Libro N° 4096. Jardín Umbrío. Del Valle-Inclán, Ramón María.
© Libro N° 4096. Jardín Umbrío. Del Valle-Inclán, Ramón María. Colección E.O. Agosto
26 de 2017.
Título
original: © Jardín Umbrío. Ramón
María del Valle-Inclán
Versión Original: © Jardín Umbrío. Ramón María
del Valle-Inclán
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Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
JARDÍN UMBRÍO
Ramón María del Valle-Inclán
Annotation
La mayor parte de estas historias de santos, de almas en
pena, de duendes y ladrones, en las que se mezclan el misterio, la superstición
y la violencia, tienen un fuerte sabor popular. La maestría artística de Valle
resplandece en estos relatos que, situados en la tierra sobresaltada de montes
de la más recóndita y ancestral Galicia, se incluyen, con pleno derecho, entre
los más importantes títulos del llamado ciclo galaico.
"Jardín umbrío" es, además, el libro idóneo para
comenzar esa apasionante aventura que es la lectura de la obra completa del más
genial escritor español de siglo XX.
JUAN QUINTO
LA ADORACIÓN DE LOS REYES
EL MIEDO
TRAGEDIA DE ENSUEÑO
BEATRIZ
UN CABECILLA
LA MISA DE SAN ELECTUS
EL REY DE LA MÁSCARA
MI HERMANA ANTONIA
DEL MISTERIO
A MEDIANOCHE
MI BISABUELO
ROSARITO
COMEDIA DE ENSUEÑO
MILÓN DE LA ARNOYA
UN EJEMPLO
NOCHEBUENA
ORACIÓN
Ramón Mª del Valle-Inclán
JARDIN UMBRÍO
HISTORIAS DE SANTOS,
DE ALMAS EN PENA,
DE DUENDES Y LADRONES
Tenía mi abuela una doncella muy vieja que se llamaba
Micaela la Galana. Murió siendo yo todavía niño. Recuerdo que pasaba las horas
hilando en el hueco de una ventana, y que sabía muchas historias de santos, de
almas en pena, de duendes y de ladrones. Ahora yo cuento las que ella me
contaba, mientras sus dedos arrugados daban vueltas al huso. Aquellas historias
de un misterio candoroso y trágico, me asustaron de noche durante los años de
mi infancia y por eso no las he olvidado. De tiempo en tiempo todavía se
levantan en mi memoria, y como si un viento silencioso y frío pasase sobre
ellas, tienen el largo murmullo de las hojas secas. ¡El murmullo de un viejo
jardín abandonado! Jardín Umbrío.
JUAN QUINTO
Micaela la Galana contaba muchas historias de Juan Quinto,
aquel bigardo que, cuando ella era moza, tenía estremecida toda la Tierra de
Saines. Contaba cómo una noche, a favor del oscuro, entró a robar en la
Rectoral de Santa Baya de Cristamilde. La Rectoral de Santa Baya está vecina de
la iglesia, en el fondo verde de un atrio cubierto de sepulturas y sombreado de
olivos. En este tiempo de que hablaba Micaela, el rector era un viejo
exclaustrado, buen latino y buen teólogo. Tenía fama de ser muy adinerado, y se
le veía por las ferias chalaneando caballero en una yegua tordilla, siempre con
las alforjas llenas de quesos. Juan Quinto, para robarle, había escalado la
ventana, que en tiempo de calores solía dejar abierta el exclaustrado. Trepó el
bigardo gateando por el muro, y cuando se encaramaba sobre el alféizar con un
cuchillo sujeto entre los dientes, vio al abad incorporado en la cama y
bostezando. Juan Quinto saltó dentro de la sala con un grito fiero, ya el
cuchillo empuñado. Crujieron las tablas de la tarima con ese pavoroso prestigio
que comunica la noche a todos los ruidos. Juan Quinto se acercó a la cama, y
halló los ojos del viejo frailuco abiertos y sosegados que le estaban mirando:
—¿Qué mala idea traes, rapaz?
El bigardo levantó el cuchillo:
—La idea que traigo es que me entregue el dinero que tiene
escondido, señor abad.
El frailuco rió jocundamente:
—¡Tú eres Juan Quinto!
—Pronto me ha reconocido.
Juan Quinto era alto, fuerte, airoso, cenceño. Tenía la
barba de cobre, y las pupilas verdes como dos esmeraldas, audaces y exaltadas.
Por los caminos, entre chalanes y feriantes, prosperaba la voz de que era muy
valeroso, y el exclaustrado conocía todas las hazañas de aquel bigardo que
ahora le miraba fijamente, con el cuchillo levantado para aterrorizarle:
—Traigo priesa, señor abad. ¡La bolsa o la vida! El abad
se santiguó:
—Pero tú vienes trastornado. ¿Cuántos vasos apuraste,
perdulario? Sabía tu mala conducta, aquí vienen muchos feligreses a dolerse...
¡Pero, hombre, no me habían dicho que fueses borracho!
Juan Quinto gritó con repentina violencia:
—¡Señor abad, rece el Yo Pecador!
—Rézalo tú, que más falta te hace.
—¡Que le siego la garganta! ¡Que le pico la lengua! ¡Que
le como los hígados!
El abad, siempre sosegado, se incorporó en las almohadas:
—¡No seas bárbaro, rapaz! ¡Qué provecho iba a hacerte
tanta carne cruda!
—¡No me juegue a burlas, señor abad! ¡La bolsa o la vida!
—Yo no tengo dinero, y si lo tuviese tampoco iba a ser
para ti. ¡Andar a cavar la tierra!
Juan Quinto levantó el cuchillo sobre la cabeza del
exclaustrado:
—Señor abad, rece el Yo Pecador.
El abad acabó por fruncir el áspero entrecejo:
—No me da la gana. Si estás borracho, anda a dormirla. Y
en lo sucesivo aprende que a mí se me debe otro respeto por mis años y por mi
dignidad de eclesiástico.
Aquel bigardo atrevido y violento quedó callado un
instante, y luego murmuró con la voz asombrada y cubierta de un velo:
—¡Usted no sabe quién es Juan Quinto!
Antes de responderle, el exclaustrado le miró de alto
abajo con grave indulgencia:
—Mejor lo sé que tú mismo, mal cristiano.
Insistió el otro con impotente rabia:
—¡Un león!
—¡Un gato!
—¡Los dineros!
—No los tengo.
—¡Que no me voy sin ellos!
—Pues de huésped no te recibo.
En la ventana rayaba el día, y los gallos cantaban
quebrando albores. Juan Quinto miró a la redonda, por la ancha sala donde el
tonsurado dormía, y descubrió una gaveta:
—Me parece que ya di con el nido.
Tosió el frailuco:
—Malos vientos tienes.
Y comenzó a vestirse muy reposadamente y a rezar en latín.
De tiempo en tiempo, a par que se santiguaba, dirigía los ojos al bandolero,
que iba de un lado al otro cateando. Sonreía socarrón el frailuco y murmuraba a
media voz, una voz grave y borbollona:
—Busca, busca. ¡No encuentro yo con el claro día, y has de
encontrar tú a tentones!...
Cuando acabó de vestirse salió a la solana por ver cómo
amanecía. Cantaban los pájaros, estremecíanse las yerbas, todo tornaba a nacer
con el alba del día. El abad gritóle al bigardo, que seguía cateando en la
gaveta:
—Tráeme el breviario, rapaz.
Juan Quinto apareció con el breviario, y al tomárselo de
las manos, el exclaustrado le reconvino lleno de indulgencia:
—¿Pero quién te aconsejó para haber tomado este mal
camino? ¡Ponte a cavar la tierra, rapaz!
—Yo no nací para cavar la tierra. ¡Tengo sangre de
señores!
—Pues compra una cuerda y ahórcate, porque para robar
tampoco sirves.
Con estas palabras bajó el frailuco las escaleras de la
solana, y entró en la iglesia para celebrar su misa. Juan Quinto huyó
galgueando a través de unos maizales, pues se venía por los montes la mañana y
en la fresca del día muchos campanarios saludaban a Dios. Y fue en esta misma
mañana ingenua y fragante cuando robó y mató a un chalán en el camino de Santa
María de Meis. Micaela la Galana, en el final del cuento, bajaba la voz
santiguándose, y con murmullo de su boca sin dientes recordaba la genealogía de
Juan Quinto:
—Era de buenas familias. Hijo de Remigio de Bealo, nieto
de Pedro, que acompañó al difunto señor en la batalla del Puente San Payo.
Recemos un Padrenuestro por los muertos y por los vivos.
LA ADORACIÓN DE LOS REYES
Vinde, vinde, Santos Reyes
Vereil, a joya millor,
Un meniño
Como un brinquiño,
Tan bunitiño,
Qu'á o nacer nublou o sol!
Desde la puesta del sol se alzaba el cántico de los
pastores en torno de las hogueras, y desde la puesta del sol, guiados por
aquella otra luz que apareció inmóvil sobre una colina, caminaban los tres
Santos Reyes. Jinetes en camellos blancos, iban los tres en la frescura
apacible de la noche atravesando el desierto. Las estrellas fulguraban en el
cielo, y la pedrería de las coronas reales fulguraba en sus frentes. Una brisa
suave hacía flamear los recamados mantos. El de Gaspar era de púrpura de Corinto.
El de Melchor era de púrpura de Tiro. El de Baltasar era de púrpura de Menfis.
Esclavos negros, que caminaban a pie enterrando sus sandalias en la arena,
guiaban los camellos con una mano puesta en el cabezal de cuero escarlata.
Ondulaban sueltos los corvos rendajes y entre sus flecos de seda temblaban
cascabeles de oro. Los tres Reyes Magos cabalgaban en fila. Baltasar el Egipcio
iba delante, y su barba luenga, que descendía sobre el pecho, era a veces
esparcida sobre los hombros... Cuando estuvieron a las puertas de la ciudad
arrodilláronse los camellos, y los tres Reyes se apearon y despojándose de las
coronas hicieron oración sobre las arenas.
Y Baltasar dijo:
—¡Es llegado el término de nuestra jornada!...
Y Melchor dijo:
—¡Adoremos al que nació Rey de Israel!...
Y Gaspar dijo:
—¡Los ojos le verán y todo será purificado en nosotros!...
Entonces volvieron a montar en sus camellos y entraron en
la ciudad por la Puerta Romana, y guiados por la estrella llegaron al establo
donde había nacido el Niño. Allí los esclavos negros, como eran idólatras y
nada comprendían, llamaron con rudas voces:
—¡Abrid!... ¡Abrid la puerta a nuestros señores!
Entonces los tres Reyes se inclinaron sobre los arzones y
hablaron a sus esclavos. Y sucedió que los tres Reyes les decían en voz baja:
—¡Cuidad de no despertar al Niño!
Y aquellos esclavos, llenos de temeroso respeto, quedaron
mudos, y los camellos, que permanecían inmóviles ante la puerta, llamaron
blandamente con la pezuña, y casi al mismo tiempo aquella puerta de viejo y
oloroso cedro se abrió sin ruido. Un anciano de calva sien y nevada barba asomó
en el umbral. Sobre el armiño de su cabellera luenga y nazarena temblaba el
arco de una aureola. Su túnica era azul y bordada de estrellas como el cielo de
Arabia en las noches serenas, y el manto era rojo, como el mar de Egipto, y el
báculo en que se apoyaba era de oro, florecido en lo alto con tres lirios
blancos de plata. Al verse en su presencia los tres Reyes se inclinaron. El
anciano sonrió con el candor de un niño y franqueándoles la entrada dijo con
santa alegría:
—¡Pasad!
Y aquellos tres Reyes, que llegaban de Oriente en sus
camellos blancos, volvieron a inclinar las frentes coronadas, y arrastrando sus
mantos de púrpura y cruzadas las manos sobre el pecho, penetraron en el
establo. Sus sandalias bordadas de oro producían un armonioso rumor. El niño,
que dormía en el pesebre sobre rubia paja centena, sonrió en sueños. A su lado
hallábase la Madre, que le contemplaba de rodillas con las manos juntas. Su
ropaje parecía de nubes, sus arracadas parecían de fuego, y como en el lago
azul de Genezaret, rielaban en el manto los luceros de la aureola. Un ángel
tendía sobre la cuna sus alas de luz, y las pestañas del Niño temblaban como
mariposas rubias, y los tres Reyes se postraron para adorarle y luego besaron
los pies del Niño. Para que no se despertase, con las manos apartaban las
luengas barbas que eran graves y solemnes como oraciones. Después se
levantaron, y volviéndose a sus camellos le trajeron sus dones: Oro, Incienso,
Mirra.
Y Gaspar dijo al ofrecerle el Oro:
—Para adorarte venimos de Oriente.
Y Melchor dijo al ofrecerle el Incienso:
—¡Hemos encontrado al Salvador!
Y Baltasar dijo al ofrecerle la Mirra:
—¡Bienaventurados podemos llamarnos entre todos los
nacidos!
Y los tres Reyes Magos despojándose de sus coronas las
dejaron en el pesebre a los pies del Niño. Entonces sus frentes tostadas por el
sol y los vientos del desierto se cubrieron de luz, y la huella que había
dejado el cerco bordado de pedreria era una corona más bella que sus coronas
labradas en Oriente... Y los tres Reyes Magos repitieron como un cántico:
—¡Éste es!... ¡Nosotros hemos visto su estrella!
Después se levantaron para irse, porque ya rayaba el alba.
La campiña de Belén, verde y húmeda, sonreía en la paz de la mañana con el
caserío de sus aldeas disperso, y los molinos lejanos desapareciendo bajo el
emparrado de las puertas, y las montañas azules y la nieve en las cumbres. Bajo
aquel sol amable que lucía sobre los montes iba por los caminos la gente de la
aldea. Un pastor guiaba sus carneros hacia las praderas de Gamalea; mujeres
cantando volvían del pozo de Efraín con las ánforas llenas; un viejo cansado
picaba la yunta de sus vacas, que se detenian mordisqueando en los vallados, y
el humo blanco parecía salir de entre las higueras... Los esclavos negros
hicieron arrodillar los camellos y cabalgaron los tres Magos. Ajenos a todo
temor se tornaban a sus tierras, cuando fueron advertidos por el cántico lejano
de una vieja y una niña que, sentadas a la puerta de un molino, estaban
desgranando espigas de maíz. Y era éste el cantar remoto de las dos voces:
Camiñade Santos Reyes
Por caminos desviados,
Que vol'os camiños reas
Herodes mandou soldados.
EL MIEDO
Ese largo y angustioso escalofrío que parece mensajero de
la muerte, el verdadero escalofrío del miedo, sólo lo he sentido una vez. Fue
hace muchos años, en aquel hermoso tiempo de los mayorazgos, cuando se hacía
información de nobleza para ser militar. Yo acababa de obtener los cordones de
Caballero Cadete. Hubiera preferido entrar en la Guardia de la Real Persona;
pero mi madre se oponía, y siguiendo la tradición familiar, fui granadero en el
Regimiento del Rey. No recuerdo con certeza los años que hace, pero entonces
apenas me apuntaba el bozo y hoy ando cerca de ser un viejo caduco. Antes de
entrar en el Regimiento mi madre quiso echarme su bendición. La pobre señora
vivía retirada en el fondo de una aldea, donde estaba nuestro pazo solariego, y
allá fui sumiso y obediente. La misma tarde que llegué mandó en busca del Prior
de Brandeso para que viniese a confesarme en la capilla del Pazo. Mis hermanas
María Isabel y María Fernanda, que eran unas niñas, bajaron a coger rosas al
jardín, y mi madre llenó con ellas los floreros del altar. Después me llamó en
voz baja para darme su devocionario y decirme que hiciese examen de conciencia:
—Vete a la tribuna, hijo mío. Allí estarás mejor...
La tribuna señorial estaba al lado del Evangelio y
comunicaba con la biblioteca. La capilla era húmeda, tenebrosa, resonante.
Sobre el retablo campeaba el escudo concedido por ejecutorias de los Reyes
Católicos al señor de Bradomín, Pedro Aguiar de Tor, llamado el Chivo y también
el Viejo. Aquel caballero estaba enterrado a la derecha del altar. El sepulcro
tenía la estatua orante de un guerrero. La lámpara del presbiterio alumbraba
día y noche ante el retablo, labrado como joyel de reyes. Los áureos racimos de
la vid evangélica parecían ofrecerse cargados de fruto. El santo tutelar era
aquel piadoso Rey Mago que ofreció mirra al Niño Dios. Su túnica de seda
bordada de oro brillaba con el resplandor devoto de un milagro oriental. La luz
de la lámpara, entre las cadenas de plata, tenía tímido aleteo de pájaro
prisionero como si se afanase por volar hacia el Santo.
Mi madre quiso que fuesen sus manos las que dejasen
aquella tarde a los pies del Rey Mago los floreros cargados de rosas como
ofrenda de su alma devota. Después, acompañada de mis hermanas, se arrodilló
ante el altar. Yo, desde la tribuna, solamente oía el murmullo de su voz, que
guiaba moribunda las avemarías; pero cuando a las niñas les tocaba responder,
oía todas las palabras rituales de la oración. La tarde agonizaba y los rezos
resonaban en la silenciosa oscuridad de la capilla, hondos, tristes y augustos,
como un eco de la Pasión. Yo me adormecía en la tribuna. Las niñas fueron a
sentarse en las gradas del altar. Sus vestidos eran albos como el lino de los
paños litúrgicos. Ya sólo distinguía una sombra que rezaba bajo la lámpara del
presbiterio. Era mi madre, que sostenía entre sus manos un libro abierto y leía
con la cabeza inclinada. De tarde en tarde, el viento mecía la cortina de un
alto ventanal. Yo entonces veía en el cielo, ya oscura, la faz de la luna,
pálida y sobrenatural como una diosa que tiene su altar en los bosques y en los
lagos...
Mi madre cerró el libro dando un suspiro, y de nuevo llamó
a las niñas. Vi pasar sus sombras blancas a través del presbiterio y columbré
que se arrodillaban a los lados de mi madre. La luz de la lámpara temblaba con
un débil resplandor sobre las manos que volvían a sostener abierto el libro. En
el silencio la voz leía piadosa y lenta. Las niñas escuchaban. Y adiviné sus
cabelleras sueltas sobre la albura del ropaje y cayendo a los lados del rostro
iguales, tristes, nazarenas. Habíame adormecido, y de pronto me sobresaltaron
los gritos de mis hermanas. Miré y las vi en medio del presbiterio abrazadas a
mi madre. Gritaban despavoridas. Mi madre las asió de la mano y huyeron las
tres. Bajé presuroso. Iba a seguirlas y quedé sobrecogido de terror. En el
sepulcro del guerrero se entrechocaban los huesos del esqueleto. Los cabellos
se erizaron en mi frente. La capilla había quedado en el mayor silencio, y
oíase distintamente el hueco y medroso rodar de la calavera sobre su almohada
de piedra. Tuve miedo como no lo he tenido jamás, pero no quise que mi madre y
mis hermanas me creyesen cobarde, y permanecí inmóvil en medio del presbiterio,
con los ojos fijos en la puerta entreabierta. La luz de la lámpara oscilaba. En
lo alto mecíase la cortina de un ventanal, y las nubes pasaban sobre la luna, y
las estrellas se encendían y se apagaban como nuestras vidas. De pronto, allá
lejos, resonó festivo ladrar de perros y música de cascabeles. Una voz grave y
eclesiástica llamaba:
—¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán...!
Era el Prior de Brandeso que llegaba para confesarme.
Después oí la voz de mi madre trémula y asustada, y percibí distintamente la
carrera retozona de los perros. La voz grave y eclesiástica se elevaba
lentamente, como un canto gregoriano:
—Ahora veremos qué ha sido ello... Cosa del otro mundo no
lo es, seguramente... ¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán...!
Y el Prior de Brandeso, precedido de sus lebreles,
apareció en la puerta de la capilla:
—¿Qué sucede, señor Granadero del Rey?
Yo repuse con voz ahogada:
—¡Señor Prior, he oído temblar el esqueleto dentro del
sepulcro...!
El Prior atravesó lentamente la capilla. Era un hombre
arrogante y erguido. En sus años juveniles también había sido Granadero del
Rey. Llegó hasta mí, sin recoger el vuelo de sus hábitos blancos, y afirmándome
una mano en el hombro y mirándome la faz descolorida, pronunció gravemente:
—¡Que nunca pueda decir el Prior de Brandeso que ha visto
temblar a un Granadero del Rey...!
No levantó la mano de mi hombro, y permanecimos inmóviles,
contemplándonos sin hablar. En aquel silencio oímos rodar la calavera del
guerrero. La mano del Prior no tembló. A nuestro lado los perros enderezaban
las orejas con el cuello espeluznado. De nuevo oímos rodar la calavera sobre su
almohada de piedra. El Prior se sacudió:
—¡Señor Granadero del Rey, hay que saber si son trasgos o
brujas!
Y se acercó al sepulcro y asió las dos anillas de bronce
empotradas en una de las losas, aquella que tenía el epitafio. Me acerqué
temblando. El Prior me miró sin despegar los labios. Yo puse mi mano sobre la
suya en una anilla y tiré. Lentamente alzamos la piedra. El hueco, negro y
frío, quedó ante nosotros. Yo vi que la árida y amarillenta calavera aún se
movía. El Prior alargó un brazo dentro del sepulcro para cogerla. La recibí
temblando. Yo estaba en medio del presbiterio y la luz de la lámpara caía sobre
mis manos. Al fijar los ojos las sacudí con horror. Tenía entre ellas un nido
de culebras que se desanillaron silbando, mientras la calavera rodaba por todas
las gradas del presbiterio. El Prior me miró con sus ojos de guerrero que
fulguraban bajo la capucha como bajo la visera de un casco:
—Señor Granadero del Rey, no hay absolución... ¡Yo no
absuelvo a los cobardes!
Y con rudo empaque salió sin recoger el vuelo de sus
blancos hábitos talares. Las palabras del Prior de Brandeso resonaron mucho
tiempo en mis oídos. Resuenan aún. ¡Tal vez por ellas he sabido más tarde
sonreír a la muerte como a una mujer!
TRAGEDIA DE ENSUEÑO
Han dejado abierta la casa y parece abandonada... El niño
duerme fuera, en la paz de la tarde que agoniza, bajo el emparrado de la vid.
Sentada en el umbral, una vieja mueve la cuna con el pie, mientras sus dedos
arrugados hacen girar el huso de la rueca. Hila la vieja, copo tras copo, el
lino moreno de su campo. Tiene cien años, el cabello plateado, los ojos faltos
de vista, la barbeta temblorosa.
La Abuela:
—¡Cuantos trabajos nos aguardan en este mundo! Siete hijos
tuve, y mis manos tuvieron que coser siete mortajas... Los hijos me fueron
dados para que conociese las penas de criarlos, y luego, uno a uno, me los
quitó la muerte cuando podían ser ayuda de mis años. Estos tristes ojos aún no
se cansan de llorarlos. ¡Eran siete reyes, mozos y gentiles!... Sus viudas
volvieron a casarse, y por delante de mi puerta vi pasar el cortejo de sus
segundas bodas, y por delante de mi puerta vi pasar después los alegres bautizos...
¡Ah! Solamente el corro de mis nietos se deshojó como una rosa de Mayo... ¡Y
eran tantos, que mis dedos se cansaban hilando día y noche sus pañales!... A
todos los llevaron por ese camino donde cantan los sapos y el ruiseñor. ¡Cuánto
han llorado mis ojos! Quedé ciega viendo pasar sus blancas cajas de ángeles.
¡Cuánto han llorado mis ojos y cuánto tienen todavía que llorar! Hace tres
noches que aullan los perros a mi puerta. Yo esperaba que la muerte me dejase
este nieto pequeño, y también llega por él... ¡Era, entre todos, el que más
quería!... Cuando enterraron a su padre aún no era nacido. Cuando enterraron a
su madre aún no era bautizado... ¡Por eso era, entre todos, el que más
quería!... íbale criando con cientos de trabajos. Tuve una oveja blanca que le
servía de nodriza, pero la comieron los lobos en el monte... ¡Y el nieto mío se
marchita como una flor! ¡Y el nieto mío se muere lenta, lentamente, como las
pobres estrellas, que no pueden contemplar el amanecer!
La vieja llora y el niño se despierta. La vieja se inclina
sollozando sobre la cuna, y con las manos temblorosas la recorre a tientas,
buscando donde está la cabecera. Al fin se incorpora con el niño en brazos. Le
oprime contra el seno, árido y muerto, lloran hilo a hilo sus ojos ciegos. Con
las lágrimas retenidas en el surco venerable de las arrugas, canta or ver de
acallarle. Canta la abuela una antigua tonadilla. Al oírla se detienen en él
camino tres doncellas que vuelven del río, cansadas de lavar y tender, de sol a
sol, las ricas ambas de hilo de Arabia. Son tres hermanas azafatas en los
palacios del Rey. La mayor se llama Andará, la mediana Isabela, pequeña
Aladina.
La Mayor:
—¡Pobre abuela, canta para matar su pena!
La Mediana:
—¡Canta siempre que llora el niño!
La Pequeña:
—¿Sabéis vosotras por qué llora el niño?... Aquella oveja
blanca que le criaba se extravió en el monte, y por eso llora el niño...
Las Dos Hermanas:
—¿Tú le has visto?... ¿Cuándo fue que le has visto?
Las Dos Hermanas:
—Al amanecer le vi dormido en la cuna. Está más blanco que
la espuma del río donde nosotras lavamos. Me parecía que mis manos al tocarle
se llevaban algo de su vida, como si fuese un aroma que las santificase.
Las Dos Hermanas:
—Ahora al pasar nos detendremos a besarle.
La Pequeña:
—¿Y qué diremos cuando nos interrogue la abuela?... A mí
me dio una tela hilada y tejida por sus manos para que la lavase, y al mojarla
se la llevó la corriente...
La Mediana:
—A mí me dio un lenzuelo de la cuna, y al tenderlo al sol
se lo llevó el viento...
La Mayor:
—A mí me dio una madeja de lino, y al recogerla del zarzal
donde la había puesto a secar, un pájaro negro se la llevó en el pico...
La Pequeña:
—¡Yo no sé qué le diremos!...
La Mediana:
—Yo tampoco, hermana mía.
La Mayor:
—Pasaremos en silencio. Como está ciega no puede vernos.
La Mediana:
—Su oído conoce las pisadas.
La Mayor:
—Las apagaremos en la hierba.
La Pequeña:
—Sus ojos adivinan las sombras.
La Mayor:
—Hoy están cansados de llorar.
La Mediana:
—Vamos, pues, todo por la orilla del camino, que es donde
la hierba está crecida.
Las tres hermanas, Andará, Isabela y Aladina, van en
silencio andando por la orilla del camino. La vieja levanta un momento los ojos
sin vista. Después sigue meciendo y cantando al niño. Las tres hermanas, cuando
han pasado, vuelven la cabeza. Se alejan y desaparecen, una tras otra, en la
revuelta. Allá, por la falda de la colina, asoma un pastor. Camina despacio, y
al andar se apoya en el cayado. Es muy anciano, vestido todo de pieles, con la
barba nevada y solemne. Parece uno de aquellos piadosos pastores que adoraron
al Niño Jesús en el Establo de Belén.
El Pastor:
—Ya se pone el sol. ¿Por qué no entras en la casa con tu
nieto?
La Abuela:
—Dentro de la casa anda la muerte... ¿No la sientes batir
las puertas?
El Pastor:
—Es el viento que viene con la noche...
La Abuela:
—¡Ah!... ¡Tú piensas que es el viento!... ¡Es la
muerte!...
El Pastor:
—¿La oveja no ha parecido?
La Abuela:
—La oveja no ha parecido, ni parecerá...
El Pastor:
—Mis zagales la buscaron dos días enteros... Se han
cansado ellos y los canes...
La Abuela:
—¡Y el lobo ríe en su cubil!...
El Pastor:
—Yo también me cansé buscándola.
La Abuela:
—¡Y todos nos cansaremos!... Solamente el niño seguirá
llamándola en su lloro, y seguirá, y seguirá...
El Pastor:
—Yo escogeré en mi rebaño una oveja mansa.
La Abuela:
—No la hallarás. Las ovejas mansas las comen los lobos.
El Pastor:
—Mi rebaño tiene tres canes vigilantes. Cuando yo vuelva
del monte, le ofreceré al niño una oveja con su cordero blanco.
La Abuela:
—¡Ah! ¡Cuánto temía que la esperanza llegase y se cobijara
en mi corazón como un nido viejo abandonado bajo el alar!
El Pastor:
—La esperanza es un pájaro que va cantando por todos los
corazones.
La Abuela:
—Soy una pobre desvalida, pero mientras conservasen tiento
mis dedos, hilarían para tu regalo cuanta lana diere la oveja. ¡Pero no vivirá
el nieto mío!... Hace ya tres días, desde que aullan los perros, cuando le alzo
de la cuna siento batir sus alas de ángel como si quisiese aprender a volar...
Vuelve a llorar el niño, pero con un vagido cada vez más
débil y desconsolado. Vuelve su abuela a mecerle con la antigua tonadilla. El
pastor se aleja lentamente, pasa por un campo verde, donde están jugando a la
rueda... Canta el corro infantil la misma tonadilla que la abuela. Al
deshacerse, unas niñas con la falda llena de flores se acercan a la vieja, que
no las siente, y sigue meciendo a su nieto. Las niñas se miran en silencio y se
sonríen. La abuela deja de cantar y acuesta al nieto en la cuna.
Las Niñas:
—¿Se ha dormido, abuela?
La Abuela:
—Sí, se ha dormido.
Las Niñas:
—¡Qué blanco está!... ¡Pero no duerme, abuela!... Tiene
los ojos abiertos... Parece que mira una cosa que no se ve...
La Abuela:
—¡Una cosa que no se ve!... ¡Es la otra vida!...
Las Niñas:
—Se sonríe y cierra los ojos...
La Abuela:
—Con ellos cerrados seguirá viendo lo mismo que antes
veía. Es su alma blanca la que mira.
Las Niñas:
—¡Se sonríe...! ¿Por qué se sonríe con los ojos
cerrados?...
La Abuela:
—Sonríe a los ángeles.
Una ráfaga de viento pasa sobre las sueltas cabelleras,
sin ondularlas. Es un viento frío que hace llorar los ojos de la abuela. El
nieto permanece inmóvil en la cuna. Las niñas se alejan pálidas y miedosas,
lentamente, en silencio, cogidas de la mano.
La Abuela:
—¿Dónde estáis?... Decidme: ¿Se sonríe aún?
Las Niñas:
—No, ya no se sonríe...
La Abuela:
—¿Dónde estáis?
Las Niñas:
—Nos vamos ya...
Se sueltan las manos y huyen. A lo lejos suena una
esquila. La abuela se encorva escuchando... Es la oveja familiar, que vuelve
para que mame el niño. Llega como el don de un Rey Mago, con las ubres llenas
de bien. Reconoce los lugares y se acerca con dulce balido. Trae el vellón
peinado por los tojos y las zarzas del monte. La vieja extiende sobre la cuna
las manos para levantar al niño. ¡Pero las pobres manos arrugadas, temblonas y
seniles, hallan que el niño está yerto!
La Abuela:
—¡Ya me has dejado, nieto mío! ¡Qué sola me has dejado!
¡Oh! ¿Por qué tu alma de ángel no puso un beso en mi boca y se llevó mi alma
cargada de penas?... Eras tú como un ramo de blancas rosas en esta capilla
triste de mi vida... Si me tendías los brazos eran las alas inocentes de los
ruiseñores que cantan en el Cielo a los Santos Patriarcas. Si me besaba tu
boca, era una ventana llena de sol que se abría sobre la noche... ¡Eras tú como
un cirio de blanca cera en esta capilla oscura de mi alma!... ¡Vuélveme al
nieto mío, muerte negra! ¡Vuélveme al nieto mío!...
Con los brazos extendidos, entra en la casa desierta
seguida de la oveja. Bajo el techado resuenan sus gritos. Y el viento anda a
batir las puertas.
BEATRIZ
I
Cercaba el palacio un jardín señorial, lleno de noble
recogimiento. Entre mirtos seculares blanqueaban estatuas de dioses. ¡Pobres
estatuas mutiladas! Los cedros y los laureles cimbreaban con augusta melancolía
sobre las fuentes abandonadas. Algún tritón, cubierto de hojas, borboteaba a
intervalos su risa quimérica, y el agua temblaba en la sombra, con latido de
vida misteriosa y encantada.
La Condesa casi nunca salía del palacio. Contemplaba el
jardín desde el balcón plateresco de su alcoba, y con la sonrisa amable de las
devotas linajudas, le pedía a Fray Ángel, su capellán, que cortase las rosas
para el altar de la capilla. Era muy piadosa la Condesa. Vivía como una priora
noble retirada en las estancias tristes y silenciosas de su palacio, con los
ojos vueltos hacia el pasado. ¡Ese pasado que los reyes de armas poblaron de
leyendas heráldicas! Carlota Elena, Aguiar y Bolaño, Condesa de Porta-Dei, las
aprendiera cuando niña deletreando los rancios nobiliarios. Descendía de la
casa de Barbanzón, una de las más antiguas y esclarecidas, según afirman
ejecutorias de nobleza y cartas de hidalguía signadas por el Señor Rey Don
Carlos I. La Condesa guardaba como reliquias aquellas páginas infanzonas
aforradas en velludo carmesí, que de los siglos pasados hacían gallarda
remembranza con sus grandes letras floridas, sus orlas historiadas, sus grifos
heráldicos, sus emblemas caballerescos, sus cimeras empenachadas y sus escudos
de diez y seis cuarteles, miniados con paciencia monástica, de gules y de azur,
de oro y de plata, de sable y de sinople.
La Condesa era unigénita del célebre Marqués de Barbanzón,
que tanto figuró en las guerras carlistas. Hecha la paz después de la traición
de Vergara —nunca los leales llamaron de otra suerte al convenio—, el Marqués
de Barbanzón emigró a Roma. Y como aquellos tiempos eran los hermosos tiempos
del Papa-Rey, el caballero español fue uno de los gentiles-hombres extranjeros
con cargo palatino en el Vaticano. Durante muchos años llevó sobre sus hombros
el manto azul de los guardias nobles y lució la bizarra ropilla acuchillada de
terciopelo y raso. ¡El mismo arreo galán con que el divino Sanzio retrató al
divino César Borgia!
Los títulos de Marqués de Barbanzón, Conde de Gondariu y
Señor de Goa, extinguiéronse con el buen caballero Don Francisco Xavier Aguiar
y Bendaña, que maldijo en su testamento, con arrogancias de castellano leal, a
toda su descendencia, si entre ella había uno solo que, traidor y vanidoso,
pagase lanzas y anatas a cualquier Señor Rey que no lo fuese por la Gracia de
Dios. Su hija admiró llorosa la soberana gallardía de aquella maldición que se
levantaba del fondo de un sepulcro, y acatando la voluntad paterna, dejó
perderse los títulos que honraran veinte de sus abuelos, pero suspiró siempre
por aquel Marquesado de Barbanzón. Para consolarse solía leer, cuando sus ojos
estaban menos cansados, el nobiliario del Monje de Armentáriz, donde se cuentan
los orígenes de tan esclarecido linaje.
Si más tarde tituló de Condesa fue por gracia pontificia.
II
La mano atenazada y flaca del capellán levantó el
blasonado cortinón de damasco carmesí:
—¿Da su permiso la Señora Condesa?
—Adelante, Fray Ángel.
El capellán entró. Era un viejo alto y seco, con el andar
dominador y marcial. Llegaba de Barbanzón, donde había estado cobrando los
florales del mayorazgo. Acababa de apearse en la puerta del palacio, y aún no
se descalzara las espuelas. Allá, en el fondo del estrado, la suave Condesa
suspiraba tendida sobre el canapé de damasco carmesí. Apenas se veía dentro del
salón. Caía la tarde adusta e invernal. La Condesa rezaba en voz baja, y sus
dedos, lirios blancos aprisionados en los mitones de encaje, pasaban lentamente
las cuentas de un rosario traído de Jerusalén. Largos y penetrantes alaridos
llegaban al salón desde el fondo misterioso del palacio: agitaban la oscuridad,
palpitaban en el silencio como las alas del murciélago Lucifer... Fray Ángel se
santiguó:
—¡Válgame Dios! ¿Sin duda el Demonio continúa martirizando
a la Señorita Beatriz?
La Condesa puso fin a su rezo, santiguándose con el
crucifijo del rosario, y suspiró: ¡Pobre hija mía! El Demonio la tiene poseída.
A mí me da espanto oírla gritar, verla retorcerse como una salamandra en el
fuego... Me han hablado de una saludadora que hay en Celtigos. Será necesario
llamarla. Cuentan que hace verdaderos milagros. Fray Ángel, indeciso, movía la
tonsurada cabeza:
—Sí que los hace, pero lleva, veinte años encamada.
—Se manda el coche, Fray Ángel.
—Imposible por esos caminos, señora.
—Se la trae en silla de manos.
—Únicamente. ¡Pero es difícil, muy difícil! La saludadora
pasa del siglo... Es una reliquia...
Viendo pensativa a la Condesa, el capellán guardó
silencio: era un viejo de ojos enfoscados y perfil aguileño, inmóvil como
tallado en granito. Recordaba esos obispos guerreros que en las catedrales
duermen o rezan a la sombra de un arco sepulcral. Fray Ángel había sido uno de
aquellos cabecillas tonsurados que robaban la plata de sus iglesias para acudir
en socorro de la facción. Años después, ya terminada la guerra, aún seguía
aplicando su misa por el alma de Zumalacárregui. La dama, con las manos en cruz,
suspiraba. Los gritos de Beatriz llegaban al salón en ráfagas de loco y rabioso
ulular. El rosario temblaba entre los dedos pálidos de la Condesa, que,
sollozante, musitaba casi sin voz:
—¡Pobre hija! ¡Pobre hija!
Fray Ángel preguntó:
—¿No estará sola?
La Condesa cerró los ojos lentamente al mismo tiempo que,
con un ademán lleno de cansancio, reclinaba la cabeza en los cojines del
canapé:
—Está con mi tía la Generala y con el Señor Penitenciario,
que iba a decirle los exorcismos.
—¡Ah! ¿Pero está aquí el Señor Penitenciario?
La Condesa respondió tristemente:
—Mi tía le ha traído.
Fray Ángel habíase puesto en pie con extraño sobresalto.
—¿Qué ha dicho el Señor Penitenciario?
—Yo no le he visto aún.
—¿Hace mucho que está ahí?
—Tampoco lo sé, Fray Ángel.
—¿No lo sabe la Señora Condesa?
—No... He pasado toda la tarde en la capilla. Hoy comencé
una novena a la Virgen de Bradomín. Si sana mi hija, le regalaré el collar de
perlas y los pendientes que fueron de mi abuela la Marquesa de Barbanzón.
Fray Ángel escuchaba con torva inquietud. Sus ojos,
enfoscados bajo las cejas, parecían dos alimañas monteses azoradas. Calló la
dama suspirante. El capellán permaneció en pie.
—Señora Condesa, voy a mandar ensillar la mula, y esta
noche me pongo en Celtigos. Si se consigue traer a la saludadora, debe hacerse
con un gran sigilo. Sobre la madrugada ya podemos estar aquí.
La Condesa volvió al cielo los ojos, que tenían un cerco
amoratado.
—¡Dios lo haga!
Y la noble señora, arrollando el rosario entre sus dedos
pálidos, levantóse para volver al lado de su hija. Un gato que dormitaba sobre
el canapé saltó al suelo, enarcó el espinazo y la siguió maullando... Fray
Ángel se adelantó: la mano atezada y flaca del capellán sostuvo el blasonado
cortinón. La Condesa pasó con los ojos bajos y no pudo ver cómo aquella mano
temblaba.
III
Beatriz parecía una muerta: con los párpados entornados,
las mejillas muy pálidas y los brazos tendidos a lo largo del cuerpo, yacía
sobre el antiguo lecho de madera, legado a la Condesa por Fray Diego Aguiar, un
Obispo de la noble casa de Barbanzón tenido en opinión de santo. La alcoba de
Beatriz era una gran sala entarimada de castaño, oscura y triste. Tenía
angostas ventanas de montante donde arrullaban las palomas, y puertas
monásticas, de paciente y arcaica ensambladura, con clavos danzarines en los floreados
herrajes.
El Señor Penitenciario y Misia Carlota, la Generala,
retirados en un extremo de la alcoba, hablaban muy bajo. El canónigo hacía
pliegues al manteo. Sus sienes calvas, su frente marfileña, brillaban en la
oscuridad. Rebuscaba las palabras como si estuviese en el confesionario,
poniendo sumo cuidado en cuanto decía y empleando largos rodeos para ello.
Misia Carlota le escuchaba atenta, y entre sus dedos, secos como los de una
momia, temblaban las agujas de madera y el ligero estambre de su calceta.
Estaba pálida, y sin interrumpir al Señor Penitenciario, de tiempo en tiempo
repetía anonadada:
—¡Pobre niña! ¡Pobre niña!
Como Beatriz lloraba suspirando, se levantó para
consolarla. Después volvió al lado del canónigo, que con las manos cruzadas y
casi ocultas entre los pliegues del manteo, parecía sumido en grave meditación.
Misia Carlota, que había sido siempre dama de gran entereza, se enjugaba los
ojos y no era dueña de ocultar su pena. El Señor Penitenciario le preguntó en
voz baja:
—¿Cuándo llegará ese fraile?
Tal vez haya llegado.
—¡Pobre Condesa! ¿Qué hará?
—¡Quién sabe!
—¿Ella no sospecha nada?
—¡No podía sospechar!
Es tan doloroso tener que decírselo.
Callaron los dos. Beatriz seguía llorando. Poco después
entró la Condesa, que procuraba parecer serena. Llegó hasta la cabecera de
Beatriz, inclinóse en silencio y besó la frente yerta de la niña. Con las manos
en cruz, semejante a una dolorosa, y los ojos fijos, estuvo largo tiempo
contemplando aquel rostro querido. Era la Condesa todavía hermosa, prócer de
estatura y muy blanca de rostro, con los ojos azules y las pestañas rubias, de
un rubio dorado que tendía leve ala de sombra en aquellas mejillas tristes y
altaneras. El Señor Penitenciario se acercó.
—Condesa, necesito hablar con ese Fray Ángel.
La voz del canónigo, de ordinario acariciadora y
susurrante, estaba llena de severidad. La Condesa se volvió sorprendida.
—Fray Ángel no está en el palacio, Señor Penitenciario.
Y sus ojos azules, aún empañados de lágrimas, interrogaban
con afán, al mismo tiempo que sobre los labios marchitos temblaba una sonrisa
amable y prudente de dama devota. Misia Carlota, que estaba a la cabecera de
Beatriz, se aproximó muy quedamente.
—No hablen ustedes aquí... Carlota, es preciso que tengas
valor.
—¡Dios mío! ¿Qué pasa?
—¡Calla!
Al mismo tiempo llevaba a la Condesa fuera de la estancia.
El Señor Penitenciario bendijo en silencio a Beatriz, y sin recoger sus hábitos
talares salió detrás. Misia Carlota quedó en el umbral. Inmóvil y enjugándose
los ojos, contempló desde allí cómo la Condesa y el Penitenciario se alejaban
por el largo corredor. Después, santiguándose, volvió sola al lado de Beatriz y
posó su mano de arrugas sobre la frente tersa de la niña.
—¡Hijita mía, no tiembles!... ¡No temas!...
Cabalgó en la nariz los quevedos con guarnición de concha,
abrió un libro de oraciones, por donde marcaba el registro de seda azul ya
desvanecida, y comenzó a leer en voz alta:
Oración:
¡Oh, Tristísima y Dolorosísima Virgen María, mi Señora,
que siguiendo las huellas de vuestro amantísimo Hijo, y mi Señor Jesucristo,
llegasteis al Monte Calvario, donde el Espíritu Santo quiso regalaros como en
monte de mirra y os ungió Madre del linaje humano! Concededme, Virgen María,
con la Divina Gracia, el perdón de los pecados y apartad de mi alma los malos
espíritus que la cercan, pues sois poderosa para arrojar a los demonios de los
cuerpos y las almas. Yo espero, Virgen María, que me concedáis lo que os pido,
si ha de ser para vuestra mayor gloria y mi salvación eterna. Amén.
Beatriz repitió:
—¡Amén!
IV
Los ojos del gato, que hacía centinela al pie del brasero
lucían en la oscuridad. La gran copa de cobre bermejo aún guardaba entre la
ceniza algunas ascuas mortecinas. En el fondo apenas esclarecido del salón,
sobre los cortinajes de terciopelo, brillaba el metal de los blasones bordados:
la puente de plata y los nueve róeles de oro que Don Enrique II diera por armas
al Señor de Barbanzón, Pedro Aguiar de Tor, llamado el Chivo y también el
Viejo. Las rosas marchitas perfumaban la oscuridad, deshojándose misteriosas en
antiguos floreros de porcelana que imitaban manos abiertas. Un criado encendía
los candelabros de plata que había sobre las consolas. Después la Condesa y el
Penitenciario entraban en el salón. La dama, con ademán resignado y noble,
ofreció al eclesiástico asiento en el canapé, y trémula y abatida por oscuros
presentimientos, se dejó caer en un sillón. El canónigo, con la voz ungida de
solemnidad, empezó a decir:
—Es un terrible golpe, Condesa...
La dama suspiró.
—¡Terrible, Señor Penitenciario!
Quedaron silenciosos. La Condesa se enjugaba las lágrimas
que humedecían el fondo azul de sus pupilas. Al cabo de un momento murmuró,
cubierta la voz por un anhelo que apenas podía ocultar:
—¡Temo tanto lo que usted va a decirme!
El canónigo inclinó con lentitud su frente pálida y
desnuda, que parecía macerada por las graves meditaciones teológicas.
—¡Es preciso acatar la voluntad de Dios!
—¡Es preciso!... ¿Pero qué hice yo para merecer una prueba
tan dura?
—¡Quién sabe hasta dónde llegan sus culpas! Y los
designios de Dios nosotros no los conocemos.
La Condesa cruzó las manos dolorida.
—Ver a mi Beatriz privada de la gracia, poseída de
Satanás.
El canónigo la interrumpió:
—¡No, esa niña no está poseída!... Hace veinte años que
soy Penitenciario en nuestra Catedral, y un caso de conciencia tan doloroso,
tan extraño, no lo había visto. ¡La confesión de esa niña enferma todavía me
estremece!...
La Condesa levantó los ojos al cielo.
—¡Se ha confesado! Sin duda Dios Nuestro Señor quiere
volverle su gracia. ¡He sufrido tanto viendo a mi pobre hija aborrecer de todas
las cosas santas! Porque antes estuvo poseída, Señor Penitenciario.
—No, Condesa; no lo estuvo jamás.
La Condesa sonrió tristemente, inclinándose para buscar su
pañuelo, que acababa de perdérsele. El Señor Penitenciario lo recogió de la
alfombra. Era menudo, mundano y tibio, perfumado de incienso y estoraque, como
los corporales de un cáliz.
—Aquí está, Condesa.
—Gracias, Señor Penitenciario.
El canónigo sonrió levemente. La llama de las bujías
brillaba en sus anteojos de oro. Era alto y encorvado, con manos de obispo y
rostro de jesuita. Tenía la frente desguarnecida, las mejillas tristes, el
mirar amable, la boca sumida, llena de sagacidad. Recordaba el retrato del
cardenal Cosme de Ferrara que pintó el Perugino. Tras leve pausa continuó:
—En este palacio, señora, se hospeda un sacerdote impuro,
hijo de Satanás...
La Condesa le miró horrorizada.
—¿Fray Ángel?
El Penitenciario afirmó inclinando tristemente la cabeza,
cubierta por el solideo rojo, privilegio de aquel Cabildo.
—Esa ha sido la confesión de Beatriz. ¡Por el terror y por
la fuerza han abusado de ella!...
La Condesa se cubrió el rostro con las manos, que parecían
de cera. Sus labios no exhalaron un grito. El Penitenciario la contemplaba en
silencio. Después continuó:
—Beatriz ha querido que fuese yo quien advirtiese a su
madre. Mi deber era cumplir su ruego. ¡Triste deber, Condesa! La pobre
criatura, de pena y de vergüenza, jamás se hubiera atrevido. Su desesperación
al confesarme su falta era tan grande que llegó a infundirme miedo. ¡Ella creía
su alma condenada, perdida para siempre!
La Condesa, sin descubrir el rostro, con la voz ronca por
el llanto, exclamó:
—¡Yo haré matar al capellán! ¡Le haré matar! ¡Y a mi hija
no la veré más!
El canónigo se puso en pie lleno de severidad.
—Condesa, el castigo debe dejarse a Dios. Y en cuanto a
esa niña, ni una palabra que pueda herirla, ni una mirada que pueda
avergonzarla.
Agobiada, yerta, la Condesa sollozaba como una madre ante
la sepultura abierta de sus hijos. Allá afuera las campanas de un convento
volteaban alegremente anunciando la novena que todos los años hacían las monjas
a la seráfica fundadora. En el salón, las bujías lloraban sobre las arandelas
doradas, y en el borde del brasero apagado dormía, roncando, el gato.
V
Los gritos de Beatriz resonaron en todo el Palacio... La
Condesa estremecióse oyendo aquel plañir, que hacía miedo en el silencio de la
noche, y acudió presurosa. La niña, con los ojos extraviados y el cabello
destrenzándose sobre los hombros, se retorcía. Su rubia y magdalénica cabeza
golpeaba contra el entarimado, y de la frente, yerta y angustiada, manaba un
hilo de sangre. Retorcíase bajo la mirada muerta e intensa del Cristo: un
Cristo de ébano y marfil, con cabellera humana, los divinos pies iluminados por
agonizante lamparilla de plata. Beatriz evocaba el recuerdo de aquellas blancas
y legendarias princesas, santas de trece años ya tentadas por Satanás. Al
entrar la Condesa, se incorporó con extravío, la faz lívida, los labios
trémulos como rosas que van a deshojarse. Su cabellera apenas cubría la
candidez de los senos.
—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Perdóname!
Y le tendía las manos, que parecían dos blancas palomas
azoradas. La Condesa quiso alzarla en los brazos.
—¡Sí, hija, sí! Acuéstate ahora.
Beatriz retrocedió con los ojos horrorizados, fijos en el
revuelto lecho.
—¡Ahí está Satanás! ¡Ahí duerme Satanás! Viene todas las
noches. Ahora vino y se llevó mi escapulario. Me ha mordido en el pecho. ¡Yo
grité, grité! Pero nadie me oía. Me muerde siempre en los pechos y me los
quema.
Y Beatriz mostrábale a su madre el seno de blancura
lívida, donde se veía la huella negra que dejan los labios de Lucifer cuando
besan. La Condesa, pálida como la muerte, descolgó el crucifijo y le puso sobre
las almohadas.
—¡No temas, hija mía! ¡Nuestro Señor Jesucristo vela ahora
por ti!
—¡No! ¡No!
Y Beatriz se estrechaba al cuello de su madre. La Condesa
arrodillóse en el suelo. Entre sus manos guardó los pies descalzos de la niña,
como si fuesen dos pájaros enfermos y ateridos. Beatriz, ocultando la frente en
el hombro de su madre, sollozó:
—Mamá querida, fue una tarde que bajé a la capilla para
confesarme... Yo te llamé gritando... Tú no me oíste... Después quería venir
todas las noches, y yo estaba condenada...
—¡Calla, hija mía! ¡No recuerdes!...
Y las dos lloraron juntas, en silencio, mientras sobre la
puerta, de arcaica ensambladura y floreados herrajes, arrullaban dos tórtolas
que Fray Ángel había criado para Beatriz... La niña, con la cabeza apoyada en
el hombro de su madre, trémula y suspirante, adormecióse poco a poco. La luna
de invierno brillaba en el montante de las ventanas y su luz blanca se difundía
por la estancia. Fuera se oía el viento, que sacudía los árboles del jardín, y
el rumor de una fuente.
La Condesa acostó a Beatriz en el canapé, y silenciosa,
llena de amoroso cuidado, la cubrió con una colcha de damasco carmesí, ese
damasco antiguo que parece tener algo de litúrgico. Beatriz suspiró sin abrir
los ojos. Sus manos quedaron sobre la colcha: eran pálidas, blancas, ideales,
transparentes a la luz; las venas, azules, dibujaban una flor de ensueño. Con
los ojos llenos de lágrimas, la Condesa ocupó un sillón que había cercano.
Estaba tan abrumada que casi no podía pensar, y rezaba confusamente,
adormeciéndose con el resplandor de la luz que ardía a los pies del Cristo en
un vaso de plata. Ya muy tarde entró Misia Carlota, apoyada en su muleta, con
los quevedos temblantes sobre la corva nariz. La Condesa se llevó un dedo a los
labios indicándole que Beatriz dormía, y la anciana se acercó sin ruido,
andando con trabajosa lentitud.
—¡Al fin descansa!
—Sí.
—¡Pobre alma blanca!
Sentóse y arrimó la muleta a uno de los brazos del sillón.
Las dos damas guardaron silencio. Sobre el montante de la puerta la pareja de
tórtolas seguía arrullando.
VI
A medianoche llegó la saludadora de Celtigos. La conducían
dos nietos ya viejos, en un carro de bueyes, tendida sobre paja. La Condesa
dispuso que dos criados la subiesen. Entró salmodiando saludos y oraciones. Era
vieja, muy vieja, con el rostro desgastado como las medallas antiguas, y los
ojos verdes, del verde maléfico que tienen las fuentes abandonadas, donde se
reúnen las brujas. La noble señora salió a recibirla hasta la puerta, y
temblándole la voz preguntó a los criados:
—¿Visteis si ha venido también Fray Ángel?
En vez de los criados respondió la saludadora con el
rendimiento de las viejas que acuerdan el tiempo de los mayorazgos:
—Señora mi Condesa, yo sola he venido, sin más compaña que
la de Dios.
—¿Pero no fue a Celtigos un fraile con el aviso?...
—Estos tristes ojos a nadie vieron.
Los criados dejaron a la saludadora en un sillón. Beatriz
la contemplaba. Los ojos, sombríos, abiertos como sobre un abismo de terror y
de esperanza. La saludadora sonrió con la sonrisa yerta de su boca desdentada.
—¡Miren con cuánta atención está la blanca rosa! No me
aparta la vista.
La Condesa, que permanecía en pie en medio de la estancia,
interrogó:
—¿Pero no vio a un fraile?
—A nadie, mi señora.
—¿Quién llevó el aviso?
—No fue persona de este mundo. Ayer de tarde quedéme
dormida, y en el sueño tuve una revelación. Me llamaba la buena Condesa
moviendo su pañuelo blanco, que era después una paloma volando, volando para el
Cielo.
La dama preguntó temblando:
—¿Es buen agüero eso?...
—¡No hay otro mejor, mi Condesa! Díjeme entonces entre mí:
vamos al palacio de tan gran señora.
La Condesa callaba. Después de algún tiempo, la
saludadora, que tenía los ojos clavados en Beatriz, pronunció lentamente:
—A esta rosa galana le han hecho mal de ojo. En un espejo
puede verse, si a mano lo tiene, mi señora.
La Condesa le entregó un espejo guarnecido de plata
antigua. Levantóle en alto la saludadora, igual que hace el sacerdote con la
hostia consagrada, lo empañó echándole el aliento, y con un dedo tembloroso
trazó el círculo del Rey Salomón. Hasta que se borró por completo tuvo los ojos
fijos en el cristal.
—La Condesita está embrujada. Para ser bien roto el
embrujo han de decirse las doce palabras que tiene la oración del Beato Electus
al dar las doce campanadas del mediodía, que es cuando el Padre Santo se sienta
a la mesa y bendice a toda la Cristiandad.
La Condesa se acercó a la saludadora. El rostro de la dama
parecía el de una muerta y sus ojos azules tenían el venenoso color de las
turquesas.
—¿Sabe hacer condenaciones?
—¡Ay, mi Condesa, es muy grande pecado!
—¿Sabe hacerlas? Yo mandaré decir misas y Dios se lo
perdonará.
La saludadora meditó un momento.
—Sé hacerlas, mi Condesa.
—Pues hágalas...
—¿A quién, mi Señora?
—A un capellán de mi casa.
La saludadora inclinó la cabeza.
—Para eso hace menester del breviario.
La Condesa salió y trajo el breviario de Fray Ángel. La
saludadora arrancó siete hojas y las puso sobre el espejo. Después, con las
manos juntas, como para un rezo, salmodió:
—¡Satanás! ¡Satanás! Te conjuro por mis malos
pensamientos, por mis malas obras, por todos mis pecados. Te conjuro por el
aliento de la culebra, por la ponzoña de los alacranes, por el ojo de la
salamantiga. Te conjuro para que vengas sin tardanza y en la gravedad de
aqueste círculo del Rey Salomón te encierres y en él te estés sin un momento te
partir, hasta poder llevarte a las cárceles tristes y oscuras del infierno el
alma que en este espejo agora vieres. Te conjuro por este rosario que yo sé
profanado por ti y mordido en cada una de sus cuentas. ¡Satanás! ¡Satanás! Una
y otra vez te conjuro.
Entonces el espejo se rompió con triste gemido de alma
encarcelada. Las tres mujeres, mirándose silenciosas, con miedo de hablar, con
miedo de moverse, esperan el día, puestas las manos en cruz. Amanecía cuando
sonaron grandes golpes en la puerta del palacio. Unos aldeanos de Celtigos
traían a hombros el cuerpo de Fray Ángel, que al claro de luna descubrieran
flotando en el río... ¡La cabeza yerta, tonsurada, pendía fuera de las andas!
UN CABECILLA
De aquel molinero viejo y silencioso que me sirvió de guía
para visitar las piedras célticas del Monte Rouriz guardo un recuerdo duro,
frío y cortante como la nieve que coronaba la cumbre. Quizá más que sus
facciones, que parecían talladas en durísimo granito, su historia trágica hizo
que con tal energía hubiéseme quedado en el pensamiento aquella carta tabacosa
que apenas se distinguía del paño de la montera. Si cierro los ojos, creo
verle: Era nudoso, seco y fuerte, como el tronco centenario de una vid; los
mechones grises y desmedrados de su barba recordaban esas manchas de musgo que
ostentan en las ocacidades de los pómulos las estatuas de los claustros
desmantelados; sus labios de corcho se plegaban con austera indiferencia; tenía
un perfil inmóvil y pensativo, una cabeza inexpresiva de relieve egipcio. ¡No,
no lo olvidaré nunca!
Había sido un terrible guerrillero. Cuando la segunda
guerra civil, echóse al campo con sus cinco hijos, y en pocos días logró
levantar una facción de gente aguerrida y dispuesta a batir el cobre. Algunas
veces fiaba el mando de la partida a su hijo Juan María y se internaba en la
montaña, seguro, como lobo que tiene en ella su cubil. Cuando menos se le
esperaba, reaparecía cargado con su escopeta llena de ataduras y remiendos,
trayendo en su compañía algún mozo aldeano de aspecto torpe y asustadizo que,
de fuerza o de grado, venía a engrosar las filas. A la ida y a la vuelta solía
recaer por el molino para enterarse de cómo iban las familias, que eran los
nietos, y de las piedras que molían. Cierta tarde de verano llegó y hallólo
todo en desorden. Atada a un poste de la parra, la molinera desdichábase y
llamaba inútilmente a sus nietos, que habían huido a la aldea. El galgo
aullaba, con una pata maltrecha en el aire. La puerta estaba rota a culatazos,
y el grano y la harina alfombraban el suelo. Sobre la artesa se veían aún
residuos del yantar interrumpido, y en el corral la vieja hucha de castaño
revuelta y destripada... El cabecilla contempló tal desastre sin proferir una
queja. Después de bien enterarse, acercóse a su mujer murmurando, con aquella
voz desentonada y caótica de viejo sordo:
—¿Vinieron los negros?
—¡Arrastrados se vean!
—¿A qué horas vinieron?
—Podrían ser las horas de yantar. ¡Tanto me sobresalté,
que se me desvanece el acuerdo!
—¿Cuántos eran? ¿Qué les has dicho?
La molinera sollozó más fuerte. En vez de contestar,
desatóse en denuestos contra aquellos enemigos malos que tan gran destrozo
hacían en la casa de un pobre que con nadie del mundo se metía. El marido la
miró con sus ojos cobrizos de gallego desconfiado:
—¡Ay, demonio! ¡No eres tú la gran condenada que a mí me
engaña! Tú les has dicho dónde está la partida.
Ella seguía llorando sin consuelo:
—¡Arrepara, hombre, de qué hechura esos verdugos de
Jerusalén me pusieron! ¡Atada mismamente corno Nuestro Señor!
El guerillero repitió blandiendo furioso la escopeta:
—¡A ver cómo respondes, púnela! ¿Qué les has dicho?
—¡Pero considera, hombre!
Calló dando un gran suspiro, sin atreverse a Continuar,
tanto la imponía la faz arrugada del viejo. Él no volvió a insistir. Sacó el
cuchillo, y cuando ella creía que iba a matarla, cortó las ligaduras, y sin
proferir una palabra, la empujó obligándola a que le siguiese. La molinera no
cesaba de gimotear:
—¡Ay! ¡Hijos de mis entrañas! ¿Por qué no había de dejarme
quemar en unas parrillas antes de decir dónde estábades? Vos, como soles. Yo,
una vieja con los pies para la cueva. Precisaba de andar mil años peregrinando
por caminos y veredas para tener perdón de Dios. ¡Ay mis hijos! ¡Mis hijos!
La pobre mujer caminaba angustiada, enredados los toscos
dedos de labradora en la mata cenicienta de sus cabellos. Si se detenía,
mesándoselos y gimiendo, el marido, cada vez más sombrío, la empujaba con la
culata de la escopeta, pero sin brusquedad, sin ira, como a vaca mansísima
nacida en la propia cuadra, que por acaso cerdea. Salieron de la era abrasada
por el sol de un día de agosto, y después de atravesar los prados del Pazo de
Melías, se internaron en el hondo camino de la montaña. La mujer suspiraba:
—¡Virgen Santísima, no me desampares en esta hora!
Anduvieron sin detenerse hasta llegar a una revuelta donde
se alzaba un retablo de ánimas. El cabecilla encaramóse sobre un bardal y oteó
receloso cuanto de allí alcanzaba a verse del camino. Amartilló la escopeta, y
tras de asegurar el pistón, se santiguó con lentitud respetuosa de cristiano
viejo:
—Sábela, arrodíllate junto al Retablo de las Benditas.
La mujer obedeció temblando. El viejo se enjugó una
lágrima:
—Encomiéndate a Dios, Sábela.
—¡Ay, hombre, no me mates! ¡Espera tan siquiera a saber si
aquellas prendas padecieron mal alguno!
El guerrillero volvió a pasarse la mano por los ojos,
luego descolgó del cinto el clásico rosario de cuentas de madera, con engaste
de alambrillo dorado, y diósele a la vieja, que lo recibió sollozando.
Aseguróse mejor sobre el bardal, y murmuró austero:
—Está bendito por el señor obispo de Orense, con
indulgencia para la hora de la muerte.
Él mismo se puso a rezar con monótono y frío bisbiseo. De
tiempo en tiempo echaba una inquieta ojeada al camino. La molinera se fue poco
a poco serenando. En el venerable surco de sus arrugas quedaban trémulas las
lágrimas. Sus manos agitadas por temblequeteo senil, hacían oscilar la cruz y
las medallas del rosario. Inclinóse golpeando el pecho y besó la tierra con
unción. El viejo murmuró:
—¿Has acabado?
Ella juntó las manos con exaltación cristiana:
—¡Hágase, Jesús, tu divina voluntad!
Pero cuando vio al terrible viejo echarse la escopeta a la
cara y apuntar, se levantó despavorida y corrió hacia él con los brazos
abiertos:
—¡No me mates! ¡No me mates, por el alma de...!
Sonó el tiro, y cayó en medio del camino con la frente
agujereada. El cabecilla alzó de la arena ensangrentada su rosario de faccioso,
besó el crucifijo de bronce, y sin detenerse a cargar la escopeta huyó en
dirección de la montaña. Había columbrado hacía un momento, en lo alto de la
trocha, los tricornios enfundados de los guardias civiles.
Confieso que cuando el buen Urbino Pimentel me contó en
Viana esta historia terrible, temblé recordando la manera violenta y feudal con
que despedí en la Venta de Brandeso al antiguo faccioso, harto de acatar la
voluntad solapada y granítica de aquella esfinge tallada en viejo y lustroso
roble.
LA MISA DE SAN ELECTUS
Las mujerucas que llenaban sus cántaros en la fuente
comentaban aquella desgracia con la voz asustada. Éranse tres mozos que volvían
cantando del molino, y a los tres habíales mordido el lobo rabioso que bajaba
todas las noches al casal. Los tres mozos, que antes eran encendidos como
manzanas, ahora íbanse quedando más amarillos que la cera. Perdido todo
contento, pasaban los días sentados al sol, enlazadas las flacas manos en torno
de las rodillas, con la barbeta hincada en ellas. Y aquellas mujerucas que se
reunían a platicar en la fuente cuando pasaban ante ellos solían interrogarles:
—¿Habéis visto al saludador de Cela?
—Allá hemos ido todos tres.
—¿No vos ha dado remedio?
—Vos engañáis, rapaces. Remedio lo hay para todas las
cosas queriendo Dios.
Y se alejaban las mujerucas encorvadas bajo sus cántaros,
que goteaban el agua, y quedábanse los tres mozos mirándolas con ojos tristes y
abatidos, esos ojos de los enfermos a quienes les están cavando la hoya. Ya
llevaban así muchos días, cuando con el aliento de una última esperanza se
reanimaron y fueron juntos por los caminos pidiendo limosna para decirle una
misa a San Electus. Cuando llegaban a la puerta de las casas hidalgas, las
viejas señoras mandaban socorrerlos, y los niños, asomados a los grandes
balcones de piedra, los interrogábamos:
—¿Hace mucho que fuisteis mordidos?
—Cumpliéronse tres semanas el día de San Amaro.
—¿Es verdad que veníais del molino?
—Es verdad, señorines.
—¿Era muy de noche?
—Como muy de noche no era, pero iba cubierta la luna y
todo el camino hacía oscuro.
Y los tres mozos, luego de recibir la limosna, seguían
adelante. Tornaban a recorrer los caminos y a contar en todas las puertas la
historia de cómo el lobo les había mordido. Cuando juntaron la bastante limosna
para la misa, volviéronse a su aldea. Era el caer de la tarde, y caminaban en
silencio por aquella vereda del molino donde les saliera el lobo. Los tres
mozos sentían un vago terror. No se había puesto el sol y el borroso creciente
de la luna ya asomaba en el cielo. La tarde tenía esa claridad triste y otoñal
que parece llena de alma. El arco iris cubría la aldea, y los cipreses oscuros
y los álamos de plata parecían temblar en un rayo de anaranjada luz. Los tres
mozos caminaban en hilera, y sólo se oía el choclear de sus madreñas. Antes de
entrar en la aldea se detuvieron en la Rectoral que era una casona vieja
situada en la orilla del camino. El abad se paseaba en la solana, y ellos
subieron humildes, quitándose las monteras:
—¡A la paz de Dios, señor abad!
—¡A la paz de Dios!
—Aquí venimos para que le diga una misa al Glorioso San
Electus.
—¿Habéis juntado buena limosna?
—Son muchos a pedir y pocos a dar, señor abad.
—¿Cuándo queréis que se diga la misa?
—Como querer, queríamos mañana.
—Mañana se dirá, pero ha de ser con el alba, porque tengo
pensado ir a la feria...
Después los tres mozos se despedían agradecidos, con una
salmodia triste. Siempre en silencio, caminando en hilera, entraron en la
aldea, y guarecidos en un pajar pasaron la noche. Al amanecer, el que se
despertó primero llamó a los otros dos:
—¡Alzarse, rapaces!
Se incorporaron penosamente, con los ojos llenos de
angustia y la boca hilando babas. Los dos gimieron. El uno dijo:
—¡No puedo moverme!
Y el otro:
—¡Por compasión, ayudadme!
Y sollozaron medio sepultados en la paja, fijos sus ojos
tristes y clavados en el compañero que estaba de pie, y se quejaron
alternativamente. El uno:
—¡Sácame al sol, que muero de frío!
Y el otro:
—¡Por el alma de tus difuntos, no nos dejes en este
desamparo!
Sus voces sonaban iguales. El compañero les interrogaba
asustado:
—¿Qué vos sucede?
Y las voces estranguladas gemían:
—¡Por caridad, sácanos al sol!
El compañero acudió a valerles, pero como tenían las
piernas baldadas, fue preciso dejarlos allí con la puerta del pajar abierta,
para que las almas caritativas que pasasen pudiesen socorrerlos. Al despedirse
de ellos lloraba el compañero:
—Ya tocan para la misa. Yo la oiré por vosotros. No
desesperéis, que a todos querrá sanarnos el Glorioso San Electus.
Salió, y por el camino seguía oyendo las dos voces
estranguladas que parecían una sola:
—¡Líbrame de penar, Glorioso San Electus!
—¡Glorioso San Electus, no me dejes morir en estas pajas
como un can!
A la puerta de la iglesia un niño aldeano tocaba a misa
tirando de una cadena. Estaba abierta la puerta, y el abad, todavía por
revestir, arrodillado en el presbiterio. Algunas viejas en la sombra del muro
rezaban. Tenían tocadas sus cabezas con los mantelos, y de tiempo en tiempo
resonaba una tos. El mozo atravesó la iglesia procurando amortiguar el ruido de
sus madreñas, y en las gradas del altar se arrodilló haciendo la señal de la
cruz. El niño que tocaba la campana vino a encender las velas. Poco después el
abad salía revestido y comenzaba la misa. El mozo, acurrucado en las gradas del
presbiterio, rezaba devoto. Caído en tierra recibió la bendición. Cuando volvió
al pajar caminaba arrastrándose, y durante todo aquel día el quejido de tres
voces, que parecían una sola, llenó la aldea, y en la puerta del pajar hubo
siempre alguna mujeruca que asomaba curiosa. Murieron en la misma noche los
tres mozos, y en unas andas, cubiertas con sábanas de lino, los llevaron a
enterrar en el verde y oloroso cementerio de San Clemente de Brandeso.
EL REY DE LA MÁSCARA
El cura de San Rosendo de Gondar, un viejo magro y astuto,
de perfil monástico y ojos enfoscados y parduscos como de alimaña montes,
regresaba a su rectoral a la caida de la tarde, después del rosario. Apenas
interrumpían la soledad del campo, aterido por la invernada, algunos álamos
desnudos. El camino, cubierto de hojas secas, flotaba en el rosado vapor de la
puerta solar. Allá, en la revuelta, alzábase un retablo de ánimas, y la
alcancía destinada a la limosna mostraba, descerrajada y rota, el vacío fondo.
Estaba la rectoral aislada en medio del campo, no muy distante de unos molinos.
Era negra, decrépita y arrugada, como esas viejas mendigas que piden limosna,
arrostrando soles y lluvias, apostadas a la vera de los caminos reales. Como la
noche se venía encima, con negros barruntos de ventisca y agua, el cura
caminaba de prisa, mostrando su condición de cazador. Era uno de aquellos
cabecillas tonsurados que, después de machacar la plata de sus iglesias y
santuarios para acudir en socorro de la facción, dijeron misas gratuitas por el
alma de Zumalapárregui. A pesar de sus años conservábase erguido. Llevaba ambas
manos metidas en los bolsillos de un montecristo azul, sombrerazo de alas e
inmenso paraguas rojo bajo el brazo. Halagando el cuello de un desdentado
perdiguero, que hacía centinela en la solana, entró el párroco en la cocina a
tiempo que una moza aldeana, de ademán brioso y rozagante, ponía la mesa para
la cena:
—¿Qué se trajina, Sabel?
—Vea, señor tío...
Y Sabel, sonriente, un poco sofocada por el fuego, con el
floreado pañuelo anudado en la nuca para contener la copiosa madeja castaña,
con la camisa de estopa arremangada, mostrando hasta más arriba del codo los
brazos blancos, blanquísimos, rubia como una espiga, mohína como un recental,
frondosa como una rama verde y florida, mostraba sobre la boca del pote la
fuente de rubias filloas, el plato clásico y tradicional con que en Galicia se
festeja el antruejo. Católas el cura con golosina de viejo regalón, y después,
sentándose en un banquillo al calor de la lumbre, sacó de la faltriquera un
trenzado de negrísimo tabaco, que picó con la uña, restregando el polvo entre
las palmas, procediendo siempre con mucha parsimonia. Hallábase todavía en esta
tarea cuando los tenaces ladridos del perro, que corría venteando de un lado a
otro, parándose a arañar con las manos en la puerta, le obligaron a levantarse
para averiguar la causa de semejante alboroto:
—¡Condenado animal!
Sabel murmuró un poco inmutada:
—¿Estará rabioso?
—¡Rabioso, buena gana! Si estuviese rabioso no ladraba
así.
A esta sazón rompió a tocar en la vereda tan estentórea y
desapacible murga, que parecía escapada del infierno. Repique de conchas y
panderos, lúgubres mugidos de bocina, sones estridentes de guitarros
destemplados, de triángulos, de calderos. Abrió Sabel la ventana, escudriñando
en la oscuridad:
—¡Pues si es una mascarada!
Apenas divisaron a la moza los murguistas, empezaron a
aullar dando saltos y haciendo piruetas, penetrando en la casa con el vocerío y
llaneza de quien lleva la cara tapada. Eran hasta seis hombres, tiznados como
diablos, disfrazados con prendas de mujer, de soldado y de mendigo: Antiparras
negras, larguísimas barbas de estopa, sombrerones viejos, manteos remendados,
todos guiñapos sórdidos, húmedos, asquerosos, que les hacían de repugnante
agüero. En unas angarillas traían un espantajo, vestido de rey o emperador, con
corona de papel y cetro de caña. Por rostro pusiéranle groserísima careta de
cartón, y el resto del disfraz lo completaba una sábana blanca.
Instóles el cura con tosca cortesía a que se descubriesen
y bebiesen un trago, mas ellos lo rehusaron farfullando cumplimientos,
acompañados de visajes, genuflexiones y cabeceos grotescos. Habían posado las
angarillas en tierra y asordaban la cocina, embullando muy zafiamente al
eclesiástico y a la moza, que no por eso dejaban de celebrarlo con risa franca
y placentera. Solamente el perro, guarecido bajo el hogar, enseñaba los dientes
y se desataba en ladridos. El párroco insistía en que habían de probar el vino
de su cosecha, y acabó por incomodarse. Mejor no se hacía en diez leguas a la
redonda. Era puro como lo daba Dios, sin porquerías de aguardientes, ni de
azúcares, ni de campeche... Encendió un farolillo, descolgó una llave mohosa de
entre otras muchas que colgaban de la ennegrecida viga, y descendió la
escalerilla que conducía a la bodega. Desde abajo se le oyó gritar:
—¡Sabel! Trae el jarro grande.
—¡Voy, señor tío!
Sabel apartó del fuego la sartén, descolgó el jarro y
desapareció por la oscura boca, que la tragó, como un monstruo. Entonces, uno
de los enmascarados se acercó a la ventana y la abrió lentamente, procurando no
hacer ruido. Una ráfaga de viento apagó el candil, dejando la habitación a
oscuras. Sólo se distinguía el fulgor rojo, sangriento de la brasa, y la
diabólica fosforencia de las pupilas del gato, que balanceaba dulcemente la
cola adormilado sobre la caldeada piedra del hogar. De repente reinó un profundo
silencio. Una voz murmuró muy bajo:
—¡No pasa un alma!
—Pues andando...
Buscaron a tientas la puerta y desaparecieron como
sombras. En la escalerilla de la bodega resonaban ya las pisadas de los
huéspedes. Sabel venía delante y se detuvo, sin atreverse a andar en la
oscuridad. Por la ventana que los otros habían dejado abierta alcanzaba a ver
el cielo anubarrado y el camino blanco por la nieve, sobre el cual caía trémulo
y melancólico el lunar:
—¡Se han ido!
Y Sabel tuvo miedo sin saber por qué. El cura, que venía
detrás con el farolillo, repuso jovial:
—¡Qué granujas! Ya volverán.
¿Cómo no habían de volver? Allí en medio de la cocina
estaba el rey, grotesco en su inmóvil gravedad, con su corona de papel, su
cetro de caña, el blanco manto de estopa, la bufonesca faz de cartón... Sabel,
ya repuesta, adelantó algunos pasos y le acercó el jarro a los labios:
—¿Quieres beber, señor rey?
Al separarlo, después de un segundo, la careta se corrió
hacia abajo, descubriendo una frente amarilla, unos ojos vidriados, pavorosos,
horribles:
—¡María Santísima!
Y la moza, horrorizada, retrocedió hasta tropezar con la
pared. El cura la increpó:
—¡Qué damita eres tú!
—No..., no..., señor tío... ¡Pero es un difunto!
Y, estrechándose contra el viejo, se aproximaba
palpitante, con ese miedo de las mujeres aldeanas que las impulsa a mirar, a
acercarse, en vez de cerrar los ojos y de huir. El párroco tiró de la careta
con resolución. Luego alzó el farol, proyectando la luz sobre el inmóvil y
blanco enmascarado. Le contempló atentamente, dilatados los ojos por ávida
mirada de estupor, y bajando el farolillo, que temblaba en su mano agitada por
bailoteo senil, murmuró en voz demudada y ronca:
—¿Tú le conoces, muchacha?
Ella respondió:
—Es el señor abad de Bradomín.
—Sí... Mañana le aplicaremos la misa por el alma.
Sabel temblaba con todos sus miembros, y gemía preguntando
qué hacían, lamentando su mala estrella, lo que iba a ser de ellos si la
justicia se enteraba:
—¡Tío..., señor tío! Podemos avisar en el molino.
El cura meditó un momento:
—No; ahí menos que en ninguna parte. Me parece que conocí
a los dos hijos del molinero. Pero podemos enterrarlo en el corral, junto a los
naranjos.
—¿Y si lo descubren los perros como al criado del
vinculero de Sobran? ¿No se recuerda?
—Pues con él aquí no hemos de estarnos. ¿Hay tojo?
—Alguno hay.
Entonces el párroco fue a la ventana y la cerró, poniendo
la tranca, y lo mismo hizo con la puerta.
—Ahora cumple hacer callar a ese perro. Al que llame no se
le contesta. ¡Así se hunda la casa! ¿Entiendes?
Quitóse el levitón, y empuñando una horquilla bajó a la
bodega. A poco volvió con un inmenso haz de tojo y otro de paja. Los dejó caer
de golpe delante de Sabel, que estaba acurrucada junto a la lumbre, gimiendo
con la cara pegada a las rodillas, y la ordenó que pusiese fuego al horno. La
rapaza se enderezó sumisa, sin dejar de temblar, pálida como un espectro... No
tardaron las llamas, con música de chisporroteos y crujidos de leña seca, en
cubrir la chata y negra boca del horno. Se alargaban llegando hasta el medio de
la cocina, como una bocanada de aliento inflamado. Sus encendidos reflejos
daban a la lívida faz del muerto apariencia de vida. El cura le desató de las
angarillas, y haciendo a Sabel que se apartase, metióle de cabeza en el horno;
pero como estaba rígido, fue preciso esperar a que se carbonizase el tronco
para que el resto pudiese entrar. Cuando desaparecieron los pies, empujados por
la horquilla con que el párroco atizaba la lumbre, Sabel, casi exánime, se dejó
caer en el banco:
—¡Ay! ¡Nuestro Señor, qué cosa tan horrible!
El cura le dijo que si bebía un vaso de vino cobraría
ánimo, y para darle ejemplo, se llevó el jarro a la boca, donde lo tuvo buen
espacio. Sabel seguía lloriqueando:
—¡De por fuerza lo mataron para robarlo! Otra cosa no pudo
ser. ¡Un bendito de Dios que con nadie se metía! ¡Bueno como el pan!
¡Respetuoso como un alcalde mayor! ¡Caritativo como no queda otro ninguno!
¡Virgen Santísima, qué entrañas tan negras! ¡Madre Bendita del Señor!
De pronto cesó en su llanto, se levantó, y con esa
previsión que nace de todo recelo, barrió la ceniza y tapó la negra boca del
horno, con las manos trémulas. El cura, sentado en el banco, picaba otro
cigarrillo, y murmuraba con sombría calma:
—¡Pobre Bradomín!... ¡Válate Dios la hornada!
MI HERMANA ANTONIA
I
¡Santiago de Galicia ha sido uno de los santuarios del
mundo, y las almas todavía guardan allí los ojos atentos para el milagro!...
II
Una tarde, mi hermana Antonia me tomó de la mano para
llevarme a la catedral. Antonia tenía muchos años más que yo. Era alta y
pálida, con los ojos negros y la sonrisa un poco triste. Murió siendo yo niño.
¡Pero cómo recuerdo su voz y su sonrisa y el hielo de su mano cuando me llevaba
por las tardes a la catedral!... Sobre todo, recuerdo sus ojos y la llama
luminosa y trágica con que miraban a un estudiante que paseaba en el atrio,
embozado en una capa azul. Aquel estudiante a mí me daba miedo. Era alto y cenceño,
con cara de muerto y ojos de tigre, unos ojos terribles bajo el entrecejo fino
y duro. Para que fuese mayor su semejanza con los muertos, al andar le crujían
los huesos de la rodilla. Mi madre le odiaba, y por no verle, tenía cerradas
las ventanas de nuestra casa, que daban al Atrio de las Platerías. Aquella
tarde recuerdo que paseaba, como todas las tardes, embozado en su capa azul.
Nos alcanzó en la puerta de la catedral, y sacando por debajo del embozo su
mano de esqueleto, tomó agua bendita y se la ofreció a mi hermana, que
temblaba. Antonia le dirigió una mirada de súplica, y él murmuró con una
sonrisa:
—¡Estoy desesperado!
III
Entramos en una capilla, donde algunas viejas rezaban las
Cruces. Es una capilla grande y oscura, con su tarima llena de ruidos bajo la
bóveda románica. Cuando yo era niño, aquella capilla tenía para mí una
sensación de paz campesina. Me daba un goce de sombra como la copa de un viejo
castaño, cómo las parras delante de algunas puertas, como una cueva de ermitaño
en el monte. Por las tardes siempre había corro de viejas rezando las Cruces.
Las voces, fundidas en un murmullo de fervor, abríanse bajo las bóvedas y
parecían iluminar las rosas de la vidriera como el sol poniente. Sentíase un
vuelo de oraciones glorioso y gangoso, y un sordo arrastrarse sobre la tarima,
y una campanilla de plata agitada por el niño acólito, mientras levanta su vela
encendida, sobre el hombro del capellán, que deletrea en su breviario la
Pasión. ¡Oh, Capilla de la Corticela, cuándo esta alma mía, tan vieja y tan
cansada, volverá a sumergirse en tu sombra balsámica!
IV
Lloviznaba, anochecido, cuando atravesábamos el atrio de
la catedral para volver a casa. En el zaguán, como era grande y oscuro, mi
hermana debió de tener miedo, porque corría al subir las escaleras, sin
soltarme la mano. Al entrar vimos a nuestra madre que cruzaba la antesala y se
desvanecía por una puerta. Yo, sin saber por qué, lleno dé curiosidad y de
temor, levanté los ojos mirando a mi hermana, y ella, sin decir nada, se
inclinó y me besó. En medio de una gran ignorancia de la vida, adiviné el secreto
de mi hermana Antonia. Lo sentí pesar sobre mí cono pecado mortal, al cruzar
aquella antesala donde ahumaba un quinqué de petróleo que tenía el tubo roto.
La llama hacía dos cuernos, y me recordaba al Diablo. Por la moche, acostado y
a oscuras, esta semejanza se agrandó dentro de mí sin dejarme dormir, y volvió
a turbarme otras muchas noches.
V
Siguieron algunas tardes de lluvia. El estudiante paseaba
en el atrio de la catedral durante los escampos, pero mi hermana no salía para
rezar las Cruces. Yo, algunas veces, mientras estudiaba mi lección en la sala
llena con el aroma de las rosas marchitas, entornaba una ventana para verle.
Paseaba solo, con una sonrisa crispada, y al anochecer su aspecto de muerto era
tal, que daba miedo. Yo me retiraba temblando de la ventana, pero seguía
viéndole, sin poder aprenderme la lección. En la sala grande, cerrada y sonora,
sentía su andar con crujir de canillas y choquezuelas... Maullaba el gato tras
de la puerta, y me parecía que conformaba su maullido sobre el nombre del
estudiante: ¡Máximo Bretal!
VI
Bretal es un caserío en la montaña, cerca de Santiago. Los
viejos llevan allí montera picuda y sayo de estameña, las viejas hilan en los
establos por ser más abrigados que las casas, y el sacristán pone escuela en el
atrio de la iglesia. Bajo su palmeta, los niños aprenden la letra procesal de
alcaldes y escribanos, salmodiando las escrituras forales de una casa de
mayorazgos ya deshecha. Máximo Bretal era de aquella casa. Vino a Santiago para
estudiar Teología, y los primeros tiempos, una vieja que vendía miel, traíale
de su aldea el pan de borona para la semana, y el tocino. Vivía con otros
estudiantes de clérigo en una posada donde sólo pagaban la cama. Son estos los
seminaristas pobres a quienes llaman códeos. Máximo Bretal ya tenía órdenes
Menores cuando entró en nuestra casa para ser mi pasante de Gramática Latina. A
mi madre se lo había recomendado como una obra de caridad el cura de Bretal.
Vino una vieja con cofia a darle las gracias, y trajo de regalo un azafate de
manzanas reinetas. En una de aquellas manzanas dijeron después que debía de
estar el hechizo que hechizó a mi hermana Antonia.
VII
Nuestra madre era muy piadosa y no creía en agüeros ni
brujerías, pero alguna vez lo aparentaba por disculpar la pasión que consumía a
su hija. Antonia, por entonces, ya comenzaba a tener un aire del otro mundo,
como e1 estudiante de Bretal. La recuerdo bordando en el fondo de la sala,
desvanecida como si la viese en el fondo de un espejo, toda desvanecida, con
sus movimientos lentos que parecían responder al ritmo de otra vida, y la voz
apagada, y la sonrisa lejana de nosotros: Toda blanca y triste, flotante en un
misterio crepuscular, y tan pálida, que parecía tener cerco como la luna... ¡Y
mi madre, que levanta la cortina de una puerta, y la mira, y otra vez se aleja
sin ruido!
VIII
Volvían las tardes de sol con sus tenues oros, y mi
hermana, igual que antes, me llevaba a rezar con las viejas en la Capilla de la
Corticela. Yo temblaba de que otra vez se apareciese el estudiante y alargase a
nuestro paso su mano de fantasma, goteando agua bendita. Con el susto miraba a
mi hermana, y veía temblar su boca. Máximo Bretal, que estaba todas las tardes
en el atrio, al acercarnos nosotros desaparecía, y luego, al cruzar las naves
de la catedral, le veíamos surgir en la sombra de los arcos. Entrábamos en la
capilla, y él se arrodillaba en las gradas de la puerta besando las losas donde
acababa de pisar mi hermana Antonia. Quedaba allí arrodillado como el bulto de
un sepulcro, con la capa sobre los hombros y las manos juntas. Una tarde,
cuando salíamos, vi su brazo de sombra alargarse por delante de mí, y
enclavijar entre los dedos un pico de la falda de Antonia:
—¡Estoy desesperado!... Tienes que oírme, tienes que saber
cuánto sufro... ¿Ya no quieres mirarme?...
Antonia murmuró, blanca como una flor:
—¡Déjeme usted, Don Máximo!
—No te dejo. Tú eres mía, tu alma es mía... El cuerpo no
lo quiero, ya vendrá por él la muerte. Mírame, que tus ojos se confiesen con
los míos. ¡Mírame!
Y la mano de cera tiraba tanto de la falda de mi hermana,
que la desgarró. Pero los ojos inocentes se confesaron con aquellos ojos claros
y terribles. Yo, recordándolo, lloré aquella noche en la oscuridad, como si mi
hermana se hubiera escapado de nuestra casa.
IX
Yo seguía estudiando mi lección de latín en aquella sala,
llena con el aroma de las rosas marchitas. Algunas tardes, mi madre entraba
como una sombra y se desvanecía en el estrado. Yo la sentía suspirar hundida en
un rincón del gran sofá de damasco carmesí, y percibía el rumor de su rosario.
Mi madre era muy bella, blanca y rubia, siempre vestida de seda, con guante
negro en una mano, por la falta de dos dedos, y la otra, que era como una
camelia, toda cubierta de sortijas. Esta fue siempre la que besamos nosotros y
la mano con que ella nos acariciaba. La otra, la del guante negro, solía
disimularla entre el pañolito de encaje, y sólo al santiguarse la mostraba
entera, tan triste y tan sombría sobre la albura de su frente, sobre la rosa de
su boca, sobre su seno de Madona Litta. Mi madre rezaba sumida en el sofá del
estrado, y yo, para aprovechar la raya de luz que entraba por los balcones
entornados, estudiaba mi latín en el otro extremo, abierta la Gramática sobre
uno de esos antiguos veladores con tablero de damas. Apenas se veía en aquella
sala de respeto, grande, cerrada y sonora. Alguna vez, mi madre, saliendo de
sus rezos, me decía que abriese más el balcón. Yo obedecía en silencio, y
aprovechaba el permiso para mirar al atrio, donde seguía paseando el
estudiante, entre la bruma del crepúsculo. De pronto, aquella tarde, estando
mirándolo, desapareció. Volví a salmodiar mi latín, y llamaron en la puerta de
la sala. Era un fraile franciscano, hacía poco llegado de Tierra Santa.
X
El Padre Bernardo en otro tiempo había sido confesor de mi
madre, y al volver de su peregrinación no olvidó traerle un rosario hecho con
huesos de olivas del Monte Oliveto. Era viejo, pequeño, con la cabeza grande y
Calva; recordaba los santos románicos del Pórtico de la Catedral. Aquella tarde
era la segunda vez que visitaba nuestra casa, desde que estaba devuelto a su
convento de Santiago. Yo, al verle entrar, dejé mi Gramática y corrí a besarle
la mano. Quedé arrodillado mirándole y esperando su bendición, y me pareció que
hacía los cuernos. ¡Ay, cerré los ojos, espantado de aquella burla del Demonio!
Con un escalofrío comprendí que era asechanza suya, y como aquellas que traían
las historias de santos que yo comenzaba a leer en voz alta delante de mi madre
y de Antonia. Era una asechanza para hacerme pecar, parecida a otra que se
cuenta en la vida de San Antonio de Padua. El Padre Bernardo, que mi abuela
diría un santo sobre la tierra, se distrajo saludando a la oveja de otro
tiempo, y olvidó formular su bendición sobre mi cabeza trasquilada y triste,
con las orejas muy separadas, como para volar. Cabeza de niño sobre quien pesan
las lúgubres cadenas de la infancia: El latín de día, y el miedo a los muertos,
de noche. El fraile habló en voz baja con mi madre, y mi madre levantó su mano
del guante:
—¡Sal de aquí, niño!
XI
Basilisa la Galinda, una vieja que había sido nodriza de
mi madre, se agachaba tras de la puerta. La vi y me retuvo del vestido,
poniéndome en la boca su palma arrugada:
—No grites, picarito.
Yo la miré fijamente porque le hallaba un extraño parecido
con las gárgolas de la catedral. Ella, después de un momento, me empujó con
blandura:
—¡Vete, neno!
Sacudí los hombros para desprenderme de su mano, que tenía
las arrugas negras como tiznes, y quedé a su lado. Oíase la voz del
franciscano:
—Se trata de salvar un alma...
Basilisa volvió a empujarme:
—Vete, que tú no puedes oír...
Y toda encorvada metía los ojos por la rendija de la
puerta. Me agaché cerca de ella. Ya sólo me dijo estas palabras:
—¡No recuerdes más lo que oigas, picarito!
XII
Yo me puse a reír. Era verdad que parecía una gárgola. No
podía saber si perro, si gato, si lobo. Pero tenía un extraño parecido con
aquellas figuras de piedra, asomadas o tendidas sobre el atrio, en la cornisa
de la catedral. Se oía conversar en la sala. Un tiempo largo la voz del
franciscano:
—Esta mañana fue a nuestro convento un joven tentado por
el Diablo. Me contó que había tenido la desgracia de enamorarse, y que
desesperado, quiso tener la ciencia infernal... Siendo la media noche había
impetrado el poder del Demonio. El ángel malo se le apareció en un vasto arenal
de ceniza, lleno con gran rumor de viento, que lo causaban sus alas de
murciélago, al agitarse bajo las estrellas.
Se oyó un suspiro de mi madre:
—¡Ay Dios!
Proseguía el fraile.
—Satanás le dijo que le firmase un pacto y que le haría
feliz en sus amores.
Dudó el joven, porque tiene el agua del bautismo que hace
a los cristianos, y le alejó con la cruz. Esta mañana, amaneciendo, llegó a
nuestro convento, y en el secreto del confesonario me hizo su confesión. Le
dije que renunciase a sus prácticas diabólicas, y se negó. Mis consejos no
bastaron a persuadirle. ¡Es un alma que se condenará!... Otra vez gimió mi
madre:
—¡Prefería muerta a mi hija!
Y la voz del fraile, en un misterio de terror, proseguía:
—Muerta ella, acaso él triunfase del Infierno. Viva, quizá
se pierdan los dos... No basta el poder de una pobre mujer como tú para luchar
contra la ciencia infernal...
Sollozó mi madre:
—¡Y la Gracia de Dios!
Hubo un largo silencio. El fraile debía de estar en
oración meditando su respuesta. Basilisa la Galinda me tenía apretado contra su
pecho. Se oyeron las sandalias del fraile, y la vieja me aflojó un poco los
brazos para incorporarse y huir. Pero quedó inmóvil, retenida por aquella voz
que luego sonó:
—La Gracia no está siempre con nosotros, hija mía. Mana
como una fuente y se seca como ella. Hay almas que sólo piensan en su
salvación, y nunca sintieron amor por las otras criaturas. Son las fuentes
secas. Dime: ¿Qué cuidado sintió tu corazón al anuncio de estar en riesgo de
perderse un cristiano? ¿Qué haces tú por evitar ese negro concierto con los
poderes infernales? ¡Negarle tu hija para que la tenga de manos de Satanás!
Gritó mi madre:
—¡Más puede el Divino Jesús!
Y el fraile replicó con una voz de venganza:
—El amor debe ser por igual para todas las criaturas. Amar
al padre, al hijo o al marido, es amar figuras de lodo. Sin saberlo, con tu
mano negra también azotas la cruz como el estudiante de Bretal.
Debía tener los brazos extendidos hacia mi madre. Después
se oyó un rumor como si se alejase. Basilisa escapó conmigo, y vimos pasar a
nuestro lado un gato negro. Al Padre Bernardo nadie le vio salir. Basilisa fue
aquella tarde al convento, y vino contando que estaba en una misión, a muchas
leguas.
XIII
¡Cómo la lluvia azotaba los cristales y cómo era triste la
luz de la tarde en todas las estancias!
Antonia borda cerca del balcón, y nuestra madre, recostada
en el canapé, la mira fijamente, con esa mirada fascinante de las imágenes que
tienen los ojos de cristal. Era un gran silencio en torno de nuestras almas, y
sólo se oía el péndulo del reloj. Antonia quedó una vez soñando con la aguja en
alto. Allá en el estrado suspiró nuestra madre, y mi hermana agitó los párpados
como si despertase. Tocaban entonces todas las campanas de muchas iglesias.
Basilisa entró con luces, miró detrás de las puertas y puso los tranqueros en
las ventanas. Antonia volvió a soñar inclinada sobre el bordado. Mi madre me
llamó con la mano, y me retuvo. Basilisa trajo su rueca, y sentóse en el suelo,
cerca del canapé. Yo sentía que los dientes de mi madre hacían el ruido de una
castañeta. Basilisa se puso de rodillas mirándola, y mi madre gimió:
—Echa el gato que araña bajo el canapé.
Basilisa se inclinó:
—¿Dónde está el gato? Yo no lo veo.
—¿Y tampoco lo sientes?
Replicó la vieja, golpeando con la rueca:
—¡Tampoco lo siento!
Gritó mi madre:
—¡Antonia! ¡Antonia!
—¡Ay, diga, señora!
—¿En qué piensas?
—¡En nada, señora!
—¿Tú oyes cómo araña el gato?
Antonia escuchó un momento:
—¡Ya no araña!
Mi madre se estremeció toda:
—Araña delante de mis pies, pero tampoco lo veo.
Crispaba los dedos sobre mis hombros. Basilisa quiso
acercar una luz, y se le apagó en la mano bajo una ráfaga que hizo batir todas
las puertas. Entonces, mientras nuestra madre gritaba, sujetando a mi hermana
por los cabellos, la vieja, provista de una rama de olivo, se puso a rociar
agua bendita por los rincones.
XIV
Mi madre se retiró a su alcoba, sonó la campanilla y
acudió corriendo Basilisa. Después, Antonia abrió el balcón y miró a la plaza
con ojos de sonámbula. Se retiró andando hacia atrás, y luego escapó. Yo quedé
solo, con la frente pegada a los cristales del balcón, donde moría In luz de la
tarde. Me pareció oír gritos en el interior de la rasa, y no osé moverme, con
la vaga impresión de que eran aquellos gritos algo que yo debía ignorar por ser
niño. Y no me movía del hueco del balcón, devanando un razonar medroso y
pueril, todo confuso con aquel nebuloso recordar de reprensiones bruscas y de
encierros en una sala oscura. Era como envoltura de mi alma, esa memoria
dolorosa de los niños precoces, que con los ojos agrandados oyen las
conversaciones de las viejas y dejan los juegos por oírlas. Poco a poco cesaron
los gritos, y cuando la casa quedó en silencio escapé de la sala. Saliendo por
una puerta encontré a la Galinda:
—¡No barulles, picarito!
Me detuve sobre la punta de los pies ante la alcoba de mi
madre. Tenía la puerta entornada, y llegaba de dentro un murmullo apenado y un
gran olor de vinagre. Entré por el entorno de la puerta, sin moverla y sin
ruido. Mi madre estaba acostada, con muchos pañuelos a la cabeza. Sobre la
blancura de la sábana destacaba el perfil de su mano en el guante negro. Tenía
los ojos abiertos, y al entrar yo los giró hacia la puerta, sin remover la
cabeza:
—¡Hijo mío, espántame ese gato que tengo a los pies!
Me acerqué, y saltó al suelo un gato negro, que salió
corriendo. Basilisa la Galinda, que estaba en la puerta, también lo vio, y dijo
que yo había podido espantarlo porque era un inocente.
XV
Y recuerdo a mi madre un día muy largo, en la luz triste
de una habitación sin sol, que tiene las ventanas entornadas. Está inmóvil en
su sillón, con las manos en cruz, con muchos pañuelos a la cabeza y la cara
blanca. No habla, y vuelve los ojos cuando otros hablan, y mira fija,
imponiendo silencio. Es aquel un día sin horas, todo en penumbra de media
tarde. Y este día se acaba de repente, porque entran con luces en la alcoba. Mi
madre está dando gritos:
—¡Ese gato!... ¡Ese gato!... ¡Arrancármelo, que se me
cuelga a la espalda!
Basilisa la Galinda vino a mí, y con mucho misterio me
empujó hacia mi madre. Se agachó y me habló al oído, con la barbeta temblona,
rozándome la cara con sus lunares de pelo.
—¡Cruza las manos!
Yo crucé las manos, y Basilisa me las impuso sobre la
espalda de mi madre. Me acosó después en voz baja:
—¿Qué sientes, neno?
Respondí asustado, en el mismo tono que la vieja:
—¡Nada!... No siento nada, Basilisa.
—¿No sientes como lumbre?
—No siento nada, Basilisa.
—¿Ni los pelos del gato?
—¡Nada!
Y rompí a llorar, asustado por los gritos de mi madre.
Basilisa me tomó en brazos y me sacó al corredor:
—¡Ay, picarito, tú has cometido algún pecado, por eso no
pudiste espantar al enemigo malo!
Se volvió a la alcoba. Quedé en el corredor, lleno de
miedo y de angustia, pensando en mis pecados de niño. Seguían los gritos en la
alcoba, e iban con luces por toda la casa.
XVI
Después de aquel día tan largo, es una noche también muy
larga, con luces encendidas delante de las imágenes y conversaciones en voz
baja, sostenidas en el hueco de las puertas que rechinan al abrirse. Yo me
senté en el corredor, cerca de una mesa donde había un candelero con dos velas,
y me puse a pensar en la historia del Gigante Goliat. Antonia, que pasó con el
pañuelo sobre los ojos, me dijo con una voz de sombra:
—¿Qué haces ahí?
—Nada.
—¿Por qué no estudias?
La miré asombrado de que me preguntase por qué no
estudiaba, estando enferma nuestra madre. Antonia se alejó por el corredor, y
volví a pensar en la historia de aquel gigante pagano que pudo morir de un tiro
de piedra. Por aquel tiempo, nada admiraba tanto como la destreza con que
manejó la honda el niño David. Hacía propósito de ejercitarme en ella cuando
saliese de paseo por la orilla del río. Tenía como un vago y novelesco
presentimiento de poner mis tiros en la frente pálida del estudiante de Bretal.
Y volvió a pasar Antonia con un braserillo donde se quemaba espliego:
—¿Por qué no te acuestas, niño?
Y otra vez se fue corriendo por el corredor. No me acosté,
pero me dormí con la cabeza apoyada en la mesa.
XVII
No sé si fue una noche, si fueron muchas, porque la casa
estaba siempre oscura y las luces encendidas ante las imágenes. Recuerdo que
entre sueños oía los gritos de mi madre, las conversaciones misteriosas de los
criados, el rechinar de las puertas y una campanilla que pasaba por la calle.
Basilisa la Galinda venía por el candelero, se lo llevaba un momento y lo traía
con dos velas nuevas, que apenas alumbraban. Una de estas veces, al levantar la
sien de encima de la mesa, vi a un hombre en mangas de camisa que estaba
cosiendo, sentado al otro lado. Era muy pequeño, con la frente calva y un
chaleco encarnado. Me saludó sonriendo:
—¿Se dormía, estudioso puer?
Basilisa espabiló las velas:
—¿No te recuerdas de mi hermano, picarito?
Entre las nieblas del sueño, recordé al señor Juan de
Alberte. Le había visto algunas tardes que me llevó la vieja a las torres de la
Catedral. El hermano de Basilisa cosía bajo una bóveda, remendando sotanas.
Suspiró la Galinda:
—Está aquí para avisar los óleos en la Corticela.
Yo empecé a llorar, y los dos viejos me dijeron que no
hiciese ruido. Se oía la voz de mi madre:
—¡Espantarme ese gato! ¡Espantar ese gato!
Basilisa la Galinda entra en aquella alcoba, que estaba
¡ti pie de la escalera del fayado, y sale con una cruz de madera negra. Murmura
unas palabras oscuras, y me santigua por el pecho, por la espalda y por los
costados. Después, me entrega la cruz, y ella toma las tijeras de su hermano,
esas tijeras de sastre, grandes y mohosas, que tienen un son de hierro al
abrirse:
—Habemos de libertarla, como pide...
Me condujo por la mano a la alcoba de mi madre, que seguía
gritando:
—¡Espantarme ese gato! ¡Espantarme ese gato!
Sobre el umbral me aconsejó en voz baja:
—Llega muy paso y pon la cruz sobre la almohada... Yo
quedo aquí en la puerta.
Entré en la alcoba. Mi madre estaba incorporada, con el
pelo revuelto, las manos tendidas y los dedos abiertos como garfios. Una mano
era negra y otra blanca. Antonia la miraba, pálida y suplicante. Yo pasé
rodeando, y vi de frente los ojos de mi hermana, negros, profundos y sin
lágrimas. Me subí a la cama sin ruido, y puse la cruz sobre las almohadas. Allá
en la puerta, toda encogida sobre el umbral, estaba Basilisa la Galinda. Sólo
la vi un momento, mientras trepé a la cama, porque apenas puse la cruz en las
almohadas, mi madre empezó a retorcerse, y un gato negro escapó de entre las
ropas hacia la puerta. Cerré los ojos, y con ellos cerrados, oí sonar las
tijeras de Basilisa. Después la vieja llegóse a la cama donde mi madre se
retorcía, y me sacó en brazos de la alcoba. En el corredor, cerca de la mesa
que tenía detrás la sombra enana del sastre, a la luz de las velas, enseñaba
dos recortes negros que le manchaban las manos de sangre, y decía que eran las
orejas del gato. Y el viejo se ponía la capa, para avisar los santos óleos.
XVIII
Llenóse la casa de olor de cera y murmullo de gente que
reza en confuso son... Entró un clérigo revestido, andando de prisa, con una
mano de perfil sobre la boca. Se metía por las puertas guiado por Juan de
Alberte. El sastre, con la cabeza vuelta, corretea tieso y enano, arrastra la
capa y mece en dos dedos, muy gentil, la gorra por la visera, como hacen los
menestrales en las procesiones. Detrás seguía un grupo oscuro y lento, rezando
en voz baja. Iba por el centro de las estancias, de una puerta a otra puerta,
sin extenderse. En el corredor se arrodillaron algunos bultos, y comenzaron a
desgranarse las cabezas. Se hizo una fila que llegó hasta las puertas abiertas
de la alcoba de mi madre. Dentro, con mantillas y una vela en la mano, estaban
arrodilladas Antonia y la Galinda. Me fueron empujando hacia delante algunas
manos que salían de los manteos oscuros, y volvían prestamente a juntarse sobre
las cruces de los rosarios. Eran las manos sarmentosas de las viejas que
rezaban en el corredor, alineadas a lo largo de la pared, con el perfil de la
sombra pegado al cuerpo. En la alcoba de mi madre, una señora llorosa que tenía
un pañuelo perfumado, y me pareció toda morada como una dalia con el hábito
nazareno, me tomó de la mano y se arrodilló conmigo, ayudándome a tener una
vela. El clérigo anduvo en torno de la cama, con un murmullo latino, leyendo en
su libro...
Después alzaron las coberturas y descubrieron los pies de
mi madre rígidos y amarillentos. Yo comprendí que estaba muerta, y quedé
aterrado y silencioso entre los brazos tibios de aquella señora tan hermosa,
toda blanca y morada. Sentía un terror de gritar, una prudencia helada una
aridez sutil, un recato perverso de moverme entre los brazos y el seno de
aquella dama toda blanca y morada, que inclinaba el perfil del rostro al par de
mi mejilla y me ayudaba a sostener la vela funeraria.
XIX
La Galinda vino a retirarme de los brazos de aquella
señora, y me condujo al borde de la cama donde mi madre estaba yerta y
amarilla, con las manos arrebujadas entre los pliegues de la sábana. Basilisa
me alzó del suelo para que viese bien aquel rostro de cera:
—Dile adiós, neno. Dile: Adiós, madre mía, más no te veré.
Me puso en el suelo la vieja, porque se cansaba, y después
de respirar, volvió a levantarme metiendo bajo mis brazos sus manos
sarmentosas:
—¡Mírala bien! Guarda el recuerdo para cuando seas
mayor... Bésala, neno.
Y me dobló sobre el rostro de la muerta. Casi rozando
aquellos párpados inmóviles, empecé a gritar, revolviéndome entre los brazos de
la Galinda. De pronto, con el pelo suelto, al otro lado de la cama aparecióse
Antonia. Me arrebató a la vieja criada y me apretó contra el pecho sollozando y
ahogándose. Bajo los besos acongojados de mi hermana, bajo la mirada de sus
ojos enrojecidos, sentí un gran desconsuelo... Antonia estaba yerta, y llevaba
en la cara una expresión de dolor extraño y obstinado. Ya en otra estancia,
sentada en una silla baja, me tiene sobre su falda, me acaricia, vuelve a
besarme sollozando, y luego, retorciéndome una mano, ríe, ríe, ríe... Una
señora le da aire con su pañolito; otra, con los ojos asustados, destapa un
pomo; otra entra por una puerta con un vaso de agua, tembloroso en la bandeja
de metal.
XX
Yo estaba en un rincón, sumido en una pena confusa, que me
hacía doler las sienes como la angustia del mareo. Lloraba a ratos y a ratos me
distraía oyendo otros lloros. Debía ser cerca de media noche cuando abrieron de
par en par una puerta, y temblaron en el fondo las luces de cuatro velas. Mi
madre estaba amortajada en su caja negra. Yo entré en la alcoba sin ruido, y me
senté en el hueco de la ventana. Alrededor de la caja velaban tres mujeres y el
hermano de Basilisa. De tiempo en tiempo el sastre se levantaba y escupía en
los dedos para espabilar las velas. Aquel sastre enano y garboso, del chaleco
encarnado, tenía no sé qué destreza bufonesca al arrancar el pabilo e inflar
los carrillos soplándose los dedos. Oyendo los cuentos de las mujeres, poco a poco
fui dejando de llorar. Eran relatos de aparecidos y de personas enterradas
vivas.
XXI
Rayando el día, entró en la alcoba una señora muy alta,
con los ojos negros y el cabello blanco. Aquella señora besó a mi madre en los
ojos mal cerrados, sin miedo al frío de la muerte y casi sin llorar. Después se
arrodilló entre dos cirios, y mojaba en agua bendita una rama de olivo y la
sacudía sobre el cuerpo de la muerta. Entró Basilisa buscándome con la mirada,
y alzó la mano llamándome:
—¡Mira la abuela, picarito!
¡Era la abuela! Había venido en una mula desde su casa de
la montaña, que estaba a siete leguas de Santiago. Yo sentía en aquel momento
un golpe de herraduras sobre las losas del zaguán donde la mula había quedado
atada. Era un golpe que parecía resonar en el vacío de la casa llena de lloros.
Y me llamó desde la puerta mi hermana Antonia:
—¡Niño! ¡Niño!
Salí muy despacio, bajo la recomendación de la vieja
criada. Antonia me tomó de la mano y me llevó a un rincón:
—¡Esa señora es la abuela! En adelante viviremos con ella.
Yo suspiré:
—¿Y por qué no me besa?
Antonia quedó un momento pensativa, mientras se enjugaba
los ojos:
—¡Eres tonto! Primero tiene que rezar por mamá.
Rezó mucho tiempo. Al fin se levantó preguntando por
nosotros, y Antonia me arrastró de la mano. La abuela ya I levaba un pañuelo de
luto sobre el crespo cabello, todo tic plata, que parecía realzar el negro
fuego de los ojos. Sus dedos rozaron levemente mi mejilla, y todavía recuerdo
la impresión que me produjo aquella mano de aldeana, áspera y sin ternura. Nos
habló en dialecto:
—Murió la vuestra madre y ahora la madre lo seré yo...
Otro amparo no tenéis en el mundo... Os llevo conmigo porque esta casa se
cierra. Mañana, después de las misas, nos pondremos al camino.
XXII
Al día siguiente mi abuela cerró la casa, y nos pusimos en
camino para San Clemente de Brandeso. Ya estaba yo en la calle montado en la
mula de un montañés que me llevaba delante en el arzón, y oía en la casa batir
las puertas, y gritar buscando a mi hermana Antonia. No la encontraban, y con
los rostros demudados salían a los balcones, y tornaban a entrarse y a correr
las estancias vacías, donde andaba el viento a batir las puertas, y las voces
gritando por mi hermana. Desde la puerta de la catedral una beata la descubrió
desmayada en el tejado. La llamamos y abrió los ojos bajo el sol matinal, asustada
como si despertase de un mal sueño. Para bajarla del tejado, un sacristán con
sotana y en mangas de camisa saca una larga escalera. Y cuando partíamos, se
apareció en el atrio, con la capa revuelta por el viento, el estudiante de
Bretal. Llevaba a la cara una venda negra y bajo ella creí ver el recorte
sangriento de las orejas rebanadas a cercén.
XXIII
En Santiago de Galicia, como ha sido uno de los santuarios
del mundo, las almas todavía conservan los ojos abiertos para el milagro.
DEL MISTERIO
¡Hay también un demonio familiar! Yo recuerdo que, cuando
era niño, iba todas las noches a la tertulia de mi abuela una vieja que sabía
estas cosas medrosas y terribles del misterio. Era una señora linajuda y devota
que habitaba un caserón en la Rúa de los Plateros. Recuerdo que se pasaba las
horas haciendo calceta tras los cristales de su balcón, con el gato en la
falda. Doña Soledad Amarante era alta, consumida, con el cabello siempre fosco,
manchado por grandes mechones blancos, y las mejillas descarnadas, esas
mejillas de dolorida expresión que parecen vivir huérfanas de besos y de
caricias. Aquella señora me infundía un vago terror, porque contaba que en el
silencio de las altas horas oía el vuelo de las almas que se van, y que evocaba
en el fondo de los espejos los rostros lívidos que miran con ojos agónicos. No,
no olvidaré nunca la impresión que me causaba verla llegar al comienzo de la
noche y sentarse en el sofá del estrado al par de mi abuela. Doña Soledad
extendía un momento sobre el brasero las manos sarmentosas, luego sacaba la
calceta de una bolsa de terciopelo carmesí y comenzaba la tarea. De tiempo en
tiempo solía lamentarse:
—¡Ay Jesús!
Una noche llegó. Yo estaba medio dormido en el regazo de
mi madre, y, sin embargo, sentí el peso magnético de sus ojos que me miraban.
Mi madre también debió de advertir el maleficio de aquellas pupilas, que tenían
el venenoso color de las turquesas, porque sus brazos me estrecharon más. Doña
Soledad tomó asiento en el sofá, y en voz baja hablaron ella y mi abuela. Yo
sentía la respiración anhelosa de mi madre, que las observaba queriendo
adivinar sus palabras. Un reloj dio las siete. Mi abuela se pasó el pañuelo por
los ojos, y con la voz un poco insegura le dijo a mi madre:
—¿Por qué no acuestas a ese niño?
Mi madre se levantó conmigo en brazos, y me llevó al
estrado para que besase a las dos señoras. Yo jamás sentí tan vivo el terror de
Doña Soledad. Me pasó una mano de momia por la cara y me dijo:
—¡Cómo te le pareces!
Y mi abuela murmuró al besarme:
—¡Reza por él, hijo mío!
Hablaban de mi padre, que estaba preso por legitimista en
la cárcel de Santiago. Yo, conmovido, escondí la cabeza en el hombro de mi
madre, que me estrechó con angustia:
—¡Pobres de nosotros, hijo!
Después me sofocó con sus besos, mientras sus ojos,
aquellos ojos tan bellos, se abrían sobre mí enloquecidos, trágicos:
—¡Hijo de mi alma, otra nueva desgracia nos amenaza!
Doña Soledad dejó un momento la calceta y murmuró con la
voz lejana de una sibila:
—A tu marido no le ocurre ninguna desgracia.
Y mi abuela suspiró:
—Acuesta al niño.
Yo lloré aferrando los brazos al cuello de mi adre:
—¡No quiero que me acuesten! Tengo miedo de quedarme solo.
¡No quiero que me acuesten!...
Mi madre me acarició con una mano nerviosa, que si me
hacía daño, y luego, volviéndose a las dos señoras, suplicó sollozante:
—¡No me atormenten! Díganme qué le sucede a marido. Tengo
valor para saberlo todo.
Doña Soledad alzó sobre nosotros la mirada, aquella mirada
que tenía el color maléfico de las turquesas, y habló con la voz llena de
misterio, mientras sus dedos de momia movían las agujas de la calceta:
—¡Ay Jesús!... A tu marido nada le sucede. Tiene demonio
que le defiende. Pero ha derramado sangre...
Mi madre repitió en voz baja y monótona, como el alma
estuviese ausente: —¿Ha derramado sangre?
Esta noche huyó de la cárcel matando al carcelero. Lo he
visto en mi sueño.
Mi madre reprimió un grito y tuvo que sentarse para no
caer. Estaba pálida, pero en sus ojos había fuego de una esperanza trágica. Con
las manos juntas interrogó:
—¿Se ha salvado?
—No sé.
—¿Y no puede usted saberlo?
—Puedo intentarlo.
Hubo un largo silencio. Yo temblaba en el regazo mi madre,
con los ojos asustados puestos en Doña Soledad. La sala estaba casi a oscuras.
En la calle cantaba el violín de un ciego, y el esquilón de las monjas volteaba
anunciando la novena. Doña Soledad se levantó del sofá y andando sin ruido la
vimos alejarse hacia el fondo de la sala, donde su sombra casi se desvaneció.
Advertíase apenas la figura negra y la blancura de las manos inmóviles, en
alto. Al poco comenzó a gemir débilmente, como si soñase. Yo, lleno de terror,
lloraba quedo, y mi madre, oprimiéndome la boca, me decía ronca y trastornada:
—Calla, que vamos a saber de tu padre.
Yo me limpiaba las lágrimas para seguir viendo en la
sombra la figura de Doña Soledad. Mi madre interrogó con la voz resuelta y
sombría:
—¿Puede verle?
—Sí... Corre por un camino lleno de riesgos, ahora
solitario. Va solo por él... Nadie le sigue. Se ha detenido en la orilla de un
río y teme pasarlo. Es un río como un mar...
—¡Virgen mía, que no lo pase!
—En la otra orilla hay un bando de palomas blancas.
—¿Está en salvo?
—Sí... Tiene un demonio que le protege. La sombra del
muerto no puede nada contra él. La sangre que derramó su mano, ya la veo caer
gota a gota sobre una cabeza inocente...
Una puerta batió lejos. Todos sentimos que alguien entraba
en la sala. Mis cabellos se erizaron. Un aliento frío me rozó la frente, y los
brazos invisibles de un fantasma quisieron arrebatarme del regazo de mi madre.
Me incorporé asustado, sin poder gritar, y en el fondo nebuloso de un espejo vi
los ojos de la muerte y surgir poco a poco la mate lividez del rostro, y la
figura con sudario y un puñal en la garganta sangrienta. Mi madre, asustada
viéndome temblar, me estrechaba contra su pecho. Yo le mostré el espejo, pero
ella no vio nada. Doña Soledad dejó caer los brazos, hasta entonces inmóviles
en alto, y desde el otro extremo de la sala, saliendo de las tinieblas como de
un sueño, vino hacia nosotros. Su voz de sibila parecía venir también de muy
lejos:
—¡Ay Jesús! Sólo los ojos del niño le han visto. La sangre
cae gota a gota sobre la cabeza inocente. Vaga en torno suyo la sombra
vengativa del muerto. Toda la vida irá tras él. Hallábase en pecado cuando dejó
el mundo, y es una sombra infernal. No puede perdonar. Un día desclavará el
puñal que lleva en la garganta para herir al inocente.
Mis ojos de niño conservaron mucho tiempo el espanto de lo
que entonces vieron, y mis oídos han vuelto a sentir muchas veces las pisadas
del fantasma que camina a mi lado implacable y funesto, sin dejar que mi alma,
toda llena de angustia, toda ¡rendida al peso de torvas pasiones y anhelos
purísimos, se asome fuera de la torre, donde sueña cautiva hace treinta años.
¡Ahora mismo estoy oyendo las silenciosas pisadas del Alcaide Carcelero!
A MEDIANOCHE
Corren jinete y espolique entre una nube de polvo. En la
lejanía son apenas dos bultos que se destacan por oscuro sobre el fondo
sangriento del ocaso. La hora, el sitio y lo solitario del camino, ayudan al
misterio de aquellas sombras fugitivas. En una encrucijada el jinete tiró de
las riendas al caballo y lo paró, dudando entre tomar el camino de ruedas o el
de herradura. El espolique, que corría delante, parándose a su vez y mirando
alternativamente a una y otra senda, interrogó:
—¿Por dónde echamos, mi amo?
El jinete dudó un instante antes de decidirse, y después
contestó:
—Por donde sea más corto.
—Como más corto es por el monte. Pero por el camino real
se evita pasar de noche la robleda del molino... ¡Tiene una fama!...
Volvió a sus dudas el de a caballo, y tras un momento de
silencio a preguntar:
—¿Qué distancia hay por el monte?
—Habrá como cosa de unas tres leguas.
—¿Y por el camino real?
—Pues habrá como cosa de cinco.
El jinete dejó de refrenar el caballo:
—¡Por el monte!
Y sin detenerse echó por el viejo camino que serpentea a
través del descampado donde apenas crece una yerba desmedrada y amarillenta. A
lo lejos, confusas bandadas de vencejos revoloteaban sobre la laguna pantanosa.
El mozo, que se había quedado un tanto atrás observando el aspecto del cielo y
el dilatado horizonte donde aparecían ya muy desvaidos los arreboles del ocaso,
corrió a emparejarse con el jinete:
—¡Pique bien, mi amo! Si pica puede ser que aún tengamos
luna para pasar la robleda.
Pronto se perdieron en una revuelta, entre los álamos que
marcan la línea irregular del río. Cerró la noche y comenzó a ventar en ráfagas
que pasaban veloces y roncas, inclinando los árboles sobre el cateto, con un
largo murmullo de todas sus hojas, Jinete y espolique corrieron mucho tiempo en
la oscuridad profunda de una noche sin estrellas. Ya se percibía el rumor de la
corriente que alimenta el molino y la masa oscura del robledal, cuando el mozo
¡advirtió en voz baja:
—Mi amo, vaya prevenido por lo que pueda saltar.
—No hay cuidado.
—Y bien que le hay. Una vez, era uno así de la mayor
conformidad, porque tampoco tenía temor, y misma puente le salieron dos hombres
y robáronle, y no lo mataron por milagro divino.
—Esos son cuentos.
—¡Tan cierto como que todos nos hemos de morir! El jinete
guardó silencio. Percibíase más cerca el rumor de la corriente aprisionada en
los viejos dornajos del molino; era un rumor lleno de vaguedad de misterio que
tan pronto fingía alarido de can ventea la muerte como un gemido de hombre a en
quitan la vida. El espolique corría al flanco del caballo. Allá en la hondonada
recortaba su oscura silueta una iglesia cuyas campanas sonaban lentamente con
el toque del nublado. El jinete murmuró:
—Ya estamos cerca de la rectoral.
Y respondió el espolique:
—Engaña mucho la luna, mi amo.
De pronto moviéronse las zarzas de un seto separadas con
fuerza, y una sombra saltó en mitad del camino.
—¡Alto! La bolsa o la vida.
Encabritóse el caballo, y el resplandor de un fogonazo
iluminó con azulada vislumbre el rostro zaino y barbinegro de un hombre que
tenía asidas las riendas y que se tambaleó y cayó pesadamente. El espolique
inclinóse a mirarle, y creyó reconocerle.
—Mi amo, paréceme el Chipén.
—¿Quién dices?
—El hijo del molinero.
—¡Dios le haya perdonado!
—¡Amén!
—¿Tú le conocías?
—¡Era mismamente un Satanás!
Estaba tendido en medio del camino. Tenía una hoz asida
con la diestra, descalzos los pies que parecían de cera, la boca llena de
tierra y chamuscada la barba. Un hilo de sangre le corría de la frente. El
jinete, afirmándose en la silla, le hincó las espuelas al caballo, que
temblaba, y le hizo saltar por encima. El espolique le siguió. Chispearon bajo
los cascos las piedras del camino, y amo y criado se perdieron en la oscuridad.
Pronto descubrieron el molino en un claro del ramaje que iluminaba la luna. Era
de aspecto sospechoso y estaba situado en una revuelta. Sentada en el umbral
dormitaba una vieja tocada con el mantelo. Parecía hallarse en espera. El
espolique la interrogó azorado:
—¿Lleva agua la presa? La vieja se incorporó sobresaltada:
—Agua no falta, hijo.
—¿A quién aguarda?
—A nadie... Salime un momento hace, por tomar la luna.
Tengo molienda para toda la noche y hay que velar.
—¿No está el pariente?
—No está. Fuese a la villa para cumplir con la señora, mi
ama, a quien pagamos un foro de doce ferrados de trigo y doce de centeno.
—¿Y el rapaz?
—Marchóse anochecido. ¡Cosas de rapaces! Pidióle relación
a una moza de la aldea y tiene con ella parrafeo todas las noches.
—Bien dice. ¡Cosas de rapaces!
—Aquí estoy esperándole.
—Espérele muy dichosa.
Y el espolique se alejó corriendo para dar alcance al
jinete. Emparejóse y siguió jadeante al flanco del caballo:
—¡No me andaba engañado, mi amo!
—Parece que no.
—¡Era aquel que dije!...
¡Y la madre esperándole!... Callaron con las almas
sobresaltadas y cubiertas de misterio. Habían dejado el camino de herradura por
otro de ruedas cuando se cruzaron con un arriero que iba medio dormido sobre su
mula, arrebujado una manta. Apartados sobre la orilla del camino secretearon
amo y criado:
—Madruga la gente de la feria...
—Nos exponemos a un mal encuentro.
—Eso pensaba, mi amo.
—Tú, ahora te vuelves con el caballo. Yo tomo la barca.
—¿Y si no se atopan allí los mozos de la partida?
—Estará, cuando menos, don Ramón María. ¿No te ha dicho
que me esperaba?
—Eso díjome, sí, señor.
—¿Qué hora será?
—Cuando cruzamos la aldea ya cantaban los gallos.
—Aún hay tres horas de noche.
—Eso habrá. ¿Conoce el camino?
—Creo que sí.
—Más mejor, salvo su parecer, sería que llegásemos a la
puente, y luego yo volveríame por la vereda, que es camino más seguro.
—No repliques, rapaz.
—¡Dame pavor el muerto!
—Aún alcanzas compañía.
Y señalaba al arriero que subía el camino lleno de
charcos, donde se reflejaba la luna.
—¡Puede recelarse!
—Disimulas. Monta si quieres...
Obedeció el espolique, y una vez sobre la silla se inclinó
para escuchar al caballero, que le intimó en voz baja:
—¡Te va la vida en callar!
Y con esto arrendóse el encubierto, para dejarles paso, un
dedo puesto sobre los labios. Al verse solo, se santiguó devotamente. ¿Adonde
iba? ¿Quién era? Tal vez fuese un emigrado. Tal vez un cabecilla que volvía de
Portugal. Pero de las viejas historias, de los viejos caminos, nunca se sabe el
fin.
MI BISABUELO
Don Manuel Bermúdez y Bolaño, mi bisabuelo, fue un
caballero alto, seco, con los ojos verdes y el perfil purísimo. Hablaba poco,
paseaba solo, era orgulloso, violento y muy justiciero. Recuerdo que algunos
días en la mejilla derecha tenía una roseóla, casi una llaga. De aquella
roseola la gente del pueblo murmuraba que era un beso de las brujas, y a medias
palabras venían a decir lo mismo mis tías las Pedrayes. La imagen que conservo
de mi bisabuelo es la de un viejo caduco y temblón, que paseaba al abrigo de la
iglesia en las tardes largas y doradas. ¡Qué amorosa evocación tiene para mí
aquel tiempo! ¡Dorado es tu nombre, Santa María de Louro! ¡Dorada tu iglesia
con nidos de golondrinas! ¡Doradas tus piedras! ¡Toda tú dorada, villa de
Señorío!
De la casa que tuvo allí mi bisabuelo sólo queda una parra
vieja que no da uvas, y de aquella familia tan antigua un eco en los libros
parroquiales; pero en torno de la sombra de mi bisabuelo flota todavía una
leyenda. Recuerdo que toda la parentela le tenía por un loco atrabiliario. Yo
era un niño y se recataban de hablar en mi presencia; sin embargo, por palabras
vagas llegué a descubrir que mi bisabuelo había estado preso en la cárcel de
Santiago. En medio de una gran angustia presentía que era culpado de algún
crimen lejano, y que había salido libre por dinero. Muchas noches no podía
dormir, cavilando en aquel misterio, y se me oprimía el corazón si en las altas
horas oía la voz embarullada del viejo caballero que soñaba a gritos. Dormía mi
bisabuelo en una gran sala de la torre, con un criado a la puerta, y yo le
suponía lleno de remordimientos, turbado su sueño por fantasmas y aparecidos.
Aquel viejo tan adusto me quería mucho, y correspondíale mi candor de niño
rezando para que le fuese perdonado su crimen. Ya estaban frías las manos de mi
bisabuelo cuando supe cómo se habían cubierto de sangre.
Un anochecido escuché el relato a la vieja aldeana que ha
sido siempre la crónica de la familia. Micaela hilaba su copo en la antesala
redonda, y contaba a los otros criados las grandezas de la casa y las historias
de los mayores. De mi bisabuelo recordaba que era un gran cazador, y que una
tarde, cuando volvía de tirar a las perdices, salió a esperarle en el camino
del monte el cabezalero de un foral que tenía en Juno. Era un hombre ciego a
quien una hija suya guiaba de la mano. Iba con la cabeza descubierta al
encuentro del caballero:
—¡Un ángel lo trae por estos caminos, mi amo!
Hablaba con la voz velada de lágrimas. Don Manuel Bermúdez
le interrogó breve y muy adusto:
—¿Ha muerto tu madre?
—¡No lo permita Dios!
—¿Pues qué te ocurre?
—Por un falso testimonio están en la cárcel dos de mis
hijos. ¡Quiere acabar con todos nosotros el escribano Malvido! Anda por las
puertas con una obliga escrita, y va tomando las firmas para que ninguno vuelva
a meter los ganados en las Brañas del Rey.
Suspiró la mocina que guiaba a su padre:
—Yo lo vide a la puerta de tío Pedro de Vermo.
Se acercaron otras mujeres y unos niños que volvían del
monte agobiados bajo grandes haces de carrascas. Todos rodearon a Don Manuel
Bermúdez:
—Ya los pobres no podemos vivir. El monte donde trozábamos
nos lo quita un ladrón de la villa.
Clamó el ciego:
—Más os vale no hablar y arrancaros la lengua. Por
palabras como esas están en la cárcel dos de mis hijos.
Al callar el ciego gimió la mocina:
—Por estar encamada no se llevaron los alcaldes a mi madre
Águeda.
Cuentan que mi bisabuelo al oir esto dio una voz muy
enojado, imponiendo silencio:
—¡Habla tú, Serenín! ¡Que yo me entere! í Todos se
apartaron, y el ciego labrador quedó en medio del camino con la cabeza
descubierta, la calva ¡dorada bajo el sol poniente. Llamábase Serenín de
Bretal, y su madre, una labradora de cien años, Águeda la del Monte. Esta mujer
había sido nodriza de mi bisabuelo, quien le guardaba amor tan grande, que
algunas veces cuando andaba de cacería llegábase a visitarla, y sentábase bajo
el emparrado a merendar en su compañía un cuenco de leche fresca. Don Manuel Bermúdez,
amparado en una sombra del camino, silencioso y adusto, oía la querella de
Serenín de Bretal:
—¡Acaban con nos! ¡No sabemos ya dónde ir a rozar las
carrascas, ni dónde llevar los ganados! Por puertas nos deja a todos los
labradores el escribano Malvido. Los montes, que eran nuestros, nos los roban
con papeles falsos y testimonios de lenguas Pagadas, y porque reclamaron contra
este fuero, tengo dos hijos en la cárcel. ¡Ya solamente nos queda a los
labradores ponernos una piedra al cuello y echarnos de cabeza al río!
Se levantó un murmullo popular:
—¿Adonde irás que no penares?
—¡La suerte del pobre es pasar trabajos!
—¡Para el pobre nunca hay sol!
—¡Sufrir y penar! ¡Sufrir y penar! Es la ley del pobre.
Las mujeres que portaban los haces de carrascas, juntas
con otras que volvían de los mercados, formaban corro en torno del ciego
labrador, y a lo lejos una cuadrilla de cavadores escuchaba en la linde de la
heredad descansando sobre las azadas. Don Manuel Bermúdez los miró a todos muy
despacio, y luego les dijo:
—En la mano tenéis el remedio. ¿Por qué no matáis a ese
perro rabioso?
Al pronto todos callaron, pero de repente una mujer gritó
dejando caer su haz de carrascas y mesándose:
—¡Porque no hay hombres, señor! ¡Porque no hay hombres!
Desde lejos dejó oir su voz uno de los cavadores:
—Hay hombres, pero tienen las manos atadas. Se revolvió la
mujer:
—¿Quién vos las ata? ¡El miedo! ¡Callad, castrados! ¿Qué
boca habló por mí, cuando en una misma leva me llevaron tres hijos, y me
dejaron como me veo, sin más amparo que el cielo que me cubre? ¡Callad,
castrados!
Una vieja que venía hacia el camino atravesando por los
maizales, respondió con otras voces:
—¡Hay que acabar con los verdugos! ¡Hay que acabar con
ellos!
Era Águeda la del Monte. Caminaba apoyándose un palo,
alta, encorvada, vestida de luto. El caballero la miró lleno de piedad:
—¿Por qué te has movido de tu puerta, Águeda?,
—¡Para mirarte, sol de oro!
Serenín de Bretal volvió los ojos velados hacia onde
sonaba la voz de la centenaria, y gritó:
—¡Ya depusimos nuestro pleito al amo! Águeda la del Monte
se había sentado en una piedra del camino:
—Pues su consejo nos toca seguir. ¿Qué vos ha cho?
Repuso Serenín en medio del murmullo de muchas oces:
—El que nació de nobleza tiene un sentir, y otro que nació
de la tierra.
Águeda la del Monte se levantó apoyándose en el palo.
Había sido una mujer gigantesca, y aun encorbada parecía muy alta, tenía los
ojos negros, y era morena, del color del centeno:
—¡Sin escucharlas, sé las palabras de mi rey! ¡El rey que
yo crié tuvo el mismo dictado que esta boca de tierra! ¡Acabar con los
verdugos! ¡Acabar con ellos! ¡Sin escucharlas, sé las palabras de mi rey!
Clamó Serenín:
—¡Yo nada puedo hacer sin luz en los ojos y con os hijos
en la cárcel! Comenzaron a gritar las mujeres:
—¡Estas carrascas habían de ser para quemar vivo ese
ladrón de pobres!
Se levantó sobre la ola una voz ya ronca:
—¿Dónde están los hombres? ¡Todos son casados!
Y de pronto se aplacó el vocerío. Una lengua melosa
recomendó:
—Hay que callar y sufrir. Cada vida tiene su cruz. ¡Mirad
quién viene!
Por lo alto de la cuesta, trotando sobre un asno, asomaba
un jinete, y todos reconocieron al escribano Malvido. Cuentan que entonces mi
bisabuelo se volvió a los cavadores que estaban en la linde de la heredad:
—Tengo la escopeta cargada con postas. ¿Alguno de vosotros
quiere hacer un buen blanco?
Al pronto todos callaron. Luego destacóse uno entre los
más viejos:
—El gavilán vuela siempre sobre el palomar. Uno se mata y
otro viene.
—¿No queréis aprovechar la carga de mi escopeta?
Respondieron varias voces con ahínco:
—¡Somos unos pobres, señor mayorazgo! ¡Cativos de nos!
¡Hijos de la tierra!
Águeda la del Monte se levantó con el regazo lleno de
piedras:
—¡Las mujeres hemos de sepultar a los verdugos!
El escribano, mirando tanta gente en el camino, iba a
torcer por un atajo, pero mi bisabuelo parece ser que le llamó con grandes
voces:
—Señor Malvido, acá le estamos esperando para hacer una
buena justicia.
Respondió el otro muy alegre:
—¡Falta hace, señor mayorazgo! ¡Esta gente es contumaz!
Se acercó trotando. Mi bisabuelo, muy despacio, echóse la
escopeta a la cara. Cuando le tuvo encañonado le gritó:
—¡Ésta es mi justicia, señor Malvido!
Y de un tiro le dobló en tierra con la cabeza
ensangrentada. Águeda la del Monte se arrodilló con los brazos abiertos al pie
de mi bisabuelo, que posó su mano blanca sobre la cabeza de la centenaria, y le
dijo:
—¡Buena leche me has dado, madre Águeda!
Todos habían huido, y eran los dos solos en medio del
camino, frente al muerto. Contaba Micaela la Galana que a raíz de aquel suceso
mi bisabuelo había estado algún tiempo en la cárcel de Santiago. El echo es
cierto, pero fue otro el motivo. Muchos años después, para una información
genealógica, he tenido que revolver papeles viejos, y pude averiguar que
aquella prisión había sido por pertenecer al partido de los apostólicos el
señor Coronel de Milicias Don Manuel Bermúdez y Bolaño. Era yo estudiante uando
llegué a formarme cabal idea de mi bisabuela. Creo que ha sido un carácter
extraordinario, y sí estimo sobre todas mis sangres la herencia suya, ún ahora,
vencido por tantos desengaños, recuerdo on orgullo aquel tiempo de mi mocedad,
cuando, espechada conmigo toda mi parentela, decían las ejas santiguándose:
"¡Otro Don Manuel Bermúdez! endito Dios!"
ROSARITO
I
Sentada ante uno de esos arcaicos veladores con tablero de
damas, que tanta boga conquistaron en los comienzos del siglo, cabecea el sueño
la anciana Condesa de Cela. Los mechones plateados de sus cabellos, escapándose
de la toca de encajes, rozan con intermitencias los naipes alineados para un
solitario. En el otro extremo del canapé, está su nieta Rosarito. Aunque muy
piadosas entrambas damas, es lo cierto que ninguna presta atención a la vida
del santo del día, que el capellán del Pazo lee en alta voz, encorvado sobre el
velador, y calados los espejuelos de recia armazón dorada. De pronto Rosarito
levanta la cabeza, y se queda como abstraída, fijos los ojos en la puerta del
jardín que se abre sobre un fondo de ramajes oscuros y misteriosos. ¡No más
misteriosos, en verdad, que la mirada de aquella niña pensativa y blanca! Vista
a la tenue claridad de la lámpara, con la rubia cabeza en divino escorzo, la
sombra de las pestañas temblando en el marfil de la mejilla y el busto delicado
y gentil destacándose en penumbra incierta sobre la dorada talla, y el damasco
azul celeste del canapé, Rosarito recordaba esas ingenuas madonas pintadas
sobre fondo de estrellas y luceros.
II
La niña entorna los ojos, palidece, y sus labios agitados
por temblor extraño, dejan escapar un grito:
—¡Jesús...! ¡Qué miedo!...
Interrumpe su lectura el clérigo, y mirándola por encima
de los espejuelos, carraspea:
—¿Alguna araña, eh, señorita?... Rosarito mueve la cabeza:
—¡No, señor, no!
Rosarito estaba muy pálida. Su voz, un poco veda, tenía
esa inseguridad delatora del miedo y de angustia. En vano por aparecer serena
quiso continuar la labor que yacía en su regazo. Temblaba demasiado entre
aquellas manos pálidas, transparentes como las de una santa; manos místicas y
ardientes, que parecían adelgazadas en la oración, por el suave roce de las
cuentas del rosario. Profundamente abstraída clavó las agujas en el brazo del
canapé, después con voz baja e íntima, cual si hablase contigo misma, balbuceó:
—¡Jesús!... ¡Qué cosa tan extraña! Al mismo tiempo entornó
los párpados, y cruzó: manos sobre el seno de candidas y gloriosas teas.
Parecía soñar. El capellán la miró con extrañeza:
—¿Qué le pasa, señorita Rosario? La niña entreabrió los
ojos y lanzó un suspiro:
—¿Diga, Don Benicio, será algún aviso del otro undo?...
—¡Un aviso del otro mundo!... ¿Qué quiere usted decir?
Antes de contestar, Rosarito dirigió una nueva mirada al
misterioso y dormido jardín a través de cuyos ramajes se filtraba la blanca luz
de la luna. Luego, con voz débil y temblorosa, murmuró:
—Hace un momento juraría haber visto entrar por esa puerta
a Don Miguel Montenegro...
—¿Don Miguel, señorita?... ¿Está usted segura?
—Sí; era él, y me saludaba sonriendo...
—¿Pero usted recuerda a, Don Miguel Montenegro? Si lo
menos hace diez años que está en la emigración.
—Me acuerdo, Don Benicio, como si le hubiese visto ayer.
Era yo muy niña, y fui con el abuelo a visitarle en la cárcel de Santiago,
donde le tenían preso por liberal. El abuelo le llamaba primo. Don Miguel era
muy alto, con el bigote muy retorcido y el pelo blanco y rizoso.
El capellán asintió:
—Justamente, justamente. A los treinta años tenía la
cabeza más blanca que yo ahora. Sin duda, usted habrá oído referir la
historia...
Rosarito juntó las manos:
—¡Oh! ¡Cuántas veces! El abuelo la contaba siempre.
Se interrumpió viendo enderezarse a la Condesa. La anciana
señora miró a su nieta con severidad, y todavía mal despierta murmuró:
—¿Qué tanto tienes que hablar, niña? Deja leer a Don
Benicio.
Rosarito inclinó la cabeza y se puso a mover las agujas de
su labor. Pero Don Benicio, que no estaba en ánimo de seguir leyendo, cerró el
libro y bajó los anteojos hasta la punta de la nariz.
—Hablábamos del famoso Don Miguel, Señora Condesa. Don
Miguel Montenegro, emparentado, si no me engaño, con la ilustre casa de los
Condes de Cela...
La anciana le interrumpió:
—¿Y adonde han ido ustedes a buscar esa conversación?
¿También usted ha tenido noticia del hereje de mi primo? Yo sé que está en el
país, y que conspira. El cura de Cela, que le conoció mucho en Portugal, le ha
visto en la feria de Barbanzón, disrazado de chalán.
Don Benicio se quitó los anteojos vivamente:
—¡Hum! He ahí una noticia, y una noticia de las más
extraordinarias. ¿Pero no se equivocaría el cura de Cela?...
La Condesa se encogió de hombros:
—¡Qué! ¿Lo duda usted? Pues yo no. ¡Conozco harto bien a
mi señor primo!
—Los años quebrantan las peñas, Señora Condesa. Cuatro
anduve yo por las montañas de Navarra con el fusil al hombro, y hoy, mientras
otros baten el cobre, tengo que contentarme con pedir a Dios en la misa el
triunfo de la santa Causa.
Una sonrisa desdeñosa asomó en la desdentada boca de la
linajuda señora:
—¿Pero quiere usted compararse, Don Benicio?...
Ciertamente que en el caso de mi primo, cualquiera se miraría antes de
atravesar la frontera; pero esa rama de los Montenegros es de locos. Loco era
mi tio Don José, loco es el hijo y locos serán los nietos. Usted habrá oído mil
veces en casa de los curas hablar de Don Miguel; pues bien, todo lo que se
cuenta no es nada comparado con lo que ese hombre ha hecho.
El clérigo repitió a media voz:
—Ya sé, ya sé... Tengo oído mucho. ¡Es un hombre terrible,
un libertino, un masón!
La Condesa alzó los ojos al cielo y suspiró:
—¿Vendrá a nuestra casa? ¿Qué le parece a usted?
—¿Quién sabe? Conoce el buen corazón de la Señora Condesa.
El capellán sacó del pecho de su levitón un gran pañuelo a
cuadros azules, y lo sacudió en el aire con suma parsimonia. Después se limpió
la calva:
—¡Sería una verdadera desgracia! Si la Señora atendiese mi
consejo, le cerraría la puerta.
Rosarito lanzó un suspiro. Su abuela la miró severamente y
se puso a repiquetear con los dedos en el brazo del canapé:
—Eso se dice pronto, Don Benicio. Está visto que usted no
le conoce. Yo le cerraría la puerta y él la echaría abajo. Por lo demás,
tampoco debo olvidar que es mi primo.
Rosarito alzó la cabeza. En su boca de niña temblaba la
sonrisa pálida de los corazones tristes, y en el fondo misterioso de sus
pupilas brillaba una lágrima rota. De pronto lanzó un grito. Parado en el
umbral de la puerta del jardín estaba un hombre de cabellos blancos, estatura
gentil y talle todavía arrogante y erguido.
III
Don Miguel de Montenegro podría frisar en los sesenta
años. Tenía ese hermoso y varonil tipo suevo tan frecuente en los hidalgos de
la montaña gallega. Era el mayorazgo de una familia antigua y linajuda, cuyo
blasón lucía dieciséis cuarteles de nobleza, y una corona real en el jefe. Don
Miguel, con gran escándalo de sus deudos y allegados, al volver de su primera
emigración hizo picar las armas que campeaban sobre la puerta de su Pazo
solariego, un caserón antiguo y ruinoso, mandado edificar por el Mariscal
Montenegro, que figuró en las guerras de Felipe V y fue el más notable de los
de su linaje. Todavía se conserva en el país memoria de aquel señorón
excéntrico, déspota y cazador, beodo y hospitalario. Don Miguel a los treinta
años había malbaratado su patrimonio. Solamente conservó las rentas y tierras
de vínculo, el Pazo y una capellanía, todo lo cual apenas le daba para comer.
Entonces empezó su vida de conspirador y aventurero, vida tan llena de riesgos
y azares como la de aquellos segundones hidalgos que se enganchaban en los
tercios de Italia por buscar lances de amor, de espada de fortuna. Liberal
aforrado en masón, fingía gran menosprecio por toda suerte de timbres
nobiliarios, lo que no impedía que fuese altivo y cruel como un árabe noble.
Interiormente sentíase orgulloso de su abolengo, y pese a su despreocupación
dantoniana, hacíale referir la leyenda heráldica que hace descender a los
Montenegros de una emperatriz alemana. Creíase emparentado con las más nobles
casas de Galicia, y desde el Conde de Cela al de Altamira, con todos se
igualaba y a todos llamaba primos, pomo se llaman entre sí los reyes. En
cambio, despreciaba a los hidalgos sus vecinos y se burlaba de líos sentándolos
a su mesa y haciendo sentar a sus Criados. Era cosa de ver a Don Miguel
erguirse cuan alto era, con el vaso desbordante, gritando con aquella engolada
voz de gran señor que ponía asombro sus huéspedes:
—En mi casa, señores, todos los hombres son les. Aquí es
ley la doctrina del filósofo de Judea.
Don Miguel era uno de esos locos de buena vena, con
maneras de gran señor, ingenio de coplero y alientos de pirata. Bullía de
continuo en si una desesperación sin causa ni objeto, tan pronto arrebatada
como burlona, ruidosa como sombría. Atribuíansele cosas verdaderamente
extraordinarias. Cuando volvió de su primera emigración encontróse hecha la
leyenda. Los viejos liberales partidarios de Riego contaban que le había
blanqueado el cabello desde que una sentencia de muerte tuviérale tres días en
capilla, de la cual consiguiera fugarse por un milagro de audacia. Pero las
damiselas de su provincia, abuelas hoy que todas suspiran cuando recitan a sus
nietas los versos de El Trovador, referían algo mucho más hermoso... Pasaba
esto en los buenos tiempos del romanticismo, y fue preciso suponerle víctima de
trágicos amores. ¡Cuántas veces oyera Rosarito en la tertulia de sus abuelos la
historia de aquellos cabellos blancos! Contábala siempre su tía la de Camarasa
—una señorita cincuentona que leía novelas con el ardor de una colegiala, y
todavía cantaba en los estrados aristocráticos de Compostela melancólicas
tonadas del año treinta—. Amada de Camarasa conoció a Don Miguel en Lisboa,
cuando las bodas del Infante Don Miguel. Era ella una niña, y habíale quedado
muy presente la sombría figura de aquel emigrado español de erguido talle y
ademán altivo, que todas las mañanas se paseaba con el poeta Espronceda en el
atrio de la catedral, y no daba un paso sin golpear fieramente el suelo con la
contera de su caña de Indias. Amada de Camarasa no podía menos de suspirar
siempre que hacía memoria de los alegres años pasados en Lisboa. ¡Quizá volvía
a ver con los ojos de la imaginación la figura de cierto hidalgo lusitano de
moreno rostro y amante labia, que había sido la única pasión de su juventud!...
Pero ésta es otra historia que nada tiene que ver con la de Don Miguel de
Montenegro.
IV
El mayorazgo se había detenido en medio de la espaciosa
sala, y saludaba encorvando su aventajado talle, aprisionado en largo levitón.
—Buenas noches, Condesa de Cela. ¡He aquí a tu primo
Montenegro que viene de Portugal!
Su voz, al sonar en medio del silencio de la anchura y
oscura sala del Pazo, parecía más poderosa más hueca. La Condesa, sin
manifestar extrañeza, puso con desabrimiento:
—Buenas noches, señor mío.
Don Miguel se atusó el bigote, y sonrió, como hombre
acostumbrado a tales desvíos y que los tiene en poco. De antiguo recibíasele de
igual modo en casa de todos sus deudos y allegados, sin que nunca se le
antojara tomarlo a pecho. Contentábase con hacerse obedecer de los criados, y
manifestar hacia los amos cierto desdén de gran señor. Era de ver cómo aquellos
hidalgos campesinos que nunca habían salido de sus madrigueras concluían por
humillarse ante la apostura caballeresca y la engolada voz del viejo libertino,
cuya vida de conspirador, llena de azares desconocidos, ejercía sobre ellos el
poder sugestivo de lo tenebroso. Don Miguel acercóse rápido a la Condesa y
tomóle la mano con aire a tiempo cortés y familiar:
—Espero, prima, que me darás hospitalidad por una noche.
Así diciendo, con empaque de viejo gentilhombre, arrastró
un pesado sillón de moscovita, y tomó asiento al lado del canapé. En seguida, y
sin esperar respuesta, volvióse a Rosarito. ¡Acaso había sentido el peso
magnético de aquella mirada que tenía la curiosidad de la virgen y la pasión de
la mujer! Puso el emigrado una mano sobre la rubia cabeza de la niña,
obligándola a levantar los ojos, y con esa cortesanía exquisita y simpática de
los viejos que han amado y galanteado mucho en su juventud, pronunció a media
voz —¡la voz honda y triste con que se recuerda el pasado!:
—¿Tú no me reconoces, verdad, hija mía? Pero yo sí, te
reconocería en cualquier parte... ¡Te pareces tanto a una tía tuya, hermana de
tu abuelo, a la cual ya no has podido conocer!... ¿Tú te llamas Rosarito,
verdad?
—Sí, señor.
Don Miguel se volvió a la Condesa:
—¿Sabes, prima, que es muy linda la pequeña?
Y moviendo la plateada y varonil cabeza continuó cual si
hablase consigo mismo:
—¡Demasiada linda para que pueda ser feliz!
La Condesa, halagada en su vanidad de abuela, repuso con
benignidad, sonriendo a su nieta:
—No me la trastornes, primo. ¡Sea ella buena, que el que
sea linda es cosa de bien poco!...
El emigrado asintió con un gesto sombrío y teatral y quedó
contemplando a la niña, que con los ojos bajos, movía las agujas de su labor,
temblorosa y torpe. ¿Adivinó el viejo libertino lo que pasaba en aquella alma
tan pura? ¿Tenía él, como todos los grandes seductores, esa intuición
misteriosa que lee en lo íntimo de los corazones y conoce las horas propicias
al amor? Ello es que una sonrisa de increíble audacia tembló un momento bajo el
mostacho blanco del hidalgo y que sus ojos verdes —soberbios y desdeñosos como
los de un tirano o los de un pirata— se posaron con gallardía donjuanesca sobre
aquella cabeza melancólicamente inclinada que, con crencha de oro, partida por
estrecha raya, tenía cierta castidad prerrafaélica. Pero la sonrisa y la mirada
del emigrado fueron relámpagos por lo siniestras y por lo fugaces. Recobrada
incontinenti su actitud de gran señor, Don Miguel se inclinó ante la Condesa:
—Perdona, prima, que todavía no te haya preguntado por mi
primo el Conde de Cela.
La anciana suspiró, levantando los ojos al cielo:
—¡Ay! ¡El Conde de Cela, lo es desde hace mucho tiempo mi
hijo Pedro!...
El mayorazgo se enderezó en el sillón, dando con la
contera de su caña en el suelo:
—¡Vive Dios! En la emigración nunca se sabe nada. Apenas
llega una noticia... ¡Pobre amigo! ¡Pobre amigo!... ¡No somos más que polvo!...
Frunció las cejas, y apoyado a dos manos en el puño de oro
de su bastón, añadió con fanfarronería:
—Si antes lo hubiese sabido, créeme que no tendría el
honor de hospedarme en tu palacio.
—¿Por qué?
—Porque tú nunca me has querido bien. ¡En eso es de la
familia!
La noble señora sonrió tristemente:
—Tú eres el que has renegado de todos. ¿Pero a é viene
recordar ahora eso? Cuenta has de dar a los de tu vida, y entonces...
Don Miguel se inclinó con sarcasmo:
—Te juro, prima, que, como tenga tiempo, he de
arrepentirme.
El capellán, que no había desplegado los labios, repuso
afablemente —afabilidad que le imponía el miedo a la cólera del hidalgo:
—Volterianismos, Don Miguel... Volterianismos que después,
en la hora de la muerte...
Don Miguel no contestó. En los ojos de Rosarito acababa de
leer un ruego tímido y ardiente a la vez. El viejo libertino miró al clérigo de
alto abajo, y volviéndose a la niña, que temblaba, contestó sonriendo:
—¡No temas, hija mía! Si no creo en Dios, amo a los
ángeles...
El clérigo, en el mismo tono conciliador y francote,
volvió a repetir:
—¡Volterianismos, Don Miguel! ¡Volterianismos de la
Francia!...
Intervino con alguna brusquedad la Condesa, a quien lo
mismo las impiedades que las galanterías del emigrado inspiraban vago terror:
—¡Dejémosle, Don Benicio! Ni él ha de convercernos ni
nosotros a él...
Don Miguel sonrió con exquisita ironía: —¡Gracias, prima,
por la ejecutoria de firmeza que das a mis ideas, pues ya he visto cuánta es la
elocuencia de tu capellán!
La Condesa sonrió fríamente con el borde de los labios, y
dirigió una mirada autoritaria al clérigo para imponerle silencio. Después,
adoptando esa actitud seria y un tanto melancólica con que las damas del año
treinta se retrataban, y recibían en el estrado a los caballeros, murmuró:
—¡Cuando pienso en el tiempo que hace que no nos hemos
visto!... ¿De dónde sales ahora? ¿Qué nueva locura te trae? ¡Los emigrados no
descansáis nunca!...
—Pasaron ya mis años de pelea... Ya no soy aquel que tú
has conocido. Si he atravesado la frontera, ha sido únicamente para traer
socorros a la huérfana de un pobre emigrado, a quien asesinaron los estudiantes
de Coimbra. Cumplido este deber, me vuelvo a Portugal.
—¡Si es así, que Dios te acompañe!...
V
Un antiguo reloj de sobremesa dio las diez. Era de plata
dorada y de gusto pesado y barroco, como obra del siglo XVIII. Representaba a
Baco coronado de pámpanos y dormido sobre un tonel. La Condesa contó las horas
en voz alta, y volvió al asunto de su conversación:
—Yo sabía que habías pasado por Santiago, y que después
estuviste en la feria de Barbanzón disfrazado de chalán. Mis noticias eran de
que conspirabas.
—Ya sé que eso se ha dicho.
—A ti se te juzga capaz de todo, menos de ejercer la
caridad como un apóstol...
Y la noble señora sonreía con alguna incredulidad. Después
de un momento añadió, bajando insensblemente la voz:
—¡Es el caso que no debes tener la cabeza muy segura sobre
los hombros!
Y tras la máscara de frialdad con que quiso revestir sus
palabras, asomaban el interés y el afecto. Don Miguel repuso en el mismo tono
confidencial, paseando la mirada por la sala:
¡Ya habrás comprendido que vengo huyendo! Necesito un
caballo para repasar mañana mismo la frontera.
—¿Mañana?
—Mañana.
La Condesa reflexionó un momento:
—¡Es el caso que no tenemos en el Pazo ni una mala
montura!...
Y como observase que el emigrado fruncía el ceño, añadió:
—Haces mal en dudarlo. Tú mismo puedes bajar a las cuadras
y verlo. Hará cosa de un mes pasó por aquí haciendo una requisa la partida de
El Manco, y se llevó las dos yeguas que teníamos. No he querido volver a
comprar, porque me exponía a que se repitiese el caso el mejor día.
Don Miguel de Montenegro la interrumpió:
—¿Y no hay en la aldea quien preste un caballo a la
Condesa de Cela?
A la pregunta del mayorazgo siguió un momento de silencio.
Todas las cabezas se inclinaban, y parecían meditar. Rosarito, que con las
manos en cruz y la labor caída en el regazo estaba sentada en el canapé al lado
de la anciana, suspiró tímidamente:
—Abuelita, el Sumiller tiene un caballo que no se atreve a
montar.
Y con el rostro cubierto de rubor, entreabierta la boca de
madona, y el fondo de los ojos misteriosos y cambiante, Rosarito se estrechaba
a su abuela cual si buscase amparo en un peligro. Don Miguel la infundía miedo,
pero un miedo sugestivo y fascinador. Quisiera no haberle conocido, y el pensar
en que pudiera irse la entristecía. Aparecíasele como el héroe de un cuento
medroso y bello cuyo relato se escucha temblando y, sin embargo, cautiva el
ánimo hasta el final, con la fuerza de un sortilegio. Oyendo a la niña, el
emigrado sonrió con caballeresco desden, y aun hubo de atusarse el bigote
suelto y bizarramente levantado sobre el labio. Su actitud era ligeramente
burlona:
—¡Vive Dios! Un caballo que el Sumiller no se atreve a
montar casi debe ser un Bucéfalo. ¡He ahí, queridas mías, el corcel que me
conviene!
La Condesa movió distraídamente algunos naipes del
solitario, y al cabo de un momento, como si el pensamiento y la palabra le
viniesen de muy lejos, se dirigió al capellán:
—Don Benicio, será preciso que vaya usted a la rectoral y
hable con el Sumiller.
Don Benicio repuso, volviendo las hojas de El Año
Cristiano:
—Yo haré lo que disponga la señora Condesa; pero, salvo su
mejor parecer, el mío es que más atendida había de ser una carta de vuecencia.
Aquí levantó el clérigo la tonsurada cabeza, y al observar
el gesto de contrariedad con que la dama le escuchaba, se apresuró a decir:
—Permítame, señora Condesa, que me explique. El día de San
Cidrán fuimos juntos de caza. Entre el Sumiller y el abad de Cela, que se nos
reunió en el monte, hiciéronme una jugarreta del demonio. Todo el día
estuviéronse riendo. ¡Con sus sesenta años a cuestas, los dos tienen el humor
de unos rapaces! Si me presento ahora en la rectoral pidiendo el caballo, por
seguro que lo toman a burla. ¡Es un raposo muy viejo el señor Sumiller!
Rosarito murmuró con anhelo al oído de la anciana:
—Abuelita, escríbale usted...
La mano trémula de la Condesa acarició la rubia cabeza de
su nieta:
—¡Ya, hija mía!...
Y la Condesa de Cela, que hacía tantos años estaba amagada
de parálisis, irguióse sin ayuda, y, precedida del capellán, atravesó la sala,
noblemente inclinada sobre su muleta, una de esas muletas como se ven en los
santuarios, con cojín de terciopelo carmesí guarnecido por clavos de plata.
VI
Del fondo oscuro del jardín, donde los grillos daban
serenata, llegaban murmullos y aromas. El vientecillo gentil que los traía
estremecía los arbustos, sin despertar los pájaros que dormían en ellos. A
veces, el follaje se abría susurrando y penetraba el blanco rayo de luna, que
se quebraba en algún asiento de piedra, oculto hasta entonces en sombra
clandestina. El jardín cargado de aromas, y aquellas notas de la noche,
impregnadas de voluptuosidad y de pereza, y aquel rayo de luna, y aquella
soledad, y aquel misterio, traían como una evocación romántica de citas de
amor, en siglos de trovadores. Don Miguel se levantó del sillón, y, vencido por
una distracción extraña, comenzó a pasearse entenebrecido y taciturno. Temblaba
el piso bajo su andar marcial, y temblaban las arcaicas consolas, que parecían
altares con su carga rococó de efigies, fanales y floreros. Los ojos de la niña
seguían miedosos e inconscientes el ir y venir de aquella sombría figura. Si el
emigrado se acercaba a la luz, no se atrevía a mirarle; si se desvanecía en la
penumbra, le buscaban con ansia. Don Miguel se detuvo en medio de la estancia.
Rosarito bajó los párpados presurosa. Sonrióse el mayorazgo contemplando
aquella rubia y delicada cabeza, que se inclinaba como lirio de oro, después de
un momento llegó a decir:
—¡Mírame, hija mía! ¡Tus ojos me recuerdan otros ojos que
han llorado mucho por mí!
Tenía Don Miguel los gestos trágicos y las frases
siniestras y dolientes de los seductores románticos. En su juventud había
conocido a lord Byron y la influencia del poeta inglés fuera en él decisiva.
Las pestañas de Rosarito rozaron la mejilla con tímido aleteo y permanecieron
inclinadas como las de una novicia. El emigrado sacudió la blanca cabellera,
aquella cabellera cuya novelesca historia tantas veces recordara la niña
durante la velada, y fue a sentarse en el canapé:
—Si viniesen a prenderme, ¿tú qué harías? ¿Te atreverías a
ocultarme en tu alcoba? ¡Una abadesa de San Payo salvó así la vida a tu
abuelo!...
Rosarito no contestó. Ella, tan inocente, sentía el fuego
del rubor en toda su carne. El viejo libertino la miraba intensamente, cual si
sólo buscase el turbarla más. La presión de aquellos ojos verdes era a un
tiempo sombría y fascinadora, inquietante y audaz. Dijérase que infiltraban el
amor como un veneno, que violaban las almas y que robaban los besos a las bocas
más puras. Después de un momento añadió con amarga sonrisa:
—Escucha lo que voy a decirte. Si viniesen a prenderme, yo
me haría matar. ¡Mi vida ya no puede ser ni larga ni feliz, y aquí tus manos
piadosas me amortajarían!...
Cual si quisiera alejar sombríos pensamientos agitó la
cabeza con movimiento varonil y hermoso, y echó hacia atrás los cabellos que
oscurecían su frente, una frente altanera y desguarnecida, que parecía encerrar
todas las exageraciones y todas las demencias, lo mismo las del amor que las
del odio, las celestes que las diabólicas... Rosarito murmuró casi sin voz:
—¡Yo haré una novena a la Virgen para que le saque a usted
con bien de tantos peligros!...
Una onda de indecible compasión la ahogaba con ahogo
dulcísimo. Sentíase presa de confusión extraña, pronta a llorar, no sabía si de
ansiedad, si de pena, si de ternura; conmovida hasta lo más hondo de su ser,
por conmoción oscura, hasta entonces ni gustada ni presentida. El fuego del
rubor quemábale las mejillas; el corazón quería saltársele del pecho; un nudo
de divina angustia oprimía su garganta; escalofríos misteriosos recorrían su
carne. Temblorosa, con el temblor que la proximidad del hombre infunde en las
vírgenes, quiso huir de aquellos ojos dominadores que la miraban siempre, pero
el sortilegio resistió. El emigrado la retuvo con un extraño gesto, tiránico y
amante, y ella llorosa, vencida, cubrióse el rostro con las manos de novicia,
pálidas, místicas, ardientes.
VII
La Condesa apareció en la puerta de la estancia, donde se
detuvo jadeante y sin fuerza:
—¡Rosarito, hija mía, ven a darme el brazo!...
Con la muleta apartaba el blasonado portier. Rosarito se
limpió los ojos y acudió velozmente. La noble señora apoyó la diestra blanca y
temblona en el hombro de su nieta, y cobró aliento en un suspiro.
—¡Allá va camino de la rectoral ese bienanventurado Don
Benicio!...
Después sus ojos buscaron al emigrado:
—¿Tú, supongo que hasta mañana no te pondrás en camino?
Aquí estás seguro como no lo estarías ¡en parte ninguna.
En los labios de Don Miguel asomó una sonrisa de hermoso
desdén. La boca de aquel hidalgo aventurero reproducía el gesto con que los
grandes señores de otros tiempos desafiaban la muerte. Don Rodrigo Calderón
debió de sonreír así sobre el cadalso, a Condesa, dejándose caer en el canapé,
añadió con ave ironía:
—He mandado disponer la habitación en que, según las
crónicas, vivió Fray Diego de Cádiz cuando tuvo en el Pazo. Paréceme que la
habitación de Santo es la que mejor conviene a vuesa mercé... Y terminó la
frase con una sonrisa. El mayorazgo se inclinó mostrando asentimiento burlón.
—Santos hubo que comenzaron siendo grandes cadores.
—¡Si Fray Diego quisiese hacer contigo un milagro!
—Esperémoslo, prima.
—¡Yo lo espero!
El viejo conspirador, cambiando repentinamente e talante,
exclamó con cierta violencia:
—¡Diez leguas he andado por cuetos y vericuetos, estoy más
que molido, prima!
Don Miguel se había puesto en pie. La Condesa le
interrumpió murmurando:
¡Válgate Dios con la vida que traes! Pues es menester
recogerse y cobrar fuerzas para mañana. Después, volviéndose a su nieta,
añadió:
—Tú le alumbrarás y enseñarás el camino, pequeña.
Rosarito asintió con la cabeza, como hacen los os tímidos,
y fue a encender uno de los candelabros que había sobre la gran consola situada
enfrente del estrado. Trémula como una desposada se adelantó hasta la puerta
donde hubo de esperar a que terminase el coloquio que el mayorazgo y la Condesa
sostenían en voz baja. Rosarito apenas percibía un vago murmullo. Suspirando
apoyó la cabeza en la pared y entornó los párpados. Sentíase presa de una
turbación llena de palpitaciones tumultuosas y confusas. En aquella actitud de
cariátide parecía figura ideal detenida en el lindar de la otra vida. Estaba
tan pálida y tan triste que no era posible contemplarla un instante sin sentir
anegado el corazón por la idea de la muerte... Su abuela la llamó:
—¿Qué te pasa pequeña?
Rosarito por toda respuesta abrió los ojos, sonriendo
tristemente. La anciana movió la cabeza con muestra de disgusto, y se volvió a
Don Miguel:
—A ti aún espero verte mañana. El capellán nos dirá la
misa de alba en la capilla, y quiero que la oigas...
El mayorazgo se inclinó, como pudiera hacerlo ante una
reina. Después, con aquel andar altivo y soberano, que tan en consonancia
estaba con la índole de su alma, atravesó la sala. Cuando el portier cayó tras
él, la Condesa de Cela tuvo que enjugarse algunas lagrimas.
—¡Qué vida, Dios mío! ¡Qué vida!
VIII
La sala del Pazo —aquella gran sala adornada con
cornucopias y retratos de generales, de damas y obispos— yace sumida en trémula
penumbra. La anciana Condesa dormita en el canapé. Encima del velador parecen
hacer otro tanto el bastón del mayorazgo y la labor de Rosarito. Tropel de
fantasmas se agita entre los cortinajes espesos. ¡Todo duerme! Mas he aquí que
de pronto la Condesa abre los ojos y los fija con sobresalto en la puerta del
Jardín. Imaginase haber oído un grito en sueños, uno de esos gritos de la
noche, inarticulados y por demás medrosos. Con la cabeza echada hacia delante y
el ánimo acobardado y suspenso, permanece breves instantes en escucha... ¡Nada!
El silencio es profundo. Solamente turba la quietud de la estancia el latir
acompasado y menudo de un reloj que brilla en el fondo apenas esclarecido...
La Condesa ha vuelto a dormirse.
Un ratón sale de su escondite y atraviesa la sala con
gentil y vivaz trotecillo. Las cornucopias le contemplan desde lo alto. Parecen
pupilas de monstruos ocultos en los rincones oscuros. El reflejo de la luna
penetra hasta el centro del salón. Los daguerrotipos centellean sobre las
consolas, apoyados en los jarrones llenos de rosas. Por intervalos se escucha
la voz aflautada y doliente de un sapo que canta en el jardín. Es la
medianoche, y la luz de la lámpara agoniza.
La Condesa se despierta, y hace la señal de la cruz.
De nuevo ha oído un grito, pero esta vez tan claro, tan
distinto, que ya no duda. Requiere la muleta, y en actitud de incorporarse
escucha. Un gatazo negro, encaramado en el respaldo de una silla, acéchala con
ojos lucientes. La Condesa siente el escalofrío del miedo. Por escapar a esta
obsesión de sus sentidos, e levanta y sale de la estancia. El gatazo negro la
igue maullando lastimeramente. Su cola fosca, su lomo enarcado, sus ojos
fosforescentes, le dan todo el aspecto de un animal embrujado. El corredor es
oscuro. El golpe de la muleta resuena como en la desierta nave de una iglesia.
Allá al final, una puerta entornada deja escapar un rayo de luz...
La Condesa de Cela llega temblando...
La cámara está desierta, parece abandonada. Por una
ventana abierta que cae al jardín alcánzase a ver en esbozo fantástico masas de
árboles que se recortan sobre el cielo negro y estrellado. La brisa nocturna
estremece las bujías de un candelabro de plata que lloran sin consuelo en las
doradas arandelas. Aquella ventana abierta sobre el jardín misterioso y oscuro
tiene algo de evocador y sugestivo. ¡Parece que alguno acaba de huir por
ella!...
La Condesa se detiene paralizada de terror.
En el fondo de la estancia el lecho de palo santo donde
había dormido Fray Diego de Cádiz, dibuja sus líneas rígidas y severas a través
de luengos cortinajes de antiguo damasco carmesí que parece tener algo de
litúrgico. A veces una mancha negra pasa corriendo sobre el muro. Tomaríasela
por la sombra de un pájaro gigantesco. Se la ve posarse en el techo y
deformarse en los ángulos, arrastrarse por el suelo y esconderse bajo las
sillas. De improviso, presa de un vértigo funambulesco, otra vez salta al muro,
y galopa por él como una araña...
La Condesa cree morir.
En aquella hora, en medio de aquel silencio, el rumor más
leve acrecienta su alucinación. Un mueble que cruje, un gusano que carcome en
la madera, el viento que se retuerce en el mainel de las ventanas, todo tiene
para ella entonaciones trágicas o pavorosas. Encorvada sobre la muleta, separa
las cortinas, y mira... ¡Rosarito está allí inanimada, yerta, blanca! Dos
lágrimas humedecen sus mejillas. Los ojos tienen la mirada fija y aterradora de
los muertos. ¡Por su corpino blanco corre un hilo de sangre!... El alfileren de
oro que momentos antes aún sujetaba la trenza de la niña, está bárbaramente
clavado en su pecho, sobre el corazón. La rubia cabellera extiéndese por la
almohada, trágica, magdalénica...
COMEDIA DE ENSUEÑO
Una cueva en el monte, sobre la encrucijada de dos caminos
de herradura. Algunos hombres, a caballo, llegan en tropel, y una vieja asoma
en la boca de la cueva. Su figura se destaca por oscuro sobre el fondo rojizo
donde llamea el fuego del hogar. Es la hora del anochecer, y las águilas que
tienen su nido en los peñascales, se ciernen con un vuelo pesado que deja oir
el golpe de las alas.
La vieja:
—¡Con cuánto afán os esperaba, hijos míos! Desde ayer
tengo encendido un buen fuego para que podáis calentaros. ¿Vendréis
desfallecidos?
La vieja éntrase en la cueva, y los hombres descabalgan.
Tienen los rostros cetrinos, y sus pupilas destellan en el blanco de los ojos
con extraña ferocidad. Uno de ellos queda al cuidado de los caballos, y los
otros, con las alforjas al hombro, penetran en la cueva y se sientan al amor
del fuego. Son doce ladrones y el Capitán.
La vieja:
—¿Habéis tenido suerte, mis hijos?
El capitán:
—¡Ahora lo veréis, Madre Silvia! Muchachos, juntad el
botín para que puedan hacerse las particiones.
La vieja:
—Nunca habéis hecho tan larga ausencia.
El capitán:
—No requería menos el lance, Madre Silvia.
La Madre Silvia tiende un paño sobre el hogar, y sus ojos
acechan avarientos cómo las manos de aquellos doce hombres desaparecen en lo
hondo de las alforjas y sacan enredadas las joyas de oro, que destellan al
temblor de las llamas.
La vieja:
—¡Jamás he visto tan rica pedrería!
El capitán:
—¡No queda nada en tus alforjas, Ferragut?
Ferragut:
—¡Nada, Capitán!
El capitán:
—¿Y en las tuyas, Galaor?
Galaor:
—¡Nada, Capitán!
El capitán:
—¿Y en las tuyas, Fierabrás?
Fierabrás:
—¡Nada!...
El capitán:
—Está bien. Tened por cierto, hijos míos, que pagaréis con
la vida cualquier engaño. Alumbrad aquí, Madre Silvia.
La Madre Silvia descuelga el candil. El Capitán requiere
sus alforjas, que al entrar dejó sobre un escaño que hay delante del fuego, y
los ladrones se acercan. Sobre aquel grupo de cabezas cetrinas y curiosas
flamea el reflejo sangriento de la hoguera. El Capitán saca de las alforjas un
lenzuelo bordado de oro, y al desplegarlo se ve que sirve de mortaja a una mano
cercenada. Una mano de mujer con los dedos llenos de anillos y blancura de
flor.
La vieja:
—¡Qué anillos! Cada uno vale una fortuna. No los hay ni
más ricos ni más bellos. Aprended, hijos...
El capitán:
—¡Bella también es la mano, y mucho debía de serlo su
dueña!
La vieja:
—¿No la has visto?
El capitán:
—No... La mano asomaba fuera de una reja, y la hice rodar
con un golpe de mi yatagán. Era una reja celada de jazmines, y sin el fulgor de
los anillos la mano hubiera parecido otra flor. Yo pasaba al galope de mi
caballo, y sin refrenarlo la hice caer entre las flores, salpicándolas de
sangre. Apenas tuve tiempo para cogerla y huir... ¡Ay, si hubiera podido
imaginarla tan bella!
El Capitán queda pensativo. Una nube de tristeza empaña su
rostro, y en los ojos negros y violentos que contemplan el fuego tiembla el
áureo reflejo de las llamas y de los sueños. Uno de los ladrones alcanza la
mano, que yace sobre el paño de tisú, e intenta despojarla de los anillos, que
parecen engastados a los dedos yertos. El Capitán levanta la cabeza y fulmina
una mirada terrible.
El capitán:
—Deja lo que no puedes tocar, hijo de una perra, deja esa
mano que en mal hora cortó mi yatagán. ¡Así hubieran cegado mis ojos cuando la
vi! ¡Pobre mano blanca que pronto habrá de marchitarse como las flores! ¡Diera
todos mis tesoros por unirla otra vez al brazo de donde la corté!...
La vieja:
—¡Y acaso hallarías un tesoro mayor!
El capitán:
—Y por ver el rostro de aquella mujer diera la vida, madre
Silvia, tú que entiendes los misterios de la quiromancia, dime quién era.
El Capitán suspira, y los ladrones callan asombrados de
ver cómo dos lágrimas le corren por las fieras mejillas. La Madre Silvia toma
entre sus manos de bruja aquella mano blanca, y sin esfuerzo la despoja de los
anillos. Luego frota la yerta palma para limpiarla de la sangre y poder leer en
sus rayas. Los ladrones callan y atienden.
La vieja:
—¡Desde el nacer, esta mano hallábase destinada a deshojar
en el viento la flor que dicen de la buenaventura! Es la mano de una doncella
encantada que, cuando dormía el enano su carcelero, asomaba fuera de la reja
llamando a los caminantes.
El capitán:
—¡Con qué tierno misterio aún me llama a mí!...
La vieja:
—Ojos humanos no la habían visto hasta que la vieron los
tuyos, porque el poder del enano a unos se la fingía como paloma blanca y a
otros como flor de la reja florida.
El capitán:
—¡Por qué mis ojos la vieron sin aquel fingimiento!
La vieja: —Porque se había puesto los anillos para que más
no la creyesen ni paloma ni flor. Y pasaste tú, y de no haberla hecho rodar tu
yatagán, te habrías desposado con la encantada doncella, que es hija de un rey.
El Capitán calla pensativo. La Madre Silvia, a la luz del
candil, cuenta y precia los anillos. Ferragut, Galaor, Fierabrás y los otros
ladrones hacen la división del botín.
Ferragut:
—Dadme acá esos anillos, Madre Silvia.
Galaor:
—Dejad que los vea.
Fierabrás:
—¡Buen golpe ha dado el Capitán!
Argilao:
—¿No serán esos anillos cosa de encanto, que desaparezca?
Solimán:
—Si eso temes, te compro el que te caiga en suerte.
Barbarroja:
—Yo te lo compro, te lo cambio o te lo juego.
La vieja:
—Esplenden tanta luz, que hasta mis manos arrugadas
parecen hermosas con ellos.
Después de estas palabras hay un silencio. Se ha oído el
canto de la lechuza, y todos atienden. Aún dura el silencio cuando en la boca
de la cueva aparece una sombra con sayal penitente y luenga barba. Entra
encapuchada y doblándose sobre el bordón. En medio de la cueva se endereza y se
arranca las barbas venerables, que arroja en el hogar, donde levantan una llama
leve y volandera. Los ladrones ríen con algazara. El Capitán pasea sobre ellos
su mirada.
El ermitaño:
—Una nueva os traigo que no es para fruncir el ceño,
Capitán.
El capitán:
—Dila pronto, y vete.
El ermitaño:
—Antes de amanecer pasará por el monte una caravana de
ricos mercaderes.
Los ladrones se alborozan con risa de lobo que muestra los
dientes. Ferragut afila su puñal en la piedra del hogar, y la vieja echa otro
haz en el fuego.
El capitán:
—¿Son muchos los mercaderes?
El ermitaño:
—Son los hijos y los nietos de Eliván el Rojo.
El capitán:
—¿Y adonde caminan?
El ermitaño:
—A tierras lejanas, con sedas y brocados.
El Capitán calla contemplando el fuego, y vuelve a sumirse
en la niebla de su ensueño. En la cuevo penetra cauteloso un perro, uno de esos
perros vagabundos que de noche, al claro de la luna, corren por la orilla de
las veredas solitarias. Se arrima al muro y con las orejas gachas rastrea en la
sombra. Alguna vez levanta la cabeza y olfatea el aire. Los ojos le relucen. Es
un perro blanco y espectral. Se oye un grito. El perro huye, y en los dientes
lleva la mano cercenada, flor de albura y de misterio, que yacia sobre el paño
de oro. Los ladrones salen en tropel a la boca de la cueva. El perro ha
desaparecido tía noche.
El capitán:
—¡Seguidle!
Ferragut:
—Parece que las sombras se lo hayan tragado.
Solimán:
—Entró en la cueva sin ser visto de nadie.
Galaor:
—Es un perro embrujado.
Barbarroja:
—Por suerte se lleva solamente la mano, que de los J
anillos ya había cuidado de despojarla Madre Silvia.
El capitán:
—¡Seguidle! La mitad de mis tesoros daré al que Eme
devuelva esa mano! ¡Seguidle! Ferragut, Galaor, feolimán, batid el monte sin
dejar una mata. Barbarroja, Gaiferos, Cifer, vosotros corred los caminos.
¡Pronto, a caballo! La mitad de mis tesoros tiene el que me me devuelva esa
mano, la mitad de mis tesoros y todos los anillos que habéis visto lucir en sus
dedos yertos. ¡Pronto, pronto, a caballo! ¿No habéis oído? i Quién desoye mis
órdenes? A batir el monte, a arrer los caminos, o rodarán vuestras cabezas.
El grupo de los ladrones permanece inmóvil en la
encrucijada, y más al fondo, los caballos con las sillas puestas, muerden la
yerba áspera del monte, luna ilumina el paraje rocoso, batido por todos los
vientos. Se oye que pasa a lo lejos la caravana lenta y soñolienta. La Madre
Silvia, desde la entrada de la cueva, deja oir su voz.
La vieja:
—Hijos míos, no corráis el mundo inútilmente, que
moriríais de viejos a lo largo de los caminos sin hallar la mano de la
Princesa... La caravana pasa, y aprovechad el bien que os depara la suerte.
El capitán:
—Calla, vieja maldita, si no quieres que te clave la
lengua con mi puñal.
Ferragut:
—¡No lo permitiera yo!
Solimán:
—¡Ni yo!
Barbarroja:
—La Madre Silvia habla en razón.
Galaor:
—El Capitán ha sido hechizado por aquella mano que cortó.
Cifer:
—Yo por nada del mundo me pondría uno solo de esos
anillos.
Gaiferos:
—Yo, si alguno me toca en suerte al repartir el botín,
desde ahora lo renuncio.
El capitán:
—¡Callad, hijos de una perra! Yo iré solo, pues de ninguno
necesito. Vosotros quedad aquí esperando la soga del verdugo.
Adelanta un paso hacia el grupo de su gente, y queda
mirándolos con altivo desdeño. Los ladrones esperan torvos y airados,
prevenidas las manos sobre los puñales. Se oye más cerca el rumor de la
caravana que cruza por el monte. El Capitán, con una gran voz llama a su
caballo, monta y se aleja.
La vieja:
—¡Aguarda un consejo!
Gaiferos:
—No le llaméis, que no habrá de escucharos.
Argilao:
—Ya nunca volverá.
Ferragut:
—Desde ahora, yo seré vuestro Capitán.
Barbarroja:
—Yo lo seré.
Solimán:
—Ved que todos pudiéramos decir lo mismo.
Galaor:
—Lo echaremos a suertes.
Cifer:
—Que los dados lo decidan.
La Madre Silvia tiene en el suelo el paño de oro que fue
mortaja de la mano blanca, y los ladrones fían su suerte a los dados, mientras,
por el camino que ilumina la luna, corre un jinete en busca de la mano de la
Princesa Quimera.
MILÓN DE LA ARNOYA
Una tarde, en tiempo de vendimias, se presentó en el
cercado de nuestra casa una moza alta, flaca, renegrida, con el pelo fosco y
los ojos ardientes, cavados en el cerco de las ojeras. Venía clamorosa y
anhelando:
—¡Dadme amparo contra un rey de moros que me tiene presa!
¡Soy cautiva de un Iscariote!
Sentóse a la sombra de un carro desuncido y comenzó a
recogerse la greña. Después llegóse al dornajo donde abrevaban los ganados y se
lavó una herida que tenía en la sien. Serenín de Bretal, un viejo que pisaba la
uva en una tinaja, se detuvo limpiándose el sudor con la mano roja del mosto:
—¡Cativos de nos! Si has menester amparo clama a la
justicia. ¿Qué amparo podemos darte acá? ¡Cativos de nos!
Suplicó la mujer:
—¡Vedme cercada de llamas! ¿No hay una boca cristiana que
me diga las palabras benditas que me liberten del Enemigo?
Interrogó una vieja:
—¿Tú no eres de esta tierra?
Sollozó la renegrida:
—Soy cuatro leguas arriba de Santiago. Vine a esta tierra
por me poner a servir, y cuando estaba buscando amo caí con el alma en el
cautiverio de Satanás. Fue un embrujo que me hicieron en una manzana reineta.
Vivo en pecado con un mozo que me arrastra por las trenzas. Cautiva me tiene,
que yo nunca le quise, y sólo deseo verle muerto. ¡Cautiva me tiene con
sabiduría de Satanás!
Las mujeres y los viejos se santiguaron con un murmullo
piadoso, pero los mozos relincharon como chivos barbudos, saltando en las
tinajas, sobre los carros de la vendimia, rojos, desnudos y fuertes. Gritó
Pedro el Arnelo, de Lugar de Condes:
—¡Jujurujú! No te dejes apalpar y hacer las cosquillas, y
verás como se te vuela el Enemigo.
Resonaron las risas alegres y bárbaras. Las mozas, un poco
encendidas, bajaban la frente y mordían el nudo de sus pañuelos. Los mozos, en
lo alto de los carros, renovaban los brincos y los aturujos, pisando la uva.
Pero de pronto cesó la fiesta. Mi abuela acababa de asomar en el patín,
arrastrando su pierna gotosa y apoyada en el brazo de Micaela la Galana. Era
Doña Dolores Saco, mi abuela materna, una señora caritativa y orgullosa, alta,
seca y muy a la antigua. La moza renegrida se volvió hacia el patín con los
brazos en alto:
—¡Concédame su amparo, noble señora! A mi abuela le
temblaba la barbeta. Con un dejo autoritario interrogó:
—¡Qué amparo pides, moza?
—¡Contra un rey de moros! Vengo escapada de la cueva del
monte, donde me tenía presa.
Micaela la Galana murmuró al oído de mi abuela:
—¡Parece privada, Misia Dolores!
Y mi abuela levantó su lente de concha y tornó a
interrogar, mirando a la moza:
—¿A quién llamas tú rey de moros?
—¡Rey de moros talmente, mi señora!
—Habla sin voces. Gimió la renegrida:
—¡Me tiene cautiva con sabiduría de Satanás!
Intervino el viejo Serenín de Bretal:
—La señora quiere saber cómo se llama el mozo ¡que te
tiene en su dominio y de dónde es nativo.
La renegrida levantaba los brazos, temblorosa y ronca:
—Milón de la Arnoya. ¿Nunca tenéis oído de él? Milón de la
Arnoya.
Milón de la Arnoya era un jayán perseguido por la
justicia, que vivía enfoscado en el monte, robando por siembras y majadas. En
casa de mi abuela, cuando los criados se juntaban al anochecido para desgranar
mazorcas, siempre salía el cuento de Milón de la Arnoya. Unas veces había sido
visto en alguna feria, otras por caminos, otras, como el raposo, rondando
alrededor de la aldea. Y Serenín de Bretal, que tenía un rebaño de ovejas,
solía contar cómo robaba los corderos en las Gándaras de Barbanza. El nombre de
aquel bigardo perseguido por la justicia había puesto una sombra en todos los
rostros. Solamente mi abuela tuvo una sonrisa desdeñosa:
—Ese malvado, si viene por ti, no habrá de llevarte.
¡Quedas recibida en mi casa, moza!
Se levanto un murmullo en loa de mi abuela. La renegrida
dio las gracias humildemente y fue a señarse al arrimo del patín, con la cabeza
cubierta. A lo lejos resonaban las voces de la vendimia. Una larga hilera de
carros venía por la calzada. Mozas descalzas y encendidas caminaban delante,
animando la yunta de los bueyes dorados. Otras venían en las tinajas, las bocas
llenas de cantos y de risas, teñidas del zumo de las uvas. Los carros entraron
lentamente en el cercado. Detrás del último apareció un mendigo en harapos. Era
velludo y fuerte. La renegrida, que tenía la cabeza cubierta, se levantó como
si le hubiese adivinado. Temblaba lívida y sombría.
—¡Perverso, ciencia de brujos te encaminó a esta puerta!
¡No rías, boca de Satanás!
El hombre no se movió del umbral. Furtivo, tendió la vista
en torno, y volviéndola a la tierra suspiró.
—Una sed de agua para un pobre que va de camino.
La renegrida gritó:
—Ese que vos habla es Milón de la Arnoya. ¡Ahí le tenéis!
¡De sed perezca, como un can rabioso, Milón de la Arnoya!
Se habían acallado todas las voces. Las mujeres miraban al
mendigo llenas de curioso sobresalto y los hombres con recelo. Algunos
empuñaban las picas de acuciar las yuntas. En lo alto del patín, mi abuela,
abandonando el brazo en que se apoyaba, habíase erguido, seca y enérgica, con
la barbeta siempre temblona. Se oyó su voz autoritaria:
—Socorred a ese hombre, y que se vaya.
Milón de la Arnoya apenas levantó la frente obstinada:
—Misia Dolores, esa mujer es mi perdición. Ningún mal
puede contar de mí. Habla la verdad de toda cosa, Gaitana.
La renegrida se retorció los brazos:
—¡Arrenegado seas, tentador! ¡Arrenegado seas!
Los ojos hundidos y apagados de mi abuela se avivaron con
una llama de cólera:
—Mozos, echad a ese malvado de mi puerta.
Remigio de Bealo y Pedro el Arnelo se dirigieron a la
cancela del cercado, pero el otro les contuvo hablando torvo y plañidero:
—¡Aguardad, que ya me voy! Más hermandad se ve entre los
lobos que entre los hombres.
Se alejó. La renegrida, derribada en tierra, se retorcía
con la boca espumante, y las vendimiadoras la rodeaban, sujetándola para que no
se desgarrase las ropas. Serenín de Bretal trajo agua del pozo. Micaela la
Galana bajó con un rosario, y en aquel momento oyéronse grandes voces que daba
en la calzada Milón de la Arnoya. Eran unas voces como alaridos de alimaña
montes, y la renegrida al oírlas se levantó en medio del corro de las mujeres,
antes de que la hubiesen tocado con el rosario bendito. Espumante, ululante,
mostrando entre jirones la carne convulsa, rompió por entre los carros de la
vendimia y desapareció. Acudieron todos a la cancela y la vieron juntarse con
Milón de la Arnoya. Después contaron que el forajido, prendiéndola de las
trenzas, se la llevó arrastrando a su cueva del monte, y algunos dijeron que se
habían sentido en el aire las alas de Satanás. Yo solamente vi, cuando
anocheció y salió la luna, un buho sobre un ciprés.
UN EJEMPLO
Amaro era mi santo ermitaño que por aquel tiempo vivía en
el monte vida penitente. Cierta tarde, hallándose en oración, vio pasar a lo
lejos por el camino real a un hombre todo cubierto de polvo. El santo ermitaño,
como era viejo, tenía la vista cansada y no pudo reconocerle, pero su corazón
le advirtió quién era aquel caminante que iba por el mundo envuelto en los oros
de la puesta solar, y alzándose de la tierra corrió hacia él implorando:
—¡Maestro, deja que llegue un triste pecador!
El caminante, aun cuando iba lejos, escuchó aquellas voces
y se detuvo esperando. Amaro llegó falto de aliento, y llegando, arrodillóse y
le besó la orla del manto, porque su corazón le había dicho que aquel caminante
era Nuestro Señor Jesucristo.
—¡Maestro, déjame ir en tu compañía!
El Señor Jesucristo sonrió:
—Amaro, una vez has venido conmigo y me abandonaste.
El santo ermitaño, sintiéndose culpable, inclinó la
frente:
—¡Maestro, perdóname!
El Señor Jesucristo alzó la diestra traspasada por el
clavo de la cruz:
—Perdonado estás. Sigúeme.
Y continuó su ruta por el camino que parecía alargarse
hasta donde el sol se ponía, y en el mismo instante sintió desfallecer su ánimo
aquel santo ermitaño:
—¿Está muy lejos el lugar adonde caminas, Maestro?
—El lugar adonde camino, tanto está cerca, tanto lejos...
—¡No comprendo, Maestro!
—¿Y cómo decirte que todas las cosas, o están allí donde
nunca se llega o están en el corazón?
Amaro dio un largo suspiro. Había pasado en oración la
noche y temía que le faltasen fuerzas para la jornada, que comenzaba a
presentir larga y penosa. El camino a cada instante se hacía más estrecho, y no
pudiendo caminar unidos, el santo ermitaño iba en pos del Maestro. Era tiempo
de verano, y los pájaros, ya recogidos a sus nidos, cantaban entre los ramajes,
y los pastores descendían del monte trayendo por delante el hato de las ovejas.
Amaro, como era viejo y poco paciente, no tardó en dolerse del polvo, de la
fatiga y de la sed. El Señor Jesucristo le oía con aquella sonrisa que parece
entreabrir los Cielos a los pecadores:
—Amaro, el que viene conmigo debe llevar el peso de mi
cruz.
Y el santo ermitaño se disculpaba y dolía:
—Maestro, a verte tan viejo y acabado como yo, habías de
quejarte asina.
El Señor Jesucristo le mostró los divinos pies que,
desgarrados por las espinas del camino, sangraban en las sandalias, y siguió
adelante. Amaro lanzó un suspiro de fatiga:
—¡Maestro, ya no puedo más!
Y viendo a un zagal que llegaba por medio de una gándara
donde crecían amarillas retamas, sentóse a esperarle. El Señor Jesucristo se
detuvo también:
—Amaro, un poco de ánimo y llegamos a la aldea.
—¡Maestro, déjame aquí! Mira que he cumplido cien años y
que no puedo caminar. Aquel zagal que por allí viene tendrá cerca la majada, y
le pediré que me deje pasar en ella la noche. Yo nada tengo que hacer en la
aldea.
El Señor Jesucristo le miró muy severamente:
—Amaro, en la aldea una mujer endemoniada espera su
curación hace años.
Calló, y en el silencio del anochecer sintiéronse unos
alaridos que ponían espanto. Amaro, sobrecogido, se levantó de la piedra donde
descansaba, y siguió andando tras el Señor Jesucristo. Antes de llegar a la
aldea salió la luna plateando la cima de unos cipreses donde cantaba escondido
aquel ruiseñor celestial que otro santo ermitaño oyó trescientos años
embelesado. A lo lejos temblaba apenas el cristal de un río, que parecía llevar
dormidas en su fondo las estrellas del cielo. Amaro suspiró:
—Maestro, dame licencia para descansar en este paraje.
Y otra vez contestó muy severamente el Señor Jesucristo:
—Cuenta los días que lleva sin descanso la mujer que grita
en la aldea.
Con estas palabras cesó el canto del ruiseñor, y en una
ráfaga de aire que se alzó de repente pasó el grito de la endemoniada y el
ladrido de los perros vigilantes en las eras. Había cerrado la noche y los
murciélagos volaban sobre el camino, unas veces en el claro de la luna y otras
en la oscuridad de los ramajes. Algún tiempo caminaron en silencio. Estaban
llegando a la aldea cuando las campanas comenzaron a tocar por sí solas, y era
aquel el anuncio de que llegaba el Señor Jesucristo. Las nubes que cubrían la
luna se desvanecieron y los rayos de plata al penetrar por entre los ramajes
iluminaron el camino, y los pájaros que dormían en los nidos despertáronse con
un cántico, y en el polvo, bajo las divinas sandalias, florecieron las rosas y
los lirios, y todo el aire se llenó con su aroma. Andados muy pocos pasos,
recostada a la vera del camino, hallaron a la mujer que estaba poseída del
Demonio. El Señor Jesucristo se detuvo y la luz de sus ojos cayó como la gracia
de un milagro sobre aquella que se retorcía en el polvo y escupía hacia el
camino. Tendiéndole las manos traspasadas, le dijo:
—Mujer, levántate y vuelve a tu casa.
La mujer se levantó, y ululando, con los dedos enredados
en los cabellos, corrió hacia la aldea. Viéndola desaparecer a lo largo del
camino, se lamentaba el santo ermitaño:
—Maestro, ¿por qué no haberle devuelto aquí mismo la
salud? ¿A qué ir más lejos?
—¡Amaro, que el milagro edifique también a los hombres sin
fe que en este paraje la dejaron abandonada! Sigúeme.
—¡Maestro, ten duelo de mí! ¿Por qué no haces con otro
milagro que mis viejas piernas dejen de sentir cansancio?
Un momento quedó triste y pensativo el Maestro. Después
murmuró:
—¡Sea!... Ve y cúrala, pues has cobrado las fuerzas.
Y el santo ermitaño, que caminaba encorvado desde luengos
años, enderezóse gozoso, libre de toda fatiga:
—¡Gracias, Maestro!
Y tomándole un extremo del manto se lo besó. Y como al
inclinarse viese los divinos pies, que ensangrentaban el polvo donde pisaba,
murmuró avergonzado y enternecido:
—¡Maestro, deja que restañe tus heridas!
El Señor Jesucristo le sonrió:
—No puedo, Amaro. Debo enseñar a los hombres que el dolor
es mi ley.
Luego de estas palabras se arrodilló a un lado del camino,
y quedó en oración mientras se alejaba el santo ermitaño. La endemoniada,
enredados los dedos en los cabellos, corría ante él. Era una vieja vestida de
harapos, con los senos velludos y colgantes. En la orilla del río, que parecía
de plata bajo el claro de la luna, se detuvo acezando. Dejóse caer sobre la
hierba y comenzó a retorcerse y a plañir. El santo ermitaño no tardó en verse a
su lado, y como sentía los bríos generosos de un mancebo, intentó sujetarla.
Pero apenas sus manos tocaron aquella carne de pecado le acudió una gran
turbación. Miró a la endemoniada y la vio bajo la luz de la luna, bella como
una princesa y vestida de sedas orientales, que las manos perversas desgarraban
por descubrir las blancas flores de los senos. Amaro tuvo miedo. Volvía a
sentir con el fuego juvenil de la sangre las tentaciones de la lujuria, y lloró
recordando la paz del sendero, la santa fatiga de los que caminan por el mundo
con el Señor Jesucristo. El alma, entonces, lloró acongojada, sintiendo que la
carne se encendía. La mujer habíase desgarrado por completo la túnica y se le
mostraba desnuda. Amaro, próximo a desfallecer, miró angustiado en torno suyo y
sólo vio en la vastedad de la llanura desierta el rescoldo de una hoguera
abandonada por los pastores. Entonces recordó las palabras del Maestro:
"¡El dolor es mi ley!"
Y arrastrándose llegó hasta la hoguera, y fortalecido
escondió una mano en la brasa, mientras con la otra hacía la señal de la cruz.
La mujer endemoniada desapareció. Albeaba el día. El santo ermitaño alzó la
mano de la brasa, y en la palma llagada vio nacerle una rosa y a su lado al
Señor Jesucristo.
NOCHEBUENA
Era en la montaña gallega. Yo estudiaba entonces gramática
latina con el señor Arcipreste de Céltigos, y vivía castigado en la rectoral.
Aún me veo en el hueco de una ventana, lloroso y suspirante. Mis lágrimas caían
silenciosas sobre la gramática de Nebrija, abierta encima del alféizar. Era el
día de Nochebuena, y el Arcipreste habíame condenado a no cenar hasta que
supiese aquella terrible conjugación: "Fero, fers, ferré, tuli,
latum."
Yo, perdida toda esperanza de conseguirlo, y dispuesto al
ayuno como un santo ermitaño, me distraía mirando al huerto, donde cantaba un
mirlo que recorría a saltos las ramas de un nogal centenario. Las nubes,
pesadas y plomizas, iban a congregarse sobre la Sierra de Céltigos en un
horizonte de agua, y los pastores, dando voces a sus rebaños, bajaban
presurosos por los caminos, encapuchados en sus capas de junco. El arco iris
cubría el huerto, y los nogales oscuros y los mirtos verdes y húmedos parecían temblar
en un rayo de anaranjada luz. Al caer la tarde, el señor Arcipreste atravesó el
huerto. Andaba encorvado bajo un gran paraguas azul. Se volvió desde la
cancela, y viéndome en la ventana me llamó con la mano. Yo bajé tembloroso. Él
me dijo:
—¿Has aprendido eso?
—No, señor.
—¿Por qué?
—Porque es muy difícil.
El señor Arcipreste sonrió bondadoso.
—Está bien. Mañana lo aprenderás. Ahora acompáñame a la
iglesia.
Me cogió de la mano para resguardarme con el paraguas,
pues comenzaba a caer una ligera llovizna, y echamos camino adelante. La
iglesia estaba cerca. Tenía una puerta chata de estilo románico, y, según decía
el señor Arcipreste, era fundación de la Reina Doña Urraca. Entramos. Yo quedé
solo en el presbiterio, y el señor Arcipreste pasó a la sacristía hablando con
el monago, recomendándole que lo tuviese todo dispuesto para la misa del gallo.
Poco después volvíamos a salir. Ya no llovía, y el pálido creciente de la luna
comenzaba a lucir en el cielo triste e invernal. El camino estaba oscuro, era
un camino de herradura, pedregoso y con grandes charcos. De largo en largo
hallábamos algún rapaz aldeano que dejaba beber pacíficamente a la yunta
cansada de sus bueyes. Los pastores que volvían del monte trayendo los rebaños
por delante, se detenían en las revueltas y arreaban a un lado sus ovejas para
dejarnos paso. Todos saludaban cristianamente:
—¡Alabado sea Dios!
—¡Alabado sea!
—Vaya muy dichoso el señor Arcipreste y la su compaña.
—¡Amén!
Cuando llegamos a la rectoral era noche cerrada. Micaela,
la sobrina del señor Arcipreste, trajinaba disponiendo la cena. Nos sentamos en
la cocina al amor de la lumbre. Micaela me miró sonriendo:
—¿Hoy no hay estudio, verdad?
—Hoy, no.
—Arrenegados latines, ¿verdad?
—¡Verdad!
El señor Arcipreste nos interrumpió severamente:
—¿No sabéis que el latín es la lengua de la Iglesia...?
Y cuando ya cobraba aliento el señor Arcipreste para
edificarnos con una larga plática llena de ciencia teológica, sonaron bajo la
ventana alegres conchas y bulliciosos panderos. Una voz cantó en las tinieblas
de la noche:
¡Nos aquí venimos,
Nos aquí llegamos,
Si nos dan licencia
Nos aquí cantamos!
El señor Arcipreste les franqueó por sí mismo la puerta, y
un corro de zagales invadió aquella cocina siempre hospitalaria. Venían de una
aldea lejana. Al son de los panderos cantaron:
Falade ven baixo,
Andades pasiño,
Porque non desperté
O noso meniño.
O noso meniño,
O noso Jesús,
Que durme nas pallas
Sen verce e sen luz.
Callaron un momento, y entre el júbilo de las conchas y de
los panderos volvieron a cantar:
Si non fora porque teño
Esta cara de aldeán,
Déralle catro biquiños
N'esa cara de mazan.
Vamos de aquí par'a aldea
Que xa vimos de ruar,
Está Jesús a dormir
E podémolo espertar.
Tras de haber cantado, bebieron largamente de aquel vino
agrio, fresco y sano que el señor Arcipreste cosechaba, y refocilados y
calientes, fuéronse haciendo sonar las conchas y los panderos. Aún oíamos el
chocleo de sus madreñas en las escaleras del patín, cuando una voz entonó:
Esta casa é de pedra
O diaño ergueuna axiña,
Para que durmixen xuntos
O Alcipreste e sua sobrina.
Al oír la copla, el señor Arcipreste frunció el ceño.
Micaela enderezóse colérica, y abandonando el perol donde hervía la clásica
compota de manzanas, corrió a la ventana dando voces:
—¡Mal hablados!... ¡Mal enseñados!... ¡Así vos salgan al
camino lobos rabiosos!
El señor Arcipreste, sin desplegar los labios, se paseaba
picando un cigarro con la uña y restregando el polvo entre las palmas. Al
terminar llegóse al fuego y retiró un tizón, que le sirvió de candela. Entonces
fijó en mí sus ojos enfoscados bajo las cejas canas y crecidas. Yo temblé. El
señor Arcipreste me dijo:
—¿Qué haces? Anda a buscar el Nebrija.
Salí suspirando. Así terminó mi Nochebuena en casa del
señor Arcipreste de Céltigos. Q.E.S.G.H.
ORACIÓN
Fue una amiga, ya muerta, quien con amoroso cuidado reunió
estos cuentos, escritos a la ventura y en tantos sitios, para morir olvidados.
Cuando un día me los entregó, después de muchos años, yo creí hallar en ellos
el perfume ideal de sus manos. ¡Pobres manos frías, ojalá pudieseis ahora
volver a perfumar estas páginas!

