Libro N° 4095. Jugada Maestra. West, Morris.
© Libro N° 4095. Jugada Maestra. West, Morris. Colección E.O. Agosto 26 de 2017.
Título
original: © Jugada Maestra. Morris
West
Versión Original: © Jugada Maestra. Morris West
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
JUGADA MAESTRA
Morris West
Annotation
Jugada maestra, la novela nos adentra en el siempre
complicado mundo, sobre todo para los no iniciados, de la compraventa de obras
de arte, un negocio a escala internacional, que en la mayoría de las ocasione
se basa en el fraude, la falsificación, y el tráfico de obras de arte de
incalculable valor Maxwell Mather, un norteamericano historiador del arte,
comienza a trabajar como responsable y archivero de la valiosa colección de
obras de arte de los Palombini, una antigua y aristocrática familia italiana.
PeroMaxwell pronto se convierte en amante de Pia Palombini, matriarca de la
familia, y esto modifica para siempre el curso de su vida. Pia muere y le deja
en testamento cualquier objeto que pueda interesarle del archivo. Maxwell
descubre un envoltorio que contiene dos cuadros Rafael y una serie de bocetos
preparatorios para la decoración de la capilla.No dice nada a nadie de lo que
ha encontrado, y deposita las obras en un banco suizo, luego se entrevista Hugh
Loredon,especialista en subastas de arte y padre de la atractiva Anne-Marie. De
esta manera, Maxwell espera fijar las mejores condiciones de venta y ultimar
los detalles, pero ignora que a partir de entonces se verá inmerso en una
sucesión de acontecimientos que pondrán en peligro su vida.
MORRIS WEST
JUGADA MAESTRA
Para mis nuevas nietas, Siobhan y Natascha Louise
CAPÍTULO PRIMERO
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO XI
CAPÍTULO XII
CAPÍTULO XIII
CAPÍTULO XIV
CAPÍTULO XV
CAPÍTULO XVI
CAPÍTULO XVII
CAPÍTULO XVIII
JUGADA MAESTRA
Traductor: Leal Fernández, Aníbal
Autor: West, Morris L.
©1989, Círculo de Lectores, S.A.
ISBN: 9788422630173
Generado con: QualityEPUB v0.31
MORRIS WEST
JUGADA MAESTRA
PLAZA & JANES EDITORES, S.A.
Título original: MASTERCLASS
Traducción de ANIBAL LEAL Portada de JORDI VALLHONESTA
Primera edición: Diciembre, 1988
Compañía Financiera Perlina, S.A.
Copyright de la traducción española: © 1988, PLAZA & JANES EDITORES, S.A.
Virgen de Guadalupe, 21-33. Esplugues de Llobregat (Barcelona)
Este libro se ha publicado
originalmente en inglés con el título de MASTERCLASS
(ISBN: 0-09-173657-9. Hutchinson.
London. Ed. original.)
Printed in Spain - Impreso en España
ISBN: 84-01-32273-1 - Depósito Legal:
B. 44.634-1988
Para mis nuevas nietas, Siobhan y
Natascha Louise
El estudio de la belleza es un duelo en que el artista
grita aterrorizado antes de ser vencido.
BAUDELAIRE
Confesiones de un artista
La gente siempre confunde al hombre y al artista porque el
azar los unió en el mismo cuerpo.
JULES RENARD
Diario
NOTA DEL AUTOR
He comprado cuadros y vivido con ellos más años que los
que puedo recordar.
Este libro traduce la experiencia de esos años a una
ficción cuyos personajes existen únicamente en la página impresa.
M. L. W.
CAPÍTULO PRIMERO
A los treinta y cinco años, Maxwell Mather se consideraba
un hombre afortunado. Su salud era excelente. Su cuerpo no reflejaba el paso
del tiempo. Su cuenta bancaria tenía un agradable saldo a su favor. Una relación
prolongada con personas más ricas que él mismo le había enseñado frugalidad y
le había inculcado cierta habilidad en el manejo del dinero. Poseía una
reputación modesta como erudito, tanto en el estudio de los manuscritos
antiguos como en la historia de la pintura europea. Contaba con una protectora
generosa que lo albergaba en condiciones de discreto lujo en una torre antigua
que era un anexo de la villa que ella ocupaba. Tenía una profesión que no le
agotaba en absoluto; consistía en la custodia y la conservación del archivo
Palombini: millares de libros, folios y manojos de papeles amarillentos,
almacenados estante sobre estante en las bóvedas cavernosas que otrora fueran
los establos y la sala de armas de la guardia del lugar.
Al principio, el lugar había sido llamado Torre Merlata,
porque se erigía sobre una torre de vigía con almenas y protectores para los
arqueros y los artilleros. Con el transcurso de los siglos se habían abreviado
las palabras y desembocado en el nombre de Tor Merla, la Torre de los Mirlos.
El nombre era apropiado, porque había un gran castaño en
el patio donde las aves cantoras formaban sus nidos, a salvo de los fríos
vientos de la montaña, protegidas del calor abrasador del verano toscano. Por
las mañanas, Pía Palombini usaba un ascensor eléctrico que la llevaba de la
villa al nivel superior, y se instalaba en una tumbona dispuesta en un rincón
bañado por la luz del sol, desde donde podía contemplar a Max mientras él
trabajaba y comentaba los relatos contenidos en las páginas amarillas y frágiles:
los juicios legales y las trampas, las conspiraciones y las intrigas de las
grandes familias florentinas, entre ellas los Palombini.
Por la noche, él cenaba en la villa, en el refectorio
abovedado donde los troncos de pino ardían en el gran hogar, bajo el escudo
tallado de los Palombini... «sobre campo de azur, gules cruzados, con palomas
volando». Después, una vez despedidos los criados, hacían el amor en el gran
letto matrimonio, con sus cortinas de brocado y las borlas doradas y su antigua
historia de encuentros apasionados. A veces, sin previo aviso, Pía se cansaba
del ritmo pastoral que llevaban allí y lo arrastraba a Venecia, a París, a
Londres o a Madrid, para realizar compras extravagantes y divertirse con todo
lujo.
Era una existencia agradable, y Mather la aceptaba sin
sentimiento de culpa y sin dudas. Era un hombre de buen carácter y apuesto,
potente en la cama, un acompañante de modales educados, un conversador
inteligente, un huésped aceptable cualquiera que fuese el tipo de reunión. Se
adaptaba perfectamente al papel histórico del damigello, esto es, del
caballero, del erudito residente, que se ganaba su pensión y ocupaba su lugar,
y no representaba una amenaza para los herederos, porque milady podía amarlo pero
jamás desposarlo.
Y de pronto, un hermoso día de primavera, Pía, que en los
últimos tiempos no se había encontrado bien, fue a consultar a su médico de
Florencia. Él la envió de inmediato a Milán para realizar exámenes clínicos
amplios. El veredicto fue unánime: una enfermedad de las neuronas motoras, una
dolencia que desgastaba y atrofiaba el sistema nervioso. No tenía remedio. El
pronóstico era enfáticamente negativo. Sólo cabían dudas acerca de la
posibilidad de que el fin fuera rápido o lento.
En todo caso, el avance de la enfermedad sería inexorable:
el decaimiento de los músculos y los tejidos, una disminución permanente del
sistema nervioso, el riesgo cada vez más acentuado de que la paciente se
ahogase o muriese asfixiada.
Cuando Pía comunicó a Mather la noticia al mismo tiempo le
preguntó sin rodeos si deseaba permanecer o irse. Él respondió que se quedaría.
Ella preguntó la causa, y él consiguió decir la mentira más elegante de su
vida, y respondió que la amaba.Ella lo besó, rompió a llorar y salió presurosa
de la habitación.
Esa noche él tuvo un sueño macabro en que aparecía
encadenado a un cadáver, en el antiguo lecho de cuatro postes. Cuando despertó,
sudoroso y aterrorizado, su primer impulso fue hacer las maletas y huir.
Después, comprendió que jamás podría vivir con la vergüenza de una deserción
semejante. La indolencia y el interés propio acentuaron la convicción. Estaba
viviendo en un invernadero. ¿Por qué tenía que abocarse al frío invernal? Pía
prodigó sus demostraciones de gratitud. No era difícil ofrecerle la sencilla
decencia de la ternura y la compasión.
Durante las comidas Max se sentaba junto a ella, pronto
para ayudarla si se ahogaba o soltaba un tenedor o perdía el aliento. Cuando
los espasmos fueron más frecuentes y el desgaste más visible, él la bañaba y
vestía, la paseaba en la silla de ruedas, le leía hasta que ella se adormecía
junto al fuego. Las mujeres de la casa, que al principio lo habían llamado el
perro faldero de la señora, ahora murmuraban elogios en voz baja. Incluso
Mateo, el mayordomo, áspero y malhumorado, comenzó a llamarlo Professore y a
decir a sus amigos en la taberna que él era un hombre de honor y buen corazón.
La propia Pía reaccionó con el desesperado afecto de una
mujer que ve destruida su belleza, amortiguada su pasión, reducida su vida a
unos pocos meses prestados. Le ofreció regalos caros: un reloj Tompion que
había pertenecido a su abuelo inglés, un anillo de sello del siglo XVI con las
armas de los Palombini grabadas sobre una esmeralda, un juego de gemelos y de
botones de camisa realizados por Buccellati. Cada regalo venía acompañado por
una nota de su mano otrora firme, y ahora temblorosa e insegura: «A mi
queridísimo Max, mi erudito residente cuyo hogar está en mi corazón... Pía.»
Las notas correspondían todas a distintas festividades: Ferragosto, Pascua, el
día onomástico de Pía, el cumpleaños del propio Max. Él conservaba las notas, y
las atesoraba con otros recuerdos. Acerca de los propios regalos, se quejó a
Pía:
—Esto es excesivo, ¡y son demasiado preciosos! Me colocan
en una posición falsa. ¡Mira! Me pagas con generosidad. Pero yo trabajo. No soy
un mantenido. No quiero serlo. Cuando vine, el archivo Palombini era un
desorden vergonzoso. Ahora comienza a adquirir un aspecto respetable. Si
dispongo de tiempo, puedo convertirlo en algo que enorgullezca a la familia. Es
un modo de pagarte parte de la deuda que he contraído contigo. No estás enojada
conmigo, ¿verdad?
¿Enojada? ¿Cómo podría estar enojada? A lo sumo, él
conseguía provocar en Pía nuevas expresiones de afecto. Algunos días ella no
soportaba que él estuviese fuera de su vista. Había noches en que ella rogaba
que la llevase a la cama, no por afán sexual, sino sencillamente por un anhelo
de confortación, como si de un niño enfermo se tratara. Después, cuando él la
abrazaba, Pía se mostraba petulante y dolorida, porque él no se excitaba como
antaño.
Felizmente, los fines de semana él estaba libre. La
familia de Pía venía a visitarla; los tíos, las tías, los primos, los sobrinos,
las sobrinas, todas las categorías de parientes políticos. Venían a presentar
sus respetos, a mostrar solicitud y a asegurarse de que sus nombres, sus hechos
y su parentesco habían sido recordados en el testamento de Pía. Habían
desaprobado las locuras escandalosas de Pía; pero ahora que la relación sexual
con Mather sin duda había concluido, estaban dispuestos a aceptarlo como un
agregado a la familia, como un médico o un confesor. Aprobaban la geografía del
asunto, que determinaba que ella permaneciese en la villa y él estuviese
relegado al celibato y la soledad en la Tor Merla.
En realidad, los fines de semana de Max no estaban
consagrados al celibato ni a la soledad. Tenía una amiga en Florencia,
Anne-Marie Loredon, una rubia neoyorquina de piernas largas, hija de un
veterano subastador de «Christies», que estaba estudiando en Italia gracias a
una beca de las Belle Arti. Se alojaba en un lugar caro para una estudiante, un
apartamento del último piso situado detrás del «Teatro de la Pérgola». Se
habían conocido mientras bebían en el Bar de Harry, llegaron a la conclusión de
que se gustaban, pasaron una noche juntos, comprobaron que también eso era
agradable y en el acto!— cerraron trato. Mather se instalaría como residente
del fin de semana y pagaría su cuenta con vino, comida e instrucción erudita en
las artes. Ambos convinieron que el sexo era una bonificación sin ataduras, ni
condiciones, ni preguntas.
El arreglo funcionó bien. Constituían una pareja de
egocéntricos convictos y confesos, y cada uno utilizaba con toda franqueza al
otro. Al finalizar sus estudios, Anne-Marie se convertiría, siguiendo las
huellas de su padre, en marchante de arte y subastadora. Por el momento,
disponía de
un acompañante apuesto y de un pasaporte que le permitía
ingresar en el mundo popular de Florencia, las viejas familias artesanales de
escultores, los fundidores de bronce, los tallistas de la piedra, los
trabajadores de la madera y el cuero, los pintores, los grabadores y los
alfareros.
Por su parte, Mather obtenía una relación sexual segura,
una base en la ciudad, un centro de comunicaciones y una identidad legítima
frente a los suyos. En compañía de Anne-Marie podía olvidarse de los pesares de
la casa Palombini; frente a los florentinos podía presentarse como un erudito
profesional, el bibliotecario y archivista de una familia noble. Esta identidad
pronto llegaría a ser un aspecto de vital importancia para él. Su protectora se
estaba muriendo. Se vería obligado a encontrar un lugar nuevo en el mundo
académico.
De modo que eligió con mucho cuidado a sus amigos
florentinos. El más importante de ellos era el Custodio de los Autógrafos de la
Biblioteca Nacional, un sabio de cabellos blancos parecido a Toscanini. Mather
demostró a este hombre una deferencia especial. Todos los sábados se llevaba
consigo un artículo o dos de la colección Palombini y comentaba su significado
y su valor con este anciano que trataba con afecto a su discípulo más joven.
En las artes, su amigo más íntimo era Niccolo Tolentino,
un pequeño gnomo con una joroba en la columna vertebral y una sonrisa
maravillosa y limpia. Era napolitano y se había iniciado como aprendiz de un
artista de moda que vivía en Sorrento. Ahora, era el principal restaurador en
las Pitti, y afirmábase que se trataba de uno de los grandes copistas y
restauradores de la profesión. Mather le llevó un panel de un tríptico muy
maltratado del Sueño de la Virgen y le rogó que lo restaurase para ofrecerlo como
regalo de cumpleaños a Pía. El hombrecito convirtió el panel en una bella
imitación de Duccio, con toda la superficie recubierta con hojas de oro y un
azul celestial. Mather se sintió complacido y le pagó al instante en efectivo.
Tolentino respondió invitando a cenar a Mather y narrándole historias
espeluznantes de falsificaciones y supercherías, y de los siniestros
millonarios de Grecia, Brasil y Suiza, que encargaban el robo de obras maestras
y su exportación ilegal.
Entretanto, en compañía de Anne-Marie, cortejaba a todos
los grandes eruditos y conocedores de la ciudad. Visitaban con frecuencia las
galerías. Mather daba a entender que estaba trabajando en una pequeña
monografía titulada Economía doméstica en Florencia a principios del siglo XVI.
Debía basarse en uno de los títulos menos espectaculares del archivo Palombini,
un conjunto de libros de cuentas llevados de 1500 a 1510 por el mayordomo de la
villa. Allí se registraban las ventas y las compras de todos los artículos
concebibles: vino, aceite, lienzo, cuerdas, velas, ganado en pie, muebles,
arreos y adornos para los caballos. Eran también los volúmenes que él mostraba
con más frecuencia al Custodio de los Autógrafos, para pedirle su
interpretación de los nombres arcaicos y las abreviaturas poco conocidas. El
carácter de la tarea que él se había propuesto armonizaba a la perfección con
la imagen del erudito que vive con toda comodidad, con un subsidio holgado,
satisfecho de avanzar despacioso llevado por una corriente interminable de
trivialidades históricas.
Su libertad concluía a las ocho de la tarde del domingo.
Pía le esperaba, cansada y temerosa después del asedio de los parientes. Max
cenaba con ella té y sandwiches de estilo inglés. Ella esperaba una amable y
breve reseña de sus aventuras y encuentros durante el fin de semana, y la
exposición debía ser más o menos exacta porque incluso en sus momentos más
desesperados ella era muy capaz de comprobar los detalles gracias a los
servicios de informantes que residían en la ciudad. Una familia que había portado
el gonfalón de los Médici era todavía un nombre que obtenía resultados en
Florencia.
Ella sabía que él se alojaba en el apartamento de
Anne-Marie Loredon; no le agradaba la idea, pero aceptaba la ficción de que el
padre de Anne-Marie era un antiguo amigo y de que Mather no alimentaba un
interés sexual por la muchacha, ni ella por él. Pía no estaba dispuesta a creer
que él vivía una vida asexuada, de modo que él le explicaba que obtenía sus
placeres en una casa de citas conocida y exclusiva, donde el sexo era limpio
pero estaba a un mundo de distancia del amor apasionado y generoso que él profesaba
a Pía Palombini. Como no había una rival que la humillase, Pía desechaba el
asunto como una complacencia necesaria. A veces, le obligaba a compartir la
diversión, y él le relataba escabrosas anécdotas de la vida y la práctica del
burdel. Pía lo mantenía hablando hasta casi la medianoche, y entonces él la
transportaba a la cama, la acomodaba sobre las almohadas y se alejaba fatigado
en dirección a la torre, negra y amenazadora contra el fondo del cielo
nocturno.
Una vez allí, ya no necesitaba mentir. Estaba a solas con
él mismo, un erudito de mediana calidad, un hombre perezoso y venal que cumplía
su obligación con una amante moribunda y se preguntaba cómo demonios
organizaría el resto de su vida.
Mientras tanto, un día doloroso tras otro, Pía Palombini
se iba inclinando hacia la muerte. Aún se mostraba lúcida; pero los espasmos de
sofocación y los bloqueos respiratorios eran cada vez más frecuentes.
Adelgazaba de prisa, y cuando él la levantaba en sus brazos la sentía frágil
como una muñeca de Dresde. Al llegar a este punto, Mather insistió ante la
familia en la necesidad de contar con una enfermera diurna y otra nocturna, y
en que el médico la visitara a diario. Odiaba verla sufrir, y más todavía odiaba
verla humillada por su enfermedad. De los rincones más inverosímiles de su
propio carácter Max extraía briznas de confortación para ella. Cuando Pía le
rogaba que pusiera fin a su sufrimiento, él se sentía tentado de conformarla
más de lo que jamás hubiera creído posible. Incluso llegó al extremo de
proponer el asunto al médico, que le dirigió una mirada sagaz pero impregnada
de simpatía, y le advirtió:
—Señor Mather, esto no es Holanda. En nuestra ley tenemos
mucho más cristianismo y mucha menos compasión. De modo que olvídese de la
muerte por compasión. Conseguiríamos liberarla. Pero usted y yo iríamos a la
cárcel. Concédale su amor un poco más. Pronto llegará el momento en que ella,
de repente, dejará de respirar.
Y eso fue exactamente lo que sucedió: una fría noche de
invierno, mientras la enfermera tejía junto al fuego y él estaba sentado en el
diván, sosteniendo en sus brazos a Pía, ella levantó una mano minúscula y
encorvada para tocarle la mejilla. Y entonces, como si el esfuerzo hubiera sido
excesivo, emitió un breve suspiro de fatiga, volvió la cara hacia el pecho de
Max y murió. Él la llevó al piso de arriba, observó a la enfermera mientras la
acomodaba decentemente en la cama, llamó al médico y a la familia y al cura de
la parroquia, y después se sentó junto al fuego moribundo, más solo de lo que
jamás se había sentido en toda su vida. Por fin había escapado de ella, como
durante tanto tiempo había deseado. La auténtica ironía era que ella había
escapado de él. Pía había sido el foco de la vida de Max durante tanto tiempo,
que ahora no tenía hacia dónde volver los ojos, si se exceptuaba una ojeada
interior a la imagen fragmentada de su propio ser.
En el funeral trató de evitar incomodidades a la familia y
se incorporó al grupo formado por el personal de la villa; pero cuando
introdujeron el ataúd en la bóveda y se cerraron con llave las puertas de
bronce, comenzó a llorar sin control. De pronto sintió un brazo protector sobre
los hombros, y oyó la voz del viejo Mateo que canturreaba una letanía de
consuelo.
—¡Vamos, Professore! Debe sentirse feliz por ella. Ya no
sufre. De nuevo es bella. Quiere que usted la recuerde así...
Era fácil creer todo eso. Lo que no podía entender era la
sombría desolación en su fuero interno. Cuando unos meses antes le había dicho
que la amaba, lo había hecho con la reserva convencional que siempre acompañaba
a la relación entre los dos. Se amaban, eran amantes oficiales, eran todo el
resto de lo que podría hallarse en el diccionario sobre el episodio. Pero el
amor mismo podía vivirse sólo en el sufrimiento, en la terrible contracción de
las fibras del corazón.
Al regresar a la villa, presentó sus respetos rituales a
todos los miembros de la familia y después, tan pronto la decencia lo permitió,
regresó a Tor Merla, se sirvió una generosa medida de brandy y se sentó en el
patio, observando el tenue viento helado que desprendía las primeras hojas del
otoño. Allí, una hora después, fue visitado por Claudio Palombini, el sobrino
que era el albacea del testamento de Pía. Era un florentino apuesto, de mirada
fría, que concedía las palabras con tanto cuidado como si hubieran sido
florines de oro. Entregó a Mather una copia del testamento de Pía, un documento
ológrafo de estilo italiano. Anunció con gravedad:
—Parece, señor Mather, que usted necesita más simpatía que
la familia de mi tía.
—Siento... —Max Mather formó muy lentamente las frases—.
Siento como si yo estuviera encerrado en esa bóveda y Pía se hubiese alejado
volando.
Claudio se sirvió un brandy y se acomodó sobre el borde de
la mesa rústica. Ofreció una disculpa formal:
—Confieso, señor Mather, que de mala gana he llegado a
admirarlo. Usted hizo muy feliz a mi tía Pía. La cuidó con una abnegación que
pocos maridos habrían demostrado. Todos se lo agradecemos mucho.
Mather asimiló en silencio el cumplido y después replicó
con frialdad: —Ustedes nada tienen que agradecerme. Amaba a su tía. La
extrañaré mucho. —¿Usted sabe que ella le incluyó en su testamento? —No, no lo
sabía.
—Recibe dos años de sueldo, retiene el automóvil y los
regalos personales. Puede elegir un recuerdo del material de archivo en que
estuvo trabajando. Creo que el legado es razonable.
—Es más que razonable. —El tono de Mather era brusco—. He
sido pagado con generosidad. No esperaba otras recompensas.
—Me complacería, y me ayudaría mucho, que usted contemplase
la posibilidad de permanecer aquí, para continuar su trabajo en el archivo.
—Gracias, pero no acepto. Sin Pía, la soledad de la Torre
sería insoportable. Pero si usted está dispuesto a contemplar una sugerencia...
—Por supuesto.
Mather condujo a su visitante al interior de la Torre y le
mostró, en el papel de guía de un museo, las pilas de libros y manuscritos y
folios distribuidos en las antiguas cámaras abovedadas. Dijo:
—A menos que usted lo vea con sus propios ojos, no puede
comprender cuánto trabajo implica un archivo de esta dimensión.
Tomó un manojo de papeles asegurado con una cinta que
estaba desintegrándose, sopló el polvo que cubría las hojas y las entregó a
Palombini.
—Por ejemplo, esto. El primer documento indica la fecha de
1450. No me atrevo a abrir todo el paquete, porque la mayor parte se
desintegrará. Aquí puede haber cosas valiosas, o tal vez no. En todo caso,
necesita un trabajo especializado de conservación, en las condiciones
apropiadas. Lo que quiero decir es que el archivo tiene importancia histórica,
pero necesita trabajo, una labor constante y costosa. Incluso si yo
permaneciera aquí, no podría hacerlo solo. La clasificación misma es una tarea
enorme. La conservación es harina de otro costal: Una labor para expertos. ¿Por
qué no se entrega todo a la Biblioteca Nacional? Sería un gesto principesco, y
al mismo tiempo aliviaría a la familia de una pesada carga financiera y de una
gran responsabilidad cultural.
Palombini meditó la idea unos minutos, y después asintió
con gesto enérgico.
—Bien, muy bien. ¿Quién sabe? Es posible que la propiedad
obtenga alguna ventaja fiscal, y que la provincia se beneficie.
—Puedo aclarar sin dificultad la posición fiscal —dijo Max
Mather—. El Custodio de los Autógrafos es mi amigo.
—¿Estaría dispuesto a permanecer un tiempo más, lo
necesario para poner en marcha los arreglos? No habría problema si desea que un
amigo lo acompañe. Vea, necesito otro servicio.
—¿Cuál es?
—Un catálogo profesional y una evaluación de las obras de
arte que están en la villa. ¿Puede hacer eso?
—Arreglarlo, sí. Pero no prestar el servicio. Le
aconsejaría que llame a Niccolo Tolentino, de los Pitti.
—Por supuesto, aceptaré su recomendación. Pero éstos son
pasos muy importantes en el arreglo de la herencia. Me sentiría muy feliz si
pudiese confiárselos.
—Le concederé seis semanas —dijo Max Mather—. Después,
tendré que marcharme. Necesito reconstruir mi vida.
—Gracias.
—La cosa tiene un precio —dijo Max Mather—. Duplique mi
salario actual y el costo de mi retorno a Estados Unidos. El legado permanecerá
intacto y será pagado antes de mi partida.
—¡Hecho! —De pronto, Palombini se mostró muy animado—.
Usted es buen comerciante. Me agrada eso. Lamento que no nos hayamos conocido
antes.
—Una de las ironías de la vida —dijo Mather con una
sonrisa desprovista de alegría—. Uno apenas ha estrechado la mano del otro
cuando ya llega el momento de irse. ¿Piensa mantener el mismo personal en la
villa?
—Por ahora, sí. ¿Por qué me lo pregunta?
—Si no le importa, me trasladaré a la ciudad y vendré aquí
en automóvil todos los días. Si permanezco aquí durante la noche, creo que
enloqueceré.
—Sé lo que usted siente. —De pronto, el rostro de Claudio
Palombini se ensombreció—. Es un país viejo y ensangrentado. Las viñas crecen
hundiendo sus raíces en las bocas de los muertos.
Esa misma noche Mather fue a Florencia en automóvil y se
alojó en una pequeña pensión. No llamó a Anne-Marie. El pacto entre ambos
especificaba que su habitación estaba disponible sólo los fines de semana. En
mitad de la semana podría haber otras personas, y él no estaba de humor para
soportar a desconocidos o afrontar situaciones embarazosas.
Telefoneó al Custodio de los Autógrafos para hablarle de
su inminente partida y de la donación del archivo Palombini. El anciano se
condolió solícito con su amigo por la muerte de Pía, pero era evidente que
estaba complacido ante la idea de adquirir el archivo para su institución.
Prometió comentar el asunto con sus directores y examinar las exenciones
impositivas que podían concederse al donante. Advirtió que el proceso llevaría
tiempo, como sucedía con todos los actos oficiales, pero dijo que él haría lo posible
para apresurar el asunto.
Después, Mather telefoneó a Niccolo Tolentino, que en
seguida propuso distraerlo de sus problemas con una cena en el Gallodoro.
Era la posada favorita de Tolentino: un espacioso sótano
con las paredes encaladas y el cielo raso abovedado, todo cubierto con dibujos
de artistas florentinos. Sobre la cocina se dibujaba la gran imagen dorada de
un gallo en actitud de pelea, la figura que daba su nombre al establecimiento.
Niccolo Tolentino, que lo había pintado, ocupaba siempre el lugar de honor, una
mesa puesta en un rincón, con una silla elevada y un taburete, de modo que
ninguno de los clientes comunes pudiese mirar con altivez al hombrecito que, a
juicio de sus iguales, en realidad era un gran hombre. Cuando Mather llegó,
Tolentino ya estaba en su lugar, con una copa de «punto mes», un plato de
pistachos y su cuaderno de bocetos y el lápiz dispuestos frente a él.
El encuentro entre los dos hombres fue como siempre
emotivo.
—¡Eh, Max!
—¡Eh, Nicki!
Un largo abrazo, después más exclamaciones que cesaron
sólo cuando trajeron la copa destinada a Mather. La comida ya había sido
elegida, el vino servido en una jarra (una cosecha principesca cuyo productor
había abastecido al pintor con una bodega privada). El anciano elevó su copa en
un brindis.
—¡Por su dama, Max! Requiescat.
—Que en paz descanse —dijo Max Mather.
Bebieron tragos abundantes. El anciano depositó su copa
sobre la mesa y habló con voz suave, como de pasada.
—Las antiguas costumbres son todavía las más sabias.
Después de una muerte, uno come y bebe y recuerda las cosas buenas y trata de
reír otra vez. El dolor a nadie aprovecha, y menos todavía que a nadie a los
que se fueron, que ahora están para siempre al margen del asunto. Usted está
sufriendo, ¿eh?
—Más de lo que creía posible, Nicki, ¡mucho más! Tolentino
le dirigió una mirada rápida y sagaz, y formuló una pregunta extraña. —Max,
¿alguna vez estuvo en la cárcel?
—Todavía no. —Mather rió a pesar de sí mismo—. ¿Por qué me
lo pregunta?
—Dicen que el momento más difícil de la sentencia es el
día en que lo arrojan de nuevo a la calle. Usted estuvo sujeto a su Pía durante
mucho tiempo. Ella recuperó la libertad. Usted todavía tiene que aceptar su
liberación. Construirá una nueva vida, con otra mujer; no mañana ni la semana
próxima, pero pronto llegará el momento de comenzar a buscar. Alégrese de que
no es como yo, pues mirar es todo lo que puedo hacer. Dígame: esa joven a quien
usted visita en Florencia, la que desea ser tratante de arte y subastadora...
—¿Anne-Marie Loredon? ¿Qué hay con ella?
—Es lo que yo le pregunto, Max. ¿Qué hay con ella? Sé que
usted vive en su casa los fines de semana. Visitan juntos los estudios y las
galerías. Es evidente que no se odian el uno al otro. —Somos buenos amigos. Le
agrada mi cocina. Cree que soy un buen tutor. —Y usted, Max, ¿qué piensa de
ella?
—Creo que proyecta hacer carrera y no figuro en ese plan.
Ahora, cambiemos de tema. ¿Usted está en libertad de aceptar encargos privados?
—¡Por supuesto! ¡Como todos los empleados oficiales en
Italia, vivo de ellos! ¿Qué tiene en mente?
—Claudio Palombini desea catalogar y cotizar los cuadros
de la villa. Le sugerí que usted era el hombre más apropiado para esa tarea.
—¿Y él qué dijo?
—Que siguiera adelante y lo arreglase.
Niccolo Tolentino lo miró con expresión de absoluta
incredulidad. Después prorrumpió en una carcajada aguda que atrajo las miradas
de todos los comensales. Rió hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas y
Mather temió que sufriese un ataque. Cuando reaccionó, pidió más vino y anunció
entre nuevos estallidos de regocijo:
—Eso, amigo mío, ¡es la broma más divertida que escuché en
muchos años! ¿Quiere decir que Claudio no sabía quién era yo? —Al parecer, no.
—¡Oh, hermanito Max! Yo hice de esa colección lo que es
hoy. ¡Conozco cada uno de los pedazos de chatarra que hay allí, y también las
pocas piezas valiosas que se ocultan en las sombras!
—¡Parece evidente que no se siente muy orgulloso de eso!
—En cierto modo, estoy orgulloso. ¿Su dama Pía nunca le
relató la historia de Luca Palombini, el mismo a quien llamaban l'ingannatore,
el Estafador? —No. Nunca.
—Entonces... reservemos el asunto, como cumple a dos
caballeros, para las peras y el queso. Aquí la comida es demasiado buena para
arruinarla con la charla.
La comida estuvo a la altura de la promesa; pero la
historia narrada por Niccolo Tolentino fue con mucho el mejor plato del menú.
—Durante la época fascista y hasta el fin de la guerra en
Europa, el jefe del clan Palombini fue un viejo pirata sin escrúpulos a quien
los lugareños denominaban Luca l'ingannatore, esto es, Luca el Estafador.
—Niccolo Tolentino agitó un dedo en señal de advertencia.
»No se deje engañar por el nombre. No sólo fue el espejo
perfecto de su tiempo; era el arquetipo perfecto del príncipe mercader
florentino. No importa el siglo en que viviese, habría sido el mismo individuo
encumbrado. Los Fugger le habrían prestado dinero. Cosimo, y el propio Lorenzo
el Magnífico lo habrían honrado. Los franceses, los romanos y los venecianos
habrían negociado con él —¡pero siempre habrían contado sus dedos después de
cada apretón de manos!—. Era implacable en la realización de sus ambiciones, y
sin embargo poseía un encanto singular y siempre el frío dominio del jugador.
»Para Luca, el mercado era el hábitat natural del animal
humano. Cada hombre y cada mujer, cada bestia, cada fruta y cada vegetal tenían
un precio. Todos los precios eran negociables, y Luca comerciaba en el pasado,
el presente y el futuro. El arte —es decir, el arte vendible— pertenecía al
pasado. Su valor estribaba en su rareza, en el hecho de que estaba revestido
por una pátina, reconocidamente duradera e incluida en los catálogos, como el
contenido de los Uffizi, o del Museo Vaticano. De acuerdo con Luca, los
turistas eran los que formaban el mercado de antigüedades: los globetrotters
que eran nuevos ricos, los barones del acero y los reyes del petróleo, los
individuos a quienes Duveen y Berensoh y otros por el estilo atiborraban con
una tardía y sospechosa educación.
»Sin embargo, a diferencia de los productos naturales, el
arte era un producto que se obtenía una sola vez. No era posible sembrarlo.
Aunque sí cabía imitarlo y reproducirlo. De manera que Luca contrató a cierto
joven napolitano que tenía talento, es decir, yo mismo, en aquellos días
lejanos. ¡Yo era joven, inteligente y barato!, para copiar todas las obras
importantes de la colección Palombini. Después, utilizando los mismos
transportes que trasladaban sus vinos, sus frutas y sus sedas y los artículos de
cuero a través de Europa, comenzó a despachar algunas de las obras maestras
originales a depósitos seguros en Suiza. También transportó al mismo tiempo
algunas de mis copias, pues calculaba, como buen traficante, que si el
comprador no conocía la diferencia entre un bolso de seda y una oreja de cerdo,
recibía exactamente lo que creía que estaba pagando.
»¿Quién sabía lo que estaba sucediendo? ¿A quién le
importaba, en esos prósperos tiempos fascistas en que el Mediterráneo era el
Mare Nostrum y nuestros trenes eran muy puntuales y los campesinos calabreses
colonizaban Eritrea y Hitler acababa de anexionarse Austria? Luca sabía. Luca
se preocupaba, Luca tenía sólidos valores en la neutral Suiza. Y en Portugal,
Brasil y Argentina. Un Perugino o un Caravaggio eran un artículo más negociable
en Río o Nueva York que en su propia patria. Pero la villa de Luca y los
apartamentos que él amueblaba para sus amantes no parecían distintos, porque
Niccolo Tolentino, el pequeño jorobado de Nápoles, era un pintor espléndido, un
genio de la copia.
»Pero, mi querido Max. —Tolentino interrumpió el
desarrollo de su relato para destacar un punto—. Yo no era y nunca fui un
falsificador. Nunca quise presentar la obra de una copia como el trabajo del
Maestro. Cuando Luca negociaba mis copias con los nazis por grandes sumas de
dinero, o para obtener protección, no me importaba. De todos modos, yo odiaba a
esos bastardos. Pero él era el tratante, y yo no tenía nada que ver. Deseo que
recuerde eso, porque en mi caso es una cuestión de honor.
—Lo recordaré, Nicki —lo tranquilizó Mather—. Pero ansío
escuchar el resto de la historia.
—Max, la noche es demasiado corta para contarlo todo. Pero
éste es el resto. Al principio de la guerra, en 1939, Luca envió a Suiza a su
esposa y a dos hijos pequeños, a cargo de sus banqueros y los directores de su
filial en Ginebra. Después, se instaló en la villa con una asociación de
interesantes amigos. Cuando la guerra comenzó a tomar mal aspecto, hizo tratos
con todos: los fascistas, cosas buenas y malas, de originarles y copias, ¿por
qué Luca se tomó el trabajo de ocultarla en Tor Merla?
El hombrecito sonrió y abrió las manos en una serie de
gestos elocuentes.
—Como ve, usted ya olvidó su nombre. Luca el Estafador. En
su caso, nada era jamás lo que parecía. El mero hecho de amurallar los
materiales en la bóveda le asignaba un valor. Tenían que ser preciosos. Si lo
traicionaban o descubrían, Luca no perdía gran cosa. Pero si, como sucedió,
sobrevivía y retornaba triunfante a la luz pública, en ese caso cada artículo,
incluso mis copias, ¡se convertían ipsofacto en obras maestras! De ese modo
financió el imperio de su familia en Italia y el extranjero durante la posguerra.
—Bien, ¿se hará cargo de la tarea?
—Por usted y por el dinero de los Palombini, por supuesto
que lo haré. Ahora, si usted promete llevarme después a la seguridad de mi
lecho ¡beberemos otro brandy!
A la mañana siguiente muy temprano, Mather regresó a Tor
Merla, con un fuerte dolor de cabeza pero liberado de sus demonios. Claudio
Palombini continuaba en la villa. Le agradó saber que el archivo probablemente
saldría de sus manos y que era posible obtener exenciones impositivas. Encargó
a Mather que comenzara las negociaciones con la Biblioteca Nacional y que
supervisara la evaluación de las obras de arte que Tolentino debía llevar a
cabo. Entregó a Mather un cheque por seis semanas de sueldo, le dijo que su
legado sería pagado en un plazo de treinta días y partió para Suiza.
Mather se entretuvo una hora en el archivo, y observó lo
que se había hecho con respecto a la inspección que realizaría el directorio de
la Biblioteca Nacional. Necesitaba mesas de caballetes y estantes para retirar
del piso las pilas de documentos, antes de que fuesen devorados por las
cucarachas y los gusanos del papel. Sabía muy bien, aunque no había mencionado
el hecho a Palombini, que la Biblioteca, escasa de personal y de espacio para
almacenamiento, bien podía asustarse ante la engorrosa masa de documentos que
aún había que examinar.
Llamó a la villa y pidió a Mateo que a la mañana siguiente
ordenase al carpintero que comenzara el trabajo. Después, dado que el día era
soleado y la temperatura en el patio era agradable, se preparó café y se
instaló bajo el castaño con sus propios libros de referencia y el texto
inconcluso de la monografía.
Estaba revisando el libro de cuentas del año 1505 cuando
tropezó con una entrada poco usual en el mes de octubre. El octavo día de ese
mes la anotación decía que se había pagado la suma de 80 florines al Maestro
Rafaello, pintor de Urbino, por dos retratos, uno de Donna Delfina Palombini,
esposa del Confaloniere Andrea Palombini, el otro de su hija, la Doncella
Beata. Además, constaba un pago de 60 florines por 5 cartones para una pala, es
decir un retablo, destinado a la capilla de San Gabriele, en los límites de la
villa. La nota agrega que estas sumas representaban el pago total, es decir,
que se habían cumplido los encargos y entregado las obras.
Esta entrada le fascinó. Se trataba del tipo de prueba que
los tratantes de arte y los historiadores deseaban que les cayese del cielo.
Pero él no podía recordar ninguna referencia a retratos o cartones de Palombini
en el catalogue raisonné de las obras de Rafael. Examinó los volúmenes de su
propia biblioteca y encontró un Passavant y un Carli. Ninguno incluía
referencias a los retratos o al retablo. Por lo tanto, ¡otro de esos misterios
tan apreciados por los eruditos y los investigadores! ¿Las obras habían
sobrevivido a los siglos? Y en caso afirmativo, ¿dónde estaban ahora?
Otra línea de investigación: ¿Había constancias de otras
compras de obras de arte en los viejos libros de cuentas? Se le enfrió el café
mientras repasaba con sumo cuidado la escritura antigua y las desconcertantes
abreviaturas. Apenas había llegado a la mitad de enero de 1506 cuando el
mayordomo Mateo llegó desde la villa con el carpintero Luigi, para medir los
estantes y los caballetes que él necesitaba.
Eran problemas prácticos que exigieron su atención
respetuosa y total durante media hora. Debía ofrecer café y un vasito de grapa.
Tuvo que escuchar el lamento del falegname Luigi, que afirmó que era injusto
reclamar un buen trabajo de carpintería tan de prisa. Max Mather comprendió lo
que estaban pidiéndole. No había modo de luchar contra el viento que descendía
de los Apeninos. Uno le volvía la espalda, se protegía las orejas y esperaba
hasta que se calmaba su furia. Colocó una señal en el libro de cuentas, apartó
sus notas y se consagró en cuerpo, alma y pantalones a los problemas de la
producción de los estantes, las mesas de caballetes y la elección entre la
madera cepillada o basta. Si aceptaba madera basta podía tener el trabajo al
día siguiente. Si exigía un trabajo artesanal, tendría que esperar dos semanas
más. En el momento mismo en que Mather, desesperado, se disponía a desistir,
sonó el teléfono. Anne-Marie Loredon estaba en la línea. Ella también deseaba
formular una queja.
—Max, acabo de conocer la noticia de tu duelo. Seguramente
te sientes muy mal. ¿Por qué no me llamaste?
—Si deseas saber la verdad, me sentía muy avergonzado.
—¿Por qué? Somos amigos, ¿verdad? ¿Para qué sirven los
amigos si no puedes compartir con ellos el dolor? Nicki Tolentino me dijo que
duermes en la ciudad. ¿Qué tiene de malo mi apartamento?
—Nada, excepto que mis derechos se limitan a la visita el
fin de semana, ¿lo recuerdas?
—¡Tonterías! Vendrás a mi casa esta noche. Si de ese modo
te sientes mejor, compra la comida y prepárala. De todos modos, Max, tenemos
que hablar. Necesito hablar contigo de cierto proyecto. ¿A las siete y media?
—Estaré allí.
Cuando cortó la comunicación experimentó un súbito
sentimiento de gratitud y alivio. Un hombre abatido era casi tan vulnerable
como un hombre enamorado. Ambos, aunque por distintas razones, temían hacer el
papel del tonto.
En el mismo momento comprendió que Mateo y el falegname
Luigi aún esperaban su respuesta, y también un segundo vaso de grapa. De modo
que sirvió el ardiente licor y anunció con firmeza:
—Use la madera que encuentre. Sólo deseo espacio para
acumular los archivos y los libros que están sobre el piso. No estamos
construyendo un apartamento para el Papa.
—Pero tenemos nuestro orgullo. —De pronto, Luigi recobró
la elocuencia—. Cuando los caballeros de la Biblioteca vengan, no podemos
meterlos en un chiquero. ¡A su buena salud, Profesor!
Esa noche, Mather preparó una cena principesca para
Anne-Marie Loredon. Las ceremonias previas consiguieron que la conversación
íntima fuese difícil, pero Anne-Marie se contentó con esperar hasta que
concluyó la preparación de la comida, y los dos se sentaron cerca el uno del
otro y en silencio, contemplando la luna amarilla que se elevaba sobre los
campanarios. Después ella comenzó, con mucha paciencia, a apremiarlo para que
hablase.
—Max, ¿qué sucederá ahora con tu empleo?
—He aceptado continuar seis semanas, organizar la entrega
del archivo y la evaluación de la colección de arte. Después, ¡quién sabe!
Nunca hasta ahora había advertido cuánto dependía de Pía y en qué medida
contaba con la prolongación de nuestro vínculo.
—Nunca me explicaste bien qué tipo de relación era.
—Jamás me lo pregunté yo mismo. Aceptaba todo por su valor
aparente, hasta el fin, cuando un día llegó a depender por completo de mí. Yo
la alimentaba, la bañaba, la vestía, la llevaba de un lugar a otro como a un
niño enfermo. Murió literalmente en mis brazos.
—Sin duda, la amaste mucho.
—Seguramente. —Mather esbozó una sonrisa breve,
avergonzada—. ¿Te sorprende?
—Un poco. Es necesario que seas bastante fuerte para
ofrecer esa clase de apoyo. Con franqueza, nunca creí que fueras esa clase de
hombre. El resto es perfectamente lógico. Una viuda adinerada, un erudito
apuesto, una unión del interés y la conveniencia.
—Fuera lo que fuese, ha concluido. Finita la commedia!
Pero ya hemos hablado bastante de mí. Dime cuáles son tus planes.
—Vuelvo a casa. Estoy buscando local para una galería y he
empezado a reunir a un grupo de artistas y clientes. Mi padre me prestará
dinero suficiente para empezar.
—¡Me alegro por ti!
—Me preguntaba, Max, si te interesaría trabajar para mí.
Mather consideró la idea durante un tiempo prolongado, y después meneó la
cabeza.
—Trabajar para ti, ¡no! Trabajar contigo, sobre cierta
base que me permita ser un colaborador libre... sí, quizá. ¿Podemos dejar en
pie la discusión hasta el momento en que yo regrese a Nueva York?
—Por supuesto. Pero dime, con sinceridad, ¿por qué no
contemplas la posibilidad de trabajar para mí?
—Porque —respondió sin rodeos Max Mather— ya he tenido
patronazgo en medida más que suficiente. He vivido de ese modo mi vida anterior
—subsidios, becas, dotaciones y fondos suministrados por damas acaudaladas como
Pía—. Mi relación con ella no me preocupaba tanto, porque pude devolverle parte
de la deuda que había contraído, pero de aquí en adelante, amor mío, volaré
solo. Si caigo del cielo, ¡tanto peor! Tal vez eso no te parezca muy
importante, pero para mí es asunto de vida o muerte. En el terreno académico
soy un hombre sólido: aunque siempre fui demasiado perezoso para alcanzar un
nivel superior. Pero, ahora o nunca. Tengo que ponerme a prueba y descubrir de
qué metal estoy hecho.
—Brindaré por eso Max. Me interesará ver cómo te pones a
prueba. Dime una cosa.
—¿Qué?
—¿Qué le dijiste de mí a Pía?
—No mucho. Sabía que me alojaba aquí los fines de semana,
y que estaba guiándote en historia del arte y en la técnica de la apreciación.
Aparte de eso, nada. —¿Y ella creyó que eso era todo? —Prefirió creerlo así.
—No debes haber compartido demasiado sexo con ella durante
su enfermedad. —En efecto. Ella aceptaba que yo obtuviera mi satisfacción aquí
o allá. Pero mientras no le mostrase una rival visible o identificable, no
convertía en un problema todo el asunto.
—No estoy segura de que yo me pudiera mostrar tan
complaciente.
—Lo harías... ¡si no desearas perder a un buen cocinero!
Sin hablar de un compañero de cama que no acarrea problemas. —Ése se parece más
al Max que yo conocía.
—¿A ése? Bien, últimamente viene y va. Nunca estoy muy
seguro de si está aquí o se ha marchado.
—Averigüémoslo, ¿qué te parece? —dijo Anne-Marie Loredon—.
Es una vergüenza malgastar esta luna.
Durmieron hasta bien entrada la mañana siguiente, de modo
que Mather regresó a mediodía a Tor Merla. El falegname Luigi había cumplido su
palabra. Los estantes estaban terminados. Había completado el cuadro de la
mesa. Una nota decía que Luigi estaba buscando madera para la tapa. Regresaría
más tarde. Su caja de herramientas yacía abierta sobre el suelo.
La primera tarea de Mather consistió en ordenar los
archivos sobre los estantes. Fue una tarea engorrosa, durante la cual levantó
mucho polvo, de modo que sufrió un ataque de alergia. Cuando terminó, descubrió
que los archivos habían estado descansando, no sobre el piso de piedra de la
cámara, sino sobre un jergón de madera semejante a los usados por los obreros
para apilar ladrillos o paquetes del mismo tamaño. Una inspección más atenta
reveló que no se trataba de un jergón, sino de una caja de listones de unos
noventa centímetros de largo, sesenta de ancho y quince de profundidad,
rellenada con un acolchado de paja.
Una ociosa curiosidad, más que la esperanza de un
descubrimiento, lo indujo a abrir los listones y retirar el acolchado. Dentro
había un sobre ancho y grueso de fuerte lona, cosida con una puntada marinera y
sellada, para proteger el contenido del aire y el agua, con cera de abejas
marrón. Sintió que se le paralizaba el corazón. Un instante después estaba
temblando y jadeando. Cerró y echó llave a la puerta de entrada, con mucho
cuidado devolvió el acolchado de paja a la caja, clavó otra vez los listones y llevó
el sobre de lona a su dormitorio, en lo alto de la torre.
Cerró las persianas, de manera que se atenuase la luz de
la cámara. Después, con una hoja de afeitar apartó la cera que cerraba un borde
del sobre y comenzó, concentrando toda su atención en ello, a desarmar las
gruesas puntadas en las que se había utilizado hilo de zapatero. Ahora, su
actitud era completamente profesional y trabajaba con movimientos lentos y
rítmicos. No importaba cuál fuese el contenido del paquete, debía ser un
material precioso. El que lo había empaquetado se había entretenido en protegerlo
del aire y la humedad. Sería un error imperdonable dañarlo a causa de la
manipulación imprudente. Sus dedos exploraron el interior y primero sintieron
dos objetos rígidos envueltos en terciopelo. Debajo del terciopelo había otra
cosa, envuelta en cera.
Extrajo con mucho tiento los objetos cubiertos con
terciopelo: se trataba de dos paneles de madera vieja, dos retratos, uno el de
una mujer, el otro el de una niña; la cabeza, los hombros y el busto sobre un
fondo de colinas toscanas y cielo estival. Era evidente que las obras habían
sido limpiadas antes de empaquetarlas, porque no se veían pruebas de que
existieran retoques. Ambas exhibían el escote cuadrado de la época y, pintada
en los botones de una y el bordado de la otra, estaba la firma: «RAFAELLO URBINAS
FEC.»
De pronto, Mather se sintió aturdido. Se arrodilló junto a
la cama, apoyó los cuadros en una almohada y permaneció así durante largo rato,
con su mirada fija en ellos como un monje en actitud de orar. Pero ahora no
estaba orando. Su cerebro funcionaba con la aceleración de una sierra mecánica.
Las malditas cosas tenían que ser precisamente eso. Tenían la apariencia
exacta, suscitaban la impresión exacta: la técnica del dibujo, las pinceladas,
la paleta... Se le enturbiaron los ojos, los cerró y apoyó la cabeza en el
cubrecama.
Su aturdimiento se disipó. Extrajo el resto del tesoro,
los cartones, descoloridos por el paso de los siglos, pero todavía legibles,
aún vibrantes por el toque del maestro. El primero era el diseño del retablo
entero, la Entrada de Cristo en Jerusalén, montado en un asno mientras la gente
agitaba ramas de palma como estandartes y voceaba hosannas. El resto estaba
formado por estudios de los distintos elementos, los animales, las figuras, la
arquitectura; salvo Cristo, todos los personajes vestían el atuendo florentino
del período y armonizaban con un fondo de la Toscana rural. Los hombres que
agitaban las palmas eran los jóvenes varones Palombini, cortesanos de los
Médici. Las mujeres eran sus consortes.
De nuevo todo parecía ocupar su lugar. Los objetos
coincidían con la descripción del antiguo libro de cuentas. El papel tenía el
aspecto y el tacto apropiados. El dibujo parecía característico del joven
maestro. Todo había sido empaquetado con mucho cuidado, pero había sido
almacenado a toda prisa, en una situación urgente, durante la guerra. Había
permanecido sepultado bajo un montón de papel durante cuarenta años. El único
hombre que podía haber sabido de la pérdida estaba muerto. El único hombre en el
mundo que conocía su existencia era Max Mather, y apoyándose en el legado de su
amante muerta, ahora podía reclamar con derecho la posesión.
La ley italiana difería de la anglosajona en un aspecto
importante: asignaba más importancia a la forma del documento que a su
intención. Y la forma del legado que le había dejado Pía era muy clara. En
primer lugar, era un documento ológrafo. La testadora lo había escrito de su
puño y letra. Lo cual determinaba como una presunción muy sólida, que este
testamento expresaba cabalmente sus deseos. En segundo lugar, el texto italiano
era específico: «... la sua propia scelta d'un oggetto ricordo del archivio...»
(Lo que él elija del archivo, como recuerdo...)
Los restantes herederos —¡si llegaran a saberlo!— sin duda
cuestionarían el derecho de Mather. Afirmarían, no sin razón, que un paquete de
obras de arte del antiguo maestro, con un valor de decenas de millones de
dólares, mal podía ser un oggetto ricordo. Las Belle Arti, por supuesto,
intervendrían, y embargarían las obras en espera de un fallo del tribunal, que
podían tardar años. E incluso entonces, podrían prohibir la exportación de
tesoros nacionales.
De manera que el más sencillo sentido común le imponía
comenzar de inmediato a proteger su derecho a las obras del maestro y sacar
éstas cuanto antes de Italia para llevarlas a un depósito en Suiza. Pero
mientras hacía eso, debía ocuparse de que el origen perfecto de las obras no se
viese dañado ni destruido.
Las obras habían sido encargadas a Rafael por y para la
familia Palombini. Allí, en dos auténticos libros de cuentas del período estaba
el registro de la transacción: octubre de 1505. Era evidente que las obras
habían permanecido en poder de la familia hasta el momento actual; pero durante
el período en que Luca el Estafador había administrado la propiedad, esas
creaciones habían ido a parar al archivo, donde habían permanecido enterradas
más de cuarenta años bajo montones de papel polvoriento.
... Y entonces llega Max Mather, que revisa el archivo en
busca de un recuerdo que él mismo elegirá, un legado que le dejó Pía Palombini.
Tropieza con un extraño sobre de lona. Sin duda, es parte del archivo. La
fantasía lo lleva a decidir que éste sea su recuerdo, un paquete sorpresa. No
lo abre en el acto, y sólo cuando se encuentra en suelo neutral descubre las
obras de arte y las relaciona con la entrada que aparece en los libros de
cuentas de la familia.
Incluso entonces, no está seguro de que las obras sean las
originales. Sabe que Luca el Estafador ordenó realizar copias de muchas obras
maestras, de modo que es necesario someter estas piezas al juicio de los
expertos. Hasta que se haya confirmado su autenticidad, no hay razón para
discutir. En todo esto, no se puede censurar a Max Mather, ni su actitud
despierta sospechas. Se ha comportado con perfecta propiedad. Si en una etapa
ulterior se cuestiona su derecho a las obras, puede hacérselo sólo en el terreno
civil y no en el penal.
En general, parecía una excelente posición legal. Max
Mather podía alentar dudas íntimas acerca de la moralidad de su actitud, pero
no se podía pretender darle carácter público y que se autoca-lificase de hombre
codicioso o venal. Después de todo, los Palombini también eran capaces de
realizar maniobras dudosas y equívocas. Se atenían a una sola norma: que el
otro se ocupase del asunto. Cabía la posibilidad de que se mostrasen dispuestos
a concertar un trato para obtener la devolución de los cuadros. Era ésta otra
situación que merecía ser examinada si en cierto momento el juego llegaba a
parecer muy difícil.
Después de haber adormecido de forma momentánea la
conciencia, el movimiento siguiente era retirar de Italia las obras. Fue
suficiente que reflexionase un momento para convencerse de que debía hacerlo
sin pérdida de tiempo. Podía llegar en coche a Milán en un viaje de dos horas y
media, tomar el último vuelo a Zurich, visitar su Banco por la mañana, dejar
los cuadros en una caja de seguridad y regresar en avión por la tarde. Después,
¡podía dormir tranquilo y planear con severidad un próspero futuro!
Depositó uno por uno los cuadros y los cartones sobre la
superficie del escritorio, y tomó una serie de fotografías en color con flash.
Después, con sumo cuidado volvió a envolverlo todo y repuso las obras en el
sobre de lona. Cosió con torpeza el lienzo, fundió la cera con un encendedor y
reselló por completo el paquete. Descubrió que se acomodaba muy bien en la
maleta en que solía llevar sus trajes, y que aún había espacio para una
chaqueta y los pantalones. Estas prendas y una muda de camisa y ropa interior
era todo lo que necesitaba para realizar el viaje. Examinó su cartera: dinero,
pasaporte, tarjetas de crédito, cheques de viaje. En los viejos tiempos, con
Pía se había acostumbrado a decidir en un instante la realización de un viaje.
Levantó la maleta y descendió la escalera. Cuando salía,
pasó frente a Luigi y su ayudante, un espigado joven de la aldea. Mather les
agradeció el trabajo que ya habían realizado, y les entregó media botella de
grapa para alentarlos a terminar el día siguiente. Ya estaba saliendo cuando
sonó el teléfono. Era el Custodio de los Autógrafos. Estaba muy excitado.
—¡Max, amigo mío! Noticias grandes e importantes. Nuestro
director ha mostrado un enorme interés en recibir el archivo. Desearía
inspeccionarlo conmigo el martes próximo, a las diez de la mañana.
—¡Magnífico! Estaré aquí para darles la bienvenida.
—Y puede decir al señor Claudio Palombini que hay
exenciones de impuestos para el donante. Se las explica en una carta que le
enviaremos hoy.
—Me parece magnífico. ¿Algo más? Tengo que irme a toda
prisa para alcanzar un avión.
—Incluso así, es necesario que escuche la última noticia.
Si la Biblioteca acepta el archivo, es muy posible que me designen curador, y
es casi seguro ya que usted sea incorporado a nuestro Libro de Oro de
benefactores!
—Amigo mío, estoy de verdad conmovido. Sólo lamento tener
que marcharme con tanta prisa. Le llamaré apenas regrese. Entretanto, el martes
a las diez de la mañana. Extenderé la alfombra roja. A presto! Ciao!
Cortó la comunicación y caminó con rapidez hasta el
garaje. Tres minutos más tarde se hallaba en la calle y se dirigía hacia la
entrada de la autopista.
Las últimas semanas de su trabajo al servicio de los
Palombini pasaron con lentitud. La transferencia del archivo a la Biblioteca
Nacional lo enzarzó en interminables discusiones con el director y exasperantes
llamadas telefónicas a Palombini. La Biblioteca tenía poco espacio de
almacenamiento y escasas instalaciones para la conservación. De momento, los
documentos tendrían que permanecer en Tor Merla. Además, estaban los problemas
de la seguridad, los seguros, la responsabilidad por la custodia y el pago de
las cuentas. Las exenciones de impuestos que beneficiaban a Palombini fueron
menores de lo que él había esperado. Sus abogados recomendaron que se
explorasen otras instituciones, y así sucesivamente, hasta que Mather sintió
vivos deseos de enviar a todos al infierno y retirarse a un refugio tropical.
Fue más fácil lidiar con Niccolo Tolentino. Visitaba las
habitaciones y los corredores de la villa con una libreta e iba midiendo telas,
escribiendo notas, formulando brevísimos comentarios acerca de lo que estaba
haciendo. Sus modales eran tan bruscos que Mather consideró necesario preguntar
si había ofendido al hombrecito. Tolentino frunció el ceño, desconcertado.
—¡Ofendido! ¿Cómo podría haberme ofendido? Somos amigos.
Si quiere saber por qué me muestro irritable le diré que siempre soy así cuando
trabajo. Necesito estar solo. No puedo dispersarme en preguntas y comentarios.
Después comentaremos las cosas. Más tarde.
Llegó el día en que Anne-Marie salió de Florencia. Mather
organizó una gran fiesta de despedida en el Gallodoro. Llegaron todos los
amigos de la joven —eruditos, artesanos, pintores, escultores, representantes
de las galerías— y la reunión no se disolvió hasta las dos de la mañana.
Después, Mather la acompañó hasta su apartamento, y atravesaron la ciudad
dormida en una extraña y nostálgica peregrinación que, para ambos, señaló el
fin de una vida y el comienzo de otra. Anne-Marie le
dijo:
—Fue un final maravilloso para un tiempo realmente
maravilloso. ¡Gracias, Max! —Fue mi agradecimiento a ti, porque me permitiste
compartir los momentos buenos. —Habrá otros en Nueva York. —Sin duda. ¿Qué
sientes al regresar?
—Estoy contenta, pero también atemorizada. Abrigo la
esperanza de ser bastante fuerte para sobrevivir entre los tiburones.
—Estoy seguro de que lo lograrás. No lo dudes. No permitas
que el miedo debilite tus propias convicciones ni la opinión que tienes de ti
misma. Aquí has vivido con los mejores, has absorbido la tradición con tu café
de la mañana. Ahora no estás adivinando. ¡Sabes! Sé fuerte en tu propio
conocimiento.
—Lo escucho, maestro. No le decepcionaré. ¿Y cuáles son
tus planes?
—Ante todo, iré a Suiza, tengo cosas que hacer en Zurich.
Después, me concederé unas vacaciones en la nieve. Probablemente recorreré los
lugares de descanso, veré a antiguos amigos, concertaré nuevas relaciones... es
lo que necesito. Confío en que regresaré a Nueva York a fines de enero.
—¿Y pensarás en la posibilidad de que trabajemos juntos?
—Ya estoy masticando algunas ideas. Es probable que
podamos hacer algo. ¿En qué punto te encuentras ahora?
—Están sucediendo cosas interesantes. Un agente de bienes
raíces me ofreció el alquiler de cierto espacio en una galería del Soho.
Pertenece a un hombre llamado Ed Bayard. Es un abogado que representa a la
Asociación de Tratantes de Arte de Estados Unidos. Su esposa fue una artista
que murió en circunstancias trágicas hace cierto tiempo. El propio Bayard es un
coleccionista conocido. Quién sabe, es posible que consiga un dueño de casa y
un cliente en un solo movimiento.
—Parece prometedor.
—Lo es, pero, ¿qué me dices de ti? Max, ¿qué deseas hacer
en realidad? —¿A nivel profesional o personal? —En ambos sentidos.
—Ya te lo dije. Estoy harto de depender de otros. Debo
asumir el control de mi propia vida. Para lograrlo, necesito ganar dinero,
mucho dinero, si puedo. ¿Cómo lo conseguiré? Carezco de capacidad creadora. No
soy como un artista o un escritor, cuyo dinero está en su propia cabeza. Debo
negociar lo que tengo en relación con el saber y la experiencia. Por eso voy a
Suiza, para recibir algunos consejos legales y financieros acerca del modo de
empezar.
—¿Te quedarás en Europa?
—Es una alternativa que estoy contemplando. Soy políglota.
Me siento cómodo en ambos lados del estanque. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque si estuvieses aquí y yo viviese en Nueva York, en
verdad podríamos hacer buenos negocios: intercambio de artistas, compra y venta
en ambas direcciones, importación y exportación de exposiciones... Piénsalo,
Max. Prométeme que lo pensarás con mucho cuidado.
—Te lo prometo.
—Me pregunto si sabes cuánto te echaré de menos.
Max se detuvo, levantó la cara de Anne-Marie y le besó con
gesto delicado los labios.
—Sin duda, me echarás de menos. Yo también a ti. Pero,
querida, seamos sinceros. El duelo no durará mucho en Manhattan. Te sobrarán
los varones, y vivirás enfrascada en nuevas ambiciones. Pero tú y yo siempre
seremos amigos, porque sabemos qué significan las palabras, y nunca hemos
necesitado diccionarios para aclarar su sentido. Tal vez eso es menos de lo que
necesitamos para convertirnos en los amantes más apasionados del mundo, pero es
más de lo que muchos otros encuentran en el curso de una vida entera. ¡De modo
que volvamos cuanto antes a casa antes de que el frío se apodere de nosotros y
perdamos la agradable calidez de la fiesta!
El día que Max salió de Florencia su partida fue mucho
menos ceremoniosa. Escribió sus iniciales en el borrador de la donación del
archivo y lo envió por correo a Suiza, donde Palombini debía firmarlo. Recibió
el inventario de Tolentino y la evaluación de las obras de arte para remitirla
a los abogados que atendían la administración de la propiedad. Cuando comentó
el número de obras que exhibía la indicación «atribuida a», «escuela de»,
«copia por mano desconocida», «copia, posiblemente contemporánea», Tolentino
dio una explicación suave:
—Max, es todo lo que pude hacer, en vista de que el viejo
Luca fue el primero que me pagó para proteger sus intereses. Mis anotaciones
encenderán luces rojas de advertencia en las casas de subastas prestigiosas.
Después, corresponde al comprador extraer sus propias conclusiones.
—Comprendo, Nicki. De todos modos, no me correspondía a mí
formular preguntas. Usted es el experto. El documento lleva su firma. Pero una
cosa me interesa. ¿Le llamó la atención la falta de muchos viejos amigos en la
colección?
—La de algunos, Max; pero si desea que los nombre, no lo
haré. Recuerde que hay por lo menos dos versiones de cada uno: la original y mi
copia. Sería una locura peligrosa conjeturar dónde puede estar cada una en este
momento, y cómo fue adquirida por el propietario actual.
Mather se echó a reír.
—¿No está exagerando un poco?
—¡En absoluto! —El hombrecito se mostró muy enfático.—
Imagine que, como sucede a menudo, el propietario de una gran obra de arte la
empeña en beneficio de su Banco para obtener un préstamo. Imagine que, al decir
una palabra imprudente, usted o yo sugerimos que puede ser una falsificación.
El Banco reclama su préstamo. El crédito del prestatario queda destruido, o por
lo menos dañado. Suponga un caso más extremo: el comprador pagó muchísimo
dinero por una copia. Va a buscar al hombre que se la vendió y lo mata. Pero,
¿quién podría emitir el juicio definitivo entre el original y la copia? Un
pequeño núcleo de expertos apoyados en las modernas técnicas de laboratorio. Y
por supuesto, yo mismo. Mi cifra privada está pintada en todas las copias que
ejecuté.
—¿Puedo saber cuál es?
—No puede. Es una marca personal que sólo yo puedo
identificar. —Perdóneme, Nicki. Olvide que se lo he preguntado.
—Olvidaré y perdonaré, si usted consigue que esos
condenados abogados me paguen cuanto antes.
—Hoy iré a cobrarles mi legado. Intentaré que al mismo
tiempo firmen su cheque. —Usted es un buen hombre, Max. Le echaremos de menos.
Era agradable oír la observación, pero en el fondo de su
corazón conocía la verdad que todos los extranjeros en Italia aprenden más
tarde o más temprano: la familia ocupa el primer lugar, los amigos de la sangre
y el corazón, y los amigos extranjeros son un lujo del que se puede prescindir
porque subsisten al margen de la intrincada red de derechos y obligaciones y de
deudas y créditos que mantienen unida a la sociedad. De modo que un abrazo, una
despedida, un intercambio de regalos —un boceto al lápiz de Tolentino, una
edición de Petrarca en el siglo XVIII de Mather— y la ceremonia concluyó.
En el estudio de los abogados todo fue brusca cortesía.
Sí, sin duda, el cheque para Tolentino saldría con el correo de la tarde.
—Aquí tiene lo suyo, señor Mather, una liquidación en
dólares por el monto del legado, y por supuesto deseamos que nos firme un
recibo. Entendemos que usted saldrá de Tor Merla por la mañana y entregará las
llaves al mayordomo Mateo.
—¿No necesita nada más de mí?
—Nada más, señor Mather, excepto agradecerle en nombre de
la familia los servicios que usted ha prestado y desearle buena suerte en el
futuro. —Gracias, caballeros, ¡y buenos días!
Casi no podía creer en su buena suerte. Nadie se había
tomado la molestia de pedirle que identificase o firmara un recibo por el
recuerdo, cualquiera que éste fuera, que había retirado del archivo. Había
recorrido la mitad del camino de regreso a la villa antes de comprender la
lógica muy latina de la omisión. Para todos los fines prácticos, el archivo
había pasado de la familia al Estado. Era tarea del Estado ocuparse de sus
propios asuntos. Todo eso ya no interesaba a la familia. Los Palombini se habían
educado durante siglos en la norma de que todo lo que no produjese un florín
—hombre, mujer u olivar— no merecía que se le prestase verdadera atención.
...Lo cual significaba que Max Mather tenía la posesión
legal de dos retratos putativos de Rafael y un juego completo de dibujos, todos
con un origen impecable. La única sombra que se cernía sobre los retratos era
la posibilidad de que se tratase de copias realizadas por Niccolo Tolentino...
Mientras conducía el automóvil en ese atardecer, en
dirección a la masa sombría de la Tor Merla, Max Mather se echó a reír. Ahora
el juego empezaba a interesarle, y con suerte y un plan muy elaborado era
posible que al final del mismo hallase una fortuna.
CAPÍTULO II
El día en que se cumplía el primer aniversario de la
muerte de su esposa, Edmund Justin Bayard, abogado, tenía una cita en la
Colección Frick, de la Quinta Avenida.
La distancia no era grande: diez calles a partir de la 17.
La distancia en el tiempo era mucho mayor: doce meses de reclusión, un sombrío
desierto de días durante los cuales él había funcionado como una máquina,
precisa y previsible, con un ritmo perfecto y desapasionado.
Pero ese diáfano día de invierno la máquina se convirtió
en un hombre, de pronto ansioso de ver, oír y tocar a sus semejantes. La
peregrinación a la Colección Frick fue su compromiso con la deidad hostil,
cualquiera que ésta fuera, que gobernaba el universo azaroso.
Un grupo de cámara del Juilliard estaba ejecutando el
Concierto para Clarinete en La Mayor, de Mozart. La pequeña música formal
armonizaba con el estado de ánimo elegíaco de Bayard. Madeleine había amado ese
lugar y todas sus certidumbres elegantes.
—Es todo tan reposado —decía en ese tono sereno pero
enfático que le era propio—. Es como una cena de gala súbitamente cristalizada
de repente. Puedes venir este año o el próximo y elegir cualquier plato del
menú.
En realidad, el lugar mismo era un espléndido anacronismo:
una villa de estilo italiano todavía encaramada arrogante en uno de los
rincones de Nueva York en que el suelo era muy valioso, con interiores
diseñados por un inglés eduardiano, y una colección de cuadros, esculturas,
muebles y adornos que reflejaban, no el estilo de vida principesco de su
fundador, sino los gustos de Duveen, extraordinario tratante de arte. Henry
Clay Frick, cuyo busto adornaba el vestíbulo, había amasado su fortuna con el
carbón del acero en Pittsburgh. Había sido disparado y apuñalado como enemigo
del pueblo, pero sobrevivió para convertirse en el benefactor póstumo de la
gente, con parques, hospitales, subsidios a la educación y esta colección de
obras de arte.
Después de un saludo silencioso a la esbelta imagen de
mármol, Bayard atravesó de prisa el Salón Sur y entró en el salón, que para
Madeleine había sido siempre el corazón de la colección. Era como si ahora ella
estuviese a su lado. Pintora de méritos propios, se mostraba tan obsesionada
como los holandeses por los interiores, y componía pequeñas improvisaciones
verbales con el fin de adaptar la cualidad de los mismos a su propia visión.
—Puedo imaginar lo que seguramente fue, sentado en esta
habitación una noche de invierno, el fuego llameante, el café y el brandy
servidos, después de que los criados se hubieran retirado. Y ahí está el propio
Henry Clay Frick, con san Jerónimo que lo mira desde la repisa de la chimenea,
y los dos enemigos mortales, Thomas More y Thomas Cromwell, enfrentándose en
medio de las llamas. Hay dos Tiziano que miran por encima de su hombro:
Are-tino, que murió festejando un chiste obsceno, y un joven de gorro rojo que
sueña los sueños de un joven, mientras el san Francisco de Bellini eleva
extasiado los ojos al cielo. No llega un solo ruido del exterior, a causa de la
nieve; y como la gente está tan silenciosa, sin duda se siente satisfecha. El
señor Frick manifiesta una buena voluntad tal y tal filantropía que puede
perdonar incluso al anarquista que trató de matarlo.
En el caso de Madeleine, no hubo tiempo para la
absolución. La habían matado a puñaladas en su propio estudio del Soho. Un
crimen insensato y sangriento, y por lo que parecía creer la Policía cometido
por un adicto que necesitaba con desesperación una dosis. Jamás había sido
posible descubrir al asesino ni encontrar el arma que él había utilizado.
El recuerdo de ese día había llevado muchas veces a Bayard
al borde de la locura, pero hoy podía contemplar el episodio con una suerte de
distancia, como la ilustración de un libro de historia, algo que estaba muy
alejado del contexto de su vida personal. El drama se había disipado,
representado una y otra vez, hasta el agotamiento. Bayard se había ausentado
demasiado tiempo del mundo cotidiano. Había llegado el momento de abordar la
tarea de renacer. —¿Señor Bayard? ¿Señor Edmund Bayard?
Se volvió con brusquedad hacia la persona que preguntaba.
A primera vista la joven tenía un extraño parecido con el retrato de lady Meux
por Whistler, exhibido en el Salón Ovalado. Contestó de modo tajante.
—Sí, soy Bayard.
—Anne-Marie Loredon. Usted sugirió que nos encontrásemos
aquí.
—¡La hija de Hugh Loredon! ¡Por supuesto! Hace mucho que
no lo veo. —Se encogió brevemente de hombros—. Tras la muerte de mi esposa, me
alejé de mucha gente. Hoy es el aniversario de su fallecimiento.
—Ha sido muy amable de su parte aceptar esta entrevista.
Por primera vez él sonrió, y la sonrisa pareció quitarle diez años.
—En absoluto. Me alegro mucho de conocerla. ¿Recorremos la
galería?
Cuando llegaron al Salón Ovalado, él se sentía bastante
sereno, y se atrevió a pedirle que pasara junto al retrato de Valerie, lady
Meux, para comprobar si de veras existía cierta semejanza. AnneMarie protestó.
—Es mucho más bonita que yo.
—No estaba pensando en la belleza —dijo Bayard con una
sonrisa—. Era una mujer temperamental, como creo que usted podría serlo. Surgió
de la nada, contrajo matrimonio con un barón de la cerveza y provocó ruidosos
escándalos por todas partes. Oí decir que cierta vez apareció en una cacería
del zorro del condado montando un elefante.
—¿Y usted cree que yo podría hacer lo mismo?
—Quizá —dijo en tono imparcial Edmund Justin Bayard—. Creo
que quizá podría. —¿Y usted puede ver todo eso en el retrato?
—En realidad, no. Me limito a exhibir mi colección de
informaciones inútiles. —La sonrisa desapareció, y él la atrajo de nuevo hacia
sí y los dos estudiaron el cuadro—. No sé muy bien qué queda de lo que Whistler
puso realmente allí. Algunos de sus materiales no eran muy estables, y varias
de las técnicas que utilizaba eran discutibles. El tiempo no ha sido muy
benigno con todos sus cuadros. Por ejemplo, vea el caso del Montesquieu.
Se interrumpió, avergonzado de pronto de su propia
pedantería. Anne-Marie lo indujo a continuar hablando.
—¡Adelante, por favor! Estoy interesada de verdad. Bayard
se encogió de hombros y rehusó. —Mi esposa era la pintora. Yo no soy más que un
coleccionista. Ella me aportó sus ojos y sus intuiciones. Juntos organizamos
nuestra colección. —Me encantaría verla.
—La verá. Se lo prometo. Dejemos a Whistler y vayamos a
conversar con algunas de las figuras importantes de la Galería Oeste. Mientras
caminamos, usted puede decirme qué necesita de mí. —Es muy sencillo. Usted es
dueño de un edificio con varios estudios en el Soho. —¿Cómo lo sabe?
—Me lo dijo el agente de bienes raíces con quien estoy
tratando. Me agradaría alquilar ese lugar. —¿Con qué fin?
—Para organizar mi propia galería. —Es un proyecto
ambicioso.
—Creo que estoy preparada para hacerlo. He consagrado toda
mi vida de posgraduada al negocio del arte. Me entrené con Sotheby's. Trabajé
en Agnew's y el Marlborough y asistí a cursos de verano patrocinados por las
Belle Arti en Roma y Florencia. Todavía soy novicia, pero imagino que reúno más
calificaciones que mucha gente que tiene placas de bronce en la Calle 57.
¿Usted aceptaría?
—No poseo información suficiente para formular una
opinión.
El tono de Bayard era seco y distante. Cuando ella lo
miró, advirtió sorprendida que estaba viendo al otro Edmund Bayard: el abogado
de mirada fría, el tercero en la lista de socios de un prestigioso estudio de
asuntos comerciales, cuyas opiniones merecían profundo respeto y le permitían
obtener elevados honorarios. Anne-Marie lo desafió:
—¡Abogado, usted me está esquivando! ¿Por qué duda de que
sea buena comerciante?
—Por ningún motivo especial. Me limitaba a señalar que una
educación en el área de las bellas artes es sólo el primer paso. Del mismo modo
que el diploma de abogado es sólo el comienzo en mi profesión. Como usted sabe,
hay un elemento de confianza en ambas profesiones. Usted es la casamentera
entre el comprador y el vendedor. Ambos tienen que confiar en lo que les diga.
«Que el comprador cuide sus propios intereses» es un mal lema en el negocio del
arte. Han existido muchas falsificaciones y muchas falsas certificaciones de
origen y excesivo número de promotores sin escrúpulos, que intentaron dar gato
por liebre. En general, esa gente ha inflado los precios y desvalorizado el
circulante.
—Señor Bayard, qué discurso. ¿Tanto le afecta el tema?
—Es inevitable que así sea. Su padre seguramente le dijo
que nuestra firma representa a la Asociación de Tratantes de Arte de Estados
Unidos. Por lo menos tenemos que realizar un esfuerzo para lograr que haya
cierta honestidad.
—¡Sus palabras me impresionan!
—No es necesario que lleguemos a eso. Hablemos de la
galería que usted se propone abrir. Estoy seguro de que comprende que se
necesita bastante tiempo para formar una lista de clientes y crearse el tipo de
reputación que permite atraer de manera seria la atención del periodismo y los
grandes compradores.
—Mi padre ha prometido ayudarme. Me adelantará un poco de
dinero para garantizar el alquiler de las instalaciones de la galería.
Bayard dirigió a la joven una rápida mirada de reojo. —¿Su
padre inspeccionó la instalación?
—No. Éste es mi negocio. Él no desea entrometerse. No me
sobrará el dinero, pero ¡qué demonios! Estaré haciendo lo que deseo y me
divertiré mucho. Bayard asintió en un gesto de aprobación.
—Es otra clave del asunto: divertirse mucho. Mientras a
usted le complazca lo que hace, es muy probable que lo haga bien. Me temo que
la vida ha sido poco grata para mí desde el asesinato de mi esposa.
—Me enteré del asunto cuando estaba en Italia. Lo siento
por usted.
—No se inquiete demasiado. Ahora, todo eso es historia. Lo
mencioné porque no me agrada fingir cuando estoy con otra persona. Ella lo miró
sorprendida. —Qué observación tan extraña.
—No sé decirlo de otro modo. Me parece que he perdido el
talento para la comunicación cortés. —¿Ha estado viviendo solo todo este
tiempo?
—¿Solo? No. Pero sí solitario. Una pareja de filipinos se
ocupa de mi casa. Trabajo en la oficina durante el día. Voy al teatro, a
conciertos, a exposiciones. Paso el día con otras personas, pero evito la
compañía. Hasta cierto punto se puede decir que se trata de la vida de un
sonámbulo.
—¿Por decisión propia?
—¡Claro que no! —De pronto, se mostró vehemente—. ¡Tiene
que entenderlo! Un crimen de este género es una maldición que afecta al
sobreviviente. Permanecí alejado de la sociedad porque me sentía como un
leproso con una campanilla colgada del cuello, obligado a anunciar a todos que
no era un ser limpio.
—Como acaba de hacer conmigo.
—Sí.
—Entonces, sus palabras fueron un cumplido para mí. Se lo
agradezco. —¿Qué hará el resto del día?
—Ya no quedan muchas horas. Estoy dispuesta a escuchar
sugerencias.
—Venga a mi apartamento. Le mostraré mi colección, y
también la de Madeleine. Podemos estudiar el tema del alquiler, y también cenar
temprano en Le Cirque. ¿Qué le parece? —Me agradaría mucho.
Mientras descendía por Madison, él formuló la pregunta
ritual: —¿Está casada?
—No.
—¿Comprometida con alguien?
—No. Soy una persona activa y feliz. Mientras organizo mi
carrera prefiero tener las manos libres.
Bayard entró en una casa de apartamentos antigua, pero
todavía elegante, atravesó con ella el vestíbulo ante los ojos curiosos del
portero, y ocupó el ascensor que llevaba al último piso.
Anne-Marie había previsto un lugar recargado, con muebles
antiguos: quizá paneles de roble, en todo caso piezas de estilo, un
amontonamiento de artículos caros, un desorden de solterón. En cambio, halló
mucha luz y espacios libres, y un mínimo de muebles diseñados de manera que
fuesen cómodos y no entorpecieran el paso. Todas las paredes que no tenían
carácter estructural habían sido eliminadas, y así un ambiente fluía hacia otro
sin perder su perfil específico, sin renunciar a su propia esfera de intimidad.
Los libros, los cuadros y las esculturas estaban dispersos para armonizar con
el ritmo del espacio y la luz, y así era posible gozar de cada cosa y
contemplarla con comodidad. Anne-Marie no disimuló su sorpresa.
—¡Extraordinario! Muy distinto de lo que esperaba. ¿Quién
lo diseñó?
—Madeleine. Tenía ideas maravillosas acerca de los
espacios para vivir. Solía decir: «Las paredes y las puertas no crean
intimidad. Si uno puede resolver el problema de calentar y refrescar grandes
áreas —y puede hacerlo— ¿por qué tenemos que dividirlas en cubículos?» Al
principio yo no le creía, pero le dejaba hacer su voluntad. Éste es el
resultado. El único cambio que se produjo consistió en transformar el comedor
en una galería para los cuadros que ella pintó. Como usted verá, es una
habitación enorme y, por otra parte, ya no ofrezco cenas a mis amigos y
conocidos. Reserve esa vista para el final.
Durante un momento Madeleine, muerta doce meses atrás, fue
una presencia palpable en la habitación. Anne-Marie experimentó un súbito
aguijón de miedo. Los muertos debían permanecer enterrados y permitir que los
vivos continuaran su propia vida. Preguntó, en actitud intencionadamente
distante:
—¿Dónde exponía Madeleine?
—Nunca organizó una exposición. Vendía a título privado a
través de Lebrun. De todos modos, a menudo contemplé la posibilidad de
organizar una exposición póstuma. Hay en total alrededor de cincuenta obras. Me
interesará conocer su opinión después que usted las haya visto. De todos modos,
realicemos primero el recorrido de cinco dólares...
—Usted conduzca. Yo lo seguiré.
Experimentó la súbita necesidad de reestablecer un
contacto físico que excluyese el espectro. Ofreció su mano, de modo que él tuvo
que tomarla y guiarla en un circuito a través del dominio.
—Nuestra colección conjunta comienza aquí. Esta tela
pertenece a Annibale Caracci, uno de los tres hermanos que pintaron en Emilia
durante la última mitad del siglo XVI y primera parte del XVII. Como usted
probablemente sabe, una colección completa de obras de Caracci fue vendida por
monedas en Londres en 1947. Descubrí esta pieza en la tienda de un tratante de
antigüedades de Devon. La obra siguiente fue hallada por Madeleine, es una
versión temprana de Los sargazos y el mar azul de Milton Avery. Todas las obras
norteamericanas fueron elegidas por Madeleine. Yo soy responsable de las
extranjeras.
—¿Cómo explica eso? ¿Cada uno de ustedes tenía derecho a
comentar la decisión del otro? ¿Quién adoptaba la decisión definitiva en lo
referente al dinero?
Bayard le dirigió una mirada rápida y apreciativa, y
después sonrió.
—¡Ahora sé que usted será una buena comerciante! ¡Ante
todo, usted tiene que saber quién toma las decisiones en cuestiones de gusto, y
después quién firma los cheques! —Es una pregunta razonable, ¿no le parece?
—Por supuesto. Y trataré de contestarla para usted. La
visión entera de Madeleine como artista era la que caracteriza a los Estados
Unidos urbanos. Por mucho que ella viajase, Manhattan era siempre el centro de
su mente. Le interesaba la historia, pero sólo en la medida en que embellecía o
explicaba el presente. De todos modos, prestaba mucha atención a los artistas y
los artesanos que trataban de expresar otros aspectos del continente. Mantenía
correspondencia con ellos. Recorría el país para conocerlos. Compraba las obras
que esos artistas creaban y les ayudaba a encontrar mercado. Sobre todo,
manifestaba respeto. Era una relación muy especial, en la que nunca quise
entrometerme. Yo era, y soy, un animal distinto.
—Me interesaría —ahora Anne-Marie se mostraba
intencionadamente provocativa— saber qué clase de animal es usted en realidad.
—¿Por qué no mira los cuadros en lugar de atender a mi
persona? —Su reprensión era sólo a medias una broma—. Éste es un Klimt, que
cayó en mis manos un día de escasas ventas en Sotheby's.
—Es una belleza. Me encanta ese dinamismo intenso y
seductor de sus mujeres... Usted tiene buen ojo para la calidad.
—Lo sé; pero mi bolsillo ya no me permite pagar esa
calidad. Mire esto..., un boceto de lo que después fue el retrato de Madame
Rivière por Ingres. Lo compré hace diez años por diez mil dólares. Tenía
veinticinco años cuando comencé a comprar cuadros. Ahora tengo cincuenta. El
precio del arte se ha inflado en mayor proporción que incluso las monedas más
infladas. De modo que el cinquecento está fuera de mi alcance, y los
impresionistas son tan inaccesibles como Marte.
—Me parece que usted se ha desenvuelto muy bien. Ésta es
una colección importante y muy valiosa. ¿Qué lo indujo a comenzarla? Él meditó
un momento la pregunta.
—Supongo que fue porque muy pronto advertí que yo era muy
vulnerable.
—¿Vulnerable? Qué cosas tan extrañas dice.
—¡Mire! Soy abogado, un hombre atado a su escritorio. Con
facilidad podría convertirme en un individuo atado a un cerebro. De modo que
siempre necesité encontrar otras regiones en las que vivir. Un tiempo lejano,
un país exótico, incluso una familia imaginaria.
—Eso parece más bien peligroso.
—Lo es, porque puede conducir a un divorcio total de la
realidad, que es lo que casi me ha sucedido durante estos últimos doce meses.
Pero mi padre me había enseñado otro modo de usar la imaginación. Era devoto de
los antepasados, un hombre que creía en la continuidad. Me enseñó a interpretar
la historia en una galería de arte, a través del vestido y de la arquitectura y
de los detalles de la vida cotidiana. Él mismo era médico, y me guió a través
de la historia de las artes de la curación, desde Esculapio hasta la tribu
Arunta de Australia. Solía decir: «Ayer, hoy y mañana son todo uno en el río
del tiempo. Allí y aquí hallamos el mismo país; porque coexisten en la mente de
uno.»
—¡Hombre sabio! Me habría agradado conocerlo.
—Yo lo amaba. Mi mayor pesar es que Madeleine y yo nunca
pudimos darle un nieto antes de que él falleciera.
Fue como si hubiese caído una barrera y todos los
recuerdos contenidos detrás afluyesen en un espumoso remolino de palabras. Los
cuadros colgados de las paredes cobraron un resplandor de vida nueva a medida
que cada uno adquiría una aureola coloreada por el recuerdo personal.
—Éste es un boceto a lápiz de mi abuela francesa,
realizado por Tissot mientras pintaba en Londres. Era una mujer hermosa, muy
cortejada en su juventud; aunque en la época en que yo la conocí era una
anciana formidable, y por cierto nada orgullosa de su torpe nieto. Creo que la
verdad era que no le agradaban en absoluto los niños. Le recordaban su edad.
Tissot sabía de verdad cómo pintar a las mujeres, ¿no cree? Observe el ángulo
de la cabeza y la curva sutil de los labios. Poseía mucha más sutileza que la que
los especialistas le atribuyen. Sus cuadros siempre estuvieron muy bien
terminados. Uno puede demorarse en ellos largo rato...
—Usted admira eso, ¿verdad? ¿El toque propio de la obra
acabada?
—No es exactamente eso. —Bayard parecía ansioso de
explicarse—. Es el talento, la capacidad personal para ejecutar lo que uno
elige: un instante de coraje, una textura hecha con esmero que reluce durante
siglos... Eche una ojeada a esta pequeña belleza. A primera vista usted juraría
que es un Monet. En realidad, fue pintada por el japonés Seiki Kusoda, y se
remonta al año 1912. Me lo regaló un cliente de Kyoto, para quien yo acababa de
organizar una filial norteamericana. El cliente era un hombre interesante en sí
mismo. Su padre había sido un fabricante de cubos de madera para los libros de
colores destinados a los niños. Había transmitido la artesanía a su hijo, y
sobre esa base él organizó una de las mejores imprentas japonesas. Incluso
propuso encargarse del catálogo ilustrado si un día yo aceptaba organizar una
exposición de las obras de Madeleine.
De pronto, un sentimiento de inquietud la dominó. La
colección le provocaba la misma impresión que el hombre. Algo difuso,
inconcluso, una colección de elementos valiosos sin coherencia. Le dijo con
brusquedad:
—Aquí hay demasiado, y no puedo asimilarlo de una sola
vez. Me gustaría suspender esto, y examinar la obra de Madeleine.
—¡Por supuesto! He sido muy desconsiderado. Y me temo que
soy un guía bastante aburrido.
—Usted no es aburrido. Lo único que ocurre es que no
advierte el efecto emocional que provoca, en el centro de una colección que
refleja una parte tan importante de su vida. Si estoy destinada a gozar con la
obra de su esposa necesito concentrar en eso mi atención.
—Podríamos dejarlo para otro día, si así lo desea.
—No. Preferiría hacerlo ahora.
—En ese caso, ¿podría complacer un deseo? Que vea sola los
cuadros. El deseo la inquietó por un instante. —¿Por qué?
—Ya no puedo ver los cuadros de Madeleine; percibo tan
sólo una única y brutal imagen de violencia. Quiero que usted contemple su obra
con ojo crítico, con el ojo de un tratante de arte. Pregúntese usted misma si
en verdad puede apoyarla como lo haría un promotor en el mercado. Dígame su
juicio definitivo. Bueno o malo, no me molestará; sólo deseo que sea sincera.
El instinto dijo a Anne-Marie que éste era un momento
peligroso, y que de él podía depender el resultado final de la relación
comercial entre ambos. De manera consciente o inconsciente, estaba poniéndola a
prueba, comparándola con una escala privada de cuyas normas ella nada sabía.
Vaciló, en busca de las palabras apropiadas, y después le formuló la pregunta
directa:
—¿Qué depende de mi respuesta?
La contestación de Bayard fue breve y precisa.
—Cada uno de nosotros ha revelado un interés privado. El
suyo es organizar una galería y una tienda de arte. El mío es la exposición
póstuma de la obra de Madeleine. Estoy tratando de determinar si es posible
satisfacer a la vez ambos intereses, o si es necesario mantenerlos separados.
—¡No! —De pronto ella se encolerizó—. ¡No! ¡No! ¡No! Usted
me pone en una posición imposible. Sabe que necesito la galería. Yo sé que
usted puede conceder o negar el alquiler. Si digo que no me agrada la obra, le
ofendo mortalmente. Si le digo que me agrada, quedo comprometida por una
decisión determinada por mi propio interés. Creo que será mejor dejar aquí el
asunto.
Durante un momento prolongado él clavó su mirada en ella,
y Anne-Marie no pudo leer ningún mensaje en esos ojos fríos o en la máscara
pétrea que los enmarcaba. Finalmente, Bayard dijo:
—Ahora que usted ha conseguido insultarnos a los dos, ¿por
qué no dejamos una situación bien delimitada? Vea los cuadros de Madeleine. Y
resérvese su opinión.
—Usted está manipulándome.
—¿Con qué propósito?
—No lo sé. Sólo sé que siento como si estuviese abriendo
la última y fatídica puerta del Castillo de Barba Azul.
Él echó hacia atrás la cabeza y se rió.
—Después que usted haya descubierto el secreto de Barba
Azul, él la estará esperando para servirle una copa y pagarle una cena.
Abrió la puerta, encendió las luces y dio un paso hacia un
lado para permitirle entrar en el comedor.
Cuando la puerta se cerró tras ella, Anne-Marie se sintió
dominada por el pánico. Cerró los ojos y apoyó la espalda contra los paneles, y
gritó en silencio para dominar sus nervios que estaban al borde de la histeria.
—¡Qué demonios esperabas! En teoría, estabas negociando el
alquiler de una casa. En cambio, permites que te lleven a beber cócteles con un
viudo de edad madura que se parece a Cary Grant, habla como un personaje salido
de una obra de Henry James, tiene una siniestra historia personal y también una
secuela emotiva. Posee por lo menos seis millones de dólares en obras de arte
colgadas de sus paredes y te obliga a entrar en esta gran cámara blanca porque
desea —eso es lo que él dice— un juicio independiente acerca del talento de su
esposa fallecida. ¡Bien, adelante! ¡Concédele lo que pide! ¡Cuanto antes lo
hagas, antes saldrás de esta región absurda!
Por fin, abrió los ojos y trató de concentrarse en los
cuadros distribuidos a lo largo de las paredes como las banderas de un antiguo
ejército.
De nuevo la magnitud misma de la obra la aturdió y
confundió. Necesitaba un paseo prolongado y lento que le permitiese
concentrarse. Ante todo, Madeleine Bayard era una tradicionalista, tanto por el
estilo como por la educación. Su dibujo era impecable. Las pinceladas estaban
controladas por completo. Las armonías de su paleta correspondían al modo
clásico. A primera vista, todo lo que aparecía en la tela estaba ejecutado con
tanta pulcritud que el espectador no atinaba a prepararse para soportar la
impresión del tema dominante.
Todos los cuadros representaban interiores de Manhattan:
un apartamento del último piso en los suburbios, un inquilinato de Harlem, una
tienda, un tren subterráneo, un camino cubierto, una choza construida con
cajones de embalar, la cabina de un remolcador en el río. A simple vista, cada
interior enmarcaba un episodio de la vida urbana, reflejado de manera hermosa
pero expresando de un modo o de otro la inestabilidad y la inquietud. Después,
llegaba a ser evidente que todos los personajes estaban aprisionados y en su
propio medio y pugnaban desesperados por liberarse. Se veían atraídos —lo mismo
que el observador— de modo irresistible, hacia un fragmento del mundo exterior:
un geranio en un pequeño cuadro de jardín; una amplia perspectiva de las calles
oscuras de la ciudad, con apenas un atisbo del cielo y el agua al fondo; una
gaviota solitaria, planeando sobre un espejo de agua. Había un cuadro
sorprendente que parecía un Sueño de la Virgen, y allí una vieja vagabunda,
muerta de frío en el portal de una iglesia, miraba, plácida y sin ver, a una
niñita que descendía por una calle alfombrada de nieve.
A pesar de los ambientes sombríos, el eje principal del
sentimiento de la pintora se orientaba hacia fuera y hacia arriba, hacia el
sueño norteamericano: una esperanza todavía visible, un paraíso con el que aún
se soñaba, una libertad que todavía no era inalcanzable.
Sin duda, Madeleine Bayard se había sentido aprisionada,
porque de lo contrario jamás habría podido pintar con tanta crueldad la
frustración del alma encarcelada. Pero, ¿dónde o por qué estaba maniatada? ¿Por
el matrimonio con Bayard? ¿Por la limitación de la vida urbana, el horizonte
concreto, la luz atenuada por la niebla espesa, los seres humanos que brotaban
por doquier y atestaban las calles de Manhattan? Fuera lo que fuese, un asesino
enloquecido la había liberado de eso. Ahora, el marido estaba sujeto al
recuerdo de Madeleine, y a causa de cierta lógica extraña y retorcida estaba
utilizando la obra de toda la vida de Madeleine para liberarse él mismo. Lo
cual conducía a otra muda autoinquisición de la propia Anne-Marie Loredon.
«¿Qué dirás cuando salgas de esta habitación...? Señor
Bayard, gracias por haberme permitido ver la obra de su esposa. Muy
impresionante. Ahora, si no tiene inconveniente, omitiré la cena e iré a casa a
lavarme el pelo. Usted sabe que no puedo hacer eso. Es un insulto a su propia
inteligencia. Está contemplando la clase de talento que aparece una vez en un
cuarto de siglo. No es posible, no debe hacerlo, no permita que eso se cubra de
moho en este mausoleo... Y otra cosa, muchacha, ¡no exageres tampoco el altruismo!
Hueles dinero —mucho dinero— y una reputación que puede forjarse de la noche a
la mañana. De modo que habla como la hija de un buen subastador, y promueve lo
que tienes e incluso lo que no tienes. Si Edmund Justin Bayard desea que lo
empujen, ya puedes cerrar trato. Si no lo acepta, por lo menos sabrás dónde
está enterrado un par de depósitos de tesoros artísticos; y eso vale mucho, lo
mires por donde lo mires.»
Era fácil protagonizar la escena en la soledad y en un
espectáculo mudo, pero no resultaba ni la mitad de fácil representarla frente a
un actor muy complejo. De modo que se demoró un rato, y estuvo contemplando la
acuciante imagen de la anciana vagabunda, envuelta en sus harapos helados, bajo
el arco normando de una iglesia elegante. Cuanto más miraba el cuadro, más le
parecía una obra maestra, con la soberbia escultura de los rasgos cerúleos, los
viejos harapos convertidos de forma sutil en una mortaja encerada, el hábil
tratamiento de la piedra gris y la luz invernal y la inocencia de una niña
solitaria.
De pronto, Anne-Marie experimentó otro breve escalofrío de
miedo. La mujer que había pintado este cuadro era incluso en la muerte
demasiado formidable para tenerla como enemiga. Había que aplacarla, elogiarla,
convertirla en amiga y aliada. ¿Acaso existía un modo mejor que convertirse en
su patrocinadora póstuma, en el alma sabia y compasiva que revelaba al mundo su
genio?
Respiró hondo, se acercó a la puerta y salió a la entrada
para reunirse en Edmund Bayard. El hombre le dirigió de forma intencionada un
saludo distraído.
—¿Qué beberá?
—¿Qué tiene?
—Vodka con Martini.
—Estará bien, gracias.
—He telefoneado a Le Cirque. No pueden proporcionarnos
mesa para cenar antes de las nueve.
—Es muy tarde. ¿Por qué no bebemos nuestras copas y
dejamos así el asunto?
—Como prefiera. —Si sentía desagrado, en todo caso no lo
manifestaba—. ¿Con aceituna?
—Sí, por favor. Se lo diré de modo directo y claro: estoy
trastornada por los cuadros de su esposa, me han trastornado. Ella fue y es un
gran talento. La pregunta siguiente es: ¿Qué se propone hacer al respecto? En
resumen, ¿su intención es mantener intacta la colección, o dividirla y
venderla?
—Conservarla yo mismo carecería de sentido. Tendría que
encontrarle un lugar en una institución. La institución necesitaría crear una
reputación póstuma, y después gastar muchísimo dinero organizando exhibiciones
en distintos lugares. Si yo fuera el fideicomisario de un organismo así,
declinaría con elegancia el honor y preferiría colecciones más conocidas. No...
—De pronto pareció tenso y habló con énfasis—. Yo amaba a mi esposa. Ella ha
muerto, pero sus cuadros la mantienen viva. Necesito sacarlos de mi casa, ¡y
expulsar de mi cama a su fantasma!
Era un grito de auténtica desesperación, pero Anne-Marie
no reaccionó. Se limitó a decirle con aire sereno:
—Por lo tanto, usted elegirá las telas que desea conservar
y pondrá en venta el resto. Si adopta ese criterio, desearía se me concediera
prioridad para organizar la exposición de venta. Pero antes de que usted haga
nada, es necesario que adopte otra decisión.
—¿Cuál es?
—Tan pronto se expongan esas obras, la historia del
asesinato de su esposa volverá a ocupar la primera plana. ¿Puede afrontar eso?
—Parece que no tengo muchas alternativas. Quizás una
confrontación pública definitiva con el pasado sea el remedio más eficaz en mi
caso.
—¿Cuánto podrá soportar en beneficio del plan?
—No la entiendo.
—Una exposición con tanta publicidad como ésta convertiría
el asesinato de Madeleine en un episodio de la historia del arte., con el mismo
derecho que la oreja de Van Gogh. —Es una afirmación bastante cruel.
—Es la verdad. Usted puede aceptarla o no, como le
parezca. Está en juego su propia vida. —¿Y para usted qué está en juego?
—Mi carrera. Esta exposición podría significar un comienzo
lleno de éxito. Pero antes de que lleguemos a eso, es necesario resolver otras
cuestiones. —Adelante.
—Usted me dijo que su esposa solía vender por medio de
Lebrun. ¿Hay un contrato o siquiera una obligación de cortesía entre usted y
él?
—Nada. Posee una pequeña galería muy exclusiva en la que
reúne a los impresionistas y posimpresionistas que pertenecieron a personas
fallecidas, y los lanza al mercado. Sus ventas para Madeleine fueron un favor
personal, y en cada caso la transacción implicó un solo cuadro. No sabría qué
hacer con la colección de Madeleine. Sabe que existe. Ni siquiera ha solicitado
verla.
—Excelente. Ahora, acerca del estudio que su esposa
ocupaba...
—Es un antiguo depósito en Weat Broadway. Madeleine usaba
los dos pisos superiores; la planta baja estaba vacía. Pensábamos reformar todo
el edificio. Cuando ella murió designé a alguien para que se encargara de ello
y traté de olvidar el lugar.
—Lo he visto. Estoy segura de que puede convertirse en
galería. Le pido que me ofrezca un arriendo decente con un alquiler razonable,
y una opción de compra. Haré arreglos y organizaré la exposición en el lugar en
que Madeleine creó las obras. Lo llamaré «Liberación», porque a eso se refieren
los cuadros.
Él la miró con expresión de absoluta incredulidad.
—¡Eso es macabro!
Anne-Marie atacó al instante.
—¿Macabro? ¡Dios mío! ¡Qué podría ser más macabro que ese
mausoleo de la habitación contigua, un lugar donde usted ni siquiera se atreve
a entrar! Aunque eso es asunto suyo... Creo que me agradaría otra copa.
—¿Usted siempre se muestra tan brutal?
—Sólo cuando me amenazan.
—¿Y yo la amenazo?
—Sí.
—¿Cómo, por Dios?
—Creo que usted manipula a la gente. Está tratando de
manipularme.
—Es la segunda vez que utiliza esa palabra. Empiezo a
considerarla ofensiva.
—En ese caso, sugiérame otra. Usted fue quien se refirió a
las normas básicas y al interés mutuo. Usted pidió la opinión de un tratante de
arte acerca de los cuadros de su esposa. Le he expresado mi opinión. He
formulado una propuesta en el sentido de representar la colección en el
mercado. He propuesto alquilar una propiedad que en este momento no le rinde un
centavo. Creo que a usted le corresponde contestar.
—Me parece —Bayard hablaba ahora despacio— que lo que
usted me está pidiendo es que confíe en su talento y la provea de una galería y
una exposición inaugural.
—¡No es así! —Había un deje de cólera en la voz de
AnneMarie—. Por lo que se refiere a la galería, le pagaré un precio justo por
el alquiler. Con respecto a mi talento comercial, usted se arriesga con él como
se arriesgaría con otro candidato cualquiera. En mi caso, el riesgo es menor,
porque soy una persona educada, entusiasta y hambrienta. Piénselo, abogado.
—¡Lo haré, señorita Loredon! —Sus rasgos tensos se
diluyeron en una sonrisa—. Y no se enoje conmigo. Los abogados son animales
prudentes. Lo cual me lleva a la siguiente pregunta: Supongamos que usted
cuenta con una galería y una exposición inaugural. A partir de eso, ¿qué viene
a continuación? ¿Cómo encuentra artistas que ofrezcan sus obras a exposiciones
futuras?
—Con viajes, correspondencia y el teléfono. Puedo decirle
ahora qué talentos se ofrecen en Taos o Toronto o Cleveland. Soy muy eficaz con
los archivos y los índices cruzados, y tengo corresponsales en Londres, París,
Florencia y Sydney, Australia. No me preocupa la continuidad en sí misma: pero
la continuidad del talento superior es otro asunto. De todos modos, el riesgo
es mío, no suyo.
—Lo sería si fuésemos socios.
Ella dedicó unos instantes a asimilar la idea, y después
la rechazó con énfasis. —Debo decírselo con franqueza: jamás contemplaría un
arreglo así. —¿Y si yo lo pusiera como condición de nuestro trato?
—La respuesta continuaría siendo negativa. Piense un
momento. Esta actividad ha sido siempre perversa. En vista de los precios
astronómicos que ahora se obtienen en las subastas, puede ser directamente
mortal. Si se difunde el más mínimo rumor de patronazgo o retribución entre
usted y yo, la exposición morirá antes de nacer: la reputación de Madeleine
como artista quedará destruida y mi carrera frustrada desde el primer día.
Además, ambos conocemos las reglas del juego. Usted es frágil. Yo estoy organizando
una carrera personal. No compliquemos nuestra vida.
—Me agradaría mucho contar con su amistad.
—Yo apreciaría la suya. Pero, con toda sinceridad, no
deseo complicar una situación comercial. —Lo cual a sus ojos parece más
importante que otra cosa cualquiera.
—En este momento, lo es. He trabajado duro durante mucho
tiempo, preparándome para una oportunidad. Desde el lugar que ahora ocupo la
cosa parece una manzana grande y roja que corona la fuente de las frutas. Sólo
tengo que extender la mano y tomarla.
—¿Qué sucede? —preguntó con calma Edmund Bayard —¿qué
sucede si de pronto aparto el frutero: ni alquiler ni exposición?
—Entonces sabré que usted es un hombre cruel y
destructivo, y no querré tener nada más que ver con usted. No juguemos, señor
Bayard. Acepte o calle. ¿Es un trato?
Pareció que pasaba una eternidad antes de que él
respondiese.
—Es un trato.
CAPÍTULO III
Max Mather entró en Suiza por la ciudad fronteriza y
cabecera ferroviaria de Chiasso. Soplaba un viento frío y llovía sin descanso.
Los italianos lo saludaron al pasar y los suizos le permitieron entrar con
trámites mínimos. Hubiera debido sentirse muy cansado, pero la adrenalina
ejercía toda su presión. Avanzó directamente hasta Zurich, se alojó en el Baur
au Lac y durmió hasta las doce del día siguiente.
Su primera visita después del almuerzo fue a un taller de
fotografía, al que encargó revelase sus tomas de las obras de Rafael y le
preparase dos juegos de ampliaciones.
Después, visitó al cónsul general de Panamá, un caballero
cortés y elegante de unos cuarenta y cinco años. Hablaba con gran fluidez
español, inglés, francés, alemán e italiano, y sus explicaciones eran
elocuentes y de admirable claridad. Dijo a Max Mather que por un pago por
adelantado y una cuota anual podía adquirir, lista para usar, una compañía
legal, registrada en Panamá, un conjunto de directores panameños, una carpeta
repleta de acciones al portador que era su derecho legal a la compañía, un libro
de actas y un documento de procuración que le permitiría, a él o a otra
persona, actuar en nombre de la compañía.
Podía elegir el nombre de la compañía de una lista ya
preparada, o inventar uno. Puesto que esta última alternativa implicaba ciertas
demoras de carácter administrativo, Mather eligió un nombre de la lista:
Artifax S. P. A. Con respecto a las funciones de la compañía, ésta podía hacer
lo que a él se le antojara, desde extraer petróleo a fabricar ropa interior
femenina. Pagó en efectivo al consulado y se encaminó directamente al Union
Bank de Suiza, en la Bahnhofstrasse. Allí, después de exhibir los documentos de
registro y las acciones al portador, abrió una cuenta para la firma, con la
liquidación en dólares procedente del legado Palombini. Hecho esto, alquiló en
nombre de la compañía una caja de seguridad, donde guardó los cuadros, los
cartones y los documentos de fundación de Artifax S.P.A.
Ahora poseía dos identidades, una personal y la otra
corporativa. La corporativa era una máscara casi perfecta, pues la verdadera
propiedad de la firma correspondía no necesariamente al comprador, sino al
tenedor de las acciones al portador. Por lo tanto, una identidad podía estar
separada por completo de la otra. Para coronar este divorcio, se dirigió al
estudio de un abogado recomendado, con puntillosa renuencia, por el propio
Banco.
—Señor Mather, por lo general no hacemos esto, pero en su
caso, como se trata de un cliente nuevo, de un forastero en nuestra ciudad,
faltaremos un poco a las normas. Este hombre goza de mucho prestigio. Se llama
Aloise Liepert.
Aloise Liepert era un pulcro caballero de cuarenta años
con una sonrisa agradable, un apretón de manos firme y un excelente dominio del
inglés de Oxford. También tenía una colega, a quien presentó como la doctora
Gisela Mundt, ex profesora de jurisprudencia de la Universidad de Zurich. Ella
parecía estar al principio de los treinta, tenía una risa divertida, usaba
prendas hechas a medida muy caras y hablaba con fluidez francés, italiano,
inglés, alto alemán y su schweitzerdeutsch nativo.
Mather mostró su carta de presentación del Union Bank.
Aloise Liepert aceptó —si mediaba un honorario de cinco mil francos suizos—
asumir el papel de abogado de Max Mather; por su parte, la doctora Gisela Mundt
sería la procuradora de Artifax S.P.A., de acuerdo con una delegación limitada
de poderes. Así, en el espacio de quince minutos, se creó una ficción en virtud
de la cual Artifax S.P.A. gozaba de existencia legal independiente, pero su
propiedad estaba envuelta en un secreto casi impenetrable, y sus activos, quizá
por valor de decenas de millones de dólares, estaban guardados en una bóveda
bancaria de la Bahnhofstrasse. Aquí, la doctora Gisela Mundt se rió con
expresión alegre y dijo:
—Ahora, señor Mather, usted se ha adueñado de nosotros.
¿Cómo desea utilizar nuestros servicios?
—En primer lugar —dijo Mather—, quiero saber cómo funciona
el privilegio legal en Suiza.
—Entre el abogado y el cliente es absoluto.
—¿También entre el abogado suizo y el cliente extranjero?
—En efecto —dijo Aloise Liepert—. Somos un país neutral,
una válvula de seguridad para el mundo. El secreto es nuestro activo más
valioso. Sin él, dudo que pudiéramos sobrevivir.
—En ese caso —dijo Max Mather con voz pausada— deseo
realizar una declaración, que ustedes refrendarán y mantendrán en una caja de
seguridad. Deseo darle el carácter más formal posible, con el fin de que
ustedes, que son mis abogados, puedan responder de buena fe a los interrogantes
que quizá surjan en el futuro acerca de mi persona o mis asuntos. Pueden
realizar las indagaciones que les parezcan convenientes para comprobar mis
afirmaciones; pero una vez que las hayan confirmado, les exigiré del modo más
absoluto que me aconsejen y procedan de acuerdo con mis mejores intereses.
Ustedes me mantendrán siempre en el terreno legal, y no propondrán ni me
permitirán actitudes que me lleven a zonas arriesgadas o mal definidas. ¿Me
expreso con claridad?
—Así es —dijo la doctora Mundt—. Debemos incorporar la
declaración que acaba de realizar a un escrito formal de instrucciones que
usted firmará después. Bien, si considera que es oportuno dictar ahora mismo,
la máquina está conectada.
—Me llamo Maxwell Mather. Soy ciudadano norteamericano. El
número de mi pasaporte es 9378567. Soy soltero. Soy académico profesional.
Poseo un doctorado en paleografía de la Universidad Princeton, y un grado de
master en historia del arte europeo. Durante los últimos cuatro años estuve
empleado como archivista de la familia Palombini, en la villa que ésta posee y
que se denomina Tor Merla, cerca de Florencia. Asimismo, durante la totalidad
de este período, fui el amante reconocido de la señora Pía Palombini, dueña de
la propiedad y jefa de la familia. Hace unas seis semanas ella falleció,
después de una prolongada dolencia de las neuronas motoras, y durante la mayor
parte de su enfermedad yo la cuidé día y noche. Los legados que ella me dejó,
registrados en el testamento hológrafo —del cual entrego una copia para
adjuntar a esta declaración— fueron los siguientes: dos años de sueldo, pagados
en dólares norteamericanos, todos los legados personales que ella me había
hecho, el automóvil que compró para mi uso y un recuerdo que yo debía elegir
del archivo en el que había estado trabajando. La familia no se opuso a estos
legados. El albacea de la herencia, Claudio Palombini, elogió con
agradecimiento la atención que yo había prestado a su tía. Siguiendo mi consejo,
donó el archivo a la Biblioteca Nacional de Florencia y me pidió que
permaneciese un tiempo para completar las negociaciones de la transferencia.
Nos separamos de forma amistosa y con sentimientos de mutuo respeto. Mi
intención es trabajar en Europa y Estados Unidos como tratante y asesor de
bellas artes. Poseo fondos suficientes, y espero que usted, doctor Liepert, y
usted, doctora Mundt, me aporten el asesoramiento legal que necesitaré de vez
en cuando. Fin de la declaración.
—De perfecta claridad. —Aloise Liepert parecía
desconcertado.
—Pero lo que no está tan claro —dijo en tono áspero Gisela
Mundt—, es qué le indujo a formular una declaración tan vacía.
—La razón —dijo Max Mather con voz neutra— es que el
regalo que elegí del archivo fue un sobre de lona cosido con hilo de zapatero y
sellado con cera de abejas. Estuvo sepultado bajo una pila de papeles desde que
yo mismo comencé a trabajar en el archivo. En el mundo soy la única persona que
conoce la existencia del sobre o su contenido.
—Que es, precisamente... —Liepert formuló la pregunta.
—Que puede consistir, repito, puede consistir, en dos
retratos sobre madera de Rafael y un juego completo de dibujos para un retablo.
Todas estas obras se remontan a 1505.
—Por lo tanto —dijo en voz baja Gisela Mundt—, quizás
usted sea un hombre muy rico. ¿Nadie le preguntó cuál era el recuerdo elegido
en el archivo?
—Nadie. Ni los abogados de la sucesión ni el propio
Claudio Palombini, con quien yo estaba en contacto regular.
—¿Eso no le pareció extraño?
—En efecto. Pero al reflexionar comprendí que ya no tenían
interés en el archivo; lo habían donado a la Biblioteca. La familia ya no
estaba interesada en el asunto. Liepert y Mundt se miraron. Liepert se volvió
hacia Mather y preguntó: —¿Su intención es conservar este legado? —En efecto.
—¿Está dispuesto a litigar por él?
—Sí.
—¿Dónde están ahora los cuadros?
—En una caja de seguridad, aquí, en Zurich.
—¿Cómo los sacó de Italia?
—Los traje conmigo, de un modo absolutamente legal.
—Es ilegal exportar obras históricas de valor sin un
permiso —dijo Gisela Mundt.
—Conozco la ley, doctora Mundt. Afirmo y puedo demostrar
que en este momento existe una duda muy grave acerca de la autenticidad de las
obras, y que, por consiguiente, no se ha cometido ninguna infracción.
—Señor Mather, ¿cuál es la duda que afecta a estas obras?
De nuevo era Gisela Mundt quien lo apremiaba.
Les dio una explicación extensa y detallada de sus
conversaciones con Niccolo Tolentino y les habló de las copias que éste había
ejecutado para Luca Palombini el Estafador. Al acabar su narración, Max realizó
un amplio gesto de invocacion.
—En fin, díganme ustedes, ¿el derecho está o no de mi
parte?
—Si todo lo que usted nos dijo es verdad —contestó
midiendo sus palabras Aloise Liepert—, sin duda tiene la ley de su parte.
—Al margen de que el derecho esté de su lado... —Gisela
Mundt pronunció estas palabras con una sonrisa inocente— hay otro interrogante
al que usted debe contestar por sí mismo. Nosotros nos ocupamos tan sólo de la
ley; por lo tanto, señor Mather, usted puede decir que es un hombre muy
afortunado. Quizás usted vale una fortuna, y acaba de contratar a dos de los
mejores abogados de Zurich para garantizar su conservación...
—En cuyo caso —dijo Max Mather con expresión feliz— pasaré
mañana para firmar la declaración. Aquí tienen una copia del testamento, que ha
sido registrado por el Anagrafe de Florencia. También les entregaré mañana los
negativos y una serie de fotografías de las obras. Sugiero que completemos la
educación de mis dos abogados con una visita privada al baluarte del Union
Bank. Si les parece bien, podemos hacerlo en cuanto yo haya firmado la
declaración.
—Y una vez concluidos estos trámites —preguntó Gisela
Mundt—, ¿cómo desea que procedamos?
—Exhibiendo una magistral inactividad —contestó Max Mather
con simpatía—. No hagan nada hasta que reciban mis instrucciones. Me concederé
un mes de vacaciones. Después, ya veremos. Gracias a ambos por su cortesía.
Hasta mañana.
Una vez Max se hubo marchado, Liepert y Mundt se miraron.
Mundt formuló la primera pregunta:
—Bien, Aloise, ¿qué piensa de él?
—Creo que dice la verdad, ¿y usted?
Gisela Mundt tenía una expresión pensativa.
—Me interesa. Me pareció un académico que nunca ha corrido
riesgos en su vida. Es una ave doméstica, que siempre anida bajo la protección
de los aleros. Ahora quiere la libertad y está volando con los halcones. Le
agrada. ¡Sólo abrigo la esperanza de que no lo despedacen!
Max Mather llegó a Nueva York, esbelto y bronceado después
de un mes en las pistas de patinaje. Se alojó en un apartamento con servicios
centrales, en el alto East Side, ordenó sus libros y papeles, realizó cierto
número de llamadas telefónicas que le permitieron reintegrarse a los circuitos
de Manhattan, y comenzó a planear la etapa siguiente de su campaña, que
consistía en preparar, en una maniobra de gran alcance, un mercado de
compradores para los tesoros que, según creía, había encontrado. El propio Max
no se comprometería en la venta. La tarea estaría a cargo de Artifax S.P.A.
Pero podía, respetando todas las formas y con absoluta seguridad, avivar el
interés con algunas revelaciones y conjeturas eruditas. Había aprendido mucho
acerca del mercado de arte gracias a Niccolo Tolentino y a los tratantes y
conocedores de Florencia, así como a sus propios viajes con Pía.
Otro aspecto también muy importante del ejercicio
consistía en conquistar la posibilidad de actuar sin que nadie cuestionase su
propiedad, sin que hubiera litigios civiles que inhibieran la venta de las
piezas.
En general, el asunto excitaba su sentido del humor.
Estaba actuando una fantasía que había dejado de ser tal para convertirse en
unafantasquerie, un capricho descabellado como un jugador que juega con el
dinero de la casa, y gana, pierde o empata.
Su maniobra inicial fue un almuerzo con Harmon Seldes,
director jefe de la revista Belvedere; era uno de los personajes reconocidos
del mundo del arte. Había sido difícil pescar a Seldes. Cultivaba una
reputación de elegancia, distanciamiento y autoridad olímpica. Pero en
definitiva el encanto profesional de Mather —y el hecho de que también él se
había diplomado en Princeton— consiguieron imponerse, y se concertó el
almuerzo. Seldes conocía el tema del patronazgo y el ascenso. Él mismo era
hasta cierto punto un esnob, y le intrigaba la idea de que alguien pudiese ser
el archivista privado de una familia noble. Infatigable recolector de fondos,
le impresionaba el hecho de que Mather hubiese orquestado la donación del
archivo Palombini a una institución pública. Tenía curiosidad por saber la
razón que había inducido a Mather a invitarlo. Mather explicó con puntillosa
modestia:
—Estoy realizando un estudio acerca de la economía
doméstica en Florencia a principios del siglo XVI y trabajo sobre la base de un
conjunto de libros de cuentas de la época. Los he recibido en préstamo del
archivo Palombini.
—Parece interesante —Seldes se mostraba cortés, pero sin
emitir juicio.
—Gran parte de este material implica una repetición
bastante aburrida, pero creo que en definitiva descubriré algo valioso. Pero
ésa no es la razón por la que deseaba verlo. El hecho es que he tropezado con
un detalle bastante extraño, y no sé adónde acudir con el asunto, o incluso si
en efecto debo hacer algo. Me pareció que, en vista de su larga experiencia y
de las relaciones que usted mantiene con las artes, podría estar dispuesto a
aconsejarme.
—Ese detalle extraño, ¿qué es exactamente?
—Dos retratos y cinco dibujos de Rafael para un retablo. Y
nada de todo eso aparece incluido en el catalogue raisonné. Seldes lo miró
atónito.
—¿Quiere decir que usted vio esas cosas? ¿Se las
ofrecieron? ¿Comprobó su autenticidad? ¿De qué se trata?
—Puedo demostrar que las obras fueron pintadas y pagadas.
También puedo señalar la fecha: octubre de 1505. Lo que les sucedió después aún
no está claro. Pero me agradaría mostrarle la prueba que he recogido. No es
algo que puedo llevar de aquí para allá, y por eso me dije que después del
almuerzo usted quizás esté dispuesto a acercarme a mi apartamento. Se halla a
sólo dos calles de aquí.
—¡Por supuesto! ¡Por supuesto! Se trata de una noticia
importante. Podría provocar bastante agitación en nuestro pequeño mundo.
—Eso es lo que me ha estado molestando. —Mather esbozó una
breve y dubitativa protesta—. No tengo la certeza de que esa clase de
publicidad sea conveniente. Desde mi punto de vista, sé que no podría
afrontarla, y detestaría molestar a la familia Palombini, que se ha mostrado
muy buena conmigo. Creo que ésa fue la verdadera razón por la que acudí a
usted. Seguramente sabe cómo manejar este problema de un modo discreto y, ¿cómo
decirlo?, académico de verdad.
—¡Por supuesto! ¡Por supuesto! Coincido del todo con
usted. —Las palabras fueron dichas con aparente indiferencia, pero los ojos de
Seldes denotaban ansiedad y un atisbo de codicia—. Ante todo, hay que
determinar qué podemos hacer: es decir, si se trata de un sencillo proyecto de
investigación o de una búsqueda de escala mundial para hallar obras maestras
desaparecidas, como es lógico, en el supuesto de que hayan sobrevivido a los
ataques del tiempo. El segundo interrogante consiste en saber qué desea usted
obtener personalmente de todo esto.
—¿Yo? —La risa de Mather era alegre e incluso aniñada.—
¡Sabe Dios! A lo sumo, un comentario breve en la historia del arte, una
acreditación que realce mi trabajo de estudioso. Y por lo menos la diversión de
la búsqueda de un tesoro.
—Eso me alienta. —Seldes asintió con un gesto grave de
aprobación—. Nada perjudica tanto un proyecto como la esperanza del beneficio
personal. ¡Vea! No es imposible que podamos financiar algunas investigaciones.
Podría encargar un artículo para la revista, y también, sin dificultad,
encontrar un patrocinador que pague un año de trabajo en Florencia. La
respuesta al enigma probablemente está en el propio archivo, y según usted me
dice ese material está clasificado sólo en parte. ¿Usted podría abordar este trabajo?
—Tengo acceso privilegiado tanto a la familia como a la
Biblioteca. Por otra parte, hay una inhibición muy real. —Vaciló apenas un
instante, lo suficiente para expresar un atisbo de emoción—. Pía Palombini y yo
nos amábamos de verdad. La cuidé durante su última enfermedad. No podría volver
sin ella a la villa o a la ciudad. De modo que más vale excluirme de la tarea.
—Perdóneme. —Era difícil saber si Seldes se compadecía o
más bien se sentía aliviado—. Lo comprendo, por supuesto. Pero, ¿usted podría
orientar y ayudar a otro investigador?
—Desde luego.
—En ese caso, incluso yo podría delinear personalmente el
proyecto, escribir el texto introductorio, definir la orientación de las
investigaciones, por así decirlo.
—¿De veras lo haría? —Mather era el perfecto inocente de
mirada deslumbrada—. Eso era lo que no me había atrevido a esperar.
—Pero ante todo tendré que verificar su material,
comprobar las fuentes...
—Hagámoslo ahora. Yo pagaré la cuenta.
Dos horas más tarde, Harmon Seldes estaba repantigado en
un sillón del apartamento de Max Mather, con un brandy en la mano, leyendo el
último documento de la cadena de pruebas, una carta reciente enviada a Mather
por el Custodio de los Autógrafos.
Estimado colega y amigo:
Le echo de menos. Todos le echamos de menos. Ahora que la
encantadora señorita Loredon también nos dejó nos sentimos doblemente
abandonados. En la ciudad de las flores necesitamos amigos para compartir la
primavera.
Le complacerá saber que la transferencia del archivo
Palombini a nuestra custodia ha terminado y que he sido designado curador de la
colección. A causa de este honor, que también influye sobre mi futura
jubilación, he contraído una gran deuda con usted.
Organizamos una gran ceremonia para celebrar la ocasión.
Estuvieron Palombini, nuestro director, el alcalde, los principales miembros de
la Comune, y funcionarios de las Belle Arti. Se dijeron cosas amables de usted.
Su nombre ha sido inscrito en nuestro libro de Oro de benefactores.
Usted me hizo también otro favor. En esa fiesta de
despedida, alegre y divertida, en honor de la señorita Loredon, usted propuso
que yo investigase la vida y la época de Luca Palombini. No tomé muy en serio
la idea. Como la mayoría de los eruditos me siento más cómodo en el pasado
seguro y distante. Además, tengo mis propios y desafortunados recuerdos de la
guerra, y no sentía deseos de renovarlos. Fue un período de confusión moral y
sentimientos de lealtad contradictorios, y la mayoría de nosotros quedó con
cierta deuda de culpa íntima. De todos modos, el concepto se abrió paso en mí y
finalmente me sedujo.
Sé que nuestro amigo Nicki le relató algunas cosas de
Luca. Usted manifestó un interés especial en las mujeres de su vida. Entre
todas —y mi lista es extensa pero incompleta— su esposa fue quizá la menos
interesante. Era una mujer de buena cuna, educada en un convento, y vivió la
vida entera protegida por una serie de certidumbres de las cuales ella no
dudaba. Luca le dispensó el respeto debido a la señora de la casa. La apreció y
quiso a sus hijos, y organizó el resto de su vida a su gusto y comodidad. Por
supuesto, en eso era tan absolutamente convencional como su esposa.
Con sus amantes se mostró generoso, pero nunca despilfarró
el dinero. Les compraba joyas, las vestía según la moda más elegante, las
alojaba en casas cómodas. Según los informes, era un amante brioso. Fue también
un tirano que no toleraba escenas ni murmuraciones. El más mínimo indicio de
que la mujer se avenía a relatar secretos de alcoba implicaba el fin
instantáneo de la relación.
La cantante de ópera Camilla Dandolo parece haber sido un
caso especial. Su voz era mediocre; nunca fue una «diva». Pero era hermosa e
inteligente, y Luca Palombini aprovechó a fondo su talento. Tengo la impresión
de que ella fue, en distintas ocasiones, agente, correo y un personaje de
confianza en la vida política de su amante. Tal vez ello explique el respeto
que todavía le profesan los varones más maduros de la familia Palombini.
También explica por qué se mostraron renuentes a comprometerla en las disputas
o el litigio con la esposa de Palombini. Es evidente que él la dejó bien
protegida. Le compró una parcela de tierra en la Romagna. Le dio paquetes de
acciones en diferentes enti. Pero no está claro si le regaló objetos valiosos
de la familia. Estimado colega, usted advertirá que he actuado como un voyeur
activo y ¡muy feliz!
Tras la muerte de Luca, Camilla Dandolo regresó a Milán.
Ya no se la requería como cantante, pero las autoridades de La Scala de buena
gana le permitieron cumplir la totalidad de su contrato. Cantó en funciones
benéficas, adiestró a los cantantes y actores jóvenes, y se comportó de manera
ejemplar.
Y de pronto, hecho sorprendente, contrajo matrimonio —fue
en noviembre de 1947—. El novio fue un tal Franz Christian Eberhardt,
brasileño, residente en Río de Janeiro. Adjunto, para su información, el
resumen de los registros Ufficio Anagrafe de Milán. De acuerdo con la crónica
periodística, la pareja fue primero a Lisboa, donde pasó la luna de miel, y
después se embarcó para Río.
Pero existe cierto rumor no confirmado, que mi mente vieja
y retorcida me dice que podría ser cierto. Dicho rumor afirma que Franz
Eberhardt fue uno de esos oficiales nazis que huyó al sur, en dirección a
Italia, y después, con la ayuda de viejos amigos de la Iglesia y el Estado, se
fugó de forma definitiva a América del Sur.
Y aquí, mi querido y joven colega, concluye la historia,
como sucede con todas nuestras narraciones italianas, con un atisbo de
melodrama. Y bien, ¿qué me dice usted? ¿El trabajo va bien? Me fascina el
borrador de material que me ha enviado acerca de sus tesis. Me pregunta sobre
cierta antigua capilla que estaba en los límites de la villa Palombini. Realicé
algunas investigaciones al respecto, y descubrí que en efecto existía todavía a
mediados del siglo XVII una capilla votiva consagrada a san Gabriele. Pero fue
el escenario de la violación y el asesinato de particular brutalidad de una
joven campesina del lugar. La construcción fue desconsagrada y arrasada por
completo. La madera y las piedras fueron usadas para construir graneros y
anexos de la villa. Los campesinos afirman que el lugar todavía está embrujado
por una doncella con la cara velada, que espera a los muchachos desprevenidos
para atraerlos a la destrucción.
Creo que ésta es una de las fascinaciones de nuestra
profesión: uno vuelve una página polvorienta y ante sus propios ojos se
despliega una historia completa. Pero estoy mostrándome lírico... y cuando eso
sucede, mi esposa dice que soy muy aburrido.
Escríbame pronto. Me intrigan sus relatos de ciertas
travesuras en los campos nevados. Aún me intriga más su consagración a deportes
tan enérgicos como las carreras cuesta abajo. Son cualidades inverosímiles en
un erudito. ¿O tal vez ese mismo sentimiento revela mi ignorancia? Después de
todo, los británicos siempre destacan el valor de las proezas deportivas, y los
rusos las convirtieron en un elemento político. Nuestras proezas se manifiestan
en la cama o en el campo de batalla. ¡Eheu fugaces! Sea como fuere, me estoy
volviendo demasiado viejo para practicar esos juegos.
Afectuosos saludos.
GUIDO VALENTE
(Custodio de los Autógrafos y ahoracurador del Archivo
Palombini)
Seldes dobló con cuidado la carta y la devolvió a Mather.
En su tono se manifestó un respeto distinto.
—Parece que usted tiene talento para la amistad.
—Guido Valente es un individuo muy especial: un hombre del
Renacimiento hasta la punta de los dedos.
—¿Puedo preguntarle, Max, ¿no se opone a que le llame Max,
verdad? Usted llámeme Harmon... —Gracias.
—¿Puedo preguntarle, Max, si usted ha compartido esta
información acerca de las obras de Rafael con la familia Palombini o con su
amigo Valente? Esta carta parecería indicar que así fue.
—Todo lo contrario. Por muy buenas razones, me he
abstenido de comentar el asunto.
Seldes le dirigió una mirada rápida y apreciativa, y dijo
midiendo las palabras:
—Quizá me confundió la referencia a la Capilla de san
Gabriele, tanto en la carta como en los libros de cuentas.
—Así es. —Mather habló con cierta aspereza—. La capilla y
las referencias a Luca Palombini pertenecen al contexto de mis conversaciones
con Pía durante los últimos meses de su vida. Ella padecía una enfermedad que
la debilitaba, la llamada dolencia de las neuronas motoras. Dormía mal y
siempre temía que un espasmo que la sofocara pudiera sumirla en la oscuridad.
Yo solía sentarme junto a ella y la alentaba a hablar y a relatarme episodios
de sus parientes y sus recuerdos tribales. Debido a las circunstancias mismas
de la narración, los relatos eran desordenados y fragmentarios. En los últimos
tiempos he estado intentando evocarlos y ponerlos por escrito. Esto no elimina
el dolor, pero parece que así es más soportable.
—Lo comprendo —dijo en tono benigno Seldes—. No quiero
ofenderlo, pero ¿puedo saber por qué prefirió abstenerse de comentar el asunto
de las obras de Rafael con la familia Palombini? Después de todo, fueron los
propietarios originales.
Por dos razones. —La respuesta de Mather fue rápida pero
denotó cierta tensión—. En primer lugar, di con la referencia sólo después de
la muerte de Pía. Por otro lado, Pía me había hablado de ciertas disputas en la
familia acerca de la administración de los activos del grupo por parte de Luca
durante el período fascista y la ocupación alemana. Es evidente que Luca estaba
pagando su propia supervivencia y apostando a todos los números. Nunca pedí
detalles, y Pía jamás me los dio. Éramos amantes, pero yo continuaba siendo el
extraño. Ahora bien, tras su muerte, la familia se mostró muy respetuosa y
considerada. Esa relación es muy importante para mí. Quiero mantenerla intacta.
De modo que mantengo quieta la lengua cuando se trata de asuntos de familia.
Confieso, en la intimidad de esta habitación, que a menudo me pregunté si Luca
había utilizado éstas y otras obras perdidas para concertar acuerdos con los
alemanes, es posible que con los representantes de Goering para las cuestiones
de arte, individuos que por entonces desarrollaban una intensa actividad en
Italia. Pero como usted sabe, los italianos no miran con buenos ojos ese tipo
de indagaciones cuando las realiza un extranjero.
—Así, pues, ¿la familia nada sabe de estas líneas
contenidas en los libros de cuentas?
—Eso es. Pero antes de que aquí se publique nada yo me
sentiría obligado a informarles de la situación, y por lo menos a invitarlos a
que cooperen con las averiguaciones.
—Es precisamente lo que pienso. —Resultaba obvio que
Seldes se sentía satisfecho—. Si usted me ofrece otra copita de brandy, me
marcharé en cuanto me la haya bebido.
Alzó su copa y no protestó cuando Mather le sirvió una
cantidad generosa.
—Max, vayamos al grano. Me gustaría publicar unos cuantos
extractos de su tesis en Belvedere. Pagamos bien. Es probable que la
publicación le ayude cuando usted salga a buscar editor. Desde mi punto de
vista proporcionaría un tono académico apropiado a un proyecto de
investigación. ¿Qué me dice?
—Me encantaría, de veras. Por supuesto, necesitaré su guía
en la selección de los pasajes apropiados.
—Para resolver eso, le suministraré la ayuda de uno de
nuestros editores principales. ¿Se opone a trabajar con una mujer?
Max Mather advirtió en seguida la trampa escondida en la
proposición. Sonrió. —Al contrario. Me gustan mucho las mujeres.
—¡Bien! —Seldes pareció aliviado—. Esto me lleva al punto
siguiente. Si queremos hacer bien esto, hay que imprimirle el sello apropiado,
es decir, un patrocinador de categoría. Después de ver todo su material, y
sabiendo que hay mucho, mucho más que debe ser examinado, estoy seguro de que
podré convencer a los directores de Belvedere de la conveniencia de respaldar
el proyecto. ¿Qué le parecería eso?
—Me sentiría muy halagado.
—¿Consideraría la posibilidad de unirse a nosotros, sobre
la base de cierto honorario, con el título de, por ejemplo, editor ayudante?
—Bien, si usted cree que estoy a la altura de las
circunstancias...
—¡Mi estimado Max! —De pronto, Seldes se mostró efusivo—.
Usted es un estudioso distinguido. Su experiencia es limitada, pero muy
especial. Posee su propia escala de valores. Me sentiría agradecido si usted
los compartiese conmigo. Incluso es posible que yo trate de arreglar mi
programa de actividades con el fin de incluir un viaje a Florencia a fines de
mayo o principios de junio. Si usted no pudiera acompañarme, tal vez arreglaría
las presentaciones...
Max Mather apenas podía contener su alegría. La codicia de
Seldes era muy evidente. Deseaba se le atribuyese el mérito del descubrimiento.
Olía que después conseguiría grandes ventajas. ¡Que así fuera! Seldes era una
potencia en el mundo del arte. Adonde él iba, lo seguía el dinero (dinero de
las galerías, de los clientes, de las fundaciones). No importaba lo que
hiciera, jamás podría encontrar los cuadros, pero todo lo que este hombre
hiciera contribuiría a elevar el valor comercial definitivo. Pero Seldes
también sabía eso, y era probable que se comportase como un inquisidor tenaz,
dispuesto a deparar sorpresas peligrosas. Preguntó:
—Esta señorita Loredon, mencionada en la carta, ¿tiene
algo que ver con Hugh Loredon, el hombre de Christies?
—Es su hija. Estuvo trabajando en Florencia bajo los
auspicios de las Belle Arti. Una joven inteligente.
—Supongo que es hermosa... —Muy hermosa.
—En su tiempo, Hugh fue también un demonio apuesto. —No lo
conozco.
—Debería conocerlo. Sabe mucho de arte, ¡pero aún más del
comercio con el arte! Y a propósito —en ese momento desvió la conversación en
otra dirección—, no hemos hablado de la propia colección Palombini. Seguramente
usted la conoce muy bien.
—Bastante bien. Supervisé la catalogación practicada para
el albacea por Niccolo Tolentino. Debo decirle que, salvo unas pocas obras de
calidad, la mayor parte es chatarra, copias y originales de calidad inferior.
Una cosa puedo afirmar: aquí no hay obras de Rafael. Sabemos que otrora estaban
con el resto. Pero, ¿cuándo salieron de allí y en beneficio de quién? Sea como
fuere, si viaja a Florencia me las arreglaré para que usted pueda visitar la
villa y conocer la colección. También prepararé entrevistas con Guido Valente,
Niccolo Tolentino y un par más de personas interesantes de Florencia.
—Muy generoso por su parte, Max. Muy generoso. Por
supuesto, tengo mis propios amigos en Florencia, pero sí, me encantaría conocer
a su gente. —Los laureles olímpicos de Seldes comenzaban a desordenarse un
poco—. En cuanto al empleo, llámeme el lunes. Fijaremos un día para charlar y
conocer a algunos de mis mejores colaboradores. Si me lo permite, me llevaré
una copia de su manuscrito, de manera que podamos realizar una lectura antes de
nuestra próxima reunión. Y con respecto a las obras de Rafael, el asunto queda
entre usted y yo, hasta que lo hayamos organizado todo. Capisce?
Mather lo acompañó hasta la salida y lo miró mientras
Seldes descendía por la calle en dirección a Lexington. Quizás era un asno
vanidoso, ¡pero poseía inteligencia! Con unos pocos movimientos ágiles había
asumido el control de la investigación, había concentrado en su persona toda la
publicidad respectiva y, por lo tanto, los beneficios que pudieran surgir del
asunto. Que era exactamente lo que Max Mather había planeado. Harmon Seldes y
su revista representaban una patente más de legitimidad. Y alejaban de forma
considerable a Mather de los propios cuadros. Lo convertían en un humilde
erudito, que actuaba a la sombra de otro mucho más grande. ¡Amén! ¡Que así
fuera! Harmon Seldes sería siempre un amigo inseguro que podía convertirse de
la noche a la mañana en un enemigo peligroso; pero Dios no permitiese que lo
asesinaran o que un taxi lo atropellase. Por el momento, valía mucho dinero
para Maxwell Mather.
Con ese pensamiento feliz burbujeando en su cerebro,
Mather descolgó el receptor del teléfono, llamó a Anne-Marie Loredon y la
invitó a beber y cenar en Gino's. La protesta de Anne-Marie repiqueteó en el
receptor.
—Max, eres un monstruo. No me has invitado a comer desde
tu llegada, y ahora lo mejor que puedes ofrecerme es Gino's.
—¿Acaso hay algo mejor? Me encanta ese viejo local, me
gustan las cebras y todo lo demás. Me abrazan cuando entro. Me sirven una
Sambucca gratis antes de que me marche. El vino es bueno. La comida es buena. Y
ambos podemos pulir nuestro italiano. A propósito, recibí una carta de Guido
Valente. Te echa de menos. Todos te echan de menos en Florencia.
—Yo también los he añorado.
—¿Me has añorado?
—No demasiado. Estuve atareada. Y he tenido suerte. Te lo
contaré todo mientras bebemos. —Yo también tengo noticias para ti. Pero
reservaré las mías para la pasta. Te amo. —No lo creo, pero es agradable
oírtelo decir. ¿Te va bien a las siete y media? —A las siete y media. Ciao,
bambina!
Cuando colgó el teléfono y comenzó a ordenar su escritorio
y a lavar las copas, le asaltó una oleada de tristes recuerdos: de la Torre de
los Mirlos; de Pía Palombini, frágil y temerosa, aferrándose a él en busca de
cariño; de Niccolo Tolentino, el jorobado de los ojos luminosos y las manos
mágicas. También recuerdos de Anne-Marie, cuando despertaba al alba en su
apartamento para escuchar el sonido de las campanas del Angelus y preguntarse,
aunque fuese sólo un instante, dónde y cuándo había desaparecido toda la
inocencia de las cosas.
El súbito asalto del recuerdo confirió un toque especial
de emoción a su encuentro con AnneMarie. Se abrazaron con ternura. Se
instalaron frente al mostrador para beber un cóctel cada uno, y después se
acomodaron frente a una mesa junto a una pared entera pintada con cebras
rampantes. Pidieron pasta, vitello toscana y una botella de Barolo. Mientras
esperaban, Anne-Marie continuó el nervioso recital de sus noticias.
—En definitiva, el resultado es que tengo la galería.
Comienzo con la exposición de los cuadros de Madeleine Bayard. El propio Bayard
me ha encargado que lo represente, tanto en la compra como en la venta. Su
colección es muy valiosa, pero es una mezcolanza heterogénea que necesita
selección y un nuevo enfoque. Aparte de eso, no he podido planear nada. Bayard
negoció en términos duros. Me ha concedido un alquiler de cinco años con opción
a renovar el contrato por tres años más, pero insiste en que ocupe el edificio
entero. De modo que ahora tengo que subalquilar los dos pisos superiores para
pagar la renta. Lo cual me deja más apretada de lo que yo deseaba estar.
—¿Contemplarías la posibilidad de subarrendarme los dos
pisos?
—¿Qué harías con ellos?
—Convertiría uno en un apartamento para mí mismo.
Organizaría un estudio y sala de conferencias en el otro. Tengo el propósito de
invitar a Nicki Tolentino a Nueva York, con el fin de que ofrezca una serie de
conferencias y clases magistrales. Si eso funciona, invitaré a otros expertos.
Anne-Marie meditó la propuesta un buen rato, y después
preguntó: —¿Compartirías conmigo a Nicki? —¿De qué modo?
—Dividimos los costes y los ingresos, pero yo lo dirijo
con los auspicios de la galería. Sería una maravillosa tarjeta de presentación:
de un solo golpe contaríamos con la categoría de profesionales serios.
Mather le dirigió una sonrisa por encima del borde de su
copa.
—Y ahora, ¿quién está negociando con dureza? ¿El trato
incluye algún premio? Piensa ahora con cuidado, porque tengo noticias que
todavía no has escuchado. —¿Qué clase de premio tienes en mente?
—En Florencia propusiste que colaborásemos. ¿Todavía estás
interesada? —¿Qué te propones hacer?
—Exactamente lo que sugeriste. Me instalo en Europa. Tú me
usas como comprador, vendedor y negociador. Dividimos las comisiones. Yo viajo
entre Estados Unidos y el Continente, de modo que estaremos en contacto
permanente.
—¡Hecho!
—Entonces, y para que sepas qué afortunada eres, ¡acabas
de contratar al nuevo editor ayudante de Belvedere!
—¡Max, viejo zorro! ¡No puedo creerlo!
—Bambina, será mejor que lo creas. Hoy he almorzado con
Harmon Seldes. Hemos acordado publicar extractos de mi monografía florentina.
También me ha incorporado al elenco. De modo que, señorita Loredon, como usted
ve, tiene un amigo en el periódico de arte más prestigioso del mundo. Usted ha
pegado un buen salto y ya está en el aire.
—¿Qué parte de todo esto planeaste antes de llegar a Nueva
York?
—No mucho, amiga mía. Soy un improvisador inspirado. ¿Eso
te molesta?
—No, me alegro de que estés aquí. Últimamente me siento...
digamos que muy expuesta.
—¿A qué? ¿O es mejor preguntar a quién?
—A todo; pero en especial a Bayard. Estuve dependiendo
totalmente de su buena voluntad. Todavía lo estoy.
—Me parece que él ha negociado contigo un acuerdo bastante
bueno. El alquiler de su local, los cuadros de su esposa ofrecidos en el
mercado, una representante entusiasta y hermosa que trabajará para su propia
colección... ¿hay que agregar algo a la lista?
—Max, no es nada que deba importarte.
—Dadas las circunstancias, me importa. No estoy buscando
un ménage á trois.
—¿Por qué no, Max? Por lo que sé, te sientes bastante
cómodo con ese tipo de arreglo.
Apenas pronunció las palabras Anne-Marie se arrepintió. La
reacción de Mather fue extraña. Guardó silencio largo rato, los ojos fijos en
el dorso de sus manos. Después, como si no concediera importancia a lo que
decía, respondió:
—Por supuesto, tienes razón. Soy muy eficaz en las
situaciones triangulares, mientras conozca las reglas fundamentales desde el
primer día. Soy flexible, muestro un discreto buen humor, soy el tipo que vive
y deja vivir. He conseguido conservar la amistad de la mayoría de las mujeres a
quienes conocí.
Anne-Marie extendió las manos y encerró entre las suyas
las de Max.
—¡Por favor, Max! He sido perversa, y me disculpo. No hay
nada entre Bayard y yo, excepto el negocio. Me hizo una insinuación, pero fue
el primer día. Después se ha mostrado muy correcto, muy firme en nuestros
tratos. De todos modos, sé que se siente atraído por mí, y por eso estoy en
guardia cuando lo trato. Por favor, ¿puedes olvidar lo que he dicho? Deberíamos
estar celebrando, no riñendo.
Max Mather le dirigió una sonrisa torcida.
—Deberíamos hacer eso. Y lo haremos. Pero ante todo
hablemos un poco más de negocios. La exposición de Madeleine Bayard. ¿Adviertes
que la historia del asesinato volverá a la superficie? ¿Y cómo afrontarás el
asunto?
—¡Lo aprovecharé en todo lo que vale!
—¿Y Bayard aceptará eso?
—Ya ha aceptado.
—¡Está loco... y tú también!
—¡Primera norma, Max! Nunca me digas cómo debo dirigir mi
negocio.
Mather replicó con aspereza.
—No vivirás para dirigir tu negocio si practicas juegos
psicológicos en esta ciudad. ¿Has oído hablar de los crímenes por imitación?
¡Por Dios, deja eso en la sombra! La nota elegíaca: «La vida es breve. El arte
es perdurable. La obra inmortaliza a Madeleine Bayard.» Compondré para ti el
condenado texto si es necesario.
—¡Está bien, Max! ¡Está bien! Lo pensaré.
—¿Cuándo proyectas inaugurar la galería?
—Ahora estamos a fines de enero. Quiero abrir a lo sumo a
mediados de abril. He planteado una paga especial a los contratistas si pueden
terminar hacia el primero de abril.
—Lo cual significa que podrás presentar dos exposiciones
antes del Cuatro de Julio. Inauguras con Madeleine Bayard. ¿Qué sigue?
—Oliver Swann, de Nuevo México. Pinta paisajes que
expresan una fuerza tan elemental que uno casi no puede creerlo. Y además, es
un personaje pintoresco. Permitirá ofrecer buenos textos. Después, no estoy
segura de lo que haré durante el verano.
—Ése podría ser el momento oportuno para presentar a
Niccolo Tolentino, que durante un mes pronunciará conferencias y dictará clases
magistrales. Podrías cobrar un precio de entrada muy elevado. Si organizas una
buena publicidad la gente formará fila frente a la galería. Piénsalo. Si lo
apruebas, hablaré en seguida con Nicki.
Sin que viniera a cuento de nada, Anne-Marie dijo:
—Has cambiado, Max. Veo a un hombre distinto del que vivía
en Florencia. —¿Cambiado en qué sentido? ¿Mejor? ¿Peor? ¿Más, menos?
—Más energía, más cálculo. De pronto, eres un hombre que
tiene prisa. Nunca fuiste así. Solías venir a la ciudad. Nos divertíamos.
Después, te marchabas sin prisa. Eso me gustaba. Ahora, no estoy segura...
El camarero depositó frente a ellos dos platos de
fetuccine, junto con la pimienta y el parmesano, sirvió el vino, les deseó buen
apetito y se alejó. Estaban por la mitad del plato de pasta cuando Mather dijo
en tono casual:
—Querría pedirte un favor.
—Di.
—¿Me presentarías a tu padre? Estoy pensando en vender un
par de objetos bastante valiosos. Quisiera asesorarme, pero, a ser posible con
un experto bien dispuesto. —¿Qué clase de objetos, Max?
—Reliquias de familia: un reloj Tompion que, según me
dijeron, es muy valioso, un anillo antiguo con una esmeralda tallada, y un par
de cosas más. Necesitaré dinero en efectivo para pagar el subarriendo y la
renovación del local.
—Mi padre no evaluará personalmente esas cosas, pero
conseguirá una opinión experta en la compañía. Le diré que atienda tu llamada.
—¡Gracias! —Max alzó su copa para brindar—. ¡Por los
viejos tiempos... y por otros mejores!
Comieron y bebieron, y conversaron. Una hora después él
anduvo con Anne-Marie a lo largo de las seis calles que lo separaban del
apartamento que ella ocupaba. Anne-Marie no lo invitó a pasar. Él tampoco se
demoró. La besó en las dos mejillas, al estilo italiano, y se giró dispuesto a
seguir su camino. Ella lo detuvo.
—¡Max!
—¿Sí?
—¿Estás enojado conmigo?
—Por supuesto que no... aunque me enojaré si permaneces
aquí y comienzas a explicarme que tienes jaqueca. Te llamaré por la mañana, y
no olvides telefonear a tu padre. —No lo olvidaré. Buenas noches, Max.
Un beso al aire y él se fue, caminando briosamente y
silbando una versión desentonada de La ci darem la mano. No se sentía del todo
insatisfecho. Un poco de sexo después de la cena hubiera sido agradable, pero
podía conseguir lo mismo descolgando el teléfono. Lo importante era que su
identidad, borrosa después de una prolongada ausencia, ahora estaba cobrando
formas reales y concretas. La publicación de su monografía le conferiría la
autoridad de un erudito. Con carácter de editor ayudante de una revista importante
podía ir a muchos lugares y formular las preguntas que deseara. Como
colaborador de una galería nueva y bien vinculada, sería cortejado por los
tratantes en general.
Ahora necesitaba cierta orientación legal referida a las
condiciones locales, ¿y quién mejor podía suministrarla sino el propietario de
la casa de Anne-Marie, abogado de la Asociación de Tratantes de Arte de Estados
Unidos?
Edmund Justin Bayard se recostó en su sillón, unió las
yemas de los dedos de ambas manos y mirando por encima de éstas estudió a su
visitante. Lo que vio le pareció agradable: un indiviuo joven y apuesto, bien
cuidado, el traje confeccionado por un buen sastre, la camisa y la corbata
hechas a medida, los gemelos de los puños y el reloj caros pero no ostentosos.
Bayard preguntó:
—Señor Mather, ¿quién le recomendó que viniese a verme?
—Su nombre surgió en una conversación con la señorita
AnneMarie Loredon, con quien cené anteanoche. Me dijo entre otras cosas que
usted es el abogado de la Asociación de Tratantes de Arte de Estados Unidos.
Por eso estoy aquí.
—Señor Mather, ¿en qué puedo servirle?
—Permítame aclararle, en primer lugar, que no soy tratante
de arte. Soy un erudito, paleógrafo e historiador, interesado sobre todo en la
historia del arte europeo. Me propongo publicar cierto material en la revista
Belvedere, donde acabo de ser designado editor ayudante. La señorita Loredon me
pidió que la representase en Europa. Nunca lo hice antes, y por eso consideré
que debía familiarizarme con los elementos legales referidos a la adquisición y
la entrega de obras de arte importantes originadas en Europa. Si voy a
recomendar una compra, debo conocer los requerimientos legales acerca del
título de propiedad, el origen, la exportación y la importación. En este campo
soy novato del todo.
Bayard sonrió tolerante.
—Señor Mather, no se preocupe demasiado por el asunto. Hay
unos cuantos principios sencillos. A partir de eso, usted tendrá que lidiar con
normas y reglamentos que varían de un país a otro.
—Pensé que quizá se habían publicado algunas
orientaciones, un manual redactado por la Asociación de Tratantes.
Edmund Bayard se rió, con un sonido seco y agrio, que
concluyó en una exclamación.
—¡Mi estimado Mather! ¡Eso que ha dicho es la auténtica
prueba de su inocencia! ¿Manual? ¡Dios Mío! El tratante hace todo lo posible
para publicar poco o nada, y prometer un poco menos acerca de los artículos que
él vende. Él es siempre el inocente, que actúa de buena fe entre un comprador
dispuesto y un vendedor dispuesto. Dígale que usted compró un Del Sarto en una
subasta de Lichtenstein; se mostrará dispuesto a aceptar su palabra. Y se
sentirá del todo feliz si usted puede presentarle algunos papeles más o menos
razonables. Si alguien cuestiona su derecho a la obra, el tratante dará un paso
atrás y dejará que ustedes dos disputen. Muéstrele una falsificación más o
menos decente y él la mirará con su ojo ciego y calculará sus posibilidades de
venderla a un tercero. No necesita una calculadora para decirle en qué fecha
expira el reglamento de limitaciones en relación con una obra de arte robada.
No garantiza el origen, aunque pueda hacerlo. Lo que vende es lo que el
propietario representa, lo que el comprador ve. Si la obra cae de la parte
trasera de un camión y el propietario aparece gritando y reclamando la pieza,
el tratante rehúsa toda responsabilidad... En serio, señor Mather, en tanto que
tratante o agente su posición más segura es tratar cada caso por sus méritos y
traspasar la responsabilidad al comprador. Si hay dudas acerca del título de
propiedad o el origen, limítese a formular sus reservas; deje el resto a cargo
de la señorita Loredon y de sus abogados.
—¿Es decir, usted mismo?
—No necesariamente; aunque una vez ella sea miembro de la
Asociación, tendrá acceso a mi asesoramiento. Como probablemente ya le dijo,
ella comprará y venderá para mi colección personal. Por lo tanto, habrá
ocasiones en que usted y yo estaremos relacionados de modo directo.
—¿Usted estaría dispuesto a aceptarme como cliente? —Sí,
si usted me elige.
—Me gustaría hacerlo. —Mather le entregó su tarjeta—. Esta
es mi dirección y mi número de teléfono, ambos provisionales. Abrigo la
esperanza de subarrendar los dos pisos altos del edificio de la señorita
Loredon.
Bayard lo miró con un nuevo y súbito interés.
—¿Dos pisos? Es mucho espacio.
—Uno para vivir, el otro como sala de conferencias y
estudio. Proyecto traer al principal restaurador de las Pitti de Florencia para
dirigir una serie de seminarios de verano acerca de la conservación y temas
afines. La señorita Loredon está interesada en la idea. Desearía participar. Si
el asunto tiene éxito, traeré a otros expertos europeos en disciplinas afines.
—Un proyecto interesante, en serio. ¿Usted conoció a la
señorita Loredon en Florencia?
—Sí. Estuvo allí bajo los auspicios de las Belle Arti. Yo
era archivista de una de las viejas familias de la ciudad. Nos conocimos por
casualidad. Puede presentarle a los artistas y artesanos locales. Visitamos
juntos muchas galerías e iglesias.
—Señor Mather, ¿percibo matices románticos?
—No. La dama florentina de quien yo estaba profundamente
enamorado falleció hace pocos meses. No estoy dispuesto a asumir un nuevo
compromiso. La señorita Loredon tiene sus propias ambiciones, que no incluyen a
mi persona.
—¿Cree que podrá realizarlas, aquí en Nueva York?
—Es probable. Tiene buen gusto y una educación amplia. Es
muy decidida. La gente simpatiza con ella. De modo que, en efecto, yo diría que
tiene más que una buena posibilidad. A propósito, se sintió muy impresionada
con los últimos cuadros de su esposa.
—Lo sé. Por eso le encargué que pusiese en venta las
obras.
—Y eso me lleva a otro de los motivos de mi visita.
Considero difícil abordar el tema sin parecer impertinente.
—¡Por favor! Diga lo que crea necesario.
—La señorita Loredon y yo estuvimos comentando la
exposición y las inevitables evocaciones del asesinato de su esposa en el
periodismo. Me dijo que usted había analizado el asunto y decidido afrontar e
incluso aprovechar la publicidad.
—Sí, ése es más o menos el asunto.
—Discrepé —dijo sin rodeos Mather—. Y se lo dije a
Anne-Marie.
—¿Y...?
—Primero me dijo que me ocupase de mis propios asuntos;
después, aceptó pensar en ello. —¿Cuál era su objeción?
—La repetición del crimen. La posibilidad de incitar a
individuos inestables con historias sangrientas relatadas de un modo
espeluznante. Por otro lado, las obras de arte originan una magia poderosa,
sobre todo cuando la gente se congrega para verlas.
Bayard reflexionó un momento sobre las palabras de Mather,
y después asintió de manera cautelosa.
—Comprendo su razonamiento. Volveré a hablar del asunto
con la señorita Loredon. ¿Alguna cosa más?
—Desearía formularle dos preguntas más.
—Señor Mather, usted paga mi tiempo. —Bayard de nuevo
parecía haberse serenado.
—¿Qué constituye exactamente el título de propiedad cuando
se trata de una obra de arte?
—En primer lugar, la posesión. Aún sigue siendo nueve
décimas partes del derecho. Después, una prueba cualquiera de traspaso legal:
una nota de venta, un documento de donación, un testamento, incluso una tarjeta
de felicitación con motivo de un cumpleaños.
—He oído decir que el título puede caducar después de
cierto período de tiempo.
—Si un artículo se ha perdido, fue robado, se extravió
durante treinta años, se entiende que el título ha caducado.
—¿De manera que, treinta años después de haberlo robado,
el ladrón puede aparecer frente a usted, en la puerta de su propia casa, y
ofrecerle la venta del artículo que le arrebató?
—Exacto. Si usted no satisface su precio, puede meterse la
obra bajo el brazo y alejarse, libre como el viento. Como ve, está protegido en
dos aspectos. No puede ser acusado por el delito porque el reglamento de
limitaciones es aplicable y, después de treinta años, el título del objeto es
suyo por derecho de posesión.
—La siguiente pregunta: la exportación y la importación.
Algunos países limitan o prohíben por completo la exportación de obras de arte
importantes consideradas tesoros nacionales. —Así es.
—Sin embargo, casi todos los países permiten la
importación de obras de arte exportadas de forma ilegal.
—No es del todo así, señor Mather. El concepto en realidad
tiene carácter negativo. La mayoría de los países no se consideran obligados a
preguntar si la exportación fue o no legal, sobre todo si el asunto no implica
otros actos criminales; por ejemplo, los objetos no están incluidos en las
listas de la Interpol como artículos robados. Lo que sucede en la práctica es
lo que le he explicado al principio: el tratante, o el subastador, no pregunta.
Se da por satisfecho con la prueba del título. Está complacido ante el origen
claro de la cosa. Nadie pretende que él se comporte como funcionario de aduana
de los franceses, los británicos o los italianos. Pero ese hombre es lo
bastante sensato como para no comprometerse de forma directa con operaciones de
contrabando. Se abstiene de pagar un centavo hasta que los artículos están
sanos y salvos en sus propias manos, en el país donde proyecta venderlos.
—Parece que tengo mucho que aprender —dijo Mather con una
sonrisa seca. —Estoy seguro de que es capaz de asimilar con rapidez —dijo
Bayard en tono neutro—. Ahora, yo le formularé una pregunta. —Adelante.
—¿La señorita Loredon le ofreció una participación en su
negocio? —No. ¿La pregunta responde a un motivo específico?
—Muy sencillo. Le pedí que considerase una asociación
conmigo. Me rechazó. —Yo no lo tomaría como una cuestión personal.
—Señor Mather, me complace que diga eso. No disimularé el
hecho de que la dama me interesa mucho.
—En ese caso —dijo Mather con una sonrisa—, le ofreceré un
consejo... ¡gratuito! No se apresure. ¡Es una mujer muy independiente! —Lo
recordaré, señor Mather, y gracias. —Gracias a usted, señor Bayard.
Apenas Mather se marchó, Bayard descolgó el receptor del
teléfono y marcó un número de Murray Hill.
—¿Lou? Bayard. Otro nombre en el círculo de Loredon:
Maxwell Mather. La conoció en Italia. Se asociará con ella en la galería. No
creo que haya nada más que amistad, pero me gustaría saber qué lugar ocupa
exactamente este hombre en el plan de Anne-Marie Loredon. Le leeré la
dirección... ¿Qué? Oh, sí, hasta ahora estoy muy satisfecho. La considero una
candidata más apropiada de lo que esperaba.
CAPÍTULO IV
Hugh Loredon, subastador extraordinario, era la imagen
perfecta de un caballero rural: los cabellos blancos, el cutis rojizo, la
afición a los tweeds y los chalecos de fantasía, un ojo atento a las mujeres,
un ingenio agradable, una lengua elocuente y un instinto de animal salvaje para
el gusto y el estado de ánimo del público de una subasta. Mather, que lo había
invitado a almorzar en su apartamento, hacía una hora que escuchaba las
explicaciones y las anécdotas de su huésped.
—...Cuando uno los ve desde el estrado, parecen un canasto
repleto de cobras dispuestas a erguirse y morder. De modo que ante todo es
necesario seducirlos, producir música, hipnotizar a la gente para que acepte el
ritmo de las ofertas. Todos han estudiado el catálogo; todos saben lo que
desean comprar, y todos se preguntan si cuentan con dinero suficiente en el
bolsillo. Un rato más tarde uno aprende a identificar a los concurrentes
habituales. Si se logra calmarlos, ayudan a tranquilizar al resto de la multitud.
He trabajado en Londres, París, Nueva York, Ginebra. Cada lugar es diferente,
pero todos son iguales: codiciosos y falsos. A veces uno percibe una auténtica
corriente sexual que proviene de la sala. Hay una mujer que formula una oferta
tocándose el pezón izquierdo con la mano derecha. Otra que abre y cierra las
piernas como un fuelle. Lo cual es irritante, se lo aseguro, porque tiene unas
piernas muy hermosas... A propósito, esta comida es espléndida. ¿Dónde aprendió
a cocinar?
—Recibí lecciones.
Loredon asintió con gesto aprobador.
—¡Hombre sensato! Muchas jóvenes no saben cocinar, y todas
tienen mucho apetito. Mather se echó a reír. —¿La voz de la experiencia?
—Una larga, una prolongada experiencia. El único problema
cuando uno cena en los restaurantes es que después la distancia hasta el
dormitorio es muy grande... Dijo que podría mostrarme algunas cosas.
—Sírvase usted mismo un vaso de oporto mientras yo las
traigo.
Mather dejó un espacio en la mesa y depositó allí su
reducida serie de tesoros: el reloj Tompion, la esmeralda tallada, una caja
esmaltada, un par de pistolas de duelo del siglo XVII (las había admirado en
Brescia, y Pía había insistido en comprarlas).
Loredon extrajo del bolsillo una lupa y examinó
cuidadosamente cada artículo. Su veredicto fue breve.
—A menos que sea indispensable, es un tonto si vende estos
artículos. Deposítelos en un Banco y consérvelos como seguro para su vejez.
Este reloj es una belleza. La inscripción indica que lo fabricaron en 1704, el
año en que Tompion fue designado Maestro de la Compañía de Relojeros de
Londres. Es una pieza de museo. Le producirá entre setenta y cinco mil y cien
mil. Vendí uno hace diez años por cincuenta. La joya... es interesante, pero no
tan importante como para impresionar en una gran subasta. La caja es hermosa,
Luis XIV. Quizá treinta mil. Las pistolas, más o menos diez. El valor aumenta
cada año que estos objetos permanecen con usted. A usted le toca decidir. Si lo
desea, pediré a nuestros especialistas que realicen una inspección completa de
los artículos y después conversen con usted para arreglar una reserva y una
fecha apropiada de presentación. Por otra parte, podríamos tratar de negociar
una venta privada. Tenemos una lista bastante amplia de clientes
internacionales.
—Llévelos a subasta —dijo con brusquedad Max Mather—.
Estoy tratando de aliviar parte de la carga que pesa sobre mi vida. Todavía no
me apremia la necesidad de dinero, aunque es posible que me vea en esa
situación cuando firme el subarriendo con Anne-Marie y comience a arreglar un
apartamento.
Infórmeme cuando esté preparado —dijo Loredon en tono
casual—. Yo diría que aquí dispone fácilmente de cien mil dólares, una vez
descontada la comisión. En un día bueno, tal vez más. —¿Qué determina un día
bueno?
—¡Sabe Dios! Para mí, es el modo en que el martillo se
adapta a mi mano cuando lo elevo.
—Desearía mostrarle otra cosa. Ni siquiera Anne-Marie está
al corriente de esto. En breve aparecerá mi artículo acerca de este asunto en
Belvedere. Deseo que hasta ese momento usted no comente el tema.
Hugh Loredon sonrió y se encogió de hombros.
—¡Usted es muy confiado! El mundo del arte es el negocio
en que las murmuraciones están al orden del día. Pero creo que puedo guardar un
secreto... hasta que escuche la misma cosa en labios de otro. Adelante.
Mather trajo los libros de cuentas de la familia Palombini
y tradujo para Loredon las diferentes entradas. Loredon frunció el ceño,
desconcertado.
—¿No le parece extraño? Las obras fueron pintadas en 1505
por un hombre a quien incluso en vida se reconocía como un gran maestro... y
después nadie las vio ni las mencionó.
—¿Extraño? Sí; pero la cosa no carece de precedentes.
—¿Y qué cree que sucederá cuando se publique su artículo?
—Lo mejor sería una respuesta que indique que las obras
han sobrevivido. Imagino que lo peor sería el silencio.
—Quizá suceda más de lo que usted anticipa. —No entiendo.
Hugh Loredon se sirvió otra copa de oporto y cortó una
fina rebanada de queso. Mordisqueó el queso y lo acompañó con un trago de
oporto. Se pasó la servilleta por los labios y con voz pausada formuló su
advertencia.
—Max, usted está hablando de tesoros. Si puede conseguir
cuarenta millones de dólares en la subasta de un girasol de Van Gogh, ¿cuánto
cree que pueden valer estas obras? Digamos cien millones, y es un cálculo
prudente. Si las llevamos a subasta sólo los subastadores recibirán comisiones
del diez por ciento del comprador, y del diez por ciento del vendedor, es
decir, veinte millones. De modo que nosotros somos partes muy interesadas desde
el principio. Después, piense en las restantes víboras del grupo: los tratantes,
los grandes coleccionistas, las instituciones, las fundaciones. Todos
manifestarán su interés en usted, Max. Agitarán el dinero bajo su nariz,
querrán emplearlo, ofrecerle los honorarios que se reservan para el
descubridor... Es más, lo seguirán dondequiera vaya. ¿Entiende? Es un ejercicio
barato. Usted es el hombre que posee el mapa del tesoro, un mapa auténtico,
absolutamente real, veraz en todos los detalles. Incluso yo me sentiría muy
complacido de convertirme en su sombra durante doce meses, sólo para garantizar
que mi compañía no pierda la oportunidad de obtener una comisión de veinte
millones. Y hasta aquí estoy hablando de los intereses legítimos; pero, ¿qué me
dice de los muchachos del mercado negro? En Atenas hay un armador millonario que
protege a un ladrón de arte que trabaja sólo para él. Hay un coleccionista
colombiano, nuestro cliente, del que todo el mundo sabe que recibe obras de
arte robadas. ¿Por qué no debería hacerlo? Tiene una fortaleza en la montaña y
un ejército privado que lo protege. En todo esto no hay nada nuevo. En los
viejos tiempos, los condottieri solían vivir del botín...
—¿Quiere decir que no debería publicar mi artículo?
—No tengo derecho a decir tal cosa. Usted es un erudito.
Yo soy un subastador. Ambos deseamos que las obras aparezcan, cada uno por sus
propias razones. Me limito a señalarle que éste no es un juego de salón... Nada
tiene que ver con la estética o los valores absolutos. Esto es comercio,
comercio de artículos raros y limitados, tan especializado como el antiguo
tráfico de especias o el nuevo de los secretos comerciales. Éste no es un lugar
apropiado para los aficionados. Las recompensas son elevadas. El juego es duro,
sucio y a veces francamente peligroso. Además, es posible que entrar en este
juego les cueste mucho dinero... Entiendo que desde el punto de vista económico
usted se encuentra en una posición cómoda, pero no es rico. Por lo que me ha
dicho AnneMarie, le agrada la vida serena del académico. Me limito a advertirle
que el próximo par de pasos que usted dé puede llevarlo a la Cocina del
Infierno.
—Imaginemos —dijo con serenidad Max Mather—, imaginemos
que decido abstenerme de publicar y realizo mi propia investigación.
—No puede. —Hugh Loredon se mostró enfático—. Es demasiado
tarde.
—¿Por qué no puedo?
—Porque cuando habló con Harmon Seldes, fue como si ya
hubiese publicado su trabajo. Él sabe lo que usted sabe. Conoce la fuente de su
información. Ya está conversando con sus patrocinadores financieros... Mi
posición es la misma. Sé lo que usted sabe. A lo sumo, me he comprometido a
mantener el secreto hasta que ya no sea secreto, en un momento cualquiera, a
partir de ahora. Pero como usted es amigo de mi hija y es buen cocinero y
detestaría que lo maltraten, le formulo esta advertencia.
—Soy un idiota —dijo Max Mather con absoluta convicción.
—Sólo ignorante —dijo en tono alegre Hugh Loredon—. Eso
nada tiene de malo. Ser estúpido es distinto... Ahora, debo pedirle un favor.
—Dígalo.
—Estoy preocupado por la relación de Anne-Marie con Ed
Bayard. —¿Dios mío, por qué?
—Está unida demasiado estrechamente a ese hombre; y él ha
conseguido manipularla. —Es una mujer. Sabe decir que no. —¿El asunto no le
molesta? —¿Por qué debería molestarme? —Creí que ustedes dos...
—No. Anne-Marie y yo pasamos momentos agradables en
Italia. Nos divertimos mucho y ninguno de los dos lo lamenta. Aquí, en Nueva
York, la diversión ha concluido y somos nada más que amigos que trabajan
juntos. Lo cual nos acomoda a ambos. De modo que, si desea salir con el Sha de
Persia o con el recolector de residuos, es un asunto que sólo a ella le
concierne.
—Entonces, se lo diré de otro modo. —De pronto, el rostro
de Huhg Loredon adquirió una expresión sombría, y su cara rubicunda pareció
ensombrecerse y hundirse—. La esposa de Ed Bayard era una bella mujer y una
excelente pintora. Él velaba por ella de un modo absurdo. Trató de separarla de
sus amigos, de mantenerla en un estado de permanente incertidumbre acerca de su
talento. Nunca le permitió exponer, a lo sumo realizar ventas privadas. La
mantuvo en un estado que resulta destructivo para un artista: la constante duda
de sí misma. En el campo del derecho, es un hombre brillante. En su vida
privada, es un sádico retorcido...
—¿Y cómo sabe todo eso?
—Madeleine Bayard y yo fuimos amantes.
Mather emitió un silbido de sorpresa.
—¿Bayard lo sabía?
—Creo que sí. Carezco de pruebas en ese sentido...
—¿Y usted permitió que su hija llegase a un acuerdo con
él?
—No pude impedírselo. Resolvió todo el asunto antes de
hablar conmigo: firmó el alquiler, y el contrato por la exposición. Agitó los
documentos bajo mi nariz como un estandarte, porque deseaba que me sintiera
orgulloso de ella... ¿qué sentido tenía exhumar un sórdido fragmento de mi
historia?
—¡Hugh, usted es un condenado tonto!
—Lo sé. Desaproveché el momento.
—Tonterías. Dígaselo ahora, si usted no lo hace, yo me
encargaré. ¿La Policía nunca le interrogó acerca del crimen?
—Sí, por supuesto. Pero lo único que pudieron probar fue
que Madeleine y yo éramos amigos que a veces compartíamos la cama.
—De modo que el asunto está registrado y no es secreto.
¿Qué más les dijo?
—Nada. Tiene que entender que hasta el fin yo traté de
mostrar un perfil muy discreto. No deseaba el escándalo; para mi compañía las
apariencias son muy importantes. En ese momento había otros asuntitos, porque
las mujeres acaudaladas dominan el escenario del arte. No tenía nada que decir
a la Policía, excepto que Bayard había labrado la desgracia de su esposa. Lo
cual no pareció muy convincente en vista de que él era el marido ofendido y yo
el amante de dedicación parcial. —Pero Bayard, en efecto, tenía un motivo para
el crimen.
—Quizá. Pero la Policía lo borró de la lista de
sospechosos en un momento muy inicial de la investigación.
—Entonces, ¿por qué me lo dice usted ahora?
—Porque... porque tengo miedo. Estoy seguro, como lo estoy
de mi propio nombre, de que Ed Bayard utilizará a mi hija para vengarse de mí.
—Probablemente eso no es una expresión sincera de sus
sentimientos de culpa, pero no cuadra con los hechos. Anne-Marie me dijo que
llegó al estudio de un agente de bienes raíces.
—Pero una vez que comenzaron a negociar, cuando Bayard
supo quién era ella... ¿entiende?
—Entiendo por qué usted está preocupado. No veo qué puede
hacer, salvo decirle la verdad.
—Si lo hago, ¿usted me prometerá permanecer cerca de ella?
¿Tratará de saber lo que está sucediendo entre ella y Bayard?
—Ése no es mi estilo, Hugh.
—Mi hija me ofreció una versión distinta. Me dijo que
usted acompañó a su amiga italiana hasta que ella murió en sus brazos. Que
usted es bueno en la cama. Que es generoso con sus amigos. Que no hace escenas
y limpia la cocina. Afirma que en usted hay mucho más de lo que parece a
primera vista.
—Es un truco social —dijo Mather con humor ácido—. Más o
menos como extraer conejos de una galera de seda.
—Lo sé, Max. Usted lo sabe. Pero mientras sepamos cerrar
la boca, la ilusión es eficaz.
Unas horas después, Loredon se retiró, serenado por el
café negro, y un tanto entristecido por los recuerdos que él mismo había
evocado. Mather recogió la impresión de un actor envejecido que había
encontrado la técnica necesaria para continuar trabajando mientras así lo
deseara, pero para quien el papel ya no encerraba sorpresas y cuya
representación carecía de convicción. Su encanto desenvuelto y su cinismo
superficial parecían enmascarar una sombría soledad.
Para el propio Mather, el almuerzo había sido un episodio
provechoso. La revista, la casa de subastas, la galería; todos estos elementos
eran patentes de respetabilidad. Por otra parte, poco a poco las ficciones
comenzaban a entrelazarse con los hechos correspondientes a otras vidas, frente
a las que hasta ese momento él había conseguido mantener cierta distancia.
El dilema de Hugh Loredon ilustraba acerca de algo que el
propio Mather había aprendido gracias a una dura experiencia: la debilidad y el
poder del cavalier's sirvente, el caballero profesional. Su existencia pública
era una vida a medias, durante la cual la amante lo enarbolada como una bandera
al alba, y después lo arriaba y plegaba al atardecer. Por lo demás, era una
posesión personal de la señora: la vida en común era una actividad secreta en
la cual la sensualidad y la venalidad, la pasión y la perversidad confluían en
una combinación química inestable. El único elemento que la mantenía en
equilibrio era su intimidad. Sólo el caballero veía los defectos y las arrugas
de Milady. Sólo Milady conocía la cobardía de su servidor. Tan pronto otra
persona entraba en la habitación, la frágil combinación adquiría un carácter
explosivo.
Al principio, Mather había mirado con simpatía a Loredon,
porque lo comprendía y podía sentir por él. También abrigaba sentimientos
cálidos respecto de Anne-Marie, que avanzaba tan confiada a través del campo
minado de las locuras de su padre. No deseaba intervenir en los asuntos de
ambos, pero como había elegido usarlos para sus propios propósitos era como un
insecto atraído de forma inexorable hacia la flor atrapamoscas.
Estaba moviéndose en su cocina, apilando platos, secando
cubiertos y reflexionando sobre este cambio de su perspectiva, cuando sonó el
teléfono. Era Anne-Marie.
—Max, ¿qué haces?
—En este momento limpio mi cocina. Tu padre y yo hemos
almorzado juntos. ¿Qué puedo hacer por ti?
—Salgo ahora mismo de casa y voy al estudio. Me reuniré
allí con el arquitecto. Creo que deberías conocerlo para hablarle del plan que
deseas ejecutar en tu sector. —Buena idea. Pasa a recogerme. Te esperaré en la
calle.
El viaje hasta el centro fue una pesadilla. El chófer
haitiano, sordo a todas las protestas y maldiciendo sin cesar en créole, se
precipitó sobre el tránsito como si los Ton-Ton Macoute estuvieran
persiguiéndolo con machetes. Cuando llegaron al estudio, Mather estaba
dispuesto a matarlo con las manos desnudas, y Anne-Marie, aturdida por las
maniobras temerarias del automóvil, incluso jadeaba.
Mather la tranquilizó y la obligó a caminar media calle, y
a respirar aire fresco. Después, permanecieron unos instantes contemplando la
parte exterior del almacén, cuya fachada era de hierro, fundida y trabajada en
los tiempos opulentos de los barones del acero. Tenía un doble frente, con una
ancha puerta en el centro y ventanas de barrotes a cada lado. La puerta tenía
en cada nivel una escotilla a través de la cual los artículos elevados con un
torno podían ser llevados a cada sector de almacenamiento.
En el interior, el lugar se hallaba desnudo por completo.
Había un ascensor anticuado y una amplia escalinata. Al fondo de cada piso, un
cuarto de baño. Aparte de estas dependencias, los cuatro pisos tenían abundante
espacio libre, interrumpido sólo por las delgadas columnas de hierro fundido
que sostenían el peso de las vigas de acero del piso y la carga del techo.
Ascendieron por la escalera, inspeccionaron cada piso y
después descendieron juntos en el ascensor. Mather observó sorprendido que los
pisos habían sido pulidos poco antes, y que la totalidad del interior tenía una
primera mano de pintura. Preguntó a Anne-Marie:
—¿Tú has hecho esto?
—No. Lo recibí así. El contrato de alquiler dice que debo
reintegrarlo en la misma condición. ¿Qué te parece, Max?
—¡Es una ganga! La estructura es sólida. No hay indicios
de filtraciones en el techo, la carga reposa sobre vigas de acero y pilares de
hierro. La plomería es antigua pero sólida. El ascensor necesita un motor
nuevo. También tendrás que contar con aire acondicionado de ciclo dual. Aparte
de esto, todo consiste en colocar tabiques y pintar, con un buen plan de
iluminación. El resto es superficial: algunos cuartos de baño sencillos y
atractivos, una cocina bien equipada y un poco de vajilla...
—¿Qué te parece como futura galería?
—Está bien. El distrito está progresando. Es una población
joven y próspera. Puedes acceder a los compradores veteranos de la parte alta
de la ciudad, a los que poseen dinero desde siempre, con anuncios y
correspondencia directa. Imagino que tu padre puede ayudarte a confeccionar una
buena lista de clientes.
—Puede hacerlo, y lo hará. ¿Os habéis entendido?
—Sí, muy bien, le ha gustado mi cocina. Y su conversación
ha sido muy agradable. Aprueba que trabaje para ti. Cree que puedes recurrir a
un tutor. —Empiezo a creer que lo necesito. —¿Alguna razón en especial?
—En realidad, no... salvo que estoy invirtiendo mucho
dinero, y no gano nada; de modo que es natural que me sienta nerviosa. Además,
Ed Bayard es un poco más de lo que necesito ahora. —¿Más insinuaciones?
—No. Lo único que ocurre es que él se muestra tan... tan
intenso. Ayer me pasé dos horas en su casa, catalogando cuadros para la
exposición. Al cabo del día me sentía agotada. Incluso aquí tengo una sensación
extraordinaria de... de presencia.
—¿A pesar de la limpieza que hizo Bayard?
—¿Quieres decir que él intenta cubrir con pintura los
recuerdos?
—¿Cuántos propietarios neoyorquinos te conceden una
limpieza y un trabajo de pintura gratuita cuando alquilan un depósito?
—¡Hablas como si fuese algo siniestro! Yo lo creo
maravilloso. —Tienes razón. Lo es. Le encenderé una vela cada mañana.
En ese momento llegó el arquitecto, con una gran cantidad
de planos y la cabeza rebosante de sugerencias para la galería, el almacén, el
sector destinado a conferencias y la residencia de Max Mather. Dos horas
después los tres estaban sentados y comían en un restaurante del vecindario
dirigido por dos jóvenes vietnamitas conocidas como las hermanas Trung. La
comida era buena, y el servicio era pródigo en sonrisas. El arquitecto, que
ahora residía en Soho, tenía abundante información.
—... He estado difundiendo la noticia de la inauguración
de la galería. A todo el mundo le gusta que se instalen ustedes aquí. Ello
borra la maldición que pesaba sobre el lugar, por así decirlo... Yo me trasladé
a este distrito poco antes del asesinato, y les aseguro que durante un tiempo
el valor de la propiedad descendió. Fue un asunto muy macabro.
—Lo sabemos —dijo en tono seco Max Mather—. Estamos
tratando de olvidarlo, y usted ha venido para diseñar una galería, no un
mausoleo.
—Disculpen. —El arquitecto se deshizo en excusas—. No
hablaré más del tema... ¡jamás! Ahora, volviendo al asunto de la iluminación...
Así, por muy poco margen fue posible salvar la comida,
pero Mather mantuvo la inquietante convicción de que el silencio era más
peligroso para Anne-Marie que una declaración franca y directa de las locuras
de su padre. Pero como debía prestar atención a su propio interés secreto,
llegó a la conclusión de que no sería él el portador de malas noticias. Era
frecuente que la muerte fuese la única recompensa que esos mensajeros recibían,
y así terminaban con dos monedas de cobre para asegurar que sus ojos permaneciesen
cerrados. En el caso de Max Mather la conducta más sensata era mantener los
ojos abiertos y la boca cerrada, y ser el buen amigo de todo el mundo: los
Loredon, Bayard, Harmon Seldes, el tío Tom Cobbley y la joven de los anuncios
de shampú.
Permaneció levantado hasta tarde, y escribió una carta
detallada a Claudio Palombini. Se trataba de un relato sencillo y franco de las
referencias acerca de las obras de Rafael, una mención de la inminente
publicación del material y una petición de ayuda en relación con
investigaciones ulteriores.
... Es evidente que la publicación de mis comprobaciones
suscitará mucha curiosidad acerca de las obras perdidas, en el supuesto de que
en efecto se hayan perdido y no estén sepultadas en una de las colecciones más
recónditas que según sabemos existen, pese a que jamás se publican los
catálogos correspondientes a las obras.
Por supuesto, es posible que usted sepa acerca de estas
piezas detalles que yo no poseo. En caso afirmativo, y si usted cree que está
en libertad de comunicarse conmigo, me complacerá disponer la publicación, con
el correspondiente reconocimiento.
Confío en que usted y su familia gocen de buena salud. El
recuerdo de mi querida Pía todavía agobia mis sueños. En medio del estrépito
del tráfico neoyorquino añoro el sonido de los mirlos frente a mi ventana...
No era todo mera charla. El sentimiento nostálgico era
casi auténtico. Su papel de erudito ingenuo era también casi sincero. Lo que no
podía manifestar era la excitación de su nueva actividad, un licor potente como
el alcohol de alta graduación; y la satisfacción de ver que un plan de campaña
cobraba forma y de observar el campo de operaciones con el propósito de
descubrir las minas y las trampas.
Se frotó los ojos fatigados y abordó la última tarea de la
noche: la preparación de sus notas para el encuentro con Harmon Seldes en
Belvedere.
Seldes le ofreció una calurosa bienvenida calculada de
antemano: un recorrido por las oficinas, una copa de jerez con los principales
editores, un almuerzo con el director y el abogado de la firma, quien le
propuso un contrato de doce meses como editor ayudante y una cifra que era un
cincuenta por ciento más elevada que lo que él había previsto. Después del
café, Seldes lo llevó a su propia oficina para mantener una conversación
privada acerca de lo que él denominaba «esos cuadros suyos de Rafael».
—Max, he pensado profundamente en el asunto. Esta es mi
propuesta. Publicaremos su trabajo en el número de abril. Estamos sobrecargados
de material, de modo que eso es lo mejor que podemos hacer. Los responsables
del material gráfico buscarán algunas ilustraciones interesantes. Ahora bien,
propongo a Leonie Danziger como editora de su trabajo. Es una colaboradora
independiente, y una de las mejores en la ciudad. Ya ha leído su material, y ha
formulado algunas sugerencias excelentes. Trabaja en su propio apartamento. Lo
espera allí, a las tres de la tarde. ¿Le parece conveniente?
—Por supuesto.
—Ahora bien, con respecto a la referencia a Rafael,
propongo eliminarla de su texto. La presentaremos en un recuadro, desde luego
referido a usted, y aclararemos la relación con la fuente que usted mismo
trajo; pero yo mismo me ocuparé de la presentación. De ese modo, usted contará
con todas las ventajas de nuestra aprobación y nuestro respaldo a su trabajo.
¿Ve algún problema en este criterio?
—Ninguno en absoluto.
—Debo decir, Max —de pronto Seldes pareció un tanto
inquieto—, que lo veo muy pasivo en relación con todo este asunto.
—Soy un hedonista feliz —dijo Mather encogiéndose de
hombros—. Los celos académicos me impacientan.
—He estado pensando en eso —dijo Harmon Seldes—. Por
supuesto, lo he investigado. La información académica es adecuada, pero escasa.
La historia social es —por qué no decirlo— ¡interesante!
La sonrisa de Mather era la expresión misma de la
sinceridad. Abrió los brazos en un gesto muy latino.
—Dígalo de una vez, Harmon. Usted publica mi artículo, me
emplea, y se pregunta si he leído la tarjeta con el precio.
—Max, ¿qué dice la tarjeta del precio?
—Usted quiere llevar en persona la investigación sobre las
obras de Rafael. —¿Y cuál es su reacción al respecto?
—Me siento satisfecho, estoy tranquilo, soy un hombre
feliz... no hay el más mínimo problema. —Usted me sorprende.
—¿Por qué? Recuerde que yo vine a buscarlo. Procedí así
porque usted es una de las pocas personas que pueden organizar y llevar a cabo
una investigación tan amplia y costosa. ¡Por supuesto, el asunto me interesa!
Pero no soy un hombre dispuesto a trabajar demasiado. Si puedo ayudar mientras
me ocupo de mis propios asuntos, lo haré, pero no estoy buscando la fama ni los
fondos de una fundación, ni dinero para mantenerme. De buena gana compartiré
con usted la información que aparezca mientras investigamos el tema.
—Max, eso es muy generoso por su parte.
—Trate de creer que es la verdad —dijo Mather con una
sonrisa—. Dormirá mejor. Deseo que recuerde una cosa.
—¿Qué?
—Una vez que usted publique el artículo, el mundo y sus
alrededores comenzarán a revisar todos los desvanes en busca de las obras
perdidas.
—Y todos se volverán hacia mí y la revista Belvedere con
el deseo de que evaluemos lo que ellos encuentran... De todos modos, ahora que
hemos llegado a entendernos, lo prepararé un poco para Danny Danziger. Es una
joven sin duda formidable. Me dicen que tiene preferencias sexuales un tanto
específicas. Por supuesto, no son más que rumores. Por mi parte, jamás mezclo
los negocios con el placer.
En todo caso, ella resultó ser una sorpresa: una mujer
alta, pelirroja, en la treintena según el calendario, de ojos verdes, perfil
clásico y un cuerpo que habría enloquecido a los prerrafaelistas. Iba con una
bata hogareña de brocado, gafas de concha y babuchas orientales. Su saludo fue
indiferente, su apretón de manos un contacto frío y fugaz.
Llevó a Mather a un desván amplio y desordenado, desde el
que se divisaba el agua hasta las orillas de Jersey. Le indicó que se sentara
en una mesa de refectorio española, y se encaramó, severa como una madre
abadesa, en una silla de respaldo alto que estaba directamente frente a Mather.
Sus primeras palabras fueron para formular una áspera sentencia condenatoria.
—Señor Mather, usted es un escritor muy aburrido.
—Lo sé. —Mather le dirigió su sonrisa más seductora—. Es
lo que me convierte en un regalo de Dios para los editores. Todo lo que yo
puedo hacer ellos lo hacen mejor. —¿Ha publicado mucho?
—Muy poco. En la práctica soy archivero, y según mis
gustos, un ocioso. Bien, ¿por dónde quiere empezar?
—Explicándole cómo trabajo. En primer lugar, me pagan por
mi trabajo editorial. Y además percibo honorarios adicionales cuando escribo
para la publicación. En otras palabras, no escribiré su trabajo, pero tal vez
intercale comentarios, que contribuyen a mi prestigio y a mis ingresos. Si el
comentario deforma o representa mal su intención, dígamelo. Lo modificaré. En
este caso, soy la persona que presenta el material que usted aporta.
¿Entendido?
—Sí.
—Bien, su material. Sin duda, el contenido es válido. Sus
comparaciones con la vida doméstica moderna son interesantes. Sus conclusiones
son sólidas, aunque a veces superficiales. Pero usted escribe todo de un modo
monótono. Sé que Belvedere es una revista almidonada, ¡pero no es necesario
llegar a ese extremo! De modo que, lo que me he propuesto hacer es seleccionar
las partes mejores y más interesantes de su tesis y unirlas con un comentario
más o menos ágil.
—¿Cómo es posible...? —Mather se recostó en su asiento y
la estudió como hubiera podido hacerlo un médico—. ¿Cómo es posible que yo sea
un tipo superficial y escriba un material aburrido... y que en cambio usted sea
una intelectualoide y pueda escribir comentarios entretenidos?
Por primera vez una luz apareció en los ojos verdes y en
las comisuras de su boca se dibujó una sonrisa.
—La ley de las compensaciones. Un hombre no merece ser tan
apuesto como usted. Una mujer no merece tener mi aspecto de intelectualoide.
Por eso usted se convierte en un escritor mediocre y yo puedo ser una editora
ingeniosa... ¿Vamos a trabajar?
Mather tuvo que reconocer que ella estaba bien preparada.
Había recibido un manuscrito de unas treinta mil palabras, extraído de allí una
veintena de secuencias y las había reunido en un vivaz mosaico de la vida en un
fundo aldeano de Toscana a principios del siglo XVI. Tenía vista para el
detalle vivo: cómo se teñía la lana y se curtía el cuero, de qué modo se
canjeaba por vino y queso de Toscana el grano enviado de Sicilia a Pisa, cómo
se pagaban con hierro procedente de Elba los barriles de atún procedentes de
Trapani, cómo las sedas tejidas y los arreos de montar los caballeros se
intercambiaban con polvo de oro de Djerba y esclavos negros de la costa de
Berbaría.
Había conseguido animar la prosa seca de Mather con la
savia de la experiencia personal. Mather, muy consciente del trabajo descuidado
que había realizado en un tema que no le interesaba en absoluto, se sentía
estimulado a sostener una discusión crítica y a evocar recuerdos gratos. Casi
había perdido la noción del tiempo cuando Leonie Danziger apagó el magnetófono
y anunció:
—Son las seis. Suficiente por hoy. Usted habla mejor de lo
que escribe. Tal vez deberíamos incorporarlo al circuito de conferencias. Me
muero por una copa. ¿Me acompaña?
—Borbón y agua, si tiene.
—Allí, en el armario... Puede prepararme un vodka con agua
tónica. Hay un limón en el frutero... Mientras Mather preparaba las bebidas
ella ordenó los papeles y se dirigió a él en su estilo despreocupado.
—Max Mather, usted me intriga. —¿Por qué?
—Es la representación el tipo feliz. Usted entra, yo le
arrojo un pastel a la cara. Usted se limpia y me sonríe. Reconoce que escribió
una tesis descuidada. El tema tiene tan poca sustancia que no alcanzo a
imaginarme por qué se molestó en escribirlo. Después, le hago trabajar. ¡Oh,
maravilla! Un hombre distinto, el erudito serio que persigue la excelencia. La
mente crítica aplicada a las categorías clásicas. Bien, ¿cuál es el ser real en
usted?
—Usted tiene lo que puede ver.
—No lo creo.
—¿Cómo prefiere el limón, prefiere una rodaja o el jugo?
—Una rebanada, por favor... ¿Es homosexual? La pregunta le sorprendió, pero
consiguió sonreír y respondió: —No. ¿Y usted?
—Sí, casi siempre. ¿Harmon no se lo dijo? —No había motivo
para que lo hiciera.
—Él no necesita una razón. Es un intrigante natural.
Mather trajo las copas y elevó la suya para brindar por Leonie Danziger.
—No obstante, sí me dijo que usted es una editora de
primera clase.
—Puedo devolver el cumplido, y decirle a Harmon que usted
es un escritor que sabe cooperar. —¡Magnífico! Necesita que lo tranquilicen.
—Usted lo desconcierta. No atina a imaginar por qué no
compite por el mérito de las Referencias a Rafael. Es posible que en definitiva
sean muy importantes.
—No para mí. No estoy buscando una carrera académica. Soy
un estudioso a quien agrada la vida fácil. Seldes necesita el olor del dinero
de los subsidios, la autoridad de las grandes instituciones, el poder de las
fundaciones acaudaladas. ¡Que las aproveche!
—No me extraña que lo llamase el erudito gitano.
—¿De veras? Bien, es una clasificación astuta, pero es una
copia directa de Mathew Arnold. —En todo caso, agregó algo por su propia
cuenta.
—¿Qué?
—El erudito gitano con su pene de hierro, listo para
erguirse ante el chasqueo de los dedos de una mujer.
—Qué amable de su parte decirlo.
—Con la condición, dijo Harmon, de que ella sea viuda o
divorciada y posea un ingreso de seis cifras.
—Es un bastardo malicioso, ¿verdad?
—Posee el carácter de una bestia. Y además agregó que no
ha oído quejas de su comportamiento. Todas las damas parecen guardar mucha
fidelidad al recuerdo de su relación con usted. Después de este breve primer
encuentro, comprendo la razón.
Mather se irritó ante esa provocación demasiado obvia.
—¿Todo esto es parte del servicio editorial?
—Es la parte que no cobro, mi placer personal, el juego
que consiste en «conocer al otro». Me complace conocer a mis autores... ¿Están
casados? ¿Cuál es su salud, su disposición mental? Esa clase de asuntos.
—Bien, ahora —dijo Mather con ecuanimidad—, veamos si paso
la prueba. ¿Casado? No. ¿Domicilio estable? Ninguno. ¿Enfermedades contagiosas?
Ninguna. ¿Y qué me dice de usted?
—Lo mismo. ¡Por favor! —Apoyó una mano fría sobre la
mejilla de Mather—. Ahora dejaremos el juego. Me parece que a usted no le
gusta.
—Es un juego maligno. —Mather, brusco y colérico, se
preparó para golpear—. Es cruel y calculado. Señorita Danziger, usted juega con
excesiva rudeza. No me gusta el pastel en la cara.
Nunca me ha gustado el sadismo como deporte para los
espectadores... y si Harmon Seldes está mirando me complace todavía menos. De
modo que le agradezco la copa y sigo mi camino... Llámeme cuando esté preparada
para realizar otra sesión de trabajo. Ese aspecto me ha complacido mucho. No
dude que diré a Harmon Seldes que usted ha mostrado una actitud sumamente
profesional.
Había recorrido la mitad de la distancia que lo separaba
de la puerta antes de que ella recobrase la voz.
—Por favor, espere.
Mather vaciló un momento, y después se volvió con ademán
brusco para desafiarla.
—¿Qué debo esperar?
—Me he equivocado... lo siento.
—Nada de disculpas. Explíquese. Usted, Seldes, y todo el
resto. —Bien, siéntese. Necesito otra copa. ¿Y usted? —Sí, gracias.
Mientras ambos bebían ella se tomó su tiempo, siempre
apoyada sobre el borde de la mesa, de modo que miraba a Mather desde cierta
altura. Después, empezó una narración de frases entrecortadas.
—... Harmon Seldes y yo nos conocemos desde hace mucho
tiempo. Yo era su ayudante en Belvedere. Descubrió que sabía escribir. Me
utilizó para redactar sus discursos y supervisar los materiales destinados a la
publicación. Nos llevábamos bien, porque él no siente un interés muy profundo
por las mujeres, y de todos modos la mayor parte del tiempo yo prefiero vivir
según el estilo sáfico... Todavía me emplea porque le proporciono el mejor
producto de la ciudad... Y entonces usted aparece en el escenario. Me muestra
el material. Creo que es un artículo pedestre, pero acepto ocuparme de usted.
Conversamos, y me cuenta cómo usted se le acercó por el asunto de las
referencias de Rafael. La primera idea de Harmon fue que usted estaba
organizando una complicada trampa porque, como ya le dije, creyó que usted era
demasiado bueno para ser cierto. No puede criticarle esa reacción. Hace mucho
que está en esta profesión. Ha visto todas las estafas concebibles. Sea como
fuere, lo investigó.
—¿Y cómo, dígame, reunió los datos necesarios?
—Envió cables a Palombini y a la Biblioteca de Florencia.
Dijo que usted había solicitado empleo en Belvedere, y que los había mencionado
como referencias. —Astuto Harmon —dijo en voz baja Mather—. Astuto, astuto
Harmon.
—No me mostró las respuestas, pero sí me dijo que eran
recomendaciones del más alto nivel. Aún no puede concebir cómo se las ganó,
pero ése es otro asunto. Después, comenzó a investigar su historia social, a
partir de Princeton. Al parecer, de allí surgió la imagen bastante clara del
amante de conveniencia que se une con damas de edad madura. De ahí las frases
acerca del erudito gitano y el pene de hierro y todo el resto... Lo cual nos
conduce de nuevo a mi persona.
—En efecto —dijo sin rodeos Mather—. A eso nos conduce.
—¡Oh, Dios mío! No es fácil.
—No tiene por qué serlo. Si usted desparrama mierda por
toda la casa, después tendrán que limpiarla. Continúe.
—Soy editora. Trato con toda clase de escritores: hombres,
mujeres, genios, idiotas, sociópatas... lo que usted quiera. De manera que me
he visto a obligada a crear una técnica. Me impongo desde el primer momento.
Primero trato de desequilibrarlos, y después los suavizo. Es lo que hice con
usted. En cambio, usted me destrozó. Me disculpo. Ahora, necesito otra copa.
—No se mueva. Yo se la traeré. Aún no he terminado. No
alcanzo a comprender un aspecto de Seldes. Las entradas acerca de Rafael en los
libros de cuentas tienen una antigüedad de cuatrocientos ochenta años. Piense
cuántas obras de arte se perdieron, fueron robadas o destruidas durante ese
lapso período de tiempo. Lo que sucedió con ellas es una conjetura fascinante
pero, ¿por qué pueden quitarle el sueño a un hombre como Seldes? Él escribe sus
artículos. Hay correspondencia, unas pocas pistas falsas y... ¡listo! Volvemos
al punto de partida.
—Señor Mather, ahí está su error. Seldes tiene un montón
de secretos guardados en sus archivos... y muchos más en su cabeza. Se cartea
con coleccionistas acaudalados de Europa y América del Sur. Puede informarle
—pero no lo hará— acerca de qué obras conocidas de colecciones muy conocidas
son falsificaciones. Por lo tanto, puede aprovechar la información acerca de
los cuadros de Rafael según modos que usted ni siquiera sueña. Lo que menos
desea es un joven ambicioso que le siga los pasos.
—Más bien preferiría que lo destruya una Gorgona que
adopte la forma de editora.
—Max Mather, es usted, de verdad, un bastardo.
—Ya lo sé. Usted sabe que lo soy, pero, como dice Harmon
Seldes, mis mujeres me recuerdan complacidas. Con un poco de práctica, incluso
usted y yo, podemos aprender a ser corteses uno con el otro. Gracias por el
trabajo que hemos realizado. Adiós.
Fue una salida ágil pero sin elegancia, y cuando llegó a
su propio apartamento Mather se sintió avergonzado. Mientras se duchaba y
vestía buscó algunas palabras, algún gesto de enmienda.
De pronto recordó una baratija que había elegido una
mañana, después de la muerte de Pía. Estaba en Florencia, y cruzaba distraído
el Ponte Vecchio, divorciado por completo del presente. En el escaparate de un
orfebre que se especializaba en reproducciones vio un pequeño camafeo que
representaba a dos mujeres abrazadas. Entró en la tienda, regateó media hora y
compró el pendiente por cincuenta dólares. Sólo cuando salió a la calle con el
pequeño paquete en la mano recordó que Pía estaba muerta y que la joya ya no
tenía sentido para él. Le sentaría bien a Leonie Danziger, con sus cabellos
rojos y su aire de la Bendita Damozel...
Con uno de sus pañuelos de seda preparó un paquete de
regalo al estilo japonés y lo envió con un mensajero especial. También adjuntó
una nota:
«Una disculpa por los malos modales de su cliente. Se
supone que los eruditos también son caballeros. Ansío llegar a nuestra próxima
sesión de trabajo.»
M. M.
CAPÍTULO V
Esa noche Anne-Marie Loredon estaba invitada a cenar con
Edmond Justin Bayard. Era un compromiso al que no podía negarse, porque tenía
que analizar con Bayard los precios que se asignarían a los cuadros de
Madeleine, y la publicidad que sería necesaria para presentarlos con éxito en
el mercado. Era la primera prueba importante de la habilidad y el criterio de
Anne-Marie como tratante de arte. Si fijaba precios demasiado bajos, perdería
dinero y el respeto de un cliente que aún poseía una importante colección propia.
Si fijaba precios muy altos en una nueva galería del centro, se arriesgaba a
sufrir un fracaso ignominioso. El problema se complicaba porque en este caso se
trataba de la exposición póstuma de una artista que no había vendido más que en
operaciones privadas, a través de un tratante especializado.
Ella ya había hablado con Lebrun, quien al principio se
había mostrado reticente y más o menos hostil. Era un francés regordete, de
escasa estatura, de cabellos blancos como la nieve, manos pequeñas y expresivas
y el andar saltarín de un veterano maestro de ballet. Dijo que no veía cómo
podía entenderse que el señor Bayard no lo hubiese consultado directamente en
relación con la venta de los cuadros de su esposa. Él había apoyado el
desarrollo del talento de Madeleine, a menudo en circunstancias difíciles. Habría
creído que... en fin... quizá no era el caso... Por supuesto, aceptaba que la
señorita Loredon no tenía ninguna culpa en la cuestión. Era joven, iniciaba su
carrera. Aún no tenía conciencia de las sutiles cortesías de la profesión, de
la necesidad de contar con alianzas cordiales. De todos modos, se mostró
bastante conmovido por la sinceridad y el encanto de la señorita Loredon, y le
dio algunos consejos.
La finada Madeleine Bayard había sido sin duda una
excelente pintora que poseía su propia y especial visión. Él la había exhortado
muchas veces a exponer, pero Madeleine siempre se había negado. Al parecer, el
marido era un personaje de carácter represivo, celoso del talento de su esposa,
temeroso quizá de perderla. De modo que Lebrun había presentado el trabajo de
Madeleine a algunos clientes que manifestaban interés por el talento
norteamericano moderno. Era muy posible que también les interesase enriquecer
su caudal de piezas de Bayard. Con mucho gusto los presentaría, si podía contar
con la comisión que correspondía al intermediario. ¿Los precios? No eran altos
en vida de Madeleine —dos mil, cinco o diez mil como máximo. Por supuesto, con
una inauguración bien organizada, una publicidad eficaz y un periodismo bien
dispuesto, era posible alcanzar niveles más elevados.
La señorita Loredon podía contemplar la posibilidad de
presentar en el mercado un solo cuadro, poco antes de anunciar la muestra, y
quizás incluso lograr que su padre o uno de los colegas de éste mencionara el
asunto ante el público de una subasta. A veces este método era eficaz, y otras
no. A propósito, ¿cuáles eran las intenciones del señor Bayard? ¿Dispersar la
colección entera o conservar algunas obras? ¿Sería posible organizar una
muestra previa para ciertos clientes de Lebrun? Había que tener en cuenta el
valor de cierto tratamiento de nación más favorecida...
Anne-Marie comprendió muy bien. No entendió, y tampoco
preguntó, cuál era el sentido exacto del carácter represivo de Bayard y de los
celos que sentía por el talento de su esposa. Llamó a su padre y repitió la
sugerencia del pequeño francés acerca de la presentación de un cuadro de Bayard
en un remate. La sorprendió la negativa enfática de Hugh Loredon.
—¡De ningún modo! ¡Absolutamente no! Es una distracción
peligrosa. Te expones a todas las murmuraciones del ambiente. ¡Muchacha, tienes
que apuntar al premio mayor! Un salto y ganas o pierdes. ¿El precio? Compromete
a tu cliente. Que te diga lo que él aceptará. Bayard tiene sus propios medios
de acceso a la información comercial... Buena suerte.
Edmund Bayard con mucho gusto estaba dispuesto a
comprometerse; pero tenía que trabajar toda la jornada en la oficina, de manera
que ahí había una excelente excusa para proponer una discreta cena á deux y
después un recorrido para ver los cuadros. Esta vez fue imposible negarse. De
modo que, a las ocho en punto, ella se presentó en el apartamento de Bayard.
Cenaron en el amplio comedor, rodeados por todos los
cuadros de Madeleine. Pero esta vez no hubo una sensación opresora. Bayard se
mostraba sereno. La comida estaba impecablemente preparada, y fue servida por
la pareja filipina. Los vinos eran excelentes. La conversación abarcó temas
amplios y fue tranquila. Bayard tenía un caudal de historias divertidas acerca
del mundo del arte y sus habitantes más excéntricos. Anne-Marie evocó su vida
en Italia. Una vez servido el café, ambos abordaron el asunto de los precios de
los cuadros. Bayard comenzó con un anuncio muy claro.
—He decidido realizar la venta de todas las obras de
Madeleine... Es la catarsis definitiva.
—Por supuesto, tiene derecho de hacerlo. —Anne-Marie
adoptó una cuidada actitud neutra—. Debo señalar que desde el punto de vista de
la inversión quizás está cometiendo un error. Si yo creo un buen mercado para
las obras de Madeleine usted podría perder mucho dinero, porque no tendrá
reservas.
Bayard sonrió con expresión tolerante. —¿Cuál es el total
de telas?
—Cincuenta y cinco. Por supuesto, además de setenta y
tantos bocetos y estudios de distintas proporciones.
—Por lo tanto, expondremos veinte piezas importantes y
unas dos docenas de obras menores para atraer a los que están dispuestos a
gastar menos. Conservamos el resto y poco a poco lo ponemos en venta.
Le habló de su visita a Lebrun. Bayard asintió con gesto
de aprobación.
—Autorice en todos los sentidos la visita de sus
compradores a una muestra previa. Son un grupo fiel, y confían en el consejo de
Lebrun...
—También pregunté a mi padre si podíamos intentar llevar a
subasta un cuadro. Se opuso de modo rotundo.
—Lo mismo digo. —De pronto, Bayard se mostró tenso—. Las
relaciones que usted mantiene con su padre son algo que sólo a usted concierne.
Pero usted es mi única representante. No trataré con ninguna otra persona.
Compréndalo así.
—Por supuesto. —La vehemencia de Bayard la desconcertó—.
Pero soy muy nueva en esto. Necesito consejo. Lo busco donde puedo y mi padre
es uno de los mejores en la profesión.
—Yo mismo no soy malo. —Bayard sonrió y le palmeó la
mano—. He comprado muchos cuadros por mi cuenta, de modo que usted y yo
decidiremos, ¿eh? Si nos equivocamos, ¡mala suerte! Lo compensaremos en la
vuelta siguiente. Ahora, coja su cuaderno y vayamos a recorrer la colección
entera. En primer lugar, realizaremos cálculos individuales. Después, los
compararemos. Recuerde que esta primera exposición implica una responsabilidad
especial. Usted tiene que amortizar parte de lo que gastó en el edificio; su cuenta
de publicidad será casi el doble de la normal... y lo que no venda se convierte
en inventario muerto, que ocupa espacio de almacenamiento... Bien, ¿cuál es a
su juicio el mejor cuadro de la colección?
—Acerca de eso jamás tuve la más mínima duda. Deseo que La
vagabunda sea el centro de la exposición.
—Muy bien. ¿Cuánto?
—Cincuenta mil.
—¿Eso es lo que vale?
—Deberíamos obtener mucho más.
—En tal caso, digamos setenta y cinco. Si no se vende, le
aplicamos el rótulo de «vendida», y de hecho la reincorporamos a nuestras
existencias... De modo que hemos comenzado con setenta y cinco. ¿Cuál es el
precio base que asignamos a una tela terminada?
—No puede ser menor de veinticinco mil.
—¿Los bocetos y los estudios?
—Partimos de quince, y descendemos a dos mil.
—¡Excelente...! Prepararé mi lista, y usted confeccionará
la suya. Después, compararemos las cifras.
El desafío la excitó. Ahora estaba poniendo a prueba su
criterio profesional, en comparación con el saber de un abogado que asesoraba a
los tratantes norteamericanos, y que personalmente se había dedicado a comprar
cuadros durante más de un cuarto de siglo. Sabía también que él estaba
cortejándola —no del modo torpe e inseguro usado la primera vez, sino con
serenidad, con mucha habilidad, atrayéndola paso a paso hacia el círculo
encantado de su vida privada.
La decisión de vender todos los cuadros de Madeleine era
un gesto teatral urdido para demostrarle que estaba exorcizando de su recuerdo
a Madeleine y depositando los cuadros bajo la protección de Anne-Marie Loredon,
al mismo tiempo que dirigía hacia la cuenta de la joven el cuarenta por ciento
de los ingresos.
Anne-Marie sentía los ojos de Bayard fijos en ella
mientras caminaban en direcciones opuestas alrededor de la habitación. Percibió
la burla en la sonrisa del hombre, pero la interpretó como la burla afectuosa y
provocativa de un amante en ciernes.
Tuvo una sensación breve pero intensa de triunfo cuando
compararon notas y ella descubrió que sus cálculos eran inferiores sólo en un
cinco por ciento a los de Bayard, así como que el concepto que ambos tenían de
los valores relativos de las telas coincidían de manera casi exacta.
—De modo que usted es el vendedor —dijo Anne-Marie con una
sonrisa—. Adoptaremos su evaluación.
—Completemos algunos cálculos aritméticos. —Bayard tenía
una actitud amable pero al mismo tiempo se mostró muy concreto—. Contamos con
un total de ciento treinta piezas, y expondremos un tercio de las mismas. El
valor aparente de ese catálogo es un millón doscientos veinte mil dólares.
Practiquemos un cálculo razonable y digamos que vendemos la mitad. Es decir,
seiscientos mil dólares. Su ingreso bruto es un cuarto de millón. ¿Qué parte de
ese total destina usted a publicidad? Por supuesto, recuerde que tendrá que
pagar las cuentas, aunque no venda uno solo de los condenados cuadros.
—He hecho un presupuesto de cincuenta mil —dijo
Anne-Marie—, y me rechinan los dientes cada vez que pienso en eso. He intentado
por todos los medios hallar el modo de obtener freebies; Max Mather me prometió
que intentaría incluir un anuncio en Belvedere. Ha sido nombrado editor
ayudante. Mi padre me entregará algunas listas valiosas y enviaré
correspondencia directa a las personas incluidas en ellas. Wally Brent me
prometió que fotografiaría todas las telas y que me cobraría sólo la tarifa
mínima y los costos del material... Eso es algo que debo arreglar con usted.
¿Puede trabajar aquí? No dispondrá de tiempo si postergamos el asunto hasta que
el estudio esté terminado.
—¡Por supuesto! Y ya que hablamos de freebies, le diré que
tengo mis propios contactos con el periodismo y las revistas. Pensé en la
posibilidad de ofrecer aquí una cena antes de que traslademos los cuadros.
¿Usted estaría dispuesta a representar para mí el papel de anfitriona?
Y ahí estaba, la maniobra magistral, bellamente preparada,
inevitable como la muerte y los impuestos. Anne-Marie reflexionó un momento y
aceptó.
—... Sujeto siempre a lo que dije al principio de mi
proyecto. Es necesario que todo el mundo vea que soy una persona independiente.
Ninguno de los dos puede tolerar que haya murmuraciones, rumores de patronazgo
o interés romántico entre usted y yo.
—No habrá nada de eso, se lo prometo.
—En ese caso, con mucho gusto accederé a su pedido.
—Bien. Será una ocasión muy especial. Prepararemos juntos
la lista de invitados, y considere que nuestros huéspedes estarán viendo los
cuadros como usted los vio la primera vez. Recuerdo que le impresionaron muy
profundamente.
—También esta noche he experimentado la misma emoción. Por
supuesto, ello tiene que ver con esta habitación, con su modo personal de
distribuir los cuadros. Abrigo la esperanza de que podamos obtener lo mismo en
la galería, por lo menos, no perder gran parte de ese efecto... lo cual me
lleva a otros asuntos. El catálogo está en marcha. El taller de grabaciones
artísticas me ha ofrecido un buen precio por la producción. Pero lo que
necesito es material biográfico y personal acerca de la propia Madeleine. Si queremos
acallar la historia del crimen, es necesario que yo disponga de material
distinto para ofrecerlo al periodismo. Además, la personalidad de Madeleine
está tan marcada en sus obras que los compradores y el público querrán saber
todo lo posible acerca de ella. Bayard se movió incómodo en su silla. Se sirvió
más vino y lo bebió de un trago. —Lo que el periodismo quiere y lo que yo deseo
son dos cosas distintas. Anne-Marie trató de calmarlo.
—Sé que éste es probablemente el aspecto más doloroso de
todo el proyecto. Si usted cree que está en condiciones de hablar conmigo,
podemos trabajar aquí, de forma discreta, con un magnetófono. Si eso es
demasiado difícil, tal vez existan notas, diarios, incluso material publicado
que yo pueda usar... Pero usted comprende cuál es mi problema.
—Lo comprendo. —Bayard estaba recobrando el dominio de sí
mismo—. Créame, estoy avergonzado de mi fragilidad; lo que sucede es que no
podría soportar una sesión de preguntas y respuestas, ni siquiera con usted,
querida. Lo que en verdad prefiero es una biografía breve y condensada. La
prepararé para usted. En mi opinión, las obras de Madeleine dirán todo lo que
ella deseaba que se supiera acerca de su persona. ¡Por favor, confíe en mí en
este asunto!
—Por supuesto, será como usted desea. Pero necesito
responder a una pregunta, porque la Prensa me interrogará. ¿Por qué Madeleine
no expuso mientras vivió?
—Nunca confió bastante en su talento.
—¿Y usted, que era su esposo?
—Jamás pude convencerla de que adoptara una actitud
diferente. —Es muy lamentable.
—Más lamentable de lo que usted imagina. —Bayard habló con
voz helada—. Durante mucho tiempo la felicidad nos fue negada. No tuvimos la
oportunidad... de reconstruir nuestra relación. Pero todo eso es cosa del
pasado. Lo que ahora ansío es empezar de nuevo.
Era un terreno peligroso. Anne-Marie no se atrevió a
permanecer allí, y un Bayard melancólico era más de lo que ella podía soportar.
—Entonces, dejemos así el asunto. Gracias por la
espléndida cena y por la ayuda que me prestó en la evaluación de las obras.
Imprimiré la biografía exactamente como usted me la envíe. Le haré llegar el
texto del catálogo, para contar con su aprobación, y aún tenemos que fijar el
momento en que vendrá el fotógrafo. Por supuesto, yo lo acompañaré.
—Querida, usted siempre es bien venida aquí. Ya lo sabe.
—Gracias, Edmund. Por favor, ¿puede llamar un taxi?
—Miguel la llevará. —Quien ahora hablaba era el imperioso
Bayard de costumbre—. Detesto las despedidas prolongadas. Abrigo la esperanza
de que llegará el momento en que serán innecesarias. La tomó en sus brazos y la
besó en los labios.
Ella no se resistió, pero su reacción fue fría y
desapasionada. Bayard no hizo comentarios. Llamó a Miguel, que descendió a la
calle con Anne-Marie en el ascensor y en silencio la llevó a su casa.
Ya en el apartamento, Anne-Marie permaneció una hora en un
baño caliente, tratando de aliviar la tensión de sus músculos; pero no pudo
eliminar la idea que se aferraba de forma tenaz a ella: o Lebrun o Bayard le
habían mentido. Lebrun era un hombrecito complicado, que se sentía un poco
ofendido porque no se le había ofrecido la oportunidad de continuar negociando
la obra de Madeleine. Por otra parte, era un entusiasta que amaba la pintura,
respetaba el talento y sin duda había gozado de la confianza de Madeleine
Bayard.
El marido de Madeleine era un hombre herido, torturado por
el sentimiento de culpa, inclinado más bien a rechazar el recuerdo de su esposa
que a perpetuarlo. Y además estaba el problema real: con pasos lentos y
cuidadosos él estaba colocando a Anne-Marie Loredon en el lugar de Madeleine.
El primer acuerdo, sencillo y comercial, estaba convirtiéndose en otra cosa, en
una suerte de fideicomiso, en una responsabilidad personal con los vivos y los
muertos.
Pese a toda la fragilidad de sus sentimientos, Bayard era
un manipulador frío de personas y situaciones, y en su fuero interno ardía la
cólera, como el fuego de una forja, a veces amortiguado pero esperando sólo el
primer golpe de los fuelles para estallar en llamas. Le dolían un poco las
partes en que él la había apretujado con los brazos. Los labios de Anne-Marie
aún sentían el pinchazo de la barba incipiente alrededor de la boca de Bayard.
Incluso así, ella no podía jurar que ese hombre le desagradaba, o que siempre
lo rechazaría.
Max Mather había decidido pasar la velada en casa,
dedicado a evaluar lo que había logrado hasta ese momento, y a trazar su
estrategia futura. En primer lugar, y lo que era más importante, ahora se
encontraba de lleno «en la profesión». Tenía una identidad definida con toda
claridad. Contaba con un historia. Poseía capital y un ingreso. Tenía amigos y
colegas que responderían por él. Contaba con representación legal a ambos lados
del Atlántico. Se comportaba con la humildad apropiada, porque era el muchacho
nuevo del pueblo. No había enredos emocionales; una experiencia poco corriente
y a veces inquietante, porque comenzaba a comprender con cuánta rapidez la
codicia y la ambición podían amortiguar la pasión sexual. Dejaban muy poco
tiempo para la charla íntima, y muy escasa inclinación a cultivar relaciones
nuevas.
Con respecto al futuro las prioridades eran claras. En
primer lugar, tenía que autenticar las obras de Rafael. Contaba con la
publicación en Belvedere y las investigaciones de Harmon Seldes para conseguir
que salieran a la luz las posibles copias. Su objetivo fundamental era llevar a
Nueva York a Tolentino, para pedirle que examinase las obras y formulase su
propio veredicto experto. Pero antes de eso, mucho antes, debía afirmar una
presencia en Europa, como había hecho en Nueva York. Necesitaba tener amigos,
aliados, relaciones en distintas zonas. Estaba trabajando sobre una lista de
tratantes y subastadores suizos, cuando sonó el teléfono.
—¿Señor Mather? Danny Danziger. Tengo su regalo y su nota.
Lo llamo para darles las gracias. Las dos cosas eran innecesarias. Yo fui quien
se comportó mal. El camafeo es muy bonito, pero realmente creo que no puedo
aceptarlo.
—¡Por favor! Me molestaría que no lo aceptara. Es una
chuchería agradable, la reproducción moderna de una obra antigua que está en el
museo de Florencia, se denomina las dos cortesanas.
—¿Usted colecciona estas cosas?
—No. Soy un comprador ocasional que tiene buen ojo para
las cosas exóticas. Desearía que se lo quedara. Digamos que es la confirmación
de nuestra tregua. Tendremos que vernos con frecuencia. Estoy seguro de que
ambos deseamos una relación discreta y profesional.
—Señor Mather, sea usted lo que fuere, una mujer le enseñó
modales muy elegantes. Gracias de nuevo y buenas noches.
Regresó a su trabajo, divertido y satisfecho. Era otra
pequeña victoria, un posible enemigo convertido en aliado. En el camino
solitario que él había decidido recorrer, incluso un desconocido que lo
acompañase parte del tiempo era un encuentro feliz. Ahora tenía una vía de
acceso a la red de colaboradores e informantes de Harmon Seldes.
Poco después, el portero llamó desde el vestíbulo. Un
chófer de Carey Cadillac traía un mensaje urgente. Debía entregarlo en mano.
Consistía en una nota y una cartera cerrada, consignada por el señor Hugh
Loredon, que había partido esa noche misma desde el aeropuerto de Kennedy, en
vuelo a Europa.
La nota era muy breve.
Estimado Max:
La combinación de la cerradura es 6543. Lea lo que hay
dentro. Después, decida cuánto debe saber Anne-Marie. Tendrá que decírselo. Yo
no puedo. Me comunicaré desde Europa. Para mí éste es un viaje importante.
Con mis mejores saludos.
HUGO
La primera reacción de Mather fue un sentimiento de cólera
contra Hugh Loredon. Ese hombre era un tramposo de primera, que esquivaba las
responsabilidades más fundamentales. Mather prefería no saber si además era
otras cosas. Por lo menos, ahora no. Introdujo la nota en el sobre y guardó
éste en su diario. Después, depositó la cartera en el armario de su vestíbulo,
ordenó sus papeles y comenzó a prepararse para dormir. Estaba cepillándose los
dientes cuando de nuevo sonó el teléfono. Era Anne-Marie. Su voz sonaba
temerosa y angustiada.
—Max, está sucediendo algo extraño. He regresado hace una
hora de la cena con Ed Bayard. Su chófer me ha traído a casa. Un poco más
tarde, un Ford verde bastante abollado ha entrado en la calle y se ha
estacionado casi frente a mi apartamento. Todavía está allí, con el conductor
sentado en el interior. El mismo coche ha estado aquí otras noches, cuando he
llegado tarde a casa. Pero sobre todo esta noche tengo miedo. —¿Por qué esta
noche?
—Supongo que estoy fuera de mí. Edmund Bayard trató de
definir la situación. El asunto es cada vez más grave.
—¡Por Dios, querida! Eres una mujer adulta. Sabes cómo
evitar las complicaciones. ¿Qué demonios has estado haciendo en su casa?
—Hemos fijado los precios de los cuadros. Trabaja durante
el día, de modo que hemos tenido que reunirnos por la noche. No podía negarme.
No deseaba inquietarte, pero tenía que hablar con alguien. ¿Crees que debería
llamar a la Policía?
—Todavía no. Siéntate y sintoniza el último programa.
Llegaré en pocos minutos. Dos timbrazos dobles. No permitas la entrada a nadie
más.
—¡Max, eres un ángel!
—Estoy muy cansado e irritado. Sé buena conmigo. ¡Hasta
luego!
Diez minutos más tarde Mather estaba en la calle, vestido
con ropa de gimnasia, corriendo por la Avenida Madison. Identificó el Ford, y
pasó corriendo junto al vehículo, en dirección al parque, y después volvió
sobre sus pasos y golpeó el cristal de la ventanilla. El hombre acurrucado
detrás del volante se irguió y lo miró, sobresaltado y hostil. Mather le indicó
con gestos que abriese la ventanilla. El hombre descendió el cristal apenas un
par de centímetros, y preguntó:
—¿Qué quiere?
Mather le dirigió una sonrisa amplia y cordial. —¿Usted es
el hombre del señor Bayard? —No sé de qué demonios está hablando.
—En este caso, lamento haberle molestado. Tengo un mensaje
para un investigador empleado por el señor Edmund Bayard, el abogado. Me han
dicho que estaba vigilando en esta calle, y que conducía un Ford verde.
—Ya lo ha encontrado. ¿Cuál es el mensaje?
—Me han dicho que le pida la identificación antes de
comunicarlo.
De mala gana, el conductor rebuscó en su bolsillo y
extrajo una tarjeta sucia. Mather la examinó un momento y después la devolvió.
—Gracias. El mensaje es que usted interrumpa ahora la
vigilancia y por la mañana llame a su oficina al señor Bayard para recibir
nuevas instrucciones.
—Me va bien. Puedo aprovechar las horas de la noche.
Mather esperó hasta que el automóvil se apartó del cordón
y se dirigió hacia Madison. Después, cruzó la calle e hizo dos llamadas dobles
a la puerta de Anne-Marie. Sin perder tiempo, fue directo al grano y le exigió
una información completa acerca de la velada con Bayard.
Ella le habló de su visita a Lebrun, de la afirmación del
francés en el sentido de que Bayard había impedido que Madeleine expusiera su
obra. También le expuso la versión de Bayard, de acuer con la cual él nunca
había logrado que su esposa tuviera confianza suficiente en sí misma.
—Y otra cosa, Max, tengo la sensación constante de que
está moviéndome como una pieza de ajedrez en su propio juego. Para despedirme
me ha tomado entre sus brazos y me ha besado. Me he sentido como un cubito de
hielo, pero eso no le ha importado. Dominaba la situación. Me ha dejado ir sin
pronunciar palabra. Y eso me ha asustado tanto, que he tenido que llamarte. Y
ahora descubro que en cierto modo me vigila, como si fuera una criminal o una
esposa descarriada. No puedo tolerarlo...
—No necesitas tolerarlo.
—¿Qué puedo hacer? Max, tú no lo conoces. Tiene un
carácter muy... dominante. Asume el control de todas las situaciones. Sin duda,
es lo que hizo con su esposa. Y eso es lo que ella expresa en sus cuadros... el
sentimiento de hallarse enjaulada, el ansia de liberación.
—Lo que deberías hacer es cortar con él ahora mismo.
—Max, sabes que no puedo hacer tal cosa. Hemos firmado un
contrato. He basado todos mis planes en ese proyecto.
—En tal caso, te diré lo que harás. Estás irritada y
avergonzada. Tu vida privada ha sido invadida y violada. Escribe diciéndole
eso. Le dices que necesitas mantener la relación futura con él en un plano de
formalismo comercial. En resumen, define un límite absoluto. Escribe la nota
ahora mismo, mientras estoy aquí. Yo mismo la entregaré en la oficina de Bayard
a primera hora de la mañana. Entretanto, llamaré yo mismo a ese hijo de perra.
Dame el número de su casa.
Mather marcó el número que ella le dictó y esperó hasta
que oyó la áspera respuesta de Bayard.
—¿Qué demonios es esto? ¿Sabe qué hora es?
—Habla Max Mather. Estoy en el apartamento de la señorita
Loredon. Usted encomendó a un hombre la tarea de vigilarla. Se llama Lou
Kernsak, de la Agencia de Investigadores KNK. Se estacionó varias noches frente
al apartamento que ella ocupa. La señorita Loredon está atemorizada y nerviosa.
Me ha llamado. He hablado con Kernsak. Le he dicho que tenía un mensaje de
usted mismo. Me ha dado su nombre y su tarjeta. Lo llamará por la mañana para
recibir nuevas instrucciones. Señor Bayard, cancele ese encargo o tendrá
problemas graves.
—Señor Mather, no puedo explicarle cuánto lamento este
incidente, pero hay una explicación perfectamente simple.
—¡Guárdesela! ¡Limítese a escuchar! Lo que la señorita
Loredon decida hacer respecto de esto es asunto que sólo a ella le concierne.
Yo le aconsejaría que corte todo vínculo con usted y le entable juicio
utilizando todos los motivos posibles. Y sólo para que usted complete su
archivo con los datos de la vigilancia de esta noche, le diré que he llegado
aquí a las 23.20, respondiendo a la llamada de la señorita Loredon, y que
pasaré aquí la noche para comprobar que no hay otras molestias. Buenas noches,
señor Bayard.
Cortó la comunicación y se volvió hacia Anne-Marie.
—¿Tienes bebidas aquí? Creo que ambos necesitaremos un
trago.
Mientras bebían, Mather le relató su conversación con Hugh
Loredon. Anne-Marie meneó entristecida la cabeza.
—No me sorprende. Mi padre solía perseguir a las mujeres.
Eso es lo que destruyó su matrimonio con mi madre. Pero por qué no podía
decírmelo es algo que me parece incomprensible. Nunca se mostró reticente con
sus restantes relaciones... Entre ellas la que tuvo con una de mis amigas.
—Esta vez —observó Mather con voz firme—, se trata de un
asesinato... y de un marido celoso que es un hombre muy influyente en el mundo
del arte. Además, Hugh fue interrogado por la Policía en relación con el
asesinato. Como ves, una confesión bastante complicada para hacerla a su propia
hija. Además, después del episodio de esta noche empiezo a creer que puede
tener razón acerca de Bayard.
—En eso, no sé que pensar. Estoy de acuerdo en que debería
poner un límite infranqueable. No puedo perder el estudio porque el contrato ya
está firmado. Pero si él desea cancelar la exposición, no valdría la pena
enredarme en una disputa.
—No perderás la exposición —dijo Mather con voz enfática—,
porque Ed Bayard no puede perder imagen. Tiene que hallar una excusa que nos
calme a los dos: a ti, porque tiene mucho interés en tu persona, y a mí, porque
soy un testigo ocular de la locura que acaba de cometer.
—Pero, ¿qué excusa puede ofrecer?
—No intentes adivinar. Esperemos y ya se verá. Ahora,
siéntate frente a la mesa y escribe esa nota. Que sea breve, en un tono
ofendido e irritado.
Cuando ella comenzó a escribir, Mather se dijo que también
él estaba engañándola. Nada había dicho de la cartera ni del súbito viaje de
Hugh Loredon a Europa. La verdad era que Mather necesitaba tiempo y un poco de
soledad para percibir qué era exactamente lo que Hugh Loredon le había
traspasado, y también debía tener libertad para negar, si era necesario, que él
jamás hubiese visto nada de todo eso. El asesinato de Madeleine Bayard era
todavía un caso abierto, y tan pronto se anunciase la exposición se renovaría
la investigación. La Prensa formularía preguntas;
Policía respondería con un gran despliegue de actividad y
el antiguo temor del crimen por imitación estaría en la mente de todos,
incluida la suya propia y la de Anne-Marie.
Ésta era una cara del problema. La otra era que cada
encubrimiento y cada verdad a medidas erosionaba otra parte de la relación
entre ambos, la dejaba un poco más aislada en un mundo hostil. De modo que
cuando ella terminó su carta, Mather había decidido revelarle los últimos
hechos.
—Esta noche, poco antes de que me llamases, ha venido un
mensajero mandado por tu padre, quien poco después se ha ido de viaje a Europa.
El mensajero me ha entregado una nota y una cartera. La nota se limitaba a
autorizarme a decirte lo que acabas de oír. No sé que hay en la cartera y tú no
debes enterarte, en el supuesto de que la Policía te interrogue. Mi situación
es distinta. No mantengo una relación directa en el tiempo o por referencia con
el episodio mismo en cuestión... ¿Entiendes lo que estoy diciéndote?
—Sí, entiendo. Te lo agradezco, y te advierto que ya he
asimilado más de lo que puedo soportar en un día.
—Permíteme leer la nota que has escrito a Bayard. Le
sorprendió la vehemencia de la protesta de Anne-Marie.
... Me siento terriblemente aturdida por el hecho de que
usted, un abogado respetable, haya cometido tan grosera invasión de mi
intimidad. No soy su esposa. No soy su amante. Soy la inquilina de un edificio
de su propiedad. He firmado un contrato que me obliga a exponer las obras de su
esposa fallecida.
No puedo imaginar por obra de qué derecho o de qué ficción
se atreve usted a pagar a un espía con el fin de que le informe acerca de mis
movimientos. Pienso pedir asesoramiento legal para protegerme de nuevas
actitudes del mismo género. Entretanto, reservo todos mis derechos a reclamar
reparación por esta violación intolerable.
ANNE-MARIE LOREDON
—Está muy bien —dijo Max Mather—. Ahora, acuéstate.
Permaneceré una media hora, y después iré caminando a mi casa. —Pero dijiste
que permanecerías aquí. —Mera propaganda para engañar al enemigo.
—Por favor... Desearía que te quedes. ¡Manhattan es un
lugar muy solitario cuando uno tiene miedo!
CAPÍTULO VI
La mañana siguiente, cuando salió del apartamento de
Anne-Marie, Max Mather entró en una farmacia y compró dos pares de guantes de
goma.
Cuando llegó a su apartamento, conectó el contestador
automático del teléfono, se puso los guantes de goma, retiró del armario la
cartera de Hugh Loredon y desplegó el contenido, pieza por pieza, sobre la mesa
del comedor.
Había tres diarios, encuadernados con cuero y cerrados con
un broche de metal. Asimismo, había media docena de cuadernos de bocetos in
octavo, dos cuadernos de ejercicios para niños con notas, estudios y diagramas,
y tres pilas de cartas aseguradas con cinta rosa rojiza.
La escritura de los diarios y los cuadernos era pequeña,
bonita y clara como la de un calígrafo. Mather, que había pasado una parte
considerable de su vida examinando manuscritos históricos, se sintió al
instante seducido por la sencilla belleza de las páginas. Los bocetos —con
pluma y tinta, lápiz o pincel, algunos coloreados y otros no— tenían la misma
fluidez curvilínea, la misma seguridad y economía de línea que la escritura
misma. Se sintió tan impresionado por el primer impacto rítmico de las páginas,
que por un momento perdió de vista el contenido.
De pronto, la cosa lo golpeó. Estaba contemplando una
serie completa de narraciones eróticas, la línea y el color ejecutados de
manera meticulosa pero alegre. Mather estaba familiarizado con la pornografía,
antigua y moderna; también estaba familiarizado con todos los matices del acto
sexual: triunfal, violento, tierno, perverso, destructivo. Pero aquí, el tono
dominante era la alegría, orgiástica y exultante...
De pronto, percibió algo más. Las figuras y las caras y
los atributos físicos habían sido observados con suma atención: se trataba de
imágenes de personajes reales en un relato que se desarrollaba. Una figura
báquica, repetida de forma regular, sin duda correspondía a Hugh Loredon. Otra
tenía una sorprendente semejanza con Danny Danziger. Nunca aparecía un
personaje que ni remotamente se asemejase a Edmund Bayard, pero la mujer que
estaba en el centro de cada episodio tenía que ser la propia Madeleine.
Los cuadernos eran documentos profesionales en el sentido
amplio del término: observaciones acerca de la obra de otros artistas, rápidos
recordatorios de composiciones poco usuales o armonías cromáticas, una oración
o dos en una escena entrevista en un subterráneo, ilustrada por un rápido
boceto realizado con lápiz. También aquí había temas eróticos, pero apenas
tenían un carácter ocasional. Éste era el vademecum de un artesano, en el que
los objetivos principales del registro eran el objeto tal como se ve, la visión
extrapolada del objeto, los medios de alcanzar y registrar la visión.
El propio Mather había recibido una excelente formación, y
tenía que admirar la rigurosa disciplina gramatical que Madeleine Bayard se
había autoimpuesto. La fluida gracia de sus bocetos era un triunfo conquistado
con esfuerzo. No podía evitar el pensamiento de que ese material podía ser muy
valioso como introducción a las obras expuestas y como interpretación de las
mismas. Se preguntó de modo distraído qué haría Bayard si de pronto estos
elementos aparecieran en el catálogo.
Y entonces, lo asaltó un pensamiento distinto y más
sombrío. Si Bayard conocía la existencia de este material, tenía un motivo
evidente para asesinar. Si sólo sospechaba su existencia, había buenas razones
que lo inducían a entregar un edificio tan limpio, con los pisos pulidos, y una
primera capa de pintura en las paredes. Primero había revuelto el edificio para
encontrar el lugar en que se ocultaba el material... Mather cerró los cuadernos
de bocetos y orientó su atención hacia los diarios.
No eran crónicas de hechos, sino el registro de una vida
interior, una narración realizada sin cálculo ni restricciones. La franqueza y
la intensidad del sentimiento que esas páginas manifestaban en verdad eran
asombrosas. De la página surgían frases acerbas...
Poseo el talento de mostrar maravillas, pero vivo en una
ciudad de ciegos.
Lo que Edmund ha aprendido del derecho no es la justicia
sino la tiranía, y la medida de su tiranía está en que, a pesar de todo lo que
me hizo, aún me siento obligada a amarlo.
Ninguno de los hombres que dicen amarme tiene fuerza
suficiente para liberarme. ¿O quizá desean verme cautiva, porque la joven
esclava está mejor entrenada y tiene menos responsabilidad que la que es libre?
Hay una vena de locura en mi marido. Pero lo terrible es
que él la reconoce, la alienta y la evoca a voluntad, como un demonio
conocido... Imagino que uno podría decir que yo también estoy loca; pero la mía
es una locura feliz, el encuentro voluntario de los cuerpos, un sueño colmado
de imágenes luminosas.
Cuando muestro mis telas a Hugh o a Louis o a René, los
aburro. Ven sólo mi cuerpo y piensan únicamente en el placer que les deparará.
Al tiempo que su mirada recorría la hermosa caligrafía
—sin una sola mancha ni una raspadura— Mather se sentía lanzado, como una
cáscara de nuez en una corriente marina, entre bajíos y oleadas de sentimientos
antagónicos: compasión, indignación, ansia sexual, la maravilla del misterio de
esta mujer, que rogaba desde la tumba y sin embargo, en realidad no estaba
rogando. Sencillamente se expresaba, como si escribir, dibujar y pintar fueran
por sí mismos un sacramento reparador.
Mather se sentía demasiado turbado para leer a las cartas.
Podían esperar hasta que él hubiese identificado a los autores, utilizando los
diarios, las notas o los cuadernos de bocetos, o los tres materiales. Volvió a
introducir los papeles a la cartera y los guardó otra vez en el armario de la
sala. A continuación, se quitó los guantes de goma, se preparó café y un
bocadillo de queso y se sentó para meditar sobre el asunto.
Ante todo, reconoció la habilidad de Hugh Loredon. El
hombre era un perfecto artista de la intriga. En una sola mañana había
encomendado a Mather el cuidado de Anne-Marie, le había entregado pruebas
embarazosas y peligrosas acerca de un asesinato, y se había ido del país. Ahora
Max Mather era de hecho el responsable de todo lo que sucediera. Loredon le
permitiría representar ese papel, hasta que le conviniese volver a escena. Por
otra parte, él podía negar que supiese algo. Max Mather, cuyos propósitos exigían
un plan perfecto, se vería en dificultades para demostrar lo contrario.
Ahora bien, siempre había una contramaniobra, una trampa
para retribuir al tramposo, y ésta atraía intensamente a Mather...
Anne-Marie se disponía a presentar al mundo a un talento
nuevo, hasta ese momento desconocido. Si la exposición tenía éxito, el precio
de las obras de Madeleine Bayard se elevaría de forma inesperada. Los biógrafos
y los investigadores competirían por el material acerca de su vida. Los
tratantes de arte pagarían elevados precios por los autógrafos, las cartas y
sobre todo los bocetos y los estudios gráficos...
Y bien, ahí estaba Max Mather, con una cartera repleta de
material autógrafo de escandaloso valor, y una espléndida serie de materiales
eróticos que podían canalizarse hacia el mercado clandestino. Por lo tanto, la
estratagema era obvia: —llevar esas cosas a Europa, guardar los originales en
una caja de seguridad de Artifax y obtener copias fotostáticas como cebo para
los compradores acaudalados. Y con respecto a Hugh Loredon, podía ir a pasear
por Times Square, mientras imaginaba el modo de demostrar su derecho a un
material que ante todo no hubiera debido ocultar, y en todo caso jamás habría
tenido que traspasar a Max Mather.
No obstante, había otros personajes en el drama; y el
papel de cada uno exigía cierta definición crítica. En primer lugar, estaba él
mismo, Max Mather, que había regresado a la patria desde el exilio y apenas
comenzaba a gozar de respetabilidad y comodidad. Max Mather tenía dos obras de
Rafael, es decir, dos retratos y un conjunto de dibujos, y necesitaba llevarlos
al mercado sin provocar escándalo. De ningún modo podía poner en peligro el
objetivo supremo, o siquiera incurrir en expresiones de retorcido humor.
Después, estaba Anne-Marie Loredon, compañera y amiga de
los buenos tiempos en Florencia. Era valiente y ambiciosa, pero estaba
aprendiendo en la dura escuela de la realidad que no había almuerzos gratuitos
y que en el mundo del comercio los amigos formaban un grupo muy reducido.
Lo cual llevaba al problema del propio Bayard, el abogado
cuya esposa descarriada había sido asesinada por persona o personas
desconocidas, pero cuyo testimonio póstumo, si alguna vez llegaba a manos de la
Policía, podía poner a Bayard en el banquillo de los acusados. Y sin embargo,
sin embargo... ¿qué influencia podía ejercer el testimonio de Madeleine? ¿Qué
decidiría el jurado, entre la locura imputada al marido y la locura confesada
por la esposa? Pero había otro interrogante, más sencillo e inmediato: ¿qué
haría Bayard, si sabía que Max Mather era el depositario actual de los
documentos de su esposa? Se vería en dificultades para reclamar legalmente el
material. ¿Se sentiría bastante seguro de su inocencia para informar a la
Policía y obligarla a recuperar los papeles? ¿Quizás estaría dispuesto a matar
para recuperarlos?
Como si intentase responder a ese interrogante, el
teléfono sonó. Era Edmund Bayard. Fue derecho al asunto.
—Señor Mather. Me turbó mucho nuestra conversación de
anoche. Al reflexionar, comprendí que había cometido una grave tontería; pero
no lo hice sin cierto motivo. Usted mismo me dijo que una mala publicidad
acerca de la exposición podía provocar un interés mórbido y conducir a una
repetición del crimen por vía de la imitación. Quise proteger a la señorita
Loredon, no entrometerme en su vida. Me equivoqué de medio. Mi única excusa es
que todavía vivo a la sombra del trágico fin de mi esposa. Estoy escribiendo a
la señorita Loredon para manifestarle mi pesar, y le llamo a usted para
agradecerle la firme defensa que usted hizo de sus intereses, y mi propio
respeto personal en vista de la rapidez con que reaccionó.
—Señor Bayard, esta actitud es muy cortés de su parte. La
aprecio, y estoy dispuesto a olvidar el incidente.
—Por desgracia, para mí no será fácil olvidar. La señorita
Loredon me escribió una nota de protesta muy enérgica. Comprendo sus
sentimientos. Los acepto. De todos modos, creo que es una situación muy
lamentable, y le pido ayuda para contribuir a restablecer nuestra relación
amistosa anterior.
—Me gustaría darle un consejo, con absoluta seriedad.
—¡Por favor! —Bayard era la expresión misma de la buena
voluntad—. ¡Cualquier cosa! ¡Cualquier cosa, de veras!
—Haga precisamente como le pide Anne-Marie. Deje las cosas
como están por un tiempo. Que haya cierta distancia entre ustedes. Que ella se
dedique a organizar la exposición. Como usted sabe, es una tarea pesada.
Anne-Marie recibirá de buen grado un poco de cooperación discreta, sin matices
sentimentales. Créame, conozco a esta muchacha. Si hemos continuado siendo
buenos amigos la razón es que aprendí a no apremiarla jamás. Le permití que
recorriera su propio camino hacia una decisión...
—Señor Mather, aceptaré su consejo, y confío en que el
cambio no tarde mucho tiempo en producirse... Muchísimas gracias. Otro
asunto...
—¿Sí?
—Anne-Marie deposita mucha confianza en usted y en su
juicio.
—Señor Bayard, a decir verdad no es así. Por lo que a mí
se refiere, ella está segura de una sola cosa.
—¿Cuál es?
—De que no está en mis planes pedirle nada. —Pero usted le
pidió empleo.
—No es así. Ella me lo ofreció. Antes de que saliéramos de
Florencia, me preguntó si estaba dispuesto a trabajar para ella. Me negué. El
hecho es que la represento en Europa, pero conservo mi propia autonomía.
—Su sensatez me parece elogiable, señor Mather. Abrigo la
esperanza de que un día seamos amigos. Gracias por su paciencia. —No tiene nada
que agradecerme, señor Bayard.
Cinco minutos después Mather se dirigió al centro para
cumplir su cita con Leonie Danziger. La encontró despeinada y nerviosa, con un
montón de textos frente a ella. La joven se zambulló en el trabajo.
—Aquí lo tiene... éste es mi comentario y la combinación
con el texto que usted me dio. Siéntese allí, y léalo con atención. Escriba al
margen sus notas. Después, le mostraré una pequeña sorpresa...
Lo llevó a una silla y lo obligó a leer y corregir el
texto. Mather tuvo que abrirse paso a través de una selva de marcas para el
impresor y símbolos tipográficos, pero el esfuerzo valió la pena. El documento
que ella había elaborado —extractos del texto básico de Mather, con las
anotaciones agregadas por ella misma— estaba desarrollándose con rapidez, de
forma clara y autorizada, a gran distancia de la primera versión, bastante
torpe. Mather devolvió finalmente el montón de hojas depositadas sobre la mesa.
—El resultado final me enorgullece. Gracias.
—Me alegro de que le guste. Ahora, eche una ojeada a lo
que hizo nuestro amo y señor, el gran Harmon Seldes. Tiene que reconocer por lo
menos algo: cuando es bueno, es muy muy bueno... Contemple la distribución de
las fotografías. Es lo que yo quería decir cuando afirmé que él aprovecharía
este relato de un modo que usted ni siquiera soñó. Lea con atención.
Primero, había un editorial, firmado por Seldes. Anunciaba
con frases elocuentes:
... En este número nos enorgullece publicar extractos de
una investigación muy notable del señor Max Mather, joven erudito
norteamericano, que estuvo trabajando en condiciones de relativa oscuridad como
archivero de una noble familia florentina. El trabajo se refiere a la economía
doméstica de la región toscana a principios del siglo XVI. Compilado a partir
de registros contemporáneos —los libros de cuentas del mayordomo de la
propiedad, la correspondencia de la familia y los documentos comerciales— es un
trabajo auténtico, informativo y entretenido. Los comentarios brillantes y
esclarecedores realizados por la señorita Leonie Danziger han reducido el texto
original a proporciones asequibles para los lectores de nuestra revista, sin
perjuicio alguna para la continuidad del mismo.
Sin embargo, debemos al señor Mather algo más que el
texto. En los libros de cuentas del período descubrió la referencia a un
encargo de la familia Palombini al gran Rafael, esto es, dos retratos y un
conjunto de dibujos destinados a un retablo. Reproducimos en el texto el
facsímil de dichas entradas. Su autenticidad es indudable.
El señor Mather posee la modestia de un auténtico erudito.
Conoce bien la pintura renacentista, si bien no es un experto en la materia. Su
verdadera disciplina es la paleografía. Por lo tanto, llegó a la conclusión de
que la investigación del destino de las obras desaparecidas de Rafael debe
confiarse a manos más competentes. Así, pues, se acercó a nosotros, a la
revista Belvedere, en busca de consejo y orientación acerca del modo de
proceder. Movido por su propia modestia, renunció a toda pretensión al mérito o
la recompensa, y prometió su cabal cooperación de erudito en la tarea de buscar
e identificar los cuadros desaparecidos —si en efecto han sobrevivido al paso
de unos cuatrocientos cincuenta años.
Ahora nos complacemos en dar la bienvenida al señor Mather
como editor ayudante de Belvedere y en recomendar a nuestros lectores este
trabajo, el primero que le publicamos.
HARMON SELDES
Mientras él depositaba sobre la mesa la primera hoja,
Danny Danziger le preguntó: —Bien, ¿qué le parece, señor Mather? Mather se
encogió de hombros y sonrió.
—Es un hijo de perra que se da aires. Pero me suministra
una referencia útil. Soy joven, y resulta agradable saberlo. Soy un buen
erudito. Soy modesto, lo que significa que sé inclinar la cabeza ante mis
mayores y mis superiores. ¿Qué más puedo desear?
—Lo que él quiere obtener para mí mismo... mucha fama y
mucho dinero si se llega a descubrir el paradero de esas obras.
—Querida, eso no sucederá nunca. La pista se enfrió
durante más de cuatro siglos. Está persiguiendo una quimera.
—¿Usted cree? Lea un poco más...
Mather encontró el lugar en el texto y continuó leyendo.
... En el supuesto de que las obras aún existan, ¿dónde
podríamos hallarlas? La primera posibilidad, y la menos probable, es que estén
acumulando polvo en un desván o colgadas en una villa ruinosa, sin que nadie
las haya identificado. La segunda conjetura es que se encuentren en manos de
uno de esos conocedores acaudalados pero discretos —griego, alemán, brasileño,
mexicano, suizo—, cuyas colecciones son totalmente desconocidas para el
público. Después, están los tratantes muy conocidos, las Grandes Figuras y los
Señores de la profesión, cuyas posesiones en el área del gran arte son asimismo
desconocidas, y que casi siempre negocian en secreto; gracias a un proceso
milagroso logran mantener una gran existencia privada de obras maestras, y pese
a todo disponer de un flujo de fondos suficiente para vivir como príncipes
renacentistas...
—Está cubriendo todas las posibilidades, ¿no es cierto?
—Mather tenía una expresión pensativa—. Apunta la idea de que las obras aún
existen.
—Hace mucho más que eso. Arroja un cebo con el fin de
tentar a los grandes tiburones que surcan el mar —los coleccionistas secretos—
y los tratantes más poderosos, como Berchmans y compañía. Usted debe recordar
que en su juventud Seldes intentó conseguir empleo con el viejo Berchmans, pero
fue rechazado. El desaire no ha sido olvidado. Como usted sin duda recuerda,
Berchmans seguramente está sentado sobre un lote de obras maestras de primera
categoría más numeroso que el de otro tratante cualquiera del mundo. Sin
embargo, hay una dificultad. El valor del arte aumenta día tras día, pero no es
posible comerlo ni gastarlo... y cuando usted vende un cuadro, lo pierde para
siempre, por supuesto, a menos que exista la oportunidad de que usted pueda
representar la propiedad del comprador cuando él muere, y de que reanude el
proceso de recirculación... Pero Seldes sabe que siempre existe la posibilidad
de que Berchmans esté sentado ahora mismo sobre esos cuadros...
—Hablando con usted me siento como un campesino recién
llegado a la ciudad.
—... Ahora, observe las ilustraciones elegidas por Seldes.
Retratos de Rafael: Isabel Gonzaga, Emilia Pía de Montefeltro, Magdalena Donni.
Dibujos de Rafael: estudios para la Historia de la Madonna, para el Sueño del
Calvario, para la Madonna de Terranova. Todas estas obras fueron realizadas
durante el período 1504-1506. De modo que aquí tenemos un código de
identificación que puede aplicarse enseguida a los cuadros si éstos aparecen...
Le advertí que nunca subestimara a Seldes.
Mather leyó de nuevo el artículo, y trató de imaginarse lo
que parecería si se insertara en la secuencia sus propias fotografías.
Finalmente, ordenó las páginas y las entregó a Leonie.
—Tiene razón. Aprovechó la información de un modo que yo
nunca habría imaginado. ¿Cuánto tardará en imprimir este material?
—Estará listo el viernes. Después, vuelve a mis manos y yo
corrijo las pruebas.
—¿Se ocupará de que yo reciba al mismo tiempo una copia de
todos los materiales?
—Por supuesto. ¿Qué tiene en mente?
—Se lo explicaré después. Por favor, ¿quiere pasarme, el
teléfono?
Ella le pasó el aparato Mather marcó el número de la
revista y pidió hablar con Harmon Seldes. —¿Harmon? Habla Max Mather. Estoy con
la señorita Danziger. Acabo de aprobar el borrador de mi artículo, y ella tuvo
la bondad de mostrarme su material. Desearía felicitarlo. Es un enfoque
brillante, sin afirmaciones exageradas. Y resulta muy práctica la cita que se
incluye del lugar que los posibles descubrimientos ocuparían en el catalogue
raisonné. Me pareció una explicación muy clara... ¿quejas? Ninguna. Mi propio
trabajo a menudo deja mucho que desear; de ahí que admire al hombre que da en
el blanco la primera vez... Cambiando de tema por un momento. Usted conoce mi
relación con Anne-Marie Loredon y su nueva galería. Bien, ahora que el trabajo
acerca de Rafael ha sido ejecutado, me gustaría escribir un artículo acerca de
la inauguración de la galería; la exhibición póstuma de Madeleine Bayard...
Dadas todas las circunstancias, creo que podría ser un artículo importante...
Bien. Me alegro de que apruebe la idea. De este modo siento que podré ganarme
el sueldo. ¿Tiene inconveniente en que discuta el tema con la señorita
Danziger? Imagino que usted querrá que ella supervise un poco mi material... al
menos por un tiempo. Gracias... Adiós.
Levantó la mirada y descubrió que Danny Danziger lo
estudiaba con expresión de desagrado, como si Max hubiese sido un espécimen
bajo el microscopio.
—¡Bien! ¡Bien! ¡Bien! ¡Qué hombre tan zalamero! Seldes lo
está explotando con todo descaro y usted le prodiga cumplidos.
Max Mather respondió con una sonrisa.
—Biretta in mano non fa mai danno.
—Usted olvida —le recordó con sequedad la joven—, que no
hablo italiano.
—Un antiguo proverbio romano. Nunca perjudica acercarse al
Papa con la gorra en la mano.
—No soy papista, de modo que eso no significa nada para
mí. Pero me temo que no podré ayudarle con el artículo acerca de Madeleine
Bayard. Tengo otros compromisos.
—Lo lamento; pero, desde luego lo comprendo. ¿Tal vez
conoció a Madeleine Bayard? ¿Está familiarizada con su obra?
—La conocí de manera muy superficial. Se algo de su
trabajo. No me interesa tanto que trabaje en eso.
—Me parece razonable. Entonces, intentaré hacerlo solo...
y veré cuánto he aprendido de usted. —Max Mather, ¿por qué no aprende de una
vez? ¡Soy la última mujer en el mundo que necesita cumplidos!
—¿Sabe por qué sucede eso, Danny D? —¡Dígamelo!
—Porque nadie le enseñó nunca a aceptarlos con
elegancia... ¡Lo cual es una vergüenza! Ahora, ¿desea expulsarme de aquí, o me
ofrecerá una bebida antes de que salga?
Media hora después, salió al ruidoso atardecer de
Manhattan. Lo hacía enriquecido —¡o empobrecido!— por una nueva información: a
saber, que Danny Danziger era una de las protagonistas del letal psicodrama de
Madeleine Bayard. Mather podía permitirse el lujo de esperar la respuesta a
todos los interrogantes que se originaban en esa sencilla idea. Por el momento,
se alegraba del estrépito, el desorden y el ajetreo de los neoyorquinos que
regresaban a sus hogares. La indiferencia de la multitud confería anonimato al
propio Mather, lo resguardaba de los ojos cargados de curiosidad. También
lograba que se sintiera desesperadamente solo, como si él hubiera sido la única
persona afligida en su propio funeral.
En su buzón había cartas, y el portero le entregó un
paquete. Se sirvió una buena copa y se sentó a revisar lo que había recibido:
primero una nota del arquitecto, para aceptar el depósito de Mather y
manifestar que supervisaría la construcción del estudio y del apartamento;
después, una breve carta de Claudio Palombini.
... quiero agradecerle la cortesía de su comunicación y
decirle, con mucho pesar, que no puedo agregar nada a los hechos que usted ya
conoce acerca de las obras de Rafael. Es evidente que fueron encargadas y
entregadas a mis antepasados, pero nada puedo decirle acerca de su historia
ulterior. Una verdadera lástima, porque en este momento yo podría aprovechar el
dinero que sin duda obtendría como resultado de la venta.
Pero, como su experiencia le confirmara, los Palombini
siempre fuimos filisteos, que traficaban con objetos materiales: vino, aceite,
cueros y artículos manufacturados. A veces fuimos compradores de cuadros, pero
sólo en ocasiones fuimos patronos de las artes. En realidad, su presencia aquí
como erudito residente contribuyó a realzar nuestra reputación. Tenga la
certeza de que lo recibiremos con los brazos abiertos siempre que decida
venir...
Afectuosos saludos,
CLAUDIO
El paquete era una sorpresa. Contenía un pequeño dibujo
hecho a lápiz de un edificio en construcción. Estaba firmado y fechado:
Boccioni, Milán, 1910. Una tarjeta acompañada al dibujo:
Una disculpa y una pequeña muestra de arrepentimiento por
mi propia indiscreción profesional en relación con la señorita Loredon.
Estoy seguro de que usted conoce bien la obra de Boccioni.
Tengo un retrato y un paisaje que de buena gana le mostraré cuando cenemos
juntos...
EDMUND BAYARD
Mather se sintió desconcertado ante la audacia y el estilo
del hombre. El dibujo de Boccioni — identificable como uno de los temas
desarrollados con destino a La ciudad naciente— era lo bastante valioso como
para sugerir una enmienda honorable, pero no tan costoso que pudiese parecer un
soborno o un intento de corrupción. La elección del artista —un innovador
futurista— implicaba una elegante deferencia a las relaciones italianas de
Mather. La invitación a cenar era un toque hábil. No se indicaba una fecha, de
modo que no era necesario adoptar una decisión inmediata. Mather se preguntó
cómo había tratado Bayard su relación con AnneMarie. Llamó, y descubrió que
ella estaba ansiosa por decírselo.
—... Hay una extensa carta explicativa... Estaba
preocupado por mi seguridad... en fin, toda esa música. Mi casa está llena de
flores. Hay una tarjeta que dice: «Pero el amor es ciego y los amantes no
pueden ver, las bellas locuras que ellos mismo cometen.» Está firmada E. B»
—Debió firmarlo W. S. Lo ha sacado de Shakespeare en el
Parque.
—No me importa de dónde lo ha sacado. Ha aterrizado aquí
con varios ramos de flores exóticas que valen por lo menos doscientos dólares.
Y ahora estoy tratando de imaginar cuál es la mejor respuesta.
—¡Es muy fácil! Aplícale la misma línea retórica que él
utiliza: «Señor, usted me dispensa un gran honor, pero mi corazón está a las
musas dedicado... En resumen, en este mundo no hay ni una maldita posibilidad
de que seamos amantes»... A propósito, tengo noticias para ti. Harmon Seldes ha
aceptado publicar un artículo acerca de la exposición de las obras de Ma
deleine Bayard.
—¡Max! ¡Es maravilloso! ¡Ese artículo favorecerá en gran
medida la exposición!
—De modo que pregúntate, y después dímelo, qué hay que
decir acerca de la mujer. Yo practicaré mis propias investigaciones, pero
necesitaré todos los antecedentes biográficos disponibles. También necesito
fotografías de las telas.
—Puedo llevarte a casa de Bayard y mostrártelas.
—Él ya me invitó a cenar, pero necesito las fotografías
como referencia mientras trabajo. —Lo arreglaré. ¿Algo más?
—Sí. Es evidente que el hombre está loco por ti; pero a mi
juicio, está loco, y punto. De modo que toma una ducha fría y olvídalo. Buenas
noches.
A pesar de las bromas y el tono juguetón que ellos usaban
desde que habían pasado de amantes ocasionales a amigos más estables, Mather
estaba preocupado. Bayard estaba convirtiendo en triunfo su propia derrota. Era
imposible rechazar sus actitudes de arrepentimiento; y sería una locura que
Anne-Marie convirtiese a un penitente poderoso en un enemigo ofendido.
De nuevo Mather estaba fatalmente comprometido por su
interés personal. Estaba desarrollando una iniciativa paradójica: organizar un
comercio legal a partir de un acto de moralidad dudosa. Él menos que nadie
podía permitirse el lujo de tener enemigos o detractores. Debía ser el amiguito
de todo el mundo. Sólo podía esperar que la red de verdades a medias que lo
sostenían no se desgarrase y lo enviase al fondo de un pozo.
CAPÍTULO VII
Cuarenta y ocho horas después recibió una llamada de
Leonie Danziger, que le espetó un discursito frío y bien ensayado.
—¿Max? Le llamo para decirle que he cambiado de idea
acerca del asunto Bayard. Le ayudaré a recoger material. El dinero me irá bien.
Y usted, por su parte, puede aprovechar mis conocimientos... Ya le he enviado
las pruebas de su artículo acerca de la economía doméstica toscana y del
artículo de Seldes referente a Rafael, seis ejemplares de cada uno. Belvedere
pagará los gastos.
—Muy amable por su parte. Gracias.
Llamó a Bayard a su oficina, le agradeció el boceto de
Boccioni, pero dijo que no podía aceptarlo.
—... El lugar apropiado es la colección que usted posee.
De todos modos, con mucho gusto cenaré con usted. Necesitamos hablar a solas
acerca de la exposición. Seldes me encargó un artículo relacionado con la
inauguración, para Belvedere. Necesito ver los cuadros y tener una idea de la
personalidad de la artista. Cuanto antes lo haga, mejor.
—¿Le va bien el jueves? —Bayard habló con firmeza, pero en
tono cordial.
—Muy bien.
—Entonces, quedemos de siete a siete y media, en mi
apartamento. Cenemos sólo nosotros dos... —Muy bien, el jueves.
—E insisto en que conserve el Bocciardi. No quiero
discusiones. Adiós.
A fin de prepararse para la velada, Mather se pasó un día
entero en la Biblioteca Municipal, leyendo las noticias periodísticas del
asesinato de Madeleine Bayard. También leyó algunas cosas acerca de Bocciardi y
los futuristas, y copió la entrada biográfica del Quién es Quién acerca de
Edmund Justin Bayard. Finalmente, llamó a Anne-Marie, pero descubrió que Bayard
ya se había comunicado con ella.
—... Está muy complacido porque aceptaste su invitación.
La idea de que Belvedere publique un artículo le atrae. Cree que tu amistad y
tu buena voluntad son importantes. ¿Me informarás de los resultados de la cena?
—Por supuesto. Pero creo que es más importante saber
cuáles son tus relaciones actuales con él. ¿Qué hiciste con las flores?
—Más o menos lo que me indicaste: le agradecí la idea, le
dije que con mucho gusto continuaría nuestra asociación, pero que no podía
aceptar ningún género de expresión emocional.
—¿Lo entendió?
—Digamos que no discutió. No estoy muy segura de que haya
entendido mucho. Pero ahora me considero en mejores condiciones para
afrontarlo.
—Pregunta: las telas que tú expones, ¿están todas en la
casa de Bayard?
—Sí.
—¿Qué me dices de la miscelánea... bocetos, notas, obras
inconclusas, distintos proyectos?
—Además de las obras principales, hay unos setenta bocetos
y estudios, y también los expondremos. Si hay más, en todo caso Bayard no me lo
ha enseñado. Le pregunté acerca de los escritos. Me ofreció una respuesta
imprecisa. ¿Por qué me lo preguntas?
—Porque es el tipo de miscelánea que podría adornar muy
bien un artículo. De todos modos, le preguntaré sobre el tema durante la cena.
¿Cómo va el estudio?
—El lugar es un terrible desorden, pero los fontaneros y
los albañiles se ajustan al calendario. El arquitecto ha hallado exactamente la
luz que necesitamos... Oh, y también han avanzado mucho con tu apartamento
privado. Deberíamos ir juntos a echarle una ojeada.
—Eso haremos... pero después de mi cena con Bayard. Es
extraño, siento que en verdad necesito prepararme para ese encuentro...
—No te equivocas. No te podrás enfrentar a ese hombre sin
apelar a todos tus recursos. En ciertos momentos, Bayard exhibe todo el encanto
del mundo; un instante después puede mostrarse frío y formidable...
Todo lo cual determinó que Mather se sintiese tan nervioso
e inquieto como un alumno que se acerca al momento de una prueba oral ante un
tribunal. Cuando llegó el momento, se sintió totalmente desarmado. Él y Bayard
enseguida comenzaron a usar los nombres de pila. La comida fue excelente, los
vinos verdaderamente selectos. Bayard se mostró tranquilo y franco, un
conversador reflexivo y también buen oyente, que sabía obtener de un huésped el
mejor comportamiento. Se mostró modesto acerca de su propia colección y muy
elocuente cuando se refirió a las obras de Madeleine. Agradeció de forma
efusiva el artículo para Belvedere, pues dijo que sería muy beneficioso. Cuando
llegaron al café y el brandy, Mather confiaba en la posibilidad de una
discusión provechosa. Preguntó:
—¿Está preparado para escuchar mis preguntas?
—Creo que sí.
Mather extrajo un pequeño magnetófono para grabar y lo
depositó sobre la mesa, entre los dos. Explicó:
—Podemos borrar cualquier cosa que usted no desee que
quede registrada. Necesito de usted tres clases de información. La primera es
para el artículo de Belvedere. Se trata de los antecedentes profesionales y
técnicos, la disposición mental de la artista, ese tipo de cosas. La segunda es
el material destinado a la Prensa popular, es decir, la biografía, las murmuraciones,
los nombres, las celebridades a las que se invitará. La tercera contribuirá a
la refutación, en el caso de que los rumores difundidos por la Prensa amarilla
durante la época de la muerte de su esposa se repiten ahora.
Bayard se puso al instante en guardia.
—¿Rumores? No sabía que hubiese ningún tipo de rumores.
—Es comprensible. Usted estaba muy angustiado.
Probablemente hizo lo que hacemos todos: leyó a medias los diarios y excluyó
todos los aspectos desagradables. Ése es el tipo de cosas a las que me
refiero... —Repasó su cuaderno de notas—. Esto viene del New York Post:
«Madeleine Bayard, una mujer bella y con talento, tenía muchos amigos entre la
gente marginal del Soho. Los detectives de homicidios no excluyen la
posibilidad de un crimen pasional.»Tan pronto se anuncie la exposición, este
articulito cobrará nueva vida. Tal vez un par de nombres aparezcan en una
columna de murmuraciones: «En un tiempo hubo un vínculo romántico...», ese tipo
de cosas. Alguien puede aparecer con un boceto o una carta. Usted sabe que la
Prensa amarilla paga bien por esa clase de cosas... ¿Cómo respondemos los
responsables de la galería?
—No contestan —respondió con sequedad Bayard—. Lo dejan
correr. Si me calumnian, y creo que puedo ganar el juicio, acudo a los
tribunales. En cuanto al resto, usted y Anne-Marie y todos los que estén
relacionados con la galería se apartan del asunto. No estuvieron implicados en
la vida o la muerte de Madeleine. Les importa únicamente su genio... Yo, Max,
comprendo lo que pretenden con sus preguntas. Sé que necesitan algunos
antecedentes, pues no desean quedar como tontos. De modo que empecemos por ahí.
Desconecte el magnetófono. Esto queda al margen, completamente al margen...
—Entendido; pero en ese caso, usted debe indicarme con
claridad lo que puedo usar.
Bayard esperó un momento, y después inició un relato,
sencillo e íntimo, más doloroso de lo que Mather había esperado de él.
—... Madeleine nació en Londres y era hija de padres
franceses. Su padre fue un coronel de las Fuerzas Francesas Libres, que había
iniciado en Londres un negocio como importador de vinos; su madre pertenecía al
personal de la Sección Cultural de la Embajada francesa. Yo estaba en Londres,
representando al viejo George Bunbury en un caso comercial trasatlántico que
afectaba a clientes norteamericanos y canadienses. El juicio fue prolongado y
lucrativo. Permanecí en Londres cuatro meses. Madeleine y yo nos conocimos una
tarde, en una exposición de la Academia Real. En esa época, ella estudiaba en
el Slade. Nos enamoramos. Fue una pasión profunda para ambos. Nos casamos antes
de que yo saliera de Inglaterra. —¿Y después?
—La luna de miel y el regreso a Estados Unidos fueron
maravillosos. Después, una lenta caída en el sufrimiento... Yo era un abogado
joven y ambicioso interesado en el arte. Ella era artista de la cabeza a los
pies, toda fuego y fantasía, incansable en la persecución de sus visiones,
siempre necesitada de liberación y renovación, en general, a través de la unión
sexual. Sin entrar en detalles, ése es el origen de la referencia periodística.
Mi esposa era una gran pintora... y una dama muy promiscua.
—Por lo tanto, ésa fue seguramente la dirección que siguió
la Policía cuando formuló preguntas acerca del asesinato de su esposa.
—Por supuesto. Yo era el sospechoso natural. Esposa
infiel. Marido celoso. Y yo era celoso, no lo dude. Me convertí en un hombre
mórbido y tiránico. La amenacé, impuse restricciones a sus movimientos. Le
prohibí exponer. Por supuesto, todo eso de nada sirvió. A lo sumo empeoró las
cosas. Pero bastó un sencillo cálculo aritmético para demostrar que yo no podía
haberla asesinado. Estaba en una conferencia que se celebró en las afueras de
la ciudad. Pedí a una secretaria que llamase al estudio para informar a Madeleine
que iría más tarde a buscarla. No hubo respuesta. Cuando llegué al estudio
estaba muerta. Perdí la cabeza. Llamé a la Policía, después la acuné en mis
brazos, tratando de revivirla. Así me encontró la Policía... Y ésa es la
pesadilla con la que vivo.
—Lo que no puedo entender es cómo soportó el infierno que
creaban entre los dos. ¿Por qué no se divorció?
Bayard le dirigió una sonrisa extraña y torcida, y levantó
las manos en un gesto de derrota.
—Usted es joven, Max. Posee todas las cualidades de un
soltero sin ataduras. Ojalá nunca tenga que aprender, como me sucedió a mí, que
para algunas personas incluso el infierno es más tolerable que el vacío.
Madeleine y yo nos necesitábamos, ¿comprende? Vivíamos del sufrimiento que cada
uno provocaba al otro. La tensión que usted percibe en sus cuadros, el ansia
salvaje de huir, se originó en ese sufrimiento. Además, yo sabía que ella me
daba la mejor parte de su ser. Es lo que está colgado en estas paredes,
alrededor de usted.
—Pero lo que no está allí —dijo Mather—, es el otro
aspecto de su personalidad, el aspecto sensual y orgiástico. ¿Ella nunca pintó
desnudos, uniones humanas?
—Si produjo esa clase de obras, yo nunca las vi. Quizás es
mejor que no las haya conocido. Lo que más me costaba soportar era la
conciencia de que otros hombres poseían su cuerpo y creían, como yo creía tan
fácilmente, todo lo que ella les decía en la cama... Hubiera podido matar por
eso... oh, sí. Pero habría asesinado a los amantes, no a Madeleine.
—¿Usted sabía quiénes eran?
—Sí, algunos.
—¿Pintó a algunos de estos hombres? ¿Pintó para algunos de
ellos? ¿Escribió cartas? —No sé muy bien qué sentido tiene la pregunta.
—Hablaré con franqueza: ¿Es probable que durante la
exposición aparezcan materiales embarazosos?
—Creo que es posible. Y si se da el caso, no podemos hacer
mucho. —Podríamos comprarlo con discreción.
—No creo que me importe tanto. Estoy eliminando recuerdos,
no incorporándolos.
—En tal caso, ¿no sería mejor sepultarlos, o por lo menos
mantenerlos en un lugar seguro hasta que el tiempo los prive por completo de
importancia?
—Por supuesto, tiene usted razón. Pero de ningún modo seré
yo el comprador.
—En tal caso, si se ofrece algo, lo aceptaré por mi
cuenta. Si la exposición es un éxito, siempre habrá un mercado para ese
material a través de la galería.
—¡No lo dudo! —dijo Bayard, con fría ironía.
Después de todo lo que había oído de labios de Anne-Marie
y Hugh Loredon, Mather se sorprendió a sí mismo tratando de armonizar dos
retratos distintos del mismo hombre. El problema era conseguir que las imágenes
discrepantes coincidieran. Preguntó:
—¿Está enamorado de Anne-Marie?
—Usted sabe que la respuesta es afirmativa.
—¿Hugh Loredon fue uno de los amantes de su esposa? Bayard
adoptó al instante una actitud retraída y hostil; parecía un animal doméstico
que retorna al estado salvaje. —¿Cómo demonios supo eso? —Hugh me lo dijo. —¿Y
por qué tenía que decírselo?
—Sabe que Anne-Marie y yo somos buenos amigos. Me pidió
que la cuidase. Según dice, teme que usted utilice a Anne-Marie para vengarse
de él.
—¡Dios todopoderoso! —Las palabras se convirtieron en un
grito de angustia. Bayard se encogió, como si le hubiesen asestado un puñetazo
en el vientre. Escondió su rostro entre las manos y se balanceó a un lado y a
otro, gimiendo palabras ininteligibles. Cuando al fin se irguió, su cara era
una máscara de sufrimiento. Habló con voz insegura.
—¿Anne-Marie sabe esto?
—Sí.
—¡No me extraña que trate de distanciarse de mí! ¡No me
extraña que tema!
—No es la única razón —dijo en tono brusco Mather—. Usted
ha heredado una serie de malas costumbres de su matrimonio. Es quisquilloso;
presiona a la gente; se muestra suspicaz... y, para colmo, paga a un espía para
que siga los pasos de Anne-Marie. ¡Y no me diga que eso fue para protegerla!
Fue para asegurarse de que no era otra Madeleine.
Bayard asintió, pero no contestó. Mather le presionó aún
más. —De modo que está enojada. Desea que usted se aleje. Y no puede acusar de
eso a Hugh Loredon.
—Lo crea usted o no lo crea —dijo Bayard con voz pausada—,
no lo acuso de nada. No acuso a ninguno de los amantes de Madeleine por tomar
lo que ella ofrecía. Después de todo, para continuar unido a ella renuncié a la
mayor parte de mi propia dignidad.
—¿Madeleine fue asesinada por uno de sus amantes?
—Es posible, pero no probable.
—¿Por qué dice eso?
—Ella nunca formuló la más mínima sugerencia de
exclusividad. Entonces, ¿quién necesitaba matar a causa de lo que Madeleine
ofrecía a todos como un plato de bizcochos? En una ocasión, pensé que si me
negaba a hablar con cada uno de los hombres que me habían puesto los cuernos,
terminaría viviendo Como un ermitaño. Durante un tiempo fue lo que hice. Sólo
después de conocer a Anne-Marie comencé a vivir una vida a medias normal.
—¿La Policía continúa activa en el caso?
—¿Activa? Ésa es una palabra muy relativa. Cada varios
meses vienen con un par de preguntas nuevas y la repetición más o menos
modificada de las antiguas. Es probable que el asunto termine sólo después de
la exposición.
—¿Ha explorado la posibilidad de que alguien contratase un
asesino?
Por primera vez Bayard sonrió, una sonrisa tortuosa,
burlona, con un gesto de rechazo.
—Mi estimado Max, cuando comprendieron que yo no la había
asesinado —en realidad, que no podía haberla asesinado— comenzaron a concebir
toda clase de fantasías. Una era que yo había contratado a un profesional para
ejecutar el hecho. El único problema de tal argumento estriba en que los
asesinos profesionales no convierten un trabajo que exige un disparo en una
masacre... Yo podría haber organizado una docena de pretextos para encontrarme
fuera de la ciudad el día de la ejecución... ¡Qué diablos! Qué sentido tiene
repasar otra vez toda la tragedia... Max, trate de entender algo, porque nunca
lo repetiré, y trate de explicárselo a Anne-Marie, si ella está dispuesta a
escuchar: Organizaré esta exposición como tributo a lo mejor que había en
Madeleine, la parte que yo amaba, la mujer que me ha tenido cautivo durante
todos estos años... Después, se acabó. Sale de mi vida. No quiero vengarme de
su asesino. No quiero odiar a sus amantes. Sólo quiero olvidarla y comenzar a
vivir de nuevo como un hombre íntegro... Con Anne-Marie, si ella acepta... sin
ella, si me rechaza.
—En ese caso, acepte un consejo de un solterón
empedernido. Ante todo, comience a vivir sin ella. Así, Anne-Marie no tendrá la
sensación de ser apremiada con el fin de obligarla a firmar un contrato
desventajoso.
—¿La voz de la experiencia? —Había un respeto distinto en
el tono de Bayard.
—Funciona en ambas direcciones —dijo Mather con verdadera
convicción—. Las mujeres odian al hombre que busca una madre. Los hombres
detestan a la mujer que quiere a un hijo como amante. Una pregunta más...
—Abrigo la esperanza de que sea más fácil que las otras.
—Presumo que será ventajoso para usted. Usted me cobra por
el asesoramiento legal. ¿Qué debo hacer para formar un sindicato de compra de
obras de arte? —¿Dónde se establecería? —En Europa, pero operaría en todo el
mundo. —¿Qué propósito tendría?
—Saldré en representación de la galería de Anne-Marie.
Pero ella es un tratante de arte, con su propia política. ¿Por qué no puedo
atender a cinco, diez, veinte personas? ¿Por qué no puedo negociar por mi
propia cuenta?
—Nada se lo impide... siempre que tenga buen criterio y
goce de crédito suficiente, y por lo que he visto hasta ahora parece que es
posible responder de manera afirmativa a ambas preguntas. Si lo desea, puedo
organizar el sindicato casi de la noche a la mañana...
Se interrumpió, y sirvió dos generosas raciones de brandy.
Mientras calentaba en su mano la copa, preguntó:
—Max, ¿acepta contestar un par de preguntas que ahora
mismo le formularé? Por así decirlo, toma y daca.
—Por supuesto. Adelante.
—¿Cuál es exactamente su relación con Anne-Marie?
—Ex amante, buen amigo, hermano sustituto, asociado
comercial. Nos sentimos cómodos, y libres. La pregunta siguiente. —¿Usted es un
mantenido?
—No. He aceptado el patronazgo de mujeres... nunca me
mantuvieron. He vivido de mis propios recursos y les ayudé a gozar de los que
ellas tenían. —Una distinción muy particular.
—En su condición de abogado, estoy seguro de que la
entenderá.
—¿Y cuál es su ambición?
—Llegar a ser muy rico, y cuanto antes.
—¿Y cree que puede lograrlo?
—Estoy seguro.
—Creo —dijo Bayard en voz baja—, creo que quizá lo logre.
Alzó su copa y formuló el antiguo brindis, que de pronto pareció muy nuevo y
pertinente.
—¡Por los dos! Salud, dinero y amor, y que Dios nos dé
tiempo para disfrutar de todo eso.
Bebieron en abundancia. Decidieron que era una vergüenza
no repetir la copa. Después, Bayard expresó la última e insegura bendición.
—Me alegro de que nunca conociera a mi esposa... Si la
hubiese visto, yo le habría perdido como amigo. Me robó a todos los amigos... a
los mejores.
A las nueve de la mañana —tres de la tarde de París—
Harmon Seldes recibió una llamada telefónica de Henri Charles Berchmans, el
Viejo. Hablaron en francés. La exposición de Seldes era exacta, pero pesada y
pedante. Berchmans aún tenía el tono áspero y a veces agudo de su Alsacia
nativa.
—... Ese montón de papeles que usted me envió ayer... ¿Qué
quiere que haga con eso? —¿Hacer? —la voz de Harmon Seldes era dulce como la
miel—. ¿Hacer, mi querido Henri?
Agradecérmelo, por supuesto. —¿Por qué?
—Porque ser el primero en examinar lo que quizá se
convierta en uno de los descubrimientos más sugestivos de nuestros tiempos.
Todavía nadie ha considerado este material; pero si no le interesa, por
supuesto, podemos pasar a...
—Claro que me interesa —Berchmans el Viejo tenía un
carácter notoriamente intempestivo—. No sea estúpido. Este tipo, Martha,
Methier...
—Mather... —Seldes le deletreó el apellido.
—¡Dios mío! No necesito una lección de ortografía. ¿Qué
clase de hombre es? ¿Su trabajo es auténtico?
—He verificado todas sus referencias con la familia
Palombini y la Biblioteca de Florencia. Suscita la impresión de un ocioso
simpático. Pero eso es engañoso. La obra es totalmente auténtica. Yo mismo
inspeccioné las fuentes...
—Cuya antigüedad es de cuatrocientos ochenta años. Amigo,
es una pista muy fría.
—Nuestra publicación la recalentará.
—Bien... ¿qué desea de mí?
Harmon Seldes sonrió satisfecho. El viejo Berchmans era un
aficionado a las carreras de caballos. Siempre insistía en dar las últimas
instrucciones a sus jockeys.
—Formulo tres preguntas. Primero, ¿en sus propias
colecciones hay algo que pueda coincidir con la descripción del libro de
cuentas de los Polombini?
—No, no hay nada.
—Segundo, ¿puede identificar o siquiera conjeturar
material parecido en otras colecciones? —En este momento, no.
—Tercero, ¿desea participar conmigo, sobre la base de la
exclusividad, en la búsqueda de otras obras?
—¿Cómo define participar?
—Usted redacta un convenio en el que se acuerda una suma
para financiar la investigación. Yo la dirijo. Si es posible hallar las obras y
llevarlas al mercado, lo hacemos juntos... y nos repartimos los beneficios al
cincuenta por ciento.
—¿Y si no encontramos nada... u otra persona realiza el
descubrimiento?
—En ese caso, no habremos tenido suerte.
—Pero yo habré disminuido mi capital. De modo que la
división de beneficios será de setenta-treinta a mi favor.
—Setenta-cuarenta y cerramos el trato. —Necesito tiempo
para pensarlo.
—No tiene tiempo, Henri. Dispone sólo de la duración de
esta llamada.
—Debo conocer a ese tipo Mather.
—Arreglaré un encuentro... si cerramos el trato.
—¿Qué papel representa en todo esto?
—Ya se lo dije. Su preparación científica es sólida.
Personalmente es un diletante. Dispone de medios privados, de modo que no
necesita esforzarse demasiado. Es inteligente, y comprende que carece de los
recursos y del conocimiento experto para hacer lo que usted y yo podemos hacer.
—¿Estaría dispuesto a firmar la renuncia a sus eventuales
derechos?
—A mi juicio sería un error, un grave error, pedírselo. Si
queremos que trabaje para nosotros, yo puedo encargárselo. Ya lo he empleado en
la función de editor ayudante. Probablemente podría conseguir que acepte un
contrato que lo ate de pies y manos y nos reserve todos los frutos de su
trabajo... Pero tengo que abordar el asunto con muchísimo cuidado...
—¿Por qué no mete a una mujer como cebo? —La risa seca de
Berchmans resonó a través del auricular—. Pregunta siguiente: ¿Cuánto necesita
para iniciar sus investigaciones?
—Viajes en primera clase y alojamiento y todos los gastos
eventuales. Probablemente yo me encargaré de la parte principal durante mis
vacaciones de verano. ¿Puedo contar con que me permita usted hacer uso de sus
oficinas y su personal?
—De las oficinas, sí. Del personal hablaremos cuando se
presente la ocasión. Indíqueme una cifra... aproximada.
—Cincuenta mil para saber si estamos sobre la pista o
persiguiendo un fuego fatuo. —Es demasiado —dijo Henri Berchmans—. Digamos una
cifra global de treinta. Usted se encarga de los excedentes.
—Treinta mil por adelantado, y una división de sesenta y
cuarenta del ingreso bruto. —Es la primera vez que oigo la palabra «bruto».
—No esperaba que dijese «neto», ¿verdad? Aquí estoy
haciéndole el servicio más grande de su vida y usted todavía intenta engañarme.
—Está bien, el bruto. —Magnífico. Trato hecho.
—En tal caso, ¿por qué no suprime el artículo? ¿Para qué
alertar al mundo entero acerca de lo que sabemos?
—Porque es imposible que usted y yo cubramos el mundo. De
modo que removamos las aguas y veamos lo que sale a la superficie. Usted es el
decano de los tratantes de arte, y es probable que los primeros hallazgos
lleguen a su umbral, o al mío, en mi condición de editor de la revista.
—Es probable que esté en lo cierto —dijo Berchmans, que no
era hombre poco dado a hacer cumplidos. Lo veré en Nueva York, dentro de una
semana o dos. Manténgame informado de las novedades. ¿Alguna cosa más?
—Estaba preguntándome —dijo en tono seco Seldes—, cuándo
va a decir «gracias».
Hubo un prolongado silencio antes de que Berchmans
respondiese con intencionado menosprecio.
—Tenemos un acuerdo. Haré mi parte. Usted hará la suya. Y
si ambos hallamos lo que estamos buscando nos arrodillaremos y agradeceremos al
buen Dios que nos haya convertido en seres ricos y afortunados. A bientót,
Seldes.
Harmon Seldes colgó el teléfono y contempló su propia
imagen reflejada en el espejo. Vio a un individuo de mejillas abultadas que
necesitaba afeitarse y cortarse el pelo, y que acababa de concertar un acuerdo
muy beneficioso. En el peor de los casos, otro pagaría sus vacaciones de
verano; en el menor, ¡demonios!, un hombre podía vivir con todo lujo el resto
de sus días con la mitad de la comisión obtenida de dos retratos y cinco
dibujos de Rafael. Henri Charles Berchmans el Viejo era un monstruo anciano y de
lengua afilada; pero, al igual que todos los grandes tratantes de arte, creía
en efecto, en los milagros: el deslumbramiento milagro del genio que podía
transformar una tela vacía en un objeto maravilloso; el milagro de la codicia
operado por Midas, que podía transformar en oro el objeto maravilloso.
La mejor manera de entretener al monstruo consistía en
entregarle una víctima para que él la destrozara. Llamó a Max Mather, que en
ese preciso instante se había despertado con una terrible jaqueca. La cabeza le
latía. Tenía los ojos llenos de arena. Tenía la boca pastosa. Su respuesta no
fue cordial, ni mucho menos.
—¡Demonios, Harmon! ¿Qué hora es?
—Las nueve y media. ¿El pequeño Maxi ha pasado una mala
noche?
—¡El pequeño Maxi está agonizando! Y puede echarle la
culpa a Ed Bayard.
—Tengo entendido que su cocina es excelente.
—También sirve el brandy como un loco. ¿Qué puedo hacer
por usted?
—Tan sólo deseaba informarle de que el viejo Berchmans ha
aceptado financiar la investigación de las obras de Rafael.
—Les deseo a ambos la mejor suerte. Ahora, ¿puedo volver a
dormir?
—Todavía no. Berchmans desearía conocerle cuando venga a
Nueva York, dentro de un par de semanas.
—No estaré aquí. Salgo mañana de viaje a Europa. Pero
puedo detenerme en París y hablar con él. Con la condición de que Belvedere
pague la tarifa del Concorde.
—¿Por qué el Concorde?
—Porque hago esa escala por usted, y usted será quien
recoja el beneficio.
—Muy bien. Agréguelo a la cuenta de gastos. Yo lo
autorizaré. ¿Cuáles son sus planes?
—Diez días de trabajo tranquilo en el tema de Madeleine
Bayard. Anoche vi sus telas... ¡son asombrosas! El artículo puede estar a la
altura de las obras. Apenas lo termine lo enviaré a Leonie; ella le dará los
últimos toques y se lo entregará. Luego me iré a esquiar una semana en
Saint-Moritz. Y después iré a Florencia. Si desea que haga algo por usted en
esa ciudad...
—Ahora llamaré a Berchmans y veré si puede recibirlo este
fin de semana.
—¿Qué desea?
—Examinar hasta qué punto usted posee una auténtica
conciencia de erudito. —No es la primera vez que se me somete a un examen. ¿Qué
me importa una investigación más o menos?
—Max, para nosotros es importante.
—Para usted, no para mí. Me mostraré amable con él porque
usted me lo pide. ¿Desea que haga algo más mientras estoy en Europa?
—Le informaré. Lo que importa es que coordinemos nuestros
esfuerzos. Puedo indicarle lo que necesito, pero no debemos despilfarrar los
esfuerzos o perseguir objetivos contradictorios.
—¡De acuerdo! ¡De acuerdo! Ahora, ¿podemos interrumpir
esta charla? De veras, me agradaría morir en paz...
Cinco minutos después Max salió de la cama, bebió jugo de
naranja y café en abundancia, llamó a Anne-Marie y quedó en salir a correr con
ella por Central Park. Una hora y media más tarde, corrían tranquilos por el
circuito, mientras Max explicaba la situación a Anne-Marie.
—Mañana me voy a Europa.
—¿Por qué tanta prisa?
—Hay mucho que hacer. Debo ver a Berchmans en París,
organizar una filial en Zurich, que es la que utilizaré para arreglar los
negocios de tu galería. Quiero esquiar en Saint-Moritz. Después, iré a
Florencia para leer ciertas cosas del archivo y organizar la visita de
Tolentino y el seminario en la galería. En medio de todo eso, necesito
encontrar tiempo para escribir el artículo acerca de Madeleine Bayard y
remitirlo aquí, con el fin de que le den los últimos toques.
—¿Es posible que en el camino te encuentres con mi padre?
—Sólo si está en Zurich cuando yo pase por allí. Llamaré a
Christies y veré si pueden decirme dónde está... pero no lo buscaré. Sin duda,
él sabe a qué atenerse. De manera que, si llama transmítele el mensaje.
A la sombra de un viejo arce, ella se detuvo de repente, y
besó a Max en los labios. Él respondió de buena gana al beso, y después se
apartó unos centímetros y preguntó con dulzura: —¿Por qué lo has hecho? —¡Te
echaré de menos, maldita sea! —Yo también.
—No, no es cierto... Estarás muy atareado.
Cuando reanudaron la carrera ella le formuló la pregunta:
—Max, ¿por qué tú y yo no nos enamoramos?
—Tal vez lo hicimos —dijo Max Mather—, pero estábamos tan
atareados que no lo advertimos... Corramos un kilómetro más, ¿quieres?
Edmund Justin Bayard tenía su propio método para curar las
secuelas de una noche de alcohol, una afección que, si bien él reconocía sólo
en su fuero interno, en los últimos tiempos había llegado a ser muy frecuente.
En realidad, aunque nunca bebía en horas de trabajo, antes de la cena consumía
abundante alcohol: martinis con vodka en el cóctel —uno cuando llegaba a su
casa, otro cuando se bañaba—, una botella de cabernet con la comida, un brandy
abundante con el café, otro al acostarse.
Si tenía invitados a cenar, las cantidades aumentaban de
forma considerable.
Su terapia consistía en caminar hacia un edificio de
apartamentos del centro de la ciudad, donde una madame tailandesa y tres
mujeres más jóvenes proporcionaban sauna, baño, afeitado, masaje y masturbación
manual a los empresarios que se sentían solos o sufrían los efectos de una
noche de alcohol. Las instalaciones eran discretas, la ropa de cama limpia, las
muchachas cordiales y la operación general carecía relativamente de peligro.
Cada aposento estaba revestido con material a prueba de ruidos y equipado con
teléfono, de modo que durante el período de recuperación podían arreglarse
asuntos en un ambiente de razonable intimidad. Precisamente desde ese lugar Ed
Bayard expuso por primera vez, a media docena de amigos y conocidos, la idea de
Max Mather acerca de un sindicato de adquisición de obras de arte. Su
argumentación fue sencilla y fue volviéndose más persuasiva a medida que la fue
repitiendo.
—... A lo sumo diez participantes, cada uno con 50.000
dólares. Es decir, ello supone un capital de explotación de medio millón, que
puede usarse para realizar depósitos sobre las obras ofrecidas, y acerca de las
cuales la mayoría coincida en que existe un mercado conveniente. Bien, no
compraremos obras maestras que valen varios millones de dólares. No podemos
competir con ese mercado. Pero todos sabemos que es posible obtener
oportunidades cuando la temporada es floja en las galerías y en los días de subasta
en que el público se resiste a elevar las ofertas... Tengo al hombre que puede
realizar para nosotros este trabajo. Es independiente, se cree libre, posee
medios propios modestos y quiere iniciarse en el mundo del arte... Leerán un
par de artículos importantes que él escribió en los números de abril y mayo de
Belvedere... Max Mather... eso mismo, Mather. Lo mejor del asunto es que él no
controlará los fondos. De esto nos encargaremos nosotros. Él se limita a
aconsejar, por télex, indica la obra, el precio y su recomendación. Nosotros
autorizamos un depósito mientras realizamos una rápida inspección del
mercado... No, no necesitamos depositar de inmediato los 50.000 dólares;
podemos conseguir una garantía bancaria... ¿El reglamento de la Asociación?
Tengo aquí el material pertinente, si quiere leerlo. Espléndido. No garantizo
que ganemos una fortuna, pero no perderemos dinero y podemos divertirnos
mucho... ¡Gracias! Igualmente...
Cuando comenzó a recobrarse plenamente de los efectos del
alcohol y del remedio, contaba con la promesa de cinco contribuyentes, y tres
más lo llamarían a diferentes horas del día. Llamó a Max Mather.
—Max, estamos lanzados. Hasta ahora, cinco suscriptores
con 50.000 dólares cada uno. Habrá tres más en pocas horas. No he cerrado la
lista, pero necesito saber qué función se asigna usted en este cuadro general.
—La respuesta a esa pregunta es muy sencilla. Yo soy el
miembro que trabaja. Ustedes reciben un año de mi trabajo y lo retribuyen con
una acción por valor de 50.000 dólares. Si después desean que yo continúe,
mantendré la participación que me he ganado y concertaremos un nuevo convenio
de empleo.
—Me parece justo... en realidad, muy generoso.
—En tal caso, dejo a su cargo la tarea de concertar un
acuerdo equitativo para todos los interesados... Parto mañana para Europa. Le
enviaré por télex la dirección que podrá utilizar para comunicarse conmigo.
—Está moviéndose deprisa.
—Tengo pendiente una extensa lista de novedades. A
propósito, desearía usar su nombre como referencia. Sólo por lo que se refiere
al carácter, no a la parte financiera. Mis banqueros se ocuparán del resto.
—Mejor aún, redactaré una carta de presentación y la
enviaré esta tarde a su apartamento. Ah, otra cosa... Recuerde que a fines
prácticos el sindicato ya existe. Nada le impide mencionarlo e incluso usarlo
en sus viajes. Yo me ocuparé de las formalidades en Estados Unidos.
—Me alegro de saberlo... Le llamaré apenas esté seguro de
mis próximos movimientos.
—Buen viaje, Max.
Las secuelas del alcohol habían desaparecido. Bayard se
sentía tranquilo y dispuesto a trabajar de forma activa en su despacho de
abogado. Ahora que Mather viajaba, preveía una relación más estrecha y flexible
con Anne-Marie Loredon. Se sentía inmerso en un sentimiento de bienestar. Dio
una propina de veinte dólares a la muchachita tailandesa, le palmeó de modo
afectuoso el trasero y salió y se sumergió en la bruma y la luz solar de
Manhattan...
Leonie Danziger demostró ser calculadora, dinámica y
concreta. Ya estaba trabajando en los antecedentes del artículo acerca de
Madeleine Bayard. Entregó a Mather dos carpetas precintadas.
—Ésta contiene notas de las entrevistas con el principal
investigador policial. No podrá hacer una alusión directa de las mismas, pero
le darán una idea bastante clara de la versión policial del crimen. Los
diagramas son fotocopias, y se explican por sí mismos...
—¿Cómo consiguió todo esto?
—Mucha práctica, y una periodista con elevado caudal de
encanto. El departamento de policía de Nueva York mantiene una sección de
relaciones públicas. Ella les habló de la inminente exposición, del artículo
que usted estaba escribiendo para Belvedere, de la inevitable renovación de las
conjeturas periodísticas acerca de un crimen que no fue resuelto...
Relacionaron a la joven con un simpático muchacho que la llevó al departamento
de policía. Ella pagó el almuerzo de los funcionarios que intervinieron en el caso...
Voilà! No quisieron desprenderse de ninguna de las fotografías, pero
relacionaron a la periodista con la agencia de noticias que envió a un
fotógrafo y llegó pocos minutos después que la Policía. Todo lo cual me costó
trescientos cincuenta dólares; por esta razón aceptaré un cheque o dinero en
efectivo.
—Creo que usted merece una bonificación.
—También eso lo aceptaré.
Él extrajo del bolsillo un objeto pequeño envuelto en
papel de seda. Cuando Leonie lo desenvolvió, descubrió una figurilla que
representaba a una bailarina de tarantela, en antiguo capodimonte. Los ojos de
Leonie se iluminaron de placer, pero limitó con mucho cuidado su
agradecimiento.
—Es hermosa. Y usted, Max, es muy considerado. Gracias.
Él extendió un cheque por trescientos cincuenta dólares y
lo entregó a Leonie Danziger.
—Le enviaré el texto en cuanto pueda. Lo que por el
momento me propongo hacer es trazar un retrato de Madeleine Bayard según la
veo, o sea, a través de sus cuadros, los comentarios, de la gente, el registro
de su vida y su muerte.
—Y esta vez —dijo en tono amable Leonie Danziger— usted lo
hará con verdadero amor, ¿verdad? No con una redacción descuidada, desgranando
un tema pensado a medias.
—Sí, maestra.
—¿A qué hora de la mañana sale?
—En el Concorde de Air France, a las diez y media. Llegaré
por la noche. Seldes me ha concertado una cita con Henri Berchmans en París
para el día siguiente. Después, voy a Zurich.
—No me diga nada más. Me corroe la envidia. Aunque no lo
crea, jamás he atravesado el Atlántico. ¡Soy la pequeña señorita de Manhattan!
Invertí todo lo que heredé en este apartamento... y en los elementos de la
educación de un intelectualoide.
Max Mather sintió deseos de contestar con aspereza pero se
contuvo, y en cambio preguntó:
—¿Puede actuar de mensajera mientras estoy en Europa? Por
supuesto, según la tarifa comercial.
—Es todo parte del servicio... A propósito, lea con mucha
atención el material de la Policía; después, estudie las fotografías.
Proporcionan mucho material para la conjetura.
—¿Qué quiere decir?
—Que la teoría del asesino enloquecido por las drogas es
una cortina de humo para el público. La Policía afirma que sabe quién la mató,
pero no tiene pruebas suficientes para encarcelarlo. —¡Interesante idea! —Sí,
¿verdad?
Hubo un embarazoso momento de silencio, y después, siempre
con cuidada formalidad, ella extendió la mano.
—Tenga cuidado, Max. No sé cuáles son sus planes, pero le
deseo toda la suerte del mundo.
—Usted también cuídese. Sólo deseo...
Ella puso un dedo sobre los labios de Max para impedir que
terminara la frase. —Si los deseos fueran caballos, los mendigos montarían.
—... Bien... también usted cuídese. La llamaré desde Zurich.
CAPÍTULO VIII
Henri Charles Berchmans el Viejo lo recibió con escasa
ceremonia en las galerías de Berchmans et Cie cerca de Qai des Orfévres. Era
domingo por la mañana, uno de esos días grises y lluviosos en que París y sus
habitantes tienen un aspecto sórdido y triste y el rostro contraído. Las únicas
personas que había en las galerías eran tres guardias de seguridad que parecían
autómatas de edad madura. La entrevista se realizó en una oficina atestada de
muebles y desprovista de adornos, un lugar que los fines de semana seguramente
ocupaba un empleado de menor categoría.
Berchmans, un hombre pequeño y robusto, de cabellos
grises, la mirada dura e inquieta, las manos febriles, había elevado la
grosería a la categoría de forma artística. Mather, cuyo vuelo desde Nueva York
había llegado con dos horas de retraso, cuya reserva de hotel, por lo tanto,
había sido cancelada y que se había visto obligado a pasar la noche en una
habitación no muy limpia y tan pequeña como un armario de artículos de
limpieza, no se encontraba de muy buen humor. La primera pregunta de Berchmans,
en francés, tuvo carácter global.
—Bien, señor Mather, ¿qué tiene que decirme?
—Nada, señor Berchmans. Vine a visitarlo a petición de
Harmon Seldes. Estoy haciendo un esfuerzo por complacerlo. Y estoy esperando
que usted me formule una pregunta que justifique mis molestias.
—¡Muy bien! —Berchmans no pareció perturbado en lo más
mínimo—. ¿Por qué un Rafael, eh? ¿Por qué no Caravaggio, Bellini, Boldini? El
catálogo de obras de Rafael está cerrado y completo. Esas referencias que usted
descubrió son indicaciones que no llevan a ninguna parte... Usted es un hombre
inteligente. Seguramente lo sabe.
—Si yo fuera inteligente —dijo Mather—, no estaría
perdiendo mi tiempo un domingo por la mañana en París. Soy paleógrafo. Por
casualidad descubrí una entrada en un conjunto de libros de cuenta florentino.
Como soy un erudito, consulte el asunto con una revista especializada... Harmon
Seldes me dijo que había llegado a un acuerdo con usted. Yo no intervine en
eso. Tampoco lo pedí. Estoy mostrándome cortés con usted y con Seldes, y
compruebo que usted es un individuo muy grosero. De modo que, si no tiene inconveniente,
seguiré mi camino.
—¡Espere! —Berchmans levantó una mano regordeta para
detener a Mather—. Yo soy grosero. Usted está irritado. Empecemos de nuevo.
Esos libros de cuentas... ¿son auténticos?
—Usted sabe que lo son.
—No lo sé. Sé tan sólo lo que me dice Seldes.
—¿No cree en él?
—Me gusta contemplar todas las posibilidades. —Está en su
derecho. Ahora, si me disculpa...
—He hecho un trato con Seldes. ¿Él no le ha ofrecido una
participación? —La he rehusado desde el primer momento. —Usted es tonto.
—Tengo sensatez suficiente para no jugar con los
personajes importantes.
—Pero, ¿se propone rehusar un dinero?
—Eso dependería de quién me lo ofreciera.
—Quizás el propietario. No podría aspirar más que a eso,
¿verdad?
—A menos que el jockey estuviese pagado, y el entrenador
participara en la maniobra...
—Señor Mather, me está usted insultando.
—No. Es usted quien me insulta, señor Berchmans. Primero,
trata de presionarme, y ahora quiere comprarme. ¿Para qué? El día en que nos
conocimos expliqué a Harmon Seldes que el hallazgo de las obras de Rafael es
una posibilidad contra un millón. No dispongo del tiempo, la energía o el
dinero necesarios para unirme a la búsqueda. Incluso prometí comunicar la
información suplementaria que pueda descubrir. ¡Pero eso es todo! ¡Ahí termina
mi participación! Tengo en marcha algunos proyectos interesantes. Estoy buscando
obras para una nueva galería. Realizaré algunas operaciones pequeñas en los
sectores inferiores del mercado, y continuaré mi propio programa de
investigación.
—Quizá yo pueda facilitarle algunos negocios. ¡Anímese!
El viejo aferró el brazo de Mather y lo empujó, sin mucha
ceremonia, fuera de la oficina y a través de un salón lleno de obras. Retiró la
tela depositada sobre un bastidor y la mostró a Mather. —¿Puede identificar
esto?
Mather estudió unos instantes el cuadro, y después dijo
con voz vacilante. —Pretende ser un Frans Hale... pero no lo es. —¿Por qué no
lo es?
—El trasfondo es demasiado claro, los rasgos de la cara
son débiles, el cabello no armoniza con el resto. El traje está bien trabajado,
pero el encaje exhibe un dibujo descuidado. —¿Puede indicar el nombre del
pintor? —No. ¿A qué viene este ejercicio? —Deseaba saber cuál es el nivel de su
capacidad artística. —¿Puede decirme quién es el pintor?
—No. Excepto que es un restaurador muy bueno y un
excelente copista que ha ejecutado algunos trabajos para mí.
—Confieso que he visto cosas mejores.
—¿Dónde?
—Niccolo Tolentino. Este verano lo llevaré a Nueva York,
donde pronunciará varias conferencias.
—Señor Mather, ¿usted también es empresario?
—No. Soy un estudioso que está poniendo a prueba sus
propias cualidades en una serie de áreas nuevas.
—En este caso, confío en que me enviará una invitación de
modo que yo pueda ver y escuchar al señor Tolentino.
—Con mucho gusto. ¿Algo más?
—Sí. Ésta es mi tarjeta. Llámeme cuando lo crea
conveniente, aquí o en Nueva York. —Muy amable por su parte.
—Señor Mather, nunca soy amable. Y rara vez soy siquiera
cortés. Soy un tratante de arte. Mi única motivación es el beneficio. El hecho
de que comercie con cosas bellas carece de importancia. No puedo comer un
Poussin. Un Cézanne no alimenta a mis caballos ni paga al jockey y al
entrenador. Son estos beneficios los que lo hacen. Tengo la impresión de que
también usted podría serme provechoso, y sólo por ese motivo estoy dispuesto a
serle útil. En el asunto de los Rafael o en otra cuestión cualquiera.
—Ya hemos hablado de las obras de Rafael. Son un tema
entre usted y Harmon Seldes.
—¿Por qué se muestra tan obstinado, señor Mather?
—Porque usted está jugando conmigo: son los juegos de un
viejo, los juegos de un rico. Está arrojándome toda clase de cebos y está
pendiente de saber cuál muerdo. Soy tan corruptible como cualquiera, pero con
sus métodos usted está conduciéndome a toda prisa hacia el camino de la
virtud... Bien, ahora debo marcharme. Salgo a las tres y media para Zurich. Iré
andando hasta el hotel.
—Estará empapado antes de llegar allí. Ceda un poco.
Permítame ocuparme de su traslado. —Muy bien.
—¡Ya lo ve! —Berchmans sonrió y extendió la mano—. Ya se
siente mejor. Seamos amigos. Me gustan los tipos robustos que luchan por sus
intereses. ¡Es también la pasta de los buenos artistas! Un artista tiene que
ser duro para sobrevivir a la disciplina, después a los fracasos y a los
rechazos...
Seldes me dijo que usted está haciendo algo para él.
¿Cuáles son sus restantes actividades?
—He aceptado la tarea de explorar el continente en nombre
de una nueva galería de Nueva York. La dirige la hija de Hugh Loredon. Supongo
que conoce a Hugh.
—Así es. Desde hace años. ¿Su hija y usted son amigos?
—Estuvimos juntos en Florencia.
—¿Y cuál será la primera actividad de la galería?
—Una exposición póstuma de Madeleine Bayard. Dudo que haya
oído hablar de ella. Era la esposa de un abogado neoyorquino, y la asesinaron
en su estudio.
—Aunque usted no lo crea, señor Mather, la conocí muy
bien. Compré tres de sus cuadros a mi amigo Lebrun. Encargué otro, pero ella
murió antes de pintarlo... Era una mujer hermosa y una gran artista.
—¿Tiene los cuadros aquí, en París? —No, están en Nueva
York.
—¿Contemplaría la posibilidad de exponerlos con el resto
de la colección? Sería beneficioso para ambos.
—Tal vez. ¿Quién es el dueño de las obras? —El marido. Ed
Bayard.
—He hecho negocios con él en alguna ocasión. Posee una
colección interesante; pero es como él mismo: fragmentaria, caprichosa.
—La galería de la señorita Loredon representará también
esa colección. —En tal caso, señor Mather, está usted muy bien acompañado. —Me
gusta pensar que soy un colega útil.
—Estoy seguro de que así es; pero por otra parte, no es
especialista en bellas artes.
—De ningún modo. Ni siquiera en el estudio de los
manuscritos. Seguí cursos complementarios de historia del arte y apreciación
del arte. Mi tradición es humanista, razón por la que me sentí muy cómodo
mientras viví en Florencia... ¿Tendría inconveniente en que salgamos ahora?
Tengo que resolver otras cuestiones antes de viajar.
—Por supuesto.
Mientras regresaban en automóvil al hotel, Berchmans
realizó la última maniobra estratégica. —La familia Palombini... Tengo
entendido que usted era el archivero de la casa.
—Sí.
—No estoy al corriente de la colección de arte que ellos
tienen.
—No es muy importante. Es más, hace pocos días recibí una
carta de Claudio Palombini, y en ella me dice que, si bien su familia compró de
vez en cuando cosas buenas, la preocupación principal de la estirpe fue siempre
el comercio. Yo le escribí para comunicarle mi descubrimiento. Y él me contesta
que nunca oyó hablar de los cuadros, pero que precisamente ahora no le vendrían
mal para atender las necesidades de fondos de sus empresas.
—Como usted ve —dijo sonriendo Berchmans—, no soy un viejo
tan agrio ¿eh? Ya ve lo que dice su ex patrón.
—Claudio Palombini nunca fue mi patrón —dijo con frialdad
Max Mather—. Su tía era la dueña de la casa. Y ella y yo fuimos amantes hasta
el día de su muerte.
—Requiescat. —Berchmans se persignó con un movimiento
rápido. —Amén —dijo Max Mather.
—Hasta la próxima —dijo Henri Charles Berchmans.
Sobre las laderas de la Sonnenberg, dominando la ciudad y
el lago de Zurich, un dinámico constructor había levantado un bloque de
apartamentos con servicios centrales para uso de los empresarios y hombres de
negocios que visitaban la ciudad. Cada apartamento contaba con su propio
aparcamiento. Había portero en la entrada, un servicio diurno de doncellas, y
un restaurante pequeño pero cómodo con la cocina típica de la región.
Mather decidió alojarse allí durante su estancia en
Zurich, con el fin de disponer de una residencia y una dirección en el futuro.
Necesitaba un lugar más o menos privado para poder dejar esparcidos sus papeles
y documentos sin temer la presencia constante del personal del hotel. El
constructor había instalado una pequeña caja fuerte en cada apartamento, por lo
que existía cierto grado de seguridad. Un Mercedes alquilado a una agencia
resolvió el problema del transporte.
El restaurante le enviaba las comidas al mediodía y por la
noche y mantenía bien abastecida su pequeña existencia de licores. La
comunicación no representaba un problema; Mather hablaba fluidamente el francés
y el italiano y su alemán era aceptable. Por lo demás, había alquilado el
apartamento con nombre anónimo. Los suizos eran personas discretas y
disciplinadas que se ocupaban de sus propios asuntos y esperaban que sus
huéspedes hicieran lo mismo.
Mather debía actuar concentrando toda su atención en las
prioridades. Ante todo, tenía que relacionarse con gente de la profesión, con
las antiguas firmas de Zurich y otras ciudades, que aún controlaban enormes
sumas de dinero en las monedas europeas fuertes. A diferencia de lo que ocurría
en Estados Unidos no se hablaba de ellas en las páginas de sociedad de la
prensa local. La discreción era el servicio principal. En general, se trataba
de un mercado estricto: el viejo capital, nunca ostentoso; el dinero nuevo,
desconfiado y prudente. Estas firmas de tratantes conocían con toda exactitud
todos los títulos mobiliarios europeos. Y podían decir, calcular, con un escaso
margen de error, cuánto valía en efectivo cada título.
Penetrar en ese grupo cerrado exigiría una diplomacia muy
cuidada. Alois Liepert y Gisela Mundt se ocuparían de las presentaciones. Su
disciplina como erudito le otorgaba un sello de autoridad. Palombini,
Berchmans, la revista Belvedere y Harmon Seldes eran referencias importantes.
El acceso a medio millón de dólares de fondos del sindicato no era por cierto
poca recomendación, y por otro lado su relación con una galería nueva y bien
respaldada de Nueva York lo convertía en un comprador interesado en todas las
categorías.
Cuando llegase el momento de poner en venta las obras de
Rafael, Mather sería, ya que no un animal indígena, por lo menos un ser
adaptado a la vida de la jungla. Recordó la imagen de Charles Berchmans el
Viejo proclamando el evangelio del depredador: «Mi única motivación es el
beneficio. El hecho de que yo obtenga beneficios comerciando con cosas bellas
carece de importancia.»
Berchmans era ahora el elemento nuevo en todos estos
cálculos. Había comprado y encargado obras de Madeleine Bayard. El hecho mismo
ya garantizaba un valor de mercado. Si consentía en presentar en la exposición
las telas que él había comprado con el anuncio «no están en venta», se
obtendría un resultado positivo inmediato. La autoridad de Berchmans era
enorme. Todos los tratantes de Nueva York imitarían su ejemplo.
Por supuesto, el problema era que Berchmans sabía mejor
que nadie el valor de su propio nombre. Sería interesante comprobar cuánto
cobraría por el privilegio de usarlo... Y eso suscitaba otro interrogante: a
saber, si Henri Charles Berchmans el Viejo era mencionado en los papeles de
Madeleine Bayard.
Mather extrajo las fotografías y los informes policiales y
comenzó una reconstrucción metódica del asesinato de Madeleine Bayard.
La mayor parte del trabajo ya estaba realizada. Danny
Danziger había unido el material inconexo de la Policía en una narración
coherente, de estilo telegráfico pero clara en todos los detalles esenciales,
de modo que no había ninguna posibilidad de confundir las pruebas concretas con
las conjeturas.
... Usted conoce el lugar. Tiene que recordar cómo se
utilizaba durante el tiempo en que Madeleine Bayard lo ocupó. La planta baja
estaba vacía. Madeleine usaba los dos pisos altos porque tenían mejor luz.
Había —y todavía existen— dos entradas en el edificio. La entrada de atrás
tiene una sola puerta que da a una plataforma de carga. La entrada de delante
tenía un timbre y un amplificador. Podía abrirse desde cualquiera de los dos
pisos altos... Se llegaba a estos pisos por la escalera o utilizando un ruidoso
ascensor...
Vea la primera fotografía y comprenderá cómo se empleaba
el espacio. En el primer piso, había bastidores para depositar telas usadas y
vírgenes. También estantes para guardar papel, materiales de dibujo, pinturas y
libros. Todo bastante ordenado. Una mesa de trabajo y sobre ella varillas para
armar bastidores. Una mesa de dibujo para preparar bocetos y dibujos
arquitectónicos. Dos sillas, un taburete para el modelo...
La fotografía número dos muestra el segundo piso. Una gran
cama de dos plazas, totalmente preparada con sábanas y mantas y un cubrecama de
retazos. De acuerdo con la Policía —y puede verificarlo personalmente—, la cama
y el cubrecama aparecen en varios cuadros. Hay un armario, con tazas, platos
decorativos, vajilla verde, azul y roja, cuencos, el tipo de cosas que un
artista puede usar para formar una naturaleza muerta... Hay un refrigerador con
gaseosas y vino blanco. También una botella de whisky (medio llena), una
botella de Bourbon... El caballete y el taburete del modelo están dispuestos de
manera que reciban la luz de la ventana de la entrada y la del fondo. No hay
luces laterales... Como verá, sobre el caballete hay una tela. La tela está
preparada con un fondo azul y ocre, y en ella aparece la figura de un hombre
con el torso desnudo. La Policía aún conserva esta tela y otros bocetos y
estudios. Fue posible identificar a la mayoría de los modelos. Algunos vinieron
de una agencia de Soho, y otros fueron hallazgos casuales en la cafetería de
Negronis, que es un lugar frecuentado por modelos, artistas y aprendices.
Ahora, vea la fotografía número tres. Muestra lo que
Bayard descubrió y lo que la Policía tuvo que recomponer, porque él lo
desorganizó todo al abrazar y acunar el cuerpo de su esposa muerta. Usted verá
que el cuerpo está cubierto, como una momia, por la ropa de cama. Yace boca
arriba, sobre el colchón. Fue apuñalado a través de la ropa de cama, de manera
que no hubo un charco de sangre arterial, y se mancharon tan sólo las propias
sábanas.
Bajo la ropa de cama, el cuerpo estaba desnudo. Las ropas
de Madeleine aparecieron pulcramente ordenadas sobre el respaldo de una silla.
No había indicios de agresión sexual ni de unión sexual con un hombre. No había
semen en el conducto vaginal. Había alcohol en el estómago y en la sangre, y
también restos de un sedante que Madeleine había estado tomando por
recomendación de un médico. La secuencia de los hechos parece haber sido que el
asesino encontró dormida a Madeleine, la envolvió en las mantas y la mató a
puñaladas.
El arma no fue hallada. Los informes de los forenses
señalaron que debió ser una hoja larga y angosta, de punta afilada, y doble
corte; en resumen, cierto tipo de daga, o un cortapapeles parecido a una daga.
Los golpes fueron descargados desde arriba mientras la víctima yacía sobre la
espalda. Fueron tres puñaladas, y todas atravesaron el corazón. Los informes
médicos dijeron que la violencia podía interpretarse como «un exceso de
precaución, pero no una furia orientada hacia la mutilación».
La Policía preguntó: en ese caso, ¿por qué se utilizó un
cuchillo? ¿Por qué no se apeló a una forma más sencilla de ejecución? La
explicación más simple pareció ser que el cuchillo había sido el arma impuesta
por la oportunidad y que el asesino se la llevó.
Pasemos ahora a las fotografías cuatro y cinco. Son tomas
de detalles: alguien revisó el bolso de mano de Madeleine; el contenido
apareció desparramado sobre la cómoda. Se llevaron el dinero y probablemente su
pequeño diario, pero nada más. Los cajones de ambos pisos fueron volcados sobre
el suelo, y también se procedió a abrir muchos libros y dejarlos caer. Todo lo
cual, de acuerdo con la Policía, señala que hubo una búsqueda apresurada, pero
no un intento de violencia o vandalismo. A pesar de la prisa, no hay huellas
digitales. Toda la situación fue premeditada. Sea como fuere, la Policía, de
forma intencionada, difundió una versión acerca de un adicto que estaba
desesperado porque necesitaba obtener dinero para comprar drogas. La Policía
reconoce que hizo todo lo posible por imponer la idea a la Prensa, con la
esperanza de que la información errónea llevase al asesino a una actitud de
confianza excesiva.
... La Policía también reconoció que lo que de verdad le
interesaba era todo lo que no estaba en la escena del crimen: impresiones
digitales, pruebas de violencia sexual, el arma utilizada para cometer el
crimen, y el objeto más sencillo de todos: un diario de bolsillo o una agenda
de teléfonos. Madeleine Bayard pasaba la mitad de su vida en el estudio. Sus
facturas por servicio telefónico eran elevadas. ¿Retenía en la cabeza todos los
números? Algunos de los modelos que trabajaron para ella atestiguaron que la
habían visto usar ese tipo de agenda, y que la guardaba en su bolso de mano.
Los amigos que habían visitado el estudio declararon que
ciertos dibujos que solían estar clavados a las paredes habían desaparecido. Se
afirmó que eran dibujos de «contenido sexual». Bayard sostuvo que era posible
que los hubiera visto, pero que en todo caso no estaban en su poder...
Lo cual nos conduce al propio Bayard. Durante mucho tiempo
fue el sospechoso principal, a pesar de su coartada. El primer aspecto que lo
perjudicó fue que, en tanto que abogado, debería haber sabido mejor que nadie
que no debe alterarse de la escena de un crimen. La inestabilidad que se
reflejó en esa actitud preocupó a la Policía. Y lo que es peor, Bayard no
ocultó los extravíos de su esposa y su propio sufrimiento; sin embargo, se negó
rotundamente a nombrar a los amigos o conocidos que podían haber sido los
amantes de Madeleine.
Su testimonio en esa cuestión fue claro y repetitivo: «Sé
que ella tenía otros compañeros de sexo. No intenté saber quiénes eran. No
había nadie en la cama con ella. Ella no mencionó nombres. Todo lo que yo les
diga en este asunto sería información recibida a través de rumores o mera
sospecha, y en todo caso estaría teñido por la cólera. No puedo hacer eso. No
lo haré...» Por supuesto, en definitiva fue imposible hacerle cambiar de
actitud. De acuerdo con la Policía, él ya no es sospechoso. Pero hay una frase
inquietante pronunciada por uno de los investigadores: «En efecto, tenemos el
perfil de un hombre que puede llegar a la violencia... incluso a la violencia
extrema.»
Nuestro investigador preguntó después si la Policía había
identificado a otros sospechosos reales. Respondieron de un modo indirecto. En
primer lugar, dijeron, la vida de Madeleine en su estudio respondía a un
esquema bastante bien definido. Pintaba por la mañana para aprovechar la luz.
Alrededor de mediodía iba a Negronis a tomar café y comer un bocado. Charlaba
con las personas que encontraba allí. A veces se relacionaba con un modelo
masculino o femenino que le interesaba, lo llevaba al estudio, realizaba una
serie de bocetos, y pagaba en efectivo. En ocasiones había episodios sexuales
con esos modelos. En otros casos, se organizaban escenas sexuales y Madeleine
efectuaba bocetos. Ella era tanto voyeur como participante. Le agradaba el sexo
tanto con hombres como con mujeres, pero de sus relaciones con la gente del
lugar nunca derivaron asuntos importantes. Es evidente que vivía su vida
emocional en otro plano y con otras personas. Por ejemplo, todos los modelos
entraban por la puerta delantera. Ahora bien, la cerradura de la puerta trasera
estaba bien engrasada y se utilizaba con frecuencia. Los automóviles podían
estacionar —y lo hacían— detrás del edificio, sin llamar la atención.
A veces, después de mediodía, ella llamaba un taxi y se
alejaba del distrito. Otras veces permanecía en el estudio, pero siempre
colgaba una tarjeta en la puerta principal: «No estoy disponible hasta las
17.30 horas.»
Esta tarjeta seguía colgada en la puerta cuando Bayard
llegó el día del asesinato. Las puertas delantera y trasera continuaban
cerradas con llave. No se había visto a nadie entrar o salir del edificio por
la puerta principal.
Todos sus amigos fueron interrogados de manera exhaustiva.
Parece que algunos reconocieron haber mantenido breves relaciones con ella;
pero la Policía no pudo acusar formalmente a ninguno de ellos.
Y esto es todo, Max: una dama con talento, que no hallaba
en su matrimonio todo el sexo que necesitaba, iba en busca de aventuras, y
terminó acostándose con un asesino. Se trata de un antiguo clisé ataviado en
este caso con una bata de artista, y ambientado en el desván de una bohemia.
Sin embargo, por diferentes razones muchos estamos implicados en el asunto, y
abrigamos la esperanza de que usted arroje luz sobre el caso. Después de todo,
usted también es un bohemio, un erudito gitano que tal vez alcance una visión
más profunda que el resto de nosotros.
Llámeme si necesita más información; espero que de este
trabajo salga una obra de gran calidad.
DANNY D.
Después de concluir la lectura, Mather permaneció largo
rato sentado, el mentón apoyado en las manos, los ojos perdidos en el vacío. En
el tono y el estilo de esa carta había algo que le inquietaba, aunque por mucho
que se esforzaba no atinaba a definir qué era. Después, reunió de modo mecánico
los papeles y las fotografías en el sobre y guardó todo en la pequeña caja
fuerte. Consultó su reloj; eran las once y media. En Nueva York, seis horas
menos. Seguramente ella estaba completando su jornada, sirviéndose una copa,
preparándose para descansar. Acercó el teléfono hacia sí y marcó el número.
El teléfono del apartamento de Danny sonó y sonó. Max
permaneció de pie, hipnotizado por el sonido, durante casi tres minutos;
después, dejó el receptor y, aturdido por la fatiga, comenzó a prepararse para
dormir.
CAPÍTULO IX
En su primer encuentro con Liepert y Gisela Mundt, el
abogado suizo le dio un consejo sagaz: —... Veo que usted ha preparado una
lista de contactos convenientes, es decir, de tratantes de arte y subastadores
de Zurich. Pero creo que debe tener mucho cuidado en la primera selección de
colaboradores. En realidad, usted está más a tono con Europa que muchos
norteamericanos. Creo que debería orientarse hacia las firmas en las que el
control ha pasado de la vieja a la nueva generación, las firmas que están en contacto
con la nueva moda, el dinero nuevo que enfoca de forma global el mercado...
—Todo eso me parece muy sensato.
—Permítame ampliar el concepto. Usted está bien
recomendado, y bien relacionado. En una ciudad conservadora como Zurich es una condición
valiosa. Pero no quisiera que malgastase ese valor mostrándose demasiado
asequible o pareciendo muy ansioso por cerrar negocios...
—De nuevo coincido con usted. ¿Qué sugiere que haga?
—Organizaré una pequeña cena en mi casa. Invitaré a
alguien del Banco, a dos tratantes de arte, cada uno especialista en su propio
campo, y a un subastador, por supuesto suizo. De ese modo tendremos amigos y no
rivales... Debo confesarle que el tema afecta a mis intereses. El subastador es
uno de mis clientes. Conozco a los restantes porque he tenido tratos
comerciales con ellos, pero el Banco desearía contarlos entre sus clientes...
Para mí se trata de un agradable ejercicio diplomático que promoverá mi prestigio.
Para usted, es el trampolín que le permitirá saltar a la piscina... Así se
hacen los negocios en Zurich. Usted sabe qué se dice acerca de los Bancos
locales. ¡Tienen en la nómina de su personal coroneles suficientes para
gobernar América del Sud
—Jamás había oído decir eso.
—Es cierto. Todos los funcionarios de los Bancos realizan
juntos el servicio militar, de modo que van escalando posiciones como amigos.
Bien, ahora llamemos a mi esposa y veamos si es posible elegir una fecha.
Tras un breve diálogo en dialecto suizo-alemán Liepert se
volvió hacia Mather.
—¿El miércoles?
—De acuerdo.
—De siete y media a ocho. Si desea traer a una amiga,
hágalo sin vacilar. —Viajo solo.
—En tal caso, permítame sugerir la posibilidad de invitar
a la doctora Mundt como acompañante. Los restantes invitados traerán a sus
respectivas esposas. Como usted comprenderá, una cena en familia resulta más
cómoda.
—Doctora Mundt, ¿está segura de que usted no tendrá
inconveniente?
—Segura por completo, señor Mather.
—Gracias. Ahora, deseo formular a ambos una pregunta.
¿Sería posible encontrar a cierto matrimonio en Brasil? Ella es italiana. Él es
brasileño de origen alemán. Se casaron en Milán en 1947, y después viajaron a
Río de Janeiro.
Liepert le dirigió una rápida mirada de reojo.
—¿Puedo saber la razón de la pregunta?
—Se relaciona con la autenticación de los cuadros de
Rafael, La mujer, Camilla Dandolo, era una conocida cantante de ópera, y fue
amante de Luca Palombini. Se cree que el marido fue el comandante local de la
SS durante la guerra. Se trata de aclarar si los cuadros de Rafael, o para el
caso otras obras de arte de los Palombini, fueron entregados a la mujer como
retribución o al hombre en pago por la protección dispensada durante la guerra.
—Señor Mather, le ruego perdone el atrevimiento de mi
siguiente pregunta.
—Adelante.
—¿Usted es judío?
—No. Aunque no entiendo muy bien cuál es el sentido de la
pregunta... Pero, en fin, no soy judío.
—A veces se formulan estas cuestiones por otras razones:
el deseo de vengar a los parientes perdidos, los crímenes de guerra, la
recuperación de la propiedad saqueada por los nazis. Hay que saber antes de
intervenir.
—En tal caso seré más concreto. —Mather rebuscó en su
cartera y extrajo las pruebas de los artículos destinados a Belvedere y las
cartas de Guido Valente y Claudio Palombino—. Lea este material y verá hacia
dónde apunto.
Liepert comenzó a leer los artículos. Iba pasando cada
página que terminaba a Gisela Mundt. La expresión un tanto tensa de la abogada
dio paso a una sonrisa. Una vez completada la lectura, la doctora Mundt dobló
los papeles, los devolvió a Mather y dijo:
—¡Bien! Parece que hemos tropezado con un cliente muy
distinguido. Y los invitados a la cena de Alois también estarán muy interesados
en este material. Entretanto, puedo iniciar las averiguaciones referentes a los
brasileños. Por supuesto, ahora sin duda son personas muy ancianas. No será
conveniente molestarlos demasiado, y tampoco exhibir gruesos fajos de dinero
bajo sus narices. ¿Por qué no preparamos un anuncio? «Distinguido estudioso
está investigando la historia de las Divas de la Scala. Se agradecerá cualquier
información acerca de la carrera y el paradero actual de Camilla Dandolo, etc.,
etc...» En Zurich hay una agencia que atiende este tipo de anuncios.
—Hagámoslo. —Mather estaba excitado como un niño—. Quién
sabe qué puede salir del matorral si hacemos suficiente ruido.
—¿Ha traído parte del material que reunió durante la
investigación?
—Todo. Viajaré a Italia, y debo devolver el material que
tomé prestado. También he traído algunas obras para ponerlas en venta aquí.
—¿Por qué no las muestra durante la cena? —dijo Liepert—.
Sé que interesarán a nuestros huéspedes.
—Si usted está seguro...
—Muy seguro. Son todas personas jóvenes y entusiastas.
—Bien, acepto su consejo. Ahora, si podemos continuar...
La pregunta siguiente es importante: el carácter confidencial de la pregunta
entre ustedes y yo está garantizado. Lo sé. Pero, ¿qué me dice de lo que se
hable entre sus amigos y yo durante la cena?
—Prevalece la Ehrenwort. —Alois Liepert se mostró muy
firme—. La palabra de honor. Éste es un país pequeño, y la ciudad es en muchos
sentidos una especie de pueblo anticuado. Si usted falta a su palabra, no puede
continuar trabajando.
—Para variar, es un cambio agradable —dijo Max Mather.
Apenas pronunció las palabras se arrepintió, pero ya era
tarde. De todos modos, la reacción de Liepert no se hizo esperar.
—Amigo mío, usted es extranjero, y tenemos que protegerlo.
De modo que voy a ponerle al corriente de un protocolo rígido. Usted viene y
va. Habla de negocios. Explora las posibilidades. Pero siempre aclara que el
único documento obligatorio para usted es una carta que yo firmaré, porque soy
su representante legal. Usted habla un alemán excelente. Imagino que posee la
misma fluidez en francés e italiano..., pero nunca confíe en que podrá dominar
las sutilezas legales en una lengua que no es la suya. De modo que nada de
apretones de mano ni de expresiones de confianza al estilo de los británicos.
Usted se limitará a decir: «Alois Liepert o Gisela Mundt redactarán el
documento para aclarar y confirmar.»Tenga presentes las palabras... aufklären
und konfirmieren.
—Las marcaré con fuego en mi cerebro —dijo riendo Mather—,
aufklären und konfirmieren, y ustedes serán los encargados de ejecutar la tarea
en mi nombre. Unas cuantas cosas más de mi lista.
¿Ustedes pueden recibir dinero de mí y para las compañías?
—Podemos recibirlo y depositarlo en su Banco. No podemos y
no debemos administrar sus cuentas bancarias. Si usted lo prefiere, puede
dejarme un depósito de unos cinco mil dólares para cubrir los desembolsos y
restablecer el nivel de la cuenta en vista de mis gastos.
Mather revisó con una rápida ojeada sus notas. Sólo le
restaba discutir un asunto con el abogado, pero precisamente en ese punto
necesitaba una orientación de claridad absoluta.
—... Representaciones hechas por terceros para mi
beneficio, o por mí mismo, con respecto a la autenticidad, la propiedad, la
procedencia de los objetos ofrecidos en venta... Parece una tarea demasiado
amplia, ¿no cree?
—Es demasiado amplia —dijo Alois Liepert—. Y si usted no
es capaz de soportar el esfuerzo, puede terminar en la cárcel... De modo que
examinemos siguiendo un orden las cosas. Las representaciones que se le
propongan a usted en la condición de comprador... Usted pide que se las
confirmen por escrito. Yo verifico y aconsejo en concordancia. Quizás el método
determine un procedimiento un poco lento. Y de vez en cuando tal vez usted
pierda una oportunidad, pero es el único modo seguro. Usted habrá demostrado legalmente
su buena intención. Si se comete un error o hay engaño, usted está a salvo.
—Eso es reconfortante.
—Mi padre fue juez. Solía decir: «Siempre hay una
recompensa para un hombre amante de la precisión.» Tardé mucho tiempo en
comprender lo que quería decir. Ahora, con respecto a la segunda parte de las
preguntas, las representaciones realizadas por usted... Por lo que se refiere
al título, al derecho de poseer o vender, siempre es necesario demostrarlo. En
cuanto a la procedencia... Hay un amplio margen de tolerancia legal en Suiza,
porque existe un tráfico tradicional a lo largo de nuestras fronteras. Desde
luego, ese tráfico es intensamente lucrativo, de modo que nuestro propio
Gobierno no cuestiona cómo llegó aquí la mercancía. Responderán de mala gana a
las representaciones oficiales acerca de actividades delictivas; pero se
negarán de forma taxativa a aplicar las normas fiscales o aduaneras de los
países vecinos. Así pues, comprobará usted que en el negocio del arte cierta
reticencia es necesaria y aceptable. Usted no está obligado a declarar que un
italiano acaudalado le vendió un cuadro que él exportó de modo ilegal a través
de nuestra frontera. Tampoco está obligado a decir su nombre, si el comprador
admite que usted es un proveedor de artículos legales... Pero también en este
caso vale nuestro protocolo. Sus clientes apreciarán en seguida la sabiduría
del procedimiento... Claro está que todo depende de lo que usted me revele. Yo
debo estar en condiciones de confiar absolutamente en lo que usted me diga...
Diez minutos más tarde la conferencia había concluido, y
Mather descendía por la Bahnhofstrasse con el propósito de visitar al gerente
de su Banco, extraer dinero en efectivo, depositar la cartera de Hugh Loredon y
tocar, durante unos segundos, la lona tosca y encerada que guardaba los cuadros
de Rafael procedentes de la colección Palombini.
Necesitaba ese contacto para afirmar su coraje en vista
del juego en el que esos cuadros constituían el premio mayor. El asunto ahora
había empezado en serio. Él se atenía con todo rigor a las reglas. Era aceptado
en el salonprivé, donde no se imponían límites a las apuestas... Ahora tenía
que demostrar que podía actuar a la altura de los maestros del juego que, en el
caso de que Max no supiese defenderse, lo desplumarían como a un pollo y se lo
devorarían.
Mientras tanto, en París, Henri Charles Berchmans ya
estaba preparando sus recursos estratégicos y trazando su plan de acción. Los
recursos eran enormes; el plan era global, pues Berchmans no era sólo un
comprador y vendedor de obras de arte caras, sino también coleccionista y
tratante de información, a través de la red mundial de agentes y clientes.
Llevaba a cabo evaluaciones para los Bancos y las
compañías de seguros de todos los grandes países. Aconsejaba acerca de la
formación y la dispersión de distintas colecciones. Determinaba las tendencias
y las modas en el arte. También ayudaba a fijar los precios, del mismo modo que
los banqueros de Londres y Zurich fijaban los precios diarios del oro. Se
mostraba tan cuidadoso como los comerciantes de diamantes de África del Sur en
el control del flujo del producto, de modo que el valor nunca descendiese demasiado.
Si el mercado de subastas estaba flojo, intervenía discretamente con su consejo
o arreglaba una venta anterior a la subasta que era publicada siempre sobre la
base de una cifra inflada. Si Berchmans compraba a ese precio, decían los
expertos, la obra debía ser valiosa. Así que el resto de las existencias de
Berchmans acrecentaba su valor; y los tratantes y los subastadores bendecían su
nombre.
Frente a los banqueros, aplicaba una política
expansionista. Les vendía a precios elevados cuadros destinados a adornar la
sala de juntas. Organizaba las exposiciones que patrocinaban. Los alentaba a
prestar dinero con la garantía de ciertas obras de arte y de colecciones
enteras. Su argumentación era muy sencilla.
—Les ofrezco una valuación segura para realizar el
préstamo: el cuarenta por ciento por debajo del precio de reventa. De las obras
que yo he cotizado garantizo la compra a ese mismo precio. Pero si tienen que
ejecutar el préstamo, les aconsejaré el momento apropiado para vender con un
veinte por ciento de beneficio.
En el caso de las compañías de seguros argumentaba lo
contrario.
—Cotizo alto; de modo que ustedes tienen derecho a cobrar
primas elevadas. En caso de destrucción de la obra, por supuesto, tendrán que
pagar mucho. Si es robada, antes o después sabré en qué lugar del mercado negro
se oferta, y también sabré, mejor que nadie, cuál es el precio más bajo que
puede ofrecerse por su devolución, si la obra está dañada, puedo conseguirles
los mejores restauradores del mundo al mejor precio...
En resumen, Henri Charles Berchmans el Viejo era una
especie de banquero, que se ocupaba de un mercado restringido con un circulante
sumamente controlado. Como todos los banqueros, dependía de la información
suministrada diariamente y por completo cierta. Mantenía sus propios centros de
datos en París y Nueva York. Sus oficinas estaban enlazadas con una red de
computadoras. Sus empleados más valiosos eran los que nunca descendían a la
sala de ventas para engatusar a un cliente, y en cambio se dedicaban a acumular
fragmentos y retazos de información acerca de los fallecimientos, los
matrimonios, los divorcios, las quiebras y los testamentos sucesorios.
Así, mientras Max Mather, el novicio, descendía por la
Bahnhofstrasse, Henri Charles Berchmans redactaba un mensaje urgente a todos
sus corresponsales.
... La información suministrada por Mather y Seldes hasta
ahora es válida. Por consiguiente, estamos buscando dos cuadros de Rafael que
representan a otras tantas mujeres Palombini y cinco dibujos; ninguna de estas
piezas aparece ni siquiera sugerida en el catálogo. Ello se debe a una razón
plausible: que los Palombini nunca fueron grandes coleccionistas y por
consiguiente es muy probable que relegasen las obras a la oscuridad. En vista
de la falta de descripción de los retratos, opino que en el curso de los siglos
pueden haber sido atribuidos por error a otros autores... como, por ejemplo, la
Dama del Unicornio fue atribuida a Perugino y el Retrato de Isabel Gonzaga fue
catalogado en un principio como obra de Mantegna, y más tarde asignado a
Giacomo Lancia y a otros. Otra posibilidad sugerida en una carta de un
bibliotecario de Florencia a Mather consiste en que las obras hayan sido
entregadas como rescate o pago por protección a un oficial de la SS. Les ruego
pidan a nuestros contactos brasileños información inmediata acerca de Franz
Christian Eberhardt, que contrajo matrimonio con cierta Camilla Dan-dolo en
Milán el año 1947, y después viajó a Río de Janeiro. Los documentos de
Eberhardt indicaban que era un nativo brasileño, pero es posible que haya obtenido
la ciudadanía después de la guerra. Nuestros contactos en los campos del seguro
y la Banca pueden resultar útiles en este aspecto. Soliciten cuanto antes
información.
A mediodía llamó a Seldes, que se quejó somnoliento porque
eran apenas las seis de la mañana en Nueva York. Berchmans hizo caso omiso de
la protesta.
—Ese individuo, Mather. Lo conocí. Me gusta. Usted me dijo
que era un académico de vida ociosa. Es mucho más que eso. Tal vez sea un
sinvergüenza, pero también puede prestarnos servicios útiles...
—Entonces, Henri, utilícelo, cuenta con mi bendición. ¿Me
despertó sólo por esto?
—La exposición de Madeleine Bayard.
—Mather sabe todo lo referente a eso. La representa.
—No está aquí. Se ha ido a Suiza. ¿Tiene su dirección?
—No. Estoy esperando que me llame.
—En tal caso, puede pedirle que se comunique conmigo... y
diga a la gente de Mather que me envíe cuanto antes un catálogo y una lista de
precios y un juego de diapositivas. —Así lo haré. ¿Algo más?
—¿Cuáles son, a su juicio, las mejores autoridades acerca
de las obras atribuidas a Rafael? —¡Demonios! Necesito revisar mis fuentes para
responder a esa pregunta. —Bien, cablegrafíeme una lista cuando llegue a su
oficina. —¿Adónde quiere ir a parar?
—Se lo repito... las obras atribuidas a Rafael. Es
precisamente lo que estamos buscando. Las personas que tienen esos cuadros tal
vez crean que son piezas de Perugino. Harmon, usted suele tener la mente más
ágil.
—Por lo general no se me pide que piense a las seis de la
mañana.
—No se duerma todavía. Hay algo más, amigo mío. Madeleine
Bayard..., ¿qué sucedió con sus documentos, los cuadernos y los bocetos?
—No tengo la más remota idea. Imagino que la Policía
secuestró todo lo que había en su estudio. Es probable que el marido tenga el
resto. Y de todos modos, la totalidad del material en definitiva irá a parar a
manos de Bayard. ¿A qué viene la pregunta?
—Compré algunas telas de esa dama. Lebrun me la presentó.
Solíamos entretenernos un rato cuando yo estaba en Nueva York. Le escribí unas
cartas, y quisiera recobrarlas.
—Lo siento muchísimo, mi Henri; pero con un marido como Ed
Bayard... ¡despídase de eso! Además, ¿no le parece que ya ha pasado demasiado
tiempo?
—Quizás. He recordado el hecho sólo a causa de esta nueva
relación entre Mather y Bayard.
—Espere un poco. Max Mather está escribiendo un artículo
acerca de Madeleine Bayard para la revista. Sé que estaba buscando documentos y
misceláneas. Hablaré del asunto con él.
—Gracias, Harmon. Y no le induzca a esperar una
retribución. Las cartas no son tan graves. ¡Peores cosas firmadas por mí fueron
publicadas por la Prensa amarilla!
—Haré lo que pueda.
—Bien. Le gustará saber que mis amigos de diferentes
países han sido alertados con respecto a las obras de Rafael pertenecientes a
la colección Palombini... Vuelva a dormir, y sueñe que ambos somos ricos.
Satisfecho con su trabajo de la mañana, reconfortado por
el apretón de manos de un banquero que miró con aprobación el perfil de la
nueva empresa, pequeña pero sólida, y que de buena gana le ofreció facilidades
de crédito para el caso de que las necesitase, Max Mather resolvió concederse
el placer de un buen almuerzo en el restaurante del Baur au Lac.
La comida era excelente. Los camareros de edad madura eran
individuos sonrientes y eficaces. Los huéspedes formaban una sección
transversal del mundo financiero de Zurich: estirados, vestidos con discreción,
de buenos modales, pero siempre un poco distantes del ausländer como el propio
Mather. La charla fluía alrededor de su persona en una mezcolanza de idiomas
—francés, italiano, suizo alemán, alto alemán, sueco— y en todos los casos
tenía que ver con el dinero: las tasas de interés, las operaciones a plazo
fijo, los márgenes, las posibilidades de beneficio, los factores que elevaban y
deprimían el mercado. Mather comía con calma y disfrutaba con la nueva
sensación de bienestar y confianza en sí mismo. Por primera vez en años sentía
que dependía sólo de sí mismo, que realizaba sus propias maniobras, que
arriesgaba su propio cuello. Comenzaba a entender cuál era la auténtica
atracción de la empresa individual. A lo largo de toda su vida había tenido
miedo, y se había aferrado a la seguridad de las faldas de las mujeres. Ahora
caminaba sobre la cuerda floja, y debajo no había una red de seguridad. El
miedo le oprimió el vientre, pero en su grito silencioso se manifestaba también
la arrogancia de un niño: «¡Miren! ¡Puedo hacerlo!»
La euforia persistió hasta que regresó a su apartamento de
Sonnenberg. Llamó a Anne-Marie, en Nueva York, y le refirió sus novedades con
una voz que denotaba verdadero entusiasmo; después, dictó sus instrucciones:
—Manténte en contacto conmigo a través de Liepert. Este
apartamento es sólo el lugar donde duermo. Estaré entrando y saliendo de aquí
sin parar, pero tienes el número, por si lo necesitas... Escribe en seguida a
Henri Berchmans. Menciona mi encuentro con él en París. Pídele que tenga la
bondad de prestarte sus telas de Bayard para la exposición. Tú pagarás el
seguro y el transporte. Le reconocerás su aportación, de manera prominente, en
el catálogo de la exposición y en todos los comunicados de prensa... y le
enviarás por adelantado un juego de diapositivas tan pronto estén listas, de
modo que en efecto él tenga derecho a la primera elección... ¿No lo olvidarás?
¿No te demorarás? Bien; porque necesito otro juego de fotografías y catálogos
para mis amigos suizos. Envíalo todo por correo personal. No confíes en los
servicios oficiales... ¡Bambina, realmente estamos avanzando!
—¿Qué puedo decirte? Estoy impresionada. Y agradecida...
Si no lo parece a primera vista es porque mi padre me preocupa. —¿Qué sucede?
—Está en la Clínica Londres. Dice que es sólo para
someterse a un control. —Probablemente se trata de eso. —Me ha preguntado que
dónde estabas.
—Llámalo y comunícale esta dirección y el número de
teléfono.
—Le hablé de la cartera y le dije que no la habías
abierto. Comentó: «Entonces, es más estúpido de lo que parece. Dile que estudie
con atención el material. Es esencial.» Max, ¿qué quiere decir? —No lo sé.
Imagino que tendré que abrir la cartera y averiguarlo. —Si quieres llamarlo,
está en la habitación 137.
—Llámalo tú misma. Él me hablará a su debido tiempo. ¿Cómo
se comporta Bayard?
—Debo reconocer que muy bien. Se muestra solícito y
comprensivo. Yo corro de un lado para otro a lo largo del día y cuando llega la
noche estoy muerta de cansancio. Me llama para saludarme, y eso es todo. Un día
almorzamos juntos. Fuimos al Whitney, y paseamos por el parque. Me dejó
temprano en casa. Se comporta con mucha discreción, como una especie de buen
amigo, y eso me viene bien... Aprobó las notas del catálogo y desea vivamente
ver tu artículo. Se sentirá emocionado cuando le hable de Berchmans.
—Es mejor que no digas nada hasta que el asunto esté
arreglado.
—Max, eso podría ser embarazoso.
—Será mucho más embarazoso si Berchmans se niega a prestar
los cuadros..., y tiene perfecto derecho a proceder así. Ya sabes cómo es
Bayard cuando cree que se le desaira. —Muy bien. Haré lo que tú dices. ¿Estás
bien?
—Nunca mejor que ahora... Pero necesito cuanto antes las
fotografías y los catálogos.
—Señor, ¿ayer sería satisfactorio?
—Apenas aceptable. Deséame suerte el miércoles.
—Eso haré. Ciao, Max.
A continuación llamó a Danny Danziger. Aunque era temprano
por la mañana en Nueva York, ella no estaba en casa. Max dejó sus números de
teléfono grabados en el contestador automático y le pidió que comunicase la
información a Harmon Seldes. Luego, se preparó café y se instaló para realizar
un estudio sistemático de los materiales de Madeleine Bayard.
Primero terminó las cartas. La propia Madeleine las había
dividido en tres grupos. El primero era todo material erótico: descripciones en
prosa muy colorida de hombres y mujeres que habían compartido con ella una
experiencia sexual. Algunas eran bastante toscas; otras, insoportablemente
literarias. Todas estaban firmadas con un nombre inventado o muy cariñoso:
Pete, Lindy, Lengua de azúcar, Hombre de hierro... Mather se preguntó por qué
la pintora se había molestado en conservarlas, y entonces comprendió la frase
de Leonie Danziger: «Era voyeur tanto como participante.»
El segundo grupo estaba formado por cartas de artistas de
distintos lugares del país, con quienes ella mantenía correspondencia regular,
aunque también la unía a ellos cierto tipo de relación sexual.
... Madi, lo que me encanta en ti es que careces de celos
profesionales. Contemplas la obra. La amas o la odias y lo dices con
franqueza... Tu juicio es duro, pero sabes de qué estás hablando, porque todos
los días trabajas frente a tu caballete... Creo que por eso nunca supuse que te
mostrarías tan generosa en el amor.
«... Queridísima Madi...» Esta carta pertenecía a una
pintora de Arizona. «¿Qué puedo decir? Sentía fuego en las yemas de mis dedos
cuando regresé de Nueva York. Me enseñaste a pintar, del mismo modo que me
enseñaste a amar: el color crudo, mezclado sobre la tela, la aceptación de
todos los riesgos, ninguna reserva...»
Y de un maestro anciano, ahora medio ciego, pero que
continuaba pintando en Vermont:
Te amé desde el día en que nos conocimos; te deseé desde
el primer día en que hicimos el amor en tu estudio... Pero me preocupo por ti,
Madi. Me preocupan las dos mujeres: la mujer feliz a quien agradaría pintar
hermosos graffiti en los muros de Manhattan, y la personalidad sombría que está
tratando de salir del infierno gracias a la pintura...
Fue en este paquete donde halló cuatro cartas, escritas en
francés. Eran muy breves, y habían sido escritas con una grafía grande y
enfática, en papel de cartas de un hotel, y estaban firmadas sólo con
iniciales. En todas la forma era la misma: una sola frase explícita elogiando
la actuación sexual de Madeleine Bayard, un breve juicio sobre su obra, y una
despedida.
Quand tu m'enfourches c'est comme si je m'accouple avec un
ouragan et je suis transporté au Paradis. Mais quand je te contemple dans tes
peintures, je vois une agonie que je ne sais pas ni partager ni soulager. Quand
même je te convoite nuit et jour. Á bientôt, chérie... H. C. B.¹
Mather necesitó unos minutos para relacionar las iniciales
con Henri Charles Berchmans. Esbozó una sonrisa ante la ironía de la situación;
después pensó en el mejor modo de aprovecharla. No podía pensar en el chantaje.
Berchmans había tenido dos esposas y una colección de amantes. Una esposa y una
amiga lo habían llevado ante los tribunales. Ya se habían sacado en público
muchos trapos sucios; pero al mes siguiente, cuando Laurencin, su caballo de
dos años, ganó en Chantilly, la multitud le había tributado una ovación.
Max Mather no debía aparecer en el papel del hombre que
solicita favores. De todos modos, Berchmans miraría con malos ojos que ese
joven entrometido hubiese leído las cartas de amor de un individuo maduro. El
método más sencillo era el más digno: «He encontrado estas cosas; se las
devuelvo.» El único problema era que Mather no se atrevía ni siquiera a tocar
los originales mientras no supiera por qué Loredon se los había entregado.
El tercer manojo de cartas nada tenía que ver con el amor
o el sexo. Se refería a la economía de la profesión, las compras de cuadros,
algunas invitaciones a seminarios y exposiciones, la concesión de becas,
recompensas y otras cosas semejantes. Pese al hecho de que no exponía,
Madeleine Bayard era muy conocida, y sus colegas de la profesión le rendían un
gran respeto. Ahora que había leído la correspondencia, los diarios tenían
mucho más sentido. Podía distribuir a una serie de personas reales sobre el paisaje
de la vida de Madeleine. Por ejemplo, se registraban las visitas de Berchmans
con un afecto teñido de buen humor.
... Henri está sobre mí, un cuerpo gigantesco que oscurece
el sol. Le digo que tenemos que cambiar de lugar. Ríe, y dice que de buena gana
me permitirá que yo haga el trabajo. Es potente como un toro e igualmente
brutal; pero nunca me deja insatisfecha... En él hay dos personas, del mismo
modo que hay dos en mí. Permanece en silencio durante varios minutos seguidos,
contemplando una de mis telas, y después se
¹Cuando me encierras entre tus piernas es como si me
uniese con un huracán y me siento transportado al Paraíso. Pero cuando te
contemplo en tus cuadros percibo una agonía que no puedo compartir ni aliviar.
De todos modos, te deseo noche y día. Hasta pronto, querida... H.C.B. vuelve y
me palmea la mejilla con ternura extraordinaria... Señala un solo rincón de una
obra y dice: «Eso está bien hecho, es casi perfecto...» Su fuerza puede ser de
terrible carácter destructivo; pero en mi caso posee una gran capacidad
curativa...
De Hugh Loredon, Madeleine Bayard escribía con aspereza
cada vez más intensa:
... Se ha convertido en una pareja de baile que mientras
tanto siempre está mirando por encima del hombro a otra persona. Su cajita de
trucos comienza a asquearme... Sé que ha ofrecido los mismos cumplidos a veinte
mujeres. Su solicitud es falsa. «Estás fatigada. Yo te calmaré. Di a Hugh cuál
es el problema.» No es malo en la cama, pero como hombre trata de darme lo que
consigo con mayor abundancia de las mujeres...
Este aspecto sáfico de la vida de Madeleine Bayard
aparecía descrito en otro enfoque distinto por completo.
... Hoy ha venido Paula. Sus hijos se han ido al
campamento de verano. Ella se siente muy complacida de estar sola. Cierro con
llave la puerta y me consagro por completo a su persona. Hacemos el amor,
dormimos, despertamos, bebemos vino. Comienzo a dibujarla, totalmente desnuda
sobre la manta de retazos... Realizo una docena de bocetos al carbón y un
dibujo grande con acuarela... A pesar de los hijos, todavía tiene el cuerpo
esbelto y blanco como el mármol Cuando la toco, mis manos dejan marcas de pintura.
Ambas reímos y comenzamos a pintar cada una el cuerpo de la otra, como niñas...
Había una referencia a Danny Danziger, de quien escribía
en un estilo muy diferente.
... Se esfuerza tanto para conseguir que yo diga con
palabras lo que sólo puedo expresar sobre la tela o haciendo el amor. Le
explico que las palabras se embrollan en mi cabeza, se atascan en mi
garganta... Ella se niega a comprender. De modo que yo clavo un papel sobre el
tablero, le pongo un pedazo de carbonilla en la mano y le digo: «¡Adelante!
¡Dibuja! Dibújame, dibuja la botella y la copa.» Por supuesto, no sabe por
dónde empezar... «¡Bien! —le digo—. Tú no sabes dibujar. Yo no sé hablar.
Ahora, ¡vamos a la cama!» Que es precisamente el tema central de la discusión.
Salvo que ella necesita protagonizar la danza de los velos antes de llegar
allí...
Las referencias a Bayard aparecían salpicadas como pasas
de uva en una torta.
... En días como en el de ayer casi puedo creer que quizá
logre ser feliz con Edmund. Llevamos a Lebrun un par de cuadros. Los compró en
seguida. Después, bajamos por Madison, nos detuvimos en alguna de las galerías
más pequeñas, y al final llegamos a un taller que expone el trabajo de
alfareros, tallistas, tejedores y artesanos del vidrio norteamericanos.
La actitud de Edmund frente a estas obras revela
extraordinaria humildad. Dice: «Dios mío, cuando veo esto me siento tan inútil,
tan torpe... Mira ese jarrón... Mira ese cuenco de madera, tan sencillo, pero
al mismo tiempo tan respetuoso de la madera misma...» Yo me pregunto —no me
atrevería jamás a preguntárselo— por qué no muestra el mismo respeto hacia mí y
hacia lo que hago. Conozco la respuesta. Soy una niña descarriada, a quien es
necesario castigar evitando aprobar ni siquiera sus virtudes. Tiene ojos y sabe
comprender, pero su corazón no es comprensivo...
Estos breves bocetos de caracteres estaban entremezclados
con descripciones de encuentros sexuales en el estudio de la pintora y en los
apartamentos de amigos y conocidos. Pero mientras examinaba las páginas de
bella caligrafía, Mather comenzó a cobrar conciencia de que en realidad estaba
leyendo, no un diario, sino una narración organizada con todo cuidado, en parte
real, en parte invención, de la vida real e imaginaria de Madeleine Bayard. La
escritura misma era la clave. Era demasiado regular, demasiado controlada, como
si se tratara de un manuscrito copiado de forma prolija en el scriptorium de
una abadía rabelesiana. Era una obra de arte. Describía lo que sus cuadros
ocultaban. Ella manipulaba a sus amigos y compañeros de sexo del mismo modo que
disponía a sus modelos, con el fin de obtener la composición más expresiva, la
formulación más dramática.
... Paula y Danny sienten celos una de otra. Yo me aparté
de ambas y las llevé a hacer el amor con Lindy. Después conseguí que Peter se
uniese al juego. No ceso de repetir que el amor debe ser diversión, no furia.
Confecciono bocetos mientras ellos juegan. Cuando ven los dibujos perciben la
belleza del juego y comienzan a sentirse amigos...
Sin duda, esas relaciones artificiales escondían
conflictos profundos; pero hasta un momento ulterior de la colección no
aparecía nada que sugiriese un acto inminente de violencia.
... Hoy ha habido una horrible riña con Peter. De pronto
se muestra muy celoso, celos que resultan obsesivos, teniendo en cuenta que se
trata de un joven. Quiere que salga con él, desea presentarme a sus amigos. Me
niego. Trato de explicarle que mi nido de amor es un lugar íntimo. No soy una
posesión para ser exhibida en público. Me aplica calificativos terribles. Me
golpea. Me arroja sobre la cama y trata de violarme. La violación fracasa
porque yo me muestro muy dispuesta a la entrega... Comienzo a desear que Henri
regrese. Su brutalidad siempre está controlada.
Pocos días después, otro episodio de exasperación.
... Pido a Hugh que me lleve a la subasta del jueves, en
la que hay obras impresionistas importantes procedentes de la colección de
Chicago. Me ha contado tantas historias divertidas acerca de las mujeres
atractivas en las subastas, que siento curiosidad por verlas. Se niega. Para él
los días de subasta son días de trabajo. Si deseo ir, prefiere que lo haga sola
y me mantenga lejos de él. Le digo que se vaya al infierno. Responde: «Madi, no
abuses de tu suerte. En esta ciudad abundan los planes fáciles.» Le golpeo el
rostro. Responde a mis golpes y sale. Me pregunto por qué ya nada me parece
divertido.
Más avanzada la tarde llega Danny. Parece estar muy
abatida. Acaba de reñir con Harmon Seldes y está pensando en abandonar su
empleo. Le digo que es una tonta. Debe continuar realizando su trabajo. El
sueldo es bueno. Seldes no puede permitirse el lujo de perderla. La disputa no
ha sido más que una ficción creada por dos personas que no pueden decidir qué
harán con sus propios cuerpos.
Mather leyó tres veces el fragmento antes de comprenderlo
bien. La propia Danny le había aportado todos los indicios necesarios, y
sucedía sencillamente que él no había tenido el ingenio necesario para
interpretarlos. La relación con Seldes y Hugh Loredon, la identificación de
Madeleine como voyeur además de participante, las últimas palabras de su
informe: «Muchos estamos comprometidos en este asunto, y esperamos que usted lo
aclare...»
Dejó sin leer el resto del diario, recogió las fotocopias
de los cuadernos de bocetos y los estudió con atención, página por página. Las
figuras maníacas, danzarinas, que copulaban, ahora eran personajes reales.
Podía asignarles nombres gracias a las cartas, e identificar sus
particularidades sexuales gracias a los fragmentos contenidos en los diarios.
Durante el primer examen superficial, en Nueva York, había
advertido una sola imagen de Leonie Danziger. Ahora ella se le mostraba en
varios cuadros: en un abrazo sáfico con otra mujer, después transformada en una
ménade de cabellos desordenados, perseguida en diferentes situaciones por
faunos rampantes que debían ser Peter y el Hombre de Hierro.
Dejó los dibujos sobre su escritorio y se puso de pie para
beber una copa. Sonó el teléfono. Era Harmon Seldes, rebosante de buena
voluntad.
—...He hablado con Berchmans. Le ha causado usted muy
buena impresión.
—Soy un hombre impresionante. Usted bien lo sabe, Harmon.
—¿Cómo está ese trabajo sobre Bayard?
—Avanza poco a poco. No es fácil enfocar con claridad a
esa mujer. —¿Qué clase de material ha podido descubrir?
—No es gran cosa. Me baso sobre todo en la versión oral
del propio Bayard y en mi propia reacción frente a las obras. Es decir, tengo
idea del carácter y la psicología, pero no datos firmes. —No hay papeles, ni
cartas...
—Hasta ahora, no. ¿Por qué?
—Al parecer, Berchmans y ella fueron amantes ocasionales.
Y él le escribió cartas. —Qué estupidez.
—Si esas cartas aparecen, es probable que él quiera
recuperarlas. —Por supuesto. Mi padre tenía un dicho acerca de eso.
—Estoy seguro de que expresaba un concepto profundo
—observó en tono seco Seldes.
—Así es —confirmó Max Mather—. Si tienes algo que decir a
una mujer, díselo de viva voz. No se lo escribas... Creí que Berchmans tenía
inteligencia suficiente para abstenerse de cometer semejante error.
—Uno no necesita ser inteligente —dijo Seldes con voz
sombría—. Es suficiente tener dinero como para despreocuparse del asunto.
En una habitación privada de la Clínica Londres, Hugh
Loredon estaba sentado en la cama, la espalda apoyada sobre varias almohadas, y
conversaba con su médico. A simple vista hubiera podido decirse que eran
hermanos: en ambos los mismos cabellos blancos, las mejillas sonrosadas, la
elocuencia suave y esquiva característica de los irlandeses de Boston y de los
ingleses de las regiones rurales. El médico esbozó un gesto de impotencia.
—Es una situación difícil, Hugh. Y con el tiempo
empeorará. Las ramificaciones están extendiéndose. Le queda muy escasa función
hepática...
—¿Cuánto duraré? —preguntó Hugh Loredon.
El médico se encogió de hombros.
—Más o menos un mes de movilidad, si se toma las cosas con
calma. Después, comenzará a decaer. Podemos facilitarle un poco las cosas, pero
en general le quedan unos tres meses.
—No me sentaré a esperar que se cumpla el plazo. —Hugh
Loredon estaba irritado—. Si usted no inteviene, lo haré yo mismo.
—Sí, bien... —El médico lo examinó con cierta compasión
distante—. Comprendo lo que siente, pero tal y como están las cosas en este
país, no puedo hacerlo. Usted es un paciente ocasional. En mis libros no tiene
una larga historia clínica. No puedo administrarle una sobredosis permanente de
analgésicos. Con respecto a hacerlo usted mismo, es bastante fácil, pero quiero
formularle una pregunta. ¿Tiene seguro de vida?
—Sí, considerable —dijo Hugh Loredon.
—¿A quién se paga?
—A mi hija.
—Pero si usted se suicida, ella pierde los beneficios. Por
supuesto, a usted le corresponde decidir; me limito a recordarle las
consecuencias. —¿Y eso es todo lo que puede decirme?
El médico estuvo un momento examinando el dorso de sus
manos suaves y bien cuidadas. Casi podía decirse que conversaba con las uñas de
sus dedos y no con el paciente.
—Hay otra solución. Si se tratara de una persona de firmes
convicciones religiosas ni siquiera me atrevería a sugerirlo; pero como parece
que usted no tiene convicciones de ningún género en ese aspecto...
—No las tengo —dijo Hugh Loredon poniendo énfasis en sus
palabras—. He vivido sin religión durante toda mi vida. Y a decir verdad,
tampoco la necesito ahora. Dígame...
—Todavía tiene fuerzas para viajar. Le sugiero que vaya a
Ámsterdam. Le entregaré una carta para un colega que dirige 'una clínica
oncológica de casos terminales. Él lo internará... Y cuando usted se sienta
preparado, él hará lo que sea necesario. Es un procedimiento rápido e indoloro,
y es cada vez más elevado el número de médicos holandeses que lo ofrece como
servicio a sus pacientes. De todos modos, usted es un caso terminal, de modo
que no hay problema con el certificado de defunción. Lo único que debe hacer es
asegurarse de que reserva el dinero suficiente para pagar el hospital y los
gastos de incineración y el envío de sus cenizas de regreso a la patria.
Hugh Loredon reflexionó un momento acerca de la propuesta,
y después preguntó:
—¿Ha dicho Ámsterdam? —En efecto.
—Podría ir en avión, arreglar algunos negocios de la
firma, y después ingresar en el hospital. —Muy bien. El aspecto comercial sólo
a usted le concierne.
—Es una situación difícil, pero preferiría que mi hija no
sepa lo que estoy haciendo. Está trabajando en un proyecto importante. No
quiero impresionarla más de lo que es inevitable. Nada de despedidas
prolongadas. Y tampoco vuelos de compasión a través del Atlántico... ¿Está
seguro de que puede garantizar un fin indoloro?
—No puedo garantizar nada —dijo en tono severo el médico—.
Usted es un hombre muy enfermo. Debería ajustarse a las normas del tratamiento.
Usted decidió continuar trabajando. Viaja a Holanda. Como haría un buen médico,
yo lo remito a un colega, porque necesita ayuda urgente. Usted lleva consigo la
carta. Expone su historia médica. Todos quedamos a salvo... Sea como fuere,
piénselo. Hablaremos por la mañana.
—Estoy decidido —dijo Hugh Loredon—. Será Amsterdam.
—Muy bien. Volveré a verlo durante mi visita a primera
hora de la mañana. Le entregaré la carta de revisión. Puede salir de aquí
alrededor de las diez. Supongo que viajará directamente al Continente.
—Bien, sí... Es posible que deba hacer un par de cosas
antes de partir.
—Hugh, usted está viviendo en tiempo prestado. No lo
malgaste en pequeñeces. Si se desploma en Londres, tendrá que sufrir hasta el
fin mismo...
—Entendido. —Hugh Loredon le ofreció la mano—. Gracias por
el servicio. Ahora, haré algunas llamadas y veré cuántos amigos tengo.
Max Mather había ordenado que llevasen café y bocadillos a
su habitación. Ardía en deseos de examinar hasta el fin el material de
Madeleine Bayard e iniciar un boceto rudimentario del artículo que debía
escribir para la revista.
Cuando fijó la atención en los diarios por primera vez
cobró conciencia de las fechas de las entradas. Fue más una especie de
percepción visual que la decisión consciente de examinar la secuencia de los
tiempos. Le sorprendió comprobar que las últimas entradas llegaban hasta el día
mismo del asesinato de Madeleine. Sin duda, Loredon había ido al estudio el día
del crimen y había retirado el material, de modo que era uno de los principales
sospechosos, y el asesino o por lo menos un cómplice del crimen. Por eso mismo,
las últimas entradas del diario tenían especial importancia. Mather las leyó
muy despacio, varias veces.
... He vuelto a ver esta mañana al médico. Me ha estado
sermoneando durante mucho rato. Dice que no puedo mantener el ritmo de una vida
sexual muy activa y el impulso creador necesario para producir la magnitud de
trabajo que estoy ejecutando. Insiste en que me calme y complete la serie de
sedantes que me ha recetado. Cree que debo someterme a terapia, que debo tratar
de imponer cierta unidad a una vida que está fragmentándose cada vez más.
Discuto con él, pero sé que tiene razón. El único momento en que me siento un
ser entero es aquel en que estoy sola frente a la tela, contemplando el mundo
que he creado.
... De todos modos, la gente continúa formulándome enormes
exigencias. A veces me siento como Diana de Éfeso, con centenares de pechos, de
los cuales el mundo entero se alimenta. Los hombres ya son bastante
desagradables. Se muestran bruscos y exigentes; pero una vez satisfechos se
marchan. Las mujeres —y pienso sobre todo en Danny y Paula— consumen mucho más
de mi sustancia. Reclaman afirmaciones y seguridades, y yo no puedo darlas.
Edmund se muestra cada vez más inquieto. Lo sé; pero
cuando está preocupado me riñe. Cuando me riñe yo adopto una actitud maligna, y
entonces él se enoja y amarga y se aparta de mí. Hay momentos en que creo que
podría inducirlo a que me mate. Los sedantes ayudan un poco. Me resultaría
fácil convertirme en adicta a esa calma suave y seductora que se insinúa a
medida que la dosis prolonga su efecto... Si por lo menos pudiera compartir
esto y olvidar los accesos de furia y los celos...
Max Mather cerró el libro y apoyó las palmas de las manos
sobre los ojos doloridos. La oscuridad momentánea alivió el resplandor del
papel y la secuencia implacable de la escritura a través de las páginas; pero
no había modo de alejar las imágenes inquietantes en ese estéril apartamento
suizo, a cinco mil kilómetros y doce meses de distancia del estudio de
Madeleine en Nueva York. Pronto él mismo estaría viviendo en ese estudio.
¿Escucharía aún la resonancia de la antigua música, vería el movimiento agitado
de las cortinas espectrales? ¿Quizá la imagen de Madeleine Bayard continuaría
ofreciéndose tan vívida como la encontraba en este momento, yaciendo en su
sueño de drogas, el cuerpo blanco desnudo sobre el edredón de colores,
esperando el golpe del asesino?
No por primera vez, Mather se preguntó cómo había acabado
enredándose en los asuntos de esas personas tan retorcidas. Una con una era
mucho más fácil: el caballero con la dama indulgente. Ambos salían tomados de
la mano. Cuando uno cerraba la puerta del dormitorio, excluía al mundo. Pero
ahora no era tan fácil tomar distancia. Él era como Gulliver, arrojado a una
costa extraña, despertando para encontrarse inmovilizado con hilos muy finos,
pero fuertes como los cables marinos.
De manera inesperada, sonó el teléfono. Hugh Loredon lo
llamaba desde Londres. Mather lo saludó sin entusiasmo.
—Anne-Marie me dijo que era posible que usted llamara.
Está preocupada por su situación. ¿Cuál es el problema?
—No es un problema, Max. Es una sentencia de muerte. Dicen
que le permite a uno concentrar de forma maravillosa los pensamientos.
—¡Oh, Dios mío! Lo siento muchísimo. ¿Se lo ha dicho a
Anne-Marie? —No... y no pienso decírselo. —Tiene derecho a saberlo.
—Se trata de mi vida —dijo con sequedad Hugh Loredon—. Y
lo que menos necesito ahora es una polémica al respecto.
—¿Puedo hacer algo por usted?
—Sí. Reúnase conmigo en el Hotel Amstel, de Ámsterdam, el
próximo viernes. Pase conmigo un par de días... Miraremos los Rembrandt,
almorzaremos con un par de tratantes de arte, a quienes de todos modos usted
debería conocer. Después, el lunes ingresaré en una clínica. No saldré de allí.
—¡Oh...! —Max Mather necesitó unos instantes para entender
el mensaje—. ¿Eso significa lo que yo creo?
—Sí. Tengo el informe de un médico y un hermoso conjunto
de radiografías. Después, habrá un certificado de defunción perfectamente
legítimo, y usted será uno de los albaceas de mi testamento. El otro es Ed
Bayard.
—Dios mío, ¿por qué nosotros?
—Es una broma. Lo mejor y la última que yo puedo
orquestar. —Hablando de documentos, tengo aquí la cartera que usted me envió.
—¿Ha leído el material?
—Sí.
—Consérvelo.
—Desearía que me lo explique.
—¿Qué puedo decirle? Para mí, son palabras escritas sobre
la arena. El viento y la marea borrarán todo... ¿A quién le importa quién
contagió la gonorrea a Gauguin o qué cuchillo usó Van Gogh para cortarse la
oreja? Son todos detalles triviales. La muerte nos permite prescindir de todo
eso... No me dijo si vendrá a Ámsterdam.
—Llegaré el viernes.
—Bien. Ya he reservado la habitación.
—Lo veo muy seguro de sí mismo.
—Sé que usted no puede resistir los ruegos de una mujer o
la historia de una desgracia.
—Hugh, escúcheme. Comprendo lo que está haciendo. Y creo
que puedo entender sus razones. Pero si usted quiere salir limpio de este
asunto, tendrá que permitir que Anne-Marie comparta esta última experiencia. Si
no lo hace, su actitud equivaldrá a un terrible rechazo infligido a su propia
hija... ¿Cómo le explico que usted me llamó y no se comunicó con ella?
—¡Muy sencillo, Max! Usted es nada más que el mensajero a
quien se contrata para que comunique la mala noticia. Y es probable que lo
maten como recompensa por su esfuerzo.
Se echó a reír, y la risa concluyó en un sonido ahogado.
—¡Hasta el viernes!
Cuando colgó el aparato, Mather sintió que sus manos
temblaban. La idea de la muerte elegida era nueva, y de pronto le pareció muy
cercana e incómoda. Se preguntó cómo explicaría todo eso a Anne-Marie. La idea
de pasar el resto de la velada solo le pareció intolerable. Guardó bajo llave
sus papeles y se dirigió en automóvil al Limmat Quai.
En un sórdido club nocturno llamado Salón Venus bebió
whisky aguado y pagó una botella de champaña a una dama rumana; después, la
invitó a una cena de medianoche a base de carne demasiado cocida y patatas
medio crudas. También le pagó cien dólares por su conversación sugestiva y
porque lo curó de un acceso ocasional de sensualidad. Ella gozaba de sobriedad
suficiente para decirle que si todos los homosexuales hubieran sido tan
simpáticos como Mather, el Limmat podría llegar a ser un lugar mucho más agradable.
Cuando regresó a su apartamento estaba convencido de que
Hugh Loredon tenía parte de razón. Si uno deseaba poner fin a su vida con un
episodio pulcro y claro, Ámsterdam era un lugar mucho más agradable que Zurich.
CAPÍTULO X
La casa de Alois Liepert estaba a unos quince kilómetros
de la ciudad; era un chalet agradable, de estilo rural, construido sobre una
pendiente boscosa, que dominaba el lago. El interior sugería dinero —dinero
antiguo y nuevo— y cierta discreción tradicional para exhibirlo. La esposa de
Liepert era un poco más joven que él; delgada, atlética, y al parecer una mujer
que se sentía muy cómoda en las situaciones sociales.
Los tratantes de arte formaban una pareja extraña: el
hombre que se ocupaba de los modernos parecía un monje del siglo XIX. El hombre
que negociaba en obras antiguas y viejos maestros parecía haber salido un poco
antes de las páginas de una revista de modas. El subastador, un individuo un
año menor que Mather, tenía una pátina permanente de madurez, como si se
tratara de Hugh Loredon pero más joven. Las mujeres de estos personajes eran
agradables pero parecían un tanto inquietas, y Mather tuvo dificultades para
atraerlas a la conversación. El banquero y su esposa eran una pareja de edad
madura, personas altivas pero al mismo tiempo serenas y estables.
Una larga práctica había convertido a Max Mather en un
huésped ejemplar, un oyente atractivo y un narrador animado, que sabía
despertar el interés con detalles poco conocidos. Sabía que estaba siendo
sometido a un examen atento y a una inquisición hábil. Lo confortaba la
presencia de la doctora Gisela Mundt, con su sonrisa fácil y sus transiciones
fluidas de un idioma a otro cuando la conversación se atascaba en una cuestión
de vocabulario.
De todos modos, las disciplinas de la erudición fueron
útiles. Max Mather estaba firmemente asentado en la gramática de su propia
profesión y no formulaba pretensiones extravagantes al margen de este marco. El
material de Belvedere era impresionante. La promesa de un caudal de dólares que
afluiría al mercado local de arte era atractiva para todos. El banquero resumió
la situación con un breve y airoso espaldarazo:
—Señor Mather, sé que usted trabajará bien aquí.
Apreciamos la soliditat.
—Le conseguiré un buen precio por el Tompion —dijo el
subastador—. Todos los relojeros tradicionales querrán comprarlo.
—Apenas consiga las diapositivas, le presentaré una orden
de compra por los Bayard —dijo el tratante de arte moderno—. Y deseo que usted
eche una ojeada a la obra de Davanti. Creo que está en condiciones de salir al
mercado.
—Nuestro hombre más eficaz en los dibujos renacentistas es
Gisevius, de Basilea —dijo el tradicionalista—. Cuando esté usted preparado,
concertaré una cita e iremos juntos a verlo. Tiene un excelente laboratorio. Es
un hombre de carácter muy conservador. Su palabra tiene mucho peso en Europa...
El espaldarazo final correspondió a la esposa de Liepert.
—Señor Mather, usted ha sido un huésped muy generoso. Nuestros
amigos se sienten muy complacidos de conocerlo... ¿Tendría la bondad de llevar
a su casa a Gisela? —Será un placer para mí.
Mientras volvían en automóvil a la ciudad, Mather
experimentó una cálida gratitud por la presencia de Gisela Mundt. Era el sello
definitivo de la velada, el sello de la confianza y la aceptación en esa ciudad
tan conservadora. De acuerdo con la estrategia clásica de la guerra de viejo
estilo, él había avanzado hacia el terreno alto y lo había ocupado. En pocos
días más consolidaría una alianza con un príncipe poderoso —Henri Charles
Berchmans el Viejo—y también en este caso apelando al recurso clásico del regalo
depositado en las manos del príncipe, con lo cual eliminaría una amenaza...
Pronto el secreto de Hugh Loredon le pertenecería. Ahora ya no era un cliente,
un dependiente, sino un hombre respetado. No habría más indagaciones. Su
diploma en la profesión sería tan aceptable como el de otro cualquiera. Pronto,
muy pronto, Mather ordenaría los últimos elementos en el escenario de las obras
de Rafael, y comenzaría la presentación del drama.
Cuando cruzaron el puente para entrar en la ciudad, Gisela
Mundt le indicó dónde estaba su casa, una villa pequeña y anticuada cerca de la
Universidad. Él la acompañó hasta la puerta principal. La abogada le entregó su
llave y preguntó:
—¿Desearía beber un poco de café?
—Me encantaría —dijo Max Mather—. ¿Está segura de que es
legal?
—En Suiza —contestó ella con una sonrisa—, todo lo que no
está prohibido es legal.
Lo cual, pensó Mather, era una observación interesante
para completar una velada.
A la mañana siguiente Mather llamó a París a Henri Charles
Berchmans. No estaba, pero un empleado del tratante de arte le prometió
entregar el mensaje. Una hora más tarde Berchmans llamó al apartamento de
Mather. Éste, acostumbrado ahora a la brusquedad del alsaciano, se sorprendió
al oír que hablaba con amabilidad y cortesía.
—Sí, señor Mather, ¿qué puedo hacer por usted?
—Seldes me llamó anoche. Me dijo que usted estaba
interesado en ciertos elementos de la colección Bayard. —Es cierto.
—Los tengo. Seldes no lo sabe.
—Le agradezco que me informe con tal prontitud.
—Voy a Ámsterdam el viernes. Hugh Loredon me pidió que lo
viese allí. Está muriéndose. —Lamento saberlo.
—Estoy seguro de que se mostrará usted discreto con la
información. Su hija aún no sabe nada. —Desde luego.
—Por consiguiente, si a usted le parece bien, cogeré un
vuelo temprano de Zurich a París mañana por la mañana, le entregaré los papeles
y proseguiré mi viaje a Ámsterdam en un vuelo de la tarde.
—En ese caso, permítame recibirlo en Orly e invitarlo a
almorzar en el Veau d'Or. Está tan sólo a veinte minutos de distancia. Puedo
llevarlo de nuevo al aeropuerto a tiempo para su vuelo a Ámsterdam.
—Bien... Llego en Swissair 731 a las diez y media.
—Una pregunta señor Mather, ¿otras personas han visto esos
papeles?
—Por lo que sé, sólo la persona a quien fueron dirigidos y
la persona que me los entregó.
—¿Son originales o copias?
—Originales.
—Gracias. Espero llegue el momento de verlos. Señor
Mather, continúa usted intrigándome.
Mather aterrizó en Orly media hora tarde, en una pista
azotada por el viento de marzo y por la lluvia. El chófer de Berchmans lo
recibió y lo llevó sin pérdida de tiempo a un pequeño restaurante rural situado
en la ruta hacia Fontainebleau. Berchmans lo esperaba en un reservado del
restaurante, bien aislado de los restantes comensales. Se mostró cordial y
expansivo. Propuso un aperitivo. Comentó el menú: pescadilla cocida con vino
blanco y cortezas de pan, un trozo de cordero y un conejo con ciruelas. Examinó
con mucho cuidado la lista de vinos. Aseguró a Mather que podía comer con
tranquilidad y regresar al aeropuerto con tiempo sobrado.
A Mather no le desagradaba que lo mimasen, pero también
deseaba despachar cuanto antes los asuntos pendientes. De modo que, apenas el
camarero anotó lo que deseaban comer, entregó a Berchmans un sobre que contenía
las cartas a Madeleine Bayard.
Berchmans echó un breve vistazo a los papeles, los volvió
a colocar dentro del sobre, e introdujo éste en el bolsillo interior de su
chaqueta. Esbozó una breve y avergonzada sonrisa y dijo:
—Gracias... No hay peor tonto que el tonto viejo.
Mather se encogió de hombros y se abstuvo de hacer
comentarios.
—Señor Mather, ¿cómo llegaron estas cartas a sus manos?
—Señor Berchmans, es mejor que no pregunte. Son pruebas en
un caso de asesinato que aún no está cerrado
—Un consejo sensato —dijo Berchmans—. Sería una tontería
arruinar el sabor de esta comida excelente. Es más, en nuestra profesión es
conveniente ser amigo de la Policía.
Después, casi sin variar el tono o la expresión, comenzó a
narrar una serie de brillantes anécdotas que se prolongaron desde los
entremeses hasta el postre.
Habló del ebanista noruego Casperón, que había llegado a
ser tan hábil en la falsificación de los cuadros de Edvard Munch, que pintó uno
en tres horas bajo la mirada atenta de la Policía. Explicó que él mismo había
reunido una colección de excelentes falsificadores de cierto Jean Pierre
Schechroun, originario de Madagascar, un hombre que había estudiado con Leger y
que podía producir obras de Braque y Picasso y de Kupka y Kandinsky en un abrir
y cerrar de la chequera. Berchmans explicó que se trataba de un individuo
sagaz; nunca trabajaba con óleos, sólo con acuarelas, pasteles y bocetos, o
sea, los «ensayos» de los maestros en sus respectivos estudios...
Su propia opinión de esos actos delictivos fue
interesante.
—En el extremo superior del mercado el efecto es mínimo.
La pretensión de que cierto cuadro es una obra maestra se enfrenta al instante
con una batería de pruebas científicas. Si la obra es una falsificación, tiene
lugar un efecto de contragolpe. Qué astutos son los criminales, y cuánto más
astutos los expertos. Cuán valioso debe ser el original puesto que alguien se
toma tanto trabajo para falsificarlo. En los sectores medio e inferior del
mercado el único que sufre mucho es el comprador. Todavía rige la norma de
caveat emptor, y también la de caveat mercator, si el tratante quiere continuar
trabajando en la profesión. Cuelgue una falsificación de David Stein en su
comedor y..., ¿cuál de sus invitados se atreverá a decir que no es un Van
Dongen? Los manierismos pueden imitarse con facilidad. El genio es tan
inaprehensible como una mariposa, y después de todo la función del genio es
inducirnos a crear nuestras propias ilusiones...
Y entonces apareció el veneno en la cola del escorpión:
—Madeleine Bayard tenía esa clase de genio... ¿Qué piensa
decir acerca de ella? ¿Cómo la juzgará?
—Aún no estoy muy seguro de comprenderla —dijo Mather—. En
la obra de esta mujer hay un rasgo esquizofrénico que todavía me
desconcierta... Me gustaría conocer su opinión acerca de ella..., claro está
que de forma extraoficial.
—Señor Mather, le prometí un almuerzo, no una entrevista
de prensa.
—En tal caso, lo diré de otro modo. ¿Usted compró sus
cuadros porque eran amantes, o porque apreció su trabajo?
—Porque aprecié el trabajo. Sin duda, el punto me parece
evidente. El mundo está lleno de chatarra, y no veo motivo para invertir dinero
en ella. —De todos modos, fue una amante sugestiva.
—Es la segunda vez que usa usted la palabra. Ella no era
una amante. Era la cortesana clásica. La poule de luxe. Suministraba placer con
suma habilidad. Pero ahí terminaba todo. Después, lo devoraba a uno, si se le
permitía tal cosa. No por dinero, sino para sentirse más segura. Era una
prisionera, hambrienta en su sala vacía, que siempre buscaba el modo de huir,
sin importarle quién le facilitaba una salida, o con qué riesgo... —Se
interrumpió y echó una ojeada a su reloj—. Ya es hora que se vaya, señor Mather,
si no quiere perder su avión en dirección a Ámsterdam. Acercarse de prisa a los
aeropuertos es una ocupación letal.
Después de firmar el cheque Berchmans dijo en aparente
tono distraído:
—Una cosa más, señor Mather.
—¿Sí?
—Usted me ha prestado un favor especial, y esto le ha
costado dinero e incomodidades. ¿Qué le
debo?
—Una disculpa —dijo en tono seco Max Mather.
Berchmans lo miró con la boca abierta y se sonrojó hasta
la raíz de los cabellos. Pareció que pasaba una eternidad antes de que
recuperase la voz o las palabras...
—Tiene razón, he sido muy grosero. Le pido disculpas. Le
agradezco lo que ha hecho. Le ruego me perdone.
Le ofreció la mano. Mather aceptó el gesto. No estaba
seguro de haber ganado un amigo. Pero no tenía sentido crearse un enemigo
poderoso.
El vuelo nocturno de París a Ámsterdam en un avión
atestado fue bastante incómodo. Mather dormitó un rato y estuvo pensando en
diferentes variaciones de la escena, la que ahora comenzaba a parecer más
viable, si él demostraba la paciencia necesaria y esperaba el momento propicio.
No soportaba presiones financieras inmediatas. Por lo
menos podía sobrevivir durante dieciocho meses si vivía del capital. Tenía la
perspectiva de un ingreso razonable. Las obras maestras guardadas en la bóveda
de su Banco se valorizaban hora tras hora... y ahora se le ofrecía otra
oportunidad. En su condición de tratante reconocido, y con el respaldo de un
banquero bien dispuesto, podía obtener préstamos con la garantía de las obras
de Rafael, sin que fuera ni siquiera necesario llevarlas al mercado. Con los
préstamos así obtenidos, podía iniciar una serie de operaciones lucrativas, sin
arriesgarse demasiado. Después, transcurrido un tiempo, comenzaría a explorar
el mercado en busca de obras más importantes... Para bien o para mal, soñar no
costaba nada; y antes de que el sueño se hubiese disipado ya estaban
descendiendo en el aeropuerto de Schipol.
Entró en Ámsterdam siguiendo un camino mojado de lluvia y
sucio de lodo; la ciudad estaba envuelta en una llovizna brumosa; pero el Hotel
Amstel le ofreció una comodidad cálida y sólida. Hugh Loredon le había
reservado una habitación adyacente a la suite que él ocupaba, de modo que
Mather podía disponer de un recibidor además del dormitorio. Como siempre,
Loredon iba vestido con pulcritud y acababa de afeitarse, pero su cara otrora
rubicunda ahora estaba abotagada y tensa, y comenzaban a amarillearle los ojos.
Había ordenado que sirvieran la cena en la suite, y para justificarse dijo a
Mather:
—... Me fatigo con facilidad. No soporto a la gente. Y por
supuesto, ahora no puedo beber. Desagradable situación, ¿verdad?
—¿Cuánto tiempo hace que sabe de esto?
—Estoy luchando con la enfermedad desde hace más de un
año. Vine a Inglaterra porque no deseaba que la fase final me encontrase en
casa. No vi ningún motivo para representar el papel de cobaya... Hace años
decidí que antes que afrontar una prolongada enfermedad terminal, saldría del
cuadro por iniciativa propia. Que es lo que estoy haciendo ahora, por cortesía
de ciertos miembros de la profesión médica holandesa...
—¿Qué puedo decirle? —Mather esbozó un breve gesto de
impotencia—. Es su vida. Pero quisiera saber por qué no puede compartir por lo
menos los últimos días con su hija.
—Porque no tengo el derecho de obligarla a sufrir. Max,
soy un hombre vacío. Un actor de un solo papel cuyo contrato ha terminado. La
noticia que usted llevará a Estados Unidos es que al dejarme yo tenía muy buen
aspecto. Conversamos de algunos asuntos comerciales: aquí vive un joven pintor
holandés cuya obra usted verá mañana y que podría ser candidato a la galería de
AnneMarie. Se llama Cornelis Janzoon... Después, antes de que usted se marche,
sufriré un súbito ataque. No habrá tiempo para advertencias ni comunicaciones.
Me incinerarán y enviarán a casa mis cenizas. Sencillo, limpio, sin
complicaciones. Anne-Marie se recuperará pronto. De todos modos, siempre fui
una parte muy pequeña de su vida. Usted ha sido para ella más importante que yo
mismo.
—Hugh, yo soy el antiguo amante, gastado pero cómodo, como
el zapato que uno calza cuando le duelen los pies... Bien, ¿qué le parece si
usted y yo dejamos los circunloquios? He leído todo el material acerca de
Madeleine Bayard. Está guardado en un depósito de seguridad de Suiza. Y ahora,
dígame qué significa.
—Antes de eso... —Hugh Loredon habló con voz dura y
enfática—. Espero que esté bien seguro de que desea saber. —¿Por qué?
—Porque saber es una carga, amigo Max. Es una carga sobre
su espalda y es una presión sobre su corazón, y una vez que usted se ponga en
esa situación, no podrá liberarse nunca... Y es otra de las razones por las
cuales me propongo dar el salto al vacío. De modo que no diga que no le
advertí.
—Estoy advertido. Y ahora, explíquese. ¿Quién mató a
Madeleine Bayard?
—Pregunta equivocada, Max.
—¿Cuál es la pregunta acertada?
—¿Por qué usted ha tenido el privilegio de leer los
papeles de Madi Bayard y de escuchar mi última confesión?
—En tal caso, contésteme a eso.
—Porque usted es como yo, Max. Un individualista, un
aventurero del sexo, y el único entre todas las personas a quienes conozco que
posee inteligencia, y dureza y perversidad suficientes para confiarle lo que
aún es necesario hacer.
—¡Gracias por el cumplido!
—¡Hijito, no seamos tan sensibles! Estoy a un paso de la
ejecución. Me importan un rábano sus sentimientos heridos... Comencemos con el
Diario de Madeleine. Ese material explica parte del asunto, pero no todo...
—¿Y cuál es su versión, Hugh?
—¡No es una versión! Es... otra faceta de una verdad que
usted no podrá asimilar de una sola vez. Tiene que partir de la propia
Madeleine tal como ella se mostraba con cada uno de nosotros... He estado
vendiendo arte durante toda mi vida... , gran arte, buen arte, chatarra sin
valor, y he aprendido una cosa: la gran obra de arte es un objeto mágico.
Enciende mi propia pasión, y la pasión de la multitud que está frente a uno. Es
como... como un viento que barre un campo de trigo. Sucede lo mismo con los propios
artistas. Son personas mágicas. Alrededor de ellos el aire está cargado de
electricidad, como el tiempo de tormenta... Carl Jung comentó por ahí este
fenómeno. Lo llamó «numen», es decir la aureola del poder. Madeleine Bayard lo
tenía. Era una hechicera, y su magia se cernía sobre todos los que se acercaban
a ella... Vea mi propio ejemplo, Max. Me he pasado la vida persiguiendo a las
mujeres. ¡Loredon, el hombre que las ama y las abandona! Podía adivinarlas de
una ojeada, desde el extremo de los dedos de los pies hasta el movimiento de
las pestañas. Pero Madi Bayard me embrujó de tal modo que habría caminado sobre
brasas por ella... Incluso cuando se cansó de mí —lo cual no le llevó mucho
tiempo—me sentía feliz de acompañarla, de ser aceptado como parte de su
grupo... , los jóvenes y las muchachas y los no tan jóvenes, los que tenían
talento y los marginales... Recuerdo que de niño conocí la historia de Circe, y
de la manera en que Odiseo llegó a su castillo y la oyó cantar mientras ella
entretejía telas maravillosas y deslumbrantes... No se ría de mí, Max. No se
ría de ninguno de nosotros. Madi Bayard era nuestra Circe. Tejía sueños
maravillosos, pero nos esclavizaba a todos. Podía obligarnos a hacer lo que
deseara...
Tenía la frente y el labio superior cubiertos de
transpiración. Se limpió la cara y extendió la mano hacia una copa de agua.
Mather esperó en silencio.
—Max, el problema es que hay magia negra y magia blanca.
También nuestra Circe convertía en cerdos a sus huéspedes. El matrimonio de
Madi fue un desastre. Ed Bayard no tenía la inteligencia ni la fuerza necesaria
para controlarla. Se convirtió en un tirano, un tirano quisquilloso y
amargado... Ella nunca lo abandonó, porque él se convirtió en la excusa de
todas sus aberraciones. Ya ve, Madi se odiaba a sí misma. Conocía su propio
talento. Lo respetaba. Sus cuadros eran los tapices mágicos de Circe. Pero sin
Ed Bayard ella hubiera tenido que explicar a la horrible criatura que vivía
bajo su piel, cuando la feliz hechicera se ausentaba... Esa criatura jugó
juegos terribles y perversos. Los secretos que ella escuchaba de una persona,
los explicaba a un rival. Hacía el amor con una mujer y después se burlaba de
ella frente a un hombre... Usted ha leído el Diario —que, en realidad, no se
trata de un diario, sino de hechos convertidos en ficciones—; por lo tanto, ya
sabe cómo ella se mantenía siempre en el centro de su universo... , la diosa
negra que vivía devorando a sus feligreses... Danny Danziger fue una de esas
feligresas. Quizás usted la haya conocido. Trabaja para Seldes.
—La conozco. He trabajado con ella —dijo con expresión
serena Mather—. No puedo decir que la conozca muy bien.
—Se necesita un poco de tiempo para conocerla a fondo
—dijo Hugh Loredon—. Yo probablemente la conocí mejor que la mayoría de la
gente. Es bisexual, pero cuando por primera vez me relacioné con ella todas sus
experiencias las había realizado con mujeres. Fui su primer hombre, y en ese
momento me sentía muy orgulloso del hecho..., ¡una victoria especial! ¡Dios
mío, qué ingenuo era yo! ¡El encuentro fue un desastre para ambos! Y también
provocó un grave problema con Madi. Ella tenía celos de todo lo que no estuviese
centrado de manera exclusiva en su propia persona... Podría haberme amenazado
con la murmuración y la calumnia, pero se mostró bastante prudente, porque yo
sabía demasiado y siempre estaba dispuesto a replicar, incluso a golpearla, si
era necesario, porque ella necesitaba a veces la violencia, del mismo modo que
otras mujeres necesitan las caricias. Pero Danny Danziger fue una presa fácil
para Madi. ¿Recuerda el pasaje del Diario en que ella dice que facilitó a Peter
a un encuentro lesbiano entre Paula y Danny? De ningún modo es como ella lo
describe. Peter era un modelo a quien había conocido en Negroni, un garañón, un
sujeto muy desagradable. Todo el episodio fue doloroso y humillante para Danny,
pero Madi manejó la situación de manera que Danny llegó a depender cada vez más
de ella, se sintió cada vez más avergonzada, más afectada por el desprecio de
sí misma.
—Empiezo a entender —dijo Max Mather—. No es un cuadro muy
agradable.
—Es exactamente lo que ella expresa en sus obras —dijo
Hugh Loredon con voz fatigada—. Su fracasada fuga de un lugar insostenible, su
propia personalidad desgraciada y destructiva... — Esbozó una breve sonrisa sin
alegría—. Una excelente frase. Puede usarla en su artículo. A cambio de nada,
pero recuerde brindar por mi espectro.
—Prefiero recurrir al whisky —dijo Max Mather—. Por Dios,
continúe.
—Comenzó con Danny. Una tarde bastante temprano, a eso de
la una y media, Danny recibió una llamada de Madeleine; le pedía que fuese al
estudio. De acuerdo con la versión de Danny, la voz de Madeleine sonaba
extraña, quizás un poco ebria, y se mostraba insinuante, y formulaba alusiones
sexuales. Quería que Danny posara para ella, que fuera a beber una copa, que
hicieran el amor... Danny se excusó. No se sentía en condiciones de afrontar
una sesión prolongada y agotadora. Después, comenzó a inquietarse. Sabía que
Madi tomaba sedantes. Se preguntó si no se habría administrado una sobredosis.
De modo que fue al estudio. Y encontró a Madi acostada, desnuda y roncando. Era
evidente que por allí había pasado una visitante, porque había dos copas
manchadas con lápiz de labios y los restos de una botella de champaña. Sobre el
caballete, la tela inconclusa de una figura masculina, pero además una serie
completa de bocetos con desnudos de la visitante, alguien a quien ella nunca
había visto... probablemente una mujer recogida en Negroniós. Era evidente que
Madi había llamado a Danny para organizar un encuentro con esa mujer, pero se
había dormido y la mujer se marchó. También era evidente que la visitante había
revisado el monedero de Madeleine y se había llevado el dinero que había en él.
Hugh Loredon se interrumpió y bebió otro sorbo de agua
sosteniendo la copa con ambas manos. Mather esperó en silencio. Loredon reanudó
con cierto esfuerzo la narración.
—Danny estaba muy impresionada por la escena. Dijo que
Madi parecía una muñeca obscena, caída sobre la cama, que temblaba y se
retorcía y murmuraba en sueños... Danny la envolvió en las mantas y le apoyó la
cabeza sobre la almohada, de manera que no se sofocase. Me dijo que en ese
mismo instante decidió matarla, y retiró la almohada y Madi quedó tendida de
espaldas. Después, entró en el cuarto de baño y encontró un par de guantes de
goma que Madi usaba para protegerse las manos de la trementina y los ácidos.
Sobre el escritorio de Madi había un regalo que yo le había hecho. Era un puñal
antiguo, una daga que ella utilizaba como abrecartas. Con esa arma mató a
Madeleine.
»Después, me llamó. Eran alrededor de las tres menos
cuarto. Le dije que limpiase todo lo que había tocado, que depositara el arma
en su propio bolso, que saliese cuanto antes de allí y que anduviera seis
manzanas antes de llamar un taxi para regresar a su apartamento.
»... Fui a toda prisa al estudio. Aparqué el coche detrás
del edificio y retiré todos los documentos comprometedores que pude hallar: el
Diario, los cuadernos de bocetos, las notas, los trabajos pornográficos, y por
supuesto la agenda de teléfonos de Madi. Utilicé los mismos guantes que Danny
había usado. Después, fui al apartamento de Danny y conseguí calmarla. Le quité
la daga. La limpié con mucho cuidado y la llevé a casa. Al cabo de un tiempo la
incorporé a una colección de armas antiguas. La maldita cosa se vendió por dos
mil dólares...
—¿Cómo demonios han conseguido ustedes dos sobrevivir a
doce meses de investigación policial? —preguntó Mather.
—Porque Ed Bayard era el principal sospechoso y porque yo
había retirado todos los documentos peligrosos; pero sobre todo, porque Danny
Danziger ha mantenido la calma. Es una mujer muy especial.
—Y ahora que usted me ha contado todo esto —preguntó Max
Mather—, ¿qué pretende que haga con la información?
—Usted creará un mito —dijo Hugh Loredon con súbita
energía—. El mito de Madeleine Bayard: una hermosa mujer, un alma de fuego, una
gran artista destruida en la flor de la vida. Esa leyenda consolidará la
reputación de la galería de Anne-Marie y conseguirá que los cuadros de
Madeleine Bayard valgan más que los Rothko o los Pollock. Con eso usted también
se beneficiará... y mientras esté en el asunto, ¿se ocupará de que Anne-Marie
nunca se case con Ed Bayard?
Max Mather miró asombrado a Hugh Loredon, y después se
echó a reír.
—Hugh, ¡usted es un genio! En una sociedad bien ordenada,
ya habría subido al patíbulo. Pero no cabe duda de que es un genio.
—Usted ilumina mis últimos momentos —dijo Hugh Loredon con
una mueca. —¡También es un maldito mentiroso! —¿Qué demonios quiere decir?
—Todo esto es una conversación privada en la habitación de
un hotel. Dentro de pocos días usted estará muerto, de modo que nada de lo que
aquí se diga podrá probarse. Está apelando al viejo truco de la desinformación.
Quiere usarme como pretexto para confundir la pista. Danny Danziger no mató a
Madi Bayard.
—¿Puede demostrarlo?
Max Mather volvió a reírse y se puso de pie para servirse
otra copa. Dijo en tono amable:
—En mi profesión, Hugh, existe lo que denominamos prueba
interna. Usted trabaja en un manuscrito, que se supone es auténtico; quizá
pertenece al siglo m o w. Usted percibe pequeños detalles que no encajan: usos
estilísticos, ideas que no eran usuales en ese período, glosas e
interpolaciones en los textos... Apenas uno tropieza con una de estas
interpolaciones sabe que se trata de una falsificación. Hugh, su relato es una
falsificación... He visto fotografías policiales de todo lo que fue hallado en
el estudio de Madeleine. Las imágenes muestran una botella de whisky medio
llena, una botella de bourbon llena y en el frigorífico gaseosas, soda y vinco
blanco... No se habla de champaña, o de copas con lápiz de labios... Hugh, ¿a
qué viene esta ficción?
Hugh Loredon se encogió de hombros y esbozó una mueca que
se convirtió en un gesto de dolor.
—Porque usted es muy cabezota, Max. No está pensando como
debe. Usted no debe saber nada, nada en absoluto, acerca del asesinato de
Madeleine. Por Dios, usted estaba en Italia, lo mismo que Anne-Marie. El
contenido de la cartera es una colección de pruebas desde el punto de vista de
la Policía. Para usted, es un auténtico tesoro —bocetos, notas, estudios,
diarios, cartas— y muy pronto valdrá una fortuna.
Hugh Loredon se levantó del sillón y avanzó cojeando hasta
la puerta para dar paso al camarero con el servicio de la cena.
Comieron poco. Mather no podía soportar la idea de una
cena pesada. Hugh Loredon no tenía apetito. Se contentó con mordisquear el
queso y las galletas, y la conversación desembocó en el fin inminente del
propio Loredon.
—... Cuando uno piensa en ello, comprende que todo es
absurdo. Dentro de cuarenta y ocho horas pagaré a un médico holandés muy
respetable un honorario profesional muy respetable con el fin de que me mate...
Hoy lo he conocido. Es encantador, un hombre muy compasivo. Ha estado mucho
tiempo conmigo para asegurarse de que yo entendía lo que iba a suceder, y de
que había puesto en orden todos mis asuntos.
—¿Y cómo explicará lo que suceda, Hugh?
—Muy sencillamente. Yo estoy acostado. Él entra, charla un
momento, me desea un buen viaje, aplica la inyección. Según dice, no causa el
más mínimo dolor... Compara la experiencia con el salto desde un avión, cuando
uno cae al vacío y se duerme al instante.
—¿Y qué sueños pueden asaltarlo...?
—No hay sueños, Max, no hay nada. Ésa es la belleza del
asunto.
—Pero, ¿no cree que Anne-Marie lo llorará? ¿No cree que
sus amigos sentirán su desaparición?
—Lo dudo, Max, lo dudo muchísimo... Los días de subasta yo
era el rey del castillo. Subía al estrado con mi pequeña maza y toda la gente
concentraba sus ojos en mí... Tras formularse la última oferta, cuando
descendía, era como si nunca hubiese existido. Los compradores se dedicaban a
inspeccionar sus adquisiciones, los postores decepcionados, los curiosos y los
empleados de la casa iniciaban el camino de regreso a sus hogares... Lo que en
ese momento yo necesitaba más era una mujer, sólo para recordar que yo mismo
era real.
—Hugh, ¿desea que lo acompañe cuando llegue el momento?
—¡No! —Loredon replicó con énfasis—. No, de ninguna
manera. Desearía que espere en Amsterdam hasta que todo haya concluido. De ese
modo tendré la certeza de que no quedan cabos sueltos. El médico es muy
puntual. Indica la hora. Entonces, sucede lo que sabemos... Vaya a un bar,
brinde por mí. Después llame a Anne-Marie... Sea bueno con ella. Usted
encontrará las palabras apropiadas... Recibirá una carta escrita por mí, y
enviada a través del Consulado norteamericano. También habrá otra carta para
usted. Y ahora, hábleme de sus cosas.
—Hugh, usted sabe todo lo que hay que saber. Estoy
creándome un lugar en la profesión. Creo que podré operar bastante bien desde
Europa.
—¿Qué me dice de los cuadros de Rafael?
—El artículo será publicado a principios de abril. Me
imagino que habrá un movimiento de correspondencia y la consiguiente actividad.
Entretando, Seldes y Henri Berchmans han unido fuerzas.
—Un equipo formidable... Y usted, Max, ¿dónde encaja? —En
ninguna parte. Soy la partícula flotante. Me gusta así.
—No flote demasiado tiempo, amigo. Uno pierde la costumbre
de la vida estable. Yo siempre creí que tenía un talento especial con las
mujeres... siempre un chiste, o una broma, o un cumplido que me permitían
conseguir una cama para pasar la noche. Transcurrió mucho tiempo antes de que
comprendiera que lo único que necesitaba era usar tres palabras: ¿Quieres? ¿No
quieres...? Y así se facilitaban las cosas. Pero lo que era difícil —más
difícil a medida que pasaban los años— era saber qué decirles después... Pensaba
salir con usted esta noche, pero estoy agotado. Será mejor que me vaya a
dormir.
A la mañana siguiente, salieron temprano, y bajo el sol de
la primavera avanzaron por la Prinsengracht y la Keizersgracht, con sus casas
de ladrillos rojos y sus aleros altos, y los tilos cuya hojarasca proyectaba
sombras oscuras sobre el agua aceitosa. En un estudio instalado en una torre,
cerca de la antigua iglesia de San Nicolás, encontraron al joven Cornelis
Janzoon, que estaba trabajando con entusiasmo febril para documentar la nueva
subcultura que comenzaba a manifestarse en la vieja ciudad: los adictos, los
rufianes, las prostitutas, los vendedores políglotas de cocaína y heroína y de
todas las restantes drogas de la farmacopea clandestina.
Era un joven de cuerpo esbelto y delgado que tenía
alrededor de veinticinco años, pero su dibujo y su composición eran tan seguros
como los de muchos veteranos de la profesión, y su paleta prodigaba
combinaciones extraordinarias de colores modernos que surgían del trasfondo
clásico de la bruma marina, la arquitectura de ladrillos gastados por la
intemperie y los cielos de los Países Bajos. Su primera exposición había tenido
un éxito enorme; pero los críticos se habían ensañado con la segunda, por lo
que la actitud del joven pintor era brusca y defensiva.
—Dicen que lo que estoy haciendo es expresionismo
anticuado. ¿Qué quieren decir? Vivo aquí.
Expreso lo que siento, lo que es el resultado de mi
experiencia... ¿Acaso esos bastardos saben algo, fuera de manejar las palabras?
¿Qué rótulo inventaron para describir la Ronda nocturna? Échenle una ojeada
cuando vayan al Rijksmuseum esta mañana. No se aplican rótulos a cosas como
ésa. Uno se limita a mirar... y también a escuchar, porque puede oír el
repiqueteo del maldito tambor...
Se alegró mucho cuando Mather compró dos telas pequeñas y
pidió que le enviasen a Zurich diapositivas de otras obras. Diez minutos más
tarde visitaron a una joven, nacida en los campos de tulipanes de Aarlsmeer,
que estaba convirtiendo sus recursos de los tulipanes en flor en
extraordinarias agresiones ópticas que inducían al observador a pensar en las
maravillas primarias de una creación reciente. Cuando se separaron de la
pintora y caminaron hacia el Rijksmuseum, Hugh Loredon dijo:
—Me he estado preguntando cuánto tiempo podría soportar la
supervivencia, lo que imagino significa cuánto sufrimiento estoy dispuesto a
padecer para usar un talento como ése... Parte de mi problema ha sido siempre
que nunca me he esforzado por nada... Por el dinero, sí; a veces, por una
mujer. Pero el resultado ha sido siempre una decepción. A mi juicio, el artista
siempre está buscando otra cosa, algo mejor...
—Las obras que ellos producen arraigan en la tierra —citó
en voz baja Mather—. Pero sé que ellos mismos a menudo alcanzan un cielo que a
nosotros nos está vedado...
—Browning —dijo Hugh Loredon—. Andrea del Sarto, el Pintor
Perfecto. Cierta vez, en Londres, vendí uno del Sarto. Alguien me mencionó el
poema y lo usé en mi discurso... Solía decir que de ese modo probablemente
elevé el precio un treinta por ciento... Estoy cansado. ¿Le importa si cogemos
un taxi para llegar al Rijksmuseum?
—Podemos regresar al hotel, si lo desea.
—No. Deseo de verdad ver los Rembrandt... Es el regalo de
despedida que yo mismo me ofrezco. Y ésas fueron para Max Mather las palabras
más tristes que había escuchado en el curso de su vida.
CAPÍTULO XI
Cuarenta y ocho horas más tarde, en una clínica de las
afueras de Ámsterdam, una inyección letal acabó con la vida y el tiempo de Hugh
Loredon. Se certificó el fallecimiento, sin faltar a la verdad, como
consecuencia de un «paro cardíaco». Se comunicó la noticia a Max Mather, que
estaba en su habitación del Hotel Amstel. En seguida llamó a Anne-Marie. La
conversación fue breve y sombría.
—¡Max. Cuánto me alegro de que me hayas llamado. ¿Dónde
estás? —En Ámsterdam... ¡Escucha! Me temo que tengo malas noticias para ti. Oyó
que ella contenía la respiración, y después la voz, muy tenue y aniñada. —¿Muy
graves?
—Las peores. Tu padre se desmayó anoche. Padecía cáncer
terminal. Lo llevé a una clínica local. Falleció hace pocos minutos. Lo siento,
amor mío. No sabes cuánto lo siento.
—¿Por qué no se me informó antes? ¿Por qué no llamó...
Max, por qué no me llamaste?
—El lo quiso así; nada de despedidas, ni duelos. ¡Te amaba
demasiado para imponerte ese sufrimiento!
—¡No, Max! —Ahora había cólera en la voz de Anne-Marie—.
No fue eso. Fue sencillamente que nunca pudo afrontar las situaciones
desagradables... ¿Y qué sucede ahora, Max? ¿El funeral, los... arreglos?
—Todo está arreglado. Hugh dejó las cosas en perfecto
orden.
—Excepto a mí, Max. Soy su hija. ¡No estoy en perfecto
orden! ¿Cómo demonios creyó que yo reaccionaría?
—Él te amaba, querida. Tienes que creerlo.
—De este modo, ¡sin duda! Pero no lo suficiente para
pensar que yo necesitaba darle un beso de despedida. Sólo eso, Max..., darle un
beso de despedida. Tú me has llamado, pero él no.
—¿Deseas que regrese a Nueva York? Podría estar contigo en
diez horas.
—¡No! Quédate allí. Mantén ordenadas las cosas. Sobre
todo, que todo esté en orden. Max, ahora voy a cortar. Necesito llorar, pero no
se dónde he guardado mis lágrimas.
Un instante después se apagó la voz de Anne-Marie, y Max
Mather bebió una última y solitaria copa en honor del pálido fantasma de Hugh
Loredon. Y de pronto, de un oscuro receso de la memoria surgió la convicción de
que había que acallar otros espectros, y que el más maligno era el espectro de
Madeleine Bayard. Era un espíritu demasiado potente para exorcizarla con un
poco de vino. Había que invocarlo, enfrentarse a él, forzarlo a que declarase
cuál era su propia naturaleza, si buena o mala; había que exorcizarla apelando
a la campanilla, el misal y el cirio.
Mather se sentó en el borde del escritorio, extrajo un
montón de papel de cartas con el membrete del hotel, y comenzó a escribir.
Nunca conocí a Madeleine Bayard. La descubrí a través de
sus telas, de las conversaciones con sus amigos y amantes, de los documentos de
la Policía, del austero paisaje de recuerdos en que ahora habita su esposo. Sin
embargo, me persigue. Es como un bello cernícalo, grácil pero siniestro, que
planea entre el Sol y yo...
... Debo convocarla para que descienda, inducirla a
posarse sobre mi muñeca, lograr que se mantenga inmóvil para que yo pueda
colocarle el capuchón, y así consiga que me hable del universo alto y azul que
ella habita. Pues no es un ave común y corriente, es un pájaro mágico, un
jinete de la tormenta, un ser capaz de desafiar al Dios-Sol...
Una oleada de energía recorrió su cuerpo y las imágenes
comenzaron a formarse y rehacerse en su mente como llamas de una hoguera. Las
palabras brotaron de su pluma y el manuscrito comenzó a cobrar forma frente a
él, tan claro como el texto mismo de Madeleine Bayard.
Tres horas más tarde había terminado. No lo releyó, y se
limitó a introducirlo en un sobre de papel madera con una nota adjunta dirigida
a Danny Danziger.
Estimada Danny:
Hugh Loredon ha fallecido hoy aquí, en Amsterdam. Ha sido
un fin pacífico pero solitario para un hombre tan gregario; pero así quiso que
fuese. Conversamos larga e íntimamente antes de su fin, y usted hallará ecos de
la conversación en las páginas siguientes. También habló de usted; y yo me
extenderé en el tema cuando volvamos a vernos.
Aquí, escrito con sangre y lágrimas —no todas mías— está
el artículo conmemorativo acerca de Madeleine Bayard. Le aseguro que es tan
sincero y bueno como pude hacerlo. Dejo a su absoluta discreción decidir si
corresponde publicarlo o eliminarlo. Si se inclina por la publicación, le
concedo la misma discreción absoluta en lo referente a las correcciones. Cuando
esté satisfecha con el resultado, envíe copias a Bayard, a Anne-Marie Loredon y
a Harmon Seldes.
Desearía que usted hablara con Seldes acerca de la
posibilidad de que el trabajo sea más útil si se lo publica la New York Times
Review, cuyas demoras son mucho menores que las de Belvedere. Quisiera que este
trabajo determinase el efecto más beneficioso posible por lo que respecta a la
exposición de Anne-Marie. Sería un gesto bondadoso por su parte llamarla. Hugh
se negó a pedirle que fuese a Europa para protagonizar lo que él denominó una
vigilia fúnebre. Por supuesto, está muy conmovida. Todos necesitamos el alivio
que se deriva del dolor compartido... Lo cual me retrotrae de nuevo a
Madeleine:
Usted la conoció. Usted recibió de ella tanto alegría como
dolor. En mi trabajo conmemorativo, realicé los mayores esfuerzos con el fin de
respetar su intimidad y la de todos. Abrigo la esperanza de haber dibujado un
retrato que usted y otros puedan aceptar como auténtico. Por favor llámeme, o
escríbame, a Zurich. Mañana voy a Saint Moritz a esquiar. Después, pasaré una
semana en Italia.
Saludos afectuosos,
MAX
Descendió a la planta baja y entregó el sobre en
recepción, con el fin de que lo mandasen a Nueva York con el correo de la
noche. En cierto modo, era un acto final. Ya estaba harto de los juegos de
terceros, y del gusto rancio de las fiestas ajenas. Había llegado el momento de
retomar su propio camino, y ocuparse de sus propios y exclusivos asuntos. Aún
tenía que hallar un final para el relato; pero confiaba en que lograría idear
algo. En primer lugar, necesitaba aclarar las ideas y tonificar el cuerpo y ordenar
su futuro para lograr fines equilibrados y sencillos. El mejor lugar para
llegar a eso era la última nieve caída sobre las últimas pistas altas antes de
que la primavera llegase a Engadina.
Ese fin de semana nevó bastante. El Palacio Badrutts
estaba casi lleno. Era el momento preferido por los aficionados al deporte, el
último toque del invierno, la primera promesa casual de la primavera, cuando
amenazaba el deshielo y se aflojaban las grandes placas de nieve. Años atrás
Mather había estado allí con Pía. Todavía tenía su tarjeta de afiliado al Club
Corviglia. El personal del hotel lo reconoció y le ofreció la bienvenida que se
dispensa a un huésped de honor. Aunque ahora tampoco estaba solo. Todavía
deprimido por su experiencia en Ámsterdam, aún perturbado por la situación de
Danny Danziger, había invitado a Gisela Mundt a reunirse con él ese fin de
semana. Ella estuvo de acuerdo en que esquiar era una actividad completamente
legal en Saint Moritz. Podía haber objeciones marginales a los preludios y las
posdatas de este acto, pero en todo caso no eran ilegales. De modo que, sí, de
buena gana se reuniría con él.
Durante el ascenso ella comenzó, con mucha cautela, a
proponer un plan distinto aplicable al asunto de las obras de Rafael.
—... Si te parece, Max, considéralo una solución de
emergencia. Aunque somos colegas, no estoy tan segura como Alois de que puedas
llevar los cuadros de Rafael al mercado sin litigio... Ya se lo dije. Entre
nosotros no hay secretos. Sea cual fuere el precio estimado, cien millones,
doscientos, es una suma enorme. Los mejores cerebros legales del mundo se
pondrán a trabajar en el caso y te aseguro que la cosa podría continuar durante
años y acabarían llevándote a la quiebra si pierdes el juicio, cosa que, tras
sucesivas apelaciones, bien puede suceder.
—Así, pues, ¿qué sugieres?
—Que por lo menos eches una ojeada a la solución del diez
por ciento. —¿En qué consiste?
—Es la fórmula con la que trabajan todas las compañías de
seguros. Es más barato pagar el diez por ciento para recobrar artículos
perdidos o robados que pagar el valor total del seguro... En realidad, es una
decisión sencilla. ¿Qué prefieres: diez millones o veinte millones
garantizados, o cien millones con el riesgo de un juicio desastroso?
—Me agradaría contemplar seriamente el asunto —dijo Max
Mather.
—Eres el cliente —observó en tono amable Gisela Mundt—. Yo
aconsejo, pero en definitiva acepto tus instrucciones...
Bien entrada la mañana siguiente Mather y Gisela cargaron
los esquís y llegaron al Club Corviglia, para almorzar y después esquiar de
regreso a casa. Sobrevino la ronda usual de presentaciones a miembros de
Italia, Francia, Gran Bretaña y Alemania Occidental. En el caso de Max Mather
fue el momento de saborear cierta dulce venganza. Había llegado la primera vez
a ese lugar como el amante subordinado a una viuda adinerada. Ahora, gracias a
una extraña mutación, se lo aceptaba como si fuese otra criatura, recién
nacida, pero totalmente adulta, cuyo pasado, a semejanza del de tantos miembros
del Club Corviglia, se concebía como un trampolín natural que llevaba al
presente. El dinero antiguo y la vieja estirpe aún tenían cierta importancia,
pero, ¿qué club del mundo podría sobrevivir sin el dinero nuevo y la publicidad
esplendorosa que acompañaba a los arribistas? Mather y su acompañante ocupaban
un lugar intermedio —una pareja de buenos modales que comprendía el estilo del
club y la corte y sabía tomar la sopa sin hacer ruido ni manchar el mantel.
Gisela Mundt se convirtió en una atracción instantánea. Un
grupo de jóvenes entusiastas se formó alrededor de ella, y el propio Mather
quedó relegado a un rincón, a cargo de un anciano italiano, cuyo nombre era
sinónimo de vino, y que comenzó a discursearle de manera tediosa acerca de las
locuras del clan Palombini, y de que ninguno de los miembros de la generación
actual llegaba ni a la suela de los zapatos de Luca el Estafador.
—¿Usted, lo conoció? —Mather era siempre un buen oyente.
—Muy bien. Tenía quince años más que yo, es decir, que
ahora andaría por los ochenta y tantos. Pero cuando volví de Libia a casa,
herido, ¡Dios!, eso fue hace mucho tiempo, y comencé a trabajar en nuestra
propiedad se mostró muy bondadoso conmigo. Compró muchos de nuestros productos,
me ayudó a impulsar nuestras exportaciones en Europa... Un hombre duro, pero
fiel. Decía que cada tonto merecía una buena elección; si el tonto no aprendía,
ya no tenía esperanza... Usted y él se habrían llevado muy bien. A propósito,
debo aclararle una cosa. Usted ha merecido muchos elogios por el modo de tratar
a Pía...
—¿Qué otra cosa podía hacer? Yo la amaba.
—Por supuesto —dijo en tono seco el viejo—, la gente
necesitó un poco de tiempo para entender eso.
—A propósito de Luca...
—¿Sí?
—Tenía una amante famosa, ¿verdad?
—Tuvo muchas... a veces dos o tres al mismo tiempo. ¿Se
refiere a alguna en especial? —Camilla Dandolo...
—¿La cantante de ópera? Oh, sí, la recuerdo. En realidad,
algunos tenemos recuerdos muy especiales de ella... No era una gran cantante,
¡pero tenía muchos otros talentos! ¿Qué desea saber
de ella?
—¿Contrajo matrimonio con un brasileño?
—No... un alemán, nacionalizado en Brasil. Varios
intervinimos en esa combinazione. Era un oficial de elevado rango, de la SS,
por cierto inquietante. Hicimos un trato con él: si se abstenía de
perseguirnos, lo sacaríamos del país para enviarlo a América del Sur antes de
que los Aliados le echaran el guante. Camilla fue parte del acuerdo. Camilla y
otras cosas... Él estaba locamente enamorado de la dama, de modo que ese
aspecto del negocio fue fácil. Lo extraordinario del caso fue que regresó
alrededor del año 1947 y se casó con ella... ¿Por qué le interesa la dama?
—Estoy realizando algunas lecturas preliminares con
destino a un libro acerca de las divas de La Scala... Me he encontrado con su
nombre.
—¡Un tema fascinante! Me pregunto por qué nadie pensó
antes en el asunto. Venga a verme cuando esté en Italia. Seguramente podré
desempolvar algunos materiales guardados por nuestra familia, y se los
mostraré. Todos los varones de mi estirpe fueron aficionados a la ópera, aunque
centraban la mayor parte de su interés, no en las divas, sino en las jóvenes y
prometedoras sopranos... Le daré mi tarjeta...
—Gracias. Respecto de Camilla Dandolo, ¿aún vive?
—Vive, y reside en Milán. Ahora es una anciana dama. El
marido falleció hace pocos años. Ella vendió sus propiedades en Brasil, reunió
una buena suma y volvió a casa. El anagrafe local le indicará su dirección.
Estoy seguro de que le recibirá bien. A la gente del teatro y la ópera siempre
le complace tener público.
Más tarde, mientras almorzaban, Gisela Mundt comentó:
—Pareces un gato con los bigotes manchados de crema. ¿Qué ha sucedido?
—He decidido aceptar tu consejo.
—¿Acerca de los cuadros de Rafael? ¿Por qué no? Es un
número de lotería. No puedes ganar si no compras por lo menos uno... Y ahora,
¿puedes contestarme algunas preguntas? —¿Acerca de qué?
—Pía Palombini. Al parecer, fuisteis amantes. Amantes muy
famosos. —Famosos, no lo sé. Amantes, sí.
—Y ella contrajo una grave enfermedad y tú la cuidaste
hasta su muerte.
—Sí.
—¿Estabas enamorado de ella? —La amaba, que no es lo
mismo. —¿Qué edad tenía?
—Cuarenta y seis..., once años mayor que yo. —Apruebo eso.
—¿De veras?
—Igualdad de oportunidades. Si los hombres mayores pueden
perseguir a las mujeres jóvenes, apoyo totalmente que las mujeres mayores
elijan por amantes a los jóvenes, la mayoría de los cuales, de todos modos,
necesitan educarse. ¿Tu Benjamin Franklin no dijo nada al respecto?
—Creo que sí, en efecto.
—¿Te molesto, Max?
—Sí.
—¡Magnífico! —¿Por qué magnífico?
—Porque confirma algo que he intuido acerca de tu persona
desde el día en que nos conocimos. Eres un hombre que durante mucho tiempo ha
tenido muy escasa confianza en sí mismo, que siempre había creído que carecía
de capacidad para competir con el resto. Por eso siempre buscaste
mujeres mayores... y más ricas...
—Creo que esto ha llegado demasiado lejos. —Max Mather
estaba tenso—. Ha empezado siendo una broma, pero ahora es maldad. ¡Termina tu
almuerzo y salgamos de aquí!
—No es maldad. —Gisela Mundt apoyó una mano fría sobre los
dedos apretados de Mather—. En realidad, se acerca bastante a un cumplido...
Veo a un hombre que está afirmando su confianza en sí mismo. ¡Cuando hicimos el
amor estabas interesado en mí! En el Club Corviglia eras el individuo que había
ganado el lugar que ocupaba... Admiro eso; y me alegro de haber ido contigo al
Engadine.
—No habrías tenido dificultad para encontrar a alguien que
te acompañase de regreso a casa. — Mather le dirigió una sonrisa renuente y
aflojó los músculos—. No he querido ser brusco. Perdóname.
—Estás en tu derecho. Cuando yo me mostraba perversa con
mis hermanos, mi madre era capaz de arrancarme la cabeza. —¿Qué hacía tu padre?
—Era un campesino montañés, lo cual significaba, por
supuesto, que tenía que conocer todos los oficios: albañil, herrero,
carpintero, partero de animales. Era también un maler, un artista rústico que
pintaba cuadros sobre los muros de las casas... Yo solía pensar que era mejor
que Durero. Por eso me fascinó la conversación el día de la cena en casa de
Alois Liepert... —Gisela Mundt vaciló un momento y después declaró—: Me alegro
de ser parte, aunque sea una pequeña parte, de lo que estás haciendo en Suiza. No
me refiero a las obras de Rafael, sino al resto de tu plan.
—¿Por qué excluyes los cuadros de Rafael?
—Porque me veo envuelta en un difícil conflicto de
intereses.
—¿A saber?
—Tienes derecho por completo legal a hacer lo que estás
haciendo. He asumido el compromiso de defender ese derecho. Pero en mi
originaria condición de muchacha campesina de costumbres anticuadas, considero
que tu conducta es censurable... ¡Bien, ya lo he dicho! Puedes anular el poder
que me diste como abogada, y meterme en el próximo tren a Zurich.
Max Mather meneó la cabeza.
—¡No te resultará tan fácil escapar! Me dijiste la primera
vez, cuando nos conocimos, que tenía que resolver por mí mismo la cuestión
moral. Por lo tanto, ¿qué hay de nuevo en tu actitud? —Nada. Excepto que para
aliviar mi conciencia tenía que decírtelo.
—Me has fastidiado el almuerzo —dijo Max Mather
encogiéndose de hombros—. Vayámonos. El viaje hasta casa es largo.
No fue un camino rectilíneo. Fue una serie de diagonales,
cada una con su propio riesgo especial, pero cuando llegaron a la ciudad, las
mejillas sonrosadas y sin aliento, Mather sintió un lento renacer de la
esperanza. De todas las mujeres que había conocido en el curso de su vida, ésta
era la menos complicada, la menos..., buscó la palabra implícita..., la menos
manchada por el movimiento social y por el discurso peculiar de las sociedades
adquisitivas. Mientras se acercaba al hotel, con los esquís de Gisela y los
suyos a cuestas, descubrió que respondía con reserva cada vez menor a las
preguntas de la abogada.
—Max, ¿qué hacía tu padre?
—Era maestro de escuela... y muy bueno.
—¿Qué enseñaba?
—Lenguas europeas. Lenguas comparadas. Literatura inglesa.
Era un hombre muy versátil. —¿Y tu madre?
—Mi madre era una dama..., provenía de una familia
acomodada..., que siempre consideró que se había casado con una persona
inferior a ella. —¡Oh, Dios mío!
—Ella siempre quiso más de lo que teníamos. Presionaba de
manera implacable a mi padre. Y él se refugiaba cada vez más en su mundo de
estudioso. Al final, ni siquiera yo podía llegar a él... y, a decir verdad, lo
quería mucho.
—¿Y a tu madre?
—También a ella la quería. Sabía que jamás podría estar a
la altura de sus ambiciones, pero mi seguridad dependía de ella. Ella fue quien
se encargó de reunir el dinero suficiente para enviarme a Princeton... , pero
mi padre fue quien preparó mi mente para afrontar la universidad. Los quise a
ambos. Nunca pude entender por qué no lograban ser felices...
—Max, ha habido muchas mujeres en tu vida.
—Imagino que sí. En realidad, nunca las he contado.
—Y ahora me tienes a mí.
—Sólo el fin de semana.
—De acuerdo, el fin de semana; y eso importa poco. Max,
¿cuáles han sido las mujeres con quienes te has sentido de verdad feliz?
—La pregunta está mal formulada. —De pronto, Mather se
mostró retraído—. No estoy seguro de haber sabido jamás qué es en realidad la
felicidad. —Pero rechazó al instante ese pensamiento tan sombrío—. Iré a tomar
un baño sauna y a nadar. ¿Vienes conmigo?
—Por supuesto. Después me acostaré un par de horas.
¿Vienes conmigo?
Lo cual, por supuesto, determinó que esa tarde del sábado
fuese muy agradable, pero no resolvió ninguno de los problemas de Max Mather.
Esa noche cenaron en el Stübli, donde no era necesario
vestirse de forma especial. El lugar estaba atestado, y poblado por una ruidosa
mezcolanza de idiomas. En mitad de la cena, se produjo una súbita pausa en la
conversación y entonces, de una mesa vecina llegó el sonido de voces en
italiano. Una de las voces era conocida. Mather se giró en su asiento y se vio
a Claudio Palombini, que estaba sentado con dos hombres cerca de la ventana. Se
disculpó ante Gisela, se puso de pie y fue a saludar a Palombini.
—Claudio, ¿cómo está?
—¡Max! —Palombini se puso en seguida de pie, y lo abrazó—.
¡Qué sorpresa! ¿Qué hace aquí...? Gianni Ruspoli, nuestro supervisor
financiero; Marcantonio, mi primo, que administra nuestros negocios aquí.
Invite a la dama y reúnase con nosotros. Diremos al camarero que les sirva
aquí... Ahora, comencemos por el principio. ¿Qué hace en Suiza?
Fue fácil compartir con ellos la euforia fraternal del
momento. Les interesó saber cómo iba el proyecto de la galería, el empleo de
Belvedere, el sindicato destinado a financiar la compra de obras de arte.
Gisela participó con fluidez en la conversación.
Pero no era tan fácil ahogar la punzada de culpabilidad
mientras estaba sentado allí, frente al hombre a quien deseaba privar de su
patrimonio. Sólo la larga práctica del disimulo le permitió sortear el momento.
La charla recorría la mesa, fluida y desembarazada, y al fin Mather formuló su
propia pregunta a Claudio Palombini.
—¿Y cómo van los negocios? Me pareció percibir una nota de
inquietud la última vez que me escribió.
—¡Bah! —La palabra fue como una brusca explosión sonora.
El gesto que la acompañó expresaba futilidad y desesperación—. Estamos aquí
para ver qué puede hacerse. Mi querida tía, ¡Dios la tenga en paz!, su amada
Pía, me dejó como legado un verdadero desastre. Habíamos abrigado la esperanza
de salvar algo con la colección de arte, pero como usted sabe eso vale muy
poco. Dentro de tres meses estaremos en verdaderas dificultades. Si no
conseguimos ampliar los préstamos o no obtenemos una nueva inyección de capital,
nos veremos obligados a vender parte de nuestras propiedades y a reorganizar el
resto. Y eso no será fácil en las condiciones actuales del mercado.
—Lamento saberlo. —Mather mostró una preocupación
sincera—. No tenía idea... —¿Cómo podía tenerla? —Claudio adoptó al instante
una actitud digna—. Era... es... un asunto de familia.
—Por supuesto. Perdóneme.
—Necesitamos un milagro. —Gianni Ruspoli trató de aliviar
la momentánea tensión—. Como el de los peces y los panes.
—O la aparición de esas obras de Rafael acerca de las
cuales usted me escribió. —Claudio rió al decir esto; pero su risa tenía un
sonido hueco—. Estuve soñando en esas condenadas piezas. Bailan frente a mí,
pero nunca se ponen al alcance de mi mano. ¿Cree que existe alguna posibilidad
de que aparezcan?
—¿Después de todos estos siglos? —El primo Marcantonio se
mostró escéptico—. ¡Sería un milagro más grande que el de los peces y los
panes! Además, ¿cómo se demuestra la propiedad después de casi cinco siglos?
—Quizá no se trata de cinco siglos —dijo Gisela Mundt.
Todos se volvieron hacia ella. La abogada les dirigió una amable sonrisa por
encima del filo de su copa—. La primera vez que escuché esta historia tuve la
sensación de que le faltaba un final apropiado.
Claudio Palombini se puso de inmediato en guardia.
—Signorina, ¿quizás usted pueda explicarse con más claridad?
—En efecto. Por favor, verifiquen los detalles. Max
trabaja como archivista en la casa Palombini. Consagra sus esfuerzos a un
proyecto de investigación privada. La persona que lo había contratado, su tía
Pía, fallece. El empleo termina. Regresa a Estados Unidos pero continúa sus
investigaciones, y en el curso de las mismas descubre una entrada en un viejo
libro de cuentas, y la anotación alude a las obras encargadas al maestro
Raffaello Sanzio. Un artículo o una serie de artículos acerca de ese descubrimiento
está próximo a su publicación. ¿De acuerdo?
—Por completo —dijo Claudio Palombini—. ¿Y ahora qué?
—Ésa es mi pregunta —dijo Gisela Mundt—. ¿Se han realizado
otras investigaciones para rastrear la historia de los cuadros? Si fueron
vendidos, ¿hay recibos? ¿Fueron entregados a otra persona como regalo? La
ocasión sin duda fue bastante importante para anotar el hecho en algún lugar.
¿Cuándo fue la última vez, si tal cosa sucedió, que se indicó la existencia de
las obras...? Me parece que ustedes están permitiendo que se les escape el
activo más importante del cual podrían disponer. ¿Acaso existe en el mundo
alguien que sepa tanto como Max Mather acerca del archivo Palombini?
—Madonna Mia! —El primo Marcantonio exhaló un prolongado
suspiro de sorpresa—. Venimos a esquiar en Engadina, y nos encontramos con la
Sibila de Cumas. Tiene razón, Claudio. Han sucedido muchas cosas desde el año
1500.
—Y también hay mucha historia reciente —dijo Gianni
Ruspoli—: ¡Los fascistas, los alemanes! Luca l'ingannatore!
—La idea está clara —dijo con frialdad Claudio—. No
exageremos. —Se volvió hacia Mather—. Max, éste es un asunto que usted y yo
podríamos discutir en Florencia. Entiendo que usted tiene compromisos y
proyectos de otro género, pero quizá...
—De acuerdo, discutamos el tema —dijo Max Mather.
—Pero como usted me paga para aconsejarle —dijo en tono
desenfadado Gisela Mundt—, yo redactaré el contrato.
—Signorina, ¿usted es abogada? —La pregunta fue formulada
por el primo Marcantonio.
—¡Y muy cara! Y también enseño jurisprudencia. Soy eficaz
sobre todo en los conceptos medievales y su transformación en el derecho
moderno. Por ejemplo, los bienes muebles, lo que son los cuadros, y lo que
solían ser las mujeres. Sé todo lo que hay que saber acerca de tesoros
descubiertos y los derechos del descubridor y el desembargo... Pero sería mucho
mejor para ustedes que retuvieran a Max... Y ahora, si me disculpan,
caballeros, sé que ustedes tienen que hablar de negocios y yo he soportado un
día muy atareado. De modo que les daré las buenas noches.
Después que Gisela Mundt se retiró, Palombini ordenó otra
ronda de bebidas y habló de trivialidades hasta que el camarero sirvió el
licor. No importaba cuáles fuesen los vicios de los italianos —y tenían
muchos—: la gran virtud que los distinguía era el estilo: estilo en la
adversidad, en la amistad y en el amor. Tal vez no tuvieran dos monedas en el
bolsillo, pero, a pesar de ello, seguían llevando los zapatos lustrosos, el
traje gastado bien planchado, la pechera de la camisa inmaculada, las mejillas afeitadas.
Cuando aceptaban a alguien, creaban una familia entera alrededor del
beneficiario. Cuando odiaban, lo hacían con gran estilo.
Claudio Palombini, el retoño de los portaestandartes de
Florencia, estaba arruinándose; pero lo hacía con galanura y medio esperando un
milagro; y entretanto Max Mather, erudito, hombre inteligente y respetable,
bebía su licor, sonreía como un auténtico Yago y no sabía si bendecir o
maldecir a Gisela Mundt.
El primo Marcantonio le acercó la copa y comenzó a
presionarlo.
—Max, su amiga es inteligente. ¿Qué opina de su idea?
—Grande en teoría. De hecho, es una probabilidad contra un
millón. Claudio sabe qué aspecto tiene ese archivo... Son miles y miles de
libros, folios, manejos de papel quebradizo. La posibilidad de encontrar en
todo eso algo importante es una contra varios millones. Ustedes no podrían
pagarme ni la mitad de lo que cuesta un trabajo semejante... Pero permítanme
explicarles lo que sucederá, lo que ni ustedes ni yo podemos cambiar...
Explicó en una secuencia ordenada de qué modo Seldes y
Henri Berchmans habían unido sus fuerzas y cómo, gracias a los contactos de
estos dos hombres en el mundo entero, comenzarían a revisar el mercado en busca
de rastros de las obras maestras perdidas. Pronunció una breve cátedra acerca
de los reglamentos de limitaciones y procedencias y las dificultades de
demostrar el derecho a la propiedad. Después dijo:
—Pero si Seldes y Berchmans llegan a los cuadros, ustedes
pueden renunciar a la idea de recuperarlos. Seldes y Berchmans los tendrán a
ustedes esperando y bailoteando durante veinte años, y los cuadros de Rafael
pasarán a la clandestinidad antes de que ustedes puedan decir esta boca es
mía... ¿Tienen idea de lo que el conjunto de piezas vale en el mercado actual?
—Millones —dijo Gianni Ruspoli.
—Pero, ¿cuántos millones? —preguntó Claudio Palombini, y
agregó la ominosa posdata—: ¡Sólo para dejar constancia de ello, diré que
necesitamos veinte en noventa días!
—Los retratos valen por lo menos cincuenta millones de
dólares cada uno. Es concebible que lleguen a obtener cien millones. Los
dibujos por lo menos un millón y medio cada uno. Por lo tanto, lo que ustedes
tienen que preguntarse es qué comisión o recompensa están dispuestos a ofrecer
para recuperarlos, con verificación de autenticidad y sin daños. Recuerden que
no puede ser menos del diez por ciento, porque eso es lo que un asegurador
ofrecería por un artículo que él protege.
—Diez, quince, veinte... ¿qué significa todo esto? —dijo
el primo Marcantonio—. Uno no paga más que los resultados. Y yo pagaría de
buena gana veinte para obtener ochenta millones en nuestros bolsillos ahora
mismo. Piénsalo, Claudio.
—Estoy pensándolo —dijo Claudio Palombini—. Me gustaría
saber si también Max está dispuesto a pensar en el asunto.
—Podría, en determinadas condiciones.
—¿Cuáles serían?
—Sólo si hubiese un convenio claro que ambos podamos
utilizar. —Estoy seguro de que llegaríamos con toda rapidez a eso. —Y sólo si
se me concede mano libre, sin formular preguntas.
—No comprendo eso —se opuso Gianni Ruspoli—. Si estamos
pagando sin duda tenemos derecho a...
—Ustedes no pagarán un centavo a menos que yo les presente
las obras, y sólo a partir del momento en que las presente. Si alguien tiene
derecho legal a esos cuadros, ustedes no podrán conseguirlos a un precio más
bajo que el precio del mercado. Pero si alguien tiene un título dudoso o
cuestionable, entonces quizá, sólo quizá, ustedes podrán apelar a la solución
del diez por ciento. Pero la condición será en cualquier caso la misma: nada de
preguntas, ninguna respuesta. Es imposible trabajar de otro modo.
—Digamos el quince por ciento y cerremos trato —dijo
Gianni Ruspoli.
—No digamos nada hasta que Max y yo hayamos hablado en
Florencia. —Claudio Palombini había asumido de nuevo el mando—. Creo que
entiendo la posición de Max. Se niega a pedirnos. Tiene sus propios proyectos,
que son interesantes. Si nosotros queremos contratarle, debemos ofrecer el
contrato. ¿De acuerdo, Max?
—De acuerdo, Claudio... y ahora, desearía pagar la última
ronda.
—¿Y tal vez usted nos diga dónde ha encontrado, en
realidad, a esa pequeña Gisela?
—¿Por qué nadie me cree? —preguntó en son de queja Max
Mather—. Ya se lo he dicho. Es mi abogada en Zurich.
—Y yo que siempre había pensado que los suizos eran gente
tan aburrida, y sobre todo los abogados suizos.
—Es útil tener una mente abierta —dijo Max Mather. Alzó la
copa—. ¡A nuestra buena salud!
Mientras bebía el vino, Mather comprendió con sombría
claridad el carácter de la condena: es decir, que era un acto autoinfligido e
irreversible. Uno comía el manjar que uno mismo había preparado, aunque fuese
fuego en la garganta. Uno bebía hasta las heces la copa del traidor; pero antes
de que la depositara sobre la mesa ya se la llevaban de nuevo con hiel y
gusanos. Las mentiras que uno decía quedaban grabadas en la piedra y uno las
llevaba para siempre sobre la cabeza, como un signo de infamia.
El lunes por la mañana, cuando llegaron a la estación de
Zurich, Gisela depositó un grueso sobre en las manos de Max Mather y le dijo:
—Éste es mi agradecimiento por un maravilloso fin de
semana. —¿Qué es?
—Tres horas de trabajo mientras tú dormías. Es mi versión
del único contrato que debes firmar con Claudio Palombini. Creo que es un buen
documento. Estoy orgullosa de él. —¿Y cómo te expresaré mi agradecimiento?
—Bésame... ¡y llámame!
Hizo lo primero y prometió lo segundo. Subieron a un taxi
y mantuvieron las manos unidas hasta que llegaron a casa de Gisela, donde ella
se transformó en un abrir y cerrar de ojos en la Fráulein Dokter Mundt,
abogada, profesora de jurisprudencia y autoridad en Derecho europeo relacionado
con los bienes muebles.
Cuando llegó a su propio apartamento, Mather encontró
mensajes, cartas y paquetes que lo esperaban. La señorita Loredon había llamado
desde Nueva York, y también un señor Bayard. Ambos sin duda ahora estaban
durmiendo; los llamaría después. Había una nota de Henri Berchmans, de París:
... Usted se ha comportado conmigo con singular cortesía.
Lo menos que puedo hacer es retribuir la atención. Por favor, informe a la
señorita Loredon que de buena gana permitiré que exponga mis cuadros de
Madeleine Bayard entre las obras que no están en venta, durante la inauguración
de la galería. Espero complacido que llegue la ocasión...
Había un paquete de diapositivas de Anne-Marie, así como
pruebas del catálogo y las notas biográficas. Llamó al joven tratante a quien
había prometido el material. El comerciante envió a un mensajero para que
recogiera tales elementos. Estaba impresionado por la rapidez y la eficiencia
de Mather. Haría todo lo posible para demostrar la misma prontitud. ¿Suponía
que podía contar con el descuento normal del tratante si hacían negocios
juntos? Por supuesto, dijo Max Mather; y ese asunto quedó resuelto. Finalmente,
estaba la carta, escrita por Leonie Danziger y enviada por correo
transatlántico:
Mi estimado Max:
Su trabajo acerca de Madeleine Bayard llegó el viernes. Lo
leí al momento, y después lo releí tres veces durante el día. Me asombró. No
pude comprender —más aún, aún no puedo— cómo usted, que nunca la conoció, ha
podido percibir con tanta rapidez y de forma tan certera la naturaleza esencial
de esa mujer y la influencia extraordinaria que ejerció sobre tantas personas,
yo misma incluida.
Estoy segura de que nunca le he hablado de mi relación con
Madi; pero es evidente que usted está al corriente del asunto, y más evidente
aún que está muy cerca de entender su naturaleza compleja. Usted expresó el
temor de que yo pudiera sentirme invadida por su texto. Por el contrario, me
siento enriquecida por su comprensión. No puedo hablar en nombre de otros, lo
hago únicamente en el mío propio.
Entregué una copia a Bayard, tal como usted me pidió. Lo
hice personalmente, y le expliqué que usted me había concedido entera libertad
para corregir el texto. Me pidió que esperase en su oficina mientras leía el
trabajo. Ejerció sobre él un efecto extraordinario. Su expresión cambiaba de un
momento al siguiente. Se reía, fruncía el ceño, y en un momento dado me pareció
que estaba a punto de echarse a llorar. Cuando concluyó, se quitó las gafas, se
enjugó los ojos, después limpió los cristales... una serie completa de pequeños
movimientos destinados a postergar el comentario. Se limitó a decir: «¿Cómo
demonios ha podido saber tanto?» Le dije que debía sentirse agradecido por un
apitafio tan magistral. Se limitó a asentir. Aún estaba demasiado conmovido para
decir gran cosa, pero en todo caso aprobó la publicación.
Lo cual me lleva a Anne-Marie Loredon. La llamé, tal como
usted me solicitó. Se mostró muy discreta, muy reservada, y es evidente que aún
intenta reconciliarse con el hecho de que su propio padre la excluyó del último
rito de paso. Creo que yo podría habérselo explicado, si ella se hubiese
mostrado dispuesta a escuchar, pero la herida es demasiado profunda. Necesita
que usted hable con ella de todo el asunto.
El último de mi lista, Harmon Seldes. Le expliqué que el
trabajo determinaría mejores resultados si se lo publicaba en la New York Times
Review, y que ayudaría mucho más a la Exposición Bayard. Realizó su pequeña
representación. Usted es su editor ayudante; usted había hablado con él de este
artículo... todo lo cual es cierto. También es cierto que él sabe que es una
pieza hermosa, conmovedora y sensacional, y no quiere perdérsela. Discutimos
una hora; después, aceptó imprimirle como una separata especial de la edición
de abril, con la condición —y éste es el veneno que lleva en la cola— de que
Anne-Marie Loredon pague una página entera de contraportada. Ella ya ha
reconocido la importancia del artículo, y aceptó sin vacilar el desembolso. De
modo que todo está arreglado. Usted puede conseguir reproducciones al coste si
las desea; serán muy útiles para la venta en provincias y el extranjero...
Y ahora viene la pregunta, mi estimado Max. ¿Y ahora qué?
En mi caso, la respuesta es más fácil de lo que esperaba. Ahora que Hugh
Loredon ha muerto, no queda nadie que pueda burlarse de mis locuras y que
pretenda denigrarme. Lo que usted ha escrito me eleva, del mismo modo que ha
elevado a Madeleine Bayard, hasta un lugar más alto, desde el cual puedo ver el
esquema de las cosas. He encontrado a una nueva amiga. Se llama Carol. Es
artista, como Madi. Ha venido a compartir mi apartamento. Estamos aprendiendo a
compartir también la felicidad. Abrigo la esperanza de que usted simpatice con
ella.
Le diré más, mucho más cuando le vea. Puedo decirle ahora
lo que nunca hubiera podido expresar antes. Lo amo, Max, a mi propio modo, que
es especial. Le deseo mejores cosas que las que usted mismo espera obtener.
DANNY
Era la primera vez que ella usaba el sobrenombre en la
relación con Max Mather. Al verlo escrito sobre la página sintió una extraña
conmoción. La experiencia le dijo que esta vez —por primera vez y quizás eso
nunca se repitiera— él había perforado la seca costra de la erudición y había
revelado una verdad acerca de la esencia de las cosas.
Cogió el teléfono y marcó el número del estudio de Niccolo
Tolentino en el Palacio Pitti, de Florencia.
La voz que atendió era diez veces más grande que el
hombrecito deforme que la emitía: una voz vibrante y aterciopelada de barítono
que brotaba de la suela de sus zapatos. —Aquí Tolentino. ¿Quién habla? —Max
Mather...
—¡Max! ¡Querido amigo! ¡Qué placer! ¿Dónde está?
—¡En Zurich! Viajo para verlo pasado mañana. Todo está
arreglado. Irá a Nueva York. —No lo creo...
—Se lo prometí.
—Sé que usted prometió, pero la mayoría de las promesas
son como Madam Butterfly, «un bello día».
—Esta vez las fechas son ciertas, y tendremos los billetes
de avión. Usted se alojará en mi apartamento... Veamos, aquí está mi programa.
Vuelo a Milán el miércoles por la mañana temprano. Cojo un vuelo vespertino a
Pisa, y luego voy en automóvil a Florencia. ¿Podemos cenar?
—Claro que sí. A las nueve. El Gallodoro. ¿Desea que llame
a Guido?
—No. Esta vez seremos sólo usted y yo. Tenemos mucho de
que hablar, y hay que tomar grandes decisiones.
—¡Increíble! —dijo Niccolo Tolentino—. Precisamente cuando
me había convertido en un infiel resignado, ¡sucede el milagro!
El propio Max Mather necesitaba un milagro. Su siguiente
llamada fue a la operadora internacional de Milán para identificar en la guía
telefónica el número de una viuda cuyo apellido era Eberhardt, pero que ahora
podía haber retornado a su nombre de soltera, Dandolo, o a una combinación de
los dos.
En sí misma no era una tarea monumental, pero las
operadoras italianas destacaban por su poca paciencia, y al más mínimo indicio
de dificultad o confusión lo dejaban a uno colgado al extremo de una línea, con
una señal de ocupado. Esta vez sucedió el milagro. La operadora se mostró
animosa y atenta. Encontró el número en veinte segundos. La señora Camilla
Dandolo-Eberhardt, Via del Orso 81... Mather copió la dirección y el número y
coqueteó con ella quince segundos más, hasta que la muchacha se echó a reír y
le cortó la comunicación. Acto seguido, rezando en silencio para pedir otra
intervención milagrosa, marcó el número de Dandolo-Eberhardt. Después de lo que
pareció una eternidad, contestó una doncella. Quiso saber quién hablaba y qué
deseaba. Con su mejor acento toscano Mather se explicó:
—... Un antiguo amigo de la familia Palombini... de
Estados Unidos... Estoy escribiendo un libro acerca de las grandes divas de La
Scala...
Y así sucesivamente, hasta que la mujer, abrumada por su
elocuencia, consintió en que hablara con la señora. Camilla Dandolo demostraba
bastante lucidez, pero era una mujer obstinada y suspicaz. Mather tuvo que
repetir otra vez toda la maniobra, y contestar veinte preguntas más antes de
que ella consintiera en recibirlo a las once de la mañana del miércoles.
Prometió llamar desde el aeropuerto si había retrasos en los vuelos.
A continuación, se dirigió en automóvil a la oficina de
Alois Liepert. ¿El abogado podía indicarle un agente de viajes serio? Sí,
podía. ¿Podía ordenar a su empleada que realizara una serie de reservas y le
encontrase hotel en Florencia? Sí, todo eso era posible. Todo fue ejecutado sin
pérdida de tiempo. Al fin, Mather preguntó con cierta cautela si Alois Liepert
podía echar una ojeada al borrador de un contrato. Ahora mismo, si tal cosa era
posible. Liepert leyó con mucha atención el documento y después miró a Mather
con expresión inquisitiva. Dijo:
—Desde su punto de vista, es un contrato maravilloso. Le
otorga derechos exclusivos para tratar en nombre de la familia el tema de los
cuadros de Rafael. No puede venderlos ni hipotecarlos si los encuentra, pero no
está obligado a entregarlos antes de que se le pague. No está obligado a
declarar cómo llegaron a su poder. Puede hacer las representaciones que desee,
siempre que no impliquen un acto delictivo... Y nadie puede prescindir de usted
para comunicarse con la familia. Lo único que me pregunto es por qué alguien
sería tan tonto que firmase este contrato con usted.
—Pero, ¿admite que vale la pena intentarlo?
—Si Palombino lo firma, le pagaré la mejor cena de
Zurich...
—Acepto. ¿Puede corregirlo y copiarlo para mí, por favor?
—Una pregunta secundaria: ¿quién se lo redactó?
Mather sonrió. También tuvo la elegancia de sonrojarse.
—Gisela Mundt. Acabamos de pasar un fin de semana
esquiando en Saint Moritz.
Alois Liepert echó hacia atrás la cabeza en su sillón y se
puso a reír de forma descontrolada.
—¡Dios mío! ¡Después de todo mi esposa acertó! Me dijo que
había electricidad entre ustedes dos. No la creí. Es una casamentera
incorregible. Bien, ¿qué puedo decir? Me siento muy complacido, y espero que
dure.
—¿Y no le molesta el asunto del contrato?
—¡Demonios, no! Lo único que puedo decir es que yo no
tendría el descaro de redactarlo; ¡pero si consigue que se lo firmen tendrá que
regalar diamantes a la dama! —Sólo si los cuadros de Rafael son auténticos.
—Por supuesto, ése es el gran «si» —dijo Alois Liepert, y
rió de nuevo—. Elevaré la apuesta. Les pagaré una cena a los dos.
Con los documentos del viaje y el contrato en el bolsillo
Mather fue al Banco, retiró dinero para sus gastos y luego extrajo de la caja
de seguridad las fotografías que había tomado, meses antes, de los retratos de
Rafael y los cinco dibujos. Sabía que era un riesgo tenerlos consigo; pero si
Palombini firmaba el contrato, el riesgo se desvanecería en el acto. Si no lo
hacía, tendría que concebir otra táctica, y en ese caso bien podría necesitar
las fotografías.
De regreso en su apartamento realizó tres llamadas a Nueva
York. La primera fue a Bayard, en su oficina, y la primera pregunta se refirió
a Anne-Marie.
—¿Cómo soporta la situación?
—Soportar es la palabra justa —dijo Bayard con acento de
incomodidad—. Parece muy controlada, muy retraída, y trabaja sin descanso.
¿Cuánto tiempo permanecerá usted en el extranjero?
—Un par de semanas. Aquí estamos bastante bien
organizados. Le envié material de Ámsterdam y Zurich.
—Los Janzoon son notables. Los precios me parecen
apropiados. Hablaremos de él apenas usted regrese... Otra cosa, Max.
—Sí.
—Su trabajo acerca de Madeleine. Lo he leído. Me ha
conmovido profundamente. Todavía no entiendo cómo ha llegado a percibir tantas
cosas. Deseo preguntarle...
—No pregunte, Ed. Deje que el documento se sostenga por
sus propios méritos. —Por supuesto, usted tiene razón.
—Tengo buenas noticias para usted. Berchmans permitirá que
se expongan e identifiquen sus cuadros en la exposición. —Eso es fabuloso.
¡Ganancia pura! ¿Cómo lo consiguió? —Persuasión gentil.
—Sin duda. Max, usted debería saber una cosa.
—¿Qué?
—La Policía vino a verme ayer. —¿Alguna razón especial?
—Sí, preguntaron si había alguna relación entre Max Mather
y mi finada esposa. —Y usted les aseguró que no había ninguna.
—Por supuesto. La razón de la pregunta fue una carta
escrita por Hugh Loredon dos días antes de su muerte y enviada a la Embajada
norteamericana en La Haya, con el fin de que fuera despachada con otros
documentos. Al parecer, la carta decía que a su regreso a Estados Unidos usted
se encontraría en condiciones de revelar ciertos datos que, de hecho, cerrarían
el caso. ¿Tiene idea de lo que eso significa?
—Una idea bastante cabal. Y no me agrada en absoluto.
—¿Puedo ayudarle?
—Quizá más tarde.
—¿Qué cree que intentó hacer Hugh Loredon?
—Aún reservo mi juicio acerca de eso, y además quiero ser
discreto cuando hablo por teléfono. De modo que ya nos veremos. Hasta luego.
Su llamada siguiente estuvo dirigida a Anne-Marie. Mather
no estaba preparado para la súbita oleada de profundo afecto que la joven le
demostró.
—¡Max! Gracias a Dios que has llamado. Ya estaba
enloqueciendo. Después del modo en que me comporté el otro día, pensé que jamás
querrías volver a hablar conmigo. Sé que mi actitud fue censurable. No pude
evitarlo. Eras la última persona en el mundo a quien deseaba lastimar. Lo
sabes, ¿verdad?
—Claro que sí. Lo sé. ¿Cómo te sientes ahora?
—Mucho mejor ahora que oigo tu voz.
—Tengo buenas noticias para ti.
—Dime.
—Berchmans prestará sus cuadros para la inauguración.
—¡Maravilloso!
—Acabo de enviar las diapositivas a nuestro amigo suizo.
Habrá que concederle un descuento de galería. Estoy seguro de que será
comprador. En Ámsterdam hay un maravilloso expresionista joven. Se llama
Cornelis Janzoon. Estoy seguro de que podríamos lograr que exponga en nuestra
galería... y el miércoles salgo para Florencia, donde haré los arreglos para la
visita de Tolentino...
—Una gran noticia, Max... Gracias.
—¿Cómo está el edificio?
—Los arreglos se realizan con mayor rapidez de lo que yo
preveía. Ya han terminado los ascensores, han puesto las galerías y la mayor
parte de la instalación eléctrica, las alarmas y otras cosas por el estilo. Tu
apartamento está casi terminado. La mayoría de lo que falta es superficial.
Estaremos preparados el día de la inauguración, la segunda semana de abril.
—Será un gran éxito.
—He leído tu artículo.
—Espero que te haya gustado.
—No es la palabra apropiada. Me conmovió. En cierto modo
provocó mis celos más intensos. Es casi como si tú mismo la hubieses amado...
Pero es un trabajo maravilloso y dará un tremendo impulso a la exposición...
Conseguiste de Hugh parte del material, ¿verdad?
—Gran parte.
—¿Qué te dijo?
—Más de lo que yo deseaba escuchar.
—¿Y el material que él deseaba que tú leyeras?
—¿Qué material?
—Ya sabes, el... ¡oh! —Contuvo una breve exclamación de
sorpresa y reconocimiento—. Olvídalo. Seguramente estaba pensando en otra cosa.
Tengo tantas cosas en mi mente. —Todos estamos así, querida. ¿Y cuál es la
situación entre Bayard y tú?
—Tranquila. Se muestra muy protector, muy considerado. Sé
que le alivia que Hugh ya no esté aquí. No le culpo por eso... —¿Y tú? ¿Qué
sientes?
—Hasta tu llamada de hoy, no sentía nada en absoluto.
Seguramente has sido mi despertador. A propósito, ¿cómo va tu vida amorosa?
—¡No preguntes, hermana Anne! Recuerda lo que sucedió en
el Castillo de Barba Azul. —¿Acaso podría olvidarlo?
Lo dijo con ánimo ligero, pero el acento en la voz de
Anne-Marie indujo a Max a preguntarse si el secreto de Hugh Loredon continuaba
siendo tal. Ese maldito actor era incapaz de promover un corte limpio ni
siquiera para salvar su alma. Había nacido para ser el extremo posterior de un
caballo de pantomima... ¡Un animal que salía con paso torpe y una última
sacudida de su maldita cola!
CAPÍTULO XII
El vuelo a Milán se retrasó quince minutos en Zurich, y
otros quince a causa de un embotellamiento en el aeropuerto de Linate. Se
perdieron veinte minutos más en la sección de inmigración porque un visitante procedente
de Líbano tenía un visado caducado. Mather dispuso apenas del tiempo necesario
para comprar un canastillo de violetas amustiadas, meterse en un taxi dos pasos
por delante de una turba poseída por instintos asesinos y realizar una nerviosa
llegada con quince minutos de retraso.
El apartamento de Camilla Dandolo estaba en el segundo
piso de un palazzo del siglo XIX, con cielorrasos altos y abovedados y
escalinatas frías como la beneficencia. Una doncella cuyo severo aspecto casi
intimidaba le permitió el paso y lo dejó esperando en un salón repleto de
muebles de gruesa caoba, fotografías en marcos de plata y paisajes románticos
en marcos dorados.
—Tiene un aspecto terrible, ¿verdad? —dijo Camilla Dandolo
desde la puerta—. Lo alquilé amueblado y el precio es aceptable.
Era una dama muy anciana, pero todavía una gran dama. Iba
vestida con una bata de brocado. Calzaba chinelas doradas, y sus cabellos
blancos estaban sujetos sobre la nuca con una cinta dorada. La mano que ofreció
imperiosa para que él la besara estaba cubierta de anillos. Mather esperó
escuchar una voz angélica que entonaba Celeste Aída.
Mather, que no era del todo malo como actor, se puso a
tono sin el más mínimo indicio de vergüenza: la reverencia profunda, los labios
que apenas rozaron el pergamino viejo de la piel de la dama, el discurso
colmado de menciones honrosas... Incluso así, llegó el momento en que se vio en
dificultades. La dama no se dejaba halagar con facilidad. Era astuta y tenía el
temperamento vivo. Inclinó la cabeza a un costado como un loro viejo y quiso
saber:
—¿Cómo es posible que una persona tan joven como usted
conozca la existencia de Camilla Dandolo? ¿Recuerda alguno de mis papeles, a
algunos de mis principales acompañantes? Estoy segura de que no.
Mather le dirigió su sonrisa muy especial, mezcla de
bondad y seducción, y explicó con expresión sumisa:
—Llegué a saber de usted de un modo muy romántico. Fui
archivista de la familia Palombini en Tor Merla. Me fascinaron las anécdotas de
los viejos criados acerca de la gran relación entre usted y Luca... Así, la
semana pasada su nombre fue mencionado, debo señalar que con mucho afecto, por
un miembro del Club Corviglia, de Saint Moritz. Él me dijo que su esposo había
fallecido, y que usted ahora vivía en Milán.
—¡Ah! Ahora comprendo. —La dama estaba divertida y se
sentía halagada—. ¡De modo que este libro no será acerca de las divas sino de
los escándalos de La Scala!
—De ningún modo. Será una obra bien fundamentada. Por
ejemplo, sé que usted cantó el papel de Olga en Fedora, con Gigli, en 1939; que
Guarnieri la dirigió en L'Amico Fritz y que usted cantó a Mimí con Malpiero...
—Se interrumpió y rió—. Como usted ve, he realizado un concienzudo trabajo de
preparación. Pero mi interés por usted es distinto. Usted fue amiga de un
hombre famoso e influyente como Luca Palombini. Usted fue, no sólo una mujer
bella, sino una persona influyente por derecho propio... Todo esto lo sé de
manera fragmentaria, por referencias. Me gustaría oírlo de sus propios labios,
registrado en una serie de entrevistas grabadas.
—Parece un esfuerzo excesivo para mí. Soy una anciana. Mi
memoria ya no es tan fidedigna.
—Para eso —dijo Max Mather con una sonrisa—, los
entrevistadores tenemos toda clase de recursos, pequeños juegos de asociación
que abren puertas de la memoria... ¿Puedo demostrarle lo que quiero decir? —Por
favor.
—Le ruego cierre los ojos.
Extendió la mano y tomó una fotografía enmarcada de un
taburete, y la sostuvo directamente frente a ella.
—Ahora, cuando le diga que abra los ojos, concentre la
atención en el objeto que está frente a usted, y dígame todo lo que sepa al
respecto.
Ella tardó unos instantes en enfocar la mirada y después
recitó como un escolar bien adiestrado.
—Ésa es una fotografía de mi marido, Franz, que está
conmigo en nuestra propiedad, cerca de Brasilia. Los otros son el cónsul
general alemán y su esposa. Los indios que están detrás son peones, las
construcciones son cobertizos y depósitos de máquinas...
—Gracias. Ahora intentemos otra vez. Cierre los ojos.
Esta vez Mather sostuvo frente a ella una de las
fotografías de las obras de Rafael, la de la doncella Beata Palombini. La dama
abrió los ojos, concentró la atención, miró la imagen durante un momento más
prolongado, y después dijo insegura:
—Parece un cuadro que teníamos en nuestra casa.
—Intentémoslo otra vez. Cierre los ojos.
Levantó el otro retrato, el de la Donna Delfina.
—¡Abra los ojos!
Esta vez no hubo vacilación.
—Sí, es uno de nuestros cuadros.
—Hábleme de ellos.
Ella se encogió de hombros, irritada.
—¿Qué puedo decirle? El arte nunca me interesó demasiado.
Mi marido era el coleccionista. —Entonces, dígame lo que sabe.
—Mi marido, Franz, durante la guerra compró dos cuadros a
Luca Palombini. No conozco los detalles. Durante sus campañas siempre estaba
buscando cosas. Se los llevó consigo a Brasil y cuando nos casamos y fuimos a
vivir allí esos cuadros aún estaban en la casa. Permanecieron con nosotros
hasta que él murió. Después, como yo no deseaba trasladar cosas de regreso a
Italia, los vendí con el resto de la propiedad. Se descubrió que eran muy
valiosos. Joaquín Camoens, que es uno de los tratantes más importantes de Río,
me ofreció un buen precio por ellos.
—¡Ya lo ve! —Mather le dirigió una sonrisa de feliz
aprobación—. Ya entiende lo que quiere decir cuando hablo de asociación. Ahí
tiene el marco de una historia completa. Su marido, lo que hizo en Italia
durante la guerra, y después, su relación con Luca y con usted. De pronto, una
historia completa comienza a perfilarse.
—No estoy segura de que sea una idea tan conveniente —dijo
Camilla Dandolo—. En realidad, tendría que pensarlo con mucho cuidado.
—Y ése es precisamente el propósito de mi visita —dijo
Mather con expresión serena—. Proponerle una idea y ver cómo reacciona. Si le
parece algo muy molesto, olvídelo. Nadie saldrá perjudicado. Y yo he tenido el
placer y el honor de conocerla. Viajo de aquí a Florencia. ¿Desea que envíe sus
saludos a la familia Palombini?
—De ningún modo. —La anciana dama respondió con energía—.
La familia de Luca cree que yo les he robado. En realidad, les salvé la vida en
más de una ocasión... Pero usted todavía no me ha dicho dónde consiguió esas
fotografías.
—Me las envió un tratante de arte de París. —Mather mintió
sin el más mínimo atisbo de remordimiento—. No me dijo dónde las consiguió,
pero sí me pidió que aclarase el origen de los cuadros. Es probable que el
señor Joaquín Camoens esté ofreciendo los cuadros en el mercado internacional.
—Pero, ¿cómo los relacionó conmigo? —La dama era una
veterana astuta y dura. No aceptaba nada sin examinarlo con mucho cuidado.
Mather estuvo a la altura de la situación.
—Estimada señora, responder a eso es muy sencillo. Yo
sabía mucho acerca de los asuntos comerciales de Luca... Como usted, yo amé a
una Palombini. —¿A cuál?
—A Pía. Falleció el año pasado.
—Entonces, dejémosla descansar en paz —dijo Camilla
Dandolo—. El mundo no se acabará porque usted no escriba su libro. Ha sido un
placer conocerlo, señor Mather. Lástima que sea demasiado vieja para
profundizar la relación. Mi doncella le mostrará la salida.
Ahora sabía sin sombra de duda lo que siempre había
contemplado como una posibilidad: existía una copia o quizá varias copias de
los cuadros de Rafael. Por el momento no era posible saber si las obras que
estaban en su poder eran los originales o las copias. De una cosa estaba
seguro: en cuanto él presentara las obras en el mercado, los restantes cuadros
aparecerían como por arte de magia, y comenzaría la lucha inevitable acerca de
la autenticidad. Pero no podía vencer sólo con sus propias fuerzas; de modo que
decidió asegurarse.
Todavía le quedaba tiempo antes de la salida de su avión
en dirección a Pisa. Fue a la oficina de correos del aeropuerto de Linate y
llamó a Henri Berchmans en París. Berchmans estaba en el salón con un cliente,
y Max tuvo que apelar a su capacidad de persuasión para lograr que el
secretario lo llamase al teléfono. El tratante se mostró brusco, como de
costumbre.
—Confío en que esta llamada justifique su dinero y mi
tiempo.
—Señor Berchmans, está mostrándose grosero otra vez. Le
prometí información acerca de las obras de Rafael. Eso es lo que estoy
haciendo. ¿Tiene tiempo para recibirla? —Desde luego. Desde luego.
—Estoy en Milán. En el aeropuerto. Vengo de visitar a
Camilla Dandolo, que regresó a Italia después de la muerte de su marido en
Brasil. —¿Cómo descubrió eso?
—Fui a esquiar a Saint Moritz. Conocí a uno de sus
antiguos amantes. ¿Puedo continuar? —¡Por favor!
—Tras muchos circunloquios, he comprobado que el marido
adquirió, en condiciones no reveladas, dos cuadros de Rafael vendidos por Luca
Palombini. Esos cuadros fueron vendidos, a su vez, con el resto de la colección
de arte, a un tratante de Río llamado Joaquín Camoens.
—Le conozco —dijo Berchmans con súbito sentimiento—. Un
bandido. Podría vender el cadáver de la abuela por el oro de la dentadura.
¿Otra cosa?
—No. Eso es todo.
—¿Qué está haciendo ahora?
—Voy a Florencia a visitar a antiguos amigos. A propósito,
gracias por el préstamo de sus Bayard.
—Ha sido un placer.
—Ahora, puede agradecerme esta costosa llamada telefónica
y la valiosa información. Berchmans lanzó una carcajada áspera y dura.
—Mather, usted pretende demasiado. Envíeme la factura por
los servicios prestados. Es mucho más simple.
Mientras estaba sentado en el bar con una cerveza y un
bocadillo rancio, esperando el momento de la salida de su vuelo, trató de
imaginar el movimiento siguiente de Berchmans. Primero, tendría que localizar
los cuadros en Brasil, a continuación realizar una autenticación completa, más
tarde adquirirlos por opción o compra directa, y finalmente ofrecerlos en
venta. Mientras tanto, estaría preguntándose —como lo hacía el propio Mather—
si Luca Palombini había vendido una falsificación a Franz Eberhardt. Estaría
preguntándose cuántas falsificaciones existían, y con cuánta rapidez
comenzarían a aparecer en el mercado.
Y éste era el verdadero propósito de la alianza con
Niccolo Tolentino. El italiano era la única persona que podía distinguir con
absoluta certeza entre el original y la copia.
Naturalmente, el problema estribaba en que, cuanto más
elevado era el número de personas que se comprometían en el tema de los cuadros
de Rafael, más vulnerable era Max Mather. Y eso lo acercaba un paso más a la
más antigua y paradójica de las soluciones, es decir, la confesión franca. Qué
sencillo sería decir: «Vean, me he comportado como un estúpido codicioso.
Llévense las obras y borren mi nombre del juego. Permítanme preservar la
pequeña reputación que poseo por derecho propio, asígnenme una modesta utilidad
después de ser vendidas las obras, y me daré por satisfecho.»
Pero la cosa no era tan sencilla. Estaba sometido a la
misma divina ironía que el rabino que mientras jugaba al golf el sábado hizo un
hoyo con un solo tiro. El ángel de la guarda reclamó castigo. «¡Un momento!
—dijo Dios—. ¿A quién se lo dirá?» De modo que parecía que el castigo de Max
Mather consistía en continuar construyendo su hermosa y alta residencia por
valor de millones de dólares, pero siempre con la conciencia de que reposaba
sobre cimientos de arena, y de que un solo golpe de la marea podía derrumbarla.
Y después, puesto que había regresado a Italia, y los
árboles de los huertos florecían en toda la Planicie Lombarda, y Palombini
podía ser tan estúpido que aceptara firmar el contrato que salvaría a Mather, y
esa noche estaría comiendo pasta y pollo al diavolo y bebiendo vino toscano con
Niccolo Tolentino, decidió enviar todo al demonio y pidió otra copa.
La salida del avión se retrasó una hora y media. El
tráfico había invadido la autopista de Florencia. Las vías de acceso a la
ciudad eran un estruendo de bocinas y conductores que discutían a gritos.
Cuando llegó a la relativa serenidad del hotel, se sintió como un marciano en
un planeta enloquecido. Se afeitó, se bañó, se puso ropas más frescas, deshizo
su equipaje, ordenó que le planchasen un traje, llamó a Palombini para
concertar la hora del almuerzo del día siguiente, y luego, con mucha lentitud,
como un nadador sometido a descompresión, retornó a la normalidad. Con el
propósito de prepararse para la velada se armó con el catálogo de la galería,
las pruebas del material que se publicaría en Belvedere y las fotografías de
los cuadros de Rafael; a continuación partió hacia el Gallodoro.
El primer tema giró en torno a la confirmación de la
visita a Estados Unidos con Tolentino.
—... Inauguramos la galería a mediados de abril. Si usted
pudiese asistir a la inauguración sería maravilloso. Trataríamos de comenzar la
serie de conferencias a lo sumo una semana después. Usted puede vivir en mi
apartamento o alojarse en otro lugar, como prefiera. Además de pagarle el viaje
de ida y vuelta, le concederé la garantía de mil dólares semanales durante
cuatro semanas, más el cincuenta por ciento de las utilidades; huelga decir que
los encargos privados que usted obtenga serán totalmente suyos. ¿Qué le parece?
—Música celestial —dijo Tolentino—. Violines y flautas y
un coro de querubines. Max, usted no sabe lo que está haciendo por mí... Pero
también debe explicarme lo que desea que haga por usted. Tendré que prepararme,
mi inglés está bien, pero eso no basta. Debo realizar una actuación honrosa,
tanto por usted como por las personas que pagan para escucharme... y también
por esta ciudad, y por los grandes que trabajaron aquí. En fin, dígame qué
desea...
—Deseo que usted enseñe y muestre. Por supuesto, habrá
estudiantes entre el público, confío en que formarán un grupo numeroso, pero
creo que también habrá una importante afluencia de profesionales veteranos;
profesores, directores de museos, restauradores, etc. Querrán compartir la
experiencia que usted posee, ver sus técnicas... dialogar con usted. También
querrán discutir el tema de los falsificadores y sus métodos, el problema del
tratante de arte como patrocinador e intermediario... Desearía que usted prepare
un programa de cuatro semanas, tres clases por semana... Quiero cobrar
bastante, y por eso mismo prefiero no alargar demasiado el asunto. Si la
experiencia tiene éxito, siempre podemos prolongarla. Dispondrá de la totalidad
del tercer piso, sobre el estudio. Allí hay espacio suficiente para que se
reúnan cincuenta o sesenta personas. Si llega un aflujo de inscripciones, habrá
que duplicar las clases. ¿Qué le parece? ¿Podría soportarlo?
—Aún me siento maravillosamente —dijo Niccolo Tolentino.
—¿Podrá obtener la licencia necesaria en las Pitti?
—Cuando lo desee.
—¡Magnífico! Ahora, ¿puedo formularle una pregunta muy
delicada? —¡Claro que sí! Adelante
—Usted tiene que solicitar el visado para Estados Unidos.
¿Hay motivos para suponer que puede haber problemas? —¿Por ejemplo?
—Antecedentes policiales, tal vez en su juventud. —¡De
ningún modo!
—Hubo rumores, ya hablamos de eso, acerca de
falsificaciones. La murmuración decía que usted era muy bueno en eso.
—La murmuración dijo una cosa. Los hechos afirman otra.
Permítame explicarle... ¡No, no se preocupe! Sé por qué usted necesita esta
explicación, de modo que no me enojo. Ya se lo dije antes: no soy un
falsificador, soy un copista; es probable que sea el mejor del mundo. Puedo
copiar el cuadro que usted me presente, sea cual fuere, si se me suministran
los materiales apropiados. Puedo copiarlo tan bien que el maestro que creó el
original casi pensará que es su propia obra, incluida la firma... Pero eso no
es falsificación. Se habla de falsificación cuando se pretende hacer pasar una
copia por un original. Yo jamás he hecho eso. Es posible que otros lo hayan
hecho con mis obras, pero nunca con mi consentimiento o mi aprobación. Ahora,
espere un momento... He dicho nunca. Hubo ocasiones, durante la guerra, en que
los representantes del mariscal de campo Goering y también la gente de Himmler
buscaban y saqueaban obras de arte, y forzaban a la gente a venderlas por unas
monedas. Entonces, sí... Yo era muy joven y ni muchísimo menos tan bueno como
lo soy ahora; pero realicé algunas falsificaciones excelentes... ¿Eso responde
a su pregunta?
—Sí, gracias. Ahora puedo firmar la invitación formal, de
manera que usted ingrese en Estados Unidos en relación con la galería.
Presentará este documento cuando solicite su visado.
—Deberíamos tomar otra copa y brindar por eso.
—Esperemos antes de beber. Antes tengo que mostrarle algo.
Cierre los ojos. Ábralos cuando yo se lo diga.
—Ya están cerrados.
Mather depositó sobre la mesa, frente a Tolentino, las dos
fotografías de los cuadros de Rafael, y ordenó al italiano que abriese los
ojos. Apenas las vio, el rostro de Tolentino se iluminó de placer y
reconocimiento. Su voz profunda se convirtió en el murmullo de un conspirador.
—¡Dios mío! Han pasado tantos años, y ahora usted me trae
esto. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Dónde están?
—No tan de prisa, viejo amigo. —Mather recogió las
fotografías y las volvió a guardar en su bolsillo—. Es muy importante que
procedamos según un orden. ¿Qué representan esas fotografías? —Dos retratos,
madre e hija, dos mujeres Palombini pintadas por Rafael en 1505. —¿Dónde están
ahora? —No lo sé.
—Pero, ¿usted los vio?
—¡Sí, los vi! Max, amigo mío, viví con ellos semanas
interminables. Copié los dos cuadros pincelada por pincelada. —¿Para quién?
—Para Luca Palombini.
—En esa época usted seguramente era un jovencito.
—Tenía veintiséis años. La guerra continuaba, pero yo no
era apto para el servicio militar. Acababa de llegar aquí y trabajaba a las
órdenes del viejo Cesarini. Fue grande en su juventud, pero por aquellos años
su mano había perdido ya seguridad y su ojo para el color no era el mismo de
siempre. Así, pues, me traspasó la tarea. ¡Dios mío, de todos modos se llevó la
mitad del pago!
—De modo que usted hizo una sola copia.
—Así es.
—¿Qué destino dio Palombini a las copias?
—No lo sé. No pregunté. En esa época no era muy político
formular muchas preguntas. Imaginé que se las endosó a alguien.
—Sí tuviese frente a usted, sobre esta mesa, los
originales y las copias, ¿podría distinguir unos de otras?
—Yo podría... pero usted no. En realidad, desafiaría a la
mayoría de los llamados expertos a mostrar la diferencia, excepto después de
prolongados y fatigosos experimentos... Salvo, claro está, que conocieran mi
pequeño truco.
—¿Y en qué consiste ese truco? —Mather presionó con cierta
aspereza—. Nicki, tengo que saberlo ahora. _-_r
—Tolentino, Niccolo; mis iniciales. En todos los cuadros
que yo he pintado, estas iniciales aparecen en un lugar o en otro. Como usted
comprenderá, ésa era mi defensa si alguien me acusaba de falsificación. Yo
estaba copiando a un maestro —después de todo ése es mi oficio—, pero incluso
cuando copiaba su firma en la copia, porque después de todo la firma también
era parte de la obra, yo firmaba mi propio trabajo. Lo hacía incluso en el caso
de una restauración, aunque entonces utilizaba el dorso, de otro modo: n
Restauravit, Tolentino Niccolo. | \
Rebuscó en el bolsillo de su chaleco y extrajo una lupa.
—Ahora, echemos otra ojeada a esas fotografías. Acérquese más a mí, así verá
mejor.
Mather se levantó y permaneció de pie detrás del anciano,
mirando por encima de su hombro mientras él usaba como indicador la punta de su
lápiz:
—Veamos primero a la madre... Donna Delfina. Apliqué mi
monograma en el paisaje del fondo, en una de las minúsculas ventanas. Ahora, la
hija. Mi marca debería estar precisamente sobre el borde del pliegue inferior
de la túnica.
Examinó con cuidado ambas fotografías y después invitó a
Mather a examinar bajo la lupa los lugares que él había indicado. Mather meneó
la cabeza. —No veo nada.
—Yo tampoco puedo ver nada —dijo Niccolo Tolentino—. La
reducción es excesiva. —Pero, ¿si no tienen su marca? —En ese caso, son los
originales.
—No necesariamente —objetó Mather—. Podría haber otras
copias además de las suyas.
—No es posible —dijo con énfasis Tolentino—. Conozco de
memoria las pinceladas de Rafael. Y le diré otra cosa. Los paneles sobre los
cuales realicé mis copias son distintos de los originales. Los míos son de
roble viejo. Los originales son de cedro... Y ahora, ¿puede usted explicarme
qué significa todo esto?
—Lo haré —dijo Max Mather—. Pero todavía no. Necesito que
usted actúe desprovisto de todo prejuicio... y quiero estar en condiciones de
jurar que su veredicto es por completo objetivo. —Quiere decir...
—Quiero decir que usted irá a Nueva York y será famoso de
la noche a la mañana y olvidará que haya visto jamás estas fotografías hasta
que yo le ponga frente a los propios cuadros, y le pida que diga al mundo
cuáles son las obras del maestro.
—¿Y eso es todo lo que me dirá?
—De momento, es todo lo que puedo decirle. Pero apenas
haya algo más, usted será el primero en saberlo. Una última pregunta. ¿Podría
ir a Zurich apenas yo se lo pida?
—Podría ir ahora —dijo Tolentino con una sonrisa—. Sólo
que le debo la cena, la cena más feliz de mi vida.
—Yo pagaré mañana por la noche —dijo Max Mather—. Tenemos
que hablar otra vez antes de viajar. Traeré a Guido. Lo celebraremos juntos.
Mientras hablaba, Mather oró en silencio pidiendo a Dios
que hubiera algo que celebrar. Si lo que tenía en Zurich eran copias, él había
perdido mucho tiempo y mucho dinero. Si eran originales, y Claudio Palombini se
negaba a firmar el contrato, el propio Mather estaría navegando en aguas muy,
pero muy peligrosas.
Tolentino extrajo su agenda y dibujó un monograma básico
Continuó explicando:
El almuerzo en Tor Merla fue mucho menos exuberante que en
el Gallodoro. Las mujeres de la casa no estaban, y Max Mather pudo ver menos
criados que antes. Los alrededores de la villa tenían un aspecto poco cuidado,
y el interior de la casa había cambiado. Había menos cuadros colgados de las
paredes, y también parecía que había menos muebles. Fue recibido por Claudio
Palombini, el primo Marcantonio y un joven a quien no había visto nunca antes,
y que le fue presentado como el abogado Stef ano Stefanelli. Claudio balbuceó
unas palabras de disculpa.
—Ya ve lo que está sucediendo. Hemos reducido los gastos.
Aun así, vivimos de los frutos de la tierra y pagamos el sueldo de la cocinera.
Mather solicitó permiso para saludar al personal. Comprobó
que se mostraban amables, pero retraídos. También ellos percibían el aura que
llegaba del campo de batalla. Sólo dos lo abrazaron; el mayordomo Mateo y
Chiara, la criada personal de Pía, arrugada como una ciruela pasa, pero todavía
combativa y enérgica.
—Era diferente cuando vivía la Signora y usted estaba
aquí. Incluso mientras ella se moría siempre había algo de lo que reírse.
Ahora, es como una tumba después de medianoche.
Mather la besó y le palmeó la mejilla y fue a reunirse con
los demás alrededor de la mesa del comedor. La comida seguía siendo buena. El
vino producido en la propiedad maduraba bien. Claudio insistió en que se dejase
la conversación de negocios hasta la llegada de la fruta y el queso. Después,
abordó el tema.
—Sin duda, necesitamos a alguien que represente nuestros
intereses y realice búsquedas activas en relación con los cuadros de Rafael.
También resulta evidente que usted posee ciertas calificaciones importantes
para acometer la tarea. Como usted dijo antes, estaría dispuesto a considerar
un contrato.
—Este contrato —dijo Mather, y lo depositó sobre la mesa—.
Sólo éste. Tómese su tiempo. Léalo. Aceptaré un poco más de café, si es
posible.
El documento tenía sólo media docena de páginas, pero
pasaron diez minutos antes de que nadie levantase la cabeza para formular un
comentario. El abogado habló en primer término.
—Si usted me perdona, señor Mather, esto parece..., si
puedo decirlo así..., un documento muy arbitrario.
—En efecto, lo es. —Mather parecía la ecuanimidad en
persona—. Además, no es negociable. —¿Puedo preguntar por qué?
—Sí, claro. Primer punto: el descubrimiento de los cuadros
de Rafael y su devolución a los Palombini en el mejor de los casos es un
proyecto muy dudoso. Punto dos: dada las actuales circunstancias financieras,
los Palombini no pueden permitirse el lujo de pagar un solo centavo del coste.
Punto tres: cuando se publique mi artículo, a principios del próximo mes, un
material acerca del cual usted recibió amplia información, comenzará un
verdadero movimiento de oro en el mercado del arte. Punto cuatro: me encontraré
en una jungla, poblada por animales muy astutos. Necesito toda la protección
posible.
—Todo eso lo aceptamos sin discutir —dijo Claudio
Palombini—. Pero nuestro abogado cree que es necesario afirmar ciertas premisas
como preámbulo del contrato...
—Tiene derecho a pedir eso; tengo el mismo derecho a
negarme. Llamo su atención sobre las palabras iniciales del contrato. «El
mencionado Maxwell Mather no afirma poseer competencia especializada, o
conocimientos o calificaciones especiales, y no dice que existan circunstancias
especiales relacionadas con la tarea que él aborda. No propone que otros
participen de este contrato. No ofrece más garantía que la promesa de
desenvolverse con la mayor eficacia posible, incurriendo en gastos que él mismo
afrontará con sus propios recursos.» Parece un texto bastante claro,
caballeros.
—Desde luego, es muy claro —dijo el primo Marcantonio—.
Pero, ¿está dispuesto a responder a algunas preguntas?
—No. —Mather habló con absoluta claridad—. Porque las
respuestas que yo diera podrían ser consideradas como afirmaciones especiales,
y quedarían a merced de cualquier interpretación que ustedes quisieran darles
con posterioridad.
Claudio se mostró ofendido.
—¿Cree usted que somos tan desalmados como para llegar a
eso?
—Claudio, la historia dice que en efecto, lo son —dijo
Mather con una sonrisa—. No lo censuro. No debemos reñir acerca de este punto.
Pero ustedes han sido mercaderes, y durante siglos han buscado oportunidades de
lucro. Ustedes no cambian. No hay razón que los induzca a cambiar de actitud.
Pero yo sería tonto si les ofreciese la mano para que me la mordiesen.
—Max, usted exagera.
—¿De veras? Permítame recordarle que tuve que disputar con
usted para conseguir enfermeras que atendiesen durante las veinticuatro horas a
Pía. Tuve que luchar para conseguir una visita diaria del médico... Ustedes
siempre imponen condiciones muy duras. ¡Magnífico! Lo sé. Por lo tanto, éste es
el único acuerdo que aceptaré con ustedes. Tómenlo o déjenlo... Iré a visitar
la torre. Infórmenme de su decisión cuando regrese.
El paseo a la torre fue un error. Evocó una avalancha de
recuerdos: Pía cuando le propuso que se quedara en la casa; Pía prisionera de
su propia enfermedad; el día en que Max Mather huyó con los cuadros de Rafael
en el equipaje, siempre alerta en el viaje a Suiza. Cuando regresó a la casa,
Claudio le ofreció una copa de brandy y propuso un par de rectificaciones en el
contrato.
—Creemos que el quince por ciento es un porcentaje
demasiado alto, en vista de las sumas totales en juego.
—No acepto. Si alguien tiene la posesión ilegal de los
cuadros, habrá que asustarlo y será necesario pagarle algo. El diez por ciento
es una oferta normal en las compañías de seguros. Y también habrá que pagar mi
trabajo. Si ustedes creen que pueden obtener resultados pagando menos, me
retiro del asunto y ustedes pueden continuar solos.
—Muy bien. Será el quince. Pero es necesario poner un
límite de tiempo a su representación.
—¿Qué sugiere?
—Si usted no puede hacer nada antes de fines de junio,
estamos acabados... Tres meses.
—Pero si yo empiezo a mostrar resultados, incluso si no se
ha llegado a la recuperación de las obras, sin duda ustedes podrán conseguir de
sus banqueros una ampliación del plazo. Quiero nueve meses... hasta que
finalice este año.
Claudio miró al abogado. Éste asintió.
—Serán nueve meses —dijo Claudio Palombini. Y por primera
vez sonrió y preguntó—: Ahora, Max, ¿puede decirnos cuáles son nuestras
posibilidades?
—Firmemos primero —dijo Mather con voz firme—. Después les
diré.
Con el contrato en el bolsillo Mather se sintió mejor y
peor, como un paciente febril, que vacila entre los escalofríos y el sudor. El
contrato evitaría que fuese a parar a la cárcel. No podía ser acusado de
posesión ilegal, de maniobras fraudulentas, del hurto cometido por un servidor
de la casa. Hasta que se pagara su parte, sería el poseedor indiscutible de los
cuadros de Rafael. En cambio, estaba obligado a actuar. No podía retirarse de
una situación que era ambigua en el origen mismo.
Mientras regresaba a la ciudad en un coche de alquiler que
amenazaba con desintegrarse en cualquier momento, se preguntó por qué la
situación lo molestaba tanto, por qué una conciencia social, adormecida durante
tanto tiempo que estaba casi atrofiada, había despertado para convertirse en
una acompañante tan presente e insidiosa.
Y entonces, del cielo claro y despejado descendió el
recuerdo de su padre, amarillo y encogido a causa del cáncer que en definitiva
lo había destruido, sentado frente a la ventana del dormitorio y mirando los
tonos rojizos del paisaje otoñal. Estaba explicándose, rogando una tardía
comprensión.
—Yo sabía lo que tu madre necesitaba. Sabía lo que ella
deseaba para nosotros. Pero en mi caso, el precio era demasiado elevado.
Implicaba traicionar la única posesión integral que yo tenía... es decir, yo
mismo. No pude afrontar eso. No pude soportar la perspectiva de mirarme en el
espejo todos los días y ver la imagen de un extraño... o quizás una imagen
doble, sin saber nunca quién era quién...
Precisamente la analogía de la doble imagen era lo que
ahora lo agobiaba. El Max Mather que se reflejaba en los ojos de sus mujeres no
era la totalidad de su persona, sino la imagen que ellas preferían. Las
imágenes de Berchmans y de Liepert a su vez eran distintas, e igualmente
ilusorias... Ahora, tendría que regresar a Zurich y enfrentarse a Gisela, y ver
que se le iluminaban los ojos cuando le dijera que se había firmado el
contrato... ¿Y después qué? La cuestión continuaba sin respuesta cuando llegó
al hotel. Se detuvo frente a la recepción para pedir al empleado que reservase
pasajes a Zurich para él y para Tolentino. Llamó a Guido Valente y lo invitó a
cenar. Después se desvistió, se sumergió en el agua caliente del baño y dormitó
inquieto hasta que llegó el momento de salir.
Guido Valente, Custodio de los Autógrafos de la Biblioteca
Nacional, estaba de buen humor. Se alegraba por la buena suerte de su amigo
Niccolo, que iba a viajar a Estados Unidos. El propio Valente también iría,
aunque no al mismo tiempo, de acuerdo con los términos de las becas de
intercambio ofrecidas por la Asociación Norteamericana de Bibliotecas. Se
instalaría en Washington, pero viajaría mucho, para estudiar los métodos de las
bibliotecas norteamericanas sus técnicas más modernas de almacenamiento e identificación,
y los programas de intercambio de las instituciones. Abrigaba la esperanza de
no ser demasiado viejo para aprovechar la experiencia; pero la llegada de una
nueva secretaria a su oficina lo había convencido de que la sensualidad era
todavía una posibilidad feliz.
Preguntó solícito acerca de Anne-Marie. Tal vez, pero sólo
tal vez, llegaría a tiempo para la inauguración de la galería. Y ahora, tenía
buenas noticias para su viejo amigo Max. Gracias a la generosidad de una tal
Marchesa, una dama norteamericana casada desde hacía mucho tiempo con un
italiano, se había establecido en la biblioteca una borsa, una beca, destinada
a los estudios de especialización de los posgraduados norteamericanos. La suma
era importante, y las condiciones correspondían bien a la disciplina de Max.
Valente estaba muy dispuesto a recomendar el nombre de su viejo amigo como
primer candidato al subsidio. El hecho de que este mismo amigo hubiese
conseguido para la biblioteca el archivo Palombini era obvio que pesaría mucho
en la decisión. ¿Entonces...?
Max Mather se sintió conmovido. Prometió pensar seriamente
en el asunto y dar pronto una respuesta. Guido debía entender que Max tenía
ante sí una serie de alternativas, y que se trataba de un momento decisivo para
él. Tan decisivo que consideraba que era necesario pedir más vino. Niccolo
Tolentino convino en ello. Pero antes de beber también él decidió anunciar
algo. Había pensado mucho en la clase de regalo que debía hacer a su buen amigo
Max. Por fin, lo había decidido. Extrajo una cajita, en la que, descansando
sobre un lecho de tela, había un pequeño rectángulo de cobre, cuyo perfil
mostraba la cabeza de un joven.
—Esto, mi querido Max, es el primer grabado que realicé.
Es la cabeza de mi hermano, que murió en la guerra. Se la regalo porque usted
es como mi hermano, franco y generoso... Y aquí — levantó la placa— hay copias,
numeradas de uno a cinco, y las he hecho especialmente para usted.
—¡Eh, bravo! —Guido Valente se sonó con mucho ruido la
nariz—. Ya se lo decía, Max, ¡usted es un hombre muy querido!
También Max Mather, que había bebido mucho, se emocionó
tanto, que casi no pudo contener las lágrimas, mientras el duendecillo que se
había encaramado sobre su hombro le repetía con expresión sardónica:
¡Hermanito, si supieran! ¡Si supieran!
En Zurich era viernes, el mediodía de un sombrío día de
marzo, y un viento frío barría el lago y castigaba a los ciudadanos todavía
protegidos hasta las orejas por sus abrigos. Había grandes parches de nieve
sobre los picos más bajos. El invierno había concluido, pero aún faltaba mucho
para la primavera. Niccolo Tolentino estaba encaramado en un poste de amarre
del muelle, dibujando. Max Mather se encontraba en la cocina de su apartamento,
preparando un almuerzo de carne fría y ensalada para Gisela Mundt. Ella le
había advertido que llegaría tarde. Sus clases de los viernes no terminaban
antes de mediodía. Serían las doce y media antes de que llegase. Mather había
decidido que éste sería el día de la verdad: miércoles de Ceniza o Viernes
Santo, según el resultado. No podía continuar tolerando esta existencia
ambigua, que oscilaba entre las promesas luminosas del futuro y las voces
acusadoras de un pasado que rehusaba dejarse sepultar. A salvo ahora de la
persecución a causa del contrato con la familia Palombini, podía comenzar a
negociar, si no la paz, al menos una tregua, con su conciencia residual.
Llegó Gisela, sonrojada y sin aliento, reclamó que la
besara y después le ofreciera una copa. Brindaron por los dos, y después por el
contrato. Gisela no tenía prisa por sentarse a comer. Mather se zambulló en las
complicaciones del tema.
—Te diré una cosa.
—¡Oh! La hora de la confesión, ¿eh?
—Si así lo prefieres, sí.
—Dime lo tuyo. Después te diré lo mío.
—No es nada divertido.
—Sé que no lo es. Lo veo por la expresión de tu rostro; es
serio de verdad. —Me refiero a las obras de Rafael...
—¿Bien?
—Lo he decidido. Aceptamos la solución del diez por ciento.
—Creo que es una actitud sensata —dijo Gisela Mundt.
—Había abrigado la esperanza —dijo Max Mather con una
sonrisa—, de que me dijeras que soy una persona buena y noble y que ya no
merezco la censura.
—¿Cómo puedo saberlo, Max? —Ella le dirigió esa sonrisa
feliz y seductora—. He gozado con tu cuerpo. Me encanta tu compañía, pero
todavía he visto muy poco de tu alma.
A lo cual Max Mather replicó con aspereza:
—Con respecto a eso, mi querida doctora, está en venta
como la de todo el mundo..., ¡siempre que el precio sea justo!
Esa misma tarde, poco antes de la hora de cierre de las
oficinas y los negocios, Max Mather, acompañado por Gisela, Liepert y
Tolentino, fue al sector de las cajas de seguridad del Union Bank en la
Bahnhofstrasse. Allí, con manos inseguras, Mather retiró la cera del envoltorio
de lona, abrió el entretejido de cordel de zapatero y depositó el contenido
sobre la mesa cubierta con una lámina de vidrio, en el espacio que quedaba
entre las hileras de cajas. Mantuvo los dibujos cubiertos para protegerlos de la
luz; pero desplegó los retratos de las mujeres Palombini, Donna Delfina y la
Doncella Beata.
En el movimiento que siguió, Niccolo Tolentino mantuvo las
obras a la distancia de un brazo, y examinó cada una largo rato. Después,
extrajo la lupa de su bolsillo y examinó cada centímetro cuadrado de la
superficie. Dejó la lupa y con un pequeño cortaplumas de bolsillo raspó un
minúsculo espacio de madera al dorso de cada cuadro, y extendió con mucho
cuidado el polvo sobre la palma de su mano antes de soplarlo.
Terminado este examen, depositó los retratos y los cubrió
otra vez. Llevó los dibujos al recodo oscuro de la habitación, ordenó a Mather
que se pusiese frente a la luz para proyectar una sombra más profunda; y
después, en actitud reverente, como si estuviera sosteniendo la hostia de la
comunión, alzó cada una de las hojas para inspeccionarlas. Las dejó sobre la
mesa y volvió a cubrirlas.
Pareció que pasaba una eternidad antes de que hablase e
incluso entonces su voz profunda sonó ronca e insegura.
—Son las obras auténticas, y a partir de ellas yo pinté
las copias.
Se le quebró la voz. Mather se sintió impresionado cuando
advirtió que el hombrecito estaba llorando. Apoyó un brazo protector sobre sus
hombros contrahechos. El anciano reaccionó con lentitud y esbozó una risa
temblorosa.
—Son'pazzo! Estoy loco. Cada vez que miro algo tan
maravilloso sé que tiene que haber Dios. Si no fuera así, ¿cómo un animal
horrible como el hombre podría realizar cosas tan hermosas...? Estaba inquieto
por los dibujos; pero los veo bien. El aire acondicionado de esta bóveda es más
o menos lo que necesitan. ¡Pero basta de luz! Es imperativo que no continúen
expuestos a la luz. Devuélvalos al envoltorio, pero no los selle. No es
necesario...
—Ahora —dijo Alois Liepert—, debemos regresar a mi oficina
y tomar la declaración de Niccolo, en el sentido de que ha visto e identificado
estas obras, de que son auténticas, y de que se encuentran en buenas
condiciones.
—Y mientras estemos allí llamaré a Berchmans —dijo Max
Mather.
—¿Es un paso sensato? —Liepert se mostraba dubitativo.
—Creo que es necesario. Si no le informo que los cuadros
que están en Brasil son copias, creerá que le he engañado. Y es un hombre a
quien no deseo tener como enemigo.
—De todos modos, sea prudente —le advirtió Liepert—. No le
diga demasiado por teléfono. Y si él quiere extenderse en la conversación,
remítalo a una consulta conmigo.
—Für aufklären und konfirmieren, ¿verdad?
—Eso es —dijo Alois Liepert—. Gisela me ha dado
instrucciones rigurosas acerca de usted.
—Deseo formularle una pregunta a ambos —dijo en tono seco
Gisela—. ¿Quién se hace cargo del seguro por estos artículos?
Parecía que Tolentino no escuchaba. Estaba atareado
envolviendo otra vez los cuadros en sus fundas protectoras, manipulándolos como
si hubiesen sido tiernos infantes. Mather y Liepert se miraron. Liepert dijo:
—Hablemos del asunto en la oficina.
La declaración redactada en italiano por Alois Liepert y
destinada a la firma de Tolentino cubría un terreno amplio.
Hoy, yo, Niccolo Tolentino, ciudadano de la República de
Italia, ahora y durante los últimos treinta y siete años empleado como copista
residente restaurador de cuadros en las galerías del Palacio Pitti, de
Florencia, he ido a la bóveda que contiene las cajas de seguridad del Union
Bank en la Bahnhofstrasse de Zurich. He estado allí en compañía de los abogados
Alois Liepert y Gisela Mundt y el señor Maxwell Mather, representante oficial
de la familia Palombini de Florencia. He inspeccionado dos retratos sobre paneles
de madera de cedro, cuadros que según creo son obras auténticas de Raffaello
Sanzio, y cinco dibujos del mismo maestro. Estaba familiarizado con los
retratos porque a principios de 1941 recibí el encargo de realizar copias de
los mismos, tarea encomendada por quien era entonces su propietario, el Signore
Luca Palombini, de Florencia. Nunca había visto antes los dibujos, pero los
identifiqué, lo mismo que los retratos, como muy probablemente la obra del
mismo maestro. Dichos trabajos estaban en excelentes condiciones y se les
prestaban los cuidados debidos, es decir aire seco, temperatura estable y
mínima exposición a la luz. No se me ha ofrecido, ni yo he pedido, ningún tipo
de información acerca de su origen reciente. No se me ha ofrecido, ni yo he
pedido, honorarios por mis servicios, que han sido prestados como signo de
respeto por la familia Palombini y su representante, el Signor Max Mather.
Después, Mather llamó por teléfono a Berchmans, en París.
Esta vez fue una conferencia telefónica, y así se le previno a Berchmans.
—De nuevo Max Mather. Lo llamo para celebrar una
conferencia telefónica desde el despacho de mi abogado en Zurich. El señor
Berchmans, el señor Liepert.
—Buenos días, señor Liepert. Ahora, adelante. ¿A qué
responde la formalidad?
—Acerca de los artículos brasileños...
—¿Qué hay con ellos?
—Son copias. Buenas, pero copias al fin y al cabo.
—Necesito pruebas de lo que dice. —En ese caso, me limito a sugerir prudencia
hasta que yo tenga la oportunidad de presentarle los hechos.
—Como trato desde mucha distancia con Camoens, estoy en
desventaja. Quizás él intente negociar una venta conmigo y fije el precio base.
Por eso tengo que preguntarle, señor Mather, cuál es la calidad de su
información.
Aquí, Alois Liepert se apresuró a intervenir.
—Señor Berchmans, aporto una opinión de abogado. La
información es de primera categoría. El informante es impecable.
—En ese caso, gracias a ambos. ¿El señor Harmon Seldes ha
sido informado?
—No. —Mather habló con voz muy controlada—. Mi posición
con Seldes es equívoca. Me emplea con el fin de que le suministre ciertos
servicios. Nuestra comunicación está mediatizada por ese hecho. En esta
cuestión no he tratado con nadie más que con usted; pero usted debe
considerarse en libertad de comunicar esta información a quien lo desee.
—Sin embargo, hay un cambio en la situación personal de
Mather, y él desea que usted lo sepa —dijo Liepert.
—¿De qué se trata?
—El señor Mather ha sido requerido por la familia
Palombini con el fin de que aporte su conocimiento académico y la represente en
la cuestión de los retratos de Rafael. Acabo de negociar el contrato, que
establece, entre otras cosas, que el señor Mather será el único intermediario
entre la familia y el eventual comprador en esta cuestión. El señor Mather
desea que yo le informe que usted es la primera persona que recibe esta
información, la cual se hará pública a su debido tiempo.
—Lo cual significa —dijo Berchmans en su estilo brutal—,
que me borra del asunto.
—Todo lo contrario —dijo Mather—. Usted ocupa exactamente
la misma posición que antes, con la diferencia de que ahora tiene un amigo en
la corte..., si le agrada mirarme de ese modo. Todo depende de usted, señor
Berchmans. Nada cambia, excepto que yo me convierto en el punto de referencia
para la familia y que sólo ella me paga.
—En ese caso —Berchmans inició una retirada renuente—,
gracias por decírmelo. Debemos permanecer en contacto. —Una actitud sensata. A
bientôt, señor Berchmans.
Cuando Mather colgó el teléfono, Niccolo Tolentino infló
las mejillas y emitió un sonido explosivo.
—¡Bah!, cuánta charla. ¡Yak-yak-yak! ¡Cuánta codicia!
Éstas son cosas bellas, la obra de un gran maestro. ¡No son huesos que los
perros se disputan! Perdónenme. Últimamente me enojo con mucha facilidad. Creo
que debo salir a caminar un poco para conversar con los patos.
—No puede —dijo con firmeza Max Mather—. Tenemos que
arreglar los trámites de su viaje a Nueva York, extenderle cheques, escribir
una carta que acompañe a su solicitud de visado... Alois, ¿su secretaria puede
tomar algunas notas?
—Un tirano. —Tolentino elevó las manos y los ojos al
cielo—. Un tirano, enloquecido por el ansia de dinero.
CAPÍTULO XIII
Diez días antes de la publicación varios ejemplares
anticipados de la edición de abril de Belvedere fueron depositados sobre el
escritorio de Harmon Seldes. Seldes llamó al personal para echar una ojeada al
material. Todos coincidieron en que era un trabajo notable: material de primera
categoría, buena distribución, definición exacta de los colores. El editorial
de Seldes se destacaba, las fotografías eran tan sugestivas como él lo había
deseado. El artículo de Mather acerca de la Economía Doméstica en Toscana olía
a erudición, pero el comentario de Danziger realzaba el contenido.
La sorpresa de la edición fue el artículo acerca de
Madeleine Bayard. En lugar de enviar un anuncio convencional para la
contraportada, Anne-Marie Loredon había preferido llenar el espacio con una
reproducción a todo color de la Dama de los Harapos, la obra central de la
futura exposición. Era una pieza espléndida, y armonizaba a la perfección con
el tono sumamente emotivo del artículo de Max Mather.
Y después, la gran sorpresa. De pronto, en el mismo
número, el erudito de pluma penosa y fatigada se convertía en poeta. Varios de
los responsables editoriales de la revista señalaron el hecho, y, como era de
esperar, asignaron todo el mérito a la sabiduría de Harmon Seldes, que había
descubierto y promovido el talento. La sociedad de admiración mutua seguía
reunida cuando se recibió una llamada de uno de los principales vicepresidentes
de la casa central, para comunicar sus bendiciones y los cumplidos procedentes
de las alturas.
¡Pero ya era suficiente! Había que trabajar. Seldes echó
de su oficina a todo el mundo, excepto a la secretaria, con quien comenzó a
practicar el más inquietante de los pasatiempos, la «creación de un mercado».
La tarea comenzó con las almas favorecidas —los directores de los museos, los
grandes tratantes, los críticos— que tenían el privilegio de recibir ejemplares
anticipados de la revista, siempre anunciadas por una llamada telefónica ritual
del propio maestro:
—¡Charles, amigo mío! (o ¡Anna, mi amor!). Habla Harmon
Seldes. Le reservo algunas sorpresas reales este mes. Sí, ahora mismo el correo
personal está llevándole el material. Preste atención especial al artículo
acerca de los cuadros de Rafael pertenecientes a la familia Palombini. Por
supuesto, nunca oyó hablar de ellos. Son una exclusiva de Belvedere. En
realidad, una exclusiva de Harmon Seldes, ¡en fin! La modestia me cohibe...
Créame, no lo eche en saco roto. Henri Berchmans y yo hemos unido nuestras fuerzas
para continuar la investigación. Además, eche una ojeada a la contraportada:
Madeleine Bayard. Quizás ésta sea la primera y la última oportunidad para hacer
un buen negocio...
En medio de este agradable ejercicio, Henri Berchmans
llamó desde París para decirle que Max Mather había sido contratado como
representante de los Palombini. Seldes se mostró ofendido.
—¡Bien! ¡Después de todas sus protestas de desinterés! Y
ya que hablamos de él, ¿cuáles con sus calificaciones? Ese hombre es
paleógrafo. ¡No sabe nada de arte! ¡Es un cachorro pretencioso!
Berchmans lanzó su risa dura como un ladrido.
—Parece que su cachorro se convirtió en mastín. ¿Qué
progresos ha realizado en su búsqueda?
—Apenas he tenido tiempo, ¿no le parece? Los ejemplares
anticipados de nuestra edición de abril llegaron a mi escritorio hace apenas
media hora.
—Amigo mío, equivoca el blanco. Mather ya rastreó copias
de los dos retratos en Brasil. Tengo controlado eso, pero no espero demasiado.
Lo que me impresiona es el ingenio y la laboriosidad de este hombre.
—Ojalá pudiera decir lo mismo de su honestidad.
También eso comienza a impresionarme —dijo Henri
Berchmans—. Se ha mostrado muy honesto conmigo.
—Pero no conmigo. —Seldes comenzaba a mostrarse
petulante—. Después de todo, soy su editor jefe. Le doy de comer.
—Procure que coma de su mano. Le gustan las personas
corteses.
—En mi estado de ánimo actual, más bien me inclino a
despedirlo.
—Eso podría ser un error costoso. Yo trataría de
mantenerlo de nuestro lado.
—Me gustaría saber si nos reserva otras pequeñas
sorpresas.
—Por mi parte, espero ver cuáles son sus pruebas, y la
naturaleza de sus fuentes.
—Usted me preguntó acerca de los cuadros atribuidos a
Rafael. Passavanti es todavía la autoridad más eficaz y autorizada. Tal vez
sería conveniente que usted lo convenza de que eche una ojeada al material
brasileño.
—Ante todo, tiene que llegar a mis manos. Camoens es un
individuo muy duro. No moverá un dedo si no ve el dinero...
—Por supuesto, usted puede enviarme a Río y yo hablaría
con él.
—Lo pensaré... ¡y cálmese, Harmon! Nuestro joven amigo
está realizando todo el trabajo para nosotros... Pero no llegará a acercarse
siquiera al mercado. ¡En definitiva, los cuadros de la familia Palombini caerán
en nuestro canasto como duraznos maduros!
Seldes continuaba reflexionando acerca de esa interesante
idea cuando Leonie Danziger entró en su oficina y anunció con brusquedad:
—Harmon, necesito ayuda.
—Para usted, Danny..., lo que quiera. El número de la
revista es notable, ¿no le parece? —Uno de los mejores. Felicidades. —¿Algo te
preocupa?
—Algo me preocupa. Punto. ¿Tiene agenda de las actividades
de su oficina? —Por supuesto... La mejor lección que aprendí jamás: no arrojar
los registros a la basura. Uno nunca sabe cuándo puede necesitarlos. ¿Qué fecha
desea verificar? —El 18 de febrero del año pasado. —¿Qué significa esa fecha?
—Es el día en que asesinaron a Madeleine Bayard. —¡Oh!
—La Policía quiere saber, y yo también, qué estuve
haciendo desde que amaneció hasta el atardecer. He repasado esa cuestión con
ellos una docena de veces. Al parecer, aceptaron que yo no tenía coartada; pero
ahora han vuelto de nuevo a la carga. Y ahora recuerdo menos que antes. Me
desprendo de mis agendas apenas las termino... Y no me sermonee, Harmon. No
puedo soportarlos.
A ver..., consulte la entrada correspondiente a ese día.
Verifique si se reunió conmigo para discutir alguna tarea.
—Por supuesto. Tranquilícese. Ya sabe dónde está la
bebida.
—No, gracias.
Seldes abrió el armario y localizó en seguida la agenda.
Volvió las páginas y leyó la entrada correspondiente al 18 de febrero.
—Aspen... Aspen... Aspen... la semana entera. Fue la
reunión de esquiadores en casa de los Moulton. Ahora lo recuerdo. Traje la
noticia acerca de la venta de su colección Vanvitello. La única existente fuera
de Italia. Y aquí, algo que interesaría a Max Mather..., paisajistas menores
italianos del siglo XVIII...
—¡Por favor! Harmon. Esto es grave. ¿Qué estuve haciendo
durante esa semana?
—Danny, aquí no hay nada. Y si no hay nada, significa que
usted pudo estar trabajando en un sitio cualquiera, ¿no es así? Yo no estaba en
la oficina. Y de todos modos, usted es una colaboradora independiente. Nos
reunimos. Fijamos una misión. Usted se marcha. Y no regresa hasta que ha
terminado la tarea.
—Gracias por nada, Harmon.
—¡Por favor! No se ponga así. Deseo ayudarla. ¿Qué anda
buscando la Policía después de tanto tiempo?
—No lo sé; pero lo cierto es que poseen muchos
antecedentes acerca de este asunto. —Acercó a la nariz de Seldes el artículo
acerca de Madeleine Bayard—. Me han estado interrogando acerca de esto: la vida
amorosa de Madeleine, sus costumbres sexuales, sus amigos.
—Por lo que recuerdo, usted era una de sus relaciones.
—Harmon, ¿quién no lo era cuando Madi deseaba atraparlo?
—No creo que nuestro artículo haya renovado el asunto.
—Yo tampoco. La Policía mencionó cierto tipo de
información procedente de Hugh Loredon. La escribió antes de morir, y la envió
a través de la Embajada norteamericana en Holanda... La Policía al parecer está
utilizándola como base de esta nueva ronda de interrogatorios. También
mencionaron a Max Mather. Pero es imposible que él esté implicado en el asunto.
—Nuestro niño mimado está trabajando duro —dijo Seldes con
acentuado disgusto—. Regresará dentro de una semana, poco más o menos, de modo
que usted misma podrá preguntárselo. Entretanto, examinaré todos nuestros
registros del 18 de febrero del año pasado, para ver si podemos situarla en una
posición más segura... No se inquiete demasiado...
—Gracias, Harmon. Felicidades por la edición de abril. De
veras, es muy hermosa.
—Gracias, querida Danny.
Pero la querida Danny ya había salido por la puerta y
caminaba hacia los ascensores. Hubo un momento en que el pisapapeles depositado
sobre el escritorio de Seldes había tenido precisamente el aspecto de una daga,
y la tentación de usarlo había sido casi irresistible.
En el estudio del Soho, los pintores estaban dando la
última mano a los interiores, los electricistas probaban los circuitos y
desplazaban pantallas de un extremo al otro para verificar la eficacia de los
focos. En el apartamento de Mather, correspondiente al último piso, estaban
colocando la alfombra y colgando las cortinas. Anne-Marie se encontraba en su
oficina con un montón de facturas y otro de cartas sobre el escritorio, y los
detectives de homicidios bebían café y formulaban preguntas corteses pero tenaces.
Ella ya les había asignado los nombres correspondientes. El joven y apuesto era
Sam Hartog, y el mayor, más rudo y menos considerado, era Manny Bechstein.
Formaban un equipo armónico. Hartog dirigía el interrogatorio, con actitudes
deferentes y preguntas bien pensadas. Manny realizaba las maniobras, volvía
sobre el terreno ya cubierto, y retorcía y modificaba una respuesta hasta que
parecía algo muy distinto. Sam Hartog bebía su café y desarrollaba con
paciencia sus preguntas.
—... ¿Por lo tanto, su padre le dijo que se internaba en
la clínica Londres para someterse a exámenes? Y después fue a Ámsterdam.
—Así es.
—¿Por qué fue allí?
—Supongo que por asuntos de negocios. Los artículos
ofrecidos en las subastas de gran categoría y los clientes que acuden a esos
remates vienen de todos los rincones del mundo. Mi padre viajaba de forma
constante entre una subasta y otra.
—Comprendo... ¿Y entonces su padre pidió al señor Mather
que se reuniese con él en Ámsterdam?
—Sí.
—¿Por qué Mather y no usted?
—Según me contó, Max, aunque mi padre se sentía muy solo y
en una posición muy arriesgada, no quería trastornar mi vida. Sabía que Max y
yo cuidamos el uno del otro... De modo que llamé a Max.
—Pero su padre, en realidad, le escribió... una carta que
le llegó, con otra correspondencia enviada por él, a través de nuestra
Embajada, después de su muerte. —Así es.
—¿Estaría dispuesta a mostrarme esa carta? —Desde luego.
La tengo aquí.
Rebuscó en su cartera y extrajo el sobre con el sello de
la Embajada. Sam Hartog abrió la carta, le echó una ojeada y la pasó a
Bechstein, que asintió y la devolvió. Harteg hizo un breve resumen del mensaje:
—Su padre sabe que se está muriendo. Se disculpa porque
fue un padre indiferente. Le dice que la quiere... y le ruega que evite a toda
costa casarse con Edmund Bayard... —Cosa que no tengo la más mínima intención
de hacer.
—Pese al hecho de que ustedes dos son buenos amigos y
juntos realizarán negocios importantes. —Sería más exacto decir precisamente a
causa de ese hecho. —¿Por qué su padre experimentaba antipatía hacia Bayard?
—Mantuvo una prolongada relación con Madeleine.
Consideraba que Ed Bayard la trataba muy mal..., un hecho que él reconoce con
franqueza y que lamenta mucho. Mi padre siempre creyó que él era un hombre de
temperamento inestable, y un marido inapropiado para una mujer mucho más joven.
—¿Pero no creyó que hubiese problemas en que usted
realizara negocios con ese hombre, alquilase su estudio y organizara una
exposición de los cuadros de la esposa? —Mi padre nada tuvo que ver con esos
arreglos. Yo los realicé sin consultarle. —¿Pero intentó convencerla de que no
continuara con eso?
—Sin éxito... Ahora, señor Hartog, creo que usted me debe
una explicación. Me he mostrado muy franca con usted.
—Así es. Y lo apreciamos.
—Por lo tanto, creo que debería mostrar la misma franqueza
conmigo. Por primera vez Manny Bechstein rompió su silencio.
—Señora, los oficiales de Policía no siempre pueden ser
francos. Pero vayamos tan lejos como podamos. Al mismo tiempo que nosotros nos
pusimos en contacto con usted, su padre nos escribió una carta dirigida a la
Policía de Nueva York. Pidió que la carta fuese autenticada en la Embajada, de
modo que posee cierto peso como prueba documental. Es un relato del asesinato
de Madeleine Bayard y de su relación con él.
—¿Y cuál es la relación?
—Cómplice por encubrimiento.
—¿Qué significa eso?
—Que otra persona la mató. Su padre ayudó a esa persona a
evitar que se la identificase. —¿Quién la mató?
—No podemos revelar eso... y aún no hemos comprobado la
acusación. —Quiere decir que él pudo haber mentido. —Es posible.
—Pero, ¿por qué? Maldición, cuando escribió esa carta era
un moribundo.
—Lo cual no significa que estuviese diciendo la verdad
—intervino Manny Bechstein—. Sólo que podía decir lo que quisiera y salir bien
librado.
—Ésa es la razón —dijo Sam Hartog con voz neutra—. Ésa es
la razón por la cual debemos actuar con cautela antes de mencionar nombres o
suministrar información... ¿Cuándo regresa el señor Mather a Nueva York?
—Dentro de una semana.
—En ese momento hablaremos con él.
—Pero, ¿qué posible relación...?
—Ése es el problema del asesinato —dijo Manny Bechstein—.
Relaciona a las personas más inverosímiles. Gracias por su ayuda, señora. Nos
marchamos.
—Mi tarjeta —dijo Sam Hartog—. En caso de que usted desee
hablar con nosotros... Y antes de que me olvide, le diré que Manny y yo
desearíamos que nos invitara a su inauguración.
—Les enviaré tarjetas. Será una función de gala.
—Lo apruebo. —Por extraño que pareciera, quien había
hablado era Manny Bechstein—. Mi madre solía decir que la ropa de noche
contribuye a fomentar el respeto. Ella también era artista. Solía grabar
cristales para Corning. Y algunos de sus trabajos eran de primera calidad.
Hasta luego, señorita Loredon.
Cuando los policías se marcharon, Anne-Marie se encogió
resignada de hombros y volvió a concentrar su atención en la gran cantidad de
trabajo que tenía sobre el escritorio: cuentas, dibujos destinados a la
publicidad, el borrador de una circular acerca del seminario de Tolentino,
listas de huéspedes, llamadas telefónicas que debían ser contestadas,
correspondencia con artistas y sus representantes. En algún lugar de su mente
sonaba una campana de alarma. Esta adicción al trabajo, esa negativa a abordar los
temas personales, esa tendencia compulsiva a evitar el descanso, eran síntomas
anormales. Su dolor y su cólera nunca se habían manifestado de forma adecuada.
Los enigmas de su relación con Bayard nunca habían sido resueltos. Nunca había
sepultado del todo a sus muertos. Por eso sonaba esa llamada de alarma; pero
rechazó el sonido y formuló el deseo de que Max Mather llegase pronto para
compartir la carga de la última y misteriosa confesión de Hugh Loredon:
... Sé que no he sido un padre muy responsable. Nunca me
he destacado en otra cosa que no fuese la profesión de subastador y la
condición de entretenido compañero de cama. Pero incluso en este último siempre
me he desenvuelto mejor con las mujeres que no me tomaban demasiado en serio,
ni prestaban excesiva atención a lo que yo hacía. Ahora, todo es condenadamente
serio y el tiempo de que dispongo condenadamente escaso para hacer otra cosa
que decirte, de acuerdo con mi estilo anticuado, que siempre te he querido y
siempre he admirado las cosas buenas que estás haciendo con tu vida.
También debo decirte —y debes creerme— que Bayard no es el
hombre que te conviene. Es una persona retorcida. Es inteligente. Desea parecer
franco y agradable. No puede serlo.. En él no hay alegría. Por supuesto,
Madeleine no lo ayudó a mejorar, porque también ella era un ser retorcido.
Ambos tenían momentos altos y depresiones, pero nunca de manera armónica. Si
hubiesen sido capaces de tocar la cresta de la misma ola, aunque fuese unas
pocas veces, quizás hubiesen sido felices.
Madi y yo pasamos algunos momentos buenos, pero yo nunca
fui un caballo para distancias largas. Me agradaban los galopes cortos y el
rápido cambio de escena. Sé que con Madi me demoré demasiado y todo comenzó a
complicarse. He escrito una carta a la Policía, y abrigo la esperanza de que
ello contribuya a aclarar las cosas, y les permita cerrar el asunto, y por lo
mismo les induzca a dejarte en paz para que hagas tu propia vida.
Max Mather sabrá de qué estoy hablando. Responderá a tus
preguntas. Mather me agrada mucho, aunque no estoy seguro de que tampoco él sea
muy estable. Y eso es todo por ahora. Nunca fui un gran escritor. De modo que
te diré otra vez que te quiero. He redactado el testamento. Lo que dejo es todo
tuyo. No sufras. Brinda por mí y después rompe la copa.
HUGH
La primera vez que leyó la carta lloró con amargura. Ahora
la lectura le irritó. Era demasiado superficial, demasiado airoso..., la
representación mediocre de un mal actor frente a un público al que él no
respetaba. El problema era que ella, su propia hija, aún no podía hallar la
generosidad necesaria para perdonarle. La nota de Max Mather, escrita pocos
días después, la había reprendido de manera amable pero firme.
Hugh se me escapó al fin, porque ése fue el modo en que él
arregló su propia destrucción. Deseaba estar a solas con su verdugo.
No creo que ninguno de nosotros tenga derecho a negar a
otro esa última concesión. Además, por mucho que a veces lo deseemos, no
tenemos derecho de propiedad sobre nuestros padres. Sienten tanta necesidad de
escapar de nosotros como nosotros de ellos... y después de todo, él fue un gran
artista de la fuga, un Houdini moderno... Enójate si tienes que hacerlo, sonríe
si puedes, pero en definitiva, y en beneficio de tu propia paz, tienes que
perdonarlo. Abrigo la esperanza de que también a mí me perdones, tu involuntario
subrogado en la última pasión de Hugh Loredon... Con amor,
MAX
Ésa era la última prueba, la más difícil y la más amarga.
También Max se le escapaba. El amado, infiel e informal Max, compañero de
tantos momentos de libertad y goce en Toscana, estaba convirtiéndose en alguien
muy distinto. Ahora tenía sus propios propósitos; y no se satisfacía mucho
tiempo con la posición de ayudante menor de Anne-Marie Loredon, o para el caso
de otra mujer cualquiera. Si ella deseaba conservarlo, y aún no estaba segura
de que ése fuese su propósito, tenía que extender la mano y aferrarlo antes de
que se alejase con otra mujer, como esa Leonie Danziger, que había llamado para
manifestar su simpatía, y al parecer sabía mucho más de lo que decía acerca de
Hugh Loredon y los Bayard...
Por otra parte, Anne-Marie no estaba muy segura de que
deseara tener cerca a nadie precisamente en este momento. Había mucho que
hacer. No deseaba sexo, aunque le hubiera venido bien una presencia afectuosa.
La ambición parecía absorber una cantidad terrible de adrenalina. Y además,
siempre le había agradado el sexo sobre todo cuando incluía la alegría...
exactamente como había sido el caso del finado Hugh Loredon.
La reanudación de las investigaciones policiales no fue
una sorpresa para Edmund Bayard. Sabía desde el principio mismo que la
exposición de las telas de Madeleine, en el escenario mismo del crimen,
reavivaría los comentarios y los rumores. También estaba claro que la Policía
tenía que protegerse de las críticas.
El hecho de que Hugh Loredon hubiese dejado una especie de
confesión en el lecho de muerte tampoco le sorprendía. A lo largo de toda su
vida ese hombre había sido un saltimbanqui, un perseguidor de mujeres, un
entrometido irresponsable en la vida de los demás. No importaba lo que hubiese
escrito —que fuese un acto de tardío arrepentimiento o un testamento final
firmado por la malicia—; de todos modos podía representar una auténtica
molestia, pero carecería de valor ante la ley a menos que estuviese confirmado
por otras pruebas, de las cuales Bayard no tenía la más mínima idea. Su propia
coartada había sido comprobada varias veces. Aún conservaba su validez, sólida
como la roca.
En la nueva línea de preguntas formuladas por la Policía,
lo que molestaba sobre todo a Bayard era la mención de ciertos papeles
pertenecientes a Madeleine, y el hecho de que él no podía identificarlos. En el
aire flotaba la idea de que Max Mather los había visto y de que por eso mismo
había podido escribir de manera tan clara y profunda acerca de la vida y la
obra de Madeleine Bayard. Dada la existencia de esos materiales de carácter
personal, y la posibilidad de que cayeran en manos de la Prensa, su propia
intimidad —ese pequeño reducto de quietud que aún quedaba en su existencia—
estaba amenazada de veras. Su frágil respeto por sí mismo podía quedar
destruido de un golpe; y nada ni nadie en el mundo podría restablecerlo otra
vez.
Ésta era la amenaza real, que se cernía como una nube de
tormento sobre su vida. Madeleine le había sido infiel centenares de veces. Lo
que era todavía peor, lo había obligado a hacer el papel del tonto, el blanco
del desprecio de sus amantes y compinches. Bayard había sobrevivido una vez a
todo eso, e incluso había estado a un paso de la salvación con Anne-Marie. Pero
si eso fracasaba y ella no respondía a su llamada, se enfrentaría al verdadero
horror, y su mundo adquiriría perfiles muy sombríos.
Había experimentado antes ese mismo temor. Era un síntoma
de la enfermedad depresiva que lo había afectado en ciclos recurrentes a lo
largo de su vida, pero que había sido identificada clínicamente sólo durante
los últimos años. Bayard había aprendido a dominar los salvajes altibajos de la
tendencia a la depresión, sabía cabalgar sobre todo eso del mismo modo que un
marino cabalga sobre la marejada, con la tormenta a popa, nunca a proa de la
nave, descendiendo y elevándose, pero sin permitir que el mar le destrozara.
Pero ahora las olas del mar eran altas como montañas y la cordura parecía una
bala más frágil que nunca.
Deseaba tener a Anne-Marie. Deseaba salvar las barreras
del afecto medido para llegar al abismo de pasión que se abría después.
Seguramente ella tenía necesidades sexuales. No podría vivir siempre como una
monja. Y no siempre lo había hecho. Max Mather podía atestiguarlo. ¿Entonces?
¿Quién era su rival? Concedería plazo a Anne-Marie hasta la exposición, y
después la obligaría a aclarar su situación.
Lo cual lo llevó de nuevo a pensar en Max Mather. Ese
hombre tenía todas las cualidades de un sinvergüenza atractivo: una buena
educación, un gusto cultivado a expensas de otros, el encanto de la deferencia,
con un rostro armónico y un cuerpo atlético como complemento. Era demasido para
un hombre. Y era todavía más que demasiado que hubiese escrito un retrato tan
íntimo y exacto de Madeleine, y una imagen tan trágica de su matrimonio maldito
y destructivo. Lo que era todavía peor, en la obra de Mather no había malicia;
sin embargo, su compasión misma era una afrenta... Mather podía ser un cliente,
el amigo de Anne-Marie, un colaborador valioso en el negocio de la galería,
pero en ese momento sombrío se convirtió en el foco de todos los temores y la
desconfianza que otrora se habían centrado en Hugh Loredon. La fría razón decía
a Bayard que ésa era una locura, urgente y peligrosa; pero en el centro del
huracán no había raciocinio, sólo turbulencia, oscuridad y la simiente de la
destrucción... La campanilla del teléfono le devolvía a la realidad. Descolgó
el auricular. Un miembro del sindicato de compradores estaba en la línea.
—Ed, los muchachos han estado mirando las diapositivas de
Holanda... ¿Cómo se llama el tipo? ¿Cornelis Janzoon? Les gusta mucho lo que
han visto. Desean saber si existen posibilidades, de organizar una exposición
en Nueva York. Si eso pudiera lograrse, es evidente que deberíamos comprar
algunas obras ahora mismo y conservarlas.
—Sé que Max, en efecto, habló de la exposición con
Janzoon. No es probable que haya hablado aún del tema con Anne-Marie. Como
usted sabe, el padre murió hace muy poco... Pero deje el asunto en mis manos.
Hablaré del asunto. Si llegamos a comprar, ¿cuánto autorizarían en nombre del
sindicato?
—Con una exposición... , cincuenta mil. Como máximo
sesenta.
—Hablaré con Anne-Marie y después me comunicaré otra vez
con usted. Creemos que Mather llegará más o menos dentro de una semana.
—Ed, ¿está bien? Su voz suena un poco alterada. —He tenido
una mala mañana con un cliente difícil.
—¡Ed, no permita que eso lo afecte! Usted es el gurú;
trate de mantenerlos en la ignorancia y la humildad. ¡Qué lo pase bien!
Bayard colgó el teléfono y después llamó a Anne-Marie, que
se encontraba en el estudio. Preguntó:
—¿Ha tenido oportunidad de examinar el material de Janzoon
que Max envió de Ámsterdam? —Sí, lo he visto. Parece muy interesante. —¿Tan
interesante que justifique una exposición?
—Ed, es demasiado temprano para adoptar esa decisión.
Tenemos que ver cómo se desarrolla la exposición de Madeleine. Después, hemos
firmado contrato con Oliver Swann... Es decir, tendremos dos artistas
figurativos seguidos. Creo que debemos considerar una escuela distinta en la
tercera exposición. Hay varias alternativas. Me gustaría mantenerlas todas. De
modo que no quiero sufrir presiones en esta cuestión hasta que hayamos
comenzado.
—Lo sé. Lo que ocurre es que algunos miembros de nuestro
sindicato están muy interesados en Janzoon.
—¡Y les gustaría comprar algunas obras y que yo les
facilitase el mercado! Ed, no jugaré a ese juego. Estoy segura de que tampoco
Max aceptará. —Él es miembro del sindicato.
—Pero también me representa; de modo que si hay conflicto
de intereses, es mejor que quede claro ahora mismo.
El asunto estaba descontrolándose. Bayard trató de
suavizar a Anne-Marie.
—Estoy seguro de que no hay nada por el estilo. Max se ha
comportado muy bien. Nos envió recomendaciones. Corresponde al sindicato
decidir lo que desea comprar... y a usted decidir lo que desea exponer.
—¡Así, pues, todo el mundo conoce las reglas!
—Sin duda, ¿Puedo invitarla a almorzar? ¿A cenar?
—Me encantaría... si usted me garantiza que todos los
trabajos concluirán antes de que finalice esta semana. Ahora mismo estoy
sobresaturada de trabajo. —¿Por qué no contrata empleados?
—Porque intento mantener bajos los gastos generales y
puedo hacer las cosas a un precio más bajo y con más rapidez si me ocupo yo
misma... A propósito, hoy ha estado aquí la Policía. —¿Y qué demonios querían?
—Comentar una carta que mi padre les escribió antes de
morir. —¿Le han enseñado la carta?
—No.
—En ese caso, confío en que se habrá negado a formular
comentarios. —Más o menos... Me han preguntado que cuándo regresaría Max.
—Le repito mi consejo. No permita que la arrastren a
formular comentarios o conjeturas acerca de un material que no están dispuestos
a mostrarle.
—Haré como usted dice. Lo llamaré el viernes por la mañana
temprano. —Estaré pendiente de su llamada. ¿Sabe algo de Max?
—Me ha mandado un largo mensaje en el que me habla de
Niccolo Tolentino, con una lista de los doce temas de sus clases. Ésa es otra
cosa que debo comenzar a promover. Max espera llegar el domingo por la tarde
con Air France, de París. Será agradable volver a verlo.
—Muy agradable —dijo Bayard—. En efecto, muy agradable.
En Zurich el día estaba llegando a su fin. Niccolo
Tolentino había sido abrazado, reanimado, documentado, provisto con fondos de
viaje, instado a jurar que guardaría silencio y devuelto a Florencia en un
vuelo vespertino. Max Mather y Alois Liepert charlaban sobre los pasos
siguientes en relación con los cuadros de Rafael. La recomendación de Liepert
fue clara y enfática.
—Ahora necesitamos un período de espera..., por decirlo de
algún modo, tenemos que enfriarnos un poco. Usted sabe que posee los
originales. Puede presentarlos cuando le parezca bien. Palombini no necesita
cancelar sus pagos hasta finales de junio. Los artículos se publicarán ahora.
La curiosidad, y por lo tanto el valor de mercado, aumentará... De manera que
no haga nada, Max. Sumerja su alma en un pozo de paciencia. Necesita regresar a
Estados Unidos. ¡Vaya! Déjeme un poder y yo podré hacer todo lo que sea
necesario. Las compañías funcionan por procuración, de modo que pueden ejecutar
actos legales sin usted... Si quiere ser un buen tratante de arte, Max, debe
aprender una lección: paciencia. Y como lo demuestran sus antecedentes, usted
no es un hombre muy paciente.
—Coincide con usted, Alois. De modo que haremos lo que
dice. Me voy a Estados Unidos. Usted manda aquí. Pero, ¿qué haré con Gisela?
—Perdóneme, amigo mío; pero también está dándose excesiva
prisa en ese asunto. Ella es una joven suiza muy inteligente, muy moderna, pero
también muy tradicional. Suiza continúa siendo el país de la Reforma. Calvino y
Zwingli aún caminan por los senderos de las montañas. Gisela le ama. Aprueba
una activa vida sexual entre amantes, pero apenas perciba indicios de que usted
incurre en prácticas comerciales un tanto inescrupulosas, se erizará. Ahora que
tenemos nuestro contrato, puede manejar la situación de la familia Palombini.
He afrontado cosas mucho peores con otros clientes. Como abogada, Gisela
también puede encargarse del problema... más aún, ella organizó esta táctica;
pero el otro día dejó caer una frase que me dio qué pensar. Dijo: «En un
matrimonio es necesario que haya "compatibilidad de la
conciencia"...»
—Capto el mensaje. —Mather se encogió de hombros—. Supongo
que es lo que estoy tratando de hacer ahora, o sea, hallar el modo de saldar
las deudas, financieras y emotivas, sin llegar a la quiebra y arruinar la
reputación que estoy empezando a forjarme.
Liepert asintió de forma discreta.
—Apruebo eso. Hay pocos absolutos en las cosas humanas...
y la ley es a menudo un asno hecho y derecho.
—¡Por completo de acuerdo! —intervino Gisela, las mejillas
sonrosadas después de su caminata desde la Universidad. Los besó a ambos, y
después se dejó caer en un sillón—. Alois, ¿qué puede ofrecerme de beber?
—Lo que haya en el armario. Sírvanse ustedes mismos.
Regresaré apenas haya firmado la correspondencia y...
Sonó el teléfono. Liepert lo cogió, escuchó unos momentos
y después pasó el auricular a Mather. —De Estados Unidos, para usted.
Casi sin pensarlo, Mather oprimió el botón que establecía
la conferencia telefónica. La voz deformada de Leonie Danziger resonó en la
habitación.
—Max, habla Danny. Aquí está la Policía. Me han arrestado
por el asesinato de Madi Bayard. Es la única llamada telefónica que me permiten
hacer. Por favor, ¡ayúdeme!
—¡Eso haré. Ahora, mantenga la calma y contésteme con
claridad. ¿Le han leído sus derechos?
—Sí.
—Entonces, aténgase a ellos. Guarde silencio. No diga una
palabra hasta que yo le consiga un abogado. ¿Me ha entendido?
—Sí.
—¿Carol está con usted? —No. Tiene clases.
—Pregunte al policía que ha ido a arrestarla si le
permitirá dejar una nota para informar a Carol de lo sucedido. Diga a su amiga
que espere mi llamada. Saldré de aquí tan pronto pueda conseguir un vuelo.
Después, veremos si puedo conseguir su libertad bajo fianza. ¿Cuál es
exactamente la acusación?
—Asesinato en primer grado.
—¡Oh, Dios mío! No es posible. Pregunte al policía si está
dispuesto a hablar conmigo. Hubo una pausa breve, un murmullo de charla
ininteligible y después una voz de hombre contestó:
—Habla Sam Hartog. ¿Quién es?
—Max Mather. ¿La acusación es como dice la señorita
Danziger?
—Me temo que sí. Asesinato en primer grado.
—Le conseguiré un abogado.
—Me parece una actitud sensata.
—Por supuesto, él pedirá la libertad bajo fianza.
—Por supuesto... Señor Mather, ¿cuándo supone que
regresará?
—Mañana..., al día siguiente, apenas pueda conseguir
vuelo.
—Desearíamos conversar con usted en cuanto llegue.
—El deseo es mutuo; deme un número... Gracias. ¿A dónde
llevan ahora a la señorita Danziger?
—A la comisaría de Policía. Cuanto antes usted pueda
hablar con el abogado, tanto mejor. ¿Desea hablar otra vez con ella?
—Sí, por favor... Danny, está todo bajo control. En una
hora, le habré conseguido un abogado. Y muy pronto irá a verla. Tenga valor.
—Oh, Max, ¿cómo puedo agradecérselo?
—Manténgase serena. Estaré con usted en cuanto pueda.
Adiós.
—Estoy impresionada —dijo Gisela Mundt—. Sir Gallahan, al
instante al servicio de una damisela en aprietos. ¿Nos explicará todo esto? —Lo
haré. Ahora, calle y déjeme continuar.
Ya estaba marcando el número de la oficina de Ed Bayard.
Según le informó la secretaria, Bayard estaba en conferencia con un cliente.
—Entonces, por favor, ¡sáquelo de allí! Dígale que Max
Mather habla desde Zurich y que es un asunto muy urgente.
Bayard se acercó al teléfono. Habló con voz seca e
irritada. —¿Qué demonios es este asunto urgente? Mather se lo explicó. Bayard
guardó silencio, impresionado. —... Por lo tanto, necesito un buen abogado,
¡ahora mismo!
—No puedo ayudarle, Max. Somos una firma comercial, no un
estudio de penalistas. Mather estalló, furioso. —¿Qué respuesta es ésa?
—Una respuesta prudente. —Bayard respondió con frialdad—.
La víctima fue mi esposa. Parece sensato y necesario mantenerse a distancia de
la acusada, ¿no cree?
—En ese caso, mantenga su actitud. Deme un número, Ed. Yo
resolveré el resto cuando regrese a Nueva York...
—Espere un momento.
Esperó tres largos minutos antes de que una secretaria se
acercase al teléfono con la información. —Señor, el nombre que usted necesita
es George Munsel. Código 212, número 735-4141. ¿Lo tiene?
—Sí —dijo Mather, y cortó con brusquedad la comunicación.
—¿Puedo ayudar? —preguntó Gisela Mundt. —Todavía no. Pero sírvanos una copa.
Marcó el número de Manhattan y habló con una voz fría de
club universitario que se identificó como George Munsel. Mather se zambulló sin
rodeos en un enérgico relato de las circunstancias y la necesidad de Danny
Danziger.
Munsel preguntó:
—¿Y cómo me ha encontrado?
—He preguntado a Ed Bayard, que es quien me representa. De
pronto ha invocado la prudencia y el conflicto de intereses. Lo he mandado al
infierno. Su secretaria me ha dado su número. Debo destacar el hecho de que él
no lo recomendó.
Munsel se echó a reír. La risa parecía expresar cierto
alivio. Preguntó:
—¿Quién paga la cuenta?
—Yo. Recibirá un cheque apenas llegue.
—¿Fianza?
—Danny Danziger tiene un empleo estable y lucrativo, y es
dueña de su propio apartamento. No puedo creer que se la considere candidata a
la fuga. —¿Cuánto sabe de todo este asunto?
—No estuve implicado en ello, si a eso se refiere. He
estado fuera del país durante estos dos últimos años. Pero a causa de mi
relación con Anne-Marie Loredon y su finado padre me he visto arrastrado por
las circunstancias. Además, estoy en posesión de los papeles privados de
Madeleine Bayard.
—¿Dónde están?
—Aquí, en Zurich.
—Déjelos allí. Traiga un juego de copias certificadas.
Repito, certificadas. —Entiendo. Supongo que ello significa que usted acepta el
caso.
—Ante todo, debo hablar con la señorita Danziger. Saldré
ahora mismo. Llámeme cuando llegue a Manhattan.
—Lo haré. ¡Y gracias!
Gisela le entregó un vaso de whisky. Después, Mather llamó
a la galería de Anne-Marie Loredon. Ella acababa de oír por la radio la
noticia. Se mostraba casi incoherente a causa de la impresión.
—Max, esto es terrible para nosotros. ¡Faltan tres semanas
para la inauguración y tenemos este terrible lío! Te necesito aquí. No puedo
afrontarlo sola.
—Llegaré mañana. Mantente firme. No nos atemorizamos por
la amenaza, la usamos. Apenas llegue, convocaremos una reunión de nuestros
agentes de publicidad y los especialistas en relaciones públicas... ¿Te
comunicaste con Bayard?
—No. ¿Y tú?
—Sí. He hablado con él. Le pedí que me encontrase un
abogado para Danny Danziger. Ha huido despavorido. Puedes decirle de mi parte
que es una basura.
—Max, eso no es justo. Se acusa a esa mujer de haber
asesinado a la esposa de Bayard. ¿Cómo puedes pretender que él colabore en la
defensa?
—¡No discutamos, querida! Sucederán cosas peores.
Necesitamos mantenernos unidos. Te llamaré en cuanto llegue. Tomaremos una copa
y celebraremos un consejo de guerra en mi apartamento.
—¿Qué digo a la Prensa?
—Te sientes sorprendida. E impresionada. No puedes
creerlo. Abrigas la esperanza de que se hará justicia... y en todo esto hay un
extraño eco del drama griego que también ellos percibirán cuando concurran a la
exposición, que, por cierto, comenzará en fecha... Escribe todo esto antes de
olvidarlo. ¡Hasta luego!
—¡Y otra mujer agobiaba se anima gracias a la presencia de
este joven caballero! —dijo Gisela Mundt con un gesto operístico—. Son dos,
hasta ahora. ¿Cuántas más? A pesar de sí mismo, Mather se echó a reír.
—Bien, podría acudir a una de mis viudas adineradas para
reunir el dinero de la fianza. Y si ella no realiza su aportación, tendré que
repasar las páginas de mi libro negro... Hablando en serio, todo esto es
macabro. Ésta es la historia que Hugh Loredon me relató en Ámsterdam. Le dije
entonces que era un mentiroso. Pero es evidente que la carta que escribió
afirma que Danny Danziger fue la asesina. ¿Por qué? ¿Por qué un hombre tiene
que mentir cuando afronta una muerte segura?
—Porque es el momento más apropiado para proceder así
—dijo Gisela Mundt—. Uno puede decir lo que se le antoja... Bien, llamemos a
Swissair y veamos qué vuelos salen para Nueva York.
Había un asiento libre en un vuelo de las once de la
mañana a Kennedy, de modo que disponía del tiempo justo, durante esa misma
tarde, para ir al Banco, retirar dinero, fotocopias y documentos. Pidió un
automóvil para las ocho y cuarto de la mañana, y ordenó a Swissair que le
reservara una limusina en Kennedy. De modo que tuvo que hacer una sola llamada
más antes de que todos salieran de la oficina de Liepert. Mather insistió en
llamar a Berchmans, en París. La reacción del anciano fue moderada.
—¿Cree que ella cometió el crimen?
—Sé que no lo hizo.
—¿Puede demostrarlo?
—Espero que sí... Debo decirle una cosa. Estoy haciendo
copias de los papeles y los cuadernos de bocetos de Madeleine. Pueden
secuestrarlos como pruebas. Usted aparece en las dos series de materiales,
aunque de un modo no demasiado conspicuo ni excesivamente escandaloso.
—¿No hay modo de sacarme de la circulación?
—Me temo que no. Con franqueza, los medios de difusión a
lo sumo podrán publicar algunos chistes obscenos.
—Sin embargo, ¿puedo confiar en su juicio acerca de este
asunto? —Me temo que no tiene alternativa.
—Bien. En pocos días más voy a Nueva York. Llame a mi
oficina en esa ciudad, y le dirán la fecha exacta. Debemos reunirnos otra vez.
He hecho arreglos con el fin de que los dos cuadros de Rafael que están en
Brasil sean enviados para su inspección. Me gustaría que los viéramos juntos.
—Gracias. Cuando llegue ese momento creo que tendré más
noticias acerca de los originales.
—Los cuales, por supuesto, tendrán que ser verificados.
—Desde luego.
—Deberíamos conversar acerca del modo de poner en venta
las obras. —También eso.
—Ahora, le voy a dar un consejo. Vigile a Seldes. No
simpatiza con usted. Siente celos, y puede ser peligroso.
—Gracias por decírmelo.
—Una mano lava la otra —dijo Berchmans, y cortó la
comunicación.
CAPÍTULO XIV
George Munsel, abogado defensor de Leonie Danziger, fue
hasta cierto punto una sorpresa. Medía un metro noventa, era delgado como una
estaca, y tenía las manos grandes, los pies grandes, un rostro escandinavo que
parecía tallado en piedra, un mechón de cabellos rubios y una sonrisa de
inocencia infantil. El problema principal de su vida parecía ser adaptarse a la
escala de los mortales comunes y corrientes. Se inclinaba para atravesar una
puerta; andaba de lado entre los muebles; se esparrancaba sobre una silla; se
inclinaba para escuchar a la gente. Mather lo asoció con la imagen de un
antiguo sabio nórdico inclinado en actitud compasiva sobre el pueblo llano. En
el pequeño apartamento de Max Mather, extendió las piernas largas bajo la mesa
del comedor, desdobló sus notas y su cuaderno y presentó su informe en un
recitativo dicho con voz de barítono profundo.
—Una rápida reseña. La clienta me acepta, yo la acepto.
Necesito un pago inicial de diez mil... Todavía no sabemos gran cosa, pero la
oficina del fiscal se muestra bastante confiada en el sentido de que podrá
presentar una acusación de asesinato en primer grado. La muchacha niega la
acusación pero acepta la existencia de circunstancias e implicaciones
perjudiciales: una asociación lesbiana con la víctima, varias riñas, una visita
al estudio el día del asesinato, una llamada a Hugh Loredon... Mi conjetura es
que se nos ofrecerá la posibilidad de una confesión. Mi instinto me lleva a
rechazarla, a pedir una fianza razonable y a litigar el caso.
—Fianza —preguntó Mather—. ¿Cuánto?
—Es demasiado temprano para decirlo, y en todo caso no le
toca a usted la responsabilidad de pagarla.
—Deseo ayudar si puedo. —¿Porque ella es su editora?
—Porque es una editora condenadamente buena... y le debo
eso.
—Un punto de vista interesante. De acuerdo con su propia
confesión, la dama es lesbiana. —Eso es impertinente —dijo Mather—. ¿Qué más?
—¿Qué más hay en su historia, señor Mather?
Max Mather relató su versión, en tono sereno y sin
adornos, y mientras lo hacía se maravilló de comprobar hasta qué punto se había
implicado en la cuestión —y en tan breve espacio de tiempo—, es decir, en la
vida de todas estas personas. Munsel escuchó, casi siempre en silencio, e
interrumpió sólo para aclarar cierto elemento del relato o para tener tiempo de
anotar un punto... Después, pidió a Mather que lo repitiera todo dos veces,
cada detalle de sus encuentros y conversaciones con Hugh Loredon, desde el
primer almuerzo en el apartamento hasta el apretón de manos con que se
separaron en Ámsterdam.
Luego, dirigió su atención a la carta que Danny Danziger
le había escrito y las fotografías que ella le había enviado, y que se referían
a la investigación policial. Su comentario definió la inquietud que Mather
había sentido, pero a la cual no había podido asignar nombre, cuando por
primera vez leyó los documentos.
—Esto me molesta —dijo Munsel—. Escribe en actitud de
distanciamiento total, como si sencillamente estuviera resumiendo la
información recogida de otros. La única concesión está en las frases «muchos de
nosotros estamos implicados en ello»... y así por el estilo. En resumen, en
esencia la carta es una falsedad.
—También a mí me molestó cuando la leí —dijo Mather—. Pero
entonces no sabía lo que ahora sé. Si usted lee los diarios de Madeleine
Bayard, percibirá una razón posible que explica la mentira... Tómese su tiempo.
Prepararé un par de copas. ¿Qué prefiere?
—Vodka con agua tónica, por favor. —Munsel ya se había
sumergido en la lectura.
Mather sirvió las copas y después pasó al dormitorio para
llamar a Anne-Marie. La conversación entre ambos fue breve. La joven se sintió
muy complacida por el regreso de Mather. Se reuniría con él para cenar, a las
ocho. Oh, y le rogaba que llamase al apartamento de Ed Bayard. ¿Por qué? Ed se
sentía muy mal a causa de su propia conducta. Deseaba disculparse y renovar la
amistad... A partir del principio de que incluso los amigos como Bayard eran
mínimamente mejores que los enemigos, Mather aceptó llamar la mañana siguiente.
Telefoneó a Harmon Seldes, y le sorprendió comprobar que el director de la
revista le ofrecía una efusiva acogida:
—¡Mi estimado Max! ¡Qué placer tenerlo de regreso! ¡Dios
mío! La oportunidad no podría haber sido más propicia... publicamos su artículo
acerca de Bayard; arrestan a Danny Danziger... Es evidente que se trata de un
terrible error. Tiene que serlo. Todos rezamos por ella.
—En ese caso, estoy seguro de que sería útil que usted
apoyase la petición de fianza de Danny Danziger.
—¿Cómo puedo hacerlo?
—Concurra al tribunal. Muéstrese dispuesto a atestiguar
que ella tiene empleo fijo, que es muy valiosa para la revista..., ese tipo de
cosas. Además, Harmon, eso también será bueno para la moral del personal.
—Veré lo que puedo hacer... Ahora, hábleme de los cuadros
de Rafael. Berchmans dice que usted está progresando mucho... y que usted,
viejo zorro, se ha enganchado de nuevo a los Palombini.
—Me pidieron que los representase. Habría sido absurdo
negarme. —Sí, claro, comprendo. ¿Cuándo lo veré?
—La acusación no abarcará mucho tiempo. Hablemos después
de eso. Tengo una sugerencia acerca de un artículo complementario en relación
con la historia de las obras de Rafael.
—Muy bien, hablaremos del asunto. Haré todo lo que pueda
para apoyar la petición de la fianza. Deseo me informe cuanto antes acerca del
punto en que se encuentra la investigación de las obras de Rafael. Sé que ha
hablado usted de ello con Berchmans, pero el viejo entrega información como si
fuese dinero... Usted y yo debemos charlar un rato. Es muy importante. De
nuevo... ¡bien venido a casa!
George Munsel continuaba enfrascado en los manuscritos y
los cuadernos de bocetos de Madeleine Bayard. Levantó la mirada cuando Mather
entró en la habitación, y preguntó en tono brusco:
—¿Por qué Hugh Loredon le entregó este material?
—Nunca he podido aclarar del todo ese punto. Creo que vio
en estos papeles un arma contra Bayard. Y cuando leí los textos y vi los
dibujos me incliné a coincidir con él. —¿Por qué retuvo el material? ¿Por qué
no se lo devolvió? —Me dijo que lo guardase. —¿Le dio una razón?
—Sí. Dijo: «Para la Policía es una colección de pruebas;
para usted es el hallazgo del tesoro.» Lo cual, dadas las circunstancias,
corresponde en realidad a la situación. George Munsel le ofreció su sonrisa
ancha e inocente.
—Pero, ¿por qué le entregó a usted este material, y no
prefirió enviarlo a su hija? —Porque sabía que habíamos sido amantes. Siempre
me consideró una especie de protector. —La Policía le formulará otra pregunta.
—¿Cuál?
—Señor Mather, ¿usted comprende el sentido de la palabra
«encubrimiento»? —Sí. Significa ocultar el conocimiento de un delito. —Bien,
¿qué dirá la Policía?
—Los papeles de Madeleine Bayard no aluden a ningún
delito, sino tan sólo a las locuras de sus amigos y sus íntimos.
—Actos que, por supuesto, podrían guardar relación con el
delito que se cometió después. —Pero a mí no me competía ni me compete juzgar
esa relación.
—En todo caso, es evidente que Hugh Loredon creyó que
usted estaba en condiciones de emitir un juicio apropiado.
—¿Lo creyó, en efecto? ¿Cómo se demostrará eso?
—Buena respuesta, señor Mather. ¿Cómo interpretó usted la
intención de Hugh Loredon?
—No pude hacerlo con un mínimo grado de certidumbre. Mi
conjetura es que él quiso proteger a su hija de la angustia y el escándalo
después de su muerte. Es posible también que deseara aportarle una
documentación valiosa sobre Madeleine Bayard, pero no podía hacerlo de un modo
directo sin comprometerla en el ocultamiento de las pruebas... Así que se
dirigió a mí, confiando en que yo protegería los intereses de Anne-Marie.
—Me gustaría tomar otro vodka —dijo George Munsel—. Esta
vez sin agua tónica.
—En seguida.
—Bien, ahora permítame una pequeña sugerencia. Imagine,
sólo imagine, que Hugh Loredon estaba realizando una última y tortuosa
maniobra. —¿Para llegar a qué?
—Para destruir al hombre a quien temía y odiaba más.
Edmund Bayard.
—¿Y para hacer eso involucra a una mujer inocente con una
historia inventada? ¡Es absurdo!
—¡No tan absurdo! Observe lo que sucede después de la
acusación. La fiscalía tiene una confesión autenticada que es también una
acusación. El acusador está muerto, y no es posible interrogarlo. Si carece de
otras pruebas, y sospecho que tienen algunas, pero no bastantes, están en una
situación muy embarazosa. En especial cuando yo presente un documento de
refutación tan sólido como este material que tengo en las manos.
—Pero todo eso es antes del hecho.
—Excepto para el hombre que lo interpretará.
—¿Quién es?
—Usted, señor Mather.
—No sé a dónde quiere ir a parar.
—Usted es un erudito, señor Mather. Lo he observado con
atención. He leído sus dos artículos para Belvedere, pues Danny Danziger me lo
indicó. Su disciplina no pertenece al dominio de las bellas artes, sino al
estudio de los manuscritos antiguos y modernos. De acuerdo con mi enciclopedia,
ese estudio implica descifrar de manera certera los escritos del pasado,
examinar manuscritos a la luz de la evidencia interna (a saber, el contenido) y
la evidencia externa apoyada por otros documentos disponibles... Usted ya ha
revisado varias veces los papeles de Madeleine Bayard. Ha escrito un artículo
conmovedor y brillante... Deseo que repase otra vez el mismo material, en su
condición de paleógrafo, para hallar pruebas internas y externas sobre la vida
y la muerte de Madeleine Bayard. Si mi conjetura es correcta, lograré que usted
sea el testigo principal de la defensa...
Mather lo miró asombrado.
—¿Sabe que me está pidiendo? Esto no es un juego. Es una
apuesta por la libertad de una mujer y todo dependerá, no sólo de mi destreza,
sino de los extravíos de la mente de una mujer muerta y las fantasías que ella
creó para divertirse o para impresionar o para desorientar... ¡Ni siquiera
puedo intentarlo!
—¿Ni siquiera si yo le oriento un poco?
—No veo cómo podría hacerlo.
—Pruebe esto. —Pasó las hojas del Diario hasta llegar a
las dos últimas páginas—. Es el principio de la parte correspondiente al último
día de la vida de Madeleine... «Hace mucho frío. El estudio parece una tumba.
Enciendo todos los radiadores. Incluso así, no controlo mis dedos del todo, no
los controlo como debería para llevar a cabo este trabajo de escriba. Sin
embargo, la antigua costumbre determina que lo haga, a esta hora y de este
modo, porque de lo contrario el resto de mi día no transcurrirá con tranquilidad.»
...Señor Mather, interprete este pasaje para mí. Dígame su sentido tal como lo
concibe en este instante. La primera capa de crema, por así decirlo.
—Bien... —Mather repasó tres veces las líneas antes de
contestar—. «Este trabajo de escriba...» Se trata exactamente de eso. En los
Diarios ella utiliza un tipo de letra muy formal y regular, basada
en un antiguo estilo gótico francés llamado écriture
financière. La letra se denomina ronde o redonda, y como es redonda, recta y
acentuada en los trazos descendentes, escribir así lleva más tiempo y requiere
mucho más cuidado que la cursiva... «A esta hora y de este modo, de lo
contrario el resto de mi día...» Este pasaje indica que ella utilizaba el
Diario como una especie de ejercicio de calentamiento antes de dibujar y
pintar. Además, como sé algo de su trasfondo doméstico, yo diría que es
probable que el acto de escribir fuera una actividad que la liberaba y le
permitía expresarse después de una noche de tensiones conyugales... Hay también
un atisbo de superstición esto es: «Es necesario cumplir el rito, porque de lo
contrario el día comienza mal...» «El estudio es como una tumba...» ¡Y a
propósito ¿en qué consistía la calefacción? En verdad, no era calefacción
central...
—¡Bravo! —George Munsel lo interrumpió con una salva de
aplausos solitarios—. Muy bien. De esto exactamente estoy hablando. ¿Lo
intentará? Podemos encontrarnos cada día o cada dos días y comentar sus
hallazgos...
—Vale la pena intentarlo... Pero, ¿qué diré a la Policía
cuando empiece a presionarme?
—Una pregunta más antes de que responda a ésa. ¿Dónde
están los originales de estos escritos y dibujos?
—En una caja de seguridad en Suiza. —¿Quién es el dueño
del material?
—La compañía a la cual se lo entregué, o sea, Artifax
S.P.A. —¿Y si la Policía pide verlos?
—De buena gana los relacionaré con el abogado que
representa a la compañía.
—Bien. Y como yo lo acompañaré en esa entrevista, le
formularé las indicaciones necesarias. También llamaré a la Policía y
concertaré la hora y el día de la entrevista. Usted estará disponible, pero
será muy difícil aislarlo.
—¿Cuándo puedo ver a Danny?
—Con suerte se le concederá la libertad bajo fianza en la
sesión de mañana. En caso contrario, lo arreglaré para que usted la vea
inmediatamente después. Sin embargo, después de leer este material y oír lo que
usted acaba de decir, creo que se le concederá la fianza con una cifra
razonable. La joven posee recursos suficientes para realizar arreglos con un
vendedor de fianzas. Preferiría que usted no se comprometa demasiado ni se
acerque mucho a ella. Lo necesito como testigo experto, y de ese modo lo presentaré
en el juicio.
—Usted comprende que mi testimonio afectará a muchas otras
personas; y sobre todo a Ed Bayard, y a Anne-Marie a causa de su padre, sin
hablar de todos los hombres y las mujeres que aparecen en los Diarios y en los
dibujos.
—Vayamos por orden. ¿Ed Bayard? Recibirá su parte de
acuerdo con el desarrollo del juicio. No estamos persiguiéndolo. Defendemos a
un cliente. ¿Anne-Marie Loredon? Está en una situación difícil. No cabe duda de
que su padre se verá desacreditado. Quizá pierda los beneficios del seguro si
la compañía decide considerar suicidio la muerte de. Loredon. Sí, será una
situación desagradable para ella, pero está en libertad, y nuestra cliente se
encuentra encarcelada, y aún tendrá que afrontar un juicio. En cuanto al resto
de los afectados..., es su problema, ¿no es cierto? Una de las dificultades del
circuito penal es que uno queda atrapado en una maraña que afecta a otras
vidas, y nunca sabe quién llamará a su puerta. En este caso, será un hombrecito
con un mandamiento que obliga a pasar un día entretenido en la sala del
tribunal. ¿Más preguntas?
—¿Qué le dio la idea de utilizarme como testigo experto?
—El material que usted escribió para Belvedere, así como y
el juicio de Leonie Danziger acerca de su talento.
—¿Y qué opina usted de ella?
—No estoy seguro de tener todavía una opinión. Es
inteligente, educada, pasional, afectuosa, y esto último es algo distinto.
Defiende con vehemencia su independencia, pero al mismo tiempo necesita de
manera desesperada depender de alguien. Es capaz de establecer vínculos
profundos, ya tiene uno con usted, pese a sus gustos lesbianos, y a mi juicio
ella sería capaz de asesinar. Pero por otra parte, todos podríamos matar, si la
provocación es bastante intensa. En resumen, es un carácter muy complejo, y su
imagen no está del todo clara en mi mente; y no tengo la más mínima intención
de llamarla al banco de los testigos... Y ahora, señor Mather, dígame lo que
piensa de ella. Mather explicó con voz fatigada:
—Harmon Seldes asignó a Danny la tarea de editora de mis
trabajos. También me dijo que ella era una intelectualoide con preferencias
sexuales poco corrientes. —¿Y es así?
—Sí.
—¿Cómo lo confirmó? —Ella misma me lo dijo.
—¿Y...?
—Y nada. Continuamos colaborando. Es una editora de primera
clase. Me ayudó muchísimo. No puedo abandonarla ahora.
—¿Y si el juez la considera culpable? Como usted sabe,
podría hacerlo.
—¿Qué quiere que le diga...? ¿Que Max Mather se irá al
mismísimo diablo?
—Así es —dijo George Munsel—. Le veré a las diez en el
Tribunal N.° 3. Gracias por la bebida.
Recogió sus papeles, estiró su largo cuerpo y salió de la
habitación caminando de lado. Eran las seis y media. Mather disponía de una
hora y media para comprar provisiones y preparar la cena antes de que llegase
Anne-Marie.
Ese encuentro prometía ser difícil. No deseaba celebrarlo
en un lugar público. Por lo que a AnneMarie se refería, todo lo que ella amaba
estaba en peligro: El nombre de su familia, su herencia, su carrera, sus
relaciones comerciales y personales con Ed Bayard. Para el propio Mather lo que
se jugaba tenía la misma importancia. Estaba desarrollando su carrera sobre la
doble base de los cuadros de Rafael y su representación de la prestigiosa
galería de Nueva York. El arresto y el juicio de Danny Danziger eran como el
primer retumbo de un terremoto que podía destruir todos los proyectos
organizados con tanto esfuerzo por los dos.
Igual que un terremoto, el crimen provocaba
extraordinarios efectos secundarios. El asesinato de Madeleine Bayard estaba
modificando la vida de diversas personas en Florencia, Zurich, Río y Nueva
York. El asunto de las obras de Rafael adquiría una nueva dimensión en el
contexto de un tribunal neoyorquino. Las relaciones casuales de Max Mather con
Anne-Marie ahora gravitaban a su vez sobre su vínculo cada vez más estrecho con
Gisela Mundt. Ed Bayard, a quien Mather había elegido como consejero legal, de pronto
adoptaba una actitud hostil, y del mismo modo súbito, ahora buscaba una tregua.
George Munsel era un nuevo catalizador que desencadenaba toda clase de
reacciones químicas con el fin de organizar la defensa de su cliente. Y el
propio Max Mather se había convertido en un hombre mutable, en un auténtico
camaleón que cambiaba de color y alteraba la configuración de su presencia para
confundirse perfectamente con el trasfondo y protegerse de los depredadores que
sobrevolaban siempre la escena de la catástrofe.
Una vez efectuadas sus compras, regresó caminando a su
apartamento, puso la mesa y comenzó a preparar los ingredientes en la cocina.
Era un ardid al que había recurrido con toda intención para mantenerse atareado
durante los diálogos iniciales con Anne-Marie. Lo que menos deseaba era tener
una confrontación de intereses o de opiniones. Además, deseaba transmitir ecos
reconfortables de Florencia, de las ocasiones en que él servía cócteles en la
terraza de Anne-Marie y después se instalaba en la cocina para preparar la
cena. Un poco de nostalgia quizás ahora suavizara la velada. Las duras verdades
de la situación podían parecer un poco más gratas en medio de cierta atmósfera
florentina... Pero esa cuidada escenografía se hizo pedazos cuando Anne-Marie
llegó en compañía de Ed Bayard. Mather se enfureció, pero consiguió reducir su
cólera a una opaca cortesía.
—Ed, me temo que sólo le invitaré a beber una copa; y
después le echaré. Anne-Marie y yo tenemos muchos asuntos de qué hablar y
mañana tengo que hacer a la acusación y la entrevista con la Policía.
Era evidente que Bayard se sentía incómodo.
—No he querido entrometerme, Max. Anne-Marie ha insistido.
Deseo de veras disculparme por la actitud que adopté cuando usted llamó desde
Zurich. Estaba atrapado por la situación; una conferencia difícil, noticias
impresionantes, su presunción de que yo podía conseguir un abogado defensor en
un abrir y cerrar de ojos... De todos modos, lamento que haya sucedido. Si algo
puedo hacer...
—Gracias, no; pero George Munsel parece un hombre
inteligente. —No lo elegí yo. Se encargó de eso mi secretaria. —Entonces, la
llamaré para agradecérselo. —Ella lo apreciará.
Hubo una pausa embarazosa. Entonces, Anne-Marie formuló su
petición con voz balbuceante. —Max... Ed se preguntaba si podía echar una
ojeada al material que mi padre te entregó. —Me temo que eso es imposible. No
lo tengo. —Entonces, ¿dónde está? —En Suiza.
—Max, detesto insistir en esto. —Bayard hacía todo lo
posible por mostrarse cortés—. Pero los papeles de mi esposa son parte de su
herencia, y yo soy el albacea. Debo pedir que se me devuelva ese material.
—Para esa pregunta hay dos respuestas. Primero: Hugh
Loredon afirmó que Madeleine le había cedido los documentos. Si lo que dijo es
cierto él tenía perfecto derecho de entregarlos a quien prefiriese... En este
caso, a mí. Si hay derechos mejores que los que tenía Hugh, habrá que
demostrarlo ante el tribunal. Segunda respuesta: en su propia casa yo sugerí
que podría haber material de este carácter circulando por ahí, y que usted
debería contemplar la posibilidad de comprarlo. Si no recuerdo mal, usted dijo:
«¡Que me ahorquen si voy a comprar eso!» Le dije entonces que yo aceptaría
recibir este género de papeles por mi propia cuenta...
Fue eso exactamente lo que dije... ¿Recuerda esa
conversación? —La recuerdo ahora. La había olvidado. De modo que en efecto
usted afirma que los papeles de Madeleine le pertenecen.
—Ya no. Ya no los tengo en mis manos. Si lo desea, puedo
ponerlo en contacto con los abogados que representan a los propietarios
actuales.
—No es necesario. Es obvio que usted estudió esos papeles,
porque de lo contrario jamás habría podido escribir ese retrato de Madeleine
para Belvedere.
—Sí, los estudié...
—¿Qué... qué clase de imagen sugieren de mi persona y de
nuestro matrimonio?
—Una imagen muy íntima —dijo en tono sereno Mather—.
Íntima y debo decir que negativa.
—¿Usted o los propietarios actuales tienen la intención de
publicarlos?
—No abrigo esa intención. Los propietarios actuales quizá
decidan hacerlo, pero no creo que lo hagan. De todos modos, creo muy probable
que se citen esos documentos como prueba por la defensa. George Munsel ya me ha
comentado tal posibilidad.
—¿Usted vio o sabe lo que Hugh Loredon escribió a la
Policía
—No lo vi. Sólo sé lo que me dijo en Ámsterdam; y estoy
dispuesto a revelar eso sólo a AnneMarie.
—Deseo que él lo escuche, Max. —Anne-Marie intervino de
pronto en la conversación—. Tiene derecho. Todo lo que sucede ahora lo afecta.
Estoy vendiendo los cuadros de su esposa. Represento su colección. El
testimonio de mi padre afecta su vida... Los papeles de Madeleine te fueron
entregados.
—¡Precisamente, me fueron entregados! —Max Mather de
repente adoptó una actitud hostil—. De modo que yo decido con quién hablo. No
reconozco a Ed Bayard en este asunto... , sólo a ti. Lo que tú le digas después
es asunto tuyo.
—Eso es tonto y obstinado.
—¡No, querida! —Bayard había recobrado el control, y se
mostraba equilibrado y cortés—. Max se muestra muy razonable. Ha sido un error
por mi parte venir aquí. La llamaré por la mañana a la galería.
Depositó su copa y se dirigió a la puerta.
—Debo decir, Max, que usted ha cambiado desde la primera
vez que nos vimos.
—Ha sido un proceso doloroso. —La sonrisa de Mather
revelaba escasa alegría—. Es evidente que estoy madurando con retraso. La
puerta apenas se había cerrado tras el visitante indeseado cuando el control de
Mather se disipó, y él se volvió hacia Anne-Marie.
—¿Qué demonios te habías propuesto al traerlo aquí sin
advertírmelo y sin mi permiso? ¡Ésta es mi casa, por Dios! Tú estás invitada.
Eres una amiga a quien intento ayudar... Bayard es un factor negativo. Tú estás
pegada a él y yo quiero mantenerlo a distancia.
—Sólo deseaba disculparse...
—¡Al demonio con sus disculpas! Quería saber qué descubrí
en Ámsterdam, qué hay en los papeles de Madeleine, en qué clase de lío está
metido... ¡De ningún modo! Él fijó las normas básicas cuando no quiso mover un
dedo para recomendarme un abogado que defendiese a Leonie Danziger... Quería
mantenerse a distancia. Pues bien, por Dios, ahora lo ha conseguido... En fin,
por qué no preparas una bebida para los dos mientras yo me ocupo de la cena.
—No quiero cenar. Quiero hablar contigo.
—En tal caso, comeré solo. Puedes hablar mientras yo
cocino.
—Max, éste es un asunto demasiado grave para reñir.
—Tienes razón. Es un problema que se refiere a la muerte y
al desastre. Por eso mismo, ¿qué te ha movido a traer a Ed Bayard a mi
apartamento? ¿Querías empeorar las cosas?
—Lo siento. Me ha parecido natural y conveniente en aquel
momento. Max, por favor, no sigas riñéndome. No sabes lo que ha sido esto, con
la muerte de Hugh y tú tan lejos, y el peso de toda esta situación
agobiándome... por ejemplo, hoy mismo. Parecía que todo funcionaba bien, había
despachado mucho trabajo... las noticias acerca de Tolentino han salido por
correo, y he acabado también las invitaciones para la inauguración. He actuado
con bastante eficacia frente a la Prensa. Después, he decidido recorrer el
lugar desde la planta baja hasta el último piso... Tiene buen aspecto, Max. De
veras. Los operarios han hecho un trabajo excelente. Tu apartamento resulta muy
acogedor... Y mientras estaba allí el horror se ha cernido sobre mí. En ese
lugar había sucedido todo... He tenido la sensación de que el lugar cambiaba
ante mis propios ojos. Ha sido como si Madeleine estuviese allí, como si se
aferrase a mí y tratara de decirme algo. Me ha dominado el pánico, He corrido
hasta la planta baja y he llamado a Ed. Me ha prometido que acudiría de
inmediato. He ido al local de Negroni y allí he esperado su llegada. Luego,
hemos recorrido juntos la casa y todo había vuelto a la normalidad... De manera
que cuando él me ha propuesto venir conmigo para verte, me ha parecido la cosa
más natural del mundo... Estoy cansada, Max. Siento miedo de todo. Podrías
venderme el puente de Brooklyn sólo con que me hablaras en tono afectuoso.
—¡Muy bien! Prepara las bebidas. Siéntate en ese taburete
y hazme compañía... Hablaré del modo más afectuoso que me sea posible...
Lo cual no resultó ser una promesa fácil de cumplir dado
el carácter tan trascendental y directo de la primera pregunta de Anne-Marie.
—¿Cómo murió mi padre?
—Padecía cáncer terminal. No pudo afrontar la idea de un
fin doloroso. Prefirió una muerte compasiva en una clínica holandesa. Me ofrecí
para acompañarlo, pero quiso estar solo con el médico que lo hizo.
—¿Cómo fue?
—Con una inyección.
—No puedo comprender por qué rechazó mi presencia... ¿Qué
escribió a la Policía? —No lo sé. Supongo que se trata más o menos la misma
historia que me relató. —Tengo que saber qué te dijo, Max.
—Tendrás que mostrarte paciente, mientras te explico los
antecedentes, el tipo de vida que Madi vivía, el mundo que ella organizó en ese
lugar... —Mientras hablaba manipulaba los ingredientes de la cena. Los aspectos
mecánicos de la preparación, el lavado, el corte y la mezcla de los alimentos
aliviaban un poco la faz más sombría de la narración; pero por mucho que lo
intentase, no podía evitar la inexorable conclusión: Hugh Loredon había
denunciado a Leonie Danziger por un asesinato que él mismo había cometido. No
se atrevía a decirlo en palabras, pero tenía la extraña sensación de que
Anne-Marie ya había comprendido.
Era aquél un cuadro extraño: Mather con un delantal,
frente
a la mesada, sosteniendo en la mano un cuchillo grande;
Anne-Marie sentada en un taburete frente a él, pálida e inmóvil como una escultura
de piedra. Por fin, ella dijo con voz débil y lejana: —Max, escucho lo que me
dices pero no puedo... , no puedo asimilarlo; quisiera hacerlo, pero no
puedo... ¿Puedo servirme otra copa?
—Claro que sí. Y sírveme también una a mí.
Ella hizo una pausa, con la botella en la mano y la copa
todavía vacía para preguntar: —Todo esto..., quiero decir, ¿tendrás que
explicar todo esto ante el tribunal? —Sí, es inevitable.
—De modo que tú eres el auténtico verdugo, ¿no es así?
Eres el hombre que sostiene el hacha, porque nadie sabe tanto como tú.
—¿Esperas que permita que una mujer inocente vaya a la
cárcel?
—Ese es el problema, Max. Nadie es inocente. Todos
intervinieron en la muerte de Madeleine: Bayard, Hugh, la propia Madi, y todos
esos amantes anónimos. Todos, Max, excepto tú y yo. Pero ahora, precisamente
porque estoy vendiendo los cuadros de Madi, de nuevo he removido el lodo. Y
porque mi padre te dijo una mezcla de verdades y mentiras tú eres el hombre que
tiene poder de vida o muerte.
—Pero no sobre tu padre. Él ha salido del juego.
—¿Qué crees que le sucederá ahora a Ed Bayard?
—No lo sé. No entiendo por qué Hugh no señaló también a
Bayard. Se oponía con tanta firmeza a tu matrimonio con Bayard que habría hecho
cualquier cosa para destruir a ese hombre.
Anne-Marie sirvió las dos copas y entregó la suya a
Mather. Aún parecía sumida en un desconcertante ensueño.
—Ed Bayard es un hombre triste. En él no hay luz ni
alegría. Estar cerca de su persona es como encontrarse frente a una cárcel y
ver una cara, un rostro gentil y bondadoso, que espía a través de los barrotes
y después desaparece... Pero mi padre es la persona a la que no puedo entender
en absoluto... Lo conocí y lo amé como al individuo atrevido, desenvuelto y
romántico que subía al estrado y vendía cosas por valor de millones de dólares
con su golpe de martillo. Me compraba regalos extravagantes y de ese modo me
hizo comprender lo que significaba sentirse halagada y cortejada como mujer...
Cuando eres joven, para eso sirven los padres... Pero esta faceta desconocida
de su persona, el individuo atemorizado, sombrío, vengativo e intrigante, me
resulta completamente desconocida... No sé cómo situarla en mi vida.
—No lo intentes —dijo Mather con voz firme. Comenzó a
trabajar de nuevo con los alimentos, y limpió la carne, la alisó con un mazo y
esbozó con toda intención gestos ampulosos—. Tienes que pensar en tu futuro y
ese futuro está en la galería. Tú y yo conquistaremos por asalto esta ciudad, a
la Prensa y a los críticos y los compradores. Convertiremos en triunfo estos
malditos desastres. Mañana iré al tribunal. Después, ya estaré disponible para
trabajar con tu encargada de relaciones públicas y con los publicistas y para
aceptar entrevistas con los medios de difusión... Tendremos que enterrar a
nuestros muertos. Dejémosles, recemos una plegaria y que Dios los ampare.
—¿Y los vivos, Max? ¿Qué me dices de Ed Bayard?
—Él está enamorado de ti. ¿Cuál es tu actitud al respecto?
—Me siento protectora, agradecida... ¡impaciente!
—No hablas de entusiasmo, de pasión ni de sexo...
—¡Claro que no!
En ese caso, estás jugando con él, ¿verdad? Estás
utilizándolo como si se tratara de un salvavidas. No se sentirá feliz para
siempre con esta actitud. Antes estuvo allí con Madeleine... Y no olvides que
en el último mensaje que tu padre me dio me pedía que me asegurase de que nunca
te casaras con Bayard. ¿Qué más puedo decir? Ya eres una mujer adulta...
—Podrías decir que me amas y que sería agradable volver
ahora mismo a Florencia, beber cócteles en la terraza y contemplar cómo se pone
el sol tras los campanarios de las iglesias.
—Podría —dijo Max Mather con voz neutra—. Pero no sería
cierto. Estoy pensando en casarme.
—¡Dios mío! —Anne-Marie reaccionó en el acto—. Eso es
noticia... Max Mather casado. ¿Quién es, Max? Seguro que es rica... ¿Qué edad
tiene... La conozco?
Y de pronto, Anne-Marie comenzó a llorar de manera
inconsolada y cuando él intentó calmarla, le golpeó el pecho con los puños, lo
apartó con ademán brusco, corrió hacia el dormitorio y cerró la puerta tras
ella.
Mather se sintió conmovido por ese estallido sentimental.
El concepto que tenía acerca de su propio valor se había visto tan disminuido y
debilitado por el movimiento de relaciones casuales, e incluso por la afectuosa
desenvoltura del vínculo con Anne-Marie, que aceptaba y esperaba como cosa
sobrentendida que ella le considerase un mero anexo en su vida. Ella podía
trasladarlo, venderlo, o regalarlo, y nadie tenía derecho de quejarse. Recordó
el antiguo fragmento de Browning «acerca de una Toccata de Galupi»... «me
pregunto qué resta en el alma cuando es necesario terminar con los besos».
Por primera vez Mather comenzó a comprender lo que en
realidad estaba sucediendo entre él y Gisela. No era como un rayo del cielo
sereno. Se trataba más bien del florecimiento lento y constante de un tipo de
amor nuevo para él. Gisela le exigía más que cualquier otra mujer de su pasado.
Los besos y la aureola apasionada eran muy gratos, pero no bastaban. Ella
extendía las manos para abarcar mucho más y mucho más profundamente, para tocar
y retener el corazón y la voluntad de Max Mather.
A su vez, Mather tenía conciencia de que en él mismo
habían surgido nuevas dimensiones. Adoptaba una actitud positiva con respecto a
esa mujer. Se sentía celoso de la atención que otros hombres le prestaban. La
severa educación intelectual de Gisela le inducía a alcanzar niveles superiores
de realización personal y, tenía que reconocerlo, a avergonzarse de su
conciencia demasiado superficial con respecto a la vida y al amor.
Sentía afecto por Anne-Marie. Detestaba verla herida o
amenazada. Pero con Gisela era un amante y estaba enamorado. Un pretendiente
ansioso de demostrar su propio valor.
Una hora después, cuando llamó a Anne-Marie para que
saliera a cenar, ella se había serenado, se había peinado y enjugado las
lágrimas. Parecía dispuesta a olvidar el estallido.
—Max, necesitaba eso. Me comprendes, ¿verdad?
—Claro que sí.
—No me has dicho nada de tu futura esposa.
—Por buenas razones. Todavía no le he propuesto que se
case conmigo. —¿Quién es?
—Gisela Mundt, mi abogada en Zurich. Es joven e
inteligente, y bonita. Tiene una cátedra de derecho en la Universidad. Ha
despertado tanto mi corazón como mi conciencia dormida. ¿Qué más puedo decirte?
—Supongo que esto es suficiente. ¿Conoce tu siniestro
pasado?
—No le he enumerado la lista completa. Pero sí, lo conoce.
—¿Dónde os instalaríais?
—En el Continente. En Zurich o en Florencia.
—Eso significa que podemos seguir trabajando juntos.
—Por supuesto.
—Háblame de tu sindicato.
Mather le explicó los detalles de la situación. Después,
ella le habló de la petición de Bayard de que organizara la exposición de
Cornelis Janzoon. Mather se enfureció.
—¡Dios mío! Detesto que me manejen como si fuese un
caballo en una escuela de equitación. Al trote, al paso, al galope. No quiero
tener nada que ver con eso... Por lo demás, te aconsejo que prestes atención a
Janzoon. Pertenece a la gran tradición de los maestros holandeses.
—Max, por ahora no puedo efectuar más gastos. En este
mismo momento dependemos por completo de la exposición Bayard.
—En tal caso, hablemos de la campaña. ¿Qué sucedió ayer
con la Prensa?
—La mayoría de los contactos fue una sucesión de llamadas
telefónicas... personas que intentaban refrescar el episodio del crimen. Les
dije que llamasen a Ed Bayard, que posee un buen sistema defensivo en su
oficina. Por lo que a nosotros se refiere, anuncié que celebraríamos una
conferencia de Prensa cuando tú regresaras, y que además organizaríamos una
exposición previa en exclusiva para la Prensa, durante la cual se respondería a
todas las preguntas... ¡Max, tendrás que ocuparte tú de ese aspecto!
—No será tan fácil. Quizá te interroguen acerca de tu
padre y de la relación que él mantuvo con Madeleine Bayard. ¿Qué contestarás?
—Mi padre vivió su propia vida. Yo estoy viviendo la mía.
—Bien. Ahora, díganos, señorita Loredon, ¿qué papel
representa Ed Bayard en su vida? —Es el propietario de esta casa. Yo me ocupo
de vender los cuadros de su finada esposa. Represento su colección personal.
—¿No hay ninguna relación especial entre vosotros?
—Ninguna.
—Él dice que está dispuesto a casarse contigo en cuanto
aceptes.
—Se necesitan dos personas para bailar al son de esa
música. Ed Bayard es un buen amigo y espero que él ratifique mi afirmación ante
usted; yo soy una excelente tratante de arte... ¿qué le parece, profesor?
—Magnífico. Aférrate a esa línea de razonamiento.
—Y bien, Max, ¿cuál será tu aportación a la entrevista?
—Yo suministro la información comercial: El firme interés
que se ha despertado en varios países extranjeros, la propuesta de presentar a
nuevos artistas; y, claro está, la figura de Niccolo Tolentino. Me gustaría que
contemples la posibilidad de que él inaugure la exposición.
—¿Con todas esas pirañas de Manhattan? ¡Se lo comerían
vivo!
—No estés tan segura. Se trata de un hombre muy especial,
que se ha pasado la vida entera en compañía de los grandes maestros y aún es
capaz de llorar cuando contempla la maravilla de las obras maestras. No creas
que las pirañas se atrevan siquiera a acercarse a él.
—Lo pensaré. La gente espera que una inauguración se
ajuste a una rutina más o menos estándar.
—¡Lo sé! La directora de la galería aparece con una copa
en la mano, y un canapé y un catálogo, y se pasea entre los visitantes con aire
de sabihonda, y formula comentarios ingeniosos y abriga la esperanza de ser el
centro de las miradas, y de que nadie se ocupe demasiado de los cuadros. Vamos
a darles algo un poco distinto... Te guste o no, de cualquier modo será
diferente.
—Tengo miedo de que se produzca un bloqueo.
—No permitiremos que pase tal cosa. Situaremos allí gente
de forma indebida, pero la situaremos. ¿Cómo estás económicamente? Ella le
dirigió una mirada inquisitiva. —No esperaba de ti semejante pregunta, Max.
¿Por qué me la has hecho? —Escucha un momento. ¿Tenía tu padre seguro de vida?
—Sí. Por valor de medio millón. —El cual heredarás tú, supongo. —Eso me han
dicho. ¿Por qué?
—Porque si la forma en que murió tu padre se hiciera
pública, la compañía de seguros podría, digo que podría, iniciar una acción
alegando que se ha tratado de un suicidio, y tendrías problemas para cobrar.
—¿Existe alguna razón para que eso se haga público?
—Yo soy la razón. Soy un testigo de la defensa en el
juicio de Danny Danziger. Deberé responder a todas las preguntas que me hagan.
A lo mejor no me hacen ésa en concreto, pero, si es así, mi respuesta te
perjudicaría.
—Bueno, de todos modos no sería el fin del mundo.
Sorprendentemente, existe un fideicomiso que asciende a un cuarto de millón. No
conocía su existencia hasta hace dos días, cuando recibí una carta de Lutz
Hengst, los abogados que están a cargo del fideicomiso. Yo soy la beneficiaría.
El capital sólo podrá ser tocado con el consentimiento de ellos. Sin embargo,
no creo que sea necesario.
—Supongo que deberás contar con mayores sumas para
publicidad y relaciones públicas. —Ya he pensado en eso. Estoy dispuesta a
gastar si es necesario. —¿Quién organizó el fideicomiso?
—Mi padre. Hace unos doce meses. Y esa fecha corresponde
más o menos al momento en que supo que su vida estaba amenazada. Tú y yo
estábamos entonces en Europa. Tu Pía sin duda enfermó también en la misma
época.
—Sí, más o menos.
—Max, ¿ahora piensas en ella?
—A veces.
—¿Cómo?
—Con mucha ternura.
—Es agradable oírte decir eso.
—Es extraño... Un día, durante el último período, ella
dijo: «Sabes, Max, ¡no podría haberte acarreado más problemas si hubiera sido
tu esposa!» Los dos nos echamos a reír, pero tenía razón. Fueron los momentos
en que estuvimos más cerca el uno del otro. Y creo que también más cerca de la
relación propia de una pareja casada.
—Max, eres un hombre extraño.
—Puedo llegar a ser más extraño.
—¿Por ejemplo?
—Con suerte, mañana Danny Danziger saldrá en libertad bajo
fianza. Me propongo llevarla a la inauguración de la galería. Ella lo miró con
gesto de absoluta incredulidad. —¡No puedes hacer eso! —Puedo. Y lo haré.
—¡Max! ¡Por Dios! Es mi galería. El edificio pertenece a
Bayard. Estamos exponiendo los cuadros de su esposa muerta... ¡y tú propones
exhibirte con la mujer acusada del asesinato! ¿Qué intentas hacerme?
—Convertir tu exposición en una venta de gran éxito en
lugar de una función normal y fría. Lo convertiré en el éxito más escandaloso
de la década. Habrá una cola que dará la vuelta a la manzana y los medios de
comunicación cubrirán el edificio de extremo a extremo. El problema es saber si
tienes el coraje suficiente para afrontar la situación.
—Ya me conoces... , soy la pequeña huérfana Annie. Siempre
afronto las situaciones. Pero, ¿qué me dices de Ed Bayard?
—La misma pregunta. ¿Podrá soportar la tensión, o por lo
menos tú podrás manejarlo?
Pasó largo rato antes de que ella hablase, y cuando
despegó los labios no fue para responder, sino para formular su propia y
sombría cuestión:
—Max, ¿por qué, siendo como somos tan buenos amigos, de
pronto me amenazas así?
La acusación formal a Leonie Danziger fue un
acontecimiento de escaso interés. La Prensa dejó el tema en manos de los
cronistas judiciales quienes, partiendo del principio de que el arresto ya
había sido publicado y de que los fuegos artificiales llegarían más tarde,
apenas le prestaron atención. Los únicos miembros del público en el tribunal
fueron Harmon Seldes, Max Mather, una joven fea y regordeta ataviada con un
vestido vulgar que dijo llamarse Carol y media docena de curiosos que habían
entrado para disfrutar de la calefacción de la sala.
El fiscal leyó la acusación. George Munsel declaró no
culpable a su cliente, prometió una defensa muy vigorosa, y después pidió que
se dejase a la acusada en libertad bajo fianza, y al cuidado del propio Munsel.
Destacó que Leonie Danziger tenía antecedentes inmaculados, que tenía un buen
empleo en una revista distinguida, que era propietaria de su propia residencia
en Manhattan y que jamás había solicitado pasaporte. La fiscalía no formuló
objeciones. Se fijó la fianza en cinco mil dólares. Se estableció que el juicio
comenzaría tres meses después.
Leonie Danziger parecía aturdida. Abrazó a Max Mather, dio
las gracias a Munsel y a Seldes, y después se entregó a la joven llamada Carol
como un convaleciente a su enfermera. Mientras salían del edificio, George
Munsel dio una serie de breves instrucciones:
—Carol, ocúpese de contestar las llamadas telefónicas.
Danny no está disponible, repito, no está disponible, para los medios de
comunicación. Quiero que Max y Danny estén en mi oficina mañana por la mañana,
a las diez en punto. Reserven por lo menos dos horas para la reunión. Max,
quiero que usted traiga los documentos que estuvimos comentando ayer, y deseo
una reseña completa de todas sus conversaciones en Ámsterdam... Eso es todo.
Se alejó, una figura alta y desgarbada que se destacaba de
forma considerable, los pigmeos locales. Carol anunció con voz firme y seca:
—Llevaré a Danny a casa.
Detuvo un taxi que pasaba por allá en ese momento,
introdujo en el vehículo a Danny Danziger y desapareció sin más trámites.
—¡La madre gallina con su nuevo pollo! —dijo Harmon
Seldes—. Me ha parecido que nuestra Danny estaba un tanto apagada.
—Por Dios, sufre los efectos del golpe... Y dos noches en
el calabozo no es nada divertido.
—Nuestra Danny es más dura de lo que parece —dijo riendo
Seldes—. Y para el caso, lo mismo digo de usted, Max. Lo subestimé. —Usted
deseaba hablar sobre los cuadros de Rafael.
—Así es.
—¿Qué le ha dicho Berchmans?
—Que usted rastreó dos copias de Rafael que se encuentran
en Brasil, y que ahora es el agente autorizado de los Palombini para negociar
la recuperación de los originales. Desde luego, no conozco los detalles.
—Bien, la designación fue el resultado de una
coincidencia. Palombini estaba en Saint Moritz al mismo tiempo que yo. Formuló
la sugerencia. No me entusiasmó mucho; estoy atareado con mis propios asuntos.
Presionó un poco y realizó una buena oferta. Yo acepté... Así de sencillo.
—Pero esas copias que están en Brasil: ¿copias de qué?
—Los dos retratos. De los dibujos todavía no se habla.
Mientras repetía la narración ahora ya bastante trillada,
Mather le agregó muchos detalles y anécdotas destinadas a desviar a Seldes de
la cuestión fundamental: ¿cómo era posible afirmar que esos cuadros eran copias
si no eran comparados con los originales? Pero Harmon Seldes era demasiado
inteligente para caer en esas trampas infantiles. Inevitable como la muerte, se
suscitó otra vez el interrogante. Mather contestó con sumo cuidado.
—Niccolo Tolentino fue la clave. Naturalmente, entonces
era joven. Luca le encargó copiar los dos retratos. Entregó los originales y
las copias a Luca... Cree que las copias fueron llevadas a Brasil. Parece
natural que Luca haya deseado conservar los originales. Pero Tolentino tiene un
método infalible para identificar su propio trabajo..., un signo personal
incorporado al cuadro mismo.
—Y usted, Max, ¿conoce ese signo?
—Sí, lo conozco.
—¿Cómo es posible, si nunca ha visto la copia o el
original?
—Ah, hombre de poca fe —se burló Mather—. ¡Estamos
hablando del hombre que copió esas condenadas obras! ¡Semanas y meses de
trabajo! Me dibujó de memoria el signo, me mostró cómo identificarlo de modo
exacto y dónde podía estar.
—¿Puede enseñármelo?
—Lo mostraré, para usted y para Berchmans, cuando los
cuadros lleguen de Brasil... Pero me parece que está confundiendo el eje de la
cuestión. Ambos somos eruditos. Ambos nos hemos comprometido a escribir acerca
del tema, y hasta ahora nuestras teorías parecen confirmarse a la perfección.
—Lo que lamento observar —dijo Seldes, que al parecer no
se sentía muy complacido—, es que dos eruditos como nosotros demuestran las
hipótesis, y Henri Berchmans recoge la ganancia.
—No puedo hablar por Berchmans; pero no creo que yo
constituya una amenaza para usted. La familia me paga de manera directa sólo si
y cuando recupere las obras. No conozco los detalles de sus arreglos con
Berchmans, pero me parece que corresponden al plano del tratante o el
subastador... En ese caso, no veo que exista un conflicto de intereses entre
usted y yo.
—Sólo el siguiente, Max: las bellas artes, el arte
renacentista, representan mi disciplina. Les he consagrado la vida entera. En
ese terreno soy mejor de lo que usted podrá ser jamás. Mi nombre confirió
autoridad a su artículo en Belvedere. Yo le abrí las páginas. Yo le presenté a
Berchmans. Yo acepté su trabajo acerca de Madeleine Bayard..., y de pronto me
veo excluido del todo...
—No discuto nada de todo eso. —Mather era la bondad
personificada—. Pero aclare su idea, por favor. ¿Está pidiéndome un porcentaje
de lo que los Palombini me pagan... si alguna vez llegan a pagar? ¿Está
pidiendo una recompensa o bonificación o lo que fuere por las obras de
Madeleine Bayard? Como usted sabe, eso está fuera de mis manos. Sin embargo,
veo que se siente muy incómodo. ¿Qué puedo hacer para que se sienta mejor?
—En una palabra, Max, pese a que es usted un hombre de
realizaciones modestas, usted navega demasiado alto. ¡Usted es un advenedizo!
—Siento causar esa impresión.
—¡Así es, créame! He tratado con Berchmans durante toda mi
vida. He gastado con él millones de dólares procedentes de las galerías. Y
ahora, él trata con usted y no conmigo. Usted arma un tremendo escándalo con un
copista de las Pitti. ¡Dios mío! He conocido y comprado y vendido a los nombres
principales de nuestro tiempo... Suponía que una mínima cortesía hubiera debido
inducirlo a mencionar mi nombre ante los Palombini...
—¡Cálmese, Harmon! Calle y tranquilícese antes de que diga
cosas de las que puede arrepentirse. Usted es un gran estudioso del
Renacimiento. Lo reconozco. De eso no cabe la menor duda. Yo soy un animal
mucho más humilde, un paleógrafo no del todo malo. Pero una de las cosas en que
soy muy bueno es el método... Es imposible practicar mi profesión sin método.
No habría tenido el más mínimo sentido que yo mencionara su nombre o el de
Berchmans o el de los colegas suizos de quienes he llegado a ser muy amigo. ¿Qué
representa cualquiera de ustedes para los Palombini en esta etapa? Nada,
excepto nombres muy caros... ¡Futuros devoradores de comisiones! Por Dios,
Palombini es un mercader. Vive y respira ganancias y pérdidas. Él comprende mi
posición. Yo soy un antiguo servidor de la familia, una vieja leyenda de la
familia. Sabe qué terreno piso, qué hago, cómo actúo... En resumen, confía en
mí. También confiará en mí si, una vez que sepa dónde están los cuadros de
Rafael, cómo es posible obtenerlos y venderlos, le digo que es el momento de
convocar a los expertos como usted y Berchmans, y quizás a Hürliman, de
Zurich... Pero Harmon, ese momento aún no ha llegado. Ni siquiera hablé a
Palombini de Eberhardt y Dandolo o de los cuadros que se hallan en Brasil... y
hay buenos motivos que me inducen a proceder así, si bien no me considero en
condiciones de revelarlos ahora mismo... Eso es todo, Harmon, excepto que debo
repetir que conozco a Palombini y él me conoce, y que creo que éste es el mejor
modo de tratar con él... Si eso me convierte en un advenedizo, lo lamento.
—¡Por favor! Mis expresiones fueron desmedidas. Pero estoy
seguro de que usted comprende mi ansiedad...
—Por supuesto. Olvidemos las disputas y hablemos de un
artículo complementario sobre las obras de Rafael.
—Esta vez —dijo Seldes—, yo redactaré el material. De este
modo me encontraré en libertad de formular conjeturas que quizá no estén a su
alcance, en su carácter de representante de la familia.
—Usted es el director, y distribuye las tareas. ¿Desea ver
mis notas acerca de otro tema: el Arte y la Criminalidad?
—Sí, claro. Infórmeme cuando las tenga preparadas.
Conversaremos... Debo regresar a la oficina. ¿Quiere compartir un taxi conmigo?
—No, gracias. Caminaré un poco más. Después de hablar con
usted, tengo mucho en qué pensar...
Y lo que ocupaba un lugar más importante en su mente era
el ominoso pensamiento de que Harmon Seldes, con su erudición ofendida, su
vanidad lastimada y su codicia transparente, podía complicar mucho la vida de
Max Mather. No se necesitaba mucha imaginación para percibir que una vez que
Seldes comenzara a intervenir en los delicados mecanismos de información y
negociación que Mather había puesto en movimiento, la máquina entera se
desintegraría.
Reflexionó durante media hora. Bebió dos tazas de café,
comió un bollo recién hecho y se dirigió a su apartamento, para llamar a Gisela
Mundt y a Alois Liepert.
CAPÍTULO XV
—¿Lo tiene todo, Alois?
—Hasta la última palabra. —Liepert comenzaba a mostrarse
nervioso. La llamada se había prolongado veinte minutos.
—Por favor, léamelo de nuevo.
—«Punto uno: con el fin de evitar el intento posible de
apoderarse de las obras de arte, los retratos y los dibujos serán distribuidos
en tres depósitos diferentes.
»Punto dos: los dibujos irán a parar a manos de Gisevius,
de Basilea, que los autenticará y después aceptará la custodia y el cuidado
provisionales, a nuestra costa. Seremos responsables del seguro. Lo cual, en
este momento, no está al alcance de nuestros recursos.
»Punto tres: si Gisevius acepta la custodia, usted
retendrá en su propia caja de seguridad uno de los retratos. Aceptamos la
custodia del otro.
»Punto cuatro: llamaré a Claudio Palombini y le diré que
estamos sobre la pista de las obras. Le pediremos que se prepare para responder
a su petición de una conferencia, en Estados Unidos, Londres o Europa.
»Punto cinco: informo a Palombini que usted suministrará
la autenticación de las obras y realizará negociaciones con los poseedores
actuales. Además, mantendrá conversaciones exploratorias con Berchmans, de
Nueva York, con Hürliman, de Zurich, con Christies de Londres, y con las
restantes personas que a su juicio puedan ser apropiadas, para llevar las obras
al mercado una vez que sean devueltas. En el momento apropiado, usted
incorporará a Palombini a esas mismas discusiones, pero sólo cuando se haya definido
una posición negociadora satisfactoria.
»Punto seis: le informaré con toda la rapidez acerca de
los progresos realizados o los problemas. Retiro fondos para gastos y
honorarios.»
—Alois, esto último es una interpolación.
—¡Pero mi estimado Max, sé que usted desea que yo me
alimente! —En efecto; pero nunca en exceso.
—Y ahora, quizás usted me explique por qué está
complicando mi propia vida y la suya. —Porque si se cierne sobre nosotros una
amenaza cualquiera por incumplimiento, por infracción a las normas del
contrato, tendremos un seguro. Trataremos una cosa por vez. —¿Por qué de pronto
se muestra tan ansioso?
—Es probable que se deba a que he regresado a Nueva York.
Ésta es una ciudad muy litigiosa. La atmósfera lo contagia a uno en seguida.
Era ésta una parte de la razón; pero cuando Max Mather
colgó el auricular del teléfono, percibió con claridad la otra parte, y no era
un espectáculo agradable. La codicia comenzaba a dominarlo. Se sentía tan
erizado y sensible como un mastín hambriento, temeroso de que alguien pudiese
arrebatarle su cuenco de comida. Necesitó los pocos minutos de conversación
afectuosa con Gisela para recobrar su humanidad: la avalancha emocional de la
joven, su confesión medio burlona medio lacrimosa.
—No podía creerlo, Max. Cuando te fuiste, vi ese enorme
agujero oscuro en mi vida.
—En la mía no hay un agujero. Sólo esta habitación,
conmigo aquí, y un espejo, y no me gusta ver mi imagen reflejada en él; y mucha
gente que espero no llegue, pero que insiste en llamar a mi puerta. Ojalá
estuvieses conmigo.
—No puede ser. De modo que tú tendrás que venir a mí.
Cuéntame qué sucede.
Se lo contó, pero la narración carecía de realidad, porque
de pronto Max Mather cobró conciencia de la inseguridad de las líneas
telefónicas, del peligro de una intromisión casual en sus valiosos secretos.
Ella pareció entender, y le advirtió:
—Max, temo por ti. Ya hablamos antes de esto. Te muestras
muy impaciente. Crees que todo lo que otros hacen exige una respuesta por tu
parte. Por eso mismo eres terriblemente vulnerable. Siéntate con calma,
domínate, espera.
—Lo intentaré.
—Creo que haces lo que corresponde cuando divides las
obras... y las pones al cuidado de diferentes custodios. Si es necesario, yo
misma puedo ocuparme de una parte... y si necesitas un correo...
—Tu nombre ocupará el primer lugar en mi lista. Te amo,
Gisela mía... —Yo también te amo, Max. Llámame pronto. —Te lo prometo.
Ante él se extendía el resto del día, sin un instante para
descansar, y en cambio colmado de exigencias intensas y codiciosas. Llamó a
George Munsel, y lo encontró en el mismo instante en que se disponía a ir a
almorzar. Le explicó cómo se había desarrollado la velada con Anne-Marie
Loredon, y formuló una sugerencia:
—En primer lugar, usted puede verificar si una compañía
norteamericana de seguros o un reasegurador ha rehusado o postergado el pago
por muertes eutanásicas en Holanda. Segundo, AnneMarie dice que hay un
fideicomiso establecido por su padre hace unos doce meses y administrado por
Lutz Hengst. He pensado en la posibilidad de que usted realice una
investigación de abogado a abogado acerca de las consecuencias de las pruebas
que yo pueda aportar en relación con el tema de la eutanasia, y después
verifique quién organizó ese fideicomiso y de dónde llegaron los fondos. Como
conozco el estilo de vida que llevaba Hugh Loredon, dudo que en toda su vida
tuviese doscientos cincuenta mil dólares de una vez...
—Señor Mather, usted tiene algunas ideas originales.
—George Munsel parecía divertido—. Verificaré lo que me pide. Me alegro de que
haya llamado. Después de nuestra conversación, mañana por la mañana, nos
reuniremos con los dos policías que investigan el caso. Aquí tengo sus nombres:
Hartog y Bechstein. Terminaremos alrededor de la una. Después, he pensado que
usted estaría dispuesto a pagarme el almuerzo.
—Con mucho gusto.
—Bien. También he recibido de la oficina del fiscal un
resumen de las pruebas reunidas en el caso Danziger. Por lo que he podido ver,
su registro de las conversaciones en Amsterdam y su interpretación de los
Diarios adquiere fundamental importancia.
—Llevaré las notas referentes a las conversaciones. Los
Diarios exigirán un trabajo laborioso y lento.
—Dispondrá de tiempo. El juicio se ventilará dentro de
tres meses. Señor Mather, lo veré a las diez...
Después, dispuso de tiempo para ir a Gino's, cambiar
algunas impresiones sentado frente al mostrador, tomar un almuerzo de un solo
plato y después dirigirse a Bloomingdale para comprarse algunas prendas
sencillas, pues aún faltaban tres meses para que llegase el calor del verano.
Por primera vez desde que tenía memoria no estaba con una mujer, y le
avergonzaba salir en busca de una. Recordó una prolongada velada, a la luz del
crepúsculo, sentado junto a su padre, y lo que el hombre, encogido, con su
mezcla de rasgos ancianos y juveniles, le decía:
—Hijo, llegas solo al mundo y te vas solo. Te pasas la
vida entera intentando huir de la soledad. No lo consigues hasta que la
aceptas. Un día, te sientas solo en un lugar discreto y empiezas a silbar una
tonada, y la tarareas para ti mismo, o quizá te limitas a recitar versos
infantiles para reanimarte. Y entonces, sucede el milagro. Ya no estás solo.
Hay personas, tan solitarias como tú, que escuchan la musiquilla, que se
incorporan y siguen el ritmo. Te alejas caminando. Te siguen. No sirve de
mucho, porque todos están enfrascados, como tú, en sus propios asuntos. Pero ya
no estás solo... Puedes sentirte solitario, pero no estás solo. ¿Tiene sentido
lo que te estoy diciendo?
Bien, quizás en aquel momento no lo tenía: pero, ¿y ahora?
Habría sido agradable pagarle una copa y un plato de pasta en Gino's.
De regreso a su apartamento, telefoneó a las galerías de
Berchmans et Cie. Tardó diez minutos en aclarar que, en efecto, el señor
Berchmans había llegado; que, sí, el señor Berchmans estaba esperando su
llamada y que sí, sí, sí, el señor Berchmans, por supuesto, recibiría su
mensaje apenas regresara de su almuerzo. En espera de lo cual Max Mather
extrajo su cuaderno de notas y comenzó, línea por línea, a reconstruir sus
diálogos de Ámsterdam con el desaparecido Hugh Loredon.
Henri Berchmans llamó a las cuatro de la tarde. Estaría en
su galería hasta las seis. Si el señor Mather deseaba pasar por ahí, de buena
gana lo recibiría y le mostraría algunas cosas hermosas. Lo cual, sin duda
alguna, significaba que habían llegado de Río los cuadros de Camoens, y que
Berchmans se sentía muy complacido con lo que había visto. Mather guardó la
última hoja de sus diálogos de Ámsterdam, se vistió con unos pantalones grises,
una chaqueta azul y una corbata negra, y después caminó a lo largo de Madison,
mirando los escaparates de las tiendas mientras avanzaba, para serenarse y
calmar sus nervios excitados.
Este encuentro sería el fundamental: su primer
enfrentamiento con el gran tiburón blanco; iba a ser un episodio en el que se
pondría a prueba toda la fuerza de Mather y se aprovecharían de manera
implacable todas sus debilidades. Pasó frente a una pequeña tienda que vendía
costosos artículos ópticos. Obedeciendo a un impulso, entró y se compró una
lupa. Una calle más lejos entró en otra tienda y compró un cortaplumas muy
pequeño, y lo colgó de la cadena de las llaves. Después, a modo de saludo a los
más sencillos sentimientos, entró en una floristería y ordenó que enviasen un
costoso ramo a Gisela, en Zurich, y una pequeña planta para interiores como
saludo de bienvenida a Leonie Danziger. Como gesto final de desafío, compró una
rosa roja para su propio ojal. Después, con una vivacidad que no sentía,
ascendió los peldaños de acceso a la galería de Berchmans, una mansión de
piedra gris en la Calle 73, entre Madison y la Quinta Avenida.
Un portero uniformado lo recibió con expresión grave. Una
bonita joven le dio la bienvenida con una sonrisa y ascendió con él en un
pequeño y recargado ascensor que lo llevó al segundo piso, donde Henri
Berchmans lo recibió en una larga galería de la que habían sido retiradas todas
las telas, para dejar sólo dos caballetes, cada uno cubierto con un lienzo de
terciopelo.
—¡Bien, mi joven amigo, como de costumbre su sentido del
tiempo es excelente! Esta mañana nuestras damas llegan del Brasil. Esta tarde
usted se presenta aquí... Examinemos juntos estas bellezas. Después,
conversaremos.
Con un gesto ampuloso retiró los lienzos que cubrían los
cuadros y situó a Mather en el lugar del salón desde el que podían ser
contemplados con mejor perspectiva. Mather observó los cuadros durante largo
rato. Berchmans miró a Mather.
—¿Puede identificar cada uno de los cuadros?
—El de la izquierda es la Donna Delfina, el de la derecha
es la hija, la Doncella Beata. Discúlpeme un momento.
Utilizando la lupa, examinó el retrato de la Donna
Delfina. Sobre el rincón superior derecho había un grupo de edificios dominados
por una plaza y una torre almenada cuyas paredes estaban perforadas por
ventanas románicas de arco. Sobre la ventana más alta, minúsculo pero claro,
estaba el monograma de Tolentino,
Mather se movió hacia el retrato de la niña, y a la sombra
del último pliegue de la túnica encontró el mismo símbolo.
—¿Qué está buscando? —Berchmans estaba intrigado. —Aún no
he concluido. Por favor, sostenga el cuadro.
Después, como había visto hacer a Tolentino en Zurich,
raspó un minúsculo sector al dorso de cada panel, nada más que lo necesario
para distinguir el grano y la textura de la madera. Era pura comedia. Mather no
sabía lo suficiente para distinguir el fresno del abedul, ni ambos de un roble,
o las tres maderas de un agujero en el suelo; pero los monogramas le habían
dicho lo que deseaba saber. Devolvió los cuadros a los caballetes. Berchmans
refunfuñó:
—Señor Mather, una interesante actuación. Ahora dígame qué
significa.
Mather le entregó la lupa e indicó los lugares que debía
inspeccionar en los cuadros.
—¿Qué debo buscar?
—Ante todo, dígame lo que ve.
Berchmans necesitó bastante tiempo para enfocar la lente y
examinar cada cuadro. Repitió el proceso. Después dijo:
—¿Y usted raspó el dorso para ver qué clase de madera se
había usado? —En efecto.
—Yo hubiera podido decírselo de una ojeada. Roble. —Ahora,
dígame lo que vio en los cuadros. —Parece una especie de cifra.
—Es un monograma. —Mather extrajo una tarjeta y dibujó el
monograma—. ¿Así? —Exacto. ¿Qué significa?
—Es la cifra personal del hombre que copió estos cuadros
de los originales, los que por otra parte fueron pintados sobre cedro, no sobre
roble. Se llama Niccolo Tolentino. —¿Y usted puede demostrar eso?
—Usted puede comprobarlo por sí mimo, señor Berchmans. A
mediados de abril traeré a Nueva York a Tolentino.
—Entretanto, señor Mather, creo que usted y yo debemos
comenzar a hablar en serio de negocios.
—Eso mismo había yo pensado, señor Berchmans. —Vayamos a
mi oficina.
Se disponía a cubrir de nuevo los cuadros con el lienzo de
terciopelo cuando dijo con voz serena: —Este Tolentino es un excelente pintor
por derecho propio. Debería llegar a un acuerdo con él
cuando esté en Nueva York; impone respeto —dijo con calma
Mather—. Me forzó a examinar mi
conciencia.
—Un ejercicio incómodo —dijo con frialdad Berchmans—.
Hablemos de negocios.
Por primera vez en el curso de una relación inestable,
Berchmans llamó a Mather por su nombre de pila y lo invitó a pasar a la oficina
privada donde ofrecía hospitalidad y consejo a los clientes acaudalados. Era un
cuarto pequeño, con paneles de fresno blanco, de cuyas paredes colgaban un
Gauguin, un Manet y dos Cézanne: una naturaleza muerta de ciruelas y duraznos y
una versión de las rocas de Estaque que Mather nunca había visto antes. Le
ofreció whisky; Mather prefirió un vaso de agua mineral. Berchmans inquirió:
—Y bien, Max, ¿en qué punto estamos de nuestro escándalo?
—Danny Danziger salió en libertad bajo fianza. Munzel
parece un abogado defensor eficiente. Es imposible evitar que se cite como
pruebas los Diarios de Madi. Pero lo que yo puedo hacer es conseguirle una
fotocopia de los pasajes que lo aluden. Por lo menos, sabrá a qué atenerse.
—Le estoy muy agradecido.
—Y ahora, usted puede hacer algo por mí.
—Por supuesto, si está a mi alcance. ¿Cuál es el problema?
—Harmon Seldes. Usted me dijo que estaba celoso. Cree, y
así lo ha dicho, que soy un advenedizo que está cazando de manera ilegal en su
dominio, y que me estoy aprovechando de la relación que él mantiene con usted,
relación que deduzco que reposa sobre cierta base financiera.
—Así es.
—Cree que yo amenazo dicha relación. No es así. También se
propone escribir otro artículo sobre las obras de Rafael. Tiene perfecto
derecho a proceder así. Sin embargo, es muy posible que quede como un tonto...
y lo arrastra a usted.
—¿Y qué espera que yo le diga en relación con eso?
—Dígale lo que le explicaré dentro de un momento... o
parte de lo que yo le diga, hasta donde usted lo crea prudente.
—Max, ¿acaso desea usted hacerme una propuesta?
—No, Henri. Le suministraré cierta información. Usted me
dará cierto consejo. Es muy posible que, de nuestro intercambio, surja una
situación beneficiosa. —¿Beneficiosa para usted o para mí?
—Para usted. Mi contrato tiene que ver directamente con
los Palombini. Ellos me pagan. No puedo aceptar recompensas, comisiones o
consideraciones de ningún género procedentes de otros interesados.
—En resumen —el tono de Henri Berchmans denotaba cierta
burla—, ¿una situación de la más excelsa moralidad?
—No es exacto —dijo Mather con una sonrisa—. Una situación
con ciertas grietas legales que, precisamente por eso, exige ser manejada de
modo muy legal. —Estoy intrigado —dijo Berchmans—. Por favor, continúe.
—En primer lugar, soy el representante de la familia,
estoy acreditado por un contrato escrito para encontrar las obras de Rafael y
negociar su venta. Pero no puedo firmar el convenio definitivo. Ellos deben
hacerlo. Entrarán en escena cuando se haya establecido una base general de
acuerdo. ¿Hasta ahora me he expresado con claridad?
—Con una claridad admirable —respondió Henri Berchmans—.
Lo que no parece tan claro es por qué una antigua familia de mercaderes quiere
designarlo a usted como representante en lugar de manejar ellos mismos el
problema.
—Hay una serie de razones. Esta generación de los
Palombini nada sabía de la existencia de las obras de Rafael hasta que yo
descubrí la referencia en el archivo. Tampoco sabían, y prefirieron continuar
ignorando el asunto por razones políticas, de muchas transacciones realizadas
por su patriarca durante la guerra, Luca el Estafador. Luca sobrevivió apelando
a toda suerte de estratagemas, muchas de las cuales no tendrían hoy un olor
agradable. El acuerdo con el alemán Eberhardt constituye un ejemplo apropiado...
De modo que nadie desea desenterrar los esqueletos de la familia. Prefieren que
permanezcan descansando tranquilos en las bóvedas. Pero yo soy uno de los
esqueletos de la familia; yo fui el amante de la última matriarca, es decir, de
Pía. Conmigo, la familia no teme el chantaje. Realicé un gesto que agradó al
Gobierno italiano: la donación del archivo Palombini a la Biblioteca Nacional
de Florencia. Asimismo, y esto es importante para ellos, no desean que surjan
dificultades con las Belle Arti acerca de la exportación ilegal de tesoros
nacionales. Por lo tanto, soy un emisario útil. ¡Limpio las calles antes de que
pase la procesión!
—Entiendo. —Berchmans asintió con un gesto grave—. Tiene
un sentido tortuoso, pero sentido, al fin y al cabo. ¿Pero por qué, incluso
antes de saber dónde están las condenadas obras, están hablando de su venta?
—Responder a eso es en realidad muy sencillo —dijo Mather
con una sonrisa renuente—. La caída del mercado en octubre los afectó. Tienen
un déficit de veinte millones de dólares y sus pagarés vencen en julio. Les
escribí, diciéndoles lo que había descubierto en el archivo. Apenas les
interesó. Después, cuando nos encontramos por casualidad en Suiza, cambiaron de
actitud. Ahora abrigan la esperanza de que los cuadros de Rafael sean su
salvavidas.
—Siempre que los encuentren a tiempo. Pero si la familia
está arruinada, ¿de dónde obtendrán el dinero para comprar de nuevo las obras?
¿Y después cómo las revenderán con beneficios? Quien las tiene conoce
seguramente su valor, y tiene que haber creado algún título que le acredite la
posesión.
—Imagino. —Mather no intentó refutar el argumento—.
Imagino que no existe un título válido, o bien que es muy débil o en el mejor
de los casos discutible. Usted sabe bien que hay una serie de casos recientes
en que los tribunales norteamericanos ordenaron la devolución de obras de arte
saqueadas durante la ocupación nazi... De todos modos, es la mejor hipótesis
que puedo proponerle.
—Hasta ahora, es todo lo que tiene, ¿no es así Max?
—De ningún modo —respondió Max Mather con una sonrisa—. Sé
dónde está uno de los cuadros... me refiero al de la Donna Delfina. Más aún,
estoy seguro de que puedo realizar un trato para adquirirlo, o, para ser más
exactos, para garantizar su devolución a la familia.
—Que lo pondrá de inmediato en venta.
—Así es.
—¿Cómo demostrarán que es auténtico?
—Ya he conseguido que Tolentino lo examinara. Es la obra
que utilizó para realizar la copia que usted tiene abajo.
—En tal caso, ¿qué me pide?
—El mismo consejo que estoy solicitando a una reducida
lista de subastadores y tratantes de arte: la mejor propuesta para llevar al
mercado las obras de Rafael. Cuando realice mis recomendaciones acerca de
dichas propuestas, Claudio Palombini decidirá a quién otorga el contrato de
venta.
—¿Y quiénes son mis competidores en esta lotería un tanto
extraña?
—Otro tratante: Landsberg, de Zurich.
—Lo conozco. Un hombre que conoce mucho este período.
—Dos subastadores: Christies, de Londres, y Hürlinam, de
Zurich. En Nueva York, usted mismo. —Max, ¿por qué eligió a los dos candidatos
suizos?
—Porque de acuerdo con mi información poseen una buena
clientela y son muy discretos en sus tratos. La única sombra que todavía se
cierne sobre esta transacción es la Sovrintendenza delle Belle Arti de Italia.
No deseo que ellos sostengan que los cuadros deben ser devueltos a Italia, por
tratarse de un tesoro nacional. Al fin y al cabo, los Palombini viven allí. Lo
último que desean es un juicio prolongado con el Gobierno... De modo que estoy
dispuesto, lo mismo que los Palombini, a aceptar una procedencia un tanto
desdibujada.
—Lo cual no es muy beneficioso si desea obtener un buen
precio en la subasta.
—Pero eso no tiene por qué ser un obstáculo en una venta
privada... el tipo de transacción en que usted y Landsberg son expertos. Y
ahora vienen mis preguntas, Henri. ¿Le interesaría negociar en privado en
nuestro nombre?
—Sí.
—¿Con qué porcentaje? —Necesito pensarlo.
—Por supuesto, recuerde que si vamos a una subasta pagamos
el veinte por ciento...
—Pero conviene recordar también que el subastador vende a
personas como yo que negocian para grandes instituciones como Getty y el
Metropolitan, y a veces negocian artículos absolutamente originales, de modo
que prevalece el acuerdo de mantener un precio razonable.
—En otras palabras, una pandilla cuyos miembros tienen
acuerdos previos.
—¡Mi querido Max! ¡Eso es calumnioso!
—Claro que lo es. Pero insisto en que la comisión del
vendedor debe tener carácter competitivo y que debe existir un precio básico
para proteger el interés de mi cliente.
—En el caso de objetos de este valor y rareza puede ser
aconsejable un sindicato de tratantes. Cada tratante importante tiene su propia
lista exclusiva de clientes. Un sindicato significa que usted puede acceder a
un mercado más amplio, sin la publicidad de una subasta. Pero todo esto depende
de tres condiciones. Una: que usted pueda ofrecer un título claro del cuadro.
Dos: que la obra pueda ser autenticada. Tres: que quien obtenga el primer
cuadro y aporte un mercado satisfactorio para la obra merezca la primera
preferencia en los restantes artículos, a medida que aparezcan.
—Aconsejaré a Palombini que acepte esas condiciones, con
la condición de que la primera cifra por la comisión tenga sentido.
—Me pregunto —dijo Henri Berchmans—, si usted sabe lo que
esa comisión representa.
—Creo que sí. —Max Mather adoptó una sorprendente actitud
respetuosa—. Para citar a Whistler: «La experiencia de una vida, el prestigio
de una vida entera.» Créame, no subestimo ese valor. Ojalá un día posea una
fracción de esa experiencia y ese prestigio; pero para llegar a eso, debo
comportarme como lo hago ahora, y proteger los intereses de mi cliente. Henri,
soy una figura muy poco importante. He perdido un montón de años dispersando
mis esfuerzos. Pero ahora no estoy jugando... Y hago todo lo posible para
aprender de un maestro...
—Yo diría que usted aprende de prisa. —Era difícil decir
si Berchmans se burlaba o formulaba un cumplido. Max Mather esperó el final de
la frase—. De todos modos, no acepto alumnos ni aprendices. Tengo dos hijos que
heredarán la empresa. Utilizo a extraños sólo en la medida en que sirven a mis
propios propósitos. Pero aquellos a quienes utilizo deben merecer mi confianza.
—Entonces, nos entendemos. Dispone de veinticuatro horas
para responder acerca de la cifra de la comisión. De lo contrario, supondré que
el asunto no le interesa. Hay otra condición: es necesario que se hagan
arreglos satisfactorios con respecto al suministro de fondos y la entrega de
las obras. —El nombre de Berchmans suele ser suficiente.
—La firma de los cuadros de Rafael que están en su estudio
es perfecta... De todos modos, las obras no son auténticas.
—Y dígame, Max, ¿cómo puede saber que la firma es
perfecta?
—He visto el original. Lo he tenido en mis manos. Durante
el período de depósito permanecerá en mi caja de seguridad. Ya ve por qué
traigo a colación el asunto.
—También veo —dijo con calma Henri Berchmans— que usted ha
avanzado mucho más que lo que yo creía. En ese caso, mi comisión será el veinte
por ciento.
—¿Estaría dispuesto a aceptar la operación con un
sindicato?
—De mala gana. Incluso podría ser innecesario. Las dos
copias que tengo abajo constituyen espléndidos auxiliares en la venta... Es muy
posible que vuelva a hablar con usted para hacerle muy pronto una oferta.
—En ese caso, le haré una sugerencia, algo que confiera
cierto estilo al trato, un recurso un tanto anticuado.
—Max, ¿qué clase de tontería tiene en la cabeza?
Le llevó cierto tiempo decirlo, pero Henri Berchmans
escuchó con atención cada una de las palabras pronunciadas por Mather, y al
final el más joven de los dos hombres creyó que veía una chispa en los ojos
oscuros y astutos del otro. O también pudo haber sido una ilusión provocada por
la luz que se reflejaba en el granito.
Cuando salió de la galería de Berchmans, la fatiga cayó
sobre él como el golpe de un martillo. Ahora Manhattan era su campo de batalla.
Cada hora implicaba una nueva incursión, otra escaramuza. Ya no tenía una mujer
a la cual acudir para que le aportase fuerza o serenidad. Tomó una comida
rápida e insulsa en una cafetería, y después volvió a su casa, se hundió en la
bañera llena de agua caliente, se puso un pijama y una bata y se sentó para
realizar otro análisis en los Diarios de Madeleine Bayard. Esta vez decidió
examinar las reseñas que ella hacía de todas las personas que habían pasado por
su vida, y comparar esas versiones con su propia experiencia. Ed Bayard fue el
primero de la lista, no sólo porque era el marido de Madeleine, sino porque las
entradas cotidianas en el Diario partían del último encuentro entre los dos
esposos...
No todos los comentarios eran hostiles o siquiera ásperos.
Había momentos de serenidad, y con menos frecuencia de ternura.
Lo extraño era que los encuentros abrasivos iban seguidos
de pasajes vivaces, incluso alegres, mientras que los comentarios gentiles
desembocaban en explosiones de cólera y frustración:
... Anoche todo fue tan sencillo, tan gratamente burgués
que pareció casi cómico. Ed estaba trabajando en un caso, y yo dibujando
bocetos y escuchando la ejecución de un concierto para piano de Mozart por
Claudio Abbado... Yo me decía a cada momento: ojalá nada venga a arruinar esto.
Y no sucedió nada. Nos acostamos, hicimos el amor, nos dormimos... ¡Pero esta
mañana ardía en deseos de salir de casa! Me oprime el tedio. Gravita sobre mí
como una capa de plomo, y me asfixia. Miro los bocetos que realicé anoche.
Grises, triviales y académicos. Sólo cuando me encuentro en este espacio vacío
consigo encenderme... Anoche contemplaba a Ed con amor y ternura. Esta mañana,
durante el desayuno, apenas he podido mostrarme cortés con él. Ojalá hiciera
algo para ofenderme... Pero no, actúa como un escultor que trata de tallar un
ángel con un pedazo imposible de roca... Lo único que consigue hacer es evocar
al diablo. He llamado a Peter y le he pedido que posara para mí esta mañana...
Éste es otra clase de demonio: irreflexivo, estúpido, malo y cruel... pero su
cuerpo es perfecto, y mientras le pago es todo mío... He aprendido a domarlo
con el desprecio, porque puedo pagar a veinte como él, y lo sabe...
Pocos días más tarde el tono emocional se invertía por
completo:
Siempre que Ed se siente presionado por los asuntos de su
propia profesión reclama de mí una preocupación instantánea. Debo entender en
el acto los aspectos complejos del problema, el choque de las personalidades.
Debo derramar sobre él mi simpatía y mi solicitud. Le digo que no puedo hacer
tal cosa. Mi mente y mis emociones no funcionan de ese modo. Yo jamás
pretendería que él me cuidase como a una niña cada vez que tengo problemas con
una tela. Si necesita esa clase de consuelo, puede comprarlo en un burdel o
llamar a una muchacha de las que se venden a tanto la hora. No me importaría...
Sí me importa y me molesta mucho que me tironee por aquí y por allá como si yo
fuese una muñeca de trapo... Pero apenas regreso aquí me sereno otra vez. Llamo
a Danny. Dice que vendrá y posará para La mujer frente a la ventana. Mientras
posa, conversamos. Me explica todos sus problemas, con las mujeres y con los
hombres. La tranquilizo hablándole en tono amable. Me proporciona tanto placer
ver que sus músculos tensos se aflojan y su cuerpo blanco empieza a transmitir
su imagen fluida, que este cambio queda reflejado en la tela. Cuando hemos
terminado, nos besamos un poco y bebemos una copa, y hacemos el amor de un modo
reconfortante...
En otro lugar se mencionaba el aspecto maníaco del
carácter de Bayard:
... No incurre en una violencia torpe. No golpea ni rompe
cosas. A veces creo que sería más saludable si lo hiciera. Sucede más bien que
su cólera se vuelve hacia adentro y se convierte en otra cosa, en una amenaza
solapada, como la de un villano en la tragedia. Excepto que esto no es una obra
de teatro, sino la realidad, y confieso que me atemoriza terriblemente. Es como
contemplar la cara de Siva, la fuerza de la destrucción. He tratado de recoger
la imagen en un boceto, con la esperanza de exorcizarla al llevarla a la tela,
pero la mano me ha fallado y mi memoria se ha quedado en blanco... Lo único que
sucede es que hoy no puedo afrontar la soledad del estudio. Debería salir, pero
eso significaría que Edmund me ha derrotado. En cambio, decido llamar a Hugh
Loredon... Viene, como siempre apenas chasqueo los dedos, pero sé que él
reaccionará del mismo modo ante cualquier mujer hermosa. Hugh no representa un
triunfo para mí. Lo puedo convocar como si fuese el bufón de la corte, seguro
de que me arrancará una sonrisa; me reiré de mí misma y de él. Pero cuando le
hablo de Ed y sus cóleras sombrías menea desesperado la cabeza y me dice: Si no
os separáis, uno de vosotros morirá asesinado... Madi, recuerda lo que te digo.
No comprendo cómo soportas esta vida, es como un brebaje de brujas hirviente y
burbujeante sobre el fuego... Le digo que exagera, pero en el fondo sé que está
diciendo la verdad. Me gustaría que me hiciera el amor, pero tiene prisa por
irse... Según afirma, para asistir a una exposición. Sé que está ahorrando
fuerzas para una de sus dientas. Retenerlo es como tratar de conservar el
mercurio...
El único sector de la vida de ambos que parecía hallarse a
salvo de la profanación era la pasión mutua por el arte. Los comentarios de
Madeleine acerca de una salida para comprar obras eran esclarecedores:
... Es como cambiar de pareja en medio de una danza. Tan
pronto ve algo que le gusta, en este caso una pieza de Georgia O'Keefe, rocas
blancuzcas y una flor de cactus, gigantesca sobre el fondo del desierto, se
transforma de forma súbita. Es como un exorcismo; los demonios se alejan
expulsados, el hombre queda vacío e inocente y tembloroso... Se vuelve hacia mí
y dice: «Esto me maravilla. ¿Puedes soportarlo? Dímelo.» Yo siempre coincido
con él. Sería un monstruo si procediese de otro modo, porque su instinto es tan
certero. Yo también admiro la obra, pero entre mi persona y ella se alzan todos
los obstáculos del conocimiento, y por qué no, todos los celos de un artista
que envidia las cualidades de otro...
He tratado de explicar esto a Henri Berchmans cuando ha
venido a pasar unas horas conmigo. Se ha echado a reír y me ha dicho: «Vosotros
los artistas sois los niños malcriados de Dios. Él os permite espiar el
interior del cielo. ¡Y vosotros todavía deseáis fabricar bolas de barro en el
infierno!» Después, me ha hecho el amor, como un jovencito campesino en el
desván, sobre la pila de heno, de forma rápida y brutal. Pero también él me
hace sonreír, y de un modo extraño me ayuda a llegar al perdón de mí misma...
Éste es el problema con Edmund. Cuando el exorcismo ha terminado y la casa está
tranquila y vacía, los demonios retornan, más numerosos que antes, y terrible,
terriblemente implacables...
Y allí, según le pareció a Mather, estaba la clave misma
de la tragedia: dos personas que jamás podían perdonarse la una a la otra por
ser lo que eran. Madeleine se mostraba tan implacable como su marido. Incluso
el amor se convertía en un acto de venganza. Los cuadros que ella pintaba
representaban todos a diferentes figuras cautivas, que en vano intentaban
jugar. Era extraño que las únicas piezas de verdad felices fuesen las fantasías
eróticas en que los participantes eran como compañeros de juego en un Edén
primitivo. Pero incluso esta ilusión era demasiado frágil, para resultar
reconfortante:
... Sé que Edmund paga el sexo que yo le niego; del mismo
modo que yo pago u ordeno o seduzco a los amantes a quienes necesito, en lugar
de él mismo. Henri Berchmans tiene razón. Somos ambos niños malcriados de Dios.
Soportamos la carga de ciertas dotes, y no sabemos cómo compartirlas... Hoy ha
venido a verme Hugh Loredon. Me ha dicho que tenía cáncer, y que el pronóstico
no era bueno. Yo sabía que él necesitaba consuelo. De pronto, no he tenido nada
que ofrecerle. La presencia de la enfermedad me ha repelido. Me he estremecido
ante el contacto de su piel. Se ha ofendido de un modo terrible. Jamás he visto
a nadie tan poseído por la ira, tan lleno de odio. Sin embargo, no he podido
evitarlo. Por primera vez desde que lo conozco, Hugh no ha tenido nada que decir.
Sobre el caballete había una tela a medio terminar. La modelo era una joven de
Negroni's, una bailarina. Hugh la ha contemplado en silencio, después ha cogido
un pincel y ha tachado la imagen con pinceladas grandes y desordenadas. Y al
fin me ha dicho: «Madi, un día alguien te matará. Quizá yo mismo obtenga ese
placer antes de morir.» Viniendo de un hombre como Hugh, la frase ha parecido
una maldición bíblica... Cuando se ha marchado, ha retirado la tela del marco y
he iniciado una obra completamente nueva...
Mather marcó el pasaje, consciente de que era una
explicación demasiado fácil y tentadora de la muerte de Madeleine. De todos
modos Hugh Loredon seguramente la había leído; y bien podía haberla utilizado
como una suerte de indicio para crear su propia ficción. Era medianoche. Mather
sintió que le ardían los ojos. Se disponía a cerrar el libro cuando otro
fragmento atrajo su atención.
... Los muchachos y las jóvenes de Negroni's siempre están
experimentando con drogas de diferentes clases. He impuesto la norma de que en
mi estudio no se consuman drogas. Peter, siempre estúpido, ha intentado
desafiarme. Fuma marihuana, y aspira cocaína. Esta mañana ha realizado una gran
exhibición mientras Danny y Paula estaban aquí. Lo he echado. Se ha negado a
salir. Me he dirigido al teléfono y he marcado el número de la Policía. Ha
intentado arrebatarme el teléfono. He tomado la daga que utilizo como cortaplumas
y he apoyado la punta en su ingle... Ha soltado el teléfono y se ha ido. Le he
dicho que nunca, nunca regrese. Esto y el incidente de la violación han sido
demasiado... Paula se ha ido un poco después, pero Danny se ha quedado. Estaba
muy irritada. Me ha reprochado con amargura: «Yo te amaba, Madi. Habría hecho
cualquier cosa por ti. Confiaba en ti. Intervenía en tus jueguecitos porque
creía que tenían un sentido para las dos... Pensaba que eras la mujer más
hermosa y con más talento del mundo. ¡Y mírate ahora! Estás destrozándote y
destrozando a todos. Pareces una trotona; desde hace varias semanas no has
pintado un cuadro decente.» Yo estaba furiosa, porque sabía que ella tenía
razón. Me he acercado y. la he abofeteado. Me ha arrebatado el arma y se ha
acercado... He dejado caer los brazos y he permanecido en el mismo lugar. Se ha
detenido; después, ha arrojado la daga sobre la mesa. Le he rogado que se
quedara y bebiese conmigo. Después, recomenzaríamos todo (nuevos cuadros,
amigos diferentes). Ha meneado la cabeza y se ha marchado... He cogido una tela
limpia del bastidor, y he empezado a preparar el fondo para describir una
tormenta... Más o menos media hora más tarde ha llegado Edmund. Ha sido la
primera vez que ha venido sin avisarme. Ha dicho: «He tenido una sensación muy
extraña, me ha parecido que podías estar en dificultades. He pensado que debía
recogerte y llevarte a casa.» Se lo he agradecido, y le he dicho que me
complacía que hubiese venido y que estaba dispuesta a salir...
Mather cerró el libro y lo guardó en su cartera, con el
resto de los documentos, de modo que quedó preparado para la reunión de la
mañana siguiente con Munsel y para la reunión que más tarde debía mantener con
la Policía. Sentía una fatiga enorme, pero después de la lectura su mente
funcionaba como una máquina. Se sirvió un whisky, sintonizó en el televisor un
filme de vaqueros y se instaló en un sillón, con el fin de calmar sus nervios.
En ese momento llamó el portero. Era inglés, un emigrante reciente, y hacía lo
posible para dar un poco de elegancia a Manhattan. En el vestíbulo estaba un
tal señor Bayard. ¿El señor Mather estaba en casa?
—Envíelo a mí apartamento —dijo Max Mather con voz
cansada. Bayard estaba un poco borracho, pero se le veía bastante bien, y olía
a jabón barato y aceite para masajear. Dijo:
—Sé que la hora es inoportuna, pero hay un consejo bib...
bíblico: «Nunca dejes que el sol se ponga sobre tu cólera...» El sol se ha
puesto, pero ha salido la luna... Anoche estábamos irritados.
—Ahora, ambos estamos cansados. Ed, no prolonguemos el
sufrimiento. ¿Qué puedo hacer por usted?
—Me ha llamado Anne-Marie. Ha dicho que usted pensaba
poner de relieve todo el asunto de esa mujer Danziger. —Así es.
—Quiero decirle que estoy de acuerdo... Es la palabra.
Estoy por completo de acuerdo. —Me alegro de que lo vea así.
—¡El único modo posible, Max! Inocente hasta que se
demuestre lo contrario..., que se haga justicia... , todo eso. Muy apropiado.
Me agradaría un poco de café. Ese lugar que visito tiene mujeres caras, pero
las bebidas son gratuitas. He bebido bastante, de modo que mi comportamiento ha
sido un tanto cohibido. ¿Sabe a qué me refiero?
—Prepararé café.
Bayard lo siguió a la cocina, sin cesar de hablar.
—Max, coincido con su política acerca de la exposición. La
carne está en el fuego. Que crepite. ¿Qué podemos perder? Nada. ¿Qué podemos
ganar? Nada, salvo dinero. De modo que le he dicho a Anne-Marie: «¡Adelante, en
cuerpo y alma!» Ni azúcar ni leche. Café solo bien fuerte. Y Max, quería
decirle otra cosa...
—¿Vamos dentro con el café?
—Sí, sí, claro. Otra cosa que deseaba decirle, Max, es que
me alegro de que ya no seamos rivales.
—Por lo que sé, nunca lo hemos sido.
—Me pareció que sí..., lo que viene a ser lo mismo. Me he
enterado de que se va a casar con una señorita suiza.
—¿Y?
—Enhorabuena. —Gracias.
—Y yo le pediré a Anne-Marie que se case conmigo,
inmediatamente después de la exposición. —Probablemente es mejor que lo deje
hasta ese momento; ahora ella se siente muy presionada. —Pero su apoyo es una
gran ayuda, Max, una ayuda enorme. Ahora, con respecto a esa pobre muchacha,
Danziger...
—¿Qué pasa con ella, Ed? —No lo hizo.
—Sé que no lo hizo, Ed. Pero habrá que demostrarlo ante el
tribunal, frente a un jurado neoyorquino... Si usted sabe algo que pueda
facilitar la defensa... —Sé que no lo hizo. —Ya lo ha dicho... ¿Cómo lo sabe?
—El golpe, Max. El arma. No corresponde a una mujer, y
menos aún a ésta.
—Entonces, ¿por qué se comportó de aquel modo cuando llamé
desde Zurich?
—Porque no había tenido tiempo de pensar en ello. Era como
recibir un pelotazo en los dientes...
—¿Está dispuesto a testificar en el juicio?
—¡Max! ¡Max! Esta noche piensa usted con mucha torpeza. Lo
que tengo es una opinión, no una prueba. Y eso es peor que inútil en un
tribunal. Pero si surge otra cosa, de veras que se lo diré... —Ed, es muy
tarde, y deseo acostarme. ¿Para qué ha venido en realidad?
—¡Oh, eso! Sí, bien, una serie de cosas. —Comenzó a contar
con los dedos—. Primero, un café, que ya me está despejando. Segundo, hablarle
de Anne-Marie y de mí. Tercero, felicitarlo por su compromiso. Cuarto, decirle
que prefiero que su amigo florentino sea quien presente los cuadros de Madi.
Lebrun lo hará muy bien. Y quinto... ¿qué demonios era el quinto punto? ¡Oh,
sí! Invitarlo a cenar en mi apartamento el próximo miércoles. Es una especie de
anticipo de la exposición, la crema de la crema de los conocedores de
Manhattan. Veinte personas, corbata negra. Anne-Marie será mi anfitriona. Le
asignaré como pareja a la señora Lois Heilbronner. Según ella dice, ustedes
antaño se conocieron muy bien.
«¡Oh, Dios mío! —Max Mather rezó en silencio—. ¿Por qué
ahora? ¿Por qué a mí?»
Pero ya conocía la respuesta. Dios era un aficionado a las
bromas pesadas, que cuidaba de los borrachos y los locos como Bayard, pero no
tenía compasión con los casanovas con talento como Max Mather.
CAPÍTULO XVI
—Señorita Danziger, usted se sentará a la cabecera de la
mesa. —George Munsel estaba preparando la escena para la conferencia de la
mañana—. Max se sentará a su lado, a cierta distancia. Yo estaré frente a él.
De hecho, usted se encontrará aislada, como será el caso ante el tribunal; es
la situación en que se encuentran todos los testigos, cuando pasan a declarar.
En sí misma, es ésa una prueba de resistencia y concentración. Esta mañana, en
relación con este ensayo, ni Max ni yo somos sus amigos. Somos inquisidores de
la vieja escuela, deseosos tan sólo de llegar a la verdad. Ambos tenemos
información que usted no posee. De modo que lo que usted nos diga será
verificado comparándolo con lo que ya sabemos. ¿Está claro?
—Sí.
—No habrá concesiones en el interrogatorio... ni cortesía.
¿Está preparada para eso?
—Sí.
—Si yo decido llamarla a declarar ante el tribunal, y
todavía no lo he decidido, usted estará bajo juramento. Una respuesta falsa
será perjurio. Ahora, usted contestará como si estuviese bajo juramento. ¿De
acuerdo?
—De acuerdo.
—¿Durante cuánto tiempo conoció a Madeleine Bayard? —Unos
dos años. —¿Cómo la conoció?
—Yo estaba trabajando en un artículo para Belvedere, un
material titulado «Artistas y Modelos». Seldes había exhumado viejas
fotografías y grabados de Montparnasse y la Via Margutta, de Roma, y del Café
de París en Londres. Deseaba demostrar la continuidad con el Soho y el Village
moderno. Negroni's fue uno de los lugares que visité. Una de las personas a
quienes conocí y con las que conversé fue Madeleine Bayard.
—Se convirtieron en amigas.
—Sí.
—En ocasiones usted posó para ella.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo pasó antes de que se convirtieran en
amantes? —Imagino que un par de meses.
—¿Sus preferencias sexuales se orientan de manera
exclusiva hacia las mujeres? —En aquella época, no. Ahora sí. —¿Por qué el
cambio?
—Creo que porque ya no intento ser lo que no soy.
—¿Su relación con Madeleine Bayard era exclusiva?
—No. Ella tenía otros amantes.
—¿Y usted?
—Yo seguí su ejemplo.
—¿Le gustaba la variedad?
—No. Descubrí que yo... no estaba preparada para eso.
—¿Puede explicarme lo que acaba de decir?
—Sentía que estaba dividiéndome en pedacitos, como una
tarta de bodas, y ofreciéndome de modo que otros me consumieran. Temí que los
pedazos nunca volvieran a reunirse. Necesitaba y necesito la seguridad de la
relación con una sola persona.
—En otras palabras, ¿es usted muy posesiva?
—Sí.
—¿Celosa?
—Sí.
—¿Hasta qué punto es celosa? ¿Mucho, hasta el absurdo?
—Muy celosa.
—¿Lo suficiente para matar a alguien?
—Lo suficiente para preguntarme si podría matar a alguien.
—Sin embargo, usted participó voluntariamente en distintos
entretenimientos sexuales con personas de ambos sexos. Estas diversiones fueron
organizadas y dirigidas en el estudio por Madeleine Bayard.
—Intervine. No siempre voluntariamente.
—¿Protestó?
—Casi siempre me irritaba, pero en silencio. —¿Cuándo
protestó?
—Cuando un hombre que no me gustaba me forzó a hacer cosas
que yo no quería hacer. —¿Mientras Madeleine miraba?
—Sí.
—¿Y alentaba el episodio?
—Sí.
—¿Y cuando usted protestó? —Interrumpió la escena. —Y
usted, ¿cómo se sintió? —La odié. —¿Para siempre?
—No. Carezco de la fuerza necesaria para eso... No puedo
amar u odiar mucho tiempo o con mucha intensidad.
—Con su permiso, George. —Max Mather interrumpió el
interrogatorio—. Me gustaría que Danny comentase ciertas notas que tengo aquí.
Son notas textuales de los diarios de Madeleine. Danny, ¿usted sabía que ella
llevaba un diario?
—Sí. Pero nunca permitió que yo u otra persona lo
leyésemos.
—Ensayaremos algunos fragmentos con usted... «Paula y
Danny están celosas la una de la otra. Me he apartado de ellas y las he
inducido a hacer el amor con Lindy. Después, he incorporado a Peter. Les
explico una y otra vez que el amor debe ser diversión, no furia...» ¿Eso se
refiere a la ocasión que usted acaba de mencionar?
—Sí.
—¿Diría que es una versión exacta de lo que sucedió?
—Por supuesto, no lo es. Aquí parece como si se tratase de
una serie de juegos despreocupados, y como si nadie fuese... el maestro de
ceremonias. No era eso, en absoluto. Fue un episodio grosero y cruel y...
¡peligroso!
—Entonces, veamos esto. —Le leyó el prolongado relato del
episodio de las drogas, y el ataque de la propia Danny Danziger a Madeleine con
la daga—. ¿Eso es cierto?
—No, no lo es. Ante todo, Paula no estaba; sólo estábamos
Peter, Madi y yo misma. Madi miente cuando dice que ella no permitía drogas en
el estudio. No hubiera podido organizar sus reuniones sin ellas. Pero nunca las
consumía. Temía el efecto que podrían tener sobre su trabajo, que era lo único
que ella respetaba. Pero sí, los jóvenes de Negroni's las traían... en esta
ocasión Peter me ofreció cocaína. La rechacé. También para mí supone un riesgo
demasiado grande. Dependo de un solo talento. Entonces, Peter comenzó a ponerse
difícil. Tenía una especie de rutina... Primero rogaba, después manifestaba una
crueldad juguetona, y finalmente se mostraba violento. Madi se mantenía al
margen y miraba. Yo agarré la daga con una mano, y un jarro de trementina con
la otra. Le arrojé la trementina a la cara. Eso le enfureció. Huí corriendo, y
dejé que Madi lo limpiase... No sé cuál es la fecha de ese episodio, pero no
regresé al estudio hasta que Madi me llamó, el día de su muerte.
—En definitiva, lo que usted dice —George Munsel retomó el
interrogatorio— es que el diario de Madeleine es un documento poco fiable.
—Lo que estoy diciendo es que no se trata de un documento.
Es un relato que ella armaba día tras día para que fuese posible vivir consigo
misma... Mire, Madi conocía mi debilidad por ella. Sabía de mi indecisión
acerca de mi propia identidad sexual. Pero me empujaba hacia Peter, ese rufián
musculoso... Después, por supuesto, la cosa se descontrolaba. Yo hubiera podido
matarlo, o él hubiera podido lastimarme de veras.
—¿Usted podría haber matado a Madeleine?
—A veces, sí.
—¿Lo hizo?
—No.
George Munsel consultó sus notas y después, con la misma
voz seca y distante, continuó su inquisición.
—El día del asesinato fue el 18 de febrero. Dígame
exactamente qué hizo ese día. —No puedo decirlo con exactitud. Recuerdo
bastante bien la mañana. La tarde es una imagen mucho más confusa.
—Dígame entonces qué recuerda.
—Me levanté a las siete y corrí hasta las ocho. Por la
Quinta hasta la Calle 17, crucé hacia Madison, y luego fui de Madison al Gran
Central, para regresar a casa. —¿Qué tiempo hacía? —Bueno, pero muy frío. —¿Y
después?
—Me duché, preparé el desayuno, y fui a la biblioteca
municipal para buscar una referencia. —¿Sobre qué?
—La falsificación de Miguel Ángel. —No estoy familiarizado
con eso.
—Miguel Ángel envejeció falsamente la estatua de un cupido
durmiente para un tratante milanés, que vendió la obra como una antigüedad
auténtica al cardenal San Giorgio... —Y halló la referencia. ¿Después?
—Me detuve en una papelería para comprar algunos sobres de
papel madera y algunos rótulos... Después, bebí un café.
—¿Dónde?
—Cerca de la Calle 47. Después, cogí un taxi y me fui a
casa. En mi contestador automático había un mensaje de Madi. Me pedía que la
llamase. —¿Y lo hizo?
—No en seguida. Había vivido libre de ella durante un
tiempo. En realidad, no quería mezclarme de nuevo.
—En definitiva, ¿por qué la llamó?
—En su voz había algo que me inquietaba. Me llamó con voz
entrecortada y vacilante, como si estuviese borracha. Después me pregunté si no
estaría sufriendo un ataque... Había visto lo mismo en una de mis tías. Lo
recordé con mucha intensidad.
—¿De modo que por fin la llamó?
—Sí.
—Y Madeleine contestó.
—Sí.
—¿Qué le pareció entonces?
—Mejor, pero todavía no era ella misma. Le pregunté qué
quería. Dijo que no se sentía bien, y me preguntó si yo estaba dispuesta a ir
al estudio y almorzar con ella. Le pregunté si estaba sola. Respondió que sí.
Acepté ir a verla.
—¿Qué hora era?
—Alrededor de mediodía.
—¿Antes o después? —Poco después. —¿Cómo lo sabe?
—Cuando entré encendí la radio. El programa informativo
del mediodía había comenzado poco antes.
—¿Cómo llegó al estudio? —En taxi.
—¿A qué hora llegó? —Alrededor de la una menos diez.
—¿Cómo entró?
—Por la puerta principal. Toqué el timbre. Madi me abrió.
—¿Cómo iba vestida?
—Como iba siempre que trabajaba. Una bata sobre los
pantalones.
—¿Qué estaba haciendo cuando usted llegó? ¿Pintaba,
dibujaba, escribía... qué?
—Pintaba. Había una tela inconclusa sobre un caballete.
—Pero usted dijo que ella no se sentía bien.
—No. Dije que me pareció que no se sentía bien, a juzgar
por la voz, y ella en efecto me dijo que no estaba bien. Tenía la cara
abotagada, y desde luego su forma de hablar no era normal. —¿Qué sucedió
después?
—Le pregunté qué ocurría. Me explicó que el médico le
había recetado sedantes. Se quejó de que eran demasiado fuertes, y de que le
producían sueño. Vi la botella de whisky y el vaso. Le advertí que no debía
beber cuando tomaba sedantes. Me aseguró que había bebido sólo un poco.
Después, la convencí de que se quitase la bata y los zapatos y se acostara. La
cubrí con las mantas y me senté en el borde de la cama, y le hablé hasta que
ella se quedó dormida. No sabía muy bien qué hacer. No deseaba permanecer allí.
Tampoco quería dejarla. De modo que fui a la planta baja y de la puerta colgué
el letrero: «No regreso hasta las 5.30.» Después, llamé al señor Bayard, que
estaba en su oficina. Me dijeron que había salido a almorzar. Me preguntaron si
deseaba dejar algún mensaje. Me pareció que era mejor no hacerlo. Después,
probé con Hugh Loredon. Sabía que los dos habían tenido una grave disputa
acerca de algo, pero Hugh siempre adoptaba frente a ella una actitud muy
protectora y, de hecho, conmigo también. Habíamos hecho el amor algunas veces,
y aunque no era nada fuera de lo común, tampoco era demasiado mediocre... Hugh
estaba en su oficina. Me dijo que no me quedase en el estudio, que me asegurase
de que Madi estaba bien abrigada y de que los radiadores funcionaban. Llegaría
en quince o veinte minutos... Me alegré de salir de allí. Después del episodio
de Peter temía a la pandilla de Negroni's. Salí por la puerta del fondo, anduve
media docena de calles y tomé un taxi que me llevó fuera de la zona...
—Con su permiso, George —intervino Mather—. Desearía
preguntar acerca de los radiadores. Ese edificio es un almacén enorme y frío.
Hemos tenido que instalar acondicionadores de aire para lograr que fuese
habitable. ¿Qué usaba Madeleine?
—Calefacción de gas —dijo Leonie Danziger—. Los sistemas
que se alimentan con un recipiente lleno de gas. Uno puede trasladarlo de un
lugar a otro, modificar la intensidad y concentrar el calor. Había tres
aparatos en el segundo piso y seis en el sexto, pero bajo las vigas no había
material que aislase el lugar, de modo que las salas se enfriaban con mucha
rapidez.
—Bien —dijo George Munsel—, usted nos ha dado su versión.
Ahora, le diré lo que el fiscal explicará al jurado, con el apoyo de algunas
pruebas. Después, Max propondrá otro conjunto de variaciones sobre el mismo
tema. Pero antes de que lleguemos a eso, Max le formulará una pregunta.
—Usted me envió a Zurich un resumen de los informes
policiales y periodísticos acerca del caso. Me envió fotografías. No mencionó
ni uno solo de los hechos que acaba de revelar ahora. ¿Por qué?
—Porque no tenía idea de que estaba bajo sospecha. No vi
motivo para complicar mi vida con revelaciones innecesarias. Y nuestra
relación, la suya conmigo, Max, se asentaba sobre una base rigurosamente
limitada.
—Eso está claro. Gracias. George, continúe.
—La argumentación del fiscal, según usted la escuchará
ante el tribunal, es la siguiente. En primer lugar, el tiempo. Un testigo que
estaba bebiendo café en Negroni's declarará que usted entró por la puerta
principal del estudio a las dos y diez minutos. Hugh Loredon, el desaparecido
Hugh Loredon, afirma en una declaración certificada en presencia de un notario,
y realizada poco antes de su muerte, que usted lo llamó alrededor de las tres
menos cuarto y le dijo que Madeleine estaba muerta. Él le ordenó que tomase el
arma, dejase el estudio por la puerta trasera y anduviera varias calles antes
de tomar un taxi para volver a su casa... Él se ocuparía del resto. Más
avanzado el día, esa parte del día acerca de la cual usted no tiene recuerdos
claros, Loredon fue al apartamento que usted ocupa, y usted le relató cómo
había sucedido todo, y él le recomendó que cerrase la boca, no dijese nada, y
todo saldría bien... En fin, preguntará el fiscal, ¿qué le parece todo esto,
señorita Danziger?
—No es cierto. ¡Sencillamente no es cierto!
—Pero, ¿cómo lo demostrará? La vieron entrar en el estudio
más de una hora después del momento en que usted dice que llegó. Usted reconoce
que llamó a Hugh Loredon. Él afirma que usted todavía se encontraba en el
estudio cuando él llegó, y que reconoció haber asesinado a Madeleine. Usted
conocía el arma. De acuerdo con los diarios, usted ya había amenazado una vez a
Madeleine con esa daga. Incluso en su versión usted asegura que amenazó a
Peter. Dijo que llamó primero a Ed Bayard, pero que no le dejó un mensaje. De
modo que no hay registro de la llamada. La declaración de Hugh Loredon afirma
que él fue después al apartamento en que usted vive. Usted dice que recuerda
muy poco de lo que sucedió esa tarde. ¿Por qué?
—Fui a Roxanne's.
—¿Y qué es Roxanne's?
—Es un club, un club de mujeres. Le llaman el Centro
Sáfico. Me reuní con algunas amigas. Bebimos unas copas... en realidad, un
número excesivo. Algunas decidimos caminar para recobrar la lucidez. La
caminata se convirtió en un desorden de risas y riñas. Lo único que recuerdo
con claridad es que regresé bastante tarde a casa y que tuve que pedir prestado
al portero el importe del taxi... —¿Y no recuerda la visita de Hugh Loredon?
—No.
—Volvamos a Madeleine. ¿Dice que la acostó vestida?
—Sí.
—La Policía afirma que estaba desnuda y que sus ropas
aparecieron pulcramente ordenadas sobre una silla. Por supuesto, se sugiere que
estuvo con una amante... una amante femenina, pues no hay pruebas de relación
con un varón. Ahora bien, ustedes dos tuvieron antes ese tipo de relación, ¿no
es cierto?
—Sí.
—Y a veces, como usted nos dijo, terminaron en disputa.
—Sí.
—¿Como ésta?
—¡No hicimos el amor! Sucedió tal y como yo le dije. —Si
usted no mató a Madi, ¿quién lo hizo?
—El hombre de Negroni's. El propio Hugh Loredon. ¿Cómo
puedo saberlo? —¿Quién era el hombre de Negroni's?
—Tuvo que ser Peter. Me odiaba bastante como para urdir
esta trampa. —Pero, ¿cómo pudo saber que usted se encontraría allí?
—Quizá persuadió a Madi de que me invitase. Lo había hecho
antes. Madi estaba trabajando en el cuadro de una figura masculina. Es posible
que él fuese el modelo.
—Consideremos el otro candidato... Hugh Loredon. ¿Le
parece que pudo ser el asesino?
—Nunca llegué a conocer muy bien a Hugh. Al principio me
gustó; todo el mundo simpatizaba con él. Él... me ayudó desde el punto de vista
afectivo en un momento muy doloroso. Era muy eficaz en los primeros auxilios,
pero nunca en la etapa ulterior del tratamiento. —Danny Danziger rió con un
gesto breve y nervioso—. ¡Max, en eso usted es mucho mejor! Pero sí, en él
había una faceta sombría, y a veces creo que Madeleine la excitaba.
Mather intervino de nuevo en el diálogo. Mostró a George
Munsel un cuaderno de bocetos, y el abogado asintió en silencio. Mather explicó
el asunto a Danny Danziger. —Estos cuadernos de bocetos acompañan a los
diarios. ¿Los conoce? —No lo creo.
—Entonces, prepárese para recibir una impresión. Cuando
haya conseguido dominarse, quiero que identifique a cada persona que le parezca
conocida en cada página.
Le entregó los cuadernos. Los dos hombres la observaron
con atención mientras ella asimilaba la primera impresión, y después con
movimientos pausados comenzaba a volver las páginas. Por fin, cerró los
cuadernos y levantó los ojos. Dijo con frialdad:
—Son como los diarios; el deseo convertido en pensamiento,
la pasión recordada mucho después de que haya desaparecido. Son como los
dibujos de Beardsley, de exquisito refinamiento, sin redundancias, sin pasos en
falso... Pero si ustedes hubiesen visto sus primeros bocetos de un tema, el
desenfado, el dominio desaprensivo... ¿dónde están ahora esos dibujos? Sé que
existieron, porque estuve en el estudio cuando realizó algunos.
—Quizá —sugirió en tono amable Munsel—, quizá los destruyó
la propia Madi después de convertirlos en la forma que usted tiene ante sus
ojos.
—Es posible... —Danny Danziger tenía una actitud muy
dubitativa.
—Ahora —dijo George Munsel—, repasemos otra vez los
bocetos. Asigne un nombre a todas las caras conocidas.
Después, Max Mather realizó otra incursión en la
conversación.
—Algo me inquieta... Podemos indicar un motivo que habría
inducido a Hugh Loredon a asesinar a Madi... Pero, ¿por qué le tendió esta
trampa, de manera que usted recibiese el castigo? No, durante un momento no
diga nada... Quiero leerle lo que él me dijo en Ámsterdam. No es textual, pero
se aproxima bastante: «Fui su primer hombre, de lo cual me siento muy
orgulloso, una victoria especial. ¡Dios mío! ¡Qué ingenuo fui! El encuentro fue
un desastre para los dos...» ¿Danny, verdadero o falso?
—Verdadero. —Danny Danziger mostraba una fría cólera—. Fue
un lío, un episodio mezquino, desordenado y humillante. Él se desentendió del
asunto con una sonrisa. Era su estilo. Yo me sentí ofendida por dentro y por
fuera. Lo odié por eso... ¿por qué me tendió esa trampa? Se lo habría hecho a
su propia madre de haberle convenido. Pero, ¿dónde me lleva todo esto? Madi y
Hugh han muerto. ¿Quién habla en defensa de Danny Danziger?
—Yo. —George Munsel sonrió por primera vez—. Y Max está
realizando un trabajo espléndido en colaboración conmigo. Usted ha soportado
bien una sesión difícil, de modo que creo que tiene edad suficiente para
escuchar algunas observaciones francas y al mismo tiempo no comenzar a
alimentar falsas esperanzas... El hecho real es que no deseo que este caso se
ventile en el tribunal. Nadie saldrá limpio de este asunto; mucha gente quedará
manchada para el resto de su vida; el periodismo hará su agosto y la justicia
no saldrá bien parada. A estas alturas, la argumentación del fiscal no es
sólida; pero la nuestra tampoco lo es. Entre este momento y la fecha del juicio
debemos reunir material suficiente para depositarlo sobre el escritorio del
fiscal y convencerlo de que sería un tonto si sigue adelante... Les advierto
que no es fácil; no conviene apostar al triunfo; pero lo intentaremos.
—Y entretanto, ¿qué hago?
—Trabaje. Lleve una vida normal. Manténgase en una actitud
discreta, aléjese de lugares como Roxanne's y no discuta el caso con nadie,
salvo yo mismo. —¿Ni siquiera con Max?
—Ni siquiera con él. Es un testigo. Y yo soy su abogado...
Lo cual significa... —¡Lo cual significa que Moisés desciende de la montaña con
sus cuernos de fuego! —dijo Max Mather con una mueca.
—También significa —dijo George Munsel—, que la señorita
Danziger le entregará ahora un cheque por diez mil dólares, para rembolsarle
los honorarios que usted me adelantó. —¿Dispone de esa suma, Danny?
—Puedo pagarla —dijo Danny Danziger—. Pero aun así, estoy
en deuda con usted, Max. Jamás podré agradecerle bastante lo que ha hecho.
Mather meneó la cabeza. Extendió la mano para tocar la de
Danny Danziger. —Ninguna deuda. Ahora estamos en paz. Podemos permitirnos ser
amigos. Asimismo, tenemos que trabajar juntos.
—Ahora vuelva a su casa —dijo con brusquedad George
Munsel—. Max y yo aún tenemos cosas que hacer.
Apenas Danny Danziger se marchó, Munsel se zambulló en un
tema distinto: —La muerte por compasión a petición del paciente en otra
jurisdicción... Hasta ahora las compañías norteamericanas me han litigado para
clasificar este acto como suicidio. Si el certificado de defunción emitido por
la jurisdicción en que sobrevino la muerte está en orden, el fallecimiento será
aceptado como normal y se pagará el seguro... De modo que no debemos
preocuparnos si la Policía se entera del modo en que murió Hugh Loredon... Pregunta
siguiente: el fideicomiso de un cuarto de millón establecido por Hugh y
administrado por Lutz & Hengst en beneficio de AnneMarie Loredon. El
depósito original fue de doscientos mil dólares; el resto está formado por los
intereses acumulados. El creador del fondo fue el mismo Hugh Loredon... —Lo
cual no nos ayuda mucho, ¿verdad?
—¡Un momento, amigo, no se impaciente! ¡Espere! El fondo
fue creado con un cheque de banquero contra el Citibank... Y los fondos
formaron un débito contra la cuenta personal de Edmund Justin Bayard. La fecha
de la transacción fue el 25 de febrero...
—Una semana después de la muerte de Madeleine Bayard.
—Exacto.
—Y eso significa...
—No significa nada. —George Munsel hizo un gesto de
advertencia—. Nos lleva a formular una pregunta: ¿qué consideración pudo tener
Hugh Loredon, un manirroto notorio, en beneficio de Edmund Bayard a cambio de
doscientos mil dólares?
—Hace más de doce meses —le recordó Mather—, cuando
Anne-Marie continuaba viviendo en el extranjero, pero Hugh Loredon había
recibido las primeras noticias de su sentencia de muerte.
—Reflexionemos acerca del tema —dijo George Munsel—.
Dentro de poco usted tendrá que enfrentarse a dos investigadores de homicidios,
Hartog y Bechstein... Su actitud será de total cooperación, con mi
asesoramiento. Como usted será presentado en la condición de testigo experto,
la Policía deberá actuar con cautela, y usted podrá mostrarse tan cordial como
su naturaleza benigna se lo imponga.
—Mi naturaleza benigna necesita una taza de café.
—Mientras se la consigo —dijo George Munsel—, pruebe lo
siguiente... Hugh Loredon ha recibido la gran noticia. Está sentenciado a
muerte. Ed Bayard cumple una sentencia de cadena perpetua con una esposa
brillante pero perversa. Hugh Loredon también ha tenido problemas con la misma
dama. Por lo tanto, propone un trato. «Yo la liquido, si usted me suministra
fondos que dejaré a mi querida hija...» ¿Leche y azúcar?
—No, solo, por favor.
Cuando Munsel regresó con el café, Mather le leyó el
pasaje de los diarios que describía el momento en que Loredon anuncia su
enfermedad: «Me he estremecido al contacto de su piel... Jamás he visto a nadie
poseído por la ira, tan lleno de odio... me ha dicho: "Madi, un día
alguien te matará. Quizá yo mismo obtenga ese placer...".»
Munsel pareció dubitativo y después expresó con palabras
su duda.
—Max, no puede quemar la vela por los dos extremos. Si
usted dice que los diarios son en parte invención, no puede convertirlos
después en evidencia concreta.
—Entonces, ¿qué le parece esto, George? —Consultó sus
anotaciones—. Sostuve una conversación con Bayard, en una ocasión después de la
cena, en su casa. Hablamos de Hugh Loredon. Bayard dijo: «No lo culpo de nada.
No puedo culpar a ninguno de los hombres que tomaron lo que ella ofrecía.»
Pregunta: ¿por qué Bayard se mostraba tan tolerante frente a un hombre con
quien su esposa le había sido infiel?
—Max, eso no basta para demostrar su tesis.
—¡Lo intentamos, hermano George! ¡Lo intentamos!
—¡En efecto! ¡Ahora, atravesemos el corredor y veamos cómo
se enfrenta a dos excelentes policías neoyorquinos!
Hartog y Bechstein eran una pareja muy experimentada.
Mather asumió la actitud de un testigo dispuesto a cooperar. George Munsel
estableció las reglas básicas, en su condición de árbitro razonable.
—El señor Mather está aquí por su propia voluntad para
ayudarles en todo lo posible. Como será un testigo importante de la defensa, de
vez en cuando tendré que asesorarle. ¿Está claro, caballeros? Estaba claro. Sam
Hartog inició el diálogo. —¿Cuál es su relación con la acusada, la señorita
Danziger?
—Es la editora que se me ha asignado en Belvedere, la
revista para la cual trabajo. Es muy eficiente. Nuestras relaciones son
amistosas y útiles.
—¿Y su relación con el desaparecido Hugh Loredon? —Se
originó en un vínculo anterior con su hija, a quien conocí en Italia, y con la
cual ahora trabajo. Ella me lo presentó.
—¿Mantuvo una relación estrecha con él?
—No. Sabía que yo era buen amigo de su hija. Me asignaba
cierta... función de protección. —¿Protección frente a qué? —Bechstein formuló
la pregunta.
—Frente a posibles errores comerciales. Ella acababa de
iniciarse en una profesión arriesgada. —¿Usted sabía que él estaba enfermo?
—Lo supe cuando hablé con Loredon, que estaba en Londres,
antes de reunirme con él en Ámsterdam.
—Antes de salir de Nueva York él le entregó una cartera.
—Así es. —¿Qué contenía?
—Lo que según descubrí después eran diarios, cartas,
cuadernos de notas y cuadernos de bocetos que antes habían pertenecido a
Madeleine Bayard.
—¿Usted no sabía que ese material constituía una prueba en
un caso de asesinato?
—No me fue presentado como tal. El asesinato fue más de un
año antes, cuando yo estaba trabajando en Italia. Consideré que el material era
un conjunto valioso de antecedentes acerca de la vida y la obra de una
excelente artista, cuyos trabajos serían expuestos póstumamente.
—De hecho —dijo George Munsel—, puesto que la
investigación ha desembocado en un arresto y una acusación, el material será
utilizado como prueba de la defensa, y será presentado a la fiscalía en el
momento apropiado.
—Su visita a Hugh Loredon en Holanda. —De nuevo
Bechstein—. ¿Cómo sucedió eso?
—Cuando le hablé en Londres, me dijo que se encontraba en
la fase terminal del cáncer. Se proponía ir a morir a Holanda. No deseaba que
su hija supiera que estaba allí, o fuese a acompañarlo. De modo que me pidió
que me reuniese con él.
—¿Para hacer qué?
—Para sostenerle la mano, y escuchar su última confesión.
—¿Quiere decir como un sacerdote? —Algo por el estilo. —¿Y qué le dijo?
—Una historia absurda —respondió con firmeza Mather—,
acerca de que Danny Danziger asesinó a Madeleine Bayard, después le llamó y él
le recomendó que saliera mientras preparaba la escena para la llegada de la
Policía. Ése es el esquema general. Recogí notas detalladas.
—No tocaremos eso en este momento —dijo George Munsel.
—¿Y cuál fue su reacción ante esta información? —Sam
Hartog formuló la pregunta. Bechstein permanecía atento como un gato.
—Le dije que era un maldito mentiroso —dijo Max Mather—.
Que su historia tenía tantos agujeros como un queso suizo.
—¿Y qué respondió?
—Lo aceptó.
—¿Por qué no nos informó? Usted sabía que estaba en marcha
una investigación.
—Porque sabía que Hugh Loredon estaría muerto al día
siguiente. Había preparado una muerte por compasión, en el estilo holandés.
¿Qué pruebas tenía yo de una conversación entre dos personas? Claro está que lo
que yo no sabía era que él les había escrito, para denunciar como asesina a
Danny Danziger.
Bechstein le clavó la mirada.
—Señor Mather, qué palabra extraña... denunciar.
—He vivido mucho tiempo en Italia. Ésa es la frase: uno
formula una «denuncia», delata a alguien. En los viejos tiempos de Venecia, uno
deslizaba una nota anónima en la boca de un león. Y después, el Consejo de los
Diez se hacía cargo.
—Una metáfora interesante —dijo George Munsel—. Lo que
ustedes quieren, caballeros, es una acusación escrita en articulo mortis por un
hombre que paga para conseguir que lo maten... y una declaración que implica
perjurio de un testigo de Negroni's.
—¿Cómo demonios sabe quién es nuestro testigo? —Sam Hartog
estaba visiblemente impresionado.
—Les mostraré una fotografía. —George Munsel parecíala
bondad personificada—. Todavía no, por supuesto; cuando hayamos avanzado un
poco más. Aconsejaré al señor Mather, ahora que ha respondido a las preguntas
básicas, que retenga el resto de la información para el tribunal. Por supuesto,
si llegamos a eso.
—¿Qué quiere decir? —Bechstein, un buen sabueso, percibió
al instante el filo de la observación.
—Los tribunales están sobrecargados, el poder judicial
afronta exceso de trabajo. Ustedes tienen a muchos pandilleros y asesinos en
libertad. Si de verdad desean que se haga justicia, hablarán con el juez y le
dirán que no tiene un caso bien fundado, y nosotros de buena gana se lo
demostraremos en privado, antes de que haga el ridículo en público.
—Si usted quiere formular una declaración...
—Ninguna declaración. —George Munsel adoptó de pronto una
expresión severa—. ¡Ningún acuerdo! Las fuentes que ustedes utilizan no sirven.
No tienen una acusación sólida. Están sentados sobre una caja de dinamita.
—Hablaremos con el juez —dijo Bechstein.
—No le gustará —dijo Hartog.
—No le gusta ahora —dijo Bechstein—. Pero eso no significa
que no pueda cambiar de actitud. Su segundo nombre es Billy. Muéstrenle un muro
de piedra y tratará de perforarlo con la cabeza.
—Infórmenle —dijo en tono desenfadado George Munsel—, una
cucharada por vez.
Después, mientras caminaban en dirección al restaurante
para almorzar, Munsel habló a Mather en un tono un poco distinto.
—Hemos dicho cosas ciertas y hemos pronunciado palabras
valientes. Todo eso no basta, porque la ley no funciona de este modo. Los
muchachos saben que tienen un caso bastante débil; lo mismo puede decirse del
fiscal. Pero también saben que no deseamos que los diarios publiquen artículos
acerca de las orgías, y el amor lesbiano, y los matrimonios mal avenidos... De
modo que lo que el fiscal calculará es si vale la pena recibir un fuerte
castigo en el tribunal para sacar a escena una anticuada cacería de brujas: el
sexo en el Soho y todo eso. Le llevará un tiempo obtener el resultado de sus
cálculos: justicia elemental o un sacrificio humano con una adecuada
escenografía...
Dos días después, Max Mather afrontó su propia forma de
muerte ritual, a saber, el traslado de su persona y sus posesiones al
apartamento y estudio del Soho. Los transportistas a quienes contrató para
realizar la mudanza fueron los «simpáticos muchachos judíos» que anunciaban sus
servicios en una revista neoyorquina, y que garantizaban conservar la persona
de Max y sus pertenencias evitando que sufrieran el más mínimo daño, y
dejándolo instalado en cabal lujo al cabo del día.
No fue culpa de los transportistas que lloviese, que
hubiese embotellamientos de tráfico en las principales arterias, que los
camiones llegaran tarde, que dos de los operarios tuviesen las espaldas
doloridas, y otro tuviera problemas con la esposa. Tampoco se les podía culpar
en vista de que ya era medianoche cuando Max Mather dejó caer la última bolsa
de objetos varios en el lugar de destino, pasó la aspiradora por el último
retazo de la alfombra nueva y se encontró solo, como un animal perdido en territorio
poco conocido.
Debajo había dos pisos vacíos, que olían a pintura nueva.
Las rejas del ascensor relucían con los apliques de bronce lustrados y el
hierro forjado oscuro. Las puertas de la planta baja estaban cerradas con llave
y cerrojo, las ventanas contaban con la protección de las barras de acero.
Afuera se desplegaba un horizonte extraño y tribus extrañas que ocupaban las
calles hostiles. Su único acompañante esa noche era el espectro frágil y
doliente de Madeleine Bayard.
Estaba tratando de leer un rato para conciliar el sueño
cuando sonó el teléfono. Era Anne-Marie.
—¿Max?... ¿Dónde estás?... Lamento el lío con los
transportistas. Siento no haber podido ayudar, pero he estado muy atareada todo
el día... Lamento mucho tu situación. No soporto la idea de que pases solo la
primera noche en ese cobertizo inmenso. Acabo de pedir la cena en el Chantilly.
Tendremos una celebración privada... No te inquietes, tengo una limusina... El
chófer te esperará frente a la puerta hasta que tú le abras... No te duermas
hasta que yo llegue.
Lo cual, se dijo Mather sin mucha convicción, no era el
fruto prohibido, pero sí un regalo inesperado, de modo que sería infantil
negarse. En un mundo de terror, uno tenía que agradecer los pequeños favores y
mantener siempre un lugar cálido en la cama para el huésped imprevisto.
Fue una especie de festín de amor. En efecto, se pusieron
sentimentales al compartir recuerdos... el clamor de las campanas dominicales
en Florencia, las copas en el Bar de Harry, cerca del Lung'arno, las salidas a
navegar durante el verano en Porto Santo Stefano; todas las esperanzas
compartidas que ahora, de un modo extraño y tortuoso, estaban convirtiéndose en
realidades. Consumieron caviar y bebieron champaña, y recorrieron juntos el
edificio vacío, planeando dónde colgar éste o aquel cuadro, y cómo lograr que
el auditorio pareciese un lugar de reunión para los eruditos y sus
discípulos... Subieron al último piso en el ascensor, dispusieron la cena y,
como no había otro modo de terminar la velada y disfrutar la nostalgia, se
acurrucaron en la ancha cama, apagaron las luces y contemplaron la gran luna
amarilla que descendía sobre los techos de las casas. Hicieron el amor, riendo
en la oscuridad mientras recordaban antiguos encuentros y costumbres amorosas.
Pero después llegó la tristeza lenta e insidiosa, y el silencio de los secretos
no dichos. Anne-Marie se acercó más a él y le dijo:
—Max, me alegro de que estemos así. Es un buen modo de
despedirse, ¿no crees?
—El mejor, querida. El mejor. Así, ambos podremos comenzar
un capítulo nuevo.
—Todavía no. Sé que estuviste tratando de guiarme y de
ayudarme a organizar la exposición. Sé que cuando eso termine te marcharás, y
que en adelante seremos nada más que amigos y colegas. Pero Max, no será tan
fácil. No puedes abandonarme mientras estoy caminando por el centro de un campo
minado, sin saber cuándo algo me explotará en la cara. Tienes que explicarme
muchas cosas ahora mismo, de lo contrario, este lugar será territorio enemigo
durante el resto de mi vida.
—Estás pidiéndome que te lastime... que te hiera de forma
muy dolorosa.
—Max, es mejor ahora, es mejor aquí, y no después con otro
hombre que no entienda.
Él acercó más su cuerpo al de Anne-Marie, y después, sin
adornos ni tapujos, le relató todo lo que sabía: acerca de su padre, de
Madeleine Bayard, Edmund y Leonie Danziger, e incluso acerca de la sospecha
sombría que se cernía sobre el fondo en fideicomiso. Mientras él habló,
Anne-Marie no pronunció una palabra. Su única reacción fue la humedad de las
lágrimas sobre el pecho de Mather, y el temblor del cuerpo mientras asimilaba
cada golpe como un boxeador que soporta una lluvia de puñetazos demoledores.
Cuando concluyó el largo y penoso relato, ella permaneció
acurrucada contra el cuerpo de Mather, como si el más mínimo movimiento
implicase el peligro de renovar el sufrimiento. Las primeras palabras que
pronunció tenían un extraño y sibilino acento:
—¿Recuerdas al viejo Guido Valente, de Florencia? Solía
leerme la palma de la mano después de la cena. Decía que lo que estaba escrito
en ella era el grafito de Dios, y que nosotros éramos demasiado estúpidos y por
eso no lo interpretábamos.
—Lo recuerdo. Guido vendrá para la inauguración de la
exposición. —Max, no sé si podré afrontar su presencia. —Podrás. Y querrás. Lo
peor ya ha pasado.
—No para Ed. Lo ha perdido todo, ¿verdad? Yo misma
incluida. Se propone pedirme que me case con él. Ya lo sabes.
—Bien, espera a que formule la petición y le contestas con
amabilidad: «¡No, gracias!» Y ahí terminará todo. Acurrúcate ahora y duerme.
¡Pronto amanecerá!
CAPÍTULO XVII
Por la mañana llegó de Zurich una llamada de Alois
Liepert. Todo estaba desarrollándose de acuerdo con el plan. Gisevius, de
Basilea, se había mostrado muy dispuesto a colaborar en el asunto de los
dibujos. Se sentía tan complacido de tenerlos, aunque fuese de forma
provisional, que los había incluido en su propia lista de seguros, sin cargo,
para alentar, según dijo, la idea de una exposición ulterior. Palombini estaba
prevenido de que existía la posibilidad de una reunión poco tiempo después.
También se mostraba cada vez más inquieto y curioso. Liepert había necesitado
recordarle las severas cláusulas del contrato para tranquilizarlo. Además,
parecía que sus sentimientos de ansiedad se habían visto exacerbados por un
cable enviado por cierto Harmon Seldes con el fin de pedirle una entrevista
especial en exclusiva para la revista Belvedere. Mather estalló:
—¡Qué bastardo! ¡Eso es lo que menos necesitamos!
—Es justo lo que le dije a Palombini, que respondió con
una breve negativa y le recomendó que se limitase a tratar con usted.
—¡Recibirá de mí más que una breve negativa!
—Cálmese, Max. Aquí todo está como corresponde. ¿Dónde
desea ver a Palombini? —En Zurich. Necesito que usted asista. Lo llamaré mañana
para fijar la fecha. ¿Cómo está Gisela?
—Bien... y deseosa de tener noticias suyas.
—Dígale que la llamaré por la mañana temprano, hora de
Zurich.
—Max, ¿eso significa que usted está trabajando hasta tarde
en Nueva York?
—Acabo de trasladarme a mi nuevo apartamento. Aún necesito
acostumbrarme. A propósito, llame a su amigo de la galería y dígale que
esperamos que haya bastante movimiento de venta en la exposición. Si desea
reservar cuadros, sobre la base de las diapositivas que le enviamos, es
necesario que me informe por télex, y yo me ocuparé de las reservas. También
envíe un mensaje a Hürliman en el sentido de que tal vez desee entrevistarse
con ellos cuando regrese. No mencione todavía a Palombini.
—Max, tengo la sensación de que usted es un hombre muy
atareado.
—Más que atareado. Estamos a un paso de la inauguración.
Conseguimos que dejen a Danny Danziger en libertad bajo fianza, pero aún es
necesario ventilar el juicio. —No se ofenda, Max; pero eso duplicará sus
ventas. —Alois, usted tiene la moral de un saqueador de tumbas.
—¡Max, es el negocio del arte! Al parecer, atrae a los
sinvergüenzas y los vagabundos. ¿Qué más necesita?
—Comuníquese con Tolentino. Asegúrese de que ha conseguido
su visado y su billete de avión; infórmeme de la hora de llegada y yo lo
esperaré en el aeropuerto. Asimismo, llame a la Biblioteca Nacional de
Florencia, y vea si pueden indicarle dónde puede encontrar a Guido Valente en
Washington. Si se halla en Estados Unidos, desearía que también él asista a la
inauguración.
—¿Se propone llamar a Gisela?
—Sí. Pero ella todavía no lo sabe.
—¡Max, será mejor que elimine a todas las restantes damas
antes de que ella llegue a Estados Unidos! Le profesa mucho afecto; pero si lo
sorprende mirando a otra mujer, descubrirá que tiene ojos de esmeralda y
serpientes en los cabellos.
—Lo recordaré. —Mather se echó a reír—. Gracias por la
ayuda. Me mantendré en contacto con usted.
Llamó a Henri Berchmans y le informó de la indiscreción de
Seldes. Berchmans lanzó una retahíla de maldiciones. Mather agregó algunos
secos comentarios.
—Palombini le contestó que tratase sólo conmigo. Si lo
llamo, perderé los estribos y eso le proporcionará una excusa para despedirme.
No necesito el dinero, pero mi cargo en Belvedere es útil para todos en este
momento. También útil para él, aunque es demasiado tonto para advertirlo.
—Veamos si yo puedo explicarlo. —Berchmans habló con voz
mesurada y discreta—. Esa ocasión... ese negocio acerca del cual hemos hablado.
¿Usted se opondría a asignarle una parte... algo que aliviase su vanidad
herida?
—De ningún modo. Mientras haga lo que se le ordena.
—Se lo explicaré —dijo en tono amable Berchmans—, de modo
que acepte hacer lo que se le indica.
—Me siento como un alumno reprobado. —Mather emitió una
risa breve y agria—. Pero gracias, Henri.
—Usted es nuevo en la profesión. —Berchmans se mostraba
tolerante como un maestro de escuela—. Está sufriendo el nerviosismo de la
primera noche.
Su nerviosismo era aún más intenso cuando bajó al segundo
piso para afrontar la conferencia de Prensa organizada por Anne-Marie y sus
encargados de relaciones públicas. Anne-Marie parecía fatigada. Tenía el rostro
ojeroso, pero se la veía muy controlada, y en su actitud y su discurso había
una dignidad nueva y distante... Mather le cogió la mano y la llevó a un rincón
tranquilo del gran salón, lejos del alcance de los periodistas que comenzaban a
ocupar las hileras de sillas. Le preguntó:
—Cara, ¿cómo te sientes?
—Muy bien, Max, te lo prometí. Ahora puedo dominarme. Los
espectros ya no me atemorizan... —Algunos asomarán la cabeza dentro de pocos
minutos. —No temo... sólo estoy lastimada.
—¿Cuál es el nombre de la especialista en relaciones
públicas?
—Chloe Childers.
—¡Dios mío, qué nombre y qué apellido! ¡Me parece
increíble! Chloe —alta, brusca y áspera— apartó a Max Mather para darle las
últimas instrucciones.
—Están los acostumbrados caballos de guerra de las páginas
de arte; pero la mayoría de los que han venido son periodistas. Están también
todos los canales de Televisión y la Radio. Yo dirigiré y controlaré la
reunión. Usted responde a las preguntas. ¿Listo?
—Los cristianos a los leones —dijo Max Mather—. ¡Adelante!
Sólo cuando se encontró en el estrado sin una sola nota en
la mano comprendió que la situación tenía todos los rasgos de una broma pesada.
Ahí estaban los depredadores: jóvenes, ágiles, hambrientos de carne sangrante.
La primera pregunta confirió el tono a las restantes.
—Señor Mather, ¿cuál es su relación con la Galería
Liberación?
—La represento, como comprador y vendedor, sobre todo en
el mercado europeo, donde ya se ha manifestado un vivo interés por esta
exposición. —Señor, ¿hasta qué punto es intenso este interés?
—Acabo de mantener una conversación telefónica. Espero la
confirmación de varias órdenes de un tratante suizo.
—Madeleine Bayard fue asesinada en este edificio. —Así
es... en el piso superior. —¿Podemos ver el lugar?
—Me temo que no. Ahora es mi apartamento privado. —¿Está
embrujado?
La pregunta provocó risas. Max Mather decidió responder
con seriedad.
—Sí, está embrujado. Todo el edificio está embrujado por
el recuerdo de una mujer trágica de enorme talento. Dentro de pocos días,
colgaremos sus creaciones de las paredes del primer piso; algunas corresponden
a las fotografías que ustedes han recibido. Es un vulgarismo pensar que cuando
se habla de un lugar embrujado eso significa tan sólo terror. También nos
embruja la belleza... y lo que Wordsworth denominó «Las sugerencias de la
inmortalidad». —Señor Mather, ¿qué puede decirnos de su muerte?
—Nada. —Mather replicó con voz seca—. Si necesita esa
información, puede hallarla en sus propios archivos.
—¿Y de la mujer acusada de matarla, Leonie Danziger?
—Ella se declaró no culpable, y está en libertad bajo
fianza. Su caso está sometido a la justicia y no tengo comentarios que hacer,
excepto que se encontrará aquí la noche de la inauguración, como invitada de la
galería, con el conocimiento y el consentimiento plenos del señor Edmund
Bayard.
La noticia les gustó. Era el pedazo de carne sangrante que
necesitaban. Comenzaron a mostrar cierto respeto hacia el individuo que se las
arrojaba con desprecio mal disimulado. Esta vez la pregunta provenía de una
mujer.
—Señor Mather, dicen que Madeleine Bayard vivió una vida
muy apasionante, e incluso una vida sexual promiscua. ¿Qué puede decirnos al
respecto?
—En primer lugar, señora, a pesar de mi evidente juventud,
soy un hombre de ideas anticuadas. Me educaron de manera que nunca besase y
después lo informase a otros, y que nunca hablase mal de los muertos, que no
pueden defenderse. Asimismo, está el problema de los vivos, que como usted bien
sabe, aún pueden promover juicios por calumnias...
—Pero, señor Mather, usted no cree que...
—Por favor, señora. Usted ha formulado la pregunta,
permítame responder. En un sentido muy real, la moral de Madeleine Bayard
carece de importancia... Cuando usted contempla el esplendor de la Capilla
Sixtina, ¿le preocupa que Miguel Ángel fuese un homosexual torturado? ¿Quién
recuerda o a quién le importa que Caravaggio fuese un hombre turbulento y
belicoso que mató a un hombre en una disputa y murió como resultado de la
violencia...? Es el tipo de cosas que merecen el calificativo de triviales... y
ésta es una galería de arte, no una cafetería. Tenemos el privilegio de vender
la sustancia de los sueños, lo que en definitiva es todo lo que podemos dejar a
otros.
—Hablando de sueños... Ése —informó en un susurro la
especialista en relaciones públicas—, pertenecía al New York Times. Señor
Mather, parece que usted tiene algunos sueños particulares. Entiendo que se
propone realizar una serie de seminarios en la galería.
—En esta sala —dijo Max Mather—. Nuestro primer invitado
será Niccolo Tolentino, a quien se reconoce como a uno de los grandes
restauradores italianos. Ofrecerá una serie de doce conferencias en la forma de
clases magistrales, acerca de todos los aspectos de su oficio.
—¿Y cree que habrá público para ese tipo de cosas?
—Parece que sí. Sé que desde que se publicaron nuestros
primeros avisos hemos recibido más de cien solicitudes de inscripción... más o
menos la mitad de estudiantes de los cursos superiores, y el resto de miembros
del personal de distintas instituciones de arte.
—Señor Mather, en la revista Belvedere de este mes, usted
publicó un artículo referente a unas obras de Rafael, ahora perdidas... ¿Ha
provocado alguna reacción?
—Sí, por extraño que parezca. Copias de los dos cuadros,
es decir, una copia de cada uno, han sido rastreadas e identificadas.
—¿Quiere decir falsificaciones?
—No, quiero decir exactamente lo que digo... copias. No
puedo decirles más por el momento, dado que todavía se trata de un asunto
confidencial, pero dentro de poco habrá más noticias. —¿Acerca de los
originales? —Eso esperamos.
Hubo una pausa momentánea en el interrogatorio, pero fue
sólo la calma que precede a la tormenta. Una joven que estaba al fondo de la
sala mostró una hoja de papel de dibujo.
—Me dicen que esto es un boceto realizado en su estudio
por Madeleine Bayard. Es muy erótico. Algunos incluso podrían decir que es
pornográfico. ¿Algún comentario, señor Mather?
—Le daré un consejo. Guárdelo; en muy poco tiempo más será
de enorme valor.
—Señor Mather, ¿Madeleine Bayard se dedicó a la
pornografía?
—Si usted está preguntándome si pintó o dibujó escenas
eróticas la respuesta es inequívocamente afirmativa. Por desgracia, no tenemos
esas obras en nuestra exposición, y hasta ahora no se ha ofrecido ninguna a la
galería... De todos modos, no veo a dónde quiere ir a parar. J. M. Turner era
voyeur y solía visitar los burdeles londinenses para dibujar las escenas que
allí encontraba. John Ruskin, que no era muy eficiente en el aspecto sexual,
asumió la tarea de destruir esos trabajos. ¿Ganancia o pérdida? ¿Un episodio
importante? ¿O sólo otra nota al pie del legado de un gran pintor? A usted le
toca decidir.
—Señor Mather. —Era una voz quejumbrosa procedente del
centro de la sala. La voz pertenecía a una mujer alta y angulosa de edad
indefinida, pero con un mentón muy decidido—. Me parece que usted está
sermoneándonos. ¿Por qué procede así?
De pronto, toda la tensión que se había acumulado en él se
disipó. Se rió y se encogió de hombros, e insinuó un gesto elocuente de
rectificación.
—¿Por qué? Porque soy el muchacho nuevo, y cuando alguien
me empuja yo devuelvo el empujón. Pero la verdadera razón está frente a
ustedes. —Retrocedió un paso, arrancó el lienzo blanco que cubría el caballete
y mostró la pieza fundamental de la exposición. La Dama de los Harapos—.
Mírenla bien, damas y caballeros, y después digan qué es importante y qué no lo
es.
Cuando descendió del estrado, se oyeron algunos aplausos
dispersos y después hubo un movimiento general para examinar el cuadro,
mientras los fotógrafos se preparaban para obtener sus tomas. Chloe, la
especialista en relaciones públicas, esbozó un discreto gesto de triunfo.
AnneMarie le apretó la mano y en voz baja le dio las gracias.
De manera que, para bien o para mal, estaba hecho. Se
detuvo un momento para ser fotografiado con Anne-Marie, para intervenir en
diálogos televisados y responder a algunas preguntas sin importancia de varios
periodistas de las columnas de información social; después, subió al piso de
arriba para llamar a George Munsel y presentar su confesión.
—... Debo informarle que anoche mantuve una prolongada
sesión con Anne-Marie Loredon. Ed Bayard se propone pedirle la mano. He
considerado que ella debía conocer la historia completa.
La reacción de Munsel fue más benigna de lo que él había esperado.
—Dudo de que su actitud fuera prudente. Coincido en que
probablemente fue necesaria. ¿Cómo reaccionó?
—Creo que bastante bien. —¿Qué se propone hacer acerca de
Bayard? —Rechazarlo con un gesto de agradecimiento. —La siguiente pregunta:
¿qué haremos con él? —¿En qué sentido?
—¿Le avisamos o le permitimos que resuelva solo el
problema? Como usted sabe, de nuevo nos hallamos el tema del encubrimiento. Un
asunto siempre embarazoso, una especie de equilibrio sobre la cuerda floja.
Usted no necesita preocuparse demasiado. Sólo deseo que sepa que yo seré quien
soporte las pesadillas.
—George, ¿acaso su cliente no le paga para eso? Yo no soy
más que un testigo que sirve a la causa de la justicia. Además, acabo de salir
de una agotadora conferencia de Prensa.
—Abrigo la esperanza de que se haya mostrado discreto.
—Así ha sido.
—Me interesará ver cómo lo tratan. —Supongo que me
triturarán.
—Antes de que llegue a eso, necesito que usted termine su
análisis de los diarios. Si usted necesita ayuda de la computadora, puedo
ofrecerle algo.
—Gracias, pero lo haré según el viejo estilo: lápices de
color y columnas divididas por rayas. George, no soy un hombre muy culto.
—Lo sé. Se las arregla con su astucia innata. Es un riesgo
terrible. Que pase un buen fin de semana.
El último comentario le sobresaltó. Era viernes. No sentía
el menor deseo de pasar un fin de semana solo en Soho. Consultó su reloj. Era
casi mediodía. Las seis de la tarde en Zürich. Llamó a Gisela y le dijo:
—... Si me quedo aquí el fin de semana perderé los
estribos. Trataré de conseguir un vuelo nocturno que me deje en Zurich mañana a
primera hora de la mañana. Podríamos pasar juntos el fin de semana. Mientras
tanto, te daré el número de Claudio Palombini. Averigua dónde está. Dile que es
cuestión de vida o muerte que lo vea en Zurich el lunes... en mi apartamento, y
a solas. Comienza a trabajar ahora mismo. Te llamaré otra vez dentro de dos
horas. Sí... por supuesto, de todos modos iré... Tenías razón. En esta ciudad
hay muchas tentaciones para un muchacho del campo... Oh, sí, la última novedad
es que vendrás a Nueva York para asistir a la inauguración de la galería...
Alois te dará permiso. Puedes perderte una clase de la universidad... ¡Di que
estás enferma, o haz lo que te parezca! Yo pagaré los gastos... Sé que estoy
gas-tanto como un marinero borracho, pero después del lunes seré rico o iré a
la cárcel.
Cuando informó a Anne-Marie ella tuvo un leve sobresalto
de sorpresa, y después asintió.
—Entiendo. Pero, ¿regresarás a tiempo para asistir a la
cena de Ed, el miércoles? No podría afrontar eso sin tu presencia.
—Yo tampoco podría afrontarla sin la tuya. —Le habló de la
señora Lois Heilbrunner, el fantasma que venía de su sórdido pasado. Le gustó
oír que se reía.
—Éste es el Max a quien yo conocía. Temí que se hubiera
desvanecido por completo. ¡Tenías un aire tan formidable esta mañana, frente a
los periodistas! ¡Caramba!... No estaban preparados para lo que les dijiste.
Chloe dice que si bien algunos puede que te critiquen, la galería recibirá
buena crítica por parte de la Prensa, y las tomas de la Televisión tendrán un
aspecto excelente.
—Así es el juego. —Mather se encogió de hombros—. Creen
que pueden ensalzarte o destruirte. Pueden hacerlo; pero sólo si se lo
permites. En definitiva, lo que importa es lo que cuelga de las paredes. El
material de los sueños es muy duradero.
Max Mather tenía inteligencia suficiente para comprender
que la frase sonaba bastante extraña en los labios de un hombre que apostaba
por un premio representado por un centenar de millones de dólares en obras de
Rafael. Mientras hacía el equipaje —ropas, documentos, los diarios de Madeleine
Bayard, todos los papeles importantes—, un dedo pequeño y frío le tocaba el
corazón. Una cosa era jugar a la publicidad en Manhattan; pero avanzar hasta el
primer plano y jugar a la verdad y sus consecuencias con los grandes personajes
era otra muy distinta. El vuelo nocturno desde Nueva York lo depositó en Zurich
a las nueve de la mañana. Gisela, bendita fuese su atenta alma suiza, estaba
allí para recibirlo y llevarlo a su apartamento, donde él se bañó, y ambos
hicieron el amor y almorzaron, y todo eso les llevó varias horas. Era el
reconocimiento tardío pero válido de que una de las cosas que él más había
echado de menos en su vida era el sentimiento de que regresaba a casa, de que
se encontraba, después de una ausencia breve o prolongada, entre los dioses de
su propio hogar. Ese hogar podía ser un lugar provisional, pero las deidades y
la figura matronil que mantenía encendidas las lámparas ante aquéllas, definían
el calor y el centro de la morada.
Gisela había organizado el fin de semana con cierta
precisión suiza.
—Tenemos el sábado para nosotros, sólo para nosotros.
Iremos el domingo al campo y pasaremos el día en el lugar donde nací, y que
ahora es mi dote... Tú no sabías que yo era una latifundista, ¿verdad? La
pareja que me administra el lugar nos servirá el almuerzo. Alois Liepert y su
familia se reunirán con nosotros, porque creo que es preciso que hables con
Alois antes de reunirte con Palombini el lunes. Llega a las diez, y vendrá
directamente aquí. Alois sugiere invitarlos a ambos a almorzar en la Jägersverein.
La noche del lunes será para nosotros dos. El martes ya tienes reservado
billete de regreso a Nueva York... Ahora, cuéntame todo lo que has estado
haciendo.
Fue un relato extenso, y a menudo inconexo, pero en
definitiva co dujo a Gisela a formular una pregunta.
—Pero, Max, ¿qué deseas hacer en realidad con tu vida?
—¡Bah! No es fácil responder a eso. Trataré de aclarar
algo contigo, porque apenas estoy empezando a percibirlo yo mismo. Te he
hablado de mi padre y mi madre, y el conflicto que ellos sostuvieron a lo largo
de su vida. No podría soportar ese tipo de lucha en mi propia vida conyugal.
Por eso mismo, la solución sencilla hasta ahora ha sido evitar el matrimonio y
conservar siempre la libertad de suspender una relación insatisfactoria...
¡Magnífico! Pero, ¿qué era realmente satisfactorio para mí? Pese a todo, no soy
un mal erudito. Poseo bases sólidas. Mi tesis doctoral no fue del todo mala...
Recibí de mi padre esa herencia: un respeto fundamental por el saber. De mi
madre heredé una serie de deseos irrealizados y la idea de que el mundo me
debía una vida mejor que la que había conocido... ¡Y con franqueza, me propuse
conseguirla! Me preguntas qué deseo hacer con mi vida. Dos cosas. Quiero llenar
los vacíos de mi saber, y al mismo tiempo allanar mi camino, y el tuyo, con mis
propias cualidades. Me gusta lo que estoy haciendo ahora: la agitación, el
movimiento, la negociación. Y me desenvuelvo mejor cuando creo en lo que
hago... por ejemplo, la colección Bayard. Comprendo a Niccolo Tolentino y a
Guido Va-lente. Creo que te entiendo; pero además sé que te amo. Eres la clase
de persona que mantiene a los individuos como yo en el sendero de la
honestidad. Por lo tanto, en un mundo ideal, ¿qué me gustaría hacer? Ganar con
lo que hago dinero suficiente para casarme contigo y formar una familia.
Disponer de ocio suficiente para aceptar la beca que Guido Valente me propone y
empezar a ordenar mi mente académica... —Se interrumpió, y rió con cierto
embarazo—. Ése es el plan básico. Dios sabe si podré realizarlo.
—Estoy segura de que podrás, amor mío. —Gisela apoyó una
mano fría sobre la mejilla de Mather—. Pero nada de todo eso sucederá hasta
que...
—¡Hasta que se pague el precio exigido por la novia y yo
me haya lavado en la sangre del cordero! Es lo que estás intentando decirme,
¿verdad?
—¡No digas eso, Max! ¡Es cruel para ti y para mí!
Tenía los ojos llenos de lágrimas. Él la abrazó y la
apretó largo rato contra su cuerpo, mirando por encima del hombro de Gisela
hacia un futuro muy incierto.
Claudio Palombini llegó al apartamento de Sonnenberg a las
once menos cuarto de la mañana del lunes. Max Mather lo esperaba con café
recién preparado y un pequeño montón de notas y documentos. Sirvió el café, y
después, sin rodeos, inició la conversación.
—... Claudio, estamos muy cerca del éxito. Le he invitado
a venir aquí porque los movimientos siguientes son fundamentales, y es
necesario que haya comprensión completa por ambas partes antes de que los
realicemos. Lo que digamos aquí es privado, y nunca podrá ser demostrado ante
un tribunal. ¿Hablo claro?
—Max, lo que usted dice es muy claro. La razón que lo
induce a hablar así todavía es un misterio. Tenemos un contrato, firmado y
autenticado. ¿Supongo que no pretenderá modificarlo?
—De ningún modo —respondió Max Mather—. Ése es nuestro
punto de partida. Ahora, eche una ojeada a estas cosas.
Desplegó sobre la mesa las fotografías de los dos retratos
y los cinco dibujos. Palombini las miró, asombrado.
—¿Quiere decir que...?
—Esta es su antepasada, Donna Delfina, y ésta la hija, la
Doncella Beata. Aquí tiene cinco dibujos correspondientes a un retablo de la
capilla votiva de San Gabriel, que se levantaba en los confines de la villa
Palombini.
—Nunca oí hablar de ese lugar.
—Existía. Fue el escenario de la violación y el asesinato
de una muchacha campesina. Fue desconsagrado y destruido durante el siglo XVII.
—¿Y usted sabe dónde se encuentran estas cosas?
—Sí, lo sé. Las he visto. Las he autenticado. Incluso he
visto copias de los dos retratos. Pero refresque con esto su memoria de
familia.
Entregó a Palombini la carta que había recibido varias
semanas antes, firmada por Guido Valente. Palombini la leyó con mucho cuidado,
después se la devolvió. Dijo en voz baja:
—Max, hace mucho afirmé que lo había subestimado. Por
favor, continúe.
—Eberhardt falleció en Brasil. Mientras ambos estábamos en
Saint Moritz, oí decir que Camilla Dandolo había regresado a Italia y vivía en
Milán. Fui a verla. Le enseñé las fotografías. Identificó los dos retratos y
dijo que eran los mismos que su marido había comprado a Luca Palombini durante
la guerra. Después de la muerte de Eberhardt, ella los vendió a un tratante de
arte brasileño. Ahora están en Nueva York, y han sido ofrecidos a Henri
Berchmans, de Berchmans et Cie., de quien usted sin duda ha oído hablar.
Palombini pareció deprimido.
—De modo que los hemos perdido.
—No. Yo personalmente he comprobado, en presencia de
Berchmans, que son copias. La cifra del copista está pintada en ambos cuadros y
la madera es roble, no cedro. Ahora, lea esto.
Le entregó una copia de la declaración de Niccolo
Tolentino, realizada después de examinar los retratos. Palombini la leyó y
comenzó a golpearse la frente con la palma de la mano.
—¡Qué estúpido! ¡Qué estúpido! ¡Qué estúpido! Todo esto
sucedió en nuestra ciudad, bajo mis propias narices, y yo no vi nada... Por
primera vez comienzo a comprender qué es lo que estoy pagando. Y ahora, la gran
pregunta: ¿Dónde están esas cosas?
—Todas en lugar seguro, en distintos sitios. Los dibujos
reciben cuidados especiales, en las condiciones propias de un museo.
—¿Quién es el dueño?
—Una compañía que se ocupa de obras de arte... y de otras
cosas.
—¿Venderán? ¿Aceptarán negociar basándose en la cifra que
usted especificó en su contrato... el diez por ciento como honorario por la
recuperación? —Tengo motivos para creer que lo harán. —Entonces, ¿a qué
esperamos?
—La solución de un problema... en realidad, dos problemas,
aunque uno está subordinado al otro. El primer problema es el título y el
origen. Supongamos que usted adquiere ahora esos cuadros, y desea ponerlos en
venta... un negocio legítimo, no con un descuento propio del mercado negro;
tiene que mostrar un título claro. Puede probar tal cosa a partir del documento
original de 1505. Puede demostrarlo de manera aceptable hasta llegar a Luca,
durante la guerra. Después, hay un enorme vacío, más de cuarenta años. Ahora
bien, incluso en una venta privada, sin la publicidad de una subasta, eso
inquietará a un comprador acaudalado. Nunca tendrá la certeza de que su
propiedad sea indudable. El segundo problema, de menor importancia, porque las
obras de hecho están fuera de Italia, es la cuestión de la exportación de los
tesoros nacionales; pero en vista de que hay un lapso de cuarenta años en la
historia del asunto, es probable que podamos evitar ese problema.
—Lo cual me indica —Claudio Palombini dirigió a Mather una
mirada de aprobación—, que usted ya ha elaborado una solución.
—Es la mejor que jamás se le podrá ofrecer.
—De todos modos, estoy atemorizado —dijo Palombini—.
Recuerde que a finales de julio me espera la quiebra.
—Tranquilícese, Claudio... Pazienza! Comenzó a desplegar documentos
sobre la mesa.
—Punto uno: la carta de Valente, la declaración de
Tolentino, apunta con claridad a un tráfico de exportación en tiempo de guerra
realizado por Luca Palombini... La familia misma ha tenido una presencia
comercial permanente en Suiza durante mucho tiempo. Lo cual hasta cierto punto
resuelve el problema de la exportación. Punto dos: Pía y yo fuimos amantes. De
vez en cuando ella me hizo regalos costosos. Éstas son las tarjetas de puño y
letra de Pía... Aquí tiene dos de esos regalos —un reloj antiguo valorado por
lo menos en cien mil dólares, un confitero Luis XIV de mucho mayor precio.
»Punto tres: la fotocopia del testamento ológrafo de Pía,
la misma que usted me entregó el día que se leyó el documento en la villa.
Usted observará que entre los legados que ella me dejó se incluye un objeto de
los archivos, siempre que no se trate de un manuscrito y que el regalo no
perjudique la continuidad de la historia de la familia...
»Punto cuatro: éste es el objeto que yo elegí, un
envoltorio de lona cubierto con cera, los bordes unidos con hilo de zapatero;
llevé fuera del país el envoltorio sellado. Nadie, ni siquiera usted, Claudio,
se molestó en preguntarme qué había elegido. Usted estaba perfectamente
dispuesto a entregar la totalidad del archivo a la Biblioteca Nacional, y este
envoltorio habría ido con el resto.
»Punto cinco: los procuradores legales de la compañía que
ahora posee las obras de arte harán exactamente lo que sus accionistas les
ordenen.
»De modo que allí, si está dispuesto a usarlos, se
encuentran su título y la justificación del origen. Si prefiere discutir el
caso, por supuesto estará litigando contra su propio interés, y además será
imposible vender de inmediato los cuadros, y el efecto de la disputa se
prolongará durante décadas.
Claudio Palombini estuvo largo rato con la mirada fija en
las fotografías y documentos expuestos ante él. Mather volvió a llenar su taza
de café y se la entregó. Palombini sorbió el líquido tibio, y después se secó
los labios con un pañuelo de seda. Por fin, con voz fría y neutra, dijo:
—¿Todo esto corresponde al contrato original? Si la
respuesta es negativa, ¿cuánto más me cuesta?
—El contrato dice el quince por ciento de lo que usted
reciba, es decir, una vez hayan sido pagadas las comisiones del subastador o el
tratante. —Así es.
—Usted sabe que eso ascenderá al veinte.
—Sí.
—Por hacer mucho menos de lo que yo he hecho. Sin mi
intervención, Claudio, estas cosas se habrían escapado para siempre de sus
manos, y se me ha asesorado en el sentido de que estos documentos aporten, en
Italia o fuera del país, un argumento razonable para justificar la posesión de
las obras de arte. Como usted sabe, un testamento ológrafo es un instrumento
muy poderoso. La magnitud de los regalos de Pía siempre fue muy considerable...
Yo no era tan sólo su amante, era su fiel servidor...
—Max, usted es un mascalzone, un delincuente.
Mather sonrió y se encogió de hombros.
—Yo puedo decir eso, Claudio, usted no, porque los
documentos afirman lo contrario. Soy un traficante, como usted; un traficante
aprovechado, pero siempre con un paso dentro de la ley o medio paso fuera de
ella, como Luca l'ingannatore, ¿eh?
—¡Ah, por Dios! Acabemos esta comedia. Diga el precio.
—El cinco por ciento.
—Es decir, un total del veinte... sólo para usted.
—Reconozco que es elevado; pero sin mí usted no tendría
nada, ¿verdad? —No discutamos más. ¿Cómo arreglaremos esto?
—En primer lugar... —Mather era la ecuanimidad en
persona—. En primer lugar, iremos a Jägersverein para almorzar con Alois
Liepert. A continuación, nos dirigimos a su oficina, donde algunos documentos
esperan su firma. El primer documento reconoce que las obras de Rafael pasaron
a mi poder, en parte como regalo y en parte como legado de Pía. El segundo
documento es una nota de la venta en virtud de la cual por la suma de cinco
millones de dólares yo le vendo las obras de Rafael. El tercero es una renuncia
a derechos ulteriores, firmados por ambos, en que se reconoce que ninguna de
las dos partes presentará otras exigencias. El coste total para usted es el
cinco por ciento del precio de mercado, es decir, apenas un tercio de lo que se
comprometió a pagarme de acuerdo con el contrato existente.
Claudio Palombini lo miró con absoluta incredulidad.
—No le creo. Usted está renunciando a la suma de diez
millones de dólares. ¿Dónde está la trampa?
—La trampa está en lo que sucede si no procedemos así.
Sobre la base de los documentos, tengo mejores derechos que usted. Usted me
escribió una carta en la que niega poseer conocimiento de las obras de Rafael,
¿recuerda? Además, no estoy sujeto a la jurisdicción del gobierno italiano.
Usted sí... Incluso así, podría disputar mi derecho, de modo que la transacción
entera acabase en la nada. Desde mi punto de vista, imagino que he ganado lo
que estoy reclamando, porque usted sencillamente no podría haber hecho lo que
hizo y convertido las obras de Rafael en un artículo de mercado muy valioso.
D'accordo?
—D'accordo! —dijo Claudio Palombini—. Pero hay un
inconveniente. No tengo quinientos mil dólares, ni mucho menos cinco millones.
—Eso es fácil —dijo Mather riendo—. Retendremos los
cuadros hasta que se vendan. Alois Liepert retendrá los documentos y los
presentará según las necesidades. Pero hay que dar otro paso... usted tendrá
que decidir quién venderá los cuadros y dónde. Puedo formular algunas
sugerencias al respecto... una de ellas es que usted vaya a Estados Unidos.
—Resérvelas para el almuerzo —dijo Claudio Palombini—. Lo
que necesito ahora es una buena copa.
—Ambos la necesitamos.
Mientras servía las bebidas, Claudio preguntó:
—¿Por qué, Max? Usted podría gozar de su libertad, pero
regresa y cierra un trato inconveniente como éste. ¿Por qué?
—He leído a mi Dante. —Mather le sonrió con la copa en la
mano—. O digritosa coscienza e netta. ¡Acabo de descubrir la mía!
Por primera vez, Claudio le devolvió la sonrisa y elevó su
copa a modo de saludo.
—Los Palombini pertenecen a otra era. Nuestros primeros
dientes los cortamos leyendo a Maquiavelo.
El almuerzo en el Jägersverein fue seguido por una visita
a las bóvedas para inspeccionar el retrato de Donna Del fina, que ahora era la
única de las obras de Rafael que había quedado allí. La reacción de Palombini
fue casi la misma que había mostrado Tolentino. Sostuvo el cuadro a la
distancia del brazo, y lo miró fijamente, con lágrimas en los ojos. Después, se
volvió hacia sus acompañantes con una sonrisa trémula.
—Tienen que perdonarme; pero en este momento parece un
icono milagroso, la Madonna del Socorro Perpetuo... No puedo decirles lo que he
sentido estos últimos meses, cuando veía que las empresas fundadas por mis
antepasados se arruinaban... Debo disculparme, Max. Lo insulté de modo
grosero... Sin embargo, ésta es la segunda vez que usted ayuda a mi familia.
—Claudio, soy una persona sensible.
—Todos deberíamos mostrar la misma sensibilidad —dijo
Alois Liepert—. Regresemos a la oficina y firmemos esos documentos.
—Vaya con Claudio. Me reuniré más tarde con ustedes.
Necesito comprar un anillo de compromiso.
—Vaya a Barzini's —dijo Claudio—. Está a pocos metros de
aquí, a la izquierda. Presénteles esta tarjeta y le harán un descuento decente.
Somos los dueños de la firma... ¡o lo seremos, después que el maestro Rafaello
de Urbino pague nuestra hipoteca!
Esa noche, durante la cena, Mather deslizó el anillo sobre
el dedo de Gisela y le informó con cierta emoción en su voz:
—Quiero que sepas, amor mío, que eres la mujer más cara
que he comprado nunca. ¡Hoy me has costado diez millones de dólares! A lo cual,
en su sólido estilo campesino, ella respondió:
—Sin duda, comprobarás que valgo eso y mucho más... estoy
muy segura de que duraré más que cualquiera de las otras.
CAPÍTULO XVIII
Cuando llegó al aeropuerto de Kennedy, Mather telefoneó a
Henri Berchmans y concertó un encuentro en la galería del alsaciano, de camino
al centro de la ciudad. La conversación entre ambos fue concreta y rápida.
—Ahora, Palombini posee un título sólido como propietario
de las obras de Rafael, sujeto al pago que debe hacerme. De modo que aún poseo
el control de la situación. El origen es evidente y está documentado, aunque
preferimos no dar publicidad al asunto.
—¿Y todos los documentos son kosher?
—Sin duda. Un testamento ológrafo, misivas anunciando
regalos, nota de venta... —¿Y mi posición?
—Palombini viene en avión para asistir a la exposición
Bayard, pero ante todo para hablar con usted. Ya lo puse en contacto con sus
colegas suizos, porque abrigo la esperanza de poder hacer yo negocios con ellos
más adelante, así como con usted. Mis sugerencias han sido que se realice un
esfuerzo de cooperación en relación con las tres obras o que se practique una
división de las obras entre ustedes. La conferencia que usted mantenga con
Palombini puede originar otras soluciones. He cumplido lo que le prometí. De
usted depende el resto.
—Aprecio lo que usted ha hecho. Se ha mostrado muy
preciso.
—Hay más. Palombini trae consigo la Donna Delfina
original. En el avión contará con la ayuda de sus propios guardias. Necesito
que su personal de seguridad aporte aquí su colaboración, que haya un lugar
seguro de almacenamiento en sus bóvedas, y protección especial durante la
exposición. Quizás a usted le convenga aprovechar la ocasión para interesar a
un comprador... sobre todo en vista de que aquí estará Tolentino. Hemos
convenido los procedimientos que se utilizarán en la exposición.
—Muy bien.
—Se mencionará el préstamo generoso que usted realizó de
antiguas obras de Bayard. —Gracias. Hará usted que me sonroje.
—¿Harmon Seldes hará los honores cuando yo presente a
Tolentino al iniciar el seminario?
—Al principio se mostró muy renuente. Todavía está muy
irritado con usted. Pero ahora que huele dinero volverá a ser un gatito
mimoso... A propósito, pese a ser una pareja de novicios usted y la señorita
Loredon no se las han arreglado del todo mal con la Prensa, y las tomas de
televisión de la Dama de los Harapos fueron espléndidas. Ya he reservado esa
obra.
—Entonces, creo que la cosa está tan bien resuelta como
podíamos desear.
—¿Y el resto, Max? ¿La Policía, Danny Danziger, el propio
Bayard?
—Todavía hay una serie de minas explosivas alrededor.
Espero que ninguna de ellas detone antes de la exposición. ¡Ah! Casi me
olvidaba. He traído fotocopias de los pasajes del diario de Madeleine referidos
a usted. Y un par de bocetos que podrían resultar útiles para la publicidad.
Berchmans lo revisó todo con rapidez, y después emitió su
risa áspera y agria.
—Por lo menos Madeleine elogia con intensidad mi potencia.
¡Dios mío, qué testimonios!
—Me alegro de que esto le satisfaga.
—Véalo de este modo, Max: ¡no tendré que pagar por estos
materiales!
—Aquí tiene el número de vuelo de Palombini. Si usted
envía la limusina y los guardaespaldas podemos detenernos aquí antes de que
usted lo lleve al hotel... Debo marcharme. A bientôt.
—A bientôt. Y de nuevo mis cumplidos. Muy preciso, una
mente muy ordenada. —Henri, le recuerdo algo.
—¿Sí?
—Palombini negociará con usted. No trate de presionarlo
demasiado.
—Usted es en verdad un hombre maduro. —Henri Berchmans le
dirigió un saludo final—. ¡Vaya a enseñar el oficio a su abuela!
Anne-Marie estaba muy atareada, y por primera vez en los
últimos tiempos la veía animada y feliz. Ahora tenía un ayudante, un joven de
rostro simpático y sonrisa agradable, y modales corteses. Mostró a Mather los
primeros artículos de la Prensa, que cubrían ocho páginas de un libro de
recortes. La mayoría eran cordiales, unos pocos muy halagadores, y todos
mencionaban el súbito efecto teatral que produj o La dama de los Harapos.
—Max, no hubiera podido ser mejor... Y ya hemos vendido
cinco cuadros. Tus amigos suizos han pedido tres. Berchmans desea La dama de
los Harapos y uno de los asistentes a la conferencia de Prensa es un editor de
arte que también colecciona. Ha comprado una de las telas más pequeñas, El
muchacho del Palomar... Parece que nuestra suerte empieza a mejorar.
—Estoy seguro de que así es. ¿Qué sabes de Ed Bayard?
—No mucho. Me envió una lista de los invitados a la cena.
Pertenecen todos a las grandes instituciones que tienen colecciones de arte: la
Metropolitan, Whitney, Guggenheim... y hay unos cuantos tratantes importantes.
He observado que no invitó a Berchmans. ¿Conoces la razón?
—No preguntes. ¿Ha vuelto a hablar de matrimonio?
—No de forma directa. Insiste en que hablaremos y veremos
qué terreno pisamos... por supuesto, después de la exposición. Max, él desea
con toda su alma tu aprobación. Ahora que sabe que estás comprometido con otra
mujer, parece atribuirte el papel de una especie de hermano mayor o de una
figura paterna a mi servicio... Además, me dijo que la Policía fue a hablar
contigo otra vez. Me siento muy mal, en vista de todo lo que sé...
—¡No pienses! ¡No sientas! —Mather habló en tono
imperativo—. Prometiste mantener la boca cerrada. Ahora, hazlo y continúa
trabajando.
—Max, ¿por qué te muestras tan brutal con él?
—No es con él. Es contigo. ¡La compasión puede ser mortal
para Anne-Marie Loredon! Ahora, sube conmigo mientras deshago el equipaje y te
comunico algunas buenas noticias. Tendremos la mejor velada inaugural que Nueva
York ha visto en años. Una función doble...
—¡No, Max, por favor!
—¡Nada de por favor, mujer! Espera hasta que te diga las
novedades.
Anne-Marie escuchó; protestó; arguyó; pero al fin aceptó.
Habría una velada con dos episodios. Cuando los invitados hubiesen terminado el
recorrido ritual de la exposición y pareciera que ya no habría más pedidos de
compra, todos pasarían a la sala de conferencias del segundo piso, para ser
presentados a Niccolo Tolentino, y escuchar la presentación de su seminario.
Había un riesgo. El público estaría adormilado por el champaña, los canapés y
la diarrea crítica; los especialistas en arte de Manhattan nunca se habían
destacado por su tolerancia ni por sus buenos modales. De todos modos, como
dijo Anne-Marie después de un par de copas:
—¡Qué demonios, la suerte nos favorece! Sigamos hasta que
tropecemos con el primer obstáculo. —Y después, obedeciendo a cierto
pensamiento irónico, elevó la copa en un brindis.
—¡De modo que mi Max por fin ha sido atrapado! Odio de
antemano a tu Gisela. Pero, Max, os deseo a ambos la mejor suerte. ¡De todo
corazón!
La cena de Edmund Justin Bayard fue una metáfora alusiva
al hombre mismo: formal, puntillosa, abundante en talento profesional,
indicativa de la presencia de mucho dinero, antiguo y nuevo. La charla fue la
propia de un grupo que constituía una auténtica camarilla; el centro de interés
siempre estaba en algún lugar que no era precisamente el interlocutor. En el
caso de la señora Lois Heilbronner, el hecho parecía favorable, porque la dama
había concentrado la atención en un nuevo y joven tratante de la Calle 57, más
que en Max Mather, a quien había relegado a la lista de honor de los amigos
apreciados de antaño.
Y a pesar de todo, los invitados respondían a una
selección astuta. Había cuatro tratantes principales. El resto estaba formado
por los directores de instituciones coleccionistas y sus mujeres, las que
encabezaban comités de recolección de fondos y grupos de voluntarias, y
campañas para atraer a nuevos miembros. Éstos eran los árbitros del gusto, ya
que no siempre de la moda. Lo que compraban hoy mañana sería lo más apreciado
en el mercado de arte; si bien sólo el tiempo mismo podría decir qué obras gozarían
de un prestigio duradero, y cuáles se verían desechadas.
El rito de la velada fue una buena copia del procedimiento
diplomático. Bayard y Anne-Marie recibieron a los invitados, los camareros
ofrecieron champaña y canapés y los condujeron con discreción al salón donde
estaba la colección del propio Bayard. Era bastante nutrida y variada para
dividir al grupo y aportarle tema de conversación e incluso pretextos para
algunos comentarios maliciosos. No se apelaba a nada tan vulgar como los
títulos y los cargos. Ésta era la auténtica familia de los mayores, a quienes Max
Mather abordaba con asidua cortesía:
—No nos conocemos. Mi nombre es Max Mather. Trabajo con
Anne-Marie. —Si tenía suerte, originaba una breve charla; si no la tenía, a lo
sumo recibía un murmullo cortés, que lo dejaba en libertad de volver a la
oscuridad con otra copa de champaña.
Se sirvió la cena en el gran salón donde se exhibían por
última vez los cuadros de Madeleine Bayard, un teatral golpe de efecto que dio
lugar a exclamaciones de aprobación incluso en los cognoscenti más veteranos.
La atención se dividió sin cesar entre los manjares y los cuadros, y se observó
una auténtica calidez en los cumplidos formulados a Bayard, que ocupaba un
extremo de la mesa, y a Anne-Marie en el otro. Era evidente que se requería un
discurso —ya que no una oración—, y entre el postre y el queso Ed Bayard habló:
—Mis estimados amigos. Gracias por compartir conmigo esta
velada, la última que yo pasaré en esta habitación con las telas de Madeleine.
Mañana serán trasladadas a la galería de la señorita Loredon, para comenzar la
exposición pública y ofrecerlas en venta... Para mí, éste es el fin de una
etapa de mi vida. Confío en que pueda ser el comienzo de otra mejor. Aquí somos
todos amigos. No es secreto que Madeleine y yo nunca conseguimos tener un
matrimonio feliz; pero por extraño que pueda parecer, fue una unión estable, y
de ella surgió, como las margaritas en un campo de batalla, las obras
maravillosas, en verdad maravillosas que aquí nos rodean. Este brindis que
ahora les propongo es mi saludo a la mujer que pintó estos cuadros, y mi
agradecimiento a la valerosa joven que ha arriesgado todo lo que tenía para
exponerlas en su nueva galería... Las uno a ambas en este brindis, porque el
artista no puede vivir sin un patrono que lo presente, y sin la artista el
patrono queda, como me sucederá, con una habitación vacía... A Madeleine, salud
y adiós. ¡A Anne-Marie, bien venida!
Incluso a juicio de Max Mather, que conocía tantos
secretos, fue una oración conmovedora. Varias mujeres lloraban sin disimulo.
Los hombres se sonaban la nariz y contribuyeron al brindis con voces un tanto
excesivas. Mather dirigió una mirada a Anne-Marie. La vio con el rostro
ceniciento, las manos unidas sobre la mesa, los ojos clavados en sus propios
nudillos. Hubo una pausa prolongada. Mather se sintió tentado de realizar un
breve discurso de agradecimiento en nombre de Anne-Marie, pero lo pensó mejor.
Éste era un episodio personal de Bayard; que lo manejase a su propio modo.
Finalmente, el hombre de Whitney se puso de pie, ofreció una respuesta breve,
eficaz y considerada, y se sentó saludado por una salva de aplausos corteses.
El resto al parecer fue nada más que un epílogo. Se sirvió
café, se ofrecieron licores. Nadie quiso fumar. La reunión terminó con decoro.
Ante la sorpresa de Mather, Anne-Marie fue una de las primeras que se marchó;
un criado de Bayard la llevó a su casa. No se ofreció a llevar a Mather, pero,
en cambio, dijo en un susurro apremiante:
—Llámame cuando vuelvas a tu casa —y después se perdió en
la noche.
Cuando Mather se acercó para despedirse de Bayard, éste lo
retuvo.
—Por favor, no se vaya todavía. Necesito hablar con usted.
Pase a mi estudio. Allí hay café y brandy.
No había razones adecuadas para negarse. Mather hizo lo
que se le pedía. Pocos minutos después Bayard entró. Parecía hallarse bastante
sereno, pero en realidad estaba tenso e irritable.
—Mi discurso ha inquietado a Anne-Marie. Según ella misma
ha dicho, estaba irritada y molesta. Ha asegurado que necesitaba estar sola un
rato. ¿He dicho algo ofensivo?
—Ofensivo, no. Me ha parecido muy apropiado, un discurso
digno. Pero ha revelado poco tacto unir en un brindis a las dos mujeres.
—¡Oh, Dios mío! No ha sido mi intención. Hablaba en serio.
—Eso ha sido evidente.
—Sobre todo en relación con la nueva etapa. ¿Usted lo cree
posible? —En general, siempre es posible. —¿Pero en mi caso particular?
—¡Ed! ¡No puede preguntarme eso! ¿Cómo puedo saberlo?
¿Cómo puedo decir cuáles son sus necesidades, y qué significa un nuevo comienzo
para usted?
—Por lo menos sabe una cosa... mi intención de casarme con
Anne-Marie.
—Sé que usted desea casarse con ella; pero ése no es el
asunto, ¿verdad? ¡Vamos, Ed! Es tarde... —Trató de convertir el asunto en una
broma—. No estoy en el mercado matrimonial. Después de todo, ahora me he
comprometido y acabo de comprar un anillo muy costoso para mi Gisela, a quien
usted conocerá durante la inauguración.
—Abrigo la esperanza de que no sea artista.
—No. Es abogada, como usted. Enseña jurisprudencia en
Zurich.
—En ese caso, usted tendrá cierta posibilidad. —Bayard
comenzaba a perder el control de sí mismo. Había cierta intensidad maníaca en
su expresión y su lenguaje—. Madi y yo no tuvimos la más mínima posibilidad. La
verdad, Max, es que los artistas son distintos del resto de los hombres.
Pertenecen a otro ámbito del ser. Son personas sagradas, mágicas, como las
prostitutas del templo o las vírgenes vestales... Lo cual no significa que sean
buenas o malas. Son distintas. No nos necesitan. Cuando están tristes o alegres
o atemorizadas, no acuden a nosotros; se encierran en su torre de silencio y
contemplan paisajes desconocidos para el resto de los mortales, y cuando
descienden se han purificado y renovado, y traen consigo sus obras como un
talismán de la suerte... Pero no para nosotros, Max. Aún sufrimos por ellas y
por nuestra propia pérdida. Con Madi, el problema no estuvo en las
infidelidades, en las perversidades. Podía soportarlas. Lo hice. Pero nunca
pude soportar el distanciamiento, su indiferencia, el hecho de que nunca
compartiese nada. Max, ¿sabe algo acerca de mitología?
—Un poco. ¿Por qué?
—Némesis, Max. Némesis era mujer. Era la Hija de la Noche,
la vengadora de aquellos que se mostraban insolentes frente a los dioses, que
no atinaban a comprender y respetar el orden de las cosas... Madi fue mi
Némesis. Pensé que podía cambiar esa situación que fue grabada en el granito
del primer día de la creación. Traté de convertir lo sacro en lo usual, lo
mágico en lo trivial. Esta noche he intentado invertir la situación, retornar a
la magia, ensalzar de nuevo los signos sagrados. Pero no ha funcionado... De
modo que la Hija de la Noche me exige el castigo correspondiente.
—Ed, amigo mío. Es tarde. Estamos repletos de alimento y
vino, el alcohol es muy fuerte. Dejemos así las cosas, ¿eh?
—Discúlpeme. Eso haremos. Tenemos que hacerlo. Pero
necesito de usted una respuesta, Max, sólo una.
—Escuchemos la pregunta.
—Si pido a Anne-Marie que se case conmigo, ¿me dirá que sí
o que no?
—Ed, no puedo responder a eso. Pregúnteselo a ella
directamente.
—Lo he intentado esta noche. Pero se ha limitado a pedir
que la llevasen a su casa.
—No puede criticarla. Usted ha pronunciado un discurso muy
emotivo. Ha impresionado a mucha gente. Imagine el efecto que ha producido en
ella.
—¿Y no puede usted imaginar el efecto que está produciendo
en mí? Max, estoy de rodillas. Estoy rogando. ¿Es excesivo pedir que se me
ahorre otra humillación? Max, usted sabe lo que ella piensa. Así me lo dijo
Anne-Marie. «Max entiende. Con Max, no necesito ofrecer largas explicaciones.
Max acepta...» Eso me dijo, Max. ¿Tengo alguna posibilidad? ¿Vale la pena
esperar?
En la habitación hubo un silencio súbito y helado. Lo
único que Mather podía ver con claridad era la figura de Anne-Marie, pálida e
irritada, sentada en el lugar de Madeleine en la mesa de la cena. Sintió seca
su boca. Pronunciar las palabras le costó un esfuerzo.
—No, Ed. No tiene una posibilidad. Jamás se casará con
usted.
—¿Ella le ha dicho por qué?
—Ed, usted y yo sabemos por qué.
—Sí. —De pronto, Bayard se serenó. La transformación era
asombrosa—. Sí, imagino que lo sabemos. —Se puso de pie y extendió la mano—.
Max, gracias por venir. Gracias por ser sincero conmigo. Puede decir a
Anne-Marie que no la molestaré más. Lo veré en la exposición. Podrá presentarme
a su dama suiza...
—¿No supervisará la distribución de los cuadros?
—No. Eso sería inapropiado. Ahora están fuera de mi
alcance. Todo está fuera de mi alcance. Ah... ¿desea que mi criado lo lleve a
su casa?
—No, gracias. Caminaré un rato y tomaré un taxi. De nuevo
gracias por la velada. —Bien venido a mi casa. ¡Buenas noches, Max!
Mather no fue directamente a su casa, sino que fue andando
hasta el apartamento de Anne-Marie. Ella se había puesto una bata y calzaba
pantuflas, y estaba sentada frente al televisor con una copa al lado. Le
ofreció un brandy. Mather rehusó y preguntó:
—¿Qué ha sucedido esta noche? ¿Por qué has huido de este
modo?
—Por el discurso, Max. Era sobrecogedor. Fue como si, en
presencia de todas esas personas, me estuviese empujando hacia una red y yo
supiera que, una vez atrapada, jamás podría salir. Y después, mientras todos
charlaban, y bebían café, él me ha llevado a su estudio y me ha presentado lo
que según dijo era un regalo de la buena suerte para la inauguración. El anillo
de compromiso de Madi. Ha sido la gota que ha colmado el vaso. He tenido que
irme, de lo contrario habría empezado a chillar como una histérica. Temo lo que
suceda los próximos días.
—No es necesario. He hablado por ti. Le he dicho que jamás
te casarás con él.
—¿Cómo ha reaccionado? ¿Se ha encolerizado? ¿Se ha
ofendido?
—Tenía una actitud casi maníaca al principio, pero al
llegar a ese punto se ha mostrado muy sereno. ¡Asunto concluido, jovencita! No
intentes mejorar las cosas y lograr que todo parezca pulcro y limpio. No es
así. Es un maldito lío; pero tú estás fuera del asunto. ¡Y debes permanecer
fuera! ¿Me oyes?
—Te oigo. ¿Quieres pasar aquí la noche? Tu apartamento
queda muy lejos de aquí. —Será mejor que me vaya; pero de todos modos gracias.
—Max, ¿eso significa que te has reformado?
—Significa que lo intento. He tenido suerte. He llegado a
lugar seguro en el último instante. Si echo a perder esto, tal vez no se me
ofrezca otra oportunidad. Sogni d'oro, bambina! ¡Felices sueños!
Niccolo Tolentino llegó al día siguiente y ocupó la
habitación de huéspedes del apartamento de Mather. Se pasaron un par de horas
examinando los textos destinados a la velada inaugural y discutiendo el
contenido de las conferencias del seminario. Después, Mather lo traspasó a
AnneMarie, con el fin de que examinara de manera crítica la distribución de los
cuadros de Bayard. El anciano aprobó lo que tenía ante los ojos, y después
pronunció un elogio elocuente de un talento frustrado a edad tan temprana.
Mather se retiró para acudir a la primera reunión con
Palombini y Henri Berchmans quienes, filibusteros ambos, mantuvieron una
actitud cautelosa y respetuosa, hasta que la Donna Del fina fue desenvuelta y
exhibida en la sala. Aquí, los dos callaron. Palombini se persignó. Berchmans
murmuró lo que parecía una oración. Mon Dieu! Quelle marveille! Cuando
reanudaron la conversación, ya no prosiguió el juego de maniobras mutuas, sino
que evaluaron de modo casi reverente la manera en que ese hallazgo milagroso podía
ser mostrado a los compradores. Mather, cuya tarea estaba terminada, los dejó
hablando y se acercó a las oficinas de la revista Belvedere, para hacer las
paces con Harmon Seldes.
El gesto determinó un efecto inmediato, y contribuyó no
poco el hecho de que Seldes ahora se beneficiaría en una operación muy
lucrativa de Berchmans. Le halagó también la invitación a hacerse cargo de la
presentación de Tolentino, y le interesó todavía más la sugerencia de Mather en
el sentido de que la revista Belvedere debía patrocinar los seminarios en su
carácter de proyecto en marcha. La unión de esta propuesta y el descubrimiento
de las obras de Rafael le permitían el acceso instantáneo a la alta dirección
de la empresa, y Seldes prometió una pronta respuesta, y si ésta era favorable,
sería anunciada la noche de la inauguración. En cuanto al propio Max, era
evidente que a causa de todo lo que había sucedido podía contemplar una mejora
de sus condiciones de trabajo y sus funciones en la revista, si Max estaba
dispuesto a continuar prestando su colaboración...
Max estaba dispuesto. La suerte lo favorecía. No le
quedaba más alternativa que acompañarla. El único aspecto negativo —importante,
si bien se miraba— era el informe de George Munsel acerca de su primera
conferencia con el fiscal.
—... Hasta ahora, se mantienen firmes. Juran que tienen un
caso excelente y que están dispuestos a luchar hasta el final. Nos permitirán
canjear la acusación por otra menos grave; pero hasta ahí llegan, por el
momento. De todos modos, aún es temprano. ¿Continuó trabajando en el análisis
de los diarios?
—Todavía no. He estado sumamente atareado.
—Mi tarea es defender la vida y la libertad de una mujer.
—Lo siento, George. Apenas comience la exposición usted
dispondrá de mi atención total. Lo cual me recuerda otra cosa. Traeré a Gisela,
con el fin de que asista a la inauguración. ¿Usted puede invitar a Danny
Danziger como acompañante? Creo que formarán una pareja adecuada: el abogado y
su cliente.
—Muy adecuada —dijo Munsel—. Ahora, hábleme de su cena con
Bayard. Escuchó con atención mientras Mather le reseñaba los hechos de la
velada, y después hizo que le repitiera tanto el discurso como el último
diálogo en el estudio. Su comentario reveló inquietud. —El problema con Bayard
es que se trata de un sentimental. —¿Eso opina, George?
—Es una frase que está grabada en mi mente desde hace
veinte años... George Meredith... Me gustaría saber si alguien continúa
leyéndolo. —¿Qué demonios tiene que ver con Bayard?
—En una obra, creo que fue en Sandra Belloni, escribió:
«La desesperación es asunto caprichoso... innata para el sentimental de la
mejor categoría.» —¡Vaya! ¡Qué frase tan esnob!
—Me pregunto si es así. —George Munsel adoptó una
expresión reflexiva—. No importa cómo la defina, la desesperación es un
episodio terminal. Los antiguos teólogos solían denominarla el pecado contra el
Espíritu Santo... En fin, ya veremos. Será mejor que telefonee a Danny Danziger
y organice las cosas para representar el papel de Príncipe Encantado.
—George, usted tendría más posibilidades como princesa.
—Lo sé; pero no tengo el cuerpo adecuado.
Por el momento, todo consistió en ensayar, encender luces
y repasar detalles, con los nervios tensos y las personas diciéndose frases
agrias unas a otras sin motivo verdadero. Niccolo Tolentino se ausentó con su
cuaderno de bocetos y su caja de pinturas para recoger sus primeras impresiones
de la Pequeña Italia. Guido Va-lente llamó desde Washington para informar que
llegaría tarde, pero que su presencia era segura... Hubo un problema fortuito
con las luces, pero fue reparado en seguida y los cuadros tenían un aspecto
inmejorable sobre el fondo de las paredes neutras. Mather fue a Kennedy para
recibir a Gisela, que estaba excitada como una niña ante su primera visión de
Manhattan. Anne-Marie le ofreció una bienvenida más generosa de lo que él había
esperado, y murmuró al pasar:
—Excelente, Max. Enhorabuena.
Tres horas más tarde comenzó la inauguración. Un camión se
detuvo frente a la galería. Un pequeño ejército de guardias de seguridad se
dispersó en las vías de acceso y en cada piso del edificio. Dos de los esbirros
de Berchmans introdujeron en el edificio dos paquetes envueltos con todo
cuidado, los abrieron en el segundo piso, depositaron los cuadros sobre
caballetes y los cubrieron con lienzos. En el apartamento de Mather Anne-Marie
y Gisela se vistieron en un dormitorio, y en el otro Mather anudó la corbata de
lazo de Tolentino y abrochó los botones de perlas de su anticuada camisa de
etiqueta. Hacia las seis y media los guardias estaban en sus respectivos
lugares, armados y atentos, y los camareros esperaban con las bandejas de las
bebidas y los canapés. El libro de los visitantes estaba abierto, con una pluma
de oro asegurada por una pequeña cadena del mismo metal. El empleado estaba
preparado para anotar las compras. Anne-Marie y Ed Bayard y Max Mather ocuparon
sus lugares para recibir a los visitantes, mientras Niccolo Tolentino tomaba
del brazo a Gisela y la llevaba a distancia segura de la entrada, orgulloso
como un tío italiano. Como si hubiesen salido de la nada, Hartog y Bechstein
llegaron, Hartog muy elegante, Bechstein encogido e incómodo con su camisa y su
traje de etiqueta. De pronto, fue la hora de levantar el telón, y comenzó la
tragicomedia de una nueva inauguración en Manhattan.
Anne-Marie había temido una recepción muy fría. En cambio,
fue casi un tumulto. Todos los nombres de la lista de invitados hicieron acto
de presencia. La calle estaba ocupada por los curiosos y los espectadores
casuales, atraídos por el espectáculo desusado de una ceremonia de etiqueta al
sur de Houston, y había un número de guardias suficiente como para vigilar un
campeonato de boxeo. La ceremonia inaugural estaba fijada para las siete, pero
eran las siete y cuarto cuando se cerraban las puertas, y Max Mather se
acercaba al micrófono para iniciar la ceremonia.
—... La señorita Loredon me ha pedido que hable en su
nombre esta noche y que les dé la bienvenida a todos en esta primera muestra de
la Galería Liberación. Hay razones que justifican su decisión: yo trabajo aquí,
y tengo que cantar para ganarme el pan; soy más alto que ella y mi voz más
poderosa; aunque no soy, en absoluto, tan hermoso; finalmente, ella no desea
hablar acerca de esta exposición. Cree que la exposición habla por sí misma.
Pero tanto la señorita Loredon como el señor Bayard consideran que sería
apropiado que la exposición fuese inaugurada formalmente por la primera persona
en Nueva York que compró una tela de Madeleine Bayard... ¡El señor André
Lebrun!
De todos modos, antes de que se acercara el señor Lebrun
al micrófono, él deseaba llamar la atención de todos sobre un aspecto singular
del programa. A las ocho, después que todos hubiesen tenido tiempo de gozar con
la visión de las telas de Bayard, sonaría una campanilla y se les pediría que
pasaran al piso de arriba, y que lo hicieran en orden, para presenciar el hecho
único e histérico en el mundo del arte. El episodio había sido autorizado por
cortesía de la familia Palombini y del señor Henri Berchmans, que con tanta
generosidad había prestado sus propios cuadros de Madeleine Bayard para adornar
la exposición. Sería presentado por el señor Harmon Seldes, director de la
revista Belvedere, la patrocinadora del seminario dirigido por el señor
Tolentino. Y ahora, sin más trámites, invitaría al señor André Lebrun a
inaugurar la exposición...
La elección de Lebrun era un error, pero estaba muy lejos
de ser un desastre. Estaba muy excitado. Se mostró prolijo. Su acento aparecía
deformado por el micrófono. Pero no cabía duda de la sinceridad de su elogio y
del patetismo esencial de la historia que él no atinaba a relatar bien. El
público le ofreció una sólida salva de aplausos, y después se dispersó para
continuar examinando los cuadros.
Henri Berchmans tocó el hombro de Mather y gruñó en un
gesto de aprobación. —Muy bueno. Breve y a la cabeza. Uno mira los cuadros. No
los oye. Le veré arriba. Anne-Marie le trajo información.
—Ya hemos vendido quince obras, y mis empleados están muy
activos frente a su escritorio. Mantén cruzados los dedos. —¿Cómo está Ed
Bayard?
—Creo que bien. Nos hemos cruzado muy pocas palabras. Eso
es todo. —Berchmans da su aprobación.
—Lo sé. Ha confirmado la compra de la Dama de los Harapos.
—Magnífico.
—Recibo comentarlos positivos de todos. —Yo también.
Querida, estás lanzada. —Que Dios bendiga este barco... —Y a todos los que
naveguen en él.
Brindaron y bebieron. Edmund Bayard se acercó en ese
momento, sonriente y sereno. —¿Podemos repetir ese brindis? Me gustaría beber
con ustedes. Volvieron a beber. Bayard dijo:
—Mis cumplidos, y mi agradecimiento a ambos. Es una noche
espléndida. Jamás imaginé nada tan bueno.
—Ed, es el material de Madi.
—Más los cuidados afectuosos que se le han dispensado...
Parece que las ventas van bien. —Muy bien.
—¿No tendrán inconveniente si me marcho antes de la
ceremonia del piso de arriba? Me vendrá bien un poco de tranquilidad después de
todo esto. Estoy seguro de que ustedes entenderán. —Por supuesto. ¿Necesita
transporte? —No. Mi chófer espera.
Se separó de ellos y se deslizó entre la gente. Después,
llegó George Munsel con Danny Danziger y Carol. Munsel sonreía y estaba muy
animado. Danny parecía tensa e inquieta.
—Carol me llevará ahora a casa. Todo esto es excesivo.
Primero los cuadros de Madi, y después las miradas y los murmullos cuando
paso...
—¿No se quedará a ver los cuadros de Rafael? Después de
todo, usted ha tenido un papel importante en eso.
—Me gustaría, Max, pero realmente...
—Ya ha tenido suficiente —dijo en tono brusco Carol—. La
llevaré a casa. Les felicito por la exposición. Es magnífica. Quizá más
adelante pueda hablarles de mis propias obras...
—Cuando lo desee —dijo Anne-Marie—. Conduzca con cuidado.
Mather consultó su reloj. —Ha llegado la hora de ir arriba. Daré la señal.
Se necesitaron casi diez minutos para llevar a todo el
mundo al segundo piso, abandonar las copas y los canapés, reunir a todos y
acomodarlos en las hileras de asientos frente al par de caballetes, bajo las
miradas atentas de los encargados de la seguridad. Berchmans y Palombini
estaban de pie al fondo, en animada charla. Mather buscó a Gisela y ambos
fueron a reunirse con los dos hombres. Palombini se sintió muy complacido de
verla otra vez, y los ojos oscuros de Berchmans se iluminaron aprobadores. Tras
un gesto de Mather, Harmon Seldes subió al estrado y con su estilo un tanto
pomposo reseñó la historia de su primer encuentro con Mather y la decisión de
publicar el artículo en Belvedere. Exaltó el poder de la Prensa y el
sorprendente alcance incluso de una publicación ecléctica como Belvedere que,
lo decía con mucho placer, patrocinaría los seminarios. Después, antes de
descubrir los cuadros, dijo:
—... Ahora, damas y caballeros, todos los que estamos aquí
sabemos de bellas artes, algunos más y otros menos; pero todos somos capaces de
formular opiniones acerca de la autenticidad y el valor esencial de una obra.
Les mostraré dos retratos, retratos del mismo tema, una matrona florentina del
siglo XVI. Uno es un original autenticado de Raffaelo Sanzio de Urbino. Es uno
de los cuadros perdidos de la familia Palombini, a los que ya me he referido.
El otro es una copia perteneciente a uno de los maestros modernos reconocidos
en este arte, el maestro Niccolo Tolentino, que esta noche se halla entre
nosotros. Les pediré que opinen levantando las manos, y digan cuál es el
original y cuál la copia. Pueden acercarse e inspeccionar los dos cuadros, pero
por favor absténganse de tocar las superficies. ¿Están preparados...? Voilà!
Retiró los lienzos, y hubo una exclamación de sorpresa
cuando aparecieron los dos paneles. Fue una especie de reacción colectiva, una
respuesta teatral a un momento básicamente teatral. Después, custodiado por los
guardias, el público pasó poco a poco frente a los retratos, y los estudió en
silencio. Cuando todos volvieron a sus asientos, Seldes pidió que levantasen
las manos para indicar cuál era el original. Los votos representaron una
proporción de seis contra cuatro en favor de la copia.
Después, Niccolo Tolentino ocupó el estrado, y con un
gesto muy florentino reconoció la votación como un tributo a su propia
habilidad, pero con expresión de pesar transfirió el honor al maestro Raffaello
de Urbino... Su estilo gustó al público. Todos aplaudieron. Escucharon en
absoluto silencio mientras él explicaba la historia del encargo, las exigencias
técnicas impuestas a su habilidad de pintor, la búsqueda de los pigmentos y los
medios tradicionales, la preparación de los paneles, las diferencias entre una
madera y otra... la diferencia entre una copia y una falsificación.
Como conferenciante fue un éxito instantáneo. Su figura
pequeña y deforme irradiaba fuerza y autoridad. Su acento extranjero confería
encanto a un discurso vivaz y exótico, pero el final de su discurso tuvo en
vilo a todos.
—... ¿Cuál es la diferencia entre mi persona y el antiguo
maestro que pintó este panel? Pincelada por pincelada, línea por línea...
¡ninguna! Sé tanto como él sabía, en realidad, sé más. Tengo una gama de
auxiliares, de pigmentos, de medios, de disolventes más amplia de la que él
tuvo jamás. Dispongo de una diversidad mucho mayor de instrumentos y
técnicas... Pero aun así, cuando me comparo con el maestro, soy un pigmeo al
lado de un gigante. Soy la arcilla primitiva antes de que Dios le insuflara el
hálito de la vida... Los he visto esta noche a todos ustedes en la galería del
piso de abajo, leyendo sus catálogos, hablando de precios y subastas y de quién
vendió una cosa y por cuánto. ¿A quién le importa eso? ¿Qué significado tiene?
Lo que importa es que ustedes se han sentido conmovidos, lo mismo que yo, por
el espíritu vivo de una mujer fallecida demasiado temprano para alcanzar el
florecimiento cabal de su genio. O quizá no. Quizás ella había dicho todo lo
que necesitaba decir... ¿y quién tendrá la osadía de afirmar que la rosa
completamente florecida es más perfecta que el capullo inicial? Supongo que yo
sé algo. He venido a esta gran ciudad del nuevo mundo y tengo la audacia de
sermonearles. Hay un motivo. Todos los días me instalo frente a las obras de
los grandes maestros, un hombre pequeño y deforme que no puede recordar el
primer momento en que no tuvo un pincel en la mano, y aun así, pese a que soy
un pecador, elevo mi voz hasta Dios. «¿Por qué, Oh Señor?... ¿por qué a ellos
sí y a mí no? ¡Una sola vez, sólo una vez antes de morir, dame la luz!»
Después de lo cual, como George Munsel observó en su
estilo seco, todo el resto fue una posdata... prescindible. Los invitados
desfilaron lentamente hacia la salida, y se detuvieron para revisar de nuevo
los cuadros de Bayard antes de partir. Los encargados de la seguridad
regresaron al camión con los cuadros de Rafael, los auténticos y los falsos,
transportados como reliquias preciosas en el centro de la falange. Los
camareros empacaron su vajilla y los alimentos y las bebidas. Los dos serenos
nocturnos ocuparon sus puestos. El personal de Anne-Marie Loredon y la reducida
familia temporal que se había formado alrededor de su persona, con Hartog y
Bechstein incorporados como un gesto de buena voluntad, se reunieron para beber
la última copa.
Después de tanta excitación parecía difícil creer que eran
sólo las nueve y media, y aún más difícil creer que en tres breves horas habían
vendido veinte telas y reservado cuatro más para varias galerías públicas. Lo
que era incluso más notable, pero ni siquiera mereció mención, fue que
Berchmans y Palombini habían coincidido en una garantía de cuarenta millones
por la Donna Delfina, y que un japonés de cuerpo menudo que había asistido a la
ceremonia, conmovido por la elocuencia de Tolentino ya había comprado la obra
por cincuenta millones, porque su compañía tenía un número embarazoso de
dólares devaluados y necesitaba gastarlos en seguida.
Palombini, agitado y distraído en Nueva York, y feliz al
comprobar que Anne-Marie hablaba con fluidez el italiano, propuso una cena de
celebración de la Pequeña Italia, donde un pariente lejano poseía un
restaurante denominado La Cenerentola. De modo que, después de dejar la
dirección en manos de los serenos nocturnos, en vista de la improbable
perspectiva de que alguien llamase para reservar una tela, todos salieron a la
calle, donde las últimas limusinas esperaban para transportar a la nueva
plutocracia al restaurante.
Edmund Justin Bayard estaba de pie en el comedor de su
apartamento, y miraba a su alrededor. Sin los cuadros, el empapelado era una
colección de rectángulos claros y oscuros, creados por la exposición desigual a
la luz y a las motas de polvo del sistema de aire acondicionado. El apartamento
entero tenía un aire de intolerable sordidez. Había que decorarlo otra vez. ¿Y
después, qué? ¿Una nueva colección? ¿Encargar una colección de frescos como un
príncipe renacentista? No era del todo imposible. Una fantasía agradable para
un solterón acaudalado. Un solo problema: ¿Quién compartiría la fantasía, quién
se tomaría siquiera el tiempo o la molestia de entenderla?
En todo eso había algo positivo: ahora no quedaba nada de
Madeleine. Era como si al fin se hubiesen dispersado al viento sus cenizas. ¡No
sin honor en verdad! No sin compasión y respeto. Esa velada había sido una
ocasión digna de recordarse, como los antiguos traslados de las reliquias
sagradas desde los lugares secretos a las grandes basílicas, para ofrecerlas a
la veneración pública. Y por Dios, se había demostrado veneración y respeto. La
multitud reunida esa noche era un auténtico colegio de cirujanos, ansiosos de
declarar clínicamente muerto el cuerpo, para comenzar a despedazarlo. Pero
allí, en ese lugar donde ella había muerto, Madeleine vivía, y dominaba a los
espectadores como otrora había denominado a su marido.
Por supuesto, ése era el problema. Para dominar uno
necesitaba mostrarse indiferente al dolor, a la privación del placer, a la
anulación de los derechos. Él había creído que era un ser tolerante. En sus
momentos de cólera, Madeleine le había gritado que era un tirano. En realidad,
no era ninguna de las dos cosas. Era un hombre inteligente, pero formado por
una arcilla demasiado frágil para soportar los hornos de la pasión. Por eso
había salido de todo aquello resquebrajado y deteriorado, y en cambio
Madeleine, tras haber sido quemada la página superficial, parecía un vaso Sung
perfecto, unpai Ting con la superficie manchada de lágrimas.
Ya no podía derramar lágrimas, porque no las tenía. Tenía
conciencia sólo de la serenidad, la calma de un gran desierto, frío y sin
viento bajo una luna blanca. Había desaparecido el sentimiento de culpa.
Némesis, La Hija de la Noche, había aceptado su rectificación, consciente de
que él debería someterse al castigo.
Con respecto a Anne-Marie, había sido una posibilidad por
la cual, incluso en esa serenidad sin viento, él aún podía sentir un pequeño
temblor de añoranza. ¿Mayo y setiembre? Bien, tal vez hubiera podido funcionar.
¿La Bella y la Bestia? A veces, aunque era menos usual, eso también funcionaba.
¿Max Mather? ¡Un hombre extraño! Un equilibrista sobre la
cuerda floja, avanzando a gran altura sin red, y al fin realizando el último
movimiento para llegar a lugar seguro... Un hombre a quien envidiar quizá, pero
no emular...
De modo que, mientras se desvestía y se ponía su mejor
bata de seda, se dijo que al parecer las cuentas al final cuadraban. La Hija de
la Noche lo llamaba. Era el momento del tributo definitivo. Fue al cuarto de
baño y extrajo del botiquín una botella de plástico llena de píldoras
somníferas. Después, pasó a su estudio, se sirvió un whisky e introdujo en el
magnetófono la Novena de Mahler. De los estantes extrajo un volumen que había
pertenecido a su padre, La tras joyeuse, plaisante et recreative histoire du
bon Chevalier de Bayard y, mientras comenzaba a leer, abriéndose paso entre las
frases arcaicas sorbió el whisky y tragó las tabletas.
Las últimas palabras que cruzaron su conciencia cada vez
más desvanecida fueron la de un antiguo proverbio: «Siempre que un hombre
muere, aquí o allá otro se siente agradecido...» Era una idea que le pareció
muy aceptable.
—Su cliente todavía está en una situación difícil.
—Bechstein disputaba cada centímetro de terreno—. Tenía motivo... la
humillación sexual infligida por Madeleine y sus compañeros de juego; los
celos, toda esa maraña de sentimientos. Tuvo oportunidad. Estuvo sola con
Madeleine en el momento decisivo, acerca del cual miente, porque tenemos un
testigo que sitúa su llegada una hora más tarde. Además, contamos con el
testimonio escrito del fallecido Hugh Loredon. Dice lo siguiente: Danny le
llamó. Él le ordenó que saliese de inmediato. Más tarde, él fue a la casa y
encontró muerta a Madeleine, retiró el arma y se apoderó de los papeles. Usted
tiene una copia de la carta en sus manos.
—Pregunta —comenzó George Munsel—. ¿Por qué se molestó en
escribir esa carta? Sabía que estaba a un paso de la muerte. No fue una
confesión; fue una acusación contra Danny Danziger.
—Nuestra opinión es que lo dijo exactamente por la razón
que manifestó al señor Mather. No deseaba que su propia hija pensara que su
padre era un asesino.
—¡Eso no es suficiente! —Mather comenzaba a irritarse—. No
explica por qué quiso inculpar a Danny Danziger... En tanto que fue el acto de
un hombre que se disponía abandonar la vida, carece de sentido. Es demasiado...
¡demasiado cruel!
—A mi juicio —dijo Bechstein—, es un síndrome bastante
usual: el amante rechazado, el violador rechazado, el macho insatisfecho por
las razones que fueren, quiere vengarse humillando o destruyendo a la hembra.
—Loredon era un mentiroso nato. Se lo dije en la cara.
—¿Y cuál fue su respuesta, señor Mather?
—Se limitó a decir: «Demuéstrelo.»
—Y es precisamente lo que nosotros decimos. —Intervino San
Hartog—. Por Dios, no deseamos crucificar a la muchacha, pero tienen que darnos
más de lo que tenemos. El suicidio de Bayard nos deja en una situación peor que
la de antes. No dejó un solo pedazo de papel: ni despedidas, ni motivos ni
causas...
—Nos disponemos a demostrarles a ustedes por qué —dijo
George Munsel—. Y es una prueba documentada.
—Entonces, les ruego que la exhiban —dijo Bechstein con
expresión fatigada. —Adelante, Max.
Mather desplegó frente a sí mismo los diarios, los
cuadernos de bocetos, el cuaderno de notas y los manojos de cartas,
identificando cada cosa a medida que avanzaba. Al lado de los dos policías,
dispuso sus propias anotaciones acerca de las conversaciones de Ámsterdam y su
análisis de los manuscritos. Después, en actitud académica, comenzó a hablar.
—Distinguimos en primer término entre la prueba interna
(la que aparece registrada o está implícita en los documentos) y la prueba
externa, que puede obtenerse de otro modo. Cuando las dos coinciden, pisamos
suelo muy firme. ¿Están de acuerdo?
Hartog y Bechstein asistieron.
—Comencemos con el período inmediatamente anterior a la
muerte de Madeleine. La prueba interna y externa coinciden en los siguientes
puntos. El matrimonio Bayard es un desastre. Madeleine vive una vida muy
promiscua con amantes de ambos sexos. Hugh Loredon es uno de los varones; Danny
Danziger una de las mujeres. ¿Por qué los Bayard no se divorcian? Toda la
prueba disponible señala una extraña y perversa dependencia mutua... Los vicios
de uno disculpan los fracasos del otro...
Les leyó una serie de breves pasajes de sus conversaciones
con Bayard y de los diarios de Madeleine, y después preguntó:
—Entonces, ¿coincidimos en que lo que tenemos es una
situación en apariencia estable, pero muy explosiva, tanto en el matrimonio
como en el mundo íntimo de Madeleine?
—Acepto eso —dijo Bechstein. Hartog asintió.
—Ahora —dijo Max Mather—, examinemos con mucha atención la
prueba interna. Ante todo, las conversaciones de Bayard. Es abogado. Está
adiestrado para tener mucho cuidado con la forma de lo que dice. Por ejemplo,
me explica que no guarda rencor contra Loredon o contra otro cualquiera de los
amantes de su esposa por aceptar lo que ella ofrece. Manifiesta una admiración
sin reservas por el talento de Madi. Pero sus actos refutan lo que dice. No
permite que Madi exponga. En la vida doméstica adopta una actitud quejosa,
amarga y destructiva. Ahora, consideremos el caso de Madi. Los diarios, el
cuaderno de notas y los cuadernos de bocetos nos relatan cada uno de la misma
historia, desde un ángulo distinto. Dicen la verdad. Pero no necesariamente nos
ofrecen una versión veraz de los hechos.
—Una observación inteligente. —George Munsel aprobó.
—No entiendo —dijo Sam Hartog.
—Mi tío es rabino —observó en tono de crítica Bechstein.
Mather retomó el hilo de su argumentación.
—Madeleine era artista. Como todos los artistas,
reorganizaba las cosas... en su propia mente, sobre la vida. Modificaba la luz,
el eje, la composición, el orden de los hechos y su tono emocional.
Se volvió hacia sus anotaciones y leyó la versión del
diario y la versión de Danny acerca del episodio- con Peter. Después, volvió
las páginas del cuaderno de bocetos y les mostró la versión gráfica del mismo
incidente... Toda la fealdad del episodio había desaparecido. Lo único que
restaba era una versión bellamente dibujada, un tanto cómica, del frenesí
priápico... Mather preguntó:
—¿Ven a dónde quiero llegar, caballeros?
—Sí —dijo Bechstein—. Bien explicado. Pero piensen en el
asunto un poco más. Madeleine representó su pornodrama. Tiene la expresión
gráfica. Peter recibió su retribución como modelo y se divirtió. Danny Danziger
en efecto fue violada... y ahora tiene un excelente motivo para matar.
—Pero no mató —dijo George Munsel.
—Demuéstremelo —insistió Hartog.
Mather señaló la figura masculina del dibujo.
—Éste es el testigo, ¿verdad? Es el hombre que está
dispuesto a jurar que vio a Danny llegar una hora después del momento en que en
efecto estuvo en la casa. Bechstein y Hartog se miraron. Bechstein dijo: —Es
él.
—Ahora —dijo Mather—, les leeré lo que Madi escribe acerca
de ese individuo. —Les leyó íntegra la versión de Madeleine referente al ataque
de Peter contra ella, y después volvió a sus anotaciones de Ámsterdam—.
Teniendo presente todo esto, deseo que ustedes escuchen con mucha atención la
versión de Loredon acerca de la muerte de Madeleine; es decir, la versión que
asigna a Danny el papel de asesina. —Les leyó las notas. Los dos policías
escucharon atentamente, y a veces se miraban. Después, Mather comenzó a
comentar el relato.
—Hugh Loredon es muy inteligente, porque continúa
atribuyendo a Madi la función de promotora del encuentro; pero esta vez el
acompañante es una mujer. Escuche la descripción de la escena. Está trabajando
con notable cuidado: dos copas manchadas con lápiz de labios, los restos de una
botella de champaña. ¿Encontraron esas cosas cuando entraron en la casa? Estoy
muy seguro de que la respuesta es negativa. Las fotografías de la Policía
demuestran que no había allí nada de eso... Después, tenemos los hermosos detalles
acerca de los guantes de goma y la daga retirada del cuerpo, y la entrega de
todo eso a Danny con el fin de que ocultase dichos objetos. Observo que todo
está en la carta que les envió... Según su versión, el episodio se desarrolló
entre las dos y media y las tres de la tarde. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —dijo Bechstein.
—Cuando Bayard llamó para denunciar el asesinato de su
esposa, ¿qué hora era? —Alrededor de las seis y media. —¿Y a qué hora llegaron
ustedes? —Quince minutos más tarde, más o menos.
—¿Bayard estaba abrazando el cuerpo de su esposa, y lo
hallaron manchado de sangre fresca? —En efecto.
—Si el cuerpo hubiese permanecido en el lugar durante casi
cuatro horas. ¿La sangre no se hubiera coagulado en la medida suficiente para
formar una sustancia pegajosa y viscosa? —¿Qué quiere decir?
—El asesinato fue cometido mucho después de las tres, y
Hugh Loredon lo cometió. Desnudó a Madi, que continuaba drogada. Dispuso con
pulcritud las ropas sobre la silla y la envolvió en la manta para impedir que
la sangre lo manchase todo. Revisó el bolso de Madi, exploró el estudio para
descubrir los diarios y los cuadernos, la mató poco antes de que llegase Bayard
y salió por la puerta del fondo, llevando consigo el arma.
—¿Usted puede demostrar eso? —La pregunta vino de Hartog.
—Sí. Cuando lo acusé de mentir, y él lo reconoció, me dijo
que se había llevado el arma y después se había desembarazado de ella
incluyéndola en una subasta de armas antiguas organizadas por Christies. Dijo
que se vendió por dos mil dólares. —Será bastante fácil comprobar eso —dijo
Bechstein.
—Ya lo he comprobado —observó Mather—. El objeto fue
comprado por un coleccionista de armas antiguas de Connecticut. La pondrá a
disposición de la Policía.
—No demostrará nada... Lo que importa es determinar si
Loredon la puso en venta. —Lo hizo. Está registrado.
—De modo que aquí tenemos un incidente favorable a su
cliente. ¿Qué más puede ofrecernos? —El motivo que indujo a Loredon a matarla.
—¿Cuál fue?
—El dinero. Estaba arruinado, o casi arruinado, como era
su situación más usual; pero ahora había una diferencia. Había recibido una
sentencia de muerte. Quería dejar algo a Anne-Marie: Le avergonzaba pensar que
eso no estaba al alcance de su mano.
—Pero era el amante de Madi.
—A esas alturas, un amante muy amargado. También sobre eso
tengo algunas anotaciones.
—No se moleste, hábleme del dinero... cuánto se le pagó,
quién lo hizo y cuándo.
—Doscientos mil dólares —dijo George Munsel—, entregados
por Ed Bayard siete días después de la muerte de Madeleine a un fideicomiso
administrado por Lutz & Hengst en beneficio de AnneMarie Loredon.
—¿Pueden demostrarlo?
—Hasta el último punto y coma —dijo George Munsel—. Y
Bayard sabía que yo podía demostrarlo.
—¿Cómo lo supo? —Bechstein era tan persistente como un
hurón.
—Porque —explicó con paciencia Munsel—, cuando Lutz &
Hengst me suministraron la información, dijeron que como cuestión de forma
comunicarían mis preguntas a Bayard. Hartog agregó su comentario:
—Y Bayard, un caballero a la vieja usanza, decidió que ya
tenía bastante, y salió del juego.
—No era un caballero. —Al parecer, Bechstein era el
caballero a la vieja usanza—. El bastardo dejó que fueran otros quienes
arreglasen el embrollo.
—¡Basta ya! —De pronto, Mather sintió que la discusión le
producía náuseas—. Está muerto. Déjenlo en manos de Dios.
—Con mucho gusto —dijo George Munsel—. Pero antes necesito
que se exculpe a mi cliente.
En el patio de Tor Merla, donde antaño los piqueros se
ejercitaban y los artilleros encendían sus braseros, los primeros rayos del sol
calentaban las viejas piedras y los mirlos se agitaban en el castaño. Más
lejos, sobre sus colinas, los cipreses se recortaban oscuros contra el alba. En
el valle, los campanarios se elevaban a través de la bruma y resonaba el
angelus, unas veces con claridad, y otras apagado, en un contrapunto de
sonoridades.
Max Mather estaba de pie frente a la ventana de la torre,
y aspiraba el húmedo aire matutino y contemplaba el paisaje, con sus picos, sus
depresiones y sus casas de campo que tan bien conocía. Era un momento acerbo de
ternura y añoranza, y sin embargo al mismo tiempo luminoso y reconfortante.
Claudio Palombini había insistido en que volviese a la
casa; Claudio, más confiado, su fortuna restablecida, pero en cierto modo
distinto, no tan arrogante, ni mucho menos como había sido antaño. El día del
arreglo definitivo en Zurich, mientras los cheques certificados cambiaban de
manos y el funcionario bancario, sombrío como un enterrador, presidía la
ceremonia, Mather se había sentido incómodo, con un indefinido sentimiento de
vergüenza. Claudio había percibido esa incomodidad y entonces dijo:
—¡Max, nada de discusiones! Estamos en la misma situación.
Lo dicen los documentos. Lo digo yo. Usted se ganó lo que ahora tiene. Si usted
no lo acepta, se lo llevará el recaudador de impuestos.
Mather se encogió de hombros y sonrió incómodo.
—En ese caso, pagaré el almuerzo.
Pero eso no había sido suficiente para Claudio. De pronto
se convirtió en el jefe, el confaloniero que dirigía a sus subordinados.
—MaX, me niego a dejar así el asunto. Aquí ya no se trata
de dinero; se trata del honor, la familia, la fratellanza! Pero no quiero
discutir con usted. Debe retornar a Tor Merla. Traiga a su prometida. Ambos lo
necesitan.
—Llegaremos a eso, Claudio; pero no estoy seguro de que
pueda afrontar ahora mismo un viaje sentimental. En sí mismo, el matrimonio es
un proyecto temible.
—¡No tiene alternativa! Yo mismo invitaré a Gisela. Ella
comprenderá cuán importante es. Y ahora, ¡basta de discusiones! Pague el
almuerzo...
Todo eso había sucedido varias semanas antes, en Zurich.
Ahora Gisela se había levantado, y estaba de pie, descalza, al lado de Max,
esperando que él la besara. Y después, ella preguntó: —Amor mío, ¿qué ves allí?
—Un montón de escenas del pasado. No estoy seguro de que
haya sido sensato venir. —Me alegro de que estemos aquí. Claudio acertó. Era un
viaje que ambos debíamos realizar. —Todavía no estoy seguro... —¿Por qué?
—¿Cómo decirlo? —era difícil hallar las palabras, y
todavía más difícil pronunciarlas—. Lo mejor de mi persona está aquí, sentado
allí, en el patio, con Pía, leyéndole, escuchando la música que ella hacía,
alegrando el escaso tiempo que le quedaba... Lo peor de mí también está aquí,
saliendo en automóvil por esa puerta y descendiendo por el camino con los
cuadros de Rafael en mi equipaje, actuando como un canalla, sí, un canalla,
temeroso de perder lo que no era mío. Ahora he regresado, enriquecido por un dinero
que no merezco, agraciado con una mujer que tampoco merezco...
—Max, ¿eres demasiado orgulloso para aceptar ambas cosas?
—¿Orgulloso? ¡Dios mío! Si tú supieras...
—En efecto, sé. Sé que a menos que puedas perdonarte y
aceptarte, continuarás odiando al hombre a quien ves en el espejo. Y cuando te
aburras de eso, y llegarás a ese punto, comenzarás a odiarme; ¡y entonces será
de nuevo el episodio de Bayard y Madeleine!
—¡Dios no lo permita!
—Así es, Max. ¡Dios no lo permita!
—Pero no te engañes. Amar a Max Mather no es tan fácil
como parece.
—¿Quién dijo que amar era fácil! ¡Espera a que lleves seis
meses casado conmigo?
En ese momento los mirlos levantaron vuelo desde el
castaño y se elevaron en una nube oscura e irregular hacia las montañas,
mientras las nueve campanadas del ángelus matutino resonaban y caían y se
desvanecían en el silencio de la mañana toscana.
Clareville, Australia, marzo de 1988
Este libro se imprimió en los talleres de Printer
Industria Gráfica, sa Sant Vicenc dels Horts Barcelona

