Libro N° 4094. Crónica De Travnik. Andric, Ivo.
© Libro N° 4094. Crónica De Travnik. Andric, Ivo. Colección E.O. Agosto 26 de 2017.
Título
original: © Travnicka Hronika
Versión Original: © Crónica De Travnik. Ivo
Andric
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital
de Versión original de textos:
https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2015/07/cronica-de-travnik-12-ivo-andric.html#more
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede
utilizar este trabajo con fines comerciales
No derivados: No se puede
alterar, modificar o reconstruir este texto.
Portada E.O. de Imagen original:
https://imagessl8.casadellibro.com/a/l/t0/08/9788497594608.jpg
© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
CRÓNICA DE TRAVNIK
Ivo Andric
Estamos en el momento álgido de las guerras napoleónicas.
Un diplomático francés, Jean Daville, es enviado a Travnik, una pequeña ciudad
perdida entre las montañas de Bosnia, como cónsul. La novela es el relato de su
estancia allí entre 1806 y 1814, dando ocasión para ofrecernos un fresco de ese
tiempo convulso en el que por primera vez los Balcanes se abren a Occidente.
Alrededor de la pequeña ciudad, donde también se ha
asentado el cónsul austríaco, la política napoleónica se escribe con fuego y
sangre mientras que los dos cónsules, perdidos en el pequeño territorio de
Bosnia, verán cómo sus ambiciones y juventud naufragan y se asfixian en medio
de una comunidad arcaica, contradictoria e impenetrable. Un paisaje humano en
el que se entrecruzan imágenes de un mundo casi medieval con el desasosiego de
las mujeres europeas y con las vidas cotidianas de los actores involuntarios de
la pequeña historia: comerciantes, burócratas, artesanos, campesinos.
Prólogo
El pequeño «Café de Lutva» se halla desde tiempos
inmemoriales en un extremo del bazar de Travnik, debajo del umbrío y rumoroso
manantial de Sumec. Ni siquiera los más ancianos del lugar se acuerdan del tal
Lutva, el primer dueño del establecimiento; hace más de cien años que reposa en
alguno de los cementerios diseminados por Travnik pero, como todo el mundo va a
tomar café al local de Lutva, su nombre se recuerda y se menciona más que el de
muchos sultanes, visires y beyes olvidados. En los jardines del cafetín, justo
bajo la pared rocosa, al pie de la colina, hay un lugar apartado, fresco y un
poco elevado, donde crece un viejo tilo, alrededor del cual, entre las rocas y
el musgo, hay encajados unos bancos de formas irregulares casi a ras del suelo,
en los que da gusto sentarse y de los que uno se levanta con gran pena. El paso
de los años y el uso los han pulido y deformado de tal modo que han acabado
integrándose en el paisaje y fundiéndose con el árbol, la tierra y las piedras
que los rodean.
Durante los meses de verano, es decir, desde principios de
mayo hasta finales de octubre, siguiendo una tradición antigua, allí se reúnen
por la tarde, en torno a la tercera oración, los beyes de Travnik en compañía
de las personas distinguidas que han sido admitidas en su círculo. A esa hora
del día ningún otro ciudadano osaría sentarse y tomar su café en ese altozano,
llamado Sofá. Palabra esta que, en el habla popular de Travnik, en el
transcurso de varías generaciones, ha conservado un significado social y
político muy preciso, ya que lo hablado, discutido y decidido en el Sofá tenía
casi el mismo valor que si hubiese sido acordado por los más altos dignatarios
en el Diván[1] del visir.
Hoy también están allí sentados unos diez beyes, a pesar
de que el día se ha nublado y empieza a soplar un viento que en esta época del
año trae lluvias. Es el último viernes de octubre de 1806. Sentados en sus
respectivos sitios, los beyes conversan en voz baja; la mayoría de ellos
observa con aire pensativo el juego del sol y las nubes, carraspeando con
irritación.
La conversación gira en torno a una noticia muy
importante.
Uno de ellos, un tal Suleiman bey Ajvaz, que en esas
fechas había estado en Livno por asuntos de negocios, se había encontrado allí
con un hombre de Split, una persona seria, según él, que le había contado la
noticia que ahora transmitía a los beyes. Ellos están confundidos, quieren
saber detalles y le piden que repita lo ya referido. Suleiman bey explica:
—Y esto fue lo que pasó. El buen hombre me preguntó:
«¿Estáis ya preparados para recibir huéspedes en Travnik?». «¡Qué va!», le
contesté, «a nosotros no nos interesan los invitados». «Ea, tomadlo como
queráis, pero más os vale empezar con los preparativos», dijo, «porque a
vuestra ciudad llegará un cónsul francés. Bunaparte ha solicitado permiso a la
Sublime Puerta, en Estambul, para enviar a su cónsul, a fin de que éste abra un
consulado en Travnik y se instale allí. Y ya lo tiene concedido. Este invierno,
sin ir más lejos, podéis contar con su llegada». Me lo tomé a broma y repliqué:
«Cientos de años hemos vivido sin esos cónsules, así que podemos continuar sin
ellos, y además, ¿qué va a hacer un cónsul en Travnik?». Pero él seguía
insistiendo. «Poco importa cómo habéis vivido, ahora os toca vivir con el
cónsul. Los tiempos cambian, y ya encontrará el cónsul algo de que ocuparse; se
sentará al lado del visir para ordenar y disponer, para observar cómo se portan
los beyes y los agás por una parte y el pueblo por otra, y rendir cuentas de
todo a Bunaparte». «Nunca fueron así las cosas y nunca lo serán», contradije yo
al infiel, «jamás nadie metió la nariz en nuestros asuntos, y tampoco lo hará
éste». «Pues ya veréis lo que hacéis», me dijo, «pero a fe mía que no os
quedará más remedio que recibir al cónsul, porque hasta hoy nadie ha rechazado
una petición de Bunaparte ni tampoco lo harán los que mandan en Estambul. Por
otra parte, en cuanto Austria vea que habéis aceptado al cónsul francés,
exigirá que también acojáis al suyo, y Rusia no se quedará atrás…». «Pues no
vas tú lejos ni nada, amigo», lo interrumpí, pero él se limitó a sonreír, el
latino bellaco, y tirándose del bigote continuó: «Me juego el mostacho a que
las cosas suceden tal como te las he contado o, al menos, de manera muy
parecida». Y eso es lo que oí, buena gente, y desde entonces no se me va de la
cabeza —dijo Ajvaz, poniendo fin a su relato.
En las circunstancias actuales —hace un año que el
ejército francés está en Dalmacia, y Serbia no deja de sublevarse—, una noticia
tan confusa basta para inquietar y aturdir a los ya de por sí recelosos beyes.
Pesarosos y preocupados, aunque por sus caras y las tranquilas bocanadas de
humo que exhalan no podría adivinarse en absoluto, los beyes, uno por uno,
hablan con lentitud e indecisión, y tratan de predecir lo que puede suceder,
cuánto de verdad y cuánto de mentira hay en esas noticias, y qué medidas se
deberían tomar para examinar el asunto y quizá cortarlo de raíz.
Unos opinan que son noticias inventadas y exageradas con
las que alguien quiere atormentarlos y asustarlos. Otros en cambio dicen, con
amargura en la voz, que los tiempos han cambiado, que cosas así ocurren en
Estambul, en Bosnia y en todo el mundo, y que no hay que extrañarse de ello,
sino estar preparado por si acaso. Y los restantes se consuelan diciendo que
esto es Travnik —¡Travnik!—, y no una aldea o pueblo cualquiera, y que a ellos
no debe, ni puede sucederles lo que a otros sucede.
Cada uno dice algo, aunque sólo sea para demostrar que
está presente, pero ninguno aporta nada concreto, porque todos esperan oír lo
que va a decir el más anciano de ellos. Y el de más edad es Hamdi bey
Teskeredzic, un anciano fornido, de movimientos lentos, pero cuyo cuerpo, de
proporciones gigantescas, aún conserva todo su vigor. Ha pasado por muchas
guerras, sufriendo heridas y esclavitud, y ha tenido once hijos y ocho hijas
que le han dado una descendencia numerosa. De barba y bigote ralos, su rostro
anguloso de rasgos regulares está curtido y quemado, cubierto de cicatrices y
manchas moradas debido a una remota explosión de pólvora. Los párpados, pesados
y caídos, tienen un color plomizo. Su hablar es lento pero preciso.
Por fin Hamdi bey, con una voz asombrosamente joven,
interrumpe las conjeturas, presagios y temores:
—Bueno, como suele decirse, no merece la pena ponerse la
venda antes de la herida, ni alarmar a la gente sin necesidad. Hay que escuchar
y recordarlo todo, pero no hay que tomárselo a pecho inmediatamente. Respecto a
los cónsules, quién sabe qué va a pasar. Vendrán o no vendrán. Y qué, si
vienen, eso no significa que el Lasva vaya a correr en dirección contraria, más
bien discurrirá como siempre lo ha hecho. Estamos en nuestras tierras y
cualquier otro que venga estará en suelo extranjero, así que su estancia no
puede ser larga. Ejércitos enteros han pasado por aquí y no han podido quedarse
por mucho tiempo. Muchos venían con la intención de asentarse, pero nosotros,
hasta ahora, hemos visto cómo volvían las espaldas, y lo mismo haremos con
éstos, si es que llegan a presentarse, pues aún no hay ningún indicio de ello.
Y lo que el otro haya pedido allí, en Estambul, no tiene por qué haber sido
aceptado. Numerosos son los que han solicitado cosas, pero no siempre les han
sido concedidas.
Después de pronunciar las últimas palabras con
indignación, Hamdi bey hace una pausa, exhala una bocanada de humo en medio de
un silencio absoluto y prosigue:
—¡E incluso si llegara a ocurrir! Ya veremos cómo y cuánto
dura. Nadie tiene una estrella que brille eternamente y no lo hará la de este…,
este…
En ese momento Hamdi bey se atragantó ligeramente, empezó
a toser por la cólera reprimida, y le costó mucho pronunciar el nombre de
Bunaparte que estaba en todas las mentes y en todos los labios.
Nadie dijo nada más, y allí finalizó la conversación sobre
la noticia del día.
Muy pronto las nubes cubrieron por completo el sol y se
levantó un viento fuerte y frío. Las hojas de los álamos a la orilla del agua
emitieron un sonido metálico. El escalofrío que recorrió todo el valle de
Travnik anunciaba el fin de las reuniones y charlas en el Sofá, por ese año.
Uno por uno, los beyes se levantaron, se despidieron en silencio y se
dirigieron a sus hogares.
I
A principios de 1807, empezaron a suceder en Travnik
extraños acontecimientos, jamás antes vistos.
Nunca a nadie en Travnik se le había ocurrido pensar que
aquélla era una ciudad destinada a conocer una vida normal y sucesos
cotidianos. Jamás, ni siquiera al último patán de las faldas del monte
Vilenica. Ese sentimiento profundo de que ellos eran de algún modo diferentes
del resto del mundo, creados y llamados a hacer algo mejor y más elevado,
impregnaba a todo ser humano, junto con el viento frío del Vlasic, el agua
cortante del Sumec y el trigo «dulce» de los campos soleados alrededor de la
villa, y nunca los abandonaba ni durante el sueño ni en la miseria ni en el
lecho de muerte.
Esto valía en primer lugar para los turcos que vivían en
la ciudad, pero también el pueblo llano de las tres religiones, disperso por
las laderas escarpadas o hacinado en un arrabal, estaba embargado por ese mismo
sentimiento, a su modo y de acuerdo con su condición. También valía para la
propia urbe, en cuya situación y disposición había algo de especial, de
singular y de altivo.
Su ciudad, en realidad, es un valle profundo y angosto que
las generaciones han modelado y cultivado a lo largo del tiempo, un paso
fortificado en el que los hombres se han quedado a vivir, adaptándose a él en
el transcurso de los siglos y adaptándolo, a su vez, a sí mismos. Por ambos
flancos, los montes caen a pico formando un ángulo agudo en la vaguada en la
que apenas hay lugar para el estrecho río y el camino que lo bordea. El
conjunto produce así la impresión de un libro entreabierto en cuyas páginas, a
uno y otro lado, aparecen como pintados jardines, callejuelas, casas, campos,
cementerios y mezquitas.
Nunca ha calculado nadie cuántas horas de sol le ha
escatimado la naturaleza a esta ciudad, pero no cabe duda de que el sol sale
allí más tarde y se pone antes que en cualquier otra villa o aldea de las
muchas que se extienden por Bosnia. Ni los propios travniqueses lo niegan, pero
para resarcirse afirman que el astro rey, cuando brilla en su ciudad, lo hace
como en ningún otro lugar.
En ese valle angosto, por cuyo fondo discurre el río
Lasva, y cuyas laderas están salpicadas de manantiales, regueros y arroyos,
lleno de humedad y corrientes de aire, apenas hay un solo camino recto o
terreno llano donde el hombre pueda posar el pie libre y despreocupadamente.
Todo es escarpado e irregular, está entrecortado y entrelazado, unido o
interrumpido por caminos particulares, cercas, callejones sin salida, patios y
portales, cementerios y santuarios.
Ahí, en el agua, elemento enigmático, cambiante y
poderoso, nacen y mueren generaciones de travniqueses. Ahí crecen, enclenques y
pálidos, pero resistentes y preparados para cualquier eventualidad; ahí viven,
con el konak[2] del visir, ante sus ojos, orgullosos, escurridizos, altaneros,
exigentes y sagaces; ahí llevan sus negocios y se enriquecen o permanecen en la
miseria y ociosos, pero todos parcos y cautos; jamás se ríen a carcajadas, pero
son hábiles guasones, hablan poco, pero les gusta susurrar chismes al oído; y
ahí los entierran cuando les llega su hora, cada uno según su religión y sus
costumbres, en cementerios anegados de agua, cediendo su lugar a una nueva
prole hecha a su imagen y semejanza.
Así, se suceden las generaciones y se transmiten unas a
otras no sólo las características físicas y mentales, sino también la tierra y
la fe, no sólo un sentido hereditario de la medida y los límites, la facultad
de distinguir cada sendero, cada portal y pasaje de su enmarañada ciudad, sino
también una capacidad innata para conocer el mundo, a la gente en general. Con
todo esto nacen los niños de Travnik, pero sobre todo con la soberbia. La
soberbia es su segunda naturaleza, una fuerza viva que los acompaña toda su
existencia, los impulsa y los marca con una señal que los distingue del resto
de las personas.
Su soberbia no tiene nada en común con la prepotencia
inocente de los campesinos enriquecidos o con la de los pequeños burgueses que,
satisfechos consigo mismos, se pavonean con ostentación y se vanaglorian en voz
alta. Al contrario, su soberbia es toda interior; más bien una pesada herencia
y penosa obligación que deben cumplir con ellos mismos, su familia y la ciudad,
o más exactamente con la idea insigne, altiva e incomparable que tienen de sí
mismos y de su ciudad.
Pero todo sentimiento humano tiene su medida y su límite,
incluso el sentimiento de la propia grandeza. Travnik era, ciertamente, la
ciudad del visir y sus habitantes, gente distinguida, limpia, mesurada e
inteligente, que trataban con el sultán, pero había días en que los
travniqueses estaban hasta las narices de su reputación, y en su fuero interno
deseaban vivir tranquilamente y sin sobresaltos en una de esas ciudades sin
pena ni gloria que no se mencionaban en los ajustes de cuentas entre soberanos ni
en las disputas entre Estados, y que no se hallaban en el punto de mira de los
acontecimientos mundiales ni en el camino de personajes célebres e importantes.
Corrían tales tiempos que no cabía esperar nada propicio,
nada bueno podía llegar. Por eso los orgullosos y astutos travniqueses
preferían que no ocurriera nada, vivir, tanto como fuera posible, sin cambios
ni sorpresas. ¿Qué podía venir de bueno si los soberanos estaban enfrentados,
los pueblos se pasaban a cuchillo entre ellos, y las tierras ardían? ¿Un visir
nuevo? No sería mejor sino peor que el anterior, y su séquito, numeroso y
desconocido, ávido y Dios sabe con qué nuevas pretensiones. («El mejor fue
aquel que llegó hasta Priboj, y allí dio media vuelta y regresó a Estambul sin
poner jamás los pies en Bosnia»). ¿Un extranjero? ¿Un viajero importante,
quizá? También se sabía lo que era eso y lo que suponía. Dejaban un poco de
dinero y algunos regalos en la ciudad, pero tras ellos iba una patrulla o al
otro día empezaban los interrogatorios y las pesquisas. Quiénes eran y qué
hacían, dónde habían pernoctado, con quiénes habían hablado. En fin, se perdían
las ganas de todo y costaba diez veces más dinero salir del apuro y deshacer el
entuerto. ¿O quizá un espía? ¿O un emisario de potencias desconocidas con
intenciones sospechosas? A la postre, nunca se sabía qué estaba tramando cada
cual y quién era la avanzadilla de quién.
En pocas palabras, nada bueno había por aquel entonces.
Sólo cabía esperar que cada uno comiera su pan y viviera en paz los días que le
quedaran por vivir en la ciudad más señorial de la tierra, y que Dios librara a
sus habitantes de la gloria, de los huéspedes ilustres y de los acontecimientos
importantes.
Eso era lo que los travniqueses respetables, en los
primeros años del siglo XIX, pensaban y deseaban en su fuero interno, pero se
sobrentiende que se lo guardaban para sí, porque en cada uno de ellos, entre un
deseo y un pensamiento y su expresión patente y en voz alta, había un largo y
sinuoso camino que no era fácil recorrer.
Pero en los últimos tiempos —es decir, a finales del siglo
XVIII y principios del XIX—, los acontecimientos y cambios habían sido
numerosos y de todo tipo. Los eventos irrumpían procedentes de todas partes, se
atropellaban y arremolinaban por Europa y el gran imperio turco e incluso
alcanzaban ese valle encajonado, deteniéndose allí como torrentes y aluviones.
Ya desde que los otomanos se habían retirado de Hungría,
las relaciones entre turcos y cristianos eran cada vez más difíciles y
complicadas y la situación general se iba deteriorando. Los guerreros del gran
imperio, los agás y espahíes[3], que tuvieron que abandonar sus ricas
posesiones en las fértiles llanuras húngaras y regresar a su país pobre y
exiguo, estaban descontentos y sentían rencor contra todo lo cristiano, y al
mismo tiempo venían a aumentar el número de bocas que alimentar, mientras que
el número de brazos que trabajaba era el mismo. Por otra parte, las mismas
guerras del siglo XVIII, que habían forzado a los turcos a abandonar los países
cristianos vecinos y regresar a Bosnia, suscitaban esperanzas disparatadas en
la población cristiana y abrían horizontes insospechados hasta entonces, lo que
influía inevitablemente en las relaciones entre el pueblo y «los todopoderosos
señores turcos». Los dos bandos, si es que puede hablarse ya de bandos en esta
fase de la contienda, luchaban, cada uno a su modo y con los medios que
correspondían a las circunstancias y a la época. Los turcos combatían con la
presión y la fuerza, los cristianos con la paciencia, la astucia y la
conspiración o la disposición para conspirar; los turcos para salvaguardar su
derecho a la vida y su forma de vivir, los cristianos para lograr ese mismo
derecho. El pueblo advertía que cada vez le resultaba más pesado soportar a los
turcos, y los turcos constataban con amargura que la plebe se envalentonaba y
que ya no era lo que había sido antaño. Como consecuencia de este conflicto de
intereses, religiones, aspiraciones y esperanzas tan contrarias, surgió una
maraña intrincada, que las largas guerras turcas contra Venecia, Austria y
Rusia habían enredado y embrollado aún más. La situación en Bosnia era cada vez
más asfixiante y sombría, los enfrentamientos más frecuentes, la vida más
difícil y el desorden y la incertidumbre mayores.
Además, el inicio del siglo XIX había traído la
sublevación en Serbia, una señal evidente de la nueva era y de las nuevas
formas de luchar. La madeja de Bosnia se enredaba y tensaba cada vez más.
La rebelión de Serbia, con el tiempo, acarreaba más
preocupaciones e inconvenientes, estragos, gastos y pérdidas a toda la Bosnia
turca, incluida Travnik, pero más al visir, a las autoridades y al resto de las
ciudades bosniacas que a los mismos turcos travniqueses, que jamás habían
considerado una guerra lo bastante grande e importante como para tomar parte en
ella exponiendo sus bienes o su propia persona. Los turcos de Travnik hablaban
de la «insurrección de Karadjordje» con un afectado desdén, igual que siempre
encontraban una palabra burlona para el ejército, que el visir enviaba contra
Serbia, y que los principales señores, indecisos y enemistados entre sí,
agrupaban lenta y desordenadamente en los alrededores de Travnik.
Las guerras de Napoleón por Europa eran ya un tema más
digno de las conversaciones en Travnik. Al principio, se hablaba de esas
batallas como de acontecimientos muy lejanos, que se comentaban y referían,
pero que ni tenían ni podían tener ningún lazo con la vida real. La llegada del
ejército francés a Dalmacia había aproximado inesperadamente a Bosnia y a
Travnik a ese Bunaparte legendario.
Al mismo tiempo, había llegado a Travnik el nuevo visir
Husref Mehmed bajá y traía consigo un gran respeto por Napoleón y un interés
por todo lo francés que, en opinión de los travniqueses, iba mucho más allá de
lo que convenía a un osmanlí y a un representante del sultán.
Todo esto inquietaba e irritaba a los turcos de Travnik, y
empezaron a hablar de Napoleón y de sus hazañas con frases lacónicas y baladíes
o con aspavientos altaneros y desdeñosos. Sin embargo, ya nada podía alejarlos
completamente y protegerlos de Bunaparte ni de los sucesos que, a causa de él,
se propagaban por toda Europa con una asombrosa velocidad, como círculos
concéntricos en la superficie del agua, y que, cual incendio o epidemia,
alcanzaban tanto a los que huían como a los que se quedaban quietos. Ese
conquistador invisible y desconocido para ellos sumió a Travnik, como a tantas
otras ciudades del mundo, en un mar de confusiones, agitado y efervescente. El
nombre de Bunaparte, duro y rimbombante, también resonaría en el valle de
Travnik a lo largo de los años, y los travniqueses, quisieran o no, tendrían
que mascullar a menudo sus sílabas ásperas y angulosas; durante mucho tiempo
zumbaría en sus oídos y titilaría ante sus ojos. Porque había llegado la época
de los cónsules.
A todos los habitantes de Travnik, sin distinción, les
gustaba fingir indiferencia o parecer insensibles. Pero la noticia de la
llegada de un cónsul, ya fuera francés, austríaco, ruso, o los tres juntos, les
hacía concebir esperanzas o les causaba una honda preocupación, despertaba
deseos y expectativas, y todo esto, imposible de ocultar por completo, agitaba
las mentes y avivaba las conversaciones.
Pocos sabían lo que significaban en realidad esos rumores,
que circulaban desde el otoño anterior, y nadie podía decir qué cónsules debían
llegar ni qué iban a hacer en Travnik. En las circunstancias de la época, una
noticia, una palabra inusual, bastaba para alentar la imaginación de la gente,
para provocar numerosas conversaciones y conjeturas, y aún más: muchas dudas y
temores, muchos deseos y pensamientos secretos que se guardan en lo más
recóndito de uno mismo sin revelarlos ni contarlos.
Los turcos nativos, como hemos visto, estaban atribulados,
y de mala gana mencionaban la posibilidad de la llegada de los cónsules.
Desconfiados hacia todo lo que venía del extranjero y, de antemano, mal
dispuestos ante cualquier novedad, los turcos, en su fuero interno, aún
esperaban que sólo se tratara de rumores despreciables e infundios, y que bien
podía suceder que los cónsules no llegaran jamás o, si a la postre venían, que
se fueran llevándose los malos tiempos que los habían traído.
Por el contrario, los cristianos, católicos y ortodoxos se
alegraban con dichas noticias y las divulgaban y transmitían de boca en boca, a
hurtadillas y en susurros, viendo en ellas un motivo de esperanza incierta y
una posibilidad de cambio. Y los cambios sólo podían ser beneficiosos.
No obstante, tanto unos como otros contemplaban las cosas
a su modo y desde su propio punto de vista, a menudo distinto del de los otros.
Los católicos, que eran mayoría, soñaban con un cónsul
austríaco influyente que les aportaría la ayuda y la protección del poderoso
emperador católico de Viena. Los ortodoxos, en minoría y en los últimos años
constantemente perseguidos a causa de la insurrección de Serbia, no esperaban
gran cosa ni del cónsul austríaco ni del francés, pero en ello veían una buena
señal y la prueba de que el poder turco se debilitaba cediendo paso a una época
revuelta, propicia y saludable. Y de inmediato añadían que, naturalmente, «sin
un cónsul ruso, no podía hacerse nada».
Incluso los judíos sefardíes, pocos pero muy activos, ante
semejantes noticias no podían mantener su mutismo profesional aprendido con el
paso de los siglos; a ellos también les excitaba la idea de que pudiera llegar
a Bosnia un cónsul del gran emperador francés Napoleón, «que para los judíos
era tan bueno como un buen padre».
Las habladurías sobre la llegada de los cónsules
extranjeros, como todas las noticias en nuestras tierras, surgieron de repente,
crecieron hasta alcanzar proporciones fantásticas, y luego se desvanecieron de
golpe, para reaparecer al cabo de unas cuantas semanas con una nueva fuerza y
una nueva forma.
A mediados del invierno, que ese año fue suave y duró
poco, los rumores cobraron por primera vez visos de realidad. Un judío de
Split, llamado Pardo, llegó a Travnik, y con Jus Atijas, un comerciante de la
ciudad, empezó a buscar una casa adecuada para albergar el consulado francés.
Recorrieron todo el lugar, fueron a ver al caimacán, el representante del
visir, y examinaron con el mütevelli[4] los edificios del Vakuf[5]. Se
detuvieron en una mansión, un poco abandonada, que pertenecía al Vakuf, en la que
desde siempre se alojaban y residían los mercaderes de Dubrovnik, la antigua
Ragusa, y por eso la llamaban el Caravasar de los Ragusinos. La casa estaba
apartada, por encima de la madraza, en medio de un gran jardín escarpado que
atravesaba un arroyo. En cuanto se concluyó el acuerdo, se buscaron artesanos,
carpinteros y albañiles para que la restauraran y acondicionaran. Y así esa
casa, que hasta entonces había estado aislada y pasaba desapercibida bostezando
al mundo con sus ventanas vacías, de repente revivió, empezó a atraer la
atención del pueblo y la curiosidad de los niños y los ociosos. Sin saber cómo,
empezaron a hablar del escudo que estaría siempre visible en el edificio y de
la bandera que ondearía permanentemente en el consulado extranjero. Eran cosas
que, en realidad, nadie había visto jamás, pero los turcos pronunciaban estas
dos palabras graves e importantes con poca frecuencia y el ceño fruncido,
mientras que los cristianos las repetían a menudo, susurrándolas con una
alegría maliciosa.
Los turcos de Travnik, naturalmente, eran demasiado listos
y orgullosos para mostrar sus emociones, pero en las conversaciones privadas no
las ocultaban.
Hacía tiempo que les inquietaba y angustiaba la idea de
que la empalizada que marcaba las fronteras del imperio había cedido haciendo
de Bosnia una tierra abierta que hollaban no sólo los otomanos, sino también
los infieles procedentes de todos los rincones del mundo, y en la que incluso
el pueblo alzaba la cabeza con insolencia como nunca lo había hecho hasta el
momento. Lo único que faltaba es que ahora se presentaran cónsules y espías
infieles que a cada paso se jactaran del poder y la fuerza de sus emperadores.
De este modo, poco a poco, llegaría el fin del orden establecido y del «hermoso
silencio» de la Bosnia turca, que, por lo demás, cada vez era más difícil
defender y conservar. La voluntad divina era que prevaleciera ese orden: los
turcos hasta el río Sava y los germanos a partir del Sava. Pero contra ese
evidente mandamiento divino obraba todo aquello que estuviera bautizado,
sacudiendo la empalizada de la frontera y socavando sus cimientos día y noche,
abiertamente y en secreto. Pero en los últimos tiempos, esa voluntad divina era
cada vez menos visible y manifiesta.
—¿Cuántas cosas y personas nos quedan aún por ver? —se
preguntaban los turcos ancianos con sincera pesadumbre.
Y realmente, lo que hablaban los cristianos con motivo de
la apertura de los consulados extranjeros demostraba que la aflicción turca era
justificada.
—¡Ondeará una bandera! —susurraba la gente, y sus ojos
brillaban desafiantes como si fuera a ser la suya. Pero lo cierto era que nadie
sabía de qué pendón se trataría ni qué podría ocurrir cuando apareciera; sin
embargo, la sola idea de que, además de la bandera verde turca, pudieran
desplegarse otros colores y flamear libremente al lado de aquélla, provocaba un
fulgor de alegría en sus ojos y atizaba, unas esperanzas como sólo el pueblo
sabe tener. Bastaban esas tres palabras «¡Ondeará una bandera!», para que
muchos pobres, al menos por un segundo, creyeran que su casa era más luminosa,
su estómago vacío más soportable y sus raídas vestimentas más calientes; con
esas tres simples y vagas palabras, a muchos de esos desdichados el corazón les
daba brincos, su vista centelleaba con colores brillantes y cruces doradas, y,
como un torbellino, inundaba sus oídos el fragor victorioso de todas las
banderas de todos los emperadores y todos los reyes de la Cristiandad. Porque
una sola palabra puede hacer vivir a un hombre, siempre que esté decidido a
batirse y a mantenerse vivo para luchar.
Además de todo esto, había aún otra razón por la que
muchos comerciantes del bazar consideraban el cambio de manera positiva. Se
vislumbraba la posibilidad de ganar dinero con la llegada de gente desconocida,
pero probablemente acaudalada, que no tendría más remedio que comprar y gastar.
Porque en los últimos años, la actividad del bazar había decaído y el comercio
se había debilitado. Sobre todo desde que Serbia se había sublevado. Los
numerosos diezmos y prestaciones, así como las frecuentes confiscaciones,
habían disuadido a los campesinos de acercarse a la ciudad, por lo que apenas
vendían nada y no compraban más que lo estrictamente necesario. El Estado
pagaba mal y tarde lo que adquiría. Eslavonia se había cerrado, y Dalmacia, con
la llegada del ejército francés, se había convertido en un mercado irregular y
poco seguro.
Ante tales circunstancias, en el bazar de Travnik se
contaba con cualquier menudencia y en cualquier cosa se veía la señal tan
deseada de un cambio a mejor.
Por fin, sucedió aquello sobre lo que se hablaba hacía
meses. El primero en llegar fue el cónsul general francés.
Era finales de febrero, el último día del ayuno del
ramadán. Una hora antes de la cena ritual, bajo el frío sol que marchaba a su
ocaso, la gente de los barrios bajos pudo contemplar la llegada del cónsul. Los
comerciantes habían empezado a guardar la mercancía y a cerrar los puestos,
cuando los gitanillos curiosos anunciaron a la carrera el arribo del cónsul.
La comitiva era pequeña. A la cabeza cabalgaban los
enviados del visir, dos de los cortesanos más distinguidos, con seis jinetes,
que habían acudido hasta el Lasva al encuentro del plenipotenciario. Todos
montaban buenos caballos bien enjaezados. A los lados y en la retaguardia,
trotaban los guardias del caimacán[6] de Livno, que habían escoltado al cónsul
durante todo su viaje. Tenían un aspecto deplorable, transidos de frío y
fatigados, a lomos de caballos pequeños sin almohazar. En el centro de la comitiva,
sobre un caballo tordo, gordo y viejo, cabalgaba el cónsul general francés, el
señor Jean Daville, un hombre alto de ojos azules, cara rubicunda y bigotes
rubios. Junto a él, un compañero de viaje casual, el señor Pouqueville, que se
dirigía a Jannina, donde su hermano era cónsul de Francia. Tras ellos, a unos
cuantos metros de distancia, montaban Pardo, el judío de Split, y dos
corpulentos habitantes de Sinj al servicio de Francia. Los tres iban embozados
hasta los ojos en gabanes negros y bufandas rojas de campesinos, mientras que
de sus botas escapaban briznas de paja.
El cortejo, como puede verse, no era ni muy solemne ni muy
nutrido, y el tiempo invernal le restaba dignidad y pompa, porque el frío
impone vestidos toscos, un porte crispado y paso raudo.
De modo que, de no ser por la presencia de los gitanillos
ateridos, la comitiva habría pasado ante la indiferencia general de los
travniqueses. Los turcos hicieron como que no veían nada, mientras que los
cristianos no se atrevieron a contemplarla abiertamente. Y aquellos que
pudieron verlo todo por el rabillo del ojo o desde algún lugar oculto, se
sintieron un poco decepcionados por esta entrada modesta y prosaica del cónsul
de Bunaparte, porque la mayoría se imaginaba a los cónsules como altos dignatarios
que llevaban ropajes suntuosos, repletos de pasamanería y condecoraciones, y
que cabalgaban en buenos corceles o viajaban en carrozas.
II
El séquito del cónsul se alojó en la posada, y el cónsul y
el señor Pouqueville en la casa de Josif Baruh, el judío más rico y respetable
de Travnik, porque la mansión que se estaba restaurando para el consulado
francés no estaría acabada hasta dos semanas más tarde. Así, en la pequeña pero
bonita casa de Josif Baruh, amaneció, el primer día del Bayram[7] del ramadán,
un huésped insólito. Toda la planta baja se puso a su disposición y a la del
señor Pouqueville. La habitación de Daville, una estancia grande, se encontraba
en la esquina; dos ventanas daban al río y las otras dos, con enrejado de
madera, al desierto y helado jardín, cubierto con una capa de escarcha que no
se fundía en todo el día.
Del piso superior provenía un ruido constante, las
carreras y gritos de los numerosos hijos de Baruh y la voz severa de la madre,
que trataba de tranquilizarlos infructuosamente con amenazas e imprecaciones.
Desde la ciudad llegaba el fragor de los cañones y las detonaciones de los
fusiles de los niños. La música gitana desgarraba los oídos; dos tambores
resonaban de forma monótona, y sobre este fondo lóbrego una zurla[8] emitía y
entretejía melodías desconocidas con cambios e interrupciones inesperadas. Era
uno de esos raros días al año en los que Travnik salía de su silencio.
Como no habría sido conveniente que el cónsul saliera
antes de visitar oficialmente al visir, Daville pasó los tres días del Bayram
en esa gran habitación, con el mismo riachuelo y el mismo jardín congelado ante
sus ojos, pero con los oídos llenos de los ruidos desusados procedentes de la
casa y de la ciudad. La comida judía, grasienta y copiosa, mezcla de cocina
española y oriental, impregnaba el ambiente de intensos olores a aceite de
oliva, caramelo, cebolla y especias fuertes.
Daville se entretenía conversando con su compatriota
Pouqueville, dando instrucciones e informándose sobre el ceremonial que debería
seguir durante la primera audiencia, el viernes, inmediatamente después del
tercer día del Bayram. Del konak había recibido como presente dos velas
grandes, una okka[9] de almendras y otra de pasas.
El médico e intérprete del visir hacía de enlace entre el
konak y el nuevo cónsul. Se llamaba Cesar d’Avenat, pero para los osmanlíes y
la gente de la ciudad era simplemente Davna. Había llevado ese nombre durante
la segunda mitad de su vida. En realidad, era originario del Piamonte, aunque
nacido en Saboya, y naturalizado francés. Cuando era joven, lo enviaron a
estudiar medicina a Montpellier. En esa época aún se llamaba Cesare Davenato.
Fue entonces cuando adoptó su nombre actual y tomó la nacionalidad francesa.
Desde allí, de forma aún no esclarecida e inexplicablemente, apareció en
Constantinopla, donde entró al servicio del gran almirante Kuçuk Husein, como
cirujano y ayudante médico. Después pasó al servicio de Mehmed bajá, cuando
éste fue designado visir de Egipto, desde donde se lo llevó a Travnik como
médico, intérprete y hombre capaz de enfrentarse a cualquier eventualidad y
útil en todas las circunstancias.
Era alto, robusto y de largas piernas, de piel oscura y
cabellos negros, empolvados y hábilmente peinados con una coleta. Las huellas
escasas, pero profundas, de la viruela marcaban su cara, ancha y rasurada, de
boca grande y sensual y ojos brillantes. Siempre iba vestido con esmero y según
la antigua moda francesa.
D’Avenat hacía gala de una sincera buena voluntad en el
trabajo y se esforzaba por ser realmente útil a su insigne compatriota.
Todo esto era nuevo y sorprendente para Daville y llenaba
su tiempo, aunque no sus pensamientos, que, sobre todo durante las lentas horas
nocturnas, saltaban a gran velocidad, fulgurante y arbitrariamente, del
presente al pasado o trataban de adivinar los perfiles del futuro.
Las noches eran agotadoras y parecían interminables.
Le costaba habituarse al desacostumbrado lecho a ras de
suelo, que le producía mareos, y al olor de la lana de los colchones
recientemente vareados. Se despertaba a menudo, porque lo embargaba el calor
sofocante que desprendían esos colchones y los edredones, sufriendo ardores
causados por la especiada cocina oriental, que no es fácil de comer y mucho
menos de digerir. Se levantaba en la oscuridad y bebía el agua helada y
cortante que le hendía el esófago y le enfriaba dolorosamente el estómago.
Durante el día, mientras conversaba con Pouqueville o con
d’Avenat, era un hombre enérgico y tranquilo, con un nombre, un título y un
rango concretos; con un objetivo claro y misiones definidas, por las cuales
había venido a esa remota provincia turca, igual que habría ido a cualquier
otro lugar del mundo. Pero, por la noche, recuperaba su yo y lo que había sido
antaño o lo que debería ser en el futuro. Y ese hombre que yacía en la
oscuridad de las largas noches de febrero era para él mismo un extraño, un ser
múltiple y, por momentos, un completo desconocido.
Al alba, cuando lo despertaban los tambores del Bayram y
la zurla, o las carreras de los niños en el piso de arriba, Daville necesitaba
un tiempo para despabilarse y recordar dónde se hallaba. Durante unos
prolongados minutos dudaba entre la realidad y el sueño, porque los sueños
estaban más relacionados con la realidad de su vida anterior, mientras que la
actual le parecía más bien una pesadilla en la que un hombre era trasladado
repentinamente a un país raro, lejano, donde se enfrentaba a una situación
extraordinaria.
Así, ese despertar semejaba la continuación de los sueños
nocturnos desde los que pasaba lenta y penosamente a la realidad insólita de la
vida consular en la distante ciudad turca de Travnik.
Por si fuera poco, a esta mezcla de impresiones nuevas y
desusadas venían a añadirse sin remedio los recuerdos, que se entrelazaban con
los deberes y preocupaciones del presente. Los acontecimientos de su vida
desfilaban rápida y desordenadamente y aparecían bajo una nueva luz y con
proporciones fuera de lo común.
Tras él quedaba una vida colmada y turbulenta.
Jean Baptiste Etienne Daville estaba más cerca de los
cuarenta que de los treinta; era alto, rubio, de porte erguido y mirada limpia.
Contaba diecisiete años cuando abandonó su ciudad natal en la costa norte de
Francia y llegó a París, como tantos otros antes que él, en busca de un medio
de ganarse la vida y conseguir la fama. Después de los primeros intentos y
experiencias, se vio arrastrado rápidamente por la Revolución, como millones de
compatriotas, y ésta se convirtió en su destino personal. Un cuaderno de versos
y dos o tres comienzos audaces de dramas históricos y sociales se quedaron en
el cajón; también dejó su modesto puesto de escribiente. Jean Daville se hizo
periodista. Publicaba, ciertamente, versos y reseñas literarias; no obstante,
su trabajo principal era la Asamblea Constituyente. Ponía toda su juventud y
todo el entusiasmo de que era capaz en los voluminosos informes de la Asamblea.
Pero el rodillo de la Revolución lo trituraba todo, haciendo que las cosas
cambiaran y desaparecieran a gran velocidad y sin dejar huellas. Como suele
suceder en los sueños, la gente pasaba apresurada y directamente de un cargo a
otro, de un honor a otro, de la vergüenza a la muerte, de la miseria a la
gloria, sólo que unos iban en una dirección y otros en la opuesta.
En esos tiempos excepcionales y en circunstancias de las
que hablaremos más adelante, Daville fue sucesivamente periodista, soldado,
voluntario en la guerra de España, funcionario del improvisado ministerio de
Asuntos Exteriores, enviado en misión oficial a Alemania, luego a Italia, ante
la República Cisalpina, y la Orden de Malta. Después, otra vez periodista y
cronista literario del Le Moniteur de París, y por fin, cónsul general en
Travnik, con la misión de abrir el consulado, crear y fomentar las relaciones
comerciales con esas regiones de Turquía, ayudar a las autoridades francesas de
ocupación en Dalmacia y seguir los movimientos populares en Serbia y en Bosnia.
Así se presentaría la vida del huésped de los Baruh si
tuviera que describirse con unas cuantas frases para un breve curriculum vitae.
Sin embargo, con estas extrañas perspectivas y con los
tres días de inesperada reclusión, Daville debía a menudo esforzarse él mismo
para recordar con exactitud quién era y de dónde venía, todo aquello que había
sido a lo largo de su vida, por qué había llegado allí y por qué durante todo
el día recorría a grandes pasos aquel kilim rojo bosniaco.
Pues mientras el hombre vive en su ambiente natural y en
circunstancias normales, estos datos de su curriculum vitae representan para él
periodos importantes y giros significativos de su vida. Pero en cuanto la
casualidad, el trabajo o la enfermedad lo apartan y aíslan, esos detalles
empiezan de repente a desvaírse y borrarse, a secarse y descomponerse a una
velocidad increíble, como una máscara inerte de papel y barniz que se ha
utilizado una sola vez. Y debajo de ellos comienza a aflorar nuestra otra vida,
conocida únicamente por nosotros, es decir, la «verdadera historia» de nuestro
espíritu y nuestro cuerpo, que no está anotada en ningún lugar, que ni siquiera
nadie presiente, que tiene muy poca relación con nuestros éxitos sociales, pero
que para nosotros y para nuestra última desdicha o felicidad es la única
importante y la única real.
Perdido en esta región salvaje, durante la noche
interminable, cuando todos los ruidos se acallaban, Daville evocaba su vida
pasada como una larga serie de empresas audaces y contratiempos sólo por él
conocidos, de luchas, de actos heroicos, fortuna, éxitos, rupturas,
calamidades, contradicciones, sacrificios inútiles y compromisos vanos.
En la oscuridad y silencio de esta ciudad, que todavía no
había visto como es debido, pero en la que, sin duda alguna, lo esperaban
preocupaciones y dificultades, parecía imposible arreglar y enmendar nada en el
mundo. Daville tenía la impresión por momentos de que para vivir se necesitaban
muchos esfuerzos, y para cada uno de estos esfuerzos, un valor
desproporcionado. La negrura que reinaba le producía la sensación de que ningún
desvelo tenía final. El hombre, para no detenerse y caer en la desesperación se
engaña a sí mismo, oculta los trabajos inacabados con otros distintos, que
tampoco terminará, y en las nuevas empresas y nuevos empeños busca más fuerzas
y más valor. De esta suerte, se estafa a sí mismo y con el tiempo acaba
convirtiéndose en deudor de su propia persona y de todo lo que lo rodea.
Sin embargo, según se aproximaba el día de la primera
audiencia, esos recuerdos y reflexiones cedían lugar a las impresiones nuevas y
a preocupaciones y trabajos provisionales, pero muy reales. Daville se centró.
Las emociones y remembranzas se replegaron a la retaguardia de la conciencia;
desde allí resurgirían a menudo, enlazándose de modo extraño e inesperado con
los hechos cotidianos o con los acontecimientos inauditos de la nueva vida en
Travnik.
Por fin pasaron esos tres largos días y sus tres extrañas
noches. (Con una especie de presentimiento que, por lo general, no engaña a las
personas atormentadas, Daville pensó aquella mañana: «Puede ser que éstos hayan
sido los mejores días y los más tranquilos que el destino me haya deparado en
este valle angosto»).
Así que esa mañana, ya muy temprano, oyó el piafar y los
relinchos de los caballos bajo la ventana. Embutido en su traje de ceremonia,
el cónsul esperaba al comandante de los mamelucos, al que acompañaba d’Avenat.
Todo transcurrió según se había previsto y convenido con anterioridad. Allí
estaban doce mamelucos del visir pertenecientes al destacamento que Mehmed bajá
se había traído de Egipto como escolta personal y de la que estaba
particularmente orgulloso. Sus turbantes de tela preciosa —hilo de oro alternando
con hilo de seda—, enrollados con suma habilidad alrededor de la cabeza, sus
alfanjes, que pendían pintorescos sobre los flancos de los corceles, y sus
amplias vestimentas color cereza atraían todas las miradas. Los caballos para
Daville y su séquito estaban cubiertos de la cabeza a la cola con jireles. Las
órdenes estaban bien dadas y la formación era perfecta. Daville se esforzó por
montar de la manera más natural posible sobre su caballo negro, un animal
tranquilo y algo viejo, con amplias ancas. El cónsul vestía el uniforme de
gala. Llevaba el capote azul marino abierto para que se vieran los botones
dorados, los bordados de plata y las medallas que colgaban de su pecho. Tenía
un aspecto magnífico con su porte erguido y su hermosa cabeza varonil.
Hasta el momento en que desembocaron en la calle
principal, todo iba bien y el cónsul podía estar en verdad satisfecho. Pero en
el momento en que alcanzaron las primeras casas turcas, se oyó una serie de
exclamaciones sospechosas y un golpeteo de puertas de patios y celosías. Ya en
el primer zaguán, una niña entreabrió un batiente y profiriendo unas palabras
ininteligibles se puso a escupir a la calle, como si alejara un maleficio. Así,
de una en una, se abrieron todas las puertas y celosías, y rostros llenos de
odio y exaltación fanática asomaban por un instante. Mujeres veladas escupían y
ahuyentaban la mala suerte, mientras que los niños mascullaban insultos,
acompañados de ademanes obscenos y amenazas explícitas, dándose palmadas en el
trasero o haciendo el gesto de cortarse el cuello.
Como la calle era estrecha y las galerías de las casas
sobresalían a ambos lados, la comitiva cabalgaba entre dos filas de injurias y
bravatas. Al principio, el cónsul, sorprendido, aminoró el paso, pero d’Avenat
aproximó su caballo al del dignatario y, sin alterarse, con el semblante
impasible, lo exhortó susurrando:
—Le ruego, Excelencia, que siga cabalgando tranquilamente
y no preste atención a nada de esto. Es un pueblo bárbaro, una chusma vulgar;
odian todo lo extranjero y éste es el recibimiento que brindan a cualquiera. Lo
mejor es hacer caso omiso. Eso es lo que hace el visir. Es su modo zafio de
hacer las cosas. Le suplico, Excelencia, que continúe el camino.
Confuso y contrariado, aunque intentando ocultar su
turbación, el cónsul prosiguió, viendo, en efecto, que los hombres del visir
hacían caso omiso; no obstante, sentía que la sangre se le subía a la cabeza.
Los pensamientos afluían veloces a su mente, se entrecruzaban y se
atropellaban. La primera idea que se le ocurrió fue la de si, como
representante del gran Napoleón, debía soportar aquello o bien regresar
inmediatamente a casa y organizar un escándalo. No podía decidirse, porque
temía menoscabar el prestigio de Francia tanto como provocar, con su
precipitación, un conflicto que arruinara su relación con el visir y los turcos
ya el primer día. Incapaz de encontrar una respuesta o tomar una decisión, se
sentía humillado y enojado consigo mismo. Además, le resultaba repugnante y
terrible el levantino[10], d’Avenat, que a su espalda no cesaba de repetir:
—Le ruego, Excelencia, que cabalgue y no preste atención.
Éstas son las tradiciones y costumbres bárbaras de los bosniacos. Continúe
tranquilamente.
Vacilando en su fuero interno y sin hallar solución
alguna, Daville sentía que le ardía la cara y que, a pesar del frío, el sudor
le bañaba las axilas. El cuchicheo insistente de d’Avenat le resultaba
desagradable, le parecía miserable e inmundo. En él intuía lo que debía de ser
la vida de un occidental que ha elegido habitar en Oriente y unir
indisolublemente su destino a esta parte del mundo.
Sin embargo, desde las ventanas de las últimas casas,
cabezas de mujeres invisibles escupían sobre caballos y jinetes. El cónsul se
detuvo una vez más por un instante y una vez más emprendió el camino, cediendo
a las súplicas de d’Avenat e impelido por el trote sereno de la escolta.
Entretanto, se acabaron las casas y entraron en el bazar, con sus tiendas
bajas. En los umbrales, los mercaderes turcos o sus clientes fumaban o
negociaban. Fue igual que pasar de una habitación muy caldeada a otra absolutamente
helada. De repente, desaparecieron las miradas hurañas, los gestos que
indicaban cómo se decapita a un infiel o los escupitajos supersticiosos de las
mujeres. En lugar de eso, se sucedían a ambos lados de la calle caras
impasibles, feroces. Daville los vislumbraba como a través de un molesto velo
tembloroso que cubría sus ojos. Nadie dejó de trabajar ni de fumar, nadie alzó
la vista para dignarse mirar una escena tan inusual y una escolta tan solemne.
Algunos tenderos volvieron la cabeza, fingiendo que buscaban un artículo en los
anaqueles. Sólo los orientales pueden odiar y despreciar hasta ese punto y
mostrar de modo tan manifiesto su odio y su desprecio.
D’Avenat guardó silencio y de nuevo situó su caballo a la
distancia prescrita, pero para Daville, aquel increíble desdén mudo del bazar
no era menos doloroso ni ultrajante que la animadversión estrepitosa de los
recientes insultos. Por fin torcieron a la derecha y ante sus ojos se irguieron
las altas y largas murallas y la blanca construcción del konak, un edificio
grande y armonioso con una hilera de ventanas de cristal. La visión resultó ser
un alivio.
Ese camino angustioso que ahora quedaba tras él
permanecería durante mucho tiempo en la memoria de Daville, imborrable como los
sueños malignos y relevantes. A lo largo de los años, realizaría cientos de
veces ese mismo recorrido, en condiciones similares. Porque cada vez que había
una audiencia, y las había frecuentemente, sobre todo en los tiempos
turbulentos, había que cabalgar a través del arrabal y del bazar. Había que
mantenerse erguido sobre el caballo, no mirar ni a izquierda ni a derecha, ni
muy alto ni a las orejas del caballo, ni distraído ni preocupado, ni sonriente
ni ceñudo, sino serio y comedido, y sobre todo sereno, más o menos con ese aire
afectado con el que los caudillos militares en los retratos, dejando al margen
la batalla, miran hacia algún punto a lo lejos entre el camino y la línea del
horizonte, desde donde deberían llegar refuerzos seguros y bien calculados.
Todavía durante mucho tiempo, los niños turcos, desde las puertas, escupirían a
las patas de los caballos imperceptible y rápidamente, como si espantaran los
malos agüeros, igual que habían visto hacer a los mayores. Los tenderos turcos
volverían la espalda simulando buscar algo en los anaqueles. Lo saludarían sólo
los pocos judíos que anduvieran por allí y no hubiesen podido de ningún modo
evitar el encuentro. No le quedó más remedio que pasar así un número infinito
de veces, tranquilo y digno, temblando en su fuero interno a causa del odio y
la indiferencia malévola con la que lo rociaban desde todos los lados, o por el
temor a que sucediera algún contratiempo imprevisto en cualquier momento,
asqueado por ese trabajo y esa vida y disimulando con un esfuerzo convulso su
angustia y su repugnancia.
Incluso más tarde, cuando con los años y los cambios la
gente se acostumbrara a la presencia de los extranjeros y cuando Daville
conociera mejor a muchos de ellos, esa primera comitiva solemne perduraría en
su conciencia como una línea negra, pero incandescente y dolorosa, que el
olvido borra y atenúa lentamente.
El cortejo oficial cruzó con estruendo el puente de madera
y alcanzó la gran puerta. De repente, entre el estrépito de cerrojos y las
carreras de los mozos, ambas hojas se abrieron de par en par.
Delante del cónsul se hallaba el teatro en el que durante
casi ocho años interpretaría diversas escenas de un mismo papel difícil e
ingrato.
Esa puerta, de una amplitud desproporcionada, se abriría
aún muchas veces ante él, apareciéndosele siempre en ese instante como una boca
fea y gigantesca de la que rezumaba, exhalando su hedor, todo lo que en el
inmenso konak habitaba, crecía, se consumía, se evaporaba o enfermaba. Él sabía
que la ciudad y sus alrededores, que debían alimentar al visir y a todos los
suyos, introducían cada día en el konak unas setecientas cincuenta okka de
comestibles variados, y que todo eso se distribuía, robaba o comía. Sabía que,
además del visir y sus familiares, allí vivían once dignatarios, treinta y dos
guardias y otros tantos o más haraganes y gorrones turcos o jornaleros y
empleados cristianos, a los que había que añadir un número indefinido de
caballos, vacas, perros, gatos, aves y monos. Pero, sobre todo, lo que más se
sentía era el pesado y molesto olor de la mantequilla y del sebo que produce
náuseas a quien no está habituado. Ese olor solapado acompañaba al cónsul
después de cada audiencia durante todo el día, y le bastaba pensar en él para
que le acometieran arcadas y ganas de vomitar. Tenía la sensación de que todo
el konak estaba impregnado de ese hedor, igual que una iglesia lo está de
incienso, y que había penetrado no sólo en las personas y en las ropas, sino
también en los objetos y en las paredes.
Ahora, esa puerta desconocida se abría por vez primera
ante él.
El destacamento de mamelucos se dispersó y desmontó,
mientras que Daville, con un reducido séquito, cabalgó hasta el primer patio,
un recinto estrecho que estaba en penumbras porque el piso superior en voladizo
le daba sombra. Justo detrás estaba el verdadero patio descubierto, con un
pozo, hierba y flores por los rincones. Al fondo, un elevado muro macizo
cercaba los jardines del visir.
Aún confuso por lo que había vivido al pasar por la
ciudad, Daville se sintió más desconcertado si cabe por la amabilidad
inquietante y la atención solemne con que fue recibido en el konak por una
multitud de cortesanos y dignatarios. A su alrededor había un hervidero de
gente corriendo con una prisa y diligencia desconocidas en el protocolo
occidental. El primero en saludar al cónsul fue el teftedar, el encargado de
las finanzas. (El segundo en la jerarquía después del visir, el cehaja Suleiman
bajá Skopljak, no estaba en Travnik). Luego lo siguieron el silahdar[11], el
armero mayor, el cohadar, el jefe del guardarropas del konak, el haznadar[12],
el tesorero, el muhurdar[13], el canciller del sello, y tras ellos se
amontonaba y se abría paso a codazos un tropel de funcionarios y títulos
desconocidos. Unos, con la cabeza inclinada, farfullaban palabras de bienvenida
ininteligibles, otros abrían los brazos, y toda la masa se movía hacia la sala
en la que se celebraba el Diván. D’Avenat, alto y moreno, se deslizaba
esquivando a la muchedumbre y desembarazándose con arrogancia de los que
obstaculizaban el camino, dando órdenes y disponiendo en voz más alta y
estridente de lo que exigía la necesidad. Daville, perplejo, pero digno y
tranquilo en apariencia, se sentía como esos santos de los cuadros católicos a
los que una bulliciosa cohorte de ángeles conducen hacia el cielo. Y,
ciertamente, ese gentío lo transportó por unas amplias escaleras que llevaban
desde el patio al Diván.
El Diván era una sala vasta y umbría en la planta baja. En
el suelo, algunos kilims. A lo largo de los muros, canapés forrados de paño
color cereza. En una esquina, cerca de la ventana, unos cojines para el visir y
su huésped. En la pared, un único cuadro, la tura del sultán: su monograma
trazado en letras de oro sobre fondo verde. Debajo, un sable, dos pistolas y un
caftán púrpura, los regalos de Selim III a su favorito Husref Mehmed bajá.
Encima de esta sala, en la primera planta, había otra
exactamente igual, más modestamente amueblada pero más luminosa. Allí, el visir
reunía el Diván sólo durante el verano. Dos de las paredes del aposento estaban
ocupadas por ventanas; unas daban a los jardines y a los cotos escarpados y las
otras al Lasva y al bazar al otro lado del puente. Éstas eran las «ventanas de
cristal» de las que tanto se hablaba y tanto se celebraban en las canciones
populares, y que realmente no tenían parangón en toda Bosnia; Mehmed bajá las
había adquirido en Austria, pagándolas de su peculio, y había hecho venir
especialmente a un artesano, un alemán, para que las cortara a medida. Sentado
en los cojines, el invitado podía ver a través de las ventanas la galería
abierta, y bajo su tejado, en una viga de abeto, un nido de golondrinas del que
se escapaban unos gorjeos y algunas briznas de paja, y contemplar a la prudente
avecilla que rauda iba y venía volando.
Siempre era agradable sentarse junto a esos ventanales.
Nunca faltaba la luz ni el verdor o las flores, una leve brisa y el rumor del
agua, los trinos de los pájaros, la calma para reposar y el silencio para
reflexionar o llegar a un acuerdo. Allí se habían tomado o aprobado numerosas
decisiones graves y terribles, pero de algún modo, todas las cosas, cuando se
debatían en esa sala, parecían más fáciles, claras y humanas que en el Diván de
la planta baja.
Éstos serían los dos únicos aposentos del konak que
Daville conocería durante su estancia en Travnik y el escenario de muchos de
sus pesares y satisfacciones, de sus éxitos y derrotas. Aquí, en el curso de
los años, llegaría a entender no sólo a los turcos, con sus fuerzas
extraordinarias y sus debilidades infinitas, sino también a comprenderse a sí
mismo, a descubrir la medida y los límites de su poder, a la gente en general,
la vida y el mundo y las relaciones humanas.
La primera audiencia se celebró, como siempre en invierno,
en el Diván de la planta baja. El tufo indicaba que la estancia había sido
abierta y caldeada por primera vez aquel invierno para esa ocasión.
En cuanto el cónsul pisó el umbral, en el lado opuesto del
Diván se abrió otra puerta en la que apareció el visir con un traje
resplandeciente, acompañado de cortesanos que llevaban la cabeza ligeramente
inclinada y los brazos cruzados sobre el pecho en señal de sumisión.
Esto había sido una enorme concesión protocolaria que
Daville había obtenido durante las conversaciones mantenidas los últimos tres
días por mediación de d’Avenat, y con la que pensaba aderezar muy especialmente
su primer informe al ministro. Porque los turcos exigían que el visir aguardara
al cónsul sentado en los cojines igual que recibía a los demás visitantes. El
cónsul, sin embargo, reclamó que el visir se pusiera de pie ante él y que así
lo saludara. Apeló a la fuerza de Francia y a la gloria militar de su soberano.
Los turcos, a su tradición y a la grandeza de su imperio. A la postre,
acordaron que tanto el cónsul como el visir entraran en la sala al mismo
tiempo, se encontraran en el centro y que desde allí el visir llevaría al
cónsul hacia el estrado, junto a la ventana, en donde estarían dispuestos los
cojines en los que ambos deberían sentarse a la vez.
Así sucedió. El visir, que cojeaba de la pierna derecha
(por eso el pueblo lo llamaba el bajá paticojo), caminaba resuelta y
rápidamente como suelen hacerlo precisamente las personas cojas. Se acercó al
cónsul y con suma cordialidad lo invitó a sentarse. Entre ellos, pero un
escalón más bajo, estaba sentado el intérprete d’Avenat. Se había acurrucado,
las manos cruzadas en el regazo, la mirada baja, deseoso de hacerse más pequeño
e insignificante de lo que era, y tener así sólo el espíritu y aliento necesarios
para que los dos dignatarios pudieran comunicarse sus pensamientos y mensajes.
El resto de los personajes se había desvanecido sin hacer ruido. Únicamente
quedaron los criados, situados a corta distancia los unos de los otros para
pasarse de mano en mano el servicio. Durante el tiempo que duró la
conversación, que fue una hora entera, los mozos, como sombras silenciosas,
hicieron circular y sirvieron al cónsul y al visir todo lo que el ceremonial
exigía.
Primero llegaron los chibuquíes encendidos, luego el café
y los sorbetes[14]. Después uno de los sirvientes, arrastrándose de rodillas,
llevó un perfume intenso en un recipiente poco profundo y lo pasó bajo la barba
del visir y bajo el bigote del cónsul, como si los sahumara. Y otra vez café y
nuevos chibuquíes. Todo esto servido durante la conversación, con el mayor
cuidado, de modo imperceptible, rápido y diligente.
El visir, cosa curiosa en un oriental, era muy vivaz,
amable y abierto. Aunque le habían hablado con anterioridad de esas
características del Mehmed bajá y sabía que no debía tomárselo todo en serio,
las atenciones y la amabilidad complacieron a Daville, después de las
inesperadas humillaciones que había sufrido al atravesar la ciudad. La sangre
que se le había subido a la cabeza empezó a circular con normalidad. Las
palabras del visir, el aroma del café y de las pipas, todo lo deleitaba y
apaciguaba, aunque no podía borrar las penosas impresiones. El visir no dejó de
destacar en la conversación la barbarie del país, la zafiedad y el atraso del
pueblo. La naturaleza es cruel, los hombres imposibles. ¿Qué podía esperarse de
las mujeres y los niños, criaturas a las que Dios no había dotado de juicio, en
una tierra en la que hasta los hombres son impetuosos e incultos? Todo lo que
esa gente hace o dice no tiene importancia ni alcance, ni puede influir en los
asuntos de las personas serias e instruidas. Ladran luego andamos, terminó el
visir, que evidentemente estaba informado de lo que había ocurrido mientras el
cónsul recorría la ciudad y ahora intentaba suavizar el episodio y restarle
gravedad. E inmediatamente después de esas menudencias desagradables, volvió a
tratar la grandeza excepcional de las victorias de Napoleón y el sentido y
trascendencia de todo lo que los dos imperios, el turco y el francés, podían
lograr en el marco de una estrecha y razonable cooperación.
Esas palabras, pronunciadas en un tono sincero y sosegado,
regocijaron a Daville, porque eran una excusa indirecta por las injurias
sufridas y porque a sus ojos reducían la magnitud de la humillación que había
padecido. Una vez calmado y de mejor talante, contemplaba con atención al visir
y recordaba lo que d’Avenat le había contado de él.
Husref Mehmed bajá, llamado el Paticojo, era georgiano.
Siendo niño lo habían llevado como esclavo a Constantinopla, donde sirvió al
gran Kuçuk Husein bajá. Allí, se fijó en él Selim III antes de subir al trono.
Valiente, perspicaz, astuto, elocuente, absolutamente leal a sus superiores,
este georgiano fue nombrado visir de Egipto a los treinta y un años. El asunto,
en verdad, no acabó bien, porque la gran insurrección de los mamelucos expulsó
a Mehmed bajá de Egipto, pero no cayó del todo en desgracia. Después de una
breve estancia en Salónica, fue nombrado visir de Bosnia. La sanción era en
proporción leve, y Mehmed bajá la hizo aún más ligera fingiendo cautamente ante
el mundo que no la sentía como un castigo. De Egipto se trajo un destacamento
de treinta mamelucos fieles, con los que le gustaba realizar maniobras en la
campiña de Travnik. Vestidos con suntuosidad y bien alimentados, los mamelucos
provocaban la curiosidad y realzaban el prestigio del bajá ante la gente. Los
turcos bosniacos los miraban con odio, no exento de cierto temor, y con una
admiración secreta.
Pero más admiración que los propios mamelucos provocaba la
cuadra del visir, jamás vista antes en Bosnia, ni por el número ni por el valor
de los caballos.
El visir era joven y parecía aún más joven de lo que era.
De estatura por debajo de la media, añadía con su porte y, sobre todo, con su
sonrisa un palmo más a su talla, al menos a los ojos de los que lo
contemplaban. Cojeaba de la pierna derecha, pero ocultaba este defecto tanto
como era posible con el corte de sus vestidos y con movimientos rápidos
hábilmente encadenados. Cuando tenía que permanecer de pie, sabía adoptar una
posición que hacía imperceptible su tara, y cuando debía moverse, lo hacía con
presteza, brío y a impulsos. Esto le confería un singular aspecto de frescura y
juventud. Nada se percibía en él de esa dignidad imperturbable de los otomanos,
sobre la que Daville tanto había leído y oído hablar. Los colores y la
confección de su traje eran sencillos, pero elegidos a todas luces con cuidado.
Hay cierta clase de personas que saben dotar de lustre y distinción a la ropa y
joyas que llevan. Su cara, tan curtida como la de los marinos, con una barba
corta y negra y los ojos, ligeramente rasgados, oscuros y brillantes, era
franca y sonriente. Era uno de esos hombres que bajo una sonrisa permanente
ocultan su verdadero talante, y con la locuacidad sus pensamientos o la
ausencia de ellos. Con cada cosa que decía, parecía que sabía del tema mucho más
de lo que daba a entender. Cada una de sus amabilidades, de sus gentilezas y
favores semejaban ser sólo una introducción, la primera parte de lo que cabía
esperar de él. Por muy informado y prevenido que se estuviera de antemano,
nadie podía librarse de la impresión de tener ante sí a un hombre noble y
juicioso que no sólo promete hacer una buena obra, sino que además la hace,
donde sea y cuando pueda; al mismo tiempo no se podía ser lo suficientemente
perspicaz como para penetrar y determinar los límites de sus promesas y la
medida real de sus buenas acciones.
Tanto el visir como el cónsul sabían cuál era la debilidad
secreta o el tema preferido del interlocutor y guiaron la conversación hacia
aquellos asuntos. El visir volvía sin cesar a la excepcional grandeza de la
personalidad de Napoleón y a sus victorias, mientras que el cónsul, que por
d’Avenat se había enterado de la pasión del visir por el mar y la navegación,
planteaba cuestiones relacionadas con el arte de navegar y la guerra naval. En
verdad el visir amaba vehementemente el mar y la vida en él. Aparte del dolor
encubierto causado por su derrota en Egipto, por lo que más sufría era por
estar lejos del mar y encerrado en aquel paisaje montañoso, frío y salvaje. En
lo más recóndito de su ser, albergaba el deseo de suceder algún día a su gran
señor, Kuçuk Husein bajá, y como almirante, continuar sus planes e ideas para
engrandecer la marina de guerra turca.
Después de una charla de hora y media, el cónsul y el
visir se separaron como buenos conocidos, convencidos cada uno por igual de que
podría obtener mucho del otro, y cada uno satisfecho con el interlocutor y
consigo mismo.
En el momento de partir, el bullicio y el escándalo fueron
aún mayores. Trajeron unas pellizas, sin duda alguna muy costosas, de piel de
marta para el cónsul y de paño y zorro para su séquito. Alguien recitaba en voz
alta una oración y pedía una bendición para el invitado del sultán, mientras el
resto respondía a coro. Altos funcionarios llevaron a Daville al centro del
patio interior, hasta el apeadero. Todos iban con los brazos extendidos como si
lo transportaran. Daville montó en su caballo. Sobre el capote le colocaron la
pelliza de marta del visir. Fuera esperaban ya los mamelucos sobre sus
cabalgaduras. La comitiva partió por el mismo camino por el que había venido.
Aun con los pesados ropajes que llevaba, Daville sintió un
escalofrío sólo de pensar que tenía que volver a cabalgar entre los puestos
deslucidos y las celosías torcidas seguido de las injurias y el desdén del
gentío. Todo indicaba que sus primeros pasos en Travnik debían ir acompañados
por las sorpresas, incluso aunque fueran buenas. Lo cierto es que los turcos de
las tiendas permanecían ceñudos e impasibles y bajaban la vista
deliberadamente, pero esta vez, de las casas no surgieron ni insultos ni amenazas.
Con los pelos de punta, Daville tenía la sensación de que tras las celosías de
madera lo observaban múltiples ojos fisgones y hostiles, pero sin voces ni
gestos. De algún modo, le pareció que el manto del visir lo protegía del
populacho, por eso se lo ciñó más fuerte con un gesto involuntario, se irguió
en la silla y con la cabeza alta llegó a lomos del caballo al patio vallado de
Baruh.
Cuando finalmente se quedó solo en la habitación caldeada,
Daville se sentó en el duro banco, se desabrochó el uniforme y suspiró
profundamente. Estaba excitado, aunque destrozado y exhausto. Se sentía vacío,
torpe y confuso, como si lo hubieran arrojado desde gran altura a aquel duro
banco y aún no hubiera vuelto en sí ni pudiera discernir dónde estaba ni cómo
había llegado allí. Por fin estaba libre, pero no sabía qué hacer con el tiempo
que le quedaba. Pensó en descansar y dormir, mas sus ojos tropezaron con la
pelliza colgada que poco antes le había regalado el visir, e inmediatamente le
sobrevino, como algo doloroso e inesperado, la idea de que debía escribir el
informe para el ministro en París y el embajador en Constantinopla. Es decir,
había que revivirlo todo una vez más y describirlo de forma que no perjudicara
demasiado su prestigio ni se alejara demasiado de la verdad. Esta misión se
alzaba delante de él como una montaña insalvable que no tenía más remedio que
franquear. El cónsul se tapó los ojos con la mano derecha. Aún suspiró
profundamente varias veces y exhalando el aire, profirió a media voz:
—¡Ay Dios mío, Dios mío!
Y se quedó tumbado en el duro banco. Éste fue su descanso
y su sueño.
III
Igual que les sucede a los héroes en las leyendas
orientales, Daville tuvo que afrontar al principio las mayores dificultades de
su cargo. Realmente, parecía que el mundo entero se hubiera confabulado para
atemorizarlo y desviarlo del camino que había emprendido.
Todo lo que le aguardaba en Bosnia y todo lo que llegaba
del ministerio, de la embajada en Constantinopla y del comandante en Split, era
contrario a lo que le habían dicho en París antes de su partida.
Al cabo de unas cuantas semanas, Daville abandonó la casa
de Baruh y se mudó al edificio destinado a consulado. Habilitó y amuebló dos o
tres habitaciones como pudo y supo, y empezó a vivir solo con los criados en
aquella inmensa casa vacía.
Había tenido que dejar a su mujer en Split, en casa de una
familia francesa. La señora Daville estaba a punto de dar a luz a su tercer
hijo, y en semejante estado no podía llevarla consigo a una ciudad turca
desconocida. Después del parto, la dama se recuperaba lentamente y con
dificultades y su marcha de Split se demoraba constantemente.
Daville estaba acostumbrado a la vida en familia y hasta
ahora jamás se había separado de su mujer. En las circunstancias actuales, esta
separación le resultaba particularmente penosa. La soledad, el desorden en la
casa, la preocupación que sentía por su esposa e hijos, lo torturaban cada vez
más. El señor Pouqueville se había marchado de Travnik unos días después de su
llegada para proseguir su viaje a Oriente.
Por lo demás, Daville se sentía olvidado y abandonado a sí
mismo. Todas las cosas que para las labores y batallas cotidianas le habían
prometido antes de partir hacia Bosnia o que había solicitado más tarde o eran
insuficientes o nunca acababan de llegar.
Sin empleados ni colaboradores, tenía que escribir, copiar
y realizar él solo todos los trabajos de oficina. Como desconocía el idioma, el
país y las circunstancias, no le quedó más remedio que tomar a su servicio a
d’Avenat en calidad de intérprete del consulado. El visir le cedió
generosamente a su médico y d’Avenat estaba entusiasmado por la oportunidad que
se le ofrecía de entrar a trabajar al servicio de Francia. Daville lo contrató
con gran recelo y una repulsión disimulada, decidido a confiarle sólo los
asuntos que el visir pudiera saber. Sin embargo, era consciente de que ese
hombre le resultaba imprescindible, de verdadera utilidad. D’Avenat se procuró
enseguida dos guardias de confianza, un arnaúte[15] y un herzegovino, se hizo
cargo de los sirvientes, y exoneró al cónsul de muchas tareas insignificantes y
desagradables. Trabajando todos los días con él, Daville lo observaba y
aprendía a conocerlo mejor.
En su temprana juventud en Oriente, d’Avenat había
adoptado numerosos usos y costumbres de los levantinos. El levantino es un
hombre sin ilusiones y sin escrúpulos, un cínico descarado que tiene varios
rostros, obligado a fingir ora condescendencia, ora valor, ora abatimiento, ora
entusiasmo. Porque todo eso es para él sólo un medio indispensable en la lucha
por la vida, que en Levante es más difícil y complicada que en ningún otro
lugar del mundo. El forastero que es arrojado a esa lucha desigual y dura se
hunde por completo en ella y pierde su verdadera personalidad. Pasa un siglo en
Oriente, pero no llega a conocerlo más que de un modo incompleto y parcial, es
decir, sólo desde el punto de vista de los beneficios y pérdidas que obtiene en
la batalla a la que está condenado. Los extranjeros que, al igual que d’Avenat,
se quedan a vivir en Oriente, en la mayoría de los casos toman de los turcos
sólo las características negativas y ruines de su naturaleza, incapaces de
discernir y adoptar alguna de sus cualidades y costumbres buenas y nobles.
D’Avenat, del que tendremos aún oportunidad de hablar, era
así en muchos aspectos. En su juventud había sido un hombre muy voluptuoso, y
el contacto con los otomanos no le había enseñado nada bueno en ese campo. Pero
las personas de este tipo, cuando la vorágine de los sentidos pasa y se agota,
se vuelven lúgubres, desabridos e insoportables para sí mismos y para los
demás. Sumiso hasta la saciedad y abyectamente humilde ante la fuerza, el poder
y la riqueza, era arrogante, cruel y despiadado con todo lo débil, pobre e
imperfecto.
No obstante, había algo que salvaba a ese hombre y lo
elevaba por encima de todo eso. Tenía un hijo, un chico guapo e inteligente.
D’Avenat se preocupaba afanosamente de su salud y educación. Era capaz de hacer
cualquier cosa por él. Ese fuerte sentimiento de amor paternal lo liberaba
paulatinamente de sus vicios y lo hacía mejor y más humano. Según crecía el
niño, la vida de d’Avenat se hacía más decente; y cada vez que prestaba ayuda a
alguien o dejaba de hacer alguna maldad, lo hacía con la convicción supersticiosa
de «que revertiría en el pequeño». Y como a menudo suele suceder, este padre
vagabundo e indolente vivía con el anhelo de que su hijo fuera un hombre recto
y honesto, y no había nada que no estuviera dispuesto a hacer o a sacrificar
para que su deseo se cumpliera.
Ese niño sin madre gozaba de todo el afecto y cuidado que
se puede dar a un hijo y crecía junto a su padre como un árbol joven junto a un
puntal seco pero firme. El pequeño era guapo, tenía los rasgos suaves y nobles
del padre; sano física y espiritualmente, no manifestaba ni malas inclinaciones
ni taras graves.
En su fuero interno, d’Avenat albergaba una ambición
secreta, un objetivo supremo: que su hijo no fuera como él, un criado
cualquiera en Levante, sino que llegara a ser admitido en alguna escuela de
Francia y luego en la Administración francesa.
Ésa era la principal razón de su celo y dedicación al
consulado y la garantía de su fidelidad real y duradera.
El nuevo cónsul también tenía problemas y dificultades con
el dinero. El envío de fondos era lento e irregular y las comisiones que pagaba
por el cambio provocaban sensibles pérdidas imprevistas. Los créditos que
estaban aprobados llegaban tarde, mientras que los que solicitaba para cubrir
las nuevas necesidades eran rechazados. En lugar de eso, llegaban órdenes
incomprensibles y acres de la Contaduría, circulares sin ningún sentido que a
Daville, aislado y abandonado, le parecían una verdadera ironía. En una, por
ejemplo, se impartían órdenes estrictas al cónsul para que limitara sus
encuentros con los cónsules extranjeros, y acudiera a las recepciones de
embajadores y legados de otros países sólo si su embajador o legado lo invitaba
a hacerlo. En otra se regulaba cómo había que festejar el cumpleaños de
Napoleón el 15 de agosto. «Los honorarios de la orquesta y los gastos de la
decoración para el baile que por este motivo debe celebrarse corren a cargo del
cónsul general». Leyendo esto, Daville sonreía amargamente. De inmediato le
vinieron a la mente los musicastros de Travnik, tres gitanos andrajosos, dos
tamborileros y el tercero con la zurla, que durante el ramadán y el Bayram
torturaban los oídos del europeo condenado a vivir allí. Se acordó de la primera
celebración del cumpleaños del emperador; en realidad, de su pobre intento de
organizar el festejo.
Ya unos días antes, por mediación de d’Avenat, se había
esforzado en vano para que acudieran a la fiesta los turcos más reputados o al
menos uno de ellos, fuera quien fuera. Incluso algunos del konak, que habían
prometido ir, no se presentaron. Los frailes y sus fieles rechazaron la
invitación amablemente, pero firmes. El archimandrita[16] Pahomije ni aceptó ni
rehusó, pero no fue. Sólo aparecieron los judíos. Fueron catorce en total;
algunos, en contra de las costumbres de Travnik, incluso llevaron a sus mujeres.
La señora Daville, por aquel entonces, todavía no había
llegado a la ciudad. Daville, vestido de gala, con d’Avenat y los criados,
desempeñó el papel de anfitrión amable y sirvió un ágape con un vino espumoso
que había recibido de Split. Pronunció un breve discurso en honor de su
soberano, alabó a los turcos e hizo elogio de Travnik como ciudad importante,
suponiendo que al menos dos de aquellos judíos estaban al servicio del visir y
le transmitirían sus palabras, y que todos juntos contarían por Travnik lo que
el cónsul había dicho. Las mujeres, sentadas en el canapé con las manos
cruzadas sobre el vientre, se contentaron con parpadear durante el discurso y
mover la cabeza, ora a la izquierda ora a la derecha. Los judíos miraban hacia
delante, lo que quería decir: así son las cosas, y no pueden ser de otro modo,
pero nosotros no hemos dicho nada.
El vino espumoso animó la reunión. D’Avenat, al que no le
importaban lo más mínimo los judíos travniqueses y traducía malhumorado sus
conversaciones, a duras penas lograba satisfacerlos, porque de repente todos
querían decirle algo al cónsul. Cuando se empezó a hablar español, la lengua de
las mujeres se desató de improviso, y Daville luchaba por recordar el centenar
de palabras españolas que había aprendido antaño, en sus tiempos de soldado en
España. En un momento, los jóvenes comenzaron a cantar. Resultó un poco
incómodo que nadie se supiera una canción francesa, y no querían cantar
canciones turcas. A la postre, Mazalta, la nuera de Bencion, inició una romanza
española, respirando con dificultad a causa de la excitación y de la obesidad
prematura. Su suegra, una mujer vivaracha y afable, se animó tanto que empezó a
dar palmas, meciendo la mitad superior del cuerpo y arreglándose el tocado, que
bajo los efectos del vino espumoso se le torcía constantemente.
La alegría ingenua de esa gente bondadosa y sencilla fue
lo único que se pudo encontrar en Travnik para homenajear al soberano más
grande del mundo. Aquello afectó y entristeció al cónsul.
Daville prefería no recordar el episodio. Al redactar el
informe para el ministerio sobre cómo había transcurrido en Travnik el primer
cumpleaños del emperador, relató tímidamente y con una imprecisión deliberada
que ese día tan importante se había festejado «de acuerdo con las
circunstancias especiales y las tradiciones del país». Pero, ahora, leyendo esa
circular atrasada e inoportuna sobre bailes, orquestas y decoraciones, volvía a
sentir vergüenza y tristeza, y le daban ganas de reír y de llorar.
Uno de los problemas constantes era la atención que debía
prestarse a los oficiales y soldados que desde Dalmacia, a través de Bosnia,
viajaban a Constantinopla.
Entre el gobierno turco y el embajador francés en
Constantinopla existía un acuerdo, según el cual el ejército galo debía poner a
disposición de los turcos cierto número de oficiales, instructores y
especialistas, artilleros y zapadores. Cuando la flota inglesa franqueó los
Dardanelos y amenazó Constantinopla, el sultán Selim, con ayuda del embajador
de Francia, el general Sebastian, y unos cuantos oficiales franceses, se puso
al frente de los preparativos para la defensa de la capital. Entonces se solicitó
con urgencia al gobierno francés un número de oficiales y soldados. El general
Marmont recibió instrucciones de París para que los enviara inmediatamente a
través de Bosnia en pequeños grupos. A Daville se le ordenó que les asegurara
el paso y les proporcionara caballos y escolta. Así pudo ver cómo se aplicaba
verdaderamente un acuerdo firmado con el gobierno turco. Los ucases necesarios
para el tránsito de los oficiales extranjeros no llegaban a tiempo. Los
militares tenían que esperar en Travnik. El cónsul apremiaba al visir, el visir
a Constantinopla. Y si el salvoconducto llegaba a tiempo, no significaba que el
asunto estuviera zanjado, porque de repente surgían dificultades imprevistas y
los oficiales debían suspender el viaje y haraganear por las aldeas bosniacas.
Los turcos bosniacos contemplaban con desconfianza y
animadversión la presencia del ejército francés en Dalmacia. Los agentes
austríacos propalaron entre ellos la noticia de que el general Marmont estaba
construyendo a lo largo de toda la costa dálmata una ancha calzada con el fin
de conquistar también Bosnia. La aparición de los oficiales franceses en
tierras bosniacas ratificaba esta idea errónea entre la población, así que los
oficiales franceses, que iban como aliados a petición del gobierno turco, ya al
llegar a Livno eran recibidos con los gritos insultantes del populacho, y
cuanto más se adentraban en el territorio bosniaco, peor acogida tenían.
En algunas épocas, en Travnik, en casa de Daville, se
juntaban varias decenas de oficiales y soldados que no podían ni continuar el
viaje ni volver atrás.
En vano el visir convocaba a principales señores y
notables, amenazaba y pedía que no se actuara así con los amigos que venían por
voluntad de la Sublime Puerta y con su conocimiento. Todo se arreglaba con
buenas palabras. Los señores prometían al visir, el visir al cónsul, y el
cónsul a los oficiales, que el comportamiento hostil de la población iba a
cesar. Y cuando al día siguiente los oficiales emprendían la marcha, al llegar
al primer pueblo se encontraban con un recibimiento tal que, amargados, regresaban
a Travnik.
En vano informaba Daville sobre el talante real de los
turcos nativos y la impotencia del visir para contenerlos o imponerles
cualquier cosa y obligarlos a cumplir sus órdenes. Constantinopla seguía
pidiendo, París ordenando y Split cumpliendo las órdenes; mientras, en Travnik,
aparecían imprevistamente oficiales que, abatidos, aguardaban nuevas
instrucciones. Nada tenía pies ni cabeza y todo recaía en las espaldas del
cónsul.
En vano las autoridades francesas en Dalmacia imprimían
proclamas amistosas destinadas a la población turca. Nadie quería leer tales
proclamas, escritas en un selecto turco literario, y quien las leía no podía
entenderlas. Nada podía hacerse contra la desconfianza innata del pueblo
musulmán, que no quería leer ni oír ni ver, y sólo se guiaba por su profundo
instinto de autodefensa y odio al forastero y al infiel que se aproximaba a las
fronteras y empezaba a entrar en el país.
Sólo cuando se produjeron en Constantinopla los disturbios
de mayo y los cambios en el trono, se interrumpieron las órdenes de enviar
oficiales a Turquía. Es decir, no se dictaban nuevas órdenes, pero las antiguas
seguían cumpliéndose ciega y mecánicamente. Así que, siguiendo instrucciones
anticuadas, se presentaban repentinamente en Travnik dos o tres oficiales
franceses, a pesar de que su viaje no tenía ningún fin ni sentido.
Pero aunque los acontecimientos de Constantinopla habían
librado al cónsul de una calamidad, amenazaban con otra aún mayor.
La única ayuda y verdadero sostén de Daville era Husref
Mehmed bajá. Ciertamente, el cónsul ya había visto en numerosos casos las
limitaciones del poder del visir y la verdadera reputación de que gozaba entre
los beyes bosniacos. Nunca había visto el cumplimiento de muchas promesas, y
múltiples disposiciones del visir jamás se habían ejecutado, aunque él fingía
no advertirlo. Pero su buena voluntad era indudable y evidente. Deseaba, tanto
por sus inclinaciones personales como por cálculos propios, hacerse valer como
amigo de Francia y demostrarlo con obras. Además, la naturaleza alegre de
Mehmed bajá, su optimismo indestructible y el risueño desparpajo con el que se
enfrentaba a los problemas y sorteaba los contratiempos influían por sí mismos
en Daville como una medicina y le daban fuerzas para soportar las dificultades
pequeñas y grandes de su nueva vida.
Pero ahora, los acontecimientos amenazaban con arrebatarle
al cónsul este gran apoyo y único consuelo.
En mayo del mismo año, se había producido un golpe de
Estado en Constantinopla. Selim III, un sultán ilustrado y reformador, había
sido depuesto por sus fanáticos adversarios y confinado en el Palacio del
Serrallo, y su lugar había sido ocupado por el sultán Mustafá. La influencia
francesa en Constantinopla se debilitó y, lo que era aún peor para Daville, la
posición de Husref Mehmed bajá se tambaleaba, porque al caer Selim, había
perdido su respaldo en la capital, y en Bosnia lo detestaban por ser amigo de
los franceses y partidario de las reformas.
Ciertamente, el visir seguía mostrando ante la gente su
amplia sonrisa de marino y su optimismo oriental que no tenía raíces en ningún
lugar, salvo en él mismo, pero eso no engañaba a nadie. Los turcos de Travnik,
todos sin excepción contrarios a las reformas de Selim y enemigos de Mehmed
bajá, afirmaban que «el visir estaba con un pie en el aire». Un silencio
turbador planeó sobre el konak. Todos, con la mayor discreción, trataban de
prepararse para el traslado que podía producirse en cualquier momento; y todos,
absortos en sus propias preocupaciones, callaban y miraban al vacío. El mismo
visir estaba distraído y ausente durante sus conversaciones con Daville, pero
se esforzaba por ocultar con amabilidad y palabras ceremoniosas su impotencia
para auxiliar a nadie en ningún asunto.
Llegaban correos especiales y el visir enviaba a sus
emisarios a Constantinopla con mensajes secretos y regalos para los amigos que
todavía tenía. D’Avenat conocía los detalles y afirmaba que Mehmed bajá, en
realidad, estaba luchando tanto por su cabeza como por su posición ante el
nuevo sultán.
Sabedor de lo que significaría para él y para su trabajo
perder al actual visir, Daville se dedicó desde el principio a enviar mensajes
urgentes al general Marmont y a la embajada en Constantinopla, explicando que
debían utilizar toda su influencia ante la Sublime Puerta para que Mehmed bajá,
al margen de los cambios políticos en la capital, permaneciera en Bosnia,
porque eso es lo que hacían los rusos y los austríacos con sus amigos y porque,
en función de ello, se medían allí el ascendiente y el peso de una potencia
cristiana.
Los turcos estaban exultantes.
«El sultán infiel ha sido depuesto», decían los hodjas en
los postigos, «y ahora viene el tiempo de limpiar todo el lodo que en los
últimos años ha cubierto la verdadera fe y al verdadero mundo turco; el visir
paticojo se marchará y se llevará a su amigo el cónsul, igual que lo trajo». El
populacho propagaba estas palabras y se hacía más agresivo. Atacaba y zahería a
los criados del cónsul. Se reía de d’Avenat y le lanzaba insultos en la calle,
preguntándole si su amo preparaba ya la partida, y de no ser así, a qué estaba
esperando. Pero el trujamán, alto y moreno, a lomos de su impetuosa yegua,
miraba desdeñoso a los provocadores y respondía con arrogancia pero con mesura
que no sabían lo que decían, que eso sólo se lo podía haber contado algún
idiota, al que la rakija, el aguardiente bosniaco, le había sorbido el seso,
que el nuevo sultán y el emperador francés eran grandes amigos y que desde
Constantinopla ya se les había comunicado que el cónsul continuaría en Travnik
siendo un «huésped del imperio», que toda Bosnia ardería en llamas si le
ocurría algo, y que ni siquiera los recién nacidos serían respetados. D’Avenat
repetía sin cesar al cónsul que precisamente ahora había que actuar con audacia
y sin miramientos, porque era lo único que podía ayudarlos frente a esos
salvajes que arremetían contra aquel que se batía en retirada.
Eso es lo mismo que hacía el visir, aunque a su modo. El
destacamento de mamelucos iba todos los días a hacer maniobras al campo de
Turbe, y los travniqueses observaban con odio pero con miedo a esos jinetes
atléticos con sus armas pesadas y centelleantes, vestidos y engalanados como si
fueran a una boda. El visir cabalgaba con ellos, contemplaba las maniobras,
participaba en las carreras y disparaba al blanco como un hombre que carece de
preocupaciones y no piensa en la partida y mucho menos en la muerte, sino que
se prepara para el combate.
Uno y otro bando, los turcos de Travnik y el visir,
aguardaban la decisión del nuevo sultán y noticias de Constantinopla sobre el
resultado de la lucha que allí se desarrollaba.
A mediados del verano llegó un emisario especial, el
kapidzibasa[17] del sultán, con una escolta. Mehmed bajá le organizó un
recibimiento más solemne de lo habitual. El destacamento entero de mamelucos
del visir y todos los altos dignatarios y cortesanos salieron a su encuentro.
Los cañones dispararon salvas desde la fortaleza. Mehmed bajá esperaba al
kapidzibasa delante del konak. Se propagó por la ciudad el rumor de que eso
significaba que el visir había logrado ganarse el favor del nuevo sultán y se quedaría
en Travnik. Los turcos no querían creerlo y afirmaban que el kapidzibasa
volvería a Constantinopla con la cabeza de Mehmed bajá en el morral. Sin
embargo, las noticias demostraron ser ciertas. El kapidzibasa había traído un
firman, un decreto, que acreditaba a Mehmed bajá en su cargo en Travnik, y al
mismo tiempo entregó al visir ceremoniosamente un valioso sable, regalo del
nuevo sultán, y la orden de que en primavera marchara con un fuerte ejército
contra Serbia.
Este feliz acontecimiento se malogró de un modo extraño e
inesperado.
Al día siguiente de la llegada del kapidzibasa —era
viernes—, Daville tenía ya concertada una audiencia con el visir. Mehmed bajá
no sólo no suspendió la cita, sino que recibió al cónsul en presencia del
kapidzibasa, al que presentó como un antiguo amigo y dichoso mensajero del
favor del sultán. Al mismo tiempo le mostró el sable que el soberano le había
regalado.
El kapidzibasa, que trataba de convencer al cónsul de que,
al igual que Mehmed bajá, admiraba sinceramente a Napoleón, era un hombre alto,
mulato, con rasgos negroides muy marcados. Su piel amarilla presentaba un tono
gris, los labios y las uñas eran azulados y las escleróticas turbias, como
sucias.
El kapidzibasa, excitado, hablaba sin cesar sobre sus
simpatías por los franceses y su odio hacia los rusos. En las profundas
comisuras de sus labios negroides y prominentes se formaba una espumilla blanca
al hablar. Contemplándolo, Daville sentía la imperiosa necesidad de que aquel
hombre se tomara un respiro y se limpiara la boca, pero el kapidzibasa
continuaba hablando, como si delirara. D’Avenat, que traducía, apenas podía
seguirlo. Con una animadversión flamante narraba sus antiguas batallas contra
los rusos, sus hazañas no muy lejos de Ocakovo, donde resultó herido. Y de
repente, en un momento, se remangó con vehemencia la estrecha manga de su
aljuba[18] y enseñó una ancha cicatriz de sable ruso en el antebrazo, un brazo
negro, delgado pero fuerte, que temblaba visiblemente.
A Mehmed bajá le complacía la conversación cordial de sus
amigos y sonreía más que de costumbre, como un hombre que no puede ocultar lo
satisfecho y feliz que está porque el sultán le ha concedido su gracia.
Aquel día, el Diván se prolongó de manera inusual. Por el
camino, de vuelta a casa, Daville preguntó a d’Avenat:
—¿Qué le parece el kapidzibasa?
Él sabía que, a una pregunta similar sobre alguien,
d’Avenat siempre enumeraba todos los datos que había podido reunir hasta la
fecha sobre la persona en cuestión. Pero esta vez, d’Avenat hizo gala de una
desusada brevedad.
—Está gravemente enfermo, excelencia.
—Sí, es un huésped muy extraño.
—Es un hombre muy, muy enfermo —susurró d’Avenat, mirando
hacia delante sin querer continuar la conversación.
Dos días después, d’Avenat solicitó, antes de la hora
habitual, que el cónsul lo recibiera urgentemente. Daville le hizo pasar en el
comedor, donde estaba terminando de desayunar.
Era domingo, una de esas mañanas estivales que con su
frescura y belleza son como un premio por los días fríos, oscuros y horrorosos
del otoño y del invierno. Las omnipresentes aguas invisibles llenaban el aire
de frescor, murmullos y un brillo azulado. Daville había dormido y descansado
bien y estaba satisfecho con las buenas noticias, según las cuales Mehmed bajá
se quedaba en Travnik. Ante él estaban los restos del desayuno, y se limpiaba
la boca con el ademán de un hombre sano que acaba de saciar su hambre cuando
entró d’Avenat, moreno y pálido, como siempre, con los labios apretados y los
músculos de las mandíbulas agarrotados.
D’Avenat anunció en voz baja que el kapidzibasa había
fallecido la noche anterior.
Daville se levantó precipitadamente empujando la mesa del
desayuno, mientras que d’Avenat, sin moverse del sitio, sin alterar la voz ni
la postura, respondía con frases breves e imprecisas a todas sus preguntas.
El día anterior por la tarde, el kapidzibasa, que por lo
demás en los últimos tiempos no gozaba de buena salud, se sintió indispuesto.
Se dio un baño caliente y se acostó; por la noche expiró de repente, sin que
nadie se lo esperara y antes de que pudieran asistirlo. Lo enterrarían esa
misma mañana. De todo lo que él, d’Avenat, pudiera enterarse, ya fuera sobre la
muerte o sobre cualquier eco que esta noticia tuviera en el bazar, informaría
más tarde.
Fue imposible obtener nada más de él. A la pregunta de
Daville de si debía tomar alguna medida, si era necesario presentar sus
condolencias o algo similar, d’Avenat respondió que no había que hacer nada
porque sería contrario a las buenas costumbres. Aquí la muerte se ignora y todo
lo que tiene relación con ella se acaba pronto, sin demasiadas palabras ni
ceremonias.
Al quedarse solo, Daville sintió que ese día, que había
empezado tan alegre, de repente se había vuelto muy oscuro. No podía dejar de
pensar en el hombre alto y desagradable con el que todavía conversaba dos días
antes y que ahora estaba muerto. Pensaba en el visir y en el disgusto que debía
de suponer para él la muerte del dignatario precisamente en su casa. Tampoco se
le iba de la mente la faz pálida y lúgubre de d’Avenat, su insensibilidad y
silencio y la forma en que se había inclinado y salido, tan sombrío y glacial
como había entrado.
Conforme al consejo del intérprete, el cónsul no hizo
nada, pero pensaba sin cesar en la muerte acaecida en el konak.
D’Avenat no volvió hasta la mañana siguiente y en el hueco
de una ventana, en susurros, explicó al aterrado cónsul el verdadero sentido de
la misión del kapidzibasa y la causa de su muerte.
El kapidzibasa, en efecto, había traído la sentencia de
muerte del visir. El firman del sultán ratificando a Mehmed bajá en sus
funciones y el sable honorífico estaban destinados a ocultar esta condena, a
tranquilizar al visir y a confundir a la gente. Justo antes de partir de
Travnik, una vez aplacada la desconfianza del visir, el kapidzibasa debía sacar
otro firman, un katil-firmán[19], en virtud del cual el visir y todos los
colaboradores directos e indirectos del anterior sultán eran condenados a muerte;
debía ordenar a uno de los oficiales de su escolta que decapitase a Mehmed bajá
antes de que sus fieles pudieran correr en su ayuda. Pero el astuto visir, que
había previsto esa posibilidad, abrumó de atenciones y honores al kapidzibasa,
fingiendo creerse sus palabras y estar emocionado por los favores del sultán, y
sobornando al mismo tiempo a su escolta. Luego le enseñó la ciudad y en el
Diván le presentó al cónsul francés. Al día siguiente, se llevó a cabo un
magnífico almuerzo en un prado, junto al camino de Turbe. Después del festín y
los pesados manjares, cuando regresaron al konak, el kapidzibasa fue presa de
una fiebre virulenta a causa «del agua cortante de Bosnia». El visir propuso a
su invitado que hiciera uso de su hammam[20], ricamente decorado. Mientras que
el kapidzibasa se sometía a la acción del vapor sobre las piedras calientes,
sudando a chorros y esperando al masajista que Mehmed bajá le había recomendado
encarecidamente, los hábiles servidores del visir descosieron el forro de su pelliza,
donde, según el capitán sobornado, se hallaba oculto el katil-firmán.
Encontraron el documento y se lo entregaron al visir. Y cuando salió el
kapidzibasa, cansado y relajado por el baño de vapor, sintió de repente una sed
abrasadora y lacerante que ninguna bebida podía apagar. Cuanto más bebía, más
se envenenaba. Al atardecer, se derrumbó gimiendo como un hombre al que le
arden las entrañas y la boca; después se puso rígido y enmudeció. Cuando vieron
que había perdido la capacidad de hablar y que estaba completamente paralizado,
que ya no podía manifestarse ni con la voz ni con el menor gesto, la gente del
konak fue corriendo a buscar a los médicos y a llamar a los hodjas. Para los
médicos ya era tarde, para el hodja[21] siempre hay tiempo.
Azul como el índigo y rígido como un pez muerto, el
kapidzibasa yacía en un colchón muy fino en medio de la habitación. Sólo los
párpados temblaban aún, y de vez en cuando los alzaba con dificultad y
escudriñaba la habitación con una mirada aterradora en busca de su pelliza o de
alguno de sus hombres. Los grandes ojos turbios de un hombre asesinado y
engañado que había venido para asesinar con engaños eran lo único que aún vivía
en él y expresaban todo lo que no podía decir ni hacer. A su alrededor, los criados
del visir se deslizaban de puntillas, le prestaban todo tipo de atenciones y,
con temor piadoso, se comunicaban entre sí sólo con gestos y breves cuchicheos.
Nadie advirtió el instante exacto en que expiró.
El visir se mostró como un anfitrión desconsolado. El
inesperado fallecimiento de su viejo amigo ensombreció la alegría causada por
las buenas noticias y el gran honor que se le había hecho. Ahora ocultaba
constantemente sus dientes blancos y relucientes con los bigotes negros y
espesos. Transformado por completo, sin sonreír, conversaba con todos, pero
brevemente, con la voz conmovida plena de un dolor contenido. Invitó al
caimacán, Resim bey, un hombre débil, envejecido prematuramente, descendiente
de una ilustre familia, y le rogó que durante aquellos días le prestara toda la
ayuda posible, aunque sabía perfectamente que ni siquiera era capaz de resolver
sus propios asuntos. Y delante de él se lamentaba con amargura.
—Debía de estar escrito que hiciera un viaje tan largo
para morir ante mis propios ojos. Ya no puede evitarse, pero creo que hubiera
preferido perder a mi hermano —decía el visir como alguien que, a pesar de toda
su mesura, no logra silenciar su dolor.
—¿Qué le vas a hacer, bajá? Ya sabes lo que dicen: todos
estamos muertos, sólo que nos enterramos unos después de otros —lo consolaba el
caimacán.
El katil-firmán destinado a acabar con la vida de Mehmed
bajá volvió a ser cosido cuidadosamente en el mismo lugar, en el forro de la
pelliza del kapidzibasa, que sería enterrado esa mañana en uno de los
principales cementerios de Travnik, y todo su séquito, sobornado y
generosamente recompensado, partiría inmediatamente hacia Constantinopla.
Así terminó d’Avenat su informe sobre los últimos
acontecimientos en el konak.
Daville estaba horrorizado y mudo de asombro. Toda la
historia le parecía increíble y varias veces quiso interrumpir al intérprete.
Los tejemanejes del visir le resultaban no sólo terribles y criminales, sino
también peligrosos e ilógicos. Totalmente trémulo, el cónsul iba y venía por la
habitación, escrutando la cara de d’Avenat, como si quisiera asegurarse de que
hablaba en serio y no había perdido el juicio.
—¿Cómo? ¿Cómo? Pero ¿cómo es posible? ¿Cómo se puede hacer
eso, cómo ha osado…? ¡Acabará sabiéndose! Y, a fin de cuentas, ¿de qué le
servirá?
—Le servirá, parece que le servirá —dijo tranquilamente
d’Avenat.
Los cálculos del visir no eran tan erróneos como se podía
suponer a primera vista, aunque sí arriesgados, explicaba d’Avenat al cónsul,
que dejó de deambular por la estancia.
Primero, el visir había evitado un peligro inmediato de
modo muy hábil, embaucando a sus adversarios y anticipándose al kapidzibasa.
Todos sospecharían y chismorrearían, pero nadie podría afirmar nada con
seguridad y mucho menos demostrarlo. Segundo, el kapidzibasa había venido
oficialmente con buenas nuevas y honores excepcionales para el visir. Por lo
tanto, él era el último en tener motivos para desear su muerte. Tampoco los que
habían enviado al mensajero con su doble misión osarían, al menos al principio,
emprender ninguna acción contra el visir, porque con ello reconocerían que
habían albergado intenciones ocultas y taimadas, y que habían fallado. Tercero,
el kapidzibasa era un hombre detestado y de mala reputación, un mestizo, sin
verdaderos amigos, que mentía y traicionaba a cualquiera igual que se respira y
se habla, y que nunca gozó de la estima de los que se servían de él. Por eso,
su muerte no sorprendería demasiado a nadie, y mucho menos provocaría aflicción
o venganza. De eso se encargaría su escolta sobornada. Y cuarto, y más
importante, en Constantinopla reinaba la más completa anarquía, y los amigos de
Mehmed bajá, a los que él, precisamente unos cuantos días antes de la llegada
del kapidzibasa, había enviado «todo lo necesario», ganarían tiempo para llevar
a cabo el contraataque iniciado y salvar al visir ante el nuevo sultán y, si
era posible, afianzarlo en su posición actual.
Bañado por un sudor frío a causa de la excitación, Daville
escuchaba la serena explicación de d’Avenat y, ante la imposibilidad de
refutarla, sólo balbuceaba:
—Pero ¡no obstante, no obstante!
D’Avenat no consideraba necesario seguir convenciendo al
cónsul, sólo añadió que la ciudad estaba en calma y que la noticia de la muerte
repentina del kapidzibasa no había suscitado una agitación particular, aunque
había muchos comentarios.
Nada más quedarse solo, Daville fue consciente de todo el
horror de lo que acababa de oír. Y según avanzaba el día, crecía su inquietud.
Comía poco y no podía permanecer quieto en un sitio. Unas cuantas veces sintió
la tentación de llamar a d’Avenat y preguntarle cualquier cosa, únicamente para
persuadirse de que toda la historia de la mañana era auténtica. Empezó a
meditar cómo sería el informe que tendría que escribir sobre todo el asunto y
si realmente era necesario informar de ello. Se sentó a la mesa y comenzó. «En
el konak del visir, ayer noche se produjo…». No, eso era insípido y de mal
gusto. «Los acontecimientos de los últimos días a todas luces indican que
Mehmed bajá logrará, al modo y con los medios que aquí son habituales,
conservar su cargo en las nuevas circunstancias y que, por lo tanto, podemos
contar con que este visir, que nos es favorable…». No, no. Eso era seco e
impreciso. Finalmente, llegó a la conclusión de que lo mejor era informar y
describir el asunto tal y como se presentaba a los ojos de la gente: que el
kapidzibasa especial había venido de Constantinopla con un firman que
confirmaba al visir en su actual posición, y le había entregado el sable como
muestra de la gracia del sultán y en previsión de la campaña contra Serbia; por
último debía destacar que era una buena señal para el desarrollo de los
designios franceses en aquellos parajes, y añadir de paso que el kapidzibasa en
cuestión había fallecido repentinamente en Travnik en el curso de su misión.
Hilvanar y confeccionar mentalmente el parte oficial
tranquilizó a Daville. El crimen que se había cometido la víspera, allí, ante
sus propios ojos, parecía menos terrible y repugnante cuando se convertía en
objeto de sus reflexiones para el informe. En vano buscaba en su fuero interno
la consternación y la agitación moral que había sentido por la mañana.
El cónsul se sentó y escribió el informe detallando el
asunto tal y como se presentaba a los ojos de todo el mundo. Después, al
pasarlo a limpio, se sintió mucho más sosegado, incluso experimentó una especie
de satisfacción consigo mismo al saber que su escrito reposaba sobre una serie
de secretos graves y relevantes, sabiamente omitidos.
Así aguardó el crepúsculo estival, cargado de silencio y
de una luz indirecta que caía sobre las pesadas sombras de las colinas
escarpadas. Ya calmado, el cónsul se situó cerca de la ventana abierta de
espaldas a la habitación. Alguien entró y empezó a encender las velas de la
mesa con ayuda de una mecha. En ese instante se le ocurrió una idea: ¿quién
podía haber preparado el veneno para el visir, calculado la dosis y evaluado
hábilmente su efecto para que la cosa fuese bastante rápida (cada fase a su tiempo
sin parecer repentina y poco natural)? ¿Quién si no d’Avenat? Ésa era su
especialidad. Él había estado al servicio del visir hasta no hacía mucho y
quizá aún lo estuviera.
La calma aparente abandonó súbitamente a Daville. De nuevo
lo invadió el sentimiento de perplejidad que había tenido por la mañana al
pensar que cerca de él se había cometido un crimen, relacionado con su trabajo,
por lo tanto con él, y que su intérprete, tal vez, por dinero, había sido un
cómplice ruin. Esa sensación lo consumía como un fuego. ¿Quién estaba allí a
salvo, quién no estaba expuesto a un crimen? Y si era así, ¿para qué servía la
vida? Permaneció clavado al suelo, entre la luz de las bujías que se encendían
una tras otra en la estancia y el último resplandor, ya apagado, sobre las
abruptas pendientes del exterior.
La noche se aproximaba y anunciaba uno de esos pérfidos
insomnios, que Daville sólo padecía desde que estaba en Travnik, y que llegan
cuando el hombre es incapaz de conciliar el sueño, pero tampoco es capaz de
pensar con claridad. No obstante, cuando por un momento logró caer en un
duermevela, ante él desfilaron por turnos y arbitrariamente la sonrisa amplia y
alegre que Mehmed bajá ostentaba dos días antes, el brazo delgado y fibroso del
kapidzibasa con una gran cicatriz, y d’Avenat, sombrío e incomprensible,
diciendo en voz baja:
—Un hombre muy, muy enfermo.
Y en todo ello no había orden ni concierto. Las imágenes
vivían por sí solas sin una relación causal, como si todo fuera aún incierto y
no se hubiera decidido nada, como si el crimen aún pudiera llegar a cometerse,
y del mismo modo todavía pudiera impedirse.
Daville se torturaba en ese duermevela, deseando con toda
su alma que no se perpetrara el crimen y presintiendo, en algún lugar en lo más
hondo de su conciencia, que ya se había cometido.
A menudo sucede que una de esas noches de penoso insomnio
acaba resolviendo un problema importante, cerrándose sobre él como una puerta
maciza de hierro.
Los días siguientes, d’Avenat acudió a hacer sus informes
como de costumbre. Ningún cambio se advertía en él. Por lo demás, la repentina
muerte del kapidzibasa no había causado un disgusto especial entre los turcos
de la ciudad; ni siquiera se propagaron rumores de sospecha ni acusaciones; el
destino de ese otomano no les interesaba gran cosa. Lo único que ellos veían
era que su odiado visir se quedaba en Travnik y que incluso había sido
recompensado, así que llegaron a la conclusión de que nada había cambiado en
Constantinopla con el golpe de Estado del mes de mayo. Por eso se replegaron en
un silencio amargo, apretaron los dientes y bajaron los ojos. Para ellos estaba
claro que el nuevo sultán también estaba influido por infieles o por
colaboradores inútiles y corruptos, y que volvía a aplazarse la victoria de la
buena causa. Pero asimismo estaban firmemente convencidos de que la fe
verdadera y pura triunfaría y de que era preciso esperar. Y nadie sabe esperar
como los auténticos «turcos» de Bosnia, gente de fe sólida y de orgullo
inquebrantable, que pueden ser impetuosos como un torrente y pacientes como la
tierra.
Daville sintió de nuevo la misma consternación del primer
día y un miedo doloroso y frío en las entrañas. Fue con ocasión del primer
Diván que se celebró después de la muerte del kapidzibasa. Habían transcurrido
doce días. El visir estaba igual que siempre y sonreía. Hablaba de los
preparativos de la campaña contra Serbia y aprobó todos los planes de Daville
sobre la colaboración turco-francesa en la frontera entre Bosnia y Dalmacia.
Realizando un gran esfuerzo por mostrarse tranquilo y
natural, Daville, finalmente y como de pasada, expresó su más sentido pésame
por la muerte del enviado del sultán y amigo del visir. Antes de que d’Avenat
acabara de traducir esas palabras, el visir dejó de sonreír. Los bigotes negros
ocultaron los dientes blancos y brillantes. Su rostro de ojos almendrados y
rasgados se hizo de repente más corto y más ancho, y permaneció así hasta que
el intérprete terminó de transmitir las condolencias de Daville. Después, la
conversación prosiguió otra vez entre sonrisas.
El olvido general y la indiferencia calmaron a Daville.
Viendo que la vida continuaba invariable, se decía a sí mismo: «Es decir, tal
vez las cosas pueden hacerse así». Tampoco con d’Avenat volvió a hablar más del
crimen en el konak. El trabajo ocupaba su tiempo. Poco a poco, el cónsul se iba
liberando de esa incomprensible turbación moral y de su primer sentimiento de
amarga consternación, y se dejaba llevar por el curso de la vida cotidiana,
según las leyes que gobiernan a todas las criaturas vivientes. Ciertamente, le
parecía que jamás podría volver a mirar a Mehmed bajá sin pensar para sí que
era el hombre que, conforme a las palabras de d’Avenat, «había sido más rápido
y hábil y se había anticipado a sus rivales», pero, a excepción de ése,
seguiría trabajando y comentando con él todos los temas.
Por aquel entonces, el cehaja del visir, Suleiman bajá
Skopljak, regresó del Drina, después de haber infligido según se decía en el
konak, una derrota absoluta a los serbios insurrectos. El propio Suleiman bajá
hablaba de ello con mucha más moderación y vaguedad.
Este bosniaco procedía de una de las principales familias
de beyes. Poseía grandes propiedades en Bosansko Skoplje, en la región de
Kupres, y docenas de casas y tiendas en Bugojno. Alto, fibroso, con el talle
esbelto a pesar de su avanzada edad, y ojos azules de mirada penetrante, era un
hombre que había visto muchas batallas, amasado una gran fortuna y alcanzado el
rango de bajá sin adular a nadie ni pagar demasiados sobornos. Era severo en la
paz y cruel en la guerra, ávido de tierras y con pocos escrúpulos cuando se
trataba de enriquecerse, pero incorruptible, sano y desprovisto de los vicios
otomanos.
No podría decirse que este bajá medio campesino, de
modales toscos y mirada cortante, «el mejor tirador de toda Bosnia», fuera muy
agradable. Con los extranjeros era como los osmanlíes, lento y desconfiado,
astuto y testarudo, y también tajante y rudo al hablar. Por lo demás, Suleiman
bajá pasaba la mayor parte del año o en campaña contra Serbia o en sus
posesiones, y sólo residía en Travnik durante los meses de invierno; su
presencia en la ciudad significaba que, al menos por este año, se habían terminado
las guerras.
Asimismo, la situación volvió a la normalidad y los
acontecimientos extraordinarios se hicieron más raros. Llegó el otoño, con
bodas, vendimias, un comercio más dinámico y mejores ganancias los primeros
días, y luego, el otoño tardío, con lluvias, catarros y preocupaciones. Las
montañas se tornaron intransitables, las personas se movían con más dificultad
y eran menos emprendedoras. Todos se preparaban para cobijarse allá donde se
encontraban y reflexionaban sobre cómo iban a pasar el invierno. A Daville le
parecía que incluso la gran maquinaria del imperio francés trabajaba con más
parsimonia y lentitud. El Congreso de Erfurt había terminado. Napoleón se
volvió hacia España, lo que significaba que el torbellino, al menos por el
momento, se trasladaba hacia Occidente. Llegaban pocos correos y las órdenes de
Split escaseaban. El visir, que era lo que más le importaba a Daville,
permanecía, a juzgar por todo, en su cargo; incluso exhibía su sonrisa más
serena. (El contraataque de sus amigos de Constantinopla parecía haber tenido
éxito). El cónsul austríaco, de cuya llegada se hablaba hacía tiempo, seguía
sin presentarse. Desde París, informaron a Daville de que antes de que
finalizara el año le enviarían un funcionario de carrera con conocimientos de
turco. D’Avenat se había mostrado hábil, leal y digno de confianza en los días
difíciles.
El cónsul tuvo su mayor alegría ya antes del otoño. Sin
bullicio, pasando casi inadvertida, llegó la señora Daville con sus hijos. Eran
tres niños, Pierre, Gilles François y Jean Paul. El primero tenía cuatro años,
el segundo dos y el tercero había nacido unos meses atrás en Split.
La señora Daville era rubia, menuda y delgada. Bajo el
cabello frágil, recogido en un peinado alto al margen de todas las modas,
aparecía su rostro vivaz, con un saludable color, rasgos finos y ojos azules de
brillo metálico. Tras su imagen corriente e insignificante, se ocultaba una
mujer juiciosa, sobria y ágil, con una voluntad férrea y un cuerpo incansable.
Una de esas de las que en nuestras tierras se dice que «no se les escapa nada».
Su vida era servir fanáticamente, pero con cordura y paciencia, a su casa y a
los suyos. Sus pensamientos y su ánimo estaban dedicados a este servicio, y sus
manos enjutas, siempre enrojecidas y en apariencia frágiles, que jamás estaban
quietas, se entregaban al trabajo como si fueran de acero. Nacida en el seno de
una buena familia burguesa que, por azar, se había arruinado durante la
Revolución, creció en casa de un tío, obispo de Avranches, y se mostraba
sinceramente devota, con esa particular devoción francesa, firme y humana, sin
vacilaciones ni beatería.
La llegada de la señora Daville supuso el nacimiento de
una nueva era para el abandonado caserón del consulado francés. Sin hablar
mucho ni lamentarse, sin pedir a nadie ayuda ni consejo, ella trabajaba desde
por la mañana temprano hasta bien entrada la noche. La casa se limpiaba y
arreglaba; se realizaron una serie de cambios para que, en la medida de lo
posible, se adaptara a las necesidades de los nuevos habitantes. Se
reconstruyeron habitaciones, se tabicaron puertas y ventanas y se hicieron
otras nuevas. Ante la falta de muebles y telas, se utilizaron baúles turcos,
kilims y paño bosniaco.
La casa, habilitada y limpia, parecía otra. Los pasos ya
no resonaban desagradablemente por ella como antes. La cocina fue reconstruida
totalmente. Poco a poco, todo adquiría el sello de la vida francesa, moderada,
razonable, pero plena de auténticos placeres.
La primavera del año siguiente encontraría un edificio en
el que todo, tanto lo que había en su interior como en sus alrededores, estaba
profundamente transformado.
En la explanada de delante de la casa, se proyectaron dos
jardines que, con sus arriates de flores y división del espacio, debían
recordar modestamente a los jardines franceses. En la parte trasera se
construyó un corral y unos almacenes y trasteros bien organizados.
Todo se hizo según las ideas de la señora Daville y bajo
su vigilancia. La esposa del cónsul tuvo que enfrentarse a todo tipo de
dificultades, en particular, las relacionadas con el servicio. No eran esa
clase de percances que siempre llevan a todas las amas de casa a quejarse de
los criados, sino verdaderas contrariedades. Al principio, nadie quería servir
en el consulado. ¿Sirvientas turcas? ¡Ni pensarlo! Ninguna mujer de las pocas
familias ortodoxas quería ir a trabajar en el servicio doméstico, y las muchachas
católicas, que sí servían en casas turcas, en los primeros tiempos no podían
atravesar el umbral del consulado francés, porque los frailes las habían
amenazado con maldiciones y el mayor de los oprobios. Las esposas de los
comerciantes judíos a duras penas lograron convencer a unas gitanas para que
trabajaran en el nuevo consulado a cambio de una buena recompensa. Más
adelante, cuando la señora Daville, con sus visitas y regalos a la iglesia de
Dolac, demostró que, aunque mujer de un «cónsul jacobino», era una buena
católica, los monjes cedieron un poco e implícitamente permitieron que las
mujeres trabajaran para ella.
En general, la señora Daville se esforzaba por crear y
mantener las mejores relaciones con el párroco de Dolac, con los frailes de
Guca Gora y su pueblo. Y, al margen de todas las dificultades, ignorancia y
desconfianza con las que tropezó, Daville esperaba que, antes de que el cónsul
austríaco llegara a Travnik, él habría logrado asegurarse cierta influencia
sobre los monjes y los católicos, a través de su piadosa e inteligente mujer.
En resumidas cuentas, tanto en la casa como en el trabajo,
con los primeros días de otoño, las cosas se fueron tranquilizando y mejorando.
La sensación incierta pero constante de que todo se arreglaba y prosperaba, o
al menos de que era más fácil y soportable, no abandonaba a Daville.
Sobre Travnik brillaba un pálido cielo otoñal, bajo el
cual el pavimento bruñido de las calles parecía más luminoso y limpio. La
fronda y los arbustos cambiaron de color y se volvieron más escuálidos y
transparentes. Al sol, el río Lasva parecía más rápido y límpido; angosto y
encajado en su estrecho cauce, restallaba como un alambre. Los caminos estaban
resecos y duros, con restos de frutas aplastadas que caían de los fardos, y
briznas de heno que se enganchaban en los arbustos y las cercas de ambos lados.
Daville daba largos paseos todos los días. Cabalgaba por
Kupilo, por el camino recto, bajo los altos olmos, contemplaba en la llanura a
sus pies las casas de tejados negros y humo azulado, las mezquitas y los
diseminados cementerios blancos, y tenía la impresión de que todo aquello, los
edificios, las calles y los jardines, se correspondía con una estampa que poco
a poco se volvía más cercana y comprensible. El aroma de la calma y del alivio
se extendía por doquier. El cónsul lo aspiraba con el aire otoñal y sentía la
necesidad de dar la vuelta y, sin más comentarios, decírselo con una sonrisa al
guardia que cabalgaba tras él.
En realidad, se trataba únicamente de una pausa.
IV
Durante los primeros meses, Daville no dejó de quejarse en
sus informes de todo lo que un cónsul en semejantes circunstancias puede
lamentarse. Se quejaba de la maldad y animadversión de los turcos autóctonos,
de la lentitud e inseguridad de las autoridades, del sueldo escaso y los
créditos insuficientes, de la casa que tenía goteras, del clima, a causa del
cual sus hijos enfermaban, de las intrigas de los agentes austríacos, de la
falta de comprensión que encontraba en sus superiores de Constantinopla y Split.
En una palabra, todo era difícil, defectuoso, todo iba del revés y era motivo
de protestas y lamentaciones.
Daville lo que más deploraba, entre otras cosas, era que
el ministerio no enviara un hombre de confianza, un funcionario de carrera, que
supiera hablar turco.
D’Avenat servía a falta de otro, pero el cónsul no podía
fiarse plenamente de él. El gran celo que demostraba aún no había podido
disipar sus dudas. Por lo demás, d’Avenat sabía hablar francés, pero no sabía
cómo llevar la correspondencia oficial.
Para trabajar y comunicar con el pueblo, Daville contrató
a Rafo Atijas, un joven judío de Travnik, que buscaba un pretexto para no
trabajar en la tienda de su tío y prefería ser intérprete de «ilirio» antes que
rebuscar entre las pieles curtidas. Pero en él se podía confiar aún menos que
en d’Avenat. Por eso, Daville en todos los informes suplicaba que se le enviara
un colaborador.
Por fin, cuando ya había empezado a perder toda esperanza
y a acostumbrarse lentamente a d’Avenat y a concederle un poco más de
credibilidad, llegó el joven des Fossés, el nuevo canciller e intérprete.
Amédée Chaumette des Fossés pertenecía a la generación más
reciente de la diplomacia francesa, es decir, a los primeros que, después de
los años turbulentos de la Revolución, habían hecho estudios normales en
mejores condiciones y habían recibido una formación especial para servir en
Oriente. Procedía de una familia de banqueros que ni durante la Revolución ni
durante el gobierno del Directorio había perdido toda su antigua y sólida
fortuna. En sus tiempos de estudiante era considerado un niño prodigio y era la
admiración de sus maestros y compañeros por su memoria asombrosa, su rapidez de
juicio y la facilidad con la que aprendía las cosas más diversas.
El mozalbete era alto, de complexión atlética, rostro
sonrosado y grandes ojos castaños, a los que la curiosidad y el dinamismo
conferían un brillo constante.
Daville pensó inmediatamente que tenía ante sí a un
auténtico hijo de los nuevos tiempos, un joven parisino, audaz y seguro de sus
palabras y gestos, despreocupado y próximo a la realidad, persuadido de su
fuerza y de su sapiencia y proclive a sobrestimar una y otra.
Des Fossés entregó el correo y contó en breve lo más
urgente, sin ocultar que estaba cansado y aterido de frío. Comió con placer y
abundantemente y, sin muchas excusas, anunció que deseaba acostarse y reposar.
Durmió la noche entera y casi hasta el mediodía siguiente. Se levantó fresco y
descansado, y manifestó su satisfacción por ello con la misma naturalidad y
desenvoltura con que la víspera había expresado su fatiga y sopor.
Por sus modales directos, su aire de seguridad y su tono
ligero, el joven sembró la confusión entre los habitantes de la casa. Él sabía
siempre y en todas partes lo que quería y lo que necesitaba, y lo pedía sin
titubeos ni palabras inútiles.
Desde los primeros días y las primeras conversaciones,
estaba perfectamente claro que entre el cónsul y su ayudante no había ni podía
haber muchos puntos en común, ni siquiera ciertas confidencias. Sólo que cada
uno de ellos aceptó y entendió este hecho a su manera.
Para Daville, que estaba pasando por esa época de la vida
en la que todo puede resultar un problema de conciencia y un tormento para el
espíritu, la llegada del joven des Fossés supuso, en lugar de un alivio, más
dificultades; le provocó una serie de dilemas, irresolubles e inevitables y, a
la postre, produjo más vacío y soledad a su alrededor. Para el recién nombrado
canciller, sin embargo, parecía que no había ningún problema ni escollo
imposible de sortear. En cualquier caso, Daville, su superior, no era uno de
ellos.
Mientras que Daville se acercaba a los cuarenta, des
Fossés contaba veinticuatro años. Esa diferencia de edad no habría tenido
importancia en otros tiempos y en otras circunstancias. Pero la época
turbulenta, de enormes cambios y convulsiones sociales, socavó y ahondó el
abismo entre las dos generaciones haciendo de ellas realmente dos mundos
distintos.
Daville recordaba el Antiguo Régimen, aunque por aquel
entonces no fuera más que un niño; había vivido la Revolución, en todas sus
formas, como su destino personal; se había encontrado con el Primer Cónsul y se
había unido a su régimen con un fervor que contenía tanto dudas tácitas como
una fe ilimitada.
Tenía doce años cuando, en formación con todos los niños
de las familias burguesas, vio a Luis XVI, de visita en su ciudad. Fue un
acontecimiento inolvidable para el espíritu y la imaginación del crío, que en
casa siempre había oído decir que toda la familia, en realidad, vivía «gracias
a la bondad del rey». Y ese rey, personificación de todo lo grande y hermoso
que se puede esperar en la vida, desfilaba ahora delante de él. Al paso de la
comitiva, sonaban las fanfarrias invisibles, los cañones tronaban y todas las
campanas de la ciudad repicaban al mismo tiempo. Luciendo sus mejores galas, el
pueblo entusiasmado quería romper las vallas. A través de sus lágrimas, el niño
veía lágrimas en los ojos de todos, y en su garganta se apretaba el nudo que
aparece en los momentos de gran excitación. El rey, también emocionado, ordenó
al cochero que fuera despacio, se quitó el sombrero con un gran ademán y al
grito unánime de «¡Viva el rey!», respondió con voz clara «¡Viva mi pueblo!».
El niño lo veía y oía todo como si fuera parte de un increíble sueño sobre el
paraíso, hasta que el entusiasmo del gentío, que estaba detrás de él, le caló
el sombrero, nuevo y un poco alto, en los ojos, impidiéndole ver nada más allá
de la oscuridad de sus propias lágrimas, en las que centelleaban chispas
amarillas y flotaban rayas azules. Cuando logró sacarse el sombrero, todo había
sucedido, como una visión, y sólo la muchedumbre con las mejillas ruborizadas y
los ojos llameantes se atropellaba a su alrededor.
Diez años después, Daville, mientras trabajaba para un
periódico parisino, con las mismas lágrimas en los ojos y con el mismo nudo
duro e inextricable en la garganta, escuchaba a Mirabeau bramar contra el
Antiguo Régimen y sus abusos.
La emoción del joven procedía de la misma fuente, pero el
objeto de ese entusiasmo era muy diferente. Transformado, Daville se halló en
un mundo cambiado por completo, al que lo arrojó la Revolución que, de forma
violenta e irresistible, lo arrastró con cientos de miles de jóvenes iguales
que él. Parecía como si, paralelamente a su juventud, el mundo entero hubiera
rejuvenecido y en esa estampa terrestre se abrieran nuevas perspectivas y
posibilidades insospechadas. De repente, todo era fácil, comprensible y
sencillo, todos los esfuerzos adquirían un elevado sentido, cada paso, cada
idea estaban repletos de grandeza y dignidad sobrehumanas. Ya no era esa bondad
real que se derramaba sobre un número limitado de personas y familias, sino una
explosión universal de justicia divina sobre toda la humanidad. Junto con los
demás, Daville también estaba embriagado de una felicidad incomprensible, igual
que los borrachos y los débiles siempre logran encontrar una fórmula común y
general que les promete colmar sus necesidades e instintos a costa del daño y
la ruina ajena, y que al mismo tiempo los libera de su conciencia y
responsabilidad.
Aunque sólo era uno más de los numerosos corresponsales de
las sesiones de la Asamblea Constituyente, al joven Daville le parecía que sus
artículos, en los que relataba los discursos de los grandes oradores o
describía escenas palpitantes de entusiasmo patriótico y revolucionario entre
los oyentes, tenían un significado imperecedero y universal, y las iniciales de
su nombre al pie de esos artículos, al principio, eran para él como dos
montañas que nada podía sobrepasar ni desplazar. Su impresión no era la de
estar rubricando una crónica parlamentaria, sino la de estar amasando con sus
propias manos y con fuerza titánica el alma de la humanidad como si de dúctil
arcilla se tratara.
Pero esos años también pasaron y él, más deprisa de lo que
se había imaginado, acabó contemplando la otra cara de la Revolución que había
saqueado su espíritu. Recordaba cómo había empezado.
Una mañana lo despertaron los gritos jubilosos del
populacho, se levantó y abrió la ventana de par en par. De repente, se halló
cara a cara con una cabeza cortada que, pálida y ensangrentada, se columpiaba
en la lanza de un sans-culotte. Desde su estómago, un estómago bohemio que ya
el día anterior estaba vacío, se expandió al instante por el pecho y luego por
todo el cuerpo algo horrible y doloroso, igual que un fluido frío y amargo.
Desde entonces, a lo largo de los años, la vida no dejó de regarlo con ese
líquido al que el hombre no puede acostumbrarse. Él siguió yendo, viviendo,
escribiendo artículos y aullando con la chusma, pero ahora ya torturado por un
cisma interno que durante mucho tiempo no quiso reconocer, ni siquiera ante sí
mismo, y que ocultó a todos hasta el final. Y, cuando llegó el momento de
decidir qué se hacía con la vida del rey y el destino de la monarquía, cuando
tuvo que elegir entre la amarga bebida de la Revolución, que tan violentamente
lo había arrastrado, y la «bondad real» que lo había alimentado, el joven de
nuevo se halló al otro lado.
En 1792, después de la primera irrupción de los
insurrectos en el palacio, entre los moderados se produjo una fuerte reacción y
se empezó a firmar un manifiesto en el que se expresaban las simpatías hacia el
rey y la casa real. Impelido por esa ola de descontento contra la violencia y
el desorden, el joven dominó su miedo, acalló sus escrúpulos y estampó su firma
junto a la de veinte mil ciudadanos parisinos. Las luchas internas que habían
precedido a esta firma fueron tantas que a Daville le pareció que el suyo no se
había perdido entre los veinte mil nombres, la mayoría de ellos más importantes
y conocidos, sino escrito con letras de fuego en el cielo nocturno de París.
Entonces sintió hasta qué punto el hombre puede romperse y desgarrarse en su
interior, caer y levantarse ante sus propios ojos, en una palabra, qué efímeros
pueden ser los impulsos, qué vagos e intrincados mientras duran, qué caro se
pagan y qué difícilmente se expían cuando pasan.
Un mes más tarde, comenzaron las persecuciones en masa y
los arrestos de personas sospechosas y «ciudadanos infames», en primer lugar
los firmantes del manifiesto de los veinte mil. Para evitar ser prendido y
tratar de encontrar una solución y una salida a sus conflictos internos, el
joven periodista Daville se alistó como voluntario y fue enviado al ejército de
los Pirineos en la frontera española.
Allí vio que la guerra era una cosa cruel y terrible, pero
también buena y saludable. Descubrió el valor y la medida del esfuerzo físico,
se puso a prueba ante el peligro, aprendió a obedecer y a dar órdenes, conoció
el sufrimiento en todas sus formas, pero también la belleza de la camaradería y
el sentido de la disciplina.
Tres años después de las primeras crisis morales,
apaciguado y reforzado por la vida militar, Daville volvió a pisar en suelo
firme. El azar lo llevó al ministerio de Asuntos Exteriores, en el que todo
estaba desorganizado y revuelto, y en el que nadie, empezando por el ministro y
terminando por los pasantes, era diplomático de carrera y todos juntos
aprendían desde cero ese arte que hasta entonces era privilegio de los hombres
del Antiguo Régimen. Cuando Talleyrand se convirtió en ministro, todo revivió y
empezó a avanzar. De nuevo, la casualidad quiso que Talleyrand reparara en los
artículos que Daville escribía para Le Moniteur y lo tomara bajo su protección
personal.
Como tantos otros espíritus atormentados, quebrados y
débiles, Daville descubrió, en medio de sus sufrimientos y vacilaciones
interiores, un punto luminoso y constante: el joven general Bonaparte, vencedor
en Italia y esperanza de los que, al igual que Daville, buscaban una vía
intermedia entre el Antiguo Régimen y la emigración por un lado, y la
Revolución y el terror por otro. Y cuando Talleyrand lo nombró secretario de la
nueva República Cisalpina, Daville, antes de partir a ocupar su puesto en Milán,
fue recibido por el general, que quería darle personalmente las instrucciones
para su embajador, el ciudadano Trouvé.
Daville conocía bien al hermano de Napoleón, Lucien, que
lo había recomendado; por eso el general lo recibió con una atención especial
en sus aposentos privados, después de cenar.
Cuando se halló delante de aquel hombre delgado, con la
cara pálida de un mártir y ojos ardientes aunque de mirada fría, cuando oyó sus
palabras, tan inteligentes y cálidas al mismo tiempo, nobles, audaces, claras,
palabras seductoras que abrían horizontes insospechados por los que merecía la
pena vivir y morir, Daville tuvo la impresión de que todos los titubeos e
incertidumbres se desvanecían, de que todo en el mundo se apaciguaba y
aclaraba, todos los objetivos eran alcanzables y todos los esfuerzos dignos y
bendecidos de antemano. La conversación con ese hombre insólito curaba como el
contacto con un taumaturgo. Todo el poso de los años transcurridos de repente
se disolvía en el fondo de su alma; todos los impulsos sofocados, todas las
dudas tortuosas, hallaron sentido y justificación. Ese personaje extraordinario
señalaba el camino seguro entre los extremos y las contradicciones, que
Daville, como tantos otros, había buscado inútil y apasionadamente durante
años. Así que cuando, alrededor de la medianoche, el nuevo secretario de la
República Cisalpina salió de la casa del general en la calle Chante-reine,
sintió que las lágrimas afloraban a sus ojos y el mismo nudo inextricable en la
garganta, igual que cuando antaño, en su infancia, le daba la bienvenida a Luis
XVI, o como cuando siendo un muchacho escuchaba las canciones revolucionarias y
los discursos de Mirabeau. Le parecía que tenía alas, que estaba ebrio y que su
sangre, que sentía en la garganta y en las sienes, latía al mismo ritmo que el
gran pulso del mundo, al que oía palpitar en algún lugar muy alto, bajo las
estrellas de la noche.
De nuevo pasaron los años. El delgado general se había
elevado sobre el cénit del mundo y viajaba por el horizonte como el único sol
que jamás se ponía. Daville cambiaba de cargo y de lugar, imaginaba diversos
planes políticos y literarios, mirando como el resto del mundo hacia ese sol.
Pero el impulso, como todos los impulsos de las personas débiles en los grandes
periodos de confusión, cedió y no mantuvo lo que había prometido, y Daville
sintió que él también, en su fuero interno, traicionaba su propio entusiasmo y
lo alejaba lentamente de sí. ¿Desde cuándo le sucedía eso? ¿Cuándo había
empezado y hasta qué punto se había enfriado su corazón? No podía responderse a
sí mismo, pero cada día que pasaba le confirmaba que estaba en lo cierto. Sólo
que, esta vez, las cosas parecían más difíciles y desesperantes. La Revolución
había arrastrado al Antiguo Régimen como un huracán, y Napoleón había llegado
como la salvación de una y otro, como un don de la providencia y el «camino de
en medio» tan deseado, el camino de la dignidad y de la razón. Ahora empezaba a
adivinarse que ese camino podía ser sólo un callejón sin salida, un espejismo
más, y que esa senda verdadera no existía, que la vida del hombre se perdía en
la eterna búsqueda anhelante de la vía genuina y en la eterna rectificación del
camino equivocado por el que andaba. Por lo tanto, había que seguir buscando la
verdadera senda. Después de tanto caerse y levantarse, ya no era fácil ni tan
simple como antaño. Daville ya no era joven, y los años y las anteriores crisis
internas, duras y numerosas, le habían agotado; como tantos otros hombres de su
generación, él deseaba un trabajo tranquilo y una estabilidad. En lugar de eso,
la vida francesa se movía a un ritmo cada vez más rápido y señalaba caminos aún
más insólitos. Francia iba infectando con su inquietud a más y más pueblos y a
más y más países a su alrededor; uno por uno entraban en el círculo de
derviches arrobados y enfervorizados por la danza. Hacía seis años, más o menos
desde la Paz de Amiens, que Daville se debatía entre la esperanza y la duda,
como un juego de luces. Después de cada victoria del Primer Cónsul o, más
adelante, del emperador Napoleón, parecía que el camino salvador, el de en
medio, se mostraba más firme y estable, pero unos meses más tarde, todo volvía
a semejar un callejón sin salida. La gente empezaba a ser presa del pánico.
Todos iban hacia delante pero muchos empezaron a tener reservas. En los pocos
meses que pasó en París antes de ser nombrado cónsul en Travnik, Daville pudo
contemplar en los ojos de sus numerosos amigos, como en un espejo, el mismo
miedo que, inconfesable y reprimido, anidaba en su interior.
Dos años atrás, inmediatamente después de la gran victoria
de Napoleón en Prusia, Daville había escrito el poema La batalla de Jena, quizá
para acallar sus dudas y ahuyentar su temor, celebrando sin límites al
emperador victorioso. Justo cuando iba a entregar su obra a la imprenta, un
paisano y viejo amigo suyo, antiguo oficial al servicio del ministerio de
Marina, le dijo ante una copa de calvados:
—Pero ¿tú sabes a quién elogias y glorificas? ¿Acaso
ignoras que el emperador está loco, ¡loco!, y que sólo se mantiene gracias a la
sangre de sus victorias que no sirven para nada ni conducen a lugar alguno? ¿No
sabes que todos nosotros nos estamos precipitando hacia un gran desastre cuyo
nombre y proporción desconocemos, pero que a ciencia cierta nos aguarda al
final de todas nuestras victorias? ¿No lo sabes? Pues, ya ves, por eso puedes
escribir poemas loando esas conquistas.
Su amigo había bebido un poco más de la cuenta aquella
noche, pero Daville no podía olvidar sus pupilas dilatadas, apuntando
clarividentes a la lejanía, y sus susurros en los que percibía el alcohol, pero
también el aliento de la convicción. Incluso los sobrios susurraban la misma
idea con otras palabras o la ocultaban tras una mirada de preocupación.
A pesar de todo, Daville se decidió a imprimir su poema,
si bien lo hizo titubeando y desconfiando del valor de la composición y de la
perennidad de las victorias. Esa desgracia, que acababa de empezar a extenderse
por el mundo, crecía en el alma de Daville como un suplicio personal.
Ocultando un estado mental tan agotador y complicado,
llegó el cónsul a Travnik y todo lo que allí vivió no bastó para alentarlo ni
tranquilizarlo, sino, al contrario, lo conmocionó y confundió aún más.
Los primeros contactos con el joven con el que ahora tenía
que vivir y trabajar sublevaron y agitaron lo indecible al cónsul.
Contemplándolo y escuchando con cuánta naturalidad se conducía y con cuánta
audacia y ligereza se expresaba, Daville se decía a sí mismo: «Lo terrible no
es envejecer, consumirse y morir, sino que tras nosotros vienen y avanzan otros
nuevos, más jóvenes y diferentes. En realidad, en eso reside la muerte. Nadie
nos arrastra a la tumba, sino que nos empujan por la espalda». El cónsul no se
explicaba el origen de esas ideas que en nada se correspondían con su forma de
pensar innata, y las rechazó de inmediato, atribuyéndoselas al «veneno
oriental» que más pronto o más tarde se introduce poco a poco en el cerebro y
acaba por corroer a todo el mundo.
El joven, el único francés en aquel desierto y su único
colaborador verdadero, era tan distinto de él (o al menos así se lo parecía)
que, por momentos, Daville tenía la impresión de que vivía al lado de un
extranjero y de un enemigo. Pero lo que más lo confundía e irritaba eran sus
opiniones (mejor dicho, la ausencia de ellas) sobre todas las «cosas
importantes», el Reino, la Revolución y Napoleón, que eran la esencia de la
vida de Daville. Estos tres conceptos representaban para el cónsul y su
generación un terrible ovillo enmarañado de conflictos, estímulos, impulsos,
hazañas ilustres, pero también de titubeos, traiciones íntimas y ofuscaciones
invisibles de conciencia, casi sin solución, y cada vez con menos esperanzas de
llegar a alcanzar un paz interior duradera; significaban un gran suplicio que
ellos soportaban desde la infancia y probablemente los acompañaría a la tumba.
Pero, al mimo tiempo, y precisamente por ello, ese tormento les resultaba tan
familiar y apreciado como su propia vida. Sin embargo, para aquel joven y los
de su edad no había ni tormentos ni dilemas ni razones para lamentarse o
reflexionar, o al menos esto era lo que le parecía a Daville. No eran más que
asuntos corrientes y naturales sobre los que no valía la pena malgastar palabras
ni romperse demasiado la cabeza. El Reino, una leyenda; la Revolución, un
recuerdo turbio de la infancia; el Imperio era la propia vida, la vida y la
carrera, un escenario natural y comprensible de posibilidades ilimitadas,
acciones, proezas y gloria. Ciertamente, para des Fossés, aquel orden en el que
vivía, es decir, el Imperio, representaba la realidad única y exclusiva que
desde un punto de vista material y espiritual se extendía desde un extremo al
otro del horizonte y abarcaba todo lo que constituía la vida. Pero para Daville
tan sólo era un orden casual y frágil de las cosas, a cuyo doloroso nacimiento
había asistido antaño y contemplado incluso con sus propios ojos, y cuya
provisionalidad nunca se había desvanecido del todo de su conciencia. Al contrario
que el joven, él recordaba bien lo que había habido antes y, a menudo, pensaba
en lo que podía venir después.
El mundo de «ideas», que para la generación de Daville
había sido una auténtica patria espiritual y la vida verdadera, parecía no
existir para aquella nueva generación, para la que, en cambio, existía una
«vida viva», un mundo de realidades, un mundo de hechos palpables y visibles,
éxitos y fracasos calculables, un mundo nuevo y terrible que ante Daville se
descubría como un desierto helado, más horrible que la sangre, los pesares y
los desgarros espirituales de la Revolución. Aquella progenie brotaba de la
sangre, privada y ávida de todo, aguerrida como si hubiera realizado la prueba
del fuego.
Daville, bajo la presión del medio extraño y las difíciles
circunstancias, generalizaba y exageraba sus sentimientos igual que todo lo
demás. Se lo repetía a sí mismo a menudo, porque por naturaleza no le gustaban
los antagonismos ni la idea de que eran eternos e insuperables. Pero ante él,
como una advertencia permanente, se erguía el joven de mirada cortante, frío y
sensual, desenvuelto y rebosante de aplomo, libre de escrúpulos y de dudas,
contemplando todas las cosas a su alrededor en estado bruto, tal como eran, y
llamándolas implacablemente por su verdadero nombre. Al margen de todo su
talento y su buen corazón, era un hombre de la nueva era, de la «generación
animalizada», como decían los coetáneos del cónsul. Así que éste era el fruto
de la Revolución, un ciudadano libre, un hombre nuevo, pensaba Daville cuando
se quedaba solo, después de cada conversación con el joven. «¿Tal vez las
revoluciones engendran monstruos?», se preguntaba entonces asustado. «Sí, se
conciben en la grandeza y en la pureza moral, pero engendran monstruos», se
respondía también a sí mismo con frecuencia.
Entonces, algunas noches, se sentía embargado por
pensamientos sombríos que amenazaban con dominarlo, en lugar de ser él el que
los sojuzgara.
Mientras que Daville se batía con los pensamientos y
estado de ánimo que provocaba en él la llegada del joven canciller, éste, en el
breve diario que destinaba a sus amigos de París, sólo había anotado: «El
cónsul es tal y como me lo había imaginado». Y se lo había imaginado al leer
los primeros informes que Daville había enviado desde Travnik y, en particular,
escuchando a un colega entrado en años del ministerio, un tal Kéréne, que era
famoso por conocer a todos los funcionarios que trabajaban en Asuntos Exteriores
y poder describir con unas cuantas palabras una «imagen moral y física» más o
menos exacta de cada uno de ellos. Kéréne era perspicaz e ingenioso pero, por
lo demás, un hombre improductivo para el que trazar esos retratos orales se
había convertido en algo inherente a su ser y en una auténtica pasión. Se
entregaba con toda su alma a ese trabajo vano, que unas veces parecía una
ciencia rigurosa, otras un cotilleo vulgar, y podía repetir siempre la
descripción de una persona, palabra por palabra, como si tuviera el texto
impreso en la cabeza. Pues bien, este Kéréne le había contado de su futuro jefe
lo siguiente:
—Jean Daville vino al mundo como un hombre recto, sano y
mediocre. Por su naturaleza, orígenes y educación, estaba hecho para una vida
tranquila y sencilla, sin grandes ascensos ni caídas dramáticas, sin cambios
repentinos. Una planta de clima templado. Con una capacidad innata para
entusiasmarse y emocionarse con ideas o personas, con una predilección especial
por la poesía y los estados poéticos del alma. Pero nada de eso traspasa los
límites de una feliz mediocridad. Los tiempos pacíficos y las situaciones
normales hacen a la gente corriente más normal aún, y los tiempos turbulentos y
las grandes convulsiones los transforman en seres complicados. Éste es el caso
de nuestro Daville, que siempre ha estado en el centro de los acontecimientos
más importantes. Todo eso no ha podido cambiar su naturaleza real, pero, junto
con sus cualidades innatas, ha dado forma a rasgos nuevos y opuestos de su
carácter. Incapaz de ser desaprensivo, cruel, inconsciente o socarrón, se ha
vuelto pusilánime, reservado y cauto hasta la superstición. Él, que era sano,
honesto, emprendedor y alegre, con el tiempo se ha vuelto susceptible,
indeciso, lento, desconfiado y propenso a la melancolía. Pero como nada de eso
corresponde a su verdadero carácter, ha acabado desarrollando una extraña
personalidad dividida. En resumen, es una de esas personas que son víctimas
particulares de los grandes eventos históricos, porque ni son capaces de
oponerse a ellos, igual que hacen los individuos excepcionales y fuertes, ni
logran aceptarlos y resignarse, como hace la mayoría de las personas mediocres.
Es el «tipo de hombre que se lamenta permanentemente» y se lamentará hasta su
muerte de todo en la vida y de la vida misma.
«Un caso muy frecuente en nuestros tiempos» —concluyó el
colega.
Así es como con esta diferencia básica empezaron su vida
en común. Aunque el otoño era frío y húmedo, des Fossés recorrió la ciudad y
sus alrededores y conoció a mucha gente. Daville lo presentó al visir y a las
personas más importantes del konak, pero del resto se encargó el joven. Se dio
a conocer al párroco de Dolac, el arrabal católico, fray Ivo Jankovic, un
hombre de ciento cuatro okkas, pero de espíritu vivo y palabras tajantes. Se
reunió con el archimandrita Pahomije, un monje pálido y austero que oficiaba en
la iglesia ortodoxa de San Miguel Arcángel. Los judíos de Travnik lo recibieron
en sus casas. Visitó el monasterio de Guca Gora y allí entabló amistad con unos
frailes que le dieron toda suerte de información sobre el país y sus
habitantes. Hizo preparativos para explorar las aldeas más antiguas y los
cementerios de los alrededores en cuanto la nieve se fundiera. Al cabo de tres
semanas, anunció a Daville su intención de escribir un libro sobre Bosnia.
Criado y formado, antes de la Revolución, en una educación
clásica, el cónsul, a pesar de haber tomado parte en los eventos
revolucionarios, se movía siempre en los límites que dicha educación impone a
la hora de pensar y hablar. Por eso contemplaba con sospecha e incomodidad a
ese joven indudablemente dotado, su enorme curiosidad espiritual y su memoria
asombrosa, así como su desorden temerario al hablar y la exuberancia envidiable
de sus pensamientos. Le asustaba la excesiva actividad del mozalbete, que nada
podía detener ni perturbar. Le resultaba difícil soportarla y sentía que no
había forma de impedirla ni de refrenarla. El joven había estudiado turco tres
años en París y se dirigía abiertamente y con audacia a todo el mundo. («Sabe
el turco que se aprende en el colegio Luis el Grande de París, pero ignora el
que hablan los turcos de Bosnia», escribía Daville). Aunque no siempre lograba
hacerse entender, atraía a todos por su amplia sonrisa y sus ojos •luminosos.
Incluso los frailes que habían rehuido a Daville y el archimandrita sombrío y
desconfiado conversaban con él; sólo los beyes de Travnik continuaban siendo
inaccesibles. Pero el propio bazar no podía permanecer indiferente ante el
«joven cónsul».
Des Fossés jamás dejó de darse una vuelta por todos los
puestos el día de mercado. Preguntaba los precios, revisaba el género y anotaba
los nombres. La muchedumbre se agolpaba alrededor de ese extranjero vestido a
la franca y lo miraba mientras probaba un tamiz o examinaba atentamente las
brocas y los buriles expuestos. El «joven cónsul» observaba detenidamente cómo
un campesino compraba una guadaña, palpaba cuidadosamente el filo con el pulgar
endurecido de su mano izquierda, cómo luego golpeaba con ella sin cesar el
suelo de piedra y escuchaba el sonido con una atención tensa, y cómo por fin,
con un ojo cerrado, empuñaba la herramienta delante de sí, como si estuviera
apuntando, para valorar el filo y el metal. Abordaba a las campesinas, recias
mujeres avejentadas, y les preguntaba el precio de la lana que tenían delante
en sacos de piel de cabra y que olía a aprisco. Contemplando al extranjero, las
aldeanas primero se quedaban estupefactas y pensaban que el señor bromeaba.
Después, ante la insistencia del guardia, decían el precio y juraban que la
lana, cuando se lavaba, era más «suave que un alma». Se interesaba por el
nombre de los cereales y de las semillas, evaluaba la consistencia y el grosor
del grano. Quería saber de qué madera y cómo se hacían los diversos mangos y
empuñaduras de las hachas, picos, palas y demás herramientas.
El «joven cónsul» conocía a los personajes más importantes
del bazar, Ibrahim agá, el alamín[22], Hamza, el pregonero, y al tonto del
mercado, Germano el Loco.
Ibrahim agá era un anciano delgado, alto aunque encorvado,
de barba blanca y aspecto severo y digno. Antaño había sido muy rico y había
pagado para hacerse cargo de la recaudación del impuesto municipal de pesas y
medidas; sus hijos y sus ayudantes medían y contrastaban todo lo que se vendía
en el mercado y él lo controlaba. Con el tiempo se empobreció y se quedó sin
hijos ni ayudantes. Ahora, los judíos de Travnik controlaban las pesas y
medidas municipales y cobraban los derechos, e Ibrahim agá era sólo un empleado
a su servicio, pero eso no se apreciaba en el mercado. Para los campesinos y
todo el que vendía o compraba, el único y verdadero alamín era Ibrahim agá y lo
seguiría siendo hasta la muerte. Todos los días de mercado, él se apostaba
junto a la balanza desde el alba hasta el crepúsculo. Un silencio sagrado se
hacía a su alrededor cuando empezaba a medir. Mientras regulaba la báscula,
contenía el aliento y, solemne y concentrado, se hacía más grande o más pequeño
siguiendo las lentas oscilaciones del fiel. Con un ojo entornado, equilibraba
concienzudamente y movía con precaución el peso en dirección contraria a la
carga, un poco más, un poco más, hasta que la balanza se inmovilizaba e
indicaba la medida exacta. Entonces, Ibrahim agá alzaba la mano, elevaba la
cara sin apartar los ojos de la cifra y exclamaba en voz alta y clara, severa e
irrebatible, el número de okkas.
—Sesenta y una, menos veinte drams.
No había ninguna objeción a esa medida. En general, en el
tumulto mercantil que se formaba en torno a él reinaba un círculo de orden,
silencio y ese respeto que todos manifiestan hacia la medida exacta y el
trabajo bien hecho. La personalidad de Ibrahim agá era tal que no permitía otra
cosa. Y cuando un campesino desconfiado, cuya mercancía se estaba pesando, se
acercaba demasiado a la balanza para espiar tras la espalda del alamín y
comprobar el número de okkas, Ibrahim agá posaba inmediatamente la mano en el
fiel, detenía el peso y le espetaba al inoportuno:
—¡Apártate de ahí! ¿Qué haces metiendo las narices y
tosiendo en la balanza? La medida es fe viva; hasta mi aliento puede hacer que
varíe, y será mi alma la que arda por ello y no la tuya. ¡Atrás!
Así pasaba Ibrahim agá su vida, flotando sobre la balanza
y viviendo con ella, para ella y de ella, un ejemplo claro de lo que el hombre
puede hacer de su oficio, cualquiera que sea.
Des Fossés había visto a ese mismo Ibrahim agá, que se
guardaba muy bien de pecar mientras pesaba, azotar sin compasión a un campesino
cristiano en medio de la plaza a la vista de todos. El aldeano había traído una
decena de mangos de hacha para vender y los había apoyado contra el muro medio
derruido que rodeaba un cementerio abandonado y las ruinas de una antigua
mezquita. Ibrahim agá, que se encargaba de vigilar el mercado, arremetió
iracundo contra el campesino, y de una patada arrojó los mangos al suelo,
echando pestes y amenazando al desgraciado que recogía su mercancía dispersa.
—¿Acaso el muro de una mezquita es para ti, cerdo inmundo?
¿Para que apoyes en él tus mangos impuros? ¡Las campanas y trompetas de los
infieles aún no suenan aquí, puerco asqueroso!
La gente hacía sus compras, regateaba, medía y pesaba el
género y contaba, sin prestar demasiada atención a la disputa. El campesino
recogió felizmente todas sus pertenencias y se perdió entre la multitud. (Al
regresar a casa, des Fossés anotó: «Las autoridades turcas tienen dos caras.
Sus actuaciones carecen de lógica para nosotros y son incomprensibles,
provocándonos siempre la duda y el asombro»).
Hamza, el pregonero, era otro hombre y otra historia,
completamente diferente.
Célebre en otros tiempos por su voz y su belleza varonil,
Hamza había sido un juerguista y un holgazán desde su más temprana juventud,
uno de los peores borrachines de Travnik. En su adolescencia era conocido por
su audacia e ingenio. Aún se recordaban y citaban sus réplicas insolentes y
ocurrentes. Cuando le preguntaron por qué había elegido precisamente el oficio
de pregonero, respondió: «Porque no hay otro más fácil». Un día, hacía ya unos
cuantos años, cuando Suleiman bajá Skopljak se dirigió al frente de un ejército
contra Montenegro y prendió fuego a la región de Drobnjak, a Hamza se le ordenó
que pregonara la gran victoria turca y anunciara que ciento ochenta cabezas de
montenegrinos habían sido cortadas. Uno de esos que se apiñan siempre alrededor
del pregonero preguntó en voz alta: «¿Y cuántos de los nuestros han perecido?».
«¡Ah! Eso lo anunciará el pregonero de Cetinje, en Montenegro», replicó
tranquilamente Hamza y continuó su camino voceando lo que se le había ordenado.
A fuerza de correrse juergas, de cantar y pregonar, hacía
tiempo que Hamza había arruinado su garganta. Ya no hacía vibrar al bazar con
su voz resonante de antes, sino que, con una voz silbante y ronca, anunciaba
con gran esfuerzo las nuevas oficiales y las del mercado, que sólo lograban oír
los que estaban próximos a él. Pero a nadie se le había pasado por la
imaginación sustituirlo por alguien más joven y con voz más potente. Incluso,
él mismo parecía no advertir que ya no tenía las mismas facultades. Con
idéntica postura y los mismos gestos con los que antaño lanzaba su celebrada
voz a lo largo de las callejas, seguía pregonando al mundo, como podía, lo que
debía pregonar. Los niños se reunían a su alrededor y se reían de sus ademanes,
que ya no se correspondían con su penoso gorjeo, y con curiosidad y temor
observaban su ancho cuello, que a causa del esfuerzo se inflaba como una
cornamusa. Y Hamza los necesitaba, porque los críos eran los únicos que oían
sus débiles gritos y de inmediato propagaban la noticia por la ciudad.
Des Fossés y el pregonero se hicieron rápidamente amigos,
porque el «joven cónsul» compraba de vez en cuando una joya o un kilim que
Hamza había pregonado y por los que se llevaba una buena comisión.
Germano el Loco hacía mucho tiempo que era conocido en el
bazar de Travnik. Era un retrasado mental, venido del otro lado del río Sava,
quién sabe de dónde. Y como los turcos no tocan a los locos, él vivía allí,
dormía bajo los puestos y se alimentaba de la caridad. Poseía una fuerza
colosal y cuando tomaba un poco de rakija[23], los mercaderes le gastaban
siempre la misma broma pesada. Los días de mercado le daban medio litro de
aguardiente y le ponían en las manos una maza. El loco entonces detenía a los campesinos
cristianos y empezaba a darles órdenes como si estuviera en unas maniobras
militares, siempre con las mismas palabras:
—Halbrechts! Links! Marsch! (¡Medía vuelta a la derecha,
izquierda, marchen!).
Los campesinos se apartaban o escapaban torpemente porque
sabían que Germano el Loco lo hacía instigado por los turcos y los ponía en
fuga para diversión de los jóvenes tenderos y los agás ociosos.
Un día de mercado, después de haber visitado y examinado
los puestos, des Fossés regresaba al consulado seguido del guardia que le hacía
las veces de escolta. Al llegar al lugar en que la plaza se estrecha y comienza
el bazar, Germano el Loco le cortó el paso a des Fossés. El joven se encontró
cara a cara con el gigante de cabeza voluminosa y malévolos ojos verdes. El
loco borracho guiñó los ojos ante el extranjero y luego corrió, agarró el astil
de la balanza de uno de los tenderetes y se dirigió hacia él.
—Halbrechts! Marsch!
Los comerciantes, en los umbrales, alargaron el cuello
esperando con una alegría maliciosa ver al «joven cónsul» brincar delante de
Germano el Loco. Pero las cosas sucedieron de otro modo. Antes de que el
guardia llegara corriendo, des Fossés pasó por debajo del astil que el
desgraciado blandía muy alto y, con un movimiento hábil y rápido, agarró la
muñeca del hombre, giró sobre sí mismo, obligando también al hombrón a dar
vueltas a su alrededor como un monigote. Mientras el loco danzaba en torno al
joven, el astil se le escapó de la mano y, describiendo un arco grande, cayó al
suelo. Por fin llegó el guardia corriendo con un pequeño fusil en las manos,
pero el agresor había sido reducido, con el brazo derecho impotente y
dolorosamente retorcido a la espalda, y así des Fossés se lo entregó al
guardia. Luego recogió del suelo el astil y con toda calma lo apoyó en la pared
de la tienda en el mismo lugar en que estaba antes. El loco, con la cara
torcida, miraba ya su brazo dolorido, ya al joven extranjero que lo amenazaba
con un dedo, igual que a un niño, y le decía con su lengua dura y libresca:
—Eres un bergante. ¡No está bien ser un bergante!
Después llamó al guardia y prosiguió tranquilamente su
camino entre los tenderos atónitos en los puestos.
Daville hizo graves reproches al joven por este motivo,
demostrándole que tenía razón cuando le recomendó que no fuera a pie por el
bazar, porque nunca se sabía lo que esa gente pérfida, cruel y ociosa podía
inventarse y llevar a cabo. Pero d’Avenat, que por lo demás no apreciaba
demasiado a des Fossés ni se mostraba comprensivo con su conducta desenvuelta,
no tuvo más remedio que reconocer ante Daville que en Travnik se hablaba con
admiración del «joven cónsul».
Éste, a su vez, seguía visitando los alrededores, lloviera
o nevara, abordaba sin ningún apuro a las personas, hablaba con ellas y
conseguía ver y enterarse de cosas que Daville, siempre tan serio, recto y
tenso, jamás podría ver ni saber. Él, que, en su amargura, acogía todo lo que
era turco o bosniaco con repulsión y desconfianza, no veía mucho sentido ni
interés para el servicio en los paseos de des Fossés ni en las informaciones
que traía. Le exasperaba el optimismo del joven, su deseo de penetrar más profundamente
en el pasado, las costumbres y las creencias de aquel pueblo, de encontrar
explicaciones para sus defectos y de desenterrar, finalmente, el lado bueno de
las personas, desfigurado y sepultado por las insólitas circunstancias en las
que estaban obligados a vivir. Daville consideraba que ese trabajo era una
pérdida de tiempo inútil y una desviación perniciosa del buen camino. Por eso
las conversaciones sobre esos asuntos entre él y su canciller terminaban
siempre en querellas o se frustraban en silencios irritados.
En las frías tardes otoñales, des Fossés regresaba de sus
paseos, mojado, enrojecido y congelado, lleno de impresiones y con la necesidad
de comentarlas. Daville, que desde hacía horas iba y venía por el comedor
caldeado e iluminado, rumiando pensamientos graves, lo aguardaba con anticipado
asombro.
El joven, sofocado, comía con placer y contaba
animadamente su visita a Dolac, el arracimado arrabal católico, y las
dificultades que había tenido para atravesar el corto camino entre Travnik y el
suburbio.
—Yo creo que hoy día no existe en Europa un país con unas
rutas tan impracticables como Bosnia —dijo Daville que comía despacio y sin
ganas, porque no tenía apetito—. Este pueblo, a diferencia del resto del mundo,
siente un odio incomprensible, perverso, hacia los caminos, que en realidad
significan progreso y bienestar, y en esta desdichada tierra no se mantienen y
no duran, como si se destruyeran solos. Ya ve usted, el hecho de que el general
Marmont esté construyendo a través de Dalmacia una gran carretera nos perjudica
aquí, ante los turcos autóctonos e incluso ante el visir, más de lo que
nuestros emprendedores y jactanciosos señores de Split pueden imaginarse. A la
gente de aquí no le gustan los caminos ni lejos ni cerca, pero ¿quién se lo
explica a los nuestros de Split? Se les llena la boca de decir que construyen
vías que harán más fácil la comunicación entre Dalmacia y Bosnia, y no saben
con cuánto recelo lo contemplan los turcos.
—Pero no hay nada de raro en eso. La cosa está clara.
Mientras se gobierne como se gobierna en Turquía y mientras reinen en Bosnia
las actuales circunstancias, no puede hablarse de rutas ni comunicaciones. Al
contrario, por motivos diferentes, tanto los turcos como los cristianos se
oponen a la apertura y al mantenimiento de todas las vías de comunicación.
Precisamente hoy he podido constatarlo durante la conversación con mi amigo, el
gordo párroco de Dolac, fray Ivo. Yo me quejaba de lo empinado y lleno de
baches que está el camino entre Travnik y Dolac, y me asombraba que los
habitantes del arrabal, obligados a recorrerlo todos los días, no hicieran nada
por acondicionarlo mínimamente. El fraile me contempló primero con ironía,
igual que se mira a un hombre que no sabe lo que dice, luego me guiñó
astutamente un ojo y dijo susurrando: «Señor mío, cuanto peor sea el camino,
menos visitas recibiremos de los turcos. Lo que más nos gustaría sería colocar
entre ellos y nosotros una montaña infranqueable. Y en lo que se refiere a
nosotros, no nos cuesta tanto recorrer el camino cuando lo necesitamos, porque
estamos acostumbrados a las carreteras malas y a todo tipo de dificultades. En
realidad, vivimos de las dificultades. No le cuente a nadie lo que voy a decirle,
pero sepa usted que, mientras los turcos gobiernen en Travnik, no nos hace
falta un camino mejor. En confianza, incluso cuando los turcos lo arreglan,
nuestros hombres aprovechan las primeras lluvias o nieves para obstruirlo y
estropearlo. Esto hasta cierto punto disuade a los huéspedes indeseables».
Cuando acabó, el párroco abrió el ojo, orgulloso de su astucia, y me rogó una
vez más que no le repitiera aquello a nadie. Ahí tiene usted una de las razones
por las que las carreteras están en malas condiciones. La otra razón son los
mismos turcos. Cualquier vía de comunicación con un país extranjero cristiano
para ellos significa lo mismo que abrir la puerta a la influencia del enemigo,
permitirle tener ascendiente sobre la población y amenazar la supremacía turca.
Por lo demás, señor Daville, nosotros, los franceses, hemos engullido la mitad
de Europa y no es raro que los países que aún no hemos ocupado contemplen con
desconfianza las carreteras que nuestro ejército construye en sus fronteras.
—Lo sé, lo sé —interrumpió Daville—, pero es necesario
construir caminos en Europa y no hay que tener en cuenta a pueblos atrasados
como son los turcos y los bosniacos.
—El que considera que se deben construir, los construye.
Es decir, que los necesita. Pero yo le estoy explicando por qué la gente de
aquí no quiere carreteras y por qué opinan que no son útiles y que les
perjudica más que les beneficia.
Como siempre, a Daville le irritaba la necesidad del joven
de explicar y justificar todo lo que allí veía.
—Eso es indefendible —dijo el cónsul—, y tampoco se puede
explicar mediante argumentos razonables. El atraso de esta gente procede ante
todo de su maldad, de su «maldad innata», como dice el visir. En dicha
malevolencia radican todas las explicaciones.
—Muy bien, pero ¿cómo explica entonces esa maldad? ¿De
dónde les viene?
—¿De dónde? ¿De dónde?, en ellos es innata, ya le digo. Ya
tendrá ocasión de convencerse de ello.
—Bien, pero hasta que no me convenza, permítame que
continúe creyendo que la maldad o la bondad de un pueblo es producto de las
circunstancias en las que vive y se desarrolla. No es la bondad la que nos
impulsa a construir carreteras, sino la necesidad y el deseo de extender las
comunicaciones provechosas y nuestra influencia, lo que muchos, a su vez,
consideran que es nuestra «malevolencia». Así, nuestra maldad nos empuja a
abrir caminos y a ellos, la suya, a odiarlos y destrozarlos cuando pueden.
—¡Usted va muy lejos, joven amigo!
—No, la vida va lejos, tan lejos que nosotros no podemos
seguirla, y yo sólo me esfuerzo por explicar fenómenos concretos, ya que no
puedo comprenderlo todo.
—No puede explicarse ni entenderse todo —dijo Daville con
aire cansado y altivo.
—Cierto, pero hay que intentarlo.
Des Fossés, que, después de cabalgar todo el día a la
intemperie, estaba entrando en calor con la comida y el vino, y como la
juventud le incitaba a pensar en voz alta, continuó con la conversación.
—Bueno, y ¿cómo puede explicar que ese mismo párroco de
Dolac, hombre sagaz y discreto, poseedor de un juicio sano y que no pierde de
vista la realidad, en el sermón de la misa del domingo pasado, según me ha
contado nuestro guardia católico, afirmara que un fraile, muy piadoso,
fallecido no hace mucho en el monasterio de Fojnica, había sido un santo, o al
menos había estado en relación directa con los santos y que se sabía con
certeza que un ángel enviado especialmente le traía todas las noches una carta
de un santo o de la mismísima Virgen?
—Usted no conoce aún la santurronería de esta gente.
—De acuerdo, llamémoslo santurronería, pero es una palabra
que no explica nada.
A Daville, que era «moderada y razonablemente liberal», no
le gustaban las discusiones, por inocentes que fueran, sobre cuestiones
religiosas.
—Lo explica todo —afirmó Daville con leve acritud—, ¿por
qué en nuestro país los curas no dicen cosas semejantes en los sermones?
—Porque no vivimos en las mismas circunstancias, señor
Daville. Me pregunto qué predicaríamos nosotros si viviéramos como viven los
cristianos de aquí desde hace tres siglos. Ni la tierra ni el cielo tendrían
milagros suficientes para alimentar nuestro arsenal religioso frente a la
invasión turca. Créame, cuando miro y escucho a esta gente, más me convenzo del
gran error que cometemos cuando, conquistando Europa, país tras país, queremos
introducir nuestras opiniones, nuestro modo de vida y nuestro comportamiento
estricta y exclusivamente racional. Todo esto me resulta un esfuerzo cada vez
más insuperable y descabellado, porque es absurdo pretender eliminar los abusos
y los prejuicios, cuando no hay fuerzas ni posibilidades para eliminar las
causas que los concibieron y provocaron.
—Eso nos llevaría muy lejos —interrumpió Daville al
canciller—. No tema, ya hay quien piensa en ello.
El cónsul se levantó de la silla y tocó la campanilla
impaciente y con violencia para que vinieran a recoger la mesa.
Cada vez que el joven, con la sinceridad y la libertad que
le eran innatas, de las que no era consciente, y que Daville envidiaba en
secreto, empezaba a criticar al régimen imperial, el cónsul se estremecía,
perdía la fuerza y la paciencia. Precisamente porque él mismo era indeciso y
ocultaba dudas inconfesables en su fuero interno, no podía escuchar tranquilo
las críticas de otros. Sentía como si ese joven despreocupado e incauto
descubriera y rozara con el dedo el lugar más doloroso que deseaba esconder no
sólo a los otros sino también, a ser posible, a sí mismo.
Ni siquiera de literatura podía hablar Davílle con des
Fossés; y menos aún de su propia obra literaria.
Se trataba de un punto sobre el que Daville era
particularmente sensible. Desde que tenía uso de razón imaginaba obras
literarias de diversos géneros, componía versos e ideaba situaciones. Diez años
atrás, durante un tiempo, había ocupado durante un tiempo el cargo de redactor
de la sección de literatura en Le Moniteur, visitaba los círculos literarios y
los salones. Lo abandonó todo cuando volvió a ingresar en el ministerio de
Asuntos Exteriores y fue enviado a Malta como encargado de negocios, y luego a
Nápoles, pero continuó escribiendo.
Los versos que Daville publicaba de vez en cuando en los
periódicos o enviaba, escritos con una hermosa caligrafía, a altas
personalidades, a sus superiores y amigos, no eran ni mucho mejores ni mucho
peores que los miles de productos poéticos de la época. Daville se llamaba a sí
mismo «discípulo ferviente del gran Boileau» y en los artículos, que a nadie se
le ocurría rechazar, propugnaba un clasicismo estricto, defendiendo la poesía
de la influencia exagerada de la imaginación, de las audacias poéticas y de los
desórdenes espirituales. La inspiración es indispensable, afirmaba en sus
artículos, pero debe guiarse por la mesura y el buen juicio sin los que no hay
ni puede haber obra de arte alguna. Daville insistía tanto en estos principios
que el lector acababa creyendo que le importaban más el orden y la métrica
rigurosa en la poesía que la poesía misma, como si, por algún motivo, el poeta
y el poema amenazaran constantemente el orden y la medida y fuera preciso
protegerlos y apoyarlos con todos los medios disponibles. Su modelo entre los
poetas contemporáneos era Jacques Delille, autor de Jardines y traductor de
Virgilio. Para defender la poesía de Delille, Daville había publicado en Le
Moniteur una serie de artículos que una vez más nadie había querido comentar ni
para elogiarlos ni para rechazarlos.
Hacía ya varios años que Daville trabajaba en el proyecto
de un gran poema épico sobre Alejandro Magno. Concebido en veinticuatro cantos,
esta epopeya se había convertido en una suerte de diario íntimo camuflado del
cónsul. Trasladaba todas sus experiencias en el mundo, sus pensamientos sobre
Napoleón, sobre la guerra, la política, sus deseos y sus aflicciones, a los
tiempos remotos y las circunstancias nebulosas en las que había vivido su héroe
principal, dándoles libre curso en ese marco y tratando de formular sus
reflexiones en versos regulares y rimas más o menos estrictas. Vivía con tanta
intensidad su obra que había dado a su segundo hijo, además de los nombres de
Gilles Francois, el del rey macedonio Amintas, abuelo de Alejandro Magno. En
esta Alejandriada suya, revivía Bosnia, tierra paupérrima de clima duro y
habitantes malvados, pero disimulada tras el nombre de Taúride. También
aparecían Mehmed bajá y los beyes de Travnik, los monjes bosniacos y todos
aquellos con los que Daville debía colaborar o luchar, descritos y encubiertos
tras un cortesano de Alejandro Magno o de sus rivales. Igualmente aparecía toda
la repugnancia que le inspiraba el espíritu asiático y Oriente en general,
referida en la lucha de su héroe contra la lejana Asia.
Cabalgando por los cerros de Travnik y contemplando los
tejados de la ciudad y los alminares, Daville a menudo componía en su cabeza la
descripción de la ciudad fantástica que Alejandro estaba conquistando en
aquellos momentos. Sentado junto al visir en el Diván y observando a los
servidores silenciosos y prestos y a los cortesanos, muchas veces iba
perfilando mentalmente la descripción de las sesiones del Senado en la ciudad
sitiada de Tir, en el tercer canto de su poema.
Igual que todos los escritores sin talento y sin verdadera
vocación, Davílle albergaba el error inveterado e inextirpable de que ciertas
acciones mentales conscientes conducen al hombre hacia la poesía y de que en la
creación poética se puede encontrar un consuelo o recompensa por los males que
la vida nos impone y con los que nos rodea.
En su juventud, Daville se había preguntado varias veces
si era poeta o no, si su trabajo en ese campo tenía sentido o no. Ahora, al
cabo de tantos años y tantos esfuerzos que no habían aportado ningún éxito,
pero tampoco ningún fracaso, podía parecer evidente que no era poeta. Sin
embargo, como suele suceder, con los años, Daville «trabajaba en su poesía» más
obstinada y mecánicamente, sin plantearse ya la cuestión, que la juventud, en
el examen y crítica valientes y honestos que hace de sí misma, se plantea con
tanta frecuencia. Mientras era joven y mientras aún encontraba a alguien que lo
alentaba con un elogio, escribía menos, y justo ahora, cuando ya había entrado
en años, cuando ya no había nadie que lo tomara en serio como poeta, trabajaba
con regularidad y diligencia. La necesidad inconsciente de expresión y el vigor
engañoso de la juventud se habían trocado en costumbre inerte y aplicación.
Porque la aplicación, esa virtud que tan a menudo aparece donde no debe, o
cuando ya no es necesaria, ha sido desde siempre el consuelo de los escritores
sin talento y la desgracia del arte. Las circunstancias extraordinarias, la
soledad y el tedio al que durante años había sido condenado, obligaban al
cónsul cada vez más a seguir esa estéril carretera secundaria, ese pecado
inocente al que llamaba poesía.
En realidad, Daville había estado al margen del camino
desde el día en que había escrito el primer verso, porque jamás había podido
tener un verdadero vínculo con la poesía. Ni siquiera podía sentirla en su
expresión más directa, y mucho menos motivarla y crearla.
La manifestación del mal en el mundo provocaba en él la
amargura o el abatimiento, y la del bien, el entusiasmo y la satisfacción, una
especie de estímulo moral. Pero de esas reacciones morales, que en él realmente
eran vivaces y lúcidas, aunque no constantes y no siempre seguras, extraía la
inspiración para componer versos a los que les faltaba todo para ser poesía. Lo
cierto es que la moda de la época le había confirmado esa opinión errónea.
Así Daville continuaba, más obstinado con la edad,
haciendo de sus no pocas virtudes defectos discretos, y buscando en la poesía
justo lo que ésta no tenía: una euforia moral barata e ingenuos juegos y
pasatiempos espirituales.
Es comprensible que el joven des Fossés, tal como era, no
podía ser ni un oyente ni un crítico apreciado, ni siquiera un interlocutor
idóneo para las conversaciones literarias.
Aquí se abría entre el cónsul y el joven una nueva e
inmensa fisura, hacia la que el primero era particularmente suspicaz.
El conocimiento de un sinfín de hechos, la rapidez en el
juicio y la audacia en las conclusiones, eran las principales características
de la inteligencia de des Fossés. El saber y la intuición colaboraban y se
complementaban en él de un modo fascinante. Al margen de todas las
discrepancias y de su rechazo personal, el cónsul no podía evitar verlo. A
veces, le parecía que ese mozalbete de veinticuatro años había leído
bibliotecas enteras y que, al mismo tiempo, no le concedía una importancia
especial a ese hecho. En verdad, el muchacho no dejaba de confundir al
interlocutor con sus variados conocimientos y juicios atrevidos. Como si de un
juego se tratara, era capaz de hablar de la historia de Egipto o de las
relaciones de las colonias españolas en América del Sur con la madre patria, de
las lenguas orientales o de los conflictos entre religión y raza en cualquier
parte del mundo, de los objetivos y expectativas del sistema continental de
Napoleón o de las vías de comunicación y las políticas de tarifas. Citaba
inesperadamente a los clásicos, escogiendo por lo general pasajes poco
conocidos, enlazándolos siempre de manera audaz y dándoles un nuevo enfoque.
Aunque muchas de estas cosas le parecían al cónsul más pose y exuberancia
juveniles que orden y valores reales, siempre escuchaba sus exposiciones con
una especie de admiración supersticiosa y desagradable, al mismo tiempo que con
un sentimiento doloroso de su propia debilidad y falta de madurez, que en vano
trataba de dominar y vencer.
Y he aquí que ese joven se mostraba sordo y ciego ante
aquello que para Daville era lo más caro y que, junto con sus deberes cívicos,
era para él lo único digno de respeto. Des Fossés reconocía abiertamente que no
le interesaba la poesía, y que la poesía moderna francesa le resultaba
incomprensible, totalmente desprovista de sinceridad, sosa y superfina. No
obstante, en ningún momento se privaba del derecho y del placer de debatir
sobre eso que, según él mismo confesaba, no podía sentir ni apreciar, y hablar
de ello con libertad y sin reparo, sin malicia pero sin respeto y sin
reflexionar demasiado.
Así, por ejemplo, de Delille, el adorado Delille, el joven
aventuró enseguida que era un intrigante, un hombre de salón, que cobraba unos
honorarios de seis francos por verso, razón por la cual la señora Delille lo
encerraba todos los días y no lo dejaba salir de la habitación hasta que no
escribía un número determinado de estrofas.
Esta descortesía de la «nueva generación» unas veces
enojaba al cónsul y otras le entristecía. En cualquier caso, era un motivo para
sentirse más solo aún.
Solía suceder que, empujado por la necesidad de expresarse
y comunicarse con alguien, Daville olvidaba todo y empezaba una conversación
íntima y cálida sobre sus ideas y proyectos literarios. (¡Una debilidad
totalmente comprensible en aquellas circunstancias!). Así, una noche refirió
todo el proyecto de su poema épico sobre Alejandro Magno y expuso todas las
tendencias morales que sentaban las bases de la acción épica. Sin entrar por un
instante a valorar estos pensamientos y opiniones que constituían la parte más
luminosa de la vida del cónsul, el joven, súbitamente, dispuesto y sonriente,
se puso a recitar a Boileau:
Que crois tu qu’Alexandre, en ravageant la teñe, Cherche
parmi l’horreur, le tumulte et la guerre? Possédé d’un ennui qu’il ne saurait
dompter, Il craint d’étre a lui méme et songe a éviter.
(«¿Qué crees que busca Alejandro al devastar la tierra,
entre el horror, el tumulto o la guerra? Poseído por un tedio que no sabría
domar, teme quedarse solo consigo mismo y sueña cómo impedirlo»).
De inmediato añadió, excusándose, que hacía tiempo que
había leído esos versos en una de las sátiras y que los había memorizado por
azar.
Daville, por su parte, se sintió herido e infinitamente
más solo de lo que había estado unos minutos antes. Le parecía que delante de
él tenía el genio y figura de la nueva generación y que podía tocarlo con la
mano. Esta generación, se decía a sí mismo, es diabólicamente inquieta, con
pensamientos destructivos y asociaciones rápidas pero malsanas, una generación
que «no se interesa por los versos», pero los tiene como recurso, y ¡qué
recurso!, para servirse de ellos cuando quiere alcanzar sus aspiraciones descarriadas,
las cuales rebajaban, menoscababan y degradaban todo en el mundo, porque
querían reducirlo a aquello que es lo peor y más bajo en el hombre.
Sin mostrar en ningún momento su malestar (¡que era
inmenso!), Daville interrumpió inmediatamente la conversación y se retiró a sus
aposentos. Le costó mucho dormirse e, incluso en sueños, sentía la amargura que
puede suscitar una observación inocente. Tan profanada y vulgarmente zaherida
le parecía su amada obra que, durante varios días no pudo ni tocar el
manuscrito, atado con un lazo verde y guardado en una carpeta con tapas de
cartón.
Entre tanto, des Fossés ni por un instante había sido
consciente de haber ofendido al cónsul. Al contrario, los versos eran el fruto
más raro del que disponía su memoria extraordinaria, y estaba contento de
haberlos recordado tan oportunamente, sin pensar que podían tener un lazo
íntimo real con la obra de Daville o resultarle molestos por algo e influir en
sus relaciones personales.
Desde siempre ha sido así: dos generaciones se rozan y se
suceden, se soportan especialmente mal y, en realidad, se conocen muy poco.
Pero muchas de esas divergencias y muchos de esos conflictos
intergeneracionales radican, como la mayor parte de los conflictos en general,
en malentendidos.
La idea que emponzoñaba especialmente el sueño del cónsul
y le impedía dormir era que ese joven, que le había ofendido aquella noche y en
el que pensaba con amargura y disgusto, dormía ahora con un sueño profundo y
plácido, con la misma naturalidad y descarada satisfacción con la que hacía las
cosas y hablaba durante el día. Sin embargo, el cónsul podría haberse ahorrado
dicha amargura, porque se equivocaba. No todo el que durante la jornada exhibe
una sonrisa serena y se mueve con libertad entre la gente, puede conciliar el
sueño ni es feliz ni goza de paz. Des Fossés no era única y exclusivamente un
joven fuerte y desenfadado «del nuevo tipo», un hijo feliz del feliz Imperio,
precoz y henchido de saber, sin nada más, tal como a menudo le parecía a Daville.
Aquella noche, los dos franceses soportaban cada uno su pesar, cada uno a su
modo y sin posibilidad de comprender del todo al otro. A su manera, también des
Fossés pagaba su tributo al nuevo medio y a las circunstancias insólitas.
Aunque las armas que él poseía para luchar fueran más numerosas y más poderosas
que las de Daville, él también padecía el tedio y el «silencio bosniaco» y
sentía que esa tierra y la vida que allí llevaba lo carcomían, agotaban e
intentaban doblegarlo y destrozarlo para igualarlo con todos los que lo
rodeaban. Porque no era fácil ni sencillo ser arrojado desde París al Travnik
turco a los veinticuatro años, tener deseos y planes que iban mucho más lejos y
más alto que el entorno, y tener que esperar pacientemente mientras que toda la
energía reprimida y todas las exigencias insatisfechas de la juventud se
rebelaban y luchaban contra cualquier espera.
Esa sensación había empezado ya en Split. Como un círculo
que se va estrechando de forma invisible: cada cosa exige un esfuerzo mayor,
pero al mismo tiempo uno tiene cada vez menos capacidad de llevarlo a cabo;
cada paso es más difícil, cada decisión más lenta y la ejecución incierta,
mientras que detrás, como una amenaza constante, acechan la desconfianza, la
penuria y los contratiempos. Así se presentaba Oriente.
El comandante de la plaza, que había puesto a su
disposición un carruaje impropio (por si fuera poco, sólo hasta Sinj), caballos
para el equipaje y cuatro hombres de escolta, estaba inquieto, de mal humor y
hacía gala de una alegría casi maligna. Aunque joven, des Fossés conocía esa
forma de actuar que las largas guerras habían implantado entre la gente. Hacía
años que los hombres andaban como si llevaran fardos, cada uno cargando con su
pena, nadie estaba donde debía, y por eso todos intentaban pasar algo de su
carga al otro, y aliviar así un poco su peso, aunque sólo fuese profiriendo un
insulto o una palabra más alta que otra. De este modo, la miseria general
rodaba y se trasladaba sin cesar de un lugar a otro, de un hombre a otro, y al
moverse se hacía más soportable, ya que no más leve.
Des Fossés se dio cuenta de ello en cuanto cometió el
error de preguntar si los muelles del carruaje eran sólidos y el asiento
mullido. El comandante se le quedó mirando fijamente con sus ojos brillantes
como los de un borracho.
—Esto es lo mejor que se puede encontrar en este maldito
país. Por lo demás, el que va de servicio a Turquía tiene que tener el trasero
de acero.
Sin pestañear, con la vista al frente y sonriente, el
joven le respondió:
—En las instrucciones que me han dado en París no hay nada
de eso.
El oficial se mordió los labios al ver que se había topado
con alguien que no eludía el desafío, pero enseguida aceptó la discusión como
una forma de desahogo.
—Pues ya ve, señor, tampoco nuestras instrucciones eran
mucho más precisas. Se van detallando con el tiempo, sabe usted, sobre el
terreno…
El oficial, malicioso, agitó la mano como si escribiera.
Con esta bendición mordaz, el joven partió por el camino
polvoriento y luego por el pedregal abrupto y yermo que se elevaba detrás de
Split, alejándose del mar, de los últimos edificios armoniosos y de la última
vegetación noble, para descender por el otro lado de la vertiente rocosa, como
si de un nuevo mar se tratara, a esa Bosnia, que para él era la primera gran
prueba en el umbral de la vida. Adentrándose en esa montaña pelada y salvaje,
observaba las chozas inclinadas y las pastoras a la orilla del camino, perdidas
entre piedras y maleza, con un huso de hilar en las manos, pero sin un solo
rebaño visible cerca, y se preguntaba si aquello era lo peor, igual que un
hombre que aguarda a ser operado se pregunta sin cesar si ha alcanzado ya el
mayor grado de dolor, del que le han hablado, o si debe esperar aún lo peor.
Éstas eran las angustias y temores que la juventud puede
permitirse. En realidad, el muchacho estaba dispuesto a todo y sabía que lo
soportaría.
Cuando después de recorrer nueve millas, se detuvo en la
garganta pedregosa que domina Klis y contempló los montes pelados y la región
salvaje que se abría ante él, los cenicientos peñascos abruptos, salpicados de
una rala vegetación grisácea, procedente del lado bosniaco le invadió el
silencio, hasta ahora desconocido, de un nuevo mundo. Se estremeció y tiritó,
pero más a causa del silencio y la aridez del paisaje ignoto que por el fresco
vientecillo que soplaba en el desfiladero. Se echó el abrigo sobre los hombros,
se apretujó con fuerza contra el caballo y se internó en ese nuevo mundo de
sigilo e incertidumbre. Bosnia se adivinaba tierra taciturna, y en el aire ya
se sentía un sufrimiento frío, mudo y sin razones aparentes.
Pasaron sin dificultad Sinj y Livno. En la meseta de
Kupres, los sorprendió una fuerte ventisca. El guía turco, que los esperaba en
la frontera, a duras penas logró llevarlos a la primera posada. Allí,
extenuados y ateridos, se dejaron caer delante del fuego, alrededor del cual ya
había unas cuantas personas.
Aunque estaba cansado, helado y hambriento, el joven se
mantuvo digno y sereno, teniendo muy en cuenta la impresión que dejaría a
aquellos extranjeros. Se frotó la cara con colonia e hizo algunos ejercicios de
gimnasia rutinarios, mientras que el resto lo miraba por el rabillo del ojo,
como si estuviera cumpliendo con el rito de su religión. Sólo cuando se sentó,
uno de los hombres que se hallaban alrededor del fuego profirió unas cuantas
palabras en italiano y añadió que era monje del monasterio de Guca Gora, que se
llamaba Julijan Pasalic y que viajaba por asuntos del monasterio. Los demás
eran arrieros.
Formando lentamente las frases en italiano, des Fossés
dijo quién era y lo que hacía. El monje, que tenía unos grandes bigotes
erizados y unas cejas espesas, bajo las que, como si fueran una máscara,
sonreía un rostro juvenil, cuando oyó las palabras «París» y «cónsul imperial
de Francia en Travnik», frunció el ceño y guardó silencio de repente. El joven
y el monje se miraron por un instante, sin mediar palabra y con desconfianza.
El fraile era casi un muchacho, pero corpulento; vestía un
grueso capote negro bajo el cual asomaban una aljuba azul oscura, un cinturón
largo de cuero y armas. Des Fossés lo miraba con incredulidad y se preguntaba,
como en sueños, si era posible que fuera un religioso y un monje. Y éste, a su
vez, callado y hosco, sin ocultar su incomodidad cuando escuchó de qué país era
y qué gobierno lo enviaba, contemplaba al joven extranjero, alto y de mejillas
sonrosadas, apuesto, tranquilo y despreocupado.
Para romper el silencio, des Fossés preguntó al fraile si
su ministerio era difícil.
—Pues verá, nosotros, en fin, intentamos preservar el
prestigio de nuestra Iglesia en condiciones realmente difíciles, mientras que
ustedes en Francia, donde viven con toda libertad, la destruyen y persiguen.
¡Qué pena y qué pecado, señor!
Des Fossés sabía, por las conversaciones que había
mantenido en Split, que los frailes, y con ellos toda la población católica de
la región, eran hostiles a las autoridades de ocupación francesas, consideradas
impías y «jacobinas»; no obstante, estaba sorprendido por la conversación, y se
preguntaba a sí mismo cómo debía actuar un funcionario consular imperial en
semejante situación, absolutamente imprevista. Mirando a los ojos vivos y raros
del monje, se inclinó un poco.
—Su reverencia quizá no esté bien informado de los sucesos
de mi país…
—Ya me gustaría, pero por lo que se oye y se lee, mucho
mal se le ha hecho y todavía se le hace a la Iglesia, a sus prelados y a sus
fieles, y eso jamás le ha traído nada bueno a nadie.
El fraile también se esforzaba por encontrar las
expresiones en italiano, pero sus palabras mesuradas y escogidas no se
correspondían con el gesto colérico, casi salvaje, de su cara.
La rakija que los sirvientes trajeron y las gachas que
borboteaban en el fuego a su lado interrumpieron el diálogo. Ofreciéndose el
uno al otro la bebida y la comida, el fraile y el extranjero se miraban de vez
en cuando y, poco a poco, iban entrando en calor, como dos hombres muertos de
frío y de hambre delante de un buen fuego y unos buenos platos.
Cierta tibieza y una pesada somnolencia empezaron a
invadir al joven. El viento gemía en la chimenea alta y negra y la nieve helada
golpeaba en el tejado como si fuera grava. Sentía un torbellino en su cabeza.
«El trabajo ya ha empezado —pensaba—, y éstas son las dificultades y lances que
se leen en las memorias de los antiguos cónsules de Oriente». Trataba de
entender su posición: en algún lugar en medio de Bosnia, prisionero de la
nieve, forzado a sostener una controversia inusual en lengua extranjera con ese
monje extraño. Los ojos se le cerraban solos y el cerebro pugnaba por seguir
trabajando como en un sueño embrollado en el que a uno lo someten a pruebas
difíciles e injustas. Sólo sabía una cosa, que no podía bajar la cabeza, que
cada vez era más pesada, ni abatir la mirada ni dejar la última palabra a su
interlocutor. Estaba aturdido, pero orgulloso de tener que asumir, de manera
inesperada, en esta rara compañía, su parte de responsabilidad, así como de
probar su habilidad a la hora de convencer al adversario y su escaso
conocimiento de italiano, adquirido en el colegio. Pero al mismo tiempo le
parecía sentir físicamente, ya desde el primer paso, que las responsabilidades
ingentes e inexorables de cada uno estaban repartidas hasta el más mínimo detalle
y esparcidas por el mundo como trampas.
Sus manos heladas le quemaban. El humo le hacía toser y le
picaban los ojos. Lo torturaba el sueño y luchar contra él, como si estuviera
de guardia, pero no apartó la mirada del monje, igual que si fuera un blanco. A
través de la modorra, como a través de un cálido líquido lácteo, que le velaba
los ojos y llenaba sus oídos de ruido, contemplaba al extraño fraile y
escuchaba, como desde lejos, sus frases entrecortadas y citas en latín. Con su
sentido innato de la observación, el francés pensó que el religioso poseía
mucha energía acumulada y citas que generalmente no tenía a quién decir. Pero
el fraile seguía insistiendo en que nadie podía oponerse a la Iglesia y
triunfar para siempre, ni siquiera Francia, que ya se había dicho hacía mucho
tiempo: «Quod custodiet Christus non tollit Gothus». (¡Lo que Cristo guarda, el
godo no lo puede tomar!).
El joven, mezclando el francés y el italiano, de nuevo
explicaba que la Francia de Napoleón había demostrado su deseo de una paz
religiosa y le había dado a la Iglesia el lugar que le pertenecía, reparando
los errores y la violencia de la Revolución.
Pero bajo los efectos de la comida, de la bebida y del
calor, todo se diluía y se calmaba. La mirada del monje ya no era tan dura;
seguía siendo severa, pero reflejaba una juvenil jovialidad. Mirándolo, des
Fossés tenía la impresión de que eso podía ser una señal de tregua y una prueba
de que las cuestiones trascendentales y eternas pueden esperar, de que en
ningún caso se resuelven en una posada turca, durante un encuentro fortuito
entre un funcionario consular francés y un fraile «ilirio», y de que, según
esto, cabe lugar a las consideraciones y concesiones, sin perjudicar por ello
el honor y el prestigio del Servicio del Estado. Satisfecho consigo mismo y
mecido por sus pensamientos, cedió al cansancio y se hundió en un sueño
profundo.
Cuando lo despertaron, necesitó unos cuantos minutos para
volver en sí y recordar dónde se hallaba.
El fuego se había extinguido. La mayoría de los viajeros
estaban fuera, desde donde llegaban los gritos dirigidos a los caballos y a la
carga. Entumecido y destrozado, el joven se levantó y empezó a prepararse. Se
palpó el cinturón con el dinero y llamó a su gente con un tono demasiado alto y
áspero. Le angustiaba la sensación indefinida de haber olvidado o perdido algo.
Sólo cuando encontró todo en su puesto y a su escolta dispuesta junto a los
caballos enjaezados, se serenó. El fraile, su interlocutor, salía del establo
llevando un alazán espléndido. Por la vestimenta y el porte semejaba un
aduanero morlaco o un hajduk[24] de los cuadros. Como si fueran viejos
conocidos y todo lo que tenía que resolverse entre ellos se hubiera solucionado
ya, se sonrieron y el joven le preguntó con naturalidad y desparpajo si quería
viajar con él. El fraile le explicó que debía tomar otro camino. Quiso decir
que era un atajo, pero no encontró la palabra adecuada, sólo señaló con la mano
el bosque y la pendiente. Aunque no lo entendió del todo, des Fossés saludó con
el sombrero.
—¡Adiós, reverendissime domine!
La cellisca pasó como una broma de mal gusto. Sólo en las
vertientes blanqueaban finos jirones de nieve. El suelo era blando, como en
primavera, el horizonte parecía recién lavado y profundo, las montañas azules,
y en el cielo pálido y límpido, al fondo, se extendían dos o tres líneas
llameantes de nubes luminosas tras las que se ocultaba el sol, confiriendo a
todo el panorama una luz indirecta e insólita. Todo recordaba a los paisajes y
países nórdicos y el joven se acordó de que el cónsul de Travnik, en sus
informes, a menudo llamaba a los turcos y bosniacos escitas salvajes
hiperboreales, provocando las risas de todo el Ministerio.
Así entró el señor des Fossés en Bosnia, que desde el
primer encuentro mantuvo las promesas y cumplió las amenazas, rodeándolo más y
más con la atmósfera cortante y fría de una vida pobre y, sobre todo, con el
silencio y la melancolía, a los que el joven se enfrentaba por las noches,
cuando el sueño se niega a acudir y de ningún lugar llega ayuda.
Pero de eso ya hablaremos en uno de los próximos
capítulos. Ahora le toca el turno a otro acontecimiento, más importante, que
significó un cambio enorme para todo el consulado francés: la llegada del tan
esperado rival, el cónsul general austríaco.
V
Los meses transcurrían y el año se aproximaba a su fin,
pero el cónsul austríaco, del que se creía que vendría a continuación del
francés, seguía sin aparecer. La gente ya había empezado a olvidarse de esta
posibilidad. A finales del verano, de repente, corrió la voz de que el cónsul
estaba a punto de llegar. El rumor cundió por la ciudad. De nuevo surgieron las
sonrisas, los ceños fruncidos y los cuchicheos. Pero volvieron a pasar las
semanas y no había ni rastro del cónsul. No obstante, los últimos días del
otoño trajeron al representante de Viena.
Daville había oído ya en Split, antes incluso de pisar
tierra bosniaca, que el gobierno austríaco se disponía a abrir un consulado
general en Travnik. Más tarde, ya en la ciudad, y a lo largo de todo el año,
esta contingencia se había cernido sobre él como una amenaza. Sin embargo,
ahora, cuando al cabo de tantos meses de expectación, la amenaza se había
convertido en realidad, le preocupaba menos de lo que cabría esperar. En
efecto, con el tiempo, se había reconciliado con esta idea. Además, según la extraña
lógica de las debilidades humanas, a él lo halagaba que otra de las grandes
potencias atribuyera importancia a este lugar perdido. Se crecía ante sus
propios ojos y se sentía fortalecido con una energía nueva y más combativo.
D’Avenat había empezado ya a mediados del verano a reunir
datos, propagar rumores sobre las pérfidas intenciones de Austria y tender sus
redes para organizar el recibimiento del nuevo cónsul. Antes de nada, se
informó bien de cómo era acogida esta novedad en los distintos círculos. Los
católicos no cabían en sí de gozo, y los frailes estaban dispuestos a ponerse
al servicio del nuevo cónsul con la misma dedicación y fervor que frialdad y
desconfianza habían mostrado al francés. Los ortodoxos, perseguidos a causa de
la sublevación en Serbia, evitaban conversar sobre el tema, pero en privado
seguían insistiendo en que «no hay más cónsul que el ruso». Los otomanos del
konak, indolentes, despectivos y dignos guardaban silencio, en general,
preocupados cada uno con sus propios problemas e intrigas. Los turcos nativos
se alarmaron aún más que con la noticia de la llegada del cónsul francés. Si
Bonaparte representaba una potencia lejana, móvil y un poco fantástica, con la
que actualmente era necesario contar, Austria, por el contrario, era un peligro
cercano, real y sobradamente conocido. Con el instinto infalible de la raza que
se apodera de un país y gobierna durante siglos sobre la única base de un orden
establecido, intuían cada riesgo, por pequeño que fuera, que amenazara dicho
orden y su dominación. Sabían bien que cada extranjero que llegaba a Bosnia
acortaba un poco el camino entre ellos y el mundo exterior hostil, y que el
cónsul, con sus prerrogativas y medios, abría de par en par las puertas de ese
camino por el que nada bueno podía llegar para ellos, para sus intereses y su
pueblo, y sí mucho mal. Su rencor contra Constantinopla y los otomanos, que lo
permitían, era grande; su preocupación, mayor de lo que habrían querido
mostrarle a d’Avenat. No daban respuestas claras a sus preguntas provocativas,
ocultando su odio a la incursión del extranjero, pero sin disimular su
desprecio ante tanta insistencia. Y cuando quiso sonsacarle a un mercader a
cuál de los dos cónsules, el francés o el austríaco, preferiría, éste le
respondió con toda tranquilidad que ambos eran iguales: «Los mismos perros con
distintos collares».
D’Avenat se tragó la respuesta; ahora, al menos, tenía
claro lo que pensaba y sentía el pueblo, pero no sabía cómo traducírselo y
explicárselo a su cónsul sin ofenderlo.
Por lo demás, los franceses hicieron todo lo posible por
obstaculizar el trabajo del rival e impedir que se estableciera. Daville
intentó durante largas horas, aunque en vano, convencer al visir de lo
peligroso que sería para Turquía el nuevo cónsul, de cuánto mejor sería que no
se le dieran credenciales y no se le permitiera instalarse. El visir miraba
hacia delante sin decir en qué pensaba. Él ya sabía que las credenciales del
cónsul austríaco habían sido emitidas, pero dejaba hablar al francés y reflexionaba
sobre los perjuicios y beneficios que podría obtener de la lucha que
evidentemente se iba a entablar entre ambos cónsules.
D’Avenat, sin embargo, con nuevos sobornos y antiguas
conexiones, logró demorar la remisión de los documentos. De modo que al cónsul
general austríaco, el coronel von Mitterer, le esperaba una desagradable
sorpresa en Brod, ya que el firman imperial y las credenciales consulares no
habían llegado al comandante austríaco de la plaza tal como se le había
prometido. Un mes entero permaneció von Mitterer en Brod, enviando inútilmente
emisarios a Viena y a Travnik. Finalmente, le comunicaron que las credenciales
habían sido enviadas al capitán de Derventa, Nail bey, para que él se las
entregara al cónsul, y éste llegara a Travnik provisto de ellas. Así que von
Mitterer partió de Brod, con su intérprete, Nicola Rotta, y dos servidores. Mas
en Derventa le aguardaba otra sorpresa. El capitán afirmaba que no tenía nada
para el cónsul, ni credenciales ni instrucciones. Le ofreció que se alojara con
su escolta en la fortaleza de Derventa; en realidad, era una caserna húmeda,
porque la posada hacía poco que había sido pasto del fuego. Aunque contaba con
experiencia y era un veterano en el trabajo y en la lucha contra las
autoridades turcas, el coronel estaba fuera de sí y rezumaba acritud. El
capitán, un bosniaco testarudo y arisco, hablaba con él en un tono iracundo, a
través de los fildzani[25].
—Espera, señor mío, si es verdad lo que dices, que te han
enviado el firman y las credenciales, llegarán, sin ninguna duda, porque lo que
se envía desde la Sublime Puerta tiene que llegar; tú espera aquí. A mí no me
molestas.
Y mientras decía esto, bajo los cojines en los que estaba
sentado, se hallaban envueltos cuidadosamente en una tela encerada el firman y
las credenciales para el señor Jozef von Mitterer, como cónsul general del
Imperio y del Reino en Travnik.
El coronel, desconcertado y exasperado, escribía de nuevo
cartas urgentes a Viena en las que suplicaba que se solicitaran los documentos
a Constantinopla, que no lo dejaran en aquella posición que perjudicaba el
prestigio del país que lo enviaba y minaba, por anticipado, su trabajo en
Travnik. Terminaba sus cartas: «Escribo desde la fortaleza de Derventa, en un
cuartucho, sentado en el suelo». Al mismo tiempo, pagaba correos especiales
para que llevaran mensajes al visir, rogando que se le enviaran las credenciales
o se le permitiera llegar a Travnik sin ellas. Nail bey retenía a los emisarios
del coronel, les confiscaba las cartas por sospechosas y las colocaba
tranquilamente bajo los cojines, al lado del firman y de las credenciales.
Así que el coronel pasó aún catorce días más en Derventa.
Durante ese tiempo lo visitó un judío de Travnik que le ofreció sus servicios,
afirmando que tenía posibilidades de espiar al cónsul francés. Desconfiado y
curtido en el trato con espías, el coronel no quiso aceptar los servicios
dudosos de aquel hombre y sólo lo empleó como correo, enviando por mediación
suya una misiva al visir. El judío aceptó la gratificación y llevó la carta a
Travnik, donde la entregó a d’Avenat, que era quien le había pagado y enviado a
Derventa para que fingiera ponerse a disposición del cónsul austriaco. Por
escrito, Daville pudo ver cuán difícil y ridícula era la situación de su
adversario, y leyó con satisfacción sus ruegos y reclamaciones impotentes
dirigidas al visir. La misiva volvió a ser lacrada y enviada al konak. El
visir, sorprendido, ordenó que se llevara a cabo una investigación y se
averiguara qué había sucedido con el firman y las credenciales, los cuales
hacía ya quince días que había remitido al capitán de Derventa, Nail bey, para
que se los entregara al nuevo cónsul cuando se presentara ante él. El
tefter-cehaja[26] del visir revolvió dos o tres veces su archivo polvoriento y
en vano se afanó por recordar adonde podían haber ido a parar los papeles. El
correo, que había llevado el encargo a Derventa y regresado, demostró que había
entregado, siguiendo las normas, el mensaje del visir al capitán. Todo estaba
bien, sólo el cónsul austriaco, sentado en Derventa, esperaba impaciente e
infructuosamente sus credenciales.
El asunto, sin embargo, era bastante simple y evidente.
Daville, a través de d’Avenat y del judío, había sobornado al capitán de
Derventa para que demorara tanto como fuera posible la entrega de las cartas.
El capitán no tuvo ningún inconveniente en sentarse durante doce días en los
cojines, con el firman y las credenciales debajo, en responder arrogante e
impasible al coronel que no había llegado nada para él, y recibir a cambio de
su celo un cequí húngaro por día. Y nadie podía hacer nada contra el oficial
porque, por lo demás, hacía tiempo que no respondía a las demandas y cartas que
no eran de su agrado, y a Travnik no quería ni acercarse.
Por fin también esto se arregló. El coronel recibió un
mensaje del visir en el que se le comunicaba que se estaban buscando los
documentos, y que entretanto lo invitaba a ponerse inmediatamente en camino
hacia Travnik sin las credenciales. El coronel abandonó alegremente Derventa el
mismo día y partió hacia Travnik; y a la mañana siguiente, el capitán envió al
visir los documentos del cónsul, con la excusa de que se habían extraviado.
Así, al cónsul general austriaco le sucedió lo que casi
siempre sucede a los extranjeros que van a Turquía para llevar a cabo algún
negocio; a saber, que los turcos, un poco adrede y conscientemente, y otro poco
sin querer, con el solo concurso de las circunstancias, ya al primer paso
agotan y humillan al forastero en cuestión, de tal modo que éste accede al
asunto que lo ha traído allí con las fuerzas disminuidas y la confianza en sí
mismo mermada.
Por otro lado, es cierto que también von Mitterer, estando
todavía en Brod a la espera de sus credenciales, empezó a abrir en secreto la
correspondencia que llegaba de Ljubljana para el cónsul francés.
La llegada del cónsul general imperial y real a Travnik
transcurrió de manera parecida a la de Daville. La única diferencia estribaba
en que von Mitterer no tuvo que alojarse en una casa judía, porque los
católicos se afanaron como un enjambre y las mejores casas de mercaderes se
ofrecieron a acogerlo. La audiencia con el visir, según pudo saber d’Avenat,
fue más corta y fría que el recibimiento dispensado al cónsul francés, pero la
bienvenida de la población turca no fue ni mejor ni peor («los mismos perros
con distintos collares»). Al nuevo cónsul lo acompañaron por las calles los
insultos y amenazas de las mujeres y niños, le escupieron desde las ventanas, y
los hombres adultos de las tiendas no lo consideraron digno ni de una mirada.
El cónsul austriaco visitó primero a los dos beyes más
influyentes y al comisionado apostólico que casualmente, aquellos días, se
encontraba en el monasterio de Guca Gora, y sólo después a su colega francés.
Los agentes de d’Avenat lo siguieron paso a paso con ocasión de esas visitas e
informaron de todo aquello de que pudieron enterarse, pero también se
inventaron y añadieron lo que no habían podido averiguar. No obstante, con los
datos reunidos se podía columbrar que el cónsul austriaco quería agrupar a todos
los que estaban en contra del francés y que lo hacía cautelosa y discretamente,
sin proferir una sola palabra contra Daville y su trabajo, pero atendiendo a
todo lo que los otros tenían que decir. Incluso compadecía a su colega, que
debía representar a un gobierno surgido de la Revolución y, en principio,
aconfesional. Eso era lo que le decía a los católicos. Con los turcos, a su
vez, se dolía de Daville, porque le había caído en suerte la ingrata tarea de
preparar paulatinamente el avance sobre Turquía de las tropas francesas en
Dalmacia, introduciendo así en esa tranquila y hermosa Bosnia todos los
tormentos y pesares que el ejército y la guerra traen consigo.
Un martes, a las doce en punto del mediodía, von Mitterer
visitó por fin a Daville.
Fuera brillaba el sol del otoño tardío, pero en la casa de
Daville, en la sala grande de la planta baja, la atmósfera era fría, casi
helada. Los dos cónsules se miraron de hito en hito, intentando ambos aparentar
naturalidad al hablar y decir con la mayor espontaneidad todo lo que tenían
preparado hacía tiempo para la ocasión. Daville habló de su estancia en Roma y,
como de paso, añadió que su soberano había puesto punto final a la Revolución y
establecido no sólo el orden social, sino también el prestigio de la religión
en Francia. Casualmente, en su mesa estaba el decreto sobre la creación de la
nueva nobleza imperial, y se lo explicó detalladamente a su visitante. Von
Mitterer, según la fórmula convenida, subrayó la sabia política de la corte de
Viena, que sólo deseaba la paz y una colaboración amistosa, pero no le quedaba
más remedio que tener un ejército poderoso, porque así lo exigía la posición de
una gran potencia en el este de Europa.
Ambos cónsules estaban henchidos de la dignidad de su
profesión y del fervor del principiante. Eso les imposibilitaba percatarse de
lo ridículos que eran el tono alto y los modales solemnes de su reunión, pero
no les impedía examinarse y juzgarse el uno al otro.
A Daville, von Mitterer le parecía mucho más viejo de lo
que se había imaginado a juzgar por lo que había oído decir. Y todo en él —el
uniforme militar verde oscuro, el peinado pasado de moda y los bigotes
retorcidos en su cara amarillenta— le resultaba anticuado y muerto.
Von Mitterer, a su vez, pensaba que Daville era demasiado
joven y poco serio. En su forma de hablar, en los lacios bigotes rojizos y las
rubias ondas de cabello cayendo libremente sobre la frente, sin polvos ni
coleta, en la suma de todo ello, el coronel veía el desaliño revolucionario y
un desagradable exceso de fantasía y libertad.
Quién sabe cuándo los cónsules habrían dejado de glosar
las elevadas intenciones de sus respectivas cortes, si no les hubieran
interrumpido unos gritos, gemidos y carreras salvajes en el patio.
A pesar de las estrictas prohibiciones, una multitud de
niños cristianos y judíos se habían reunido en la calle y se habían encaramado
uno tras otro a la tapia para esperar y ver al cónsul con su rutilante
uniforme. Como no podían estarse quietos esperando, alguno empujó al más
pequeño, que resbaló y se precipitó al suelo al otro lado de la valla, en el
patio donde esperaban los sirvientes de Daville y la escolta de von Mitterer.
Los otros críos salieron en desbandada como gorriones. El niño judío que se había
caído al patio, una vez pasado el primer susto, empezó a aullar como si lo
estuvieran despellejando vivo, mientras sus dos hermanos brincaban fuera,
delante de la puerta cerrada, sollozando a voz en cuello y llamando. Los
lamentos y carreras provocados por todo el tumulto desviaron la conversación de
los dos cónsules hacia los niños y los asuntos familiares. Ambos parecían
soldados que cumpliendo órdenes pasaban de unas maniobras difíciles a la
posición de «descanso».
En vano uno y otro, recordando de vez en cuando su cargo y
obligaciones, adoptaban una postura presuntuosa y oficial. La desgracia común y
la semejanza de sus destinos eran más fuertes que el resto. Sobre todas las
posturas, uniformes, condecoraciones y expresiones científicas, se derramaba
como un torrente la amargura compartida por la vida dura e indigna a la que
ambos estaban condenados. Inútilmente, Daville subrayaba la gentileza inusitada
con la que desde el principio lo habían acogido en el konak; en vano, von
Mitterer recalcaba la gran simpatía, secreta, pero poderosa, de que gozaba
entre los católicos. Del tono de voz y la expresión de los ojos se desprendía
sólo el pesar oculto y la comprensión humana y profunda de dos compañeros de
infortunio, y únicamente las últimas consideraciones de su deber y el tacto les
impidieron pasarse el uno al otro el brazo por los hombros, igual que hacen dos
hombres sensatos y cuerdos unidos en la adversidad.
Así, la primera visita finalizó con una charla sobre las
enfermedades infantiles, la alimentación y, en general, las difíciles
circunstancias en las que tenían que vivir en Travnik.
Pero ya ese día, los dos cónsules, al mismo tiempo,
permanecieron largas horas sentados delante de pliegos de papel basto, hilando
conceptos y redactando líneas interminables para el informe oficial sobre el
primer encuentro con su colega. Aquí, esa primera entrevista tenía un aspecto
totalmente distinto. Sobre el papel, se había tratado de un duelo incruento de
sutileza, cortesía y celo entre dos titanes. Cada uno de ellos atribuía a su
rival la vitalidad y las cualidades que correspondían plenamente a la elevada
opinión que tenía de sí mismo y de su misión. Sólo que en el informe del
francés, el austríaco al final acababa de rodillas en el suelo, derrotado
moralmente, mientras que en el de von Mitterer, Daville se había quedado
estupefacto y mudo ante la exposición digna y distinguida del cónsul imperial y
real.
Naturalmente, ambos señalaron que el adversario estaba
descorazonado por las circunstancias increíblemente difíciles en las que un
europeo instruido, con su familia, tenía que vivir en aquellos lugares salvajes
y montañosos. Pero, por supuesto, ninguno de los dos mencionó su propio
desaliento.
De este modo, los dos cónsules tuvieron aquel día consuelo
y satisfacción por partida doble: poder conversar y desahogarse como personas
normales, tanto como permitía un primer encuentro, y describirse mutuamente con
los colores más sombríos, lo que venía a ser igual que dar de sí mismos la
imagen más halagadora posible. Ambos compensaban así dos necesidades íntimas,
las dos fútiles y contradictorias, pero igualmente humanas y comprensibles.
Esto ya era algo en esa vida poco corriente en la que, tanto para uno como para
otro, los placeres, reales o imaginarios, eran escasos y cada vez menos
frecuentes.
En adelante, en Travnik, pero en lados opuestos —una casa
frente a la otra—, vivieron los dos cónsules con sus familias y colaboradores.
Eran dos hombres de antemano elegidos y enviados allí para ser enemigos, para
batirse y ganar, para hacer prosperar los intereses de su corte y de su país
ante las autoridades y el pueblo llano, y oponerse a los de su adversario y
perjudicarlos. Y eso es lo que hacían, como hemos visto y como vamos a ver más
adelante, cada uno como mejor sabía, según su temperamento y educación y sus
posibilidades. A menudo se enfrentaban con virulencia y sin compasión,
olvidándolo todo, dejándose llevar sólo por sus instintos de lucha y
conservación, como dos gallos ensangrentados abandonados por una mano invisible
en este angosto y sombrío reñidero. Cada éxito de uno era un fracaso para el
otro, y cada fracaso un pequeño triunfo. Ocultaban los golpes recibidos o al
menos les restaban importancia ante sí mismos, y engrandecían los que ellos
asestaban al contrario y los exageraban en sus informes a Viena y París,
informes en los que, por lo general, el cónsul rival y su trabajo aparecían
retratados sólo con tonos oscuros. Estos dos padres de familia solícitos, estos
dos ciudadanos tranquilos en edad madura parecían, por momentos, tan terribles
y feroces como leones furiosos o Maquiavelos nefastos. Al menos así se
describían el uno al otro, arrastrado cada uno por su difícil destino y
ofuscado por el medio inusual al que habían sido arrojados y en el que perdían
rápidamente el sentido de la medida y de la realidad.
Sería largo y superfluo contar por orden las tormentas en
un vaso de agua de los cónsules y todas sus batallas y estratagemas, muchas de
las cuales eran ridículas, otras tristes y la mayoría innecesarias e
irrelevantes. De todos modos, no podremos evitar una buena parte de ellas en el
curso de nuestra narración. Los cónsules luchaban por ganar influencia ante el
visir y sus colaboradores más próximos, sobornaban a los señores de los puestos
fronterizos y los espoleaban para que asaltaran y saquearan los territorios del
enemigo. El francés enviaba a sus mercenarios hacia el norte, al otro lado de
la frontera austríaca, mientras que el austríaco mandaba a los suyos al sur,
hacia la Dalmacia en la que gobernaban los franceses. Ambos, a través de sus
agentes, propalaban falsos rumores entre el pueblo y desmentían los de sus
adversarios. A la postre, se calumniaban el uno al otro y se despellejaban como
mujeres enfrentadas. Interceptaban a los mensajeros del contrario, se abrían
las cartas, se arrebataban los criados o los sobornaban. De creer lo que
contaban el uno del otro, parecía que incluso se habían envenenado
recíprocamente o al menos lo habían intentado.
No obstante, al mismo tiempo y al margen de todo, había
infinidad de cosas que aproximaban y unían a los dos cónsules rivales. Porque,
en realidad, ambos hombres, ya maduros, «con el peso de la familia», cada uno
de ellos con su vida complicada, sus planes, preocupaciones y pesares, estaban
obligados a batirse y competir en aquella tierra extraña e ingrata,
involuntaria pero insistentemente, imitando con sus movimientos las maniobras
grandes de sus patronos lejanos, invisibles y, a menudo, incomprensibles. La
vida dura y el destino aciago los empujaban el uno al otro; y si existían en el
mundo dos personas que podían entenderse, lamentarse juntos, e incluso
ayudarse, eran esos dos cónsules que consumían su energía, sus días y con
frecuencia sus noches para ponerse zancadillas y amargarse la vida tanto como
fuera posible.
En realidad, sólo los fines de su trabajo oficial eran
distintos, todo lo demás era idéntico o similar. Luchaban por los mismos
acuerdos, empleando los mismos medios, alcanzando resultados alternos. Además
de tener que pelear entre sí, ambos debían sostener todos los días una lucha
con las autoridades turcas, lentas y poco de fiar, y con los turcos del lugar,
increíblemente obstinados y maliciosos. También tenían sus preocupaciones
familiares, iguales contrariedades con sus respectivos gobiernos, que no enviaban
a tiempo las órdenes; con sus ministerios, que no aprobaban los créditos; con
las autoridades fronterizas, que constantemente cometían errores o incurrían en
omisión. Lo más importante, sin embargo, era que ambos tenían que vivir en
aquel villorrio oriental, sin amistades ni diversiones, sin ninguna comodidad,
careciendo a menudo de lo más imprescindible, entre montañas salvajes y
personas toscas; tenían que enfrentarse a la desconfianza, inexactitud,
suciedad, enfermedades y desgracias de todo tipo. En pocas palabras, no les
quedaba más remedio que vivir en un ambiente que primero consume al occidental,
luego lo transforma en un ser enfermizamente irritable, aborrecible para sí
mismo y los demás, y por último, con el correr de los años, lo cambia por
completo, lo doblega, y mucho antes de morir, lo entierra en una indiferencia
sorda.
Por todos estos motivos, los cónsules se reunían en cuanto
cambiaban las circunstancias y las mejores relaciones políticas lo permitían.
En esos momentos de tregua y reposo, se contemplaban perplejos y avergonzados,
como después de un sueño, buscando en su fuero interno unos sentimientos
distintos y personales hacia su oponente y preguntándose en qué medida podían
darles rienda suelta. En aquellos periodos, se frecuentaban, se ofrecían
consuelo mutuo, se hacían regalos, se enviaban cartas, cálida y amistosamente,
como sólo pueden hacerlo las personas que se han hecho daño entre sí pero que,
al mismo tiempo, no dejan de estar unidas por un nefasto destino común y
ligadas irremediablemente la una a la otra.
Mas, en cuanto empezaba a avivarse la llama de la
discordia entre Napoleón y la corte austríaca, y la breve pausa se aproximaba a
su fin, los cónsules también empezaban a espaciar sus visitas y a dosificar su
amabilidad, hasta que la interrupción de relaciones o la guerra los alejaba o
enemistaba por completo. Entonces, los dos hombres fatigados retomaban de nuevo
su lucha, reproduciendo, como marionetas obedientes, los movimientos de la
contienda tremenda y lejana, cuyos objetivos finales les resultaban desconocidos
y cuya enormidad y fiereza provocaba en lo más profundo del alma sentimientos
parecidos de pavor e incertidumbre. Sin embargo, ni siquiera entonces se
interrumpía el hilo invisible y resistente que los unía y ligaba «a los dos
exiliados», tal como se denominaban a sí mismos en las cartas. Ni ellos ni sus
familias se veían ni se encontraban; al contrario, trabajaban uno contra otro
con todos los medios a su alcance y en todos los ámbitos. Por las noches,
cuando hacía ya horas que Travnik se había sumido en la oscuridad, podía verse
sólo en los dos consulados una o dos ventanas iluminadas. Eran los dos cónsules
que velaban sobre los papeles, leyendo los informes de los confidentes o
escribiendo comunicados. Solía suceder que Daville o von Mitterer, abandonando
un instante el trabajo, se acercaban a la ventana y clavaban la vista en la luz
solitaria de la colina de enfrente, bajo la cual el rival vecino maquinaba
desconocidas trampas y estratagemas, esforzándose por enterrar a su colega del
otro lado del Lasva y frustrar sus planes.
La pequeña ciudad encajada entre ellos había desaparecido,
sólo los separaba el vacío, el silencio y la oscuridad. Sus ventanas se miraban
resplandeciendo como las pupilas de dos duelistas. Pero oculto tras las
cortinas, uno u otro cónsul, o ambos al mismo tiempo, escudriñaban las sombras
buscando el débil rayo de la lámpara del adversario y pensaban el uno en el
otro con emoción, comprensión profunda y un pesar sincero. Luego, se
estremecían y regresaban a su trabajo a la luz de las velas consumidas y continuaban
escribiendo sus informes, en los que no había ni huella de los sentimientos
precedentes y en los que se atacaban mutuamente o se humillaban, situándose en
esa falsa altura oficial desde la que los funcionarios se creen que contemplan
el mundo entero cuando hablan a su ministro en un informe confidencial, que
como ellos saben muy bien, jamás leerán aquéllos a los que hace alusión.
VI
Como si sólo los destinos ingratos y desdichados se
hubieran dado cita en ese valle de Travnik, también la vida del cónsul general
austríaco, Jozef von Mitterer, en aquellos penosos años de guerra generalizada,
había estado plagada de dificultades, entre las que su llegada a Travnik no era
la menor.
Era un hombre moreno, de tez amarillenta, negros bigotes
retorcidos, mirada tensa, hablar lento y modales mesurados; todo en él era
rígido, anguloso, limpio y ordenado, pero modesto y austero, como si todo, el
hombre y la casaca uniforme, hubiera sido adquirido unos minutos antes en un
almacén del ejército imperial y real para formar rápidamente a un coronel
corriente. Sólo sus ojos castaños, redondos, con los párpados siempre rojos e
hinchados, delataban una bondad muda y una sensibilidad reprimida por siempre
jamás. Eran los ojos turbios de un hombre enfermo del hígado, los ojos cansados
de un veterano oficial del confín y de un esclavo del trabajo, ojos que se
habían gastado vigilando atentamente la frontera del Imperio siempre amenazada,
ojos tristes y callados que en esa tarea habían visto mucho mal y atisbado los
límites del poder, la libertad y la naturaleza humanas.
Von Mitterer había nacido cincuenta años antes en Osijek,
donde su padre era oficial del Regimiento de Húsares de Eslavonia. Lo enviaron
a la escuela de cadetes y se licenció como alférez de infantería. Cuando
alcanzó la graduación de teniente fue destinado como oficial de inteligencia a
Zemun. Allí, salvo contadas ocasiones, pasó alrededor de veinte años; unos años
difíciles, marcados por las guerras contra los turcos y las insurrecciones
serbias. En aquella época, no sólo recibía a confidentes, recopilaba
información, mantenía los enlaces y presentaba informes, sino que también se
había introducido en Serbia, en numerosas oportunidades, a menudo disfrazado de
campesino o de monje, y en las peores circunstancias había examinado las
fuerzas serbias, observado las plazas fuertes y las posiciones estratégicas o
sondeado el talante de la población. En ese trabajo, que aniquila a un hombre
antes de tiempo, von Mitterer demostró ser excelente. Y como suele suceder en
la vida, también en este caso el éxito fue lo que acabó perdiéndolo. Después de
unos cuantos años de trabajo, en el ministerio estaban tan satisfechos con sus
informaciones que lo invitaron a acudir personalmente a Viena, donde le
concedieron la graduación de capitán y cien ducados de recompensa. Este triunfo
provocó en el alma del joven oficial la esperanza audaz de que tal vez podría
abandonar esa vida monótona y ardua en la que todos sus ancestros habían
llevado su pesada carga antes que él.
El oficial de frontera, que sobrepasaba la treintena, con
la recompensa de cien ducados y la mención honorífica en el bolsillo, ardía en
deseos de probarlo todo, pero, en particular, anhelaba una vida más tranquila y
agradable y una posición social más elevada. Vislumbró la encarnación de esta
vida en una damisela vienesa. Ella era hija de un oficial jurídico, un polaco
germanizado, y de una baronesa húngara sin fortuna. La señorita Ana María,
bella, vivaracha y un tanto romántica, fue entregada sin vacilar, quizá con
demasiada facilidad y rapidez, al oficial de la periferia del Imperio, poco
ilustre, pero formal. Que el destino le colgara esa mujer al cuello era lo
único que le faltaba para verse condenado a permanecer eternamente en la vía
muerta de vidas subalternas de la que, precisamente, quería huir a cualquier
precio. Esa boda, que debería haberle abierto las puertas a una vida más noble
y agradable, se las cerró y lo encadenó para siempre, arrebatándole la paz y la
tranquilidad, los únicos bienes y la mayor dignidad de los destinos humildes y
las personas anónimas.
El oficial de inteligencia, «que tenía éxito», descubrió
muy pronto que había algo que nadie podía comprobar ni prever, a saber, la
naturaleza y caprichos de una mujer inquieta y vacía. Esta «infeliz mixtura
polaco-húngaro-alemana», como denominaba el comandante de la guarnición de
Zemun a la señora von Mitterer, poseía una fantasía desbordante y sufría una
necesidad enfermiza, imperiosa e insaciable de entusiasmarse. La señora von
Mitterer se apasionaba con la música, la naturaleza, la filantropía malsana,
los cuadros antiguos, las ideas nuevas, con Napoleón o cualquier cosa que
estuviera fuera de su círculo, en contradicción con su vida familiar, el buen
nombre y el prestigio de su marido. Esta sed de exaltación en la vida de la
señora von Mitterer se expresaba frecuentemente a través de amores pasajeros y
caprichosos. Una necesidad irrefrenable y fatal llevaba a esta mujer, de cuerpo
frío y cabeza alocada, a entusiasmarse de vez en cuando con otros hombres, por
lo general, más jóvenes que ella, creyendo siempre que en ese hombre, en el que
ella presentía un espíritu fuerte y un corazón valeroso lleno de sentimientos
puros, encontraría un alma afín y al príncipe azul soñado. Pero la misma
fatalidad hacía que dichos hombres fueran en su mayoría jóvenes desconsiderados
e ingeniosos que, en realidad, sólo la deseaban de un modo fugaz y con un fin
preciso, igual que desearían a cualquier otra mujer que se colocara en su
camino y no opusiera resistencia. Luego del primer arrebato, a la primera
caricia, cuando se manifestaba inevitablemente la diferencia entre el
entusiasmo sublime y estéril de ella y las verdaderas intenciones masculinas,
Ana María se hundía en la desilusión y el abatimiento. El «amor» se
transformaba en odio y aversión hacia aquel que la víspera había sido su ídolo,
hacia sí misma, hacia el amor y la vida en general. La mujer enfermaba, buscaba
y hallaba alimento en emociones y amarguras de otra clase y con ello satisfacía
su necesidad innata de crisis y frustraciones. Y así hasta la vez siguiente,
cuando todo empezaba de nuevo.
Von Mitterer había intentado en múltiples ocasiones
explicar a su mujer el error, hacerla entrar en razón, protegerla, pero nada
ayudaba. Su «pequeña enferma», aunque ya entrada en años, se sumía de vez en
cuando, con el automatismo del epiléptico, en nuevas crisis en su búsqueda de
amor puro. El coronel conocía de memoria los primeros síntomas y el curso de
las «andanzas» de su esposa y, de antemano, preveía el instante en que llorosa
y decepcionada se arrojaría a sus brazos, quejándose porque todos la deseaban y
ninguno la quería.
Cómo podía existir y perdurar semejante matrimonio, cómo
ese hombre sensato y sobrio podía soportarlo todo y por qué lo perdonaba por
anticipado, es algo que nadie lograría saber, y siempre permanecería como uno
de esos secretos incomprensibles que tan habitual e inexorablemente comparten
dos personas ligadas por él de manera indisoluble.
Ya el primer año de vida conyugal, Ana María había
regresado a Viena, a casa de sus padres, afirmando que sentía una repugnancia
mortal hacia el amor físico y que en este sentido no podía reconocer ningún
derecho a su esposo. El capitán, accediendo a todo, consiguió convencerla de
que volviera a su lado. Después de eso, tuvieron una niña. Fue una tregua
breve. Dos años más tarde, el asunto empezó de nuevo. El capitán inclinó la
cabeza y se sumió en la tarea laboriosa que exigía organizar la cuarentena[27]
en Zemun y en su labor de espionaje, resignado a tener que vivir con un dragón
al que era preciso sacrificarlo todo y que, a despecho de lo que le daba, no
ofrecía más que nuevas insatisfacciones y nuevas crisis.
Como todas las mujeres alocadas e impetuosas, la señora
von Mitterer, bella, extravagante y despilfarradora, hacía lo que quería, sin
saber jamás lo que deseaba exactamente. Tropezaba atolondrada con sus
«entusiasmos» fugaces y rápidamente tornaba desilusionada. No se sabe qué le
resultaba a von Mitterer más difícil de soportar o más doloroso de ver, si sus
arrebatos o sus decepciones. El capitán lo toleraba todo con la serenidad de un
mártir. Lo cierto es que él amaba infinita y desenfrenadamente a esa mujer, que
el destino le había deparado como un castigo inmerecido, igual que se quiere a
un niño enfermo. Todo lo que había en ella y a su alrededor, todo lo que
llevaba, hasta los objetos que le pertenecían, todo le impresionaba como algo
sublime y hermosísimo, digno de adoración y merecedor de cualquier sacrificio.
Padecía sus perturbaciones y sus desvaríos, se avergonzaba ante la gente y se
torturaba a sí mismo, pero al mismo tiempo le aterrorizaba el solo pensamiento
de que esa mujer fascinante pudiera abandonarlo y atentar contra sí misma y
desaparecer de su vida y del mundo. Él avanzaba en su carrera, la niña crecía
menuda, seria y callada, pero la señora von Mitterer deambulaba con no menos
energía, buscando en la vida todo lo que ésta no puede dar y convirtiendo cada
cosa en emoción o desconsuelo, atormentando a sí misma, tanto en un caso como
en otro, y a todo lo que había a su alrededor. La rabia indómita e
incomprensible que albergaba esta mujer, con los años, cambiaba de forma y de
dirección, pero nunca mostró indicios de debilitarse ni de aplacarse.
Cuando von Mitterer, casi inesperadamente, fue nombrado
cónsul general en Travnik, Ana María, que justo en esa época se sobreponía de
uno de sus grandes desengaños, primero montó en cólera y derramó un sinfín de
lágrimas, declarando que ella no pensaba ir de un villorrio medio turco, donde
hasta ahora había languidecido, a un «verdadero cementerio turco», y que
tampoco consentiría llevar a su hija a «Asia». El coronel la tranquilizó
demostrándole que la nueva posición significaba un importante cambio y un ascenso
en su carrera, que tendría algunas dificultades, pero que con los nuevos
ingresos podría asegurar el futuro de su hija. Por fin, sugirió que si ella no
quería ir, podía quedarse con la niña en Viena. Ana María, al principio, aceptó
esta solución, pero rápidamente cambió de opinión y determinó sacrificarse. Era
evidente que al coronel no le estaba permitido en este mundo pasar unos meses
tranquilos en el paraíso que suponía la ausencia de su mujer.
En cuanto von Mitterer encontró una casa y la arregló
tanto como era posible, llegaron su esposa y su hija.
Ya a primera vista se advertía que se trataba de una mujer
que necesitaba mucho espacio en el mundo. Parecía joven y aún era hermosa,
aunque un poco metida en carnes. Toda su persona, el brillo de su piel, de una
blancura irreprochable, el fulgor extraño de sus ojos, ya verdes, ya castaños
con reflejos dorados y agitados como las aguas del Lasva, el color de sus
cabellos y la forma en que se los peinaba, su porte y ademanes, su tono
autoritario, en fin, todo, introdujo en Travnik por primera vez algo de ese
poderío y distinción que los travniqueses, en su imaginación, atribuían a los
cónsules extranjeros.
La señora von Mitterer venía acompañada de su hija Ágata,
una niña de trece años, que en nada se parecía a su madre. Reservada y
silenciosa, prematuramente madura y demasiado sensible, de labios delgados y
apretados, y la mirada tensa del padre, vivía al lado de su madre como un
reproche mudo y permanente, sin demostrar jamás ni un ápice sus sentimientos y,
en apariencia, indiferente ante todo lo que la rodeaba. En realidad, esa niña
siempre había estado asustada y confusa por el temperamento de su madre y por
todo lo que intuía que sucedía entre sus progenitores, queriendo sólo a su
padre con un amor pasivo e impotente. Era de ese tipo de niñas de constitución
menuda y pequeña, pero que se desarrollan muy pronto y se convierten en mujeres
maduras en miniatura, de modo que siempre sorprenden y engañan, mostrando unas
veces una conducta infantil y destacando otras sus formas femeninas de una
madurez inesperada. Opuesta a su madre en todo, carecía de oído musical y amaba
la soledad y los libros.
Nada más llegar, la señora von Mitterer se dedicó con
ardor a acondicionar la casa y el jardín. Trajeron los muebles de Viena e
hicieron venir a los jornaleros de Slavonski Brod. Todo se cambió, se trasladó
y modificó. (En el consulado francés, entre los chismorreos inevitables sobre
«los de la otra orilla del Lasva» se decía que la señora von Mitterer estaba
construyendo un nuevo Schönbrun. Pero tampoco la señora von Mitterer, que amaba
la lengua francesa y cultivaba lo que ella consideraba humor francés, se
quedaba atrás. Hablando burlonamente del mobiliario de la señora Daville, en el
que, como ya hemos visto, abundaban los baúles disimulados con habilidad y
cubiertos con telas, ella afirmaba que la francesa había amueblado la casa en
estilo «Luis Cajón»). El jardín fue aislado del patio, estrepitoso y embarrado,
de la posada de la ciudad y de sus establos, mediante una altísima tapia. La
antigua casa de los Hafizadic fue rehabilitada según los planes de la esposa
del cónsul, a los que nadie veía ni pies ni cabeza, pero que correspondían o
debían corresponder a la concepción elevada y vaga que ella tenía de la
perfección, del esplendor y del fausto.
Como suele suceder con esta clase de mujeres, con los años
manifestaba nuevas extravagancias. Ana María padecía ahora la manía de la
limpieza exagerada. Pero más que padecer ella misma por este motivo, hacía que
sufrieran los que la rodeaban. Nada le parecía lo bastante oreado ni bien
lavado y nadie lo bastante limpio. Con toda la vehemencia de que era capaz,
había declarado la guerra al desorden y a la suciedad. Cambiaba de criados,
aterrorizaba a los habitantes de la casa, corría, echaba chispas, se batía con
el fango, el polvo, los bichos y las costumbres extrañas del nuevo país.
Después, llegaban días en los que Ana María, desalentada de repente, perdía
toda esperanza de que sus esfuerzos llegaran a buen puerto, renunciaba y, con
los brazos cruzados, desesperada, sentía que el desorden y la cochambre de
aquel país oriental la asaltaban desde todos los rincones, brotaban de la
tierra y caían del cielo, se deslizaban por las puertas y ventanas, por todas
las grietas, y que despacio pero irrefrenablemente conquistaban la casa y todo
lo que había en ella, objetos, personas y animales. Tenía la impresión de que
incluso sus propias cosas, desde que había llegado a ese valle profundo,
segregaban moho y herrumbre y de que se recubrían lentamente de una fina capa
de porquería contra la que ningún plumero ni ningún trapo podían hacer nada.
Solía regresar de cortos paseos trastornada y más abatida
aún, porque al dar los primeros pasos se había topado con un chucho mugriento o
cojitranco, de mirada atemorizada y triste, o se había encontrado con un montón
de perros callejeros que se peleaban por un intestino de carnero, arrastrando
las tripas por la calle. Salía a cabalgar fuera de la ciudad y se esforzaba
para no ver desde su alto corcel lo que la rodeaba de forma inmediata. Pero ni
siquiera eso ayudaba.
Un día, después de una breve lluvia primaveral, cabalgaba
con su escolta por la carretera principal. A la salida de la villa se
encontraron con un mendigo. El hombre, un retrasado enfermo, descalzo y vestido
con andrajos, esquivó a los ilustres jinetes y se subió al sendero que por la
pendiente bordeaba la calzada. Así, sus pies quedaron justo a la altura del
rostro de la amazona. Sólo durante un instante su campo visual fue invadido por
el par de enormes pies descalzos, manchados de barro, que descansaban en el
fango pisoteado; los pies de un jornalero envejecido prematuramente, que ya no
podía trabajar más. Sólo los vio durante unos segundos, pero persistieron en su
mente, sin querer desaparecer, esos pies inhumanos, cuadrados, deformes,
nudosos, indescriptiblemente lisiados por la larga marcha y la dura vida;
agrietados como la corteza de un pino, amarillos y negros, torpes y torcidos,
pies de campesinos que a duras penas caminan y pisan desmañados y a tropezones
midiendo, quizá, los últimos pasos.
«Ni cien soles ni mil primaveras podrían ayudar a estos
pies —pensó Ana María de repente en aquel instante—, ningún cuidado, ni comida
ni medicinas podían repararlos ni cambiarlos; daba igual lo que naciera y
floreciera en la tierra, esos pies sólo podrían ser más amarillos, más
monstruosos y más horribles».
Ese pensamiento la acechaba constantemente y la visión
dolorosa y aberrante no la abandonó durante días. Todo lo que empezaba a hacer
o a pensar quedaba paralizado ante la sola idea de que «eso existía».
Así se torturaba la señora von Mitterer, y la certeza
dolorosa e hiriente de que nadie comprendía su sentimiento de repugnancia y de
que nadie compartía su deseo de perfección y pulcritud acentuaba aún más su
sufrimiento. Pero a pesar de ello, o quizá precisamente por eso, tenía la
necesidad constante de comentarlo y a todos se quejaba de la ciudad pestilente
y la negligencia de los criados, aunque sabía que no encontraría comprensión en
ninguna parte, y menos aún ayuda.
El párroco de Dolac, el gordo y tosco fray Ivo Jankovic,
escuchaba cortés y distraídamente sus lamentos y remilgos y la consolaba con un
tono trivial e indolente, igual que se consuela a los niños, hablando por
hablar y afirmando que el hombre tiene que soportarlo todo con calma y
docilidad y que, al fin y al cabo, el barro y la mugre son también dones de
Dios.
—Por lo demás, hace mucho tiempo que se dijo: «Castis
omnia casta». El que es puro de corazón todo lo tiene puro —tradujo el párroco
con la brusquedad innata de las personas gruesas y los curas viejos.
La señora von Mitterer, asustada y desolada por todo lo
que la rodeaba, podía permanecer semanas enteras en casa, evitando el roce y la
mirada de la gente. Durante todo el día llevaba guantes, se sentaba en un
sillón cubierto con una funda blanca que se cambiaba a menudo, sin permitir que
nadie se le aproximara ni que le hablaran demasiado cerca. Sin embargo, nada de
aquello borraba la sensación que tenía de estar sumergiéndose en el fango, en
el polvo y en la pestilencia. Y cuando esta tortura le resultaba insoportable,
lo que sucedía a menudo, se levantaba, se presentaba en el despacho de su
marido, lo interrumpía en su trabajo y desabridamente le reprochaba que las
hubiera llevado allí y a través de las lágrimas le rogaba que salieran
inmediatamente de aquel país sucio y desventurado.
Esto se repetía hasta que la fuerza de la costumbre
comenzaba a surtir efecto o hasta que una manía sustituía a otra.
En el consulado, el personaje más importante después del
cónsul general era Nicola Rotta, intérprete y funcionario. Antes había prestado
servicio en el puesto de cuarentena de Zemun, y von Mitterer se lo había
llevado con él a Travnik.
Era un hombre pequeño y contrahecho, pero su joroba apenas
era visible; tenía una fuerte caja torácica y una cabeza poderosa echada hacia
atrás y hundida entre los hombros elevados, en la que destacaban una boca
grande, ojos vivos y un cabello con rizos naturales. Sus piernas eran cortas y
delgadas y llevaba siempre botines con la caña vuelta o medias de seda y
zapatos bajos con una gran hebilla dorada.
Al contrario que von Mitterer, su superior, que era un
hombre sosegado y accesible, con una triste placidez en su conducta, Rotta era
altanero e irascible tanto con los turcos como con los cristianos. Su silencio
malhumorado no era menos desagradable ni ofensivo que su conversación. Aun
siendo pequeño y jorobado, lograba mirar por encima del hombro a cualquier
hombre más alto, incluso aunque midiera medio metro más que fuera él. Sus ojos
torvos, sobre los que caían muy bajo los párpados pesados, miraban desde esa
cabeza hundida con un hastío hiriente, desdeñoso, cansado, como si estuviera
viendo al interlocutor en algún lugar muy lejano y muy por debajo de él. Sólo
cuando se hallaba ante personas muy elevadas e influyentes (y él sabía muy bien
quiénes lo eran, quiénes no lo eran y quiénes lo parecían sin serlo) y traducía
sus conversaciones, sus ojos clavaban la vista en el suelo adoptando una
expresión insolente, afable e inaccesible a la vez.
Rotta hablaba muchas lenguas. (Los travniqueses habían
calculado por encima que sabía unas diez). Pero su mayor habilidad no residía
tanto en lo que decía como en su capacidad de silenciar al adversario. Tenía la
costumbre de echar la cabeza hacia atrás, evaluar al interlocutor a través de
los párpados entornados, como desde la distancia, y exclamar de modo seco y
arrogante:
—Y entonces ¿qué?, ¿qué?
Ante esas palabras irrelevantes, pronunciadas a su manera,
la gente más osada solía aturdirse, los mejores argumentos y pruebas, las
demandas más justificadas se debilitaban y no se sostenían.
Sólo en Cesar d’Avenat Rotta encontró un igual y un
interlocutor digno de él. Desde que d’Avenat, antes de que ellos llegaran a
Travnik, les preparara con tanta habilidad la estratagema gracias a la cual el
capitán de Derventa retuvo el firman y las credenciales, obligándolos a
permanecer en aquel pueblo como si fueran unos aventureros, a los ojos de Rotta
se había convertido en un enemigo de talla al que no había que tomar a la
ligera. Tampoco d’Avenat subestimaba a Rotta, del que se había procurado información
a través de los mercaderes de Belgrado. Cuando se encontraban, se comportaban
el uno con el otro de modo distinto a como lo hacían con el resto de la gente.
En el trato mutuo siempre adoptaban un tono trivial y jocoso que tenía que
reflejar despreocupación y desdén, tras el que se ocultaban una atención tensa
y un temor inconfesable. Se olfateaban como dos fieras y se acechaban como se
acechan dos ladrones: ambos saben bien que son ladrones, pero no conocen con
exactitud la forma de actuar y los métodos del otro.
Esas conversaciones, que solían empezar en francés, con un
tono mundano y un vocabulario consular, acababan transformándose de vez en
cuando en una animada discusión llevada en el dialecto veneciano tosco y
corrompido que se habla en todas las costas del Mediterráneo. Entonces ambos
intérpretes se quitaban la máscara de señores y se peleaban y agredían con
palabras, a la manera levantina, olvidando por completo los buenos modales y
empleando las expresiones más desvergonzadas junto con gestos y muecas indescriptibles.
—Bendice, venerable padre, bendice al humilde servidor de
la Santa Madre Iglesia —decía irónicamente d’Avenat, haciendo una reverencia
delante de Rotta, para burlarse de sus buenas relaciones con los monjes.
—¡Que todos los diablos jacobinos del infierno te
bendigan! —replicaba Rotta, imperturbable como si recitara un papel aprendido
de memoria.
—Así que laméis los altares de los monjes, ¿eh?, ¡los
laméis! —decía d’Avenat.
—También vosotros lameríais a los curas incluso lo que no
se lame si ellos quisieran. ¡Pero no quieren! No quieren nada de vosotros, los
franceses. En cambio, he oído que vais a abrir una nueva sinagoga en un ala del
consulado imperial francés.
—No, nada de eso. ¿Para qué queremos nosotros una
sinagoga? Preferimos ir a la iglesia de Dolac y ver a su excelencia el cónsul
general del imperio austrohúngaro y a su ilustre intérprete haciendo de
monaguillos en la misa de fray Ivo.
—¿Por qué no? Puedo hacerlo sin problema.
—Lo sé, lo sé. Tú puedes hacerlo todo. Sólo hay una cosa
que no puedes hacer. ¡No puedes crecer!
—Pues, ya ves, tienes razón. Eso sí que no puedo
—respondía el jorobado sin pestañear—, pero créeme que no me da pena, sobre
todo desde que he visto lo largo que eres tú. Cuando pienso todo lo que vas a
crecer cuando estés muerto… Será difícil encontrar un ataúd para semejante
cadáver.
—Ah, si a mí me fuera dado ver tu fin, no ahorraría
esfuerzos ni dinero, encontraría una caja para ti —y d’Avenat señalaba con las
manos el tamaño de una vara.
—No, no, no tengo ningunas ganas de morir. ¿Y por qué iba
a morirme si gracias a Dios tú no eres mi médico?
—¿Quién querría serlo? ¡Que te cure el cólera!
—Ya sé que es compañero tuyo. Pero al menos él mata
gratis. Ciertamente, tu mano es más segura. Al cólera de vez en cuando se le
escapa uno y queda vivo, a ti no se te escapa nadie.
Y así proseguían hasta que ambos se desternillaban de risa
mientras se lanzaban miradas arrogantes y taimadas.
Estas conversaciones, una especie de desahogo y gimnasia
mental para los dos traductores, transcurrían siempre sin testigos, y el final
de la charla volvía a desarrollarse en francés en un tono cortés y ceremonioso.
Al ver cómo se despedían, haciendo una profunda reverencia con el sombrero, los
travniqueses extraían todo tipo de conclusiones de la larga y amistosa
conversación de los funcionarios de las dos potencias cristianas.
Con las otras personas de Travnik, Rotta era él mismo:
altanero, hosco, desconfiado, concreto y conciso.
Natural de Trieste, Rotta era el duodécimo vástago de un
humilde zapatero que había muerto alcohólico y que se llamaba Giovanni
Scarparotta. Este duodécimo hijo era enclenque, deforme, contrahecho, y durante
los primeros meses de vida estuvo tan débil que encendían constantemente velas
por él e incluso en una ocasión llegaron a lavarlo y prepararlo para ser
enterrado. Pero cuando ese pequeño pálido y chepudo empezó a ir a la escuela,
resultó ser el más inteligente de todos los hermanos, y que podría llegar a ser
algo más y mejor de lo que habían sido su abuelo y su padre. Así, mientras que
el resto de los hermanos, mozos recios y saludables, se hicieron a la mar, o
empezaron a trabajar como artesanos o en uno de esos oficios indefinidos de los
que los triestinos viven tan bien como de una profesión verdadera, el muchacho
jorobado entró en las oficinas de una compañía marítima.
Allí el chico enfermizo y taciturno, de ojos grandes y
boca sensual en un rostro macilento, repartiendo el correo y cortando las
plumas, descubrió por primera vez cómo era la vida señorial, la vida de la
gente civilizada con la situación material resuelta, en habitaciones grandes y
limpias, donde se habla en voz baja y unos con otros se comportan con
corrección, donde la comida, la ropa y el resto de las necesidades cotidianas
nunca suponen un problema, como cosas que caen por su propio peso, y las ideas
y esfuerzos pasan por encima de ello en pos de otros fines más lejanos y más
elevados. El chiquillo comparaba en su fuero interno esa vida que él sólo podía
atisbar por el día, mientras iba de oficina en oficina, con la escasez, la
suciedad y pobreza de la casa paterna, con las riñas, las vilezas y groserías
de su familia y de los vecinos, y la comparación le hacía un daño inmenso.
Ahora que conocía la existencia de esa otra vida, ya no soportaba permanecer en
la miseria extrema en la que había nacido y en la que debería acabar sus días.
Así, una madrugada, después de pasar un largo rato en vela, torturado por esos
pensamientos, se levantó de los harapos en los que dormía y que le producían
una aversión insufrible, y de rodillas, con la cara anegada en lágrimas, juró,
sin saber él mismo en nombre de qué o de quién, escapar de esa vida que era la
de los suyos o no seguir viviendo.
A su lado dormían profundamente sus numerosos hermanos,
los mayores y los más pequeños, aprendices cubiertos de moretones o haraganes
sucios y renegridos, tapados con los mismos andrajos que él. No los percibía ni
como hermanos ni como algo suyo, sino como esclavos inmundos entre los que era
imposible sobrevivir y de los que había que huir cuanto antes, para siempre y a
cualquier precio.
A partir de aquel día, el pequeño jorobado se volvió por
completo hacia esa existencia más fácil y más hermosa del otro lado. Trabajaba
con abnegación y obediencia, adivinaba los deseos de sus señores, aprendía,
miraba, escuchaba y, con el empeño del desesperado, intentaba descubrir dónde
estaba la puerta de acceso a esa vida más agradable y distinguida y cómo se
abría. El anhelo inconsciente, pero hondo, de entrar y de mantenerse en ella lo
impulsaba hacia delante, mientras que por su espalda lo empujaba, con la misma
fuerza, el odio violento hacia aquella vida terrible en la casa de sus padres y
un asco insuperable hacia todo lo que estaba ligado a ella.
Tanta energía y tanto celo no podían pasar inadvertidos ni
quedar estériles. El chico empezó poco a poco a realizar trabajos de
escritorio. Se le confiaron pequeñas misiones en los barcos y ante las
autoridades. Él se mostraba discreto, infatigable, con un gran talento para los
idiomas y una caligrafía perfecta. Sus superiores se fijaron en él. Se le
dieron facilidades para que aprendiera alemán. Se le aumentó el salario. Empezó
a estudiar francés con un emigrante realista. Este anciano, paralítico y obligado
a enseñar su lengua para poder sobrevivir, antaño había pertenecido a la clase
alta y cultivada de París. El joven Nicola Skarparota aprendió mucho de él, no
sólo francés, sino también geografía, historia y, en general, eso que el viejo
señor llamaba «el conocimiento del mundo».
Cuando acabó su instrucción, el muchacho, de forma natural
y con toda sangre fría, abandonó el hogar paterno en el barrio de los pobres y
alquiló una habitación, modesta, pero limpia y amueblada, en casa de una viuda.
Esto suponía el primer paso hacia aquel mundo más grato que era preciso
conquistar.
Con el tiempo se hizo indispensable en las oficinas de la
compañía, cuando llegaban los barcos, o en los contactos con los extranjeros.
Se expresaba con facilidad y rapidez en cinco idiomas, se sabía al dedillo los
nombres de todas las instituciones del imperio y los títulos de todos los
funcionarios. Memorizaba todo lo que los otros detestaban memorizar y que les
era necesario a cada momento. Y por si fuera poco, seguía siendo callado y
discreto, sin pretensiones personales ni exigencias, siempre dispuesto y nunca
inoportuno.
Todas esas cualidades fueron observadas por el gobernador
de la plaza, el comandante Kalher, al que el joven jorobado había hecho algunos
favores y suministrado información muy útil sobre los extranjeros que llegaban
o los que partían en los barcos de la compañía. De modo que cuando el
comandante fue trasladado a Zemun, al cabo de unos cuantos meses, hizo venir al
chico, para que entrara al servicio de la comandancia de Zemun como intérprete
y realizara misiones de espionaje.
El hijo del zapatero, que huía de un mundo y buscaba su
puesto en otro, vio en aquella invitación una señal del destino y la ansiada
posibilidad de alejarse materialmente también de la penuria familiar que
subsistía tan sólo unas cuantas calles más allá.
Así llegó el joven a Zemun y de inmediato destacó por su
diligencia y habilidad. Cruzaba la frontera, infiltrándose en Belgrado con
misiones confidenciales, interrogaba a los extranjeros que guardaban cuarentena
en el Lazareto[28]. (En los últimos tiempos había aprendido también griego y
español). Allí, el hijo del remendón triestino, deseando borrar cualquier
rastro de su origen, suprimió el Scarpa de su apellido y se hizo llamar Rotta;
incluso durante una temporada escribía de Rotta. También allí se casó con una
levantina, hija de un comerciante exportador de Constantinopla, que había ido a
Zemun a visitar a unos parientes. El padre de la novia había nacido en
Constantinopla, pero su familia procedía de Dalmacia, y la madre era griega.
La muchacha era bonita, callada y regordeta, y aportaba
una dote. Rotta tenía la sensación de que la presencia de semejante mujer era
lo último que le faltaba para consolidar definitivamente su posición en ese
mundo más fácil y más hermoso, y de que así finalizaba su larga ascensión plena
de sufrimientos y renuncias.
Sin embargo, justo en este periodo de su vida, Rotta
empezó a darse cuenta de que ése no era el final soñado de su camino ni la
recompensa tan esperada. Ante aquel hombre, ya cansado, la vida se mostraba
como una línea interminable, sin nada duradero ni digno de confianza, como un
pérfido juego de espejos innumerables en el que se abrían nuevas perspectivas,
cada vez más lejanas y probablemente cada vez más ilusorias.
Su esposa resultó ser inestable, perezosa, enfermiza,
derrochadora y difícil en todos los sentidos. Si Rotta no hubiera cortado tan
radical y absolutamente todos los lazos con el mundo de su infancia, tal vez se
hubiera acordado de un proverbio mediterráneo que de niño oía a menudo en las
conversaciones familiares: Chi vuol fare la sua rovina prende la moglie
levantina. (Quien quiere labrar su propia ruina toma por esposa a una
levantina).
El trabajo en Zemun no era tan cómodo ni tan inocente como
el de Trieste. Le confiaban misiones peligrosas y delicadas que consumían sus
nervios y le hurtaban sus días y noches impidiéndole dormir. Ese mundo
abigarrado, artero y brutal que se movía en la gran encrucijada de Belgrado a
Zemun y de Zemun a Belgrado, Danubio arriba y Danubio abajo, era complicado,
receloso e ingrato en el día a día. Surgían enemistades, enfrentamientos
inesperados y venganzas taimadas. Para sobrevivir, Rotta tuvo que servirse de
los mismos medios. Poco a poco adquirió ese tono seco y despectivo que tienen
los guardias y los intérpretes en Oriente Próximo, y que no es más que la
expresión externa de su vacío interior, de la falta de confianza en las
personas y de su ausencia de ilusiones.
La muerte de su primera hija y luego de la segunda durante
los primeros meses de vida había traído al matrimonio el mal humor y el
resentimiento. Estallaron altercados que no tardaron mucho en convertirse en
peleas ruidosas y en colmar la medida de la vileza y la brutalidad de las riñas
que Rotta recordaba de su infancia. Finalmente, su mujer lo abandonó, sin
lamentos ni escándalos, y se marchó a Constantinopla de donde, en opinión de
ambos, nunca debería haber salido.
Rotta comprendió entonces que no bastaba el juramento
nocturno de un niño sensible y jorobado, con el rostro bañado en lágrimas, a
causa de la pobreza; que no bastaban veinte años de servicio y trabajo tenaz y
duro para que un hombre pasara del mundo en el que había nacido a otro que
había entrevisto por azar y hacia el que lo había atraído su corazón. Y lo que
era peor aún, ese «mundo nuevo», de hecho, no existía como algo separado,
definido y estático, que se podía alcanzar y conquistar de una vez por todas,
como le había parecido los primeros años; del mismo modo, el mundo «antiguo» de
miseria y abyección, del que había escapado haciendo grandes esfuerzos, no se
dejaba eliminar con la misma facilidad y sencillez con que se había
desembarazado de sus hermanos y hermanas y de los harapos de la casa paterna,
sino que seguía al hombre de manera invisible y fatal a través de todos los
éxitos y cambios aparentes.
Con tan sólo cuarenta años, Rotta ya se sentía engañado y
agotado, como un hombre que ha ido más allá de sus fuerzas y al que no se ha
pagado sus merecidos servicios. Toda consideración abstracta le era ajena, pero
no podía dejar de pensar en su destino y sentirse solo y decepcionado. Para
huir de esas reflexiones y de sí mismo, se lanzó con todas sus energías a la
vida sombría y bárbara de la frontera y del Lazareto, que embrutece al máximo y
envejece prematuramente. Se volvió ávido de dinero y de ganancias, celoso de su
posición en el Servicio, irascible, pendenciero, ostentoso, grosero,
supersticioso y temeroso en el fondo de su ser. A los demás, su vanidad les
parecía sumamente exagerada porque él estaba orgulloso no de lo que había
alcanzado, sino de los esfuerzos invisibles y del precio que había pagado para
conseguirlo.
Pero ni siquiera esa soberbia le fue fiel, porque con el
correr de los años nos abandonan hasta los placeres que nos procuran nuestros
vicios. Al perder la fe y no encontrar sentido a seguir ascendiendo por un
camino que tanto le había fatigado y que no le había traído lo que esperaba de
él, Rotta se dejó arrastrar por la corriente, sin desear nada más que una vida
sin enfermedades ni miseria, con el menor trabajo posible y pocos dolores de
cabeza y muchas satisfacciones pequeñas, estabilidad y dinero.
Al igual que d’Avenat, el intérprete del consulado
francés, el triestino se familiarizó con los turcos, se adaptó a sus costumbres
y modales y a esa vida inhumana que compartía con ellos y con gente de todas
las religiones y todo tipo de viajeros, ya en su constante compañía, ya
odiándolos sin cesar, entre gritos y refriegas.
Consumido precozmente, ahora era un hipocondríaco canoso,
ceñudo y egoísta, repleto de pequeñas manías y las cursilerías de un
escribiente. Sufría de enfermedades imaginarias, temía el mal de ojo y las
señales de mala suerte, odiaba a la Iglesia y todo lo que estuviera relacionado
con ella. Se sentía solo, recordaba con repugnancia a su mujer y su vida en
común, y se estremecía al pensar en la pobreza sucia y estrepitosa que antaño
había dejado tras de sí en Trieste y no deseaba oír ni el nombre de su familia.
Se deleitaba con el ahorro y ahorraba con pasión, con la sensación de que así
al menos reparaba todo lo que en la vida era falso y equivocado y que el dinero
era la única cosa que podía, hasta cierto punto, elevar, salvar y proteger a un
hombre.
Le gustaba la buena comida y la buena bebida, pero le
espantaba que los alimentos pudieran estar envenenados, evitaba gastar
demasiado y le daba miedo dejarse llevar y traicionarse bajo los efectos del
alcohol. (El pavor irracional al veneno lo asaltaba cada vez con más
frecuencia, aunque él se defendía y luchaba contra esa manía que le asustaba
tanto o más que la posibilidad de ser realmente envenenado).
Cuando era joven, prestaba mucha atención a su atuendo y
hallaba satisfacción confundiendo a la gente con la blancura inmaculada de sus
camisas y los encajes de su pecho y puños, con sus innumerables pañuelos de
seda de todos los colores, con el lustre irreprochable de sus zapatos. Pero
ahora también se había relajado en ese aspecto. La pasión del ahorro primaba
sobre todo lo demás.
Él era consciente de que su riqueza amasada con tanto
esfuerzo y celosamente guardada no significaba más que su miedo a la pobreza.
Era cierto lo que se contaba de que en otros tiempos, cuando era un joven
petimetre, tenía cien camisas y treinta pares de zapatos. Ahora también tenía
sus baúles llenos. Era cierto que tenía sus ahorros en oro. Pero ¿de qué servía
eso si no lograba olvidar por un solo instante que los bordes de las camisas se
deshilachaban lenta pero inexorablemente y que los zapatos se usaban y gastaban
en las puntas y en los talones, o que el dinero no puede esconderse en un lugar
totalmente seguro? ¿De qué servía todo eso? ¿De qué servían veinte años de
trabajos sacrificados y renuncias? Cuando ni el dinero ni la posición ni la
ropa pueden cambiar el destino («El puto destino», como se decía Rotta a sí
mismo en convulsos monólogos nocturnos); cuando, ya ves, todo se rasga, se
rompe, se gasta, y por los rotos y los agujeros de la ropa y de los zapatos
aparece, a pesar de la abundancia, esa miseria vergonzosa, visible sólo para
él, que pensaba haber dejado en Trieste, lejos para siempre. Esa preocupación
por guardar y retener el dinero se parecía, como una gota de agua a otra, a la
antigua ansiedad que se vivía en su familia cuando era niño por obtener el
gros[29] que continuamente faltaba, y esos penosos ahorros y tacañería, a la
deplorable carestía y estrechez. ¿De qué servía todo eso? ¿De qué sirve si,
después de tantos esfuerzos, tantas huidas y ascensos inútiles, el hombre
regresa a su punto de partida? ¿Si en su mente, aunque por otro camino, entra
la misma maldad y rudeza, y en sus palabras y modales, se manifiestan la
zafiedad y la vulgaridad? ¿Si para conservar lo que había logrado era necesario
pasar por el mismo horrible tormento que acompaña a la miseria? En resumidas
cuentas, ¿de qué sirve tener mucho y ser alguien, si el hombre no puede
librarse del miedo a la pobreza ni de los pensamientos más viles, si la penuria
amarga, inexorable e invisible sigue al hombre de cerca, mientras que la vida
mejor, más hermosa y más tranquila se escapa como un espejismo engañoso?
Y viendo que todo era en vano y que no podía huir tan
fácilmente de su origen y de su infancia, Rotta echaba aún con más fuerza la
cabeza hacia atrás, caminaba con un aire más arrogante, miraba a los que lo
rodeaban con más desprecio, ahorraba más, mantenía el orden en la oficina con
más prolijidad y era más severo e inflexible con los jóvenes y con los que
dependían de él.
Además de Nicola Rotta, trabajaban en el consulado general
austríaco otros dos funcionarios subalternos.
Uno era Franz Wagner, hijo de un alemán instalado en
Slavonski Brod, menudo, rubio, servicial, dotado de una caligrafía espléndida e
infatigable en su trabajo. Se trataba de un hombrecillo gris, que derrochaba un
servilismo humillante ante sus superiores, pero que ocultaba en su interior,
sofocada y aplastada, una ingente cantidad de esa perfidia mórbida y sorda,
pero cruel y mortal, típica de los burócratas, que algún día, cuando ascendiera
en el escalafón, descargaría sobre la cabeza de algún subordinado infeliz, el
cual ahora, tal vez, todavía fuera a la escuela. Este Wagner era el principal
rival de Rotta. Los dos luchaban y se enfrentaban como dos enemigos naturales.
El escribiente Petar Markovac era el otro. Originario de
Eslavonia, era un suboficial gallardo, apuesto, de cara rubicunda y negros
bigotes retorcidos; lucía un uniforme ceñido impecable, sólo se preocupaba de
su persona, estaba satisfecho consigo mismo y no tenía ninguna necesidad de
pensar en otras cosas.
VII
No se acababa el otoño ni empezaba el invierno; ese tiempo
a destiempo que no era otoño ni invierno, pero que era mucho peor que
cualquiera de los dos. Este prodigio de estación dura días, semanas, días que
son largos como semanas, semanas que parecen más largas que los meses. Lluvia,
barro y nieve que ya en el aire se convierte en lluvia y en cuanto cae al suelo
se transforma en fango. Al alba, un sol pálido y débil tiñe el oriente de un
rosado tenue, tras las nubes, para reaparecer sólo al final de la jornada gris
por occidente como una luz amarillenta, antes de que el día plomizo se mude en
negra obscuridad. Pero por la mañana, igual que por la noche, la humedad
rezuma, tanto de la tierra como del cielo, salpica, serpentea, ciñe la ciudad y
penetra en los objetos; invisible pero todopoderosa, cambia el color y la forma
de las cosas, las costumbres de los animales, la conducta, los pensamientos y
el ánimo de las personas. El viento, que se precipita unas dos veces al día
desde la cuenca, no hace sino desplazar la humedad de su sitio, pero con el
aguanieve y el tufo de los bosques empapados vuelve a traer nuevas masas de
vapor; así, una humedad empuja y sustituye a otra; mejor dicho, la fría y
punzante de las montañas expulsa a la rancia y saturada de la ciudad. A ambos
lados del valle se entreabren aguazales, rebosan los manantiales y se desbordan
los torrentes. Los exiguos arroyos, hasta entonces apenas visibles, se
transforman en cascadas, braman y se desploman a lo largo de las márgenes,
irrumpen en el bazar como un campesino ebrio y obnubilado. Entretanto, por el
centro de la ciudad marcha y repica el Lasva, mudado, turbio y crecido. No hay
ningún lugar para esconderse del estruendoso ruido de esas aguas ni protegerse
del frío y la humedad que exhalan, porque penetran en las habitaciones y se
adhieren a las sábanas. Las criaturas sólo pueden defenderse con su propio
calor, incluso la piedra de la pared chorrea un sudor frío, la madera se vuelve
resbaladiza y frágil. Ante esa invasión mortal de la humedad, todos se
repliegan sobre sí mismos, toman la forma que les permite ofrecer la mejor
resistencia; el animal se apoya en el animal, la semilla calla en la tierra y
los árboles empapados y ateridos ocultan el aliento reprimido en la médula y en
las raíces cálidas.
Los lugareños, habituados y curtidos, lo aguantan todo, se
mantienen, se alimentan y caldean guiados por el instinto y la experiencia,
cada uno según las posibilidades, costumbres y medios de su clase y posición
social. Los ricos no salen de casa si no es por un caso de fuerza mayor, y
pasan los días y duermen en habitaciones cálidas, se calientan las manos en los
braserillos verdes de las estufas de barro y esperan, con una paciencia que
siempre llega un día más tarde que el invierno y el temporal más largos.
Ninguno teme perderse un acontecimiento relevante o que alguien se les anticipe
y los sorprenda, porque todos viven respetando las mismas condiciones, el mismo
ritmo y el mismo modo de vida. Tienen todo lo que necesitan al alcance de la
mano y bajo llave, en la bodega, en el desván, en el granero o en la despensa,
porque conocen su invierno y lo aguardan preparados.
Con los pobres sucede lo contrario; días semejantes los
obligan a salir de casa, porque no tienen preparadas las conservas y
encurtidos, y los que durante el verano no hacen caso de nadie ahora deben
salir y trabajar, mendigar o pedir prestado, y llevar algo al hogar
«inventándoselo» si es preciso. Los pobres, con la cabeza baja, la carne de
gallina y los músculos agarrotados, recogen alimentos y leña, se tapan la
espalda y la cabeza con un saco viejo a guisa de capucha, anudado bajo el
mentón, se ciñen y se envuelven bien en los trapos hasta parecer deformes, se
calzan con cuero, retales y corteza, se refugian bajo los tejadillos o los
saledizos, evitan cautelosos los charcos, saltan los regatos diminutos, de
piedra en piedra, y se sacuden los pies como los gatos, se soplan las manos o
se las calientan entre sus propios muslos, con un castañeteo de dientes o
tarareando, trabajan y sirven o mendigan, y sólo con pensar en la comida y la
leña que esa salida les procurará, encuentran fuerzas para soportarlo todo.
Así, los travniqueses resisten ese clima duro al que están
acostumbrados desde su nacimiento.
Pero otra suerte corren los extranjeros arrojados por el
destino a ese valle angosto que en esa época del año es sombrío y donde «la
humedad y las corrientes de aire campan a sus anchas como en el pasillo de una
cárcel».
En el konak, en el que por lo general reinaba el ruido y
la despreocupación como en un cuartel de caballería, entraba la humedad con el
tedio como una enfermedad. Los mamelucos del visir, para los que era el primer
invierno de su vida, temblaban, lívidos y estupefactos, y miraban en derredor
con ojos tristes y enfermizos, igual que animales tropicales trasladados a un
país nórdico. Muchos de ellos pasaban todo el día tumbados, arropados, la
cabeza tapada con una manta, tosiendo y enfermos de nostalgia por su lejana y
cálida tierra natal.
Los animales que el visir había traído a Travnik, los
gatos de Angora, los papagayos y monos, no se movían ni gritaban ni divertían a
su amo; afligidos y mudos, se retiraban a un rincón y aguardaban a que el sol
los calentara y alegrara.
El teftedar[30] y el resto de los dignatarios no salían de
sus aposentos, como si afuera las aguas lo inundaran todo. En sus habitaciones
había grandes estufas de barro que se alimentaban desde el pasillo, y los
sirvientes metían en ellas montones enteros de ramas de ojaranzo, que
calentaban mucho y mantenían la llama toda la noche, de modo que a la mañana
siguiente el fuego nuevo se encendía con las brasas del día anterior que aún
ardían. En esas estancias, que jamás se enfriaban, era agradable oír al amanecer
cómo fuera abrían la estufa, limpiaban la ceniza y colocaban más madera,
astilla por astilla. Pero incluso aquí se colaba el desánimo, mucho antes de
que anocheciera. Los hombres se defendían, inventaban juegos y pasatiempos, se
visitaban, charlaban. Hasta el visir perdía su alegría natural y su dinamismo.
Varias veces al día descendía al Diván en penumbras de la planta baja, de muros
gruesos y escasas troneras, porque el Diván del piso superior, más aireado y
luminoso, quedaba abandonado en la lucha contra el frío y no se caldeaba ni se
abría durante el invierno. Allí invitaba a sus colaboradores más antiguos y
cercanos para pasar el rato y charlar. Hablaba durante horas de cosas
insignificantes para acallar sus recuerdos de Egipto, evitar pensar en el
futuro y apaciguar su deseo de ver el mar, que lo torturaba incluso en sueños.
Todos los días al menos diez veces, decía con ironía a cada uno de sus hombres:
—¡Hermoso país, amigo mío, noble tierra! ¿Qué pecado hemos
cometido tú y yo para que el destino nos castigue de este modo?
Y cada uno de ellos le respondía con unas cuantas palabras
rudas y descorteses sobre la región y el clima. «¡Es un país de perros!», decía
el teftedar. «Es como para hacer llorar a los osos», se lamentaba el silahdar
Junuz bey, paisano del visir. «Ahora veo que nos han enviado aquí para que
perezcamos», afirmaba el hodja Ibrahim, amigo íntimo del visir, y en su cara
amarillenta aparecían largas arrugas como si de verdad se preparara a morir.
Así competían en jeremiadas y aliviaban, al menos por un
tiempo, el aburrimiento común. A través de todas estas conversaciones se oía el
rumor del agua y el murmullo de la lluvia y se adivinaba el mar de humedad que
desde hacía días asediaba el konak y aprovechaba cualquier orificio, cualquier
grieta, para filtrarse.
Cuando llegaba Suleiman bajá Skopljak, el cehaja[31], que
a pesar de la lluvia y del frío cabalgaba todos los días varias veces por la
ciudad, ellos interrumpían la conversación y todos lo contemplaban pasmados.
Al hablar con el cehaja, un bosniaco simple y rudo, el
visir se esforzaba por ser moderado y atento, pero le preguntaba bromeando:
—Hombre, por Dios, ¿suceden a menudo estas calamidades en
tu ciudad?
Suleiman bajá respondía serio en su turco deficiente:
—No son calamidades, bajá, gracias a Dios; sólo ha
empezado el invierno y lo ha hecho como es debido. Cuando es húmedo al
principio y seco al final, se sabe que será un buen año. Y ya verás cuando
empiece a nevar, el frío intenso arrecie y el sol brille, la nieve cruja bajo
los pies y las centellas revoloteen ante los ojos. Es tan dulce y hermoso como
Dios lo ha creado y como debe ser.
Al visir se le erizaba el vello al pensar en esos nuevos
portentos que le prometía su lugarteniente pleno de entusiasmo, frotando sus
manos secas enrojecidas y calentando sus polainas en la estufa.
—No seas así, honorable amigo, cede un poco, si es posible
—bromeaba el visir.
—¡Ah, no! Es un don del cielo, y que así sea. No es bueno
que el invierno no sea invierno —prosiguió el lugarteniente sin abandonar su
tono serio, inasequible a las bromas sutiles de los osmanlíes e indiferente a
su sensibilidad. Y se sentaba, erguido, impávido y terco, entre aquellos
extranjeros frioleros y socarrones, que lo miraban con temor y curiosidad, como
si él fuera quien dictara inexorablemente el tiempo y las estaciones.
Y cuando el cehaja se levantaba y se envolvía en su amplio
manto rojo, para cabalgar bajo la lluvia helada por el camino embarrado hasta
su mansión, ellos se miraban, sintiendo escalofríos y desesperación, y en
cuanto la puerta se cerraba tras él, continuaban mofándose e injuriando a los
bosniacos, a Bosnia y al cielo que la cubría, hasta que, después de tantas
palabras atroces y tanta difamación, se sentían mucho mejor, al menos en
apariencia.
En el consulado francés, la vida también se había vuelto
más sigilosa y callada. La señora Daville se enfrentaba por primera vez al
invierno de Travnik e inmediatamente aprovechaba el lado bueno de las cosas,
recordaba todo para el futuro y para todo encontraba remedio y solución.
Arrebujada en un chal de cachemir gris, vigilante y pertinaz, recorría de la
mañana a la noche la enorme casona turca, daba órdenes y señalaba lo que debía
hacerse; a duras penas se entendía con el servicio porque desconocía el idioma
y porque nuestra gente no es precisamente muy mañosa, pero al final siempre
lograba imponer su voluntad y conseguir más o menos lo que quería. Justo con
este tiempo la casa revelaba sus defectos e imperfecciones. Había goteras en el
techo, las tablas del suelo se hundían, las ventanas no cerraban bien, la cal
se resquebrajaba, las estufas echaban humo. Pero la señora Daville siempre
lograba arreglarlo, colocarlo y organizarlo todo; sus manos, secas y rojas por
lo general, ahora estaban azuladas por el frío, no obstante, no paraban ni un
solo momento en la lucha contra los desperfectos, las averías y el desorden.
En la planta baja, un poco húmeda, pero bien caldeada y
luminosa, se sentaban Daville y el joven canciller. Hablaban de la guerra en
España y de las autoridades francesas en Dalmacia, de los correos que no
llegaban o llegaban intempestivamente, del Ministerio que no respondía a sus
solicitudes y demandas, pero con mayor frecuencia hablaban del mal tiempo, de
Bosnia y de los bosniacos. Departían sosegada y extensamente, como personas a
la espera de que un criado trajera las velas o los llamara para cenar, hasta
que la conversación derivaba imperceptiblemente a cuestiones genéricas y se
convertía en una discusión y una disputa.
Era esa hora, entre dos luces, cuando todavía no se
encienden las velas, pero no se ve lo suficiente para leer. No hacía mucho que
des Fossés había vuelto de su paseo, porque, lloviera o nevara, él no dejaba de
explorar los alrededores al menos una vez al día. Su rostro aún estaba
enrojecido y húmedo por el viento y la lluvia, y el pelo corto, enmarañado y
pegado a la cabeza. Daville apenas ocultaba su descontento a causa de esas
salidas que consideraba nocivas para la salud y perjudiciales para el prestigio
del consulado. Solía irritarlo ese joven activo y emprendedor, así como su
curiosidad y su viveza de espíritu. Pero des Fossés, insensible a los reproches
y totalmente ajeno a las opiniones del cónsul, hablaba con entusiasmo sobre los
descubrimientos que hacía en el curso de sus paseos por Travnik y sus
inmediaciones.
—¡Ah! —replicaba Daville haciendo un gesto con la mano—,
Travnik y cien leguas a la redonda no son más que un desierto cenagoso,
habitados por miserables de dos clases, torturadores y torturados, y nosotros
no somos más que unos infelices que tenemos que vivir entre ellos.
Imperturbable, des Fossés razonaba que ese lugar, aunque
muerto y alejado del mundo, no era un desierto, sino al contrario, variado,
interesante desde cualquier punto de vista y elocuente a su manera; el pueblo,
ciertamente, estaba dividido por la religión, era extremadamente supersticioso
y se hallaba sometido a la peor administración de la tierra, de ahí su atraso y
su desdicha, pero al mismo tiempo, poseía abundantes riquezas espirituales,
cualidades específicas interesantes y costumbres insólitas; en cualquier caso,
merecía la pena esforzarse y tratar de comprender las causas de esa infelicidad
y de ese retraso. Y el hecho de que para el señor Daville, para el señor von
Mitterer y el señor des Fossés, en tanto que extranjeros, la vida en Bosnia
fuera difícil y desapacible, no probaba nada. No se pueden juzgar los valores y
méritos de un país por cómo se siente en él un cónsul extranjero.
—Al revés —decía el joven—, creo que hay pocos lugares en
el mundo que estén menos desiertos y sean menos monótonos. Basta con cavar un
palmo en el suelo para encontrar tumbas y restos de tiempos pasados. Todos los
campos aquí son un cementerio, un cementerio múltiple; una necrópolis sobre
otra, tal como han ido naciendo y muriendo las diversas poblaciones en el curso
de los siglos, época tras época, generación tras generación. Y los cementerios
son una prueba de vida y no de desolación…
—Eh —el cónsul se defendía, como de una mosca invisible,
de la forma de expresarse del joven, a la que no podía habituarse.
—No sólo cementerios, no sólo tumbas. Hoy, cuando
cabalgaba por el camino de Kalibunar, he visto que en una zona, a causa de la
lluvia, se había desprendido tierra a un lado por debajo de la carretera. A una
profundidad de seis codos más o menos, podían verse, como estratos geológicos,
los restos superpuestos de los caminos anteriores que han atravesado este
valle. En el fondo había pesadas piedras, vestigios de la calzada romana, tres
codos más arriba el rastro de un pavimento medieval, y por último la grava y el
terraplén del actual camino turco que nosotros pisamos. Así, gracias a una
sección fortuita, he podido contemplar dos mil años de la historia del hombre
que abarcan tres épocas, cada una de las cuales ha enterrado a la anterior. ¡Ya
ve usted!
—Ya veo. Si nos ponemos a considerar las cosas desde ese
ángulo… —decía Daville, sólo por decir algo, porque más que escuchar al joven
observaba el brillo helado de sus ojos castaños, como si quisiera averiguar qué
había tras unos ojos capaces de mirar en derredor de esa forma.
El canciller proseguía con los restos de yacimientos
neolíticos en la carretera que iba hacia el pueblo de Zabilje, donde, antes de
que empezaran las lluvias, había encontrado láminas cortantes y azuelas de
sílex que tal vez durante decenas de miles de años habían yacido allí en el
barro. Las había visto en el campo de un tal Karahodzic, un viejo ágil y huraño
que no quiso ni oír hablar de la posibilidad de excavar o investigar sus
tierras, y que durante mucho tiempo siguió con una mirada enojada al extranjero
y a su escolta, que se alejaban hacia Travnik.
Precisamente, en el camino de vuelta, el guardia le había
contado la historia de esos Karahodzic.
Doscientos años atrás, en los tiempos de las grandes
guerras, se habían marchado de esa región para instalarse en Eslavonia, en las
inmediaciones de Pozega, donde les habían concedido vastas propiedades. Ciento
veinte años después, cuando el imperio turco tuvo que retirarse de Eslavonia,
ellos también tuvieron que abandonar sus hermosas posesiones y regresar a su
heredad de Zabilje, pequeña y mezquina. Aún se custodiaba en su familia un
caldero de cobre que habían traído, como prueba de las riquezas perdidas,
cuando el viejo Karahodza los había vuelto a llevar a Bosnia humillados y
resentidos. Además del caldero, Karahodza les había dejado en herencia un
mandato: que jamás dejaran de tomar parte en las batallas en las que se
combatiera a los germanos y que cada uno de ellos hiciera todo lo posible para
que algún día se les devolviera el señorío que habían perdido en Eslavonia; y
si, por desgracia, Dios permitía que los germanos cruzaran el río Sava, les
hizo prometer que defenderían sus míseros campos de Zabilje mientras pudieran,
y que cuando ya no pudieran más, huyeran sin someterse, aunque tuvieran que ir
de un lugar a otro, a través de todos los territorios turcos, hasta las
fronteras más lejanas del Imperio, hasta las regiones ignotas del fin del
mundo.
Mientras hablaba, el guardia mostraba al joven, por encima
del camino, junto a un huerto de ciruelos, un pequeño cementerio turco en el
que destacaban dos altas estelas funerarias de piedra blanca. Eran las tumbas
del viejo Karahodza y de su hijo, el abuelo y el padre del anciano que,
furioso, todavía estaba junto a la cerca y movía los labios murmurando algún
improperio y lanzando chispas por los ojos.
—Ya ve —decía des Fossés mirando el crepúsculo y la
ventana empañada— no sé qué me resulta más interesante, si los restos de la
edad de piedra, miles y miles de años anteriores a nuestra era, o aquel viejo
que guarda el legado de sus ancestros y no consiente que nadie toque su campo.
—Ya veo, ya —replicaba Daville maquinalmente y con un aire
ausente, asombrado por todo lo que el joven era capaz de percibir.
Paseando por la estancia al tiempo que conversaban, los
dos hombres se detuvieron delante de la ventana.
Fuera, la noche empezaba a caer. Todavía no se habían
encendido las luces en ninguna parte. Sólo al fondo del valle, justo a la
orilla del agua, titilaba un débil resplandor en el mausoleo de Abdulah bajá.
Era la vela que siempre estaba encendida en la tumba del bajá y cuya tenue
llama se divisaba desde las ventanas del consulado, incluso cuando las otras
luces de la ciudad aún no estaban encendidas o ya se habían apagado.
De pie, junto a la ventana, a la espera de que reinara la
oscuridad más absoluta, el joven y el cónsul hablaban a menudo de esa «luz
eterna» y del bajá, a cuya vela se habían habituado como algo permanente y
familiar.
Des Fossés sabía también su historia.
Abdulah bajá era natural de aquella comarca. Siendo
todavía joven se había hecho célebre y rico. Había visto mucho mundo como
soldado y como valí, pero al poco de ser nombrado visir en Travnik, murió
repentinamente en la flor de la vida y lo enterraron allí (se decía que había
muerto envenenado). La gente lo recordaba como un visir indulgente y justo. Un
cronista de la villa había escrito que «en los tiempos en que Abdulah bajá
gobernaba, los pobres no habían sabido lo que era el mal». Antes de morir,
había legado sus bienes a la tekke, el monasterio de derviches, y a otras
instituciones de Travnik. Había dejado una importante suma de dinero para que
se le erigiera un hermoso mausoleo de buena piedra, y ordenado que con los
ingresos de sus campesinos y propiedades se mantuviera encendido noche y día un
cirio más grueso de lo acostumbrado. Su tumba siempre estaba cubierta con un
paño verde con la siguiente inscripción bordada: «¡Que el Altísimo ilumine su
sepulcro!». El texto lo habían elegido los derviches instruidos, en
agradecimiento a su benefactor.
Des Fossés había logrado enterarse de dónde estaba el
testamento de este visir y lo consideraba un documento interesante,
característico de aquella gente y de la región. Esa noche se lamentaba porque
no le habían permitido verlo ni copiarlo.
La conversación se detuvo. Por un instante el silencio
reinó en la habitación y procedente de la oscuridad, que invadía poco a poco el
paisaje, se pudo oír la melodía arrastrada de una canción incomprensible, igual
que un gemido emergiendo del fondo de las aguas. Un hombre caminaba y cantaba,
interrumpía la canción y la retomaba después de unos cuantos pasos, y así la
voz, según se alejaba, se hacía más débil.
Daville, impaciente, hizo sonar la campanilla y ordenó que
trajeran las velas.
—¡Ay, esa música! ¡Dios mío, esa música! —se quejaba el
cónsul, al que exasperaban las canciones bosniacas.
El que así entonaba era Musa, llamado el Cantor, que, como
todas las noches, subía por la calle empinada, ya que vivía en una de esas
casas perdidas en los jardines escarpados más arriba del consulado.
Des Fossés, que todo lo preguntaba y de todo se enteraba,
también conocía la historia de ese borracho tarambana que todas las noches
volvía a su casa por el mismo camino, dando tumbos y cantando, con voz ronca,
fragmentos de su melodía arrastrada.
Antaño, en Travnik, vivía el viejo Krdzalija, un hombre de
origen humilde y sin gran reputación, pero muy rico. Comerciaba con armas, y
eso es una mercancía que se paga muy bien, porque el que necesita un arma no
pregunta cuánto cuesta y paga cualquier precio sólo por tenerla en el momento y
en el lugar preciso. El viejo Krdzalija tenía dos hijos. El mayor trabajaba con
su padre, mientras que a Musa lo enviaron a estudiar a Sarajevo. Pero entonces
sucedió que el viejo murió repentina e inesperadamente. Se acostó sano y lo
encontraron muerto por la mañana. Musa dejó los estudios y regresó a Travnik.
Al repartir la herencia resultó que el padre había dejado una cantidad de
dinero increíblemente pequeña. Empezaron a propalarse todo tipo de rumores
sobre la muerte del viejo Krdzalija. La gente no quería creer, y ciertamente
era difícil creerlo, que no hubiera dejado dinero en efectivo; muchos
sospecharon del hermano mayor e incitaron a Musa a reclamar su derecho. Por si
fuera poco, el hermano mayor había intentado perjudicar y engañar al pequeño
durante el reparto de la herencia. El primogénito, un tipo alto y apuesto, era
uno de esos hombres fríos que, incluso cuando sonríen, sus ojos no cesan de
arrojar oscuridad. Mientras se resolvía la sucesión y Musa vacilaba entre su
innata despreocupación por el dinero y todo lo que con él estaba relacionado, y
los consejos del vecindario, ocurrió algo mucho peor y mucho más terrible.
Ambos hermanos se prendaron de la misma mujer, una jovencita de Vilic. Ambos
pidieron su mano; se la concedieron al mayor. Entonces, Musa desapareció de
Travnik. No volvió a hablarse del dudoso reparto de bienes ni de la muerte de
Krdzalija. El hermano mayor se ocupaba de su negocio e incrementaba su fortuna.
Al cabo de dos años regresó Musa, cambiado, con grandes bigotes, pálido y
delgado, con la mirada insegura y pesada de los hombres que duermen poco y
beben mucho. Se fue a vivir a la propiedad que le había correspondido, que no
era pequeña, pero que estaba desatendida y mal administrada. Así, con los años,
el joven gallardo, rico heredero, dueño de una hermosa voz y un oído perfecto,
se convirtió en ese pobre escuálido que vivía de las canciones y sólo para la
bebida, un juerguista taciturno e ingenuo al que perseguían los niños. Sólo su
voz siguió siendo la misma durante mucho tiempo. No obstante, ya había empezado
a deteriorarse, igual que su salud se había consumido y disipado sus bienes.
Un criado trajo los candelabros. Las sombras danzaron un
momento por la habitación y luego se calmaron. Las ventanas se tiñeron de
repente de oscuridad. La balada del Cantor se desvaneció por completo, y los
ladridos de los perros que le respondían también enmudecieron. El silencio
volvió a cubrirlo todo. El cónsul y el joven callaron, cada uno sumido en sus
pensamientos, pero ambos deseaban en su fuero interno estar lejos de allí y
tener otro interlocutor.
Des Fossés volvió a romper la tregua. Hablaba de Musa el
Cantor y de la gente como él. Daville lo interrumpió afirmando que ese vecino
estridente y ebrio no era ninguna excepción, sino el verdadero reflejo de un
medio en el que la rakija, la ociosidad y la rudeza de toda suerte eran las
características principales. Des Fossés discrepaba. Hombres así siempre los
había habido en ámbitos semejantes, afirmaba, y tenía que haberlos. El mundo
los contempla con miedo y pena, pero también con una especie de respeto
religioso, más o menos como los antiguos griegos veneraban el enlision, es
decir, el lugar donde golpeaba un rayo. Pero en modo alguno eran típicos de una
sociedad. Al contrario, se los consideraba casos perdidos y excepcionales. La
existencia de esas personas rechazadas y solitarias, abandonadas a sus
pasiones, a su vergüenza y a una rápida decadencia, sólo demostraba hasta qué
punto eran sólidos los lazos e implacables y severas las leyes de la sociedad,
la religión y la familia en el sistema patriarcal. Y eso valía tanto para los
turcos como para la gente de otras religiones. En esas sociedades todo está
ligado, firmemente imbricado, se apoyan unos en otros y se controlan
mutuamente. Cada individuo vigila al conjunto y el conjunto a cada individuo.
La casa observa a la casa, la calle supervisa a la calle, porque todos son
responsables de todos y todos están íntimamente ligados no sólo a sus parientes
y familiares, sino también a sus vecinos, correligionarios y conciudadanos. Ahí
residía la fuerza y la esclavitud de aquel mundo. La vida del individuo es sólo
posible en ese marco, y la vida de la colectividad, en esas condiciones. El que
se salta ese orden y sigue su fantasía y sus instintos es igual que un suicida,
y se hunde más pronto o más tarde irresistible e inevitablemente. Ésa era la
ley en aquel medio, ley mencionada ya en el Antiguo Testamento; la ley del
mundo antiguo. Marco Aurelio escribió: «Aquel que elude cumplir los deberes
impuestos por el orden social es igual que un proscrito». Musa había infringido
esa ley, y tanto ésta como la sociedad perjudicada se vengaban y lo castigaban.
Una vez más, Daville observaba al joven sin escuchar lo
que decía y pensaba: «Éste ha decidido hoy explicar y justificar todos los
horrores y monstruosidades del país. Probablemente, en su libro sobre Bosnia ha
llegado a este punto y ahora tiene la necesidad de darme a mí o al que se
tercie una conferencia sobre el tema. A lo mejor se le acaba de ocurrir ahora
mismo. Pero lo que estoy viendo en estos momentos, lo que tengo ante mis ojos,
es la juventud. La ligereza, la autoconfianza, la fuerza de exposición y el
firme convencimiento, eso es la juventud».
—Espero, querido amigo, que leeremos todo esto en su
libro, pero ahora veamos qué pasa con la cena. —Daville atajó la exposición del
joven y sus propios pensamientos.
Durante la cena, la conversación versaba sobre asuntos y
acontecimientos cotidianos. La señora Daville participaba en ella con
observaciones breves y serias. Sobre todo, se hablaba de cocina, se evocaban
las comidas y los vinos de diferentes regiones de Francia, se comparaban con la
forma turca de alimentarse, se quejaban porque no había verduras ni vinos ni
especias francesas. Unos cuantos minutos después de las ocho, la señora Daville
bostezaba leve y discretamente. Ésta era la señal para que recogieran la mesa,
y poco después ella se retiraba y subía a la habitación de los niños. Una media
hora más tarde, el cónsul y des Fossés se separaban. Él día llegaba a su fin.
Comenzaba la cara nocturna de la vida en Travnik.
La señora Daville se sentaba al lado de la cama del más
pequeño de sus hijos y tejía igual que había realizado el resto de las faenas
durante el día, igual que había cenado, rápida, silenciosa y conscientemente,
infatigable como una hormiga.
Él cónsul, de nuevo en su despacho, se sentaba a su
pequeña mesa de escritorio. Ante él se hallaba el manuscrito de su epopeya
sobre Alejandro Magno. Hacía años que Daville había empezado esa obra y
trabajaba en ella; lo hacía despacio y de forma irregular, pero pensaba en ella
todos los días varias veces, a propósito de cuanto veía, oía y vivía. Como ya
hemos dicho anteriormente, esta epopeya se había convertido para él en una
suerte de realidad diversa, más fácil y mejor, que él gobernaba a su voluntad,
en la que no existían las dificultades ni la rebeldía, y en la que hallaba
soluciones fáciles para todo lo que permanecía sin resolver en él y a su
alrededor, y buscaba consuelo para todo lo que le resultaba difícil, y
compensación para todo lo que la vida real ni le daba ni le permitía. Unas
cuantas veces al día, Daville se escapaba a su «realidad de papel», se apoyaba
en ella, en sí mismo, en alguna idea del poema, como un cojo en su bastón. Y al
revés, escuchando nuevas sobre sucesos bélicos, observando alguna escena o
haciendo algún trabajo, a menudo, en su imaginación los trasladaba a su
epopeya. Al llevarlos unos miles de años atrás, todos los hechos dejaban de ser
tan penosos y arduos, o al menos parecían más livianos y soportables.
Naturalmente, eso no hacía que las cosas reales fueran más fáciles ni que el
poema se acercara y asemejase más a una auténtica obra de arte. Pero mucha
gente recurre, en su fuero interno, a una ilusión mucho más extraña y brumosa
que una obra poética con su contenido arbitrario, métrica rígida y rimas
estrictas.
También aquella noche, Daville se puso delante del
voluminoso manuscrito de tapas verdes, igual que un hombre hace un gesto que ya
se ha convertido en rutina. Pero desde que había llegado a Bosnia y se había
involucrado en los asuntos consulares con los turcos, las horas nocturnas eran
menos fecundas y menos satisfactorias. Las imágenes no acudían, los versos a
duras penas entraban en la horma y salían de ella incompletos, las rimas no
querían enlazar unas con otras como antaño, cuando despedían chispas, sino que
permanecían inacabadas como un monstruo con una sola pierna. Con frecuencia,
las cintas verdes que unían las tapas de cartón no se desataban y el manuscrito
yacía allí como un fondo para los papeles minúsculos en los que el cónsul
anotaba lo que debía hacer al día siguiente o lo que había dejado pendiente el
día que finalizaba. En esos momentos, después de cenar, pasaba lista a todo lo
que había hecho y dicho a lo largo del día y, en lugar de descansar y
entretenerse, surgían nuevos desvelos y reaparecían antiguas preocupaciones.
Las cartas que ese día habían salido para Split, Constantinopla o París se
mostraban íntegras ante sus ojos, y tan repentina como implacablemente
vislumbraba todo lo que había omitido o lo que era superfluo o inoportuno expresar.
La sangre le latía en las sienes a causa de la excitación y el disgusto que
sentía consigo mismo. Las conversaciones que ese día había mantenido con la
gente emergían del recuerdo hasta en los detalles más nimios, y no sólo las
conversaciones serias e importantes sobre trabajo, sino también las charlas
irrelevantes. Veía claramente a su interlocutor, oía el tono de cada una de sus
palabras, se veía también a sí mismo y percibía todos los defectos de lo que
había dicho y la importancia de lo que, por razones incomprensibles, no había
manifestado. De súbito, brotaban frases perfectas y recias que debía haber
proferido o respondido en vez de las pálidas e impotentes palabras y respuestas
que había dado. El cónsul se las decía a sí mismo ahora, y al mismo tiempo
sentía que ya era tarde e inútil.
Con semejante estado de ánimo no se engendran poemas, y
con tales ideas se duerme mal y se tienen sueños pesados, si es que uno logra
conciliar el sueño.
Esa noche, en los oídos del cónsul volvió a resonar la
reciente conversación con des Fossés. De pronto se daba cuenta de la dispersión
inmadura de las historias sobre los estratos de varios siglos superpuestos bajo
el camino, sobre los útiles del neolítico, sobre Karahodza y Musa el Cantor,
sobre la familia y el orden social de Bosnia. Y a todas estas fantasías del
joven que, tal como ahora lo veía no resistían la menor crítica, él, como si
estuviera petrificado y hechizado, no respondía más que con unos débiles: «ya
veo, ya veo, pero…». «¿Qué he visto? ¿Qué diablos he visto?», se preguntaba
ahora. Se sentía ridículo y humillado, y al mismo tiempo furioso consigo mismo
por haber prestado una atención inmerecida a esas conversaciones
insignificantes. Al fin y al cabo, ¿qué importancia tenía esa charla? ¿Y con
quién hablaba? Ni con el visir ni con von Mitterer, sólo se había dedicado a
parlotear con ese mocoso de cosas carentes de interés. No podía interrumpir el
curso de sus pensamientos ni enfrentarse a ellos; y cuando ya creía que había
logrado olvidar esas fruslerías, saltaba de repente de su silla y se plantaba
en mitad de la habitación, con la mano extendida y diciéndose a sí mismo que
debería haber contestado inmediatamente a sus disquisiciones, que las cosas son
así y asá, y haberlo puesto en su sitio. Incluso en los asuntos más baladíes,
hay que decir lo que se piensa con toda libertad y hasta el final, arrojar la
opinión propia a la cara de la gente, y que sean ellos los que después se
reconcoman, eso es, y no guardarla para sí y luego pelearse cuerpo a cuerpo con
ella como con un vampiro. Sí, eso era lo que habría tenido que hacer y no había
hecho, y lo que tampoco haría mañana ni pasado mañana, ni nunca, no ya de
palique con ese niñato, ni siquiera en las conversaciones con personas serias;
las cosas volverían a pasar por su mente por la noche, después de cenar y antes
de dormir, cuando ya era demasiado tarde, cuando las palabras más banales y más
corrientes llegan a ser enormes e indestructibles como los fantasmas.
Daville hablaba así consigo mismo, regresando al
escritorio junto a la ventana, oculta tras las cortinas. Pero los pensamientos
iban tras él; en vano los dispersaba, porque era incapaz de dedicarse a otra
cosa.
—Hasta encuentra interesante esa horrible forma de cantar.
Es capaz de defender algo semejante —se dolía el cónsul.
Impulsado por la necesidad malsana de discutir y ajustar
cuentas con el joven, el cónsul se puso a escribir, veloz y de un solo trazo,
en el papel blanco en el que deberían alinearse los versos sobre las hazañas de
Alejandro Magno:
«He oído cantar a este pueblo y he podido advertir por mí
mismo que incluso el canto presenta igual ferocidad y rabia enfermiza que
cualquier otra función de su espíritu y de su cuerpo. He leído en un libro de
viajes de un francés, que hace más de cien años recorrió estos parajes y
escuchó a esta gente, que su canto semeja más el ladrido de un perro que
música. Sin embargo, ya sea que este mundo ha cambiado para peor, ya que ese
buen francés no llegara a conocer bien este país, yo creo que en el ladrido de los
perros hay mucha menos maldad y tozudez que en las canciones de este pueblo
cuando se embriaga o cuando, simplemente, se deja llevar por la furia. Los he
visto poner los ojos en blanco cuando cantan, rechinar los dientes y golpear
con el puño en la pared, bien porque estén borrachos de rakija o,
sencillamente, impelidos por una necesidad interna de aullar, de perder el
sentido y destruir. Asimismo, he llegado a la conclusión de que nada de eso
tiene ninguna relación con la música ni con la canción, tal como se puede oír
en otros pueblos, sino que se trata sólo de una forma de manifestar sus
pasiones ocultas y sus pérfidas apetencias, a las que por lo demás, a pesar de
su libertinaje, no pueden dar una expresión, porque la propia naturaleza no lo
permite. He comentado este asunto con el cónsul general austríaco. Al margen de
su rigidez militar, él también ha percibido todo el horror de esos gemidos y
gritos que se oyen por las noches en los callejones y jardines, y por el día en
alguna que otra taberna. “Das ist ein Urjammer” (es un lamento ancestral y
primigenio), dijo él.
»Pero, en mi opinión, von Mitterer, como casi siempre, se
engaña, sobrestimando este mundo, pues no es más que la rabia de los salvajes
que han perdido la inocencia».
El estrecho folio estaba totalmente escrito. La última
palabra apenas cabía en la esquina al final de la hoja. La presteza con la que
escribía y la facilidad con la que encontraba las palabras y símiles le habían
hecho entrar en calor, y ahora sentía una especie de alivio. Extenuado,
envenenado por las tribulaciones, agobiado por las obligaciones que esa noche
le parecía que iba más allá de sus fuerzas, con la mala digestión y el insomnio
como única compañía, permanecía sentado, absorto e inmóvil ante su manuscrito,
cuando la señora Daville llamó a la puerta.
Ella ya estaba preparada para acostarse. Bajo la cofia
blanca, su rostro parecía más diminuto y afilado. Un poco antes había hecho la
señal de la cruz sobre los niños dormidos y los había tapado con el edredón;
luego, arrodillada, pronunció una antigua oración nocturna, rogando a Dios que
le concediera reposo durante la noche y que le permitiera levantarse sana y
salva de su lecho «igual que creía firmemente que se levantaría de su tumba el
día del juicio final». Ahora, con una vela en la mano, asomaba la cabeza por la
puerta entornada.
—Basta por hoy, Jean. Es hora de dormir.
Daville la tranquilizó con un gesto de la mano y una
sonrisa y la envió a acostarse, pero él permaneció sobre su papel emborronado
hasta que se le nublaron los ojos y las líneas empezaron a bailarle y todo se
hizo más confuso y turbio como la imagen nocturna que se tiene de un mundo que
de día parece claro y comprensible.
Entonces se levantó de la mesa, se acercó a la ventana y
descorrió un poco la cortina para escrutar la oscuridad opaca, para ver si
todavía había luz en el konak y en el consulado austríaco, los últimos rastros
del mundo diurno. Pero en lugar de eso, en el cristal empañado vio su propia
habitación iluminada y los vagos contornos de su rostro.
Cualquiera que a través de las sombras, henchidas de
niebla y llovizna glacial, mirara en ese instante hacia el consulado francés y
viera ese rayo de luz, nunca se imaginaría lo que torturaba e impedía dormir al
mesurado y serio cónsul que durante el día no perdía ni un minuto en nada que
no fuera real, útil y directamente relacionado con su trabajo.
Pero el cónsul no era el único que velaba en ese caserón.
Justo encima de su habitación, en el primer piso, estaban iluminadas tres
ventanas con cortinas de tela de Bosnia. Allí, sentado ante sus papeles, estaba
des Fossés. Por otras razones y de un modo distinto, él también estaba
despierto y pasaba la noche haciendo algo que no quería, ni le apetecía ni le
gustaba. El joven no rememoraba las conversaciones de día; al contrario, al
cabo de cinco minutos ya había olvidado al cónsul y su charla. No le angustiaba
el cansancio ni la necesidad de calma, ni la inquietud por el mañana, pero era
presa de una agitación febril, abrumado por los deseos de una juventud
insatisfecha.
Así, en la noche afloraban recuerdos de mujeres, no
evocaciones, sino verdaderas mujeres que, con la blancura de su piel y el
brillo de su sonrisa, hendían, como un grito, la oscuridad y el silencio y
caían en su habitación enorme. Aparecían los vastos planes, juveniles y audaces
con los que había partido de París y que debían llevarlo lejos de aquel
villorrio en el que se había estancado; se veía a sí mismo en alguna embajada o
en los salones parisinos, allí donde debía estar y tal como deseaba llegar a ser.
De este modo, su imaginación jugaba todas las noches con
sus sentidos y su ambición, para abandonarlo después y entregarlo al mortal
silencio bosniaco; el aliento de dicho silencio lo atormentaba y corroía
también ahora. Durante el día, en el trabajo, en los paseos, en las charlas
podía sofocarlo y hacerlo callar, pero por la noche, tenía que luchar y
esforzarse para lograrlo, cosa que era mucho más difícil, porque el silencio
dominaba y borraba, apagaba y ahogaba esa vida apacible y aparente de la ciudad,
cubría, envolvía e impregnaba todo lo vivo y lo muerto.
Desde el día en que, como ya hemos visto, había abandonado
Split y, en la cumbre de Klis, se había dado la vuelta y contemplado por última
vez los campos cultivados a sus pies y el mar a lo lejos, el joven, en
realidad, no había dejado de estar en contacto con aquel silencio y en
permanente lucha contra él.
Lo encontraba en todas partes. En la arquitectura de las
casas, cuya cara principal daba siempre al patio, mientras que el reverso mudo
miraba a la calle; en los trajes de los hombres y las mujeres; en sus miradas,
que decían mucho, porque sus bocas estaban selladas. Incluso en una
conversación, cuando por fin se atrevían a hablar, él distinguía mejor las
pausas significativas que las propias palabras. Oía e intuía por el sentido
cómo penetraba el silencio en cada frase entre palabra y palabra, entre letra y
letra, igual que las aguas destructivas invadían un frágil bote. Apreciaba las
vocales sin color y carentes de límite definido, que prestaban al lenguaje de
los niños un tono cantarín indolente que se perdía en el silencio. Los mismos
cantos que, de vez en cuando, llegaban de la calle o de algún patio, no eran
más que un gemido prolongado, enterrado en su fuente y desembocadura por el
silencio, que era la parte más sugestiva de la canción. Incluso ese poco de
vida que había vislumbrado a la luz del sol y que de ningún modo se podía
acallar ni ocultar —un detalle refinado o un leve rayo de belleza sensual—,
suplicaba un refugio y discreción, y con el dedo en los labios huía hacia el
anonimato y el silencio como si se escondiera en el primer portal. Todo, cualquier
ser viviente y hasta las cosas, se estremecía ante un ruido, se ocultaba a las
miradas y se moría de miedo si tenía que proferir una palabra o si lo llamaban
por su verdadero nombre.
Al ver a esos hombres y mujeres, replegados en sí mismos,
embozados en sus ropas y siempre mudos, sin una sonrisa ni un ademán, ansiaba
más conocer sus temores y esperanzas que su vida real, silenciosa y mortecina
hasta tal punto que de vida no tenía sino el nombre. A la postre, como pensaba
en ello sin cesar, empezó a encontrar ejemplos para todo y una confirmación de
sus ideas. En la brutalidad, no precisamente parva, de ese mundo y en sus
ataques violentos, él reconocía el miedo de la verdadera expresión, una forma
tosca y especial de silencio. Y todas sus reflexiones sobre aquella gente (¿de
dónde proceden?, ¿cómo nacen?, ¿a qué aspiran?, ¿en qué creen?, ¿cómo aman y
cómo odian?, ¿cómo envejecen y mueren?), apenas esbozadas y sin expresar, se
perdían en la inacabada y sinuosa atmósfera de misterio que lo rodeaba por
todas partes y anhelaba conquistarlo todo en él.
En efecto, el joven, atemorizado, empezaba a sentir con
nitidez cómo el silencio también lo corroía y contaminaba, penetraba en sus
poros, paralizaba poco a poco su espíritu y le helaba la sangre.
Las noches eran particularmente penosas.
A veces, era cierto, se oía un ruido, sordo e inesperado;
un disparo al otro extremo de la ciudad, un chucho que ladraba a un transeúnte
inusual o a su propio sueño. Resonaba un breve instante para hacer más grande
el silencio que de inmediato lo envolvía todo, como las aguas profundas e
infinitas. La ausencia de ruidos impedía conciliar el sueño tanto o más que una
orgía de sonidos, y el hombre tenía que sentarse y sentir cómo amenazaba con
roerlo, desmenuzarlo y borrarlo de las filas de los seres conscientes y vivos.
Todas las noches, mientras estaba sentado junto a las velas que desaparecían
rápidamente, le parecía oír al silencio que le decía con su lenguaje
inarticulado:
—No podrás ir durante mucho tiempo tan erguido, mirar
recto, seducir con la sonrisa, controlar tus pensamientos libremente y hablar
en voz alta y con franqueza. No podrás resistir aquí, tal como eres. Te haré
doblar la espalda, reprimiré tu sangre en torno a tu corazón, abatirás la
mirada; haré de ti una planta amarga, en un lugar ventoso, en un suelo de roca.
Y nunca jamás te reconocerán ni tu espejo francés ni los ojos de tu propia
madre.
Pero no se lo decía de repente, provocador, sino en voz
baja e implacable; y mientras así hablaba ya lo estaba obligando a doblegarse y
a adaptarse, como una madrastra viste a su hijastro. Para él estaba claro que
ese silencio, en realidad, era la muerte con otra forma, la muerte que deja al
hombre la vida, como una concha, pero lo priva de la posibilidad de vivir.
Sin embargo, no iba a rendirse sin presentar resistencia,
ni a morir sin defenderse, y mucho menos un hombre de su edad, con su educación
y su temperamento. Su juventud y su naturaleza sana luchaban contra ese mal
como contra un clima insalubre. Y si a veces sucedía que las fuerzas lo
abandonaban por la noche y la razón lo traicionaba, la mañana lo salvaba, el
sol lo animaba, el agua lo reconfortaba y el trabajo y la curiosidad
intelectual lo mantenían en forma.
También esa noche intentó, y lo logró, sustraer sus
pensamientos a la melancolía y al silencio, fijarlos y vincularlos con objetos
de la realidad cotidiana, vivos, sonoros, visibles y palpables, para protegerse
del silencio que todo lo aniquilaba y sepultaba y que quería introducirse en su
conciencia igual que en su habitación. Rebuscó sus notas del día, las ordenó y
empezó a elaborarlas. Su libro sobre Bosnia crecía lenta y trabajosamente,
repleto de «realidad pura». Todos los datos estaban contrastados con pruebas,
confirmados con números e ilustrados con ejemplos. Las páginas se iban
ordenando sin elocuencia, con un estilo poco cuidado, sin consideraciones
generales, despacio, compactas, homogéneas, frías y sencillas como un parapeto
contra ese silencio oriental solapado y seductor que empañaba, reblandecía,
embrollaba y frenaba las cosas, les daba ambigüedad, varios sentidos e
incoherencia hasta arrastrarlas a algún lugar fuera del alcance de nuestros
ojos y de nuestro entendimiento, a una nada sorda, dejándonos ciegos, mudos e
impotentes, enterrados vivos y alejados de todo el mundo en el propio mundo.
Pero cuando arregló y copió lo que había anotado aquel
día, volvió a encontrarse de frente con el silencio de la noche que avanzaba
con lentitud. Así, él también estaba sentado con las manos cruzadas sobre el
manuscrito, sumido en cavilaciones «irreales», hasta que a él también se le
nubló la vista a causa del cansancio y las letras grandes de su prosa sobria
empezaron a danzar delante de sus ojos como pequeños fantasmas y espíritus.
—¡Travnik! ¡Travnik! —repetía esta palabra a media voz,
para sí mismo, como el nombre de una enfermedad misteriosa, como una fórmula
mágica difícil de recordar y que se olvida con facilidad. Y cuanto más la
repetía, más asombrosa la encontraba: dos vocales oscuras entre consonantes
sordas. Esa fórmula abarcaba ahora para él más de lo que jamás llegó a imaginar
que el mundo podía contener. No era el nombre, áspero y frío, de una villa
perdida, no, eso no era Travnik, en aquellos momentos, para él, era París y
Jerusalén, la capital del mundo y el centro de la vida. El hombre sueña desde
la infancia con ciudades grandes y escenarios famosos, pero para preservar su
personalidad y alcanzar todo lo que ésta oculta instintivamente en su interior,
tiene que luchar en batallas reales y decisivas allí donde el destino lo
arroja, sólo Dios sabe en qué lugar angosto, un espacio anónimo, sin brillo ni
belleza, sin testigos ni jueces.
El joven se levantó de forma inconsciente, se acercó a la
ventana, levantó un extremo de la cortina y escudriñó la oscuridad sin saber lo
que buscaba en esa noche sin ruidos ni luces.
A esas horas, las sombras, cargadas de una humedad que
podía ser de lluvia o nieve, no permitían vislumbrar el débil resplandor en las
ventanas altas del consulado austríaco. Pero las velas también estaban
encendidas en aquella mansión e igualmente a su luz, hombres sentados se
inclinaban sobre sus papeles y se dejaban llevar por sus pensamientos.
El despacho del cónsul era una habitación alargada e
incómoda, oscura y sin aire, porque las ventanas daban al huerto escarpado. El
cónsul general von Mitterer hacía horas que estaba allí sentado con la mesa
abarrotada de planos y manuales militares.
Se había olvidado del fuego de la estufa, su larga pipa
apagada reposaba en la mesa; la estancia se enfriaba rápidamente. El cónsul se
había echado el capote del uniforme sobre los hombros y escribía, rellenaba
incansable hoja tras hoja del papel oficial color crema. Cuando terminaba un
folio se calentaba la mano derecha, helada y entumecida, a la llama viva de las
velas, y empezaba un folio nuevo, lo alisaba con la palma de la mano, trazaba
la primera línea y lo llenaba de inmediato con la letra grande e impecable que
tienen todos los oficiales y suboficiales del ejército imperial y real.
Esa noche, después de cenar, como tantas veces a lo largo
del día, la señora von Mitterer, entre llantos, amenazas y súplicas, le había
pedido al coronel que escribiera a Viena y solicitara el traslado de aquella
tierra terrible y salvaje. Igual que todas las noches, el coronel consoló a su
mujer, explicándole que pedir un traslado y huir de las dificultades no era tan
fácil ni sencillo como ella creía, que eso significaría el fin de su carrera de
un modo no muy honorable precisamente. Ana María lo cubrió de reproches sin
escuchar ninguno de sus argumentos y a través de las lágrimas lo amenazaba con
coger a «su hija» y abandonar Travnik, Bosnia y a él mismo. A la postre, para
tranquilizarla, el cónsul le prometió, como tantas otras veces, que esa misma
noche escribiría la solicitud y, como tantas otras veces, no cumplió la
promesa, porque no le resultaba fácil dar semejante paso. Dejó a su mujer y a
su hija en el comedor, encendió una pipa y se retiró a su despacho, pero no
para escribir la petición de traslado, pues era muy difícil tomar esa decisión,
sino para continuar con el trabajo que le procuraba tanta satisfacción y
ocupaba regularmente sus veladas.
Hacía ya diez noches que von Mitterer trabajaba en un
largo informe, destinado a las autoridades militares de Viena, describiendo los
alrededores de Travnik desde el punto de vista militar. Con múltiples dibujos y
esquemas, números y datos útiles, había llegado ya a la posición catorce, a
tener en cuenta por un hipotético ejército que penetrara en el valle del Lasva
en dirección a Travnik, que sin duda alguna opondría resistencia. Ya en la
introducción de esa enorme obra, había escrito que había emprendido el trabajo
porque podría ser de gran utilidad para el mando supremo, pero también para
«acortar las largas noches de la vida monótona a la que un extranjero está
condenado en Travnik».
En efecto, la noche pasaba, aunque lentamente, mientras
von Mitterer escribía sin pausa. Reseñaba hasta los más mínimos detalles de la
fortaleza de Travnik, su origen, lo que la gente pensaba y decía de ella, su
capacidad real, la importancia de su posición, el grosor de sus muros, el
número de cañones, la cantidad de munición, la posibilidad de abastecimiento de
agua y comida. La pluma crujía, las velas crepitaban, los renglones se
alineaban, las letras regulares, las cifras exactas, los datos claros, las páginas
se ordenaban una tras otra y la pila aumentaba.
Aquí transcurrían las mejores horas de von Mitterer; era
su lugar preferido. Junto a las velas, sobre los papeles escritos, rodeado de
silencio, se sentía como en una fortaleza inexpugnable, resguardado y
protegido, lejos de todas las dudas y ambigüedades, con una misión clara ante
sí. Desde su caligrafía y la forma de expresarse hasta la idea que exponía, así
como los sentimientos que lo guiaban, todo lo unía al gran ejército imperial y
real, a algo firme, duradero y seguro sobre lo que un hombre podía apoyarse y
donde podía perderse, olvidar sus titubeos y sus preocupaciones personales.
Sabía y sentía que no estaba solo ni en manos del azar. Por encima de él había
una larga serie de oficiales superiores y de suboficiales por debajo. Eso lo
confortaba y respaldaba. Todo estaba vinculado y regido por innumerables
reglas, tradiciones y costumbres, todo era común y todo estaba previsto,
inmutable y más duradero que un hombre.
En semejante noche y en semejante lugar, donde cada uno se
refugiaba en su propia ilusión, no había mayor felicidad ni olvido más hermoso.
Y von Mitterer escribía línea tras línea, pliego tras pliego, su gran informe
sobre posiciones estratégicas de Travnik y sus aledaños, que jamás leería nadie
y que permanecería, guardado en el archivo polvoriento con la firma indolente
de alguien, en la «carpeta» intacta, nunca visto y nunca leído, y perduraría
tanto como el mundo y los manuscritos y papeles en él.
Von Mitterer escribía. La noche huía muy deprisa, o al
menos eso parecía. El pesado capote militar le calentaba la espalda, la mente
despierta pero absorta en algo que no dolía y sí sosegaba, que ayudaba a que
las horas nocturnas pasaran veloces y que traía la fatiga, además de un grato
sentimiento del deber cumplido y las ganas inestimables de dormir.
El coronel escribía y no se cansaba, ni se le nublaba la
vista ni le bailaban las letras; al contrario, tenía la impresión de que entre
las líneas rectas asomaban otras: una multitud de hombres alineados hasta el
infinito, bien equipados y con los claros uniformes imperiales. Al escribir,
experimentaba una sensación de solemnidad y calma, como si trabajara en
presencia de todas las fuerzas armadas, desde el comandante supremo hasta el
último recluta de Eslavonia. Y cuando se detenía, se quedaba un buen rato
observando su manuscrito, sin leerlo, pero examinándolo, perdiéndose en él y
olvidando la noche de Travnik, a sí mismo y a los suyos.
Unos pasos menudos pero enérgicos procedentes del largo
pasillo, que se avecinaban como los truenos en la distancia, sacaron al coronel
de su agradable duermevela. De repente, la puerta se abrió bruscamente. La
señora von Mitterer irrumpió en la habitación sembrando la confusión y el
bullicio. De inmediato, la estancia se llenó del hálito de la tormenta y el
aire, con infinidad de palabras inconexas e iracundas, que la mujer esparció
desde el umbral y que se mezclaron con el golpeteo de sus tacones en el suelo
desnudo. Según se iba aproximando ella, von Mitterer se levantaba, y cuando
llegó a la mesa, él ya estaba en posición de firmes. Sus buenos momentos
solemnes se desvanecieron sin dejar rastro. Todas las cosas palidecieron y se
oscurecieron y todo perdió sentido, valor y significado. El manuscrito ante él
se transformó en un montoncito irrisorio de papeles. El ejército entero
retrocedió en desorden y se desvaneció en una nubécula rojiza y plateada.
Volvió a molestarle el dolor en el hígado del que se había olvidado.
Ante él se hallaba Ana María y lo contemplaba con esa
ciega mirada furiosa que temblaba levemente, igual que temblaba todo lo demás
en su cara: los párpados, los labios, la barbilla. Manchas rojas afloraban en
sus mejillas y bajo la garganta. Llevaba una bata de fina lana blanca, abierta
en el pecho y ceñida a la cintura con un cinturón de seda color cereza, una
toquilla pequeña y ligera de cachemir blanco colgaba de sus hombros y se
cruzaba sobre los senos sujeta con un broche enorme de amatistas engastado en
oro. Se recogía el cabello en lo alto de la cabeza con una cinta ancha de
muselina, de la que asomaban rizos castaños y mechones de pelo estudiadamente
desordenados.
—Jozef, ¡por amor de Dios!…
El principio siempre era así. Eran las palabras
introductorias a la embestida rabiosa y al taconeo colérico por la casa, a las
frases duras e indignas sin coherencia ni lógica, a las afirmaciones sin
fundamento, al llanto sin motivos, a la pelea extenuante sin final.
El coronel seguía en posición de firmes, como un cadete
atrapado, porque sabía que cualquier movimiento y cualquier palabra provocarían
una explosión y atizarían aún más su cólera.
—Jozef, ¡por amor de Dios! —repitió la mujer, ya ahogada
por el llanto.
Bastaba un gesto débil y bien intencionado de la mano del
coronel para que la tormenta se desencadenara sobre él, sobre los objetos, en
los manuscritos de la mesa, y hendiera el aire en el que flotaba el aroma de la
pipa apagada. Ella gritó. Las mangas amplias de la bata blanca relampaguearon
por la habitación haciendo que la llama de las velas se oscilara a un lado y a
otro; su brazo bello y firme resplandecía a intervalos, desnudo hasta el
hombro. La toquilla vaporosa se balanceaba sobre ella y el broche de amatistas
iba de un extremo a otro. Los mechones de pelo se escapaban del lazo y se
rizaban sobre la frente como electrizados.
La mujer derramaba palabras, a veces sofocadas e
ininteligibles, a veces a voz en grito, deformadas por las lágrimas y la
saliva. El coronel no las escuchaba porque se las sabía de memoria, sólo
esperaba el momento en el que empezaría a bajar el tono y a mostrar cansancio,
pues eso significaba que se acercaba el final de la escena, ya que nadie era
capaz de repetir semejante retahíla de palabras, ni siquiera la señora von
Mitterer hasta la siguiente ocasión.
Pero ahora la tormenta estaba en pleno apogeo.
Sabía, decía ella, que él tampoco escribiría esa noche la
solicitud de traslado, aunque se lo había prometido justo durante la cena, se
lo había prometido por decimoquinta vez. Por eso había venido a ver a ese
monstruo, cuya sangre era más fría que la de cualquier verdugo, que era más
despiadado que un turco, a verlo sentado con su pipa apestosa escribiendo
tonterías que nadie leía (¡y mejor que no las leyeran!), sólo para satisfacer
su loca ambición, la ambición de un hombre incapaz que no sabe apoyar ni proteger
a su familia, a su mujer y a su hija, que estaban al borde de la muerte, que
desfallecían, que, que…
Todo lo que debía venir después se perdía en un llanto
ruidoso y el golpeteo rápido y pérfido de sus dos puños diminutos pero fuertes
contra la mesa y los papeles en desorden.
El coronel hizo un gesto para rodearle suavemente los
hombros con el brazo, pero enseguida se dio cuenta de que era demasiado pronto
y de que la nube aún no había descargado.
—Déjame, carcelero, torturador sin corazón, fiera sin alma
y sin conciencia. ¡Animal, animal!
Un nuevo torrente de palabras se desbordó, luego brotaron
las lágrimas gruesas y abundantes, después el temblor de la voz y, por fin, de
modo gradual, el apaciguamiento. La mujer aún gemía, pero permitió que el
coronel la abrazara y la llevara al sillón de piel. Se dejó caer con un
suspiro.
—Jozef… ¡Por amor de Dios!
Ésa era la señal que anunciaba el final de la crisis y que
su esposa estaba dispuesta a aceptar cualquier explicación sin objeciones. El
coronel le acariciaba el cabello y le aseguraba que de inmediato se sentaría a
escribir la solicitud, con determinación y sin vacilaciones, que copiaría la
carta y mañana mismo la enviaría. Hablaba con ternura, prometía, tranquilizaba,
temiendo más palabras y más lloros. Pero Ana María tenía sueño y estaba
cansada, triste, muda e impotente. Dejó que el coronel la llevara al
dormitorio, le enjugara las últimas lágrimas de los ojos y la acostara, la
tapara y le susurrara palabras bellas y dulces carentes de significado.
Cuando regresó a su habitación y depositó el candelabro en
la mesa, le recorrió un escalofrío y sintió un malestar y el dolor, más fuerte
aún, en el lado derecho debajo de las costillas. Lo más difícil de esas escenas
para el coronel eran precisamente aquellos instantes, cuando todo pasaba,
cuando lograba sosegar a su esposa y cuando por fin se quedaba a solas, siempre
con la rotunda certeza de que así no se podía vivir.
El coronel volvió a echarse el capote sobre los hombros,
pesado pero frío, como si fuera ajeno y desconocido, se sentó a la mesa, cogió
una hoja limpia y empezó, ahora sí, a redactar la solicitud de traslado.
De nuevo escribía el coronel a la luz de las velas
encendidas y sin despabilar. Citaba sus anteriores méritos en el servicio,
destacaba su disposición a seguir dando lo mejor de sí mismo, pero rogaba que
se le trasladara de su actual cargo. Argumentaba las razones, manifestaba y
explicaba que en Travnik, en las actuales circunstancias, podía vivir y
trabajar sólo «una persona sin familia». Las letras regulares se alineaban,
pero heladas y sombrías como los eslabones de una cadena. No quedaba ni rastro
del esplendor previo ni de la sensación de fuerza y comunión con la totalidad.
Abatido, escribía su debilidad y su vergüenza, sometido a una presión imperiosa
que nadie conocía ni veía.
La solicitud estaba lista. El coronel había decidido
enviarla sin dilación a la mañana siguiente y ahora la leía por segunda vez,
como una condena. Leía, pero su mente se alejaba sin cesar de ese texto
lastimero y retornaba al pasado.
Se veía a sí mismo, un teniente de cabellos oscuros y cara
pálida, sentado, enjabonado delante del barbero de oficiales, mientras éste le
cortaba el espeso pelo y le pegaba la coletilla reglamentaria de la que tan
orgulloso se sentía; le rasuraba la cabeza entera hasta el cuero cabelludo y lo
preparaba para que, transformado en un «mozo serbio», explorara las ciudades
turcas, los pueblos y los monasterios serbios. Veía los contratiempos y las
penas, recordaba los temores y las andanzas. Veía su regreso a la guarnición de
Zemun, después de una misión coronada con éxito, y oía los saludos de sus
compañeros y las palabras cálidas de sus superiores.
Veía la noche taciturna y lluviosa cuando en una balsa,
con dos soldados, atravesó el Sava y llegó hasta el pie de Kalemegdan, a la
puerta misma, para recoger de su confidente las improntas de cera de las llaves
de todas las puertas de la fortaleza de Belgrado. Se veía entregando dichas
llaves a su mayor, colmado de felicidad, aunque tiritaba de fiebre y
agotamiento.
Se veía en el carruaje del correo, de camino hacia Viena
como un «hombre de éxito» que se había ganado una recompensa. Él mismo llevaba
la carta del comandante en la que se hablaba de él con los mayores elogios,
como de un joven oficial tan lúcido como intrépido.
Se veía a sí mismo…
Afuera, en el pasillo, se oyó un golpe ligero. El coronel
se estremeció asustado al pensar que volverían a escucharse los pasos tormentosos
de su mujer. Aguzó el oído. Reinaba el silencio. Le había engañado un rumor
insignificante. Pero las escenas revividas poco antes se habían dispersado y no
querían retornar. Ante él estaban los renglones de su manuscrito, empero
permanecían exangües e indescifrables a su vista cansada. ¿Dónde se había
perdido aquel joven oficial que viajaba a Viena? ¿Dónde estaban la libertad y
la osadía de la juventud?
El coronel se levantó con un movimiento brusco, como un
hombre que en un impulso busca la salvación, se acercó a la ventana, corrió
levemente una de las cortinas verdes, pero allí, a dos dedos de su frente, se
alzaba la noche, como un muro de hielo y oscuridad. Von Mitterer se erguía ante
él, como un condenado, sin atreverse a darse la vuelta y regresar a las líneas
negras de su solicitud en la mesa.
Así, de pie y pensando en el traslado, no podía presentir,
por suerte, cuántas noches de otoño e invierno pasaría aún allí, aplastado
entre el muro sombrío y su escritorio, aguardando en vano la respuesta a su
petición, petición que descansaría en Geheime Hofund Staatskanzelei, en el
archivo, igual que su extenso informe sobre las posiciones estratégicas
alrededor de Travnik, pero en otra sección. Porque la solicitud llegaría pronto
y con exactitud a Viena, al funcionario correspondiente, un Sectionschef, canoso
y fatigado. Éste leería el documento una mañana de invierno, en una oficina de
techo alto, luminosa y caldeada con vistas a la iglesia de los frailes menores,
y con un lápiz rojo subrayaría irónicamente la frase en la que von Mitterer
sugería que su puesto fuera ocupado por ein familienloses individuum (Un hombre
sin familia a su cargo), en tanto que en el reverso escribiría que el cónsul
debería tener paciencia.
Porque el Sectionschef era un soltero refinado, un
melómano mimado y esteta, que desde su elevada posición segura y despreocupada
ni sabía ni imaginaba los tormentos que padecía el cónsul, ni lo que eran
Travnik o Ana María von Mitterer, ni cuáles podían llegar a ser las
tribulaciones y necesidades humanas. Ni en su última hora, en la agonía de la
muerte, estaría el Sectionschef ante el muro frente al que se hallaba esa noche
el coronel von Mitterer.
VIII
El año 1808 no cumplió ninguna de las vagas promesas que
durante el hermoso otoño anterior Daville había presentido mientras cabalgaba
más arriba de Kupilo. En verdad, nada puede engañarnos tanto como nuestro
propio sentimiento de calma y agradable satisfacción ante el curso de los
acontecimientos. También Daville se había dejado embaucar.
Nada más empezar el año, Daville sufrió el golpe más duro
de cuantos podía llegar a recibir durante su ingrato cometido en Travnik, pues
sucedió aquello que, a pesar de toda la información de que disponía, no había
podido prever. D’Avenat se enteró, a través de fuentes fiables, que Mehmed bajá
había sido destituido. El firman de su cese aún no había llegado, pero el
visir, en secreto, se estaba preparando para partir con todas sus pertenencias
y toda su gente.
Mehmed bajá no deseaba aguardar en Travnik el firman,
explicaba d’Avenat, y con una buena excusa abandonaría antes la ciudad para no
regresar más a ella. Porque el visir sabía bien lo que sucedía en las ciudades
turcas el día que llegaba el heraldo con el firman anunciando la destitución de
un mandatario y el nombramiento de otro nuevo. Ya se podía imaginar al emisario
insolente y bien pagado, que vivía de noticias semejantes y de la curiosidad
malsana de los vecinos y del pueblo llano; vivía de ellos y por ellos. Lo veía
y oía irrumpir en la ciudad, montando su caballo a todo galope, haciendo
restallar su látigo y gritando a voz en cuello el nombre del visir destituido y
el del recién nombrado.
—Destituido Mehmed bajá, ¡destituido! Nombrado Suleiman
bajá, ¡nombrado!
El gentío lo miraba con curiosidad y asombro, discutía la
decisión imperial, se alegraba, se entusiasmaba, se rebelaba. Lo más frecuente
era que insultara al que partía y elogiara al que debía llegar.
Ése era el momento en que se arrojaba a la muchedumbre
ociosa y vulgar el nombre del bajá destituido, como carroña a los perros
hambrientos, para que lo mancillaran sin sufrir castigo por ello, bromearan
chabacanamente y fanfarronearan, jugando a los héroes sin correr el menor
riesgo. Los hombres humildes, que no podían alzar la cabeza cuando pasaba el
bajá, de improviso aparecían como vengadores lenguaraces, pese a que el bajá en
cuestión jamás les hubiera causado daño personalmente y ni siquiera supiera de
su existencia. A menudo, en esas ocasiones, podía verse y oírse a un estudiante
de teología frustrado o a un comerciante arruinado que, ante una rakija y con
voz chillona, dictaba su juicio contra el visir caído en desgracia, como si él
mismo lo hubiera abatido en una lucha cuerpo a cuerpo, y se jactaba:
—¡Me alegro más de haber vivido esto que si me hubieran
regalado media Bosnia!
Mehmed bajá sabía que las cosas eran así desde siempre y
en todos los lugares, que el vulgo anónimo se eleva sobre los cadáveres de los
poderosos que han caído luchando entre sí. Por eso era comprensible que
deseara, en este caso, evitarlo.
Daville solicitó inmediatamente una audiencia. En ese
Diván, el visir le reconoció, en la mayor confianza, que, en efecto,
abandonaría Travnik con el pretexto de ir a supervisar los preparativos de la
campaña contra Serbia, que se realizaría en primavera, y que no regresaría. De
los hechos narrados por el visir, podía deducirse que sus amigos de
Constantinopla le habían informado de que allí reinaba el caos absoluto y se
estaba llevando a cabo un combate soterrado entre los grupos y personajes que
en mayo del año anterior habían depuesto al sultán Selim. En lo único en que
todos estaban de acuerdo era en perseguir a cualquiera que hubiera demostrado,
incluso de modo somero, que aprobaba las reformas y los planes del sultán
derrocado. En semejantes circunstancias, las quejas de los beyes bosniacos en
su contra, como amigo de los franceses y hombre del régimen de Selim, hallaron
buena acogida. Él sabía que ya lo habían destituido. Esperaba que sus amigos
hubieran logrado al menos que no lo enviaran al exilio, y que le concedieran
otro bajalato, lejos de Constantinopla. Fuese como fuese, quería marcharse de
Travnik enseguida, antes de que llegara el firman, y con la mayor discreción,
para no dar oportunidad a sus enemigos bosniacos de vengarse de él y regocijarse
con su derrota. Y de paso, en Sjenica o en Prijepolje, aguardaría el firman
sobre su nuevo destino.
Todo eso le dijo Mehmed bajá a Daville con aquel tono
oriental indefinido, que, incluso en las cosas más seguras, no excluye la duda
ni la posibilidad de un cambio o una sorpresa. De la cara del visir no había
desaparecido la sonrisa, o mejor dicho, el hilo de dientes blancos y regulares
que a cada instante brillaba entre la barba y los bigotes espesos, negros y
cuidados, porque, a decir verdad, ni el cónsul ni el visir tenían muchas ganas
de reírse.
Daville miraba al visir, escuchaba al intérprete y,
haciendo gala de una gentileza absurda, asentía con la cabeza. Lo cierto es que
estaba desolado con las noticias del visir. La contracción fría y dolorosa en
las entrañas, unas veces más fuerte, otras más débil, que siempre lo acompañaba
durante sus visitas al konak y en cada conversación con los turcos, lo
atravesaba ahora violentamente, por la mitad, como una parálisis cortante, y le
cortaba las ideas y el habla.
En el alejamiento de ese visir de Bosnia, Daville veía su
propia desgracia y el fracaso manifiesto del gobierno francés. Al escuchar a
Mehmed bajá hablar con afectada tranquilidad sobre su marcha, se sentía
engañado, incomprendido y abandonado en esa tierra helada, entre personas
falsas, malvadas e inexplicables de las que nunca se sabía qué pensaban ni
cuáles eran sus sentimientos, entre las que permanencia podía significar
partida, entre las que una sonrisa no es una sonrisa, ni un «sí» es un «sí», igual
que un «no» no es del todo «no». Alcanzó a componer unas cuantas frases y decir
al visir cuánto iba a lamentar su marcha, expresar su esperanza de que tal vez
el asunto acabara resolviéndose bien y reiterarle su amistad inmutable y la
estima de su gobierno. Salió del konak con la sensación de que el futuro se
presentaba muy negro.
Con esta disposición de ánimo, Daville se acordó de golpe
del kapidzibasa, que había logrado olvidar. La muerte de ese desdichado, que no
había provocado remordimientos de conciencia en nadie, ahora, cuando se
revelaba inútil, empezó de nuevo a inquietarle.
A principios del nuevo año, el visir, con la mayor
discreción, envió fuera los objetos de valor y poco después él mismo abandonó
Travnik con sus mamelucos. El rumor jocoso y vengativo que empezó a propalarse
entre los turcos travniqueses ya no podía afectarle. El único que conocía la
fecha de su marcha y que acudió a despedirle fue Daville.
El adiós entre el visir y el cónsul fue cálido. Un soleado
día de enero, Daville cabalgó con d’Avenat cuatro millas fuera de Travnik.
Delante de un aislado cafetín al borde del camino, bajo una marquesina que se
inclinaba por el peso de la nieve, el visir y el cónsul intercambiaron las
últimas palabras y saludos calurosos.
Mehmed bajá se frotaba las manos heladas y se esforzaba
por conservar la sonrisa.
—Transmita mis saludos al general Marmont —dijo con su
característica voz afectuosa que se parecía a la sinceridad como una gota de
agua a otra y que hasta al interlocutor más desconfiado le resultaba
convincente y tranquilizadora—, le ruego que le diga, tanto a él como a todos
aquellos que sea preciso, que continúo siendo amigo de su noble país y un
sincero admirador del gran Napoleón, sea cual sea el lugar que el destino me
haya deparado y al que las circunstancias me lleven.
—No dejaré de hacerlo, no, no lo olvidaré —respondió
Daville sinceramente conmovido.
—Y a usted, querido amigo, le deseo salud y felicidad y
éxito, y lamento no poder estar a su lado en las dificultades que encontrará
siempre al tratar con este pueblo bosniaco inculto y bárbaro. He recomendado
sus asuntos a Suleiman bajá, que me sustituirá temporalmente. Puede contar con
él. Es rudo y simple, como todos los bosniacos, pero un hombre de honor en el
que se puede confiar. Una vez más le digo que sólo me da pena marcharme por
usted. Pero así debe ser. Si hubiera querido ser un sanguinario y un tirano,
habría podido quedarme en este puesto y someter definitivamente a estos beyes
pretenciosos y descerebrados, pero ni soy así ni deseo serlo. Por eso me voy.
Tiritando de frío, pálido y verdoso, enfundado en su
abrigo negro que rozaba el suelo, d’Avenat traducía, rápida y mecánicamente,
como un hombre que ya se sabía todo eso de memoria.
Daville tenía la certeza de que lo que el visir le decía
ni era ni podía ser la verdad absoluta y exacta, pero cada palabra le
emocionaba. Toda despedida provoca en nosotros una doble ilusión.
La persona de la que nos despedimos, de un modo más o
menos definitivo, nos parece en ese momento más merecedora y digna de nuestra
atención, y nosotros nos sentimos mucho más dispuestos a brindar una amistad
más generosa y altruista de lo que en realidad somos capaces.
Luego, el visir montó en su enorme alazán, disimulando con
movimientos raudos y enérgicos su cojera. Su numerosa escolta lo siguió. Y
cuando los dos grupos, el grande del visir y el pequeño de Daville, se habían
alejado poco más de media milla, uno de los mamelucos se apartó y, como una
flecha, corrió y alcanzó al cónsul y a su escolta, que se detuvieron. Allí
frenó al caballo brioso y en voz alta pronunció las siguientes palabras: «Mi
afortunado señor Husref Mehmed bajá presenta respetos una vez más al estimado
representante del gran emperador francés y sus mejores deseos, con la esperanza
de que acompañen cada uno de sus pasos».
Sorprendido y un poco desconcertado, Daville se quitó
ceremoniosamente el sombrero, y el jinete, con la misma velocidad, se apresuró
a reunirse con la escolta del visir que cabalgaba por la llanura nevada. En las
relaciones con los orientales se dan siempre esos detalles que nos sorprenden
agradablemente y nos confunden, aunque sepamos que no son tanto señal de
atención ni de respeto como parte integrante de un ceremonial rico y arcaico.
Por detrás, los mamelucos arrebujados en sus mantos
parecían mujeres. Las pezuñas de los caballos alzaban un polvo níveo que se
transformaba en una nube blanca y púrpura al sol invernal. Cuanto más se
alejaba, más diminuto parecía el tropel de jinetes y más grande la nube de
nieve vaporosa que acabó tragándose la columna.
Daville regresaba por el camino helado que a duras penas
se distinguía en la blancura nevada del terreno. Los tejados de las escasas
alquerías, los cercados y bosquecillos de los lados no se adivinaban bajo la
nieve más que por una fina línea negra sobre el fondo blanco. Las sombras
amarillas y granas se tornaban azules y grises. El cielo se oscurecía. La tarde
soleada se convertía rápidamente en un crepúsculo invernal.
Los caballos avanzaban con pasos bruscos y cortos; tras
sus pezuñas revoloteaban mechones de crin helados.
Daville cabalgaba con la sensación de que volvía de un
funeral.
Pensaba en el visir del que acababa de despedirse, pero
como en algo irrecuperable, perdido hacía mucho tiempo. Recordaba detalles de
muchas conversaciones mantenidas con él. Le parecía ver su sonrisa, la máscara
luminosa que todo el día danzaba entre la boca y los ojos y que probablemente
se apagaba sólo cuando dormía.
Se acordaba de la forma en que el visir había asegurado,
hasta el último momento, que amaba a Francia y apreciaba a los franceses. Y
ahora, a la luz de esa separación, evaluaba su sinceridad. Creía ver sus
motivos puros y alejados de las lisonjas profesionales acostumbradas. Creía
entender, a grandes rasgos, cómo y por qué a los extranjeros les gustaba
Francia, el modo de vida y de pensar francés. Les gustaba por la ley de la
contradicción; les gustaba por todo aquello que no podían encontrar en su propio
país y que provocaba una necesidad acuciante en su espíritu; la amaban con
razón, como una imagen de la belleza universal y de la vida armoniosa y
sensata, que ninguna desventura momentánea podía cambiar o desfigurar, y que
después de cada inundación, de cada eclipse, se volvía a mostrar al mundo como
una fuerza indestructible y una alegría eterna; les gustaba incluso cuando la
conocían sólo superficialmente, un poco o incluso nada. Y muchos la amarían,
siempre, a menudo por las razones y motivos más contradictorios, porque los
hombres nunca dejarán de perseguir y desear algo más y mejor de lo que el
destino les concede. Y he aquí que él mismo estaba pensando ahora en Francia no
como en su tierra natal, que conocía bien y sobradamente, en la que había visto
el bien y el mal, sino en Francia como un lejano y fabuloso país de armonía y
perfección, sobre el que siempre se fantasea en medio de la brutalidad y la
barbarie. Mientras existiera Europa, existiría Francia, y nunca podría
desaparecer, salvo en el caso de que toda Europa se convirtiera en una Francia
(es decir, en el caso de la armonía y perfección ilustrada). Pero eso era
imposible. Las personas eran demasiado diferentes, ajenas y distantes unas de
otras.
Daville recordó entonces, de repente, una historia con el
visir ocurrida el verano anterior. Avispado y curioso, Mehmed bajá siempre se
interesaba por la vida en Francia y un día le comentó que había oído hablar
mucho del teatro francés y que le gustaría escuchar al menos algo de lo que se
representaba en Francia, ya que no podía ver una verdadera función teatral.
Entusiasmado con ese deseo, Daville llegó al día siguiente
con el segundo tomo de las obras de Racine bajo el brazo, dispuesto a leerle al
visir unas cuantas escenas de Bayaceto. Una vez que se sirvió el café con los
chibuquíes, todos los sirvientes se retiraron, excepto d’Avenat que debía
traducir. El cónsul explicó al visir, lo mejor que pudo, lo que era el teatro,
el aspecto que tenía y cuál era la misión y el sentido del arte escénico. Luego
empezó a leer la escena en la que Bayaceto confiaba a Amurat el cuidado de la
sultana Roxana. El visir frunció el ceño pero siguió escuchando la árida
traducción de d’Avenat y la patética lectura del cónsul. Mas cuando llegó a las
explicaciones entre la sultana y el gran visir, Mehmed bajá interrumpió la
narración y se echó a reír de buena gana haciendo un gesto con la mano.
—Ése no tiene idea de lo que está diciendo —dijo el visir
severo y burlón al mismo tiempo—, desde que el mundo es mundo no ha ocurrido ni
ocurrirá que el gran visir irrumpa en el harén y hable con las sultanas.
Luego se estuvo riendo un buen rato con una risa franca y
ruidosa, sin ocultar que estaba desilusionado y que no entendía ni el sentido
ni el valor de semejante entretenimiento intelectual, y lo decía abiertamente,
casi con rudeza, con la desconsideración de un hombre de otra civilización.
En vano Daville, presa de una incómoda turbación, trataba
de explicarle el significado de la tragedia y el sentido de la poesía. El
visir, implacable, lo rechazaba con un gesto de la mano.
—Nosotros también, nosotros también tenemos muchos
derviches y santones que declaman versos rimbombantes; les damos una limosna,
pero jamás se nos ocurriría igualarlos con los hombres honorables de prestigio.
No, no lo entiendo.
Daville guardó entonces el recuerdo de ese hecho como algo
ofensivo y desagradable, como uno de sus fracasos ocultos. Ahora, sin embargo,
lo veía con más calma y tolerancia, igual que contempla un hombre las
situaciones ridículas de su infancia a causa de las cuales se afligía demasiado
y sin razón. Y le sorprendía que, entre todos los acontecimientos relevantes y
asuntos importantes que había vivido con Mehmed bajá, en esos momentos sólo se
acordara de tales minucias.
Mientras regresaba por el camino blanco a la ciudad
nevada, después de la despedida del visir, todo en general le parecía
comprensible, justificado y en su sitio. Los malentendidos son naturales y los
reveses inevitables. Incluso esa dolorosa partida de Mehmed bajá ahora dolía de
otra forma. La pérdida se alzaba ante él con todo su peso. Lo embargaba el
miedo a nuevas desgracias y fracasos. Pero todo eso hoy aparecía como algo
amortiguado y lejano, como una parte ineludible de la vida en la que, según cálculos
ininteligibles, se pierde y se gana al mismo tiempo.
Sumido en esos pensamientos que a él mismo le parecían
nuevos e insólitos, pero al menos por unos segundos, reconfortantes, llegó
rápidamente a la ciudad antes de que cayera la noche.
La partida de Husref Mehmed bajá fue la señal de la
revuelta para los turcos de Travnik. Nadie dudaba ya de que el visir había
escapado astuta y sigilosamente a la cólera de la chusma. También se supo que
el cónsul francés lo había acompañado, lo que no hacía más que agravar el
resentimiento.
Entonces pudo verse lo que significaba y cómo podía ser
una revuelta en el bazar turco de las ciudades bosniacas.
La gente, durante unos años, trabaja y calla, se aburre,
malvive, comercia y calcula, compara un año con otro, y entre tanto sigue todo
lo que sucede, se informa, «compra» las noticias y los rumores, los transmite
susurrando de tienda en tienda, evitando extraer conclusiones y expresar la
opinión propia. Así, lenta e imperceptiblemente, se crea y se moldea un único
espíritu en el bazar. Primero es una disposición de ánimo general e imprecisa,
que se exterioriza sólo con gestos breves y maldiciones y se sabe bien a quién
van dirigidos; luego, gradualmente, se convierte en un parecer que no se
oculta; y finalmente se consolida como una convicción firme y definida sobre la
que ya no es necesario hablar y que sólo se manifiesta en los actos.
El bazar, ligado y absorbido por ese pensamiento, empieza
a murmurar, se prepara, espera, igual que las abejas aguardan la hora del
enjambre. Es imposible comprender la lógica de esas rebeliones urbanas, ciegas,
rabiosas y habitualmente estériles, pero tienen su razón de ser, como también
tienen su técnica invisible, basada en la tradición y en el instinto. Sólo se
ve cómo estallan, se enconan y se extinguen.
Un buen día, un día que amanece y empieza como tantos
otros, el silencio largo y somnoliento de la ciudad se quiebra, cesa el
estrépito de los postigos, el eco ronco de puertas y trancas en los puestos. De
repente, los comerciantes saltan de los lugares en los que han permanecido
sentados durante años, inmóviles, tranquilos, ordenados, limpios, las piernas
cruzadas, ufanos de ser serviciales, con sus calzones de paño fino, chalecos de
trencilla y caftanes de rayas y colores claros. Ese gesto ritual y el ruido
ensordecedor de puertas y postigos bastaba para que el rumor se propalara por
toda la ciudad y sus aledaños a la velocidad del rayo:
—El bazar ha cerrado.
Son palabras fatídicas y graves; todo el mundo sabe lo que
significan.
Las mujeres y los niños bajaban a los sótanos. Los
ciudadanos notables se encerraban en sus casas, dispuestos a defenderlas y a
morir en el umbral. De los cafés y de los arrabales afluía el pueblo llano
turco, aquellos que no tenían nada que perder y que sólo podían ganar algo con
motines y cambios. (Porque aquí, como en todas las revoluciones y
levantamientos de la tierra, unos son los que los inician y dirigen y otros los
que los llevan a cabo y ejecutan). Al frente de la masa surgían, no se sabe de
dónde, uno o dos cabecillas. Solían ser hombres alborotadores, violentos,
insatisfechos, frustrados y estrafalarios que hasta el momento nadie conocía,
que pasaban desapercibidos y que, cuando la revuelta se sofocaba, volvían a
perderse en su pobreza anónima en el alfoz escarpado del que habían venido o se
quedaban para languidecer en una mazmorra.
Eso duraba un día, dos o cinco, según las épocas y los
lugares, hasta que se acababa rompiendo, quemando y derramando sangre, o bien
hasta que la revuelta moría o decaía por sí misma.
Las tiendas se abrían entonces una tras otra, la
muchedumbre se retiraba, y los comerciantes, con aire avergonzado y resacoso,
serios y pálidos, continuaban su trabajo y su vida de siempre.
Ésta sería la descripción de un ejemplo típico del
nacimiento, desarrollo y desenlace de una revolución en nuestras ciudades.
Y eso fue lo que aconteció esta vez. Los comerciantes del
bazar de Travnik, como en todos los dominios de los beyes bosniacos, habían
seguido durante años los intentos de Selim III de reorganizar el imperio turco
partiendo de bases nuevas, según las exigencias y las necesidades de la vida
moderna europea. Ninguno ocultaba su desconfianza y su odio hacia los esfuerzos
del sultán y lo expresaban a menudo en las peticiones indirectas que hacían
llegar a Constantinopla, así como en sus relaciones con el representante del
sultán, el visir de Travnik. Para ellos estaba claro que las reformas sólo
estaban destinadas a servir a los extranjeros, para socavar y destruir el
imperio desde dentro, y que en último extremo significaban para el mundo
musulmán, y por lo tanto para cada uno de ellos personalmente, la pérdida de su
fe, de sus propiedades, de su familia y de la vida en este mundo, y la
maldición para la eternidad. En cuanto se supo que el visir se había ido,
supuestamente, al Drina para examinar la situación y las posiciones, se
extendió el silencio sospechoso que precedía al estallido de la cólera popular
y empezaron las murmuraciones y las miradas cómplices incomprensibles para
otros. La revuelta estaba preparada y esperaba su hora. Como siempre, el motivo
de la explosión fue un incidente banal y secundario.
Cesar d’Avenat tenía a su servicio, como criado y hombre
de confianza, a un tal Mehmed, apodado el Bigotes, un herzegovino fornido y
gallardo. Los turcos detestaban a todos los que trabajaban en los consulados
extranjeros, y a este Mehmed en especial. Durante el invierno, el mozo había
contraído matrimonio con una turca hermosa y joven que había venido de Belgrado
a visitar a sus parientes de Travnik. La mujer había estado casada en Belgrado
con un tal Bekri Mustafá que regentaba un café en una quinta en el barrio de
Dorcol. Cuatro testigos, todos turcos de Travnik, confirmaron bajo juramento
que Bekri Mustafá había fallecido por beber demasiado y que la mujer era libre,
en virtud de lo cual el cadí la entregó en matrimonio a Mehmed.
Poco después de la partida del visir, sucedió que Bekri
Mustafá se presentó de improviso en Travnik, ciertamente borracho como una
cuba, pero vivo, y buscó a su esposa. El cadí primero rechazó recibirlo en ese
estado de embriaguez y sin documentos. El cafetero explicó que había invertido
once días de viaje desde Belgrado hasta Travnik, en medio de ventiscas y de un
frío terrible, y que debido a ello había tenido que beber tanta rakija que
ahora no lograba recuperar la sobriedad. Él sólo reclamaba su derecho:
recuperar a su mujer, a la que otro había desposado con engaños.
El bazar intervino. Todos sintieron que ésta era la mejor
oportunidad de fastidiar al odiado guardia Mehmed y a su señor d’Avenat, a los
cónsules en general y a los consulados. Todos consideraron que era su deber
ayudar a un musulmán honrado en la defensa de sus derechos, y más contra esos
extranjeros y sus criados. Así, Bekri Mustafá, que había llegado en pleno
invierno sin abrigo ni buen calzado, en mangas de camisa, como quien dice, y se
había calentado sólo con rakija y alimentado sólo con cebolla, ahora, de
repente, estaba cubierto de ropa cálida, bien comido y bien bebido, mimado por
todo el bazar. Alguien le regaló incluso una capa con cuello de zorro
deshilachado, que él llevaba con mucha dignidad. Aquejado de un fuerte hipo y
guiñando los ojos, iba de tienda en tienda, respaldado por la solicitud general
y la caridad, como una bandera, reclamando más fuerte y más alto que nunca su
derecho. Seguía ebrio, era cierto, pero no necesitaba estar sobrio para
defender sus derechos, porque el bazar había tomado el asunto en sus manos.
Cuando el cadí rechazó con firmeza devolver la mujer a un
borracho, basándose únicamente en su palabra, el bazar estalló. La revuelta,
que se esperaba hacía tanto tiempo, encontró por fin un pretexto y pudo
explotar y seguir su curso sin impedimentos, pese a que el invierno no era la
época más adecuada para cosas semejantes, que por lo general suelen suceder en
verano o en otoño.
Ningún extranjero era capaz de imaginarse cómo era y hasta
dónde podía llegar ese ataque de locura colectiva que de vez en cuando se
apodera de los habitantes de todas las ciudades perdidas y estranguladas entre
altas montañas. Incluso para el mismo d’Avenat, que no conocía Bosnia tan bien
como Oriente, aquello era nuevo y le provocaba honda inquietud por momentos. En
cuanto a Daville, se encerró con su familia en el consulado, aguardando lo
peor.
Ese día de invierno, una hora antes del mediodía, el bazar
cerró sus puertas, como a una señal secreta e invisible. Empezó el estrépito de
postigos, cancelas y trancas y se propagó como el fragor y el polvo de las
tormentas de verano con granizo y truenos, como si rodaran avalanchas de
piedras desde todos los lados a lo largo de las pendientes de Travnik, causando
un gran estruendo y amenazando con sepultar la ciudad y todo lo que allí vivía.
En el silencio que siguió, resonaron algunos tiros y
gritos salvajes, y luego, primero como un murmullo y después como un clamor
apagado, el pueblo comenzó a amontonarse, hombres, adolescentes y chiquillos.
Cuando la muchedumbre se convirtió en dos o tres centenares de gargantas, se
dirigió hacia el consulado francés, mostrando una vacilación inicial que
enseguida se transformó en paso rápido y decidido. Blandían garrotes y agitaban
los brazos. Abucheaban sobre todo al cadí que había casado a la mujer de Bekri
Mustafá, y que además tenía fama de ser partidario de las reformas de Selim y
hombre del visir.
Un tipo de largos bigotes, un absoluto desconocido,
gritaba que a causa de personas así los verdaderos creyentes ya no osaban
levantar la cabeza y sus hijos morían de hambre; lanzaba insultos groseros al
odiado Mehmed, que servía a los infieles y comía carne de cerdo, y afirmaba que
era preciso arrestarlo de inmediato y arrojarlo a una mazmorra junto con el
cadí, que robaba sus mujeres a los verdaderos turcos y las casaba con otros por
dinero, y que, en realidad, ni siquiera era cadí, sino un zaino, peor que
cualquier pope. Un hombre pequeño de cara amarillenta, por lo demás un alfayate
de la ciudad baja modesto y temeroso, al que nadie, ni siquiera en su propia
casa, jamás había oído una palabra más alta que otra, después de escuchar
atentamente al orador de los bigotes, cerró los ojos de repente, echó la cabeza
hacia atrás y con una fuerza inesperada prorrumpió en un grito salvaje y ronco,
como si quisiera vengarse de su largo silencio:
—¡Ese cadí que parece un pope, a la fortaleza de Vranduk!
Esto alentó a la multitud, que se dedicó a insultar y a increpar al cadí, al
visir, a los consulados y, sobre todo, a Mehmed el Bigotes. Los jóvenes tímidos
ensayaban para sí mismos y susurraban como si estuvieran repasando la lección y
luego tomaban carrerilla, alzaban la cabeza excitados, como si se dispusieran a
cantar, y exclamaban las palabras que habían meditado tanto. A continuación,
rojos por la vergüenza y la turbación, escuchaban el eco más o menos fuerte de
su grito en medio de los murmullos de aprobación de la masa. Así se animaban y
azuzaban unos a otros, y los embargaba el sentimiento exaltado de ser libres,
de gritar y hacer, en los límites de la revuelta, cada uno lo que quería y de dar
rienda suelta a sus aflicciones y pesares.
Suleiman bajá Skopljak, que sustituía al visir y sabía
bien lo que significaba y cómo transcurría una revuelta en Travnik, pero no
olvidaba sus responsabilidades hacia el consulado, hizo lo que era más
inteligente en semejante situación. Ordenó arrestar a Mehmed y lo encerró en la
fortaleza.
La turba hacinada delante del consulado estaba irritada
porque el edificio estaba rodeado por un gran patio amurallado y un vasto
jardín, de modo que no se podía llegar a la casa ni siquiera tirando piedras.
Justo cuando el gentío se preguntaba qué hacer, alguien gritó que llevaban a
Mehmed por las calles laterales. Todos se precipitaron hacia la cuesta y
llegaron corriendo al puente de delante de la fortaleza. El mozo ya estaba
dentro y tras él se había cerrado la inmensa puerta de hierro. La confusión aumentó.
La mayoría de la gente, cantando, emprendió el camino de vuelta a la ciudad,
otros permanecieron ante el foso, mirando las ventanas de la torre que guardaba
la entrada, esperando algo y chillando, sugiriendo los peores castigos y
tormentos para el pobre detenido.
Desierto, como barrido por una tempestad, el bazar se
llenó de las murmuraciones y gritos de la chusma ociosa a la que la detención
de Mehmed sólo había satisfecho a medias. De repente, se hizo el silencio, se
miraban e interpelaban unos a otros. Las cabezas se volvían curiosas hacia
todos los lados. La masa estaba en ese punto de aburrimiento y cansancio en el
que estaba dispuesta a aceptar cualquier iniciativa o distracción, ya fuera
cruel y sangrienta, ya inofensiva y chistosa. Finalmente, las miradas convergieron
en la calle empinada que descendía desde el consulado francés hasta el mercado.
Por esa calle, sorteando los corrillos, armado y con
aspecto solemne, apareció d’Avenat a lomos de su gran yegua árabe torda. El
asombro los cogió desprevenidos en el lugar donde se hallaban y todos clavaron
la vista fijamente en el jinete que cabalgaba sereno y despreocupado como si
llevara tras él un regimiento de caballería. Si uno solo de los presentes
hubiera gritado algo, todos los demás se le habrían unido, y en el tumulto y en
el desorden las piedras habrían volado por los aires. El pueblo se habría
tragado al caballo y al jinete como si fueran agua. Sin embargo, antes de
unirse a los gritos y gestos de la multitud, todos deseaban ver qué quería y
adónde se dirigía ese intérprete audaz. Así que nadie chilló y la gente
permaneció a la expectativa, sin voluntad común ni objetivo concreto. D’Avenat,
por el contrario, clamaba fuerte e insolentemente, como sólo un levantino puede
hacerlo, inclinándose ya a la izquierda ya a la derecha igual que si arreara un
rebaño de reses. Estaba mortalmente pálido. Sus ojos ardían y su boca se
tensaba de una oreja a otra.
—Ni se os ocurra tocar el consulado imperial de Francia
—bramaba mirando directamente a los ojos de los que estaban más cerca, y
continuaba—: ¿Es que estáis contra nosotros, os alzáis contra vuestros mejores
amigos? Sólo un imbécil, al que la rakija bosniaca le ha sorbido el cerebro, os
ha podido convencer de algo así. ¿Acaso no sabéis que el nuevo sultán y el
emperador francés son los mejores amigos y que ya se ha ordenado en Estambul
que se respete y proteja al cónsul francés como a un invitado del Estado?
Alguien profirió unas cuantas palabras ininteligibles y a
media voz, pero la masa no reaccionó, y d’Avenat lo aprovechó para volverse
hacia el lado de donde procedía la voz solitaria y dirigirse sólo a ella, como
si el resto estuviera de su parte y él hablara en su nombre:
—¿Qué pasa? ¿Quieres sembrar la duda y estropear lo que
los soberanos han decidido y acordado? Pues bien, que se sepa quién empuja a
los hombres de paz hacia la desgracia. Porque sabéis que el sultán no lo
tolerará, y que toda Bosnia arderá en llamas si le ocurriese algo a nuestro
consulado, ni siquiera se salvarán los niños en su cuna.
De nuevo se dejaron oír algunas voces, pero tenues y
aisladas. La muchedumbre se apartaba al paso del jinete, que aparentaba tanta
calma como si fuera incapaz de imaginarse que algo pudiera ocurrirle, y
atravesó el bazar, gritando enojado que iba a ver a Suleiman bajá y a
preguntarle quién era aquí el amo, y que, después de eso, les garantizaba que
muchos lamentarían haberse dejado llevar por las cabezas huecas en contra de
las más altas autoridades. Y d’Avenat desapareció al otro lado del puente. El
surco que se había abierto a sus espaldas se cerró, pero el gentío se sentía
vencido, sometido, al menos por un momento. Todos se preguntaban por qué habían
permitido que el infiel cabalgara entre ellos con tanta libertad e insolencia,
en lugar de haberlo aplastado como a una pulga. Pero ya era tarde. Habían
dejado pasar la ocasión. El arrebato inicial se había perdido, el pueblo estaba
desconcertado y carente de guía. Había que empezar desde cero.
D’Avenat se valió de la confusión y pusilanimidad
momentánea de la turba para regresar al consulado con la misma audacia y la
misma calma. Ahora no gritaba, sólo miraba desafiante a su alrededor y sacudía
la cabeza amenazante y con aires de importancia, como un hombre que ha
arreglado las cosas en el konak y que sabe exactamente lo que les aguardaba.
En realidad, la tentativa de d’Avenat de hablar también
con Suleiman bajá en un tono más tajante y altanero no tuvo éxito. El cehaja no
se dejó impresionar ni asustar por las amenazas del intérprete ni por la
revuelta de los travniqueses. Igual que en su momento había defendido delante
del visir el invierno de Travnik y alegado que no era ninguna desgracia, sino
un don del cielo y una necesidad, habló ahora del motín. No era nada grave,
mandaba él decir a Daville, el pueblo se había alzado, el populacho, los
pobres. Acaecía de vez en cuando. Gritarían, alborotarían y se apaciguarían, y
el griterío todavía no había matado a nadie. A ninguno se le ocurriría tocar el
consulado. Y en cuanto al asunto de Mehmed, el mozo, eso pertenecía a la ley
islámica; se examinaría, y si era culpable recibiría su castigo y debería
devolver a la mujer; si era inocente no le ocurriría nada. El resto quedaba
como siempre, en orden y en su sitio.
Eso fue lo que hizo decir Suleiman bajá a Daville,
hablando despacio en su turco limitado, con acento rudo y numerosos
provincialismos incomprensibles. No quiso debatir con d’Avenat en persona, pese
a todos los esfuerzos que hizo él para obligarlo. Lo despidió como a un criado
turco, diciéndole:
—Ea, recuerda bien lo que acabo de explicarte y
tradúceselo con exactitud al honorable cónsul.
Pero los disturbios fueron en aumento. De poco sirvieron
la insolencia de d’Avenat y la forma tan turca que tenía Suleiman bajá de
minimizar y adornar todo sin hacer nada.
Al atardecer de ese mismo día, una multitud, más grande y
más desenfrenada, bajó de los arrabales y se dispersó por la ciudad en medio de
los alaridos de los jóvenes. Durante la noche, se acercaron al consulado
personas sospechosas. Los perros ladraron y los criados del cónsul montaron
guardia. A la mañana siguiente encontraron cáñamo y alquitrán destinados a
prender fuego al edificio.
Un día después, d’Avenat, con la misma osadía, solicitó y
obtuvo que le permitieran visitar al joven preso en la fortaleza. Lo encontró
encadenado en una celda oscura, que llamaban «el pozo», a la que bajaban a los
condenados a muerte. El muchacho, ciertamente, estaba más muerto que vivo,
porque el alcaide, al no saber la verdadera razón del arresto, ordenó que se le
dieran cien bastonazos en las plantas de los pies, por si acaso. D’Avenat no
consiguió liberar al infeliz muchacho, pero encontró una forma de sobornar al
carcelero para hacer más fácil su estancia en prisión.
Para mayor desgracia de Daville, dos oficiales franceses,
de viaje a Constantinopla, se habían detenido allí precisamente esos días. Pues
aunque la misión de estos oficiales hacía ya tiempo que no sólo era inútil,
sino también perjudicial, aunque Daville durante meses había suplicado que no
los enviaran o al menos no a través de Bosnia, donde provocaban el odio y la
desconfianza del pueblo, aún sucedía que dos o tres oficiales emprendían el
camino en virtud de una orden ya anticuada.
La revuelta había confinado tanto a los militares como a
los demás en el edificio del consulado. Pero ellos, imprudentes, arrogantes e
impacientes, intentaron el primer día montar a caballo por los alrededores de
la ciudad, a pesar de la rebelión.
En cuanto se alejaron del consulado y llegaron a los
arrabales, las bolas de nieve empezaron a volar a sus espaldas. La chiquillería
corría tras los jinetes bombardeándolos cada vez con más intensidad. Muchachos
de mejillas sonrosadas y mirada salvaje surgían de todas las puertas, clamando
y azuzándose unos a otros:
—¡La cruz, ahí está la cruz! ¡Atizadles!
—Golpead a los infieles.
—Redímete, cruz de madera.
Los oficiales veían cómo corrían a la fuente y mojaban las
bolas de nieve en el agua para que fueran más pesadas. Estaban en apuros porque
no querían picar espuelas y huir, ni luchar contra ellos ni soportar
tranquilamente sus travesuras brutales. Así que volvieron al consulado
humillados y furiosos.
Y mientras desde el bazar llegaban los chillidos de la
turba, el mayor de zapadores, encerrado en el consulado, escribía su informe al
Alto Mando de Split.
«Menos mal —escribía el oficial— que había nieve, de lo
contrario, estos bárbaros nos habrían tirado piedras y barro. Me hervía la
sangre de vergüenza y de cólera, y cuando la ridícula situación se me hizo
intolerable, me lancé con un bastón contra la chiquillería, que por un instante
se dispersó, pero enseguida volvió a amontonarse, a gritar aún más fuerte y a
acosarnos. A duras penas logramos alcanzar la ciudad. Y encima el trujamán del
consulado me aseguraba que era una suerte que mi bastón no hubiera herido a
ningún niño, porque los mayores, que no son mucho mejores e instigan a esos
niños revoltosos, nos lo habrían hecho pagar con la vida».
Daville se esforzaba por explicar la situación a los
oficiales, pero se reconcomía por dentro a causa de la ignominia que suponía
para él que los franceses hubieran sido testigos de su impotencia y la
humillación en la que vivía.
Al tercer día, el bazar abrió sus puertas. Uno a uno,
llegaron los comerciantes, quitaron los postigos, se sentaron en sus puestos y
empezaron su trabajo. Todos tenían un aspecto tenso y serio, un poco
avergonzados y pálidos, como después de una juerga.
Era la señal de que las cosas se aplacaban. Todavía
bajaban los gandules y la muchachería, callejeaban por la ciudad soplándose las
manos heladas. De tanto en tanto, alguno gritaba algo contra cualquiera, pero
el alarido quedaba sin eco. Nadie salía aún del consulado, salvo d’Avenat y los
criados que no tenían más remedio, y que eran seguidos de amenazas, bolas de
nieve y algún que otro disparo. Pero la revuelta se aproximaba a su fin
natural. Al cónsul francés se le había hecho saber lo que pensaba la gente de
él y de su estancia en Travnik. El odiado servidor de d’Avenat fue castigado.
Le arrebataron a la mujer, pero no se la devolvieron a Bekri Mustafá, sino que
la enviaron con su familia, y el propio Bekri Mustafá, de súbito, dejó de ser
importante para el bazar. Nadie lo miraba. Los hombres, como si acabaran de
recobrarse de una borrachera, se preguntaban quién era ese vagabundo beodo y
qué hacía ahí. Nadie lo llamaba para que se acercara al puesto y se calentara
en el brasero. Anduvo aún unos cuantos días dando tumbos, vendiendo a cambio de
rakija trozo por trozo del atuendo que la multitud le había regalado en los
primeros momentos de exaltación, y por fin desapareció de Travnik para siempre.
Así terminó la revuelta. Pero las dificultades contra las
que el consulado tuvo que luchar no disminuyeron, sino que, al contrario,
aumentaron y se multiplicaron. Daville se topaba con ellas a cada paso.
Al cabo de un tiempo, Mehmed el Bigotes fue liberado y
salió de la cárcel pero destrozado a causa de los golpes y amargado por la
pérdida de su mujer. Ciertamente, Suleiman bajá, ante las duras protestas de
Daville, ordenó al alcaide que fuera a presentar sus excusas al cónsul por el
arresto del mozo y por los insultos ofensivos lanzados contra los franceses y
la agresión al consulado, pero éste, un viejo arrogante y testarudo, declaró
con firmeza que antes dimitiría de su cargo y daría su cabeza que ir a pedir
perdón al cónsul infiel. Y nadie le hizo cambiar de opinión.
El ejemplo de Mehmed el Bigotes asustó también al resto de
los criados del consulado francés. En la calle se encontraban con miradas
llenas de odio. Los tenderos se negaban a venderles nada. Husein, un guardia
albanés orgulloso de su posición, caminaba por el bazar lívido de ira, se
detenía ante una tienda y a cualquier cosa que pedía, un turco desde dentro
respondía, ceñudo, que no había. La mercancía buscada a menudo colgaba al
alcance de la mano y cuando el guardia se lo señalaba, el vendedor contestaba impasible
que estaba vendida o montaba en cólera:
—Si yo digo que no hay, es que no hay; para ti, no hay.
Las cosas se adquirían a hurtadillas de los católicos y judíos. Daville sentía
que el odio contra él y el consulado crecía de día en día. Le parecía ver cómo
ese odio acabaría arrancándolo, sin más, de Travnik. Le quitaba el sueño,
frenaba su voluntad y abortaba toda decisión. También los criados se sentían
impotentes, acosados e insuficientemente protegidos de la animadversión
general. Sólo el sentimiento innato de vergüenza y lealtad a sus buenos señores
les impedía abandonar el detestado trabajo en el consulado. Únicamente d’Avenat
permanecía imperturbable y hacía gala de una audacia temeraria. El odio que se
condensaba alrededor del solitario consulado en Travnik a él no le afectaba ni
asustaba. Él seguía mostrándose impasible, fiel a sus principios: es necesario
adular consecuentemente y sin recato a unos cuantos poderosos que están arriba,
mientras que al resto del mundo basta con mostrarle fuerza y desdén, porque los
turcos sólo temen y rehúyen al que es más fuerte que ellos. Esa vida inhumana
convenía por completo a sus opiniones y costumbres.
IX
Extenuado por los esfuerzos que le habían exigido los
acontecimientos de los últimos meses, descontento por la escasa comprensión y
el apoyo insuficiente que recibía de París, del general Marmont en Split y del
embajador en Constantinopla, desconcertado por la malicia y la desconfianza con
que los turcos de Travnik seguían cada uno de sus pasos y, en general, todo lo
que procedía de los franceses, a Daville se le hacía cada vez más difícil la
vida con la marcha de Mehmed bajá. Aislado y rabioso, empezó a contemplar todas
las cosas de un modo especial y desde un ángulo poco común. Por algún motivo,
todo era grande, importante, grave e irreparable, casi trágico. En la
destitución del visir, «el amigo de los franceses», no sólo veía su desventura
personal, sino también la prueba de la debilidad de la influencia francesa en
Constantinopla y el fracaso tremendo de la política de París.
En su fuero interno, Daville no dejaba de arrepentirse por
haber aceptado ese cargo que era, evidentemente, tan difícil que nadie lo había
querido. Sobre todo, lamentaba haber llevado a su familia. Era consciente de
que se había engañado y de que lo habían engañado, de que era muy probable que
acabara dejando allí su prestigio y la salud de su esposa e hijos. A cada paso
se sentía perseguido e impotente y, por supuesto, tampoco esperaba nada bueno
ni consolador del futuro.
Todo lo que hasta ahora había podido saber del nuevo visir
lo inquietaba y asustaba. Ibrahim Halimi bajá había sido, en efecto, un hombre
de Selim III durante una época y su visir, pero personalmente no había sido muy
partidario de las reformas, y menos aún un gran amigo de los franceses. Era
sabida su lealtad incondicional y absoluta a Selim, y eso era lo único por lo
que era célebre. Una vez derrocado el sultán, se decía que él era más un hombre
muerto que vivo, y el nuevo gobierno del sultán Mustafá lo envió primero como
valí a Salónica, y luego a Bosnia, igual que se aparta un cadáver de la vista.
Se contaba que era de origen noble y discreta inteligencia, ahora totalmente
aturdido por la caída reciente y desolado por la posición tan poco envidiable a
la que lo enviaban. ¿Qué podía esperar Daville para la causa francesa y para sí
mismo de semejante visir, si ni siquiera el hábil y ambicioso Mehmed bajá había
podido hacer nada? El cónsul aguardaba al nuevo mandatario con ansiedad, como
una desgracia más en la larga serie de desdichas que le había acarreado ejercer
de representante de Francia en Bosnia.
Ibrahim bajá llegó a principios del mes de marzo con un
séquito numeroso y una caravana de enseres. Su harén se había quedado en
Constantinopla. En cuanto estuvo instalado y descansó, el nuevo visir fue
recibiendo a los cónsules en audiencia solemne.
Daville fue el primero en ser recibido.
Tampoco en esta ocasión escapó a las amenazas y a las
afrentas durante la travesía protocolaria de la ciudad. (Daville había
preparado a su joven canciller para esta escena). Pero fue mucho más pacífica y
menos violenta que la primera vez. Unos cuantos insultos y algunos gestos
amenazadores o groseros fueron las únicas manifestaciones del odio general
hacia los consulados extranjeros. Daville constató con satisfacción maliciosa
que su rival austríaco, que fue recibido al día siguiente, no fue mejor tratado
que él por el pueblo llano turco.
El ceremonial que se siguió para acoger a Daville en el
konak fue el mismo que con el visir anterior. Los presentes eran más suntuosos
y los manjares servidos, más abundantes. El nuevo canciller del consulado
recibió una pelliza de armiño, mientras que a Daville le volvieron a obsequiar
con un abrigo de marta. Pero el detalle más importante para el cónsul fue que
el visir prolongó la conversación con él media hora más de lo que estuvo con el
representante austríaco al día siguiente.
Aparte de eso, el nuevo visir resultó ser una auténtica
sorpresa para Daville, tanto por su comportamiento, como por su apariencia.
Parecía que el destino hubiera querido reírse del cónsul enviándole a alguien
exactamente opuesto a Mehmed bajá, con el que trabajar había sido al menos
fácil y agradable, aunque no siempre hubiera tenido éxito. (Los cónsules
aislados tienen tendencia a considerarse no sólo abandonados por su gobierno y
perseguidos por sus adversarios, sino también como personas sobre las que la
suerte se abate, por así decirlo, con una malicia particular). En lugar del
joven, vivaracho y agradable georgiano, Daville se encontró en el Diván frente
a un osmanlí pesado, inmóvil y frío, cuyo aspecto asustaba y repelía. Las
conversaciones con Mehmed bajá, si bien no siempre daban lo que prometían, al
menos le deparaban cierto júbilo, así como ganas de trabajar y de seguir
negociando. Con Ibrahim bajá, tenía la sensación de que, tras cada entrevista,
el interlocutor debía quedar contagiado de mal humor, tristeza y una sorda
desesperación.
El visir era una ruina andante. Una ruina desprovista de
belleza y majestuosidad; en realidad, su única grandeza era el horror. Si los
muertos pudieran moverse, tal vez provocarían en los vivos más pavor y asombro,
pero menos horror, un horror glacial que petrificaba la mirada, asesinaba la
palabra y hacía que la mano tendida, ella sola, se retirara hacia atrás. La
cara del visir era ancha, exangüe, con escasas pero profundas arrugas, y una
barba rala que, de nuevo a su modo, carecía de color, como hierba agostada que
desde hace tiempo languidece entre las grietas de una roca. Ese rostro
resaltaba extrañamente contra el turbante enorme que llevaba calado hasta los
ojos y le tapaba las orejas. Estaba artísticamente enrollado y era de tela
blanca finísima con reflejos rosados y un único motivo bordado en hilo de oro y
seda verde. Pero también el turbante resultaba raro en su cabeza, como si una
mano ajena lo hubiera colocado, en la oscuridad y a tientas, en la cabeza de un
muerto que jamás volvería a moverse ni a quitárselo, porque su destino era ser
enterrado con él y pudrirse. El resto de ese hombre, del cuello a los pies, era
un único bloque en el que apenas se distinguían las manos, las piernas y la
cintura. Era imposible tasar cómo era el cuerpo que vivía bajo la pila de ropa
de paño, cuero, seda, plata y pasamanería. Podía ser menudo y débil o grande y
fuerte. Sin embargo, lo más asombroso era que, en los raros momentos en los que
se movía, esa masa de ropa y joyas tenía los gestos inesperadamente veloces y
enérgicos de un hombre joven y nervioso. Pero al mismo tiempo, la cara grande,
envejecida e inerte permanecía inmóvil e impasible. Parecía que un armazón y
muelles invisibles impulsaran desde dentro a esa figura muerta y al rígido
cúmulo de atavíos.
Todo esto daba al visir un aspecto fantasmal, y en el
interlocutor suscitaba sentimientos encontrados de miedo y repugnancia, pena e
incomodidad.
Así que ésa fue la impresión que la persona del nuevo
visir causó al cónsul en el primer encuentro.
Con el tiempo, al vivir y trabajar con Ibrahim bajá,
Daville acabaría acostumbrándose a él, llegaría a ser su amigo y descubriría
que bajo una apariencia insólita se ocultaba un hombre con corazón y con
cerebro, que era profunda y eternamente desdichado, pero no inaccesible a los
mejores sentimientos que su raza y su casta conocían y permitían. Sin embargo,
ahora, a juzgar por esa primera impresión, Daville veía un futuro negro para su
colaboración con el nuevo visir, que semejaba un espantapájaros, un espantapájaros
suntuoso que no estaba destinado para los campos pobres de esta tierra, sino
más bien para asustar, en paisajes fantásticos, a las aves del paraíso de
formas y colores raros.
En el bullicio del konak, Daville advirtió muchas caras
nuevas y poco corrientes. D’Avenat, que al pasar al servicio exclusivo del
cónsul francés había dejado de tener el acceso libre al edificio del que
disfrutaba en la época de Mehmed bajá, con el tiempo encontró, no obstante,
conexiones y vías para estar siempre bien informado sobre el visir, los
personajes principales, las relaciones entre ellos y la forma en la que se
llevaban a cabo los asuntos importantes.
Ya fuera por su celo innato, por su curiosidad y por el
exceso de tiempo libre, o bien por el anhelo inconsciente de imitar a los
antiguos embajadores reales, cuyos informes gustaba de leer, Daville se afanaba
en indagar la vida privada del visir, la intimidad de su hogar y, según la
receta de la vieja diplomacia, conocer «el carácter, las costumbres, pasiones e
inclinaciones del gobernante ante el que se está acreditado», para poder
influir con más facilidad y alcanzar sus objetivos.
D’Avenat, que lamentaba tener que vivir en ese erial
bosniaco en lugar de estar en la embajada o al servicio de algún visir en
Constantinopla, tal y como hubiera correspondido a sus capacidades y a la
opinión que de ellas tenía, parecía estar hecho para enterarse e informar de
todo. Con la arrogancia del levantino, la precisión del médico y la perspicacia
del piamontés, lograba averiguar lo que le interesaba y lo contaba de modo
seco, real y minucioso, con detalles que de vez en cuando le resultaban interesantes
al cónsul, por lo general útiles, pero a menudo tortuosos y repugnantes.
Igual que no existía ninguna semejanza entre los dos
visires, tampoco la había entre sus respectivos colaboradores, que eran
totalmente diferentes. Los hombres que Mehmed bajá se había traído y llevado
consigo eran, por lo general, jóvenes, todos más o menos procedentes, de la
leva, en cualquier caso buenos jinetes y cazadores. Entre ellos no había
personas excepcionales que, por sus características físicas o mentales, buenas
o malas, sobresalieran del resto y llamaran la atención en particular. Todos eran
hombres enérgicos, corrientes, leales y obedientes, de manera incondicional, a
Mehmed bajá, y se parecían los unos a los otros como se parecían los treinta y
dos mamelucos, que eran como marionetas, rostros impasibles, todos con el mismo
aspecto y la misma talla.
La casa de Ibrahim bajá era muy diferente, más numerosa y,
teniendo en cuenta los caracteres y apariencia de quienes la formaban, mucho
más diversa. El propio d’Avenat, para quien el mundo turco no tenía muchos
secretos, se preguntaba a veces con asombro dónde había encontrado el visir esa
corte insólita, por qué los arrastraba tras él y cómo lograba mantenerlos
unidos. Al contrario que la mayoría de los visires, Ibrahim bajá no era un
advenedizo ni un hombre de origen oscuro. Su padre y su abuelo ya eran ricos y
habían sido altos funcionarios. Así, su familia había acumulado una legión de
esclavos, hombres de confianza, protegidos y criados, niños adoptados, yernos
que vivían de sus esposas, parientes en mayor o menor grado, parásitos y
gorrones de toda suerte. En el transcurso de su vida larga y agitada y de su
carrera, el visir había empleado a todo tipo de gente para diversas
necesidades, y en particular durante la época en que había sido gran visir de
Selim III. La mayoría de aquellos individuos ya no se habían separado de él ni
siquiera cuando el trabajo para el que habían sido requeridos había terminado;
al contrario, adheridos al visir como «lapas a un barco viejo», permanecían
unidos a su destino, mejor dicho, a su cocina y a su caja. Los había viejísimos
e impedidos que jamás salían a la luz del día y a los que había que asistir en
su habitación, en algún lugar en las profundidades del konak. Antaño habían
estado al servicio de Ibrahim bajá y le habían hecho algún favor importante que
el visir había olvidado hacía tiempo y que ellos mismos apenas recordaban. Los
había jóvenes y robustos sin oficio ni beneficio. Unos cuantos habían nacido en
la «casa» de Ibrahim bajá, porque su padre servía allí, así que crecían y
pasaban en ella la eternidad sin razones evidentes ni justificación. También
había intrusos arrogantes y vulgares derviches que vivían de la caridad.
En resumen, d’Avenat no exageraba demasiado cuando en sus
informes a Daville, con su sonrisa altanera, llamaba al konak del nuevo visir
la «galería de los horrores».
Ibrahim bajá aceptaba a todas estas personas sin
rechistar, las soportaba, las arrastraba tras de sí y con una paciencia
supersticiosa toleraba sus defectos, sus luchas y enfrentamientos internos, sus
peleas y rencillas.
También los que ocupaban cargos elevados y realmente
llevaban a cabo el trabajo y las gestiones eran tipos singulares, y en contadas
ocasiones gente común y corriente.
Entre ellos, tanto por su importancia como por la
influencia que tenía en todos los asuntos, destacaba en primer lugar Tahir bey,
el teftedar, un hombre de confianza de Ibrahim bajá, su primer consejero en
todas las cosas. Era enfermizo y extravagante, pero generoso y de una
inteligencia extraordinaria. Las opiniones sobre él estaban muy divididas en la
ciudad y en el konak, pero era indudable, y en eso estaban de acuerdo los
travniqueses y los cónsules, que Tahir bey era el cerebro de la corte del visir
y «la mano derecha y la pluma en la mano» de su amo.
Como sucedía con todos los altos dignatarios osmanlíes, al
teftedar lo había precedido su reputación naturalmente deformada y exagerada.
Los ulemas de Travnik, tan abundantes como envidiosos, se mordían los labios
con malicia y se consolaban diciendo que, al fin y al cabo, él no era más que
un hombre, y que únicamente al cielo que está sobre nuestras cabezas no le
sobra ni le falta nada. Y, en efecto, antes de que Tahir bey llegara a la mitad
del camino, ellos lograron quitarle lo que le sobraba y ponerle lo que le
faltaba. Uno de los que vinieron de Estambul contando la erudición e
inteligencia de Tahir bey dijo que ya en la escuela lo llamaban el Pozo de
sabiduría. En Travnik, de inmediato lo bautizaron Pozo efendi[32].
Así eran los hombres de alcurnia y los próceres
travniqueses, en especial los cultos e instruidos. Para todo lo que no poseían,
no sabían o no podían hacer, encontraban una palabra vil o un nombre
ultrajante. De este modo, participaban en todos los asuntos, incluso en los más
importantes y en los que, de no ser así, jamás podrían tomar parte.
Pero, cuando Tahir bey llegó a Travnik, el apodo mordaz,
inventado tan deprisa por los ulemas, se volvió en contra de ellos porque el
pueblo lo rechazó. Ante la personalidad del nuevo teftedar se apagaba por sí
misma cualquier ofensa y cualquier burla se desvanecía. Al cabo de unas cuantas
semanas, la gente lo llamaba simplemente efendi, pronunciando una palabra tan
corriente con respeto y entonación especial. Así, en aquella época, en Travnik,
había muchos efendis: escribanos más o menos instruidos, teólogos del Corán,
maestros y hodjas, pero efendi a secas, sólo uno.
La erudición, el conocimiento de lenguas extranjeras y el
arte de escribir eran una tradición en la familia de Tahir bey. Su abuelo había
sido autor de diccionarios y comentarios; su padre, primer secretario de la
Sublime Puerta, terminó sus días como reis-efendi. Tahir bey lo habría sucedido
de no haber sido por la rebelión que derrocó al sultán Selim y arrojó al gran
visir Ibrahim bajá primero a Salónica y luego a Travnik.
Tahir bey acababa de cumplir treinta y cinco años, pero
parecía mucho mayor. Había pasado, prácticamente sin interrupción, de ser un
niño precoz a ser un hombre enfermizo, pesado y envejecido. Y así vivía y
trabajaba. Después de todo cuanto había padecido con Ibrahim bajá cuando éste
era gran visir en los peores momentos, y a causa de la enfermedad que carcomía
su cuerpo, por lo demás fuerte y armonioso, se había convertido en un enfermo
grave que se movía lentamente y con pocas ganas, pero del que emanaba un deseo
visible de vivir y una insólita fuerza espiritual.
Si hubiera sabido vivir con más moderación o consentido en
dejar el trabajo, tal vez su médico de Constantinopla hubiera podido curarlo al
principio. Ahora, su extraña enfermedad se había asentado y afianzado, y Tahir
bey se había resignado a vivir y sufrir a la par. En la ingle izquierda tenía
una llaga que se abría y cerraba unas cuantas veces al año. Debido a ello
caminaba doblado y despacio. En invierno y cuando soplaba el siroco, los
dolores y el insomnio lo torturaban y debía aumentar la dosis de alcohol y
narcóticos.
Desde que se había quedado sin su médico de
Constantinopla, Tahir bey curaba y vendaba él mismo sus heridas, igual que
sufría en silencio y en secreto, sin quejarse nunca ni molestar a nadie.
Ciertamente, entre el numeroso personal de Ibrahim bajá,
había un hombre que ocupaba el cargo de médico, pero se trataba de Esref efendi,
un viejo ingenioso que había olvidado todo lo que antaño había aprendido, y no
digamos el arte de la medicina, con el que nunca había tenido mucho que ver. En
su juventud había sido una especie boticario, pero había pasado la mitad de su
vida en el ejército, en el frente y los campamentos, donde «curaba» más por
sugestión y por su cordialidad, por su buen humor indestructible, que por sus
conocimientos y remedios. Hacía tiempo que Ibrahim bajá lo había sacado del
ejército y lo llevaba consigo a todas partes, más como un compañero agradable
que como médico. En otra época había sido un cazador apasionado, sobre todo de
patos salvajes, pero ahora estaba casi paralizado por el reumatismo en las
piernas, y pasaba la mayor parte del día sentado al sol o en una habitación
caliente, siempre calzado con unas botas cuya caña alta era de tela. Era un
hombre que llamaba la atención, vivaracho, ocurrente, y amado y respetado por
todos.
Se sobrentiende que a Tahir bey ni se le había pasado por
la imaginación que Esref efendi lo asistiera en su enfermedad, aunque le
gustaba bromear y conversar con él.
En un cofre especial siempre había vendas, estrechas y
anchas, cuidadosamente colocadas, algodón, agua y emplastos. Era una arqueta
ensamblada con habilidad y delicadamente tallada, de madera noble, que ganaba
en belleza cuanto más antigua era y más se usaba. El abuelo de Tahir bey
guardaba en ella sus manuscritos; su padre, el dinero, y él, las vendas y los
ungüentos.
Cuando la enfermedad del teftedar se agravaba, todas las
mañanas, a la misma hora, mandaba calentar agua especialmente para él, y
entonces empezaba el proceso doloroso, largo y casi sagrado del baño, la
limpieza y el vendaje. Encerrado y solo, con las mandíbulas apretadas
convulsamente y las cejas fruncidas, lavaba con cuidado su herida y cambiaba
los emplastos y vendas, lo que a menudo duraba horas.
Eran las horas secretas y tormentosas de la vida del
teftedar. Pero en ellas, al mismo tiempo, quedaban acalladas y enterradas todas
las dificultades y amarguras. Porque, al terminar, después de curarse, fajarse
y apretarse bien los vendajes y vestirse, volvía entre la gente tranquilo y
fortalecido, totalmente cambiado. Sus ojos irresistibles ardían en la cara fría
e impasible, y apenas se percibía el temblor de sus labios. Entonces no había
para él nada difícil ni terrible en el mundo, ni cuestiones irresolubles ni
personas peligrosas ni obstáculos insuperables. Este enfermo eternamente grave
era más fuerte que los sanos y más hábil que los fuertes.
Lo que revelaba la verdadera vida y la auténtica fuerza de
Tahir bey eran sus ojos. Tan pronto eran los ojos enormes, brillantes, de los
grandes hombres, a los que la fuerza de sus pensamientos eleva por encima de
todas las cosas, como los ojos achicados, duros, dorados, de algunos animales,
como la marta y la comadreja, fulgurantes y glaciales, sin discernimiento ni
piedad; o los ojos exaltados, sonrientes, de un niño caprichoso pero noble, con
la despreocupación y la belleza que la juventud confiere por sí misma. El
hombre entero vivía por los ojos. Por lo demás, era de voz ronca, parco en
movimientos y lento.
Tahir bey tenía más influencia sobre el visir que el resto
de sus colaboradores; sus consejos eran los más solicitados y los más
escuchados; a él se confiaban cuestiones difíciles y delicadas, que el cehaja a
menudo no sabía ni que existían. Solía resolverlas con rapidez, naturalidad y
pericia, sin muchas palabras, con ese fulgor dorado en los ojos, y nunca más
volvía sobre ese tema. Compartía su sabiduría y su sagacidad generosa y
altruistamente, como un hombre que tiene demasiado, que está acostumbrado a dar
y que no necesita nada. Conocía por igual la ley islámica, el ejército y las
finanzas. Hablaba persa y griego. Escribía magníficamente y era autor de una
serie de poemas que el sultán Selim apreciaba mucho.
Tahir bey era uno de los raros otomanos del konak que
jamás se quejaba del exilio en Bosnia, de la barbarie del país y de la
vulgaridad de la gente. En su fuero interno añoraba Constantinopla y estaba
acostumbrado, él más que nadie, al lujo y los placeres de la vida en la
capital. Pero ocultaba su nostalgia como «vendaba» sus heridas, en aislamiento
y soledad.
El haznadar Baki, al que los moradores del konak llamaban
Kaki, era exactamente lo contrario de Tahir bey y por eso mismo su enemigo
jurado e impotente. Era un monstruo tanto en lo físico como en lo mental, una
máquina increíble de calcular, un hombre odiado por todos y que no esperaba
otra cosa. Más por rutina que por necesidad, hacía tiempo que había llegado a
ser indispensable para el visir. Éste, que no osaba ni reconocérselo a sí mismo
y que, en definitiva, amaba a la gente tranquila y noble, mantenía y soportaba
a su vera a ese prodigio de perfidia por una especie de instinto supersticioso,
como un amuleto que atrae sobre él todo el odio y la maldad, de lejos y de
cerca. Era la «serpiente doméstica» del visir, como decía Tahir bey.
Sin mujer y sin amigos, Baki hacía años que ocupaba el
cargo de tesorero y llevaba la contabilidad del visir, a su modo, concienzuda y
minuciosamente, ahorrando cada céntimo con la obstinación de un avaro enfermizo
y defendiendo su tesoro de todos, incluso del mismo visir. Su vida, sin la
menor dicha ni satisfacción personal, estaba dedicada por completo al culto
egoísta de sí mismo y a la lucha contra los gastos, cualesquiera que fueran,
donde se hicieran y quienquiera que los realizara. Su crueldad y su maldad eran
ilimitadas y, de hecho, no poseía nada más que esa perversidad, y no le pedía
otra cosa a la vida.
Era un hombre bajo y rollizo, sin barba ni bigote, de piel
amarilla, fina y transparente que parecía rellena no de huesos y músculos, sino
de un fluido incoloro o de aire. Tenía las mejillas infladas y fofas como dos
bolsillos. Por encima de ellas flotaban dos ojos inquietos azules y límpidos
como los ojos de los niños, pero siempre preocupados y llenos de desconfianza,
unos ojos que nunca reían. El escote de su chaqueta y su camisa dejaba ver un
cuello inflado en el que se marcaban tres pliegues profundos como los de las
mujeres gordas anémicas. El hombre entero parecía un enorme odre ajado que se
desinflaría silbando si alguien lo pinchaba con un simple alfiler. Todo ese
cuerpo temblaba bajo su propio aliento y le atemorizaba el contacto con algo
que no fuera él mismo.
No conocía las bromas o la diversión. Hablaba poco, sólo
lo que había preparado de antemano y nada más que lo estrictamente necesario.
Se escuchaba y miraba a sí mismo y a todo lo que consideraba suyo con
entusiasmo. Aunque hubiera tenido dos vidas no le habrían bastado para
semejante trabajo. Comía frugalmente y no bebía más que agua, porque no tenía
ni dientes para masticar ni estómago para digerir, y porque cada bocado que
ahorraba le resultaba más dulce que el que hubiera podido comer. Pero, puesto que
había que alimentarse, arreglaba, modelaba y contemplaba cada miga con ternura,
porque debía llegar a ser parte de su cuerpo.
Este hombre siempre tenía frío, en todas partes y en
cualquier estación del año. Su piel sensible y su cuerpo flácido no le
permitían ponerse tanta ropa como necesitaba. El roce de los dobladillos y de
las costuras le hacía daño, y esto le producía tristeza y una gran compasión
hacia sí mismo. Toda su vida había buscado tejidos cálidos, pero ligeros y
suaves, y se vestía y calzaba a su manera, con ropas amplias, cómodas y
sencillas, al margen de las costumbres y de las personas que lo rodeaban. Uno
de sus sueños era el calor. Se imaginaba una habitación, pequeña y sin muebles,
pero calentada desde todos lados por un fuego invisible, siempre a una
temperatura constante y regular, y que además fuera luminosa y estuviera
permanentemente limpia y llena de aire fresco. Una especie de templo dedicado a
sí mismo, una tumba caldeada, pero desde la cual se pudiera ejercer una
influencia poderosa y perpetua en el mundo, haciendo el bien a sí mismo y el
mal a los otros. Porque Baki no era sólo un avaro ridículo y un excéntrico
egoísta, sino también un difamador, un delator y un chismoso que había
arruinado la vida de muchos y logrado que les cortaran la cabeza a unos
cuantos, sobre todo en su época de gloria, cuando Ibrahim bajá era gran visir y
el propio Baki se codeaba con personajes importantes y se hallaba en el centro
de los acontecimientos. «Aquél al que Baki retira el plato no comerá jamás», se
decía entonces de él. Pero incluso ahora, estando tan alejado, sin relaciones
ni influencias, viejo y más grotesco que peligroso, escribía sin cesar a
diversos personajes de Constantinopla, para contarles, según la costumbre, todo
lo que él sospechaba o creía saber y vituperando a todo el que podía. Aún era
capaz de pasar una grata noche inclinado y crispado sobre un trozo de papel,
igual que otros la pasan en alegre compañía o en un lance amoroso. Y hacía todo
eso espontáneamente, casi siempre sin obtener ningún provecho personal,
impulsado por una necesidad interna, sin pudor, sin remordimientos, incluso sin
temor.
Todos los habitantes del konak odiaban al haznadar, y él,
a su vez, los detestaba igual que detestaba al resto del mundo. Un maníaco del
ahorro y de las cuentas, que no quería ayudantes ni escribientes. Dedicaba el
día entero al dinero, susurrando como si rezara, contándolo, recontándolo y
anotándolo con un cálamo corto y romo en pequeños pedazos de papel desiguales.
(Robaba el papel a los otros funcionarios). Espiaba a todos, pegaba a los
jóvenes y los despedía, aburría al visir con denuncias y calumnias sobre los
ancianos, suplicándole que prohibiera e impidiera el despilfarro y la ruina.
Luchaba contra los gastos y el derroche, contra cualquier placer y cualquier
alegría, prácticamente contra cualquier actividad en general, considerando que
tanto los hombres alegres y desenfadados, como los elocuentes y emprendedores,
eran vagos y peligrosos manirrotos. En esa batalla suya contra la propia vida
había episodios graciosos y tristes. Pagaba a soplones para que lo informaran
de en qué habitación brillaba la luz más de lo necesario, controlaba lo que
unos y otros comían y bebían, contaba los tallos de cebolla del huerto en
cuanto brotaban de la tierra. En realidad, todas estas medidas costaban más
dinero y más esfuerzos que el derroche así evitado. (Tahir efendi decía en
broma que el celo de Baki causaba más daño al visir que todos los defectos y
vicios de las personas a su servicio). A pesar de su obesidad y de su asma, a
cada instante descendía al sótano y subía al desván. Inventariaba, marcaba y
supervisaba todo y aun así las cosas le desaparecían ante los ojos. Se batía
desesperadamente contra el curso natural de los acontecimientos, y lo que más
le hubiera gustado habría sido poder apagar la vida del mundo entero igual que
se apagan las velas innecesarias en las habitaciones, con el pulgar y el índice
humedecidos, y quedarse solo en la oscuridad, junto a esas velas extintas, y
gozar porque las tinieblas reinaban, porque, por fin, se había dejado de vivir
y de gastar, y porque él aún respiraba como vencedor y testigo de su propio
triunfo.
Baki guardaba rencor a los ricos porque tenían demasiado,
gastaban y dilapidaban, y aborrecía hasta lo indecible a los que no poseían
nada, esos miserables eternos, hidra de mil bocas insaciables. Cuando en el
konak querían hacerle rabiar, se le acercaba alguien a hablar con él y como de
paso, con una expresión exageradamente triste y tono pesaroso, le decía que tal
o cual persona merecía atención porque «era muy pobre». Como impulsado por un
resorte, Baki saltaba de su sitio, perdía todo control y gritaba con su débil
voz:
—¿Para qué quieres un pobre? ¿Por qué te arrimas a los
miserables? Déjalos que sigan el curso de las aguas. ¿Acaso soy yo Dios para
convertir a los pobres en ricos? ¡Ni siquiera El hace ya esas cosas! También a
Él le han aburrido.
Inclinaba la cabeza y bajaba la voz afligido, imitando a
su interlocutor.
—«¡Porque es pobre!». ¿Y qué si es pobre? ¿Acaso es ahora
un honor ser pobre o un título que da derecho a algo? «¡Es pobre!», como si
dijera «es un peregrino que ha ido a La Meca» o «es un bajá».
Luego elevaba el tono, echaba espumarajos de rabia por la
boca, y se encaraba con el otro:
—¿Y por qué engulle si es pobre? Nadie come más que los
pobres, ¿por qué no ahorra?
Elogiaba a los bosniacos por su sencillez y austeridad y
porque soportaban la miseria en silencio con paciencia, sin pedir ni mostrar
agresividad como los menesterosos de Constantinopla y de Salónica. No apreciaba
a los travniqueses, porque había advertido que les gustaban las joyas y que
casi todos iban bien vestidos. Había visto que los hombres llevaban amplios
cinturones y pantalones adornados con pasamanería de seda, y las mujeres, el
manto de buen paño y, en la cara, velos bordados con oro auténtico, y eso lo
enojaba, porque intentaba explicarse en vano cómo era posible que todo el mundo
tuviera dinero, cómo compraban cosas tan caras y superfluas y cómo hacían para
sustituirlas, ya que se gastaban y estropeaban rápidamente. Le daba vértigo
sólo pensar en esas cuentas indescifrables. Y cuando, en la conversación,
alguien empezaba a defender a los travniqueses y a señalar que era muy bonito
verlos en el bazar, siempre limpios y bien vestidos, Baki se salía de sus
casillas.
—Me parece muy bien que sean limpios, pero ¿de dónde sacan
dinero para semejantes atuendos? ¿De dónde? Dime, ¿cómo es posible que
encuentren dinero en este villorrio?
Y cuanto más insistía su interlocutor, deliberadamente, en
alabar a los travniqueses y justificar sus lujosas ropas, más se enfurecía el
haznadar. Sus ojos azules, inquietos y al mismo tiempo irremisiblemente
cómicos, adquirían de repente el color violeta de una tormenta, y un brillo
malvado. Como un derviche en trance, caminaba raudo con sus piernas cortas,
invisibles y mantecosas, agitando sus pequeños brazos. Por fin, llegaba al
centro de la habitación dando grandes zancadas, las manos extendidas y abiertos
los dedos amorcillados, repitiendo con voz acre y silbante, más y más rápido,
más y más fuerte, y más y más virulentamente:
—¿De dónde sacan el dinero? ¡Eh!, ¿de dónde lo sacan? ¿De
dón-de viene el di-ne-ro?
Aquí, el bromista, que sólo quería hacerle rabiar, se
marchaba dejando al tesorero indignado y sin respuestas, en medio de la
habitación, igual que un hombre a punto de ahogarse, desesperado y abandonado
en el enfurecido océano de gastos infinitos y cálculos inextricables de este
mundo absurdo y mísero.
La persona que mejor conocía a Baki y más cosas sabía de
él era Esref efendi, el médico enfermo del visir. Por él se enteró d’Avenat de
múltiples detalles referentes al haznadar.
Sentado al sol, con las piernas extendidas enfundadas en
las botas de tela y las manos, delgadas y llenas de venas y cicatrices, en el
regazo, Esref efendi hablaba con su voz profunda y ronca de cazador.
—Sí, sí, ahora se le ve ridículo y casi al límite de sus
fuerzas. Ni siquiera un cerdo querría rozarlo, pero había que haberlo conocido
en otra época. Incluso hoy día no hay que subestimarlo. Dice usted que es
amarillo y le tiemblan las manos. Es cierto, pero se engaña si cree que por eso
no le queda mucha vida o que ya no puede ser tan dañino ni peligroso para todo
lo que lo rodea. Bueno, tiene el color de un membrillo podrido, pero jamás ha
tenido otro, nació así. Hace cincuenta años que eso repta por la tierra, tose,
estornuda, gime, sopla y silba por todos sus costados como un odre agujereado.
Desde el primer día, cuando ensució por primera vez el suelo sobre el que su
madre lo trajo al mundo, sufre y mancha todo lo que toca. Ha pasado la mitad de
su vida retorciéndose a causa del estreñimiento, y la otra mitad con diarreas
tremendas corriendo por el patio con la bacinilla en la mano. Pero ni eso ni el
sempiterno dolor de muelas, el insomnio, la urticaria y las hemorragias, le han
impedido moverse como un barrilete y hacer el mal, el mal de cualquier clase,
en todo y a todos, con la velocidad de una serpiente y la fuerza de un toro. Yo
discrepo de los que afirman que es un avaro. No, eso es un insulto para los
avaros. Porque los avaros aman el dinero, o al menos su avaricia, y están
dispuestos a sacrificar mucho por ella, mientras que él no ama nada ni a nadie
salvo a sí mismo y odia al mundo entero, a los seres vivos y a las cosas
muertas. No, no es un avaro, es herrumbre, y de la peor especie, de la que corroe
el hierro.
Esref efendi terminó su disertación con una sonrisa débil.
—Pero yo lo conozco como pocos, aunque a mí nunca ha
podido hacerme nada. Sabe usted, yo siempre he sido un cazador, un hombre
libre, y a los tipos como él siempre me los he colgado de la canana.
Además de estos personajes destacados, d’Avenat logró
conocer a fondo a otros funcionarios importantes e informar sobre ellos al
cónsul.
Estaba el tefter-cehaja, Ibrahim efendi, negro y delgado,
del que se decía que era incorruptible, un hombre callado y retraído que sólo
se preocupaba de sus numerosos hijos, de los documentos del visir y de los
archivos. Se había pasado la vida bregando con los copistas ineptos y poco
concienzudos, con los mensajeros, carteros y los papeles del visir que, como si
una maldición recayera sobre ellos, jamás estaban ordenados como era debido. Su
jornada transcurría en una habitación en penumbra llena de arcones y anaqueles.
Allí reinaba un orden conocido sólo por él. Y cuando le pedían la copia de un
documento o de una carta antigua, se desquiciaba como si se tratara de algo
inesperado e inaudito, saltaba, se detenía en medio de la sala, se llevaba las
manos a las sienes y empezaba a hacer memoria. Sus ojos negros se ponían de
repente a bizquear y «miraba al mismo tiempo a dos estanterías, cada una en un
extremo», como decía Esref efendi. Entretanto, repetía sin cesar, en voz baja,
el nombre del documento que le pedían, tomaba carrerilla e iba acortando el
título hasta hacerlo prácticamente ininteligible y convertirlo en un zumbido
prolongado que surgía de la nariz. En un momento determinado, el murmullo
incomprensible se interrumpía, el tefter-cehaja saltaba como si fuera a cazar
un pájaro y, con los brazos extendidos hacia delante, se precipitaba hacia un
anaquel. Por lo general, el documento buscado estaba allí. Si, por azar, no era
así, el archivero regresaba al centro de la estancia y se concentraba de nuevo,
murmuraba por la nariz y saltaba en otra dirección. Y así sucesivamente hasta
que encontraba lo que buscaba.
El comandante de la guardia del visir era un tal Behdzet,
un hombre risueño y distraído, con una salud de hierro, rollizo y sonrosado,
valiente, pero vago, y un jugador empedernido. Las dos docenas de soldados de
infantería y caballería que formaban la abigarrada guardia del visir no daban a
Behdzet mucho trabajo ni muchos problemas. Se las apañaban para solucionar
todos los asuntos y que su jefe no tuviera que preocuparse de ellos ni ellos de
él. Jugaban, comían, bebían y dormían. El trabajo principal y el más arduo de
este comandante consistía en pelearse con el tesorero, cuando había que sacarle
la soldada o una suma extraordinaria para sí y sus soldados, y evitar que éste
le diera largas o lo rechazara. Entonces se producían escenas increíbles. Con
su espíritu quisquilloso y su perfidia, Baki lograba exasperar al bueno de
Behdzet, que agarraba su cuchillo y amenazaba con cortar a ese roñoso de cajero
en pedazos «como si fuera una albóndiga». Pero el asustadizo y endeble haznadar
se lanzaba sobre el puñal de Behdzet en defensa de su caja de caudales, cegado
por el odio y la repugnancia que sentía hacia ese despilfarrador, y juraba que
antes de morir vería la cabeza del comandante empalada en un repecho, debajo
del cementerio, donde se exhibían las cabezas de los malhechores decapitados.
Por fin, el comandante obtenía su dinero y salía riendo a carcajadas del
gabinete de Baki, que permanecía inclinado sobre su arca, acariciando el vacío
surgido como si fuera una herida, y preparándose para ir, por centésima vez, a
quejarse al visir de ese truhán y facineroso de comandante que desde hacía años
le saqueaba la caja y le amargaba la vida. Y con todo su corazón de tesorero,
deseaba ardiente y sinceramente contemplar un día el triunfo de la justicia y
el orden, y la cabeza hueca e insolente de Behdzet plantada en una pica, a ver
si entonces se reía con las mismas ganas.
El cehaja del visir seguía siendo Suleiman bajá Skopljak,
igual que lo había sido con el anterior visir, como ya hemos podido ver. Él
estaba poco en Travnik, pero cuando estaba, mostraba mucha más comprensión y
simpatía hacia el cónsul austríaco que hacia el francés. Sin embargo, ese
bosniaco era el único en la galería de personajes abigarrados del konak del que
se podía estar seguro de que cumplía lo que prometía.
X
La época de los cónsules supuso un revuelo y no poco
ajetreo para la ciudad del visir; en relación directa o indirecta con ellos, a
unos les fue bien y progresaron, a otros les fue mal y se arruinaron, muchos
los recordarían por lo bueno y muchos por lo malo.
Pero ¿por qué los criados de los beyes molieron a palos a
Salko Maluhija, hijo de una viuda pobre y aprendiz de barbero? ¿Por qué siempre
recordaría la época de los cónsules por esta desgracia, él, que no era
funcionario imperial ni bey, ni si contaba entre los notables ni los ulemas ni
los comerciantes del bazar?
En su caso entraba en juego una de esas fuerzas animales
que circulan por nuestro interior y alrededor nuestro, que nos elevan, nos
empujan hacia delante, nos detienen o nos abaten. Esa fuerza que nosotros, con
una expresión abreviada, llamamos amor, impulsó a Salko, el aprendiz de
barbero, a deslizarse y desgarrarse la ropa entre la maleza de la valla de los
Hafizadic, y a trepar a un árbol para poder ver, al menos con los ojos, a
Ágata, la hija del cónsul austríaco.
Como todos los enamorados verdaderos, Salko no hablaba de
su amor ni lo mostraba, pero había encontrado un modo de satisfacerlo hasta
cierto punto.
En el tiempo que le quedaba libre a la hora de comer, se
introducía sin ser visto en los establos de la posada y desde ahí, por una
abertura a través de la cual se arrojaba el estiércol, llegaba a un matorral
desde el que podía observar el jardín del cónsul y en él, a su hija, que casi
siempre estaba allí, y hacia la que lo atraía algo mayor y más intenso que toda
la fuerza de la que disponía su enclenque cuerpo de aprendiz.
Entre la valla y el patio del consulado, había un huerto
de ciruelos, estrecho y abandonado, propiedad de los beyes Hafizadic, que no
impedía divisar con claridad el jardín, arreglado a la manera europea. Las
sendas estaban bien trazadas y se habían aplanado las toperas. En el centro, se
alzaban los arriates redondos o con forma de estrella, plantados de flores y
rodeados de bastones coronados por bolas de cristal rojo o azul.
El terreno, anegadizo y soleado, favorecía que todo lo que
allí se plantaba creciera rápidamente y bien, y abundaban las flores y los
frutos.
Desde su escondrijo, Salko, el aprendiz de barbero,
contemplaba a la hija del señor von Mitterer. En realidad, la veía en la
ciudad, cuando pasaba con su padre. Pero eso ocurría en contadas ocasiones y de
forma tan veloz, que no sabía en qué fijarse antes, si en el uniforme del
cónsul, en el carruaje amarillo y barnizado o en la señorita que, siempre
crispada, llevaba enrollada alrededor de las piernas una manta de viaje con una
corona roja y un monograma bordados. Nunca había logrado distinguir el color de
los ojos de esa muchacha distante, a la que ahora podía observar de cerca, y
que sin imaginarse que alguien la estuviera viendo, se paseaba sola por el
jardín, delante de la galería de la planta baja, que habían reformado y
encristalado aquella primavera.
Oculto a las miradas, Salko, agachado, con la boca
entreabierta, reteniendo el aliento, espiaba a través de la cerca. Y la joven,
convencida de estar absolutamente sola, daba vueltas entre las flores,
examinaba la corteza de los árboles, saltaba de un extremo a otro de la vereda;
luego se detenía y miraba ya al cielo ya a sus manos. (También los cachorros se
paran en mitad del juego, sin saber qué hacer con su propio cuerpo). Después
volvía a pasear de un lado a otro, balanceando los brazos y dando palmadas; una
palmada delante y otra detrás. Y en las bolas centelleantes y multicolores de
los arriates, su imagen y su vestido claro se reflejaban graciosamente junto al
cielo y el follaje.
Salko olvidaba completamente la realidad y perdía la
noción del tiempo, del lugar y de las proporciones de su propio cuerpo. Sólo
cuando se levantaba para irse, sentía hasta qué punto se le habían entumecido
las piernas dobladas y cómo le dolían los dedos de las manos y las uñas, llenas
de tierra y de costras. Más tarde, ya en la barbería, donde a menudo recibía
buenos palos a causa de su retraso, su corazón latía agitada y
desagradablemente. Pero al día siguiente, esperaba con impaciencia el final de
su frugal almuerzo para deslizarse a hurtadillas, a través del establo de la
posada, hasta la valla de los Hafizadic, temblando de antemano, tanto por el
miedo a que lo sorprendieran, como por la alegría que lo aguardaba.
Un día —era una tarde despejada y tranquila, después de
una mañana lluviosa—, la muchacha no estaba en el jardín. Los arriates estaban
mojados y los senderos aplastados por el aguacero. Las bolas de cristal,
lavadas por la lluvia, relucían al sol y reflejaban alegremente las escasas y
blancas nubes. Al ver que ella no estaba, impulsado por el deseo y la ansiedad,
Salko se encaramó primero a la valla y luego a un viejo ciruelo, que crecía
junto a ella, sitiado por frondosos saúcos; desde allí echó un vistazo a través
de las ramas.
Las ventanas de la galería estaban abiertas de par en par
y el sol y el cielo claro refulgían en los cristales, haciendo que el interior
del mirador pareciera más umbrío. Salko distinguía todo a la perfección. El
kilim rojo en el suelo y los cuadros incomprensibles en las paredes. La hija
del cónsul estaba sentada en una silla pequeña y muy bajita. Tenía en su regazo
un libro enorme, pero levantaba los ojos de él a cada instante y los dejaba
vagar por la galería y las ventanas. Esa nueva situación, en la que nunca antes
la había visto, lo enardeció aún más. Cuanto más se cernían las sombras sobre
ella y cuánto más lejos estaba, tanto más anhelaba contemplarla. Temía
resbalarse o quebrar una rama. Desfallecía de placer al verla inmóvil en la
penumbra, que tornaba su cara más alargada y más pálida, y en su fuero interno
no cesaba de pensar que aún tenía que ocurrir algo, algo más excitante e
insólito, porque insólito era todo en ese día lluvioso. Trataba de convencerse
a sí mismo de que no iba a pasar nada, pues ¿qué podía suceder? Sin embargo,
ocurrió lo que menos esperaba.
¡Ea! Ella posaba las palmas de las manos sobre el libro
abierto. Salko se quedó sin aliento y sin ideas. —Sí, algo iba a pasar—. En
efecto, la muchacha, con lentitud e indecisión, se levantó, juntó las manos,
luego las separó dejando sólo las puntas de los dedos unidas. Se miró las uñas
—¡iba a ocurrir!—; de repente, despegó también los dedos, como si interrumpiera
algo fino e invisible; dirigió la vista al suelo, separó ligeramente los brazos
del cuerpo y empezó a bailar despacio en medio del kilim rojo.
Con la cabeza levemente inclinada, como si aguzara el
oído, los ojos bajos, contemplaba la punta de sus zapatos. En el rostro
imperturbable, arrobado, las luces y sombras del día lluvioso se iban
alternando según ella se movía.
Y Salko, viendo que, como él había presentido, estaba
pasando algo insólito, olvidó por completo quién era y dónde se hallaba, se
trasladó de la rama principal a las ramas más delgadas, trepó muy por encima de
la valla, y cada vez que ella avanzaba una pierna en un paso de baile, él
estiraba la cabeza más y más. Pegó la cara al follaje y a la corteza fresca.
Todo su ser temblaba y desfallecía. Era difícil experimentar tal deleite en
semejante posición. La joven seguía danzando. Cuando repitió la misma figura
por segunda o tercera vez, un escalofrío de dulzura lo recorrió por entero,
como si estuviera viendo algo muy querido y familiar.
De súbito, el árbol crujió. La rama sobre la que estaba se
partió, y él sintió que caía a través de las hojas de saúco y que las ramas lo
laceraban y arañaban; se golpeó dos veces, una en la espalda y otra en la
cabeza.
Al final, fue a dar con sus huesos al jardín de los
Hafizadic. Primero se precipitó sobre la empalizada y luego al suelo, entre
unas tablas mohosas y carcomidas que tapaban una alcantarilla. Las tablas
podridas cedieron bajo el peso y él se hundió hasta las rodillas en el barro y
en el lodo.
Cuando alzó la cara magullada y manchada de cieno y abrió
los ojos, distinguió inclinada sobre él a una criada de la cocina de los
Hafizadic, una vieja apergaminada y de rostro surcado de arrugas como el de su
madre.
—¿Es que quieres matarte, infeliz? Pero ¿qué asunto te
trae por las alcantarillas?
Salko miraba a todos lados, buscando al menos un rayo de
la belleza que lo había iluminado pocos instantes antes cuando se encontraba
allá arriba. Oía a la vieja, sin entender lo que decía, igual que, con los ojos
abiertos de par en par, veía a los criados de Hafizadic que venían corriendo
desde el otro extremo del huerto blandiendo garrotes en las manos, pero no
lograba recuperar la conciencia ni comprender lo que había sucedido ni lo que
querían de él esas personas.
La muchacha menuda, triste y solitaria continuaba con su
paseo y sus juegos inocentes en el jardín y en la galería, sin tener ni idea de
lo que había ocurrido por su culpa en el huerto vecino, como tampoco había
imaginado nunca que alguien la observaba.
Luego de la paliza que recibió en la propiedad Hafizadic,
y de la bofetada que le dieron por llegar tarde a la barbería, Salko también se
quedó sin cena por la noche. Era el castigo que siempre le imponía su madre,
una mujer pálida y prematuramente envejecida, a la que la miseria había hecho
severa y mordaz. Después de eso, el crío no volvió a colarse en un jardín ajeno
ni a trepar a las vallas ni a los árboles para ver lo que no debía.
Se quedaba en la barbería y, más demacrado y triste, se
imaginaba a la maravillosa joven extranjera. La contemplaba bailar ahora ante
él al ritmo que su deseo y su imaginación marcaban, sin correr el peligro de
caer en una alcantarilla ni de que lo pillaran y molieran a palos.
No obstante, también se paga la belleza soñada. Mientras
Salko sujetaba el recipiente con el jabón en sus manos finas y azuladas, de
pie, al lado del gordo barbero que rasuraba el cráneo de un efendi, el patrón
advertía su mirada ausente y le indicaba con los ojos y el gesto de costumbre
que se fijara en su navaja de afeitar, que tenía que aprender en lugar de dejar
vagar su mirada perdida por algún lugar más allá de la puerta de la barbería.
El muchacho se estremecía, contemplaba al barbero y, obediente, observaba la
navaja. Pero apenas un minuto después, su mirada volvía a volar sobre la
superficie azulada que dejaba en la cabeza del efendi la navaja del barbero,
para llegar al jardín paradisiaco y a la niña de paso ligero y aspecto extraño.
Y cuando el patrón advertía de nuevo su aire distraído, caía el primer cachete
asestado con la mano libre, la izquierda, en cuyo índice se amontonaba la
espuma de afeitar. Todo el arte consistía entonces en no dejar caer el
recipiente de las manos y soportar impertérrito el sopapo, porque las cosas se
quedaban ahí. De lo contrario, las bofetadas llovían y el garrote salía a
relucir.
De ese modo, el barbero Hamid curaba al aprendiz de sus
chiquilladas, y le inculcaba un poco de juicio en la cabeza, disuadiéndolo de
hacer barrabasadas y vaguear, y tratando de que prestara atención al trabajo.
Pero esa fuerza de la que ya hemos hablado al principio
aparecía, como las aguas subterráneas, inesperada y repentinamente en otros
lugares y en otras circunstancias, esforzándose por abarcar más campo y dominar
al mayor número posible de seres humanos de ambos sexos. Así, surgía incluso
donde no debía y donde, a causa de la oposición que encontraba, no podía
mantenerse de ninguna manera.
La señora von Mitterer, nada más llegar, había empezado a
visitar las iglesias y capillas católicas de los alrededores de Travnik y a
hacer donaciones. No lo hacía tanto por voluntad propia como por la insistencia
de su marido, que lo necesitaba para reforzar su influencia entre el clero y el
pueblo católico.
Se habían encargado a Viena jarrones de porcelana falsa,
candelabros finos y ramas doradas, todos objetos baratos y de mal gusto, pero
raros y desconocidos en aquellas tierras. La esposa del cónsul había ordenado
brocados, estolas y casullas, hechos por las monjas de Zagreb, para obsequiar
al monasterio de Guca Gora o a los párrocos de las iglesias rurales pobres de
los alrededores de Travnik.
Pero tampoco en esta actividad, que debía ser útil y grata
a los ojos de Dios, Ana María sabía actuar con mesura. Como siempre, la
impulsaba su naturaleza excéntrica, a causa de la cual todo lo que emprendía se
torcía y salía al revés. Su celo desproporcionado despertó rápidamente las
sospechas de los turcos, asustó y desconcertó a los frailes y habitantes de
Dolac, ya de por sí asustadizos y desconfiados. Con las dádivas y su reparto,
procedía de forma caprichosa y arbitraria, irrumpía en las iglesias, colocaba a
su gusto los objetos en el altar, ordenaba que se ventilara, se hiciera
limpieza y se pintara. Los monjes, que aborrecían las novedades y a los que no
les gustaba que nadie se metiera en sus asuntos —ni siquiera cuando se hacía
con la mejor intención—, primero observaron este ajetreo estupefactos, y luego
enseguida empezaron a intercambiar impresiones, a ponerse de acuerdo y a
prepararse para oponer resistencia.
Para el capellán de Orasje, el pueblo más cercano a
Travnik, ese fervor inusual de la señora von Mitterer se convirtió en un
peligro y en una verdadera calamidad. El capellán, el padre Mijat Bakovic, en
aquella época estaba solo, porque su párroco, también llamado Mijat, pero
apodado el Carretero, se había ausentado para resolver ciertos asuntos de su
orden. El capellán era un joven enclenque, miope y dado a fantasear. Soportaba
mal el aburrimiento y la dura vida del campo, y aún no se sentía plenamente seguro
en su condición de religioso.
Ana María echó el ojo a este joven clérigo con todo el
ardor protector del que era capaz y con esa solicitud, un poco de madre, un
poco de amante, que con tanta facilidad confunde y pone en un aprieto a hombres
con mucho más aplomo y experiencia. Durante un tiempo, a principios de verano,
iba hasta dos o tres veces por semana a Orasje; desmontaban ella y su escolta
delante de la iglesia, llamaba al capellán y le daba instrucciones sobre cómo
debía arreglar la iglesia y la casa. Se inmiscuía en sus tareas domésticas, en
cómo distribuía su tiempo y el orden en la parroquia. Y el joven monje la
contemplaba como si se tratara de una aparición, inopinada y maravillosa,
demasiado bella y extraordinaria para que pudiera regocijarle sin sufrir. El
estrecho encaje blanco alrededor del cuello, sobre la tela negra de su vestido
de amazona, resplandecía como si estuviera hecho de una materia luminosa y
ofuscaba las pupilas del capellán, que no osaba mirar directamente a la cara de
la mujer. En su presencia, él tiritaba como si tuviera fiebre, mientras la
señora von Mitterer miraba con deleite esas manos delgadas que temblaban y el
rostro del fraile que se moría de vergüenza por semejante temblor.
Cuando ella bajaba a caballo por la colina camino de
Travnik, el capellán destrozado, permanecía en el banco delante de la vieja
casa parroquial. Todo, el pueblo, la iglesia y el trabajo, le parecía árido,
difícil e ingrato en esos momentos, pero cuando divisaba a los jinetes
procedentes de la ciudad, las cosas volvían a brillar y a florecer. Sin
embargo, lo embargaba de nuevo el temblor y el deseo doloroso de librarse
cuanto antes de esa belleza cegadora y aniquiladora.
Por suerte para el capellán, el padre Mijat, el Carretero,
no tardó mucho en regresar a su parroquia y el joven se confesó con él
espiritual y honestamente. El Carretero, que era un cincuentón fuerte y
vivaracho, de cara ancha, nariz respingona y ojos rasgados, experimentado y
prudente, sano, bromista e ingenioso, un fraile culto y elocuente, no tuvo
ningún problema para entender lo que pasaba y comprender la situación del pobre
capellán.
Enseguida lo envió de vuelta al monasterio. Así, cuando la
señora von Mitterer se presentó de nuevo con su escolta, en lugar del capellán
confuso salió el Carretero, sonriente y sereno, se sentó en un tronco y
respondió, sin quitarse la boquilla de los labios, a la asombrada mujer del
cónsul que le proponía arreglar la iglesia de otro modo:
—Me causa admiración, señora, que seas capaz de
destrozarte los pies por estas cañadas, cuando Dios te ha dado la oportunidad
de permanecer en tu casa, tranquila y confortable. No conseguirás, por más que
lo intentes, poner orden en nuestras iglesias ni capillas; ni aunque te
gastaras en ellas todo el tesoro del imperio. Así somos nosotros y así son
nuestras iglesias; de nada serviría que las cosas fueran mejor. Y tú, los
regalos que tengas para nuestras parroquias rurales, háznoslos llegar por
alguien. Nosotros sabremos darles buen uso y Dios te recompensará.
Ofendida, la señora von Mitterer empezó otra vez a hablar
de la iglesia y del pueblo, pero el padre Mijat convertía en bromas todas sus
observaciones. Y cuando, enfadada, volvió grupas, el párroco se quitó el bonete
de monje que cubría su enmarañado pelo, hizo una reverencia con un aire un
tanto diabólico, servil y burlón a la vez, y le dijo:
—Tienes un buen caballo, señora, podría montarlo el
obispo.
Ana María jamás regresó a la iglesia de Orasje.
Más o menos en aquellos días, el párroco de Dolac habló
con von Mitterer sobre el mismo tema. Los frailes, que consideraban al cónsul
como un amigo y un protector y no querían ofenderlo de ningún modo, eligieron
al padre Ivo, gordo y pesado, pero astuto y hábil, para que le comunicara, sin
agraviarlo a él ni a su esposa, que el celo de la señora von Mitterer les
resultaba incómodo. El padre Ivo, al que no en vano los turcos llamaban el
Trapisondista, lo hizo estupendamente. Primero le contó al cónsul que por el
miedo a los turcos andaban con mucha cautela y, sobre todo, cuidaban mucho con
quién se veían y se reunían, que los regalos que les llevaba la señora von
Mitterer eran bienvenidos, y que ellos rogaban sin cesar a Dios por ella y
daban gracias por lo que les enviaba. Al final, la conclusión implícita de toda
esta historia era que ellos seguirían aceptando las dádivas, pero que sería
mejor que no se las llevara la señora von Mitterer en persona y que no se
inmiscuyera en el reparto ni en el uso que se hiciera de ellos.
Sin embargo, la señora von Mitterer estaba ya harta de
iglesias, y decepcionada con el pueblo y los monjes. Una mañana estalló delante
del coronel y le arrojó a la cara una sarta de reproches e injurias. Le
espetaba que el cónsul francés tenía razón al frecuentar a los judíos, que eran
mucho más instruidos que aquellos católicos turcos. Acercando la cara a la de
su marido, le preguntaba si él era el cónsul general o un sacristán. Juraba y
perjuraba que jamás volvería a pisar una iglesia ni una casa de Dolac.
De este modo se salvó el joven capellán de Orasje de lo
que para Ana María era un juego frívolo y para él un grave problema. Al mismo
tiempo, se terminó también la fase piadosa de la vida de la señora von Mitterer
en Travnik.
La fuerza de la que aquí hablamos constantemente tampoco
perdonó al consulado francés en la otra orilla del Lasva, porque ella no
entiende de escudos ni banderas.
Mientras en la planta baja del Caravasar de los Ragusinos
la señora Daville cuidaba de sus hijos, mientras su esposo languidecía sobre
sus extensos informes consulares y sobre sus enrevesados proyectos literarios,
en el piso superior, el «joven cónsul» se batía contra el aburrimiento y contra
los deseos que éste suscita pero no es capaz de satisfacer. Ayudaba a Daville
en el trabajo, cabalgaba por los alrededores, estudiaba el idioma y las
costumbres del pueblo y trabajaba en su libro sobre Bosnia. Hacía todo lo
posible por llenar sus días y sus noches. Sin embargo, al que es joven y
calmoso le quedan aún fuerzas y tiempo para los deseos, el hastío y el callejeo
propios de la edad.
Así, el «joven cónsul» reparó en Jelka, una lugareña de
Dolac.
Ya hemos visto que a la señora Daville, cuando llegó a
Travnik, le costó tiempo y paciencia ganarse la confianza de los frailes y el
aprecio de la población católica. Al principio, ni los más pobres querían dejar
que sus hijos sirvieran en el consulado francés. Pero cuando conocieron mejor a
la señora Daville y cuando se vio cuánto habían aprendido las primeras
muchachas que trabajaron con ella, la gente empezó a pelearse por obtener un
empleo en casa. Varias jóvenes de Dolac se dedicaban al mismo tiempo a los
quehaceres domésticos o a los trabajos manuales que la señora Daville les
enseñaba.
En los meses de verano, se reunían tres o cuatro mozas a
bordar y a tejer. Se sentaban en el amplio mirador, junto a la ventana, y
cantaban a media voz inclinadas sobre la labor. Cuando iba al gabinete de
Daville, des Fossés pasaba a menudo delante de las jóvenes. Ellas bajaban aún
más la cabeza y la canción se trababa y desafinaban. Midiendo el ancho corredor
con sus largas zancadas, el muchacho solía clavar la vista en ellas y lanzaba
alguna palabra a guisa de saludo al que las chicas, atónitas, no lograban
responder. Además, contestarle no era fácil, porque cada vez era una palabra
diferente, una que justo ese día acababa de aprender, y las confundía, igual
que su libertad, su rapidez de movimientos y su voz animosa. A fuerza de pasar
por allí, en virtud de la lógica que rige las relaciones de esta naturaleza,
des Fossés reparó con mayor precisión en el rostro de la muchacha que más
bajaba la cabeza ante él. Se llamaba Jelka y era hija de un modesto comerciante
que tenía en Dolac una casa humilde repleta de niños. El flequillo pesado y
espeso de su cabello castaño le caía sobre los ojos. Algo indefinido,
relacionado con su ropa y su belleza, la hacía distinta del resto de las
muchachas. Des Fossés empezó a reconocer su nuca castaña y su cuello blanco y
fuerte entre las cabezas inclinadas de las otras bordadoras. Y un día que se
quedó contemplando largamente ese cuello, la muchacha levantó la cabeza
inesperadamente, como si la mirada le quemara y deseara evitarla, mostrando
así, por un instante, la cara juvenil y amplia, los ojos brillantes pero
mansos, la nariz poderosa y levemente irregular, y la boca grande, aunque
perfecta de labios simétricos que apenas se rozaban el uno con el otro.
Sorprendido, el canciller se fijó en ese rostro y vio un rictus trémulo, como
si contuviera el llanto, mientras que los ojos castaños resplandecían con una
sonrisa que no podían ocultar. El joven también sonrió y le dijo alguna palabra
de su «vocabulario ilirio», una cualquiera, porque a esa edad y en esas
circunstancias, todas las palabras son buenas y significativas. Para esconder
los ojos sonrientes y la boca en torno a la que jugaba una línea asustada casi
invisible, ella inclinó la cabeza y mostró su blanco cuello bajo el cabello
oscuro.
Esto se repitió varias veces entre ellos, como un juego,
durante aquellos días. Pero todos los juegos tienden a continuar y prolongarse.
Esta aspiración es irrefrenable cuando se trata, como era el caso, de una
adolescente y de un hombre joven, ardiente y solitario. Así, las palabras
insignificantes, las miradas largas y las sonrisas inconscientes se unieron
para formar un puente seguro que se iba construyendo a sí mismo.
Empezó a pensar en ella por las noches y al despertarse, a
buscarla, primero en los pensamientos, luego en la realidad, y, como por
milagro a encontrársela cada vez con más frecuencia y mirarla más
detenidamente. Como era la estación en que todo germinaba y florecía, a él le
parecía que ella era parte —una parte espiritual y singular— de ese exuberante
mundo vegetal. «Ella es vegetal…», se decía a sí mismo, igual que alguien
canturrea unas palabras sin preguntarse por qué lo hace ni qué significan. Con la
faz ruborizada, sonriente, pero tímida, bajando a cada instante la cabeza como
una flor su corola, en verdad, estaba asociada a las flores y a las frutas en
sus pensamientos con un sentido profundo y especial que des Fossés no trataba
de entender; algo así como la conciencia y el alma de las frutas y las flores.
Cuando la primavera avanzó y los árboles del jardín se
cubrieron de hojas, las muchachas salieron al exterior. Allí estuvieron
bordando todos los meses del estío.
Si alguien conversara con dos viajeros, uno de los cuales
ha pasado en Travnik el invierno y el otro el verano, obtendría dos opiniones
totalmente opuestas de la ciudad. El primero diría que había estado en el
infierno, y el segundo, que había estado muy cerca del paraíso.
Estos lugares mal situados y con un clima ingrato suelen
gozar de unas cuantas semanas al año que, por su belleza y encanto, constituyen
una especie de recompensa por todos los sinsabores e infortunios del resto del
año. En Travnik, esa época va desde principios de junio hasta finales de
agosto, pero sobre todo es en julio cuando alcanza mayor esplendor.
Cuando la nieve se funde en los agujeros más profundos,
cuando cesan las lluvias primaverales y las celliscas, cuando los vientos, ya
fríos, ya templados, ya iracundos y fragorosos, ya sosegados y ligeros se
calman, cuando las nubes se retiran permanentemente a los bordes elevados del
anfiteatro abrupto que forman las montañas alrededor de la ciudad, cuando el
día ahuyenta a la noche con su largura, resplandor y calidez, cuando, en los
bancales que se extienden sobre la villa, los campos amarillean y los perales
se curvan bajo el peso de los frutos maduros que caen en abundancia por los
rastrojos… comienza el hermoso y breve verano travniqués.
Des Fossés acortaba sus paseos por las inmediaciones y
perdía horas en el inmenso jardín empinado del consulado, paseando por las
veredas y entre los arbustos, de sobra conocidos, como si fueran elementos
raros y nunca antes vistos. Jelka llegaba antes que las otras chicas o se
quedaba rezagada. A menudo descendía del terraplén en el que trabajaban e iba
al consulado en busca de hilo, agua o un refrigerio. Solía encontrarse con el
joven en los senderos estrechos cubiertos de verdor. Ella bajaba su cara ancha
y blanca, y él pronunciaba sonriendo sus palabras «ilirias» en las que la «r»
siempre era ronca y alargada y el acento recaía en la última sílaba. Una tarde,
se quedaron solos en uno de los caminos laterales entre la fronda espesa, donde
la sombra estaba saturada de calor. La muchacha vestía unos zaragüelles
tornasolados y un chaleco ajustado de raso azul claro, cerrado con un solo
botón. Una aguja de plata recogía su blusa plisada bajo el cuello. Sus brazos,
desnudos hasta los codos, eran lozanos y rollizos, surcados de venas rosadas.
Él la tomó por la muñeca. La sangre refluyó enseguida y las huellas pálidas de
los dedos masculinos quedaron marcadas en su piel.
Los labios de Jelka —rojo claro, extraños, vitales y ambos
idénticos— se tensaron levemente en las comisuras, esbozando esa sonrisa
implorante y pesarosa, pero de inmediato bajó la cabeza y se apretó contra él,
muda y dócil como la hierba y las ramas. «Vegetal…», pensó el hombre una vez
más, pero lo que se estaba arrimando a él era una criatura humana, una mujer
enternecida hasta el dolor, con el alma presa de la duda, pero también
resignada a ceder y perderse. Los brazos caídos impotentes, la boca entreabierta
y los ojos entornados como si estuviera a punto de desmayarse. Apoyada en él,
envolviéndolo, la muchacha se consumía de amor, por la dulzura que promete, y
desfallecía por el horror que se cernía sobre ella como una sombra. Plegada,
abatida, truncada, ofrecía la imagen de la sumisión total, de la impotencia, de
la derrota y de la desesperación, pero también de una grandeza insospechada. Al
joven le hirvió la sangre y le invadió una sensación de absoluta felicidad y de
triunfo incontenible. Horizontes infinitos se encendían y apagaban en él como
destellos. Sí, ¡eso era! Él siempre había presentido y, tantas veces, afirmado
que ese país pobre, árido y abandonado era, en realidad, rico y opulento, y, he
ahí que ahora se revelaba una de sus bellezas ocultas.
Las laderas empinadas, verdes y salpicadas de colores,
volvían a florecer y el aire se llenaba de un hálito desconocido y embriagador
que —al menos así se lo parecía— siempre había existido escondido en aquel
valle. Los tesoros secretos del lugar oscuro y mísero en apariencia se
manifestaban y, de repente, se descubría que el silencio pertinaz encerraba ese
soplo de amor raudo e intermitente contra el que se rompía el estertor de la
resistencia y el placer del consentimiento, que su aspecto eternamente mudo y
melancólico era sólo una máscara bajo la que fluía y titilaba la luz teñida de
rojo por la sangre dulce.
Había allí un peral viejo, grueso y hendido, inclinado y
caído sobre un ribazo, dispuesto como un sofá. Aunque la base estaba totalmente
seca, aún tenía brotes. Se apoyaron en él y luego se dejaron caer,
entrelazados, primero la chica arrastrando a des Fossés sobre el gran tronco
partido del peral que hacía las veces de lecho. Inerme y silenciosa, Jelka aún
no ofrecía resistencia, pero cuando las manos masculinas se deslizaron a lo
largo de su cuerpo y abarcaron su talle, justo entre los pantalones y el chaleco,
donde no había más que blusa, la joven se retorció como una rama rebelde que
alguien dobla durante la cosecha. Des Fossés se encontró en el sendero pero no
sabía cuándo lo había apartado de su lado ni cómo había llegado allí. La
muchacha estaba arrodillada a sus pies, las manos juntas y la cara elevada
hacia él, como si estuviera rezando, la tez pálida y los ojos bañados en
lágrimas que no fluían. De hinojos y con las manos juntas, pronunciaba palabras
que él desconocía, pero que, en esos momentos, entendía mejor que su lengua
materna: le estaba suplicando que fuera un hombre y la respetara, que no
causara su ruina, porque ella sola no podía defenderse de aquella sensación que
la embargaba, tan irresistible como la muerte pero más dura y terrible. Le
imploraba por la vida de su madre y por lo que le era más querido, y sólo
repetía una y otra vez con una voz enronquecida al mismo tiempo por la pasión y
por la emoción:
—No, por favor, no…
El joven sentía que le latía el pulso en el cuello,
trataba de serenarse y comprender el giro inesperado e increíblemente rápido de
toda la situación. Se preguntaba cómo de repente había podido escabullirse de
debajo de él aquella mujer desfallecida y por qué seguían ahora en esa
situación ridícula: él confuso y erguido, como un emperador pagano, y ella
postrada a sus pies, las manos unidas y la mirada llorosa dirigida a lo alto, a
su rostro, como las santas de las estampas. Quiso alzarla del suelo, abrazarla
de nuevo y recostarse en el tronco hendido del peral abatido, pero no encontró
las fuerzas ni la voluntad. Todo había cambiado de modo imprevisto e
incomprensible.
No sabía ni cómo ni cuándo había sucedido, pero estaba
claro que esa muchacha débil, frágil y sumisa, de forma extraña, había pasado
del «mundo vegetal» en el que había estado hasta entonces a otro totalmente
diferente, y, con engaños, se había refugiado bajo la protección segura de una
voluntad más fuerte, allí donde él ya no podía llegar. Se sintió estafado,
burlado y dolorosamente decepcionado. Lo invadió una especie de vergüenza, de
cólera contra ella, contra sí mismo, contra el mundo entero. Se agachó y la
alzó con cuidado del suelo, farfullando unas palabras. Ella seguía mostrándose
pasiva y dócil y se plegaba a cada gesto de su mano igual que antes, pero
continuaba implorando con la mirada y con las palabras que se apiadara de ella
y la respetara. No se le ocurrió volver a abrazarla. Con aire sombrío y una
cortesía forzada, la ayudó a arreglar las arrugas de los pantalones y la aguja
bajo la garganta que se había desprendido. Y luego, la muchacha, del mismo modo
precipitado e inexplicable para él, se perdió por la pendiente en dirección al
edificio del consulado.
Des Fossés pasó unos días muy agitados. La confusión, la
cólera sorda y la vergüenza sentida en los primeros instantes en el jardín no
lo abandonaban. Una pregunta rondaba sin cesar por su mente: ¿qué les había
sucedido a él y a la chica, cómo había ocurrido? Él la ahuyentaba una y otra
vez y se esforzaba por no pensar en el breve encuentro en la vereda perdida.
Sin embargo, se decía a menudo con una sonrisa irónica:
—Sí, sí, realmente eres un psicólogo infalible y un amante
perfecto. Te has empeñado en que ella procede del mundo vegetal, que es el
espíritu pagano de esta tierra, que es el tesoro escondido que hay que
descubrir. Y te has dignado a condescender. Pero hete aquí que de golpe las
cosas cambian. Ella se arrodilla igual que Isaac, al que su padre Abraham va a
inmolar en sacrificio, pero en el último momento, un ángel lo salva de la
muerte. Y así estaba ella arrodillada, y tú decidiste jugar a Abraham. ¡Felicidades!
Has empezado a desempeñar un papel en los cuadros vivos cargados de tendencias
morales profundas y piadosas. ¡Te felicito!
Sólo los largos paseos por los bosques escarpados de las
cercanías podían tranquilizarlo y le hacían pensar en otros asuntos.
Los deseos insatisfechos y la vanidad juvenil lo
torturaron varios días, pero al final esto también terminó. Comenzó a
resignarse y a olvidar. Continuaba viendo al pasar a las bordadoras en el
jardín y, entre ellas, la cabeza inclinada de Jelka, pero no se turbaba ni se
detenía, sino que desenfadado y alegre soltaba alguna palabra que había
aprendido ese mismo día, y seguía deprisa su camino sonriente, jovial.
Sin embargo, una de aquellas noches, en el manuscrito de
su libro sobre Bosnia, allí donde hablaba de los tipos de razas y de las
características físicas, añadió lo siguiente:
«Las mujeres suelen ser esbeltas; muchas llaman la
atención por los rasgos finos y regulares de su cara, la hermosura de su cuerpo
y la blancura deslumbrante de su piel».
XI
En este país, todo podía convertirse con el tiempo en una
sorpresa, y todo, en cualquier instante, podía transformarse en lo contrario de
lo que aparentaba ser. Daville ya había empezado a resignarse con el hecho
enojoso de haber perdido a Husref Mehmed bajá, un hombre vivaz y abierto del
que siempre cabía esperar una acogida cordial, cierta comprensión y un poco de
ayuda, y a tener en su lugar al duro, frío e infeliz Ibrahim bajá, insoportable
para sí mismo y para los demás, y al que era más difícil arrancarle una palabra
o un sentimiento humano que a una piedra. Su primer contacto con el visir y
todo lo que d’Avenat le había contado sobre él le había confirmado esta idea.
Pero pronto el cónsul tuvo la oportunidad de darse cuenta, una vez más, de que
d’Avenat, a la hora de emitir un juicio serio y competente, era un conocedor
ciertamente parcial de las personas. En efecto, cuando se trataba de asuntos
corrientes y de relaciones normales de la vida cotidiana, su apreciación era
sagaz, despiadada, exacta y fiable; pero en cuanto se enfrentaba a cuestiones
más complejas y delicadas, su pereza intelectual y su indiferencia moral lo
empujaban a generalizar y a expresar pareceres apresurados y simplistas. Y eso
fue lo que ocurrió esta vez. Ya después de la segunda y de la tercera
conversación con el visir, el cónsul advirtió que éste no era tan inaccesible
como aparentaba a primera vista. Ante todo, también él tenía un «tema favorito
de conversación». Pero en su caso no era, como en el de Husref Mehmed bajá, el mar,
ni ningún otro asunto palpable y concreto. Para Ibrahim bajá, el punto de
partida y el punto final de cualquier charla era la caída de su señor Selim III
y su propia tragedia personal estrechamente ligada a ella; sus consideraciones
se extendían en todas direcciones a partir de este punto. Contemplaba todo lo
que acaecía en el mundo que lo circundaba a través de este suceso, y era lógico
que, desde esa óptica, todo pareciera sombrío, difícil y descorazonados Pero
para el cónsul era importante que el visir no fuera tan sólo «un monstruo
físico y una momia intelectual», y que hubiera temas y palabras capaces de
hacerle reaccionar y conmoverlo. Aún más, a la larga, el cónsul percibió que
ese coriáceo y tenebroso visir, con el que cada conversación suponía una
lección sobre la futilidad de todo lo existente, era en muchos casos más digno
de crédito y mejor que el ligero y siempre radiante Mehmed bajá, con su eterna
sonrisa. La forma en que Daville sabía escuchar los juicios pesimistas y las
consideraciones generales del visir agradaba al otomano, le complacía y le
inspiraba confianza. El visir nunca hablaba tanto tiempo y tan íntimamente con
von Mitterer ni con ningún otro personaje como lo hacía, cada vez más a menudo,
con Daville. Y el cónsul se iba acostumbrando a estas charlas en las que ambos
se sumían en los infortunios de todo tipo de este mundo imperfecto y de las que
al final obtenía algún favor insignificante que, de hecho, constituía el
verdadero motivo de su visita al visir.
Los encuentros solían comenzar alabando alguno de los
últimos éxitos de Napoleón en el campo de batalla o en la política
internacional, pero el visir se dejaba llevar inmediatamente por su naturaleza
y pasaba de las cosas positivas y alegres a las graves y adversas. Por ejemplo,
hablaba de Inglaterra, de su tozudez, su desconsideración y su voracidad,
contra las que incluso el genio de Napoleón luchaba en vano. Desde aquí no
había más que un paso hasta las reflexiones generales, lo difícil que era gobernar
a los pueblos y mandar a los hombres, lo ingrata que era la misión del
gobernante y del comandante, cómo desde siempre las cosas de este mundo se
atravesaban e iban al revés, en contra de las leyes de la moral impotente y de
los deseos de las personas nobles. Ya en este punto se llegaba al destino de
Selim III y de sus colaboradores. Daville escuchaba con atención muda y honda
compasión, mientras el visir hablaba con cierto ardor amargo.
—Los hombres no desean ser felices. Los pueblos no quieren
un gobierno razonable ni nobles gobernantes. En este mundo, la bondad es
huérfana. Que el Todopoderoso ayude a su emperador, pero yo he visto con mis
propios ojos lo que le ha sucedido a mi señor, el sultán Selim. Dios lo había
dotado de las mejores cualidades físicas y espirituales. Ardió y se consumió al
igual que una vela por la felicidad y el progreso del Imperio. Inteligente,
tierno, amante de la justicia, jamás pensaba en el mal ni en la traición, no
llegaba a presentir los abismos de perfidia, hipocresía y deslealtad que se
ocultan en la gente; razón ésta por la que no sabía protegerse y nadie podía
guardarlo. Empleando todas sus fuerzas en el cumplimiento de sus deberes de
soberano y llevando una vida de pureza como no se recuerda desde los primeros
califas, Selim no tomó medidas para defenderse de los ataques y de las
traiciones de los malvados. Por eso fue posible que un destacamento de
jamaks[33], la escoria del ejército, guiado por un villano rabioso, derrocara a
semejante sultán y lo confinara en el palacio del Serrallo, a fin de frustrar
todos sus proyectos salvadores y visionarios y colocar en el trono a un
desgraciado atolondrado y lascivo, rodeado de borrachos, granujas y traidores de
oficio. ¡Ya ve cómo van las cosas en este mundo! ¡Y pocos son los que se
percatan de ello, y menos aún los que desearían y podrían impedirlo!
Desde aquí se llegaba enseguida al tema de Bosnia y las
circunstancias en las que tenían que vivir en ese país el visir y el cónsul.
Ibrahim bajá no hallaba palabras lo bastante duras ni imágenes lo
suficientemente sombrías con las que iniciar la conversación sobre Bosnia y los
bosniacos, y Daville lo escuchaba con franca lástima y sincera comprensión.
El visir no cesaba de lamentarse de que la caída de Selim
lo hubiera sorprendido al frente del ejército que justamente se estaba
preparando para expulsar a los rusos de Valaquia y de Moldavia, en el momento
en que el triunfo era ya seguro; asimismo se quejaba de que este golpe había
privado al imperio del mejor Sultán, y a él, Ibrahim bajá, de una gran victoria
que casi estaba al alcance de su mano, para arrojarlo, humillado y maltrecho, a
aquel país pobre y lejano.
—Usted mismo puede constatar, noble amigo, dónde vivimos y
con quién me las tengo que ver. Sería más fácil guiar un rebaño de búfalos
salvajes que a estos beyes y señores bosniacos. Ellos también son salvajes,
salvajes, salvajes e incomprensibles, toscos y vulgares, pero susceptibles y
henchidos de orgullo, tercos pero con las cabezas huecas. Créame si le digo que
estos bosniacos no tienen el sentimiento del honor en el corazón ni
inteligencia en la cabeza. Se pelean entre sí con riñas e intrigas y es lo único
que conocen y saben hacer. ¡Y con esta gente yo tengo que aplacar la rebelión
de Serbia! Así van las cosas en nuestro imperio desde que el sultán Selim ha
sido depuesto y encarcelado, y sólo Dios sabe hasta dónde llegaremos.
El visir se interrumpió y guardó silencio, pero en su cara
inmóvil centelleaban, con el brillo débil de los cristales oscuros, los ojos
profundamente hundidos a los que sólo el desespero hacía revivir.
Daville rompió el silencio y, con habilidad y cautela,
observó:
—Y si por un feliz concurso de circunstancias, las cosas
cambiaran en Constantinopla y volviera usted a ocupar el cargo de gran visir…
—¡Ay, entonces! —El visir hizo un gesto fatalista con la
mano; esa mañana gozaba llevando al cónsul y a sí mismo a la desesperanza más
negra—. ¡Ay, entonces! —continuó con voz ahogada—, les enviaría firmanes que no
se ejecutarían, defendería al país de los rusos, los ingleses, los serbios y de
cualquier cosa que lo amenazara. Salvaría lo que es difícil de salvar.
Al final de estas conversaciones, el cónsul solía exponer
la cuestión por la que había acudido al konak, un permiso de exportación de
trigo a Dalmacia, un contencioso fronterizo, o algo similar, y el visir, sumido
en sus lóbregas cavilaciones, daba su autorización sin pensarlo mucho.
La vez siguiente, Ibrahim bajá hablaba en el transcurso de
la audiencia sobre otros asuntos, pero siempre con la misma calma agobiante y
desalentadora y con la misma amargura. Hablaba del nuevo gran visir, que lo
odiaba, que lo envidiaba porque había tenido más suerte que él en las guerras
anteriores y por eso no le enviaba instrucciones ni informes ni medios de
luchar contra Serbia, o bien le transmitía las noticias recibidas de su
antecesor en Travnik, Husref Mehmed bajá, al que el mismo gran visir había desterrado
a la lejana ciudad de Kayseri.
El cónsul lo asimilaba y acumulaba todo y, al margen de
que por lo general llevaba a buen término su trabajo, regresaba a casa como
envenenado, no podía comer y por la noche soñaba con desgracias, persecuciones
y todo tipo de penurias.
Sin embargo, Daville estaba satisfecho de haber hallado en
el pesimismo incurable del visir al menos un punto en común con él, un lugar
pequeño y aislado donde se encontraban los dos, como seres humanos, en ese rudo
mundo turco sin el menor asomo de comprensión y sin rastro de una humanidad a
la que él, un pobre cónsul extranjero, pudiera acceder. Por momentos tenía la
impresión de que bastaría un poco de tiempo y un pequeño esfuerzo para que
entre él y el visir se estableciera y desarrollara una verdadera amistad y una
relación más afectuosa.
Pero, al final, siempre sucedía algo que de manera
imprevista revelaba la distancia infranqueable que los separaba y que mostraba
al visir bajo una nueva luz, mucho peor y más triste de lo que d’Avenat lo
describía en sus informes, y sumía a Daville en un mar de confusiones infinito
arrebatándole toda esperanza de encontrar en aquellos parajes «un atisbo de
humanidad» que perviviera más que una lágrima o durara más que una sonrisa o
una mirada. Con asombro y consternación, el cónsul se decía a sí mismo que la
brutal escuela de Oriente era eterna y que en esas tierras las sorpresas no
tenían final, igual que no había medida ni un criterio permanente ni valores
estables en las relaciones humanas.
Ni siquiera por aproximación se podía prever ni predecir
lo que cabía esperar de aquella gente.
Un día, el visir convocó por sorpresa a los dos cónsules
al mismo tiempo, algo que no era habitual. Sus comitivas se encontraron delante
de la puerta del konak. El Diván tenía un aire solemne. Los cortesanos,
susurrando, danzaban de un lado a otro. El visir hacía gala de gran cortesía y
dignidad. Después del primer café y los primeros chibuquíes, entraron el
caimacán y el teftedar y ocuparon unos asientos discretos. El visir refirió a
los cónsules que el cehaja Suleiman bajá había atravesado el Drina la semana
anterior con las tropas bosniacas y aniquilado el destacamento serbio más
fuerte y mejor organizado, cuya instrucción corría a cargo de «oficiales rusos»
que también lo dirigían. Expresó su esperanza de que, después de esta victoria,
los rusos desaparecerían de Serbia y de que eso marcaría el principio del fin
de cualquier sublevación. El triunfo había sido importante, subrayó el visir, y
era muy probable que la hora de establecer el orden y la calma en Serbia
estuviera próxima. Sabiendo que los cónsules, como buenos amigos y vecinos,
también se alegrarían, los había invitado para compartir con ellos tan buenas
noticias.
Ibrahim bajá guardó silencio. Como si esto hubiera sido la
señal, entraron en el Diván numerosos cortesanos casi corriendo. En la parte
despejada de la gran sala extendieron una estera y trajeron varias banastas,
sacos de piel de cabra y negros odres grasientos de piel de cordero.
Rápidamente los alinearon, los abrieron y arrojaron el contenido sobre la
estera. Entre tanto, los criados servían a los cónsules limonada y más pipas.
Orejas y narices humanas cortadas cayeron en profusión
sobre la alfombra, una masa informe de desdichada carne, salada y ennegrecida
por la sangre coagulada. El hedor frío y repugnante de la sal húmeda y de los
coágulos sanguinolentos invadió el Diván. De las banastas y sacos extrajeron
gorros, cinturones y cartucheras adornadas con un águila de metal, y de los
odres, banderas rojas y gualdas, estrechas y bordadas en oro con efigies de
santos en el centro. Tras ellas cayeron dos o tres iconos que golpearon sordamente
contra el suelo. Para finalizar llevaron un haz de bayonetas atado con cuerdas.
Eran los trofeos de la victoria sobre el ejército
insurrecto serbio «organizado y dirigido por los rusos».
Alguien invisible, desde un rincón, con voz profunda y
tono de oración dijo: «¡Dios ha bendecido las armas del islam!». Todos los
turcos presentes respondieron con un murmullo ininteligible.
Daville, que ni en sueños se había imaginado semejante
escena, sintió que se le revolvía el estómago y la limonada amarga se le subía
a la boca amenazando con escapársele por la nariz. Olvidó el chibuquí[34] y
clavó los ojos en von Mitterer como si esperara de él la salvación y una
explicación. También el austríaco había palidecido y tenía un aire consternado,
pero como hacía tiempo que estaba acostumbrado a tales sorpresas, fue el
primero en recuperar el habla y felicitar al visir y al ejército bosniaco. El
celo y el temor de ser menos que su rival prevalecieron sobre el miedo y el
asco de Daville, que profirió unas cuantas frases en honor de la victoria,
deseando más éxitos a las armas del sultán y la paz en el imperio. Dijo todo
eso con voz acorchada. Le parecía oír con nitidez cada una de sus palabras como
si fueran de otro. Sus felicitaciones fueron traducidas y el visir volvió a
hablar. Agradeció a los cónsules sus buenos deseos y parabienes y se consideró
afortunado por tenerlos a su lado en esos momentos en los que, embargado por la
emoción, contemplaba las armas que los moscovitas perjuros habían abandonado
vergonzosamente en el campo de batalla.
Por fin Daville se atrevió a mirar al visir. Sus ojos
realmente habían ganado vivacidad y brillaban en las comisuras como cristales.
La misma voz profunda de antes pronunció de nuevo unas
palabras solemnes e incomprensibles.
Un murmullo apenas audible recorrió el Diván. La recepción
había terminado. Viendo que von Mitterer observaba el revoltijo de la estera,
Daville se armó de valor y echó un vistazo a los trofeos desparramados. Los
objetos de cuero y metal, cosas inanimadas de por sí, parecían doblemente
muertos y yacían allí, tristes y abandonados, como si al cabo de varios siglos
los hubieran desenterrado y expuesto al sol. La masa informe de orejas y
narices cortadas reposaba tranquilamente; a su alrededor, sal esparcida, renegrida
como la tierra a causa de la sangre y mezclada con restos. Todo exhalaba una
fetidez sutil, fría y repugnante.
Daville miró unas cuantas veces a von Mitterer y luego a
la estera desplegada delante de él, siempre con la esperanza secreta de que la
escena se desvanecería igual que un espectro aterrador, pero sus ojos
tropezaban continuamente con los mismos objetos, increíbles pero reales e
implacables en su inmovilidad.
«¡Despiértate!», no dejaba de pensar Daville,
«despiértate, aleja de ti esta pesadilla, sal a la superficie, frótate los ojos
y respira un poco de aire puro». Pero no había que despertarse porque aquella
vil infamia era el fondo de la realidad. Así eran esos hombres. Así era su
vida. Así actuaban los mejores de entre ellos.
Daville volvió a sentir que se le revolvía el estómago y
se le nublaban los ojos. No obstante, logró despedirse cortésmente y llegar a
casa a paso tranquilo con su escolta, donde en lugar de comer se metió en la
cama.
Al día siguiente, Daville y von Mitterer se reunieron, sin
preguntarse quién debía la visita y olvidando cuánto había pasado desde su
último encuentro. Simplemente se precipitaron el uno hacia el otro. Se
estrecharon la mano durante largo rato y, sin palabras, se miraron como dos
náufragos. Von Mitterer ya se había informado sobre el verdadero alcance de la
victoria turca y el origen de los trofeos. Las armas se las habían arrebatado a
una patrulla serbia, mientras que las banderas y el resto procedían de una
matanza corriente que el ejército amargado y ocioso había cometido contra la
población bosniaca, en algún lugar cerca de Zvornik, durante una ceremonia
religiosa.
Von Mitterer no era un hombre dado a extenderse en
consideraciones y no merecía la pena hablar más del asunto con él. Pero Daville
no lograba quitarse de la cabeza la celebración, sin dejar de interrogarse:
¿Por qué esa mentira? ¿Por qué esa crueldad vana, casi infantil? ¿Qué
significaban sus sonrisas y sus llantos? ¿Qué ocultaban sus silencios? Y ¿cómo
era posible que el visir, con sus ideas elevadas, y Suleiman bajá, en
apariencia honesto, y el sabio Tahir bey prepararan semejante farsa e incluso
presenciaran escenas de un mundo inferior y terrible? ¿Cuál era su verdadero
rostro? ¿Cuánto había de vida y cuánto de una actuación calculada? ¿Cuándo
mentían y cuándo decían la verdad?
Y paralelamente a su sufrimiento físico, sentía que lo
torturaba y corroía la certeza de que jamás lograría encontrar una medida
razonable para juzgar a aquella gente y sus artimañas.
Esas cosas eran aún más difíciles y dolorosas cuando el
interés francés estaba en juego, es decir, el orgullo personal y el celo
profesional de Daville.
El cónsul sostenía a través de confidentes relaciones
permanentes con los capitanes de las ciudades en la frontera austríaca. La
menor incursión o correría que partiera de esas ciudades o sólo la noticia de
los preparativos de una de esas expediciones obligaba a los austríacos a enviar
sus tropas y a retenerlas allí. Así, gracias a estos contactos, Daville hacía
todo lo que podía para debilitar la fuerza militar austríaca y mantener la
tensión permanente en sus fronteras con Bosnia.
Entre los capitanes, se distinguía en particular el de
Novi, Ahmet bey Ceric. Daville lo conocía personalmente. No hacía mucho que su
padre había fallecido y él había heredado el cargo. Era un hombre joven de
porte aristocrático, bien formado, orgulloso, elocuente e indisciplinado. Ahmet
bey ardía en deseos de hacerse famoso combatiendo en los límites que tantas
veces habían atravesado y saqueado sus antepasados. Alardeaba irreflexivamente
de sus relaciones con los franceses y enviaba al comandante austríaco del otro
lado del confín amenazas y mensajes insultantes «de parte de Ahmet bey Ceric y
del emperador francés Napoleón». Fiel a la tradición de los capitanes de
frontera, odiaba y despreciaba al visir, iba a Travnik en contadas ocasiones y
rehusaba recibir instrucciones y órdenes de nadie.
Los austríacos, por mediación de sus agentes en la Sublime
Puerta, lograron que Ahmet bey fuera desacreditado y apareciera como un traidor
y un mercenario de los franceses. Este procedimiento les resultaba mucho más
rápido, barato y seguro que luchar en la frontera durante años contra el joven
y fogoso capitán. La trampa fue bien urdida. Un katil-firmán para Ceric llegó a
Travnik junto con una reprimenda para el visir por tolerar a semejantes
capitanes y permitir que la Sublime Puerta se enterara de su traición por otras
fuentes. La cuestión estaba planteada con claridad: o se quitaba de en medio y
liquidaba al inmundo capitán o el visir era destituido.
No fue fácil atraer a Travnik a Ahmet bey, pero también
los austríacos colaboraron en ello. Mediante una estratagema hicieron creer al
capitán que el cónsul francés deseaba hablar con él. Nada más llegar a la
ciudad fue arrestado, encadenado y recluido en las mazmorras de la fortaleza.
Daville pudo ver en esta ocasión lo que era el terror
turco, lo que se conseguía con la mentira y la violencia asociadas y contra qué
fuerzas tenía que luchar en aquella maldita ciudad.
Ya al día siguiente del arresto de Ahmet bey, un gitano
fue ahorcado en la tapia del cementerio, y el pregonero anunció aparatosamente
que lo ahorcaban porque «había saludado al capitán de Novi cuando lo llevaban a
la ciudadela». Esto equivalía a una sentencia de muerte para el capitán. De
inmediato, a todos les asaltó el temor ciego y helado que de vez en cuando se
cernía sobre Travnik y sobre Bosnia, detenía y paralizaba durante unas horas o
unos días cualquier atisbo de vida y el pensamiento mismo, permitiendo que la
fuerza que lo había expandido realizara sus propósitos rápidamente y sin
obstáculos.
Toda su vida Daville había detestado y evitado las
situaciones dramáticas. A duras penas lograba imaginar que un conflicto tuviera
un final trágico como única solución. Iba en contra de su naturaleza. Sin
embargo, ahora estaba involucrado, indirectamente, en una auténtica tragedia,
inextricable y sin salida. En el estado de irritación en el que se hallaba,
rodeado de montañas, desconcertado y acosado, ya en su segundo año, por todo
tipo de dificultades, Daville se creía más implicado en el drama del capitán de
Novi de lo que en realidad estaba. En particular, le dolía que, tal y como
d’Avenat afirmaba, lo hubieran atraído a Travnik aprovechándose de su nombre,
de modo que el infortunado pudiera pensar que también el cónsul francés era
causante de su desgracia.
Después de una noche de insomnio, decidió solicitar una
audiencia con el visir e interceder por el capitán, pero con habilidad y
moderación para no acarrearle más daño. La conversación le descubrió un nuevo
rostro de Ibrahim bajá. No era la misma persona con la que apenas unos días
antes había charlado, como con un hermano o un amigo, sobre los desórdenes en
el mundo y la necesidad de alcanzar un acuerdo entre todos los hombres
inteligentes y de buen corazón. En cuanto mencionó al capitán, el visir se mostró
frío y lejano. Con impaciencia y casi con extrañeza escuchó a su «noble amigo»
que, según parecía, aún no había aprendido en la vida que una cosa eran las
conversaciones y otra el trabajo, y que cada uno debía soportar su carga solo y
resolver sus problemas como buenamente pudiera y supiera. Daville, armándose de
valor, se esforzó por ser decidido, convincente y tajante, pero sentía, como en
un sueño, que su conciencia y su voluntad se debilitaban y cedían y que un
torrente irresistible se llevaba al apuesto y sonriente capitán. Pronunció
varias veces el nombre de Napoleón, preguntando al visir qué diría el mundo
cuando viera que se castigaba con la pena capital a un caudillo prestigioso
sólo porque se le consideraba amigo de los franceses y porque los austríacos lo
habían acusado falsamente. Pero todas sus palabras caían de inmediato,
impotentes, en el silencio del visir. Al final éste dijo:
—Yo pensaba que era mejor y más seguro retenerlo aquí
mientras pasaban las protestas y las denuncias contra él, pero si lo desea lo
devolveré a su ciudad, y que espere allí. No obstante, se hará lo que decidan
en Constantinopla.
Daville tuvo la impresión de que todas esas palabras
nebulosas no tenían ninguna relación con el destino del capitán y con lo que lo
atormentaba, pero no pudo obtener nada más del visir.
El cónsul acudió también a Suleiman bajá, que acababa de
regresar de Serbia, y a Tahir bey, y quedó sorprendido y consternado al
percibir en ambos el mismo silencio y la misma mirada asombrada. Ellos, a su
vez, lo contemplaban como a un hombre que malgasta el tiempo hablando de un
asunto remoto e irremediablemente perdido, y al que, por cortesía, no se le
interrumpe, sino que se le escucha con paciencia y conmiseración hasta el
final.
De regreso al consulado, Daville preguntó a d’Avenat qué
pensaba él. El intérprete, que había traducido las tres conversaciones de la
mañana, dijo tranquilamente:
—Después de lo que ha dicho el visir, está claro que no se
puede hacer nada por Ahmet bey. Es una causa perdida. Será el exilio a Asia o
algo peor aún.
El cónsul sintió que se le alteraba la sangre.
—¿Qué? ¡Pero si al menos ha prometido que lo volverán a
enviar a Novi!
El intérprete posó por un instante sus ojos ardientes en
la cara del cónsul y replicó en un tono seco y grave:
—¿Cómo va a permitir que regrese a Novi, si allí el
capitán tiene cien formas de defenderse y salvarse?
Al cónsul le parecía que también su traductor tenía en la
voz y en la mirada algo de ese asombro impaciente que tanto lo había
desconcertado y molestado mientras conversaba con el visir y sus colaboradores.
Ante Daville se presentaba de nuevo una noche de insomnio,
con horas lentas y la sensación humillante de extravío total, impotencia e
incapacidad para defender sus intereses. Abrió la ventana como si buscara ayuda
del exterior. Respiró profundamente y escudriñó la oscuridad. Allí, en algún
lugar, se hallaba la tumba del gitano que, para su desgracia, había encontrado
al capitán en el puente de delante de la ciudadela y lo había saludado con una
merhaba humilde y temeroso, pues, por muy gitano que fuera, su corazón y su
honor le exigían saludar a un hombre que antaño le había hecho un gran favor.
También el joven capitán, sin un juicio y sin motivos, estaba perdido en las
sombras. Como si leyera en las tinieblas con más nitidez que a la equívoca luz
del día, Daville comprendió claramente cuánta era su impotencia y cuál era el
destino del capitán.
Durante la Revolución y durante la guerra en España, él
había visto muchas muertes y desgracias, tragedias de vidas inocentes y
malentendidos fatales, pero nunca antes había visto tan cerca cómo se hundía
inevitablemente un hombre honesto bajo la presión de los acontecimientos. En
circunstancias desfavorables y en medios semejantes, donde reinan el azar
ciego, la arbitrariedad y los instintos más bajos, sucede que alrededor de un
hombre, que por casualidad ha sido señalado con el dedo, se desencadenan una
serie de acontecimientos, como una tromba de agua y un remolino de polvo en el
viento, haciéndole caer sin remedio. Así, el apuesto, vigoroso y rico capitán
se había encontrado de repente en el centro de dicho torbellino. No había hecho
nada que los otros capitanes de frontera no hicieran desde siempre y durante
toda su vida, pero una serie de incidentes se habían entretejido en torno a él
accidentalmente y se habían unido formando una sólida cadena.
Por azar, el comandante austríaco del confín, al proponer
la eliminación del joven oficial de Novi, había contado con la aprobación de
sus superiores; por azar, autoridades varias, en aquellos momentos,
consideraban de gran importancia la paz en esa frontera; por azar, Viena había
exigido firmemente a su confidente secreto, y bien pagado, en la Sublime
Puerta, que el capitán fuera eliminado; por azar, ese alto funcionario
desconocido, valorando mucho en esos instantes el soborno austríaco, había
presionado duramente al visir de Travnik; por azar, Ibrahim bajá, acobardado y
asustado para toda su vida, había puesto todo el asunto en las manos del
implacable y riguroso caimacán, para el que ejecutar a un hombre inocente no
suponía ningún problema y al que, de nuevo por azar, le era necesario un
castigo ejemplar para demostrar su poder y atemorizar a los señores y capitanes
de los confines.
Cada uno de estos personajes había actuado por separado y
exclusivamente en su propio beneficio, sin que ello tuviera nada que ver con la
persona del capitán, pero al hacerlo, todos habían apretado el nudo alrededor
de su cuello. Todos juntos y sin querer.
Éste era el destino del infeliz protegido del cónsul.
Contemplando esa oscuridad húmeda, Daville acabó de entender lo que por la
mañana le había resultado incomprensible en el silencio impaciente y las
miradas sorprendidas del konak.
Y en el otro extremo de Travnik, como en la otra orilla de
esa negrura, el señor von Mitterer, aún despierto, estaba sentado a la luz
plácida de una vela y escribía un informe para sus superiores sobre el caso de
Ahmet bey Ceric. Se afanaba en destacar sus méritos en la caída del capitán de
Novi, aunque sin exagerarlos, para no ofender al comandante de Croacia ni a los
demás que habían participado en el asunto. «Ahora, ese capitán inquieto y
ambicioso, gran enemigo nuestro, está encadenado en la fortaleza y pesa sobre
él una grave acusación. Tal y como están las cosas, hay pocas posibilidades de
que salve la cabeza. Según me he podido enterar, el visir está decidido a
terminar con él. Yo no voy a intervenir ni particular ni abiertamente en ello,
pero pueden creer que tampoco haré nada para impedir que le corten el cuello de
una vez por todas».
Al día siguiente, al amanecer, el capitán de Novi fue
asesinado de un disparo mientras dormía, y ese mismo día lo enterraron en el
cementerio entre el camino y el Lasva. Por la ciudad se propaló el rumor de que
había intentado huir cuando lo trasladaban a Novi y los guardias tuvieron que
dispararle.
Daville ardía de fiebre y se caía de sueño y cansancio.
Pero en cuanto cerraba los ojos, le parecía que estaba solo en el mundo, en el
centro de una conjura de fuerzas infernales, y que luchaba con su último
aliento y los sentidos debilitados en medio la niebla, en un terreno
resbaladizo.
De su abatimiento lo arrancó la idea de que debía redactar
los informes y además enviarlos en tres direcciones: París, Constantinopla y
Split. Había que sentarse, escribir y presentar su intervención ante el visir
como una batalla dramática para salvar el prestigio de Francia, y atribuir el
fracaso a las aciagas circunstancias.
Todo el asunto del capitán de Novi postró a Daville en el
lecho. Cuando por fin se puso en pie, se dijo a sí mismo: «En mala hora has
venido a esta tierra y ya no puedes dar marcha atrás, pero has de tener siempre
bien presente que no debes juzgar las maniobras de esta gente según tus
criterios ni asumirlas con tu sensibilidad, de lo contrario, arruinarás tu vida
miserablemente en un santiamén». Y con este propósito regresó al trabajo. De
todas formas, en periodos semejantes, una preocupación hace olvidar otra.
Llegaron nuevas órdenes y nuevas misiones para el cónsul. Viendo que sus
superiores no daban a la caída del capitán de Novi la importancia que, en su
opinión, merecía, él, solitario y desorientado, se esforzaba por enterrar en su
interior la derrota y acallar las dolorosas preguntas que le suscitaba. No era
fácil olvidar la cara sonrosada, como la de una doncella, de Ahmet bey, con sus
dientes deslumbrantes y sus inteligentes ojos castaños de montañés y la sonrisa
de un hombre que no teme a nada; como tampoco lo era olvidar el silencio del
visir ante el cual el cónsul se había sentido impotente, humillado e incapaz de
defender sus derechos y la causa de su país. Sin embargo, las misiones que
traían los días venideros obligaban a olvidarlo todo.
El visir, de repente, volvió a ser el mismo de siempre.
Llamaba a Daville, se mostraba amable, le hacía diversos favores y mantenía con
él las conversaciones habituales. El francés cuidaba con esmero esta extraña
amistad. Cada vez pasaban más tiempo en charlas íntimas que a menudo sólo eran
los monólogos pesimistas del visir, pero cuando terminaban, Daville siempre
lograba resolver el problema que lo había llevado allí. En ocasiones, era el
visir el que invitaba al cónsul francés a visitarlo con cualquier pretexto. En
este sentido, Daville dejaba muy atrás a su rival von Mitterer. El cónsul
austríaco sólo era recibido cuando solicitaba una audiencia, y las
conversaciones con él eran breves, corteses, pero frías y oficiales.
Incluso el hecho de que Napoleón, al firmar la paz con
Rusia, hubiera provocado una gran decepción en Constantinopla y un fuerte
descontento contra los franceses, no influyó durante mucho tiempo en la
relación entre el visir y el cónsul. Como solía suceder entre los turcos, el
cambio de conducta había sido repentino y supuso una absoluta sorpresa. Al
recibir la noticia de Constantinopla, el visir adoptó una actitud distante.
Dejó de invitar a Daville a charlar; si él pedía una audiencia, le respondía en
un tono tajante y seco. Pero este comportamiento no duró mucho y, como siempre,
dejó paso al contrario. Sin motivo aparente, el visir se aplacó, de nuevo
retomaron las conversaciones amistosas y el intercambio de pequeños detalles.
Incluso los reproches que de vez en cuando le hacía al cónsul a causa de la
postura francesa eran sólo una razón para las consideraciones melancólicas
comunes sobre la inestabilidad de las relaciones humanas. Daville culpaba de
todo a Inglaterra, e Ibrahim bajá odiaba a los ingleses tanto como a los rusos
desde la época en que, siendo gran visir, la marina de guerra inglesa había
penetrado en el Bósforo.
A la postre, Daville empezó a acostumbrarse a las
sorpresas y a los flujos y reflujos de los estados de ánimo que marcaban el
curso de sus encuentros con el otomano.
Los intentos de von Mitterer de ganarse al visir con
regalos y de suplantar así a Daville, no prosperaron. Mandó traer de Slavonski
Brod un magnífico carruaje y se lo regaló a Ibrahim bajá. Era el primer
carruaje realmente lujoso que se veía en Travnik. El visir aceptó el presente
con gratitud. La gente iba al konak para ver el «coche» negro y reluciente por
el barniz. Pero el visir permaneció indiferente, y para von Mitterer supuso una
gran humillación —que no escribió en los informes oficiales— constatar que
Ibrahim bajá nunca tomó asiento en el carruaje regalado ni jamás lo utilizó. El
«coche» se quedó en el patio central del konak como un obsequio frío, brillante
y embarazoso.
Más o menos por la misma época, Daville, que no disponía
de tanto dinero ni gozaba de tanta influencia ante su gobierno, consiguió que
le enviaran de París para regalárselo al visir un pequeño telescopio y un
astrolabio, un aparato para medir la posición y la altura de los astros sobre
el horizonte. El cónsul no sabía explicar muy bien cómo se utilizaba el
telescopio, incluso le parecía que le faltaban algunas piezas o que estaban
estropeadas, pero Ibrahim bajá aceptó el regalo encantado. Para él, todos los
objetos del mundo estaban muertos y carecían de significado y los valoraba
únicamente según la personalidad e intenciones de quien los obsequiaba. El
telescopio no fue más que otro motivo para nuevas conversaciones sobre las
estrellas y el destino de las personas que se puede leer en los astros, sobre
los cambios y catástrofes que éstos anuncian.
Ya durante el primer año de su mandato, el visir sufrió un
nuevo revés, muy duro, que debía asestarle el golpe de gracia, si es que aún
era necesario matarlo.
Ese verano, Ibrahim bajá se había ido al Drina con un gran
séquito. Con su presencia allí, pretendía retener el mayor plazo de tiempo
posible a las tropas bosniacas e impedirles que regresaran anticipadamente a
Bosnia a los cuarteles de invierno. Tal vez lo habría conseguido, pero en
Zvornik recibió la noticia del último golpe de Estado en Constantinopla y la
muerte trágica del antiguo sultán Selim III.
El mensajero que traía los detalles relativos al
acontecimiento ocurrido a finales del mes de julio en la capital, sin saber que
el visir estaba en el frente, llegó primero a Travnik, desde donde fue enviado
de inmediato a Zvornik. Daville envió con ese mismo mensajero una caja de
limones para el visir con unas cuantas palabras emotivas en las que no se
mencionaban los últimos sucesos, pero que, sin lugar a dudas, eran un signo de
atención y la expresión de sus condolencias por la suerte que había corrido el
sultán. El mensajero regresó de nuevo a Travnik y trajo al cónsul una misiva en
la que le agradecía su presente, y sólo decía que el regalo de un amigo sincero
es la mayor alegría y que «el ángel luminoso guía los pasos del que lo ofrece».
Daville, que sabía muy bien el duro golpe que significaba para el visir la
muerte terrible de Selim, se quedó atónito y pensativo con la lectura de esta
carta amable y serena. He aquí una de esas sorpresas que Oriente reserva a las
personas. No había nada en común entre la verdadera vida interior de un hombre
y lo que escribía.
El asombro del cónsul habría sido aún mayor si hubiera
podido ver al visir después de que recibiera las noticias de Constantinopla.
Las tiendas de campaña del mandatario y su séquito se situaban en una explanada
bajo una cantera abandonada. Allí, incluso en aquellas noches sofocantes,
siempre hacía una temperatura agradable, porque a través del estrecho valle una
brisa constante traía la frescura del agua y de los sauces. Ibrahim bajá se
retiró de inmediato a su tienda y prohibió el paso a todo el mundo, salvo a sus
colaboradores más próximos y más leales. Tahir bey ordenó que todo estuviera
dispuesto para regresar a Travnik, pero el estado del visir hacía impensable
emprender enseguida un viaje tan penoso.
Luego de haber recibido con calma las duras noticias, el
visir recitó con la misma tranquilidad el sura de los difuntos sin prestar la
menor atención a nadie y suplicó la gracia divina para el alma de aquél al que
había amado más que a nada y que a nadie en el mundo. Después, con ese paso
lento de espectro nocturno, se fue a su tienda y en cuanto la pesada cortina
cayó tras él, se desplomó como un tronco en su lecho y empezó a quitarse la
ropa y las armas como si estuviera asfixiándose. El viejo sirviente, mudo de
nacimiento, en vano intentaba desvestirlo y taparlo, porque el visir no dejaba
que lo tocara, como si el más mínimo contacto le provocara un dolor
indescriptible. Con gestos crispados rechazó el vaso de sorbete. Yacía cual
piedra caída desde lo alto, cerrados los ojos y apretados los labios. El color
de su piel variaba precipitadamente del amarillo al verde y luego al marrón
terroso, a causa de la secreción de bilis. Así permaneció mudo e inmóvil
durante unas cuantas horas. Sólo al anochecer, empezó primero a gemir
dulcemente y luego a lamentarse en tono lánguido y monótono, con breves y
escasas interrupciones. Si alguien hubiera osado pasar cerca de la tienda,
habría pensado que un cordero recién nacido, loco, débil y extraviado, balaba
reclamando a su madre. Pero, salvo el teftedar y el anciano criado, nadie podía
acercarse ni ver u oír de lejos al visir.
Así yació todo el día y toda la noche, rehusando cualquier
ayuda, sin abrir los ojos y exhalando, desde la misma garganta, ese sonido
lánguido y sin modular semejante a un apagado quejido animal: ¡Eeeee!
Tan sólo al alba del segundo día, Tahir bey logró que
volviera en sí y consintiera mantener una conversación. Una vez recobrado el
conocimiento, el visir se apaciguó, se vistió, y tornó a ser el de siempre.
Como si con la ropa se invistiera también de sus modales rígidos y los escasos
movimientos que solía hacer. Ni la mayor desgracia podía variar algo más en él.
Ordenó que se pusieran enseguida en marcha, pero el viaje era lento, con breves
jornadas de posada en posada.
Cuando la comitiva llegó a Travnik, Daville envío al konak
otra caja de limones en señal de bienvenida, pero no solicitó audiencia,
considerando mejor dejar que el afligido visir decidiera solo lo que quería,
aunque ardía en deseos de verlo y escucharlo e informar al embajador en
Constantinopla de sus impresiones y de las declaraciones del antiguo gran visir
de Selim. Daville se felicitó por partida doble de haber tomado una medida tan
hábil cuando se enteró de que el cónsul austriaco había solicitado rápidamente
una audiencia y lo habían recibido, pero de modo frío y descortés, y además el
visir no quiso responder ni con una palabra a sus continuas preguntas sobre los
acontecimientos. Pocos días después, Daville recogió el fruto de su sabia
discreción.
El visir convocó al cónsul francés en vísperas del viernes
so pretexto de que, después de regresar del campo de batalla, deseaba
informarle del curso de las operaciones contra los insurrectos en Serbia. El
recibimiento fue muy cálido y, al principio, realmente sólo habló de lo que
había visto en el frente. En su relato, todo parecía irrelevante y baladí. Su
voz profunda y ahogada trataba con el mismo desprecio a los rebeldes que al
ejército bosniaco que iba contra ellos.
—He visto lo que tenía que ver y mi presencia en esos
parajes yermos ya era superflua. Los rusos, que ayudaron a los insurrectos en
el curso de la operación, han abandonado Serbia. Queda un populacho sedicioso y
confuso, y no es digno del imperio otomano que uno de sus antiguos grandes
visires se enfrente directamente con esa chusma. Son unos miserables,
enemistados entre sí, que acabarán doblegados y cayendo a nuestros pies. No
hace falta ensuciarse las manos.
Daville contemplaba con admiración esa estatua de dolor
que mentía con tanta serenidad y dignidad. Lo que el visir contaba era
totalmente opuesto a la realidad, pero la calma y solemnidad con las que
hablaba eran ya por sí mismas una realidad poderosa y tenaz.
«¿Te das cuenta? —Daville volvía a sus antiguos
pensamientos, mientras el intérprete enlazaba las últimas palabras—. ¡Ya lo
ves! El curso de los acontecimientos en la vida no depende de nosotros, de
ningún modo, ni mucho ni poco, pero la forma en que los soportamos depende, en
buena medida, de nosotros mismos, así que es ahí donde hay que invertir fuerzas
y prestar atención. ¡Eso es!».
Después de las viles palabras sobre la insurrección serbia
y el ejército bosniaco que debía aplastarla, la conversación recayó por sí sola
en la muerte de Selim. Tampoco entonces el visir cambió ni de tono ni de
expresión. Estaba tan saturado de dolor que no había gradación posible.
Durante unos momentos no quedó nadie en la gran sala del
Diván del primer piso. También los sirvientes con los chibuquíes desaparecieron
ante una señal invisible. Sólo el visir y el cónsul y entre ellos, un escalón
más abajo, de rodillas, hecho un ovillo, los brazos cruzados y los ojos
clavados en el suelo, d’Avenat, que se había transformado por completo en una
voz monótona, casi un susurro, para transmitir la traducción al cónsul.
El visir preguntó a Daville si tenía algún detalle sobre
lo sucedido en Constantinopla. Él dijo que ninguno y que estaba deseoso de
conocerlos, porque todos los franceses se sentían desolados por la muerte de un
amigo tan sincero y de un soberano tan excepcional como había sido Selim.
—Tiene razón —dijo el visir pensativo—, el difunto sultán,
¡que Dios lo tenga en su gloria y goce de todas las alegrías del paraíso!,
amaba y apreciaba sinceramente a su país y a su padisha. Todos los hombres
nobles y de buen corazón, sin distinción, han perdido a un gran amigo.
El visir, como si el difunto estuviera en la habitación de
al lado, hablaba en voz queda y sofocada, pero ateniéndose siempre a los hechos
reales y a los detalles como si evitara abordar lo más importante y doloroso.
—Quien no lo haya conocido en persona no puede imaginarse
la pérdida que supone —decía—. Era un hombre universal, perfecto en cualquier
sentido. Le gustaba la compañía de personas instruidas. Con el seudónimo Ilhami
(el Inspirado), escribía versos que eran un placer para los iniciados, y
recuerdo el poema que compuso la mañana de su ascenso al trono. «La gracia de
Dios, de Solimán el Magnífico, el trono me ha adjudicado», así empezaba, creo.
Pero su auténtica pasión eran las matemáticas y la arquitectura. Colaboró en la
reforma de la administración y del sistema fiscal. Visitaba personalmente las
escuelas, examinaba a los alumnos y repartía premios. Subía a las
construcciones con una regla de marfil en la mano y supervisaba el trabajo, la
calidad y el precio de los materiales. Quería verlo y saberlo todo. Le gustaba
trabajar y gozaba de un cuerpo sano, vigoroso y hábil; con la lanza y con el
sable no tenía rival. Yo lo he visto decapitar de un solo mandoble a tres
carneros. Deben de haberlo sorprendido con engaños, sin armas, porque con un
sable en la mano no temía a nadie. ¡Ay! Era demasiado noble, confiado y
crédulo.
Únicamente el hecho de que hablaba de su amado señor en
pasado indicaba que se trataba de un hombre que había fallecido, pues por lo
demás, como si tuviera miedo o ahuyentara un maleficio, evitaba hablar
abiertamente de la muerte y desaparición del sultán.
Hablaba deprisa y con aire ausente, como si quisiera
aplastar otra voz en su interior, en lo más profundo de su ser.
D’Avenat traducía en susurros, esforzándose para que tanto
su tono como su presencia pasaran lo más desapercibidos que fuera posible. En
un momento, mientras traducía las últimas palabras, el visir sintió de pronto
un ligero escalofrío, como si acabara de descubrir y advertir al intérprete; se
volvió hacia él despacio, con todo el cuerpo rígido como una estatua a la que
empujan manos invisibles, y clavó su mirada terrible de ídolo petrificado en el
traductor, que se interrumpió y dobló aún más la espalda.
La conversación había finalizado por aquel día.
Tanto el cónsul como el intérprete salieron igual que si
lo hicieran de un sepulcro. D’Avenat estaba más pálido que un muerto, y gotas
de sudor frío bañaban su frente. Daville permaneció en silencio hasta que
llegaron a casa. Pero entre las cosas más horrendas que a lo largo de los años
había vivido en Travnik, anotó ese gesto fantasmal del ídolo vivo.
El asesinato del sultán depuesto unió aún más al
desdichado visir y al cónsul, que tenía el don de saber escuchar y participar
con mesura e inteligencia en las tristes charlas del otomano.
Ya al cabo de unos días, llegó del konak una nueva
invitación para Daville. Ibrahim bajá tenía noticias recientes de
Constantinopla procedentes de un criado que había presenciado la muerte de
Selim y, evidentemente, deseaba comentarlo con el cónsul.
Por su apariencia externa no podía saberse qué sensaciones
había experimentado el visir durante los diez días transcurridos, pero por su
voz se notaba que había empezado a resignarse a la pérdida y a habituarse al
dolor que le causaba. Ahora ya hablaba de la muerte como de un hecho consumado.
En los quince días siguientes, Daville estuvo tres veces
con Ibrahim bajá; dos veces en el Diván y la tercera salieron a ver cómo se
fundían los cañones en los nuevos hornos del visir. En las tres ocasiones, el
cónsul había llegado con una lista de peticiones y preguntas corrientes.
Siempre se habían resuelto con prontitud y, por lo general, de manera
favorable. Inmediatamente después, el visir, con una satisfacción amarga y
vehemente, había pasado al trágico asesinato de Selim, a los motivos y detalles
del suceso. Su necesidad de hablar del tema era inmensa e irresistible y el
cónsul francés era la única persona que consideraba digna de semejante
conversación. Mediante unas pocas preguntas discretas, Daville lo animaba a
continuar, además de demostrarle su pesar. Así, el visir le relataba todos los
pormenores del último acto de la tragedia de Selim. Y era evidente que lo que
más ansiaba era hablar largo y tendido, y contarlo todo con minuciosidad.
Mustafá Barjaktar, uno de los mejores comandantes
militares, honesto pero pusilánime e inculto, encabezó el movimiento en favor
del derrocado Selim III. Partió de Valaquia con sus arnaútes camino de
Constantinopla con la intención de derribar al gobierno indigno y al sultán
Mustafá, liberar a Selim de su confinamiento en el palacio del Serrallo y
devolverle el trono. En todas partes fue bien acogido y llegó a Constantinopla,
donde lo recibieron como a un vencedor y libertador. Logró llegar hasta el mismo
Serrallo y entrar en el primer patio, pero allí el bostandzibasa[35] consiguió
darle en las narices con la gran puerta interior. Entonces, el valeroso pero
simple e inepto Barjaktar cometió un error fatal. Empezó a gritar y a exigir
que liberaran inmediatamente al legítimo soberano. El sultán Mustafá, necio
pero pérfido y cruel, al oírlo y ver que Barjaktar era dueño de la situación,
ordenó que Selim fuera asesinado enseguida. Una esclava traicionó al
infortunado sultán, que precisamente se estaba arrodillando para la tercera
oración cuando en sus aposentos entró Kislar agá acompañado de cuatro secuaces.
Primero se detuvieron desconcertados, pero al punto, Kislar agá se lanzó contra
el sultán, que en ese momento estaba prosternado y rozaba el kilim con la frente.
Los esclavos ayudaron al agá, unos agarraron a Selim por los brazos y las
piernas y los otros empuñaron los cuchillos contra los servidores.
El cónsul sintió que un escalofrío le recorría la espina
dorsal y, escuchando sólo a medias, se le ocurrió que tenía delante a un loco,
y que el visir en su fuero interno era más monstruoso y desequilibrado de lo
que su inusitado aspecto exterior dejaba entrever. D’Avenat traducía con
disgusto, saltándose párrafos enteros y omitiendo palabras.
«Está loco, no cabe duda —se decía a sí mismo el cónsul—,
¡está loco!».
Pero el visir, impertérrito, proseguía la narración con
voz de salmodia, como si no se estuviera dirigiendo al hombre que estaba a su
lado, sino tomando parte en una especie de diálogo interno, en el que
introducía cada vez más cuidadosa y conscientemente hasta el último detalle,
como si fuera de excepcional importancia, o como si estuviera lanzando conjuros
o fuera a salvar mediante sortilegios al sultán que nadie había podido
socorrer. Hostigado por esa necesidad incomprensible y arrolladora, estaba decidido
a repetir en voz alta todo lo que el testigo huido le había contado y que ahora
guardaba en su interior. Evidentemente, el visir pasaba por una crisis de
locura pasajera. Era una suerte de obsesión cuya razón y motivo principal eran
la caída de Selim III. Al menos, se libraba de buena parte de sus sufrimientos
mostrando a un extranjero bien intencionado todo el drama tal y como en su
opinión había sucedido.
También el cónsul veía esa lucha; debía seguirla, en
contra de su voluntad, hasta el más ínfimo detalle, a causa del cual se le
erizaba el vello por momentos.
En la batalla que había empezado, proseguía el visir,
Selim logró soltarse y abatir, de un fuerte golpe, al gordo Kislar agá. Se
hallaba en medio de la habitación, agitando los brazos y las piernas. Los
esclavos negros arremetían contra él protegiéndose de los golpes. Uno de ellos
sostenía un arco sin flechas e intentaba a toda costa introducirlo por la
cabeza de su víctima para estrangularlo con la cuerda. («El sultán no tenía
sable, de haberlo tenido las cosas habrían sucedido de otro modo», repetía el
visir tristemente). Defendiéndose sobre todo del arco, Selim perdió de vista a
Kislar agá, que yacía en el suelo. El negro fuerte y gordo se puso de rodillas
sin que lo vieran y con un movimiento raudo agarró a Selim por el escroto. El
sultán lanzó un alarido de dolor y se inclinó tanto que su cara quedó cerca de
la cara sudorosa y ensangrentada de Kislar agá. A esta distancia no podía
levantar el brazo para golpear al sicario que rodaba por la alfombra sin soltar
a su presa. El esclavo aprovechó ese instante para introducir el arco por la
cabeza de Selim, lo retorció varias veces apretando más y más la cuerda
alrededor del cuello. El sultán se debatía, pero apenas tenía fuerzas, pues el
dolor en las ingles le hacía perder el conocimiento por momentos. Su rostro
cambiaba de color, abrió la boca y los ojos se le salían de las órbitas. Sus
brazos se agitaron aún unas cuantas veces a la altura del cuello, pero de modo
lamentable y en vano, y por fin su cuerpo entero se desplomó, se le doblaron
las rodillas, luego el talle y después el cuello, para acabar derrumbándose
contra la pared y quedar encogido, medio sentado, sin siquiera parpadear, como
si jamás se hubiera defendido ni hubiera alentado vida en él.
El cadáver fue colocado inmediatamente en un kilim y en
él, a guisa de parihuelas, lo llevaron ante el sultán Mustafá.
Fuera, Mustafá Barjaktar golpeaba la puerta cerrada y
gritaba impaciente:
—¡Abrid, perros, hijos de perra, y liberad a Selim, el
sultán verdadero, porque de lo contrario ninguno de vosotros conservará su
cabeza sobre los hombros!
Los arnaútes de Barjaktar se daban ánimos con gran
algazara y aullaban como si quisieran apoyar los gritos de su jefe, mientras se
disponían a echar abajo la pesada puerta.
De repente, se entreabrió una de las ventanas estrechas y
profundas, excavadas en lo alto a ambos lados de la puerta. El postigo se abría
despacio, porque estaba herrumbroso y cubierto de musgo. Por el hueco, asomó
una estera doblada de la que resbaló un cadáver medio desnudo que fue a caer
con un golpe sordo sobre los pequeños adoquines blancos.
Mustafá Barjaktar llegó el primero corriendo. Ante él
yacía muerto el sultán Selim, con la cabeza desnuda, la cara violácea y
cubierto de magulladuras. Todo había concluido. Barjaktar había vencido, pero
su victoria había perdido cualquier sentido y valor. El mal y la locura habían
triunfado sobre el bien y la razón. El vicio permanecía en el trono y el
desorden en el gobierno y en el país.
—De este modo, distinguido señor, murió el gobernante más
noble del Imperio Otomano —terminó el visir, como si despertara, con alivio, de
un sueño en el que hasta entonces no había hecho más que hablar.
Cuando regresaba a casa después de estas conversaciones,
Daville siempre pensaba que nadie sabría jamás cuán caro pagaba él sus pequeños
logros y las concesiones que obtenía del visir. El mismo d’Avenat guardaba
silencio sin encontrar palabras ni explicación.
XII
El año 1808 fue, sin lugar a dudas, un año de pérdidas y
calamidades de todo tipo. En lugar de ese tiempo húmedo que en Travnik no es
«ni otoño ni invierno», empezaron ya a principios de noviembre los fríos
precoces e intensos. Aquellos días, inesperadamente, uno de los hijos de
Daville enfermó.
Se trataba del segundo hijo del cónsul que contaba tres
años y hasta entonces había sido un niño sano y maduro, a diferencia de su
hermano menor, que había nacido en Split, durante el viaje, y tenía una salud
precaria. Cuando el pequeño dio señales de encontrarse indispuesto, su madre le
dio a tomar té y remedios caseros, pero cuando la dolencia empeoró, hasta la
valerosa señora Daville perdió la confianza y la serenidad. Empezaron a llamar
a los médicos y a todos aquellos que se denominaban doctores a sí mismos y como
tales eran considerados por todo el mundo. Entonces pudieron ver lo que
significaba para esa gente la salud y la enfermedad y lo que significaba vivir
y enfermar en aquella tierra. Los médicos eran: d’Avenat, que pertenecía al
consulado, fray Luka Dafinic, del monasterio de Guca Gora, Mordo Atijas, el
boticario de Travnik, y Giovanni Mario Cologna, médico titular del consulado
austríaco. Su presencia tenía un carácter oficial, y declaró solemnemente que
acudía «por orden del señor cónsul general de Austria, para poner todo su saber
a disposición del señor cónsul general de Francia». Entre él y d’Avenat de
inmediato hubo disparidad de opiniones y surgió la controversia, tanto en lo
que al diagnóstico se refería, como en lo relativo al tratamiento. Mordo Atijas
callaba y fray Luka pidió ir a Guca Gora en busca de algunas de sus hierbas
especiales.
En realidad, todos los médicos de Travnik estaban confusos
y descontentos, porque nunca habían tenido que tratar a un niño tan pequeño. Su
arte no abarcaba ni el primer periodo ni el último de la vida humana. En
aquellos parajes, los niños pequeños vivían o morían por decisión del azar,
igual que muchos ancianos se extinguían o veían prolongarse su existencia por
algún tiempo. Todo dependía de la resistencia de unos y otros, y de los
cuidados que el entorno les prodigaba, y en último extremo dependía del destino,
contra el que no había ni médicos ni medicinas. Por ese motivo, las criaturas
muy jóvenes o muy ancianas, que no se tenían con firmeza sobre sus pies en la
tierra, no eran en ese país objeto de cura ni de atención médica. Y si no se
hubiera tratado de personas de gran prestigio y posición elevada, ninguno de
los médicos se habría preocupado del pequeño. En estas circunstancias, su
visita era más una señal de deferencia hacia los padres que una muestra de
verdadero interés por el niño. A este respecto, no había gran diferencia entre
fray Luka y Mordo Atijas, por un lado, y d’Avenat y Cologna por otro, porque
ambos extranjeros habían asumido como suyas las opiniones y costumbres de los
países orientales. Por lo demás, su conocimiento no era mucho más profundo ni
iba mucho más allá.
Ante semejante situación, Daville decidió llevar él mismo
al niño a Sinj, donde había un médico militar francés muy reputado. Los
«doctores» de Travnik, consecuentes con sus dictámenes, se opusieron con
firmeza a esta decisión osada e inaudita, pero el cónsul no cambió de parecer.
A pesar del frío que aumentaba vertiginosamente y de los
caminos helados, Daville emprendió el viaje en compañía de un guardia y tres
palafreneros. En los brazos llevaba a su hijo enfermo bien arropado.
La insólita comitiva partió del consulado al amanecer.
Acababan de cruzar el monte Karaula cuando el pequeño expiró en brazos de su
padre. Pernoctaron con el niño muerto en una posada y al día siguiente
regresaron a Travnik. Al atardecer llegaron a las puertas del consulado.
La señora Daville estaba acunando a su hijo menor y
precisamente susurraba una plegaria «por los que estaban de viaje», cuando el
piafar de los caballos y los aldabonazos en la puerta la sobresaltaron. Se
quedó paralizada, no podía moverse, y en esa posición aguardó a Daville, que
entró en la habitación llevando en los brazos, aún con la misma solicitud y
ternura, al niño arropado. Dejó al pequeño, retiró el amplio gabán negro que
desprendía un frío aterrador y abrazó a su mujer que, petrificada y como loca,
musitaba las últimas palabras de la oración con la que unos minutos antes
rogaba para que su hijo volviera sano y salvo.
El cónsul, aterido y destrozado por la cabalgata de dos
días, a duras penas se tenía en pie. Los brazos, que durante horas sostuvieron
en la misma postura primero al niño enfermo y luego al niño muerto, estaban
dolorosamente entumecidos. Pero ahora, olvidándolo todo, abrazaba a su menuda
esposa con una ternura muda que ocultaba el amor ilimitado hacia su mujer y su
hijo. Cerró los ojos y se dejó llevar; le parecía que así, olvidando el
cansancio y dominando el dolor, continuaba llevando al niño al encuentro de la
curación, y que no moriría mientras él, con su aflicción y su pena, lo llevara
por todo el mundo. Mientras en sus brazos, la madre lloraba mansa y dulcemente,
como lo hacen las mujeres valientes y abnegadas hasta el infinito.
Des Fossés estaba de pie un poco alejado, perplejo,
sintiéndose inútil, y contemplaba con asombro y sin comprender del todo la
grandeza insospechada de un hombre corriente.
Al día siguiente, una jornada soleada y con un frío seco,
enterraron al pequeño Jules Francois Amyntas Daville en el cementerio católico.
El cónsul austríaco estuvo presente en el sepelio con su mujer y su hija, y
también fue al consulado para expresar sus condolencias. La señora von Mitterer
ofreció sus servicios y habló mucho y con efusión sobre niños, enfermedades y
muerte. Daville y su esposa la escuchaban serenos, con los ojos resecos y esa
mirada de las personas para las que cualquier palabra de consuelo es
bienvenida, pero a las que ya nadie, en realidad, puede ayudar, y ni siquiera
lo esperan. La conversación acabó convirtiéndose en un largo diálogo entre la
señora von Mitterer y des Fossés, y a la postre, en un monólogo de Ana María
sobre el destino. Estaba pálida y solemne. Los dramas y las conmociones eran su
auténtico elemento. Su cabello castaño había recobrado vida y se escapaba en
mechones revoltosos. En la cara blanca brillaban de forma extraña sus enormes
ojos, de profundidad tan abismal que resultaba difícil mirarlos demasiado
tiempo sin parpadear. La faz redonda y nívea, el cuello sin una sola arruga,
los senos de una mujer joven. En ese círculo de muerte y duelo, entre el marido
amarillento y preocupado y la hija silenciosa y menuda, ella resplandecía aún
más y destacaba por su belleza extraña y peligrosa. Des Fossés observaba sus
brazos delgados y fuertes, de piel clara que al moverse refulgía en las
articulaciones con un brillo nacarado oscuro, como el reflejo apenas
perceptible de una llama invisible y de un blanco inmaculado. Algo de ese
resplandor blanquecino quedó en los ojos de des Fossés durante todo el día. Y
cuando en la iglesia de Dolac, donde se celebró la misa de difuntos, volvió a
ver a Ana María, lo primero que miró fueron sus brazos. Pero esta vez los
llevaba enfundados en guantes negros.
Al cabo de unos cuantos días agitados, la vida volvió a su
cauce. El invierno cerró todas las puertas y recluyó a la gente en sus casas
calientes. La relación entre los dos consulados se interrumpió de nuevo. El
mismo des Fossés redujo sus paseos. Las charlas con Daville antes del almuerzo
y la cena se tornaron más pacíficas y cordiales y trataban, sobre todo, de
asuntos a propósito de los cuales no podía haber discrepancias. Como suele
suceder en los días que siguen a un entierro, evitaban mencionar la pérdida y
muerte del pequeño, pero como la idea no se apartaba de sus mentes, hablaban de
su enfermedad, de la salud y las enfermedades en general y, en particular, de
la medicina y de los médicos en ese país cruel.
Las sorpresas que aguardan a un occidental, arrojado
repentinamente a Oriente y obligado a vivir allí, son numerosas y variadas,
pero una de las mayores y más dolorosas es la relacionada con la salud y la
enfermedad. Ante este hombre, la vida corporal aparece de golpe bajo una nueva
luz. En Occidente existen enfermedades muy diversas y horrorosas, pero como
algo que se niega, se suaviza o al menos se oculta a los ojos de las personas
sanas, laboriosas y alegres, mediante una organización particular de la comunidad,
acuerdos y fórmulas convenidas de la vida social. Aquí, sin embargo, la
enfermedad no es en ningún caso algo excepcional. Se manifiesta y desarrolla
paralelamente y en alternancia con la salud; se ve, se oye y se siente a cada
paso. Aquí, el hombre se cura como se alimenta, y enferma igual que vive. La
enfermedad es la otra mitad de la vida, la más difícil. Epilépticos,
sifilíticos, leprosos, histéricos, deficientes, jorobados, cojos, mudos,
ciegos, lisiados, todos pululan a la luz del día, reptan y se arrastran
mendigando caridad o callando obstinadamente y luciendo casi con orgullo su
terrible defecto. Es una suerte que las mujeres, sobre todo las turcas, se
tapen y escondan, pues de lo contrario, el número de enfermos que uno puede
encontrarse se multiplicaría. Eso era lo que Daville y des Fossés pensaban
siempre cuando veían a un campesino descender a Travnik por un empinado camino
rural llevando por el ronzal un caballo sobre el que se balanceaba una mujer,
totalmente envuelta en un manto y velada como un saco repleto de sufrimientos y
enfermedades desconocidas.
Pero los pobres no son los únicos que enferman. La
enfermedad es aquí el destino de los menesterosos, pero también el castigo de
los ricos. En las ramas de la abundancia y en las de la miseria brota la misma
flor: la enfermedad. Ni siquiera el konak del visir, si se contempla de cerca y
se conoce mejor, difiere mucho de la miseria y vulgaridad que se advierte en
las callejuelas los días de mercado. Aunque la forma de padecer sea distinta,
el modo de entender la dolencia es el mismo.
Durante la enfermedad del hijo del cónsul, des Fossés tuvo
la oportunidad de descubrir a los cuatro médicos de Travnik. Eran, como ya
hemos visto, d’Avenat, Cologna, Mordo Atijas y fray Luka Dafinic.
A d’Avenat lo conocimos al principio como intérprete y
empleado provisional del consulado francés. Pero, ni siquiera cuando servía a
Mehmed bajá, d’Avenat ejercía con asiduidad la medicina. El título de doctor le
valía, igual que a muchos otros extranjeros, sólo como pretexto para realizar
trabajos de todo tipo en los que demostraba más conocimientos y habilidad.
Ahora estaba contento y satisfecho con su nueva posición para la que se sentía
capacitado y tenía voluntad. Probablemente, en su juventud, había estudiado
algo de medicina en Montpellier, pero carecía de lo fundamental para poder ser
un buen médico: no sentía amor por los hombres ni tenía confianza en la
naturaleza. Al igual que la mayoría de los occidentales que, debido a las
circunstancias, se quedan a vivir en Oriente y se familiarizan con los turcos,
se había contagiado de un profundo pesimismo y una duda permanente. La
humanidad sana y la enferma eran para él dos mundos sin ninguna relación real.
Consideraba que la curación era un estado temporal, pero no el paso del mundo
enfermo al sano, porque, en su opinión, dicho paso no existía. Un hombre o bien
nacía enfermo, o bien terminaba por enfermar, y eso era lo que le correspondía
en la vida, y el resto de las miserias, como los dolores, los gastos, las
curas, las medicinas, los médicos y demás desventuras, eran un apéndice natural
de todo ello. Por este motivo, le gustaba más tener relación con los sanos que
con los enfermos. Los pacientes muy graves le repugnaban, y consideraba, hasta
cierto punto, las enfermedades largas como una ofensa personal, pues juzgaba
que tales seres debían tomar partido y decidir si se ponían a la izquierda o a
la derecha, es decir, entre los sanos o entre los muertos.
Si curaba al señor turco al que servía, no lo hacía tanto
por su saber o por sus medicinas más o menos neutras, como por su fuerte
voluntad y audacia arrogante. Adulaba a sus pacientes ricos, elogiaba su fuerza
y resistencia y provocaba en ellos vanidad y oposición a la enfermedad, o
menospreciaba sugerentemente la dolencia y su gravedad. Esto le resultaba muy
fácil porque, sin cesar y con la misma lógica, también lisonjeaba al señor
sano, aunque de otro modo y en otro sentido. Muy pronto comprendió la trascendencia
de un halago y la fuerza de una intimidación, es decir, el peso que puede tener
una palabra amable o dura dicha en el momento justo y en el lugar adecuado.
Rudo y desconsiderado con la gran mayoría de las personas, guardaba sus
atenciones y sus palabras agradables para los poderosos y los grandes. En esta
tarea era desusadamente hábil e insolente.
Esta clase de médico era Cesar d’Avenat.
Exactamente lo contrario era Mordo Atijas, un judío
menudo, callado, dueño de una tienda en la ciudad baja en la que recetaba y
vendía no sólo medicamentos, sino de todo, desde gafas o utensilios para
escribir hasta elixires para las mujeres estériles, tintes para la lana o
buenos consejos de todo tipo.
Los Atijas eran la familia judía más antigua de Travnik.
Hacía más de ciento cincuenta años que vivían allí. Su primera casa se hallaba
fuera de la ciudad en un barranco estrecho y húmedo por el que discurría uno de
los innumerables arroyos sin nombre que desembocaban en el Lasva. Era una
vaguada dentro de la vaguada de Travnik, donde apenas llegaba el sol, repleta
de humedad y grava, plagada de clemátides y alisos. Ahí nacieron y murieron,
generación tras generación. Más tarde consiguieron abandonar ese lugar húmedo,
sombrío e insalubre y trasladarse arriba, a la ciudad, pero todos los Atijas
conservaron algo de su antiguo hogar, todos eran menudos y pálidos, como si
hubieran crecido en un sótano, taciturnos y reservados; vivían modestamente,
sin hacerse notar, aunque con el tiempo prosperaron y se enriquecieron. Pero
siempre había alguien en la familia que se dedicaba a los fármacos y a la
medicina.
De todos los médicos de Travnik y, en especial, de todos
los que fueron llamados al consulado como tales, Mordo Atijas era el hombre del
que menos cosas podían decirse. ¿Qué contar de un hombre que no hablaba nada,
no iba a ninguna parte, no se relacionaba con nadie, no pedía nada, y que sólo
se dedicaba a su trabajo y a su familia? Todo Travnik y todos los pueblos de
alrededor conocían a Mordo y su tienda de remedios, pero nada más se sabía de
él.
Se trataba de un hombre pequeño oculto tras una barba
abundante, bigotes, patillas y cejas; vestía una aljuba de rayas y anchos
pantalones azules. Por lo que se sabía de su familia, sus antepasados ya eran
médicos y boticarios cuando vivían aún en España. Los Atijas continuaron con
esta práctica incluso como refugiados en el exilio, primero en Salónica y luego
en Travnik. El abuelo de Mordo, el alfaquí Isak, falleció en Travnik, a
mediados del siglo XVIII, como una de las primeras víctimas de la gran peste, y
su hijo heredó la botica que entregó, al cabo de veinte años, a Mordo. En la
familia se guardaban libros y notas de célebres médicos árabes y españoles, que
los Atijas se llevaron consigo cuando fueron expulsados de Andalucía y se
habían transmitido de padres a hijos como un tesoro secreto. Hacía más de
veinte años que Mordo se sentaba en su puesto, día tras día, salvo los sábados,
las piernas cruzadas, la espalda encorvada y la cabeza baja, siempre dedicado a
sus clientes, a sus polvos, hierbas y pócimas. La tienda, como una caja grande
de madera, llena hasta los topes, era tan estrecha y con el techo tan bajo que
Mordo podía alcanzar todas las cosas con la mano sin levantarse. Así pasaba la
vida en su botica, en invierno y en verano, siempre igual, igual vestido y de
igual humor: un ovillo encogido de silencio que ni tomaba café ni fumaba ni
participaba en las charlas y bromas del bazar.
Un cliente, un enfermo o un pariente suyo se sentaba en el
borde del cierre que hacía las veces de banco y exponía el problema. Luego,
Mordo le susurraba su opinión a través de sus labios invisibles y de su espesa
barba negra y sus bigotes, entregaba el remedio y cobraba. No había posibilidad
de que alguien lo arrastrara a una conversación. No comentaba con los pacientes
nada que no fuera estrictamente necesario sobre sus dolencias. Los escuchaba
con atención y los contemplaba mudo con los ojos sombríos desde aquel bosque de
cabellos, entre los que aún no había ni una cana, y a todas sus historias
respondía siempre con las mismas frases que acababa con el ya tradicional: «En
mis manos está el remedio, pero la salud, en las de Dios». Con esto daba por
concluida cualquier conversación, y para el cliente eran palabras que
equivalían a un «lo tomas o lo dejas».
—¡Lo tomo, lo tomo, me lo llevo! ¿Cómo no me lo voy a
llevar? ¡Hasta un veneno si hiciera falta! —se lamentaba el enfermo, que
deseaba quejarse y charlar tanto como curarse.
Pero Mordo era inflexible. Envolvía el medicamento en
papel azul, lo ponía delante del paciente y retornaba a la tarea insignificante
que había dejado cuando entró el parroquiano.
Los días de mercado se reunía delante de la tienda de
Mordo una multitud de campesinos. Uno se sentaba en el banco y cuchicheaba con
Mordo, mientras los demás permanecían en la calle y esperaban. Querían un
específico o traían hierbas para vender, hablaban en voz baja, negociaban,
discutían, en fin, llegaban y se marchaban. Sólo Mordo continuaba en su lugar,
inmóvil, frío y taciturno.
Las más ruidosas y exigentes eran las aldeanas entradas en
años que querían unas gafas. Primero se explayaban contando que no hacía mucho
aún podían enhebrar un hilo en la aguja más fina, pero que durante el invierno,
después de un resfriado o algo así, se les habían empezado a empañar los ojos y
a duras penas distinguían la hebra cuando tejían. Mordo examinaba a la mujer de
cuarenta años, cuya vista había empezado a debilitarse de forma natural,
calculaba el ancho de su cara y el grosor de la nariz, extraía de una caja
negra redonda unos anteojos con montura de hojalata y se los ponía a la mujer.
Ella se miraba primero las manos, volviéndolas de un lado y de otro, y luego la
madeja de lana que le tendía Mordo mientras le preguntaba: «¿Ves o no ves?». Él
hablaba entre dientes, sin malgastar el aliento.
—Veo, veo muy bien la lana, pero un poco como de lejos,
como si estuviera al otro lado del bazar —decía la campesina vacilando.
Mordo sacaba otras gafas y, parco en palabras, le
preguntaba: «¿Mejor?».
—Sí y no. Ahora tengo una niebla delante de los ojos, como
humo, como…
Mordo cogía el tercer modelo, que era el último. Con estas
gafas, la mujer debía ver bien y «tomarlas o dejarlas». Ni el amor ni el dinero
podían obligar a Mordo a seguir hablando.
Llegaba otro paciente, un montañés huesudo, flaco y
demacrado, natural del pueblo de Paklarevo. Con su voz apenas audible y su
acento español, Mordo le preguntaba qué le dolía.
—Pues, aquí, en la boca del estómago, que tengo algo como
una brasa, que Dios te dé salud, y duele, ¡huy! Cómo duele… —decía el hombre
tocándose con un dedo en medio del pecho y dispuesto a repetir varias veces que
le dolía, pero Mordo lo interrumpía con tono seco y firme.
—Ahí no hay nada, ahí no puede doler.
El montañés insistía que le dolía ahí justamente, no
obstante llevaba el dedo un poco más a la derecha.
—Pues me duele… ¿cómo quieres que te lo diga? Ya ves, noto
así como un dolor que empieza aquí, y luego anda y anda, perdóname, pero anda
por todas partes…
Por fin, el enfermo cedía una pizca, Mordo otra, y
llegaban a un acuerdo sobre el punto en el que el dolor más o menos se sentía
constantemente. Entonces, Mordo, escueto y profesional, inquiría si tenía ruda
en su jardín y le ordenaba machacar la hierba en una escudilla, añadir una
pizca de miel, rociarla con un polvo que él le iba a dar, hacer con esta masa
tres bolitas y tragarlas antes de la salida del sol.
—Así, todas las mañanas durante ocho días, de viernes a
viernes. El dolor y la enfermedad desaparecerán. Dame dos gros y ¡buena suerte!
El campesino, que hasta ese momento abría los ojos de par
en par y movía los labios, esforzándose por recordar las instrucciones, de
repente lo olvidaba todo, incluso el dolor por el que había venido, y se
palpaba el lugar donde llevaba la bolsa de lino con el dinero. Empezaba a
sacarla lentamente entre suspiros y vacilaciones, la desataba, contaba y por
fin pagaba con todo el dolor de su corazón.
Y Mordo, inmóvil y menudo, volvía a sentarse inclinado
sobre el nuevo parroquiano, y el montañés abandonaba despacio el bazar y por la
orilla del arroyo se encaminaba a Paklarevo, su pueblo en las alturas. En un
lado del pecho, un dolor que no cedía, en el otro, en el bolsillo, el polvo de
Mordo envuelto en papel azul, y todo su ser desbordado por un dolor diferente,
el dolor que le causaba el dinero en su opinión malgastado, por la desconfianza
y el temor a que lo hubieran engañado. Así iba directo a la puesta del sol,
totalmente ausente y abatido, porque no existe una criatura más apesadumbrada y
confusa que un campesino enfermo.
Había, sin embargo, un visitante con el que Mordo hablaba
más tiempo y más afectuosamente, y con el que no le importaba perder unos
minutos y unas palabras de más. Se trataba de fray Luka Dafinic, más conocido
por el nombre de el mídico. Fray Luka ya había trabajado con David, el padre
del boticario, con el que se entendía muy bien, y hacía una veintena de años
que era amigo inseparable y colega de Mordo (cuando era joven y oficiaba por
las parroquias, cada vez que podía iba a Travnik, y al primero que visitaba,
antes que al párroco de Dolac, era a Mordo en su botica). Los comerciantes del
bazar hacía ya tiempo que estaban acostumbrados a ver a Mordo y a fray Luka
cuchichear absortos, cabeza con cabeza, o examinar hierbas y medicamentos.
Fray Luka era natural de Zenica, pero siendo aún un niño
llegó al monasterio de Guca Gora, cuando todos los suyos perecieron a causa de
la peste. Salvo cortos intervalos, había pasado allí toda su vida, entre
potingues, libros e instrumentos de medicina. Su celda estaba llena de tarros,
vasijas y cajas, y de hierbas secas, ramas y raíces diseminadas por las paredes
y por el techo colgando en sacos o en haces. En la ventana, una jofaina con
sanguijuelas nadando en agua clara, y a su lado, un pote pequeño con alacranes
en aceite. Junto a la cama turca, tapado con un kilim viejo, quemado, manchado
y zurcido, había un brasero de barro sobre el que permanentemente borboteaban
hierbas en un puchero. En los rincones y en los anaqueles, trozos de maderas
raras, piedras grandes y pequeñas, pieles de animales y cuernos.
Pero, a pesar de todo, la celda siempre estaba limpia y
ventilada; un lugar agradable que solía oler a bayas de enebro y a té de menta.
Tres cuadros colgaban de los muros. Hipócrates, san Luis
Gonzaga y un caballero desconocido con armadura, casco con visera y un gran
penacho. Nadie sabía de dónde había sacado fray Luka ese cuadro ni para qué lo
quería. Una vez que los turcos registraron el monasterio, al no encontrar nada
que reprochar, la emprendieron con dicho cuadro, y les dijeron que era el
retrato de un sultán. Se entabló entonces un debate sobre si estaba permitido
que se hicieran retratos a los sultanes, pero como el cuadro estaba completamente
descolorido y los turcos eran unos incultos, las cosas no fueron a más. Hacía
ya más de medio siglo que las pinturas estaban allí y, puesto que jamás habían
sido muy nítidas, y con el tiempo habían palidecido aún más, san Luis se
parecía a Hipócrates, Hipócrates al «sultán» y el «sultán», impreso en un papel
barato y de mala calidad, ya no se parecía a nada ni a nadie, y fray Luka era
el único que distinguía a la perfección el sable y el casco y la mirada
combativa de hacía cincuenta años.
Cuando todavía era un joven novicio, fray Luka demostró
interés y talento para la profesión médica. Al darse cuenta de ello, viendo que
el pueblo y a los frailes necesitaban médicos buenos y hábiles, sus superiores
lo enviaron a la escuela de medicina de Padua. Pero al año siguiente, con los
primeros cambios, los nuevos rectores, hostiles a los anteriores, opinaron que
resultaba muy perjudicial para fray Luka y costoso para la orden, y lo
obligaron a regresar a Bosnia. Al cabo de doce meses, los antiguos superiores
asumieron de nuevo la dirección del monasterio y mandaron por segunda vez al
joven hermano a Padua para que terminara las «ciencias midicales». Pero un año
después, la parte contraria recuperó el poder; anularon todo lo que se había
hecho antes y, entre otras cosas, hicieron regresar a fray Luka a Guca Gora.
Con los conocimientos que había logrado adquirir y los
libros que pudo comprar, fray Luka se instaló entonces en su celda y prosiguió
estudiando con pasión, reuniendo remedios y curando con amor a las personas.
Esta pasión jamás lo había abandonado y el amor jamás se entibió.
Todo era orden y paz en la habitación por la que se movía
silenciosamente el mídico miope, alto y delgado. La delgadez de fray Luka era
proverbial en toda la provincia. («Hay dos cosas que ignoran incluso los ulemas
más sabios: sobre qué reposa la tierra y de qué penden los hábitos de fray
Luka»). Ese cuerpo, alto y flaco, estaba coronado por una hermosa cabeza,
erguida y llena de vida, con ojos azul claro de mirada soñadora y un poco
ausente, y rematada por una fina guirnalda de cabellos blancos que ceñían un
cráneo regular de piel rosácea y delicada bajo la que se percibían las
ramificaciones de vasos sanguíneos azulados. Hasta una edad muy avanzada siguió
haciendo gala de viveza y agilidad. «Éste no anda —decía de él uno de los
hermanos guardianes—, corta el aire como un sable»; y realmente ese hombre de
pupilas risueñas y movimientos desenvueltos y vivos, apenas perceptibles, nunca
estaba quieto. Sus largos dedos relimpios y enjutos hurgaban a lo largo de la
jornada en innumerables cosas, lijaban, clavaban, encolaban, unían, marcaban,
rellenaban y colocaban cofres y anaqueles. Porque para fray Luka no había nada
insignificante, superfluo ni innecesario. Bajo sus magros dedos y ante sus ojos
miopes y sonrientes todo revivía, hablaba y encontraba su lugar entre los
remedios o, al menos, entre los objetos útiles y raros.
Al observar día tras día, año tras año, las hierbas, los
minerales y a los seres vivos a su alrededor, su metamorfosis y evolución, fray
Luka se convencía cada vez más de que en el mundo, tal y como nosotros lo vemos,
existen sólo dos cosas: crecimiento y decadencia, estrecha e inextricablemente
ligados, en todas partes y en eterno movimiento. Todos los fenómenos a nuestro
alrededor no son más que fases distintas de esta marea ascendente y
descendente, infinita, compleja y perpetua, ficciones, instantes fugaces que
nosotros aislamos arbitrariamente, marcamos y designamos con nombres
establecidos, como salud, enfermedad y muerte. Pero, naturalmente, nada de eso
existe. Existe sólo el crecimiento y la decadencia en diversos estados y con
diferentes aspectos, y todo el arte de la medicina consiste en conocer, aferrar
y aprovechar las fuerzas orientadas hacia el crecimiento, «como un marino
conoce los vientos», y en evitar y alejar aquellas que sirven a la decadencia.
Allí donde el hombre logra aferrar esa fuerza, sana y marcha adelante; allí
donde fracasa, se hunde simple e irremediablemente; y en el gran e invisible
libro de cuentas del crecimiento y de la decadencia, las fuerzas pasan de la
columna del debe a la del haber o viceversa.
Ésta era su visión del mundo a grandes rasgos; en detalle,
naturalmente, las cosas eran mucho más elaboradas y complejas. Cada ser vivo,
cada hierba, cada enfermedad, cada estación, cada día y cada minuto tenían
también su crecimiento y su decadencia. Estos elementos estaban incrustados
unos en otros, vinculados por incalculables lazos imprecisos, y actuaban y
bullían, vibraban y fluían, de día y de noche, en lo más profundo de la tierra,
en toda su superficie y muy alto en el firmamento, hasta los planetas, siempre
según la ley única y doble del crecimiento y de la decadencia, tan difícil de
comprender y de seguir.
Fray Luka había estado toda su vida fascinado por su
propia visión del mundo y la armonía perfecta que tan sólo se presiente y de la
que el hombre logra servirse de vez en cuando, pero que nunca puede dominar.
¿Qué podía hacer alguien como él, al que le había sido revelado todo esto y
encomendada la tarea sin fin y sin esperanza de estudiar los fármacos y curar a
los enfermos con el consentimiento de Dios? ¿Qué tomar y retener en la memoria
de esa visión que tan pronto refulgía ante él, clara, comprensible y cercana,
al alcance de la mano, como se oscurecía y agitaba cual torbellino de nieve en
una noche tenebrosa? ¿Cómo apañárselas en ese centelleo, en ese caos aparente
de influencias recíprocas intrincadas y entrelazadas, y de fuerzas y elementos
ciegos? ¿Cómo coger alguno de los hilos fundamentales y relacionar las
consecuencias con las causas?
Esto era lo único que preocupaba a fray Luka y no dejaba
de pensar en ello, al margen de sus deberes de religioso y de su ministerio.
Por eso andaba siempre pensativo y ausente, delgado y fino como un alambre
estirado, y por eso se abalanzaba con pasión sobre cualquier brizna de hierba o
cualquier enfermo, sin importarle dónde estuviera, cuál fuera su aspecto o cómo
se llamara.
Fray Luka estaba firmemente convencido de que en la
naturaleza había tantas fuerzas curativas como enfermedades entre hombres y
animales, y de que unas y otras se correspondían cabalmente. Eran como grandes
problemas aritméticos llenos de decimales mientras carecían de solución, pero
al mismo tiempo no cabía duda de que allí donde terminaba la operación, al
final de los finales, el resultado era una cifra exacta. Y esas fuerzas
medicinales se hallaban, como enseñaban los antiguos «in herbis, in verbis, in
lapidibus» (En las hierbas, las palabras y en los minerales).
En su fuero interno, aunque no se lo reconocía ni a sí
mismo, fray Luka creía con audacia que era posible atajar cualquier evolución
maligna en el cuerpo humano, al menos en teoría, porque la enfermedad y su
remedio surgían y se desarrollaban paralelos, aunque a menudo demasiado
alejados la una del otro. Si un médico lograba conectarlos, la dolencia
retrocedía; si no lo conseguía, vencía ella y destruía el organismo en el que
había aparecido. Todos los fracasos y desengaños no habían podido socavar esta
convicción secreta con la, que de modo implícito, fray Luka se enfrentaba a
todos lo fármacos y a todos los enfermos. Ciertamente, al mantenimiento de su
fe inexplicable contribuía el hecho de que, al igual que muchos médicos,
olvidaba rápidamente y sin vuelta de hoja a los enfermos incurables y a los
fallecidos, mientras que recordaba todos los éxitos incluso cincuenta años
después.
Así era fray Luka Dafinic, el mídico, un amigo entusiasta
e incorregible de la mitad enferma de la humanidad, y amigo de toda la
naturaleza. Sólo tenía dos adversarios: los monjes y los ratones.
Sus problemas con los frailes era una historia larga y
antigua. Las generaciones se sucedían y eran muy diferentes unas de otras, pero
en una cosa estaban todas de acuerdo: en menospreciar y condenar las
habilidades curativas de fray Luka. Desde que lo enviaron a estudiar a Padua,
lo hicieron regresar, de nuevo lo enviaron y otra vez le ordenaron volver, él
había perdido completamente la esperanza de encontrar comprensión o ayuda entre
sus hermanos. Antaño, el padre guardián[36] fray Martín Dembic, apodado Dembo,
comentaba así el pacto de fray Luka con los frailes:
—¿Ves a nuestro mídico? Ni siquiera cuando reza con los
monjes, en el coro, está pensando lo mismo que ellos. Mientras pronuncian la
misma oración, fray Luka piensa: «Dios mío, haz entrar en razón y ablanda a
estos malos hermanos míos para que no me molesten a cada paso en mi trabajo tan
bueno y tan útil. O si no puedes hacer eso, que ya sé yo que los frailes tienen
la cabeza dura incluso para la mano divina, al menos dame fuerzas para armarme
de santa paciencia y poder soportarlos sin odio y sin reproches tal como son, y
ayudarlos en la enfermedad con mi arte que desprecian y condenan». A su vez,
los monjes, rezando, piensan: «Señor, ilumina la mente de nuestro hermano Luka,
cúralo de su grave enfermedad, de la medicina y los medicamentos. Aceptamos
todos los dolores que nos envías (¡al fin y al cabo, de algo hay que morir!),
pero aparta de nosotros a este individuo que nos quiere curar de ellos».
Durante muchos años fray Luka había sido una fuente
inagotable de historias y bromas para Dembo, un hombre ingenioso, fuerte y un
burlón sin piedad, pero buen superior y monje irreprochable. Sin embargo,
también él, como tantos otros, había expirado en brazos de fray Luka, si bien
es cierto que incluso en esos momentos, crispado de dolor, sonriendo y
respirando con dificultad, dijo a los monjes allí reunidos:
—Hermanos, todas las cuentas del monasterio están en
orden, tanto los préstamos como el dinero en efectivo. El vicario está al
corriente de todos los detalles, y ahora, perdonadme y recordadme siempre en
vuestras oraciones, y sabed que dos cosas han acabado conmigo, mi asma y mi
mídico.
Así se burlaba Dembo, exagerando con sus chanzas hasta en
la muerte.
Pero todo esto había sucedido hacía mucho, mucho tiempo,
en «época de Dembo», cuando fray Luka era joven y enérgico y cuando aún vivían
sus coetáneos, de los que apenas quedaba ya alguno, porque él ya había cumplido
los ochenta y uno por San Juan, el del verano. Hacía años que fray Luka había
perdonado a los frailes que no lo dejaran quedarse en Padua y que nunca le
concedieran lo necesario para libros y experimentos, y ellos, a su vez, poco a
poco habían cesado de zaherirlo a causa de su inusual modo de vida, su pasión
por la medicina y su amistad con Mordo Atijas. Fray Luka seguía yendo a
Travnik, se sentaba con Mordo en la tienda e intercambiaba datos y
experiencias, canjeaba hierbas y raíces por azufre o piedra infernal, porque
nadie sabía secar la flor del tilo ni conservar la zamarrilla, la hierba de San
Juan y la milenrama como él. Y los frailes habían acabado por acostumbrarse a
esta «amistad entre el Nuevo Testamento y el Antiguo».
Las visitas y curas a enfermos fuera del convento, que
antaño habían sido causa permanente de contratiempos para el monasterio, y de
enfrentamientos entre fray Luka y sus superiores, ahora se habían reducido al
mínimo. El fraile nunca había buscado pacientes entre los legos, y mucho menos
entre los musulmanes, pero los turcos habían acudido a él, a veces lo llamaban
y le suplicaban, las más se lo ordenaban, y custodiado por guardias lo llevaban
a casa del enfermo. Estas visitas acarreaban a fray Luka y a su monasterio
muchos dolores de cabeza, perjuicios y apuros. Sucedía que lo llamaban y le
pedían que curara a un enfermo turco, pero luego los denunciaban, a él y al
convento, porque el enfermo había empeorado o fallecido. También cuando el
remedio surtía efecto y la familia, satisfecha, recompensaba al fraile,
aparecían turcos malintencionados y codiciosos que lo acusaban de haber
frecuentado casas turcas. Los testigos siempre declaraban que el fraile había
sido llamado y que lo había llevado allí una tarea buena y honrada, pero
mientras se demostraba y enmendaba todo esto, y se retiraba la denuncia, el
monasterio sufría las consecuencias y pagaba los gastos. Por eso, los frailes
no permitían a fray Luka que fuera a ejercer la medicina a las casas turcas, mientras
los musulmanes no presentaran un documento en el que se leyera claramente que
lo llamaban por propia voluntad y que las autoridades no tenían nada en contra.
Aun así, siempre había dificultades e inconvenientes. Hubo
muchos casos en los que el tratamiento tuvo éxito y los pacientes, encantados y
agradecidos, colmaron de alabanzas y regalos a fray Luka y al monasterio.
Un bey, uno de esos beyes rurales no muy ricos, pero
afectuoso e influyente, al que fray Luka curó una herida mal cuidada por debajo
de la rodilla, cada vez que lo veía le decía:
—Cuando me levanto por la mañana primero nombro a Dios y
después a ti.
Y mientras vivió, ese bey defendió el monasterio y a los
frailes y, siempre que lo necesitaron, fue su avalista y su testigo.
Un acaudalado turco de Turbe, a cuya mujer había salvado
fray Luka, no lo comentó con nadie (porque de las mujeres no se habla), pero
todos los años, después de la Asunción, enviaba al monasterio dos okkas de miel
y una piel de oveja, con el mensaje de «entregar al párroco que cura a los
enfermos».
Sin embargo, también se dieron casos de negra ingratitud y
perfidia diabólica. Durante mucho tiempo recordaron en el monasterio el asunto
de una nuera de Mustaj bey Miralem. La joven esposa empezó a sentir un malestar
que no le daba sosiego, chillaba y se retorcía, rechinaba los dientes día y
noche o permanecía acostada durante jornadas enteras, inmóvil y muda, no quería
ver a nadie ni probar bocado. Sus parientes hicieron todo lo que les
aconsejaron, pero nada ayudaba, ni los curanderos ni el hodja ni los talismanes,
y la mujer se iba consumiendo. Finalmente, el suegro, el viejo Miralem, mandó a
buscar al hermano mídico.
Cuando fray Luka llegó, hacía ya dos días que la mujer
estaba en estado de abatimiento absoluto, crispada, sin que nadie consiguiera
sacarla de su mutismo sombrío. Primero no quería mover la cabeza, pero en un
momento, al entreabrir los párpados, vio las pesadas sandalias del fraile, el
borde del hábito y el cordón blanco que usan los monjes a guisa de cinturón;
luego, con lentitud y mal humor, empezó a mirar de abajo arriba a fray Luka,
pero como era tan delgado y largo, pasaron varios segundos antes de que se
encontrara con su mirada azul y sonriente. Entonces, la mujer, de repente,
soltó una carcajada inesperada, loca e interminable. En vano el fraile trató de
tranquilizarla con palabras y gestos. Al salir del konak de Miralem, todavía
podía oír la risa terrible, que resonaba desde la sala de la planta baja.
Al día siguiente, los jenízaros llevaron a la cárcel a
fray Luka encadenado. Al padre guardián le comunicaron enseguida que el viejo
Miralem lo acusaba de haber hechizado a su nuera, que llevaba dos días sin
parar de reír y su risa hacía temblar los cimientos de la casa. El superior
intentaba demostrar que eso era imposible, que el deber de un médico era curar
si podía, pero que los sortilegios y artes mágicas estaban fuera de sus leyes.
Inútilmente distribuía monedas de plata aquí y allá, a unos una, a otros dos.
Sólo lo informaron de que las cosas se ponían muy negras para el mídico, porque
la mujer había dicho que el fraile, a hurtadillas, le había dado a beber «algo
negro y espeso como grasa sucia» y dos golpes en la frente con un gran
crucifijo, y que desde entonces no podía detener esa risa que la atormentaba
sin cesar.
Pero cuando parecía que todo estaba perdido y que no había
ninguna esperanza, de improviso, quitaron los grilletes a fray Luka y lo
liberaron como si nada hubiera sucedido, y es que al cuarto día, la joven se
había tranquilizado y después había roto a llorar. Llamó a su suegro y a su
marido y declaró que había calumniado al monje en un instante de locura,
reconoció que no le había dado ningún remedio y que tampoco tenía un crucifijo
en las manos, sino que sólo había extendido los brazos sobre ella y había rezado
a Dios según su religión, y que desde entonces se sentía mejor.
De este modo se resolvió el asunto. Pero los frailes
rencorosos no lo olvidaron tan pronto. Fray Mijo Kovasevic, que como guardián
era el que se había encargado del caso de fray Luka y el que más se había
preocupado, le dijo después en el refectorio delante de todos:
—Vamos a ver, fray Luka, escúchame bien, o tú y tus locos
mahometanos me dejáis en paz de una vez por todas, o soy yo el que se echa al
monte, y tú, ¡hala!, te quedas de mídico y de guardián. Porque así no podemos
continuar.
Y le tendió las llaves del monasterio con un gesto serio y
airado.
No obstante, las aguas volvieron a su cauce y el asunto se
olvidó. Solamente persistió lo que el guardián había escrito en el libro de
multas y gastos del monasterio.
El 11 de enero vino un funcionario con cadenas y un edicto
que decía que fray Luka, el alfaquín[37] (¡maldita sea la hora en que se hizo
alfaquín!), había dado a la nuera de Miralem unas píldoras nocivas… En
contrapartida, nosotros hemos pagado al cadí y al amín[38] un total de 148
gros.
Las prácticas médicas de fray Luka siguieron provocando
problemas en los años sucesivos. En el monasterio se olvidaba, pero el libro de
multas y gastos en sobornos lo recordaba todo, pues en él permanecían
registradas numerosas notas sobre el fraile.
Porque fray Luka ha curado:
a un turco ………………………, 48 gros
a causa del mídico ……………, 20 gros
Al final, aparecía el número y la fecha de la ordenanza
según la cual el superior prohibía tajantemente «orar por un turco o una turca
y darle ninguna medicina», aunque tuviera permiso de las autoridades otomanas.
Sin embargo, inmediatamente después estaba apuntada otra multa:
Porque fray Luka no fue a visitar a un enfermo, pagamos
una sanción de 70 gros.
Así, por orden, se anotaban las multas año tras año.
Durante la larga vida de fray Luka, dos veces hizo la
peste estragos en Travnik. La gente enfermaba, moría, huía a las montañas. El
bazar cerraba y muchas casas fueron abandonadas para siempre. Las relaciones
entre los parientes se debilitaban, desaparecieron los escrúpulos. En las dos
ocasiones, fray Luka demostró su grandeza y su arrojo como médico y como
religioso. Visitaba los arrabales infectados, curaba a los enfermos, confesaba
y daba la comunión a los que agonizaban, enterraba a los muertos, ayudaba y
aconsejaba a los que sanaban. Los monjes supieron reconocerlo, y su prestigio y
reputación como médico se consolidó entre los turcos.
Pero quien vive muchos años sobrevive a todo, incluso a
sus propios méritos. Después de las epidemias e infortunios venían los años
prósperos y tranquilos, las cosas cambiaban y se olvidaban, se relajaban y
difuminaban. Y en todo eso, en los éxitos y en los fracasos, en las alabanzas y
en las ofensas, en los ataques y en las victorias, el único que permanecía
siendo él mismo era fray Luka, intacto e inquebrantable, con su mirada ausente,
su fina sonrisa y movimientos rápidos, con su fe en la relación secreta entre
los remedios y la enfermedad. Como no conocía otra vida que los medicamentos y
el trabajo que ellos exigían, para él todo en el mundo tenía su lugar y su
razón de ser: la enfermedad, las penas, la cólera del guardián, los
malentendidos y las calumnias. Incluso la cárcel, al fin y al cabo, ¡bendita
fuera!, de no ser por esas molestas cadenas en las piernas y la preocupación
constante de que se le iban a estropear las pócimas en el monasterio o se le
iban a morir las sanguijuelas, o de que los frailes no le revolvieran o tiraran
los haces y hatillos.
Pero fray Luka curaba y cuidaba a los monjes, «sus
principales enemigos», a los que a veces compadecía en su fuero interno, con
delicadeza y entrega cuando caían enfermos y los aconsejaba y se preocupaba por
ellos mientras estaban sanos. En cuanto alguno tosía un poquito, fray Luka
ponía en su brasero el puchero con hierbas, le llevaba personalmente una
infusión caliente y aromática y lo obligaba a beberla. Había hermanos
irascibles, excéntricos, malhumorados e indiferentes, «abuelos» que no querían
ni oír hablar de remedios y del mídico, que lo echaban de la celda o se
burlaban de él y de su medicina, pero fray Luka no se dejaba confundir ni
disuadir. Ignoraba las bromas y ofensas como si no las oyera y pedía
insistentemente a los frailes enfermos que se curaran y cuidaran, les
suplicaba, los perseguía y sobornaba para que se tomaran la medicina que había
preparado con esfuerzo y, a menudo, incluso pagado de su propio bolsillo.
Había uno de esos «abuelos» al que le gustaba el
aguardiente más de lo que el superior permitía y más de lo que es bueno y
provechoso para la salud física y el desarrollo mental. El viejo padecía del
hígado, pero no dejaba de beber. Fray Luka, que entre sus notas tenía un
remedio cuyo título decía «para que un hombre aborrezca la bebida», atendía al
fraile con desvelos y sin éxito. Todos los días se repetía entre ellos la misma
conversación.
—¡Déjame en paz, fray Luka, y dedícate a los que se
quieren curar y tienen remedio! —gruñía el viejo.
—¡Vamos, infeliz! Recobra el juicio. Hay remedio para
todos. Para todos oculta una medicina la tierra.
Fray Luka se sentaba junto al anciano enfermo y
malhumorado, que jamás, ni siquiera cuando estaba sano, se había preocupado por
los libros ni las ciencias, traía varios tomos y le enseñaba con todo lujo de
detalles cuáles eran las riquezas de la tierra y cuánta su generosidad con el
hombre.
—¿Sabías que Plinio llamaba a la tierra «benigna, mitis,
indulgens, usque mortalium semper ancilla» (Benigna, bendita, indulgente y
siempre al servicio de los mortales), y que escribió: «Illa medicas fundit
herbas, et semper homini parturit» (Produce hierbas medicinales y siempre
engendra para el hombre)? ¿Ves?, ¡ya lo decía Plinio! Pero tú, siempre igual,
«para mí no hay remedio». Pues lo hay y tenemos que encontrarlo.
El viejo, aburrido, fruncía el ceño y rechazaba con la
mano las medicinas y a Plinio, mas fray Luka no se amilanaba ni se detenía. Y
cuando no podía curarlo con sus remedios ni tranquilizarlo con sus citas, le
llevaba, en secreto y como si fuera una medicina, un poco de aguardiente, que
el guardián había prohibido terminantemente, para al menos aliviar así sus
sufrimientos.
Pero fray Luka no se preocupaba sólo de los hermanos del
monasterio. Cubría con su letra minúscula pliegos amarillos y los cosía en
finos cuadernillos para los frailes que estaban diseminados por las parroquias.
Esos libritos, llamados midicales, se copiaban por todos los pueblos y
feligresías. En ellos estaban registrados por orden alfabético remedios
populares mezclados con normas de higiene, supersticiones y útiles consejos
domésticos. Por ejemplo, cómo se limpia un hábito manchado de cera de vela, o
cómo se arregla el vino agriado. Junto con un medicamento para la ictericia y
para «la fiebre que no se debe a la bilis», estaba escrito «cómo —según una
fuente italiana— los maestros extraen minerales en las Indias y en otros
lugares» o «cómo se hace el vino, llamado vermut, que es bueno para tonificar
las entrañas». Todos los conocimientos y datos que en el transcurso de los años
fray Luka había adquirido y reunido, desde las arcaicas Compositiones
medicamentorum hasta los fármacos de Mordo y los remedios de las abuelas,
estaban en esos cuadernillos. Pero incluso aquí tropezaba con la ingratitud de
sus hermanos y sufría muchas decepciones. Unos copiaban descuidadamente, otros
por desconocimiento o indolencia deformaban o se comían ciertas palabras y
frases enteras, o los había que en algunas recetas añadían observaciones
burlonas sobre los medicamentos o el propio mídico. Sin embargo, él también se
reía con esas reflexiones cuando se encontraba con ellas y lo consolaba que su
esfuerzo con los midicales aprovechaba más al pueblo y a los frailes de lo que
a él ofendía y dolía el descuido y la incomprensión de los clérigos.
Otra cosa mucho más inocente molestaba a fray Luka en su
tarea. Se trataba, como hemos mencionado anteriormente, de los ratones. En el
viejo e inmenso edificio del monasterio, había, en verdad, ratones en
abundancia. Los monjes afirmaban que la celda de fray Luka, que se parecía a la
botica de Mordo en Travnik, con sus ungüentos, emplastos de todo tipo y
remedios, era la causa principal de que los ratones acudieran al convento. A su
vez, fray Luka se quejaba de que la antigüedad del caserón y el desorden en las
celdas contribuían a la reproducción de los animales que le estropeaban los
medicamentos y contra los que luchaba infructuosamente. Con el tiempo, la lucha
contra los ratones se convirtió en una manía cándida. El daño real que causaban
no era tan grave como a él le gustaba decir entre gimoteos y lamentos. Guardaba
algunos objetos bajo llave y colgaba los fármacos del techo, imaginaba todo
tipo de estratagemas y rivalizaba en astucia con sus enemigos invisibles.
Soñaba con una gran caja de metal en la que pudiera meter todas las cosas de
valor, con un candado y a prueba de roedores, pero no osaba mencionar ante los
frailes o el guardián una compra tan costosa. Y cuando los ratones se comían de
verdad la grasa de conejo, cuidadosamente preparada y aclarada en varias aguas,
no había quién lo consolara.
Siempre tenía ratoneras en la celda, una grande y otra
pequeña. Todas las noches las colocaba con suma diligencia, poniendo un trocito
de jamón o restos de velas de sebo. Por la mañana, al alba, cuando se levantaba
para ir a la primera oración, solía encontrarlas abiertas y vacías, pero ni
rastro del sebo o del jamón. No obstante, cuando un ratón caía en la trampa, se
despertaba por el ruido de la portezuela, se levantaba, daba una vuelta
alrededor del animal asustado, le apuntaba con un dedo y movía la cabeza.
—¡Ajajá! ¿Y ahora qué, infeliz? Querías arruinarme, ¿eh?
¡Pues te vas a enterar!
Entonces, descalzo y arropado sólo con el hábito, cogía
solícitamente la ratonera y la llevaba a la larga galería hasta el borde de las
escaleras, abría la trampilla y gritaba con voz ahogada:
—¡Vamos, sal de ahí, bribón! ¡Largo, largo!
El roedor confuso bajaba corriendo a lo largo de los
escalones, atravesaba el pavimento y desaparecía en el montón de leña que
siempre estaba allí en cualquier estación del año.
Los frailes conocían esa forma de cazar ratones que tenía
fray Luka y, a menudo, le hacían rabiar y decían que el mídico «hacía siglos
que atrapaba y soltaba al mismo ratón». Fray Luka lo negaba con firmeza y
demostraba con todo lujo de detalles que cogía varios en el transcurso del año,
grandes, pequeños, medianos.
—Pues yo he oído —le espetaba uno de los ancianos— que tú,
cuando sueltas al ratón, abres la trampilla y le dices: «¡Hala, sal y vete al
cuarto del guardián, corre!».
—¡Pero qué granuja! ¡Mira lo que inventas! —se reía fray
Luka al mismo tiempo que se defendía.
—Yo no invento, señor doctor, me lo han contado los que,
al igual que tú, rondan por la galería a altas horas de la noche.
—Vamos, vamos, so pícaro, anda, ¡déjame en paz! Pero
entonces empezaban los demás.
—Pues yo, hermano, si lo atrapara, lo sumergiría con la
ratonera y todo en agua hirviendo, y ya veríamos si se atrevía a volver —decía
adrede un joven monje.
Esto siempre alteraba particularmente a fray Luka.
—¿Es que has perdido el juicio, infeliz? ¿Agua hirviendo?
Pero ¿eres cristiano o no? —le apostrofaba el mídico.
Y media hora más tarde, después de varias bromas y
charlas, volvía a reprender al joven:
—Ejem, ¿agua caliente? ¡¿Habráse visto?! ¡Una criatura de
Dios en agua hirviendo!
Así fray Luka Dafinic se batía con sus enemigos grandes y
pequeños, los curaba, alimentaba y protegía. Así transcurría su larga y feliz
vida.
El cuarto médico que se hallaba en el consulado durante la
enfermedad del hijo de Daville era Giovanni Mario Cologna, el médico titular
del consulado general de Austria.
Ahora nos damos cuenta de que nos habíamos engañado cuando
afirmábamos que, de los cuatro médicos de Travnik, del que menos había que
decir era de Mordo Atijas. En realidad, tampoco había mucho que contar de
Cologna. Pero si, en el caso de Mordo, era porque éste no hablaba nada, en el
de Cologna era porque hablaba demasiado y todo lo que decía cambiaba sin cesar.
Era un hombre de edad indefinida, de origen, nacionalidad
y raza indefinidas, de creencias y opiniones indefinidas y sabiduría y
experiencias también indefinidas. En general, había pocas cosas en todo el
personaje que pudieran definirse claramente.
Decía ser oriundo de la isla de Cefalonia, donde su
progenitor era un prestigioso médico. Su padre era veneciano, pero había nacido
en Epiro; su madre era originaria de Dalmacia. Había pasado la infancia con su
abuelo en Grecia y la juventud en Italia, estudiando medicina. Su vida había
transcurrido en Levante al servicio de Turquía y Austria.
Era un hombre alto y extraordinariamente delgado; andaba
encorvado y se encogía por todas las articulaciones, de modo que en cualquier
momento, como si fuera un muelle, podía agazaparse y plegarse o estirarse y
alargarse, lo que no dejaba de hacer mientras charlaba, volviéndose ya un poco
más grande, ya un poco más pequeño. Remataba su cuerpo larguirucho una cabeza
armoniosa, siempre inquieta, casi calva a excepción de unos mechones ahusados
de cabello. En la cara rasurada brillaban, siempre con un aire artificial, sus
desmesurados ojos castaños, bajo las cejas inusitadamente espesas y canosas. En
la boca enorme, le quedaban unos cuantos dientes grandes y amarillos que se le
movían al hablar. No sólo la expresión de su cara, sino todo su aspecto variaba
sin cesar de la cabeza a los pies y de forma increíble. En el curso de una
conversación, podía transformar su apariencia varias veces. Bajo la máscara de
un frágil anciano afloraba por momentos —¿de nuevo una máscara?— la imagen de
un hombre vigoroso y meditabundo de edad madura u —¿otra máscara?— la de un
jovenzuelo presuntuoso, estirado e inestable, al que el traje le quedaba corto
y no sabía qué hacer con los brazos y las piernas ni adónde mirar. Su expresiva
cara estaba siempre en movimiento y revelaba la actividad febril de su cerebro.
El abatimiento, las fantasías, la amargura, el entusiasmo sincero, la
exaltación ingenua, la felicidad límpida y serena alternaban rápida e
inesperadamente en ese rostro de rasgos regulares y movilidad excepcional. Al
mismo tiempo, su boca grande con los pocos dientes oscilantes vertía palabras,
un aluvión de palabras ricas, graves, airadas, audaces, amables, dulces y
vibrantes, amén de que podían ser en italiano, turco, griego moderno, francés,
latín e «ilirio». Con la misma facilidad con la que cambiaba de expresión,
Cologna pasaba de una lengua a otra, mezclaba, tomaba prestados vocablos y
frases enteras. En realidad, sólo conocía bien el italiano.
Tampoco escribía siempre igual su nombre, sino que
dependía de las diversas circunstancias y de la época de su vida, de a quién
servía y de si el trabajo que hacía era científico, político o literario.
Giovanni Mario Cologna se trocaba en Gian Colonia, en Joanes Colonis Epirota, o
Bartolo Cavagliere d’Epiro, dottore illyrico. Con mayor frecuencia y de modo
más radical, cambiaba según los diversos nombres el contenido de sus actos y
palabras. De acuerdo con sus convicciones básicas, Cologna era un hombre de ideas
modernas, un «filósofo», un espíritu libre y crítico, carente de prejuicios.
Pero eso no le impedía estudiar la historia de las religiones, no sólo de las
diversas iglesias cristianas, sino también del islam y de otras sectas y
creencias orientales. Pero, para él, estudiar significaba identificarse por un
tiempo con el objeto de sus estudios, entusiasmarse con él, adoptarlo, al menos
momentáneamente, como su única y exclusiva fe y rechazar todo aquello en lo que
antes había creído y con lo que hasta entonces se había entusiasmado. Tenía una
mente privilegiada, capaz de tomar las iniciativas más inauditas, pero formada
por elementos que se asimilaban con facilidad al entorno y tendían
incesantemente a fundirse y compenetrarse con el medio que lo rodeaba.
Este filósofo escéptico tenía accesos de devoción mística
y de práctica religiosa. Entonces iba al monasterio de Guca Gora, fastidiaba a
los frailes, pedía hacer los ejercicios espirituales con ellos y opinaba que no
demostraban el recogimiento suficiente ni los conocimientos teológicos ni el
debido fervor. Los monjes de Guca Gora, verdaderos creyentes, pero simples y
tercos, como todos los frailes bosniacos sentían una aversión innata hacia los
beatos exagerados, los fieles exaltados y todos los que se colgaban de los
faldones de Dios y besaban las losas delante del altar. A los ancianos se les
ponían los pelos de punta y no dejaban de rezongar, y uno de ellos incluso dejó
anotado que les resultaba muy sospechoso e incómodo ese doctor aventurero «que
se decía servidor de la gran fe católica, escuchaba misa todas las mañanas y
hacía gala de extraordinaria devoción». Sin embargo, debido a sus lazos con el
consulado austríaco y al respeto que tenían a von Mitterer, los hermanos no
podían ignorar al doctor ilirio.
Pero Cologna visitaba también al archimandrita Pahomije y
a las familias ortodoxas de Travnik para observar sus ritos religiosos, oír
misa, escuchar los cánticos y compararlos con los de la iglesia griega.
Mientras que con el muderiz[39] de Travnik, Abduselam efendi, sostenía debates
eruditos sobre la historia de las creencias islámicas, porque conocía bien no
sólo el Corán sino todas las corrientes teológicas y filosóficas desde Abu
Hanif hasta Al Gazali. En todas las ocasiones, incansable y sin el menor reparo,
acosaba con citas de teólogos islámicos al resto de los ulemas de Travnik, que
en la mayoría de los casos las desconocían.
La misma inestabilidad constante dominaba el carácter de
este hombre. A primera vista, con todos se mostraba dócil, maleable y
complaciente hasta un grado repugnante. Solía adecuar sus ideas a las de su
interlocutor, y no sólo adoptaba la opinión del otro sino que la defendía con
más ardor. Pero en otros momentos podía ocurrir que, de manera inesperada y
precipitada, abogara por un punto de vista audaz en contra de todos los demás y
lo defendiera con valentía y obstinación, exponiéndose por completo sin tener
en cuenta el daño que podía causarse a sí mismo y el riesgo que corría.
Era muy joven cuando entró al servicio de los austríacos.
Eso era quizá la única cosa en la que se mostraba consecuente y estable.
Durante cierto tiempo trabajó como médico personal del bajá de Escutari y de
Janina, pero ni siquiera entonces interrumpió sus lazos con los cónsules
austríacos. Ahora había sido destinado al consulado de Travnik más por esas
antiguas relaciones y servicios y por su conocimiento del idioma y del medio
que por su condición de médico. En realidad, no pertenecía al personal del consulado,
sino que vivía aparte y sólo estaba registrado ante las autoridades como médico
bajo la protección del consulado de Austria.
Von Mitterer, que no tenía mucha imaginación ni entendía
de filosofía, y conocía la lengua del pueblo y las circunstancias del país
mejor que Cologna, no sabía qué hacer con ese colaborador no solicitado. La
señora von Mitterer sentía una aversión física hacia el levantino, y decía
exaltada que preferiría morir antes que tomar un medicamento de la mano de ese
hombre. Cuando hablaba de él lo llamaba Cronos, porque según ella se parecía al
símbolo del tiempo, a un Cronos sin barba, sin la guadaña mortal ni el reloj de
arena.
Así vivía en Travnik ese médico sin pacientes. Habitaba
fuera del consulado en una casa destartalada, adosada a una umbría pared
rocosa. Carecía de familia. Un criado, un arnaúte, se encargaba de su hogar,
que era humilde e insólito en todo, en el mobiliario, en la comida, en la
organización del tiempo. Pasaba los días tratando en vano de encontrar a un
interlocutor que no se hartara y escapara, o inclinado sobre sus libros y notas
que abarcaban todo el saber humano, desde la astronomía y la química hasta el
arte de la guerra y la diplomacia.
Este hombre sin raíces ni equilibrio, pero de corazón puro
y mente inquisitiva, tenía una sola pasión, malsana, pero noble y desprovista
de egoísmo: penetrar en lo más profundo del pensamiento humano, allí donde
apareciera y fuera cual fuera la dirección que tomara. Era esclavo de esta
pasión sin límites, sin objetivos y sin ninguna consideración. Su espíritu se
interesaba por las corrientes y tendencias religiosas y filosóficas de la
historia de la humanidad, sin hacer distinciones, y todas habitaban en él, se
movían, se enfrentaban y se difuminaban unas en otras como olas en la
superficie marina. Y cada una de ellas le resultaba igual de próxima e igual de
lejana y con cada una de ellas podía estar de acuerdo e identificarse por
completo durante cierto tiempo mientras se dedicaba a ese tema. Tales hazañas
interiores del espíritu eran su verdadero mundo y en él tenía las inspiraciones
más sinceras y las experiencias más profundas. Sin embargo, esto lo distanciaba
y alejaba de la gente y de la sociedad y lo oponía a la lógica y al buen
sentido del resto de las personas. Sus mejores cualidades permanecían
invisibles y fuera del alcance, y lo que podía verse y presentirse repelía a
todo el mundo. Ni siquiera en otro medio menos duro y cruel podría encontrar un
hombre semejante su verdadero sitio y su auténtica reputación. Allí, en esa
ciudad y entre esa gente, tenía que sentirse muy desgraciado y parecer confuso,
ridículo, sospechoso e inútil.
Los frailes lo consideraban un maníaco y un fantasmón, y
los ciudadanos, un espía o un idiota instruido. Suleiman baja Skopljak decía a
propósito de este médico:
—No es más imbécil el que no sabe leer, sino el que se
cree que todo lo que lee es verdad.
Des Fossés era el único en Travnik que no evitaba a
Cologna y que tenía voluntad y paciencia para charlar con él de vez en cuando
largo y tendido y con franqueza. Pero, por este motivo, Cologna, sin comerlo ni
beberlo, era acusado en el consulado austríaco de estar al servicio de los
franceses.
Sería difícil decir en qué consistía el título y la
profesión de Cologna, pero con toda seguridad ésa era una de sus últimas
preocupaciones. A la luz de las verdades filosóficas y de la exaltación
religiosa que alternaban en él sin cesar, las necesidades de los hombres, sus
dolores, la vida en sí, no representaban un asunto con un sentido muy profundo
o de gran importancia. Las enfermedades y los cambios en el cuerpo humano eran
para él tan sólo una razón más para ejercitar la mente, condenada a una agitación
perpetua. Muy poco apegado a la vida, no podía ni intuir lo que significaban
para un hombre normal los lazos de la sangre, la salud y una existencia más
larga o más corta. En verdad, en lo que a la medicina se refería, para Cologna
todo empezaba y terminaba con las palabras, una profusión de palabras,
conversaciones animadas, debates y cambios frecuentes, precipitados y totales
sobre lo que él pensaba de una enfermedad, sus causas y la forma de curarla. Se
entiende que nadie llamara ni solicitara a un médico semejante, salvo en casos
de verdadera urgencia. Podría decirse que la principal tarea médica de este
locuaz doctor era la de pelearse constantemente con Cesar d’Avenat y detestarlo
con pasión.
Cologna, que había estudiado en Milán, era partidario de
la medicina italiana, mientras que d’Avenat, que despreciaba y desdeñaba a los
médicos italianos, afirmaba que la Universidad de Montpellier hacía ya varios
siglos que había superado y dejado atrás a la vetusta y retrógrada escuela de
Salerno. Lo cierto es que Cologna extraía toda su sabiduría y sus numerosas
sentencias del gran código Régimen sanitatis Salernitanum, que guardaba
celosamente, y del que sacaba las reglas en rima de la dietética del cuerpo y
del espíritu y reglas que luego repartía generosamente. D’Avenat, por el
contrario, vivía de algunos tomos y apuntes de famosos profesores de
Montpellier y de un gran manual, el antiquísimo Lilium medicinae. Pero la base
de su enfrentamiento no estaba en los libros ni en los conocimientos de los que
carecían, sino en la necesidad de los levantinos de querellarse y rivalizar,
los celos profesionales, el aburrimiento de Travnik y su vanidad e intolerancia
personales.
La concepción que tenía Cologna de la enfermedad y de la
salud humana, si es que se podía hablar de una concepción constante, era tan
simple como vana y desesperada. Fiel a sus maestros, Cologna consideraba que la
vida era «un estado de actividad que siempre tiende hacia la muerte y se
aproxima a ella de forma lenta y gradual; mientras que la muerte era la
solución a la larga enfermedad que se denomina vida». Pero esos enfermos que
son las personas pueden vivir mucho con un mínimo de penas y dolores siempre y
cuando se atengan a los consejos médicos probados y a las reglas de mesura y
moderación en todo. Los sufrimientos, los desórdenes y las muertes prematuras
sólo eran las consecuencias naturales de la transgresión de cualquiera de esas
normas. El hombre tenía necesidad de tres médicos, decía Cologna: mens hilaris,
requies moderata, diaeta. (Espíritu alegre, reposo moderado, dieta).
Con estas ideas, Cologna curaba a sus pacientes; a ellos
no les sentaban ni mejor ni peor y fallecían cuando se apartaban demasiado de
la línea de la vida y se acercaban a la de la muerte, o bien sanaban, es decir,
se liberaban de los dolores y desórdenes y regresaban a los límites de las
normas salvadoras de Salerno; pero Cologna los ayudaba con alguna de las miles
de prescripciones latinas que se memorizan fácilmente y se observan a duras
penas.
Así era en resumidas cuentas el «doctor ilirio», el último
de los cuatro médicos que en el valle de Travnik sostenían, cada uno a su modo,
una lucha dura y desesperanzadora contra la enfermedad y la muerte.
XIII
La Navidad, festividad para todos los cristianos, también
llegó a Travnik con preocupaciones, recuerdos y pensamientos graves y tristes.
Ese año fue la ocasión para restablecer el contacto entre los cónsules y sus
familias.
En el consulado austríaco reinaba una animación
particular. La señora von Mitterer pasaba esos días por una fase de bondad,
fervor religioso y devoción familiar. Iba de un lado a otro y preparaba regalos
y sorpresas para todos. Se encerraba en la habitación, adornaba el árbol de
Navidad y practicaba en el arpa antiguas canciones navideñas. Pensó incluso en
una Misa del Gallo en la iglesia de Dolac, recordando las Nochebuenas en las
iglesias de Viena, pero fray Ivo, al que con este motivo había enviado un emisario,
respondió de modo tan cortante y descortés, que el mensajero no osó repetir la
respuesta a la mujer del cónsul; sin embargo, logró convencerla de que, en
aquellas tierras, cosas semejantes eran impensables. La señora von Mitterer
sufrió una decepción, pero continuó con los preparativos en casa.
La Nochebuena fue solemne. La pequeña colonia austríaca al
completo se reunió en torno al árbol. La casa estaba caldeada e iluminada.
Pálida de excitación, Ana María repartió los regalos, envueltos en fino papel,
con lazos y adornados con ramas de enebro.
Al día siguiente, se celebró una comida a la que estaban
invitados Daville con su esposa y des Fossés. Además, también estaban presentes
el párroco de Dolac, fray Ivo Jankovic, y el joven vicario del monasterio de
Guca Gora, fray Julijan Pasalic, que acudía en vez del guardián, enfermo. Fray
Julijan era el fraile irascible y gigantesco con el que des Fossés se había
encontrado al llegar a Bosnia en la posada de Kupres y al que más tarde volvió
a ver con ocasión de su primera visita a Guca Gora, reanudando la discusión
iniciada en circunstancias tan insólitas.
En el gran comedor hacía calor, olía a pasteles y a madera
de abeto. En el exterior, reinaba la claridad a causa de la nieve blanca tan
fina como el polvo. El reflejo de esa luz caía sobre la mesa opulenta y se
rompía en la plata y en el cristal. Los cónsules vestían uniforme de gala. Ana
María y su hija llevaban unos vestidos ligeros y modernos de tul bordado, talle
alto y mangas amplias. Sólo la señora Daville destacaba por su luto, que le
hacía parecer aún más delgada. Los dos frailes, ambos altos y corpulentos,
ataviados con sus hábitos de fiesta, llenaban toda la silla en la que estaban
sentados y semejaban dos almiares marrones.
El almuerzo fue copioso y suculento. Se sirvieron
aguardiente polaco, vinos húngaros y dulces vieneses. Los alimentos estaban
fuertemente condimentados, y en todo, hasta en los más mínimos detalles, se
notaba la fantasía de la señora von Mitterer.
Los frailes comieron en abundancia y en silencio,
cohibidos de vez en cuando ante los platos desconocidos y las minúsculas
cucharillas de plata vienesa que en sus enormes manos desaparecían como
juguetes. Ana María se dirigía con frecuencia a ellos, los alentaba e insistía
en que probaran todo; las mangas de su vestido revoloteaban, se sacudía el
cabello, y sus ojos relampagueaban. Los monjes, mientras, se limpiaban sus
espesos bigotes de campesinos y contemplaban a esa mujer, vivaz, blanca, con la
misma serena timidez que a la comida desconocida. A des Fossés no le pasó
desapercibida la dignidad natural de estos dos hombres sencillos, su
aplicación, su sobriedad y la serena firmeza con la que rechazaban comer y
beber algo a lo que no estaban acostumbrados y que no les gustaba. Incluso su
torpeza al usar los tenedores y cuchillos y el temor con el que abordaban
ciertos manjares no resultaban ridículos ni desagradables, sino dignos y
emotivos.
La conversación fluía animada, bulliciosa y en varias
lenguas. A los postres, los frailes rehusaron los dulces y las frutas exóticas.
Ana María se asombró, pero el asunto se resolvió enseguida cuando llegó el
turno del café y el tabaco, que los frailes aceptaron con evidente
satisfacción, como si fuera una recompensa por todo lo que habían tenido que
soportar hasta el momento.
Los hombres se retiraron a fumar. El azar quiso que ni
Daville ni des Fossés lo hicieran, pero en cambio von Mitterer y fray Julijan
exhalaban espesas bocanadas de humo, mientras que fray Ivo aspiraba rapé y se
limpiaba los bigotes y la barbilla enrojecida con un gran pañuelo azul.
Ésta era la primera vez que von Mitterer invitaba juntos a
su rival y a sus amigos y que los cónsules se reunían en presencia de los
frailes. Parecía que la Navidad había traído unos días de tregua solemne y que
la muerte del hijo de Daville había limado, o al menos aplazado, la enemistad y
los celos entre ambos. Von Mitterer estaba satisfecho por haber ofrecido la
posibilidad de expresar sentimientos tan nobles.
Pero al mismo tiempo, era también una ocasión propicia
para que cualquiera de los presentes mostrara con su conducta su «política» y
su personalidad a la mejor luz posible. Von Mitterer, con elegancia y tacto,
subrayó delante de Daville su gran influencia sobre los frailes y sus
feligreses, y los monjes lo confirmaron con su actitud y su conversación.
Daville, en parte por obligación y en parte por despecho, adoptó la postura de
representante de Napoleón, y ese porte «imperial», que tan poco se correspondía
con su verdadera naturaleza, le daba una apariencia rígida y enmascaraba su
personalidad de manera desfavorable. El único que se comportaba y hablaba de
forma espontánea y desenvuelta era des Fossés, pero como era el más joven, se
mantuvo callado casi todo el tiempo.
Los frailes, cuando decían algo era para quejarse de los
turcos, de las sanciones y persecuciones, del curso de la historia, de su
destino y un poco del mundo entero, con ese extraño y típico deleite con el que
los bosniacos gustan de hablar sobre las cuestiones difíciles y carentes de
esperanza.
En semejante compañía, en la que cada uno trataba de decir
sólo lo que quería que se supiera y propagara e intentaba captar únicamente lo
que le resultaba útil y los demás deseaban ocultar, era lógico que la
conversación no pudiera discurrir por cauces naturales y desarrollarse en un
tono cordial.
Como buen anfitrión, von Mitterer, con tacto, impidió que
la conversación derivara hacia temas que pudieran provocar la polémica. Pero
fray Julijan y des Fossés se apartaron y con viejos conocidos iniciaron un
animado debate.
El fraile bosniaco y el joven francés, sin lugar a dudas,
experimentaban desde su primer encuentro en Kupres un sentimiento de simpatía y
respeto mutuo. Las charlas posteriores en Guca Gora no habían hecho más que
aproximarlos. Ambos jóvenes, serenos y sanos disfrutaban hablando y discutiendo
amistosamente, sin segundas intenciones ni vanidad personal.
Un poco alejados y observando por la ventana empañada los
árboles desnudos, salpicados de nieve, hablaban de Bosnia y de los bosniacos.
Des Fossés se interesaba por la población católica y el trabajo de los frailes.
A su vez, él contaba sus impresiones y experiencias con sinceridad y calma.
El monje vio inmediatamente que el «joven cónsul» no había
perdido el tiempo en Travnik y que había reunido abundante información sobre el
país, el pueblo, y sobre la comunidad católica y las actividades de los
religiosos.
Ambos coincidían en que la vida en Bosnia era
extraordinariamente difícil y el pueblo, cualquiera que fuera su religión,
pobre y atrasado en todos los aspectos. Buscando motivos y explicaciones para
esta situación, el fraile lo achacaba todo al dominio turco y afirmaba que no
podría haber ninguna mejora mientras el país no se liberara del yugo otomano y
los cristianos sustituyeran a los turcos en el poder. A des Fossés no le
bastaba esta interpretación y veía las causas en los propios cristianos. La dominación
turca, afirmaba él, había hecho brotar entre sus súbditos cristianos ciertas
características particulares como eran la hipocresía, la terquedad, la
desconfianza, la apatía y el temor a toda novedad, a todo esfuerzo y
movimiento. Estas características, surgidas a lo largo de siglos de lucha
desigual y defensa permanente, habían llegado a convertirse en parte inherente
de la gente del lugar y constituían rasgos perpetuos de su carácter. Nacidas de
la necesidad y bajo presión, eran en aquel momento, y serían en el futuro, un
gran obstáculo al progreso, la herencia nefasta de un pasado difícil y defectos
tremendos que deberían ser extirpados de raíz.
Des Fossés no ocultaba que le sorprendía la resistencia
que oponían en Bosnia, no sólo los turcos, sino todos los pueblos de cualquier
religión, a las influencias ajenas y, más aún, a cualquier novedad y progreso,
incluso a los que eran posibles en las actuales circunstancias y dependían sólo
de ellos. Por eso señalaba el enorme daño que causaba ese inmovilismo oriental
y esa forma de cerrarse a la vida.
—¿Cómo es posible —preguntaba des Fossés— que este país se
apacigüe y se normalice, se impregne de cultura, al menos la misma que poseen
sus vecinos más próximos, si el pueblo está dividido como en ningún otro lugar
de Europa? Cuatro religiones conviven en este estrecho trozo de tierra,
montañoso y pobre. Cada una de ellas es excluyente y se mantiene estrictamente
separada de las otras. Todas viven bajo el mismo cielo y del mismo suelo, pero
las cuatro tienen su centro espiritual lejos, en un mundo ajeno, en Roma,
Moscú, Constantinopla, La Meca, Jerusalén o sólo Dios sabe dónde, pero no donde
se nace y se muere. Cada una de ellas considera que sus bienes y beneficios
están condicionados por el perjuicio y decadencia de las otras tres religiones
y que el progreso de éstas sólo puede darse a costa del fracaso propio. Así que
todas han hecho de la intolerancia su mayor virtud y todas esperan que la
salvación venga del exterior, de lugares totalmente opuestos.
El fraile lo escuchaba con la sonrisa del hombre que cree
saberlo todo y no necesita contrastar sus conocimientos ni ampliarlos.
Evidentemente estaba decidido a llevarle la contraria a cualquier precio y
señalaba que su pueblo, teniendo en cuenta las circunstancias en las que se
hallaba, sólo podía vivir y subsistir tal como era, si es que no deseaba
renegar de sus orígenes, degenerar y declinar.
Des Fossés le respondía que si aunque un pueblo empezara a
adoptar un modo de vida más sano y razonable, no tenía por qué renunciar a su
religión y símbolos sagrados. En su opinión, precisamente los frailes podían y
deberían trabajar en ese sentido.
—¡Ay, apreciado señor! —decía fray Julijan con la
coquetería característica de las personas que defienden tesis conservadoras—,
para usted es muy fácil hablar de la necesidad del progreso material, de
influencias sanas e inmovilismo oriental, pero si hubiéramos sido menos severos
y hubiéramos abierto las puertas a «influencias sanas», hoy día mis feligreses,
en vez de llamarse Petar y Antón, se llamarían Mustafá y Huso.
—Permítame, no hace falta llegar a tales extremos de
terquedad.
—¿Qué quiere usted? Nosotros, los bosniacos, somos
testarudos. Así nos conocen y somos célebres por ello —replicaba fray Julijan
con la misma autocomplacencia.
—Pero, usted perdone, ¿por qué se preocupa de cómo se
muestran a los ojos de otras personas y de lo que piensan o saben de ustedes?
¡Como si tuviera alguna importancia! Lo importante es cuánta vida tiene el
hombre y lo que cada uno hace con ella, con su medio y su progenie.
—Nosotros conservamos nuestra actitud y nadie puede
jactarse de habernos obligado a cambiarla.
—Pero, padre Julijan, lo relevante no es la actitud, sino
la vida; la actitud está al servicio de la vida, y ¿dónde está su vida aquí?
Fray Julijan iba a abrir la boca para, según la costumbre,
proferir alguna cita, cuando el anfitrión interrumpió la conversación. Fray Ivo
se había levantado. Rojo a causa de la copiosa comida, tendió a todos por
orden, cual obispo, su mano pesada y rolliza, semejante a un almohadón pequeño,
y respirando con dificultad y jadeante afirmaba que hacía frío y nevaba, que
hasta Dolac había un gran trecho y que debían ponerse en camino, si querían
llegar con luz.
El joven y el fraile se separaron apenados.
Ya durante el almuerzo, des Fossés había posado de vez en
cuando la mirada en los brazos blancos e inquietos de la señora von Mitterer y
cuando vislumbraba, a cada movimiento, el inmutable brillo nacarado de su piel,
siempre en el mismo sitio, entornaba los ojos por unos instantes, con la
sensación de que entre él y la mujer existían lazos que los unían, invisibles y
ocultos para el resto del mundo. Su voz irregular y aguda resonaba sin cesar en
sus oídos. Incluso el acento, un poco duro, con el que hablaba francés Ana
María, no le parecía un defecto, sino un encanto inusual que únicamente ella
poseía. Con esa voz, le parecía a él entonces, pueden hablarse todos los
idiomas del mundo de modo que a uno le resultan tan próximos e íntimos como su
lengua materna.
Antes de la partida, la conversación versó sobre música y
Ana María mostró a des Fossés su sala de música, una habitación luminosa, no
muy grande y con escaso mobiliario, unos cuantos dibujos en las paredes y una
inmensa arpa dorada en el centro. Ana María se quejaba de que había tenido que
dejar en Viena su clavicordio y sólo había podido llevarse el arpa que ahora le
suponía un gran consuelo en ese desierto. Al mismo tiempo, extendió el brazo
que quedó desnudo hasta el codo y pasó los dedos indolentemente por las
cuerdas. Esos breves acordes casuales le produjeron al joven la impresión de
que estaba escuchando música celestial que desgarraba el silencio plúmbeo de
Travnik y prometía días de lujo y felicidad en medio de aquel erial.
Él estaba al otro lado del arpa y en voz baja le decía
cuánto le gustaría escucharla tocar y cantar. Con un ademán mudo, ella le
recordó el duelo de la señora Daville y convino en hacerlo más adelante.
—Tiene que prometerme que saldrá a cabalgar en cuanto
mejore el tiempo. ¿Le asusta a usted el frío?
—¿Por qué habría de asustarme? —replicó lentamente la
mujer al otro lado del instrumento, y a des Fossés le pareció que su voz
pasando entre las cuerdas tintineaba en sus oídos como una melodía plena de
invitaciones.
Él miró sus ojos, grises y profundos, con ese brillo que
tenían en alguna parte muy al fondo, y creyó ver también en ellos un sinfín de
promesas incomprensibles.
Durante ese tiempo, en la otra sala, en un tono natural y
como de pasada, von Mitterer había logrado decirle a Daville, siempre de manera
confidencial, que las relaciones entre Austria y Turquía iban cada vez peor y
que en Viena se habían visto obligados a tomar serias medidas militares, no
sólo en la frontera, sino también en el país en general, porque no excluían la
posibilidad de que Turquía los atacara el próximo verano.
Daville, que conocía los preparativos austríacos y que,
como el mundo entero, creía que iban dirigidos contra Francia y no contra
Turquía, que servía sólo como pretexto, halló en esta información de von
Mitterer una nueva confirmación de sus suposiciones. Simuló creer las palabras
del coronel y, mientras tanto, calculaba cuándo dispondría de un correo para
que informara de esa indiscreción deliberada que constituía una prueba más de
las intenciones hostiles del gobierno de Viena.
Al despedirse, Ana María y des Fossés acordaron delante de
todos que el frío no les impediría salir a montar y que lo harían en cuanto se
presentaran los primeros días buenos y secos.
Ese día de Navidad, en el consulado francés, ya por la
noche, no permanecieron largo rato a la mesa después de cenar. Sin necesidad de
ponerse de acuerdo, todos deseaban retirarse a sus habitaciones.
La señora Daville estaba decaída y a duras penas había
logrado contener las lágrimas mientras cenaban. Había sido su primera salida
después de la muerte de su hijo y ahora sufría, porque ese primer contacto con
el mundo había removido y renovado el peso de la pérdida y la herida que en el
silencio había empezado a cicatrizar. En los momentos más difíciles, se había
jurado a sí misma que dominaría las lágrimas, superaría el dolor y le ofrecería
a Dios en sacrificio a su hijo y el dolor que le causaba su desaparición. Pero
ahora las lágrimas fluían inconteniblemente y la aflicción estaba tan viva como
el primer día antes de hacerse el juramento. La mujer lloraba y al mismo tiempo
le rogaba a Dios que la perdonara por no cumplir lo que había prometido en un momento
en el que había sobrestimado sus fuerzas. Rompió a llorar, quebrada por un
dolor que laceraba sus entrañas con más violencia que durante las horas del
parto.
Daville escribía en su gabinete de trabajo el informe
sobre la conversación con el cónsul austríaco, satisfecho porque sus
previsiones «en ese modesto sector de la política mundial, desde este
observatorio incómodo» hubiesen demostrado ser exactas.
Des Fossés no había encendido las velas. Medía a grandes
pasos su dormitorio, se detenía en la ventana y buscaba la luz del consulado
austríaco al otro lado del río. La noche era sorda y opaca y nada se veía ni
oía en el exterior. Pero el joven estaba henchido de ruidos y de luces. En la
oscuridad y en el silencio, en cuanto se paraba y cerraba los ojos, aparecía
Ana María, sonido y luz. Sus frases extendían claridad, y el fulgor en el fondo
de sus ojos decía, igual que ella misma había dicho por la tarde, las palabras
serenas y en cierto modo importantes: «¿Por qué habría de asustarme?».
El mundo entero albergaba para él un arpa enorme, y se
durmió mecido por el juego poderoso y embriagador de los sentidos trémulos.
XIV
Los días secos y soleados, en los que a pesar del frío se
podía montar a caballo, llegaron con la puntualidad inevitable de los fenómenos
naturales. Con la misma puntualidad, según el acuerdo navideño, se presentaron
en el camino helado que conducía a Kupilo los jinetes de ambos consulados.
Era un camino hecho para pasear y cabalgar. Llano, recto y
permeable, con más de una milla de longitud, excavado en la vertiente dominada
por los montes Karauldzik y Kajabasa, discurría paralelo al Lasva, pero mucho
más arriba del río y de la ciudad que se extendía en el valle. Hacia el final,
se ensanchaba y se hacía irregular, dividiéndose en senderos rurales llenos de
baches que ascendían hacia los pueblos de Jankovic y Orasje.
El sol sale bastante tarde en Travnik. Des Fossés, con su
guardia de escolta, cabalgaba por la calzada iluminada, mientras que a sus
pies, la ciudad estaba aún en sombras bajo una techumbre de bruma y humo. El
vaho escapaba de las bocas de los jinetes y de los ollares de los caballos y se
elevaba de sus grupas como una llovizna. El suelo helado retumbaba ronco bajo
los cascos. El sol se escondía aún tras las nubes, pero el valle se inundaba
despacio de una claridad rosada. Des Fossés cabalgaba de forma irregular;
cuando marchaba al paso, parecía que, de un instante a otro, iba a parar y a
desmontar, pero entonces emprendía el galope tendido, y el escolta, en su bayo
perezoso, se quedaba rezagado a un tiro de fusil. El joven mataba así el tiempo
acechando el momento en que en algún lugar del camino divisaría a Ana María con
su escolta. Para los que rebosan juventud y son presa de un deseo acuciante, la
duración de la espera y la amargura de la incertidumbre resultan tan sólo una
parte integrante del gran deleite que el amor promete a todos. Aguardaba con
ansiedad, pero seguro de que al final todos sus temores —¿estaría enferma?, ¿la
habrían detenido?, ¿le habría sucedido algo por el camino?— carecerían de
fundamento, porque en amores como era éste, todo es bueno y apropiado excepto
el final.
En efecto, todas las mañanas, cuando el sol sobrepasaba la
arista afilada de las montañas y cuando las dudas y las interrogaciones se
acrecentaban y empezaban a ser de índole más extraña, aparecía Ana María con
«la puntualidad de los fenómenos naturales», vestida de negro, con la larga
falda de amazona, como esculpida en la silla de montar femenina sobre el alto
caballo negro. Entonces, ambos reducían el paso y se acercaban el uno al otro,
con naturalidad, igual que el sol ascendía sobre sus cabezas y el día se
extendía por el valle. Al joven le parecía vislumbrar a una distancia de cien
pasos su sombrero estilo Valois, que en ella, como en ninguna otra mujer,
formaba un todo indisoluble con las ondas de sus cabellos castaños, su
semblante pálido por el frescor matinal y sus ojos insomnes. («Tiene los ojos
insomnes», decía él siempre cuando se encontraban, dotando a la palabra insomne
de un significado especial, audaz y misterioso; la mujer bajaba la vista y
mostraba los párpados brillantes y con sombras azuladas).
Durante un momento, después del saludo y las primeras
palabras, permanecían en el mismo sitio, se separaban y, luego de una breve
cabalgata, se reunían de nuevo como por casualidad, hacían un trecho del camino
juntos y conversaban deprisa y con avidez, volvían a separarse, a cruzarse y a
continuar la conversación. Estas maniobras se debían a su posición y
obligaciones sociales, pero en su fuero interno no se alejaban ni por un
segundo y en cada nuevo encuentro proseguían en el punto donde no hacía mucho
lo habían dejado con el mismo placer. Los miembros de las escoltas o cualquiera
que los observara debían pensar que ambos dedicaban la mayor atención a sus
monturas y a la cabalgata, que se cruzaban por azar y que intercambiaban frases
ingenuas sobre la calzada, el tiempo y el paso de los caballos. Nadie podía
adivinar lo que decía el bucle de vaho blanco que, cual bandera agitada,
flotaba ya en la boca de él, ya en la de ella, se interrumpía y disipaba para
volver a mecerse con más entusiasmo y durante unos largos instantes en el
ambiente frío.
Cuando el sol penetraba en lo más profundo del valle y el
aire se teñía por unos momentos de rosa, cuando el Lasva medio helado comenzaba
a humear como si por toda la ciudad ardieran hogueras invisibles, el joven y la
mujer se demoraban en una despedida más que cordial (¡en el momento de la
separación, los amantes se traicionan con más facilidad!) y descendían, cada
uno por su lado, a la ciudad cubierta de nieve y escarcha.
El primero que advirtió que algo sucedía entre el joven
des Fossés y la hermosa señora von Mitterer, diez años mayor que él, fue el
señor von Mitterer. Sabía bien la clase de «niña enferma» que era su esposa.
Conocía sus piruetas y sus «extravíos», como él los llamaba, y preveía sin
problemas su desarrollo y desenlace. Por lo tanto, al coronel no le resultó
difícil percibir lo que ocurría con su mujer y predecir el curso entero de la
enfermedad: la exaltación, el entusiasmo con la relación intelectual, la decepción
ante el deseo sensual del hombre, la huida, la crisis, la desesperación, «todos
me desean, pero ninguno me ama», y a la postre, el olvido y el descubrimiento
de nuevos objetos de pasión y exasperación. Del mismo modo, no había que ser
muy perspicaz para comprender las intenciones de aquel joven alto, arrojado de
París a Travnik, y situado al alcance de la bella señora von Mitterer, la única
mujer civilizada en cien leguas a la redonda. Lo que esta vez planteaba un
problema difícil y desagradable al coronel era la cuestión de su posición y
trato con el consulado francés.
Von Mitterer había establecido el tipo de relaciones que
debían mantener con el consulado rival y su personal él mismo, su familia y sus
colaboradores, y de vez en cuando lo comprobaba, modificaba y adaptaba, igual
que se limpia y se da cuerda a un reloj, siguiendo las instrucciones del
ministerio y la situación general. Esto suponía para él un asunto espinoso y
serio, pues el sentimiento de la puntualidad militar y la conciencia
profesional eran en él más fuertes y estaban más desarrolladas que cualquier otro
sentimiento. Ahora, Ana María, con su conducta, podía hacer cambiar y estropear
esa relación en perjuicio de la misión y del prestigio del coronel. Esto nunca
había ocurrido en sus anteriores «extravíos», por lo que él se enfrentaba ahora
a una nueva dificultad, desconocida hasta entonces, originada por su mujer.
Aunque no representaba más que una pequeña tuerca en la
maquinaria del gran imperio austrohúngaro, el coronel, debido a su posición de
cónsul general en Travnik, sabía que su gobierno realizaba una serie de
preparativos bélicos, contando con una nueva coalición contra Napoleón y que al
no poder ocultarlos, fingía que estaba organizando una campaña contra Turquía.
Por eso von Mitterer tenía instrucciones taxativas de tranquilizar a las
autoridades otomanas y convencerlas de que los preparativos en ningún caso
estaban dirigidos contra ellas. Al mismo tiempo, le llegaban sin cesar órdenes
de vigilar el trabajo del cónsul francés y de sus agentes y remitir todos los
detalles, hasta el más insignificante.
Debido a todo esto, al coronel no le fue difícil deducir
que con mucha probabilidad podía esperarse una nueva ruptura de relaciones con
Francia, así como nuevas coaliciones y guerras.
Ante tales circunstancias, era comprensible que a von
Mitterer le resultara inoportuno el enamoramiento de su esposa y las cabalgatas
amorosas en pleno invierno, a la vista de los criados y de todo el mundo. Pero
él sabía que no servía de nada hablar con Ana María, porque los argumentos
razonables surtían en ella un efecto totalmente opuesto. Comprendió que sólo le
quedaba aguardar el momento en que el joven requiriera a Ana María como mujer;
que ella, como en ocasiones anteriores, decepcionada y desolada, se retirara, y
que todo el asunto terminara automáticamente y para siempre, y deseaba con
todas sus fuerzas que ese instante llegara cuanto antes.
Por otro lado, a Daville, que desconfiaba de su
«inteligente pero desequilibrado» colaborador, tampoco le habían pasado
desapercibidos sus paseos y citas con la señora von Mitterer. Y puesto que
también había establecido las relaciones que él y los miembros de la legación
debían mantener con el consulado austríaco, esos encuentros no le parecían
adecuados. (Como solía ocurrir en otros temas, en esto también los deseos de
Daville coincidían con los de su adversario von Mitterer). Pero tampoco sabía
cómo impedirlos.
Incluso en su juventud, Daville siempre había mantenido
una fuerte disciplina de cuerpo y mente en su comportamiento con las mujeres.
Esa disciplina procedía tanto de una educación sana y rigurosa, como de una
sangre fría innata y de una débil imaginación. Y como todos los hombres de esas
características, sentía cierto temor supersticioso hacia todas las relaciones
desordenadas e irregulares de esta naturaleza. De joven, en París y en el
ejército, él, casto y púdico, siempre guardaba un silencio culpable cuando sus
camaradas hablaban de mujeres con toda libertad. Todavía a su edad habría
preferido expresar su descontento y amonestar al joven por cualquier otro
motivo que no fuera una mujer.
Además, Daville tenía miedo —sí, ésa es la palabra exacta:
miedo— del canciller. Temía su sagacidad inquieta y molesta, sus conocimientos
variados y caóticos, pero inmensos, su despreocupación y su ligereza, su
curiosidad intelectual, su fuerza física y, sobre todo, su falta de temor ante
nada. Por eso esperaba, buscando una forma indirecta y adecuada de advertir al
joven.
Así pasó el mes de enero, y en febrero volvieron los días
húmedos y brumosos, el barro y los caminos resbaladizos, que impedían lo que ni
Daville ni von Mitterer habían podido ni sabido evitar. Era imposible cabalgar.
En realidad, des Fossés salía incluso con ese tiempo, caminaba con sus botas
altas y su capote marrón con el cuello de piel de nutria, y acababa agotado y
muerto de frío. Pero Ana María ni siquiera con su lógica y carácter podía
abandonar su casa con semejante tiempo, y como un ángel prisionero, vaporosa,
triste, sonriente, contemplaba el mundo con sus luminosos ojos «insomnes» y se
deslizaba ausente al lado de los moradores de la casa como si fueran sombras
sin vida y espectros inofensivos. Pasaba la mayor parte del día junto al arpa,
agotando sin piedad su rico repertorio de canciones alemanas e italianas o
perdiéndose en variaciones y fantasías sin fin. Su voz potente y cálida pero
desigual, en la que se sentía la inminencia de las lágrimas y de los lamentos,
llenaba la pequeña habitación y se filtraba a las otras estancias de la casa.
El coronel, en su gabinete, la oía cantar acompañada del instrumento.
Tutta raccolta ancor
Nel palpitante cor
Tremante ho l’alma
(Aún embelesada,
en el palpitante corazón,
llevo mi alma en un temblor).
Al escuchar esas frases que revelaban pasión y
sentimientos audaces, lo embargaba un estremecimiento de odio impotente hacia
el universo incomprensible del que procedía su desgracia familiar
inconmensurable y su vergüenza. Dejó la pluma y se tapó los oídos con las
manos, pero le seguía llegando la voz de su mujer, el goteo y el flujo del arpa
que venían del primer piso como de unas profundidades misteriosas. Emanaban de
un mundo contrario a todo lo que el coronel consideraba importante, serio y
sagrado. Tenía la impresión de que esa música lo perseguía desde siempre y de
que nunca enmudecería, sino que, por el contrario, le sobreviviría, débil y
quejumbrosa, a él y al resto de la humanidad, a ejércitos e imperios, al orden
y la justicia, al deber y a la moral, para continuar gimiendo y fluyendo por
encima de todos como un hilo de agua fino y constante sobre las ruinas.
El coronel retomaba la pluma y proseguía el informe
empezado, con una escritura rápida y nerviosa, paralelamente a la música que
venía de abajo, con la sensación de que todo era insoportable pero que no había
más remedio que tolerarlo.
En el mismo momento, su hija Ágata escuchaba el canturreo.
En la galería cálida y luminosa, el «jardín de invierno» de la señora von
Mitterer, la niña estaba sentada en una silla baja sobre un kilim rojo. En el
regazo tenía cerrado el último número de la revista Musenalmanach. Sus páginas
estaban repletas de cosas nuevas para ella, magníficas y sublimes, en verso y
en prosa, pero en vano pugnaba por leerlas; una fuerza dolorosa e irresistible
la impulsaba a prestar oídos a la voz de su madre que llegaba desde la sala de
música.
Esta criatura menuda de ojos inteligentes y mirada tensa,
silenciosa y desconfiada desde su más tierna infancia, intuía muchas cosas
difíciles y fatales, pero que le resultaban inexplicables. Hacía años que
percibía las relaciones familiares; observaba en silencio a su padre, a su
madre, a los criados y a los invitados, y presentía que se avecinaban momentos
duros, desagradables y tristes, para ella incomprensibles. Cada vez se azaraba
y se replegaba más en sí misma, y al hacerlo encontraba en su interior nuevas
razones para sentir vergüenza y aislarse del mundo. En Zemun, al menos, tenía
algunas amigas, hijas de oficiales, además su vida estaba ocupada por el
colegio, su adoración ferviente a las maestras, a las monjas, y cientos de
pequeñas preocupaciones y alegrías. Pero ahora estaba absolutamente sola,
abandonada a sus pensamientos y las inquietudes propias de su edad, entre un
padre bueno y sin autoridad y una madre loca e indescifrable.
Al oírla, la niña escondió la cara en las páginas de la
revista, presa de una vergüenza inexplicable y de una extraña aversión. Fingía
leer, pero en realidad escuchaba con los ojos cerrados la canción que conocía
desde su niñez, que odiaba y temía como algo que sólo los adultos saben y
hacen, algo terrible e insoportable que desmentía los libros más bellos y los
mejores pensamientos.
Los primeros días del mes de marzo, tan secos y cálidos
que más parecían de finales de abril, favorecieron inopinadamente a los jinetes
de los dos consulados. De nuevo comenzaron las citas y esperas en el camino
alto y llano, las galopadas alegres por la tierra blanda y por la hierba
amarilla pisoteada, al aire suave y fresco de la primavera temprana. De nuevo
los dos cónsules, cada uno por su lado, empezaron a preocuparse y a pensar en
cómo impedir el idilio ecuestre sin provocar conflictos violentos ni graves
complicaciones.
Según las informaciones que llegaban a uno y otro cónsul,
el enfrentamiento entre el gobierno de Viena y Napoleón era inevitable. «Las
relaciones entre los dos países evolucionan en sentido contrario a los lazos
cordiales que se tejen en las cabalgatas por el camino sobre Travnik», le decía
Daville a su mujer, permitiéndose una de esas ocurrencias familiares que los
maridos con poco ingenio y sentido del humor reservan para sus esposas, y
tratando al mismo tiempo de iniciar la conversación sobre el desagradable
asunto del joven des Fossés. Lo cierto es que aquello no podía durar mucho más.
Sin embargo, ese diablo, esa «necesidad de un caballero
andante» que impulsaba a Ana María a buscar jóvenes inteligentes y vigorosos,
para apartarse de ellos en cuanto el caballero en cuestión, como hombre de
carne y hueso que era, mostraba sus deseos y necesidades humanas, ese demonio
intervino también aquí y vino en ayuda de Daville y de von Mitterer, si es que
podía hablarse de ayuda en el caso de este último. Así fue que ocurrió lo que
tenía que ocurrir, el momento en que Ana María, decepcionada, aterrada y
asqueada, lo dejó todo, huyó y se encerró en su casa, experimentando verdadera
aversión hacia sí misma y el mundo entero, obsesionada por ideas de suicidio y
por la necesidad de hacer sufrir a su marido o a cualquier otro.
Ese final de marzo, extraordinariamente caluroso, aceleró
el curso de los acontecimientos y provocó la crisis.
Una mañana soleada, los cascos de los caballos retumbaban
en el camino llano entre los matorrales pelados. Ana María y des Fossés estaban
embriagados por el frescor y la belleza del día. Galopaban cada uno por
separado y luego se encontraban en la calzada; excitados y sofocados,
intercambiaban palabras cálidas y frases entrecortadas que sólo para ellos
tenían sentido y significado y hacían correr su sangre, que ya hervía por el
galope y el frío, con más fuerza aún. En medio de la conversación, Ana María
espoleaba a su caballo y galopaba hasta el final del camino, dejando al joven
excitado con la palabra en la boca, y después regresaba al paso y continuaba la
charla. Este juego los extenuaba. Desmontaban como jinetes experimentados, se
reunían y de nuevo se separaban como dos pelotas que se atraen y repelen
permanentemente. Mientras se desarrollaba este pasatiempo, sus escoltas se
quedaban rezagados. Los criados y guardias de des Fossés y de Ana María
cabalgaban despacio a lomos de sus pequeños caballos sin participar en la
diversión de sus señores, pero tampoco se mezclaban entre sí y aguardaban unos
y otros a que los amos se cansaran y, hartos, volvieran a casa.
En una de estas carreras, el joven y la mujer se
encontraron al final del camino llano, en el punto donde torcía imprevistamente
y se convertía en un sendero pedregoso y lleno de baches. En esa curva había un
pequeño bosque de pinos. A la luz del sol, los árboles parecían una masa negra
compacta, y el suelo, cubierto de agujas caídas, estaba rojo y seco. Des Fossés
desmontó de golpe y propuso a Ana María que hiciera otro tanto para ver el
bosque que, aseguraba él, le recordaba a Italia. La palabra «Italia» engañó a
la mujer. Sujetando las bridas en la mano y pisando, con los pies entumecidos
por la cabalgata, la alfombra lisa de agujas de pino color herrumbre, se
adentraron unos pasos en el bosque que se espesaba y cerraba tras ellos. Ana
María calzaba unas pesadas botas de montar que le dificultaban la marcha y
aferraba con una mano la larga falda de su vestido negro de amazona. Se detuvo
indecisa. El joven hablaba, como si quisiera ahogar el silencio del bosque y
tranquilizarse a sí mismo y a la mujer. Comparaba la floresta con un templo o
algo similar. Pero entre las palabras había vacíos y pausas que llenaban su
aliento entrecortado y ardiente y los latidos acelerados de su corazón. En un
momento, cogió sus bridas y las de su compañera y las pasó alrededor de una
rama. Los caballos permanecieron quietos, con los músculos temblorosos,
mientras él arrastraba a la mujer, que vacilaba, hasta una hondonada donde las
ramas y los troncos de los pinos los ocultaban por completo. Ella se resistía,
deslizándose asustada y con torpeza por la capa espesa de agujas. Pero antes de
que pudiera evadirse o decir algo, percibió la cara sonrosada del joven contra
su rostro. Ya no había ni Italia ni templos. Esa enorme boca roja se aproximaba
a la suya, ahora ya sin palabras. Ana María palideció, abrió los ojos de par en
par como si se hubiera despertado bruscamente, quiso empujarlo, huir, pero las
rodillas le fallaron. Los brazos de él ya rodeaban su talle. Ella gimió como si
la estuvieran asesinando a traición y sin darle la posibilidad de defenderse,
«¡No! ¡No! ¡Esto no!». Tenía los ojos desorbitados. Soltó la falda que hasta
entonces había agarrado con la mano crispada y cayó desfallecida.
El mundo conocido se esfumó, las palabras, los paseos, los
cónsules y los consulados. Ellos dos también desaparecieron en un ovillo que
rodaba convulsamente por el compacto tapiz de hojas que crujía bajo sus
cuerpos. Estrechando a la mujer extenuada, el joven la abrazaba como si tuviera
cientos de brazos invisibles. Su saliva se mezclaba con las lágrimas, porque
ella lloraba, y con sangre, porque a alguno le sangraba el labio. Pero no se
separaron. En realidad, ya no eran dos bocas. Ese abrazo del hombre loco de
deseo y la mujer alterada no duró ni un minuto. Ana María sintió un escalofrío,
abrió aún más los ojos, como si hubiera vislumbrado de repente el abismo y el
horror, recobró la conciencia y una fuerza inesperada, empujó colérica al joven
enardecido y empezó a propinarle en el pecho golpes repetidos y rabiosos con
los puños, como una niña enfadada, gritando:
—¡No, no, no!
El hechizo ante el que todos se habían rendido estaba
roto. Igual que no sabían en qué momento habían caído al suelo, tampoco se
dieron cuenta de cuándo se habían levantado. Ella gemía furiosa y se arreglaba
el pelo y el sombrero, y él, perplejo y desmañado, le sacudía las agujas de
pino secas del vestido negro, le tendía su fusta y la ayudaba a salir de la
hondonada. Los caballos esperaban tranquilamente moviendo la cabeza.
Salieron al camino y montaron, antes de que la escolta
advirtiera que habían desmontado. Al separarse, se miraron una vez más. El
joven estaba más sonrojado que de costumbre y guiñaba los ojos a causa del sol.
Ana María se había transmutado. Tenía los labios tan exangües que se perdían en
su faz pálida, y los ojos irreconocibles, como si acabara de despertarse, con
dos círculos negros alrededor de las pupilas en las que era más difícil que
nunca contemplar aquel brillo profundo. En su cara hinchada, ajada, como si la
hubiera descuidado hacía tiempo, apareció una expresión de rabia feroz y
repulsión sin límites hacia sí misma y hacia todo a su alrededor.
Des Fossés, que por otro lado no perdía fácilmente la
presencia de ánimo ni la sangre fría y el aplomo que le eran innatos, estaba
confuso y se sentía incómodo, intuyendo que aquello no era ni un coqueteo ni el
miedo habitual de una mujer a la sociedad, la vergüenza y el escándalo. De
golpe volvió en sí, sintiéndose más ruin y más débil que esa enferma a la que
su temperamento extravagante y su amargura bastaban para vivir como en un mundo
aparte.
Todo en torno a él, y en su interior, le parecía cambiado,
alterado, incluso las proporciones de su propio cuerpo.
De este modo se separaron para siempre los jinetes del
invierno, antaño tiernos enamorados de Kupilo.
Von Mitterer de inmediato se dio cuenta de que la relación
entre su mujer y el nuevo caballero, que, como tantos otros anteriormente,
tampoco le estaba predestinado, había llegado al punto crítico y de que ahora
empezaba la tormenta doméstica. En efecto, al cabo de dos días de aislamiento
total, sin comer, sin hablar, empezaron las escenas y los reproches
injustificados y las súplicas («Jozef, ¡por Dios…!») que el coronel había
previsto y estaba dispuesto a soportar con tranquila y dolorosa paciencia hasta
el final, igual que las veces anteriores.
Daville también advirtió rápidamente que des Fossés ya no
salía a cabalgar con la señora von Mitterer. Le supuso un gran alivio porque lo
eximía de la penosa obligación de hablar de ello con el joven para decirle que
cualquier contacto íntimo con el consulado austríaco debía ser interrumpido,
pues todos los informes indicaban que las relaciones entre la corte vienesa y
Napoleón volvían a ser tensas. Daville los leía, asustado, mientras oía bramar
el fuerte siroco de marzo alrededor de la casa.
Durante ese tiempo, el «joven cónsul», sentado en su
acogedora habitación, se tragaba su rabia contra Ana María y sobre todo contra
sí mismo. Se torturaba sin cesar, tratando de explicarse la conducta de esa
mujer. Pero, fuera cual fuera la explicación que encontrara, todas le producían
sensación de desengaño, vergüenza y orgullo herido, a lo que había que añadir
el dolor agudo de sus deseos encendidos e insatisfechos.
Se acordaba —aunque ya era demasiado tarde— de su tío de
París y de los consejos que le dio un día cuando se lo encontró en el Palais
Royal cenando con una actriz famosa por su excentricidad. «Veo que te has hecho
un hombre —le dijo su viejo tío—, y que has empezado a romperte el cuello como
el resto. Así debe ser y así sea. Sólo te doy un consejo: guárdate de las
mujeres locas».
En sueños se le aparecía ese tío bueno y sabio.
Ahora que el asunto había terminado de manera tan tonta y
ridícula, veía, como si acabara de despertarse, el aspecto inmoral y repugnante
de su «lío» con la mujer extravagante y de edad madura del cónsul austríaco, al
que lo habían empujado la incapacidad transitoria de dominarse y esa soledad de
Travnik.
También ahora recordaba el «cuadro vivo» del verano
anterior en el jardín con Jelka, la muchacha de Dolac, que ya había olvidado.
Podía sucederle que varias veces en una noche saltaba de repente de la mesa o
de la cama, con la sangre hirviendo en la cabeza, los ojos velados, embargado
por una sensación de vergüenza y rabia contra sí mismo, una sensación que sólo
entre los jóvenes puede ser tan viva e intensa. Y de pie, en medio de la
habitación, se reprochaba haberse portado tan estúpida y despreciablemente,
buscando al mismo tiempo una explicación a sus fracasos.
—¿Qué clase de país es éste? ¿Qué aire se respira? —se
preguntaba entonces—. ¿Y qué mujeres son éstas? Te miran con ojos tiernos y
dulces como flores en la hierba o tan apasionados (a través de las cuerdas de
un arpa) que tu corazón se derrite. Y cuando atiendes a esa mirada suplicante,
entonces ellas caen de rodillas, dan una vuelta de ciento ochenta grados a toda
la situación, te suplican con voz lánguida y ojos de víctima, al punto de
provocarte la náusea y el asco y hacer que se te quiten todas las ganas de
vivir y amar, mientras que otras se defienden como si fueras un hajduk y
reparten golpes como si de boxeadores ingleses se trataran.
De este modo, en el piso de arriba, sobre Daville y su
familia dormida, trataba de justificarse ante sí mismo el «joven cónsul» y se
enfrentaba a su dolor secreto, hasta que conseguía dominarlo y, como todos los
dolores de la juventud, empezaba a desvanecerse en el olvido.
XV
Las noticias e instrucciones de París, que Daville recibía
en los últimos días con un retraso importante, señalaban que la gran maquinaria
bélica del imperio se había vuelto a poner en marcha y, precisamente, en contra
de Austria. Daville se sentía personalmente afectado y amenazado. Consideraba
que era una desgracia que esa avalancha se dirigiera justo hacia los lugares en
los que él tenía su pequeño sector y gran responsabilidad. La necesidad malsana
de emprender o hacer algo y la sensación mortificante de que podía errar o
dejar escapar una ocasión no lo abandonaban ni en sueños. La calma y la sangre
fría del joven des Fossés lo irritaban más que de costumbre. Para él, era
natural que el ejército imperial hiciera la guerra en algún punto, y no veía en
ello motivo para cambiar la forma de vida y el curso de sus pensamientos. Una
ira contenida solía embargar a Daville cuando escuchaba las expresiones
triviales y las ocurrencias que estaban de moda entre los jóvenes parisinos y
que des Fossés usaba al hablar de la nueva guerra, sin respeto ni entusiasmo,
pero sin dudar de la victoria final. Esto suscitaba en el cónsul una envidia
inconsciente, una profunda tristeza porque no tenía con quién hablar («con
quién intercambiar sus miedos y sus esperanzas») de esa guerra y de todo lo
demás, partiendo de las concepciones y puntos de vista que eran próximos y
afines a él y a los de su generación. Sentía que el mundo, más que nunca,
estaba lleno de trampas y peligros, de pensamientos sombríos e inciertos, de
temores que la contienda propaga por el país y entre la gente, en especial
entre las personas de edad, débiles y fatigadas.
A Daville le parecía por momentos que perdía el aliento,
que el cansancio lo vencía, que caminaba hacía años en una columna tenebrosa y
sin alma, cuyo paso no podía seguir, y que amenazaba con arrollarlo y
aplastarlo si doblaba la rodilla e interrumpía la marcha. En cuanto se quedaba
solo, suspiraba y repetía deprisa y en voz baja:
—¡Ay, Dios mío, Dios mío!
Pronunciaba estas palabras inconscientemente, sin ninguna
relación real con lo que en aquel momento sucedía a su alrededor; era su forma
de desahogarse y suspirar.
¿Cómo no rendirse a la fatiga y a la vorágine infernal que
duraba años, y cómo abandonar y renunciar a todo esfuerzo? ¿Cómo distinguir con
claridad y entender algo de esa carrera incesante y de esa confusión, cómo
proseguir la marcha a través del agotamiento, las convulsiones e incertidumbres
en la bruma sin fin?
Tenía la impresión de que había sido la víspera cuando,
con gran emoción, había oído la noticia de la victoria en Austerlitz,
prometedora esperanza de paz y solución; que esa mañana había escrito los
versos sobre la batalla de Jena; que unos pocos minutos antes había leído los
boletines de la victoria en España, la entrada en Madrid y la expulsión de las
tropas inglesas de la Península Ibérica. El eco de una proeza no se había
extinguido aún, y ya se proyectaba y se mezclaba con el rumor de nuevos eventos.
¿Iban a modificarse realmente las leyes de la naturaleza por la fuerza o todo
acabaría estrellándose contra su perpetuación implacable? Unas veces parecía lo
primero y otras, lo segundo, pero no había una conclusión clara. El espíritu
estaba paralizado y el cerebro rehusaba obedecer. Y sumido en semejante estado
de ánimo, él seguía adelante con la muchedumbre, trabajaba y conversaba, se
esforzaba por mantener el paso, por aportar su granito de arena, sin
exteriorizar ni contarle a nadie sus graves y miserables dudas y su confusión.
He aquí que ahora se iba a repetir todo, hasta los más
ínfimos detalles. Le llegaban Le Moniteur y Le Journal de L’Empire con
artículos en los que se explicaba y justificaba la necesidad de la nueva
campaña y se pronosticaba su éxito inminente. (Al leerlos, Daville
experimentaba la sensación clara e indudable de que así era y de que no podía
ser de otra forma). Luego vendrían días y semanas de reflexión, de expectativas
y dudas. (¿Por qué otra guerra? ¿Hasta cuándo se batallaría? ¿Adónde irían a
parar el mundo, Napoleón, Francia, él mismo y los suyos, con todo eso? ¿Acaso
esta vez se volvería la suerte en contra y llegaría la primera derrota como señal
de la hecatombe final?). Enseguida recibiría el boletín de las últimas
victorias, con los nombres de las ciudades sometidas y los países arrasados; y
a la postre, el triunfo absoluto y la paz de los vencedores con conquistas
territoriales y nuevas promesas de una tregua general que no acababa de llegar.
Entonces Daville celebraría la victoria con todos los
demás, y con más solemnidad que todos los demás, y hablaría de ella como de
algo que se entiende por sí solo y en lo que él también había participado.
Nadie vería ni conocería jamás las dudas tortuosas y vacilaciones que el
triunfo habría disipado como la niebla y que él mismo se esforzaba por olvidar.
Durante un tiempo, pero sólo durante un corto espacio de tiempo, se engañaría,
hasta que se produjera un nuevo movimiento de la maquinaria bélica del imperio
y, paralelamente, en su mente empezaran a rondar ideas exactamente iguales a
las anteriores. Todo esto lo desgastaba y extenuaba y creaba a su alrededor una
vida apacible y ordenada en apariencia, pero en realidad tormentosa hasta
extremos insospechados, y en una desgarradora contradicción con su naturaleza
interna y su verdadero ser.
La quinta coalición contra Napoleón se formó a lo largo de
ese invierno y se hizo pública, de repente, en primavera. Igual que cuatro años
antes, pero con más rapidez y más osadía, Napoleón respondió al taimado ataque
con un golpe fulminante contra Viena. Incluso los no iniciados entendieron
entonces por qué se habían abierto los consulados en Bosnia y para qué servían.
Entre los franceses y los austríacos de Travnik cesó todo
contacto. Los criados se retiraron el saludo, los cónsules evitaban cruzarse.
Los domingos, durante la misa en la iglesia de Dolac, la señora Daville se
sentaba en un extremo y la señora von Mitterer con su hija lo hacía en el
opuesto. Ambos cónsules redoblaron sus esfuerzos ante el visir y sus
colaboradores, los frailes, los popes y los ciudadanos más honorables. Von
Mitterer difundía la proclamación del emperador austríaco, y Daville, el boletín
francés dedicado a la primera victoria en Eggmühl. Entre Split y Travnik, los
correos se cruzaban y se alcanzaban unos a otros. El general Marmont, con sus
tropas de Dalmacia, quería a toda costa reunirse con el ejército de Napoleón
antes de que se produjera la batalla decisiva. Por eso le pedía a Daville datos
de las regiones que debía atravesar y le enviaba sin cesar nuevas
instrucciones. Esto multiplicaba el trabajo del cónsul y lo hacía cada vez más
difícil, pesado y delicado. En particular, porque von Mitterer vigilaba sus
pasos y, como militar experimentado acostumbrado a las intrigas y maniobras
fronterizas, colocaba todos los obstáculos precisos al avance de Marmont por
Lika y Croacia. Según aumentaba el número y la dificultad de las misiones,
crecía también la fuerza de Daville, el ingenio y las ganas de combatir. Con
ayuda de d’Avenat, logró encontrar y organizar a todos los que por su
temperamento o por sus intereses se oponían a Austria y estaban dispuestos a
realizar cualquier cosa en su contra. Convocó a los capitanes de las ciudades
de Krajina, en particular, al de Novi, hermano del infortunado Ahmet bey Ceric,
al que no había podido salvar, y los incitó a sembrar la agitación en
territorio austríaco ofreciéndoles los medios para ello.
Von Mitterer, a través de los frailes de Livno, enviaba
periódicos y proclamas a Dalmacia, que se hallaba bajo ocupación francesa;
mantenía contactos con los sacerdotes católicos de Dalmacia del Norte y
contribuía a la organización de la resistencia contra los franceses.
Todos los agentes mercenarios y los colaboradores
voluntarios de los dos consulados corrían en todas direcciones, y su trabajo
empezó a sentirse en la creciente inquietud general y en los frecuentes
enfrentamientos.
Los frailes dejaron drásticamente de verse con las
personas del consulado francés. En los monasterios se decían oraciones por la
victoria de las armas austríacas sobre los ejércitos jacobinos y su emperador
infiel, Napoleón.
Los cónsules visitaban y recibían a gente que nunca antes
habrían acogido, repartían regalos y se prodigaban en sobornos. Trabajaban día
y noche, sin reparar en los medios ni escatimar esfuerzos. Aquí, el coronel
estaba en una posición mucho más favorable. A decir verdad, se trataba de un
hombre cansado, presionado por sus aflicciones familiares y la mala salud, pero
para él este modo de vivir y luchar no era nuevo, correspondía a su experiencia
y educación. Ante órdenes de cargos superiores, el coronel se olvidaba de sí
mismo y de los suyos y entraba en el raíl engrasado del servicio imperial,
marchaba por él sin alegría ni entusiasmo, pero sin plantear dudas ni
objeciones. Además, conocía el idioma, el país, la población y las
circunstancias, y a cada paso encontraba a gente sincera y altruista dispuesta
a ayudarlo. Daville no contaba con nada de esto y debía trabajar en condiciones
muy adversas. Sin embargo, su espíritu vivaz, su sentido del deber y la innata
combatividad gala lo sostenían y espoleaban para no quedarse atrás en la
competición; así, él también asestaba y devolvía los golpes.
Sin embargo, pese a todo eso, si hubiera sido por los
cónsules, las relaciones entre ellos no habrían sido tan malas. Los peores eran
los empleados de rango inferior, los agentes y los criados. No tenían medida a
la hora de enfrentarse y difamarse mutuamente. El celo profesional y la vanidad
personal los cegaba igual que al cazador le ciega su pasión, y tanto se
ofuscaban que, en su afán por desbancarse y humillarse unos a otros, se
degradaban y rebajaban a los ojos del pueblo y de los turcos taimados.
Tanto Daville como von Mitterer eran conscientes de cuánto
esta forma desconsiderada y ruin de competir entre ellos perjudicaba a ambos
bandos y al prestigio de la cristiandad y de los europeos en general; de cuán
indigno era que ellos, los únicos representantes del mundo civilizado en esa
región salvaje, rivalizaran y se batieran ante ese pueblo que los odiaba, los
despreciaba y que no los entendía, y que justo fuera esa gente la que actuara
en calidad de testigo y juez. Daville lo notaba muy especialmente, ya que su
posición era más débil. Por este motivo decidió llamar la atención de von
Mitterer sobre el tema, indirectamente, por mediación del doctor Cologna, que
no estaba considerado como un personaje oficial, y proponerle que ambos
reprimieran el exceso de celo de sus colaboradores. Des Fossés sería el
encargado de hablar con Cologna, porque d’Avenat mantenía una pugna constante
con él. Al mismo tiempo, a través de su piadosa mujer, quería influir de todas
las maneras posibles sobre los frailes y demostrarles que, como representantes
de la Iglesia, se equivocaban al apoyar tan unilateral y exclusivamente a una
de las partes enfrentadas.
Para probar a los monjes lo inexactas que eran las
acusaciones de impiedad contra el régimen francés y atraerlos a su causa, a
Daville se le ocurrió pedirles un capellán permanente y remunerado para el
consulado francés; así, por medio del párroco de Dolac, envió una carta al
obispo de Fojnica. Al no obtener respuesta, encomendó a su esposa que tratara
el asunto con fray Ivo y lo convenciera de viva voz de que sería bueno y
oportuno que designaran capellán a uno de los hermanos y modificaran en general
su comportamiento con el consulado francés.
La señora Daville se acercó un sábado por la tarde a
Dolac, acompañada de un intérprete ilirio y de un escolta. Había elegido
cuidadosamente el momento para esta conversación, la oración vespertina, y no
el domingo, cuando había mucha más gente en la iglesia y el cura estaba
ocupado.
Fray Ivo, como siempre, recibió amablemente a la mujer del
cónsul. Dijo que esa «misma mañana» había llegado la respuesta, por escrito,
del obispo, y que justo se disponía a enviársela al señor cónsul general. La
petición había sido denegada, porque ellos, por desgracia, en esos tiempos
difíciles que corrían, perseguidos, pobres y poco numerosos, ni siquiera
contaban con religiosos suficientes para atender las necesidades más urgentes
de sus fieles. Además, los turcos considerarían inmediatamente a dicho capellán
como un vendido y un espía y se vengarían de toda la orden. En una palabra, el
obispo lamentaba no poder satisfacer la solicitud del cónsul francés y le
rogaba que no lo interpretara mal, etcétera, etcétera.
Esto era lo que escribía el obispo, pero fray Ivo no
ocultaba que él jamás hubiera aceptado, incluso si hubiera tenido el poder y la
libertad de decidir, que un capellán suyo sirviera en el consulado de Napoleón
tal y como estaban las cosas. La señora Daville intentó corregir con delicadeza
esta idea, pero el fraile, tras su armadura de grasa, permaneció inflexible.
Respetaba personalmente a la señora Daville y reconocía su fe sincera e
irrefutable (los monjes, en general, respetaban mucho más a la señora Daville
que a la señora von Mitterer), pero mantuvo su punto de vista firme y
obstinado. Acompañó sus palabras con un gesto categórico y asesino de su enorme
mano blanca haciendo que la señora Daville temblara sin querer en su fuero
interno. Era evidente que tenía instrucciones claras, que su decisión estaba ya
tomada y que no deseaba discutir de ello con nadie, y mucho menos con una
mujer.
Después de repetir a la señora Daville que estaba a su
disposición para cualquier necesidad espiritual que tuviera, pero que respecto
a todo lo demás se mantenía en sus trece, fray Ivo se marchó a la iglesia donde
empezaban las vísperas. Por alguna razón, ese día había en Dolac muchos frailes
invitados, y la oración resultó muy solemne.
Si por ella hubiera sido, la señora Daville habría
regresado de inmediato a su casa, pero las conveniencias exigían que se quedara
al servicio, para que no pareciera que sólo había ido a hablar con fray Ivo.
Esta mujer, por lo general tan serena y poco susceptible, se sentía turbada y
abatida por la conducta del párroco. La desagradable conversación le había
resultado más difícil en tanto que ella, por su educación y por su naturaleza,
estaba lejos de los problemas generales y de los asuntos públicos.
Ahora permanecía en la iglesia, junto a un pilar de
madera, y escuchaba el canto aún ahogado y discordante de los monjes que
estaban arrodillados a ambos lados del altar mayor. Fray Ivo oficiaba. Tan
corpulento y pesado, sin embargo, lograba cada vez que era preciso poner una
rodilla en tierra con soltura y agilidad y alzarse de inmediato. La mujer
todavía veía ante sus ojos la manaza del fraile con el gesto de rechazo y su
mirada brillante cargada de arrogancia y tenacidad con la que contemplaba al
intérprete mientras hablaba con ella hacía apenas unos minutos. Nunca había
visto esa mirada en Francia, ni entre los laicos ni entre los sacerdotes.
Los frailes, en el coro, cantaban quedamente con sus voces
de campesinos las letanías de la Virgen. Una voz más grave empezó:
—Sancta María…
Los demás le respondían roncamente:
—Ora pro nobis.
La voz proseguía:
—Sancta virgo virginum…
—Ora pro nobis —contestaban las voces armónicas. El que
dirigía la oración enumeraba los atributos de María, salmodiando.
—Imperatrix Reginarum…
—Laus sanctarum animarum…
—Vera salutrix earum…
Y tras cada uno de ellos, el coro intervenía con tono monótono:
—Ora pro nobis.
La señora Daville quería rezar, unirse a la letanía
conocida que antaño escuchaba en el coro umbrío de la catedral de Avranches, su
ciudad natal. Pero no podía olvidar la conversación anterior e interrumpir los
pensamientos que se mezclaban con la plegaria.
Todos rezamos de la misma manera, todos somos cristianos y
compartimos la misma fe, pero los abismos entre los hombres son grandes,
pensaba la mujer, sin poder borrar de su mente la mirada violenta y obstinada y
el ademán brusco de la mano del mismo fray Ivo que cantaba la letanía.
La voz seguía enumerando:
—Sancta Mater Domini…
—Sancta Dei genitrix.
En efecto, el hombre sabe que existen los abismos y
rivalidades entre las personas, pero sólo cuando se va a correr mundo y los
experimenta por sí mismo comprende cuán profundos e insalvables son. ¿Qué clase
de plegarias podían ayudar a franquearlos o allanarlos? Su desaliento le
respondía que tales oraciones no existían. Pero ahí se detenían sus
cavilaciones temerosas e impotentes. La mujer empezó a musitar uniendo su voz
apenas audible al murmullo uniforme de los frailes que retornaba como una ola
repitiendo:
—Ora pro nobis.
Cuando terminaron las vísperas, la señora Daville recibió
contrita la bendición de la misma mano de fray Ivo.
Fuera, delante de la iglesia, encontró a su escolta en
compañía de des Fossés y un criado. El «joven cónsul» cabalgaba por Dolac, y
cuando se enteró de que la señora Daville estaba en la iglesia, decidió
esperarla y acompañarla a Travnik. La mujer se alegró de ver la cara familiar
del alegre joven y poder hablar su lengua natal.
Regresaron a la ciudad por el camino ancho y seco. El sol
se había ocultado, pero un resplandor dorado, intenso, inundaba indirectamente
todo el lugar. El camino de tierra parecía rojo y caliente, y los brotes y los
capullos de los arbustos destacaban de la corteza negra como si estuvieran
hechos de esa luz.
La señora Daville iba al lado del joven que, sonrosado por
la cabalgata, hablaba animadamente. Tras ellos se oían los pasos de los criados
y los cascos de los caballos que llevaban de las bridas. Todavía resonaba en
sus oídos el eco de la letanía. El camino descendía. Los tejados de Travnik
aparecieron, finas columnas de humo azulado flotaban por encima, y con ellos la
vida real con todas sus necesidades y tareas, lejos de todas las reflexiones,
dudas y oraciones.
Más o menos por la misma época, des Fossés había sostenido
una conversación con Cologna.
Un atardecer, alrededor de las ocho, acompañado de un
guardia y de un criado que llevaba un farol, des Fossés fue a visitar al
médico.
La casa estaba apartada, en un cerro escarpado alrededor
del cual se cernía la noche densa y la niebla húmeda. El rumor de las aguas
invisibles del manantial de Sumec se dejaba oír. Era un rumor ahogado, alterado
por la oscuridad y amplificado por el silencio. El camino estaba anegado y
resbaladizo, y a la débil y parpadeante luz del farol turco parecía nuevo y
desconocido como un claro de bosque aún no hollado por el pie humano. La puerta
de entrada también parecía inesperada y misteriosa. El umbral y la aldaba
estaban iluminados, todo lo demás permanecía en tinieblas, nada dejaba adivinar
los contornos y volúmenes ni la verdadera naturaleza de las cosas. Los
aldabonazos resonaron violenta y sordamente en la puerta. A des Fossés le
resultaron toscos e inoportunos, casi como un dolor, y el celo excesivo de su
criado le pareció particularmente desagradable y embarazoso.
—¿Quién llama?
La voz llegaba de arriba, más como un eco de los golpes
del guardia que como una verdadera pregunta.
—El joven cónsul. ¡Abre! —gritó el escolta con ese tono
desabrido y cortante con el que los jóvenes se dirigen unos a otros en
presencia de una persona de más edad.
Las voces masculinas y el murmullo del agua a lo lejos,
todo se presentaba como una invitación casual e imprevista para adentrarse en
el bosque sin razón aparente y sin efectos visibles. Luego se oyó el tintineo
de las cadenas, el chirrido de la cerradura y el golpetazo del alamud. La
puerta se abrió despacio, detrás aguardaba un hombre con un candil, pálido y
somnoliento, envuelto en una zamarra de pastor. Dos luces desiguales alumbraban
el zaguán inclinado y las ventanas pequeñas y oscuras de la planta baja. Ambos
faroles rivalizaban para ver cuál iluminaba mejor el suelo delante del joven
cónsul. Aturdido por el juego de voces y resplandores, des Fossés se halló de
repente ante la puerta abierta de par en par de una enorme sala llena de humo y
con un fuerte olor a tabaco en el aire rancio.
En medio de la estancia, junto a un gran candelabro,
estaba Cologna, alto y encorvado, ataviado con una abigarrada indumentaria
medio turca, medio occidental. En la cabeza llevaba un bonete negro del que
asomaban unos largos y ralos mechones de cabellos grises. Unas matas de vello
canoso sobresalían de sus orejas y relucían cuando movía la cabeza, primero
una, luego otra, como dos llamitas blancas.
El anciano hizo una profunda reverencia y pronunció unas
cuantas frases de bienvenida y cumplidos en su lengua que bien podía ser un
italiano corrompido o un francés aprendido a medias, pero al joven le
parecieron superficiales y desganados, fórmulas vacías no sólo desprovistas de
calor y de verdadero respeto, sino también enunciadas como si la persona que
las profería no estuviera presente. Entonces se le ocurrió que todo lo que lo
esperaba en la estancia baja y repleta de humo —el hedor y el aspecto de la
habitación, el hombre y su forma de hablar— podía resumirse en una sola
palabra, y fue tan rápido y tan vivo que por poco no la pronunció en voz alta:
vejez. Una vejez triste, desdentada, olvidadiza, solitaria y difícil que
trastocaba, corrompía y emponzoñaba todo: las ideas, los horizontes, los
movimientos, los sonidos; todo, incluso la misma luz y los olores.
El anciano médico ofreció asiento al joven
ceremoniosamente, mientras él permanecía de pie, poniendo como excusa una
antigua y buena regla de la escuela de Salerno: Postprandium sta. (Después de
comer hay que permanecer de pie).
Des Fossés tomó asiento en una silla dura sin respaldo,
pero con una sensación de superioridad física y espiritual que hacía su misión
más fácil y sencilla, casi agradable. Así empezó a hablar con la confianza
ciega con la que los jóvenes, a menudo, entablan conversación con los viejos
que les parecen anticuados y ajados, olvidando que la lentitud mental y la
decrepitud suelen ir acompañadas de una gran experiencia y una habilidad
probada en los asuntos humanos. Expuso el mensaje de Daville para von Mitterer,
esforzándose para que resultara lo que en realidad era, una sugerencia
bienintencionada en aras del interés común, y no una señal de debilidad o de
temor. Cuando terminó, experimentó una gran satisfacción consigo mismo.
Antes incluso de que el joven finalizara, Cologna se
apresuró a asegurarle que se sentía sumamente honrado por haber sido elegido
como emisario, y que transmitiría sus palabras de la forma más fiel posible,
que él entendía sin ninguna dificultad las intenciones y compartía la idea del
señor Daville, y que por su origen, profesión y convicciones, era el más
indicado para desempeñar ese papel.
Evidentemente, ahora le correspondía a Cologna sentirse
satisfecho consigo mismo.
El francés escuchaba a su interlocutor igual que se
escucha el rumor del agua, mirando distraídamente su cara alargada y de rasgos
regulares, ojos redondos y vivaces, labios exangües y dientes que se le movían
al hablar. ¡La vejez!, pensaba. Lo peor no era sufrir y morir, sino envejecer,
porque envejecer era un sufrimiento para el que no había remedio ni esperanzas,
una muerte que duraba. Sólo que des Fossés no reflexionaba sobre la vejez como
un destino universal, y por lo tanto también suyo, sino como una desventura
personal del médico.
Pero Cologna seguía hablando:
—Yo no necesito muchas explicaciones; yo entiendo la
posición en que se hallan los cónsules, igual que la de cualquier occidental
ilustrado que el destino haya arrojado a estas regiones. Para un hombre así,
vivir en Turquía significa caminar por el filo de la navaja y arder a fuego
lento. Yo lo sé, porque nosotros nacemos en el mismo filo, en él vivimos y
morimos, y en ese fuego crecemos y nos consumimos.
A través de sus pensamientos sobre la vejez y el
envejecimiento, el joven empezó a escuchar más atentamente las palabras del
médico.
—Nadie sabe lo que significa nacer y vivir en el filo de
dos mundos, conocer y entender uno y otro y no poder hacer nada para que se
comuniquen entre sí y se acerquen; lo que significa amarlos y odiarlos, vacilar
y pasar la vida entera entre dos patrias sin tener ninguna, estar en casa en
todas partes y ser siempre extranjero; en resumidas cuentas: vivir dividido,
como víctima y verdugo al mismo tiempo.
Des Fossés escuchaba sorprendido. Como si una tercera
persona se hubiera mezclado en la conversación y fuera ella la que estuviera
hablando; ahora ya no había ni rastro de palabras vacías ni de cumplidos. Ante
él estaba un hombre de ojos brillantes que con los brazos largos y delgados
extendidos mostraba cómo se vivía dividido entre dos mundos opuestos.
Como suele suceder a los jóvenes, des Fossés tenía la
sensación de que esa conversación no era del todo fortuita y de que estaba
relacionada estrecha y muy particularmente con sus propias ideas y con la obra
que preparaba. En Travnik no había muchas posibilidades de mantener semejantes
conversaciones, lo que le produjo un desconcierto agradable, y en medio de
dicha confusión empezó él también a plantear preguntas y luego a hacer
observaciones y manifestar sus impresiones.
De ahí que hablara tanto por necesidad interna como por el
deseo de prolongar la charla. Pero no era necesario animar mucho al viejo para
que se explayara. No interrumpía el hilo de sus pensamientos. Como inspirado, a
veces buscaba expresiones francesas y las sustituía por otras italianas,
hablaba como si leyera.
—Sí, ésas son las penas que atenazan a los cristianos de
Levante y que ustedes, cristianos de Occidente, jamás podrán entender, y no
digamos los turcos. Ésa es la suerte de los levantinos, porque son poussiére
humaine, una polvareda humana, que se desplaza rauda entre Oriente y Occidente,
sin pertenecer a ninguno de los dos mundos, pero hostigada por ambos. Son
hombres que hablan muchos idiomas, pero ninguno es el suyo, que conocen dos
religiones, pero de ninguna son devotos. Son víctimas fatales de la división de
los hombres en cristianos y no cristianos; eternos intérpretes e
intermediarios, que en su interior albergan tantas incertidumbres y tantas
reservas tácitas; buenos conocedores de Oriente y Occidente y de sus costumbres
y creencias, pero igualmente despreciados y sospechosos en ambos lados. Se les
puede aplicar las palabras que hace más de seis siglos escribió el gran
Dzelaledin, Dzelaledin Rumi: «Pues no logro conocerme a mí mismo. Ni soy
cristiano ni judío ni persa ni musulmán. No soy de Oriente ni de Occidente, ni
de la tierra ni del mar». Así son ellos. Una pequeña humanidad aparte,
sojuzgada por el peso de un doble pecado oriental, que debe ser salvada y
redimida una vez más, pero nadie sabe ni cómo ni por quién. Son los hombres de
la frontera, un confín físico y espiritual, de la línea negra y sangrienta que
a consecuencia de un malentendido grave y absurdo se ha trazado entre las
personas, criaturas de Dios, entre las que ni podría ni debería haber
fronteras. Es esa arista que separa el mar de tierra firme, condenada al
movimiento perpetuo y a la agitación. Es un tercer mundo donde se han posado
todas las maldiciones fruto de la división de la tierra en dos mundos. Es…
Des Fossés, fascinado y con los ojos brillantes, miraba al
anciano transformado que, con los brazos abiertos en cruz, buscaba las palabras
en vano y, de pronto, concluyó con voz cascada:
—Es un heroísmo sin gloría, un martirio sin recompensa. Y
precisamente ustedes, nuestros iguales y afines, los occidentales, cristianos
por la misma gracia que nosotros, deberían comprendernos, aceptarnos y aliviar
nuestro destino.
El médico bajó los brazos con una expresión de absoluta
desesperanza, casi con ira. No quedaba ni huella de ese repugnante «doctor
ilirio». Allí había un hombre con ideas propias y gesto enérgico. Y des Fossés
ardía en deseos de oír y saber más, olvidando por completo no sólo la sensación
de superioridad que había experimentado unos minutos antes, sino también el
lugar en el que se hallaba y el motivo de la visita. Era consciente de que
llevaba allí mucho más tiempo del debido y del que estaba previsto, pero no se
levantaba.
Cologna lo contemplaba ahora con la mirada llena de una
emoción muda, igual que cuando se mira a alguien que se aleja y cuya partida se
lamenta.
—Sí, señor, puede entender nuestra vida. Pero para usted
no es más que un sueño desagradable. Porque vive aquí, pero sabe que es
temporal y que más pronto o más tarde regresará a su país, a una vida mejor y
más digna. Se despertará de su pesadilla y se liberará, pero nosotros jamás,
porque para nosotros es nuestra única vida.
Hacia el final de la conversación, el médico se volvió más
callado y más extraño. También tomó asiento, muy cerca del joven, inclinándose
hacia él, como si fuera a decirle algo en confianza, y le indicó con ambas
manos que permaneciera tranquilo y no hiciera nada, ni con palabras ni con
ademanes, que pudiera asustar o ahuyentar a algo menudo, valioso y asustadizo,
una avecilla quizá que estuviera en el suelo delante de ellos. Con la vista
clavada en la alfombra, hablaba casi susurrando, pero con voz cálida que
revelaba una dulzura interior.
—A la postre, cuando llega el final, el verdadero final,
fuere como fuere, todo sale bien y reina la armonía. Aunque, aquí, realmente
todo parezca discordante e irremediablemente enmarañado. «Un jour tout sera
bien, voilá notre esperance» (Algún día todo acabará bien, he aquí nuestra
esperanza), como dice uno de sus filósofos. Y no es posible imaginar que sea de
otro modo. Pues ¿por qué mi pensamiento, bueno y recto, vale menos que el mismo
pensamiento que ve la luz en Roma o París? ¿Acaso porque ha sido concebido en
este valle profundo llamado Travnik? Y ¿será posible que semejante idea jamás
se apunte ni se registre en ningún lugar? No, es imposible. A pesar de la
fragmentación y del caos, todo es armonioso y está relacionado. Ni un solo
pensamiento humano, ni un solo esfuerzo del espíritu se pierde. Todos estamos
en el buen camino y nos llevaremos una sorpresa cuando nos encontremos, porque
nos encontraremos, y todos nos entenderemos, no importa adónde vayamos ahora y
cuántas vueltas demos. Será un reencuentro alegre, una sorpresa memorable y
salvadora.
El joven seguía con dificultad el pensamiento del anciano,
pero deseaba ardientemente seguir escuchando. Sin un nexo aparente, pero con el
mismo tono confidencial, exaltado y ufano, Cologna hablaba y hablaba. Des
Fossés asentía, se animaba y, de vez en cuando, acuciado por una necesidad
irresistible, añadía también algo. Así contó su descubrimiento en la calzada de
Turbe referente a las distintas épocas históricas que se podían ver en los
diferentes estratos. Lo mismo que había contado en su momento a Daville sin que
éste mostrara mucho interés.
—Ya sé, usted observa las cosas a su alrededor. Le
interesa el pasado y el presente. Sabe mirar —admitía el médico.
Y como si le contara un secreto sobre un tesoro escondido
y deseara decir con la mirada risueña más de lo que podía con palabras, el
anciano susurró:
—Cuando vaya por el bazar, visite la mezquita de Jeni.
Está rodeada por un muro alto. Dentro, a la sombra de un árbol inmenso, hay
unas tumbas que ya nadie recuerda de quién son. Entre el pueblo corre el rumor
de que esa mezquita antaño, antes de la llegada de los turcos, era la iglesia
de Santa Katarina y la gente cree que todavía hoy, en un rincón, existe una
sacristía que nadie ha logrado abrir. Si examina detenidamente las piedras de
ese viejo muro, se dará cuenta de que proceden de ruinas romanas y monumentos
funerarios. También en una de las piedras incrustada en la tapia se pueden leer
fácilmente las plácidas y regulares letras romanas de algún texto partido:
«Marco Flavio… óptimo». Y muy hondo, en los cimientos invisibles, hay grandes
bloques de granito rojo, restos de un culto mucho más arcaico, un antiguo
santuario del dios Mitra. En una de esas piedras, hay un relieve borroso en el
que se distingue cómo el joven dios de la luz mata a un jabalí en plena
carrera. Y quién sabe lo que todavía se puede encontrar en las profundidades,
bajo esos cimientos. Quién sabe qué esfuerzos están allí enterrados y qué
rastros han sido borrados para siempre. Y eso sólo en un pequeño trozo de
tierra, en este villorrio perdido. Imagínese la de lugares habitados que ha
habido y hay a lo largo y ancho de este mundo.
El joven miraba al anciano, esperando nuevas
explicaciones, pero entonces el médico, de repente, cambió el tono y empezó a
hablar más alto, como si ya pudieran oírlo otras personas:
—Usted comprende, todo encaja, todo está en relación, y
sólo aparentemente parece perdido y olvidado, disperso y desorganizado. Todo
va, sin presentirlo siquiera, hacia una meta, como los rayos convergentes hacia
un foco lejano y desconocido. No hay que olvidar que en el Corán está escrito
que tal vez un día Dios reconciliará a los enemigos y establecerá la amistad
entre los hombres. Él es todopoderoso, bendito y misericordioso. Así que aún
hay esperanza, y cuando hay esperanza… ¿Me comprende?
Su mirada sonreía elocuente y triunfal, como si alentara y
tranquilizara al joven, mientras con las manos describía en el aire, ante su
cara, un círculo, como si quisiera mostrar el círculo cerrado del universo.
—Sí, usted me entiende —repitió expresivo e impaciente,
como si considerara superfluo e inoportuno seguir buscando palabras para
expresar algo que para él era tan cierto y seguro, tan familiar y tan próximo.
Pero hacia el final, la conversación cambió de signo.
Cologna volvió a ponerse de pie, delgado y recto, se inclinaba y se doblaba en
dos, pronunciaba palabras altisonantes y vacías y aseguraba al joven que se
sentía honrado tanto por su visita como por la confianza que se depositaba en
él.
Así se separaron.
De camino al consulado, des Fossés pisaba distraídamente
el círculo de luz que el guardia proyectaba con el farol delante de él. Caminaba
sin ver nada a su alrededor. Pensaba en el médico, viejo y perturbado, y en sus
ideas vivaces e inarticulables, y trataba de ordenar y discernir las suyas
propias, que habían aparecido inesperadamente entrecruzándose todas en su
cabeza.
XVI
Las noticias que llegaban de Constantinopla a Travnik eran
cada vez más inquietantes y confusas. Ni siquiera después de la campaña de
Barjaktar y la trágica muerte de Selim III la situación se había apaciguado. A
finales de ese mismo año, se produjo un nuevo golpe de Estado en el curso del
cual Barjaktar fue asesinado.
Estos desórdenes y cambios en la lejana capital se
reflejaban en la provincia aislada, aunque con mucho retraso, modificados y
ridiculizados como si se reflejaran en espejos cóncavos y convexos. El miedo,
la insatisfacción, la miseria y la rabia que en vano trataban de abrirse paso
torturaban y apesadumbraban a los turcos de las ciudades. Presintiendo con
razón las convulsiones y los cambios adversos, estos hombres se sentían
traicionados en el interior y amenazados desde el exterior. El instinto de conservación
y de autodefensa los empujaba a ponerse en movimiento y a actuar; sin embargo,
las circunstancias los privaban de medios y les cerraban todas las vías. Por
eso sus fuerzas giraban en un torbellino y se disipaban en el viento. Pero en
las aldeas arracimadas entre las altas montañas, en las que en un arrabal al
lado de otro convivían religiones distintas e intereses diversos, se extendía
una atmósfera pesada y cargada de ira, en la que nada era imposible, en la que
se enfrentaban fuerzas ciegas y se sucedían revueltas feroces.
Entre tanto, en Europa se presentaban batallas de
proporciones y crueldad hasta entonces nunca vistas, y cuyas consecuencias
históricas aún distaban mucho de ser comprendidas; en Constantinopla, a su vez,
los golpes de Estado se alternaban, un sultán reemplazaba a otro y los grandes
visires sucumbían.
En Travnik reinaba la animación. Como cada primavera,
siguiendo órdenes de Constantinopla, el ejército se preparaba para marchar
contra Serbia; los preparativos se hacían con mucho ruido, mas los resultados
eran magros… Suleiman bajá ya había partido con su pequeño pero bien organizado
destacamento. También el visir se pondría en marcha de un día para otro. En
realidad, Ibrahim bajá no tenía una idea exacta de qué plan seguir ni cuántos
hombres debía llevar. Partía porque no podía hacer otra cosa, porque había
recibido un firman y porque esperaba que su presencia incitara a los demás a
cumplir con su obligación. Pero nadie era capaz de organizar a los jenízaros ni
de forzarlos a emprender la marcha, porque ellos se escabullían de todas las
maneras posibles. Mientras se registraba a unos, los otros escapaban, o
provocaban sin más una riña o revuelta y aprovechaban el tumulto para perderse
y regresar a sus casas, mientras que en el registro quedaba escrito que se
habían dirigido a Serbia.
Ambos cónsules ponían todos los medios a su alcance para
informar sobre las intenciones del visir, sobre la magnitud y la valía de las
tropas que encabezaba y la situación real en el frente serbio. Sus
colaboradores dedicaban días enteros a estas tareas que tan pronto parecían
excepcionalmente importantes y serias como superfluas e insignificantes.
En cuanto Suleiman bajá y el visir se fueron al Drina,
toda la autoridad y el orden recayeron sobre el débil y pusilánime caimacán y,
de pronto, por segunda vez, el bazar volvió a cerrar sus puertas.
En realidad, se trataba de la continuación de la revuelta
del año anterior que nunca había terminado del todo, sino que permanecía
latente tras un silencio sordo y esperaba el momento oportuno para estallar de
nuevo. La rabia de la muchedumbre se abatió esta vez sobre los serbios que eran
capturados en diferentes lugares de Bosnia y llevados a Travnik, bajo sospecha
de mantener relaciones con los rebeldes de Serbia y de preparar una
insurrección similar en Bosnia. Pero también recayó sobre las autoridades otomanas,
a las que se acusaba de flaqueza, venalidad y traición.
Los turcos acaudalados de Bosnia sentían claramente que la
rebelión de Serbia amenazaba aquello que les resultaba más querido y más
cercano, que el visir, igual que todos los osmanlíes, no los defendía como era
preciso y que ellos mismos ya no tenían fuerzas ni voluntad para defenderse;
todo esto los llevó a ser presa de esa irritación malsana que surge entre las
clases acosadas y a vengarse mediante actos arbitrarios y atrocidades inútiles,
en lo que eran secundados a menudo por los pobres de la ciudad, precisamente
por los más miserables que no tenían nada que perder.
Todos los días traían a hombres atados y maltrechos,
serbios procedentes del Drina o de Krajina, sobre los que pesaban acusaciones
graves, pero imprecisas. Primero llegaban de uno en uno o de dos en dos, luego
en grupos y por docenas. Entre ellos había habitantes de las ciudades y popes,
pero sobre todo campesinos.
No había nadie para interrogarlos ni para juzgarlos, así
que los arrojaban al bazar de Travnik en ebullición, como al cráter de un
volcán en llamas, que se convertía en su verdugo sin interrogatorio ni juicio.
A pesar de las súplicas y advertencias de Daville, des
Fossés salió y vio cómo unos gitanos torturaban hasta la muerte a dos hombres
en plena feria de ganado. Desde un cerro, a espaldas de la multitud absorta por
completo en la escena que se estaba produciendo delante de sus ojos, él pudo
contemplar el hecho sin ser advertido, e identificar a las víctimas, a los
borreros y a los mirones.
La confusión y el desorden reinaban en la plaza. Los
guardias llevaron a los dos condenados, que iban descalzos y con la cabeza
descubierta, los pantalones de tela deshilachados y las camisas desgarradas,
que dejaban el pecho al desnudo.
Eran dos hombres altos y morenos, parecidos como hermanos.
Los jirones de sus vestimentas, destrozadas por el viaje y los malos tratos,
dejaban adivinar que se trataba de aldeanos. Se rumoreaba que los habían
prendido cuando intentaban pasar a Serbia unas cartas del obispo ortodoxo de
Sarajevo en bastones huecos.
Los guardias tenían dificultades para abrir un espacio
donde colgar a los dos detenidos. Los verdugos, gitanos, no podían desenrollar
las cuerdas. La chusma enardecida gritaba contra los dos infelices, contra los
guardias y los gitanos, se desparramaba en todas direcciones y amenazaba con
arrollar y llevarse por delante a las víctimas y a los verdugos.
Los dos hombres maniatados, medio desnudos, los cuellos
estirados, permanecían erguidos e inmóviles, con la misma expresión de extraña
perplejidad y desazón en el rostro. No reflejaban ni miedo ni valor ni
entusiasmo ni indiferencia. Por la expresión de sus caras, tan sólo eran
hombres ensimismados, preocupados por alguna cuita lejana, deseosos de que los
dejaran pensar y concentrarse en su problema. Se diría que ni el tumulto ni los
gritos a su alrededor les afectaban. Sólo parpadeaban y de vez en cuando inclinaban
la cabeza como si así quisieran defenderse de la muchedumbre y los alaridos que
les impedían abandonarse por completo a sus tribulaciones. Las venas hinchadas
se ramificaban por sus frentes y sienes bañadas de abundante sudor, y puesto
que maniatados como estaban no podían secárselo, se deslizaba a lo largo de sus
cuellos nervudos y sin afeitar en hilos blanquecinos.
Por fin, los gitanos consiguieron desenredar las cuerdas y
se acercaron al primero de los dos reos. Éste hizo un ligero movimiento de
retroceso, muy leve, e inmediatamente se detuvo, dejando que hicieran con él lo
que quisieran. Al mismo tiempo, el otro preso retrocedió sin querer, como si
estuviera atado al primero con lazos invisibles.
En este punto, des Fossés, que hasta entonces había estado
mirando tranquilamente, se dio la vuelta de golpe y se fue por una calle
lateral. Así no vio lo más duro y terrible.
Los dos gitanos pasaron la cuerda alrededor del cuello de
su víctima, pero no la colgaron, sino que se apartaron y se pusieron a tirar y
estirar cada uno por su extremo de la soga. El hombre empezó a gorgotear y a
poner los ojos en blanco, a tirarse al suelo, a retorcer las caderas y a
bambolearse como una marioneta colgando de un hilo tenso.
El gentío corría en medio de una gran algazara. Todos se
apresuraban hacia el lugar donde se desarrollaba el suplicio. La multitud
respondió entusiasmada y alborozada a las primeras gesticulaciones del
torturado y acompañaba con exclamaciones, risas y brincos los movimientos del
hombre. Pero cuando sus convulsiones se volvieron agónicas y sus contorsiones
increíblemente terribles y fantásticas, los que estaban más cerca se dieron la
vuelta y empezaron a retroceder No cabía duda, deseaban ver algo insólito, ni
ellos mismos sabían exactamente qué, a fin de aliviar su pena y la sensación
general de insatisfacción indefinida, pero profunda. Querían y, desde hacía
mucho, ansiaban ver al enemigo vencido y castigado. Pero lo que ahora
presenciaban era un dolor y un tormento para ellos mismos. Por eso,
sorprendidos y espantados, volvieron la cabeza intentando apartarse. Pero la
muchedumbre, que no alcanzaba a ver la escena, se apretujaba y empujaba a los
que estaban muy cerca, en primera fila. Éstos, a su vez, aterrados por la
proximidad del suplicio inesperado, dieron la espalda al cadalso y, haciendo un
esfuerzo desesperado, intentaron abrirse paso y escapar, repartiendo puñetazos
frenéticos a diestro y siniestro, como si estuvieran huyendo de un incendio.
Sin saber qué los hostigaba ni poder entender su pavor, la gente empezó a
devolverles los golpes y a empujarlos de nuevo hacia el lugar del que trataban
de alejarse. Así que, al margen del reo, al que estaban estrangulando
lentamente y que gesticulaba de modo horrendo, se extendió por doquier el jaleo
y la bronca, una serie de altercados, riñas y verdaderas peleas. Estrujados
unos contra otros, no podían estirar el brazo y responder al golpe, sino que se
tiraban de los pelos y arañaban, se escupían, se insultaban y con una absoluta
incomprensión y el mismo odio que estaba destinado a los condenados, se miraban
las caras deformadas. Los que huían despavoridos de la escena del
estrangulamiento, desquiciados, repartían empellones y mamporros, pero en
silencio, mientras que los que afluían de todas las direcciones, mucho más
numerosos, se abalanzaban hacia el patíbulo y gritaban a voz en cuello. Los que
estaban muy lejos y no atinaban a ver nada del ajusticiamiento ni de la
trifulca, impulsados por las fluctuaciones e ignorando el horror de lo que
estaba sucediendo, proferían las chanzas y las exclamaciones habituales en los
tumultos y entre multitudes apiñadas. De este modo, se mezclaban, chocaban y
entrecruzaban voces totalmente diferentes y gritos de sorpresa, de enojo, de
terror, de asco, gritos burlones, joviales, amalgamados con los chillidos
generales inarticulados y aullidos que surgen de las masas humanas amontonadas,
con los estómagos encogidos y los pulmones comprimidos.
—¡Eeeeh, eh! —vociferaban a coro unos muchachos traviesos,
tratando de agitar al populacho.
—¡Aprieta! —respondían otros empujando en sentido
contrario.
—Pero ¡que no empujes! ¿Estás loco?
—¡Loco, está loco de atar! —gritaba alguien con voz
realmente enloquecida.
—¡Dale! ¡Dale! ¿Por qué te da pena? Que no lo ha parido tu
madre —espetaba otro desde lejos alegremente, pensando que todo era una broma.
Arrastraban los pies, pataleaban y repartían cachetes.
Luego otra vez las voces.
—¡Qué, qué!, ¿quieres más? ¿Eh? ¿Quieres más fuerte?
—¡Oye, tú, el del gorro!
—¿Quién empuja? Ven aquí, ven más cerca si te atreves.
—Anda, menos coba y atízale en la mollera.
—¡Soo, sooo!
Entretanto, sólo los que estaban muy cerca o los que
miraban desde algún lugar en lo alto podían ver lo que sucedía en el cadalso.
Ambos condenados habían caído inconscientes, primero uno, después el otro.
Ahora, yacían en el suelo. Los gitanos se aproximaron, los levantaron y los
rociaron con agua, luego los golpearon con los puños y arañaron con las uñas.
Cuando recobraron el conocimiento y lograron mantenerse en pie, la tortura
continuó. De nuevo tiraban de la soga por los dos extremos; de nuevo los dos desdichados
caracoleaban y rodaban, pero ahora oponían menos resistencia y cedían antes; de
nuevo los espectadores más cercanos se daban la vuelta y huían, pero la masa
compacta no retrocedía, sino que con insultos y golpes los echaban para atrás,
justo a la escena de la que querían escapar.
Un pequeño alumno de la madraza, con cara de fauno, sufrió
un ataque, pero no cayó al suelo, sino que oprimido y llevado por el bosque
ondulante de cuerpos, permaneció erguido, de pie, aunque desmayado, con la
cabeza colgando y la cara blanca como la tiza, mientras que en sus labios se
formaban espumarajos.
Tres veces se repitió el suplicio y las tres, ambos
hombres se levantaron tranquilamente y soportaron la cuerda alrededor del
cuello para un nuevo estrangulamiento, como personas empeñadas en hacer todo lo
que esté en sus manos para que las cosas salgan bien; los dos concentrados y
serenos, más serenos que los gitanos y cualquiera de los presentes, pero
meditabundos y atribulados, tan atribulados que ni la estrangulación ni las
convulsiones podían borrar por completo de sus caras esa expresión de desasosiego
lejano y grave.
Como no lograron que volvieran a ponerse en pie para
someterlos por cuarta vez al martirio, los gitanos llegaron hasta los hombres
que yacían boca arriba, y les asestaron unas cuantas patadas en las ingles
hasta rematarlos.
Los verdugos recogieron sus cuerdas, las enrollaron
alrededor de los codos y esperaron a que la multitud se dispersara para
proseguir su trabajo. Con la mirada inquieta, entre las dos maniobras, fumaban
ávidos y excitados unos cigarros que alguien les había dado. Parecían hastiados
tanto de la chusma irracional que merodeaba a su alrededor, como de los dos
hombres muertos que yacían inmóviles y perdidos entre las innumerables y
veloces piernas de la curiosa multitud.
Más tarde, los cadáveres de los dos mártires anónimos
fueron colgados de dos ganchos especiales en el muro del cementerio, de modo
que fueran visibles desde todos los puntos. Sus figuras volvieron a alargarse y
recuperaron su apariencia anterior, igual de erguidos y semejantes como
hermanos. Parecían ligeros como el papel. Sus cabezas se habían reducido porque
la soga se había clavado profundamente bajo el mentón. Los rostros, plácidos y
exangües, carecían de tinte violáceo y no estaban deformados como los de los
ahorcados, y las piernas juntas con las plantas un poco hacia delante, como si
fueran a dar un salto.
Así los vio des Fossés cuando volvió al mediodía. La manga
de la camisa sucia de uno de ellos estaba rasgada por el hombro y el trozo de
tela se mecía suavemente en la brisa.
Con las mandíbulas apretadas, decidido a contemplar la
escena con sus propios ojos, conmocionado, pero con una disposición de ánimo
solemne y serena, el joven clavó la mirada en los dos cuerpos colgados.
Ese talante grave y digno lo embargó durante mucho tiempo
y en ese estado regresó al consulado. Daville le pareció insignificante,
confuso y atemorizado por menudencias, mientras que d’Avenat le resultaba
grosero e ignorante. Todos los temores de Daville se le figuraban infantiles e
irreales; todas sus observaciones, absurdas, librescas o pusilánimes e
indignamente burocráticas. Percibía que con ellos no podía hablar de ese tema,
no después de lo que había visto con sus propios ojos, de lo que había sentido,
tan profundo e inexpresable. Al terminar de cenar, aún con la misma
disposición, introdujo en su libro sobre Bosnia, fiel a la realidad, un
capítulo especial sobre «la forma en que en Bosnia se ejecutan las sentencias
de muerte contra el pueblo y los rebeldes».
La gente empieza a habituarse a las escenas desagradables
y atroces, a olvidar las viejas y a reclamar otras nuevas y más variadas.
En una extensión de tierra aplanada, entre la posada y el
consulado austríaco, elevaron otro patíbulo. Allí, Ekrem, el verdugo del visir,
cortaba cabezas que luego clavaban en palos.
En la casa de von Mitterer estalló la crisis y el llanto.
Ana María saltaba al cuello de su marido y gritaba: «¡Jozef, por Dios
bendito!», en todos los tonos y en todos los registros, lo tachaba de
Robespierre, y empezó a hacer las maletas, dispuesta a marcharse. Un poco más
tarde, exhausta y apaciguada, caía en brazos de su esposo, gimiendo como una
reina desdichada que se dirige a la guillotina y a la que el verdugo espera
delante de la puerta.
La pequeña Ágata, realmente asustada e infeliz, estaba
sentada en su sillita de la galería, deshecha en un mar de lágrimas, lo que
pesaba más en el ánimo de von Mitterer que todas las escenas de su mujer.
Rotta, el intérprete pálido y giboso, corría del konak al
caimacán, amenazaba, sobornaba, reclamaba y suplicaba para que cesaran las
ejecuciones delante del edificio del consulado.
Esa misma noche, llevaron a la plaza a diez campesinos,
serbios de Krajina, y los ajusticiaron a la luz de faroles y antorchas, en
medio de los gritos y albórbolas de los sanguinarios turcos, que brincaban y se
atropellaban. Enseguida empalaron las cabezas de las víctimas. Durante toda la
noche se oyeron en el consulado los gruñidos de los perros hambrientos que allí
se habían reunido. Al claro de luna podía verse cómo saltaban alrededor del
palo y arrancaban trozos de carne de las cabezas decapitadas.
Al día siguiente, después de la visita del cónsul al
caimacán, el cadalso fue retirado y cesaron las ejecuciones en ese lugar.
Daville no salía de casa y sólo llegaban hasta él de vez
en cuando los aullidos ahogados de la muchedumbre, pero d’Avenat lo informaba
puntualmente del curso que seguía la insurrección y de las torturas en serie
que se practicaban en la ciudad. Cuando se enteró de lo que sucedía delante del
consulado austríaco, de repente, olvidó todos sus temores y escrúpulos y sin
consultar con nadie ni preguntarse por un instante si actuaba conforme a los
usos internacionales y en interés del servicio, se sentó y escribió a von
Mitterer una carta amistosa.
Era una de esas situaciones en la vida en las que Daville
sabía clara y exactamente, sin rastro de sus vacilaciones habituales, lo que
debía hacer y era capaz de cualquier cosa por llevarlo a cabo.
En la carta, naturalmente, se hablaba de la diosa de la
guerra Belona, y del «entrechocar de los aceros» que aún perduraba, así como de
la lealtad que cada uno debía a su soberano.
«Sin embargo —escribía Daville—, creo que no ofenderé ni
su sensibilidad ni mi deber si, de forma excepcional y en estas circunstancias
particulares, le escribo estas líneas.
»Asqueados, afligidos y siendo nosotros mismos víctimas de
la barbarie diaria, sabiendo lo que sucede delante de su casa, le aseguro que
mi esposa y yo, en estos momentos, pensamos en usted y en su familia.
»Como cristianos y como europeos, a pesar de todo lo que
en la actualidad nos separa, deseamos que en días como éstos cuenten con
nuestras palabras de aliento y consuelo».
Sólo cuando envió la misiva por vía indirecta al consulado
del otro lado del río Lasva, Daville empezó a dudar si había hecho bien o no.
Ese mismo día de verano, cuando von Mitterer recibió la
carta de Daville, empezaba la batalla de Wagram. Era el 5 de julio de 1809.
Durante los diez días más hermosos de julio, la anarquía
reinó en Travnik. Una locura colectiva y contagiosa sacaba a los hombres de sus
casas, los empujaba a hacer cosas increíbles y monstruosas que jamás hubieran
podido imaginar. Los acontecimientos se iban sucediendo por sí mismos,
siguiendo una lógica sangrienta y de instintos perturbados. Los incidentes
estallaban al azar; bastaba una exclamación o una broma infantil para que
surgieran de improviso y finalizaran inesperadamente o se interrumpieran de golpe,
sin más, dejándolo todo a medias. Un enjambre de críos se dirigía a un lugar
con un objetivo y de repente, en el camino, tropezaba con otra escena más
excitante, lo abandonaba todo y se volcaba con pasión en ella como si llevara
semanas preparándola. El fervor de esta gente era extraño. Todos ardían en
deseos de aportar algo a la defensa de la religión y del buen orden, y todos
con su mejor fe y una amargura sagrada querían participar no sólo como
espectadores, sino también con sus manos en la matanza y suplicio de los
traidores y pérfidos, culpables del gran mal que mancillaba el país y de todas
las desgracias personales de cada uno de ellos. Acudían al patíbulo como si
fueran a visitar un lugar santo donde se espera la curación milagrosa y el
alivio del dolor. Todos querían capturar, ellos solos, a algún rebelde o espía
y contribuir personalmente al castigo, a la elección del lugar y la forma en
que éste debería aplicarse. Así reñían y se pegaban por este motivo,
descargando toda su pasión y su rencor en ese ajuste de cuentas mutuo.
Alrededor del reo bien atado, a menudo podía verse una decena de turcos pobres,
gesticulando exaltados, peleando y discutiendo como si se tratara de una oveja
en venta. Niños que no medían ni un palmo se llamaban unos a otros, corrían
jadeantes, con los calzones largos flotando, para hundir sus navajas en la
sangre de los torturados y después blandirlas y asustar a los más pequeños del
barrio.
Los días eran soleados, el cielo sin nubes, la ciudad
llena de verdor, agua, frutas tempranas y flores. Por la noche brillaba el
claro de luna, nítido, cristalino y glacial. Pero tanto de día como de noche se
sucedía el carnaval de sangre, en el que todos deseaban una única cosa, pero
nadie comprendía a nadie ni podía reconocerse a sí mismo.
La excitación era general y se extendía alrededor como una
enfermedad infecciosa. Brotaban odios enterrados hacía tiempo y resurgían
viejos rencores. Hombres inocentes eran arrestados o se producían cambios y
malentendidos fatídicos.
Los extranjeros de ambos consulados no salían a la calle.
Los guardias los mantenían informados de todo cuanto ocurría. Cologna fue la
excepción, pues no podía soportar permanecer en su casa húmeda y aislada. El
viejo doctor no podía dormir ni trabajar y bajaba al consulado, aunque debía
pasar entre la multitud furiosa o junto a los patíbulos que se alzaban aquí y
allá. Todos notaban su desconcierto permanente, sus ojos que ardían con un
fulgor malsano, sus temblores y sus balbuceos al hablar. El torbellino
insensato que giraba en ese valle profundo atraía al viejo como un remolino a
una paja.
Un mediodía, volviendo del consulado, Cologna tropezó en
medio del mercado con una banda de turcos desharrapados que llevaban a un
hombre atado y lleno de cardenales. Tuvo tiempo de desviarse por alguna de las
calles laterales, pero la multitud lo arrastró de manera desagradable e
irresistible. Justo cuando se hallaba a unos cuantos pasos del grupo, una voz
ronca se elevó entre las cabezas:
—¡Doctor, doctor, no me deje morir injustamente!
Como hechizado, Cologna se acercó más y con sus ojos
miopes reconoció a un tal Kulier, un católico natural de Fojnica. El hombre
gritaba, profería palabras inconexas, sin saber lo que decía y suplicaba que lo
liberaran, que era inocente.
Buscando a alguien con quien poder hablar, Cologna
encontró muchas miradas turbias. Pero antes de que pudiera decir y hacer nada,
surgió de entre el gentío un hombre alto, de mejillas pálidas y hundidas, y le
cortó el paso al doctor.
—Sigue tu camino.
Le temblaba la voz y la rabia que lo colmaba rezumaba a
través de una moderación maligna y tensa.
Si no hubiera sido por ese hombre y esa voz, quizá el
viejo habría continuado su camino y abandonado a su propio destino al
desdichado de Fojnica, para el que no había ayuda posible. Pero la voz lo
atrajo como un imán. Quiso decir que conocía al tal Kulier y que era un súbdito
leal, preguntar qué delito había cometido y adónde lo llevaban, pero el hombre
alto no lo dejaba hablar.
—Te digo que sigas tu camino —repitió el turco alzando la
voz.
—No, no señor, las cosas no son así. ¿Adónde van con ese
hombre?
—Pues si quieres saberlo, vamos a colgar a este perro
igual que a todos los perros.
—Pero ¿cómo, por qué? No se puede ahorcar a gente
inocente. Avisaré al caimacán.
También Cologna había empezado a gritar y sin darse cuenta
se encendía cada vez más.
Un murmullo se elevó entre la multitud. Desde dos
alminares, uno cerca y otro más lejos, los hodjas empezaron a llamar a la
oración y sus voces se cruzaban, prolongadas y ondulantes. La gente empezó a
arremolinarse en torno a la escena.
—Bueno, pues ya que te has empeñado en defenderlo
—chillaba el hombre alto—, lo colgaré de esta morera, aquí mismo.
—No lo harás. No puedes hacerlo. Llamaré a los guardias,
iré a ver al caimacán. ¿Quién te has creído que eres? —bramaba el viejo con voz
entrecortada.
—Yo soy uno que no te teme; y quítate de mi vista si quieres
conservar el pellejo.
La chusma maldecía y gritaba. Cada vez los rodeaban más
mercaderes procedentes del bazar. El hombre alto, después de cada frase,
buscaba a hurtadillas las miradas para comprobar si lo apoyaban. Y ellos no
dejaban de contemplarlo, inmóviles pero con evidente satisfacción.
El turco se dirigió hacia la vieja morera al borde del
camino, seguido de la chusma y de Cologna. Todos gritaban y agitaban los
brazos. Cologna se desgañitaba, pero nadie quería escucharlo ni dejarlo
terminar.
—¡Bribones, sinvergüenzas, canallas! Cubrís de ignominia
al sultán. ¡Bellacos, renegados! —aullaba el viejo médico.
—¡Calla!, de lo contrario tú también colgarás de la misma
rama que éste.
—¿Quién? ¿Yo? Ni se te ocurra tocarme, no puedes, ¡hereje,
pagano!
Cologna sentía que las articulaciones le fallaban, se le
doblaban las piernas y tenía los brazos flojos. Él y el hombre alto se habían
convertido en el centro de atención, mientras que el condenado, olvidado por
todos, estaba a un lado.
El gigante se inclinó levemente y dirigiéndose a la
multitud gritó desafiante:
—Ha ultrajado la religión y al profeta. ¿Lo habéis oído?
Todos afirmaron.
—Colgad a ambos inmediatamente.
La multitud se apiñó en torno a Cologna.
—¿Qué religión? ¿Qué profeta? Me sé el islam mejor que tú,
bastardo bosniaco. Yo soy…, yo soy… —replicó Cologna, oponiendo resistencia,
echando espumarajos por la boca y totalmente fuera de sí.
—¡Colgad al infiel!
A través de las carreras y la refriega llegaron las
palabras confusas de Cologna, como un gorgoteo sofocado:
—… turco… soy turco, más turco que tú.
Entonces intervinieron los mercaderes del bazar y le
arrebataron el médico a los desharrapados. Tres eran testigos de que el viejo
claramente y en voz alta había declarado que aceptaba la fe verdadera como suya
y por lo tanto era sagrado. Lo llevaron a casa solícitos y solemnes, como si
fuera una novia. Y era preciso, porque Cologna estaba fuera de sí, sentía
escalofríos y farfullaba palabras sin sentido.
Sorprendidos y decepcionados, los hombres que llevaban a
Kulier, sus acusadores, jueces y verdugos, también lo liberaron y dejaron que,
a pesar de todo, volviera vivo a Fojnica.
El rumor de que el médico del consulado austríaco había
abrazado el islam se extendió rápidamente. Incluso para esa ciudad totalmente
enloquecida en la que cada día amanecía más vesánico que el anterior y en la
que habían ocurrido cosas que no se pueden ni contar ni creer del todo, la
noticia de la conversión del médico fue una auténtica sorpresa.
Como ningún cristiano osaba salir a la calle, era
imposible comprobar el asunto e indagar. El cónsul envió un criado a Dolac, a
ver a fray Ivo Jankovic, pero el fraile recibió la noticia con incredulidad y
prometió que en cuanto la revuelta remitiera un poco, quizá ya al día
siguiente, se acercaría al consulado.
Al anochecer, Rotta, cumpliendo órdenes del cónsul, salió
y se encaminó a la casa de Cologna en la vertiente rocosa. Al cabo de media
hora, el intérprete regresó pálido y taciturno, en contra de lo habitual. Venía
amedrentado por unos desconocidos de aspecto salvaje, armados hasta los
dientes, que le habían espetado: «Conviértete, cristiano, mientras tengas
tiempo», y se comportaban como borrachos y locos. Pero mucho más lo había
conmocionado lo que había visto en casa de Cologna.
A duras penas había logrado entrar en el edificio, de
donde en ese momento salían unos turcos desarmados y pacíficos; allí sorprendió
al desconcertado criado del doctor, un albanés. El vestíbulo estaba inundado y
reinaba el caos, y de la sala llegaba la voz de Cologna.
El viejo iba y venía por la habitación muy excitado; su
cara, siempre gris y exangüe, estaba roja y le temblaba la mandíbula inferior.
A través de los párpados entornados, como si mirara a lo lejos y no acertara a
ver ni a reconocer, examinó al intérprete durante un buen rato con aire severo
y poco amable. Pero en cuanto Rotta abrió la boca para explicar que venía de
parte del cónsul general para ver lo que había sucedido, Cologna lo interrumpió
exaltado:
—Nada, no ha ocurrido nada y nada va a ocurrir. Que nadie
se preocupe por mí. Me basto yo solo para defender mi posición. Aquí estoy y la
defiendo como un buen soldado.
El viejo se detuvo, echó bruscamente la cabeza hacia atrás
y sacó pecho susurrando con aliento entrecortado:
—Sí, sí, aquí estoy. De aquí no me muevo, de aquí…
—No se mueva, doctor, no se mueva… —farfulló el
supersticioso y asustadizo Rotta, que de golpe había perdido su arrogante
seguridad habitual. Mientras hablaba, retrocedía sin apartar la vista del
médico, buscando tras de sí con mano temblorosa el picaporte de la puerta y
repitiendo torpemente:
—No se mueva, usted no se mueva…
Abandonando su aire fanfarrón y rígido, Cologna se inclinó
de repente hacia el despavorido intérprete con actitud confidencial y más comedida.
En su rostro, o mejor dicho, en sus ojos, apareció una sonrisa orgullosa y
triunfal. Y como si se tratara de un secreto muy importante, dijo en voz queda,
amenazando con el dedo:
—El Profeta, con él sea la paz, dice: «El diablo, como la
sangre, circula por el cuerpo humano». Pero Mahoma también dice: «Veréis a
vuestro Señor como veis la luna cuando está llena».
Y diciendo esto se dio la vuelta adoptando una expresión
seria y ofendida. El intérprete, que no necesitaba tanto para amilanarse,
aprovechó ese instante para abrir sigilosamente la puerta y deslizarse como una
sombra al vestíbulo, sin saludar ni despedirse.
Fuera brillaba la luna. Rotta caminó por callejones
laterales, temeroso hasta de las sombras y sintiendo aún escalofríos que le
recorrían la espalda. Cuando llegó a casa y se presentó ante el cónsul seguía
sin poder dominarse y explicar con claridad qué sucedía con Cologna y su
conversión. Sólo repetía insistentemente que el médico se había vuelto loco, y
al cónsul, que deseaba saber con más detalles en qué lo había notado, le
respondió:
—Loco, está loco. En cuanto un hombre habla de Dios y del
Diablo tiene que estar loco. Y había que verlo, había que verlo.
Por la noche ya se había extendido por toda la ciudad la
noticia de que el médico del consulado austríaco había declarado públicamente
su voluntad de abrazar el islam y que al día siguiente sin tardanza sería
convertido de manera solemne. Sin embargo, estaba visto que esa ceremonia jamás
se celebraría y que nunca se sabría la verdad sobre la conversión de Cologna.
Al llegar la mañana se propaló, con más celeridad que la
primera, la nueva de que el médico había sido encontrado muerto de madrugada en
una vereda que discurría al lado del arroyo, en el precipicio bajo la alta
pared rocosa en la que estaba su casa. El viejo tenía el cráneo fracturado. Su
criado albanés no podía explicar ni en qué momento de la noche había salido el
médico ni cómo había llegado al barranco.
Al enterarse de la muerte de Cologna, el párroco de Dolac
bajó a Travnik para ver qué convenía hacer respecto al entierro. Corriendo el
riesgo de ser atacado por la chusma exaltada, fray Ivo llegó a la casa del
doctor, pero no permaneció allí mucho rato. A pesar de su corpulencia,
descendió raudo por el camino escarpado, perseguido por las porras y las hachas
de los turcos soliviantados que no habían consentido en que echara un vistazo a
la casa. El hodja ya había preparado al muerto, porque los mercaderes habían
afirmado que el médico voluntariamente y por tres veces había declarado en
público que estaba dispuesto a abrazar la fe turca y que era mejor creyente que
muchos de los que se llamaban a sí mismos turcos en el bazar de Travnik.
También Rotta, que al conocer la muerte de Cologna había
acudido acompañado de Ahmet, el guardia, sólo logró ver a unos cuantos turcos
apresurados delante de la casa del difunto y regresó al consulado sin el
guardia, que se quedó para presenciar el entierro.
Si hubiera sido otra época más tranquila, y si en el konak
hubiera estado alguno de los señores, habrían intervenido las autoridades
religiosas y laicas. El consulado austríaco habría actuado con más firmeza,
fray Ivo habría consultado a los funcionarios y turcos más influyentes y el
asunto del desdichado Cologna se habría aclarado. Pero en aquellas
circunstancias de locura colectiva y anarquía que aún perduraban, nadie podía
ni escuchar ni entender a nadie. La revuelta, que precisamente empezaba a ceder,
había encontrado nuevo sustento, se había apoderado del cadáver del anciano
como de un trofeo bienvenido, y no lo soltaría sin derramamiento de sangre ni
víctimas.
Alrededor del mediodía, el médico fue enterrado en una
verde parcela del cementerio turco. Aunque el bazar continuaba cerrado, muchos
turcos salieron de sus casas para asistir al entierro del doctor que había
abrazado el islam de manera tan insólita e inopinada. No obstante, la mayoría
de los presentes eran los desharrapados armados que la víspera habían querido
colgarlo, y que serios y ceñudos, con gran rapidez y ligereza, se sustituían
unos a otros para llevar al difunto, de modo que el féretro en el que descansaba
el cuerpo envuelto en un lienzo se deslizaba sobre las espaldas de los hombres
que se iban turnando sin cesar.
Así fue como estos acontecimientos inesperados y
frenéticos pusieron punto final a la revuelta. Se dejó de capturar y matar a
serbios. La ciudad volvió a sumirse en ese estado de ánimo confuso y resacoso,
en el que cada uno trata de olvidar lo sucedido, los peores camorristas, los
más escandalosos y los más violentos vuelven a los arrabales lejanos, como las
aguas a su cauce, y recupera su lugar el viejo orden que, al menos por un
tiempo, a todos parece mejor y más soportable. El silencio se cernió sobre Travnik,
pesado y uniforme, como si jamás hubiera sido turbado.
También contribuyó a la pacificación el regreso de
Suleiman bajá Skopljak y sus palabras y su mano firme se hicieron sentir de
inmediato.
En cuanto llegó, Suleiman bajá convocó a los ciudadanos
más notables para preguntarles lo que había sucedido con la tranquila ciudad y
sus tranquilos habitantes. Se erguía ante ellos, delgado y vestido con
sencillez, tal como había vuelto del frente, alto, las costillas finas y
prominentes como las de un buen galgo, los grandes ojos azules, y los examinaba
y reprendía como si fueran niños. Ese hombre, que había pasado seis semanas en
primera línea de fuego y quince días en sus posesiones de Kupres, miraba severo
a los hombres pálidos y exhaustos obligados a recuperar la sobriedad a la
fuerza, y les preguntaba inflexible desde cuándo el bazar había asumido la
misión de juzgar y hacer cumplir las sentencias, quién les había dado ese
derecho y dónde habían tenido la cabeza los últimos diez días.
—Se dice que el pueblo se ha rebelado, que es desobediente
y malvado. Cierto. Pero hay que saber que el pueblo no respira con su propio
aliento, sino que escucha el de sus señores. Vosotros lo sabéis bien. Siempre
son los señores los que primero se corrompen y el pueblo no hace más que
seguirlos. Pero una vez que el pueblo se rebela y se solivianta, puedes empezar
a buscar otro, porque ya no hay nada que hacer.
Suleiman bajá hablaba como un hombre que hasta el día
anterior había contemplado cosas dolorosas y graves, que ellos con sus
estrechas miras de travniqueses ni siquiera presentían, y era necesario
explicárselas en la medida de lo posible.
—Dios, alabado sea, nos ha otorgado dos favores: poseer la
tierra y repartir justicia. Pero si te quedas sentado con las piernas cruzadas
y permites que unos renegados y harapientos se dediquen a hacer justicia, ten
por seguro que los campesinos se sublevarán. El deber del campesino es trabajar
y el del agá vigilarlo, porque la hierba también necesita agua y guadaña. De
nada sirve lo uno sin lo otro. Mírame —se dirigió al que tenía más cerca, no
sin arrogancia—, he cumplido cincuenta y cinco años y esta mañana antes del
almuerzo he visitado mis propiedades de Bugojno. Te garantizo que en mis
tierras no hay campesinos malos ni desobedientes.
Y en efecto, su largo cuello y sus manos nervudas estaban
curtidas por el sol y eran callosas como las de un jornalero.
Nadie podía responderle, y todos deseaban perderlo de
vista, olvidar cuanto antes lo sucedido y ser olvidados.
En cuanto la revuelta fue sofocada, von Mitterer empezó a
investigar el asunto de la incomprensible conversión de Cologna y su misteriosa
muerte. No lo hacía sólo por Cologna, al que siempre había considerado una
persona imprevisible e incómoda para el servicio. Conociéndolo bien, von
Mitterer creía que el médico, en una riña, era capaz de proclamarse musulmán
por un instante, como también creía posible que se hubiera suicidado o que
hubiera perdido la conciencia y se hubiera despeñado en un momento de confusión.
Además, ahora que el levantamiento había terminado y las cosas habían cambiado
de signo y la gente, sus pensamientos y su conducta, no era fácil averiguar lo
que había ocurrido en circunstancias tan diversas, en esta atmósfera de locura
colectiva, de sangre y caos.
El coronel tenía que hacerlo para salvar el prestigio del
imperio e impedir que se repitieran ataques contra cualquier súbdito imperial o
el personal del consulado. Fray Ivo, por su parte, insistía en que la población
católica se merecía que se aclarara la conversión y el entierro de Cologna.
Suleiman bajá, que desde el principio era el único del
konak que había sentido simpatía por von Mitterer y siempre se había mostrado
más próximo y cordial con él que con Daville, con el que debía comunicarse a
través de un intérprete y cuya apariencia no le gustaba, se esforzó por
ayudarlo. Pero al mismo tiempo le aconsejó sinceramente que no empeorara las
cosas y no fuera demasiado lejos.
—Yo sé que usted debe asumir la defensa de todos los
súbditos del imperio —le dijo al cónsul con su tono frío, prudente y preciso
que todos, incluido él mismo, consideraban irrefutable—, lo sé y así debe ser.
Pero el prestigio del imperio no puede estar siempre íntimamente unido a todos
sus súbditos. Porque hay gente de todas clases, mientras que el prestigio del
imperio sólo es uno.
Y Suleiman bajá le expuso seca y fríamente cuál era la
mejor forma de resolver el asunto para la satisfacción de todos.
En lo que se refería a la cuestión de si Cologna se había
convertido al islam o no, lo mejor era que no se discutiera sobre ello, porque
la revuelta había tenido tales proporciones que el día no se diferenciaba de la
noche y mucho menos una religión de otra y un turco verdadero de un convertido.
Y hablando honradamente, tal como era el hombre en cuestión, ni los cristianos
perdían mucho con su conversión al islamismo ni los turcos ganaban nada con
ella.
En lo que a su muerte sin dilucidar concernía, después de
su extraña conversión, aún menos merecía la pena indagar sobre el asunto.
Porque los muertos no hablan, y un hombre que no presta atención y no mira por
dónde anda, siempre puede tropezar. Era la mejor solución y no ofendía a nadie.
Y ¿de qué servía tratar de encontrar otras posibilidades, que nunca podrían
aclarar por completo el asunto y jamás lograrían dar al consulado la
satisfacción que éste deseaba?
—Ni yo puedo encontrar y arrestar a todos los vagabundos e
imbéciles que querían convertir al mundo entero al islam y hacer de jueces en
Travnik —terminó Suleiman bajá—, ni usted puede resucitar y examinar al difunto
que yace en el cementerio turco. Así que el problema es de difícil solución, y
mejor será que lo dejemos y nos dediquemos a otras cosas más importantes. Yo
entiendo su preocupación como si fuera mía. Por eso ordenaré que se investigue
y se aclare la muerte del alfaquín, para que se establezca que nadie tiene la
culpa, que quede registrado y consignado por escrito. Usted se lo enviará a sus
superiores, para que no haya dudas ni reproches ni en su caso ni en el mío.
Von Mitterer comprendió también que, aunque no era la
mejor, era la única solución posible. Sin embargo pidió y obtuvo del cehaja
algunas instrucciones y ordenanzas que podían parecer desde lejos
satisfactorias y constituir una justificación para el consulado.
Todo esto, junto con el informe de Rotta sobre la última
vez que vio a Cologna, podía contentar en cierto modo a Viena, presentando el
caso de Cologna como el de un hombre infeliz y perturbado, y salvar el
prestigio del cónsul. Pero en su fuero interno, von Mitterer no estaba
satisfecho con el desarrollo de los acontecimientos ni consigo mismo.
Pálido y solitario, en su despacho en penumbras, von
Mitterer reflexionaba y se sentía desarmado e indefenso frente a todo el
conjunto de circunstancias extremadamente diversas en las que él cumplía su
trabajo con lealtad y diligencia y consumía sus fuerzas, viendo claramente que
todo era inútil y desesperanzador.
El coronel temblaba, aunque en el exterior el calor de
julio era sofocante, y tenía por momentos la impresión de que perdía el
conocimiento y rodaba también por un barranco desconocido.
XVII
Esta última y terrible algarada no había afectado en
absoluto al consulado francés. Al contrario, el epicentro se trasladó, hacia el
final, al consulado austríaco y a su médico, Cologna. Pero también en el
consulado francés habían vivido días difíciles y noches de insomnio. A
excepción de las dos cortas escapadas de des Fossés, nadie había osado ni
asomarse a la ventana. Al propio Daville, la revuelta le había parecido mucho
más grave que la primera, porque nadie se acostumbra a tales pruebas, al revés,
cuanto más se repiten peor se soportan.
Al igual que durante la primera revuelta, Daville pensó
huir de Travnik, salvar su vida y la de su familia. Encerrado en su gabinete de
trabajo, se torturaba con las ideas más terribles y preveía las circunstancias
más negras, pero delante de los criados y empleados, e incluso delante de su
esposa, no dejaba traslucir ni sus pensamientos ni su estado de ánimo.
No obstante, esta adversidad común tampoco logró acercar
al cónsul y al canciller. Varias veces al día, Daville iniciaba una
conversación con des Fossés. (Encerrados en casa, se encontraban más a menudo
que de costumbre). Pero ninguna de estas charlas le aportaban bienestar y paz,
y tenía que repetirse constantemente que vivía con un extranjero del que
irremediablemente lo separaban concepciones y costumbres. Ni siquiera las
cualidades buenas del joven, que eran incuestionables y afloraban sobre todo en
tales ocasiones, como la audacia, la generosidad o la serenidad, podían atraer
a Daville. Porque nosotros aceptamos y valoramos las virtudes de un hombre sólo
si se nos muestran bajo un aspecto que conviene a nuestras ideas e
inclinaciones.
Como siempre había hecho hasta el momento, Daville
consideraba con amargura y desprecio todo lo que sucedía a su alrededor, lo
achacaba a la maldad innata y al bárbaro modo de vida de aquella gente, y sólo
le preocupaba cómo salvaguardar y proteger los intereses franceses en semejante
situación. Des Fossés, por el contrario, con una objetividad que dejaba
consternado al cónsul, analizaba todos los fenómenos a su alrededor y se
esforzaba por encontrarles un motivo y una explicación en sí mismos y en las circunstancias
que los habían provocado, al margen del daño o provecho, de las ventajas o
incomodidades que pudieran causarle a él y a su consulado. Esa objetividad fría
y desinteresada del joven confundía desde siempre a Daville y le resultaba muy
desagradable, máxime cuando no dejaba de ver en ella una señal clara de la
superioridad del mozalbete, y en esa ocasión le parecía más penosa y más
insoportable.
Cualquier conversación oficial, semioficial o privada,
suscitaba en el joven múltiples asociaciones, observaciones atrevidas y
conclusiones de una imparcialidad glacial, y en el cónsul, una irritación y un
silencio resentido que des Fossés ni siquiera advertía.
Ese hijo de familia acaudalada, dotado de toda suerte de
talentos, se comportaba también a la hora de pensar como un millonario y era
osado, caprichoso y pródigo. En el trabajo cotidiano del consulado, no servía
de gran utilidad a Daville. Aunque era deber del canciller pasar a limpio los
informes del cónsul, éste evitaba darle ese trabajo. Mientras escribía, sentía
que le frenaba la idea de que des Fossés, cuyo espíritu parecía poseer cien
ojos, al copiarlo juzgaría con una mirada crítica el informe de su superior.
Daville se enfadaba consigo mismo, pero no podía controlarse ni dejar de
preguntarse cada tres frases qué pensaría su canciller al leerlo. Por eso, al
final, prefería escribir los informes importantes y pasarlos él mismo a limpio.
En resumen, en todos los asuntos, y lo que era más
importante aún, en todas las angustias internas que provocaban en Daville los
acontecimientos relacionados con la última campaña de Napoleón contra Viena,
des Fossés no resultaba de ninguna utilidad y, con frecuencia, suponía más una
carga y un inconveniente. Las diferencias entre ellos eran tan grandes y
profundas que ni siquiera podían compartir las alegrías. Cuando a mediados de
julio, coincidiendo casi con el final de la revuelta, llegó la noticia de la
victoria de Napoleón en Wagram, y acto seguido la del armisticio con Austria,
empezó para Daville uno de sus periodos de serenidad. Le parecía que las cosas
habían salido bien, que todo había terminado felizmente. Lo único que
estropeaba su buen talante era la indiferencia del joven, que no conocía el
entusiasmo que produce el éxito ni las dudas y temores que preceden al triunfo.
Para Daville era penoso e inexplicable ver siempre a des
Fossés con la misma sonrisa inteligente e impasible en el rostro. «Se diría que
éste se ha abonado a las victorias», le comentaba Daville a su mujer, pues no
tenía a nadie más a quien lamentarse y no podía seguir callando.
De nuevo llegaron a Travnik los días cálidos y exuberantes
de finales del verano, los mejores y más hermosos para los que siempre viven
bien y los menos inclementes para los que su existencia es igual de fatigosa en
verano que en invierno.
En octubre de 1809 se firmó en Viena la paz entre Napoleón
y la corte austríaca. Se crearon las Provincias Ilirias a las que pertenecían
Dalmacia y Lika, territorios estos bajo la jurisdicción de Daville. A
Ljubljana, capital de esta nueva Iliria, llegaron un gobernador general y un
intendente, con todo un estado mayor de funcionarios de policía, de aduanas y
de hacienda, que debían empezar a organizar la administración y, en particular,
el comercio y las comunicaciones con Levante. Anteriormente, el general
Marmont, comandante de Dalmacia, que había llegado a tiempo a la batalla de
Wagram, había sido nombrado mariscal. Daville, viendo lo que sucedía a su
alrededor, tenía ese sentimiento melancólico y agradable del hombre que ha
contribuido a la victoria y la fama de los otros, quedando él a la sombra, sin
gloria ni recompensa. Dicho sentimiento le gustaba y le ayudaba a soportar las
dificultades de Travnik, que ninguna victoria podía cambiar significativamente.
Lo que torturaba ahora a Daville, como en todas las
ocasiones anteriores, y que no podía reconocer ni confiar a nadie, era la
pregunta de si ésta sería la victoria definitiva y cuánto duraría la paz.
Para esa cuestión, de la que dependía no sólo su sosiego,
sino también el destino de sus hijos, no podía encontrar una respuesta en
ninguna parte ni en su interior ni en su entorno.
Durante una audiencia particularmente solemne, Daville
contó al visir con todo detalle las victorias de Napoleón y las disposiciones
de la paz de Viena, sobre todo, en la medida en que concernían a las regiones
situadas en la frontera directa con Bosnia. El visir se congratuló de dichas
victorias y expresó su satisfacción porque continuarían sus relaciones de buena
vecindad y porque en lo sucesivo, bajo la administración francesa, reinarían la
paz y el orden en los países alrededor de Bosnia.
Pero esas palabras «guerra», «paz» y «victoria» en la boca
del visir sonaban como cosas muertas y lejanas, y él las pronunciaba con voz
fría y dura y una expresión pétrea en la cara como si se tratara de
acontecimientos de un pasado lejano.
Tahir bey, el teftedar, con el que Daville había hablado
ese mismo día, estuvo mucho más animado y locuaz. Se interesó por la situación
en España, preguntó por los pormenores de la organización administrativa en las
nuevas Provincias Ilirias. Era evidente que deseaba informarse para luego hacer
sus propias comparaciones, pero su elocuencia amable y su curiosidad aguda no
decían mucho más que la indiferencia muda y muerta del visir; por sus palabras
podía deducirse que él no veía final a las guerras y conquistas de Napoleón. Y
cuando Daville lo exhortó para que se explicara mejor, el teftedar evitó
responder.
—Su emperador es el vencedor, y al vencedor todos lo ven
rodeado de esplendor o como dice un poeta persa: «La faz del vencedor es como
la rosa» —remató Tahir bey con aire astuto y sonriente.
Daville siempre experimentaba un incomprensible malestar
ante esa sonrisa extraña que jamás abandonaba la cara del teftedar y a causa de
la cual sus ojos se volvían diabólicamente oblicuos y un poco bizcos. Después
de cada conversación con él, Daville se sentía desconcertado y como expoliado.
Cada una de estas charlas, en lugar de aportar soluciones y respuestas,
suponían nuevas preguntas y nuevas incertidumbres. Pero era el único hombre del
konak que quería y sabía hablar de asuntos serios.
En cuanto se firmó la paz, se restablecieron las
relaciones entre los dos consulados. Los cónsules se hicieron las visitas de
rigor y con mucha palabrería expresaron su dudosa satisfacción por el
armisticio alcanzado, ocultando tras ese entusiasmo exagerado la vergüenza que
sentían al pensar en lo que habían hecho el uno contra el otro en los últimos
meses. Daville se esforzaba para no ofender a von Mitterer con un
comportamiento demasiado triunfal, pero sin perder por ello ninguno de los
privilegios que la victoria otorgaba. El coronel se expresaba con mucha más
cautela, como alguien que desea reconocer lo menos posible un presente
desagradable y lo espera todo del futuro. Ambos escondían sus verdaderos
pensamientos y sus temores reales tras el velo de una conversación melancólica
como la que a menudo sostienen los ancianos, los cuales aún esperan algo de la
vida, si bien son conscientes de su impotencia.
La señora von Mitterer todavía no había intercambiado
visitas con la señora Daville, y lograba evitar encontrarse con des Fossés que,
naturalmente, desde la primavera anterior estaba «muerto» para ella y enterrado
en la gran necrópolis de sus demás desengaños. Mientras duró la campaña contra
Viena, ella, testaruda e impetuosa, se mantuvo todo el tiempo «con todas sus
fuerzas del lado del gran e incomparable corso», amargando de esta forma los
días y las noches de von Mitterer que ni en los cuatro muros de su dormitorio
podía resistir las declaraciones imprudentes de su esposa y al que sus
despropósitos le provocaban un dolor físico.
Ese verano, Ana María recuperó de golpe su antigua pasión:
el amor por los animales. Su compasión desmedida y malsana por los animales de
tiro, los perros, los gatos y el ganado estallaba a cada instante. La visión de
los pequeños bueyes pelados y extenuados, que avanzaban fatigados, sus patas
delgadas, mientras que un enjambre de moscas se encarnizaba con la carne blanda
alrededor de sus ojos mansos, provocaba en Ana María un verdadero ataque de
nervios. Llevada por su naturaleza apasionada, asumía la defensa de los
animales en todas las ocasiones y en cualquier lugar, sin ninguna medida ni
consideración, yendo así al encuentro de nuevas decepciones. Recogía perros
cojos y gatos sarnosos y los curaba y cuidaba. Alimentaba a los pájaros,
siempre alegres y ahítos. Se encaraba con las aldeanas que cargaban pollos con
la cabeza colgando y las patas atadas sobre sus hombros. En las calles detenía
los carros abarrotados y a los caballos sobrecargados, exigía a los campesinos
que aliviaran a las bestias de tanta carga, que pusieran ungüento en sus
heridas, que repararan los arneses que las laceraban y aflojaran las cinchas.
Todo esto eran cosas difíciles e imposibles en esa tierra,
cosas que nadie podía entender y que solían provocar escenas ridículas y
conflictos desagradables.
Cierto día, la señora von Mitterer tropezó en una calle
con un carro alargado atestado de sacos de cereales. Dos bueyes pugnaban en
vano por subir la pendiente tirando del carro. Entonces, unos hombres llevaron
un jamelgo, que uncieron al yugo delante de los animales y con fuertes gritos
empezaron a empujarlos por la cuesta. El campesino que iba junto a los bueyes
los golpeaba sin cesar, bien en los magros flancos, bien en el hocico blando,
mientras que el caballo sufría los azotes que con una fusta propinaba un turco
corpulento, desaliñado y curtido, un tal Ibro Zvalo, un granuja redomado, un
cochero borrachín, que de vez en cuando hacía las veces de verdugo
arrebatándoles las ganancias a los gitanos.
Los bueyes y el caballo que los precedía no lograban
coordinar sus pasos y tirar al unísono. El campesino corría a cada instante
para poner una piedra detrás de la última rueda. Los animales jadeaban y
temblaban. El cochero blasfemaba con voz ronca y afirmaba que el buey de la
izquierda hacía trampa y no tiraba nada. Arreó una vez más a las bestias, pero
el buey de la izquierda cedió y cayó sobre sus patas delanteras. El otro animal
y el caballo seguían tirando. Ana María lanzó un grito, salió corriendo y con
los ojos anegados en lágrimas empezó a reprender al cochero y al campesino.
Éste colocó de nuevo la piedra y miró a la extranjera desconcertado. Pero
Zvalo, bañado en sudor y rencoroso hacia el buey que fingía tirar, se volvió
hecho una furia hacia ella, se secó el sudor de la frente con el dedo índice de
la mano derecha doblado y lo sacudió hacia el suelo, maldiciendo la miseria y
al que la había inventado, y se dirigió derecho hacia Ana María con el látigo
en la mano izquierda.
—¡Sólo me faltabas tú! ¡Quítate de mi vista, mujer
estúpida!, y no me des más trabajo, de lo contrario, por Dios que te voy a…
Según hablaba, el cochero agitaba el látigo. Ana María vio
la cara de Zvalo inclinada sobre ella, muy cerca, gesticulante, llena de
arrugas, cicatrices, sudor y polvo, una cara malvada y furiosa, pero sobre todo
agotada y al borde de las lágrimas debido al cansancio, igual que el ganador de
una carrera. En ese instante, llegó corriendo el guardia atemorizado, rechazó
al hombre furibundo y se llevó a la mujer que lloraba ruidosamente cegada por
una rabia impotente.
Durante los dos días siguientes, Ana María todavía se
estremecía al recordar esa escena y con lágrimas en los ojos exigía a su marido
que solicitara el castigo más riguroso para esas personas por su crueldad y por
el ultraje del que había sido objeto. Por la noche saltaba de la cama, gritando
y ahuyentando la cara de Zvalo que se le aparecía en sueños.
El coronel tranquilizaba a su mujer con buenas palabras,
aunque sabía que la cosa no tenía remedio. La avena que llevaban en el carro
estaba destinada al granero del visir. El tal Zvalo era un hombre de mala
reputación, contra el que nada podía hacerse y con el que no tenía sentido
discutir. Y por último, la principal culpable era su mujer que, como tantas
veces se había metido donde no debía, y lo había hecho de forma improcedente, y
ahora, como de costumbre no era posible razonar con ella ni explicarle nada.
Por eso la calmaba lo mejor que podía, prometiéndole todo, como a un niño,
soportando pacientemente los reproches y ofensas que le dirigía, con la
esperanza de que ella olvidara su manía.
En el consulado francés había una novedad.
La señora Daville estaba en su cuarto mes de gestación.
Prácticamente la misma, menuda y ligera, se movía rauda y silenciosa por el
caserón y el jardín del consulado; limpiaba, compraba, organizaba y ordenaba.
Llevaba con dificultad este cuarto embarazo. Pero sus múltiples tareas y las
molestias físicas que le causaba su estado, la ayudaban a soportar el dolor que
sentía por el hijo que el otoño anterior le había sido arrebatado tan
fulminantemente y en el que no dejaba de pensar un solo instante aunque nunca
hablara de ello.
El joven des Fossés pasaba sus últimos días en Travnik.
Sólo aguardaba que llegara el primer correo de Constantinopla o de Split en
dirección a París para viajar con él. Había sido trasladado al ministerio, pero
ya lo habían informado de que ese mismo año lo enviarían a la embajada de
Constantinopla. El material para su libro estaba preparado y se sentía
satisfecho de haber conocido aquel país y contento por poder dejarlo. Había
luchado contra su silencio, contra numerosas privaciones y ahora se marchaba invencible
y con el ánimo sereno.
Antes de partir, por la Natividad de la Virgen, visitó,
junto con la señora Daville, el monasterio de Guca Gora. Como las relaciones
entre el consulado y los frailes se habían enfriado considerablemente, Daville
no quiso ir con ellos. Estas relaciones eran, en efecto, mucho más que frías.
El enfrentamiento entre el gobierno imperial francés y el Vaticano, en aquella
época, se hallaba en pleno apogeo. El Papa estaba prisionero, Napoleón había
sido excomulgado. Hacía meses que los frailes no iban al consulado. Sin
embargo, gracias a la señora Daville, los monjes de Guca Gora los recibieron
amablemente. Des Fossés no pudo por menos que admirarse de la forma en que los
frailes sabían separar lo que debían personalmente a esos invitados de aquello
a lo que estaban obligados por su compromiso y su responsabilidad, que se
tomaban muy en serio. En su comportamiento había tanta reserva y seriedad
ofendida como exigía su dignidad, y tanta cordialidad como exigían las leyes de
una hospitalidad ancestral y de una humanidad elemental, que deben prevalecer
sobre todos los conflictos actuales y situaciones pasajeras. De todo un poco y
en su justa medida, y todo junto enlazado en un círculo perfecto, expresado
mediante una conducta desenvuelta y ademanes y gestos libres y naturales. Nunca
hubiera esperado tanta armonía y un sentido tan innato de la medida de esos
hombres toscos, fornidos e impetuosos, de bigotes caídos y cabezas redondas
rasuradas de forma ridícula.
Una vez más pudo comprobar el fervor religioso de los
campesinos católicos, observar más de cerca la vida de los frailes de san
Francisco, «de la escuela bosniaca»; una vez más charló y discutió con fray
Julijan, «su estimado enemigo».
Era un bonito y soleado día de fiesta, en la mejor
estación del año, cuando las frutas ya están maduras y las hojas todavía
verdes. La inmensa iglesia del monasterio, de paredes encaladas, se llenó
enseguida de aldeanos vestidos con sus galas de domingo entre las que dominaba
el color blanco. Un instante antes de que empezara la misa mayor entró la
señora Daville en la iglesia. Des Fossés se quedó fuera en el huerto de
ciruelos con fray Julijan, que ese día libraba, y se dedicaron a pasear y a
charlar.
Como siempre que se veían, trataron de las relaciones
entre la Iglesia y Napoleón, de Bosnia, de la vocación y el papel de los
frailes, del destino de aquel pueblo que profesaba varias religiones.
Todas las ventanas del templo estaban abiertas y, de vez
en cuando, llegaba el tintineo de la campana del monaguillo o la voz grave y
senil del superior que decía misa.
Los dos jóvenes disfrutaban con la charla como niños
rebosantes de salud con el juego. Su discusión, mantenida en un mal italiano,
llena de ingenuidades, afirmaciones audaces y obstinación estéril, giraba
siempre en torno a lo mismo y volvía al punto de partida.
—Usted no puede entendernos —respondía el fraile a todas
las observaciones del joven.
—Yo creo que durante mi estancia he tenido tiempo de
conocer bien las circunstancias de su país y, al contrario que muchos
extranjeros, he sido comprensivo con los valores que esta tierra esconde, así
como con los defectos y el retraso que un forastero advierte rápidamente y con
tanta facilidad condena. Pero permítame que le diga que a menudo me resulta
incomprensible la postura que ustedes, los frailes, adoptan.
—Y yo le digo que no puede entendernos.
—Sí, sí que entiendo, fray Julijan, pero no puedo aprobar
lo que veo y comprendo. Este país necesita escuelas, calzadas, médicos,
contacto con el mundo, trabajo y actividad. Sé que ustedes, mientras dure el
dominio turco y mientras no se establezca una relación entre Bosnia y Europa,
no podrán alcanzar ni lograr nada de eso. Pero, puesto que son los únicos
hombres instruidos en este país, deberían preparar a su pueblo para esa
contingencia y encaminarlo por esa vía. En lugar de ello, apoyan la política feudal
y conservadora de las potencias reaccionarias europeas y quieren unirse a esa
parte de Europa que está destinada al fracaso. Y eso es inexplicable, porque su
pueblo no está lastrado por las tradiciones ni por los prejuicios de clase y su
puesto, a juzgar por todo, debería de estar al lado de los países y de las
fuerzas libres e ilustradas de Europa…
—¿De qué nos sirve la cultura sin la fe en Dios?
—replicaba el fraile—. Tanto progreso no durará mucho en Europa y mientras dure
sólo traerá caos y desventura.
—Se engaña, querido fray Julijan, se equivoca de medio a
medio. Un poco más de caos no les vendría mal. Usted ve que el pueblo de Bosnia
practica tres, incluso cuatro religiones, los hombres están divididos y
enfrentados entre sí, y todos juntos separados de Europa por un muro
infranqueable, es decir, del mundo y de la vida. Cuiden de que no recaiga sobre
ustedes, los frailes, el pecado histórico de no haberlo comprendido y de haber
conducido a su pueblo en una dirección errónea, sin haberlo preparado para aquello
que inexorablemente le espera. Entre los cristianos del imperio turco se oyen
cada vez con más frecuencia voces que hablan de libertad y liberación. Y, en
efecto, algún día la libertad tendrá que llegar también a estos parajes. Pero
hace tiempo se dijo que no basta con alcanzar la libertad, sino que es mucho
más importante llegar a ser digno de ella. Sin una educación más moderna e
ideas más liberales, de nada les servirá liberarse del yugo otomano. En el
curso de los siglos, su pueblo se ha asimilado tanto a los opresores que no
notará una gran diferencia cuando los turcos se vayan un día y lo abandonen,
además de con los defectos que le son propios, con todos sus vicios: la pereza,
la intolerancia, el espíritu de la violencia y el culto a la fuerza bruta. Eso,
en realidad, no sería una liberación, porque no serían dignos de la libertad ni
sabrían disfrutar de ella y, al igual que los turcos, no conocerían más que la
esclavitud o esclavizar a otros. No hay ninguna duda de que algún día su país
entrará a formar parte de Europa, pero puede suceder que entre dividido y
coartado por una herencia de concepciones, costumbres e instintos que hayan
dejado de existir y que, como espectros, le impedirán desarrollarse con
normalidad y harán de él un monstruo arcaico, un buen botín para todos, igual
que lo es hoy de los turcos. Y esta gente no se lo merece. Usted puede ver que
ningún pueblo, ningún país en Europa, funda su progreso sobre una base
religiosa…
—Precisamente, eso es lo triste.
—Lo triste es vivir así.
—Lo triste es vivir sin Dios y traicionar la fe de
nuestros padres. Y de nosotros que, pese a todos nuestros errores y defectos,
no la hemos traicionado se puede decir: Multum peccavit, sed fídem non negavit
(mucho ha pecado pero de su fe jamás ha renegado) —alegó fray Julijan, cediendo
a su pasión por las citas.
La discusión de los jóvenes volvía al punto de partida.
Ambos estaban absolutamente convencidos de lo que afirmaban y ninguno se
expresaba con claridad ni escuchaba lo que el otro decía.
Des Fossés se detuvo junto a un ciruelo viejísimo,
encorvado y cubierto por un liquen tupido.
—¿Acaso jamás se le ha ocurrido pensar que los pueblos
sometidos a la dominación turca, y que se llaman con nombres diferentes y
profesan religiones distintas, un día, cuando el imperio otomano se desmorone y
abandone estos lugares, deberán encontrar una base común para su supervivencia,
una fórmula más amplia, más comprensiva, mejor y más humana…?
—Nosotros, los católicos, hace tiempo que tenemos esa
fórmula. Es el Credo de la Iglesia Católica de Roma. No necesitamos nada mejor.
—Pero usted sabe que sus compatriotas en Bosnia y en los
Balcanes no pertenecen todos a esa Iglesia y nunca pertenecerán. Está claro que
ya nadie en Europa se asocia a partir de ese principio. Por lo tanto, hay que
buscar otro denominador común.
De la iglesia llegó el canto de los fieles reunidos y los
interrumpió. Primero, vacilantes y desiguales y luego más uniformes y más
altas, se mezclaban las voces de los hombres y de las mujeres, las voces
arrastradas y monótonas de los campesinos:
Salve cuerpo de Cristo…
El canto iba subiendo cada vez más. El edificio compacto y
bajo, sin campanario, con tejado de madera negra, levemente inclinado del
ábside a la fachada, mugía y resonaba como un barco surcando las aguas, las
velas desplegadas al viento y lleno de cantores invisibles.
Los dos guardaron silencio por un instante. Des Fossés
quiso conocer el texto de esa canción que cantaba el pueblo con tan fervoroso
entusiasmo. El fraile se lo tradujo palabra por palabra. El sentido del cántico
le recordó un antiguo himno litúrgico:
Ave verum corpus natum
De María virgine…
Mientras fray Julijan buscaba palabras para la siguiente
estrofa, el joven seguía distraído los esfuerzos del monje, porque en realidad
sólo escuchaba una melopea pesada, simple, triste y tosca que tan pronto le
llegaba como el balido uniforme de un interminable rebaño de ovejas, como el
ulular del viento en un bosque tenebroso. Y se preguntaba si era posible que
este lamento pastoril que resonaba en la iglesia inclinada expresara la misma
idea y la misma fe que el cántico de los canónicos rollizos y sabios o de los
seminaristas pálidos de las catedrales francesas. «Urjammer!», pensaba en su
fuero interno, recordando cómo Daville y von Mitterer habían calificado la
canción de Musa, e, inconscientemente, se adentró en el huerto de ciruelos,
huyendo de la melodía igual que un hombre vuelve la cabeza para no ver un
espectáculo de una tristeza insoportable.
Allí, des Fossés y el monje retomaron la conversación,
intercambiando pullas que mantenían a cada uno en su lugar.
—Desde que llegué a Bosnia, me pregunto cómo, ustedes, los
frailes, que han visto mundo y han estudiado en escuelas, que en esencia son
buenas personas, sinceras y altruistas, no tienen mayor amplitud de miras y una
opinión más libre, cómo no entienden las exigencias de los nuevos tiempos y no
sienten la necesidad de los hombres de aproximarse unos a otros, de buscar
juntos un modo de vida más digno y más sano…
—¡Con los clubes jacobinos!
—Pero, padre Julijan, hace ya tiempo que los clubes
jacobinos no existen, ni siquiera en Francia.
—No existen porque se han trasladado a los ministerios y a
las escuelas.
—Sí, pero aquí no tienen escuelas, no tienen nada, y
cuando un día la civilización llegue hasta ustedes, ya no serán capaces de
absorberla y permanecerán divididos, confusos, una masa amorfa, sin dirección
ni objetivos, sin lazos orgánicos con la humanidad, aislados de sus
compatriotas e incluso de sus propios paisanos.
—Pero con la fe en Dios, señor mío.
—¡Con fe, con fe! Pues no son los únicos que creen en
Dios. Creen en Él millones de personas. Cada uno a su manera. Pero eso no le da
derecho a nadie a apartarse y recluirse en una soberbia malsana, volviendo la
espalda al resto del género humano e incluso a los seres que le son más
próximos.
La gente empezó a salir de la iglesia, aunque las voces
aún resonaban y gemían como una campana al viento cuyo tintineo se va
debilitando. Por fin apareció la señora Daville e interrumpió esa discusión
interminable.
Comieron en el monasterio y luego regresaron a Travnik.
Fray Julijan y des Fossés continuaron su debate durante la comida. Luego se
separaron, para siempre, despidiéndose como los mejores amigos del mundo.
Daville llevó a des Fossés a una audiencia del visir, para
que le rindiera pleitesía y se despidiera. Así pudo ver por última vez a
Ibrahim bajá. Estaba más lento y sombrío que nunca, hablaba con una voz
profunda y ronca y mascullaba las palabras pausadamente, moviendo la mandíbula
inferior como si las triturara. Con los ojos enrojecidos y fatigados, y casi
con rabia, se esforzaba por mirar al joven. Era evidente que sus pensamientos
estaban lejos de allí, que difícilmente entendía a esa juventud que se dirigía
a alguna parte, se despedía y viajaba, que no le apetecía entender y que lo
único que deseaba era liberarse cuanto antes.
También la visita al consulado austríaco fue rápida y
salió bien. El coronel lo recibió con una especie de dignidad triste, pero
amable y pidió disculpas porque la señora von Mitterer, a causa de una fuerte y
persistente migraña, no podía decirle adiós.
Con Daville, las cosas fueron más complicadas y aburridas.
Además de los informes escritos, el joven tuvo que llevar numerosos mensajes
orales, intrincados y matizados. Según se aproximaba el día de la partida,
estos mensajes variaban y eran acompañados de mayores reservas y más mensajes.
Al final, des Fossés no sabía muy bien lo que tenía que decir de la vida en
Travnik y del trabajo en el consulado, porque el cónsul le enumeraba múltiples
quejas, ruegos, observaciones y consideraciones; unas eran sólo para el
ministro en persona, otras para el ministro y el ministerio, algunas para des
Fossés y otras para todo el mundo. La cautela, sutileza y pedantería de esos
innumerables recados confundían al joven, le provocaban ganas de bostezar y de
pensar en cosas muy diferentes.
El último día del mes de octubre, el canciller se puso en
marcha, en medio de un frío punzante y de las primeras celliscas, igual que
cuando había venido.
Travnik no es una de esas ciudades que se va perdiendo de
vista progresivamente mientras uno se aleja, sino que se desvanece de repente
en su agujero. Así se hundió en el recuerdo del joven. Lo último que vio fue la
fortaleza, pequeña y reducida, como un casco, y junto a ella la mezquita con su
alminar, exquisito y delicado cual penacho. A la derecha de la fortaleza en el
roquedal, en la cuesta, se distinguía la enorme y vetusta casa en la que hacía
poco había visitado a Cologna.
Mientras se alejaba por el hermoso camino llano de Turbe,
des Fossés pensaba en él, en su destino y en aquella extraña conversación
nocturna que mantuvieron.
«… Porque vive aquí, pero sabe que es temporal y que más
pronto o más tarde regresará a su país, a una vida mejor y más digna. Se
despertará de su pesadilla y se liberará, pero nosotros jamás, porque para
nosotros es nuestra única vida».
Igual que aquella noche, en la habitación repleta de humo,
sentado a su lado, sintió una vez más el hálito que emanaba y vibraba alrededor
del médico —como una intensa emoción— y escuchó sus susurros proferidos en tono
cálido y confidencial:
—A la postre, cuando llega el final, el verdadero final,
fuere como fuere, todo sale bien y reina la armonía.
Así abandonó des Fossés Travnik, acordándose sólo del
desdichado «doctor ilirio» y pensando por unos instantes en él.
Pero sólo por unos instantes, porque la juventud no se
detiene en los recuerdos ni medita demasiado tiempo sobre las mismas cosas.
XVIII
En el consulado francés se había creado desde los primeros
días ese verdadero ambiente hogareño que tanto depende de la mujer, contra la
que ningún cambio ni golpe puede hacer nada frente a la realidad cotidiana del
sentimiento familiar, una vida con nacimientos, muertes, penas y alegrías, con
encantos desconocidos para el mundo exterior que irradiaba fuera del consulado
y que consiguió lo que ni la fuerza, ni los sobornos, ni la persuasión habían
logrado: aproximó, al menos hasta cierto punto, a los habitantes de la legación
y a los de la ciudad. Y eso, a pesar del odio que, como ya hemos visto, seguía
provocando el consulado como tal.
Ya dos años atrás, cuando la familia Daville perdió
repentinamente a su hijo, todos los hogares, sin distinción, quisieron saber
los detalles de la desgracia que todas las familias habían compartido. Todavía,
mucho después de este suceso, la gente se volvía con simpatía y lástima hacia
la señora Daville cuando ésta hacía alguna de sus escasas salidas a la ciudad.
Además, los criados y las mujeres de Dolac y de Travnik (sobre todo las
hebreas) fueron contando por todo el lugar historias referentes a la armoniosa
vida familiar, las «manos de oro» de la señora Daville, su habilidad, su
sentido de la economía, su nobleza y pulcritud. Incluso en las casas turcas,
donde no se hablaba de los consulados extranjeros sin escupir
supersticiosamente, se conocían todos los pormenores sobre cómo la mujer del
cónsul francés bañaba y dormía a sus hijos, cómo los vestía, cómo los peinaba y
hasta el color del lazo con el que recogía sus cabellos.
Por todo esto, resultaba natural que todas las mujeres de
la ciudad siguieran con interés y preocupación el embarazo y parto de la señora
Daville, como si se tratara de una vecina más. Se calculaba en «qué mes estaba»
y se comentaba si llevaba bien o mal la gestación, en qué medida iba cambiando
y los preparativos que hacía para el sobreparto. Podía advertirse entonces lo
importantes y trascendentes que eran el nacimiento y la maternidad en la vida
de aquella gente, una vida por lo demás pobre en novedades y alegrías.
Y cuando llegó el momento, se presentó en el consulado la
vieja Matisicka, viuda de un mercader respetado, pese a su vida descarriada,
que era considerada la mejor comadrona de todo Dolac. Esta matrona, sin la que
no se producía un parto en las casas de los ricos, hizo correr más historias
aún sobre la señora Daville en tanto que madre y ama de casa. Contaba con todo
lujo de detalles el orden que reinaba en la mansión y las cosas agradables y
hermosas que allí ocurrían. Una casa que estaba limpia como una patena, olía
bien y siempre, hasta el último rincón, estaba caldeada e iluminada. Hablaba de
la esposa del cónsul que hasta el último momento, cuando ya habían empezado los
dolores, seguía organizando y disponiendo, dando órdenes desde la cama «sólo
con una mirada»; de su devoción y de su increíble paciencia y capacidad de
aguantar el dolor; y por fin, del comportamiento del cónsul, que derrochaba
dignidad y amor, como ninguno de sus hombres lo haría jamás. Todavía muchos
años después, la vieja Matisicka citaba el ejemplo de la señora Daville a las
parturientas jóvenes, que se alteraban demasiado y eran presa del pánico, para
avergonzarlas y tranquilizarlas.
El bebé que vino al mundo a finales de febrero fue niña.
Las familias de Travnik y de Dolac empezaron a enviar los
regalos tradicionales. (Entonces pudo verse hasta qué punto los travniqueses,
aunque no se habían resignado con la existencia de los consulados, al menos se
habían aproximado a la familia de Daville). Las matronas de Dolac, con las
mejillas sonrosadas y bien tapadas, con abrigos forrados de satén, andaban con
paso ligero y solemne, como patos sobre el hielo. Detrás de cada una de ellas
caminaba cauteloso un aprendiz aterido de frío, las orejas rojas y sin poder
secarse el agüilla helada que goteaba de su nariz, porque en los brazos
extendidos llevaban los regalos envueltos. Muchas de las mujeres de los beyes
enviaron obsequios y a una gitana para que se interesara por la señora Daville.
En la habitación de la parturienta, los presentes se alineaban ordenados.
Bandejas con baklavas; urmasicas, colocadas transversalmente igual que troncos
para leña; rollos de tela de seda; garrafas y botellas con rakija y malvasía,
con hojas de plantas verdes a guisa de tapón.
La señora von Mitterer participó esta vez en el feliz
acontecimiento con el mismo ardor que tiempo atrás había compartido el duelo
por la muerte del hijo de los Daville. Su regalo para el bebé fue un bonito y
valioso medallón italiano de oro con flores de esmalte negro y diamantes. Sin
embargo, no pudo abstenerse de contar la historia enrevesada y conmovedora de
la joya. Durante esos días volvió en repetidas ocasiones, un poco decepcionada
al ver que todo había sido tan sencillo y tan fácil, sin sorpresas imprevistas
ni grandes emociones. Se sentaba al lado de la parturienta y hablaba extensa e
inconexamente sobre el futuro que le esperaba a la criatura, del sino de las
mujeres en la sociedad y del destino en general. Desde la blancura de sus
sábanas, la señora Daville, menuda y pálida, la miraba y escuchaba sin dar
muestras de entender.
El regalo más grande y más hermoso fue el del visir. Era
un enorme ataifor[40] lleno de baklavas, cubierto primero por una tela de seda
y luego por una gran pieza de brocado de Brusa rojo claro. Lo llevaban varios
criados e iban precedidos por un servidor del konak. Así atravesaron el bazar
justo al mediodía.
D’Avenat, que siempre se enteraba de todo, averiguó con
cuántas dificultades había salido el ataifor del konak, dificultades que,
naturalmente, había planteado el haznadar. Como siempre, Baki había intentado
reducir los gastos y escatimar los regalos que hacía el visir.
El primer paso fue la elección de la fuente y las
consultas en torno a la tela que se debía obsequiar. El visir había ordenado
que pusieran las baklavas en el ataifor más grande que hubiera en el konak.
Baki empezó señalando que no era necesario enviar nada, porque no era costumbre
entre los francos, pero viendo que esto no surtía efecto escondió la bandeja
más grande y la sustituyó por una más pequeña. La treta no sirvió de nada
porque los criados de Tahir bey la encontraron. El haznadar gritaba con voz aflautada,
ahogada por la cólera:
—Podéis coger una más grande aún. El patio entero les
podéis regalar, eso es lo mejor, eso es; regaladlo todo, repartidlo, de todos
modos, aquí no se hace más que derrochar.
Cuando vio que elegían la mejor pieza de tela para cubrir
el regalo volvió a gritar, se arrojó al suelo, se tumbó en el paño y se enrolló
por los extremos.
—¡No, no lo haréis, no lo permitiré! Bandidos, glotones,
¿por qué no regaláis vuestras cosas?
A duras penas lograron separarlo del valioso trozo de tela
y cubrir el ataifor. Baki siguió gimiendo como si estuviera herido, maldiciendo
a todos los cónsules y consulados del mundo entero, todos los nacimientos y a
las parturientas, las tradiciones estúpidas y los sobrepartos, incluso al
propio visir, el pobre, que ya no era capaz de prohibir ni conservar lo poco
que tenía, y escuchaba a ese loco manirroto del teftedar, repartiendo y
regalando a diestro y siniestro al turco y al infiel.
La niña que había nacido en el consulado francés fue
bautizada un mes más tarde, cuando el frío remitió. La pequeña recibió el
nombre de Eugénie Stéphanie Annonciade y fue inscrita en el registro de bautismo
de la parroquia de Dolac el día 25 de marzo de 1810, víspera de la Anunciación.
Ese año, tranquilo y lleno de buenas promesas, trajo a
cada uno algo de lo que deseaba y esperaba.
Von Mitterer obtuvo por fin instrucciones claras sobre
cómo debía comportarse con el cónsul francés. («En el trato personal,
agradable, incluso cordial, pero en público, ni delante de los turcos ni
delante de los cristianos, debe mostrarse ninguna señal de amistad, sino
circunspección y cierta frialdad digna», etc). Armado de estas instrucciones,
el coronel se movía con más facilidad y, hasta cierto punto, con más
naturalidad. Los inconvenientes los planteaba ahora Ana María, que nunca
aceptaba instrucciones de nadie ni quería oír hablar de mesura y contención.
Los esponsales y el matrimonio de la princesa austríaca
María Luisa con Napoleón trajeron grandes emociones a Ana María. Siguió, a
través de los periódicos de Viena, todos los pormenores de la ceremonia, se
sabía los nombres de todas las personalidades que participaron en el evento y
recordaba cada palabra que, según los periódicos, se había pronunciado para la
ocasión. Y cuando leyó en alguna parte que Napoleón, incapaz de esperar
pacientemente la llegada de su prometida imperial en el lugar convenido, se apresuró
a su encuentro en un carruaje corriente, de incógnito, e irrumpió en su carroza
en mitad del camino, a Ana María se le saltaron las lágrimas de la emoción y,
como un huracán, se precipitó en el gabinete de su marido para decirle que ella
siempre había tenido razón cuando declaraba que el corso era un hombre
extraordinario, un ejemplo único de grandeza y sensibilidad.
Aunque era Semana Santa, Ana María visitó a la señora
Daville para contarle todo lo que había leído y compartir con ella la
admiración y el entusiasmo.
La francesa aprovechaba esos días de abril
excepcionalmente soleados para dedicarse con ahínco al jardín.
Ya desde el primer año, la señora Daville tenía a su
servicio a Munib, un jardinero sordomudo, apodado Gruñón. La mujer se había
acostumbrado tanto a él que mediante gestos de la cara y con las manos hablaban
sin dificultad de todo lo relacionado con las plantas y flores. Y no sólo de
ellas; empleaban signos para charlar de muchas cosas, de los acontecimientos en
el pueblo, de los jardines del konak y del consulado austríaco, y sobre todo de
los niños.
Gruñón vivía con su joven esposa en una de las casuchas al
pie del barrio de Osoj. Su casa estaba limpia y ordenada y su mujer era fuerte,
bella y hacendosa, pero no tenían hijos y se sentían muy tristes por ello. De
ahí que Gruñón mirara conmovido a los hijos de la señora Daville, cuando iban a
verlo trabajar. Siempre pulcro, rápido y ágil, se afanaba como una hormiga y,
sin interrumpir sus quehaceres, les sonreía con toda la cara curtida y
arrugada; sonreía como sólo saben sonreír los que no pueden hablar.
Con un gran sombrero de ala ancha de paja en la cabeza, la
señora Daville vigilaba el abono, de pie junto al jardinero que cavaba, y ella
misma desmenuzaba con los dedos terrones de tierra y preparaba los amates
necesarios para plantar una variedad especial de jacintos que había conseguido
aquella primavera. Cuando le anunciaron que la señora von Mitterer iría a
visitarla, recibió la noticia como un chaparrón, como si fenómeno natural le
impidiera seguir trabajando, y fue a cambiarse.
En un rincón iluminado y cálido, en el que las ventanas y
las paredes estaban forradas de lienzo blanco, las dos damas tomaron asiento
para intercambiar un sinfín de palabras y de bellos sentimientos. Ana María se
encargaba de unas y otros, porque su locuacidad y su sensiblería paralizaban
por completo a la señora Daville. El único tema fue el matrimonio imperial. La
señora von Mitterer no ignoraba nada. Sabía el número y rango de las personas
presentes en la iglesia, la longitud del manto de María Luisa, que llevaban
cinco reinas de verdad, y era de pesado terciopelo, medía nueve pies, y estaba
bordado con abejas de oro, las mismas que se ven en el escudo de la familia
Barberini que, como es sabido, había dado infinidad de papas y hombres de
Estado que, como también era sabido…
La cháchara de Ana María finalizaba en algún lugar del
pasado remoto y con incomprensibles exclamaciones de pura exaltación.
—¡Ah, tenemos que estar contentas de vivir en estos
tiempos grandiosos, aunque quizá no seamos conscientes ni sepamos apreciar su
auténtica magnitud! —decía Ana María abrazando a la señora Daville, que lo
soportaba todo ante la imposibilidad de apartarse y defenderse, y que desde
siempre había sido feliz viviendo sin bodas imperiales ni datos históricos,
satisfecha con que sus hijos estuvieran sanos y que las cosas marcharan bien en
su hogar.
Luego siguió la historia del gran emperador que como un
viajero vulgar, con un uniforme corriente, corría por la carretera e irrumpía
repentinamente en la carroza de su real prometida, sin poder aguardar ni un
minuto el encuentro protocolario.
—¿No es maravilloso? ¿No es increíble? —exclamaba la
austríaca.
—En verdad que lo es —contestaba la señora Daville, aunque
en realidad no veía cuál era la diferencia y dónde estaba aquí la grandeza,
pues ella, por naturaleza, habría preferido que el prometido esperara a la
novia en el lugar convenido sin infringir las normas.
—¡Ah, grandioso, simplemente es grandioso! —replicaba Ana
María quitándose el fino chal de cachemir.
Tanta emoción la sofocaba, pese a llevar un ligero
vestido, una belle assemblée rosa, demasiado liviana para aquella época del
año.
La señora Daville, por pura cortesía y no ser menos que la
señora von Mitterer, deseaba decir algo bonito y agradable. Para ella, las
maniobras y costumbres de los soberanos y grandes personajes eran cosas ajenas
y remotas de las que no tenía una idea exacta y sobre las que no se sentía
capaz de opinar incluso aunque hubiera querido mentir o disimular. Así que para
decir algo, le contó a Ana María lo que planeaba hacer con la nueva variedad de
jacintos, explicando entusiasmada el aspecto que tendrían los cuatro arriates
de jacintos multicolores que ocuparían el centro del gran jardín. Le enseñó las
cajas donde estaban colocados, según el color de las flores, los bulbos
marrones, informes y rugosos de esos futuros jacintos.
En un cajón aparte estaba la raíz de una variedad
particularmente noble de jacintos blancos, que había traído un correo de
Francia, y de la que la señora Daville se sentía muy orgullosa. Una banda de
estos jacintos atravesaría en diagonal los cuatro macizos uniéndolos como un
lazo blanco. Nadie poseía allí una variedad tan rara por su aroma, color y
tamaño. Le contó las dificultades que había tenido para conseguir una especie
tan valiosa, pero añadió que, al fin y al cabo, no había resultado tan caro.
—Ah, ah —exclamó Ana María, todavía excitada por el asunto
de la boda—, es magnífico. Serán los jacintos imperiales en este país salvaje.
Ah, querida, bauticemos esta variedad de jacintos y llamémosla «Alegría
nupcial» o «Novio imperial», o…
Eufórica por sus propias palabras, siguió buscando nombres
nuevos, y la señora Daville daba su consentimiento a todo, como si hablara con
un niño al que era inútil contradecir so pena de prolongar indefinidamente la
discusión.
Después de esto la conversación fue decayendo, porque,
cuando dos personas hablan, las palabras se encienden e inflaman unas a otras,
mientras que las de las dos mujeres se cruzaban sin rozarse, cada una por su
lado, sin encontrarse jamás. No podía ser de otro modo, pues Ana María se
entusiasmaba con lo que le resultaba lejano y ajeno, y la señora Daville sólo
con lo que le era cercano y guardaba una estrecha relación con ella y con los
suyos.
Al final —todas las conversaciones con la señora Daville
terminaban siempre así—, vinieron los niños a saludar y a desear los «buenos
días» a los invitados. Se presentaron los dos muchachos, ya que la niña, que
apenas tenía dos meses, dormía en su cuna de tul blanco, bien alimentada y
arropada.
Pierre, que contaba ocho años y era menudo y pálido,
vestía un traje de terciopelo azul oscuro con cuello de encaje blanco, era
guapo y dulce como un niño de coro. Llevaba de la mano a su hermano menor, Jean
Paul, un pequeño robusto y saludable de bucles rubios y mejillas sonrosadas.
A Ana María no le gustaban los niños, igual que a la
señora Daville no se le ocurría que alguien pudiera sentir indiferencia por
ellos. El tiempo pasado en compañía de los niños era para Ana María tiempo
perdido. En su presencia la invadían un vacío y un aburrimiento inmensos. Esos
cuerpos tiernos que aún crecían le repelían como algo crudo e inmaduro y le
producían una sensación de malestar físico y un temor incomprensible. Dicha
sensación la avergonzaba (ni ella misma sabía por qué) y la ocultaba tras palabras
dulces y grititos alegres con los que siempre se acercaba a los niños. Pero en
su interior, en lo más profundo de su ser, le repugnaban y sentía miedo de esos
pequeños seres que nos contemplan con sus grandes ojos nuevos, penetrantes e
interrogantes, fríos y severos como los de los jueces. (O al menos eso le
parecía a ella). A menudo bajaba la vista ante la mirada prolongada de los
chiquillos, mientras que jamás le sucedía eso con los adultos, probablemente
porque éstos son con frecuencia jueces sobornables o cómplices voluntarios de
nuestras debilidades y vicios.
Ahora Ana María tenía esa sensación de tedio y malestar en
presencia de los niños, pero a falta de una alegría sincera que expresar ante
las criaturas, los besó efusivamente tomando el entusiasmo necesario para ello
de las inagotables reservas que le provocaba la emoción del matrimonio imperial
en París.
Cuando por fin se despidió, Ana María caminó con paso de marcha
nupcial entre los macizos recién plantados, mientras que desde el umbral la
observaban la señora Daville y los niños asombrados. Ya en la puerta del jardín
se dio la vuelta, agitó la mano y apuntó que deberían verse más a menudo, para
hablar largo y tendido de las cosas maravillosas y sublimes que estaban
ocurriendo.
Este arrebato de la señora von Mitterer no le parecía al
coronel muy acorde con las instrucciones que había recibido, pero tanto él como
toda la casa estaban encantados de que Ana María hubiera encontrado un motivo
lejano, inofensivo y duradero para entusiasmarse. Porque para ella, ese año, no
existió Travnik ni la vida mezquina y penosa del consulado. Incluso olvidó la
cuestión del traslado de su marido y vivió sólo inmersa en la atmósfera de la
feliz pareja imperial, de la reconciliación general y la unión mística de todos
los antagonismos del mundo. Así eran sus conversaciones, su comportamiento y su
música. Se sabía los nombres de las damas de la corte de la nueva emperatriz de
Francia, la cuantía, la forma y las excelencias de los regalos de boda, cómo
vivía y disponía de su tiempo María Luisa. Seguía con suma tolerancia el
destino de Josefina, la emperatriz repudiada. De este modo, su necesidad de
derramar lágrimas encontraba también un motivo lejano y digno, lo que ahorró al
coronel muchos momentos desagradables.
También en el consulado francés, la vida transcurrió ese
año sin cambios ni conmociones. A finales del verano, Daville envió a su hijo
mayor a Francia, al liceo. Igualmente, el hijo de d’Avenat fue admitido como
pupilo del Estado, por recomendación de Daville y partió hacia París.
D’Avenat estaba loco de felicidad y de orgullo. Moreno y
quemado como un tizón, no era capaz de manifestar su alegría como el resto de
las personas, pero todo su cuerpo temblaba de la cabeza a los pies cuando le
dio las gracias a Daville, asegurándole que estaba dispuesto a dar su vida por
el consulado en cualquier momento, tan grande era el amor que sentía por su
hijo y el deseo de garantizarle una vida mejor, más bella y digna que la suya
propia.
Podía decirse que ese año había sido feliz, porque se
había deslizado de manera monótona, tranquila e imperceptible.
En Dalmacia reinaba la paz, en las fronteras no había
enfrentamientos. En el konak no sucedía nada. Los cónsules se veían durante las
fiestas, sin mantener contactos más cordiales y estrechos, como hasta entonces,
y no se perdían de vista el uno al otro cuando de trabajo se trataba, pero sin
odio ni celo excesivo. La gente de todas las religiones se acostumbraba poco a
poco a los consulados y cuando se vio que todas las dificultades y obstáculos
con los que se habían encontrado hasta entonces no los habían expulsado de
Travnik, los travniqueses se resignaron y empezaron a contar con ellos en todos
los asuntos y acontecimientos.
Así transcurría la vida en la ciudad y en los consulados,
del verano al otoño y del invierno a la primavera, sin más incidentes ni
cambios que los que traen el día a día y el paso de las estaciones del año.
Pero la crónica de los años felices y tranquilos era
breve.
XIX
El mismo correo que en abril de 1811 llevó a Travnik la
noticia de que Napoleón había tenido un hijo que recibiría el título de Rey de
Roma entregó a von Mitterer el decreto que ordenaba su traslado de Travnik y su
puesta a disposición del ministerio de la Guerra. Ahí estaba la salvación que
el coronel y su familia esperaban hacía años. Pero, ahora que ya estaba allí,
parecía muy simple, lógica, y como todas las salvaciones llegaba demasiado
tarde y demasiado pronto. Tarde, porque no podía modificar ni dulcificar todo
lo que se había padecido esperándola; pronto, porque como cualquier cambio
abría una serie de cuestiones (mudanzas, dinero, carrera), en las que no se
había pensado antes.
Ana María, que en los últimos meses había estado
increíblemente tranquila y discreta, rompió a llorar, porque como todas las
personas de su especie, lloraba por una enfermedad y su remedio, por un deseo y
por la consecución del mismo. Y sólo una escena tempestuosa con el coronel, en
el curso de la cual ella le reprochó todo lo que él, si hubiera querido y
podido, debería haber recriminado a su esposa, le dio la fuerza suficiente y el
estímulo para empezar a hacer las maletas.
Unos cuantos días después llegó, para hacer el relevo con
von Mitterer, el nuevo cónsul general austríaco, el teniente coronel von
Paulich, que hasta el momento había estado al frente de un regimiento de
frontera en Kostajnica.
La entrada del nuevo cónsul austríaco, en un día radiante
de abril, fue muy ceremoniosa y solemne, aunque el visir no envió a un gran
número de gente a su encuentro. Von Paulich, un hombre joven y apuesto, que
cabalgaba sobre un magnífico caballo, atrajo todas las miradas y provocó la
curiosidad y la admiración secreta de aquellos que jamás osarían reconocerlo.
Todo en él y en su séquito era impecable, brillante y reluciente, como en un
desfile. Los que lo vieron contaron a los que ese día no se hallaban en el
bazar o no se asomaron a la ventana lo fuerte y gallardo que era el nuevo
cónsul austríaco («¡Que Dios lo proteja aunque sea un infiel!»).
Cuando dos días más tarde, en cortejo oficial, el nuevo
cónsul acompañado de von Mitterer se encaminó al primer Diván del visir,
sucedió un milagro inesperado. La gente, que contemplaba la comitiva, buscaba
con la mirada a ese nuevo cónsul y no apartaba los ojos de él mientras se
alejaba. Las mujeres turcas lo observaban detrás de las celosías, los niños se
encaramaban a las vallas y a los muros, pero de ninguna parte salió una voz ni
una palabra insultante, aunque los turcos de las tiendas permanecieron tan
inmóviles y ceñudos como siempre.
Así pasó la comitiva del nuevo cónsul y así regresó del
konak.
Von Mitterer, que había contado a von Paulich cómo habían
sido recibidos él y su colega francés hacía unos años, al atravesar por primera
vez Travnik, quedó muy desilusionado por este cambio y, en un acceso de
malhumor, que semejaba mucho un ataque de envidia, le refirió al nuevo cónsul
con todo lujo de detalles las ofensas que en su momento le habían infligido a
él. En su voz se percibía el dolor y un leve reproche, como si él, von
Mitterer, con sus padecimientos hubiera abierto el camino a su sucesor, haciéndolo
más fácil y agradable.
Sin embargo, el nuevo cónsul general de Travnik era un
hombre de esos que parecen tener todos los caminos abiertos.
Paulich procedía de una acaudalada familia de Zagreb
germanizada. Su madre era una alemana de Estiria, nacida en la ilustre casa de
los von Niedermayer. Contaba treinta y cinco años y poseía una insólita belleza
varonil. Era esbelto, de piel delicada, pequeños bigotes castaños que
sombreaban su boca, grandes ojos oscuros en los que una pupila azul marino
brillaba desde las profundidades, el cabello rizado natural, cortado y peinado
a la manera militar. Todo él irradiaba algo puro y monacal, frío y sosegado,
pero sin rastro de esas luchas internas y escrúpulos que tan a menudo marcan
con un sello tortuoso el aspecto y la conducta de muchos monjes. Ese hombre,
excepcionalmente apuesto, se movía y vivía como si estuviera dentro de una
coraza glacial tras la que se perdía cualquier huella de vida personal o
debilidades humanas y necesidades. Igual era su conversación, concreta, amable
e impersonal, así como su voz profunda, y su sonrisa que, de vez en cuando, con
sus dientes blancos y regulares, iluminaba la cara inmóvil cual claro de luna
helado.
Este tranquilo individuo era el hijo prodigio de una rica
familia, un portento de buena memoria y madurez precoz, y uno de esos alumnos
extraordinarios que sólo aparecen una vez cada diez años, para los que la
escuela no supone ningún problema y que aprueban dos cursos de golpe. Los
padres jesuitas, con los que había estudiado, habían llegado a pensar que con
él su orden contaría con una de esas personalidades excelsas que se convierten
en piedra angular de una institución. Sin embargo, cuando tenía catorce años,
el muchacho volvió, de repente, la espalda a los curas, frustrando todas sus
esperanzas y se decidió por la vocación militar. A ello contribuyeron sus
progenitores, sobre todo, su madre, cuya familia gozaba de una rica tradición
castrense. Así dejó de ser el niño que asombraba a sus profesores de lenguas
clásicas por la rapidez de su juicio y el volumen de sus conocimientos, para
convertirse en un cadete esbelto y enérgico al que todos vaticinaban un gran
futuro, y luego en un joven oficial que no bebía ni fumaba ni tenía aventuras
con mujeres ni enfrentamientos con sus superiores ni duelos ni deudas. Su
compañía era la que mejor se mantenía y la mejor pertrechada, él era el primero
en los exámenes y en las maniobras, y todo eso sin el celo que, como una sombra
desagradable, acompaña en su ascenso a las personas ambiciosas.
Al terminar los estudios y todos los cursos siendo el
primero de su promoción, von Paulich, de nuevo en contra de las expectativas de
sus superiores, eligió el servicio en la frontera, destino este que normalmente
solían ocupar oficiales con menos conocimientos y peor preparados. Aprendió
turco, se familiarizó con las actividades sobre el terreno, los métodos de
trabajo, los hombres y las circunstancias. Y cuando las demandas reiteradas de
von Mitterer acabaron atrayendo la atención del ministerio, afortunadamente
apareció von Paulich como ese familienloses Individuum, por el que clamaba el
coronel desde Travnik.
Von Mitterer, extenuado y amedrentado por la complejidad
de la vida, observaba al recién llegado y su inusual forma de trabajar. A sus
ojos y entre sus manos, todos los asuntos adquirían una claridad transparente y
encontraban de manera fácil y natural su lugar en el tiempo y en el espacio,
así que eran imposibles la acumulación y el desorden, la aceleración y el
retraso. Todos finalizaban lisa y espontáneamente, como una operación
aritmética exacta. El mismo von Paulich estaba muy por encima y al margen de
todo eso, inescrutable e inaccesible, y participaba en las tareas sólo como
conciencia y fuerza que las distribuía, dirigía y resolvía. Él no sabía lo que
era una duda, una debilidad irresistible, ignoraba las simpatías e
idiosincrasias, y esas sombras afectivas que rodean a las personas y al
trabajo, que se sitúan delante de nosotros y nos desconciertan, confunden y
frenan, y tan a menudo imprimen a nuestra labor una dirección que no deseamos.
Ninguna de esas cargas pesaba sobre él. Al menos eso le parecía al bueno de von
Mitterer, que tenía la impresión de que ese hombre obraba como un espíritu
superior o una naturaleza insensible.
Una mudanza saca a la luz la vida de uno hasta en los
detalles más ocultos. Von Mitterer tuvo ocasión de observar y comparar su
traslado (sobre el que habría preferido no pensar si la señora von Mitterer se
lo hubiera permitido) con el de su extraordinario sucesor. Al igual que en el
trabajo, todo se desarrolló sin problemas, ni desorden en el equipaje ni
confusión entre los criados. Las cosas encontraban solas su sitio, eran útiles,
sencillas, con un número y un uso bien determinado. Los sirvientes se entendían
con la mirada, sin palabras, ni llamadas ni órdenes impartidas en voz alta. No
había nada dudoso, ni sombra de malhumor, vacilación o caos en ninguna parte.
Siempre y en todo, la operación aritmética exacta.
Lo mismo sucedió cuando el teniente coronel recibió el
inventario y se trató del funcionamiento del personal del consulado general.
Al hablarle de Rotta como su principal colaborador, von
Mitterer, involuntariamente, bajó los ojos y su voz se volvió insegura.
Alargando las palabras, dijo que el intérprete era un poco… bueno… un poco
especial, y que no estaba precisamente limpio de polvo y paja, pero que era muy
útil y leal. Von Paulich, a lo largo de la conversación, miraba hacia un lado,
un poco como de soslayo. Sus grandes ojos se reducían y un centelleo helado y
maligno brillaba en las comisuras externas. Escuchaba todas las explicaciones
de von Mitterer mudo y frío, sin una señal de aprobación o censura,
reservándose evidentemente la decisión final sobre eso y sobre el inventario
que asumía, según sus ideas y sus cálculos en los que no tenía cabida ningún
error.
Von Paulich, tal como era, al aparecer de repente en
Travnik delante de Ana María en plena agitación, debía atraer inevitablemente
su atención y provocar su constante y nunca satisfecha necesidad de admiración
amorosa y su oscuro deseo de armonía espiritual. Ella lo bautizó de inmediato
como «Antinoo de uniforme», lo que fue recibido por el teniente coronel sin
palabras y con la cara impasible, como algo que ni tenía ni podía tener ninguna
relación con él y con el mundo a su alrededor. Le habló de sus estudios
musicales. El nuevo cónsul carecía de oído musical y no lo ocultaba ni hubiera
podido hacerlo de haber querido, pero tampoco mostraba esa amabilidad hipócrita
con la que las personas poco dotadas para la música participan a menudo en las
conversaciones musicales, como si trataran de hacerse perdonar una falta. Las
charlas sobre mitología y los poetas clásicos tenían más éxito, pero Ana María
no estaba muy fuerte en ese tema y a cada uno de sus pareados, ese teniente
coronel insólito le respondía con una retahíla de versos. En la mayoría de los
casos, él podía recitar de memoria todo el poema del que la señora von Mitterer
se sabía un verso, y además subsanaba el error que ella solía cometer. Pero von
Paulich intervenía en todo esto de manera fría, seria, como si no guardara
relación con él, con el entorno y con los vivos en general. Cada una de las
alusiones líricas femeninas rebotaban en el hombre como un ruido
incomprensible.
Ana María estaba consternada. Hasta ahora, sus galanteos,
y había habido muchos, terminaban con un desengaño y con la huida, pero en sus
«andanzas» siempre había conseguido que el hombre diera el primer paso hacia
delante o hacia atrás o ambas cosas, sin embargo, nunca se había dado el caso
de que él permaneciera impasible, como ese Antinoo sin alma ante el que ella
ejecutaba ahora su juego infructuoso. Esto le suponía una nueva forma,
particularmente cruel, de torturarse a sí misma que se reflejaba de inmediato
en la vida de la casa. (Rotta había dicho ya el primer día en la oficina,
expresándose con esa lengua irreverente con la que los funcionarios de bajo
rango y mezquinos hablan de sus superiores, que «a la señora esta vez le iba a
costar hacerse con el papel principal»). Mientras que von Mitterer introducía
al nuevo cónsul en el cargo, Ana María deambulaba por la casa, modificaba las
instrucciones de su marido, se sentaba en los baúles llenos y lloraba;
ofuscada, tan pronto retrasaba la partida como la aceleraba; por la noche
sacaba del primer sueño a su esposo para arrojarle a la cara todos los
reproches e injurias que se le habían ocurrido mientras él dormía.
Cuando terminaron de embalar, quedó claro que nada estaba
en su sitio, que nadie sabía dónde se hallaban las cosas ni cómo estaban
empaquetadas. Por fin todo estuvo listo para partir, pero los caballos que el
caimacán había prometido al cónsul no llegaron a tiempo. Ana María pasaba de la
crisis de rabia más atroz al abatimiento más sombrío. Rotta corría, gritaba,
amenazaba. Al cabo de tres días, cuando lograron reunir el número suficiente de
caballos, se hizo evidente que muchos baúles eran demasiado grandes y que había
que volver a embalar. Todo habría terminado en un momento dado si Ana María no
hubiera querido ordenar y ayudar en la tarea, logrando que los objetos se
rompieran y estropearan antes de que emprendieran el viaje. Entre tanto,
alrededor del consulado, acampaba una caravana entera de caballerías y
porteadores.
Por fin, todo fue cargado y expedido y al día siguiente
partió la familia von Mitterer. Ana María, con los labios apretados y los ojos
secos y malévolos, se despidió con frialdad ofensiva del teniente coronel
delante del consulado vacío, en el patio lleno de paja, tablas rotas y huellas
de las monturas. Ella y su hija marcharon las primeras seguidas de von Mitterer
y von Paulich que iban a caballo.
Daville, escoltado por d’Avenat y un guardia, acompañó a
von Mitterer desde el consulado francés hasta el primer cruce. Allí, esos dos
hombres se despidieron y separaron de manera más bien rígida y artificial que
fría e hipócrita, igual que se habían saludado la primera vez en aquellos días
de otoño hacía ya más de tres años, e igual que habían vivido y se habían
tratado durante todo ese tiempo.
En el cruce, Daville todavía pudo ver a las mujeres y a
los niños católicos que se aproximaban a ambos lados del conmovido von Mitterer
y le besaban la mano o lo agarraban con ternura por los estribos, y a la
muchedumbre que a la orilla del camino aguardaba su turno para despedirse.
Con la imagen del último triunfo de von Mitterer en los
ojos, Daville regresó a casa, él mismo conmovido en cierto modo, no por la
partida del coronel, sino por los pensamientos que lo invadían sobre su destino
y los recuerdos que le venían a la mente. La marcha de ese hombre le parecía un
alivio. No porque se librara así de un rival peligroso —pues a juzgar por todo
lo que se oía, el nuevo cónsul era más fuerte e inteligente que von Mitterer—,
sino porque el coronel de rostro amarillento y ojos cansados de mirada triste,
con el tiempo, había llegado a ser como la personificación de la miseria que
compartían, y jamás reconocerían, en ese entorno salvaje. Viniera quien viniera
después, Daville prefería haberse despedido y separado de este hombre difícil
antes que volver a encontrarse y hablar con él.
Alrededor del mediodía, en el primer lugar donde hicieron
un alto en el camino para descansar, a la orilla del Lasva, von Paulich se
despidió de su antecesor. Ana María lo castigó y no le dio ocasión de saludarla
por segunda vez. Dejando que el carruaje siguiera solo por la cuesta, ella
caminó por la linde verde del camino y no quiso volverse hacia el valle, donde
al borde del agua se decían adiós los dos cónsules. Esa congoja que afecta
hasta a las mujeres sanas cuando abandonan un lugar en el que han pasado varios
años de su vida, ya sean buenos o malos, ahogaba ahora a Ana María. El llanto a
duras penas contenido le oprimía la garganta y desfiguraba sus labios. Pero más
que todo eso, le molestaba pensar en el apuesto y glacial teniente coronel, al
que ya no llamaba Antinoo, sino «iceberg», porque opinaba que era más frío que
una estatua de mármol del hermoso héroe griego. (Así lo había designado la
noche anterior para satisfacer su necesidad de bautizar a todo el mundo con un
nombre especial y siempre según la relación del momento con la persona en
cuestión). Rígida y solemne, avanzaba por el camino de montaña como si
ascendiera hacia una altura trágica y sublime.
Paralela a ella, por la orilla interior de la calzada, iba
su hija Ágata, muda y temerosa. Al contrario que su exaltada madre, la niña no
tenía la sensación de ascender majestuosamente, más bien sentía apesadumbrada
que bajaba al abismo. Las lágrimas también reprimidas pugnaban por salir, pero
por razones muy distintas. Ella era la única que de verdad lamentaba marcharse
de Travnik y abandonar el silencio y la libertad del jardín y de la galería,
que temía llegar a la grande y despiadada Viena donde no había paz ni cielo ni
horizontes, en la que las casas ya en la puerta exhalaban un hedor nauseabundo
que paralizaba su corazón, y en la que tendría constantemente ante sus ojos a
esa madre suya, de la que hasta en sueños se avergonzaba.
Pero Ana María no advirtió que su hija también contenía el
llanto a duras penas. Había olvidado su presencia y sólo musitaba palabras
entrecortadas y furiosas, rencorosa contra su marido porque se entretenía tanto
y «porque festejaba a ese iceberg inhumano», en lugar de volverle la espalda
con frialdad, igual que había hecho ella. Mientras así murmuraba, sentía que el
viento alzaba el velo ligero, largo y verde que pendía de su sombrero de viaje,
que lo hacía volar y flotar. Esto le pareció hermoso y enternecedor; su estado
de ánimo cambió y mejoró de repente, a sus propios ojos resultó ensalzada de
tal manera que todos los detalles de su vida hasta ese momento se desvanecieron
y se vio a sí misma como una víctima gloriosa que, ante las miradas maravilladas
del mundo entero, caminaba hacia el sacrificio.
Esto sería lo único que obtendría de ella ese hombre
gélido e insensible. Sólo su figura borrosa en el horizonte y el último mensaje
orgulloso de su velo que se alejaba y perdía implacable.
Sumida en tales pensamientos, subía la colina y caminaba
como si estuviera en un escenario vasto y profundo.
Y abajo, en el valle, sólo su marido observaba el velo
verde de la pendiente y le lanzaba miradas de preocupación, mientras que el
«iceberg», sin advertir nada bajo el cielo, se despedía de él con suma
amabilidad y gentileza.
Pero la sensible y excitable Ana María no era la única a
la que la personalidad del nuevo cónsul había fascinado y luego decepcionado.
Ya durante la primera visita que von Paulich le había
hecho en compañía de von Mitterer, Daville vio que se las tendría que ver con
un hombre absolutamente distinto al coronel. Von Paulich se expresaba con mayor
claridad y libertad en lo que a los asuntos consulares atañía. Incluso se podía
entablar una conversación con él sobre cualquier tema, y en especial, sobre
literatura clásica.
En los siguientes encuentros que mantuvieron, Daville pudo
ver cuán amplio y profundo era el conocimiento que de los textos y comentarios
tenía el teniente coronel. Von Paulich examinó las traducciones de Virgilio que
hacía Delille al francés —que Daville le había enviado— y expuso con precisión
y seriedad su opinión, demostrando que sólo una traducción con la métrica
original era una traducción y criticando que Delille usara (y abusara) de la
rima. Daville defendió a su ídolo Delille, feliz de tener a alguien con quien
poder hablar del tema.
Pero este primer entusiasmo de Daville por la llegada del
austríaco culto y erudito decayó rápidamente. No necesitó mucho tiempo para
darse cuenta de que tras la charla con ese hombre instruido no quedaba nada de
la satisfacción que el intercambio de ideas sobre un tema apreciado con un
interlocutor noble suele dejar en las personas. Hablar con von Paulich suponía
en realidad un intercambio de informaciones, siempre exactas, interesantes y
abundantes a propósito de todo, pero no un intercambio de ideas e impresiones.
No había nada en esa conversación que no fuera impersonal, frío y general y
cuando finalizaba, el austríaco se marchaba con su rico y valioso repertorio de
datos, igual de gallardo, pulcro, glacial y erguido, mientras que Daville
permanecía tan solitario y tan ávido de un buen coloquio como lo estaba antes.
De este intercambio de ideas no quedaba nada ni en los sentidos ni en el alma;
ni siquiera era posible recordar el tono de su voz. El modo que tenía el
teniente coronel de conducir las conversaciones impedía que el interlocutor
jamás llegara a saber algo de él ni a decir nada de sí mismo. En general, todo
lo que era cercano, íntimo y personal rebotaba contra él como contra una pared.
Así que Daville tuvo que abandonar cualquier esperanza de poder compartir su
obra literaria con ese gélido aficionado a la literatura.
Con ocasión del feliz acontecimiento acaecido en la corte
francesa, Daville escribió un poema especial para celebrar el nacimiento del
Rey de Roma y lo envió al ministerio rogando que se hiciera llegar a las más
altas autoridades. El poema empezaba así:
Salut, fils du printemps et du dieu de la Guerre! (¡Salve,
hijo de la primavera y del dios de la guerra!), y expresaba la esperanza de paz
y prosperidad para todos los pueblos de Europa con una alusión a los humildes
artesanos que contribuían a ello en esas «regiones salvajes y tristes».
Daville aprovechó una visita para leer a von Paulich su
poema, pero sin resultado alguno. El militar no sólo no quiso comprender la
referencia a su mutua colaboración en Bosnia, sino que no profirió palabra
alguna ni sobre el poema ni sobre el asunto. Peor aún, seguía mostrando la
misma cortesía y gentileza de que hacía gala en todas las circunstancias. El
cónsul se sintió desilusionado y enojado pero carecía de razones para mostrarse
ofendido.
XX
El periodo que siguió a la paz de Viena (1810 y 1811) y
que hemos denominado los años tranquilos fue en realidad una época de mucho
trabajo para Daville.
Cesaron las guerras, las crisis evidentes y los conflictos
abiertos, pero todo el consulado se dedicó con ardor a los asuntos comerciales,
a reunir información, escribir informes, a expedir certificados sobre el origen
de la mercancía y recomendaciones para las autoridades francesas en Split o
para las aduanas de Kostajnica. «El comercio ha irrumpido a través de Bosnia»,
se decía entre el pueblo, o como el mismo Napoleón dijo en algún lugar: «La era
de los diplomáticos ha terminado y ahora empieza la era de los cónsules».
Tres años atrás, Daville ya había presentado propuestas
para desarrollar el comercio entre Turquía y Francia y los países bajo su
dominación. Recomendó enérgicamente que Francia organizara un servicio de
correos permanente a través de las tierras turcas y que no dependiera ni del
correo austríaco ni del desorden y arbitrariedad de los turcos. Todas estas
sugerencias quedaron arrinconadas en los archivos abarrotados de París. Ahora,
después de la paz de Viena, se hizo evidente que Napoleón deseaba que todo esto
se realizara, y rápidamente, a gran escala y con una amplitud de miras mucho
más ambiciosa de lo que el cónsul de Travnik jamás había osado proponer.
El sistema continental de Napoleón exigía grandes cambios
en la red de vías de comunicación y transporte de mercancías en todo el
continente europeo. La creación de las Provincias Ilirias, cuyo centro era
Ljubljana, debía, en opinión del emperador francés, servir exclusivamente a ese
fin. A causa del bloqueo inglés, las antiguas rutas a través del mar
Mediterráneo, por las que Francia recibía las materias primas procedentes de
Levante, en particular el algodón, habían llegado a ser difíciles y peligrosas.
El comercio tuvo que ser trasladado a las vías terrestres, y la recién creada
Iliria debía servir de enlace entre las tierras turcas y Francia. Esas rutas
siempre habían existido: la ruta de Constantinopla a Viena, a través del
Danubio, y la ruta terrestre desde Salónica, a través de Bosnia, hasta Trieste;
y el comercio entre las regiones austríacas y Levante se había servido de ellas
desde tiempos inmemoriales. Ahora hacía falta ampliarlas y adaptarlas a las
necesidades de la Francia de Napoleón.
En cuanto las primeras circulares y los artículos de los
periódicos permitieron adivinar por dónde iban las ideas de Napoleón, todas las
autoridades e instituciones francesas se lanzaron a una competición general
para ver quién cumpliría mejor y con más celo los deseos del emperador. Una
correspondencia abundante y una colaboración activa se establecieron entre
París, el gobernador general y el intendente de Ljubljana, la embajada en
Constantinopla, el mariscal Marmont en Dalmacia y los cónsules de Francia en
Levante. Daville trabajaba con entusiasmo, remitiéndose con orgullo a sus
informes de tres años atrás que señalaban hasta qué punto sus ideas y visión de
las cosas estaban ya en esa época próximas a las concepciones del emperador.
En el verano de 1811, estos proyectos estaban en plena
ejecución. En los últimos años, Daville había realizado grandes esfuerzos para
que en todos los lugares por los que pasaba la mercancía francesa hubiera
personas de confianza que aseguraran el relevo de postas y que mantuvieran al
menos cierto control sobre los arrieros y la carga. Las cosas avanzaban lenta,
trabajosa y deficientemente, como todo en este país, pero tenían aspecto de ir
mejorando y todo se hacía con naturalidad y alegría, «con las velas impulsadas
por el aliento de Napoleón».
Por fin, Daville tuvo la fortuna de ver cómo una de las
grandes casas comerciales de Marsella, los hermanos Frayssinet, que antes se
dedicaba al transporte de mercancías de Levante por vía marítima, abría una
agencia en Sarajevo. La agencia obtuvo un trato preferencial del gobierno
francés que asimismo alentó a los propietarios para que colaboraran con el
cónsul. Uno de los hermanos Frayssinet, un hombre joven, había llegado a
Sarajevo hacía un mes para dirigir en persona la sucursal, y había acudido a Travnik
para pasar un día o dos, visitar al cónsul y comentar con él el trabajo que se
proponía realizar.
El verano travniqués breve y hermoso estaba en pleno
apogeo.
El día luminoso y límpido, bañado por el sol radiante y el
azul del cielo, vibraba sobre el valle de Travnik.
En la gran terraza, a la sombra del edificio del consulado
se había instalado una mesa y a su alrededor asientos de mimbre. La sombra
rezumaba frescura, aunque se apreciaba el bochorno que se desperezaba en las
casas arracimadas, abajo en el bazar. Las verdes vertientes escarpadas de la
vaguada, donde se evaporaba el calor seco, parecían respirar y palpitar como
los costados de un lagarto verdoso tumbado al sol.
En el jardín, los jacintos de la señora Daville, tanto los
blancos como los multicolores, los de flor doble y los de flor simple, hacía ya
tiempo que se habían marchitado, pero en cambio, por los bordes de los arriates
brotaban pelargonios rojos o las diminutas flores moradas de los Alpes.
A la sombra, alrededor de la mesa, estaban sentados
Daville y el joven Frayssinet. Ante ellos estaban desplegadas las copias de sus
informes, números de Le Moniteur con textos de reglamentos y órdenes, y objetos
de escritorio.
Jacques Frayssinet era un joven rollizo con mejillas de
sangre y leche y esa seguridad en la voz y en los movimientos que poseen los
hijos de las familias de mercaderes ricos. Era evidente que llevaba el comercio
en las venas. Nunca nadie de su linaje había trabajado ni deseado trabajar en
otra ocupación ni pertenecer a otra clase social. Y él no iba a ser diferente.
Como toda su familia y desde siempre era pulcro, cortés, sobrio, cauto,
enérgico en la defensa de sus derechos, concentrado en sus intereses, pero no
de modo ciego y esclavo.
Frayssinet había recorrido en las dos direcciones la ruta
de Sarajevo a Kostajnica, había alquilado en Sarajevo una posada entera y ya
había empezado a volcarse en los negocios con los mercaderes, arrieros y
autoridades. Ahora había venido a Travnik para intercambiar con Daville datos,
comunicarle sus observaciones y hacer propuestas. El cónsul estaba satisfecho
por poder contar con ese joven meridional, animado y gentil, como colaborador
en un trabajo que tan a menudo le parecía inasequible.
—Así que una vez más —decía Frayssinet haciendo gala de
esa confianza con la que los comerciantes establecen los hechos que resultan
provechosos para ellos—, repito, una vez más, desde Sarajevo hasta Kostajnica
hay que calcular siete días, el alojamiento de las caravanas en Kiseljak,
Busovaca, Karaula, Jajce, Zmijanje, Novi Han, Prijedor y, por último,
Kostajnica. En invierno es preciso calcular el doble de tiempo, es decir,
catorce días. En esta ruta deberían construirse al menos dos caravasares más, si
es que se quiere proteger la mercancía de la intemperie y del robo. Los precios
del transporte están en alza y continúan subiendo. Los sube la competencia
austríaca y, creo, que algunos mercaderes sarajevitas, serbios y judíos que
trabajan siguiendo instrucciones de los ingleses. Entonces hoy, con estos
precios, hay que calcular 155 piastras por cargamento desde Salónica hasta
Sarajevo; desde Sarajevo hasta Kostajnica, 55 piastras. Hace dos años, los
gastos se reducían exactamente a la mitad y es preciso hacer cualquier cosa
para impedir que los precios sigan incrementándose, porque eso puede poner toda
la ruta en cuestión. Además, a ello hay que añadir la arbitrariedad y codicia
de los funcionarios turcos, la propensión de la población a robar y saquear, el
riesgo de que se extienda la insurrección de Serbia y la amenaza de los hajduk
en las comarcas arnaútes y, para terminar, el peligro de las epidemias.
Daville, que en todo veía la mano del servicio de
espionaje inglés, quería saber por qué Frayssinet deducía que los comerciantes
de Sarajevo trabajaban por cuenta de los ingleses, pero el joven no se dejaba
distraer ni apartar de su camino. Sujetando sus notas, continuó:
—En resumen y para concluir. Peligros que amenazan el
tránsito: la insurrección en Serbia, los bandoleros albaneses, el robo en
Bosnia, el incremento de los precios del transporte, las tasas y los aranceles
imprevistos, la competencia, y, a la postre, la peste y otras enfermedades
infecciosas. Medidas que deben tomarse: primero, entre Sarajevo y Kostajnica,
dos caravasares; segundo, impedir la fluctuación desmedida de la moneda turca y
fijar con un firman especial el curso de 5,50 piastras por un tálero de 6
francos igual que un tálero de María Teresa; por un cequí veneciano, 11,50
piastras, etc.; tercero, ampliar el lazareto de Kostajnica, construir un puente
en lugar de utilizar almadías, reformar el almacén para que al menos pueda
contener unas ocho mil balas de algodón, rehabilitar la posada para los
viajeros, etc.; cuarto, hacer regalos especiales al visir, a Suleiman bajá y a
unos cuantos turcos ilustres más, relacionados con nuestras peticiones; todo
por un importe de entre diez mil y trece mil francos. Creo que sólo así podría
garantizarse esta ruta y eliminar los obstáculos principales.
Daville anotaba todos los datos para poder introducirlos
en su próximo informe y, al mismo tiempo, se dispuso encantado a leer al joven
el informe que había hecho ya en 1807, en el que había previsto con tanta
precisión las intenciones de Napoleón y todo eso en lo que ahora estaban
trabajando.
—Estimado señor, podría hablarle largo y tendido de las
dificultades que en estos parajes amenazan cualquier cosa inteligente y
cualquier empresa provechosa y razonable. Podría hablar sin parar, pero usted
mismo se percatará solo de cómo son esta tierra, este pueblo, esta
administración, y de cuántos obstáculos surgen a cada paso.
Pero el joven ya no tenía nada que decir, porque había
fijado con exactitud las dificultades y los medios para evitarlas. Era obvio
que carecía de sentido para las reclamaciones de carácter general y los
«fenómenos psicológicos». Aceptó cortésmente escuchar el informe de Daville de
1807, que el cónsul empezó a leer.
La sombra que los cubría se iba alargando más y más. La
limonada en los vasos altos de cristal que tenían ante ellos se había
recalentado, porque ambos, absortos en el trabajo, se habían olvidado de ella.
En este mismo silencio estival, dos barrios más arriba del
consulado en el que Daville y Frayssinet hacían negocios, pero un poco a la
izquierda y más cerca de un arroyo, apenas un hilo invisible, que se
precipitaba en las profundidades, estaban reunidos, en el jardín de Musa
Krdzalija, Musa y sus amigos.
El jardín, abrupto y abandonado, se ahogaba bajo la
vegetación exuberante. En una explanada, a la sombra de un gran peral, estaba
extendida una alfombra con restos de comida, fildzani y un recipiente con
rakija fría. Allí ya se había puesto el sol, pero en la orilla opuesta del
Lasva aún brillaba. Musa el Cantor y Hamza el Pregonero estaban tumbados en la
hierba. Con la espalda reclinada en un repecho y las piernas apuntaladas contra
el peral, se hallaba Murat Hodzic, apodado Balancín hodja. En el mástil de la
mandolina, apoyada en el árbol, había encajado un vaso de aguardiente.
Balancín hodja era un hombrecillo moreno, fanfarrón como
un gallo de pelea. En su pequeña cara amarillenta brillaban dos ojos grandes y
oscuros de mirada fija y fulgor fanático. Procedía de una buena familia de
Travnik y antaño había empezado a estudiar, pero la rakija no lo dejó terminar
ni le permitió ser imán de Travnik como lo habían sido tantos antepasados
suyos. Se cuenta que al último examen se presentó borracho ante el muderis y la
comisión examinadora, hasta tal punto que a duras penas se tenía en pie, y se
balanceaba y vacilaba al andar. El muderis se negó a examinarlo y lo llamó
Balancín hodja, apodo éste con el que se quedó. Ofendido, el joven tímido y
susceptible se entregó a la bebida, y cuanto más bebía más aumentaba su vanidad
herida y su amargura. Sus condiscípulos lo habían rechazado desde el principio,
y él soñaba con sobrepasarlos un día realizando una hazaña extraordinaria y
vengarse de ellos. Al igual que muchas personas frustradas que son de estatura
pequeña pero de espíritu vivaz, estaba consumido por la ambición secreta e
insensata de no terminar sus días así, insignificante, despreciado y
desconocido y anhelaba provocar la admiración del mundo, aunque él mismo no
sabía ni cómo ni dónde ni con qué. Con el tiempo, esta idea, avivada por el
alcohol hasta el delirio, llegó a dominarlo por completo. Cuanto más bajo caía
más se alimentaba de mentiras y se engañaba a sí mismo con palabras imponentes,
historias temerarias y sueños vanidosos. Esto daba pábulo a que sus amigos,
bebedores empedernidos como él, le gastaran bromas frecuentes y se rieran a su
costa.
Durante esos hermosos días de verano, los tres tenían por
costumbre empezar a beber en el jardín de Musa y sólo, cuando caía la noche,
bajaban a la ciudad para seguir bebiendo. Mientras esperaban la oscuridad, con
las estrellas inmensas en el cielo estrecho y azul profundo de Travnik, y que
la bebida surtiese efecto, canturreaban o charlaban quedamente, con voz
pastosa, de forma inconexa y sin tener mucho en cuenta al interlocutor. Eran
conversaciones y canciones de hombres saturados de bebida, que venían a
sustituir el trabajo y la actividad a los que hacía tiempo se habían
desacostumbrado. En el curso de estas peroratas, ellos viajaban, realizaban
proezas, se cumplían los deseos que de otro modo jamás satisfarían, veían cosas
increíbles y escuchaban historias fabulosas, se henchían, crecían y se
deleitaban con su propia grandeza, se elevaban sobre el suelo, volaban como si
tuvieran alas, eran lo que nunca habrían podido o nunca llegarían a ser,
poseían lo que no existía en ningún lugar y lo que sólo la rakija puede dar,
por un instante, a aquellos que se le entregan sin condiciones.
Musa era el que menos hablaba. Estaba tumbado,
prácticamente hundido en la espesa hierba verde oscuro. Tenía las manos juntas
debajo de la cabeza, la pierna izquierda doblada y la derecha cruzada sobre
ella, como si estuviera sentado. Su mirada se perdía en el cielo azul. A través
de los nudos de hierba, sus dedos acariciaban la tierra tibia que, respiraba a
un ritmo lento y regular, al menos eso le parecía a él. Al mismo tiempo sentía
fluir el aire cálido a través de las mangas y de las perneras desabrochadas de
los pantalones. Era ese soplo apenas perceptible, ese vientecillo especial de
Travnik que se levanta en verano al atardecer y que «repta» lentamente y muy
bajo, a ras del suelo, entre la hierba y los matorrales. Musa, que estaba a
medio camino entre la resaca matutina y la nueva borrachera que se avecinaba,
se rindió a la calidez de la tierra y al movimiento ligero y constante del
aire, y tenía la sensación de que le hacían levitar, de que iba a volar, y no
porque ellos fueran poderosos y fuertes, sino porque él mismo no era más que un
soplo y un calor inquieto, tan liviano y débil que viajaba sin rumbo con ellos.
Mientras así flotaba y volaba, acostado sin moverse del
sitio, le parecía escuchar, a través de un sueño, la conversación de sus
colegas. La voz de Hamza era ronca e ininteligible, y la de Balancín hodja,
profunda y entrecortada; siempre hablaba lenta y solemnemente, con la vista
clavada en un punto como si estuviera leyendo.
Unos días atrás, los tres habían llegado a la conclusión
de que no tenían dinero y tenían que conseguirlo a cualquier precio. Hacía
tiempo que le correspondía a Balancín hodja encontrar algunas monedas, pero
siempre tenía dificultades para hacerlo y le gustaba beber a costa de los
otros.
La conversación versaba sobre un préstamo que Balancín
hodja tenía que recibir de su tío de Podlugovo, que se había enriquecido en los
últimos tiempos.
—¿De dónde saca el dinero? —preguntó Hamza mordaz y con
desconfianza, como si conociera a ese tío y supiera que el dinero no caía del
cielo.
—Lo ha ganado con el algodón este verano.
—¿Con caravanas para los franceses?
—No digas tonterías, compra y revende el algodón que se
«encuentra» por los pueblos.
—¿Y el negocio marcha? —preguntó Hamza perezosamente.
—Pues claro que marcha, dicen que es un milagro. Ya sabes,
los ingleses han bloqueado la vía por mar, así que Bunaparte se ha quedado sin
algodón. Y tiene que vestir a un ejército entero, así que ahora hay que enviar
el algodón por Bosnia. Desde Novi Pazar hasta Kostajnica todo va de caballo a
caballo, bala a bala, sólo algodón. Los caminos abarrotados, las posadas
atestadas. En ninguna parte puedes encontrar un arriero; todo lo ha comprado el
francés y todo lo paga con buenos ducados. Quien tiene un caballo hoy día,
tiene un tesoro, y quien trabaja con algodón se hace rico en un mes.
—Muy bien, pero ¿cómo consiguen el algodón?
—Pues muy fácil. Los franceses no lo venderían ni por todo
el oro del mundo. Aunque les dieras tu casa por una okka de algodón, no te lo
venderían. Pero la gente es ingeniosa y roba. Roba en las posadas donde los
arrieros pernoctan y descargan los caballos. Cuando descargan, todo está en
orden, y cuando al día siguiente empiezan a colocar los fardos, pues una bala
de algodón menos. Empieza el jaleo: ¿quién ha sido?, ¿dónde está? Pero una
caravana entera no va estar detenida por una bala. Así que se van sin ella. Sin
embargo, es en los pueblos donde más rapiñan. Los niños salen de la aldea, se
esconden entre los arbustos del camino y, desde allí, hacen un corte con
cortaplumas en un fardo y abren un agujero en un saco. Como el camino es
estrecho y discurre entre matorrales, el algodón empieza a caer y a engancharse
en las ramas a ambos lados de la calzada. En cuanto la caravana pasa, los críos
salen de su escondrijo y recogen el algodón en cestas, luego se ocultan de
nuevo y esperan la próxima expedición. Los franceses acusan a los arrieros y se
lo quitan de la paga. En algunos lugares, aparecen los guardias y atrapan a los
rapaces. Pero ¿quién puede detener a todo un pueblo? Le quitan a Bunaparte el
algodón, lo recogen de las ramas como en Egipto, y los de la ciudad llegan y lo
vuelven a comprar antes que nadie. Así han hecho fortuna muchos.
—¿Y todo va a través de Bosnia? —decía Hamza medio
dormido.
—No, no sólo a través de Bosnia, sino a través de todo el
imperio. Bunaparte ha sacado los permisos en Estambul, ha enviado cónsules por
todos los países y a comerciantes con dinero, y ya ves. Pues entérate, hombre,
que mi tío por el algodón de Bunaparte…
—Tú consigue el dinero —interrumpió Musa con tono apagado
pero desdeñoso— que nosotros no te preguntaremos si es de tu tío paterno o
materno, ni dónde crece el algodón ni dónde el acero. Necesitamos dinero.
A Musa no le gustaban las historias de Balancín hodja, que
solían ser largas y exageradas, y que siempre tenían que poner de manifiesto su
erudición, valentía y conocimientos de los asuntos mundanos. Hamza era más
paciente y las escuchaba con la calma y el humor que jamás lo abandonaban ni
siquiera en los momentos de mayor penuria.
—¡Por Alá, que lo necesitamos! —dijo también Hamza, como
un eco ronco—, ¡y urgentemente, pardiez!
—Pues claro que lo conseguiré, ¡por Alá bendito!, aunque
tenga que morir por ello —exclamó solemne Balancín hodja.
Nadie respondió a sus juramentos y promesas.
Silencio. Tres cuerpos, debilitados por la indolencia,
siempre enardecidos por el alcohol o torturados por su falta, respiran y
descansan en apariencia, tumbados en la hierba a la cálida sombra.
—Un buen tipo, ese Bunaparte —Balancín hodja volvió a la
carga, arrastrando las palabras como si pensara en voz alta—, buen tipo, a
todos vence y domina. Y dicen que es diminuto, que apenas se le ve.
—Es pequeño, de tu talla más o menos, pero tiene un gran
corazón —replicó Hamza bostezando.
—Y dicen —de nuevo habló Balancín hodja— que no lleva ni
sable ni fusil. Le basta con alzar el cuello de su guerrera, calarse bien el
sombrero y lanzarse al frente de sus huestes; destruye todo lo que encuentra a
su paso; sus ojos despiden rayos y ni los sables lo cortan ni las balas lo
rozan.
Balancín hodja cogió el vaso de la mandolina, lo llenó y
bebió, todo con la mano izquierda, porque tenía apoyada la derecha en el pecho
bajo de la aljuba desabrochada, e inclinó la cabeza sin apartar la mirada
perdida de la rugosa corteza del peral.
La rakija ingerida hizo su efecto y él empezó a cantar.
Sin apenas abrir la boca ni cambiar de postura y con la
vista siempre fija en el mismo sitio, dio rienda suelta a su pastosa voz de
barítono:
Sufría la dulce Naza,
hija única de su madre.
Volvió a coger el vaso, lo llenó, se lo bebió de un trago
y lo encajó en la mandolina.
—Ah, si yo pudiera encontrarme con él…
—¿Con quién? —preguntó Hamza, aunque era la enésima vez
que oía esta fantasía y otras semejantes.
—Pues con él, con Bunaparte, encontrarnos cara a cara, ese
infiel y yo, y a ver de qué lado está la suerte.
Las palabras incoherentes se perdían en el silencio
absoluto. Balancín hodja agarró de nuevo el vaso, dio un trago, se desperezó
ruidosamente y continuó con su voz profunda:
—Si me gana él, que se quede con mi cabeza. No me importa.
Pero si ganara yo y lo atara, no le haría nada, sólo lo obligaría a desfilar
delante de las tropas y a pagar tributo al sultán, igualito que el último
pastor cristiano de las faldas del Karaula.
—Bunaparte está muy lejos, Murat, muy lejos —dijo el
bonachón de Hamza—, es poderoso y cuenta con un gran ejército. ¿Y qué pasa con
todos los imperios infieles que tendrías que atravesar, hombre de Dios?
—Mucho que me importan a mí los otros —replicó con aire de
superioridad Balancín hodja—. Y es cierto que está lejos cuando está en su
país, pero él recorre el mundo entero y en ninguna parte se está quieto. El año
pasado llegó hasta Viena y allí se casó; tomó por esposa a la hija del
emperador alemán.
—Mira tú por dónde, si te hubieras acordado a tiempo,
podrías haber hecho algo en Viena —se burlaba Hamza.
—Pues eso, que yo no paro de decirte que hay que levantar
el campamento y salir a correr mundo, en lugar de languidecer y pudrirse aquí,
en este agujero húmedo de Travnik, y ser un hombre de honor o morir. Cuánto
hace que lo digo, pero vosotros dos, que no, que me espere, que mañana, que no,
que pasado. Y ya ves…
Y diciendo esto, Balancín hodja agarró con gesto decidido
el vaso, lo llenó y se lo bebió de un trago.
Ni Hamza ni Musa respondían ya a sus ensoñaciones.
Imperceptiblemente, a pequeños sorbos, ellos tampoco habían dejado de beber
aguardiente de sus fildzani en la hierba. Abandonado a sí mismo, el pequeño
hodja se sumió en ese silencio desdeñoso y altanero que sigue a los grandes
duelos y a las grandes proezas que jamás son reconocidas ni recompensadas como
se merecen. Sombrío, con la mano derecha debajo de la aljuba desabrochada, el
mentón hundido en el pecho, miraba hacia delante con la vista perdida.
Durante tres años ella sufrió…
De pronto, su voz plañidera de barítono volvió a alzarse
como si otra persona cantara en su interior. Hamza carraspeó entusiasmado.
—¡Bravo, Murat, caballero andante! Emprenderás la marcha,
Dios lo quiera, ¡ojalá! Partirás, no cabe duda, y en medio mundo se verán tus
hazañas y se oirá hablar de quién es Murat y de lo que hace, de su alcurnia y
prosapia.
—¡Por Dios, que tienes razón! —dijo Balancín hodja
atribulado y conmovido, levantando cansinamente su vaso como un hombre que se
dobla bajo el peso de la fama.
Así se distraían, mientras Musa tumbado, silencioso e
inmóvil, flotaba y planeaba con el viento y el aire cálido, libre, al menos por
unos instantes, de la ley de la gravedad y de las cadenas del tiempo.
El día luminoso y límpido, bañado por el sol radiante y el
azul del cielo, vibraba sobre el valle de Travnik.
XXI
A principios de 1812 las señales y rumores que anunciaban
la posibilidad de una nueva guerra empezaron a multiplicarse. Ante cada nueva
noticia, Daville experimentaba un leve e imperceptible mareo, como un hombre
que conoce las torturas que lo aguardan pues ha sido sometido varias veces a
ellas.
—¡Dios mío, Dios mío!
Pronunciaba esas palabras de manera inarticulada, para sí
mismo, en un prolongado suspiro, hundido en su sillón, cubriéndose los ojos con
la palma de la mano derecha.
Todo volvía a empezar, como dos años atrás en esa misma
época, como anteriormente en 1805 y 1806, y todo transcurriría del mismo modo.
La desazón, la inquietud y la duda ante todo y todos, un sentimiento de
vergüenza y repugnancia, pero al mismo tiempo la mezquina esperanza de que, al
final, las cosas acabarían bien también esta vez, ¡un vez más!, y que la vida
(inconsecuente, miserable, dulce, ¡única vida!), la vida del imperio y de la
sociedad, la suya y la de su familia, se mostraría constante y estable, y que
ésta sería la última prueba que pondría fin a esa existencia de continuos
altibajos que, cual columpio enloquecido, sólo deja al hombre una brizna de
aliento, lo justo para poder decir que está vivo. Era muy probable que también
en esta ocasión todo terminara con boletines victoriosos, acuerdos de paz
ventajosos, pero ¿quién podría soportar esa vida que moralmente era cada vez
más difícil y más costosa y quién encontraría esperanza en su interior para
pagar el precio que exigía? ¿Qué puede dar un hombre que ya lo ha entregado
todo, qué puede hacer si sus fuerzas ya están agotadas? Pero el mundo entero
debía dar todo y hacer cualquier cosa con tal de poner fin a esa guerra eterna,
de ofrecer al hombre un respiro y procurarle un poco de estabilidad y paz.
«Paz, sólo paz, paz, paz», pensaba Daville, y la propia
palabra lo mecía en su duermevela.
Pero ante sus ojos cerrados, bajo la palma helada de su
mano, aparecía repentinamente el rostro olvidado de von Mitterer, amarillento y
desvalido, surcado por profundas arrugas en las que yacía una sombra verde, con
los bigotes retorcidos y un brillo malsano en los ojos negros. Con esa misma
cara y en la misma habitación, el año pasado por aquellas fechas, le había
dicho con tono afable y ambiguo que la próxima primavera «se armaría un buen
jaleo» (sí, se había expresado con ese tono cuartelero). Y he aquí que había
llegado, puntual e implacable, como un espectro meticuloso y cascarrabias, para
demostrarle que sus previsiones se cumplían y que ni había paz ni podría
haberla. La cabeza de von Mitterer hablaba igual que el día que se despidió,
con amargura y cierta alegría maligna:
—Il y aura beaucoup de tapage.
En el fondo se traslucían malas palabras, mala
pronunciación y tono irónico.
—… beaucoup de tapage… de tapage… de tapage…
Al ritmo de esas palabras, la cara de von Mitterer se
balanceaba y adquiría un tono más macilento y cadavérico. Pero ya no era von
Mitterer, ahora se trataba de la cabeza cortada, pálida y ensangrentada en la
lanza de un sans-culotte que había visto una mañana, veinte años atrás, desde
su ventana en París.
Daville sintió un sobresalto, retiró bruscamente la mano
de sus ojos y abandonó su duermevela y, con él, el fantasma que había venido a
atemorizarlo ahora que estaba indefenso y fatigado. El gran reloj de madera
marcaba las horas con regularidad en la habitación excesivamente caldeada.
La primavera se anunciaba difícil para Daville.
A la vista de las circulares, de los frecuentes correos y
de los artículos de prensa, podía deducirse que se avecinaban nuevos
acontecimientos y nuevas campañas, que toda la maquinaria bélica del imperio
volvía a ponerse en movimiento. Pero no podía intercambiar opiniones sobre el
tema con nadie, ni escuchar pareceres ajenos ni examinar los diversos aspectos
y verificar sus sospechas y temores, para ver, a la luz de una conversación
juiciosa, qué había de realidad en sus miedos y qué era fruto de su imaginación,
de su pánico y fatiga. Porque como todas las personas solitarias, débiles y
extenuadas que pierden por un instante la confianza en sí mismas, Daville
deseaba a toda costa encontrar en las palabras y en la mirada de otros hombres
confirmación y respaldo para sus ideas y actuaciones, en lugar de buscarlos en
su interior. Pero la maldición radica justamente en que siempre hay
conversaciones y consejos, salvo cuando más lo necesitamos, y en que nadie
quiere hablar con claridad y franqueza sobre lo que nos atormenta de verdad.
Von Paulich realizaba su trabajo, cortés y frío, apuesto e
inflexible, un autómata imperial austríaco que no conocía el error ni la duda.
Cuando se veían charlaban sobre Virgilio o sobre las intenciones de las cortes
europeas, pero en esas charlas, Daville nunca lograba probar sus
presentimientos y sus temores, porque von Paulich no se atenía más que a
declaraciones generales sobre «los lazos de alianza y de parentesco que
existían entre la corte francesa y la austríaca», o sobre «la sabiduría y la
previsión de aquellos que, de mutuo acuerdo, rigen los destinos de los Estados
europeos» y evitaba en cualquier sentido dar una opinión concreta sobre el
futuro. Y Daville no osaba plantearle ninguna pregunta directa para no
traicionarse; sólo contemplaba febril sus ojos azul oscuro en los que siempre
hallaba la misma sobriedad despiadada y repelente.
Con d’Avenat no merecía la pena conversar. El intérprete
únicamente tenía en cuenta las cosas palpables y las cuestiones concretas. Todo
lo que no se ajustaba a tal estado no existía para él.
Sólo quedaban las conversaciones con Ibrahim bajá y los
hombres del konak.
Las ideas del visir eran más o menos las de siempre,
repetidas durante años, petrificadas como él mismo.
Empezaba el mes de abril. En esa época, el visir solía
ponerse nervioso e irascible, porque se acercaba el momento en que tenía que
preparar el ejército para emprender la campaña contra Serbia y porque
Constantinopla tenía a este respecto unas demandas que superaban con creces sus
posibilidades.
—En Constantinopla no saben lo que hacen —se quejaba el
visir a Daville, deseoso él mismo de encontrar en esta conversación alivio para
sus propias preocupaciones—, no saben lo que hacen, es lo único que puedo
decir. Me ordenan que salga al mismo tiempo que el bajá de Nis y que ataquemos
por dos frentes a los insurrectos. Pero no saben, no quieren enterarse de lo
que yo tengo aquí. ¿Cómo podrían seguir mis bueyes el paso de sus caballos?
¿Dónde voy a encontrar a diez mil hombres y cómo los voy alimentar y a equipar?
Si es imposible poner juntos a tres bosniacos sin que se peleen por ver quién
es el primero (porque ninguno es el último, eso ya se sabe). Y si lo
consiguiera, ¿de qué serviría si estos héroes bosniacos no quieren combatir en
la otra orilla del Drina y del Sava? Su valor y su heroísmo proverbial se
acaban en las fronteras de Bosnia.
Era evidente que el visir no podía pensar ni hablar de
ninguna otra cosa. Casi estaba animado, si es que esa palabra se podía utilizar
tratándose de él, y agitaba la mano como si espantara en vano una mosca
fastidiosa.
—Por lo demás, esta Serbia no merece la pena que se hable
tanto de ella. Ah, si el sultán Selim estuviera vivo, todo sería distinto.
Una vez que se mencionaba el tema del desdichado Selim
III, ese día al menos, no cabía esperar otra conversación. Y así fue.
Por aquellas fechas, Daville le había hecho a Tahir bey,
el teftedar, un regalo especial, sólo para tener una oportunidad de oír su
opinión.
Después de pasar el duro invierno, más en la cama que de
pie, Tahir bey, había revivido de repente y se había vuelto locuaz y activo,
manifestando una vitalidad poco espontánea. Su cara tenía ya un tono bronceado
por el sol de abril, y sus ojos brillaban como si hubiera bebido un poco.
El teftedar hablaba rápida y atropelladamente de Travnik,
de los inviernos que habían pasado allí (para él era el cuarto y para Daville
el quinto), de los sentimientos de amistad y de compañerismo en el infortunio
que esa larga estancia juntos en la ciudad había ayudado a crear entre el visir
y todos ellos con Daville y su familia; de los hijos de Daville, de la
primavera, de tantas cosas diferentes que, en apariencia, no tenían nada que
ver y, sin embargo, guardaban una estrecha relación con el estado de ánimo en
el que se hallaba Tahir bey. Silencioso y sonriente, pero excitado, como si
dijera algo que acababa de descubrir sólo en ese momento y de lo que deseaba
convencerse a sí mismo y a Daville, el teftedar hablaba como si estuviera
leyendo:
—La primavera equilibra y repara todas las cosas. Mientras
la tierra florece, una y otra vez, y mientras haya gente para ver ese fenómeno
y disfrutar de él, todo va bien.
El teftedar con su mano morena, de uñas extrañamente
estriadas a lo largo y azuladas, señalaba con ademán suave el equilibrio a su
alrededor.
—Y siempre habrá hombres, porque los que no pueden más y
no son capaces de ver el sol y las flores se desvanecen y llegan otros. Como
dice el poeta: «En los niños se renueva y regenera el río de la humanidad».
Daville asentía y sonreía, y mirando la cara risueña de
Tahir bey se decía a sí mismo: «Éste también habla ahora de lo que necesita
hablar, sólo Dios sabe por qué motivo». Y de inmediato desvió la conversación
de los niños y la primavera a los imperios y a las guerras. Tahir bey aceptaba
cualquier tema y de todo opinaba con el mismo entusiasmo sereno y alegre, como
si leyera algo nuevo y agradable.
—En efecto, nosotros también hemos oído que se aproximan
nuevas batallas. Quién estará al lado de quién y quién en contra, queda por
ver, pero parece cierto que este verano habrá guerra.
—¿Está usted seguro? —preguntó Daville acongojado y con
apremio.
—Seguro, en la medida en que lo escriben en sus periódicos
—respondió el teftedar sonriente— y yo no tengo ninguna razón para no creerlos.
Tahir Bey inclinó levemente la cabeza y posó sobre Daville
una mirada luminosa y un poco de soslayo, la mirada que se ve en las martas y
comadrejas, fieras crueles que degüellan y beben la sangre pero no comen la
carne de los animales degollados.
—Seguro —continuó el teftedar—, en la medida en que la
guerra entre los países cristianos es constante y dura desde siglos, por lo que
yo sé.
—También los Estados no cristianos luchan —interrumpió
Daville.
—Cierto. Pero la diferencia estriba en que los países
islámicos luchan sin hipocresía ni contradicciones. Siempre han considerado la
guerra como una parte muy importante de su misión en el mundo. El islam ha
llegado a Europa como fuerza beligerante y hasta hoy día se ha mantenido o
haciendo la guerra o gracias a las guerras que los cristianos se hacen entre
sí. Mientras que esos mismos países cristianos, por lo que yo sé, condenan la
guerra hasta el punto de que siempre atribuyen la responsabilidad a los otros y
aun reprobándolo no cesan de combatir entre ellos.
—Es indudable que en vuestra exposición hay mucho de
verdad —alentaba Daville al teftedar, con la intención última de conducirlo al
tema del conflicto ruso-francés y escuchar su opinión— pero ¿cree usted que el
zar ruso querrá atraer sobre sí la cólera del mayor soberano de la cristiandad
y de su ejército que es el más poderoso de los ejércitos cristianos?
La mirada del teftedar se volvió más luminosa y más bizca.
—Desconozco por completo las intenciones de los
emperadores, estimado señor, pero me permito la libertad de llamar su atención
sobre un hecho que he advertido tiempo atrás, y es que la guerra persiste en la
superficie de la Europa cristiana y sólo se traslada de un lugar a otro, igual
que un hombre cambia de mano el ascua que lleva para quemarse menos. En estos
instantes, la guerra está en los confines europeos de Rusia.
Daville entrevió que tampoco aquí iba a sacar nada en
claro de lo que le interesaba y angustiaba, porque Tahir bey, igual que el
visir, sólo hablaba de aquello que su necesidad interior le exigía en esos
momentos. No obstante, quiso hacer un último intento y se aventuró de manera
ruda y directa.
—Es sabido que el objetivo principal de la actual política
rusa es liberar a sus correligionarios, y por lo tanto estas regiones,
dominadas por los otomanos, entrarían dentro de sus planes. Según esto, muchos
consideran probable que sus verdaderos proyectos bélicos estuvieran dirigidos
contra Turquía, y no contra los países de Europa occidental.
El teftedar no se dejó desconcertar.
—¡Qué le vamos a hacer! No siempre ocurre lo que parece
probable. Pero si fuera como «muchos consideran», no sería difícil prever el
curso de los acontecimientos, porque no es un secreto que todas estas tierras
se han ganado por la guerra, por la guerra se defienden y luchando se perderán
si es que tienen que perderse. Pero eso no varía nada de lo que he dicho.
Y Tahir bey, pertinaz, retornó a su tema.
—Preste atención y se dará cuenta de que allí donde la
Europa cristiana extiende su dominio, con sus costumbres y organización, llega
también la guerra, la guerra entre cristianos. Así es en África y en América,
así es en las partes europeas del Imperio Otomano que han caído en manos
cristianas. Si alguna vez, por voluntad del destino, acaeciera que perdiéramos
estas regiones y que las conquistara una potencia cristiana, como ha mencionado
usted, sucederá lo mismo. De modo que quizá pudiera ocurrir que dentro de cien
o doscientos años, en este mismo lugar donde usted y yo conversamos sobre las
posibilidades de una guerra turco-cristiana, los cristianos, liberados de la
dominación otomana, se degüellen y maten entre ellos.
Tahir bey se rió ruidosamente de su visión. También
Daville sonrió por cortesía y con el deseo de dar al asunto un tono agradable e
inocente, aunque estaba decepcionado y descontento por el rumbo que tomaba la
conversación.
Al final, la charla fue aderezada con nuevas reflexiones
del teftedar sobre la primavera, la juventud que es eterna, aunque los jóvenes
no son eternamente jóvenes, sobre la amistad y la buena vecindad que hacen
agradables y soportables hasta las regiones más inhóspitas.
Daville las recibió con una sonrisa tras la que se
esforzaba por ocultar su insatisfacción.
En el camino de regreso, el cónsul intercambió unas
cuantas palabras con d’Avenat, como solía hacer.
—¿Qué le parece Tahir bey? —aventuró Daville dando pie a
la conversación.
—Es un hombre muy enfermo —dijo d’Avenat secamente y
guardó silencio.
Sus caballos volvieron a aproximarse.
—Pero parece que esta vez se ha recobrado muy bien.
—Eso precisamente es lo malo para él, que se restablezca
tantas veces. A fuerza de restablecerse con tanta frecuencia, algún día él…
—¿Eso cree? —Daville se estremeció sorprendido.
—Pues claro. ¿No ha visto sus manos y sus ojos? Es un
hombre que se cura, evita a la muerte y vive de las drogas —terminó d’Avenat en
voz baja, con tono severo y cortante.
Daville no respondió. Después de escuchar este comentario,
se repitió a sí mismo algunas partes del discurso de Tahir bey y, sin tener
delante su sonrisa y sus modales únicos, le resultaron realmente incoherentes,
malsanas y exageradas.
Todo eso, dicho a la manera brusca de d’Avenat,
implacablemente real, ofendía a Daville, aunque no sabía por qué, como algo
doloroso y chocante, desagradable para su propia persona. Se adelantó al
caballo del intérprete. Era la señal de que la conversación había acabado. «Es
extraño —pensaba Daville contemplando la amplia espalda del suboficial turco
que cabalgaba delante de ellos y les abría camino—, muy extraño que aquí nadie
manifieste piedad ni esa compasión natural, que entre nosotros aparece de forma
espontánea ante los sufrimientos ajenos. En estas tierras tienes que ser un
mendigo, una víctima de un incendio o un tullido arrojado a la calle para
provocar lástima. Si no, entre pares o semejantes, no existe. Aunque viva aquí
cien años, no podré jamás acostumbrarme a esta dureza de corazón al hablar, a
esa especie de aridez moral y franqueza ruda, nunca podré endurecerme tanto
como para que no me afecte y duela».
Por encima de ellos resonó la voz del almuédano de la
mezquita Sarena, repentina y violentamente como una explosión. Esa voz aguda
vibraba y desbordaba una devoción ardiente, combativa y furiosa que parecía
henchir el pecho del almuédano. Era mediodía. Otro almuédano se dejó oír desde
una mezquita invisible. Su voz, excitada y profunda, iba como una sombra devota
y fervorosa en pos de la voz del almuédano del bazar. Estas voces, que se
alcanzaban y perdían en el aire por encima de Daville y su escolta, los
acompañaron hasta el consulado.
El día de la Anunciación era el primer aniversario del
bautizo de su hija. Daville aprovechó la ocasión para invitar a comer a von
Paulich y al párroco de Dolac, fray Ivo Jankovic y a su capellán. Los frailes
aceptaron la invitación, pero era evidente que no habían modificado sus
opiniones ni un ápice. Ambos se comportaban con una cortesía exagerada y no
miraban a Daville a los ojos, sino a los hombros, así como por lo bajo y de
través. El cónsul conocía esa mirada de los bosniacos (los largos años y las muchas
empresas le habían enseñado) y sabía que contra lo que se ocultaba detrás de
ella nada podía hacerse ni por las buenas ni por las malas. Conocía la
complejidad interna, misteriosa y malsana de los bosniacos que eran tan
sensibles cuando se trataba de ellos mismos como brutales y rudos cuando se
trataba de otros. Así que él también se había preparado para afrontar la comida
como un juego difícil del que se sabe de antemano que no se puede ganar, pero
no queda más remedio que jugar a él.
Antes y durante el almuerzo, la conversación versó sobre
temas generales, falsamente almibarada e ingenua. Fray Ivo comió y bebió tanto
que su cara, rubicunda por naturaleza, adquirió un tono violeta, y se le desató
la lengua. En el joven capellán, la copiosa comida surtió efectos contrarios,
empalideció y se fue volviendo más silencioso.
Cuando exhaló la primera bocanada de su cigarro, fray Ivo
apoyó en la mesa el puño fornido de su mano derecha, orlado de un vello rojizo
hirsuto, y sin preámbulos, empezó a hablar de las relaciones entre la Santa
Sede y Napoleón.
A Daville le sorprendió el conocimiento que mostraba el
fraile de las fases concretas de la batalla entablada entre el Papa y el
emperador. Dominaba todos los detalles del concilio nacional convocado por
Napoleón el año anterior en París, de la oposición de los obispos franceses,
igual que sabía todos los lugares donde el Papa había estado prisionero y todas
las peripecias y presiones a las que había estado expuesto.
El cónsul empezó a defender y a explicarle la postura
francesa. (Su propia voz le resultaba débil y poco convincente). De paso, se
esforzaba por desviar la conversación a las actuales circunstancias
internacionales, para tratar de averiguar qué pensaba y esperaba del futuro
cercano este monje y con él sus hermanos y el pueblo. Pero al fraile no se le
había pasado por la imaginación tratar cosas generales. Sólo sabía lo que le
había enseñado su naturaleza apasionada y sus convicciones fanáticas. Para lo demás,
miraba a von Paulich que un poco más allá conversaba con la señora Daville.
Estaba claro que al fraile no le gustaban ni los rusos ni los franceses y que
sólo repetía con su voz aguda, que parecía excesivamente fina y silbante para
un hombre tan corpulento, las previsiones más sombrías para un pueblo que se
comportaba de ese modo con la Iglesia y el sumo pontífice.
—Yo no sé, honorable cónsul, si su ejército marchará
contra Rusia o contra otro país —respondió fray Ivo a los intentos de Daville
de saber su opinión y de qué parte estaría en ese caso—, pero sé con certeza, y
se lo puedo decir abiertamente, que nadie le dará su bendición, marche contra
quien marche, porque tratar así a la Iglesia…
Y retomó la serie de acusaciones con citas de la última
bula papal contra Napoleón, a propósito de las «heridas cada vez más profundas
que infligían todos los días a las autoridades apostólicas, los derechos de la
Iglesia, a la Santa Fe y a Nos personalmente».
Al mirarlo, tan pesado, hostil e inflexible, Daville pensó
como cada vez que lo veía, desde hacía años, que ese hombre estaba henchido de
la cabeza a los pies de rabia y obstinación, que brotaban de él con cada una de
sus palabras y con los silbidos agudos, y que todo lo que pensaba y decía,
incluso el propio Papa, no era más que un pretexto cómodo para darles libre
curso y manifestarlas.
Al lado del robusto párroco estaba sentado el capellán
inmóvil, como una miniatura muda del fraile, con idéntica postura y conducta.
Él también tenía el puño derecho apretado sobre la mesa, pero el suyo era
menudo y blanco con un incipiente vello rojo.
Al otro extremo de la mesa, se había entablado una
conversación animada entre la señora Daville y von Paulich. Nada más llegar el
teniente coronel a Travnik, ella había quedado fascinada y sorprendida por su
sincero interés por todo lo que se relacionaba con la casa y los muebles y
accesorios domésticos, así como por su conocimiento inusual de los quehaceres y
necesidades del hogar. (Igual que sorprendió y fascinó a Daville el
conocimiento que el austríaco tenía sobre Virgilio y Ovidio. Igual que, en su
momento, asombró y asustó a von Mitterer por sus nociones de cuestiones
militares). Y cada vez que se veían, ellos encontraban temas de conversación
interminables y placenteros. Ahora hablaban de muebles, del mantenimiento y
conservación de las cosas en condiciones especiales.
La erudición del teniente coronel era, en efecto,
inagotable e ilimitada. Abordaba cada cosa como si fuera la única que en esos
instantes le interesaba, y lo hacía con objetividad fría y lejana, sin asomo de
afectividad ni nada personal. Ahora comentaba los efectos de la humedad en las
diferentes clases de madera del mobiliario, en las hierbas marinas y crines de
caballo con que se rellenaban los sillones, y lo hacía seguro, demostrando
experiencia, pero también una objetividad científica, como si se tratara de los
muebles en general y no de los suyos propios.
Von Paulich se expresaba en un francés lento y literario,
pero selecto, afortunadamente muy distinto al vocabulario corrompido y la
pronunciación rápida levantina de von Mitterer que resultaba insoportable y
desagradable. La señora Daville lo ayudaba, encontrando la palabra que a veces
le faltaba.
A ella le complacía poder hablar con ese hombre gentil y
prolijo sobre materias que constituían su preocupación permanente en la vida
real. En la conversación, así como en el trabajo y en la oración, la señora
Daville era siempre igual, enérgica pero dulce, sin pensamientos solapados ni
titubeos, segura y plena de confianza en el cielo y en la tierra y en todo lo
que el tiempo puede traer y en lo que la gente es capaz de hacer.
Mirando y escuchando a todos los presentes, Daville
reflexionaba: «Están tranquilos, seguros, todos saben, al menos en este
momento, lo que quieren, sólo yo me siento confuso y asustado ante el mañana,
cansado e infeliz y, además, estoy condenado a ocultarlo y a no traicionarme
jamás».
Fray Ivo interrumpió los pensamientos del cónsul al
levantarse, como siempre, de repente, y reprender con dureza al joven capellán,
como si fuera el culpable de que aún siguieran allí; le gritó que era tarde,
que les aguardaba un largo camino hasta casa y tenían mucho que hacer.
Esto introdujo una atmósfera más glacial si cabía en la
sala.
Aquella misma primavera llegaron a Travnik el
metropolitano[41] Kalinik y el obispo auxiliar Joanikije para arreglar ciertos
asuntos de la Iglesia ortodoxa. Daville los invitó a comer con la esperanza de
averiguar su opinión sobre los sucesos que se avecinaban.
El metropolitano era un hombre obeso, linfático,
enfermizo; llevaba lentes de cristales gruesos (pero no del mismo grosor) tras
las cuales sus ojos parecían terriblemente desfigurados y amorfos como si en un
santiamén fueran a desbordarse y a derramarse. Se expresaba a la manera suave
de los fanariotas y elogiaba conciliador a todas las grandes potencias por
igual. En general, tenía para cualquier cosa y cualquier idea unas cuantas
expresiones, elogiosas y afirmativas sin excepción, y las aplicaba a todo lo
que quería decir, más o menos al azar, incluso sin tener en cuenta lo que se
estaba hablando. Esta cortesía rastrera y exagerada con la que malamente se
oculta la indiferencia absoluta hacia todo lo que la gente dice y puede decir,
se encuentra a menudo entre los sacerdotes muy ancianos de todas las
religiones.
Completamente distinto era el obispo Joanikije, un monje
corpulento y pesado, oculto tras una larga barba negra, con una expresión de
permanente ira y un aire cortante y marcial en su porte, como si bajo su hábito
negro llevara una armadura y guarnición macizas. Este obispo era sospechoso
para los turcos por sus relaciones con la insurrección en Serbia, pero no
habían podido probar nada.
A las preguntas de Daville respondía con brevedad pero con
franqueza contundente.
—Usted querría saber si estoy a favor de los rusos, pues
yo le digo que estamos a favor del que nos ayude a sobrevivir y a liberarnos
con el tiempo. Porque usted al menos, ya que vive aquí, sabe cuál es nuestra
situación y cuánto tenemos que soportar. Por eso nadie debe extrañarse…
El metropolitano se volvió hacia el obispo y lo reprendió
con una mirada de sus ojos inexpresivos, peligrosamente prominentes tras los
gruesos cristales, pero el monje prosiguió imperturbable.
—Los países cristianos luchan entre ellos, en lugar de
ponerse de acuerdo para acabar de una vez por todas con esta desgracia. Y así
seguimos siglo tras siglo, pero a usted le gustaría saber a favor de quién
estamos…
De nuevo se volvió el metropolitano y, viendo que la
mirada no ayudaba, intervino raudo con tono de plegaria:
—¡Que Dios dé vida y guarde a todas las potencias
cristianas, enviadas por Dios y por El protegidas! Nosotros rezamos sin cesar…
Entonces el obispo lo interrumpió con brusquedad:
—… Estamos con Rusia, señor, y por la liberación de todos
los cristianos ortodoxos del yugo infiel. Eso es lo que apoyamos y no crea a
quien le diga lo contrario.
El metropolitano volvió a intervenir y empezó a hablar
amablemente, empleando sólo adjetivos dulzones que d’Avenat traducía con
dificultad, rápidamente, de forma inexacta y saltándose la mitad.
Daville observaba al obispo sombrío. Su respiración era
pesada y discontinua y su voz aguda y desigual, entrecortada y salpicada por
leves espasmos, que parecían explosiones de la rabia incomprensible y
largamente contenida que debía colmar a ese hombre y afloraba con cada palabra
y con cada uno de sus gestos.
Daville hizo todo lo posible por explicar al metropolitano
y al obispo las intenciones de su gobierno y mostrarlas bajo una luz adecuada,
pero él mismo no tenía mucha confianza en lograrlo, porque de la cara de
Joanikije no podía borrar la expresión colérica y agraviada, y al metropolitano
le traía sin cuidado lo que decía cada cual, porque él escuchaba las
conversaciones como el rumor de un río insignificante, con la misma
indiferencia y distracción amables y la misma aprobación complaciente e
hipócrita.
El archimandrita Pahomije, que servía en la iglesia de
Travnik, había acompañado a los popes al consulado. Era delgado, pálido y de
aspecto débil; andaba encorvado, con un gesto siempre crispado y agrio en el
rostro, como las personas que padecen del estómago. Iba al consulado en
contadas ocasiones; solía rechazar las invitaciones pretextando que temía a los
turcos o que estaba enfermo. Siempre que se lo encontraba, Daville lo saludaba
amablemente e intentaba charlar con él, pero el pope se encorvaba aún más, el
gesto convulso en su cara adquiría mayor intensidad, y su mirada temblorosa
(esa mirada que Daville conocía tan bien en los bosniacos) no se clavaba en los
ojos, sino un poco más abajo y de través, primero en un hombro de su
interlocutor luego en el otro. Sólo con d’Avenat hablaba a veces con mayor
libertad.
También ese día, obligado a acompañar a sus superiores,
permanecía crispado y silencioso, sentado en el borde de la silla, como un
huésped a disgusto que estuviera dispuesto a salir corriendo en cualquier
instante, y la vista al frente, sin pronunciar palabra. Pero cuando dos o tres
días después de la partida del metropolitano, d’Avenat se encontró con él en la
calle e inició una conversación «a su manera», el demacrado y débil
archimandrita pareció revivir de pronto y empezó a hablar, su mirada se volvió
viva y franca. Palabra por palabra, la charla se iba haciendo más animada.
D’Avenat lo provocaba afirmando que todos los pueblos y todas las religiones,
todos los que aspiraban a algo debían poner sus ojos en el todopoderoso
emperador francés, y no en Rusia, que ese mismo verano sería sometida por los
franceses como el último país europeo que aún no se había rendido a ellos.
La gran boca del pope, por lo general crispada y apretada,
se abrió de par en par dejando al descubierto en la cara menuda y enfermiza
unos dientes blancos, dientes de lobo regulares y fuertes; a ambos lados de la
boca aparecieron nuevas líneas nunca antes vistas que denotaban una alegría
burlona. Pahomije echó la cabeza hacia atrás y rió de forma inesperada y
ruidosa, burlona y alegre, tanto que el propio d’Avenat quedó sorprendido. Sólo
duró unos segundos. Luego su cara recuperó las arrugas habituales y la
crispación. Dio una vuelta y miró alrededor para cerciorarse de que no había
nadie cerca, aproximó su rostro al oído derecho del intérprete y le espetó con
voz grave y animada, que correspondía a su anterior expresión sonriente y no a
la actual:
—Escucha lo que voy a decirte, vecino: sácate eso de la
cabeza.
Así, inclinado como para hacerle una confidencia, el
archimandrita se lo dijo amistosa y cautamente, como si le ofreciera algo de
valor. Después, se despidió y continuó su camino, evitando como siempre el
bazar y la calle principal y eligiendo las calles laterales.
XXII
Los destinos de todos los extranjeros que habían confluido
y fondeado en ese valle angosto y húmedo, condenados a vivir en él cierto
tiempo, en condiciones insólitas, maduraron brutalmente. Las circunstancias
excepcionales a las que habían sido expuestos aceleraron en cada uno de ellos
los procesos internos que incubaban a su llegada, y los empujaron más enérgica
y despiadadamente a seguir la dirección de sus instintos. Allí, esos instintos
se desarrollaron y adoptaron unas proporciones y formas que, en otra situación,
quizá jamás se habrían exteriorizado ni prosperado.
A los pocos meses del advenimiento de von Paulich, pudo
verse con bastante claridad que las relaciones entre el nuevo cónsul general y
el intérprete Nicola Rotta no iban a ser fáciles, que provocarían altercados y,
más pronto o más tarde, una ruptura. Porque difícilmente se encontrarían en el
mundo dos hombres tan distintos, predestinados a no entenderse y a enfrentarse.
El frío, mesurado y pulcro teniente coronel, que por todas
partes proyectaba una atmósfera de transparencia gélida y cristalina,
desconcertaba y exasperaba al intérprete vanidoso e irritable y con su sola
presencia despertaba en él viejos cálculos terriblemente intrincados que hasta
ese momento habían permanecido dormidos o escondidos. Decir que esos dos
hombres se repelían el uno al otro sería erróneo, pues, en realidad, sólo Rotta
chocaba con el cónsul como contra un bloque de hielo inmenso e inmóvil, y peor
aún, volvía una y otra vez, según una ley implacable y fatídica, a estrellarse
contra él.
Es difícil creer que semejantes personas, inteligentes,
ecuánimes y flemáticas desde cualquier punto de vista, pudieran resultar
nefastas e influir sobre alguien tan destructivamente. Sin embargo, éste era el
caso. Rotta se hallaba en un estado tal de descomposición y decrepitud internas
que un superior como von Paulich no podía más que acarrearle un fin rápido. Con
su calma, con su objetividad casi inhumana, el teniente coronel era un veneno
para el intérprete ya de por sí envenenado. Si Rotta hubiera tenido un nuevo
jefe apacible e indulgente como había sido von Mitterer o uno impetuoso, de
carácter variable, arrastrado por las pasiones humanas, aunque fueran las
peores, él habría logrado más o menos mantener la compostura. En el primero de
los casos, viviría de esa indulgencia y en el segundo, sus instintos oscuros y
desviados habrían encontrado un punto de apoyo y respaldo en instintos
parecidos a los que se enfrentaría, y en estas lides perpetuas encontraría
cierto equilibrio. Pero contra el superior que le había tocado en suerte, Rotta
se estrellaba como un hombre furioso contra un muro de hielo o un haz irreal de
luz.
Con sus propias concepciones, su forma de ser y de actuar,
von Paulich significó para Rotta un cambio enorme para peor. Ante todo, él
necesitaba a Rotta mucho menos que von Mitterer, para el que hacía tiempo que
se había convertido en indispensable. El coronel lo había utilizado como una
especie de pantalla ante los problemas más graves y más desagradables que
surgían en el trabajo, una suerte de guante para las tareas más repugnantes.
Además, Rotta se había convertido, sobre todo en los últimos años, en una
especie de «eminencia gris». Cada vez que el coronel pasaba por una crisis
familiar o profesional, y sufría una parálisis momentánea de la voluntad
relacionada con su agotamiento y su hígado enfermo, allí estaba Rotta para
apoyarlo, tomaba «las cosas» en sus manos y sólo con eso provocaba en el hombre
exhausto una sensación de alivio y de agradecido fervor. Y Rotta arreglaba la
«cosa» con facilidad, porque ni era difícil ni parecía irresoluble ni
insuperable, salvo para von Mitterer en esos momentos y en ese estado única y
exclusivamente.
Naturalmente, algo semejante era inimaginable con el nuevo
cónsul. Para von Paulich, cualquier tarea era plana y geométrica como un
tablero de ajedrez ante el que jugaba con la tranquilidad y presencia de ánimo
de un jugador que piensa detenidamente, pero que desconoce el temor ante un
movimiento y el arrepentimiento posterior, y que no necesita consejo ni auxilio
ni apoyo.
Además, la forma de trabajar de von Paulich privaba al
intérprete de las últimas satisfacciones que le quedaban en su errada y mustia
vida. Su conducta arrogante y agresiva con el público y los más jóvenes, con
todos los que no podían hacer nada en su contra o dependían de él, era para
Rotta en verdad miserable, pero la única y última alegría en su desorden
interno y decadencia, una pobre ilusión de fuerza y un importante distintivo de
superioridad, por el que él habría entregado en vano el alma, el vigor y la
juventud.
Después de una de estas salidas en las que, petulante, de
pie con las piernas abiertas, la cara completamente roja, vociferaba y maldecía
delante de alguien al que no temía y que no podía ni sabía responderle, Rotta
experimentaba sólo por un instante, pero un instante maravilloso, una dulzura
profunda y una felicidad inconmensurable por haber roto algo, por haber partido
en dos a un ser humano y emponzoñado su vida, y permanecía de pie sobre el
rival silenciado, que deseaba ser tragado por la tierra, mientras que su
inmensa felicidad lo elevaba muy alto sobre las criaturas terrestres, pero lo
suficientemente bajo para que todos pudieran verlo y pudieran sopesar y sentir
cuán por encima se hallaba. Pero he aquí que el teniente coronel ni siquiera le
dejaba disfrutar de esa felicidad fugaz y falsa.
Su presencia impedía este comportamiento. Bajo la mirada
de sus fríos ojos azul oscuro no se podía mantener ninguna ilusión, todas las
fantasías se rompían y desaparecían en la nada de la que habían surgido.
Ya en las primeras semanas, von Paulich, en cuanto tuvo
oportunidad, comunicó a Rotta que había una forma de decirle las cosas
tranquilamente a la gente y obtener con buenos modales lo que se deseaba. En
cualquier caso, no quería que ninguno de sus empleados, fuera el que fuera,
hablara con nadie en el consulado ni en la ciudad de esa manera. El intérprete
intentó entonces por primera y última vez influir en el nuevo cónsul e
imponerle sus ideas. Pero fue imposible. Rotta, para quien la astucia y la insolencia
se habían convertido en una segunda naturaleza, se quedó petrificado delante de
ese hombre. Las comisuras de los labios empezaron a temblarle, bajó aún más los
párpados, echó la cabeza hacia atrás, dio un taconazo y dijo con acritud: «Se
hará según sus órdenes mi teniente coronel», y salió.
Ya fuera porque se le había olvidado, ya porque había
querido poner a prueba la energía y tenacidad del nuevo superior, Rotta intentó
en dos ocasiones pavonearse y alzar la voz a los jóvenes, a pesar de las
instrucciones expresas que había recibido. En la segunda ocasión, el cónsul
llamó al intérprete y le dijo que si el asunto volvía a repetirse, aunque sólo
fuera una vez más, incluso de la manera más suave, podía esperar que se le
aplicara de inmediato el párrafo del Reglamento que se refería a una falta grave
de indisciplina reiterada. Mientras escuchaba, Rotta advirtió que los ojos
azules del militar se llenaban de lágrimas y en las comisuras aparecían dos
chispas fulminantes y asesinas que alteraron por completo su mirada y la
expresión de su cara. A partir de ese momento, el intérprete, asustado, se
replegó en sí mismo y empezó a rumiar su odio contra el cónsul de forma
invisible y secreta, pero con toda la rabia y todo el brío que antes descargaba
sobre sus víctimas.
Von Paulich, que consideraba el caso de Rotta fría y
simplemente, por lo demás, como todas las cosas del mundo, trataba de utilizar
lo menos posible sus servicios; lo enviaba como correo a Brod y a Kostajinica,
incluso esperaba que von Mitterer recibiera un nuevo destino en el que pudiera
emplear a Rotta y lo reclamara. Pero no quería ser él quien lo alejara de
Travnik. Por extraño que parezca, tampoco a Rotta se le había pasado por la
imaginación librarse del cargo en el que, estaba claro, nada bueno le aguardaba,
y como hipnotizado revoloteaba alrededor de su jefe, atraído por la luz glacial
que desprendía, y se enfrentaba a él constantemente y cada vez con más
virulencia, aunque más en sus pensamientos que en la realidad.
D’Avenat, que sabía o al menos presentía todo lo que
sucedía en Travnik, enseguida adivinó cuál era la situación de Rotta en el
consulado y de inmediato le vino a la mente la idea de que con el tiempo podría
obtenerse de ello algún beneficio para los intereses de Francia. En una
ocasión, durante una de las conversaciones que ambos intérpretes mantenían a su
manera cuando se encontraban en el bazar o de camino al konak, d’Avenat le dijo
a Rotta bromeando que siempre podría hallar cobijo en el consulado francés en
caso de necesitarlo. Rotta le respondió con otra broma.
Después de la primera bronca, se instaló entre von Paulich
y su intérprete una tregua sorda que duró un año entero. Si el teniente coronel
le hubiera cargado de trabajo y le hubiera exigido demasiado, si le hubiera
demostrado su odio y su desagrado, quizá Rotta habría soportado la situación y
se habría armado de paciencia para aguantar al nuevo cónsul hasta el final.
Pero el comportamiento frío de von Paulich y la forma que tenía de ignorarlo
debían conducir más pronto o más tarde a la ruptura.
En la primavera de 1812, el conflicto estalló en el
consulado austríaco. El pequeño intérprete jorobado no podía seguir viviendo
así, pasando desapercibido, limitado a sus obligaciones básicas, reprimiendo
todos sus instintos, hasta los más irrefrenables, y sus costumbres más firmes.
Al perder el control sobre sí mismo, arremetió contra los criados y los
funcionarios más jóvenes del consulado y, peleándose con ellos, dirigía
amenazas y mensajes inequívocos a su superior, lo que al menos le aliviaba un poco.
Por fin se produjo el enfrentamiento con el propio von Paulich. Y cuando el
cónsul declaró fríamente que aplicaría el Reglamento y enviaría al intérprete
desobediente y colérico a Brod, Rotta sacó fuerzas de flaqueza para encararse
con él, por primera vez directo y arrogante, y proclamó bien alto que el cónsul
no tenía tanto poder y que él, Rotta, quizá enviaría al teniente coronel un
poco más lejos de Travnik. Von Paulich ordenó que sacaran las cosas de Rotta de
la casa y que no se le permitiera entrar en el consulado. Al mismo tiempo,
comunicó al caimacán que Nicola Rotta ya no estaba al servicio del consulado
austríaco, que no gozaba de la protección del emperador y que su estancia en
Travnik era indeseable.
Al verse expulsado, Rotta se dirigió de inmediato a
d’Avenat y, a través de él, solicitó la protección del consulado francés.
Desde que habían llegado los cónsules y se habían abierto
los consulados, no se había producido mayor escándalo en Travnik. Ni siquiera
la conversión al islam y la extraña muerte de Mario Cologna habían provocado
tanto caos, tanta agitación y tantos chismorreos. Porque el caso de Cologna
había sucedido durante una revuelta colectiva y como parte integrante de ella,
mientras que ahora eran tiempos de paz. Además, el «doctor ilirio» murió y
calló para siempre, mientras que Rotta estaba vivo y más lenguaraz que nunca.
La defección de Rotta de su cónsul y de su país se
consideró, en general, como un gran éxito de d’Avenat. Él lo negaba y se
comportaba como un triunfador moderado y juicioso, pero, en realidad, se
esforzaba por aprovechar la posición de Rotta de la mejor manera posible,
aunque con cautela y sin precipitarse.
Daville, como tantas otras veces, se sentía dividido e
incómodo a causa de todo lo ocurrido. No podía ni debía rechazar todos los
beneficios que para la causa francesa suponía la deserción de Rotta. Porque el
intérprete jorobado, forzado por las circunstancias y llevado por su
naturaleza, se deslizaba cada vez más hacia una traición completa y abierta y,
poco a poco, descubría todo lo que sabía sobre el trabajo e intenciones de sus
superiores. Pero, por otro lado, le resultaba ofensivo y doloroso tener que cubrir
con su prestigio la conjura de los dos intérpretes, los dos levantinos, sin
escrúpulos y carentes de moral, contra un hombre honesto e inteligente como era
von Paulich. En su fuero interno deseaba dejarlo correr, una vez que d’Avenat
hubiera sacado todo el partido al asunto, y que se extinguiera poco a poco.
Pero eso no era lo que deseaban los dos intérpretes, y mucho menos Rotta. En la
lucha contra von Paulich, por fin había encontrado un objetivo digno para sus
pasiones y apetencias íntimas y secretas. Envió largas cartas no sólo al
cónsul, sino también al comandante de Brod, y al ministerio en Viena,
explicando su caso, aunque, por supuesto, silenciaba que había entablado
relación con los franceses. Acompañado de un guardia del consulado francés se
presentaba delante del consulado austríaco, exigía cosas que decía que eran
suyas, provocaba grescas y escenas en la calle, inventaba más reclamaciones,
corría jadeante por toda la ciudad, visitaba el konak y al caimacán. En
resumidas cuentas, disfrutaba de su escándalo como una mujer loca sin pudor.
Pese a no perder la calma, von Paulich cometió el error de
solicitar oficialmente al caimacán que arrestara a Rotta como si fuera un
vulgar ladrón de actas oficiales. Esto obligó a Daville a dirigir una misiva al
caimacán informándolo de que Rotta se había puesto bajo protección de Francia y
que debido a ello no podía ser arrestado ni perseguido. Remitió una copia de la
carta a von Paulich, y le explicó que lamentaba lo ocurrido, no obstante, no
podía actuar de otro modo, porque Rotta, que tal vez tenía un carácter incómodo
e impetuoso, pero era un hombre recto, había solicitado la protección del
consulado francés y no podían negársela.
Von Paulich respondió bruscamente protestando contra la
actuación del consulado francés que asumía la defensa de espías mercenarios,
prevaricadores y felones. Exigió a Daville que, en adelante, en todas las
cartas que le dirigiera señalara que no trataban de Rotta, pues de lo
contrario, se las devolvería sin abrir mientras durara este desagradable
incidente.
Daville, para el que el episodio en torno a Rotta se
estaba volviendo más difícil e ingrato, se sintió agraviado y pesaroso.
El viejo y malhumorado caimacán, al hallarse en medio del
conflicto entre los dos consulados, uno de los cuales exigía firmemente la
detención inmediata de Rotta, mientras que el otro se oponía también firmemente
a ello, estaba desconcertado e irritado con ambos por igual, pero sobre todo
con Rotta. Varias veces al día se decía a sí mismo, bufando por la nariz:
—Estos perros… Tiran a degüello y tienen que hacerlo en mi
patio.
A través de uno de sus hombres mandó recado a ambos
cónsules: antes dimitiría que permitirles entablar una guerra allí en Travnik,
teniendo en cuenta que sus soberanos estaban en paz, y desde luego no iba a
consentir que echaran el fardo sobre sus espaldas ya cargadas de por sí. No
deseaba enemistarse con ninguno de los dos cónsules bajo ningún concepto y
mucho menos por culpa de esa criatura furibunda, un vulgar lacayo y un
correveidile, y que como tal no merecía ser objeto de conversaciones entre los funcionarios
imperiales y los altos dignatarios. Mientras que a Rotta le advirtió que se
serenara y que cuidara de mantener su pequeña cabeza sobre los hombros, porque
por su culpa hacía semanas que andaban soliviantados los hombres más
importantes de esa ciudad, en la que hasta entonces, cual si de un templo se
tratara, había reinado el silencio; y no hacía falta señalar que él no valía
tanto ni aunque su cabeza fuera de oro y su inteligencia la de un visir. Si
quería vivir allí tranquila y honestamente, de acuerdo; pero si pensaba
originar el caos yendo de un consulado a otro, provocando peleas e implicando
en ellas a los turcos y al pueblo, entonces debía elegir uno de los dos caminos
que partían de Travnik, y lo conminaba a que lo hiciera cuanto antes y rápidamente.
En efecto, Rotta estaba extendiendo la polémica por toda
la villa y arrastraba con él a todo el que podía. Arrendó el piso superior de
la casa de un tal Pera Kalajdzic, un hombre soltero de mala reputación. Mandó
venir a herreros gitanos que pusieron rejas de hierro en las ventanas y
cerraduras especiales en todas las puertas. Además de dos buenas pistolas
inglesas que tenía en la cabecera de su cama, adquirió un fusil, pólvora y
plomo. Se preparaba su propia comida, por miedo a ser envenenado y limpiaba la
vivienda solo, por miedo a los ladrones y estafadores. Pronto se extendió por
sus aposentos la fría dejadez que reina en las casas de los solteros y de los
excéntricos. Los trapos y los residuos se amontonaban y todo estaba cubierto de
polvo y hollín. También en el exterior, el abandono se fue apoderando de la
casa, ya de por sí descuidada.
Del mismo modo, Rotta cambió deprisa, se volvió desaliñado
y negligente. Dejó de prestar atención a la limpieza y a su atuendo. Llevaba
las camisas sin almidonar, arrugadas y raídas, la corbata negra manchada de
comida, los zapatos sucios y desgastados. Su pelo, completamente blanco, se
adornó con unos reflejos amarillentos y verdosos, tenía las uñas negras, había
dejado de afeitarse con regularidad, y apestaba a cocina y a alcohol. Tampoco
su porte era el del antiguo Rotta. Ya no caminaba con la cabeza alta y zancadas
orgullosas, mirando a todos por encima del hombro; ahora correteaba por la
ciudad con pasos menudos y apresurados, cuchicheaba con aire confidencial con
la gente que todavía quería hablar con él o gritaba en la taberna contra el
cónsul austríaco. Ruidoso y pendenciero, invitaba a los parroquianos que lo
escuchaban a rakija, que él mismo había empezado a beber con frecuencia. Poco a
poco se disolvía la fina capa de dignidad, de falso poder y señorío que tenía
antaño.
Así vivía Nicola Rotta en Travnik, pensando que sostenía
una lucha gloriosa contra sus poderosos y variados enemigos. Cegado
completamente por su odio malsano, no advertía el cambio rápido que estaba
experimentando, que caía y que al caer rehacía hacia atrás y a grandes pasos el
camino de su larga y penosa ascensión. No sentía que una infinidad de pequeñas
cosas convergían en una y que, como una corriente imperceptible y potente, lo
arrastraba hacia atrás, a la vida que había abandonado de niño en el barrio
pobre de San Giusto en Trieste, directo al mundo de horrible miseria y vicio
del que había huido hacía treinta años empeñando todas sus fuerzas y que,
durante mucho tiempo, creyó haber dejado para siempre.
XXIII
Daville se enfadaba consigo mismo por creer en las
pequeñas supersticiones, pero le asombraba no dejar de pensar en ellas. Una de
esas creencias inexplicables se refería, por ejemplo, a la idea de que los
meses de verano en Travnik eran desgraciados y que siempre traían sorpresas
desagradables. Se decía que era algo natural. En verano empiezan todas las
guerras y todas las insurrecciones. En general, los días estivales son más
largos y los hombres tienen demasiado tiempo, por lo tanto más posibilidades de
hacer esas tonterías y malas acciones, que responden a una necesidad interna
profunda y constante. Y apenas acababa de explicárselo, retomaba la misma idea:
que el verano trae problemas y que los meses calurosos («los que no tienen
letra R») eran, desde cualquier punto de vista, más peligrosos que el resto.
Ese verano empezaba con malos augurios.
Un día de mayo que había comenzado bien, pues había podido
dedicar un par de horas a los versos de su obra sobre Alejandro, Daville
recibió al joven Frayssinet, que había venido para contarle en persona el mal
estado en que se hallaba el caravasar francés en Sarajevo y todos los
sinsabores por los que atravesaba la mercancía francesa en tránsito por Bosnia.
El joven, sentado en la galería, rodeado de flores, hablaba con el acento
meridional vivaz y rápido.
Era su segundo año en Sarajevo. Durante ese tiempo no
había ido a Travnik más que en otra ocasión, pero mantenía una correspondencia
constante con el cónsul general. En estas cartas, cada vez iban ocupando más
espacio las quejas relativas a las circunstancias y la gente de Sarajevo. El
muchacho estaba profundamente desilusionado y abatido. Había adelgazado, el
cabello clareaba en su nuca y su tez había adquirido un color malsano. Daville
advirtió que le temblaban las manos y que su voz rezumaba amargura.
Aquella claridad serena con la que preveía y disponía las
cosas durante su primera visita, dos veranos atrás, en esa misma terraza, había
desaparecido por completo. (Oriente, pensaba Daville con la maligna e
inconsciente satisfacción humana con la que descubrimos y observamos las
huellas de la enfermedad que también padecemos nosotros, Oriente se había
infiltrado en la sangre del joven y lo estaba minando, inquietando y
corroyendo).
Frayssinet estaba realmente amargado y decaído. El
descontento irritante contra todo y todos que embarga y acaba por dominar a los
occidentales cuando llegan allí por trabajo, lo colmaba de la cabeza a los pies
y no tenía fuerzas para someterlo y reprimirlo.
Sus propuestas eran radicales. Había que liquidar todo,
cuanto antes mejor, y buscar otras rutas, a través de otras regiones en las que
se pudiera vivir y trabajar con la gente.
Daville veía con claridad que el joven se había
contaminado del «veneno oriental» y que se hallaba en ese estadio de la
enfermedad en la que el paciente, en un acceso de fiebre, ni ve la realidad ni
puede juzgar adecuadamente, sino que con todos sus nervios y con todas sus
ideas sostiene una batalla constante con el entorno. Él conocía tan bien ese
estado de ánimo, que podía desempeñar con su huésped el papel del hombre mayor
y saludable que consuela y tranquiliza. Pero el joven se defendía de las palabras
de consuelo como de un ataque personal y de una ofensa.
—No —decía mordazmente—, en París ni siquiera barruntan
cómo se vive y se trabaja aquí, nadie puede saberlo. Sólo trabajando con estos
hombres y conviviendo con ellos, uno acierta a vislumbrar hasta qué punto los bosniacos
son de poco fiar, arrogantes, crueles y socarrones. Sólo nosotros lo sabemos.
A Daville le parecía estar escuchando las palabras que
tantas veces había proferido y escrito. Las escuchaba atentamente, sin apartar
los ojos de su interlocutor, que temblaba ahogado por el desconsuelo y una
honda repugnancia. «Así que ése era el aspecto que yo ofrecía a des Fossés y a
todos; he repetido lo mismo en múltiples ocasiones, con el mismo tono y las
mismas maneras», pensaba en su fuero interno. Sin embargo, en voz alta, trataba
de confortar y tranquilizar al excitado joven.
—Sí, es verdad, las circunstancias son difíciles, lo
sabemos por experiencia, pero hay que ser paciente. El buen juicio y el orgullo
francés acabarán por prevalecer sobre su vehemencia y arrogancia. Sólo hay que…
—Hay que huir de aquí, señor cónsul, y cuanto antes.
Porque aquí se pierde el orgullo, el juicio y la energía invertida sin obtener
nada a cambio. Eso es lo único cierto, al menos en lo que atañe al trabajo por
el que he venido.
«La misma enfermedad, los mismos síntomas», pensaba
Daville y trataba de calmarlo y convencerlo de que era preciso armarse de
paciencia y esperar, de que no se podía abandonar el trabajo así sin más, de
que en el gran proyecto imperial de un sistema continental y una organización
de la economía europea en su conjunto, Sarajevo era un punto importante,
ingrato, pero importante, y que ceder en cualquier campo podía hacer peligrar
toda la idea y perjudicar los planes del emperador.
—Ésa es nuestra contribución a los esfuerzos y
dificultades y debemos asumirlo por muy penoso que nos resulte. Incluso, aunque
no veamos el sentido y la orientación del proyecto con el que colaboramos, el
fruto no faltará, pero con la condición de que todos se mantengan en sus
puestos y no cedan. Y hay que tener siempre presente que la providencia nos ha
dado el soberano más grande de todos los siglos, que decide la suerte de todos
y, por lo tanto, la nuestra, y que podemos confiar ciegamente en él. No es una
casualidad que el destino del mundo se halle en sus manos. Su genio y su buena
estrella nos guían hacia un final feliz. Si nos apoyamos en esto, podemos
llevar a cabo nuestras misiones con tranquilidad y fe, a pesar de las
dificultades.
Mientras hablaba lenta y sosegadamente, Daville se
escuchaba a sí mismo con atención y, asombrado, seguía las palabras y
razonamientos que en sus arrebatos cotidianos de vacilaciones y dudas nunca
lograba encontrar. Su elocuencia y poder de convicción aumentaban y le sucedió
lo mismo que le sucede a una vieja nodriza, la cual para dormir a un niño le
cuenta largas historias y al final acaba durmiéndose ella junto al pequeño
despierto. Al terminar la conversación, se sentía satisfecho y convencido,
mientras que el joven, al que los mercaderes y arrieros de Sarajevo habían
envenenado la vida, sacudía la cabeza despacio, lo contemplaba con amargura y
apretaba los labios, con la cara trémula en la que se adivinaban las señales de
una mala digestión y de bilis exaltada.
En ese momento llegó d’Avenat, se disculpó por interrumpir
la reunión y comunicó en voz baja al cónsul que la noche anterior había llegado
de Constantinopla un emisario con la noticia de que la peste se había declarado
en el harén de Ibrahim bajá. La enfermedad que en las últimas semanas hacía
estragos en la capital, también se había introducido en la casa del visir en el
Bósforo. En poco tiempo habían fallecido quince personas, sobre todo criados,
pero la hija mayor del visir y su hijo de doce años se contaban entre las
víctimas. Los demás habitantes de la casa habían huido a las montañas del
interior del país.
Mientras escuchaba las graves noticias que traía d’Avenat,
a Daville le parecía ver claramente la figura inmensa del visir, engalanado de
manera ridícula, siempre inclinado a la derecha o la izquierda, estremecido por
el nuevo golpe.
Siguiendo el consejo de d’Avenat y conforme a las buenas
costumbres orientales, decidieron que no solicitara de inmediato una audiencia,
sino que dejara pasar unos cuantos días y con ellos, las primeras impresiones,
y las más terribles, de la desgracia.
Cuando continuó la charla con Frayssinet, Daville se
sentía más sabio y más paciente, fortalecido por el infortunio ajeno. Con
audacia y sin titubeos, prometió al joven que visitaría Sarajevo el mes
siguiente y vería en persona lo que podía hacerse con las autoridades para
mejorar el tránsito de las mercancías francesas.
Tres días más tarde, el visir recibió a Daville en la
planta alta, en el Diván de verano.
El cónsul pasó sin transición de un caluroso día estival a
la planta baja silenciosa y umbría del konak y sintió un escalofrío como si
entrara en unas catacumbas. En la planta alta había un poco más de luz, pero
allí, en comparación con el resplandor y el calor de la calle, reinaba una
penumbra plena de frescor. A través de una ventana abierta, entraba en la
habitación una frondosa rama de parra.
El visir estaba sentado en su lugar de siempre, sin dar
señales del menor cambio, en todo su esplendor, ladeado como una estatua vieja.
Al verlo así, Daville se esforzó por parecer él también normal y natural, pero
estaba tenso y no podía dejar de pensar en lo que debía decir a propósito de la
desgracia, algo que fuera afectuoso y discreto, sin mencionar a los muertos en
particular, y mucho menos a las mujeres, pero manifestando su comprensión y sus
condolencias.
Con su rigidez moral, que se correspondía perfectamente
con su inmovilidad física, el visir facilitó el asunto a Daville. Después de
escuchar, sin un gesto ni un ademán de la cara, las palabras del cónsul en la
traducción de d’Avenat, pasó enseguida a relatar el destino y acciones de los
vivos sin detenerse en los muertos.
—Y he aquí que la peste ha llegado a Estambul, a lugares
donde no recordaban haberla padecido —decía el visir con voz glacial y grave
como si hablara por una boca de piedra—, así es, la peste no podía faltar.
Tenía que venir por nuestros pecados. Seguramente yo también soy un pecador ya
que ha entrado en mi casa.
Aquí, el visir guardó silencio, pero Daville ordenó
rápidamente a d’Avenat que, como médico, hiciera notar que la naturaleza de la
dolencia es así y que había numerosos ejemplos de personas y casas santas e
inocentes que habían fallecido por la transmisión casual del germen de esa
peligrosa enfermedad contagiosa.
El visir movió lentamente la cabeza hacia d’Avenat por
primera vez como si acabara de descubrir su presencia, contemplándolo con esa
mirada ciega de sus ojos negros que miraban sin ver, cual si fueran de piedra,
y luego se volvió hacia el cónsul.
—No. Un pecado tras otro acarrea todo esto. El pueblo en
la capital ha perdido la razón y la vergüenza. El mundo entero ha enloquecido y
se ha entregado al lujo y al desenfreno. Pero nadie de las altas jerarquías
toma las riendas. El problema es que no está el sultán Selim. Mientras estaba
vivo y gobernaba, en la capital se perseguía el pecado, se combatía la
embriaguez, la ineptitud, la ociosidad. Pero ahora…
El visir se interrumpió de nuevo, de golpe, como un
mecanismo al que hay que dar cuerda una y otra vez; Daville repitió el intento
de decir cualquier cosa alentadora y reconfortante, de explicar que, entre el
pecado y el castigo, a la postre, se alcanza el equilibrio y así, sin duda,
llegaría el final de la expiación.
—Dios es Uno. El conoce la medida —replicaba el visir a
cada palabra de consuelo.
A través de la ventana abierta, llegaba el trino de
pájaros invisibles, los cuales hacían temblar la rama que se introducía en la
habitación. En la pendiente que cerraba el horizonte, se divisaban los campos
de trigo maduro, delimitados por matorrales verdeantes o setos vivos. De
repente, en el silencio que siguió a las últimas palabras del visir, resonó el
relincho brusco y agreste de un potro, procedente de la ladera.
La audiencia terminó con unas frases dedicadas al sultán
Selim, que había muerto como un santo y un mártir. El visir estaba conmovido,
aunque ni su voz ni su rostro lo dejaban traslucir.
—¡Que Dios le conceda todas las alegrías del mundo con sus
hijos! —le deseó a Daville al despedirse.
Daville respondió a su vez que después de la tristeza, la
alegría también iluminaría la vida del visir.
—En lo que a mí respecta, he perdido ya tantas cosas en la
vida que ahora lo que más me gustaría sería poder cultivar mi jardín, vestido
con basto lienzo, lejos del mundo y de los acontecimientos. ¡Dios es Uno!
El visir expresó su deseo como una frase hecha, concebida
tiempo atrás, como una imagen muy familiar a sus pensamientos y que para él
tenía un significado profundo y particular, incomprensible para los demás.
Ese verano de 1812 había empezado mal y mal continuó.
Durante la última guerra, contra la quinta coalición, en
el otoño de 1810, las cosas habían sido fáciles para Daville en muchos
aspectos. Primero, la contienda con von Mitterer, la colaboración con Marmont y
los capitanes de las ciudades en la frontera con Austria habían sido, como
hemos visto, arduas y agotadoras, pero al menos llenaban el tiempo y le
impedían pensar en las preocupaciones reales y en los objetivos palpables.
Segundo, la campaña avanzaba bien, de victoria en victoria, y lo más importante,
deprisa. Ya a principios del otoño se había firmado el Tratado de Viena y una
tregua al menos provisional. Ahora, sin embargo, todo sucedía muy lejos y la
empresa era absolutamente incomprensible y aterradora por su complejidad y sus
gigantescas proporciones.
La vida de Daville en aquellos meses de verano y otoño
consistía en ser consciente de que su existencia y sus pensamientos dependían
de los movimientos de un ejército que se batía en algún lugar de las estepas
rusas, sin saber nada de él, ni su plan de ruta ni sus medios ni sus
posibilidades, sólo aguardar y hacer conjeturas de todo tipo, incluso de las
peores, mientras paseaba por los senderos escarpados del jardín del consulado.
Y no había nada que hiciera la espera más fácil ni nadie que viniera a socorrerlo.
Los correos pasaban con más frecuencia, pero no traían
muchas noticias de la guerra. Los boletines en los que se mencionaban nombres
raros de ciudades totalmente desconocidas —Kovno, Vilna, Vitebsk, Smolensko— no
podían ni disipar las dudas ni ahuyentar los temores. Los mismos correos que,
por lo general, tenían infinidad de historias y noticias que contar, ahora
estaban extenuados, de mal humor y silenciosos. Ni siquiera había mentiras ni
rumores que lo animaran y distrajeran un poco de los malos presentimientos e
incertidumbres.
El transporte del algodón francés a través de Bosnia ya
estaba encauzado y progresaba bien, o al menos eso parecía si se comparaba con
los desvelos y temores suscitados por la gran aventura que se desarrollaba allá
lejos, en el norte. Ciertamente, los arrieros habían subido los precios, el
pueblo robaba el algodón por el camino, y los aduaneros turcos eran informales
y tan codiciosos que ningún soborno podía saciarlos. Frayssinet escribía cartas
desesperadas, víctima del mal que atacaba a los extranjeros, no acostumbrados a
la comida, a la gente y a los inconvenientes del país. Daville seguía todos los
síntomas de esta enfermedad, que él conocía bien, y sus respuestas eran sabias
y mesuradas, propias de un funcionario del Estado, e incluían recomendaciones
para que tuviera paciencia en su trabajo al servicio del imperio.
Entre tanto, él mismo, con el alma en vilo, buscaba a su
alrededor un gesto humano que lo sosegara y le diera valor para afrontar sus
vacilaciones y sus miedos, ocultos pero constantes. Sin embargo, no había nada
a lo que un hombre pudiera aferrarse ni nada en que apoyarse. Como siempre en
situaciones similares, como antaño con el caso del capitán de Novi, Daville se
sintió rodeado por un muro vivo de caras y ojos fríos y mudos, como si
obedecieran a un acuerdo tácito, o bien enigmáticos, vacíos y embusteros. ¿A
quién dirigirse, a quién preguntar, quién podía conocer la verdad y quién
querría decírsela?
El visir siempre le planteaba las mismas preguntas
lacónicas:
—¿Dónde se halla ahora su emperador?
Daville respondía citando el lugar que se mencionaba en el
último boletín, y el visir hacía sólo un gesto vago con la mano murmurando:
—¡Quiera Dios que entre pronto en San Petersburgo!
Y lo decía lanzando a Daville una mirada que le helaba las
entrañas y aún más el alma.
Por si fuera poco, el comportamiento del cónsul austríaco
no hacía sino avivar las inquietudes del francés.
En cuanto el ejército de Napoleón se dirigió hacia Rusia y
llegaron noticias de que el gobierno de Viena, esta vez como aliado de los
franceses, participaría en la campaña con una fuerza de más de treinta mil
hombres al mando del príncipe Schwarzenberg, Daville visitó a von Paulich, con
la esperanza de entablar con él una conversación sobre los aspectos de esta
gran guerra en la que sus dos países estaban, felizmente en esta ocasión, del
mismo lado. El austríaco lo recibió con una cortesía glacial y muda. El
teniente coronel se mostró más distante y ajeno que nunca, se conducía como si
no supiera nada de la contienda ni de la alianza y dejó a Daville que
reflexionara solo, que se alegrara solo de las victorias y que solo se apenara
por las derrotas. Y cuando el francés intentó extraerle una palabra, al menos,
de asentimiento o de desaprobación, clavó sus bellos ojos azules en el suelo y
su mirada vacía adquirió de repente un brillo maligno y peligroso.
Después de cada visita a von Paulich, Daville regresaba a
casa más desconcertado y abatido. Por lo demás, no cabía duda de que el cónsul
austríaco se esforzaba por causar la impresión, tanto al visir como al pueblo,
de que él no participaba en esa guerra y de que toda la empresa era asunto
exclusivo de Francia. Las observaciones de d’Avenat también lo confirmaron.
Al regresar a casa sumido en estos pensamientos y
reflexiones, Daville encontró a su mujer entregada a la tarea de preparar las
conservas para el invierno. La experiencia de los años anteriores le había
enseñado qué verduras se conservaban mejor y más tiempo, qué variedades de
frutas locales eran las más adecuadas para poner en conserva, cuál era el
efecto de la humedad, del frío y de los cambios climáticos. De modo que sus
conservas y encurtidos mejoraban de año en año, su mesa se volvía más rica y
variada y las pérdidas y el despilfarro eran cada vez menores e
insignificantes. Las mujeres trabajaban siguiendo sus instrucciones y bajo su
supervisión y ella misma no dudaba en ponerse manos a la obra a cada instante.
Daville sabía muy bien (él también tenía una larga
experiencia) que no merecía la pena interrumpirla en su trabajo y que además no
le serviría de gran ayuda, pues ella no tenía agudeza —ni nunca la tendría—
para las discusiones abstractas sobre miedos y angustias que a él no lo
abandonaban jamás. La menor inquietud familiar debida a los niños, a la casa o
a él mismo, era para su esposa mucho más importante y merecedora de una
conversación que «los estados psíquicos» más complejos que obsesionaban al cónsul
y sobre los que tanto le habría gustado tener a alguien con quien debatir.
Sabía que esa mujer (por lo demás su único y seguro compañero) siempre estaba,
y ahora más que nunca, dedicada en cuerpo y alma al momento presente y al
trabajo que tenía delante, como si no existiera otra cosa en el mundo y como si
todos los humanos, desde Napoleón hasta la esposa del cónsul en Travnik,
estuvieran igualmente entregados a preparar lo necesario para el invierno, cada
uno a su modo. Ella tenía claro que la voluntad divina se cumplía a cada
instante, por todo y en todo, así que ¿para qué servían las largas
disertaciones?
Daville, sentado en su cómodo sillón, se cubrió los ojos
con la mano y después de un suspiro inaudible («¡Dios mío, Dios mío!») cogió a
Delille y lo abrió al azar en mitad de un poema. En realidad, buscaba algo que
no está ni en los libros ni en la vida: un amigo compasivo, un amigo del alma,
dispuesto a escucharlo y comprenderlo todo, un amigo con el que pudiera hablar
sinceramente y que respondiera a sus preguntas con claridad y sin tapujos. En
una charla así, como en un espejo, podría ver por primera vez su verdadera
cara, conocer el auténtico valor de su trabajo y determinar sin ambigüedades su
posición en el mundo. Por fin sería capaz de discernir qué había de real y
fundado o, al contrario, de imaginario e injustificado en todos sus escrúpulos,
reservas y temores. Y eso, en el triste valle, en el que ya se deslizaba su
sexto año de soledad, habría sido una verdadera liberación.
Pero este amigo no llegaba. No llegaba jamás, en su lugar
venían sólo huéspedes extraños e indeseables.
En los primeros años, sucedía que de vez en cuando un
viajero francés o un extranjero con pasaporte francés se detenía en Travnik
para solicitar servicios o proponer los suyos. Pero en los últimos tiempos
aparecían con demasiada frecuencia.
Llegaban viajeros, mercaderes sospechosos, aventureros,
estafadores que se habían engañado a sí mismos al desviarse del camino en ese
país pobre e impenetrable. Todos iban de paso o huían hacia Constantinopla,
Malta, Palermo, y consideraban que su estancia en Travnik era un castigo y una
desgracia. Para Daville, cada uno de estos visitantes inesperados, poco gratos,
suponía una fuente de problemas e inquietudes. Había perdido la costumbre del
contacto con sus compatriotas y con los occidentales en general. Y como todas
las personas excitables que no están muy seguras de sí mismas, difícilmente
distinguía la mentira de la verdad y dudaba sin cesar entre una sospecha
fundada y una confianza excesiva. Angustiado por las circulares del ministerio
que una y otra vez prevenían a los consulados contra los agentes ingleses,
increíblemente astutos y bien camuflados, Daville veía en cada uno de estos
viajeros un espía inglés y tomaba toda una serie de medidas superfluas e
inútiles para desenmascararlo o defenderse de él. En realidad, estos forasteros
eran a menudo hombres descarriados, ellos mismos infelices y perdidos, cuyos
destinos se habían torcido, eran refugiados y náufragos de una Europa
turbulenta que Napoleón con sus conquistas y su política labraba y excavaba en
todas las direcciones. Daville intuía de vez en cuando a través de ellos en qué
había convertido «el General» el mundo en los últimos cuatro o cinco años.
También los detestaba porque al ver su deseo apremiante de
marcharse cuanto antes de allí, su irritación ante el desbarajuste, la
incompetencia, la falta de rigor de aquella gente, su impotencia exasperada en
la lucha contra el país, los hombres y las circunstancias, él podía juzgar el
lugar al que había ido a parar y en el que estaba pasando sus mejores años.
De ahí que cada uno de estos extranjeros indeseables fuera
para Daville un cúmulo de problemas. Le parecía que no lo dejaban respirar y
que lo avergonzaban delante de todo Travnik; y trataba por todos los medios,
con dinero, complacencia o súplicas, de alejarlos cuanto antes de Bosnia, para
no tener que contemplar la encarnación de su destino ni tener testigos de su
infortunio.
Siempre había habido viajeros imprevistos, pero nunca como
este año, al empezar la campaña contra Rusia, y nunca tan extravagantes,
sospechosos y desaprensivos. Por suerte que d’Avenat, incluso en tales
circunstancias, jamás perdía su sentido de la realidad, su sangre fría
insolente y su falta de consideración hacia todo y todos que resolvía incluso
las situaciones más difíciles.
Una tarde de un lluvioso día de mayo, llegaron unos
viajeros a las puertas de la gran posada. De inmediato los rodeó una multitud
de niños y mirones. De entre las mantas y chales surgieron tres personas
vestidas a la europea. Un hombre pequeño y ágil, una mujer corpulenta, con la
cara empolvada de blanco, llamativos coloretes y el cabello teñido como una
actriz, y por último una niña de unos doce años. Todos estaban agotados,
destrozados por el difícil viaje y la larga cabalgata, hambrientos, enfadados unos
con otros y con el mundo entero. Las explicaciones con los palafreneros y el
posadero no tenían final. El hombre, pálido y de pelo negro, se movía con la
vivacidad de los meridionales, vociferaba, daba órdenes y gritaba a su mujer y
a la niña. Luego, descargaron sus baúles y los colocaron delante de la posada.
El forastero agarró a la pequeña regordeta por las axilas, la levantó y la
plantó en lo alto del equipaje, conminándola a que no se moviera de allí, como
si fuera una estatua viviente, y se fue en busca del consulado francés.
Regresó con d’Avenat que lo miraba de reojo y con
arrogancia, mientras que el hombrecillo explicaba que se llamaba Lorenzo
Gambini, natural de Palermo, que hasta entonces había vivido en Rumania donde
era comerciante y que regresaba a Italia, porque no podía soportar más la vida
en Levante. Lo habían engañado, le habían robado y arruinado su salud.
Necesitaba un visado para volver a Milán. Le habían dicho que podría obtenerlo
en Travnik. Tenía un pasaporte anticuado de la República Cisalpina. Quería proseguir
el viaje inmediatamente, porque cada día que debía pasar entre aquella gente,
decía, le enloquecía y no respondía ni de sí mismo ni de sus actos si tenía que
permanecer allí.
D’Avenat intervino para que el posadero les diera unas
habitaciones y de comer, sin escuchar la cháchara del viajero.
La mujer también se entrometió en la conversación, con la
voz lastimera y fatigada de una actriz que es consciente de que está
envejeciendo y no puede olvidarlo ni un segundo ni resignarse. La niña gritaba
desde lo alto del baúl que tenía hambre. Todos hablaban al mismo tiempo.
Querían habitaciones, comer y descansar, querían un visado y marcharse
enseguida de Travnik y de Bosnia; sin embargo, parecía que lo que más les
apetecía era parlotear y pelearse. Nadie escuchaba a nadie ni se enteraba de lo
que decía el otro.
Olvidando al posadero y dando la espalda a d’Avenat, el
pequeño italiano gritaba a la mujer, que era dos veces más grande que él:
—Tú no te metas. Ni se te ocurra dirigirme la palabra.
Maldita sea la hora en que abriste la boca por primera vez y por primera vez te
escuché. Tú tienes la culpa de todo.
—¿Que yo tengo la culpa, yo? ¡Ay! —aullaba la mujer,
poniendo al cielo y a todos los presentes por testigo— ¡Ay, ay! Mi juventud, mi
talento, se lo he dado todo, todo, y ahora tengo yo la culpa.
—Sí, por tu culpa, hermosa mía, por tu culpa, maldita sea…
Por ti muero y pierdo la vida y por ti me mataré aquí mismo.
Y con gesto maquinal, sacó del amplio gabán una pistola
enorme y se la apoyó en la frente. La mujer lanzó un alarido y se abalanzó
hacia el hombre, que no tenía ninguna intención de disparar, colmándolo de
abrazos y de arrumacos.
La niña rolliza permanecía en lo alto de los baúles y
masticaba tranquilamente un pastel albanés amarillo que alguien le había dado.
D’Avenat se rascaba detrás de la oreja. El italiano olvidó enseguida a la mujer
y la amenaza de suicidio y, vuelto hacia el intérprete, le explicaba febril que
debía recibir el visado a la mañana siguiente a más tardar y agitaba un
pasaporte arrugado y encolado por varios sitios, mientras regañaba a la niña
por haberse subido a los baúles y no ayudar a su madre.
Dejando las cosas arregladas con el posadero y prometiendo
que por la mañana temprano le daría una respuesta, d’Avenat se dirigió al
consulado sin mirar a la extraña familia ni responder a las súplicas y
aseveraciones ardientes del italiano.
Delante de la posada siguió reunida la multitud de
curiosos que observaba con asombro y perplejidad a los extranjeros, sus
atuendos y su conducta insólita, como si se tratara del teatro o del circo. Los
turcos en sus puestos y los transeúntes atareados los miraban ceñudos, por el
rabillo del ojo y de inmediato volvían la cabeza.
Unos instantes después de que d’Avenat llegara al
consulado y relatara a Daville que habían llegado unos visitantes bastante
extraños, mostrándole el pasaporte de Gambini de origen fantástico, repleto de
visados y observaciones, cosido y remendado, se oyeron en el zaguán fuertes
gritos y golpes. Lorezo Gambini había venido en persona y exigía hablar con el
cónsul cara a cara. El guardia le impidió entrar. La chiquillería de la ciudad
lo seguía de lejos, porque presentían que allí donde fuera el forastero tenía
que haber jaleo, gritos y escenas excitantes. El intérprete salió y reprendió
con severidad al hombre eternamente agitado, que aseguraba contar con méritos
para la causa francesa, y que iba a tener mucho que contar en Milán y en París.
Por fin obedeció y regresó a la posada, sin dejar de repetir que se mataría en
el umbral del consulado si al día siguiente no obtenía el visado.
Daville estaba asustado, harto y contrariado y le ordenó a
d’Avenat que pusiera fin a la situación enseguida, para evitar ofrecer tales
escenas públicas y que se produjeran otras peores. El intérprete que carecía de
sensibilidad para estas cuestiones y estaba acostumbrado a considerar la pelea
como un fenómeno normal en los asuntos de Oriente, tranquilizó al cónsul de
modo seco y realista.
—Éste no se matará nunca. Y cuando vea que no le damos
nada se irá por donde ha venido.
Y, en efecto, así fue. A los dos días toda la familia
abandonó Travnik, después de una fuerte disputa entre d’Avenat y Lorenzo en el
curso de la cual el italiano tan pronto amenazaba con matarse allí mismo, como
con quejarse personalmente a Napoleón del consulado de Travnik, mientras que su
robusta mujer lanzaba a d’Avenat sus miradas más peligrosas de la antigua
belleza que había sido.
Daville, siempre preocupado por el prestigio de su país y
del consulado, respiró aliviado. Pero tres semanas más tarde, un nuevo
forastero indeseable hizo su aparición en Travnik.
En la posada se alojó un turco, muy bien vestido, que
venía de Constantinopla y que de inmediato solicitó entrevistarse con d’Avenat.
Se llamaba Ismail Raif y, en realidad, se trataba de un judío de Alsacia, un
tal Mendelsheim, convertido al islam. Él también quería hablar con el cónsul en
persona y afirmaba poseer importantes informes para el gobierno francés. Se
vanagloriaba de tener una vasta red de relaciones en Turquía, Francia y
Alemania, de ser miembro de la primera logia masónica de Francia y de conocer
muchos de los planes de los enemigos de Napoleón. Era de complexión atlética y
fuerte, pelirrojo y de cara rubicunda. Se comportaba con arrogancia y hablaba
demasiado. Sus ojos brillaban como los de un borracho. D’Avenat se desembarazó
de él usando una estratagema que utilizaba a menudo. Le aconsejó muy en serio
que se pusiera en camino de inmediato, sin perder un solo minuto, y que todo lo
que tenía que contar se lo comunicara al comandante militar de Split, porque
era el único con autoridad para tratar estos temas. El judío se resistía y se
quejaba de que los cónsules franceses nunca se interesaban por esas cosas, que
los cónsules ingleses y austríacos lo habrían acogido con los brazos abiertos y
le habrían pagado con oro puro, pero, no obstante, al cabo de unos cuantos días
emprendió el viaje.
Al día siguiente de su partida, d’Avenat se enteró de que
antes de marcharse, había visitado a von Paulich y le había ofrecido sus
servicios contra Napoleón. D’Avenat informó enseguida de ello al comandante de
Split.
Pero no habían pasado ni diez días, cuando Daville recibió
una extensa carta de Bugojno. El mismo Ismail Raif le comunicaba que se había
detenido en esta ciudad y que había entrado al servicio de Mustafa bajá
Suleimanpasic, por orden del cual, solicitaba en su nombre que le enviaran al
menos dos botellas de coñac, de calvados o de cualquier otra bebida alcohólica
francesa «bastaba con que fuera fuerte».
Mustafa bajá era el hijo mayor de Suleiman bajá Skopljak,
un señorito mimado y descarriado, propenso a numerosos vicios y en especial a
la bebida y en nada parecido a su padre, un hombre astuto y socarrón, pero
valiente, honesto y trabajador. El joven bajá llevaba una vida ociosa y
disipada, perseguía a las campesinas, bebía con los holgazanes y cabalgaba por
la llanura de Kupres. Y el viejo Suleiman bajá, por lo general, severo y ducho
con la gente, era débil y poco firme con su hijo y siempre hallaba una excusa
para su molicie y sus malhadadas hazañas.
D’Avenat comprendió de inmediato cuál era la relación que
unía a los dos hombres. Con el consentimiento del cónsul respondió directamente
al joven bajá que le enviaría las bebidas en otra ocasión, pero que de paso le
recomendaba que no depositara su confianza en ese Ismail que era un aventurero
y, con toda probabilidad, un espía austríaco.
Ismail Raif respondió con una larga carta en la que se
defendía y justificaba, demostrando que él no era ningún espía, sino un buen
francés y un ciudadano del mundo, un hombre infeliz, un nómada. La misiva,
escrita bajo los efluvios de la rakija de Kupres, terminaba con unos sombríos
versos en los que se lamentaba de su propio sino:
O ma vie! O vain songe! O rapide existence!
Qu’amusent les désirs, qu’abuse l’espérance.
Tel est done des humains l’inévitable sort!
Des projets, des erreurs, la douler et la mort!
(¡Oh vida mía! ¡Oh sueño vano! ¡Oh fugaz existencia!
Que distraen los deseos que engaña la esperanza.
¡Tal es pues de los humanos la inevitable suerte!
Proyectos, errores, el dolor y la muerte).
Ismail volvió a escribir unas cuantas veces en estos
términos, justificándose y explicando su situación con prosa etílica, salpicada
de versos y firmando con su antiguo nombre y supuestos títulos masónicos, Cerf
Mendelsheim, Chevalier d’or, hasta el momento en que la bebida, el vagabundeo y
los acontecimientos se lo llevaron de Bosnia.
Como si se hubieran puesto de acuerdo para sustituirse
unos a otros, en cuanto cesó de escribir el judío, llegó otro viajero francés,
un tal Pépin, menudo, vestido con cursilería, perfumado y empolvado, de voz
aflautada y movimientos ágiles. Explicó a d’Avenat que venía de Varsovia, donde
tenía una escuela de danza, que se había detenido allí porque le habían robado
en el camino, y que regresaba a Constantinopla, donde había vivido antaño y
tenía algunas deudas que cobrar. (Cómo había aparecido en Travnik, que de
ningún modo se hallaba en el camino de Varsovia a Constantinopla, era
inexplicable).
Ese hombre menudo manifestaba la impudicia de una
prostituta. En cuanto tuvo ocasión detuvo a Daville, que cabalgaba por la
ciudad, corriendo delante de su caballo y rogándole ceremoniosamente que lo
recibiera y escuchara. Para no provocar el escándalo delante de la gente,
Daville se lo prometió. Pero al llegar a casa, temblando por la excitación y la
rabia, llamó de inmediato a d’Avenat y le rogó que lo liberara de ese
inoportuno.
El cónsul, que veía agentes ingleses incluso en sueños,
afirmaba que el hombre en cuestión tenía acento inglés. D’Avenat, siempre
impasible, incapaz de fantasear y de ver lo que no había o de embellecer lo que
veía, sabía ya a qué atenerse con ese viajero.
—Le ruego que no pierda de vista a ese hombre —decía el
cónsul exasperado—, se lo ruego, quítemelo de encima, porque es un agente, al
que han enviado sin lugar a dudas para comprometer el consulado o algo
parecido. Es un provocador…
—No —respondió secamente d’Avenat.
—¿Cómo que no?
—Es un afeminado.
—¿Que es qué?
—Un afeminado, señor cónsul.
—¡Oh, oh! ¿Qué le falta por ver a este consulado? ¿Está
usted seguro? ¡Oh!
D’Avenat tranquilizó a su jefe y al día siguiente libró a
Travnik del señor Pépin. Sin decirle nada a nadie, acorraló al invertido en un
rincón de su habitación, agarró su chorrera impecable, le dio una buena
sacudida y lo amenazó diciendo que al día siguiente le darían de latigazos en
medio del bazar y que las autoridades turcas lo encerrarían en la fortaleza si
no seguía de inmediato su viaje. Cosa que hizo el maestro de danza sin vacilar.
Daville se sintió feliz por haberse librado de ese
trotamundos, pero en su fuero interno temblaba, preguntándose qué desechos de
la sociedad y qué náufragos arrojaría todavía el estúpido y oscuro juego del
azar a ese valle en el que, de por sí, ya era bastante difícil vivir.
Pero ese sexto otoño de Daville en Travnik maduró y, de
repente, como un drama, alcanzó su apogeo.
A finales de septiembre llegó la noticia de la toma de
Moscú, pero también de su incendio. Nadie vino a felicitar al cónsul. Von
Paulich seguía manteniendo con una calma insolente que no tenía noticias de la
guerra y evitaba cualquier conversación sobre el tema. D’Avenat afirmaba que
los hombres de von Paulich se comportaban de igual manera cuando hablaban con
el pueblo llano, como si ignoraran que el imperio austríaco luchaba contra
Rusia.
Daville, adrede, visitaba el konak con más frecuencia y se
reunía con la gente de la ciudad, pero todos, como si respetaran un pacto,
eludían hablar de la campaña contra Rusia y se refugiaban tras expresiones y
fórmulas de cortesía generales y carentes de significado que no comprometían a
nadie. De vez en cuando, a Daville le parecía que todos lo miraban con miedo y
extrañeza, como a un sonámbulo que camina por alturas peligrosas y al que se
evita despertar con palabras imprudentes.
Sin embargo, la verdad emergía lentamente a la superficie.
Un día lluvioso cuando el visir le preguntó, como solía hacer, qué noticias
tenía de Rusia y cuando él le comunicó la toma de Moscú, el visir se alegró,
aunque ya conocía la nueva, lo felicitó y le deseó que Napoleón avanzara como
antaño Ciro, el conquistador justo.
—Pero ¿por qué su emperador se dirige ahora, en vísperas
del invierno al norte? Es peligroso. Peligroso. Me gustaría verlo un poco más
al sur —dijo Ibrahim bajá, mirando con gesto preocupado por la ventana hacia la
lejanía, como si mirara hacia algún lugar de esa Rusia peligrosa.
El visir había hecho la pregunta con el mismo tono con que
antes había expresado su enhorabuena y la comparación con Ciro, y d’Avenat lo
tradujo igual que traducía todo lo que se decía, de manera seca y simplificada,
pero Daville sintió que se le revolvían las entrañas. «Aquí está lo que yo
presentía, lo que todos piensan y saben, pero nadie quiere formular», pensaba
mientras esperaba en tensión las siguientes palabras del visir. Pero éste
callaba. («Él tampoco quiere decirlo», se decía afligido el cónsul). Sólo
después de un prolongado silencio, el visir habló de nuevo, pero de otra cosa.
Contó que hacía mucho tiempo Gisari Çelebi kan había marchado contra Rusia y
derrotado en varias ocasiones al ejército enemigo que se batía en retirada sin
cesar hacia el interior, hacia el norte. Entonces, el invierno sorprendió al
kan vencedor. El pánico cundió entre el ejército desconcertado, hasta el
momento imbatible, mientras que los bárbaros infieles, peludos, y acostumbrados
al frío, empezaron a atacar desde todos los lados. Entonces, Gisari Çelebi kan
pronunció las famosas palabras:
Cuando un hombre se aleja del sol de su país,
¿Quién iluminará el camino a su regreso?
(A Daville le irritaba esta costumbre turca de recitar
versos en el curso de una conversación, como algo muy importante y
significativo, y nunca lograba ver cuál era el verdadero sentido de las
estrofas citadas y cuál era su relación con el tema que se trataba, mientras
que siempre tenía la sensación de que ellos le daban una importancia y un
significado que él no podía ni percibir ni adivinar).
El joven kan se enojó con sus astrónomos que lo seguían a
todas partes y que habían predicho la llegada del invierno para más adelante.
Por eso ordenó que los sabios, que habían demostrado ser tan ignorantes, fueran
encadenados y que los arrastraran, descalzos y ligeros de ropa, delante de las
primeras filas del ejército, para que pudieran sentir en sus propias carnes,
las consecuencias de su error. Pero aquí se puso de manifiesto que esos
eruditos enjutos, curtidos y exangües como chinches, resistían mejor el frío
que los soldados. Mientras que ellos seguían vivos, los corazones pictóricos de
los guerreros se quebraban en sus pechos como la madera de haya sana ante las
grandes heladas. Cuentan que no se podía tocar el acero porque quemaba como si
fuera incandescente, y la piel de las palmas de las manos se quedaba pegada en
él. Así se malogró la empresa de Gisari Çelebi kan, perdió su ejército
magnífico y a duras penas logró salvar la vida.
La audiencia terminó con los parabienes y los mejores
deseos de éxito para la campaña de Napoleón con la esperanza de que derrotara a
los rusos, que eran conocidos como pérfidos vecinos a los que no les gustaba la
paz y no respetaban la palabra dada.
Naturalmente, la historia de Ciro y de Gisari Çelebi kan
no había surgido de la cabeza del visir, sino de la de Tahir bey. Él las había
relatado durante una discusión mantenida en el konak a propósito de la toma de
Moscú y de las perspectivas de la campaña de Napoleón en Rusia. D’Avenat, que
se enteraba de todo, también se enteró de las ideas que prevalecían en el konak
referentes a la posición de los franceses en Rusia.
Tahir bey explicó al visir y a los demás que los franceses
habían ido demasiado lejos y que no podrían retirarse sin sufrir grandes
pérdidas.
—Si los soldados de Napoleón permanecen una semana más
allí donde están —decía el teftedar—, yo los veo como túmulos cubiertos de
nieve rusa.
El confidente había transmitido fielmente estas palabras a
d’Avenat y éste al cónsul sin vacilar.
«Al final, todos los temores se materializan», se dijo
Daville a sí mismo en voz alta y pausada una mañana de invierno al despertarse.
Era una día de diciembre extraordinariamente frío. Se
había despertado bruscamente, sintiendo que sus propios cabellos en la nuca
eran como una mano ajena helada. Abriendo los ojos, pronunció esas palabras
como si fuera un mensaje que alguien le enviaba.
Palabras que se repitió unos días más tarde cuando
d’Avenat anunció que en el konak se hablaba mucho de la derrota de Napoleón en
Rusia y de la hecatombe sufrida por el ejército francés. El último boletín ruso
con todos los detalles de la derrota francesa circulaba por la ciudad. A juzgar
por todo, parecía que el consulado austríaco se encargaba de conseguir y
difundir los boletines rusos, por supuesto que a hurtadillas y de manera
indirecta. En cualquier caso, Tahir bey disponía de ese comunicado y se lo mostró
al visir.
«Todo se materializa…», se repetía Daville a sí mismo,
mientras escuchaba la historia de d’Avenat. No obstante, se sobrepuso y
tranquilo ordenó al intérprete que fuera a ver a Tahir bey con cualquier excusa
y le pidiera el boletín ruso. Al mismo tiempo, hizo venir al otro intérprete,
Rafo Atijas, y le encomendó a él y también a d’Avenat que fueran a la ciudad,
desmintieran esos rumores ruines y convencieran a la gente de que Napoleón era
invencible pese a las actuales dificultades provocadas por el invierno y la
lejanía y no por las victorias rusas.
D’Avenat logró ver a Tahir bey. Le rogó que le cediera el
boletín ruso, pero el teftedar no quiso dárselo.
—Si te lo entrego, lo lógico es que se lo enseñes al señor
Daville y eso es lo que yo no quiero. Lo que en él escribe es demasiado
desfavorable para él y para su país, y yo lo respeto demasiado y no quiero que
sepa estas noticias por mí. Dile que mis mejores deseos lo acompañan siempre.
D’Avenat se lo repitió a Daville a su manera cruelmente
exacta y fría y partió enseguida, dejando al cónsul solo con sus pensamientos y
la amabilidad oriental de Tahir bey que ponía los pelos de punta.
«Para ser objeto de semejante atención por parte de los
otomanos, hay que estar muerto o ser el hombre más desgraciado de la tierra»,
pensaba el cónsul apoyado en la ventana, observando el crepúsculo invernal.
En el estrecho cielo azul oscuro por encima del Vilenica
apenas perceptible, asomaba la luna en cuarto creciente, aguda y fría, como una
letra de metal.
No, esta vez las cosas no iban a acabar como antes, con
boletines triunfales ni acuerdos de paz victoriosos.
Eso que presentía Daville hacía tanto tiempo ahora se
alzaba ante él como una certeza en la noche glacial y extranjera, bajo la
maligna luna creciente y lo empujaba a reflexionar en lo que significaría para
él y su familia el desastre y la derrota total. Se esforzaba por pensar en
ello, pero sentía que se necesitaban más fuerzas y más audacia de las que él
tenía esa noche.
No, esta vez las cosas no terminaron como en las ocasiones
precedentes, con un boletín victorioso y un acuerdo de paz que proporcionaba a
Francia nuevos territorios y nuevos laureles al ejército imperial, sino que al
contrario, terminaron con la retirada y la derrota. En un silencio sordo, el
mundo entero aguardaba la catástrofe segura y final. O al menos eso era lo que
le parecía a él.
Durante esos meses, Daville quedó absolutamente privado de
noticias, casi sin ningún contacto con el mundo exterior hacia el que se
volvían todos sus pensamientos y del que dependía su destino.
Un invierno largo e inusualmente duro, el peor invierno de
todos los que Daville había pasado allí, asedió Travnik y toda la región.
Las gentes contaban que no había habido un invierno
parecido desde hacía veintiún años, pero, como suele suceder, éste iba a ser
más riguroso e inclemente. Ya en noviembre, el frío había empezado a paralizar
la vida y a alterar el paisaje y la fisonomía de las personas. Luego, se abatió
sobre el valle y se instaló, uniforme e inmóvil, como una desolación mortal,
sin esperanza de cambio. El invierno vació los graneros y bloqueó los caminos.
Los pájaros caían muertos del cielo, como frutas fantasmales de ramas
invisibles. Los animales salvajes descendían de los cerros abruptos e irrumpían
en la ciudad, olvidando su miedo a los humanos por el miedo al frío. En la
mirada de los pobres e indigentes se adivinaba el temor mudo a morir sin poder
defenderse. Los hombres perecían congelados en los caminos en busca de pan o de
un refugio caliente. Los enfermos fallecían, porque no había remedios contra el
invierno. En la noche helada se oía crujir las tablas del techo del consulado,
quebradas por el frío, o aullar a los lobos desde la cumbre del Vilenica.
El fuego en las estufas de arcilla ardía noche y día,
porque la señora Daville, que pensaba siempre en el hijo que había perdido
cuatro años atrás, temía por los niños.
En esa época, después de cenar, Daville y su esposa
prolongaban la velada, ella luchando contra el sueño y la fatiga de la jornada
y él contra el insomnio y las preocupaciones interminables. Ella quería dormir
y el cónsul, hablar. A ella le resultaban ajenas y desagradables todas las
historias y observaciones sobre el invierno y la pobreza, porque los combatía a
lo largo del día, menuda, envuelta en chales, pero ligera y en constante
movimiento. Él, por el contrario, hallaba en ello su único alivio, al menos,
momentáneo. La mujer lo escuchaba, no obstante, aunque hacía un rato que se
caía de sueño, cumpliendo así sus deberes para con él, igual que los había
cumplido con todos desde el amanecer. Y Daville hablaba de todo lo que se le
pasaba por la imaginación a propósito del terrible invierno, de la miseria
general y de sus miedos ocultos.
Había visto, decía, y vivido muchos males que golpean al
hombre en sus relaciones con los elementos, tanto con los que lo rodean como
con los que habitan en su interior y surgen de los conflictos humanos. Había
conocido el hambre y toda suerte de calamidades durante el Terror, hacía veinte
años en París. En aquella época, la violencia y el caos, le parecía a él, eran
la única salida y el único futuro del pueblo. Los asignados[42] grasientos y
arrugados, miles y miles de francos, no valían nada, y por un pedazo de tocino
o un puñado de harina había que ir por la noche a los suburbios lejanos y
negociar y regatear con tipos sospechosos en sótanos oscuros. Día y noche había
que correr y preocuparse por conservar la vida que, por otro lado, apenas valía
nada y podía perderse en cualquier instante, bien por una denuncia, bien por un
error de la policía o bien por puro azar.
Luego proseguía con sus recuerdos de la guerra de España.
Entonces, durante semanas y meses sólo dispuso de una camisa enmohecida por el
sudor y el polvo, que no osaba quitarse y lavar, porque al menor roce, se
deshilacharía y caería hecha jirones como si estuviera completamente podrida.
Además del fusil, la bayoneta y un poco de pólvora y plomo, tenía como única
posesión un macuto de cuero, que había arrebatado a un campesino aragonés
muerto en combate, luchando por amor de Dios contra los intrusos franceses,
esos jacobinos. En ese macuto nunca había nada, salvo los días de suerte
excepcional, un mendrugo de pan de cebada que asimismo había sido arrebatado o
robado en las casas abandonadas. En aquellos tiempos, también había celliscas
terribles contra las que ni las ropas mejores ni el calzado más sólido servían
de nada, y a causa de las cuales el hombre lo olvida todo y sólo busca techo y
cobijo.
Él había conocido todo eso en la vida, pero nunca antes
había contemplado ni experimentado la intensidad ni el horror de la fuerza muda
y destructora que era el frío. Jamás había intuido que podía existir esa
miseria e indigencia oriental, esa parálisis absoluta que acompañaba a los
inviernos largos y duros y que afectaba a todo un país paupérrimo, montañoso y
desdichado, como un castigo divino. Eso sólo lo había visto en Travnik y sólo
ese invierno.
A la señora Daville no le gustaban los recuerdos en
general y, como todas las personas activas y profundamente religiosas,
desconfiaba de las reflexiones en voz alta que no pueden conducir a nada y
únicamente logran que sintamos ternura por nosotros mismos y que nos
debilitemos frente al entorno, amén de sumirnos a menudo en divagaciones
infructuosas. Hasta ese momento, había escuchado bondadosa, haciendo un
esfuerzo, pero en ese punto se levantó, vencida por el cansancio, y declaró que
ya era hora de ir a dormir.
Daville permaneció en la gran habitación en la que el frío
arreciaba. Se quedó sentado mucho tiempo, y solo, sin interlocutor, «escuchaba»
cómo se introducía el invierno en todas las cosas y las quebraba por dentro. Y
por muy lejos que llegaran sus pensamientos, ya se refirieran a Oriente y a los
turcos y a su vida sin orden ni concierto, desprovista, por tanto, de sentido y
valor, ya se orientaran a lo que estaba sucediendo en Francia y lo que pasaba
con Napoleón y su ejército que, derrotado, regresaba de Rusia, siempre topaban
con el sufrimiento, la miseria y una maligna incertidumbre.
Así transcurrían los días y las noches de aquel invierno
que parecía no tener fin ni remedio.
Algunas veces el frío cedía, pero a continuación empezaba
a caer una nieve plúmbea y copiosa y se acumulaba sobre la caída anteriormente,
en cuya superficie se había formado una dura capa de hielo dotando de nuevo
rostro a la tierra. Después volvía un frío mucho más intenso. El aliento se
congelaba, el agua era un bloque de hielo y el sol se oscurecía. La mente del
hombre se agarrotaba y se limitaba a pensar en cómo protegerse del frío. Se
requerían grandes esfuerzos para recordar que en algún lugar en las profundidades
existía la tierra, nodriza viva y cálida que da flores y frutos. Entre esos
frutos y el hombre se extendía aquel elemento glacial, blanco e infranqueable.
Los precios de todos los artículos aumentaban desde los
primeros meses del invierno, sobre todo el del trigo, que ya había
desaparecido. En los pueblos reinaba el hambre, en la ciudad, la escasez más
penosa. Campesinos escuálidos de mirada inquieta cruzaban las calles con un
saco vacío en el brazo, en busca de cereales. Tras las esquinas surgían
mendigos azulados y envueltos en harapos. Entre vecinos se espiaban los unos a
los otros para contarse los bocados.
Ambos consulados se esforzaban por ayudar a la gente y
mitigar los sufrimientos producidos por el hambre y las inclemencias del
tiempo. La señora Daville y von Paulich rivalizaban a la hora de repartir la
ayuda en alimentos y dinero. Ante las puertas de los consulados se reunían los
hambrientos, sobre todo niños. Al principio eran sólo gitanos y algún niño
cristiano, pero según avanzaba el invierno y con él la penuria, empezaron a
llegar algunos pequeños musulmanes procedentes de los arrabales más pobres. Los
primeros días, los chiquillos turcos de familias pudientes los esperaban en el
bazar y se burlaban de ellos porque mendigaban y comían alimentos infieles, les
arrojaban bolas de nieve y les gritaban:
—¡Lameplatos! ¡Infieles! ¿Os habéis dado un atracón de
cerdo? ¡Muertos de hambre!
Pero más tarde, el frío alcanzó temperaturas tales que los
niños ricos no podían ni asomar la cabeza fuera de casa. Delante de los
consulados saltaba una multitud de críos ateridos y pordioseros a los que les
castañeteaban los dientes, cubiertos de la cabeza a los pies con todo tipo de
andrajos que hacían imposible distinguir la religión que profesaban o de dónde
venían.
Los cónsules distribuyeron tantos alimentos que ellos
mismos empezaron a sufrir escasez de víveres. Pero en cuanto la temperatura
subió lo suficiente como para que los arrieros pudieran llegar desde Brod, von
Paulich organizó con firmeza y habilidad el transporte permanente de harina y
vituallas para su consulado y para Daville.
Al comenzar el invierno, se interrumpieron las remesas
francesas de algodón a través de Bosnia. Frayssinet seguía escribiendo cartas
desesperadas y se disponía a abandonarlo todo. Por sí fuera poco, entre el
pueblo reinaba la opinión unánime de que los franceses, pagando salarios tan
altos a los arrieros, habían provocado no sólo la subida de los precios, sino
también la indigencia al haber apartado a los labriegos del trabajo en el
campo. En general, la culpa de todo la tenía la «guerra de Bunaparte». Como
tantas veces en la historia, el mundo hacía de su verdugo una víctima que debía
cargar sobre sus hombros todos los pecados y todos los crímenes. De modo que
fue aumentando el número de personas que, sin saber muy bien el motivo, miraban
con alivio, y como si de la salvación se tratara, la derrota y la desaparición
del dichoso Bunaparte, sobre el que sólo sabían que «se había convertido en una
pesada carga para la tierra», porque había llevado a todas partes la guerra, el
desconcierto, la enfermedad, la carestía de la vida y la penuria.
Al otro lado de la frontera, en tierras austríacas, donde
la población vivía ahogada por los impuestos y las crisis monetarias, por las
levas militares y las pérdidas sangrantes en los campos de batalla, Bonaparte
se había convertido en el tema de canciones e historias como responsable de la
catástrofe general y en un obstáculo para la felicidad personal de cada
individuo. En Eslavonia, las jóvenes casaderas cantaban:
¡Oh, francés, emperador poderoso!
Libera a nuestros mozos, doncellas hemos quedado;
Los membrillos y las manzanas se han ajado
Y también las camisas de oro bordado.
Esta canción atravesó el río Sava y se coreaba en Bosnia e
incluso en Travnik.
Daville sabía bien cómo se forjaban estas concepciones
generales en aquellos parajes, cómo se propagaban y echaban raíces y cuán arduo
y vano era enfrentarse a ellas. Sin embargo, seguía luchando igual que antes,
pero con la voluntad mermada y las fuerzas disminuidas. Escribía los mismos
informes, daba las mismas órdenes al personal y a los confidentes, se esforzaba
por reunir la mayor información posible, por alcanzar el máximo de influencia
sobre el visir y los funcionarios del konak. Todo era igual que antes, pero
Daville no era el mismo.
El cónsul marchaba con la cabeza alta, actuaba tranquilo y
seguro. Todo parecía normal. Pero él había cambiado mucho, tanto en lo físico
como en lo moral.
Si fuera posible medir, y alguien lo hiciera, la fuerza de
voluntad, el curso de los pensamientos, el vigor de los impulsos interiores y
de los movimientos externos, se encontraría con que el cónsul actuaba ahora con
un ritmo mucho más cercano al ritmo que respiraba, vivía y trabajaba esa ciudad
bosniaca, que a aquel otro con el que se movía seis años atrás, a su llegada.
Todos los cambios se habían operado lenta e
imperceptiblemente, pero de manera continua e inexorable. Daville tenía
aversión a la palabra escrita y a las decisiones rápidas y claras, temía las
novedades y a los huéspedes, cualquier cambio o la sola idea de cambiar le
producía escalofríos. Apreciaba más un minuto de descanso asegurado que los
años que estaban por venir y de los que no se sabía qué traerían.
Tampoco los cambios externos pasaban desapercibidos. Las
personas que viven en medios tan cerrados, pendientes unas de otras sin cesar,
advierten con dificultad que envejecen y cambian. Sin embargo, en los últimos
meses sobre todo, el cónsul había envejecido y se había consumido a ojos
vistas.
El mechón rebelde de cabello ondulado, que antaño se
alzaba sobre su frente, ahora colgaba doblegado, y su pelo había adquirido ese
color gris que toman los rubios cuando encanecen rápidamente. Todavía tenía la
cara sonrosada, pero su piel era más seca y alrededor del mentón ganaba
flacidez y perdía frescura, y se le habían caído algunos dientes a causa de los
fuertes dolores de muelas que había padecido ese invierno.
Eran los trazos visibles que, a lo largo de los años,
habían dejado en Daville las heladas, las lluvias y los vientos húmedos de
Travnik, las preocupaciones familiares pequeñas y grandes y las innumerables
tareas consulares, pero, en particular, las luchas internas relacionadas con
los últimos hechos acaecidos en el mundo y en Francia.
Así era Daville al finalizar el sexto año de estancia
ininterrumpida en Travnik y al iniciarse los acontecimientos posteriores al
regreso de Napoleón de Rusia.
XXIV
Cuando a mediados de marzo por fin empezaron a subir las
temperaturas y comenzó a fundirse el hielo, que parecía eterno, la ciudad se
mostraba como después de una epidemia, aturdida y asustada, las calles
encharcadas, las casas deterioradas, los árboles pelados, y la gente agotada e
inquieta, como si hubiera sobrevivido al invierno para afrontar peores
tormentos todavía a causa de los alimentos, las semillas, las deudas y los
préstamos inextricables e infinitos.
Así, un día de marzo, de nuevo una mañana y de nuevo con
esa voz profunda y amarga con la que hacía ya años que, monótona e
implacablemente, anunciaba las cosas buenas y malas, importantes o triviales,
d’Avenat comunicó al cónsul que Ibrahim bajá había sido destituido sin que se
le asignara un nuevo destino. Las órdenes señalaban que debía abandonar Travnik
y esperar instrucciones en Gallípoli.
Cuando cinco años atrás, le había comunicado de la misma
forma el traslado de Mehmed bajá, Daville, conmocionado, sintió la necesidad de
actuar, de hablar, de hacer algo contra esa decisión. También ahora, la noticia
le supuso un golpe y, en los tiempos que corrían, era una pérdida inestimable.
Pero no halló en su interior las fuerzas para rebelarse y oponerse. Ya durante
el invierno que acababa de terminar, desde la catástrofe de Moscú, anidaba en
él la sensación de que todo se desmoronaba y se hundía, y cualquier pérdida,
daba igual de dónde viniera, hallaba allí sentido y justificación.
Todo se derrumbaba, los emperadores, los ejércitos, las
instituciones, las riquezas y los ideales que apuntaban al cielo, así que ¿cómo
no iba a caer este visir infeliz y agarrotado que llevaba años sentado, siempre
inclinado a la izquierda o a la derecha? Se sabía lo que significaba «esperar
instrucciones en Gallípoli». Era el exilio, la soledad y casi la pobreza, sin
derecho a quejarse ni posibilidad de explicarse o reparar el error si lo
hubiera.
Sólo en segundo lugar, Daville pensó que perdía un amigo
de muchos años y un apoyo seguro, y justo en el momento en que podía serle más
necesario. Pero en ninguna parte de su ser encontró aquella agitación, aquel
fervor y urgencia por escribir, advertir, reprochar o solicitar ayuda, como
antaño cuando se enteró de la partida de Mehmed bajá. Todo se derrumbaba,
también las amistades y apoyos. Y aquel que se rebelaba y trataba de salvarse a
sí mismo o a otros no conseguía nada. El visir, eternamente inclinado, también
caía y partía como el resto.
Todavía estaba sumido en esos pensamientos, incapaz de
tomar una decisión, cuando llegó el mensaje de que el visir quería hablar con
él.
En el konak se advertía una actividad febril, pero Ibrahim
bajá no había experimentado cambio alguno. Hablaba de su sustitución como de
algo absolutamente comprensible en el cúmulo de desgracias que se habían
abatido sobre él en los últimos tiempos. Como si él mismo hubiera deseado que
esa sucesión de hechos se acabara cuanto antes, decidió no retrasar la partida
y emprender el viaje en diez días, a principios de abril. Se había enterado de
que su sucesor se había puesto ya en camino y no tenía intenciones de esperarlo
en Travnik.
Al igual que Mehmed bajá, el visir afirmaba que había sido
víctima de sus simpatías por Francia. (Daville sabía bien que eso era una de
las mentiras orientales o verdades a medias que circulaban entre las amistades
sinceras y los aliados como falsa moneda entre la auténtica).
—Sí, sí. Mientras Francia avanzaba y vencía, me respetaban
y no podían hacerme nada, pero ahora que la suerte se ha vuelto en contra de
ella, me destituyen y alejan y me impiden contactar y colaborar con los
franceses.
(De repente la falsa moneda se convertía en verdadera y
Daville, olvidando la inexactitud de la premisa del visir, percibió la realidad
del desastre francés. Ese nudo frío y doloroso que, unas veces más fuerte y
otras menos, había oprimido tan a menudo su estómago en el konak, se hacía
sentir ahora, mientras escuchaba tranquilamente las palabras del visir que iban
de la falsa amabilidad a la verdad amarga).
La mentira y la verdad se confunden —pensaba el cónsul,
dejando que el intérprete tradujera palabras que él mismo entendía—, todo está
tan entremezclado que nadie es capaz de distinguirlas, lo único seguro es que
todo se derrumba.
Pero el visir ya se había olvidado de Francia y había
pasado a su relación con los bosniacos y con el propio Daville.
—Este pueblo, créame, necesita un visir más severo y
cruel. Bueno, dicen que los pobres de todo el país me bendicen. Es lo que
deseo. Los ricos y poderosos me odian. También sobre usted me informaron mal al
principio, pero en cuanto lo conocí comprendí que sería mi único amigo.
¡Alabado sea Dios que es Uno! Le aseguro que yo mismo, en varias ocasiones, he
solicitado al sultán que me relevara. No necesito nada. Lo que más me gustaría
sería cultivar mi jardín como un simple jardinero y pasar así en calma mis últimos
días.
A todas las palabras de consuelo y buenos deseos para el
futuro que Daville pronunciaba, el visir oponía reparos.
—No, no. Ya sé lo que me espera. Sé que, como tantas
veces, intentarán calumniarme y eliminarme para apoderarse de mis bienes. Me
parece que estoy oyendo cómo me vilipendian y entierran en la corte, pero ¿qué
puedo hacer? ¡Dios es Uno! Y desde que perdí a mis hijos más queridos y a
tantos miembros de la familia, estoy preparado para cualquier golpe. Si el
sultán Selim estuviera vivo, todo sería diferente…
Daville conocía el mecanismo de lo que venía a
continuación y d’Avenat traducía de memoria, como si se tratara del texto de un
ritual con el que se está muy familiarizado.
Al abandonar el konak, Daville pudo advertir que la
agitación y el apremio crecían minuto a minuto. La casa del visir, abigarrada y
singular, que en esos cinco años se había ampliado, echado raíces y habituado
al edificio y al entorno, ahora se tambaleaba como si fuera a desplomarse.
De todos los recintos y patios llegaban voces, ruido de
pasos, ecos de martillos y el entrechocar de baúles y canastos. Cada uno se
preocupaba de sus cosas. La incertidumbre más absoluta esperaba en Turquía a
esta gran familia, siempre en perpetuo desacuerdo, pero unida, y que ahora, en
plena efervescencia, se quebraba y rechinaba por todas partes. El único que
permanecía frío e inmóvil en medio de tanto barullo y confusión era el visir,
sentado en su lugar de siempre, levemente inclinado a un lado, quieto como un
ídolo de piedra ridículamente vestido, arrastrado por ese hervidero fluctuante
de gente asustada.
Ya al día siguiente, los criados llegaron al consulado
francés con una increíble procesión de animales domésticos o amaestrados, gatos
de angora, galgos, zorros y conejos blancos. Daville los esperó con mucha pompa
y los recibió en el patio. El cortesano que acompañaba la comitiva se colocó en
el centro del recinto y con voz solemne anunció que esas criaturas de Dios
habían sido amigos en la casa del visir y en casa de amigos los dejaba éste
ahora.
—Los quería y sólo puede dejárselos a una persona querida.
El cortesano y los sirvientes fueron agasajados con
presentes y los animales fueron alojados en el patio trasero de la casa, para
desgracia de la señora Daville y gran alegría de sus hijos.
Unos días más tarde, el visir volvió a llamar al cónsul
para despedirse de él a solas, a título privado y amistosamente.
Esta vez, Ibrahim bajá estaba realmente emocionado. No
había ni falsas monedas ni verdades a medias ni gentilezas que lo son sin
serlo.
—El hombre se separa de todo y a nosotros nos ha llegado
el momento. Aquí nos encontramos como dos desterrados, prisioneros y sepultados
por este pueblo horrible. Aquí nos hicimos amigos y siempre lo seremos, si
volvemos a vernos en un lugar mejor.
Entonces sucedió algo inimaginable, algo que no había
sucedido jamás en los cinco años de ceremonial en el konak. Los cortesanos
corrieron hacia el visir y lo ayudaron a levantarse. (Ya se había levantado él
con un movimiento veloz y rudo y sólo ahora podía verse cuán alto y vigoroso
era; luego cruzó la habitación lenta y pesadamente, sin gestos, como si debajo
de la larga túnica tuviera ruedas en lugar de unos pies invisibles). Todos
juntos salieron al patio. Allí se hallaba, limpia y preparada, la carroza
negra, antiguo regalo de von Mitterer, y un poco alejado, un hermoso alazán
pura sangre, de ollares blancos y rojos, totalmente enjaezado y con una silla
de montar.
El visir se colocó junto al carruaje y murmuró algo
parecido a una oración, luego se volvió hacia Daville.
—Al abandonar esta desolada tierra, le dejamos este
artefacto para que usted también la abandone cuanto antes…
Después trajeron el caballo y el visir se dirigió otra vez
a Daville:
—… Y este noble animal, para que os conduzca al encuentro
de todas las cosas buenas.
Conmovido, el cónsul quiso decir algo, pero el visir
prosiguió, llevando a cabo seria y cuidadosamente el ceremonial previsto.
—La carroza es símbolo de paz y el caballo, de felicidad.
Éstos son mis deseos para usted y su familia.
Sólo entonces Daville logró expresar su agradecimiento y
sus mejores parabienes para el viaje y el futuro del visir.
Aún no habían abandonado el lugar, cuando d’Avenat se
enteró de que el visir no había regalado nada a von Paulich y de que se había
despedido de él breve y fríamente.
Delante del konak acampaban caravanas de caballos y
arrieros, cargaban y terciaban los fardos, se esperaban y gritaban unos a
otros. En la mansión vacía resonaban los pasos, las órdenes y menudeaban los
altercados. La voz chillona de Baki lo dominaba todo.
El tesorero se sentía desdichado y se ponía enfermo sólo
de pensar que debía viajar con semejante frío (en las montañas todavía había
nieve) y por aquellos caminos horrorosos, y los gastos, los daños y la
imposibilidad de llevárselo todo lo sacaba de quicio. Corría de una habitación
a otra y controlaba que no se hubiera quedado nada, recomendaba que no se
tiraran ni rompieran cosas, amenazaba y suplicaba. Lo irritaba Behdzet y la
eterna sonrisa con la que seguía el jaleo. («Si tuviera tan poca inteligencia como
él, yo también me estaría muriendo de risa»). Lo ofendían la despreocupación y
la ligereza de Tahir bey. («Éste ha labrado su propia ruina, así que ¿por qué
no iba a arruinar a todos los demás?»). Los regalos que el visir había ofrecido
a Daville lo molestaron tanto que se olvidó de las cestas y de los arrieros.
Corría de una habitación a otra, acudía al visir y suplicaba que al menos no
regalara el caballo. Y cuando vio que no conseguía nada, entonces se sentó en
un canapé desguarnecido y, entre gemidos, le contaba a todo el que quería oírlo
que, en su momento y de manera confidencial, Rotta le había revelado que von
Mitterer, cuando se fue de Travnik, se había llevado cincuenta mil táleros
ahorrados en menos de cuatro años que había permanecido allí.
—¡Cincuenta mil táleros! ¡Cin-cuen-ta mil! ¡Y eso un cerdo
alemán, en cuatro años! —vociferaba Baki y preguntaba también a gritos cuánto
entonces llegaría a ahorrar el francés, mientras se golpeaba el muslo con la
palma de la mano, allí donde debía de estar el bolsillo de su caftán de seda.
A finales de la semana, bajo una lluvia fría que en las
montañas se transformó en nieve húmeda, Ibrahim bajá emprendió su viaje
acompañado de su séquito.
Los dos cónsules con sus escoltas hicieron con él un
trecho del camino. También lo escoltaron un buen número de beyes travniqueses y
de gente a pie, porque Ibrahim bajá no se iba a escondidas, odiado por todos,
como antaño Mehmed bajá.
Los dos primeros años había tenido enemigos, igual que la
mayoría de sus predecesores, y había afrontado rebeliones e intrigas de los
principales señores, pero más tarde habían disminuido y cesado. La absoluta
inmovilidad del visir, su probidad en cuestiones de dinero, y luego la
habilidad, la moderación y la magnanimidad con las que Tahir bey había
administrado la región habían creado con el tiempo una situación soportable y
unas relaciones frías pero tranquilas entre el konak y los beyes. Éstos reprochaban
al visir que no hacía nada por el país ni actuaba contra los serbios. Sin
embargo, las recriminaciones se debían más a la necesidad que tenían los beyes
de tranquilizar sus conciencias y demostrar su celo, que al verdadero deseo de
interrumpir el «silencio» estéril, pero agradable, que había marcado el largo
visirato de Ibrahim bajá. (Porque éste, por su parte, y con mucha razón, se
quejaba de que no podía lanzar un ejército contra los serbios debido a la
lentitud, el desorden y la discordia que reinaba entre los bosniacos). Y, con
el paso de los años, cuanto más se parecía el visir a un muerto, más
indulgentes eran los juicios que inspiraba y más favorables las opiniones que
su mandato merecía.
Poco a poco, la comitiva que había ido a despedir al visir
se fue reduciendo. Primero dieron media vuelta los que iban a pie, luego
algunos jinetes. Al final quedaron los ulemas, algunos señores y ambos cónsules
con sus escoltas, los cuales se despidieron del visir en el mismo cafetín en el
que en otros tiempos Daville diera el postrer adiós a Mehmed bajá.
Todavía estaba allí la marquesina, en el suelo,
desfondada, en un charco de agua y ennegrecida por la lluvia. El visir detuvo
la comitiva y se despidió de los cónsules con unas cuantas palabras imprecisas
que nadie tradujo. D’Avenat repitió en voz alta los mejores augurios y saludos
de su señor, mientras que von Paulich respondió en turco.
Lloviznaba. El visir montaba a lomos de su caballo, un
animal fuerte, ancho y tranquilo, que en el konak apodaban «la vaca». Llevaba
puesta una amplia pelliza rojo oscuro que contrastaba, por su color vistoso,
con el paisaje triste y húmedo. Tras él, asomaba la cara amarillenta de Tahir
bey con sus ojos brillantes, la figura alargada de cazador del alfaquín, Esref
efendi, y una masa inflada y redonda de ropa de la que surgían los ojos azules
de Baki iracundos y a punto de romper a llorar.
Todos tenían prisa por marcharse de esa garganta pantanosa
como de un entierro oficial.
Daville regresó con von Paulich. Eran más de las doce.
Había dejado de llover y desde algún lugar llegaba un rayo de sol sinuoso,
débil y sin calor. La conversación indiferente dejaba fluir los pensamientos y
los recuerdos. Cuanto más se aproximaban a la ciudad, más se estrechaba el
desfiladero. En las laderas escarpadas empezaba a brotar la hierba sobre la que
se cernían sombras húmedas y azuladas. En un punto, Daville divisó unas cuantas
prímulas amarillas apenas abiertas y de inmediato sintió toda la tristeza de su
séptima primavera bosniaca, y con tanta intensidad que no podía responder más
que con monosílabos corteses a las frases serenas de von Paulich.
A Daville le sorprendió recibir las primeras noticias del
visir tan sólo diez días después de su partida. Ibrahim bajá se había
encontrado en Novi Pazar con Siliktar Alí bajá, su sucesor en el cargo de visir
de Bosnia, y se habían quedado un tiempo en la ciudad. Coincidió con que pasaba
por allí un correo francés procedente de Constantinopla e Ibrahim bajá envió
con él un saludo a su amigo junto con las primeras impresiones del viaje,
aprovechando para añadir unas palabras sobre el nuevo visir. «Me gustaría,
estimado amigo, describirle a mi sucesor, pero me resulta imposible. Sólo puedo
decir que Dios se apiade de los pobres y de aquellos que carezcan de
protección. Ahora van a ver los bosniacos…».
Lo que pudo averiguar Daville por boca del correo y por
las cartas de Frayssinet, confirmaba las impresiones de Ibrahim bajá.
El nuevo visir no venía acompañado de funcionarios, ni de
cortesanos ni de harén, llegaba «solo y sin nada, como un hajduk en el bosque»,
pero con mil doscientos albaneses bien armados «de apariencia peligrosa» y dos
enormes cañones de campaña, precedido por la reputación de ser un visir
imprevisible, sanguinario y el más cruel de todo el imperio.
En el tramo entre Pljevlje y Priboj, uno de los cañones se
atascó en el barro, porque los caminos, y más en esa época del año, siempre
estaban en mal estado y eran poco transitables. Cuando llegó a Priboj, el
visir, irritado por este contratiempo, hizo decapitar a todos los funcionarios
del Estado sin distinción (por suerte no había más que tres) y a dos notables
de la ciudad. Envió por delante a un mensajero con instrucciones estrictas de
que se repararan y acondicionaran los caminos. Pero las órdenes eran
superfluas. El ejemplo de Priboj había surtido efecto. En la ruta de Priboj a
Sarajevo, una multitud de peones y albañiles se afanaban tapando charcos y
baches y arreglando puentes de madera. El miedo había allanado el camino del
visir.
Alí bajá viajaba despacio y en cada ciudad se detenía un
poco y enseguida ponía orden a su manera: imponía nuevos tributos, cortaba la
cabeza a los turcos desobedientes y arrestaba a los personajes de la ciudad y a
los judíos sin hacer diferencias.
En Sarajevo, según el exhaustivo y pintoresco informe que
remitió Frayssinet, el pavor fue tal que los beyes más distinguidos y los
mercaderes más ricos fueron hasta el puente de Kozja a recibir al visir, a fin
de desearle la bienvenida y ofrecerle los primeros presentes. Alí bajá, que
sabía que los beyes de Sarajevo eran famosos porque siempre acogían con
frialdad y arrogancia a los visires en su camino desde Constantinopla a
Travnik, rechazó groseramente recibir a esta delegación, gritando desde su tienda
que desaparecieran de su vista enseguida y que en caso de necesitar a alguien
iría a buscarlo a su casa.
Al día siguiente, todos los judíos ricos de Sarajevo y
algunos de los beyes más influyentes fueron encarcelados. Uno de ellos, que
había osado preguntar por qué los detenían, fue maniatado y azotado en
presencia del visir.
Los rumores llegaron a Travnik y en las historias que
circulaban sobre él, el nuevo visir se había convertido en un monstruo. Pero su
entrada en la ciudad, la forma en que recibió a los señores y celebró el primer
Diván con ellos superaron con creces todas las murmuraciones que lo habían
precedido.
Un día de primavera entró en Travnik primero un destacamento
de trescientos arnaútes, en filas anchas y regulares, todos iguales, como
alineados bajo un cordel, y hermosos como doncellas. Llevaban fusiles cortos y
cortos eran sus pasos, la vista al frente. Luego llegó el visir, con un pequeño
séquito y un destacamento de jinetes. Ellos también marchaban con pasos cortos
como en un entierro, sin ruido ni gritos. Delante del caballo del visir, a la
cabeza del cortejo, iba un espahí enorme sujetando con las dos manos una gran
espada desnuda. Ni los basibozuk[43] más viles ni las hordas de los circasianos
más furiosos aullando y disparando al aire podrían haber asustado tanto a la
gente como esa comitiva silenciosa y lenta.
Esa misma tarde, como de costumbre, Alí bajá hizo arrestar
a los judíos y a los notables, en virtud del principio de que «se habla de otro
modo con un hombre que ha pasado una noche en prisión». Aquel que entre los
familiares y amigos lloraba, se lamentaba y quería añadir algo o ayudar era
azotado sin piedad. Todos los judíos cabeza de familia fueron detenidos, porque
Alí bajá tenía la lista exacta con sus nombres y era de la opinión de que nadie
paga más que un hebreo para liberarse y de que nadie como ellos propaga mejor
el miedo por la ciudad. Y los travniqueses, que guardan en su memoria toda
suerte de eventos, vieron entre otros prodigios y oprobios a siete Atijas
tirando de las mismas cadenas.
Por la noche, el párroco de Dolac, fray Ivo Jankovic,
guardián del monasterio de Guca Gora, y el archimandrita Pahomije, atados de
pies y manos, fueron arrojados a la fortaleza.
Al día siguiente, al amanecer, hicieron salir al exterior
a todos los presos que estaban en la fortaleza por asesinato o delitos graves y
allí esperaban la sentencia de Ibrahim bajá, cuya justicia era lenta y
escrupulosa. Antes de que el sol despuntara los habían colgado en las
encrucijadas de la ciudad. Y por la tarde, los señores se reunieron en el konak
para el primer Diván.
Esta sala había contemplado muchos cónclaves turbulentos y
peligrosos, había oído palabras graves, decisiones cruciales y sentencias de
muerte, pero nunca antes había visto ese silencio que cortaba el aliento y
encogía el estómago. La habilidad de Alí bajá consistía en crear, fomentar y
extender tal atmósfera de terror que incluso los hombres que no tenían miedo de
nada, ni de la muerte, acababan doblegados y vencidos.
Lo primero que hizo el visir, después de leer el firman
del sultán, fue anunciar a los beyes reunidos la sentencia de muerte del
caimacán de Travnik, Resim bey. Los golpes de Alí bajá eran terribles, sobre
todo porque no se esperaban y resultaban inauditos.
Cuando tres semanas atrás, Ibrahim bajá había abandonado
Travnik, Suleiman bajá Skopljak se hallaba, como en tantas otras ocasiones, en
algún lugar del Drina con su ejército y había rechazado, alegando un buen
pretexto, regresar a la ciudad y sustituir al visir hasta la llegada del nuevo.
Por eso, el caimacán, el viejo Resim bey, había ocupado el cargo de máxima
autoridad.
Ese hombre, dijo el visir, ya estaba encarcelado y sería
ejecutado el viernes, porque durante el tiempo que había ostentado el cargo, su
modo de gobernar había sido tan caótico y poco firme que merecía dos veces la
muerte. Esto era sólo el principio, tras él irían todos los que desempeñando un
puesto y una misión de responsabilidad ante el imperio, no habían actuado
correctamente o bien se oponían a él en público o en secreto.
Después de esta noticia se sirvieron los cafés, los
chibuquíes y los sorbetes.
A continuación, Hamdi bey Teskeredzic, por ser el más
anciano de los beyes, profirió unas cuantas palabras en defensa del
desventurado caimacán. Mientras hablaba, uno de los criados que, después de
servir al visir, se retiraba hacia la puerta de la derecha caminando de
espaldas, tropezó con uno de los sirvientes encargado de los chibuquíes y una
pipa cayó al suelo. El visir, como si sólo eso hubiera estado esperando, lo
fulminó con la mirada, se inclinó hacia un lado, alargó el busto, cogió un gran
puñal que tenía a mano y se lanzó contra el criado petrificado. Los sirvientes
se llevaron apresuradamente al infeliz bañado en sangre, mientras los señores y
los beyes, más envarados aún, miraban al frente, cada uno a su fildzan,
olvidando los chibuquíes que humeaban a sus costados.
El único que mantuvo la calma y la sangre fría fue Hamdi
bey que terminó su alegato en favor del caimacán, rogando al visir que tuviera
en cuenta su avanzada edad y sus anteriores servicios y no sus errores y faltas
actuales.
Con voz atronadora y clara, Alí bajá contestó tajante que
durante su mandato todos recibirían lo que se merecían, los dignos y
obedientes, recompensas y favores y los indignos y rebeldes, la muerte o los
azotes.
—Yo no he venido para mentirnos y decirnos gentilezas a
través de las pipas, o para dormir en este sofá —concluyó el visir—, sino para
poner orden en esta tierra que es célebre hasta en Estambul por enorgullecerse
de la anarquía que en ella reina. Incluso para la cabeza más dura hay un sable.
Las cabezas están en sus hombros y el sable en mi mano, y el firman[44]
imperial bajo mi cojín. Así que todos los que quieran comer pan y ver el sol
que actúen y se comporten en consecuencia. Recordadlo bien y explicádselo al
pueblo, y esforcémonos todos por hacer lo que el sultán espera de nosotros.
Los beyes y los dignatarios se levantaron y se despidieron
en silencio, felices de estar vivos y perplejos como si hubieran asistido a un
número de magia.
Al día siguiente, sin más dilación, el nuevo visir recibió
a Daville en audiencia.
Los albaneses del visir con sus mejores galas y a lomos de
buenos caballos fueron a buscar al cónsul. Cabalgaron por calles vacías y por
el bazar prácticamente desierto. No se abrió ni una puerta, ni se alzó una
persiana, ni asomó una cabeza.
La audiencia transcurrió según el ceremonial acostumbrado.
El visir obsequió a Daville y a d’Avenat con unas valiosas pieles. Los
aposentos y corredores del konak estaban extrañamente vacíos, sin muebles ni
adornos, y asimismo era raro el escaso número de dignatarios y servidores.
Después de la multitud que pululaba por el edificio en la época de Ibrahim
bajá, ahora todo parecía desnudo y desolado.
Daville, también confuso y curioso, se sorprendió al ver
al nuevo visir. Era alto y fuerte, pero de huesos finos, caminaba con paso
firme y rápido, sin esa majestuosidad pesada que manifestaban los dignatarios
turcos. Su tez era mate, los ojos grandes y verdes y su barba y bigotes
totalmente blancos y recortados de manera inusual. Hablaba con llaneza y
desparpajo, reía a menudo y su risa, para ser un funcionario otomano, era
insólitamente ruidosa.
Daville se preguntaba si en verdad era ése el mismo visir
sobre el que había oído decir cosas tan terribles y que el día anterior había
condenado a muerte al anciano caimacán y apuñalado al criado en el Diván.
El visir sonreía, hablaba de sus planes para imponer el
orden en el país y atacar seria y enérgicamente a los serbios. Alentó al cónsul
a proseguir con su trabajo como hasta entonces, reiterándole su voluntad de
ofrecerle apoyo y protección.
Tampoco Daville, por su parte, escatimó amabilidades y
buenos propósitos, pero no tardó en advertir que la reserva de palabras bonitas
y gestos afables del visir era muy limitada, porque en cuanto dejaba por un
instante de reír y de hablar, su rostro se tornaba oscuro y duro y sus ojos se
agitaban como si buscaran dónde asestar un golpe. La llama fría de su mirada
era insoportable y contrastaba de manera chocante con su risa sonora.
—Los beyes bosniacos ya le habrán hablado de mí y de mi
forma de gobernar. Pero eso no debe preocuparlo. Estoy convencido de que no les
resulto agradable, pero no he venido para gustarles. Son unos necios que
quieren vivir de sus privilegios y de palabras grandes y altaneras y eso es
imposible. Ha llegado el momento de que entren en razón, pero… por la planta de
los pies. Todavía no he visto a nadie que haya sido golpeado en las plantas de
los pies y lo haya olvidado, pero he visto cien veces a personas que olvidan
los mejores consejos y las lecciones más edificantes.
El visir rió a carcajadas y alrededor de su boca, bigotes
y barba recortados revoloteó una expresión joven y traviesa.
—Que digan lo que quieran —continuó—, le aseguro que voy a
inculcar a esta gente orden y disciplina. Pero usted no debe preocuparse por
nada, cualquier cosa que necesite diríjase directamente a mí. Mi deseo es que
goce de tranquilidad y esté satisfecho.
Era la primera vez que Daville tenía delante a uno de esos
administradores otomanos incultos, crueles y sanguinarios que sólo conocía por
los libros o por las historias.
Llegaron tiempos en los que todos se esforzaban por
hacerse muy pequeños e invisibles, todos buscaban un escondite y cobijo, y en
el bazar se decía que «incluso la madriguera de un ratón valía mil ducados». El
miedo planeaba por la ciudad como la niebla y coaccionaba todo lo que respiraba
y pensaba.
Era un temor imperceptible e imponderable, pero
todopoderoso, el miedo que de vez en cuando se abate sobre una comunidad y
somete o corta cabezas. Muchos se ofuscaron y enloquecieron, olvidaron que
existía la razón y el coraje y que todo en la vida pasa y la existencia humana,
como cualquier otra cosa, tiene su valor, y ese valor no es ilimitado. Así,
engañados por un instante de pavor arcano pagaron su propia vida mucho más cara
de lo que valía, cometieron acciones ruines y viles, se humillaron y se
cubrieron de vergüenza y cuando el instante de miedo pasó, vieron que habían
pagado un precio exorbitado o, incluso, que nunca habían corrido riesgo, y que
sólo habían sucumbido ante la ilusión irresistible del pánico.
El Sofá del café de Lutva estaba desierto, aunque había
llegado la primavera y el tilo que le daba sombra florecía. Los beyes de
Travnik sólo se habían atrevido a rogar al visir, de manera humillante, que no
castigara al caimacán por sus pecados (aunque nadie sabía cuáles eran) y que,
teniendo en cuenta su avanzada edad y sus anteriores servicios, le perdonara la
vida.
Todos los demás presos de la fortaleza, jugadores,
ladrones de caballos e incendiarios, fueron condenados sin miramientos,
decapitados y sus cabezas clavadas en estacas.
El cónsul austríaco intercedió inmediatamente a favor de
los frailes encarcelados. Daville no quiso quedarse atrás, pero además de
interceder por los frailes, lo hizo por los judíos. Primero liberaron a los
monjes. Luego, uno por uno salieron los hebreos, que se pusieron inmediatamente
de acuerdo y depositaron en el konak un rescate tal que hasta el último gros
desapareció de sus arcas, es decir, hasta el último gros de la cantidad
destinada a pagar el soborno. El archimandrita Pahomije, por el que nadie había
intercedido, fue el que más tiempo permaneció en la fortaleza. Por fin, lo
rescataron sus escasos y pobres feligreses pagando una cantidad redonda de tres
mil gros, dos mil de los cuales habían sido aportados sólo por los hermanos
Fufic, Petar y Jovan. Respecto a los beyes de Travnik, algunos fueron liberados
y otros continuaron presos, así que siempre había diez o quince en la
ciudadela.
De este modo empezó Alí bajá a gobernar en Travnik y a
preparar con urgencia un ejército contra Serbia.
XXV
Las calamidades que se abatieron sobre Travnik con la
llegada del nuevo visir, graves para la ciudad e inmensas como el universo para
cada individuo en particular, quedaron, naturalmente, sepultadas en la cadena
montañosa que rodeaba y estrangulaba la villa, y en los informes de ambos
cónsules, informes que, aquellos días, nadie ni en Viena ni en París alcanzaba
a leer con atención. Los rumores sobre el gran drama al que asistía Europa, la
caída de Napoleón, recorrían el mundo entero en aquella época.
Daville pasó las semanas en torno a Navidad y Año Nuevo
sumido en una expectación consternada y con la sensación aterradora de que todo
estaba perdido. Pero en cuanto se supo que Napoleón había regresado a París,
las cosas tomaron un cariz más favorable. Desde la capital francesa empezaron a
llegar comentarios reconfortantes, instrucciones y circulares, noticias sobre
la formación de nuevos ejércitos y sobre las medidas firmes adoptadas por el
gobierno en todos los ámbitos.
Daville volvió a experimentar vergüenza por su
pusilanimidad, la misma que, no obstante, en aquellos momentos lo impulsaba a
entregarse a una esperanza vaga. El hombre débil tiene una necesidad imperiosa
de engañarse y una capacidad ilimitada para dejarse engañar.
Así, ese balancín alocado y terrible en el que Daville
subía y bajaba en su interior desde hacía años empezó a columpiarse entre las
esperanzas más audaces y la desesperación más profunda. Sólo que, con cada
movimiento, la esperanza se consumía y se reducía más y más.
A finales de mayo, llegaron los boletines con las
victorias de Napoleón en Alemania, en Lützen y en Bautzen. El viejo juego se
repetía.
Pero en Travnik, esos días reinaba tal penuria, tal
frustración y temor al nuevo visir y a sus albaneses, que no había a quién
hacer partícipe de las nuevas victorias.
Alí bajá acababa de partir contra Serbia, después de haber
enseñado a todos sin distinción «el miedo y la disciplina». También en esto
actuaba de forma diferente a sus predecesores. Antes, estas «campañas contra
Serbia» constituían una ceremonia pública. Durante días, semanas, los capitanes
de las ciudades del interior de Bosnia se reunían en los campos de Travnik.
Venían lenta y voluntariamente y traían los hombres que querían y cuantos
querían. Pero cuando por fin se estacionaban en la ciudad, empezaban las
negociaciones con el visir y las autoridades, presentaban reclamaciones, ponían
condiciones, exigían víveres, equipo y dinero. Sin embargo, todo se ocultaba
bajo la apariencia de manifestaciones entusiastas y ceremonias guerreras.
Durante días se paseaban por Travnik desconocidos bien
pertrechados y armados, inactivos y sospechosos. Durante semanas se extendía
por los campos una feria abigarrada y bulliciosa, ardían hogueras y se
levantaban tiendas de campaña. En el centro estaba clavada una lanza con tres
colas de caballo salpicadas de sangre de corderos que habían degollado como
ofrenda para tener suerte en la empresa. Los tambores redoblaban y las trompas
sonaban. Se leían preces. En resumidas cuentas, se hacía todo lo posible por
demorar la partida. Y, a menudo, las ceremonias que marcaban el inicio de la
campaña constituían lo más esencial de todo el asunto, a pesar de que la
mayoría de los guerreros jamás llegaban a ver el campo de batalla.
Esta vez, bajo la férula de Alí bajá, todo se llevó a cabo
en medio de un silencio riguroso y de un miedo atroz, sin grandes pompas, pero
sin vacilaciones ni regateos. No había comida en ninguna parte. Se vivía de las
exiguas raciones de los graneros del visir. A nadie le apetecía cantar ni
bailar. Cuando el visir salió en persona al campo, su verdugo le cortó la
cabeza al capitán de Cazin en la explanada de la feria, porque había traído
nueve hombres menos de los que había prometido, y Alí bajá nombró inmediatamente
otro capitán de entre las filas de ese mismo destacamento aterrado.
Así emprendieron la marcha contra Serbia, donde ya
esperaba Suleiman bajá con su tropa.
De nuevo volvió a actuar como máxima autoridad de Travnik
el anciano Resim bey, al que Alí bajá había condenado a muerte nada más llegar
y al que a duras penas habían logrado salvar los otros beyes. El pavor que
había experimentado entonces el caimacán era para el visir la mejor garantía de
que gobernaría con severidad siguiendo sus deseos y órdenes.
¿De qué serviría, pensaba Daville, informar de las
victorias de Napoleón al infeliz viejo? Y, de todos modos, ¿de qué servía
comunicárselas a alguien?
El visir se había ido con su ejército y sus albaneses,
pero tras él había dejado un miedo cerval, duro y pertinaz, como un muro
macizo, así como la perspectiva de su regreso, todavía más terrorífica que
todas las amenazas y más horrenda que cualquier castigo.
La ciudad quedó sorda y muda, vacía, empobrecida y
famélica como nunca en los últimos veinte años. Los días ya eran soleados y
largos, se dormía menos y el hambre se dejaba sentir antes que en las cortas
jornadas de invierno. Niños delgados y cubiertos de eccemas vagaban por las
calles y buscaban lo que no había: comida sana. La gente iba incluso a Posavina
a buscar trigo, aunque sólo fuera para sembrar.
Esos días de mercado parecían días normales. Muchas
tiendas ni siquiera abrían. Los mercaderes, sentados en sus puestos, tenían un
aire sombrío y desanimado. El café y otros ultramarinos habían dejado de llegar
ya en otoño. Los alimentos habían desaparecido. Sólo abundaban clientes que
querían comprar lo que no había. El nuevo visir había impuesto unos tributos
tan altos en el bazar que muchos habían tenido que endeudarse para poder
pagarlos. Y el miedo era tan tremendo que nadie, ni siquiera en su hogar, entre
cuatro paredes, osaba lamentarse.
Por las casas y por las tiendas corría el rumor de que
seis emperadores cristianos habían atacado a Bunaparte, que habían llamado a
filas a todos los varones y que no se araría ni cavaría ni sembraría ni
cosecharía hasta que Bunaparte fuera dominado y aniquilado.
Incluso los judíos evitaban ser vistos en las cercanías
del consulado francés. Frayssinet, que había comenzado a liquidar poco a poco
la agencia francesa en Sarajevo, comunicó que, de repente, todos los judíos
habían librado sus letras de cambio y reclamado el pago de sus deudas,
colocándolo en una difícil situación pues no era capaz de hacer frente a todos
los vencimientos. De París ya no le respondían a ninguna demanda. Hacía tres
meses que no llegaban ni los sueldos ni el dinero destinados al funcionamiento
del consulado.
Mientras que un visir sustituía a otro y en Europa se
desarrollaban acontecimientos cruciales, en el pequeño mundo consular, las
cosas seguían su curso natural: nacían nuevas criaturas y las más viejas se
consumían y extinguían.
La señora Daville estaba en los últimos meses de un nuevo
embarazo, que soportaba bien y sin aspavientos, igual que el de hacía dos años.
Pasaba todo el día en el jardín con los jornaleros. Gracias a von Paulich,
había logrado que le enviaran de Austria las semillas que necesitaba, y
esperaba mucho de ellas, aunque esta maternidad le venía en mal momento, justo
cuando su presencia en el jardín era más necesaria.
A finales de mayo nació el quinto hijo de los Daville, un
varón. El niño era enfermizo y por eso fue inmediatamente bautizado con los
nombres de Auguste François Gérard, inscrito en el registro de bautismo de la
parroquia de Dolac.
En el momento del parto de la señora Daville, todo
transcurrió como la vez anterior: las mujeres de Travnik hablaron mucho y
mostraron sus simpatías, se sucedieron las visitas; se transmitían las noticias
y las enhorabuenas de todos lados, e incluso llegaron presentes a pesar de la
escasez y carestía general. Sólo el regalo del konak faltó en esta ocasión,
porque el visir ya había partido con el ejército hacia el Drina.
La situación no se parecía en nada a la de dos años atrás
ni las relaciones en el mundo ni las circunstancias en el país, pero la
concepción que esa gente tenía de la vida familiar permanecía invariable, y
todo lo que se relacionaba con ella los unía de manera firme e inmutable como
una cosa sagrada cuyo valor perduraba y no dependía de los cambios y
acontecimientos exteriores. Porque en lugares como aquél, cada persona centraba
su vida en la familia, como la forma más perfecta de un círculo cerrado. Pero esos
círculos, aunque estrictamente separados, tenían en alguna parte un centro
común invisible en el que descansaba una porción de la carga de todos. Por eso,
allí, lo que sucedía en el seno del hogar no podía resultar indiferente a
nadie, y por eso todos participaban en cualquier evento familiar, nacimientos,
bodas, defunciones, y lo hacían de todo corazón, de forma espontánea y sincera.
Más o menos por la misma época, el antiguo intérprete del
consulado austríaco, Nicola Rotta, iniciaba la última batalla, absurda y
desesperada contra su propio destino.
Al servicio de la familia von Mitterer, hacía años que
trabajaba como cocinera una anciana húngara, que a duras penas podía moverse a
causa de la obesidad y del reumatismo en las piernas. Era una magnífica
cocinera, una amiga devota de la casa y una tirana insoportable para todos los
que en ella habitaban. Durante quince años, Ana María y la húngara no habían
dejado de pelearse y reconciliarse. Como en los últimos tiempos casi no podía
moverse, habían contratado a una joven de Dolac para que la ayudara. Se llamaba
Lucija y era fuerte, hacendosa y activa. Logró adaptarse tan bien al carácter
de la vieja cocinera que, a su lado, aprendió el oficio. Y cuando la familia
von Mitterer abandonó Travnik y, naturalmente, se llevó a su dragón doméstico,
como Ana María la llamaba, Lucija ocupó el puesto de cocinera de von Paulich.
Lucija tenía una hermana, Andja que era la oveja negra de
la familia y la vergüenza de toda la comunidad de Dolac. Siendo aún una
muchacha había escogido el camino equivocado y había sido maldecida en el altar
y expulsada de Dolac. Ahora regentaba un café a la orilla del camino, en
Kalibunar. Lucija, como todos los suyos, había sufrido mucho por culpa de esta
hermana a la que amaba entrañablemente y con la que, a pesar de todo, nunca
había roto. De vez en cuando, la visitaba a escondidas, aunque estos encuentros
le causaban un dolor más fuerte que la necesidad de verla, porque Andja
insistía en llevar su vida, y Lucija, después de suplicar en vano, acababa
llorando por la pecadora como si se hubiera muerto. No obstante, nunca habían
dejado de verse.
Ocioso e indignado, pero dándose aires de importancia y de
estar muy atareado, Rotta vagaba por Travnik y los alrededores y acudía con
frecuencia al café de Andja en Kalibunar. Poco a poco se fue uniendo a esta
mujer disoluta, envejecida prematuramente, entregada a la bebida y que, al
igual que él, había sido expulsada de su entorno.
Unos días antes de Semana Santa, Andja encontró la forma
de reunirse con su hermana Lucija. Durante la conversación, le propuso en tono
seco y grosero que envenenara al cónsul austríaco para lo cual había traído el
veneno.
Un plan semejante sólo podía haber surgido durante una
noche en el café de mala reputación, entre dos seres enfermos e infelices, bajo
la influencia del aguardiente, de la ignorancia, del odio y la locura más
absoluta. Completamente dominada por Rotta, Andja le aseguraba a su hermana que
el veneno haría efecto poco a poco en el cónsul, que iría perdiendo fuerzas y
acabaría falleciendo como de muerte natural. Le prometía una recompensa enorme
y una vida acomodada al lado de Rotta, con el que ella se casaría, y que éste,
después de la muerte del cónsul, volvería a ocupar un cargo importante. También
había de por medio una suma de dinero, unos buenos ducados. En pocas palabras,
todos podían ser felices y tener la vida solucionada hasta el final de sus
días.
Lucija sufrió un ataque de miedo y vergüenza cuando oyó lo
que su hermana le proponía. Cogió enseguida los dos frasquitos blancos y los
ocultó en los bolsillos de sus zaragüelles; luego agarró a la miserable mujer
por los hombros y empezó a zarandearla, como si quisiera despertarla de un mal
sueño, y a rogarle, por la tumba de su madre y por lo más sagrado, que
recobrara el juicio y desechara semejantes pensamientos y planes. Para
convencerla y avergonzarla, le habló de la bondad del cónsul, y del pecado que
suponía y del horror que le producía sólo pensarlo; ¿cómo iba a pagarle de este
modo todo el bien que le había hecho? Aconsejó a su hermana que rompiera
inmediatamente con Rotta y no sólo en lo que concernía a ese asunto, sino que
cortara cualquier contacto con él.
Sorprendida por la renuencia e indignación con que había
tropezado, Andja renunció en apariencia a sus pérfidos propósitos y le pidió a
su hermana que le devolviera el veneno. Pero ésta se negó y así se separaron.
Lucija, destrozada y los ojos arrasados en lágrimas, y Andja, silenciosa, con
una expresión taimada y ambigua en su rostro enrojecido. Lucija no pudo
conciliar el sueño en toda la noche, angustiada y vacilante. Pero cuando
amaneció, se fue a Dolac a hurtadillas, y se lo confesó todo al párroco fray
Ivo Jankovic, le entregó los frasquitos con la pócima y le rogó que hiciera lo
que creyera conveniente con tal de evitar la desgracia e impedir que se
cometiera un pecado.
Esa misma mañana, sin perder un minuto, fray Ivo visitó a
von Paulich, le relató la historia y le dio el veneno. El teniente coronel
escribió de inmediato una carta a Daville en la que le informaba de que Rotta,
su protegido, había intentado envenenarlo; que había pruebas y testigos. Ese
miserable no había triunfado en su empresa ni triunfaría, pero él, von Paulich,
dejaba a Daville y a su discernimiento que juzgara si el consulado francés
debía seguir ofreciendo protección a semejante sujeto. También informó con una
carta parecida al caimacán. Cuando terminó, el teniente coronel continuó con su
trabajo tranquilamente y con su vida habitual, comiendo como siempre, con los
mismos criados y la misma cocinera. Pero en cambio suscitó la agitación en los
demás; el caimacán, los frailes y, sobre todo, Daville, estaban en un mar de
confusiones. D’Avenat recibió la orden de dar a elegir a Rotta: o marcharse
enseguida de Travnik o perder la protección del consulado francés y ser
arrestado por las autoridades turcas acusado de intento probado de
envenenamiento.
La noche del mismo día, Rotta desapareció de Travnik,
junto con Andja. D’Avenat le prestó ayuda para que huyera a Split. Pero,
Daville, al mismo tiempo, avisó a los funcionarios franceses de la ciudad sobre
las últimas tentativas de Rotta y recomendaba que, como hombre peligroso e
irresponsable, no le encomendaran ningún servicio, sino que lo forzaran a
seguir camino hacia Levante y lo abandonaran a su suerte.
XXVI
Los meses de verano, al menos esta vez, trajeron un poco
de alivio y de paz. Las frutas maduraron, el trigo dorado creció y la gente
pudo aplacar el hambre y calmarse. Pero los rumores de guerras, de ajustes de
cuentas a gran escala y de la caída inevitable de Napoleón antes del otoño no
cesaban. Los frailes en particular inculcaban estas ideas en la población. Y lo
hacían con tanto celo y tan alevosamente, que ni siquiera Daville podía
atraparlos dedicados a esta labor ni enfrentarse a ellos de forma adecuada.
Uno de los primeros días de otoño, von Paulich, con un
séquito más numeroso que en otras ocasiones, hizo una visita a su colega
francés.
Durante todo el verano, mientras se propalaban las
noticias más alarmantes y los informes más increíbles desfavorables a Francia,
von Paulich había estado tranquilo, siempre ecuánime en sus relaciones con
todos. Todos los domingos enviaba a la señora Daville ejemplares de las flores
o verduras que habían brotado de las semillas que adquirieron juntos. En los
escasos encuentros que mantenía con Daville declaraba que no creía que se
desatara una guerra general y que no había indicios de que Austria pudiera abandonar
su neutralidad. Citaba a Ovidio y a Virgilio. Explicaba las causas del hambre y
la penuria en Travnik y exponía el modo en que podrían evitarse estas
calamidades. Y como siempre, hablaba de todo como si se tratara de guerras de
otro planeta y de hambrunas en algún otro lugar del mundo.
Pero ese tranquilo mediodía de septiembre, en el despacho
de Daville, en la planta baja, von Paulich estaba sentado enfrente del cónsul
francés, más solemne que de costumbre, aunque tan frío y sereno como siempre.
Había venido, dijo, con motivo de los rumores cada vez más
frecuentes que corrían entre la población, relativos a una guerra inminente
entre Austria y Francia. Por lo que él sabía, esas noticias eran inexactas y
quería asegurárselo a Daville. Sin embargo, deseaba aprovechar el momento para
comentarle cómo consideraba él que debían ser sus relaciones en caso de que
realmente estallara la guerra.
El teniente coronel, contemplando sus blancas manos
cruzadas, exponía sosegadamente su punto de vista.
—En todo aquello que no esté vinculado con la política y
la guerra, nuestras relaciones, en mi opinión, deberían seguir como hasta
ahora. En cualquier caso, como dos hombres de honor y europeos que, en el
cumplimiento de su deber, se han visto forzados a vivir en este país en
condiciones excepcionales; creo que no deberíamos asestarnos puñaladas por la
espalda ni calumniarnos ante estos bárbaros, como quizá haya sucedido
anteriormente. He considerado mi obligación decírselo, ante la persistencia de
los rumores alarmantes que, créame, seguramente son infundados, así como
preguntarle su opinión sobre el tema.
Daville sintió un nudo en la garganta.
La inquietud de las autoridades francesas en Dalmacia le
habían revelado en los últimos días que algo se estaba preparando, pero carecía
de más información, aunque no deseaba que von Paulich lo advirtiera.
Se rehízo un poco y le dio las gracias al austríaco con
una voz ronca por la turbación, y de inmediato añadió que estaba completamente
de acuerdo con su exposición, que ésa había sido desde siempre su manera de
pensar y que no había sido culpa suya si con el antecesor de von Paulich las
cosas habían sido diferentes. Daville quiso ir más lejos.
—Espero, estimado señor, que se evitará la guerra, pero si
ésta llegara, se luchará sin odio y no durará mucho. Creo que los tiernos y
nobles lazos de parentesco que unen nuestras dos cortes mitigarán la dureza y
acelerarán la reconciliación.
Von Paulich, que hasta entonces tenía la vista clavada al
frente, bajó los ojos y su cara desprovista de mirada se volvió severa y
hostil.
Así se despidieron.
Una semana después llegaron correos especiales, uno
austríaco de Brod, seguido de uno francés de Split, y ambos cónsules fueron
informados casi al mismo tiempo de que se había declarado la guerra. Al día
siguiente, Daville recibió una misiva de von Paulich en la que le comunicaba
que sus dos países estaban en guerra y reiteraba lo que habían convenido de
viva voz sobre su conducta mientras durara el conflicto. Para finalizar,
presentaba sus respetos a la señora Daville y aseguraba estar a su disposición
para cualquier servicio de carácter privado.
Daville le respondió rápidamente y repitió que tanto él
como su personal se atendrían a lo que habían convenido, porque «todos los
ciudadanos de países occidentales sin distinción forman, aquí en Oriente, una
familia, al margen de las desavenencias que existieran entre ellos en Europa».
Añadió que la señora Daville agradecía su gentileza y lamentaba perder, durante
un tiempo, la compañía del teniente coronel.
Así, en otoño de 1813, los consulados entraron en guerra y
en el último año de «la época de los cónsules».
Los senderos escarpados del gran jardín del consulado
francés estaban tapizados de hojas amarillas que se derramaban como un torrente
seco y susurrante hacia los arriates recién plantados. En estas veredas, bajo
los árboles inclinados, cuyos frutos habían sido recogidos, hacía calor y
reinaba la calma, la calma que sólo sobreviene cuando en toda la naturaleza se
establece una tregua, ese extraño intervalo entre el verano y el otoño.
Allí Daville, oculto, con el horizonte limitado por el
cerro vecino, realizaba un importante balance de su vida, de sus entusiasmos,
proyectos y convicciones.
Allí también, en los últimos días del mes de octubre, se
enteró por d’Avenat del resultado de la batalla de Leipzig, y por boca de un
correo que iba de paso supo la derrota francesa en España. Porque en ese jardín
pasaba toda la jornada, hasta que empezó a hacer frío y hasta que las lluvias
gélidas convirtieron las hojas amarillas y crujientes en una masa viscosa y en
barro informe.
El uno de noviembre de 1813, un domingo antes del
mediodía, tronó el cañón de la fortaleza de Travnik rompiendo el silencio
muerto y húmedo de los cerros abruptos y pelados. Los travniqueses alzaron la
cabeza y contaron los disparos contemplándose unos a otros con miradas mudas e
interrogantes. Se dispararon veintiún cañonazos. El humo blanco se dispersó
sobre el fuerte y el silencio volvió a instaurarse para volver romperse al poco
tiempo.
En mitad del bazar, el pregonero Hamza, con bocio y
asmático, cuya voz disminuía al mismo tiempo que su humor divertido e
insolente, se esforzaba por gritar lo más fuerte posible, compensando con los
movimientos la voz que no tenía.
Así, respirando a duras penas a causa de la bronquitis
invernal, anunció que Dios había bendecido las armas del islam con una victoria
grande y justa frente los rebeldes infieles, que Belgrado había caído en poder
de los turcos y que los últimos rastros de la insurrección de los impíos en
Serbia habían sido destruidos para siempre.
La noticia se extendió rápidamente de un extremo a otro de
la ciudad.
El mismo día por la tarde, d’Avenat fue al centro para ver
la impresión que las flamantes nuevas habían causado en la población.
Los beyes y los comerciantes dejarían de ser lo que eran
—señores de Travnik— si mostraran públicamente su alegría sincera por cualquier
acontecimiento, incluso aunque éste fuera la victoria del ejército turco. Tan
sólo mascullaban, con reserva y dignidad, alguna palabra, un monosílabo
insignificante, que, en su opinión, no merecía ser proferido en voz alta. En
realidad, no sentían demasiado alivio, pues todo lo que tenía de bueno la
pacificación de Serbia, lo tenía de malo el regreso de Alí bajá como vencedor,
ya que, probablemente, se comportaría con ellos con más dureza y brutalidad de
lo que hasta ahora había hecho. Por lo demás, habían oído en el transcurso de
sus largas vidas a muchos pregoneros anunciar muchas victorias y, sin embargo,
ninguno de ellos recordaba que un año hubiera sido mejor que el anterior.
Eso es lo que d’Avenat pudor leer en sus rostros, porque
nadie se había dignado a responder, ni siquiera con una mirada, a su inoportuna
curiosidad.
También fue a Dolac para enterarse de lo que decían los
frailes. Pero fray Ivo se excusó porque tenía mucho trabajo, prolongó las
vísperas al máximo y no se apartó del altar hasta que estuvo seguro de que
d’Avenat, harto de esperar, había vuelto a Travnik.
El intérprete se fue en busca del archimandrita Pahomije y
lo encontró en su casa, acostado, tieso como un palo, en una habitación fría y
desolada, completamente vestido y con la cara verde. D’Avenat le ofreció sus
servicios como médico, sin preguntarle nada relativo a la noticia del día, pero
el monje se negó a tomar ningún remedio y le aseguró que estaba bien y que no
necesitaba nada.
A la mañana siguiente, Daville y von Paulich realizaron
una visita oficial al cehaja y lo felicitaron por la victoria, pero lo
organizaron todo para no encontrarse ni en el konak ni al llegar ni al
marcharse.
Cuando cayó la primera gran nevada, volvió Alí bajá.
Mientras entraba en la ciudad, los cañones disparaban salvas, las trompetas
resonaban y los críos correteaban de aquí para allá. A los beyes de Travnik se
les desató la lengua. La mayoría de ellos se deshacían en alabanzas de la
victoria y del vencedor, con palabras dignas y moderadas, pero pronunciadas en
lugares públicos y en voz alta.
El cónsul envió a d’Avenat al konak enseguida para que
transmitiera la enhorabuena y entregara su presente al visir triunfador.
Diez años atrás, cuando Daville era encargado de negocios
ante la orden de Malta en Nápoles, había comprado un sello de oro macizo,
maravillosamente cincelado, sin piedra pero con una guirnalda de laurel labrada
en su lugar. El cónsul lo había comprado procedente de la herencia de un
caballero de Malta que había dejado muchas deudas y carecía de herederos. Según
la leyenda, este anillo se entregaba antaño como premio al vencedor de los
torneos de la Orden.
(En los últimos tiempos, desde que las cosas habían tomado
el camino irreversible de la derrota y desde que él mismo se hallaba
desorientado, embargado por la incertidumbre sobre la suerte que correría su
país y el futuro de su familia, Daville hacía regalos con más facilidad y
frecuencia y encontraba una satisfacción insólita, antes desconocida, en
regalar objetos que había amado y cuidado hasta ese momento con sumo celo. Al
obsequiar esas prendas queridas y valiosas, que hasta entonces consideraba parte
integrante de su vida, sobornaba inconscientemente al destino que, esta vez, le
había dado la espalda a él y a los suyos, no obstante, también experimentaba
una alegría honda y sincera, igual que la felicidad que lo inundaba en otros
tiempos al adquirir los objetos para sí mismo).
D’Avenat no fue recibido por el visir, sino que entregó el
presenté al teftedar y le explicó que esa alhaja de incalculable valor se había
entregado durante cien años al primero que salía invicto en las justas y que el
cónsul se la enviaba al feliz vencedor, con sus felicitaciones y parabienes.
El teftedar de Alí bajá era un tal Asim efendi, llamado el
Tartaja. Era pálido y delgado, una sombra de hombre, tartamudo y con dos ojos
desiguales cada uno de diferente color. Siempre tenía un aire terriblemente
asustado que lograba transmitir, de modo que todos los que visitaban al visir
llegaban atemorizados de antemano.
Dos días más tarde, los cónsules fueron recibidos en audiencia,
primero el austríaco y luego el francés. Los tiempos de la supremacía francesa
habían acabado.
Alí bajá estaba exhausto, pero satisfecho. Daville, a la
luz de ese día nevado de invierno, advirtió por primera vez que las pupilas del
visir danzaban intermitentemente. En cuanto clavaba la vista y la mirada
reposaba, empezaban a titilar. El visir debía de saberlo y le resultaba
desagradable, por eso movía los ojos sin cesar, y su cara adquiría una
expresión huraña e inquieta.
Alí bajá, que para la ocasión se había puesto el anillo en
el dedo corazón de la mano derecha, agradeció el regalo y las felicitaciones.
Habló poco de la campaña contra Serbia y de sus victorias con la falsa modestia
de las personas vanidosas y suspicaces que callan, porque consideran que las
palabras serían pobres e insuficientes; con su silencio menosprecian al
interlocutor y magnifican así su triunfo como algo indescriptible e inaccesible
para la gente corriente. Estos vencedores abruman durante años a cualquiera que
hable con ellos de sus éxitos.
La conversación transcurrió en un tono forzado e
hipócrita. A cada instante surgían silencios en los que Daville buscaba
desesperadamente palabras nuevas y contundentes con las que elogiar las
victorias de Alí bajá; éste le dejaba pensar paseando la mirada por la
habitación con el aburrimiento impaciente reflejado en la cara y el aire de
estar convencido de que su interlocutor jamás encontraría la palabra adecuada y
correcta.
Y como suele suceder en estos casos, al querer demostrar
el mayor interés posible y la más grande de las alegrías, el cónsul ofendió
involuntariamente la sensibilidad del visir victorioso.
—¿Se sabe dónde está ahora el caudillo de los rebeldes,
Djordje el Negro? —preguntó Daville, y lo hizo adrede porque había oído que
Karadjordje había huido a Austria.
—¿Quién sabe?… Además ¿a quién le importa dónde anda?
—respondió el visir con desdén.
—Pero ¿no sería peligroso que un país le ofreciera
hospitalidad y ayuda, posibilitando así que pudiera regresar a Serbia?
Las comisuras de los labios del visir temblaron de rabia y
luego se desplegaron en una sonrisa.
—Ése no volverá. Ni siquiera tiene adónde volver, porque
Serbia ha sufrido tal devastación que durante muchos años ni a él ni a nadie se
le pasará por la imaginación sublevarse de nuevo.
Con peor fortuna aún, Daville trató de llevar la
conversación a la situación de Francia y a los planes de los aliados que se
estaban preparando para cruzar el Rin.
Antes de regresar a Travnik, el visir había recibido a un
emisario especial enviado por von Paulich a Busovaca, que junto con las
felicitaciones de rigor le entregó un extenso informe sobre las posiciones en
el frente europeo. Von Paulich había escrito al visir «que Dios, por fin, había
castigado la insoportable arrogancia de los franceses y que los esfuerzos
concertados de los pueblos de Europa habían dado su fruto». Describía con todo
lujo de detalles la batalla de Leipzig, la derrota de Napoleón y la retirada
del Rin, el avance imparable de los aliados y los preparativos que se estaban
realizando para atravesar el gran río y la victoria final. Citaba el número
exacto de las pérdidas sufridas por los franceses, en muertos, heridos y en
armas, así como todos los ejércitos de los pueblos sometidos que abandonaban al
corso.
Al llegar a Travnik, Alí bajá se había encontrado con
otros informes que confirmaban lo que le había relatado von Paulich. De ahí que
hablara con Daville de ese modo, sin mencionar ni una sola vez el nombre de su
soberano y de su país, como si hablara con el representante de un país
abstracto y anónimo, que no tuviera forma real ni lugar en el espacio, y
supersticioso como era, tenía mucho cuidado de no rozar, ni siquiera con el
pensamiento, a aquéllos cuya estrella se había apagado y que hacía ya tiempo que
se hallaban en el bando de los vencidos.
Daville lanzó una última mirada a su anillo en el dedo del
visir y luego se despidió con el semblante exageradamente risueño que, cuanto
más difícil y ambigua era su situación, mejor le salía.
Al abandonar el konak, en el patio cubierto ya reinaba la
oscuridad, pero cuando franquearon el portal, la blancura de una nieve blanda y
húmeda que oprimía las casas e invadía las calles deslumbró a Daville. Eran
alrededor de las cuatro de la tarde. En la nieve se reflejaban sombras
azuladas. Como siempre, durante los días más cortos, la noche caía veloz y
triste sobre el macizo montañoso, pero bajo la nieve espesa se oía el rumor del
agua. Todo rezumaba humedad. El puente de madera resonaba sordamente bajo los
cascos de los caballos.
Como siempre que salía del konak, Daville experimentó
alivio. Olvidó por unos minutos quién era el vencedor y quién el vencido, y
sólo pensaba en cómo atravesar una vez más la ciudad con calma y dignidad.
La agitación, el calor excesivo que hacía en el Diván y la
humedad de la tarde en el aire le provocaron un escalofrío. Intentó no temblar.
Eso le hizo recordar aquel día de febrero cuando cruzó a caballo por primera
vez el bazar, en medio de insultos y escupitajos o de un silencio desdeñoso de
un pueblo fanático, para acudir a la primera audiencia con Husref Mehmed bajá.
Y de repente, se le ocurrió que desde siempre, desde que tenía uso de razón no
había hecho otra cosa que cabalgar por ese camino con el mismo séquito y las
mismas ideas.
Por necesidad, y poco a poco, durante los siete años que
allí había vivido, se había acostumbrado a cosas muy difíciles y desagradables,
pero no había dejado de ir al konak con la misma sensación de miedo y angustia.
Incluso en los tiempos más felices y en las mejores circunstancias, había
evitado acudir al visir y tratado de solucionar el problema por mediación de
d’Avenat. Pero cuando la situación lo requería y cuando en verdad no le quedaba
más remedio que ir al konak, se preparaba como si fuera a emprender una ardua
empresa, y la víspera dormía mal y comía poco. Recitaba mentalmente qué iba a
decir y cómo lo haría, preveía las respuestas y los ardides de sus
interlocutores y así acababa agotado de antemano. Para sosegarse al menos un
poco, se consolaba y se decía por la noche en la cama:
—¡Ah! Mañana a esta hora estaré en este mismo lugar y
habré dejado atrás momentos amargos e insoportables.
Ya desde por la mañana empezaba el jaleo. Por el patio y
delante del consulado, los caballos piafaban y los criados corrían de un lado a
otro. Luego, a la hora convenida llegaba d’Avenat, con su cara curtida y
sombría capaz de desalentar a los ángeles celestiales y mucho más a un mortal
presa de la inquietud. Era la señal de que la tortura comenzaba.
Las bandadas de niños y de ociosos permitían adivinar que
uno de los cónsules se dirigía al konak. Entonces, en la curva situada en lo
alto del bazar, aparecía la comitiva de Daville, siempre igual. Al frente un
jinete del visir, encargado de acompañar a la ida y a la vuelta al cónsul, que
lo seguía a lomos de su caballo negro, muy tranquilo y digno; dos pasos por
detrás y un poco a la izquierda, iba d’Avenat en su caprichosa yegua torda tan
odiada en Travnik como él mismo. Y detrás dos guardias del cónsul montados en
buenos corceles bosniacos, armados con cuchillos y pistolas.
De este modo había que atravesar la ciudad cada vez,
erguido sobre el caballo, sin mirar ni a la izquierda ni a la derecha, ni muy
alto ni a las orejas del caballo, ni distraído ni preocupado, ni sonriente ni
ceñudo, sino serio y comedido, y sobre todo sereno, más o menos con ese aire
afectado con el que los caudillos militares en los retratos, dejando al margen
la batalla, miran hacia algún punto a los lejos entre el camino y la línea del
horizonte, desde donde deberían llegar refuerzos seguros y bien calculados.
No sabría decir cuántos cientos de veces, en el curso de
los años, había recorrido ese camino, pero sabía que siempre, en todas las
épocas y con todos los visires, le había resultado tan penoso como si le
infligieran una tortura. A veces soñaba que recorría el trayecto en cuestión y
se atormentaba en sueños, cabalgando con una escolta fantasma entre dos filas
de amenazas y asechanzas, hacia un konak que era inaccesible.
Y mientras rememoraba todo eso, él atravesaba realmente el
bazar hundido en el crepúsculo y lleno de nieve.
La mayoría de las tiendas ya habían cerrado. Había pocos
transeúntes y caminaban despacio y encorvados, como si arrastraran grilletes,
por la nieve compacta y profunda, con las manos metidas en el cinturón y las
orejas tapadas con una bufanda.
Cuando llegaron al consulado, d’Avenat rogó a Daville que
le concediera su atención por unos minutos para poder informarle de algunas
novedades que había escuchado en el entorno del visir.
Un viajero de Constantinopla había traído noticias de
Ibrahim Halimi bajá.
Después de permanecer dos meses en Gallípoli, el antiguo
visir había sido enviado al exilio a una pequeña ciudad de Asia Menor; antes,
le habían confiscado todos sus bienes en Constantinopla y en los alrededores.
Su séquito se había dispersado poco a poco; cada uno se había ido en busca de
su pitanza y seguido su destino. Prácticamente solo, Ibrahim bajá se dirigió al
destierro y, en el viaje hacia aquel lugar remoto de tierras peladas,
requemadas por el sol y pedregosas, un roquedal abrupto, sin hierba ni un hilo
de agua, se repetía sin cesar su vieja idea de retirarse del mundo y, vestido
con ropas de basto lienzo, cultivar sus jardines en soledad y silencio.
Unos días antes de su partida al exilio, Tahir bey, el
teftedar, había muerto de repente, según decían, de un ataque al corazón. Esto
había sido un duro golpe para Ibrahim bajá, que se repuso únicamente mediante
un olvido senil, pasando sus últimos días en aquel lugar rocoso y árido.
Daville despidió a d’Avenat y se quedó solo en el
atardecer nevado. La humedad llegaba desde el valle en grandes oleadas. La
nieve alta y blanda ahogaba todos los ruidos. Al fondo del horizonte, se
divisaba el turbe de Abdulah bajá totalmente blanco. Se adivinaba a través de
la ventana la tenue luz de la vela que ardía en la tumba del interior.
El cónsul se estremeció. Se sentía débil y febril,
desbordado por las noticias y las impresiones.
Y como suele sucederle a las personas agotadas y abrumadas
por las preocupaciones, Daville olvidó por un instante todo lo que ese día
había oído y vivido, todas las dificultades y sinsabores que lo aguardaban al
día siguiente y en el futuro. Sólo pensaba en lo que tenía ante sus ojos.
Pensaba en el turbe de piedra octogonal, al lado del cual
había pasado durante años; en la llama de la vela que esa noche a duras penas
traspasaba la niebla, que él y des Fossés antaño habían denominado «la luz
eterna», en la historia del monumento y en la de Abdulah bajá que allí
descansaba.
Imaginaba el sarcófago bajo de piedra, cubierto por un
paño verde en el que escribía: «¡Que el Altísimo ilumine su sepulcro!», el
cirio grueso en el candelabro alto de madera, que ardía día y noche sobre la
tumba oscura con la vana esperanza de alcanzar lo que le rogaba a Dios y que
Dios, evidentemente, no quería conceder. Pensaba en el bajá que, siendo muy
joven, había subido muy arriba y había venido por azar a morir a su tierra
natal. Sí, lo recordaba todo, como si fuera el destino de todos los hombres y
el suyo propio. Recordaba que des Fossés, antes de partir, había logrado ver y
leer el testamento de Abdulah bajá y todo lo que le había contado sobre él a su
manera extensa y animada.
Sabiendo que en ese valle la luz era un raro y apreciado
bien, el bajá había reunido sus propiedades y siervos en una fundación piadosa
y además había dejado dinero en efectivo, con el único fin de que sobre su
tumba ardiera, al menos, un cirio por los siglos de los siglos. Todo lo había
arreglado y asegurado en vida, por escrito, ante el cadí y con testigos: el
tipo de vela y el peso de la cera y el sueldo del hombre que la cambiaría y
encendería, para que nunca ninguno de sus descendientes ni persona ajena
pudiera impugnar o falsear su última voluntad. Sí, este bajá sabía bien que las
noches oscuras y días brumosos se sucedían en esa vaguada, donde él reposaría
hasta el día del juicio final; sabía, claro que lo sabía, que los hombres
olvidan pronto tanto a los vivos como a los muertos, descuidan sus obligaciones
e incumplen sus promesas. Y mientras yacía enfermo en una de esas alquerías,
sin visos de sanar, sin esperanzas de que los ojos que tanto mundo habían visto
volvieran a ver un horizonte más amplio del que tenía delante, lo único que
apaciguaba el inmenso dolor que le producía su vida truncada por una muerte
prematura era el pensamiento de la cera pura de abeja que se consumiría sobre
su tumba con una llama plácida, muda, sin humo ni cenizas. Por eso, había
destinado todo lo que había conseguido en su corta existencia con esfuerzo,
heroísmo e inteligencia a esa llama que ardía encima de sus restos impotentes.
En su agitada vida, descubriendo países y gentes, había visto que el fuego era
la base del mundo; daba vida y la destruía de manera visible e invisible, bajo
formas incontables y en diversos grados. Ésta era la razón por la que sus
últimos pensamientos estaban consagrados al fuego. Ciertamente, la pequeña
llama no era gran cosa y probablemente no duraría por los siglos de los siglos,
pero era todo lo que se podía hacer, iluminar para siempre un punto de ese
oscuro y helado país, lo que significaba, aunque sólo fuera con un rayo,
alumbrar todos los ojos que pasaran por allí.
Sí, un legado extraño y una gente extraña. Pero quien haya
morado allí un tiempo y apurado las noches así, delante de la ventana, lo
entendería sin ningún problema y a la perfección.
A duras penas apartó la vista de la frágil llama que se
hundía despacio en la oscuridad y en la niebla húmeda. Pero enseguida le asaltó
el recuerdo del día que terminaba, la difícil conversación con el visir, las
evocaciones de Ibrahim Halimi bajá y de Tahir bey, de cuya muerte se acababa de
enterar.
Más vital que cuando vivía en Travnik, el teftedar estaba
delante de él. Doblado en dos, los ojos brillantes, un poco bizcos a causa del
intenso fulgor, una noche fría igual que ésa, hacía mucho tiempo, le había
dicho:
—Sí, señor, al vencedor todos lo ven rodeado de esplendor
o como dice un poeta persa: «La faz del vencedor es como la rosa».
—Sí, la faz del vencedor es como la rosa, pero el rostro
del vencido es como la tierra de una sepultura, de la que todo el mundo huye y
aparta la mirada.
Daville pronunció en voz alta esta respuesta que antaño le
había dejado a deber al teftedar.
Sólo entonces recordó la conversación con el difunto. De
nuevo, sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo y llamó para que le
trajeran velas.
Pero no abandonó la ventana, seguía contemplando el
resplandor del cirio del mausoleo de Abdulah bajá y las luces pequeñas y
turbias de las casas de Travnik; continuaba reflexionando sobre el fuego en el
mundo, el destino de los vencedores y los vencidos, recordando a vivos y
muertos, hasta que, una a una, las ventanas se fueron quedando a oscuras,
incluso las del consulado austríaco. (Los vencedores se acuestan temprano y
duermen bien). No quedaba más que el cirio triste del turbe[45] y, en el otro
extremo de la ciudad, una luz, diferente y más grande. Allí, en una bodega,
destilaban rakija, como todos los años en aquella época.
En efecto, al otro lado del desfiladero de Travnik,
cubierto de nieve húmeda, habían colocado el primer alambique en la bodega de
Petar Fufic y empezaban a destilar rakija. La destilería estaba fuera de la
ciudad, a la orilla del Lasva, un poco más abajo del camino que llevaba a
Kalibunar.
Las corrientes húmedas y el aguanieve barrían el valle. En
la destilería que flotaba sobre el agua, la «bruja», el alambique, resoplaba y
silbaba toda la noche bajo el tejado, expulsando el humo por la chimenea.
Los troncos aún verdes crepitaban bajo la destiladera,
alrededor de la cual bregaban hombres ateridos de frío, cubiertos de hollín,
con bufandas rojas enrolladas al cuello, que luchaban contra el humo y las
chispas, el viento y las corrientes, e incluso contra el tabaco picante que,
aparte de todo, les quemaba los labios y les provocaba picores en los ojos.
Allí estaba Tanasije, un maestro famoso por su arte con el
alambique y la rakija. Durante el verano apenas trabajaba. Pero en cuanto la
primera ciruela caía del árbol, empezaba su peregrinar casa por casa, por los
pueblos de la demarcación de Travnik y más lejos. Nadie como él sabía macerar
las ciruelas y juzgar cuándo había cocido el orujo y destilar y trasvasar el
aguardiente. Era un hombre hosco, que se había pasado la vida en bodegas frías
y llenas de humo, siempre pálido y sin afeitar, soñoliento y de mal humor. Como
todos los buenos maestros, nunca estaba satisfecho ni con su trabajo ni con sus
ayudantes. No hablaba más que para emitir gruñidos airados y todas sus órdenes
eran negativas:
—No, así no… No lo dejes hervir… No, no añadas… No toques
más… Déjalo, basta… Quita un poco… Apártate…
Y después de esos gruñidos iracundos y confusos, que él y
sus ayudantes entendían bien, al final salía, de las manos renegridas y
agrietadas de Tanasije, del barro, del humo y del desorden aparente, un trabajo
perfecto: un aguardiente bueno y puro, repartido en primera destilación,
fuerte, suave y muy suave; un líquido brillante y ardiente, transparente y
medicinal, sin posos ni hollín, sin rastro del esfuerzo y suciedad del que
había nacido, sin olor a humo ni a podrido, al contrario, con un aroma a ciruela
y a frutas; un líquido que se vertía en los recipientes precioso y puro como el
alma. Hasta ese momento, Tanasije permanecía pendiente de él como si fuera un
tierno recién nacido. Según se aproximaba el fin, olvidaba gruñir y reprender y
sólo movía los labios como si murmurara y pronunciara una fórmula mágica,
mientras que con un ojo infalible miraba el chorro de rakija, pues según fuera
el chorro, sin necesidad de probarlo, determinaba si era bueno, fuerte y en qué
tipo de frasco había que embotellarlo.
Alrededor del fuego permanentemente encendido bajo la
destiladera siempre había invitados, habitantes de la ciudad, a los que solía
unirse algún huésped de paso o algún gandul, un tañedor de guzla[46] o algún
narrador de cuentos, porque era agradable comer, beber y charlar junto al
alambique a pesar de que el humo les picaba los ojos y el frío les azotaba la
espalda. Para Tanasije no existía aquella gente. Él trabajaba y gruñía, daba
órdenes, diciendo siempre lo que no había que hacer, saltando por encima de los
presentes como si fueran seres etéreos. Parecía como si en su concepción del
mundo, esos hombres ociosos fueran parte integrante del alambique. En cualquier
caso, ni los llamaba ni los echaba ni les prestaba atención.
Hacía cuarenta años que Tanasije destilaba rakija por las
ciudades, pueblos y monasterios, igual que ahora, aunque era evidente que se
había convertido en un viejo decrépito. Sus gruñidos eran más quedos que antaño
y a menudo terminaban con una tos o con un bufido senil. Sus cejas espesas e
hirsutas habían encanecido y, como toda su cara, estaban siempre manchadas de
tiznajos y de la arcilla con la que se untaba el alambique. Pero debajo de esas
cejas enmarañadas se vislumbraban dos ojos dispares como cristales
centelleantes, que tan pronto refulgían como se apagaban del todo.
Esa noche, alrededor del fuego había mucha gente. El
patrón Pero Fufic, con dos serbios de Travnik, comerciantes, un guslar y Marko
de Dzimrije, hombre de Dios y adivino, que viajaba permanentemente por Bosnia y
a veces pasaba por Travnik, pero no iba más allá de la destilería ni entraba en
la ciudad ni en el bazar.
Este Marko era un campesino de Bosnia oriental, un hombre
pulcro de pelo gris, vivaracho, menudo, siempre abrigado y muy apañado.
Marko era conocido como hechicero y adivino. En su pueblo,
tenía hijos adultos e hijas casadas, tierra y una casa. Pero desde que había
enviudado, había empezado a rezar, a lanzar advertencias al mundo y a predecir
el futuro. No era codicioso, tampoco le gustaba leer el futuro a cualquiera y
en cualquier lugar. Era un hombre severo e inflexible con los pecadores. Los
turcos lo conocían y lo dejaban en paz.
Cuando Marko llegaba a algún sitio, no iba a las casas de
los ricos, sino que se alojaba en una bodega o en una cabaña y se situaba cerca
del fuego. Hablaba con los hombres y mujeres que allí se reunían. Luego, en un
momento dado, salía al encuentro de la noche y se quedaba una hora o dos fuera.
Cuando regresaba, húmedo de rocío o empapado por la lluvia, se sentaba al lado
del hogar, donde ya lo esperaba su auditorio y, con los ojos fijos en una fina
vara de tejo, comenzaba a hablar. Pero, con frecuencia, antes de nada, se
dirigía a alguno de los presentes, le reprochaba con dureza sus pecados y lo
invitaba a abandonar la estancia. Sobre todo, lo hacía con las mujeres.
Se quedaba mirando fijamente a una mujer con aire estricto
y luego le decía con calma pero con determinación:
—Comadre, te arden los brazos hasta el codo. Vete y apaga
el ardor y apártate del pecado. Tú sabes cuál es tu falta.
La mujer, avergonzada, desaparecía, y Marko empezaba
entonces a hacer predicciones generales para los allí reunidos.
También esa noche Marko había salido al exterior, aunque
soplaba un viento cortante y caía una lluvia helada mezclada con nieve.
Después, en el interior, se quedó un buen rato contemplando su vara y
golpeándola con el dedo índice de la mano izquierda, y por fin empezó
lentamente.
—En esta ciudad arde un fuego soterrado, arde en muchos
lugares. No se ve, porque la gente lo lleva en su fuero interno, pero un día se
declarará como un gran incendio y abrasará a los culpables y a los inocentes.
Ese día, los justos no se encontrarán en la villa, sino fuera. Muy lejos. Y que
cada uno le pida a Dios estar entre ellos.
De pronto se volvió y miró atentamente a Pero Fufic.
—Patrón Pero, también en tu casa hay lágrimas. Muchas, y
aumentarán, pero todo acabará bien. Acabará bien. Más no te apartes de la
iglesia y no te olvides de los pobres. Cuida de que la vela no se apague
delante del icono de San Dimitrij.
Mientras el anciano hablaba, el patrón, por lo general un
hombre irascible y altanero, bajó la cabeza y mantuvo la vista fija en su
cinturón. Se hizo el silencio y reinó el desconcierto hasta que Marko clavó de
nuevo los ojos en su vara e inició los golpeteos con la uña y con aire
meditabundo. De este ruido seco, se fue desgajando imperceptiblemente su voz
suave pero firme, primero unas cuantas palabras incomprensibles que se fueron
haciendo más claras.
—¡Ay, pobres cristianos, pobres cristianos!
Era el preámbulo de una de las profecías generales que
hacía de vez en cuando y que luego se propagaban de boca en boca entre los
serbios.
—Caminan hundidos en la sangre. Hasta los tobillos les
llega, y va en aumento. Sangre desde hoy y por cien años, y para los cincuenta
años siguientes también. Eso es lo que veo. Seis generaciones se transmiten la
sangre a manos llenas de unas a otras. Siempre sangre cristiana. Habrá una
época en la que todos los niños sabrán leer y escribir; los hombres hablarán
entre ellos de un lado a otro del mundo y podrán oír cada palabra, pero no
lograrán entenderse. Algunos se harán fuertes y acumularán riquezas inimaginables,
pero perderán sus caudales en la sangre y ni la rapidez ni la habilidad podrán
ayudarlos. Otros se empobrecerán y pasarán tanta hambre que se comerán su
propia lengua y llamarán a la muerte para que los lleve con ella, pero la
muerte estará sorda y será lenta. Y todos los alimentos que engendra la tierra
se volverán insípidos a causa de la sangre. La cruz se oscurecerá por sí misma.
Entonces vendrá el hombre, desnudo y descalzo, sin bastón ni alforjas, y
nublará todos los ojos con su sabiduría, su fuerza y su apostura y salvará a la
humanidad de la sangre y de la violencia, y reconfortará todas las almas. Y
reinará el tercero de la Santísima Trinidad.
Al finalizar el discurso, las palabras del viejo se fueron
haciendo más inaudibles e incomprensibles, hasta que se perdieron por completo
en un susurro confuso, acompañado por los golpes leves y regulares de su uña en
la vara de tejo seca y fina.
Todos miraban el fuego impresionados por las frases que no
comprendían, pero apesadumbrados por su significado incierto y embargados por
la agitación indefinida con la que los hombres sencillos aceptan cualquier
predicción.
Tanasije se levantó, miró el alambique. Entonces uno de
los mercaderes le preguntó a Marko si llegaría un cónsul ruso a Travnik.
En el silencio que surgió, todos sintieron que no era el
momento adecuado para plantear esa pregunta. El viejo respondió irritado y
tajante:
—No vendrán ni él ni otros, sino que pronto se irán los
que están aquí, y no tardará mucho en venir una era en la que la carretera
principal dará un rodeo evitando Travnik; desearéis ver a los viajeros y a los
comerciantes, pero ellos irán por otro lado, y a vosotros no os quedará más
remedio que vender y comprar vuestro género los unos a los otros. El mismo
dinero irá de mano en mano, pero entre manos se deshará y no dará fruto.
Los comerciantes se miraron. Un silencio desagradable se
impuso, pero sólo por un momento, porque enseguida fue interrumpido por una
riña entre Tanasije y los mozos que lo ayudaban. También los presentes
empezaron a discutir y Marko recobró su expresión habitual, modesta y risueña.
Abrió su gastado zurrón y sacó pan de maíz y una cebolla. Los zagales habían
puesto en las brasas fuentes de barro con carne de vaca que chisporroteaba y
despedía un fuerte olor. No le ofrecieron al viejo, porque de todos era conocido
que no aceptaba comida ni bebida de nadie y que se alimentaba de los víveres
que llevaba en su pequeño zurrón. Comió despacio y con gusto y después se fue
al otro extremo de la estancia, donde no llegaba el humo del fuego ni el aroma
de la carne asada, y allí, acurrucado y satisfecho como un buen alumno, se
durmió con la mejilla apoyada en la palma de su mano derecha.
La rakija animó la conversación entre la concurrencia,
pero todos miraban sin cesar al rincón donde dormía el anciano y bajaban la
voz. Su presencia, por una parte, los incomodaba, pero por otra, los obligaba a
adoptar una gravedad solemne que les resultaba agradable.
Entre tanto, Tanasije no dejaba de avivar el fuego con
astillas de haya, amodorrado y huraño como siempre, paciente e inflexible como
la propia naturaleza, sin imaginar que al otro lado de Travnik, un cónsul
francés miraba el resplandor rojizo de su fuego, y sin sospechar, en su
simplicidad, que en el mundo había cónsules y hombres vivos que no lograban
conciliar el sueño.
XXVII
Daville pasó los primeros meses de 1814, los últimos de su
estancia en Travnik, en la más completa soledad, «dispuesto a todo», sin
instrucciones y sin noticias de París o de Constantinopla. Pagaba a los
guardias y a los criados de su peculio. La confusión reinaba entre las
autoridades francesas de Dalmacia. Ya no llegaban viajeros franceses ni
correos. Los informes procedentes de Austria, que llegaban a Travnik tardía e
irregularmente, eran cada vez más desalentadores. Había dejado de ir al konak,
porque el visir apenas le prestaba atención cuando lo recibía y, por si fuera
poco, mostraba una bondad distraída y ultrajante, más dolorosa que cualquier
grosería y ofensa. Por lo demás, el visir resultaba de día en día más
insoportable para todos. Sus destacamentos albaneses vivían en Bosnia como en
un país sometido y despojaban a los turcos y a los cristianos. Entre los
musulmanes empezaba a cundir la insatisfacción, pero no se trataba del
sentimiento de descontento público que estalla y sacude la ciudad en una de
esas insurrecciones insignificantes; era una insatisfacción ahogada y sorda,
que se incuba largamente, pero cuando explota provoca un baño de sangre y una
carnicería. Alí bajá estaba embriagado por su victoria en Serbia. Lo cierto es
que esta victoria, a juzgar por las opiniones de los expertos y de los
testigos, parecía dudosa, y la participación de Alí bajá, trivial; por el
contrario, para el visir, con el tiempo iba ganando en grandeza e importancia y
su figura de vencedor crecía ante sus propios ojos. Con el correr de los días
aumentaban sus ataques desconsiderados contra los beyes y los notables turcos.
Sin embargo, esto no hacía más que debilitar su posición. Porque con la
violencia se pueden dar golpes de mano y lograr un giro provechoso de la situación,
pero no se puede gobernar eternamente. El terror como medio de conservar el
poder pierde pronto su eficacia. Lo saben todos, salvo los que, obligados por
las circunstancias o por sus instintos, se dedican a practicarlo. Y Alí bajá no
conocía otros medios. No se daba cuenta de que «el miedo ya había muerto» en
los beyes y señores y que sus acometidas, que al principio provocaban el
pánico, ahora ya no asustaban a nadie, e incluso a él mismo habían dejado de
estimularlo. Esos hombres que antaño temblaban de miedo, ahora permanecían
«insensibles y fríos», mientras que él, a la inversa, temblaba de rabia ante
cualquier señal, por pequeña que fuera, de insumisión y resistencia, incluso
ante el silencio. Los capitanes de las ciudades intercambiaban mensajes, los
beyes mantenían conciliábulos, y en todas las poblaciones, el bazar callaba
peligrosamente. Con el buen tiempo cabía esperar un alzamiento abierto contra
el gobierno de Alí bajá. D’Avenat lo predijo con seguridad.
Los frailes evitaban el consulado francés, aunque seguían
acogiendo con suma amabilidad a la señora Daville los domingos y fiestas de
guardar, cuando ella acudía a misa en Dolac.
Los guardias le preguntaban a d’Avenat si continuarían aún
por mucho tiempo al servicio de Francia. Rafo Atijas estaba buscando otro
puesto como intérprete o como hombre de confianza, porque no le apetecía volver
a la tienda de su tío. Gracias a la actividad, invisible pero constante, del
consulado austríaco, las noticias de las victorias de los aliados y de la caída
inminente de Bunaparte llegaban hasta el último de los habitantes. Y poco a
poco se consolidaba la opinión de que el tiempo de los franceses había pasado y
que su consulado en Travnik tenía los días contados.
Von Paulich no se dejaba ver en público y no hablaba con
nadie. Hacía seis meses que Daville no lo veía, desde que Austria había entrado
en guerra, pero percibía su existencia a cada minuto; pensaba en él con un
sentimiento especial que no era ni miedo ni envidia, pero que contenía un poco
de ambas cosas; le parecía verlo trabajar en el gran edificio, en la otra
orilla del Lasva, frío, cabal, siempre con la razón por delante, sin mostrar
nunca una duda, una vacilación, correcto pero astuto, honesto pero inhumano. Al
contrario que el vencedor loco y enfermo del konak, el austríaco era en
realidad el único triunfador de la partida que desde hacía años se estaba
jugando en el valle de Travnik, y esperaba, implacable e impávido, a que cayera
la víctima que habían acorralado en el desfiladero y que con su caída se
anunciara la victoria.
Ese momento llegó, y von Paulich se comportó como un
hombre que participa en un juego ancestral y solemne cuyas reglas son
inexorables y dolorosas, pero lógicas, justas y honorables para vencedores y
vencidos.
Un día de abril llegó un guardia austríaco al consulado
francés, por primera vez en siete meses, y trajo una carta para el cónsul.
Daville conocía esa escritura de líneas puras y rectas
como flechas de acero que, igual de afiladas, seguían una misma dirección.
Conocía esa caligrafía, intuía el sentido de la misiva, pero le sorprendió el
contenido.
Von Paulich comunicaba que acababa de recibir la noticia
de que la guerra entre los aliados y Francia había finalizado felizmente.
Napoleón había abdicado. El soberano legítimo había sido llamado a ocupar el
trono. El senado había votado una nueva constitución y se había formado un
nuevo gobierno a cuyo frente se hallaba Talleyrand, príncipe de Benevento.
Suponiendo que las noticias concernientes a la suerte de su patria le
interesarían, se las enviaba, y dichoso porque el final de la guerra les
permitiera retomar su relación, le rogaba que presentara sus respetos a la
señora Daville, etc., etc.
La sorpresa era tal que el verdadero sentido y el alcance
de la información no lograron penetrar en la conciencia del cónsul. En un
primer instante dejó la carta y se levantó de la silla, como si hubiera
recibido un mensaje de von Paulich que aguardaba desde tiempos inmemoriales.
Hacía mucho, sobre todo desde diciembre del año anterior y
desde la derrota en Rusia, que Daville pensaba en un fin semejante,
reflexionaba en su fuero interno e intentaba definir la actitud que adoptaría.
Lenta e imperceptiblemente, se había ido resignando con la
caída del imperio, con la posibilidad de dicha caída. Así, cada día y con cada
acontecimiento, esta amenaza lejana y remota se había aproximado, se había
infiltrado de forma inapreciable en la realidad y la había sustituido
gradualmente, Y tras el emperador y el imperio se vislumbraba la vida, eterna,
poderosa, inabarcable, con sus infinitas posibilidades.
Daville no sabía cuándo había empezado a acostumbrarse a
la idea de un mundo sin Napoleón como premisa básica. Al principio era difícil
y doloroso, una especie de vértigo interno. Sentía que se tambaleaba en su
interior como si la tierra bajo sus pies temblara y fallara. Luego experimentó
una gran desolación, la ausencia de cualquier entusiasmo y punto de apoyo, sólo
una vida árida, miserable, sin horizontes ni visiones lejanas, que son irreales
pero que nos dan fuerza y una dignidad firme al andar. A la postre, tanto pensó
en ella y tantas veces se entregó a esa sensación que empezó a juzgar su suerte
y la de su familia, al mundo y a la propia Francia, partiendo de este punto
imaginario.
Durante todo ese tiempo, Daville, como hasta entonces,
había cumplido con su deber concienzudamente, leía las circulares y los
artículos de Le Moniteur, escuchaba los mensajes de los correos y las historias
de los viajeros sobre los planes de Napoleón para defender más estrechamente
Francia o las posibilidades de alcanzar la paz con los aliados. Pero luego
enseguida volvía a sus pensamientos sobre el futuro cuando desapareciera el
emperador y el imperio, y cada vez se detenía más en ellos.
En pocas palabras, le estaba sucediendo lo mismo que a
miles de franceses, consumidos al servicio de un régimen que, en realidad,
hacía tiempo que estaba derrotado por haberse visto forzado a exigir a la gente
más de lo que ésta podía dar.
Y cuando un hombre, en su interior, se resigna y
familiariza con una idea nueva, antes o después, empieza a encontrar en la
realidad argumentos que la confirman. Y en este caso con mayor facilidad,
porque la realidad iba en la misma dirección que los pensamientos y a menudo
los sobrepasaba.
En el último periodo, Daville pudo constatar con asombro
que había avanzado un importante trecho del camino. Olvidando las largas e
innumerables luchas que había sostenido consigo mismo en el último año, le
parecía que había llegado de manera fácil y rápida al lugar en el que se
hallaba ahora. De cualquier modo, hacía tiempo que se sentía como un hombre
«dispuesto a todo», lo que venía a significar que en su interior había roto con
el orden que estaba a punto de desaparecer en Francia y que estaba preparado
para resignarse con lo que viniera después, sin importar lo que fuera.
Sin embargo, en aquel instante, cuando todo esto aparecía
ante él como un hecho consumado, Daville reaccionó igual que si le hubieran
asestado un fuerte golpe inesperado. Recorría la habitación, y el significado
de lo que había leído en la carta de von Paulich crecía en su interior y
provocaba nuevas oleadas de sentimientos mezclados: sorpresa, miedo, pesar,
incluso una mísera satisfacción porque él y los suyos habían salido ilesos y
vivos de tanta destrucción y de tantos cambios, y luego otra vez incertidumbre
y temor. De repente, recordó unas palabras del Antiguo Testamento: «Dios es
grande en sus obras», y le venían a la cabeza sin cesar como una melodía
obsesiva, si bien no podía decir ni cuáles eran sus obras ni en qué residía su
grandeza ni qué relación guardaba todo esto con el Dios de la Biblia.
Siguió paseando un buen rato por la habitación fría, pero
era incapaz de demorarse en una idea y menos aún de examinar u ordenar lo que
acababa de leer. Sentía que iba a necesitar tiempo para ello.
Comprendía que todas las reflexiones, previsiones o
capitulaciones a las que se había entregado no servían de mucho ni ayudaban en
el momento en que se recibía el golpe. Porque una cosa era proyectar en la
imaginación todos los temores, prever lo peor, plantearse una postura y
defenderla, y al mismo tiempo sentirse satisfecho porque todo estaba en orden y
en su sitio, y otra cosa era hallarse ante el desastre total que exige de
nosotros soluciones urgentes e iniciativas concretas. Una cosa era escuchar a
un colega del ministerio de Marina, ebrio e impulsivo, que con ojos ardientes
decía: «¡El emperador está loco! Todos nosotros, junto con él, nos precipitamos
al desastre que nos aguarda al final de todas las victorias», y otra,
comprender y aceptar como una realidad que el imperio había sido vencido y
aniquilado, que Napoleón había dejado de existir, que no era más que un monarca
usurpador destronado, menos cotizado que si hubiera perecido en el campo de
batalla victorioso. Una cosa era dudar del valor de las victorias y de la
perennidad de los triunfos en el frente, como dudaba con más frecuencia en los
últimos años, y reflexionar sobre qué habría sido de él y de los suyos «en el
caso de que…», y otra, saber de repente que no sólo la Revolución y todo lo que
ella había ocasionado, sino también «el general» y esa magia irresistible de su
genio victorioso y todo el orden que en él descansaba se habían desvanecido de
la noche a la mañana, como si nunca hubieran existido y que ahora todo tenía
que volver de pronto al estado en que se hallaba cuando él, Daville, de niño en
la plaza de su ciudad natal, enardecido por la «bondad real», aclamaba a Luis
XVI.
Incluso en sueños, sería exagerado.
Ante la imposibilidad de recuperar la lógica y de
serenarse, de profundizar en el sentido de lo que estaba sucediendo y entrever
el futuro, Daville se aferró al hecho de que su antiguo protector, Talleyrand,
estaba al frente del nuevo gobierno, lo que suponía el único indicio de
salvación, como un favor especial que le concedía el destino en el hundimiento
y caos general.
Daville sólo había hablado una vez en su vida con
Talleyrand, igual que con el «general», y de eso hacía más de dieciocho años,
cuando todavía no era célebre ni ostentaba el título de príncipe de Benevento.
En el ministerio de Asuntos Exteriores, en el que en aquella época reinaba un
desorden tremendo, no sólo respecto al trabajo y al personal, sino también en
lo que al mobiliario y a su disposición tocaba, Talleyrand le concedió una
audiencia de unos cuantos minutos en un salón improvisado, pues, habiendo advertido
sus artículos en Le Moniteur, deseaba verlo. El mismo desbarajuste dominó la
breve entrevista.
El hombre vigoroso que lo recibió de pie, y que así
permaneció durante toda la conversación, poseía una mirada envolvente,
arrogantemente tranquila, que posó de modo superficial en el joven, como si
tras él buscara el verdadero objeto de su atención. Su charla también fue vaga
y banal; daba la sensación de que se arrepintiera de haberse fijado en los
artículos y haber deseado conocer al autor. Le dijo que «debía continuar» y que
él siempre lo apoyaría en su trabajo. En realidad, eso fue todo lo que Daville vio
y oyó de su protector. Sin embargo, durante aquellos dieciocho años, tanto para
Daville como para los funcionarios del ministerio, estaba absolutamente claro
que el cónsul era el protegido de Talleyrand y que su carrera estaba unida a la
estrella de dicho personaje. Y, en efecto, Talleyrand siempre lo respaldó
mientras gobernó y tuvo poder. Sucede a menudo que los poderosos arrastran,
pertinaces hasta el final, a un cúmulo de protegidos, no por lo que ellos
puedan ofrecer, ya que ni los conocen ni los aprecian, sino por sí mismos,
porque el apoyo y protección que brindan a otros es una prueba evidente de su
propio poder y valor.
Me dirigiré al príncipe, se decía Daville en su interior,
sin saber ni cómo ni por qué. Me dirigiré al príncipe, se repitió una y otra
vez esa noche, ante la incapacidad de pensar en ninguna otra cosa con la
sensación plúmbea de no tener a nadie a quien poder consultar. El día siguiente
lo sorprendió extenuado y confuso, pero igual de indeciso que la víspera.
Al contemplar a su mujer que, sin presentir los hechos,
andaba por la casa y ordenaba lo que se debía hacer en el jardín como si fuera
a pasar la eternidad en Travnik, volvió en sí como una criatura maldita, que
sabe lo que los humildes mortales ignoran y eso le causa más pesar que a ellos.
La llegada de un correo de Constantinopla lo sacó de su
indecisión. El correo llevaba las felicitaciones del embajador y de los
funcionarios al nuevo gobierno y pruebas de su lealtad al legítimo soberano,
Luis XVIII, y a la dinastía de los Borbones. Además, ordenaba a Daville que
informara al visir y a las autoridades locales de los cambios en Francia y le
comunicara que a partir de ese día se hallaba en Travnik como representante de
Luis XVIII, rey de Francia y Navarra.
Como si actuara por un plan preconcebido o por un dictado
inaudible, Daville escribió el mismo día todo lo necesario para enviar a París,
sin dudas ni titubeos.
«Por mediación del cónsul austríaco en Travnik he sabido
del feliz cambio que ha devuelto al trono francés al heredero de Enrique el
Grande y, a Francia, la paz y la esperanza de un futuro mejor. Mientras viva,
lamentaré no haber estado en París en semejante ocasión para unir mi voz a las
aclamaciones del pueblo entusiasta».
Así empezaba la carta de Daville en la que ponía sus
servicios a disposición del nuevo gobierno, rogando que «depositaran a los pies
del trono su lealtad y fidelidad», y subrayaba que él era un «ciudadano
corriente, uno de los veinte mil parisinos que habían firmado la petición en
defensa del rey mártir, Luis XVI, y de la familia real».
Terminaba la carta expresando su esperanza de que después
de la «edad de hierro» llegara la «edad de oro».
Al mismo tiempo, envió a Talleyrand una felicitación en
verso, como solía hacer anteriormente, mientras el político estaba en el poder.
La felicitación comenzaba así:
Des peuples et des Rois heureux modérateur
Talleyrand, tu deviens notre libérateur!
(De pueblos y reyes gran moderador,
Talleyrand, te has convertido en nuestro liberador).
Pero como, a causa del correo, no tuvo tiempo de terminar
el poema, presentó dos docenas de miserables versos como fragmento de un todo
más importante.
Aprovechaba para sugerir que se cerrara el consulado en
Travnik, porque al cambiar por completo las circunstancias, no había necesidad
de seguir manteniéndolo. Solicitaba permiso para abandonar ese mismo mes la
ciudad con su familia y dejar a d’Avenat, cuya fidelidad había sido probada y
demostrada en innumerables ocasiones, para que administrara el consulado hasta
su clausura. Teniendo en cuenta la situación excepcional, si a finales de mes
no había recibido instrucciones en contra, él y su familia emprenderían el
viaje a París.
Daville pasó toda la noche escribiendo las felicitaciones,
los ruegos y las cartas. Sólo durmió dos horas, pero se levantó fresco y
despejado y despidió al correo.
En la terraza en la que todavía los tulipanes cerrados se
doblaban bajo el peso del abundante rocío, el cónsul contemplaba cómo el correo
y su escolta descendían por el camino empinado hacia la calzada del valle. Sus
caballos avanzaban hundidos hasta por encima de las rodillas en la niebla baja
y densa, que el sol invisible teñía de rojo; poco a poco se adentraron en ella
y desaparecieron de su vista.
Luego volvió a su despacho de la planta baja. Por todas
partes se advertían huellas de la febril actividad de la noche anterior: velas
torcidas y consumidas, papeles diseminados por la estancia, trozos de cera. Sin
tocar nada, Daville se sentó entre los borradores y papeles rotos. Sentía un
cansancio pesado, pero también un gran alivio por haber terminado todo y
habérselo enviado a quien correspondía, con una determinación irrevocable, sin
dejar posibilidades a nuevas dudas y reflexiones. (Se sentó a la mesa y apoyó
la cabeza soñolienta en los brazos cruzados).
A pesar de todo, era difícil no pensar, no recordar, no
ver. Había pasado veinticinco años de su vida buscando «el camino de en medio»
que traía el sosiego y otorgaba al hombre esa dignidad sin la que es imposible
vivir. Durante veinticinco años él había buscado y encontrado, perdido y de
nuevo hallado, había ido de un «entusiasmo» a otro, y ahora, exhausto,
desgarrado en su interior, consumido, llegaba al punto del que había partido
cuando contaba dieciocho años. Esto significaba que, todos los caminos se dirigían
hacia delante sólo en apariencia, pues en realidad trazaban un círculo, como el
laberinto engañoso de las leyendas orientales, para llevarlo, así, cansado y
desalentado, a ese lugar, entre papeles rotos e informes revueltos, a ese punto
en el que de nuevo empezaba el círculo, que en realidad podía ser cualquier
otro punto de esa rueda de la vida. Esto significaba que no existía ningún
camino de en medio, el auténtico, el que llevaba adelante, a la estabilidad, a
la paz y a la dignidad, y que todo el mundo andaba en círculo, siguiendo
siempre el mismo camino falaz, y que sólo cambiaban las personas y las
generaciones que marchaban por él, constantemente engañadas. Esto significaba
—concluía el pensamiento fatigado y erróneo de un hombre agotado— que no hay
camino y que allí donde ahora debía conducirlo, entre tumbos, su protector
cojo, el poderoso príncipe de Benevento, era parte del círculo, un callejón sin
salida. Se avanzaba, eso era todo. Pero sólo si éramos capaces de encontrar el
sentido y la dignidad en nosotros mismos, encontraríamos los del camino. Ni
camino ni objetivo. Andar y andar. Caminar y agotarse y consumirse.
Así era, él también avanzaba sin tregua y sin tomarse un
respiro. Daba cabezadas, se le cerraban los ojos y ante él avanzaba la niebla
rojiza y unos caballos, cuyas patas se enredaban, avanzaban a paso lento y se
hundían en ella, desapareciendo con sus jinetes. Y cada vez eran más los
caballos e incontables los caballeros que surgían y se hundían en la bruma
infinita, a la que conducen la fatiga y el deseo de dormir.
Con la cabeza apoyada en los brazos cruzados, Daville se
dejó vencer por el cansancio y los pensamientos enmarañados y se durmió sobre
el escritorio, entre los papeles y las velas consumidas de la noche anterior.
Sólo quería que lo dejaran dormir, que no le obligaran a
levantar la cabeza ni a abrir los ojos, incluso en la niebla húmeda y carmesí
entre la multitud ondulante y cada vez más densa de jinetes. Pero no se lo iban
a permitir. Uno de los jinetes, a su espalda, posaba despiadadamente la mano
fría en su nuca y le espetaba palabras incomprensibles. Cuanto más se esforzaba
por sumirse en el sueño, más se obstinaba el otro en despertarlo.
Cuando alzó la cabeza y abrió los ojos, vio el rostro
sonriente y desaprobador de su esposa. La señora Daville le reprochaba por
agotarse de ese modo, y le sugería que se desvistiera, se acostara y reposara.
Pero, una vez despierto, le resultaba insoportable quedarse a solas con sus
pensamientos en la cama. Empezó a colocar los papeles de la mesa mientras
hablaba con su mujer. Hasta ese momento había evitado decirle abiertamente
cuáles eran los cambios que habían sucedido en el mundo y en Francia y qué significaban
para ellos. No obstante, ahora le parecía, de repente, fácil y sencillo.
Cuando escuchó de forma precisa y concreta que todo había
cambiado por completo, incluso su situación, y que realmente había llegado el
final de su estancia en Travnik, la señora Daville se sintió abatida y confusa
durante unos minutos. Pero sólo por unos minutos, hasta que comprendió en su
totalidad lo que significaba para su familia y qué tareas reales le
correspondían a ella en particular. En cuanto lo asumió, recobró la calma y
enseguida empezaron a hablar del viaje, del traslado de las cosas y de la vida
que los aguardaba en Francia.
XXVIII
La señora Daville se puso manos a la obra.
Del mismo modo que antaño había arreglado y amueblado la
casa para vivir en ella, ahora preparaba todo para la mudanza; tranquila,
cuidadosa e incansablemente, sin quejarse ni pedir consejo a nadie. Despacio y
según un plan establecido, empezó a desmontar el hogar que ella había creado a
lo largo de esos siete años. Todo fue anotado, envuelto con esmero y dispuesto
para el viaje. La parte dolorosa para la señora Daville era la terraza con las
flores y el gran huerto con los plantíos de verduras.
Los jacintos blancos, bautizados una vez por la señora von
Mitterer «Alegría nupcial» o «Novio imperial», estaban aún lozanos y
exuberantes, pero el centro de la terraza lo ocupaban los tulipanes holandeses
que la señora Daville había logrado adquirir en los últimos años en grandes
cantidades y de distintos colores. Débiles y desiguales el año anterior, éste
habían brotado con fuerza y estaban en plena floración, flamantes y tan parejos
que parecían filas de escolares en procesión.
En el huerto también florecían los guisantes dulces
alemanes, cuyas semillas le había procurado von Paulich un año atrás, unas
semanas antes de que se declarase la guerra. Ahora Gruñón, el jardinero
sordomudo, los aporcaba.
Porque Gruñón seguía con su trabajo, como todas las
primaveras. Él no sabía nada de lo que ocurría en el mundo, ni de los cambios
acaecidos en la vida de esa gente. Para él, era un año igual que los otros.
Siempre encorvado, desmenuzaba la tierra entre sus manos, terrón por terrón,
echaba abono, trasplantaba y regaba, sonreía a Jean-Paul y a la pequeña Eugénie
cuando la niñera la sacaba a la terraza. Con rápidos y gráciles movimientos de
sus dedos manchados de tierra, murmullos incomprensibles y muecas explicaba a
la señora Daville que estos mismos guisantes dulces crecían mejor y echaban más
flor en el huerto de von Paulich, pero que eso no quería decir nada, porque no
servía para deducir cuánta sería la cosecha, cosa que sólo se vería cuando la
vaina empezara a desarrollarse.
La señora Daville lo miraba. Confirmó mediante gestos que
lo había entendido todo, y se dirigió a la casa para proseguir embalando. Y tan
sólo en ese momento cayó en la cuenta de que dentro de unos pocos días tendría
que abandonar todo aquello, la casa y el huerto, y que ni ella ni los suyos
verían los frutos maduros de los guisantes. Y las lágrimas asomaron a sus ojos.
De este modo, con tranquilidad, se preparaban en el
consulado francés para la partida. Sin embargo, Daville todavía se enfrentaba a
un problema. Se trataba del dinero. Tiempo atrás había enviado a Francia los
pocos ahorros que poseían y hacía unos meses que habían dejado de llegar las
asignaciones. Los judíos de Sarajevo, que trabajaban con Frayssinet y a menudo
habían prestado dinero al consulado, ahora se mostraban desconfiados. D’Avenat
disponía de cierto dinero guardado, pero se quedaba en Travnik en una posición
poco clara y llena de incertidumbre; no sería justo privarlo de lo que tenía y
pedirle que hiciera un préstamo al Estado, y además sin garantías.
Los dos intérpretes, tanto d’Avenat como Rafo Atijas,
conocían de sobra la situación en la que se hallaba Daville. Y mientras él se
torturaba, pensando a quién dirigirse, vino un día el viejo Salomón Atijas, tío
de Rafo, el más respetado de los hermanos y cabeza de la gran tribu de los
Atijas de Travnik.
Bajo de estatura, rechoncho y de piernas torcidas, vestido
con una aljuba grasienta, la cabeza plantada directamente entre los hombros
estrechos, sin cuello, tenía los ojos saltones como es común entre los enfermos
del corazón. Llegó bañado en sudor y jadeante por el caluroso día de mayo y el
camino empinado al que no estaba acostumbrado. Cerró temeroso la puerta y se
dejó caer en una silla respirando con dificultad. Despedía un tufo a ajo y a
pieles sin curtir. Apretaba los negros puños velludos sobre las rodillas y en
cada uno de los pelos brillaba una diminuta gota de sudor.
Intercambiaron los saludos varias veces, repitiendo sin
cesar las mismas fórmulas de cortesía triviales. Ni Daville quería admitir que
abandonaba Travnik con su familia para siempre, ni el gordo y fatigoso patrono
Salomón podía decir qué asunto le había traído. Por fin, el judío empezó a
explicar, con aquella voz áspera y gutural, que a Daville siempre le recordaba
a España, que él entendía los cambios imprevistos y las grandes exigencias de
los Estados y estadistas, que corrían malos tiempos para todos y no menos para
un mercader cuya única ocupación se reducía a su negocio y que, al fin y al
cabo, bueno pues que, si al señor cónsul no le llegaba a tiempo el dinero del
erario público, ya que con los viajes nunca se sabía y las demandas oficiales
no podían esperar, él, Salomón Atijas, estaba allí, siempre al servicio del
consulado imperial francés…, es decir, del consulado real y del señor cónsul en
persona, y ponía a su disposición lo poco que poseía y que podía hacer.
Daville, que en un primer instante había pensado que
Atijas venía para pedirle o solicitar algo, se quedó sorprendido y conmovido.
Su voz se tornó trémula por la turbación. Los músculos faciales, entre la boca
y el mentón, allí donde su piel rosada empezaba a arrugarse y a volverse
flácida, temblaron de manera notable.
Se inició un confuso tira y afloja de ofertas y
agradecimientos. A la postre, acordaron que Atijas prestase al consulado 25
ducados imperiales contra una letra de cambio.
Los grandes ojos prominentes de Salomón estaban húmedos,
lo que les confería, a pesar de la córnea amarillenta e inyectada de sangre, un
brillo particular. También en los ojos de Daville centellearon lágrimas de
emoción, un sentimiento que no lo abandonaba desde hacía unos días. Después de
eso, empezaron a hablar abiertamente y sin trabas.
Daville buscaba palabras escogidas para expresar su
gratitud. Hablaba de su simpatía hacia los judíos, y aseguraba que los
entendía; hablaba de sentimientos humanitarios y de la necesidad de que los
hombres, sin distinción, se comprendieran y ayudaran. Se atenía a términos
generales y vagos, porque ya no podía recurrir a Napoleón, cuyo nombre había
tenido para los judíos un gran poder de atracción y un significado particular,
y mucho menos mencionar abierta y rotundamente a su reciente gobierno y nombrar
al nuevo soberano por su nombre. Salomón lo observaba con sus ojos grandes y
seguía sudando y jadeando; como si viera con la misma claridad y sintiese tanto
o incluso más que Daville la dificultad de todo el asunto, como sí entendiera y
asumiera qué peligros y qué desgracias representaban todos esos emperadores y
reyes, visires y ministros, cuyas llegadas y partidas no dependían en absoluto
de nosotros, pero nos elevaban o aplastaban, a nosotros y a nuestras familias y
todo lo que somos y lo que poseemos; como si fuese desgraciado por haber tenido
que abandonar su oscura tienda y los montones de cuero para subir a este lugar
alto y soleado y sentarse en sillas extrañas, en salones lujosos, con gente
distinguida.
Alegre porque la cuestión del dinero para el viaje se
hubiera solucionado de forma tan inesperada y fácil, y para dar a la
conversación un tono al menos un poco más jovial, Daville dijo medio en broma:
—Le estoy muy agradecido, y nunca olvidaré que, a pesar de
todas sus inquietudes, haya tenido usted tiempo de preocuparse del destino del
representante de Francia. Y, a decir verdad, me asombra que después de todo lo
ocurrido, de todas las multas que ha tenido que pagar, todavía pueda disponer
de una cantidad de dinero, por muy pequeña que sea, para prestar a alguien.
Porque el visir se jactaba de haber vaciado a fondo sus arcas.
Ante la evocación de las persecuciones y las multas
infligidas a los judíos por Alí bajá, los ojos de Salomón adoptaron una
expresión paralizada y preocupada, la mirada triste de un animal.
—Todo esto nos ha costado mucho y mucho nos ha arrebatado
y, en efecto, ha agotado hasta la última moneda de nuestras arcas, sin embargo,
le puedo decir y usted debe saberlo…
Salomón miró azorado sus sudorosas manos que reposaban
sobre las rodillas y continuó, después de una breve pausa, con una voz
diferente, más fina, como si de repente hablara desde el otro extremo de la
habitación:
—Sí, nos asustamos y pagamos un precio elevado. Sin duda.
Y el visir es realmente un señor severo, severo e inflexible. Pero él trata
sólo una vez con los judíos, mientras que nosotros hemos soportado decenas y
decenas de visires. Ellos se suceden unos a otros. (Cierto, cada uno se lleva
algo). Se van los visires, olvidan lo que hicieron y cómo se comportaron,
llegan nuevos y todos vuelven a empezar. Pero nosotros nos quedamos, recordamos
y apuntamos todo lo que hemos aguantado, y cómo nos hemos defendido y salvado,
y nos transmitimos de padre a hijo esta experiencia por la que hemos pagado tan
alto precio. Por eso nuestras arcas tienen doble fondo. La mano del visir llega
hasta una y la vacía, pero por debajo queda siempre algo para nosotros y
nuestros hijos, para salvar el alma, para ayudar a los nuestros y a los amigos
en dificultades.
Salomón miró directamente a Daville, pero ya no con sus
ojos tristes, cómicamente asustados, sino con una mirada nueva, franca y
valiente.
Daville sonrió con cordialidad.
—Ah, me parece muy bien. Me gusta. Y el visir que creía
ser tan astuto y tan hábil.
Salomón lo interrumpió enseguida con una voz más baja,
como si quisiera que él también bajara el tono.
—No, no quiero decir que no lo sea. No hay que dudar de
que ellos son unos señores muy capacitados y sabios. Sin embargo, ya sabe cómo
es, los señores son sagaces; gente poderosa, nuestros amos son como dragones,
pero hacen la guerra, se enfrentan, gastan. Pues, como se suele decir por aquí,
el poder es como un vendaval, se desplaza, arremete y amaina. Y mientras tanto
nosotros estamos quietos, trabajamos y acumulamos riquezas. Por eso nos dura
más el dinero y nunca nos falta.
—Ah, estupendo, estupendo —Daville asentía con la cabeza,
seguía sonriendo y alentando a Salomón para que prosiguiera.
Pero esta risa hizo callar al judío que clavó sus ojos en
la cara del cónsul, de nuevo con aquella primera mirada preocupada y
amedrentada. Temió haber ido demasiado lejos y haber hablado de lo que no
debía. Y él mismo se dio cuenta de que lo que había dicho no era lo que quería
decir. En realidad, ni siquiera sabía lo que deseaba expresar. Pero había algo
que lo empujaba a hablar, a quejarse, a vanagloriarse y explicarse, como
alguien a quien se le brinda una oportunidad única, unos minutos preciosos, para
transmitir un mensaje importante y urgente. Ya que había salido de su tienda,
subido por la pendiente por la que jamás pasaba y tomado asiento en esa
habitación luminosa, respirando una belleza y pulcritud a las que no estaba
acostumbrado, le parecía importante y provechoso poder conversar con ese
extranjero, que dentro de unos días abandonaría la ciudad, y hablar con él como
jamás podría ni osaría hacer con nadie más.
Olvidando su estupor inicial y su profunda incomodidad,
sentía la necesidad creciente de decirle a ese forastero algo más sobre sí
mismo y los suyos, algo inaplazable y secreto, surgido en esta ratonera de
Travnik, en su húmedo almacén, donde a duras penas se sobrevivía, sin honor ni
justicia, sin belleza ni orden, sin tribunales ni testigos, como un mensaje
dirigido a alguien, él mismo no sabía a quién, a alguien en aquel mundo mejor,
más ordenado y civilizado al que el cónsul volvía. Decir, al menos una vez,
algo que no estuviera relacionado con la astucia y la prudencia, con el lucro y
el ahorro, con las cuentas y el regateo diario, sino al contrario, con la
generosidad y el despilfarro, con el dolor, el orgullo magnánimo y la
sinceridad.
Pero justo ese deseo vehemente que, de golpe, lo impulsaba
a comunicar y transmitir algo general e importante sobre su existencia en el
mundo y sobre el martirio perpetuo de todos los Atijas de Travnik, le impedía
encontrar el modo adecuado y las palabras necesarias para expresar de forma
breve pero digna lo que le asfixiaba en aquel instante y le hacia subir la
sangre a la cabeza. Por eso balbuceaba sólo palabras sueltas que le venían a la
boca en vez de decir lo que le absorbía y deseaba a toda costa expresar, es
decir, cómo luchaban él y los suyos y cómo lograban conservar la fuerza
invisible y la dignidad.
—Ya ve… así resistimos y por eso logramos guardar algo,
sin lamentarnos… por los amigos, la justicia, la bondad que nos prodigan.
Porque nosotros… porque nosotros también…
Aquí se le saltaron las lágrimas y su voz se quebró.
Turbado, se levantó. Daville, conmovido por una sensación indefinida de ternura
y amistad, siguió su ejemplo y le tendió la mano. Salomón la estrechó
enérgicamente con un movimiento brusco e inexperto, farfullando unas palabras
más, para rogar al cónsul que no se olvidara de ellos y contara donde pudiera y
a quien correspondiera que ellos vivían allí, que sufrían y con el sufrimiento
se redimían. Se trataba de un discurso impreciso e incoherente que se mezclaba
con las expresiones de agradecimiento de Daville.
Nunca será posible explicar qué es lo que atormentaba a
Salomón Atijas en aquel preciso instante, el motivo por el que las lágrimas
bañaban sus ojos y todo su cuerpo se estremecía de emoción. Si hubiera podido,
si realmente hubiera podido expresarse, esto sería lo que más o menos habría
dicho:
—Señor, usted ha vivido más de siete años entre nosotros y
durante todo este tiempo nos ha prestado, a nosotros los judíos, más atención
de la que nunca hemos recibido ni de los turcos ni de otros extranjeros. Nos ha
tratado como seres humanos, sin diferenciarnos del resto de la gente. Quizá ni
usted mismo sea consciente de toda la bondad que nos ha mostrado con su
comportamiento. Ahora se marcha. Su emperador se ha visto obligado a retirarse
ante un enemigo superior. En su país se suceden hechos procelosos y grandes
cambios. Pero su patria es noble y poderosa y seguramente todo acabará bien.
También usted encontrará el camino en su tierra natal. Nosotros sí que somos
dignos de lástima, los que nos quedamos aquí, este puñado de judíos sefardíes
de Travnik, de los que dos terceras partes pertenecen a la familia de los
Atijas, porque usted ha sido como un rayo de luz para nuestros ojos. Usted ha
visto la vida que llevamos, y nos ha hecho todo el bien que un hombre puede
hacer a otro. Y de aquel que hace el bien todo el mundo espera que se muestre
aún más bondadoso. Por eso me atrevo a pedirle como último favor que sea
valedor nuestro ante Occidente, del que también procedemos y que debería saber
en qué se nos ha convertido. Porque, a mi juicio, si supiéramos que alguien
sabe y acepta que no somos lo que parecemos ni lo que aparentamos por nuestra
forma de vida, nos resultaría más fácil soportar nuestra pesada carga.
»Hace más de trescientos años nos expulsó de nuestra
patria, la incomparable Andalucía, el horrible y absurdo huracán de una guerra
fratricida, que aún hoy día no podemos entender, y que tampoco ha logrado
comprenderse a sí misma, nos dispersó por todo el mundo e hizo de nosotros
mendigos a los que ni siquiera el oro puede ayudar. A nosotros, ya ve, nos
arrastró a Oriente, y la vida en Oriente no es nada fácil ni venturosa, y
cuanto más se aleja uno y más se acerca al nacimiento del sol, peor es, porque
la tierra es más y más inmadura y más y más bruta y la gente está hecha de
tierra. Y nuestra desgracia estriba en que no hemos podido encariñarnos con
este país que nos ha acogido y dado refugio, ni odiar a aquel que nos expulsó
injustamente como hijos indignos. No sabemos si nos pesa más estar aquí o no
estar allí. Dondequiera que estemos fuera de España, sufriremos, porque siempre
tendremos dos patrias, lo sé con certeza, pero la vida aquí es demasiado
oprimente y humillante. Sé que hemos cambiado desde hace tiempo, ya no
recordamos cómo éramos, pero no hemos olvidado que fuimos distintos. Nos
pusimos en camino hace siglos, el viaje ha sido duro y la fatalidad ha querido
que nos detuviéramos en este lugar, por eso ni siquiera somos la sombra de lo
que fuimos. Igual que desaparece la fina película de la fruta que pasa de mano
en mano, del hombre lo primero que se desvanece es su capa más delicada. Por
eso somos así. Sin embargo, usted nos conoce, sabe cómo somos y cómo vivimos,
si esto se puede llamar vida. Subsistimos entre los turcos y la chusma
bosniaca, entre la chusma miserable y los turcos terribles. Completamente
separados de nuestros allegados, nos esforzamos por conservar todo lo español,
las canciones, las comidas y las costumbres, pero al mismo tiempo percibimos
que en nuestro fuero interno todo cambia, se corrompe y cae en el olvido.
Recordamos el idioma de nuestra patria, como lo conocíamos hace tres siglos
cuando lo trajimos con nosotros y como allí ya nadie lo habla, mientras que
farfullamos de manera grotesca la lengua de los bosniacos con los que
compartimos nuestro dolor y la de los turcos que nos gobiernan. De modo que
quizá no esté lejos el día en el que sólo sepamos expresarnos de forma pura y
humana al rezar, acto este que, en realidad, no necesita palabras. Aislados y
poco numerosos, nos casamos entre nosotros y contemplamos cómo nuestra sangre
se vuelve cada vez más débil y pálida. Nos inclinamos y apartamos ante
cualquiera, malvivimos a fuerza de estratagemas, por decirlo de otra forma: hacemos
fuego sobre el hielo, trabajamos, ganamos dinero, ahorramos, y lo hacemos no
sólo para nosotros y nuestros hijos, sino para todos aquellos que son más
fuertes y arrogantes y que nos quitan la vida, el honor y la bolsa. De modo que
hemos conservado la fe, por la que tuvimos que abandonar nuestra hermosa
patria, pero hemos perdido casi todo lo demás. Sin embargo, por suerte o por
desgracia, seguimos manteniendo intacta la imagen de nuestra amada tierra, tal
como era antaño, antes de que nos expulsara como una madrastra; igual que nunca
se extinguirá en nosotros el deseo de un mundo mejor, un mundo en el que reine
el orden y la compasión, en el que se camine erguido, se pueda mirar a los ojos
y hablar abiertamente. No podemos librarnos de ese anhelo ni de la sensación de
que, por encima de todo, pertenecemos a dicho mundo, a pesar de que, expulsados
y desdichados, vivimos en el mundo contrario.
»He aquí lo que nos gustaría que se supiera allí. Que
nuestro nombre no desaparezca de ese mundo más luminoso y más noble, que se
hunde sin cesar en las tinieblas y en el caos, que cambia y se transforma, pero
que jamás llega a desmoronarse por completo, y siempre existe en alguna parte y
para alguien; que ese mundo sepa que lo llevamos en nuestro corazón, que
incluso aquí le servimos aportando nuestra grano de arena, y que nos sentimos
unidos a él, a pesar de que estamos separados de él para siempre y sin ninguna
esperanza.
»Y no se trata de vanidad o de un deseo trivial, sino de
una verdadera necesidad y de una súplica sincera».
Esto era, más o menos, lo que a Salomón Atijas le hubiese
gustado manifestar en aquel momento, cuando el cónsul se disponía a abandonar
definitivamente Travnik y Salomón le entregaba los ducados, ahorrados con duro
esfuerzo, que el francés necesitaba para su viaje. Habría dicho esto o algo
similar. No obstante, dichas ideas no estaban definidas con claridad en su
mente y mucho menos maduradas para poder ser proclamadas, sino que anidaban en
su interior, vivas y lacerantes, mas nunca expresadas e imposibles de formular.
Pero ¿acaso en esta vida alguien lograba comunicar sus mejores sentimientos y
deseos más nobles? Nadie; o casi nadie. Entonces cómo esperar que lo hiciera
este comerciante de pieles de Travnik, judío español, que no hablaba bien
ningún idioma de este mundo y, aunque los hubiera sabido, de nada le habría
servido, porque a él, ni en la cuna le habían permitido llorar en voz alta, y
mucho menos hablar clara y abiertamente en la vida, lo cual explicaba el
sentido, apenas comprensible, de sus balbuceos y temblores al despedirse del
cónsul francés.
Mientras que crear y organizar un hogar es tan arduo y
pesado como ir cuesta arriba, desmantelar una institución o una casa resulta
tan fácil y rápido como deslizarse cuesta abajo.
Daville recibió la respuesta de París mucho antes de lo
que había esperado. Le concedían un permiso de tres meses y la autorización
para partir inmediatamente con su familia y dejar a d’Avenat a cargo de los
asuntos del consulado. Cuando llegara a París se gestionaría la cuestión del
cierre de la legación en Travnik.
Daville solicitó una audiencia al visir para informarlo de
su marcha.
Alí bajá tenía el aspecto de una persona enferma. Trató a
Daville con una amabilidad inusual. Era evidente que ya estaba enterado de la
inminente clausura del consulado. El cónsul le regaló una escopeta de caza, y
el visir a él un abrigo forrado de piel, lo que significaba que consideraba su
partida como definitiva. Se despidieron como dos hombres que no tienen mucho
que decirse, cada uno demasiado absorto y agobiado por sus propias
preocupaciones.
Daville envió el mismo día un presente a von Paulich, una
valiosa carabina de fabricación alemana y unas botellas de ron de la Martinica.
En una larga carta, le comunicaba que en breve abandonaría Travnik con su
familia y disfrutaría de «un permiso prolongado, que, si Dios quiere, será para
siempre». Le rogaba que le expidieran un visado, así como las recomendaciones
necesarias para las autoridades fronterizas austríacas y para el comandante de
la cuarentena de Kostajnica.
«Es mi deseo —continuaba Daville en su carta— que los
acuerdos que están a punto de firmarse en París traigan al mundo una paz
duradera y sabia como lo fue la paz de Westfalia, y sirvan para consolidar a la
generación actual y garantizarle un largo descanso. Espero que nuestra gran
familia europea, pacificada y unida, a partir de este momento no vuelva a
ofrecer al mundo el triste ejemplo de discordia y desunión. Lo espero, y lo
deseo. Usted sabe que éstos fueron mis principios antes de la guerra, durante la
guerra, y que lo siguen siendo hoy día más que nunca.
»Dondequiera que me halle —proseguía Daville—, y
dondequiera que el destino me lleve, jamás olvidaré que en el país bárbaro, en
el que he estado condenado a vivir, he conocido al hombre más ilustrado y
amable de toda Europa».
Mientras terminaba la carta, estaba decidido a marcharse
sin despedirse de von Paulich en persona y de viva voz. Sentía que de todas las
dificultades que tenía que arrostrar, la peor sería aguantar con serenidad la
cara triunfal del teniente coronel.
Von Paulich, por su parte, al informar a la cancillería
imperial de la inminente supresión del consulado general francés de Travnik,
propuso asimismo el inmediato cierre del consulado general austriaco, ya que
era innecesario no sólo porque en esas regiones cesarían las actividades
francesas, sino también porque, a juzgar por las circunstancias actuales, en
Bosnia cabía esperar disturbios internos y una lucha abierta entre el visir y
los beyes. Toda la atención y todas las fuerzas estarían concentradas en estas
disputas y por lo tanto era poco probable que se emprendiera algún tipo de
operación contra la frontera austríaca durante cierto tiempo. Y Viena podría
estar siempre bien informada de los asuntos internos bosniacos por mediación de
los frailes o de agentes especiales.
Junto con su propuesta, von Paulich envió también una
copia de la carta de Daville. En la última parte de ésta, donde el francés no
escatimaba elogios sobre su persona, añadió de su puño y letra: «Anteriormente
y en varias ocasiones, he señalado la fantasía exuberante del señor Daville y
su tendencia a la exageración».
Daville pasó toda la tarde con d’Avenat organizando
papeles y dándole instrucciones.
El intérprete tenía el mismo aire sombrío de siempre y las
mandíbulas apretadas. Se había decidido que su hijo fuera destinado a la
Embajada de Constantinopla. Daville le prometió utilizar todas sus influencias
en el Ministerio para que el asunto, estancado a causa de los grandes cambios
acaecidos en Francia, saliera adelante. D’Avenat, que sólo pensaba en su hijo,
un joven apuesto e inteligente de veintidós años, aseguraba que realizaría la
liquidación según todas las reglas, llevándose del consulado hasta la última
pluma y el último trozo de papel, aunque para ello tuviera que arriesgarse a
que lo cortaran en pedazos.
Como no consiguieron acabar, prosiguieron con su trabajo
después de cenar. D’Avenat se marchó alrededor de las diez.
Al quedarse solo, Daville contempló la habitación medio
vacía, en la que ardía una única vela y en la que la oscuridad poco a poco
ganaba terreno. No había cortinas. En las paredes blancas destacaban los sitios
más claros en los que hasta el día anterior colgaban cuadros. A través de una
de las ventanas llegaba el murmullo del agua. Los relojes de las dos torres
marcaban unas extrañas horas turcas; primero sonó el del vecindario y luego el
más lejano, el de la ciudad baja, como si apoyase a la primera.
El cónsul estaba agotado, pero la excitación, como si de
una nueva fuerza se tratara, le mantenía despierto y con brío, así que continuó
poniendo en orden sus papeles personales.
Entre unas tapas de cartón anudadas con cintas verdes, se
encontraba el manuscrito de su epopeya sobre Alejandro Magno. De los
veinticuatro cantos previstos, diecisiete estaban escritos, aunque no
terminados. En el pasado, cuando describía las campañas de Alejandro, tenía
constantemente ante sus ojos al «general», pero ahora, hacía ya más de un año,
desde que había experimentado como suya la derrota del conquistador vivo, que
no se sentía capaz de escribir nada referente al ascenso y caída del conquistador
muerto siglos atrás. Así, el texto inacabado le parecía como un absurdo lógico
y temporal: Napoleón había atravesado el gran arco de su ascenso y ocaso y, de
nuevo, había tocado tierra, pero Alejandro todavía estaba en pleno apogeo,
conquistando «los desfiladeros sirios» en Isos y no pensaba en la caída.
Había intentado a menudo proseguir con la obra, pero
siempre acababa comprendiendo que su poesía solía enmudecer a causa de la
cercanía de los acontecimientos reales.
También estaba allí el comienzo de la tragedia de Selim
III, que había empezado a escribir el año anterior, después de la marcha de
Ibrahim bajá, recordando sus largas conversaciones con el visir sobre el
infeliz sultán ilustrado.
E igualmente guardaba las felicitaciones y epístolas en
verso, compuestas con motivo de diversos acontecimientos solemnes y en honor de
distintos personajes y gobiernos. Unos versos míseros dedicados a cosas y
personas desaparecidas que hoy tenían menos importancia que los muertos.
Por fin, se encontró con fajos de facturas y cartas
personales, anudados con cuerda, amarillentos y deshilachados en los extremos.
En cuanto desató el cordel, los papeles se esparcieron como vestigios de
ruinas. Los había que tenían más de veinte años. Un primer vistazo le bastó a
Daville para reconocer algunas cartas. Vio la letra correcta y firme de uno de
sus mejores amigos, Jean Villeneuve, que había fallecido repentinamente una año
atrás, en un barco a poca distancia de Nápoles. La carta, fechada en 1808, era
la respuesta a una misiva en la que Daville expresaba una honda preocupación.
«… Créame, querido amigo, que sus tribulaciones y negros
pensamientos carecen de justificación. Hoy menos que nunca. El hombre grande y
excepcional, que ahora dirige el destino del mundo, está sentando las bases de
un orden mejor, un orden que perdurará en los tiempos venideros. Por eso
podemos confiarnos a él por entero. El representa la garantía de un futuro
mejor, no sólo para nosotros, sino también para nuestros hijos y los hijos de
nuestros hijos. Así que, esté usted tranquilo, estimado amigo, igual que lo
estoy yo, fiel a las convicciones que acabo de expresar…».
Daville apartó los ojos de la carta y los posó en la
ventana abierta, por la que revoloteaban los insectos nocturnos, atraídos por
la luz de la habitación. Entonces, procedente del arrabal vecino llegó una
canción, primero débilmente, luego más fuerte. Era Musa el Cantor que regresaba
a casa. Su voz era ronca y lánguida, y tarareaba a trompicones, pero el alcohol
todavía no lo había destruido, seguía viviendo y con él lo que von Mitterer
antaño había denominado «Urjammer». Musa debía de haber doblado la esquina de
la calle, porque su voz se oía cada vez más lejos y a intervalos más largos,
como el grito de alguien que se estuviera ahogando y emergiera de nuevo a la
superficie, para volver a gritar y luego hundirse definitivamente.
El Cantor entró en su patio. La voz dejó de oírse. De
nuevo reinaba el silencio que el rumor del agua en la noche no rompía, al
contrario, lo tornaba más monótono y pictórico.
Así se hundía todo. Se había hundido el «general» y, antes
que él, tantos hombres poderosos y grandes empresas.
Otra vez solo en el imperturbable silencio nocturno, como
enterrado por la nieve, Daville se sentó un instante con los brazos cruzados y
la mirada perdida. Estaba confuso y preocupado, pero no se sentía solitario ni
asustado. A pesar de todas las incertidumbres y dificultades que lo esperaban,
le parecía que, por primera vez desde que estaba en Travnik, el horizonte se
despejaba y permitía ver un trozo del camino que se abría ante él.
Desde aquel día de febrero, siete años atrás, cuando,
después del primer Diván con Husref Mehmed bajá, regresó a la casa de Baruh,
agitado y humillado y se había dejado caer en el duro banco, todas las
cuestiones y esfuerzos relacionados con Bosnia y los turcos lo habían
arrastrado hacia el suelo, reprimido y debilitado. Año tras año, se había
infiltrado en él y hecho su efecto el «veneno oriental» que enturbia la mirada
y mina la voluntad, el veneno que desde el primer momento le había dado a beber
ese país. Ni la proximidad del ejército francés en Dalmacia ni el esplendor de
las grandes victorias habían podido cambiarlo. Pero, ahora, cuando después de
la derrota y el desastre, se preparaba a abandonarlo todo y partir hacia la
incertidumbre, se sentía colmado por una serie de estímulos y fuerza como no
había conocido durante su estancia en Travnik. Las preocupaciones y necesidades
eran mayores que nunca, pero, asombrosamente, no lo trastornaban como antes,
sino que aguzaban su mente y ampliaban el horizonte, no lo asaltaban de forma
inesperada como una maldición y una desgracia, sino que fluían con la corriente
de la vida.
De la habitación contigua llegaba un ruido ligero, como si
alguien escarbara, como si un ratón arañara la pared. Era su mujer, infatigable
y serena igual que siempre, preparaba y empaquetaba las últimas cosas. Sus
hijos dormían en esa misma casa. Un día crecerían (él haría todo lo posible
para que crecieran sanos y felices) y emprenderían la búsqueda del camino que
su padre no había logrado encontrar, mas aunque no lo hallaran, probablemente
lo harían con más fuerza y dignidad de lo que él había sido capaz. Ahora,
crecían durmiendo. Sí, en esa casa se vivía y se proseguía adelante como en el
mundo exterior, donde se abrían nuevas expectativas y maduraban oportunidades
inéditas. Como si hiciera mucho tiempo que hubiera abandonado Travnik, Daville
ya no pensaba en Bosnia, ni en lo que le había dado ni cuánto le había
arrebatado. Sólo sentía que la energía, la paciencia y la determinación de
salvarse a sí mismo y a los suyos le llegaban de algún lugar. Continuó
ordenando los papeles amarillentos; rompió lo que era viejo e inútil y guardó
lo que todavía podía servirle, en circunstancias diferentes, en Francia.
Un pensamiento vago pero persistente acompañaba, como una
melodía machacona, ese trabajo mecánico: a pesar de todo, en algún lugar tenía
que existir el «camino correcto» que había buscado en vano durante toda su
vida, un camino que existía y más pronto o más tarde alguien lo descubriría y
lo abriría a todos los hombres Él no sabía cómo, ni cuándo, ni dónde, pero sus
hijos, los hijos de sus hijos o sus descendientes lo acabarían encontrando.
Esa idea, como una frase musical interior inaudible, hacía
más fácil su trabajo.
Epílogo
Hace ya tres semanas que reina el buen tiempo. Como todos
los años, los beyes han empezado a reunirse en el Sofá del café de Lutva. Pero
sus conversaciones son reservadas y sombrías. En todo el país se cumple el
acuerdo tácito de rebelarse y ofrecer resistencia al insoportable y loco
gobierno de Alí bajá. Esta decisión se ha tomado ya en las mentes y ahora
madura por sí sola. El propio Alí bajá, con su manera de actuar, está
acelerando el proceso.
Es el último viernes de mayo del año 1814. Todos los beyes
están presentes y mantienen una conversación animada y seria. Todos conocen las
noticias referentes a la derrota de los ejércitos de Napoleón y su abdicación;
ahora se dedican a intercambiar, comparar y completar sus informaciones. Uno de
los beyes, que por la mañana había hablado con gente del konak, dice que ya
está todo dispuesto para la partida del cónsul francés y de su familia, y que
de buena fuente sabe que pronto lo seguirá también el cónsul austríaco, cuya
presencia en Travnik sólo se justificaba por la de los franceses. Así que es
muy probable que antes del otoño desaparezcan de Travnik los cónsules y los
consulados y todo lo que ellos han traído e introducido.
Esos beyes reaccionan ante estas noticias como si fuera el
anuncio de una victoria. Porque, si bien a lo largo de los años se han
acostumbrado en muchos aspectos a la presencia de los cónsules extranjeros,
todos están, sin embargo, satisfechos de verlos partir con su manera de vivir
diferente y extraña y su intromisión insolente en los asuntos bosniacos. Se
discute la cuestión de quién se hará cargo del Caravasar de los Ragusinos, que
ahora alberga el consulado francés y qué pasará con la gran mansión Hafizadic
cuando se marche el cónsul austríaco de Travnik. Todos elevan la voz para que
Hamdi bey Teskeredzic, que se sienta en el lugar habitual, pueda enterarse de
la conversación. Está ya muy viejo y decrépito, se ha desplomado sobre sí mismo
como un edificio en ruinas. Le traiciona el oído. No puede levantar los
párpados, que le pesan aún más que antes, y debe volver la cabeza cuando quiere
ver mejor a alguien. Tiene los labios morados y se le quedan pegados al hablar.
El anciano levanta la cabeza y pregunta al último que ha intervenido en la
conversación:
—¿Cuánto hace que llegaron estos… cónsules?
Los beyes se miran en silencio y luego empiezan a
reflexionar. Unos creen que hace seis años, otros que ha pasado más tiempo.
Después de unas breves explicaciones y cálculos se ponen de acuerdo y llegan a
la conclusión de que el primer cónsul había llegado siete años atrás, tres días
antes del Bayram del ramadán.
—Siete años —dice pensativo y estirando las palabras Hamdi
bey—, ¡siete años! ¿Os acordáis cuánto jaleo y ruido se organizó por estos
cónsules y por ese… ese… Bunaparte? Bunaparte por aquí, Bunaparte por allá. Va
a hacer esto, no va a hacer aquello. El mundo es demasiado pequeño para él; su
fuerza no tiene límite ni medida. Y estos infieles nuestros aprovecharon para
levantar la cabeza como espigas estériles. Unos se arrimaron a las faldas del
cónsul francés, otros a las del austríaco y los terceros esperando al de Moscú.
Y, vaya, cómo enloqueció y se enardeció el populacho. En fin, ocurrió y se
acabó. Los emperadores se alzaron y aplastaron a Bunaparte. Los cónsules
dejarán Travnik. Se les mencionará un par de años más. Los niños jugaran a
cónsules y escoltas a la orilla del río, montando sobre palos a guisa de
caballo, y luego ellos también caerán en el olvido como si nunca hubiesen
existido. Y todo volverá a ser como siempre ha sido, por voluntad divina.
Hamdi bey se detuvo porque le faltaba el aliento. Los
demás guardaron silencio a la espera de lo que el viejo aún podía añadir; todos
fumaban y paladeaban el agradable silencio de la victoria.
Belgrado, abril de 1942.
Glosario
Los títulos turcos, como efendi, bajá, etc. se sitúan
inmediatamente después del nombre.
Alamín: oficial que antiguamente contrastaba las pesas y
medidas y tasaba los víveres.
Alfaquín: médico.
Alfayete: sastre.
Aljuba: vestidura usada por los musulmanes, como un gabán
con mangas cortas y estrechas.
Amin: recaudador de impuestos, fondos y multas.
Archimandrita: en la Iglesia Ortodoxa los superiores de
los monasterios son llamados hegumenos o archimandritas.
Arnaúte: albanés.
Asignados: cada uno de los títulos que sirvieron de papel
moneda en Francia durante la Revolución.
Ataifor: bandeja, fuente. Mesa redonda y pequeña usada por
los musulmanes.
Baklava: pastel de almendras y miel que se corta en
rombos.
Basibozuk: soldados mercenarios (irregulares) turcos.
Bayram: fiesta musulmana que se celebra al finalizar el
ayuno del mes del ramadán.
Bostandzibasa: jefe de la guardia del visir.
Caimacán: lugarteniente del visir.
Cehaja: adjunto o segundo en el orden jerárquico después
del visir.
Chibuquí: pipa turca de tubo largo y recto.
Cohadar: jefe del guardarropas del konak.
Cuarentena, Lazareto: lugar en que se tiene en observación
a las personas sospechosas de transportar una enfermedad infecciosa, antes de
permitirles la entrada en el país.
Diván: Consejo Supremo y por extensión sala donde se
reunía el consejo supremo o tribunal que resolvía los asuntos de gobierno y de
justicia.
Dram: cuadragésima parte de una okka.
Efendi: señor, dueño. Título honorífico usado entre los
turcos. Suele asignarse a funcionarios, ministros de culto y hombres de
ciencia.
Espahí: terrateniente, obligado a participar en las
guerras como caballero. Soldado de caballería turco.
Fildzani: tazas pequeñas de porcelana sin asas en las que
se sirve el café turco.
Firman: decreto soberano en Turquía.
Gros: moneda de cobre de varios estados alemanes, que
equivalía a la octava parte de una peseta.
Guardián: prior de un monasterio franciscano, en especial
entre los franciscanos de Bosnia-Herzegovina.
Guzla: instrumento musical de una sola cuerda.
Hajduk: este término significa bandido; pero en muchas
ocasiones no tiene el sentido de un vulgar salteador de caminos, sino que
representa más bien una especie de insurrecto y «bandido generoso», huido a las
montañas.
Hammam: amam, baño.
Haznadar: tesorero.
Hodja: sacerdote musulmán, profesor de la madraza.
Jamaks: soldado turco del cuerpo de los jenízaros.
Katil-firmán: sentencia de muerte.
Kapidzibasa: jefe de los cortesanos, chambelán.
Konak: residencia del visir, edificio propiedad del
Estado. También puede designar las mansiones de personajes ilustres y ricos.
Otra acepción es la de posada u hostería.
Lazareto: (véase Cuarentena).
Levantino: por Levante y levantino se entienden los países
situados en la parte oriental del Mediterráneo y a sus habitantes.
Metropolitano: obispo en jefe de una iglesia ortodoxa.
Muderiz: profesor de la madraza.
Muhurdar: canciller del sello.
Mütevelli: administrador de un vakuf.
Okka: medida turca equivalente a 1,28 kg.
Padisba: rey del trono, soberano.
Rakija: aguardiente, bebida alcohólica muy popular en los
Balcanes.
Reís efendi: uno de los títulos honoríficos más altos
entre la jerarquía otomana.
Silahdar: armero mayor, dignatario en la corte del sultán,
aquí en la corte del visir.
Sorbete: bebida azucarada. Refresco de agua y zumo de
frutas.
Tefter-cehaja: jefe del archivo.
Teftedar: recaudador, secretario, ministro de finanzas o
supervisor de cuentas.
Tekke: monasterio de derviches.
Tura: monograma del sultán.
Turbe: mausoleo musulmán, monumento funerario, capilla
levantada sobre la tumba de un santo musulmán u hombre muy piadoso. También
nombre de un pueblo muy cercano a Travnik.
Ucase: decreto del zar; por extensión, en el Imperio
Otomano, orden o decreto dictado por el sultán o un representante suyo.
Ulema: sabio en materias teológico-jurídicas. Doctor de la
ley mahometana.
Urmasice: pasteles en forma de dátiles.
Vakuf: fundación pía musulmana dedicada a fines
religiosos, culturales, educativos y humanitarios.
Zurla: instrumento balcánico de la familia de los oboes.
Notas
[1] Diván: Consejo Supremo y por extensión sala donde se
reunía el consejo supremo o tribunal que resolvía los asuntos de gobierno y de
justicia. <<
[2] Konak: residencia del visir, edificio propiedad del
Estado. También puede designar las mansiones de personajes ilustres y ricos.
Otra acepción es la de posada u hostería. <<
[3] Espahí: terrateniente, obligado a participar en las
guerras como caballero. Soldado de caballería turco. <<
[4] Mütevelli: administrador de un vakuf. <<
[5] Vakuf: fundación pía musulmana dedicada a fines
religiosos, culturales, educativos y humanitarios. <<
[6] Caimacán: lugarteniente del visir. <<
[7] Bayram: fiesta musulmana que se celebra al finalizar
el ayuno del mes del ramadán. <<
[8] Zurla: instrumento balcánico de la familia de los
oboes. <<
[9] Okka: medida turca equivalente a 1,28 kg <<
[10] Levantino: por Levante y levantino se entienden los
países situados en la parte oriental del Mediterráneo y a sus habitantes.
<<
[11] Silahdar: armero mayor, dignatario en la corte del
sultán, aquí en la corte del visir. <<
[12] Haznadar: tesorero. <<
[13] Muhurdar: canciller del sello. <<
[14] Sorbete: bebida azucarada. Refresco de agua y zumo de
frutas. <<
[15] Arnaúte: albanés. <<
[16] Archimandrita: en la Iglesia Ortodoxa los superiores
de los monasterios son llamados hegumenos o archimandritas. <<
[17] Kapidzibasa: jefe de los cortesanos, chambelán.
<<
[18] Aljuba: vestidura usada por los musulmanes, como un
gabán con mangas cortas y estrechas. <<
[19] Katil-firmán: sentencia de muerte. <<
[20] Hammam: amam, baño. <<
[21] Hodja: sacerdote musulmán, profesor de la madraza.
<<
[22] Alamín: oficial que antiguamente contrastaba las
pesas y medidas y tasaba los víveres. <<
[23] Rakija: aguardiente, bebida alcohólica muy popular en
los Balcanes. <<
[24] Hajduk: este término significa bandido; pero en
muchas ocasiones no tiene el sentido de un vulgar salteador de caminos, sino
que representa más bien una especie de insurrecto y «bandido generoso», huido a
las montañas. <<
[25] Fildzani: tazas pequeñas de porcelana sin asas en las
que se sirve el café turco. <<
[26] Tefter-cehaja: jefe del archivo. <<
[27] Cuarentena, Lazareto: lugar en que se tiene en
observación a las personas sospechosas de transportar una enfermedad
infecciosa, antes de permitirles la entrada en el país. <<
[28] Lazareto: (véase Cuarentena). <<
[29] Gros: moneda de cobre de varios estados alemanes, que
equivalía a la octava parte de una peseta. <<
[30] Teftedar: recaudador, secretario, ministro de
finanzas o supervisor de cuentas. <<
[31] Cehaja: adjunto o segundo en el orden jerárquico
después del visir. <<
[32] Efendi: señor, dueño. Título honorífico usado entre
los turcos. Suele asignarse a funcionarios, ministros de culto y hombres de
ciencia. <<
[33] Jamaks: soldado turco del cuerpo de los jenízaros.
<<
[34] Chibuquí: pipa turca de tubo largo y recto. <<
[35] Bostandzibasa: jefe de la guardia del visir. <<
[36] Guardián: prior de un monasterio franciscano, en
especial entre los franciscanos de Bosnia-Herzegovina. <<
[37] Alfaquín: médico. <<
[38] Amín: recaudador de impuestos, fondos y multas.
<<
[39] Muderiz: profesor de la madraza. <<
[40] Ataifor: bandeja, fuente. Mesa redonda y pequeña
usada por los musulmanes. <<
[41] Metropolitano: obispo en jefe de una iglesia
ortodoxa. <<
[42] Asignados: cada uno de los títulos que sirvieron de
papel moneda en Francia durante la Revolución. <<
[43] Basibozuk: soldados mercenarios (irregulares) turcos.
<<
[44] Firman: decreto soberano en Turquía. <<
[45] Turbe: mausoleo musulmán, monumento funerario,
capilla levantada sobre la tumba de un santo musulmán u hombre muy piadoso.
También nombre de un pueblo muy cercano a Travnik. <<
[46] Guzla: instrumento musical de una sola cuerda.
<<

