mano de un hombre. Sus defensas se clavaban en el suelo; con un solo golpe de
sus patas circulares aplastaban al león.
Nada ponía límites a la victoria de su raza. El tiempo les
pertenecía lo mismo que la extensión libre. ¿Quién habría podido turbar su
reposo, quién les impediría perpetuarse durante generaciones tan numerosas como
aquellas de las que eran descendientes?
Así soñaba Naoh mientras acompañaba al pueblo de colosos.
Escuchaba con felicidad cómo crujía la tierra bajo su marcha, pensaba
orgullosamente en sus largas y pacíficas filas, escalonadas en el río o bajo
las enramadas del otoño; todos los animales se apartaban cuando ellos llegaban,
y los pájaros, para verlos, descendían del cielo o se elevaban entre los
cañaverales. Fueron unos días tan amables por la seguridad y la abundancia que,
de no ser por el recuerdo de Gammla, Naoh no hubiera deseado que terminaran.
Pues ahora que conocía a los mamuts sabía que eran menos duros, menos inseguros
y más equitativos que los hombres. Su jefe no era, como Faouhm, temible para
sus amigos: conducía el rebaño sin amenazas y sin perfidia. Ni un solo mamut
tenía el humor feroz de Aghoo y sus hermanos.
Desde el amanecer, cuando el río se volvía gris ante el
oriente, los mamuts se levantaban sobre la tierra húmeda. El fuego crujía,
alimentado con pino o sicomoro, con álamo o tilo, y en la profundidad
silvestre, sobre la orilla brumosa, los animales sabían que la vida del mundo
había reaparecido. Se crecía en las nubes, escribiendo en ella el símbolo de
todo lo que hacía brotar de la nada de las tinieblas, donde, sin ellos, los
pórfidos, el cuarzo, el gneis, la mica, los minerales, las gemas y los mármoles
dormirían incoloros y glaciales; de todas partes creaba formas y colores
abrazando el mar tumultuoso y volatilizándolo en el espacio, uniéndose al agua
para tejer las plantas y amasar la carne de los animales.
Cuando llenaba el cielo pesado del otoño, los mamuts
barritaban levantando las trompas y disfrutaban de esa juventud que está en la
mañana y que hace olvidar la noche. Se perseguían hasta las sinuosidades de las
ensenadas y la punta de los promontorios; se reunían en grupos, conmovidos por
el placer simple y profundo de sentir que seguían siendo las mismas
estructuras, teniendo los mismos instintos y los mismos gestos. Después, sin
prisa ni esfuerzo, desenterraban raíces, arrancaban ramas frescas, apacentaban
la hierba, comían las castañas y bellotas, degustaban diversas setas y hasta la
trufa. Les gustaba bajar todos juntos a abrevar. Entonces, su pueblo parecía
más numeroso, y su masa más impresionante.
Para verlos rodar en la orilla, Naoh ascendía cualquier
pequeña colina o escalaba una roca. Sus lomos se sucedían como las olas de una
crecida, sus gruesas patas horadaban la arcilla, sus orejas se asemejaban a
murciélagos gigantes, dispuestos siempre a echarse a volar; agitaban sus
trompas y troncos de codeso cubiertos de una espuma cenagosa, y las defensas, a
centenares, alargaban sus venablos lisos, brillantes y curvos.
Llegaba la noche. De nuevo, las nubes recuperaban el
esplendor de las cosas, la noche carnívora se abatía como una niebla violácea y
el fuego comenzaba a crecer. Los Oulhamr lo alimentaban copiosamente. Él
devoraba golosamente la madera del pino y las hierbas secas, resollaba al roer
el sauce, su aliento se hacía acre al atravesar las ramas y las hojas húmedas.
A medida que crecía, su cuerpo se hacía más claro, su voz más ronca, secaba la
tierra fría y rechazaba las tinieblas hasta mil codos de distancia. Mientras el
fuego añadía a las carnes, las castañas y raíces un sabor penetrante, el gran
mamut venía a contemplarlo. Se había acostumbrado y se complacía en su caricia
y su brillo; fijaba en él ojos pensativos y consideraba los gestos de Naoh, de
Nam o de Gaw echando ramas o hierbas en sus bocas escarlatas. Quizá, vagamente,
veía que la raza de mamuts sería todavía más fuerte si aprendiera a servirse
del fuego.
Una noche se acercó más que de costumbre, adelantando la
trompa y olfateando los alientos que salían de ese animal de formas cambiantes.
Se detuvo, tan inmóvil que parecía una roca de esquisto; cogiendo una gruesa
rama, la sostuvo un momento en el aire y la arrojó en medio de las llamas.
Brotó así un reguero de chispas, y el fuego crujió, silbó, humeó y se inflamó.
Entonces, sacudiendo la cabeza con aire de alegría, fue a colocar la trompa en
el hombro de Naoh, que no había hecho un solo gesto. Arrebatado por el estupor
y la admiración, creyó que los mamuts sabían mantener el fuego, como los
hombres, y se preguntó por la razón de que pasaran sus noches en el frío y la
humedad.
Desde esa noche, el gran mamut se acercó todavía más a los
nómadas. Les ayudaba a reunir la provisión de madera, alimentaba el fuego con
sagacidad y prudencia, soñaba en esa claridad cobriza, púrpura o carmesí, según
las fases de la llama. Nuevas ideas crecían en su enorme cráneo, estableciendo
un lazo mental entre él y los Oulhamr. Comprendía muchas palabras y gestos,
incluso sabía hacerse entender: en aquel tiempo, las palabras que
intercambiaban los hombres no sobrepasaban a las acciones inmediatas y muy
próximas; la previsión de los mamuts y su conocimiento de las cosas habían
llegado a su apogeo. Así, su jefe reglamentaba con algún tiempo de adelanto la
puesta en marcha de la población, cuando entraban en territorios sospechosos o
enigmáticos; se hacía preceder de exploradores; su experiencia, guiada con una
memoria tenaz, nutrida por la reflexión, tenía variedad y envergadura. Con
menos precisión que Naoh, pero tenía ideas no menos seguras sobre las aguas,
las plantas y los animales; entreveía la sucesión de períodos tristes y
períodos fértiles del año; discernía toscamente el curso del sol y no lo
confundía con el de la luna. Si hubiera hablado la lengua de los hombres, no
habría parecido más tosco que Aghoo y sus hermanos, e incluso habría expresado algunas
cosas que ni el propio viejo Goun concebía.
Pues si los hombres, desde hacía millares de siglos,
acrecentaban y afinaban su entendimiento con todo lo que habían tocado y
transformado sus manos, los mamuts, con la ayuda de su ingeniosa trompa,
desarrollaban muchas ideas que eran extrañas a los hombres. Pero al verse
reducidos a escasas entonaciones y signos, el lenguaje de los colosos no podía
traducir todo lo que sabían; los más sutiles estaban aislados en su soledad
cerebral, ninguna reflexión múltiple podía combinarse con otras, o extenderse
por ese río de la tradición oral que en los hombres llevaba, reunía y variaba
infatigablemente la experiencia, la invención y las imágenes... Sin embargo, la
distancia no era todavía infranqueable. Si la tradición de los mamuts se
limitaba a la reproducción de los actos y gestos milenarios, a la transmisión
de astucias y tácticas, a una educación simple sobre el uso de los objetos o de
los deberes hacia la comunidad y los individuos, poseían la ventaja de un
instinto social más antiguo que el de los hombres, y de una longevidad que
favorecía la experiencia individual. Pues el hombre no estaba hecho para vivir
tantas estaciones como un mamut, y estaba mucho más sujeto a perecer
accidentalmente: no podía contar con una protección muy eficaz; el odio de sus
semejantes le amenazaba, no sólo en el exterior, sino dentro de la propia
horda. Por eso era menor el número de hombres que habían recibido de la vida
una lección al mismo tiempo duradera y numerosa. Y Naoh percibía en su colosal
compañero, en el que una existencia larga había dejado intactos el vigor, la
flexibilidad y la memoria, cuyo ojo, oído y olfato guardaban su juventud, una
inteligencia que consideraba superior a la del viejo Goun, cuyos recuerdos eran
vastos, pero cuyas articulaciones se habían vuelto rígidas, sus movimientos
lentos e indecisos, el oído duro y la vista turbada.
Entretanto los mamuts seguían descendiendo por el curso
del Gran Río y su camino se alejaba ya de aquel que debería llevar a los
Oulhamr hacia la horda. Pues el río, que primero seguía el camino del norte,
giraba hacia oriente y poco después remontaba hacia el sur. Naoh se inquietaba.
A menos que el rebaño consintiera abandonar la cercanía de las orillas,
tendrían que abandonarlo. Y se habían habituado a vivir cómodamente entre esos
compañeros enormes y benévolos. Después de tanta seguridad, las soledades parecían
más feroces. A lo lejos, bajo el otoño lluvioso, en el bosque de las fieras,
sobre la podredumbre de la inmensa pradera, día y noche se enfrentarían a la
emboscada y el acecho, la brutalidad de los elementos y la perfidia del felino.
Una mañana, Naoh se detuvo ante el jefe de los mamuts y le dijo:
-El hijo del Leopardo ha hecho alianza con la horda de
mamuts. Su corazón está contento con ellos. Le seguiría durante estaciones sin
número. Pero debe volver a ver a Gammla a orillas del Gran Pantano. Su ruta va
hacia el norte y occidente. ¿Por qué los mamuts no abandonan las orillas del
río?
Estaba apoyado en una de las defensas del mamut; el
animal, presintiendo sus problemas y la gravedad de sus designios, le escuchaba
inmóvil. Después, balanceó lentamente su pesada cabeza y se volvió a poner en
camino para guiar el rebaño que seguía la orilla. Naoh pensó que ésa era la
respuesta del coloso, y se dijo a sí mismo:
«Los mamuts tienen necesidad de las aguas... También los
Oulhamr preferirían ir por el río...»
La necesidad estaba ante él. Lanzó un largo suspiro y
llamó a sus compañeros. Después, tras ver desaparecer el final del rebaño, se
subió a un terraplén. Contempló a lo lejos al jefe que lo había acogido y
salvado de los Kzamms. Sentía oprimido el pecho; lo habitaban el dolor y el
temor; y dirigiendo los ojos hacia el noroeste, a la estepa y el matorral de
otoño, sintió su debilidad de hombre, y su corazón se elevó lleno de ternura
hacia los mamuts y su fuerza.
TERCERA PARTE
I.- Los enanos rojos.
Hubo grandes lluvias. Naoh, Nam y Gaw se encenagaron en
tierras inundadas, vagabundearon bajo enramadas podridas, franquearon cimas y
reposaron al abrigo de las ramas, en los agujeros de las rocas, en las fisuras
del suelo. Era la época de las setas. Los tres, sabiendo que son pérfidas y
pueden matar un hombre con la misma seguridad que el veneno de las serpientes,
no comían más que aquellas cuya forma y color les habían enseñado los ancianos.
Las distinguían también por el olfato. Cuando les faltaba la carne, iban, según
fuera el lugar y la altitud, a encontrar distintas setas, como mízcalos,
morillas, mucerones y columbetas. Las buscaban a la sombra de los oquedales
húmedos, entre los robles resplandecientes, los olmos devorados por el musgo,
los sicomoros enrojecidos, sobre las plantas viscosas, en el letargo de las
hondonadas, bajo las plataformas de esquisto de gneis o de pórfido.
Ahora que habían conquistado el fuego, podían cocerlas
ensartándolas en ramitas, o poniéndolas sobre piedras e incluso sobre arcilla.
También asaban así bellotas y raíces, a veces castañas, comían ayucos y nueces,
y extraían savias dulces de los arces.
El fuego era su alegría y su trabajo. Ante los huracanes y
las lluvias torrenciales, lo defendían con astucia y encarnizamiento. Algunas
veces, cuando el agua se derramaba demasiado espesa y tenaz, se hacía necesario
buscar un abrigo; si no lo ofrecían ni las rocas, los árboles o el suelo, había
que excavarlo o construirlo. De esa manera perdían muchos días. Y también los
perdían rodeando los obstáculos. Por haber querido acortar, siguiendo el camino
más recto, posiblemente habían alargado su viaje. Pero como lo ignoraban, se
dirigían hacia el país de los Oulhamr, guiándose por el instinto y por el sol,
que les daba indicaciones toscas pero incesantes.
Quedaron al borde de una tierra de arena, entrecortada por
granito y basalto. Parecía cerrar todo el noroeste, sin vegetación, miserable y
amenazadora. A veces brotaban de ella unas hierbas duras; algunos pinos sacaban
de las dunas una vida penosa; los líquenes mordían la piedra y colgaba en
cabelleras pálidas; una liebre enfebrecida, un antílope raquítico, recorrían
por el flanco de las colinas o los estrechos que había entre ellas. La lluvia
se hacía cada vez más rara; las nubes, delgadas, avanzaban con las grullas, los
gansos y las becadas.
Naoh dudaba de entrar en ese país lamentable. El día iba
declinando, un resplandor terroso se deslizaba sobre la extensión, escuchándose
un viento sordo y lúgubre. Los tres, con el rostro vuelto hacia las arenas y
las rocas, sintieron pasar por su nuca el estremecimiento del desierto. Pero
como tenían carne en abundancia, y la llama lucía clara en las jaulas,
marcharon hacia su destino.
Cinco días transcurrieron sin que vieran el final de las
llanuras y las dunas desnudas. Tenían hambre; los animales, finos y veloces,
escapaban de sus trampas; tenían sed, pues la lluvia se había hecho todavía más
escasa y la arena se bebía el agua; en más de una ocasión temieron la muerte
del fuego. Al sexto día, la hierba se hizo menos escasa y dura, los pinos
dejaron lugar a los sicomoros, a los plátanos y a los álamos.
Las lagunas se multiplicaron, después la tierra se
ennegreció, el cielo se hundió y se llenó de nubes opacas que se abrían
interminablemente. Los Oulhamr pasaron la noche temblando, tras haber encendido
un montón de leña esponjosa y de hojas que gemían bajo el aguacero y lanzaban
un aliento sofocante.
Primero vigiló Naoh, después fue el turno de Nam. El joven
Oulhamr caminaba cerca del fuego, atento a reanimarlo con ayuda de una rama
puntiaguda y de secar las ramas antes de dárselas como alimento. Un resplandor
pesado cruzaba los vapores y el humo; se alargaba sobre la arcilla, se
deslizaba entre los arbustos y enrojecía penosamente las frondas. A su
alrededor reptaban las tinieblas. Éstas lo llenaban todo; en el gotear de las
aguas, eran como un fluido bituminoso y formidable.
Nam se inclinó para secarse las manos y los brazos y
después tendió el oído. El peligro estaba en el fondo del agujero negro: podía
desgarrar con la garra o la mandíbula, aplastar bajo las patas de un rebaño,
transmitir la muerte fría de la serpiente, romper los huesos con el hacha o
traspasar el pecho con el arpón.
El guerrero sintió un brusco escalofrío: sus sentidos y su
instinto se pusieron en tensión; sabía que la vida daba vueltas alrededor del
fuego y llamó suavemente al jefe. Naoh se levantó al instante; exploró a su vez
la noche. Supo que Nam no se había equivocado; pasaban unos seres cuyo efluvio
turbaban las plantas húmedas y el humo; y sin embargo, el hijo del Leopardo
llegó a conjeturar la presencia de hombres. Dio tres golpes fuertes con el
venablo en lo más caliente de la hoguera: saltaron las llamas, mezcladas con
escarlata y azufre; y, a lo lejos, se ocultaron unas siluetas. Naoh despertó al
tercer compañero:
-¡Han llegado los hombres! -murmuro.
De un lado a otro, durante mucho tiempo, trataron de
sorprender las sombras. Pero nada volvió a aparecer. Ningún ruido extraño
turbaba el chapoteo de la lluvia; ningún olor evocador se revelaba de las
sacudidas del viento. ¿Dónde estaba el peligro? ¿Los que acosaban su soledad
eran una horda completa o algunos hombres? ¿Qué camino seguir para la huida o
el combate?
-¡Guardad el fuego! -dijo finalmente el jefe.
Sus compañeros vieron que su cuerpo decrecía, se hacía
semejante a un vapor, y que después lo desconocido lo absorbía. T ras dar un
rodeo, se orientó hacia los matorrales en los que había visto ocultarse a los
hombres. El fuego le guiaba. Aunque él mismo se había hecho invisible, podía
distinguir un resplandor crepuscular. Se detenía continuamente, con la maza y
el hacha preparadas; a veces, pegaba la cabeza a la tierra; y tenía el cuidado
de avanzar dando vueltas, y no en línea recta. Gracias a que la tierra era
blanda, y a su prudencia, ni la finísima oreja del lobo habría podido escuchar
su paso. Se detuvo antes de haber llegado a los matorrales. Pasó el tiempo; no
escuchaba ni percibía más que la caída de las gotas, los movimientos de los
vegetales, algún animal que huía.
Tomó entonces una ruta oblicua, fue más allá de los
matorrales y rehízo sus pasos: no vio ningún rastro. No se asombró, pues así se
lo había anunciado su instinto, y se alejó en dirección a un terraplén que
había observado en el crepúsculo. Llegó tras algunos titubeos y lo subió:
abajo, en un repliegue, un resplandor subía a través del vaho, Naoh reconoció
un fuego de hombres. La distancia era tan grande, y la atmósfera tan opaca, que
apenas si distinguió algunas siluetas deformadas. Pero no tenía duda alguna
acerca de su naturaleza: volvió a tener el estremecimiento que había sentido a
orillas del lago. Y esta vez el peligro era peor, pues los extranjeros habían
conocido la presencia de los Oulhamr antes que éstos hubieran sido
descubiertos.
Naoh regresó junto a sus compañeros, muy lentamente al
principio, con mayor velocidad cuando el fuego fue visible:
-¡Los hombres están allí! -murmuro.
Tendió la mano hacia el este, seguro de su orientación:
-Hay que reanimar el fuego en las jaulas -añadió tras una
pausa.
Confió esta operación a Nam y Gaw, mientras que él mismo
echaba ramas alrededor de la hoguera, para hacer una especie de barrera; los
que se aproximaron podían ver bien el resplandor de la llama, pero no si había
guardianes. Cuando las jaulas estuvieron preparadas y las provisiones
repartidas, Naoh ordenó la partida.
La lluvia se fue haciendo más fina; no se sentía ya ningún
soplo. Si los enemigos no cerraban el camino, o no descubrían inmediatamente la
fuga, acecharían el fuego que ardía en la soledad y, creyéndolo defendido, no
atacarían hasta no haber multiplicado las artimañas. De esa manera, Naoh podría
ganar una ventaja considerable. La lluvia cesó al amanecer. Un resplandor
triste subió de los abismos, la aurora se arrastró miserablemente detrás de las
nubes. Desde hacía algún tiempo, los Oulhamr subían por una pendiente suave:
cuando estuvieron en la parte más alta, no vieron al principio más que la
sabana, el matorral y los bosques, de color ocre, o pizarra con islas azules y
escotaduras rojizas.
-Los hombres han perdido nuestro rastro -murmuró Nam.
Pero Naoh respondió:
-¡Los hombres nos persiguen!
En efecto, en la bifurcación de un río surgieron dos
siluetas, seguidas rápidamente por otros treinta. A pesar de la distancia, Naoh
se dio cuenta de que su estatura era extrañamente corta; todavía no se podía
distinguir claramente la naturaleza de sus armas. No veían a los Oulhamr,
disimulados entre los árboles, y se detenían a intervalos para verificar el
rastro. El número creció: el hijo del Leopardo contó más de cincuenta.
Pero, por otra parte, no parecía que tuvieran la misma
agilidad que los fugitivos. Si no retrocedían, los Oulhamr tendrían que
atravesar zonas casi desnudas, o sembradas de hierbas cortas. Lo mejor era
avanzar sin rodeos y contar con la fatiga del enemigo. Como la pendiente volvió
a descender, pudieron hacer un buen trecho sin fatiga. Y cuando, al darse la
vuelta, vieron a los perseguidores que gesticulaban en la cresta, la delantera
había aumentado.
Poco a poco, el terreno se erizaba. Primero había una
llanura de creta, convulsiva e hinchada, y después unas landas en las que
abundaban plantas duras, llenas de trampas, de charcas, que no se veían al
principio y que luego había que rodear. Cuando se había evitado una, aparecían
otras, por lo que los nómadas apenas avanzaban. Llegaron al final. Se
presentaba entonces ante ellos una tierra rojiza que producía algunos pinos de
escasa fuerza, muy altos pero débiles, estaba rodeada por turberas. Finalmente,
volvieron a ver la sabana, y Naoh se alegró, pero hacia la izquierda apareció
un grupo de hombres cuya estructura reconoció.
¿Eran los mismos que los de la mañana, y acostumbrados al
territorio habían seguido un camino más corto que los fugitivos? ¿O eran otro
grupo de la misma raza? Estaban tan próximos que podía distinguirse con
precisión su corta estatura: el más alto apenas habría tocado con su frente el
pecho de Naoh. Tenían la cabeza como un bloque, el rostro triangular, el color
de la piel era como ocre rojizo, y aunque menudos, en sus movimientos y en el
brillo de los ojos demostraban ser una raza llena de vida. Al ver a los
Oulhamr, lanzaron un clamor que se asemejó al graznido de los cuervos, y
blandieron venablos y azagayas.
El hijo del Leopardo los contempló con asombro. De no
haber sido por el pelo de las mejillas, que les salía en pequeños mechones, o
por el aspecto de vejez de algunos, y de no haber sido también por sus armas y
por la amplitud del pecho, los habría tomado por niños.
Al principio no se imaginó que se arriesgarían a combatir.
Vacilaban. Y cuando los Oulhamr levantaron las mazas y arpones, y cuando la voz
de Naoh, que dominaba a la de ellos lo mismo que el trueno del león domina
sobre la voz de las cornejas, retumbó sobre la llanura, desaparecieron. Pero
debían tener un humor belicoso; sus gritos regresaron todos juntos, llenos de
amenaza. Después, se dispersaron en semicírculo. Naoh comprendió que querían
cercarlos. Teniendo más miedo de su astucia que de su fuerza, dio la señal de
retirada. Los grandes nómadas, al primer impulso, se distanciaron sin esfuerzo
de los perseguidores, menos rápidos todavía que los devoradores de hombres: si
no se presentaban obstáculos, los fugitivos no serían alcanzados a pesar de la
carga de las jaulas.
Pero Naoh desconfiaba de las trampas del hombre y de la
tierra. Ordenó a sus guerreros que prosiguieran el camino, y después dejando en
tierra el fuego, observó a los enemigos. En su ardor, se habían dispersado.
Tres o cuatro de los más ágiles avanzaban lejos de los demás. El hijo del
Leopardo no perdió tiempo. Cogió unas piedras que unió a sus armas y corrió con
toda velocidad hacia los enanos rojos. El movimiento de Naoh los dejó
petrificados; temieron una estratagema; uno de ellos, que parecía ser el jefe,
lanzó un grito agudo; se detuvieron. Pero Naoh estaba ya a tiro de aquel al que
quería alcanzar y gritó:
-Naoh, hijo del Leopardo, no quiere hacer daño a los
hombres. ¡No golpeará si abandonan la persecución!
Todos escucharon con el rostro inmóvil. Al ver que el
Oulhamr no avanzaba, reemprendieron su marcha envolvente. Entonces, Naoh gritó,
haciendo girar una piedra:
-¡El hijo del Leopardo golpeará a los enanos rojos!
Ante la amenaza del gesto partieron tres o cuatro
azagayas: su alcance era muy inferior al del nómada. Lanzó la piedra; golpeó al
hombre al que había apuntado y le hizo caer. Inmediatamente después lanzó una
segunda piedra, que falló el tiro, y después una tercera, que golpeó sobre el
pecho de un guerrero. Entonces hizo un gesto de burla mostrándoles una cuarta
piedra, y luego, con aspecto terrible, blandió una azagaya.
Los enanos rojos comprendían mejor que los Oulhamr y los
devoradores de hombres los signos, pues utilizaban menos el lenguaje
articulado. Comprendieron que la azagaya sería más peligrosa que las piedras, y
los más adelantados se replegaron junto a la masa. El hijo del Leopardo se
retiró a pasos lentos. Le siguieron a distancia: cada vez que uno u otro
superaba a sus compañeros, Naoh lanzaba un gruñido y blandía su arma. Supieron
así que había más peligro dispersándose que permaneciendo juntos, y Naoh, habiendo
logrado su objetivo, reemprendió su camino.
Los Oulhamr huyeron durante la mayor parte del día. Cuando
se detuvieron, hacía ya mucho tiempo que no veían a los enanos rojos. Las nubes
se habían dispersado, el sol se filtraba por una grieta azulada, al fondo de
las landas. La tierra, plena y dura al principio, se había vuelto peligrosa:
ocultaba fangos que apresaban los pies y los atraían hacia el abismo. Grandes
reptiles reptaban en los promontorios; serpientes de agua de cuerpo glauco y
rojizo relucían entre los ríos; las ranas saltaban con un grito fangoso; los
pájaros desaparecían furtivos, sobre patas, o cortaban el aire con un vuelo
estremecido como las hojas del álamo temblón.
Los guerreros comieron presurosamente. Tenían miedo de las
emboscadas en aquella zona, y se esforzaron por descubrir una salida. A veces,
creyeron haber llegado a ella. El suelo se hacía más firme y encontraban hayas,
sicomoros, pero luego los helechos sucedían de nuevo a los sauces, los álamos y
las hierbas palustres. Enseguida comenzaba el agua de la fiebre, y las trampas
se abrían solapadamente, y era necesario rehacer el paso y repetir el esfuerzo.
La noche estaba próxima. El sol tomó el color de la sangre fresca; descendió
sobre el poniente cubierto de fangos y se metió en las lagunas. Los Oulhamr
sabían que sólo podían contar con su valor y su vigilancia; avanzaron mientras
siguieron teniendo un resplandor en el fondo del firmamento, y después se detuvieron,
pues tenían por delante una landa, y por detrás un suelo caótico, en el que
percibían alternativamente vagas claridades y agujeros tenebrosos. Arrancaron
ramas, hicieron rodar algunas piedras gruesas y, trabándolo todo, con la ayuda
de lianas y mimbres, se encontraron al abrigo de una sorpresa. Pero no
encendieron una hoguera: solamente alimentaban los fuegos pequeños, semiocultos
en la tierra; y esperaban las cosas oscuras que lo mismo amenazaban que
salvaban la vida de los hombres.
II.- La arista granítica.
Pasó la noche. En el resplandor parpadeante de las
estrellas, ni Nam, ni Gaw, ni el jefe vieron siluetas humanas, no escucharon ni
olfatearon sino los vientos húmedos, los animales del pantano, las rapaces de
alas blancas.
Cuando se extendió la mañana como un vapor de plata, la
landa mostró su cara triste, seguida de un agua sin límites, entrecortada por
islas cenagosas. Si se alejaban de las orillas, volverían a encontrarse sin
duda con los enanos rojos. Era necesario seguir los confines de la landa y el
pantano, buscando una salida, y como nada les indicaba cuál era la dirección
preferible, tomaron la que parecía prestarse menos a las emboscadas.
Al principio, el camino pareció bueno. El suelo, bastante
resistente, cortado apenas por algunas charcas, producía plantas cortas, salvo
en la propia orilla. Hacia la mitad del día, se multiplicaron los matorrales y
arbustos; necesitaban acechar continuamente el horizonte, que se había
estrechado. Sin embargo, Naoh no creía que los enanos rojos estuvieran
próximos. Si no habían abandonado la persecución, seguían el rastro de los
Oulhamr: su rastro debía ser considerable.
La provisión de carne se había agotado. Los nómadas se
aproximaron a la orilla, donde abundaba la presa. No consiguieron cazar una
avutarda, que se refugió en la isla. Después, Gaw capturó una pequeña brema en
la desembocadura de un riachuelo; Naoh traspasó con el arpón una polla de agua,
y Nam pescó varias anguilas. Encendieron un fuego con hierba seca y ramas,
gozosos de olfatear el olor de las carnes asadas. La vida se hizo buena, su
juventud se llenaba de fuerza; creyeron haber dejado atrás a los enanos rojos y
se dedicaron a roer los huesos de la polla de agua, pero unos animales salieron
corriendo de los matorrales. Naoh se dio cuenta de que huían de un enemigo
considerable. Se levantó a tiempo de ver una forma furtiva en un intersticio de
los vegetales.
-¡Los enanos rojos han regresado! -dijo.
El peligro era más temible que nunca. Pues los enanos
rojos podían seguir a los Oulhamr estando a cubierto y cortarles el camino con
emboscadas. Se estiraba una franja de terreno casi desnudo y favorable para la
huida entre el pantano y el matorral. Los Oulhamr se apresuraron a cargar las
jaulas, las armas y lo que les quedaba de carne. Nada les impedía marcharse. Si
el enemigo les seguía por los matorrales, perdería terreno, porque los enanos
eran menos rápidos y les estorbaban los matorrales. Al principio, la landa
árida se ensanchó, y después empezó a estrecharse entre los árboles, arbustos o
hierbas altas. Pero el suelo seguía siendo sólido, y Naoh se sintió seguro de
haberse distanciado de los enanos rojos: mientras no se presentara ningún
obstáculo, mantendría la ventaja.
Pero llegaron los obstáculos. El pantano lanzaba
tentáculos sobre la llanura, profundas ensenadas, lagunas, canales rodeados de
plantas viscosas. Los fugitivos veían que se les obstruía el camino
constantemente: debían girar, desviarse, incluso rehacer sus pasos. Finalmente,
se encontraron encerrados en una banda granítica limitada a la derecha por el
agua inmensa, a izquierda por terrenos inundados en las crecidas otoñales. La
osamenta granítica empezó a descender de nivel y desapareció, los Oulhamr se
encontraban rodeados por todas partes: tenían que rehacer el camino o esperar
los golpes del azar.
Fue un momento formidable. Si los enanos rojos estaban en
la entrada de la franja, toda la retirada se hacía imposible. Y Naoh, con la
frente baja ante el mundo hostil, lamentó amargamente haberse separado de los
mamuts. Su energía se doblegó, y conoció el desánimo y la tristeza. Pero
después regresó la acción con su urgencia y su rudeza; el lamento pasó como un
latido del corazón; sólo existía la hora presente. Y exigía la atención de todo
ser y el despertar continuo de los sentidos. Los nómadas probaron rápidamente
las salidas. A lo lejos, se elevaba una masa rojiza que podía ser una isla, y
que podía ser también la continuación de la arista. Gaw y Naoh buscaron un
vado; pero sólo encontraron el agua profunda o la traición de los fangos y los
charcos.
La última oportunidad estaba en el regreso. Lo decidieron
bruscamente y lo ejecutaron con presteza. Recorrieron dos mil codos y se
encontraron fuera del pantano, ante una vegetación tupida, entrecortada apenas
por islotes y hierba rasa; Nam, que iba adelante, se detuvo en seco y dijo:
-Los enanos rojos están allí.
Naoh no lo dudó. Para asegurarse mejor, cogió unas piedras
y las lanzó rápidamente al matorral que había señalado Nam: una huida, ligera
pero cierta, reveló la presencia de los enemigos. La retirada era imposible:
había que prepararse para el combate. Pero el lugar en el que se encontraban
los Oulhamr no les ofrecía ninguna ventaja, y permitía a los enanos rojos
envolverlos. Era mejor establecerse en una parte de la arista. Con el
resplandor del fuego, estarían allí al abrigo de las sorpresas.
Naoh, Nam y Gaw lanzaron su grito de guerra. Y mientras
blandían sus armas, Naoh clamó:
-Los enanos rojos hacen mal al perseguir a los Oulhamr,
que son fuertes como el oso y ágiles como la saiga. ¡Si los enanos rojos les
atacan, morirán muchos de ellos! Sólo Naoh abatirá a diez... Y Nam y Gaw
también matarán. ¿Los enanos rojos quieren que mueran quince de sus guerreros
para destruir a tres Oulhamr?
Por todas partes se elevaron voces en los matorrales y
entre las altas hierbas. El hijo del Leopardo comprendió que los enanos rojos
querían la guerra y la muerte. No se asombró: durante toda la vida, ¿acaso los
Oulhamr no habían matado a los extranjeros a los que sorprendían cerca de la
horda? El viejo Goun decía: «Es mejor dejar la vida al lobo y al leopardo que
al hombre; pues el hombre que no has matado hoy, vendrá más tarde con otros
hombres para matarte». Naoh no regresaría para matar a los enanos rojos si le
dejaban el camino libre, pero comprendía bien que ellos podían temerlo. Por
otra parte, sabía también que los hombres de dos hordas se odian unos a otros
más que el rinoceronte odia al mamut. Con su enorme pecho henchido por la
cólera, provocó a los enemigos avanzando hacia los matorrales y gruñendo.
Silbaron pequeñas azagayas y ninguna de ellas llegó a él. Lanzó una risa feroz.
-¡Los brazos de los enanos rojos son débiles!... ¡Son
brazos de niño!... Con cada golpe, Naoh matará a uno con la maza o el hacha.
Entre la viñas salvajes apareció una cabeza. Se confundía
con el tono de las hojas enrojecidas por el otoño. Pero Naoh había visto el
brillo de sus ojos. Una vez más, quiso mostrar su fuerza sin emplear la
azagaya: la piedra que lanzó estremeció el follaje y se escuchó un grito agudo.
-¡Mirad! Ésa es la fuerza de Naoh... Con la azagaya
afilada habría matado al enano rojo.
Sólo entonces emprendió la retirada, en medio de los
gritos del enemigo. Prefirió ir hasta el extremo de la arista: allí había sitio
para varios hombres, y los enanos rojos deberían atacar en fila. Por la parte
del agua, por causa de las pérfidas plantas, ninguna balsa podría abrirse
camino, ningún hombre se atrevería a llegar allí nadando. Tampoco se podría
llegar a un islote escarpado que se levantaba a sesenta codos de la elevación
granítica.
Como habían acumulado cañas marchitas para el fuego de la
noche, los Oulhamr sólo tenían que esperar. Y de todas sus esperas, ésa fue la
más terrible. Cuando acechaban al oso gris, esperaban aniquilarlo con unos
golpes bien dados. Cuando estaban aprisionados entre las piedras basálticas, no
ignoraban que el león-tigre debía alejarse para buscar presas. Nunca habían
estado acosados por los devoradores de hombres. Pero ahora la horda que los
asediaba con la astucia y el número no podía ser aniquilada. Los días seguirían
a los días sin que dejaran de vigilar el pantano, y si se atrevían a hacer un
ataque, ¿cómo podrían resistírseles tres hombres?
Así, Naoh se encontró apresado por la fuerza de sus
semejantes; y aunque esos semejantes se encontraran entre los más débiles, pues
ninguno de ellos podría estrangular a un lobo, y jamás sus ligeras azagayas
penetrarían hasta el corazón de un león, como lo hacían las flechas de los
Oulhamr, aunque sus venablos fueran impotentes delante de los aurocs, podrían
alcanzar el corazón de un hombre.
El hijo del Leopardo olió el poder de su raza. Lo sintió
más implacable, más venenoso y destructivo que el poder de los felinos, las
serpientes y los lobos. Recordando la bondad de los mamuts, se le enardeció el
pecho, un suspiro cavernoso lo desgarró, volvió los ojos hacia esa adoración
que germinaba en el fondo de su alma y que, tan fuerte como la adoración del
fuego, era más tierna y más dulce.
Pero el sol y el agua mezclaban sus vidas brillantes. El
agua era inmensa, no se veía su fin, y el sol sólo era un fuego grande como la
hoja de una ninfea. Pero la luz del sol era más grande que la propia agua: se
extendía sobre el pantano, llenaba todo el cielo, el cual dominaba la extensión
de la tierra. En su fiebre, Naoh, sin dejar de pensar en los enanos rojos, en
el combate, en las emboscadas y en la muerte, se asombró de que de un fuego tan
pequeño viniera una luz tan grande.
Un terrible peso envolvía sus hombros; su corazón saltaba
como una pantera. Lo oía batir entre sus huesos. A veces, el nómada se erguía y
levantaba la maza; la guerra le llenaba por entero; sus brazos se impacientaban
por no golpear a aquellos que insultaban a su fuerza.
Pero la prudencia y la astucia volvían a él, pues sin
ellas ningún hombre lograría sobrevivir una estación: su muerte sería demasiado
bella para el enemigo si él mismo iba a buscarla; era necesario que fatigara a
los enanos rojos, que los espantara, que matara a muchos de ellos. Además, no
quería morir, quería ver de nuevo a Gammla. Y aunque no sabía cómo engañar a la
horda, su fuerte vida mantenía la esperanza, no comprendiendo que pudiera
desaparecer, se extendía tan lejos como las aguas y la luz.
Los enanos rojos no se dejaron ver al principio, pues
temían una emboscada o esperaban una imprudencia de los Oulhamr. Pero se
mostraron al declinar el día. Los vieron salir de sus refugios y avanzar hasta
la entrada de la arista granítica, con una singular combinación de
deslizamientos y saltos, y después, deteniéndose, contemplaron el pantano. Uno
u otro lanzaban un grito, pero los jefes guardaban silencio, atentos.
Con el crepúsculo, los cuerpos rojos bullían; hubiérase
dicho, bajo el resplandor ceniciento, que eran extraños chacales levantados
sobre las patas traseras. Llegó la noche. El fuego de los Oulhamr extendió
sobre las aguas una claridad sangrante. Detrás de los matorrales, los fuegos de
los asaltantes cubrían las tinieblas. Las siluetas de los vigilantes se
perfilaban y desaparecían. A pesar de los simulacros de ataque, los agresores
se mantuvieron fuera de su alcance.
El siguiente día tuvo una duración insoportable. Ahora los
enanos rojos circulaban sin cesar, en pequeños grupos o en masa. Sus mandíbulas
crecidas expresaban una tenacidad invencible. Era evidente que perseguían sin
descanso la muerte de los extranjeros; era un instinto que se había
desarrollado en ellos desde hacía centenares de generaciones, y sin el cual
habrían sucumbido ante razas de hombres más fuertes pero menos solitarios.
Durante la segunda noche, no intentaron ningún ataque:
guardaron un silencio profundo y no se dejaron ver. Incluso sus fuegos eran
invisibles, bien porque no los habían encendido o porque se los habían llevado
muy lejos. Hacia el alba, se escuchó un rumor brusco, y hubiérase dicho que los
matorrales avanzaban lo mismo que los seres. Cuando apuntó el día, Naoh vio que
un montón de ramas obstruía la entrada de la calzada granítica: los enanos
rojos lanzaban clamores guerreros.
Y el nómada comprendió que iban a avanzar tras ese abrigo.
Así podrían lanzarles las azagayas sin descubrirse, o saltar bruscamente, en
gran número, para un ataque decisivo. La situación de los Oulhamr se agravaba.
Con su provisión agotada, habían tenido que recurrir a los peces del pantano.
El lugar no era favorable. Les era difícil capturar alguna anguila o brema; y
aunque le añadieran algún batracio, por su gran cuerpo y su juventud, sufrían
la penuria. Nam y Gaw, apenas adultos, y hechos para crecer todavía, se
agotaban.
La tercera noche, cuando estaban sentados delante del
fuego, una inmensa inquietud asaltó a Naoh. Había fortificado el abrigo, pero
sabría que en pocos días, si la caza seguía siendo tan escasa, sus compañeros
serían más débiles que los enanos rojos, y ni siquiera él lanzaría bien la
azagaya. ¿Su maza podría abatirse tan mortal como siempre? El instinto le
aconsejaba la huida a favor de las tinieblas. Pero sería necesario sorprender a
los enanos rojos y forzar el paso: probablemente, eso era imposible.
Lanzó una mirada hacia el oeste. La Luna creciente había
aumentado su brillo y sus cuernos se debilitaban; descendía junto a una gran
estrella azul que temblaba en el aire húmedo. Los batracios se llamaban con sus
voces viejas y tristes, un murciélago vacilaba entre las luciérnagas, un búho
pasó sobre sus alas pálidas, y se vio relucir bruscamente las escamas de un
reptil. Era una de esas noches con las que la horda estaba familiarizada cuando
acampaba cerca de las aguas, bajo un cielo claro.
Imágenes antiguas llenaron la cabeza de Naoh,
produciéndole un zumbido. Una escena, que le ablandó como si fuera un niño, se
separó de las otras. La horda acampaba junto a sus fuegos. El viejo Goun dejaba
correr sus recuerdos que enseñaban a los hombres; un olor a carne asada flotaba
con la brisa, y se veía, tras una jungla de cañaverales, el largo resplandor
del pantano bajo el claro de luna. De entre las mujeres, se levantaron tres
jóvenes. Daban vueltas alrededor de los fuegos, gastaban el ardor de su vida,
que no había podido adormecerse con un día de fatiga, pasaban delante de Naoh,
con su risa extraña y la locura de su juventud. El viento se levantaba
bruscamente y unos cabellos golpeaban al Oulhamr en el rostro, los cabellos de
Gammla, y en su instinto sordo fue como un choque. Tan lejos de la tribu, entre
las emboscadas de los hombres y la rudeza del mundo, esa imagen era la
representación profunda de la vida. Impulsaba a Naoh hacia la orilla, hacía
brotar de su pecho un aliento ronco... Pero se borró. Naoh sacudió entonces la
cabeza y volvió a pensar en su salvación. Le acosó una fiebre, se volvió y
rodeó el fuego; marchó en la dirección en la que estaban los enanos rojos.
Sus dientes rechinaron: el abrigo de ramas se había
acercado más; quizá en la noche siguiente el enemigo podría comenzar el ataque.
De pronto, un grito agudo traspasó el aire, y una forma emergió del agua,
confusa al principio; Naoh reconoció a un hombre. Se arrastraba; de uno de sus
muslos brotaba la sangre. Era de una estatura extraña, casi sin hombros, con la
cabeza muy estrecha. Al principio parecía que los enanos rojos no lo habían
visto, pero después se elevó un clamor y silbaron las azagayas y los venablos.
Entonces, unas impresiones temblaron en Naoh y lo sublevaron. Se olvidó de que
ese hombre podía ser un enemigo; no sintió más que el desencadenamiento de su
furor contra los enanos rojos, y corrió hacia el herido como lo habría hecho
hacia Nam y Gaw. Una azagaya le golpeó en el hombro sin detenerlo.
Lanzó su grito de guerra, se precipitó sobre el herido, lo
levantó con un solo gesto y se batió en retirada. Una piedra le golpeó el
cráneo, otra azagaya le hizo una herida superficial en el omoplato... pero
estaba ya fuera de su alcance, y aquella noche los enanos rojos no se
atreverían todavía al gran combate.III.- La noche en el pantano.
III.- La noche en el pantano.
Cuando el hijo del Leopardo volvió junto al fuego, dejó al
hombre sobre la hierba seca y lo miró con sorpresa y desconfianza. Era un ser
totalmente distinto de los Oulhamr, los Kzamms y los enanos rojos. El cráneo,
excesivamente largo y muy delgado, estaba cubierto de un pelo escaso y muy
espaciado; los ojos, más altos que largos, oscuros, tiernos y tristes, parecían
no ver, las mejillas se hundían sobre unas mandíbulas débiles, y la inferior se
ocultaba como la de las ratas; pero lo que sorprendió sobre todo al jefe era su
cuerpo cilíndrico, en el que apenas se veían hombros, por lo que los brazos
parecían brotar como las patas de los cocodrilos. La piel era seca y ruda, como
cubierta de escamas, y con grandes repliegues. El hijo del Leopardo pensó a la
vez en la serpiente y el lagarto.
Desde que Naoh lo había dejado sobre la hierba seca, el
hombre no se movió. A veces, sus párpados se levantaban lentamente y dirigía su
mirada oscura a los nómadas. Respiraba haciendo ruido, de una forma ronca, lo
que quizá era un quejido. A Nam y a Gaw les inspiraba una gran repugnancia; de
buen grado lo habrían arrojado al agua. Pero Naoh se interesó por él porque lo
había salvado de los enemigos, y, mucho más curioso que sus compañeros, quería
saber de dónde venía, cómo se encontraba en el pantano, cómo lo habían herido,
si era un hombre o una mezcla de hombre y animales que reptan. Intentó hablarle
con gestos, persuadirle de que no lo iba a matar. Después, le enseñó el abrigo
de los enanos rojos, indicándole por señas que la muerte vendría de ellos.
El hombre, volviendo el rostro hacia el jefe, emitió un
grito sordo y gutural. Naoh creyó que le había entendido.
La luna creciente tocaba el extremo del firmamento y la
gran estrella azul había desaparecido. El hombre, levantado a medias, se ponía
hierbas en la herida; a veces se veía un débil chispear en su mirada opaca.
Cuando la luna desapareció, las estrellas alargaron sus
estremecimientos sobre las aguas y se escuchó trabajar a los enanos rojos. Lo
hicieron toda la noche, unos cargándose con ramas, otros haciendo avanzar el
abrigo. Muchas veces, Naoh se levantó para combatir. Pero veía el número de sus
enemigos, su vigilancia y emboscadas, se daba cuenta de que cada movimiento de
los Oulhamr sería denunciado; y se resignó, entregándose al azar de la lucha.
Pasó una nueva noche. Por la mañana, los enanos rojos
lanzaron algunas azagayas que cayeron cerca del abrigo. Gritaron su alegría y
su triunfo. Era el último día. Al atardecer, los enanos terminarían de avanzar
con su refugio; el ataque se produciría antes de que desapareciera la luna... Y
los Oulhamr escrutaban el agua verdosa con cólera y tristeza, mientras el
hambre roía sus vientres.
Con la luz de la mañana, el herido parecía todavía más
extraño. Sus ojos eran semejantes al jade, su cuerpo largo y cilíndrico se
movía como un gusano, su mano seca y blanca se curvaba extrañamente hacia
atrás. De pronto, cogió un arpón y lo lanzó sobre una hoja de nenúfar; el agua
burbujeó y se vio una forma cobriza, y el hombre, retirando con presteza el
arma, sacó una carpa colosal. Nam y Gaw lanzaron un grito de alegría: el animal
serviría para la comida de muchos hombres. Ya no lamentaron que el jefe hubiera
salvado la vida de ese ser inquietante.
Y lo lamentaron menos todavía cuando capturó otros peces,
pues tenía un instinto extraordinario para la pesca. La energía renació en los
pechos: viendo que, una vez más, la acción del jefe había sido benefactora, Nam
y Gaw se exaltaron. Como el calor corría por su carne, ya no creyeron que iban
a morir: Naoh sabría tender una trampa a los enanos rojos y hacerles perecer en
gran número y espantarlos.
El hijo del Leopardo no compartía esa esperanza. No
encontraba ningún medio de escapar a la ferocidad de los enanos rojos. Cuanto
más reflexionaba, mejor se mostraba la inutilidad de las tretas. A fuerza de
repasarlas en su imaginación, en cierta manera se agotaban. Terminó por no
contar más que con la rudeza de su brazo y con ese azar en el que ponen su
confianza los hombres y los animales que no han sido alcanzados nunca por los
grandes peligros.
El sol estaba casi en la parte baja del firmamento cuando
el oeste se llenó de una nube temblorosa que se desgajaba continuamente y en la
que los Oulhamr reconocieron una extraña migración de aves. Con un ruido de
viento y de olas, las bandas roncas de cuervos precedían a las grullas de patas
flotantes, a los patos lanzaban sus cabezas de varios colores, a los gansos y a
las otras aves más pesadas, los estorninos se lanzaban como guijarros negros. Y
mezclados, afluían las grivas, urracas, patos, estorninos, avutardas, garzas,
chotacabras, chorlitos reales y becadas.
Sin duda, más lejos, detrás del horizonte, alguna gran
catástrofe los había espantado y expulsado hacia tierras nuevas. Con el
crepúsculo, aparecieron los animales velludos. Los élafos galopaban locamente,
con los caballos vertiginosos, los megaceros ruidosos, las saigas de patas
finas; hordas de lobos y de perros pasaron como un ciclón; un gran león
amarillo y su hembra daban saltos de quince codos delante de un clan de
chacales. Muchos se detuvieron junto al pantano y abrevaron.
Entonces, la guerra eterna, suspendida por el pánico, se
encendió de nuevo: un leopardo saltó sobre la grupa de un caballo y se puso a
roerle la garganta; los lobos cayeron sobre una horda de saigas; un águila se
llevó una garza a las nubes; el león, con un largo rugido, espiaba las presas
fugitivas. Se vio surgir un animal bajo sobre patas, casi tan grande como el
mamut y cuya piel formaba una corteza profunda y arrugada como la de los viejos
robles. Quizá el león no lo conocía, pues lanzó un segundo rugido, con la
amenaza de su cabeza formidable, sus colmillos de granito y su crin erizada. El
rinoceronte, nervioso por ese ruido de trueno, levantó un hocico cornudo y se
lanzó furiosamente sobre el felino. Ni siquiera fue una lucha. El alto cuerpo
rojizo cayó hacia atrás, rodó sobre sí mismo, mientras la masa rugosa proseguía
su ciega carrera, habiendo vencido sin casi haberse dado cuenta de ello. Un
quejido cavernoso de dolor y de rabia brotó de los costados del león. El
estupor de haber sentido que su fuerza era tan vana como la de un chacal
apesadumbraba su cráneo oscuro.
Naoh esperó enfebrecido a que la invasión de animales
expulsara a los enanos rojos, pero su esperanza se vio defraudada. El éxodo no
hizo más que rozar la zona en la que acampaban los asediantes, y cuando la
noche envió la cenizas del crepúsculo, se encendieron fuegos en la llanura y se
escucharon risas feroces. Después, el lugar volvió a estar silencioso. Apenas
si algún inquieto chorlito real batía sus alas, o algunos estorninos penetraban
entre los mimbrales, o si la aleta de un saurio agitaba las ninfeas. Sin
embargo, unas criaturas singulares aparecieron a ras del agua y se dirigieron
hacia el islote vecino a la arista granítica.
Podían distinguirse por los movimientos y por la aparición
de unas cabezas redondas cubiertas de algas. Eran cinco o seis; Naoh y el
hombre sin hombros los observaban con desconfianza. Finalmente, llegaron al
islote, se subieron a un saliente rocoso y elevaron sus voces sarcásticas y
feroces: con asombro, Naoh reconoció a los hombres; si había dudado, los
clamores que respondieron a lo largo de la orilla habrían disipado su
incertidumbre... Se daba cuenta con rabia de que los enanos rojos,
aprovechándose de la inmigración de los animales, acababan de vencer su
vigilancia... ¿Pero cómo se habían abierto paso?
Pensaba en ello, feroz, cuando vio al hombre sin hombros
señalar con la mano, persistentemente, una dirección que partía de la orilla y
desembocaba en la isla. Después le mostraba la arista granítica. El hijo del
Leopardo adivinó que debía haber una segunda arista que llegaba casi a la
superficie del pantano. Ahora el enemigo estaba allí, a su costado, lleno de
trampas... ¡Y habría que ocultarse tras los salientes para evitar sus piedras y
azagayas!
El silencio volvió a adueñarse del pantano; Naoh seguía
vigilando bajo las constelaciones temblorosas. El matorral de los enanos rojos
avanzaba lentamente: antes de la mitad de la noche, tocaría casi el fuego de
los nómadas, y se produciría el ataque. Sería difícil. Los enanos rojos
tendrían que franquear las llamas que ocupaban toda la anchura de la arista y
se prolongaban durante muchos codos.
Mientras Naoh, con su instinto tenso, pensaba en esas
cosas, salió una piedra del islote y cayó sobre la hoguera. El fuego silbó, se
elevó una pequeña nube de vapor y al instante cayó un segundo proyectil. Con el
corazón petrificado, Naoh comprendió la táctica del enemigo. Ayudándose de
guijarros envueltos en hierba húmeda, iba a intentar apagar el fuego, o
amortiguarlo lo suficiente, con el fin de facilitar el paso a los asaltantes...
¿Qué podía hacer? Para que pudiera alcanzar a los que ocupaban el islote no
sólo se necesitaría que éstos se descubrieran, sino que los propios Oulhamr
deberían exponerse a sus golpes.
Mientras el hijo del Leopardo y sus compañeros se agitaban
furiosamente, se sucedían las piedras, un vapor continuo salía de las llamas, y
el matorral de los enanos rojos avanzaba sin descanso: los nómadas y el hombre
sin hombros temblaban con la fiebre de los animales acorralados. Enseguida, una
parte entera del fuego comenzó a apagarse:
-¿Están preparados Nam y Gaw? -preguntó el jefe.
Y sin esperar respuesta, lanzó su grito de guerra. Era un
clamor de rabia y de angustia, en el que los jóvenes no encontraron la
confianza ruda del jefe. Resignados, esperaban la señal suprema. Pero Naoh
pareció vacilar. Palpitaron sus ojos, y después una risa estridente salió de su
pecho y la esperanza dilató su rostro; bramó:
-¡Hace ya cuatro días que la madera de los enanos rojos se
está secando al sol!
Echándose al suelo, reptó hasta la hoguera, cogió un tizón
y lo lanzó con todas sus fuerzas contra el matorral. El hombre sin hombros, Nam
y Gaw se habían unido ya a él y los cuatro lanzaban tizones como locos.
Sorprendido ante esa maniobra singular, el enemigo había
lanzado al azar algunas azagayas. Cuando finalmente entendió la maniobra, las
hojas y las ramas secas ardían a centenares, una llama enorme gruñía alrededor
de la espesura y comenzaba a penetrarla; por segunda vez, Naoh lanzó un grito
de guerra, un grito de carnicería y de esperanza que inflamaba el corazón de
sus compañeros:
-¡Los Oulhamr han vencido a los devoradores de hombres!
¿Cómo no iban a acabar con los pequeños chacales rojos?
El fuego seguía devorando el matorral, un largo resplandor
escarlata se extendía por el pantano, atrayendo a los peces, los saurios y los
insectos; los pájaros se elevaban sobre los cañaverales provocando un gran
aleteo, y los lobos mezclaban sus aullidos con las risas de las hienas.
De pronto, el hombre sin hombros se levantó con un
bramido. Sus ojos planos fosforecían y su brazo tendido señalaba hacia
occidente. Y Naoh, dándose la vuelta, vio en las colinas lejanas un fuego
semejante al de la luna naciente.
IV.- El combate entre los sauces.
Por la mañana, los enanos rojos se mostraban con
frecuencia. El odio hacia chasquear sus gruesas mejillas y brillar sus ojos
triangulares. Enseñaban desde lejos las azagayas y venablos, hacían gestos de
traspasar enemigos, de abatirlos, de romperles el cráneo y abrirles el vientre.
Y habiendo reunido un nuevo matorral, que rociaban con agua a intervalos, lo
empujaban ya hacia la arista granítica.
El sol estaba ya casi en lo alto del firmamento cuando el
hombre sin hombros lanzó un clamor agudo. Se levantó y agitó los dos brazos. Un
grito semejante cruzó el espacio y pareció saltar sobre el pantano. Entonces,
en la orilla, a gran distancia, los nómadas vieron a un hombre exactamente
igual a aquel que habían recogido. Se levantaba en el extremo de un cañaveral y
blandía un arma desconocida. También los enanos rojos lo habían visto e
inmediatamente un destacamento se puso a perseguirlo. Pero el hombre había
desaparecido ya detrás de las cañas. Naoh, sacudido por impresiones resonantes,
confusas e impetuosas, seguía escrutando la extensión. Durante algún tiempo, se
vio correr sobre la llanura a los enanos rojos; después retornaron el silencio
y la inmovilidad.
Al cabo de mucho tiempo, reaparecieron dos de los
perseguidores e inmediatamente se puso en camino otro grupo de enanos rojos:
Naoh presintió una aventura considerable. También la presentía el herido, y
menos oscuramente. A pesar de la herida en el muslo, estaba en pie; sus ojos
opacos se iluminaban con resplandores danzantes y lanzaba a intervalos una
exclamación ronca de animal lacustre.
Los acontecimientos se multiplicaron misteriosos. Cuatro
veces más, los enanos rojos rodearon el pantano y desaparecieron. Y finalmente,
de entre los sauces y los mangles, vieron surgir a una treintena de hombres y
de mujeres, de cabezas largas, de torsos redondeados singularmente estrechos,
mientras que por los tres lados se mostraban los enanos rojos. Había comenzado
un combate.
Viéndose acorralados, los hombres sin hombros lanzaban
azagayas, no directamente, sino con ayuda de un objeto que los Oulhamr no
habían visto nunca, y del que no tenían ninguna idea. Era como una barra
gruesa, de madera o de cuerno, terminada en un gancho; y ese propulsor daba a
las azagayas un alcance mucho mayor que cuando se lanzaban con la mano.
En el primer momento, los enanos rojos iban perdiendo:
muchos yacían en el suelo. Pero llegaban refuerzos sin cesar. Los rostros
triangulares surgían de todas partes, incluso del abrigo opuesto a Naoh y sus
compañeros. Les agitaba un furor frenético. Corrían directamente al
enfrentamiento, con prolongados aullidos; toda la prudencia que habían mostrado
ante los Oulhamr había desaparecido, quizá porque los hombres sin hombros les
eran conocidos y no temían el cuerpo a cuerpo, quizá también porque un antiguo odio
los excitaba.
Naoh dejó que se fueran desguarneciendo las trincheras del
enemigo. Había tomado la resolución desde el principio del combate. Ni siquiera
había pensado en ello. El trasfondo de su ser le empujaba, y el rencor, el
desagrado ante la larga inactividad, la impresión ante todo de que el triunfo
de los enanos rojos sería su propia pérdida. Sólo tuvo una vacilación: ¿habría
que abandonar el fuego? Las jaulas estorbarían en el combate; sin duda se
romperían. Por otra parte, tras la victoria, no faltarían fuegos, mientras que
la muerte seguiría a la derrota.
Cuando creyó llegado el momento favorable, Naoh dio unas
órdenes bruscas y a toda velocidad, lanzando el grito de guerra, los Oulhamr
salieron de su refugio. Les rozaron algunas azagayas pero franqueaban ya el
abrigo de los enemigos. Todo fue rápido y feroz. Había allí una docena de
combatientes, apretados unos contra otros, lanzando los venablos. Naoh lanzó la
azagaya y el arpón, y después dio un salto haciendo girar la maza. Tres enanos
rojos sucumbieron en el instante en el que Nam y Gaw entraron en la pelea. Pero
los venablos se lanzaban con velocidad: cada uno de los Oulhamr recibió una
herida, aunque ligera, pues los golpes estaban asestados débilmente, y desde
muy lejos.
Las tres mazas respondieron simultáneamente, y viendo caer
nuevos guerreros, y viendo surgir también al hombre salvado por Naoh, los
enanos que no habían sido heridos huyeron. Naoh consiguió abatir a otros dos,
mientras que los demás lograron deslizarse entre las cañas. No perdió tiempo en
buscarlos; pues estaba impaciente por unirse a los hombres sin hombros.
El cuerpo a cuerpo había comenzado entre los sauces. Sólo
algunos guerreros, armados del propulsor, habían podido refugiarse en una
laguna desde la que inquietaban a los enanos rojos. Pero éstos tenían la
ventaja del número y del encarnizamiento. Su victoria parecía cierta: sólo una
intervención fulminante podría quitársela. Nam y Gaw se habían dado cuenta de
eso igual que su jefe, y saltaban a toda velocidad. Cuando estuvieron próximos,
doce enanos rojos y diez hombres y mujeres sin hombros yacían en el suelo.
La voz de Naoh se elevó como la de un león; cayó como un
bloque en medio de sus adversarios. En su carne no había más que furor. La
enorme maza cayó sobre los cráneos, sobre las vértebras y en el hueco de los
pechos. Aunque habían temido la fuerza del coloso, los enanos rojos no lo
habían imaginado tan formidable. Antes de que se hubieran recuperado, Nam y Gaw
se precipitaban al combate, mientras que los hombres sin hombros, liberados,
lanzaban azagayas.
Reinó el desorden. El pánico hizo huir a algunos enanos
rojos del campo de batalla, pero con los gritos del jefe todos se unieron en un
solo bloque erizado de venablos. Y se produjo una especie de tregua. Un
instinto contrario al de los enanos esparcía a los hombres sin hombros. Como
manejaban sobre todo las armas de tiro, les era más ventajoso separarse. Se
alejaron con paso lento y triste. Volvieron a silbar las azagayas; los que no
tenían ya munición, reunían pequeñas piedras y las adaptaban a sus propulsores.
Naoh, aprobando su táctica, lanzó también sus azagayas y su arpón, que había
recuperado del primer ataque, y se sirvió a su vez de piedras. Los enanos rojos
comprendieron que su derrota era cierta si no llegaban al cuerpo a cuerpo.
Precipitaron la carga que se enfrentó al vacío. Los hombres sin hombros habían
fluido por los flancos, mientras Naoh, Nam y Gaw, más ágiles, alcanzaban la
retaguardia o a los heridos y los aniquilaban.
Si los aliados hubieran sido tan veloces como los Oulhamr,
el contacto habría sido imposible, pero sus piernas largas eran inseguras y
lentas. Desde el momento en que los enanos rojos decidieron perseguirlos
individualmente, la ventaja cambió de bando. Pasó el aliento del desastre: por
todas partes, los venablos se hundían en las entrañas de los hombres sin
hombros. Entonces Naoh miró detenidamente la confusión. Vio a aquel cuya voz
guiaba a los enanos rojos, un hombre fornido, de pelo sembrado de nieve, dientes
enormes. Tenía que alcanzarlo; pero quince pechos lo rodeaban... Un valor más
fuerte que la muerte irguió al nómada en toda su estatura. Con un gruñido de
auroc, emprendió la carrera. Todo rodaba bajo la maza. Pero, al llegar cerca
del viejo jefe, los venablos se erizaron; cerraban el camino y golpeaban los
costados del coloso. Consiguió abatirlos. Acudieron otros enanos. Entonces,
llamando a sus compañeros, en un esfuerzo supremo, tiró abajo la barrera de
torsos y de armas y aplastó como si fuera una nuez la cabeza gruesa del jefe.
En ese mismo instante, Nam y Gaw llegaban en su ayuda. Se
produjo el pánico. Los enanos supieron que había caído sobre ellos una energía
nefasta, y aunque habrían combatido hasta el final a la voz de su jefe, se
sintieron abandonados cuando esa voz se calló. Huyeron en confusión, sin mirar
hacia atrás, hacia las tierras natales, hacia sus lagos y sus ríos, hacia las
hordas de donde sacaban su valor, y a donde iban a recuperarlo.
V.- Los hombres que mueren.
Sobre la tierra yacían treinta hombres y diez mujeres. La
mayor parte no estaban muertos. La sangre se derramaba en grandes oleadas;
había miembros rotos y cráneos hundidos; vientres que enseñaban las entrañas.
Algunos heridos se apagarían antes de la noche; otros podrían vivir muchas
jornadas, muchos podían curarse. Pero los enanos rojos tenían que sufrir la ley
de los hombres. El propio Naoh, que a menudo había infringido esta ley, la
reconoció necesaria con esos enemigos implacables. Dejó que sus compañeros y
los hombres sin hombros traspasaran sus corazones y cortaran sus cabezas. La
matanza fue rápida: Nam y Gaw se precipitaban, y los otros actuaban según
métodos milenarios, pero casi sin ferocidad.
Después hubo una pausa de torpor y de silencio. Los
hombres sin hombros curaban a sus heridos. Lo hacían de una manera más
minuciosa y segura que los Oulhamr. Naoh tuvo la impresión de que conocían más
cosas de los miembros de su tribu, pero que su vida era débil. Sus gestos eran
flexibles y tardíos; para levantar un herido, lo hacían dos de ellos, incluso
tres; a veces, cautivos de un torpor extraño, permanecían con los ojos fijos y
los brazos suspendidos como ramas muertas.
Las mujeres eran, posiblemente, menos lentas. Parecían
también más hábiles, y desplegaban más recursos. Al cabo de un tiempo, Naoh se
dio cuenta de que una de ellas mandaba en la tribu. Pero tenían los mismos ojos
oscuros y el rostro triste de sus machos, y sus cabellos eran pobres, escasos y
a mechones, con islotes de piel escamosa. El hijo del Leopardo recordó las
cabelleras abundantes de las mujeres de su raza, la hierba magnífica que
refulgía en la cabeza de Gammla. Se acercaron unas, acompañadas de dos hombres,
a ver las heridas de los Oulhamr. De sus movimientos brotaba una suavidad
tranquila.
Limpiaban la sangre con hojas aromáticas y cubrían las
heridas con hierbas aplastadas que aseguraban con juncos.
Esa curación fue el signo definitivo de la alianza. Naoh
pensó que los hombres sin hombros eran mucho menos rudos que sus hermanos, que
los devoradores de hombres y que los enanos rojos. Y su instinto no le engañaba
en esto, como tampoco le engañaba al considerar su debilidad.
Sus antepasados habían tallado la piedra y la madera mucho
antes que los demás hombres. Durante milenios, los Wah ocuparon llanuras y
bosques numerosos. Fueron los más fuertes. Sus armas provocaban heridas
profundas, conocían los secretos del fuego, y en choque con las débiles hordas
errantes o las familias solitarias, tomaban fácilmente la ventaja. Entonces su
estructura era poderosa, sus músculos rudos e infatigables, se servían de un
lenguaje menos imperfecto que el de sus semejantes. Y sus generaciones crecieron
incomparablemente sobre la faz del mundo. Después, sin que hubiesen sufrido
cataclismos distintos a los que afectaron a los demás hombres, su crecimiento
se detuvo. No se habían apercibido de ello, como tampoco debían haberse
apercibido de su decadencia.
Los medios que habían favorecido su desarrollo les
contrariaban. Sus cuerpos se hicieron más estrechos y lentos; su lenguaje dejó
de enriquecerse y después se empobreció; sus astucias se hicieron más groseras
y menos numerosas; no manejaban sus armas, peor construidas, con el mismo vigor
y habilidad. Pero el signo más seguro de su decadencia fue la paralización
continua de su pensamiento y sus gestos. Se cansaban pronto, comían poco y
dormían mucho: en invierno, llegaban a entumecerse como los osos.
De generación en generación, se reducía su capacidad de
reproducirse. Las mujeres concebían penosamente uno o dos hijos, cuyo
crecimiento era difícil. Un gran número de ellas eran estériles. Sin embargo,
manifestaban una vitalidad superior a la de los machos, y también más
resistencia, y sus músculos se habían visto menos afectados. Poco a poco, los
actos de ellas se hicieron casi idénticos a los de los guerreros: ellas
cazaban, pescaban, tallaban las armas y los útiles, combatían por la familia o
la horda. En suma, la diferencia de sexos casi se había abolido.
Y la raza se encontró rechazada lentamente hacia el
suroeste por enemigos más rudos, más activos y prolíficos.
Los enanos rojos habían aniquilado numerosas hordas. Los
devoradores de hombres los habían masacrado sin descanso. Erraban como en un
sueño, con los vestigios de una industria más delicada que la de los rivales,
con los restos de una inteligencia menos sumaria. Se habían adaptado a las
tierras que desbordaban los ríos, donde se acumulan las turberas y los
pantanos, entre los grandes lagos y también en algunos países subterráneos. En
las grandes cavernas excavadas por las aguas, unidas por estrechamientos sinuosos,
recuperaban admirablemente su camino y sabían perforar salidas. Aunque no
tuviesen una idea precisa de su decadencia, se sabían lentos, débiles, atacados
rápidamente por la fatiga, y procuraban ser astutos para evitar la lucha. Se
enterraban con una habilidad que desconcertaba el olfato de perros y lobos, y
con mayor razón el olfato más grosero de los hombres. Ningún animal sabía
borrar mejor su rastro. Pero esos seres tímidos mostraban en un solo punto su
imprudencia y temeridad: lo arriesgaban todo para liberar a un miembro de su
raza que estuviera preso, cercado o que hubiera caído en una trampa.
Esa solidaridad, comparable a la de los pecaríes, que
antaño había acrecentado inmensamente su poder, les conducía a veces a
siniestras aventuras. Era la que les había arrastrado a socorrer al hombre
recogido por Naoh. Como los enanos vigilaban y habían tenido que recorrer
tierras áridas, los Wah se habían dejado descubrir, incluso sorprender. Sin
intervención de Naoh, hubieran sucumbido en la lucha: pero también es cierto
que su presencia había salvado a los tres Oulhamr. Sin embargo, el hijo del
Leopardo, tras la cura, volvió a la arista granítica para retomar las jaulas.
Las encontró intactas con y pequeños fuegos llameaban todavía. Y al verlo, la
victoria le pareció más completa y dulce.
Y no es que temiera la ausencia del fuego; seguramente,
los hombres sin hombros se lo darían. Pero le guiaba una superstición oscura.
Le atraían esas pequeñas llamas de la conquista; el porvenir le habría parecido
amenazador si las tres hubieran muerto. Las llevó gloriosamente junto a los
Wah.
Éstos le observaban con curiosidad, y la mujer que guiaba
a la horda, sacudió la cabeza. Con gestos, el gran nómada mostró que los suyos
habían visto morir el fuego, y que él había sabido reconquistarlo. Como nadie
parecía entenderlo, Naoh se preguntó si no serían de esas razas miserables que
no saben calentarse en los días fríos, alejar la noche o asar los alimentos. El
viejo Goun decía que existían esas hordas, inferiores a los lobos, que superan
al hombre por la finura del oído y la perfección del olfato. Lleno de piedra,
Naoh iba a enseñarles cómo hacer crecer las llamas, cuando vio entre los sauces
a una mujer que golpeaba una contra otra dos piedras. Brotaron chispas casi
continuas y después un pequeño punto rojo danzó a lo largo de una hierba muy fina
y seca; otras briznas llamearon, y la mujer las mantenía suavemente con su
aliento: el fuego se puso a devorar hojas y pequeñas ramas. El hijo del
Leopardo se quedó inmóvil y, muy sobrecogido, pensó:
«¡Los hombres sin hombros guardan el fuego en piedras!»
Acercándose a la mujer, intentaba examinarla. Ella tuvo un
gesto instintivo de desconfianza. Después, recordando que ese hombre los había
salvado, le entregó las piedras. Él las examinó ávidamente y, al no poder
descubrir ninguna fisura, se sintió todavía más sorprendido. Luego, las tocó
por todas partes: estaban frías. Se preguntó con inquietud: «¿Cómo ha entrado
el fuego en estas piedras... Y cómo no las ha calentado?»
Devolvió las piedras con ese temor y desconfianza que
inspiran en los hombres las cosas misteriosas.
VI.- En el país de las aguas.
Los Wah y los Oulhamr atravesaban el país de las aguas. Se
extendían en capas estancadas llenas de algas, ninfeas, nenúfares, sagitarias,
lisimaquias, lentejas, juncos y cañas, formaban turberas terribles y
turbulentas, después se sucedían en lagos, en riachuelos, en redes
entrecortadas por la piedra, la arena o la arcilla; brotaban del suelo, o se
extendían sobre la pendiente de las colinas, y algunas veces, embebidas por las
fisuras, se perdían en el fondo de zonas subterráneas. Los Wah sabían ahora que
Naoh quería seguir una ruta entre el norte y occidente.
Le abreviaban el viaje, querían guiarlo hasta que
estuviera al final de las tierras húmedas. Sus recursos parecían innumerables.
A veces descubrían pasos que ninguna especie de hombre habría sospechado que
existieran; otras veces construían balsas, echaban un tronco de árbol a través
del abismo, cruzaban dos ríos con ayuda de lianas. Nadaban con habilidad,
aunque lentamente, siempre que no hubiera allí determinadas hierbas que les
producían un temor supersticioso.
Sus actos parecían llenos de incertidumbre; actuaban en
ocasiones como criaturas que luchan contra el sueño, o que acaban de salir de
uno de ellos; y sin embargo, no se equivocaban casi nunca.
Los víveres abundaban. Los Wah conocían muchas raíces
comestibles; sobre todo eran excelentes para pescar peces. Sabían alcanzarlos
con el arpón, cogerlos con la mano, trabarlos con hierbas flexibles, atraerlos
por la noche con antorchas, orientar sus bancos hacia las caletas. Por las
noches, cuando el fuego resplandecía sobre un promontorio, en una isla u
orilla, degustaban una felicidad dulce y taciturna. Les gustaba sentarse en
grupo, apretarse unos contra otros, como si sus individualidades debilitadas se
fortalecieran en el sentimiento de la raza, mientras que los Oulhamr preferían
espaciarse, sobre todo Naoh, que durante largos intervalos se complacía en la
soledad. A veces, los Wah entonaban una melopea muy monótona, que repetían
hasta el infinito y que celebraba actos antiguos, de los que ninguno de ellos
tenía recuerdo alguno: debía relacionarse con generaciones muertas desde hacía
mucho tiempo. Nada de todo eso interesaba al hijo del Leopardo. Sentía
malestar, y casi repugnancia, pero observaba con una curiosidad vehemente sus
gestos de caza, de pesca, de orientación, de trabajo, y particularmente la
manera en que se servían del propulsor y cómo sacaban el fuego de las piedras.
Se inició rápidamente en el juego del propulsor. Como
inspiraba a sus aliados una simpatía creciente, no le ocultaron ningún secreto.
Pudo manejar sus armas y sus útiles, aprender a repararlas, y, habiéndose
perdido propulsores, vio cómo construían otros. Además, la mujer- guía le dio
uno, del que se sirvió con tanta habilidad y mucha más fuerza que los hombres
sin hombros.
Tardó más en concebir el misterio del fuego. Y es que
seguía produciéndole temor. Veía desde lejos cómo brotaban las chispas; las
preguntas que se hacía seguían siendo oscuras y llenas de contradicciones. Pero
en cada ocasión se tranquilizaba más. Después, el lenguaje articulado y el de
los gestos vino en su ayuda. Pues empezaba a entender mejor a los Wah: había
aprendido el sentido de diez o doce palabras y el de una treintena de signos
particulares de la raza. Sospechó al principio que los Wah no encerraban el
fuego en las piedras, sino que estaba encerrado en ellas de una manera natural.
Brotaba con el choque y se arrojaba sobre la briznas de hierba seca: como
entonces era muy débil, no capturaba inmediatamente su presa. Naoh se
tranquilizó todavía más cuando vio sacar las chispas de guijarros que yacían en
el suelo. Cuando estuvo seguro de que el secreto se relacionaba con las cosas
más que con el poder de los Wah, se disipó su última desconfianza. Aprendió
también que se necesitaban dos piedras de tipo distinto: la de sílex y la
marcasita. Y consiguiendo él mismo hacer saltar las pequeñas llamas, trató de
encender una hoguera. La fuerza y la velocidad de sus manos ayudaron a su
inexperiencia: produjo mucho fuego. Pero durante otros muchos reposos, no volvió
a conseguir hacer arder la más débil hoja de hierba.
Un día, la horda se detuvo antes del crepúsculo. Estaban
en la punta del lago de aguas verdes, sobre una tierra arenosa, en un tiempo
extraordinariamente seco. Vieron en el firmamento el vuelo de unas grullas. Las
cercetas huían entre los cañaverales; a lo lejos, rugía un león. Los Wah
encendieron dos grandes fuegos. Naoh, que se había procurado briznas muy
pequeñas y casi carbonizadas, golpeaba las piedras una contra otra. Trabajaba
con una pasión violenta. Después tuvo dudas; pensó que los Wah ocultaban todavía
un secreto. Dio unos golpes tan fuertes que una de las piedras se rompió. Su
pecho se hinchó y sus brazos se pusieron rígidos: había un resplandor en una de
las briznas. Entonces, soplando con prudencia, hizo que creciera la llama:
devoró su débil presa y apresó a las otras hierbas.
Y Naoh, inmóvil, jadeante, con los ojos terribles, conoció
una alegría más fuerte todavía que la que sintió al vencer a la tigresa, robar
el fuego a los Kzamms, hacer alianza con el gran mamut y abatir al jefe de los
enanos rojos. Pues sintió que acababa de conquistar sobre las cosas un poder
que no había poseído ninguno de sus antepasados, y que ya nadie podría matar el
fuego entre los hombres de su raza.
VII.- Los hombres de pelo azul.
Los valles seguían bajando; atravesaron países en los que
el otoño era casi tan tibio como el verano. Después surgió un bosque temible y
profundo. Una muralla de lianas, de espinas y de arbustos lo cerraba, pero los
Wah abrieron un pasadizo con ayuda de sus cuchillos de sílex y de ágata. La
mujer-guía hizo saber a Naoh que los Wah no acompañarían más a los Oulhamr
cuando volvieran al aire libre, pues más allá desconocían esa tierra. Sólo
sabían que había allí una llanura, y después una montaña cortada en dos por un
gran desfiladero. La mujer-jefe creía que ni en la llanura ni en la montaña
había hombres: pero el bosque servía de alimento a algunas hordas. Las
describió poderosas por sus pechos y sus brazos, le hizo entender que no
encendían fuego, que no se servían de una lengua articulada, ni practicaban la
guerra ni la caza. Eran terribles cuando se les atacaba, cuando se les impedía
el paso o cuando consideraban algo como un acto hostil.
Tras una mañana llena de esfuerzos, el bosque se hizo
menos feroz. Las garras y los dientes de las plantas decrecieron; entre los
árboles milenarios se abrieron caminos trazados por los animales; la penumbra
verde se iluminó; pero la multitud de pájaros seguía llenando el país de los
árboles, se percibía la presencia de fieras, de reptiles, de insectos, y una
palpitación infatigable, una lucha inmensa, paciente, tenaz, en la que la carne
de las plantas y de los animales no cesaba de sucumbir y de crecer...
Un día, la mujer-jefe le mostró el matorral con aire
enigmático. Entre las hojas de una higuera acababa de aparecer un cuerpo
azulado que Naoh reconoció como el de un hombre. Recordando a los enanos rojos,
tembló de odio y ansiedad. El cuerpo desapareció. Se hizo un gran silencio. Los
Wah, advertidos, detuvieron la marcha y se acercaron más unos a otros.
Entonces habló el hombre más viejo de la horda.
Habló de la fuerza de los hombres de pelo azul y de su
cólera espantosa; aseguró que, por encima de todas las cosas, era preciso no
tomar el mismo camino que ellos, ni pasar a través de su campamento; añadió que
detestaban los clamores y los gestos:
-Los padres de nuestros padres han vivido sin guerra en su
vecindad. Les cedían el camino en el bosque. Y, a su vez, los hombres de pelo
azul se apartaban de los Wah en la llanura y sobre las aguas.
La mujer-jefe hizo un signo de aquiescencia a ese discurso
y levantó el bastón de mando. La horda, tomando una dirección nueva, se metió
por un montecillo de sicomoros y acabó desembocando en un gran claro: era obra
del rayo y todavía se percibían las cenizas de las ramas y los troncos de
árboles. Los Wah y los Oulhamr penetraron en él, y en seguida Naoh vio de
nuevo, hacia la derecha, un cuerpo azulado parecido a aquel que había visto
entre las hojas de la higuera. Sucesivamente, otras formas se perfilaron en la
penumbra glauca. Crujieron ramas; salió un ser ágil y poderoso. Nadie habría
podido decir si había llegado a cuatro patas, como los animales velludos y los
reptiles, o sobre dos patas, como los pájaros y los hombres. Parecía agachado,
con los miembros posteriores alargados a medias sobre el suelo, los anteriores
plegados, sobre una gruesa raíz. Su rostro era enorme, con mandíbulas de hiena,
ojos redondos, rápidos y llenos de fuego, el cráneo largo y bajo, el torso
profundo como el de un león pero más grande: cada uno de los cuatro miembros
terminaba en una mano. Un pelo oscuro de reflejos leonados y azules le cubría
todo el cuerpo. Por el pecho y los hombros, Naoh reconoció a un hombre, pues
las cuatro manos hacían de él una criatura singular, y la cabeza recordaba al
búfalo, al oso y al perro. Tras haber mirado hacia todas partes con
desconfianza y cólera, el hombre de pelo azul se levantó sobre sus piernas.
Emitió un gruñido cavernoso.
Luego, de todas partes, salieron de cubierto seres
semejantes. Eran tres machos, una docena de hembras y algunos niños que se
ocultaban a medias entre las raíces y las hierbas. Uno de los machos era
colosal: con sus brazos rugosos como plátanos, el pecho dos veces más grande
que el de Naoh, podría derribar un uro y ahogar a un tigre. No llevaba arma
alguna, pero, entre sus compañeros, dos o tres de ellos sostenían unas ramas
todavía cubiertas de hojas con las que raspaban la tierra.
El gigante avanzó hacia los Wah y los Oulhamr mientras los
otros gruñían todos juntos. Se golpeó el pecho y vieron relucir la masa blanca
de sus dientes entre sus labios gruesos y temblorosos.
Los Wah, a una señal de la mujer-jefe, se batieron en
retirada. Lo hacían sin prisa. Obedeciendo una antigua tradición, se abstenían
de todo gesto o palabra. Naoh los imitó confiando en su experiencia, pero Nam y
Gaw, que precedían a la horda, permanecieron un instante indecisos. Cuando
quisieron imitar a su jefe, les habían cortado la retirada: los hombres de pelo
azul se habían esparcido por el claro. Entonces, Gaw se metió en el matorral,
mientras Nam trató de franquear una zona libre. Se deslizó de manera tan ligera
y furtiva que estuvo a punto de conseguirlo. Pero una mujer se levantó ante él
de un solo salto; Nam tomó una dirección oblicua. Llegaron dos hombres. Cuando
iba a evitarlos, tropezó. Brazos enormes cogieron a Nam y se encontró en las
manos del gigante.
No había tenido tiempo de levantar sus armas; una presión
irresistible paralizó sus hombros y se sintió tan débil como una saiga bajo el
peso del tigre. Entonces, conociendo la distancia que lo separaba de Naoh, se
quedó paralizado, con los músculos inmóviles, las pupilas violetas: su juventud
desfallecía ante la seguridad de que iba a morir. Naoh no pudo soportar ver
cómo mataban a su compañero; avanzó llevando la azagaya y la maza, pero la
mujer-jefe le detuvo:
-¡No golpees! -dijo ella.
Le hizo comprender que al primer golpe Nam perecería.
Estremeciéndose entre el impulso que le llevaba a combatir y el miedo a que por
ese motivo ahogaran al hijo del Álamo, lanzó un suspiro ronco y se quedó
mirando. El hombre de pelo azul había levantado al nómada: rechinaba los
dientes, lo balanceaba, dispuesto a aplastarlo contra el tronco de un árbol...
De pronto, su gesto se detuvo. Contempló el cuerpo inerte y después el rostro.
No percibiendo resistencia alguna, sus mandíbulas feroces se distendieron y una
vaga dulzura pasó por sus ojos fieros; dejó a Nam en el suelo.
Si el joven hubiera hecho un movimiento de defensa, o
incluso de miedo, la mano terrible le hubiera cogido de nuevo. Pero lo supo así
por instinto y permaneció inmóvil...
Había llegado la horda entera, hombres, mujeres y niños.
Todos reconocieron confusamente en Nam una estructura análoga a la suya. Para
los enanos rojos o los Oulhamr, ése habría sido un motivo más para matarlo.
Pero su alma era muy oscura; no conocían la guerra; no comían carne y vivían
sin tradiciones. El instinto les irritaba contra las fieras que se llevan a los
jóvenes o devoran a los heridos, a veces una rivalidad exasperaba a los machos,
pero no mataban a los animales que comían hierba.
Delante del nómada, permanecían llenos de incertidumbre.
Les apaciguaba su inmovilidad, y la dulzura brusca del gran macho. Pues a éste
los otros machos no se le resistían desde hacía muchas estaciones, y era él
quien los conducía a través del bosque, eligiendo los caminos o las paradas,
haciendo retroceder a los leones.
Como no había mordido ni golpeado, ellos eran menos
capaces de hacerlo. Y pronto, al borrarse la imagen del combate en sus
cerebros, la vida de Nam estuvo a salvo. Ya no se vería amenazada si él mismo
no hacia gesto de atacar o defenderse. Ahora habría podido seguirlos sin que
ellos se inquietaran, y quizá vivir con ellos. Como había sentido el aliento de
la destrucción, así sintió ahora que el peligro había desaparecido. Se levantó
de donde estaba, con lentitud, y esperó. Durante un momento, no dejaron de observarle,
con una desconfianza lejana. Después, una mujer, a la que le tentó un brote
tierno, no pensó más que en devorarlo. Un hombre se puso a desenterrar raíces;
poco a poco, todos obedecieron a la necesidad profunda de alimentarse: como
sacaban toda su fuerza de las plantas y su capacidad de elección era más
restringida que la de los élafos o los aurocs, la tarea era larga, minuciosa,
continúa...
El joven nómada quedó libre. Se reunió con Naoh, que había
avanzado en el claro, y los dos vieron cómo los hombres de pelo azul
desaparecían y volvían a aparecer. Nam, palpitando todavía por la aventura,
hubiera querido verlos morir. Pero Naoh no odiaba a esos hombres extraños;
admiraba su fuerza, comparable a la de los osos, y comprendía que, si hubieran
querido, habrían aniquilado a los Wah, a los enanos rojos, a los devoradores de
hombres y a los Oulhamr.
VIII.- El oso gigante en el desfiladero.
Hacía ya mucho tiempo que Naoh había abandonado a los Wah
y atravesado el bosque de los hombres de pelo azul. Por las aberturas de las
montañas, había llegado a las mesetas. El otoño era allí más fresco, las nubes
pasaban interminables, el viento aullaba jornadas enteras, la hierba y las
hojas fermentaban sobre la tierra miserable, y el frío devoraba los
innumerables insectos, bajo las cortezas, entre las ramas oscilantes, las
raíces marchitas, los frutos podridos, en las hendiduras de la piedra y las fisuras
de la arcilla. Cuando las nubes se desgarraban, las estrellas parecían helar
las tinieblas. Por la noche, los lobos aullaban casi sin descanso, los perros
lanzaban clamores insoportables; se escuchaba el grito de agonía de un élafo,
de una saiga o un caballo, el rugido de un tigre o de un león, y los Oulhamr
veían perfiles sensibles u ojos fosforescentes que aparecían bruscamente en el
círculo de sombra que rodeaba al fuego.
La vida se hacía cada vez más terrible. Con el invierno
cercano, la carne de las plantas se hacía rara. Los herbívoros la buscaban
desesperadamente a ras del suelo, escarbándola hasta la raíz, arrancando los
brotes y cortezas; los comedores de fruta rodaban entre las ramas; los roedores
consolidaban sus madrigueras; los carnívoros acechaban infatigablemente en los
pastos, se emboscaban en los abrevaderos, exploraban la penumbra de las
espesuras y se ocultaban en las grietas de las rocas. Aparte de los animales
que hibernan o de aquellos que acumulan provisiones en su guarida, los seres
trabajaban duramente, al aumentar la necesidad y disminuir los recursos.
Naoh, Nam y Gaw apenas sufrían hambre. El viaje y la
aventura habían perfeccionado su instinto, habilidad y sagacidad. Adivinaban
desde más lejos la presa o el enemigo; presentían el viento, la lluvia y la
inundación. Cada uno de sus gestos se adaptaba hábilmente al objetivo, y
economizaban energía. De un solo vistazo discernían cuál era la línea favorable
para la retirada, la guarida segura, el terreno bueno para el combate. Se
orientaban con una certidumbre casi igual a la de los pájaros migratorios. A pesar
de las montañas, los lagos, las aguas estancadas, los bosques, las crecidas que
cambian el perfil de los lugares, se iban acercando cada día al país de los
Oulhamr. Ahora esperaban reunirse con la horda antes de que pasara media luna.
Un día llegaron a un país de altas colinas. Bajo un cielo
calmoso y amarillo, las nubes llenaban el espacio y se desplomaban unas sobre
otras, del color del ocre, la arcilla o las hojas marchitas. Con abismos
blancos que revelaban su inmensidad. Parecían cobijar la tierra.
Entre los numerosos caminos, Naoh había elegido un
desfiladero largo que reconocía por haberlo recorrido, cuando tenía la edad de
Gaw, acompañando a un grupo de cazadores. Horadado a veces entre calcáreas, y
otras veces abriéndose en un barranco, terminaba en un corredor de pendientes
rápidas en el que a menudo era necesario escalar las piedras desgajadas.
Los nómadas lo recorrieron sin aventura alguna hasta dos
terceras partes de su longitud. Hacia la mitad del día, se sentaron para comer.
Estaban en un semicírculo que era cruce de grietas y cavernas. Podían oír el
gruñido de un torrente subterráneo, y su caída en un abismo; dos agujeros
sombríos se abrían en la roca y se percibía el rastro de cataclismos más
antiguos que todas las generaciones de animales.
Cuando Naoh hubo tomado su alimento, se dirigió hacia una
de las cavernas y la contempló prolongadamente. Recordó que Faouhm había
enseñado a sus guerreros una salida por la que se encontraba un camino más
rápido hacia la llanura. La pendiente, cubierta de piedras resbaladizas, era
poco conveniente para un grupo numeroso, pero sería más práctica para tres
hombres ligeros; Naoh tuvo deseos de tomarlo.
Fue hasta el fondo de la caverna, reconoció la fisura y se
metió por ella hasta que un resplandor débil le anunció una salida cercana. Al
regresar, se encontró con Nam, y éste le dijo:
-¡El oso gigante está en el desfiladero!
Una llamada gutural le interrumpió. Naoh, arrojándose a la
entrada de la caverna, vio a Gaw oculto entre los bloques, en la actitud de un
guerrero al acecho. Y el jefe sintió un gran escalofrío. En las salidas del
circo rocoso habían aparecido dos animales monstruosos. Un pelo
extraordinariamente espeso, del color del roble, los protegía del invierno
próximo, de la dureza de las rocas y los aguijones de las plantas. Uno de ellos
era tan grande como el auroc, de patas más cortas, más musculosas y flexibles, la
frente abultada, como si fuera una piedra comida por el liquen: su enorme boca
podría tragarse la cabeza de un hombre y aplastarla con un crujido de las
mandíbulas. Era el macho. La hembra tenía la frente plana, la boca más corta,
el andar oblicuo. En sus gestos y pechos mostraban cierta analogía con los
hombres de pelo azul.
-Sí -murmuró Naoh-. Son los osos gigantes.
No temían a ningún animal. Pero sólo eran temibles en su
furor, o cuando les impulsaba un hambre excesiva, pues no les gustaba mucho la
carne. Estos gruñeron. El macho movía las mandíbulas y equilibraba la cabeza de
una manera violenta.
-Está herido -comentó Nam.
Entre sus pelos se derramaba la sangre. Los nómadas temían
que la herida hubiera sido hecha por un arma humana. En este caso, el oso
trataría de vengarse. Y una vez que comenzara el ataque, ya no lo abandonaría:
ningún ser vivo era tan tenaz como él. Con su pelaje grueso y su piel dura,
desafiaba a la azagaya, el hacha y la maza. Podía abrir el vientre de un hombre
de un solo golpe de la pata, ahogarlo con su abrazo, triturarlo con las
mandíbulas.
-¿De dónde han venido?
-De entre esos árboles -respondió Gaw, mostrando unos
abetos que crecían entre la roca dura-. El macho ha descendido por la derecha,
y la hembra por la izquierda.
Bien por el azar o por una táctica vaga, habían logrado
bloquear la salida del desfiladero. Y el ataque parecía inminente. Se percibía
en la voz más ruda del macho, en la actitud recogida y furtiva de la hembra. Si
todavía vacilaban era porque su cabeza era lenta y su instinto quería la
certidumbre: olfateaban con largos alientos cavernosos, para medir mejor la
distancia de los enemigos ocultos entre los bloques.
Naoh dio las órdenes bruscamente. Cuando los osos cobraron
impulso, los Oulhamr estaban ya en el fondo de la caverna. El hijo del Leopardo
ordenó que los jóvenes le precedieran; los tres se apresuraron mientras lo
permitió el suelo erizado y los desvíos del pasadizo.
Al encontrar la caverna vacía, los osos gigantes perdieron
tiempo en recobrar la pista entre los rastros anteriores de los Oulhamr. Llenos
de desconfianza, se detenían a intervalos. Pues aunque no temían la fuerza de
ningún otro ser, tenían una gran prudencia natural y el temor confuso a lo
desconocido. Conocían la incertidumbre de las rocas, de la caverna y de los
abismos; su memoria, tenaz, guardaba la imagen de los bloques que se abren y
caen, del suelo que se agrieta, del abismo en el fondo de las tinieblas, de la
avalancha, de las aguas que traspasan la pared dura. En su vida, ya larga, no
les había amenazado ni el mamut, ni el león, ni el tigre. Pero a menudo surgían
ante ellos energías oscuras: llevaban las marcas afiladas de la piedra, casi
habían desaparecido bajo la nieve, habían sido llevados por los deshielos de la
primavera, y habían quedado cautivos bajo la tierra removida.
Esa misma mañana, por primera vez, les habían atacado
seres vivos. Lo habían hecho desde lo alto de una roca recta que sólo los
lagartos y los insectos podían escalar. Tres seres verticales estaban en la
cresta, y, al ver a los osos gigantes, emitieron un clamor y lanzaron azagayas.
Una de ellas había herido al macho. Y entonces, trastornado por el dolor y
desorientado por la rabia, perdió la claridad del instinto y trató de llegar
directamente a la cima. Renunció pronto, y, seguido por su compañera, buscó un
rodeo accesible.
En la marcha, arrancó la azagaya y la olfateó: los
recuerdos vinieron a él: no había encontrado muchas veces al hombre; su aspecto
no le asombraba más que el de los lobos o el de la hienas. Como se apartaban de
su camino y no había podido conocer sus astucias o trampas, no se inquietó. La
aventura era por eso más imprevista y problemática. Trastocaba el orden oscuro
de las cosas y hacia surgir una amenaza insólita. El oso de las cavernas
caminaba a través de los corredores, tanteaba las pendientes, aspiraba
atentamente los olores dispersos. A la larga, se fatigó. De no ser por la
herida, no habría conservado más que ese recuerdo vago que duerme en el fondo
de la carne y sólo despierta cuando es atizado por circunstancias similares.
Pero los sobresaltos del dolor hacían que regresara a intervalos la imagen de
los tres hombres de pie en la cresta, y de la azagaya afilada. Entonces se
lamía y gruñía... Después, incluso el sufrimiento dejó de ser un motivo de
recuerdo. El oso gigante sólo pensaba en la penosa búsqueda de su alimento
cuando olfateó de nuevo al hombre. La cólera llenó su pecho. Advirtió a su
hembra, que había seguido otro camino, pues sobre todo en los tiempos fríos, no
podían subsistir en superficies demasiado cercanas. Y, tras haberse asegurado de
la posición de los enemigos y la distancia, habían precipitado el ataque.
En la fisura tenebrosa, Naoh no tuvo al principio la
impresión de que hubiera otra presencia fuera de la de sus compañeros. Después,
comenzó a dejarse oír el paso pesado de los animales, y el jadeo de alientos
poderosos: los osos ganaban terreno a los hombres. Tenían la ventaja del
equilibrio, de las cuatro patas que se aferraban al suelo oscuro, de la nariz
que seguía la pista... A cada instante, uno de los nómadas chocaba con una
piedra, tropezaba en un agujero, se golpeaba con un saliente de la muralla, pues
tenían que llevar las armas, las provisiones y las jaulas del fuego, que Naoh
no podía abandonar. Como las llamas estaban reducidas al fondo de las
cavidades, no iluminaban el camino: su débil resplandor rojizo se perdía en lo
alto y apenas si indicaba las inflexiones de la muralla. Pero, en cambio,
señalaban confusamente las siluetas fugitivas...
-¡Rápido! ¡Rápido! -gritó el jefe.
Nam y Gaw no podían correr libremente, y los animales
gigantes se aproximaban. A cada paso percibían mejor su aliento. Como su furor
se acrecentaba a medida que sentían más próximo al enemigo, ora uno, ora el
otro, lanzaban un gruñido. Sus voces potentes repercutían en las piedras. Naoh
pudo ver mejor la enormidad de las estructuras y pensó en el abrazo formidable,
el triturado irresistible de las mandíbulas...
Al poco tiempo los osos sólo estaban a unos pasos de
distancia. El suelo vibraba debajo de Naoh, y un peso inmenso iba a batirse
sobre sus vértebras...
Plantó cara a la muerte; inclinando bruscamente la jaula,
dirigió el débil resplandor a una masa oscilante. El oso se detuvo en seco.
Toda sorpresa despertaba su prudencia. Contempló la pequeña llama, vibró sobre
sus patas y llamó sordamente a su hembra. Después, impulsado por su furor, se
arrojó sobre el hombre... Naoh había retrocedido y lanzó la caja con toda su
fuerza. El oso fue alcanzado en el hocico, se le quemó un párpado y lanzó un
rugido doloroso; se detuvo a tocarse y, mientras lo hacía, el nómada ganó
terreno.
Una claridad gris se filtraba en las galerías. Ahora los
Oulhamr veían el suelo: ya no tropezaban y avanzaban a paso rápido... Pero la
persecución volvió a iniciarse, y también las fieras redoblaban su velocidad y
mientras la luz crecía, el hijo del Leopardo comprendió que el peligro
empeoraría al encontrarse al aire libre.
El oso gigante volvía a estar próximo. La picazón del párpado
avivaba su rabia y había perdido toda prudencia; con la cabeza atolondrada por
la sangre, nada podía detener su impulso. Naoh lo adivinaba por su aliento más
cavernoso, por sus gruñidos breves y roncos.
Iba ya a darse la vuelta para combatir, cuando Nam lanzó
un grito de llamada. El jefe vio un saliente alto tras el que el corredor se
hacía más pequeño. Nam ya lo había pasado, Gaw lo rodeaba. La boca del oso
rugía a tres pasos cuando también Naoh se deslizó por la abertura estrechando
los hombros. Llevado por su impulso, el animal se golpeó, y sólo su hocico
inmenso pasó por ella. Rugía, mostraba las muelas y la sierra de sus dientes,
lanzaba un clamor grande y siniestro. Pero Naoh ya no temía nada, de pronto
estaba a una distancia infranqueable: la piedra, más poderosa que cien mamuts,
más duradera que la vida de mil generaciones, detenía al oso con la misma
seguridad que la muerte.
El nómada se burló:
-Naoh es ahora más fuerte que el gran oso. Pues tiene una
maza, un hacha y azagayas. Puede golpear al oso, y el oso no puede devolverle
ningún golpe.
Ya había levantado la maza. El oso reconocía las trampas
de la roca, contra las que luchaba desde su infancia. Retiró la cabeza antes de
que el hombre golpeara y se ocultó tras el saliente. Pero permanecía su cólera,
movía sus costillas y latía con grandes golpes en sus sienes, impulsándole a
actos imperiosos. Sin embargo, no cedía. Pues estaba guiado por un instinto
sagaz que no olvidaba las circunstancias. Desde la mañana, en dos ocasiones,
había reconocido que el hombre sabía hacer sufrir con golpes extraños.
Comenzaba a aceptar el destino, se realizaba en él un trabajo penoso que, más
tarde, le haría encuadrar al ser vertical entre las cosas peligrosas: lo
odiaría con tenacidad, se encarnizaría en destruirlo, pero no desplegaría
contra él sólo la fuerza y la prudencia, lo acecharía, se pondría a vigilarlo y
recurriría a las sorpresas.
La osa gruñó, pues los acontecimientos no la habrían
instruido tanto, ya que ninguna herida había aumentado su sabiduría. Cuando el
grito del macho le invitó a la prudencia, dejó de avanzar, suponiendo alguna
trampa en la tierra; pues no imaginaba que pudiera nacer un peligro de aquellos
seres ocultos al otro lado de la pared.
IX.- La roca.
Naoh deseó durante algún tiempo golpear a las fieras. El
rencor permanecía en su corazón. Y, observando la penumbra, mantenía dispuesta
una azagaya afilada. Pero después, como el oso gigante permanecía invisible y
la hembra se había alejado, se apaciguó y recordó que el día avanzaba y tenían
que llegar a la llanura. Entonces, molesto, avanzó hacia la luz. Ésta aumentaba
a cada paso. El pasillo se agrandaba y los nómadas lanzaron un grito ante las
grandes nubes de otoño que se movían en el fondo del firmamento, ante la
pendiente rígida, erizada, llena de obstáculos y la tierra sin límites.
Pues toda la zona les era familiar. Desde su infancia
habían recorrido aquellos bosques, sabanas, colinas, habían franqueado los
pantanos, acampado al borde de aquella orilla, o bajo un saliente de las rocas.
En dos días de marcha, llegarían al gran pantano junto al que los Oulhamr se
reunían tras sus correrías de guerra y de caza, y donde tenía sus orígenes la
oscura leyenda.
Nam se echó a reír como un niño, Gaw tendió los brazos con
un estremecimiento de alegría, y Naoh, inmóvil, sintió revivir la abundancia de
las cosas:
-¡Vamos a ver de nuevo a la Horda!
Los tres percibían ya su presencia. Estaba mezclada con
las ramas de otoño, se reflejaba en las aguas y transformaba las nubes. Cada
aspecto del lugar era extrañamente distinto de los lugares que se encontraban
abajo, atrás, en el inmenso oriente meridional. Sólo se acordaban de los días
felices. Nam y Gaw, que habían sufrido tan a menudo la rudeza de sus mayores,
los puños de Faouhm, el gesto feroz, sentían una seguridad sin límites.
Contemplaban con orgullo las pequeñas llamas que ellos, con tantas luchas,
fatigas y sufrimientos, habían mantenido vivas. Naoh lamentaba haber tenido que
sacrificar la jaula: una superstición vaga se arrastraba en el fondo de su
cerebro. ¿Pero acaso no llevaba las piedras que contienen el fuego y el secreto
para hacerlo brotar? ¡No importaba! Lo mismo que sus compañeros, le hubiera
gustado mantener un poco de esa vida chispeante que había conquistado a los
Kzamms...
El descenso fue rudo. El otoño había multiplicado los
desprendimientos y las fisuras. Se ayudaron del hacha y del arpón. Al llegar a
la llanura, habían franqueado el último obstáculo; sólo tenían que seguir
caminos simples y bien conocidos. Llenos de esperanza, ponían menos atención de
sus sentidos en los acontecimientos innumerables que envuelven y acechan a los
seres vivos.
Avanzaron hasta el crepúsculo: Naoh buscaba una curva del
río en la que quería establecer el campamento. El día moría pesadamente al
fondo de las nubes. Se arrastraba un resplandor rojo, siniestro y lento,
acompañado por el aullido de los lobos y el quejido prolongado de los perros:
éstos avanzaban en bandas furtivas acechando en el límite de los matorrales y
los bosques. Su número asombró a los nómadas. Sin duda, algún éxodo de
herbívoros los había expulsado de las tierras próximas y se habían reunido en esa
zona rica en caza. Pero habían debido agotarla. Sus clamores anunciaban la
penuria. Su forma de andar, una actividad enfebrecida. Naoh, que sabía que
había que temerlos cuando eran numerosos, apresuró el paso. Con el tiempo, se
habían formado dos hordas. Hacia la derecha estaban los perros y hacia la
izquierda los lobos. Como seguían la misma pista, se detenían a veces para
amenazarse. Los lobos eran más grandes, con las nucas abultadas y musculosas,
pero los perros tenían la ventaja del número. A medida que las tinieblas se
comían el crepúsculo, los ojos arrojaban mayor claridad: Nam, Gaw o Naoh
percibían una multitud de pequeños fuegos verdes que se desplazaban como
luciérnagas. Con frecuencia, los nómadas respondían a los aullidos con un largo
grito de guerra y veían moverse todas esas fosforescencias.
Al principio, los animales se mantuvieron fuera del
alcance del arpón; pero con el crecimiento de las tinieblas se fueron
acercando; se oía con mayor claridad el ruido impreciso de las patas. Los
perros parecían más osados. Algunos habían superado a los hombres. Se detenían
bruscamente, saltaban con un grito agudo o bien se arrastraban de una manera
solapada. Pero los lobos, inquietos al verse superados, llegaron todos juntos
con sus voces desgarradoras. Había que presentar batalla. Los perros, apretujados
los unos contra los otros, conscientes del poder que les daba el número,
exaltados por el sentimiento de su avance, de pronto les hicieron frente. Una
impaciencia furiosa revolvía las entrañas de los lobos. Y en la última luz
crepuscular y cenicienta, las dos hordas se colocaron frente a frente,
balanceándose, en oleadas de carnes palpitantes y con un largo despliegue de
clamores.
No se produjo enfrentamiento. Algunos animales, menos
gregarios, prosiguieron la caza, y su ejemplo predominó. Paralelamente, la fila
de perros y la de lobos se amenazaban en la noche del hambre. Esa persecución
tenaz inquietaba a los hombres. Delante del occidente casi negro, entre tantos
cuerpos solapados, presintieron la muerte.
Un grupo de perros superó a Gaw, que caminaba hacia la
izquierda, y uno de ellos, del tamaño de un lobo, se detuvo, enseñó sus dientes
chispeantes y saltó. El joven lanzó nervioso su arpón. Se hundió en el costado
del animal, que se puso a dar vueltas con un largo aullido; Gaw acabó con él de
un mazazo.
Al escuchar el grito de agonía, afluyeron los perros: les
unía una solidaridad más fuerte que la de los lobos, y cuando uno de ellos
estaba en peligro, llegaban a hacer frente a los grandes carnívoros. Naoh temió
el ataque de toda la manada y llamó a Nam y a Gaw para intimidar a los
animales. Apretados unos contra otros, los nómadas constituían un cuerpo
superior; los perros, asombrados, daban vueltas a su alrededor. Si uno de ellos
se atrevía a precipitarse, todos les seguirían, y los huesos de los hombres
franquearían la llanura...
Bruscamente, Naoh lanzó una azagaya: un perro cayó con el
pecho agujereado. El jefe, cogiéndolo por las patas traseras, lo arrojó a un
grupo de lobos que había a la derecha. El herido desapareció entre ellos, y el
olor de la sangre y la presa fácil exasperaron su hambre, por lo que las fieras
se pusieron a devorar esa carne viva. En ese momento los perros se olvidaron de
los hombres y se lanzaron sobre los lobos.
Durante el combate, los nómadas habían huido al galope.
Una neblina anunciaba la proximidad del río y Naoh veía a intervalos una
reverberación. En dos o tres ocasiones se detuvo para orientarse. Al final,
mostrando una masa grisácea que dominaba la orilla, dijo:
-Naoh, Nam y Gaw se reirán de los perros y los lobos.
Era una enorme roca que formaba casi un cubo y se elevaba
cinco veces la altura de un hombre. Sólo era accesible por un lado. Naoh la
escaló rápidamente, pues la conocía desde numerosas estaciones. Cuando Nam y
Gaw le siguieron, se encontraron en una superficie plana, llena de maleza e
incluso con un árbol, en donde treinta hombres podían acampar cómodamente.
Abajo, hacia la llanura cenicienta, los lobos y los perros
combatían enloquecidamente. Feroces rumores y quejidos prolongados cruzaban el
aire húmedo; los nómadas disfrutaban de su seguridad.
La madera crujió, el fuego lanzó sus lenguas rojizas, y
sus humos y un amplio resplandor se extendió sobre las aguas. De la roca
solitaria se separaban dos segmentos de orilla desértica; las cañas, los sauces
y los álamos crecían en un lugar distante; de manera que se distinguían todas
las cosas que había a veinte tiros de arpón...
En ese momento, los animales huyeron de la claridad y se
ocultaron o acudieron hasta allí fascinados. Con un grito fúnebre, dos lechuzas
se levantaron sobre un álamo, una nube de murciélagos orejudos giró, una
bandada perdida de estorninos se fue a la otra orilla; los patos, molestos,
abandonaron el lugar donde se ocultaban y se precipitaron hacia la sombra;
peces alargados surgían del abismo, con vapores plateados, flechas de nácar,
hélices cobrizas. El resplandor rojizo dejó ver un jabalí fornido que se detuvo
y gruñó, a un gran élafo, con el lomo tembloroso, sus enramadas echadas hacia
atrás, y también la cabeza solapada de un lince de orejas triangulares, ojos
cobrizos y feroces, que apareció entre dos ramas de fresno.
Los hombres conocían su fuerza. Comían en silencio la
carne asada, gozosos de vivir al calor del fuego. ¡La horda estaba cercana!
Antes de la segunda noche, reconocerían las aguas del gran pantano. Nam y Gaw
serían acogidos como guerreros: los Oulhamr conocerían su valor, su astucia, su
larga paciencia, y les temerían. Naoh tendría a Gammla y sería el jefe después
de Faouhm... Su sangre hervía esperanzada, y aunque su pensamiento fuera corto,
el instinto era prodigioso y estaba lleno de imágenes profundas y precisas.
Tenían la juventud de un mundo que no regresaría. Todo era enorme, todo era
nuevo... Ellos mismos jamás sentían el final de su ser, pues la muerte era más
una fábula espantosa que una realidad. La temían bruscamente, en los momentos
terribles; después se alejaba, se borraba, se perdía en el fondo de sus
energías. Si las fatalidades son formidables, si se abaten sin cesar con el
animal, el hambre, el frío, los males desconocidos, los cataclismos, apenas han
pasado ya no son temibles. Siempre que tuvieran abrigo y alimento, la vida
sería fresca como el río...
Un rugido cruzó las tinieblas. El jabalí escapó, el élafo
saltó, convulsivo, con los cuernos más inclinados sobre la nuca, y cien
estructuras palpitaron. Primero vieron una forma temblorosa cerca de los
álamos; después, una silueta oscilante cuyo poder se revelaba en cada gesto;
una vez más, Naoh veía al león gigante. Toda vida huyó.
La soledad era ilimitada. El animal colosal avanzaba con
inquietud. Conocía la velocidad, la vigilancia, el olfato agudo, la prudencia y
los recursos innumerables de aquellos a quienes perseguía. Aquella tierra, en
la que su raza casi había desaparecido, era menos cálida y más pobre. Vivían
allí gracias a un esfuerzo agotador. El hambre roía siempre su vientre. Apenas
si formaba ya pareja: los territorios en los que había suficientes presas para
una pareja se habían hecho más escasos, incluso allí abajo, hacia el sol, o en
los valles cálidos. Y el superviviente que todavía recorría el país del gran
pantano no dejaría descendencia.
A pesar de la altura y de lo escarpada que era la roca,
Naoh sintió un retorcimiento en sus entrañas. Se aseguró de que el fuego
defendiera el estrecho acceso, y cogió la maza y el arpón; también Nam y Gaw
estaban listos para combatir; los tres, acurrucados contra la roca, eran
invisibles.
El león-tigre se detuvo; elevándose sobre sus patas
musculosas, consideró esa alta claridad que turbaba las tinieblas como el
crepúsculo. No la confundió con el resplandor del día, y menos todavía con esa
luz fría que le impedía las emboscadas. Confusamente, volvió a ver las llamas
devorando la sabana, un árbol quemado por el rayo, o incluso los fuegos del
hombre, que a veces había rozado, de eso hacía ya mucho tiempo, en los
territorios de los que sucesivamente le habían expulsado el hambre, la crecida
de las aguas o su retirada, que hacía imposible la existencia. Vaciló y gruñó.
Azotó furiosamente la cola, y después avanzó para olfatear los efluvios. Eran
débiles, pues se elevaban y después se esparcían antes de descender; la pequeña
brisa los llevaba hacia el río. Apenas sentía el humo, menos todavía la carne
asada, y en absoluto el olor de los hombres, sólo veía esos resplandores
saltarines, de los que salían unas luces rojas y amarillas que crecían,
decrecían, se desplegaban en forma de cono, se derramaban en capas, se
mezclaban con la sombra repentina de los humos. No se asociaba con ellos el
recuerdo de ninguna presa, ni gesto alguno de combate; y el animal, sintiendo
un penoso temor, abrió la boca inmensa, caverna de la muerte de la que brota el
rugido... Naoh vio alejarse al león gigante, hacia las tinieblas en las que
podría preparar su trampa...
-¡Ningún animal puede combatirnos! -exclamó el jefe con
una risa de desafío.
Desde hacía un momento, Nam sentía estremecimientos. Con
la espalda vuelta hacia el fuego, seguía con la mirada, en la otra orilla, un
reflejo que saltaba sobre las aguas, se infiltraba entre los sauces y los
sicomoros y, tendiendo la mano, murmuró:
-¡Hijo del Leopardo, han venido hombres!
Un peso descendió sobre el pecho del jefe, y los tres
unieron todos sus sentidos. Pero las orillas estaban desiertas y sólo
escuchaban el chapoteo de las aguas; sólo se distinguían animales, hierbas y
árboles.
-¿Se ha equivocado Nam? -interrogó Naoh.
Convencido de lo que había visto, el joven respondió:
-Nam no se ha equivocado.., ha visto cuerpos de hombres,
entre las ramas de los sauces... Eran dos.
El jefe no lo dudaba; su corazón se convulsionaba entre la
angustia y la esperanza. En voz muy baja, afirmó:
-Este es el país de los Oulhamr. Lo que tú has visto son
cazadores o exploradores enviados por Faouhm.
Se levantó, desarrollando su gran estatura. Pues no
serviría de nada ocultarse: amigos o enemigos conocerían bien la significación
del fuego. Su voz clamó: -Soy Naoh, hijo del Leopardo, que ha conquistado el
fuego para los Oulhamr. ¡Que los enviados de Faouhm se muestren!
La soledad permaneció impenetrable. La misma brisa se
adormeció junto con el rumor de las fieras; sólo el crepitar de las llamas y la
voz fresca del río parecieron crecer.
-¡Que los enviados de Faouhm se muestren! -repitió el
jefe-. Si miran, reconocerán a Naoh, Nam y Gaw. Saben que serán bienvenidos.
Los tres, de pie ante el fuego rojo, mostraron sus
siluetas tan visibles como en pleno día y lanzaron el grito de llamada de los
Oulhamr. La espera mordía el corazón de los compañeros; crecía con todas las
cosas terribles. Y Naoh gruñó:
-¡Son enemigos!
Nam y Gaw lo sabían, y toda la alegría les abandonó. El
peligro era más duro al golpear en esa noche en la que el retorno parecía tan
próximo. Y era más equivoco porque venía de los hombres. En ese suelo tan
próximo al gran pantano, sólo presentían la vecindad de su horda. ¿Es que los
vencedores de Faouhm habían atacado otra vez? ¿Los Oulhamr habían desaparecido
del mundo?
Naoh vio a Gammla conquistada o muerta. Rechinaron sus
mandíbulas y amenazó con la maza a la otra orilla. Después, anonadado, se
agachó ante la hoguera, pensó y acechó...
El cielo se había abierto por oriente, la luna, en su
último cuarto, aparecía en el fondo de la sabana, era rojiza y como de humo,
enorme, su resplandor todavía era débil, pero llegaba a las profundidades de
aquel lugar: la huida que pensaba el jefe se volvería casi imposible si los
hombres ocultos eran numerosos y habían tendido emboscadas.
Mientras cavilaba, le sacudió un gran estremecimiento. Río
abajo, acababa de ver la silueta fornida. Aunque desapareció rápidamente en los
cañaverales, la certidumbre lo penetró como la punta de un arpón. Los que se
ocultaban eran Oulhamr: pero Naoh hubiera preferido a los devoradores de
hombres o a los enanos rojos. Pues acababa de reconocer a Aghoo el velludo.
X.- Aghoo el velludo.
En escasos latidos de su corazón, volvió a vivir la escena
en la que Aghoo y sus hermanos se habían levantado ante Faouhm y habían
prometido conquistar el fuego. La amenaza brillaba en sus ojos circulares, la
fuerza y la ferocidad acompañaban a sus gestos. La horda les escuchaba con
temblor. Cada uno de los tres hubiera podido plantar cara al gran Faouhm. Con
sus torsos tan velludos como el del oso gris, sus manos enormes, sus brazos
duros como ramas de roble, con su astucia, su habilidad, su valor, su unión
indestructible, su costumbre de luchar juntos, valían como diez guerreros. Y
pensando en todos aquellos a los que habían matado o cuyos miembros habían
roto, un odio ilimitado contrajo a Naoh.
¿Cómo abatirlo? Él, el hijo del Leopardo, se consideraba
igual a Aghoo: tras tantas victorias, su confianza en sí mismo era perfecta;
¡pero Nam y Gaw serían como leopardos delante de leones! La sorpresa y todas
esas impresiones saltaban en su cabeza, y no retrasaron la resolución de Naoh.
Fue tan rápida como el salto de un ciervo sorprendido al acecho.
-Nam saldrá el primero -ordenó-, y después Gaw. Llevarán
las azagayas y los arpones, les arrojaré las mazas cuando estén bajo la roca.
Sólo yo llevaré el fuego.
Pues no podía resignarse, a pesar de las piedras
misteriosas de los Wah, a abandonar la llama conquistada. Nam y Gaw
comprendieron que había que adelantar con velocidad a Aghoo y sus hermanos, y
no sólo esa noche, sino hasta que se reunieran con la horda. Presurosamente,
cogieron las armas de tiro, y Nam descendía ya por la escarpadura, siguiéndole
Gaw a dos alturas de hombre. La tarea fue más difícil que en la escalada, por
causa de los resplandores falsos, de las sombras bruscas, y porque había que tantear
el vacío, descubrir anfractuosidades invisibles, pegarse estrechamente a la
pared.
Cuando Nam estaba a punto de llegar, un grito de espanto
brotó del río, un bramido le sucedió, y después el mugido de la garza
alcaraván. Naoh, inclinado al borde de la plataforma, vio salir a Aghoo de
entre los juncos. Llegaba como el rayo. Un instante después surgían sus
hermanos, uno por el sur y el otro por levante. Nam acababa de saltar a la
llanura. Entonces, Naoh sintió su corazón lleno de problemas. No sabría si
tendría que arrojar la maza a Nam o llamarlo. El joven era más ágil que los
hijos del Auroc, pero como éstos convergían hacia la roca, enseguida estarían
al alcance de la azagaya o del arpón... La vacilación del jefe fue breve,
gritó:
-¡No arrojaré la maza a Nam... haría más lenta su carrera!
Que huya... que vaya a advertir a los Oulhamr que les esperamos aquí, con el
fuego.
Nam obedeció tembloroso, pues se sabía débil ante los
hermanos formidables, quienes habían ganado terreno con su breve pausa. Tras
algunos saltos, tropezó y tuvo que retomar el impulso. Y Naoh, viendo
acrecentarse el peligro, llamó a su compañero. Los velludos estaban ya
próximos. El más ágil lanzó la azagaya. Traspasó el brazo del joven en el
momento en que comenzaba la escalada; el otro, lanzando un grito mortal, se
abalanzó sobre Nam para acabar con él. Naoh vigilaba. Con brazo terrible, lanzó
una piedra: trazó un arco en la penumbra y aplastó el fémur del asaltante, que
cayó al suelo.
Antes de que el hijo del Leopardo hubiera elegido un
segundo proyectil, el herido, con un rugido de rabia, desapareció tras un
matorral. Después se produjo un gran silencio. Aghoo se había dirigido hacia su
hermano, y examinaba la herida. Gaw ayudó a Nam a volver a la plataforma; Naoh,
de pie ante la doble claridad de la hoguera y de la luna, levantando con las
dos manos una piedra de pórfido, estaba dispuesto a lapidar a los agresores. Su
voz fue la primera en escucharse:
-¿Los hijos del Auroc no son de la misma horda que Naoh,
Nam y Gaw? ¿Por qué nos atacan como si fueran enemigos?
Aghoo el velludo se levantó entonces. Tras lanzar su grito
de guerra, respondió:
-Aghoo os tratará como amigos si queréis darle su parte
del fuego, y como díafos si se la negáis.
Una risa formidable abrió sus mandíbulas, su pecho era tan
grande que habría podido acostarse en él una pantera. El hijo del Leopardo
gritó:
-Naoh ha conquistado el fuego a los devoradores de
hombres. Compartirá el fuego cuando se haya unido con la horda.
-Queremos el fuego ahora... Aghoo tendrá a Gammla y Naoh
recibirá una parte doble de caza y de botín.
El furor hizo temblar al hijo del Leopardo:
-¿Por qué iba a tener Aghoo a Gammla? ¡No ha sabido
conquistar el fuego! Las hordas se han burlado de él...
-Aghoo es más fuerte que Naoh. Abrirá vuestros dientes con
el arpón y romperá los huesos con la maza.
-Naoh ha matado al oso gris y a la tigresa. Ha abatido a
diez devoradores de hombres y veinte enanos rojos. ¡Es Naoh el que matará a
Aghoo!
-¡Que Naoh baje a la llanura!
-Si Aghoo ha venido solo, Naoh irá a combatirlo.
La risa de Aghoo estalló, vasta como un rugido:
-¡Ninguno de vosotros volverá a ver el gran pantano!
Los dos se callaron. Con un estremecimiento, Naoh
comparaba los torsos delgados de Nam y de Gaw con las estructuras espantosas de
los hijos del Auroc. Sin embargo, ¿no había obtenido la primera ventaja? Pues
si Nam estaba herido, uno de los tres hermanos era incapaz de perseguir a un
enemigo. La sangre se derramaba en el brazo de Nam. El jefe aplicó en la herida
las cenizas de la hoguera y la recubrió con hierbas. Después, mientras sus ojos
vigilaban, se preguntó cómo combatiría. No podía contar con sorprender la
vigilancia de Aghoo y sus hermanos. Los sentidos de éstos eran perfectos, y sus
cuerpos infatigables. Tenían fuerza, astucia, habilidad y agilidad; algo menos
rápidos que Nam y Gaw, les superaban en resistencia. Sólo el hijo del Leopardo,
más rápido en el primer impulso, les igualaba en resistencia. La situación se
pintaba fragmentariamente en la cabeza del jefe, y uniendo esos fragmentos
consiguió darles coherencia con su instinto.
Naoh veía así las peripecias de la huida y del combate;
era ya todo acción, aunque seguía agachado junto al resplandor cobrizo.
Finalmente, se levantó con una sonrisa de astucia que pasó por sus párpados; su
pie rozó la tierra como la pezuña de un toro. Primero había que apagar un
fuego, para que, aunque vencieran, los hijos del Auroc no tuvieran ni a Gammla
ni el premio. Naoh arrojó al río los tizones más gruesos; ayudado por sus
compañeros, mató el fuego con tierra y piedras. Sólo guardó la débil llama de
una de las jaulas. Después organizó de nuevo el descenso. Esta vez, Gaw abriría
la marcha. A la altura de dos hombres se detendría sobre una saliente lo
bastante grande como para mantenerse en él en equilibrio y lanzar azagayas.
El joven Oulhamr obedeció rápidamente. Cuando llegó al
punto asignado, lanzó un grito ligero para advertir al jefe. Los hijos del
Auroc se habían dispuesto a la batalla. Aghoo plantaba cara a la roca, con el
arpón empuñado; el herido, de pie contra un arbusto, tenía dispuestas las
armas, y el tercer hermano, Roukh el de los brazos rojos, menos alejado que los
otros, iba y venía circularmente. De pie sobre un saliente de la plataforma,
Naoh se inclinaba hacia la llanura y otras veces blandía una azagaya. Eligió el
momento en que Roukh estaba más cercano para lanzar el arma. Franqueó un
espacio que sorprendió al hijo del Auroc, pero le faltaron cinco longitudes de
hombre para alcanzarlo. Una piedra que Naoh lanzó a continuación cayó a menos
distancia. Roukh lanzó un grito de sarcasmo:
-El hijo del Leopardo es ciego y estúpido.
Lleno de desprecio, levantó el brazo derecho armado con la
maza. Con gesto furtivo, Naoh cogió un arma preparada de antemano: era uno de
los propulsores que había aprendido a utilizar en la horda de los Wah. Le
imprimió una rotación rápida. Roukh, convencido de que era un gesto de amenaza,
volvió a ponerse en marcha con una risa burlona. Como ya no miraba de cara a la
roca, la luz era incierta y no vio venir el dardo. Cuando se dio cuenta, era
demasiado tarde: su mano había sido traspasada en el lugar en el que el pulgar
se une a los otros dedos. Con un grito de rabia, soltó la maza...
Entonces, un gran estupor sobrecogió a Aghoo y a sus
hermanos. El alcance que había logrado Naoh superaba con mucho sus previsiones.
Y sintiendo que sus fuerzas decrecían ante una astucia
misteriosa, los tres retrocedieron: Roukh sólo podía coger la maza con la mano
izquierda. Entretanto, Naoh se aprovechó de la sorpresa de los hermanos para
ayudar a Nam a bajar; los seis hombres se encontraron en la llanura, atentos y
llenos de odio. Después, el hijo del Leopardo tomó un camino oblicuo hacia la
derecha, por donde el paso era más amplio y seguro.
Allí, Aghoo cerraba el camino. Sus ojos circulares
espiaban cada gesto de Naoh. Se movía muy bien para evitar la azagaya y el
arpón. Y avanzaba con la esperanza que los adversarios agotaran sobre él,
vanamente, sus proyectiles, mientras Roukh llegaba al galope. Pero retrocedió,
hizo un quiebro brusco y amenazó al tercer hermano que esperaba apoyado en un
arpón. Ese movimiento obligó a Roukh a dirigirse hacia el oeste; el campo
abierto era más amplio, Nam, Gaw y Naoh se precipitaron; a hora podían huir sin
temor de que los cercaran.
-¡El hijo del Auroc no tendrá el fuego! -gritó el jefe con
voz estentórea. Y Naoh tendrá a Gammla.
Los tres huían por la llanura libre, y quizá pudieran
llegar a la tribu sin combatir. Pero Naoh comprendía que esa noche había que
arriesgar muerte contra muerte. Dos de los velludos estaban heridos. No luchar
era darles la posibilidad de curación, y el peligro renacería más terrible. En
esa primera fase de la persecución, incluso Nam, a pesar de su herida, cobraba
ventaja. Los tres compañeros les ganaron más de mil pasos. Después, Naoh detuvo
la carrera, entregó el fuego a Gaw y dijo:
-Corred sin deteneros hacia el poniente... hasta que yo me
una a vosotros.
Obedecieron, manteniendo la velocidad, mientras el jefe
seguía más lentamente. Pronto se dio la vuelta y plantó cara a los velludos
amenazándoles con el propulsor. Cuando consideró que estaban bastante próximos,
avanzó oblicuamente hacia el norte, los superó por la derecha y empezó a correr
hacia el río... Aghoo comprendió. Lanzó un clamor de león y se lanzó con Roukh
en socorro del herido. En su desesperación, alcanzaba una velocidad igual a la
de Naoh. Pero esa velocidad era excesiva para su estructura. El hijo del
Leopardo, mejor constituido para la carrera, le tomó ventaja. Llegó cerca de la
roca con trescientos pasos de adelanto, encontrándose cara a cara con el tercer
hermano.
Éste le esperaba, formidable. Lanzó una azagaya. Mal
equilibrado, falló el blanco, y Naoh se lanzaba sobre él. La fuerza y la
habilidad del velludo eran tales que, a pesar de su pierna herida, hubiera
acabado con Nam o Gaw. Para combatir al gran Naoh, exageró su impulso: el golpe
de la maza fue tan terrible que hubiera necesitado los dos pies para
soportarla, y, al dar un traspiés, el arma de su adversario cayó sobre su nuca
y lo derribó. Con un segundo golpe le rompió las vértebras.
Aghoo sólo estaba a cien pasos. Roukh, debilitado por la
sangre que derramaba su mano, y menos ágil, iba cien pasos retrasado. Los dos
llegaban a su objetivo como rinocerontes, arrastrados por un instinto de raza
tan profundo que les hacia olvidar la astucia.
Con un pie sobre el vencido, el hijo del Leopardo
esperaba, la maza dispuesta. Aghoo estaba a tres pasos; saltó para el ataque...
Naoh se hurtó a él. Corrió hacia Roukh con una velocidad de élafo. Con un gesto
supremo, con la maza cogida con los dos puños, apartó el arma que Roukh, con
escasa habilidad, levantaba con la mano izquierda, y de un golpe en el cráneo
acabó con el segundo enemigo...
Después, esquivando otra vez a Aghoo, gritó:
-¿Dónde están tus hermanos, hijo del Auroc? ¿No los he
abatido como hice con el oso gris, la tigresa y los devoradores de hombres? ¡Y
aquí estoy, tan libre como el viento! ¡Mis pies son más ligeros que los tuyos,
mi aliento es tan resistente como el de los megaceros!
T ras retomar ventaja, se detuvo y vio venir a Aghoo. Le
increpó:
-Naoh no quiere ya huir. Esta misma noche tomará tu vida o
dará la suya...
Veía al hijo del Auroc. Pero el otro había ya recuperado
su astucia: hizo más lento su avance, atento a todo. La azagaya traspasó el
aire. Aghoo se agachó y el arma silbó por encima de su cráneo.
-¡Es Naoh el que va a morir! -aulló.
No se precipitaba, sabía que el adversario podía aceptar
la lucha o rehusarla. Su avance era furtivo y temible. Cada uno de sus
movimientos mostraba al animal de combate; llevaba la muerte con el arpón o la
maza. A pesar de que los suyos habían sido aplastados, no tenía miedo del gran
guerrero flexible, de brazos ágiles, de hombros rudos. Pues era más fuerte que
sus hermanos e ignoraba la derrota. Ningún hombre o animal se había resistido a
su maza.
Cuando estuvo a su alcance, lanzó el arpón. Lo hizo porque
tenía que hacerlo: pero no se asombró de ver que Naoh evitaba la punta de
cuerno. Y él mismo evitó el arpón del adversario.
Ya sólo tenían las mazas. Se levantaron al mismo tiempo;
los dos eran de madera de roble. La de Aghoo tenía tres nudos, se había pulido
y lucía con el claro de la luna. La de Naoh era más redondeada, menos antigua y
más clara. Aghoo lanzó el primer golpe. No lo hizo con todo su vigor; no
esperaba sorprender así al hijo del Leopardo. También Naoh se zafó de él sin
esfuerzo y golpeó de costado. La maza del otro vino a su encuentro; las maderas
se entrechocaron con un largo crujido. Entonces, Aghoo saltó hacia la derecha y
volvió sobre el costado del gran guerrero: atacó con el golpe inmenso que había
roto cráneos de hombres y fieras. Pero encontró el vacío, mientras que la maza
de Naoh daba en la suya. El golpe fue tan fuerte que hasta Faouhm se hubiera
tambaleado: pero los pies de Aghoo se mantenían sobre la tierra como si fueran
raíces. Pudo echarse hacia atrás.
Así volvieron a estar cara a cara, sin heridas, como si no
hubieran combatido. ¡Pero en ellos todo había luchado! Cada uno conocía bien la
criatura formidable que era el otro, cada uno sabía que, si eran débiles en un
solo gesto, conocerían la muerte, una muerte más vergonzosa que la otorgada por
el tigre, el oso o el león: pues combatían oscuramente para hacer triunfar, a
través de tiempos innumerables, una raza que nacería de Gammla.
Aghoo reemprendió el combate con un rugido ronco; toda su
fuerza estaba en el brazo: dejó caer la maza directamente, dispuesto a terminar
con toda resistencia. Retrocediendo, Naoh le puso la suya. Aunque desvió el
golpe, no pudo impedir que un nudo hiciera una gran erosión en su hombro. Brotó
la sangre, que enrojeció el brazo del guerrero; Aghoo, convencido de destruir
esta vez una vida que ya había condenado, levantó la maza y cayó de manera
espantosa.
El rival no lo había esperado, y el impulso hizo que el
hijo del Auroc se inclinara; lanzando un grito siniestro, Naoh respondió: el
cráneo de Aghoo resonó como un bloque de roble, y el cuerpo velludo se
tambaleó; otro golpe le abatió en tierra.
-¡No tendrás a Gammla! -gruñó el vencedor-. ¡No volverás a
ver ni a la horda, ni al pantano, y nunca volverás a calentar tu cuerpo junto
al fuego!
Aghoo se levantó. Su cráneo duro estaba enrojecido, su
brazo derecho colgaba como una rama rota, sus piernas ya no tenían fuerza. Pero
el instinto tenaz fosforecía en sus ojos y había cogido la maza con la mano
izquierda. La blandió una última vez. Antes de que le golpeara, Naoh la hacía
caer a diez pasos. Y Aghoo esperó la muerte. Ya estaba en él; no comprendía de
otra manera la derrota; se acordó con orgullo de todos los seres a los que
había matado antes de sucumbir él mismo.
-¡Aghoo ha aplastado la cabeza y el corazón de sus
enemigos! - murmuró-. Nunca ha dejado vivir a aquellos que le disputaron el
botín o la presa. Todos los Oulhamr temblaban ante él.
Era el grito de su conciencia oscura. Y si hubiera podido
gozarse de su derrota, lo habría hecho. Al menos, sentía la virtud de no haber
concedido jamás el perdón, de haber aniquilado siempre esa trampa que es el
rencor del vencido. Por eso le parecía que no tenía nada que reprocharse de
toda su vida... Cuando el primer golpe de muerte resonó en su cráneo, no se
quejó; tampoco se quejó cuando el pensamiento desapareció, cuando quedó sólo
una carne caliente cuyos últimos estremecimientos apagaban la maza de Naoh.
Después, el vencedor fue a terminar con los otros dos
hermanos. Y parecía que el poder de los hijos del Auroc había entrado en él. Se
volvió hacia el río y escuchó el gruñido de su corazón; ¡el tiempo era para él!
Ya no veía su fin
XI.- En la noche de las eras.
Al apagarse cada día, los Oulhamr esperaban con angustia
la partida del sol. Cuando sólo las estrellas habitaban el firmamento, o la
luna se enterraba en las nubes, se sentían extrañamente débiles y miserables.
Ocultos en la sombra de una caverna, o bajo el saliente de
una roca, ante el frío y las tinieblas, soñaban en el fuego que les nutría con
su calor y alejaba a los animales temibles. Los guardianes tenían sin cesar sus
armas prestas; la atención y el temor abrumaban su cabeza y sus miembros:
sabían que los podían apresar de improviso antes de haber golpeado. El oso
había devorado un guerrero y dos mujeres; los lobos y los leopardos se habían
llevado niños; muchos hombres llevaban las cicatrices de los combates
nocturnos. Llegaba el invierno.
El viento del norte lanzaba sus azagayas, bajo los cielos
puros, el hielo mordía con dientes agudos. Y una noche, Faouhm, el jefe,
luchando contra un león, perdió el uso del brazo derecho. De esta manera se
hizo demasiado débil para imponer su autoridad. El desorden crecía en la horda.
Houm ya no quería obedecer, Mouh pretendía ser el primero entre los Oulhamr.
Los dos tenían partidarios, aunque un pequeño número seguía siendo fiel a
Faouhm. Sin embargo, no se llegó a la lucha armada. Pues todos estaban débiles:
el viejo Goun les hablaba de su debilidad y del peligro que correrían si se
mataban unos a otros.
Y lo entendían: al llegar la hora de las tinieblas,
lamentaban amargamente a los guerreros desaparecidos. Después de tantas lunas,
desesperaban de volver a ver a Naoh, Gaw y a Nam, y a los hijos del Auroc.
Muchas veces enviaron exploradores: regresaban sin haber
descubierto ninguna pista. Más tarde, la desconfianza cayó sobre las cabezas;
los seis guerreros habían sido derribados bajo la garra de las fieras, las
hachas de los hombres, o habían perecido por el hambre. ¡Los Oulhamr no
volverían a vivir junto al fuego caritativo!
A pesar de que sus sufrimientos eran mayores que los de
los hombres, sólo las mujeres mantenían una confianza oscura. Subsistía en
ellas esa resistencia paciente que salva a las razas. Gammla estaba entre las
más enérgicas. Ni el frío ni el hambre habrían podido apagar su juventud. Con
el invierno crecían sus cabellos; caían alrededor de los hombros como las
crines de los leones. La nieta de Faouhm tenía un sentido profundo de los
vegetales. En la pradera o en el matorral, bajo el bosquecillo o entre las cañas,
sabía distinguir cuáles eran las raíces, frutos y setas comestibles. Sin ella,
el gran Faouhm hubiera perecido durante la semana en que su herida lo mantuvo
acostado en el fondo de una caverna, agotado por la pérdida de sangre. El fuego
no le parecía tan indispensable como a los otros. Lo deseaba, sin embargo, con
pasión, y, al principio de las noches, se preguntaba si lo traería a Aghoo o
Naoh.
Estaba dispuesta a someterse, porque en la profundidad de
su carne vivía el respeto al más fuerte; ni siquiera concebía que pudiera
negarse a ser la mujer del vencedor, aunque sabía que con Aghoo la vida sería
más dura. Se acercaba una noche que se anunciaba temible. El viento había
expulsado las nubes. Pasaba sobre las hierbas marchitas y sobre los árboles
negros produciendo un largo aullido. Un sol rojo, tan grande como la colina que
se levantaba al poniente, iluminaba todavía el lugar. Y en el crepúsculo que
iba a perderse en el fondo de los tiempos innumerables, la horda se reunió con
un gran estremecimiento. Era débil y estaba triste. ¡Cuándo volverían los días
en los que la llama rugía comiéndose los arbustos! En aquel tiempo, en el
crepúsculo, ascendía un olor a carne asada. Dentro de los torsos crecía una
alegría cálida, los lobos se alejaban con aspecto lamentable, el oso, el león y
el leopardo huían de esa vida chispeante. El sol se ocultó; en el occidente
desnudo, la luz moría sin resplandores. Y los animales que vivían de las
sombras comenzaron a vagar por la tierra.
El viejo Goun, cuya desgracia había acrecentado la edad de
muchos años, lanzó un gemido siniestro.
-Goun ha visto a sus hijos y a los hijos de sus hijos.
Jamás a los Oulhamr les había faltado el fuego. Pero ya no hay fuego... y Goun
morirá sin haberlo vuelto a ver.
El agujero de la roca en el que se abrigaba la tribu era
casi una caverna. Con buen tiempo, habría sido un buen abrigo; pero la brisa
flagelaba los pechos. Goun siguió hablando:
-Los lobos y los perros se harán cada noche más osados.
Señalaba las siluetas furtivas que se multiplicaban con la
caída de las tinieblas. Los aullidos se hacían más largos y amenazadores; la
noche desperdigaba continuamente sus bestias famélicas. Sólo los últimos
resplandores las mantenían todavía alejadas. Los vigilantes, inquietos,
caminaban con aire duro bajo las estrellas frías.
Bruscamente, uno de ellos se detuvo y tendió la cabeza.
Otros dos le imitaron. Después, el primero declaró:
-¡Hay hombres en la llanura!
Un temblor pasó sobre la horda. En algunos dominaba el
temor; la esperanza anidaba en otros. Faouhm, recordando que todavía era el
jefe, se levantó de la fisura en la que reposaba:
-¡Que todos los guerreros preparen sus armas! -ordenó.
En aquella hora equívoca, los Oulhamr obedecieron en
silencio. El jefe añadió:
-Que Houm tome a tres jóvenes y que vaya a espiar a los
que vienen.
Houm vaciló, pues no le gustaba recibir órdenes de un
hombre que había perdido la fuerza de su brazo. Pero el viejo Goun intervino:
-Houm tiene los ojos del leopardo, la oreja del lobo y el
olfato del perro. Sabrá si los que se aproximan son enemigos u Oulhamr.
Entonces, Houm y tres jóvenes se pusieron en camino. A
medida que avanzaban, las fieras se agrupaban tras sus pasos. Se volvieron
invisibles. Durante mucho tiempo, la horda esperó. Finalmente, un largo clamor
traspasó las tinieblas. Faouhm, saltando sobre la llanura, clamó:
-¡Los que vienen son Oulhamr!
Una emoción terrible traspasó los corazones, hasta los
niños pequeños se levantaban; Goun expresó su pensamiento y el de los demás:
-¿Es Aghoo y sus hermanos... o Naoh, Nam y Gaw?
Se oyeron nuevos gritos bajo las estrellas.
-¡Es el hijo del Leopardo! -murmuró Faouhm, con una
alegría sorda. Pues tenía miedo de la ferocidad de Aghoo.
Pero casi todos pensaban sólo en el fuego. Si Naoh lo
traía, estaban dispuestos a inclinarse ante él; si no lo traía, el odio y el
desprecio se elevarían contra su debilidad. Entretanto, una manada de lobos
avanzaba hacia la horda. El crepúsculo había muerto. El último rastro escarlata
acababa de apagarse, las estrellas chispeaban en el firmamento de hielo: ¡Ay!
¡Ver crecer al cálido animal rojizo, sentirlo palpitar sobre los pechos y los
miembros!
Finalmente, vieron a Naoh. Llegaba con su silueta negra
sobre la llanura grisácea, y Faouhm gritó:
-¡El fuego!... ¡Naoh trae el fuego!
Todos se sintieron sobrecogidos. Muchos se detuvieron como
golpeados por un hacha. Otros saltaron con un rugido frenético: y el fuego
estaba allí. El hijo del Leopardo lo traía en su jaula de piedra. Era un
pequeño resplandor rojo, una vida humilde que hasta un niño habría aplastado
con un golpe de sílex. Pero todos conocían la fuerza inmensa que iba a brotar
de esa debilidad. Jadeantes, mudos, con miedo a verlo desvanecerse, llenaban
las pupilas con su imagen...
Después se produjo un rumor tan alto que los lobos y los
perros se espantaron. Toda la horda se apretujaba alrededor de Naoh, con gestos
de humildad, de adoración, de alegría convulsiva.
-¡No matéis el fuego! -gritó el viejo Goun, cuando el
clamor se apaciguó.
Todos se apartaron. Naoh, Faouhm, Gammla, Nam, Gaw y el
viejo Goun formaron un núcleo entre la multitud y avanzaron hacia la roca. La
horda acumulaba las hierbas secas, las ramas pequeñas y grandes. Cuando estuvo
dispuesto, el hijo del Leopardo aproximó su débil resplandor. Primero se
apoderó de algunas briznas; con un silbido, se puso a morder las pequeñas
ramas, y después, rugiendo, comenzó a devorar las grandes, mientras que, al
lado de las tinieblas que retrocedían, los lobos y los perros se echaban para
atrás, presos de un temor misterioso.
Entonces, Naoh, hablando al gran Faouhm, preguntó:
-¿No ha cumplido su promesa el hijo del Leopardo? Cumplirá
la suya el jefe de los Oulhamr.
Señaló a Gammla, que estaba de pie en la claridad
escarlata. Esta sacudió su larga cabellera. Palpitante de orgullo, ya no sentía
temor. Participaba de esa admiración con la que la horda envolvía a Naoh.
-Gammla será tu mujer tal como ha sido prometido-
respondió Faouhm, casi con humildad.
-¡Y Naoh mandará la horda! -declaró con atrevimiento el
viejo Goun.
Lo decía así no para despreciar al gran Faouhm, sino para
destruir las rivalidades que juzgaba peligrosas. En ese momento en el que el
fuego acababa de renacer, nadie se atrevía a contradecirlo. Una aprobación
exaltada hizo ondear las manos y los rostros. Pero Naoh sólo veía a Gammla: sus
grandes cabellos, la vida de los ojos frescos que hablaban el lenguaje de su
raza; una indulgencia profunda se elevaba en su corazón para el hombre que iba
a entregarla. Sin embargo, comprendía que un jefe de brazo débil no podía
mandar sólo sobre los Oulhamr. Por eso gritó:
-¡Naoh y Faouhm dirigirán a la horda!
Sorprendidos, todos se callaron, mientras que por primera
vez, Faouhm, el del corazón feroz, se sintió invadido por una confusa ternura
hacia un hombre que no había salido de sus hermanas.
Entretanto, el viejo Goun, con mucho el más curioso de los
Oulhamr, deseaba conocer las aventuras de los tres guerreros. Estas se agitaban
en el celebro de Naoh, tan nuevas como si las hubiera vivido la víspera. En
aquellos tiempos, las palabras eran escasas, sus lazos débiles, su fuerza de
evocación corta, brusca e intensa.
El gran nómada habló del oso gris, del león gigante y de
la tigresa, de los devoradores de hombres, de los mamuts, los enanos rojos, los
hombres sin hombros, hombres de pelo azul y del oso de las cavernas. Pero
omitió, por desconfianza y por astucia, desvelar el secreto de las piedras de
fuego que le habían enseñado los Wah.
El rugido de las llamas aprobaba el relato; Nam y Gaw, con
gestos rudos, subrayaban cada episodio. Como era el discurso del vencedor,
penetraba en lo más profundo y hacia jadear los pechos. Y Goun clamó:
-No hubo entre nuestros padres ningún guerrero comparable
a Naoh... ¡y no lo habrá entre nuestros hijos y entre los hijos de nuestros
hijos!
Finalmente, Naoh pronunció el nombre de Aghoo; los torsos
se estremecieron como árboles en la tempestad. Pues todos temían al hijo del
Auroc.
-¿Cuándo ha vuelto a ver a Aghoo el hijo del Leopardo?
-preguntó Faouhm con una mirada de desconfianza hacia las tinieblas.
-Una noche y otra noche han pasado -respondió el
guerrero-. Los hijos del Auroc atravesaron el río. Aparecieron ante la roca en
la que estaban Naoh, Nam y Ga..., ¡Naoh los ha combatido!
Entonces se hizo un silencio en el que se apagaron incluso
los alientos. Sólo se escuchaba el fuego, la brisa y el grito lejano de una
fiera.
- ¡Y Naoh ha acabado con ellos! -declaró orgullosamente el
nómada.
Hombres y mujeres se miraron unos a otros. El entusiasmo y
la duda alternaban en el fondo de los corazones. Mouh expresó el oscuro
sentimiento de todos al preguntar:
-¿Naoh los ha matado a los tres?
El hijo del Leopardo no respondió. Metió la mano en un
pliegue de la piel de oso que le envolvía y arrojó al suelo tres manos
sangrantes.
-¡Éstas son las manos de Aghoo y sus hermanos!
Goun, Mouh y Faouhm las examinaron. No podían
desconocerlas. Enormes y fornidas, con dedos cubiertos por un pelo fiero,
evocaban inequívocamente las estructuras formidables de los velludos. Todos
recordaban haber temblado ante ellas. La rivalidad se apagó en el corazón de
los fuertes; los débiles confundieron su vida con la de Naoh; las mujeres
sintieron la prolongación de la raza. Y Goun, el de los huesos secos, proclamó:
-¡Los Oulhamr ya no temerán a ningún enemigo!
Faouhm, cogiendo a Gammla por el cabello, la arrodilló
brutalmente ante el vencedor. Y dijo:
-Aquí está. Será tu mujer... Ya no la protejo yo. Se
inclinará ante su señor; irá a buscar la presa que tú hayas abatido y la
llevará sobre sus hombros. Si te desobedece podrás matarla.
Naoh, apoyando su mano sobre Gammla, la levantó sin
rudeza, y un tiempo innumerable se extendía ante ellos.

