Libro N° 4097. Jaque A La Dama. Fernández Santos, Jesús
© Libro N° 4097. Jaque A La Dama. Fernández Santos, Jesús. Colección E.O. Agosto 26
de 2017.
Título
original: © Jaque A La Dama. Jesús
Fernández Santos
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Fernández Santos
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Jaque A La Dama
Jesús Fernández Santos
Sinopsis
Jaque a la dama
PRIMERA PARTE
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
SEGUNDA PARTE
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
TERCERA PARTE
XXII
XXIII
XXIV
XXV
XXVI
XXVII
XXVIII
XXIX
XXX
XXXI
XXXII
XXXIII
JESUS FERNANDEZ SANTOS
Jaque a la dama
Planeta
Sinopsis
Historia de Marta, muchacha de familia judía que vive en
una ciudad de provincias; su adolescencia antes de la guerra civil, en una
familia dispersa y huraña, y luego todas las experiencias de la guerra
trabajando de enfermera: sus amores con Pablo, quien se pasa a los republicanos
y se exilia a México, y luego con Mario, un periodista con el que acaba
casándose. Gracias a la influencia del hermano de Marta, que es una jerarquía
en el Movimiento, Mario es enviado a Italia como corresponsal, y en Venecia el
matrimonio vive con el primo de Mario, también periodista, y su mujer, Rosa.
Las dramáticas experiencias de la segunda guerra mundial, durante la cual es
asesinado su marido, terminan de forjar la personalidad de la protagonista,
quien regresa a su ciudad y a su jardín con la sensación de que después de
tantas ilusiones y frustraciones la verdadera vida aún tiene que empezar.
Obra de un maestro de la novela española contemporánea,
Jaque a la Dama, que representa el momento de máxima madurez dentro de su
narrativa, ganó el Premio Planeta 1982.
Autor: Fernandez Santos, Jesus
©1982, Planeta
ISBN: 9788432065309
Generado con: QualityEbook v0.73
Jaque a la dama
TÍTULO original: Jaque a la dama
Jesús Fernández Santos, 1982
Historia de Marta, muchacha de familia judía que vive en
una ciudad de provincias; su adolescencia antes de la Guerra Civil, en una
familia dispersa y huraña, y luego todas las experiencias de la guerra
trabajando de enfermera: sus amores con Pablo, quien se pasa a los republicanos
y se exilia a México, y luego con Mario, un periodista con el que acaba
casándose. Gracias a la influencia del hermano de Marta, que es una jerarquía
del Movimiento, Mario es enviado a Italia como corresponsal, y en Venecia el
matrimonio vive con el primo de Mario, también periodista, y su mujer, Rosa.
Las dramáticas experiencias de la Segunda Guerra Mundial, durante la cual es
asesinado su marido, terminan de forjar la personalidad de la protagonista,
quien regresa a su ciudad y a su jardín con la sensación de que después de
tantas ilusiones y frustraciones la verdadera vida aún tiene que empezar. Obra
de un maestro de la novela española contemporánea, Jaque a la Dama, que
representa el momento de máxima madurez dentro de su narrativa.
PRIMERA PARTE
I
LA MUJER DESNUDA en la penumbra del cuarto miraba a las
muchachas asustadas. Más que susto era asombro lo que sus ojos revelaban
viéndola tendida sobre aquel diván de tonos azulados. Sus pechos erguidos, su
mirar profundo, aquel sendero cárdeno camino de su vientre, rematado por un
leve y oscuro triángulo, hacían vacilar sus ojos obligándolas a desviarlos
para, al final, volver a ella.
—¿Y es así como te va a retratar? —preguntó la pequeña a
la mayor de las tres.
—No, mujer. A mí sólo va a pintarme la cabeza.
—Menos mal, porque no sé dónde lo ibas a poner.
—¿Y de dónde saca estas mujeres que pinta? —preguntó a su
vez la mediana.
—Se las trae de Madrid.
—Eso me parecía a mí. Aquí no las encuentra.
—Ese amigo tuyo —continuó la pequeña lanzando una mirada
en torno— me parece a mí un poco raro.
—No, de veras. Al contrario, es bien simpático.
—Lo que pasa es que a ti te gusta un rato.
—Es amigo de casa y nada más. De mi padre, sobre todo.
—Ya lo creo. Hasta os deja la llave.
—Tendrá otra —susurró a media voz la pequeña como si la
mujer desnuda pudiera escuchar sus palabras.
La mediana, mientras tanto, fue a ver un montón de cuadros
que en un rincón parecían abandonados.
—Mira, ésta es la catedral.
—Y esto debe de ser el calvario.
La ciudad iba pasando de mano en mano sobre lienzos apenas
manchados. De pronto llegó desde la puerta el eco de unos golpes espaciados.
—¿Será él? —preguntó temerosa la pequeña.
—Voy a ver. Un momento.
La mayor fue a abrir y en el marco apareció la silueta de
un hombre joven, de pelo un poco largo. Tomó la llave que le tendía la muchacha
y escuchó sin mayor atención las razones con las que explicaba la presencia de
las tres en la casa.
—Creí que estabas en Madrid. —Y viéndole negar con un
ademán, añadió—: Estas amigas mías nunca han visto cómo es un estudio.
El otro sonrió, viendo el desnudo ante las muchachas.
Luego, en un nuevo ademán, mezcla de juego y reverencia, las invitó a seguir la
visita. Sin embargo las tres se hallaban tan nerviosas que sólo se atrevieron a
salir al balcón que corría a lo largo de toda la fachada.
Vecino a la muralla y a la casa de Marta, desde él se
adivinaba su jardín con su estanque y su fuente de dos caras. De haber estado
en él, como cada mañana, hubiera sentido la misma brisa, aquel aroma a jazmín y
cipreses de otros jardines escondidos o el rumor de las mismas secretas
corrientes que aún recordaba la presencia de viejas aceñas, fuera de uso con
los nuevos molinos eléctricos. La bruma gris del río ya no cubría los álamos.
La misma luz que la borraba iba alzando un mar de torres rematadas por tejados
rojos, revuelta por la algarabía de los niños. Al otro lado de la catedral,
cerraba el horizonte la sierra, nevada todavía.
Cuando las tres muchachas volvieron al cuarto, la mujer
desnuda de los pechos cárdenos ya no sonreía, aparecía cubierta por una vieja
sábana que sólo dejaba al aire sus manos y sus pies descalzos. Y Marta pensaba
que ahora, como recién salida de la cama, avergonzaba y atraía más que antes,
cuando ofrecía todo aquello que de pronto la tela velaba. Lo mismo debían de
pensar sus amigas cuando, tras despedirse del dueño de la casa, enfilaron el
camino de la plaza.
—Tienes razón. Ese amigo tuyo es bien amable.
—Lo que es un rato guapo, con ese pelo rubio —murmuraba la
pequeña.
La verdad fue que durante mucho tiempo, y quizá sin
saberlo, fue el primer amor de las tres, de Marta sobre todo, siempre a la
espera de empezar aquel retrato prometido.
Aquel pelo, sus brazos y sus labios aparecieron durante
muchas noches en sus sueños, en torno a aquellos pechos, en aquel negro bosque
de la mujer sobre el diván, haciéndola despertar sobresaltada lo mismo que a
las amigas, hasta llevarlas a espiar después aquella habitación donde sin duda
su rival llegaba cada día para posar desnuda hora tras hora. Pero nunca
llegaron a descubrir a nadie.
—A lo mejor, la pinta de memoria.
—O tendrá fotos. Vete tú a saber.
Hasta que un día la casa amaneció cerrada y las tres la
olvidaron, borrándola de sus días y su memoria.
Marta, Sonsoles y Carmen, «menudo trío», murmuraban las
amigas viéndolas cruzar tímidas y a la vez desafiantes, sorprendiéndolas
fumando a escondidas, leyendo alguna de aquellas novelas por entonces
prohibidas, relatos convertidos por la noche en propios sueños donde blancas
escenas cambiaban de color y nombre, no en el fondo vacío de infinitos
capítulos sino en el secreto nido de las cálidas sábanas. Era preciso
mantenerse alerta siempre para evitar saqueos y requisas, sobre todo si se
prestaban a Carmen, cuya madre solía consultar el caso cada vez que, puntual,
se confesaba.
—¿Qué hace con ellas? —preguntaba Marta—. Yo creo que se
las guarda el capellán.
—¿Y él para qué las quiere? Bastantes cosas debe de oír
cada día.
—¿Tú cada cuánto te confiesas?
—Yo cada mes —mediaba Sonsoles—. Pero no cuento todo. Me
callo los pecados pequeños.
Marta en cambio solía llamar cosas pequeñas a las otras, a
aquellas que más vergüenza daba volcar sobre la celosía hasta quedar pura y
vacía, tal como tiempo atrás en el colegio predicaban. Cosas pequeñas eran
aquellos sueños repetidos: besos cargados de pasión en remotos jardines, pechos
generosos, encuentros, cartas, galanes de pelo liso y reluciente, de pantalón
acampanado o con el cuerpo prieto bajo el traje de baño, que solían despertarla
por la mañana con la angustia en los labios y el cuerpo tenso, bañado de sudor.
Todo revuelto y sin razón aparente, como el día en que conoció su propia
sangre, asustada, afligida. Se lo hubiera preguntado a la madre, pero su madre
descansaba ya, tan sola y muda como a lo largo de su vida de casada, en su
olvidada sepultura.
—Te hubiera dicho lo que yo —intentaba tranquilizarla
Sonsoles—. Son cosas de la edad.
No comprendía bien. Se sentía humillada, diferente, lejana
de las otras, atrapada por una extraña enfermedad de la que alguna hablaba
vagamente.
—Eso se pasa y vuelve, y pasa otra vez, hasta que te haces
vieja y ya ni sientes ni padeces.
Seguramente Carmen tampoco lo entendía bien del todo, pero
no era cuestión de preguntarle al hermano, ya por entonces empeñado en
noviazgos fugaces, o al padre, sólo pendiente de libros y papeles en donde se
contaba la historia de la ciudad.
A fuerza de pensar en él, de soñar con él en las noches
vacías, decidió en las siguientes vacaciones escribir también la suya en uno de
aquellos diarios que por entonces solían guardar bajo la almohada las heroínas
de las películas de moda. Allí, encerrados entre tapas de cartón y reflejos
dorados, guardados por un candado diminuto, fueron quedando anotados, día a
día, los avatares de aquella enfermedad que, como Carmen anunció, se acostumbró
a aceptar, no como una bendición del cielo sino como una servidumbre más que
era preciso esconder y callar.
Bajo aquel mínimo candado fueron quedando lágrimas
amargas, difíciles de explicar, largos insomnios y la sombra del padre a su
lado, en la misma alcoba o en el jardín, descifrando a sus pies el laberinto de
tejados, la hoz del río, la casa del gobernador que, más alerta que todos,
recogió sus bártulos y marchó meses antes de que la guerra comenzara.
También se hallaba en aquellas secretas páginas el tiempo
del primer remedo de noviazgo, sus primeros encuentros con Pablo, sus vueltas a
casa, sus mentiras aceptadas a medias en la penumbra del zaguán.
—¿De dónde vienes hoy? —solía preguntar el padre.
—De casa de Sonsoles, de la clase de francés.
—¿Sabes qué hora es?
Marta no contestaba temiendo que el reloj de la catedral,
a la postre, acabara delatándola. El padre, a su vez, callaba para volver los
ojos a sus eternos libros.
Seguramente adivinaba aquellos primeros encuentros a
orillas del río, el prematuro rozarse de los labios, aquel nuevo estrecharse no
sobre el blando alivio de la almohada sino contra otro cuerpo agitado por
deseos parecidos.
—A mí, en cuanto me rozan —confesaba Carmen—, no sé qué
siento. Me parece que estoy en otro mundo.
—Yo me olvido de todo —murmuraba Sonsoles— hasta que
vuelvo a casa. Cuando llego se me cae encima el mundo.
—Eso son cosas de los libros. La vida, como dice mi madre,
es otra cosa.
A Marta, en cambio, la muerte de la suya la apartó por un
tiempo de aquellos paseos que era preciso volcar luego sobre la acostumbrada
celosía en la penumbra de la catedral. Se olvidó de rosarios y novenas,
quedando sólo la misa del domingo como un rito social.
Fue preciso aceptar el nuevo rumbo de la casa y ocupar el
lugar de la madre, al menos en la mesa. Era la mejor hora; almorzar, cenar con
el padre a solas, con el hermano lejos todavía, empeñado en aquellos estudios
que a la postre borraría definitivamente la sombra de la guerra. Cenar y
escuchar, antes de ir a la cama, aquellas historias nacidas de sus libros, de
un viejo Testamento que parecía tomar forma y color en sus labios dispuestos a
velar sus sueños.
Antes vino el tiempo de la primera bicicleta, de subir
pedaleando con Sonsoles y Carmen hasta el monte vecino del desmochado calvario
para charlar tardes enteras imaginando citas y olvidar tras de sí horas
monótonas en las calles vacías.
—¿A ti cómo te gustan, altos o bajos?
—A mí me da igual.
—A mí como el de la película del jueves. Aquel de los
hombros tan anchos.
—Resultaba demasiado grande. A mí dame uno más normal.
—¿Cómo Pablo?
—La verdad es que los hay peores.
—Pues tu hermano no está tampoco mal.
—Pero no voy a casarme con mi hermano.
—¿Quién habla de casarse ahora? Yo hablaba en general.
Mas la verdad era que las tres pensaban en lo mismo. Una
vez tras otra, siempre su conversación volvía sobre aquel tema eterno, salvo en
presencia de los chicos prohibidos. Estos llegaban en sus maltrechas
bicicletas, trazando en torno de las tres círculos cada vez más estrechos,
luciendo su habilidad, vacilando, cruzando sobre sus huellas una y otra vez.
Eran muchachos de otros barrios y no llevaban lujosas
máquinas casi siempre blancas, sino piezas casi prehistóricas, como Sonsoles
decía, soldadas, repintadas, vueltas a poner en pie, con ruedas sin apenas
radios y gomas remendadas, agrietadas de tanto envejecer.
—¿Vosotras sois de aquí? —solían preguntar.
—¿Dónde vivís? ¿En la calle real?
Mas las tres, aleccionadas por las madres, nunca
respondían. Habían aprendido que lo mejor en tales casos era no detenerse, y
así, muy lentamente, acababan enfilando el camino de vuelta, cuesta abajo,
rumbo a los jardines amigos vecinos de la plaza mayor. Allí, si alguno las
seguía, podían sentirse seguras, defendidas bajo los plátanos amigos, espiarlo
como a los pájaros, desear su presencia o huir, sin más, antes que la campana
de la catedral las obligara a volver a casa devolviendo a los padres la tranquilidad.
Pero las madres se equivocaban. Nunca pasaba nada,
aquellos chicos simplemente miraban, hacían alguna que otra pregunta sin
respuesta siempre y al final, aburridos, se perdían camino de los arrabales.
—¿A qué vendrán aquí? —preguntaba Carmen.
—Les gustarán más estos barrios.
—Pues yo, por no subirme a esos cacharros me quedaba en el
mío.
—A ellos se ve que no les importa.
—¿El qué? ¿Subir al calvario?
—¿No subimos nosotras?
—También es verdad.
Cuanto más prohibido aquel cerro de pinos, más las atraía
con su cruz de sólo tres brazos. Desde él se dominaba la ciudad, en tanto a sus
espaldas, entre jara y maleza, de cuando en cuando se estrechaba alguna pareja.
Las tres intentaban desviar sus palabras y sus miradas lejos de ella sobre la
dorada nave de piedra alzada en la llanura, mas su atención volvía una y otra
vez hacia las siluetas que a sus espaldas se fundían.
—¿Habéis visto?
—Serán novios.
—De todos modos. Ahí, donde están, cualquiera que pase se
los va a tropezar. Habrá mejores sitios.
—A lo mejor no les importa.
—Como dice mi madre: vaya desfachatez.
En verano, antes de que las vacaciones comenzaran, el
lugar más tranquilo, en tanto calles y plazas ardían bajo el sol, era la
catedral. Su oscuro interior de piedra donde sólo brillaba la luz del altar
mayor.
Un día se la mostró un canónigo amigo de los padres de
Sonsoles, un hombre de gastada sotana y frente altiva flanqueada de canas como
una corona reluciente.
—Huele a sudor y vino —había murmurado Marta.
—A eso huelen los hombres —respondía casi ofendida
Sonsoles.
Hasta entonces no se le había ocurrido pensar que fuera
como los demás. Luego, fijándose, por debajo de la zurcida sotana se podían
adivinar un par de viejos pantalones. La había tomado de la mano en la
oscuridad, y aquel manojo de dedos blandos, sin saber por qué, la repelían como
su voz que iba anunciando, uno tras otro, rincones remotos poblados de secretas
maravillas.
—Ese Cristo es fama que estuvo en Lepanto. La reja de la
capilla se hizo con el bronce de las galeras enemigas. Aquella lámpara es
donación de un devoto que vio una parecida en El Escorial.
Apenas iniciada la visita, Marta hubiera deseado
interrumpirla, volver sobre sus pasos, pero aquella mano que la repugnaba se lo
impedía como la voz que parecía surgir de las tinieblas a su lado.
—Eso es la tumba de un conde de Castilla. Está enterrado
junto a su mujer, que mandó construir la capilla. A ambos lados pueden verse
los escudos de las dos familias.
Y allí estaba el conde en piedra, durmiendo un sueño
eterno, rodeado de arcos a medio caer y ángeles convertidos en haces de alas
rotas. Tenía la nariz partida como los dedos de las manos, y su mujer, al lado,
más que sufrir parecía sonreír, como si ya en el cielo hubiera conseguido una
paz que al lado del marido se le negara aquí abajo, en la tierra.
Salir al sol, a pesar del calor, dejar atrás las tinieblas
y aquella mano blanda y sudorosa, era un alivio, como tomar la bicicleta y huir
rumbo al río o por el camino que llevaba a la estación.
Allí, al amparo de la marquesina, quedaban las tres
exánimes tras la carrera de rigor para ganar el banco favorito desde el que ver
llegar los trenes resoplando vapor, anunciando viajes a lejanos lugares cuando
empezaran las ansiadas vacaciones. Los viajeros cambiaban según los días y las
horas, mas los vagones de tercera clase siempre venían a tope. Cestas, conejos,
sacos, iban naciendo por las ventanillas a medida que un chirrido imponente
depositaba aquella carga a pocos pasos del jefe de estación con su bandera a
mano y su eterno palillo entre los dientes. Sólo muy raramente el único vagón
de primera abría su puerta reluciente para mostrar su pulido interior repleto
de espejos y comodidades. Un hombre solo, una pareja ya de edad, bajaban y,
tras llamar al mozo de equipajes, pedían un coche para el hotel de la ciudad.
—¿Quién será? —preguntaba Sonsoles.
—Vete a saber. Algún señor importante.
—Esos ya no vienen en tren, vienen en coche.
—A lo mejor se marea su señora.
—¿Y por qué sabes que es su señora?
—¿Y quién va a ser si no?
—Fíjate cómo la trata. Hasta la ayuda a bajar. Eso mi
padre no lo hace.
—¡Qué cosas dices! Lo que pasa es que la trata con
educación.
Pero era en vano, pues aquellas historias de los jueves de
cine, con sus amantes elegantes y sus maridos aburridos, volvían una y otra
vez, según el tren proseguía su camino.
Cierta tarde, sin embargo, no trajo en sus vagones cestas,
baúles o sacos, sino rostros curtidos por el sol del verano, con hatillos de
ropa donde asomaban puntas de afiladas hoces.
—Deben de ser gitanos —murmuró Sonsoles viéndolos apearse
y ocupar los andenes, sintiendo sobre sí sus miradas hostiles.
—Mejor nos vamos —murmuró Marta, temerosa.
Y al cruzar junto a ellos uno se alzó, susurrando al oído
de Carmen unas cuantas palabras.
—¿Qué te ha dicho?
—Nada —repuso preocupada—. Que un día nos cortarán a todos
la cabeza.
Marta también tembló, pero no repitió al padre la amenaza.
Según él eran tan sólo segadores a los que una mala cosecha hacía volver a casa
con las manos vacías.
Al fin llegaban los meses mejores, aquellos que se
repartían entre el mar y la finca donde podía invitar a las amigas. Era jugar,
soñar, dormir, meterse bajo las sábanas con Sonsoles y Carmen entre risas
cohibidas, roces prohibidos y vagos temores, juegos cuya intención sólo el
tiempo fue capaz de descubrir, aun antes que el mismo padre cuando las
sorprendía:
—¿Qué hacéis ahí metidas las tres? —preguntaba
descubriéndolas.
Ninguna se atrevía a responder viéndole pasear la mirada
sobre las otras camas sin abrir.
—Están heladas —murmuraba Marta.
—No será tanto. —Y tras lanzar una última ojeada, añadía—:
Ya sois mayores para andar así.
Cuando el padre se fue, un coro de risas antes sofocadas
estalló en la alcoba entre revueltos camisones que mostraban al aire vientres
sin brotar aún, en torno a escuálidas espaldas.
Ninguna de las tres sentía aquel frío de hielo del que
Marta hablaba, ni juntas, ni solas, a la noche, cada vez que sus manos torpes
tropezaban con secretos rincones donde, según decían, hacían su nido las
pasiones.
Era preciso buscar nuevos caminos, imaginar encuentros
breves y secretos para llegar a adivinar cómo sería cada cual a la hora de la
verdad, ese momento que cada una imaginaba a su manera.
Aquella búsqueda robada al sueño las hacía más amigas que
los paseos de la tarde por los bosques de pinos o las veladas alusiones de la
mujer del guarda, siempre atenta a sus idas y venidas.
Luego, el verano en sus postreros días las separaba a
veces, alejándolas, aislándolas como al mismo padre que desde el fin de la
guerra nunca volvió a poner los pies allí, perdido siempre en sus paseos
solitarios a la orilla del río.
II
EL PADRE, sin embargo, nunca estuvo solo del todo, ni
siquiera en vida de la madre, a la que Marta recordaba sobre todo a través de
borrosos retratos, algunos en la luna de miel, de colchas bordadas, de sábanas
sin rematar aún, sembradas de iniciales complicadas. Nunca estuvo tan solo tal
como Carmen afirmaba.
—Los hombres nunca tienen vocación de casados.
Por mucho que digan, siempre acaban en lo mismo. Los
libros valen para lo que son, sobre todo cuando se es viudo y con pocos amigos.
—Y a ti ¿quién te lo ha dicho? —preguntaba Sonsoles.
—Esas cosas siempre acaban sabiéndose.
—También se inventan. Calcula qué dirán de nosotras.
Las tres callaron como si, sorprendido su pecado, el dedo
del capellán las apuntara desde la torre de la catedral pregonando a los
vientos sus hazañas.
—Yo creo que en eso de los hombres hay muchas ganas de
hablar por hablar —insistía Sonsoles lanzando a Marta una ojeada como
intentando librarla del pecado que Carmen atribuía al padre—. Yo sólo creo lo
que veo. Nada más.
—¿Y qué quieres ver?
—No sé. Por lo menos a las personas juntas, en un bar, o,
si me apuras, en la cama. El día que me case ya te lo explicaré. Tampoco creo
que el mío sea un santo.
Ni el tuyo tampoco.
Marta callaba. Seguramente cada cual decía su parte de
verdad. Los viajes a la capital que llenaban puntuales cada fin de semana, sus
ausencias en plenas vacaciones, volvían cada noche como ahora, manteniéndola en
pie, frente al jardín sombrío o la penumbra tenue de la alcoba.
Y el padre, como si adivinara su desazón, a veces llamaba
a su puerta.
—¿No duermes? ¿Qué te pasa?
—Nada. Andaba a vueltas con el francés dichoso.
—Cierra los ojos y duerme. Si no mañana estarás rota.
Apagaba la luz y cerraba los ojos, pero el sueño no venía.
Como en un juego mágico y sombrío, la habitación se iba llenando de aquella
madre joven y admirada de la que el padre hablaba poco, pero cuya fotografía
sobre la oscura mesita de noche le hacía contar las horas a veces hasta la
madrugada. A ratos se la imaginaba junto al padre en la alcoba cercana, colmada
de atenciones, envuelta en la cadena de sus brazos, palpitando tal como oyó
decir que sucedía en las noches de bodas, en los primeros meses de casados.
Viéndola, adivinándola en su marco de plata, en pie, apoyada en el sillón del
marido ante un telón de fondo que recordaba a los viejos teatros de entonces, a
ratos la odiaba sin saber por qué, deseaba apartarla, o mejor arrancarla, lejos
de aquellos ojos tranquilos, de su ademán generoso. Aparte de aquel puñado de
retratos, recordaba también la enfermedad que acabaría arruinando su cuerpo tan
firme, sus cabellos apenas recogidos, sus ojos melancólicos y mansos. Llegó a
odiarla incluso por su mal, por sus silencios y suspiros, por las continuas
atenciones del padre, sintiéndose capaz de suplantarla en todo, en la casa y la
cocina, incluso ocupando su sitio en el vacío lecho nupcial. Luego venía
aquella sensación de culpa que el capellán ya conocía de otras veces y a la que
siempre respondía pidiéndole paciencia y voluntad.
—¿Cuándo pasará, padre?
—Cuando el Señor lo estime conveniente.
Mas el Señor no se decidía y aquella inútil ruina sacada
al jardín cada mañana se iba sumando a muros y zarzas en una muerte tranquila,
vegetal. Desde entonces su figura fue quedando presente en todas partes, sobre
la mesa de trabajo del padre, en las dos alcobas más cercanas que nunca,
incluso en el recibidor, como exigiendo a las visitas un implícito homenaje.
Luego tuvo lugar uno de aquellos entierros vedados a los
niños entonces que llenó de luto riguroso y lejanos parientes el salón, la
escalera y el zaguán con su bandeja de plata rebosando tarjetas dobladas.
Incluso a Marta le compraron para el funeral traje nuevo y zapatos. Cuando,
tras las pruebas, la dejó a solas la modista con Sonsoles y Carmen, ésta no
pudo menos que exclamar:
—¡Qué guapa vas a ir! Pareces una viuda joven.
—Joven y rica, además. Pocas habrás visto así tan
elegantes.
Tendían sobre la cama aquellas nuevas galas oscuras y
radiantes, y en tanto desprendían de su brillante superficie los últimos
pespuntes, comprobando uno tras otro los botones, era como iniciar una de
aquellas bodas tan prodigadas en el cine, como casarse convertida en mujer.
—¿Por qué no te lo pruebas?
—¿Ahora?
—¿Qué más te da? Esto no trae mala suerte. —Carmen dudó un
instante—. Luego, en la iglesia, a lo mejor ni se te ve. Seguramente estará
llena.
Como en una secreta ceremonia, fue cambiando la falda
plisada y la blusa sin apenas escote por aquel negro traje que tanta admiración
despertaba en sus dos compañeras.
—Tendría que verte Pablo ahora.
—¿Quién lo eligió? ¿La modista?
—La modista ¿qué sabe?
La verdad era que en aquel vestido pensaba desde antes de
sacar a la madre de casa. Por encima del vago dolor que la asaltaba a veces,
viéndola inmóvil por postrera vez, rodeada de suspiros y rezos, no podía menos
que sentirse protagonista, tal como aseguraban las amigas.
—Dicen que va a venir hasta el gobernador. Si no, mandará
un representante.
—También la junta del casino.
—Y el capellán y el guarda.
Nadie quería perderse al parecer el espectáculo, incluso
los amigos del padre, dispuestos a espiar su rostro durante la ceremonia. Tan
sólo faltó Pablo, que más tarde explicaba:
—Ya sabes que no me gustan esas cosas. A los muertos
prefiero recordarlos vivos.
—No era por verla a ella, sino por verme a mí.
Se la quedó mirando fijamente y al cabo respondió:
—Mujer, qué cosas se te ocurren con tu madre de cuerpo
presente. Como quien dice: caliente todavía.
Sin embargo para Marta, cerca del padre y el hermano,
aquel breve viaje vino a ser como de bodas, según el coche iba dejando atrás a
las amigas. Breve o largo, bien valía la pena aunque sólo fuera por hallarse
entre los dos, soportando tantos cánticos y lágrimas, y aquella oración
interminable sobre la salvación del alma.
La vida del padre, tras unos meses de continuo silencio,
no sufrió cambios fundamentales. Volvió a sus libros y sus viajes, y sólo por
Navidad coincidía en la casa con el hijo. Esta vez el hermano trajo consigo una
reciente novedad que, como siempre, los llevó a enfrentarse. Sobre todo cuando
supo qué nuevo empeño acaparaba sus días en la Facultad.
—Tú estudia y déjate de política.
—Eso se dice fácil sin salir de casa. Fuera ya es otra
cosa.
En el silencio de la sala, el padre parecía abarcar el
tiempo con sus manos.
—Pierdes el tiempo —acostumbraba a replicar—, pero no
quiero llevarte la contraria. A tu edad, también pasé por ello: huelgas,
carreras, peleas con los guardias. A la postre no sirven para nada.
—Bonito modo de pensar.
—Pues es así, como yo te lo digo. Vosotros, por ejemplo,
¿qué pedís?
—Orden, justicia —respondía vagamente el hermano— y
defensa de la propiedad.
—Eso lo quieren todos.
—El día que te requisen la finca, ya verás. No es que
quiera asustarte pero está mal la cosa, sobre todo en Madrid.
—¿Y cuándo no lo estuvo?
Por entonces llegaron a la famosa finca, de la que tanto
hablaban, nuevas máquinas con que sembrar o recoger. Muchos peones quedaron sin
saber qué hacer, qué partido tomar, rondando por los alrededores, acechando a
la tarde los establos vacíos donde ahora trabajaban los mecánicos.
Hasta el mismo Pablo apareció una tarde dispuesto a
conocer de cerca tales novedades. Al menos eso dijo a Carmen antes de
preguntarle:
—¿Está Marta por ahí?
—Debe de andar por la casa.
Cuando al fin se encontraron, quedaron borradas amigas y
máquinas tras el bosque de jaras. Marta volvió ya tarde, con aquel gesto que la
luz del cine alumbraba al salir, limpiando de arena sus zapatos y la falda de
agujas de pino.
—¿Qué tal? —preguntó Sonsoles.
—Bien. ¿Volvió mi padre?
—No ha aparecido. Si un día te pilla te la vas a ganar.
—No lo creas.
—De todos modos, no hemos visto nada. Nosotras, como en el
cuento de la rata: «comer y callar».
—¿Cuándo ha dicho que vuelve?
—¿Quién? ¿Pablo? No dijo nada —repuso Marta.
—¿Apostamos a que antes de una semana se presenta?
Marta no supo qué contestar, sentada sobre la cama
revuelta, vacilante, inquieta como la lámpara sobre la mesilla al compás del
motor de la huerta.
—No hay que preocuparse —replicó—. Se marcha al mar un día
de éstos.
—Es que ese Pablo no es como los demás: ya sabes, que si
un beso, que te escribo. A falta de otra cosa se conforman con eso. Pablo, en
cambio, es un poco especial.
—¿Y qué tiene de malo? —preguntaba Carmen.
—Nada, si no pasa de ahí. Mis hermanos lo dicen para eso
están los barrios que todos conocen. Lo malo es cuando traen lo que no se
llevaron.
—¿Y qué van a traer?
—Enfermedades de mujeres, tonta.
La luz, de tanto vacilar, acabó apagándose. Sólo quedaba
afuera un cielo alto sobre el que se recortaban las copas de los álamos. Sus
ramas pesadas daban asilo a pájaros dormidos, velando el pensamiento de las
tres, pendientes del encuentro siguiente. Mas ni Carmen ni Sonsoles supieron
nunca cómo fue. Marta volvió tarde como en la cita anterior; apenas abrió los
labios. Había en su actitud una velada lejanía, un saberse distinta de las
otras, en tanto la oscuridad iba borrando en su cuerpo las huellas de un amor
precipitado.
III
DANDO EN TODO la razón al hermano, el horizonte se
encendió una noche, no sólo sobre los pinos, sino a través de los boletines de
la radio. El padre quedó desde entonces pegado al altavoz, el otro marchó al
frente. Pablo, en cambio, convertido en improvisado sanitario, fue a parar al
antiguo colegio de Marta, transformado en hospital de sangre. Al menos le
sirvieron de algo aquellos estudios apenas iniciados en Madrid. No tuvo que
esconderse como tantos otros, esperando que el destino decidiera. A Marta, a su
vez, le fue preciso escoger entre aprender a zurcir, coser, servir como
Sonsoles y Carmen en comedores de refugiados o soldados; pero, puesta a elegir,
se decidió por el mismo hospital, tan transformado ahora.
Cuando el padre supo su decisión, alzó los ojos desde sus
eternas páginas.
—¿Y qué piensas hacer allí?
—Ayudar, como todas.
—Pero tendrán alguna experiencia.
—Eso no importa ahora. No lo tienen en cuenta.
—Pero ¿tú tienes vocación de enfermera?
Estuvo a punto de reír, escuchándole. Seguramente aquella
vocación, tal experiencia, estaba para él en sus libros antes que bajo el cielo
color sangre en donde a ratos rompían remotos resplandores.
Además, pensando en sí misma, tampoco se imaginaba una
heroína y odiaba los comedores de caridad donde seguro acabaría tras los pasos
de sus dos amigas. Si aquella guerra era cosa de poco, tal como anunciaba el
hermano cuando volvía a casa, tanto daba quedarse fuera o no con tal de no
alejarse de Pablo, de aquel desconocido trajinar de camiones y soldados capaz
de librarla de su prisión particular, huir, romper el ciego caparazón de la
vida que ya por entonces resultaba demasiado pesado. Seguramente le hubiera
gustado ser como el hermano, campar a voluntad, dueña de sí, tal como en sueños
se veía. Charlar con el padre de tú a tú, engendrar, poseer aquella razón que
los hombres siempre esgrimían a la postre, sentirla crecer como dicen que
crecen los hijos y borrar para siempre en derredor aquel mundo que, entre la
alcoba y el jardín, cada día se le antojaba más tedioso y mezquino. En una de
aquellas pesadas ambulancias bautizadas en el hospital como «el baúl de los
cadáveres», habían traído cierto día a un oficial que no llegó a alcanzar con
vida la sala de operaciones. Quedó tendido a la espera de los celadores, todo
sangre y hedor. Lo único vivo parecían sus manos leves, casi transparentes, y
su negro atributo que nadie se molestó en cubrir, quién sabe si por tratarse de
un cadáver. En el desierto corredor se entretuvo mirándolo. Lo hubiera
arrancado de su lecho de musgo, tal vez para devorarlo. Allí estaba a su
alcance, como un trofeo insólito, la postrera razón de los hombres que, como su
sangre, borraba el universo en torno, hasta quedar bajo el embozo de la sábana.
En los días de calma, Pablo solía esperarla en el patio,
junto a las ambulancias.
—¿Dónde comemos hoy?
—Donde el chófer nos lleve.
Al final siempre acababan en la venta rodeada de pinos,
repleta de oficiales italianos. Según el coche subía monte arriba, el sendero
se abría en raíces brotadas de la tierra, en blancos torrentes cuyo rumor se
agudizaba bajo la sombra de los primeros robles.
—No hay mucho que ver aquí. Veremos de comer qué tienen.
Sin embargo Marta, bajo aquellos pinos, se sentía formar
parte de sus troncos mutilados, rotos, parecidos a aquellos otros del blanco
quirófano.
Las trincheras, arriba, con sus fusiles y soldados, no le
daban sensación de peligro ni siquiera adivinando cadáveres tendidos entre
arroyos y líquenes, esperando sobre un mar de camillas a ser contados o
reconocidos. Algunos, a la larga tendrían calle y plaza con su nombre que un
compañero iba anotando al tiempo que recogía corazones de Jesús estampados en
tela, cadenas y medallas.
Cuando los dos llegaron hasta una tienda de campaña
apartada de las otras, murmuró Pablo:
—Un momento. No te alejes mucho.
Y desapareció en el interior donde el olor del alcohol se
mezclaba con el aroma de los pinos. Afuera nada se oía, ni siquiera el rumor
estremecido de la noche, ni voz alguna como las del hospital, clamando,
llorando, volcando su dolor en pasillos repletos de otros miedos, entre hedores
de orina y transfusiones. Nadie hablaba tampoco; tan sólo se escuchaba aquel
eterno rumor del arroyo y la voz de los grajos en lo alto, espantados por secos
estampidos como de cazadores.
Marta siguió adelante, tras su curiosidad, bajo un cielo
ceniciento. Más allá de las trincheras la tierra aparecía revuelta, rota en
continuos laberintos rematados por coronas de espinos oxidados. Una voz le
gritó:
—¡Alto! ¿No ve que no se puede pasar?
—Buscaba a un oficial de sanidad —mintió, saliendo a la
luz para hacer ver mejor el uniforme.
Una silueta parecida a las que antes dormían surgió a su
vez ante la puerta de una casamata.
Y como si no se fiara, la siguió mirando hasta verla
perderse en un recodo. Tanto daba; más allá de la voz, otro soldado debía de
montar guardia entre iguales trincheras y los mismos pinos. Todo el eterno
crepitar de la noche, las luces vacilantes como espuma a buen seguro nacían y
morían lejos, no en aquellos solitarios calveros donde la guerra sólo se
hallaba presente en un olor a madera quemada, en las vaguadas al amparo del
viento. Y de pronto la guerra estaba allí, no en los ocultos nidos de ametralladoras,
apostadas a ambos lados del camino, ni en el humo de la hoguera encendida
calentando café en latas bruñidas, sino en un haz de luz que abriéndose paso en
la penumbra del bosque rompía el aire a ratos como un mudo relámpago. Se acercó
a él y con la punta del pie le hizo dar vuelta. Dentro de la botella dos ojos
manchados de sangre, deslizándose, giraron. Se los quedó mirando largo rato y
de pronto le vino a la memoria el recuerdo de aquel rojo coser del cirujano en
su hospital, con sus guantes de goma y el pecho de la bata ensangrentado.
Recordó aquellas cuencas vacías recién operadas, de las
cuales el mundo huía en el vaivén de una pequeña palangana. En ella se alejaba
para siempre la eterna novia de las cartas remotas, los amigos, su propia
imagen reducida a sombra, sus manos y sus pies, ahora desconocidos como el
rostro vendado. Aquí, en cambio, aquellos otros ojos, al otro lado del cristal
de la botella, no la repugnaban tanto, sólo sentía un miedo singular que el
silencio de los pinos y el rumor de aquel río brillante, indiferente, hacían
crecer en su interior según se retiraba, paso a paso. Aquel par de ojos
perdidos buscando la luz, arrancados como un trofeo de su nido, eran aquella
guerra que acechaba desde la barandilla del jardín, más que los otros cuerpos
del hospital que era preciso lavar o componer para herirlos de nuevo.
Cuando se lo contó a Pablo, no supo si la llegó a creer.
—Eso fue en los primeros días. Lo malo de la guerra es que
vuelve locos a todos.
Era cierto, aquel tiempo volvió definitivamente viejo al
padre; a otros, crueles como niños, y a Marta le hizo madurar tras las
angustias iniciales en el nuevo hospital. Incluso aquel acercarse a Pablo,
aquel buscar amparo a su lado como antes, a la sombra de Sonsoles y Carmen,
nunca se hubiera despertado tan aprisa como para seguirlo hasta aquellas
trincheras que anunciaban el frente. Puede que él también, a su vez, tras la
venta repleta de oficiales, la sintiera más cerca a la vuelta, en la misma ambulancia
a punto de saltar hecha pedazos cada vez que un bache amenazaba reventar sus
ruedas. Y por si fuera poco, en un recodo pincharon, obligando al chofer a
echar pie a tierra para cambiar la cámara maltrecha.
—¡Buen material nos dan! —clamó en alta voz—. Si esto es
ahora, ¿qué será en el invierno con el barro?
Marta y Pablo se alejaron bajo el mar de robles, donde
llegaba un eco de disparos anunciando la noche.
Aquel rumor no la asustaba, con Pablo allí, a su lado, ni
aquella boca menos experta que otras, ni sus manos buscando sus pechos vueltos
a nacer bajo la mancha blanca de la luna en lo alto.
—Déjame, por favor. El chofer nos va a ver.
Mas bien sabía que el conductor se hallaba pendiente de su
rueda y las sombras ya se confundían bajo la luz incierta de las primeras
estrellas. Cuando sus manos acertaron a detener el bosque en torno de su
angustia, sintió de nuevo aquel sabor amargo de los primeros encuentros en la
finca.
Pablo se la quedó mirando.
—Tengo miedo —consiguió murmurar—. ¿Qué quieres hacer?
—Miedo ¿de qué?
—De todo.
—Todo no quiere decir nada.
Y sin embargo para ella suponía aquel turbio hospital, el
recuerdo del padre y, antes que nada, del hermano capaz de adivinar de una sola
ojeada lo que solía esconder en muchas páginas de su secreto diario.
Quién sabe si desde aquellos mismos pinos estaría
escuchando como en casa, acechando mientras se vestía o en el cuarto de baño.
De pronto se los imaginó frente a frente, disputándose sus labios, la doble
tentación de sus tibias coronas recién nacidas a la luz o su pequeño bosque
bajo el vientre apenas brotado, antes que la voz del claxon la devolviera a la
realidad, con Pablo a su lado tendiéndole en la oscuridad la mano.
—Ya está lista la rueda. Vamos.
Así su amor siguió hasta que cierta noche, a la vuelta del
hospital, sucedió lo que temía. En el portal esperaba el hermano.
—¿Qué hacéis a estas horas los dos?
—Ya lo ves. —Pablo se encogió de hombros.
—Pues por si no lo sabes, es la última vez.
—¿Por qué?
—Porque nos conocemos.
—Pero cálmate un poco. ¿Qué tiene esto que ver? Somos
mayores, ¿no?
Marta lloraba y a la vez reía entre los dos. Cuando el
hermano desapareció, se preguntó a sí misma en alta voz:
—Pero ¿a qué viene todo esto?
—Yo qué sé —respondió Pablo—. ¡Con tal que no le vaya con
el cuento a tu padre!
En el portal se despidieron con un beso rápido que a Marta
le supo a poco por primera vez, como un viento dolorido y lejano.
IV
A MARIO LO CONOCÍA desde niña, a la vez presente y lejano,
siempre enseñando a todos aquellas fotos con su media familia veneciana de la
que tanto presumía. Colaboraba en la prensa del frente y fue de los primeros en
trabar amistad con los recién llegados voluntarios italianos.
Como a todos, costaba trabajo reconocerlo con su nuevo
uniforme en uno de aquellos bailes que el casino organizaba para buscar
recursos con que dotar a la tropa de capotes y mantas.
Ya el invierno venía en el aliento de los pinos, en
tímidas nevadas que aun sin llegar a cuajar echaban por tierra aquella primera
ilusión de un frente liquidado en pocos días. En un rincón entre banderas
polvorientas, al amparo de cortinas, sobre una rústica tarima que conoció
tiempos mejores, una orquesta de viejos maestros procuraba no desafinar a la
hora de llevar el compás de los jóvenes. Bebidas inocentes iban de mesa en
mesa, torpemente servidas, en tanto cerca de la pista cruzaban uniformes de todos
los colores.
Cuando el hermano se empeñó en presentarlos, Mario
murmuró:
—Ya nos conocemos.
—¿Tú y Marta? ¿De qué?
Marta se echó a reír.
—¿De qué va a ser? De aquí.
—Pues la verdad, no me acordaba. Para que luego digan de
estos días. Si no fuera por ellos, se perdía para siempre a los buenos amigos.
Se le notaba más tranquilo y alegre, sin la sombra de
Pablo rondando en torno a aquella pista, sobre la que la orquesta dejaba caer
un acorde final anunciando la inmediata despedida.
—¿Qué despedida ni qué gaitas? —clamaba en la calle el
hermano, haciendo frente a un viento helado que echaba por tierra las postreras
hojas—. De noche se vive, mañana Dios dirá.
—Tienes razón —repuso Mario, y, vacilantes como su misma
voz, iniciaron un camino de bares más o menos abiertos, quizás recuerdo de los
tiempos de Pablo.
Ahora lo mencionaba tan sólo de pasada como si aquel
tiempo, el hospital o cualquier otro motivo hubiera trazado una raya
infranqueable entre los dos.
En algo sí tenía razón: en que una vez el casino cerrado,
la fiesta proseguía. Ya no era aquella la ciudad tranquila de los primeros
meses cuando todos temían un desenlace trágico inmediato. El mismo padre, a
pesar de las advertencias del hijo, quedó mudo y altivo, más encerrado que
antes. Un huracán de emblemas y banderas dejó su huella inmarchitable sobre
ventanas y azoteas, asomando al recio balcón corrido de la casa consistorial
ante la que una avalancha de brazos tendidos señalaba nuevas victorias en los
frentes vecinos. Marta lo interpretaba de otro modo, cada vez que, desde el
hospital a casa, se tropezaba con columnas de tropas a la sombra de nuevos
camiones, veteranos vivos tan sólo en el temblor del cigarrillo, ojos cegados
por vendajes y gasas, caminando sonámbulos o tomando el sol en pasillos y
patios. Y sobre sus cabezas, extendiendo su rigor y amparo por toda la ciudad,
el mismo rostro de alquitrán en cada piedra o muro dando fe de las razones de
la guerra. Marta apenas se fijaba en ellos; Mario sí, comparándolos con otros
más altivos y remotos, sacados de fotografías que llenaban la redacción volante
en la que por entonces trabajaba.
Marta se preguntaba en ocasiones por qué todo aquel
remolino, donde amor y dolor caminaban del brazo bajo un mismo sol, la asustaba
tanto cuando en el hospital lo tenía más cercano, a diario. Quizás el recuerdo
de Pablo la hiciera temblar más que la otra luz eterna del quirófano blanco,
que aquellas calles y soportales animados de sombras a la noche, de citas y
adioses, de promesas que nadie en su interior sabía si llegaría a cumplir, de
un murmurar de cuerpos confundidos que a Mario, a ratos, hacía sonreír.
—Ahora a casa, a dormir cada cual en su cama.
—¿Adónde van a ir? —murmuraba el hermano.
Y a Marta entonces le venían a la memoria aquellas colas
de soldados en los barrios vedados, siempre liando un cigarrillo que a veces se
consumía entero antes de que corriera el turno más allá de las empinadas
escaleras. Gorros tradicionales, boinas que fueron rojas y turbantes se fundían
allí para buscar más tarde remedio en el hospital, aguantando sondas capaces de
vaciar entero a un hombre.
Luego el temor de contagiarse, de sentir sobre sí aquella
enfermedad que apuntaba desde cerrados caserones, refugio y purgatorio de otras
mujeres a las que el hambre, la miseria, los hijos, empujaban bajo la dura
disciplina del ama.
Ni siquiera cuando el frente se alborotó unas cuantas
tardes y un rumor nuevo nació entre las nubes, temió tanto junto a las
compañeras, camino del sótano.
—Vienen por nosotras —murmuraban tras cada estampido.
—No ha sido aquí; ha sido en las afueras.
—¿Qué más da? Total dos pasos.
Y en el coro de constantes oraciones siempre una voz se
alzaba:
—Dicen que no respetan ni los hospitales.
—Este tiene la cruz pintada en el tejado.
—¡Ojalá que no acierten! Pero la catedral bien a la vista
está.
—Dios quiera que esta vez fallen también.
En tanto aquel rumor iba y venía sobre la ciudad, surgían
ráfagas de disparos desde campos baldíos y cerros apretados, incluso desde el
camino que llevaba a los pies del rústico calvario.
—Esos son nuestros —respiraban al fin los sanitarios—.
Veremos quién se lleva el gato al agua. Esos que suenan son los italianos.
El rumor pareció alejarse definitivamente; ya dejaban el
sótano cuando el suelo retumbó por tres veces como en una despedida solemne.
—Ahora ha debido de ser en la plaza mayor explicó un
sanitario.
—Más allá; en la muralla. En la plaza sonaría de otro
modo, más cerca.
Marta se abrió paso, escaleras arriba, entre los dos,
poniendo fin a sus cálculos.
—Tenga cuidado, señorita, que ésos vuelven —recomendó uno
de ellos—. Esos no quieren irse de vacío.
Pero Marta no le escuchó mientras corría camino de la
casa. Cuando por fin la distinguió a lo lejos, tras el jardín, dormido como
siempre, sin rastro de destrozos o humo en torno, no fue capaz de contener un
amago de lágrimas. Había algo de testimonio vivo bajo aquellos tejados pardos
ya por el tiempo, tras las madreselvas de troncos retorcidos, bajo aquella
sombra a la que ahora se abrazaba apenas cruzado el umbral del zaguán.
Viendo el jardín invicto y la muralla rota un poco más
abajo, en sus rudos bastiones, Marta se decía que, con sólo equivocarse un
poco, aquel rumor del cielo hubiera puesto fin a una historia que, tras los
días primeros, tal vez se prolongaba demasiado.
Mas su preocupación sólo duraba unos instantes, justo lo
que tardaban en llegar las primeras visitas tras Sonsoles y Carmen.
—Nos dijeron que estabais todos en el hospital.
—Todos no. Yo sí; como todos los días.
—Todavía tienes ganas de bromas.
—¿Y qué queréis que diga? Ya pasó. Lo que falta es que no
se repita.
—Dicen que esas tres bombas sacaron al aire un montón de
esqueletos.
—No serán de esta guerra.
—Vete a saber; puede que de alguna otra. A fin de cuentas,
también antes enterraban en la catedral.
—Es distinto; allí sólo hay gente noble. No hay más que
ver los escudos que tienen los sepulcros.
El círculo otra vez se repetía más denso y apretado en las
voces, en la presencia de los chicos venidos desde la orilla frontera a
comprobar la ruina de los cubos, en busca de pedazos de metralla.
Cada vez que alguno se alzaba con su negro trofeo, reunía
en torno un silencio de voces admiradas, aún más profundo ante la llegada de un
oficial dispuesto a borrar aquel juicio final de adobes, tibias y calaveras
rotas.
Cuando el padre lo supo, dejó libros y casa por primera
vez, empeñado en ver de cerca lo que ya todos conocían.
—Me han dicho que lo van a vallar.
—Mejor será —replicó Marta—. Por lo menos así descansarán
esos huesos. Andan los chicos revolviéndolos todo el día como si fueran a
encontrar un tesoro.
Aunque se resistiera en un principio, fue preciso
acompañarle paso a paso por el camino paralelo al río, mecido por la presencia
altiva de los álamos. Según iban salvando repechos, acequias escondidas, raíces
pulidas por el hielo, apenas necesitaba descansar; algo desde aquella muralla
le llamaba hacia aquella tierra removida aún. Allí, ante aquel aluvión de
cascotes recién devueltos a la luz, quedó mirando largo rato, leyendo lápidas
borrosas, inscripciones borradas por la lluvia y la nieve, hasta ponerse el
sol.
—Anda, vámonos.
Y por el mismo sendero, quizás sobre sus mismos pasos,
bajo la escasa luz clavada en cada esquina, volvieron a casa para encontrar en
el buzón del portal un papel en el que se le citaba para el día siguiente.
—Lo trajo uno de uniforme, no hace ni un cuarto de hora
—explicó el portero—. Si llega usted un poco antes, se tropieza con él.
—¿Qué querrán esta vez?
—Que me presente, como siempre —respondió el padre tras
rasgar el sobre.
—Que te presentes ¿para qué?
—Lo mismo me pregunto yo. Supongo que para tenernos
controlados.
—¿Controlarte a tus años?
Volvió a la noche más irritado que en otras ocasiones.
—¿Qué querían por fin? —preguntó Marta, inquieta.
—Saber si estaba todavía aquí. Luego, cuando supieron que
tu hermano anda en el frente y tú en el hospital, me dejaron salir.
—¡Qué ganas de perder el tiempo!
—No lo tomes a broma, muchos por menos acabaron peor.
Había en sus palabras un furor apagado y altivo, un desdén
por sí mismo ciego y secreto ante aquel nuevo plazo de libertad ganado a costa
de sus hijos.
Luego, a la noche, aquel rencor particular se fue apagando
cuando en la cárcel vecina volvieron a sonar aquellas salvas de disparos,
seguidas del rumor de los motores rumbo a remotos cementerios comunes,
seguramente parecidos al que la guerra había descubierto, perdido durante
tantos años entre la muralla y el río.
V
MARTA PASO EN VELA casi toda la noche. Aquel viejo
cementerio con sus huesos rotos, el recuerdo del padre, los disparos en el
patio de la cárcel confundían sus horas con los de la vecina catedral. A ratos
un solitario resplandor se abría paso en la carretera, a orillas del río, allá
en el hospital donde era preciso hacer a veces alguna guardia especial.
A medio camino, nunca faltaba la eterna pregunta del
chofer:
—¿No le da miedo andar sola por ahí a estas horas?
—Es como todo: acostumbrarse.
—Mire que si de pronto sale alguno —reía a medias al
volante.
—¿Algún qué?
—No sé. Alguno de esos moros. En estos tiempos nunca se
sabe.
Seguramente el chofer hubiera sido de buena gana aquel
fantasma con el que amenazaba. Se le notaba en sus ojos furtivos cada vez que
los faros del coche se iban abriendo paso paralelos a las hoces del río. Se
imaginó al muchacho en una de aquellas siniestras colas de los barrios
prohibidos, fumando su cigarro al sol, esperando, ya con su mal a cuestas,
huésped del hospital y sus curas temibles. Y viendo desfilar las siluetas
negras de los álamos, murmuró a su oído:
—Me parece que tienes tú tanto miedo como yo.
El muchacho callaba, tal vez imaginándola en sus brazos,
en el asiento trasero, que ya la madrugada iluminaba. Debía de creer como todos
que las mujeres estaban obligadas a pagar un tributo especial de guerra.
Los hombres bastante tenían con morir en el frente.
Las mujeres —salvo un núcleo apretado de familias— siempre
la perderían donde quiera que fuese, a un lado y otro, en hijos y parientes o a
solas en el lecho del río.
En ocasiones, de vuelta a casa, Marta descubría, antes de
que la ciudad despertara, pies desnudos con las medias rotas, vestidos
desgarrados, carne abierta de par en par entre matas de zarzas, con algún perro
tempranero husmeando en torno.
—Es la vida —murmuraba el conductor de turno, acelerando—.
Cuanto antes esto acabe, antes lo olvidaremos. Aunque, según tengo entendido,
va para largo.
Una noche de aquellas la llevó el mismo Pablo al hospital.
—Oye, tengo un trabajo para ti —titubeó un instante—. Si
es que quieres acompañarme, claro.
—Desde luego que voy. ¿De qué se trata?
—Ya lo sabrás, tranquila.
Pero era él quien no acertaba a medir sus palabras.
Se le notaba preocupado y, cosa rara, llevaba su viejo
maletín de mano.
—¿A qué viene tanto secreto?
—Si te lo digo te vas a echar atrás.
—Hasta ahora —murmuró molesta—, no dirás que me has visto
volver nunca la cara.
—No, mujer; tienes razón. Es que se trata de algo
especial. Sólo un momento y te devuelvo a casa.
El tiempo se prolongaba más allá del agua, al otro lado de
un puente de madera que parecía a punto de ceder, ante una iglesia de ladrillo
y cal donde el coche por fin se detuvo.
—¿Es aquí?
—Ya puedes bajar.
—Yo creí que se trataba de algo en el hospital.
Una mujer ya de edad y gesto amargo los esperaba con un
manojo de llaves en la mano. Apenas movió los labios. Sólo con un ademán los
invitó a seguirla a lo largo de patios y celdas. Marta vio pocos hombres en
ellas según avanzaban hacia las salas del fondo, cubiertas por un montón de
viejas colchonetas. Sobre ellas o en el suelo desnudo un haz de rostros se levantó
asustado.
—El director quiere saber cuáles están embarazadas y
cuáles no —murmuró la guardiana.
—Eso va a ser difícil. Si las llevara al hospital
—respondió Pablo— se lo podría decir con más seguridad.
—De todos modos usted sabrá lo que hace. En sus manos
están.
—¿Quieres decir que las van a fusilar?
Pablo, buscando inútilmente un cigarro, intentó proseguir:
—Las únicas que quizás se salven son las que llevan dentro
el crío, y eso hasta que den a luz.
Ahora el terror de aquellos ojos sobre paja y baldosas,
dentro del coche, se multiplicaba.
—Son cosas de la guerra —murmuraba como todos, como si el
eco de sus palabras fuera capaz de borrar tales recuerdos a la noche. A ella le
servían de poco.
—Te voy a dar unas pastillas, pero no te acostumbres
—prometió Pablo un día, y volvió del botiquín con un puñado de rosadas grageas.
En un principio fueron como un buen amante del que echar
mano cada vez que, rechazada por el sueño, despertaba rendida. Necesitaba
entonces olvidar, acabar con aquellos pasillos y rincones que el rumor del
reloj, cualquier otro sonido, hacían presentes, un tiempo que parecía alzarse
apenas ponía el pie en el zaguán.
A veces amanecía capaz de amar, de perdonarse, de entender
el lado bueno de las cosas. Sentía justificada su ansiedad, pero al día
siguiente volvía a caer en un mar de depresiones que la sorprendía llorando sin
razón aparente.
Pablo entonces la sacó adelante más con amor que con su
ciencia escasa o, por mejor decirlo, la puso a flote, no sólo con su presencia
sino prohibiendo aquella misma cura que él mismo un día le había recetado. Sólo
esperando su diaria visita fue capaz de mantenerse en pie a pesar de la fiebre,
de horas en las que el recio sonar de la vecina catedral era su ayuda y
compañía, pobladas de sueños donde el padre y la madre hacían el amor a
escondidas al otro lado de la puerta, lo mismo que en el jardín los gatos.
—Todo eso pasará —la animaba Pablo, fundiendo en sus manos
sus dedos negros de yodo y nicotina.
Dentro de una semana estarás como nueva.
—¿Podré volver al hospital?
—Eso ya se verá —respondía sin comprender del todo la
razón de su mal—. Lo que hace falta es levantarte cuanto antes.
Y ella a su vez, intentando no decepcionarle, prometía
seguir fielmente sus consejos: pasear, comer, no volver a tomar nada que no
viniera de sus manos. Día tras día, visita tras visita, fue olvidándose de sí
para pensar en él; su corazón dejó de acelerar el paso y una mañana se despertó
en el espejo de la alcoba como recién salida de un remoto sueño. Ni siquiera su
rostro marchito la asustó, ni aquella flor sombría de sus labios morados, todo
en ella parecía dispuesto a renacer camino de aquel hospital, por el sendero al
sol un día convertido en cauce desolado.
VI
LA LLUVIA DURO MESES enteros aquel año. De mañana, el
camino hasta el hospital era un espejo encendido de cien soles, reflejo de la
nieve que aún coronaba los rincones al norte de los pardos tejados.
Quizás por ello el laberinto de trincheras apenas se movió
en lo alto; creció en sacos de tierra y casamatas grises a cuyas troneras se
asomaban bocas de fuego silenciosas. Nuevos partes de guerra señalaban vagas
victorias que el padre desmentía pero que reunían en la plaza mayor un
torbellino de paisanos, refugiados en su mayoría. Aquellos hombres, algunos
jubilados ya, sus mujeres, uniformes de distinto corte junto a banderas y
altavoces, abarrotaban aceras y calzadas ante la casa consistorial donde ondeaba
su bandera prometiendo un retorno inmediato a la capital, final de un viaje sin
sentido por comedores de caridad. Por unos instantes, mientras los himnos de
rigor retumbaban en el aire, respondiendo al clamor de las campanas, se
olvidaba cualquier nostalgia o miedo, los trajes raídos, arreglados con tesón y
maña, y algún que otro carnet escondido por si el curso de la guerra cambiaba.
El casino y la catedral abrían sus puertas de par en par y en el mismo hospital
enfermeras y heridos se apiñaban junto a la radio encendida en el cuerpo de
guardia.
—¿Qué cayó hoy? —solía preguntar Pablo por la noche.
Y cuando Marta daba el nombre de la ciudad tomada, tantas
veces repetido a lo largo del día, solía murmurar:
—Antes de Navidad, todos a casa.
No comprendía que ese final, anunciado semana tras semana,
para Marta suponía un paso atrás, un volver a la vida anterior y, sobre todo,
renunciar a sus noches de guardia. Pues el hospital, ]a ciudad entera con su
eterno tremolar de banderas, no era nada para ella; sus dudas y esperanzas no
alcanzaban más allá de aquellas horas solitarias, vecinas del rendir cuentas a
la muerte que para algunos ya amanecía agazapada. Juntos, unidos, lejos de los
demás sanitarios y familias, de médicos y hermanas, se deslizaban a lo largo de
aquellas mismas salas que conoció de adolescente. Ahora faltaban Sonsoles y
Carmen, aquella sor en alerta perpetua, o la superiora, lejana tras los
cristales de sus gafas, transformadas en rimeros de sábanas, en cubos de
sangrientos algodones, rebosando vendas y gasas, en perpetuas llamadas
invocando nombres hasta volver oscuras las gargantas.
A veces sólo un vistazo para cubrir el rostro y dejar la
cama libre; otras era preciso palpar cabeza y torso donde la muerte iba
haciendo su nido; luego una taza de café y un rato de charla en el antiguo
cuarto de la superiora, ahora colmado de archivos y frascos.
—¿Y tú qué piensas hacer? —solía preguntar Pablo.
—¿Cuándo?
—Cuando esto acabe. Supongo que os darán un diploma, un
certificado, algo.
—¿Y para qué lo quiero? ¿Para volver a cuidar a la
familia?
—¿Qué hay de malo en volver? Hasta ahora no te fue tan
mal.
—Ni tan bien tampoco.
En realidad, mentía. Pablo tenía razón. Le gustaba
compadecerse de sí misma, sobre todo cuando hablaba con él de un futuro que no
acertaba a imaginar.
—¿Y en esta santa casa? —preguntaba con su media sonrisa,
apurando de golpe el café de la taza.
—¿Aquí? —le miró casi ofendida.
—¿Por qué no?
—Porque en un hospital una mujer es poca cosa.
—Tú lo que tienes son demasiadas pretensiones.
—Lo que no quiero es acabar de comadrona.
—Mujer; no todo va a ser siempre empujar críos al mundo.
—¿Cómo va a ser, entonces?
—¿El qué? ¿Tu porvenir?
—La vida en general.
De pronto parecían descubrirse de niños en el jardín de
Marta, acechándose entre hierbas y lirios.
—De todos modos, el tiempo siempre acaba decidiendo.
Pero el tiempo no decidió gran cosa aquella noche y tantas
otras cargadas de palabras y rutina, de recuerdos velados y sonrisas a medias.
Quizás los dos se conocían demasiado, puede que aquella infancia en común los
hermanara ahora haciéndolos más tímidos y castos. Y sin embargo fue aquella
misma infancia la que, noche tras noche, acabó con su silencio,
sorprendiéndolos más allá de sus labios, que fundió en una las dos bocas.
—Cierra la puerta por lo menos.
Y cuando Pablo volvió, el lecho diminuto de las velas
nocturnas pareció transformarse bajo sus manos sabias, acostumbradas a romper,
herir, aceptadas sin luchar demasiado. Tan sólo herida ya, protestó:
—Eso no.
Pero era como en el jardín de sus sueños perdidos, un
batallar por algo ya concedido de antemano, sentirlo derramarse bajo su corazón
de tibios jaramagos.
Sobre la mesa de la superiora la luz del cielo ya venía
alzando vagos rumores de pasillos.
—¿Tú crees que sabrán algo?
Pablo se la quedó mirando y, tras abrir la puerta,
murmuro:
—Qué cosas se te ocurren ahora. No pienses más en ello.
Ahora mismo nos vamos.
A su lado, segura y dolorida, volvió a casa para esperar
en vano el sueño que sólo acudió ya bien entrada la mañana.
El camino del hospital se hizo de pronto menos hostil, más
llano. Ya no tenía aquellos ojos acechando bajo sucios turbantes, ni la eterna
mirada del padre, ni las de tantas otras compañeras, sanitarios y chóferes
adivinando su secreto a voces. Ahora nada importaba salvo aquellas noches en
que su amor crecía, más allá del clamor de los heridos que aquella guerra tan
puntual enviaba quizás para hacer viva su presencia. Su amor se alzaba firme y
callado como el mismo Pablo, de día rendido, de noche agazapado tras su taza de
café, soñando.
Así un nuevo verano vino a cumplirse. Cayó de pronto sobre
la ciudad como alud de gorriones volviendo mudas sus murallas y calles. Incluso
el hospital parecía más silencioso que antes.
—Te invito a comer —dijo Pablo un día.
—¿Por qué? ¿Qué celebramos?
—Nada en particular.
Mirándole a los ojos se preguntaba qué estaría pensando.
Si algún día se cansaría de ella.
—¿Por qué voy a cansarme?, di.
—Tú sabrás. Tú sabes más que yo de estas cosas.
Pues según el verano avanzaba, su pasión la envolvía aun a
costa de Pablo, a quien el tiempo vacío consumía. Era preciso alzarlo de sus
propias cenizas, de su tedio que puntual le aguardaba en el patio desierto, en
las camas alerta, cerradas en su mayoría. Aquella guerra en su principio
hostil, ahora más generosa, parecía reducirlos a su justa medida.
—¿Tu hermano no dice nada?
—Al menos, si se lo imagina, se lo calla. Y mi padre lo
mismo. A veces me pregunta cómo van las cosas.
—Con el tiempo alguno se lo contará.
—¿Qué más da? Siempre dicen lo mismo de los hospitales.
Sobre todo con la guerra por medio.
Quizás Pablo viera amenazas por todas partes, pero al
menos en algo llevaba la razón. El tiempo decidió a la postre y una mañana el
patio amaneció repleto de ambulancias. Quiso saber por qué cuando arriba en el
monte trincheras y pinos seguían mudos como de costumbre.
—No lo sé —replicó la compañera—. Dicen que han roto el
frente de Madrid. Se llevaron a unos cuantos anoche para montar otra unidad.
—¿Te acuerdas dónde?
—No tengo la menor idea —la compañera se encogió de
hombros antes de despedirse apresurada—. Me lo dijeron pero se me olvidó. Mejor
pregunta a alguno de los choferes.
Fue preciso abrirse paso entre un corro de rostros
dormidos, de ojos rojizos y cigarros.
—Ahora no quieren enfermeras.
No quiso insistir. Pablo sabría la verdad que quizás
rozaba de cerca al hermano, al padre, al destino de toda la ciudad.
Pero Pablo no apareció. El tiempo había decidido.
Seguramente se hallaba cerca de aquel pueblo sin nombre,
taponando heridas, quién sabe si muerto o herido a su vez. Fue inútil intentar
seguir tras él. Los conductores se negaban una y otra vez.
—Si por mí fuera, la llevaba, señorita, pero órdenes son
órdenes.
—Es algo urgente, por favor.
—Hable usted con el jefe de sección.
Tan sólo consiguió promesas. Aquel jefe, más amable y
distante le aseguró que en cuanto el frente se asentara él mismo pasaría a
avisarla.
—Aunque espero —concluyó— que tenga noticias antes.
Era preciso no precipitarse buscando una razón a aquella
huida de Pablo sin una carta, un recado, una llamada, como temiendo volver la
mirada hacia atrás.
Dejó de revisar el correo en el hospital; sólo un vistazo
le era suficiente para correr a casa y comprobar que allí también el buzón
seguía vacío, al contrario que las ambulancias llegadas, hora tras hora, desde
el frente. Aquella carne azul y roja, mal cubierta con mantas para alejar la
amenaza de las moscas, fue invadiendo de nuevo los pasillos y camas. A lo largo
de una semana otra vez cuñas, llamadas y quejidos, volvieron a llenar las
noches; luego aquel ciego río pareció ceder en una breve pausa.
VII
ENTONCES RECIBIÓ su esperado mensaje. No de Pablo, sino
del hospital. Aquella misma noche partió junto a un puñado de adustas
compañeras capaces de adivinar en cada resplandor del horizonte una aldea, un
caserío desierto o el disparo de un mortero enemigo. Sus ojos se abrían paso en
las tinieblas, más allá de los cristales; la más veterana sacó un paquete de
cigarrillos rubios que ofreció a las otras y, tras encender uno, cerró los ojos
reposando la cabeza sobre la piel malherida del coche. Era de las mayores;
Marta la recordaba bien porque en el hospital fue la primera que se empeñó en
llamarla «peque» «peque», pinzas, algodón, tensión, llama al médico de guardia.
Todo aquello iba quedando atrás, en las tinieblas que poco a poco se
estrechaban en curvas, en mezquinos taludes por donde un mar de rocas asomaba.
De improviso se encontró fuera del auto, navegando a solas
por aquel valle de granito, devolviendo aquel maldito desayuno que nada más
arrancar se revolvía en su interior.
—Eso pasa por viajar con el estómago vacío —murmuró una
voz.
Bajo la luz opaca de la luna, el coche, inmóvil junto a la
cuneta, parecía un mensajero hostil dispuesto a herirla donde más temía, donde
las otras tal vez adivinaban, pues cuando, casi a rastras, consiguió volver a
su asiento, un silencio total la envolvió apagando incluso el cigarrillo de la
veterana.
Amanecía sobre un campo nuevo, sobre páramos cubiertos de
carrascas y encinas. Cruzaron ante otro coche detenido. Mulos cargados de sueño
y polvo iban quedando atrás, empujados al borde de la carretera por un alud de
camiones, cada cual con su pesado cañón apuntando a las estrellas.
Poco después, de improviso también, vieron al chofer
revolverse en su asiento y echar mano a la palanca del freno.
—¿Qué pasa? —preguntó la veterana.
El hombre no respondió, atento sólo a un fragor que venía
de lejos.
—¡Vamos! ¡Fuera! ¡Todas a tierra; a la cuneta!
Cuando aquel vendaval de piernas y capas se echó
disciplinado sobre cardos y grava, una oscura constelación de sombras fue a
perderse en el cielo casi rozando las huellas de la caravana.
—¡Gracias a que eran nuestros! —clamó el conductor
sacudiéndose el polvo—. Si no, aquí nos quedamos.
Un rosario de explosiones dio razón a lo lejos a sus
palabras mientras el tráfico crecía en turbantes, legionarios y soldados del
color de la tierra a los que el sol comenzaba a mojar las espaldas. Los campos
sin sombra vibraban entre cauces secos según iban avanzando, máscaras de sudor
y polvo se abrían sobre bruñidas cantimploras. Las vaguadas ardían, y cuando al
fin aparecieron, las primeras casas, murmuró el conductor:
—Menos mal. Ya llegamos.
Vino luego un puñado de muros junto a la iglesia enorme a
cuya sombra iba y venía un mar de cruces rojas. Dentro, sobre camillas y
colchones, nuevos ojos se abrían hacia el cielo, mientras al fondo, contra la
pared, un par de cirujanos luchaban sobre aquellos despojos que a pesar del
calor temblaban como sauces rotos.
—Tú quédate aquí, ahora —ordenó a Marta la veterana—.
Cualquier cosa que pidan me lo dices. Yo estoy fuera repartiendo a las otras.
Fue preciso esperar antes de preguntar por Pablo.
Aquellos sanitarios sacados de otros hospitales no le
conocían; sólo al fin uno respondió:
—Hace días estuvo por aquí. No sé dónde andará ahora. Han
montado muchos puestos como éste.
De nuevo aquella angustia cada vez que la puerta se
oscurecía con la llegada de una camilla más. La veterana iba distribuyendo en
el umbral aquellos restos de vida, ordenándolos según su gravedad o
devolviéndolos al sol tras un examen superficial y rápido. Por todas partes
sangre, sobre muros que un día fueron blancos, a lo largo de rústicos altares,
bañando el suelo de baldosas. Fue entonces cuando aquella náusea temida,
dominada, volvió a alzarse dando con ella en tierra.
Un sanitario se apresuró a ayudarla.
—No es nada; es el calor.
—Sálgase un poco afuera. Allí estará mejor.
Sin embargo aquellas batas rojas de los cirujanos, las
cuñas negras con su hedor insoportable, aquel continuo lamentarse, la
perseguían afuera también. Todo aquel trasiego de cadáveres era distinto que
allá en el hospital a la sombra de Pablo y las demás compañeras. Le pareció
llevar ahora en su vientre algo vivo entre tantos despojos donde la vida no
volvería jamás.
Nuevas cadenas de explosiones, cada vez más cercanas, se
sumaban al fuego de la luz; una nube de moscas y tropas se mantenía inmóvil
sobre el pilón vacío de la fuente buscando algún rincón donde posar la boca. El
mundo se borraba de nuevo en su interior cuando una sombra amiga vino a posarse
sobre sus espaldas. Era la veterana.
—¿Qué tal? ¿Cómo te encuentras? —preguntó con una punta de
ironía—. ¿Mala otra vez?
—Ya se me va pasando.
—¿Por qué no vas a casa del alcalde? Allí no hay nadie. Te
tumbas y esperas hasta que estés mejor. De lo demás me encargo yo.
Era como si aquella guerra no la tocara, ni la rozara
siquiera, repartiendo, rezumando seguridad en torno, más allá de sus tranquilas
órdenes.
—Vamos, ¿qué esperas?
—Ya se me pasará.
—Mira, hija; aquí nos sobran heroínas. Para eso están los
hombres; de modo que no te hagas la valiente ahora.
No quedó más remedio que ceder. Desde el colchón de paja,
entre restos de lo que un día fue alcoba, podía escuchar ráfagas de disparos,
mezcladas con órdenes en las que siempre creía reconocer la voz de Pablo.
Intentó levantarse, frenar el cuarto en torno a sí,
asomarse al balcón sobre la plaza. Fuera, en el cielo, un nuevo vendaval de
oscuros pájaros avanzaba tronando, vomitando sobre los matorrales su carga de
reflejos acerados. En un instante la explanada ante la iglesia quedó cruda,
desnuda, imagen de la muerte, batida por un estrépito de muros que iban cayendo
a tierra.
Y al pie de los escombros reconoció de pronto a Mario
haciendo fotos a un grupo de soldados. Bajó como pudo la escalera y, ya junto a
la iglesia, le alcanzó:
—¿Qué haces aquí?
Se la quedó mirando cegado aún por la pasada tolvanera.
Luego, mostrándole su negra máquina, respondió en tanto se afanaba por cambiar
el carrete.
—Ya ves; trabajar si me dejan —aguzó el oído como temiendo
una lejana respuesta—. ¿Trajeron a tu hermano también?
—No lo sé. Acabo de llegar esta mañana.
—Ya. Dejaron medio hospital vacío.
A Marta le pareció distinto ahora, lejos del casino
vestido de polvo y sudor, con aquella absurda máquina.
De todos modos bajó la voz al preguntar:
—¿Tan mal andan las cosas?
Y Mario miró en torno, aunque esta vez los disparos
llegaban desde el horizonte.
—Ni ellos mismos lo saben.
Ante la iglesia convertida en hospital, ambos se
detuvieron.
—¿Es aquí donde estás?
Nuevas fotos y un apretón de manos.
—Hasta la vista y cuídate. Estás más delgada.
—Será el trabajo —trató de sonreír.
—Eso debe de ser.
Tampoco él parecía demasiado seguro bajo aquel sol capaz
de avasallar muros y plantas.
—¿Hasta la vista, entonces?
—Hasta siempre.
VIII
ANTES DE QUE LA GUERRA comenzara, cada vez que el hermano
tardaba en regresar a casa, el padre a duras penas conseguía dormir. Marta
solía hallarle en los pasillos o con la eterna radio encendida a su lado.
—¿Ha vuelto? —preguntaba, inquieto.
—Me parece que no.
—¿Estás segura? ¿Dónde andará a estas horas?
—¿Dónde quieres que esté? Con los amigos.
—Un día volverá con la cabeza rota.
A Marta tales retornos no la preocupaban tanto como su
nueva camisa y sus negras botas, que el mismo padre criticaba, aunque más
tarde, ante sus pocos amigos, defendiera al hijo.
—Son cosas de la edad, de los tiempos que corren. Ya se le
pasará.
—Mejor que no —murmuró un compañero de tertulia—. Tal como
van las cosas a lo mejor el remedio está en manos de los jóvenes.
—No es ésa mi opinión.
—Puede que un día su hijo se la recuerde.
El padre, confundido, callaba en su sillón, viendo pasar
más allá de cortinas y cristales un tiempo que no llegaba a entender ni
siquiera a través de los partes diarios.
—¿Para qué escuchas esas radios? —protestaba el hijo—. Lo
que necesitamos es hacer más y razonar menos.
—¿Hacer qué?
—Por lo pronto, cortar las alas a unos cuantos.
¿Tengo o no tengo razón?
—Tú sabrás.
Marta también sabía que a la noche, en el último tren de
Madrid, llegaban nuevos amigos del hermano, dispuestos como él a sacar a la
ciudad de su eterno letargo. Mas seguía aferrada a su jardín amigo, prolongado
a la tarde en sesiones de cine inevitables. En el vestíbulo dorado, disfrazado
de negro y blanco como la nueva moda, se demoraban todas en hostiles vistazos y
comentarios antes de que los timbres anunciaran el comienzo de la sesión.
Luego, en la oscuridad, se dejaban llevar por historias repetidas siempre, por
actores con que soñar, amar, inventar fantasías, comparándolos con los amigos
de su edad. La salida era el mejor momento para pasar revista a todos, aquellos
que como Mario o el mismo Pablo se acercaban envueltos en el humo azulado de
sus cigarrillos.
—¿Dónde vais este año?
—Al mar, a casa de mis tíos. ¿Y vosotras?
—Como siempre, a la finca, me parece. Mi padre no quiere
oír hablar de salir desde que estuvo malo.
—Sí que habéis tenido mala suerte.
Vagos desdenes, patéticas llamadas cruzaban por el aire
cargadas de mensajes en tanto la fachada iba quedando en sombras. Aún se
escuchaba una voz postrera preguntando:
—¿Sabéis cómo se llevan este verano los trajes de baño?
Y la privilegiada dejaba descender la mano, a medias entre
la cintura y la rodilla.
Fue en uno de aquellos retornos cuando supo que aquel
verano no saldrían ni siquiera a la finca.
—¿Por qué?
—Están las cosas revueltas en Madrid —respondió el padre—.
Veremos cómo acaban aquí.
Así empezó la guerra para ella, aquella noche hostil
cargada ahora de nuevos rumores en el cielo con la llegada de los aviadores.
Fue preciso encender hogueras para indicar dónde debían
aterrizar, desde donde partir para sembrar su carga más allá del laberinto de
trincheras. Sacos de tierra, grandes vigas de establos y corrales saltaban por
los aires a ambos lados, revueltos con oscuros brazos, compañeros de rostros
que nunca más verían aquel sol arrebatados por un aluvión de coches y
ambulancias, camino del hospital de urgencia.
En tanto se acercaba el médico, se convirtió en rutina
pasar revista a los heridos, tratando de adivinar el destino venidero.
—Estos son los que llegaron hoy. Los de ayer eran todos
regulares.
—Dicen que han roto el frente.
—Tonterías. Los legionarios saben batirse el cobre como
nadie.
—Y los de enfrente, ¿qué?
—Esos también, pero no vayas a soltarlo por ahí.
—A éstos se ve que los cazaron de pardillos.
—Cállate; ahí viene el oficial.
—Dicen que no hay reservas, que van a dar orden de echar
para atrás.
—¿Quieres callarte? Eso esta noche se verá.
Miraban las estrellas como intentando huir de la miseria y
el polvo para al final cuadrarse torpemente.
—¿Hay muchos hoy? —preguntó el cirujano.
—Los de siempre, mi capitán. Alguno ya no le necesita.
—Le veremos la cara por lo menos.
Viéndole entrar, Marta y la veterana prepararon la mesa
improvisada de operaciones.
—¿No hay nadie aquí para echar una mano?
—Están montando otro puesto de socorro un poco más arriba.
El que había, anoche lo volaron.
Todo el día se lo pasó Marta en busca de noticias, desde
las camas a los lavaderos, cargando ropa y medicinas, con el oído atento, bajo
el eterno zumbido de las moscas. Ya no se contentaba con hundir solamente la
mirada en aquellos montones de tierra roja, acribillada, sobre rostros
anónimos, en busca siempre de una blanca mancha. Era necio, se decía, buscar a
Pablo entre aquellas ruinas, en aquellas salas capaces de mezclar toda la
soledad del mundo con el hedor insoportable de las heces. Pablo no volvería
más. Era inútil temblar, cerrar los ojos, vigilar las lágrimas, cada vez que
una nueva ambulancia aparecía, cuando tras levantar la sucia manta un rostro
anónimo cerraba los ojos, huyendo de la luz del día.
En vano buscaba un hueco en el cárdeno mapa donde seguir
el duro curso de nocturnos asaltos o las bajas de la feroz disentería. Los
nervios afloraban, los ojos se volvían rojos por el polvo que a unos pocos
kilómetros, a veces a unos pasos, transformaba esfuerzo y sangre en simple
carne anónima.
—Estos heridos son de bayoneta. Se ve que andamos mal de
munición —murmuraban los de las camillas.
Llegó un momento en el que fue preciso habilitar más camas
en los alrededores, ayudar a los más graves con una cura de urgencia y una
simple inyección.
—Pronto vendrá el relevo —intentaba animar la veterana—.
Una semana en casa no nos vendrá mal.
Hasta las moscas van a echarnos de menos.
Mas a pesar de sus palabras, una bala perdida remató
aquella misma noche a un herido mientras le operaban, segando de paso los dedos
del cirujano.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Marta en tanto le hacían la
primera cura.
—Vete corriendo a buscar otro —ordenó—. Si encuentras
antes a un oficial, dile cómo estamos.
Fue preciso preguntar a un conductor que se ofreció a
llevarla. Al volver encontró a la veterana en el quirófano. Intentó explicar
que ya el relevo venía de camino, pero le fue imposible terminar. Aquellos
dedos que tantas veces vio en torno a un cigarrillo, sujetaban ahora un muñón
sangrante, pendiente de un puñado de tendones.
—Dame un cuchillo, ¡vamos! No te quedes mirando.
—Y antes de que obedeciera, volvía a la carga. ¿Tenemos
morfina? Si no, trae para acá el coñac.
La vio verterlo en sus propios labios, luego en los del
herido para, poco a poco, como quien lleva la lección bien aprendida, cortar
aquel sangrante haz de nervios rotos.
—Ahora prepara un torniquete.
Marta obedeció ya con el mundo girando alrededor de sus
ojos. El mar quebrado de baldosas rotas vino a su encuentro sin dejarle sentir
su golpe junto a aquel despojo que parecía esperar el cubo de los celadores.
IX
CUANDO POR FIN ABRIÓ LOS OJOS aferrándose a la vida,
sintió sobre su cuerpo otros que la observaban desde la penumbra, en una sala
que no conocía.
—¿Cómo te encuentras? —preguntaron.
No pudo responder. Aún el cuerpo no la obedecía haciéndole
sentir un vacío doloroso junto a la mancha blanca de las sábanas. Paso a paso,
unas suaves manos nacidas bajo la escasa luz quede afuera llegaba la iban
palpando toda, desde el golpe en la frente hasta los pies hinchados, comparando
a cada instante latidos y senderos de la piel con los que una enfermera leía en
alta voz a sus espaldas.
—Mañana ya, nos levantamos —dijo por fin la voz, y en
tanto Marta asentía, añadió aún—: Hay que estirar esas piernas un poco.
Poco a poco también, las manos huían borradas por las
duras arrugas blancas, al tiempo que iba surgiendo un rostro cuya barba hablaba
de muchas horas en pie a fuerza, como todos, de café y tabaco.
Vecino a él, pendiente de su voz y su gesto, descubrió a
Pablo.
—¿Cómo va esa fiebre? —preguntaba al médico.
—Poca cosa —respondía el otro tras consultar con la mirada
a la enfermera—. Dentro de nada la mandamos a casa. Le vamos a retirar el
suero.
Y al compás de la aguja, según la enfermera recogía el
racimo de gomas, Marta, tentando su secreto oscuro, comprendió que ya no estaba
allí, en su vientre.
—Es un amigo —explicó Pablo, refiriéndose al médico que ya
se alejaba. Luego, más sombrío, los dos a solas, añadió—: Está arreglado todo.
Lo que no me explico es cómo has podido aguantar esa hemorragia.
Su voz era menos tranquila ahora. Seguramente recelaba de
los otros, de su presencia allí, de aquellas blancas tocas que llenaban con su
cruzar apresurado los pasillos de aquel nuevo hospital.
—¿Por qué no lo dijiste? —insistió y, sin dejarla
contestar, él mismo respondió—: Tienes razón. No tuve tiempo siquiera de
ponerte unas lineas. Ya sabes cómo es esto.
—Y tú ¿cómo diste conmigo? —preguntó a su vez Marta.
—Pura casualidad.
Volvió a tentarse los brazos, las piernas doloridas.
—No te preocupes. Quedarás bien, normal. —Y ya camino de
la puerta—: Mañana vuelvo; si tengo un rato libre podemos dar un paseo por ahí.
Al día siguiente la vida renacía a su lado por caminos
empedrados a medias, entre niños más flacos que galgos. Muy de mañana bajaban
hasta el mercado donde cada cual trataba de vender desde el alma a la piel.
Legionarios tatuados, gente de escapulario y devoción se
daban cita allí ofreciendo peinetas, radios, cruces, alguna antigua bicicleta
botín de una guerra vecina y modesta. Bajo un cielo encendido cruzaban mujeres
de oscuras cicatrices y pecho hundido sobre sucios encajes, sanitarios,
camilleros y enfermeras de recio paso abriéndose camino entre perros y niños.
Para Marta el mejor era aquel que llevaba a orillas de un
mezquino río, pariente pobre del que bañaba su ciudad.
—¿Tú crees que volveremos algún día; que esto se acabará?
—Todas las guerras terminan. Lo importante es saber dónde
van a pillarte a la hora de la paz porque la vida nunca se repite.
—¿Qué vida?
—La nuestra, por ejemplo. Cualquiera sabe dónde
acabaremos.
De improviso le sentía lejano como sus palabras, como su
amor reducido a unos pocos encuentros furtivos. Ni siquiera sentía aquel vacío
repentino de su huida, ni tedio, ni rencor, sino un deseo de escapar, más allá
de reproches y lágrimas.
Cuando Pablo lo supo, la advirtió:
—Ten cuidado. No estás tan fuerte como crees.
—No te preocupes; me acostumbraré.
—Un día paso a verte con mi amigo. Puede echarte un
vistazo si quieres. Nunca viene mal.
Marta no supo si se refería a su herida del frente o a
aquella otra pequeña muerte tejida entre los dos, con temor y dolor,
seguramente conocida de todos. Razón de más para escapar aunque las piernas
temblaran a veces.
—Tómate esto antes de cada comida. Si se te acaban pides
más.
Había tomado su magro paquete y, tras un beso tibio, subió
al coche donde otras enfermeras esperaban.
—Cuando quiera nos vamos —dijo al chófer a punto de
arrancar.
Le vio perderse atrás menos seguro que antes, con su bata
manchada de polvo, bajo la luz tremenda que del cielo caía.
De vuelta, aquel camino desconocido hasta el hospital de
urgencia le pareció más breve que su vida, un páramo sombrío arado por mujeres
tras la huella de algún mulo escuálido.
—A ése una noche le echarán el lazo —comentó el conductor,
sonriente—. Aún puede hacer buen caldo.
—¿Tan mal andan las cosas?
—Ni mal ni bien. Dentro de un rato lo verá —lanzó una
ojeada al retrovisor—. Eso si antes no nos alcanzan.
No se engañaba; ya a lo lejos una nueva bandada de pájaros
brillantes esparcía relámpagos de llamas. Viéndolos, puñados de sombras se
ocultaban ciegas, humilladas, hundidas como el puesto de socorro que apareció
tras el último recodo.
—Ya estamos; ¿dónde quiere que pare?
Le señaló la iglesia y, a pesar del bochorno, sintió su
corazón más firme cuando se presentó a la jefa de enfermeras.
—¿Qué tal las vacaciones?
—Ya estoy bien del todo.
—No dirás que echaste de menos esto.
—Tanto como eso no.
—Vienes que ni caída del cielo. Se me pusieron malas otras
dos y ya andaba buscando donde echar mano.
—Pues aquí estoy.
—Ya te veo. No parece que te fuera muy bien. Te noto más
floja. Vente conmigo. Y trátame de tú.
A la noche, un rumor desconocido vino a sembrar la alarma
en los heridos.
—¡Ya vuelven otra vez! —gritó una voz, seguida como de
costumbre de otras aún más amargas.
—¿Dónde está esa enfermera? ¡Sáquenos de aquí!
Fue preciso tenerlos a raya, rogar, gritar también,
encerrar las tinieblas en una espera hostil y silenciosa, vigilando senderos y
vaguadas bajo la luz incierta de la luna. Allí llegaban, sobre sus cadenas,
como nacidos de la tierra, descargando sus relámpagos de fuego contra tejados y
balcones, arrasando a su paso laberintos de carne corrompida, parapetos y
sacos.
Desde una esquina abierta al campo, un nuevo retumbar se
alzó multiplicando sus fulgores repetidos desde lomas vecinas hasta encender
toda la noche. Marta, junto a la sacristía, oyó a la veterana murmurar:
—Esta noche la guerra se decide.
—¿Qué guerra?
—Esta noche sabremos si son capaces de pasar.
Ahora, sin su corona de humo a flor de boca, sin la brasa
de su cigarrillo, parecía una enfermera más. Por un instante aquel sordo
deslizar de cadenas llegó a sonar tan cerca que pareció rozar los muros. Un
silencio total llenó la oscuridad para después alzarse en nubes de humo, en un
hedor a fuego y grasa que hizo saltar de las camas a los heridos.
—¡Nos abrasan! ¡Aquí no se salva nadie!
Fue necesario devolverlos entre las sábanas, amenazar,
cerrar la salida con la sombra de un oficial buscado a toda prisa por la
veterana.
—¿Quién grita aquí? —blandió en el aire su pistola—. De
aquí no sale nadie. Al primero que se mueva, lo mato.
Poco a poco, sumisos, volvieron a sus camas; fuera ardían
dos carros armados, uno de ellos apuntando al horizonte, con sus hombres
tendidos, uno de bruces sobre las cadenas, otro de espaldas sobre la torreta.
—Pelean bien —murmuró el oficial ante la veterana—, pero
fallan los mandos. Al paso que van se quedan sin hombres.
El tiempo le dio la razón. Según pasaba aquel mes eterno y
riguroso, crecían los camposantos. Aquellos cerros bajos, apenas una sombra a
mediodía, se iban poblando, uno tras otro, de improvisadas cruces, de terribles
fosas que, más allá de la vida, separaban todavía a los dos bandos. Ya la
plaza, abierta a todos los vientos mostraba al cielo sólo muñones de ladrillos,
vigas resecas y sedientos adobes. Lo que quedaba de la maciza torre cayó a
tierra una noche y fue preciso trasladar el puesto de socorro hasta un circo de
tiendas y lonas, alzado más a retaguardia. Quedó el pueblo desbaratado y raso,
víctima de aquel continuo batallar que sin embargo renacía en los escombros
cada vez que el alba recelosa anunciaba a lo lejos una nueva mañana.
Y como una ironía, sobre tanto hombre muerto, sólo llegó a
quedar en pie el viejo cementerio con sus muertos civiles y un puñado de
encinas cenicientas, quién sabe si esperando o temiendo su suerte.
A veces, como venidas de otro mundo, Marta veía surgir
vagas siluetas buscando amparo, sombras de un solo pie, fantasmas temerosos
intentando dejar entre las jaras restos de uniformes.
—Esto se acaba —murmuraba la veterana—. Me parece que al
otro lado tocan retirada.
Como el alba o la noche, los días se acallaron también; la
escuadrilla de brillantes pájaros dejó de aparecer, abandonando su camino a los
grajos y a algún que otro pelotón de enterradores.
—¿Cuántos habrán caído? —preguntaba alguno a veces con la
pala al hombro.
—¿Quién sabe?
—¿Y cuántos quedarán?
—Según de qué bando. Dos o tres mil. Puede que más. Aquí
los siento yo —se tentaba los riñones.
Por vez primera desde que cambiaron el puesto de socorro,
se alzaba sobre el polvo el latido intermitente de los grillos. Una brisa
caliente llegaba arrastrando pavesas, algodones, tiras blancas de gasa.
Sintiéndola, Marta se preguntaba dónde estaría Pablo ahora; quizás dormido o
acechando el alba que ya se alzaba alumbrando senderos, barriendo tras sí
tinieblas y recuerdos. Aquella prometida visita no llegaba a cumplirse. La
distancia era poca, los días menos apretados y sin embargo su presencia huía cada
vez que a la noche intentaba evocarla al compás de las horas.
—¿Qué sucede? ¿Otra mala noche?
El cigarrillo de la veterana alumbraba las tinieblas de
pronto.
—Es el calor. ¡Si refrescara un poco!
—Ya pasará, no te preocupes; lo mismo que los años; lo
malo es dejar que se te echen encima lavando heridas de los otros.
Viendo huir en lo alto las estrellas, Marta pensaba que
tenía razón. Era inútil intentar perdurar a la sombra de Pablo, reconocerse en
él, sufrir, amar, más allá de aquel aliento súbito que carecía transformar las
cosas en el amargo cerco de sus brazos.
X
EL CIELO SE TOMO UN RESPIRO, el frente se estabilizó según
anunciaba la radio, y la guerra, apagada de improvisto, fue a posarse más al
norte, lejos de aquellos surcos tan duramente castigados. Quedó la tierra en
torno atormentada y amarilla como la cara de la luna que anunciaba tormentas
pasajeras. Sobre senderos de despojos y cruces de madera, descargaban las nubes
ahora una lluvia pesada que al menos ayudaba a respirar, a olvidar el bochorno
del día. El primer hospital plantó sus tiendas más atrás, al borde mismo de la
carretera donde un retén de coches repartía sin prisas medicinas y heridos.
Sobre la tierra llana y silenciosa fueron abriendo el vientre al sol una hilera
de grandes cobertizos entre bosques de alambre. Después una bandada de aquellos
pájaros brillantes vino a posarse ante ellos y la llanura pareció renacer en un
nuevo latir de motores y voces. Ahora que los permisos no faltaban, era más
fácil para Marta volver de cuando en cuando a la ciudad, charlar con Sonsoles,
pasear bajo los soportales, comprobar la precaria salud del padre o buscar al
hermano en algún salón perdido, eternamente rodeado de oficiales como Mario.
—Sin máquina pareces otro —comentaba de buen humor el
hermano.
—Ahora sigo la guerra desde el aire. Se ve mejor.
Y sobre todo más cómodo. Tengo buenos amigos pilotos.
Italianos casi todos.
—Es cosa de parientes, vamos.
—Me convencieron de que dejara la fotografía.
—¿Y qué les mandas?
—Crónicas. Cosas del frente que puedan interesar.
Los tres daban vuelta a la plaza donde la guerra se
prolongaba a la sombra de banderas marchitas, en una larga espera, preludio de
un otoño más.
Ahora, con el frente en calma, la ciudad se envolvía en sí
misma, se encerraba cada vez que un nuevo convoy la cruzaba para perderse
lejos, entre pesadas tolvaneras.
Cada nueva victoria, cualquier amago de derrota, contaban
sólo en el afán de los refugiados, condenados a vivir en ella hasta su final,
era tan sólo un desfilar de tropa ante el balcón de siempre y un despedirse
eterno hasta al día siguiente.
Quien no volvió por la ciudad fue Pablo. Resultaron
inútiles las ojeadas de Marta al buzón del correo en casa o en el hospital.
Allá en el nuevo campo de cieno y polvo, ante los hangares, a veces coincidía
con él, casi siempre ante extraños. Sus palabras entonces sonaban vacías,
convertidas en un rumor mecánico como el de aquellos pájaros siempre dispuestos
a volar.
—¿Qué tal ese permiso? ¿Sabes quién anda por aquí?
Palabras, apellidos, grados iban jalonando un camino
poblado de hastío, cuando no de temido desengaño.
—¿Y tu padre? ¿Aún anda con sus libros?
Al menos él se entretenía así a pesar de sus años.
En ellos debía de encontrar la razón de su vida, como en
los muros de la antigua aljama o en el cementerio sacado a la luz tan cerca de
la casa. Quizá bajo su manto de rosados espinos durmieron algún día antepasados
suyos de los que tan orgulloso se sentía; quizás allí fueron a parar tantos
despojos de procesos famosos. Como entonces —afirmaba—, la mejor solución
consistía en saber esperar, no buscarse enemigos, sino negociar. A fin de
cuentas las desdichas de aquel pueblo elegido vinieron siempre de su pasión por
conseguir privilegios, su desdén por el campo, su apego a la ciudad. Pero un
nuevo enemigo llegó, paso a paso, a romper aquella espera calculada, aquel
silencio roto sólo ante los hijos. Más peligroso por nacer más vecino, se alzó
desde aquellas mismas páginas que tantas veces le sirvieron de consuelo y
descanso. Día a día se iba abriendo camino en su interior donde autos de fe,
persecuciones y linajes de sangre comenzaron a enfrentarse.
Fue el hermano el primero en notarlo en sus visitas
habituales. Un nuevo afán, desconocido antes, parecía bullir en la cabeza del
padre.
—¿Qué le pasa? —preguntó a Marta señalando hacia el
jardín.
—Que yo sepa lo de siempre: nada.
—Antes, al menos, discutía; ahora ni eso siquiera.
—Ya se le pasará.
En un principio Marta no le dio demasiada importancia a
aquel nuevo silencio, hasta que cierta noche le despertó el murmullo de una
voz. Pensó en la radio.
Quizá se hubiera dormido dejándola encendida, pero pronto
vio que se equivocaba. Vivo y ardiente, en medio del salón, parecía dirigirse a
una asamblea invisible.
Fue preciso despertarle poco a poco, hablarle,
convencerle, llevarle a la cama. Sin embargo, a la mañana siguiente, volvió con
su recado la criada.
—No quiere comer.
—¿Le ha dicho qué hora es?
—Dice que no tiene gana.
Hubo de nuevo que subir a regañarle, servirle, con la
seguridad de que hasta el próximo permiso aquel ayuno volvería a repetirse. No
era sólo desdén por la comida, sino desinterés por un mundo que se alejaba poco
a poco. Aquel corral desenterrado al pie de la muralla parecía llamarlo desde
su eternidad, desde su oculto mar de huesos rotos. Apenas alzaba la voz, su
caminar, inquieto antes, se hizo lento y pesado; sólo sus ojos parecían acechar
breves visiones, lejanos paraísos.
No volvió a proyectar viajes para cuando la guerra
terminara. «Envejecer es renunciar», murmuraba a menudo, y acabó renunciando
definitivamente a, Fez y Orán donde aún quedaban vagos parientes. Ahora
familias y ciudades, paisanos de Belén y de Mallorca debían de reñir batallas
dentro de su mente luchando por medrar, remar contra corriente o simplemente
escapar de una de tantas guerras parecidas a aquella que pretendía ignorar. Era
inútil hablarle sino de su vieja fe, ni siquiera obligarle a coger el teléfono.
—Te llaman del Círculo. ¿Qué digo? —preguntaba Marta.
—Di que no estoy.
—Es que preguntan si estás malo.
—Di que estoy bien, que he salido a estirar las piernas un
rato.
Y era preciso responder en un tono de voz apropiado, a fin
de que ninguno, adivinando la verdad, se presentara de improviso a visitarlo.
—Eso es un disparate —clamaba el hermano—. Si sigue así no
llega a Navidad.
Pero llegó una nueva Navidad, nuevos permisos que en nada
cambiaron el orden de las cosas.
La sierra amaneció una mañana blanca y azul, vecina de las
nubes; luego la nieve fue cayendo primero como polvo de lluvia, luego más
mansamente, hasta cubrir del todo la llanura desde los viejos puentes hasta los
arrabales. El río se heló en los remansos. La carretera sucia se adivinaba a
ratos en torno a la catedral, sobre la que sonaba el acorde solemne de los
grajos.
Los chicos se perseguían por las esquinas, lanzándose
bolas de nieve como bombas de mano, se fingían heridos, en tanto los mayores se
dependían del frío con mantas y capotes. Todo un muestrario de pasamontañas,
rudimentarios pantalones, botas y guantes salió de los armarios, inundando las
calles donde las heladas se aguantaban mejor que en el frío interior de las
húmedas casas. Hileras de braseros con su modesta chimenea trataban de
transformar en brasas su carbón de madera, y hasta en el hospital fue necesario
mantener abiertos los grifos para evitar que estallara la red de cañerías.
Ahora pocos heridos bajaban del frente; tan sólo algún
centinela con los pies congelados, colgando como negros gajos que a la postre
era preciso cercenar sin que una sola gota de sangre manchara la mesa de
operaciones.
Cada cual como pudo se preparó a festejar aquella nueva
Navidad y hasta el Casino anunció su acostumbrado baile con uvas de las doce.
Allí estaban los músicos de siempre, medio tapados por la
bandera nacional, y abajo, en la pista, también los trajes y vestidos de
siempre, transformados, vueltos a coser, más cortos o más largos, pero
habituales ya, dispuestos a durar tanto como la misma guerra. Por allí andaban
Sonsoles y las demás amigas, felices de dejar, una noche siquiera, sus labores.
Sábanas, mantas, calcetines quedaban a un lado, abriendo paso a un año de
ilusiones, entre estampidos de champán barato descorchado por todos los rincones.
Y allí estaba también Mario, esta vez con las botas
brillantes y el uniforme limpio de medallas.
—Mi hermano tiene ya unas cuantas —dijo Marta.
—En la guerra, como en la vida —replicó—, el verdadero
mérito está en hacer las cosas y quedar en la sombra.
—Muy modesto estás tú.
Más que modesto parecía impaciente; le recordaba aquel
alud de alféreces que inundó el frente en sus primeros días de enfermera. Quizá
por ello preguntó:
—Entonces ¿por qué firmas esas crónicas?
—No creas que me gustan siempre. Menos mal que mis amigos
italianos me han pedido un servicio.
—Eso estará mejor, ¿no?
—Sobre todo para el porvenir.
Marta se le quedó mirando, dudando, como abierta a una luz
apenas descubierta y ya escondida.
—¿Por qué no vienes conmigo? Sólo es ir y volver; un día y
una noche. Total, aquí hay poco que hacer ahora —y viéndola dudar, insistía—:
Vamos, anímate, mujer.
En un instante parecía cambiado, dispuesto a poner a sus
pies un paraíso de nubes capaz de borrar el recuerdo de Pablo. Quizás aquel
nuevo año cambiara su destino, un tiempo apenas iniciado a los compases de
encendidos pasodobles.
Poco a poco los cerrados escotes cedían al envite apurado
que iba ganando los mejores rincones, los sofás más apartados, el hueco helado
de los solemnes miradores. Cálidos tangos arrastraban consigo promesas y
esperanzas, valses a media luz recordaban modelos imperiales aprendidos en
largas horas de cine y, para terminar, como adiós y cauce de pasión permitido
por una sola noche, la conga con su carga de abrazos, roces, dando salida a un
frenesí apurado de hombreras caídas, medias revueltas y zapatos perdidos. Una
noche para recordar a lo largo de muchas otras noches, para vivir ante el
espejo, bajo el edredón, camino de misa o en la plaza mayor, siempre añorando
tiempos pasados y mejores.
A la vuelta de otra parecida, Marta encontró al hermano
esperándola. En el salón, a la imprecisa luz de un cigarrillo, le confundió al
principio con el padre.
—¡Ah! Eres tú —murmuró reconociéndolo. ¿Qué haces
despierto todavía?
—Nada. Estaba pensando. ¿Estás cansada?
—Un poco.
Se le veía con ganas de charla y Marta, resignada,
dispuesta a escucharle, se ofreció a hacer café.
—No, déjalo, estoy con esto. Alzó en su mano una copa de
coñac. Además, tengo que madrugar mañana.
—Yo también.
Quedaron ambos en silencio. De afuera llegaban rumores del
jardín; la brisa acariciando los rosales, la voz cambiante del eterno río.
Pareció que el hermano se iba a alejar también, pero de pronto preguntó:
—¿Ya sabes la noticia?
Marta pensó que la guerra, perdida o ganada, estaba a
punto de acabar.
—¿Qué noticia?
—Que Pablo se pasó.
En un principio no entendió bien del todo. Se le quedó
mirando y a su vez preguntó:
—¿Qué se ha pasado? ¿Al otro lado?
—Eso me han dicho. Al otro bando. ¿No estaba en el frente
contigo?
—Le vi unas cuantas veces; pero siempre normal, ¿quién iba
a adivinar que andaba pensando en una cosa así?
Por un instante, viendo ante ella al hermano se preguntó
si Pablo tendría razón, si alguien, al fin, le habría contado sus furtivos
encuentros, su amor precipitado.
—De todos modos, cuanto más lejos se haya ido, mejor.
Como salida de un mal sueño, Marta respiró tranquila. Se
sintió de nuevo a la vez confiada y segura. Si esa era la razón de su presencia
allí a aquella hora, tan sólo conocía la mitad de la verdad. Tanto le daba
ahora que Pablo se hallara a un lado u otro del frente, si después de todo no
volvería a verlo más.
—Sólo quiero una cosa —murmuró la otra voz en la
penumbra—: encontrármelo cara a cara el día que esto termine.
—¿Para qué?
Tan sólo respondió por él la mano junto al cinturón
buscando aquel nido de siniestros resplandores.
—Anda, vamos a hacer ese café.
Las razones del padre, el navegar vacío de los meses,
aquella jefa de sector segura y eficiente en los momentos peores, el hedor de
la sangre fluyendo sobre la mesa de operaciones hacían nacer en ella una sombra
de nueva indiferencia, un poso amargo donde enterrar pasiones y esperanzas.
A este lado o al otro del frente, Pablo ya no contaba,
había huido mucho antes y era inútil lamentarlo ahora ante el hermano que nada
entendía, ante una taza de café que mal podía levantar sus ánimos.
—Me apuesto lo que quieras a que ése acaba mal.
Las palabras sonaban a revancha infantil. Marta estuvo a
punto de reír, pero temió avivar aún más la ira del hermano. De todos modos,
respondió:
—Eso depende de quien gane.
El hermano se la quedó mirando.
—En la guerra siempre pierden los cobardes.
No lo serían todos al otro lado. Además también los que
cambiaban de bando cada noche se jugaban la vida, mucho más que vegetando,
fingiendo en las trincheras, disparándose en un dedo del pie aun a sabiendas
del riesgo que corrían. Pablo no era tan necio como para acabar ante uno de
aquellos tribunales capaces de decidir su suerte enviándole a un batallón de
castigo donde la muerte llegaba no en un relámpago brillante, sino muy
lentamente, en el zumbido súbito de una bala perdida. Su cobardía venía de otro
frente que el hermano nunca podría imaginar, de sus dudas constantes y su
estéril egoísmo tan agradable para sí como difícil para los demás. Aquella
razón fundamental y poderosa nunca llegaría hasta aquellos oídos aturdidos,
ante aquellos ojos cerrados a medias, soñando venganzas, capaces de reducirlo
todo, amor, muerte y dolor, a una pura cuestión personal que al parecer con él
vivía todavía.
—¿Por qué no lo dejáis? —le había preguntado Marta.
—¿El qué?
—Todo. Ese afán de enfrentaros, de pediros cuentas cada
vez que os encontráis. El día que esto termine, tan amigos como siempre.
—Eso se creen algunos. —El hermano apuró del todo su
coñac—. Lo de amigos, hasta cierto punto. Hay que poner a cada cual en su
sitio.
Cerró tras sí la puerta, camino de su cuarto. En el jardín
ya amanecía.
Marta vio danzar un relámpago en sus labios antes de
comentar apartando el cigarrillo:
—Es lo que tiene de malo andar todo el día con los brazos
cruzados. El cuerpo pide baile.
—¿Qué hago? ¿Me voy o no?
—Vete, mujer —suspiró—. Pero el lunes quiero verte aquí.
No me faltes.
XI
EL COCHE SE DETUVO a la sombra del campanario derruido.
Camilleros y choferes apenas se apartaron cuando Mario, abriéndose paso, buscó
a Marta en la sala de urgencias, desierta desde meses atrás. Fue preguntando de
rincón en rincón, de toca en toca, hasta encontrarla en los antiguos corrales
convertidos en taller de lavado.
—Oye —susurró una vez fuera—. Hoy me voy a Mallorca a ver
a mi primo. ¿Por qué no te animas?
—¿Qué primo?
—¿Cuál va a ser? El de Italia. Le mandó su periódico para
hacer un servicio y se ha quedado en Palma. Fíjate si es listo.
—Tendría que pedir permiso.
—Hasta el domingo sólo; ya te dije.
Fue a lavarse las manos y, en tanto las secaba, respondió:
—Un momento; voy a hablar con la jefa de sección.
—Date prisa que mis amigos no esperan.
La veterana alzó los ojos desde un mar de vendajes.
—De modo que quieres dejarnos otra vez. ¿Cuánto hace de tu
último permiso?
—No lo recuerdo bien. Un mes.
—¿Le fallé alguna vez?
—Eso es verdad también. —Y viéndola alejarse, aún le
recomendó—: ¡No te olvides del pase!
—No me olvido, descuide.
En tanto preparaba su escaso equipaje, se preguntó qué
pensarían los amigos de Mario viéndole llegar, pero su sobresalto duró poco.
Allá en la pista, junto a los hangares, otras dos mujeres esperaban cerca del
aparato.
—Son periodistas —explicó Mario vagamente.
Los soldados de tierra apartaron los calzos de las ruedas
y con un empujón a las hélices pronto vibraron los motores apuntando al cielo.
El grupo se estiró en el interior y, tras cerrar la
puerta, aquel leve vagón de paredes brillantes fue ganando el centro de la
pista. Cuando el zumbido llegó al máximo, una de las mujeres se santiguó en
silencio, las ruedas comenzaron a saltar sobre las grietas de cemento roto y a
poco una leve sensación de mecerse en el aire llevó a Marta a mirar más allá de
los cristales.
Abajo, campos y trincheras eran sólo una mancha cárdena,
un cuerpo abierto a medias sobre los verdes haces que señalaban el camino de
los ríos.
Desde lo alto, la guerra era sólo un montón de ruinas,
nacido de pronto, entre osamentas de abandonados camiones. En tanto los pilotos
atendían la ruta en su cabina, Marta se entretenía averiguando la verdadera
identidad de sus acompañantes, sentadas, como todos en el interior, frente a
frente. Un oficial, solícito, se acercó a ellas con un minúsculo paquete de
bombones. Las dos aceptaron de buen grado, incluso Marta tampoco rechazó aquel
sabor amargo a menta y chocolate.
—Son para no marearse —rió Mario a su lado.
¿Qué tal vas? ¿Es tu bautismo del aire? No te quejarás.
Con un día como éste, ni siquiera se mueve.
Lanzó a su vez una mirada a la fila frontera El sol se
alzaba bañando el interior, revelando un tibio mar de faldas hasta la rodilla,
de piernas relucientes en sus medias de seda.
Mario hablaba con las dos compañeras para después volverse
y traducir:
—Les he dicho que tú también eres periodista. Les ha
extrañado mucho. No sabían que aquí hubiera mujeres dedicadas a eso salvo para
la moda y cosas así.
—Yo también me entero ahora.
—Les di a entender que trabajas en la radio. Hay muchas
locutoras.
Tanto daba; ahora, escuchando las mentiras de Mario, se
decía que no hubiera estado mal hacer la guerra así, lejos de tanta sangre y
polvo, cerca de aquel rumor de seda cada vez que las piernas se cruzaban en los
asientos de enfrente. Quizás su vida, su destino estaban allí, al alcance de su
mano, escondidos, dispuestos a revelarse no entre cuerpos heridos y sanitarios
pálidos, sino cerca de Mario.
Y como dando forma a tales pensamientos, el mar se abría
de pronto bajo las alas plateadas, en jirones de una tierra desnuda, disfrazada
de costas. El rumor de los motores se hacia más suave y blando; dejaba atrás
vagos remansos, peladas rocas, bosques de pinos y caseríos blancos antes de
zambullirse en la otra luz de bronce cada vez que el sol se borraba en lo alto.
Poco a poco, la sombra de dos islas menores surgía junto a
la grande, brotada de pinos.
—Ya llegamos —murmuró Mario a su oído—. Un poco más y
aterrizamos.
Fue sencillo. Se notaba que los pilotos conocían bien el
camino. La única novedad consistió en un lento deslizarse, bordeando la isla,
sus bosques apretados, sus norias y molinos, antes de ir a parar al pie de unos
hangares parecidos a los recién alzados junto al hospital. Un autobús llegó a
recogerlos. A su paso fue Marta conociendo un paseo cerca del cual el mar
rompía junto a la muralla entre un batir constante de gaviotas bajo las puntas
afiladas de la vecina catedral.
Un laberinto de terrazas y bares alumbraba sombras de
uniforme, marinos y muchachas. A no ser por unas cuantas siluetas grises, por
el tráfico constante de la tropa, Marta hubiera creído que aquel era un lugar
de paz, ajeno al hospital lejano ahora. Pinos, sillares, portales oscuros se
parecían a los de su ciudad; sólo les separaba aquel mar amigo, reluciente,
salpicado a lo lejos de barcas diminutas. Su horizonte no se cerraba en nuevos
frentes, se abría a una desconocida libertad según el autobús iba apartando
palmeras y jardines.
—Aquí es. Dame tu maletín.
Se habían detenido. Viendo en lo alto la muestra del
hotel, sintió aquel vago temor de tantas heroínas en las sesiones de cines de
tarde. Le pareció que pisar el umbral era como pasar al otro lado, dejar atrás
a Sonsoles y las demás amigas con sus amores realizados a medias. Incluso el
hospital se borraba en el paseo de fuera, en el ir y venir de coches oficiales,
en aquel viento suave que la empujaba tras la sombra de Mario.
Después, seguirle resultó más fácil. Sobre todo oyéndole
pedir, ante el mostrador diminuto, un par de habitaciones.
—Voy a ver si localizo a mi primo explicó entregándole la
llave. Lanzó después una ojeada en torno y añadió: Para una noche no está mal.
En seguida pasamos a buscarte.
A solas, la habitación le pareció a Marta más pequeña y
vieja, como su maletín abierto sobre la cama demasiado estrecha. En la colcha
de flores, bajo la tenue luz de la mesilla de noche, otra vez la guerra
renacía.
Intentando olvidarla, abrió de par en par la ventana a un
bosque de palmeras que la empujó a abandonar aquellos muebles ateridos, su
propia imagen nacida del invierno pocas horas antes y el camisón escondido como
una sombra de pecado bajo el amparo blanco de la almohada.
Mario llegó puntual con el primo y otro amigo de uniforme
que, tras hacer parar un coche, murmuró:
—Hoy os invito yo.
—Y como Mario protestaba, añadió terminante: Mañana, si
quieres, corres con los gastos.
En tanto el mar se escondía entre los pinos, iban quedando
atrás abismos blancos a la sombra de olivos centenarios. Ante uno de ellos,
bajo la parra enorme que cubría la fachada, en torno de una mesa improvisada
iba y venía el vino de la tierra, pescados cuyo nombre Marta nunca oyó y
pasteles de almendra.
—Es lo bueno que tiene hacer la guerra aquí —comentó el
oficial encendiendo un cigarro—. Por la mañana estás en pleno zafarrancho;
luego todo termina y en un par de horas puedes estar de vuelta en el mismo bar.
No es mala vida, no, casi tan buena como la de periodista.
—No siempre —respondió el primo de Mario—. Al menos los
marinos pueden disparar donde quieren.
—Donde nos dejan, querrás decir.
Y al compás de su voz, una mano discreta iba llenando vaso
tras vaso hasta dejar vacía la botella.
La brisa que desde el mar subía arrastraba un aroma a
jardín escondido sobre la mesa donde los hombres acabaron charlando sobre el
destino de la guerra.
Hasta que el primo, viendo a Marta perdida en aquel
laberinto de nombres, cifras y noticias, cortó en seco la conversación:
—Marta se aburre —advirtió en su español casi perfecto.
—No; de veras que no —protestó Marta.
—Tiene razón. Ya está bien de sermones —asintió el
oficial.
Y de nuevo rodaban, esta vez remontando acantilados rojos
azotados por corrientes de espuma. El mar en torno huía, hervía, ante casas
cargadas de escudos y olivos tan viejos como el mundo.
Allí, en ésa —explicó el oficial deteniendo el automóvil—,
vivió hace un siglo el archiduque.
—No se trataba mal.
—Pues no habéis visto lo mejor.
Abajo, donde el mar rompía, se alzaba rutilante un
templete de mármol ante la mancha roja del sol que cubría el horizonte de rojo.
—¿Esto también era suyo?
—Fue un hombre de lujo en cuestión de mujeres, de
caprichos. Vivió con una aquí cerca de veinte años.
—Eso no es un capricho —respondió Mario—, eso ya es puro
vicio.
—Pues no llegaron a casarse nunca. ¿Queréis ver la casa?
—Yo si —pidió al punto Marta.
—Vamos a ver si están los guardas.
Abrió una anciana soñolienta. Allí en la sala principal,
convertida en museo, el barbudo señor de la casa devolvió la mirada a los
intrusos desde un desvanecido daguerrotipo. Su imagen de levita con el pecho al
aire, cubierto de tatuajes, abrumaba desde los rincones por todo el salón
abierto al mar.
—Y ella ¿no está? —preguntó Marta.
La guardesa pareció despertar y en aquel laberinto de
recuerdos señaló una fotografía macilenta. Bajo un sombrero de alas inmensas,
dos ojos vivos aún parecían acechar vagos olivos sobre calas secretas. Llamaba
la atención su vestido aldeano en el que apenas asomaban un par de blancas
manos bajo una frente altiva y a la vez pequeña.
—Era de un pueblo de aquí al lado —repitió la anciana—.
Vivieron juntos muchos años.
Luego, a unos pasos, vino la inesperada decepción de un
segundo retrato en el que un busto demasiado grande y unos brazos rollizos
posaban en el vecino templete de mármol.
El resto de la tarde se les fue en recorrer pasillos,
nuevas habitaciones, hasta llegar a la alcoba principal con su imponente lecho
de madera.
—Se ve que al archiduque le gustaba el amor cómodo
—comentó el primo.
—Di mejor a lo grande —repuso el oficial—. Dicen que les
hicieron esta cama especial. En las corrientes no había modo de hacer bien las
cosas.
Según reían, camino de la costa, la ciudad se revelaba a
pesar de las sombras. Aún se mecía en la negra orilla la oscura silueta de los
barcos en alerta perpetua, como grandes cetáceos. Más, a pesar de sus cañones,
jardines y murallas parecían tan ajenos a aquella guerra dejada atrás a la
mañana como las gaviotas y sus eternos giros entre el mar y la tierra. Marinos
y soldados servían de escolta a bandadas de muchachas no lejos de la afilada
catedral. Viéndolas, sentía Marta un aliento de vida difícil de explicar, una
nueva esperanza más allá de la brisa que azotaba la tierra. Todo recuerdo
sombrío, temeroso, incluso la obligación de volver al hospital al día
siguiente, se olvidaba viendo los nuevos bares llenos a rebosar, una vez
traspasadas sus puertas.
—Hay uno que no cierra en toda la noche —anunció el
oficial.
—Yo tengo que madrugar mañana —se excusó el primo.
—¿Seguro que no puedes quedarte un día más?
—Seguro.
Se habían despedido entre besos repartidos con generosidad
y promesas de volverse a encontrar en Roma o mejor en Venecia.
—Allí vivimos ahora. En el Lido. A ver cuándo os acercáis.
Cuando se perdió camino del hotel, Mario preguntó a Marta:
—¿Qué te parece? ¿A que es simpático?
—Para una tarde no está mal.
Y en tanto cruzaban bajo la marquesina, se encontraron con
las dos compañeras de viaje. El oficial debía de conocerlas de antes porque,
tomándolas del brazo, se las llevó consigo.
La fiesta duró hasta pasada media noche. A veces el amigo
de Mario se empeñaba en bailar con las dos.
Poco a poco, aquel fondo de color cambiante que animaba el
cristal de la copa de Mario se fue alzando al compás de sus manos, interrumpido
sólo por la llegada del amigo y las dos pasajeras, dispuestas a seguir aquella
guerra particular en la que cada cual buscaba la más vecina boca. Nunca llegó a
recordar Marta cuántos otros bares, copas, tibios divanes jalonaron su vuelta
camino del hotel, rumbo a la estrecha cama; tan sólo aquel nuevo amor crispado
y doloroso luchando con el alcohol aún.
—¿Me quieres un poco?
No contestó. Así eran de orgullosos los hombres.
Recordó a Pablo preguntándose dónde estaría el verdadero
amor capaz de alejar para siempre aquella ingrata sensación de quedar en el
umbral eternamente a solas.
Recordaba su despertar con la cabeza yerta, el café
quemando el paladar, la impaciencia de Mario hasta alcanzar el avión a punto de
arrancar para el viaje de vuelta. Después, hundirse en un vacío parecido al
sueño, posada la cabeza en su hombro.
—¿Qué tal?
—Regular nada más.
—Antes de una hora, en casa —murmuró a su oído.
Era inútil hablar a media voz; ahora el interior aparecía
vacío. Mario ya abría uno de sus eternos periódicos cuando le vio volverse
pálido. Más arriba, en lo alto, como nacidos del resplandor del sol, tres
diminutos pájaros se acercaban como mudos relámpagos.
En un instante el interior pareció hundirse, vacilar, y en
tanto se abrazaba a él, rodaban por el suelo correo y medicinas. Esta vez le
sintió más cercano que a la noche, podía escuchar su corazón latiendo ante el
mismo temor, cara a una muerte capaz de unirles definitivamente. Un repentino
crepitar rasgó el silencio en torno dejando tras si su huella en el costado y
los asientos traseros.
—De buena nos libramos —murmuró Mario.
Y aunque el rumor de los motores no le dejó entender sus
palabras, Marta se dijo que, a pesar de todo, su suerte mejoraba. Ya ganaban
altura buscando refugio entre las nubes.
Y así, en sus brazos, sobre valles cárdenos, pronto
alcanzaron los hangares donde ya los estaban esperando.
XII
AHORA LOS MESES venían cargados de señales que cada cual
interpretaba a su manera, desde la veterana hasta el último sanitario. El
tiempo se iba en revistas inútiles, en la aventura de los permisos fáciles con
que aliviar el tedio y la rutina. Las ambulancias inmóviles, las camas
desnudas, las vitrinas cargadas de instrumental descansaban dormidas en los
barracones. Sólo el clamor de los motores en los hangares vecinos señalaba cada
mañana un día más con sus vuelos puntuales. La guerra sobre aquel páramo de
ruinas no volvería más; lo adivinaban incluso las golondrinas, el palpitar de
los olivos a la noche y los bosques de cruces en torno a los que nadie volvería
a cavar.
Según los plazos se cumplían, planes, proyectos, modos de
enmascarar un tiempo muerto se iban haciendo viejos. Era preciso renovarlos,
esconderlos de sí y de los demás. El mismo Mario, tan enterado en ocasiones,
tenía que inventar vagas noticias con que llenar al menos unas líneas. Era
inútil charlar con los pilotos para volverse de vacío maldiciendo sus aburridas
crónicas.
Hasta que cierto día llegó a sus oídos una confusa
historia de la capital donde ya se luchaba.
—Entonces ¿ya cayó Madrid?
—No del todo. Ahora pelean ellos entre sí, pero es cosa de
poco.
Así pues, de nuevo esperar entre aquellas maltrechas
ruinas en las que, como muestra de que la vida proseguía, apareció cierto día
un gramófono, tal vez botín de guerra o traído desde la ciudad para animar las
noches bajo los cielos de lona. Durante las mañanas nadie parecía escucharlo,
pero mediada la tarde un aluvión de enfermeras y oficiales surgía en torno del
rimero de discos.
Pronto nacieron a su vez cervezas y licores, botellas de
coñac guardadas para ocasiones semejantes, y aquel antiguo refugio de cuerpos
heridos quedó a la postre convertido en baile donde no faltaron los pilotos
vecinos.
Fue necesario ampliar el recinto, organizar aquella fiesta
perenne alzada sobre el tedio y la esperanza, buscar nuevos discos que,
repetidos hora tras hora, hacían bostezar a la veterana.
—¿No te animas? —intentaba sacarla algún amigo oficial.
—Yo ya bailé lo mio —respondía apurando su ginebra—.
Además, me reservo para la próxima.
—Si quieres te pido un charlestón. Tenemos para todos los
gustos.
—Digo para la próxima guerra.
—¿No has tenido bastante con ésta?
Hablaban como de algo definitivamente cancelado ya, como
si aquellos días de coñac y gramófono celebraran la paz tanto tiempo esperada,
para volver a la vida verdadera.
Quizás por ello algunos la temían, como Mario, que junto a
Marta parecía resuelto a no volver a casa.
—Yo allí ni muerto. Yo me quedo en Madrid.
—¿De qué?
—De lo que sea. Algo saldrá.
—¿Y si no sale?
—Pues me largo a Berlín o a Venecia con mi primo.
—Ese si que sabe vivir. Tenías que ver su chalé del Lido.
Marta callaba. Se veía a su vez de nuevo en el jardín;
todo lo más en aquel hospital donde un día se presentó a conocer el mundo más
allá de los pinos. Se imaginaba de vuelta, entre Sonsoles y Carmen. Seguir a
Mario, en cambio, no suponía acabar tan mal, siempre que la familia no se
empeñara en retenerlo.
—Allí estaba yo —le confesó una tarde, señalando una
hilera de balcones mezquinos— llevando cuentas con mi hermano mayor. Si no
llegan a movilizarme, ahora sería un buen contable —rompió a reír entre
nervioso y tímido.
Ahora en cambio parecía decidido. Tal vez la guerra le
hubiera cambiado como a aquellos pilotos y enfermeras que, con el baile
suspendido, abrían paso a un sanitario cargado de emoción y polvo. En un
instante el gramófono callaba a su vez y mandos de todas clases se apiñaban en
torno del recién llegado.
—¿Cómo lo sabes? ¿Quién lo ha dicho?
—Será un bulo de tantos.
—Es verdad, mi teniente. No tiene más que poner la radio.
La fiesta toda, en avalancha, fue a detenerse ante la
tienda de la veterana. En su interior una voz conocida y monótona se alzaba
dando fe de la noticia que hizo estallar a todos en nuevos vítores y lágrimas.
Ahora si; la suerte estaba definitivamente echada de aquel lado, entre abrazos
frenéticos, brindis y cantos. Marta y Mario se abrazaban también, cada cual con
su tibia esperanza dejándose arrastrar por un destino común, menos incierto que
en noches anteriores.
Cuando el día siguiente amaneció para la mayoría, ya el
sol andaba a mitad de camino. Como siempre fue la veterana la primera en
alzarse.
—Vamos, arriba. Ya está bien.
—¿Qué prisa hay hoy?
—Hoy no, pero mañana, sí. Hay que dejar limpio todo.
Fue preciso lavar las ambulancias, recoger las tiendas y
formar como en los días de la última ofensiva.
—Todo esto ¿a santo de qué?
—Para entrar en Madrid.
Sólo entonces supieron adónde se dirigían. Sobre la
caravana haces de nubes bajas descargaban ráfagas de lluvia que en los vecinos
caseríos parecían querer borrar huellas de sangre y humo, restos de metralla.
Del interior surgían a veces, con los brazos en alto, sombras de rostros con la
barba crecida, clamando por un poco de comida, un cantero de pan que alguno les
lanzaba al paso.
Marta, entre el chofer y la veterana, limpiando a duras
penas el cristal, se preguntaba cómo sería aquel Madrid tan disputado, tan sólo
conocido de la mano del padre, cuando niña.
—No te preocupes —murmuraba la compañera a su lado—, por
mucho que la lluvia nos retrase, allí estará esperándonos.
—Y que lo diga —vino la voz del chofer—. Esta vez no se
escapa.
De pronto, más allá de las últimas ruinas fue surgiendo,
borrada a medias por el agua, la silueta maltrecha de la capital.
—Ahí está; ahí lo tenemos —señaló el chofer intentando
abrirse paso entre los otros coches, adelantando nuevas columnas que a duras
penas se afanaban en el lodo.
Los trechos mejores parecían hervir bajo el paso
interminable de las botas, de las ruedas cubiertas de un espeso fango.
—¡Mira que si después de tanto esperar nos quedamos aquí!
—se lamentaba el conductor, luchando a golpe de volante.
—No será tanto —respondía la veterana.
Al otro lado del río la caravana se detuvo.
—¿Qué pasa ahora?
Un soldado trataba de ordenar el tráfico, apartando en
diversas direcciones parque y tropa. Fue necesario obedecer, torcer, dejar a un
lado la turbia corriente y alcanzar un bloque de torres desgarradas y macizas.
—¿Y esto es la capital? —preguntó desencantado el chofer.
No era la capital sino sus arrabales, que Marta conoció
años atrás. De aquellos pabellones recién terminados sólo quedaban jirones de
ventanas, secos terreros, puertas reventadas.
—Ahí, un día, vendrás a estudiar tú —había dicho el padre
entonces.
Recordaba un pabellón recién concluido de cristal y
ladrillos, y la única verdad que aprendía ahora en aquel nido de muerte y barro
era su propia vocación nunca aceptada y a la postre perdida como aquella ciudad
distinta, alzada al otro lado de las ruinas.
Volver en cambio a casa ahora, con la guerra concluida,
cruzar la calle silenciosa, suponía algo más que acudir a la sombra de un padre
hundido para siempre en el jardín amargo de sus sueños perdidos; era aceptar,
resignarse, intentar animarle hablando de un Madrid macerado, sombrío, de sus
balcones adornados súbitamente para un desfile triunfal, interminable.
Historias de aquella ciudad, nacida de los relatos de los
choferes, del mismo Mario que no quiso perderse el epílogo final, bien se veía
que le interesaba poco. Sólo su rostro se alzó para preguntar:
—¿Y el café? ¿Se salvó?
—¿Qué café?
—Ese que hace chaflán, frente a palacio.
Marta de pronto comprendió que se trataba de su rincón de
citas, fin de trayecto de sus viajes lejanos a Madrid. Recordando las alusiones
de Sonsoles, respondió:
—Está igual. No lo bombardearon. Se salvó todo el barrio.
—Tiene cortinas a la entrada y un sofá corrido al fondo.
¿No te acuerdas?
—Claro que me acuerdo —siguió mintiendo Marta—. Una vez me
llevaste de niña.
—Cruzas la calle y hay una casa con miradores.
Era preciso seguir aquel itinerario cargado de pasión aún,
franquear el portal con la imaginación, tomar el ascensor, para acabar en los
brazos de aquella mujer que de buen grado hubiera conocido.
—El portal es de roble —se obstinaba la voz monótona a su
lado— y el ascensor tiene un asiento tapizado.
Mas tantos pormenores importaban poco a Marta, que se
preguntaba, una y otra vez, cómo sería ahora aquella amante durante tanto
tiempo recordada. ¿Habría muerto o viviría como él, en torno a sus secretos
amores?
Nunca llegó a saberlo, ni siquiera en el entierro del
padre, donde pensó encontrarla al fin. En vez de ella llegaron vagos amigos
desde Fez o Tánger, empeñados en buscar manos sabias capaces de lavar el
cadáver y preparar el ataúd de modo que quedara rodeado solamente de tierra,
una vez concluida la ceremonia.
A todo ello se opuso el hermano de modo tajante.
Según explicó luego, no estaban las cosas para tales
detalles. El padre acabó en el cementerio civil y Marta esperó en vano durante
aquella tarde, y otras más, la visita postrera de un recuerdo amable que el
tiempo, menos piadoso aún, se encargó de borrar.
XIII
CON EL FIN DE LA GUERRA la ciudad comenzó a vaciarse,
según en la estación los trenes iban dejando atrás promesas de volver envueltas
en ráfagas de abrazos. Columnas de pesados camiones se perdían carretera
adelante. Hileras de soldados cambiaban botas, ropa, tratando de aliviar su
camino a lomos de cañones enfundados. La ciudad parecía desangrarse por sus
cuatro costados. Vecina de la plaza, su catedral siguió marcando el compás de
unas horas tan marchitas como las banderas tras las lluvias primeras. Incluso
se borraron las colas de turbantes ante los lupanares.
Poco a poco, unos a plena luz, otros de noche, entre el
temor y el sobresalto, cada cual fue volviendo de su escondite a casa, algunos
sólo para caer en manos de improvisados jueces. Otra vez los disparos llenaban
las noches seguidos del habitual susurro de motores que Marta conocía bien, a
fuerza de escuchar al hermano ya sin pistola al cinto, más con la muerte a flor
de boca.
—Ahora es cuando empezamos de verdad.
—Solía alzar la voz en cada despedida. Ahora es preciso
limpiar casa por casa.
Mario, en cambio, luchaba por quedarse en Madrid, anclado
en algún periódico de los que por entonces volvían a abrir sus páginas. Pero su
tiempo, según contaba, se le iba en un vagar constante, en continuas visitas a
redacciones y despachos donde trabajos y favores giraban, como el sol, en
círculos cerrados a los que resultaba inútil asomarse.
—A este paso —se lamentaba— un día cojo mis bártulos y me
voy.
Cuando supo que una segunda guerra había dividido en dos a
Europa y que Italia participaba en ella, creyó llegado su momento.
—Ahora, con mi experiencia de corresponsal y sabiendo
italiano, algún periódico me llamará, seguro que me mandan allí.
—¿Adónde? —preguntaba Marta.
—No sé. A Roma o a Venecia. Tú ¿adónde quieres ir?
—Me da igual, con tal de que nos saquen de Madrid.
Y era sólo una verdad a medias, pues aun tratando de
borrar aquellos días de café y amor en la modesta pensión de una Gran Vía que
luchaba por volver a la vida, rechazaba una segunda guerra tras tantos meses de
frente presentes en la memoria todavía.
Así el tiempo pasaba; para Mario en mal pagadas crónicas,
en resúmenes de prensa, en visitas que de nada servían; para Marta en un amor
de encuentros breves, de sábanas anónimas en aquel cuarto que la veía salir
humillada, sombría.
—Podemos ir a tu casa —propuso Mario un día.
Ahora que vives sola, nadie se va a enterar.
—Allí se saben estas cosas al día siguiente.
Así la espera fue acumulando en su curso monótono tardes
interminables en cafés que comenzaban a despojarse de espejos y divanes, en
cines cada vez más lujosos y grandes, en vueltas por Navidad para encontrarse
en el mismo círculo donde esperar o hacer el amor había llegado a convertirse
en rito.
Marta se preguntaba si el suyo por Mario no sería a la
postre un reflejo, una sombra de su vieja pasión por Pablo, difícil de borrar a
lo largo de aquellos tres monótonos años. Pues fueron tres las Navidades en las
que tuvo que volver a la ciudad, a aquellos mismos soportales, para fingir un
porvenir mejor con el que convencer a las amigas y a los padres de Mario.
El tiempo en cambio se les iba en un constante ir y venir
de la ciudad a un Madrid alzado sobre avales, colas de pan, denuncias y
recomendaciones. Marta a veces temía que su mismo origen y apellido anduvieran
por medio tras el entierro civil del padre, haciendo fracasar la aventura de
Mario, aquel vago futuro que, según él, la nueva guerra, universal ahora,
parecía dispuesta a depararle. Mas pensándolo bien, desechaba tales
preocupaciones; no era cuestión de raza o de color, sino más bien, como
siempre, de buscar alguien que le empujara hacia adelante. Antes ya había
aceptado a Mario en el jardín de su casa. El amor en su alcoba aún con la
sombra de la madre rondando desde espejos y retratos, era distinto de aquel
otro en la pensión de Madrid cada vez más insoportable.
Una noche, mientras se vestían, sonó la llave del portal,
abajo.
—Es mi hermano —murmuró Marta—, date prisa.
Pero el hermano no los vio o al menos fingió no verlos
cuando se cruzaron con él en la oscura escalera.
Fue derecho a su alcoba y Marta, recordando su actitud con
Pablo en otra noche mucho más inocente, se dio cuenta de qué veloz pasaba el
tiempo y cuánto más perderían aún si no buscaba un urgente remedio.
Así, cediendo por segunda vez, dejando a un lado la
profunda aversión que en ella desataba aquella nueva guerra, decidió hablar con
él.
—¿Con quién? ¿Con tu hermano? ¿Y qué tiene que ver él con
la prensa?
—Siempre conocerá a alguien. A la postre todo depende de
unos pocos.
—Ahora —replicó Mario, pensativo— las cosas en Italia ya
no van como antes.
—Entonces ¿qué hago? ¿Voy a verle o no?
Y Mario, en un esfuerzo por salir de su duda constante,
decidió:
—Pásate a verle. Después de todo, si esa guerra va como
todos dicen, el final puede que sea más generoso que en la nuestra.
No debía de esperar gran cosa de su gestión, pero como a
la misma Marta le asustaba volver a su ciudad desierta ahora como en tiempos de
niños. Los dos temían el paso de las horas, más allá de un noviazgo
interminable, a la sombra de la catedral ante aquel velador crispado por el sol
del verano, helado en Navidad como un lago de cristales.
Y sin embargo aquella misma plaza se le abrió una mañana
ante una Marta feliz que sentándose a su lado murmuraba:
—Ayer hablé con él.
—¿Qué dijo?
—Lo traigo aquí apuntado todo.
Marta sacó del bolso un papel arrugado que le ofreció
sobre la mesa.
—Dice que te pases a verle —respondió—. Ahí tienes la
dirección. El suele estar a mediodía. ¿Sabes dónde es?
—Me parece que si.
En Madrid la antigua fe en sí mismo, su orgullo tantas
veces a salvo en ocasiones, aún tuvo que aguantar hasta que finalmente el
hermano apareció. Apartándose de un grupo de uniformes, le tendió la mano sobre
el penúltimo vermut.
—Estuve hablando con Marta el otro día. A ver qué podemos
hacer con vosotros.
Y sin dejarle pagar, ni responder siquiera, tras un vago
saludo a sus acompañantes, se lo llevó avenida adelante.
En su despacho se le notaba satisfecho, entre retratos con
el brazo en alto, al otro lado de su mesa imponente cargada de teléfonos.
Invitó a Mario a sentarse, murmurando:
Me vas a disculpar si voy derecho al grano pero, en
Madrid, el tiempo se va sin que te enteres. ¿Tú qué quieres? Vamos a ver.
Mario se encogió de hombros.
—Trabajar.
—¿En qué?
—En lo que sea.
El hermano se echó a reír entre hostil y amistoso,
dejándose caer sobre el respaldo de cuero.
—Perdona, chico, pero ese puesto está por inventar
todavía. ¿Tú no eres periodista?
Mario asintió con un ademán.
—Se supone que estás dispuesto a colaborar con nosotros.
Quiero decir a escribir lo que se te mande.
—Depende de las condiciones.
El rostro del hermano se oscureció un instante.
—¿Qué condiciones?
—Económicas, se entiende.
—Eso está mejor —respondió el otro—. Después de todo, tú
siempre has sido de los nuestros.
—Hice la guerra, ¿no?
—Si, ya recuerdo que mandabas cosas desde el frente. A ti
lo que te iría es un puesto de corresponsal.
Pensativo, tomó el teléfono y pidió:
—Carmen, ponme con Prensa.
Al otro lado del hilo pronto surgió una voz, correspondida
con saludos y promesa de comer juntos algún día, lejos de ceremonias oficiales.
El tiempo corría más allá de los amplios ventanales entre guardias ordenando el
tráfico y humildes puestos de mercado negro ofreciendo tabaco ante las
escaleras del Metro más próximo. En el despacho, de cuando en cuando, alguna
secretaria de uniforme asomaba a la puerta; escuchaba por unos instantes;
luego, impaciente, desaparecía.
—Si, ya lo sé... —murmuraba el hermano—. ¿Censura? ¿Qué
tengo yo que ver con la censura? No te llamo por eso... por la agencia, claro.
¿Cómo andáis de corresponsales? ¿Mal? Tampoco es para tanto. Italia no es
África... A ver qué hacen los yanquis. Además tenemos a Rommel.
—Una nueva pausa y respondía otra vez: Claro que habla
italiano... tiene media familia allí.
Nuevo coloquio y a la postre la cordial despedida rematada
con un «a tus órdenes siempre». Colgó el teléfono y, tras un silencio, comunicó
a Mario:
—Bueno. Ya has oído: a lo mejor hay suerte y te mandan a
Italia. ¿No es lo que tú querías?
—La verdad; no sé qué decir.
Es una agencia de noticias que quieren montar.
Veremos qué resulta. Como tú has hecho crónicas de guerra,
para ti va a ser coser y cantar. Ya se te avisará.
Mario le dio las gracias, le recordó la vieja amistad de
la ciudad y el frente. Ya la puerta se abría, cuando la voz del hermano le
detuvo:
—Y esa boda, ¿para cuándo?
Su nuevo tono le hizo volver de pronto a la realidad.
—No lo sabemos —dudó—, estábamos esperando.
—Pues ya no tenéis que esperar más. No pensarás dejar a
Marta aquí. Este trabajo tuyo puede serviros de viaje de novios. Si hace falta
yo corro con los gastos.
De pronto entendió Mario la razón de aquel afán
precipitado. Quizás alguien le había contado sus encuentros con Marta, aunque
no era preciso; debía de sospecharlos.
Mario, pensando en ella, estrechó la mano que encerraba su
porvenir. Poco importaba la opinión de los demás; sólo cumplir con su futuro
cuñado, obedecerle en todo y unirse ante el altar para partir, gracias a
aquella agencia fantasmal de la que dependía su destino, rumbo a Génova.
Días antes de la boda quiso Marta volver a la finca del
padre con Sonsoles y Carmen.
—¡Ni que quisieras despedirte! Total, dentro de un mes
estás de vuelta.
—¿Quién lo dice? Depende de cómo vayan las cosas.
Carmen ya por entonces había conocido a un hombre de
negocios que, viudo y todo, se empeñaba en llevarla a América del Sur. Sonsoles
en cambio prefería quedarse en la ciudad esperando a que al fin se decidiera
alguno de aquellos amigos que la guerra perdonó. Mientras tanto, allí estaban
las dos con ella, ante las camas que acogieron veranos de su juventud, noches
revueltas, convertidas en redes oxidadas, en rincones sucios de la antigua
alcoba. Una bandada de gorriones surgió de la cochera abandonada donde una
vieja tartana mostraba al aire su delgada osamenta.
—¿Te acuerdas de aquel día que te empeñaste en conducirla?
—Recuerdo la que armó mi padre.
—Si no es por Pablo, nos matamos. —El sol ya se escondía
en su lecho de robles—. ¿Sabes dónde anda ahora?
—Ni idea. Seguro que en México.
—El mejor día aparece por aquí.
Carmen no comprendía que Pablo había muerto en el río
fugaz de su memoria. Era inútil intentar resucitarlo como aquel mundo en torno,
pensando en aquel barco que, semanas más tarde, la llevaría mar adelante junto
a Mario.
SEGUNDA PARTE
XIV
GÉNOVA, A MEDIODÍA, recordó a Marta su primera aventura
con Mario, aunque aquel nuevo puerto, de muelles densos y apretados, se
pareciera poco a la isla cubierta de pinos tal como se descubría desde lo alto.
El mar sí que era el mismo, tan rutilante, abriendo paso al barco que muy
lentamente fue a detenerse vecino a tierra firme. En el muelle, defendido del
sol, alzando sin cesar el brazo, Mario no tardó en descubrir a su primo.
—Ya te dije que vendría a buscarnos exclamó satisfecho.
—¿Y su mujer? ¿Cuál es?
En vano paseó la mirada más allá de la aduana.
—Puede que esté en el coche con los niños.
—No tienen. Al menos no tenían. ¿No te acuerdas?
Y Marta recordaba a los dos primos en Venecia ante una
hilera de infinitas casetas, entre el añil del cielo y la calima, ante un mundo
de satén y muselina que se agrupaba en torno de sombrillas y raquetas de tenis,
los dos con su calzón de baño recién estrenado, iguales en todo, no como ahora,
con Mario de paisano. El primo de Venecia, en cambio, sudando bajo el sol,
parecía una caricatura de si mismo en tanto señalaba el camino de la aduana
vecina.
—Por aquí, por favor —ordenaba, haciendo gala como siempre
de su buen español.
—¿Qué tal marchan las cosas? —preguntó Mario.
—Los aliados ya están en Sicilia —luego, cortés, se volvía
hacia Marta—. Perdona. ¿Qué tal la boda? ¿Por fin os decidisteis?
—Mario encontró trabajo de corresponsal.
—Enhorabuena, aquí no faltan temas que tratar, lo difícil
es saber cómo se dice; saber si estás autorizado o no.
—Lo mismo que allí entonces.
Como evitando hablar de su trabajo, de nuevo se volvió
hacia Marta.
—¿Es la primera vez que vienes a Italia? Rosa se encargará
de enseñártela, suponiendo que encuentre cupones de bencina.
—¿Qué tal está? —preguntó Mario.
—Ya la conoces —se encogió de hombros—, ella es de las que
siempre estuvo en contra de la guerra y ahora con más razón. Iba a venir pero
tiene que sacar la casa adelante, y entre la radio y la cocina se le va el
tiempo sin pensar.
Marta pensaba en cambio que era como volver a un tiempo ya
casi olvidado. La misma radio, aunque en lengua distinta, hablaría de victorias
y derrotas, de lejanas batallas y ciudades perdidas. Era la misma guerra que
los dos creyeron dejar a sus espaldas más allá del mar.
Sin embargo, a pesar del semblante preocupado del primo,
atento a los dos lados de la carretera, a la postre enfilaron sin novedad las
cuestas de Piacenza, escogiendo una carretera secundaria.
Se preguntó qué temía, más prefirió callar. Sólo les salió
al paso la silueta de una abadía colgada de los montes donde cavaban viejos y
mujeres.
—Esos no pasan hambre —murmuró el primo.
—Los hombres ¿dónde están? —preguntó Marta.
El primo abarcó el mundo con su brazo.
—Por todas partes —respondió—; en Córcega, en Grecia, en
la misma Alemania.
No había demasiada emoción en sus palabras sino un velo de
melancolía que chocaba con el interés de Mario.
—¿Y la prensa? —volvió a preguntar.
—¿La prensa? —le miró sorprendido—. Más o menos igual,
últimamente ha cambiado un poco, pero siempre al servicio del Duce, aunque esto
no sea Alemania. De aquí no se fue nadie; desde un principio quedamos todos:
los de la vieja guardia y los más jóvenes.
Marta estuvo a punto de preguntar a cuál de los dos grupos
pertenecía, pero viéndole atento al volante prefirió dejarle concluir,
dirigiéndose a Mario:
—Aquí ya sabes, si quieres salir adelante, tienes que
obedecer, si no te mueres de hambre. Más aún en los tiempos que corren. Si
quieres trabajar tienes que respetar las normas generales: nunca poner en duda
el matrimonio; las queridas no existen, ni los homosexuales. Sólo sanos
deportes y vida al aire libre. El resto: política exterior y asuntos de casa,
te lo dan todo hecho. No tienes más que copiar.
A Marta aquella confesión le recordaba las palabras del
padre:
—Todos los periodistas son sobornables; sobre todo los que
se meten en política.
Como la guerra misma, casi todo parecía repetirse, aunque
aquellos fértiles campos surcados por solitarias bicicletas tuvieran poco que
ver con el hedor y el polvo ardiente de tiempo atrás y aquel constante rozarse
con la muerte.
A la noche, tras la breve cena en el hotel, durmieron
entre sábanas zurcidas y ventanas tapadas con negras hojas de papel. Tampoco
funcionaba el agua caliente.
—En casa os trataremos mejor —intentó justificarse el
primo.
Y como huyendo de algún nuevo desastre, la luz del día les
sorprendió en la carretera, mostrando ante un control el pasaporte.
—Via! Via! —respondió el primo, mostrando como siempre su
carnet—. Sono famigliari miei.
—Va bene —murmuró fuera una voz soñolienta—. Avanti;
possono passare.
De nuevo en marcha, el primo se volvió para explicar:
—Vamos mejor por Brescia.
A Marta tanto le daba. Ciudad por ciudad, todas le
parecían iguales salvo aquella Venecia abierta no a horizontes de tierra sino a
su propia fantasía.
En su memoria, vagas imágenes de añejas postales se
confundían con la voz de Mario que, dejando atrás Padua, se apresuraba a
prometer:
—Ahí tenemos que volver. Ahí está la estatua ecuestre más
famosa del mundo.
Mas el coche no se detenía, por el contrario, aceleraba
hasta llegar al mar y enfilar la pasarela del trasbordador.
—Desde que esto empezó, vivimos en el Lido. A mi me gusta
la tranquilidad. Rosa, en cambio, la aborrece.
Hablaba como si en aquel instante aquella guerra, presente
en carteles y rostros, quedara borrada más allá del canal.
—Tendrás que hacer este viaje muchas veces —comentaba
Mario.
—No lo creas. A veces duermo en el hotel junto al
periódico. Sobre todo en invierno. No te imaginas en Navidad lo que es esto. La
humedad es como un perro que te muerde. Te llega hasta los mismos huesos.
Cuando el trasbordador puso en marcha sus motores,
empujando hasta la superficie una nube de aceite y detritos, sólo unos cuantos
automóviles, oficiales en su mayoría, ocupaban la mezquina cubierta. A su lado,
choferes de uniforme, ajenos al paisaje que comenzaba a desfilar, fumaban bajo
carteles anunciando la vuelta de un pasado imperial. A Marta le llamaba la
atención aquel rostro de casco imponente amenazando muros y canales. En él
ambas guerras se unían como en el arsenal con sus grúas inmóviles y sus barcas
al sol, varadas junto a oscuros malecones. A lo lejos un horizonte de edificios
nuevos señalaba el rumbo al barco que secretas corrientes hacían danzar entre
negros pilotes.
Bosques de troncos, clavados en el fondo, unidos en su
cima como cuerpos ahogados, señalaban caminos a otras lanchas, a inevitables
góndolas, a alguna draga inmóvil.
—Aquí en Venecia se está bien —murmuraba el primo mientras
tanto—. Todos la respetan, incluso los mismos italianos. Nadie se atreve a
bombardearla. Hasta los alemanes, cuando vienen por aquí, se diría que cambian.
Y es que Venecia siempre sobrevive a pesar de las guerras.
El primo, por esta vez, tenía razón. De pronto la ciudad
aparecía a ambos lados. A la derecha navegaba a ras de mar, solemne y
eclesiástica, al amparo de una cúpula colosal; a la izquierda se abría en aquel
salón radiante tras un bosque de góndolas y puentes. San Marcos brillaba en la
mañana despejada, mágica, como un juguete alzado por el compás de los motores
entre amagos de inquietos estertores.
Mario tomó del brazo a Marta.
—¿Qué te parece?
Y Marta, sin saber qué contestar, temiendo la sonrisa del
primo, respondió al fin:
—Te lo diré cuando la vea de verdad.
—Mañana mismo.
Cuando queráis los dos.
—Rosa se la conoce como nadie, y aunque ahora no hay mucho
que comprar, algún recuerdo puede encontrarse todavía envolvió a la laguna en
un ademán desolado. Ahora esto parece un desierto. Había que verlo en otros
tiempos.
La laguna callaba, sólo sonaba el ronquido discreto de
algún diminuto vapor y la voz de las gaviotas en busca de comida.
—Esas no tienen que cortar cupones —murmuró el primo—, ni
van al frente, ni tienen que esconderse. Ahí están; tan felices como siempre.
Su vago tono de humor se iba borrando, cambiando por otro
menos feliz, más preocupado, a medida que el Lido aparecía tras aquellas
casetas de las que Mario tan orgulloso se sentía.
De nuevo en el coche, el camino seguía paralelo al mar
entre villas. Un fluir constante de bañistas cruzaba desde grandes hoteles
cerrados a medias tratando de olvidar el calor más allá de la arena; gente de
edad sobre todo, dispuesta a no perder un solo rayo de sol, lejos del mundo de
la guerra.
Finalmente, en uno de los senderos laterales, el primo
detuvo el automóvil ante un chalé de muros grises.
Y cruzando el jardín, volvió a justificarse:
—Desde que estamos sin servicio, anda todo revuelto.
—Luego, alzando la voz, en tanto llamaba al timbre de la puerta, añadió—: Vamos
a ver si ha vuelto Rosa.
Y Rosa aparecía en la puerta. Marta, viéndola en la cima
de aquellos breves escalones, se dijo que tenía poco que ver con el primo de
Mario. Aquel vestido de hombros desnudos que a buen seguro conoció tiempos
mejores, su modo de mirar, de dar la bienvenida, de tomarla del brazo, parecían
separarla de aquel rostro afeitado hasta sangrar la carne, del cuello rebosante
y el nudo deshecho de su horrible corbata.
Más tarde, en la alcoba, mecida por la sombra de los
árboles, Mario le había preguntado:
—¿Sigues pensando lo mismo de mi primo?
—Igual.
—¿Y Rosa?
—Rosa ya es otra cosa.
Y sin embargo el primo, a pesar de su apariencia, debía de
ser punto importante en las páginas de la prensa local y aún más allá, en
tierra firme.
—¿Y tú crees que va a servirte de algo? Lo mejor que
podemos hacer es ver lo que hay que ver y esperar a lo que diga mi hermano.
—Depende de la guerra todo.
Y como una respuesta repetida tiempo atrás en el salón del
padre, se alzaba cada noche el rumor impasible de la radio; primero en un
relámpago sonoro, después en un susurro capaz de borrar cualquier pasión en el
vacío corazón de Mario, agotado tras visitas eternas a palacios convertidos en
mudas oficinas. Así prefería, más que hacer el amor, escuchar aquella voz
monótona, prólogo a veces de sueños angustiados.
—Tendrá alguna amiga —rió Rosa, cuando Marta se lo
comentó.
—¡Qué cosas dices! Además me parece un poco pronto.
—Todos aquí la tienen. Incluso mi marido, si me apuras.
¿Por qué no, si el ejemplo viene de arriba? Para nuestro Duce sólo los hombres
cuentan; las mujeres somos poco más que ganado. Si estuviera en sus manos nos
cambiaría por un puñado de escuadristas o un nuevo campo de deportes.
Alguna estará con él.
Rosa rió de nuevo. Fuera sonaba una motora.
—Pregunta a su mujer o mejor a la otra. Están con él las
que le ven de cintura para abajo.
Hablando así, sus ojos se encendían. Incluso su español,
tan preciso, le fallaba tratando de buscar la palabra adecuada. Marta pensaba
que, de ser hombre, no estaría allí, sino entre sus escuadristas tan odiados o
mejor, en alguno de aquellos grupos misteriosos sobre los que siempre
preguntaba al primo en vano.
—Son los eternos descontentos de siempre —respondía
vagamente. Cuatro desesperados dispuestos a dejarse matar por algo que ni
siquiera conocen. No cuentan nada; al menos de momento.
XV
A MARTA AQUEL TEMA constante de la guerra la deprimía en
ocasiones. Tan sólo revivía a la sombra de Rosa desde que el barco diminuto
enfilaba la plaza de San Marcos. A pesar de las tiendas vacías, de tanto
vestido pasado de moda, del café tan amargo, era un placer tomarlo a la sombra
de los soportales, bajo los viejos toldos, dejar pasar las horas en el reloj
enorme junto a la basílica cargada de caballos dorados. O también, del brazo de
su nueva amiga, perderse, lejos del sol vibrante de las doce, a lo largo de
callejones rotos con su osamenta ilustre apuntando a sombríos canales, vivos
tan sólo en escondidos puentes de ladrillo. Ropa tendida de ventana a ventana,
jardines secretos asomando apenas sobre perdidas galerías y sucios desagües
parecían decir que aquella guerra interminable aún no había llegado hasta allí;
detenida en el asombro inmóvil de los palacios colosales, de canales más
grandes y mejores, prendida en filigranas de piedra y mármol a la orilla del
mar. En aquellos pasadizos de sombra y agua, de iglesias recoletas después de
tanta apoteosis, nunca encontraron uniformes grises o verdes sobre lustrosas
botas, soldados perdidos o curiosos oficiales recién llegados del otro lado de
los Alpes, sino modestos mercados en los que la ciudad se vaciaba en busca de
sal, pescado o harina. Era aquella una guerra particular que Marta sólo conocía
a través de la cocina pero que al primo volvía cada vez más silencioso.
Mario, en cambio, parecía navegar de buen grado por ella,
dejándose llevar como aquellos vapores que se saludaban cada mañana, con
escasos viajeros a bordo. Para él la espera venía a ser un estado de gracia,
una razón de vida que justificaba su actitud más pasiva cada noche. Incluso
entre las sábanas, en el amor apresurado, parecía esperar también aquella luz
que, más allá de la ventana, anunciaba un nuevo viaje.
Marta, sintiéndole deslizarse, más tarde, a solas o en el
cuarto de baño, volvía a descubrir aquel umbral perdido de sus sueños de niña,
nunca llegado a franquear del todo en sus días prohibidos cargados de soledad y
de melancolía, de un nuevo afán por herirse con las propias manos y engañarse
con vagas fantasías.
—Los hombres son como son —hubiera dicho como siempre
Sonsoles—. No hay que pedirles más de lo que quieren dar. Corres el riesgo de
amargarte la vida.
Marta pensaba ahora que, como aquellas aguas que la
rodeaban, también Mario se iba volviendo sombrío y taciturno según crecía, como
nacida de la espuma, la imagen pálida de la prima Rosa.
Aquel constante pasear entre aguas muertas y palomas,
aquel eterno asomarse a los cafés abiertos todavía, iban minando en ella
cualquier otra pasión, cortando sus amarras secretas con aquella alcoba a la
que Mario llegaba a última hora.
Era preciso llenar de algún modo las suyas, por ello
cuando Rosa propuso visitar por la tarde a unos amigos aceptó de buen grado.
La mañana pasó veloz, revolviendo armarios, en busca de
vestidos y zapatos, reliquias de un tiempo pasado ya, puesto en pie otra vez a
fuerza de paciencia y tiempo.
—A ver, date otra vuelta. Hay que subirlo un poco; ajustar
la cintura; el cuello no está mal.
Y Marta, ante el espejo, obedecía sometida, convertida en
vivo maniquí, media espalda desnuda flotando en la penumbra ante la prima.
—Lástima ese pelo largo.
—No voy a cortarlo ahora.
—Irías más cómoda, pero por esta vez se puede recoger.
Poco a poco, ante el espejo del cuarto de baño, la prima
Rosa parecía ir modelando un rostro y cuerpo nuevos desde el florón plisado en
la cadera hasta el escote generoso. Luego surgió del tocador un saldo de
perfumes, lápices de trazo oscuro, restos de barras de labios con los que
aquellas hábiles manos perfilaron ojos y boca como herida leve de dos carnosos
trazos.
Después aquellos dedos fríos la dejaron libre para alisar
como en una caricia el vestido ceñido, buscar unos pendientes leves y un broche
de reflejos pálidos.
—¿Qué tal? —preguntó Marta, dándose una vuelta más.
Rosa tentó por un instante aquella tela muerta desde
tiempo atrás que las dos intentaban volver a la vida.
—A media luz no queda mal.
Cuando salieron, Marta inició su camino habitual rumbo al
embarcadero.
—¿Dónde vas? Es aquí, en el Lido, cerca de casa.
Tras tanto prepararse, Marta había creído que aquella
invitación vendría del otro lado del canal, pero aceptó que Rosa la guiara a lo
largo del paseo donde el sol ya se ocultaba. Un archipiélago de sombras nacía
ante las dos, del agua.
—Aquello es San Lázaro y el Lazareto viejo. Es bonito pero
los hay mucho mejores; aquel otro, la Gracia.
Sirvió de polvorín hasta Napoleón, como la mayoría, y ese
de un poco más acá, San Clemente, donde daban asilo a peregrinos camino de
Jerusalén.
Un viento leve batía la laguna cubriéndola de nuevas
ruinas nacidas entre afiladas manchas de cipreses.
—Por este lado todo son hospitales y alguna que otra casa
de salud. Entre enfermos de peste y locos, estas islas servían a los de tierra
firme de cementerio y purgatorio.
Por la laguna negra ahora desfilaba una procesión de
flotantes despojos, arcos ciegos, cárceles de clérigos patios en los que
enfermos contagiosos vieron el cielo por postrera vez, reliquias de espadañas,
un mezquino universo a punto de desaparecer.
Pero ya Rosa la apartaba del agua para torcer entre una
hilera de chalés modernos, escondidos en la orilla frontera. Entre canales
diminutos se abrían muelles ocultos, pistas de tenis, alguna residencia con la
puerta de par en par sobre jardines hasta los que llegaban ecos de músicas
lejanas, mezcladas con los ladridos de algún celoso can. Ante una de ellas, la
prima se detuvo:
—Es aquí, pasa.
Y como ya habituada de otras veces, cruzó la verja tras
Marta. Del interior llegaba un rumor de voces. Siguiéndolo, pronto llegaron al
salón principal, en el que una gramola centraba la atención bajo las luces
encendidas a medias. Era preciso acostumbrarse a ellas, escuchar atentamente
los murmullos apenas susurrados en una lengua que entendía mal, en tanto Rosa
se apartaba buscando alguna bebida.
Dudando si seguiría o no, envuelta en un aroma de
cigarrillos y perfume caro, vio acercarse a la dueña de la casa. La luz
revelaba de cerca un rostro consumido en el que un par de labios luchaban por
sonreír en tanto le estrechaba blandamente la mano.
—Allora lei e la cugina spagnola?
Marta asintió con un ademán.
—Come si trova qui?
—Bene —acertó a contestar.
En aquel laberinto de voces, de nuevas preguntas, no supo
si encaminar sus pasos hacia la ventana donde ya anochecía o sobre alguno de
los divanes cargados de cojines. Pero ya Rosa volvía con un par de vasos.
—¿Qué quieres tomar? Hay que servirse sola. En esta casa
no se bebe mal.
Ya al segundo martini, sus ojos se acostumbraron a aquella
luz velada, tamizada por unas cuantas pantallas amarillas. No llamó su atención
el mueble bar, ni la gramola niquelada, ni aquel mar de cojines trepando por
divanes y sillones, sino la falta de hombres.
—Están movilizados todos —respondió Rosa rozando apenas
con los labios su copa—. Entre el frente y los que se esconden, quedamos sólo
las mujeres.
Y la sala con su música monótona venía a darle la razón.
Juntas, unidas sobre el mar de almohadones, apurando vasos de helado té, sólo
mujeres se veía, acompañadas en ocasiones por algún adolescente ensimismado. De
improviso dos de las que charlaban íntimamente se acercaron al montón de discos
junto a la gramola y, tras elegir uno lento, se enlazaron siguiendo su compás.
Sus cuerpos enfundados en brillante rayón alzaban a su paso un viento vago de
repentina admiración.
Pronto nuevas parejas se unían a ellas; acompañándolas en
su breve viaje para caer rendidas o dar vuelta a la manivela niquelada.
—¿Te animas? —preguntó a su lado Rosa.
No tuvo más remedio que aceptar sus brazos en torno de la
nuca y la cintura, el roce incierto de su piel cada vez que una pausa la
obligaba a cambiar de postura.
A la vuelta, con la luna en lo alto, aún recordaba aquel
abrazo cálido, prolongado cara a la soledad de la laguna.
—Al menos matamos la noche —suspiró la prima.
No estuvo mal del todo, pero hay fiestas mejores. Ya las
conocerás.
—Y añadió, pensativa: Total, ¿qué prisa tenéis?
—Sobre todo yo.
—Por nosotros no tenéis que preocuparos. Mientras estéis
aquí, nos libramos de recibir inquilinos forzosos. A algunos ya los obligaron.
La casa es grande.
Hay sitio para cuatro, aun llevándose mal.
Marta estrechó entre sus manos las de Rosa y, ya a punto
de llegar, reconoció la voz de Mario.
—Marta, ¿eres tú?
También el primo surgió entre la espesura.
—Tanto escuchar la radio y no sabéis la noticia.
—¿Qué noticia?
—El armisticio. Mussolini ha caído —respondió Mario.
—El rey le ha traicionado —apuntó el primo.
Rosa, furiosa, replicó:
—¿Y quién va a confiar en él viéndole arrastrarse ante los
alemanes?
—Lo hacia por salvar a Italia del desastre.
—Di mejor que por salvarse él. De todos modos veremos cómo
nos sacan adelante ahora.
—Sin él va a ser difícil.
—Y con él, imposible. —Rosa miró a Marta, callada en la
penumbra—. Si no lo arregla nadie, tendremos otra guerra civil como la vuestra.
Cuando ninguno lo esperaba Mussolini volvió, rescatado por
sus amigos alemanes, cansado, envejecido, más, como Rosa preveía, dispuesto a
mantenerse firme, a poner su destino a los pies de unas secretas armas que a la
postre acabarían derrotando a sus enemigos. Ahora vivía en Saló, a la orilla de
uno de aquellos lagos vecinos, y su primer deseo nada más llegar a su remota
capital había sido pedir aquellos periódicos siempre sumisos y en su ausencia
libres, prometiéndose a si mismo llevar a cabo un ejemplar escarmiento.
XVI
TRAS LA VUELTA DEL DUCE, Roma invadió Venecia. Era gente
de cine, primero a bordo de automóviles ya pasados de moda, luego en modestos
autobuses y camiones cargados de focos y trípodes.
—Solo faltaban éstos —se lamentaba Rosa viendo cruzar ante
San Marcos viejas actrices amigas de ministros, oyéndolas llamar de tú a los
camareros del Florian para poner el mercado por las nubes.
Era como una fauna más de las que aquellos días empujaban
hacia el Norte en busca de un lugar donde esperar tranquilos la derrota final.
Para Marta, en cambio, suponían una insólita novedad, a pesar de que no
recordaba ninguno de sus nombres por mucho que su amiga se esforzara en
recitarlos con una sombra de desdén total.
—Esa ¿sabes quién es?
Marta negaba con un gesto repetido.
—¿Es muy famosa?
—Es la primera que apareció con los pechos desnudos.
—¿En la calle?
—En una película. El mismo Duce la autorizó.
De lejos semejaban dioses vestidos con sus trajes
impecables, sus medias radiantes, sus miradas altivas; de cerca, su andar se
revelaba vacilante, su ropa zurcida, su pelo escaso y mal teñido. Solo unas
cuantas parejas parecían volar sobre aquel mundo amargo, ocupando los hoteles
caros, saludándose en alta voz, consumiéndose a su vez, esperando el inicio de
algún nuevo trabajo con que continuar su azarosa carrera.
Sin embargo su suerte no parecía prosperar.
Cierto día aquella abigarrada tropa desembarcó en el Lido.
—¿Por qué no vamos? —propuso Marta—. Nunca he visto hacer
una película.
Allá fueron las dos, Marta tratando de matar la mañana, la
prima desconfiando como siempre.
—Tienen toda Venecia para ellos y han de venir aquí
—murmuró malhumorada.
Pero no todos pensaban como Rosa. El marido, aquel día, no
cruzó la laguna. Lo encontraron de charla a media mañana con una de las
secretarias que acompañaban a actores y actrices. Cuando la presentó quedaron
en silencio los cuatro sin saber qué decir en tanto colocaban en torno cables y
focos.
Marta, ante la visible hostilidad de Rosa, se preguntaba
si no sería una de aquellas amigas del primo a las que en ocasiones aludía.
Apenas le dirigió la palabra, ni siquiera cuando se
ofreció a facilitarles entradas para la ópera, siempre a su alcance en la
oficina donde trabajaba.
—No, grazie —las rechazó Rosa, desdeñosa.
—Te advierto —replicó el marido— que ahora hay mejores
cantantes que en cualquier otra época. En eso salimos ganando.
Rosa, sin mirarle siquiera, repuso al punto:
—Los hay que salen ganando en todas las guerras.
Un altavoz puso punto final a aquella discusión que había
vuelto otra vez sombrío al primo. Todo iba mal: aquel calor que los actores
aguantaban impasibles, sudando bajo su disfraz, el viento que pegaba al rostro
el maquillaje, las pruebas infinitas para volver a sus hamacas con el color
corrido sobre el rostro una aguda sensación de malestar. Desde las cámaras
inmóviles al encargado de repasar los guiones, todo el mundo parecía pendiente
de las nubes, de aquellos falsos soles que nunca llegaban a encenderse.
El coro de curiosos se deshizo lentamente hasta dejar a
solas aquel laberinto de ajados rostros donde el marido de Rosa despedía a su
amiga.
—¿Tú crees que volverán? —preguntó Marta, señalando los
focos.
Esperemos que no, respondió Rosa, taciturna.
Y en cierto modo acertó. Nunca más aparecieron por allí.
Volvieron a los camiones y una mañana se alejaron, como
sus servidores, rumbo a alguna ceremonia oficial.
Quedaron una vez más, como siempre, los actores ocupando
los hoteles mejores, otros en oficinas, cambiando su grave voz por la máquina
de escribir.
De día hervía la plaza de San Marcos, de noche los salones
del Danieli en los que embajadores trashumantes alternaban con queridas de
jerarcas y condesas al flanco de generales alemanes.
Marta, ante aquel continuo festival, se sentía cada vez
más deprimida recordando los mercados vacíos, a los que era preciso acudir
rayando el alba. Bastaba una voz para saber cuándo se repartía en ellos pollos,
vino, tomates, alguna rara fruta con que alegrar el postre de modestos
festines.
Así, navegando entre dos luces, cruzaron cierta vez el
canal convertido en negro espejo y con la compra ya resuelta se encontraron
casi de madrugada sin saber a dónde dirigirse.
—No vamos a volver a casa ahora —dijo Rosa.
—¿Tomamos un capuccino en el Florian?
—A estas horas no están despiertos ni los camareros.
Dudando, habían llegado ante uno de tantos palacios
asomados a los canales interiores, alzados con ladrillo y piedra noble. A su
puerta una muchacha luchaba inútilmente por acabar de vestirse. Al fin lo
consiguió y, estirándose las medias, fue a perderse al otro lado de un puente
diminuto.
Ninguna de las dos habló, pero del fondo del portal una
penumbra incierta, como un oscuro imán, más que llamar, las atraía. Lo que más
llamaba la atención en él era un silencio que parecía envolver los negros
portones de las cocheras vacías, los sucios escalones de la escalera principal
como sombría morada de una tranquila muerte. Un aroma especial a cerrado y
vomitonas las golpeó en el rostro al empujar la puerta más a mano. Dentro,
rayos de sol trataban de abrirse paso a través de pesadas cortinas sobre cuadros
enormes y bronces imponentes. Sobre alfombras que un día estuvieron vivas, un
maniquí de ojos abiertos cubierto de cruces y medallas, entreabiertos sus
revueltos pantalones, parecía mirar fijamente al horizonte.
—Está muerto —susurró Marta.
—No está muerto; ¡está borracho, que es peor!
En el extremo opuesto del salón otra muchacha desnuda y
joven como la del portal buscaba vacilante restos de ropa interior por los
rincones. En el revuelto frenesí de mesitas caídas y sillones rotos, un reloj
escondido en alguna parte dejaba oír su voz puntual y melodiosa.
—Al Norte están los alemanes, que nos quieren menos aún.
Para ellos somos un montón de traidores que lo único que quiere es salir cuanto
antes de esta guerra.
—¿Y no es verdad?
—En parte —suspiró Rosa—. Lo malo de las dictaduras es su
facilidad para corromper. Lo que nunca se sabe distinguir es lo que se hace por
vocación o simplemente por sobrevivir.
—Alguno lo sabrá.
Rosa rió para sí quedamente. Luego, en un tono amargo,
respondió:
Claro que sí. Los nombres los conocen Mussolini y su
famoso fichero. Por algo ha sido periodista y sigue siéndolo cuando lo
necesita. Ahora, con tanto tiempo libre, seguro que andará tachando nombres,
buscando otros que poner al frente de los nuevos diarios y revistas. Esperemos
que mi marido no acepte. Sería volver a empezar pero con unos cuantos años más.
—¿Y qué tiene de malo?
—Que hasta para venderse hace falta un poco de entusiasmo
y él anda escaso de eso.
Rosa tenía razón. El primo solía lamentarse más a menudo
que antes.
—Ahora la censura es más dura que nunca. Y por si fuera
poco, tenemos lo de los alemanes, que están en todas partes. Son capaces
incluso de cortar los artículos del mismo Duce, conque calcula los demás. No me
extraña que, desde que ha vuelto, la gente de la prensa cambie de partido.
Marta, escuchando al primo, recién salida de otra guerra,
se preguntaba a menudo si aquel cambiar de bando antes que voluntad de
independencia no escondería un secreto oportunismo. Todos aquellos nombres
importantes que Rosa mencionaba le recordaban a los amigos del hermano, en
Madrid, dispuestos a mudar de color según el cariz que tomaran las cosas.
Incluso cierto día, ordenando su ropa de paisano, había
encontrado un pasaporte a su nombre. Nunca supo dónde pensaba encaminar sus
pasos, más por entonces hablaba con interés de Sudamérica. Luego todo quedó en
nada, tal como Marta temía que acabara aquella vaga agencia de la cual vivían.
Sus días en Venecia dependían de su buena marcha, más Mario se quejaba:
—Pagar, nos pagan, pero las crónicas no aparecen. Dicen
que salen en provincias.
—Si lo dicen, será verdad.
—La verdad es que hacen lo que quieren. Sobre todo si
saben que los necesitas.
XVII
OTROS DÍAS no dejaban el Lido, esa lengua de tierra que,
frente a Venecia, cierra la laguna y la separa del Adriático. Quedaban en la
playa a la hora del baño. Marta gozaba viendo a Rosa nacer del agua, echarse a
un lado tiritando, dejarse enjabonar la piel a falta de cremas imposibles de
hallar. Verla dorarse al sol, bajo su luz, libre, lejos de todos, confortaba
sus ánimos. Sobre todo cuando, relajadas, la prima solía preguntar:
—España ¿cómo es?
—Depende de qué parte. ¿Nunca estuviste allí?
—¿En España? Dos o tres veces, pero ya sabes: Barcelona,
Madrid, una corrida y el Museo del Prado. Yo quiero conocer Andalucía.
Los ojos de la prima se hundían en la azul lejanía.
—Allí tengo que ir yo alguna vez.
—A mi casa.
—A tu casa también —hacía un gesto disculpándose—. ¿Sabes
dónde nací yo? Aquí cerca, en Burano, en una isla muy pequeña. Un día iremos a
que la conozcas.
Rosa contaba historias de sus años de niña, de una fortuna
derrochada por el padre que nunca volvió, dejándola con la madre y los hermanos
mayores.
—Pasamos de ricos a pobres casi en un año.
—¿En un año sólo?
—Mi padre conoció a una mujer que le dejó a pedir.
Al menos eso me dijeron siempre. Yo apenas noté nada; mi
madre se volvió más cariñosa y entre las dos sacamos adelante la casa. Mis
hermanos se fueron a trabajar al Norte y, puestas a cerrar habitaciones, acabé
durmiendo con ella. Recuerdo cómo esperaba la hora de ir a la cama, juntas las
dos, entre las mismas sábanas.
Era como entrar en el mar, buscar una verdad que los demás
ni imaginaban.
—¿Te hablaba de él?
—¿De mi padre? No, nunca, ni tampoco de la otra.
Sólo rezábamos para que alguno de los dos se cansara y
todo volviera a ser como antes.
—Siempre la misma historia.
Y cuanto más contaba la prima, más se parecían las dos en
los padres furtivos, en aquellas mujeres obstinadas en rezar, en quedarse
encerradas en casa. Aquellas relaciones rotas las acercaban más que el pelo
dorado de la prima tan difícil de secar fuera del agua para luego peinarlo.
Viéndolo relucir bajo la luz del claro mediodía, Marta se extrañaba.
—¿Todas lo tenéis así en la laguna?
—Lo que sucede es que las más famosas son las venecianas
—replicaba Rosa paseando la mirada por la playa—. Mira esas dos. ¡Cuántas
darían media vida por tener el suyo!
Su mano parecía acariciar en el aire el contorno de dos
vagas siluetas que una vez ajustados los tirantes del bañador ceñido se
perseguían como nacidas de las olas.
Como si poco o nada tuvieran que ver con aquella guerra
prolongada, los teatros seguían llenándose a rebozar tal como aseguraba la
amiga del primo.
—Un día voy a pedirle un palco —propuso éste.
Pero Rosa le miró tan hostil como aquel día en el Lido.
—Conmigo, desde luego, no cuentes. Puedes ir con Marta si
quieres. Además —añadió—, no se trata de reunir cantantes y músicos; se
necesita un público entendido, y eso no se improvisa, sobre todo cuando se
trata de ópera.
Cuando Marta confesó que nunca había visto ninguna, los
dos se la quedaron mirando como si hubiera cometido un sacrilegio, olvidando
por un instante pasadas rencillas. Incluso Rosa pareció dispuesta a colaborar,
aun sabiendo de dónde vendrían las entradas.
—¡Con tal de que ella no venga! Si aparece, me voy —dijo a
Marta.
Pero no fue preciso. Óperas y conciertos se reservaban
sobre todo para oficiales alemanes, jerarcas y aristócratas.
—¡Sí que tiene influencia esa amiga tuya! —comentó Rosa
con sorna al marido, que repuso resignado:
—Otra vez será. De momento tengo entradas para el Goldoni.
Tampoco está tan mal.
Todo se hallaba a tope en aquel teatro cuyo nombre Marta
luego no conseguía recordar, butacas y palcos, y en uno de ellos los cuatro
esperando ver alzarse el telón.
De improviso un súbito apagón dejó a oscuras la sala,
envuelta en un rumor de voces ya habituadas a soportar parecidos percances.
Luego, al cabo de un rato, la luz volvió, iluminando sobre
el escenario a tres jóvenes con pañuelo rojo al cuello apuntando sus armas a la
altura de los palcos.
Uno de ellos se adelantó hacia el público pidiendo calma,
explicando razones que Marta no llegó a entender. Sólo cuando al final,
obligados, todos los de la sala rompieron a cantar un himno, comprendió que los
tres del escenario, con sus armas prestas a disparar sobre aquel coro
improvisado, debían de pertenecer a uno de tanto grupos sobre los que a menudo
preguntaba Mario.
Cuando el himno terminó y los tres desaparecieron, un
huracán de gritos y protestas les buscó inútilmente.
Fuera, en las calles frías de diciembre, sólo algún mísero
rayo de luz se filtraba a través de ventanas semiabiertas.
—Mala suerte tuvimos —se quejó el primo, tiritando a la
vuelta.
—Al contrario —replicó la prima, alegre—. En mi vida lo
pasé mejor en el teatro. Ha sido una función excelente ver a todos esos amigos
tuyos cantar Bandera Roja.
El primo la miró irritado; luego murmuró:
—También lo fueron tuyos no hace tanto. Veremos si estás
tan contenta dentro de unos meses.
No hizo falta que pasara tanto tiempo. Antes una explosión
pareció a punto de echar a pique la ciudad.
Tan sólo derribó un palacio, pero las represalias costaron
la vida a siete jóvenes, volviéndose más asiduas y peores.
Viejas duquesas de sosegado andar, mujeres de
industriales, todo aquel que podía, abandonaba discretamente Venecia rumbo a
los lagos más al Norte. Un hambre mal disfrazada de servil dignidad iba ganando
incluso los barrios mejores, a lo largo de canales sólo animados por vacías
barcazas.
—Lo que hay que hacer —decidió el primo— es acercarnos a
Bolonia. Allí al menos, habrá qué comer.
Consiguió unos cupones de gasolina y, sin pensarlo más,
partieron los cuatro.
—No hace falta llegar hasta el centro —avisó Rosa—, en
cualquier parte tienen de todo, y además nos saldrá más barato.
El primo, con un leve ademán, se llevó la mano al bolsillo
en tanto se iban abriendo paso por la llanura despejada. En frente se
perfilaban, poco a poco, cadenas de montañas cada vez más vecinas que, roídas
por el viento y la lluvia parecían amenazar la carretera con sus hileras de
faldas carcomidas.
El día se les fue en el viaje, en comer, detenerse,
incluso hacer un poco de turismo en honor de Marta, comparar precios, para
volver, ya tarde, por el mismo camino.
De pronto, entre dos luces, frenó el primo.
—¿No pasamos por aquí esta mañana?
—Tú sabrás —respondió Rosa de mal humor—. Tú conduces,
¿no?
Pero el primo seguía con los ojos fijos en una granja,
junto a la carretera.
—Aquí siempre tienen un vino especial.
—No hay nadie. ¿No ves que está cerrada?
—Me parece que hay luz. Voy a comprar una botella. Sólo un
minuto.
Le vieron alejarse en el crepúsculo. No oyeron, en cambio,
el rumor de unas ruedas de goma que, a golpe de pedal, se aproximaban despacio.
Marta miró curiosa la bicicleta que fue a detenerse junto al coche, cerca de la
ventanilla trasera. La sombra que sobre ella venía examinó a la escasa luz la
matrícula y extendiendo su brazo lo encendió en dos disparos apuntando a la
cabeza de Mario. Marta lo sintió derrumbarse sobre su regazo, en tanto el
ciclista desaparecía, y escuchó sus propios gritos amenazando al cielo con el
puño mientras volvía el primo apresurado.
—Se equivocaron. Te buscaban a ti —trataba de explicar
Rosa a su vez señalando la matrícula bajo el resplandor amortiguado de los
faros.
—¡Vámonos, rápido! Hay que encontrar un médico.
Y en busca de una cura de urgencia, volvieron a cruzar los
mismos campos. Ahora, sin una sola luz, el camino parecía crecer, Venecia huir,
lejos de Marta sobre todo que, aun sabiendo lo inútil de aquel viaje, callaba
en la oscuridad como intentando salvar a Mario entre sus brazos. Pobre Mario,
de día siempre dudando, marido incierto por la noche, siempre esperando un
porvenir dorado mientras el mundo se hundía en torno. Mudo corresponsal de una
agencia que a saber cuánto habría de durar más allá de los deseos del hermano.
Ni siquiera volvería a pisar vivo aquella Venecia donde a veces soñaba quedarse
a pesar de las bromas del primo.
—No te la recomiendo. Es demasiado fría.
Más fría aún, helada, debía de sentirla desde el fondo de
su herida mortal, roja y siniestra como un ojo redondo, bajo un amago de lluvia
que hacía brillar en las aguas de la laguna rebaños de sonámbulas góndolas.
Al final, tras un vistazo en el hospital acabó en San
Miguel como un ilustre veneciano más, entre cipreses nobles y tumbas de mármol.
XVIII
AQUEL INVIERNO nevó sobre Venecia. Una cortina trasparente
llegó mansa desde tierra firme, espantando las garras sobre el cieno blando.
Redes y cañas amarillas quedaron escondidas bajo un leve manto que pronto se
extendió de orilla a orilla, sobre puentes y muelles.
Al primo aquellos días le hacían sentirse más culpable aún
de la muerte de Mario, sumando nuevos silencios a los que ya le separaban de
Rosa. Sus ausencias se prolongaban más según la guerra proseguía, añadiendo a
su vez nuevas penurias a las sufridas hasta entonces, agotando incluso la
memoria. La misma Marta se sorprendía en ocasiones de su capacidad de olvido.
El recuerdo de Mario sólo venía muy de cuando en cuando, como si el agua calma
de la laguna barriera hacia el mismo mar, junto a tiempos vencidos, pasadas
ilusiones. En la muda balanza de su propio dolor, calculaba cuánto había pesado
en su destino aquel viaje a Italia que, alejándola del jardín y de la casa, la
llevó hasta Rosa en busca de consuelo y compasión. Pero la prima no repartía
caridad, trataba de alzarla desde su nido de cenizas, obligándola a hacer
frente a su vida, como ella misma cada vez que el marido se alejaba.
—Ya volverá —decía.
—¿Y si no vuelve? —preguntaba Marta.
—Tendremos que acostumbrarnos a vivir sin él. No es tan
difícil. Y al final vale la pena. Con el tiempo ya lo aprenderás.
Pero el primo siempre acababa por volver, a veces
desvalido, buscando refugio en sus propios trabajos que hablaban de un renacer
apresurado con el gran jefe de nuevo al timón, gracias a un golpe audaz de sus
amigos alemanes.
—Son ellos los que ahora gobiernan —insistía Rosa tirando
con ira al suelo el periódico—. ¿A qué viene todo este saco de mentiras? ¿Quién
se lo va a creer?
Y el primo recogía paciente aquellas páginas de las que
ahora vivían los tres. En realidad, más que vivir sobrevivían, murmuraba Marta
temiendo y deseando el día de su vuelta.
—No te vayas ahora —respondía Rosa. Y sintiéndola amiga,
Marta comprendía que tampoco ella era capaz de afrontar su soledad.
Además un continuo ir y venir de papeles a lo largo de
oficinas cerradas siempre hacía cada vez más difícil el retorno de Mario desde
aquel San Miguel bañado por las aguas hasta el cerro helado de su ciudad natal.
Más que vivir contemplaban la vida, aquel tiempo nuevo que
ya amenazaba con sus primeras lluvias, inundando la plaza de San Marcos. Fue
preciso sacar las viejas pasarelas de madera para cruzar rumbo al Florian o al
Quadri y retirarlas por la noche para que no acabaran reducidas a leña en las
estufas de los pobres. Rosa, Marta y el primo, como el mismo Mario, yacían
ahora atrapados bajo un cielo de plomo que borraba en la lejanía la roja enseña
de los altivos campanarios. Un día el primo propuso vagamente marchar más hacia
el Norte.
—¿Al Norte? —exclamó Rosa—. ¿Ir de mal a peor?
—Allí aparecen cada día nuevos periódicos.
—¿Nuevos? Las mismas historias con palabras distintas.
Rosa no comprendía que, tal vez, su afán de alejarse solo
encerraba un deseo de escapar lejos de Mario y de su muerte. Marta así lo
entendía viéndole contemplar aquel mudo archipiélago de ruinas. Muchas noches,
con el marido ausente, en las horas de aquel amor amargo apenas florecido junto
al mensaje eterno de la radio, Marta quiso hacérselo comprender, más su rencor
por él crecía al compás de las noticias.
Era como volver a aquel tiempo olvidado del frente cerca
de Madrid, con Mario ausente como el primo ahora, buscar cómo llenar el tiempo
de un amor diferente, alzado en el húmedo cuarto, en el calor estremecido de
los cuerpos temblando.
—¿Qué importa que se vaya? —murmuraba Rosa—. Con tal que
tú te quedes nos arreglaremos solas.
Hasta que cierto día aquella radio de la cual parecía
depender el destino de las dos trajo, entre otras, la noticia de que acababa de
crearse una dirección general para defensa de la raza.
—Ahora les toca a los judíos —había murmurado el primo
haciendo, sin querer, temblar a Marta.
Vinieron días de silencio, de interesarse por aquella voz
que antes apenas escuchaba, hasta que Rosa, viéndola lejana y taciturna, le
preguntó:
—¿Qué te pasa? Parece que el mundo se te vino encima. —Y
cuando Marta le confesó la verdad de sus temores y su raza, añadió todavía—: No
te preocupes.
Esto no es Alemania. Además, aquí nadie conoce a tu
familia.
—¿Y el pasaporte? Seguramente tomaron nota.
—Tu apellido no quiere decir nada. Suena a alemán.
No sé a qué viene tanto miedo viniendo justamente de
España.
Mas, a pesar de sus palabras, el mismo padre de Marta
reconocía que allí nunca habían sido perseguidos desde tiempo atrás, sino
incluso puestos a salvo cuando los alemanes invadieron Francia.
—Me extraña —comentaba Rosa.
—Pues así es.
—Será como tú dices, pero aquí todo se quedará en simples
palabras.
Sin embargo la voz puntual comenzó a hablar de incautación
de bienes, de policía especial, incluso de delatores anónimos.
—No lo hacen por ninguna razón moral —comentaba el
marido—. Denuncian sólo por el beneficio que les queda.
—¿De qué?
—De todo: fincas, alhajas, pisos. Lo que sea.
Aquellas listas de nombres perseguidos, las cifras de un
botín arrebatado, guardado en parte por sus inquisidores, comenzaban a llenar
la prensa con sus relatos que parecían sacados de los libros del padre de
Marta.
—¿En qué estás pensando ahora? —le preguntaba Rosa a
veces.
—En nada —mentía.
En realidad ya se veía ante un tribunal como el que,
siglos atrás, se alzó en la ciudad para judíos y herejes, camino de la hoguera,
despojada de bienes, escarnecida a su paso, convertida en cenizas esparcidas al
viento.
Un día su miedo pudo más y amaneció llorando.
—Si vas a preocuparte tanto —decidió Rosa—, hacemos las
maletas y nos vamos.
—¿Adónde? —preguntó el primo.
—A Burano; a mi casa.
—Supongo que no contaréis conmigo —avisó el marido.
Rosa le miró un instante antes de responder:
—Claro que no contamos. Hace ya mucho tiempo que debías
saberlo.
Así el primo quedó en Venecia en tanto Rosa y Marta, una
mañana helada, cruzaban una vez más la laguna, dejando atrás el Lido.
El barco diminuto se iba abriendo paso entre la bruma,
acechando los viejos pilotes que orientaban su rumbo. En el mundo revuelto de
cajones, viejas redes y sacos, los pasajeros, todos de edad, se apiñaban
fumando la última ración de un tabaco apurado con ansia hasta quemar las uñas
de los dedos. Otros dormían sobre la superficie oscura de las aguas. De cuando
en cuando la bruma espesa se animaba con la silueta de islotes fantasmas.
Parecían surgir como negros recuerdos para más tarde, poco a poco, borrarse
hasta quedar perdidos, devorados.
—Ese ¿cuál es? —preguntaba Marta a veces.
—San Miguel. ¿Ya no te acuerdas?
Y el recuerdo de Mario le hacía avergonzarse como si de
repente lo hubiera olvidado. Y sin embargo estaba allí, también bajo la bruma,
al pie de aquellos cipreses que apuntaban a un cielo húmedo y bajo.
Menos mal que ya otra nueva sombra salía a su encuentro.
—¿Es ahí?
—No. Eso es Murano —respondió Rosa, y añadió con cierto
desdén—: Ya sabes: donde trabajan el cristal. Ceniceros y lámparas. Pero ya
falta poco.
Menos mal, pues la humedad parecía roer los huesos como el
agua los islotes en ruinas, trazando negros laberintos de madera y ladrillos.
Burano, en cambio, apareció viva y sonriente tal como Rosa
anunciaba.
—Te gustará; ya verás.
A medida que el barco avanzaba el sol se abría sobre
pardos bancales de juncos y cañas, camino de una pequeña isla con muros a ras
de agua.
Según iban entrando en ella Marta podía descubrir sus
calles, cada cual con su canal particular, sus puentes de madera y sobre todo
aquella sucesión de casas de dos plantas de color diferente.
—Las pintan las mujeres —explicaba Rosa, orgullosa—. Aquí
lo hacen todo, desde traer hijos al mundo hasta redes y encajes.
La guerra, el Lido, la misma Venecia tan querida y vecina
parecían lejanos cuando, tomando las maletas, se abrieron paso a través de los
muelles vecinos. Más allá de la hilera de casas, de barcas tumbadas al sol de
pronto surgió un dedo afilado de piedra apuntando a las nubes. Tan inclinado
aparecía dominando la villa que Marta volvió a preguntar:
—¿Y esa torre? ¿Nunca se cae?
—Al menos yo siempre la he visto así. Detrás está mi casa.
La casa de Rosa se escondía junto a la calle principal,
repleta de cafés abiertos junto a cerradas hosterías.
—Tenías que haber visto esto en los buenos tiempos. ¿Sabes
que hubo aquí hasta una escuela de pintura?
Aparte de los monumentos, claro. Se trataba de ir contra
la Bienal —continuó explicando, hasta que de repente se detuvo—. Aquí es. Ya
llegamos.
Ante las dos se alzaba una casa de dos plantas como todas,
con idénticas ventanas rematadas por buhardillas y el tiro de la chimenea
surcando su costado. Tan sólo se distinguía de sus hermanas en la pintura
reciente de las otras y un huerto de juguete entre pálidas tapias que parecía
anunciar jornadas más tranquilas que las que atrás dejaban.
—Espera un poco que voy a buscar la llave.
Hasta Marta, a solas en el callejón, a pesar de aquel
húmedo frío, llegaban ahora voces de niños, murmullos que eran conversaciones,
canciones de la radio, suaves golpes de remos en canales vecinos. Con el sol en
lo alto, la villa parecía despertar a pesar de la hora que dejaba escuchar
algún campanario menos maltrecho que aquel a cuya sombra se alzaba la casa.
—Ya estoy aquí —anunciaba la prima, esgrimiendo en la mano
la llave—. Estará toda revuelta, pero como es pequeña en un día la arreglamos.
XIX
EN BURANO —aseguraba Rosa— la vida resultaba si no más
fácil, más tranquila. No había, como en el Quadri de Venecia, mujeres de
jerarcas con sus zapatos de macizo tacón, con sus medias de lana y las rodillas
al aire a la espera de un rayo de sol. Allí, como en el Lido antes, ya a media
tarde calles y muelles se vaciaban un poco por el frío y también por el temor.
Los jóvenes para no ser detenidos y acabar trabajando al otro lado de los Alpes
y los viejos en secretos viajes que los hacían desaparecer a lo largo de
aquellas mismas aguas durante toda la noche. Luego de día aparecían leña,
pescado, pan blanco o carbón en bodegas secretas abiertas sólo a quienes
pudieran pagar su escondido tesoro.
El primer nombre que Marta aprendió en su nueva isla fue
justamente el de zio Carletto, siempre dispuesto a suministrar petróleo cuando
faltaba la electricidad o un cesto de fruta traída desde cualquier lugar de la
laguna. Su reino, aparte de su bodega tan conocida como respetada, era aquel
mudo archipiélago aún erizado de espadañas testimonio de un tiempo que sólo a
las mayores respetaba. Además de pariente lejano de Rosa, tenía dos hijos
huidos, lo que en cierto modo los acercaba más, sobre todo a la hora de pagar.
—Zio Carletto —clamaba a veces Rosa—, il tuo zucchero
costa ogni giorno di piu.
Y el viejo rebajaba el azúcar en un puñado de liras que
dejaba a la prima satisfecha.
La jornada de las dos se repetía de la mañana a la noche.
Levantarse tarde, agotar los últimos cupones de la ingrata cartilla, detenerse
un instante a tomar un café con sabor a achicoria y volver a casa a preparar la
comida. Marta nunca conoció tal variedad de pescados cuyo aspecto le repugnaba
antes de pasar por la sartén o la parrilla.
—Tampoco a mí me gustan comentaba Rosa, sobre todo sin sal
como algunos los toman.
Pues incluso la sal comenzaba a faltar a pesar de aquel
mar que aparecía a pocos pasos. Fue preciso extender el agua al sol para
arrancar después su fruto magro y cristalino. Sólo zio Carletto y su barca
carcomida eran capaces de ir a buscarla a Las Salinas de San Félix donde tiempo
atrás se fabricaba.
—Zio Carletto —preguntaba Rosa cada día—. Quando ci porti
a vedere quelle saline?
Y a fuerza de insistir, el viejo consintió en llevarlas
consigo no sin antes advertirles que allí no había sino ruinas.
Pero Marta veía que a Rosa la aburrían ya tantos palacios
colosales, tantos puentes de mármol, incluso aquella plaza de San Marcos a la
que inevitablemente iban a descansar en sus primeros viajes. A medida que el
buen tiempo se avecinaba, parecía despertar en ella una pasión desconocida por
aquel escondido laberinto donde alternaban restos de hospederías con vacíos
polvorines o sombras de conventos milenarios.
De las famosas Salinas que dieron un día nombre a la magra
presencia del islote sólo quedaban en pie unos cuantos edificios vulgares entre
maleza sin segar y un puñado de rústicos manzanos. Bajo los tejados derrumbados
aún podían arrancarse ronchas de sal como escorias de tierra que la pala del
acompañante llevaba como joyas a la barca hasta dejar sólo las piedras.
Mientras tanto Rosa arrastraba a Marta por aquel paraíso particular donde sólo
llegaba el rumor de las gaviotas, el monótono batir del agua.
—La verdad —confesaba Marta—. No sé qué encanto especial
encuentras a estas islas vacías.
—Tú también con el tiempo se lo encontrarás —respondía
tendiéndole una mano tan fría como el agua—. El gusto por las cosas no está en
las cosas mismas, sino en la cabeza.
—¿En la cabeza?
—O en como son, sino en como quieres que sean.
Sus ojos entonces se volvían como los de los gatos, dulces
y amables y agresivos a ratos, obligando al viejo a detener la barca en cada
islote vago que aparecía ante la proa. Así fue conociendo Marta de su mano,
después de una Venecia de oro, aquella otra de fango y lodo, nacida entre
canales cárdenos. Al paso lento de la barca cruzaban muñones de abadías sobre
cimas sumergidas a medias, almacenes, puestos de guardia acechando guerras
pasadas y perdidas, matas de espino, restos de cuarteles y algún busto de
piedra que los ladrones no consiguieron arrancar.
Al fin, una vez saciada aquella sed de podredumbre, la
prima ordenaba volver a casa tras dejar en la mano del viejo una fugaz propina.
Una vez en ella volvía a ser la de antes, la de siempre, pegada a la radio
cuando no faltaba la electricidad.
Había descubierto una nueva emisora que al punto sustituyó
a la voz anterior. Representaba a la Italia libre y se llamaba Radio Tevere.
Todas las otras quedaron olvidadas.
—Hasta dan música de jazz.
Y era verdad. Aquella insólita emisora no recordaba a las
demás. Viva, real, libre, alternando música con breves boletines, en nada se
parecía a los eternos partes de guerra lanzados a las ondas por sus
precursoras.
Incluso se pudo escuchar en ella al mismo Toscanini
ofreciendo un concierto.
—¿Dónde crees que estará? —preguntaba Rosa a Marta.
—No sé; no entiendo de esas cosas, pero si se llama Tevere
estará en Roma, ¿no?
—Entonces más a mi favor —respondía en tanto se le
iluminaba el rostro—, porque ya Roma ha sido liberada.
De improviso desaparecieron para ella persecuciones y
judíos, aquella estrella de David que tanto llamó la atención de Marta el
primer día de Burano, cincelada sobre una fachada como un reloj de sol.
—¿De quién es esa casa? —había preguntado Marta.
—No lo sé. La verdad es que nunca me fijé. Sería alguna
sinagoga.
Y más tarde, a la noche, como intentando hacerse perdonar
su repentino desinterés, las manos de Rosa siempre acababan buscando las suyas
para quedar unidas hasta que el sueño las vencía, unas veces pasivas y a ratos
acechando.
XX
LA PRIMA ROSA había conocido a su marido en aquel café
cuyas paredes cubiertas de retratos hablaban de pintores a los que a menudo
solía referirse. También aparecían fotografías de viejos literatos. Ante dos
tazas de achicoria que la dueña servía con la misma ceremonia que si se tratara
de auténtico café, solía evocar su fugaz noviazgo.
—Fue por la vía rápida, como entonces se usaba, a pesar de
que se opuso mi familia.
—¿Por qué?
—No lo sé, manías de grandeza, supongo. Mi madre quería un
marido mejor. Alguien que hiciera volver los buenos tiempos de mi padre. De
modo que los defraudé.
A ella y a mis hermanos. Los tres solían decir: «¿Pero tú
qué le encuentras?».
—Si te gustaba, hiciste bien.
—No sé si me gustaba o no pero, al fin y al cabo, venía de
Venecia. Trabajaba en un periódico; ni siquiera me acuerdo del nombre. Todo fue
bien a pesar de las primeras discusiones, entre otras cosas porque siempre
acababa dándole la razón. La verdad es que yo por entonces sabía poco de la
vida antes de que la guerra me abriera los ojos.
—¿La guerra nada más?
—Bueno, la guerra y lo que trajo consigo.
Los ojos de la prima se encendían como allá en Las Salinas
acechando la bruma oscura de la tarde.
Luego apuraba su taza con un gesto amargo y concluía:
—En fin, es inútil lamentarse ahora.
La dueña del café —según Rosa— se entendía con el jerarca
de la villa y era tal su experiencia que incluso la mujer de su amante los
invitaba a comer en los días de fiesta.
—No puede ser —reía Marta.
—Pues lo es. Todo el mundo lo sabe.
—Lo digo por la edad.
—¿Y quién dice que el amor tiene edad?
Marta se imaginaba a la pareja: ella, metida en carnes,
luciendo sus alhajas lejos del mostrador y las botellas de grappa; él, embutido
a duras penas en su negro uniforme, paseando por la tarde o tomando su té como
buenos amigos.
Rosa hablaba de la dueña del bar con una admiración mal
disimulada, correspondida de la misma manera.
—Ha visto —preguntaba a Marta la mujer— come parla lo
spagnolo sua cugina? Meglio del italiano.
Marta asentía, en tanto Rosa sonreía halagada olvidando
hasta la noche la radio. Y sin embargo la voz puntual avisaba que ya todos los
judíos, extranjeros o no, debían ser enviados a lugares preparados de antemano,
sus bienes secuestrados y puestos a disposición de la República.
—Nada —trataba de tranquilizar Rosa los ánimos de Marta—.
Sólo palabras para tener contentos a los alemanes.
—Y girando el dial del aparato buscaba aquella Radio
Tevere que entre música suave y nombres conocidos invitaba a meterse entre las
sábanas.
Era difícil en cambio llenar las tardes pesadas,
monótonas, si no era acompañando a zio Carletto en alguno de sus viajes. Una de
ellas salieron a buscar leña con él. Ni marcos de ciegas ventanas, ni puertas
rotas, ni vigas carcomidas parecían capaces de resistir los ímpetus del viejo
con el hacha en la mano, abriéndose paso entre escombros y fango.
—¿No tiene ya bastante? —preguntaba Marta.
—Parece que no. Querrá aprovechar a fondo el viaje.
Cuando volvieron ya oscurecía sobre la laguna. De nuevo
los islotes cruzaban navegando convertidos en cerros de bruma.
De improviso el viejo detuvo la barca y miró en torno de
sí como buscando alguna luz en el turbio horizonte, pero del otro lado de la
laguna no venía ninguna, sino el rumor de una motora que poco a poco se acabó
concretando.
Sin saber bien por qué, Marta se echó a temblar y zio
Carletto, tratando de evitar la estela de aquella lancha militar, de un golpe
se hizo a un lado, dejando de bogar, esperando.
No eran precisas tales precauciones. Los de la motora ni
siquiera los vieron o pensaron que ninguno de ellos, ni su barca podrida, valía
la pena. Por el contrario apresuraron su marcha rumbo a Burano.
Mientras su estela zarandeaba todavía la barca, Marta
preguntó asustada aún:
—¿Qué vamos a hacer ahora?
—¿Qué quieres que hagamos? —respondió Rosa—. Volver.
—¿A Burano?
—¿Y adónde quieres ir?
Marta no supo responder. Estaba segura de que aquella
motora iba en su busca para arrastrarla a alguno de aquellos campos de que
hablaba la radio. El mundo, la laguna entera le parecía una trampa inmensa
preparada para ser cerrada sobre su cabeza.
—Deja de preocuparte de una vez. Para una sola persona no
mandan una motora de esas.
—¿Y si hay más?
—¿En Burano? No creo. Es que tú te obsesionas fácilmente.
Y sin embargo, cruzando a la vuelta los muelles
silenciosos vieron de nuevo a la motora inmóvil, meciéndose entre los pilotes.
La vigilaba un muchacho de uniforme con boina negra y dos grandes emes
cubriendo las solapas. Viéndole armado hasta los dientes Marta tembló de nuevo,
pero ya Rosa la arrastraba.
Una vez en la casa murmuró:
—¿Ves como no pasa nada?
Pero esta vez se equivocó. A poco una ráfaga de disparos
rompía el silencio cerca de los cafés cerrados, avivando en las rendijas de las
ventanas mortecinos rayos de luz. A Marta aquel rumor le recordaba las
madrugadas de su guerra anterior, las cunetas con sus sombras vencidas,
arrancadas súbitamente del sueño y de la vida. Le traía también a la memoria el
fin de Mario. Aun así se atrevió a preguntar:
—¿Contra quién disparan?
—No lo sé.
El rostro de la prima se hacía cada vez más sombrío a
medida que el rumor crecía. Más tarde cesó; de fuera llegaron «vivas» y voces y
el eco del motor alejándose.
Cuando al fin se borró, Marta trató de averiguar lo
sucedido, pero Rosa tan sólo repuso:
—Se han ido, ¿no? Deja de preocuparte —la apartaba de la
puerta—. Mañana saldremos de dudas.
A la mañana siguiente supieron que la furia de los
visitantes había caído sobre aquella estrella de David que tanto llamaba la
atención de Marta. Sólo quedaban de ella jirones de piedra y un sinfín de
cráteres que hacían difícil reconocerla aun. En torno de la casa un grupo de
curiosos miraba en silencio, asomándose a la puerta rota.
—Si sólo con esto se dan por satisfechos no estamos tan
mal —murmuró Rosa de vuelta—. Lo que hace falta es que no vuelvan.
Sin embargo, a la tarde, la dueña del café la llamó
aparte. De la Comisaría General pedían una lista completa de extranjeros
residentes en la villa. Judíos sobre todo, si es que había.
Y al decirlo miraba a Marta sin saber bien en cuál de los
dos grupos incluirla. Cuando Marta lo supo se decidió por fin.
—Me marcho. No aguanto más. Si me detienen no será peor
que esto.
—Total, sólo es cuestión de meses, o de días; vete a
saber.
—Eso mismo decían hace años.
De pronto, oyéndose, comprendió que no había pasado tanto
tiempo como parecía, como sus palabras trataban de dar a entender ante el
rostro impasible de la prima. Era inútil partir sin saber hacia dónde, tan sólo
con un antiguo pasaporte cuya mitad yacía enterrada entre los cipreses de San
Miguel a la espera de que se arreglaran sus papeles.
—¿Tú no conoces a nadie en Venecia?
—Claro que conozco, pero no es cosa fácil. Es poco menos
que imposible salir al extranjero ahora.
—Alguna forma habrá —repetía Marta a su pesar viendo a la
prima cada vez menos decidida.
—Sí —respondió—, perdiendo esta guerra que nunca vamos a
ganar. El día que acabe no habrá más problemas. Por eso mi consejo es esperar.
Con la paz abrirán las fronteras.
Marta aceptó aquel nuevo plazo. Sus días volvieron a
llenarse de rancia achicoria, tímido sol y amargos comentarios. Diciembre se
abría paso sobre la laguna, bajo cielos revueltos que a veces obligaban a
refugiarse en un rincón del café esperando el final de algún breve chubasco.
Según los días iban pasando, era preciso acostumbrarse de nuevo al frío.
Resultaban inútiles los constantes viajes rumbo a San Erasmo en busca de
hortalizas, asolada desde tiempo atrás por los mercados venecianos. Incluso la
leña comenzó a faltar a pesar de zio Carletto y su vagar constante. Sólo
quedaba, como consuelo, seguir acompañándole, isla tras isla, asistir a
continuas negativas para volver por la noche con la memoria llena de imágenes y
las manos vacías.
—Un altro giorno perso —murmuraba el viejo pensando en su
negocio, pero no tan inútil para Marta que a lo largo de aquellas jornadas,
perdidas para zio Carletto, olvidaba sus propios sobresaltos.
Atrás quedaban en el silencio hostil de la laguna viejos conventos
reducidos a torres de ladrillos, toscos fortines, árboles rojos como heridos,
antiguos lazaretos, hospitales barridos por Napoleón, convertidos en ruinas
militares. En el murmullo de los pilotes carcomidos que señalaban el camino de
vuelta se alzaban ilustres peregrinos, monjes de diversas órdenes que el tiempo
fue empujando a sus rincones, monjas de manos sabias como aquellas que junto a
la casa de Rosa tejían encajes todavía como en tiempos de paz.
Luego, si la luz no faltaba, la radio se encargaba de
borrar aquellos sueños de una sola tarde a los acordes de la música de jazz tan
del gusto de Rosa, rematados siempre por una voz amable que se despedía hasta
el día siguiente. Llegó a formar parte de su vida tanto como la laguna, ligada
a una esperanza cada vez más vecina.
—El día que te falte, no sé qué vas a hacer.
—No faltará, descuida. Al contrario, el día que la guerra
acabe, seguro que va a más. Ahora sólo se trata de mantener en alto la moral.
A veces adivinaba mensajes en reseñas de arte que a Marta
parecían inocentes, lugares, citas, órdenes.
—La guerra es así —respondía a sus preguntas.
Hay que servirse de lo que se tiene a mano.
Así quedó borrada aquella primera voz de Londres que a
buen seguro seguía dando noticias bien distintas acerca de nuevas requisas y
detenciones. Incluso Marta las hubiera olvidado en aquella temprana primavera
viendo a la dueña del café pasear tranquila con su acompañante de no ser por
aquella estrella de piedra hecha pedazos, rodeada de huellas de disparos.
Una mañana aquel silencio de hambre y olvido se derrumbó
bajo un aluvión de golpes en la puerta. Zio Carletto nunca solía llamar de
aquel modo y sin embargo Marta murmuró:
—Puede que traiga harina o fruta.
Rosa esta vez calló; se acercó lentamente a la ventana y,
tras lanzar una ojeada afuera, ordenó:
—Tú estate quieta. No te muevas de aquí.
Luego bajó a abrir. Hasta arriba llegaba el rumor de las
voces de dos hombres. Marta podía contar el tiempo por los latidos de sus
sienes, por el terror olvidado tiempo atrás que ahora, terco de nuevo, volvía
repentinamente.
Cuando Rosa volvió, se abalanzó sobre ella:
—¿Qué querían?
—Nada —respondió sombría—, sólo preguntaban.
—¿Por quién? ¿Por mí?
—Por nadie en particular.
De todos modos, tanto si mentía o no de nuevo el miedo
estaba allí, más fuerte que antes arruinando sus vigilias y sueños, haciendo su
nido de angustia en el corazón cada vez que de fuera llegaba el rumor de unas
pisadas.
El plazo acordado ya se había cumplido. Era preciso seguir
huyendo como antes del Lido.
—Es imposible seguir más tiempo así.
—¿Y qué quieres hacer?
Marta se encogió de hombros antes de responder:
—No sé, salir. Lejos de todo esto, fuera, a mi casa.
A los ojos de Rosa asomó un amago de reproche.
—Es fácil de decir.
—Para eso están las recomendaciones.
—Seguro, pero no hay suficientes para todos. Si no, ¿quién
iba a quedar aquí?
—La mayoría, no lo dudes.
—Te equivocas, todos ganaron ya bastante. ¿Para qué van a
arriesgarse ahora?
—Entonces sólo queda resignarse.
—Esto no va a durar eternamente.
—¿Quién lo sabe?
—Eso se ve en el aire. ¿No has visto como la dueña del
café se vuelve cada vez más amable?
Aun así, a Marta le parecía una trampa injusta. Ni
siquiera el recuerdo de Mario allá en San Miguel era capaz de justificar su
miedo o la presencia de la prima eternamente defendida por su muda arrogancia.
A veces sintiéndola tan vecina por la noche se preguntaba si a la postre aquel
cerco que se negaba a intentar romper no sería sino un pretexto para no
perderla. Más aquel interés que la halagaba no era más fuerte que su miedo
según el tiempo maduraba.
Incluso llegó a soñar que huían las dos, más allá de
canales y fronteras cerradas, para vivir en paz en su jardín lejano, tranquilas
en la noche hasta rayar el alba. Un día llegó a proponérselo.
—¿Por qué no vienes tú también?
—¿Yo? ¿A España? —Vio en ella, en sus ojos sobre todo,
aquel antiguo orgullo que la presencia del marido parecía convertir en
desafío—. ¿Para qué? ¿Para volver a lo mismo? Aquí, a fin de cuentas, está a
punto de terminar.
—Y tu marido ¿no conoce a nadie?
—Puede ser.
—¿Por qué no pruebas?
Rosa miró a su prima en silencio. Ahora no había orgullo
en ella sino un resignarse ante lo inevitable.
Se notaba que aquel viaje suponía un sacrificio para ella.
—Podría hablar con él.
—¿Quieres que vaya yo?
—Iremos las dos a ver si todavía está en el Gazzettino
—respondió.
Y cuando Marta se abrazó a ella, cerró los ojos dejándola
llegar en el temblor sombrío de los cuerpos unidos.
—¿Creías que iba a dejarte sola?
Marta no supo responder. Parecía buscar amparo en aquellos
pechos ahora cálidos, un refugio donde escapar del miedo y del dolor de aquella
breve muerte que sentía cada vez más cercana.
XXI
FUE PRECISO VOLVER a Venecia. La ciudad, tranquila bajo el
sol de abril, parecía, más que nunca, dispuesta a sobrevivir en la mancha
multicolor de sus palacios, en sus pináculos altivos, a salvo de cualquier
sobresalto.
Respetada por uno y otro bando, aún se veía en ella algún
que otro uniforme alemán junto a grupos de brigadistas italianos, gente de cine
dispuesta a seguir el camino del Norte, rumbo al lago de Como, en cuyas orillas
la aristocracia gozaba días mucho más tranquilos y mejores.
Según el barco cargado de soldados se iba acercando al
muelle, todo aquel mundo ahora más apagado venía al encuentro de las dos
amigas. Luego Rosa, como quien sabe el camino de memoria, encaminó sus pasos
hacia la redacción del Gazzettino.
Fue inútil preguntar a un bedel ocupado en calentar su
falso café, dispuesto a combatir hambre y sueño a la vez. Tan sólo le sonaba
vagamente el apellido que Rosa repetía. Lo más que puso de su parte fue llamar
al nuevo jefe de redacción, que apareció al fondo de un remoto pasillo. Él sí
se acordaba del primo que, según explicó, ya no trabajaba allí.
—Lavora a Radio Tevere.
—Ma, come a Radio Tevere?
De pronto todo aquel mundo alzado a su medida se le vino a
Rosa abajo, según iba conociendo la verdad de aquella voz en la que tanto
confiara. No se trataba de ninguna emisora aliada, ni mucho menos de alguna
oculta resistencia. El propio Mussolini y sus colaboradores le habían dado
forma, la lanzaban al aire en Milán a fin de levantar los ánimos de sus
oyentes, cosa que cada día conseguían. Por ello estaba allá el marido que en
Venecia buscaban, escribiendo, preparando falsas entrevistas, reclutando gente que
el hambre hacía llamar a su puerta día tras día.
Rosa escuchaba muda y el amigo, viéndola hundida junto a
Marta, le preguntó con ironía:
—Ma, e tu da dove vieni?
¿De dónde iba a venir? De un pueblo, de una isla vecina y
a la vez lejana por su culpa, cerrada a todo lo que no fuera aquella voz
esperada cada noche que ahora, para su mal, venía a ser, en cierto modo, la del
mismo marido.
Y por si no fuera bastante, el amigo insistía contando
cómo desde un principio se le quiso dar apariencia de radio libre, dejada atrás
por los avances aliados. Cantantes, músicos, periodistas venidos del frente
trabajaban en ella en Milán, donde tenían lugar aquellos fingidos conciertos
que a Rosa tanto entusiasmaban. Todo el mundo debía de saberlo menos ella, que
callaba sin saber qué responder.
Sin embargo supo permanecer fiel a su promesa de intentar
siquiera hablar con él, quizá porque en ella andaba su propia estimación, su
orgullo que le hacía pedir su dirección como si nada hubiera sucedido.
Así supo que se alojaba en un hotel cercano al teatro
Lírico. Lo difícil era llegar a la ciudad con los transportes en manos de los
alemanes. Fue preciso perder un día entero hasta tomar un tren, incluso
seguirlo a pie ante la duda de si los puentes se mantendrían sólidos a su paso.
En tanto la máquina a solas los iba comprobando, a Marta aquellos rostros
impasibles, asomando sobre impecables uniformes, le recordaban los de su guerra
anterior, ajenos a todos, ya se tratara de españoles o italianos. Tan sólo
entre sí hablaban su lengua imposible de entender; tan hostil como los
boletines de la radio y su lista de hebreos detenidos. Se echaba a temblar.
Sólo el ejemplo de Rosa, que parecía ignorarlos, la ayudaba a mantener en alto
la mirada perdida en el torvo horizonte.
Una monótona sucesión de relámpagos alumbraba a lo lejos
restos de fábricas en ruinas, rieles levantados, pueblos enteros sin tejados.
De cuando en cuando el convoy se detenía; sonaban a lo
lejos órdenes y disparos para después reanudar la marcha hasta aquella lejana
estación donde esperaba el nuevo calvario de cruzar a pie una ciudad
desconocida.
Ahora el mundo de Rosa parecía reducido al trozo de papel
en el que el redactor amigo había anotado las señas del hotel del marido. No
resultó difícil dar con él; lo malo fue la espera incierta con el estómago
vacío.
—Vete tú a tomar algo —aconsejaba Rosa.
Pero Marta, recordando la amarga achicoria de siempre,
prefería quedarse a su lado. El bar se hallaba cerrado y salir le parecía
desertar.
Cuando al cabo le vieron aparecer en el vestíbulo, ninguna
de las dos pudo evitar un suspiro de alivio.
—¿Qué hacéis aquí? —preguntó viendo aquel pelo dorado
convertido en rebelde despojo, las medias lunas de los párpados, los zapatos
cubiertos de polvo.
—Veníamos a hablar contigo.
—¿De qué?
Cuando supo la razón del viaje, torció el gesto mientras
respondía:
—Eso está muy difícil ahora. Si se tratara de Suiza aún,
pero España no nos reconoce, de modo que no van a dejarla marchar fácilmente.
—De todos modos lo puedes intentar.
Quedó pensativo durante unos instantes, quizás pendiente
de un nuevo rumor de explosiones que venía acercándose.
—Mira, vamos a hacer una cosa. Mañana habla el Duce aquí.
—¿El Duce? ¿Pero no está en Saló?
—No importa el primo trató de calmar a Rosa, el caso es
que viene. El discurso va a ser en el Lírico.
Allí no faltará nadie. Puede que alguno quiera echaros una
mano a cambio de cualquier favor en la radio.
Ahora se interesan por ella hasta los mismos alemanes.
Y en tanto se alejaba camino de recepción, Marta preguntó
a Rosa.
—¿Tú crees que conseguirá algo?
—Por lo menos una habitación.
El hotel se hallaba reservado a tope, pero aun así le
dieron una de servicio.
—Por lo menos podéis dormir aquí esta noche explicó el
primo dándoles la llave.
Marta no olvidaría su ademán al despedirse de Rosa,
cordial pero definitivamente lejano, ni aquella alcoba, quizás nido secreto
tiempo atrás, con su lecho desnudo convertido en purgatorio donde caer
rendidas, abrazadas.
Un continuo rumor de voces acabó de despejar su sueño al
día siguiente.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Marta, sobresaltada.
—Será ese maldito discurso. La historia de siempre. Como
si la gente no tuviera otra cosa en que pensar.
Sin embargo, más allá de las negras cortinas que
amortiguaban la luz por la noche, Marta veía un torrente cada vez más apretado
en la calle, siempre en la misma dirección.
—Va mucha gente —murmuró.
Rosa se alzó y su sueño pareció borrarse al punto.
—Querrán verle de cerca por última vez.
De nuevo sus ojos se encendían en tanto Marta se
preguntaba qué pasión especial unía a Rosa con los que cruzaban bajo la
ventana. Quizás sintiera idéntico interés a pesar de sus eternos prejuicios.
Por ello, para hacerle el camino más fácil, propuso, aparentando no dar
demasiada importancia a sus palabras:
—Si quieres nos acercamos un momento. Sólo mirar.
Rosa quedó dudando a su pesar.
—¿Para qué? Lo conozco de sobra.
—Pero yo no. Además, ¿qué hacemos aquí las dos solas?
Mientras que no termine, tu marido no aparece.
Más que el rumor intermitente de la calle, la empujaba
fuera de la habitación una especial curiosidad por conocer de cerca a aquel de
quien su destino dependía.
—Sólo un momento y nos volvemos.
—Como quieras.
Allí estaban, entre la multitud, escuchando, ante el
teatro repleto de uniformes y medallas, los aplausos a los que respondía fuera
un coro constante de ovaciones cerradas. Marta, mirando a Rosa, observando su
rostro, se preguntaba qué pensaría a lo largo de aquel tiempo quizás resumen de
su vida toda. Puede que, como de costumbre, riñera en su interior una guerra
constante en la que la pasión reinaba sobre todo lo demás, haciéndola aborrecer
o amar sueños que en torno imaginaba. A medida que el entusiasmo crecía, la
notaba más pálida. Menos mal que el discurso apenas se entendía en aquel mar
revuelto donde las dos flotaban.
Cuando por fin apareció en la puerta, Marta se llevó una
gran decepción. Aquél no era el guerrero de presencia imponente que conoció en
carteles y retratos.
Sus ojos, su figura, no parecían ya desafiar a nadie, sólo
extendían en torno una mirada parecida a la de Rosa, ardiente en ocasiones,
entre el bosque de brazos levantados. Su viejo uniforme sin cruces ni
condecoraciones llamaba la atención entre tantos como le rodeaban cargados de
metal brillante, como si su antiguo esplendor hubiera ido a parar a aquella
corte que luchaba por ocupar un lugar destacado ante los fotógrafos.
Cuando le permitieron subir al coche que impaciente
esperaba, aún se entretuvo repartiendo saludos, volviendo a alzar al cielo el
brazo para después correr rumbo a su destino.
—Le queda un año —murmuró Rosa al oído de Marta, en tanto
la multitud se deshacía.
Pero Rosa, una vez más, se equivocó. Meses después moría.
No quiso ir a verlo colgado de los pies en la plaza de Loreto.
Prefirió quedarse con ella hasta el día de su despedida,
algún tiempo después, cuando Marta partió camino de su jardín durante tanto
tiempo añorado y perdido.
TERCERA PARTE
XXII
ASÍ MARTA, de nuevo en su ciudad, se convirtió en «la
viuda del jardín», dueña y guardiana de un cerrado paraíso abierto sólo a los
pájaros y a los gatos. Cuando la lluvia se alejaba, podía adivinarlos en sus
guaridas, soñolientos a ratos, esperando la noche para llenar sus horas con
lamentos de amor entre los jaramagos. Con las desnudas copas de los álamos
arañando la aurora, llegaban hasta la ventana donde su mano les repartía
comida; luego se transformaban en imagen de aquel tiempo muerto quedando inmóviles,
soñolientos, a lo largo del día.
Marta pensaba que eran para ella como aquellos años. Ni la
lluvia ni los truenos pasados o presentes parecían capaces de alterar su
destino o su sueño, ni siquiera el día en que el cuerpo de Mario llegó, tras
mucho batallar, desde su cementerio veneciano.
Viuda de un jardín y un nombre, el tiempo se deslizaba
lentamente a sus pies, lo mismo que a lo lejos el vago planear de los milanos.
Miserias ajenas, huelgas, hambres, amenazas de guerras que
no llegaban a estallar navegaban por el horizonte sin detenerse nunca,
resbalando sobre la muralla para ser arrastrados río abajo como jirones de una
vida que la memoria se obstinara en rechazar.
Ni siquiera alteró la calma del jardín o de los miradores
aquella caravana de autobuses camino de Madrid organizada para protestar o
celebrar un acontecimiento que no recordaba. De haberse asomado, la hubiera
visto volver a medianoche con sus banderas arriadas y sus gargantas rotas,
luciendo aún viejas medallas sobre raídos uniformes. Los rostros no eran
aquellos que conoció bajo los pinos y, como huyendo de un espejo múltiple,
aquel día no salió de casa ni siquiera para su paseo hasta la catedral, la farmacia
o el hospital que ahora la veterana regentaba. Año tras año, un día se parecía
a otro como los mensajes que a través de la radio una voz eterna dirigía por
Navidad.
La ciudad iba creciendo, no ante la muralla donde el río
se alzaba como barrera infranqueable, sino en sentido opuesto, en busca de los
pinos.
Cierta mañana amaneció la fachada de la catedral pintada
con letras de alquitrán pidiendo libertad. Fue preciso picar la piedra y
durante todo un día no se habló en la ciudad de otra cosa.
Incluso el administrador, tan puntual y discreto siempre,
aludió al suceso antes de echar un vistazo a sus papeles.
—Libertad ¿para qué? ¿Para volver a enzarzarnos en otra
guerra? ¡Quite allá! Con una ya tuvimos bastante.
Nadie quería volver la vista atrás, incluso aquel pintor,
amigo del padre, que un día volvió a su casa sobre la muralla. Su ausencia
prolongada no le había cambiado demasiado. Por el contrario su madurez le había
mejorado.
Cuando Marta le preguntó la razón de su vuelta, respondió:
—Ya ves —mostrándole un par de retratos recientes—.
Siempre se vuelve al lugar del crimen. El tuyo, en cambio, está todavía por
hacer.
—¿Vas a quedarte mucho?
Se le quedó mirando pensativo, antes de responder:
—Depende. Ahora tengo un estudio en Madrid.
Marta paseó la mirada en torno, abarcando la casa sin
ordenar aún.
—Y con esto ¿qué piensas hacer?
—No sé... —repuso— puede que lo venda o lo deje.
Como decía tu padre, yo soy ave de paso.
A más de trashumante, era difícil de convencer cuando
alguna idea rondaba su cabeza. Se empeñó en cancelar aquella lejana deuda y
Marta tuvo que ceder.
En el bochorno de la tarde iba naciendo sobre el lienzo
otra Marta distinta de la que imaginó, un rostro en el que un gesto amargo
parecía borrar pasadas ilusiones.
—¿Esa soy yo? —se impacientaba.
—Espera que termine. —Y, tratando de alejar sus dudas,
preguntaba a su vez—: ¿Sabes que ayer me encargaron otro más?
—¿Dónde? ¿Aquí?
—Uno de la Diputación. Quiere que pinte a su mujer.
—Se ve que han corrido las voces.
Y en tanto lo decía, Marta se imaginaba los comentarios de
la ciudad ante aquellas solitarias visitas.
Ahora que cada fortuna alzada a la sombra de la guerra
exigía en su salón principal la imagen de la dueña de la casa, su amigo parecía
dispuesto a satisfacer tales deseos aun a costa de cualquier sacrificio.
—De seguir a este paso, vas a hacerte rico.
Al amigo aquel riesgo no parecía importarle demasiado.
—El día que me canse, cierro el negocio y me vuelvo a
marchar.
Oyéndole, Marta pensaba si tras de tantos años no la
habría acabado idealizando, comparando aquel torpe retrato con el desnudo que
siendo niña descubrió en el mismo cuarto. Quizá la traicionaba la memoria o
quizás él también se hubiera traicionado a sí mismo pensando en el dinero como
todos. Cuando se decidió a decírselo, volvió a encogerse de hombros.
—Puede ser, pero eso que tú dices no lo ven los demás.
Marta pensó que quizás en aquel rostro apenas terminado se
hallaran no su frente o sus labios sino el exilio de Pablo, la muerte de Mario,
o el mar dorado de la prima Rosa naciendo a la mañana entre sus manos.
De todos modos lo aceptó, quizá porque tampoco ella quería
volver la vista atrás. Primero lo colocó en el salón de la casa, mas cada vez
que entraba en él allí estaba su propia imagen esperándola, no se sabía bien si
para darle una solitaria bienvenida o simplemente para espiar su sombra y sus
palabras. Durante un tiempo lo tuvo en la alcoba pero acabó colgándolo en el
cuarto del padre, tal vez huyendo de los dos, de su presencia muda e
inevitable.
A Sonsoles en cambio le gustó tanto que al punto quiso
otro igual.
—Tienes que hablar con él. Pero no quiero uno de esos como
de calendario. Yo lo prefiero como el tuyo. Pagándoselo, claro.
—¿Y por qué no vas tú sola?
—Mujer; yo sola, la primera vez... Además tú te explicas
mejor.
Fueron a verle el domingo siguiente y el amigo aceptó:
—Con una condición: no le ponemos plazo. Cuando esté libre
te llamo. ¿Conforme?
—Conforme.
—Dame tu teléfono.
Sonsoles dejó sobre la mesa una tarjeta juvenil donde
surgían sus señas de un mar terso y rosado.
—¿Ves qué fácil? —comentaba Marta a la vuelta—. Podías
haber ido tú sola.
—No lo creas —respondió Sonsoles—. En mi vida pasé más
vergüenza. Sólo el día de mi boda, pero aquello era otra cosa.
XXIII
LA BODA DE SONSOLES cerró en su ya lejano día toda una
época de la ciudad. En ella se encontraron por última vez amigas de colegios
que ya no existían, conocidos del cine de las cinco, noviazgos que no llegaron
a cuajar y matrimonios jóvenes junto a madrinas de guerra con su amor reducido
a un paquete de cartas melancólicas.
Mirando ya a los nuevos tiempos, la ceremonia se celebró
en la ermita donde el patrón de la ciudad velaba antaño sueños y cosechas. Fue
preciso acomodarse en los coches de aquella improvisada caravana, aguantar
miradas furtivas y, más allá del cristal, el estruendo curioso de los niños.
Marta comprendió pronto que junto a Sonsoles y su traje de novia ella era
también una esperada novedad capaz de llenar el tiempo muerto a lo largo de la
ceremonia. Sola quizá no hubiera asistido, mas allí estaba Carmen a su lado,
dudando siempre, calculando cuándo le llegaría su turno ante un altar parecido.
Y en tanto transcurría la ceremonia, solemne y medida como
un suave bálsamo, aún se podían descubrir lágrimas escondidas en los rostros o
escuchar suspiros.
Poco a poco el interior de la ermita parecía menguar con
la llegada de nuevos invitados, simples curiosos o apurados parientes.
—¡Está tan lejos esto! —murmuraban entre sí.
—¡Qué ocurrencia casarse en este sitio!
Tuvieron que estrecharse aún más; los jóvenes arrastrados
por la curiosidad; los mayores por ver de cerca a la pareja: Sonsoles la quiso
así. Lo arregló todo a su manera, la previó al detalle. Lo único que le falló a
la larga fueron los hijos.
Fue inútil visitar a un médico tras otro; siempre volvía
con su dolor a solas. Para hacerle frente invitaba a su casa a sus sobrinas,
que le traían ecos de otros mundos al igual que las cartas de Carmen.
Carmen se había casado al fin con su viudo de más allá del
océano y solía volver por la ciudad de cuando en cuando, a mostrar sus hijos,
aquellos alevines de hombres con su pelo y sus trajes rigurosamente planchados.
Había en sus ojos mucho desdén criollo por los parientes de la nueva madre, por
las tierras sin arar ni sembrar, incluso por aquella catedral tan pobre que
hasta tenía una capilla con reja de madera imitando bronce.
Y aún más que desdeñar, se diría que odiaban aquellos
campos vacíos ahora, tantos muros en ruinas, la casa de la nueva mujer del
padre cuyo umbral los repelía. Tan sólo les importaba la política, llegar a
ella a través de la universidad; sólo soñaban con un París lejano difícil de
alcanzar.
Ellos y Carmen, cuando hablaban de lo que sucedía al otro
lado del océano, recordaban a Marta al primo de Venecia.
—Nada; allí no pasa nada. Allí el gobierno sabe lo que se
hace. Quien se desmanda sabe qué le espera: salir del país o un campo de
trabajo.
—Entonces —replicaba el marido de Sonsoles— lo mismo que
aquí. Hasta en eso somos iguales.
—Allí tenemos presidente.
—¿Qué importa el nombre? La diferencia está en que aquí
dura más. Vosotros, en cambio, ¿a cuántos salís al año desde que os dejamos de
la mano?
Con las hijas, en cambio, tales disputas no existían,
perduraba el orgullo en sus ojos oscuros acostumbrados a herir otras penumbras
lejos de estudios y negocios. Parecían nacidas y criadas, más que para el amor,
para el placer, desde su acento leve y medido hasta el último pliegue de su
oscura piel.
Ellas no odiaban, se contentaban con dejar resbalar sobre
su cuerpo canales de rendida admiración, ajenas a problemas de indios y
elecciones.
—¿Cómo van a votar —se rebelaba Carmen— si ni siquiera
saben leer? Además, ¿es que votáis aquí?
Todos callaban menos Sonsoles.
—¡Mujer, según dices allí sois una república!
—Y aquí ¿qué sois?
—A mí me gustaría saberlo, no creas —respondía el marido
por ella—, pero a este paso me voy al otro mundo con la duda a cuestas.
Pero no siempre su tiempo allí, aquel pequeño mundo de las
tres, discurría de la misma manera.
Con las hijas ausentes, en Lourdes o en París, los días se
alejaban arrastrando consigo fechas, nombres, nacimientos, muertes que venían a
repetir los encuentros de antaño al pie de los eternos soportales. Ahora las
modas eran más leves, transparentes, los trajes de baño cada vez más breves, y
encender un cigarrillo no dejaba tras sí ácidos comentarios. Resultaba difícil
llamar la atención, sentirse protagonista por un mes siquiera, en aquel tedio
espeso donde languidecían pecados y virtudes aun antes de cumplir el año.
XXIV
A VECES LLEGABA DE MADRID el hermano, que ahora vestía de
paisano, cada día con una novia diferente a la que era preciso mostrar, uno por
uno, los rincones del jardín y la casa. Parecía más tranquilo, sin su apurado
afán de juventud, sin sus secretos y su vagar constante.
Quizá no recordaba, pero allí estaba todavía de niño
acechando el temblor de la lluvia en el invernadero abandonado, rincón de
juegos infantiles con una Marta sometida, entre sillas de mimbre y macetas en
las que el tiempo se había detenido.
—¿Qué buscas? —preguntaba cada vez que le sorprendía allí,
a su lado.
—Nada. ¿Dónde te metes?
—¿Y tú?
—Estaba esperando.
—¿A quién?
—¿A quién va a ser? A ti.
Y así los juegos empezaban: esconderse, buscarse, escuchar
la carrera veloz del corazón, intentar sosegarlo, entre ruinas que parecían de
pronto cargadas de pasión. La penumbra se hacía más densa y pálida sobre los
rostros de los dos cuando el hermano, tomando entre las suyas las manos de
Marta, exigía aquel tributo en el que un común pecado los unía.
Por entonces lo hubiera escrito con letras de azufre y
fuego en el diario que nunca llegó a terminar y al que el padre, de cuando en
cuando, echaba una ojeada, a pesar del candado dorado.
En vez de ello, callaba, salía desde el húmedo interior a
contemplar la fuente de dos caras, una de hombre, la otra de mujer, salvo en
los días en que un sol aterido la obligaba a quedar encerrada. Las hojas secas,
como recuerdos doloridos, llenaban los caminos, se alejaban barridas por el
fango para dejar en el recuerdo ráfagas de relámpagos brillantes en los que a
ratos se reconocía. Perduraban como tanto detrito amontonado hasta que el mismo
sol los devolvía convertidos en montones de reflejos morados.
Cuando el hermano y la novia de turno se marchaban, un
repentino bienestar venía: decisiones siempre aplazadas como escribir a Rosa o
escapar a Venecia.
Sonsoles se apresuraba a prometer:
—Ese viaje lo hago yo contigo.
—Lo dices ahora. Luego te desanimas.
—¿Por qué? ¿Por mi marido? Por él puedo hacer lo que
quiera. Lo que me falta es decidirme, pero de este año no pasa. NO tenemos
perdón. Total, un mes y nos volvemos.
Pero aquella aventura siempre quedaba a flor de labios, en
un eterno lamentarse que sólo borraban los días primeros de la vecina
primavera. Como los heliotropos junto a la muralla volviendo hacia la luz sus
corolas, Marta se sorprendía asomada al espejo de la alcoba en el que rostro y
ropa parecían ya pasados de moda. Entonces algo en el fondo de su cuerpo, en el
cauce escondido de aquel hijo que no llegó a nacer, se revolvía inquieto,
empujándola temerosa hacia la consulta de aquel médico amigo de los días del
frente.
Cuando pedía hora, llegaba desde el otro lado del teléfono
su eterna respuesta:
—Para ti estoy libre. ¿Cuándo quieres venir?
—El jueves, por ejemplo.
—El jueves a las diez, pero no te retrases.
Y a la postre Sonsoles casi siempre se decidía a
acompañarla.
Las dos tomaban el tren para llegar puntuales al rito de
comprobar nombres y direcciones. Luego Sonsoles se encerraba en su laberinto de
revistas de colores en tanto el médico amigo recibía a Marta con su gesto
habitual.
—¿Alguna novedad?
—Un poco de dolor aquí —se señalaba el vientre.
—Vamos a echarte un vistazo —ordenaba mostrándole el
camino hacia el biombo a su espalda.
Y en tanto tras sus barras blancas iba quedando reducida a
aquella sensación de andar desnuda sobre un suelo tan frío, sólo pensaba en la
pantalla helada sobre sus pechos tibios todavía y aquel tumbarse luego sobre la
estrecha cama.
Como partida en dos por sus duras y a la vez hábiles
manos, techo y muros se borraban; su cuerpo sometido corría hacia su escondido
y doloroso rincón. Toda ella estaba allí, de improviso, más allá de sus ojos
entornados, alerta, atenta, en la oscura veta de sus piernas abiertas al compás
de la voz que la llamaba por su nombre, castigándola con posturas insólitas.
—Vamos; así está bien. Quieta un momento, por favor.
¡Buena te hicieron aquí! ¿Dices que fue en la guerra?
Era como un amante autómata. Cruel y distante al que Marta
se abría, sin un suspiro ni una lágrima.
Más tarde, cuando la voz callaba, de nuevo aquella barrera
ya conocida tornaba a alzarse según la enfermera tomaba muestras de su sangre.
—De sueño ¿qué tal vas?
—Regular. ¿No puedes darme algo?
Y en tanto extendía la receta, anunciaba:
—Te mando por correo los análisis.
—Si quieres paso a recogerlos.
—No hace falta; estás bien. Cada día más joven.
Marta se reía agradeciendo sus palabra, luego cruzaba otra
vez aquella sala colmada de nuevas impaciencias y esperaba a Sonsoles.
Esta vez la visita era mucho más breve. De nuevo en la
calle, Marta le preguntaba como de costumbre:
—¿Qué te ha dicho?
—Lo que todos: que de hijos ni hablar.
—Puede que con el tiempo inventen algo.
—Eso ya está inventado —reía amargamente. Acostarte con
otro y en paz. Luego en el mismo tono proseguía: Por este médico sí que me
dejaba operar yo.
—Díselo; a lo mejor se anima —replicaba Marta intentando
levantar sus ánimos.
—¡Qué cosas se te ocurren! Yo hablaba de estirarme un poco
como hacen las estrellas de cine.
En tales cuestiones iban pasando el almuerzo y la tarde de
compras. Cuando a la noche volvía cargada de paquetes, la mujer del portero
solía preguntar:
—¿A santo de qué traerá tanta ropa?
—Para alguno será, no te preocupes —respondía invariable
el marido.
—¡Pero si vive sola!
—También vivía solo el padre. Luego ya ves: resultó que en
Madrid: querida y casa. Lo que se dice vivir bien.
La mujer callaba ordenando aquel ajuar más leve y
transparente cada año. Marta, viéndolo sobre sí, también a veces trataba de
imaginar para quién sería, pero de todos modos ceñida por él se sentía más
alegre y segura, como si aquella intimidad la penetrase hasta llenarla toda.
Amar ¿a quién?, preguntaba a la noche, y la noche callaba como el mismo río
bajo la brisa breve de los álamos.
XXV
COMO UNA VOZ LEJANA y a la vez conocida, sonó una noche
para Sonsoles la del pintor amigo de Marta a quien cierto día encargó su
retrato. Apenas tuvo tiempo de alzar el teléfono desde la mesilla y ya
preguntaba:
—¿No estarías durmiendo?
—Leyendo un poco.
Con el marido sin llegar aún, solía meterse en cama con un
libro que nunca terminaba. Tras unas pocas páginas aquel mismo teléfono y sus
constantes llamadas alzaban en torno a la ciudad una invisible sucesión de
visitas mucho más eficaz que las antiguas tertulias. Era capaz de convertirlo
en discreto correo o en arma arrojadiza.
Esta vez, sin embargo, la llamada del amigo de Marta la
pilló de improviso. Ni siquiera reconoció su voz.
—¿Qué? ¿Cuándo empezamos?
—¿Empezar qué?
—¿Qué va a ser? El retrato. ¿O es que ya no te acuerdas?
Sonsoles reconoció por fin la voz, que añadía:
—¿Cuándo te espero? ¿El lunes, por ejemplo?
Sin saber por qué había pensado que el retrato lo pintaría
en su casa, pero quizás a la postre fuera mejor así. Sería como una de aquellas
visitas al médico. Sin embargo aceptó; aún quedaba casi una semana.
—Está bien; el lunes ¿a qué hora?
—¿A las diez te viene bien?
—Depende del tren.
—Bueno, si te retrasas me avisas. De todos modos apunta
las señas.
Y tras apuntarlas, preguntó a su vez:
—¿Qué vestido me pongo?
—Eso ya es cosa tuya.
—Está bien.
Sin, saber por qué, apenas acertó a despedirse, a borrar
aquella voz sin rostro que aún parecía perdurar cuando llegó el marido a casa.
—¿Qué hay? —se desplomó sobre el borde de la cama.
—Nada. ¿Qué va a haber? ¿Cenaste?
—Tomé un sandwich con unos amigos. ¿De veras que estás
bien?
—¿Por qué?
—Te noto un poco rara.
Aquella noche, como a lo largo de toda una semana,
Sonsoles durmió mal. De poco le sirvió asomarse a la ventana, contar las luces
de la vega, seguir en su modesto resplandor el rumbo de la vieja carretera.
Fuera, una luna indiferente cumplía su ciclo entre espesas nubes, mientras la
catedral cambiaba de color y forma, iba mudando en gris su espinazo solemne.
Era inútil leer, intentar mantener la atención lejos de aquel estrecho margen
de seis días alzado de pronto, como sus recuerdos, sin sentido aparente.
Soñó que caminaba junto a una Marta niña todavía por los
estrechos corredores de su casa. En la buhardilla cargada de despojos, entre
cuadros y libros, habían encontrado por azar un enorme baúl repleto de
vestidos. Marta había apartado para sí la ropa del padre en tanto ella se
dejaba poner blusas y enaguas de colores. Luego las dos se perseguían en un mar
de armarios y alacenas vacías hasta caer rendidas, abrazadas, envueltas en sus
propias risas. Muy lentamente una laguna de sangre blanquecina parecía inundar
la oscura habitación a donde el sol llegaba a través de las grietas del
maltrecho tejado.
Tan sólo la campana de la catedral las rescataba
devolviéndolas sanas y salvas a la vida, mostrándoles aquel camino amargo que
era preciso recorrer para recuperar la pureza perdida.
Con las primeras luces se arrodillaba ante la temida
celosía, con la garganta a flor de labios y el corazón batiendo.
Cuando por fin la ventana crujía, llegaba del otro lado la
pregunta habitual:
—Vamos a ver. ¿De qué te acusas hoy?
—De lo mismo de siempre.
—¿Cuánto hace desde la última vez?
—No lo sé. No me acuerdo.
—¿Cómo no vas a acordarte? —se endurecía la otra voz,
amenazando desde la penumbra.
—Puede que un mes.
—¿Seguro? ¿No has vuelto a hacerlo antes?
—Una semana —sucumbía, en tanto la envolvía un suspiro
nacido de la celosía.
—Dime. ¿Vas mucho al cine?
—Como todas.
—Y de novelas ¿cómo andamos? ¿Cómo todas también?
—A veces leo alguna.
—Pues entre tanto leer y esas películas que dices te
acabarás volviendo loca. Además, el día que te cases no podrás tener hijos. De
modo que elige.
A la postre todo quedaba en prometer arrepentirse y una
penitencia que a veces cumplía en la misma capilla. Tan sólo demorarse un rato,
rezar, humillar el rostro entre las manos y ya podía marchar otra vez limpia y
tranquila como antes.
Ahora no era tan fácil. Aquel terco insomnio iba
ganándola, llenándola de nuevas fantasías que la dejaban rendida a la mañana
con el lecho revuelto junto al otro vacío.
—Cada vez que te veo llegar así, comentaba la dueña de la
farmacia —no hace falta preguntar qué buscas.
—¿Cómo me ves?
—No sé —dudaba—. Con cara de haber dormido mal. Y en tanto
lanzaba una ojeada a la receta, añadía—: Yo también las tomé hace tiempo. No
son para dormir.
—Entonces ¿para qué?
—Para evitar preocupaciones. A mí me fueron bien; luego,
cuando volví a dormir, las acabé dejando. De todas formas si las necesitas no
tienes que traer receta.
Tarde o temprano todas las acabamos tomando. Tu amiga
Marta, por ejemplo.
El remedio fue bien; tanto que el día de ir a Madrid la
criada tuvo que despertarla.
Intentando salvar a duras penas aquel necio naufragio, sin
encender la luz, cargada aún la cabe%a de sueño y pesadillas, consiguió
alcanzar el cuarto de baño.
—¿Dónde vas a estas horas? —llegó de pronto la voz del
marido en tanto se encendía la pantalla sobre la mesilla, dejándola
desprevenida.
—Voy a Madrid, con Marta —respondió al fin.
—¿Otra vez de compras?
Va a esperar a unos amigos a Barajas.
—¿Y qué pintas tú allí?
—Es que también son amigos míos.
No hubo más. Tan sólo el crujir de la cama y el definitivo
despertar de Sonsoles bajo el agua de la ducha. Era tonto —se dijo—, pero
aquella mentira la resarcía de tantas otras admitidas por ella, justificando
ausencias en la cama vecina. Peor fue rogar a Marta por teléfono desde la
estación:
—Me voy a Madrid. Hazme un favor: si mi marido llama,
fuiste conmigo.
—¿Y si me lo encuentro? —preguntó Marta al otro lado del
hilo tras dudar un instante.
—No sé. Dile que he vuelto antes. Se trata del retrato que
va a hacerme tu amigo.
—¿Y para eso tanto misterio? —preguntó con ironía.
—Es para darle una sorpresa.
A Sonsoles la molestó el tono burlón de Marta que, sin
embargo, la ayudó a salvar la barrera de la propia timidez camino de Madrid.
—¿Siempre eres tan puntual? —le preguntó el amigo,
lanzando una mirada a su vestido.
Después, inmóvil, bajo su mirada, sus ojos iban anotando
no sólo el ir y venir constante de sus manos o su ropa manchada sino también el
estudio entero con su diván al fondo rodeado de cuadros.
—Me enseñarás alguno —murmuró.
—Son todos bastante malos.
El diván, en cambio, se hallaba donde debía, en un rincón
discreto que a Sonsoles le recordaba aquel otro con la mujer desnuda sobre un
fondo de raso, descubierto con Carmen y Marta.
El primer día el tiempo se les fue en un instante.
—Por hoy terminamos. ¿Me dejas que te invite a comer?
—Hoy no puedo. Otra vez.
El amigo hizo un rápido cálculo.
—La próxima vez puede ser el viernes. —Y viendo que
consultaba su reloj, procuró tranquilizarla—. No tengas prisa. Te llevo a la
estación.
Era uno de aquellos primeros coches diminutos donde, al
decir de las amigas, se podía subir con total confianza.
—Son tan pequeños que no puedes ni revolverte —decían—.
Tienes suerte si te caben las piernas.
Al separarse, notó sobre las suyas la mano de su
acompañante a modo de cordial despedida.
—El viernes. No te olvides.
—No me olvido. Descuida.
A lo largo de las sesiones siguientes aceptó almorzar con
él y más tarde un paseo por el parque vecino.
Por entonces el amor se perseguía con saña. Guardianes
insólitos acechaban en jardines y plazas donde los bancos habían sido retirados
para rendir a las parejas con un vagar eterno bajo las sombras de los plátanos.
Un olor a leña quemada traía entre los chopos y los tilos
recuerdos de una niñez lejana y a la vez el miedo de volverse a encontrar con
el marido en casa.
Como él, solía comentar el amigo:
—Tienes cara de fatiga.
—Puede que un poco.
—Si quieres volvemos y descansas un rato.
Le costó trabajo decidirse, pero luego fue todo tal como
imaginaba: ella torpe y el amigo demasiado seguro. Tanta sabiduría molestaba al
principio, a pesar de su cabeza aturdida, de aquella boca que se iba abriendo
paso por el camino de su cuerpo cálido; sobre aquel diván testigo a buen seguro
de tantos otros amores olvidados.
Después, con el momento de vestirse, vino aquella nueva
sensación hostil de vacío, como poner en marcha una pesada máquina, no aquel
coche pequeño que cruzaba un Madrid maltrecho todavía a pesar de sus montañas
de cemento.
Cuando su amor se hizo costumbre, como decían por entonces
los eternos seriales de la radio, tal vez era ya tarde; el retrato caminaba a
su fin, más allá de almuerzo, y nuevos pretextos y razones que era preciso
discurrir, respondiendo a las preguntas de Marta:
—¿Para cuándo termina?
—Ya va faltando menos.
—El mío lo hizo en unas pocas sesiones.
—Es que a ti te conoce más.
—A este paso, no sé qué te diga.
Trataba de hacer frente a sus veladas ironías pero no
siempre acertaba con la ocasión y el tono. Tal vez la ciudad entera pensaba
como ella, incluso su marido, cuando hacían balance a su vuelta.
—¿Qué tal Madrid?
—Igual. Creciendo como siempre.
Después el rito del amor se cumplía y cada cual pensaba en
su próximo viaje.
Era como un continuo devorarse, desdoblarse en espacios
infinitos de la cama al diván, una noche tras otra, buscándose a sí misma,
imaginándose saturada de amor, vomitando amor cualquier oscura madrugada,
alzándose, acostándose con una ciega sensación de tiempo huido como a veces el
amigo repetía.
Un día la miró pensativo con el pincel inmóvil en la mano.
—¿En qué estás pensando?
—En nada —respondió volviendo al retrato—. Me estaba
preguntando qué harías si hiciéramos un hijo.
—¿A qué viene eso ahora?
—Todo puede ser. ¿Se lo dirías?
—¿A quién? ¿A mi marido?
—¿Le dirías que es suyo?
—Me las arreglaría. Tú no te preocupes.
Lo peor de los hombres era que nunca llegaban a comprender
que su mayor deseo era cambiar su vida sin demasiado esfuerzo, con el mínimo
riesgo, como volviéndose a casar. Incluso su marido ¿qué sabía? Tal vez fuera
capaz de leer en sus ojos, en su fingido amor de compromiso, la verdad de sus
silencios y sus viajes.
A veces sintiéndole tan vecino por la noche se la hubiera
confesado pero el sueño llegaba, tras una sensación de tiempo perdido, en la
que parecía flotar sin saberse perdonada o no, o al menos comprendida. Cada vez
le resultaba más difícil deslizarse en la penumbra de la alcoba, desnudarse,
mirar la ropa al pie tan parecida a la de Marta, hundirse entre las sábanas
hostiles y apagar la luz bajo el cuerpo del marido remoto. Sus palabras apenas
tenían otro sentido que el de siempre; vagos proyectos, dudas, viajes que
apenas llenaban tras del amor precipitado el silencio del cuarto. Para acabar
con él, como tantos otros matrimonios amigos, incluso cambiaron de casa y
barrio rumbo a unos nuevos muros rodeados de césped y piscina que nunca llegaba
a funcionar del todo.
—Hace demasiado frío aquí explicaba Sonsoles a las amigas.
Sólo en verano se está a gusto en el jardín.
Y desde aquel costoso césped tan difícil de mantener vivo
como su propio matrimonio, Sonsoles esperaba la llegada del marido ante aquella
casa pagada a medias, terminada a medias, vecina de aquellos cerros batidos un
día por continuos disparos.
—¿Qué pasa? ¿No te gusta? —preguntaba el marido viéndola
ensimismada.
—¿Cómo no va a gustarme? Sobre todo el día que esté
terminada.
—Son sólo unos detalles, poca cosa.
Todo ello venía a su memoria ahora, una vez en la calle,
mientras un viento de rencor le subía del corazón a la cabeza. Notando sobre sí
la tarde fría, el deambular oscuro de la gente, incluso las voces del mercado
negro ofreciendo barras de pan y tabaco, se sintió ridícula con su remedo de
pasión ante aquellas puntuales visitas.
Así, un día se acabaron los viajes y las llamadas a Marta.
—¿Ya no me necesitas? —preguntó con su tono burlón.
—No. Ya está terminado todo.
—Enhorabuena. ¿Quedó a tu gusto?
—Puede pasar. Lo que hace falta es que le guste a mi
marido. Él es el que lo va a pagar.
—Para eso están, ¿no te parece?
—Si bien se mira, a lo mejor tienes razón.
El marido pagó de mala gana aquel retrato que nunca le
llegó a gustar pero que, como todos, acabó presidiendo el salón familiar.
XXVI
Y AL FIN UN DÍA llegó el tiempo de los jóvenes. Todo
empezó —pensaba Marta— con aquel cine club que se empeñó en sacar adelante el
hijo del dueño de aquel otro donde mató tantas tardes con Sonsoles.
Las sesiones ahora no eran ya como entonces, ni por
supuesto las películas, ni siquiera la forma de pagar.
La función comenzaba pasada medianoche tras la
tradicional, con un sabor a fruto prohibido que añadía mayor interés al
espectáculo.
—¿Vas esta noche? —llamaba puntual Sonsoles.
—¿Qué película dan?
—Me han dicho que una italiana sin cortar.
—¿Sin censurar? Me extraña.
—Que no, mujer. La ha prestado no sé qué instituto de
Madrid.
Las luces de la fachada apagadas y la plaza vacía daban a
aquellos nocturnos espectadores cierto aspecto de conspiradores que no les
molestaba demasiado en tanto esperaban a que se abriera a medias la puerta del
local.
Al fin el hijo del dueño aparecía susurrando:
—Hale; ya podéis pasar.
Y tendía la mano convertido en fugaz portero y empresario
al que era preciso pagar sin recibir a cambio sino nuevas prisas.
Buena o mala la película, resultaba un alivio no tener que
soportar el habitual noticiario con idénticos rostros repetidos año tras año;
sin embargo tanto Marta como Sonsoles echaban de menos aquellos largos
descansos donde charlar o discutir, examinar modas, vestidos, peinados,
entretenerse en mudos desafíos con rivales a las que luego criticar. Tampoco se
parecía en nada aquella helada penumbra que era preciso resistir embutidas en
el recio abrigo, ni la salida apresurada camino de casa, como huyendo de la
sala. Las nuevas películas no conseguían mantener el interés de Sonsoles y
Marta. Siempre acababan decepcionándolas. Ninguna de las dos reconocía aquella
Roma en ruinas, toda guerra y miseria, tan diferente de la que ofrecían antes
las comedias de la sesión de tarde. Tampoco los nuevos galanes ]as hacían soñar
como los anteriores, borrados por un aluvión de rostros anónimos.
—Será cuestión de edad —murmuraba Marta.
—Yo creo que es cuestión de gusto nada más.
Pero el nuevo cine para ellas tedioso, difícil de entender
a veces, entusiasmaba en cambio a los jóvenes.
Viéndolos conmoverse ante aquellas imágenes que a ellas
tan poco decían, Marta solía murmurar a la salida:
—Desengáñate, Sonsoles; esto no es para ti ni para mí.
Aquí estamos de más.
—No veo por qué —replicaba la amiga, molesta—, no somos
tan mayores.
—Es que el tiempo corre más de prisa que nosotras. No
tienes más que volver la cabeza.
Tenía razón. El mundo cambiaba veloz no sólo en la
pantalla sino más acá, en aquellos rostros donde ya empezaban a apuntar
revueltas melenas y tímidas barbas.
Así aquel cine club casi secreto se volvió floreciente
durante cierto tiempo devolviendo a la vida, noche tras noche, una constelación
de secretos refugios dispuestos a acoger a los espectadores. Entre vaso y vaso
seguían las discusiones hasta la madrugada, sazonadas en ocasiones de voces que
hacían iluminarse los oscuros balcones de la desierta plaza.
Una vida noctámbula distinta, vago reflejo de la que a
aquellas horas animaba en Madrid parecidos rincones, puso de moda lugares
olvidados y besos menos furtivos que antes, capaces de poner a la ciudad en
contra.
—No sé de dónde sacan el dinero.
—Trabajarán en algo.
—¿Trabajar ésos?
—De algún modo se las arreglarán.
—Eso es lo malo: que siempre se les ocurre algo a costa de
los demás.
Incluso el viejo dueño del local llegó a pensar en
suspender las sesiones del hijo, pero no fue preciso, las buenas películas
podían verse ya en Madrid, en otros cines parecidos, aprovechando el viaje para
buscar nuevos discos y algún que otro libro más o menos prohibido.
También para Marta el tiempo se detuvo ante la muralla.
Dejó de resbalar sobre ella para acabar haciendo sus nidos en sus muros.
Primero fueron torpes huecos con modestas tiendas. Luego aquellos primeros
moradores traspasaron sus ne~ocios subterráneos a anticuarios cuando no a
dueños de bares que acabaron convirtiéndolos en las primeras salas para la
juventud.
A la noche no llegaba del río el rumor de los álamos, sino
coros de voces prolongados hasta la madrugada.
Aquel afán repentino inundó a la misma Sonsoles, que una
mañana apareció temprano por la casa de Marta.
—¿Hablaste con tu hermano por fin?
Recién salida de su sueño artificial, Marta trató de hacer
memoria. Recordaba algo relativo a la cultura y su casa.
—No; no hablé con él.
—Pues nosotros sí.
Y el ademán de Sonsoles encerraba también a su marido.
—Perdona la hora —explicó paciente— pero hay cosas para
las que el teléfono no sirve. Se trata de unas obras que pensamos hacer.
—¿Aquí? —preguntó Marta comenzando a alarmarse.
—No te preocupes —trató el marido de tranquilizarla—, tu
hermano lo sabe y en principio está de acuerdo.
—En realidad —aclaró Sonsoles— fue el primero en ofrecer
la casa para el centro.
—Pero ¿qué centro?
—Algo así como una Casa de Cultura pero sin grandes
pretensiones. Ya sabes: alguna conferencia que otra, exposiciones regionales y
un par de despachos para una revista que quieren sacar.
—Y todo eso ¿quieren hacerlo aquí?
—No te preocupes —repitió el marido—. Sólo se trata de
aprovechar el piso bajo. Donde tú vives se queda como está.
Marta no se explicaba el silencio del hermano, aunque a
fin de cuentas solía tratarla así en cuestiones de propiedades o herencias.
Antes que pedir nada prefería darlo por hecho, contar con su pasividad. Además
él no vivía allí; su intimidad, su reino, el cauce entero de su vida no se
vería asaltado, roto por aquel nuevo tiempo más temido que el tedio.
El tedio, su demonio, había vuelto a hacer presa en
Sonsoles, que antes de una semana extendía sobre la mesa del salón dos
laberintos grises repletos de rótulos y trazos.
Marta se imaginó en el centro de aquel solar desconocido,
abstracto.
—¿Y por qué tienen que hacerlo en esta casa?
—Porque es la mejor. Además sólo sois dos propietarios y
es más fácil llegar a un acuerdo. Las que podrían servir también, pertenecen a
familias enteras de primos y sobrinos. —Luego Sonsoles bajó la voz y Marta
creyó ver la sombra del hermano oyéndola añadir su postrera razón—: La verdad
es que sobra un dinero este año en la Diputación. Es más difícil devolverlo que
gastarlo. ¿Entiendes ahora por qué tanta prisa?
Al hermano el proyecto de contrato no le parecía mal. Lo
tenía en Madrid sobre su mesa, en el despacho.
—No te dije nada porque estas cosas casi nunca salen.
—Pero ésta sí.
—Sí, eso parece. Me enteré de lo que andaban buscando y yo
les ofrecí ese piso bajo. No te preocupes; no se trata de vender o comprar.
—¿Así de fácil?
—Si quieres verlo, ahí tienes el contrato. Debes leértelo
para saber si te decides a firmar.
Pero el hermano sabía bien que ella no era capaz de
entender una línea y, por si fuera poco, volvía a la carga:
—Además, van a nombrarte directora.
—¿A mí? —preguntó Marta más asustada aún.
—Sí; a ti. No pongas esa cara.
—Hará falta tener al menos la carrera. Sonsoles dice que
habrá una comisión.
—Pues que os hagan un hueco a las dos. El caso es no
perder de vista ese dinero.
—A lo mejor no es tanto.
—El que sea.
—¿Y si no aceptan?
—Déjalo de mi cuenta; todo en la vida puede negociarse.
Marta, al fin, aceptó. Quizá —pensaba— tuvo razón en vida
Mario cuando preguntaba:
—¿Sabes qué dicen de vosotros? Que con guerra y sin ella
tú y tu padre vivís a costa de tu hermano los dos.
—¿Y tú también lo crees?
—Yo entiendo poco de esas cosas.
Pero hubiera sido preciso aparentar ser ciega como él para
no comprender que, a pesar del tiempo transcurrido, la ciudad se había
convertido en frente de oscuros negocios que el hermano y un puñado de amigos
manejaban desde sus despachos de Madrid. Él no dejó pasar en vano aquellos años
encerrado en un rincón del jardín, había hecho presa en ellos tal como el padre
preveía, atento siempre a un porvenir que a buen seguro acabaría con una boda
memorable.
XXVII
DE NO HABER SIDO por aquellas pastillas tan amigas ahora,
de haberse hallado en pie contando como de costumbre las horas de la catedral,
adivinando su campana ronca de vientos y años, la mañana la habría sorprendido
lejos del mar agitado de las sábanas.
De pronto, a mediodía, la calle ante el portal hervía en
carreras y voces, maldecía, reñía una batalla desigual contra los guardias que
no era difícil adivinar perdida de antemano. Sólo cuando quedaron las aceras
vacías, llamó el portero desde abajo:
—Señora, baje, por favor.
—Ya puede abrir si quiere —respondió tras un vistazo desde
el mirador—. No hay nadie.
—Iba a hacerlo, pero no es eso. —Ahora asomaba desde el
zaguán su maciza cabeza, sus ojos demasiado pequeños—. Mejor que baje aunque
sea un momento.
Marta obedeció de mala gana, luchando todavía por espantar
el sueño.
—¿Qué sucede?
Y en tanto preguntaba, descubrió a la muchacha tendida
sobre uno de los bancos de la entrada.
—Se me metió antes que cerrara —se justificó el portero—.
Debieron de darle un golpe o se cayó. Tiene un poco de sangre.
Marta pudo comprobar su rostro donde un rasgo rojo se
extendía como un mal maquillaje.
—No es nada; me empujaron —murmuró intentando alzarse para
ganar la puerta.
Apenas avanzó unos pasos y ya era preciso sostenerla para
que no cayera sobre el suelo de guijarros.
—¿Qué hago, señora? ¿Llamo al médico?
—Le digo que estoy bien —la oyeron protestar.
—¿No pensarás salir así a la calle? ¿Has visto cómo tienes
la frente?
La muchacha alzó la mano y viéndola teñida de rojo se dejó
llevar escaleras arriba.
En tanto el portero abría la cancela tras echar un vistazo
a la acera, la muchacha, en el cuarto de baño, procuraba aguantar como mejor
podía la húmeda brasa del alcohol.
—¿Viniste sola? —preguntó Marta.
—Con unos amigos. Quedaron en que vendrían a buscarme.
—¿A dónde? ¿Aquí?
La muchacha asintió ante el espejo.
—¿Y por qué aquí precisamente? —preguntó Marta, perpleja.
—Porque pensaba venir a saludarte.
La muchacha se volvió en la penumbra.
—Me lo dice siempre mi padre: «Pásate por su casa. Si la
ves, dale recuerdos de mi parte».
Marta se la quedó mirando.
Cuando su nombre y apellido le dijeron que la hija de
Pablo estaba allí, ante ella, se preguntó si no lo habría adivinado antes, si
su interés repentino por ella desde que la descubrió en el zaguán no vendría de
aquel Pablo lejano al que la muchacha en cierto modo se parecía. En sus rasgos,
en su pelo de chico, breve y recortado, en su mirar más allá de la taza de
café, aquella sombra, a su pesar, volvía.
—¿Qué tal le va? —preguntó por romper su silencio.
—¿A mi padre? Bien. La verdad es que nos vemos poco.
—¿Quieres llamar a casa?
—¿Para qué? —respondió la muchacha—. Además no habrá
nadie. Los domingos va de caza. De todas formas toma el número.
—Podemos probar —respondió Marta mientras lo apuntaba.
—Mejor más tarde. Hasta la noche no hay nada que hacer.
Su ademán parecía gobernar su pequeño universo.
Marta se dijo que quizá prefería esperar a alguno de
aquellos compañeros que poco antes corrían ante los guardias, mas cuando la
catedral hizo sonar la campanada de la una ninguno había aparecido aún. Las
horas de tensión, el sueño se iban cebando en la muchacha que, tras un breve
almuerzo, apenas conseguía mantener los ojos abiertos.
—¿Por qué no te echas y descansas un poco? Si vienen a
buscarte, te aviso.
La muchacha no contestó. Quizá no se fiaba del todo de
aquella amistad alzada de improvisto a la sombra del padre. Finalmente el sueño
pudo más y se dejó llevar a la alcoba de Marta que, tras cerrar la puerta, se
preguntaba aún cuánto habría de Pablo en ella y cuánto de la madre que ni
siquiera mencionó desde que entró en la casa. Quizá se pareciera a ella en
aquellos sus ojos altivos, en sus pechos grandes, derramados ahora, en sus
caderas escurridas, en aquel cuello recto envuelto de una maraña de cristales.
La misma madre, a su vez, ¿cómo sería? ¿Dulce, amable, cambiante como todas o
lejana y arisca como su sombra manchada de sangre?
De nuevo se lo preguntó cuando, ya mediada la tarde,
apareció en el salón.
—¿No llamó nadie?
—Nadie. Esos amigos tuyos se lo toman con calma.
—Puede que les hayan detenido.
—Puede ser. Y tú ¿qué vas a hacer?
—Marcharme.
—El último tren para Madrid sale a las diez.
—Es que no voy a Madrid.
Las dos quedaron en silencio. Del jardín llegaba el rumor
de la fuente.
—Si quieres te acerco donde quieras ir.
Fue preciso insistir de nuevo. Luego, por fin, cedió,
murmurando nada más salir a la carretera:
—No es por ahí.
—Tu me dirás por dónde.
La ciudad quedó atrás sobre la hoz del río, y en tanto el
coche se abría paso entre bosques de robles, Marta le echó un vistazo a la
aguja de la gasolina.
—¿Hay por aquí un surtidor?
—En el cruce siguiente.
Sobre un montón de establos rotos se alzaba la muestra de
un bar donde también las tazas, como el viento, despedían un aroma especial
cuyo nombre no acertaba a adivinar.
—Es té de monte —confesó la muchacha—. Lo toman mucho por
aquí.
Allí, en su mundo, parecía más amable, como aquella agua
amarga que era preciso endulzar con unas cuantas cucharadas antes de decidirse
a llevarla a la boca.
Más adelante, ya en el coche, la muchacha siguió mostrando
a Marta el camino que dejaba a ambos lados cerros redondos sobre ruinas de
poblados vacíos.
—Todos están así desde la guerra.
—¿Qué guerra? —preguntó adrede Marta.
—No sé. Esa guerra que hubo. Yo ni siquiera había nacido.
Marta, oyéndola, se decía que aquel tiempo al que se
refería nunca le dio tal sensación de lejanía. Seguramente para la muchacha
aquellos días sólo existían en la bruma remota de algún vago recuerdo o en las
páginas muertas de algún libro que jamás la llegó a interesar.
Por fin se habían detenido ante un par de casas arregladas
a medias, rodeadas de una huerta diminuta.
—¿Es aquí donde vives?
La muchacha asintió, en cierto modo divertida.
—¿Hace mucho?
—Desde que decidimos marcharnos de Madrid.
Ya un muchacho de barba florida y rostro alerta se
acercaba. Viéndolas bajar tendió la mano y, tras las presentaciones, otra
pareja surgía seguida de un niño.
Todos se parecían entre sí, en sus jerseys raídos y en los
gastados pantalones, en cierta vaga ironía con la que saludaban a la visita
imprevista. Sin embargo la invitaron a un vaso de vino.
—Tenemos una garrafa de unos amigos que vinieron ayer.
Marta aceptó. Valía la pena aunque sólo fuera por borrar
aquel té del bar que aún sentía en los labios, en tanto la muchacha, al otro
lado de su rojo vaso, otra vez volvía a callar.
Su amigo de la barba florida repartía aquel caldo rancio
tratando de animar una conversación que ya nacía muerta de antemano, como aquel
mismo cuarto con sus vasares que aún mostraban huellas del pasado festín:
sucios peroles, canteros de pan, restos de perejil. Una desolación total
parecía haberse adueñado de la casa entera entre la cal mal teñida y los viejos
cristales que cubrían el suelo de madera. Y sin embargo Marta no se sentía
rechazada por aquel abandono. En la penumbra, su corazón se abría por encima de
aquellas miserias, de aquel aroma que la brisa traía, mezcla de pino y jara.
Un relámpago la arrastró a la realidad.
—Me voy —murmuró consultando su reloj.
—¿No te perderás? —preguntó la muchacha.
—No creo —respondió estrechando las manos de los cuatro.
—Vente un día —ofrecía el amigo—, pero más temprano. Tú no
conoces esto —abarcó con sus brazos el bosque de tinieblas—. Vale la pena; ya
verás.
El camino, más allá de los faros del coche, se convirtió
en un continuo desfilar de resplandores que parecían hablarse, perseguirse,
amarse sobre lechos de nubes. Al otro lado del cristal, Marta creía adivinar un
universo violento y suave entre espasmos de luz, una espera encendida que no
sabía si aceptar o rechazar.
El tiempo corría menos de prisa que antes rumbo a una copa
de coñac en el bar del cruce, rodeada de rostros rapaces. Una vez en la barra,
cambió de opinión.
Pidió un par de aspirinas y un vaso de agua.
—¿Se encuentra mal?
—No, gracias. Me duele la cabeza un poco.
Fuera llovía; la luz de la muestra dibujaba en el aire un
mar de inquietas formas. Volvió a cerrar los ojos y en su oscuridad comprendió
que el recuerdo de la muchacha le andaría rondando hasta la turbia amanecida.
XXVIII
EL HERMANO ACERTÓ una vez más y las obras a poco
comenzaron.
—Cómo se ve que es cosa suya —murmuraba el portero viendo
llegar a los peones—. Si es de un particular, a buenas horas.
Tras los primeros días, el proyecto quedó en manos de un
maestro de obras del que Sonsoles apenas se apartaba, midiendo muros y
consultando planos.
—¿De veras no le molesta que ande por aquí?
—Al contrario, señora. Lo que quiero es que todo quede a
su gusto; bien y rápido.
Parecía la dueña de la casa, tal era su paciencia ala hora
de discutir un tabique o abatir el alero de un tejado. Se diría que aquellas
obras habían dado un nuevo sentido a su vida lejos de su marido y de sus
sobrinas sobre todo.
—Desde que empezaron —se lamentaban ante Marta— no para en
casa.
—Menos paráis vosotras —replicaba Sonsoles, y seguía
explicando al maestro dónde iría la sala de actos o el alevín de biblioteca.
—Habrá que buscar muebles —sugirió Marta.
—Ya lo tengo pensado; cuatro cosas. Total, un par de
viajes por ahí.
—Mejor un anticuario.
—Ni hablar; se han puesto por las nubes desde que a todo
el mundo le dio por decorar.
Así dieron comienzo aquellos viajes en busca de una
riqueza que nunca existió y que, de haberla, se borró mucho antes en las manos
de clérigos venales.
Marta volvía cansada de tanto conducir por solitarios
caminos vecinales, harta de rogar, de oír a Sonsoles preguntar para nada:
—Ese arcón que tiene en el portal ¿es suyo?
—Y suyo, si lo quiere.
—¿Lo vende?
Luego el precio venía a decir que por aquellos pueblos,
junto a la carretera, otros ya habían pasado mucho antes.
—No hay que desesperar —explicaba Sonsoles de vuelta—, hay
que seguir buscando más allá.
Marta asentía pero luego, a la noche, se prometía no
volver a ceder, aunque tuviera que reñir con ella.
Además, desde aquel viaje con la hija de Pablo había
vuelto a dormir mal, a pesar de las pastillas rosadas.
Con abril el cielo se rompió en un alud de continuos
chaparrones deteniendo las obras, convirtiendo el jardín en lago, haciendo
retumbar las nubes. A ratos un halo brillante encendía la llanura devolviéndola
a la vida para luego enterrar vaguadas y tejados bajo leves cortinas
transparentes.
Era inútil la impaciencia de Sonsoles.
—¡Qué tiempo más asqueroso, hija! A este paso no acabamos
nunca.
El maestro callaba en tanto Marta sonreía para sí,
esperando que aquella pausa le diera nuevas fuerzas con que aguantar sus
noches.
Una tras otra se apagaban en la ciudad las luces hasta
quedar a solas la torre de la catedral y su fachada frontera de la plaza. Lo
demás eran sólo mudos rosarios pálidos que parecían caminar hacia las cruces
del vecino calvario. Todos en la ciudad debían de dormir, soñar, amar, llenar
el mundo de suspiros y quejas; tan sólo ella velaba sobre su mansa almohada,
rendida por una monótona impaciencia que la llevaba, más allá del río, hasta el
bosque de robles donde quizá velaba la muchacha.
Cierto día, intentando alejarla de su memoria se decidió a
llamar a Pablo. La primera vez fracasó. Al otro lado de un laberinto de voces y
crujidos nadie respondió. Fue preciso esperar a que la catedral dejara oír once
rotundas campanadas. Luego volvió a marcar y desde un Madrid remoto, perdido en
las tinieblas de los años, vino la voz de Pablo.
No pareció sorprenderse demasiado. A fin de cuentas, a su
consejo se debía la visita de la hija.
—Le dije que pasara a verte. Supuse que te gustaría
conocerla.
—La verdad es que estuvo muy poco.
—Y ¿qué te pareció?
—Recuerda mucho a ti.
—¿A mí?, le notó extrañado. ¿En qué?
—No sé. En general. En el modo de ser. ¿Tú no piensas
venir?
—Cualquiera de estos días hago un hueco y me escapo.
Aún no había pasado una semana y allí estaba, a su lado,
en el mismo bar de la plaza, renovado como todos.
En su dedo lucía una alianza que iba y venía como antaño
el cigarro. Y sin embargo aquellos años estaban demasiado lejos ahora. No había
camiones desfilando, ni banderas en los balcones de la plaza, ni el mismo Pablo
permanecía tal como en el recuerdo imaginó. Su blanco mechón sobre la piel
tostada, sus inquietos ojos, le parecieron tan ajenos como las mismas manos que
tan bien conocía. Intentando evocar tantas horas perdidas de su amor convertido
en viento amargo, se preguntó qué tiempo, qué mujer, qué circunstancias habrían
sido capaces de transformarlo así, o si era ella misma quien había cambiado.
Pues en lo que un día fue espejo de una pasión alzada como razón de vida surgía
ahora la imagen leve, tal vez cruel, de la muchacha en su bosque de robles. Aquel
Pablo de entonces, en cambio, quedaba lejos, fuera, con su tiempo cumplido y
sus palabras olvidadas.
Hablando de la hija, la voz le traicionaba:
—El caso es que le digo que nos llame, pero es inútil. A
la postre te cansas. Y yo estoy harto, te lo juro.
Antes, al menos, se despedía; ahora ni eso siquiera. Se va
sin la menor explicación y en paz.
—Yo creo que te lo tomas demasiado trágico.
—¿Trágico? —se la quedó mirando casi ofendido—. Ponte en
mi lugar.
Mas a pesar de su actitud, Marta creyó notar en sus
palabras un deseo infantil de interpretar en beneficio propio aquella historia
de ausencias y abandonos, precisamente él que de abandonos sabía tanto. Cuando
al fin se decidió a decírselo, apenas la escuchó. Por el contrario, siguió a su
aire:
—Ya sabes lo que pasa con las hijas. Siempre te acaban
poniendo en un altar, y yo, para evitarlo, la animé a uno de esos viajes que se
estilan ahora.
Hizo una pausa que la muchacha volvió a llenar con su
imagen actual, al compás de las palabras del padre:
—Volvió sin equipaje, no sé si desdeñándonos más o sin
vernos siquiera. La verdad es que ninguno de los dos, ni su madre ni yo,
supimos qué hacer, cómo recuperarla. Al final, como siempre, no hubo más
solución que resignarse.
—¿Resignarse a qué?
—A todo: a no ver, a no sentir, a tanto sueño inútil, a
otros amigos nuevos, a su constante ir y venir, a llegar a su cuarto y
encontrarlo vacío.
Pablo calló buscando un nuevo cigarrillo. Ahora sí parecía
realmente lejano y triste, según lo encendía, en aquel mismo bar donde le
conoció más decidido.
Marta creyó entender que sus razones, sus palabras,
estaban de más, sobraban, si a su edad, con su experiencia, no lograba entender
que el tiempo nunca mira atrás, nunca vuelve sobre sus huellas dulces o
amargas.
Bastaba verle allí, a su lado, frente a aquellos eternos
soportales, con el rostro curtido por los días de caza, huyendo como siempre,
tratando de evitar, una vez más, enfrentarse a un destino diferente.
Ella, al menos, no huía, ni siquiera cuando se despidió al
pie del portal como en tantas ocasiones.
—¿Sabes? Te recordaba distinta, diferente. —Dudó un
instante—. ¿Te dije que estuve a punto de venir a verte? Al final nunca me
decidí.
—¿Por qué?
—¡Cualquiera sabe! —trató de sonreír—. Dale recuerdos de
mi parte a Sonsoles.
—¿Y si veo a tu chica?
—Que llame o que haga lo que quiera. No sé. —Todavía
dudó—. Puede que entre mujeres os entendáis mejor.
Y a poco el coche se perdía por el camino de Madrid.
Sonsoles, cuando Marta le contó la visita, apenas despegó
los labios. Era como si, a medida que los muros de la casa se transformaban,
fuera quedando atrapada en ellos, en sus secretos corredores que los peones
sacaban a la luz.
Por aquellos olvidados refugios debían de andar la sombra
del marido, el amigo pintor y hasta la voz de sus sobrinas comentando:
—La verdad, tía, es que no paras. Debías de quedarte a
dormir en casa de Marta.
—Hasta el maestro de obras dice que contigo y los planos
tiene bastante.
—Pues ya veis —respondía halagada—. Lo poco que sé lo
aprendí por mí misma, sin ayuda de nadie.
—Así aprendemos todas —apuntaba a veces Marta.
—Eso también es verdad. Para que luego digan que tu peor
enemigo eres tú. ¡Qué mentira tan grande! Al contrario: no conozco otro amigo
mejor. Salvo los hijos, claro.
De pronto callaba ensimismada, ajena al rumor de los
peones, para volver a preguntar:
—¿Tú crees que los hijos ayudan tanto como dicen?
Su tono sombrío borraba en torno ventanas, miradores,
hacía soñar a las dos con días tranquilos, allá en plena adolescencia, lejos de
juegos o placeres prohibidos. Incluso aquel afán que en ella alzaban las obras
de la casa, su deseo de detener el vuelo del marido, de sus sobrinas vírgenes o
no, revelaba renunciar a escapar de sí misma, como siempre decía, más allá de
los montes de pinos.
—Tu caso, a fin de cuentas, es distinto —aseguraba.
—¿Distinto en qué? —preguntaba Marta.
—En todo; en lo principal. Tú has salido de aquí;
estuviste en Italia.
—Eso no arregla nada. Nunca encuentras otra cosa que las
que imaginaste de antemano.
—Yo no imagino nada. Con vivir al día me conformo.
Así Sonsoles volcaba todo su afán en aquellas obras
convertidas en reino propio ahora, abierto a la llanura y a sus propios deseos.
XXIX
LAS NUBES ABRIERON PASO definitivamente al sol. El viento
de la sierra volvió a volar sobre balcones de ropas tendidas, húmedas aún,
matas de geranios, glorietas de acacias diminutas.
Las obras aceleraban, a su vez, el paso. Cada nuevo golpe
sobre el gran esqueleto de la casa, aquel inesperado frenesí capaz de reducir
madera y cañas a montones de cal y telarañas, retumbaba en el corazón de Marta.
Huyendo de él solía abandonar aquel reto constante,
buscando cómo matar sus horas, inventando visitas a la veterana allá en el
hospital, o a la dueña de la farmacia entre sus frascos de colores.
En el cuarto del hospital nunca faltaba una taza de café
que, unida a los recuerdos, hacía pasar más de prisa las horas de la tarde.
—¿Te acuerdas aquel día que por poco nos matan?
—De lo que más me acuerdo es de los primeros días.
Nunca vi juntos tantos hombres muertos. Tampoco se me
olvida aquel olor.
—A todo acabas acostumbrándote —concluía la veterana—,
hasta a esto.
Y tratando de mantenerse erguida aún encerraba en un
ademán su postrer reino, camino de la salida.
A su paso ya un tanto fatigoso, iban surgiendo pequeños
despachos, camillas niqueladas y salas de visitas. En una de ellas volvió Marta
a encontrar a la muchacha. Inmóvil, con la cabeza entre las manos, hundida en
uno de aquellos sofás de plástico, parecía una sombra de aquella otra viva y
segura con sus amigos y su huerta diminuta.
—¿La conoces? —preguntó la veterana, viendo a Marta
detenerse.
—Un poco.
—Se pasa todo el día ahí. Es la primera en llegar y la
última que se marcha. Viene a ver a un amigo, me parece.
—¿Qué le pasa?
—¿Al amigo? Unos huesos rotos. Y tras un vistazo a su
reloj, añadió alejándose: Creo que tiene para rato. Si necesitas algo ya sabes
dónde estoy.
Marta se acercó a la muchacha que, sintiéndola llegar,
alzó hacia ella sus ojos manchados por un mar de haces rojos.
—¿Eres tú? —murmuró reconociéndola—. Pensaba llamarte uno
de estos días.
—Estuvo por aquí tu padre.
—¿Le contaste algo? —pareció despertar.
—¿Qué iba a decirle?
—Tienes razón.
Parecía agotada, herida, en la soledad de la sala.
—¿Por qué no vienes a casa y descansas? Tienes que estar
muerta.
La muchacha, en vez de responder, pareció derrumbarse más.
Al otro lado del pasillo, más allá de la puerta y su número dorado, quizás
luchaba por su vida aquel amigo de la barba florida que un día conoció Marta en
su bosque de robles.
—¿Qué tal está?
—Regular.
Describió vagamente una de aquellas peleas que solían
poner fin a los días de fiesta en los pueblos vecinos, el tedio empujando a
desafíos, primero de palabra, luego de navajas, hasta acabar dejando tras sí
algún cuerpo tendido. Marta recordó al punto el bar del cruce ante el que un
día se detuvo, aquellos rostros a medio afeitar espiándola desde detrás de los
cristales, los ojos maliciosos pasándole revista desde los pies a la cintura.
—¿Por qué no vienes? —insistió.
Y así, unidas por segunda vez, volvieron a casa donde la
muchacha se empeñó en ayudar, quizás para pagar el hospedaje.
Pero el sueño volvió a acabar con ella en el sofá de
siempre y Marta, viéndola tendida, no conseguía apartar de su memoria la imagen
del compañero herido.
Ahora no parecía inquieta sino tranquila, abandonada bajo
su piel quemada, dentro de sus gastados pantalones. Trató de imaginársela sin
aquel roto par de zapatos de lona, lejos de los haces rojos de sus ojos, viva y
recién peinada. Y sin saber por qué, como de niña, volvió a sentir aquel viejo
rencor, aquella sensación de no contar, de postrer eslabón en la cadena del
amor de los otros.
Puede que el mismo Pablo se hallara tendido allí, recién
llegado del frente, o la sombra de la prima Rosa ofreciéndose y negando sus
labios dulces y a la vez amargos.
Aquella tarde despidió a los peones antes de la hora.
—Aún queda un rato —respondió el maestro.
—Déjelo hasta mañana. Hay un enfermo en casa.
—Como quiera.
Mas la muchacha, oyendo el golpe de la puerta en el
zaguán, se revolvió impaciente.
—Voy a pasarme por el hospital.
—Ya hace rato que terminó la hora de visita. —Y viéndola
alzarse a pesar de todo, añadió—: Tómate algo antes.
—¿Tienes un poco de café?
—Lo pongo en un instante. Esta noche duermes en casa;
mañana veremos.
Y aquella misma noche desde la alcoba frontera, donde
quedó dormida, al filo de la madrugada llegó un vago rumor convertido en
lamento apagado. Muy lentamente Marta se acercó a la puerta entreabierta y, sin
encender la luz, adivinó en la penumbra a la muchacha, al aire su desnudo
vientre entre las sábanas revueltas, bajo la doble mancha de sus pechos
dorados.
—¿Qué tienes? —preguntó—. ¿Estás mal?
Sólo la voz del viento en el jardín respondió y el rumor
de la fuente de dos caras. No insistió más; cerró con cuidado y fue a buscar el
sueño en sus pastillas hasta que Sonsoles, ya pasado mediodía, vino a
despertarla.
—¿Puedo pasar? —preguntó desde el umbral de la alcoba—. Ya
hablé con los obreros. ¿Qué hago? ¿Los mando a casa?
—Haz lo que quieras —respondió Marta.
Sonsoles, con un ademán, apuntó hacia la alcoba vecina.
—¿Está ahí todavía?
—No lo sé.
De pronto sintió más aguda la punzada en las sienes y el
corazón acelerarse según la amiga espiaba más allá en la puerta.
—Se ha ido.
—Ya volverá —murmuró Marta.
—La verdad es que no sé si te conviene, como a ese amigo
suyo. Si sale de ésta puede dar gracias. Es natural —continuó mientras Marta se
vestía—, todos amigos, todos novios, alguno a veces se desmanda. Eso si no les
da por otras cosas. —Hizo ademán de pincharse en el brazo—. Y por si fuera
poco, ese chico no lleva encima ni un papel ni nada.
—Y tú ¿cómo lo sabes?
—Eso dicen mis sobrinas.
En contra de lo que esperaba, la muchacha volvió.
A la mañana, cuando Marta se levantó, estaba listo el
desayuno.
—Mucho madrugas tú —comentó sorprendida.
—Es la costumbre. Estuve dando vueltas por ahí y al final
me volví a ver cómo trabajan.
Marta aprovechó aquel desayuno compartido para explicar
cómo sería aquella reforma que el continuo arrastrar de cemento y ladrillos
anunciaba. Cuando Sonsoles la oyó fue como si le robaran algo, como si le
arrebataran de las manos aquellos planos casi aprendidos de memoria.
—No sé a qué viene dar tanto detalle —se quejó más tarde,
viendo alejarse a la muchacha—. ¡Para lo que va a entender! —Y volvía celosa a
dirigir su tropa.
Cada golpe desnudando falsos techos, veladuras remotas,
sacaba a la luz algún libro del padre, el silencio de la madre, ecos perdidos
de antiguas soledades. Toda la infancia de una Marta niña iba quedando arrasada
por aquel frenesí que la muchacha veía sorprendida, cubriendo el suelo hasta el
mismo jardín.
—Tirar todo esto es una pena, es como suicidarse.
—Lo mismo creo yo, pero ya no hay remedio.
—Sí. Ya es un poco tarde.
No lo era en cambio para huir de Sonsoles, para seguir
juntas las dos la hoz del río rumbo a los pinares o alcanzar el modesto
calvario de cruces donde solía sorprenderlas la noche.
Desde la cima de su cerro, la casa en su nido de sauces
parecía ajena al ir y venir de la ciudad, firme, segura, perdurable como el
afecto que, paso a paso, crecía ante los ojos atentos de Sonsoles.
—¡Con tal que no os acabéis enamorando! Exclamaba riendo,
tratando de ocultar su timidez.
—¿Tú crees? —preguntaba Marta intentando seguirle la
corriente.
—Cosas más raras se ven ahora.
Y así, a la noche, la imagen de la muchacha maduraba junto
al jardín común, en los ojos de Marta, en continuas visitas, en miradas
perpetuas desde su rostro hasta la vaga encrucijada de sus pies y sus manos.
Una mañana la sorprendió llamando a Madrid.
—Ha habido suerte, está mi padre en casa.
Hablando con Pablo, era su voz amable ahora, casi
maternal, tratando de explicar su estancia allí, prometiendo, rogando,
intentando alejar la idea de otro nuevo viaje. Luego debió de ponerse al otro
lado la madre, porque su voz se volvió más distante, impersonal, como tratando
de acabar cuanto antes.
—¿Qué tal? —preguntó Marta—. ¿Quedaron más tranquilos?
—Dicen que vienen el domingo.
Y al domingo siguiente llegaban ante el portal, puntuales,
Pablo y una mujer que en nada recordaba a la muchacha. Al menos eso pensó Marta
a la hora de las presentaciones. La madre por su parte tampoco le prestó gran
atención, más allá de sus buenos modales, para acabar depositando sobre la mesa
del salón una bolsa de deporte.
—Si tienes que ir vestida así —murmuró tras una rápida
ojeada a los zurcidos pantalones—, aquí traigo esto para que te cambies.
Fue saliendo a la luz un nuevo ajuar de prendas con la
etiqueta pendiente aún que sus manos inquietas arrancaban de golpe. La muchacha
asentía entre sumisa y divertida, se dejaba probar, medir, en tanto Marta
trataba de entender qué razón unía a Pablo y su pareja.
Pues viendo a los dos juntos se notaba que aquel frente
común, alzado con premura tan sólo para rescatar a la muchacha, duraría lo que
tardaran en volver a Madrid. Espiando las miradas de ambos acechando sus
corteses ademanes, Marta se preguntaba cómo sería el amor entre ambos, si tan
altivo como parecía o sumiso como el suyo, en tiempos eternamente tras la
huella de Pablo.
Tal como Sonsoles creía, era inútil buscar en la memoria
la razón de un presente que se negaba a caminar a solas. Quizás por ello y por
apartar de Marta a la muchacha, luchaba cada día con sus sobrinas que se
negaban a aceptarla.
—¿Qué quieres que hagamos con ella? ¿Qué pinta con
nosotras? —se impacientaba la mayor.
—A lo mejor os acabáis haciendo amigas.
—Lo dudo. El padre será como tú dices: la hija, en cambio,
resulta un poco tonta.
—Un poco no, bastante —apuntaba la menor—. A nadie le cae
bien.
—¿Y tú qué sabes, si ni siquiera la conoces?
—Aquí la gente no es como tú te crees. Aquí, a los cuatro
días, te conocen de sobra.
Cuando a la noche los padres y Marta trataron del porvenir
de la muchacha, sobre si prefería volver a Madrid o no, tardó en responder
quizás pensando en el amigo de la barba florida todavía en el hospital.
—Eres tú la que debe decidir —apremió el padre.
Su actitud, el vago silencio de la madre, debían
reproducir velados desafíos, varios propósitos nunca llegados a cumplir del
todo, epílogos de encuentros anteriores.
—¿Qué haces entonces? —insistían los dos—. ¿Te vienes con
nosotros o te quedas?
—¿De veras no prefieres volver a casa?
Por un instante Marta creyó escuchar el corazón de la
muchacha, dudando, casi gimiendo, como el suyo pendiente de aquella voz que
anunciaba:
—Me quedo con Marta.
La madre cedió en un gesto frío, en tanto Pablo se alzaba.
—Si cambias de opinión nos llamas.
Así aquella nueva tregua comenzó entre abrazos solemnes y
besos casi furtivos.
Las obras corrían a su fin. La misma Sonsoles parecía
empeñada en acabar cuanto antes, olvidando a sus sobrinas.
—Ahora ya ni nos hablas —protestaban.
—¡Para el caso que me hacéis! —se defendía.
—Ya estamos con la historia de siempre. Ni que esa chica
fuera hija tuya. Si Marta quiere cargar con ella es cosa suya, aunque la verdad
no está en edad de andar así, de esa manera.
—Tú deja a Marta en paz.
—Bien dejada está. Eres tú quien saca a relucir el tema. A
nosotras lo mismo nos da que su amiga se quede o se vaya.
Oyéndolas, Sonsoles dudaba. No quería pasar ante sus
sobrinas por demasiado ingenua, mas recordando a la muchacha su ademán
desafiante, su rizada melena bajo el sol de la tarde, se preguntaba si también
ellas mentirían como todas, disfrazando su eterna timidez bajo un ingenuo velo
de arrogancia.
—Ya sabes lo que dicen de las dos —murmuró la mayor.
—¿De quién?
—¿De quién va a ser? No te hagas la tonta ahora.
De Marta y su amiga.
—Lo de siempre: bobadas.
La sobrina, en vez de responder, reía.
—Entonces —insistió—, lo mismo dirán de mí.
—De ti no.
—Tiene gracia —murmuraba Sonsoles para sí, recordando la
historia de su furtivo retrato—. ¿Por qué?
—Cualquiera sabe. Será porque te conocen.
—Lo mismo que a ella. Siempre hicimos lo mismo desde
niñas.
—Oye —preguntaba a su vez la pequeña—. ¿Es verdad que
cuando el frente estaba aquí, Marta y tú erais madrinas de guerra?
—Nosotras no, pero otras sí.
—¿Para qué?
—Para escribir a los que estaban allí. Además les mandaban
tabaco y paquetes.
—¿Nada más?
—Lo que había.
—No digo eso.
—Lo que pregunta —mediaba la mayor— es cómo se entretenían
en los días de permiso.
—Como todos: un poco de paseo y a veces viendo alguna
película.
—Menudo plan —murmuraba la pequeña—. Así saliste tú de
bien pensada.
—Di mejor: inocente —añadía la mayor—. Por eso no te
resulta raro lo de Marta y su amiga. Y eso que cada día que pasa se las ve más
unidas a las dos.
XXX
LA MUJER DEL PORTERO detuvo a Marta en la escalera.
—Señora. Abajo la llaman.
Tratando de adivinar quién sería fue a darse casi de
bruces con el maestro de obras que en sus manos esgrimía una vieja pistola.
—¿Qué hace eso ahí?
—No sé. Apareció en una alacena.
Tardó en reconocerla. Luego, limpia de polvo y barro, la
recordó terciada en el negro cinturón del hermano. Su munición se hallaba entre
viejos periódicos, guardada en una caja de zapatos.
—Se ve que la estrenaron ya —murmuraba el maestro,
apuntando al aire—. Seguro que se llevó por delante unos cuantos.
—Déjela. No vaya a dispararse.
—¡Qué va! De esto entiendo yo un rato —replicaba el otro
sin ocultar su entusiasmo—. Yo también hice lo que pude. Aquellos sí que fueron
buenos años.
Le entregó la pistola y Marta no supo si volver a
esconderla o tirarla al río; se decidió por devolvérsela al hermano.
—Has hecho bien —había respondido tomándola con mimo, casi
con cariño—. Según andan las cosas, es un riesgo tener armas en casa. Además
tiene borrado el número. ¿Dónde ha aparecido?
—¿Qué más da? Debe de ser tuya, ¿no?
—Puede que sí.
Aun en sus manos, no parecía impresionarle mucho aunque se
aseguró de que estuviera descargada.
—¿Te da miedo?
Su mano describía una parábola en el aire hasta quedar
apuntando a su cara asustada.
—Quita de ahí —apartaba su cañón brillante—. No vaya a
haber una desgracia.
Viéndola en sus manos Marta se preguntaba si su dueño
habría tenido alguna vez fe en ella, en lo que un día representaba.
Y sin embargo, cuando a la tarde intentaban matar las
horas al pie de la muralla, siempre se detenía ante aquel rincón de tapias
cubierto de espinos y lápidas.
—¿Sabes qué es eso? —preguntaba a la amiga de turno.
—Un cementerio, ¿qué va a ser? —respondía—. Se ve que no
lo cuidan; un día el río se llevará a los muertos, si es que hay alguno, que lo
dudo.
Mas el río sólo arrastraba posos de limo y cieno, senderos
por donde caminaban sueños secretos de otros tiempos violentos.
—Se nos va a hacer de noche. Vámonos de aquí.
Apenas unos pasos cuesta arriba y ya el recuerdo del padre
se borraba como el de aquella pistola que Marta tantas veces vio terciada en su
cinturón, dispuesta a sembrar la muerte en torno a sí, en el frente o en la
temida tapia de cipreses del cementerio viejo.
Ahora todo aquello era sólo una sombra, aceptada tras
dudar un instante:
—De todos modos, me quedo con ella. Habrá que poner en
regla los papeles.
—¿Sabes quién anda por aquí?
—¿Quién?
—Una hija de Pablo.
—Entonces se casó, por fin.
Tampoco pareció importarle demasiado como las mismas obras
a punto de terminar, cuyo final la presencia de la muchacha aceleraba.
Sin saber por qué, a pesar de su charla constante el
maestro y los peones cumplían mejor cuando ella estaba que cuando Sonsoles se
presentaba con su carpeta bajo el brazo.
—Esa chica es simpática —decían—, más llana que la otra.
Y ella, a su vez, repetía a menudo:
—Hay gente maja aquí.
Marta, escuchándola, supuso que se refería no sólo a los
que en la casa se afanaban sobre el cemento o la cal, sino también a los que en
la plaza desataban las iras de las sobrinas de Sonsoles.
—A ver cuándo los echan a todos de una vez. Ayer armaron
una en los soportales que los mismos guardias no eran capaces de separarlos.
—¿Por qué?
—Vete a saber. Andarían pinchándose.
Una nube de angustia cruzó ante los ojos de Sonsoles.
—¿No os pincharéis vosotras también?
—¡Qué cosas se te ocurren, tía! —reía la pequeña.
Tú te debes creer que todas somos como esas amigas tuyas.
Y, una tras otra, llovían sobre la hija de Pablo
acusaciones que acababan inquietando a Sonsoles.
—Esas dos acaban mal. Ya lo verás.
—Las dos son mayores de edad para saber lo que se hacen.
—Eso se dice siempre. Lo malo es cuando meten en el lío a
los demás. Ese chico del hospital está allí por culpa de la pequeña. ¿No? Todo
el mundo lo dice.
—Tonterías.
—Tonterías, pero por poco lo matan.
—Ya está mejor. Un día de éstos le dan el alta.
—De todos modos. Si se descuida no lo cuenta.
Sonsoles no acababa de entender el rencor de sus sobrinas.
—Os pasáis la vida soñando con salir de aquí y en cuanto
se presenta alguien de fuera os ponéis como fieras.
—Depende de quién sea. Lo que pasa es que tratándose de
Marta o de su amiga, nunca quieres dar tu brazo a torcer.
Sonsoles entonces se preguntaba por qué razón defendía a
la muchacha si a la postre tal vez acabara remplazándola no sólo en las obras
sino en el corazón de Marta.
Quizá por ello, cuando se equivocaba, se complacía
haciendo más patentes sus errores.
—Esas piedras, ¿también las vais a poner?
—Esas piedras son ruedas de molino —respondía bruscamente.
—Podían sacarlas al jardín.
—El jardín no se toca.
—¿Por qué? ¿No es parte de la casa también?
—Hay rincones —mediaba Marta— que se recuerdan con más
cariño que otros.
La muchacha se la quedó mirando como de costumbre,
asomando a sus ojos aquella rara luz que tanto la desconcertaba.
—¿De qué depende?
—De si son dulces o amargos.
Oyéndola, Marta se preguntaba en qué rincón de su memoria
andaría el amigo de la barba florida, dónde iría a parar su propia sombra el
día del adiós definitivo.
A la noche trataba de convencerse de que tal despedida no
llegaría nunca, eternamente aplazada por una mutua pasión definitiva. Así el
espejo de su habitación volvió a convertirse en testigo mudo de sus galas
nocturnas, de aquellas ropas compradas en Madrid, de una inesperada juventud
que, poco a poco, iba invadiendo el cuarto.
A pesar de las palabras de Sonsoles, tan hostiles a ratos,
se negaba a aceptar aquella edad que el cristal reflejaba del mismo modo que
cuando se asomaba a la sombra del padre.
—Ya somos los dos igual de altos —murmuraba a su lado, en
tanto la alzaba a la altura del marco.
—Todavía me falta un poco más.
—¿Para qué quieres crecer tanto?
Y el padre la devolvía al suelo como si no quisiera
escuchar su respuesta.
Le hubiera confesado cuánto deseaba ser como la madre en
todo, incluso en aquel mismo lecho donde lo retenía en ocasiones, a un tiempo
amable y recelosa.
Ella también habría sabido guardarlo en su jardín tal como
a la muchacha ahora, lejos de Sonsoles y sus palabras cada vez más desdeñosas.
—La verdad; no sé qué le encuentras, con ese pelo y esa
facha. En mi vida vi nadie que le importara menos gustar a los demás. Hay que
ver, a su edad, cómo salíamos nosotras.
Sin embargo era difícil imaginarla de otro modo, sin
aquellos pantalones que al parecer tanto la molestaban. Incluso los mismos
peones acechaban su paso pendientes de ella y de sus opiniones. Luego, a la
postre, la voluntad de Sonsoles se acababa imponiendo pero no tan fácilmente
como antes, sino con un recelo particular que la volvía aún más hostil en
ocasiones. Ahora dudaba, parecía perder día a día aquella confianza primera, se
lamentaba, culpaba a los demás de pequeños errores que más tarde, a la noche,
cargaba sobre sus espaldas.
—Mujer, ¿qué importancia tiene pasillo más o menos?
—intentaba animarla Marta.
—A este paso se nos acaba el presupuesto.
—Alcanzará. No te preocupes. Después de todo peor estoy
yo, con la casa revuelta.
Hubiera preferido no recordárselo, evitar nuevas culpas
comunes, pero aquel mal repentino de la amiga llegaba a contagiarla a ratos
hasta hacerle desear no verla más. Luego al día siguiente la amistad renacía y
con ella la Sonsoles de siempre explicando, ordenando, como si aquel mundo de
pasillos, mesas y escaños, una vez ordenado, fuera capaz de alejar a la
muchacha más allá del jardín y de Marta.
En cambio la muchacha, ajena a todo, a veces preguntaba:
—Oye, a tu amiga, ¿qué le pasa?
—Nada, ¿por qué?
—Porque no me saluda.
—Son cosas suyas. También conmigo está un poco rara.
Una mañana no apareció; al día siguiente se excusó por
teléfono: tenía asuntos que arreglar en Madrid y se quedó durante toda una
semana.
—¿Qué es de ella? —preguntó el maestro a Marta—. ¿Se cansó
de venir?
—Vuelve uno de estos días.
—Cuando la vea dígale que la estamos esperando.
—Descuide: si ella no puede, vendrá su marido.
—Lo digo para poner el ramo en el tejado. Esto se acaba.
Sólo queda pintar y barnizar.
Mas los días de la ausencia de Sonsoles no corrían al paso
de aquellas obras cuyo final tan cerca estaba.
Por el contrario, parecía que el ramo en el tejado, más
que volverla alegre, la asustara. Fue preciso visitarla, mimarla tras
responder, una tras otra, a sus llamadas.
—No te preocupes —le explicaba Marta—. Con ramo o sin él
mientras tú no aparezcas las obras no se dan por terminadas.
—¿Y la chica de Pablo?
—Allí sigue, viviendo su vida. Ya sabes cómo es.
Hay días que sólo la veo a la hora de comer.
—Y sus padres ¿qué dicen?
—A veces llaman. La madre siempre está dispuesta a
llevársela.
—Pero ella no querrá.
—Parece que no.
Ya con el ramo en el tejado, Sonsoles volvió al fin; esta
vez acompañada del marido. Viéndole pasear la mirada en derredor, murmuró
Marta:
—Por fin te dejas ver. Ya creíamos que te habías
desentendido.
—No, mujer. Qué cosas se te ocurren. Quedó un instante
pensativo, como haciendo resumen de las obras, y añadió: No sabes cómo me
tienen de trabajo.
Veremos a ver qué opinan los de la Diputación.
—¿Y ellos qué tienen que opinar? —preguntó Sonsoles
impaciente.
Quieras o no, son mis jefes —se echó a reír—. ¿No apareció
ninguno por aquí?
Marta negó con la cabeza.
—Pues habrá que avisarlos Y como adelantando su visita,
fue pasando revista del portal al tejado.
—La verdad es que no queda mal —resumió al fin sus
impresiones—, aunque para mi gusto demasiado oscuro todo.
—Y lo dices ahora —clamó la voz de Sonsoles desde la
penumbra.
—No sé a qué viene esa manía de dejar sin luz los
interiores, de hacerlos más viejos aún. Ya puestos a meternos en gastos no
íbamos a ser más pobres por unas cuantas ventanas al patio.
Había en sus palabras un eco de desdén apuntando a su
mujer que Marta intentó atajar llevándolo al jardín con el pretexto de
enseñárselo.
—Mira; esto se queda como está.
—Menos mal.
—¿De veras lo otro te parece tan mal?
—Peor que mal; vulgar.
—De todos modos hazme el favor de no sacar de quicio las
cosas.
Se la quedó mirando vagamente, pensativo a su vez.
De pronto sonó la cancela a sus espaldas y en el arco
junto a la ventana surgió la muchacha. El marido de Sonsoles pareció despertar.
—Tú eres la chica de Pablo, ¿no? —preguntó—. No hay más
que verte. ¿Qué tal lo pasas aquí? ¿Te aburres?
—No. Quiero decir: no mucho.
—Al contrario que yo. Se ve que hay gustos para todos.
¿Piensas quedarte mucho tiempo?
—No sé; depende.
Como todos, igual que los peones cuando hablaban con ella,
la envolvía en una ojeada desde el zurcido pantalón hasta el pelo rizado, mas
la muchacha hizo una seña a Marta.
—Oye, ¿puedes venir un momento?
—Perdona un instante —se excusó siguiéndola, y una vez
dentro preguntó—: ¿Qué pasa?
—Tu amiga. Está en tu habitación.
En una esquina de la alcoba, Sonsoles trataba de secar sus
ojos.
—Venir a hacerme esto aquí —gemía, luchando con sus
lágrimas.
—Tampoco ha sido para tanto. Una opinión nada más.
—Podía haber esperado a casa.
—Déjalo, olvídalo.
—No lo olvido —replicó con rabia—. A solas no me
importaría, pero delante de ésa no lo aguanto.
Sus ojos apuntaban al jardín, donde el marido y la
muchacha reanudaban su charla interrumpida.
Marta se dijo que tanto le daba si los de la Diputación
daban un sí o un no, con tal de verse libre de tales cuestiones. Los días y las
noches se tornarían tranquilos y felices como el río en la vega y aquel polen
menudo que ya anunciaba primavera.
Con la nueva estación, un nuevo tiempo también en ella
renacía lo mismo que la hiedra en el jardín. El viento estremecía nidos muertos
durante el largo invierno, pájaros dormidos, aromas escondidos, cantos de amor
crepusculares.
Cuando recién nacido el día, entre el sueño y la vela, se
asomaba al espejo de su cuarto, su imagen parecía firme y segura, dispuesta a
abrirse paso más allá del cristal, independiente y libre, como en tiempos del
padre.
A veces, como entonces, un rumor entrecortado de palabras
llegaba desde el otro lado de la puerta entreabierta, obligándola a alzarse, a
llamar quedamente a la muchacha.
—¿Eres tú? ¿Estás mal?
Y si el mal sueño seguía, Marta, tras cruzar el umbral,
iba a sentarse al borde de su cama.
—¿Qué sucede?
La muchacha se revolvía sin escuchar, hasta quedar inmóvil
en su nido. Era preciso no tratar de despertarla, respetar sus sueños, que la
devolvían lúcida y tranquila apenas la catedral vecina dejaba oír sus
campanadas.
XXXI
LA DUEÑA DE LA FARMACIA viendo llegar a Marta comentó:
—No te preocupes tanto de esas obras que maldita la falta
que nos hacen.
—Sobre todo a mí.
—Pues no se nota. ¿Para qué firmaste?
—Todo el mundo tiene derecho a equivocarse.
—Ya lo creo —buscó tras de sí las pastillas—. Incluso a
suicidarse.
Mostraba divertida el estuche en el aire como una amenaza.
—¿No serán peligrosas? —preguntó Marta.
—Son más o menos como todas: depende de la dosis.
Sus palabras venían cargadas del mismo aire amenazante y
un poco triunfal de los que suelen caminar en el filo de la vida y la muerte.
Luego, en el mismo tono, preguntaba:
—¿Y la chica de Pablo? ¿La tienes todavía en casa?
—Y por si había alguna duda sobre su opinión, añadió: El
otro día pasó por aquí, con una de esas pandas. Buscaban lo de siempre.
—Ella no abrió la boca. Me pareció algo rara. ¿En casa es
así también?
—Depende de los días, como nos pasa a todas.
De cuando en cuando la madre llamaba desde Madrid. No era
difícil adivinar sus preguntas constantes siempre en torno de la vuelta que la
muchacha aplazaba día tras otro.
—Para lo que tengo que hacer allí, no sé a qué viene tanta
prisa.
Era verdad —pensaba Marta escuchándola—, su vida se
reducía a un constante ir y venir sin rendir cuentas a nadie que a veces
envidiaba.
—Aquí, al menos, tengo amigos —intentaba justificarse en
ocasiones.
—¿Y en Madrid no?
—Los de allí son diferentes.
—¿En qué?
Entonces se encerraba en uno de aquellos mutismos que
tanto molestaban a la madre. Quizá por darle gusto en algo, una mañana abrió
aquella bolsa de viaje que le trajo en su visita. De su interior iban surgiendo
pantalones, mínimas ropas interiores, blusas y faldas de colores.
—Cualquiera diría que voy a casarme —murmuró en tono
burlón, y de pronto, como cambiando de opinión, comentaba en voz alta—: Después
de todo, no está mal tener alguien que se acuerde y te regale estas cosas.
—Desde luego —asentía Marta.
—Quiero decir, que te las pague. Mira esta blusa, por
ejemplo.
Y sin pensarlo más, se dispuso a probársela. Botón tras
botón se despojó de la suya dejando al aire aquellos pechos rematados en
sombras, encerrados en su polen dorado.
—¿Qué tal? ¿Tú crees que me conocerán?
—Tan cambiada no estás. ¡Total por una blusa!
Tomó la ropa que aún quedaba y a poco volvía de su alcoba
transformada. Había cambiado el pantalón y las medrosas zapatillas por zapatos
y falda. Se miró en el espejo un instante y murmuró: Hasta la noche.
¿Adónde iría —se preguntaba Marta— vestida de aquel modo?
Tal vez sólo fuera un disfraz, un carnaval particular con el que sorprender a
aquellos amigos desconocidos y remotos, quizás ambiguos en sus dos caras como
la fuente del jardín.
Recordando al amigo de la barba florida en el hospital o
quizá ya en su reino de jaras y robles, se decía que las horas de la muchacha
corrían en su busca a la noche, más allá de las revueltas sábanas, tras vivir a
su lado todo el día.
Así, como cada mañana, solía preguntarle:
—¿Qué tal anoche?
—Regular.
—Digo la falda y todo lo demás. ¿Qué dijeron tus amigos?
—Nada; nos fuimos en seguida. Ahora cae por allí cada
elemento que te amarga la noche. Todos vienen en busca de lo mismo: un par de
copas y llevarte al huerto.
—Los hombres suelen pensar en eso siempre.
—Y las mujeres también, no creas. A mí no me parece mal
—añadía—, pero por un par de copas no van a pretender que te vayas a la cama
con ellos.
Marta entonces solía preguntarse cómo serían los otros,
los elegidos que aun sin proponérselo surgían al compás de sus palabras y sus
horas.
—Un día tienes que presentarme alguno.
La muchacha se la quedó mirando.
—¿De veras quieres conocerlos?
—No todos. El que prefieras tú.
—Te aseguro que todos son buena gente. Esas historias que
cuentan son verdad sólo a medias. Lo malo son esos otros que te digo.
Por un instante el recuerdo del amigo vino hasta el
corazón de Marta, pero ya la muchacha lo borraba con un gesto alegre.
—Si tienes tanto interés, un día de éstos invitamos a
alguno. Aunque solos los tres, nos va a salir la barba.
—Mejor nos vamos por ahí.
—Entonces vale cualquier sitio.
Oyéndola, Marta trataba de imaginar sus eternas citas por
la noche, pero, incapaz de llegar hasta el final, siempre la sorprendía el alba
y un rumor de palabras alzándose desde el portal. No llegaba a entender lo que
decían, sólo algún nombre, tibios murmullos, risas breves o bostezos solemnes,
preludio del rumor de la llave.
—¿Eres tú? —preguntaba oyéndola subir, tratando de
averiguar si volvía mustia o alegre.
—¿Quién va a ser a estas horas?
Tenía razón; por nadie esperó tanto tratando de conocer la
razón hacia la que apuntaba aquel habitual peregrinaje que más tarde acababa
sollozando en su cuarto.
Así el día acordado la encontró dispuesta a acompañarla.
—¿No querías conocer a mis amigos? Vístete y vámonos.
Recordó sin querer sus primeras citas con Mario.
Incluso lanzó una ojeada al eterno espejo que la devolvió
distinta, transformada, con la cadena del reloj del padre sobre sus pechos
largo tiempo olvidados.
—Yo que tú, no me ponía eso —advirtió la muchacha.
—¿Por qué? ¿Resulta antiguo?
—Demasiado a la vista. Pueden darte un tirón y adiós
reloj.
Dócilmente, como en las fiestas de niña, se alejó hacia el
joyero aún abierto sobre la mesilla.
—¿No tienes algo de bisutería?
—Claro que tengo, pero no me gusta.
—Te advierto que donde vamos nadie se fija en esas cosas.
Y de pronto, junto a la muchacha, se sintió ridícula,
desnuda ante un nuevo cristal hostil por el que las dos navegaban. Sus ojos se
apagaban, su piel denunciaba torpes remolinos, la carne huía en solitarias
hoces.
De buen grado hubiera renunciado a su aventura, mas la
muchacha, desde el cuarto vecino, la apremiaba:
—¿Te falta mucho todavía?
—Un poco.
—¿Por qué no vas como estás?
—¿Así? ¿Con estos pantalones?
—¿Qué tienen de particular?
—No sé —dudó—, nunca salgo así a la calle.
De la otra alcoba vino un amago de risa. Y de pronto, como
en una traición, la vio ante sí vestida con la ropa que le trajo la madre.
—Hoy vamos al revés.
Y sin dejarla apenas protestar, la llevó escaleras abajo.
El mundo que más allá del zaguán se abría ante las dos no
parecía enemigo ni siquiera en los temidos soportales con la eterna amenaza de
las sobrinas de Sonsoles o la mirada alerta de la dueña de la farmacia
siguiendo la vida atentamente desde el mostrador. Las dos cruzaron con
tranquilidad enfilando las calles tras la catedral entre casas cerradas y
patios mezquinos convertidos en huertas. Los modestos palacios con sus galerías
de madera, sin un solo cristal, los pasadizos con su leve luz, los campanarios rotos
devolvían el eco de sus pasos, nombres que la muchacha murmuraba en aquel
laberinto de ruina y despojos.
—Allí, en lo alto, tras la catedral, vivían los curas.
—Los canónigos.
—Qué imbécil soy. A veces se me olvida que tú eres de
aquí.
También a Marta se le iba olvidando según el sol se
escondía tras las copas altivas de los álamos. Leves manchas de bruma nacían
entre los espinos para fundirse a poco en los bosques de helechos que
anunciaban los primeros molinos.
—Siempre hace frío en esta orilla —murmuró de improviso la
muchacha.
—Es la humedad del río. Hay que venir más abrigada.
Pasó su brazo sobre aquellos hombros apenas entrevistos y,
juntas las dos, vieron abrirse de pronto la espesura ante una plazoleta mal
cubierta de arena.
—Ya llegamos.
Más allá de la barrera de espinos, mudas parejas se
estrechaban en la penumbra entre cajones de cerveza y motos. Cada vez que la
brisa encendía en sus labios rojos haces de luces esparcía en torno un aroma
especial.
—Dentro se está mejor —indicaba el camino la muchacha.
Más allá de la puerta aquel viejo molino de río se abría
en torno de unas cuantas mesas y esteras bajo viejas vigas que se prolongaban
hasta oscuros rincones.
Allí se repetían los abrazos de fuera, aquel rozar boca a
boca mientras sonaba en torno no la voz intermitente del río, sino una música
monótona.
Ya el dueño se abría paso en la penumbra.
—¿Qué tomáis?
—Para mí una ginebra —pidió Marta.
—Que sean dos —pidió a su vez la muchacha.
Tomó aquel trago amargo todo hielo y cristal consiguió
interesarla, ni aquel amigo que tras reconocerla se acercó vacilante.
—A ver; contadme algo —murmuró.
—Lo que te cuentes tú —respondió la muchacha.
—¿Yo? Poca cosa. ¿Has visto a Antonio?
Marta vio dudar a la amiga.
—Está en Madrid.
—Me han dicho que le afeitaron en el hospital. ¡Vaya
putada! —insistía divertido el otro. Luego, viendo su rostro cada vez más
hostil, cambio de tono—: ¿Y qué se trae por allí?
—Nada. Se murió un hermano suyo.
—Pues más a mi favor. Esa es la mejor solución: pasarse un
día un poco y acabar del todo.
Los tres callaban. De los rincones surgían ahora el
murmullo de otras conversaciones. El otro, sin saber qué añadir, giró la vista
en torno hasta descubrir un hombre ya de edad entre un mar de jóvenes.
—Mira ése. Con el cuerpo pidiendo guerra todavía.
—Y como recordando de improviso la presencia de Marta, le
ofreció su tosco cigarro. ¿Hace? ¿O no usas?
Marta lo rechazó, mas la muchacha llenó sus pulmones de
aquel aroma cálido que afuera inundaba las orillas del río.
—Dime una cosa. ¿Dónde he visto yo a tu amiga antes?
—Tú sabrás.
De pronto se hizo la luz más allá de su maraña sin peinar
y, dirigiéndose a Marta, exclamó:
—Tú eres la viuda del jardín. —Y sin apenas darle tiempo a
responder—: Por cierto, menuda plantación se podía montar allí.
—¿Qué plantación?
—¿De qué va a ser? De finas hierbas orientales. Seguro que
por allí no asoman los municipales.
—Lo pensaré —murmuró Marta por salir del paso.
—Piénsatelo que el negocio es para forrarse. Sin tener que
viajar, ni aduanas de esas donde te miran de los pies a la cabeza. Si te
animas, yo corro con los primeros gastos. Tú pones el terreno nada más.
—No está mal. ¿Y qué se gana en eso?
—Según. A veces una pasta. ¿Somos socios entonces?
—Dije que tengo que pensarlo.
—Pues cuanto antes te lo pienses, mejor. No se nos
adelante algún listo.
Más allá de las bromas, Marta apenas veía ante sí aquellos
brazos apoyados en el respaldo de la silla, ni su propio jardín convertido en
huerto ajeno, sino la sombra del amigo de la barba florida a punto de llegar de
Madrid en busca de la muchacha. Se preguntó si aquél sería su lugar de citas, o
en la orilla, al pie de aquellos álamos cargados de violento amor apenas roto
por suspiros vagos.
Ahora en el río una cálida lluvia iba ahuyentando las
parejas, rompiendo la corriente en turbios remolinos.
Hasta el cerrado interior llegaba un húmedo aliento que
hizo murmurar al amigo:
—Me parece que por esta noche la juerga se acabó.
—Y tras mirarlas furtivamente, preguntaba: ¿Cuál de las
dos viene conmigo?
—Que yo sepa, ninguna —respondió la muchacha.
—¡Vaya broma! —trató de alzarse—. ¿Por qué seréis todas
así?
—¿Por qué te pones tan plomo?
—¿Yo pelmazo? ¡Para un día que me levanto con el cuerpo
sano!
—Mejor no lo derroches. Otro día será.
—A lo mejor otro día me encontráis más cansado.
Se empeñó en pagar tratando de seguir tras ellas, mas a
poco quedaban atrás su voz y algún que otro traspié sobre el tapiz de arena y
hojas.
Ahora, delante de las dos, se abría un camino de penumbras
hacia el umbral que separaba sus alcobas.
Desde el jardín, sobre las camas sin abrir aún, la brisa
del río empujaba sus rumores poblados como siempre de llamadas urgentes, de encuentros
furtivos.
Como los gatos acurrucados bajo el agua en sus tibios
nidos, así quedaron en la noche, escuchando su leve paso camino del amor o
amando en las leves pausas que la lluvia dejaba. Marta podía imaginarlos
entornando ceremoniosamente sus doradas pupilas para dormir su sueño de
silenciosos mandarines. Ellos, como la muchacha, tenían a su alcance su propio
porvenir sin alterar el paso entre los lirios y los jaramagos. Sus fiestas de
amor tan sólo de ellos dependían; luego, de día, su vida no era esperar, sino
aguardar la hora propicia en que borrado el sol se alzara sobre sus cabezas la
blanca mancha de la luna.
XXXII
VINO UN TIEMPO de viajes furtivos, de atardeceres entre
resplandores cárdenos más allá de la mancha de los pinos, junto a la casa en
ruinas donde una vez estuvo a punto de morir el amigo de la barba florida. La
muchacha recordaba bien aquella tarde.
—Serían dos o tres. Puede que más. Llevaban mucho tiempo
rondando la casa. Cuando los vi venir me eché a temblar. Salió Antonio y se
enzarzaron a golpes.
No sé qué le dirían, pero venían buscándonos a nosotras.
Con ellos no iba nada. Luego ya sabes cómo acabó la cosa. Menos mal que era
verano y andaban por el monte cazadores.
Cada vez que contaba aquella historia, suspiraba al final.
Un viento húmedo arrastraba olor a tierra sin sembrar, sones de esquilas a lo
lejos y espigas secas sólo buenas para bandadas de gorriones. Luego, a la
vuelta, la noche primera volvía a repetirse colmando las horas de un lamento
constante como en los rincones del jardín los gatos.
El tiempo y el amor amargo parecían huir dejando tras de
sí junto a relámpagos sombríos horas en que las dos velaban. Sólo más tarde, a
mediodía, la realidad del mundo en torno volvía a alzarse tanto más terca
cuanto más olvidada.
Así un día supo Marta que la Diputación había dado el sí
tan esperado. En la inauguración hubo vino español, discursos y unas palabras
torpemente leídas por la recién nombrada directora.
—¿Qué tal salió? —preguntó a Sonsoles.
—Muy bien. Aunque al principio estabas un poco nerviosa.
En el rumor de los más jóvenes se reconocía la voz del
amigo del río que preguntaba a la muchacha:
—¿Y el dinero para esto de dónde ha salido?
—Ni lo sé ni me importa.
—Tu amiga sí que lo sabrá —se quedó mirando en torno las
sillas nuevas, la tribuna y los muebles, sentenciando—: O sea, que en esto os
gastáis el dinero de los pobres.
—Te he dicho que me olvides. ¿No me oyes?
Marta, viéndole acercarse, buscó amparo a la sombra del
marido de Sonsoles. Grupos multicolores se agazapaban junto a garrafas de negro
vino mientras en el despacho de la flamante directora vasos de whisky y hielo
iban de mano en mano abriendo paso a nuevos brindis. Hasta su puerta abierta
llegaba aquella voz que el vino hacía más oscura aún y la de la muchacha
tratando de empujarlo hacia el jardín:
—¿Por qué no sales y te ventilas un rato?
—Antes tengo que hablar con tu amiga de nuestro negocio.
Con ellos fuera, el rumor de las conversaciones se volvió
sosegado y monótono; uno después de otro, tras apurar su vaso, desfilaron
fotógrafos y postreros curiosos hasta dejar la sala vacía del todo.
Sólo entonces salió Marta al jardín. Allí, apoyado en el
pretil de la muralla como ella misma tantas veces, el del río se volvió a
preguntar:
—¿Qué? ¿Se acabó la fiesta?
—Por esta tarde sí.
—¿Y qué hay de nuestro negocio? ¿Cuándo empezamos?
—Está en estudio todavía.
—Mucho lo piensas tú.
De nuevo le ofrecía su cigarro en el aire y otra vez Marta
lo rechazaba.
—Tú te lo pierdes, corazón. —Lo tiró en una parábola y volvió
a preguntar—: ¿Queda vino?
—No empieces a mezclar —murmuró la muchacha.
—¿Por un canuto miserable? Aún queda mucha noche por
delante.
Ahora los tres callaban. Desde la carretera subía la voz
de los jóvenes, seguramente camino de aquel molino donde su amor se vaciaba.
Por encima de la ciudad flotó por un instante el toque altivo de la catedral.
—¿Qué hora es?
—¿No has oído? Las once.
—Esto parece un funeral.
—Yo estoy rota —murmuró Marta.
—Yo me quedo también.
—¡Menudo par de estrechas! Mucho largar de pico para
después volverse atrás. Y como desafiándolas, se alzó sobre el pretil de la
muralla caminando sobre él.
—No hagas el memo ahora. ¿No te han dicho que esta noche
no?
Ante el gesto intranquilo de la muchacha, Marta sintió que
un viento de ira se alzaba en ella sobre cualquier rescoldo de pasada simpatía.
Tal vez, como en su infancia, en aquel mismo jardín, tampoco se tratara de
rencor o temor, sino de un vago sentimiento que la llevaba a hacerla desear
empujarlo camino del oscuro tajo.
A duras penas se alejó de los dos y volvió a su despacho,
que ahora le pareció ridículo, mudo retrato de la amiga Sonsoles. Se sirvió un
nuevo vaso y según aquel caldo dorado iba entrando en su cuerpo, se sintió más
firme, capaz de destruir su reino inútil y la ciudad en torno con sus barrios
mezquinos. Sin embargo aquel momento de valor se vino abajo cuando de nuevo
apareció la muchacha.
—¿Dónde te metes? —preguntó—. Creí que estabas ya en la
cama.
—Tu amigo es un idiota —murmuró a media voz.
—No lo creas. Lo que pasa es que en cuanto toma cuatro
copas, el mundo se le viene encima.
También Marta sentía derrumbarse su pasada arrogancia
convertida en cansancio que la humillaba aún más.
—Estás rota —murmuró la muchacha. Secó sus ojos con su
propio pañuelo y dejó descansar su rostro sobre el mar firme de sus pechos.
Era volver a la infancia perdida, adivinada, envidiada en
la alcoba vecina, regresar a los brazos del padre siempre presente en su carne
dolorida.
—No te vayas ahora —se abrazó a la muchacha.
—No me voy. ¿No lo ves?
—¿Seguro que te quedas?
—Ven; vámonos a dormir. Mañana te encontrarás mejor.
Se dejaba llevar hasta su lecho abierto, desnudar en el
vaivén de su cuerpo vacilante, acariciar por sus manos heladas, desde el
sombrío cerco de los ojos hasta el compás acelerado de sus sienes.
Cuando la vio alejarse, llamó quedamente:
—Ven un momento.
La muchacha dudó antes de acercarse. Entonces, tras besar
su oído, murmuró:
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por todo.
—No seas tonta. No hay de qué. Yo no hago caridades.
Fuera, de nuevo cantaba el agua bajo álamos de bronce;
llegaban desde los molinos risas, voces, anunciando el verano en los ciegos
remansos, bajo la luz menguada de la luna.
XXXIII
AL DÍA SIGUIENTE, cuando Marta se levantó, la muchacha no
estaba en la casa. Tampoco en el jardín. Mientras desayunaba a solas, oyó el
bullir de Sonsoles y bajó a preguntar, mas su respuesta no aclaró gran cosa:
—No la he visto. Debió de salir antes de que llegara yo.
Y por si alguna duda le quedaba, en su alcoba faltaba la
bolsa de ropa que le trajo la madre.
Tras la primera decepción un viento de impaciencia se alzó
en el corazón de Marta apenas sofocado por el recuerdo de otras idas y venidas.
A fin de cuentas ésta era una más, sólo cuestión de
esperar su vuelta procurando llenar las horas de algún modo antes de que, una
vez más, el demonio del tedio hiciera presa en ellas. Pues en tales casos la
que más se lamentaba era precisamente Sonsoles desde que vio las obras
concluidas.
Por sacarla a flote y a la vez por salvarse a sí misma
olvidando siquiera por unos instantes el recuerdo de la muchacha, le propuso
tomar las riendas de su obra, ocupar aquel despacho diminuto que a buen seguro
ambicionaba desde el día que por vez primera puso en él los pies.
—¿Y yo qué sé de arte? —preguntó en un tono de fingida
modestia.
—Lo que sabemos las demás. Tú búscate unos cuantos libros
y te pones al tanto antes de un año.
—A los de aquí va a sentarles mal.
—¿A quiénes? ¿A los que saben de verdad? A ésos todo esto
les trae sin cuidado. Lo suyo son los congresos y las publicaciones.
Sonsoles, halagada, pidió unos días para pensarlo, pero
bien se veía que acabaría por aceptar. Sus mismas sobrinas la animaban:
—Para una vez que se te tiene en cuenta, no vas a echarte
atrás. Además, si no es por ti, esa casa se queda como estaba por mucho que
presuma Marta.
—No presume; al contrario: es ella quien me lo ofreció.
—Pues más a tu favor. Seguro que la diriges mejor sola que
juntas las dos.
Hasta el marido hizo causa común con las sobrinas y así
Sonsoles ocupó el despacho destinado a una Marta siempre pendiente de la puerta
y su buzón del zaguán, Una mañana temprano el portero trajo la noticia:
—Abajo preguntan por usted.
Marta se dijo que allí su espera concluía. Se acabó de
vestir precipitada y aún antes de salir preguntó:
—¿No hay nadie en el despacho?
—Está la señorita Sonsoles, pero quieren hablar con usted.
—Bajó la voz a un tono más confidencial—: No viene a ver la casa. Viene de
Italia. Al menos eso dice.
Y su desilusión inicial se borraba de pronto en la
penumbra del portal, como en Venecia tiempo atrás ante una Rosa que la saludaba
con su media sonrisa de siempre.
Había venido a Madrid para un congreso de mujeres,
saltándose el programa para acercarse a saludarla.
—Te quedarás en casa unos días.
—¡Qué locura! En realidad no tengo libres ni dos horas.
Mañana mismo salgo para Londres. Luego a casa otra vez.
Llevaba mucho tiempo ya separada del marido. Cada cual por
su lado; él con la amiga secretaria que Marta conoció en el Lido; ella con sus
congresos y ponencias, con aquel nuevo afán desconocido antes.
—Es preciso luchar, organizar, no resignarse explicaba
tras la comida, en el jardín, ante una Sonsoles atónita.
—¿Resignarse? —replicaba—. Yo no me siento nada resignada.
Pero Rosa no parecía escucharla.
—Es preciso pedir al mundo lo que nos debe a las mujeres.
—¿Y qué nos debe?
—Pero ¿de dónde sales tú? ¿Tú sabes lo que son los
derechos del hombre?
Sonsoles dudaba antes de contestar vagamente:
—Más o menos.
—¿Y los de la mujer?
—Si tienen que llegar, ya llegarán.
—Aquí, de eso que dices —trató de mediar Marta—, no hay
nada de nada. Aquí es otro planeta; lo sabes de sobra.
Pero Rosa volvía a la carga:
—También lo fuimos nosotras, pero nada en la vida dura
eternamente.
Y al punto venía una serie de nombres de mujeres que en su
país, junto a los hombres, luchaban por conseguir una igualdad antes vedada
rigurosamente.
Oyéndola, Marta se entretenía comparándola con aquella
otra Rosa de Burano y Venecia. Parecía más desenvuelta, menos frágil,
seguramente menos pendiente de la radio. Quizás en ella el tedio, aquel demonio
de la tarde, no hubiera hecho mella todavía.
—¿Yo aburrirme? El tedio ese que dices es lo que más te
ayuda a rebelarte, a no quedarte encerrada en tu jardín.
—No a todas.
—Quiero decir a ti y a mí.
Sus palabras, su presencia sola valían más como ejemplo
que todas aquellas otras mujeres cuyos nombres no se cansaba de repetir como
tratando de convencerse de sus propias razones.
—En fin —había concluido poco antes de tomar el tren para
Madrid—. Al menos conoces mundo, nuevas gentes, y al final siempre tienes a
Venecia esperándote.
Aún el tren se alejaba cuando Sonsoles preguntó:
—¿Tú crees en lo que dice? ¿Todo eso de que es bueno
aburrirse?
—No lo sé.
Y sin embargo aquel demonio del que Sonsoles y Rosa
hablaban volvió a atormentarla huyendo de ella mientras los días transcurrían
cada vez más pendientes de la muchacha, del correo y del teléfono.
Hasta que un día Sonsoles, harta de tanto ir y venir, le
preguntó:
—¿Y esa chica? ¿No vuelve?
—¿Cómo voy a saberlo? —le contestó de mala gana.
—No te pongas así. Lo digo porque desde que se fue, se te
nota algo rara.
—Tienes razón, perdona.
Hasta que al fin se decidió a llamar. Pasó toda una tarde
intentándolo. Sólo a la noche llegó la voz de la madre, viva, casi triunfante:
—Sí; es aquí. ¿Con quién quería hablar? No está.
Eres Marta, ¿verdad? Desde que va a casarse apenas para en
casa.
Marta apartó de sí su pequeño verdugo de plástico que aún,
antes de callar, añadía:
—... con ese chico: Antonio. Me parece que ya le conoces.
Ese que estuvo en el hospital. Al principio habrá que echarles una mano, ya te
imaginas...
Decidió escribirle, pero una carta de ella se le adelantó.
Era tan breve que la leyó atropellada, adivinando sus palabras.
Querida Marta: perdona si no he tenido el valor suficiente
para decirte cara a cara lo que ya sabes por mi madre. Ahora ya no importa,
teniendo en cuenta lo que pensarás de mí. Tampoco tengo valor de seguir. Las
cosas son como son y cada cual tas ve del lado que le tocan. De todos modos, si
algún día te acuerdas de mí, no me recuerdes demasiado miserable. Soy como soy
y nada más. Te besa: Ana.
El mensaje voló hecho pedazos más allá del pretil de la
muralla. Marta vio el viento arrastrarlos hasta aquellos paseos solitarios que
no volvería a recorrer, sobre los que las hojas de los plátanos se iban
volviendo amarillas. En el jardín el rostro del hombre y el de la mujer seguían
mirándose con sus bocas manando cada vez más lejanas.
Pensando en la muchacha, se dijo que no volvería a verla
más tal como la recordaba, a ratos infantil, altiva a veces, siempre dudando,
quizá preparando un final capaz de devolver cada amor a su lugar sin causar
demasiado daño. Su pelo rizado como una corona, sus viejos pantalones, aquella
falda con que la madre trató de alzar inútiles tentaciones, a la postre habían
conseguido su propósito: aquel Antonio de la barba florida, herido por su culpa
y también por su causa convertido en marido.
Se apartó del jardín y, una vez en su alcoba, comenzó una
breve carta en la que su dolor se alzaba entre líneas torcidas. Toda la noche
se le fue intentando recordar, decidirse, haciendo un alto cada vez que la
campana de la catedral la hacía tomar conciencia de su propia fatiga.
... yo no soy tu familia, menos que nada, tan sólo una
amistad fugaz que con nada se borra y pasa. Sin embargo, a pesar de esa boda,
seguiré contigo, junto a ti, por los paseos que tantas veces recorrimos juntas,
en ese jardín tan tuvo como mío al que ni Sonsoles volverá a asomarse, ante esa
fuente con sus dos eternas caras que murmura nuestro secreto amor en la
espesura de laureles...
Marta sobre la carta se detuvo. Sabía que a la postre todo
su amor quedaría en solemnes palabras. A fin de cuentas, mejor si la muchacha
no volvía. Aprendería a soportar a solas la voz solemne de la torre vecina, los
suspiros del río, el celo nocturno de los gatos. A la postre quizá la amiga
cargara con la peor parte, puede que un día volvieran para ella esas tardes en
que el dolor golpea el corazón hasta agotar las horas.
Tomó su carta y, como la anterior, también la hizo pedazos
que, más allá de la muralla, a poco navegaban río abajo.
A la tarde siguiente habló con el hermano y el
administrador, mandó a Rosa un telegrama urgente, tuvo una larga charla con
Sonsoles y, días después, tras echar la llave al piso alto, volaba hacia
Italia.
Cuando el avión despegó, del cielo cerrado caía una lluvia
espesa y menuda. Luego, según se alzaba, iba surgiendo el sol, apartando mares
de negras nubes. Un cielo despejado y alto lucía en torno como abriendo paso a
un destino mejor y diferente.

