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Libro N° 4094. Crónica De Travnik. Andric, Ivo.

Guillermo Molina Miranda mayo 03, 2025

 


© Libro N° 4094. Crónica De Travnik. Andric, Ivo. Colección E.O. Agosto 26 de 2017.

Título original: ©  Travnicka Hronika

 

Versión Original: © Crónica De Travnik. Ivo Andric

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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CRÓNICA DE TRAVNIK

Ivo Andric

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estamos en el momento álgido de las guerras napoleónicas. Un diplomático francés, Jean Daville, es enviado a Travnik, una pequeña ciudad perdida entre las montañas de Bosnia, como cónsul. La novela es el relato de su estancia allí entre 1806 y 1814, dando ocasión para ofrecernos un fresco de ese tiempo convulso en el que por primera vez los Balcanes se abren a Occidente.

Alrededor de la pequeña ciudad, donde también se ha asentado el cónsul austríaco, la política napoleónica se escribe con fuego y sangre mientras que los dos cónsules, perdidos en el pequeño territorio de Bosnia, verán cómo sus ambiciones y juventud naufragan y se asfixian en medio de una comunidad arcaica, contradictoria e impenetrable. Un paisaje humano en el que se entrecruzan imágenes de un mundo casi medieval con el desasosiego de las mujeres europeas y con las vidas cotidianas de los actores involuntarios de la pequeña historia: comerciantes, burócratas, artesanos, campesinos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo

 

El pequeño «Café de Lutva» se halla desde tiempos inmemoriales en un extremo del bazar de Travnik, debajo del umbrío y rumoroso manantial de Sumec. Ni siquiera los más ancianos del lugar se acuerdan del tal Lutva, el primer dueño del establecimiento; hace más de cien años que reposa en alguno de los cementerios diseminados por Travnik pero, como todo el mundo va a tomar café al local de Lutva, su nombre se recuerda y se menciona más que el de muchos sultanes, visires y beyes olvidados. En los jardines del cafetín, justo bajo la pared rocosa, al pie de la colina, hay un lugar apartado, fresco y un poco elevado, donde crece un viejo tilo, alrededor del cual, entre las rocas y el musgo, hay encajados unos bancos de formas irregulares casi a ras del suelo, en los que da gusto sentarse y de los que uno se levanta con gran pena. El paso de los años y el uso los han pulido y deformado de tal modo que han acabado integrándose en el paisaje y fundiéndose con el árbol, la tierra y las piedras que los rodean.

Durante los meses de verano, es decir, desde principios de mayo hasta finales de octubre, siguiendo una tradición antigua, allí se reúnen por la tarde, en torno a la tercera oración, los beyes de Travnik en compañía de las personas distinguidas que han sido admitidas en su círculo. A esa hora del día ningún otro ciudadano osaría sentarse y tomar su café en ese altozano, llamado Sofá. Palabra esta que, en el habla popular de Travnik, en el transcurso de varías generaciones, ha conservado un significado social y político muy preciso, ya que lo hablado, discutido y decidido en el Sofá tenía casi el mismo valor que si hubiese sido acordado por los más altos dignatarios en el Diván[1] del visir.

Hoy también están allí sentados unos diez beyes, a pesar de que el día se ha nublado y empieza a soplar un viento que en esta época del año trae lluvias. Es el último viernes de octubre de 1806. Sentados en sus respectivos sitios, los beyes conversan en voz baja; la mayoría de ellos observa con aire pensativo el juego del sol y las nubes, carraspeando con irritación.

La conversación gira en torno a una noticia muy importante.

Uno de ellos, un tal Suleiman bey Ajvaz, que en esas fechas había estado en Livno por asuntos de negocios, se había encontrado allí con un hombre de Split, una persona seria, según él, que le había contado la noticia que ahora transmitía a los beyes. Ellos están confundidos, quieren saber detalles y le piden que repita lo ya referido. Suleiman bey explica:

—Y esto fue lo que pasó. El buen hombre me preguntó: «¿Estáis ya preparados para recibir huéspedes en Travnik?». «¡Qué va!», le contesté, «a nosotros no nos interesan los invitados». «Ea, tomadlo como queráis, pero más os vale empezar con los preparativos», dijo, «porque a vuestra ciudad llegará un cónsul francés. Bunaparte ha solicitado permiso a la Sublime Puerta, en Estambul, para enviar a su cónsul, a fin de que éste abra un consulado en Travnik y se instale allí. Y ya lo tiene concedido. Este invierno, sin ir más lejos, podéis contar con su llegada». Me lo tomé a broma y repliqué: «Cientos de años hemos vivido sin esos cónsules, así que podemos continuar sin ellos, y además, ¿qué va a hacer un cónsul en Travnik?». Pero él seguía insistiendo. «Poco importa cómo habéis vivido, ahora os toca vivir con el cónsul. Los tiempos cambian, y ya encontrará el cónsul algo de que ocuparse; se sentará al lado del visir para ordenar y disponer, para observar cómo se portan los beyes y los agás por una parte y el pueblo por otra, y rendir cuentas de todo a Bunaparte». «Nunca fueron así las cosas y nunca lo serán», contradije yo al infiel, «jamás nadie metió la nariz en nuestros asuntos, y tampoco lo hará éste». «Pues ya veréis lo que hacéis», me dijo, «pero a fe mía que no os quedará más remedio que recibir al cónsul, porque hasta hoy nadie ha rechazado una petición de Bunaparte ni tampoco lo harán los que mandan en Estambul. Por otra parte, en cuanto Austria vea que habéis aceptado al cónsul francés, exigirá que también acojáis al suyo, y Rusia no se quedará atrás…». «Pues no vas tú lejos ni nada, amigo», lo interrumpí, pero él se limitó a sonreír, el latino bellaco, y tirándose del bigote continuó: «Me juego el mostacho a que las cosas suceden tal como te las he contado o, al menos, de manera muy parecida». Y eso es lo que oí, buena gente, y desde entonces no se me va de la cabeza —dijo Ajvaz, poniendo fin a su relato.

En las circunstancias actuales —hace un año que el ejército francés está en Dalmacia, y Serbia no deja de sublevarse—, una noticia tan confusa basta para inquietar y aturdir a los ya de por sí recelosos beyes. Pesarosos y preocupados, aunque por sus caras y las tranquilas bocanadas de humo que exhalan no podría adivinarse en absoluto, los beyes, uno por uno, hablan con lentitud e indecisión, y tratan de predecir lo que puede suceder, cuánto de verdad y cuánto de mentira hay en esas noticias, y qué medidas se deberían tomar para examinar el asunto y quizá cortarlo de raíz.

Unos opinan que son noticias inventadas y exageradas con las que alguien quiere atormentarlos y asustarlos. Otros en cambio dicen, con amargura en la voz, que los tiempos han cambiado, que cosas así ocurren en Estambul, en Bosnia y en todo el mundo, y que no hay que extrañarse de ello, sino estar preparado por si acaso. Y los restantes se consuelan diciendo que esto es Travnik —¡Travnik!—, y no una aldea o pueblo cualquiera, y que a ellos no debe, ni puede sucederles lo que a otros sucede.

Cada uno dice algo, aunque sólo sea para demostrar que está presente, pero ninguno aporta nada concreto, porque todos esperan oír lo que va a decir el más anciano de ellos. Y el de más edad es Hamdi bey Teskeredzic, un anciano fornido, de movimientos lentos, pero cuyo cuerpo, de proporciones gigantescas, aún conserva todo su vigor. Ha pasado por muchas guerras, sufriendo heridas y esclavitud, y ha tenido once hijos y ocho hijas que le han dado una descendencia numerosa. De barba y bigote ralos, su rostro anguloso de rasgos regulares está curtido y quemado, cubierto de cicatrices y manchas moradas debido a una remota explosión de pólvora. Los párpados, pesados y caídos, tienen un color plomizo. Su hablar es lento pero preciso.

Por fin Hamdi bey, con una voz asombrosamente joven, interrumpe las conjeturas, presagios y temores:

—Bueno, como suele decirse, no merece la pena ponerse la venda antes de la herida, ni alarmar a la gente sin necesidad. Hay que escuchar y recordarlo todo, pero no hay que tomárselo a pecho inmediatamente. Respecto a los cónsules, quién sabe qué va a pasar. Vendrán o no vendrán. Y qué, si vienen, eso no significa que el Lasva vaya a correr en dirección contraria, más bien discurrirá como siempre lo ha hecho. Estamos en nuestras tierras y cualquier otro que venga estará en suelo extranjero, así que su estancia no puede ser larga. Ejércitos enteros han pasado por aquí y no han podido quedarse por mucho tiempo. Muchos venían con la intención de asentarse, pero nosotros, hasta ahora, hemos visto cómo volvían las espaldas, y lo mismo haremos con éstos, si es que llegan a presentarse, pues aún no hay ningún indicio de ello. Y lo que el otro haya pedido allí, en Estambul, no tiene por qué haber sido aceptado. Numerosos son los que han solicitado cosas, pero no siempre les han sido concedidas.

Después de pronunciar las últimas palabras con indignación, Hamdi bey hace una pausa, exhala una bocanada de humo en medio de un silencio absoluto y prosigue:

—¡E incluso si llegara a ocurrir! Ya veremos cómo y cuánto dura. Nadie tiene una estrella que brille eternamente y no lo hará la de este…, este…

En ese momento Hamdi bey se atragantó ligeramente, empezó a toser por la cólera reprimida, y le costó mucho pronunciar el nombre de Bunaparte que estaba en todas las mentes y en todos los labios.

Nadie dijo nada más, y allí finalizó la conversación sobre la noticia del día.

Muy pronto las nubes cubrieron por completo el sol y se levantó un viento fuerte y frío. Las hojas de los álamos a la orilla del agua emitieron un sonido metálico. El escalofrío que recorrió todo el valle de Travnik anunciaba el fin de las reuniones y charlas en el Sofá, por ese año. Uno por uno, los beyes se levantaron, se despidieron en silencio y se dirigieron a sus hogares.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

 

A principios de 1807, empezaron a suceder en Travnik extraños acontecimientos, jamás antes vistos.

Nunca a nadie en Travnik se le había ocurrido pensar que aquélla era una ciudad destinada a conocer una vida normal y sucesos cotidianos. Jamás, ni siquiera al último patán de las faldas del monte Vilenica. Ese sentimiento profundo de que ellos eran de algún modo diferentes del resto del mundo, creados y llamados a hacer algo mejor y más elevado, impregnaba a todo ser humano, junto con el viento frío del Vlasic, el agua cortante del Sumec y el trigo «dulce» de los campos soleados alrededor de la villa, y nunca los abandonaba ni durante el sueño ni en la miseria ni en el lecho de muerte.

Esto valía en primer lugar para los turcos que vivían en la ciudad, pero también el pueblo llano de las tres religiones, disperso por las laderas escarpadas o hacinado en un arrabal, estaba embargado por ese mismo sentimiento, a su modo y de acuerdo con su condición. También valía para la propia urbe, en cuya situación y disposición había algo de especial, de singular y de altivo.

Su ciudad, en realidad, es un valle profundo y angosto que las generaciones han modelado y cultivado a lo largo del tiempo, un paso fortificado en el que los hombres se han quedado a vivir, adaptándose a él en el transcurso de los siglos y adaptándolo, a su vez, a sí mismos. Por ambos flancos, los montes caen a pico formando un ángulo agudo en la vaguada en la que apenas hay lugar para el estrecho río y el camino que lo bordea. El conjunto produce así la impresión de un libro entreabierto en cuyas páginas, a uno y otro lado, aparecen como pintados jardines, callejuelas, casas, campos, cementerios y mezquitas.

Nunca ha calculado nadie cuántas horas de sol le ha escatimado la naturaleza a esta ciudad, pero no cabe duda de que el sol sale allí más tarde y se pone antes que en cualquier otra villa o aldea de las muchas que se extienden por Bosnia. Ni los propios travniqueses lo niegan, pero para resarcirse afirman que el astro rey, cuando brilla en su ciudad, lo hace como en ningún otro lugar.

En ese valle angosto, por cuyo fondo discurre el río Lasva, y cuyas laderas están salpicadas de manantiales, regueros y arroyos, lleno de humedad y corrientes de aire, apenas hay un solo camino recto o terreno llano donde el hombre pueda posar el pie libre y despreocupadamente. Todo es escarpado e irregular, está entrecortado y entrelazado, unido o interrumpido por caminos particulares, cercas, callejones sin salida, patios y portales, cementerios y santuarios.

Ahí, en el agua, elemento enigmático, cambiante y poderoso, nacen y mueren generaciones de travniqueses. Ahí crecen, enclenques y pálidos, pero resistentes y preparados para cualquier eventualidad; ahí viven, con el konak[2] del visir, ante sus ojos, orgullosos, escurridizos, altaneros, exigentes y sagaces; ahí llevan sus negocios y se enriquecen o permanecen en la miseria y ociosos, pero todos parcos y cautos; jamás se ríen a carcajadas, pero son hábiles guasones, hablan poco, pero les gusta susurrar chismes al oído; y ahí los entierran cuando les llega su hora, cada uno según su religión y sus costumbres, en cementerios anegados de agua, cediendo su lugar a una nueva prole hecha a su imagen y semejanza.

Así, se suceden las generaciones y se transmiten unas a otras no sólo las características físicas y mentales, sino también la tierra y la fe, no sólo un sentido hereditario de la medida y los límites, la facultad de distinguir cada sendero, cada portal y pasaje de su enmarañada ciudad, sino también una capacidad innata para conocer el mundo, a la gente en general. Con todo esto nacen los niños de Travnik, pero sobre todo con la soberbia. La soberbia es su segunda naturaleza, una fuerza viva que los acompaña toda su existencia, los impulsa y los marca con una señal que los distingue del resto de las personas.

Su soberbia no tiene nada en común con la prepotencia inocente de los campesinos enriquecidos o con la de los pequeños burgueses que, satisfechos consigo mismos, se pavonean con ostentación y se vanaglorian en voz alta. Al contrario, su soberbia es toda interior; más bien una pesada herencia y penosa obligación que deben cumplir con ellos mismos, su familia y la ciudad, o más exactamente con la idea insigne, altiva e incomparable que tienen de sí mismos y de su ciudad.

Pero todo sentimiento humano tiene su medida y su límite, incluso el sentimiento de la propia grandeza. Travnik era, ciertamente, la ciudad del visir y sus habitantes, gente distinguida, limpia, mesurada e inteligente, que trataban con el sultán, pero había días en que los travniqueses estaban hasta las narices de su reputación, y en su fuero interno deseaban vivir tranquilamente y sin sobresaltos en una de esas ciudades sin pena ni gloria que no se mencionaban en los ajustes de cuentas entre soberanos ni en las disputas entre Estados, y que no se hallaban en el punto de mira de los acontecimientos mundiales ni en el camino de personajes célebres e importantes.

Corrían tales tiempos que no cabía esperar nada propicio, nada bueno podía llegar. Por eso los orgullosos y astutos travniqueses preferían que no ocurriera nada, vivir, tanto como fuera posible, sin cambios ni sorpresas. ¿Qué podía venir de bueno si los soberanos estaban enfrentados, los pueblos se pasaban a cuchillo entre ellos, y las tierras ardían? ¿Un visir nuevo? No sería mejor sino peor que el anterior, y su séquito, numeroso y desconocido, ávido y Dios sabe con qué nuevas pretensiones. («El mejor fue aquel que llegó hasta Priboj, y allí dio media vuelta y regresó a Estambul sin poner jamás los pies en Bosnia»). ¿Un extranjero? ¿Un viajero importante, quizá? También se sabía lo que era eso y lo que suponía. Dejaban un poco de dinero y algunos regalos en la ciudad, pero tras ellos iba una patrulla o al otro día empezaban los interrogatorios y las pesquisas. Quiénes eran y qué hacían, dónde habían pernoctado, con quiénes habían hablado. En fin, se perdían las ganas de todo y costaba diez veces más dinero salir del apuro y deshacer el entuerto. ¿O quizá un espía? ¿O un emisario de potencias desconocidas con intenciones sospechosas? A la postre, nunca se sabía qué estaba tramando cada cual y quién era la avanzadilla de quién.

En pocas palabras, nada bueno había por aquel entonces. Sólo cabía esperar que cada uno comiera su pan y viviera en paz los días que le quedaran por vivir en la ciudad más señorial de la tierra, y que Dios librara a sus habitantes de la gloria, de los huéspedes ilustres y de los acontecimientos importantes.

Eso era lo que los travniqueses respetables, en los primeros años del siglo XIX, pensaban y deseaban en su fuero interno, pero se sobrentiende que se lo guardaban para sí, porque en cada uno de ellos, entre un deseo y un pensamiento y su expresión patente y en voz alta, había un largo y sinuoso camino que no era fácil recorrer.

Pero en los últimos tiempos —es decir, a finales del siglo XVIII y principios del XIX—, los acontecimientos y cambios habían sido numerosos y de todo tipo. Los eventos irrumpían procedentes de todas partes, se atropellaban y arremolinaban por Europa y el gran imperio turco e incluso alcanzaban ese valle encajonado, deteniéndose allí como torrentes y aluviones.

Ya desde que los otomanos se habían retirado de Hungría, las relaciones entre turcos y cristianos eran cada vez más difíciles y complicadas y la situación general se iba deteriorando. Los guerreros del gran imperio, los agás y espahíes[3], que tuvieron que abandonar sus ricas posesiones en las fértiles llanuras húngaras y regresar a su país pobre y exiguo, estaban descontentos y sentían rencor contra todo lo cristiano, y al mismo tiempo venían a aumentar el número de bocas que alimentar, mientras que el número de brazos que trabajaba era el mismo. Por otra parte, las mismas guerras del siglo XVIII, que habían forzado a los turcos a abandonar los países cristianos vecinos y regresar a Bosnia, suscitaban esperanzas disparatadas en la población cristiana y abrían horizontes insospechados hasta entonces, lo que influía inevitablemente en las relaciones entre el pueblo y «los todopoderosos señores turcos». Los dos bandos, si es que puede hablarse ya de bandos en esta fase de la contienda, luchaban, cada uno a su modo y con los medios que correspondían a las circunstancias y a la época. Los turcos combatían con la presión y la fuerza, los cristianos con la paciencia, la astucia y la conspiración o la disposición para conspirar; los turcos para salvaguardar su derecho a la vida y su forma de vivir, los cristianos para lograr ese mismo derecho. El pueblo advertía que cada vez le resultaba más pesado soportar a los turcos, y los turcos constataban con amargura que la plebe se envalentonaba y que ya no era lo que había sido antaño. Como consecuencia de este conflicto de intereses, religiones, aspiraciones y esperanzas tan contrarias, surgió una maraña intrincada, que las largas guerras turcas contra Venecia, Austria y Rusia habían enredado y embrollado aún más. La situación en Bosnia era cada vez más asfixiante y sombría, los enfrentamientos más frecuentes, la vida más difícil y el desorden y la incertidumbre mayores.

Además, el inicio del siglo XIX había traído la sublevación en Serbia, una señal evidente de la nueva era y de las nuevas formas de luchar. La madeja de Bosnia se enredaba y tensaba cada vez más.

La rebelión de Serbia, con el tiempo, acarreaba más preocupaciones e inconvenientes, estragos, gastos y pérdidas a toda la Bosnia turca, incluida Travnik, pero más al visir, a las autoridades y al resto de las ciudades bosniacas que a los mismos turcos travniqueses, que jamás habían considerado una guerra lo bastante grande e importante como para tomar parte en ella exponiendo sus bienes o su propia persona. Los turcos de Travnik hablaban de la «insurrección de Karadjordje» con un afectado desdén, igual que siempre encontraban una palabra burlona para el ejército, que el visir enviaba contra Serbia, y que los principales señores, indecisos y enemistados entre sí, agrupaban lenta y desordenadamente en los alrededores de Travnik.

Las guerras de Napoleón por Europa eran ya un tema más digno de las conversaciones en Travnik. Al principio, se hablaba de esas batallas como de acontecimientos muy lejanos, que se comentaban y referían, pero que ni tenían ni podían tener ningún lazo con la vida real. La llegada del ejército francés a Dalmacia había aproximado inesperadamente a Bosnia y a Travnik a ese Bunaparte legendario.

Al mismo tiempo, había llegado a Travnik el nuevo visir Husref Mehmed bajá y traía consigo un gran respeto por Napoleón y un interés por todo lo francés que, en opinión de los travniqueses, iba mucho más allá de lo que convenía a un osmanlí y a un representante del sultán.

Todo esto inquietaba e irritaba a los turcos de Travnik, y empezaron a hablar de Napoleón y de sus hazañas con frases lacónicas y baladíes o con aspavientos altaneros y desdeñosos. Sin embargo, ya nada podía alejarlos completamente y protegerlos de Bunaparte ni de los sucesos que, a causa de él, se propagaban por toda Europa con una asombrosa velocidad, como círculos concéntricos en la superficie del agua, y que, cual incendio o epidemia, alcanzaban tanto a los que huían como a los que se quedaban quietos. Ese conquistador invisible y desconocido para ellos sumió a Travnik, como a tantas otras ciudades del mundo, en un mar de confusiones, agitado y efervescente. El nombre de Bunaparte, duro y rimbombante, también resonaría en el valle de Travnik a lo largo de los años, y los travniqueses, quisieran o no, tendrían que mascullar a menudo sus sílabas ásperas y angulosas; durante mucho tiempo zumbaría en sus oídos y titilaría ante sus ojos. Porque había llegado la época de los cónsules.

A todos los habitantes de Travnik, sin distinción, les gustaba fingir indiferencia o parecer insensibles. Pero la noticia de la llegada de un cónsul, ya fuera francés, austríaco, ruso, o los tres juntos, les hacía concebir esperanzas o les causaba una honda preocupación, despertaba deseos y expectativas, y todo esto, imposible de ocultar por completo, agitaba las mentes y avivaba las conversaciones.

Pocos sabían lo que significaban en realidad esos rumores, que circulaban desde el otoño anterior, y nadie podía decir qué cónsules debían llegar ni qué iban a hacer en Travnik. En las circunstancias de la época, una noticia, una palabra inusual, bastaba para alentar la imaginación de la gente, para provocar numerosas conversaciones y conjeturas, y aún más: muchas dudas y temores, muchos deseos y pensamientos secretos que se guardan en lo más recóndito de uno mismo sin revelarlos ni contarlos.

Los turcos nativos, como hemos visto, estaban atribulados, y de mala gana mencionaban la posibilidad de la llegada de los cónsules. Desconfiados hacia todo lo que venía del extranjero y, de antemano, mal dispuestos ante cualquier novedad, los turcos, en su fuero interno, aún esperaban que sólo se tratara de rumores despreciables e infundios, y que bien podía suceder que los cónsules no llegaran jamás o, si a la postre venían, que se fueran llevándose los malos tiempos que los habían traído.

Por el contrario, los cristianos, católicos y ortodoxos se alegraban con dichas noticias y las divulgaban y transmitían de boca en boca, a hurtadillas y en susurros, viendo en ellas un motivo de esperanza incierta y una posibilidad de cambio. Y los cambios sólo podían ser beneficiosos.

No obstante, tanto unos como otros contemplaban las cosas a su modo y desde su propio punto de vista, a menudo distinto del de los otros.

Los católicos, que eran mayoría, soñaban con un cónsul austríaco influyente que les aportaría la ayuda y la protección del poderoso emperador católico de Viena. Los ortodoxos, en minoría y en los últimos años constantemente perseguidos a causa de la insurrección de Serbia, no esperaban gran cosa ni del cónsul austríaco ni del francés, pero en ello veían una buena señal y la prueba de que el poder turco se debilitaba cediendo paso a una época revuelta, propicia y saludable. Y de inmediato añadían que, naturalmente, «sin un cónsul ruso, no podía hacerse nada».

Incluso los judíos sefardíes, pocos pero muy activos, ante semejantes noticias no podían mantener su mutismo profesional aprendido con el paso de los siglos; a ellos también les excitaba la idea de que pudiera llegar a Bosnia un cónsul del gran emperador francés Napoleón, «que para los judíos era tan bueno como un buen padre».

Las habladurías sobre la llegada de los cónsules extranjeros, como todas las noticias en nuestras tierras, surgieron de repente, crecieron hasta alcanzar proporciones fantásticas, y luego se desvanecieron de golpe, para reaparecer al cabo de unas cuantas semanas con una nueva fuerza y una nueva forma.

A mediados del invierno, que ese año fue suave y duró poco, los rumores cobraron por primera vez visos de realidad. Un judío de Split, llamado Pardo, llegó a Travnik, y con Jus Atijas, un comerciante de la ciudad, empezó a buscar una casa adecuada para albergar el consulado francés. Recorrieron todo el lugar, fueron a ver al caimacán, el representante del visir, y examinaron con el mütevelli[4] los edificios del Vakuf[5]. Se detuvieron en una mansión, un poco abandonada, que pertenecía al Vakuf, en la que desde siempre se alojaban y residían los mercaderes de Dubrovnik, la antigua Ragusa, y por eso la llamaban el Caravasar de los Ragusinos. La casa estaba apartada, por encima de la madraza, en medio de un gran jardín escarpado que atravesaba un arroyo. En cuanto se concluyó el acuerdo, se buscaron artesanos, carpinteros y albañiles para que la restauraran y acondicionaran. Y así esa casa, que hasta entonces había estado aislada y pasaba desapercibida bostezando al mundo con sus ventanas vacías, de repente revivió, empezó a atraer la atención del pueblo y la curiosidad de los niños y los ociosos. Sin saber cómo, empezaron a hablar del escudo que estaría siempre visible en el edificio y de la bandera que ondearía permanentemente en el consulado extranjero. Eran cosas que, en realidad, nadie había visto jamás, pero los turcos pronunciaban estas dos palabras graves e importantes con poca frecuencia y el ceño fruncido, mientras que los cristianos las repetían a menudo, susurrándolas con una alegría maliciosa.

Los turcos de Travnik, naturalmente, eran demasiado listos y orgullosos para mostrar sus emociones, pero en las conversaciones privadas no las ocultaban.

Hacía tiempo que les inquietaba y angustiaba la idea de que la empalizada que marcaba las fronteras del imperio había cedido haciendo de Bosnia una tierra abierta que hollaban no sólo los otomanos, sino también los infieles procedentes de todos los rincones del mundo, y en la que incluso el pueblo alzaba la cabeza con insolencia como nunca lo había hecho hasta el momento. Lo único que faltaba es que ahora se presentaran cónsules y espías infieles que a cada paso se jactaran del poder y la fuerza de sus emperadores. De este modo, poco a poco, llegaría el fin del orden establecido y del «hermoso silencio» de la Bosnia turca, que, por lo demás, cada vez era más difícil defender y conservar. La voluntad divina era que prevaleciera ese orden: los turcos hasta el río Sava y los germanos a partir del Sava. Pero contra ese evidente mandamiento divino obraba todo aquello que estuviera bautizado, sacudiendo la empalizada de la frontera y socavando sus cimientos día y noche, abiertamente y en secreto. Pero en los últimos tiempos, esa voluntad divina era cada vez menos visible y manifiesta.

—¿Cuántas cosas y personas nos quedan aún por ver? —se preguntaban los turcos ancianos con sincera pesadumbre.

Y realmente, lo que hablaban los cristianos con motivo de la apertura de los consulados extranjeros demostraba que la aflicción turca era justificada.

—¡Ondeará una bandera! —susurraba la gente, y sus ojos brillaban desafiantes como si fuera a ser la suya. Pero lo cierto era que nadie sabía de qué pendón se trataría ni qué podría ocurrir cuando apareciera; sin embargo, la sola idea de que, además de la bandera verde turca, pudieran desplegarse otros colores y flamear libremente al lado de aquélla, provocaba un fulgor de alegría en sus ojos y atizaba, unas esperanzas como sólo el pueblo sabe tener. Bastaban esas tres palabras «¡Ondeará una bandera!», para que muchos pobres, al menos por un segundo, creyeran que su casa era más luminosa, su estómago vacío más soportable y sus raídas vestimentas más calientes; con esas tres simples y vagas palabras, a muchos de esos desdichados el corazón les daba brincos, su vista centelleaba con colores brillantes y cruces doradas, y, como un torbellino, inundaba sus oídos el fragor victorioso de todas las banderas de todos los emperadores y todos los reyes de la Cristiandad. Porque una sola palabra puede hacer vivir a un hombre, siempre que esté decidido a batirse y a mantenerse vivo para luchar.

Además de todo esto, había aún otra razón por la que muchos comerciantes del bazar consideraban el cambio de manera positiva. Se vislumbraba la posibilidad de ganar dinero con la llegada de gente desconocida, pero probablemente acaudalada, que no tendría más remedio que comprar y gastar. Porque en los últimos años, la actividad del bazar había decaído y el comercio se había debilitado. Sobre todo desde que Serbia se había sublevado. Los numerosos diezmos y prestaciones, así como las frecuentes confiscaciones, habían disuadido a los campesinos de acercarse a la ciudad, por lo que apenas vendían nada y no compraban más que lo estrictamente necesario. El Estado pagaba mal y tarde lo que adquiría. Eslavonia se había cerrado, y Dalmacia, con la llegada del ejército francés, se había convertido en un mercado irregular y poco seguro.

Ante tales circunstancias, en el bazar de Travnik se contaba con cualquier menudencia y en cualquier cosa se veía la señal tan deseada de un cambio a mejor.

Por fin, sucedió aquello sobre lo que se hablaba hacía meses. El primero en llegar fue el cónsul general francés.

Era finales de febrero, el último día del ayuno del ramadán. Una hora antes de la cena ritual, bajo el frío sol que marchaba a su ocaso, la gente de los barrios bajos pudo contemplar la llegada del cónsul. Los comerciantes habían empezado a guardar la mercancía y a cerrar los puestos, cuando los gitanillos curiosos anunciaron a la carrera el arribo del cónsul.

La comitiva era pequeña. A la cabeza cabalgaban los enviados del visir, dos de los cortesanos más distinguidos, con seis jinetes, que habían acudido hasta el Lasva al encuentro del plenipotenciario. Todos montaban buenos caballos bien enjaezados. A los lados y en la retaguardia, trotaban los guardias del caimacán[6] de Livno, que habían escoltado al cónsul durante todo su viaje. Tenían un aspecto deplorable, transidos de frío y fatigados, a lomos de caballos pequeños sin almohazar. En el centro de la comitiva, sobre un caballo tordo, gordo y viejo, cabalgaba el cónsul general francés, el señor Jean Daville, un hombre alto de ojos azules, cara rubicunda y bigotes rubios. Junto a él, un compañero de viaje casual, el señor Pouqueville, que se dirigía a Jannina, donde su hermano era cónsul de Francia. Tras ellos, a unos cuantos metros de distancia, montaban Pardo, el judío de Split, y dos corpulentos habitantes de Sinj al servicio de Francia. Los tres iban embozados hasta los ojos en gabanes negros y bufandas rojas de campesinos, mientras que de sus botas escapaban briznas de paja.

El cortejo, como puede verse, no era ni muy solemne ni muy nutrido, y el tiempo invernal le restaba dignidad y pompa, porque el frío impone vestidos toscos, un porte crispado y paso raudo.

De modo que, de no ser por la presencia de los gitanillos ateridos, la comitiva habría pasado ante la indiferencia general de los travniqueses. Los turcos hicieron como que no veían nada, mientras que los cristianos no se atrevieron a contemplarla abiertamente. Y aquellos que pudieron verlo todo por el rabillo del ojo o desde algún lugar oculto, se sintieron un poco decepcionados por esta entrada modesta y prosaica del cónsul de Bunaparte, porque la mayoría se imaginaba a los cónsules como altos dignatarios que llevaban ropajes suntuosos, repletos de pasamanería y condecoraciones, y que cabalgaban en buenos corceles o viajaban en carrozas.

 

II

 

El séquito del cónsul se alojó en la posada, y el cónsul y el señor Pouqueville en la casa de Josif Baruh, el judío más rico y respetable de Travnik, porque la mansión que se estaba restaurando para el consulado francés no estaría acabada hasta dos semanas más tarde. Así, en la pequeña pero bonita casa de Josif Baruh, amaneció, el primer día del Bayram[7] del ramadán, un huésped insólito. Toda la planta baja se puso a su disposición y a la del señor Pouqueville. La habitación de Daville, una estancia grande, se encontraba en la esquina; dos ventanas daban al río y las otras dos, con enrejado de madera, al desierto y helado jardín, cubierto con una capa de escarcha que no se fundía en todo el día.

Del piso superior provenía un ruido constante, las carreras y gritos de los numerosos hijos de Baruh y la voz severa de la madre, que trataba de tranquilizarlos infructuosamente con amenazas e imprecaciones. Desde la ciudad llegaba el fragor de los cañones y las detonaciones de los fusiles de los niños. La música gitana desgarraba los oídos; dos tambores resonaban de forma monótona, y sobre este fondo lóbrego una zurla[8] emitía y entretejía melodías desconocidas con cambios e interrupciones inesperadas. Era uno de esos raros días al año en los que Travnik salía de su silencio.

Como no habría sido conveniente que el cónsul saliera antes de visitar oficialmente al visir, Daville pasó los tres días del Bayram en esa gran habitación, con el mismo riachuelo y el mismo jardín congelado ante sus ojos, pero con los oídos llenos de los ruidos desusados procedentes de la casa y de la ciudad. La comida judía, grasienta y copiosa, mezcla de cocina española y oriental, impregnaba el ambiente de intensos olores a aceite de oliva, caramelo, cebolla y especias fuertes.

Daville se entretenía conversando con su compatriota Pouqueville, dando instrucciones e informándose sobre el ceremonial que debería seguir durante la primera audiencia, el viernes, inmediatamente después del tercer día del Bayram. Del konak había recibido como presente dos velas grandes, una okka[9] de almendras y otra de pasas.

El médico e intérprete del visir hacía de enlace entre el konak y el nuevo cónsul. Se llamaba Cesar d’Avenat, pero para los osmanlíes y la gente de la ciudad era simplemente Davna. Había llevado ese nombre durante la segunda mitad de su vida. En realidad, era originario del Piamonte, aunque nacido en Saboya, y naturalizado francés. Cuando era joven, lo enviaron a estudiar medicina a Montpellier. En esa época aún se llamaba Cesare Davenato. Fue entonces cuando adoptó su nombre actual y tomó la nacionalidad francesa. Desde allí, de forma aún no esclarecida e inexplicablemente, apareció en Constantinopla, donde entró al servicio del gran almirante Kuçuk Husein, como cirujano y ayudante médico. Después pasó al servicio de Mehmed bajá, cuando éste fue designado visir de Egipto, desde donde se lo llevó a Travnik como médico, intérprete y hombre capaz de enfrentarse a cualquier eventualidad y útil en todas las circunstancias.

Era alto, robusto y de largas piernas, de piel oscura y cabellos negros, empolvados y hábilmente peinados con una coleta. Las huellas escasas, pero profundas, de la viruela marcaban su cara, ancha y rasurada, de boca grande y sensual y ojos brillantes. Siempre iba vestido con esmero y según la antigua moda francesa.

D’Avenat hacía gala de una sincera buena voluntad en el trabajo y se esforzaba por ser realmente útil a su insigne compatriota.

Todo esto era nuevo y sorprendente para Daville y llenaba su tiempo, aunque no sus pensamientos, que, sobre todo durante las lentas horas nocturnas, saltaban a gran velocidad, fulgurante y arbitrariamente, del presente al pasado o trataban de adivinar los perfiles del futuro.

Las noches eran agotadoras y parecían interminables.

Le costaba habituarse al desacostumbrado lecho a ras de suelo, que le producía mareos, y al olor de la lana de los colchones recientemente vareados. Se despertaba a menudo, porque lo embargaba el calor sofocante que desprendían esos colchones y los edredones, sufriendo ardores causados por la especiada cocina oriental, que no es fácil de comer y mucho menos de digerir. Se levantaba en la oscuridad y bebía el agua helada y cortante que le hendía el esófago y le enfriaba dolorosamente el estómago.

Durante el día, mientras conversaba con Pouqueville o con d’Avenat, era un hombre enérgico y tranquilo, con un nombre, un título y un rango concretos; con un objetivo claro y misiones definidas, por las cuales había venido a esa remota provincia turca, igual que habría ido a cualquier otro lugar del mundo. Pero, por la noche, recuperaba su yo y lo que había sido antaño o lo que debería ser en el futuro. Y ese hombre que yacía en la oscuridad de las largas noches de febrero era para él mismo un extraño, un ser múltiple y, por momentos, un completo desconocido.

Al alba, cuando lo despertaban los tambores del Bayram y la zurla, o las carreras de los niños en el piso de arriba, Daville necesitaba un tiempo para despabilarse y recordar dónde se hallaba. Durante unos prolongados minutos dudaba entre la realidad y el sueño, porque los sueños estaban más relacionados con la realidad de su vida anterior, mientras que la actual le parecía más bien una pesadilla en la que un hombre era trasladado repentinamente a un país raro, lejano, donde se enfrentaba a una situación extraordinaria.

Así, ese despertar semejaba la continuación de los sueños nocturnos desde los que pasaba lenta y penosamente a la realidad insólita de la vida consular en la distante ciudad turca de Travnik.

Por si fuera poco, a esta mezcla de impresiones nuevas y desusadas venían a añadirse sin remedio los recuerdos, que se entrelazaban con los deberes y preocupaciones del presente. Los acontecimientos de su vida desfilaban rápida y desordenadamente y aparecían bajo una nueva luz y con proporciones fuera de lo común.

Tras él quedaba una vida colmada y turbulenta.

Jean Baptiste Etienne Daville estaba más cerca de los cuarenta que de los treinta; era alto, rubio, de porte erguido y mirada limpia. Contaba diecisiete años cuando abandonó su ciudad natal en la costa norte de Francia y llegó a París, como tantos otros antes que él, en busca de un medio de ganarse la vida y conseguir la fama. Después de los primeros intentos y experiencias, se vio arrastrado rápidamente por la Revolución, como millones de compatriotas, y ésta se convirtió en su destino personal. Un cuaderno de versos y dos o tres comienzos audaces de dramas históricos y sociales se quedaron en el cajón; también dejó su modesto puesto de escribiente. Jean Daville se hizo periodista. Publicaba, ciertamente, versos y reseñas literarias; no obstante, su trabajo principal era la Asamblea Constituyente. Ponía toda su juventud y todo el entusiasmo de que era capaz en los voluminosos informes de la Asamblea. Pero el rodillo de la Revolución lo trituraba todo, haciendo que las cosas cambiaran y desaparecieran a gran velocidad y sin dejar huellas. Como suele suceder en los sueños, la gente pasaba apresurada y directamente de un cargo a otro, de un honor a otro, de la vergüenza a la muerte, de la miseria a la gloria, sólo que unos iban en una dirección y otros en la opuesta.

En esos tiempos excepcionales y en circunstancias de las que hablaremos más adelante, Daville fue sucesivamente periodista, soldado, voluntario en la guerra de España, funcionario del improvisado ministerio de Asuntos Exteriores, enviado en misión oficial a Alemania, luego a Italia, ante la República Cisalpina, y la Orden de Malta. Después, otra vez periodista y cronista literario del Le Moniteur de París, y por fin, cónsul general en Travnik, con la misión de abrir el consulado, crear y fomentar las relaciones comerciales con esas regiones de Turquía, ayudar a las autoridades francesas de ocupación en Dalmacia y seguir los movimientos populares en Serbia y en Bosnia.

Así se presentaría la vida del huésped de los Baruh si tuviera que describirse con unas cuantas frases para un breve curriculum vitae.

Sin embargo, con estas extrañas perspectivas y con los tres días de inesperada reclusión, Daville debía a menudo esforzarse él mismo para recordar con exactitud quién era y de dónde venía, todo aquello que había sido a lo largo de su vida, por qué había llegado allí y por qué durante todo el día recorría a grandes pasos aquel kilim rojo bosniaco.

Pues mientras el hombre vive en su ambiente natural y en circunstancias normales, estos datos de su curriculum vitae representan para él periodos importantes y giros significativos de su vida. Pero en cuanto la casualidad, el trabajo o la enfermedad lo apartan y aíslan, esos detalles empiezan de repente a desvaírse y borrarse, a secarse y descomponerse a una velocidad increíble, como una máscara inerte de papel y barniz que se ha utilizado una sola vez. Y debajo de ellos comienza a aflorar nuestra otra vida, conocida únicamente por nosotros, es decir, la «verdadera historia» de nuestro espíritu y nuestro cuerpo, que no está anotada en ningún lugar, que ni siquiera nadie presiente, que tiene muy poca relación con nuestros éxitos sociales, pero que para nosotros y para nuestra última desdicha o felicidad es la única importante y la única real.

Perdido en esta región salvaje, durante la noche interminable, cuando todos los ruidos se acallaban, Daville evocaba su vida pasada como una larga serie de empresas audaces y contratiempos sólo por él conocidos, de luchas, de actos heroicos, fortuna, éxitos, rupturas, calamidades, contradicciones, sacrificios inútiles y compromisos vanos.

En la oscuridad y silencio de esta ciudad, que todavía no había visto como es debido, pero en la que, sin duda alguna, lo esperaban preocupaciones y dificultades, parecía imposible arreglar y enmendar nada en el mundo. Daville tenía la impresión por momentos de que para vivir se necesitaban muchos esfuerzos, y para cada uno de estos esfuerzos, un valor desproporcionado. La negrura que reinaba le producía la sensación de que ningún desvelo tenía final. El hombre, para no detenerse y caer en la desesperación se engaña a sí mismo, oculta los trabajos inacabados con otros distintos, que tampoco terminará, y en las nuevas empresas y nuevos empeños busca más fuerzas y más valor. De esta suerte, se estafa a sí mismo y con el tiempo acaba convirtiéndose en deudor de su propia persona y de todo lo que lo rodea.

Sin embargo, según se aproximaba el día de la primera audiencia, esos recuerdos y reflexiones cedían lugar a las impresiones nuevas y a preocupaciones y trabajos provisionales, pero muy reales. Daville se centró. Las emociones y remembranzas se replegaron a la retaguardia de la conciencia; desde allí resurgirían a menudo, enlazándose de modo extraño e inesperado con los hechos cotidianos o con los acontecimientos inauditos de la nueva vida en Travnik.

Por fin pasaron esos tres largos días y sus tres extrañas noches. (Con una especie de presentimiento que, por lo general, no engaña a las personas atormentadas, Daville pensó aquella mañana: «Puede ser que éstos hayan sido los mejores días y los más tranquilos que el destino me haya deparado en este valle angosto»).

Así que esa mañana, ya muy temprano, oyó el piafar y los relinchos de los caballos bajo la ventana. Embutido en su traje de ceremonia, el cónsul esperaba al comandante de los mamelucos, al que acompañaba d’Avenat. Todo transcurrió según se había previsto y convenido con anterioridad. Allí estaban doce mamelucos del visir pertenecientes al destacamento que Mehmed bajá se había traído de Egipto como escolta personal y de la que estaba particularmente orgulloso. Sus turbantes de tela preciosa —hilo de oro alternando con hilo de seda—, enrollados con suma habilidad alrededor de la cabeza, sus alfanjes, que pendían pintorescos sobre los flancos de los corceles, y sus amplias vestimentas color cereza atraían todas las miradas. Los caballos para Daville y su séquito estaban cubiertos de la cabeza a la cola con jireles. Las órdenes estaban bien dadas y la formación era perfecta. Daville se esforzó por montar de la manera más natural posible sobre su caballo negro, un animal tranquilo y algo viejo, con amplias ancas. El cónsul vestía el uniforme de gala. Llevaba el capote azul marino abierto para que se vieran los botones dorados, los bordados de plata y las medallas que colgaban de su pecho. Tenía un aspecto magnífico con su porte erguido y su hermosa cabeza varonil.

Hasta el momento en que desembocaron en la calle principal, todo iba bien y el cónsul podía estar en verdad satisfecho. Pero en el momento en que alcanzaron las primeras casas turcas, se oyó una serie de exclamaciones sospechosas y un golpeteo de puertas de patios y celosías. Ya en el primer zaguán, una niña entreabrió un batiente y profiriendo unas palabras ininteligibles se puso a escupir a la calle, como si alejara un maleficio. Así, de una en una, se abrieron todas las puertas y celosías, y rostros llenos de odio y exaltación fanática asomaban por un instante. Mujeres veladas escupían y ahuyentaban la mala suerte, mientras que los niños mascullaban insultos, acompañados de ademanes obscenos y amenazas explícitas, dándose palmadas en el trasero o haciendo el gesto de cortarse el cuello.

Como la calle era estrecha y las galerías de las casas sobresalían a ambos lados, la comitiva cabalgaba entre dos filas de injurias y bravatas. Al principio, el cónsul, sorprendido, aminoró el paso, pero d’Avenat aproximó su caballo al del dignatario y, sin alterarse, con el semblante impasible, lo exhortó susurrando:

—Le ruego, Excelencia, que siga cabalgando tranquilamente y no preste atención a nada de esto. Es un pueblo bárbaro, una chusma vulgar; odian todo lo extranjero y éste es el recibimiento que brindan a cualquiera. Lo mejor es hacer caso omiso. Eso es lo que hace el visir. Es su modo zafio de hacer las cosas. Le suplico, Excelencia, que continúe el camino.

Confuso y contrariado, aunque intentando ocultar su turbación, el cónsul prosiguió, viendo, en efecto, que los hombres del visir hacían caso omiso; no obstante, sentía que la sangre se le subía a la cabeza. Los pensamientos afluían veloces a su mente, se entrecruzaban y se atropellaban. La primera idea que se le ocurrió fue la de si, como representante del gran Napoleón, debía soportar aquello o bien regresar inmediatamente a casa y organizar un escándalo. No podía decidirse, porque temía menoscabar el prestigio de Francia tanto como provocar, con su precipitación, un conflicto que arruinara su relación con el visir y los turcos ya el primer día. Incapaz de encontrar una respuesta o tomar una decisión, se sentía humillado y enojado consigo mismo. Además, le resultaba repugnante y terrible el levantino[10], d’Avenat, que a su espalda no cesaba de repetir:

—Le ruego, Excelencia, que cabalgue y no preste atención. Éstas son las tradiciones y costumbres bárbaras de los bosniacos. Continúe tranquilamente.

Vacilando en su fuero interno y sin hallar solución alguna, Daville sentía que le ardía la cara y que, a pesar del frío, el sudor le bañaba las axilas. El cuchicheo insistente de d’Avenat le resultaba desagradable, le parecía miserable e inmundo. En él intuía lo que debía de ser la vida de un occidental que ha elegido habitar en Oriente y unir indisolublemente su destino a esta parte del mundo.

Sin embargo, desde las ventanas de las últimas casas, cabezas de mujeres invisibles escupían sobre caballos y jinetes. El cónsul se detuvo una vez más por un instante y una vez más emprendió el camino, cediendo a las súplicas de d’Avenat e impelido por el trote sereno de la escolta. Entretanto, se acabaron las casas y entraron en el bazar, con sus tiendas bajas. En los umbrales, los mercaderes turcos o sus clientes fumaban o negociaban. Fue igual que pasar de una habitación muy caldeada a otra absolutamente helada. De repente, desaparecieron las miradas hurañas, los gestos que indicaban cómo se decapita a un infiel o los escupitajos supersticiosos de las mujeres. En lugar de eso, se sucedían a ambos lados de la calle caras impasibles, feroces. Daville los vislumbraba como a través de un molesto velo tembloroso que cubría sus ojos. Nadie dejó de trabajar ni de fumar, nadie alzó la vista para dignarse mirar una escena tan inusual y una escolta tan solemne. Algunos tenderos volvieron la cabeza, fingiendo que buscaban un artículo en los anaqueles. Sólo los orientales pueden odiar y despreciar hasta ese punto y mostrar de modo tan manifiesto su odio y su desprecio.

D’Avenat guardó silencio y de nuevo situó su caballo a la distancia prescrita, pero para Daville, aquel increíble desdén mudo del bazar no era menos doloroso ni ultrajante que la animadversión estrepitosa de los recientes insultos. Por fin torcieron a la derecha y ante sus ojos se irguieron las altas y largas murallas y la blanca construcción del konak, un edificio grande y armonioso con una hilera de ventanas de cristal. La visión resultó ser un alivio.

Ese camino angustioso que ahora quedaba tras él permanecería durante mucho tiempo en la memoria de Daville, imborrable como los sueños malignos y relevantes. A lo largo de los años, realizaría cientos de veces ese mismo recorrido, en condiciones similares. Porque cada vez que había una audiencia, y las había frecuentemente, sobre todo en los tiempos turbulentos, había que cabalgar a través del arrabal y del bazar. Había que mantenerse erguido sobre el caballo, no mirar ni a izquierda ni a derecha, ni muy alto ni a las orejas del caballo, ni distraído ni preocupado, ni sonriente ni ceñudo, sino serio y comedido, y sobre todo sereno, más o menos con ese aire afectado con el que los caudillos militares en los retratos, dejando al margen la batalla, miran hacia algún punto a lo lejos entre el camino y la línea del horizonte, desde donde deberían llegar refuerzos seguros y bien calculados. Todavía durante mucho tiempo, los niños turcos, desde las puertas, escupirían a las patas de los caballos imperceptible y rápidamente, como si espantaran los malos agüeros, igual que habían visto hacer a los mayores. Los tenderos turcos volverían la espalda simulando buscar algo en los anaqueles. Lo saludarían sólo los pocos judíos que anduvieran por allí y no hubiesen podido de ningún modo evitar el encuentro. No le quedó más remedio que pasar así un número infinito de veces, tranquilo y digno, temblando en su fuero interno a causa del odio y la indiferencia malévola con la que lo rociaban desde todos los lados, o por el temor a que sucediera algún contratiempo imprevisto en cualquier momento, asqueado por ese trabajo y esa vida y disimulando con un esfuerzo convulso su angustia y su repugnancia.

Incluso más tarde, cuando con los años y los cambios la gente se acostumbrara a la presencia de los extranjeros y cuando Daville conociera mejor a muchos de ellos, esa primera comitiva solemne perduraría en su conciencia como una línea negra, pero incandescente y dolorosa, que el olvido borra y atenúa lentamente.

El cortejo oficial cruzó con estruendo el puente de madera y alcanzó la gran puerta. De repente, entre el estrépito de cerrojos y las carreras de los mozos, ambas hojas se abrieron de par en par.

Delante del cónsul se hallaba el teatro en el que durante casi ocho años interpretaría diversas escenas de un mismo papel difícil e ingrato.

Esa puerta, de una amplitud desproporcionada, se abriría aún muchas veces ante él, apareciéndosele siempre en ese instante como una boca fea y gigantesca de la que rezumaba, exhalando su hedor, todo lo que en el inmenso konak habitaba, crecía, se consumía, se evaporaba o enfermaba. Él sabía que la ciudad y sus alrededores, que debían alimentar al visir y a todos los suyos, introducían cada día en el konak unas setecientas cincuenta okka de comestibles variados, y que todo eso se distribuía, robaba o comía. Sabía que, además del visir y sus familiares, allí vivían once dignatarios, treinta y dos guardias y otros tantos o más haraganes y gorrones turcos o jornaleros y empleados cristianos, a los que había que añadir un número indefinido de caballos, vacas, perros, gatos, aves y monos. Pero, sobre todo, lo que más se sentía era el pesado y molesto olor de la mantequilla y del sebo que produce náuseas a quien no está habituado. Ese olor solapado acompañaba al cónsul después de cada audiencia durante todo el día, y le bastaba pensar en él para que le acometieran arcadas y ganas de vomitar. Tenía la sensación de que todo el konak estaba impregnado de ese hedor, igual que una iglesia lo está de incienso, y que había penetrado no sólo en las personas y en las ropas, sino también en los objetos y en las paredes.

Ahora, esa puerta desconocida se abría por vez primera ante él.

El destacamento de mamelucos se dispersó y desmontó, mientras que Daville, con un reducido séquito, cabalgó hasta el primer patio, un recinto estrecho que estaba en penumbras porque el piso superior en voladizo le daba sombra. Justo detrás estaba el verdadero patio descubierto, con un pozo, hierba y flores por los rincones. Al fondo, un elevado muro macizo cercaba los jardines del visir.

Aún confuso por lo que había vivido al pasar por la ciudad, Daville se sintió más desconcertado si cabe por la amabilidad inquietante y la atención solemne con que fue recibido en el konak por una multitud de cortesanos y dignatarios. A su alrededor había un hervidero de gente corriendo con una prisa y diligencia desconocidas en el protocolo occidental. El primero en saludar al cónsul fue el teftedar, el encargado de las finanzas. (El segundo en la jerarquía después del visir, el cehaja Suleiman bajá Skopljak, no estaba en Travnik). Luego lo siguieron el silahdar[11], el armero mayor, el cohadar, el jefe del guardarropas del konak, el haznadar[12], el tesorero, el muhurdar[13], el canciller del sello, y tras ellos se amontonaba y se abría paso a codazos un tropel de funcionarios y títulos desconocidos. Unos, con la cabeza inclinada, farfullaban palabras de bienvenida ininteligibles, otros abrían los brazos, y toda la masa se movía hacia la sala en la que se celebraba el Diván. D’Avenat, alto y moreno, se deslizaba esquivando a la muchedumbre y desembarazándose con arrogancia de los que obstaculizaban el camino, dando órdenes y disponiendo en voz más alta y estridente de lo que exigía la necesidad. Daville, perplejo, pero digno y tranquilo en apariencia, se sentía como esos santos de los cuadros católicos a los que una bulliciosa cohorte de ángeles conducen hacia el cielo. Y, ciertamente, ese gentío lo transportó por unas amplias escaleras que llevaban desde el patio al Diván.

El Diván era una sala vasta y umbría en la planta baja. En el suelo, algunos kilims. A lo largo de los muros, canapés forrados de paño color cereza. En una esquina, cerca de la ventana, unos cojines para el visir y su huésped. En la pared, un único cuadro, la tura del sultán: su monograma trazado en letras de oro sobre fondo verde. Debajo, un sable, dos pistolas y un caftán púrpura, los regalos de Selim III a su favorito Husref Mehmed bajá.

Encima de esta sala, en la primera planta, había otra exactamente igual, más modestamente amueblada pero más luminosa. Allí, el visir reunía el Diván sólo durante el verano. Dos de las paredes del aposento estaban ocupadas por ventanas; unas daban a los jardines y a los cotos escarpados y las otras al Lasva y al bazar al otro lado del puente. Éstas eran las «ventanas de cristal» de las que tanto se hablaba y tanto se celebraban en las canciones populares, y que realmente no tenían parangón en toda Bosnia; Mehmed bajá las había adquirido en Austria, pagándolas de su peculio, y había hecho venir especialmente a un artesano, un alemán, para que las cortara a medida. Sentado en los cojines, el invitado podía ver a través de las ventanas la galería abierta, y bajo su tejado, en una viga de abeto, un nido de golondrinas del que se escapaban unos gorjeos y algunas briznas de paja, y contemplar a la prudente avecilla que rauda iba y venía volando.

Siempre era agradable sentarse junto a esos ventanales. Nunca faltaba la luz ni el verdor o las flores, una leve brisa y el rumor del agua, los trinos de los pájaros, la calma para reposar y el silencio para reflexionar o llegar a un acuerdo. Allí se habían tomado o aprobado numerosas decisiones graves y terribles, pero de algún modo, todas las cosas, cuando se debatían en esa sala, parecían más fáciles, claras y humanas que en el Diván de la planta baja.

Éstos serían los dos únicos aposentos del konak que Daville conocería durante su estancia en Travnik y el escenario de muchos de sus pesares y satisfacciones, de sus éxitos y derrotas. Aquí, en el curso de los años, llegaría a entender no sólo a los turcos, con sus fuerzas extraordinarias y sus debilidades infinitas, sino también a comprenderse a sí mismo, a descubrir la medida y los límites de su poder, a la gente en general, la vida y el mundo y las relaciones humanas.

La primera audiencia se celebró, como siempre en invierno, en el Diván de la planta baja. El tufo indicaba que la estancia había sido abierta y caldeada por primera vez aquel invierno para esa ocasión.

En cuanto el cónsul pisó el umbral, en el lado opuesto del Diván se abrió otra puerta en la que apareció el visir con un traje resplandeciente, acompañado de cortesanos que llevaban la cabeza ligeramente inclinada y los brazos cruzados sobre el pecho en señal de sumisión.

Esto había sido una enorme concesión protocolaria que Daville había obtenido durante las conversaciones mantenidas los últimos tres días por mediación de d’Avenat, y con la que pensaba aderezar muy especialmente su primer informe al ministro. Porque los turcos exigían que el visir aguardara al cónsul sentado en los cojines igual que recibía a los demás visitantes. El cónsul, sin embargo, reclamó que el visir se pusiera de pie ante él y que así lo saludara. Apeló a la fuerza de Francia y a la gloria militar de su soberano. Los turcos, a su tradición y a la grandeza de su imperio. A la postre, acordaron que tanto el cónsul como el visir entraran en la sala al mismo tiempo, se encontraran en el centro y que desde allí el visir llevaría al cónsul hacia el estrado, junto a la ventana, en donde estarían dispuestos los cojines en los que ambos deberían sentarse a la vez.

Así sucedió. El visir, que cojeaba de la pierna derecha (por eso el pueblo lo llamaba el bajá paticojo), caminaba resuelta y rápidamente como suelen hacerlo precisamente las personas cojas. Se acercó al cónsul y con suma cordialidad lo invitó a sentarse. Entre ellos, pero un escalón más bajo, estaba sentado el intérprete d’Avenat. Se había acurrucado, las manos cruzadas en el regazo, la mirada baja, deseoso de hacerse más pequeño e insignificante de lo que era, y tener así sólo el espíritu y aliento necesarios para que los dos dignatarios pudieran comunicarse sus pensamientos y mensajes. El resto de los personajes se había desvanecido sin hacer ruido. Únicamente quedaron los criados, situados a corta distancia los unos de los otros para pasarse de mano en mano el servicio. Durante el tiempo que duró la conversación, que fue una hora entera, los mozos, como sombras silenciosas, hicieron circular y sirvieron al cónsul y al visir todo lo que el ceremonial exigía.

Primero llegaron los chibuquíes encendidos, luego el café y los sorbetes[14]. Después uno de los sirvientes, arrastrándose de rodillas, llevó un perfume intenso en un recipiente poco profundo y lo pasó bajo la barba del visir y bajo el bigote del cónsul, como si los sahumara. Y otra vez café y nuevos chibuquíes. Todo esto servido durante la conversación, con el mayor cuidado, de modo imperceptible, rápido y diligente.

El visir, cosa curiosa en un oriental, era muy vivaz, amable y abierto. Aunque le habían hablado con anterioridad de esas características del Mehmed bajá y sabía que no debía tomárselo todo en serio, las atenciones y la amabilidad complacieron a Daville, después de las inesperadas humillaciones que había sufrido al atravesar la ciudad. La sangre que se le había subido a la cabeza empezó a circular con normalidad. Las palabras del visir, el aroma del café y de las pipas, todo lo deleitaba y apaciguaba, aunque no podía borrar las penosas impresiones. El visir no dejó de destacar en la conversación la barbarie del país, la zafiedad y el atraso del pueblo. La naturaleza es cruel, los hombres imposibles. ¿Qué podía esperarse de las mujeres y los niños, criaturas a las que Dios no había dotado de juicio, en una tierra en la que hasta los hombres son impetuosos e incultos? Todo lo que esa gente hace o dice no tiene importancia ni alcance, ni puede influir en los asuntos de las personas serias e instruidas. Ladran luego andamos, terminó el visir, que evidentemente estaba informado de lo que había ocurrido mientras el cónsul recorría la ciudad y ahora intentaba suavizar el episodio y restarle gravedad. E inmediatamente después de esas menudencias desagradables, volvió a tratar la grandeza excepcional de las victorias de Napoleón y el sentido y trascendencia de todo lo que los dos imperios, el turco y el francés, podían lograr en el marco de una estrecha y razonable cooperación.

Esas palabras, pronunciadas en un tono sincero y sosegado, regocijaron a Daville, porque eran una excusa indirecta por las injurias sufridas y porque a sus ojos reducían la magnitud de la humillación que había padecido. Una vez calmado y de mejor talante, contemplaba con atención al visir y recordaba lo que d’Avenat le había contado de él.

Husref Mehmed bajá, llamado el Paticojo, era georgiano. Siendo niño lo habían llevado como esclavo a Constantinopla, donde sirvió al gran Kuçuk Husein bajá. Allí, se fijó en él Selim III antes de subir al trono. Valiente, perspicaz, astuto, elocuente, absolutamente leal a sus superiores, este georgiano fue nombrado visir de Egipto a los treinta y un años. El asunto, en verdad, no acabó bien, porque la gran insurrección de los mamelucos expulsó a Mehmed bajá de Egipto, pero no cayó del todo en desgracia. Después de una breve estancia en Salónica, fue nombrado visir de Bosnia. La sanción era en proporción leve, y Mehmed bajá la hizo aún más ligera fingiendo cautamente ante el mundo que no la sentía como un castigo. De Egipto se trajo un destacamento de treinta mamelucos fieles, con los que le gustaba realizar maniobras en la campiña de Travnik. Vestidos con suntuosidad y bien alimentados, los mamelucos provocaban la curiosidad y realzaban el prestigio del bajá ante la gente. Los turcos bosniacos los miraban con odio, no exento de cierto temor, y con una admiración secreta.

Pero más admiración que los propios mamelucos provocaba la cuadra del visir, jamás vista antes en Bosnia, ni por el número ni por el valor de los caballos.

El visir era joven y parecía aún más joven de lo que era. De estatura por debajo de la media, añadía con su porte y, sobre todo, con su sonrisa un palmo más a su talla, al menos a los ojos de los que lo contemplaban. Cojeaba de la pierna derecha, pero ocultaba este defecto tanto como era posible con el corte de sus vestidos y con movimientos rápidos hábilmente encadenados. Cuando tenía que permanecer de pie, sabía adoptar una posición que hacía imperceptible su tara, y cuando debía moverse, lo hacía con presteza, brío y a impulsos. Esto le confería un singular aspecto de frescura y juventud. Nada se percibía en él de esa dignidad imperturbable de los otomanos, sobre la que Daville tanto había leído y oído hablar. Los colores y la confección de su traje eran sencillos, pero elegidos a todas luces con cuidado. Hay cierta clase de personas que saben dotar de lustre y distinción a la ropa y joyas que llevan. Su cara, tan curtida como la de los marinos, con una barba corta y negra y los ojos, ligeramente rasgados, oscuros y brillantes, era franca y sonriente. Era uno de esos hombres que bajo una sonrisa permanente ocultan su verdadero talante, y con la locuacidad sus pensamientos o la ausencia de ellos. Con cada cosa que decía, parecía que sabía del tema mucho más de lo que daba a entender. Cada una de sus amabilidades, de sus gentilezas y favores semejaban ser sólo una introducción, la primera parte de lo que cabía esperar de él. Por muy informado y prevenido que se estuviera de antemano, nadie podía librarse de la impresión de tener ante sí a un hombre noble y juicioso que no sólo promete hacer una buena obra, sino que además la hace, donde sea y cuando pueda; al mismo tiempo no se podía ser lo suficientemente perspicaz como para penetrar y determinar los límites de sus promesas y la medida real de sus buenas acciones.

Tanto el visir como el cónsul sabían cuál era la debilidad secreta o el tema preferido del interlocutor y guiaron la conversación hacia aquellos asuntos. El visir volvía sin cesar a la excepcional grandeza de la personalidad de Napoleón y a sus victorias, mientras que el cónsul, que por d’Avenat se había enterado de la pasión del visir por el mar y la navegación, planteaba cuestiones relacionadas con el arte de navegar y la guerra naval. En verdad el visir amaba vehementemente el mar y la vida en él. Aparte del dolor encubierto causado por su derrota en Egipto, por lo que más sufría era por estar lejos del mar y encerrado en aquel paisaje montañoso, frío y salvaje. En lo más recóndito de su ser, albergaba el deseo de suceder algún día a su gran señor, Kuçuk Husein bajá, y como almirante, continuar sus planes e ideas para engrandecer la marina de guerra turca.

Después de una charla de hora y media, el cónsul y el visir se separaron como buenos conocidos, convencidos cada uno por igual de que podría obtener mucho del otro, y cada uno satisfecho con el interlocutor y consigo mismo.

En el momento de partir, el bullicio y el escándalo fueron aún mayores. Trajeron unas pellizas, sin duda alguna muy costosas, de piel de marta para el cónsul y de paño y zorro para su séquito. Alguien recitaba en voz alta una oración y pedía una bendición para el invitado del sultán, mientras el resto respondía a coro. Altos funcionarios llevaron a Daville al centro del patio interior, hasta el apeadero. Todos iban con los brazos extendidos como si lo transportaran. Daville montó en su caballo. Sobre el capote le colocaron la pelliza de marta del visir. Fuera esperaban ya los mamelucos sobre sus cabalgaduras. La comitiva partió por el mismo camino por el que había venido.

Aun con los pesados ropajes que llevaba, Daville sintió un escalofrío sólo de pensar que tenía que volver a cabalgar entre los puestos deslucidos y las celosías torcidas seguido de las injurias y el desdén del gentío. Todo indicaba que sus primeros pasos en Travnik debían ir acompañados por las sorpresas, incluso aunque fueran buenas. Lo cierto es que los turcos de las tiendas permanecían ceñudos e impasibles y bajaban la vista deliberadamente, pero esta vez, de las casas no surgieron ni insultos ni amenazas. Con los pelos de punta, Daville tenía la sensación de que tras las celosías de madera lo observaban múltiples ojos fisgones y hostiles, pero sin voces ni gestos. De algún modo, le pareció que el manto del visir lo protegía del populacho, por eso se lo ciñó más fuerte con un gesto involuntario, se irguió en la silla y con la cabeza alta llegó a lomos del caballo al patio vallado de Baruh.

Cuando finalmente se quedó solo en la habitación caldeada, Daville se sentó en el duro banco, se desabrochó el uniforme y suspiró profundamente. Estaba excitado, aunque destrozado y exhausto. Se sentía vacío, torpe y confuso, como si lo hubieran arrojado desde gran altura a aquel duro banco y aún no hubiera vuelto en sí ni pudiera discernir dónde estaba ni cómo había llegado allí. Por fin estaba libre, pero no sabía qué hacer con el tiempo que le quedaba. Pensó en descansar y dormir, mas sus ojos tropezaron con la pelliza colgada que poco antes le había regalado el visir, e inmediatamente le sobrevino, como algo doloroso e inesperado, la idea de que debía escribir el informe para el ministro en París y el embajador en Constantinopla. Es decir, había que revivirlo todo una vez más y describirlo de forma que no perjudicara demasiado su prestigio ni se alejara demasiado de la verdad. Esta misión se alzaba delante de él como una montaña insalvable que no tenía más remedio que franquear. El cónsul se tapó los ojos con la mano derecha. Aún suspiró profundamente varias veces y exhalando el aire, profirió a media voz:

—¡Ay Dios mío, Dios mío!

Y se quedó tumbado en el duro banco. Éste fue su descanso y su sueño.

 

III

 

Igual que les sucede a los héroes en las leyendas orientales, Daville tuvo que afrontar al principio las mayores dificultades de su cargo. Realmente, parecía que el mundo entero se hubiera confabulado para atemorizarlo y desviarlo del camino que había emprendido.

Todo lo que le aguardaba en Bosnia y todo lo que llegaba del ministerio, de la embajada en Constantinopla y del comandante en Split, era contrario a lo que le habían dicho en París antes de su partida.

Al cabo de unas cuantas semanas, Daville abandonó la casa de Baruh y se mudó al edificio destinado a consulado. Habilitó y amuebló dos o tres habitaciones como pudo y supo, y empezó a vivir solo con los criados en aquella inmensa casa vacía.

Había tenido que dejar a su mujer en Split, en casa de una familia francesa. La señora Daville estaba a punto de dar a luz a su tercer hijo, y en semejante estado no podía llevarla consigo a una ciudad turca desconocida. Después del parto, la dama se recuperaba lentamente y con dificultades y su marcha de Split se demoraba constantemente.

Daville estaba acostumbrado a la vida en familia y hasta ahora jamás se había separado de su mujer. En las circunstancias actuales, esta separación le resultaba particularmente penosa. La soledad, el desorden en la casa, la preocupación que sentía por su esposa e hijos, lo torturaban cada vez más. El señor Pouqueville se había marchado de Travnik unos días después de su llegada para proseguir su viaje a Oriente.

Por lo demás, Daville se sentía olvidado y abandonado a sí mismo. Todas las cosas que para las labores y batallas cotidianas le habían prometido antes de partir hacia Bosnia o que había solicitado más tarde o eran insuficientes o nunca acababan de llegar.

Sin empleados ni colaboradores, tenía que escribir, copiar y realizar él solo todos los trabajos de oficina. Como desconocía el idioma, el país y las circunstancias, no le quedó más remedio que tomar a su servicio a d’Avenat en calidad de intérprete del consulado. El visir le cedió generosamente a su médico y d’Avenat estaba entusiasmado por la oportunidad que se le ofrecía de entrar a trabajar al servicio de Francia. Daville lo contrató con gran recelo y una repulsión disimulada, decidido a confiarle sólo los asuntos que el visir pudiera saber. Sin embargo, era consciente de que ese hombre le resultaba imprescindible, de verdadera utilidad. D’Avenat se procuró enseguida dos guardias de confianza, un arnaúte[15] y un herzegovino, se hizo cargo de los sirvientes, y exoneró al cónsul de muchas tareas insignificantes y desagradables. Trabajando todos los días con él, Daville lo observaba y aprendía a conocerlo mejor.

En su temprana juventud en Oriente, d’Avenat había adoptado numerosos usos y costumbres de los levantinos. El levantino es un hombre sin ilusiones y sin escrúpulos, un cínico descarado que tiene varios rostros, obligado a fingir ora condescendencia, ora valor, ora abatimiento, ora entusiasmo. Porque todo eso es para él sólo un medio indispensable en la lucha por la vida, que en Levante es más difícil y complicada que en ningún otro lugar del mundo. El forastero que es arrojado a esa lucha desigual y dura se hunde por completo en ella y pierde su verdadera personalidad. Pasa un siglo en Oriente, pero no llega a conocerlo más que de un modo incompleto y parcial, es decir, sólo desde el punto de vista de los beneficios y pérdidas que obtiene en la batalla a la que está condenado. Los extranjeros que, al igual que d’Avenat, se quedan a vivir en Oriente, en la mayoría de los casos toman de los turcos sólo las características negativas y ruines de su naturaleza, incapaces de discernir y adoptar alguna de sus cualidades y costumbres buenas y nobles.

D’Avenat, del que tendremos aún oportunidad de hablar, era así en muchos aspectos. En su juventud había sido un hombre muy voluptuoso, y el contacto con los otomanos no le había enseñado nada bueno en ese campo. Pero las personas de este tipo, cuando la vorágine de los sentidos pasa y se agota, se vuelven lúgubres, desabridos e insoportables para sí mismos y para los demás. Sumiso hasta la saciedad y abyectamente humilde ante la fuerza, el poder y la riqueza, era arrogante, cruel y despiadado con todo lo débil, pobre e imperfecto.

No obstante, había algo que salvaba a ese hombre y lo elevaba por encima de todo eso. Tenía un hijo, un chico guapo e inteligente. D’Avenat se preocupaba afanosamente de su salud y educación. Era capaz de hacer cualquier cosa por él. Ese fuerte sentimiento de amor paternal lo liberaba paulatinamente de sus vicios y lo hacía mejor y más humano. Según crecía el niño, la vida de d’Avenat se hacía más decente; y cada vez que prestaba ayuda a alguien o dejaba de hacer alguna maldad, lo hacía con la convicción supersticiosa de «que revertiría en el pequeño». Y como a menudo suele suceder, este padre vagabundo e indolente vivía con el anhelo de que su hijo fuera un hombre recto y honesto, y no había nada que no estuviera dispuesto a hacer o a sacrificar para que su deseo se cumpliera.

Ese niño sin madre gozaba de todo el afecto y cuidado que se puede dar a un hijo y crecía junto a su padre como un árbol joven junto a un puntal seco pero firme. El pequeño era guapo, tenía los rasgos suaves y nobles del padre; sano física y espiritualmente, no manifestaba ni malas inclinaciones ni taras graves.

En su fuero interno, d’Avenat albergaba una ambición secreta, un objetivo supremo: que su hijo no fuera como él, un criado cualquiera en Levante, sino que llegara a ser admitido en alguna escuela de Francia y luego en la Administración francesa.

Ésa era la principal razón de su celo y dedicación al consulado y la garantía de su fidelidad real y duradera.

El nuevo cónsul también tenía problemas y dificultades con el dinero. El envío de fondos era lento e irregular y las comisiones que pagaba por el cambio provocaban sensibles pérdidas imprevistas. Los créditos que estaban aprobados llegaban tarde, mientras que los que solicitaba para cubrir las nuevas necesidades eran rechazados. En lugar de eso, llegaban órdenes incomprensibles y acres de la Contaduría, circulares sin ningún sentido que a Daville, aislado y abandonado, le parecían una verdadera ironía. En una, por ejemplo, se impartían órdenes estrictas al cónsul para que limitara sus encuentros con los cónsules extranjeros, y acudiera a las recepciones de embajadores y legados de otros países sólo si su embajador o legado lo invitaba a hacerlo. En otra se regulaba cómo había que festejar el cumpleaños de Napoleón el 15 de agosto. «Los honorarios de la orquesta y los gastos de la decoración para el baile que por este motivo debe celebrarse corren a cargo del cónsul general». Leyendo esto, Daville sonreía amargamente. De inmediato le vinieron a la mente los musicastros de Travnik, tres gitanos andrajosos, dos tamborileros y el tercero con la zurla, que durante el ramadán y el Bayram torturaban los oídos del europeo condenado a vivir allí. Se acordó de la primera celebración del cumpleaños del emperador; en realidad, de su pobre intento de organizar el festejo.

Ya unos días antes, por mediación de d’Avenat, se había esforzado en vano para que acudieran a la fiesta los turcos más reputados o al menos uno de ellos, fuera quien fuera. Incluso algunos del konak, que habían prometido ir, no se presentaron. Los frailes y sus fieles rechazaron la invitación amablemente, pero firmes. El archimandrita[16] Pahomije ni aceptó ni rehusó, pero no fue. Sólo aparecieron los judíos. Fueron catorce en total; algunos, en contra de las costumbres de Travnik, incluso llevaron a sus mujeres.

La señora Daville, por aquel entonces, todavía no había llegado a la ciudad. Daville, vestido de gala, con d’Avenat y los criados, desempeñó el papel de anfitrión amable y sirvió un ágape con un vino espumoso que había recibido de Split. Pronunció un breve discurso en honor de su soberano, alabó a los turcos e hizo elogio de Travnik como ciudad importante, suponiendo que al menos dos de aquellos judíos estaban al servicio del visir y le transmitirían sus palabras, y que todos juntos contarían por Travnik lo que el cónsul había dicho. Las mujeres, sentadas en el canapé con las manos cruzadas sobre el vientre, se contentaron con parpadear durante el discurso y mover la cabeza, ora a la izquierda ora a la derecha. Los judíos miraban hacia delante, lo que quería decir: así son las cosas, y no pueden ser de otro modo, pero nosotros no hemos dicho nada.

El vino espumoso animó la reunión. D’Avenat, al que no le importaban lo más mínimo los judíos travniqueses y traducía malhumorado sus conversaciones, a duras penas lograba satisfacerlos, porque de repente todos querían decirle algo al cónsul. Cuando se empezó a hablar español, la lengua de las mujeres se desató de improviso, y Daville luchaba por recordar el centenar de palabras españolas que había aprendido antaño, en sus tiempos de soldado en España. En un momento, los jóvenes comenzaron a cantar. Resultó un poco incómodo que nadie se supiera una canción francesa, y no querían cantar canciones turcas. A la postre, Mazalta, la nuera de Bencion, inició una romanza española, respirando con dificultad a causa de la excitación y de la obesidad prematura. Su suegra, una mujer vivaracha y afable, se animó tanto que empezó a dar palmas, meciendo la mitad superior del cuerpo y arreglándose el tocado, que bajo los efectos del vino espumoso se le torcía constantemente.

La alegría ingenua de esa gente bondadosa y sencilla fue lo único que se pudo encontrar en Travnik para homenajear al soberano más grande del mundo. Aquello afectó y entristeció al cónsul.

Daville prefería no recordar el episodio. Al redactar el informe para el ministerio sobre cómo había transcurrido en Travnik el primer cumpleaños del emperador, relató tímidamente y con una imprecisión deliberada que ese día tan importante se había festejado «de acuerdo con las circunstancias especiales y las tradiciones del país». Pero, ahora, leyendo esa circular atrasada e inoportuna sobre bailes, orquestas y decoraciones, volvía a sentir vergüenza y tristeza, y le daban ganas de reír y de llorar.

Uno de los problemas constantes era la atención que debía prestarse a los oficiales y soldados que desde Dalmacia, a través de Bosnia, viajaban a Constantinopla.

Entre el gobierno turco y el embajador francés en Constantinopla existía un acuerdo, según el cual el ejército galo debía poner a disposición de los turcos cierto número de oficiales, instructores y especialistas, artilleros y zapadores. Cuando la flota inglesa franqueó los Dardanelos y amenazó Constantinopla, el sultán Selim, con ayuda del embajador de Francia, el general Sebastian, y unos cuantos oficiales franceses, se puso al frente de los preparativos para la defensa de la capital. Entonces se solicitó con urgencia al gobierno francés un número de oficiales y soldados. El general Marmont recibió instrucciones de París para que los enviara inmediatamente a través de Bosnia en pequeños grupos. A Daville se le ordenó que les asegurara el paso y les proporcionara caballos y escolta. Así pudo ver cómo se aplicaba verdaderamente un acuerdo firmado con el gobierno turco. Los ucases necesarios para el tránsito de los oficiales extranjeros no llegaban a tiempo. Los militares tenían que esperar en Travnik. El cónsul apremiaba al visir, el visir a Constantinopla. Y si el salvoconducto llegaba a tiempo, no significaba que el asunto estuviera zanjado, porque de repente surgían dificultades imprevistas y los oficiales debían suspender el viaje y haraganear por las aldeas bosniacas.

Los turcos bosniacos contemplaban con desconfianza y animadversión la presencia del ejército francés en Dalmacia. Los agentes austríacos propalaron entre ellos la noticia de que el general Marmont estaba construyendo a lo largo de toda la costa dálmata una ancha calzada con el fin de conquistar también Bosnia. La aparición de los oficiales franceses en tierras bosniacas ratificaba esta idea errónea entre la población, así que los oficiales franceses, que iban como aliados a petición del gobierno turco, ya al llegar a Livno eran recibidos con los gritos insultantes del populacho, y cuanto más se adentraban en el territorio bosniaco, peor acogida tenían.

En algunas épocas, en Travnik, en casa de Daville, se juntaban varias decenas de oficiales y soldados que no podían ni continuar el viaje ni volver atrás.

En vano el visir convocaba a principales señores y notables, amenazaba y pedía que no se actuara así con los amigos que venían por voluntad de la Sublime Puerta y con su conocimiento. Todo se arreglaba con buenas palabras. Los señores prometían al visir, el visir al cónsul, y el cónsul a los oficiales, que el comportamiento hostil de la población iba a cesar. Y cuando al día siguiente los oficiales emprendían la marcha, al llegar al primer pueblo se encontraban con un recibimiento tal que, amargados, regresaban a Travnik.

En vano informaba Daville sobre el talante real de los turcos nativos y la impotencia del visir para contenerlos o imponerles cualquier cosa y obligarlos a cumplir sus órdenes. Constantinopla seguía pidiendo, París ordenando y Split cumpliendo las órdenes; mientras, en Travnik, aparecían imprevistamente oficiales que, abatidos, aguardaban nuevas instrucciones. Nada tenía pies ni cabeza y todo recaía en las espaldas del cónsul.

En vano las autoridades francesas en Dalmacia imprimían proclamas amistosas destinadas a la población turca. Nadie quería leer tales proclamas, escritas en un selecto turco literario, y quien las leía no podía entenderlas. Nada podía hacerse contra la desconfianza innata del pueblo musulmán, que no quería leer ni oír ni ver, y sólo se guiaba por su profundo instinto de autodefensa y odio al forastero y al infiel que se aproximaba a las fronteras y empezaba a entrar en el país.

Sólo cuando se produjeron en Constantinopla los disturbios de mayo y los cambios en el trono, se interrumpieron las órdenes de enviar oficiales a Turquía. Es decir, no se dictaban nuevas órdenes, pero las antiguas seguían cumpliéndose ciega y mecánicamente. Así que, siguiendo instrucciones anticuadas, se presentaban repentinamente en Travnik dos o tres oficiales franceses, a pesar de que su viaje no tenía ningún fin ni sentido.

Pero aunque los acontecimientos de Constantinopla habían librado al cónsul de una calamidad, amenazaban con otra aún mayor.

La única ayuda y verdadero sostén de Daville era Husref Mehmed bajá. Ciertamente, el cónsul ya había visto en numerosos casos las limitaciones del poder del visir y la verdadera reputación de que gozaba entre los beyes bosniacos. Nunca había visto el cumplimiento de muchas promesas, y múltiples disposiciones del visir jamás se habían ejecutado, aunque él fingía no advertirlo. Pero su buena voluntad era indudable y evidente. Deseaba, tanto por sus inclinaciones personales como por cálculos propios, hacerse valer como amigo de Francia y demostrarlo con obras. Además, la naturaleza alegre de Mehmed bajá, su optimismo indestructible y el risueño desparpajo con el que se enfrentaba a los problemas y sorteaba los contratiempos influían por sí mismos en Daville como una medicina y le daban fuerzas para soportar las dificultades pequeñas y grandes de su nueva vida.

Pero ahora, los acontecimientos amenazaban con arrebatarle al cónsul este gran apoyo y único consuelo.

En mayo del mismo año, se había producido un golpe de Estado en Constantinopla. Selim III, un sultán ilustrado y reformador, había sido depuesto por sus fanáticos adversarios y confinado en el Palacio del Serrallo, y su lugar había sido ocupado por el sultán Mustafá. La influencia francesa en Constantinopla se debilitó y, lo que era aún peor para Daville, la posición de Husref Mehmed bajá se tambaleaba, porque al caer Selim, había perdido su respaldo en la capital, y en Bosnia lo detestaban por ser amigo de los franceses y partidario de las reformas.

Ciertamente, el visir seguía mostrando ante la gente su amplia sonrisa de marino y su optimismo oriental que no tenía raíces en ningún lugar, salvo en él mismo, pero eso no engañaba a nadie. Los turcos de Travnik, todos sin excepción contrarios a las reformas de Selim y enemigos de Mehmed bajá, afirmaban que «el visir estaba con un pie en el aire». Un silencio turbador planeó sobre el konak. Todos, con la mayor discreción, trataban de prepararse para el traslado que podía producirse en cualquier momento; y todos, absortos en sus propias preocupaciones, callaban y miraban al vacío. El mismo visir estaba distraído y ausente durante sus conversaciones con Daville, pero se esforzaba por ocultar con amabilidad y palabras ceremoniosas su impotencia para auxiliar a nadie en ningún asunto.

Llegaban correos especiales y el visir enviaba a sus emisarios a Constantinopla con mensajes secretos y regalos para los amigos que todavía tenía. D’Avenat conocía los detalles y afirmaba que Mehmed bajá, en realidad, estaba luchando tanto por su cabeza como por su posición ante el nuevo sultán.

Sabedor de lo que significaría para él y para su trabajo perder al actual visir, Daville se dedicó desde el principio a enviar mensajes urgentes al general Marmont y a la embajada en Constantinopla, explicando que debían utilizar toda su influencia ante la Sublime Puerta para que Mehmed bajá, al margen de los cambios políticos en la capital, permaneciera en Bosnia, porque eso es lo que hacían los rusos y los austríacos con sus amigos y porque, en función de ello, se medían allí el ascendiente y el peso de una potencia cristiana.

Los turcos estaban exultantes.

«El sultán infiel ha sido depuesto», decían los hodjas en los postigos, «y ahora viene el tiempo de limpiar todo el lodo que en los últimos años ha cubierto la verdadera fe y al verdadero mundo turco; el visir paticojo se marchará y se llevará a su amigo el cónsul, igual que lo trajo». El populacho propagaba estas palabras y se hacía más agresivo. Atacaba y zahería a los criados del cónsul. Se reía de d’Avenat y le lanzaba insultos en la calle, preguntándole si su amo preparaba ya la partida, y de no ser así, a qué estaba esperando. Pero el trujamán, alto y moreno, a lomos de su impetuosa yegua, miraba desdeñoso a los provocadores y respondía con arrogancia pero con mesura que no sabían lo que decían, que eso sólo se lo podía haber contado algún idiota, al que la rakija, el aguardiente bosniaco, le había sorbido el seso, que el nuevo sultán y el emperador francés eran grandes amigos y que desde Constantinopla ya se les había comunicado que el cónsul continuaría en Travnik siendo un «huésped del imperio», que toda Bosnia ardería en llamas si le ocurría algo, y que ni siquiera los recién nacidos serían respetados. D’Avenat repetía sin cesar al cónsul que precisamente ahora había que actuar con audacia y sin miramientos, porque era lo único que podía ayudarlos frente a esos salvajes que arremetían contra aquel que se batía en retirada.

Eso es lo mismo que hacía el visir, aunque a su modo. El destacamento de mamelucos iba todos los días a hacer maniobras al campo de Turbe, y los travniqueses observaban con odio pero con miedo a esos jinetes atléticos con sus armas pesadas y centelleantes, vestidos y engalanados como si fueran a una boda. El visir cabalgaba con ellos, contemplaba las maniobras, participaba en las carreras y disparaba al blanco como un hombre que carece de preocupaciones y no piensa en la partida y mucho menos en la muerte, sino que se prepara para el combate.

Uno y otro bando, los turcos de Travnik y el visir, aguardaban la decisión del nuevo sultán y noticias de Constantinopla sobre el resultado de la lucha que allí se desarrollaba.

A mediados del verano llegó un emisario especial, el kapidzibasa[17] del sultán, con una escolta. Mehmed bajá le organizó un recibimiento más solemne de lo habitual. El destacamento entero de mamelucos del visir y todos los altos dignatarios y cortesanos salieron a su encuentro. Los cañones dispararon salvas desde la fortaleza. Mehmed bajá esperaba al kapidzibasa delante del konak. Se propagó por la ciudad el rumor de que eso significaba que el visir había logrado ganarse el favor del nuevo sultán y se quedaría en Travnik. Los turcos no querían creerlo y afirmaban que el kapidzibasa volvería a Constantinopla con la cabeza de Mehmed bajá en el morral. Sin embargo, las noticias demostraron ser ciertas. El kapidzibasa había traído un firman, un decreto, que acreditaba a Mehmed bajá en su cargo en Travnik, y al mismo tiempo entregó al visir ceremoniosamente un valioso sable, regalo del nuevo sultán, y la orden de que en primavera marchara con un fuerte ejército contra Serbia.

Este feliz acontecimiento se malogró de un modo extraño e inesperado.

Al día siguiente de la llegada del kapidzibasa —era viernes—, Daville tenía ya concertada una audiencia con el visir. Mehmed bajá no sólo no suspendió la cita, sino que recibió al cónsul en presencia del kapidzibasa, al que presentó como un antiguo amigo y dichoso mensajero del favor del sultán. Al mismo tiempo le mostró el sable que el soberano le había regalado.

El kapidzibasa, que trataba de convencer al cónsul de que, al igual que Mehmed bajá, admiraba sinceramente a Napoleón, era un hombre alto, mulato, con rasgos negroides muy marcados. Su piel amarilla presentaba un tono gris, los labios y las uñas eran azulados y las escleróticas turbias, como sucias.

El kapidzibasa, excitado, hablaba sin cesar sobre sus simpatías por los franceses y su odio hacia los rusos. En las profundas comisuras de sus labios negroides y prominentes se formaba una espumilla blanca al hablar. Contemplándolo, Daville sentía la imperiosa necesidad de que aquel hombre se tomara un respiro y se limpiara la boca, pero el kapidzibasa continuaba hablando, como si delirara. D’Avenat, que traducía, apenas podía seguirlo. Con una animadversión flamante narraba sus antiguas batallas contra los rusos, sus hazañas no muy lejos de Ocakovo, donde resultó herido. Y de repente, en un momento, se remangó con vehemencia la estrecha manga de su aljuba[18] y enseñó una ancha cicatriz de sable ruso en el antebrazo, un brazo negro, delgado pero fuerte, que temblaba visiblemente.

A Mehmed bajá le complacía la conversación cordial de sus amigos y sonreía más que de costumbre, como un hombre que no puede ocultar lo satisfecho y feliz que está porque el sultán le ha concedido su gracia.

Aquel día, el Diván se prolongó de manera inusual. Por el camino, de vuelta a casa, Daville preguntó a d’Avenat:

—¿Qué le parece el kapidzibasa?

Él sabía que, a una pregunta similar sobre alguien, d’Avenat siempre enumeraba todos los datos que había podido reunir hasta la fecha sobre la persona en cuestión. Pero esta vez, d’Avenat hizo gala de una desusada brevedad.

—Está gravemente enfermo, excelencia.

—Sí, es un huésped muy extraño.

—Es un hombre muy, muy enfermo —susurró d’Avenat, mirando hacia delante sin querer continuar la conversación.

Dos días después, d’Avenat solicitó, antes de la hora habitual, que el cónsul lo recibiera urgentemente. Daville le hizo pasar en el comedor, donde estaba terminando de desayunar.

Era domingo, una de esas mañanas estivales que con su frescura y belleza son como un premio por los días fríos, oscuros y horrorosos del otoño y del invierno. Las omnipresentes aguas invisibles llenaban el aire de frescor, murmullos y un brillo azulado. Daville había dormido y descansado bien y estaba satisfecho con las buenas noticias, según las cuales Mehmed bajá se quedaba en Travnik. Ante él estaban los restos del desayuno, y se limpiaba la boca con el ademán de un hombre sano que acaba de saciar su hambre cuando entró d’Avenat, moreno y pálido, como siempre, con los labios apretados y los músculos de las mandíbulas agarrotados.

D’Avenat anunció en voz baja que el kapidzibasa había fallecido la noche anterior.

Daville se levantó precipitadamente empujando la mesa del desayuno, mientras que d’Avenat, sin moverse del sitio, sin alterar la voz ni la postura, respondía con frases breves e imprecisas a todas sus preguntas.

El día anterior por la tarde, el kapidzibasa, que por lo demás en los últimos tiempos no gozaba de buena salud, se sintió indispuesto. Se dio un baño caliente y se acostó; por la noche expiró de repente, sin que nadie se lo esperara y antes de que pudieran asistirlo. Lo enterrarían esa misma mañana. De todo lo que él, d’Avenat, pudiera enterarse, ya fuera sobre la muerte o sobre cualquier eco que esta noticia tuviera en el bazar, informaría más tarde.

Fue imposible obtener nada más de él. A la pregunta de Daville de si debía tomar alguna medida, si era necesario presentar sus condolencias o algo similar, d’Avenat respondió que no había que hacer nada porque sería contrario a las buenas costumbres. Aquí la muerte se ignora y todo lo que tiene relación con ella se acaba pronto, sin demasiadas palabras ni ceremonias.

Al quedarse solo, Daville sintió que ese día, que había empezado tan alegre, de repente se había vuelto muy oscuro. No podía dejar de pensar en el hombre alto y desagradable con el que todavía conversaba dos días antes y que ahora estaba muerto. Pensaba en el visir y en el disgusto que debía de suponer para él la muerte del dignatario precisamente en su casa. Tampoco se le iba de la mente la faz pálida y lúgubre de d’Avenat, su insensibilidad y silencio y la forma en que se había inclinado y salido, tan sombrío y glacial como había entrado.

Conforme al consejo del intérprete, el cónsul no hizo nada, pero pensaba sin cesar en la muerte acaecida en el konak.

D’Avenat no volvió hasta la mañana siguiente y en el hueco de una ventana, en susurros, explicó al aterrado cónsul el verdadero sentido de la misión del kapidzibasa y la causa de su muerte.

El kapidzibasa, en efecto, había traído la sentencia de muerte del visir. El firman del sultán ratificando a Mehmed bajá en sus funciones y el sable honorífico estaban destinados a ocultar esta condena, a tranquilizar al visir y a confundir a la gente. Justo antes de partir de Travnik, una vez aplacada la desconfianza del visir, el kapidzibasa debía sacar otro firman, un katil-firmán[19], en virtud del cual el visir y todos los colaboradores directos e indirectos del anterior sultán eran condenados a muerte; debía ordenar a uno de los oficiales de su escolta que decapitase a Mehmed bajá antes de que sus fieles pudieran correr en su ayuda. Pero el astuto visir, que había previsto esa posibilidad, abrumó de atenciones y honores al kapidzibasa, fingiendo creerse sus palabras y estar emocionado por los favores del sultán, y sobornando al mismo tiempo a su escolta. Luego le enseñó la ciudad y en el Diván le presentó al cónsul francés. Al día siguiente, se llevó a cabo un magnífico almuerzo en un prado, junto al camino de Turbe. Después del festín y los pesados manjares, cuando regresaron al konak, el kapidzibasa fue presa de una fiebre virulenta a causa «del agua cortante de Bosnia». El visir propuso a su invitado que hiciera uso de su hammam[20], ricamente decorado. Mientras que el kapidzibasa se sometía a la acción del vapor sobre las piedras calientes, sudando a chorros y esperando al masajista que Mehmed bajá le había recomendado encarecidamente, los hábiles servidores del visir descosieron el forro de su pelliza, donde, según el capitán sobornado, se hallaba oculto el katil-firmán. Encontraron el documento y se lo entregaron al visir. Y cuando salió el kapidzibasa, cansado y relajado por el baño de vapor, sintió de repente una sed abrasadora y lacerante que ninguna bebida podía apagar. Cuanto más bebía, más se envenenaba. Al atardecer, se derrumbó gimiendo como un hombre al que le arden las entrañas y la boca; después se puso rígido y enmudeció. Cuando vieron que había perdido la capacidad de hablar y que estaba completamente paralizado, que ya no podía manifestarse ni con la voz ni con el menor gesto, la gente del konak fue corriendo a buscar a los médicos y a llamar a los hodjas. Para los médicos ya era tarde, para el hodja[21] siempre hay tiempo.

Azul como el índigo y rígido como un pez muerto, el kapidzibasa yacía en un colchón muy fino en medio de la habitación. Sólo los párpados temblaban aún, y de vez en cuando los alzaba con dificultad y escudriñaba la habitación con una mirada aterradora en busca de su pelliza o de alguno de sus hombres. Los grandes ojos turbios de un hombre asesinado y engañado que había venido para asesinar con engaños eran lo único que aún vivía en él y expresaban todo lo que no podía decir ni hacer. A su alrededor, los criados del visir se deslizaban de puntillas, le prestaban todo tipo de atenciones y, con temor piadoso, se comunicaban entre sí sólo con gestos y breves cuchicheos. Nadie advirtió el instante exacto en que expiró.

El visir se mostró como un anfitrión desconsolado. El inesperado fallecimiento de su viejo amigo ensombreció la alegría causada por las buenas noticias y el gran honor que se le había hecho. Ahora ocultaba constantemente sus dientes blancos y relucientes con los bigotes negros y espesos. Transformado por completo, sin sonreír, conversaba con todos, pero brevemente, con la voz conmovida plena de un dolor contenido. Invitó al caimacán, Resim bey, un hombre débil, envejecido prematuramente, descendiente de una ilustre familia, y le rogó que durante aquellos días le prestara toda la ayuda posible, aunque sabía perfectamente que ni siquiera era capaz de resolver sus propios asuntos. Y delante de él se lamentaba con amargura.

—Debía de estar escrito que hiciera un viaje tan largo para morir ante mis propios ojos. Ya no puede evitarse, pero creo que hubiera preferido perder a mi hermano —decía el visir como alguien que, a pesar de toda su mesura, no logra silenciar su dolor.

—¿Qué le vas a hacer, bajá? Ya sabes lo que dicen: todos estamos muertos, sólo que nos enterramos unos después de otros —lo consolaba el caimacán.

El katil-firmán destinado a acabar con la vida de Mehmed bajá volvió a ser cosido cuidadosamente en el mismo lugar, en el forro de la pelliza del kapidzibasa, que sería enterrado esa mañana en uno de los principales cementerios de Travnik, y todo su séquito, sobornado y generosamente recompensado, partiría inmediatamente hacia Constantinopla.

Así terminó d’Avenat su informe sobre los últimos acontecimientos en el konak.

Daville estaba horrorizado y mudo de asombro. Toda la historia le parecía increíble y varias veces quiso interrumpir al intérprete. Los tejemanejes del visir le resultaban no sólo terribles y criminales, sino también peligrosos e ilógicos. Totalmente trémulo, el cónsul iba y venía por la habitación, escrutando la cara de d’Avenat, como si quisiera asegurarse de que hablaba en serio y no había perdido el juicio.

—¿Cómo? ¿Cómo? Pero ¿cómo es posible? ¿Cómo se puede hacer eso, cómo ha osado…? ¡Acabará sabiéndose! Y, a fin de cuentas, ¿de qué le servirá?

—Le servirá, parece que le servirá —dijo tranquilamente d’Avenat.

Los cálculos del visir no eran tan erróneos como se podía suponer a primera vista, aunque sí arriesgados, explicaba d’Avenat al cónsul, que dejó de deambular por la estancia.

Primero, el visir había evitado un peligro inmediato de modo muy hábil, embaucando a sus adversarios y anticipándose al kapidzibasa. Todos sospecharían y chismorrearían, pero nadie podría afirmar nada con seguridad y mucho menos demostrarlo. Segundo, el kapidzibasa había venido oficialmente con buenas nuevas y honores excepcionales para el visir. Por lo tanto, él era el último en tener motivos para desear su muerte. Tampoco los que habían enviado al mensajero con su doble misión osarían, al menos al principio, emprender ninguna acción contra el visir, porque con ello reconocerían que habían albergado intenciones ocultas y taimadas, y que habían fallado. Tercero, el kapidzibasa era un hombre detestado y de mala reputación, un mestizo, sin verdaderos amigos, que mentía y traicionaba a cualquiera igual que se respira y se habla, y que nunca gozó de la estima de los que se servían de él. Por eso, su muerte no sorprendería demasiado a nadie, y mucho menos provocaría aflicción o venganza. De eso se encargaría su escolta sobornada. Y cuarto, y más importante, en Constantinopla reinaba la más completa anarquía, y los amigos de Mehmed bajá, a los que él, precisamente unos cuantos días antes de la llegada del kapidzibasa, había enviado «todo lo necesario», ganarían tiempo para llevar a cabo el contraataque iniciado y salvar al visir ante el nuevo sultán y, si era posible, afianzarlo en su posición actual.

Bañado por un sudor frío a causa de la excitación, Daville escuchaba la serena explicación de d’Avenat y, ante la imposibilidad de refutarla, sólo balbuceaba:

—Pero ¡no obstante, no obstante!

D’Avenat no consideraba necesario seguir convenciendo al cónsul, sólo añadió que la ciudad estaba en calma y que la noticia de la muerte repentina del kapidzibasa no había suscitado una agitación particular, aunque había muchos comentarios.

Nada más quedarse solo, Daville fue consciente de todo el horror de lo que acababa de oír. Y según avanzaba el día, crecía su inquietud. Comía poco y no podía permanecer quieto en un sitio. Unas cuantas veces sintió la tentación de llamar a d’Avenat y preguntarle cualquier cosa, únicamente para persuadirse de que toda la historia de la mañana era auténtica. Empezó a meditar cómo sería el informe que tendría que escribir sobre todo el asunto y si realmente era necesario informar de ello. Se sentó a la mesa y comenzó. «En el konak del visir, ayer noche se produjo…». No, eso era insípido y de mal gusto. «Los acontecimientos de los últimos días a todas luces indican que Mehmed bajá logrará, al modo y con los medios que aquí son habituales, conservar su cargo en las nuevas circunstancias y que, por lo tanto, podemos contar con que este visir, que nos es favorable…». No, no. Eso era seco e impreciso. Finalmente, llegó a la conclusión de que lo mejor era informar y describir el asunto tal y como se presentaba a los ojos de la gente: que el kapidzibasa especial había venido de Constantinopla con un firman que confirmaba al visir en su actual posición, y le había entregado el sable como muestra de la gracia del sultán y en previsión de la campaña contra Serbia; por último debía destacar que era una buena señal para el desarrollo de los designios franceses en aquellos parajes, y añadir de paso que el kapidzibasa en cuestión había fallecido repentinamente en Travnik en el curso de su misión.

Hilvanar y confeccionar mentalmente el parte oficial tranquilizó a Daville. El crimen que se había cometido la víspera, allí, ante sus propios ojos, parecía menos terrible y repugnante cuando se convertía en objeto de sus reflexiones para el informe. En vano buscaba en su fuero interno la consternación y la agitación moral que había sentido por la mañana.

El cónsul se sentó y escribió el informe detallando el asunto tal y como se presentaba a los ojos de todo el mundo. Después, al pasarlo a limpio, se sintió mucho más sosegado, incluso experimentó una especie de satisfacción consigo mismo al saber que su escrito reposaba sobre una serie de secretos graves y relevantes, sabiamente omitidos.

Así aguardó el crepúsculo estival, cargado de silencio y de una luz indirecta que caía sobre las pesadas sombras de las colinas escarpadas. Ya calmado, el cónsul se situó cerca de la ventana abierta de espaldas a la habitación. Alguien entró y empezó a encender las velas de la mesa con ayuda de una mecha. En ese instante se le ocurrió una idea: ¿quién podía haber preparado el veneno para el visir, calculado la dosis y evaluado hábilmente su efecto para que la cosa fuese bastante rápida (cada fase a su tiempo sin parecer repentina y poco natural)? ¿Quién si no d’Avenat? Ésa era su especialidad. Él había estado al servicio del visir hasta no hacía mucho y quizá aún lo estuviera.

La calma aparente abandonó súbitamente a Daville. De nuevo lo invadió el sentimiento de perplejidad que había tenido por la mañana al pensar que cerca de él se había cometido un crimen, relacionado con su trabajo, por lo tanto con él, y que su intérprete, tal vez, por dinero, había sido un cómplice ruin. Esa sensación lo consumía como un fuego. ¿Quién estaba allí a salvo, quién no estaba expuesto a un crimen? Y si era así, ¿para qué servía la vida? Permaneció clavado al suelo, entre la luz de las bujías que se encendían una tras otra en la estancia y el último resplandor, ya apagado, sobre las abruptas pendientes del exterior.

La noche se aproximaba y anunciaba uno de esos pérfidos insomnios, que Daville sólo padecía desde que estaba en Travnik, y que llegan cuando el hombre es incapaz de conciliar el sueño, pero tampoco es capaz de pensar con claridad. No obstante, cuando por un momento logró caer en un duermevela, ante él desfilaron por turnos y arbitrariamente la sonrisa amplia y alegre que Mehmed bajá ostentaba dos días antes, el brazo delgado y fibroso del kapidzibasa con una gran cicatriz, y d’Avenat, sombrío e incomprensible, diciendo en voz baja:

—Un hombre muy, muy enfermo.

Y en todo ello no había orden ni concierto. Las imágenes vivían por sí solas sin una relación causal, como si todo fuera aún incierto y no se hubiera decidido nada, como si el crimen aún pudiera llegar a cometerse, y del mismo modo todavía pudiera impedirse.

Daville se torturaba en ese duermevela, deseando con toda su alma que no se perpetrara el crimen y presintiendo, en algún lugar en lo más hondo de su conciencia, que ya se había cometido.

A menudo sucede que una de esas noches de penoso insomnio acaba resolviendo un problema importante, cerrándose sobre él como una puerta maciza de hierro.

Los días siguientes, d’Avenat acudió a hacer sus informes como de costumbre. Ningún cambio se advertía en él. Por lo demás, la repentina muerte del kapidzibasa no había causado un disgusto especial entre los turcos de la ciudad; ni siquiera se propagaron rumores de sospecha ni acusaciones; el destino de ese otomano no les interesaba gran cosa. Lo único que ellos veían era que su odiado visir se quedaba en Travnik y que incluso había sido recompensado, así que llegaron a la conclusión de que nada había cambiado en Constantinopla con el golpe de Estado del mes de mayo. Por eso se replegaron en un silencio amargo, apretaron los dientes y bajaron los ojos. Para ellos estaba claro que el nuevo sultán también estaba influido por infieles o por colaboradores inútiles y corruptos, y que volvía a aplazarse la victoria de la buena causa. Pero asimismo estaban firmemente convencidos de que la fe verdadera y pura triunfaría y de que era preciso esperar. Y nadie sabe esperar como los auténticos «turcos» de Bosnia, gente de fe sólida y de orgullo inquebrantable, que pueden ser impetuosos como un torrente y pacientes como la tierra.

Daville sintió de nuevo la misma consternación del primer día y un miedo doloroso y frío en las entrañas. Fue con ocasión del primer Diván que se celebró después de la muerte del kapidzibasa. Habían transcurrido doce días. El visir estaba igual que siempre y sonreía. Hablaba de los preparativos de la campaña contra Serbia y aprobó todos los planes de Daville sobre la colaboración turco-francesa en la frontera entre Bosnia y Dalmacia.

Realizando un gran esfuerzo por mostrarse tranquilo y natural, Daville, finalmente y como de pasada, expresó su más sentido pésame por la muerte del enviado del sultán y amigo del visir. Antes de que d’Avenat acabara de traducir esas palabras, el visir dejó de sonreír. Los bigotes negros ocultaron los dientes blancos y brillantes. Su rostro de ojos almendrados y rasgados se hizo de repente más corto y más ancho, y permaneció así hasta que el intérprete terminó de transmitir las condolencias de Daville. Después, la conversación prosiguió otra vez entre sonrisas.

El olvido general y la indiferencia calmaron a Daville. Viendo que la vida continuaba invariable, se decía a sí mismo: «Es decir, tal vez las cosas pueden hacerse así». Tampoco con d’Avenat volvió a hablar más del crimen en el konak. El trabajo ocupaba su tiempo. Poco a poco, el cónsul se iba liberando de esa incomprensible turbación moral y de su primer sentimiento de amarga consternación, y se dejaba llevar por el curso de la vida cotidiana, según las leyes que gobiernan a todas las criaturas vivientes. Ciertamente, le parecía que jamás podría volver a mirar a Mehmed bajá sin pensar para sí que era el hombre que, conforme a las palabras de d’Avenat, «había sido más rápido y hábil y se había anticipado a sus rivales», pero, a excepción de ése, seguiría trabajando y comentando con él todos los temas.

Por aquel entonces, el cehaja del visir, Suleiman bajá Skopljak, regresó del Drina, después de haber infligido según se decía en el konak, una derrota absoluta a los serbios insurrectos. El propio Suleiman bajá hablaba de ello con mucha más moderación y vaguedad.

Este bosniaco procedía de una de las principales familias de beyes. Poseía grandes propiedades en Bosansko Skoplje, en la región de Kupres, y docenas de casas y tiendas en Bugojno. Alto, fibroso, con el talle esbelto a pesar de su avanzada edad, y ojos azules de mirada penetrante, era un hombre que había visto muchas batallas, amasado una gran fortuna y alcanzado el rango de bajá sin adular a nadie ni pagar demasiados sobornos. Era severo en la paz y cruel en la guerra, ávido de tierras y con pocos escrúpulos cuando se trataba de enriquecerse, pero incorruptible, sano y desprovisto de los vicios otomanos.

No podría decirse que este bajá medio campesino, de modales toscos y mirada cortante, «el mejor tirador de toda Bosnia», fuera muy agradable. Con los extranjeros era como los osmanlíes, lento y desconfiado, astuto y testarudo, y también tajante y rudo al hablar. Por lo demás, Suleiman bajá pasaba la mayor parte del año o en campaña contra Serbia o en sus posesiones, y sólo residía en Travnik durante los meses de invierno; su presencia en la ciudad significaba que, al menos por este año, se habían terminado las guerras.

Asimismo, la situación volvió a la normalidad y los acontecimientos extraordinarios se hicieron más raros. Llegó el otoño, con bodas, vendimias, un comercio más dinámico y mejores ganancias los primeros días, y luego, el otoño tardío, con lluvias, catarros y preocupaciones. Las montañas se tornaron intransitables, las personas se movían con más dificultad y eran menos emprendedoras. Todos se preparaban para cobijarse allá donde se encontraban y reflexionaban sobre cómo iban a pasar el invierno. A Daville le parecía que incluso la gran maquinaria del imperio francés trabajaba con más parsimonia y lentitud. El Congreso de Erfurt había terminado. Napoleón se volvió hacia España, lo que significaba que el torbellino, al menos por el momento, se trasladaba hacia Occidente. Llegaban pocos correos y las órdenes de Split escaseaban. El visir, que era lo que más le importaba a Daville, permanecía, a juzgar por todo, en su cargo; incluso exhibía su sonrisa más serena. (El contraataque de sus amigos de Constantinopla parecía haber tenido éxito). El cónsul austríaco, de cuya llegada se hablaba hacía tiempo, seguía sin presentarse. Desde París, informaron a Daville de que antes de que finalizara el año le enviarían un funcionario de carrera con conocimientos de turco. D’Avenat se había mostrado hábil, leal y digno de confianza en los días difíciles.

El cónsul tuvo su mayor alegría ya antes del otoño. Sin bullicio, pasando casi inadvertida, llegó la señora Daville con sus hijos. Eran tres niños, Pierre, Gilles François y Jean Paul. El primero tenía cuatro años, el segundo dos y el tercero había nacido unos meses atrás en Split.

La señora Daville era rubia, menuda y delgada. Bajo el cabello frágil, recogido en un peinado alto al margen de todas las modas, aparecía su rostro vivaz, con un saludable color, rasgos finos y ojos azules de brillo metálico. Tras su imagen corriente e insignificante, se ocultaba una mujer juiciosa, sobria y ágil, con una voluntad férrea y un cuerpo incansable. Una de esas de las que en nuestras tierras se dice que «no se les escapa nada». Su vida era servir fanáticamente, pero con cordura y paciencia, a su casa y a los suyos. Sus pensamientos y su ánimo estaban dedicados a este servicio, y sus manos enjutas, siempre enrojecidas y en apariencia frágiles, que jamás estaban quietas, se entregaban al trabajo como si fueran de acero. Nacida en el seno de una buena familia burguesa que, por azar, se había arruinado durante la Revolución, creció en casa de un tío, obispo de Avranches, y se mostraba sinceramente devota, con esa particular devoción francesa, firme y humana, sin vacilaciones ni beatería.

La llegada de la señora Daville supuso el nacimiento de una nueva era para el abandonado caserón del consulado francés. Sin hablar mucho ni lamentarse, sin pedir a nadie ayuda ni consejo, ella trabajaba desde por la mañana temprano hasta bien entrada la noche. La casa se limpiaba y arreglaba; se realizaron una serie de cambios para que, en la medida de lo posible, se adaptara a las necesidades de los nuevos habitantes. Se reconstruyeron habitaciones, se tabicaron puertas y ventanas y se hicieron otras nuevas. Ante la falta de muebles y telas, se utilizaron baúles turcos, kilims y paño bosniaco.

La casa, habilitada y limpia, parecía otra. Los pasos ya no resonaban desagradablemente por ella como antes. La cocina fue reconstruida totalmente. Poco a poco, todo adquiría el sello de la vida francesa, moderada, razonable, pero plena de auténticos placeres.

La primavera del año siguiente encontraría un edificio en el que todo, tanto lo que había en su interior como en sus alrededores, estaba profundamente transformado.

En la explanada de delante de la casa, se proyectaron dos jardines que, con sus arriates de flores y división del espacio, debían recordar modestamente a los jardines franceses. En la parte trasera se construyó un corral y unos almacenes y trasteros bien organizados.

Todo se hizo según las ideas de la señora Daville y bajo su vigilancia. La esposa del cónsul tuvo que enfrentarse a todo tipo de dificultades, en particular, las relacionadas con el servicio. No eran esa clase de percances que siempre llevan a todas las amas de casa a quejarse de los criados, sino verdaderas contrariedades. Al principio, nadie quería servir en el consulado. ¿Sirvientas turcas? ¡Ni pensarlo! Ninguna mujer de las pocas familias ortodoxas quería ir a trabajar en el servicio doméstico, y las muchachas católicas, que sí servían en casas turcas, en los primeros tiempos no podían atravesar el umbral del consulado francés, porque los frailes las habían amenazado con maldiciones y el mayor de los oprobios. Las esposas de los comerciantes judíos a duras penas lograron convencer a unas gitanas para que trabajaran en el nuevo consulado a cambio de una buena recompensa. Más adelante, cuando la señora Daville, con sus visitas y regalos a la iglesia de Dolac, demostró que, aunque mujer de un «cónsul jacobino», era una buena católica, los monjes cedieron un poco e implícitamente permitieron que las mujeres trabajaran para ella.

En general, la señora Daville se esforzaba por crear y mantener las mejores relaciones con el párroco de Dolac, con los frailes de Guca Gora y su pueblo. Y, al margen de todas las dificultades, ignorancia y desconfianza con las que tropezó, Daville esperaba que, antes de que el cónsul austríaco llegara a Travnik, él habría logrado asegurarse cierta influencia sobre los monjes y los católicos, a través de su piadosa e inteligente mujer.

En resumidas cuentas, tanto en la casa como en el trabajo, con los primeros días de otoño, las cosas se fueron tranquilizando y mejorando. La sensación incierta pero constante de que todo se arreglaba y prosperaba, o al menos de que era más fácil y soportable, no abandonaba a Daville.

Sobre Travnik brillaba un pálido cielo otoñal, bajo el cual el pavimento bruñido de las calles parecía más luminoso y limpio. La fronda y los arbustos cambiaron de color y se volvieron más escuálidos y transparentes. Al sol, el río Lasva parecía más rápido y límpido; angosto y encajado en su estrecho cauce, restallaba como un alambre. Los caminos estaban resecos y duros, con restos de frutas aplastadas que caían de los fardos, y briznas de heno que se enganchaban en los arbustos y las cercas de ambos lados.

Daville daba largos paseos todos los días. Cabalgaba por Kupilo, por el camino recto, bajo los altos olmos, contemplaba en la llanura a sus pies las casas de tejados negros y humo azulado, las mezquitas y los diseminados cementerios blancos, y tenía la impresión de que todo aquello, los edificios, las calles y los jardines, se correspondía con una estampa que poco a poco se volvía más cercana y comprensible. El aroma de la calma y del alivio se extendía por doquier. El cónsul lo aspiraba con el aire otoñal y sentía la necesidad de dar la vuelta y, sin más comentarios, decírselo con una sonrisa al guardia que cabalgaba tras él.

En realidad, se trataba únicamente de una pausa.

 

IV

 

Durante los primeros meses, Daville no dejó de quejarse en sus informes de todo lo que un cónsul en semejantes circunstancias puede lamentarse. Se quejaba de la maldad y animadversión de los turcos autóctonos, de la lentitud e inseguridad de las autoridades, del sueldo escaso y los créditos insuficientes, de la casa que tenía goteras, del clima, a causa del cual sus hijos enfermaban, de las intrigas de los agentes austríacos, de la falta de comprensión que encontraba en sus superiores de Constantinopla y Split. En una palabra, todo era difícil, defectuoso, todo iba del revés y era motivo de protestas y lamentaciones.

Daville lo que más deploraba, entre otras cosas, era que el ministerio no enviara un hombre de confianza, un funcionario de carrera, que supiera hablar turco.

D’Avenat servía a falta de otro, pero el cónsul no podía fiarse plenamente de él. El gran celo que demostraba aún no había podido disipar sus dudas. Por lo demás, d’Avenat sabía hablar francés, pero no sabía cómo llevar la correspondencia oficial.

Para trabajar y comunicar con el pueblo, Daville contrató a Rafo Atijas, un joven judío de Travnik, que buscaba un pretexto para no trabajar en la tienda de su tío y prefería ser intérprete de «ilirio» antes que rebuscar entre las pieles curtidas. Pero en él se podía confiar aún menos que en d’Avenat. Por eso, Daville en todos los informes suplicaba que se le enviara un colaborador.

Por fin, cuando ya había empezado a perder toda esperanza y a acostumbrarse lentamente a d’Avenat y a concederle un poco más de credibilidad, llegó el joven des Fossés, el nuevo canciller e intérprete.

Amédée Chaumette des Fossés pertenecía a la generación más reciente de la diplomacia francesa, es decir, a los primeros que, después de los años turbulentos de la Revolución, habían hecho estudios normales en mejores condiciones y habían recibido una formación especial para servir en Oriente. Procedía de una familia de banqueros que ni durante la Revolución ni durante el gobierno del Directorio había perdido toda su antigua y sólida fortuna. En sus tiempos de estudiante era considerado un niño prodigio y era la admiración de sus maestros y compañeros por su memoria asombrosa, su rapidez de juicio y la facilidad con la que aprendía las cosas más diversas.

El mozalbete era alto, de complexión atlética, rostro sonrosado y grandes ojos castaños, a los que la curiosidad y el dinamismo conferían un brillo constante.

Daville pensó inmediatamente que tenía ante sí a un auténtico hijo de los nuevos tiempos, un joven parisino, audaz y seguro de sus palabras y gestos, despreocupado y próximo a la realidad, persuadido de su fuerza y de su sapiencia y proclive a sobrestimar una y otra.

Des Fossés entregó el correo y contó en breve lo más urgente, sin ocultar que estaba cansado y aterido de frío. Comió con placer y abundantemente y, sin muchas excusas, anunció que deseaba acostarse y reposar. Durmió la noche entera y casi hasta el mediodía siguiente. Se levantó fresco y descansado, y manifestó su satisfacción por ello con la misma naturalidad y desenvoltura con que la víspera había expresado su fatiga y sopor.

Por sus modales directos, su aire de seguridad y su tono ligero, el joven sembró la confusión entre los habitantes de la casa. Él sabía siempre y en todas partes lo que quería y lo que necesitaba, y lo pedía sin titubeos ni palabras inútiles.

Desde los primeros días y las primeras conversaciones, estaba perfectamente claro que entre el cónsul y su ayudante no había ni podía haber muchos puntos en común, ni siquiera ciertas confidencias. Sólo que cada uno de ellos aceptó y entendió este hecho a su manera.

Para Daville, que estaba pasando por esa época de la vida en la que todo puede resultar un problema de conciencia y un tormento para el espíritu, la llegada del joven des Fossés supuso, en lugar de un alivio, más dificultades; le provocó una serie de dilemas, irresolubles e inevitables y, a la postre, produjo más vacío y soledad a su alrededor. Para el recién nombrado canciller, sin embargo, parecía que no había ningún problema ni escollo imposible de sortear. En cualquier caso, Daville, su superior, no era uno de ellos.

Mientras que Daville se acercaba a los cuarenta, des Fossés contaba veinticuatro años. Esa diferencia de edad no habría tenido importancia en otros tiempos y en otras circunstancias. Pero la época turbulenta, de enormes cambios y convulsiones sociales, socavó y ahondó el abismo entre las dos generaciones haciendo de ellas realmente dos mundos distintos.

Daville recordaba el Antiguo Régimen, aunque por aquel entonces no fuera más que un niño; había vivido la Revolución, en todas sus formas, como su destino personal; se había encontrado con el Primer Cónsul y se había unido a su régimen con un fervor que contenía tanto dudas tácitas como una fe ilimitada.

Tenía doce años cuando, en formación con todos los niños de las familias burguesas, vio a Luis XVI, de visita en su ciudad. Fue un acontecimiento inolvidable para el espíritu y la imaginación del crío, que en casa siempre había oído decir que toda la familia, en realidad, vivía «gracias a la bondad del rey». Y ese rey, personificación de todo lo grande y hermoso que se puede esperar en la vida, desfilaba ahora delante de él. Al paso de la comitiva, sonaban las fanfarrias invisibles, los cañones tronaban y todas las campanas de la ciudad repicaban al mismo tiempo. Luciendo sus mejores galas, el pueblo entusiasmado quería romper las vallas. A través de sus lágrimas, el niño veía lágrimas en los ojos de todos, y en su garganta se apretaba el nudo que aparece en los momentos de gran excitación. El rey, también emocionado, ordenó al cochero que fuera despacio, se quitó el sombrero con un gran ademán y al grito unánime de «¡Viva el rey!», respondió con voz clara «¡Viva mi pueblo!». El niño lo veía y oía todo como si fuera parte de un increíble sueño sobre el paraíso, hasta que el entusiasmo del gentío, que estaba detrás de él, le caló el sombrero, nuevo y un poco alto, en los ojos, impidiéndole ver nada más allá de la oscuridad de sus propias lágrimas, en las que centelleaban chispas amarillas y flotaban rayas azules. Cuando logró sacarse el sombrero, todo había sucedido, como una visión, y sólo la muchedumbre con las mejillas ruborizadas y los ojos llameantes se atropellaba a su alrededor.

Diez años después, Daville, mientras trabajaba para un periódico parisino, con las mismas lágrimas en los ojos y con el mismo nudo duro e inextricable en la garganta, escuchaba a Mirabeau bramar contra el Antiguo Régimen y sus abusos.

La emoción del joven procedía de la misma fuente, pero el objeto de ese entusiasmo era muy diferente. Transformado, Daville se halló en un mundo cambiado por completo, al que lo arrojó la Revolución que, de forma violenta e irresistible, lo arrastró con cientos de miles de jóvenes iguales que él. Parecía como si, paralelamente a su juventud, el mundo entero hubiera rejuvenecido y en esa estampa terrestre se abrieran nuevas perspectivas y posibilidades insospechadas. De repente, todo era fácil, comprensible y sencillo, todos los esfuerzos adquirían un elevado sentido, cada paso, cada idea estaban repletos de grandeza y dignidad sobrehumanas. Ya no era esa bondad real que se derramaba sobre un número limitado de personas y familias, sino una explosión universal de justicia divina sobre toda la humanidad. Junto con los demás, Daville también estaba embriagado de una felicidad incomprensible, igual que los borrachos y los débiles siempre logran encontrar una fórmula común y general que les promete colmar sus necesidades e instintos a costa del daño y la ruina ajena, y que al mismo tiempo los libera de su conciencia y responsabilidad.

Aunque sólo era uno más de los numerosos corresponsales de las sesiones de la Asamblea Constituyente, al joven Daville le parecía que sus artículos, en los que relataba los discursos de los grandes oradores o describía escenas palpitantes de entusiasmo patriótico y revolucionario entre los oyentes, tenían un significado imperecedero y universal, y las iniciales de su nombre al pie de esos artículos, al principio, eran para él como dos montañas que nada podía sobrepasar ni desplazar. Su impresión no era la de estar rubricando una crónica parlamentaria, sino la de estar amasando con sus propias manos y con fuerza titánica el alma de la humanidad como si de dúctil arcilla se tratara.

Pero esos años también pasaron y él, más deprisa de lo que se había imaginado, acabó contemplando la otra cara de la Revolución que había saqueado su espíritu. Recordaba cómo había empezado.

Una mañana lo despertaron los gritos jubilosos del populacho, se levantó y abrió la ventana de par en par. De repente, se halló cara a cara con una cabeza cortada que, pálida y ensangrentada, se columpiaba en la lanza de un sans-culotte. Desde su estómago, un estómago bohemio que ya el día anterior estaba vacío, se expandió al instante por el pecho y luego por todo el cuerpo algo horrible y doloroso, igual que un fluido frío y amargo. Desde entonces, a lo largo de los años, la vida no dejó de regarlo con ese líquido al que el hombre no puede acostumbrarse. Él siguió yendo, viviendo, escribiendo artículos y aullando con la chusma, pero ahora ya torturado por un cisma interno que durante mucho tiempo no quiso reconocer, ni siquiera ante sí mismo, y que ocultó a todos hasta el final. Y, cuando llegó el momento de decidir qué se hacía con la vida del rey y el destino de la monarquía, cuando tuvo que elegir entre la amarga bebida de la Revolución, que tan violentamente lo había arrastrado, y la «bondad real» que lo había alimentado, el joven de nuevo se halló al otro lado.

En 1792, después de la primera irrupción de los insurrectos en el palacio, entre los moderados se produjo una fuerte reacción y se empezó a firmar un manifiesto en el que se expresaban las simpatías hacia el rey y la casa real. Impelido por esa ola de descontento contra la violencia y el desorden, el joven dominó su miedo, acalló sus escrúpulos y estampó su firma junto a la de veinte mil ciudadanos parisinos. Las luchas internas que habían precedido a esta firma fueron tantas que a Daville le pareció que el suyo no se había perdido entre los veinte mil nombres, la mayoría de ellos más importantes y conocidos, sino escrito con letras de fuego en el cielo nocturno de París. Entonces sintió hasta qué punto el hombre puede romperse y desgarrarse en su interior, caer y levantarse ante sus propios ojos, en una palabra, qué efímeros pueden ser los impulsos, qué vagos e intrincados mientras duran, qué caro se pagan y qué difícilmente se expían cuando pasan.

Un mes más tarde, comenzaron las persecuciones en masa y los arrestos de personas sospechosas y «ciudadanos infames», en primer lugar los firmantes del manifiesto de los veinte mil. Para evitar ser prendido y tratar de encontrar una solución y una salida a sus conflictos internos, el joven periodista Daville se alistó como voluntario y fue enviado al ejército de los Pirineos en la frontera española.

Allí vio que la guerra era una cosa cruel y terrible, pero también buena y saludable. Descubrió el valor y la medida del esfuerzo físico, se puso a prueba ante el peligro, aprendió a obedecer y a dar órdenes, conoció el sufrimiento en todas sus formas, pero también la belleza de la camaradería y el sentido de la disciplina.

Tres años después de las primeras crisis morales, apaciguado y reforzado por la vida militar, Daville volvió a pisar en suelo firme. El azar lo llevó al ministerio de Asuntos Exteriores, en el que todo estaba desorganizado y revuelto, y en el que nadie, empezando por el ministro y terminando por los pasantes, era diplomático de carrera y todos juntos aprendían desde cero ese arte que hasta entonces era privilegio de los hombres del Antiguo Régimen. Cuando Talleyrand se convirtió en ministro, todo revivió y empezó a avanzar. De nuevo, la casualidad quiso que Talleyrand reparara en los artículos que Daville escribía para Le Moniteur y lo tomara bajo su protección personal.

Como tantos otros espíritus atormentados, quebrados y débiles, Daville descubrió, en medio de sus sufrimientos y vacilaciones interiores, un punto luminoso y constante: el joven general Bonaparte, vencedor en Italia y esperanza de los que, al igual que Daville, buscaban una vía intermedia entre el Antiguo Régimen y la emigración por un lado, y la Revolución y el terror por otro. Y cuando Talleyrand lo nombró secretario de la nueva República Cisalpina, Daville, antes de partir a ocupar su puesto en Milán, fue recibido por el general, que quería darle personalmente las instrucciones para su embajador, el ciudadano Trouvé.

Daville conocía bien al hermano de Napoleón, Lucien, que lo había recomendado; por eso el general lo recibió con una atención especial en sus aposentos privados, después de cenar.

Cuando se halló delante de aquel hombre delgado, con la cara pálida de un mártir y ojos ardientes aunque de mirada fría, cuando oyó sus palabras, tan inteligentes y cálidas al mismo tiempo, nobles, audaces, claras, palabras seductoras que abrían horizontes insospechados por los que merecía la pena vivir y morir, Daville tuvo la impresión de que todos los titubeos e incertidumbres se desvanecían, de que todo en el mundo se apaciguaba y aclaraba, todos los objetivos eran alcanzables y todos los esfuerzos dignos y bendecidos de antemano. La conversación con ese hombre insólito curaba como el contacto con un taumaturgo. Todo el poso de los años transcurridos de repente se disolvía en el fondo de su alma; todos los impulsos sofocados, todas las dudas tortuosas, hallaron sentido y justificación. Ese personaje extraordinario señalaba el camino seguro entre los extremos y las contradicciones, que Daville, como tantos otros, había buscado inútil y apasionadamente durante años. Así que cuando, alrededor de la medianoche, el nuevo secretario de la República Cisalpina salió de la casa del general en la calle Chante-reine, sintió que las lágrimas afloraban a sus ojos y el mismo nudo inextricable en la garganta, igual que cuando antaño, en su infancia, le daba la bienvenida a Luis XVI, o como cuando siendo un muchacho escuchaba las canciones revolucionarias y los discursos de Mirabeau. Le parecía que tenía alas, que estaba ebrio y que su sangre, que sentía en la garganta y en las sienes, latía al mismo ritmo que el gran pulso del mundo, al que oía palpitar en algún lugar muy alto, bajo las estrellas de la noche.

De nuevo pasaron los años. El delgado general se había elevado sobre el cénit del mundo y viajaba por el horizonte como el único sol que jamás se ponía. Daville cambiaba de cargo y de lugar, imaginaba diversos planes políticos y literarios, mirando como el resto del mundo hacia ese sol. Pero el impulso, como todos los impulsos de las personas débiles en los grandes periodos de confusión, cedió y no mantuvo lo que había prometido, y Daville sintió que él también, en su fuero interno, traicionaba su propio entusiasmo y lo alejaba lentamente de sí. ¿Desde cuándo le sucedía eso? ¿Cuándo había empezado y hasta qué punto se había enfriado su corazón? No podía responderse a sí mismo, pero cada día que pasaba le confirmaba que estaba en lo cierto. Sólo que, esta vez, las cosas parecían más difíciles y desesperantes. La Revolución había arrastrado al Antiguo Régimen como un huracán, y Napoleón había llegado como la salvación de una y otro, como un don de la providencia y el «camino de en medio» tan deseado, el camino de la dignidad y de la razón. Ahora empezaba a adivinarse que ese camino podía ser sólo un callejón sin salida, un espejismo más, y que esa senda verdadera no existía, que la vida del hombre se perdía en la eterna búsqueda anhelante de la vía genuina y en la eterna rectificación del camino equivocado por el que andaba. Por lo tanto, había que seguir buscando la verdadera senda. Después de tanto caerse y levantarse, ya no era fácil ni tan simple como antaño. Daville ya no era joven, y los años y las anteriores crisis internas, duras y numerosas, le habían agotado; como tantos otros hombres de su generación, él deseaba un trabajo tranquilo y una estabilidad. En lugar de eso, la vida francesa se movía a un ritmo cada vez más rápido y señalaba caminos aún más insólitos. Francia iba infectando con su inquietud a más y más pueblos y a más y más países a su alrededor; uno por uno entraban en el círculo de derviches arrobados y enfervorizados por la danza. Hacía seis años, más o menos desde la Paz de Amiens, que Daville se debatía entre la esperanza y la duda, como un juego de luces. Después de cada victoria del Primer Cónsul o, más adelante, del emperador Napoleón, parecía que el camino salvador, el de en medio, se mostraba más firme y estable, pero unos meses más tarde, todo volvía a semejar un callejón sin salida. La gente empezaba a ser presa del pánico. Todos iban hacia delante pero muchos empezaron a tener reservas. En los pocos meses que pasó en París antes de ser nombrado cónsul en Travnik, Daville pudo contemplar en los ojos de sus numerosos amigos, como en un espejo, el mismo miedo que, inconfesable y reprimido, anidaba en su interior.

Dos años atrás, inmediatamente después de la gran victoria de Napoleón en Prusia, Daville había escrito el poema La batalla de Jena, quizá para acallar sus dudas y ahuyentar su temor, celebrando sin límites al emperador victorioso. Justo cuando iba a entregar su obra a la imprenta, un paisano y viejo amigo suyo, antiguo oficial al servicio del ministerio de Marina, le dijo ante una copa de calvados:

—Pero ¿tú sabes a quién elogias y glorificas? ¿Acaso ignoras que el emperador está loco, ¡loco!, y que sólo se mantiene gracias a la sangre de sus victorias que no sirven para nada ni conducen a lugar alguno? ¿No sabes que todos nosotros nos estamos precipitando hacia un gran desastre cuyo nombre y proporción desconocemos, pero que a ciencia cierta nos aguarda al final de todas nuestras victorias? ¿No lo sabes? Pues, ya ves, por eso puedes escribir poemas loando esas conquistas.

Su amigo había bebido un poco más de la cuenta aquella noche, pero Daville no podía olvidar sus pupilas dilatadas, apuntando clarividentes a la lejanía, y sus susurros en los que percibía el alcohol, pero también el aliento de la convicción. Incluso los sobrios susurraban la misma idea con otras palabras o la ocultaban tras una mirada de preocupación.

A pesar de todo, Daville se decidió a imprimir su poema, si bien lo hizo titubeando y desconfiando del valor de la composición y de la perennidad de las victorias. Esa desgracia, que acababa de empezar a extenderse por el mundo, crecía en el alma de Daville como un suplicio personal.

Ocultando un estado mental tan agotador y complicado, llegó el cónsul a Travnik y todo lo que allí vivió no bastó para alentarlo ni tranquilizarlo, sino, al contrario, lo conmocionó y confundió aún más.

Los primeros contactos con el joven con el que ahora tenía que vivir y trabajar sublevaron y agitaron lo indecible al cónsul. Contemplándolo y escuchando con cuánta naturalidad se conducía y con cuánta audacia y ligereza se expresaba, Daville se decía a sí mismo: «Lo terrible no es envejecer, consumirse y morir, sino que tras nosotros vienen y avanzan otros nuevos, más jóvenes y diferentes. En realidad, en eso reside la muerte. Nadie nos arrastra a la tumba, sino que nos empujan por la espalda». El cónsul no se explicaba el origen de esas ideas que en nada se correspondían con su forma de pensar innata, y las rechazó de inmediato, atribuyéndoselas al «veneno oriental» que más pronto o más tarde se introduce poco a poco en el cerebro y acaba por corroer a todo el mundo.

El joven, el único francés en aquel desierto y su único colaborador verdadero, era tan distinto de él (o al menos así se lo parecía) que, por momentos, Daville tenía la impresión de que vivía al lado de un extranjero y de un enemigo. Pero lo que más lo confundía e irritaba eran sus opiniones (mejor dicho, la ausencia de ellas) sobre todas las «cosas importantes», el Reino, la Revolución y Napoleón, que eran la esencia de la vida de Daville. Estos tres conceptos representaban para el cónsul y su generación un terrible ovillo enmarañado de conflictos, estímulos, impulsos, hazañas ilustres, pero también de titubeos, traiciones íntimas y ofuscaciones invisibles de conciencia, casi sin solución, y cada vez con menos esperanzas de llegar a alcanzar un paz interior duradera; significaban un gran suplicio que ellos soportaban desde la infancia y probablemente los acompañaría a la tumba. Pero, al mimo tiempo, y precisamente por ello, ese tormento les resultaba tan familiar y apreciado como su propia vida. Sin embargo, para aquel joven y los de su edad no había ni tormentos ni dilemas ni razones para lamentarse o reflexionar, o al menos esto era lo que le parecía a Daville. No eran más que asuntos corrientes y naturales sobre los que no valía la pena malgastar palabras ni romperse demasiado la cabeza. El Reino, una leyenda; la Revolución, un recuerdo turbio de la infancia; el Imperio era la propia vida, la vida y la carrera, un escenario natural y comprensible de posibilidades ilimitadas, acciones, proezas y gloria. Ciertamente, para des Fossés, aquel orden en el que vivía, es decir, el Imperio, representaba la realidad única y exclusiva que desde un punto de vista material y espiritual se extendía desde un extremo al otro del horizonte y abarcaba todo lo que constituía la vida. Pero para Daville tan sólo era un orden casual y frágil de las cosas, a cuyo doloroso nacimiento había asistido antaño y contemplado incluso con sus propios ojos, y cuya provisionalidad nunca se había desvanecido del todo de su conciencia. Al contrario que el joven, él recordaba bien lo que había habido antes y, a menudo, pensaba en lo que podía venir después.

El mundo de «ideas», que para la generación de Daville había sido una auténtica patria espiritual y la vida verdadera, parecía no existir para aquella nueva generación, para la que, en cambio, existía una «vida viva», un mundo de realidades, un mundo de hechos palpables y visibles, éxitos y fracasos calculables, un mundo nuevo y terrible que ante Daville se descubría como un desierto helado, más horrible que la sangre, los pesares y los desgarros espirituales de la Revolución. Aquella progenie brotaba de la sangre, privada y ávida de todo, aguerrida como si hubiera realizado la prueba del fuego.

Daville, bajo la presión del medio extraño y las difíciles circunstancias, generalizaba y exageraba sus sentimientos igual que todo lo demás. Se lo repetía a sí mismo a menudo, porque por naturaleza no le gustaban los antagonismos ni la idea de que eran eternos e insuperables. Pero ante él, como una advertencia permanente, se erguía el joven de mirada cortante, frío y sensual, desenvuelto y rebosante de aplomo, libre de escrúpulos y de dudas, contemplando todas las cosas a su alrededor en estado bruto, tal como eran, y llamándolas implacablemente por su verdadero nombre. Al margen de todo su talento y su buen corazón, era un hombre de la nueva era, de la «generación animalizada», como decían los coetáneos del cónsul. Así que éste era el fruto de la Revolución, un ciudadano libre, un hombre nuevo, pensaba Daville cuando se quedaba solo, después de cada conversación con el joven. «¿Tal vez las revoluciones engendran monstruos?», se preguntaba entonces asustado. «Sí, se conciben en la grandeza y en la pureza moral, pero engendran monstruos», se respondía también a sí mismo con frecuencia.

Entonces, algunas noches, se sentía embargado por pensamientos sombríos que amenazaban con dominarlo, en lugar de ser él el que los sojuzgara.

Mientras que Daville se batía con los pensamientos y estado de ánimo que provocaba en él la llegada del joven canciller, éste, en el breve diario que destinaba a sus amigos de París, sólo había anotado: «El cónsul es tal y como me lo había imaginado». Y se lo había imaginado al leer los primeros informes que Daville había enviado desde Travnik y, en particular, escuchando a un colega entrado en años del ministerio, un tal Kéréne, que era famoso por conocer a todos los funcionarios que trabajaban en Asuntos Exteriores y poder describir con unas cuantas palabras una «imagen moral y física» más o menos exacta de cada uno de ellos. Kéréne era perspicaz e ingenioso pero, por lo demás, un hombre improductivo para el que trazar esos retratos orales se había convertido en algo inherente a su ser y en una auténtica pasión. Se entregaba con toda su alma a ese trabajo vano, que unas veces parecía una ciencia rigurosa, otras un cotilleo vulgar, y podía repetir siempre la descripción de una persona, palabra por palabra, como si tuviera el texto impreso en la cabeza. Pues bien, este Kéréne le había contado de su futuro jefe lo siguiente:

—Jean Daville vino al mundo como un hombre recto, sano y mediocre. Por su naturaleza, orígenes y educación, estaba hecho para una vida tranquila y sencilla, sin grandes ascensos ni caídas dramáticas, sin cambios repentinos. Una planta de clima templado. Con una capacidad innata para entusiasmarse y emocionarse con ideas o personas, con una predilección especial por la poesía y los estados poéticos del alma. Pero nada de eso traspasa los límites de una feliz mediocridad. Los tiempos pacíficos y las situaciones normales hacen a la gente corriente más normal aún, y los tiempos turbulentos y las grandes convulsiones los transforman en seres complicados. Éste es el caso de nuestro Daville, que siempre ha estado en el centro de los acontecimientos más importantes. Todo eso no ha podido cambiar su naturaleza real, pero, junto con sus cualidades innatas, ha dado forma a rasgos nuevos y opuestos de su carácter. Incapaz de ser desaprensivo, cruel, inconsciente o socarrón, se ha vuelto pusilánime, reservado y cauto hasta la superstición. Él, que era sano, honesto, emprendedor y alegre, con el tiempo se ha vuelto susceptible, indeciso, lento, desconfiado y propenso a la melancolía. Pero como nada de eso corresponde a su verdadero carácter, ha acabado desarrollando una extraña personalidad dividida. En resumen, es una de esas personas que son víctimas particulares de los grandes eventos históricos, porque ni son capaces de oponerse a ellos, igual que hacen los individuos excepcionales y fuertes, ni logran aceptarlos y resignarse, como hace la mayoría de las personas mediocres. Es el «tipo de hombre que se lamenta permanentemente» y se lamentará hasta su muerte de todo en la vida y de la vida misma.

«Un caso muy frecuente en nuestros tiempos» —concluyó el colega.

Así es como con esta diferencia básica empezaron su vida en común. Aunque el otoño era frío y húmedo, des Fossés recorrió la ciudad y sus alrededores y conoció a mucha gente. Daville lo presentó al visir y a las personas más importantes del konak, pero del resto se encargó el joven. Se dio a conocer al párroco de Dolac, el arrabal católico, fray Ivo Jankovic, un hombre de ciento cuatro okkas, pero de espíritu vivo y palabras tajantes. Se reunió con el archimandrita Pahomije, un monje pálido y austero que oficiaba en la iglesia ortodoxa de San Miguel Arcángel. Los judíos de Travnik lo recibieron en sus casas. Visitó el monasterio de Guca Gora y allí entabló amistad con unos frailes que le dieron toda suerte de información sobre el país y sus habitantes. Hizo preparativos para explorar las aldeas más antiguas y los cementerios de los alrededores en cuanto la nieve se fundiera. Al cabo de tres semanas, anunció a Daville su intención de escribir un libro sobre Bosnia.

Criado y formado, antes de la Revolución, en una educación clásica, el cónsul, a pesar de haber tomado parte en los eventos revolucionarios, se movía siempre en los límites que dicha educación impone a la hora de pensar y hablar. Por eso contemplaba con sospecha e incomodidad a ese joven indudablemente dotado, su enorme curiosidad espiritual y su memoria asombrosa, así como su desorden temerario al hablar y la exuberancia envidiable de sus pensamientos. Le asustaba la excesiva actividad del mozalbete, que nada podía detener ni perturbar. Le resultaba difícil soportarla y sentía que no había forma de impedirla ni de refrenarla. El joven había estudiado turco tres años en París y se dirigía abiertamente y con audacia a todo el mundo. («Sabe el turco que se aprende en el colegio Luis el Grande de París, pero ignora el que hablan los turcos de Bosnia», escribía Daville). Aunque no siempre lograba hacerse entender, atraía a todos por su amplia sonrisa y sus ojos •luminosos. Incluso los frailes que habían rehuido a Daville y el archimandrita sombrío y desconfiado conversaban con él; sólo los beyes de Travnik continuaban siendo inaccesibles. Pero el propio bazar no podía permanecer indiferente ante el «joven cónsul».

Des Fossés jamás dejó de darse una vuelta por todos los puestos el día de mercado. Preguntaba los precios, revisaba el género y anotaba los nombres. La muchedumbre se agolpaba alrededor de ese extranjero vestido a la franca y lo miraba mientras probaba un tamiz o examinaba atentamente las brocas y los buriles expuestos. El «joven cónsul» observaba detenidamente cómo un campesino compraba una guadaña, palpaba cuidadosamente el filo con el pulgar endurecido de su mano izquierda, cómo luego golpeaba con ella sin cesar el suelo de piedra y escuchaba el sonido con una atención tensa, y cómo por fin, con un ojo cerrado, empuñaba la herramienta delante de sí, como si estuviera apuntando, para valorar el filo y el metal. Abordaba a las campesinas, recias mujeres avejentadas, y les preguntaba el precio de la lana que tenían delante en sacos de piel de cabra y que olía a aprisco. Contemplando al extranjero, las aldeanas primero se quedaban estupefactas y pensaban que el señor bromeaba. Después, ante la insistencia del guardia, decían el precio y juraban que la lana, cuando se lavaba, era más «suave que un alma». Se interesaba por el nombre de los cereales y de las semillas, evaluaba la consistencia y el grosor del grano. Quería saber de qué madera y cómo se hacían los diversos mangos y empuñaduras de las hachas, picos, palas y demás herramientas.

El «joven cónsul» conocía a los personajes más importantes del bazar, Ibrahim agá, el alamín[22], Hamza, el pregonero, y al tonto del mercado, Germano el Loco.

Ibrahim agá era un anciano delgado, alto aunque encorvado, de barba blanca y aspecto severo y digno. Antaño había sido muy rico y había pagado para hacerse cargo de la recaudación del impuesto municipal de pesas y medidas; sus hijos y sus ayudantes medían y contrastaban todo lo que se vendía en el mercado y él lo controlaba. Con el tiempo se empobreció y se quedó sin hijos ni ayudantes. Ahora, los judíos de Travnik controlaban las pesas y medidas municipales y cobraban los derechos, e Ibrahim agá era sólo un empleado a su servicio, pero eso no se apreciaba en el mercado. Para los campesinos y todo el que vendía o compraba, el único y verdadero alamín era Ibrahim agá y lo seguiría siendo hasta la muerte. Todos los días de mercado, él se apostaba junto a la balanza desde el alba hasta el crepúsculo. Un silencio sagrado se hacía a su alrededor cuando empezaba a medir. Mientras regulaba la báscula, contenía el aliento y, solemne y concentrado, se hacía más grande o más pequeño siguiendo las lentas oscilaciones del fiel. Con un ojo entornado, equilibraba concienzudamente y movía con precaución el peso en dirección contraria a la carga, un poco más, un poco más, hasta que la balanza se inmovilizaba e indicaba la medida exacta. Entonces, Ibrahim agá alzaba la mano, elevaba la cara sin apartar los ojos de la cifra y exclamaba en voz alta y clara, severa e irrebatible, el número de okkas.

—Sesenta y una, menos veinte drams.

No había ninguna objeción a esa medida. En general, en el tumulto mercantil que se formaba en torno a él reinaba un círculo de orden, silencio y ese respeto que todos manifiestan hacia la medida exacta y el trabajo bien hecho. La personalidad de Ibrahim agá era tal que no permitía otra cosa. Y cuando un campesino desconfiado, cuya mercancía se estaba pesando, se acercaba demasiado a la balanza para espiar tras la espalda del alamín y comprobar el número de okkas, Ibrahim agá posaba inmediatamente la mano en el fiel, detenía el peso y le espetaba al inoportuno:

—¡Apártate de ahí! ¿Qué haces metiendo las narices y tosiendo en la balanza? La medida es fe viva; hasta mi aliento puede hacer que varíe, y será mi alma la que arda por ello y no la tuya. ¡Atrás!

Así pasaba Ibrahim agá su vida, flotando sobre la balanza y viviendo con ella, para ella y de ella, un ejemplo claro de lo que el hombre puede hacer de su oficio, cualquiera que sea.

Des Fossés había visto a ese mismo Ibrahim agá, que se guardaba muy bien de pecar mientras pesaba, azotar sin compasión a un campesino cristiano en medio de la plaza a la vista de todos. El aldeano había traído una decena de mangos de hacha para vender y los había apoyado contra el muro medio derruido que rodeaba un cementerio abandonado y las ruinas de una antigua mezquita. Ibrahim agá, que se encargaba de vigilar el mercado, arremetió iracundo contra el campesino, y de una patada arrojó los mangos al suelo, echando pestes y amenazando al desgraciado que recogía su mercancía dispersa.

—¿Acaso el muro de una mezquita es para ti, cerdo inmundo? ¿Para que apoyes en él tus mangos impuros? ¡Las campanas y trompetas de los infieles aún no suenan aquí, puerco asqueroso!

La gente hacía sus compras, regateaba, medía y pesaba el género y contaba, sin prestar demasiada atención a la disputa. El campesino recogió felizmente todas sus pertenencias y se perdió entre la multitud. (Al regresar a casa, des Fossés anotó: «Las autoridades turcas tienen dos caras. Sus actuaciones carecen de lógica para nosotros y son incomprensibles, provocándonos siempre la duda y el asombro»).

Hamza, el pregonero, era otro hombre y otra historia, completamente diferente.

Célebre en otros tiempos por su voz y su belleza varonil, Hamza había sido un juerguista y un holgazán desde su más temprana juventud, uno de los peores borrachines de Travnik. En su adolescencia era conocido por su audacia e ingenio. Aún se recordaban y citaban sus réplicas insolentes y ocurrentes. Cuando le preguntaron por qué había elegido precisamente el oficio de pregonero, respondió: «Porque no hay otro más fácil». Un día, hacía ya unos cuantos años, cuando Suleiman bajá Skopljak se dirigió al frente de un ejército contra Montenegro y prendió fuego a la región de Drobnjak, a Hamza se le ordenó que pregonara la gran victoria turca y anunciara que ciento ochenta cabezas de montenegrinos habían sido cortadas. Uno de esos que se apiñan siempre alrededor del pregonero preguntó en voz alta: «¿Y cuántos de los nuestros han perecido?». «¡Ah! Eso lo anunciará el pregonero de Cetinje, en Montenegro», replicó tranquilamente Hamza y continuó su camino voceando lo que se le había ordenado.

A fuerza de correrse juergas, de cantar y pregonar, hacía tiempo que Hamza había arruinado su garganta. Ya no hacía vibrar al bazar con su voz resonante de antes, sino que, con una voz silbante y ronca, anunciaba con gran esfuerzo las nuevas oficiales y las del mercado, que sólo lograban oír los que estaban próximos a él. Pero a nadie se le había pasado por la imaginación sustituirlo por alguien más joven y con voz más potente. Incluso, él mismo parecía no advertir que ya no tenía las mismas facultades. Con idéntica postura y los mismos gestos con los que antaño lanzaba su celebrada voz a lo largo de las callejas, seguía pregonando al mundo, como podía, lo que debía pregonar. Los niños se reunían a su alrededor y se reían de sus ademanes, que ya no se correspondían con su penoso gorjeo, y con curiosidad y temor observaban su ancho cuello, que a causa del esfuerzo se inflaba como una cornamusa. Y Hamza los necesitaba, porque los críos eran los únicos que oían sus débiles gritos y de inmediato propagaban la noticia por la ciudad.

Des Fossés y el pregonero se hicieron rápidamente amigos, porque el «joven cónsul» compraba de vez en cuando una joya o un kilim que Hamza había pregonado y por los que se llevaba una buena comisión.

Germano el Loco hacía mucho tiempo que era conocido en el bazar de Travnik. Era un retrasado mental, venido del otro lado del río Sava, quién sabe de dónde. Y como los turcos no tocan a los locos, él vivía allí, dormía bajo los puestos y se alimentaba de la caridad. Poseía una fuerza colosal y cuando tomaba un poco de rakija[23], los mercaderes le gastaban siempre la misma broma pesada. Los días de mercado le daban medio litro de aguardiente y le ponían en las manos una maza. El loco entonces detenía a los campesinos cristianos y empezaba a darles órdenes como si estuviera en unas maniobras militares, siempre con las mismas palabras:

—Halbrechts! Links! Marsch! (¡Medía vuelta a la derecha, izquierda, marchen!).

Los campesinos se apartaban o escapaban torpemente porque sabían que Germano el Loco lo hacía instigado por los turcos y los ponía en fuga para diversión de los jóvenes tenderos y los agás ociosos.

Un día de mercado, después de haber visitado y examinado los puestos, des Fossés regresaba al consulado seguido del guardia que le hacía las veces de escolta. Al llegar al lugar en que la plaza se estrecha y comienza el bazar, Germano el Loco le cortó el paso a des Fossés. El joven se encontró cara a cara con el gigante de cabeza voluminosa y malévolos ojos verdes. El loco borracho guiñó los ojos ante el extranjero y luego corrió, agarró el astil de la balanza de uno de los tenderetes y se dirigió hacia él.

—Halbrechts! Marsch!

Los comerciantes, en los umbrales, alargaron el cuello esperando con una alegría maliciosa ver al «joven cónsul» brincar delante de Germano el Loco. Pero las cosas sucedieron de otro modo. Antes de que el guardia llegara corriendo, des Fossés pasó por debajo del astil que el desgraciado blandía muy alto y, con un movimiento hábil y rápido, agarró la muñeca del hombre, giró sobre sí mismo, obligando también al hombrón a dar vueltas a su alrededor como un monigote. Mientras el loco danzaba en torno al joven, el astil se le escapó de la mano y, describiendo un arco grande, cayó al suelo. Por fin llegó el guardia corriendo con un pequeño fusil en las manos, pero el agresor había sido reducido, con el brazo derecho impotente y dolorosamente retorcido a la espalda, y así des Fossés se lo entregó al guardia. Luego recogió del suelo el astil y con toda calma lo apoyó en la pared de la tienda en el mismo lugar en que estaba antes. El loco, con la cara torcida, miraba ya su brazo dolorido, ya al joven extranjero que lo amenazaba con un dedo, igual que a un niño, y le decía con su lengua dura y libresca:

—Eres un bergante. ¡No está bien ser un bergante!

Después llamó al guardia y prosiguió tranquilamente su camino entre los tenderos atónitos en los puestos.

Daville hizo graves reproches al joven por este motivo, demostrándole que tenía razón cuando le recomendó que no fuera a pie por el bazar, porque nunca se sabía lo que esa gente pérfida, cruel y ociosa podía inventarse y llevar a cabo. Pero d’Avenat, que por lo demás no apreciaba demasiado a des Fossés ni se mostraba comprensivo con su conducta desenvuelta, no tuvo más remedio que reconocer ante Daville que en Travnik se hablaba con admiración del «joven cónsul».

Éste, a su vez, seguía visitando los alrededores, lloviera o nevara, abordaba sin ningún apuro a las personas, hablaba con ellas y conseguía ver y enterarse de cosas que Daville, siempre tan serio, recto y tenso, jamás podría ver ni saber. Él, que, en su amargura, acogía todo lo que era turco o bosniaco con repulsión y desconfianza, no veía mucho sentido ni interés para el servicio en los paseos de des Fossés ni en las informaciones que traía. Le exasperaba el optimismo del joven, su deseo de penetrar más profundamente en el pasado, las costumbres y las creencias de aquel pueblo, de encontrar explicaciones para sus defectos y de desenterrar, finalmente, el lado bueno de las personas, desfigurado y sepultado por las insólitas circunstancias en las que estaban obligados a vivir. Daville consideraba que ese trabajo era una pérdida de tiempo inútil y una desviación perniciosa del buen camino. Por eso las conversaciones sobre esos asuntos entre él y su canciller terminaban siempre en querellas o se frustraban en silencios irritados.

En las frías tardes otoñales, des Fossés regresaba de sus paseos, mojado, enrojecido y congelado, lleno de impresiones y con la necesidad de comentarlas. Daville, que desde hacía horas iba y venía por el comedor caldeado e iluminado, rumiando pensamientos graves, lo aguardaba con anticipado asombro.

El joven, sofocado, comía con placer y contaba animadamente su visita a Dolac, el arracimado arrabal católico, y las dificultades que había tenido para atravesar el corto camino entre Travnik y el suburbio.

—Yo creo que hoy día no existe en Europa un país con unas rutas tan impracticables como Bosnia —dijo Daville que comía despacio y sin ganas, porque no tenía apetito—. Este pueblo, a diferencia del resto del mundo, siente un odio incomprensible, perverso, hacia los caminos, que en realidad significan progreso y bienestar, y en esta desdichada tierra no se mantienen y no duran, como si se destruyeran solos. Ya ve usted, el hecho de que el general Marmont esté construyendo a través de Dalmacia una gran carretera nos perjudica aquí, ante los turcos autóctonos e incluso ante el visir, más de lo que nuestros emprendedores y jactanciosos señores de Split pueden imaginarse. A la gente de aquí no le gustan los caminos ni lejos ni cerca, pero ¿quién se lo explica a los nuestros de Split? Se les llena la boca de decir que construyen vías que harán más fácil la comunicación entre Dalmacia y Bosnia, y no saben con cuánto recelo lo contemplan los turcos.

—Pero no hay nada de raro en eso. La cosa está clara. Mientras se gobierne como se gobierna en Turquía y mientras reinen en Bosnia las actuales circunstancias, no puede hablarse de rutas ni comunicaciones. Al contrario, por motivos diferentes, tanto los turcos como los cristianos se oponen a la apertura y al mantenimiento de todas las vías de comunicación. Precisamente hoy he podido constatarlo durante la conversación con mi amigo, el gordo párroco de Dolac, fray Ivo. Yo me quejaba de lo empinado y lleno de baches que está el camino entre Travnik y Dolac, y me asombraba que los habitantes del arrabal, obligados a recorrerlo todos los días, no hicieran nada por acondicionarlo mínimamente. El fraile me contempló primero con ironía, igual que se mira a un hombre que no sabe lo que dice, luego me guiñó astutamente un ojo y dijo susurrando: «Señor mío, cuanto peor sea el camino, menos visitas recibiremos de los turcos. Lo que más nos gustaría sería colocar entre ellos y nosotros una montaña infranqueable. Y en lo que se refiere a nosotros, no nos cuesta tanto recorrer el camino cuando lo necesitamos, porque estamos acostumbrados a las carreteras malas y a todo tipo de dificultades. En realidad, vivimos de las dificultades. No le cuente a nadie lo que voy a decirle, pero sepa usted que, mientras los turcos gobiernen en Travnik, no nos hace falta un camino mejor. En confianza, incluso cuando los turcos lo arreglan, nuestros hombres aprovechan las primeras lluvias o nieves para obstruirlo y estropearlo. Esto hasta cierto punto disuade a los huéspedes indeseables». Cuando acabó, el párroco abrió el ojo, orgulloso de su astucia, y me rogó una vez más que no le repitiera aquello a nadie. Ahí tiene usted una de las razones por las que las carreteras están en malas condiciones. La otra razón son los mismos turcos. Cualquier vía de comunicación con un país extranjero cristiano para ellos significa lo mismo que abrir la puerta a la influencia del enemigo, permitirle tener ascendiente sobre la población y amenazar la supremacía turca. Por lo demás, señor Daville, nosotros, los franceses, hemos engullido la mitad de Europa y no es raro que los países que aún no hemos ocupado contemplen con desconfianza las carreteras que nuestro ejército construye en sus fronteras.

—Lo sé, lo sé —interrumpió Daville—, pero es necesario construir caminos en Europa y no hay que tener en cuenta a pueblos atrasados como son los turcos y los bosniacos.

—El que considera que se deben construir, los construye. Es decir, que los necesita. Pero yo le estoy explicando por qué la gente de aquí no quiere carreteras y por qué opinan que no son útiles y que les perjudica más que les beneficia.

Como siempre, a Daville le irritaba la necesidad del joven de explicar y justificar todo lo que allí veía.

—Eso es indefendible —dijo el cónsul—, y tampoco se puede explicar mediante argumentos razonables. El atraso de esta gente procede ante todo de su maldad, de su «maldad innata», como dice el visir. En dicha malevolencia radican todas las explicaciones.

—Muy bien, pero ¿cómo explica entonces esa maldad? ¿De dónde les viene?

—¿De dónde? ¿De dónde?, en ellos es innata, ya le digo. Ya tendrá ocasión de convencerse de ello.

—Bien, pero hasta que no me convenza, permítame que continúe creyendo que la maldad o la bondad de un pueblo es producto de las circunstancias en las que vive y se desarrolla. No es la bondad la que nos impulsa a construir carreteras, sino la necesidad y el deseo de extender las comunicaciones provechosas y nuestra influencia, lo que muchos, a su vez, consideran que es nuestra «malevolencia». Así, nuestra maldad nos empuja a abrir caminos y a ellos, la suya, a odiarlos y destrozarlos cuando pueden.

—¡Usted va muy lejos, joven amigo!

—No, la vida va lejos, tan lejos que nosotros no podemos seguirla, y yo sólo me esfuerzo por explicar fenómenos concretos, ya que no puedo comprenderlo todo.

—No puede explicarse ni entenderse todo —dijo Daville con aire cansado y altivo.

—Cierto, pero hay que intentarlo.

Des Fossés, que, después de cabalgar todo el día a la intemperie, estaba entrando en calor con la comida y el vino, y como la juventud le incitaba a pensar en voz alta, continuó con la conversación.

—Bueno, y ¿cómo puede explicar que ese mismo párroco de Dolac, hombre sagaz y discreto, poseedor de un juicio sano y que no pierde de vista la realidad, en el sermón de la misa del domingo pasado, según me ha contado nuestro guardia católico, afirmara que un fraile, muy piadoso, fallecido no hace mucho en el monasterio de Fojnica, había sido un santo, o al menos había estado en relación directa con los santos y que se sabía con certeza que un ángel enviado especialmente le traía todas las noches una carta de un santo o de la mismísima Virgen?

—Usted no conoce aún la santurronería de esta gente.

—De acuerdo, llamémoslo santurronería, pero es una palabra que no explica nada.

A Daville, que era «moderada y razonablemente liberal», no le gustaban las discusiones, por inocentes que fueran, sobre cuestiones religiosas.

—Lo explica todo —afirmó Daville con leve acritud—, ¿por qué en nuestro país los curas no dicen cosas semejantes en los sermones?

—Porque no vivimos en las mismas circunstancias, señor Daville. Me pregunto qué predicaríamos nosotros si viviéramos como viven los cristianos de aquí desde hace tres siglos. Ni la tierra ni el cielo tendrían milagros suficientes para alimentar nuestro arsenal religioso frente a la invasión turca. Créame, cuando miro y escucho a esta gente, más me convenzo del gran error que cometemos cuando, conquistando Europa, país tras país, queremos introducir nuestras opiniones, nuestro modo de vida y nuestro comportamiento estricta y exclusivamente racional. Todo esto me resulta un esfuerzo cada vez más insuperable y descabellado, porque es absurdo pretender eliminar los abusos y los prejuicios, cuando no hay fuerzas ni posibilidades para eliminar las causas que los concibieron y provocaron.

—Eso nos llevaría muy lejos —interrumpió Daville al canciller—. No tema, ya hay quien piensa en ello.

El cónsul se levantó de la silla y tocó la campanilla impaciente y con violencia para que vinieran a recoger la mesa.

Cada vez que el joven, con la sinceridad y la libertad que le eran innatas, de las que no era consciente, y que Daville envidiaba en secreto, empezaba a criticar al régimen imperial, el cónsul se estremecía, perdía la fuerza y la paciencia. Precisamente porque él mismo era indeciso y ocultaba dudas inconfesables en su fuero interno, no podía escuchar tranquilo las críticas de otros. Sentía como si ese joven despreocupado e incauto descubriera y rozara con el dedo el lugar más doloroso que deseaba esconder no sólo a los otros sino también, a ser posible, a sí mismo.

Ni siquiera de literatura podía hablar Davílle con des Fossés; y menos aún de su propia obra literaria.

Se trataba de un punto sobre el que Daville era particularmente sensible. Desde que tenía uso de razón imaginaba obras literarias de diversos géneros, componía versos e ideaba situaciones. Diez años atrás, durante un tiempo, había ocupado durante un tiempo el cargo de redactor de la sección de literatura en Le Moniteur, visitaba los círculos literarios y los salones. Lo abandonó todo cuando volvió a ingresar en el ministerio de Asuntos Exteriores y fue enviado a Malta como encargado de negocios, y luego a Nápoles, pero continuó escribiendo.

Los versos que Daville publicaba de vez en cuando en los periódicos o enviaba, escritos con una hermosa caligrafía, a altas personalidades, a sus superiores y amigos, no eran ni mucho mejores ni mucho peores que los miles de productos poéticos de la época. Daville se llamaba a sí mismo «discípulo ferviente del gran Boileau» y en los artículos, que a nadie se le ocurría rechazar, propugnaba un clasicismo estricto, defendiendo la poesía de la influencia exagerada de la imaginación, de las audacias poéticas y de los desórdenes espirituales. La inspiración es indispensable, afirmaba en sus artículos, pero debe guiarse por la mesura y el buen juicio sin los que no hay ni puede haber obra de arte alguna. Daville insistía tanto en estos principios que el lector acababa creyendo que le importaban más el orden y la métrica rigurosa en la poesía que la poesía misma, como si, por algún motivo, el poeta y el poema amenazaran constantemente el orden y la medida y fuera preciso protegerlos y apoyarlos con todos los medios disponibles. Su modelo entre los poetas contemporáneos era Jacques Delille, autor de Jardines y traductor de Virgilio. Para defender la poesía de Delille, Daville había publicado en Le Moniteur una serie de artículos que una vez más nadie había querido comentar ni para elogiarlos ni para rechazarlos.

Hacía ya varios años que Daville trabajaba en el proyecto de un gran poema épico sobre Alejandro Magno. Concebido en veinticuatro cantos, esta epopeya se había convertido en una suerte de diario íntimo camuflado del cónsul. Trasladaba todas sus experiencias en el mundo, sus pensamientos sobre Napoleón, sobre la guerra, la política, sus deseos y sus aflicciones, a los tiempos remotos y las circunstancias nebulosas en las que había vivido su héroe principal, dándoles libre curso en ese marco y tratando de formular sus reflexiones en versos regulares y rimas más o menos estrictas. Vivía con tanta intensidad su obra que había dado a su segundo hijo, además de los nombres de Gilles Francois, el del rey macedonio Amintas, abuelo de Alejandro Magno. En esta Alejandriada suya, revivía Bosnia, tierra paupérrima de clima duro y habitantes malvados, pero disimulada tras el nombre de Taúride. También aparecían Mehmed bajá y los beyes de Travnik, los monjes bosniacos y todos aquellos con los que Daville debía colaborar o luchar, descritos y encubiertos tras un cortesano de Alejandro Magno o de sus rivales. Igualmente aparecía toda la repugnancia que le inspiraba el espíritu asiático y Oriente en general, referida en la lucha de su héroe contra la lejana Asia.

Cabalgando por los cerros de Travnik y contemplando los tejados de la ciudad y los alminares, Daville a menudo componía en su cabeza la descripción de la ciudad fantástica que Alejandro estaba conquistando en aquellos momentos. Sentado junto al visir en el Diván y observando a los servidores silenciosos y prestos y a los cortesanos, muchas veces iba perfilando mentalmente la descripción de las sesiones del Senado en la ciudad sitiada de Tir, en el tercer canto de su poema.

Igual que todos los escritores sin talento y sin verdadera vocación, Davílle albergaba el error inveterado e inextirpable de que ciertas acciones mentales conscientes conducen al hombre hacia la poesía y de que en la creación poética se puede encontrar un consuelo o recompensa por los males que la vida nos impone y con los que nos rodea.

En su juventud, Daville se había preguntado varias veces si era poeta o no, si su trabajo en ese campo tenía sentido o no. Ahora, al cabo de tantos años y tantos esfuerzos que no habían aportado ningún éxito, pero tampoco ningún fracaso, podía parecer evidente que no era poeta. Sin embargo, como suele suceder, con los años, Daville «trabajaba en su poesía» más obstinada y mecánicamente, sin plantearse ya la cuestión, que la juventud, en el examen y crítica valientes y honestos que hace de sí misma, se plantea con tanta frecuencia. Mientras era joven y mientras aún encontraba a alguien que lo alentaba con un elogio, escribía menos, y justo ahora, cuando ya había entrado en años, cuando ya no había nadie que lo tomara en serio como poeta, trabajaba con regularidad y diligencia. La necesidad inconsciente de expresión y el vigor engañoso de la juventud se habían trocado en costumbre inerte y aplicación. Porque la aplicación, esa virtud que tan a menudo aparece donde no debe, o cuando ya no es necesaria, ha sido desde siempre el consuelo de los escritores sin talento y la desgracia del arte. Las circunstancias extraordinarias, la soledad y el tedio al que durante años había sido condenado, obligaban al cónsul cada vez más a seguir esa estéril carretera secundaria, ese pecado inocente al que llamaba poesía.

En realidad, Daville había estado al margen del camino desde el día en que había escrito el primer verso, porque jamás había podido tener un verdadero vínculo con la poesía. Ni siquiera podía sentirla en su expresión más directa, y mucho menos motivarla y crearla.

La manifestación del mal en el mundo provocaba en él la amargura o el abatimiento, y la del bien, el entusiasmo y la satisfacción, una especie de estímulo moral. Pero de esas reacciones morales, que en él realmente eran vivaces y lúcidas, aunque no constantes y no siempre seguras, extraía la inspiración para componer versos a los que les faltaba todo para ser poesía. Lo cierto es que la moda de la época le había confirmado esa opinión errónea.

Así Daville continuaba, más obstinado con la edad, haciendo de sus no pocas virtudes defectos discretos, y buscando en la poesía justo lo que ésta no tenía: una euforia moral barata e ingenuos juegos y pasatiempos espirituales.

Es comprensible que el joven des Fossés, tal como era, no podía ser ni un oyente ni un crítico apreciado, ni siquiera un interlocutor idóneo para las conversaciones literarias.

Aquí se abría entre el cónsul y el joven una nueva e inmensa fisura, hacia la que el primero era particularmente suspicaz.

El conocimiento de un sinfín de hechos, la rapidez en el juicio y la audacia en las conclusiones, eran las principales características de la inteligencia de des Fossés. El saber y la intuición colaboraban y se complementaban en él de un modo fascinante. Al margen de todas las discrepancias y de su rechazo personal, el cónsul no podía evitar verlo. A veces, le parecía que ese mozalbete de veinticuatro años había leído bibliotecas enteras y que, al mismo tiempo, no le concedía una importancia especial a ese hecho. En verdad, el muchacho no dejaba de confundir al interlocutor con sus variados conocimientos y juicios atrevidos. Como si de un juego se tratara, era capaz de hablar de la historia de Egipto o de las relaciones de las colonias españolas en América del Sur con la madre patria, de las lenguas orientales o de los conflictos entre religión y raza en cualquier parte del mundo, de los objetivos y expectativas del sistema continental de Napoleón o de las vías de comunicación y las políticas de tarifas. Citaba inesperadamente a los clásicos, escogiendo por lo general pasajes poco conocidos, enlazándolos siempre de manera audaz y dándoles un nuevo enfoque. Aunque muchas de estas cosas le parecían al cónsul más pose y exuberancia juveniles que orden y valores reales, siempre escuchaba sus exposiciones con una especie de admiración supersticiosa y desagradable, al mismo tiempo que con un sentimiento doloroso de su propia debilidad y falta de madurez, que en vano trataba de dominar y vencer.

Y he aquí que ese joven se mostraba sordo y ciego ante aquello que para Daville era lo más caro y que, junto con sus deberes cívicos, era para él lo único digno de respeto. Des Fossés reconocía abiertamente que no le interesaba la poesía, y que la poesía moderna francesa le resultaba incomprensible, totalmente desprovista de sinceridad, sosa y superfina. No obstante, en ningún momento se privaba del derecho y del placer de debatir sobre eso que, según él mismo confesaba, no podía sentir ni apreciar, y hablar de ello con libertad y sin reparo, sin malicia pero sin respeto y sin reflexionar demasiado.

Así, por ejemplo, de Delille, el adorado Delille, el joven aventuró enseguida que era un intrigante, un hombre de salón, que cobraba unos honorarios de seis francos por verso, razón por la cual la señora Delille lo encerraba todos los días y no lo dejaba salir de la habitación hasta que no escribía un número determinado de estrofas.

Esta descortesía de la «nueva generación» unas veces enojaba al cónsul y otras le entristecía. En cualquier caso, era un motivo para sentirse más solo aún.

Solía suceder que, empujado por la necesidad de expresarse y comunicarse con alguien, Daville olvidaba todo y empezaba una conversación íntima y cálida sobre sus ideas y proyectos literarios. (¡Una debilidad totalmente comprensible en aquellas circunstancias!). Así, una noche refirió todo el proyecto de su poema épico sobre Alejandro Magno y expuso todas las tendencias morales que sentaban las bases de la acción épica. Sin entrar por un instante a valorar estos pensamientos y opiniones que constituían la parte más luminosa de la vida del cónsul, el joven, súbitamente, dispuesto y sonriente, se puso a recitar a Boileau:

Que crois tu qu’Alexandre, en ravageant la teñe, Cherche parmi l’horreur, le tumulte et la guerre? Possédé d’un ennui qu’il ne saurait dompter, Il craint d’étre a lui méme et songe a éviter.

(«¿Qué crees que busca Alejandro al devastar la tierra, entre el horror, el tumulto o la guerra? Poseído por un tedio que no sabría domar, teme quedarse solo consigo mismo y sueña cómo impedirlo»).

De inmediato añadió, excusándose, que hacía tiempo que había leído esos versos en una de las sátiras y que los había memorizado por azar.

Daville, por su parte, se sintió herido e infinitamente más solo de lo que había estado unos minutos antes. Le parecía que delante de él tenía el genio y figura de la nueva generación y que podía tocarlo con la mano. Esta generación, se decía a sí mismo, es diabólicamente inquieta, con pensamientos destructivos y asociaciones rápidas pero malsanas, una generación que «no se interesa por los versos», pero los tiene como recurso, y ¡qué recurso!, para servirse de ellos cuando quiere alcanzar sus aspiraciones descarriadas, las cuales rebajaban, menoscababan y degradaban todo en el mundo, porque querían reducirlo a aquello que es lo peor y más bajo en el hombre.

Sin mostrar en ningún momento su malestar (¡que era inmenso!), Daville interrumpió inmediatamente la conversación y se retiró a sus aposentos. Le costó mucho dormirse e, incluso en sueños, sentía la amargura que puede suscitar una observación inocente. Tan profanada y vulgarmente zaherida le parecía su amada obra que, durante varios días no pudo ni tocar el manuscrito, atado con un lazo verde y guardado en una carpeta con tapas de cartón.

Entre tanto, des Fossés ni por un instante había sido consciente de haber ofendido al cónsul. Al contrario, los versos eran el fruto más raro del que disponía su memoria extraordinaria, y estaba contento de haberlos recordado tan oportunamente, sin pensar que podían tener un lazo íntimo real con la obra de Daville o resultarle molestos por algo e influir en sus relaciones personales.

Desde siempre ha sido así: dos generaciones se rozan y se suceden, se soportan especialmente mal y, en realidad, se conocen muy poco. Pero muchas de esas divergencias y muchos de esos conflictos intergeneracionales radican, como la mayor parte de los conflictos en general, en malentendidos.

La idea que emponzoñaba especialmente el sueño del cónsul y le impedía dormir era que ese joven, que le había ofendido aquella noche y en el que pensaba con amargura y disgusto, dormía ahora con un sueño profundo y plácido, con la misma naturalidad y descarada satisfacción con la que hacía las cosas y hablaba durante el día. Sin embargo, el cónsul podría haberse ahorrado dicha amargura, porque se equivocaba. No todo el que durante la jornada exhibe una sonrisa serena y se mueve con libertad entre la gente, puede conciliar el sueño ni es feliz ni goza de paz. Des Fossés no era única y exclusivamente un joven fuerte y desenfadado «del nuevo tipo», un hijo feliz del feliz Imperio, precoz y henchido de saber, sin nada más, tal como a menudo le parecía a Daville. Aquella noche, los dos franceses soportaban cada uno su pesar, cada uno a su modo y sin posibilidad de comprender del todo al otro. A su manera, también des Fossés pagaba su tributo al nuevo medio y a las circunstancias insólitas. Aunque las armas que él poseía para luchar fueran más numerosas y más poderosas que las de Daville, él también padecía el tedio y el «silencio bosniaco» y sentía que esa tierra y la vida que allí llevaba lo carcomían, agotaban e intentaban doblegarlo y destrozarlo para igualarlo con todos los que lo rodeaban. Porque no era fácil ni sencillo ser arrojado desde París al Travnik turco a los veinticuatro años, tener deseos y planes que iban mucho más lejos y más alto que el entorno, y tener que esperar pacientemente mientras que toda la energía reprimida y todas las exigencias insatisfechas de la juventud se rebelaban y luchaban contra cualquier espera.

Esa sensación había empezado ya en Split. Como un círculo que se va estrechando de forma invisible: cada cosa exige un esfuerzo mayor, pero al mismo tiempo uno tiene cada vez menos capacidad de llevarlo a cabo; cada paso es más difícil, cada decisión más lenta y la ejecución incierta, mientras que detrás, como una amenaza constante, acechan la desconfianza, la penuria y los contratiempos. Así se presentaba Oriente.

El comandante de la plaza, que había puesto a su disposición un carruaje impropio (por si fuera poco, sólo hasta Sinj), caballos para el equipaje y cuatro hombres de escolta, estaba inquieto, de mal humor y hacía gala de una alegría casi maligna. Aunque joven, des Fossés conocía esa forma de actuar que las largas guerras habían implantado entre la gente. Hacía años que los hombres andaban como si llevaran fardos, cada uno cargando con su pena, nadie estaba donde debía, y por eso todos intentaban pasar algo de su carga al otro, y aliviar así un poco su peso, aunque sólo fuese profiriendo un insulto o una palabra más alta que otra. De este modo, la miseria general rodaba y se trasladaba sin cesar de un lugar a otro, de un hombre a otro, y al moverse se hacía más soportable, ya que no más leve.

Des Fossés se dio cuenta de ello en cuanto cometió el error de preguntar si los muelles del carruaje eran sólidos y el asiento mullido. El comandante se le quedó mirando fijamente con sus ojos brillantes como los de un borracho.

—Esto es lo mejor que se puede encontrar en este maldito país. Por lo demás, el que va de servicio a Turquía tiene que tener el trasero de acero.

Sin pestañear, con la vista al frente y sonriente, el joven le respondió:

—En las instrucciones que me han dado en París no hay nada de eso.

El oficial se mordió los labios al ver que se había topado con alguien que no eludía el desafío, pero enseguida aceptó la discusión como una forma de desahogo.

—Pues ya ve, señor, tampoco nuestras instrucciones eran mucho más precisas. Se van detallando con el tiempo, sabe usted, sobre el terreno…

El oficial, malicioso, agitó la mano como si escribiera.

Con esta bendición mordaz, el joven partió por el camino polvoriento y luego por el pedregal abrupto y yermo que se elevaba detrás de Split, alejándose del mar, de los últimos edificios armoniosos y de la última vegetación noble, para descender por el otro lado de la vertiente rocosa, como si de un nuevo mar se tratara, a esa Bosnia, que para él era la primera gran prueba en el umbral de la vida. Adentrándose en esa montaña pelada y salvaje, observaba las chozas inclinadas y las pastoras a la orilla del camino, perdidas entre piedras y maleza, con un huso de hilar en las manos, pero sin un solo rebaño visible cerca, y se preguntaba si aquello era lo peor, igual que un hombre que aguarda a ser operado se pregunta sin cesar si ha alcanzado ya el mayor grado de dolor, del que le han hablado, o si debe esperar aún lo peor.

Éstas eran las angustias y temores que la juventud puede permitirse. En realidad, el muchacho estaba dispuesto a todo y sabía que lo soportaría.

Cuando después de recorrer nueve millas, se detuvo en la garganta pedregosa que domina Klis y contempló los montes pelados y la región salvaje que se abría ante él, los cenicientos peñascos abruptos, salpicados de una rala vegetación grisácea, procedente del lado bosniaco le invadió el silencio, hasta ahora desconocido, de un nuevo mundo. Se estremeció y tiritó, pero más a causa del silencio y la aridez del paisaje ignoto que por el fresco vientecillo que soplaba en el desfiladero. Se echó el abrigo sobre los hombros, se apretujó con fuerza contra el caballo y se internó en ese nuevo mundo de sigilo e incertidumbre. Bosnia se adivinaba tierra taciturna, y en el aire ya se sentía un sufrimiento frío, mudo y sin razones aparentes.

Pasaron sin dificultad Sinj y Livno. En la meseta de Kupres, los sorprendió una fuerte ventisca. El guía turco, que los esperaba en la frontera, a duras penas logró llevarlos a la primera posada. Allí, extenuados y ateridos, se dejaron caer delante del fuego, alrededor del cual ya había unas cuantas personas.

Aunque estaba cansado, helado y hambriento, el joven se mantuvo digno y sereno, teniendo muy en cuenta la impresión que dejaría a aquellos extranjeros. Se frotó la cara con colonia e hizo algunos ejercicios de gimnasia rutinarios, mientras que el resto lo miraba por el rabillo del ojo, como si estuviera cumpliendo con el rito de su religión. Sólo cuando se sentó, uno de los hombres que se hallaban alrededor del fuego profirió unas cuantas palabras en italiano y añadió que era monje del monasterio de Guca Gora, que se llamaba Julijan Pasalic y que viajaba por asuntos del monasterio. Los demás eran arrieros.

Formando lentamente las frases en italiano, des Fossés dijo quién era y lo que hacía. El monje, que tenía unos grandes bigotes erizados y unas cejas espesas, bajo las que, como si fueran una máscara, sonreía un rostro juvenil, cuando oyó las palabras «París» y «cónsul imperial de Francia en Travnik», frunció el ceño y guardó silencio de repente. El joven y el monje se miraron por un instante, sin mediar palabra y con desconfianza.

El fraile era casi un muchacho, pero corpulento; vestía un grueso capote negro bajo el cual asomaban una aljuba azul oscura, un cinturón largo de cuero y armas. Des Fossés lo miraba con incredulidad y se preguntaba, como en sueños, si era posible que fuera un religioso y un monje. Y éste, a su vez, callado y hosco, sin ocultar su incomodidad cuando escuchó de qué país era y qué gobierno lo enviaba, contemplaba al joven extranjero, alto y de mejillas sonrosadas, apuesto, tranquilo y despreocupado.

Para romper el silencio, des Fossés preguntó al fraile si su ministerio era difícil.

—Pues verá, nosotros, en fin, intentamos preservar el prestigio de nuestra Iglesia en condiciones realmente difíciles, mientras que ustedes en Francia, donde viven con toda libertad, la destruyen y persiguen. ¡Qué pena y qué pecado, señor!

Des Fossés sabía, por las conversaciones que había mantenido en Split, que los frailes, y con ellos toda la población católica de la región, eran hostiles a las autoridades de ocupación francesas, consideradas impías y «jacobinas»; no obstante, estaba sorprendido por la conversación, y se preguntaba a sí mismo cómo debía actuar un funcionario consular imperial en semejante situación, absolutamente imprevista. Mirando a los ojos vivos y raros del monje, se inclinó un poco.

—Su reverencia quizá no esté bien informado de los sucesos de mi país…

—Ya me gustaría, pero por lo que se oye y se lee, mucho mal se le ha hecho y todavía se le hace a la Iglesia, a sus prelados y a sus fieles, y eso jamás le ha traído nada bueno a nadie.

El fraile también se esforzaba por encontrar las expresiones en italiano, pero sus palabras mesuradas y escogidas no se correspondían con el gesto colérico, casi salvaje, de su cara.

La rakija que los sirvientes trajeron y las gachas que borboteaban en el fuego a su lado interrumpieron el diálogo. Ofreciéndose el uno al otro la bebida y la comida, el fraile y el extranjero se miraban de vez en cuando y, poco a poco, iban entrando en calor, como dos hombres muertos de frío y de hambre delante de un buen fuego y unos buenos platos.

Cierta tibieza y una pesada somnolencia empezaron a invadir al joven. El viento gemía en la chimenea alta y negra y la nieve helada golpeaba en el tejado como si fuera grava. Sentía un torbellino en su cabeza. «El trabajo ya ha empezado —pensaba—, y éstas son las dificultades y lances que se leen en las memorias de los antiguos cónsules de Oriente». Trataba de entender su posición: en algún lugar en medio de Bosnia, prisionero de la nieve, forzado a sostener una controversia inusual en lengua extranjera con ese monje extraño. Los ojos se le cerraban solos y el cerebro pugnaba por seguir trabajando como en un sueño embrollado en el que a uno lo someten a pruebas difíciles e injustas. Sólo sabía una cosa, que no podía bajar la cabeza, que cada vez era más pesada, ni abatir la mirada ni dejar la última palabra a su interlocutor. Estaba aturdido, pero orgulloso de tener que asumir, de manera inesperada, en esta rara compañía, su parte de responsabilidad, así como de probar su habilidad a la hora de convencer al adversario y su escaso conocimiento de italiano, adquirido en el colegio. Pero al mismo tiempo le parecía sentir físicamente, ya desde el primer paso, que las responsabilidades ingentes e inexorables de cada uno estaban repartidas hasta el más mínimo detalle y esparcidas por el mundo como trampas.

Sus manos heladas le quemaban. El humo le hacía toser y le picaban los ojos. Lo torturaba el sueño y luchar contra él, como si estuviera de guardia, pero no apartó la mirada del monje, igual que si fuera un blanco. A través de la modorra, como a través de un cálido líquido lácteo, que le velaba los ojos y llenaba sus oídos de ruido, contemplaba al extraño fraile y escuchaba, como desde lejos, sus frases entrecortadas y citas en latín. Con su sentido innato de la observación, el francés pensó que el religioso poseía mucha energía acumulada y citas que generalmente no tenía a quién decir. Pero el fraile seguía insistiendo en que nadie podía oponerse a la Iglesia y triunfar para siempre, ni siquiera Francia, que ya se había dicho hacía mucho tiempo: «Quod custodiet Christus non tollit Gothus». (¡Lo que Cristo guarda, el godo no lo puede tomar!).

El joven, mezclando el francés y el italiano, de nuevo explicaba que la Francia de Napoleón había demostrado su deseo de una paz religiosa y le había dado a la Iglesia el lugar que le pertenecía, reparando los errores y la violencia de la Revolución.

Pero bajo los efectos de la comida, de la bebida y del calor, todo se diluía y se calmaba. La mirada del monje ya no era tan dura; seguía siendo severa, pero reflejaba una juvenil jovialidad. Mirándolo, des Fossés tenía la impresión de que eso podía ser una señal de tregua y una prueba de que las cuestiones trascendentales y eternas pueden esperar, de que en ningún caso se resuelven en una posada turca, durante un encuentro fortuito entre un funcionario consular francés y un fraile «ilirio», y de que, según esto, cabe lugar a las consideraciones y concesiones, sin perjudicar por ello el honor y el prestigio del Servicio del Estado. Satisfecho consigo mismo y mecido por sus pensamientos, cedió al cansancio y se hundió en un sueño profundo.

Cuando lo despertaron, necesitó unos cuantos minutos para volver en sí y recordar dónde se hallaba.

El fuego se había extinguido. La mayoría de los viajeros estaban fuera, desde donde llegaban los gritos dirigidos a los caballos y a la carga. Entumecido y destrozado, el joven se levantó y empezó a prepararse. Se palpó el cinturón con el dinero y llamó a su gente con un tono demasiado alto y áspero. Le angustiaba la sensación indefinida de haber olvidado o perdido algo. Sólo cuando encontró todo en su puesto y a su escolta dispuesta junto a los caballos enjaezados, se serenó. El fraile, su interlocutor, salía del establo llevando un alazán espléndido. Por la vestimenta y el porte semejaba un aduanero morlaco o un hajduk[24] de los cuadros. Como si fueran viejos conocidos y todo lo que tenía que resolverse entre ellos se hubiera solucionado ya, se sonrieron y el joven le preguntó con naturalidad y desparpajo si quería viajar con él. El fraile le explicó que debía tomar otro camino. Quiso decir que era un atajo, pero no encontró la palabra adecuada, sólo señaló con la mano el bosque y la pendiente. Aunque no lo entendió del todo, des Fossés saludó con el sombrero.

—¡Adiós, reverendissime domine!

La cellisca pasó como una broma de mal gusto. Sólo en las vertientes blanqueaban finos jirones de nieve. El suelo era blando, como en primavera, el horizonte parecía recién lavado y profundo, las montañas azules, y en el cielo pálido y límpido, al fondo, se extendían dos o tres líneas llameantes de nubes luminosas tras las que se ocultaba el sol, confiriendo a todo el panorama una luz indirecta e insólita. Todo recordaba a los paisajes y países nórdicos y el joven se acordó de que el cónsul de Travnik, en sus informes, a menudo llamaba a los turcos y bosniacos escitas salvajes hiperboreales, provocando las risas de todo el Ministerio.

Así entró el señor des Fossés en Bosnia, que desde el primer encuentro mantuvo las promesas y cumplió las amenazas, rodeándolo más y más con la atmósfera cortante y fría de una vida pobre y, sobre todo, con el silencio y la melancolía, a los que el joven se enfrentaba por las noches, cuando el sueño se niega a acudir y de ningún lugar llega ayuda.

Pero de eso ya hablaremos en uno de los próximos capítulos. Ahora le toca el turno a otro acontecimiento, más importante, que significó un cambio enorme para todo el consulado francés: la llegada del tan esperado rival, el cónsul general austríaco.

 

V

 

Los meses transcurrían y el año se aproximaba a su fin, pero el cónsul austríaco, del que se creía que vendría a continuación del francés, seguía sin aparecer. La gente ya había empezado a olvidarse de esta posibilidad. A finales del verano, de repente, corrió la voz de que el cónsul estaba a punto de llegar. El rumor cundió por la ciudad. De nuevo surgieron las sonrisas, los ceños fruncidos y los cuchicheos. Pero volvieron a pasar las semanas y no había ni rastro del cónsul. No obstante, los últimos días del otoño trajeron al representante de Viena.

Daville había oído ya en Split, antes incluso de pisar tierra bosniaca, que el gobierno austríaco se disponía a abrir un consulado general en Travnik. Más tarde, ya en la ciudad, y a lo largo de todo el año, esta contingencia se había cernido sobre él como una amenaza. Sin embargo, ahora, cuando al cabo de tantos meses de expectación, la amenaza se había convertido en realidad, le preocupaba menos de lo que cabría esperar. En efecto, con el tiempo, se había reconciliado con esta idea. Además, según la extraña lógica de las debilidades humanas, a él lo halagaba que otra de las grandes potencias atribuyera importancia a este lugar perdido. Se crecía ante sus propios ojos y se sentía fortalecido con una energía nueva y más combativo.

D’Avenat había empezado ya a mediados del verano a reunir datos, propagar rumores sobre las pérfidas intenciones de Austria y tender sus redes para organizar el recibimiento del nuevo cónsul. Antes de nada, se informó bien de cómo era acogida esta novedad en los distintos círculos. Los católicos no cabían en sí de gozo, y los frailes estaban dispuestos a ponerse al servicio del nuevo cónsul con la misma dedicación y fervor que frialdad y desconfianza habían mostrado al francés. Los ortodoxos, perseguidos a causa de la sublevación en Serbia, evitaban conversar sobre el tema, pero en privado seguían insistiendo en que «no hay más cónsul que el ruso». Los otomanos del konak, indolentes, despectivos y dignos guardaban silencio, en general, preocupados cada uno con sus propios problemas e intrigas. Los turcos nativos se alarmaron aún más que con la noticia de la llegada del cónsul francés. Si Bonaparte representaba una potencia lejana, móvil y un poco fantástica, con la que actualmente era necesario contar, Austria, por el contrario, era un peligro cercano, real y sobradamente conocido. Con el instinto infalible de la raza que se apodera de un país y gobierna durante siglos sobre la única base de un orden establecido, intuían cada riesgo, por pequeño que fuera, que amenazara dicho orden y su dominación. Sabían bien que cada extranjero que llegaba a Bosnia acortaba un poco el camino entre ellos y el mundo exterior hostil, y que el cónsul, con sus prerrogativas y medios, abría de par en par las puertas de ese camino por el que nada bueno podía llegar para ellos, para sus intereses y su pueblo, y sí mucho mal. Su rencor contra Constantinopla y los otomanos, que lo permitían, era grande; su preocupación, mayor de lo que habrían querido mostrarle a d’Avenat. No daban respuestas claras a sus preguntas provocativas, ocultando su odio a la incursión del extranjero, pero sin disimular su desprecio ante tanta insistencia. Y cuando quiso sonsacarle a un mercader a cuál de los dos cónsules, el francés o el austríaco, preferiría, éste le respondió con toda tranquilidad que ambos eran iguales: «Los mismos perros con distintos collares».

D’Avenat se tragó la respuesta; ahora, al menos, tenía claro lo que pensaba y sentía el pueblo, pero no sabía cómo traducírselo y explicárselo a su cónsul sin ofenderlo.

Por lo demás, los franceses hicieron todo lo posible por obstaculizar el trabajo del rival e impedir que se estableciera. Daville intentó durante largas horas, aunque en vano, convencer al visir de lo peligroso que sería para Turquía el nuevo cónsul, de cuánto mejor sería que no se le dieran credenciales y no se le permitiera instalarse. El visir miraba hacia delante sin decir en qué pensaba. Él ya sabía que las credenciales del cónsul austríaco habían sido emitidas, pero dejaba hablar al francés y reflexionaba sobre los perjuicios y beneficios que podría obtener de la lucha que evidentemente se iba a entablar entre ambos cónsules.

D’Avenat, sin embargo, con nuevos sobornos y antiguas conexiones, logró demorar la remisión de los documentos. De modo que al cónsul general austríaco, el coronel von Mitterer, le esperaba una desagradable sorpresa en Brod, ya que el firman imperial y las credenciales consulares no habían llegado al comandante austríaco de la plaza tal como se le había prometido. Un mes entero permaneció von Mitterer en Brod, enviando inútilmente emisarios a Viena y a Travnik. Finalmente, le comunicaron que las credenciales habían sido enviadas al capitán de Derventa, Nail bey, para que él se las entregara al cónsul, y éste llegara a Travnik provisto de ellas. Así que von Mitterer partió de Brod, con su intérprete, Nicola Rotta, y dos servidores. Mas en Derventa le aguardaba otra sorpresa. El capitán afirmaba que no tenía nada para el cónsul, ni credenciales ni instrucciones. Le ofreció que se alojara con su escolta en la fortaleza de Derventa; en realidad, era una caserna húmeda, porque la posada hacía poco que había sido pasto del fuego. Aunque contaba con experiencia y era un veterano en el trabajo y en la lucha contra las autoridades turcas, el coronel estaba fuera de sí y rezumaba acritud. El capitán, un bosniaco testarudo y arisco, hablaba con él en un tono iracundo, a través de los fildzani[25].

—Espera, señor mío, si es verdad lo que dices, que te han enviado el firman y las credenciales, llegarán, sin ninguna duda, porque lo que se envía desde la Sublime Puerta tiene que llegar; tú espera aquí. A mí no me molestas.

Y mientras decía esto, bajo los cojines en los que estaba sentado, se hallaban envueltos cuidadosamente en una tela encerada el firman y las credenciales para el señor Jozef von Mitterer, como cónsul general del Imperio y del Reino en Travnik.

El coronel, desconcertado y exasperado, escribía de nuevo cartas urgentes a Viena en las que suplicaba que se solicitaran los documentos a Constantinopla, que no lo dejaran en aquella posición que perjudicaba el prestigio del país que lo enviaba y minaba, por anticipado, su trabajo en Travnik. Terminaba sus cartas: «Escribo desde la fortaleza de Derventa, en un cuartucho, sentado en el suelo». Al mismo tiempo, pagaba correos especiales para que llevaran mensajes al visir, rogando que se le enviaran las credenciales o se le permitiera llegar a Travnik sin ellas. Nail bey retenía a los emisarios del coronel, les confiscaba las cartas por sospechosas y las colocaba tranquilamente bajo los cojines, al lado del firman y de las credenciales.

Así que el coronel pasó aún catorce días más en Derventa. Durante ese tiempo lo visitó un judío de Travnik que le ofreció sus servicios, afirmando que tenía posibilidades de espiar al cónsul francés. Desconfiado y curtido en el trato con espías, el coronel no quiso aceptar los servicios dudosos de aquel hombre y sólo lo empleó como correo, enviando por mediación suya una misiva al visir. El judío aceptó la gratificación y llevó la carta a Travnik, donde la entregó a d’Avenat, que era quien le había pagado y enviado a Derventa para que fingiera ponerse a disposición del cónsul austriaco. Por escrito, Daville pudo ver cuán difícil y ridícula era la situación de su adversario, y leyó con satisfacción sus ruegos y reclamaciones impotentes dirigidas al visir. La misiva volvió a ser lacrada y enviada al konak. El visir, sorprendido, ordenó que se llevara a cabo una investigación y se averiguara qué había sucedido con el firman y las credenciales, los cuales hacía ya quince días que había remitido al capitán de Derventa, Nail bey, para que se los entregara al nuevo cónsul cuando se presentara ante él. El tefter-cehaja[26] del visir revolvió dos o tres veces su archivo polvoriento y en vano se afanó por recordar adonde podían haber ido a parar los papeles. El correo, que había llevado el encargo a Derventa y regresado, demostró que había entregado, siguiendo las normas, el mensaje del visir al capitán. Todo estaba bien, sólo el cónsul austriaco, sentado en Derventa, esperaba impaciente e infructuosamente sus credenciales.

El asunto, sin embargo, era bastante simple y evidente. Daville, a través de d’Avenat y del judío, había sobornado al capitán de Derventa para que demorara tanto como fuera posible la entrega de las cartas. El capitán no tuvo ningún inconveniente en sentarse durante doce días en los cojines, con el firman y las credenciales debajo, en responder arrogante e impasible al coronel que no había llegado nada para él, y recibir a cambio de su celo un cequí húngaro por día. Y nadie podía hacer nada contra el oficial porque, por lo demás, hacía tiempo que no respondía a las demandas y cartas que no eran de su agrado, y a Travnik no quería ni acercarse.

Por fin también esto se arregló. El coronel recibió un mensaje del visir en el que se le comunicaba que se estaban buscando los documentos, y que entretanto lo invitaba a ponerse inmediatamente en camino hacia Travnik sin las credenciales. El coronel abandonó alegremente Derventa el mismo día y partió hacia Travnik; y a la mañana siguiente, el capitán envió al visir los documentos del cónsul, con la excusa de que se habían extraviado.

Así, al cónsul general austriaco le sucedió lo que casi siempre sucede a los extranjeros que van a Turquía para llevar a cabo algún negocio; a saber, que los turcos, un poco adrede y conscientemente, y otro poco sin querer, con el solo concurso de las circunstancias, ya al primer paso agotan y humillan al forastero en cuestión, de tal modo que éste accede al asunto que lo ha traído allí con las fuerzas disminuidas y la confianza en sí mismo mermada.

Por otro lado, es cierto que también von Mitterer, estando todavía en Brod a la espera de sus credenciales, empezó a abrir en secreto la correspondencia que llegaba de Ljubljana para el cónsul francés.

La llegada del cónsul general imperial y real a Travnik transcurrió de manera parecida a la de Daville. La única diferencia estribaba en que von Mitterer no tuvo que alojarse en una casa judía, porque los católicos se afanaron como un enjambre y las mejores casas de mercaderes se ofrecieron a acogerlo. La audiencia con el visir, según pudo saber d’Avenat, fue más corta y fría que el recibimiento dispensado al cónsul francés, pero la bienvenida de la población turca no fue ni mejor ni peor («los mismos perros con distintos collares»). Al nuevo cónsul lo acompañaron por las calles los insultos y amenazas de las mujeres y niños, le escupieron desde las ventanas, y los hombres adultos de las tiendas no lo consideraron digno ni de una mirada.

El cónsul austriaco visitó primero a los dos beyes más influyentes y al comisionado apostólico que casualmente, aquellos días, se encontraba en el monasterio de Guca Gora, y sólo después a su colega francés. Los agentes de d’Avenat lo siguieron paso a paso con ocasión de esas visitas e informaron de todo aquello de que pudieron enterarse, pero también se inventaron y añadieron lo que no habían podido averiguar. No obstante, con los datos reunidos se podía columbrar que el cónsul austriaco quería agrupar a todos los que estaban en contra del francés y que lo hacía cautelosa y discretamente, sin proferir una sola palabra contra Daville y su trabajo, pero atendiendo a todo lo que los otros tenían que decir. Incluso compadecía a su colega, que debía representar a un gobierno surgido de la Revolución y, en principio, aconfesional. Eso era lo que le decía a los católicos. Con los turcos, a su vez, se dolía de Daville, porque le había caído en suerte la ingrata tarea de preparar paulatinamente el avance sobre Turquía de las tropas francesas en Dalmacia, introduciendo así en esa tranquila y hermosa Bosnia todos los tormentos y pesares que el ejército y la guerra traen consigo.

Un martes, a las doce en punto del mediodía, von Mitterer visitó por fin a Daville.

Fuera brillaba el sol del otoño tardío, pero en la casa de Daville, en la sala grande de la planta baja, la atmósfera era fría, casi helada. Los dos cónsules se miraron de hito en hito, intentando ambos aparentar naturalidad al hablar y decir con la mayor espontaneidad todo lo que tenían preparado hacía tiempo para la ocasión. Daville habló de su estancia en Roma y, como de paso, añadió que su soberano había puesto punto final a la Revolución y establecido no sólo el orden social, sino también el prestigio de la religión en Francia. Casualmente, en su mesa estaba el decreto sobre la creación de la nueva nobleza imperial, y se lo explicó detalladamente a su visitante. Von Mitterer, según la fórmula convenida, subrayó la sabia política de la corte de Viena, que sólo deseaba la paz y una colaboración amistosa, pero no le quedaba más remedio que tener un ejército poderoso, porque así lo exigía la posición de una gran potencia en el este de Europa.

Ambos cónsules estaban henchidos de la dignidad de su profesión y del fervor del principiante. Eso les imposibilitaba percatarse de lo ridículos que eran el tono alto y los modales solemnes de su reunión, pero no les impedía examinarse y juzgarse el uno al otro.

A Daville, von Mitterer le parecía mucho más viejo de lo que se había imaginado a juzgar por lo que había oído decir. Y todo en él —el uniforme militar verde oscuro, el peinado pasado de moda y los bigotes retorcidos en su cara amarillenta— le resultaba anticuado y muerto.

Von Mitterer, a su vez, pensaba que Daville era demasiado joven y poco serio. En su forma de hablar, en los lacios bigotes rojizos y las rubias ondas de cabello cayendo libremente sobre la frente, sin polvos ni coleta, en la suma de todo ello, el coronel veía el desaliño revolucionario y un desagradable exceso de fantasía y libertad.

Quién sabe cuándo los cónsules habrían dejado de glosar las elevadas intenciones de sus respectivas cortes, si no les hubieran interrumpido unos gritos, gemidos y carreras salvajes en el patio.

A pesar de las estrictas prohibiciones, una multitud de niños cristianos y judíos se habían reunido en la calle y se habían encaramado uno tras otro a la tapia para esperar y ver al cónsul con su rutilante uniforme. Como no podían estarse quietos esperando, alguno empujó al más pequeño, que resbaló y se precipitó al suelo al otro lado de la valla, en el patio donde esperaban los sirvientes de Daville y la escolta de von Mitterer. Los otros críos salieron en desbandada como gorriones. El niño judío que se había caído al patio, una vez pasado el primer susto, empezó a aullar como si lo estuvieran despellejando vivo, mientras sus dos hermanos brincaban fuera, delante de la puerta cerrada, sollozando a voz en cuello y llamando. Los lamentos y carreras provocados por todo el tumulto desviaron la conversación de los dos cónsules hacia los niños y los asuntos familiares. Ambos parecían soldados que cumpliendo órdenes pasaban de unas maniobras difíciles a la posición de «descanso».

En vano uno y otro, recordando de vez en cuando su cargo y obligaciones, adoptaban una postura presuntuosa y oficial. La desgracia común y la semejanza de sus destinos eran más fuertes que el resto. Sobre todas las posturas, uniformes, condecoraciones y expresiones científicas, se derramaba como un torrente la amargura compartida por la vida dura e indigna a la que ambos estaban condenados. Inútilmente, Daville subrayaba la gentileza inusitada con la que desde el principio lo habían acogido en el konak; en vano, von Mitterer recalcaba la gran simpatía, secreta, pero poderosa, de que gozaba entre los católicos. Del tono de voz y la expresión de los ojos se desprendía sólo el pesar oculto y la comprensión humana y profunda de dos compañeros de infortunio, y únicamente las últimas consideraciones de su deber y el tacto les impidieron pasarse el uno al otro el brazo por los hombros, igual que hacen dos hombres sensatos y cuerdos unidos en la adversidad.

Así, la primera visita finalizó con una charla sobre las enfermedades infantiles, la alimentación y, en general, las difíciles circunstancias en las que tenían que vivir en Travnik.

Pero ya ese día, los dos cónsules, al mismo tiempo, permanecieron largas horas sentados delante de pliegos de papel basto, hilando conceptos y redactando líneas interminables para el informe oficial sobre el primer encuentro con su colega. Aquí, esa primera entrevista tenía un aspecto totalmente distinto. Sobre el papel, se había tratado de un duelo incruento de sutileza, cortesía y celo entre dos titanes. Cada uno de ellos atribuía a su rival la vitalidad y las cualidades que correspondían plenamente a la elevada opinión que tenía de sí mismo y de su misión. Sólo que en el informe del francés, el austríaco al final acababa de rodillas en el suelo, derrotado moralmente, mientras que en el de von Mitterer, Daville se había quedado estupefacto y mudo ante la exposición digna y distinguida del cónsul imperial y real.

Naturalmente, ambos señalaron que el adversario estaba descorazonado por las circunstancias increíblemente difíciles en las que un europeo instruido, con su familia, tenía que vivir en aquellos lugares salvajes y montañosos. Pero, por supuesto, ninguno de los dos mencionó su propio desaliento.

De este modo, los dos cónsules tuvieron aquel día consuelo y satisfacción por partida doble: poder conversar y desahogarse como personas normales, tanto como permitía un primer encuentro, y describirse mutuamente con los colores más sombríos, lo que venía a ser igual que dar de sí mismos la imagen más halagadora posible. Ambos compensaban así dos necesidades íntimas, las dos fútiles y contradictorias, pero igualmente humanas y comprensibles. Esto ya era algo en esa vida poco corriente en la que, tanto para uno como para otro, los placeres, reales o imaginarios, eran escasos y cada vez menos frecuentes.

En adelante, en Travnik, pero en lados opuestos —una casa frente a la otra—, vivieron los dos cónsules con sus familias y colaboradores. Eran dos hombres de antemano elegidos y enviados allí para ser enemigos, para batirse y ganar, para hacer prosperar los intereses de su corte y de su país ante las autoridades y el pueblo llano, y oponerse a los de su adversario y perjudicarlos. Y eso es lo que hacían, como hemos visto y como vamos a ver más adelante, cada uno como mejor sabía, según su temperamento y educación y sus posibilidades. A menudo se enfrentaban con virulencia y sin compasión, olvidándolo todo, dejándose llevar sólo por sus instintos de lucha y conservación, como dos gallos ensangrentados abandonados por una mano invisible en este angosto y sombrío reñidero. Cada éxito de uno era un fracaso para el otro, y cada fracaso un pequeño triunfo. Ocultaban los golpes recibidos o al menos les restaban importancia ante sí mismos, y engrandecían los que ellos asestaban al contrario y los exageraban en sus informes a Viena y París, informes en los que, por lo general, el cónsul rival y su trabajo aparecían retratados sólo con tonos oscuros. Estos dos padres de familia solícitos, estos dos ciudadanos tranquilos en edad madura parecían, por momentos, tan terribles y feroces como leones furiosos o Maquiavelos nefastos. Al menos así se describían el uno al otro, arrastrado cada uno por su difícil destino y ofuscado por el medio inusual al que habían sido arrojados y en el que perdían rápidamente el sentido de la medida y de la realidad.

Sería largo y superfluo contar por orden las tormentas en un vaso de agua de los cónsules y todas sus batallas y estratagemas, muchas de las cuales eran ridículas, otras tristes y la mayoría innecesarias e irrelevantes. De todos modos, no podremos evitar una buena parte de ellas en el curso de nuestra narración. Los cónsules luchaban por ganar influencia ante el visir y sus colaboradores más próximos, sobornaban a los señores de los puestos fronterizos y los espoleaban para que asaltaran y saquearan los territorios del enemigo. El francés enviaba a sus mercenarios hacia el norte, al otro lado de la frontera austríaca, mientras que el austríaco mandaba a los suyos al sur, hacia la Dalmacia en la que gobernaban los franceses. Ambos, a través de sus agentes, propalaban falsos rumores entre el pueblo y desmentían los de sus adversarios. A la postre, se calumniaban el uno al otro y se despellejaban como mujeres enfrentadas. Interceptaban a los mensajeros del contrario, se abrían las cartas, se arrebataban los criados o los sobornaban. De creer lo que contaban el uno del otro, parecía que incluso se habían envenenado recíprocamente o al menos lo habían intentado.

No obstante, al mismo tiempo y al margen de todo, había infinidad de cosas que aproximaban y unían a los dos cónsules rivales. Porque, en realidad, ambos hombres, ya maduros, «con el peso de la familia», cada uno de ellos con su vida complicada, sus planes, preocupaciones y pesares, estaban obligados a batirse y competir en aquella tierra extraña e ingrata, involuntaria pero insistentemente, imitando con sus movimientos las maniobras grandes de sus patronos lejanos, invisibles y, a menudo, incomprensibles. La vida dura y el destino aciago los empujaban el uno al otro; y si existían en el mundo dos personas que podían entenderse, lamentarse juntos, e incluso ayudarse, eran esos dos cónsules que consumían su energía, sus días y con frecuencia sus noches para ponerse zancadillas y amargarse la vida tanto como fuera posible.

En realidad, sólo los fines de su trabajo oficial eran distintos, todo lo demás era idéntico o similar. Luchaban por los mismos acuerdos, empleando los mismos medios, alcanzando resultados alternos. Además de tener que pelear entre sí, ambos debían sostener todos los días una lucha con las autoridades turcas, lentas y poco de fiar, y con los turcos del lugar, increíblemente obstinados y maliciosos. También tenían sus preocupaciones familiares, iguales contrariedades con sus respectivos gobiernos, que no enviaban a tiempo las órdenes; con sus ministerios, que no aprobaban los créditos; con las autoridades fronterizas, que constantemente cometían errores o incurrían en omisión. Lo más importante, sin embargo, era que ambos tenían que vivir en aquel villorrio oriental, sin amistades ni diversiones, sin ninguna comodidad, careciendo a menudo de lo más imprescindible, entre montañas salvajes y personas toscas; tenían que enfrentarse a la desconfianza, inexactitud, suciedad, enfermedades y desgracias de todo tipo. En pocas palabras, no les quedaba más remedio que vivir en un ambiente que primero consume al occidental, luego lo transforma en un ser enfermizamente irritable, aborrecible para sí mismo y los demás, y por último, con el correr de los años, lo cambia por completo, lo doblega, y mucho antes de morir, lo entierra en una indiferencia sorda.

Por todos estos motivos, los cónsules se reunían en cuanto cambiaban las circunstancias y las mejores relaciones políticas lo permitían. En esos momentos de tregua y reposo, se contemplaban perplejos y avergonzados, como después de un sueño, buscando en su fuero interno unos sentimientos distintos y personales hacia su oponente y preguntándose en qué medida podían darles rienda suelta. En aquellos periodos, se frecuentaban, se ofrecían consuelo mutuo, se hacían regalos, se enviaban cartas, cálida y amistosamente, como sólo pueden hacerlo las personas que se han hecho daño entre sí pero que, al mismo tiempo, no dejan de estar unidas por un nefasto destino común y ligadas irremediablemente la una a la otra.

Mas, en cuanto empezaba a avivarse la llama de la discordia entre Napoleón y la corte austríaca, y la breve pausa se aproximaba a su fin, los cónsules también empezaban a espaciar sus visitas y a dosificar su amabilidad, hasta que la interrupción de relaciones o la guerra los alejaba o enemistaba por completo. Entonces, los dos hombres fatigados retomaban de nuevo su lucha, reproduciendo, como marionetas obedientes, los movimientos de la contienda tremenda y lejana, cuyos objetivos finales les resultaban desconocidos y cuya enormidad y fiereza provocaba en lo más profundo del alma sentimientos parecidos de pavor e incertidumbre. Sin embargo, ni siquiera entonces se interrumpía el hilo invisible y resistente que los unía y ligaba «a los dos exiliados», tal como se denominaban a sí mismos en las cartas. Ni ellos ni sus familias se veían ni se encontraban; al contrario, trabajaban uno contra otro con todos los medios a su alcance y en todos los ámbitos. Por las noches, cuando hacía ya horas que Travnik se había sumido en la oscuridad, podía verse sólo en los dos consulados una o dos ventanas iluminadas. Eran los dos cónsules que velaban sobre los papeles, leyendo los informes de los confidentes o escribiendo comunicados. Solía suceder que Daville o von Mitterer, abandonando un instante el trabajo, se acercaban a la ventana y clavaban la vista en la luz solitaria de la colina de enfrente, bajo la cual el rival vecino maquinaba desconocidas trampas y estratagemas, esforzándose por enterrar a su colega del otro lado del Lasva y frustrar sus planes.

La pequeña ciudad encajada entre ellos había desaparecido, sólo los separaba el vacío, el silencio y la oscuridad. Sus ventanas se miraban resplandeciendo como las pupilas de dos duelistas. Pero oculto tras las cortinas, uno u otro cónsul, o ambos al mismo tiempo, escudriñaban las sombras buscando el débil rayo de la lámpara del adversario y pensaban el uno en el otro con emoción, comprensión profunda y un pesar sincero. Luego, se estremecían y regresaban a su trabajo a la luz de las velas consumidas y continuaban escribiendo sus informes, en los que no había ni huella de los sentimientos precedentes y en los que se atacaban mutuamente o se humillaban, situándose en esa falsa altura oficial desde la que los funcionarios se creen que contemplan el mundo entero cuando hablan a su ministro en un informe confidencial, que como ellos saben muy bien, jamás leerán aquéllos a los que hace alusión.

 

VI

 

Como si sólo los destinos ingratos y desdichados se hubieran dado cita en ese valle de Travnik, también la vida del cónsul general austríaco, Jozef von Mitterer, en aquellos penosos años de guerra generalizada, había estado plagada de dificultades, entre las que su llegada a Travnik no era la menor.

Era un hombre moreno, de tez amarillenta, negros bigotes retorcidos, mirada tensa, hablar lento y modales mesurados; todo en él era rígido, anguloso, limpio y ordenado, pero modesto y austero, como si todo, el hombre y la casaca uniforme, hubiera sido adquirido unos minutos antes en un almacén del ejército imperial y real para formar rápidamente a un coronel corriente. Sólo sus ojos castaños, redondos, con los párpados siempre rojos e hinchados, delataban una bondad muda y una sensibilidad reprimida por siempre jamás. Eran los ojos turbios de un hombre enfermo del hígado, los ojos cansados de un veterano oficial del confín y de un esclavo del trabajo, ojos que se habían gastado vigilando atentamente la frontera del Imperio siempre amenazada, ojos tristes y callados que en esa tarea habían visto mucho mal y atisbado los límites del poder, la libertad y la naturaleza humanas.

Von Mitterer había nacido cincuenta años antes en Osijek, donde su padre era oficial del Regimiento de Húsares de Eslavonia. Lo enviaron a la escuela de cadetes y se licenció como alférez de infantería. Cuando alcanzó la graduación de teniente fue destinado como oficial de inteligencia a Zemun. Allí, salvo contadas ocasiones, pasó alrededor de veinte años; unos años difíciles, marcados por las guerras contra los turcos y las insurrecciones serbias. En aquella época, no sólo recibía a confidentes, recopilaba información, mantenía los enlaces y presentaba informes, sino que también se había introducido en Serbia, en numerosas oportunidades, a menudo disfrazado de campesino o de monje, y en las peores circunstancias había examinado las fuerzas serbias, observado las plazas fuertes y las posiciones estratégicas o sondeado el talante de la población. En ese trabajo, que aniquila a un hombre antes de tiempo, von Mitterer demostró ser excelente. Y como suele suceder en la vida, también en este caso el éxito fue lo que acabó perdiéndolo. Después de unos cuantos años de trabajo, en el ministerio estaban tan satisfechos con sus informaciones que lo invitaron a acudir personalmente a Viena, donde le concedieron la graduación de capitán y cien ducados de recompensa. Este triunfo provocó en el alma del joven oficial la esperanza audaz de que tal vez podría abandonar esa vida monótona y ardua en la que todos sus ancestros habían llevado su pesada carga antes que él.

El oficial de frontera, que sobrepasaba la treintena, con la recompensa de cien ducados y la mención honorífica en el bolsillo, ardía en deseos de probarlo todo, pero, en particular, anhelaba una vida más tranquila y agradable y una posición social más elevada. Vislumbró la encarnación de esta vida en una damisela vienesa. Ella era hija de un oficial jurídico, un polaco germanizado, y de una baronesa húngara sin fortuna. La señorita Ana María, bella, vivaracha y un tanto romántica, fue entregada sin vacilar, quizá con demasiada facilidad y rapidez, al oficial de la periferia del Imperio, poco ilustre, pero formal. Que el destino le colgara esa mujer al cuello era lo único que le faltaba para verse condenado a permanecer eternamente en la vía muerta de vidas subalternas de la que, precisamente, quería huir a cualquier precio. Esa boda, que debería haberle abierto las puertas a una vida más noble y agradable, se las cerró y lo encadenó para siempre, arrebatándole la paz y la tranquilidad, los únicos bienes y la mayor dignidad de los destinos humildes y las personas anónimas.

El oficial de inteligencia, «que tenía éxito», descubrió muy pronto que había algo que nadie podía comprobar ni prever, a saber, la naturaleza y caprichos de una mujer inquieta y vacía. Esta «infeliz mixtura polaco-húngaro-alemana», como denominaba el comandante de la guarnición de Zemun a la señora von Mitterer, poseía una fantasía desbordante y sufría una necesidad enfermiza, imperiosa e insaciable de entusiasmarse. La señora von Mitterer se apasionaba con la música, la naturaleza, la filantropía malsana, los cuadros antiguos, las ideas nuevas, con Napoleón o cualquier cosa que estuviera fuera de su círculo, en contradicción con su vida familiar, el buen nombre y el prestigio de su marido. Esta sed de exaltación en la vida de la señora von Mitterer se expresaba frecuentemente a través de amores pasajeros y caprichosos. Una necesidad irrefrenable y fatal llevaba a esta mujer, de cuerpo frío y cabeza alocada, a entusiasmarse de vez en cuando con otros hombres, por lo general, más jóvenes que ella, creyendo siempre que en ese hombre, en el que ella presentía un espíritu fuerte y un corazón valeroso lleno de sentimientos puros, encontraría un alma afín y al príncipe azul soñado. Pero la misma fatalidad hacía que dichos hombres fueran en su mayoría jóvenes desconsiderados e ingeniosos que, en realidad, sólo la deseaban de un modo fugaz y con un fin preciso, igual que desearían a cualquier otra mujer que se colocara en su camino y no opusiera resistencia. Luego del primer arrebato, a la primera caricia, cuando se manifestaba inevitablemente la diferencia entre el entusiasmo sublime y estéril de ella y las verdaderas intenciones masculinas, Ana María se hundía en la desilusión y el abatimiento. El «amor» se transformaba en odio y aversión hacia aquel que la víspera había sido su ídolo, hacia sí misma, hacia el amor y la vida en general. La mujer enfermaba, buscaba y hallaba alimento en emociones y amarguras de otra clase y con ello satisfacía su necesidad innata de crisis y frustraciones. Y así hasta la vez siguiente, cuando todo empezaba de nuevo.

Von Mitterer había intentado en múltiples ocasiones explicar a su mujer el error, hacerla entrar en razón, protegerla, pero nada ayudaba. Su «pequeña enferma», aunque ya entrada en años, se sumía de vez en cuando, con el automatismo del epiléptico, en nuevas crisis en su búsqueda de amor puro. El coronel conocía de memoria los primeros síntomas y el curso de las «andanzas» de su esposa y, de antemano, preveía el instante en que llorosa y decepcionada se arrojaría a sus brazos, quejándose porque todos la deseaban y ninguno la quería.

Cómo podía existir y perdurar semejante matrimonio, cómo ese hombre sensato y sobrio podía soportarlo todo y por qué lo perdonaba por anticipado, es algo que nadie lograría saber, y siempre permanecería como uno de esos secretos incomprensibles que tan habitual e inexorablemente comparten dos personas ligadas por él de manera indisoluble.

Ya el primer año de vida conyugal, Ana María había regresado a Viena, a casa de sus padres, afirmando que sentía una repugnancia mortal hacia el amor físico y que en este sentido no podía reconocer ningún derecho a su esposo. El capitán, accediendo a todo, consiguió convencerla de que volviera a su lado. Después de eso, tuvieron una niña. Fue una tregua breve. Dos años más tarde, el asunto empezó de nuevo. El capitán inclinó la cabeza y se sumió en la tarea laboriosa que exigía organizar la cuarentena[27] en Zemun y en su labor de espionaje, resignado a tener que vivir con un dragón al que era preciso sacrificarlo todo y que, a despecho de lo que le daba, no ofrecía más que nuevas insatisfacciones y nuevas crisis.

Como todas las mujeres alocadas e impetuosas, la señora von Mitterer, bella, extravagante y despilfarradora, hacía lo que quería, sin saber jamás lo que deseaba exactamente. Tropezaba atolondrada con sus «entusiasmos» fugaces y rápidamente tornaba desilusionada. No se sabe qué le resultaba a von Mitterer más difícil de soportar o más doloroso de ver, si sus arrebatos o sus decepciones. El capitán lo toleraba todo con la serenidad de un mártir. Lo cierto es que él amaba infinita y desenfrenadamente a esa mujer, que el destino le había deparado como un castigo inmerecido, igual que se quiere a un niño enfermo. Todo lo que había en ella y a su alrededor, todo lo que llevaba, hasta los objetos que le pertenecían, todo le impresionaba como algo sublime y hermosísimo, digno de adoración y merecedor de cualquier sacrificio. Padecía sus perturbaciones y sus desvaríos, se avergonzaba ante la gente y se torturaba a sí mismo, pero al mismo tiempo le aterrorizaba el solo pensamiento de que esa mujer fascinante pudiera abandonarlo y atentar contra sí misma y desaparecer de su vida y del mundo. Él avanzaba en su carrera, la niña crecía menuda, seria y callada, pero la señora von Mitterer deambulaba con no menos energía, buscando en la vida todo lo que ésta no puede dar y convirtiendo cada cosa en emoción o desconsuelo, atormentando a sí misma, tanto en un caso como en otro, y a todo lo que había a su alrededor. La rabia indómita e incomprensible que albergaba esta mujer, con los años, cambiaba de forma y de dirección, pero nunca mostró indicios de debilitarse ni de aplacarse.

Cuando von Mitterer, casi inesperadamente, fue nombrado cónsul general en Travnik, Ana María, que justo en esa época se sobreponía de uno de sus grandes desengaños, primero montó en cólera y derramó un sinfín de lágrimas, declarando que ella no pensaba ir de un villorrio medio turco, donde hasta ahora había languidecido, a un «verdadero cementerio turco», y que tampoco consentiría llevar a su hija a «Asia». El coronel la tranquilizó demostrándole que la nueva posición significaba un importante cambio y un ascenso en su carrera, que tendría algunas dificultades, pero que con los nuevos ingresos podría asegurar el futuro de su hija. Por fin, sugirió que si ella no quería ir, podía quedarse con la niña en Viena. Ana María, al principio, aceptó esta solución, pero rápidamente cambió de opinión y determinó sacrificarse. Era evidente que al coronel no le estaba permitido en este mundo pasar unos meses tranquilos en el paraíso que suponía la ausencia de su mujer.

En cuanto von Mitterer encontró una casa y la arregló tanto como era posible, llegaron su esposa y su hija.

Ya a primera vista se advertía que se trataba de una mujer que necesitaba mucho espacio en el mundo. Parecía joven y aún era hermosa, aunque un poco metida en carnes. Toda su persona, el brillo de su piel, de una blancura irreprochable, el fulgor extraño de sus ojos, ya verdes, ya castaños con reflejos dorados y agitados como las aguas del Lasva, el color de sus cabellos y la forma en que se los peinaba, su porte y ademanes, su tono autoritario, en fin, todo, introdujo en Travnik por primera vez algo de ese poderío y distinción que los travniqueses, en su imaginación, atribuían a los cónsules extranjeros.

La señora von Mitterer venía acompañada de su hija Ágata, una niña de trece años, que en nada se parecía a su madre. Reservada y silenciosa, prematuramente madura y demasiado sensible, de labios delgados y apretados, y la mirada tensa del padre, vivía al lado de su madre como un reproche mudo y permanente, sin demostrar jamás ni un ápice sus sentimientos y, en apariencia, indiferente ante todo lo que la rodeaba. En realidad, esa niña siempre había estado asustada y confusa por el temperamento de su madre y por todo lo que intuía que sucedía entre sus progenitores, queriendo sólo a su padre con un amor pasivo e impotente. Era de ese tipo de niñas de constitución menuda y pequeña, pero que se desarrollan muy pronto y se convierten en mujeres maduras en miniatura, de modo que siempre sorprenden y engañan, mostrando unas veces una conducta infantil y destacando otras sus formas femeninas de una madurez inesperada. Opuesta a su madre en todo, carecía de oído musical y amaba la soledad y los libros.

Nada más llegar, la señora von Mitterer se dedicó con ardor a acondicionar la casa y el jardín. Trajeron los muebles de Viena e hicieron venir a los jornaleros de Slavonski Brod. Todo se cambió, se trasladó y modificó. (En el consulado francés, entre los chismorreos inevitables sobre «los de la otra orilla del Lasva» se decía que la señora von Mitterer estaba construyendo un nuevo Schönbrun. Pero tampoco la señora von Mitterer, que amaba la lengua francesa y cultivaba lo que ella consideraba humor francés, se quedaba atrás. Hablando burlonamente del mobiliario de la señora Daville, en el que, como ya hemos visto, abundaban los baúles disimulados con habilidad y cubiertos con telas, ella afirmaba que la francesa había amueblado la casa en estilo «Luis Cajón»). El jardín fue aislado del patio, estrepitoso y embarrado, de la posada de la ciudad y de sus establos, mediante una altísima tapia. La antigua casa de los Hafizadic fue rehabilitada según los planes de la esposa del cónsul, a los que nadie veía ni pies ni cabeza, pero que correspondían o debían corresponder a la concepción elevada y vaga que ella tenía de la perfección, del esplendor y del fausto.

Como suele suceder con esta clase de mujeres, con los años manifestaba nuevas extravagancias. Ana María padecía ahora la manía de la limpieza exagerada. Pero más que padecer ella misma por este motivo, hacía que sufrieran los que la rodeaban. Nada le parecía lo bastante oreado ni bien lavado y nadie lo bastante limpio. Con toda la vehemencia de que era capaz, había declarado la guerra al desorden y a la suciedad. Cambiaba de criados, aterrorizaba a los habitantes de la casa, corría, echaba chispas, se batía con el fango, el polvo, los bichos y las costumbres extrañas del nuevo país. Después, llegaban días en los que Ana María, desalentada de repente, perdía toda esperanza de que sus esfuerzos llegaran a buen puerto, renunciaba y, con los brazos cruzados, desesperada, sentía que el desorden y la cochambre de aquel país oriental la asaltaban desde todos los rincones, brotaban de la tierra y caían del cielo, se deslizaban por las puertas y ventanas, por todas las grietas, y que despacio pero irrefrenablemente conquistaban la casa y todo lo que había en ella, objetos, personas y animales. Tenía la impresión de que incluso sus propias cosas, desde que había llegado a ese valle profundo, segregaban moho y herrumbre y de que se recubrían lentamente de una fina capa de porquería contra la que ningún plumero ni ningún trapo podían hacer nada.

Solía regresar de cortos paseos trastornada y más abatida aún, porque al dar los primeros pasos se había topado con un chucho mugriento o cojitranco, de mirada atemorizada y triste, o se había encontrado con un montón de perros callejeros que se peleaban por un intestino de carnero, arrastrando las tripas por la calle. Salía a cabalgar fuera de la ciudad y se esforzaba para no ver desde su alto corcel lo que la rodeaba de forma inmediata. Pero ni siquiera eso ayudaba.

Un día, después de una breve lluvia primaveral, cabalgaba con su escolta por la carretera principal. A la salida de la villa se encontraron con un mendigo. El hombre, un retrasado enfermo, descalzo y vestido con andrajos, esquivó a los ilustres jinetes y se subió al sendero que por la pendiente bordeaba la calzada. Así, sus pies quedaron justo a la altura del rostro de la amazona. Sólo durante un instante su campo visual fue invadido por el par de enormes pies descalzos, manchados de barro, que descansaban en el fango pisoteado; los pies de un jornalero envejecido prematuramente, que ya no podía trabajar más. Sólo los vio durante unos segundos, pero persistieron en su mente, sin querer desaparecer, esos pies inhumanos, cuadrados, deformes, nudosos, indescriptiblemente lisiados por la larga marcha y la dura vida; agrietados como la corteza de un pino, amarillos y negros, torpes y torcidos, pies de campesinos que a duras penas caminan y pisan desmañados y a tropezones midiendo, quizá, los últimos pasos.

«Ni cien soles ni mil primaveras podrían ayudar a estos pies —pensó Ana María de repente en aquel instante—, ningún cuidado, ni comida ni medicinas podían repararlos ni cambiarlos; daba igual lo que naciera y floreciera en la tierra, esos pies sólo podrían ser más amarillos, más monstruosos y más horribles».

Ese pensamiento la acechaba constantemente y la visión dolorosa y aberrante no la abandonó durante días. Todo lo que empezaba a hacer o a pensar quedaba paralizado ante la sola idea de que «eso existía».

Así se torturaba la señora von Mitterer, y la certeza dolorosa e hiriente de que nadie comprendía su sentimiento de repugnancia y de que nadie compartía su deseo de perfección y pulcritud acentuaba aún más su sufrimiento. Pero a pesar de ello, o quizá precisamente por eso, tenía la necesidad constante de comentarlo y a todos se quejaba de la ciudad pestilente y la negligencia de los criados, aunque sabía que no encontraría comprensión en ninguna parte, y menos aún ayuda.

El párroco de Dolac, el gordo y tosco fray Ivo Jankovic, escuchaba cortés y distraídamente sus lamentos y remilgos y la consolaba con un tono trivial e indolente, igual que se consuela a los niños, hablando por hablar y afirmando que el hombre tiene que soportarlo todo con calma y docilidad y que, al fin y al cabo, el barro y la mugre son también dones de Dios.

—Por lo demás, hace mucho tiempo que se dijo: «Castis omnia casta». El que es puro de corazón todo lo tiene puro —tradujo el párroco con la brusquedad innata de las personas gruesas y los curas viejos.

La señora von Mitterer, asustada y desolada por todo lo que la rodeaba, podía permanecer semanas enteras en casa, evitando el roce y la mirada de la gente. Durante todo el día llevaba guantes, se sentaba en un sillón cubierto con una funda blanca que se cambiaba a menudo, sin permitir que nadie se le aproximara ni que le hablaran demasiado cerca. Sin embargo, nada de aquello borraba la sensación que tenía de estar sumergiéndose en el fango, en el polvo y en la pestilencia. Y cuando esta tortura le resultaba insoportable, lo que sucedía a menudo, se levantaba, se presentaba en el despacho de su marido, lo interrumpía en su trabajo y desabridamente le reprochaba que las hubiera llevado allí y a través de las lágrimas le rogaba que salieran inmediatamente de aquel país sucio y desventurado.

Esto se repetía hasta que la fuerza de la costumbre comenzaba a surtir efecto o hasta que una manía sustituía a otra.

En el consulado, el personaje más importante después del cónsul general era Nicola Rotta, intérprete y funcionario. Antes había prestado servicio en el puesto de cuarentena de Zemun, y von Mitterer se lo había llevado con él a Travnik.

Era un hombre pequeño y contrahecho, pero su joroba apenas era visible; tenía una fuerte caja torácica y una cabeza poderosa echada hacia atrás y hundida entre los hombros elevados, en la que destacaban una boca grande, ojos vivos y un cabello con rizos naturales. Sus piernas eran cortas y delgadas y llevaba siempre botines con la caña vuelta o medias de seda y zapatos bajos con una gran hebilla dorada.

Al contrario que von Mitterer, su superior, que era un hombre sosegado y accesible, con una triste placidez en su conducta, Rotta era altanero e irascible tanto con los turcos como con los cristianos. Su silencio malhumorado no era menos desagradable ni ofensivo que su conversación. Aun siendo pequeño y jorobado, lograba mirar por encima del hombro a cualquier hombre más alto, incluso aunque midiera medio metro más que fuera él. Sus ojos torvos, sobre los que caían muy bajo los párpados pesados, miraban desde esa cabeza hundida con un hastío hiriente, desdeñoso, cansado, como si estuviera viendo al interlocutor en algún lugar muy lejano y muy por debajo de él. Sólo cuando se hallaba ante personas muy elevadas e influyentes (y él sabía muy bien quiénes lo eran, quiénes no lo eran y quiénes lo parecían sin serlo) y traducía sus conversaciones, sus ojos clavaban la vista en el suelo adoptando una expresión insolente, afable e inaccesible a la vez.

Rotta hablaba muchas lenguas. (Los travniqueses habían calculado por encima que sabía unas diez). Pero su mayor habilidad no residía tanto en lo que decía como en su capacidad de silenciar al adversario. Tenía la costumbre de echar la cabeza hacia atrás, evaluar al interlocutor a través de los párpados entornados, como desde la distancia, y exclamar de modo seco y arrogante:

—Y entonces ¿qué?, ¿qué?

Ante esas palabras irrelevantes, pronunciadas a su manera, la gente más osada solía aturdirse, los mejores argumentos y pruebas, las demandas más justificadas se debilitaban y no se sostenían.

Sólo en Cesar d’Avenat Rotta encontró un igual y un interlocutor digno de él. Desde que d’Avenat, antes de que ellos llegaran a Travnik, les preparara con tanta habilidad la estratagema gracias a la cual el capitán de Derventa retuvo el firman y las credenciales, obligándolos a permanecer en aquel pueblo como si fueran unos aventureros, a los ojos de Rotta se había convertido en un enemigo de talla al que no había que tomar a la ligera. Tampoco d’Avenat subestimaba a Rotta, del que se había procurado información a través de los mercaderes de Belgrado. Cuando se encontraban, se comportaban el uno con el otro de modo distinto a como lo hacían con el resto de la gente. En el trato mutuo siempre adoptaban un tono trivial y jocoso que tenía que reflejar despreocupación y desdén, tras el que se ocultaban una atención tensa y un temor inconfesable. Se olfateaban como dos fieras y se acechaban como se acechan dos ladrones: ambos saben bien que son ladrones, pero no conocen con exactitud la forma de actuar y los métodos del otro.

Esas conversaciones, que solían empezar en francés, con un tono mundano y un vocabulario consular, acababan transformándose de vez en cuando en una animada discusión llevada en el dialecto veneciano tosco y corrompido que se habla en todas las costas del Mediterráneo. Entonces ambos intérpretes se quitaban la máscara de señores y se peleaban y agredían con palabras, a la manera levantina, olvidando por completo los buenos modales y empleando las expresiones más desvergonzadas junto con gestos y muecas indescriptibles.

—Bendice, venerable padre, bendice al humilde servidor de la Santa Madre Iglesia —decía irónicamente d’Avenat, haciendo una reverencia delante de Rotta, para burlarse de sus buenas relaciones con los monjes.

—¡Que todos los diablos jacobinos del infierno te bendigan! —replicaba Rotta, imperturbable como si recitara un papel aprendido de memoria.

—Así que laméis los altares de los monjes, ¿eh?, ¡los laméis! —decía d’Avenat.

—También vosotros lameríais a los curas incluso lo que no se lame si ellos quisieran. ¡Pero no quieren! No quieren nada de vosotros, los franceses. En cambio, he oído que vais a abrir una nueva sinagoga en un ala del consulado imperial francés.

—No, nada de eso. ¿Para qué queremos nosotros una sinagoga? Preferimos ir a la iglesia de Dolac y ver a su excelencia el cónsul general del imperio austrohúngaro y a su ilustre intérprete haciendo de monaguillos en la misa de fray Ivo.

—¿Por qué no? Puedo hacerlo sin problema.

—Lo sé, lo sé. Tú puedes hacerlo todo. Sólo hay una cosa que no puedes hacer. ¡No puedes crecer!

—Pues, ya ves, tienes razón. Eso sí que no puedo —respondía el jorobado sin pestañear—, pero créeme que no me da pena, sobre todo desde que he visto lo largo que eres tú. Cuando pienso todo lo que vas a crecer cuando estés muerto… Será difícil encontrar un ataúd para semejante cadáver.

—Ah, si a mí me fuera dado ver tu fin, no ahorraría esfuerzos ni dinero, encontraría una caja para ti —y d’Avenat señalaba con las manos el tamaño de una vara.

—No, no, no tengo ningunas ganas de morir. ¿Y por qué iba a morirme si gracias a Dios tú no eres mi médico?

—¿Quién querría serlo? ¡Que te cure el cólera!

—Ya sé que es compañero tuyo. Pero al menos él mata gratis. Ciertamente, tu mano es más segura. Al cólera de vez en cuando se le escapa uno y queda vivo, a ti no se te escapa nadie.

Y así proseguían hasta que ambos se desternillaban de risa mientras se lanzaban miradas arrogantes y taimadas.

Estas conversaciones, una especie de desahogo y gimnasia mental para los dos traductores, transcurrían siempre sin testigos, y el final de la charla volvía a desarrollarse en francés en un tono cortés y ceremonioso. Al ver cómo se despedían, haciendo una profunda reverencia con el sombrero, los travniqueses extraían todo tipo de conclusiones de la larga y amistosa conversación de los funcionarios de las dos potencias cristianas.

Con las otras personas de Travnik, Rotta era él mismo: altanero, hosco, desconfiado, concreto y conciso.

Natural de Trieste, Rotta era el duodécimo vástago de un humilde zapatero que había muerto alcohólico y que se llamaba Giovanni Scarparotta. Este duodécimo hijo era enclenque, deforme, contrahecho, y durante los primeros meses de vida estuvo tan débil que encendían constantemente velas por él e incluso en una ocasión llegaron a lavarlo y prepararlo para ser enterrado. Pero cuando ese pequeño pálido y chepudo empezó a ir a la escuela, resultó ser el más inteligente de todos los hermanos, y que podría llegar a ser algo más y mejor de lo que habían sido su abuelo y su padre. Así, mientras que el resto de los hermanos, mozos recios y saludables, se hicieron a la mar, o empezaron a trabajar como artesanos o en uno de esos oficios indefinidos de los que los triestinos viven tan bien como de una profesión verdadera, el muchacho jorobado entró en las oficinas de una compañía marítima.

Allí el chico enfermizo y taciturno, de ojos grandes y boca sensual en un rostro macilento, repartiendo el correo y cortando las plumas, descubrió por primera vez cómo era la vida señorial, la vida de la gente civilizada con la situación material resuelta, en habitaciones grandes y limpias, donde se habla en voz baja y unos con otros se comportan con corrección, donde la comida, la ropa y el resto de las necesidades cotidianas nunca suponen un problema, como cosas que caen por su propio peso, y las ideas y esfuerzos pasan por encima de ello en pos de otros fines más lejanos y más elevados. El chiquillo comparaba en su fuero interno esa vida que él sólo podía atisbar por el día, mientras iba de oficina en oficina, con la escasez, la suciedad y pobreza de la casa paterna, con las riñas, las vilezas y groserías de su familia y de los vecinos, y la comparación le hacía un daño inmenso. Ahora que conocía la existencia de esa otra vida, ya no soportaba permanecer en la miseria extrema en la que había nacido y en la que debería acabar sus días. Así, una madrugada, después de pasar un largo rato en vela, torturado por esos pensamientos, se levantó de los harapos en los que dormía y que le producían una aversión insufrible, y de rodillas, con la cara anegada en lágrimas, juró, sin saber él mismo en nombre de qué o de quién, escapar de esa vida que era la de los suyos o no seguir viviendo.

A su lado dormían profundamente sus numerosos hermanos, los mayores y los más pequeños, aprendices cubiertos de moretones o haraganes sucios y renegridos, tapados con los mismos andrajos que él. No los percibía ni como hermanos ni como algo suyo, sino como esclavos inmundos entre los que era imposible sobrevivir y de los que había que huir cuanto antes, para siempre y a cualquier precio.

A partir de aquel día, el pequeño jorobado se volvió por completo hacia esa existencia más fácil y más hermosa del otro lado. Trabajaba con abnegación y obediencia, adivinaba los deseos de sus señores, aprendía, miraba, escuchaba y, con el empeño del desesperado, intentaba descubrir dónde estaba la puerta de acceso a esa vida más agradable y distinguida y cómo se abría. El anhelo inconsciente, pero hondo, de entrar y de mantenerse en ella lo impulsaba hacia delante, mientras que por su espalda lo empujaba, con la misma fuerza, el odio violento hacia aquella vida terrible en la casa de sus padres y un asco insuperable hacia todo lo que estaba ligado a ella.

Tanta energía y tanto celo no podían pasar inadvertidos ni quedar estériles. El chico empezó poco a poco a realizar trabajos de escritorio. Se le confiaron pequeñas misiones en los barcos y ante las autoridades. Él se mostraba discreto, infatigable, con un gran talento para los idiomas y una caligrafía perfecta. Sus superiores se fijaron en él. Se le dieron facilidades para que aprendiera alemán. Se le aumentó el salario. Empezó a estudiar francés con un emigrante realista. Este anciano, paralítico y obligado a enseñar su lengua para poder sobrevivir, antaño había pertenecido a la clase alta y cultivada de París. El joven Nicola Skarparota aprendió mucho de él, no sólo francés, sino también geografía, historia y, en general, eso que el viejo señor llamaba «el conocimiento del mundo».

Cuando acabó su instrucción, el muchacho, de forma natural y con toda sangre fría, abandonó el hogar paterno en el barrio de los pobres y alquiló una habitación, modesta, pero limpia y amueblada, en casa de una viuda. Esto suponía el primer paso hacia aquel mundo más grato que era preciso conquistar.

Con el tiempo se hizo indispensable en las oficinas de la compañía, cuando llegaban los barcos, o en los contactos con los extranjeros. Se expresaba con facilidad y rapidez en cinco idiomas, se sabía al dedillo los nombres de todas las instituciones del imperio y los títulos de todos los funcionarios. Memorizaba todo lo que los otros detestaban memorizar y que les era necesario a cada momento. Y por si fuera poco, seguía siendo callado y discreto, sin pretensiones personales ni exigencias, siempre dispuesto y nunca inoportuno.

Todas esas cualidades fueron observadas por el gobernador de la plaza, el comandante Kalher, al que el joven jorobado había hecho algunos favores y suministrado información muy útil sobre los extranjeros que llegaban o los que partían en los barcos de la compañía. De modo que cuando el comandante fue trasladado a Zemun, al cabo de unos cuantos meses, hizo venir al chico, para que entrara al servicio de la comandancia de Zemun como intérprete y realizara misiones de espionaje.

El hijo del zapatero, que huía de un mundo y buscaba su puesto en otro, vio en aquella invitación una señal del destino y la ansiada posibilidad de alejarse materialmente también de la penuria familiar que subsistía tan sólo unas cuantas calles más allá.

Así llegó el joven a Zemun y de inmediato destacó por su diligencia y habilidad. Cruzaba la frontera, infiltrándose en Belgrado con misiones confidenciales, interrogaba a los extranjeros que guardaban cuarentena en el Lazareto[28]. (En los últimos tiempos había aprendido también griego y español). Allí, el hijo del remendón triestino, deseando borrar cualquier rastro de su origen, suprimió el Scarpa de su apellido y se hizo llamar Rotta; incluso durante una temporada escribía de Rotta. También allí se casó con una levantina, hija de un comerciante exportador de Constantinopla, que había ido a Zemun a visitar a unos parientes. El padre de la novia había nacido en Constantinopla, pero su familia procedía de Dalmacia, y la madre era griega.

La muchacha era bonita, callada y regordeta, y aportaba una dote. Rotta tenía la sensación de que la presencia de semejante mujer era lo último que le faltaba para consolidar definitivamente su posición en ese mundo más fácil y más hermoso, y de que así finalizaba su larga ascensión plena de sufrimientos y renuncias.

Sin embargo, justo en este periodo de su vida, Rotta empezó a darse cuenta de que ése no era el final soñado de su camino ni la recompensa tan esperada. Ante aquel hombre, ya cansado, la vida se mostraba como una línea interminable, sin nada duradero ni digno de confianza, como un pérfido juego de espejos innumerables en el que se abrían nuevas perspectivas, cada vez más lejanas y probablemente cada vez más ilusorias.

Su esposa resultó ser inestable, perezosa, enfermiza, derrochadora y difícil en todos los sentidos. Si Rotta no hubiera cortado tan radical y absolutamente todos los lazos con el mundo de su infancia, tal vez se hubiera acordado de un proverbio mediterráneo que de niño oía a menudo en las conversaciones familiares: Chi vuol fare la sua rovina prende la moglie levantina. (Quien quiere labrar su propia ruina toma por esposa a una levantina).

El trabajo en Zemun no era tan cómodo ni tan inocente como el de Trieste. Le confiaban misiones peligrosas y delicadas que consumían sus nervios y le hurtaban sus días y noches impidiéndole dormir. Ese mundo abigarrado, artero y brutal que se movía en la gran encrucijada de Belgrado a Zemun y de Zemun a Belgrado, Danubio arriba y Danubio abajo, era complicado, receloso e ingrato en el día a día. Surgían enemistades, enfrentamientos inesperados y venganzas taimadas. Para sobrevivir, Rotta tuvo que servirse de los mismos medios. Poco a poco adquirió ese tono seco y despectivo que tienen los guardias y los intérpretes en Oriente Próximo, y que no es más que la expresión externa de su vacío interior, de la falta de confianza en las personas y de su ausencia de ilusiones.

La muerte de su primera hija y luego de la segunda durante los primeros meses de vida había traído al matrimonio el mal humor y el resentimiento. Estallaron altercados que no tardaron mucho en convertirse en peleas ruidosas y en colmar la medida de la vileza y la brutalidad de las riñas que Rotta recordaba de su infancia. Finalmente, su mujer lo abandonó, sin lamentos ni escándalos, y se marchó a Constantinopla de donde, en opinión de ambos, nunca debería haber salido.

Rotta comprendió entonces que no bastaba el juramento nocturno de un niño sensible y jorobado, con el rostro bañado en lágrimas, a causa de la pobreza; que no bastaban veinte años de servicio y trabajo tenaz y duro para que un hombre pasara del mundo en el que había nacido a otro que había entrevisto por azar y hacia el que lo había atraído su corazón. Y lo que era peor aún, ese «mundo nuevo», de hecho, no existía como algo separado, definido y estático, que se podía alcanzar y conquistar de una vez por todas, como le había parecido los primeros años; del mismo modo, el mundo «antiguo» de miseria y abyección, del que había escapado haciendo grandes esfuerzos, no se dejaba eliminar con la misma facilidad y sencillez con que se había desembarazado de sus hermanos y hermanas y de los harapos de la casa paterna, sino que seguía al hombre de manera invisible y fatal a través de todos los éxitos y cambios aparentes.

Con tan sólo cuarenta años, Rotta ya se sentía engañado y agotado, como un hombre que ha ido más allá de sus fuerzas y al que no se ha pagado sus merecidos servicios. Toda consideración abstracta le era ajena, pero no podía dejar de pensar en su destino y sentirse solo y decepcionado. Para huir de esas reflexiones y de sí mismo, se lanzó con todas sus energías a la vida sombría y bárbara de la frontera y del Lazareto, que embrutece al máximo y envejece prematuramente. Se volvió ávido de dinero y de ganancias, celoso de su posición en el Servicio, irascible, pendenciero, ostentoso, grosero, supersticioso y temeroso en el fondo de su ser. A los demás, su vanidad les parecía sumamente exagerada porque él estaba orgulloso no de lo que había alcanzado, sino de los esfuerzos invisibles y del precio que había pagado para conseguirlo.

Pero ni siquiera esa soberbia le fue fiel, porque con el correr de los años nos abandonan hasta los placeres que nos procuran nuestros vicios. Al perder la fe y no encontrar sentido a seguir ascendiendo por un camino que tanto le había fatigado y que no le había traído lo que esperaba de él, Rotta se dejó arrastrar por la corriente, sin desear nada más que una vida sin enfermedades ni miseria, con el menor trabajo posible y pocos dolores de cabeza y muchas satisfacciones pequeñas, estabilidad y dinero.

Al igual que d’Avenat, el intérprete del consulado francés, el triestino se familiarizó con los turcos, se adaptó a sus costumbres y modales y a esa vida inhumana que compartía con ellos y con gente de todas las religiones y todo tipo de viajeros, ya en su constante compañía, ya odiándolos sin cesar, entre gritos y refriegas.

Consumido precozmente, ahora era un hipocondríaco canoso, ceñudo y egoísta, repleto de pequeñas manías y las cursilerías de un escribiente. Sufría de enfermedades imaginarias, temía el mal de ojo y las señales de mala suerte, odiaba a la Iglesia y todo lo que estuviera relacionado con ella. Se sentía solo, recordaba con repugnancia a su mujer y su vida en común, y se estremecía al pensar en la pobreza sucia y estrepitosa que antaño había dejado tras de sí en Trieste y no deseaba oír ni el nombre de su familia. Se deleitaba con el ahorro y ahorraba con pasión, con la sensación de que así al menos reparaba todo lo que en la vida era falso y equivocado y que el dinero era la única cosa que podía, hasta cierto punto, elevar, salvar y proteger a un hombre.

Le gustaba la buena comida y la buena bebida, pero le espantaba que los alimentos pudieran estar envenenados, evitaba gastar demasiado y le daba miedo dejarse llevar y traicionarse bajo los efectos del alcohol. (El pavor irracional al veneno lo asaltaba cada vez con más frecuencia, aunque él se defendía y luchaba contra esa manía que le asustaba tanto o más que la posibilidad de ser realmente envenenado).

Cuando era joven, prestaba mucha atención a su atuendo y hallaba satisfacción confundiendo a la gente con la blancura inmaculada de sus camisas y los encajes de su pecho y puños, con sus innumerables pañuelos de seda de todos los colores, con el lustre irreprochable de sus zapatos. Pero ahora también se había relajado en ese aspecto. La pasión del ahorro primaba sobre todo lo demás.

Él era consciente de que su riqueza amasada con tanto esfuerzo y celosamente guardada no significaba más que su miedo a la pobreza. Era cierto lo que se contaba de que en otros tiempos, cuando era un joven petimetre, tenía cien camisas y treinta pares de zapatos. Ahora también tenía sus baúles llenos. Era cierto que tenía sus ahorros en oro. Pero ¿de qué servía eso si no lograba olvidar por un solo instante que los bordes de las camisas se deshilachaban lenta pero inexorablemente y que los zapatos se usaban y gastaban en las puntas y en los talones, o que el dinero no puede esconderse en un lugar totalmente seguro? ¿De qué servía todo eso? ¿De qué servían veinte años de trabajos sacrificados y renuncias? Cuando ni el dinero ni la posición ni la ropa pueden cambiar el destino («El puto destino», como se decía Rotta a sí mismo en convulsos monólogos nocturnos); cuando, ya ves, todo se rasga, se rompe, se gasta, y por los rotos y los agujeros de la ropa y de los zapatos aparece, a pesar de la abundancia, esa miseria vergonzosa, visible sólo para él, que pensaba haber dejado en Trieste, lejos para siempre. Esa preocupación por guardar y retener el dinero se parecía, como una gota de agua a otra, a la antigua ansiedad que se vivía en su familia cuando era niño por obtener el gros[29] que continuamente faltaba, y esos penosos ahorros y tacañería, a la deplorable carestía y estrechez. ¿De qué servía todo eso? ¿De qué sirve si, después de tantos esfuerzos, tantas huidas y ascensos inútiles, el hombre regresa a su punto de partida? ¿Si en su mente, aunque por otro camino, entra la misma maldad y rudeza, y en sus palabras y modales, se manifiestan la zafiedad y la vulgaridad? ¿Si para conservar lo que había logrado era necesario pasar por el mismo horrible tormento que acompaña a la miseria? En resumidas cuentas, ¿de qué sirve tener mucho y ser alguien, si el hombre no puede librarse del miedo a la pobreza ni de los pensamientos más viles, si la penuria amarga, inexorable e invisible sigue al hombre de cerca, mientras que la vida mejor, más hermosa y más tranquila se escapa como un espejismo engañoso?

Y viendo que todo era en vano y que no podía huir tan fácilmente de su origen y de su infancia, Rotta echaba aún con más fuerza la cabeza hacia atrás, caminaba con un aire más arrogante, miraba a los que lo rodeaban con más desprecio, ahorraba más, mantenía el orden en la oficina con más prolijidad y era más severo e inflexible con los jóvenes y con los que dependían de él.

Además de Nicola Rotta, trabajaban en el consulado general austríaco otros dos funcionarios subalternos.

Uno era Franz Wagner, hijo de un alemán instalado en Slavonski Brod, menudo, rubio, servicial, dotado de una caligrafía espléndida e infatigable en su trabajo. Se trataba de un hombrecillo gris, que derrochaba un servilismo humillante ante sus superiores, pero que ocultaba en su interior, sofocada y aplastada, una ingente cantidad de esa perfidia mórbida y sorda, pero cruel y mortal, típica de los burócratas, que algún día, cuando ascendiera en el escalafón, descargaría sobre la cabeza de algún subordinado infeliz, el cual ahora, tal vez, todavía fuera a la escuela. Este Wagner era el principal rival de Rotta. Los dos luchaban y se enfrentaban como dos enemigos naturales.

El escribiente Petar Markovac era el otro. Originario de Eslavonia, era un suboficial gallardo, apuesto, de cara rubicunda y negros bigotes retorcidos; lucía un uniforme ceñido impecable, sólo se preocupaba de su persona, estaba satisfecho consigo mismo y no tenía ninguna necesidad de pensar en otras cosas.

 

VII

 

No se acababa el otoño ni empezaba el invierno; ese tiempo a destiempo que no era otoño ni invierno, pero que era mucho peor que cualquiera de los dos. Este prodigio de estación dura días, semanas, días que son largos como semanas, semanas que parecen más largas que los meses. Lluvia, barro y nieve que ya en el aire se convierte en lluvia y en cuanto cae al suelo se transforma en fango. Al alba, un sol pálido y débil tiñe el oriente de un rosado tenue, tras las nubes, para reaparecer sólo al final de la jornada gris por occidente como una luz amarillenta, antes de que el día plomizo se mude en negra obscuridad. Pero por la mañana, igual que por la noche, la humedad rezuma, tanto de la tierra como del cielo, salpica, serpentea, ciñe la ciudad y penetra en los objetos; invisible pero todopoderosa, cambia el color y la forma de las cosas, las costumbres de los animales, la conducta, los pensamientos y el ánimo de las personas. El viento, que se precipita unas dos veces al día desde la cuenca, no hace sino desplazar la humedad de su sitio, pero con el aguanieve y el tufo de los bosques empapados vuelve a traer nuevas masas de vapor; así, una humedad empuja y sustituye a otra; mejor dicho, la fría y punzante de las montañas expulsa a la rancia y saturada de la ciudad. A ambos lados del valle se entreabren aguazales, rebosan los manantiales y se desbordan los torrentes. Los exiguos arroyos, hasta entonces apenas visibles, se transforman en cascadas, braman y se desploman a lo largo de las márgenes, irrumpen en el bazar como un campesino ebrio y obnubilado. Entretanto, por el centro de la ciudad marcha y repica el Lasva, mudado, turbio y crecido. No hay ningún lugar para esconderse del estruendoso ruido de esas aguas ni protegerse del frío y la humedad que exhalan, porque penetran en las habitaciones y se adhieren a las sábanas. Las criaturas sólo pueden defenderse con su propio calor, incluso la piedra de la pared chorrea un sudor frío, la madera se vuelve resbaladiza y frágil. Ante esa invasión mortal de la humedad, todos se repliegan sobre sí mismos, toman la forma que les permite ofrecer la mejor resistencia; el animal se apoya en el animal, la semilla calla en la tierra y los árboles empapados y ateridos ocultan el aliento reprimido en la médula y en las raíces cálidas.

Los lugareños, habituados y curtidos, lo aguantan todo, se mantienen, se alimentan y caldean guiados por el instinto y la experiencia, cada uno según las posibilidades, costumbres y medios de su clase y posición social. Los ricos no salen de casa si no es por un caso de fuerza mayor, y pasan los días y duermen en habitaciones cálidas, se calientan las manos en los braserillos verdes de las estufas de barro y esperan, con una paciencia que siempre llega un día más tarde que el invierno y el temporal más largos. Ninguno teme perderse un acontecimiento relevante o que alguien se les anticipe y los sorprenda, porque todos viven respetando las mismas condiciones, el mismo ritmo y el mismo modo de vida. Tienen todo lo que necesitan al alcance de la mano y bajo llave, en la bodega, en el desván, en el granero o en la despensa, porque conocen su invierno y lo aguardan preparados.

Con los pobres sucede lo contrario; días semejantes los obligan a salir de casa, porque no tienen preparadas las conservas y encurtidos, y los que durante el verano no hacen caso de nadie ahora deben salir y trabajar, mendigar o pedir prestado, y llevar algo al hogar «inventándoselo» si es preciso. Los pobres, con la cabeza baja, la carne de gallina y los músculos agarrotados, recogen alimentos y leña, se tapan la espalda y la cabeza con un saco viejo a guisa de capucha, anudado bajo el mentón, se ciñen y se envuelven bien en los trapos hasta parecer deformes, se calzan con cuero, retales y corteza, se refugian bajo los tejadillos o los saledizos, evitan cautelosos los charcos, saltan los regatos diminutos, de piedra en piedra, y se sacuden los pies como los gatos, se soplan las manos o se las calientan entre sus propios muslos, con un castañeteo de dientes o tarareando, trabajan y sirven o mendigan, y sólo con pensar en la comida y la leña que esa salida les procurará, encuentran fuerzas para soportarlo todo.

Así, los travniqueses resisten ese clima duro al que están acostumbrados desde su nacimiento.

Pero otra suerte corren los extranjeros arrojados por el destino a ese valle angosto que en esa época del año es sombrío y donde «la humedad y las corrientes de aire campan a sus anchas como en el pasillo de una cárcel».

En el konak, en el que por lo general reinaba el ruido y la despreocupación como en un cuartel de caballería, entraba la humedad con el tedio como una enfermedad. Los mamelucos del visir, para los que era el primer invierno de su vida, temblaban, lívidos y estupefactos, y miraban en derredor con ojos tristes y enfermizos, igual que animales tropicales trasladados a un país nórdico. Muchos de ellos pasaban todo el día tumbados, arropados, la cabeza tapada con una manta, tosiendo y enfermos de nostalgia por su lejana y cálida tierra natal.

Los animales que el visir había traído a Travnik, los gatos de Angora, los papagayos y monos, no se movían ni gritaban ni divertían a su amo; afligidos y mudos, se retiraban a un rincón y aguardaban a que el sol los calentara y alegrara.

El teftedar[30] y el resto de los dignatarios no salían de sus aposentos, como si afuera las aguas lo inundaran todo. En sus habitaciones había grandes estufas de barro que se alimentaban desde el pasillo, y los sirvientes metían en ellas montones enteros de ramas de ojaranzo, que calentaban mucho y mantenían la llama toda la noche, de modo que a la mañana siguiente el fuego nuevo se encendía con las brasas del día anterior que aún ardían. En esas estancias, que jamás se enfriaban, era agradable oír al amanecer cómo fuera abrían la estufa, limpiaban la ceniza y colocaban más madera, astilla por astilla. Pero incluso aquí se colaba el desánimo, mucho antes de que anocheciera. Los hombres se defendían, inventaban juegos y pasatiempos, se visitaban, charlaban. Hasta el visir perdía su alegría natural y su dinamismo. Varias veces al día descendía al Diván en penumbras de la planta baja, de muros gruesos y escasas troneras, porque el Diván del piso superior, más aireado y luminoso, quedaba abandonado en la lucha contra el frío y no se caldeaba ni se abría durante el invierno. Allí invitaba a sus colaboradores más antiguos y cercanos para pasar el rato y charlar. Hablaba durante horas de cosas insignificantes para acallar sus recuerdos de Egipto, evitar pensar en el futuro y apaciguar su deseo de ver el mar, que lo torturaba incluso en sueños. Todos los días al menos diez veces, decía con ironía a cada uno de sus hombres:

—¡Hermoso país, amigo mío, noble tierra! ¿Qué pecado hemos cometido tú y yo para que el destino nos castigue de este modo?

Y cada uno de ellos le respondía con unas cuantas palabras rudas y descorteses sobre la región y el clima. «¡Es un país de perros!», decía el teftedar. «Es como para hacer llorar a los osos», se lamentaba el silahdar Junuz bey, paisano del visir. «Ahora veo que nos han enviado aquí para que perezcamos», afirmaba el hodja Ibrahim, amigo íntimo del visir, y en su cara amarillenta aparecían largas arrugas como si de verdad se preparara a morir.

Así competían en jeremiadas y aliviaban, al menos por un tiempo, el aburrimiento común. A través de todas estas conversaciones se oía el rumor del agua y el murmullo de la lluvia y se adivinaba el mar de humedad que desde hacía días asediaba el konak y aprovechaba cualquier orificio, cualquier grieta, para filtrarse.

Cuando llegaba Suleiman bajá Skopljak, el cehaja[31], que a pesar de la lluvia y del frío cabalgaba todos los días varias veces por la ciudad, ellos interrumpían la conversación y todos lo contemplaban pasmados.

Al hablar con el cehaja, un bosniaco simple y rudo, el visir se esforzaba por ser moderado y atento, pero le preguntaba bromeando:

—Hombre, por Dios, ¿suceden a menudo estas calamidades en tu ciudad?

Suleiman bajá respondía serio en su turco deficiente:

—No son calamidades, bajá, gracias a Dios; sólo ha empezado el invierno y lo ha hecho como es debido. Cuando es húmedo al principio y seco al final, se sabe que será un buen año. Y ya verás cuando empiece a nevar, el frío intenso arrecie y el sol brille, la nieve cruja bajo los pies y las centellas revoloteen ante los ojos. Es tan dulce y hermoso como Dios lo ha creado y como debe ser.

Al visir se le erizaba el vello al pensar en esos nuevos portentos que le prometía su lugarteniente pleno de entusiasmo, frotando sus manos secas enrojecidas y calentando sus polainas en la estufa.

—No seas así, honorable amigo, cede un poco, si es posible —bromeaba el visir.

—¡Ah, no! Es un don del cielo, y que así sea. No es bueno que el invierno no sea invierno —prosiguió el lugarteniente sin abandonar su tono serio, inasequible a las bromas sutiles de los osmanlíes e indiferente a su sensibilidad. Y se sentaba, erguido, impávido y terco, entre aquellos extranjeros frioleros y socarrones, que lo miraban con temor y curiosidad, como si él fuera quien dictara inexorablemente el tiempo y las estaciones.

Y cuando el cehaja se levantaba y se envolvía en su amplio manto rojo, para cabalgar bajo la lluvia helada por el camino embarrado hasta su mansión, ellos se miraban, sintiendo escalofríos y desesperación, y en cuanto la puerta se cerraba tras él, continuaban mofándose e injuriando a los bosniacos, a Bosnia y al cielo que la cubría, hasta que, después de tantas palabras atroces y tanta difamación, se sentían mucho mejor, al menos en apariencia.

En el consulado francés, la vida también se había vuelto más sigilosa y callada. La señora Daville se enfrentaba por primera vez al invierno de Travnik e inmediatamente aprovechaba el lado bueno de las cosas, recordaba todo para el futuro y para todo encontraba remedio y solución. Arrebujada en un chal de cachemir gris, vigilante y pertinaz, recorría de la mañana a la noche la enorme casona turca, daba órdenes y señalaba lo que debía hacerse; a duras penas se entendía con el servicio porque desconocía el idioma y porque nuestra gente no es precisamente muy mañosa, pero al final siempre lograba imponer su voluntad y conseguir más o menos lo que quería. Justo con este tiempo la casa revelaba sus defectos e imperfecciones. Había goteras en el techo, las tablas del suelo se hundían, las ventanas no cerraban bien, la cal se resquebrajaba, las estufas echaban humo. Pero la señora Daville siempre lograba arreglarlo, colocarlo y organizarlo todo; sus manos, secas y rojas por lo general, ahora estaban azuladas por el frío, no obstante, no paraban ni un solo momento en la lucha contra los desperfectos, las averías y el desorden.

En la planta baja, un poco húmeda, pero bien caldeada y luminosa, se sentaban Daville y el joven canciller. Hablaban de la guerra en España y de las autoridades francesas en Dalmacia, de los correos que no llegaban o llegaban intempestivamente, del Ministerio que no respondía a sus solicitudes y demandas, pero con mayor frecuencia hablaban del mal tiempo, de Bosnia y de los bosniacos. Departían sosegada y extensamente, como personas a la espera de que un criado trajera las velas o los llamara para cenar, hasta que la conversación derivaba imperceptiblemente a cuestiones genéricas y se convertía en una discusión y una disputa.

Era esa hora, entre dos luces, cuando todavía no se encienden las velas, pero no se ve lo suficiente para leer. No hacía mucho que des Fossés había vuelto de su paseo, porque, lloviera o nevara, él no dejaba de explorar los alrededores al menos una vez al día. Su rostro aún estaba enrojecido y húmedo por el viento y la lluvia, y el pelo corto, enmarañado y pegado a la cabeza. Daville apenas ocultaba su descontento a causa de esas salidas que consideraba nocivas para la salud y perjudiciales para el prestigio del consulado. Solía irritarlo ese joven activo y emprendedor, así como su curiosidad y su viveza de espíritu. Pero des Fossés, insensible a los reproches y totalmente ajeno a las opiniones del cónsul, hablaba con entusiasmo sobre los descubrimientos que hacía en el curso de sus paseos por Travnik y sus inmediaciones.

—¡Ah! —replicaba Daville haciendo un gesto con la mano—, Travnik y cien leguas a la redonda no son más que un desierto cenagoso, habitados por miserables de dos clases, torturadores y torturados, y nosotros no somos más que unos infelices que tenemos que vivir entre ellos.

Imperturbable, des Fossés razonaba que ese lugar, aunque muerto y alejado del mundo, no era un desierto, sino al contrario, variado, interesante desde cualquier punto de vista y elocuente a su manera; el pueblo, ciertamente, estaba dividido por la religión, era extremadamente supersticioso y se hallaba sometido a la peor administración de la tierra, de ahí su atraso y su desdicha, pero al mismo tiempo, poseía abundantes riquezas espirituales, cualidades específicas interesantes y costumbres insólitas; en cualquier caso, merecía la pena esforzarse y tratar de comprender las causas de esa infelicidad y de ese retraso. Y el hecho de que para el señor Daville, para el señor von Mitterer y el señor des Fossés, en tanto que extranjeros, la vida en Bosnia fuera difícil y desapacible, no probaba nada. No se pueden juzgar los valores y méritos de un país por cómo se siente en él un cónsul extranjero.

—Al revés —decía el joven—, creo que hay pocos lugares en el mundo que estén menos desiertos y sean menos monótonos. Basta con cavar un palmo en el suelo para encontrar tumbas y restos de tiempos pasados. Todos los campos aquí son un cementerio, un cementerio múltiple; una necrópolis sobre otra, tal como han ido naciendo y muriendo las diversas poblaciones en el curso de los siglos, época tras época, generación tras generación. Y los cementerios son una prueba de vida y no de desolación…

—Eh —el cónsul se defendía, como de una mosca invisible, de la forma de expresarse del joven, a la que no podía habituarse.

—No sólo cementerios, no sólo tumbas. Hoy, cuando cabalgaba por el camino de Kalibunar, he visto que en una zona, a causa de la lluvia, se había desprendido tierra a un lado por debajo de la carretera. A una profundidad de seis codos más o menos, podían verse, como estratos geológicos, los restos superpuestos de los caminos anteriores que han atravesado este valle. En el fondo había pesadas piedras, vestigios de la calzada romana, tres codos más arriba el rastro de un pavimento medieval, y por último la grava y el terraplén del actual camino turco que nosotros pisamos. Así, gracias a una sección fortuita, he podido contemplar dos mil años de la historia del hombre que abarcan tres épocas, cada una de las cuales ha enterrado a la anterior. ¡Ya ve usted!

—Ya veo. Si nos ponemos a considerar las cosas desde ese ángulo… —decía Daville, sólo por decir algo, porque más que escuchar al joven observaba el brillo helado de sus ojos castaños, como si quisiera averiguar qué había tras unos ojos capaces de mirar en derredor de esa forma.

El canciller proseguía con los restos de yacimientos neolíticos en la carretera que iba hacia el pueblo de Zabilje, donde, antes de que empezaran las lluvias, había encontrado láminas cortantes y azuelas de sílex que tal vez durante decenas de miles de años habían yacido allí en el barro. Las había visto en el campo de un tal Karahodzic, un viejo ágil y huraño que no quiso ni oír hablar de la posibilidad de excavar o investigar sus tierras, y que durante mucho tiempo siguió con una mirada enojada al extranjero y a su escolta, que se alejaban hacia Travnik.

Precisamente, en el camino de vuelta, el guardia le había contado la historia de esos Karahodzic.

Doscientos años atrás, en los tiempos de las grandes guerras, se habían marchado de esa región para instalarse en Eslavonia, en las inmediaciones de Pozega, donde les habían concedido vastas propiedades. Ciento veinte años después, cuando el imperio turco tuvo que retirarse de Eslavonia, ellos también tuvieron que abandonar sus hermosas posesiones y regresar a su heredad de Zabilje, pequeña y mezquina. Aún se custodiaba en su familia un caldero de cobre que habían traído, como prueba de las riquezas perdidas, cuando el viejo Karahodza los había vuelto a llevar a Bosnia humillados y resentidos. Además del caldero, Karahodza les había dejado en herencia un mandato: que jamás dejaran de tomar parte en las batallas en las que se combatiera a los germanos y que cada uno de ellos hiciera todo lo posible para que algún día se les devolviera el señorío que habían perdido en Eslavonia; y si, por desgracia, Dios permitía que los germanos cruzaran el río Sava, les hizo prometer que defenderían sus míseros campos de Zabilje mientras pudieran, y que cuando ya no pudieran más, huyeran sin someterse, aunque tuvieran que ir de un lugar a otro, a través de todos los territorios turcos, hasta las fronteras más lejanas del Imperio, hasta las regiones ignotas del fin del mundo.

Mientras hablaba, el guardia mostraba al joven, por encima del camino, junto a un huerto de ciruelos, un pequeño cementerio turco en el que destacaban dos altas estelas funerarias de piedra blanca. Eran las tumbas del viejo Karahodza y de su hijo, el abuelo y el padre del anciano que, furioso, todavía estaba junto a la cerca y movía los labios murmurando algún improperio y lanzando chispas por los ojos.

—Ya ve —decía des Fossés mirando el crepúsculo y la ventana empañada— no sé qué me resulta más interesante, si los restos de la edad de piedra, miles y miles de años anteriores a nuestra era, o aquel viejo que guarda el legado de sus ancestros y no consiente que nadie toque su campo.

—Ya veo, ya —replicaba Daville maquinalmente y con un aire ausente, asombrado por todo lo que el joven era capaz de percibir.

Paseando por la estancia al tiempo que conversaban, los dos hombres se detuvieron delante de la ventana.

Fuera, la noche empezaba a caer. Todavía no se habían encendido las luces en ninguna parte. Sólo al fondo del valle, justo a la orilla del agua, titilaba un débil resplandor en el mausoleo de Abdulah bajá. Era la vela que siempre estaba encendida en la tumba del bajá y cuya tenue llama se divisaba desde las ventanas del consulado, incluso cuando las otras luces de la ciudad aún no estaban encendidas o ya se habían apagado.

De pie, junto a la ventana, a la espera de que reinara la oscuridad más absoluta, el joven y el cónsul hablaban a menudo de esa «luz eterna» y del bajá, a cuya vela se habían habituado como algo permanente y familiar.

Des Fossés sabía también su historia.

Abdulah bajá era natural de aquella comarca. Siendo todavía joven se había hecho célebre y rico. Había visto mucho mundo como soldado y como valí, pero al poco de ser nombrado visir en Travnik, murió repentinamente en la flor de la vida y lo enterraron allí (se decía que había muerto envenenado). La gente lo recordaba como un visir indulgente y justo. Un cronista de la villa había escrito que «en los tiempos en que Abdulah bajá gobernaba, los pobres no habían sabido lo que era el mal». Antes de morir, había legado sus bienes a la tekke, el monasterio de derviches, y a otras instituciones de Travnik. Había dejado una importante suma de dinero para que se le erigiera un hermoso mausoleo de buena piedra, y ordenado que con los ingresos de sus campesinos y propiedades se mantuviera encendido noche y día un cirio más grueso de lo acostumbrado. Su tumba siempre estaba cubierta con un paño verde con la siguiente inscripción bordada: «¡Que el Altísimo ilumine su sepulcro!». El texto lo habían elegido los derviches instruidos, en agradecimiento a su benefactor.

Des Fossés había logrado enterarse de dónde estaba el testamento de este visir y lo consideraba un documento interesante, característico de aquella gente y de la región. Esa noche se lamentaba porque no le habían permitido verlo ni copiarlo.

La conversación se detuvo. Por un instante el silencio reinó en la habitación y procedente de la oscuridad, que invadía poco a poco el paisaje, se pudo oír la melodía arrastrada de una canción incomprensible, igual que un gemido emergiendo del fondo de las aguas. Un hombre caminaba y cantaba, interrumpía la canción y la retomaba después de unos cuantos pasos, y así la voz, según se alejaba, se hacía más débil.

Daville, impaciente, hizo sonar la campanilla y ordenó que trajeran las velas.

—¡Ay, esa música! ¡Dios mío, esa música! —se quejaba el cónsul, al que exasperaban las canciones bosniacas.

El que así entonaba era Musa, llamado el Cantor, que, como todas las noches, subía por la calle empinada, ya que vivía en una de esas casas perdidas en los jardines escarpados más arriba del consulado.

Des Fossés, que todo lo preguntaba y de todo se enteraba, también conocía la historia de ese borracho tarambana que todas las noches volvía a su casa por el mismo camino, dando tumbos y cantando, con voz ronca, fragmentos de su melodía arrastrada.

Antaño, en Travnik, vivía el viejo Krdzalija, un hombre de origen humilde y sin gran reputación, pero muy rico. Comerciaba con armas, y eso es una mercancía que se paga muy bien, porque el que necesita un arma no pregunta cuánto cuesta y paga cualquier precio sólo por tenerla en el momento y en el lugar preciso. El viejo Krdzalija tenía dos hijos. El mayor trabajaba con su padre, mientras que a Musa lo enviaron a estudiar a Sarajevo. Pero entonces sucedió que el viejo murió repentina e inesperadamente. Se acostó sano y lo encontraron muerto por la mañana. Musa dejó los estudios y regresó a Travnik. Al repartir la herencia resultó que el padre había dejado una cantidad de dinero increíblemente pequeña. Empezaron a propalarse todo tipo de rumores sobre la muerte del viejo Krdzalija. La gente no quería creer, y ciertamente era difícil creerlo, que no hubiera dejado dinero en efectivo; muchos sospecharon del hermano mayor e incitaron a Musa a reclamar su derecho. Por si fuera poco, el hermano mayor había intentado perjudicar y engañar al pequeño durante el reparto de la herencia. El primogénito, un tipo alto y apuesto, era uno de esos hombres fríos que, incluso cuando sonríen, sus ojos no cesan de arrojar oscuridad. Mientras se resolvía la sucesión y Musa vacilaba entre su innata despreocupación por el dinero y todo lo que con él estaba relacionado, y los consejos del vecindario, ocurrió algo mucho peor y mucho más terrible. Ambos hermanos se prendaron de la misma mujer, una jovencita de Vilic. Ambos pidieron su mano; se la concedieron al mayor. Entonces, Musa desapareció de Travnik. No volvió a hablarse del dudoso reparto de bienes ni de la muerte de Krdzalija. El hermano mayor se ocupaba de su negocio e incrementaba su fortuna. Al cabo de dos años regresó Musa, cambiado, con grandes bigotes, pálido y delgado, con la mirada insegura y pesada de los hombres que duermen poco y beben mucho. Se fue a vivir a la propiedad que le había correspondido, que no era pequeña, pero que estaba desatendida y mal administrada. Así, con los años, el joven gallardo, rico heredero, dueño de una hermosa voz y un oído perfecto, se convirtió en ese pobre escuálido que vivía de las canciones y sólo para la bebida, un juerguista taciturno e ingenuo al que perseguían los niños. Sólo su voz siguió siendo la misma durante mucho tiempo. No obstante, ya había empezado a deteriorarse, igual que su salud se había consumido y disipado sus bienes.

Un criado trajo los candelabros. Las sombras danzaron un momento por la habitación y luego se calmaron. Las ventanas se tiñeron de repente de oscuridad. La balada del Cantor se desvaneció por completo, y los ladridos de los perros que le respondían también enmudecieron. El silencio volvió a cubrirlo todo. El cónsul y el joven callaron, cada uno sumido en sus pensamientos, pero ambos deseaban en su fuero interno estar lejos de allí y tener otro interlocutor.

Des Fossés volvió a romper la tregua. Hablaba de Musa el Cantor y de la gente como él. Daville lo interrumpió afirmando que ese vecino estridente y ebrio no era ninguna excepción, sino el verdadero reflejo de un medio en el que la rakija, la ociosidad y la rudeza de toda suerte eran las características principales. Des Fossés discrepaba. Hombres así siempre los había habido en ámbitos semejantes, afirmaba, y tenía que haberlos. El mundo los contempla con miedo y pena, pero también con una especie de respeto religioso, más o menos como los antiguos griegos veneraban el enlision, es decir, el lugar donde golpeaba un rayo. Pero en modo alguno eran típicos de una sociedad. Al contrario, se los consideraba casos perdidos y excepcionales. La existencia de esas personas rechazadas y solitarias, abandonadas a sus pasiones, a su vergüenza y a una rápida decadencia, sólo demostraba hasta qué punto eran sólidos los lazos e implacables y severas las leyes de la sociedad, la religión y la familia en el sistema patriarcal. Y eso valía tanto para los turcos como para la gente de otras religiones. En esas sociedades todo está ligado, firmemente imbricado, se apoyan unos en otros y se controlan mutuamente. Cada individuo vigila al conjunto y el conjunto a cada individuo. La casa observa a la casa, la calle supervisa a la calle, porque todos son responsables de todos y todos están íntimamente ligados no sólo a sus parientes y familiares, sino también a sus vecinos, correligionarios y conciudadanos. Ahí residía la fuerza y la esclavitud de aquel mundo. La vida del individuo es sólo posible en ese marco, y la vida de la colectividad, en esas condiciones. El que se salta ese orden y sigue su fantasía y sus instintos es igual que un suicida, y se hunde más pronto o más tarde irresistible e inevitablemente. Ésa era la ley en aquel medio, ley mencionada ya en el Antiguo Testamento; la ley del mundo antiguo. Marco Aurelio escribió: «Aquel que elude cumplir los deberes impuestos por el orden social es igual que un proscrito». Musa había infringido esa ley, y tanto ésta como la sociedad perjudicada se vengaban y lo castigaban.

Una vez más, Daville observaba al joven sin escuchar lo que decía y pensaba: «Éste ha decidido hoy explicar y justificar todos los horrores y monstruosidades del país. Probablemente, en su libro sobre Bosnia ha llegado a este punto y ahora tiene la necesidad de darme a mí o al que se tercie una conferencia sobre el tema. A lo mejor se le acaba de ocurrir ahora mismo. Pero lo que estoy viendo en estos momentos, lo que tengo ante mis ojos, es la juventud. La ligereza, la autoconfianza, la fuerza de exposición y el firme convencimiento, eso es la juventud».

—Espero, querido amigo, que leeremos todo esto en su libro, pero ahora veamos qué pasa con la cena. —Daville atajó la exposición del joven y sus propios pensamientos.

Durante la cena, la conversación versaba sobre asuntos y acontecimientos cotidianos. La señora Daville participaba en ella con observaciones breves y serias. Sobre todo, se hablaba de cocina, se evocaban las comidas y los vinos de diferentes regiones de Francia, se comparaban con la forma turca de alimentarse, se quejaban porque no había verduras ni vinos ni especias francesas. Unos cuantos minutos después de las ocho, la señora Daville bostezaba leve y discretamente. Ésta era la señal para que recogieran la mesa, y poco después ella se retiraba y subía a la habitación de los niños. Una media hora más tarde, el cónsul y des Fossés se separaban. Él día llegaba a su fin. Comenzaba la cara nocturna de la vida en Travnik.

La señora Daville se sentaba al lado de la cama del más pequeño de sus hijos y tejía igual que había realizado el resto de las faenas durante el día, igual que había cenado, rápida, silenciosa y conscientemente, infatigable como una hormiga.

Él cónsul, de nuevo en su despacho, se sentaba a su pequeña mesa de escritorio. Ante él se hallaba el manuscrito de su epopeya sobre Alejandro Magno. Hacía años que Daville había empezado esa obra y trabajaba en ella; lo hacía despacio y de forma irregular, pero pensaba en ella todos los días varias veces, a propósito de cuanto veía, oía y vivía. Como ya hemos dicho anteriormente, esta epopeya se había convertido para él en una suerte de realidad diversa, más fácil y mejor, que él gobernaba a su voluntad, en la que no existían las dificultades ni la rebeldía, y en la que hallaba soluciones fáciles para todo lo que permanecía sin resolver en él y a su alrededor, y buscaba consuelo para todo lo que le resultaba difícil, y compensación para todo lo que la vida real ni le daba ni le permitía. Unas cuantas veces al día, Daville se escapaba a su «realidad de papel», se apoyaba en ella, en sí mismo, en alguna idea del poema, como un cojo en su bastón. Y al revés, escuchando nuevas sobre sucesos bélicos, observando alguna escena o haciendo algún trabajo, a menudo, en su imaginación los trasladaba a su epopeya. Al llevarlos unos miles de años atrás, todos los hechos dejaban de ser tan penosos y arduos, o al menos parecían más livianos y soportables. Naturalmente, eso no hacía que las cosas reales fueran más fáciles ni que el poema se acercara y asemejase más a una auténtica obra de arte. Pero mucha gente recurre, en su fuero interno, a una ilusión mucho más extraña y brumosa que una obra poética con su contenido arbitrario, métrica rígida y rimas estrictas.

También aquella noche, Daville se puso delante del voluminoso manuscrito de tapas verdes, igual que un hombre hace un gesto que ya se ha convertido en rutina. Pero desde que había llegado a Bosnia y se había involucrado en los asuntos consulares con los turcos, las horas nocturnas eran menos fecundas y menos satisfactorias. Las imágenes no acudían, los versos a duras penas entraban en la horma y salían de ella incompletos, las rimas no querían enlazar unas con otras como antaño, cuando despedían chispas, sino que permanecían inacabadas como un monstruo con una sola pierna. Con frecuencia, las cintas verdes que unían las tapas de cartón no se desataban y el manuscrito yacía allí como un fondo para los papeles minúsculos en los que el cónsul anotaba lo que debía hacer al día siguiente o lo que había dejado pendiente el día que finalizaba. En esos momentos, después de cenar, pasaba lista a todo lo que había hecho y dicho a lo largo del día y, en lugar de descansar y entretenerse, surgían nuevos desvelos y reaparecían antiguas preocupaciones. Las cartas que ese día habían salido para Split, Constantinopla o París se mostraban íntegras ante sus ojos, y tan repentina como implacablemente vislumbraba todo lo que había omitido o lo que era superfluo o inoportuno expresar. La sangre le latía en las sienes a causa de la excitación y el disgusto que sentía consigo mismo. Las conversaciones que ese día había mantenido con la gente emergían del recuerdo hasta en los detalles más nimios, y no sólo las conversaciones serias e importantes sobre trabajo, sino también las charlas irrelevantes. Veía claramente a su interlocutor, oía el tono de cada una de sus palabras, se veía también a sí mismo y percibía todos los defectos de lo que había dicho y la importancia de lo que, por razones incomprensibles, no había manifestado. De súbito, brotaban frases perfectas y recias que debía haber proferido o respondido en vez de las pálidas e impotentes palabras y respuestas que había dado. El cónsul se las decía a sí mismo ahora, y al mismo tiempo sentía que ya era tarde e inútil.

Con semejante estado de ánimo no se engendran poemas, y con tales ideas se duerme mal y se tienen sueños pesados, si es que uno logra conciliar el sueño.

Esa noche, en los oídos del cónsul volvió a resonar la reciente conversación con des Fossés. De pronto se daba cuenta de la dispersión inmadura de las historias sobre los estratos de varios siglos superpuestos bajo el camino, sobre los útiles del neolítico, sobre Karahodza y Musa el Cantor, sobre la familia y el orden social de Bosnia. Y a todas estas fantasías del joven que, tal como ahora lo veía no resistían la menor crítica, él, como si estuviera petrificado y hechizado, no respondía más que con unos débiles: «ya veo, ya veo, pero…». «¿Qué he visto? ¿Qué diablos he visto?», se preguntaba ahora. Se sentía ridículo y humillado, y al mismo tiempo furioso consigo mismo por haber prestado una atención inmerecida a esas conversaciones insignificantes. Al fin y al cabo, ¿qué importancia tenía esa charla? ¿Y con quién hablaba? Ni con el visir ni con von Mitterer, sólo se había dedicado a parlotear con ese mocoso de cosas carentes de interés. No podía interrumpir el curso de sus pensamientos ni enfrentarse a ellos; y cuando ya creía que había logrado olvidar esas fruslerías, saltaba de repente de su silla y se plantaba en mitad de la habitación, con la mano extendida y diciéndose a sí mismo que debería haber contestado inmediatamente a sus disquisiciones, que las cosas son así y asá, y haberlo puesto en su sitio. Incluso en los asuntos más baladíes, hay que decir lo que se piensa con toda libertad y hasta el final, arrojar la opinión propia a la cara de la gente, y que sean ellos los que después se reconcoman, eso es, y no guardarla para sí y luego pelearse cuerpo a cuerpo con ella como con un vampiro. Sí, eso era lo que habría tenido que hacer y no había hecho, y lo que tampoco haría mañana ni pasado mañana, ni nunca, no ya de palique con ese niñato, ni siquiera en las conversaciones con personas serias; las cosas volverían a pasar por su mente por la noche, después de cenar y antes de dormir, cuando ya era demasiado tarde, cuando las palabras más banales y más corrientes llegan a ser enormes e indestructibles como los fantasmas.

Daville hablaba así consigo mismo, regresando al escritorio junto a la ventana, oculta tras las cortinas. Pero los pensamientos iban tras él; en vano los dispersaba, porque era incapaz de dedicarse a otra cosa.

—Hasta encuentra interesante esa horrible forma de cantar. Es capaz de defender algo semejante —se dolía el cónsul.

Impulsado por la necesidad malsana de discutir y ajustar cuentas con el joven, el cónsul se puso a escribir, veloz y de un solo trazo, en el papel blanco en el que deberían alinearse los versos sobre las hazañas de Alejandro Magno:

«He oído cantar a este pueblo y he podido advertir por mí mismo que incluso el canto presenta igual ferocidad y rabia enfermiza que cualquier otra función de su espíritu y de su cuerpo. He leído en un libro de viajes de un francés, que hace más de cien años recorrió estos parajes y escuchó a esta gente, que su canto semeja más el ladrido de un perro que música. Sin embargo, ya sea que este mundo ha cambiado para peor, ya que ese buen francés no llegara a conocer bien este país, yo creo que en el ladrido de los perros hay mucha menos maldad y tozudez que en las canciones de este pueblo cuando se embriaga o cuando, simplemente, se deja llevar por la furia. Los he visto poner los ojos en blanco cuando cantan, rechinar los dientes y golpear con el puño en la pared, bien porque estén borrachos de rakija o, sencillamente, impelidos por una necesidad interna de aullar, de perder el sentido y destruir. Asimismo, he llegado a la conclusión de que nada de eso tiene ninguna relación con la música ni con la canción, tal como se puede oír en otros pueblos, sino que se trata sólo de una forma de manifestar sus pasiones ocultas y sus pérfidas apetencias, a las que por lo demás, a pesar de su libertinaje, no pueden dar una expresión, porque la propia naturaleza no lo permite. He comentado este asunto con el cónsul general austríaco. Al margen de su rigidez militar, él también ha percibido todo el horror de esos gemidos y gritos que se oyen por las noches en los callejones y jardines, y por el día en alguna que otra taberna. “Das ist ein Urjammer” (es un lamento ancestral y primigenio), dijo él.

»Pero, en mi opinión, von Mitterer, como casi siempre, se engaña, sobrestimando este mundo, pues no es más que la rabia de los salvajes que han perdido la inocencia».

El estrecho folio estaba totalmente escrito. La última palabra apenas cabía en la esquina al final de la hoja. La presteza con la que escribía y la facilidad con la que encontraba las palabras y símiles le habían hecho entrar en calor, y ahora sentía una especie de alivio. Extenuado, envenenado por las tribulaciones, agobiado por las obligaciones que esa noche le parecía que iba más allá de sus fuerzas, con la mala digestión y el insomnio como única compañía, permanecía sentado, absorto e inmóvil ante su manuscrito, cuando la señora Daville llamó a la puerta.

Ella ya estaba preparada para acostarse. Bajo la cofia blanca, su rostro parecía más diminuto y afilado. Un poco antes había hecho la señal de la cruz sobre los niños dormidos y los había tapado con el edredón; luego, arrodillada, pronunció una antigua oración nocturna, rogando a Dios que le concediera reposo durante la noche y que le permitiera levantarse sana y salva de su lecho «igual que creía firmemente que se levantaría de su tumba el día del juicio final». Ahora, con una vela en la mano, asomaba la cabeza por la puerta entornada.

—Basta por hoy, Jean. Es hora de dormir.

Daville la tranquilizó con un gesto de la mano y una sonrisa y la envió a acostarse, pero él permaneció sobre su papel emborronado hasta que se le nublaron los ojos y las líneas empezaron a bailarle y todo se hizo más confuso y turbio como la imagen nocturna que se tiene de un mundo que de día parece claro y comprensible.

Entonces se levantó de la mesa, se acercó a la ventana y descorrió un poco la cortina para escrutar la oscuridad opaca, para ver si todavía había luz en el konak y en el consulado austríaco, los últimos rastros del mundo diurno. Pero en lugar de eso, en el cristal empañado vio su propia habitación iluminada y los vagos contornos de su rostro.

Cualquiera que a través de las sombras, henchidas de niebla y llovizna glacial, mirara en ese instante hacia el consulado francés y viera ese rayo de luz, nunca se imaginaría lo que torturaba e impedía dormir al mesurado y serio cónsul que durante el día no perdía ni un minuto en nada que no fuera real, útil y directamente relacionado con su trabajo.

Pero el cónsul no era el único que velaba en ese caserón. Justo encima de su habitación, en el primer piso, estaban iluminadas tres ventanas con cortinas de tela de Bosnia. Allí, sentado ante sus papeles, estaba des Fossés. Por otras razones y de un modo distinto, él también estaba despierto y pasaba la noche haciendo algo que no quería, ni le apetecía ni le gustaba. El joven no rememoraba las conversaciones de día; al contrario, al cabo de cinco minutos ya había olvidado al cónsul y su charla. No le angustiaba el cansancio ni la necesidad de calma, ni la inquietud por el mañana, pero era presa de una agitación febril, abrumado por los deseos de una juventud insatisfecha.

Así, en la noche afloraban recuerdos de mujeres, no evocaciones, sino verdaderas mujeres que, con la blancura de su piel y el brillo de su sonrisa, hendían, como un grito, la oscuridad y el silencio y caían en su habitación enorme. Aparecían los vastos planes, juveniles y audaces con los que había partido de París y que debían llevarlo lejos de aquel villorrio en el que se había estancado; se veía a sí mismo en alguna embajada o en los salones parisinos, allí donde debía estar y tal como deseaba llegar a ser.

De este modo, su imaginación jugaba todas las noches con sus sentidos y su ambición, para abandonarlo después y entregarlo al mortal silencio bosniaco; el aliento de dicho silencio lo atormentaba y corroía también ahora. Durante el día, en el trabajo, en los paseos, en las charlas podía sofocarlo y hacerlo callar, pero por la noche, tenía que luchar y esforzarse para lograrlo, cosa que era mucho más difícil, porque el silencio dominaba y borraba, apagaba y ahogaba esa vida apacible y aparente de la ciudad, cubría, envolvía e impregnaba todo lo vivo y lo muerto.

Desde el día en que, como ya hemos visto, había abandonado Split y, en la cumbre de Klis, se había dado la vuelta y contemplado por última vez los campos cultivados a sus pies y el mar a lo lejos, el joven, en realidad, no había dejado de estar en contacto con aquel silencio y en permanente lucha contra él.

Lo encontraba en todas partes. En la arquitectura de las casas, cuya cara principal daba siempre al patio, mientras que el reverso mudo miraba a la calle; en los trajes de los hombres y las mujeres; en sus miradas, que decían mucho, porque sus bocas estaban selladas. Incluso en una conversación, cuando por fin se atrevían a hablar, él distinguía mejor las pausas significativas que las propias palabras. Oía e intuía por el sentido cómo penetraba el silencio en cada frase entre palabra y palabra, entre letra y letra, igual que las aguas destructivas invadían un frágil bote. Apreciaba las vocales sin color y carentes de límite definido, que prestaban al lenguaje de los niños un tono cantarín indolente que se perdía en el silencio. Los mismos cantos que, de vez en cuando, llegaban de la calle o de algún patio, no eran más que un gemido prolongado, enterrado en su fuente y desembocadura por el silencio, que era la parte más sugestiva de la canción. Incluso ese poco de vida que había vislumbrado a la luz del sol y que de ningún modo se podía acallar ni ocultar —un detalle refinado o un leve rayo de belleza sensual—, suplicaba un refugio y discreción, y con el dedo en los labios huía hacia el anonimato y el silencio como si se escondiera en el primer portal. Todo, cualquier ser viviente y hasta las cosas, se estremecía ante un ruido, se ocultaba a las miradas y se moría de miedo si tenía que proferir una palabra o si lo llamaban por su verdadero nombre.

Al ver a esos hombres y mujeres, replegados en sí mismos, embozados en sus ropas y siempre mudos, sin una sonrisa ni un ademán, ansiaba más conocer sus temores y esperanzas que su vida real, silenciosa y mortecina hasta tal punto que de vida no tenía sino el nombre. A la postre, como pensaba en ello sin cesar, empezó a encontrar ejemplos para todo y una confirmación de sus ideas. En la brutalidad, no precisamente parva, de ese mundo y en sus ataques violentos, él reconocía el miedo de la verdadera expresión, una forma tosca y especial de silencio. Y todas sus reflexiones sobre aquella gente (¿de dónde proceden?, ¿cómo nacen?, ¿a qué aspiran?, ¿en qué creen?, ¿cómo aman y cómo odian?, ¿cómo envejecen y mueren?), apenas esbozadas y sin expresar, se perdían en la inacabada y sinuosa atmósfera de misterio que lo rodeaba por todas partes y anhelaba conquistarlo todo en él.

En efecto, el joven, atemorizado, empezaba a sentir con nitidez cómo el silencio también lo corroía y contaminaba, penetraba en sus poros, paralizaba poco a poco su espíritu y le helaba la sangre.

Las noches eran particularmente penosas.

A veces, era cierto, se oía un ruido, sordo e inesperado; un disparo al otro extremo de la ciudad, un chucho que ladraba a un transeúnte inusual o a su propio sueño. Resonaba un breve instante para hacer más grande el silencio que de inmediato lo envolvía todo, como las aguas profundas e infinitas. La ausencia de ruidos impedía conciliar el sueño tanto o más que una orgía de sonidos, y el hombre tenía que sentarse y sentir cómo amenazaba con roerlo, desmenuzarlo y borrarlo de las filas de los seres conscientes y vivos. Todas las noches, mientras estaba sentado junto a las velas que desaparecían rápidamente, le parecía oír al silencio que le decía con su lenguaje inarticulado:

—No podrás ir durante mucho tiempo tan erguido, mirar recto, seducir con la sonrisa, controlar tus pensamientos libremente y hablar en voz alta y con franqueza. No podrás resistir aquí, tal como eres. Te haré doblar la espalda, reprimiré tu sangre en torno a tu corazón, abatirás la mirada; haré de ti una planta amarga, en un lugar ventoso, en un suelo de roca. Y nunca jamás te reconocerán ni tu espejo francés ni los ojos de tu propia madre.

Pero no se lo decía de repente, provocador, sino en voz baja e implacable; y mientras así hablaba ya lo estaba obligando a doblegarse y a adaptarse, como una madrastra viste a su hijastro. Para él estaba claro que ese silencio, en realidad, era la muerte con otra forma, la muerte que deja al hombre la vida, como una concha, pero lo priva de la posibilidad de vivir.

Sin embargo, no iba a rendirse sin presentar resistencia, ni a morir sin defenderse, y mucho menos un hombre de su edad, con su educación y su temperamento. Su juventud y su naturaleza sana luchaban contra ese mal como contra un clima insalubre. Y si a veces sucedía que las fuerzas lo abandonaban por la noche y la razón lo traicionaba, la mañana lo salvaba, el sol lo animaba, el agua lo reconfortaba y el trabajo y la curiosidad intelectual lo mantenían en forma.

También esa noche intentó, y lo logró, sustraer sus pensamientos a la melancolía y al silencio, fijarlos y vincularlos con objetos de la realidad cotidiana, vivos, sonoros, visibles y palpables, para protegerse del silencio que todo lo aniquilaba y sepultaba y que quería introducirse en su conciencia igual que en su habitación. Rebuscó sus notas del día, las ordenó y empezó a elaborarlas. Su libro sobre Bosnia crecía lenta y trabajosamente, repleto de «realidad pura». Todos los datos estaban contrastados con pruebas, confirmados con números e ilustrados con ejemplos. Las páginas se iban ordenando sin elocuencia, con un estilo poco cuidado, sin consideraciones generales, despacio, compactas, homogéneas, frías y sencillas como un parapeto contra ese silencio oriental solapado y seductor que empañaba, reblandecía, embrollaba y frenaba las cosas, les daba ambigüedad, varios sentidos e incoherencia hasta arrastrarlas a algún lugar fuera del alcance de nuestros ojos y de nuestro entendimiento, a una nada sorda, dejándonos ciegos, mudos e impotentes, enterrados vivos y alejados de todo el mundo en el propio mundo.

Pero cuando arregló y copió lo que había anotado aquel día, volvió a encontrarse de frente con el silencio de la noche que avanzaba con lentitud. Así, él también estaba sentado con las manos cruzadas sobre el manuscrito, sumido en cavilaciones «irreales», hasta que a él también se le nubló la vista a causa del cansancio y las letras grandes de su prosa sobria empezaron a danzar delante de sus ojos como pequeños fantasmas y espíritus.

—¡Travnik! ¡Travnik! —repetía esta palabra a media voz, para sí mismo, como el nombre de una enfermedad misteriosa, como una fórmula mágica difícil de recordar y que se olvida con facilidad. Y cuanto más la repetía, más asombrosa la encontraba: dos vocales oscuras entre consonantes sordas. Esa fórmula abarcaba ahora para él más de lo que jamás llegó a imaginar que el mundo podía contener. No era el nombre, áspero y frío, de una villa perdida, no, eso no era Travnik, en aquellos momentos, para él, era París y Jerusalén, la capital del mundo y el centro de la vida. El hombre sueña desde la infancia con ciudades grandes y escenarios famosos, pero para preservar su personalidad y alcanzar todo lo que ésta oculta instintivamente en su interior, tiene que luchar en batallas reales y decisivas allí donde el destino lo arroja, sólo Dios sabe en qué lugar angosto, un espacio anónimo, sin brillo ni belleza, sin testigos ni jueces.

El joven se levantó de forma inconsciente, se acercó a la ventana, levantó un extremo de la cortina y escudriñó la oscuridad sin saber lo que buscaba en esa noche sin ruidos ni luces.

A esas horas, las sombras, cargadas de una humedad que podía ser de lluvia o nieve, no permitían vislumbrar el débil resplandor en las ventanas altas del consulado austríaco. Pero las velas también estaban encendidas en aquella mansión e igualmente a su luz, hombres sentados se inclinaban sobre sus papeles y se dejaban llevar por sus pensamientos.

El despacho del cónsul era una habitación alargada e incómoda, oscura y sin aire, porque las ventanas daban al huerto escarpado. El cónsul general von Mitterer hacía horas que estaba allí sentado con la mesa abarrotada de planos y manuales militares.

Se había olvidado del fuego de la estufa, su larga pipa apagada reposaba en la mesa; la estancia se enfriaba rápidamente. El cónsul se había echado el capote del uniforme sobre los hombros y escribía, rellenaba incansable hoja tras hoja del papel oficial color crema. Cuando terminaba un folio se calentaba la mano derecha, helada y entumecida, a la llama viva de las velas, y empezaba un folio nuevo, lo alisaba con la palma de la mano, trazaba la primera línea y lo llenaba de inmediato con la letra grande e impecable que tienen todos los oficiales y suboficiales del ejército imperial y real.

Esa noche, después de cenar, como tantas veces a lo largo del día, la señora von Mitterer, entre llantos, amenazas y súplicas, le había pedido al coronel que escribiera a Viena y solicitara el traslado de aquella tierra terrible y salvaje. Igual que todas las noches, el coronel consoló a su mujer, explicándole que pedir un traslado y huir de las dificultades no era tan fácil ni sencillo como ella creía, que eso significaría el fin de su carrera de un modo no muy honorable precisamente. Ana María lo cubrió de reproches sin escuchar ninguno de sus argumentos y a través de las lágrimas lo amenazaba con coger a «su hija» y abandonar Travnik, Bosnia y a él mismo. A la postre, para tranquilizarla, el cónsul le prometió, como tantas otras veces, que esa misma noche escribiría la solicitud y, como tantas otras veces, no cumplió la promesa, porque no le resultaba fácil dar semejante paso. Dejó a su mujer y a su hija en el comedor, encendió una pipa y se retiró a su despacho, pero no para escribir la petición de traslado, pues era muy difícil tomar esa decisión, sino para continuar con el trabajo que le procuraba tanta satisfacción y ocupaba regularmente sus veladas.

Hacía ya diez noches que von Mitterer trabajaba en un largo informe, destinado a las autoridades militares de Viena, describiendo los alrededores de Travnik desde el punto de vista militar. Con múltiples dibujos y esquemas, números y datos útiles, había llegado ya a la posición catorce, a tener en cuenta por un hipotético ejército que penetrara en el valle del Lasva en dirección a Travnik, que sin duda alguna opondría resistencia. Ya en la introducción de esa enorme obra, había escrito que había emprendido el trabajo porque podría ser de gran utilidad para el mando supremo, pero también para «acortar las largas noches de la vida monótona a la que un extranjero está condenado en Travnik».

En efecto, la noche pasaba, aunque lentamente, mientras von Mitterer escribía sin pausa. Reseñaba hasta los más mínimos detalles de la fortaleza de Travnik, su origen, lo que la gente pensaba y decía de ella, su capacidad real, la importancia de su posición, el grosor de sus muros, el número de cañones, la cantidad de munición, la posibilidad de abastecimiento de agua y comida. La pluma crujía, las velas crepitaban, los renglones se alineaban, las letras regulares, las cifras exactas, los datos claros, las páginas se ordenaban una tras otra y la pila aumentaba.

Aquí transcurrían las mejores horas de von Mitterer; era su lugar preferido. Junto a las velas, sobre los papeles escritos, rodeado de silencio, se sentía como en una fortaleza inexpugnable, resguardado y protegido, lejos de todas las dudas y ambigüedades, con una misión clara ante sí. Desde su caligrafía y la forma de expresarse hasta la idea que exponía, así como los sentimientos que lo guiaban, todo lo unía al gran ejército imperial y real, a algo firme, duradero y seguro sobre lo que un hombre podía apoyarse y donde podía perderse, olvidar sus titubeos y sus preocupaciones personales. Sabía y sentía que no estaba solo ni en manos del azar. Por encima de él había una larga serie de oficiales superiores y de suboficiales por debajo. Eso lo confortaba y respaldaba. Todo estaba vinculado y regido por innumerables reglas, tradiciones y costumbres, todo era común y todo estaba previsto, inmutable y más duradero que un hombre.

En semejante noche y en semejante lugar, donde cada uno se refugiaba en su propia ilusión, no había mayor felicidad ni olvido más hermoso. Y von Mitterer escribía línea tras línea, pliego tras pliego, su gran informe sobre posiciones estratégicas de Travnik y sus aledaños, que jamás leería nadie y que permanecería, guardado en el archivo polvoriento con la firma indolente de alguien, en la «carpeta» intacta, nunca visto y nunca leído, y perduraría tanto como el mundo y los manuscritos y papeles en él.

Von Mitterer escribía. La noche huía muy deprisa, o al menos eso parecía. El pesado capote militar le calentaba la espalda, la mente despierta pero absorta en algo que no dolía y sí sosegaba, que ayudaba a que las horas nocturnas pasaran veloces y que traía la fatiga, además de un grato sentimiento del deber cumplido y las ganas inestimables de dormir.

El coronel escribía y no se cansaba, ni se le nublaba la vista ni le bailaban las letras; al contrario, tenía la impresión de que entre las líneas rectas asomaban otras: una multitud de hombres alineados hasta el infinito, bien equipados y con los claros uniformes imperiales. Al escribir, experimentaba una sensación de solemnidad y calma, como si trabajara en presencia de todas las fuerzas armadas, desde el comandante supremo hasta el último recluta de Eslavonia. Y cuando se detenía, se quedaba un buen rato observando su manuscrito, sin leerlo, pero examinándolo, perdiéndose en él y olvidando la noche de Travnik, a sí mismo y a los suyos.

Unos pasos menudos pero enérgicos procedentes del largo pasillo, que se avecinaban como los truenos en la distancia, sacaron al coronel de su agradable duermevela. De repente, la puerta se abrió bruscamente. La señora von Mitterer irrumpió en la habitación sembrando la confusión y el bullicio. De inmediato, la estancia se llenó del hálito de la tormenta y el aire, con infinidad de palabras inconexas e iracundas, que la mujer esparció desde el umbral y que se mezclaron con el golpeteo de sus tacones en el suelo desnudo. Según se iba aproximando ella, von Mitterer se levantaba, y cuando llegó a la mesa, él ya estaba en posición de firmes. Sus buenos momentos solemnes se desvanecieron sin dejar rastro. Todas las cosas palidecieron y se oscurecieron y todo perdió sentido, valor y significado. El manuscrito ante él se transformó en un montoncito irrisorio de papeles. El ejército entero retrocedió en desorden y se desvaneció en una nubécula rojiza y plateada. Volvió a molestarle el dolor en el hígado del que se había olvidado.

Ante él se hallaba Ana María y lo contemplaba con esa ciega mirada furiosa que temblaba levemente, igual que temblaba todo lo demás en su cara: los párpados, los labios, la barbilla. Manchas rojas afloraban en sus mejillas y bajo la garganta. Llevaba una bata de fina lana blanca, abierta en el pecho y ceñida a la cintura con un cinturón de seda color cereza, una toquilla pequeña y ligera de cachemir blanco colgaba de sus hombros y se cruzaba sobre los senos sujeta con un broche enorme de amatistas engastado en oro. Se recogía el cabello en lo alto de la cabeza con una cinta ancha de muselina, de la que asomaban rizos castaños y mechones de pelo estudiadamente desordenados.

—Jozef, ¡por amor de Dios!…

El principio siempre era así. Eran las palabras introductorias a la embestida rabiosa y al taconeo colérico por la casa, a las frases duras e indignas sin coherencia ni lógica, a las afirmaciones sin fundamento, al llanto sin motivos, a la pelea extenuante sin final.

El coronel seguía en posición de firmes, como un cadete atrapado, porque sabía que cualquier movimiento y cualquier palabra provocarían una explosión y atizarían aún más su cólera.

—Jozef, ¡por amor de Dios! —repitió la mujer, ya ahogada por el llanto.

Bastaba un gesto débil y bien intencionado de la mano del coronel para que la tormenta se desencadenara sobre él, sobre los objetos, en los manuscritos de la mesa, y hendiera el aire en el que flotaba el aroma de la pipa apagada. Ella gritó. Las mangas amplias de la bata blanca relampaguearon por la habitación haciendo que la llama de las velas se oscilara a un lado y a otro; su brazo bello y firme resplandecía a intervalos, desnudo hasta el hombro. La toquilla vaporosa se balanceaba sobre ella y el broche de amatistas iba de un extremo a otro. Los mechones de pelo se escapaban del lazo y se rizaban sobre la frente como electrizados.

La mujer derramaba palabras, a veces sofocadas e ininteligibles, a veces a voz en grito, deformadas por las lágrimas y la saliva. El coronel no las escuchaba porque se las sabía de memoria, sólo esperaba el momento en el que empezaría a bajar el tono y a mostrar cansancio, pues eso significaba que se acercaba el final de la escena, ya que nadie era capaz de repetir semejante retahíla de palabras, ni siquiera la señora von Mitterer hasta la siguiente ocasión.

Pero ahora la tormenta estaba en pleno apogeo.

Sabía, decía ella, que él tampoco escribiría esa noche la solicitud de traslado, aunque se lo había prometido justo durante la cena, se lo había prometido por decimoquinta vez. Por eso había venido a ver a ese monstruo, cuya sangre era más fría que la de cualquier verdugo, que era más despiadado que un turco, a verlo sentado con su pipa apestosa escribiendo tonterías que nadie leía (¡y mejor que no las leyeran!), sólo para satisfacer su loca ambición, la ambición de un hombre incapaz que no sabe apoyar ni proteger a su familia, a su mujer y a su hija, que estaban al borde de la muerte, que desfallecían, que, que…

Todo lo que debía venir después se perdía en un llanto ruidoso y el golpeteo rápido y pérfido de sus dos puños diminutos pero fuertes contra la mesa y los papeles en desorden.

El coronel hizo un gesto para rodearle suavemente los hombros con el brazo, pero enseguida se dio cuenta de que era demasiado pronto y de que la nube aún no había descargado.

—Déjame, carcelero, torturador sin corazón, fiera sin alma y sin conciencia. ¡Animal, animal!

Un nuevo torrente de palabras se desbordó, luego brotaron las lágrimas gruesas y abundantes, después el temblor de la voz y, por fin, de modo gradual, el apaciguamiento. La mujer aún gemía, pero permitió que el coronel la abrazara y la llevara al sillón de piel. Se dejó caer con un suspiro.

—Jozef… ¡Por amor de Dios!

Ésa era la señal que anunciaba el final de la crisis y que su esposa estaba dispuesta a aceptar cualquier explicación sin objeciones. El coronel le acariciaba el cabello y le aseguraba que de inmediato se sentaría a escribir la solicitud, con determinación y sin vacilaciones, que copiaría la carta y mañana mismo la enviaría. Hablaba con ternura, prometía, tranquilizaba, temiendo más palabras y más lloros. Pero Ana María tenía sueño y estaba cansada, triste, muda e impotente. Dejó que el coronel la llevara al dormitorio, le enjugara las últimas lágrimas de los ojos y la acostara, la tapara y le susurrara palabras bellas y dulces carentes de significado.

Cuando regresó a su habitación y depositó el candelabro en la mesa, le recorrió un escalofrío y sintió un malestar y el dolor, más fuerte aún, en el lado derecho debajo de las costillas. Lo más difícil de esas escenas para el coronel eran precisamente aquellos instantes, cuando todo pasaba, cuando lograba sosegar a su esposa y cuando por fin se quedaba a solas, siempre con la rotunda certeza de que así no se podía vivir.

El coronel volvió a echarse el capote sobre los hombros, pesado pero frío, como si fuera ajeno y desconocido, se sentó a la mesa, cogió una hoja limpia y empezó, ahora sí, a redactar la solicitud de traslado.

De nuevo escribía el coronel a la luz de las velas encendidas y sin despabilar. Citaba sus anteriores méritos en el servicio, destacaba su disposición a seguir dando lo mejor de sí mismo, pero rogaba que se le trasladara de su actual cargo. Argumentaba las razones, manifestaba y explicaba que en Travnik, en las actuales circunstancias, podía vivir y trabajar sólo «una persona sin familia». Las letras regulares se alineaban, pero heladas y sombrías como los eslabones de una cadena. No quedaba ni rastro del esplendor previo ni de la sensación de fuerza y comunión con la totalidad. Abatido, escribía su debilidad y su vergüenza, sometido a una presión imperiosa que nadie conocía ni veía.

La solicitud estaba lista. El coronel había decidido enviarla sin dilación a la mañana siguiente y ahora la leía por segunda vez, como una condena. Leía, pero su mente se alejaba sin cesar de ese texto lastimero y retornaba al pasado.

Se veía a sí mismo, un teniente de cabellos oscuros y cara pálida, sentado, enjabonado delante del barbero de oficiales, mientras éste le cortaba el espeso pelo y le pegaba la coletilla reglamentaria de la que tan orgulloso se sentía; le rasuraba la cabeza entera hasta el cuero cabelludo y lo preparaba para que, transformado en un «mozo serbio», explorara las ciudades turcas, los pueblos y los monasterios serbios. Veía los contratiempos y las penas, recordaba los temores y las andanzas. Veía su regreso a la guarnición de Zemun, después de una misión coronada con éxito, y oía los saludos de sus compañeros y las palabras cálidas de sus superiores.

Veía la noche taciturna y lluviosa cuando en una balsa, con dos soldados, atravesó el Sava y llegó hasta el pie de Kalemegdan, a la puerta misma, para recoger de su confidente las improntas de cera de las llaves de todas las puertas de la fortaleza de Belgrado. Se veía entregando dichas llaves a su mayor, colmado de felicidad, aunque tiritaba de fiebre y agotamiento.

Se veía en el carruaje del correo, de camino hacia Viena como un «hombre de éxito» que se había ganado una recompensa. Él mismo llevaba la carta del comandante en la que se hablaba de él con los mayores elogios, como de un joven oficial tan lúcido como intrépido.

Se veía a sí mismo…

Afuera, en el pasillo, se oyó un golpe ligero. El coronel se estremeció asustado al pensar que volverían a escucharse los pasos tormentosos de su mujer. Aguzó el oído. Reinaba el silencio. Le había engañado un rumor insignificante. Pero las escenas revividas poco antes se habían dispersado y no querían retornar. Ante él estaban los renglones de su manuscrito, empero permanecían exangües e indescifrables a su vista cansada. ¿Dónde se había perdido aquel joven oficial que viajaba a Viena? ¿Dónde estaban la libertad y la osadía de la juventud?

El coronel se levantó con un movimiento brusco, como un hombre que en un impulso busca la salvación, se acercó a la ventana, corrió levemente una de las cortinas verdes, pero allí, a dos dedos de su frente, se alzaba la noche, como un muro de hielo y oscuridad. Von Mitterer se erguía ante él, como un condenado, sin atreverse a darse la vuelta y regresar a las líneas negras de su solicitud en la mesa.

Así, de pie y pensando en el traslado, no podía presentir, por suerte, cuántas noches de otoño e invierno pasaría aún allí, aplastado entre el muro sombrío y su escritorio, aguardando en vano la respuesta a su petición, petición que descansaría en Geheime Hofund Staatskanzelei, en el archivo, igual que su extenso informe sobre las posiciones estratégicas alrededor de Travnik, pero en otra sección. Porque la solicitud llegaría pronto y con exactitud a Viena, al funcionario correspondiente, un Sectionschef, canoso y fatigado. Éste leería el documento una mañana de invierno, en una oficina de techo alto, luminosa y caldeada con vistas a la iglesia de los frailes menores, y con un lápiz rojo subrayaría irónicamente la frase en la que von Mitterer sugería que su puesto fuera ocupado por ein familienloses individuum (Un hombre sin familia a su cargo), en tanto que en el reverso escribiría que el cónsul debería tener paciencia.

Porque el Sectionschef era un soltero refinado, un melómano mimado y esteta, que desde su elevada posición segura y despreocupada ni sabía ni imaginaba los tormentos que padecía el cónsul, ni lo que eran Travnik o Ana María von Mitterer, ni cuáles podían llegar a ser las tribulaciones y necesidades humanas. Ni en su última hora, en la agonía de la muerte, estaría el Sectionschef ante el muro frente al que se hallaba esa noche el coronel von Mitterer.

 

VIII

 

El año 1808 no cumplió ninguna de las vagas promesas que durante el hermoso otoño anterior Daville había presentido mientras cabalgaba más arriba de Kupilo. En verdad, nada puede engañarnos tanto como nuestro propio sentimiento de calma y agradable satisfacción ante el curso de los acontecimientos. También Daville se había dejado embaucar.

Nada más empezar el año, Daville sufrió el golpe más duro de cuantos podía llegar a recibir durante su ingrato cometido en Travnik, pues sucedió aquello que, a pesar de toda la información de que disponía, no había podido prever. D’Avenat se enteró, a través de fuentes fiables, que Mehmed bajá había sido destituido. El firman de su cese aún no había llegado, pero el visir, en secreto, se estaba preparando para partir con todas sus pertenencias y toda su gente.

Mehmed bajá no deseaba aguardar en Travnik el firman, explicaba d’Avenat, y con una buena excusa abandonaría antes la ciudad para no regresar más a ella. Porque el visir sabía bien lo que sucedía en las ciudades turcas el día que llegaba el heraldo con el firman anunciando la destitución de un mandatario y el nombramiento de otro nuevo. Ya se podía imaginar al emisario insolente y bien pagado, que vivía de noticias semejantes y de la curiosidad malsana de los vecinos y del pueblo llano; vivía de ellos y por ellos. Lo veía y oía irrumpir en la ciudad, montando su caballo a todo galope, haciendo restallar su látigo y gritando a voz en cuello el nombre del visir destituido y el del recién nombrado.

—Destituido Mehmed bajá, ¡destituido! Nombrado Suleiman bajá, ¡nombrado!

El gentío lo miraba con curiosidad y asombro, discutía la decisión imperial, se alegraba, se entusiasmaba, se rebelaba. Lo más frecuente era que insultara al que partía y elogiara al que debía llegar.

Ése era el momento en que se arrojaba a la muchedumbre ociosa y vulgar el nombre del bajá destituido, como carroña a los perros hambrientos, para que lo mancillaran sin sufrir castigo por ello, bromearan chabacanamente y fanfarronearan, jugando a los héroes sin correr el menor riesgo. Los hombres humildes, que no podían alzar la cabeza cuando pasaba el bajá, de improviso aparecían como vengadores lenguaraces, pese a que el bajá en cuestión jamás les hubiera causado daño personalmente y ni siquiera supiera de su existencia. A menudo, en esas ocasiones, podía verse y oírse a un estudiante de teología frustrado o a un comerciante arruinado que, ante una rakija y con voz chillona, dictaba su juicio contra el visir caído en desgracia, como si él mismo lo hubiera abatido en una lucha cuerpo a cuerpo, y se jactaba:

—¡Me alegro más de haber vivido esto que si me hubieran regalado media Bosnia!

Mehmed bajá sabía que las cosas eran así desde siempre y en todos los lugares, que el vulgo anónimo se eleva sobre los cadáveres de los poderosos que han caído luchando entre sí. Por eso era comprensible que deseara, en este caso, evitarlo.

Daville solicitó inmediatamente una audiencia. En ese Diván, el visir le reconoció, en la mayor confianza, que, en efecto, abandonaría Travnik con el pretexto de ir a supervisar los preparativos de la campaña contra Serbia, que se realizaría en primavera, y que no regresaría. De los hechos narrados por el visir, podía deducirse que sus amigos de Constantinopla le habían informado de que allí reinaba el caos absoluto y se estaba llevando a cabo un combate soterrado entre los grupos y personajes que en mayo del año anterior habían depuesto al sultán Selim. En lo único en que todos estaban de acuerdo era en perseguir a cualquiera que hubiera demostrado, incluso de modo somero, que aprobaba las reformas y los planes del sultán derrocado. En semejantes circunstancias, las quejas de los beyes bosniacos en su contra, como amigo de los franceses y hombre del régimen de Selim, hallaron buena acogida. Él sabía que ya lo habían destituido. Esperaba que sus amigos hubieran logrado al menos que no lo enviaran al exilio, y que le concedieran otro bajalato, lejos de Constantinopla. Fuese como fuese, quería marcharse de Travnik enseguida, antes de que llegara el firman, y con la mayor discreción, para no dar oportunidad a sus enemigos bosniacos de vengarse de él y regocijarse con su derrota. Y de paso, en Sjenica o en Prijepolje, aguardaría el firman sobre su nuevo destino.

Todo eso le dijo Mehmed bajá a Daville con aquel tono oriental indefinido, que, incluso en las cosas más seguras, no excluye la duda ni la posibilidad de un cambio o una sorpresa. De la cara del visir no había desaparecido la sonrisa, o mejor dicho, el hilo de dientes blancos y regulares que a cada instante brillaba entre la barba y los bigotes espesos, negros y cuidados, porque, a decir verdad, ni el cónsul ni el visir tenían muchas ganas de reírse.

Daville miraba al visir, escuchaba al intérprete y, haciendo gala de una gentileza absurda, asentía con la cabeza. Lo cierto es que estaba desolado con las noticias del visir. La contracción fría y dolorosa en las entrañas, unas veces más fuerte, otras más débil, que siempre lo acompañaba durante sus visitas al konak y en cada conversación con los turcos, lo atravesaba ahora violentamente, por la mitad, como una parálisis cortante, y le cortaba las ideas y el habla.

En el alejamiento de ese visir de Bosnia, Daville veía su propia desgracia y el fracaso manifiesto del gobierno francés. Al escuchar a Mehmed bajá hablar con afectada tranquilidad sobre su marcha, se sentía engañado, incomprendido y abandonado en esa tierra helada, entre personas falsas, malvadas e inexplicables de las que nunca se sabía qué pensaban ni cuáles eran sus sentimientos, entre las que permanencia podía significar partida, entre las que una sonrisa no es una sonrisa, ni un «sí» es un «sí», igual que un «no» no es del todo «no». Alcanzó a componer unas cuantas frases y decir al visir cuánto iba a lamentar su marcha, expresar su esperanza de que tal vez el asunto acabara resolviéndose bien y reiterarle su amistad inmutable y la estima de su gobierno. Salió del konak con la sensación de que el futuro se presentaba muy negro.

Con esta disposición de ánimo, Daville se acordó de golpe del kapidzibasa, que había logrado olvidar. La muerte de ese desdichado, que no había provocado remordimientos de conciencia en nadie, ahora, cuando se revelaba inútil, empezó de nuevo a inquietarle.

A principios del nuevo año, el visir, con la mayor discreción, envió fuera los objetos de valor y poco después él mismo abandonó Travnik con sus mamelucos. El rumor jocoso y vengativo que empezó a propalarse entre los turcos travniqueses ya no podía afectarle. El único que conocía la fecha de su marcha y que acudió a despedirle fue Daville.

El adiós entre el visir y el cónsul fue cálido. Un soleado día de enero, Daville cabalgó con d’Avenat cuatro millas fuera de Travnik. Delante de un aislado cafetín al borde del camino, bajo una marquesina que se inclinaba por el peso de la nieve, el visir y el cónsul intercambiaron las últimas palabras y saludos calurosos.

Mehmed bajá se frotaba las manos heladas y se esforzaba por conservar la sonrisa.

—Transmita mis saludos al general Marmont —dijo con su característica voz afectuosa que se parecía a la sinceridad como una gota de agua a otra y que hasta al interlocutor más desconfiado le resultaba convincente y tranquilizadora—, le ruego que le diga, tanto a él como a todos aquellos que sea preciso, que continúo siendo amigo de su noble país y un sincero admirador del gran Napoleón, sea cual sea el lugar que el destino me haya deparado y al que las circunstancias me lleven.

—No dejaré de hacerlo, no, no lo olvidaré —respondió Daville sinceramente conmovido.

—Y a usted, querido amigo, le deseo salud y felicidad y éxito, y lamento no poder estar a su lado en las dificultades que encontrará siempre al tratar con este pueblo bosniaco inculto y bárbaro. He recomendado sus asuntos a Suleiman bajá, que me sustituirá temporalmente. Puede contar con él. Es rudo y simple, como todos los bosniacos, pero un hombre de honor en el que se puede confiar. Una vez más le digo que sólo me da pena marcharme por usted. Pero así debe ser. Si hubiera querido ser un sanguinario y un tirano, habría podido quedarme en este puesto y someter definitivamente a estos beyes pretenciosos y descerebrados, pero ni soy así ni deseo serlo. Por eso me voy.

Tiritando de frío, pálido y verdoso, enfundado en su abrigo negro que rozaba el suelo, d’Avenat traducía, rápida y mecánicamente, como un hombre que ya se sabía todo eso de memoria.

Daville tenía la certeza de que lo que el visir le decía ni era ni podía ser la verdad absoluta y exacta, pero cada palabra le emocionaba. Toda despedida provoca en nosotros una doble ilusión.

La persona de la que nos despedimos, de un modo más o menos definitivo, nos parece en ese momento más merecedora y digna de nuestra atención, y nosotros nos sentimos mucho más dispuestos a brindar una amistad más generosa y altruista de lo que en realidad somos capaces.

Luego, el visir montó en su enorme alazán, disimulando con movimientos raudos y enérgicos su cojera. Su numerosa escolta lo siguió. Y cuando los dos grupos, el grande del visir y el pequeño de Daville, se habían alejado poco más de media milla, uno de los mamelucos se apartó y, como una flecha, corrió y alcanzó al cónsul y a su escolta, que se detuvieron. Allí frenó al caballo brioso y en voz alta pronunció las siguientes palabras: «Mi afortunado señor Husref Mehmed bajá presenta respetos una vez más al estimado representante del gran emperador francés y sus mejores deseos, con la esperanza de que acompañen cada uno de sus pasos».

Sorprendido y un poco desconcertado, Daville se quitó ceremoniosamente el sombrero, y el jinete, con la misma velocidad, se apresuró a reunirse con la escolta del visir que cabalgaba por la llanura nevada. En las relaciones con los orientales se dan siempre esos detalles que nos sorprenden agradablemente y nos confunden, aunque sepamos que no son tanto señal de atención ni de respeto como parte integrante de un ceremonial rico y arcaico.

Por detrás, los mamelucos arrebujados en sus mantos parecían mujeres. Las pezuñas de los caballos alzaban un polvo níveo que se transformaba en una nube blanca y púrpura al sol invernal. Cuanto más se alejaba, más diminuto parecía el tropel de jinetes y más grande la nube de nieve vaporosa que acabó tragándose la columna.

Daville regresaba por el camino helado que a duras penas se distinguía en la blancura nevada del terreno. Los tejados de las escasas alquerías, los cercados y bosquecillos de los lados no se adivinaban bajo la nieve más que por una fina línea negra sobre el fondo blanco. Las sombras amarillas y granas se tornaban azules y grises. El cielo se oscurecía. La tarde soleada se convertía rápidamente en un crepúsculo invernal.

Los caballos avanzaban con pasos bruscos y cortos; tras sus pezuñas revoloteaban mechones de crin helados.

Daville cabalgaba con la sensación de que volvía de un funeral.

Pensaba en el visir del que acababa de despedirse, pero como en algo irrecuperable, perdido hacía mucho tiempo. Recordaba detalles de muchas conversaciones mantenidas con él. Le parecía ver su sonrisa, la máscara luminosa que todo el día danzaba entre la boca y los ojos y que probablemente se apagaba sólo cuando dormía.

Se acordaba de la forma en que el visir había asegurado, hasta el último momento, que amaba a Francia y apreciaba a los franceses. Y ahora, a la luz de esa separación, evaluaba su sinceridad. Creía ver sus motivos puros y alejados de las lisonjas profesionales acostumbradas. Creía entender, a grandes rasgos, cómo y por qué a los extranjeros les gustaba Francia, el modo de vida y de pensar francés. Les gustaba por la ley de la contradicción; les gustaba por todo aquello que no podían encontrar en su propio país y que provocaba una necesidad acuciante en su espíritu; la amaban con razón, como una imagen de la belleza universal y de la vida armoniosa y sensata, que ninguna desventura momentánea podía cambiar o desfigurar, y que después de cada inundación, de cada eclipse, se volvía a mostrar al mundo como una fuerza indestructible y una alegría eterna; les gustaba incluso cuando la conocían sólo superficialmente, un poco o incluso nada. Y muchos la amarían, siempre, a menudo por las razones y motivos más contradictorios, porque los hombres nunca dejarán de perseguir y desear algo más y mejor de lo que el destino les concede. Y he aquí que él mismo estaba pensando ahora en Francia no como en su tierra natal, que conocía bien y sobradamente, en la que había visto el bien y el mal, sino en Francia como un lejano y fabuloso país de armonía y perfección, sobre el que siempre se fantasea en medio de la brutalidad y la barbarie. Mientras existiera Europa, existiría Francia, y nunca podría desaparecer, salvo en el caso de que toda Europa se convirtiera en una Francia (es decir, en el caso de la armonía y perfección ilustrada). Pero eso era imposible. Las personas eran demasiado diferentes, ajenas y distantes unas de otras.

Daville recordó entonces, de repente, una historia con el visir ocurrida el verano anterior. Avispado y curioso, Mehmed bajá siempre se interesaba por la vida en Francia y un día le comentó que había oído hablar mucho del teatro francés y que le gustaría escuchar al menos algo de lo que se representaba en Francia, ya que no podía ver una verdadera función teatral.

Entusiasmado con ese deseo, Daville llegó al día siguiente con el segundo tomo de las obras de Racine bajo el brazo, dispuesto a leerle al visir unas cuantas escenas de Bayaceto. Una vez que se sirvió el café con los chibuquíes, todos los sirvientes se retiraron, excepto d’Avenat que debía traducir. El cónsul explicó al visir, lo mejor que pudo, lo que era el teatro, el aspecto que tenía y cuál era la misión y el sentido del arte escénico. Luego empezó a leer la escena en la que Bayaceto confiaba a Amurat el cuidado de la sultana Roxana. El visir frunció el ceño pero siguió escuchando la árida traducción de d’Avenat y la patética lectura del cónsul. Mas cuando llegó a las explicaciones entre la sultana y el gran visir, Mehmed bajá interrumpió la narración y se echó a reír de buena gana haciendo un gesto con la mano.

—Ése no tiene idea de lo que está diciendo —dijo el visir severo y burlón al mismo tiempo—, desde que el mundo es mundo no ha ocurrido ni ocurrirá que el gran visir irrumpa en el harén y hable con las sultanas.

Luego se estuvo riendo un buen rato con una risa franca y ruidosa, sin ocultar que estaba desilusionado y que no entendía ni el sentido ni el valor de semejante entretenimiento intelectual, y lo decía abiertamente, casi con rudeza, con la desconsideración de un hombre de otra civilización.

En vano Daville, presa de una incómoda turbación, trataba de explicarle el significado de la tragedia y el sentido de la poesía. El visir, implacable, lo rechazaba con un gesto de la mano.

—Nosotros también, nosotros también tenemos muchos derviches y santones que declaman versos rimbombantes; les damos una limosna, pero jamás se nos ocurriría igualarlos con los hombres honorables de prestigio. No, no lo entiendo.

Daville guardó entonces el recuerdo de ese hecho como algo ofensivo y desagradable, como uno de sus fracasos ocultos. Ahora, sin embargo, lo veía con más calma y tolerancia, igual que contempla un hombre las situaciones ridículas de su infancia a causa de las cuales se afligía demasiado y sin razón. Y le sorprendía que, entre todos los acontecimientos relevantes y asuntos importantes que había vivido con Mehmed bajá, en esos momentos sólo se acordara de tales minucias.

Mientras regresaba por el camino blanco a la ciudad nevada, después de la despedida del visir, todo en general le parecía comprensible, justificado y en su sitio. Los malentendidos son naturales y los reveses inevitables. Incluso esa dolorosa partida de Mehmed bajá ahora dolía de otra forma. La pérdida se alzaba ante él con todo su peso. Lo embargaba el miedo a nuevas desgracias y fracasos. Pero todo eso hoy aparecía como algo amortiguado y lejano, como una parte ineludible de la vida en la que, según cálculos ininteligibles, se pierde y se gana al mismo tiempo.

Sumido en esos pensamientos que a él mismo le parecían nuevos e insólitos, pero al menos por unos segundos, reconfortantes, llegó rápidamente a la ciudad antes de que cayera la noche.

La partida de Husref Mehmed bajá fue la señal de la revuelta para los turcos de Travnik. Nadie dudaba ya de que el visir había escapado astuta y sigilosamente a la cólera de la chusma. También se supo que el cónsul francés lo había acompañado, lo que no hacía más que agravar el resentimiento.

Entonces pudo verse lo que significaba y cómo podía ser una revuelta en el bazar turco de las ciudades bosniacas.

La gente, durante unos años, trabaja y calla, se aburre, malvive, comercia y calcula, compara un año con otro, y entre tanto sigue todo lo que sucede, se informa, «compra» las noticias y los rumores, los transmite susurrando de tienda en tienda, evitando extraer conclusiones y expresar la opinión propia. Así, lenta e imperceptiblemente, se crea y se moldea un único espíritu en el bazar. Primero es una disposición de ánimo general e imprecisa, que se exterioriza sólo con gestos breves y maldiciones y se sabe bien a quién van dirigidos; luego, gradualmente, se convierte en un parecer que no se oculta; y finalmente se consolida como una convicción firme y definida sobre la que ya no es necesario hablar y que sólo se manifiesta en los actos.

El bazar, ligado y absorbido por ese pensamiento, empieza a murmurar, se prepara, espera, igual que las abejas aguardan la hora del enjambre. Es imposible comprender la lógica de esas rebeliones urbanas, ciegas, rabiosas y habitualmente estériles, pero tienen su razón de ser, como también tienen su técnica invisible, basada en la tradición y en el instinto. Sólo se ve cómo estallan, se enconan y se extinguen.

Un buen día, un día que amanece y empieza como tantos otros, el silencio largo y somnoliento de la ciudad se quiebra, cesa el estrépito de los postigos, el eco ronco de puertas y trancas en los puestos. De repente, los comerciantes saltan de los lugares en los que han permanecido sentados durante años, inmóviles, tranquilos, ordenados, limpios, las piernas cruzadas, ufanos de ser serviciales, con sus calzones de paño fino, chalecos de trencilla y caftanes de rayas y colores claros. Ese gesto ritual y el ruido ensordecedor de puertas y postigos bastaba para que el rumor se propalara por toda la ciudad y sus aledaños a la velocidad del rayo:

—El bazar ha cerrado.

Son palabras fatídicas y graves; todo el mundo sabe lo que significan.

Las mujeres y los niños bajaban a los sótanos. Los ciudadanos notables se encerraban en sus casas, dispuestos a defenderlas y a morir en el umbral. De los cafés y de los arrabales afluía el pueblo llano turco, aquellos que no tenían nada que perder y que sólo podían ganar algo con motines y cambios. (Porque aquí, como en todas las revoluciones y levantamientos de la tierra, unos son los que los inician y dirigen y otros los que los llevan a cabo y ejecutan). Al frente de la masa surgían, no se sabe de dónde, uno o dos cabecillas. Solían ser hombres alborotadores, violentos, insatisfechos, frustrados y estrafalarios que hasta el momento nadie conocía, que pasaban desapercibidos y que, cuando la revuelta se sofocaba, volvían a perderse en su pobreza anónima en el alfoz escarpado del que habían venido o se quedaban para languidecer en una mazmorra.

Eso duraba un día, dos o cinco, según las épocas y los lugares, hasta que se acababa rompiendo, quemando y derramando sangre, o bien hasta que la revuelta moría o decaía por sí misma.

Las tiendas se abrían entonces una tras otra, la muchedumbre se retiraba, y los comerciantes, con aire avergonzado y resacoso, serios y pálidos, continuaban su trabajo y su vida de siempre.

Ésta sería la descripción de un ejemplo típico del nacimiento, desarrollo y desenlace de una revolución en nuestras ciudades.

Y eso fue lo que aconteció esta vez. Los comerciantes del bazar de Travnik, como en todos los dominios de los beyes bosniacos, habían seguido durante años los intentos de Selim III de reorganizar el imperio turco partiendo de bases nuevas, según las exigencias y las necesidades de la vida moderna europea. Ninguno ocultaba su desconfianza y su odio hacia los esfuerzos del sultán y lo expresaban a menudo en las peticiones indirectas que hacían llegar a Constantinopla, así como en sus relaciones con el representante del sultán, el visir de Travnik. Para ellos estaba claro que las reformas sólo estaban destinadas a servir a los extranjeros, para socavar y destruir el imperio desde dentro, y que en último extremo significaban para el mundo musulmán, y por lo tanto para cada uno de ellos personalmente, la pérdida de su fe, de sus propiedades, de su familia y de la vida en este mundo, y la maldición para la eternidad. En cuanto se supo que el visir se había ido, supuestamente, al Drina para examinar la situación y las posiciones, se extendió el silencio sospechoso que precedía al estallido de la cólera popular y empezaron las murmuraciones y las miradas cómplices incomprensibles para otros. La revuelta estaba preparada y esperaba su hora. Como siempre, el motivo de la explosión fue un incidente banal y secundario.

Cesar d’Avenat tenía a su servicio, como criado y hombre de confianza, a un tal Mehmed, apodado el Bigotes, un herzegovino fornido y gallardo. Los turcos detestaban a todos los que trabajaban en los consulados extranjeros, y a este Mehmed en especial. Durante el invierno, el mozo había contraído matrimonio con una turca hermosa y joven que había venido de Belgrado a visitar a sus parientes de Travnik. La mujer había estado casada en Belgrado con un tal Bekri Mustafá que regentaba un café en una quinta en el barrio de Dorcol. Cuatro testigos, todos turcos de Travnik, confirmaron bajo juramento que Bekri Mustafá había fallecido por beber demasiado y que la mujer era libre, en virtud de lo cual el cadí la entregó en matrimonio a Mehmed.

Poco después de la partida del visir, sucedió que Bekri Mustafá se presentó de improviso en Travnik, ciertamente borracho como una cuba, pero vivo, y buscó a su esposa. El cadí primero rechazó recibirlo en ese estado de embriaguez y sin documentos. El cafetero explicó que había invertido once días de viaje desde Belgrado hasta Travnik, en medio de ventiscas y de un frío terrible, y que debido a ello había tenido que beber tanta rakija que ahora no lograba recuperar la sobriedad. Él sólo reclamaba su derecho: recuperar a su mujer, a la que otro había desposado con engaños.

El bazar intervino. Todos sintieron que ésta era la mejor oportunidad de fastidiar al odiado guardia Mehmed y a su señor d’Avenat, a los cónsules en general y a los consulados. Todos consideraron que era su deber ayudar a un musulmán honrado en la defensa de sus derechos, y más contra esos extranjeros y sus criados. Así, Bekri Mustafá, que había llegado en pleno invierno sin abrigo ni buen calzado, en mangas de camisa, como quien dice, y se había calentado sólo con rakija y alimentado sólo con cebolla, ahora, de repente, estaba cubierto de ropa cálida, bien comido y bien bebido, mimado por todo el bazar. Alguien le regaló incluso una capa con cuello de zorro deshilachado, que él llevaba con mucha dignidad. Aquejado de un fuerte hipo y guiñando los ojos, iba de tienda en tienda, respaldado por la solicitud general y la caridad, como una bandera, reclamando más fuerte y más alto que nunca su derecho. Seguía ebrio, era cierto, pero no necesitaba estar sobrio para defender sus derechos, porque el bazar había tomado el asunto en sus manos.

Cuando el cadí rechazó con firmeza devolver la mujer a un borracho, basándose únicamente en su palabra, el bazar estalló. La revuelta, que se esperaba hacía tanto tiempo, encontró por fin un pretexto y pudo explotar y seguir su curso sin impedimentos, pese a que el invierno no era la época más adecuada para cosas semejantes, que por lo general suelen suceder en verano o en otoño.

Ningún extranjero era capaz de imaginarse cómo era y hasta dónde podía llegar ese ataque de locura colectiva que de vez en cuando se apodera de los habitantes de todas las ciudades perdidas y estranguladas entre altas montañas. Incluso para el mismo d’Avenat, que no conocía Bosnia tan bien como Oriente, aquello era nuevo y le provocaba honda inquietud por momentos. En cuanto a Daville, se encerró con su familia en el consulado, aguardando lo peor.

Ese día de invierno, una hora antes del mediodía, el bazar cerró sus puertas, como a una señal secreta e invisible. Empezó el estrépito de postigos, cancelas y trancas y se propagó como el fragor y el polvo de las tormentas de verano con granizo y truenos, como si rodaran avalanchas de piedras desde todos los lados a lo largo de las pendientes de Travnik, causando un gran estruendo y amenazando con sepultar la ciudad y todo lo que allí vivía.

En el silencio que siguió, resonaron algunos tiros y gritos salvajes, y luego, primero como un murmullo y después como un clamor apagado, el pueblo comenzó a amontonarse, hombres, adolescentes y chiquillos. Cuando la muchedumbre se convirtió en dos o tres centenares de gargantas, se dirigió hacia el consulado francés, mostrando una vacilación inicial que enseguida se transformó en paso rápido y decidido. Blandían garrotes y agitaban los brazos. Abucheaban sobre todo al cadí que había casado a la mujer de Bekri Mustafá, y que además tenía fama de ser partidario de las reformas de Selim y hombre del visir.

Un tipo de largos bigotes, un absoluto desconocido, gritaba que a causa de personas así los verdaderos creyentes ya no osaban levantar la cabeza y sus hijos morían de hambre; lanzaba insultos groseros al odiado Mehmed, que servía a los infieles y comía carne de cerdo, y afirmaba que era preciso arrestarlo de inmediato y arrojarlo a una mazmorra junto con el cadí, que robaba sus mujeres a los verdaderos turcos y las casaba con otros por dinero, y que, en realidad, ni siquiera era cadí, sino un zaino, peor que cualquier pope. Un hombre pequeño de cara amarillenta, por lo demás un alfayate de la ciudad baja modesto y temeroso, al que nadie, ni siquiera en su propia casa, jamás había oído una palabra más alta que otra, después de escuchar atentamente al orador de los bigotes, cerró los ojos de repente, echó la cabeza hacia atrás y con una fuerza inesperada prorrumpió en un grito salvaje y ronco, como si quisiera vengarse de su largo silencio:

—¡Ese cadí que parece un pope, a la fortaleza de Vranduk! Esto alentó a la multitud, que se dedicó a insultar y a increpar al cadí, al visir, a los consulados y, sobre todo, a Mehmed el Bigotes. Los jóvenes tímidos ensayaban para sí mismos y susurraban como si estuvieran repasando la lección y luego tomaban carrerilla, alzaban la cabeza excitados, como si se dispusieran a cantar, y exclamaban las palabras que habían meditado tanto. A continuación, rojos por la vergüenza y la turbación, escuchaban el eco más o menos fuerte de su grito en medio de los murmullos de aprobación de la masa. Así se animaban y azuzaban unos a otros, y los embargaba el sentimiento exaltado de ser libres, de gritar y hacer, en los límites de la revuelta, cada uno lo que quería y de dar rienda suelta a sus aflicciones y pesares.

Suleiman bajá Skopljak, que sustituía al visir y sabía bien lo que significaba y cómo transcurría una revuelta en Travnik, pero no olvidaba sus responsabilidades hacia el consulado, hizo lo que era más inteligente en semejante situación. Ordenó arrestar a Mehmed y lo encerró en la fortaleza.

La turba hacinada delante del consulado estaba irritada porque el edificio estaba rodeado por un gran patio amurallado y un vasto jardín, de modo que no se podía llegar a la casa ni siquiera tirando piedras. Justo cuando el gentío se preguntaba qué hacer, alguien gritó que llevaban a Mehmed por las calles laterales. Todos se precipitaron hacia la cuesta y llegaron corriendo al puente de delante de la fortaleza. El mozo ya estaba dentro y tras él se había cerrado la inmensa puerta de hierro. La confusión aumentó. La mayoría de la gente, cantando, emprendió el camino de vuelta a la ciudad, otros permanecieron ante el foso, mirando las ventanas de la torre que guardaba la entrada, esperando algo y chillando, sugiriendo los peores castigos y tormentos para el pobre detenido.

Desierto, como barrido por una tempestad, el bazar se llenó de las murmuraciones y gritos de la chusma ociosa a la que la detención de Mehmed sólo había satisfecho a medias. De repente, se hizo el silencio, se miraban e interpelaban unos a otros. Las cabezas se volvían curiosas hacia todos los lados. La masa estaba en ese punto de aburrimiento y cansancio en el que estaba dispuesta a aceptar cualquier iniciativa o distracción, ya fuera cruel y sangrienta, ya inofensiva y chistosa. Finalmente, las miradas convergieron en la calle empinada que descendía desde el consulado francés hasta el mercado.

Por esa calle, sorteando los corrillos, armado y con aspecto solemne, apareció d’Avenat a lomos de su gran yegua árabe torda. El asombro los cogió desprevenidos en el lugar donde se hallaban y todos clavaron la vista fijamente en el jinete que cabalgaba sereno y despreocupado como si llevara tras él un regimiento de caballería. Si uno solo de los presentes hubiera gritado algo, todos los demás se le habrían unido, y en el tumulto y en el desorden las piedras habrían volado por los aires. El pueblo se habría tragado al caballo y al jinete como si fueran agua. Sin embargo, antes de unirse a los gritos y gestos de la multitud, todos deseaban ver qué quería y adónde se dirigía ese intérprete audaz. Así que nadie chilló y la gente permaneció a la expectativa, sin voluntad común ni objetivo concreto. D’Avenat, por el contrario, clamaba fuerte e insolentemente, como sólo un levantino puede hacerlo, inclinándose ya a la izquierda ya a la derecha igual que si arreara un rebaño de reses. Estaba mortalmente pálido. Sus ojos ardían y su boca se tensaba de una oreja a otra.

—Ni se os ocurra tocar el consulado imperial de Francia —bramaba mirando directamente a los ojos de los que estaban más cerca, y continuaba—: ¿Es que estáis contra nosotros, os alzáis contra vuestros mejores amigos? Sólo un imbécil, al que la rakija bosniaca le ha sorbido el cerebro, os ha podido convencer de algo así. ¿Acaso no sabéis que el nuevo sultán y el emperador francés son los mejores amigos y que ya se ha ordenado en Estambul que se respete y proteja al cónsul francés como a un invitado del Estado?

Alguien profirió unas cuantas palabras ininteligibles y a media voz, pero la masa no reaccionó, y d’Avenat lo aprovechó para volverse hacia el lado de donde procedía la voz solitaria y dirigirse sólo a ella, como si el resto estuviera de su parte y él hablara en su nombre:

—¿Qué pasa? ¿Quieres sembrar la duda y estropear lo que los soberanos han decidido y acordado? Pues bien, que se sepa quién empuja a los hombres de paz hacia la desgracia. Porque sabéis que el sultán no lo tolerará, y que toda Bosnia arderá en llamas si le ocurriese algo a nuestro consulado, ni siquiera se salvarán los niños en su cuna.

De nuevo se dejaron oír algunas voces, pero tenues y aisladas. La muchedumbre se apartaba al paso del jinete, que aparentaba tanta calma como si fuera incapaz de imaginarse que algo pudiera ocurrirle, y atravesó el bazar, gritando enojado que iba a ver a Suleiman bajá y a preguntarle quién era aquí el amo, y que, después de eso, les garantizaba que muchos lamentarían haberse dejado llevar por las cabezas huecas en contra de las más altas autoridades. Y d’Avenat desapareció al otro lado del puente. El surco que se había abierto a sus espaldas se cerró, pero el gentío se sentía vencido, sometido, al menos por un momento. Todos se preguntaban por qué habían permitido que el infiel cabalgara entre ellos con tanta libertad e insolencia, en lugar de haberlo aplastado como a una pulga. Pero ya era tarde. Habían dejado pasar la ocasión. El arrebato inicial se había perdido, el pueblo estaba desconcertado y carente de guía. Había que empezar desde cero.

D’Avenat se valió de la confusión y pusilanimidad momentánea de la turba para regresar al consulado con la misma audacia y la misma calma. Ahora no gritaba, sólo miraba desafiante a su alrededor y sacudía la cabeza amenazante y con aires de importancia, como un hombre que ha arreglado las cosas en el konak y que sabe exactamente lo que les aguardaba.

En realidad, la tentativa de d’Avenat de hablar también con Suleiman bajá en un tono más tajante y altanero no tuvo éxito. El cehaja no se dejó impresionar ni asustar por las amenazas del intérprete ni por la revuelta de los travniqueses. Igual que en su momento había defendido delante del visir el invierno de Travnik y alegado que no era ninguna desgracia, sino un don del cielo y una necesidad, habló ahora del motín. No era nada grave, mandaba él decir a Daville, el pueblo se había alzado, el populacho, los pobres. Acaecía de vez en cuando. Gritarían, alborotarían y se apaciguarían, y el griterío todavía no había matado a nadie. A ninguno se le ocurriría tocar el consulado. Y en cuanto al asunto de Mehmed, el mozo, eso pertenecía a la ley islámica; se examinaría, y si era culpable recibiría su castigo y debería devolver a la mujer; si era inocente no le ocurriría nada. El resto quedaba como siempre, en orden y en su sitio.

Eso fue lo que hizo decir Suleiman bajá a Daville, hablando despacio en su turco limitado, con acento rudo y numerosos provincialismos incomprensibles. No quiso debatir con d’Avenat en persona, pese a todos los esfuerzos que hizo él para obligarlo. Lo despidió como a un criado turco, diciéndole:

—Ea, recuerda bien lo que acabo de explicarte y tradúceselo con exactitud al honorable cónsul.

Pero los disturbios fueron en aumento. De poco sirvieron la insolencia de d’Avenat y la forma tan turca que tenía Suleiman bajá de minimizar y adornar todo sin hacer nada.

Al atardecer de ese mismo día, una multitud, más grande y más desenfrenada, bajó de los arrabales y se dispersó por la ciudad en medio de los alaridos de los jóvenes. Durante la noche, se acercaron al consulado personas sospechosas. Los perros ladraron y los criados del cónsul montaron guardia. A la mañana siguiente encontraron cáñamo y alquitrán destinados a prender fuego al edificio.

Un día después, d’Avenat, con la misma osadía, solicitó y obtuvo que le permitieran visitar al joven preso en la fortaleza. Lo encontró encadenado en una celda oscura, que llamaban «el pozo», a la que bajaban a los condenados a muerte. El muchacho, ciertamente, estaba más muerto que vivo, porque el alcaide, al no saber la verdadera razón del arresto, ordenó que se le dieran cien bastonazos en las plantas de los pies, por si acaso. D’Avenat no consiguió liberar al infeliz muchacho, pero encontró una forma de sobornar al carcelero para hacer más fácil su estancia en prisión.

Para mayor desgracia de Daville, dos oficiales franceses, de viaje a Constantinopla, se habían detenido allí precisamente esos días. Pues aunque la misión de estos oficiales hacía ya tiempo que no sólo era inútil, sino también perjudicial, aunque Daville durante meses había suplicado que no los enviaran o al menos no a través de Bosnia, donde provocaban el odio y la desconfianza del pueblo, aún sucedía que dos o tres oficiales emprendían el camino en virtud de una orden ya anticuada.

La revuelta había confinado tanto a los militares como a los demás en el edificio del consulado. Pero ellos, imprudentes, arrogantes e impacientes, intentaron el primer día montar a caballo por los alrededores de la ciudad, a pesar de la rebelión.

En cuanto se alejaron del consulado y llegaron a los arrabales, las bolas de nieve empezaron a volar a sus espaldas. La chiquillería corría tras los jinetes bombardeándolos cada vez con más intensidad. Muchachos de mejillas sonrosadas y mirada salvaje surgían de todas las puertas, clamando y azuzándose unos a otros:

—¡La cruz, ahí está la cruz! ¡Atizadles!

—Golpead a los infieles.

—Redímete, cruz de madera.

Los oficiales veían cómo corrían a la fuente y mojaban las bolas de nieve en el agua para que fueran más pesadas. Estaban en apuros porque no querían picar espuelas y huir, ni luchar contra ellos ni soportar tranquilamente sus travesuras brutales. Así que volvieron al consulado humillados y furiosos.

Y mientras desde el bazar llegaban los chillidos de la turba, el mayor de zapadores, encerrado en el consulado, escribía su informe al Alto Mando de Split.

«Menos mal —escribía el oficial— que había nieve, de lo contrario, estos bárbaros nos habrían tirado piedras y barro. Me hervía la sangre de vergüenza y de cólera, y cuando la ridícula situación se me hizo intolerable, me lancé con un bastón contra la chiquillería, que por un instante se dispersó, pero enseguida volvió a amontonarse, a gritar aún más fuerte y a acosarnos. A duras penas logramos alcanzar la ciudad. Y encima el trujamán del consulado me aseguraba que era una suerte que mi bastón no hubiera herido a ningún niño, porque los mayores, que no son mucho mejores e instigan a esos niños revoltosos, nos lo habrían hecho pagar con la vida».

Daville se esforzaba por explicar la situación a los oficiales, pero se reconcomía por dentro a causa de la ignominia que suponía para él que los franceses hubieran sido testigos de su impotencia y la humillación en la que vivía.

Al tercer día, el bazar abrió sus puertas. Uno a uno, llegaron los comerciantes, quitaron los postigos, se sentaron en sus puestos y empezaron su trabajo. Todos tenían un aspecto tenso y serio, un poco avergonzados y pálidos, como después de una juerga.

Era la señal de que las cosas se aplacaban. Todavía bajaban los gandules y la muchachería, callejeaban por la ciudad soplándose las manos heladas. De tanto en tanto, alguno gritaba algo contra cualquiera, pero el alarido quedaba sin eco. Nadie salía aún del consulado, salvo d’Avenat y los criados que no tenían más remedio, y que eran seguidos de amenazas, bolas de nieve y algún que otro disparo. Pero la revuelta se aproximaba a su fin natural. Al cónsul francés se le había hecho saber lo que pensaba la gente de él y de su estancia en Travnik. El odiado servidor de d’Avenat fue castigado. Le arrebataron a la mujer, pero no se la devolvieron a Bekri Mustafá, sino que la enviaron con su familia, y el propio Bekri Mustafá, de súbito, dejó de ser importante para el bazar. Nadie lo miraba. Los hombres, como si acabaran de recobrarse de una borrachera, se preguntaban quién era ese vagabundo beodo y qué hacía ahí. Nadie lo llamaba para que se acercara al puesto y se calentara en el brasero. Anduvo aún unos cuantos días dando tumbos, vendiendo a cambio de rakija trozo por trozo del atuendo que la multitud le había regalado en los primeros momentos de exaltación, y por fin desapareció de Travnik para siempre.

Así terminó la revuelta. Pero las dificultades contra las que el consulado tuvo que luchar no disminuyeron, sino que, al contrario, aumentaron y se multiplicaron. Daville se topaba con ellas a cada paso.

Al cabo de un tiempo, Mehmed el Bigotes fue liberado y salió de la cárcel pero destrozado a causa de los golpes y amargado por la pérdida de su mujer. Ciertamente, Suleiman bajá, ante las duras protestas de Daville, ordenó al alcaide que fuera a presentar sus excusas al cónsul por el arresto del mozo y por los insultos ofensivos lanzados contra los franceses y la agresión al consulado, pero éste, un viejo arrogante y testarudo, declaró con firmeza que antes dimitiría de su cargo y daría su cabeza que ir a pedir perdón al cónsul infiel. Y nadie le hizo cambiar de opinión.

El ejemplo de Mehmed el Bigotes asustó también al resto de los criados del consulado francés. En la calle se encontraban con miradas llenas de odio. Los tenderos se negaban a venderles nada. Husein, un guardia albanés orgulloso de su posición, caminaba por el bazar lívido de ira, se detenía ante una tienda y a cualquier cosa que pedía, un turco desde dentro respondía, ceñudo, que no había. La mercancía buscada a menudo colgaba al alcance de la mano y cuando el guardia se lo señalaba, el vendedor contestaba impasible que estaba vendida o montaba en cólera:

—Si yo digo que no hay, es que no hay; para ti, no hay. Las cosas se adquirían a hurtadillas de los católicos y judíos. Daville sentía que el odio contra él y el consulado crecía de día en día. Le parecía ver cómo ese odio acabaría arrancándolo, sin más, de Travnik. Le quitaba el sueño, frenaba su voluntad y abortaba toda decisión. También los criados se sentían impotentes, acosados e insuficientemente protegidos de la animadversión general. Sólo el sentimiento innato de vergüenza y lealtad a sus buenos señores les impedía abandonar el detestado trabajo en el consulado. Únicamente d’Avenat permanecía imperturbable y hacía gala de una audacia temeraria. El odio que se condensaba alrededor del solitario consulado en Travnik a él no le afectaba ni asustaba. Él seguía mostrándose impasible, fiel a sus principios: es necesario adular consecuentemente y sin recato a unos cuantos poderosos que están arriba, mientras que al resto del mundo basta con mostrarle fuerza y desdén, porque los turcos sólo temen y rehúyen al que es más fuerte que ellos. Esa vida inhumana convenía por completo a sus opiniones y costumbres.

 

IX

 

Extenuado por los esfuerzos que le habían exigido los acontecimientos de los últimos meses, descontento por la escasa comprensión y el apoyo insuficiente que recibía de París, del general Marmont en Split y del embajador en Constantinopla, desconcertado por la malicia y la desconfianza con que los turcos de Travnik seguían cada uno de sus pasos y, en general, todo lo que procedía de los franceses, a Daville se le hacía cada vez más difícil la vida con la marcha de Mehmed bajá. Aislado y rabioso, empezó a contemplar todas las cosas de un modo especial y desde un ángulo poco común. Por algún motivo, todo era grande, importante, grave e irreparable, casi trágico. En la destitución del visir, «el amigo de los franceses», no sólo veía su desventura personal, sino también la prueba de la debilidad de la influencia francesa en Constantinopla y el fracaso tremendo de la política de París.

En su fuero interno, Daville no dejaba de arrepentirse por haber aceptado ese cargo que era, evidentemente, tan difícil que nadie lo había querido. Sobre todo, lamentaba haber llevado a su familia. Era consciente de que se había engañado y de que lo habían engañado, de que era muy probable que acabara dejando allí su prestigio y la salud de su esposa e hijos. A cada paso se sentía perseguido e impotente y, por supuesto, tampoco esperaba nada bueno ni consolador del futuro.

Todo lo que hasta ahora había podido saber del nuevo visir lo inquietaba y asustaba. Ibrahim Halimi bajá había sido, en efecto, un hombre de Selim III durante una época y su visir, pero personalmente no había sido muy partidario de las reformas, y menos aún un gran amigo de los franceses. Era sabida su lealtad incondicional y absoluta a Selim, y eso era lo único por lo que era célebre. Una vez derrocado el sultán, se decía que él era más un hombre muerto que vivo, y el nuevo gobierno del sultán Mustafá lo envió primero como valí a Salónica, y luego a Bosnia, igual que se aparta un cadáver de la vista. Se contaba que era de origen noble y discreta inteligencia, ahora totalmente aturdido por la caída reciente y desolado por la posición tan poco envidiable a la que lo enviaban. ¿Qué podía esperar Daville para la causa francesa y para sí mismo de semejante visir, si ni siquiera el hábil y ambicioso Mehmed bajá había podido hacer nada? El cónsul aguardaba al nuevo mandatario con ansiedad, como una desgracia más en la larga serie de desdichas que le había acarreado ejercer de representante de Francia en Bosnia.

Ibrahim bajá llegó a principios del mes de marzo con un séquito numeroso y una caravana de enseres. Su harén se había quedado en Constantinopla. En cuanto estuvo instalado y descansó, el nuevo visir fue recibiendo a los cónsules en audiencia solemne.

Daville fue el primero en ser recibido.

Tampoco en esta ocasión escapó a las amenazas y a las afrentas durante la travesía protocolaria de la ciudad. (Daville había preparado a su joven canciller para esta escena). Pero fue mucho más pacífica y menos violenta que la primera vez. Unos cuantos insultos y algunos gestos amenazadores o groseros fueron las únicas manifestaciones del odio general hacia los consulados extranjeros. Daville constató con satisfacción maliciosa que su rival austríaco, que fue recibido al día siguiente, no fue mejor tratado que él por el pueblo llano turco.

El ceremonial que se siguió para acoger a Daville en el konak fue el mismo que con el visir anterior. Los presentes eran más suntuosos y los manjares servidos, más abundantes. El nuevo canciller del consulado recibió una pelliza de armiño, mientras que a Daville le volvieron a obsequiar con un abrigo de marta. Pero el detalle más importante para el cónsul fue que el visir prolongó la conversación con él media hora más de lo que estuvo con el representante austríaco al día siguiente.

Aparte de eso, el nuevo visir resultó ser una auténtica sorpresa para Daville, tanto por su comportamiento, como por su apariencia. Parecía que el destino hubiera querido reírse del cónsul enviándole a alguien exactamente opuesto a Mehmed bajá, con el que trabajar había sido al menos fácil y agradable, aunque no siempre hubiera tenido éxito. (Los cónsules aislados tienen tendencia a considerarse no sólo abandonados por su gobierno y perseguidos por sus adversarios, sino también como personas sobre las que la suerte se abate, por así decirlo, con una malicia particular). En lugar del joven, vivaracho y agradable georgiano, Daville se encontró en el Diván frente a un osmanlí pesado, inmóvil y frío, cuyo aspecto asustaba y repelía. Las conversaciones con Mehmed bajá, si bien no siempre daban lo que prometían, al menos le deparaban cierto júbilo, así como ganas de trabajar y de seguir negociando. Con Ibrahim bajá, tenía la sensación de que, tras cada entrevista, el interlocutor debía quedar contagiado de mal humor, tristeza y una sorda desesperación.

El visir era una ruina andante. Una ruina desprovista de belleza y majestuosidad; en realidad, su única grandeza era el horror. Si los muertos pudieran moverse, tal vez provocarían en los vivos más pavor y asombro, pero menos horror, un horror glacial que petrificaba la mirada, asesinaba la palabra y hacía que la mano tendida, ella sola, se retirara hacia atrás. La cara del visir era ancha, exangüe, con escasas pero profundas arrugas, y una barba rala que, de nuevo a su modo, carecía de color, como hierba agostada que desde hace tiempo languidece entre las grietas de una roca. Ese rostro resaltaba extrañamente contra el turbante enorme que llevaba calado hasta los ojos y le tapaba las orejas. Estaba artísticamente enrollado y era de tela blanca finísima con reflejos rosados y un único motivo bordado en hilo de oro y seda verde. Pero también el turbante resultaba raro en su cabeza, como si una mano ajena lo hubiera colocado, en la oscuridad y a tientas, en la cabeza de un muerto que jamás volvería a moverse ni a quitárselo, porque su destino era ser enterrado con él y pudrirse. El resto de ese hombre, del cuello a los pies, era un único bloque en el que apenas se distinguían las manos, las piernas y la cintura. Era imposible tasar cómo era el cuerpo que vivía bajo la pila de ropa de paño, cuero, seda, plata y pasamanería. Podía ser menudo y débil o grande y fuerte. Sin embargo, lo más asombroso era que, en los raros momentos en los que se movía, esa masa de ropa y joyas tenía los gestos inesperadamente veloces y enérgicos de un hombre joven y nervioso. Pero al mismo tiempo, la cara grande, envejecida e inerte permanecía inmóvil e impasible. Parecía que un armazón y muelles invisibles impulsaran desde dentro a esa figura muerta y al rígido cúmulo de atavíos.

Todo esto daba al visir un aspecto fantasmal, y en el interlocutor suscitaba sentimientos encontrados de miedo y repugnancia, pena e incomodidad.

Así que ésa fue la impresión que la persona del nuevo visir causó al cónsul en el primer encuentro.

Con el tiempo, al vivir y trabajar con Ibrahim bajá, Daville acabaría acostumbrándose a él, llegaría a ser su amigo y descubriría que bajo una apariencia insólita se ocultaba un hombre con corazón y con cerebro, que era profunda y eternamente desdichado, pero no inaccesible a los mejores sentimientos que su raza y su casta conocían y permitían. Sin embargo, ahora, a juzgar por esa primera impresión, Daville veía un futuro negro para su colaboración con el nuevo visir, que semejaba un espantapájaros, un espantapájaros suntuoso que no estaba destinado para los campos pobres de esta tierra, sino más bien para asustar, en paisajes fantásticos, a las aves del paraíso de formas y colores raros.

En el bullicio del konak, Daville advirtió muchas caras nuevas y poco corrientes. D’Avenat, que al pasar al servicio exclusivo del cónsul francés había dejado de tener el acceso libre al edificio del que disfrutaba en la época de Mehmed bajá, con el tiempo encontró, no obstante, conexiones y vías para estar siempre bien informado sobre el visir, los personajes principales, las relaciones entre ellos y la forma en la que se llevaban a cabo los asuntos importantes.

Ya fuera por su celo innato, por su curiosidad y por el exceso de tiempo libre, o bien por el anhelo inconsciente de imitar a los antiguos embajadores reales, cuyos informes gustaba de leer, Daville se afanaba en indagar la vida privada del visir, la intimidad de su hogar y, según la receta de la vieja diplomacia, conocer «el carácter, las costumbres, pasiones e inclinaciones del gobernante ante el que se está acreditado», para poder influir con más facilidad y alcanzar sus objetivos.

D’Avenat, que lamentaba tener que vivir en ese erial bosniaco en lugar de estar en la embajada o al servicio de algún visir en Constantinopla, tal y como hubiera correspondido a sus capacidades y a la opinión que de ellas tenía, parecía estar hecho para enterarse e informar de todo. Con la arrogancia del levantino, la precisión del médico y la perspicacia del piamontés, lograba averiguar lo que le interesaba y lo contaba de modo seco, real y minucioso, con detalles que de vez en cuando le resultaban interesantes al cónsul, por lo general útiles, pero a menudo tortuosos y repugnantes.

Igual que no existía ninguna semejanza entre los dos visires, tampoco la había entre sus respectivos colaboradores, que eran totalmente diferentes. Los hombres que Mehmed bajá se había traído y llevado consigo eran, por lo general, jóvenes, todos más o menos procedentes, de la leva, en cualquier caso buenos jinetes y cazadores. Entre ellos no había personas excepcionales que, por sus características físicas o mentales, buenas o malas, sobresalieran del resto y llamaran la atención en particular. Todos eran hombres enérgicos, corrientes, leales y obedientes, de manera incondicional, a Mehmed bajá, y se parecían los unos a los otros como se parecían los treinta y dos mamelucos, que eran como marionetas, rostros impasibles, todos con el mismo aspecto y la misma talla.

La casa de Ibrahim bajá era muy diferente, más numerosa y, teniendo en cuenta los caracteres y apariencia de quienes la formaban, mucho más diversa. El propio d’Avenat, para quien el mundo turco no tenía muchos secretos, se preguntaba a veces con asombro dónde había encontrado el visir esa corte insólita, por qué los arrastraba tras él y cómo lograba mantenerlos unidos. Al contrario que la mayoría de los visires, Ibrahim bajá no era un advenedizo ni un hombre de origen oscuro. Su padre y su abuelo ya eran ricos y habían sido altos funcionarios. Así, su familia había acumulado una legión de esclavos, hombres de confianza, protegidos y criados, niños adoptados, yernos que vivían de sus esposas, parientes en mayor o menor grado, parásitos y gorrones de toda suerte. En el transcurso de su vida larga y agitada y de su carrera, el visir había empleado a todo tipo de gente para diversas necesidades, y en particular durante la época en que había sido gran visir de Selim III. La mayoría de aquellos individuos ya no se habían separado de él ni siquiera cuando el trabajo para el que habían sido requeridos había terminado; al contrario, adheridos al visir como «lapas a un barco viejo», permanecían unidos a su destino, mejor dicho, a su cocina y a su caja. Los había viejísimos e impedidos que jamás salían a la luz del día y a los que había que asistir en su habitación, en algún lugar en las profundidades del konak. Antaño habían estado al servicio de Ibrahim bajá y le habían hecho algún favor importante que el visir había olvidado hacía tiempo y que ellos mismos apenas recordaban. Los había jóvenes y robustos sin oficio ni beneficio. Unos cuantos habían nacido en la «casa» de Ibrahim bajá, porque su padre servía allí, así que crecían y pasaban en ella la eternidad sin razones evidentes ni justificación. También había intrusos arrogantes y vulgares derviches que vivían de la caridad.

En resumen, d’Avenat no exageraba demasiado cuando en sus informes a Daville, con su sonrisa altanera, llamaba al konak del nuevo visir la «galería de los horrores».

Ibrahim bajá aceptaba a todas estas personas sin rechistar, las soportaba, las arrastraba tras de sí y con una paciencia supersticiosa toleraba sus defectos, sus luchas y enfrentamientos internos, sus peleas y rencillas.

También los que ocupaban cargos elevados y realmente llevaban a cabo el trabajo y las gestiones eran tipos singulares, y en contadas ocasiones gente común y corriente.

Entre ellos, tanto por su importancia como por la influencia que tenía en todos los asuntos, destacaba en primer lugar Tahir bey, el teftedar, un hombre de confianza de Ibrahim bajá, su primer consejero en todas las cosas. Era enfermizo y extravagante, pero generoso y de una inteligencia extraordinaria. Las opiniones sobre él estaban muy divididas en la ciudad y en el konak, pero era indudable, y en eso estaban de acuerdo los travniqueses y los cónsules, que Tahir bey era el cerebro de la corte del visir y «la mano derecha y la pluma en la mano» de su amo.

Como sucedía con todos los altos dignatarios osmanlíes, al teftedar lo había precedido su reputación naturalmente deformada y exagerada. Los ulemas de Travnik, tan abundantes como envidiosos, se mordían los labios con malicia y se consolaban diciendo que, al fin y al cabo, él no era más que un hombre, y que únicamente al cielo que está sobre nuestras cabezas no le sobra ni le falta nada. Y, en efecto, antes de que Tahir bey llegara a la mitad del camino, ellos lograron quitarle lo que le sobraba y ponerle lo que le faltaba. Uno de los que vinieron de Estambul contando la erudición e inteligencia de Tahir bey dijo que ya en la escuela lo llamaban el Pozo de sabiduría. En Travnik, de inmediato lo bautizaron Pozo efendi[32].

Así eran los hombres de alcurnia y los próceres travniqueses, en especial los cultos e instruidos. Para todo lo que no poseían, no sabían o no podían hacer, encontraban una palabra vil o un nombre ultrajante. De este modo, participaban en todos los asuntos, incluso en los más importantes y en los que, de no ser así, jamás podrían tomar parte.

Pero, cuando Tahir bey llegó a Travnik, el apodo mordaz, inventado tan deprisa por los ulemas, se volvió en contra de ellos porque el pueblo lo rechazó. Ante la personalidad del nuevo teftedar se apagaba por sí misma cualquier ofensa y cualquier burla se desvanecía. Al cabo de unas cuantas semanas, la gente lo llamaba simplemente efendi, pronunciando una palabra tan corriente con respeto y entonación especial. Así, en aquella época, en Travnik, había muchos efendis: escribanos más o menos instruidos, teólogos del Corán, maestros y hodjas, pero efendi a secas, sólo uno.

La erudición, el conocimiento de lenguas extranjeras y el arte de escribir eran una tradición en la familia de Tahir bey. Su abuelo había sido autor de diccionarios y comentarios; su padre, primer secretario de la Sublime Puerta, terminó sus días como reis-efendi. Tahir bey lo habría sucedido de no haber sido por la rebelión que derrocó al sultán Selim y arrojó al gran visir Ibrahim bajá primero a Salónica y luego a Travnik.

Tahir bey acababa de cumplir treinta y cinco años, pero parecía mucho mayor. Había pasado, prácticamente sin interrupción, de ser un niño precoz a ser un hombre enfermizo, pesado y envejecido. Y así vivía y trabajaba. Después de todo cuanto había padecido con Ibrahim bajá cuando éste era gran visir en los peores momentos, y a causa de la enfermedad que carcomía su cuerpo, por lo demás fuerte y armonioso, se había convertido en un enfermo grave que se movía lentamente y con pocas ganas, pero del que emanaba un deseo visible de vivir y una insólita fuerza espiritual.

Si hubiera sabido vivir con más moderación o consentido en dejar el trabajo, tal vez su médico de Constantinopla hubiera podido curarlo al principio. Ahora, su extraña enfermedad se había asentado y afianzado, y Tahir bey se había resignado a vivir y sufrir a la par. En la ingle izquierda tenía una llaga que se abría y cerraba unas cuantas veces al año. Debido a ello caminaba doblado y despacio. En invierno y cuando soplaba el siroco, los dolores y el insomnio lo torturaban y debía aumentar la dosis de alcohol y narcóticos.

Desde que se había quedado sin su médico de Constantinopla, Tahir bey curaba y vendaba él mismo sus heridas, igual que sufría en silencio y en secreto, sin quejarse nunca ni molestar a nadie.

Ciertamente, entre el numeroso personal de Ibrahim bajá, había un hombre que ocupaba el cargo de médico, pero se trataba de Esref efendi, un viejo ingenioso que había olvidado todo lo que antaño había aprendido, y no digamos el arte de la medicina, con el que nunca había tenido mucho que ver. En su juventud había sido una especie boticario, pero había pasado la mitad de su vida en el ejército, en el frente y los campamentos, donde «curaba» más por sugestión y por su cordialidad, por su buen humor indestructible, que por sus conocimientos y remedios. Hacía tiempo que Ibrahim bajá lo había sacado del ejército y lo llevaba consigo a todas partes, más como un compañero agradable que como médico. En otra época había sido un cazador apasionado, sobre todo de patos salvajes, pero ahora estaba casi paralizado por el reumatismo en las piernas, y pasaba la mayor parte del día sentado al sol o en una habitación caliente, siempre calzado con unas botas cuya caña alta era de tela. Era un hombre que llamaba la atención, vivaracho, ocurrente, y amado y respetado por todos.

Se sobrentiende que a Tahir bey ni se le había pasado por la imaginación que Esref efendi lo asistiera en su enfermedad, aunque le gustaba bromear y conversar con él.

En un cofre especial siempre había vendas, estrechas y anchas, cuidadosamente colocadas, algodón, agua y emplastos. Era una arqueta ensamblada con habilidad y delicadamente tallada, de madera noble, que ganaba en belleza cuanto más antigua era y más se usaba. El abuelo de Tahir bey guardaba en ella sus manuscritos; su padre, el dinero, y él, las vendas y los ungüentos.

Cuando la enfermedad del teftedar se agravaba, todas las mañanas, a la misma hora, mandaba calentar agua especialmente para él, y entonces empezaba el proceso doloroso, largo y casi sagrado del baño, la limpieza y el vendaje. Encerrado y solo, con las mandíbulas apretadas convulsamente y las cejas fruncidas, lavaba con cuidado su herida y cambiaba los emplastos y vendas, lo que a menudo duraba horas.

Eran las horas secretas y tormentosas de la vida del teftedar. Pero en ellas, al mismo tiempo, quedaban acalladas y enterradas todas las dificultades y amarguras. Porque, al terminar, después de curarse, fajarse y apretarse bien los vendajes y vestirse, volvía entre la gente tranquilo y fortalecido, totalmente cambiado. Sus ojos irresistibles ardían en la cara fría e impasible, y apenas se percibía el temblor de sus labios. Entonces no había para él nada difícil ni terrible en el mundo, ni cuestiones irresolubles ni personas peligrosas ni obstáculos insuperables. Este enfermo eternamente grave era más fuerte que los sanos y más hábil que los fuertes.

Lo que revelaba la verdadera vida y la auténtica fuerza de Tahir bey eran sus ojos. Tan pronto eran los ojos enormes, brillantes, de los grandes hombres, a los que la fuerza de sus pensamientos eleva por encima de todas las cosas, como los ojos achicados, duros, dorados, de algunos animales, como la marta y la comadreja, fulgurantes y glaciales, sin discernimiento ni piedad; o los ojos exaltados, sonrientes, de un niño caprichoso pero noble, con la despreocupación y la belleza que la juventud confiere por sí misma. El hombre entero vivía por los ojos. Por lo demás, era de voz ronca, parco en movimientos y lento.

Tahir bey tenía más influencia sobre el visir que el resto de sus colaboradores; sus consejos eran los más solicitados y los más escuchados; a él se confiaban cuestiones difíciles y delicadas, que el cehaja a menudo no sabía ni que existían. Solía resolverlas con rapidez, naturalidad y pericia, sin muchas palabras, con ese fulgor dorado en los ojos, y nunca más volvía sobre ese tema. Compartía su sabiduría y su sagacidad generosa y altruistamente, como un hombre que tiene demasiado, que está acostumbrado a dar y que no necesita nada. Conocía por igual la ley islámica, el ejército y las finanzas. Hablaba persa y griego. Escribía magníficamente y era autor de una serie de poemas que el sultán Selim apreciaba mucho.

Tahir bey era uno de los raros otomanos del konak que jamás se quejaba del exilio en Bosnia, de la barbarie del país y de la vulgaridad de la gente. En su fuero interno añoraba Constantinopla y estaba acostumbrado, él más que nadie, al lujo y los placeres de la vida en la capital. Pero ocultaba su nostalgia como «vendaba» sus heridas, en aislamiento y soledad.

El haznadar Baki, al que los moradores del konak llamaban Kaki, era exactamente lo contrario de Tahir bey y por eso mismo su enemigo jurado e impotente. Era un monstruo tanto en lo físico como en lo mental, una máquina increíble de calcular, un hombre odiado por todos y que no esperaba otra cosa. Más por rutina que por necesidad, hacía tiempo que había llegado a ser indispensable para el visir. Éste, que no osaba ni reconocérselo a sí mismo y que, en definitiva, amaba a la gente tranquila y noble, mantenía y soportaba a su vera a ese prodigio de perfidia por una especie de instinto supersticioso, como un amuleto que atrae sobre él todo el odio y la maldad, de lejos y de cerca. Era la «serpiente doméstica» del visir, como decía Tahir bey.

Sin mujer y sin amigos, Baki hacía años que ocupaba el cargo de tesorero y llevaba la contabilidad del visir, a su modo, concienzuda y minuciosamente, ahorrando cada céntimo con la obstinación de un avaro enfermizo y defendiendo su tesoro de todos, incluso del mismo visir. Su vida, sin la menor dicha ni satisfacción personal, estaba dedicada por completo al culto egoísta de sí mismo y a la lucha contra los gastos, cualesquiera que fueran, donde se hicieran y quienquiera que los realizara. Su crueldad y su maldad eran ilimitadas y, de hecho, no poseía nada más que esa perversidad, y no le pedía otra cosa a la vida.

Era un hombre bajo y rollizo, sin barba ni bigote, de piel amarilla, fina y transparente que parecía rellena no de huesos y músculos, sino de un fluido incoloro o de aire. Tenía las mejillas infladas y fofas como dos bolsillos. Por encima de ellas flotaban dos ojos inquietos azules y límpidos como los ojos de los niños, pero siempre preocupados y llenos de desconfianza, unos ojos que nunca reían. El escote de su chaqueta y su camisa dejaba ver un cuello inflado en el que se marcaban tres pliegues profundos como los de las mujeres gordas anémicas. El hombre entero parecía un enorme odre ajado que se desinflaría silbando si alguien lo pinchaba con un simple alfiler. Todo ese cuerpo temblaba bajo su propio aliento y le atemorizaba el contacto con algo que no fuera él mismo.

No conocía las bromas o la diversión. Hablaba poco, sólo lo que había preparado de antemano y nada más que lo estrictamente necesario. Se escuchaba y miraba a sí mismo y a todo lo que consideraba suyo con entusiasmo. Aunque hubiera tenido dos vidas no le habrían bastado para semejante trabajo. Comía frugalmente y no bebía más que agua, porque no tenía ni dientes para masticar ni estómago para digerir, y porque cada bocado que ahorraba le resultaba más dulce que el que hubiera podido comer. Pero, puesto que había que alimentarse, arreglaba, modelaba y contemplaba cada miga con ternura, porque debía llegar a ser parte de su cuerpo.

Este hombre siempre tenía frío, en todas partes y en cualquier estación del año. Su piel sensible y su cuerpo flácido no le permitían ponerse tanta ropa como necesitaba. El roce de los dobladillos y de las costuras le hacía daño, y esto le producía tristeza y una gran compasión hacia sí mismo. Toda su vida había buscado tejidos cálidos, pero ligeros y suaves, y se vestía y calzaba a su manera, con ropas amplias, cómodas y sencillas, al margen de las costumbres y de las personas que lo rodeaban. Uno de sus sueños era el calor. Se imaginaba una habitación, pequeña y sin muebles, pero calentada desde todos lados por un fuego invisible, siempre a una temperatura constante y regular, y que además fuera luminosa y estuviera permanentemente limpia y llena de aire fresco. Una especie de templo dedicado a sí mismo, una tumba caldeada, pero desde la cual se pudiera ejercer una influencia poderosa y perpetua en el mundo, haciendo el bien a sí mismo y el mal a los otros. Porque Baki no era sólo un avaro ridículo y un excéntrico egoísta, sino también un difamador, un delator y un chismoso que había arruinado la vida de muchos y logrado que les cortaran la cabeza a unos cuantos, sobre todo en su época de gloria, cuando Ibrahim bajá era gran visir y el propio Baki se codeaba con personajes importantes y se hallaba en el centro de los acontecimientos. «Aquél al que Baki retira el plato no comerá jamás», se decía entonces de él. Pero incluso ahora, estando tan alejado, sin relaciones ni influencias, viejo y más grotesco que peligroso, escribía sin cesar a diversos personajes de Constantinopla, para contarles, según la costumbre, todo lo que él sospechaba o creía saber y vituperando a todo el que podía. Aún era capaz de pasar una grata noche inclinado y crispado sobre un trozo de papel, igual que otros la pasan en alegre compañía o en un lance amoroso. Y hacía todo eso espontáneamente, casi siempre sin obtener ningún provecho personal, impulsado por una necesidad interna, sin pudor, sin remordimientos, incluso sin temor.

Todos los habitantes del konak odiaban al haznadar, y él, a su vez, los detestaba igual que detestaba al resto del mundo. Un maníaco del ahorro y de las cuentas, que no quería ayudantes ni escribientes. Dedicaba el día entero al dinero, susurrando como si rezara, contándolo, recontándolo y anotándolo con un cálamo corto y romo en pequeños pedazos de papel desiguales. (Robaba el papel a los otros funcionarios). Espiaba a todos, pegaba a los jóvenes y los despedía, aburría al visir con denuncias y calumnias sobre los ancianos, suplicándole que prohibiera e impidiera el despilfarro y la ruina. Luchaba contra los gastos y el derroche, contra cualquier placer y cualquier alegría, prácticamente contra cualquier actividad en general, considerando que tanto los hombres alegres y desenfadados, como los elocuentes y emprendedores, eran vagos y peligrosos manirrotos. En esa batalla suya contra la propia vida había episodios graciosos y tristes. Pagaba a soplones para que lo informaran de en qué habitación brillaba la luz más de lo necesario, controlaba lo que unos y otros comían y bebían, contaba los tallos de cebolla del huerto en cuanto brotaban de la tierra. En realidad, todas estas medidas costaban más dinero y más esfuerzos que el derroche así evitado. (Tahir efendi decía en broma que el celo de Baki causaba más daño al visir que todos los defectos y vicios de las personas a su servicio). A pesar de su obesidad y de su asma, a cada instante descendía al sótano y subía al desván. Inventariaba, marcaba y supervisaba todo y aun así las cosas le desaparecían ante los ojos. Se batía desesperadamente contra el curso natural de los acontecimientos, y lo que más le hubiera gustado habría sido poder apagar la vida del mundo entero igual que se apagan las velas innecesarias en las habitaciones, con el pulgar y el índice humedecidos, y quedarse solo en la oscuridad, junto a esas velas extintas, y gozar porque las tinieblas reinaban, porque, por fin, se había dejado de vivir y de gastar, y porque él aún respiraba como vencedor y testigo de su propio triunfo.

Baki guardaba rencor a los ricos porque tenían demasiado, gastaban y dilapidaban, y aborrecía hasta lo indecible a los que no poseían nada, esos miserables eternos, hidra de mil bocas insaciables. Cuando en el konak querían hacerle rabiar, se le acercaba alguien a hablar con él y como de paso, con una expresión exageradamente triste y tono pesaroso, le decía que tal o cual persona merecía atención porque «era muy pobre». Como impulsado por un resorte, Baki saltaba de su sitio, perdía todo control y gritaba con su débil voz:

—¿Para qué quieres un pobre? ¿Por qué te arrimas a los miserables? Déjalos que sigan el curso de las aguas. ¿Acaso soy yo Dios para convertir a los pobres en ricos? ¡Ni siquiera El hace ya esas cosas! También a Él le han aburrido.

Inclinaba la cabeza y bajaba la voz afligido, imitando a su interlocutor.

—«¡Porque es pobre!». ¿Y qué si es pobre? ¿Acaso es ahora un honor ser pobre o un título que da derecho a algo? «¡Es pobre!», como si dijera «es un peregrino que ha ido a La Meca» o «es un bajá».

Luego elevaba el tono, echaba espumarajos de rabia por la boca, y se encaraba con el otro:

—¿Y por qué engulle si es pobre? Nadie come más que los pobres, ¿por qué no ahorra?

Elogiaba a los bosniacos por su sencillez y austeridad y porque soportaban la miseria en silencio con paciencia, sin pedir ni mostrar agresividad como los menesterosos de Constantinopla y de Salónica. No apreciaba a los travniqueses, porque había advertido que les gustaban las joyas y que casi todos iban bien vestidos. Había visto que los hombres llevaban amplios cinturones y pantalones adornados con pasamanería de seda, y las mujeres, el manto de buen paño y, en la cara, velos bordados con oro auténtico, y eso lo enojaba, porque intentaba explicarse en vano cómo era posible que todo el mundo tuviera dinero, cómo compraban cosas tan caras y superfluas y cómo hacían para sustituirlas, ya que se gastaban y estropeaban rápidamente. Le daba vértigo sólo pensar en esas cuentas indescifrables. Y cuando, en la conversación, alguien empezaba a defender a los travniqueses y a señalar que era muy bonito verlos en el bazar, siempre limpios y bien vestidos, Baki se salía de sus casillas.

—Me parece muy bien que sean limpios, pero ¿de dónde sacan dinero para semejantes atuendos? ¿De dónde? Dime, ¿cómo es posible que encuentren dinero en este villorrio?

Y cuanto más insistía su interlocutor, deliberadamente, en alabar a los travniqueses y justificar sus lujosas ropas, más se enfurecía el haznadar. Sus ojos azules, inquietos y al mismo tiempo irremisiblemente cómicos, adquirían de repente el color violeta de una tormenta, y un brillo malvado. Como un derviche en trance, caminaba raudo con sus piernas cortas, invisibles y mantecosas, agitando sus pequeños brazos. Por fin, llegaba al centro de la habitación dando grandes zancadas, las manos extendidas y abiertos los dedos amorcillados, repitiendo con voz acre y silbante, más y más rápido, más y más fuerte, y más y más virulentamente:

—¿De dónde sacan el dinero? ¡Eh!, ¿de dónde lo sacan? ¿De dón-de viene el di-ne-ro?

Aquí, el bromista, que sólo quería hacerle rabiar, se marchaba dejando al tesorero indignado y sin respuestas, en medio de la habitación, igual que un hombre a punto de ahogarse, desesperado y abandonado en el enfurecido océano de gastos infinitos y cálculos inextricables de este mundo absurdo y mísero.

La persona que mejor conocía a Baki y más cosas sabía de él era Esref efendi, el médico enfermo del visir. Por él se enteró d’Avenat de múltiples detalles referentes al haznadar.

Sentado al sol, con las piernas extendidas enfundadas en las botas de tela y las manos, delgadas y llenas de venas y cicatrices, en el regazo, Esref efendi hablaba con su voz profunda y ronca de cazador.

—Sí, sí, ahora se le ve ridículo y casi al límite de sus fuerzas. Ni siquiera un cerdo querría rozarlo, pero había que haberlo conocido en otra época. Incluso hoy día no hay que subestimarlo. Dice usted que es amarillo y le tiemblan las manos. Es cierto, pero se engaña si cree que por eso no le queda mucha vida o que ya no puede ser tan dañino ni peligroso para todo lo que lo rodea. Bueno, tiene el color de un membrillo podrido, pero jamás ha tenido otro, nació así. Hace cincuenta años que eso repta por la tierra, tose, estornuda, gime, sopla y silba por todos sus costados como un odre agujereado. Desde el primer día, cuando ensució por primera vez el suelo sobre el que su madre lo trajo al mundo, sufre y mancha todo lo que toca. Ha pasado la mitad de su vida retorciéndose a causa del estreñimiento, y la otra mitad con diarreas tremendas corriendo por el patio con la bacinilla en la mano. Pero ni eso ni el sempiterno dolor de muelas, el insomnio, la urticaria y las hemorragias, le han impedido moverse como un barrilete y hacer el mal, el mal de cualquier clase, en todo y a todos, con la velocidad de una serpiente y la fuerza de un toro. Yo discrepo de los que afirman que es un avaro. No, eso es un insulto para los avaros. Porque los avaros aman el dinero, o al menos su avaricia, y están dispuestos a sacrificar mucho por ella, mientras que él no ama nada ni a nadie salvo a sí mismo y odia al mundo entero, a los seres vivos y a las cosas muertas. No, no es un avaro, es herrumbre, y de la peor especie, de la que corroe el hierro.

Esref efendi terminó su disertación con una sonrisa débil.

—Pero yo lo conozco como pocos, aunque a mí nunca ha podido hacerme nada. Sabe usted, yo siempre he sido un cazador, un hombre libre, y a los tipos como él siempre me los he colgado de la canana.

Además de estos personajes destacados, d’Avenat logró conocer a fondo a otros funcionarios importantes e informar sobre ellos al cónsul.

Estaba el tefter-cehaja, Ibrahim efendi, negro y delgado, del que se decía que era incorruptible, un hombre callado y retraído que sólo se preocupaba de sus numerosos hijos, de los documentos del visir y de los archivos. Se había pasado la vida bregando con los copistas ineptos y poco concienzudos, con los mensajeros, carteros y los papeles del visir que, como si una maldición recayera sobre ellos, jamás estaban ordenados como era debido. Su jornada transcurría en una habitación en penumbra llena de arcones y anaqueles. Allí reinaba un orden conocido sólo por él. Y cuando le pedían la copia de un documento o de una carta antigua, se desquiciaba como si se tratara de algo inesperado e inaudito, saltaba, se detenía en medio de la sala, se llevaba las manos a las sienes y empezaba a hacer memoria. Sus ojos negros se ponían de repente a bizquear y «miraba al mismo tiempo a dos estanterías, cada una en un extremo», como decía Esref efendi. Entretanto, repetía sin cesar, en voz baja, el nombre del documento que le pedían, tomaba carrerilla e iba acortando el título hasta hacerlo prácticamente ininteligible y convertirlo en un zumbido prolongado que surgía de la nariz. En un momento determinado, el murmullo incomprensible se interrumpía, el tefter-cehaja saltaba como si fuera a cazar un pájaro y, con los brazos extendidos hacia delante, se precipitaba hacia un anaquel. Por lo general, el documento buscado estaba allí. Si, por azar, no era así, el archivero regresaba al centro de la estancia y se concentraba de nuevo, murmuraba por la nariz y saltaba en otra dirección. Y así sucesivamente hasta que encontraba lo que buscaba.

El comandante de la guardia del visir era un tal Behdzet, un hombre risueño y distraído, con una salud de hierro, rollizo y sonrosado, valiente, pero vago, y un jugador empedernido. Las dos docenas de soldados de infantería y caballería que formaban la abigarrada guardia del visir no daban a Behdzet mucho trabajo ni muchos problemas. Se las apañaban para solucionar todos los asuntos y que su jefe no tuviera que preocuparse de ellos ni ellos de él. Jugaban, comían, bebían y dormían. El trabajo principal y el más arduo de este comandante consistía en pelearse con el tesorero, cuando había que sacarle la soldada o una suma extraordinaria para sí y sus soldados, y evitar que éste le diera largas o lo rechazara. Entonces se producían escenas increíbles. Con su espíritu quisquilloso y su perfidia, Baki lograba exasperar al bueno de Behdzet, que agarraba su cuchillo y amenazaba con cortar a ese roñoso de cajero en pedazos «como si fuera una albóndiga». Pero el asustadizo y endeble haznadar se lanzaba sobre el puñal de Behdzet en defensa de su caja de caudales, cegado por el odio y la repugnancia que sentía hacia ese despilfarrador, y juraba que antes de morir vería la cabeza del comandante empalada en un repecho, debajo del cementerio, donde se exhibían las cabezas de los malhechores decapitados. Por fin, el comandante obtenía su dinero y salía riendo a carcajadas del gabinete de Baki, que permanecía inclinado sobre su arca, acariciando el vacío surgido como si fuera una herida, y preparándose para ir, por centésima vez, a quejarse al visir de ese truhán y facineroso de comandante que desde hacía años le saqueaba la caja y le amargaba la vida. Y con todo su corazón de tesorero, deseaba ardiente y sinceramente contemplar un día el triunfo de la justicia y el orden, y la cabeza hueca e insolente de Behdzet plantada en una pica, a ver si entonces se reía con las mismas ganas.

El cehaja del visir seguía siendo Suleiman bajá Skopljak, igual que lo había sido con el anterior visir, como ya hemos podido ver. Él estaba poco en Travnik, pero cuando estaba, mostraba mucha más comprensión y simpatía hacia el cónsul austríaco que hacia el francés. Sin embargo, ese bosniaco era el único en la galería de personajes abigarrados del konak del que se podía estar seguro de que cumplía lo que prometía.

 

X

 

La época de los cónsules supuso un revuelo y no poco ajetreo para la ciudad del visir; en relación directa o indirecta con ellos, a unos les fue bien y progresaron, a otros les fue mal y se arruinaron, muchos los recordarían por lo bueno y muchos por lo malo.

Pero ¿por qué los criados de los beyes molieron a palos a Salko Maluhija, hijo de una viuda pobre y aprendiz de barbero? ¿Por qué siempre recordaría la época de los cónsules por esta desgracia, él, que no era funcionario imperial ni bey, ni si contaba entre los notables ni los ulemas ni los comerciantes del bazar?

En su caso entraba en juego una de esas fuerzas animales que circulan por nuestro interior y alrededor nuestro, que nos elevan, nos empujan hacia delante, nos detienen o nos abaten. Esa fuerza que nosotros, con una expresión abreviada, llamamos amor, impulsó a Salko, el aprendiz de barbero, a deslizarse y desgarrarse la ropa entre la maleza de la valla de los Hafizadic, y a trepar a un árbol para poder ver, al menos con los ojos, a Ágata, la hija del cónsul austríaco.

Como todos los enamorados verdaderos, Salko no hablaba de su amor ni lo mostraba, pero había encontrado un modo de satisfacerlo hasta cierto punto.

En el tiempo que le quedaba libre a la hora de comer, se introducía sin ser visto en los establos de la posada y desde ahí, por una abertura a través de la cual se arrojaba el estiércol, llegaba a un matorral desde el que podía observar el jardín del cónsul y en él, a su hija, que casi siempre estaba allí, y hacia la que lo atraía algo mayor y más intenso que toda la fuerza de la que disponía su enclenque cuerpo de aprendiz.

Entre la valla y el patio del consulado, había un huerto de ciruelos, estrecho y abandonado, propiedad de los beyes Hafizadic, que no impedía divisar con claridad el jardín, arreglado a la manera europea. Las sendas estaban bien trazadas y se habían aplanado las toperas. En el centro, se alzaban los arriates redondos o con forma de estrella, plantados de flores y rodeados de bastones coronados por bolas de cristal rojo o azul.

El terreno, anegadizo y soleado, favorecía que todo lo que allí se plantaba creciera rápidamente y bien, y abundaban las flores y los frutos.

Desde su escondrijo, Salko, el aprendiz de barbero, contemplaba a la hija del señor von Mitterer. En realidad, la veía en la ciudad, cuando pasaba con su padre. Pero eso ocurría en contadas ocasiones y de forma tan veloz, que no sabía en qué fijarse antes, si en el uniforme del cónsul, en el carruaje amarillo y barnizado o en la señorita que, siempre crispada, llevaba enrollada alrededor de las piernas una manta de viaje con una corona roja y un monograma bordados. Nunca había logrado distinguir el color de los ojos de esa muchacha distante, a la que ahora podía observar de cerca, y que sin imaginarse que alguien la estuviera viendo, se paseaba sola por el jardín, delante de la galería de la planta baja, que habían reformado y encristalado aquella primavera.

Oculto a las miradas, Salko, agachado, con la boca entreabierta, reteniendo el aliento, espiaba a través de la cerca. Y la joven, convencida de estar absolutamente sola, daba vueltas entre las flores, examinaba la corteza de los árboles, saltaba de un extremo a otro de la vereda; luego se detenía y miraba ya al cielo ya a sus manos. (También los cachorros se paran en mitad del juego, sin saber qué hacer con su propio cuerpo). Después volvía a pasear de un lado a otro, balanceando los brazos y dando palmadas; una palmada delante y otra detrás. Y en las bolas centelleantes y multicolores de los arriates, su imagen y su vestido claro se reflejaban graciosamente junto al cielo y el follaje.

Salko olvidaba completamente la realidad y perdía la noción del tiempo, del lugar y de las proporciones de su propio cuerpo. Sólo cuando se levantaba para irse, sentía hasta qué punto se le habían entumecido las piernas dobladas y cómo le dolían los dedos de las manos y las uñas, llenas de tierra y de costras. Más tarde, ya en la barbería, donde a menudo recibía buenos palos a causa de su retraso, su corazón latía agitada y desagradablemente. Pero al día siguiente, esperaba con impaciencia el final de su frugal almuerzo para deslizarse a hurtadillas, a través del establo de la posada, hasta la valla de los Hafizadic, temblando de antemano, tanto por el miedo a que lo sorprendieran, como por la alegría que lo aguardaba.

Un día —era una tarde despejada y tranquila, después de una mañana lluviosa—, la muchacha no estaba en el jardín. Los arriates estaban mojados y los senderos aplastados por el aguacero. Las bolas de cristal, lavadas por la lluvia, relucían al sol y reflejaban alegremente las escasas y blancas nubes. Al ver que ella no estaba, impulsado por el deseo y la ansiedad, Salko se encaramó primero a la valla y luego a un viejo ciruelo, que crecía junto a ella, sitiado por frondosos saúcos; desde allí echó un vistazo a través de las ramas.

Las ventanas de la galería estaban abiertas de par en par y el sol y el cielo claro refulgían en los cristales, haciendo que el interior del mirador pareciera más umbrío. Salko distinguía todo a la perfección. El kilim rojo en el suelo y los cuadros incomprensibles en las paredes. La hija del cónsul estaba sentada en una silla pequeña y muy bajita. Tenía en su regazo un libro enorme, pero levantaba los ojos de él a cada instante y los dejaba vagar por la galería y las ventanas. Esa nueva situación, en la que nunca antes la había visto, lo enardeció aún más. Cuanto más se cernían las sombras sobre ella y cuánto más lejos estaba, tanto más anhelaba contemplarla. Temía resbalarse o quebrar una rama. Desfallecía de placer al verla inmóvil en la penumbra, que tornaba su cara más alargada y más pálida, y en su fuero interno no cesaba de pensar que aún tenía que ocurrir algo, algo más excitante e insólito, porque insólito era todo en ese día lluvioso. Trataba de convencerse a sí mismo de que no iba a pasar nada, pues ¿qué podía suceder? Sin embargo, ocurrió lo que menos esperaba.

¡Ea! Ella posaba las palmas de las manos sobre el libro abierto. Salko se quedó sin aliento y sin ideas. —Sí, algo iba a pasar—. En efecto, la muchacha, con lentitud e indecisión, se levantó, juntó las manos, luego las separó dejando sólo las puntas de los dedos unidas. Se miró las uñas —¡iba a ocurrir!—; de repente, despegó también los dedos, como si interrumpiera algo fino e invisible; dirigió la vista al suelo, separó ligeramente los brazos del cuerpo y empezó a bailar despacio en medio del kilim rojo.

Con la cabeza levemente inclinada, como si aguzara el oído, los ojos bajos, contemplaba la punta de sus zapatos. En el rostro imperturbable, arrobado, las luces y sombras del día lluvioso se iban alternando según ella se movía.

Y Salko, viendo que, como él había presentido, estaba pasando algo insólito, olvidó por completo quién era y dónde se hallaba, se trasladó de la rama principal a las ramas más delgadas, trepó muy por encima de la valla, y cada vez que ella avanzaba una pierna en un paso de baile, él estiraba la cabeza más y más. Pegó la cara al follaje y a la corteza fresca. Todo su ser temblaba y desfallecía. Era difícil experimentar tal deleite en semejante posición. La joven seguía danzando. Cuando repitió la misma figura por segunda o tercera vez, un escalofrío de dulzura lo recorrió por entero, como si estuviera viendo algo muy querido y familiar.

De súbito, el árbol crujió. La rama sobre la que estaba se partió, y él sintió que caía a través de las hojas de saúco y que las ramas lo laceraban y arañaban; se golpeó dos veces, una en la espalda y otra en la cabeza.

Al final, fue a dar con sus huesos al jardín de los Hafizadic. Primero se precipitó sobre la empalizada y luego al suelo, entre unas tablas mohosas y carcomidas que tapaban una alcantarilla. Las tablas podridas cedieron bajo el peso y él se hundió hasta las rodillas en el barro y en el lodo.

Cuando alzó la cara magullada y manchada de cieno y abrió los ojos, distinguió inclinada sobre él a una criada de la cocina de los Hafizadic, una vieja apergaminada y de rostro surcado de arrugas como el de su madre.

—¿Es que quieres matarte, infeliz? Pero ¿qué asunto te trae por las alcantarillas?

Salko miraba a todos lados, buscando al menos un rayo de la belleza que lo había iluminado pocos instantes antes cuando se encontraba allá arriba. Oía a la vieja, sin entender lo que decía, igual que, con los ojos abiertos de par en par, veía a los criados de Hafizadic que venían corriendo desde el otro extremo del huerto blandiendo garrotes en las manos, pero no lograba recuperar la conciencia ni comprender lo que había sucedido ni lo que querían de él esas personas.

La muchacha menuda, triste y solitaria continuaba con su paseo y sus juegos inocentes en el jardín y en la galería, sin tener ni idea de lo que había ocurrido por su culpa en el huerto vecino, como tampoco había imaginado nunca que alguien la observaba.

Luego de la paliza que recibió en la propiedad Hafizadic, y de la bofetada que le dieron por llegar tarde a la barbería, Salko también se quedó sin cena por la noche. Era el castigo que siempre le imponía su madre, una mujer pálida y prematuramente envejecida, a la que la miseria había hecho severa y mordaz. Después de eso, el crío no volvió a colarse en un jardín ajeno ni a trepar a las vallas ni a los árboles para ver lo que no debía.

Se quedaba en la barbería y, más demacrado y triste, se imaginaba a la maravillosa joven extranjera. La contemplaba bailar ahora ante él al ritmo que su deseo y su imaginación marcaban, sin correr el peligro de caer en una alcantarilla ni de que lo pillaran y molieran a palos.

No obstante, también se paga la belleza soñada. Mientras Salko sujetaba el recipiente con el jabón en sus manos finas y azuladas, de pie, al lado del gordo barbero que rasuraba el cráneo de un efendi, el patrón advertía su mirada ausente y le indicaba con los ojos y el gesto de costumbre que se fijara en su navaja de afeitar, que tenía que aprender en lugar de dejar vagar su mirada perdida por algún lugar más allá de la puerta de la barbería. El muchacho se estremecía, contemplaba al barbero y, obediente, observaba la navaja. Pero apenas un minuto después, su mirada volvía a volar sobre la superficie azulada que dejaba en la cabeza del efendi la navaja del barbero, para llegar al jardín paradisiaco y a la niña de paso ligero y aspecto extraño. Y cuando el patrón advertía de nuevo su aire distraído, caía el primer cachete asestado con la mano libre, la izquierda, en cuyo índice se amontonaba la espuma de afeitar. Todo el arte consistía entonces en no dejar caer el recipiente de las manos y soportar impertérrito el sopapo, porque las cosas se quedaban ahí. De lo contrario, las bofetadas llovían y el garrote salía a relucir.

De ese modo, el barbero Hamid curaba al aprendiz de sus chiquilladas, y le inculcaba un poco de juicio en la cabeza, disuadiéndolo de hacer barrabasadas y vaguear, y tratando de que prestara atención al trabajo.

Pero esa fuerza de la que ya hemos hablado al principio aparecía, como las aguas subterráneas, inesperada y repentinamente en otros lugares y en otras circunstancias, esforzándose por abarcar más campo y dominar al mayor número posible de seres humanos de ambos sexos. Así, surgía incluso donde no debía y donde, a causa de la oposición que encontraba, no podía mantenerse de ninguna manera.

La señora von Mitterer, nada más llegar, había empezado a visitar las iglesias y capillas católicas de los alrededores de Travnik y a hacer donaciones. No lo hacía tanto por voluntad propia como por la insistencia de su marido, que lo necesitaba para reforzar su influencia entre el clero y el pueblo católico.

Se habían encargado a Viena jarrones de porcelana falsa, candelabros finos y ramas doradas, todos objetos baratos y de mal gusto, pero raros y desconocidos en aquellas tierras. La esposa del cónsul había ordenado brocados, estolas y casullas, hechos por las monjas de Zagreb, para obsequiar al monasterio de Guca Gora o a los párrocos de las iglesias rurales pobres de los alrededores de Travnik.

Pero tampoco en esta actividad, que debía ser útil y grata a los ojos de Dios, Ana María sabía actuar con mesura. Como siempre, la impulsaba su naturaleza excéntrica, a causa de la cual todo lo que emprendía se torcía y salía al revés. Su celo desproporcionado despertó rápidamente las sospechas de los turcos, asustó y desconcertó a los frailes y habitantes de Dolac, ya de por sí asustadizos y desconfiados. Con las dádivas y su reparto, procedía de forma caprichosa y arbitraria, irrumpía en las iglesias, colocaba a su gusto los objetos en el altar, ordenaba que se ventilara, se hiciera limpieza y se pintara. Los monjes, que aborrecían las novedades y a los que no les gustaba que nadie se metiera en sus asuntos —ni siquiera cuando se hacía con la mejor intención—, primero observaron este ajetreo estupefactos, y luego enseguida empezaron a intercambiar impresiones, a ponerse de acuerdo y a prepararse para oponer resistencia.

Para el capellán de Orasje, el pueblo más cercano a Travnik, ese fervor inusual de la señora von Mitterer se convirtió en un peligro y en una verdadera calamidad. El capellán, el padre Mijat Bakovic, en aquella época estaba solo, porque su párroco, también llamado Mijat, pero apodado el Carretero, se había ausentado para resolver ciertos asuntos de su orden. El capellán era un joven enclenque, miope y dado a fantasear. Soportaba mal el aburrimiento y la dura vida del campo, y aún no se sentía plenamente seguro en su condición de religioso.

Ana María echó el ojo a este joven clérigo con todo el ardor protector del que era capaz y con esa solicitud, un poco de madre, un poco de amante, que con tanta facilidad confunde y pone en un aprieto a hombres con mucho más aplomo y experiencia. Durante un tiempo, a principios de verano, iba hasta dos o tres veces por semana a Orasje; desmontaban ella y su escolta delante de la iglesia, llamaba al capellán y le daba instrucciones sobre cómo debía arreglar la iglesia y la casa. Se inmiscuía en sus tareas domésticas, en cómo distribuía su tiempo y el orden en la parroquia. Y el joven monje la contemplaba como si se tratara de una aparición, inopinada y maravillosa, demasiado bella y extraordinaria para que pudiera regocijarle sin sufrir. El estrecho encaje blanco alrededor del cuello, sobre la tela negra de su vestido de amazona, resplandecía como si estuviera hecho de una materia luminosa y ofuscaba las pupilas del capellán, que no osaba mirar directamente a la cara de la mujer. En su presencia, él tiritaba como si tuviera fiebre, mientras la señora von Mitterer miraba con deleite esas manos delgadas que temblaban y el rostro del fraile que se moría de vergüenza por semejante temblor.

Cuando ella bajaba a caballo por la colina camino de Travnik, el capellán destrozado, permanecía en el banco delante de la vieja casa parroquial. Todo, el pueblo, la iglesia y el trabajo, le parecía árido, difícil e ingrato en esos momentos, pero cuando divisaba a los jinetes procedentes de la ciudad, las cosas volvían a brillar y a florecer. Sin embargo, lo embargaba de nuevo el temblor y el deseo doloroso de librarse cuanto antes de esa belleza cegadora y aniquiladora.

Por suerte para el capellán, el padre Mijat, el Carretero, no tardó mucho en regresar a su parroquia y el joven se confesó con él espiritual y honestamente. El Carretero, que era un cincuentón fuerte y vivaracho, de cara ancha, nariz respingona y ojos rasgados, experimentado y prudente, sano, bromista e ingenioso, un fraile culto y elocuente, no tuvo ningún problema para entender lo que pasaba y comprender la situación del pobre capellán.

Enseguida lo envió de vuelta al monasterio. Así, cuando la señora von Mitterer se presentó de nuevo con su escolta, en lugar del capellán confuso salió el Carretero, sonriente y sereno, se sentó en un tronco y respondió, sin quitarse la boquilla de los labios, a la asombrada mujer del cónsul que le proponía arreglar la iglesia de otro modo:

—Me causa admiración, señora, que seas capaz de destrozarte los pies por estas cañadas, cuando Dios te ha dado la oportunidad de permanecer en tu casa, tranquila y confortable. No conseguirás, por más que lo intentes, poner orden en nuestras iglesias ni capillas; ni aunque te gastaras en ellas todo el tesoro del imperio. Así somos nosotros y así son nuestras iglesias; de nada serviría que las cosas fueran mejor. Y tú, los regalos que tengas para nuestras parroquias rurales, háznoslos llegar por alguien. Nosotros sabremos darles buen uso y Dios te recompensará.

Ofendida, la señora von Mitterer empezó otra vez a hablar de la iglesia y del pueblo, pero el padre Mijat convertía en bromas todas sus observaciones. Y cuando, enfadada, volvió grupas, el párroco se quitó el bonete de monje que cubría su enmarañado pelo, hizo una reverencia con un aire un tanto diabólico, servil y burlón a la vez, y le dijo:

—Tienes un buen caballo, señora, podría montarlo el obispo.

Ana María jamás regresó a la iglesia de Orasje.

Más o menos en aquellos días, el párroco de Dolac habló con von Mitterer sobre el mismo tema. Los frailes, que consideraban al cónsul como un amigo y un protector y no querían ofenderlo de ningún modo, eligieron al padre Ivo, gordo y pesado, pero astuto y hábil, para que le comunicara, sin agraviarlo a él ni a su esposa, que el celo de la señora von Mitterer les resultaba incómodo. El padre Ivo, al que no en vano los turcos llamaban el Trapisondista, lo hizo estupendamente. Primero le contó al cónsul que por el miedo a los turcos andaban con mucha cautela y, sobre todo, cuidaban mucho con quién se veían y se reunían, que los regalos que les llevaba la señora von Mitterer eran bienvenidos, y que ellos rogaban sin cesar a Dios por ella y daban gracias por lo que les enviaba. Al final, la conclusión implícita de toda esta historia era que ellos seguirían aceptando las dádivas, pero que sería mejor que no se las llevara la señora von Mitterer en persona y que no se inmiscuyera en el reparto ni en el uso que se hiciera de ellos.

Sin embargo, la señora von Mitterer estaba ya harta de iglesias, y decepcionada con el pueblo y los monjes. Una mañana estalló delante del coronel y le arrojó a la cara una sarta de reproches e injurias. Le espetaba que el cónsul francés tenía razón al frecuentar a los judíos, que eran mucho más instruidos que aquellos católicos turcos. Acercando la cara a la de su marido, le preguntaba si él era el cónsul general o un sacristán. Juraba y perjuraba que jamás volvería a pisar una iglesia ni una casa de Dolac.

De este modo se salvó el joven capellán de Orasje de lo que para Ana María era un juego frívolo y para él un grave problema. Al mismo tiempo, se terminó también la fase piadosa de la vida de la señora von Mitterer en Travnik.

La fuerza de la que aquí hablamos constantemente tampoco perdonó al consulado francés en la otra orilla del Lasva, porque ella no entiende de escudos ni banderas.

Mientras en la planta baja del Caravasar de los Ragusinos la señora Daville cuidaba de sus hijos, mientras su esposo languidecía sobre sus extensos informes consulares y sobre sus enrevesados proyectos literarios, en el piso superior, el «joven cónsul» se batía contra el aburrimiento y contra los deseos que éste suscita pero no es capaz de satisfacer. Ayudaba a Daville en el trabajo, cabalgaba por los alrededores, estudiaba el idioma y las costumbres del pueblo y trabajaba en su libro sobre Bosnia. Hacía todo lo posible por llenar sus días y sus noches. Sin embargo, al que es joven y calmoso le quedan aún fuerzas y tiempo para los deseos, el hastío y el callejeo propios de la edad.

Así, el «joven cónsul» reparó en Jelka, una lugareña de Dolac.

Ya hemos visto que a la señora Daville, cuando llegó a Travnik, le costó tiempo y paciencia ganarse la confianza de los frailes y el aprecio de la población católica. Al principio, ni los más pobres querían dejar que sus hijos sirvieran en el consulado francés. Pero cuando conocieron mejor a la señora Daville y cuando se vio cuánto habían aprendido las primeras muchachas que trabajaron con ella, la gente empezó a pelearse por obtener un empleo en casa. Varias jóvenes de Dolac se dedicaban al mismo tiempo a los quehaceres domésticos o a los trabajos manuales que la señora Daville les enseñaba.

En los meses de verano, se reunían tres o cuatro mozas a bordar y a tejer. Se sentaban en el amplio mirador, junto a la ventana, y cantaban a media voz inclinadas sobre la labor. Cuando iba al gabinete de Daville, des Fossés pasaba a menudo delante de las jóvenes. Ellas bajaban aún más la cabeza y la canción se trababa y desafinaban. Midiendo el ancho corredor con sus largas zancadas, el muchacho solía clavar la vista en ellas y lanzaba alguna palabra a guisa de saludo al que las chicas, atónitas, no lograban responder. Además, contestarle no era fácil, porque cada vez era una palabra diferente, una que justo ese día acababa de aprender, y las confundía, igual que su libertad, su rapidez de movimientos y su voz animosa. A fuerza de pasar por allí, en virtud de la lógica que rige las relaciones de esta naturaleza, des Fossés reparó con mayor precisión en el rostro de la muchacha que más bajaba la cabeza ante él. Se llamaba Jelka y era hija de un modesto comerciante que tenía en Dolac una casa humilde repleta de niños. El flequillo pesado y espeso de su cabello castaño le caía sobre los ojos. Algo indefinido, relacionado con su ropa y su belleza, la hacía distinta del resto de las muchachas. Des Fossés empezó a reconocer su nuca castaña y su cuello blanco y fuerte entre las cabezas inclinadas de las otras bordadoras. Y un día que se quedó contemplando largamente ese cuello, la muchacha levantó la cabeza inesperadamente, como si la mirada le quemara y deseara evitarla, mostrando así, por un instante, la cara juvenil y amplia, los ojos brillantes pero mansos, la nariz poderosa y levemente irregular, y la boca grande, aunque perfecta de labios simétricos que apenas se rozaban el uno con el otro. Sorprendido, el canciller se fijó en ese rostro y vio un rictus trémulo, como si contuviera el llanto, mientras que los ojos castaños resplandecían con una sonrisa que no podían ocultar. El joven también sonrió y le dijo alguna palabra de su «vocabulario ilirio», una cualquiera, porque a esa edad y en esas circunstancias, todas las palabras son buenas y significativas. Para esconder los ojos sonrientes y la boca en torno a la que jugaba una línea asustada casi invisible, ella inclinó la cabeza y mostró su blanco cuello bajo el cabello oscuro.

Esto se repitió varias veces entre ellos, como un juego, durante aquellos días. Pero todos los juegos tienden a continuar y prolongarse. Esta aspiración es irrefrenable cuando se trata, como era el caso, de una adolescente y de un hombre joven, ardiente y solitario. Así, las palabras insignificantes, las miradas largas y las sonrisas inconscientes se unieron para formar un puente seguro que se iba construyendo a sí mismo.

Empezó a pensar en ella por las noches y al despertarse, a buscarla, primero en los pensamientos, luego en la realidad, y, como por milagro a encontrársela cada vez con más frecuencia y mirarla más detenidamente. Como era la estación en que todo germinaba y florecía, a él le parecía que ella era parte —una parte espiritual y singular— de ese exuberante mundo vegetal. «Ella es vegetal…», se decía a sí mismo, igual que alguien canturrea unas palabras sin preguntarse por qué lo hace ni qué significan. Con la faz ruborizada, sonriente, pero tímida, bajando a cada instante la cabeza como una flor su corola, en verdad, estaba asociada a las flores y a las frutas en sus pensamientos con un sentido profundo y especial que des Fossés no trataba de entender; algo así como la conciencia y el alma de las frutas y las flores.

Cuando la primavera avanzó y los árboles del jardín se cubrieron de hojas, las muchachas salieron al exterior. Allí estuvieron bordando todos los meses del estío.

Si alguien conversara con dos viajeros, uno de los cuales ha pasado en Travnik el invierno y el otro el verano, obtendría dos opiniones totalmente opuestas de la ciudad. El primero diría que había estado en el infierno, y el segundo, que había estado muy cerca del paraíso.

Estos lugares mal situados y con un clima ingrato suelen gozar de unas cuantas semanas al año que, por su belleza y encanto, constituyen una especie de recompensa por todos los sinsabores e infortunios del resto del año. En Travnik, esa época va desde principios de junio hasta finales de agosto, pero sobre todo es en julio cuando alcanza mayor esplendor.

Cuando la nieve se funde en los agujeros más profundos, cuando cesan las lluvias primaverales y las celliscas, cuando los vientos, ya fríos, ya templados, ya iracundos y fragorosos, ya sosegados y ligeros se calman, cuando las nubes se retiran permanentemente a los bordes elevados del anfiteatro abrupto que forman las montañas alrededor de la ciudad, cuando el día ahuyenta a la noche con su largura, resplandor y calidez, cuando, en los bancales que se extienden sobre la villa, los campos amarillean y los perales se curvan bajo el peso de los frutos maduros que caen en abundancia por los rastrojos… comienza el hermoso y breve verano travniqués.

Des Fossés acortaba sus paseos por las inmediaciones y perdía horas en el inmenso jardín empinado del consulado, paseando por las veredas y entre los arbustos, de sobra conocidos, como si fueran elementos raros y nunca antes vistos. Jelka llegaba antes que las otras chicas o se quedaba rezagada. A menudo descendía del terraplén en el que trabajaban e iba al consulado en busca de hilo, agua o un refrigerio. Solía encontrarse con el joven en los senderos estrechos cubiertos de verdor. Ella bajaba su cara ancha y blanca, y él pronunciaba sonriendo sus palabras «ilirias» en las que la «r» siempre era ronca y alargada y el acento recaía en la última sílaba. Una tarde, se quedaron solos en uno de los caminos laterales entre la fronda espesa, donde la sombra estaba saturada de calor. La muchacha vestía unos zaragüelles tornasolados y un chaleco ajustado de raso azul claro, cerrado con un solo botón. Una aguja de plata recogía su blusa plisada bajo el cuello. Sus brazos, desnudos hasta los codos, eran lozanos y rollizos, surcados de venas rosadas. Él la tomó por la muñeca. La sangre refluyó enseguida y las huellas pálidas de los dedos masculinos quedaron marcadas en su piel.

Los labios de Jelka —rojo claro, extraños, vitales y ambos idénticos— se tensaron levemente en las comisuras, esbozando esa sonrisa implorante y pesarosa, pero de inmediato bajó la cabeza y se apretó contra él, muda y dócil como la hierba y las ramas. «Vegetal…», pensó el hombre una vez más, pero lo que se estaba arrimando a él era una criatura humana, una mujer enternecida hasta el dolor, con el alma presa de la duda, pero también resignada a ceder y perderse. Los brazos caídos impotentes, la boca entreabierta y los ojos entornados como si estuviera a punto de desmayarse. Apoyada en él, envolviéndolo, la muchacha se consumía de amor, por la dulzura que promete, y desfallecía por el horror que se cernía sobre ella como una sombra. Plegada, abatida, truncada, ofrecía la imagen de la sumisión total, de la impotencia, de la derrota y de la desesperación, pero también de una grandeza insospechada. Al joven le hirvió la sangre y le invadió una sensación de absoluta felicidad y de triunfo incontenible. Horizontes infinitos se encendían y apagaban en él como destellos. Sí, ¡eso era! Él siempre había presentido y, tantas veces, afirmado que ese país pobre, árido y abandonado era, en realidad, rico y opulento, y, he ahí que ahora se revelaba una de sus bellezas ocultas.

Las laderas empinadas, verdes y salpicadas de colores, volvían a florecer y el aire se llenaba de un hálito desconocido y embriagador que —al menos así se lo parecía— siempre había existido escondido en aquel valle. Los tesoros secretos del lugar oscuro y mísero en apariencia se manifestaban y, de repente, se descubría que el silencio pertinaz encerraba ese soplo de amor raudo e intermitente contra el que se rompía el estertor de la resistencia y el placer del consentimiento, que su aspecto eternamente mudo y melancólico era sólo una máscara bajo la que fluía y titilaba la luz teñida de rojo por la sangre dulce.

Había allí un peral viejo, grueso y hendido, inclinado y caído sobre un ribazo, dispuesto como un sofá. Aunque la base estaba totalmente seca, aún tenía brotes. Se apoyaron en él y luego se dejaron caer, entrelazados, primero la chica arrastrando a des Fossés sobre el gran tronco partido del peral que hacía las veces de lecho. Inerme y silenciosa, Jelka aún no ofrecía resistencia, pero cuando las manos masculinas se deslizaron a lo largo de su cuerpo y abarcaron su talle, justo entre los pantalones y el chaleco, donde no había más que blusa, la joven se retorció como una rama rebelde que alguien dobla durante la cosecha. Des Fossés se encontró en el sendero pero no sabía cuándo lo había apartado de su lado ni cómo había llegado allí. La muchacha estaba arrodillada a sus pies, las manos juntas y la cara elevada hacia él, como si estuviera rezando, la tez pálida y los ojos bañados en lágrimas que no fluían. De hinojos y con las manos juntas, pronunciaba palabras que él desconocía, pero que, en esos momentos, entendía mejor que su lengua materna: le estaba suplicando que fuera un hombre y la respetara, que no causara su ruina, porque ella sola no podía defenderse de aquella sensación que la embargaba, tan irresistible como la muerte pero más dura y terrible. Le imploraba por la vida de su madre y por lo que le era más querido, y sólo repetía una y otra vez con una voz enronquecida al mismo tiempo por la pasión y por la emoción:

—No, por favor, no…

El joven sentía que le latía el pulso en el cuello, trataba de serenarse y comprender el giro inesperado e increíblemente rápido de toda la situación. Se preguntaba cómo de repente había podido escabullirse de debajo de él aquella mujer desfallecida y por qué seguían ahora en esa situación ridícula: él confuso y erguido, como un emperador pagano, y ella postrada a sus pies, las manos unidas y la mirada llorosa dirigida a lo alto, a su rostro, como las santas de las estampas. Quiso alzarla del suelo, abrazarla de nuevo y recostarse en el tronco hendido del peral abatido, pero no encontró las fuerzas ni la voluntad. Todo había cambiado de modo imprevisto e incomprensible.

No sabía ni cómo ni cuándo había sucedido, pero estaba claro que esa muchacha débil, frágil y sumisa, de forma extraña, había pasado del «mundo vegetal» en el que había estado hasta entonces a otro totalmente diferente, y, con engaños, se había refugiado bajo la protección segura de una voluntad más fuerte, allí donde él ya no podía llegar. Se sintió estafado, burlado y dolorosamente decepcionado. Lo invadió una especie de vergüenza, de cólera contra ella, contra sí mismo, contra el mundo entero. Se agachó y la alzó con cuidado del suelo, farfullando unas palabras. Ella seguía mostrándose pasiva y dócil y se plegaba a cada gesto de su mano igual que antes, pero continuaba implorando con la mirada y con las palabras que se apiadara de ella y la respetara. No se le ocurrió volver a abrazarla. Con aire sombrío y una cortesía forzada, la ayudó a arreglar las arrugas de los pantalones y la aguja bajo la garganta que se había desprendido. Y luego, la muchacha, del mismo modo precipitado e inexplicable para él, se perdió por la pendiente en dirección al edificio del consulado.

Des Fossés pasó unos días muy agitados. La confusión, la cólera sorda y la vergüenza sentida en los primeros instantes en el jardín no lo abandonaban. Una pregunta rondaba sin cesar por su mente: ¿qué les había sucedido a él y a la chica, cómo había ocurrido? Él la ahuyentaba una y otra vez y se esforzaba por no pensar en el breve encuentro en la vereda perdida. Sin embargo, se decía a menudo con una sonrisa irónica:

—Sí, sí, realmente eres un psicólogo infalible y un amante perfecto. Te has empeñado en que ella procede del mundo vegetal, que es el espíritu pagano de esta tierra, que es el tesoro escondido que hay que descubrir. Y te has dignado a condescender. Pero hete aquí que de golpe las cosas cambian. Ella se arrodilla igual que Isaac, al que su padre Abraham va a inmolar en sacrificio, pero en el último momento, un ángel lo salva de la muerte. Y así estaba ella arrodillada, y tú decidiste jugar a Abraham. ¡Felicidades! Has empezado a desempeñar un papel en los cuadros vivos cargados de tendencias morales profundas y piadosas. ¡Te felicito!

Sólo los largos paseos por los bosques escarpados de las cercanías podían tranquilizarlo y le hacían pensar en otros asuntos.

Los deseos insatisfechos y la vanidad juvenil lo torturaron varios días, pero al final esto también terminó. Comenzó a resignarse y a olvidar. Continuaba viendo al pasar a las bordadoras en el jardín y, entre ellas, la cabeza inclinada de Jelka, pero no se turbaba ni se detenía, sino que desenfadado y alegre soltaba alguna palabra que había aprendido ese mismo día, y seguía deprisa su camino sonriente, jovial.

Sin embargo, una de aquellas noches, en el manuscrito de su libro sobre Bosnia, allí donde hablaba de los tipos de razas y de las características físicas, añadió lo siguiente:

«Las mujeres suelen ser esbeltas; muchas llaman la atención por los rasgos finos y regulares de su cara, la hermosura de su cuerpo y la blancura deslumbrante de su piel».

 

XI

 

En este país, todo podía convertirse con el tiempo en una sorpresa, y todo, en cualquier instante, podía transformarse en lo contrario de lo que aparentaba ser. Daville ya había empezado a resignarse con el hecho enojoso de haber perdido a Husref Mehmed bajá, un hombre vivaz y abierto del que siempre cabía esperar una acogida cordial, cierta comprensión y un poco de ayuda, y a tener en su lugar al duro, frío e infeliz Ibrahim bajá, insoportable para sí mismo y para los demás, y al que era más difícil arrancarle una palabra o un sentimiento humano que a una piedra. Su primer contacto con el visir y todo lo que d’Avenat le había contado sobre él le había confirmado esta idea. Pero pronto el cónsul tuvo la oportunidad de darse cuenta, una vez más, de que d’Avenat, a la hora de emitir un juicio serio y competente, era un conocedor ciertamente parcial de las personas. En efecto, cuando se trataba de asuntos corrientes y de relaciones normales de la vida cotidiana, su apreciación era sagaz, despiadada, exacta y fiable; pero en cuanto se enfrentaba a cuestiones más complejas y delicadas, su pereza intelectual y su indiferencia moral lo empujaban a generalizar y a expresar pareceres apresurados y simplistas. Y eso fue lo que ocurrió esta vez. Ya después de la segunda y de la tercera conversación con el visir, el cónsul advirtió que éste no era tan inaccesible como aparentaba a primera vista. Ante todo, también él tenía un «tema favorito de conversación». Pero en su caso no era, como en el de Husref Mehmed bajá, el mar, ni ningún otro asunto palpable y concreto. Para Ibrahim bajá, el punto de partida y el punto final de cualquier charla era la caída de su señor Selim III y su propia tragedia personal estrechamente ligada a ella; sus consideraciones se extendían en todas direcciones a partir de este punto. Contemplaba todo lo que acaecía en el mundo que lo circundaba a través de este suceso, y era lógico que, desde esa óptica, todo pareciera sombrío, difícil y descorazonados Pero para el cónsul era importante que el visir no fuera tan sólo «un monstruo físico y una momia intelectual», y que hubiera temas y palabras capaces de hacerle reaccionar y conmoverlo. Aún más, a la larga, el cónsul percibió que ese coriáceo y tenebroso visir, con el que cada conversación suponía una lección sobre la futilidad de todo lo existente, era en muchos casos más digno de crédito y mejor que el ligero y siempre radiante Mehmed bajá, con su eterna sonrisa. La forma en que Daville sabía escuchar los juicios pesimistas y las consideraciones generales del visir agradaba al otomano, le complacía y le inspiraba confianza. El visir nunca hablaba tanto tiempo y tan íntimamente con von Mitterer ni con ningún otro personaje como lo hacía, cada vez más a menudo, con Daville. Y el cónsul se iba acostumbrando a estas charlas en las que ambos se sumían en los infortunios de todo tipo de este mundo imperfecto y de las que al final obtenía algún favor insignificante que, de hecho, constituía el verdadero motivo de su visita al visir.

Los encuentros solían comenzar alabando alguno de los últimos éxitos de Napoleón en el campo de batalla o en la política internacional, pero el visir se dejaba llevar inmediatamente por su naturaleza y pasaba de las cosas positivas y alegres a las graves y adversas. Por ejemplo, hablaba de Inglaterra, de su tozudez, su desconsideración y su voracidad, contra las que incluso el genio de Napoleón luchaba en vano. Desde aquí no había más que un paso hasta las reflexiones generales, lo difícil que era gobernar a los pueblos y mandar a los hombres, lo ingrata que era la misión del gobernante y del comandante, cómo desde siempre las cosas de este mundo se atravesaban e iban al revés, en contra de las leyes de la moral impotente y de los deseos de las personas nobles. Ya en este punto se llegaba al destino de Selim III y de sus colaboradores. Daville escuchaba con atención muda y honda compasión, mientras el visir hablaba con cierto ardor amargo.

—Los hombres no desean ser felices. Los pueblos no quieren un gobierno razonable ni nobles gobernantes. En este mundo, la bondad es huérfana. Que el Todopoderoso ayude a su emperador, pero yo he visto con mis propios ojos lo que le ha sucedido a mi señor, el sultán Selim. Dios lo había dotado de las mejores cualidades físicas y espirituales. Ardió y se consumió al igual que una vela por la felicidad y el progreso del Imperio. Inteligente, tierno, amante de la justicia, jamás pensaba en el mal ni en la traición, no llegaba a presentir los abismos de perfidia, hipocresía y deslealtad que se ocultan en la gente; razón ésta por la que no sabía protegerse y nadie podía guardarlo. Empleando todas sus fuerzas en el cumplimiento de sus deberes de soberano y llevando una vida de pureza como no se recuerda desde los primeros califas, Selim no tomó medidas para defenderse de los ataques y de las traiciones de los malvados. Por eso fue posible que un destacamento de jamaks[33], la escoria del ejército, guiado por un villano rabioso, derrocara a semejante sultán y lo confinara en el palacio del Serrallo, a fin de frustrar todos sus proyectos salvadores y visionarios y colocar en el trono a un desgraciado atolondrado y lascivo, rodeado de borrachos, granujas y traidores de oficio. ¡Ya ve cómo van las cosas en este mundo! ¡Y pocos son los que se percatan de ello, y menos aún los que desearían y podrían impedirlo!

Desde aquí se llegaba enseguida al tema de Bosnia y las circunstancias en las que tenían que vivir en ese país el visir y el cónsul. Ibrahim bajá no hallaba palabras lo bastante duras ni imágenes lo suficientemente sombrías con las que iniciar la conversación sobre Bosnia y los bosniacos, y Daville lo escuchaba con franca lástima y sincera comprensión.

El visir no cesaba de lamentarse de que la caída de Selim lo hubiera sorprendido al frente del ejército que justamente se estaba preparando para expulsar a los rusos de Valaquia y de Moldavia, en el momento en que el triunfo era ya seguro; asimismo se quejaba de que este golpe había privado al imperio del mejor Sultán, y a él, Ibrahim bajá, de una gran victoria que casi estaba al alcance de su mano, para arrojarlo, humillado y maltrecho, a aquel país pobre y lejano.

—Usted mismo puede constatar, noble amigo, dónde vivimos y con quién me las tengo que ver. Sería más fácil guiar un rebaño de búfalos salvajes que a estos beyes y señores bosniacos. Ellos también son salvajes, salvajes, salvajes e incomprensibles, toscos y vulgares, pero susceptibles y henchidos de orgullo, tercos pero con las cabezas huecas. Créame si le digo que estos bosniacos no tienen el sentimiento del honor en el corazón ni inteligencia en la cabeza. Se pelean entre sí con riñas e intrigas y es lo único que conocen y saben hacer. ¡Y con esta gente yo tengo que aplacar la rebelión de Serbia! Así van las cosas en nuestro imperio desde que el sultán Selim ha sido depuesto y encarcelado, y sólo Dios sabe hasta dónde llegaremos.

El visir se interrumpió y guardó silencio, pero en su cara inmóvil centelleaban, con el brillo débil de los cristales oscuros, los ojos profundamente hundidos a los que sólo el desespero hacía revivir.

Daville rompió el silencio y, con habilidad y cautela, observó:

—Y si por un feliz concurso de circunstancias, las cosas cambiaran en Constantinopla y volviera usted a ocupar el cargo de gran visir…

—¡Ay, entonces! —El visir hizo un gesto fatalista con la mano; esa mañana gozaba llevando al cónsul y a sí mismo a la desesperanza más negra—. ¡Ay, entonces! —continuó con voz ahogada—, les enviaría firmanes que no se ejecutarían, defendería al país de los rusos, los ingleses, los serbios y de cualquier cosa que lo amenazara. Salvaría lo que es difícil de salvar.

Al final de estas conversaciones, el cónsul solía exponer la cuestión por la que había acudido al konak, un permiso de exportación de trigo a Dalmacia, un contencioso fronterizo, o algo similar, y el visir, sumido en sus lóbregas cavilaciones, daba su autorización sin pensarlo mucho.

La vez siguiente, Ibrahim bajá hablaba en el transcurso de la audiencia sobre otros asuntos, pero siempre con la misma calma agobiante y desalentadora y con la misma amargura. Hablaba del nuevo gran visir, que lo odiaba, que lo envidiaba porque había tenido más suerte que él en las guerras anteriores y por eso no le enviaba instrucciones ni informes ni medios de luchar contra Serbia, o bien le transmitía las noticias recibidas de su antecesor en Travnik, Husref Mehmed bajá, al que el mismo gran visir había desterrado a la lejana ciudad de Kayseri.

El cónsul lo asimilaba y acumulaba todo y, al margen de que por lo general llevaba a buen término su trabajo, regresaba a casa como envenenado, no podía comer y por la noche soñaba con desgracias, persecuciones y todo tipo de penurias.

Sin embargo, Daville estaba satisfecho de haber hallado en el pesimismo incurable del visir al menos un punto en común con él, un lugar pequeño y aislado donde se encontraban los dos, como seres humanos, en ese rudo mundo turco sin el menor asomo de comprensión y sin rastro de una humanidad a la que él, un pobre cónsul extranjero, pudiera acceder. Por momentos tenía la impresión de que bastaría un poco de tiempo y un pequeño esfuerzo para que entre él y el visir se estableciera y desarrollara una verdadera amistad y una relación más afectuosa.

Pero, al final, siempre sucedía algo que de manera imprevista revelaba la distancia infranqueable que los separaba y que mostraba al visir bajo una nueva luz, mucho peor y más triste de lo que d’Avenat lo describía en sus informes, y sumía a Daville en un mar de confusiones infinito arrebatándole toda esperanza de encontrar en aquellos parajes «un atisbo de humanidad» que perviviera más que una lágrima o durara más que una sonrisa o una mirada. Con asombro y consternación, el cónsul se decía a sí mismo que la brutal escuela de Oriente era eterna y que en esas tierras las sorpresas no tenían final, igual que no había medida ni un criterio permanente ni valores estables en las relaciones humanas.

Ni siquiera por aproximación se podía prever ni predecir lo que cabía esperar de aquella gente.

Un día, el visir convocó por sorpresa a los dos cónsules al mismo tiempo, algo que no era habitual. Sus comitivas se encontraron delante de la puerta del konak. El Diván tenía un aire solemne. Los cortesanos, susurrando, danzaban de un lado a otro. El visir hacía gala de gran cortesía y dignidad. Después del primer café y los primeros chibuquíes, entraron el caimacán y el teftedar y ocuparon unos asientos discretos. El visir refirió a los cónsules que el cehaja Suleiman bajá había atravesado el Drina la semana anterior con las tropas bosniacas y aniquilado el destacamento serbio más fuerte y mejor organizado, cuya instrucción corría a cargo de «oficiales rusos» que también lo dirigían. Expresó su esperanza de que, después de esta victoria, los rusos desaparecerían de Serbia y de que eso marcaría el principio del fin de cualquier sublevación. El triunfo había sido importante, subrayó el visir, y era muy probable que la hora de establecer el orden y la calma en Serbia estuviera próxima. Sabiendo que los cónsules, como buenos amigos y vecinos, también se alegrarían, los había invitado para compartir con ellos tan buenas noticias.

Ibrahim bajá guardó silencio. Como si esto hubiera sido la señal, entraron en el Diván numerosos cortesanos casi corriendo. En la parte despejada de la gran sala extendieron una estera y trajeron varias banastas, sacos de piel de cabra y negros odres grasientos de piel de cordero. Rápidamente los alinearon, los abrieron y arrojaron el contenido sobre la estera. Entre tanto, los criados servían a los cónsules limonada y más pipas.

Orejas y narices humanas cortadas cayeron en profusión sobre la alfombra, una masa informe de desdichada carne, salada y ennegrecida por la sangre coagulada. El hedor frío y repugnante de la sal húmeda y de los coágulos sanguinolentos invadió el Diván. De las banastas y sacos extrajeron gorros, cinturones y cartucheras adornadas con un águila de metal, y de los odres, banderas rojas y gualdas, estrechas y bordadas en oro con efigies de santos en el centro. Tras ellas cayeron dos o tres iconos que golpearon sordamente contra el suelo. Para finalizar llevaron un haz de bayonetas atado con cuerdas.

Eran los trofeos de la victoria sobre el ejército insurrecto serbio «organizado y dirigido por los rusos».

Alguien invisible, desde un rincón, con voz profunda y tono de oración dijo: «¡Dios ha bendecido las armas del islam!». Todos los turcos presentes respondieron con un murmullo ininteligible.

Daville, que ni en sueños se había imaginado semejante escena, sintió que se le revolvía el estómago y la limonada amarga se le subía a la boca amenazando con escapársele por la nariz. Olvidó el chibuquí[34] y clavó los ojos en von Mitterer como si esperara de él la salvación y una explicación. También el austríaco había palidecido y tenía un aire consternado, pero como hacía tiempo que estaba acostumbrado a tales sorpresas, fue el primero en recuperar el habla y felicitar al visir y al ejército bosniaco. El celo y el temor de ser menos que su rival prevalecieron sobre el miedo y el asco de Daville, que profirió unas cuantas frases en honor de la victoria, deseando más éxitos a las armas del sultán y la paz en el imperio. Dijo todo eso con voz acorchada. Le parecía oír con nitidez cada una de sus palabras como si fueran de otro. Sus felicitaciones fueron traducidas y el visir volvió a hablar. Agradeció a los cónsules sus buenos deseos y parabienes y se consideró afortunado por tenerlos a su lado en esos momentos en los que, embargado por la emoción, contemplaba las armas que los moscovitas perjuros habían abandonado vergonzosamente en el campo de batalla.

Por fin Daville se atrevió a mirar al visir. Sus ojos realmente habían ganado vivacidad y brillaban en las comisuras como cristales.

La misma voz profunda de antes pronunció de nuevo unas palabras solemnes e incomprensibles.

Un murmullo apenas audible recorrió el Diván. La recepción había terminado. Viendo que von Mitterer observaba el revoltijo de la estera, Daville se armó de valor y echó un vistazo a los trofeos desparramados. Los objetos de cuero y metal, cosas inanimadas de por sí, parecían doblemente muertos y yacían allí, tristes y abandonados, como si al cabo de varios siglos los hubieran desenterrado y expuesto al sol. La masa informe de orejas y narices cortadas reposaba tranquilamente; a su alrededor, sal esparcida, renegrida como la tierra a causa de la sangre y mezclada con restos. Todo exhalaba una fetidez sutil, fría y repugnante.

Daville miró unas cuantas veces a von Mitterer y luego a la estera desplegada delante de él, siempre con la esperanza secreta de que la escena se desvanecería igual que un espectro aterrador, pero sus ojos tropezaban continuamente con los mismos objetos, increíbles pero reales e implacables en su inmovilidad.

«¡Despiértate!», no dejaba de pensar Daville, «despiértate, aleja de ti esta pesadilla, sal a la superficie, frótate los ojos y respira un poco de aire puro». Pero no había que despertarse porque aquella vil infamia era el fondo de la realidad. Así eran esos hombres. Así era su vida. Así actuaban los mejores de entre ellos.

Daville volvió a sentir que se le revolvía el estómago y se le nublaban los ojos. No obstante, logró despedirse cortésmente y llegar a casa a paso tranquilo con su escolta, donde en lugar de comer se metió en la cama.

Al día siguiente, Daville y von Mitterer se reunieron, sin preguntarse quién debía la visita y olvidando cuánto había pasado desde su último encuentro. Simplemente se precipitaron el uno hacia el otro. Se estrecharon la mano durante largo rato y, sin palabras, se miraron como dos náufragos. Von Mitterer ya se había informado sobre el verdadero alcance de la victoria turca y el origen de los trofeos. Las armas se las habían arrebatado a una patrulla serbia, mientras que las banderas y el resto procedían de una matanza corriente que el ejército amargado y ocioso había cometido contra la población bosniaca, en algún lugar cerca de Zvornik, durante una ceremonia religiosa.

Von Mitterer no era un hombre dado a extenderse en consideraciones y no merecía la pena hablar más del asunto con él. Pero Daville no lograba quitarse de la cabeza la celebración, sin dejar de interrogarse: ¿Por qué esa mentira? ¿Por qué esa crueldad vana, casi infantil? ¿Qué significaban sus sonrisas y sus llantos? ¿Qué ocultaban sus silencios? Y ¿cómo era posible que el visir, con sus ideas elevadas, y Suleiman bajá, en apariencia honesto, y el sabio Tahir bey prepararan semejante farsa e incluso presenciaran escenas de un mundo inferior y terrible? ¿Cuál era su verdadero rostro? ¿Cuánto había de vida y cuánto de una actuación calculada? ¿Cuándo mentían y cuándo decían la verdad?

Y paralelamente a su sufrimiento físico, sentía que lo torturaba y corroía la certeza de que jamás lograría encontrar una medida razonable para juzgar a aquella gente y sus artimañas.

Esas cosas eran aún más difíciles y dolorosas cuando el interés francés estaba en juego, es decir, el orgullo personal y el celo profesional de Daville.

El cónsul sostenía a través de confidentes relaciones permanentes con los capitanes de las ciudades en la frontera austríaca. La menor incursión o correría que partiera de esas ciudades o sólo la noticia de los preparativos de una de esas expediciones obligaba a los austríacos a enviar sus tropas y a retenerlas allí. Así, gracias a estos contactos, Daville hacía todo lo que podía para debilitar la fuerza militar austríaca y mantener la tensión permanente en sus fronteras con Bosnia.

Entre los capitanes, se distinguía en particular el de Novi, Ahmet bey Ceric. Daville lo conocía personalmente. No hacía mucho que su padre había fallecido y él había heredado el cargo. Era un hombre joven de porte aristocrático, bien formado, orgulloso, elocuente e indisciplinado. Ahmet bey ardía en deseos de hacerse famoso combatiendo en los límites que tantas veces habían atravesado y saqueado sus antepasados. Alardeaba irreflexivamente de sus relaciones con los franceses y enviaba al comandante austríaco del otro lado del confín amenazas y mensajes insultantes «de parte de Ahmet bey Ceric y del emperador francés Napoleón». Fiel a la tradición de los capitanes de frontera, odiaba y despreciaba al visir, iba a Travnik en contadas ocasiones y rehusaba recibir instrucciones y órdenes de nadie.

Los austríacos, por mediación de sus agentes en la Sublime Puerta, lograron que Ahmet bey fuera desacreditado y apareciera como un traidor y un mercenario de los franceses. Este procedimiento les resultaba mucho más rápido, barato y seguro que luchar en la frontera durante años contra el joven y fogoso capitán. La trampa fue bien urdida. Un katil-firmán para Ceric llegó a Travnik junto con una reprimenda para el visir por tolerar a semejantes capitanes y permitir que la Sublime Puerta se enterara de su traición por otras fuentes. La cuestión estaba planteada con claridad: o se quitaba de en medio y liquidaba al inmundo capitán o el visir era destituido.

No fue fácil atraer a Travnik a Ahmet bey, pero también los austríacos colaboraron en ello. Mediante una estratagema hicieron creer al capitán que el cónsul francés deseaba hablar con él. Nada más llegar a la ciudad fue arrestado, encadenado y recluido en las mazmorras de la fortaleza.

Daville pudo ver en esta ocasión lo que era el terror turco, lo que se conseguía con la mentira y la violencia asociadas y contra qué fuerzas tenía que luchar en aquella maldita ciudad.

Ya al día siguiente del arresto de Ahmet bey, un gitano fue ahorcado en la tapia del cementerio, y el pregonero anunció aparatosamente que lo ahorcaban porque «había saludado al capitán de Novi cuando lo llevaban a la ciudadela». Esto equivalía a una sentencia de muerte para el capitán. De inmediato, a todos les asaltó el temor ciego y helado que de vez en cuando se cernía sobre Travnik y sobre Bosnia, detenía y paralizaba durante unas horas o unos días cualquier atisbo de vida y el pensamiento mismo, permitiendo que la fuerza que lo había expandido realizara sus propósitos rápidamente y sin obstáculos.

Toda su vida Daville había detestado y evitado las situaciones dramáticas. A duras penas lograba imaginar que un conflicto tuviera un final trágico como única solución. Iba en contra de su naturaleza. Sin embargo, ahora estaba involucrado, indirectamente, en una auténtica tragedia, inextricable y sin salida. En el estado de irritación en el que se hallaba, rodeado de montañas, desconcertado y acosado, ya en su segundo año, por todo tipo de dificultades, Daville se creía más implicado en el drama del capitán de Novi de lo que en realidad estaba. En particular, le dolía que, tal y como d’Avenat afirmaba, lo hubieran atraído a Travnik aprovechándose de su nombre, de modo que el infortunado pudiera pensar que también el cónsul francés era causante de su desgracia.

Después de una noche de insomnio, decidió solicitar una audiencia con el visir e interceder por el capitán, pero con habilidad y moderación para no acarrearle más daño. La conversación le descubrió un nuevo rostro de Ibrahim bajá. No era la misma persona con la que apenas unos días antes había charlado, como con un hermano o un amigo, sobre los desórdenes en el mundo y la necesidad de alcanzar un acuerdo entre todos los hombres inteligentes y de buen corazón. En cuanto mencionó al capitán, el visir se mostró frío y lejano. Con impaciencia y casi con extrañeza escuchó a su «noble amigo» que, según parecía, aún no había aprendido en la vida que una cosa eran las conversaciones y otra el trabajo, y que cada uno debía soportar su carga solo y resolver sus problemas como buenamente pudiera y supiera. Daville, armándose de valor, se esforzó por ser decidido, convincente y tajante, pero sentía, como en un sueño, que su conciencia y su voluntad se debilitaban y cedían y que un torrente irresistible se llevaba al apuesto y sonriente capitán. Pronunció varias veces el nombre de Napoleón, preguntando al visir qué diría el mundo cuando viera que se castigaba con la pena capital a un caudillo prestigioso sólo porque se le consideraba amigo de los franceses y porque los austríacos lo habían acusado falsamente. Pero todas sus palabras caían de inmediato, impotentes, en el silencio del visir. Al final éste dijo:

—Yo pensaba que era mejor y más seguro retenerlo aquí mientras pasaban las protestas y las denuncias contra él, pero si lo desea lo devolveré a su ciudad, y que espere allí. No obstante, se hará lo que decidan en Constantinopla.

Daville tuvo la impresión de que todas esas palabras nebulosas no tenían ninguna relación con el destino del capitán y con lo que lo atormentaba, pero no pudo obtener nada más del visir.

El cónsul acudió también a Suleiman bajá, que acababa de regresar de Serbia, y a Tahir bey, y quedó sorprendido y consternado al percibir en ambos el mismo silencio y la misma mirada asombrada. Ellos, a su vez, lo contemplaban como a un hombre que malgasta el tiempo hablando de un asunto remoto e irremediablemente perdido, y al que, por cortesía, no se le interrumpe, sino que se le escucha con paciencia y conmiseración hasta el final.

De regreso al consulado, Daville preguntó a d’Avenat qué pensaba él. El intérprete, que había traducido las tres conversaciones de la mañana, dijo tranquilamente:

—Después de lo que ha dicho el visir, está claro que no se puede hacer nada por Ahmet bey. Es una causa perdida. Será el exilio a Asia o algo peor aún.

El cónsul sintió que se le alteraba la sangre.

—¿Qué? ¡Pero si al menos ha prometido que lo volverán a enviar a Novi!

El intérprete posó por un instante sus ojos ardientes en la cara del cónsul y replicó en un tono seco y grave:

—¿Cómo va a permitir que regrese a Novi, si allí el capitán tiene cien formas de defenderse y salvarse?

Al cónsul le parecía que también su traductor tenía en la voz y en la mirada algo de ese asombro impaciente que tanto lo había desconcertado y molestado mientras conversaba con el visir y sus colaboradores.

Ante Daville se presentaba de nuevo una noche de insomnio, con horas lentas y la sensación humillante de extravío total, impotencia e incapacidad para defender sus intereses. Abrió la ventana como si buscara ayuda del exterior. Respiró profundamente y escudriñó la oscuridad. Allí, en algún lugar, se hallaba la tumba del gitano que, para su desgracia, había encontrado al capitán en el puente de delante de la ciudadela y lo había saludado con una merhaba humilde y temeroso, pues, por muy gitano que fuera, su corazón y su honor le exigían saludar a un hombre que antaño le había hecho un gran favor. También el joven capitán, sin un juicio y sin motivos, estaba perdido en las sombras. Como si leyera en las tinieblas con más nitidez que a la equívoca luz del día, Daville comprendió claramente cuánta era su impotencia y cuál era el destino del capitán.

Durante la Revolución y durante la guerra en España, él había visto muchas muertes y desgracias, tragedias de vidas inocentes y malentendidos fatales, pero nunca antes había visto tan cerca cómo se hundía inevitablemente un hombre honesto bajo la presión de los acontecimientos. En circunstancias desfavorables y en medios semejantes, donde reinan el azar ciego, la arbitrariedad y los instintos más bajos, sucede que alrededor de un hombre, que por casualidad ha sido señalado con el dedo, se desencadenan una serie de acontecimientos, como una tromba de agua y un remolino de polvo en el viento, haciéndole caer sin remedio. Así, el apuesto, vigoroso y rico capitán se había encontrado de repente en el centro de dicho torbellino. No había hecho nada que los otros capitanes de frontera no hicieran desde siempre y durante toda su vida, pero una serie de incidentes se habían entretejido en torno a él accidentalmente y se habían unido formando una sólida cadena.

Por azar, el comandante austríaco del confín, al proponer la eliminación del joven oficial de Novi, había contado con la aprobación de sus superiores; por azar, autoridades varias, en aquellos momentos, consideraban de gran importancia la paz en esa frontera; por azar, Viena había exigido firmemente a su confidente secreto, y bien pagado, en la Sublime Puerta, que el capitán fuera eliminado; por azar, ese alto funcionario desconocido, valorando mucho en esos instantes el soborno austríaco, había presionado duramente al visir de Travnik; por azar, Ibrahim bajá, acobardado y asustado para toda su vida, había puesto todo el asunto en las manos del implacable y riguroso caimacán, para el que ejecutar a un hombre inocente no suponía ningún problema y al que, de nuevo por azar, le era necesario un castigo ejemplar para demostrar su poder y atemorizar a los señores y capitanes de los confines.

Cada uno de estos personajes había actuado por separado y exclusivamente en su propio beneficio, sin que ello tuviera nada que ver con la persona del capitán, pero al hacerlo, todos habían apretado el nudo alrededor de su cuello. Todos juntos y sin querer.

Éste era el destino del infeliz protegido del cónsul. Contemplando esa oscuridad húmeda, Daville acabó de entender lo que por la mañana le había resultado incomprensible en el silencio impaciente y las miradas sorprendidas del konak.

Y en el otro extremo de Travnik, como en la otra orilla de esa negrura, el señor von Mitterer, aún despierto, estaba sentado a la luz plácida de una vela y escribía un informe para sus superiores sobre el caso de Ahmet bey Ceric. Se afanaba en destacar sus méritos en la caída del capitán de Novi, aunque sin exagerarlos, para no ofender al comandante de Croacia ni a los demás que habían participado en el asunto. «Ahora, ese capitán inquieto y ambicioso, gran enemigo nuestro, está encadenado en la fortaleza y pesa sobre él una grave acusación. Tal y como están las cosas, hay pocas posibilidades de que salve la cabeza. Según me he podido enterar, el visir está decidido a terminar con él. Yo no voy a intervenir ni particular ni abiertamente en ello, pero pueden creer que tampoco haré nada para impedir que le corten el cuello de una vez por todas».

Al día siguiente, al amanecer, el capitán de Novi fue asesinado de un disparo mientras dormía, y ese mismo día lo enterraron en el cementerio entre el camino y el Lasva. Por la ciudad se propaló el rumor de que había intentado huir cuando lo trasladaban a Novi y los guardias tuvieron que dispararle.

Daville ardía de fiebre y se caía de sueño y cansancio. Pero en cuanto cerraba los ojos, le parecía que estaba solo en el mundo, en el centro de una conjura de fuerzas infernales, y que luchaba con su último aliento y los sentidos debilitados en medio la niebla, en un terreno resbaladizo.

De su abatimiento lo arrancó la idea de que debía redactar los informes y además enviarlos en tres direcciones: París, Constantinopla y Split. Había que sentarse, escribir y presentar su intervención ante el visir como una batalla dramática para salvar el prestigio de Francia, y atribuir el fracaso a las aciagas circunstancias.

Todo el asunto del capitán de Novi postró a Daville en el lecho. Cuando por fin se puso en pie, se dijo a sí mismo: «En mala hora has venido a esta tierra y ya no puedes dar marcha atrás, pero has de tener siempre bien presente que no debes juzgar las maniobras de esta gente según tus criterios ni asumirlas con tu sensibilidad, de lo contrario, arruinarás tu vida miserablemente en un santiamén». Y con este propósito regresó al trabajo. De todas formas, en periodos semejantes, una preocupación hace olvidar otra. Llegaron nuevas órdenes y nuevas misiones para el cónsul. Viendo que sus superiores no daban a la caída del capitán de Novi la importancia que, en su opinión, merecía, él, solitario y desorientado, se esforzaba por enterrar en su interior la derrota y acallar las dolorosas preguntas que le suscitaba. No era fácil olvidar la cara sonrosada, como la de una doncella, de Ahmet bey, con sus dientes deslumbrantes y sus inteligentes ojos castaños de montañés y la sonrisa de un hombre que no teme a nada; como tampoco lo era olvidar el silencio del visir ante el cual el cónsul se había sentido impotente, humillado e incapaz de defender sus derechos y la causa de su país. Sin embargo, las misiones que traían los días venideros obligaban a olvidarlo todo.

El visir, de repente, volvió a ser el mismo de siempre. Llamaba a Daville, se mostraba amable, le hacía diversos favores y mantenía con él las conversaciones habituales. El francés cuidaba con esmero esta extraña amistad. Cada vez pasaban más tiempo en charlas íntimas que a menudo sólo eran los monólogos pesimistas del visir, pero cuando terminaban, Daville siempre lograba resolver el problema que lo había llevado allí. En ocasiones, era el visir el que invitaba al cónsul francés a visitarlo con cualquier pretexto. En este sentido, Daville dejaba muy atrás a su rival von Mitterer. El cónsul austríaco sólo era recibido cuando solicitaba una audiencia, y las conversaciones con él eran breves, corteses, pero frías y oficiales.

Incluso el hecho de que Napoleón, al firmar la paz con Rusia, hubiera provocado una gran decepción en Constantinopla y un fuerte descontento contra los franceses, no influyó durante mucho tiempo en la relación entre el visir y el cónsul. Como solía suceder entre los turcos, el cambio de conducta había sido repentino y supuso una absoluta sorpresa. Al recibir la noticia de Constantinopla, el visir adoptó una actitud distante. Dejó de invitar a Daville a charlar; si él pedía una audiencia, le respondía en un tono tajante y seco. Pero este comportamiento no duró mucho y, como siempre, dejó paso al contrario. Sin motivo aparente, el visir se aplacó, de nuevo retomaron las conversaciones amistosas y el intercambio de pequeños detalles. Incluso los reproches que de vez en cuando le hacía al cónsul a causa de la postura francesa eran sólo una razón para las consideraciones melancólicas comunes sobre la inestabilidad de las relaciones humanas. Daville culpaba de todo a Inglaterra, e Ibrahim bajá odiaba a los ingleses tanto como a los rusos desde la época en que, siendo gran visir, la marina de guerra inglesa había penetrado en el Bósforo.

A la postre, Daville empezó a acostumbrarse a las sorpresas y a los flujos y reflujos de los estados de ánimo que marcaban el curso de sus encuentros con el otomano.

Los intentos de von Mitterer de ganarse al visir con regalos y de suplantar así a Daville, no prosperaron. Mandó traer de Slavonski Brod un magnífico carruaje y se lo regaló a Ibrahim bajá. Era el primer carruaje realmente lujoso que se veía en Travnik. El visir aceptó el presente con gratitud. La gente iba al konak para ver el «coche» negro y reluciente por el barniz. Pero el visir permaneció indiferente, y para von Mitterer supuso una gran humillación —que no escribió en los informes oficiales— constatar que Ibrahim bajá nunca tomó asiento en el carruaje regalado ni jamás lo utilizó. El «coche» se quedó en el patio central del konak como un obsequio frío, brillante y embarazoso.

Más o menos por la misma época, Daville, que no disponía de tanto dinero ni gozaba de tanta influencia ante su gobierno, consiguió que le enviaran de París para regalárselo al visir un pequeño telescopio y un astrolabio, un aparato para medir la posición y la altura de los astros sobre el horizonte. El cónsul no sabía explicar muy bien cómo se utilizaba el telescopio, incluso le parecía que le faltaban algunas piezas o que estaban estropeadas, pero Ibrahim bajá aceptó el regalo encantado. Para él, todos los objetos del mundo estaban muertos y carecían de significado y los valoraba únicamente según la personalidad e intenciones de quien los obsequiaba. El telescopio no fue más que otro motivo para nuevas conversaciones sobre las estrellas y el destino de las personas que se puede leer en los astros, sobre los cambios y catástrofes que éstos anuncian.

Ya durante el primer año de su mandato, el visir sufrió un nuevo revés, muy duro, que debía asestarle el golpe de gracia, si es que aún era necesario matarlo.

Ese verano, Ibrahim bajá se había ido al Drina con un gran séquito. Con su presencia allí, pretendía retener el mayor plazo de tiempo posible a las tropas bosniacas e impedirles que regresaran anticipadamente a Bosnia a los cuarteles de invierno. Tal vez lo habría conseguido, pero en Zvornik recibió la noticia del último golpe de Estado en Constantinopla y la muerte trágica del antiguo sultán Selim III.

El mensajero que traía los detalles relativos al acontecimiento ocurrido a finales del mes de julio en la capital, sin saber que el visir estaba en el frente, llegó primero a Travnik, desde donde fue enviado de inmediato a Zvornik. Daville envió con ese mismo mensajero una caja de limones para el visir con unas cuantas palabras emotivas en las que no se mencionaban los últimos sucesos, pero que, sin lugar a dudas, eran un signo de atención y la expresión de sus condolencias por la suerte que había corrido el sultán. El mensajero regresó de nuevo a Travnik y trajo al cónsul una misiva en la que le agradecía su presente, y sólo decía que el regalo de un amigo sincero es la mayor alegría y que «el ángel luminoso guía los pasos del que lo ofrece». Daville, que sabía muy bien el duro golpe que significaba para el visir la muerte terrible de Selim, se quedó atónito y pensativo con la lectura de esta carta amable y serena. He aquí una de esas sorpresas que Oriente reserva a las personas. No había nada en común entre la verdadera vida interior de un hombre y lo que escribía.

El asombro del cónsul habría sido aún mayor si hubiera podido ver al visir después de que recibiera las noticias de Constantinopla. Las tiendas de campaña del mandatario y su séquito se situaban en una explanada bajo una cantera abandonada. Allí, incluso en aquellas noches sofocantes, siempre hacía una temperatura agradable, porque a través del estrecho valle una brisa constante traía la frescura del agua y de los sauces. Ibrahim bajá se retiró de inmediato a su tienda y prohibió el paso a todo el mundo, salvo a sus colaboradores más próximos y más leales. Tahir bey ordenó que todo estuviera dispuesto para regresar a Travnik, pero el estado del visir hacía impensable emprender enseguida un viaje tan penoso.

Luego de haber recibido con calma las duras noticias, el visir recitó con la misma tranquilidad el sura de los difuntos sin prestar la menor atención a nadie y suplicó la gracia divina para el alma de aquél al que había amado más que a nada y que a nadie en el mundo. Después, con ese paso lento de espectro nocturno, se fue a su tienda y en cuanto la pesada cortina cayó tras él, se desplomó como un tronco en su lecho y empezó a quitarse la ropa y las armas como si estuviera asfixiándose. El viejo sirviente, mudo de nacimiento, en vano intentaba desvestirlo y taparlo, porque el visir no dejaba que lo tocara, como si el más mínimo contacto le provocara un dolor indescriptible. Con gestos crispados rechazó el vaso de sorbete. Yacía cual piedra caída desde lo alto, cerrados los ojos y apretados los labios. El color de su piel variaba precipitadamente del amarillo al verde y luego al marrón terroso, a causa de la secreción de bilis. Así permaneció mudo e inmóvil durante unas cuantas horas. Sólo al anochecer, empezó primero a gemir dulcemente y luego a lamentarse en tono lánguido y monótono, con breves y escasas interrupciones. Si alguien hubiera osado pasar cerca de la tienda, habría pensado que un cordero recién nacido, loco, débil y extraviado, balaba reclamando a su madre. Pero, salvo el teftedar y el anciano criado, nadie podía acercarse ni ver u oír de lejos al visir.

Así yació todo el día y toda la noche, rehusando cualquier ayuda, sin abrir los ojos y exhalando, desde la misma garganta, ese sonido lánguido y sin modular semejante a un apagado quejido animal: ¡Eeeee!

Tan sólo al alba del segundo día, Tahir bey logró que volviera en sí y consintiera mantener una conversación. Una vez recobrado el conocimiento, el visir se apaciguó, se vistió, y tornó a ser el de siempre. Como si con la ropa se invistiera también de sus modales rígidos y los escasos movimientos que solía hacer. Ni la mayor desgracia podía variar algo más en él. Ordenó que se pusieran enseguida en marcha, pero el viaje era lento, con breves jornadas de posada en posada.

Cuando la comitiva llegó a Travnik, Daville envío al konak otra caja de limones en señal de bienvenida, pero no solicitó audiencia, considerando mejor dejar que el afligido visir decidiera solo lo que quería, aunque ardía en deseos de verlo y escucharlo e informar al embajador en Constantinopla de sus impresiones y de las declaraciones del antiguo gran visir de Selim. Daville se felicitó por partida doble de haber tomado una medida tan hábil cuando se enteró de que el cónsul austriaco había solicitado rápidamente una audiencia y lo habían recibido, pero de modo frío y descortés, y además el visir no quiso responder ni con una palabra a sus continuas preguntas sobre los acontecimientos. Pocos días después, Daville recogió el fruto de su sabia discreción.

El visir convocó al cónsul francés en vísperas del viernes so pretexto de que, después de regresar del campo de batalla, deseaba informarle del curso de las operaciones contra los insurrectos en Serbia. El recibimiento fue muy cálido y, al principio, realmente sólo habló de lo que había visto en el frente. En su relato, todo parecía irrelevante y baladí. Su voz profunda y ahogada trataba con el mismo desprecio a los rebeldes que al ejército bosniaco que iba contra ellos.

—He visto lo que tenía que ver y mi presencia en esos parajes yermos ya era superflua. Los rusos, que ayudaron a los insurrectos en el curso de la operación, han abandonado Serbia. Queda un populacho sedicioso y confuso, y no es digno del imperio otomano que uno de sus antiguos grandes visires se enfrente directamente con esa chusma. Son unos miserables, enemistados entre sí, que acabarán doblegados y cayendo a nuestros pies. No hace falta ensuciarse las manos.

Daville contemplaba con admiración esa estatua de dolor que mentía con tanta serenidad y dignidad. Lo que el visir contaba era totalmente opuesto a la realidad, pero la calma y solemnidad con las que hablaba eran ya por sí mismas una realidad poderosa y tenaz.

«¿Te das cuenta? —Daville volvía a sus antiguos pensamientos, mientras el intérprete enlazaba las últimas palabras—. ¡Ya lo ves! El curso de los acontecimientos en la vida no depende de nosotros, de ningún modo, ni mucho ni poco, pero la forma en que los soportamos depende, en buena medida, de nosotros mismos, así que es ahí donde hay que invertir fuerzas y prestar atención. ¡Eso es!».

Después de las viles palabras sobre la insurrección serbia y el ejército bosniaco que debía aplastarla, la conversación recayó por sí sola en la muerte de Selim. Tampoco entonces el visir cambió ni de tono ni de expresión. Estaba tan saturado de dolor que no había gradación posible.

Durante unos momentos no quedó nadie en la gran sala del Diván del primer piso. También los sirvientes con los chibuquíes desaparecieron ante una señal invisible. Sólo el visir y el cónsul y entre ellos, un escalón más abajo, de rodillas, hecho un ovillo, los brazos cruzados y los ojos clavados en el suelo, d’Avenat, que se había transformado por completo en una voz monótona, casi un susurro, para transmitir la traducción al cónsul.

El visir preguntó a Daville si tenía algún detalle sobre lo sucedido en Constantinopla. Él dijo que ninguno y que estaba deseoso de conocerlos, porque todos los franceses se sentían desolados por la muerte de un amigo tan sincero y de un soberano tan excepcional como había sido Selim.

—Tiene razón —dijo el visir pensativo—, el difunto sultán, ¡que Dios lo tenga en su gloria y goce de todas las alegrías del paraíso!, amaba y apreciaba sinceramente a su país y a su padisha. Todos los hombres nobles y de buen corazón, sin distinción, han perdido a un gran amigo.

El visir, como si el difunto estuviera en la habitación de al lado, hablaba en voz queda y sofocada, pero ateniéndose siempre a los hechos reales y a los detalles como si evitara abordar lo más importante y doloroso.

—Quien no lo haya conocido en persona no puede imaginarse la pérdida que supone —decía—. Era un hombre universal, perfecto en cualquier sentido. Le gustaba la compañía de personas instruidas. Con el seudónimo Ilhami (el Inspirado), escribía versos que eran un placer para los iniciados, y recuerdo el poema que compuso la mañana de su ascenso al trono. «La gracia de Dios, de Solimán el Magnífico, el trono me ha adjudicado», así empezaba, creo. Pero su auténtica pasión eran las matemáticas y la arquitectura. Colaboró en la reforma de la administración y del sistema fiscal. Visitaba personalmente las escuelas, examinaba a los alumnos y repartía premios. Subía a las construcciones con una regla de marfil en la mano y supervisaba el trabajo, la calidad y el precio de los materiales. Quería verlo y saberlo todo. Le gustaba trabajar y gozaba de un cuerpo sano, vigoroso y hábil; con la lanza y con el sable no tenía rival. Yo lo he visto decapitar de un solo mandoble a tres carneros. Deben de haberlo sorprendido con engaños, sin armas, porque con un sable en la mano no temía a nadie. ¡Ay! Era demasiado noble, confiado y crédulo.

Únicamente el hecho de que hablaba de su amado señor en pasado indicaba que se trataba de un hombre que había fallecido, pues por lo demás, como si tuviera miedo o ahuyentara un maleficio, evitaba hablar abiertamente de la muerte y desaparición del sultán.

Hablaba deprisa y con aire ausente, como si quisiera aplastar otra voz en su interior, en lo más profundo de su ser.

D’Avenat traducía en susurros, esforzándose para que tanto su tono como su presencia pasaran lo más desapercibidos que fuera posible. En un momento, mientras traducía las últimas palabras, el visir sintió de pronto un ligero escalofrío, como si acabara de descubrir y advertir al intérprete; se volvió hacia él despacio, con todo el cuerpo rígido como una estatua a la que empujan manos invisibles, y clavó su mirada terrible de ídolo petrificado en el traductor, que se interrumpió y dobló aún más la espalda.

La conversación había finalizado por aquel día.

Tanto el cónsul como el intérprete salieron igual que si lo hicieran de un sepulcro. D’Avenat estaba más pálido que un muerto, y gotas de sudor frío bañaban su frente. Daville permaneció en silencio hasta que llegaron a casa. Pero entre las cosas más horrendas que a lo largo de los años había vivido en Travnik, anotó ese gesto fantasmal del ídolo vivo.

El asesinato del sultán depuesto unió aún más al desdichado visir y al cónsul, que tenía el don de saber escuchar y participar con mesura e inteligencia en las tristes charlas del otomano.

Ya al cabo de unos días, llegó del konak una nueva invitación para Daville. Ibrahim bajá tenía noticias recientes de Constantinopla procedentes de un criado que había presenciado la muerte de Selim y, evidentemente, deseaba comentarlo con el cónsul.

Por su apariencia externa no podía saberse qué sensaciones había experimentado el visir durante los diez días transcurridos, pero por su voz se notaba que había empezado a resignarse a la pérdida y a habituarse al dolor que le causaba. Ahora ya hablaba de la muerte como de un hecho consumado.

En los quince días siguientes, Daville estuvo tres veces con Ibrahim bajá; dos veces en el Diván y la tercera salieron a ver cómo se fundían los cañones en los nuevos hornos del visir. En las tres ocasiones, el cónsul había llegado con una lista de peticiones y preguntas corrientes. Siempre se habían resuelto con prontitud y, por lo general, de manera favorable. Inmediatamente después, el visir, con una satisfacción amarga y vehemente, había pasado al trágico asesinato de Selim, a los motivos y detalles del suceso. Su necesidad de hablar del tema era inmensa e irresistible y el cónsul francés era la única persona que consideraba digna de semejante conversación. Mediante unas pocas preguntas discretas, Daville lo animaba a continuar, además de demostrarle su pesar. Así, el visir le relataba todos los pormenores del último acto de la tragedia de Selim. Y era evidente que lo que más ansiaba era hablar largo y tendido, y contarlo todo con minuciosidad.

Mustafá Barjaktar, uno de los mejores comandantes militares, honesto pero pusilánime e inculto, encabezó el movimiento en favor del derrocado Selim III. Partió de Valaquia con sus arnaútes camino de Constantinopla con la intención de derribar al gobierno indigno y al sultán Mustafá, liberar a Selim de su confinamiento en el palacio del Serrallo y devolverle el trono. En todas partes fue bien acogido y llegó a Constantinopla, donde lo recibieron como a un vencedor y libertador. Logró llegar hasta el mismo Serrallo y entrar en el primer patio, pero allí el bostandzibasa[35] consiguió darle en las narices con la gran puerta interior. Entonces, el valeroso pero simple e inepto Barjaktar cometió un error fatal. Empezó a gritar y a exigir que liberaran inmediatamente al legítimo soberano. El sultán Mustafá, necio pero pérfido y cruel, al oírlo y ver que Barjaktar era dueño de la situación, ordenó que Selim fuera asesinado enseguida. Una esclava traicionó al infortunado sultán, que precisamente se estaba arrodillando para la tercera oración cuando en sus aposentos entró Kislar agá acompañado de cuatro secuaces. Primero se detuvieron desconcertados, pero al punto, Kislar agá se lanzó contra el sultán, que en ese momento estaba prosternado y rozaba el kilim con la frente. Los esclavos ayudaron al agá, unos agarraron a Selim por los brazos y las piernas y los otros empuñaron los cuchillos contra los servidores.

El cónsul sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal y, escuchando sólo a medias, se le ocurrió que tenía delante a un loco, y que el visir en su fuero interno era más monstruoso y desequilibrado de lo que su inusitado aspecto exterior dejaba entrever. D’Avenat traducía con disgusto, saltándose párrafos enteros y omitiendo palabras.

«Está loco, no cabe duda —se decía a sí mismo el cónsul—, ¡está loco!».

Pero el visir, impertérrito, proseguía la narración con voz de salmodia, como si no se estuviera dirigiendo al hombre que estaba a su lado, sino tomando parte en una especie de diálogo interno, en el que introducía cada vez más cuidadosa y conscientemente hasta el último detalle, como si fuera de excepcional importancia, o como si estuviera lanzando conjuros o fuera a salvar mediante sortilegios al sultán que nadie había podido socorrer. Hostigado por esa necesidad incomprensible y arrolladora, estaba decidido a repetir en voz alta todo lo que el testigo huido le había contado y que ahora guardaba en su interior. Evidentemente, el visir pasaba por una crisis de locura pasajera. Era una suerte de obsesión cuya razón y motivo principal eran la caída de Selim III. Al menos, se libraba de buena parte de sus sufrimientos mostrando a un extranjero bien intencionado todo el drama tal y como en su opinión había sucedido.

También el cónsul veía esa lucha; debía seguirla, en contra de su voluntad, hasta el más ínfimo detalle, a causa del cual se le erizaba el vello por momentos.

En la batalla que había empezado, proseguía el visir, Selim logró soltarse y abatir, de un fuerte golpe, al gordo Kislar agá. Se hallaba en medio de la habitación, agitando los brazos y las piernas. Los esclavos negros arremetían contra él protegiéndose de los golpes. Uno de ellos sostenía un arco sin flechas e intentaba a toda costa introducirlo por la cabeza de su víctima para estrangularlo con la cuerda. («El sultán no tenía sable, de haberlo tenido las cosas habrían sucedido de otro modo», repetía el visir tristemente). Defendiéndose sobre todo del arco, Selim perdió de vista a Kislar agá, que yacía en el suelo. El negro fuerte y gordo se puso de rodillas sin que lo vieran y con un movimiento raudo agarró a Selim por el escroto. El sultán lanzó un alarido de dolor y se inclinó tanto que su cara quedó cerca de la cara sudorosa y ensangrentada de Kislar agá. A esta distancia no podía levantar el brazo para golpear al sicario que rodaba por la alfombra sin soltar a su presa. El esclavo aprovechó ese instante para introducir el arco por la cabeza de Selim, lo retorció varias veces apretando más y más la cuerda alrededor del cuello. El sultán se debatía, pero apenas tenía fuerzas, pues el dolor en las ingles le hacía perder el conocimiento por momentos. Su rostro cambiaba de color, abrió la boca y los ojos se le salían de las órbitas. Sus brazos se agitaron aún unas cuantas veces a la altura del cuello, pero de modo lamentable y en vano, y por fin su cuerpo entero se desplomó, se le doblaron las rodillas, luego el talle y después el cuello, para acabar derrumbándose contra la pared y quedar encogido, medio sentado, sin siquiera parpadear, como si jamás se hubiera defendido ni hubiera alentado vida en él.

El cadáver fue colocado inmediatamente en un kilim y en él, a guisa de parihuelas, lo llevaron ante el sultán Mustafá.

Fuera, Mustafá Barjaktar golpeaba la puerta cerrada y gritaba impaciente:

—¡Abrid, perros, hijos de perra, y liberad a Selim, el sultán verdadero, porque de lo contrario ninguno de vosotros conservará su cabeza sobre los hombros!

Los arnaútes de Barjaktar se daban ánimos con gran algazara y aullaban como si quisieran apoyar los gritos de su jefe, mientras se disponían a echar abajo la pesada puerta.

De repente, se entreabrió una de las ventanas estrechas y profundas, excavadas en lo alto a ambos lados de la puerta. El postigo se abría despacio, porque estaba herrumbroso y cubierto de musgo. Por el hueco, asomó una estera doblada de la que resbaló un cadáver medio desnudo que fue a caer con un golpe sordo sobre los pequeños adoquines blancos.

Mustafá Barjaktar llegó el primero corriendo. Ante él yacía muerto el sultán Selim, con la cabeza desnuda, la cara violácea y cubierto de magulladuras. Todo había concluido. Barjaktar había vencido, pero su victoria había perdido cualquier sentido y valor. El mal y la locura habían triunfado sobre el bien y la razón. El vicio permanecía en el trono y el desorden en el gobierno y en el país.

—De este modo, distinguido señor, murió el gobernante más noble del Imperio Otomano —terminó el visir, como si despertara, con alivio, de un sueño en el que hasta entonces no había hecho más que hablar.

Cuando regresaba a casa después de estas conversaciones, Daville siempre pensaba que nadie sabría jamás cuán caro pagaba él sus pequeños logros y las concesiones que obtenía del visir. El mismo d’Avenat guardaba silencio sin encontrar palabras ni explicación.

 

XII

 

El año 1808 fue, sin lugar a dudas, un año de pérdidas y calamidades de todo tipo. En lugar de ese tiempo húmedo que en Travnik no es «ni otoño ni invierno», empezaron ya a principios de noviembre los fríos precoces e intensos. Aquellos días, inesperadamente, uno de los hijos de Daville enfermó.

Se trataba del segundo hijo del cónsul que contaba tres años y hasta entonces había sido un niño sano y maduro, a diferencia de su hermano menor, que había nacido en Split, durante el viaje, y tenía una salud precaria. Cuando el pequeño dio señales de encontrarse indispuesto, su madre le dio a tomar té y remedios caseros, pero cuando la dolencia empeoró, hasta la valerosa señora Daville perdió la confianza y la serenidad. Empezaron a llamar a los médicos y a todos aquellos que se denominaban doctores a sí mismos y como tales eran considerados por todo el mundo. Entonces pudieron ver lo que significaba para esa gente la salud y la enfermedad y lo que significaba vivir y enfermar en aquella tierra. Los médicos eran: d’Avenat, que pertenecía al consulado, fray Luka Dafinic, del monasterio de Guca Gora, Mordo Atijas, el boticario de Travnik, y Giovanni Mario Cologna, médico titular del consulado austríaco. Su presencia tenía un carácter oficial, y declaró solemnemente que acudía «por orden del señor cónsul general de Austria, para poner todo su saber a disposición del señor cónsul general de Francia». Entre él y d’Avenat de inmediato hubo disparidad de opiniones y surgió la controversia, tanto en lo que al diagnóstico se refería, como en lo relativo al tratamiento. Mordo Atijas callaba y fray Luka pidió ir a Guca Gora en busca de algunas de sus hierbas especiales.

En realidad, todos los médicos de Travnik estaban confusos y descontentos, porque nunca habían tenido que tratar a un niño tan pequeño. Su arte no abarcaba ni el primer periodo ni el último de la vida humana. En aquellos parajes, los niños pequeños vivían o morían por decisión del azar, igual que muchos ancianos se extinguían o veían prolongarse su existencia por algún tiempo. Todo dependía de la resistencia de unos y otros, y de los cuidados que el entorno les prodigaba, y en último extremo dependía del destino, contra el que no había ni médicos ni medicinas. Por ese motivo, las criaturas muy jóvenes o muy ancianas, que no se tenían con firmeza sobre sus pies en la tierra, no eran en ese país objeto de cura ni de atención médica. Y si no se hubiera tratado de personas de gran prestigio y posición elevada, ninguno de los médicos se habría preocupado del pequeño. En estas circunstancias, su visita era más una señal de deferencia hacia los padres que una muestra de verdadero interés por el niño. A este respecto, no había gran diferencia entre fray Luka y Mordo Atijas, por un lado, y d’Avenat y Cologna por otro, porque ambos extranjeros habían asumido como suyas las opiniones y costumbres de los países orientales. Por lo demás, su conocimiento no era mucho más profundo ni iba mucho más allá.

Ante semejante situación, Daville decidió llevar él mismo al niño a Sinj, donde había un médico militar francés muy reputado. Los «doctores» de Travnik, consecuentes con sus dictámenes, se opusieron con firmeza a esta decisión osada e inaudita, pero el cónsul no cambió de parecer.

A pesar del frío que aumentaba vertiginosamente y de los caminos helados, Daville emprendió el viaje en compañía de un guardia y tres palafreneros. En los brazos llevaba a su hijo enfermo bien arropado.

La insólita comitiva partió del consulado al amanecer. Acababan de cruzar el monte Karaula cuando el pequeño expiró en brazos de su padre. Pernoctaron con el niño muerto en una posada y al día siguiente regresaron a Travnik. Al atardecer llegaron a las puertas del consulado.

La señora Daville estaba acunando a su hijo menor y precisamente susurraba una plegaria «por los que estaban de viaje», cuando el piafar de los caballos y los aldabonazos en la puerta la sobresaltaron. Se quedó paralizada, no podía moverse, y en esa posición aguardó a Daville, que entró en la habitación llevando en los brazos, aún con la misma solicitud y ternura, al niño arropado. Dejó al pequeño, retiró el amplio gabán negro que desprendía un frío aterrador y abrazó a su mujer que, petrificada y como loca, musitaba las últimas palabras de la oración con la que unos minutos antes rogaba para que su hijo volviera sano y salvo.

El cónsul, aterido y destrozado por la cabalgata de dos días, a duras penas se tenía en pie. Los brazos, que durante horas sostuvieron en la misma postura primero al niño enfermo y luego al niño muerto, estaban dolorosamente entumecidos. Pero ahora, olvidándolo todo, abrazaba a su menuda esposa con una ternura muda que ocultaba el amor ilimitado hacia su mujer y su hijo. Cerró los ojos y se dejó llevar; le parecía que así, olvidando el cansancio y dominando el dolor, continuaba llevando al niño al encuentro de la curación, y que no moriría mientras él, con su aflicción y su pena, lo llevara por todo el mundo. Mientras en sus brazos, la madre lloraba mansa y dulcemente, como lo hacen las mujeres valientes y abnegadas hasta el infinito.

Des Fossés estaba de pie un poco alejado, perplejo, sintiéndose inútil, y contemplaba con asombro y sin comprender del todo la grandeza insospechada de un hombre corriente.

Al día siguiente, una jornada soleada y con un frío seco, enterraron al pequeño Jules Francois Amyntas Daville en el cementerio católico. El cónsul austríaco estuvo presente en el sepelio con su mujer y su hija, y también fue al consulado para expresar sus condolencias. La señora von Mitterer ofreció sus servicios y habló mucho y con efusión sobre niños, enfermedades y muerte. Daville y su esposa la escuchaban serenos, con los ojos resecos y esa mirada de las personas para las que cualquier palabra de consuelo es bienvenida, pero a las que ya nadie, en realidad, puede ayudar, y ni siquiera lo esperan. La conversación acabó convirtiéndose en un largo diálogo entre la señora von Mitterer y des Fossés, y a la postre, en un monólogo de Ana María sobre el destino. Estaba pálida y solemne. Los dramas y las conmociones eran su auténtico elemento. Su cabello castaño había recobrado vida y se escapaba en mechones revoltosos. En la cara blanca brillaban de forma extraña sus enormes ojos, de profundidad tan abismal que resultaba difícil mirarlos demasiado tiempo sin parpadear. La faz redonda y nívea, el cuello sin una sola arruga, los senos de una mujer joven. En ese círculo de muerte y duelo, entre el marido amarillento y preocupado y la hija silenciosa y menuda, ella resplandecía aún más y destacaba por su belleza extraña y peligrosa. Des Fossés observaba sus brazos delgados y fuertes, de piel clara que al moverse refulgía en las articulaciones con un brillo nacarado oscuro, como el reflejo apenas perceptible de una llama invisible y de un blanco inmaculado. Algo de ese resplandor blanquecino quedó en los ojos de des Fossés durante todo el día. Y cuando en la iglesia de Dolac, donde se celebró la misa de difuntos, volvió a ver a Ana María, lo primero que miró fueron sus brazos. Pero esta vez los llevaba enfundados en guantes negros.

Al cabo de unos cuantos días agitados, la vida volvió a su cauce. El invierno cerró todas las puertas y recluyó a la gente en sus casas calientes. La relación entre los dos consulados se interrumpió de nuevo. El mismo des Fossés redujo sus paseos. Las charlas con Daville antes del almuerzo y la cena se tornaron más pacíficas y cordiales y trataban, sobre todo, de asuntos a propósito de los cuales no podía haber discrepancias. Como suele suceder en los días que siguen a un entierro, evitaban mencionar la pérdida y muerte del pequeño, pero como la idea no se apartaba de sus mentes, hablaban de su enfermedad, de la salud y las enfermedades en general y, en particular, de la medicina y de los médicos en ese país cruel.

Las sorpresas que aguardan a un occidental, arrojado repentinamente a Oriente y obligado a vivir allí, son numerosas y variadas, pero una de las mayores y más dolorosas es la relacionada con la salud y la enfermedad. Ante este hombre, la vida corporal aparece de golpe bajo una nueva luz. En Occidente existen enfermedades muy diversas y horrorosas, pero como algo que se niega, se suaviza o al menos se oculta a los ojos de las personas sanas, laboriosas y alegres, mediante una organización particular de la comunidad, acuerdos y fórmulas convenidas de la vida social. Aquí, sin embargo, la enfermedad no es en ningún caso algo excepcional. Se manifiesta y desarrolla paralelamente y en alternancia con la salud; se ve, se oye y se siente a cada paso. Aquí, el hombre se cura como se alimenta, y enferma igual que vive. La enfermedad es la otra mitad de la vida, la más difícil. Epilépticos, sifilíticos, leprosos, histéricos, deficientes, jorobados, cojos, mudos, ciegos, lisiados, todos pululan a la luz del día, reptan y se arrastran mendigando caridad o callando obstinadamente y luciendo casi con orgullo su terrible defecto. Es una suerte que las mujeres, sobre todo las turcas, se tapen y escondan, pues de lo contrario, el número de enfermos que uno puede encontrarse se multiplicaría. Eso era lo que Daville y des Fossés pensaban siempre cuando veían a un campesino descender a Travnik por un empinado camino rural llevando por el ronzal un caballo sobre el que se balanceaba una mujer, totalmente envuelta en un manto y velada como un saco repleto de sufrimientos y enfermedades desconocidas.

Pero los pobres no son los únicos que enferman. La enfermedad es aquí el destino de los menesterosos, pero también el castigo de los ricos. En las ramas de la abundancia y en las de la miseria brota la misma flor: la enfermedad. Ni siquiera el konak del visir, si se contempla de cerca y se conoce mejor, difiere mucho de la miseria y vulgaridad que se advierte en las callejuelas los días de mercado. Aunque la forma de padecer sea distinta, el modo de entender la dolencia es el mismo.

Durante la enfermedad del hijo del cónsul, des Fossés tuvo la oportunidad de descubrir a los cuatro médicos de Travnik. Eran, como ya hemos visto, d’Avenat, Cologna, Mordo Atijas y fray Luka Dafinic.

A d’Avenat lo conocimos al principio como intérprete y empleado provisional del consulado francés. Pero, ni siquiera cuando servía a Mehmed bajá, d’Avenat ejercía con asiduidad la medicina. El título de doctor le valía, igual que a muchos otros extranjeros, sólo como pretexto para realizar trabajos de todo tipo en los que demostraba más conocimientos y habilidad. Ahora estaba contento y satisfecho con su nueva posición para la que se sentía capacitado y tenía voluntad. Probablemente, en su juventud, había estudiado algo de medicina en Montpellier, pero carecía de lo fundamental para poder ser un buen médico: no sentía amor por los hombres ni tenía confianza en la naturaleza. Al igual que la mayoría de los occidentales que, debido a las circunstancias, se quedan a vivir en Oriente y se familiarizan con los turcos, se había contagiado de un profundo pesimismo y una duda permanente. La humanidad sana y la enferma eran para él dos mundos sin ninguna relación real. Consideraba que la curación era un estado temporal, pero no el paso del mundo enfermo al sano, porque, en su opinión, dicho paso no existía. Un hombre o bien nacía enfermo, o bien terminaba por enfermar, y eso era lo que le correspondía en la vida, y el resto de las miserias, como los dolores, los gastos, las curas, las medicinas, los médicos y demás desventuras, eran un apéndice natural de todo ello. Por este motivo, le gustaba más tener relación con los sanos que con los enfermos. Los pacientes muy graves le repugnaban, y consideraba, hasta cierto punto, las enfermedades largas como una ofensa personal, pues juzgaba que tales seres debían tomar partido y decidir si se ponían a la izquierda o a la derecha, es decir, entre los sanos o entre los muertos.

Si curaba al señor turco al que servía, no lo hacía tanto por su saber o por sus medicinas más o menos neutras, como por su fuerte voluntad y audacia arrogante. Adulaba a sus pacientes ricos, elogiaba su fuerza y resistencia y provocaba en ellos vanidad y oposición a la enfermedad, o menospreciaba sugerentemente la dolencia y su gravedad. Esto le resultaba muy fácil porque, sin cesar y con la misma lógica, también lisonjeaba al señor sano, aunque de otro modo y en otro sentido. Muy pronto comprendió la trascendencia de un halago y la fuerza de una intimidación, es decir, el peso que puede tener una palabra amable o dura dicha en el momento justo y en el lugar adecuado. Rudo y desconsiderado con la gran mayoría de las personas, guardaba sus atenciones y sus palabras agradables para los poderosos y los grandes. En esta tarea era desusadamente hábil e insolente.

Esta clase de médico era Cesar d’Avenat.

Exactamente lo contrario era Mordo Atijas, un judío menudo, callado, dueño de una tienda en la ciudad baja en la que recetaba y vendía no sólo medicamentos, sino de todo, desde gafas o utensilios para escribir hasta elixires para las mujeres estériles, tintes para la lana o buenos consejos de todo tipo.

Los Atijas eran la familia judía más antigua de Travnik. Hacía más de ciento cincuenta años que vivían allí. Su primera casa se hallaba fuera de la ciudad en un barranco estrecho y húmedo por el que discurría uno de los innumerables arroyos sin nombre que desembocaban en el Lasva. Era una vaguada dentro de la vaguada de Travnik, donde apenas llegaba el sol, repleta de humedad y grava, plagada de clemátides y alisos. Ahí nacieron y murieron, generación tras generación. Más tarde consiguieron abandonar ese lugar húmedo, sombrío e insalubre y trasladarse arriba, a la ciudad, pero todos los Atijas conservaron algo de su antiguo hogar, todos eran menudos y pálidos, como si hubieran crecido en un sótano, taciturnos y reservados; vivían modestamente, sin hacerse notar, aunque con el tiempo prosperaron y se enriquecieron. Pero siempre había alguien en la familia que se dedicaba a los fármacos y a la medicina.

De todos los médicos de Travnik y, en especial, de todos los que fueron llamados al consulado como tales, Mordo Atijas era el hombre del que menos cosas podían decirse. ¿Qué contar de un hombre que no hablaba nada, no iba a ninguna parte, no se relacionaba con nadie, no pedía nada, y que sólo se dedicaba a su trabajo y a su familia? Todo Travnik y todos los pueblos de alrededor conocían a Mordo y su tienda de remedios, pero nada más se sabía de él.

Se trataba de un hombre pequeño oculto tras una barba abundante, bigotes, patillas y cejas; vestía una aljuba de rayas y anchos pantalones azules. Por lo que se sabía de su familia, sus antepasados ya eran médicos y boticarios cuando vivían aún en España. Los Atijas continuaron con esta práctica incluso como refugiados en el exilio, primero en Salónica y luego en Travnik. El abuelo de Mordo, el alfaquí Isak, falleció en Travnik, a mediados del siglo XVIII, como una de las primeras víctimas de la gran peste, y su hijo heredó la botica que entregó, al cabo de veinte años, a Mordo. En la familia se guardaban libros y notas de célebres médicos árabes y españoles, que los Atijas se llevaron consigo cuando fueron expulsados de Andalucía y se habían transmitido de padres a hijos como un tesoro secreto. Hacía más de veinte años que Mordo se sentaba en su puesto, día tras día, salvo los sábados, las piernas cruzadas, la espalda encorvada y la cabeza baja, siempre dedicado a sus clientes, a sus polvos, hierbas y pócimas. La tienda, como una caja grande de madera, llena hasta los topes, era tan estrecha y con el techo tan bajo que Mordo podía alcanzar todas las cosas con la mano sin levantarse. Así pasaba la vida en su botica, en invierno y en verano, siempre igual, igual vestido y de igual humor: un ovillo encogido de silencio que ni tomaba café ni fumaba ni participaba en las charlas y bromas del bazar.

Un cliente, un enfermo o un pariente suyo se sentaba en el borde del cierre que hacía las veces de banco y exponía el problema. Luego, Mordo le susurraba su opinión a través de sus labios invisibles y de su espesa barba negra y sus bigotes, entregaba el remedio y cobraba. No había posibilidad de que alguien lo arrastrara a una conversación. No comentaba con los pacientes nada que no fuera estrictamente necesario sobre sus dolencias. Los escuchaba con atención y los contemplaba mudo con los ojos sombríos desde aquel bosque de cabellos, entre los que aún no había ni una cana, y a todas sus historias respondía siempre con las mismas frases que acababa con el ya tradicional: «En mis manos está el remedio, pero la salud, en las de Dios». Con esto daba por concluida cualquier conversación, y para el cliente eran palabras que equivalían a un «lo tomas o lo dejas».

—¡Lo tomo, lo tomo, me lo llevo! ¿Cómo no me lo voy a llevar? ¡Hasta un veneno si hiciera falta! —se lamentaba el enfermo, que deseaba quejarse y charlar tanto como curarse.

Pero Mordo era inflexible. Envolvía el medicamento en papel azul, lo ponía delante del paciente y retornaba a la tarea insignificante que había dejado cuando entró el parroquiano.

Los días de mercado se reunía delante de la tienda de Mordo una multitud de campesinos. Uno se sentaba en el banco y cuchicheaba con Mordo, mientras los demás permanecían en la calle y esperaban. Querían un específico o traían hierbas para vender, hablaban en voz baja, negociaban, discutían, en fin, llegaban y se marchaban. Sólo Mordo continuaba en su lugar, inmóvil, frío y taciturno.

Las más ruidosas y exigentes eran las aldeanas entradas en años que querían unas gafas. Primero se explayaban contando que no hacía mucho aún podían enhebrar un hilo en la aguja más fina, pero que durante el invierno, después de un resfriado o algo así, se les habían empezado a empañar los ojos y a duras penas distinguían la hebra cuando tejían. Mordo examinaba a la mujer de cuarenta años, cuya vista había empezado a debilitarse de forma natural, calculaba el ancho de su cara y el grosor de la nariz, extraía de una caja negra redonda unos anteojos con montura de hojalata y se los ponía a la mujer. Ella se miraba primero las manos, volviéndolas de un lado y de otro, y luego la madeja de lana que le tendía Mordo mientras le preguntaba: «¿Ves o no ves?». Él hablaba entre dientes, sin malgastar el aliento.

—Veo, veo muy bien la lana, pero un poco como de lejos, como si estuviera al otro lado del bazar —decía la campesina vacilando.

Mordo sacaba otras gafas y, parco en palabras, le preguntaba: «¿Mejor?».

—Sí y no. Ahora tengo una niebla delante de los ojos, como humo, como…

Mordo cogía el tercer modelo, que era el último. Con estas gafas, la mujer debía ver bien y «tomarlas o dejarlas». Ni el amor ni el dinero podían obligar a Mordo a seguir hablando.

Llegaba otro paciente, un montañés huesudo, flaco y demacrado, natural del pueblo de Paklarevo. Con su voz apenas audible y su acento español, Mordo le preguntaba qué le dolía.

—Pues, aquí, en la boca del estómago, que tengo algo como una brasa, que Dios te dé salud, y duele, ¡huy! Cómo duele… —decía el hombre tocándose con un dedo en medio del pecho y dispuesto a repetir varias veces que le dolía, pero Mordo lo interrumpía con tono seco y firme.

—Ahí no hay nada, ahí no puede doler.

El montañés insistía que le dolía ahí justamente, no obstante llevaba el dedo un poco más a la derecha.

—Pues me duele… ¿cómo quieres que te lo diga? Ya ves, noto así como un dolor que empieza aquí, y luego anda y anda, perdóname, pero anda por todas partes…

Por fin, el enfermo cedía una pizca, Mordo otra, y llegaban a un acuerdo sobre el punto en el que el dolor más o menos se sentía constantemente. Entonces, Mordo, escueto y profesional, inquiría si tenía ruda en su jardín y le ordenaba machacar la hierba en una escudilla, añadir una pizca de miel, rociarla con un polvo que él le iba a dar, hacer con esta masa tres bolitas y tragarlas antes de la salida del sol.

—Así, todas las mañanas durante ocho días, de viernes a viernes. El dolor y la enfermedad desaparecerán. Dame dos gros y ¡buena suerte!

El campesino, que hasta ese momento abría los ojos de par en par y movía los labios, esforzándose por recordar las instrucciones, de repente lo olvidaba todo, incluso el dolor por el que había venido, y se palpaba el lugar donde llevaba la bolsa de lino con el dinero. Empezaba a sacarla lentamente entre suspiros y vacilaciones, la desataba, contaba y por fin pagaba con todo el dolor de su corazón.

Y Mordo, inmóvil y menudo, volvía a sentarse inclinado sobre el nuevo parroquiano, y el montañés abandonaba despacio el bazar y por la orilla del arroyo se encaminaba a Paklarevo, su pueblo en las alturas. En un lado del pecho, un dolor que no cedía, en el otro, en el bolsillo, el polvo de Mordo envuelto en papel azul, y todo su ser desbordado por un dolor diferente, el dolor que le causaba el dinero en su opinión malgastado, por la desconfianza y el temor a que lo hubieran engañado. Así iba directo a la puesta del sol, totalmente ausente y abatido, porque no existe una criatura más apesadumbrada y confusa que un campesino enfermo.

Había, sin embargo, un visitante con el que Mordo hablaba más tiempo y más afectuosamente, y con el que no le importaba perder unos minutos y unas palabras de más. Se trataba de fray Luka Dafinic, más conocido por el nombre de el mídico. Fray Luka ya había trabajado con David, el padre del boticario, con el que se entendía muy bien, y hacía una veintena de años que era amigo inseparable y colega de Mordo (cuando era joven y oficiaba por las parroquias, cada vez que podía iba a Travnik, y al primero que visitaba, antes que al párroco de Dolac, era a Mordo en su botica). Los comerciantes del bazar hacía ya tiempo que estaban acostumbrados a ver a Mordo y a fray Luka cuchichear absortos, cabeza con cabeza, o examinar hierbas y medicamentos.

Fray Luka era natural de Zenica, pero siendo aún un niño llegó al monasterio de Guca Gora, cuando todos los suyos perecieron a causa de la peste. Salvo cortos intervalos, había pasado allí toda su vida, entre potingues, libros e instrumentos de medicina. Su celda estaba llena de tarros, vasijas y cajas, y de hierbas secas, ramas y raíces diseminadas por las paredes y por el techo colgando en sacos o en haces. En la ventana, una jofaina con sanguijuelas nadando en agua clara, y a su lado, un pote pequeño con alacranes en aceite. Junto a la cama turca, tapado con un kilim viejo, quemado, manchado y zurcido, había un brasero de barro sobre el que permanentemente borboteaban hierbas en un puchero. En los rincones y en los anaqueles, trozos de maderas raras, piedras grandes y pequeñas, pieles de animales y cuernos.

Pero, a pesar de todo, la celda siempre estaba limpia y ventilada; un lugar agradable que solía oler a bayas de enebro y a té de menta.

Tres cuadros colgaban de los muros. Hipócrates, san Luis Gonzaga y un caballero desconocido con armadura, casco con visera y un gran penacho. Nadie sabía de dónde había sacado fray Luka ese cuadro ni para qué lo quería. Una vez que los turcos registraron el monasterio, al no encontrar nada que reprochar, la emprendieron con dicho cuadro, y les dijeron que era el retrato de un sultán. Se entabló entonces un debate sobre si estaba permitido que se hicieran retratos a los sultanes, pero como el cuadro estaba completamente descolorido y los turcos eran unos incultos, las cosas no fueron a más. Hacía ya más de medio siglo que las pinturas estaban allí y, puesto que jamás habían sido muy nítidas, y con el tiempo habían palidecido aún más, san Luis se parecía a Hipócrates, Hipócrates al «sultán» y el «sultán», impreso en un papel barato y de mala calidad, ya no se parecía a nada ni a nadie, y fray Luka era el único que distinguía a la perfección el sable y el casco y la mirada combativa de hacía cincuenta años.

Cuando todavía era un joven novicio, fray Luka demostró interés y talento para la profesión médica. Al darse cuenta de ello, viendo que el pueblo y a los frailes necesitaban médicos buenos y hábiles, sus superiores lo enviaron a la escuela de medicina de Padua. Pero al año siguiente, con los primeros cambios, los nuevos rectores, hostiles a los anteriores, opinaron que resultaba muy perjudicial para fray Luka y costoso para la orden, y lo obligaron a regresar a Bosnia. Al cabo de doce meses, los antiguos superiores asumieron de nuevo la dirección del monasterio y mandaron por segunda vez al joven hermano a Padua para que terminara las «ciencias midicales». Pero un año después, la parte contraria recuperó el poder; anularon todo lo que se había hecho antes y, entre otras cosas, hicieron regresar a fray Luka a Guca Gora.

Con los conocimientos que había logrado adquirir y los libros que pudo comprar, fray Luka se instaló entonces en su celda y prosiguió estudiando con pasión, reuniendo remedios y curando con amor a las personas. Esta pasión jamás lo había abandonado y el amor jamás se entibió.

Todo era orden y paz en la habitación por la que se movía silenciosamente el mídico miope, alto y delgado. La delgadez de fray Luka era proverbial en toda la provincia. («Hay dos cosas que ignoran incluso los ulemas más sabios: sobre qué reposa la tierra y de qué penden los hábitos de fray Luka»). Ese cuerpo, alto y flaco, estaba coronado por una hermosa cabeza, erguida y llena de vida, con ojos azul claro de mirada soñadora y un poco ausente, y rematada por una fina guirnalda de cabellos blancos que ceñían un cráneo regular de piel rosácea y delicada bajo la que se percibían las ramificaciones de vasos sanguíneos azulados. Hasta una edad muy avanzada siguió haciendo gala de viveza y agilidad. «Éste no anda —decía de él uno de los hermanos guardianes—, corta el aire como un sable»; y realmente ese hombre de pupilas risueñas y movimientos desenvueltos y vivos, apenas perceptibles, nunca estaba quieto. Sus largos dedos relimpios y enjutos hurgaban a lo largo de la jornada en innumerables cosas, lijaban, clavaban, encolaban, unían, marcaban, rellenaban y colocaban cofres y anaqueles. Porque para fray Luka no había nada insignificante, superfluo ni innecesario. Bajo sus magros dedos y ante sus ojos miopes y sonrientes todo revivía, hablaba y encontraba su lugar entre los remedios o, al menos, entre los objetos útiles y raros.

Al observar día tras día, año tras año, las hierbas, los minerales y a los seres vivos a su alrededor, su metamorfosis y evolución, fray Luka se convencía cada vez más de que en el mundo, tal y como nosotros lo vemos, existen sólo dos cosas: crecimiento y decadencia, estrecha e inextricablemente ligados, en todas partes y en eterno movimiento. Todos los fenómenos a nuestro alrededor no son más que fases distintas de esta marea ascendente y descendente, infinita, compleja y perpetua, ficciones, instantes fugaces que nosotros aislamos arbitrariamente, marcamos y designamos con nombres establecidos, como salud, enfermedad y muerte. Pero, naturalmente, nada de eso existe. Existe sólo el crecimiento y la decadencia en diversos estados y con diferentes aspectos, y todo el arte de la medicina consiste en conocer, aferrar y aprovechar las fuerzas orientadas hacia el crecimiento, «como un marino conoce los vientos», y en evitar y alejar aquellas que sirven a la decadencia. Allí donde el hombre logra aferrar esa fuerza, sana y marcha adelante; allí donde fracasa, se hunde simple e irremediablemente; y en el gran e invisible libro de cuentas del crecimiento y de la decadencia, las fuerzas pasan de la columna del debe a la del haber o viceversa.

Ésta era su visión del mundo a grandes rasgos; en detalle, naturalmente, las cosas eran mucho más elaboradas y complejas. Cada ser vivo, cada hierba, cada enfermedad, cada estación, cada día y cada minuto tenían también su crecimiento y su decadencia. Estos elementos estaban incrustados unos en otros, vinculados por incalculables lazos imprecisos, y actuaban y bullían, vibraban y fluían, de día y de noche, en lo más profundo de la tierra, en toda su superficie y muy alto en el firmamento, hasta los planetas, siempre según la ley única y doble del crecimiento y de la decadencia, tan difícil de comprender y de seguir.

Fray Luka había estado toda su vida fascinado por su propia visión del mundo y la armonía perfecta que tan sólo se presiente y de la que el hombre logra servirse de vez en cuando, pero que nunca puede dominar. ¿Qué podía hacer alguien como él, al que le había sido revelado todo esto y encomendada la tarea sin fin y sin esperanza de estudiar los fármacos y curar a los enfermos con el consentimiento de Dios? ¿Qué tomar y retener en la memoria de esa visión que tan pronto refulgía ante él, clara, comprensible y cercana, al alcance de la mano, como se oscurecía y agitaba cual torbellino de nieve en una noche tenebrosa? ¿Cómo apañárselas en ese centelleo, en ese caos aparente de influencias recíprocas intrincadas y entrelazadas, y de fuerzas y elementos ciegos? ¿Cómo coger alguno de los hilos fundamentales y relacionar las consecuencias con las causas?

Esto era lo único que preocupaba a fray Luka y no dejaba de pensar en ello, al margen de sus deberes de religioso y de su ministerio. Por eso andaba siempre pensativo y ausente, delgado y fino como un alambre estirado, y por eso se abalanzaba con pasión sobre cualquier brizna de hierba o cualquier enfermo, sin importarle dónde estuviera, cuál fuera su aspecto o cómo se llamara.

Fray Luka estaba firmemente convencido de que en la naturaleza había tantas fuerzas curativas como enfermedades entre hombres y animales, y de que unas y otras se correspondían cabalmente. Eran como grandes problemas aritméticos llenos de decimales mientras carecían de solución, pero al mismo tiempo no cabía duda de que allí donde terminaba la operación, al final de los finales, el resultado era una cifra exacta. Y esas fuerzas medicinales se hallaban, como enseñaban los antiguos «in herbis, in verbis, in lapidibus» (En las hierbas, las palabras y en los minerales).

En su fuero interno, aunque no se lo reconocía ni a sí mismo, fray Luka creía con audacia que era posible atajar cualquier evolución maligna en el cuerpo humano, al menos en teoría, porque la enfermedad y su remedio surgían y se desarrollaban paralelos, aunque a menudo demasiado alejados la una del otro. Si un médico lograba conectarlos, la dolencia retrocedía; si no lo conseguía, vencía ella y destruía el organismo en el que había aparecido. Todos los fracasos y desengaños no habían podido socavar esta convicción secreta con la, que de modo implícito, fray Luka se enfrentaba a todos lo fármacos y a todos los enfermos. Ciertamente, al mantenimiento de su fe inexplicable contribuía el hecho de que, al igual que muchos médicos, olvidaba rápidamente y sin vuelta de hoja a los enfermos incurables y a los fallecidos, mientras que recordaba todos los éxitos incluso cincuenta años después.

Así era fray Luka Dafinic, el mídico, un amigo entusiasta e incorregible de la mitad enferma de la humanidad, y amigo de toda la naturaleza. Sólo tenía dos adversarios: los monjes y los ratones.

Sus problemas con los frailes era una historia larga y antigua. Las generaciones se sucedían y eran muy diferentes unas de otras, pero en una cosa estaban todas de acuerdo: en menospreciar y condenar las habilidades curativas de fray Luka. Desde que lo enviaron a estudiar a Padua, lo hicieron regresar, de nuevo lo enviaron y otra vez le ordenaron volver, él había perdido completamente la esperanza de encontrar comprensión o ayuda entre sus hermanos. Antaño, el padre guardián[36] fray Martín Dembic, apodado Dembo, comentaba así el pacto de fray Luka con los frailes:

—¿Ves a nuestro mídico? Ni siquiera cuando reza con los monjes, en el coro, está pensando lo mismo que ellos. Mientras pronuncian la misma oración, fray Luka piensa: «Dios mío, haz entrar en razón y ablanda a estos malos hermanos míos para que no me molesten a cada paso en mi trabajo tan bueno y tan útil. O si no puedes hacer eso, que ya sé yo que los frailes tienen la cabeza dura incluso para la mano divina, al menos dame fuerzas para armarme de santa paciencia y poder soportarlos sin odio y sin reproches tal como son, y ayudarlos en la enfermedad con mi arte que desprecian y condenan». A su vez, los monjes, rezando, piensan: «Señor, ilumina la mente de nuestro hermano Luka, cúralo de su grave enfermedad, de la medicina y los medicamentos. Aceptamos todos los dolores que nos envías (¡al fin y al cabo, de algo hay que morir!), pero aparta de nosotros a este individuo que nos quiere curar de ellos».

Durante muchos años fray Luka había sido una fuente inagotable de historias y bromas para Dembo, un hombre ingenioso, fuerte y un burlón sin piedad, pero buen superior y monje irreprochable. Sin embargo, también él, como tantos otros, había expirado en brazos de fray Luka, si bien es cierto que incluso en esos momentos, crispado de dolor, sonriendo y respirando con dificultad, dijo a los monjes allí reunidos:

—Hermanos, todas las cuentas del monasterio están en orden, tanto los préstamos como el dinero en efectivo. El vicario está al corriente de todos los detalles, y ahora, perdonadme y recordadme siempre en vuestras oraciones, y sabed que dos cosas han acabado conmigo, mi asma y mi mídico.

Así se burlaba Dembo, exagerando con sus chanzas hasta en la muerte.

Pero todo esto había sucedido hacía mucho, mucho tiempo, en «época de Dembo», cuando fray Luka era joven y enérgico y cuando aún vivían sus coetáneos, de los que apenas quedaba ya alguno, porque él ya había cumplido los ochenta y uno por San Juan, el del verano. Hacía años que fray Luka había perdonado a los frailes que no lo dejaran quedarse en Padua y que nunca le concedieran lo necesario para libros y experimentos, y ellos, a su vez, poco a poco habían cesado de zaherirlo a causa de su inusual modo de vida, su pasión por la medicina y su amistad con Mordo Atijas. Fray Luka seguía yendo a Travnik, se sentaba con Mordo en la tienda e intercambiaba datos y experiencias, canjeaba hierbas y raíces por azufre o piedra infernal, porque nadie sabía secar la flor del tilo ni conservar la zamarrilla, la hierba de San Juan y la milenrama como él. Y los frailes habían acabado por acostumbrarse a esta «amistad entre el Nuevo Testamento y el Antiguo».

Las visitas y curas a enfermos fuera del convento, que antaño habían sido causa permanente de contratiempos para el monasterio, y de enfrentamientos entre fray Luka y sus superiores, ahora se habían reducido al mínimo. El fraile nunca había buscado pacientes entre los legos, y mucho menos entre los musulmanes, pero los turcos habían acudido a él, a veces lo llamaban y le suplicaban, las más se lo ordenaban, y custodiado por guardias lo llevaban a casa del enfermo. Estas visitas acarreaban a fray Luka y a su monasterio muchos dolores de cabeza, perjuicios y apuros. Sucedía que lo llamaban y le pedían que curara a un enfermo turco, pero luego los denunciaban, a él y al convento, porque el enfermo había empeorado o fallecido. También cuando el remedio surtía efecto y la familia, satisfecha, recompensaba al fraile, aparecían turcos malintencionados y codiciosos que lo acusaban de haber frecuentado casas turcas. Los testigos siempre declaraban que el fraile había sido llamado y que lo había llevado allí una tarea buena y honrada, pero mientras se demostraba y enmendaba todo esto, y se retiraba la denuncia, el monasterio sufría las consecuencias y pagaba los gastos. Por eso, los frailes no permitían a fray Luka que fuera a ejercer la medicina a las casas turcas, mientras los musulmanes no presentaran un documento en el que se leyera claramente que lo llamaban por propia voluntad y que las autoridades no tenían nada en contra.

Aun así, siempre había dificultades e inconvenientes. Hubo muchos casos en los que el tratamiento tuvo éxito y los pacientes, encantados y agradecidos, colmaron de alabanzas y regalos a fray Luka y al monasterio.

Un bey, uno de esos beyes rurales no muy ricos, pero afectuoso e influyente, al que fray Luka curó una herida mal cuidada por debajo de la rodilla, cada vez que lo veía le decía:

—Cuando me levanto por la mañana primero nombro a Dios y después a ti.

Y mientras vivió, ese bey defendió el monasterio y a los frailes y, siempre que lo necesitaron, fue su avalista y su testigo.

Un acaudalado turco de Turbe, a cuya mujer había salvado fray Luka, no lo comentó con nadie (porque de las mujeres no se habla), pero todos los años, después de la Asunción, enviaba al monasterio dos okkas de miel y una piel de oveja, con el mensaje de «entregar al párroco que cura a los enfermos».

Sin embargo, también se dieron casos de negra ingratitud y perfidia diabólica. Durante mucho tiempo recordaron en el monasterio el asunto de una nuera de Mustaj bey Miralem. La joven esposa empezó a sentir un malestar que no le daba sosiego, chillaba y se retorcía, rechinaba los dientes día y noche o permanecía acostada durante jornadas enteras, inmóvil y muda, no quería ver a nadie ni probar bocado. Sus parientes hicieron todo lo que les aconsejaron, pero nada ayudaba, ni los curanderos ni el hodja ni los talismanes, y la mujer se iba consumiendo. Finalmente, el suegro, el viejo Miralem, mandó a buscar al hermano mídico.

Cuando fray Luka llegó, hacía ya dos días que la mujer estaba en estado de abatimiento absoluto, crispada, sin que nadie consiguiera sacarla de su mutismo sombrío. Primero no quería mover la cabeza, pero en un momento, al entreabrir los párpados, vio las pesadas sandalias del fraile, el borde del hábito y el cordón blanco que usan los monjes a guisa de cinturón; luego, con lentitud y mal humor, empezó a mirar de abajo arriba a fray Luka, pero como era tan delgado y largo, pasaron varios segundos antes de que se encontrara con su mirada azul y sonriente. Entonces, la mujer, de repente, soltó una carcajada inesperada, loca e interminable. En vano el fraile trató de tranquilizarla con palabras y gestos. Al salir del konak de Miralem, todavía podía oír la risa terrible, que resonaba desde la sala de la planta baja.

Al día siguiente, los jenízaros llevaron a la cárcel a fray Luka encadenado. Al padre guardián le comunicaron enseguida que el viejo Miralem lo acusaba de haber hechizado a su nuera, que llevaba dos días sin parar de reír y su risa hacía temblar los cimientos de la casa. El superior intentaba demostrar que eso era imposible, que el deber de un médico era curar si podía, pero que los sortilegios y artes mágicas estaban fuera de sus leyes. Inútilmente distribuía monedas de plata aquí y allá, a unos una, a otros dos. Sólo lo informaron de que las cosas se ponían muy negras para el mídico, porque la mujer había dicho que el fraile, a hurtadillas, le había dado a beber «algo negro y espeso como grasa sucia» y dos golpes en la frente con un gran crucifijo, y que desde entonces no podía detener esa risa que la atormentaba sin cesar.

Pero cuando parecía que todo estaba perdido y que no había ninguna esperanza, de improviso, quitaron los grilletes a fray Luka y lo liberaron como si nada hubiera sucedido, y es que al cuarto día, la joven se había tranquilizado y después había roto a llorar. Llamó a su suegro y a su marido y declaró que había calumniado al monje en un instante de locura, reconoció que no le había dado ningún remedio y que tampoco tenía un crucifijo en las manos, sino que sólo había extendido los brazos sobre ella y había rezado a Dios según su religión, y que desde entonces se sentía mejor.

De este modo se resolvió el asunto. Pero los frailes rencorosos no lo olvidaron tan pronto. Fray Mijo Kovasevic, que como guardián era el que se había encargado del caso de fray Luka y el que más se había preocupado, le dijo después en el refectorio delante de todos:

—Vamos a ver, fray Luka, escúchame bien, o tú y tus locos mahometanos me dejáis en paz de una vez por todas, o soy yo el que se echa al monte, y tú, ¡hala!, te quedas de mídico y de guardián. Porque así no podemos continuar.

Y le tendió las llaves del monasterio con un gesto serio y airado.

No obstante, las aguas volvieron a su cauce y el asunto se olvidó. Solamente persistió lo que el guardián había escrito en el libro de multas y gastos del monasterio.

El 11 de enero vino un funcionario con cadenas y un edicto que decía que fray Luka, el alfaquín[37] (¡maldita sea la hora en que se hizo alfaquín!), había dado a la nuera de Miralem unas píldoras nocivas… En contrapartida, nosotros hemos pagado al cadí y al amín[38] un total de 148 gros.

Las prácticas médicas de fray Luka siguieron provocando problemas en los años sucesivos. En el monasterio se olvidaba, pero el libro de multas y gastos en sobornos lo recordaba todo, pues en él permanecían registradas numerosas notas sobre el fraile.

Porque fray Luka ha curado:

a un turco ………………………, 48 gros

a causa del mídico ……………, 20 gros

Al final, aparecía el número y la fecha de la ordenanza según la cual el superior prohibía tajantemente «orar por un turco o una turca y darle ninguna medicina», aunque tuviera permiso de las autoridades otomanas. Sin embargo, inmediatamente después estaba apuntada otra multa:

Porque fray Luka no fue a visitar a un enfermo, pagamos una sanción de 70 gros.

Así, por orden, se anotaban las multas año tras año.

Durante la larga vida de fray Luka, dos veces hizo la peste estragos en Travnik. La gente enfermaba, moría, huía a las montañas. El bazar cerraba y muchas casas fueron abandonadas para siempre. Las relaciones entre los parientes se debilitaban, desaparecieron los escrúpulos. En las dos ocasiones, fray Luka demostró su grandeza y su arrojo como médico y como religioso. Visitaba los arrabales infectados, curaba a los enfermos, confesaba y daba la comunión a los que agonizaban, enterraba a los muertos, ayudaba y aconsejaba a los que sanaban. Los monjes supieron reconocerlo, y su prestigio y reputación como médico se consolidó entre los turcos.

Pero quien vive muchos años sobrevive a todo, incluso a sus propios méritos. Después de las epidemias e infortunios venían los años prósperos y tranquilos, las cosas cambiaban y se olvidaban, se relajaban y difuminaban. Y en todo eso, en los éxitos y en los fracasos, en las alabanzas y en las ofensas, en los ataques y en las victorias, el único que permanecía siendo él mismo era fray Luka, intacto e inquebrantable, con su mirada ausente, su fina sonrisa y movimientos rápidos, con su fe en la relación secreta entre los remedios y la enfermedad. Como no conocía otra vida que los medicamentos y el trabajo que ellos exigían, para él todo en el mundo tenía su lugar y su razón de ser: la enfermedad, las penas, la cólera del guardián, los malentendidos y las calumnias. Incluso la cárcel, al fin y al cabo, ¡bendita fuera!, de no ser por esas molestas cadenas en las piernas y la preocupación constante de que se le iban a estropear las pócimas en el monasterio o se le iban a morir las sanguijuelas, o de que los frailes no le revolvieran o tiraran los haces y hatillos.

Pero fray Luka curaba y cuidaba a los monjes, «sus principales enemigos», a los que a veces compadecía en su fuero interno, con delicadeza y entrega cuando caían enfermos y los aconsejaba y se preocupaba por ellos mientras estaban sanos. En cuanto alguno tosía un poquito, fray Luka ponía en su brasero el puchero con hierbas, le llevaba personalmente una infusión caliente y aromática y lo obligaba a beberla. Había hermanos irascibles, excéntricos, malhumorados e indiferentes, «abuelos» que no querían ni oír hablar de remedios y del mídico, que lo echaban de la celda o se burlaban de él y de su medicina, pero fray Luka no se dejaba confundir ni disuadir. Ignoraba las bromas y ofensas como si no las oyera y pedía insistentemente a los frailes enfermos que se curaran y cuidaran, les suplicaba, los perseguía y sobornaba para que se tomaran la medicina que había preparado con esfuerzo y, a menudo, incluso pagado de su propio bolsillo.

Había uno de esos «abuelos» al que le gustaba el aguardiente más de lo que el superior permitía y más de lo que es bueno y provechoso para la salud física y el desarrollo mental. El viejo padecía del hígado, pero no dejaba de beber. Fray Luka, que entre sus notas tenía un remedio cuyo título decía «para que un hombre aborrezca la bebida», atendía al fraile con desvelos y sin éxito. Todos los días se repetía entre ellos la misma conversación.

—¡Déjame en paz, fray Luka, y dedícate a los que se quieren curar y tienen remedio! —gruñía el viejo.

—¡Vamos, infeliz! Recobra el juicio. Hay remedio para todos. Para todos oculta una medicina la tierra.

Fray Luka se sentaba junto al anciano enfermo y malhumorado, que jamás, ni siquiera cuando estaba sano, se había preocupado por los libros ni las ciencias, traía varios tomos y le enseñaba con todo lujo de detalles cuáles eran las riquezas de la tierra y cuánta su generosidad con el hombre.

—¿Sabías que Plinio llamaba a la tierra «benigna, mitis, indulgens, usque mortalium semper ancilla» (Benigna, bendita, indulgente y siempre al servicio de los mortales), y que escribió: «Illa medicas fundit herbas, et semper homini parturit» (Produce hierbas medicinales y siempre engendra para el hombre)? ¿Ves?, ¡ya lo decía Plinio! Pero tú, siempre igual, «para mí no hay remedio». Pues lo hay y tenemos que encontrarlo.

El viejo, aburrido, fruncía el ceño y rechazaba con la mano las medicinas y a Plinio, mas fray Luka no se amilanaba ni se detenía. Y cuando no podía curarlo con sus remedios ni tranquilizarlo con sus citas, le llevaba, en secreto y como si fuera una medicina, un poco de aguardiente, que el guardián había prohibido terminantemente, para al menos aliviar así sus sufrimientos.

Pero fray Luka no se preocupaba sólo de los hermanos del monasterio. Cubría con su letra minúscula pliegos amarillos y los cosía en finos cuadernillos para los frailes que estaban diseminados por las parroquias. Esos libritos, llamados midicales, se copiaban por todos los pueblos y feligresías. En ellos estaban registrados por orden alfabético remedios populares mezclados con normas de higiene, supersticiones y útiles consejos domésticos. Por ejemplo, cómo se limpia un hábito manchado de cera de vela, o cómo se arregla el vino agriado. Junto con un medicamento para la ictericia y para «la fiebre que no se debe a la bilis», estaba escrito «cómo —según una fuente italiana— los maestros extraen minerales en las Indias y en otros lugares» o «cómo se hace el vino, llamado vermut, que es bueno para tonificar las entrañas». Todos los conocimientos y datos que en el transcurso de los años fray Luka había adquirido y reunido, desde las arcaicas Compositiones medicamentorum hasta los fármacos de Mordo y los remedios de las abuelas, estaban en esos cuadernillos. Pero incluso aquí tropezaba con la ingratitud de sus hermanos y sufría muchas decepciones. Unos copiaban descuidadamente, otros por desconocimiento o indolencia deformaban o se comían ciertas palabras y frases enteras, o los había que en algunas recetas añadían observaciones burlonas sobre los medicamentos o el propio mídico. Sin embargo, él también se reía con esas reflexiones cuando se encontraba con ellas y lo consolaba que su esfuerzo con los midicales aprovechaba más al pueblo y a los frailes de lo que a él ofendía y dolía el descuido y la incomprensión de los clérigos.

Otra cosa mucho más inocente molestaba a fray Luka en su tarea. Se trataba, como hemos mencionado anteriormente, de los ratones. En el viejo e inmenso edificio del monasterio, había, en verdad, ratones en abundancia. Los monjes afirmaban que la celda de fray Luka, que se parecía a la botica de Mordo en Travnik, con sus ungüentos, emplastos de todo tipo y remedios, era la causa principal de que los ratones acudieran al convento. A su vez, fray Luka se quejaba de que la antigüedad del caserón y el desorden en las celdas contribuían a la reproducción de los animales que le estropeaban los medicamentos y contra los que luchaba infructuosamente. Con el tiempo, la lucha contra los ratones se convirtió en una manía cándida. El daño real que causaban no era tan grave como a él le gustaba decir entre gimoteos y lamentos. Guardaba algunos objetos bajo llave y colgaba los fármacos del techo, imaginaba todo tipo de estratagemas y rivalizaba en astucia con sus enemigos invisibles. Soñaba con una gran caja de metal en la que pudiera meter todas las cosas de valor, con un candado y a prueba de roedores, pero no osaba mencionar ante los frailes o el guardián una compra tan costosa. Y cuando los ratones se comían de verdad la grasa de conejo, cuidadosamente preparada y aclarada en varias aguas, no había quién lo consolara.

Siempre tenía ratoneras en la celda, una grande y otra pequeña. Todas las noches las colocaba con suma diligencia, poniendo un trocito de jamón o restos de velas de sebo. Por la mañana, al alba, cuando se levantaba para ir a la primera oración, solía encontrarlas abiertas y vacías, pero ni rastro del sebo o del jamón. No obstante, cuando un ratón caía en la trampa, se despertaba por el ruido de la portezuela, se levantaba, daba una vuelta alrededor del animal asustado, le apuntaba con un dedo y movía la cabeza.

—¡Ajajá! ¿Y ahora qué, infeliz? Querías arruinarme, ¿eh? ¡Pues te vas a enterar!

Entonces, descalzo y arropado sólo con el hábito, cogía solícitamente la ratonera y la llevaba a la larga galería hasta el borde de las escaleras, abría la trampilla y gritaba con voz ahogada:

—¡Vamos, sal de ahí, bribón! ¡Largo, largo!

El roedor confuso bajaba corriendo a lo largo de los escalones, atravesaba el pavimento y desaparecía en el montón de leña que siempre estaba allí en cualquier estación del año.

Los frailes conocían esa forma de cazar ratones que tenía fray Luka y, a menudo, le hacían rabiar y decían que el mídico «hacía siglos que atrapaba y soltaba al mismo ratón». Fray Luka lo negaba con firmeza y demostraba con todo lujo de detalles que cogía varios en el transcurso del año, grandes, pequeños, medianos.

—Pues yo he oído —le espetaba uno de los ancianos— que tú, cuando sueltas al ratón, abres la trampilla y le dices: «¡Hala, sal y vete al cuarto del guardián, corre!».

—¡Pero qué granuja! ¡Mira lo que inventas! —se reía fray Luka al mismo tiempo que se defendía.

—Yo no invento, señor doctor, me lo han contado los que, al igual que tú, rondan por la galería a altas horas de la noche.

—Vamos, vamos, so pícaro, anda, ¡déjame en paz! Pero entonces empezaban los demás.

—Pues yo, hermano, si lo atrapara, lo sumergiría con la ratonera y todo en agua hirviendo, y ya veríamos si se atrevía a volver —decía adrede un joven monje.

Esto siempre alteraba particularmente a fray Luka.

—¿Es que has perdido el juicio, infeliz? ¿Agua hirviendo? Pero ¿eres cristiano o no? —le apostrofaba el mídico.

Y media hora más tarde, después de varias bromas y charlas, volvía a reprender al joven:

—Ejem, ¿agua caliente? ¡¿Habráse visto?! ¡Una criatura de Dios en agua hirviendo!

Así fray Luka Dafinic se batía con sus enemigos grandes y pequeños, los curaba, alimentaba y protegía. Así transcurría su larga y feliz vida.

El cuarto médico que se hallaba en el consulado durante la enfermedad del hijo de Daville era Giovanni Mario Cologna, el médico titular del consulado general de Austria.

Ahora nos damos cuenta de que nos habíamos engañado cuando afirmábamos que, de los cuatro médicos de Travnik, del que menos había que decir era de Mordo Atijas. En realidad, tampoco había mucho que contar de Cologna. Pero si, en el caso de Mordo, era porque éste no hablaba nada, en el de Cologna era porque hablaba demasiado y todo lo que decía cambiaba sin cesar.

Era un hombre de edad indefinida, de origen, nacionalidad y raza indefinidas, de creencias y opiniones indefinidas y sabiduría y experiencias también indefinidas. En general, había pocas cosas en todo el personaje que pudieran definirse claramente.

Decía ser oriundo de la isla de Cefalonia, donde su progenitor era un prestigioso médico. Su padre era veneciano, pero había nacido en Epiro; su madre era originaria de Dalmacia. Había pasado la infancia con su abuelo en Grecia y la juventud en Italia, estudiando medicina. Su vida había transcurrido en Levante al servicio de Turquía y Austria.

Era un hombre alto y extraordinariamente delgado; andaba encorvado y se encogía por todas las articulaciones, de modo que en cualquier momento, como si fuera un muelle, podía agazaparse y plegarse o estirarse y alargarse, lo que no dejaba de hacer mientras charlaba, volviéndose ya un poco más grande, ya un poco más pequeño. Remataba su cuerpo larguirucho una cabeza armoniosa, siempre inquieta, casi calva a excepción de unos mechones ahusados de cabello. En la cara rasurada brillaban, siempre con un aire artificial, sus desmesurados ojos castaños, bajo las cejas inusitadamente espesas y canosas. En la boca enorme, le quedaban unos cuantos dientes grandes y amarillos que se le movían al hablar. No sólo la expresión de su cara, sino todo su aspecto variaba sin cesar de la cabeza a los pies y de forma increíble. En el curso de una conversación, podía transformar su apariencia varias veces. Bajo la máscara de un frágil anciano afloraba por momentos —¿de nuevo una máscara?— la imagen de un hombre vigoroso y meditabundo de edad madura u —¿otra máscara?— la de un jovenzuelo presuntuoso, estirado e inestable, al que el traje le quedaba corto y no sabía qué hacer con los brazos y las piernas ni adónde mirar. Su expresiva cara estaba siempre en movimiento y revelaba la actividad febril de su cerebro. El abatimiento, las fantasías, la amargura, el entusiasmo sincero, la exaltación ingenua, la felicidad límpida y serena alternaban rápida e inesperadamente en ese rostro de rasgos regulares y movilidad excepcional. Al mismo tiempo, su boca grande con los pocos dientes oscilantes vertía palabras, un aluvión de palabras ricas, graves, airadas, audaces, amables, dulces y vibrantes, amén de que podían ser en italiano, turco, griego moderno, francés, latín e «ilirio». Con la misma facilidad con la que cambiaba de expresión, Cologna pasaba de una lengua a otra, mezclaba, tomaba prestados vocablos y frases enteras. En realidad, sólo conocía bien el italiano.

Tampoco escribía siempre igual su nombre, sino que dependía de las diversas circunstancias y de la época de su vida, de a quién servía y de si el trabajo que hacía era científico, político o literario. Giovanni Mario Cologna se trocaba en Gian Colonia, en Joanes Colonis Epirota, o Bartolo Cavagliere d’Epiro, dottore illyrico. Con mayor frecuencia y de modo más radical, cambiaba según los diversos nombres el contenido de sus actos y palabras. De acuerdo con sus convicciones básicas, Cologna era un hombre de ideas modernas, un «filósofo», un espíritu libre y crítico, carente de prejuicios. Pero eso no le impedía estudiar la historia de las religiones, no sólo de las diversas iglesias cristianas, sino también del islam y de otras sectas y creencias orientales. Pero, para él, estudiar significaba identificarse por un tiempo con el objeto de sus estudios, entusiasmarse con él, adoptarlo, al menos momentáneamente, como su única y exclusiva fe y rechazar todo aquello en lo que antes había creído y con lo que hasta entonces se había entusiasmado. Tenía una mente privilegiada, capaz de tomar las iniciativas más inauditas, pero formada por elementos que se asimilaban con facilidad al entorno y tendían incesantemente a fundirse y compenetrarse con el medio que lo rodeaba.

Este filósofo escéptico tenía accesos de devoción mística y de práctica religiosa. Entonces iba al monasterio de Guca Gora, fastidiaba a los frailes, pedía hacer los ejercicios espirituales con ellos y opinaba que no demostraban el recogimiento suficiente ni los conocimientos teológicos ni el debido fervor. Los monjes de Guca Gora, verdaderos creyentes, pero simples y tercos, como todos los frailes bosniacos sentían una aversión innata hacia los beatos exagerados, los fieles exaltados y todos los que se colgaban de los faldones de Dios y besaban las losas delante del altar. A los ancianos se les ponían los pelos de punta y no dejaban de rezongar, y uno de ellos incluso dejó anotado que les resultaba muy sospechoso e incómodo ese doctor aventurero «que se decía servidor de la gran fe católica, escuchaba misa todas las mañanas y hacía gala de extraordinaria devoción». Sin embargo, debido a sus lazos con el consulado austríaco y al respeto que tenían a von Mitterer, los hermanos no podían ignorar al doctor ilirio.

Pero Cologna visitaba también al archimandrita Pahomije y a las familias ortodoxas de Travnik para observar sus ritos religiosos, oír misa, escuchar los cánticos y compararlos con los de la iglesia griega. Mientras que con el muderiz[39] de Travnik, Abduselam efendi, sostenía debates eruditos sobre la historia de las creencias islámicas, porque conocía bien no sólo el Corán sino todas las corrientes teológicas y filosóficas desde Abu Hanif hasta Al Gazali. En todas las ocasiones, incansable y sin el menor reparo, acosaba con citas de teólogos islámicos al resto de los ulemas de Travnik, que en la mayoría de los casos las desconocían.

La misma inestabilidad constante dominaba el carácter de este hombre. A primera vista, con todos se mostraba dócil, maleable y complaciente hasta un grado repugnante. Solía adecuar sus ideas a las de su interlocutor, y no sólo adoptaba la opinión del otro sino que la defendía con más ardor. Pero en otros momentos podía ocurrir que, de manera inesperada y precipitada, abogara por un punto de vista audaz en contra de todos los demás y lo defendiera con valentía y obstinación, exponiéndose por completo sin tener en cuenta el daño que podía causarse a sí mismo y el riesgo que corría.

Era muy joven cuando entró al servicio de los austríacos. Eso era quizá la única cosa en la que se mostraba consecuente y estable. Durante cierto tiempo trabajó como médico personal del bajá de Escutari y de Janina, pero ni siquiera entonces interrumpió sus lazos con los cónsules austríacos. Ahora había sido destinado al consulado de Travnik más por esas antiguas relaciones y servicios y por su conocimiento del idioma y del medio que por su condición de médico. En realidad, no pertenecía al personal del consulado, sino que vivía aparte y sólo estaba registrado ante las autoridades como médico bajo la protección del consulado de Austria.

Von Mitterer, que no tenía mucha imaginación ni entendía de filosofía, y conocía la lengua del pueblo y las circunstancias del país mejor que Cologna, no sabía qué hacer con ese colaborador no solicitado. La señora von Mitterer sentía una aversión física hacia el levantino, y decía exaltada que preferiría morir antes que tomar un medicamento de la mano de ese hombre. Cuando hablaba de él lo llamaba Cronos, porque según ella se parecía al símbolo del tiempo, a un Cronos sin barba, sin la guadaña mortal ni el reloj de arena.

Así vivía en Travnik ese médico sin pacientes. Habitaba fuera del consulado en una casa destartalada, adosada a una umbría pared rocosa. Carecía de familia. Un criado, un arnaúte, se encargaba de su hogar, que era humilde e insólito en todo, en el mobiliario, en la comida, en la organización del tiempo. Pasaba los días tratando en vano de encontrar a un interlocutor que no se hartara y escapara, o inclinado sobre sus libros y notas que abarcaban todo el saber humano, desde la astronomía y la química hasta el arte de la guerra y la diplomacia.

Este hombre sin raíces ni equilibrio, pero de corazón puro y mente inquisitiva, tenía una sola pasión, malsana, pero noble y desprovista de egoísmo: penetrar en lo más profundo del pensamiento humano, allí donde apareciera y fuera cual fuera la dirección que tomara. Era esclavo de esta pasión sin límites, sin objetivos y sin ninguna consideración. Su espíritu se interesaba por las corrientes y tendencias religiosas y filosóficas de la historia de la humanidad, sin hacer distinciones, y todas habitaban en él, se movían, se enfrentaban y se difuminaban unas en otras como olas en la superficie marina. Y cada una de ellas le resultaba igual de próxima e igual de lejana y con cada una de ellas podía estar de acuerdo e identificarse por completo durante cierto tiempo mientras se dedicaba a ese tema. Tales hazañas interiores del espíritu eran su verdadero mundo y en él tenía las inspiraciones más sinceras y las experiencias más profundas. Sin embargo, esto lo distanciaba y alejaba de la gente y de la sociedad y lo oponía a la lógica y al buen sentido del resto de las personas. Sus mejores cualidades permanecían invisibles y fuera del alcance, y lo que podía verse y presentirse repelía a todo el mundo. Ni siquiera en otro medio menos duro y cruel podría encontrar un hombre semejante su verdadero sitio y su auténtica reputación. Allí, en esa ciudad y entre esa gente, tenía que sentirse muy desgraciado y parecer confuso, ridículo, sospechoso e inútil.

Los frailes lo consideraban un maníaco y un fantasmón, y los ciudadanos, un espía o un idiota instruido. Suleiman baja Skopljak decía a propósito de este médico:

—No es más imbécil el que no sabe leer, sino el que se cree que todo lo que lee es verdad.

Des Fossés era el único en Travnik que no evitaba a Cologna y que tenía voluntad y paciencia para charlar con él de vez en cuando largo y tendido y con franqueza. Pero, por este motivo, Cologna, sin comerlo ni beberlo, era acusado en el consulado austríaco de estar al servicio de los franceses.

Sería difícil decir en qué consistía el título y la profesión de Cologna, pero con toda seguridad ésa era una de sus últimas preocupaciones. A la luz de las verdades filosóficas y de la exaltación religiosa que alternaban en él sin cesar, las necesidades de los hombres, sus dolores, la vida en sí, no representaban un asunto con un sentido muy profundo o de gran importancia. Las enfermedades y los cambios en el cuerpo humano eran para él tan sólo una razón más para ejercitar la mente, condenada a una agitación perpetua. Muy poco apegado a la vida, no podía ni intuir lo que significaban para un hombre normal los lazos de la sangre, la salud y una existencia más larga o más corta. En verdad, en lo que a la medicina se refería, para Cologna todo empezaba y terminaba con las palabras, una profusión de palabras, conversaciones animadas, debates y cambios frecuentes, precipitados y totales sobre lo que él pensaba de una enfermedad, sus causas y la forma de curarla. Se entiende que nadie llamara ni solicitara a un médico semejante, salvo en casos de verdadera urgencia. Podría decirse que la principal tarea médica de este locuaz doctor era la de pelearse constantemente con Cesar d’Avenat y detestarlo con pasión.

Cologna, que había estudiado en Milán, era partidario de la medicina italiana, mientras que d’Avenat, que despreciaba y desdeñaba a los médicos italianos, afirmaba que la Universidad de Montpellier hacía ya varios siglos que había superado y dejado atrás a la vetusta y retrógrada escuela de Salerno. Lo cierto es que Cologna extraía toda su sabiduría y sus numerosas sentencias del gran código Régimen sanitatis Salernitanum, que guardaba celosamente, y del que sacaba las reglas en rima de la dietética del cuerpo y del espíritu y reglas que luego repartía generosamente. D’Avenat, por el contrario, vivía de algunos tomos y apuntes de famosos profesores de Montpellier y de un gran manual, el antiquísimo Lilium medicinae. Pero la base de su enfrentamiento no estaba en los libros ni en los conocimientos de los que carecían, sino en la necesidad de los levantinos de querellarse y rivalizar, los celos profesionales, el aburrimiento de Travnik y su vanidad e intolerancia personales.

La concepción que tenía Cologna de la enfermedad y de la salud humana, si es que se podía hablar de una concepción constante, era tan simple como vana y desesperada. Fiel a sus maestros, Cologna consideraba que la vida era «un estado de actividad que siempre tiende hacia la muerte y se aproxima a ella de forma lenta y gradual; mientras que la muerte era la solución a la larga enfermedad que se denomina vida». Pero esos enfermos que son las personas pueden vivir mucho con un mínimo de penas y dolores siempre y cuando se atengan a los consejos médicos probados y a las reglas de mesura y moderación en todo. Los sufrimientos, los desórdenes y las muertes prematuras sólo eran las consecuencias naturales de la transgresión de cualquiera de esas normas. El hombre tenía necesidad de tres médicos, decía Cologna: mens hilaris, requies moderata, diaeta. (Espíritu alegre, reposo moderado, dieta).

Con estas ideas, Cologna curaba a sus pacientes; a ellos no les sentaban ni mejor ni peor y fallecían cuando se apartaban demasiado de la línea de la vida y se acercaban a la de la muerte, o bien sanaban, es decir, se liberaban de los dolores y desórdenes y regresaban a los límites de las normas salvadoras de Salerno; pero Cologna los ayudaba con alguna de las miles de prescripciones latinas que se memorizan fácilmente y se observan a duras penas.

Así era en resumidas cuentas el «doctor ilirio», el último de los cuatro médicos que en el valle de Travnik sostenían, cada uno a su modo, una lucha dura y desesperanzadora contra la enfermedad y la muerte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XIII

 

La Navidad, festividad para todos los cristianos, también llegó a Travnik con preocupaciones, recuerdos y pensamientos graves y tristes. Ese año fue la ocasión para restablecer el contacto entre los cónsules y sus familias.

En el consulado austríaco reinaba una animación particular. La señora von Mitterer pasaba esos días por una fase de bondad, fervor religioso y devoción familiar. Iba de un lado a otro y preparaba regalos y sorpresas para todos. Se encerraba en la habitación, adornaba el árbol de Navidad y practicaba en el arpa antiguas canciones navideñas. Pensó incluso en una Misa del Gallo en la iglesia de Dolac, recordando las Nochebuenas en las iglesias de Viena, pero fray Ivo, al que con este motivo había enviado un emisario, respondió de modo tan cortante y descortés, que el mensajero no osó repetir la respuesta a la mujer del cónsul; sin embargo, logró convencerla de que, en aquellas tierras, cosas semejantes eran impensables. La señora von Mitterer sufrió una decepción, pero continuó con los preparativos en casa.

La Nochebuena fue solemne. La pequeña colonia austríaca al completo se reunió en torno al árbol. La casa estaba caldeada e iluminada. Pálida de excitación, Ana María repartió los regalos, envueltos en fino papel, con lazos y adornados con ramas de enebro.

Al día siguiente, se celebró una comida a la que estaban invitados Daville con su esposa y des Fossés. Además, también estaban presentes el párroco de Dolac, fray Ivo Jankovic, y el joven vicario del monasterio de Guca Gora, fray Julijan Pasalic, que acudía en vez del guardián, enfermo. Fray Julijan era el fraile irascible y gigantesco con el que des Fossés se había encontrado al llegar a Bosnia en la posada de Kupres y al que más tarde volvió a ver con ocasión de su primera visita a Guca Gora, reanudando la discusión iniciada en circunstancias tan insólitas.

En el gran comedor hacía calor, olía a pasteles y a madera de abeto. En el exterior, reinaba la claridad a causa de la nieve blanca tan fina como el polvo. El reflejo de esa luz caía sobre la mesa opulenta y se rompía en la plata y en el cristal. Los cónsules vestían uniforme de gala. Ana María y su hija llevaban unos vestidos ligeros y modernos de tul bordado, talle alto y mangas amplias. Sólo la señora Daville destacaba por su luto, que le hacía parecer aún más delgada. Los dos frailes, ambos altos y corpulentos, ataviados con sus hábitos de fiesta, llenaban toda la silla en la que estaban sentados y semejaban dos almiares marrones.

El almuerzo fue copioso y suculento. Se sirvieron aguardiente polaco, vinos húngaros y dulces vieneses. Los alimentos estaban fuertemente condimentados, y en todo, hasta en los más mínimos detalles, se notaba la fantasía de la señora von Mitterer.

Los frailes comieron en abundancia y en silencio, cohibidos de vez en cuando ante los platos desconocidos y las minúsculas cucharillas de plata vienesa que en sus enormes manos desaparecían como juguetes. Ana María se dirigía con frecuencia a ellos, los alentaba e insistía en que probaran todo; las mangas de su vestido revoloteaban, se sacudía el cabello, y sus ojos relampagueaban. Los monjes, mientras, se limpiaban sus espesos bigotes de campesinos y contemplaban a esa mujer, vivaz, blanca, con la misma serena timidez que a la comida desconocida. A des Fossés no le pasó desapercibida la dignidad natural de estos dos hombres sencillos, su aplicación, su sobriedad y la serena firmeza con la que rechazaban comer y beber algo a lo que no estaban acostumbrados y que no les gustaba. Incluso su torpeza al usar los tenedores y cuchillos y el temor con el que abordaban ciertos manjares no resultaban ridículos ni desagradables, sino dignos y emotivos.

La conversación fluía animada, bulliciosa y en varias lenguas. A los postres, los frailes rehusaron los dulces y las frutas exóticas. Ana María se asombró, pero el asunto se resolvió enseguida cuando llegó el turno del café y el tabaco, que los frailes aceptaron con evidente satisfacción, como si fuera una recompensa por todo lo que habían tenido que soportar hasta el momento.

Los hombres se retiraron a fumar. El azar quiso que ni Daville ni des Fossés lo hicieran, pero en cambio von Mitterer y fray Julijan exhalaban espesas bocanadas de humo, mientras que fray Ivo aspiraba rapé y se limpiaba los bigotes y la barbilla enrojecida con un gran pañuelo azul.

Ésta era la primera vez que von Mitterer invitaba juntos a su rival y a sus amigos y que los cónsules se reunían en presencia de los frailes. Parecía que la Navidad había traído unos días de tregua solemne y que la muerte del hijo de Daville había limado, o al menos aplazado, la enemistad y los celos entre ambos. Von Mitterer estaba satisfecho por haber ofrecido la posibilidad de expresar sentimientos tan nobles.

Pero al mismo tiempo, era también una ocasión propicia para que cualquiera de los presentes mostrara con su conducta su «política» y su personalidad a la mejor luz posible. Von Mitterer, con elegancia y tacto, subrayó delante de Daville su gran influencia sobre los frailes y sus feligreses, y los monjes lo confirmaron con su actitud y su conversación. Daville, en parte por obligación y en parte por despecho, adoptó la postura de representante de Napoleón, y ese porte «imperial», que tan poco se correspondía con su verdadera naturaleza, le daba una apariencia rígida y enmascaraba su personalidad de manera desfavorable. El único que se comportaba y hablaba de forma espontánea y desenvuelta era des Fossés, pero como era el más joven, se mantuvo callado casi todo el tiempo.

Los frailes, cuando decían algo era para quejarse de los turcos, de las sanciones y persecuciones, del curso de la historia, de su destino y un poco del mundo entero, con ese extraño y típico deleite con el que los bosniacos gustan de hablar sobre las cuestiones difíciles y carentes de esperanza.

En semejante compañía, en la que cada uno trataba de decir sólo lo que quería que se supiera y propagara e intentaba captar únicamente lo que le resultaba útil y los demás deseaban ocultar, era lógico que la conversación no pudiera discurrir por cauces naturales y desarrollarse en un tono cordial.

Como buen anfitrión, von Mitterer, con tacto, impidió que la conversación derivara hacia temas que pudieran provocar la polémica. Pero fray Julijan y des Fossés se apartaron y con viejos conocidos iniciaron un animado debate.

El fraile bosniaco y el joven francés, sin lugar a dudas, experimentaban desde su primer encuentro en Kupres un sentimiento de simpatía y respeto mutuo. Las charlas posteriores en Guca Gora no habían hecho más que aproximarlos. Ambos jóvenes, serenos y sanos disfrutaban hablando y discutiendo amistosamente, sin segundas intenciones ni vanidad personal.

Un poco alejados y observando por la ventana empañada los árboles desnudos, salpicados de nieve, hablaban de Bosnia y de los bosniacos. Des Fossés se interesaba por la población católica y el trabajo de los frailes. A su vez, él contaba sus impresiones y experiencias con sinceridad y calma.

El monje vio inmediatamente que el «joven cónsul» no había perdido el tiempo en Travnik y que había reunido abundante información sobre el país, el pueblo, y sobre la comunidad católica y las actividades de los religiosos.

Ambos coincidían en que la vida en Bosnia era extraordinariamente difícil y el pueblo, cualquiera que fuera su religión, pobre y atrasado en todos los aspectos. Buscando motivos y explicaciones para esta situación, el fraile lo achacaba todo al dominio turco y afirmaba que no podría haber ninguna mejora mientras el país no se liberara del yugo otomano y los cristianos sustituyeran a los turcos en el poder. A des Fossés no le bastaba esta interpretación y veía las causas en los propios cristianos. La dominación turca, afirmaba él, había hecho brotar entre sus súbditos cristianos ciertas características particulares como eran la hipocresía, la terquedad, la desconfianza, la apatía y el temor a toda novedad, a todo esfuerzo y movimiento. Estas características, surgidas a lo largo de siglos de lucha desigual y defensa permanente, habían llegado a convertirse en parte inherente de la gente del lugar y constituían rasgos perpetuos de su carácter. Nacidas de la necesidad y bajo presión, eran en aquel momento, y serían en el futuro, un gran obstáculo al progreso, la herencia nefasta de un pasado difícil y defectos tremendos que deberían ser extirpados de raíz.

Des Fossés no ocultaba que le sorprendía la resistencia que oponían en Bosnia, no sólo los turcos, sino todos los pueblos de cualquier religión, a las influencias ajenas y, más aún, a cualquier novedad y progreso, incluso a los que eran posibles en las actuales circunstancias y dependían sólo de ellos. Por eso señalaba el enorme daño que causaba ese inmovilismo oriental y esa forma de cerrarse a la vida.

—¿Cómo es posible —preguntaba des Fossés— que este país se apacigüe y se normalice, se impregne de cultura, al menos la misma que poseen sus vecinos más próximos, si el pueblo está dividido como en ningún otro lugar de Europa? Cuatro religiones conviven en este estrecho trozo de tierra, montañoso y pobre. Cada una de ellas es excluyente y se mantiene estrictamente separada de las otras. Todas viven bajo el mismo cielo y del mismo suelo, pero las cuatro tienen su centro espiritual lejos, en un mundo ajeno, en Roma, Moscú, Constantinopla, La Meca, Jerusalén o sólo Dios sabe dónde, pero no donde se nace y se muere. Cada una de ellas considera que sus bienes y beneficios están condicionados por el perjuicio y decadencia de las otras tres religiones y que el progreso de éstas sólo puede darse a costa del fracaso propio. Así que todas han hecho de la intolerancia su mayor virtud y todas esperan que la salvación venga del exterior, de lugares totalmente opuestos.

El fraile lo escuchaba con la sonrisa del hombre que cree saberlo todo y no necesita contrastar sus conocimientos ni ampliarlos. Evidentemente estaba decidido a llevarle la contraria a cualquier precio y señalaba que su pueblo, teniendo en cuenta las circunstancias en las que se hallaba, sólo podía vivir y subsistir tal como era, si es que no deseaba renegar de sus orígenes, degenerar y declinar.

Des Fossés le respondía que si aunque un pueblo empezara a adoptar un modo de vida más sano y razonable, no tenía por qué renunciar a su religión y símbolos sagrados. En su opinión, precisamente los frailes podían y deberían trabajar en ese sentido.

—¡Ay, apreciado señor! —decía fray Julijan con la coquetería característica de las personas que defienden tesis conservadoras—, para usted es muy fácil hablar de la necesidad del progreso material, de influencias sanas e inmovilismo oriental, pero si hubiéramos sido menos severos y hubiéramos abierto las puertas a «influencias sanas», hoy día mis feligreses, en vez de llamarse Petar y Antón, se llamarían Mustafá y Huso.

—Permítame, no hace falta llegar a tales extremos de terquedad.

—¿Qué quiere usted? Nosotros, los bosniacos, somos testarudos. Así nos conocen y somos célebres por ello —replicaba fray Julijan con la misma autocomplacencia.

—Pero, usted perdone, ¿por qué se preocupa de cómo se muestran a los ojos de otras personas y de lo que piensan o saben de ustedes? ¡Como si tuviera alguna importancia! Lo importante es cuánta vida tiene el hombre y lo que cada uno hace con ella, con su medio y su progenie.

—Nosotros conservamos nuestra actitud y nadie puede jactarse de habernos obligado a cambiarla.

—Pero, padre Julijan, lo relevante no es la actitud, sino la vida; la actitud está al servicio de la vida, y ¿dónde está su vida aquí?

Fray Julijan iba a abrir la boca para, según la costumbre, proferir alguna cita, cuando el anfitrión interrumpió la conversación. Fray Ivo se había levantado. Rojo a causa de la copiosa comida, tendió a todos por orden, cual obispo, su mano pesada y rolliza, semejante a un almohadón pequeño, y respirando con dificultad y jadeante afirmaba que hacía frío y nevaba, que hasta Dolac había un gran trecho y que debían ponerse en camino, si querían llegar con luz.

El joven y el fraile se separaron apenados.

Ya durante el almuerzo, des Fossés había posado de vez en cuando la mirada en los brazos blancos e inquietos de la señora von Mitterer y cuando vislumbraba, a cada movimiento, el inmutable brillo nacarado de su piel, siempre en el mismo sitio, entornaba los ojos por unos instantes, con la sensación de que entre él y la mujer existían lazos que los unían, invisibles y ocultos para el resto del mundo. Su voz irregular y aguda resonaba sin cesar en sus oídos. Incluso el acento, un poco duro, con el que hablaba francés Ana María, no le parecía un defecto, sino un encanto inusual que únicamente ella poseía. Con esa voz, le parecía a él entonces, pueden hablarse todos los idiomas del mundo de modo que a uno le resultan tan próximos e íntimos como su lengua materna.

Antes de la partida, la conversación versó sobre música y Ana María mostró a des Fossés su sala de música, una habitación luminosa, no muy grande y con escaso mobiliario, unos cuantos dibujos en las paredes y una inmensa arpa dorada en el centro. Ana María se quejaba de que había tenido que dejar en Viena su clavicordio y sólo había podido llevarse el arpa que ahora le suponía un gran consuelo en ese desierto. Al mismo tiempo, extendió el brazo que quedó desnudo hasta el codo y pasó los dedos indolentemente por las cuerdas. Esos breves acordes casuales le produjeron al joven la impresión de que estaba escuchando música celestial que desgarraba el silencio plúmbeo de Travnik y prometía días de lujo y felicidad en medio de aquel erial.

Él estaba al otro lado del arpa y en voz baja le decía cuánto le gustaría escucharla tocar y cantar. Con un ademán mudo, ella le recordó el duelo de la señora Daville y convino en hacerlo más adelante.

—Tiene que prometerme que saldrá a cabalgar en cuanto mejore el tiempo. ¿Le asusta a usted el frío?

—¿Por qué habría de asustarme? —replicó lentamente la mujer al otro lado del instrumento, y a des Fossés le pareció que su voz pasando entre las cuerdas tintineaba en sus oídos como una melodía plena de invitaciones.

Él miró sus ojos, grises y profundos, con ese brillo que tenían en alguna parte muy al fondo, y creyó ver también en ellos un sinfín de promesas incomprensibles.

Durante ese tiempo, en la otra sala, en un tono natural y como de pasada, von Mitterer había logrado decirle a Daville, siempre de manera confidencial, que las relaciones entre Austria y Turquía iban cada vez peor y que en Viena se habían visto obligados a tomar serias medidas militares, no sólo en la frontera, sino también en el país en general, porque no excluían la posibilidad de que Turquía los atacara el próximo verano.

Daville, que conocía los preparativos austríacos y que, como el mundo entero, creía que iban dirigidos contra Francia y no contra Turquía, que servía sólo como pretexto, halló en esta información de von Mitterer una nueva confirmación de sus suposiciones. Simuló creer las palabras del coronel y, mientras tanto, calculaba cuándo dispondría de un correo para que informara de esa indiscreción deliberada que constituía una prueba más de las intenciones hostiles del gobierno de Viena.

Al despedirse, Ana María y des Fossés acordaron delante de todos que el frío no les impediría salir a montar y que lo harían en cuanto se presentaran los primeros días buenos y secos.

Ese día de Navidad, en el consulado francés, ya por la noche, no permanecieron largo rato a la mesa después de cenar. Sin necesidad de ponerse de acuerdo, todos deseaban retirarse a sus habitaciones.

La señora Daville estaba decaída y a duras penas había logrado contener las lágrimas mientras cenaban. Había sido su primera salida después de la muerte de su hijo y ahora sufría, porque ese primer contacto con el mundo había removido y renovado el peso de la pérdida y la herida que en el silencio había empezado a cicatrizar. En los momentos más difíciles, se había jurado a sí misma que dominaría las lágrimas, superaría el dolor y le ofrecería a Dios en sacrificio a su hijo y el dolor que le causaba su desaparición. Pero ahora las lágrimas fluían inconteniblemente y la aflicción estaba tan viva como el primer día antes de hacerse el juramento. La mujer lloraba y al mismo tiempo le rogaba a Dios que la perdonara por no cumplir lo que había prometido en un momento en el que había sobrestimado sus fuerzas. Rompió a llorar, quebrada por un dolor que laceraba sus entrañas con más violencia que durante las horas del parto.

Daville escribía en su gabinete de trabajo el informe sobre la conversación con el cónsul austríaco, satisfecho porque sus previsiones «en ese modesto sector de la política mundial, desde este observatorio incómodo» hubiesen demostrado ser exactas.

Des Fossés no había encendido las velas. Medía a grandes pasos su dormitorio, se detenía en la ventana y buscaba la luz del consulado austríaco al otro lado del río. La noche era sorda y opaca y nada se veía ni oía en el exterior. Pero el joven estaba henchido de ruidos y de luces. En la oscuridad y en el silencio, en cuanto se paraba y cerraba los ojos, aparecía Ana María, sonido y luz. Sus frases extendían claridad, y el fulgor en el fondo de sus ojos decía, igual que ella misma había dicho por la tarde, las palabras serenas y en cierto modo importantes: «¿Por qué habría de asustarme?».

El mundo entero albergaba para él un arpa enorme, y se durmió mecido por el juego poderoso y embriagador de los sentidos trémulos.

 

XIV

 

Los días secos y soleados, en los que a pesar del frío se podía montar a caballo, llegaron con la puntualidad inevitable de los fenómenos naturales. Con la misma puntualidad, según el acuerdo navideño, se presentaron en el camino helado que conducía a Kupilo los jinetes de ambos consulados.

Era un camino hecho para pasear y cabalgar. Llano, recto y permeable, con más de una milla de longitud, excavado en la vertiente dominada por los montes Karauldzik y Kajabasa, discurría paralelo al Lasva, pero mucho más arriba del río y de la ciudad que se extendía en el valle. Hacia el final, se ensanchaba y se hacía irregular, dividiéndose en senderos rurales llenos de baches que ascendían hacia los pueblos de Jankovic y Orasje.

El sol sale bastante tarde en Travnik. Des Fossés, con su guardia de escolta, cabalgaba por la calzada iluminada, mientras que a sus pies, la ciudad estaba aún en sombras bajo una techumbre de bruma y humo. El vaho escapaba de las bocas de los jinetes y de los ollares de los caballos y se elevaba de sus grupas como una llovizna. El suelo helado retumbaba ronco bajo los cascos. El sol se escondía aún tras las nubes, pero el valle se inundaba despacio de una claridad rosada. Des Fossés cabalgaba de forma irregular; cuando marchaba al paso, parecía que, de un instante a otro, iba a parar y a desmontar, pero entonces emprendía el galope tendido, y el escolta, en su bayo perezoso, se quedaba rezagado a un tiro de fusil. El joven mataba así el tiempo acechando el momento en que en algún lugar del camino divisaría a Ana María con su escolta. Para los que rebosan juventud y son presa de un deseo acuciante, la duración de la espera y la amargura de la incertidumbre resultan tan sólo una parte integrante del gran deleite que el amor promete a todos. Aguardaba con ansiedad, pero seguro de que al final todos sus temores —¿estaría enferma?, ¿la habrían detenido?, ¿le habría sucedido algo por el camino?— carecerían de fundamento, porque en amores como era éste, todo es bueno y apropiado excepto el final.

En efecto, todas las mañanas, cuando el sol sobrepasaba la arista afilada de las montañas y cuando las dudas y las interrogaciones se acrecentaban y empezaban a ser de índole más extraña, aparecía Ana María con «la puntualidad de los fenómenos naturales», vestida de negro, con la larga falda de amazona, como esculpida en la silla de montar femenina sobre el alto caballo negro. Entonces, ambos reducían el paso y se acercaban el uno al otro, con naturalidad, igual que el sol ascendía sobre sus cabezas y el día se extendía por el valle. Al joven le parecía vislumbrar a una distancia de cien pasos su sombrero estilo Valois, que en ella, como en ninguna otra mujer, formaba un todo indisoluble con las ondas de sus cabellos castaños, su semblante pálido por el frescor matinal y sus ojos insomnes. («Tiene los ojos insomnes», decía él siempre cuando se encontraban, dotando a la palabra insomne de un significado especial, audaz y misterioso; la mujer bajaba la vista y mostraba los párpados brillantes y con sombras azuladas).

Durante un momento, después del saludo y las primeras palabras, permanecían en el mismo sitio, se separaban y, luego de una breve cabalgata, se reunían de nuevo como por casualidad, hacían un trecho del camino juntos y conversaban deprisa y con avidez, volvían a separarse, a cruzarse y a continuar la conversación. Estas maniobras se debían a su posición y obligaciones sociales, pero en su fuero interno no se alejaban ni por un segundo y en cada nuevo encuentro proseguían en el punto donde no hacía mucho lo habían dejado con el mismo placer. Los miembros de las escoltas o cualquiera que los observara debían pensar que ambos dedicaban la mayor atención a sus monturas y a la cabalgata, que se cruzaban por azar y que intercambiaban frases ingenuas sobre la calzada, el tiempo y el paso de los caballos. Nadie podía adivinar lo que decía el bucle de vaho blanco que, cual bandera agitada, flotaba ya en la boca de él, ya en la de ella, se interrumpía y disipaba para volver a mecerse con más entusiasmo y durante unos largos instantes en el ambiente frío.

Cuando el sol penetraba en lo más profundo del valle y el aire se teñía por unos momentos de rosa, cuando el Lasva medio helado comenzaba a humear como si por toda la ciudad ardieran hogueras invisibles, el joven y la mujer se demoraban en una despedida más que cordial (¡en el momento de la separación, los amantes se traicionan con más facilidad!) y descendían, cada uno por su lado, a la ciudad cubierta de nieve y escarcha.

El primero que advirtió que algo sucedía entre el joven des Fossés y la hermosa señora von Mitterer, diez años mayor que él, fue el señor von Mitterer. Sabía bien la clase de «niña enferma» que era su esposa. Conocía sus piruetas y sus «extravíos», como él los llamaba, y preveía sin problemas su desarrollo y desenlace. Por lo tanto, al coronel no le resultó difícil percibir lo que ocurría con su mujer y predecir el curso entero de la enfermedad: la exaltación, el entusiasmo con la relación intelectual, la decepción ante el deseo sensual del hombre, la huida, la crisis, la desesperación, «todos me desean, pero ninguno me ama», y a la postre, el olvido y el descubrimiento de nuevos objetos de pasión y exasperación. Del mismo modo, no había que ser muy perspicaz para comprender las intenciones de aquel joven alto, arrojado de París a Travnik, y situado al alcance de la bella señora von Mitterer, la única mujer civilizada en cien leguas a la redonda. Lo que esta vez planteaba un problema difícil y desagradable al coronel era la cuestión de su posición y trato con el consulado francés.

Von Mitterer había establecido el tipo de relaciones que debían mantener con el consulado rival y su personal él mismo, su familia y sus colaboradores, y de vez en cuando lo comprobaba, modificaba y adaptaba, igual que se limpia y se da cuerda a un reloj, siguiendo las instrucciones del ministerio y la situación general. Esto suponía para él un asunto espinoso y serio, pues el sentimiento de la puntualidad militar y la conciencia profesional eran en él más fuertes y estaban más desarrolladas que cualquier otro sentimiento. Ahora, Ana María, con su conducta, podía hacer cambiar y estropear esa relación en perjuicio de la misión y del prestigio del coronel. Esto nunca había ocurrido en sus anteriores «extravíos», por lo que él se enfrentaba ahora a una nueva dificultad, desconocida hasta entonces, originada por su mujer.

Aunque no representaba más que una pequeña tuerca en la maquinaria del gran imperio austrohúngaro, el coronel, debido a su posición de cónsul general en Travnik, sabía que su gobierno realizaba una serie de preparativos bélicos, contando con una nueva coalición contra Napoleón y que al no poder ocultarlos, fingía que estaba organizando una campaña contra Turquía. Por eso von Mitterer tenía instrucciones taxativas de tranquilizar a las autoridades otomanas y convencerlas de que los preparativos en ningún caso estaban dirigidos contra ellas. Al mismo tiempo, le llegaban sin cesar órdenes de vigilar el trabajo del cónsul francés y de sus agentes y remitir todos los detalles, hasta el más insignificante.

Debido a todo esto, al coronel no le fue difícil deducir que con mucha probabilidad podía esperarse una nueva ruptura de relaciones con Francia, así como nuevas coaliciones y guerras.

Ante tales circunstancias, era comprensible que a von Mitterer le resultara inoportuno el enamoramiento de su esposa y las cabalgatas amorosas en pleno invierno, a la vista de los criados y de todo el mundo. Pero él sabía que no servía de nada hablar con Ana María, porque los argumentos razonables surtían en ella un efecto totalmente opuesto. Comprendió que sólo le quedaba aguardar el momento en que el joven requiriera a Ana María como mujer; que ella, como en ocasiones anteriores, decepcionada y desolada, se retirara, y que todo el asunto terminara automáticamente y para siempre, y deseaba con todas sus fuerzas que ese instante llegara cuanto antes.

Por otro lado, a Daville, que desconfiaba de su «inteligente pero desequilibrado» colaborador, tampoco le habían pasado desapercibidos sus paseos y citas con la señora von Mitterer. Y puesto que también había establecido las relaciones que él y los miembros de la legación debían mantener con el consulado austríaco, esos encuentros no le parecían adecuados. (Como solía ocurrir en otros temas, en esto también los deseos de Daville coincidían con los de su adversario von Mitterer). Pero tampoco sabía cómo impedirlos.

Incluso en su juventud, Daville siempre había mantenido una fuerte disciplina de cuerpo y mente en su comportamiento con las mujeres. Esa disciplina procedía tanto de una educación sana y rigurosa, como de una sangre fría innata y de una débil imaginación. Y como todos los hombres de esas características, sentía cierto temor supersticioso hacia todas las relaciones desordenadas e irregulares de esta naturaleza. De joven, en París y en el ejército, él, casto y púdico, siempre guardaba un silencio culpable cuando sus camaradas hablaban de mujeres con toda libertad. Todavía a su edad habría preferido expresar su descontento y amonestar al joven por cualquier otro motivo que no fuera una mujer.

Además, Daville tenía miedo —sí, ésa es la palabra exacta: miedo— del canciller. Temía su sagacidad inquieta y molesta, sus conocimientos variados y caóticos, pero inmensos, su despreocupación y su ligereza, su curiosidad intelectual, su fuerza física y, sobre todo, su falta de temor ante nada. Por eso esperaba, buscando una forma indirecta y adecuada de advertir al joven.

Así pasó el mes de enero, y en febrero volvieron los días húmedos y brumosos, el barro y los caminos resbaladizos, que impedían lo que ni Daville ni von Mitterer habían podido ni sabido evitar. Era imposible cabalgar. En realidad, des Fossés salía incluso con ese tiempo, caminaba con sus botas altas y su capote marrón con el cuello de piel de nutria, y acababa agotado y muerto de frío. Pero Ana María ni siquiera con su lógica y carácter podía abandonar su casa con semejante tiempo, y como un ángel prisionero, vaporosa, triste, sonriente, contemplaba el mundo con sus luminosos ojos «insomnes» y se deslizaba ausente al lado de los moradores de la casa como si fueran sombras sin vida y espectros inofensivos. Pasaba la mayor parte del día junto al arpa, agotando sin piedad su rico repertorio de canciones alemanas e italianas o perdiéndose en variaciones y fantasías sin fin. Su voz potente y cálida pero desigual, en la que se sentía la inminencia de las lágrimas y de los lamentos, llenaba la pequeña habitación y se filtraba a las otras estancias de la casa. El coronel, en su gabinete, la oía cantar acompañada del instrumento.

Tutta raccolta ancor

Nel palpitante cor

Tremante ho l’alma

(Aún embelesada,

en el palpitante corazón,

llevo mi alma en un temblor).

Al escuchar esas frases que revelaban pasión y sentimientos audaces, lo embargaba un estremecimiento de odio impotente hacia el universo incomprensible del que procedía su desgracia familiar inconmensurable y su vergüenza. Dejó la pluma y se tapó los oídos con las manos, pero le seguía llegando la voz de su mujer, el goteo y el flujo del arpa que venían del primer piso como de unas profundidades misteriosas. Emanaban de un mundo contrario a todo lo que el coronel consideraba importante, serio y sagrado. Tenía la impresión de que esa música lo perseguía desde siempre y de que nunca enmudecería, sino que, por el contrario, le sobreviviría, débil y quejumbrosa, a él y al resto de la humanidad, a ejércitos e imperios, al orden y la justicia, al deber y a la moral, para continuar gimiendo y fluyendo por encima de todos como un hilo de agua fino y constante sobre las ruinas.

El coronel retomaba la pluma y proseguía el informe empezado, con una escritura rápida y nerviosa, paralelamente a la música que venía de abajo, con la sensación de que todo era insoportable pero que no había más remedio que tolerarlo.

En el mismo momento, su hija Ágata escuchaba el canturreo. En la galería cálida y luminosa, el «jardín de invierno» de la señora von Mitterer, la niña estaba sentada en una silla baja sobre un kilim rojo. En el regazo tenía cerrado el último número de la revista Musenalmanach. Sus páginas estaban repletas de cosas nuevas para ella, magníficas y sublimes, en verso y en prosa, pero en vano pugnaba por leerlas; una fuerza dolorosa e irresistible la impulsaba a prestar oídos a la voz de su madre que llegaba desde la sala de música.

Esta criatura menuda de ojos inteligentes y mirada tensa, silenciosa y desconfiada desde su más tierna infancia, intuía muchas cosas difíciles y fatales, pero que le resultaban inexplicables. Hacía años que percibía las relaciones familiares; observaba en silencio a su padre, a su madre, a los criados y a los invitados, y presentía que se avecinaban momentos duros, desagradables y tristes, para ella incomprensibles. Cada vez se azaraba y se replegaba más en sí misma, y al hacerlo encontraba en su interior nuevas razones para sentir vergüenza y aislarse del mundo. En Zemun, al menos, tenía algunas amigas, hijas de oficiales, además su vida estaba ocupada por el colegio, su adoración ferviente a las maestras, a las monjas, y cientos de pequeñas preocupaciones y alegrías. Pero ahora estaba absolutamente sola, abandonada a sus pensamientos y las inquietudes propias de su edad, entre un padre bueno y sin autoridad y una madre loca e indescifrable.

Al oírla, la niña escondió la cara en las páginas de la revista, presa de una vergüenza inexplicable y de una extraña aversión. Fingía leer, pero en realidad escuchaba con los ojos cerrados la canción que conocía desde su niñez, que odiaba y temía como algo que sólo los adultos saben y hacen, algo terrible e insoportable que desmentía los libros más bellos y los mejores pensamientos.

Los primeros días del mes de marzo, tan secos y cálidos que más parecían de finales de abril, favorecieron inopinadamente a los jinetes de los dos consulados. De nuevo comenzaron las citas y esperas en el camino alto y llano, las galopadas alegres por la tierra blanda y por la hierba amarilla pisoteada, al aire suave y fresco de la primavera temprana. De nuevo los dos cónsules, cada uno por su lado, empezaron a preocuparse y a pensar en cómo impedir el idilio ecuestre sin provocar conflictos violentos ni graves complicaciones.

Según las informaciones que llegaban a uno y otro cónsul, el enfrentamiento entre el gobierno de Viena y Napoleón era inevitable. «Las relaciones entre los dos países evolucionan en sentido contrario a los lazos cordiales que se tejen en las cabalgatas por el camino sobre Travnik», le decía Daville a su mujer, permitiéndose una de esas ocurrencias familiares que los maridos con poco ingenio y sentido del humor reservan para sus esposas, y tratando al mismo tiempo de iniciar la conversación sobre el desagradable asunto del joven des Fossés. Lo cierto es que aquello no podía durar mucho más.

Sin embargo, ese diablo, esa «necesidad de un caballero andante» que impulsaba a Ana María a buscar jóvenes inteligentes y vigorosos, para apartarse de ellos en cuanto el caballero en cuestión, como hombre de carne y hueso que era, mostraba sus deseos y necesidades humanas, ese demonio intervino también aquí y vino en ayuda de Daville y de von Mitterer, si es que podía hablarse de ayuda en el caso de este último. Así fue que ocurrió lo que tenía que ocurrir, el momento en que Ana María, decepcionada, aterrada y asqueada, lo dejó todo, huyó y se encerró en su casa, experimentando verdadera aversión hacia sí misma y el mundo entero, obsesionada por ideas de suicidio y por la necesidad de hacer sufrir a su marido o a cualquier otro.

Ese final de marzo, extraordinariamente caluroso, aceleró el curso de los acontecimientos y provocó la crisis.

Una mañana soleada, los cascos de los caballos retumbaban en el camino llano entre los matorrales pelados. Ana María y des Fossés estaban embriagados por el frescor y la belleza del día. Galopaban cada uno por separado y luego se encontraban en la calzada; excitados y sofocados, intercambiaban palabras cálidas y frases entrecortadas que sólo para ellos tenían sentido y significado y hacían correr su sangre, que ya hervía por el galope y el frío, con más fuerza aún. En medio de la conversación, Ana María espoleaba a su caballo y galopaba hasta el final del camino, dejando al joven excitado con la palabra en la boca, y después regresaba al paso y continuaba la charla. Este juego los extenuaba. Desmontaban como jinetes experimentados, se reunían y de nuevo se separaban como dos pelotas que se atraen y repelen permanentemente. Mientras se desarrollaba este pasatiempo, sus escoltas se quedaban rezagados. Los criados y guardias de des Fossés y de Ana María cabalgaban despacio a lomos de sus pequeños caballos sin participar en la diversión de sus señores, pero tampoco se mezclaban entre sí y aguardaban unos y otros a que los amos se cansaran y, hartos, volvieran a casa.

En una de estas carreras, el joven y la mujer se encontraron al final del camino llano, en el punto donde torcía imprevistamente y se convertía en un sendero pedregoso y lleno de baches. En esa curva había un pequeño bosque de pinos. A la luz del sol, los árboles parecían una masa negra compacta, y el suelo, cubierto de agujas caídas, estaba rojo y seco. Des Fossés desmontó de golpe y propuso a Ana María que hiciera otro tanto para ver el bosque que, aseguraba él, le recordaba a Italia. La palabra «Italia» engañó a la mujer. Sujetando las bridas en la mano y pisando, con los pies entumecidos por la cabalgata, la alfombra lisa de agujas de pino color herrumbre, se adentraron unos pasos en el bosque que se espesaba y cerraba tras ellos. Ana María calzaba unas pesadas botas de montar que le dificultaban la marcha y aferraba con una mano la larga falda de su vestido negro de amazona. Se detuvo indecisa. El joven hablaba, como si quisiera ahogar el silencio del bosque y tranquilizarse a sí mismo y a la mujer. Comparaba la floresta con un templo o algo similar. Pero entre las palabras había vacíos y pausas que llenaban su aliento entrecortado y ardiente y los latidos acelerados de su corazón. En un momento, cogió sus bridas y las de su compañera y las pasó alrededor de una rama. Los caballos permanecieron quietos, con los músculos temblorosos, mientras él arrastraba a la mujer, que vacilaba, hasta una hondonada donde las ramas y los troncos de los pinos los ocultaban por completo. Ella se resistía, deslizándose asustada y con torpeza por la capa espesa de agujas. Pero antes de que pudiera evadirse o decir algo, percibió la cara sonrosada del joven contra su rostro. Ya no había ni Italia ni templos. Esa enorme boca roja se aproximaba a la suya, ahora ya sin palabras. Ana María palideció, abrió los ojos de par en par como si se hubiera despertado bruscamente, quiso empujarlo, huir, pero las rodillas le fallaron. Los brazos de él ya rodeaban su talle. Ella gimió como si la estuvieran asesinando a traición y sin darle la posibilidad de defenderse, «¡No! ¡No! ¡Esto no!». Tenía los ojos desorbitados. Soltó la falda que hasta entonces había agarrado con la mano crispada y cayó desfallecida.

El mundo conocido se esfumó, las palabras, los paseos, los cónsules y los consulados. Ellos dos también desaparecieron en un ovillo que rodaba convulsamente por el compacto tapiz de hojas que crujía bajo sus cuerpos. Estrechando a la mujer extenuada, el joven la abrazaba como si tuviera cientos de brazos invisibles. Su saliva se mezclaba con las lágrimas, porque ella lloraba, y con sangre, porque a alguno le sangraba el labio. Pero no se separaron. En realidad, ya no eran dos bocas. Ese abrazo del hombre loco de deseo y la mujer alterada no duró ni un minuto. Ana María sintió un escalofrío, abrió aún más los ojos, como si hubiera vislumbrado de repente el abismo y el horror, recobró la conciencia y una fuerza inesperada, empujó colérica al joven enardecido y empezó a propinarle en el pecho golpes repetidos y rabiosos con los puños, como una niña enfadada, gritando:

—¡No, no, no!

El hechizo ante el que todos se habían rendido estaba roto. Igual que no sabían en qué momento habían caído al suelo, tampoco se dieron cuenta de cuándo se habían levantado. Ella gemía furiosa y se arreglaba el pelo y el sombrero, y él, perplejo y desmañado, le sacudía las agujas de pino secas del vestido negro, le tendía su fusta y la ayudaba a salir de la hondonada. Los caballos esperaban tranquilamente moviendo la cabeza.

Salieron al camino y montaron, antes de que la escolta advirtiera que habían desmontado. Al separarse, se miraron una vez más. El joven estaba más sonrojado que de costumbre y guiñaba los ojos a causa del sol. Ana María se había transmutado. Tenía los labios tan exangües que se perdían en su faz pálida, y los ojos irreconocibles, como si acabara de despertarse, con dos círculos negros alrededor de las pupilas en las que era más difícil que nunca contemplar aquel brillo profundo. En su cara hinchada, ajada, como si la hubiera descuidado hacía tiempo, apareció una expresión de rabia feroz y repulsión sin límites hacia sí misma y hacia todo a su alrededor.

Des Fossés, que por otro lado no perdía fácilmente la presencia de ánimo ni la sangre fría y el aplomo que le eran innatos, estaba confuso y se sentía incómodo, intuyendo que aquello no era ni un coqueteo ni el miedo habitual de una mujer a la sociedad, la vergüenza y el escándalo. De golpe volvió en sí, sintiéndose más ruin y más débil que esa enferma a la que su temperamento extravagante y su amargura bastaban para vivir como en un mundo aparte.

Todo en torno a él, y en su interior, le parecía cambiado, alterado, incluso las proporciones de su propio cuerpo.

De este modo se separaron para siempre los jinetes del invierno, antaño tiernos enamorados de Kupilo.

Von Mitterer de inmediato se dio cuenta de que la relación entre su mujer y el nuevo caballero, que, como tantos otros anteriormente, tampoco le estaba predestinado, había llegado al punto crítico y de que ahora empezaba la tormenta doméstica. En efecto, al cabo de dos días de aislamiento total, sin comer, sin hablar, empezaron las escenas y los reproches injustificados y las súplicas («Jozef, ¡por Dios…!») que el coronel había previsto y estaba dispuesto a soportar con tranquila y dolorosa paciencia hasta el final, igual que las veces anteriores.

Daville también advirtió rápidamente que des Fossés ya no salía a cabalgar con la señora von Mitterer. Le supuso un gran alivio porque lo eximía de la penosa obligación de hablar de ello con el joven para decirle que cualquier contacto íntimo con el consulado austríaco debía ser interrumpido, pues todos los informes indicaban que las relaciones entre la corte vienesa y Napoleón volvían a ser tensas. Daville los leía, asustado, mientras oía bramar el fuerte siroco de marzo alrededor de la casa.

Durante ese tiempo, el «joven cónsul», sentado en su acogedora habitación, se tragaba su rabia contra Ana María y sobre todo contra sí mismo. Se torturaba sin cesar, tratando de explicarse la conducta de esa mujer. Pero, fuera cual fuera la explicación que encontrara, todas le producían sensación de desengaño, vergüenza y orgullo herido, a lo que había que añadir el dolor agudo de sus deseos encendidos e insatisfechos.

Se acordaba —aunque ya era demasiado tarde— de su tío de París y de los consejos que le dio un día cuando se lo encontró en el Palais Royal cenando con una actriz famosa por su excentricidad. «Veo que te has hecho un hombre —le dijo su viejo tío—, y que has empezado a romperte el cuello como el resto. Así debe ser y así sea. Sólo te doy un consejo: guárdate de las mujeres locas».

En sueños se le aparecía ese tío bueno y sabio.

Ahora que el asunto había terminado de manera tan tonta y ridícula, veía, como si acabara de despertarse, el aspecto inmoral y repugnante de su «lío» con la mujer extravagante y de edad madura del cónsul austríaco, al que lo habían empujado la incapacidad transitoria de dominarse y esa soledad de Travnik.

También ahora recordaba el «cuadro vivo» del verano anterior en el jardín con Jelka, la muchacha de Dolac, que ya había olvidado. Podía sucederle que varias veces en una noche saltaba de repente de la mesa o de la cama, con la sangre hirviendo en la cabeza, los ojos velados, embargado por una sensación de vergüenza y rabia contra sí mismo, una sensación que sólo entre los jóvenes puede ser tan viva e intensa. Y de pie, en medio de la habitación, se reprochaba haberse portado tan estúpida y despreciablemente, buscando al mismo tiempo una explicación a sus fracasos.

—¿Qué clase de país es éste? ¿Qué aire se respira? —se preguntaba entonces—. ¿Y qué mujeres son éstas? Te miran con ojos tiernos y dulces como flores en la hierba o tan apasionados (a través de las cuerdas de un arpa) que tu corazón se derrite. Y cuando atiendes a esa mirada suplicante, entonces ellas caen de rodillas, dan una vuelta de ciento ochenta grados a toda la situación, te suplican con voz lánguida y ojos de víctima, al punto de provocarte la náusea y el asco y hacer que se te quiten todas las ganas de vivir y amar, mientras que otras se defienden como si fueras un hajduk y reparten golpes como si de boxeadores ingleses se trataran.

De este modo, en el piso de arriba, sobre Daville y su familia dormida, trataba de justificarse ante sí mismo el «joven cónsul» y se enfrentaba a su dolor secreto, hasta que conseguía dominarlo y, como todos los dolores de la juventud, empezaba a desvanecerse en el olvido.

 

XV

 

Las noticias e instrucciones de París, que Daville recibía en los últimos días con un retraso importante, señalaban que la gran maquinaria bélica del imperio se había vuelto a poner en marcha y, precisamente, en contra de Austria. Daville se sentía personalmente afectado y amenazado. Consideraba que era una desgracia que esa avalancha se dirigiera justo hacia los lugares en los que él tenía su pequeño sector y gran responsabilidad. La necesidad malsana de emprender o hacer algo y la sensación mortificante de que podía errar o dejar escapar una ocasión no lo abandonaban ni en sueños. La calma y la sangre fría del joven des Fossés lo irritaban más que de costumbre. Para él, era natural que el ejército imperial hiciera la guerra en algún punto, y no veía en ello motivo para cambiar la forma de vida y el curso de sus pensamientos. Una ira contenida solía embargar a Daville cuando escuchaba las expresiones triviales y las ocurrencias que estaban de moda entre los jóvenes parisinos y que des Fossés usaba al hablar de la nueva guerra, sin respeto ni entusiasmo, pero sin dudar de la victoria final. Esto suscitaba en el cónsul una envidia inconsciente, una profunda tristeza porque no tenía con quién hablar («con quién intercambiar sus miedos y sus esperanzas») de esa guerra y de todo lo demás, partiendo de las concepciones y puntos de vista que eran próximos y afines a él y a los de su generación. Sentía que el mundo, más que nunca, estaba lleno de trampas y peligros, de pensamientos sombríos e inciertos, de temores que la contienda propaga por el país y entre la gente, en especial entre las personas de edad, débiles y fatigadas.

A Daville le parecía por momentos que perdía el aliento, que el cansancio lo vencía, que caminaba hacía años en una columna tenebrosa y sin alma, cuyo paso no podía seguir, y que amenazaba con arrollarlo y aplastarlo si doblaba la rodilla e interrumpía la marcha. En cuanto se quedaba solo, suspiraba y repetía deprisa y en voz baja:

—¡Ay, Dios mío, Dios mío!

Pronunciaba estas palabras inconscientemente, sin ninguna relación real con lo que en aquel momento sucedía a su alrededor; era su forma de desahogarse y suspirar.

¿Cómo no rendirse a la fatiga y a la vorágine infernal que duraba años, y cómo abandonar y renunciar a todo esfuerzo? ¿Cómo distinguir con claridad y entender algo de esa carrera incesante y de esa confusión, cómo proseguir la marcha a través del agotamiento, las convulsiones e incertidumbres en la bruma sin fin?

Tenía la impresión de que había sido la víspera cuando, con gran emoción, había oído la noticia de la victoria en Austerlitz, prometedora esperanza de paz y solución; que esa mañana había escrito los versos sobre la batalla de Jena; que unos pocos minutos antes había leído los boletines de la victoria en España, la entrada en Madrid y la expulsión de las tropas inglesas de la Península Ibérica. El eco de una proeza no se había extinguido aún, y ya se proyectaba y se mezclaba con el rumor de nuevos eventos. ¿Iban a modificarse realmente las leyes de la naturaleza por la fuerza o todo acabaría estrellándose contra su perpetuación implacable? Unas veces parecía lo primero y otras, lo segundo, pero no había una conclusión clara. El espíritu estaba paralizado y el cerebro rehusaba obedecer. Y sumido en semejante estado de ánimo, él seguía adelante con la muchedumbre, trabajaba y conversaba, se esforzaba por mantener el paso, por aportar su granito de arena, sin exteriorizar ni contarle a nadie sus graves y miserables dudas y su confusión.

He aquí que ahora se iba a repetir todo, hasta los más ínfimos detalles. Le llegaban Le Moniteur y Le Journal de L’Empire con artículos en los que se explicaba y justificaba la necesidad de la nueva campaña y se pronosticaba su éxito inminente. (Al leerlos, Daville experimentaba la sensación clara e indudable de que así era y de que no podía ser de otra forma). Luego vendrían días y semanas de reflexión, de expectativas y dudas. (¿Por qué otra guerra? ¿Hasta cuándo se batallaría? ¿Adónde irían a parar el mundo, Napoleón, Francia, él mismo y los suyos, con todo eso? ¿Acaso esta vez se volvería la suerte en contra y llegaría la primera derrota como señal de la hecatombe final?). Enseguida recibiría el boletín de las últimas victorias, con los nombres de las ciudades sometidas y los países arrasados; y a la postre, el triunfo absoluto y la paz de los vencedores con conquistas territoriales y nuevas promesas de una tregua general que no acababa de llegar.

Entonces Daville celebraría la victoria con todos los demás, y con más solemnidad que todos los demás, y hablaría de ella como de algo que se entiende por sí solo y en lo que él también había participado. Nadie vería ni conocería jamás las dudas tortuosas y vacilaciones que el triunfo habría disipado como la niebla y que él mismo se esforzaba por olvidar. Durante un tiempo, pero sólo durante un corto espacio de tiempo, se engañaría, hasta que se produjera un nuevo movimiento de la maquinaria bélica del imperio y, paralelamente, en su mente empezaran a rondar ideas exactamente iguales a las anteriores. Todo esto lo desgastaba y extenuaba y creaba a su alrededor una vida apacible y ordenada en apariencia, pero en realidad tormentosa hasta extremos insospechados, y en una desgarradora contradicción con su naturaleza interna y su verdadero ser.

La quinta coalición contra Napoleón se formó a lo largo de ese invierno y se hizo pública, de repente, en primavera. Igual que cuatro años antes, pero con más rapidez y más osadía, Napoleón respondió al taimado ataque con un golpe fulminante contra Viena. Incluso los no iniciados entendieron entonces por qué se habían abierto los consulados en Bosnia y para qué servían.

Entre los franceses y los austríacos de Travnik cesó todo contacto. Los criados se retiraron el saludo, los cónsules evitaban cruzarse. Los domingos, durante la misa en la iglesia de Dolac, la señora Daville se sentaba en un extremo y la señora von Mitterer con su hija lo hacía en el opuesto. Ambos cónsules redoblaron sus esfuerzos ante el visir y sus colaboradores, los frailes, los popes y los ciudadanos más honorables. Von Mitterer difundía la proclamación del emperador austríaco, y Daville, el boletín francés dedicado a la primera victoria en Eggmühl. Entre Split y Travnik, los correos se cruzaban y se alcanzaban unos a otros. El general Marmont, con sus tropas de Dalmacia, quería a toda costa reunirse con el ejército de Napoleón antes de que se produjera la batalla decisiva. Por eso le pedía a Daville datos de las regiones que debía atravesar y le enviaba sin cesar nuevas instrucciones. Esto multiplicaba el trabajo del cónsul y lo hacía cada vez más difícil, pesado y delicado. En particular, porque von Mitterer vigilaba sus pasos y, como militar experimentado acostumbrado a las intrigas y maniobras fronterizas, colocaba todos los obstáculos precisos al avance de Marmont por Lika y Croacia. Según aumentaba el número y la dificultad de las misiones, crecía también la fuerza de Daville, el ingenio y las ganas de combatir. Con ayuda de d’Avenat, logró encontrar y organizar a todos los que por su temperamento o por sus intereses se oponían a Austria y estaban dispuestos a realizar cualquier cosa en su contra. Convocó a los capitanes de las ciudades de Krajina, en particular, al de Novi, hermano del infortunado Ahmet bey Ceric, al que no había podido salvar, y los incitó a sembrar la agitación en territorio austríaco ofreciéndoles los medios para ello.

Von Mitterer, a través de los frailes de Livno, enviaba periódicos y proclamas a Dalmacia, que se hallaba bajo ocupación francesa; mantenía contactos con los sacerdotes católicos de Dalmacia del Norte y contribuía a la organización de la resistencia contra los franceses.

Todos los agentes mercenarios y los colaboradores voluntarios de los dos consulados corrían en todas direcciones, y su trabajo empezó a sentirse en la creciente inquietud general y en los frecuentes enfrentamientos.

Los frailes dejaron drásticamente de verse con las personas del consulado francés. En los monasterios se decían oraciones por la victoria de las armas austríacas sobre los ejércitos jacobinos y su emperador infiel, Napoleón.

Los cónsules visitaban y recibían a gente que nunca antes habrían acogido, repartían regalos y se prodigaban en sobornos. Trabajaban día y noche, sin reparar en los medios ni escatimar esfuerzos. Aquí, el coronel estaba en una posición mucho más favorable. A decir verdad, se trataba de un hombre cansado, presionado por sus aflicciones familiares y la mala salud, pero para él este modo de vivir y luchar no era nuevo, correspondía a su experiencia y educación. Ante órdenes de cargos superiores, el coronel se olvidaba de sí mismo y de los suyos y entraba en el raíl engrasado del servicio imperial, marchaba por él sin alegría ni entusiasmo, pero sin plantear dudas ni objeciones. Además, conocía el idioma, el país, la población y las circunstancias, y a cada paso encontraba a gente sincera y altruista dispuesta a ayudarlo. Daville no contaba con nada de esto y debía trabajar en condiciones muy adversas. Sin embargo, su espíritu vivaz, su sentido del deber y la innata combatividad gala lo sostenían y espoleaban para no quedarse atrás en la competición; así, él también asestaba y devolvía los golpes.

Sin embargo, pese a todo eso, si hubiera sido por los cónsules, las relaciones entre ellos no habrían sido tan malas. Los peores eran los empleados de rango inferior, los agentes y los criados. No tenían medida a la hora de enfrentarse y difamarse mutuamente. El celo profesional y la vanidad personal los cegaba igual que al cazador le ciega su pasión, y tanto se ofuscaban que, en su afán por desbancarse y humillarse unos a otros, se degradaban y rebajaban a los ojos del pueblo y de los turcos taimados.

Tanto Daville como von Mitterer eran conscientes de cuánto esta forma desconsiderada y ruin de competir entre ellos perjudicaba a ambos bandos y al prestigio de la cristiandad y de los europeos en general; de cuán indigno era que ellos, los únicos representantes del mundo civilizado en esa región salvaje, rivalizaran y se batieran ante ese pueblo que los odiaba, los despreciaba y que no los entendía, y que justo fuera esa gente la que actuara en calidad de testigo y juez. Daville lo notaba muy especialmente, ya que su posición era más débil. Por este motivo decidió llamar la atención de von Mitterer sobre el tema, indirectamente, por mediación del doctor Cologna, que no estaba considerado como un personaje oficial, y proponerle que ambos reprimieran el exceso de celo de sus colaboradores. Des Fossés sería el encargado de hablar con Cologna, porque d’Avenat mantenía una pugna constante con él. Al mismo tiempo, a través de su piadosa mujer, quería influir de todas las maneras posibles sobre los frailes y demostrarles que, como representantes de la Iglesia, se equivocaban al apoyar tan unilateral y exclusivamente a una de las partes enfrentadas.

Para probar a los monjes lo inexactas que eran las acusaciones de impiedad contra el régimen francés y atraerlos a su causa, a Daville se le ocurrió pedirles un capellán permanente y remunerado para el consulado francés; así, por medio del párroco de Dolac, envió una carta al obispo de Fojnica. Al no obtener respuesta, encomendó a su esposa que tratara el asunto con fray Ivo y lo convenciera de viva voz de que sería bueno y oportuno que designaran capellán a uno de los hermanos y modificaran en general su comportamiento con el consulado francés.

La señora Daville se acercó un sábado por la tarde a Dolac, acompañada de un intérprete ilirio y de un escolta. Había elegido cuidadosamente el momento para esta conversación, la oración vespertina, y no el domingo, cuando había mucha más gente en la iglesia y el cura estaba ocupado.

Fray Ivo, como siempre, recibió amablemente a la mujer del cónsul. Dijo que esa «misma mañana» había llegado la respuesta, por escrito, del obispo, y que justo se disponía a enviársela al señor cónsul general. La petición había sido denegada, porque ellos, por desgracia, en esos tiempos difíciles que corrían, perseguidos, pobres y poco numerosos, ni siquiera contaban con religiosos suficientes para atender las necesidades más urgentes de sus fieles. Además, los turcos considerarían inmediatamente a dicho capellán como un vendido y un espía y se vengarían de toda la orden. En una palabra, el obispo lamentaba no poder satisfacer la solicitud del cónsul francés y le rogaba que no lo interpretara mal, etcétera, etcétera.

Esto era lo que escribía el obispo, pero fray Ivo no ocultaba que él jamás hubiera aceptado, incluso si hubiera tenido el poder y la libertad de decidir, que un capellán suyo sirviera en el consulado de Napoleón tal y como estaban las cosas. La señora Daville intentó corregir con delicadeza esta idea, pero el fraile, tras su armadura de grasa, permaneció inflexible. Respetaba personalmente a la señora Daville y reconocía su fe sincera e irrefutable (los monjes, en general, respetaban mucho más a la señora Daville que a la señora von Mitterer), pero mantuvo su punto de vista firme y obstinado. Acompañó sus palabras con un gesto categórico y asesino de su enorme mano blanca haciendo que la señora Daville temblara sin querer en su fuero interno. Era evidente que tenía instrucciones claras, que su decisión estaba ya tomada y que no deseaba discutir de ello con nadie, y mucho menos con una mujer.

Después de repetir a la señora Daville que estaba a su disposición para cualquier necesidad espiritual que tuviera, pero que respecto a todo lo demás se mantenía en sus trece, fray Ivo se marchó a la iglesia donde empezaban las vísperas. Por alguna razón, ese día había en Dolac muchos frailes invitados, y la oración resultó muy solemne.

Si por ella hubiera sido, la señora Daville habría regresado de inmediato a su casa, pero las conveniencias exigían que se quedara al servicio, para que no pareciera que sólo había ido a hablar con fray Ivo. Esta mujer, por lo general tan serena y poco susceptible, se sentía turbada y abatida por la conducta del párroco. La desagradable conversación le había resultado más difícil en tanto que ella, por su educación y por su naturaleza, estaba lejos de los problemas generales y de los asuntos públicos.

Ahora permanecía en la iglesia, junto a un pilar de madera, y escuchaba el canto aún ahogado y discordante de los monjes que estaban arrodillados a ambos lados del altar mayor. Fray Ivo oficiaba. Tan corpulento y pesado, sin embargo, lograba cada vez que era preciso poner una rodilla en tierra con soltura y agilidad y alzarse de inmediato. La mujer todavía veía ante sus ojos la manaza del fraile con el gesto de rechazo y su mirada brillante cargada de arrogancia y tenacidad con la que contemplaba al intérprete mientras hablaba con ella hacía apenas unos minutos. Nunca había visto esa mirada en Francia, ni entre los laicos ni entre los sacerdotes.

Los frailes, en el coro, cantaban quedamente con sus voces de campesinos las letanías de la Virgen. Una voz más grave empezó:

—Sancta María…

Los demás le respondían roncamente:

—Ora pro nobis.

La voz proseguía:

—Sancta virgo virginum…

—Ora pro nobis —contestaban las voces armónicas. El que dirigía la oración enumeraba los atributos de María, salmodiando.

—Imperatrix Reginarum…

—Laus sanctarum animarum…

—Vera salutrix earum…

Y tras cada uno de ellos, el coro intervenía con tono monótono:

—Ora pro nobis.

La señora Daville quería rezar, unirse a la letanía conocida que antaño escuchaba en el coro umbrío de la catedral de Avranches, su ciudad natal. Pero no podía olvidar la conversación anterior e interrumpir los pensamientos que se mezclaban con la plegaria.

Todos rezamos de la misma manera, todos somos cristianos y compartimos la misma fe, pero los abismos entre los hombres son grandes, pensaba la mujer, sin poder borrar de su mente la mirada violenta y obstinada y el ademán brusco de la mano del mismo fray Ivo que cantaba la letanía.

La voz seguía enumerando:

—Sancta Mater Domini…

—Sancta Dei genitrix.

En efecto, el hombre sabe que existen los abismos y rivalidades entre las personas, pero sólo cuando se va a correr mundo y los experimenta por sí mismo comprende cuán profundos e insalvables son. ¿Qué clase de plegarias podían ayudar a franquearlos o allanarlos? Su desaliento le respondía que tales oraciones no existían. Pero ahí se detenían sus cavilaciones temerosas e impotentes. La mujer empezó a musitar uniendo su voz apenas audible al murmullo uniforme de los frailes que retornaba como una ola repitiendo:

—Ora pro nobis.

Cuando terminaron las vísperas, la señora Daville recibió contrita la bendición de la misma mano de fray Ivo.

Fuera, delante de la iglesia, encontró a su escolta en compañía de des Fossés y un criado. El «joven cónsul» cabalgaba por Dolac, y cuando se enteró de que la señora Daville estaba en la iglesia, decidió esperarla y acompañarla a Travnik. La mujer se alegró de ver la cara familiar del alegre joven y poder hablar su lengua natal.

Regresaron a la ciudad por el camino ancho y seco. El sol se había ocultado, pero un resplandor dorado, intenso, inundaba indirectamente todo el lugar. El camino de tierra parecía rojo y caliente, y los brotes y los capullos de los arbustos destacaban de la corteza negra como si estuvieran hechos de esa luz.

La señora Daville iba al lado del joven que, sonrosado por la cabalgata, hablaba animadamente. Tras ellos se oían los pasos de los criados y los cascos de los caballos que llevaban de las bridas. Todavía resonaba en sus oídos el eco de la letanía. El camino descendía. Los tejados de Travnik aparecieron, finas columnas de humo azulado flotaban por encima, y con ellos la vida real con todas sus necesidades y tareas, lejos de todas las reflexiones, dudas y oraciones.

Más o menos por la misma época, des Fossés había sostenido una conversación con Cologna.

Un atardecer, alrededor de las ocho, acompañado de un guardia y de un criado que llevaba un farol, des Fossés fue a visitar al médico.

La casa estaba apartada, en un cerro escarpado alrededor del cual se cernía la noche densa y la niebla húmeda. El rumor de las aguas invisibles del manantial de Sumec se dejaba oír. Era un rumor ahogado, alterado por la oscuridad y amplificado por el silencio. El camino estaba anegado y resbaladizo, y a la débil y parpadeante luz del farol turco parecía nuevo y desconocido como un claro de bosque aún no hollado por el pie humano. La puerta de entrada también parecía inesperada y misteriosa. El umbral y la aldaba estaban iluminados, todo lo demás permanecía en tinieblas, nada dejaba adivinar los contornos y volúmenes ni la verdadera naturaleza de las cosas. Los aldabonazos resonaron violenta y sordamente en la puerta. A des Fossés le resultaron toscos e inoportunos, casi como un dolor, y el celo excesivo de su criado le pareció particularmente desagradable y embarazoso.

—¿Quién llama?

La voz llegaba de arriba, más como un eco de los golpes del guardia que como una verdadera pregunta.

—El joven cónsul. ¡Abre! —gritó el escolta con ese tono desabrido y cortante con el que los jóvenes se dirigen unos a otros en presencia de una persona de más edad.

Las voces masculinas y el murmullo del agua a lo lejos, todo se presentaba como una invitación casual e imprevista para adentrarse en el bosque sin razón aparente y sin efectos visibles. Luego se oyó el tintineo de las cadenas, el chirrido de la cerradura y el golpetazo del alamud. La puerta se abrió despacio, detrás aguardaba un hombre con un candil, pálido y somnoliento, envuelto en una zamarra de pastor. Dos luces desiguales alumbraban el zaguán inclinado y las ventanas pequeñas y oscuras de la planta baja. Ambos faroles rivalizaban para ver cuál iluminaba mejor el suelo delante del joven cónsul. Aturdido por el juego de voces y resplandores, des Fossés se halló de repente ante la puerta abierta de par en par de una enorme sala llena de humo y con un fuerte olor a tabaco en el aire rancio.

En medio de la estancia, junto a un gran candelabro, estaba Cologna, alto y encorvado, ataviado con una abigarrada indumentaria medio turca, medio occidental. En la cabeza llevaba un bonete negro del que asomaban unos largos y ralos mechones de cabellos grises. Unas matas de vello canoso sobresalían de sus orejas y relucían cuando movía la cabeza, primero una, luego otra, como dos llamitas blancas.

El anciano hizo una profunda reverencia y pronunció unas cuantas frases de bienvenida y cumplidos en su lengua que bien podía ser un italiano corrompido o un francés aprendido a medias, pero al joven le parecieron superficiales y desganados, fórmulas vacías no sólo desprovistas de calor y de verdadero respeto, sino también enunciadas como si la persona que las profería no estuviera presente. Entonces se le ocurrió que todo lo que lo esperaba en la estancia baja y repleta de humo —el hedor y el aspecto de la habitación, el hombre y su forma de hablar— podía resumirse en una sola palabra, y fue tan rápido y tan vivo que por poco no la pronunció en voz alta: vejez. Una vejez triste, desdentada, olvidadiza, solitaria y difícil que trastocaba, corrompía y emponzoñaba todo: las ideas, los horizontes, los movimientos, los sonidos; todo, incluso la misma luz y los olores.

El anciano médico ofreció asiento al joven ceremoniosamente, mientras él permanecía de pie, poniendo como excusa una antigua y buena regla de la escuela de Salerno: Postprandium sta. (Después de comer hay que permanecer de pie).

Des Fossés tomó asiento en una silla dura sin respaldo, pero con una sensación de superioridad física y espiritual que hacía su misión más fácil y sencilla, casi agradable. Así empezó a hablar con la confianza ciega con la que los jóvenes, a menudo, entablan conversación con los viejos que les parecen anticuados y ajados, olvidando que la lentitud mental y la decrepitud suelen ir acompañadas de una gran experiencia y una habilidad probada en los asuntos humanos. Expuso el mensaje de Daville para von Mitterer, esforzándose para que resultara lo que en realidad era, una sugerencia bienintencionada en aras del interés común, y no una señal de debilidad o de temor. Cuando terminó, experimentó una gran satisfacción consigo mismo.

Antes incluso de que el joven finalizara, Cologna se apresuró a asegurarle que se sentía sumamente honrado por haber sido elegido como emisario, y que transmitiría sus palabras de la forma más fiel posible, que él entendía sin ninguna dificultad las intenciones y compartía la idea del señor Daville, y que por su origen, profesión y convicciones, era el más indicado para desempeñar ese papel.

Evidentemente, ahora le correspondía a Cologna sentirse satisfecho consigo mismo.

El francés escuchaba a su interlocutor igual que se escucha el rumor del agua, mirando distraídamente su cara alargada y de rasgos regulares, ojos redondos y vivaces, labios exangües y dientes que se le movían al hablar. ¡La vejez!, pensaba. Lo peor no era sufrir y morir, sino envejecer, porque envejecer era un sufrimiento para el que no había remedio ni esperanzas, una muerte que duraba. Sólo que des Fossés no reflexionaba sobre la vejez como un destino universal, y por lo tanto también suyo, sino como una desventura personal del médico.

Pero Cologna seguía hablando:

—Yo no necesito muchas explicaciones; yo entiendo la posición en que se hallan los cónsules, igual que la de cualquier occidental ilustrado que el destino haya arrojado a estas regiones. Para un hombre así, vivir en Turquía significa caminar por el filo de la navaja y arder a fuego lento. Yo lo sé, porque nosotros nacemos en el mismo filo, en él vivimos y morimos, y en ese fuego crecemos y nos consumimos.

A través de sus pensamientos sobre la vejez y el envejecimiento, el joven empezó a escuchar más atentamente las palabras del médico.

—Nadie sabe lo que significa nacer y vivir en el filo de dos mundos, conocer y entender uno y otro y no poder hacer nada para que se comuniquen entre sí y se acerquen; lo que significa amarlos y odiarlos, vacilar y pasar la vida entera entre dos patrias sin tener ninguna, estar en casa en todas partes y ser siempre extranjero; en resumidas cuentas: vivir dividido, como víctima y verdugo al mismo tiempo.

Des Fossés escuchaba sorprendido. Como si una tercera persona se hubiera mezclado en la conversación y fuera ella la que estuviera hablando; ahora ya no había ni rastro de palabras vacías ni de cumplidos. Ante él estaba un hombre de ojos brillantes que con los brazos largos y delgados extendidos mostraba cómo se vivía dividido entre dos mundos opuestos.

Como suele suceder a los jóvenes, des Fossés tenía la sensación de que esa conversación no era del todo fortuita y de que estaba relacionada estrecha y muy particularmente con sus propias ideas y con la obra que preparaba. En Travnik no había muchas posibilidades de mantener semejantes conversaciones, lo que le produjo un desconcierto agradable, y en medio de dicha confusión empezó él también a plantear preguntas y luego a hacer observaciones y manifestar sus impresiones.

De ahí que hablara tanto por necesidad interna como por el deseo de prolongar la charla. Pero no era necesario animar mucho al viejo para que se explayara. No interrumpía el hilo de sus pensamientos. Como inspirado, a veces buscaba expresiones francesas y las sustituía por otras italianas, hablaba como si leyera.

—Sí, ésas son las penas que atenazan a los cristianos de Levante y que ustedes, cristianos de Occidente, jamás podrán entender, y no digamos los turcos. Ésa es la suerte de los levantinos, porque son poussiére humaine, una polvareda humana, que se desplaza rauda entre Oriente y Occidente, sin pertenecer a ninguno de los dos mundos, pero hostigada por ambos. Son hombres que hablan muchos idiomas, pero ninguno es el suyo, que conocen dos religiones, pero de ninguna son devotos. Son víctimas fatales de la división de los hombres en cristianos y no cristianos; eternos intérpretes e intermediarios, que en su interior albergan tantas incertidumbres y tantas reservas tácitas; buenos conocedores de Oriente y Occidente y de sus costumbres y creencias, pero igualmente despreciados y sospechosos en ambos lados. Se les puede aplicar las palabras que hace más de seis siglos escribió el gran Dzelaledin, Dzelaledin Rumi: «Pues no logro conocerme a mí mismo. Ni soy cristiano ni judío ni persa ni musulmán. No soy de Oriente ni de Occidente, ni de la tierra ni del mar». Así son ellos. Una pequeña humanidad aparte, sojuzgada por el peso de un doble pecado oriental, que debe ser salvada y redimida una vez más, pero nadie sabe ni cómo ni por quién. Son los hombres de la frontera, un confín físico y espiritual, de la línea negra y sangrienta que a consecuencia de un malentendido grave y absurdo se ha trazado entre las personas, criaturas de Dios, entre las que ni podría ni debería haber fronteras. Es esa arista que separa el mar de tierra firme, condenada al movimiento perpetuo y a la agitación. Es un tercer mundo donde se han posado todas las maldiciones fruto de la división de la tierra en dos mundos. Es…

Des Fossés, fascinado y con los ojos brillantes, miraba al anciano transformado que, con los brazos abiertos en cruz, buscaba las palabras en vano y, de pronto, concluyó con voz cascada:

—Es un heroísmo sin gloría, un martirio sin recompensa. Y precisamente ustedes, nuestros iguales y afines, los occidentales, cristianos por la misma gracia que nosotros, deberían comprendernos, aceptarnos y aliviar nuestro destino.

El médico bajó los brazos con una expresión de absoluta desesperanza, casi con ira. No quedaba ni huella de ese repugnante «doctor ilirio». Allí había un hombre con ideas propias y gesto enérgico. Y des Fossés ardía en deseos de oír y saber más, olvidando por completo no sólo la sensación de superioridad que había experimentado unos minutos antes, sino también el lugar en el que se hallaba y el motivo de la visita. Era consciente de que llevaba allí mucho más tiempo del debido y del que estaba previsto, pero no se levantaba.

Cologna lo contemplaba ahora con la mirada llena de una emoción muda, igual que cuando se mira a alguien que se aleja y cuya partida se lamenta.

—Sí, señor, puede entender nuestra vida. Pero para usted no es más que un sueño desagradable. Porque vive aquí, pero sabe que es temporal y que más pronto o más tarde regresará a su país, a una vida mejor y más digna. Se despertará de su pesadilla y se liberará, pero nosotros jamás, porque para nosotros es nuestra única vida.

Hacia el final de la conversación, el médico se volvió más callado y más extraño. También tomó asiento, muy cerca del joven, inclinándose hacia él, como si fuera a decirle algo en confianza, y le indicó con ambas manos que permaneciera tranquilo y no hiciera nada, ni con palabras ni con ademanes, que pudiera asustar o ahuyentar a algo menudo, valioso y asustadizo, una avecilla quizá que estuviera en el suelo delante de ellos. Con la vista clavada en la alfombra, hablaba casi susurrando, pero con voz cálida que revelaba una dulzura interior.

—A la postre, cuando llega el final, el verdadero final, fuere como fuere, todo sale bien y reina la armonía. Aunque, aquí, realmente todo parezca discordante e irremediablemente enmarañado. «Un jour tout sera bien, voilá notre esperance» (Algún día todo acabará bien, he aquí nuestra esperanza), como dice uno de sus filósofos. Y no es posible imaginar que sea de otro modo. Pues ¿por qué mi pensamiento, bueno y recto, vale menos que el mismo pensamiento que ve la luz en Roma o París? ¿Acaso porque ha sido concebido en este valle profundo llamado Travnik? Y ¿será posible que semejante idea jamás se apunte ni se registre en ningún lugar? No, es imposible. A pesar de la fragmentación y del caos, todo es armonioso y está relacionado. Ni un solo pensamiento humano, ni un solo esfuerzo del espíritu se pierde. Todos estamos en el buen camino y nos llevaremos una sorpresa cuando nos encontremos, porque nos encontraremos, y todos nos entenderemos, no importa adónde vayamos ahora y cuántas vueltas demos. Será un reencuentro alegre, una sorpresa memorable y salvadora.

El joven seguía con dificultad el pensamiento del anciano, pero deseaba ardientemente seguir escuchando. Sin un nexo aparente, pero con el mismo tono confidencial, exaltado y ufano, Cologna hablaba y hablaba. Des Fossés asentía, se animaba y, de vez en cuando, acuciado por una necesidad irresistible, añadía también algo. Así contó su descubrimiento en la calzada de Turbe referente a las distintas épocas históricas que se podían ver en los diferentes estratos. Lo mismo que había contado en su momento a Daville sin que éste mostrara mucho interés.

—Ya sé, usted observa las cosas a su alrededor. Le interesa el pasado y el presente. Sabe mirar —admitía el médico.

Y como si le contara un secreto sobre un tesoro escondido y deseara decir con la mirada risueña más de lo que podía con palabras, el anciano susurró:

—Cuando vaya por el bazar, visite la mezquita de Jeni. Está rodeada por un muro alto. Dentro, a la sombra de un árbol inmenso, hay unas tumbas que ya nadie recuerda de quién son. Entre el pueblo corre el rumor de que esa mezquita antaño, antes de la llegada de los turcos, era la iglesia de Santa Katarina y la gente cree que todavía hoy, en un rincón, existe una sacristía que nadie ha logrado abrir. Si examina detenidamente las piedras de ese viejo muro, se dará cuenta de que proceden de ruinas romanas y monumentos funerarios. También en una de las piedras incrustada en la tapia se pueden leer fácilmente las plácidas y regulares letras romanas de algún texto partido: «Marco Flavio… óptimo». Y muy hondo, en los cimientos invisibles, hay grandes bloques de granito rojo, restos de un culto mucho más arcaico, un antiguo santuario del dios Mitra. En una de esas piedras, hay un relieve borroso en el que se distingue cómo el joven dios de la luz mata a un jabalí en plena carrera. Y quién sabe lo que todavía se puede encontrar en las profundidades, bajo esos cimientos. Quién sabe qué esfuerzos están allí enterrados y qué rastros han sido borrados para siempre. Y eso sólo en un pequeño trozo de tierra, en este villorrio perdido. Imagínese la de lugares habitados que ha habido y hay a lo largo y ancho de este mundo.

El joven miraba al anciano, esperando nuevas explicaciones, pero entonces el médico, de repente, cambió el tono y empezó a hablar más alto, como si ya pudieran oírlo otras personas:

—Usted comprende, todo encaja, todo está en relación, y sólo aparentemente parece perdido y olvidado, disperso y desorganizado. Todo va, sin presentirlo siquiera, hacia una meta, como los rayos convergentes hacia un foco lejano y desconocido. No hay que olvidar que en el Corán está escrito que tal vez un día Dios reconciliará a los enemigos y establecerá la amistad entre los hombres. Él es todopoderoso, bendito y misericordioso. Así que aún hay esperanza, y cuando hay esperanza… ¿Me comprende?

Su mirada sonreía elocuente y triunfal, como si alentara y tranquilizara al joven, mientras con las manos describía en el aire, ante su cara, un círculo, como si quisiera mostrar el círculo cerrado del universo.

—Sí, usted me entiende —repitió expresivo e impaciente, como si considerara superfluo e inoportuno seguir buscando palabras para expresar algo que para él era tan cierto y seguro, tan familiar y tan próximo.

Pero hacia el final, la conversación cambió de signo. Cologna volvió a ponerse de pie, delgado y recto, se inclinaba y se doblaba en dos, pronunciaba palabras altisonantes y vacías y aseguraba al joven que se sentía honrado tanto por su visita como por la confianza que se depositaba en él.

Así se separaron.

De camino al consulado, des Fossés pisaba distraídamente el círculo de luz que el guardia proyectaba con el farol delante de él. Caminaba sin ver nada a su alrededor. Pensaba en el médico, viejo y perturbado, y en sus ideas vivaces e inarticulables, y trataba de ordenar y discernir las suyas propias, que habían aparecido inesperadamente entrecruzándose todas en su cabeza.

 

XVI

 

Las noticias que llegaban de Constantinopla a Travnik eran cada vez más inquietantes y confusas. Ni siquiera después de la campaña de Barjaktar y la trágica muerte de Selim III la situación se había apaciguado. A finales de ese mismo año, se produjo un nuevo golpe de Estado en el curso del cual Barjaktar fue asesinado.

Estos desórdenes y cambios en la lejana capital se reflejaban en la provincia aislada, aunque con mucho retraso, modificados y ridiculizados como si se reflejaran en espejos cóncavos y convexos. El miedo, la insatisfacción, la miseria y la rabia que en vano trataban de abrirse paso torturaban y apesadumbraban a los turcos de las ciudades. Presintiendo con razón las convulsiones y los cambios adversos, estos hombres se sentían traicionados en el interior y amenazados desde el exterior. El instinto de conservación y de autodefensa los empujaba a ponerse en movimiento y a actuar; sin embargo, las circunstancias los privaban de medios y les cerraban todas las vías. Por eso sus fuerzas giraban en un torbellino y se disipaban en el viento. Pero en las aldeas arracimadas entre las altas montañas, en las que en un arrabal al lado de otro convivían religiones distintas e intereses diversos, se extendía una atmósfera pesada y cargada de ira, en la que nada era imposible, en la que se enfrentaban fuerzas ciegas y se sucedían revueltas feroces.

Entre tanto, en Europa se presentaban batallas de proporciones y crueldad hasta entonces nunca vistas, y cuyas consecuencias históricas aún distaban mucho de ser comprendidas; en Constantinopla, a su vez, los golpes de Estado se alternaban, un sultán reemplazaba a otro y los grandes visires sucumbían.

En Travnik reinaba la animación. Como cada primavera, siguiendo órdenes de Constantinopla, el ejército se preparaba para marchar contra Serbia; los preparativos se hacían con mucho ruido, mas los resultados eran magros… Suleiman bajá ya había partido con su pequeño pero bien organizado destacamento. También el visir se pondría en marcha de un día para otro. En realidad, Ibrahim bajá no tenía una idea exacta de qué plan seguir ni cuántos hombres debía llevar. Partía porque no podía hacer otra cosa, porque había recibido un firman y porque esperaba que su presencia incitara a los demás a cumplir con su obligación. Pero nadie era capaz de organizar a los jenízaros ni de forzarlos a emprender la marcha, porque ellos se escabullían de todas las maneras posibles. Mientras se registraba a unos, los otros escapaban, o provocaban sin más una riña o revuelta y aprovechaban el tumulto para perderse y regresar a sus casas, mientras que en el registro quedaba escrito que se habían dirigido a Serbia.

Ambos cónsules ponían todos los medios a su alcance para informar sobre las intenciones del visir, sobre la magnitud y la valía de las tropas que encabezaba y la situación real en el frente serbio. Sus colaboradores dedicaban días enteros a estas tareas que tan pronto parecían excepcionalmente importantes y serias como superfluas e insignificantes.

En cuanto Suleiman bajá y el visir se fueron al Drina, toda la autoridad y el orden recayeron sobre el débil y pusilánime caimacán y, de pronto, por segunda vez, el bazar volvió a cerrar sus puertas.

En realidad, se trataba de la continuación de la revuelta del año anterior que nunca había terminado del todo, sino que permanecía latente tras un silencio sordo y esperaba el momento oportuno para estallar de nuevo. La rabia de la muchedumbre se abatió esta vez sobre los serbios que eran capturados en diferentes lugares de Bosnia y llevados a Travnik, bajo sospecha de mantener relaciones con los rebeldes de Serbia y de preparar una insurrección similar en Bosnia. Pero también recayó sobre las autoridades otomanas, a las que se acusaba de flaqueza, venalidad y traición.

Los turcos acaudalados de Bosnia sentían claramente que la rebelión de Serbia amenazaba aquello que les resultaba más querido y más cercano, que el visir, igual que todos los osmanlíes, no los defendía como era preciso y que ellos mismos ya no tenían fuerzas ni voluntad para defenderse; todo esto los llevó a ser presa de esa irritación malsana que surge entre las clases acosadas y a vengarse mediante actos arbitrarios y atrocidades inútiles, en lo que eran secundados a menudo por los pobres de la ciudad, precisamente por los más miserables que no tenían nada que perder.

Todos los días traían a hombres atados y maltrechos, serbios procedentes del Drina o de Krajina, sobre los que pesaban acusaciones graves, pero imprecisas. Primero llegaban de uno en uno o de dos en dos, luego en grupos y por docenas. Entre ellos había habitantes de las ciudades y popes, pero sobre todo campesinos.

No había nadie para interrogarlos ni para juzgarlos, así que los arrojaban al bazar de Travnik en ebullición, como al cráter de un volcán en llamas, que se convertía en su verdugo sin interrogatorio ni juicio.

A pesar de las súplicas y advertencias de Daville, des Fossés salió y vio cómo unos gitanos torturaban hasta la muerte a dos hombres en plena feria de ganado. Desde un cerro, a espaldas de la multitud absorta por completo en la escena que se estaba produciendo delante de sus ojos, él pudo contemplar el hecho sin ser advertido, e identificar a las víctimas, a los borreros y a los mirones.

La confusión y el desorden reinaban en la plaza. Los guardias llevaron a los dos condenados, que iban descalzos y con la cabeza descubierta, los pantalones de tela deshilachados y las camisas desgarradas, que dejaban el pecho al desnudo.

Eran dos hombres altos y morenos, parecidos como hermanos. Los jirones de sus vestimentas, destrozadas por el viaje y los malos tratos, dejaban adivinar que se trataba de aldeanos. Se rumoreaba que los habían prendido cuando intentaban pasar a Serbia unas cartas del obispo ortodoxo de Sarajevo en bastones huecos.

Los guardias tenían dificultades para abrir un espacio donde colgar a los dos detenidos. Los verdugos, gitanos, no podían desenrollar las cuerdas. La chusma enardecida gritaba contra los dos infelices, contra los guardias y los gitanos, se desparramaba en todas direcciones y amenazaba con arrollar y llevarse por delante a las víctimas y a los verdugos.

Los dos hombres maniatados, medio desnudos, los cuellos estirados, permanecían erguidos e inmóviles, con la misma expresión de extraña perplejidad y desazón en el rostro. No reflejaban ni miedo ni valor ni entusiasmo ni indiferencia. Por la expresión de sus caras, tan sólo eran hombres ensimismados, preocupados por alguna cuita lejana, deseosos de que los dejaran pensar y concentrarse en su problema. Se diría que ni el tumulto ni los gritos a su alrededor les afectaban. Sólo parpadeaban y de vez en cuando inclinaban la cabeza como si así quisieran defenderse de la muchedumbre y los alaridos que les impedían abandonarse por completo a sus tribulaciones. Las venas hinchadas se ramificaban por sus frentes y sienes bañadas de abundante sudor, y puesto que maniatados como estaban no podían secárselo, se deslizaba a lo largo de sus cuellos nervudos y sin afeitar en hilos blanquecinos.

Por fin, los gitanos consiguieron desenredar las cuerdas y se acercaron al primero de los dos reos. Éste hizo un ligero movimiento de retroceso, muy leve, e inmediatamente se detuvo, dejando que hicieran con él lo que quisieran. Al mismo tiempo, el otro preso retrocedió sin querer, como si estuviera atado al primero con lazos invisibles.

En este punto, des Fossés, que hasta entonces había estado mirando tranquilamente, se dio la vuelta de golpe y se fue por una calle lateral. Así no vio lo más duro y terrible.

Los dos gitanos pasaron la cuerda alrededor del cuello de su víctima, pero no la colgaron, sino que se apartaron y se pusieron a tirar y estirar cada uno por su extremo de la soga. El hombre empezó a gorgotear y a poner los ojos en blanco, a tirarse al suelo, a retorcer las caderas y a bambolearse como una marioneta colgando de un hilo tenso.

El gentío corría en medio de una gran algazara. Todos se apresuraban hacia el lugar donde se desarrollaba el suplicio. La multitud respondió entusiasmada y alborozada a las primeras gesticulaciones del torturado y acompañaba con exclamaciones, risas y brincos los movimientos del hombre. Pero cuando sus convulsiones se volvieron agónicas y sus contorsiones increíblemente terribles y fantásticas, los que estaban más cerca se dieron la vuelta y empezaron a retroceder No cabía duda, deseaban ver algo insólito, ni ellos mismos sabían exactamente qué, a fin de aliviar su pena y la sensación general de insatisfacción indefinida, pero profunda. Querían y, desde hacía mucho, ansiaban ver al enemigo vencido y castigado. Pero lo que ahora presenciaban era un dolor y un tormento para ellos mismos. Por eso, sorprendidos y espantados, volvieron la cabeza intentando apartarse. Pero la muchedumbre, que no alcanzaba a ver la escena, se apretujaba y empujaba a los que estaban muy cerca, en primera fila. Éstos, a su vez, aterrados por la proximidad del suplicio inesperado, dieron la espalda al cadalso y, haciendo un esfuerzo desesperado, intentaron abrirse paso y escapar, repartiendo puñetazos frenéticos a diestro y siniestro, como si estuvieran huyendo de un incendio. Sin saber qué los hostigaba ni poder entender su pavor, la gente empezó a devolverles los golpes y a empujarlos de nuevo hacia el lugar del que trataban de alejarse. Así que, al margen del reo, al que estaban estrangulando lentamente y que gesticulaba de modo horrendo, se extendió por doquier el jaleo y la bronca, una serie de altercados, riñas y verdaderas peleas. Estrujados unos contra otros, no podían estirar el brazo y responder al golpe, sino que se tiraban de los pelos y arañaban, se escupían, se insultaban y con una absoluta incomprensión y el mismo odio que estaba destinado a los condenados, se miraban las caras deformadas. Los que huían despavoridos de la escena del estrangulamiento, desquiciados, repartían empellones y mamporros, pero en silencio, mientras que los que afluían de todas las direcciones, mucho más numerosos, se abalanzaban hacia el patíbulo y gritaban a voz en cuello. Los que estaban muy lejos y no atinaban a ver nada del ajusticiamiento ni de la trifulca, impulsados por las fluctuaciones e ignorando el horror de lo que estaba sucediendo, proferían las chanzas y las exclamaciones habituales en los tumultos y entre multitudes apiñadas. De este modo, se mezclaban, chocaban y entrecruzaban voces totalmente diferentes y gritos de sorpresa, de enojo, de terror, de asco, gritos burlones, joviales, amalgamados con los chillidos generales inarticulados y aullidos que surgen de las masas humanas amontonadas, con los estómagos encogidos y los pulmones comprimidos.

—¡Eeeeh, eh! —vociferaban a coro unos muchachos traviesos, tratando de agitar al populacho.

—¡Aprieta! —respondían otros empujando en sentido contrario.

—Pero ¡que no empujes! ¿Estás loco?

—¡Loco, está loco de atar! —gritaba alguien con voz realmente enloquecida.

—¡Dale! ¡Dale! ¿Por qué te da pena? Que no lo ha parido tu madre —espetaba otro desde lejos alegremente, pensando que todo era una broma.

Arrastraban los pies, pataleaban y repartían cachetes. Luego otra vez las voces.

—¡Qué, qué!, ¿quieres más? ¿Eh? ¿Quieres más fuerte?

—¡Oye, tú, el del gorro!

—¿Quién empuja? Ven aquí, ven más cerca si te atreves.

—Anda, menos coba y atízale en la mollera.

—¡Soo, sooo!

Entretanto, sólo los que estaban muy cerca o los que miraban desde algún lugar en lo alto podían ver lo que sucedía en el cadalso. Ambos condenados habían caído inconscientes, primero uno, después el otro. Ahora, yacían en el suelo. Los gitanos se aproximaron, los levantaron y los rociaron con agua, luego los golpearon con los puños y arañaron con las uñas. Cuando recobraron el conocimiento y lograron mantenerse en pie, la tortura continuó. De nuevo tiraban de la soga por los dos extremos; de nuevo los dos desdichados caracoleaban y rodaban, pero ahora oponían menos resistencia y cedían antes; de nuevo los espectadores más cercanos se daban la vuelta y huían, pero la masa compacta no retrocedía, sino que con insultos y golpes los echaban para atrás, justo a la escena de la que querían escapar.

Un pequeño alumno de la madraza, con cara de fauno, sufrió un ataque, pero no cayó al suelo, sino que oprimido y llevado por el bosque ondulante de cuerpos, permaneció erguido, de pie, aunque desmayado, con la cabeza colgando y la cara blanca como la tiza, mientras que en sus labios se formaban espumarajos.

Tres veces se repitió el suplicio y las tres, ambos hombres se levantaron tranquilamente y soportaron la cuerda alrededor del cuello para un nuevo estrangulamiento, como personas empeñadas en hacer todo lo que esté en sus manos para que las cosas salgan bien; los dos concentrados y serenos, más serenos que los gitanos y cualquiera de los presentes, pero meditabundos y atribulados, tan atribulados que ni la estrangulación ni las convulsiones podían borrar por completo de sus caras esa expresión de desasosiego lejano y grave.

Como no lograron que volvieran a ponerse en pie para someterlos por cuarta vez al martirio, los gitanos llegaron hasta los hombres que yacían boca arriba, y les asestaron unas cuantas patadas en las ingles hasta rematarlos.

Los verdugos recogieron sus cuerdas, las enrollaron alrededor de los codos y esperaron a que la multitud se dispersara para proseguir su trabajo. Con la mirada inquieta, entre las dos maniobras, fumaban ávidos y excitados unos cigarros que alguien les había dado. Parecían hastiados tanto de la chusma irracional que merodeaba a su alrededor, como de los dos hombres muertos que yacían inmóviles y perdidos entre las innumerables y veloces piernas de la curiosa multitud.

Más tarde, los cadáveres de los dos mártires anónimos fueron colgados de dos ganchos especiales en el muro del cementerio, de modo que fueran visibles desde todos los puntos. Sus figuras volvieron a alargarse y recuperaron su apariencia anterior, igual de erguidos y semejantes como hermanos. Parecían ligeros como el papel. Sus cabezas se habían reducido porque la soga se había clavado profundamente bajo el mentón. Los rostros, plácidos y exangües, carecían de tinte violáceo y no estaban deformados como los de los ahorcados, y las piernas juntas con las plantas un poco hacia delante, como si fueran a dar un salto.

Así los vio des Fossés cuando volvió al mediodía. La manga de la camisa sucia de uno de ellos estaba rasgada por el hombro y el trozo de tela se mecía suavemente en la brisa.

Con las mandíbulas apretadas, decidido a contemplar la escena con sus propios ojos, conmocionado, pero con una disposición de ánimo solemne y serena, el joven clavó la mirada en los dos cuerpos colgados.

Ese talante grave y digno lo embargó durante mucho tiempo y en ese estado regresó al consulado. Daville le pareció insignificante, confuso y atemorizado por menudencias, mientras que d’Avenat le resultaba grosero e ignorante. Todos los temores de Daville se le figuraban infantiles e irreales; todas sus observaciones, absurdas, librescas o pusilánimes e indignamente burocráticas. Percibía que con ellos no podía hablar de ese tema, no después de lo que había visto con sus propios ojos, de lo que había sentido, tan profundo e inexpresable. Al terminar de cenar, aún con la misma disposición, introdujo en su libro sobre Bosnia, fiel a la realidad, un capítulo especial sobre «la forma en que en Bosnia se ejecutan las sentencias de muerte contra el pueblo y los rebeldes».

La gente empieza a habituarse a las escenas desagradables y atroces, a olvidar las viejas y a reclamar otras nuevas y más variadas.

En una extensión de tierra aplanada, entre la posada y el consulado austríaco, elevaron otro patíbulo. Allí, Ekrem, el verdugo del visir, cortaba cabezas que luego clavaban en palos.

En la casa de von Mitterer estalló la crisis y el llanto. Ana María saltaba al cuello de su marido y gritaba: «¡Jozef, por Dios bendito!», en todos los tonos y en todos los registros, lo tachaba de Robespierre, y empezó a hacer las maletas, dispuesta a marcharse. Un poco más tarde, exhausta y apaciguada, caía en brazos de su esposo, gimiendo como una reina desdichada que se dirige a la guillotina y a la que el verdugo espera delante de la puerta.

La pequeña Ágata, realmente asustada e infeliz, estaba sentada en su sillita de la galería, deshecha en un mar de lágrimas, lo que pesaba más en el ánimo de von Mitterer que todas las escenas de su mujer.

Rotta, el intérprete pálido y giboso, corría del konak al caimacán, amenazaba, sobornaba, reclamaba y suplicaba para que cesaran las ejecuciones delante del edificio del consulado.

Esa misma noche, llevaron a la plaza a diez campesinos, serbios de Krajina, y los ajusticiaron a la luz de faroles y antorchas, en medio de los gritos y albórbolas de los sanguinarios turcos, que brincaban y se atropellaban. Enseguida empalaron las cabezas de las víctimas. Durante toda la noche se oyeron en el consulado los gruñidos de los perros hambrientos que allí se habían reunido. Al claro de luna podía verse cómo saltaban alrededor del palo y arrancaban trozos de carne de las cabezas decapitadas.

Al día siguiente, después de la visita del cónsul al caimacán, el cadalso fue retirado y cesaron las ejecuciones en ese lugar.

Daville no salía de casa y sólo llegaban hasta él de vez en cuando los aullidos ahogados de la muchedumbre, pero d’Avenat lo informaba puntualmente del curso que seguía la insurrección y de las torturas en serie que se practicaban en la ciudad. Cuando se enteró de lo que sucedía delante del consulado austríaco, de repente, olvidó todos sus temores y escrúpulos y sin consultar con nadie ni preguntarse por un instante si actuaba conforme a los usos internacionales y en interés del servicio, se sentó y escribió a von Mitterer una carta amistosa.

Era una de esas situaciones en la vida en las que Daville sabía clara y exactamente, sin rastro de sus vacilaciones habituales, lo que debía hacer y era capaz de cualquier cosa por llevarlo a cabo.

En la carta, naturalmente, se hablaba de la diosa de la guerra Belona, y del «entrechocar de los aceros» que aún perduraba, así como de la lealtad que cada uno debía a su soberano.

«Sin embargo —escribía Daville—, creo que no ofenderé ni su sensibilidad ni mi deber si, de forma excepcional y en estas circunstancias particulares, le escribo estas líneas.

»Asqueados, afligidos y siendo nosotros mismos víctimas de la barbarie diaria, sabiendo lo que sucede delante de su casa, le aseguro que mi esposa y yo, en estos momentos, pensamos en usted y en su familia.

»Como cristianos y como europeos, a pesar de todo lo que en la actualidad nos separa, deseamos que en días como éstos cuenten con nuestras palabras de aliento y consuelo».

Sólo cuando envió la misiva por vía indirecta al consulado del otro lado del río Lasva, Daville empezó a dudar si había hecho bien o no.

Ese mismo día de verano, cuando von Mitterer recibió la carta de Daville, empezaba la batalla de Wagram. Era el 5 de julio de 1809.

Durante los diez días más hermosos de julio, la anarquía reinó en Travnik. Una locura colectiva y contagiosa sacaba a los hombres de sus casas, los empujaba a hacer cosas increíbles y monstruosas que jamás hubieran podido imaginar. Los acontecimientos se iban sucediendo por sí mismos, siguiendo una lógica sangrienta y de instintos perturbados. Los incidentes estallaban al azar; bastaba una exclamación o una broma infantil para que surgieran de improviso y finalizaran inesperadamente o se interrumpieran de golpe, sin más, dejándolo todo a medias. Un enjambre de críos se dirigía a un lugar con un objetivo y de repente, en el camino, tropezaba con otra escena más excitante, lo abandonaba todo y se volcaba con pasión en ella como si llevara semanas preparándola. El fervor de esta gente era extraño. Todos ardían en deseos de aportar algo a la defensa de la religión y del buen orden, y todos con su mejor fe y una amargura sagrada querían participar no sólo como espectadores, sino también con sus manos en la matanza y suplicio de los traidores y pérfidos, culpables del gran mal que mancillaba el país y de todas las desgracias personales de cada uno de ellos. Acudían al patíbulo como si fueran a visitar un lugar santo donde se espera la curación milagrosa y el alivio del dolor. Todos querían capturar, ellos solos, a algún rebelde o espía y contribuir personalmente al castigo, a la elección del lugar y la forma en que éste debería aplicarse. Así reñían y se pegaban por este motivo, descargando toda su pasión y su rencor en ese ajuste de cuentas mutuo. Alrededor del reo bien atado, a menudo podía verse una decena de turcos pobres, gesticulando exaltados, peleando y discutiendo como si se tratara de una oveja en venta. Niños que no medían ni un palmo se llamaban unos a otros, corrían jadeantes, con los calzones largos flotando, para hundir sus navajas en la sangre de los torturados y después blandirlas y asustar a los más pequeños del barrio.

Los días eran soleados, el cielo sin nubes, la ciudad llena de verdor, agua, frutas tempranas y flores. Por la noche brillaba el claro de luna, nítido, cristalino y glacial. Pero tanto de día como de noche se sucedía el carnaval de sangre, en el que todos deseaban una única cosa, pero nadie comprendía a nadie ni podía reconocerse a sí mismo.

La excitación era general y se extendía alrededor como una enfermedad infecciosa. Brotaban odios enterrados hacía tiempo y resurgían viejos rencores. Hombres inocentes eran arrestados o se producían cambios y malentendidos fatídicos.

Los extranjeros de ambos consulados no salían a la calle. Los guardias los mantenían informados de todo cuanto ocurría. Cologna fue la excepción, pues no podía soportar permanecer en su casa húmeda y aislada. El viejo doctor no podía dormir ni trabajar y bajaba al consulado, aunque debía pasar entre la multitud furiosa o junto a los patíbulos que se alzaban aquí y allá. Todos notaban su desconcierto permanente, sus ojos que ardían con un fulgor malsano, sus temblores y sus balbuceos al hablar. El torbellino insensato que giraba en ese valle profundo atraía al viejo como un remolino a una paja.

Un mediodía, volviendo del consulado, Cologna tropezó en medio del mercado con una banda de turcos desharrapados que llevaban a un hombre atado y lleno de cardenales. Tuvo tiempo de desviarse por alguna de las calles laterales, pero la multitud lo arrastró de manera desagradable e irresistible. Justo cuando se hallaba a unos cuantos pasos del grupo, una voz ronca se elevó entre las cabezas:

—¡Doctor, doctor, no me deje morir injustamente!

Como hechizado, Cologna se acercó más y con sus ojos miopes reconoció a un tal Kulier, un católico natural de Fojnica. El hombre gritaba, profería palabras inconexas, sin saber lo que decía y suplicaba que lo liberaran, que era inocente.

Buscando a alguien con quien poder hablar, Cologna encontró muchas miradas turbias. Pero antes de que pudiera decir y hacer nada, surgió de entre el gentío un hombre alto, de mejillas pálidas y hundidas, y le cortó el paso al doctor.

—Sigue tu camino.

Le temblaba la voz y la rabia que lo colmaba rezumaba a través de una moderación maligna y tensa.

Si no hubiera sido por ese hombre y esa voz, quizá el viejo habría continuado su camino y abandonado a su propio destino al desdichado de Fojnica, para el que no había ayuda posible. Pero la voz lo atrajo como un imán. Quiso decir que conocía al tal Kulier y que era un súbdito leal, preguntar qué delito había cometido y adónde lo llevaban, pero el hombre alto no lo dejaba hablar.

—Te digo que sigas tu camino —repitió el turco alzando la voz.

—No, no señor, las cosas no son así. ¿Adónde van con ese hombre?

—Pues si quieres saberlo, vamos a colgar a este perro igual que a todos los perros.

—Pero ¿cómo, por qué? No se puede ahorcar a gente inocente. Avisaré al caimacán.

También Cologna había empezado a gritar y sin darse cuenta se encendía cada vez más.

Un murmullo se elevó entre la multitud. Desde dos alminares, uno cerca y otro más lejos, los hodjas empezaron a llamar a la oración y sus voces se cruzaban, prolongadas y ondulantes. La gente empezó a arremolinarse en torno a la escena.

—Bueno, pues ya que te has empeñado en defenderlo —chillaba el hombre alto—, lo colgaré de esta morera, aquí mismo.

—No lo harás. No puedes hacerlo. Llamaré a los guardias, iré a ver al caimacán. ¿Quién te has creído que eres? —bramaba el viejo con voz entrecortada.

—Yo soy uno que no te teme; y quítate de mi vista si quieres conservar el pellejo.

La chusma maldecía y gritaba. Cada vez los rodeaban más mercaderes procedentes del bazar. El hombre alto, después de cada frase, buscaba a hurtadillas las miradas para comprobar si lo apoyaban. Y ellos no dejaban de contemplarlo, inmóviles pero con evidente satisfacción.

El turco se dirigió hacia la vieja morera al borde del camino, seguido de la chusma y de Cologna. Todos gritaban y agitaban los brazos. Cologna se desgañitaba, pero nadie quería escucharlo ni dejarlo terminar.

—¡Bribones, sinvergüenzas, canallas! Cubrís de ignominia al sultán. ¡Bellacos, renegados! —aullaba el viejo médico.

—¡Calla!, de lo contrario tú también colgarás de la misma rama que éste.

—¿Quién? ¿Yo? Ni se te ocurra tocarme, no puedes, ¡hereje, pagano!

Cologna sentía que las articulaciones le fallaban, se le doblaban las piernas y tenía los brazos flojos. Él y el hombre alto se habían convertido en el centro de atención, mientras que el condenado, olvidado por todos, estaba a un lado.

El gigante se inclinó levemente y dirigiéndose a la multitud gritó desafiante:

—Ha ultrajado la religión y al profeta. ¿Lo habéis oído? Todos afirmaron.

—Colgad a ambos inmediatamente.

La multitud se apiñó en torno a Cologna.

—¿Qué religión? ¿Qué profeta? Me sé el islam mejor que tú, bastardo bosniaco. Yo soy…, yo soy… —replicó Cologna, oponiendo resistencia, echando espumarajos por la boca y totalmente fuera de sí.

—¡Colgad al infiel!

A través de las carreras y la refriega llegaron las palabras confusas de Cologna, como un gorgoteo sofocado:

—… turco… soy turco, más turco que tú.

Entonces intervinieron los mercaderes del bazar y le arrebataron el médico a los desharrapados. Tres eran testigos de que el viejo claramente y en voz alta había declarado que aceptaba la fe verdadera como suya y por lo tanto era sagrado. Lo llevaron a casa solícitos y solemnes, como si fuera una novia. Y era preciso, porque Cologna estaba fuera de sí, sentía escalofríos y farfullaba palabras sin sentido.

Sorprendidos y decepcionados, los hombres que llevaban a Kulier, sus acusadores, jueces y verdugos, también lo liberaron y dejaron que, a pesar de todo, volviera vivo a Fojnica.

El rumor de que el médico del consulado austríaco había abrazado el islam se extendió rápidamente. Incluso para esa ciudad totalmente enloquecida en la que cada día amanecía más vesánico que el anterior y en la que habían ocurrido cosas que no se pueden ni contar ni creer del todo, la noticia de la conversión del médico fue una auténtica sorpresa.

Como ningún cristiano osaba salir a la calle, era imposible comprobar el asunto e indagar. El cónsul envió un criado a Dolac, a ver a fray Ivo Jankovic, pero el fraile recibió la noticia con incredulidad y prometió que en cuanto la revuelta remitiera un poco, quizá ya al día siguiente, se acercaría al consulado.

Al anochecer, Rotta, cumpliendo órdenes del cónsul, salió y se encaminó a la casa de Cologna en la vertiente rocosa. Al cabo de media hora, el intérprete regresó pálido y taciturno, en contra de lo habitual. Venía amedrentado por unos desconocidos de aspecto salvaje, armados hasta los dientes, que le habían espetado: «Conviértete, cristiano, mientras tengas tiempo», y se comportaban como borrachos y locos. Pero mucho más lo había conmocionado lo que había visto en casa de Cologna.

A duras penas había logrado entrar en el edificio, de donde en ese momento salían unos turcos desarmados y pacíficos; allí sorprendió al desconcertado criado del doctor, un albanés. El vestíbulo estaba inundado y reinaba el caos, y de la sala llegaba la voz de Cologna.

El viejo iba y venía por la habitación muy excitado; su cara, siempre gris y exangüe, estaba roja y le temblaba la mandíbula inferior. A través de los párpados entornados, como si mirara a lo lejos y no acertara a ver ni a reconocer, examinó al intérprete durante un buen rato con aire severo y poco amable. Pero en cuanto Rotta abrió la boca para explicar que venía de parte del cónsul general para ver lo que había sucedido, Cologna lo interrumpió exaltado:

—Nada, no ha ocurrido nada y nada va a ocurrir. Que nadie se preocupe por mí. Me basto yo solo para defender mi posición. Aquí estoy y la defiendo como un buen soldado.

El viejo se detuvo, echó bruscamente la cabeza hacia atrás y sacó pecho susurrando con aliento entrecortado:

—Sí, sí, aquí estoy. De aquí no me muevo, de aquí…

—No se mueva, doctor, no se mueva… —farfulló el supersticioso y asustadizo Rotta, que de golpe había perdido su arrogante seguridad habitual. Mientras hablaba, retrocedía sin apartar la vista del médico, buscando tras de sí con mano temblorosa el picaporte de la puerta y repitiendo torpemente:

—No se mueva, usted no se mueva…

Abandonando su aire fanfarrón y rígido, Cologna se inclinó de repente hacia el despavorido intérprete con actitud confidencial y más comedida. En su rostro, o mejor dicho, en sus ojos, apareció una sonrisa orgullosa y triunfal. Y como si se tratara de un secreto muy importante, dijo en voz queda, amenazando con el dedo:

—El Profeta, con él sea la paz, dice: «El diablo, como la sangre, circula por el cuerpo humano». Pero Mahoma también dice: «Veréis a vuestro Señor como veis la luna cuando está llena».

Y diciendo esto se dio la vuelta adoptando una expresión seria y ofendida. El intérprete, que no necesitaba tanto para amilanarse, aprovechó ese instante para abrir sigilosamente la puerta y deslizarse como una sombra al vestíbulo, sin saludar ni despedirse.

Fuera brillaba la luna. Rotta caminó por callejones laterales, temeroso hasta de las sombras y sintiendo aún escalofríos que le recorrían la espalda. Cuando llegó a casa y se presentó ante el cónsul seguía sin poder dominarse y explicar con claridad qué sucedía con Cologna y su conversión. Sólo repetía insistentemente que el médico se había vuelto loco, y al cónsul, que deseaba saber con más detalles en qué lo había notado, le respondió:

—Loco, está loco. En cuanto un hombre habla de Dios y del Diablo tiene que estar loco. Y había que verlo, había que verlo.

Por la noche ya se había extendido por toda la ciudad la noticia de que el médico del consulado austríaco había declarado públicamente su voluntad de abrazar el islam y que al día siguiente sin tardanza sería convertido de manera solemne. Sin embargo, estaba visto que esa ceremonia jamás se celebraría y que nunca se sabría la verdad sobre la conversión de Cologna.

Al llegar la mañana se propaló, con más celeridad que la primera, la nueva de que el médico había sido encontrado muerto de madrugada en una vereda que discurría al lado del arroyo, en el precipicio bajo la alta pared rocosa en la que estaba su casa. El viejo tenía el cráneo fracturado. Su criado albanés no podía explicar ni en qué momento de la noche había salido el médico ni cómo había llegado al barranco.

Al enterarse de la muerte de Cologna, el párroco de Dolac bajó a Travnik para ver qué convenía hacer respecto al entierro. Corriendo el riesgo de ser atacado por la chusma exaltada, fray Ivo llegó a la casa del doctor, pero no permaneció allí mucho rato. A pesar de su corpulencia, descendió raudo por el camino escarpado, perseguido por las porras y las hachas de los turcos soliviantados que no habían consentido en que echara un vistazo a la casa. El hodja ya había preparado al muerto, porque los mercaderes habían afirmado que el médico voluntariamente y por tres veces había declarado en público que estaba dispuesto a abrazar la fe turca y que era mejor creyente que muchos de los que se llamaban a sí mismos turcos en el bazar de Travnik.

También Rotta, que al conocer la muerte de Cologna había acudido acompañado de Ahmet, el guardia, sólo logró ver a unos cuantos turcos apresurados delante de la casa del difunto y regresó al consulado sin el guardia, que se quedó para presenciar el entierro.

Si hubiera sido otra época más tranquila, y si en el konak hubiera estado alguno de los señores, habrían intervenido las autoridades religiosas y laicas. El consulado austríaco habría actuado con más firmeza, fray Ivo habría consultado a los funcionarios y turcos más influyentes y el asunto del desdichado Cologna se habría aclarado. Pero en aquellas circunstancias de locura colectiva y anarquía que aún perduraban, nadie podía ni escuchar ni entender a nadie. La revuelta, que precisamente empezaba a ceder, había encontrado nuevo sustento, se había apoderado del cadáver del anciano como de un trofeo bienvenido, y no lo soltaría sin derramamiento de sangre ni víctimas.

Alrededor del mediodía, el médico fue enterrado en una verde parcela del cementerio turco. Aunque el bazar continuaba cerrado, muchos turcos salieron de sus casas para asistir al entierro del doctor que había abrazado el islam de manera tan insólita e inopinada. No obstante, la mayoría de los presentes eran los desharrapados armados que la víspera habían querido colgarlo, y que serios y ceñudos, con gran rapidez y ligereza, se sustituían unos a otros para llevar al difunto, de modo que el féretro en el que descansaba el cuerpo envuelto en un lienzo se deslizaba sobre las espaldas de los hombres que se iban turnando sin cesar.

Así fue como estos acontecimientos inesperados y frenéticos pusieron punto final a la revuelta. Se dejó de capturar y matar a serbios. La ciudad volvió a sumirse en ese estado de ánimo confuso y resacoso, en el que cada uno trata de olvidar lo sucedido, los peores camorristas, los más escandalosos y los más violentos vuelven a los arrabales lejanos, como las aguas a su cauce, y recupera su lugar el viejo orden que, al menos por un tiempo, a todos parece mejor y más soportable. El silencio se cernió sobre Travnik, pesado y uniforme, como si jamás hubiera sido turbado.

También contribuyó a la pacificación el regreso de Suleiman bajá Skopljak y sus palabras y su mano firme se hicieron sentir de inmediato.

En cuanto llegó, Suleiman bajá convocó a los ciudadanos más notables para preguntarles lo que había sucedido con la tranquila ciudad y sus tranquilos habitantes. Se erguía ante ellos, delgado y vestido con sencillez, tal como había vuelto del frente, alto, las costillas finas y prominentes como las de un buen galgo, los grandes ojos azules, y los examinaba y reprendía como si fueran niños. Ese hombre, que había pasado seis semanas en primera línea de fuego y quince días en sus posesiones de Kupres, miraba severo a los hombres pálidos y exhaustos obligados a recuperar la sobriedad a la fuerza, y les preguntaba inflexible desde cuándo el bazar había asumido la misión de juzgar y hacer cumplir las sentencias, quién les había dado ese derecho y dónde habían tenido la cabeza los últimos diez días.

—Se dice que el pueblo se ha rebelado, que es desobediente y malvado. Cierto. Pero hay que saber que el pueblo no respira con su propio aliento, sino que escucha el de sus señores. Vosotros lo sabéis bien. Siempre son los señores los que primero se corrompen y el pueblo no hace más que seguirlos. Pero una vez que el pueblo se rebela y se solivianta, puedes empezar a buscar otro, porque ya no hay nada que hacer.

Suleiman bajá hablaba como un hombre que hasta el día anterior había contemplado cosas dolorosas y graves, que ellos con sus estrechas miras de travniqueses ni siquiera presentían, y era necesario explicárselas en la medida de lo posible.

—Dios, alabado sea, nos ha otorgado dos favores: poseer la tierra y repartir justicia. Pero si te quedas sentado con las piernas cruzadas y permites que unos renegados y harapientos se dediquen a hacer justicia, ten por seguro que los campesinos se sublevarán. El deber del campesino es trabajar y el del agá vigilarlo, porque la hierba también necesita agua y guadaña. De nada sirve lo uno sin lo otro. Mírame —se dirigió al que tenía más cerca, no sin arrogancia—, he cumplido cincuenta y cinco años y esta mañana antes del almuerzo he visitado mis propiedades de Bugojno. Te garantizo que en mis tierras no hay campesinos malos ni desobedientes.

Y en efecto, su largo cuello y sus manos nervudas estaban curtidas por el sol y eran callosas como las de un jornalero.

Nadie podía responderle, y todos deseaban perderlo de vista, olvidar cuanto antes lo sucedido y ser olvidados.

En cuanto la revuelta fue sofocada, von Mitterer empezó a investigar el asunto de la incomprensible conversión de Cologna y su misteriosa muerte. No lo hacía sólo por Cologna, al que siempre había considerado una persona imprevisible e incómoda para el servicio. Conociéndolo bien, von Mitterer creía que el médico, en una riña, era capaz de proclamarse musulmán por un instante, como también creía posible que se hubiera suicidado o que hubiera perdido la conciencia y se hubiera despeñado en un momento de confusión. Además, ahora que el levantamiento había terminado y las cosas habían cambiado de signo y la gente, sus pensamientos y su conducta, no era fácil averiguar lo que había ocurrido en circunstancias tan diversas, en esta atmósfera de locura colectiva, de sangre y caos.

El coronel tenía que hacerlo para salvar el prestigio del imperio e impedir que se repitieran ataques contra cualquier súbdito imperial o el personal del consulado. Fray Ivo, por su parte, insistía en que la población católica se merecía que se aclarara la conversión y el entierro de Cologna.

Suleiman bajá, que desde el principio era el único del konak que había sentido simpatía por von Mitterer y siempre se había mostrado más próximo y cordial con él que con Daville, con el que debía comunicarse a través de un intérprete y cuya apariencia no le gustaba, se esforzó por ayudarlo. Pero al mismo tiempo le aconsejó sinceramente que no empeorara las cosas y no fuera demasiado lejos.

—Yo sé que usted debe asumir la defensa de todos los súbditos del imperio —le dijo al cónsul con su tono frío, prudente y preciso que todos, incluido él mismo, consideraban irrefutable—, lo sé y así debe ser. Pero el prestigio del imperio no puede estar siempre íntimamente unido a todos sus súbditos. Porque hay gente de todas clases, mientras que el prestigio del imperio sólo es uno.

Y Suleiman bajá le expuso seca y fríamente cuál era la mejor forma de resolver el asunto para la satisfacción de todos.

En lo que se refería a la cuestión de si Cologna se había convertido al islam o no, lo mejor era que no se discutiera sobre ello, porque la revuelta había tenido tales proporciones que el día no se diferenciaba de la noche y mucho menos una religión de otra y un turco verdadero de un convertido. Y hablando honradamente, tal como era el hombre en cuestión, ni los cristianos perdían mucho con su conversión al islamismo ni los turcos ganaban nada con ella.

En lo que a su muerte sin dilucidar concernía, después de su extraña conversión, aún menos merecía la pena indagar sobre el asunto. Porque los muertos no hablan, y un hombre que no presta atención y no mira por dónde anda, siempre puede tropezar. Era la mejor solución y no ofendía a nadie. Y ¿de qué servía tratar de encontrar otras posibilidades, que nunca podrían aclarar por completo el asunto y jamás lograrían dar al consulado la satisfacción que éste deseaba?

—Ni yo puedo encontrar y arrestar a todos los vagabundos e imbéciles que querían convertir al mundo entero al islam y hacer de jueces en Travnik —terminó Suleiman bajá—, ni usted puede resucitar y examinar al difunto que yace en el cementerio turco. Así que el problema es de difícil solución, y mejor será que lo dejemos y nos dediquemos a otras cosas más importantes. Yo entiendo su preocupación como si fuera mía. Por eso ordenaré que se investigue y se aclare la muerte del alfaquín, para que se establezca que nadie tiene la culpa, que quede registrado y consignado por escrito. Usted se lo enviará a sus superiores, para que no haya dudas ni reproches ni en su caso ni en el mío.

Von Mitterer comprendió también que, aunque no era la mejor, era la única solución posible. Sin embargo pidió y obtuvo del cehaja algunas instrucciones y ordenanzas que podían parecer desde lejos satisfactorias y constituir una justificación para el consulado.

Todo esto, junto con el informe de Rotta sobre la última vez que vio a Cologna, podía contentar en cierto modo a Viena, presentando el caso de Cologna como el de un hombre infeliz y perturbado, y salvar el prestigio del cónsul. Pero en su fuero interno, von Mitterer no estaba satisfecho con el desarrollo de los acontecimientos ni consigo mismo.

Pálido y solitario, en su despacho en penumbras, von Mitterer reflexionaba y se sentía desarmado e indefenso frente a todo el conjunto de circunstancias extremadamente diversas en las que él cumplía su trabajo con lealtad y diligencia y consumía sus fuerzas, viendo claramente que todo era inútil y desesperanzador.

El coronel temblaba, aunque en el exterior el calor de julio era sofocante, y tenía por momentos la impresión de que perdía el conocimiento y rodaba también por un barranco desconocido.

 

XVII

 

Esta última y terrible algarada no había afectado en absoluto al consulado francés. Al contrario, el epicentro se trasladó, hacia el final, al consulado austríaco y a su médico, Cologna. Pero también en el consulado francés habían vivido días difíciles y noches de insomnio. A excepción de las dos cortas escapadas de des Fossés, nadie había osado ni asomarse a la ventana. Al propio Daville, la revuelta le había parecido mucho más grave que la primera, porque nadie se acostumbra a tales pruebas, al revés, cuanto más se repiten peor se soportan.

Al igual que durante la primera revuelta, Daville pensó huir de Travnik, salvar su vida y la de su familia. Encerrado en su gabinete de trabajo, se torturaba con las ideas más terribles y preveía las circunstancias más negras, pero delante de los criados y empleados, e incluso delante de su esposa, no dejaba traslucir ni sus pensamientos ni su estado de ánimo.

No obstante, esta adversidad común tampoco logró acercar al cónsul y al canciller. Varias veces al día, Daville iniciaba una conversación con des Fossés. (Encerrados en casa, se encontraban más a menudo que de costumbre). Pero ninguna de estas charlas le aportaban bienestar y paz, y tenía que repetirse constantemente que vivía con un extranjero del que irremediablemente lo separaban concepciones y costumbres. Ni siquiera las cualidades buenas del joven, que eran incuestionables y afloraban sobre todo en tales ocasiones, como la audacia, la generosidad o la serenidad, podían atraer a Daville. Porque nosotros aceptamos y valoramos las virtudes de un hombre sólo si se nos muestran bajo un aspecto que conviene a nuestras ideas e inclinaciones.

Como siempre había hecho hasta el momento, Daville consideraba con amargura y desprecio todo lo que sucedía a su alrededor, lo achacaba a la maldad innata y al bárbaro modo de vida de aquella gente, y sólo le preocupaba cómo salvaguardar y proteger los intereses franceses en semejante situación. Des Fossés, por el contrario, con una objetividad que dejaba consternado al cónsul, analizaba todos los fenómenos a su alrededor y se esforzaba por encontrarles un motivo y una explicación en sí mismos y en las circunstancias que los habían provocado, al margen del daño o provecho, de las ventajas o incomodidades que pudieran causarle a él y a su consulado. Esa objetividad fría y desinteresada del joven confundía desde siempre a Daville y le resultaba muy desagradable, máxime cuando no dejaba de ver en ella una señal clara de la superioridad del mozalbete, y en esa ocasión le parecía más penosa y más insoportable.

Cualquier conversación oficial, semioficial o privada, suscitaba en el joven múltiples asociaciones, observaciones atrevidas y conclusiones de una imparcialidad glacial, y en el cónsul, una irritación y un silencio resentido que des Fossés ni siquiera advertía.

Ese hijo de familia acaudalada, dotado de toda suerte de talentos, se comportaba también a la hora de pensar como un millonario y era osado, caprichoso y pródigo. En el trabajo cotidiano del consulado, no servía de gran utilidad a Daville. Aunque era deber del canciller pasar a limpio los informes del cónsul, éste evitaba darle ese trabajo. Mientras escribía, sentía que le frenaba la idea de que des Fossés, cuyo espíritu parecía poseer cien ojos, al copiarlo juzgaría con una mirada crítica el informe de su superior. Daville se enfadaba consigo mismo, pero no podía controlarse ni dejar de preguntarse cada tres frases qué pensaría su canciller al leerlo. Por eso, al final, prefería escribir los informes importantes y pasarlos él mismo a limpio.

En resumen, en todos los asuntos, y lo que era más importante aún, en todas las angustias internas que provocaban en Daville los acontecimientos relacionados con la última campaña de Napoleón contra Viena, des Fossés no resultaba de ninguna utilidad y, con frecuencia, suponía más una carga y un inconveniente. Las diferencias entre ellos eran tan grandes y profundas que ni siquiera podían compartir las alegrías. Cuando a mediados de julio, coincidiendo casi con el final de la revuelta, llegó la noticia de la victoria de Napoleón en Wagram, y acto seguido la del armisticio con Austria, empezó para Daville uno de sus periodos de serenidad. Le parecía que las cosas habían salido bien, que todo había terminado felizmente. Lo único que estropeaba su buen talante era la indiferencia del joven, que no conocía el entusiasmo que produce el éxito ni las dudas y temores que preceden al triunfo.

Para Daville era penoso e inexplicable ver siempre a des Fossés con la misma sonrisa inteligente e impasible en el rostro. «Se diría que éste se ha abonado a las victorias», le comentaba Daville a su mujer, pues no tenía a nadie más a quien lamentarse y no podía seguir callando.

De nuevo llegaron a Travnik los días cálidos y exuberantes de finales del verano, los mejores y más hermosos para los que siempre viven bien y los menos inclementes para los que su existencia es igual de fatigosa en verano que en invierno.

En octubre de 1809 se firmó en Viena la paz entre Napoleón y la corte austríaca. Se crearon las Provincias Ilirias a las que pertenecían Dalmacia y Lika, territorios estos bajo la jurisdicción de Daville. A Ljubljana, capital de esta nueva Iliria, llegaron un gobernador general y un intendente, con todo un estado mayor de funcionarios de policía, de aduanas y de hacienda, que debían empezar a organizar la administración y, en particular, el comercio y las comunicaciones con Levante. Anteriormente, el general Marmont, comandante de Dalmacia, que había llegado a tiempo a la batalla de Wagram, había sido nombrado mariscal. Daville, viendo lo que sucedía a su alrededor, tenía ese sentimiento melancólico y agradable del hombre que ha contribuido a la victoria y la fama de los otros, quedando él a la sombra, sin gloria ni recompensa. Dicho sentimiento le gustaba y le ayudaba a soportar las dificultades de Travnik, que ninguna victoria podía cambiar significativamente.

Lo que torturaba ahora a Daville, como en todas las ocasiones anteriores, y que no podía reconocer ni confiar a nadie, era la pregunta de si ésta sería la victoria definitiva y cuánto duraría la paz.

Para esa cuestión, de la que dependía no sólo su sosiego, sino también el destino de sus hijos, no podía encontrar una respuesta en ninguna parte ni en su interior ni en su entorno.

Durante una audiencia particularmente solemne, Daville contó al visir con todo detalle las victorias de Napoleón y las disposiciones de la paz de Viena, sobre todo, en la medida en que concernían a las regiones situadas en la frontera directa con Bosnia. El visir se congratuló de dichas victorias y expresó su satisfacción porque continuarían sus relaciones de buena vecindad y porque en lo sucesivo, bajo la administración francesa, reinarían la paz y el orden en los países alrededor de Bosnia.

Pero esas palabras «guerra», «paz» y «victoria» en la boca del visir sonaban como cosas muertas y lejanas, y él las pronunciaba con voz fría y dura y una expresión pétrea en la cara como si se tratara de acontecimientos de un pasado lejano.

Tahir bey, el teftedar, con el que Daville había hablado ese mismo día, estuvo mucho más animado y locuaz. Se interesó por la situación en España, preguntó por los pormenores de la organización administrativa en las nuevas Provincias Ilirias. Era evidente que deseaba informarse para luego hacer sus propias comparaciones, pero su elocuencia amable y su curiosidad aguda no decían mucho más que la indiferencia muda y muerta del visir; por sus palabras podía deducirse que él no veía final a las guerras y conquistas de Napoleón. Y cuando Daville lo exhortó para que se explicara mejor, el teftedar evitó responder.

—Su emperador es el vencedor, y al vencedor todos lo ven rodeado de esplendor o como dice un poeta persa: «La faz del vencedor es como la rosa» —remató Tahir bey con aire astuto y sonriente.

Daville siempre experimentaba un incomprensible malestar ante esa sonrisa extraña que jamás abandonaba la cara del teftedar y a causa de la cual sus ojos se volvían diabólicamente oblicuos y un poco bizcos. Después de cada conversación con él, Daville se sentía desconcertado y como expoliado. Cada una de estas charlas, en lugar de aportar soluciones y respuestas, suponían nuevas preguntas y nuevas incertidumbres. Pero era el único hombre del konak que quería y sabía hablar de asuntos serios.

En cuanto se firmó la paz, se restablecieron las relaciones entre los dos consulados. Los cónsules se hicieron las visitas de rigor y con mucha palabrería expresaron su dudosa satisfacción por el armisticio alcanzado, ocultando tras ese entusiasmo exagerado la vergüenza que sentían al pensar en lo que habían hecho el uno contra el otro en los últimos meses. Daville se esforzaba para no ofender a von Mitterer con un comportamiento demasiado triunfal, pero sin perder por ello ninguno de los privilegios que la victoria otorgaba. El coronel se expresaba con mucha más cautela, como alguien que desea reconocer lo menos posible un presente desagradable y lo espera todo del futuro. Ambos escondían sus verdaderos pensamientos y sus temores reales tras el velo de una conversación melancólica como la que a menudo sostienen los ancianos, los cuales aún esperan algo de la vida, si bien son conscientes de su impotencia.

La señora von Mitterer todavía no había intercambiado visitas con la señora Daville, y lograba evitar encontrarse con des Fossés que, naturalmente, desde la primavera anterior estaba «muerto» para ella y enterrado en la gran necrópolis de sus demás desengaños. Mientras duró la campaña contra Viena, ella, testaruda e impetuosa, se mantuvo todo el tiempo «con todas sus fuerzas del lado del gran e incomparable corso», amargando de esta forma los días y las noches de von Mitterer que ni en los cuatro muros de su dormitorio podía resistir las declaraciones imprudentes de su esposa y al que sus despropósitos le provocaban un dolor físico.

Ese verano, Ana María recuperó de golpe su antigua pasión: el amor por los animales. Su compasión desmedida y malsana por los animales de tiro, los perros, los gatos y el ganado estallaba a cada instante. La visión de los pequeños bueyes pelados y extenuados, que avanzaban fatigados, sus patas delgadas, mientras que un enjambre de moscas se encarnizaba con la carne blanda alrededor de sus ojos mansos, provocaba en Ana María un verdadero ataque de nervios. Llevada por su naturaleza apasionada, asumía la defensa de los animales en todas las ocasiones y en cualquier lugar, sin ninguna medida ni consideración, yendo así al encuentro de nuevas decepciones. Recogía perros cojos y gatos sarnosos y los curaba y cuidaba. Alimentaba a los pájaros, siempre alegres y ahítos. Se encaraba con las aldeanas que cargaban pollos con la cabeza colgando y las patas atadas sobre sus hombros. En las calles detenía los carros abarrotados y a los caballos sobrecargados, exigía a los campesinos que aliviaran a las bestias de tanta carga, que pusieran ungüento en sus heridas, que repararan los arneses que las laceraban y aflojaran las cinchas.

Todo esto eran cosas difíciles e imposibles en esa tierra, cosas que nadie podía entender y que solían provocar escenas ridículas y conflictos desagradables.

Cierto día, la señora von Mitterer tropezó en una calle con un carro alargado atestado de sacos de cereales. Dos bueyes pugnaban en vano por subir la pendiente tirando del carro. Entonces, unos hombres llevaron un jamelgo, que uncieron al yugo delante de los animales y con fuertes gritos empezaron a empujarlos por la cuesta. El campesino que iba junto a los bueyes los golpeaba sin cesar, bien en los magros flancos, bien en el hocico blando, mientras que el caballo sufría los azotes que con una fusta propinaba un turco corpulento, desaliñado y curtido, un tal Ibro Zvalo, un granuja redomado, un cochero borrachín, que de vez en cuando hacía las veces de verdugo arrebatándoles las ganancias a los gitanos.

Los bueyes y el caballo que los precedía no lograban coordinar sus pasos y tirar al unísono. El campesino corría a cada instante para poner una piedra detrás de la última rueda. Los animales jadeaban y temblaban. El cochero blasfemaba con voz ronca y afirmaba que el buey de la izquierda hacía trampa y no tiraba nada. Arreó una vez más a las bestias, pero el buey de la izquierda cedió y cayó sobre sus patas delanteras. El otro animal y el caballo seguían tirando. Ana María lanzó un grito, salió corriendo y con los ojos anegados en lágrimas empezó a reprender al cochero y al campesino. Éste colocó de nuevo la piedra y miró a la extranjera desconcertado. Pero Zvalo, bañado en sudor y rencoroso hacia el buey que fingía tirar, se volvió hecho una furia hacia ella, se secó el sudor de la frente con el dedo índice de la mano derecha doblado y lo sacudió hacia el suelo, maldiciendo la miseria y al que la había inventado, y se dirigió derecho hacia Ana María con el látigo en la mano izquierda.

—¡Sólo me faltabas tú! ¡Quítate de mi vista, mujer estúpida!, y no me des más trabajo, de lo contrario, por Dios que te voy a…

Según hablaba, el cochero agitaba el látigo. Ana María vio la cara de Zvalo inclinada sobre ella, muy cerca, gesticulante, llena de arrugas, cicatrices, sudor y polvo, una cara malvada y furiosa, pero sobre todo agotada y al borde de las lágrimas debido al cansancio, igual que el ganador de una carrera. En ese instante, llegó corriendo el guardia atemorizado, rechazó al hombre furibundo y se llevó a la mujer que lloraba ruidosamente cegada por una rabia impotente.

Durante los dos días siguientes, Ana María todavía se estremecía al recordar esa escena y con lágrimas en los ojos exigía a su marido que solicitara el castigo más riguroso para esas personas por su crueldad y por el ultraje del que había sido objeto. Por la noche saltaba de la cama, gritando y ahuyentando la cara de Zvalo que se le aparecía en sueños.

El coronel tranquilizaba a su mujer con buenas palabras, aunque sabía que la cosa no tenía remedio. La avena que llevaban en el carro estaba destinada al granero del visir. El tal Zvalo era un hombre de mala reputación, contra el que nada podía hacerse y con el que no tenía sentido discutir. Y por último, la principal culpable era su mujer que, como tantas veces se había metido donde no debía, y lo había hecho de forma improcedente, y ahora, como de costumbre no era posible razonar con ella ni explicarle nada. Por eso la calmaba lo mejor que podía, prometiéndole todo, como a un niño, soportando pacientemente los reproches y ofensas que le dirigía, con la esperanza de que ella olvidara su manía.

En el consulado francés había una novedad.

La señora Daville estaba en su cuarto mes de gestación. Prácticamente la misma, menuda y ligera, se movía rauda y silenciosa por el caserón y el jardín del consulado; limpiaba, compraba, organizaba y ordenaba. Llevaba con dificultad este cuarto embarazo. Pero sus múltiples tareas y las molestias físicas que le causaba su estado, la ayudaban a soportar el dolor que sentía por el hijo que el otoño anterior le había sido arrebatado tan fulminantemente y en el que no dejaba de pensar un solo instante aunque nunca hablara de ello.

El joven des Fossés pasaba sus últimos días en Travnik. Sólo aguardaba que llegara el primer correo de Constantinopla o de Split en dirección a París para viajar con él. Había sido trasladado al ministerio, pero ya lo habían informado de que ese mismo año lo enviarían a la embajada de Constantinopla. El material para su libro estaba preparado y se sentía satisfecho de haber conocido aquel país y contento por poder dejarlo. Había luchado contra su silencio, contra numerosas privaciones y ahora se marchaba invencible y con el ánimo sereno.

Antes de partir, por la Natividad de la Virgen, visitó, junto con la señora Daville, el monasterio de Guca Gora. Como las relaciones entre el consulado y los frailes se habían enfriado considerablemente, Daville no quiso ir con ellos. Estas relaciones eran, en efecto, mucho más que frías. El enfrentamiento entre el gobierno imperial francés y el Vaticano, en aquella época, se hallaba en pleno apogeo. El Papa estaba prisionero, Napoleón había sido excomulgado. Hacía meses que los frailes no iban al consulado. Sin embargo, gracias a la señora Daville, los monjes de Guca Gora los recibieron amablemente. Des Fossés no pudo por menos que admirarse de la forma en que los frailes sabían separar lo que debían personalmente a esos invitados de aquello a lo que estaban obligados por su compromiso y su responsabilidad, que se tomaban muy en serio. En su comportamiento había tanta reserva y seriedad ofendida como exigía su dignidad, y tanta cordialidad como exigían las leyes de una hospitalidad ancestral y de una humanidad elemental, que deben prevalecer sobre todos los conflictos actuales y situaciones pasajeras. De todo un poco y en su justa medida, y todo junto enlazado en un círculo perfecto, expresado mediante una conducta desenvuelta y ademanes y gestos libres y naturales. Nunca hubiera esperado tanta armonía y un sentido tan innato de la medida de esos hombres toscos, fornidos e impetuosos, de bigotes caídos y cabezas redondas rasuradas de forma ridícula.

Una vez más pudo comprobar el fervor religioso de los campesinos católicos, observar más de cerca la vida de los frailes de san Francisco, «de la escuela bosniaca»; una vez más charló y discutió con fray Julijan, «su estimado enemigo».

Era un bonito y soleado día de fiesta, en la mejor estación del año, cuando las frutas ya están maduras y las hojas todavía verdes. La inmensa iglesia del monasterio, de paredes encaladas, se llenó enseguida de aldeanos vestidos con sus galas de domingo entre las que dominaba el color blanco. Un instante antes de que empezara la misa mayor entró la señora Daville en la iglesia. Des Fossés se quedó fuera en el huerto de ciruelos con fray Julijan, que ese día libraba, y se dedicaron a pasear y a charlar.

Como siempre que se veían, trataron de las relaciones entre la Iglesia y Napoleón, de Bosnia, de la vocación y el papel de los frailes, del destino de aquel pueblo que profesaba varias religiones.

Todas las ventanas del templo estaban abiertas y, de vez en cuando, llegaba el tintineo de la campana del monaguillo o la voz grave y senil del superior que decía misa.

Los dos jóvenes disfrutaban con la charla como niños rebosantes de salud con el juego. Su discusión, mantenida en un mal italiano, llena de ingenuidades, afirmaciones audaces y obstinación estéril, giraba siempre en torno a lo mismo y volvía al punto de partida.

—Usted no puede entendernos —respondía el fraile a todas las observaciones del joven.

—Yo creo que durante mi estancia he tenido tiempo de conocer bien las circunstancias de su país y, al contrario que muchos extranjeros, he sido comprensivo con los valores que esta tierra esconde, así como con los defectos y el retraso que un forastero advierte rápidamente y con tanta facilidad condena. Pero permítame que le diga que a menudo me resulta incomprensible la postura que ustedes, los frailes, adoptan.

—Y yo le digo que no puede entendernos.

—Sí, sí que entiendo, fray Julijan, pero no puedo aprobar lo que veo y comprendo. Este país necesita escuelas, calzadas, médicos, contacto con el mundo, trabajo y actividad. Sé que ustedes, mientras dure el dominio turco y mientras no se establezca una relación entre Bosnia y Europa, no podrán alcanzar ni lograr nada de eso. Pero, puesto que son los únicos hombres instruidos en este país, deberían preparar a su pueblo para esa contingencia y encaminarlo por esa vía. En lugar de ello, apoyan la política feudal y conservadora de las potencias reaccionarias europeas y quieren unirse a esa parte de Europa que está destinada al fracaso. Y eso es inexplicable, porque su pueblo no está lastrado por las tradiciones ni por los prejuicios de clase y su puesto, a juzgar por todo, debería de estar al lado de los países y de las fuerzas libres e ilustradas de Europa…

—¿De qué nos sirve la cultura sin la fe en Dios? —replicaba el fraile—. Tanto progreso no durará mucho en Europa y mientras dure sólo traerá caos y desventura.

—Se engaña, querido fray Julijan, se equivoca de medio a medio. Un poco más de caos no les vendría mal. Usted ve que el pueblo de Bosnia practica tres, incluso cuatro religiones, los hombres están divididos y enfrentados entre sí, y todos juntos separados de Europa por un muro infranqueable, es decir, del mundo y de la vida. Cuiden de que no recaiga sobre ustedes, los frailes, el pecado histórico de no haberlo comprendido y de haber conducido a su pueblo en una dirección errónea, sin haberlo preparado para aquello que inexorablemente le espera. Entre los cristianos del imperio turco se oyen cada vez con más frecuencia voces que hablan de libertad y liberación. Y, en efecto, algún día la libertad tendrá que llegar también a estos parajes. Pero hace tiempo se dijo que no basta con alcanzar la libertad, sino que es mucho más importante llegar a ser digno de ella. Sin una educación más moderna e ideas más liberales, de nada les servirá liberarse del yugo otomano. En el curso de los siglos, su pueblo se ha asimilado tanto a los opresores que no notará una gran diferencia cuando los turcos se vayan un día y lo abandonen, además de con los defectos que le son propios, con todos sus vicios: la pereza, la intolerancia, el espíritu de la violencia y el culto a la fuerza bruta. Eso, en realidad, no sería una liberación, porque no serían dignos de la libertad ni sabrían disfrutar de ella y, al igual que los turcos, no conocerían más que la esclavitud o esclavizar a otros. No hay ninguna duda de que algún día su país entrará a formar parte de Europa, pero puede suceder que entre dividido y coartado por una herencia de concepciones, costumbres e instintos que hayan dejado de existir y que, como espectros, le impedirán desarrollarse con normalidad y harán de él un monstruo arcaico, un buen botín para todos, igual que lo es hoy de los turcos. Y esta gente no se lo merece. Usted puede ver que ningún pueblo, ningún país en Europa, funda su progreso sobre una base religiosa…

—Precisamente, eso es lo triste.

—Lo triste es vivir así.

—Lo triste es vivir sin Dios y traicionar la fe de nuestros padres. Y de nosotros que, pese a todos nuestros errores y defectos, no la hemos traicionado se puede decir: Multum peccavit, sed fídem non negavit (mucho ha pecado pero de su fe jamás ha renegado) —alegó fray Julijan, cediendo a su pasión por las citas.

La discusión de los jóvenes volvía al punto de partida. Ambos estaban absolutamente convencidos de lo que afirmaban y ninguno se expresaba con claridad ni escuchaba lo que el otro decía.

Des Fossés se detuvo junto a un ciruelo viejísimo, encorvado y cubierto por un liquen tupido.

—¿Acaso jamás se le ha ocurrido pensar que los pueblos sometidos a la dominación turca, y que se llaman con nombres diferentes y profesan religiones distintas, un día, cuando el imperio otomano se desmorone y abandone estos lugares, deberán encontrar una base común para su supervivencia, una fórmula más amplia, más comprensiva, mejor y más humana…?

—Nosotros, los católicos, hace tiempo que tenemos esa fórmula. Es el Credo de la Iglesia Católica de Roma. No necesitamos nada mejor.

—Pero usted sabe que sus compatriotas en Bosnia y en los Balcanes no pertenecen todos a esa Iglesia y nunca pertenecerán. Está claro que ya nadie en Europa se asocia a partir de ese principio. Por lo tanto, hay que buscar otro denominador común.

De la iglesia llegó el canto de los fieles reunidos y los interrumpió. Primero, vacilantes y desiguales y luego más uniformes y más altas, se mezclaban las voces de los hombres y de las mujeres, las voces arrastradas y monótonas de los campesinos:

Salve cuerpo de Cristo…

El canto iba subiendo cada vez más. El edificio compacto y bajo, sin campanario, con tejado de madera negra, levemente inclinado del ábside a la fachada, mugía y resonaba como un barco surcando las aguas, las velas desplegadas al viento y lleno de cantores invisibles.

Los dos guardaron silencio por un instante. Des Fossés quiso conocer el texto de esa canción que cantaba el pueblo con tan fervoroso entusiasmo. El fraile se lo tradujo palabra por palabra. El sentido del cántico le recordó un antiguo himno litúrgico:

Ave verum corpus natum

De María virgine…

Mientras fray Julijan buscaba palabras para la siguiente estrofa, el joven seguía distraído los esfuerzos del monje, porque en realidad sólo escuchaba una melopea pesada, simple, triste y tosca que tan pronto le llegaba como el balido uniforme de un interminable rebaño de ovejas, como el ulular del viento en un bosque tenebroso. Y se preguntaba si era posible que este lamento pastoril que resonaba en la iglesia inclinada expresara la misma idea y la misma fe que el cántico de los canónicos rollizos y sabios o de los seminaristas pálidos de las catedrales francesas. «Urjammer!», pensaba en su fuero interno, recordando cómo Daville y von Mitterer habían calificado la canción de Musa, e, inconscientemente, se adentró en el huerto de ciruelos, huyendo de la melodía igual que un hombre vuelve la cabeza para no ver un espectáculo de una tristeza insoportable.

Allí, des Fossés y el monje retomaron la conversación, intercambiando pullas que mantenían a cada uno en su lugar.

—Desde que llegué a Bosnia, me pregunto cómo, ustedes, los frailes, que han visto mundo y han estudiado en escuelas, que en esencia son buenas personas, sinceras y altruistas, no tienen mayor amplitud de miras y una opinión más libre, cómo no entienden las exigencias de los nuevos tiempos y no sienten la necesidad de los hombres de aproximarse unos a otros, de buscar juntos un modo de vida más digno y más sano…

—¡Con los clubes jacobinos!

—Pero, padre Julijan, hace ya tiempo que los clubes jacobinos no existen, ni siquiera en Francia.

—No existen porque se han trasladado a los ministerios y a las escuelas.

—Sí, pero aquí no tienen escuelas, no tienen nada, y cuando un día la civilización llegue hasta ustedes, ya no serán capaces de absorberla y permanecerán divididos, confusos, una masa amorfa, sin dirección ni objetivos, sin lazos orgánicos con la humanidad, aislados de sus compatriotas e incluso de sus propios paisanos.

—Pero con la fe en Dios, señor mío.

—¡Con fe, con fe! Pues no son los únicos que creen en Dios. Creen en Él millones de personas. Cada uno a su manera. Pero eso no le da derecho a nadie a apartarse y recluirse en una soberbia malsana, volviendo la espalda al resto del género humano e incluso a los seres que le son más próximos.

La gente empezó a salir de la iglesia, aunque las voces aún resonaban y gemían como una campana al viento cuyo tintineo se va debilitando. Por fin apareció la señora Daville e interrumpió esa discusión interminable.

Comieron en el monasterio y luego regresaron a Travnik. Fray Julijan y des Fossés continuaron su debate durante la comida. Luego se separaron, para siempre, despidiéndose como los mejores amigos del mundo.

Daville llevó a des Fossés a una audiencia del visir, para que le rindiera pleitesía y se despidiera. Así pudo ver por última vez a Ibrahim bajá. Estaba más lento y sombrío que nunca, hablaba con una voz profunda y ronca y mascullaba las palabras pausadamente, moviendo la mandíbula inferior como si las triturara. Con los ojos enrojecidos y fatigados, y casi con rabia, se esforzaba por mirar al joven. Era evidente que sus pensamientos estaban lejos de allí, que difícilmente entendía a esa juventud que se dirigía a alguna parte, se despedía y viajaba, que no le apetecía entender y que lo único que deseaba era liberarse cuanto antes.

También la visita al consulado austríaco fue rápida y salió bien. El coronel lo recibió con una especie de dignidad triste, pero amable y pidió disculpas porque la señora von Mitterer, a causa de una fuerte y persistente migraña, no podía decirle adiós.

Con Daville, las cosas fueron más complicadas y aburridas. Además de los informes escritos, el joven tuvo que llevar numerosos mensajes orales, intrincados y matizados. Según se aproximaba el día de la partida, estos mensajes variaban y eran acompañados de mayores reservas y más mensajes. Al final, des Fossés no sabía muy bien lo que tenía que decir de la vida en Travnik y del trabajo en el consulado, porque el cónsul le enumeraba múltiples quejas, ruegos, observaciones y consideraciones; unas eran sólo para el ministro en persona, otras para el ministro y el ministerio, algunas para des Fossés y otras para todo el mundo. La cautela, sutileza y pedantería de esos innumerables recados confundían al joven, le provocaban ganas de bostezar y de pensar en cosas muy diferentes.

El último día del mes de octubre, el canciller se puso en marcha, en medio de un frío punzante y de las primeras celliscas, igual que cuando había venido.

Travnik no es una de esas ciudades que se va perdiendo de vista progresivamente mientras uno se aleja, sino que se desvanece de repente en su agujero. Así se hundió en el recuerdo del joven. Lo último que vio fue la fortaleza, pequeña y reducida, como un casco, y junto a ella la mezquita con su alminar, exquisito y delicado cual penacho. A la derecha de la fortaleza en el roquedal, en la cuesta, se distinguía la enorme y vetusta casa en la que hacía poco había visitado a Cologna.

Mientras se alejaba por el hermoso camino llano de Turbe, des Fossés pensaba en él, en su destino y en aquella extraña conversación nocturna que mantuvieron.

«… Porque vive aquí, pero sabe que es temporal y que más pronto o más tarde regresará a su país, a una vida mejor y más digna. Se despertará de su pesadilla y se liberará, pero nosotros jamás, porque para nosotros es nuestra única vida».

Igual que aquella noche, en la habitación repleta de humo, sentado a su lado, sintió una vez más el hálito que emanaba y vibraba alrededor del médico —como una intensa emoción— y escuchó sus susurros proferidos en tono cálido y confidencial:

—A la postre, cuando llega el final, el verdadero final, fuere como fuere, todo sale bien y reina la armonía.

Así abandonó des Fossés Travnik, acordándose sólo del desdichado «doctor ilirio» y pensando por unos instantes en él.

Pero sólo por unos instantes, porque la juventud no se detiene en los recuerdos ni medita demasiado tiempo sobre las mismas cosas.

 

XVIII

 

En el consulado francés se había creado desde los primeros días ese verdadero ambiente hogareño que tanto depende de la mujer, contra la que ningún cambio ni golpe puede hacer nada frente a la realidad cotidiana del sentimiento familiar, una vida con nacimientos, muertes, penas y alegrías, con encantos desconocidos para el mundo exterior que irradiaba fuera del consulado y que consiguió lo que ni la fuerza, ni los sobornos, ni la persuasión habían logrado: aproximó, al menos hasta cierto punto, a los habitantes de la legación y a los de la ciudad. Y eso, a pesar del odio que, como ya hemos visto, seguía provocando el consulado como tal.

Ya dos años atrás, cuando la familia Daville perdió repentinamente a su hijo, todos los hogares, sin distinción, quisieron saber los detalles de la desgracia que todas las familias habían compartido. Todavía, mucho después de este suceso, la gente se volvía con simpatía y lástima hacia la señora Daville cuando ésta hacía alguna de sus escasas salidas a la ciudad. Además, los criados y las mujeres de Dolac y de Travnik (sobre todo las hebreas) fueron contando por todo el lugar historias referentes a la armoniosa vida familiar, las «manos de oro» de la señora Daville, su habilidad, su sentido de la economía, su nobleza y pulcritud. Incluso en las casas turcas, donde no se hablaba de los consulados extranjeros sin escupir supersticiosamente, se conocían todos los pormenores sobre cómo la mujer del cónsul francés bañaba y dormía a sus hijos, cómo los vestía, cómo los peinaba y hasta el color del lazo con el que recogía sus cabellos.

Por todo esto, resultaba natural que todas las mujeres de la ciudad siguieran con interés y preocupación el embarazo y parto de la señora Daville, como si se tratara de una vecina más. Se calculaba en «qué mes estaba» y se comentaba si llevaba bien o mal la gestación, en qué medida iba cambiando y los preparativos que hacía para el sobreparto. Podía advertirse entonces lo importantes y trascendentes que eran el nacimiento y la maternidad en la vida de aquella gente, una vida por lo demás pobre en novedades y alegrías.

Y cuando llegó el momento, se presentó en el consulado la vieja Matisicka, viuda de un mercader respetado, pese a su vida descarriada, que era considerada la mejor comadrona de todo Dolac. Esta matrona, sin la que no se producía un parto en las casas de los ricos, hizo correr más historias aún sobre la señora Daville en tanto que madre y ama de casa. Contaba con todo lujo de detalles el orden que reinaba en la mansión y las cosas agradables y hermosas que allí ocurrían. Una casa que estaba limpia como una patena, olía bien y siempre, hasta el último rincón, estaba caldeada e iluminada. Hablaba de la esposa del cónsul que hasta el último momento, cuando ya habían empezado los dolores, seguía organizando y disponiendo, dando órdenes desde la cama «sólo con una mirada»; de su devoción y de su increíble paciencia y capacidad de aguantar el dolor; y por fin, del comportamiento del cónsul, que derrochaba dignidad y amor, como ninguno de sus hombres lo haría jamás. Todavía muchos años después, la vieja Matisicka citaba el ejemplo de la señora Daville a las parturientas jóvenes, que se alteraban demasiado y eran presa del pánico, para avergonzarlas y tranquilizarlas.

El bebé que vino al mundo a finales de febrero fue niña.

Las familias de Travnik y de Dolac empezaron a enviar los regalos tradicionales. (Entonces pudo verse hasta qué punto los travniqueses, aunque no se habían resignado con la existencia de los consulados, al menos se habían aproximado a la familia de Daville). Las matronas de Dolac, con las mejillas sonrosadas y bien tapadas, con abrigos forrados de satén, andaban con paso ligero y solemne, como patos sobre el hielo. Detrás de cada una de ellas caminaba cauteloso un aprendiz aterido de frío, las orejas rojas y sin poder secarse el agüilla helada que goteaba de su nariz, porque en los brazos extendidos llevaban los regalos envueltos. Muchas de las mujeres de los beyes enviaron obsequios y a una gitana para que se interesara por la señora Daville. En la habitación de la parturienta, los presentes se alineaban ordenados. Bandejas con baklavas; urmasicas, colocadas transversalmente igual que troncos para leña; rollos de tela de seda; garrafas y botellas con rakija y malvasía, con hojas de plantas verdes a guisa de tapón.

La señora von Mitterer participó esta vez en el feliz acontecimiento con el mismo ardor que tiempo atrás había compartido el duelo por la muerte del hijo de los Daville. Su regalo para el bebé fue un bonito y valioso medallón italiano de oro con flores de esmalte negro y diamantes. Sin embargo, no pudo abstenerse de contar la historia enrevesada y conmovedora de la joya. Durante esos días volvió en repetidas ocasiones, un poco decepcionada al ver que todo había sido tan sencillo y tan fácil, sin sorpresas imprevistas ni grandes emociones. Se sentaba al lado de la parturienta y hablaba extensa e inconexamente sobre el futuro que le esperaba a la criatura, del sino de las mujeres en la sociedad y del destino en general. Desde la blancura de sus sábanas, la señora Daville, menuda y pálida, la miraba y escuchaba sin dar muestras de entender.

El regalo más grande y más hermoso fue el del visir. Era un enorme ataifor[40] lleno de baklavas, cubierto primero por una tela de seda y luego por una gran pieza de brocado de Brusa rojo claro. Lo llevaban varios criados e iban precedidos por un servidor del konak. Así atravesaron el bazar justo al mediodía.

D’Avenat, que siempre se enteraba de todo, averiguó con cuántas dificultades había salido el ataifor del konak, dificultades que, naturalmente, había planteado el haznadar. Como siempre, Baki había intentado reducir los gastos y escatimar los regalos que hacía el visir.

El primer paso fue la elección de la fuente y las consultas en torno a la tela que se debía obsequiar. El visir había ordenado que pusieran las baklavas en el ataifor más grande que hubiera en el konak. Baki empezó señalando que no era necesario enviar nada, porque no era costumbre entre los francos, pero viendo que esto no surtía efecto escondió la bandeja más grande y la sustituyó por una más pequeña. La treta no sirvió de nada porque los criados de Tahir bey la encontraron. El haznadar gritaba con voz aflautada, ahogada por la cólera:

—Podéis coger una más grande aún. El patio entero les podéis regalar, eso es lo mejor, eso es; regaladlo todo, repartidlo, de todos modos, aquí no se hace más que derrochar.

Cuando vio que elegían la mejor pieza de tela para cubrir el regalo volvió a gritar, se arrojó al suelo, se tumbó en el paño y se enrolló por los extremos.

—¡No, no lo haréis, no lo permitiré! Bandidos, glotones, ¿por qué no regaláis vuestras cosas?

A duras penas lograron separarlo del valioso trozo de tela y cubrir el ataifor. Baki siguió gimiendo como si estuviera herido, maldiciendo a todos los cónsules y consulados del mundo entero, todos los nacimientos y a las parturientas, las tradiciones estúpidas y los sobrepartos, incluso al propio visir, el pobre, que ya no era capaz de prohibir ni conservar lo poco que tenía, y escuchaba a ese loco manirroto del teftedar, repartiendo y regalando a diestro y siniestro al turco y al infiel.

La niña que había nacido en el consulado francés fue bautizada un mes más tarde, cuando el frío remitió. La pequeña recibió el nombre de Eugénie Stéphanie Annonciade y fue inscrita en el registro de bautismo de la parroquia de Dolac el día 25 de marzo de 1810, víspera de la Anunciación.

Ese año, tranquilo y lleno de buenas promesas, trajo a cada uno algo de lo que deseaba y esperaba.

Von Mitterer obtuvo por fin instrucciones claras sobre cómo debía comportarse con el cónsul francés. («En el trato personal, agradable, incluso cordial, pero en público, ni delante de los turcos ni delante de los cristianos, debe mostrarse ninguna señal de amistad, sino circunspección y cierta frialdad digna», etc). Armado de estas instrucciones, el coronel se movía con más facilidad y, hasta cierto punto, con más naturalidad. Los inconvenientes los planteaba ahora Ana María, que nunca aceptaba instrucciones de nadie ni quería oír hablar de mesura y contención.

Los esponsales y el matrimonio de la princesa austríaca María Luisa con Napoleón trajeron grandes emociones a Ana María. Siguió, a través de los periódicos de Viena, todos los pormenores de la ceremonia, se sabía los nombres de todas las personalidades que participaron en el evento y recordaba cada palabra que, según los periódicos, se había pronunciado para la ocasión. Y cuando leyó en alguna parte que Napoleón, incapaz de esperar pacientemente la llegada de su prometida imperial en el lugar convenido, se apresuró a su encuentro en un carruaje corriente, de incógnito, e irrumpió en su carroza en mitad del camino, a Ana María se le saltaron las lágrimas de la emoción y, como un huracán, se precipitó en el gabinete de su marido para decirle que ella siempre había tenido razón cuando declaraba que el corso era un hombre extraordinario, un ejemplo único de grandeza y sensibilidad.

Aunque era Semana Santa, Ana María visitó a la señora Daville para contarle todo lo que había leído y compartir con ella la admiración y el entusiasmo.

La francesa aprovechaba esos días de abril excepcionalmente soleados para dedicarse con ahínco al jardín.

Ya desde el primer año, la señora Daville tenía a su servicio a Munib, un jardinero sordomudo, apodado Gruñón. La mujer se había acostumbrado tanto a él que mediante gestos de la cara y con las manos hablaban sin dificultad de todo lo relacionado con las plantas y flores. Y no sólo de ellas; empleaban signos para charlar de muchas cosas, de los acontecimientos en el pueblo, de los jardines del konak y del consulado austríaco, y sobre todo de los niños.

Gruñón vivía con su joven esposa en una de las casuchas al pie del barrio de Osoj. Su casa estaba limpia y ordenada y su mujer era fuerte, bella y hacendosa, pero no tenían hijos y se sentían muy tristes por ello. De ahí que Gruñón mirara conmovido a los hijos de la señora Daville, cuando iban a verlo trabajar. Siempre pulcro, rápido y ágil, se afanaba como una hormiga y, sin interrumpir sus quehaceres, les sonreía con toda la cara curtida y arrugada; sonreía como sólo saben sonreír los que no pueden hablar.

Con un gran sombrero de ala ancha de paja en la cabeza, la señora Daville vigilaba el abono, de pie junto al jardinero que cavaba, y ella misma desmenuzaba con los dedos terrones de tierra y preparaba los amates necesarios para plantar una variedad especial de jacintos que había conseguido aquella primavera. Cuando le anunciaron que la señora von Mitterer iría a visitarla, recibió la noticia como un chaparrón, como si fenómeno natural le impidiera seguir trabajando, y fue a cambiarse.

En un rincón iluminado y cálido, en el que las ventanas y las paredes estaban forradas de lienzo blanco, las dos damas tomaron asiento para intercambiar un sinfín de palabras y de bellos sentimientos. Ana María se encargaba de unas y otros, porque su locuacidad y su sensiblería paralizaban por completo a la señora Daville. El único tema fue el matrimonio imperial. La señora von Mitterer no ignoraba nada. Sabía el número y rango de las personas presentes en la iglesia, la longitud del manto de María Luisa, que llevaban cinco reinas de verdad, y era de pesado terciopelo, medía nueve pies, y estaba bordado con abejas de oro, las mismas que se ven en el escudo de la familia Barberini que, como es sabido, había dado infinidad de papas y hombres de Estado que, como también era sabido…

La cháchara de Ana María finalizaba en algún lugar del pasado remoto y con incomprensibles exclamaciones de pura exaltación.

—¡Ah, tenemos que estar contentas de vivir en estos tiempos grandiosos, aunque quizá no seamos conscientes ni sepamos apreciar su auténtica magnitud! —decía Ana María abrazando a la señora Daville, que lo soportaba todo ante la imposibilidad de apartarse y defenderse, y que desde siempre había sido feliz viviendo sin bodas imperiales ni datos históricos, satisfecha con que sus hijos estuvieran sanos y que las cosas marcharan bien en su hogar.

Luego siguió la historia del gran emperador que como un viajero vulgar, con un uniforme corriente, corría por la carretera e irrumpía repentinamente en la carroza de su real prometida, sin poder aguardar ni un minuto el encuentro protocolario.

—¿No es maravilloso? ¿No es increíble? —exclamaba la austríaca.

—En verdad que lo es —contestaba la señora Daville, aunque en realidad no veía cuál era la diferencia y dónde estaba aquí la grandeza, pues ella, por naturaleza, habría preferido que el prometido esperara a la novia en el lugar convenido sin infringir las normas.

—¡Ah, grandioso, simplemente es grandioso! —replicaba Ana María quitándose el fino chal de cachemir.

Tanta emoción la sofocaba, pese a llevar un ligero vestido, una belle assemblée rosa, demasiado liviana para aquella época del año.

La señora Daville, por pura cortesía y no ser menos que la señora von Mitterer, deseaba decir algo bonito y agradable. Para ella, las maniobras y costumbres de los soberanos y grandes personajes eran cosas ajenas y remotas de las que no tenía una idea exacta y sobre las que no se sentía capaz de opinar incluso aunque hubiera querido mentir o disimular. Así que para decir algo, le contó a Ana María lo que planeaba hacer con la nueva variedad de jacintos, explicando entusiasmada el aspecto que tendrían los cuatro arriates de jacintos multicolores que ocuparían el centro del gran jardín. Le enseñó las cajas donde estaban colocados, según el color de las flores, los bulbos marrones, informes y rugosos de esos futuros jacintos.

En un cajón aparte estaba la raíz de una variedad particularmente noble de jacintos blancos, que había traído un correo de Francia, y de la que la señora Daville se sentía muy orgullosa. Una banda de estos jacintos atravesaría en diagonal los cuatro macizos uniéndolos como un lazo blanco. Nadie poseía allí una variedad tan rara por su aroma, color y tamaño. Le contó las dificultades que había tenido para conseguir una especie tan valiosa, pero añadió que, al fin y al cabo, no había resultado tan caro.

—Ah, ah —exclamó Ana María, todavía excitada por el asunto de la boda—, es magnífico. Serán los jacintos imperiales en este país salvaje. Ah, querida, bauticemos esta variedad de jacintos y llamémosla «Alegría nupcial» o «Novio imperial», o…

Eufórica por sus propias palabras, siguió buscando nombres nuevos, y la señora Daville daba su consentimiento a todo, como si hablara con un niño al que era inútil contradecir so pena de prolongar indefinidamente la discusión.

Después de esto la conversación fue decayendo, porque, cuando dos personas hablan, las palabras se encienden e inflaman unas a otras, mientras que las de las dos mujeres se cruzaban sin rozarse, cada una por su lado, sin encontrarse jamás. No podía ser de otro modo, pues Ana María se entusiasmaba con lo que le resultaba lejano y ajeno, y la señora Daville sólo con lo que le era cercano y guardaba una estrecha relación con ella y con los suyos.

Al final —todas las conversaciones con la señora Daville terminaban siempre así—, vinieron los niños a saludar y a desear los «buenos días» a los invitados. Se presentaron los dos muchachos, ya que la niña, que apenas tenía dos meses, dormía en su cuna de tul blanco, bien alimentada y arropada.

Pierre, que contaba ocho años y era menudo y pálido, vestía un traje de terciopelo azul oscuro con cuello de encaje blanco, era guapo y dulce como un niño de coro. Llevaba de la mano a su hermano menor, Jean Paul, un pequeño robusto y saludable de bucles rubios y mejillas sonrosadas.

A Ana María no le gustaban los niños, igual que a la señora Daville no se le ocurría que alguien pudiera sentir indiferencia por ellos. El tiempo pasado en compañía de los niños era para Ana María tiempo perdido. En su presencia la invadían un vacío y un aburrimiento inmensos. Esos cuerpos tiernos que aún crecían le repelían como algo crudo e inmaduro y le producían una sensación de malestar físico y un temor incomprensible. Dicha sensación la avergonzaba (ni ella misma sabía por qué) y la ocultaba tras palabras dulces y grititos alegres con los que siempre se acercaba a los niños. Pero en su interior, en lo más profundo de su ser, le repugnaban y sentía miedo de esos pequeños seres que nos contemplan con sus grandes ojos nuevos, penetrantes e interrogantes, fríos y severos como los de los jueces. (O al menos eso le parecía a ella). A menudo bajaba la vista ante la mirada prolongada de los chiquillos, mientras que jamás le sucedía eso con los adultos, probablemente porque éstos son con frecuencia jueces sobornables o cómplices voluntarios de nuestras debilidades y vicios.

Ahora Ana María tenía esa sensación de tedio y malestar en presencia de los niños, pero a falta de una alegría sincera que expresar ante las criaturas, los besó efusivamente tomando el entusiasmo necesario para ello de las inagotables reservas que le provocaba la emoción del matrimonio imperial en París.

Cuando por fin se despidió, Ana María caminó con paso de marcha nupcial entre los macizos recién plantados, mientras que desde el umbral la observaban la señora Daville y los niños asombrados. Ya en la puerta del jardín se dio la vuelta, agitó la mano y apuntó que deberían verse más a menudo, para hablar largo y tendido de las cosas maravillosas y sublimes que estaban ocurriendo.

Este arrebato de la señora von Mitterer no le parecía al coronel muy acorde con las instrucciones que había recibido, pero tanto él como toda la casa estaban encantados de que Ana María hubiera encontrado un motivo lejano, inofensivo y duradero para entusiasmarse. Porque para ella, ese año, no existió Travnik ni la vida mezquina y penosa del consulado. Incluso olvidó la cuestión del traslado de su marido y vivió sólo inmersa en la atmósfera de la feliz pareja imperial, de la reconciliación general y la unión mística de todos los antagonismos del mundo. Así eran sus conversaciones, su comportamiento y su música. Se sabía los nombres de las damas de la corte de la nueva emperatriz de Francia, la cuantía, la forma y las excelencias de los regalos de boda, cómo vivía y disponía de su tiempo María Luisa. Seguía con suma tolerancia el destino de Josefina, la emperatriz repudiada. De este modo, su necesidad de derramar lágrimas encontraba también un motivo lejano y digno, lo que ahorró al coronel muchos momentos desagradables.

También en el consulado francés, la vida transcurrió ese año sin cambios ni conmociones. A finales del verano, Daville envió a su hijo mayor a Francia, al liceo. Igualmente, el hijo de d’Avenat fue admitido como pupilo del Estado, por recomendación de Daville y partió hacia París.

D’Avenat estaba loco de felicidad y de orgullo. Moreno y quemado como un tizón, no era capaz de manifestar su alegría como el resto de las personas, pero todo su cuerpo temblaba de la cabeza a los pies cuando le dio las gracias a Daville, asegurándole que estaba dispuesto a dar su vida por el consulado en cualquier momento, tan grande era el amor que sentía por su hijo y el deseo de garantizarle una vida mejor, más bella y digna que la suya propia.

Podía decirse que ese año había sido feliz, porque se había deslizado de manera monótona, tranquila e imperceptible.

En Dalmacia reinaba la paz, en las fronteras no había enfrentamientos. En el konak no sucedía nada. Los cónsules se veían durante las fiestas, sin mantener contactos más cordiales y estrechos, como hasta entonces, y no se perdían de vista el uno al otro cuando de trabajo se trataba, pero sin odio ni celo excesivo. La gente de todas las religiones se acostumbraba poco a poco a los consulados y cuando se vio que todas las dificultades y obstáculos con los que se habían encontrado hasta entonces no los habían expulsado de Travnik, los travniqueses se resignaron y empezaron a contar con ellos en todos los asuntos y acontecimientos.

Así transcurría la vida en la ciudad y en los consulados, del verano al otoño y del invierno a la primavera, sin más incidentes ni cambios que los que traen el día a día y el paso de las estaciones del año.

Pero la crónica de los años felices y tranquilos era breve.

 

XIX

 

El mismo correo que en abril de 1811 llevó a Travnik la noticia de que Napoleón había tenido un hijo que recibiría el título de Rey de Roma entregó a von Mitterer el decreto que ordenaba su traslado de Travnik y su puesta a disposición del ministerio de la Guerra. Ahí estaba la salvación que el coronel y su familia esperaban hacía años. Pero, ahora que ya estaba allí, parecía muy simple, lógica, y como todas las salvaciones llegaba demasiado tarde y demasiado pronto. Tarde, porque no podía modificar ni dulcificar todo lo que se había padecido esperándola; pronto, porque como cualquier cambio abría una serie de cuestiones (mudanzas, dinero, carrera), en las que no se había pensado antes.

Ana María, que en los últimos meses había estado increíblemente tranquila y discreta, rompió a llorar, porque como todas las personas de su especie, lloraba por una enfermedad y su remedio, por un deseo y por la consecución del mismo. Y sólo una escena tempestuosa con el coronel, en el curso de la cual ella le reprochó todo lo que él, si hubiera querido y podido, debería haber recriminado a su esposa, le dio la fuerza suficiente y el estímulo para empezar a hacer las maletas.

Unos cuantos días después llegó, para hacer el relevo con von Mitterer, el nuevo cónsul general austríaco, el teniente coronel von Paulich, que hasta el momento había estado al frente de un regimiento de frontera en Kostajnica.

La entrada del nuevo cónsul austríaco, en un día radiante de abril, fue muy ceremoniosa y solemne, aunque el visir no envió a un gran número de gente a su encuentro. Von Paulich, un hombre joven y apuesto, que cabalgaba sobre un magnífico caballo, atrajo todas las miradas y provocó la curiosidad y la admiración secreta de aquellos que jamás osarían reconocerlo. Todo en él y en su séquito era impecable, brillante y reluciente, como en un desfile. Los que lo vieron contaron a los que ese día no se hallaban en el bazar o no se asomaron a la ventana lo fuerte y gallardo que era el nuevo cónsul austríaco («¡Que Dios lo proteja aunque sea un infiel!»).

Cuando dos días más tarde, en cortejo oficial, el nuevo cónsul acompañado de von Mitterer se encaminó al primer Diván del visir, sucedió un milagro inesperado. La gente, que contemplaba la comitiva, buscaba con la mirada a ese nuevo cónsul y no apartaba los ojos de él mientras se alejaba. Las mujeres turcas lo observaban detrás de las celosías, los niños se encaramaban a las vallas y a los muros, pero de ninguna parte salió una voz ni una palabra insultante, aunque los turcos de las tiendas permanecieron tan inmóviles y ceñudos como siempre.

Así pasó la comitiva del nuevo cónsul y así regresó del konak.

Von Mitterer, que había contado a von Paulich cómo habían sido recibidos él y su colega francés hacía unos años, al atravesar por primera vez Travnik, quedó muy desilusionado por este cambio y, en un acceso de malhumor, que semejaba mucho un ataque de envidia, le refirió al nuevo cónsul con todo lujo de detalles las ofensas que en su momento le habían infligido a él. En su voz se percibía el dolor y un leve reproche, como si él, von Mitterer, con sus padecimientos hubiera abierto el camino a su sucesor, haciéndolo más fácil y agradable.

Sin embargo, el nuevo cónsul general de Travnik era un hombre de esos que parecen tener todos los caminos abiertos.

Paulich procedía de una acaudalada familia de Zagreb germanizada. Su madre era una alemana de Estiria, nacida en la ilustre casa de los von Niedermayer. Contaba treinta y cinco años y poseía una insólita belleza varonil. Era esbelto, de piel delicada, pequeños bigotes castaños que sombreaban su boca, grandes ojos oscuros en los que una pupila azul marino brillaba desde las profundidades, el cabello rizado natural, cortado y peinado a la manera militar. Todo él irradiaba algo puro y monacal, frío y sosegado, pero sin rastro de esas luchas internas y escrúpulos que tan a menudo marcan con un sello tortuoso el aspecto y la conducta de muchos monjes. Ese hombre, excepcionalmente apuesto, se movía y vivía como si estuviera dentro de una coraza glacial tras la que se perdía cualquier huella de vida personal o debilidades humanas y necesidades. Igual era su conversación, concreta, amable e impersonal, así como su voz profunda, y su sonrisa que, de vez en cuando, con sus dientes blancos y regulares, iluminaba la cara inmóvil cual claro de luna helado.

Este tranquilo individuo era el hijo prodigio de una rica familia, un portento de buena memoria y madurez precoz, y uno de esos alumnos extraordinarios que sólo aparecen una vez cada diez años, para los que la escuela no supone ningún problema y que aprueban dos cursos de golpe. Los padres jesuitas, con los que había estudiado, habían llegado a pensar que con él su orden contaría con una de esas personalidades excelsas que se convierten en piedra angular de una institución. Sin embargo, cuando tenía catorce años, el muchacho volvió, de repente, la espalda a los curas, frustrando todas sus esperanzas y se decidió por la vocación militar. A ello contribuyeron sus progenitores, sobre todo, su madre, cuya familia gozaba de una rica tradición castrense. Así dejó de ser el niño que asombraba a sus profesores de lenguas clásicas por la rapidez de su juicio y el volumen de sus conocimientos, para convertirse en un cadete esbelto y enérgico al que todos vaticinaban un gran futuro, y luego en un joven oficial que no bebía ni fumaba ni tenía aventuras con mujeres ni enfrentamientos con sus superiores ni duelos ni deudas. Su compañía era la que mejor se mantenía y la mejor pertrechada, él era el primero en los exámenes y en las maniobras, y todo eso sin el celo que, como una sombra desagradable, acompaña en su ascenso a las personas ambiciosas.

Al terminar los estudios y todos los cursos siendo el primero de su promoción, von Paulich, de nuevo en contra de las expectativas de sus superiores, eligió el servicio en la frontera, destino este que normalmente solían ocupar oficiales con menos conocimientos y peor preparados. Aprendió turco, se familiarizó con las actividades sobre el terreno, los métodos de trabajo, los hombres y las circunstancias. Y cuando las demandas reiteradas de von Mitterer acabaron atrayendo la atención del ministerio, afortunadamente apareció von Paulich como ese familienloses Individuum, por el que clamaba el coronel desde Travnik.

Von Mitterer, extenuado y amedrentado por la complejidad de la vida, observaba al recién llegado y su inusual forma de trabajar. A sus ojos y entre sus manos, todos los asuntos adquirían una claridad transparente y encontraban de manera fácil y natural su lugar en el tiempo y en el espacio, así que eran imposibles la acumulación y el desorden, la aceleración y el retraso. Todos finalizaban lisa y espontáneamente, como una operación aritmética exacta. El mismo von Paulich estaba muy por encima y al margen de todo eso, inescrutable e inaccesible, y participaba en las tareas sólo como conciencia y fuerza que las distribuía, dirigía y resolvía. Él no sabía lo que era una duda, una debilidad irresistible, ignoraba las simpatías e idiosincrasias, y esas sombras afectivas que rodean a las personas y al trabajo, que se sitúan delante de nosotros y nos desconciertan, confunden y frenan, y tan a menudo imprimen a nuestra labor una dirección que no deseamos. Ninguna de esas cargas pesaba sobre él. Al menos eso le parecía al bueno de von Mitterer, que tenía la impresión de que ese hombre obraba como un espíritu superior o una naturaleza insensible.

Una mudanza saca a la luz la vida de uno hasta en los detalles más ocultos. Von Mitterer tuvo ocasión de observar y comparar su traslado (sobre el que habría preferido no pensar si la señora von Mitterer se lo hubiera permitido) con el de su extraordinario sucesor. Al igual que en el trabajo, todo se desarrolló sin problemas, ni desorden en el equipaje ni confusión entre los criados. Las cosas encontraban solas su sitio, eran útiles, sencillas, con un número y un uso bien determinado. Los sirvientes se entendían con la mirada, sin palabras, ni llamadas ni órdenes impartidas en voz alta. No había nada dudoso, ni sombra de malhumor, vacilación o caos en ninguna parte.

Siempre y en todo, la operación aritmética exacta.

Lo mismo sucedió cuando el teniente coronel recibió el inventario y se trató del funcionamiento del personal del consulado general.

Al hablarle de Rotta como su principal colaborador, von Mitterer, involuntariamente, bajó los ojos y su voz se volvió insegura. Alargando las palabras, dijo que el intérprete era un poco… bueno… un poco especial, y que no estaba precisamente limpio de polvo y paja, pero que era muy útil y leal. Von Paulich, a lo largo de la conversación, miraba hacia un lado, un poco como de soslayo. Sus grandes ojos se reducían y un centelleo helado y maligno brillaba en las comisuras externas. Escuchaba todas las explicaciones de von Mitterer mudo y frío, sin una señal de aprobación o censura, reservándose evidentemente la decisión final sobre eso y sobre el inventario que asumía, según sus ideas y sus cálculos en los que no tenía cabida ningún error.

Von Paulich, tal como era, al aparecer de repente en Travnik delante de Ana María en plena agitación, debía atraer inevitablemente su atención y provocar su constante y nunca satisfecha necesidad de admiración amorosa y su oscuro deseo de armonía espiritual. Ella lo bautizó de inmediato como «Antinoo de uniforme», lo que fue recibido por el teniente coronel sin palabras y con la cara impasible, como algo que ni tenía ni podía tener ninguna relación con él y con el mundo a su alrededor. Le habló de sus estudios musicales. El nuevo cónsul carecía de oído musical y no lo ocultaba ni hubiera podido hacerlo de haber querido, pero tampoco mostraba esa amabilidad hipócrita con la que las personas poco dotadas para la música participan a menudo en las conversaciones musicales, como si trataran de hacerse perdonar una falta. Las charlas sobre mitología y los poetas clásicos tenían más éxito, pero Ana María no estaba muy fuerte en ese tema y a cada uno de sus pareados, ese teniente coronel insólito le respondía con una retahíla de versos. En la mayoría de los casos, él podía recitar de memoria todo el poema del que la señora von Mitterer se sabía un verso, y además subsanaba el error que ella solía cometer. Pero von Paulich intervenía en todo esto de manera fría, seria, como si no guardara relación con él, con el entorno y con los vivos en general. Cada una de las alusiones líricas femeninas rebotaban en el hombre como un ruido incomprensible.

Ana María estaba consternada. Hasta ahora, sus galanteos, y había habido muchos, terminaban con un desengaño y con la huida, pero en sus «andanzas» siempre había conseguido que el hombre diera el primer paso hacia delante o hacia atrás o ambas cosas, sin embargo, nunca se había dado el caso de que él permaneciera impasible, como ese Antinoo sin alma ante el que ella ejecutaba ahora su juego infructuoso. Esto le suponía una nueva forma, particularmente cruel, de torturarse a sí misma que se reflejaba de inmediato en la vida de la casa. (Rotta había dicho ya el primer día en la oficina, expresándose con esa lengua irreverente con la que los funcionarios de bajo rango y mezquinos hablan de sus superiores, que «a la señora esta vez le iba a costar hacerse con el papel principal»). Mientras que von Mitterer introducía al nuevo cónsul en el cargo, Ana María deambulaba por la casa, modificaba las instrucciones de su marido, se sentaba en los baúles llenos y lloraba; ofuscada, tan pronto retrasaba la partida como la aceleraba; por la noche sacaba del primer sueño a su esposo para arrojarle a la cara todos los reproches e injurias que se le habían ocurrido mientras él dormía.

Cuando terminaron de embalar, quedó claro que nada estaba en su sitio, que nadie sabía dónde se hallaban las cosas ni cómo estaban empaquetadas. Por fin todo estuvo listo para partir, pero los caballos que el caimacán había prometido al cónsul no llegaron a tiempo. Ana María pasaba de la crisis de rabia más atroz al abatimiento más sombrío. Rotta corría, gritaba, amenazaba. Al cabo de tres días, cuando lograron reunir el número suficiente de caballos, se hizo evidente que muchos baúles eran demasiado grandes y que había que volver a embalar. Todo habría terminado en un momento dado si Ana María no hubiera querido ordenar y ayudar en la tarea, logrando que los objetos se rompieran y estropearan antes de que emprendieran el viaje. Entre tanto, alrededor del consulado, acampaba una caravana entera de caballerías y porteadores.

Por fin, todo fue cargado y expedido y al día siguiente partió la familia von Mitterer. Ana María, con los labios apretados y los ojos secos y malévolos, se despidió con frialdad ofensiva del teniente coronel delante del consulado vacío, en el patio lleno de paja, tablas rotas y huellas de las monturas. Ella y su hija marcharon las primeras seguidas de von Mitterer y von Paulich que iban a caballo.

Daville, escoltado por d’Avenat y un guardia, acompañó a von Mitterer desde el consulado francés hasta el primer cruce. Allí, esos dos hombres se despidieron y separaron de manera más bien rígida y artificial que fría e hipócrita, igual que se habían saludado la primera vez en aquellos días de otoño hacía ya más de tres años, e igual que habían vivido y se habían tratado durante todo ese tiempo.

En el cruce, Daville todavía pudo ver a las mujeres y a los niños católicos que se aproximaban a ambos lados del conmovido von Mitterer y le besaban la mano o lo agarraban con ternura por los estribos, y a la muchedumbre que a la orilla del camino aguardaba su turno para despedirse.

Con la imagen del último triunfo de von Mitterer en los ojos, Daville regresó a casa, él mismo conmovido en cierto modo, no por la partida del coronel, sino por los pensamientos que lo invadían sobre su destino y los recuerdos que le venían a la mente. La marcha de ese hombre le parecía un alivio. No porque se librara así de un rival peligroso —pues a juzgar por todo lo que se oía, el nuevo cónsul era más fuerte e inteligente que von Mitterer—, sino porque el coronel de rostro amarillento y ojos cansados de mirada triste, con el tiempo, había llegado a ser como la personificación de la miseria que compartían, y jamás reconocerían, en ese entorno salvaje. Viniera quien viniera después, Daville prefería haberse despedido y separado de este hombre difícil antes que volver a encontrarse y hablar con él.

Alrededor del mediodía, en el primer lugar donde hicieron un alto en el camino para descansar, a la orilla del Lasva, von Paulich se despidió de su antecesor. Ana María lo castigó y no le dio ocasión de saludarla por segunda vez. Dejando que el carruaje siguiera solo por la cuesta, ella caminó por la linde verde del camino y no quiso volverse hacia el valle, donde al borde del agua se decían adiós los dos cónsules. Esa congoja que afecta hasta a las mujeres sanas cuando abandonan un lugar en el que han pasado varios años de su vida, ya sean buenos o malos, ahogaba ahora a Ana María. El llanto a duras penas contenido le oprimía la garganta y desfiguraba sus labios. Pero más que todo eso, le molestaba pensar en el apuesto y glacial teniente coronel, al que ya no llamaba Antinoo, sino «iceberg», porque opinaba que era más frío que una estatua de mármol del hermoso héroe griego. (Así lo había designado la noche anterior para satisfacer su necesidad de bautizar a todo el mundo con un nombre especial y siempre según la relación del momento con la persona en cuestión). Rígida y solemne, avanzaba por el camino de montaña como si ascendiera hacia una altura trágica y sublime.

Paralela a ella, por la orilla interior de la calzada, iba su hija Ágata, muda y temerosa. Al contrario que su exaltada madre, la niña no tenía la sensación de ascender majestuosamente, más bien sentía apesadumbrada que bajaba al abismo. Las lágrimas también reprimidas pugnaban por salir, pero por razones muy distintas. Ella era la única que de verdad lamentaba marcharse de Travnik y abandonar el silencio y la libertad del jardín y de la galería, que temía llegar a la grande y despiadada Viena donde no había paz ni cielo ni horizontes, en la que las casas ya en la puerta exhalaban un hedor nauseabundo que paralizaba su corazón, y en la que tendría constantemente ante sus ojos a esa madre suya, de la que hasta en sueños se avergonzaba.

Pero Ana María no advirtió que su hija también contenía el llanto a duras penas. Había olvidado su presencia y sólo musitaba palabras entrecortadas y furiosas, rencorosa contra su marido porque se entretenía tanto y «porque festejaba a ese iceberg inhumano», en lugar de volverle la espalda con frialdad, igual que había hecho ella. Mientras así murmuraba, sentía que el viento alzaba el velo ligero, largo y verde que pendía de su sombrero de viaje, que lo hacía volar y flotar. Esto le pareció hermoso y enternecedor; su estado de ánimo cambió y mejoró de repente, a sus propios ojos resultó ensalzada de tal manera que todos los detalles de su vida hasta ese momento se desvanecieron y se vio a sí misma como una víctima gloriosa que, ante las miradas maravilladas del mundo entero, caminaba hacia el sacrificio.

Esto sería lo único que obtendría de ella ese hombre gélido e insensible. Sólo su figura borrosa en el horizonte y el último mensaje orgulloso de su velo que se alejaba y perdía implacable.

Sumida en tales pensamientos, subía la colina y caminaba como si estuviera en un escenario vasto y profundo.

Y abajo, en el valle, sólo su marido observaba el velo verde de la pendiente y le lanzaba miradas de preocupación, mientras que el «iceberg», sin advertir nada bajo el cielo, se despedía de él con suma amabilidad y gentileza.

Pero la sensible y excitable Ana María no era la única a la que la personalidad del nuevo cónsul había fascinado y luego decepcionado.

Ya durante la primera visita que von Paulich le había hecho en compañía de von Mitterer, Daville vio que se las tendría que ver con un hombre absolutamente distinto al coronel. Von Paulich se expresaba con mayor claridad y libertad en lo que a los asuntos consulares atañía. Incluso se podía entablar una conversación con él sobre cualquier tema, y en especial, sobre literatura clásica.

En los siguientes encuentros que mantuvieron, Daville pudo ver cuán amplio y profundo era el conocimiento que de los textos y comentarios tenía el teniente coronel. Von Paulich examinó las traducciones de Virgilio que hacía Delille al francés —que Daville le había enviado— y expuso con precisión y seriedad su opinión, demostrando que sólo una traducción con la métrica original era una traducción y criticando que Delille usara (y abusara) de la rima. Daville defendió a su ídolo Delille, feliz de tener a alguien con quien poder hablar del tema.

Pero este primer entusiasmo de Daville por la llegada del austríaco culto y erudito decayó rápidamente. No necesitó mucho tiempo para darse cuenta de que tras la charla con ese hombre instruido no quedaba nada de la satisfacción que el intercambio de ideas sobre un tema apreciado con un interlocutor noble suele dejar en las personas. Hablar con von Paulich suponía en realidad un intercambio de informaciones, siempre exactas, interesantes y abundantes a propósito de todo, pero no un intercambio de ideas e impresiones. No había nada en esa conversación que no fuera impersonal, frío y general y cuando finalizaba, el austríaco se marchaba con su rico y valioso repertorio de datos, igual de gallardo, pulcro, glacial y erguido, mientras que Daville permanecía tan solitario y tan ávido de un buen coloquio como lo estaba antes. De este intercambio de ideas no quedaba nada ni en los sentidos ni en el alma; ni siquiera era posible recordar el tono de su voz. El modo que tenía el teniente coronel de conducir las conversaciones impedía que el interlocutor jamás llegara a saber algo de él ni a decir nada de sí mismo. En general, todo lo que era cercano, íntimo y personal rebotaba contra él como contra una pared. Así que Daville tuvo que abandonar cualquier esperanza de poder compartir su obra literaria con ese gélido aficionado a la literatura.

Con ocasión del feliz acontecimiento acaecido en la corte francesa, Daville escribió un poema especial para celebrar el nacimiento del Rey de Roma y lo envió al ministerio rogando que se hiciera llegar a las más altas autoridades. El poema empezaba así:

Salut, fils du printemps et du dieu de la Guerre! (¡Salve, hijo de la primavera y del dios de la guerra!), y expresaba la esperanza de paz y prosperidad para todos los pueblos de Europa con una alusión a los humildes artesanos que contribuían a ello en esas «regiones salvajes y tristes».

Daville aprovechó una visita para leer a von Paulich su poema, pero sin resultado alguno. El militar no sólo no quiso comprender la referencia a su mutua colaboración en Bosnia, sino que no profirió palabra alguna ni sobre el poema ni sobre el asunto. Peor aún, seguía mostrando la misma cortesía y gentileza de que hacía gala en todas las circunstancias. El cónsul se sintió desilusionado y enojado pero carecía de razones para mostrarse ofendido.

 

XX

 

El periodo que siguió a la paz de Viena (1810 y 1811) y que hemos denominado los años tranquilos fue en realidad una época de mucho trabajo para Daville.

Cesaron las guerras, las crisis evidentes y los conflictos abiertos, pero todo el consulado se dedicó con ardor a los asuntos comerciales, a reunir información, escribir informes, a expedir certificados sobre el origen de la mercancía y recomendaciones para las autoridades francesas en Split o para las aduanas de Kostajnica. «El comercio ha irrumpido a través de Bosnia», se decía entre el pueblo, o como el mismo Napoleón dijo en algún lugar: «La era de los diplomáticos ha terminado y ahora empieza la era de los cónsules».

Tres años atrás, Daville ya había presentado propuestas para desarrollar el comercio entre Turquía y Francia y los países bajo su dominación. Recomendó enérgicamente que Francia organizara un servicio de correos permanente a través de las tierras turcas y que no dependiera ni del correo austríaco ni del desorden y arbitrariedad de los turcos. Todas estas sugerencias quedaron arrinconadas en los archivos abarrotados de París. Ahora, después de la paz de Viena, se hizo evidente que Napoleón deseaba que todo esto se realizara, y rápidamente, a gran escala y con una amplitud de miras mucho más ambiciosa de lo que el cónsul de Travnik jamás había osado proponer.

El sistema continental de Napoleón exigía grandes cambios en la red de vías de comunicación y transporte de mercancías en todo el continente europeo. La creación de las Provincias Ilirias, cuyo centro era Ljubljana, debía, en opinión del emperador francés, servir exclusivamente a ese fin. A causa del bloqueo inglés, las antiguas rutas a través del mar Mediterráneo, por las que Francia recibía las materias primas procedentes de Levante, en particular el algodón, habían llegado a ser difíciles y peligrosas. El comercio tuvo que ser trasladado a las vías terrestres, y la recién creada Iliria debía servir de enlace entre las tierras turcas y Francia. Esas rutas siempre habían existido: la ruta de Constantinopla a Viena, a través del Danubio, y la ruta terrestre desde Salónica, a través de Bosnia, hasta Trieste; y el comercio entre las regiones austríacas y Levante se había servido de ellas desde tiempos inmemoriales. Ahora hacía falta ampliarlas y adaptarlas a las necesidades de la Francia de Napoleón.

En cuanto las primeras circulares y los artículos de los periódicos permitieron adivinar por dónde iban las ideas de Napoleón, todas las autoridades e instituciones francesas se lanzaron a una competición general para ver quién cumpliría mejor y con más celo los deseos del emperador. Una correspondencia abundante y una colaboración activa se establecieron entre París, el gobernador general y el intendente de Ljubljana, la embajada en Constantinopla, el mariscal Marmont en Dalmacia y los cónsules de Francia en Levante. Daville trabajaba con entusiasmo, remitiéndose con orgullo a sus informes de tres años atrás que señalaban hasta qué punto sus ideas y visión de las cosas estaban ya en esa época próximas a las concepciones del emperador.

En el verano de 1811, estos proyectos estaban en plena ejecución. En los últimos años, Daville había realizado grandes esfuerzos para que en todos los lugares por los que pasaba la mercancía francesa hubiera personas de confianza que aseguraran el relevo de postas y que mantuvieran al menos cierto control sobre los arrieros y la carga. Las cosas avanzaban lenta, trabajosa y deficientemente, como todo en este país, pero tenían aspecto de ir mejorando y todo se hacía con naturalidad y alegría, «con las velas impulsadas por el aliento de Napoleón».

Por fin, Daville tuvo la fortuna de ver cómo una de las grandes casas comerciales de Marsella, los hermanos Frayssinet, que antes se dedicaba al transporte de mercancías de Levante por vía marítima, abría una agencia en Sarajevo. La agencia obtuvo un trato preferencial del gobierno francés que asimismo alentó a los propietarios para que colaboraran con el cónsul. Uno de los hermanos Frayssinet, un hombre joven, había llegado a Sarajevo hacía un mes para dirigir en persona la sucursal, y había acudido a Travnik para pasar un día o dos, visitar al cónsul y comentar con él el trabajo que se proponía realizar.

El verano travniqués breve y hermoso estaba en pleno apogeo.

El día luminoso y límpido, bañado por el sol radiante y el azul del cielo, vibraba sobre el valle de Travnik.

En la gran terraza, a la sombra del edificio del consulado se había instalado una mesa y a su alrededor asientos de mimbre. La sombra rezumaba frescura, aunque se apreciaba el bochorno que se desperezaba en las casas arracimadas, abajo en el bazar. Las verdes vertientes escarpadas de la vaguada, donde se evaporaba el calor seco, parecían respirar y palpitar como los costados de un lagarto verdoso tumbado al sol.

En el jardín, los jacintos de la señora Daville, tanto los blancos como los multicolores, los de flor doble y los de flor simple, hacía ya tiempo que se habían marchitado, pero en cambio, por los bordes de los arriates brotaban pelargonios rojos o las diminutas flores moradas de los Alpes.

A la sombra, alrededor de la mesa, estaban sentados Daville y el joven Frayssinet. Ante ellos estaban desplegadas las copias de sus informes, números de Le Moniteur con textos de reglamentos y órdenes, y objetos de escritorio.

Jacques Frayssinet era un joven rollizo con mejillas de sangre y leche y esa seguridad en la voz y en los movimientos que poseen los hijos de las familias de mercaderes ricos. Era evidente que llevaba el comercio en las venas. Nunca nadie de su linaje había trabajado ni deseado trabajar en otra ocupación ni pertenecer a otra clase social. Y él no iba a ser diferente. Como toda su familia y desde siempre era pulcro, cortés, sobrio, cauto, enérgico en la defensa de sus derechos, concentrado en sus intereses, pero no de modo ciego y esclavo.

Frayssinet había recorrido en las dos direcciones la ruta de Sarajevo a Kostajnica, había alquilado en Sarajevo una posada entera y ya había empezado a volcarse en los negocios con los mercaderes, arrieros y autoridades. Ahora había venido a Travnik para intercambiar con Daville datos, comunicarle sus observaciones y hacer propuestas. El cónsul estaba satisfecho por poder contar con ese joven meridional, animado y gentil, como colaborador en un trabajo que tan a menudo le parecía inasequible.

—Así que una vez más —decía Frayssinet haciendo gala de esa confianza con la que los comerciantes establecen los hechos que resultan provechosos para ellos—, repito, una vez más, desde Sarajevo hasta Kostajnica hay que calcular siete días, el alojamiento de las caravanas en Kiseljak, Busovaca, Karaula, Jajce, Zmijanje, Novi Han, Prijedor y, por último, Kostajnica. En invierno es preciso calcular el doble de tiempo, es decir, catorce días. En esta ruta deberían construirse al menos dos caravasares más, si es que se quiere proteger la mercancía de la intemperie y del robo. Los precios del transporte están en alza y continúan subiendo. Los sube la competencia austríaca y, creo, que algunos mercaderes sarajevitas, serbios y judíos que trabajan siguiendo instrucciones de los ingleses. Entonces hoy, con estos precios, hay que calcular 155 piastras por cargamento desde Salónica hasta Sarajevo; desde Sarajevo hasta Kostajnica, 55 piastras. Hace dos años, los gastos se reducían exactamente a la mitad y es preciso hacer cualquier cosa para impedir que los precios sigan incrementándose, porque eso puede poner toda la ruta en cuestión. Además, a ello hay que añadir la arbitrariedad y codicia de los funcionarios turcos, la propensión de la población a robar y saquear, el riesgo de que se extienda la insurrección de Serbia y la amenaza de los hajduk en las comarcas arnaútes y, para terminar, el peligro de las epidemias.

Daville, que en todo veía la mano del servicio de espionaje inglés, quería saber por qué Frayssinet deducía que los comerciantes de Sarajevo trabajaban por cuenta de los ingleses, pero el joven no se dejaba distraer ni apartar de su camino. Sujetando sus notas, continuó:

—En resumen y para concluir. Peligros que amenazan el tránsito: la insurrección en Serbia, los bandoleros albaneses, el robo en Bosnia, el incremento de los precios del transporte, las tasas y los aranceles imprevistos, la competencia, y, a la postre, la peste y otras enfermedades infecciosas. Medidas que deben tomarse: primero, entre Sarajevo y Kostajnica, dos caravasares; segundo, impedir la fluctuación desmedida de la moneda turca y fijar con un firman especial el curso de 5,50 piastras por un tálero de 6 francos igual que un tálero de María Teresa; por un cequí veneciano, 11,50 piastras, etc.; tercero, ampliar el lazareto de Kostajnica, construir un puente en lugar de utilizar almadías, reformar el almacén para que al menos pueda contener unas ocho mil balas de algodón, rehabilitar la posada para los viajeros, etc.; cuarto, hacer regalos especiales al visir, a Suleiman bajá y a unos cuantos turcos ilustres más, relacionados con nuestras peticiones; todo por un importe de entre diez mil y trece mil francos. Creo que sólo así podría garantizarse esta ruta y eliminar los obstáculos principales.

Daville anotaba todos los datos para poder introducirlos en su próximo informe y, al mismo tiempo, se dispuso encantado a leer al joven el informe que había hecho ya en 1807, en el que había previsto con tanta precisión las intenciones de Napoleón y todo eso en lo que ahora estaban trabajando.

—Estimado señor, podría hablarle largo y tendido de las dificultades que en estos parajes amenazan cualquier cosa inteligente y cualquier empresa provechosa y razonable. Podría hablar sin parar, pero usted mismo se percatará solo de cómo son esta tierra, este pueblo, esta administración, y de cuántos obstáculos surgen a cada paso.

Pero el joven ya no tenía nada que decir, porque había fijado con exactitud las dificultades y los medios para evitarlas. Era obvio que carecía de sentido para las reclamaciones de carácter general y los «fenómenos psicológicos». Aceptó cortésmente escuchar el informe de Daville de 1807, que el cónsul empezó a leer.

La sombra que los cubría se iba alargando más y más. La limonada en los vasos altos de cristal que tenían ante ellos se había recalentado, porque ambos, absortos en el trabajo, se habían olvidado de ella.

En este mismo silencio estival, dos barrios más arriba del consulado en el que Daville y Frayssinet hacían negocios, pero un poco a la izquierda y más cerca de un arroyo, apenas un hilo invisible, que se precipitaba en las profundidades, estaban reunidos, en el jardín de Musa Krdzalija, Musa y sus amigos.

El jardín, abrupto y abandonado, se ahogaba bajo la vegetación exuberante. En una explanada, a la sombra de un gran peral, estaba extendida una alfombra con restos de comida, fildzani y un recipiente con rakija fría. Allí ya se había puesto el sol, pero en la orilla opuesta del Lasva aún brillaba. Musa el Cantor y Hamza el Pregonero estaban tumbados en la hierba. Con la espalda reclinada en un repecho y las piernas apuntaladas contra el peral, se hallaba Murat Hodzic, apodado Balancín hodja. En el mástil de la mandolina, apoyada en el árbol, había encajado un vaso de aguardiente.

Balancín hodja era un hombrecillo moreno, fanfarrón como un gallo de pelea. En su pequeña cara amarillenta brillaban dos ojos grandes y oscuros de mirada fija y fulgor fanático. Procedía de una buena familia de Travnik y antaño había empezado a estudiar, pero la rakija no lo dejó terminar ni le permitió ser imán de Travnik como lo habían sido tantos antepasados suyos. Se cuenta que al último examen se presentó borracho ante el muderis y la comisión examinadora, hasta tal punto que a duras penas se tenía en pie, y se balanceaba y vacilaba al andar. El muderis se negó a examinarlo y lo llamó Balancín hodja, apodo éste con el que se quedó. Ofendido, el joven tímido y susceptible se entregó a la bebida, y cuanto más bebía más aumentaba su vanidad herida y su amargura. Sus condiscípulos lo habían rechazado desde el principio, y él soñaba con sobrepasarlos un día realizando una hazaña extraordinaria y vengarse de ellos. Al igual que muchas personas frustradas que son de estatura pequeña pero de espíritu vivaz, estaba consumido por la ambición secreta e insensata de no terminar sus días así, insignificante, despreciado y desconocido y anhelaba provocar la admiración del mundo, aunque él mismo no sabía ni cómo ni dónde ni con qué. Con el tiempo, esta idea, avivada por el alcohol hasta el delirio, llegó a dominarlo por completo. Cuanto más bajo caía más se alimentaba de mentiras y se engañaba a sí mismo con palabras imponentes, historias temerarias y sueños vanidosos. Esto daba pábulo a que sus amigos, bebedores empedernidos como él, le gastaran bromas frecuentes y se rieran a su costa.

Durante esos hermosos días de verano, los tres tenían por costumbre empezar a beber en el jardín de Musa y sólo, cuando caía la noche, bajaban a la ciudad para seguir bebiendo. Mientras esperaban la oscuridad, con las estrellas inmensas en el cielo estrecho y azul profundo de Travnik, y que la bebida surtiese efecto, canturreaban o charlaban quedamente, con voz pastosa, de forma inconexa y sin tener mucho en cuenta al interlocutor. Eran conversaciones y canciones de hombres saturados de bebida, que venían a sustituir el trabajo y la actividad a los que hacía tiempo se habían desacostumbrado. En el curso de estas peroratas, ellos viajaban, realizaban proezas, se cumplían los deseos que de otro modo jamás satisfarían, veían cosas increíbles y escuchaban historias fabulosas, se henchían, crecían y se deleitaban con su propia grandeza, se elevaban sobre el suelo, volaban como si tuvieran alas, eran lo que nunca habrían podido o nunca llegarían a ser, poseían lo que no existía en ningún lugar y lo que sólo la rakija puede dar, por un instante, a aquellos que se le entregan sin condiciones.

Musa era el que menos hablaba. Estaba tumbado, prácticamente hundido en la espesa hierba verde oscuro. Tenía las manos juntas debajo de la cabeza, la pierna izquierda doblada y la derecha cruzada sobre ella, como si estuviera sentado. Su mirada se perdía en el cielo azul. A través de los nudos de hierba, sus dedos acariciaban la tierra tibia que, respiraba a un ritmo lento y regular, al menos eso le parecía a él. Al mismo tiempo sentía fluir el aire cálido a través de las mangas y de las perneras desabrochadas de los pantalones. Era ese soplo apenas perceptible, ese vientecillo especial de Travnik que se levanta en verano al atardecer y que «repta» lentamente y muy bajo, a ras del suelo, entre la hierba y los matorrales. Musa, que estaba a medio camino entre la resaca matutina y la nueva borrachera que se avecinaba, se rindió a la calidez de la tierra y al movimiento ligero y constante del aire, y tenía la sensación de que le hacían levitar, de que iba a volar, y no porque ellos fueran poderosos y fuertes, sino porque él mismo no era más que un soplo y un calor inquieto, tan liviano y débil que viajaba sin rumbo con ellos.

Mientras así flotaba y volaba, acostado sin moverse del sitio, le parecía escuchar, a través de un sueño, la conversación de sus colegas. La voz de Hamza era ronca e ininteligible, y la de Balancín hodja, profunda y entrecortada; siempre hablaba lenta y solemnemente, con la vista clavada en un punto como si estuviera leyendo.

Unos días atrás, los tres habían llegado a la conclusión de que no tenían dinero y tenían que conseguirlo a cualquier precio. Hacía tiempo que le correspondía a Balancín hodja encontrar algunas monedas, pero siempre tenía dificultades para hacerlo y le gustaba beber a costa de los otros.

La conversación versaba sobre un préstamo que Balancín hodja tenía que recibir de su tío de Podlugovo, que se había enriquecido en los últimos tiempos.

—¿De dónde saca el dinero? —preguntó Hamza mordaz y con desconfianza, como si conociera a ese tío y supiera que el dinero no caía del cielo.

—Lo ha ganado con el algodón este verano.

—¿Con caravanas para los franceses?

—No digas tonterías, compra y revende el algodón que se «encuentra» por los pueblos.

—¿Y el negocio marcha? —preguntó Hamza perezosamente.

—Pues claro que marcha, dicen que es un milagro. Ya sabes, los ingleses han bloqueado la vía por mar, así que Bunaparte se ha quedado sin algodón. Y tiene que vestir a un ejército entero, así que ahora hay que enviar el algodón por Bosnia. Desde Novi Pazar hasta Kostajnica todo va de caballo a caballo, bala a bala, sólo algodón. Los caminos abarrotados, las posadas atestadas. En ninguna parte puedes encontrar un arriero; todo lo ha comprado el francés y todo lo paga con buenos ducados. Quien tiene un caballo hoy día, tiene un tesoro, y quien trabaja con algodón se hace rico en un mes.

—Muy bien, pero ¿cómo consiguen el algodón?

—Pues muy fácil. Los franceses no lo venderían ni por todo el oro del mundo. Aunque les dieras tu casa por una okka de algodón, no te lo venderían. Pero la gente es ingeniosa y roba. Roba en las posadas donde los arrieros pernoctan y descargan los caballos. Cuando descargan, todo está en orden, y cuando al día siguiente empiezan a colocar los fardos, pues una bala de algodón menos. Empieza el jaleo: ¿quién ha sido?, ¿dónde está? Pero una caravana entera no va estar detenida por una bala. Así que se van sin ella. Sin embargo, es en los pueblos donde más rapiñan. Los niños salen de la aldea, se esconden entre los arbustos del camino y, desde allí, hacen un corte con cortaplumas en un fardo y abren un agujero en un saco. Como el camino es estrecho y discurre entre matorrales, el algodón empieza a caer y a engancharse en las ramas a ambos lados de la calzada. En cuanto la caravana pasa, los críos salen de su escondrijo y recogen el algodón en cestas, luego se ocultan de nuevo y esperan la próxima expedición. Los franceses acusan a los arrieros y se lo quitan de la paga. En algunos lugares, aparecen los guardias y atrapan a los rapaces. Pero ¿quién puede detener a todo un pueblo? Le quitan a Bunaparte el algodón, lo recogen de las ramas como en Egipto, y los de la ciudad llegan y lo vuelven a comprar antes que nadie. Así han hecho fortuna muchos.

—¿Y todo va a través de Bosnia? —decía Hamza medio dormido.

—No, no sólo a través de Bosnia, sino a través de todo el imperio. Bunaparte ha sacado los permisos en Estambul, ha enviado cónsules por todos los países y a comerciantes con dinero, y ya ves. Pues entérate, hombre, que mi tío por el algodón de Bunaparte…

—Tú consigue el dinero —interrumpió Musa con tono apagado pero desdeñoso— que nosotros no te preguntaremos si es de tu tío paterno o materno, ni dónde crece el algodón ni dónde el acero. Necesitamos dinero.

A Musa no le gustaban las historias de Balancín hodja, que solían ser largas y exageradas, y que siempre tenían que poner de manifiesto su erudición, valentía y conocimientos de los asuntos mundanos. Hamza era más paciente y las escuchaba con la calma y el humor que jamás lo abandonaban ni siquiera en los momentos de mayor penuria.

—¡Por Alá, que lo necesitamos! —dijo también Hamza, como un eco ronco—, ¡y urgentemente, pardiez!

—Pues claro que lo conseguiré, ¡por Alá bendito!, aunque tenga que morir por ello —exclamó solemne Balancín hodja.

Nadie respondió a sus juramentos y promesas.

Silencio. Tres cuerpos, debilitados por la indolencia, siempre enardecidos por el alcohol o torturados por su falta, respiran y descansan en apariencia, tumbados en la hierba a la cálida sombra.

—Un buen tipo, ese Bunaparte —Balancín hodja volvió a la carga, arrastrando las palabras como si pensara en voz alta—, buen tipo, a todos vence y domina. Y dicen que es diminuto, que apenas se le ve.

—Es pequeño, de tu talla más o menos, pero tiene un gran corazón —replicó Hamza bostezando.

—Y dicen —de nuevo habló Balancín hodja— que no lleva ni sable ni fusil. Le basta con alzar el cuello de su guerrera, calarse bien el sombrero y lanzarse al frente de sus huestes; destruye todo lo que encuentra a su paso; sus ojos despiden rayos y ni los sables lo cortan ni las balas lo rozan.

Balancín hodja cogió el vaso de la mandolina, lo llenó y bebió, todo con la mano izquierda, porque tenía apoyada la derecha en el pecho bajo de la aljuba desabrochada, e inclinó la cabeza sin apartar la mirada perdida de la rugosa corteza del peral.

La rakija ingerida hizo su efecto y él empezó a cantar.

Sin apenas abrir la boca ni cambiar de postura y con la vista siempre fija en el mismo sitio, dio rienda suelta a su pastosa voz de barítono:

Sufría la dulce Naza,

hija única de su madre.

Volvió a coger el vaso, lo llenó, se lo bebió de un trago y lo encajó en la mandolina.

—Ah, si yo pudiera encontrarme con él…

—¿Con quién? —preguntó Hamza, aunque era la enésima vez que oía esta fantasía y otras semejantes.

—Pues con él, con Bunaparte, encontrarnos cara a cara, ese infiel y yo, y a ver de qué lado está la suerte.

Las palabras incoherentes se perdían en el silencio absoluto. Balancín hodja agarró de nuevo el vaso, dio un trago, se desperezó ruidosamente y continuó con su voz profunda:

—Si me gana él, que se quede con mi cabeza. No me importa. Pero si ganara yo y lo atara, no le haría nada, sólo lo obligaría a desfilar delante de las tropas y a pagar tributo al sultán, igualito que el último pastor cristiano de las faldas del Karaula.

—Bunaparte está muy lejos, Murat, muy lejos —dijo el bonachón de Hamza—, es poderoso y cuenta con un gran ejército. ¿Y qué pasa con todos los imperios infieles que tendrías que atravesar, hombre de Dios?

—Mucho que me importan a mí los otros —replicó con aire de superioridad Balancín hodja—. Y es cierto que está lejos cuando está en su país, pero él recorre el mundo entero y en ninguna parte se está quieto. El año pasado llegó hasta Viena y allí se casó; tomó por esposa a la hija del emperador alemán.

—Mira tú por dónde, si te hubieras acordado a tiempo, podrías haber hecho algo en Viena —se burlaba Hamza.

—Pues eso, que yo no paro de decirte que hay que levantar el campamento y salir a correr mundo, en lugar de languidecer y pudrirse aquí, en este agujero húmedo de Travnik, y ser un hombre de honor o morir. Cuánto hace que lo digo, pero vosotros dos, que no, que me espere, que mañana, que no, que pasado. Y ya ves…

Y diciendo esto, Balancín hodja agarró con gesto decidido el vaso, lo llenó y se lo bebió de un trago.

Ni Hamza ni Musa respondían ya a sus ensoñaciones. Imperceptiblemente, a pequeños sorbos, ellos tampoco habían dejado de beber aguardiente de sus fildzani en la hierba. Abandonado a sí mismo, el pequeño hodja se sumió en ese silencio desdeñoso y altanero que sigue a los grandes duelos y a las grandes proezas que jamás son reconocidas ni recompensadas como se merecen. Sombrío, con la mano derecha debajo de la aljuba desabrochada, el mentón hundido en el pecho, miraba hacia delante con la vista perdida.

Durante tres años ella sufrió…

De pronto, su voz plañidera de barítono volvió a alzarse como si otra persona cantara en su interior. Hamza carraspeó entusiasmado.

—¡Bravo, Murat, caballero andante! Emprenderás la marcha, Dios lo quiera, ¡ojalá! Partirás, no cabe duda, y en medio mundo se verán tus hazañas y se oirá hablar de quién es Murat y de lo que hace, de su alcurnia y prosapia.

—¡Por Dios, que tienes razón! —dijo Balancín hodja atribulado y conmovido, levantando cansinamente su vaso como un hombre que se dobla bajo el peso de la fama.

Así se distraían, mientras Musa tumbado, silencioso e inmóvil, flotaba y planeaba con el viento y el aire cálido, libre, al menos por unos instantes, de la ley de la gravedad y de las cadenas del tiempo.

El día luminoso y límpido, bañado por el sol radiante y el azul del cielo, vibraba sobre el valle de Travnik.

 

XXI

 

A principios de 1812 las señales y rumores que anunciaban la posibilidad de una nueva guerra empezaron a multiplicarse. Ante cada nueva noticia, Daville experimentaba un leve e imperceptible mareo, como un hombre que conoce las torturas que lo aguardan pues ha sido sometido varias veces a ellas.

—¡Dios mío, Dios mío!

Pronunciaba esas palabras de manera inarticulada, para sí mismo, en un prolongado suspiro, hundido en su sillón, cubriéndose los ojos con la palma de la mano derecha.

Todo volvía a empezar, como dos años atrás en esa misma época, como anteriormente en 1805 y 1806, y todo transcurriría del mismo modo. La desazón, la inquietud y la duda ante todo y todos, un sentimiento de vergüenza y repugnancia, pero al mismo tiempo la mezquina esperanza de que, al final, las cosas acabarían bien también esta vez, ¡un vez más!, y que la vida (inconsecuente, miserable, dulce, ¡única vida!), la vida del imperio y de la sociedad, la suya y la de su familia, se mostraría constante y estable, y que ésta sería la última prueba que pondría fin a esa existencia de continuos altibajos que, cual columpio enloquecido, sólo deja al hombre una brizna de aliento, lo justo para poder decir que está vivo. Era muy probable que también en esta ocasión todo terminara con boletines victoriosos, acuerdos de paz ventajosos, pero ¿quién podría soportar esa vida que moralmente era cada vez más difícil y más costosa y quién encontraría esperanza en su interior para pagar el precio que exigía? ¿Qué puede dar un hombre que ya lo ha entregado todo, qué puede hacer si sus fuerzas ya están agotadas? Pero el mundo entero debía dar todo y hacer cualquier cosa con tal de poner fin a esa guerra eterna, de ofrecer al hombre un respiro y procurarle un poco de estabilidad y paz.

«Paz, sólo paz, paz, paz», pensaba Daville, y la propia palabra lo mecía en su duermevela.

Pero ante sus ojos cerrados, bajo la palma helada de su mano, aparecía repentinamente el rostro olvidado de von Mitterer, amarillento y desvalido, surcado por profundas arrugas en las que yacía una sombra verde, con los bigotes retorcidos y un brillo malsano en los ojos negros. Con esa misma cara y en la misma habitación, el año pasado por aquellas fechas, le había dicho con tono afable y ambiguo que la próxima primavera «se armaría un buen jaleo» (sí, se había expresado con ese tono cuartelero). Y he aquí que había llegado, puntual e implacable, como un espectro meticuloso y cascarrabias, para demostrarle que sus previsiones se cumplían y que ni había paz ni podría haberla. La cabeza de von Mitterer hablaba igual que el día que se despidió, con amargura y cierta alegría maligna:

—Il y aura beaucoup de tapage.

En el fondo se traslucían malas palabras, mala pronunciación y tono irónico.

—… beaucoup de tapage… de tapage… de tapage…

Al ritmo de esas palabras, la cara de von Mitterer se balanceaba y adquiría un tono más macilento y cadavérico. Pero ya no era von Mitterer, ahora se trataba de la cabeza cortada, pálida y ensangrentada en la lanza de un sans-culotte que había visto una mañana, veinte años atrás, desde su ventana en París.

Daville sintió un sobresalto, retiró bruscamente la mano de sus ojos y abandonó su duermevela y, con él, el fantasma que había venido a atemorizarlo ahora que estaba indefenso y fatigado. El gran reloj de madera marcaba las horas con regularidad en la habitación excesivamente caldeada.

La primavera se anunciaba difícil para Daville.

A la vista de las circulares, de los frecuentes correos y de los artículos de prensa, podía deducirse que se avecinaban nuevos acontecimientos y nuevas campañas, que toda la maquinaria bélica del imperio volvía a ponerse en movimiento. Pero no podía intercambiar opiniones sobre el tema con nadie, ni escuchar pareceres ajenos ni examinar los diversos aspectos y verificar sus sospechas y temores, para ver, a la luz de una conversación juiciosa, qué había de realidad en sus miedos y qué era fruto de su imaginación, de su pánico y fatiga. Porque como todas las personas solitarias, débiles y extenuadas que pierden por un instante la confianza en sí mismas, Daville deseaba a toda costa encontrar en las palabras y en la mirada de otros hombres confirmación y respaldo para sus ideas y actuaciones, en lugar de buscarlos en su interior. Pero la maldición radica justamente en que siempre hay conversaciones y consejos, salvo cuando más lo necesitamos, y en que nadie quiere hablar con claridad y franqueza sobre lo que nos atormenta de verdad.

Von Paulich realizaba su trabajo, cortés y frío, apuesto e inflexible, un autómata imperial austríaco que no conocía el error ni la duda. Cuando se veían charlaban sobre Virgilio o sobre las intenciones de las cortes europeas, pero en esas charlas, Daville nunca lograba probar sus presentimientos y sus temores, porque von Paulich no se atenía más que a declaraciones generales sobre «los lazos de alianza y de parentesco que existían entre la corte francesa y la austríaca», o sobre «la sabiduría y la previsión de aquellos que, de mutuo acuerdo, rigen los destinos de los Estados europeos» y evitaba en cualquier sentido dar una opinión concreta sobre el futuro. Y Daville no osaba plantearle ninguna pregunta directa para no traicionarse; sólo contemplaba febril sus ojos azul oscuro en los que siempre hallaba la misma sobriedad despiadada y repelente.

Con d’Avenat no merecía la pena conversar. El intérprete únicamente tenía en cuenta las cosas palpables y las cuestiones concretas. Todo lo que no se ajustaba a tal estado no existía para él.

Sólo quedaban las conversaciones con Ibrahim bajá y los hombres del konak.

Las ideas del visir eran más o menos las de siempre, repetidas durante años, petrificadas como él mismo.

Empezaba el mes de abril. En esa época, el visir solía ponerse nervioso e irascible, porque se acercaba el momento en que tenía que preparar el ejército para emprender la campaña contra Serbia y porque Constantinopla tenía a este respecto unas demandas que superaban con creces sus posibilidades.

—En Constantinopla no saben lo que hacen —se quejaba el visir a Daville, deseoso él mismo de encontrar en esta conversación alivio para sus propias preocupaciones—, no saben lo que hacen, es lo único que puedo decir. Me ordenan que salga al mismo tiempo que el bajá de Nis y que ataquemos por dos frentes a los insurrectos. Pero no saben, no quieren enterarse de lo que yo tengo aquí. ¿Cómo podrían seguir mis bueyes el paso de sus caballos? ¿Dónde voy a encontrar a diez mil hombres y cómo los voy alimentar y a equipar? Si es imposible poner juntos a tres bosniacos sin que se peleen por ver quién es el primero (porque ninguno es el último, eso ya se sabe). Y si lo consiguiera, ¿de qué serviría si estos héroes bosniacos no quieren combatir en la otra orilla del Drina y del Sava? Su valor y su heroísmo proverbial se acaban en las fronteras de Bosnia.

Era evidente que el visir no podía pensar ni hablar de ninguna otra cosa. Casi estaba animado, si es que esa palabra se podía utilizar tratándose de él, y agitaba la mano como si espantara en vano una mosca fastidiosa.

—Por lo demás, esta Serbia no merece la pena que se hable tanto de ella. Ah, si el sultán Selim estuviera vivo, todo sería distinto.

Una vez que se mencionaba el tema del desdichado Selim III, ese día al menos, no cabía esperar otra conversación. Y así fue.

Por aquellas fechas, Daville le había hecho a Tahir bey, el teftedar, un regalo especial, sólo para tener una oportunidad de oír su opinión.

Después de pasar el duro invierno, más en la cama que de pie, Tahir bey, había revivido de repente y se había vuelto locuaz y activo, manifestando una vitalidad poco espontánea. Su cara tenía ya un tono bronceado por el sol de abril, y sus ojos brillaban como si hubiera bebido un poco.

El teftedar hablaba rápida y atropelladamente de Travnik, de los inviernos que habían pasado allí (para él era el cuarto y para Daville el quinto), de los sentimientos de amistad y de compañerismo en el infortunio que esa larga estancia juntos en la ciudad había ayudado a crear entre el visir y todos ellos con Daville y su familia; de los hijos de Daville, de la primavera, de tantas cosas diferentes que, en apariencia, no tenían nada que ver y, sin embargo, guardaban una estrecha relación con el estado de ánimo en el que se hallaba Tahir bey. Silencioso y sonriente, pero excitado, como si dijera algo que acababa de descubrir sólo en ese momento y de lo que deseaba convencerse a sí mismo y a Daville, el teftedar hablaba como si estuviera leyendo:

—La primavera equilibra y repara todas las cosas. Mientras la tierra florece, una y otra vez, y mientras haya gente para ver ese fenómeno y disfrutar de él, todo va bien.

El teftedar con su mano morena, de uñas extrañamente estriadas a lo largo y azuladas, señalaba con ademán suave el equilibrio a su alrededor.

—Y siempre habrá hombres, porque los que no pueden más y no son capaces de ver el sol y las flores se desvanecen y llegan otros. Como dice el poeta: «En los niños se renueva y regenera el río de la humanidad».

Daville asentía y sonreía, y mirando la cara risueña de Tahir bey se decía a sí mismo: «Éste también habla ahora de lo que necesita hablar, sólo Dios sabe por qué motivo». Y de inmediato desvió la conversación de los niños y la primavera a los imperios y a las guerras. Tahir bey aceptaba cualquier tema y de todo opinaba con el mismo entusiasmo sereno y alegre, como si leyera algo nuevo y agradable.

—En efecto, nosotros también hemos oído que se aproximan nuevas batallas. Quién estará al lado de quién y quién en contra, queda por ver, pero parece cierto que este verano habrá guerra.

—¿Está usted seguro? —preguntó Daville acongojado y con apremio.

—Seguro, en la medida en que lo escriben en sus periódicos —respondió el teftedar sonriente— y yo no tengo ninguna razón para no creerlos.

Tahir Bey inclinó levemente la cabeza y posó sobre Daville una mirada luminosa y un poco de soslayo, la mirada que se ve en las martas y comadrejas, fieras crueles que degüellan y beben la sangre pero no comen la carne de los animales degollados.

—Seguro —continuó el teftedar—, en la medida en que la guerra entre los países cristianos es constante y dura desde siglos, por lo que yo sé.

—También los Estados no cristianos luchan —interrumpió Daville.

—Cierto. Pero la diferencia estriba en que los países islámicos luchan sin hipocresía ni contradicciones. Siempre han considerado la guerra como una parte muy importante de su misión en el mundo. El islam ha llegado a Europa como fuerza beligerante y hasta hoy día se ha mantenido o haciendo la guerra o gracias a las guerras que los cristianos se hacen entre sí. Mientras que esos mismos países cristianos, por lo que yo sé, condenan la guerra hasta el punto de que siempre atribuyen la responsabilidad a los otros y aun reprobándolo no cesan de combatir entre ellos.

—Es indudable que en vuestra exposición hay mucho de verdad —alentaba Daville al teftedar, con la intención última de conducirlo al tema del conflicto ruso-francés y escuchar su opinión— pero ¿cree usted que el zar ruso querrá atraer sobre sí la cólera del mayor soberano de la cristiandad y de su ejército que es el más poderoso de los ejércitos cristianos?

La mirada del teftedar se volvió más luminosa y más bizca.

—Desconozco por completo las intenciones de los emperadores, estimado señor, pero me permito la libertad de llamar su atención sobre un hecho que he advertido tiempo atrás, y es que la guerra persiste en la superficie de la Europa cristiana y sólo se traslada de un lugar a otro, igual que un hombre cambia de mano el ascua que lleva para quemarse menos. En estos instantes, la guerra está en los confines europeos de Rusia.

Daville entrevió que tampoco aquí iba a sacar nada en claro de lo que le interesaba y angustiaba, porque Tahir bey, igual que el visir, sólo hablaba de aquello que su necesidad interior le exigía en esos momentos. No obstante, quiso hacer un último intento y se aventuró de manera ruda y directa.

—Es sabido que el objetivo principal de la actual política rusa es liberar a sus correligionarios, y por lo tanto estas regiones, dominadas por los otomanos, entrarían dentro de sus planes. Según esto, muchos consideran probable que sus verdaderos proyectos bélicos estuvieran dirigidos contra Turquía, y no contra los países de Europa occidental.

El teftedar no se dejó desconcertar.

—¡Qué le vamos a hacer! No siempre ocurre lo que parece probable. Pero si fuera como «muchos consideran», no sería difícil prever el curso de los acontecimientos, porque no es un secreto que todas estas tierras se han ganado por la guerra, por la guerra se defienden y luchando se perderán si es que tienen que perderse. Pero eso no varía nada de lo que he dicho.

Y Tahir bey, pertinaz, retornó a su tema.

—Preste atención y se dará cuenta de que allí donde la Europa cristiana extiende su dominio, con sus costumbres y organización, llega también la guerra, la guerra entre cristianos. Así es en África y en América, así es en las partes europeas del Imperio Otomano que han caído en manos cristianas. Si alguna vez, por voluntad del destino, acaeciera que perdiéramos estas regiones y que las conquistara una potencia cristiana, como ha mencionado usted, sucederá lo mismo. De modo que quizá pudiera ocurrir que dentro de cien o doscientos años, en este mismo lugar donde usted y yo conversamos sobre las posibilidades de una guerra turco-cristiana, los cristianos, liberados de la dominación otomana, se degüellen y maten entre ellos.

Tahir bey se rió ruidosamente de su visión. También Daville sonrió por cortesía y con el deseo de dar al asunto un tono agradable e inocente, aunque estaba decepcionado y descontento por el rumbo que tomaba la conversación.

Al final, la charla fue aderezada con nuevas reflexiones del teftedar sobre la primavera, la juventud que es eterna, aunque los jóvenes no son eternamente jóvenes, sobre la amistad y la buena vecindad que hacen agradables y soportables hasta las regiones más inhóspitas.

Daville las recibió con una sonrisa tras la que se esforzaba por ocultar su insatisfacción.

En el camino de regreso, el cónsul intercambió unas cuantas palabras con d’Avenat, como solía hacer.

—¿Qué le parece Tahir bey? —aventuró Daville dando pie a la conversación.

—Es un hombre muy enfermo —dijo d’Avenat secamente y guardó silencio.

Sus caballos volvieron a aproximarse.

—Pero parece que esta vez se ha recobrado muy bien.

—Eso precisamente es lo malo para él, que se restablezca tantas veces. A fuerza de restablecerse con tanta frecuencia, algún día él…

—¿Eso cree? —Daville se estremeció sorprendido.

—Pues claro. ¿No ha visto sus manos y sus ojos? Es un hombre que se cura, evita a la muerte y vive de las drogas —terminó d’Avenat en voz baja, con tono severo y cortante.

Daville no respondió. Después de escuchar este comentario, se repitió a sí mismo algunas partes del discurso de Tahir bey y, sin tener delante su sonrisa y sus modales únicos, le resultaron realmente incoherentes, malsanas y exageradas.

Todo eso, dicho a la manera brusca de d’Avenat, implacablemente real, ofendía a Daville, aunque no sabía por qué, como algo doloroso y chocante, desagradable para su propia persona. Se adelantó al caballo del intérprete. Era la señal de que la conversación había acabado. «Es extraño —pensaba Daville contemplando la amplia espalda del suboficial turco que cabalgaba delante de ellos y les abría camino—, muy extraño que aquí nadie manifieste piedad ni esa compasión natural, que entre nosotros aparece de forma espontánea ante los sufrimientos ajenos. En estas tierras tienes que ser un mendigo, una víctima de un incendio o un tullido arrojado a la calle para provocar lástima. Si no, entre pares o semejantes, no existe. Aunque viva aquí cien años, no podré jamás acostumbrarme a esta dureza de corazón al hablar, a esa especie de aridez moral y franqueza ruda, nunca podré endurecerme tanto como para que no me afecte y duela».

Por encima de ellos resonó la voz del almuédano de la mezquita Sarena, repentina y violentamente como una explosión. Esa voz aguda vibraba y desbordaba una devoción ardiente, combativa y furiosa que parecía henchir el pecho del almuédano. Era mediodía. Otro almuédano se dejó oír desde una mezquita invisible. Su voz, excitada y profunda, iba como una sombra devota y fervorosa en pos de la voz del almuédano del bazar. Estas voces, que se alcanzaban y perdían en el aire por encima de Daville y su escolta, los acompañaron hasta el consulado.

El día de la Anunciación era el primer aniversario del bautizo de su hija. Daville aprovechó la ocasión para invitar a comer a von Paulich y al párroco de Dolac, fray Ivo Jankovic y a su capellán. Los frailes aceptaron la invitación, pero era evidente que no habían modificado sus opiniones ni un ápice. Ambos se comportaban con una cortesía exagerada y no miraban a Daville a los ojos, sino a los hombros, así como por lo bajo y de través. El cónsul conocía esa mirada de los bosniacos (los largos años y las muchas empresas le habían enseñado) y sabía que contra lo que se ocultaba detrás de ella nada podía hacerse ni por las buenas ni por las malas. Conocía la complejidad interna, misteriosa y malsana de los bosniacos que eran tan sensibles cuando se trataba de ellos mismos como brutales y rudos cuando se trataba de otros. Así que él también se había preparado para afrontar la comida como un juego difícil del que se sabe de antemano que no se puede ganar, pero no queda más remedio que jugar a él.

Antes y durante el almuerzo, la conversación versó sobre temas generales, falsamente almibarada e ingenua. Fray Ivo comió y bebió tanto que su cara, rubicunda por naturaleza, adquirió un tono violeta, y se le desató la lengua. En el joven capellán, la copiosa comida surtió efectos contrarios, empalideció y se fue volviendo más silencioso.

Cuando exhaló la primera bocanada de su cigarro, fray Ivo apoyó en la mesa el puño fornido de su mano derecha, orlado de un vello rojizo hirsuto, y sin preámbulos, empezó a hablar de las relaciones entre la Santa Sede y Napoleón.

A Daville le sorprendió el conocimiento que mostraba el fraile de las fases concretas de la batalla entablada entre el Papa y el emperador. Dominaba todos los detalles del concilio nacional convocado por Napoleón el año anterior en París, de la oposición de los obispos franceses, igual que sabía todos los lugares donde el Papa había estado prisionero y todas las peripecias y presiones a las que había estado expuesto.

El cónsul empezó a defender y a explicarle la postura francesa. (Su propia voz le resultaba débil y poco convincente). De paso, se esforzaba por desviar la conversación a las actuales circunstancias internacionales, para tratar de averiguar qué pensaba y esperaba del futuro cercano este monje y con él sus hermanos y el pueblo. Pero al fraile no se le había pasado por la imaginación tratar cosas generales. Sólo sabía lo que le había enseñado su naturaleza apasionada y sus convicciones fanáticas. Para lo demás, miraba a von Paulich que un poco más allá conversaba con la señora Daville. Estaba claro que al fraile no le gustaban ni los rusos ni los franceses y que sólo repetía con su voz aguda, que parecía excesivamente fina y silbante para un hombre tan corpulento, las previsiones más sombrías para un pueblo que se comportaba de ese modo con la Iglesia y el sumo pontífice.

—Yo no sé, honorable cónsul, si su ejército marchará contra Rusia o contra otro país —respondió fray Ivo a los intentos de Daville de saber su opinión y de qué parte estaría en ese caso—, pero sé con certeza, y se lo puedo decir abiertamente, que nadie le dará su bendición, marche contra quien marche, porque tratar así a la Iglesia…

Y retomó la serie de acusaciones con citas de la última bula papal contra Napoleón, a propósito de las «heridas cada vez más profundas que infligían todos los días a las autoridades apostólicas, los derechos de la Iglesia, a la Santa Fe y a Nos personalmente».

Al mirarlo, tan pesado, hostil e inflexible, Daville pensó como cada vez que lo veía, desde hacía años, que ese hombre estaba henchido de la cabeza a los pies de rabia y obstinación, que brotaban de él con cada una de sus palabras y con los silbidos agudos, y que todo lo que pensaba y decía, incluso el propio Papa, no era más que un pretexto cómodo para darles libre curso y manifestarlas.

Al lado del robusto párroco estaba sentado el capellán inmóvil, como una miniatura muda del fraile, con idéntica postura y conducta. Él también tenía el puño derecho apretado sobre la mesa, pero el suyo era menudo y blanco con un incipiente vello rojo.

Al otro extremo de la mesa, se había entablado una conversación animada entre la señora Daville y von Paulich. Nada más llegar el teniente coronel a Travnik, ella había quedado fascinada y sorprendida por su sincero interés por todo lo que se relacionaba con la casa y los muebles y accesorios domésticos, así como por su conocimiento inusual de los quehaceres y necesidades del hogar. (Igual que sorprendió y fascinó a Daville el conocimiento que el austríaco tenía sobre Virgilio y Ovidio. Igual que, en su momento, asombró y asustó a von Mitterer por sus nociones de cuestiones militares). Y cada vez que se veían, ellos encontraban temas de conversación interminables y placenteros. Ahora hablaban de muebles, del mantenimiento y conservación de las cosas en condiciones especiales.

La erudición del teniente coronel era, en efecto, inagotable e ilimitada. Abordaba cada cosa como si fuera la única que en esos instantes le interesaba, y lo hacía con objetividad fría y lejana, sin asomo de afectividad ni nada personal. Ahora comentaba los efectos de la humedad en las diferentes clases de madera del mobiliario, en las hierbas marinas y crines de caballo con que se rellenaban los sillones, y lo hacía seguro, demostrando experiencia, pero también una objetividad científica, como si se tratara de los muebles en general y no de los suyos propios.

Von Paulich se expresaba en un francés lento y literario, pero selecto, afortunadamente muy distinto al vocabulario corrompido y la pronunciación rápida levantina de von Mitterer que resultaba insoportable y desagradable. La señora Daville lo ayudaba, encontrando la palabra que a veces le faltaba.

A ella le complacía poder hablar con ese hombre gentil y prolijo sobre materias que constituían su preocupación permanente en la vida real. En la conversación, así como en el trabajo y en la oración, la señora Daville era siempre igual, enérgica pero dulce, sin pensamientos solapados ni titubeos, segura y plena de confianza en el cielo y en la tierra y en todo lo que el tiempo puede traer y en lo que la gente es capaz de hacer.

Mirando y escuchando a todos los presentes, Daville reflexionaba: «Están tranquilos, seguros, todos saben, al menos en este momento, lo que quieren, sólo yo me siento confuso y asustado ante el mañana, cansado e infeliz y, además, estoy condenado a ocultarlo y a no traicionarme jamás».

Fray Ivo interrumpió los pensamientos del cónsul al levantarse, como siempre, de repente, y reprender con dureza al joven capellán, como si fuera el culpable de que aún siguieran allí; le gritó que era tarde, que les aguardaba un largo camino hasta casa y tenían mucho que hacer.

Esto introdujo una atmósfera más glacial si cabía en la sala.

Aquella misma primavera llegaron a Travnik el metropolitano[41] Kalinik y el obispo auxiliar Joanikije para arreglar ciertos asuntos de la Iglesia ortodoxa. Daville los invitó a comer con la esperanza de averiguar su opinión sobre los sucesos que se avecinaban.

El metropolitano era un hombre obeso, linfático, enfermizo; llevaba lentes de cristales gruesos (pero no del mismo grosor) tras las cuales sus ojos parecían terriblemente desfigurados y amorfos como si en un santiamén fueran a desbordarse y a derramarse. Se expresaba a la manera suave de los fanariotas y elogiaba conciliador a todas las grandes potencias por igual. En general, tenía para cualquier cosa y cualquier idea unas cuantas expresiones, elogiosas y afirmativas sin excepción, y las aplicaba a todo lo que quería decir, más o menos al azar, incluso sin tener en cuenta lo que se estaba hablando. Esta cortesía rastrera y exagerada con la que malamente se oculta la indiferencia absoluta hacia todo lo que la gente dice y puede decir, se encuentra a menudo entre los sacerdotes muy ancianos de todas las religiones.

Completamente distinto era el obispo Joanikije, un monje corpulento y pesado, oculto tras una larga barba negra, con una expresión de permanente ira y un aire cortante y marcial en su porte, como si bajo su hábito negro llevara una armadura y guarnición macizas. Este obispo era sospechoso para los turcos por sus relaciones con la insurrección en Serbia, pero no habían podido probar nada.

A las preguntas de Daville respondía con brevedad pero con franqueza contundente.

—Usted querría saber si estoy a favor de los rusos, pues yo le digo que estamos a favor del que nos ayude a sobrevivir y a liberarnos con el tiempo. Porque usted al menos, ya que vive aquí, sabe cuál es nuestra situación y cuánto tenemos que soportar. Por eso nadie debe extrañarse…

El metropolitano se volvió hacia el obispo y lo reprendió con una mirada de sus ojos inexpresivos, peligrosamente prominentes tras los gruesos cristales, pero el monje prosiguió imperturbable.

—Los países cristianos luchan entre ellos, en lugar de ponerse de acuerdo para acabar de una vez por todas con esta desgracia. Y así seguimos siglo tras siglo, pero a usted le gustaría saber a favor de quién estamos…

De nuevo se volvió el metropolitano y, viendo que la mirada no ayudaba, intervino raudo con tono de plegaria:

—¡Que Dios dé vida y guarde a todas las potencias cristianas, enviadas por Dios y por El protegidas! Nosotros rezamos sin cesar…

Entonces el obispo lo interrumpió con brusquedad:

—… Estamos con Rusia, señor, y por la liberación de todos los cristianos ortodoxos del yugo infiel. Eso es lo que apoyamos y no crea a quien le diga lo contrario.

El metropolitano volvió a intervenir y empezó a hablar amablemente, empleando sólo adjetivos dulzones que d’Avenat traducía con dificultad, rápidamente, de forma inexacta y saltándose la mitad.

Daville observaba al obispo sombrío. Su respiración era pesada y discontinua y su voz aguda y desigual, entrecortada y salpicada por leves espasmos, que parecían explosiones de la rabia incomprensible y largamente contenida que debía colmar a ese hombre y afloraba con cada palabra y con cada uno de sus gestos.

Daville hizo todo lo posible por explicar al metropolitano y al obispo las intenciones de su gobierno y mostrarlas bajo una luz adecuada, pero él mismo no tenía mucha confianza en lograrlo, porque de la cara de Joanikije no podía borrar la expresión colérica y agraviada, y al metropolitano le traía sin cuidado lo que decía cada cual, porque él escuchaba las conversaciones como el rumor de un río insignificante, con la misma indiferencia y distracción amables y la misma aprobación complaciente e hipócrita.

El archimandrita Pahomije, que servía en la iglesia de Travnik, había acompañado a los popes al consulado. Era delgado, pálido y de aspecto débil; andaba encorvado, con un gesto siempre crispado y agrio en el rostro, como las personas que padecen del estómago. Iba al consulado en contadas ocasiones; solía rechazar las invitaciones pretextando que temía a los turcos o que estaba enfermo. Siempre que se lo encontraba, Daville lo saludaba amablemente e intentaba charlar con él, pero el pope se encorvaba aún más, el gesto convulso en su cara adquiría mayor intensidad, y su mirada temblorosa (esa mirada que Daville conocía tan bien en los bosniacos) no se clavaba en los ojos, sino un poco más abajo y de través, primero en un hombro de su interlocutor luego en el otro. Sólo con d’Avenat hablaba a veces con mayor libertad.

También ese día, obligado a acompañar a sus superiores, permanecía crispado y silencioso, sentado en el borde de la silla, como un huésped a disgusto que estuviera dispuesto a salir corriendo en cualquier instante, y la vista al frente, sin pronunciar palabra. Pero cuando dos o tres días después de la partida del metropolitano, d’Avenat se encontró con él en la calle e inició una conversación «a su manera», el demacrado y débil archimandrita pareció revivir de pronto y empezó a hablar, su mirada se volvió viva y franca. Palabra por palabra, la charla se iba haciendo más animada. D’Avenat lo provocaba afirmando que todos los pueblos y todas las religiones, todos los que aspiraban a algo debían poner sus ojos en el todopoderoso emperador francés, y no en Rusia, que ese mismo verano sería sometida por los franceses como el último país europeo que aún no se había rendido a ellos.

La gran boca del pope, por lo general crispada y apretada, se abrió de par en par dejando al descubierto en la cara menuda y enfermiza unos dientes blancos, dientes de lobo regulares y fuertes; a ambos lados de la boca aparecieron nuevas líneas nunca antes vistas que denotaban una alegría burlona. Pahomije echó la cabeza hacia atrás y rió de forma inesperada y ruidosa, burlona y alegre, tanto que el propio d’Avenat quedó sorprendido. Sólo duró unos segundos. Luego su cara recuperó las arrugas habituales y la crispación. Dio una vuelta y miró alrededor para cerciorarse de que no había nadie cerca, aproximó su rostro al oído derecho del intérprete y le espetó con voz grave y animada, que correspondía a su anterior expresión sonriente y no a la actual:

—Escucha lo que voy a decirte, vecino: sácate eso de la cabeza.

Así, inclinado como para hacerle una confidencia, el archimandrita se lo dijo amistosa y cautamente, como si le ofreciera algo de valor. Después, se despidió y continuó su camino, evitando como siempre el bazar y la calle principal y eligiendo las calles laterales.

 

XXII

 

Los destinos de todos los extranjeros que habían confluido y fondeado en ese valle angosto y húmedo, condenados a vivir en él cierto tiempo, en condiciones insólitas, maduraron brutalmente. Las circunstancias excepcionales a las que habían sido expuestos aceleraron en cada uno de ellos los procesos internos que incubaban a su llegada, y los empujaron más enérgica y despiadadamente a seguir la dirección de sus instintos. Allí, esos instintos se desarrollaron y adoptaron unas proporciones y formas que, en otra situación, quizá jamás se habrían exteriorizado ni prosperado.

A los pocos meses del advenimiento de von Paulich, pudo verse con bastante claridad que las relaciones entre el nuevo cónsul general y el intérprete Nicola Rotta no iban a ser fáciles, que provocarían altercados y, más pronto o más tarde, una ruptura. Porque difícilmente se encontrarían en el mundo dos hombres tan distintos, predestinados a no entenderse y a enfrentarse.

El frío, mesurado y pulcro teniente coronel, que por todas partes proyectaba una atmósfera de transparencia gélida y cristalina, desconcertaba y exasperaba al intérprete vanidoso e irritable y con su sola presencia despertaba en él viejos cálculos terriblemente intrincados que hasta ese momento habían permanecido dormidos o escondidos. Decir que esos dos hombres se repelían el uno al otro sería erróneo, pues, en realidad, sólo Rotta chocaba con el cónsul como contra un bloque de hielo inmenso e inmóvil, y peor aún, volvía una y otra vez, según una ley implacable y fatídica, a estrellarse contra él.

Es difícil creer que semejantes personas, inteligentes, ecuánimes y flemáticas desde cualquier punto de vista, pudieran resultar nefastas e influir sobre alguien tan destructivamente. Sin embargo, éste era el caso. Rotta se hallaba en un estado tal de descomposición y decrepitud internas que un superior como von Paulich no podía más que acarrearle un fin rápido. Con su calma, con su objetividad casi inhumana, el teniente coronel era un veneno para el intérprete ya de por sí envenenado. Si Rotta hubiera tenido un nuevo jefe apacible e indulgente como había sido von Mitterer o uno impetuoso, de carácter variable, arrastrado por las pasiones humanas, aunque fueran las peores, él habría logrado más o menos mantener la compostura. En el primero de los casos, viviría de esa indulgencia y en el segundo, sus instintos oscuros y desviados habrían encontrado un punto de apoyo y respaldo en instintos parecidos a los que se enfrentaría, y en estas lides perpetuas encontraría cierto equilibrio. Pero contra el superior que le había tocado en suerte, Rotta se estrellaba como un hombre furioso contra un muro de hielo o un haz irreal de luz.

Con sus propias concepciones, su forma de ser y de actuar, von Paulich significó para Rotta un cambio enorme para peor. Ante todo, él necesitaba a Rotta mucho menos que von Mitterer, para el que hacía tiempo que se había convertido en indispensable. El coronel lo había utilizado como una especie de pantalla ante los problemas más graves y más desagradables que surgían en el trabajo, una suerte de guante para las tareas más repugnantes. Además, Rotta se había convertido, sobre todo en los últimos años, en una especie de «eminencia gris». Cada vez que el coronel pasaba por una crisis familiar o profesional, y sufría una parálisis momentánea de la voluntad relacionada con su agotamiento y su hígado enfermo, allí estaba Rotta para apoyarlo, tomaba «las cosas» en sus manos y sólo con eso provocaba en el hombre exhausto una sensación de alivio y de agradecido fervor. Y Rotta arreglaba la «cosa» con facilidad, porque ni era difícil ni parecía irresoluble ni insuperable, salvo para von Mitterer en esos momentos y en ese estado única y exclusivamente.

Naturalmente, algo semejante era inimaginable con el nuevo cónsul. Para von Paulich, cualquier tarea era plana y geométrica como un tablero de ajedrez ante el que jugaba con la tranquilidad y presencia de ánimo de un jugador que piensa detenidamente, pero que desconoce el temor ante un movimiento y el arrepentimiento posterior, y que no necesita consejo ni auxilio ni apoyo.

Además, la forma de trabajar de von Paulich privaba al intérprete de las últimas satisfacciones que le quedaban en su errada y mustia vida. Su conducta arrogante y agresiva con el público y los más jóvenes, con todos los que no podían hacer nada en su contra o dependían de él, era para Rotta en verdad miserable, pero la única y última alegría en su desorden interno y decadencia, una pobre ilusión de fuerza y un importante distintivo de superioridad, por el que él habría entregado en vano el alma, el vigor y la juventud.

Después de una de estas salidas en las que, petulante, de pie con las piernas abiertas, la cara completamente roja, vociferaba y maldecía delante de alguien al que no temía y que no podía ni sabía responderle, Rotta experimentaba sólo por un instante, pero un instante maravilloso, una dulzura profunda y una felicidad inconmensurable por haber roto algo, por haber partido en dos a un ser humano y emponzoñado su vida, y permanecía de pie sobre el rival silenciado, que deseaba ser tragado por la tierra, mientras que su inmensa felicidad lo elevaba muy alto sobre las criaturas terrestres, pero lo suficientemente bajo para que todos pudieran verlo y pudieran sopesar y sentir cuán por encima se hallaba. Pero he aquí que el teniente coronel ni siquiera le dejaba disfrutar de esa felicidad fugaz y falsa.

Su presencia impedía este comportamiento. Bajo la mirada de sus fríos ojos azul oscuro no se podía mantener ninguna ilusión, todas las fantasías se rompían y desaparecían en la nada de la que habían surgido.

Ya en las primeras semanas, von Paulich, en cuanto tuvo oportunidad, comunicó a Rotta que había una forma de decirle las cosas tranquilamente a la gente y obtener con buenos modales lo que se deseaba. En cualquier caso, no quería que ninguno de sus empleados, fuera el que fuera, hablara con nadie en el consulado ni en la ciudad de esa manera. El intérprete intentó entonces por primera y última vez influir en el nuevo cónsul e imponerle sus ideas. Pero fue imposible. Rotta, para quien la astucia y la insolencia se habían convertido en una segunda naturaleza, se quedó petrificado delante de ese hombre. Las comisuras de los labios empezaron a temblarle, bajó aún más los párpados, echó la cabeza hacia atrás, dio un taconazo y dijo con acritud: «Se hará según sus órdenes mi teniente coronel», y salió.

Ya fuera porque se le había olvidado, ya porque había querido poner a prueba la energía y tenacidad del nuevo superior, Rotta intentó en dos ocasiones pavonearse y alzar la voz a los jóvenes, a pesar de las instrucciones expresas que había recibido. En la segunda ocasión, el cónsul llamó al intérprete y le dijo que si el asunto volvía a repetirse, aunque sólo fuera una vez más, incluso de la manera más suave, podía esperar que se le aplicara de inmediato el párrafo del Reglamento que se refería a una falta grave de indisciplina reiterada. Mientras escuchaba, Rotta advirtió que los ojos azules del militar se llenaban de lágrimas y en las comisuras aparecían dos chispas fulminantes y asesinas que alteraron por completo su mirada y la expresión de su cara. A partir de ese momento, el intérprete, asustado, se replegó en sí mismo y empezó a rumiar su odio contra el cónsul de forma invisible y secreta, pero con toda la rabia y todo el brío que antes descargaba sobre sus víctimas.

Von Paulich, que consideraba el caso de Rotta fría y simplemente, por lo demás, como todas las cosas del mundo, trataba de utilizar lo menos posible sus servicios; lo enviaba como correo a Brod y a Kostajinica, incluso esperaba que von Mitterer recibiera un nuevo destino en el que pudiera emplear a Rotta y lo reclamara. Pero no quería ser él quien lo alejara de Travnik. Por extraño que parezca, tampoco a Rotta se le había pasado por la imaginación librarse del cargo en el que, estaba claro, nada bueno le aguardaba, y como hipnotizado revoloteaba alrededor de su jefe, atraído por la luz glacial que desprendía, y se enfrentaba a él constantemente y cada vez con más virulencia, aunque más en sus pensamientos que en la realidad.

D’Avenat, que sabía o al menos presentía todo lo que sucedía en Travnik, enseguida adivinó cuál era la situación de Rotta en el consulado y de inmediato le vino a la mente la idea de que con el tiempo podría obtenerse de ello algún beneficio para los intereses de Francia. En una ocasión, durante una de las conversaciones que ambos intérpretes mantenían a su manera cuando se encontraban en el bazar o de camino al konak, d’Avenat le dijo a Rotta bromeando que siempre podría hallar cobijo en el consulado francés en caso de necesitarlo. Rotta le respondió con otra broma.

Después de la primera bronca, se instaló entre von Paulich y su intérprete una tregua sorda que duró un año entero. Si el teniente coronel le hubiera cargado de trabajo y le hubiera exigido demasiado, si le hubiera demostrado su odio y su desagrado, quizá Rotta habría soportado la situación y se habría armado de paciencia para aguantar al nuevo cónsul hasta el final. Pero el comportamiento frío de von Paulich y la forma que tenía de ignorarlo debían conducir más pronto o más tarde a la ruptura.

En la primavera de 1812, el conflicto estalló en el consulado austríaco. El pequeño intérprete jorobado no podía seguir viviendo así, pasando desapercibido, limitado a sus obligaciones básicas, reprimiendo todos sus instintos, hasta los más irrefrenables, y sus costumbres más firmes. Al perder el control sobre sí mismo, arremetió contra los criados y los funcionarios más jóvenes del consulado y, peleándose con ellos, dirigía amenazas y mensajes inequívocos a su superior, lo que al menos le aliviaba un poco. Por fin se produjo el enfrentamiento con el propio von Paulich. Y cuando el cónsul declaró fríamente que aplicaría el Reglamento y enviaría al intérprete desobediente y colérico a Brod, Rotta sacó fuerzas de flaqueza para encararse con él, por primera vez directo y arrogante, y proclamó bien alto que el cónsul no tenía tanto poder y que él, Rotta, quizá enviaría al teniente coronel un poco más lejos de Travnik. Von Paulich ordenó que sacaran las cosas de Rotta de la casa y que no se le permitiera entrar en el consulado. Al mismo tiempo, comunicó al caimacán que Nicola Rotta ya no estaba al servicio del consulado austríaco, que no gozaba de la protección del emperador y que su estancia en Travnik era indeseable.

Al verse expulsado, Rotta se dirigió de inmediato a d’Avenat y, a través de él, solicitó la protección del consulado francés.

Desde que habían llegado los cónsules y se habían abierto los consulados, no se había producido mayor escándalo en Travnik. Ni siquiera la conversión al islam y la extraña muerte de Mario Cologna habían provocado tanto caos, tanta agitación y tantos chismorreos. Porque el caso de Cologna había sucedido durante una revuelta colectiva y como parte integrante de ella, mientras que ahora eran tiempos de paz. Además, el «doctor ilirio» murió y calló para siempre, mientras que Rotta estaba vivo y más lenguaraz que nunca.

La defección de Rotta de su cónsul y de su país se consideró, en general, como un gran éxito de d’Avenat. Él lo negaba y se comportaba como un triunfador moderado y juicioso, pero, en realidad, se esforzaba por aprovechar la posición de Rotta de la mejor manera posible, aunque con cautela y sin precipitarse.

Daville, como tantas otras veces, se sentía dividido e incómodo a causa de todo lo ocurrido. No podía ni debía rechazar todos los beneficios que para la causa francesa suponía la deserción de Rotta. Porque el intérprete jorobado, forzado por las circunstancias y llevado por su naturaleza, se deslizaba cada vez más hacia una traición completa y abierta y, poco a poco, descubría todo lo que sabía sobre el trabajo e intenciones de sus superiores. Pero, por otro lado, le resultaba ofensivo y doloroso tener que cubrir con su prestigio la conjura de los dos intérpretes, los dos levantinos, sin escrúpulos y carentes de moral, contra un hombre honesto e inteligente como era von Paulich. En su fuero interno deseaba dejarlo correr, una vez que d’Avenat hubiera sacado todo el partido al asunto, y que se extinguiera poco a poco. Pero eso no era lo que deseaban los dos intérpretes, y mucho menos Rotta. En la lucha contra von Paulich, por fin había encontrado un objetivo digno para sus pasiones y apetencias íntimas y secretas. Envió largas cartas no sólo al cónsul, sino también al comandante de Brod, y al ministerio en Viena, explicando su caso, aunque, por supuesto, silenciaba que había entablado relación con los franceses. Acompañado de un guardia del consulado francés se presentaba delante del consulado austríaco, exigía cosas que decía que eran suyas, provocaba grescas y escenas en la calle, inventaba más reclamaciones, corría jadeante por toda la ciudad, visitaba el konak y al caimacán. En resumidas cuentas, disfrutaba de su escándalo como una mujer loca sin pudor.

Pese a no perder la calma, von Paulich cometió el error de solicitar oficialmente al caimacán que arrestara a Rotta como si fuera un vulgar ladrón de actas oficiales. Esto obligó a Daville a dirigir una misiva al caimacán informándolo de que Rotta se había puesto bajo protección de Francia y que debido a ello no podía ser arrestado ni perseguido. Remitió una copia de la carta a von Paulich, y le explicó que lamentaba lo ocurrido, no obstante, no podía actuar de otro modo, porque Rotta, que tal vez tenía un carácter incómodo e impetuoso, pero era un hombre recto, había solicitado la protección del consulado francés y no podían negársela.

Von Paulich respondió bruscamente protestando contra la actuación del consulado francés que asumía la defensa de espías mercenarios, prevaricadores y felones. Exigió a Daville que, en adelante, en todas las cartas que le dirigiera señalara que no trataban de Rotta, pues de lo contrario, se las devolvería sin abrir mientras durara este desagradable incidente.

Daville, para el que el episodio en torno a Rotta se estaba volviendo más difícil e ingrato, se sintió agraviado y pesaroso.

El viejo y malhumorado caimacán, al hallarse en medio del conflicto entre los dos consulados, uno de los cuales exigía firmemente la detención inmediata de Rotta, mientras que el otro se oponía también firmemente a ello, estaba desconcertado e irritado con ambos por igual, pero sobre todo con Rotta. Varias veces al día se decía a sí mismo, bufando por la nariz:

—Estos perros… Tiran a degüello y tienen que hacerlo en mi patio.

A través de uno de sus hombres mandó recado a ambos cónsules: antes dimitiría que permitirles entablar una guerra allí en Travnik, teniendo en cuenta que sus soberanos estaban en paz, y desde luego no iba a consentir que echaran el fardo sobre sus espaldas ya cargadas de por sí. No deseaba enemistarse con ninguno de los dos cónsules bajo ningún concepto y mucho menos por culpa de esa criatura furibunda, un vulgar lacayo y un correveidile, y que como tal no merecía ser objeto de conversaciones entre los funcionarios imperiales y los altos dignatarios. Mientras que a Rotta le advirtió que se serenara y que cuidara de mantener su pequeña cabeza sobre los hombros, porque por su culpa hacía semanas que andaban soliviantados los hombres más importantes de esa ciudad, en la que hasta entonces, cual si de un templo se tratara, había reinado el silencio; y no hacía falta señalar que él no valía tanto ni aunque su cabeza fuera de oro y su inteligencia la de un visir. Si quería vivir allí tranquila y honestamente, de acuerdo; pero si pensaba originar el caos yendo de un consulado a otro, provocando peleas e implicando en ellas a los turcos y al pueblo, entonces debía elegir uno de los dos caminos que partían de Travnik, y lo conminaba a que lo hiciera cuanto antes y rápidamente.

En efecto, Rotta estaba extendiendo la polémica por toda la villa y arrastraba con él a todo el que podía. Arrendó el piso superior de la casa de un tal Pera Kalajdzic, un hombre soltero de mala reputación. Mandó venir a herreros gitanos que pusieron rejas de hierro en las ventanas y cerraduras especiales en todas las puertas. Además de dos buenas pistolas inglesas que tenía en la cabecera de su cama, adquirió un fusil, pólvora y plomo. Se preparaba su propia comida, por miedo a ser envenenado y limpiaba la vivienda solo, por miedo a los ladrones y estafadores. Pronto se extendió por sus aposentos la fría dejadez que reina en las casas de los solteros y de los excéntricos. Los trapos y los residuos se amontonaban y todo estaba cubierto de polvo y hollín. También en el exterior, el abandono se fue apoderando de la casa, ya de por sí descuidada.

Del mismo modo, Rotta cambió deprisa, se volvió desaliñado y negligente. Dejó de prestar atención a la limpieza y a su atuendo. Llevaba las camisas sin almidonar, arrugadas y raídas, la corbata negra manchada de comida, los zapatos sucios y desgastados. Su pelo, completamente blanco, se adornó con unos reflejos amarillentos y verdosos, tenía las uñas negras, había dejado de afeitarse con regularidad, y apestaba a cocina y a alcohol. Tampoco su porte era el del antiguo Rotta. Ya no caminaba con la cabeza alta y zancadas orgullosas, mirando a todos por encima del hombro; ahora correteaba por la ciudad con pasos menudos y apresurados, cuchicheaba con aire confidencial con la gente que todavía quería hablar con él o gritaba en la taberna contra el cónsul austríaco. Ruidoso y pendenciero, invitaba a los parroquianos que lo escuchaban a rakija, que él mismo había empezado a beber con frecuencia. Poco a poco se disolvía la fina capa de dignidad, de falso poder y señorío que tenía antaño.

Así vivía Nicola Rotta en Travnik, pensando que sostenía una lucha gloriosa contra sus poderosos y variados enemigos. Cegado completamente por su odio malsano, no advertía el cambio rápido que estaba experimentando, que caía y que al caer rehacía hacia atrás y a grandes pasos el camino de su larga y penosa ascensión. No sentía que una infinidad de pequeñas cosas convergían en una y que, como una corriente imperceptible y potente, lo arrastraba hacia atrás, a la vida que había abandonado de niño en el barrio pobre de San Giusto en Trieste, directo al mundo de horrible miseria y vicio del que había huido hacía treinta años empeñando todas sus fuerzas y que, durante mucho tiempo, creyó haber dejado para siempre.

 

XXIII

 

Daville se enfadaba consigo mismo por creer en las pequeñas supersticiones, pero le asombraba no dejar de pensar en ellas. Una de esas creencias inexplicables se refería, por ejemplo, a la idea de que los meses de verano en Travnik eran desgraciados y que siempre traían sorpresas desagradables. Se decía que era algo natural. En verano empiezan todas las guerras y todas las insurrecciones. En general, los días estivales son más largos y los hombres tienen demasiado tiempo, por lo tanto más posibilidades de hacer esas tonterías y malas acciones, que responden a una necesidad interna profunda y constante. Y apenas acababa de explicárselo, retomaba la misma idea: que el verano trae problemas y que los meses calurosos («los que no tienen letra R») eran, desde cualquier punto de vista, más peligrosos que el resto.

Ese verano empezaba con malos augurios.

Un día de mayo que había comenzado bien, pues había podido dedicar un par de horas a los versos de su obra sobre Alejandro, Daville recibió al joven Frayssinet, que había venido para contarle en persona el mal estado en que se hallaba el caravasar francés en Sarajevo y todos los sinsabores por los que atravesaba la mercancía francesa en tránsito por Bosnia. El joven, sentado en la galería, rodeado de flores, hablaba con el acento meridional vivaz y rápido.

Era su segundo año en Sarajevo. Durante ese tiempo no había ido a Travnik más que en otra ocasión, pero mantenía una correspondencia constante con el cónsul general. En estas cartas, cada vez iban ocupando más espacio las quejas relativas a las circunstancias y la gente de Sarajevo. El muchacho estaba profundamente desilusionado y abatido. Había adelgazado, el cabello clareaba en su nuca y su tez había adquirido un color malsano. Daville advirtió que le temblaban las manos y que su voz rezumaba amargura.

Aquella claridad serena con la que preveía y disponía las cosas durante su primera visita, dos veranos atrás, en esa misma terraza, había desaparecido por completo. (Oriente, pensaba Daville con la maligna e inconsciente satisfacción humana con la que descubrimos y observamos las huellas de la enfermedad que también padecemos nosotros, Oriente se había infiltrado en la sangre del joven y lo estaba minando, inquietando y corroyendo).

Frayssinet estaba realmente amargado y decaído. El descontento irritante contra todo y todos que embarga y acaba por dominar a los occidentales cuando llegan allí por trabajo, lo colmaba de la cabeza a los pies y no tenía fuerzas para someterlo y reprimirlo.

Sus propuestas eran radicales. Había que liquidar todo, cuanto antes mejor, y buscar otras rutas, a través de otras regiones en las que se pudiera vivir y trabajar con la gente.

Daville veía con claridad que el joven se había contaminado del «veneno oriental» y que se hallaba en ese estadio de la enfermedad en la que el paciente, en un acceso de fiebre, ni ve la realidad ni puede juzgar adecuadamente, sino que con todos sus nervios y con todas sus ideas sostiene una batalla constante con el entorno. Él conocía tan bien ese estado de ánimo, que podía desempeñar con su huésped el papel del hombre mayor y saludable que consuela y tranquiliza. Pero el joven se defendía de las palabras de consuelo como de un ataque personal y de una ofensa.

—No —decía mordazmente—, en París ni siquiera barruntan cómo se vive y se trabaja aquí, nadie puede saberlo. Sólo trabajando con estos hombres y conviviendo con ellos, uno acierta a vislumbrar hasta qué punto los bosniacos son de poco fiar, arrogantes, crueles y socarrones. Sólo nosotros lo sabemos.

A Daville le parecía estar escuchando las palabras que tantas veces había proferido y escrito. Las escuchaba atentamente, sin apartar los ojos de su interlocutor, que temblaba ahogado por el desconsuelo y una honda repugnancia. «Así que ése era el aspecto que yo ofrecía a des Fossés y a todos; he repetido lo mismo en múltiples ocasiones, con el mismo tono y las mismas maneras», pensaba en su fuero interno. Sin embargo, en voz alta, trataba de confortar y tranquilizar al excitado joven.

—Sí, es verdad, las circunstancias son difíciles, lo sabemos por experiencia, pero hay que ser paciente. El buen juicio y el orgullo francés acabarán por prevalecer sobre su vehemencia y arrogancia. Sólo hay que…

—Hay que huir de aquí, señor cónsul, y cuanto antes. Porque aquí se pierde el orgullo, el juicio y la energía invertida sin obtener nada a cambio. Eso es lo único cierto, al menos en lo que atañe al trabajo por el que he venido.

«La misma enfermedad, los mismos síntomas», pensaba Daville y trataba de calmarlo y convencerlo de que era preciso armarse de paciencia y esperar, de que no se podía abandonar el trabajo así sin más, de que en el gran proyecto imperial de un sistema continental y una organización de la economía europea en su conjunto, Sarajevo era un punto importante, ingrato, pero importante, y que ceder en cualquier campo podía hacer peligrar toda la idea y perjudicar los planes del emperador.

—Ésa es nuestra contribución a los esfuerzos y dificultades y debemos asumirlo por muy penoso que nos resulte. Incluso, aunque no veamos el sentido y la orientación del proyecto con el que colaboramos, el fruto no faltará, pero con la condición de que todos se mantengan en sus puestos y no cedan. Y hay que tener siempre presente que la providencia nos ha dado el soberano más grande de todos los siglos, que decide la suerte de todos y, por lo tanto, la nuestra, y que podemos confiar ciegamente en él. No es una casualidad que el destino del mundo se halle en sus manos. Su genio y su buena estrella nos guían hacia un final feliz. Si nos apoyamos en esto, podemos llevar a cabo nuestras misiones con tranquilidad y fe, a pesar de las dificultades.

Mientras hablaba lenta y sosegadamente, Daville se escuchaba a sí mismo con atención y, asombrado, seguía las palabras y razonamientos que en sus arrebatos cotidianos de vacilaciones y dudas nunca lograba encontrar. Su elocuencia y poder de convicción aumentaban y le sucedió lo mismo que le sucede a una vieja nodriza, la cual para dormir a un niño le cuenta largas historias y al final acaba durmiéndose ella junto al pequeño despierto. Al terminar la conversación, se sentía satisfecho y convencido, mientras que el joven, al que los mercaderes y arrieros de Sarajevo habían envenenado la vida, sacudía la cabeza despacio, lo contemplaba con amargura y apretaba los labios, con la cara trémula en la que se adivinaban las señales de una mala digestión y de bilis exaltada.

En ese momento llegó d’Avenat, se disculpó por interrumpir la reunión y comunicó en voz baja al cónsul que la noche anterior había llegado de Constantinopla un emisario con la noticia de que la peste se había declarado en el harén de Ibrahim bajá. La enfermedad que en las últimas semanas hacía estragos en la capital, también se había introducido en la casa del visir en el Bósforo. En poco tiempo habían fallecido quince personas, sobre todo criados, pero la hija mayor del visir y su hijo de doce años se contaban entre las víctimas. Los demás habitantes de la casa habían huido a las montañas del interior del país.

Mientras escuchaba las graves noticias que traía d’Avenat, a Daville le parecía ver claramente la figura inmensa del visir, engalanado de manera ridícula, siempre inclinado a la derecha o la izquierda, estremecido por el nuevo golpe.

Siguiendo el consejo de d’Avenat y conforme a las buenas costumbres orientales, decidieron que no solicitara de inmediato una audiencia, sino que dejara pasar unos cuantos días y con ellos, las primeras impresiones, y las más terribles, de la desgracia.

Cuando continuó la charla con Frayssinet, Daville se sentía más sabio y más paciente, fortalecido por el infortunio ajeno. Con audacia y sin titubeos, prometió al joven que visitaría Sarajevo el mes siguiente y vería en persona lo que podía hacerse con las autoridades para mejorar el tránsito de las mercancías francesas.

Tres días más tarde, el visir recibió a Daville en la planta alta, en el Diván de verano.

El cónsul pasó sin transición de un caluroso día estival a la planta baja silenciosa y umbría del konak y sintió un escalofrío como si entrara en unas catacumbas. En la planta alta había un poco más de luz, pero allí, en comparación con el resplandor y el calor de la calle, reinaba una penumbra plena de frescor. A través de una ventana abierta, entraba en la habitación una frondosa rama de parra.

El visir estaba sentado en su lugar de siempre, sin dar señales del menor cambio, en todo su esplendor, ladeado como una estatua vieja. Al verlo así, Daville se esforzó por parecer él también normal y natural, pero estaba tenso y no podía dejar de pensar en lo que debía decir a propósito de la desgracia, algo que fuera afectuoso y discreto, sin mencionar a los muertos en particular, y mucho menos a las mujeres, pero manifestando su comprensión y sus condolencias.

Con su rigidez moral, que se correspondía perfectamente con su inmovilidad física, el visir facilitó el asunto a Daville. Después de escuchar, sin un gesto ni un ademán de la cara, las palabras del cónsul en la traducción de d’Avenat, pasó enseguida a relatar el destino y acciones de los vivos sin detenerse en los muertos.

—Y he aquí que la peste ha llegado a Estambul, a lugares donde no recordaban haberla padecido —decía el visir con voz glacial y grave como si hablara por una boca de piedra—, así es, la peste no podía faltar. Tenía que venir por nuestros pecados. Seguramente yo también soy un pecador ya que ha entrado en mi casa.

Aquí, el visir guardó silencio, pero Daville ordenó rápidamente a d’Avenat que, como médico, hiciera notar que la naturaleza de la dolencia es así y que había numerosos ejemplos de personas y casas santas e inocentes que habían fallecido por la transmisión casual del germen de esa peligrosa enfermedad contagiosa.

El visir movió lentamente la cabeza hacia d’Avenat por primera vez como si acabara de descubrir su presencia, contemplándolo con esa mirada ciega de sus ojos negros que miraban sin ver, cual si fueran de piedra, y luego se volvió hacia el cónsul.

—No. Un pecado tras otro acarrea todo esto. El pueblo en la capital ha perdido la razón y la vergüenza. El mundo entero ha enloquecido y se ha entregado al lujo y al desenfreno. Pero nadie de las altas jerarquías toma las riendas. El problema es que no está el sultán Selim. Mientras estaba vivo y gobernaba, en la capital se perseguía el pecado, se combatía la embriaguez, la ineptitud, la ociosidad. Pero ahora…

El visir se interrumpió de nuevo, de golpe, como un mecanismo al que hay que dar cuerda una y otra vez; Daville repitió el intento de decir cualquier cosa alentadora y reconfortante, de explicar que, entre el pecado y el castigo, a la postre, se alcanza el equilibrio y así, sin duda, llegaría el final de la expiación.

—Dios es Uno. El conoce la medida —replicaba el visir a cada palabra de consuelo.

A través de la ventana abierta, llegaba el trino de pájaros invisibles, los cuales hacían temblar la rama que se introducía en la habitación. En la pendiente que cerraba el horizonte, se divisaban los campos de trigo maduro, delimitados por matorrales verdeantes o setos vivos. De repente, en el silencio que siguió a las últimas palabras del visir, resonó el relincho brusco y agreste de un potro, procedente de la ladera.

La audiencia terminó con unas frases dedicadas al sultán Selim, que había muerto como un santo y un mártir. El visir estaba conmovido, aunque ni su voz ni su rostro lo dejaban traslucir.

—¡Que Dios le conceda todas las alegrías del mundo con sus hijos! —le deseó a Daville al despedirse.

Daville respondió a su vez que después de la tristeza, la alegría también iluminaría la vida del visir.

—En lo que a mí respecta, he perdido ya tantas cosas en la vida que ahora lo que más me gustaría sería poder cultivar mi jardín, vestido con basto lienzo, lejos del mundo y de los acontecimientos. ¡Dios es Uno!

El visir expresó su deseo como una frase hecha, concebida tiempo atrás, como una imagen muy familiar a sus pensamientos y que para él tenía un significado profundo y particular, incomprensible para los demás.

Ese verano de 1812 había empezado mal y mal continuó.

Durante la última guerra, contra la quinta coalición, en el otoño de 1810, las cosas habían sido fáciles para Daville en muchos aspectos. Primero, la contienda con von Mitterer, la colaboración con Marmont y los capitanes de las ciudades en la frontera con Austria habían sido, como hemos visto, arduas y agotadoras, pero al menos llenaban el tiempo y le impedían pensar en las preocupaciones reales y en los objetivos palpables. Segundo, la campaña avanzaba bien, de victoria en victoria, y lo más importante, deprisa. Ya a principios del otoño se había firmado el Tratado de Viena y una tregua al menos provisional. Ahora, sin embargo, todo sucedía muy lejos y la empresa era absolutamente incomprensible y aterradora por su complejidad y sus gigantescas proporciones.

La vida de Daville en aquellos meses de verano y otoño consistía en ser consciente de que su existencia y sus pensamientos dependían de los movimientos de un ejército que se batía en algún lugar de las estepas rusas, sin saber nada de él, ni su plan de ruta ni sus medios ni sus posibilidades, sólo aguardar y hacer conjeturas de todo tipo, incluso de las peores, mientras paseaba por los senderos escarpados del jardín del consulado. Y no había nada que hiciera la espera más fácil ni nadie que viniera a socorrerlo.

Los correos pasaban con más frecuencia, pero no traían muchas noticias de la guerra. Los boletines en los que se mencionaban nombres raros de ciudades totalmente desconocidas —Kovno, Vilna, Vitebsk, Smolensko— no podían ni disipar las dudas ni ahuyentar los temores. Los mismos correos que, por lo general, tenían infinidad de historias y noticias que contar, ahora estaban extenuados, de mal humor y silenciosos. Ni siquiera había mentiras ni rumores que lo animaran y distrajeran un poco de los malos presentimientos e incertidumbres.

El transporte del algodón francés a través de Bosnia ya estaba encauzado y progresaba bien, o al menos eso parecía si se comparaba con los desvelos y temores suscitados por la gran aventura que se desarrollaba allá lejos, en el norte. Ciertamente, los arrieros habían subido los precios, el pueblo robaba el algodón por el camino, y los aduaneros turcos eran informales y tan codiciosos que ningún soborno podía saciarlos. Frayssinet escribía cartas desesperadas, víctima del mal que atacaba a los extranjeros, no acostumbrados a la comida, a la gente y a los inconvenientes del país. Daville seguía todos los síntomas de esta enfermedad, que él conocía bien, y sus respuestas eran sabias y mesuradas, propias de un funcionario del Estado, e incluían recomendaciones para que tuviera paciencia en su trabajo al servicio del imperio.

Entre tanto, él mismo, con el alma en vilo, buscaba a su alrededor un gesto humano que lo sosegara y le diera valor para afrontar sus vacilaciones y sus miedos, ocultos pero constantes. Sin embargo, no había nada a lo que un hombre pudiera aferrarse ni nada en que apoyarse. Como siempre en situaciones similares, como antaño con el caso del capitán de Novi, Daville se sintió rodeado por un muro vivo de caras y ojos fríos y mudos, como si obedecieran a un acuerdo tácito, o bien enigmáticos, vacíos y embusteros. ¿A quién dirigirse, a quién preguntar, quién podía conocer la verdad y quién querría decírsela?

El visir siempre le planteaba las mismas preguntas lacónicas:

—¿Dónde se halla ahora su emperador?

Daville respondía citando el lugar que se mencionaba en el último boletín, y el visir hacía sólo un gesto vago con la mano murmurando:

—¡Quiera Dios que entre pronto en San Petersburgo!

Y lo decía lanzando a Daville una mirada que le helaba las entrañas y aún más el alma.

Por si fuera poco, el comportamiento del cónsul austríaco no hacía sino avivar las inquietudes del francés.

En cuanto el ejército de Napoleón se dirigió hacia Rusia y llegaron noticias de que el gobierno de Viena, esta vez como aliado de los franceses, participaría en la campaña con una fuerza de más de treinta mil hombres al mando del príncipe Schwarzenberg, Daville visitó a von Paulich, con la esperanza de entablar con él una conversación sobre los aspectos de esta gran guerra en la que sus dos países estaban, felizmente en esta ocasión, del mismo lado. El austríaco lo recibió con una cortesía glacial y muda. El teniente coronel se mostró más distante y ajeno que nunca, se conducía como si no supiera nada de la contienda ni de la alianza y dejó a Daville que reflexionara solo, que se alegrara solo de las victorias y que solo se apenara por las derrotas. Y cuando el francés intentó extraerle una palabra, al menos, de asentimiento o de desaprobación, clavó sus bellos ojos azules en el suelo y su mirada vacía adquirió de repente un brillo maligno y peligroso.

Después de cada visita a von Paulich, Daville regresaba a casa más desconcertado y abatido. Por lo demás, no cabía duda de que el cónsul austríaco se esforzaba por causar la impresión, tanto al visir como al pueblo, de que él no participaba en esa guerra y de que toda la empresa era asunto exclusivo de Francia. Las observaciones de d’Avenat también lo confirmaron.

Al regresar a casa sumido en estos pensamientos y reflexiones, Daville encontró a su mujer entregada a la tarea de preparar las conservas para el invierno. La experiencia de los años anteriores le había enseñado qué verduras se conservaban mejor y más tiempo, qué variedades de frutas locales eran las más adecuadas para poner en conserva, cuál era el efecto de la humedad, del frío y de los cambios climáticos. De modo que sus conservas y encurtidos mejoraban de año en año, su mesa se volvía más rica y variada y las pérdidas y el despilfarro eran cada vez menores e insignificantes. Las mujeres trabajaban siguiendo sus instrucciones y bajo su supervisión y ella misma no dudaba en ponerse manos a la obra a cada instante.

Daville sabía muy bien (él también tenía una larga experiencia) que no merecía la pena interrumpirla en su trabajo y que además no le serviría de gran ayuda, pues ella no tenía agudeza —ni nunca la tendría— para las discusiones abstractas sobre miedos y angustias que a él no lo abandonaban jamás. La menor inquietud familiar debida a los niños, a la casa o a él mismo, era para su esposa mucho más importante y merecedora de una conversación que «los estados psíquicos» más complejos que obsesionaban al cónsul y sobre los que tanto le habría gustado tener a alguien con quien debatir. Sabía que esa mujer (por lo demás su único y seguro compañero) siempre estaba, y ahora más que nunca, dedicada en cuerpo y alma al momento presente y al trabajo que tenía delante, como si no existiera otra cosa en el mundo y como si todos los humanos, desde Napoleón hasta la esposa del cónsul en Travnik, estuvieran igualmente entregados a preparar lo necesario para el invierno, cada uno a su modo. Ella tenía claro que la voluntad divina se cumplía a cada instante, por todo y en todo, así que ¿para qué servían las largas disertaciones?

Daville, sentado en su cómodo sillón, se cubrió los ojos con la mano y después de un suspiro inaudible («¡Dios mío, Dios mío!») cogió a Delille y lo abrió al azar en mitad de un poema. En realidad, buscaba algo que no está ni en los libros ni en la vida: un amigo compasivo, un amigo del alma, dispuesto a escucharlo y comprenderlo todo, un amigo con el que pudiera hablar sinceramente y que respondiera a sus preguntas con claridad y sin tapujos. En una charla así, como en un espejo, podría ver por primera vez su verdadera cara, conocer el auténtico valor de su trabajo y determinar sin ambigüedades su posición en el mundo. Por fin sería capaz de discernir qué había de real y fundado o, al contrario, de imaginario e injustificado en todos sus escrúpulos, reservas y temores. Y eso, en el triste valle, en el que ya se deslizaba su sexto año de soledad, habría sido una verdadera liberación.

Pero este amigo no llegaba. No llegaba jamás, en su lugar venían sólo huéspedes extraños e indeseables.

En los primeros años, sucedía que de vez en cuando un viajero francés o un extranjero con pasaporte francés se detenía en Travnik para solicitar servicios o proponer los suyos. Pero en los últimos tiempos aparecían con demasiada frecuencia.

Llegaban viajeros, mercaderes sospechosos, aventureros, estafadores que se habían engañado a sí mismos al desviarse del camino en ese país pobre e impenetrable. Todos iban de paso o huían hacia Constantinopla, Malta, Palermo, y consideraban que su estancia en Travnik era un castigo y una desgracia. Para Daville, cada uno de estos visitantes inesperados, poco gratos, suponía una fuente de problemas e inquietudes. Había perdido la costumbre del contacto con sus compatriotas y con los occidentales en general. Y como todas las personas excitables que no están muy seguras de sí mismas, difícilmente distinguía la mentira de la verdad y dudaba sin cesar entre una sospecha fundada y una confianza excesiva. Angustiado por las circulares del ministerio que una y otra vez prevenían a los consulados contra los agentes ingleses, increíblemente astutos y bien camuflados, Daville veía en cada uno de estos viajeros un espía inglés y tomaba toda una serie de medidas superfluas e inútiles para desenmascararlo o defenderse de él. En realidad, estos forasteros eran a menudo hombres descarriados, ellos mismos infelices y perdidos, cuyos destinos se habían torcido, eran refugiados y náufragos de una Europa turbulenta que Napoleón con sus conquistas y su política labraba y excavaba en todas las direcciones. Daville intuía de vez en cuando a través de ellos en qué había convertido «el General» el mundo en los últimos cuatro o cinco años.

También los detestaba porque al ver su deseo apremiante de marcharse cuanto antes de allí, su irritación ante el desbarajuste, la incompetencia, la falta de rigor de aquella gente, su impotencia exasperada en la lucha contra el país, los hombres y las circunstancias, él podía juzgar el lugar al que había ido a parar y en el que estaba pasando sus mejores años.

De ahí que cada uno de estos extranjeros indeseables fuera para Daville un cúmulo de problemas. Le parecía que no lo dejaban respirar y que lo avergonzaban delante de todo Travnik; y trataba por todos los medios, con dinero, complacencia o súplicas, de alejarlos cuanto antes de Bosnia, para no tener que contemplar la encarnación de su destino ni tener testigos de su infortunio.

Siempre había habido viajeros imprevistos, pero nunca como este año, al empezar la campaña contra Rusia, y nunca tan extravagantes, sospechosos y desaprensivos. Por suerte que d’Avenat, incluso en tales circunstancias, jamás perdía su sentido de la realidad, su sangre fría insolente y su falta de consideración hacia todo y todos que resolvía incluso las situaciones más difíciles.

Una tarde de un lluvioso día de mayo, llegaron unos viajeros a las puertas de la gran posada. De inmediato los rodeó una multitud de niños y mirones. De entre las mantas y chales surgieron tres personas vestidas a la europea. Un hombre pequeño y ágil, una mujer corpulenta, con la cara empolvada de blanco, llamativos coloretes y el cabello teñido como una actriz, y por último una niña de unos doce años. Todos estaban agotados, destrozados por el difícil viaje y la larga cabalgata, hambrientos, enfadados unos con otros y con el mundo entero. Las explicaciones con los palafreneros y el posadero no tenían final. El hombre, pálido y de pelo negro, se movía con la vivacidad de los meridionales, vociferaba, daba órdenes y gritaba a su mujer y a la niña. Luego, descargaron sus baúles y los colocaron delante de la posada. El forastero agarró a la pequeña regordeta por las axilas, la levantó y la plantó en lo alto del equipaje, conminándola a que no se moviera de allí, como si fuera una estatua viviente, y se fue en busca del consulado francés.

Regresó con d’Avenat que lo miraba de reojo y con arrogancia, mientras que el hombrecillo explicaba que se llamaba Lorenzo Gambini, natural de Palermo, que hasta entonces había vivido en Rumania donde era comerciante y que regresaba a Italia, porque no podía soportar más la vida en Levante. Lo habían engañado, le habían robado y arruinado su salud. Necesitaba un visado para volver a Milán. Le habían dicho que podría obtenerlo en Travnik. Tenía un pasaporte anticuado de la República Cisalpina. Quería proseguir el viaje inmediatamente, porque cada día que debía pasar entre aquella gente, decía, le enloquecía y no respondía ni de sí mismo ni de sus actos si tenía que permanecer allí.

D’Avenat intervino para que el posadero les diera unas habitaciones y de comer, sin escuchar la cháchara del viajero.

La mujer también se entrometió en la conversación, con la voz lastimera y fatigada de una actriz que es consciente de que está envejeciendo y no puede olvidarlo ni un segundo ni resignarse. La niña gritaba desde lo alto del baúl que tenía hambre. Todos hablaban al mismo tiempo. Querían habitaciones, comer y descansar, querían un visado y marcharse enseguida de Travnik y de Bosnia; sin embargo, parecía que lo que más les apetecía era parlotear y pelearse. Nadie escuchaba a nadie ni se enteraba de lo que decía el otro.

Olvidando al posadero y dando la espalda a d’Avenat, el pequeño italiano gritaba a la mujer, que era dos veces más grande que él:

—Tú no te metas. Ni se te ocurra dirigirme la palabra. Maldita sea la hora en que abriste la boca por primera vez y por primera vez te escuché. Tú tienes la culpa de todo.

—¿Que yo tengo la culpa, yo? ¡Ay! —aullaba la mujer, poniendo al cielo y a todos los presentes por testigo— ¡Ay, ay! Mi juventud, mi talento, se lo he dado todo, todo, y ahora tengo yo la culpa.

—Sí, por tu culpa, hermosa mía, por tu culpa, maldita sea… Por ti muero y pierdo la vida y por ti me mataré aquí mismo.

Y con gesto maquinal, sacó del amplio gabán una pistola enorme y se la apoyó en la frente. La mujer lanzó un alarido y se abalanzó hacia el hombre, que no tenía ninguna intención de disparar, colmándolo de abrazos y de arrumacos.

La niña rolliza permanecía en lo alto de los baúles y masticaba tranquilamente un pastel albanés amarillo que alguien le había dado. D’Avenat se rascaba detrás de la oreja. El italiano olvidó enseguida a la mujer y la amenaza de suicidio y, vuelto hacia el intérprete, le explicaba febril que debía recibir el visado a la mañana siguiente a más tardar y agitaba un pasaporte arrugado y encolado por varios sitios, mientras regañaba a la niña por haberse subido a los baúles y no ayudar a su madre.

Dejando las cosas arregladas con el posadero y prometiendo que por la mañana temprano le daría una respuesta, d’Avenat se dirigió al consulado sin mirar a la extraña familia ni responder a las súplicas y aseveraciones ardientes del italiano.

Delante de la posada siguió reunida la multitud de curiosos que observaba con asombro y perplejidad a los extranjeros, sus atuendos y su conducta insólita, como si se tratara del teatro o del circo. Los turcos en sus puestos y los transeúntes atareados los miraban ceñudos, por el rabillo del ojo y de inmediato volvían la cabeza.

Unos instantes después de que d’Avenat llegara al consulado y relatara a Daville que habían llegado unos visitantes bastante extraños, mostrándole el pasaporte de Gambini de origen fantástico, repleto de visados y observaciones, cosido y remendado, se oyeron en el zaguán fuertes gritos y golpes. Lorezo Gambini había venido en persona y exigía hablar con el cónsul cara a cara. El guardia le impidió entrar. La chiquillería de la ciudad lo seguía de lejos, porque presentían que allí donde fuera el forastero tenía que haber jaleo, gritos y escenas excitantes. El intérprete salió y reprendió con severidad al hombre eternamente agitado, que aseguraba contar con méritos para la causa francesa, y que iba a tener mucho que contar en Milán y en París. Por fin obedeció y regresó a la posada, sin dejar de repetir que se mataría en el umbral del consulado si al día siguiente no obtenía el visado.

Daville estaba asustado, harto y contrariado y le ordenó a d’Avenat que pusiera fin a la situación enseguida, para evitar ofrecer tales escenas públicas y que se produjeran otras peores. El intérprete que carecía de sensibilidad para estas cuestiones y estaba acostumbrado a considerar la pelea como un fenómeno normal en los asuntos de Oriente, tranquilizó al cónsul de modo seco y realista.

—Éste no se matará nunca. Y cuando vea que no le damos nada se irá por donde ha venido.

Y, en efecto, así fue. A los dos días toda la familia abandonó Travnik, después de una fuerte disputa entre d’Avenat y Lorenzo en el curso de la cual el italiano tan pronto amenazaba con matarse allí mismo, como con quejarse personalmente a Napoleón del consulado de Travnik, mientras que su robusta mujer lanzaba a d’Avenat sus miradas más peligrosas de la antigua belleza que había sido.

Daville, siempre preocupado por el prestigio de su país y del consulado, respiró aliviado. Pero tres semanas más tarde, un nuevo forastero indeseable hizo su aparición en Travnik.

En la posada se alojó un turco, muy bien vestido, que venía de Constantinopla y que de inmediato solicitó entrevistarse con d’Avenat. Se llamaba Ismail Raif y, en realidad, se trataba de un judío de Alsacia, un tal Mendelsheim, convertido al islam. Él también quería hablar con el cónsul en persona y afirmaba poseer importantes informes para el gobierno francés. Se vanagloriaba de tener una vasta red de relaciones en Turquía, Francia y Alemania, de ser miembro de la primera logia masónica de Francia y de conocer muchos de los planes de los enemigos de Napoleón. Era de complexión atlética y fuerte, pelirrojo y de cara rubicunda. Se comportaba con arrogancia y hablaba demasiado. Sus ojos brillaban como los de un borracho. D’Avenat se desembarazó de él usando una estratagema que utilizaba a menudo. Le aconsejó muy en serio que se pusiera en camino de inmediato, sin perder un solo minuto, y que todo lo que tenía que contar se lo comunicara al comandante militar de Split, porque era el único con autoridad para tratar estos temas. El judío se resistía y se quejaba de que los cónsules franceses nunca se interesaban por esas cosas, que los cónsules ingleses y austríacos lo habrían acogido con los brazos abiertos y le habrían pagado con oro puro, pero, no obstante, al cabo de unos cuantos días emprendió el viaje.

Al día siguiente de su partida, d’Avenat se enteró de que antes de marcharse, había visitado a von Paulich y le había ofrecido sus servicios contra Napoleón. D’Avenat informó enseguida de ello al comandante de Split.

Pero no habían pasado ni diez días, cuando Daville recibió una extensa carta de Bugojno. El mismo Ismail Raif le comunicaba que se había detenido en esta ciudad y que había entrado al servicio de Mustafa bajá Suleimanpasic, por orden del cual, solicitaba en su nombre que le enviaran al menos dos botellas de coñac, de calvados o de cualquier otra bebida alcohólica francesa «bastaba con que fuera fuerte».

Mustafa bajá era el hijo mayor de Suleiman bajá Skopljak, un señorito mimado y descarriado, propenso a numerosos vicios y en especial a la bebida y en nada parecido a su padre, un hombre astuto y socarrón, pero valiente, honesto y trabajador. El joven bajá llevaba una vida ociosa y disipada, perseguía a las campesinas, bebía con los holgazanes y cabalgaba por la llanura de Kupres. Y el viejo Suleiman bajá, por lo general, severo y ducho con la gente, era débil y poco firme con su hijo y siempre hallaba una excusa para su molicie y sus malhadadas hazañas.

D’Avenat comprendió de inmediato cuál era la relación que unía a los dos hombres. Con el consentimiento del cónsul respondió directamente al joven bajá que le enviaría las bebidas en otra ocasión, pero que de paso le recomendaba que no depositara su confianza en ese Ismail que era un aventurero y, con toda probabilidad, un espía austríaco.

Ismail Raif respondió con una larga carta en la que se defendía y justificaba, demostrando que él no era ningún espía, sino un buen francés y un ciudadano del mundo, un hombre infeliz, un nómada. La misiva, escrita bajo los efluvios de la rakija de Kupres, terminaba con unos sombríos versos en los que se lamentaba de su propio sino:

O ma vie! O vain songe! O rapide existence!

Qu’amusent les désirs, qu’abuse l’espérance.

Tel est done des humains l’inévitable sort!

Des projets, des erreurs, la douler et la mort!

(¡Oh vida mía! ¡Oh sueño vano! ¡Oh fugaz existencia!

Que distraen los deseos que engaña la esperanza.

¡Tal es pues de los humanos la inevitable suerte!

Proyectos, errores, el dolor y la muerte).

Ismail volvió a escribir unas cuantas veces en estos términos, justificándose y explicando su situación con prosa etílica, salpicada de versos y firmando con su antiguo nombre y supuestos títulos masónicos, Cerf Mendelsheim, Chevalier d’or, hasta el momento en que la bebida, el vagabundeo y los acontecimientos se lo llevaron de Bosnia.

Como si se hubieran puesto de acuerdo para sustituirse unos a otros, en cuanto cesó de escribir el judío, llegó otro viajero francés, un tal Pépin, menudo, vestido con cursilería, perfumado y empolvado, de voz aflautada y movimientos ágiles. Explicó a d’Avenat que venía de Varsovia, donde tenía una escuela de danza, que se había detenido allí porque le habían robado en el camino, y que regresaba a Constantinopla, donde había vivido antaño y tenía algunas deudas que cobrar. (Cómo había aparecido en Travnik, que de ningún modo se hallaba en el camino de Varsovia a Constantinopla, era inexplicable).

Ese hombre menudo manifestaba la impudicia de una prostituta. En cuanto tuvo ocasión detuvo a Daville, que cabalgaba por la ciudad, corriendo delante de su caballo y rogándole ceremoniosamente que lo recibiera y escuchara. Para no provocar el escándalo delante de la gente, Daville se lo prometió. Pero al llegar a casa, temblando por la excitación y la rabia, llamó de inmediato a d’Avenat y le rogó que lo liberara de ese inoportuno.

El cónsul, que veía agentes ingleses incluso en sueños, afirmaba que el hombre en cuestión tenía acento inglés. D’Avenat, siempre impasible, incapaz de fantasear y de ver lo que no había o de embellecer lo que veía, sabía ya a qué atenerse con ese viajero.

—Le ruego que no pierda de vista a ese hombre —decía el cónsul exasperado—, se lo ruego, quítemelo de encima, porque es un agente, al que han enviado sin lugar a dudas para comprometer el consulado o algo parecido. Es un provocador…

—No —respondió secamente d’Avenat.

—¿Cómo que no?

—Es un afeminado.

—¿Que es qué?

—Un afeminado, señor cónsul.

—¡Oh, oh! ¿Qué le falta por ver a este consulado? ¿Está usted seguro? ¡Oh!

D’Avenat tranquilizó a su jefe y al día siguiente libró a Travnik del señor Pépin. Sin decirle nada a nadie, acorraló al invertido en un rincón de su habitación, agarró su chorrera impecable, le dio una buena sacudida y lo amenazó diciendo que al día siguiente le darían de latigazos en medio del bazar y que las autoridades turcas lo encerrarían en la fortaleza si no seguía de inmediato su viaje. Cosa que hizo el maestro de danza sin vacilar.

Daville se sintió feliz por haberse librado de ese trotamundos, pero en su fuero interno temblaba, preguntándose qué desechos de la sociedad y qué náufragos arrojaría todavía el estúpido y oscuro juego del azar a ese valle en el que, de por sí, ya era bastante difícil vivir.

Pero ese sexto otoño de Daville en Travnik maduró y, de repente, como un drama, alcanzó su apogeo.

A finales de septiembre llegó la noticia de la toma de Moscú, pero también de su incendio. Nadie vino a felicitar al cónsul. Von Paulich seguía manteniendo con una calma insolente que no tenía noticias de la guerra y evitaba cualquier conversación sobre el tema. D’Avenat afirmaba que los hombres de von Paulich se comportaban de igual manera cuando hablaban con el pueblo llano, como si ignoraran que el imperio austríaco luchaba contra Rusia.

Daville, adrede, visitaba el konak con más frecuencia y se reunía con la gente de la ciudad, pero todos, como si respetaran un pacto, eludían hablar de la campaña contra Rusia y se refugiaban tras expresiones y fórmulas de cortesía generales y carentes de significado que no comprometían a nadie. De vez en cuando, a Daville le parecía que todos lo miraban con miedo y extrañeza, como a un sonámbulo que camina por alturas peligrosas y al que se evita despertar con palabras imprudentes.

Sin embargo, la verdad emergía lentamente a la superficie. Un día lluvioso cuando el visir le preguntó, como solía hacer, qué noticias tenía de Rusia y cuando él le comunicó la toma de Moscú, el visir se alegró, aunque ya conocía la nueva, lo felicitó y le deseó que Napoleón avanzara como antaño Ciro, el conquistador justo.

—Pero ¿por qué su emperador se dirige ahora, en vísperas del invierno al norte? Es peligroso. Peligroso. Me gustaría verlo un poco más al sur —dijo Ibrahim bajá, mirando con gesto preocupado por la ventana hacia la lejanía, como si mirara hacia algún lugar de esa Rusia peligrosa.

El visir había hecho la pregunta con el mismo tono con que antes había expresado su enhorabuena y la comparación con Ciro, y d’Avenat lo tradujo igual que traducía todo lo que se decía, de manera seca y simplificada, pero Daville sintió que se le revolvían las entrañas. «Aquí está lo que yo presentía, lo que todos piensan y saben, pero nadie quiere formular», pensaba mientras esperaba en tensión las siguientes palabras del visir. Pero éste callaba. («Él tampoco quiere decirlo», se decía afligido el cónsul). Sólo después de un prolongado silencio, el visir habló de nuevo, pero de otra cosa. Contó que hacía mucho tiempo Gisari Çelebi kan había marchado contra Rusia y derrotado en varias ocasiones al ejército enemigo que se batía en retirada sin cesar hacia el interior, hacia el norte. Entonces, el invierno sorprendió al kan vencedor. El pánico cundió entre el ejército desconcertado, hasta el momento imbatible, mientras que los bárbaros infieles, peludos, y acostumbrados al frío, empezaron a atacar desde todos los lados. Entonces, Gisari Çelebi kan pronunció las famosas palabras:

Cuando un hombre se aleja del sol de su país,

¿Quién iluminará el camino a su regreso?

(A Daville le irritaba esta costumbre turca de recitar versos en el curso de una conversación, como algo muy importante y significativo, y nunca lograba ver cuál era el verdadero sentido de las estrofas citadas y cuál era su relación con el tema que se trataba, mientras que siempre tenía la sensación de que ellos le daban una importancia y un significado que él no podía ni percibir ni adivinar).

El joven kan se enojó con sus astrónomos que lo seguían a todas partes y que habían predicho la llegada del invierno para más adelante. Por eso ordenó que los sabios, que habían demostrado ser tan ignorantes, fueran encadenados y que los arrastraran, descalzos y ligeros de ropa, delante de las primeras filas del ejército, para que pudieran sentir en sus propias carnes, las consecuencias de su error. Pero aquí se puso de manifiesto que esos eruditos enjutos, curtidos y exangües como chinches, resistían mejor el frío que los soldados. Mientras que ellos seguían vivos, los corazones pictóricos de los guerreros se quebraban en sus pechos como la madera de haya sana ante las grandes heladas. Cuentan que no se podía tocar el acero porque quemaba como si fuera incandescente, y la piel de las palmas de las manos se quedaba pegada en él. Así se malogró la empresa de Gisari Çelebi kan, perdió su ejército magnífico y a duras penas logró salvar la vida.

La audiencia terminó con los parabienes y los mejores deseos de éxito para la campaña de Napoleón con la esperanza de que derrotara a los rusos, que eran conocidos como pérfidos vecinos a los que no les gustaba la paz y no respetaban la palabra dada.

Naturalmente, la historia de Ciro y de Gisari Çelebi kan no había surgido de la cabeza del visir, sino de la de Tahir bey. Él las había relatado durante una discusión mantenida en el konak a propósito de la toma de Moscú y de las perspectivas de la campaña de Napoleón en Rusia. D’Avenat, que se enteraba de todo, también se enteró de las ideas que prevalecían en el konak referentes a la posición de los franceses en Rusia.

Tahir bey explicó al visir y a los demás que los franceses habían ido demasiado lejos y que no podrían retirarse sin sufrir grandes pérdidas.

—Si los soldados de Napoleón permanecen una semana más allí donde están —decía el teftedar—, yo los veo como túmulos cubiertos de nieve rusa.

El confidente había transmitido fielmente estas palabras a d’Avenat y éste al cónsul sin vacilar.

«Al final, todos los temores se materializan», se dijo Daville a sí mismo en voz alta y pausada una mañana de invierno al despertarse.

Era una día de diciembre extraordinariamente frío. Se había despertado bruscamente, sintiendo que sus propios cabellos en la nuca eran como una mano ajena helada. Abriendo los ojos, pronunció esas palabras como si fuera un mensaje que alguien le enviaba.

Palabras que se repitió unos días más tarde cuando d’Avenat anunció que en el konak se hablaba mucho de la derrota de Napoleón en Rusia y de la hecatombe sufrida por el ejército francés. El último boletín ruso con todos los detalles de la derrota francesa circulaba por la ciudad. A juzgar por todo, parecía que el consulado austríaco se encargaba de conseguir y difundir los boletines rusos, por supuesto que a hurtadillas y de manera indirecta. En cualquier caso, Tahir bey disponía de ese comunicado y se lo mostró al visir.

«Todo se materializa…», se repetía Daville a sí mismo, mientras escuchaba la historia de d’Avenat. No obstante, se sobrepuso y tranquilo ordenó al intérprete que fuera a ver a Tahir bey con cualquier excusa y le pidiera el boletín ruso. Al mismo tiempo, hizo venir al otro intérprete, Rafo Atijas, y le encomendó a él y también a d’Avenat que fueran a la ciudad, desmintieran esos rumores ruines y convencieran a la gente de que Napoleón era invencible pese a las actuales dificultades provocadas por el invierno y la lejanía y no por las victorias rusas.

D’Avenat logró ver a Tahir bey. Le rogó que le cediera el boletín ruso, pero el teftedar no quiso dárselo.

—Si te lo entrego, lo lógico es que se lo enseñes al señor Daville y eso es lo que yo no quiero. Lo que en él escribe es demasiado desfavorable para él y para su país, y yo lo respeto demasiado y no quiero que sepa estas noticias por mí. Dile que mis mejores deseos lo acompañan siempre.

D’Avenat se lo repitió a Daville a su manera cruelmente exacta y fría y partió enseguida, dejando al cónsul solo con sus pensamientos y la amabilidad oriental de Tahir bey que ponía los pelos de punta.

«Para ser objeto de semejante atención por parte de los otomanos, hay que estar muerto o ser el hombre más desgraciado de la tierra», pensaba el cónsul apoyado en la ventana, observando el crepúsculo invernal.

En el estrecho cielo azul oscuro por encima del Vilenica apenas perceptible, asomaba la luna en cuarto creciente, aguda y fría, como una letra de metal.

No, esta vez las cosas no iban a acabar como antes, con boletines triunfales ni acuerdos de paz victoriosos.

Eso que presentía Daville hacía tanto tiempo ahora se alzaba ante él como una certeza en la noche glacial y extranjera, bajo la maligna luna creciente y lo empujaba a reflexionar en lo que significaría para él y su familia el desastre y la derrota total. Se esforzaba por pensar en ello, pero sentía que se necesitaban más fuerzas y más audacia de las que él tenía esa noche.

No, esta vez las cosas no terminaron como en las ocasiones precedentes, con un boletín victorioso y un acuerdo de paz que proporcionaba a Francia nuevos territorios y nuevos laureles al ejército imperial, sino que al contrario, terminaron con la retirada y la derrota. En un silencio sordo, el mundo entero aguardaba la catástrofe segura y final. O al menos eso era lo que le parecía a él.

Durante esos meses, Daville quedó absolutamente privado de noticias, casi sin ningún contacto con el mundo exterior hacia el que se volvían todos sus pensamientos y del que dependía su destino.

Un invierno largo e inusualmente duro, el peor invierno de todos los que Daville había pasado allí, asedió Travnik y toda la región.

Las gentes contaban que no había habido un invierno parecido desde hacía veintiún años, pero, como suele suceder, éste iba a ser más riguroso e inclemente. Ya en noviembre, el frío había empezado a paralizar la vida y a alterar el paisaje y la fisonomía de las personas. Luego, se abatió sobre el valle y se instaló, uniforme e inmóvil, como una desolación mortal, sin esperanza de cambio. El invierno vació los graneros y bloqueó los caminos. Los pájaros caían muertos del cielo, como frutas fantasmales de ramas invisibles. Los animales salvajes descendían de los cerros abruptos e irrumpían en la ciudad, olvidando su miedo a los humanos por el miedo al frío. En la mirada de los pobres e indigentes se adivinaba el temor mudo a morir sin poder defenderse. Los hombres perecían congelados en los caminos en busca de pan o de un refugio caliente. Los enfermos fallecían, porque no había remedios contra el invierno. En la noche helada se oía crujir las tablas del techo del consulado, quebradas por el frío, o aullar a los lobos desde la cumbre del Vilenica.

El fuego en las estufas de arcilla ardía noche y día, porque la señora Daville, que pensaba siempre en el hijo que había perdido cuatro años atrás, temía por los niños.

En esa época, después de cenar, Daville y su esposa prolongaban la velada, ella luchando contra el sueño y la fatiga de la jornada y él contra el insomnio y las preocupaciones interminables. Ella quería dormir y el cónsul, hablar. A ella le resultaban ajenas y desagradables todas las historias y observaciones sobre el invierno y la pobreza, porque los combatía a lo largo del día, menuda, envuelta en chales, pero ligera y en constante movimiento. Él, por el contrario, hallaba en ello su único alivio, al menos, momentáneo. La mujer lo escuchaba, no obstante, aunque hacía un rato que se caía de sueño, cumpliendo así sus deberes para con él, igual que los había cumplido con todos desde el amanecer. Y Daville hablaba de todo lo que se le pasaba por la imaginación a propósito del terrible invierno, de la miseria general y de sus miedos ocultos.

Había visto, decía, y vivido muchos males que golpean al hombre en sus relaciones con los elementos, tanto con los que lo rodean como con los que habitan en su interior y surgen de los conflictos humanos. Había conocido el hambre y toda suerte de calamidades durante el Terror, hacía veinte años en París. En aquella época, la violencia y el caos, le parecía a él, eran la única salida y el único futuro del pueblo. Los asignados[42] grasientos y arrugados, miles y miles de francos, no valían nada, y por un pedazo de tocino o un puñado de harina había que ir por la noche a los suburbios lejanos y negociar y regatear con tipos sospechosos en sótanos oscuros. Día y noche había que correr y preocuparse por conservar la vida que, por otro lado, apenas valía nada y podía perderse en cualquier instante, bien por una denuncia, bien por un error de la policía o bien por puro azar.

Luego proseguía con sus recuerdos de la guerra de España. Entonces, durante semanas y meses sólo dispuso de una camisa enmohecida por el sudor y el polvo, que no osaba quitarse y lavar, porque al menor roce, se deshilacharía y caería hecha jirones como si estuviera completamente podrida. Además del fusil, la bayoneta y un poco de pólvora y plomo, tenía como única posesión un macuto de cuero, que había arrebatado a un campesino aragonés muerto en combate, luchando por amor de Dios contra los intrusos franceses, esos jacobinos. En ese macuto nunca había nada, salvo los días de suerte excepcional, un mendrugo de pan de cebada que asimismo había sido arrebatado o robado en las casas abandonadas. En aquellos tiempos, también había celliscas terribles contra las que ni las ropas mejores ni el calzado más sólido servían de nada, y a causa de las cuales el hombre lo olvida todo y sólo busca techo y cobijo.

Él había conocido todo eso en la vida, pero nunca antes había contemplado ni experimentado la intensidad ni el horror de la fuerza muda y destructora que era el frío. Jamás había intuido que podía existir esa miseria e indigencia oriental, esa parálisis absoluta que acompañaba a los inviernos largos y duros y que afectaba a todo un país paupérrimo, montañoso y desdichado, como un castigo divino. Eso sólo lo había visto en Travnik y sólo ese invierno.

A la señora Daville no le gustaban los recuerdos en general y, como todas las personas activas y profundamente religiosas, desconfiaba de las reflexiones en voz alta que no pueden conducir a nada y únicamente logran que sintamos ternura por nosotros mismos y que nos debilitemos frente al entorno, amén de sumirnos a menudo en divagaciones infructuosas. Hasta ese momento, había escuchado bondadosa, haciendo un esfuerzo, pero en ese punto se levantó, vencida por el cansancio, y declaró que ya era hora de ir a dormir.

Daville permaneció en la gran habitación en la que el frío arreciaba. Se quedó sentado mucho tiempo, y solo, sin interlocutor, «escuchaba» cómo se introducía el invierno en todas las cosas y las quebraba por dentro. Y por muy lejos que llegaran sus pensamientos, ya se refirieran a Oriente y a los turcos y a su vida sin orden ni concierto, desprovista, por tanto, de sentido y valor, ya se orientaran a lo que estaba sucediendo en Francia y lo que pasaba con Napoleón y su ejército que, derrotado, regresaba de Rusia, siempre topaban con el sufrimiento, la miseria y una maligna incertidumbre.

Así transcurrían los días y las noches de aquel invierno que parecía no tener fin ni remedio.

Algunas veces el frío cedía, pero a continuación empezaba a caer una nieve plúmbea y copiosa y se acumulaba sobre la caída anteriormente, en cuya superficie se había formado una dura capa de hielo dotando de nuevo rostro a la tierra. Después volvía un frío mucho más intenso. El aliento se congelaba, el agua era un bloque de hielo y el sol se oscurecía. La mente del hombre se agarrotaba y se limitaba a pensar en cómo protegerse del frío. Se requerían grandes esfuerzos para recordar que en algún lugar en las profundidades existía la tierra, nodriza viva y cálida que da flores y frutos. Entre esos frutos y el hombre se extendía aquel elemento glacial, blanco e infranqueable.

Los precios de todos los artículos aumentaban desde los primeros meses del invierno, sobre todo el del trigo, que ya había desaparecido. En los pueblos reinaba el hambre, en la ciudad, la escasez más penosa. Campesinos escuálidos de mirada inquieta cruzaban las calles con un saco vacío en el brazo, en busca de cereales. Tras las esquinas surgían mendigos azulados y envueltos en harapos. Entre vecinos se espiaban los unos a los otros para contarse los bocados.

Ambos consulados se esforzaban por ayudar a la gente y mitigar los sufrimientos producidos por el hambre y las inclemencias del tiempo. La señora Daville y von Paulich rivalizaban a la hora de repartir la ayuda en alimentos y dinero. Ante las puertas de los consulados se reunían los hambrientos, sobre todo niños. Al principio eran sólo gitanos y algún niño cristiano, pero según avanzaba el invierno y con él la penuria, empezaron a llegar algunos pequeños musulmanes procedentes de los arrabales más pobres. Los primeros días, los chiquillos turcos de familias pudientes los esperaban en el bazar y se burlaban de ellos porque mendigaban y comían alimentos infieles, les arrojaban bolas de nieve y les gritaban:

—¡Lameplatos! ¡Infieles! ¿Os habéis dado un atracón de cerdo? ¡Muertos de hambre!

Pero más tarde, el frío alcanzó temperaturas tales que los niños ricos no podían ni asomar la cabeza fuera de casa. Delante de los consulados saltaba una multitud de críos ateridos y pordioseros a los que les castañeteaban los dientes, cubiertos de la cabeza a los pies con todo tipo de andrajos que hacían imposible distinguir la religión que profesaban o de dónde venían.

Los cónsules distribuyeron tantos alimentos que ellos mismos empezaron a sufrir escasez de víveres. Pero en cuanto la temperatura subió lo suficiente como para que los arrieros pudieran llegar desde Brod, von Paulich organizó con firmeza y habilidad el transporte permanente de harina y vituallas para su consulado y para Daville.

Al comenzar el invierno, se interrumpieron las remesas francesas de algodón a través de Bosnia. Frayssinet seguía escribiendo cartas desesperadas y se disponía a abandonarlo todo. Por sí fuera poco, entre el pueblo reinaba la opinión unánime de que los franceses, pagando salarios tan altos a los arrieros, habían provocado no sólo la subida de los precios, sino también la indigencia al haber apartado a los labriegos del trabajo en el campo. En general, la culpa de todo la tenía la «guerra de Bunaparte». Como tantas veces en la historia, el mundo hacía de su verdugo una víctima que debía cargar sobre sus hombros todos los pecados y todos los crímenes. De modo que fue aumentando el número de personas que, sin saber muy bien el motivo, miraban con alivio, y como si de la salvación se tratara, la derrota y la desaparición del dichoso Bunaparte, sobre el que sólo sabían que «se había convertido en una pesada carga para la tierra», porque había llevado a todas partes la guerra, el desconcierto, la enfermedad, la carestía de la vida y la penuria.

Al otro lado de la frontera, en tierras austríacas, donde la población vivía ahogada por los impuestos y las crisis monetarias, por las levas militares y las pérdidas sangrantes en los campos de batalla, Bonaparte se había convertido en el tema de canciones e historias como responsable de la catástrofe general y en un obstáculo para la felicidad personal de cada individuo. En Eslavonia, las jóvenes casaderas cantaban:

¡Oh, francés, emperador poderoso!

Libera a nuestros mozos, doncellas hemos quedado;

Los membrillos y las manzanas se han ajado

Y también las camisas de oro bordado.

Esta canción atravesó el río Sava y se coreaba en Bosnia e incluso en Travnik.

Daville sabía bien cómo se forjaban estas concepciones generales en aquellos parajes, cómo se propagaban y echaban raíces y cuán arduo y vano era enfrentarse a ellas. Sin embargo, seguía luchando igual que antes, pero con la voluntad mermada y las fuerzas disminuidas. Escribía los mismos informes, daba las mismas órdenes al personal y a los confidentes, se esforzaba por reunir la mayor información posible, por alcanzar el máximo de influencia sobre el visir y los funcionarios del konak. Todo era igual que antes, pero Daville no era el mismo.

El cónsul marchaba con la cabeza alta, actuaba tranquilo y seguro. Todo parecía normal. Pero él había cambiado mucho, tanto en lo físico como en lo moral.

Si fuera posible medir, y alguien lo hiciera, la fuerza de voluntad, el curso de los pensamientos, el vigor de los impulsos interiores y de los movimientos externos, se encontraría con que el cónsul actuaba ahora con un ritmo mucho más cercano al ritmo que respiraba, vivía y trabajaba esa ciudad bosniaca, que a aquel otro con el que se movía seis años atrás, a su llegada.

Todos los cambios se habían operado lenta e imperceptiblemente, pero de manera continua e inexorable. Daville tenía aversión a la palabra escrita y a las decisiones rápidas y claras, temía las novedades y a los huéspedes, cualquier cambio o la sola idea de cambiar le producía escalofríos. Apreciaba más un minuto de descanso asegurado que los años que estaban por venir y de los que no se sabía qué traerían.

Tampoco los cambios externos pasaban desapercibidos. Las personas que viven en medios tan cerrados, pendientes unas de otras sin cesar, advierten con dificultad que envejecen y cambian. Sin embargo, en los últimos meses sobre todo, el cónsul había envejecido y se había consumido a ojos vistas.

El mechón rebelde de cabello ondulado, que antaño se alzaba sobre su frente, ahora colgaba doblegado, y su pelo había adquirido ese color gris que toman los rubios cuando encanecen rápidamente. Todavía tenía la cara sonrosada, pero su piel era más seca y alrededor del mentón ganaba flacidez y perdía frescura, y se le habían caído algunos dientes a causa de los fuertes dolores de muelas que había padecido ese invierno.

Eran los trazos visibles que, a lo largo de los años, habían dejado en Daville las heladas, las lluvias y los vientos húmedos de Travnik, las preocupaciones familiares pequeñas y grandes y las innumerables tareas consulares, pero, en particular, las luchas internas relacionadas con los últimos hechos acaecidos en el mundo y en Francia.

Así era Daville al finalizar el sexto año de estancia ininterrumpida en Travnik y al iniciarse los acontecimientos posteriores al regreso de Napoleón de Rusia.

 

XXIV

 

Cuando a mediados de marzo por fin empezaron a subir las temperaturas y comenzó a fundirse el hielo, que parecía eterno, la ciudad se mostraba como después de una epidemia, aturdida y asustada, las calles encharcadas, las casas deterioradas, los árboles pelados, y la gente agotada e inquieta, como si hubiera sobrevivido al invierno para afrontar peores tormentos todavía a causa de los alimentos, las semillas, las deudas y los préstamos inextricables e infinitos.

Así, un día de marzo, de nuevo una mañana y de nuevo con esa voz profunda y amarga con la que hacía ya años que, monótona e implacablemente, anunciaba las cosas buenas y malas, importantes o triviales, d’Avenat comunicó al cónsul que Ibrahim bajá había sido destituido sin que se le asignara un nuevo destino. Las órdenes señalaban que debía abandonar Travnik y esperar instrucciones en Gallípoli.

Cuando cinco años atrás, le había comunicado de la misma forma el traslado de Mehmed bajá, Daville, conmocionado, sintió la necesidad de actuar, de hablar, de hacer algo contra esa decisión. También ahora, la noticia le supuso un golpe y, en los tiempos que corrían, era una pérdida inestimable. Pero no halló en su interior las fuerzas para rebelarse y oponerse. Ya durante el invierno que acababa de terminar, desde la catástrofe de Moscú, anidaba en él la sensación de que todo se desmoronaba y se hundía, y cualquier pérdida, daba igual de dónde viniera, hallaba allí sentido y justificación.

Todo se derrumbaba, los emperadores, los ejércitos, las instituciones, las riquezas y los ideales que apuntaban al cielo, así que ¿cómo no iba a caer este visir infeliz y agarrotado que llevaba años sentado, siempre inclinado a la izquierda o a la derecha? Se sabía lo que significaba «esperar instrucciones en Gallípoli». Era el exilio, la soledad y casi la pobreza, sin derecho a quejarse ni posibilidad de explicarse o reparar el error si lo hubiera.

Sólo en segundo lugar, Daville pensó que perdía un amigo de muchos años y un apoyo seguro, y justo en el momento en que podía serle más necesario. Pero en ninguna parte de su ser encontró aquella agitación, aquel fervor y urgencia por escribir, advertir, reprochar o solicitar ayuda, como antaño cuando se enteró de la partida de Mehmed bajá. Todo se derrumbaba, también las amistades y apoyos. Y aquel que se rebelaba y trataba de salvarse a sí mismo o a otros no conseguía nada. El visir, eternamente inclinado, también caía y partía como el resto.

Todavía estaba sumido en esos pensamientos, incapaz de tomar una decisión, cuando llegó el mensaje de que el visir quería hablar con él.

En el konak se advertía una actividad febril, pero Ibrahim bajá no había experimentado cambio alguno. Hablaba de su sustitución como de algo absolutamente comprensible en el cúmulo de desgracias que se habían abatido sobre él en los últimos tiempos. Como si él mismo hubiera deseado que esa sucesión de hechos se acabara cuanto antes, decidió no retrasar la partida y emprender el viaje en diez días, a principios de abril. Se había enterado de que su sucesor se había puesto ya en camino y no tenía intenciones de esperarlo en Travnik.

Al igual que Mehmed bajá, el visir afirmaba que había sido víctima de sus simpatías por Francia. (Daville sabía bien que eso era una de las mentiras orientales o verdades a medias que circulaban entre las amistades sinceras y los aliados como falsa moneda entre la auténtica).

—Sí, sí. Mientras Francia avanzaba y vencía, me respetaban y no podían hacerme nada, pero ahora que la suerte se ha vuelto en contra de ella, me destituyen y alejan y me impiden contactar y colaborar con los franceses.

(De repente la falsa moneda se convertía en verdadera y Daville, olvidando la inexactitud de la premisa del visir, percibió la realidad del desastre francés. Ese nudo frío y doloroso que, unas veces más fuerte y otras menos, había oprimido tan a menudo su estómago en el konak, se hacía sentir ahora, mientras escuchaba tranquilamente las palabras del visir que iban de la falsa amabilidad a la verdad amarga).

La mentira y la verdad se confunden —pensaba el cónsul, dejando que el intérprete tradujera palabras que él mismo entendía—, todo está tan entremezclado que nadie es capaz de distinguirlas, lo único seguro es que todo se derrumba.

Pero el visir ya se había olvidado de Francia y había pasado a su relación con los bosniacos y con el propio Daville.

—Este pueblo, créame, necesita un visir más severo y cruel. Bueno, dicen que los pobres de todo el país me bendicen. Es lo que deseo. Los ricos y poderosos me odian. También sobre usted me informaron mal al principio, pero en cuanto lo conocí comprendí que sería mi único amigo. ¡Alabado sea Dios que es Uno! Le aseguro que yo mismo, en varias ocasiones, he solicitado al sultán que me relevara. No necesito nada. Lo que más me gustaría sería cultivar mi jardín como un simple jardinero y pasar así en calma mis últimos días.

A todas las palabras de consuelo y buenos deseos para el futuro que Daville pronunciaba, el visir oponía reparos.

—No, no. Ya sé lo que me espera. Sé que, como tantas veces, intentarán calumniarme y eliminarme para apoderarse de mis bienes. Me parece que estoy oyendo cómo me vilipendian y entierran en la corte, pero ¿qué puedo hacer? ¡Dios es Uno! Y desde que perdí a mis hijos más queridos y a tantos miembros de la familia, estoy preparado para cualquier golpe. Si el sultán Selim estuviera vivo, todo sería diferente…

Daville conocía el mecanismo de lo que venía a continuación y d’Avenat traducía de memoria, como si se tratara del texto de un ritual con el que se está muy familiarizado.

Al abandonar el konak, Daville pudo advertir que la agitación y el apremio crecían minuto a minuto. La casa del visir, abigarrada y singular, que en esos cinco años se había ampliado, echado raíces y habituado al edificio y al entorno, ahora se tambaleaba como si fuera a desplomarse.

De todos los recintos y patios llegaban voces, ruido de pasos, ecos de martillos y el entrechocar de baúles y canastos. Cada uno se preocupaba de sus cosas. La incertidumbre más absoluta esperaba en Turquía a esta gran familia, siempre en perpetuo desacuerdo, pero unida, y que ahora, en plena efervescencia, se quebraba y rechinaba por todas partes. El único que permanecía frío e inmóvil en medio de tanto barullo y confusión era el visir, sentado en su lugar de siempre, levemente inclinado a un lado, quieto como un ídolo de piedra ridículamente vestido, arrastrado por ese hervidero fluctuante de gente asustada.

Ya al día siguiente, los criados llegaron al consulado francés con una increíble procesión de animales domésticos o amaestrados, gatos de angora, galgos, zorros y conejos blancos. Daville los esperó con mucha pompa y los recibió en el patio. El cortesano que acompañaba la comitiva se colocó en el centro del recinto y con voz solemne anunció que esas criaturas de Dios habían sido amigos en la casa del visir y en casa de amigos los dejaba éste ahora.

—Los quería y sólo puede dejárselos a una persona querida.

El cortesano y los sirvientes fueron agasajados con presentes y los animales fueron alojados en el patio trasero de la casa, para desgracia de la señora Daville y gran alegría de sus hijos.

Unos días más tarde, el visir volvió a llamar al cónsul para despedirse de él a solas, a título privado y amistosamente.

Esta vez, Ibrahim bajá estaba realmente emocionado. No había ni falsas monedas ni verdades a medias ni gentilezas que lo son sin serlo.

—El hombre se separa de todo y a nosotros nos ha llegado el momento. Aquí nos encontramos como dos desterrados, prisioneros y sepultados por este pueblo horrible. Aquí nos hicimos amigos y siempre lo seremos, si volvemos a vernos en un lugar mejor.

Entonces sucedió algo inimaginable, algo que no había sucedido jamás en los cinco años de ceremonial en el konak. Los cortesanos corrieron hacia el visir y lo ayudaron a levantarse. (Ya se había levantado él con un movimiento veloz y rudo y sólo ahora podía verse cuán alto y vigoroso era; luego cruzó la habitación lenta y pesadamente, sin gestos, como si debajo de la larga túnica tuviera ruedas en lugar de unos pies invisibles). Todos juntos salieron al patio. Allí se hallaba, limpia y preparada, la carroza negra, antiguo regalo de von Mitterer, y un poco alejado, un hermoso alazán pura sangre, de ollares blancos y rojos, totalmente enjaezado y con una silla de montar.

El visir se colocó junto al carruaje y murmuró algo parecido a una oración, luego se volvió hacia Daville.

—Al abandonar esta desolada tierra, le dejamos este artefacto para que usted también la abandone cuanto antes…

Después trajeron el caballo y el visir se dirigió otra vez a Daville:

—… Y este noble animal, para que os conduzca al encuentro de todas las cosas buenas.

Conmovido, el cónsul quiso decir algo, pero el visir prosiguió, llevando a cabo seria y cuidadosamente el ceremonial previsto.

—La carroza es símbolo de paz y el caballo, de felicidad. Éstos son mis deseos para usted y su familia.

Sólo entonces Daville logró expresar su agradecimiento y sus mejores parabienes para el viaje y el futuro del visir.

Aún no habían abandonado el lugar, cuando d’Avenat se enteró de que el visir no había regalado nada a von Paulich y de que se había despedido de él breve y fríamente.

Delante del konak acampaban caravanas de caballos y arrieros, cargaban y terciaban los fardos, se esperaban y gritaban unos a otros. En la mansión vacía resonaban los pasos, las órdenes y menudeaban los altercados. La voz chillona de Baki lo dominaba todo.

El tesorero se sentía desdichado y se ponía enfermo sólo de pensar que debía viajar con semejante frío (en las montañas todavía había nieve) y por aquellos caminos horrorosos, y los gastos, los daños y la imposibilidad de llevárselo todo lo sacaba de quicio. Corría de una habitación a otra y controlaba que no se hubiera quedado nada, recomendaba que no se tiraran ni rompieran cosas, amenazaba y suplicaba. Lo irritaba Behdzet y la eterna sonrisa con la que seguía el jaleo. («Si tuviera tan poca inteligencia como él, yo también me estaría muriendo de risa»). Lo ofendían la despreocupación y la ligereza de Tahir bey. («Éste ha labrado su propia ruina, así que ¿por qué no iba a arruinar a todos los demás?»). Los regalos que el visir había ofrecido a Daville lo molestaron tanto que se olvidó de las cestas y de los arrieros. Corría de una habitación a otra, acudía al visir y suplicaba que al menos no regalara el caballo. Y cuando vio que no conseguía nada, entonces se sentó en un canapé desguarnecido y, entre gemidos, le contaba a todo el que quería oírlo que, en su momento y de manera confidencial, Rotta le había revelado que von Mitterer, cuando se fue de Travnik, se había llevado cincuenta mil táleros ahorrados en menos de cuatro años que había permanecido allí.

—¡Cincuenta mil táleros! ¡Cin-cuen-ta mil! ¡Y eso un cerdo alemán, en cuatro años! —vociferaba Baki y preguntaba también a gritos cuánto entonces llegaría a ahorrar el francés, mientras se golpeaba el muslo con la palma de la mano, allí donde debía de estar el bolsillo de su caftán de seda.

A finales de la semana, bajo una lluvia fría que en las montañas se transformó en nieve húmeda, Ibrahim bajá emprendió su viaje acompañado de su séquito.

Los dos cónsules con sus escoltas hicieron con él un trecho del camino. También lo escoltaron un buen número de beyes travniqueses y de gente a pie, porque Ibrahim bajá no se iba a escondidas, odiado por todos, como antaño Mehmed bajá.

Los dos primeros años había tenido enemigos, igual que la mayoría de sus predecesores, y había afrontado rebeliones e intrigas de los principales señores, pero más tarde habían disminuido y cesado. La absoluta inmovilidad del visir, su probidad en cuestiones de dinero, y luego la habilidad, la moderación y la magnanimidad con las que Tahir bey había administrado la región habían creado con el tiempo una situación soportable y unas relaciones frías pero tranquilas entre el konak y los beyes. Éstos reprochaban al visir que no hacía nada por el país ni actuaba contra los serbios. Sin embargo, las recriminaciones se debían más a la necesidad que tenían los beyes de tranquilizar sus conciencias y demostrar su celo, que al verdadero deseo de interrumpir el «silencio» estéril, pero agradable, que había marcado el largo visirato de Ibrahim bajá. (Porque éste, por su parte, y con mucha razón, se quejaba de que no podía lanzar un ejército contra los serbios debido a la lentitud, el desorden y la discordia que reinaba entre los bosniacos). Y, con el paso de los años, cuanto más se parecía el visir a un muerto, más indulgentes eran los juicios que inspiraba y más favorables las opiniones que su mandato merecía.

Poco a poco, la comitiva que había ido a despedir al visir se fue reduciendo. Primero dieron media vuelta los que iban a pie, luego algunos jinetes. Al final quedaron los ulemas, algunos señores y ambos cónsules con sus escoltas, los cuales se despidieron del visir en el mismo cafetín en el que en otros tiempos Daville diera el postrer adiós a Mehmed bajá.

Todavía estaba allí la marquesina, en el suelo, desfondada, en un charco de agua y ennegrecida por la lluvia. El visir detuvo la comitiva y se despidió de los cónsules con unas cuantas palabras imprecisas que nadie tradujo. D’Avenat repitió en voz alta los mejores augurios y saludos de su señor, mientras que von Paulich respondió en turco.

Lloviznaba. El visir montaba a lomos de su caballo, un animal fuerte, ancho y tranquilo, que en el konak apodaban «la vaca». Llevaba puesta una amplia pelliza rojo oscuro que contrastaba, por su color vistoso, con el paisaje triste y húmedo. Tras él, asomaba la cara amarillenta de Tahir bey con sus ojos brillantes, la figura alargada de cazador del alfaquín, Esref efendi, y una masa inflada y redonda de ropa de la que surgían los ojos azules de Baki iracundos y a punto de romper a llorar.

Todos tenían prisa por marcharse de esa garganta pantanosa como de un entierro oficial.

Daville regresó con von Paulich. Eran más de las doce. Había dejado de llover y desde algún lugar llegaba un rayo de sol sinuoso, débil y sin calor. La conversación indiferente dejaba fluir los pensamientos y los recuerdos. Cuanto más se aproximaban a la ciudad, más se estrechaba el desfiladero. En las laderas escarpadas empezaba a brotar la hierba sobre la que se cernían sombras húmedas y azuladas. En un punto, Daville divisó unas cuantas prímulas amarillas apenas abiertas y de inmediato sintió toda la tristeza de su séptima primavera bosniaca, y con tanta intensidad que no podía responder más que con monosílabos corteses a las frases serenas de von Paulich.

A Daville le sorprendió recibir las primeras noticias del visir tan sólo diez días después de su partida. Ibrahim bajá se había encontrado en Novi Pazar con Siliktar Alí bajá, su sucesor en el cargo de visir de Bosnia, y se habían quedado un tiempo en la ciudad. Coincidió con que pasaba por allí un correo francés procedente de Constantinopla e Ibrahim bajá envió con él un saludo a su amigo junto con las primeras impresiones del viaje, aprovechando para añadir unas palabras sobre el nuevo visir. «Me gustaría, estimado amigo, describirle a mi sucesor, pero me resulta imposible. Sólo puedo decir que Dios se apiade de los pobres y de aquellos que carezcan de protección. Ahora van a ver los bosniacos…».

Lo que pudo averiguar Daville por boca del correo y por las cartas de Frayssinet, confirmaba las impresiones de Ibrahim bajá.

El nuevo visir no venía acompañado de funcionarios, ni de cortesanos ni de harén, llegaba «solo y sin nada, como un hajduk en el bosque», pero con mil doscientos albaneses bien armados «de apariencia peligrosa» y dos enormes cañones de campaña, precedido por la reputación de ser un visir imprevisible, sanguinario y el más cruel de todo el imperio.

En el tramo entre Pljevlje y Priboj, uno de los cañones se atascó en el barro, porque los caminos, y más en esa época del año, siempre estaban en mal estado y eran poco transitables. Cuando llegó a Priboj, el visir, irritado por este contratiempo, hizo decapitar a todos los funcionarios del Estado sin distinción (por suerte no había más que tres) y a dos notables de la ciudad. Envió por delante a un mensajero con instrucciones estrictas de que se repararan y acondicionaran los caminos. Pero las órdenes eran superfluas. El ejemplo de Priboj había surtido efecto. En la ruta de Priboj a Sarajevo, una multitud de peones y albañiles se afanaban tapando charcos y baches y arreglando puentes de madera. El miedo había allanado el camino del visir.

Alí bajá viajaba despacio y en cada ciudad se detenía un poco y enseguida ponía orden a su manera: imponía nuevos tributos, cortaba la cabeza a los turcos desobedientes y arrestaba a los personajes de la ciudad y a los judíos sin hacer diferencias.

En Sarajevo, según el exhaustivo y pintoresco informe que remitió Frayssinet, el pavor fue tal que los beyes más distinguidos y los mercaderes más ricos fueron hasta el puente de Kozja a recibir al visir, a fin de desearle la bienvenida y ofrecerle los primeros presentes. Alí bajá, que sabía que los beyes de Sarajevo eran famosos porque siempre acogían con frialdad y arrogancia a los visires en su camino desde Constantinopla a Travnik, rechazó groseramente recibir a esta delegación, gritando desde su tienda que desaparecieran de su vista enseguida y que en caso de necesitar a alguien iría a buscarlo a su casa.

Al día siguiente, todos los judíos ricos de Sarajevo y algunos de los beyes más influyentes fueron encarcelados. Uno de ellos, que había osado preguntar por qué los detenían, fue maniatado y azotado en presencia del visir.

Los rumores llegaron a Travnik y en las historias que circulaban sobre él, el nuevo visir se había convertido en un monstruo. Pero su entrada en la ciudad, la forma en que recibió a los señores y celebró el primer Diván con ellos superaron con creces todas las murmuraciones que lo habían precedido.

Un día de primavera entró en Travnik primero un destacamento de trescientos arnaútes, en filas anchas y regulares, todos iguales, como alineados bajo un cordel, y hermosos como doncellas. Llevaban fusiles cortos y cortos eran sus pasos, la vista al frente. Luego llegó el visir, con un pequeño séquito y un destacamento de jinetes. Ellos también marchaban con pasos cortos como en un entierro, sin ruido ni gritos. Delante del caballo del visir, a la cabeza del cortejo, iba un espahí enorme sujetando con las dos manos una gran espada desnuda. Ni los basibozuk[43] más viles ni las hordas de los circasianos más furiosos aullando y disparando al aire podrían haber asustado tanto a la gente como esa comitiva silenciosa y lenta.

Esa misma tarde, como de costumbre, Alí bajá hizo arrestar a los judíos y a los notables, en virtud del principio de que «se habla de otro modo con un hombre que ha pasado una noche en prisión». Aquel que entre los familiares y amigos lloraba, se lamentaba y quería añadir algo o ayudar era azotado sin piedad. Todos los judíos cabeza de familia fueron detenidos, porque Alí bajá tenía la lista exacta con sus nombres y era de la opinión de que nadie paga más que un hebreo para liberarse y de que nadie como ellos propaga mejor el miedo por la ciudad. Y los travniqueses, que guardan en su memoria toda suerte de eventos, vieron entre otros prodigios y oprobios a siete Atijas tirando de las mismas cadenas.

Por la noche, el párroco de Dolac, fray Ivo Jankovic, guardián del monasterio de Guca Gora, y el archimandrita Pahomije, atados de pies y manos, fueron arrojados a la fortaleza.

Al día siguiente, al amanecer, hicieron salir al exterior a todos los presos que estaban en la fortaleza por asesinato o delitos graves y allí esperaban la sentencia de Ibrahim bajá, cuya justicia era lenta y escrupulosa. Antes de que el sol despuntara los habían colgado en las encrucijadas de la ciudad. Y por la tarde, los señores se reunieron en el konak para el primer Diván.

Esta sala había contemplado muchos cónclaves turbulentos y peligrosos, había oído palabras graves, decisiones cruciales y sentencias de muerte, pero nunca antes había visto ese silencio que cortaba el aliento y encogía el estómago. La habilidad de Alí bajá consistía en crear, fomentar y extender tal atmósfera de terror que incluso los hombres que no tenían miedo de nada, ni de la muerte, acababan doblegados y vencidos.

Lo primero que hizo el visir, después de leer el firman del sultán, fue anunciar a los beyes reunidos la sentencia de muerte del caimacán de Travnik, Resim bey. Los golpes de Alí bajá eran terribles, sobre todo porque no se esperaban y resultaban inauditos.

Cuando tres semanas atrás, Ibrahim bajá había abandonado Travnik, Suleiman bajá Skopljak se hallaba, como en tantas otras ocasiones, en algún lugar del Drina con su ejército y había rechazado, alegando un buen pretexto, regresar a la ciudad y sustituir al visir hasta la llegada del nuevo. Por eso, el caimacán, el viejo Resim bey, había ocupado el cargo de máxima autoridad.

Ese hombre, dijo el visir, ya estaba encarcelado y sería ejecutado el viernes, porque durante el tiempo que había ostentado el cargo, su modo de gobernar había sido tan caótico y poco firme que merecía dos veces la muerte. Esto era sólo el principio, tras él irían todos los que desempeñando un puesto y una misión de responsabilidad ante el imperio, no habían actuado correctamente o bien se oponían a él en público o en secreto.

Después de esta noticia se sirvieron los cafés, los chibuquíes y los sorbetes.

A continuación, Hamdi bey Teskeredzic, por ser el más anciano de los beyes, profirió unas cuantas palabras en defensa del desventurado caimacán. Mientras hablaba, uno de los criados que, después de servir al visir, se retiraba hacia la puerta de la derecha caminando de espaldas, tropezó con uno de los sirvientes encargado de los chibuquíes y una pipa cayó al suelo. El visir, como si sólo eso hubiera estado esperando, lo fulminó con la mirada, se inclinó hacia un lado, alargó el busto, cogió un gran puñal que tenía a mano y se lanzó contra el criado petrificado. Los sirvientes se llevaron apresuradamente al infeliz bañado en sangre, mientras los señores y los beyes, más envarados aún, miraban al frente, cada uno a su fildzan, olvidando los chibuquíes que humeaban a sus costados.

El único que mantuvo la calma y la sangre fría fue Hamdi bey que terminó su alegato en favor del caimacán, rogando al visir que tuviera en cuenta su avanzada edad y sus anteriores servicios y no sus errores y faltas actuales.

Con voz atronadora y clara, Alí bajá contestó tajante que durante su mandato todos recibirían lo que se merecían, los dignos y obedientes, recompensas y favores y los indignos y rebeldes, la muerte o los azotes.

—Yo no he venido para mentirnos y decirnos gentilezas a través de las pipas, o para dormir en este sofá —concluyó el visir—, sino para poner orden en esta tierra que es célebre hasta en Estambul por enorgullecerse de la anarquía que en ella reina. Incluso para la cabeza más dura hay un sable. Las cabezas están en sus hombros y el sable en mi mano, y el firman[44] imperial bajo mi cojín. Así que todos los que quieran comer pan y ver el sol que actúen y se comporten en consecuencia. Recordadlo bien y explicádselo al pueblo, y esforcémonos todos por hacer lo que el sultán espera de nosotros.

Los beyes y los dignatarios se levantaron y se despidieron en silencio, felices de estar vivos y perplejos como si hubieran asistido a un número de magia.

Al día siguiente, sin más dilación, el nuevo visir recibió a Daville en audiencia.

Los albaneses del visir con sus mejores galas y a lomos de buenos caballos fueron a buscar al cónsul. Cabalgaron por calles vacías y por el bazar prácticamente desierto. No se abrió ni una puerta, ni se alzó una persiana, ni asomó una cabeza.

La audiencia transcurrió según el ceremonial acostumbrado. El visir obsequió a Daville y a d’Avenat con unas valiosas pieles. Los aposentos y corredores del konak estaban extrañamente vacíos, sin muebles ni adornos, y asimismo era raro el escaso número de dignatarios y servidores. Después de la multitud que pululaba por el edificio en la época de Ibrahim bajá, ahora todo parecía desnudo y desolado.

Daville, también confuso y curioso, se sorprendió al ver al nuevo visir. Era alto y fuerte, pero de huesos finos, caminaba con paso firme y rápido, sin esa majestuosidad pesada que manifestaban los dignatarios turcos. Su tez era mate, los ojos grandes y verdes y su barba y bigotes totalmente blancos y recortados de manera inusual. Hablaba con llaneza y desparpajo, reía a menudo y su risa, para ser un funcionario otomano, era insólitamente ruidosa.

Daville se preguntaba si en verdad era ése el mismo visir sobre el que había oído decir cosas tan terribles y que el día anterior había condenado a muerte al anciano caimacán y apuñalado al criado en el Diván.

El visir sonreía, hablaba de sus planes para imponer el orden en el país y atacar seria y enérgicamente a los serbios. Alentó al cónsul a proseguir con su trabajo como hasta entonces, reiterándole su voluntad de ofrecerle apoyo y protección.

Tampoco Daville, por su parte, escatimó amabilidades y buenos propósitos, pero no tardó en advertir que la reserva de palabras bonitas y gestos afables del visir era muy limitada, porque en cuanto dejaba por un instante de reír y de hablar, su rostro se tornaba oscuro y duro y sus ojos se agitaban como si buscaran dónde asestar un golpe. La llama fría de su mirada era insoportable y contrastaba de manera chocante con su risa sonora.

—Los beyes bosniacos ya le habrán hablado de mí y de mi forma de gobernar. Pero eso no debe preocuparlo. Estoy convencido de que no les resulto agradable, pero no he venido para gustarles. Son unos necios que quieren vivir de sus privilegios y de palabras grandes y altaneras y eso es imposible. Ha llegado el momento de que entren en razón, pero… por la planta de los pies. Todavía no he visto a nadie que haya sido golpeado en las plantas de los pies y lo haya olvidado, pero he visto cien veces a personas que olvidan los mejores consejos y las lecciones más edificantes.

El visir rió a carcajadas y alrededor de su boca, bigotes y barba recortados revoloteó una expresión joven y traviesa.

—Que digan lo que quieran —continuó—, le aseguro que voy a inculcar a esta gente orden y disciplina. Pero usted no debe preocuparse por nada, cualquier cosa que necesite diríjase directamente a mí. Mi deseo es que goce de tranquilidad y esté satisfecho.

Era la primera vez que Daville tenía delante a uno de esos administradores otomanos incultos, crueles y sanguinarios que sólo conocía por los libros o por las historias.

Llegaron tiempos en los que todos se esforzaban por hacerse muy pequeños e invisibles, todos buscaban un escondite y cobijo, y en el bazar se decía que «incluso la madriguera de un ratón valía mil ducados». El miedo planeaba por la ciudad como la niebla y coaccionaba todo lo que respiraba y pensaba.

Era un temor imperceptible e imponderable, pero todopoderoso, el miedo que de vez en cuando se abate sobre una comunidad y somete o corta cabezas. Muchos se ofuscaron y enloquecieron, olvidaron que existía la razón y el coraje y que todo en la vida pasa y la existencia humana, como cualquier otra cosa, tiene su valor, y ese valor no es ilimitado. Así, engañados por un instante de pavor arcano pagaron su propia vida mucho más cara de lo que valía, cometieron acciones ruines y viles, se humillaron y se cubrieron de vergüenza y cuando el instante de miedo pasó, vieron que habían pagado un precio exorbitado o, incluso, que nunca habían corrido riesgo, y que sólo habían sucumbido ante la ilusión irresistible del pánico.

El Sofá del café de Lutva estaba desierto, aunque había llegado la primavera y el tilo que le daba sombra florecía. Los beyes de Travnik sólo se habían atrevido a rogar al visir, de manera humillante, que no castigara al caimacán por sus pecados (aunque nadie sabía cuáles eran) y que, teniendo en cuenta su avanzada edad y sus anteriores servicios, le perdonara la vida.

Todos los demás presos de la fortaleza, jugadores, ladrones de caballos e incendiarios, fueron condenados sin miramientos, decapitados y sus cabezas clavadas en estacas.

El cónsul austríaco intercedió inmediatamente a favor de los frailes encarcelados. Daville no quiso quedarse atrás, pero además de interceder por los frailes, lo hizo por los judíos. Primero liberaron a los monjes. Luego, uno por uno salieron los hebreos, que se pusieron inmediatamente de acuerdo y depositaron en el konak un rescate tal que hasta el último gros desapareció de sus arcas, es decir, hasta el último gros de la cantidad destinada a pagar el soborno. El archimandrita Pahomije, por el que nadie había intercedido, fue el que más tiempo permaneció en la fortaleza. Por fin, lo rescataron sus escasos y pobres feligreses pagando una cantidad redonda de tres mil gros, dos mil de los cuales habían sido aportados sólo por los hermanos Fufic, Petar y Jovan. Respecto a los beyes de Travnik, algunos fueron liberados y otros continuaron presos, así que siempre había diez o quince en la ciudadela.

De este modo empezó Alí bajá a gobernar en Travnik y a preparar con urgencia un ejército contra Serbia.

 

XXV

 

Las calamidades que se abatieron sobre Travnik con la llegada del nuevo visir, graves para la ciudad e inmensas como el universo para cada individuo en particular, quedaron, naturalmente, sepultadas en la cadena montañosa que rodeaba y estrangulaba la villa, y en los informes de ambos cónsules, informes que, aquellos días, nadie ni en Viena ni en París alcanzaba a leer con atención. Los rumores sobre el gran drama al que asistía Europa, la caída de Napoleón, recorrían el mundo entero en aquella época.

Daville pasó las semanas en torno a Navidad y Año Nuevo sumido en una expectación consternada y con la sensación aterradora de que todo estaba perdido. Pero en cuanto se supo que Napoleón había regresado a París, las cosas tomaron un cariz más favorable. Desde la capital francesa empezaron a llegar comentarios reconfortantes, instrucciones y circulares, noticias sobre la formación de nuevos ejércitos y sobre las medidas firmes adoptadas por el gobierno en todos los ámbitos.

Daville volvió a experimentar vergüenza por su pusilanimidad, la misma que, no obstante, en aquellos momentos lo impulsaba a entregarse a una esperanza vaga. El hombre débil tiene una necesidad imperiosa de engañarse y una capacidad ilimitada para dejarse engañar.

Así, ese balancín alocado y terrible en el que Daville subía y bajaba en su interior desde hacía años empezó a columpiarse entre las esperanzas más audaces y la desesperación más profunda. Sólo que, con cada movimiento, la esperanza se consumía y se reducía más y más.

A finales de mayo, llegaron los boletines con las victorias de Napoleón en Alemania, en Lützen y en Bautzen. El viejo juego se repetía.

Pero en Travnik, esos días reinaba tal penuria, tal frustración y temor al nuevo visir y a sus albaneses, que no había a quién hacer partícipe de las nuevas victorias.

Alí bajá acababa de partir contra Serbia, después de haber enseñado a todos sin distinción «el miedo y la disciplina». También en esto actuaba de forma diferente a sus predecesores. Antes, estas «campañas contra Serbia» constituían una ceremonia pública. Durante días, semanas, los capitanes de las ciudades del interior de Bosnia se reunían en los campos de Travnik. Venían lenta y voluntariamente y traían los hombres que querían y cuantos querían. Pero cuando por fin se estacionaban en la ciudad, empezaban las negociaciones con el visir y las autoridades, presentaban reclamaciones, ponían condiciones, exigían víveres, equipo y dinero. Sin embargo, todo se ocultaba bajo la apariencia de manifestaciones entusiastas y ceremonias guerreras.

Durante días se paseaban por Travnik desconocidos bien pertrechados y armados, inactivos y sospechosos. Durante semanas se extendía por los campos una feria abigarrada y bulliciosa, ardían hogueras y se levantaban tiendas de campaña. En el centro estaba clavada una lanza con tres colas de caballo salpicadas de sangre de corderos que habían degollado como ofrenda para tener suerte en la empresa. Los tambores redoblaban y las trompas sonaban. Se leían preces. En resumidas cuentas, se hacía todo lo posible por demorar la partida. Y, a menudo, las ceremonias que marcaban el inicio de la campaña constituían lo más esencial de todo el asunto, a pesar de que la mayoría de los guerreros jamás llegaban a ver el campo de batalla.

Esta vez, bajo la férula de Alí bajá, todo se llevó a cabo en medio de un silencio riguroso y de un miedo atroz, sin grandes pompas, pero sin vacilaciones ni regateos. No había comida en ninguna parte. Se vivía de las exiguas raciones de los graneros del visir. A nadie le apetecía cantar ni bailar. Cuando el visir salió en persona al campo, su verdugo le cortó la cabeza al capitán de Cazin en la explanada de la feria, porque había traído nueve hombres menos de los que había prometido, y Alí bajá nombró inmediatamente otro capitán de entre las filas de ese mismo destacamento aterrado.

Así emprendieron la marcha contra Serbia, donde ya esperaba Suleiman bajá con su tropa.

De nuevo volvió a actuar como máxima autoridad de Travnik el anciano Resim bey, al que Alí bajá había condenado a muerte nada más llegar y al que a duras penas habían logrado salvar los otros beyes. El pavor que había experimentado entonces el caimacán era para el visir la mejor garantía de que gobernaría con severidad siguiendo sus deseos y órdenes.

¿De qué serviría, pensaba Daville, informar de las victorias de Napoleón al infeliz viejo? Y, de todos modos, ¿de qué servía comunicárselas a alguien?

El visir se había ido con su ejército y sus albaneses, pero tras él había dejado un miedo cerval, duro y pertinaz, como un muro macizo, así como la perspectiva de su regreso, todavía más terrorífica que todas las amenazas y más horrenda que cualquier castigo.

La ciudad quedó sorda y muda, vacía, empobrecida y famélica como nunca en los últimos veinte años. Los días ya eran soleados y largos, se dormía menos y el hambre se dejaba sentir antes que en las cortas jornadas de invierno. Niños delgados y cubiertos de eccemas vagaban por las calles y buscaban lo que no había: comida sana. La gente iba incluso a Posavina a buscar trigo, aunque sólo fuera para sembrar.

Esos días de mercado parecían días normales. Muchas tiendas ni siquiera abrían. Los mercaderes, sentados en sus puestos, tenían un aire sombrío y desanimado. El café y otros ultramarinos habían dejado de llegar ya en otoño. Los alimentos habían desaparecido. Sólo abundaban clientes que querían comprar lo que no había. El nuevo visir había impuesto unos tributos tan altos en el bazar que muchos habían tenido que endeudarse para poder pagarlos. Y el miedo era tan tremendo que nadie, ni siquiera en su hogar, entre cuatro paredes, osaba lamentarse.

Por las casas y por las tiendas corría el rumor de que seis emperadores cristianos habían atacado a Bunaparte, que habían llamado a filas a todos los varones y que no se araría ni cavaría ni sembraría ni cosecharía hasta que Bunaparte fuera dominado y aniquilado.

Incluso los judíos evitaban ser vistos en las cercanías del consulado francés. Frayssinet, que había comenzado a liquidar poco a poco la agencia francesa en Sarajevo, comunicó que, de repente, todos los judíos habían librado sus letras de cambio y reclamado el pago de sus deudas, colocándolo en una difícil situación pues no era capaz de hacer frente a todos los vencimientos. De París ya no le respondían a ninguna demanda. Hacía tres meses que no llegaban ni los sueldos ni el dinero destinados al funcionamiento del consulado.

Mientras que un visir sustituía a otro y en Europa se desarrollaban acontecimientos cruciales, en el pequeño mundo consular, las cosas seguían su curso natural: nacían nuevas criaturas y las más viejas se consumían y extinguían.

La señora Daville estaba en los últimos meses de un nuevo embarazo, que soportaba bien y sin aspavientos, igual que el de hacía dos años. Pasaba todo el día en el jardín con los jornaleros. Gracias a von Paulich, había logrado que le enviaran de Austria las semillas que necesitaba, y esperaba mucho de ellas, aunque esta maternidad le venía en mal momento, justo cuando su presencia en el jardín era más necesaria.

A finales de mayo nació el quinto hijo de los Daville, un varón. El niño era enfermizo y por eso fue inmediatamente bautizado con los nombres de Auguste François Gérard, inscrito en el registro de bautismo de la parroquia de Dolac.

En el momento del parto de la señora Daville, todo transcurrió como la vez anterior: las mujeres de Travnik hablaron mucho y mostraron sus simpatías, se sucedieron las visitas; se transmitían las noticias y las enhorabuenas de todos lados, e incluso llegaron presentes a pesar de la escasez y carestía general. Sólo el regalo del konak faltó en esta ocasión, porque el visir ya había partido con el ejército hacia el Drina.

La situación no se parecía en nada a la de dos años atrás ni las relaciones en el mundo ni las circunstancias en el país, pero la concepción que esa gente tenía de la vida familiar permanecía invariable, y todo lo que se relacionaba con ella los unía de manera firme e inmutable como una cosa sagrada cuyo valor perduraba y no dependía de los cambios y acontecimientos exteriores. Porque en lugares como aquél, cada persona centraba su vida en la familia, como la forma más perfecta de un círculo cerrado. Pero esos círculos, aunque estrictamente separados, tenían en alguna parte un centro común invisible en el que descansaba una porción de la carga de todos. Por eso, allí, lo que sucedía en el seno del hogar no podía resultar indiferente a nadie, y por eso todos participaban en cualquier evento familiar, nacimientos, bodas, defunciones, y lo hacían de todo corazón, de forma espontánea y sincera.

Más o menos por la misma época, el antiguo intérprete del consulado austríaco, Nicola Rotta, iniciaba la última batalla, absurda y desesperada contra su propio destino.

Al servicio de la familia von Mitterer, hacía años que trabajaba como cocinera una anciana húngara, que a duras penas podía moverse a causa de la obesidad y del reumatismo en las piernas. Era una magnífica cocinera, una amiga devota de la casa y una tirana insoportable para todos los que en ella habitaban. Durante quince años, Ana María y la húngara no habían dejado de pelearse y reconciliarse. Como en los últimos tiempos casi no podía moverse, habían contratado a una joven de Dolac para que la ayudara. Se llamaba Lucija y era fuerte, hacendosa y activa. Logró adaptarse tan bien al carácter de la vieja cocinera que, a su lado, aprendió el oficio. Y cuando la familia von Mitterer abandonó Travnik y, naturalmente, se llevó a su dragón doméstico, como Ana María la llamaba, Lucija ocupó el puesto de cocinera de von Paulich.

Lucija tenía una hermana, Andja que era la oveja negra de la familia y la vergüenza de toda la comunidad de Dolac. Siendo aún una muchacha había escogido el camino equivocado y había sido maldecida en el altar y expulsada de Dolac. Ahora regentaba un café a la orilla del camino, en Kalibunar. Lucija, como todos los suyos, había sufrido mucho por culpa de esta hermana a la que amaba entrañablemente y con la que, a pesar de todo, nunca había roto. De vez en cuando, la visitaba a escondidas, aunque estos encuentros le causaban un dolor más fuerte que la necesidad de verla, porque Andja insistía en llevar su vida, y Lucija, después de suplicar en vano, acababa llorando por la pecadora como si se hubiera muerto. No obstante, nunca habían dejado de verse.

Ocioso e indignado, pero dándose aires de importancia y de estar muy atareado, Rotta vagaba por Travnik y los alrededores y acudía con frecuencia al café de Andja en Kalibunar. Poco a poco se fue uniendo a esta mujer disoluta, envejecida prematuramente, entregada a la bebida y que, al igual que él, había sido expulsada de su entorno.

Unos días antes de Semana Santa, Andja encontró la forma de reunirse con su hermana Lucija. Durante la conversación, le propuso en tono seco y grosero que envenenara al cónsul austríaco para lo cual había traído el veneno.

Un plan semejante sólo podía haber surgido durante una noche en el café de mala reputación, entre dos seres enfermos e infelices, bajo la influencia del aguardiente, de la ignorancia, del odio y la locura más absoluta. Completamente dominada por Rotta, Andja le aseguraba a su hermana que el veneno haría efecto poco a poco en el cónsul, que iría perdiendo fuerzas y acabaría falleciendo como de muerte natural. Le prometía una recompensa enorme y una vida acomodada al lado de Rotta, con el que ella se casaría, y que éste, después de la muerte del cónsul, volvería a ocupar un cargo importante. También había de por medio una suma de dinero, unos buenos ducados. En pocas palabras, todos podían ser felices y tener la vida solucionada hasta el final de sus días.

Lucija sufrió un ataque de miedo y vergüenza cuando oyó lo que su hermana le proponía. Cogió enseguida los dos frasquitos blancos y los ocultó en los bolsillos de sus zaragüelles; luego agarró a la miserable mujer por los hombros y empezó a zarandearla, como si quisiera despertarla de un mal sueño, y a rogarle, por la tumba de su madre y por lo más sagrado, que recobrara el juicio y desechara semejantes pensamientos y planes. Para convencerla y avergonzarla, le habló de la bondad del cónsul, y del pecado que suponía y del horror que le producía sólo pensarlo; ¿cómo iba a pagarle de este modo todo el bien que le había hecho? Aconsejó a su hermana que rompiera inmediatamente con Rotta y no sólo en lo que concernía a ese asunto, sino que cortara cualquier contacto con él.

Sorprendida por la renuencia e indignación con que había tropezado, Andja renunció en apariencia a sus pérfidos propósitos y le pidió a su hermana que le devolviera el veneno. Pero ésta se negó y así se separaron. Lucija, destrozada y los ojos arrasados en lágrimas, y Andja, silenciosa, con una expresión taimada y ambigua en su rostro enrojecido. Lucija no pudo conciliar el sueño en toda la noche, angustiada y vacilante. Pero cuando amaneció, se fue a Dolac a hurtadillas, y se lo confesó todo al párroco fray Ivo Jankovic, le entregó los frasquitos con la pócima y le rogó que hiciera lo que creyera conveniente con tal de evitar la desgracia e impedir que se cometiera un pecado.

Esa misma mañana, sin perder un minuto, fray Ivo visitó a von Paulich, le relató la historia y le dio el veneno. El teniente coronel escribió de inmediato una carta a Daville en la que le informaba de que Rotta, su protegido, había intentado envenenarlo; que había pruebas y testigos. Ese miserable no había triunfado en su empresa ni triunfaría, pero él, von Paulich, dejaba a Daville y a su discernimiento que juzgara si el consulado francés debía seguir ofreciendo protección a semejante sujeto. También informó con una carta parecida al caimacán. Cuando terminó, el teniente coronel continuó con su trabajo tranquilamente y con su vida habitual, comiendo como siempre, con los mismos criados y la misma cocinera. Pero en cambio suscitó la agitación en los demás; el caimacán, los frailes y, sobre todo, Daville, estaban en un mar de confusiones. D’Avenat recibió la orden de dar a elegir a Rotta: o marcharse enseguida de Travnik o perder la protección del consulado francés y ser arrestado por las autoridades turcas acusado de intento probado de envenenamiento.

La noche del mismo día, Rotta desapareció de Travnik, junto con Andja. D’Avenat le prestó ayuda para que huyera a Split. Pero, Daville, al mismo tiempo, avisó a los funcionarios franceses de la ciudad sobre las últimas tentativas de Rotta y recomendaba que, como hombre peligroso e irresponsable, no le encomendaran ningún servicio, sino que lo forzaran a seguir camino hacia Levante y lo abandonaran a su suerte.

 

XXVI

 

Los meses de verano, al menos esta vez, trajeron un poco de alivio y de paz. Las frutas maduraron, el trigo dorado creció y la gente pudo aplacar el hambre y calmarse. Pero los rumores de guerras, de ajustes de cuentas a gran escala y de la caída inevitable de Napoleón antes del otoño no cesaban. Los frailes en particular inculcaban estas ideas en la población. Y lo hacían con tanto celo y tan alevosamente, que ni siquiera Daville podía atraparlos dedicados a esta labor ni enfrentarse a ellos de forma adecuada.

Uno de los primeros días de otoño, von Paulich, con un séquito más numeroso que en otras ocasiones, hizo una visita a su colega francés.

Durante todo el verano, mientras se propalaban las noticias más alarmantes y los informes más increíbles desfavorables a Francia, von Paulich había estado tranquilo, siempre ecuánime en sus relaciones con todos. Todos los domingos enviaba a la señora Daville ejemplares de las flores o verduras que habían brotado de las semillas que adquirieron juntos. En los escasos encuentros que mantenía con Daville declaraba que no creía que se desatara una guerra general y que no había indicios de que Austria pudiera abandonar su neutralidad. Citaba a Ovidio y a Virgilio. Explicaba las causas del hambre y la penuria en Travnik y exponía el modo en que podrían evitarse estas calamidades. Y como siempre, hablaba de todo como si se tratara de guerras de otro planeta y de hambrunas en algún otro lugar del mundo.

Pero ese tranquilo mediodía de septiembre, en el despacho de Daville, en la planta baja, von Paulich estaba sentado enfrente del cónsul francés, más solemne que de costumbre, aunque tan frío y sereno como siempre.

Había venido, dijo, con motivo de los rumores cada vez más frecuentes que corrían entre la población, relativos a una guerra inminente entre Austria y Francia. Por lo que él sabía, esas noticias eran inexactas y quería asegurárselo a Daville. Sin embargo, deseaba aprovechar el momento para comentarle cómo consideraba él que debían ser sus relaciones en caso de que realmente estallara la guerra.

El teniente coronel, contemplando sus blancas manos cruzadas, exponía sosegadamente su punto de vista.

—En todo aquello que no esté vinculado con la política y la guerra, nuestras relaciones, en mi opinión, deberían seguir como hasta ahora. En cualquier caso, como dos hombres de honor y europeos que, en el cumplimiento de su deber, se han visto forzados a vivir en este país en condiciones excepcionales; creo que no deberíamos asestarnos puñaladas por la espalda ni calumniarnos ante estos bárbaros, como quizá haya sucedido anteriormente. He considerado mi obligación decírselo, ante la persistencia de los rumores alarmantes que, créame, seguramente son infundados, así como preguntarle su opinión sobre el tema.

Daville sintió un nudo en la garganta.

La inquietud de las autoridades francesas en Dalmacia le habían revelado en los últimos días que algo se estaba preparando, pero carecía de más información, aunque no deseaba que von Paulich lo advirtiera.

Se rehízo un poco y le dio las gracias al austríaco con una voz ronca por la turbación, y de inmediato añadió que estaba completamente de acuerdo con su exposición, que ésa había sido desde siempre su manera de pensar y que no había sido culpa suya si con el antecesor de von Paulich las cosas habían sido diferentes. Daville quiso ir más lejos.

—Espero, estimado señor, que se evitará la guerra, pero si ésta llegara, se luchará sin odio y no durará mucho. Creo que los tiernos y nobles lazos de parentesco que unen nuestras dos cortes mitigarán la dureza y acelerarán la reconciliación.

Von Paulich, que hasta entonces tenía la vista clavada al frente, bajó los ojos y su cara desprovista de mirada se volvió severa y hostil.

Así se despidieron.

Una semana después llegaron correos especiales, uno austríaco de Brod, seguido de uno francés de Split, y ambos cónsules fueron informados casi al mismo tiempo de que se había declarado la guerra. Al día siguiente, Daville recibió una misiva de von Paulich en la que le comunicaba que sus dos países estaban en guerra y reiteraba lo que habían convenido de viva voz sobre su conducta mientras durara el conflicto. Para finalizar, presentaba sus respetos a la señora Daville y aseguraba estar a su disposición para cualquier servicio de carácter privado.

Daville le respondió rápidamente y repitió que tanto él como su personal se atendrían a lo que habían convenido, porque «todos los ciudadanos de países occidentales sin distinción forman, aquí en Oriente, una familia, al margen de las desavenencias que existieran entre ellos en Europa». Añadió que la señora Daville agradecía su gentileza y lamentaba perder, durante un tiempo, la compañía del teniente coronel.

Así, en otoño de 1813, los consulados entraron en guerra y en el último año de «la época de los cónsules».

Los senderos escarpados del gran jardín del consulado francés estaban tapizados de hojas amarillas que se derramaban como un torrente seco y susurrante hacia los arriates recién plantados. En estas veredas, bajo los árboles inclinados, cuyos frutos habían sido recogidos, hacía calor y reinaba la calma, la calma que sólo sobreviene cuando en toda la naturaleza se establece una tregua, ese extraño intervalo entre el verano y el otoño.

Allí Daville, oculto, con el horizonte limitado por el cerro vecino, realizaba un importante balance de su vida, de sus entusiasmos, proyectos y convicciones.

Allí también, en los últimos días del mes de octubre, se enteró por d’Avenat del resultado de la batalla de Leipzig, y por boca de un correo que iba de paso supo la derrota francesa en España. Porque en ese jardín pasaba toda la jornada, hasta que empezó a hacer frío y hasta que las lluvias gélidas convirtieron las hojas amarillas y crujientes en una masa viscosa y en barro informe.

El uno de noviembre de 1813, un domingo antes del mediodía, tronó el cañón de la fortaleza de Travnik rompiendo el silencio muerto y húmedo de los cerros abruptos y pelados. Los travniqueses alzaron la cabeza y contaron los disparos contemplándose unos a otros con miradas mudas e interrogantes. Se dispararon veintiún cañonazos. El humo blanco se dispersó sobre el fuerte y el silencio volvió a instaurarse para volver romperse al poco tiempo.

En mitad del bazar, el pregonero Hamza, con bocio y asmático, cuya voz disminuía al mismo tiempo que su humor divertido e insolente, se esforzaba por gritar lo más fuerte posible, compensando con los movimientos la voz que no tenía.

Así, respirando a duras penas a causa de la bronquitis invernal, anunció que Dios había bendecido las armas del islam con una victoria grande y justa frente los rebeldes infieles, que Belgrado había caído en poder de los turcos y que los últimos rastros de la insurrección de los impíos en Serbia habían sido destruidos para siempre.

La noticia se extendió rápidamente de un extremo a otro de la ciudad.

El mismo día por la tarde, d’Avenat fue al centro para ver la impresión que las flamantes nuevas habían causado en la población.

Los beyes y los comerciantes dejarían de ser lo que eran —señores de Travnik— si mostraran públicamente su alegría sincera por cualquier acontecimiento, incluso aunque éste fuera la victoria del ejército turco. Tan sólo mascullaban, con reserva y dignidad, alguna palabra, un monosílabo insignificante, que, en su opinión, no merecía ser proferido en voz alta. En realidad, no sentían demasiado alivio, pues todo lo que tenía de bueno la pacificación de Serbia, lo tenía de malo el regreso de Alí bajá como vencedor, ya que, probablemente, se comportaría con ellos con más dureza y brutalidad de lo que hasta ahora había hecho. Por lo demás, habían oído en el transcurso de sus largas vidas a muchos pregoneros anunciar muchas victorias y, sin embargo, ninguno de ellos recordaba que un año hubiera sido mejor que el anterior.

Eso es lo que d’Avenat pudor leer en sus rostros, porque nadie se había dignado a responder, ni siquiera con una mirada, a su inoportuna curiosidad.

También fue a Dolac para enterarse de lo que decían los frailes. Pero fray Ivo se excusó porque tenía mucho trabajo, prolongó las vísperas al máximo y no se apartó del altar hasta que estuvo seguro de que d’Avenat, harto de esperar, había vuelto a Travnik.

El intérprete se fue en busca del archimandrita Pahomije y lo encontró en su casa, acostado, tieso como un palo, en una habitación fría y desolada, completamente vestido y con la cara verde. D’Avenat le ofreció sus servicios como médico, sin preguntarle nada relativo a la noticia del día, pero el monje se negó a tomar ningún remedio y le aseguró que estaba bien y que no necesitaba nada.

A la mañana siguiente, Daville y von Paulich realizaron una visita oficial al cehaja y lo felicitaron por la victoria, pero lo organizaron todo para no encontrarse ni en el konak ni al llegar ni al marcharse.

Cuando cayó la primera gran nevada, volvió Alí bajá. Mientras entraba en la ciudad, los cañones disparaban salvas, las trompetas resonaban y los críos correteaban de aquí para allá. A los beyes de Travnik se les desató la lengua. La mayoría de ellos se deshacían en alabanzas de la victoria y del vencedor, con palabras dignas y moderadas, pero pronunciadas en lugares públicos y en voz alta.

El cónsul envió a d’Avenat al konak enseguida para que transmitiera la enhorabuena y entregara su presente al visir triunfador.

Diez años atrás, cuando Daville era encargado de negocios ante la orden de Malta en Nápoles, había comprado un sello de oro macizo, maravillosamente cincelado, sin piedra pero con una guirnalda de laurel labrada en su lugar. El cónsul lo había comprado procedente de la herencia de un caballero de Malta que había dejado muchas deudas y carecía de herederos. Según la leyenda, este anillo se entregaba antaño como premio al vencedor de los torneos de la Orden.

(En los últimos tiempos, desde que las cosas habían tomado el camino irreversible de la derrota y desde que él mismo se hallaba desorientado, embargado por la incertidumbre sobre la suerte que correría su país y el futuro de su familia, Daville hacía regalos con más facilidad y frecuencia y encontraba una satisfacción insólita, antes desconocida, en regalar objetos que había amado y cuidado hasta ese momento con sumo celo. Al obsequiar esas prendas queridas y valiosas, que hasta entonces consideraba parte integrante de su vida, sobornaba inconscientemente al destino que, esta vez, le había dado la espalda a él y a los suyos, no obstante, también experimentaba una alegría honda y sincera, igual que la felicidad que lo inundaba en otros tiempos al adquirir los objetos para sí mismo).

D’Avenat no fue recibido por el visir, sino que entregó el presenté al teftedar y le explicó que esa alhaja de incalculable valor se había entregado durante cien años al primero que salía invicto en las justas y que el cónsul se la enviaba al feliz vencedor, con sus felicitaciones y parabienes.

El teftedar de Alí bajá era un tal Asim efendi, llamado el Tartaja. Era pálido y delgado, una sombra de hombre, tartamudo y con dos ojos desiguales cada uno de diferente color. Siempre tenía un aire terriblemente asustado que lograba transmitir, de modo que todos los que visitaban al visir llegaban atemorizados de antemano.

Dos días más tarde, los cónsules fueron recibidos en audiencia, primero el austríaco y luego el francés. Los tiempos de la supremacía francesa habían acabado.

Alí bajá estaba exhausto, pero satisfecho. Daville, a la luz de ese día nevado de invierno, advirtió por primera vez que las pupilas del visir danzaban intermitentemente. En cuanto clavaba la vista y la mirada reposaba, empezaban a titilar. El visir debía de saberlo y le resultaba desagradable, por eso movía los ojos sin cesar, y su cara adquiría una expresión huraña e inquieta.

Alí bajá, que para la ocasión se había puesto el anillo en el dedo corazón de la mano derecha, agradeció el regalo y las felicitaciones. Habló poco de la campaña contra Serbia y de sus victorias con la falsa modestia de las personas vanidosas y suspicaces que callan, porque consideran que las palabras serían pobres e insuficientes; con su silencio menosprecian al interlocutor y magnifican así su triunfo como algo indescriptible e inaccesible para la gente corriente. Estos vencedores abruman durante años a cualquiera que hable con ellos de sus éxitos.

La conversación transcurrió en un tono forzado e hipócrita. A cada instante surgían silencios en los que Daville buscaba desesperadamente palabras nuevas y contundentes con las que elogiar las victorias de Alí bajá; éste le dejaba pensar paseando la mirada por la habitación con el aburrimiento impaciente reflejado en la cara y el aire de estar convencido de que su interlocutor jamás encontraría la palabra adecuada y correcta.

Y como suele suceder en estos casos, al querer demostrar el mayor interés posible y la más grande de las alegrías, el cónsul ofendió involuntariamente la sensibilidad del visir victorioso.

—¿Se sabe dónde está ahora el caudillo de los rebeldes, Djordje el Negro? —preguntó Daville, y lo hizo adrede porque había oído que Karadjordje había huido a Austria.

—¿Quién sabe?… Además ¿a quién le importa dónde anda? —respondió el visir con desdén.

—Pero ¿no sería peligroso que un país le ofreciera hospitalidad y ayuda, posibilitando así que pudiera regresar a Serbia?

Las comisuras de los labios del visir temblaron de rabia y luego se desplegaron en una sonrisa.

—Ése no volverá. Ni siquiera tiene adónde volver, porque Serbia ha sufrido tal devastación que durante muchos años ni a él ni a nadie se le pasará por la imaginación sublevarse de nuevo.

Con peor fortuna aún, Daville trató de llevar la conversación a la situación de Francia y a los planes de los aliados que se estaban preparando para cruzar el Rin.

Antes de regresar a Travnik, el visir había recibido a un emisario especial enviado por von Paulich a Busovaca, que junto con las felicitaciones de rigor le entregó un extenso informe sobre las posiciones en el frente europeo. Von Paulich había escrito al visir «que Dios, por fin, había castigado la insoportable arrogancia de los franceses y que los esfuerzos concertados de los pueblos de Europa habían dado su fruto». Describía con todo lujo de detalles la batalla de Leipzig, la derrota de Napoleón y la retirada del Rin, el avance imparable de los aliados y los preparativos que se estaban realizando para atravesar el gran río y la victoria final. Citaba el número exacto de las pérdidas sufridas por los franceses, en muertos, heridos y en armas, así como todos los ejércitos de los pueblos sometidos que abandonaban al corso.

Al llegar a Travnik, Alí bajá se había encontrado con otros informes que confirmaban lo que le había relatado von Paulich. De ahí que hablara con Daville de ese modo, sin mencionar ni una sola vez el nombre de su soberano y de su país, como si hablara con el representante de un país abstracto y anónimo, que no tuviera forma real ni lugar en el espacio, y supersticioso como era, tenía mucho cuidado de no rozar, ni siquiera con el pensamiento, a aquéllos cuya estrella se había apagado y que hacía ya tiempo que se hallaban en el bando de los vencidos.

Daville lanzó una última mirada a su anillo en el dedo del visir y luego se despidió con el semblante exageradamente risueño que, cuanto más difícil y ambigua era su situación, mejor le salía.

Al abandonar el konak, en el patio cubierto ya reinaba la oscuridad, pero cuando franquearon el portal, la blancura de una nieve blanda y húmeda que oprimía las casas e invadía las calles deslumbró a Daville. Eran alrededor de las cuatro de la tarde. En la nieve se reflejaban sombras azuladas. Como siempre, durante los días más cortos, la noche caía veloz y triste sobre el macizo montañoso, pero bajo la nieve espesa se oía el rumor del agua. Todo rezumaba humedad. El puente de madera resonaba sordamente bajo los cascos de los caballos.

Como siempre que salía del konak, Daville experimentó alivio. Olvidó por unos minutos quién era el vencedor y quién el vencido, y sólo pensaba en cómo atravesar una vez más la ciudad con calma y dignidad.

La agitación, el calor excesivo que hacía en el Diván y la humedad de la tarde en el aire le provocaron un escalofrío. Intentó no temblar. Eso le hizo recordar aquel día de febrero cuando cruzó a caballo por primera vez el bazar, en medio de insultos y escupitajos o de un silencio desdeñoso de un pueblo fanático, para acudir a la primera audiencia con Husref Mehmed bajá. Y de repente, se le ocurrió que desde siempre, desde que tenía uso de razón no había hecho otra cosa que cabalgar por ese camino con el mismo séquito y las mismas ideas.

Por necesidad, y poco a poco, durante los siete años que allí había vivido, se había acostumbrado a cosas muy difíciles y desagradables, pero no había dejado de ir al konak con la misma sensación de miedo y angustia. Incluso en los tiempos más felices y en las mejores circunstancias, había evitado acudir al visir y tratado de solucionar el problema por mediación de d’Avenat. Pero cuando la situación lo requería y cuando en verdad no le quedaba más remedio que ir al konak, se preparaba como si fuera a emprender una ardua empresa, y la víspera dormía mal y comía poco. Recitaba mentalmente qué iba a decir y cómo lo haría, preveía las respuestas y los ardides de sus interlocutores y así acababa agotado de antemano. Para sosegarse al menos un poco, se consolaba y se decía por la noche en la cama:

—¡Ah! Mañana a esta hora estaré en este mismo lugar y habré dejado atrás momentos amargos e insoportables.

Ya desde por la mañana empezaba el jaleo. Por el patio y delante del consulado, los caballos piafaban y los criados corrían de un lado a otro. Luego, a la hora convenida llegaba d’Avenat, con su cara curtida y sombría capaz de desalentar a los ángeles celestiales y mucho más a un mortal presa de la inquietud. Era la señal de que la tortura comenzaba.

Las bandadas de niños y de ociosos permitían adivinar que uno de los cónsules se dirigía al konak. Entonces, en la curva situada en lo alto del bazar, aparecía la comitiva de Daville, siempre igual. Al frente un jinete del visir, encargado de acompañar a la ida y a la vuelta al cónsul, que lo seguía a lomos de su caballo negro, muy tranquilo y digno; dos pasos por detrás y un poco a la izquierda, iba d’Avenat en su caprichosa yegua torda tan odiada en Travnik como él mismo. Y detrás dos guardias del cónsul montados en buenos corceles bosniacos, armados con cuchillos y pistolas.

De este modo había que atravesar la ciudad cada vez, erguido sobre el caballo, sin mirar ni a la izquierda ni a la derecha, ni muy alto ni a las orejas del caballo, ni distraído ni preocupado, ni sonriente ni ceñudo, sino serio y comedido, y sobre todo sereno, más o menos con ese aire afectado con el que los caudillos militares en los retratos, dejando al margen la batalla, miran hacia algún punto a los lejos entre el camino y la línea del horizonte, desde donde deberían llegar refuerzos seguros y bien calculados.

No sabría decir cuántos cientos de veces, en el curso de los años, había recorrido ese camino, pero sabía que siempre, en todas las épocas y con todos los visires, le había resultado tan penoso como si le infligieran una tortura. A veces soñaba que recorría el trayecto en cuestión y se atormentaba en sueños, cabalgando con una escolta fantasma entre dos filas de amenazas y asechanzas, hacia un konak que era inaccesible.

Y mientras rememoraba todo eso, él atravesaba realmente el bazar hundido en el crepúsculo y lleno de nieve.

La mayoría de las tiendas ya habían cerrado. Había pocos transeúntes y caminaban despacio y encorvados, como si arrastraran grilletes, por la nieve compacta y profunda, con las manos metidas en el cinturón y las orejas tapadas con una bufanda.

Cuando llegaron al consulado, d’Avenat rogó a Daville que le concediera su atención por unos minutos para poder informarle de algunas novedades que había escuchado en el entorno del visir.

Un viajero de Constantinopla había traído noticias de Ibrahim Halimi bajá.

Después de permanecer dos meses en Gallípoli, el antiguo visir había sido enviado al exilio a una pequeña ciudad de Asia Menor; antes, le habían confiscado todos sus bienes en Constantinopla y en los alrededores. Su séquito se había dispersado poco a poco; cada uno se había ido en busca de su pitanza y seguido su destino. Prácticamente solo, Ibrahim bajá se dirigió al destierro y, en el viaje hacia aquel lugar remoto de tierras peladas, requemadas por el sol y pedregosas, un roquedal abrupto, sin hierba ni un hilo de agua, se repetía sin cesar su vieja idea de retirarse del mundo y, vestido con ropas de basto lienzo, cultivar sus jardines en soledad y silencio.

Unos días antes de su partida al exilio, Tahir bey, el teftedar, había muerto de repente, según decían, de un ataque al corazón. Esto había sido un duro golpe para Ibrahim bajá, que se repuso únicamente mediante un olvido senil, pasando sus últimos días en aquel lugar rocoso y árido.

Daville despidió a d’Avenat y se quedó solo en el atardecer nevado. La humedad llegaba desde el valle en grandes oleadas. La nieve alta y blanda ahogaba todos los ruidos. Al fondo del horizonte, se divisaba el turbe de Abdulah bajá totalmente blanco. Se adivinaba a través de la ventana la tenue luz de la vela que ardía en la tumba del interior.

El cónsul se estremeció. Se sentía débil y febril, desbordado por las noticias y las impresiones.

Y como suele sucederle a las personas agotadas y abrumadas por las preocupaciones, Daville olvidó por un instante todo lo que ese día había oído y vivido, todas las dificultades y sinsabores que lo aguardaban al día siguiente y en el futuro. Sólo pensaba en lo que tenía ante sus ojos.

Pensaba en el turbe de piedra octogonal, al lado del cual había pasado durante años; en la llama de la vela que esa noche a duras penas traspasaba la niebla, que él y des Fossés antaño habían denominado «la luz eterna», en la historia del monumento y en la de Abdulah bajá que allí descansaba.

Imaginaba el sarcófago bajo de piedra, cubierto por un paño verde en el que escribía: «¡Que el Altísimo ilumine su sepulcro!», el cirio grueso en el candelabro alto de madera, que ardía día y noche sobre la tumba oscura con la vana esperanza de alcanzar lo que le rogaba a Dios y que Dios, evidentemente, no quería conceder. Pensaba en el bajá que, siendo muy joven, había subido muy arriba y había venido por azar a morir a su tierra natal. Sí, lo recordaba todo, como si fuera el destino de todos los hombres y el suyo propio. Recordaba que des Fossés, antes de partir, había logrado ver y leer el testamento de Abdulah bajá y todo lo que le había contado sobre él a su manera extensa y animada.

Sabiendo que en ese valle la luz era un raro y apreciado bien, el bajá había reunido sus propiedades y siervos en una fundación piadosa y además había dejado dinero en efectivo, con el único fin de que sobre su tumba ardiera, al menos, un cirio por los siglos de los siglos. Todo lo había arreglado y asegurado en vida, por escrito, ante el cadí y con testigos: el tipo de vela y el peso de la cera y el sueldo del hombre que la cambiaría y encendería, para que nunca ninguno de sus descendientes ni persona ajena pudiera impugnar o falsear su última voluntad. Sí, este bajá sabía bien que las noches oscuras y días brumosos se sucedían en esa vaguada, donde él reposaría hasta el día del juicio final; sabía, claro que lo sabía, que los hombres olvidan pronto tanto a los vivos como a los muertos, descuidan sus obligaciones e incumplen sus promesas. Y mientras yacía enfermo en una de esas alquerías, sin visos de sanar, sin esperanzas de que los ojos que tanto mundo habían visto volvieran a ver un horizonte más amplio del que tenía delante, lo único que apaciguaba el inmenso dolor que le producía su vida truncada por una muerte prematura era el pensamiento de la cera pura de abeja que se consumiría sobre su tumba con una llama plácida, muda, sin humo ni cenizas. Por eso, había destinado todo lo que había conseguido en su corta existencia con esfuerzo, heroísmo e inteligencia a esa llama que ardía encima de sus restos impotentes. En su agitada vida, descubriendo países y gentes, había visto que el fuego era la base del mundo; daba vida y la destruía de manera visible e invisible, bajo formas incontables y en diversos grados. Ésta era la razón por la que sus últimos pensamientos estaban consagrados al fuego. Ciertamente, la pequeña llama no era gran cosa y probablemente no duraría por los siglos de los siglos, pero era todo lo que se podía hacer, iluminar para siempre un punto de ese oscuro y helado país, lo que significaba, aunque sólo fuera con un rayo, alumbrar todos los ojos que pasaran por allí.

Sí, un legado extraño y una gente extraña. Pero quien haya morado allí un tiempo y apurado las noches así, delante de la ventana, lo entendería sin ningún problema y a la perfección.

A duras penas apartó la vista de la frágil llama que se hundía despacio en la oscuridad y en la niebla húmeda. Pero enseguida le asaltó el recuerdo del día que terminaba, la difícil conversación con el visir, las evocaciones de Ibrahim Halimi bajá y de Tahir bey, de cuya muerte se acababa de enterar.

Más vital que cuando vivía en Travnik, el teftedar estaba delante de él. Doblado en dos, los ojos brillantes, un poco bizcos a causa del intenso fulgor, una noche fría igual que ésa, hacía mucho tiempo, le había dicho:

—Sí, señor, al vencedor todos lo ven rodeado de esplendor o como dice un poeta persa: «La faz del vencedor es como la rosa».

—Sí, la faz del vencedor es como la rosa, pero el rostro del vencido es como la tierra de una sepultura, de la que todo el mundo huye y aparta la mirada.

Daville pronunció en voz alta esta respuesta que antaño le había dejado a deber al teftedar.

Sólo entonces recordó la conversación con el difunto. De nuevo, sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo y llamó para que le trajeran velas.

Pero no abandonó la ventana, seguía contemplando el resplandor del cirio del mausoleo de Abdulah bajá y las luces pequeñas y turbias de las casas de Travnik; continuaba reflexionando sobre el fuego en el mundo, el destino de los vencedores y los vencidos, recordando a vivos y muertos, hasta que, una a una, las ventanas se fueron quedando a oscuras, incluso las del consulado austríaco. (Los vencedores se acuestan temprano y duermen bien). No quedaba más que el cirio triste del turbe[45] y, en el otro extremo de la ciudad, una luz, diferente y más grande. Allí, en una bodega, destilaban rakija, como todos los años en aquella época.

En efecto, al otro lado del desfiladero de Travnik, cubierto de nieve húmeda, habían colocado el primer alambique en la bodega de Petar Fufic y empezaban a destilar rakija. La destilería estaba fuera de la ciudad, a la orilla del Lasva, un poco más abajo del camino que llevaba a Kalibunar.

Las corrientes húmedas y el aguanieve barrían el valle. En la destilería que flotaba sobre el agua, la «bruja», el alambique, resoplaba y silbaba toda la noche bajo el tejado, expulsando el humo por la chimenea.

Los troncos aún verdes crepitaban bajo la destiladera, alrededor de la cual bregaban hombres ateridos de frío, cubiertos de hollín, con bufandas rojas enrolladas al cuello, que luchaban contra el humo y las chispas, el viento y las corrientes, e incluso contra el tabaco picante que, aparte de todo, les quemaba los labios y les provocaba picores en los ojos.

Allí estaba Tanasije, un maestro famoso por su arte con el alambique y la rakija. Durante el verano apenas trabajaba. Pero en cuanto la primera ciruela caía del árbol, empezaba su peregrinar casa por casa, por los pueblos de la demarcación de Travnik y más lejos. Nadie como él sabía macerar las ciruelas y juzgar cuándo había cocido el orujo y destilar y trasvasar el aguardiente. Era un hombre hosco, que se había pasado la vida en bodegas frías y llenas de humo, siempre pálido y sin afeitar, soñoliento y de mal humor. Como todos los buenos maestros, nunca estaba satisfecho ni con su trabajo ni con sus ayudantes. No hablaba más que para emitir gruñidos airados y todas sus órdenes eran negativas:

—No, así no… No lo dejes hervir… No, no añadas… No toques más… Déjalo, basta… Quita un poco… Apártate…

Y después de esos gruñidos iracundos y confusos, que él y sus ayudantes entendían bien, al final salía, de las manos renegridas y agrietadas de Tanasije, del barro, del humo y del desorden aparente, un trabajo perfecto: un aguardiente bueno y puro, repartido en primera destilación, fuerte, suave y muy suave; un líquido brillante y ardiente, transparente y medicinal, sin posos ni hollín, sin rastro del esfuerzo y suciedad del que había nacido, sin olor a humo ni a podrido, al contrario, con un aroma a ciruela y a frutas; un líquido que se vertía en los recipientes precioso y puro como el alma. Hasta ese momento, Tanasije permanecía pendiente de él como si fuera un tierno recién nacido. Según se aproximaba el fin, olvidaba gruñir y reprender y sólo movía los labios como si murmurara y pronunciara una fórmula mágica, mientras que con un ojo infalible miraba el chorro de rakija, pues según fuera el chorro, sin necesidad de probarlo, determinaba si era bueno, fuerte y en qué tipo de frasco había que embotellarlo.

Alrededor del fuego permanentemente encendido bajo la destiladera siempre había invitados, habitantes de la ciudad, a los que solía unirse algún huésped de paso o algún gandul, un tañedor de guzla[46] o algún narrador de cuentos, porque era agradable comer, beber y charlar junto al alambique a pesar de que el humo les picaba los ojos y el frío les azotaba la espalda. Para Tanasije no existía aquella gente. Él trabajaba y gruñía, daba órdenes, diciendo siempre lo que no había que hacer, saltando por encima de los presentes como si fueran seres etéreos. Parecía como si en su concepción del mundo, esos hombres ociosos fueran parte integrante del alambique. En cualquier caso, ni los llamaba ni los echaba ni les prestaba atención.

Hacía cuarenta años que Tanasije destilaba rakija por las ciudades, pueblos y monasterios, igual que ahora, aunque era evidente que se había convertido en un viejo decrépito. Sus gruñidos eran más quedos que antaño y a menudo terminaban con una tos o con un bufido senil. Sus cejas espesas e hirsutas habían encanecido y, como toda su cara, estaban siempre manchadas de tiznajos y de la arcilla con la que se untaba el alambique. Pero debajo de esas cejas enmarañadas se vislumbraban dos ojos dispares como cristales centelleantes, que tan pronto refulgían como se apagaban del todo.

Esa noche, alrededor del fuego había mucha gente. El patrón Pero Fufic, con dos serbios de Travnik, comerciantes, un guslar y Marko de Dzimrije, hombre de Dios y adivino, que viajaba permanentemente por Bosnia y a veces pasaba por Travnik, pero no iba más allá de la destilería ni entraba en la ciudad ni en el bazar.

Este Marko era un campesino de Bosnia oriental, un hombre pulcro de pelo gris, vivaracho, menudo, siempre abrigado y muy apañado.

Marko era conocido como hechicero y adivino. En su pueblo, tenía hijos adultos e hijas casadas, tierra y una casa. Pero desde que había enviudado, había empezado a rezar, a lanzar advertencias al mundo y a predecir el futuro. No era codicioso, tampoco le gustaba leer el futuro a cualquiera y en cualquier lugar. Era un hombre severo e inflexible con los pecadores. Los turcos lo conocían y lo dejaban en paz.

Cuando Marko llegaba a algún sitio, no iba a las casas de los ricos, sino que se alojaba en una bodega o en una cabaña y se situaba cerca del fuego. Hablaba con los hombres y mujeres que allí se reunían. Luego, en un momento dado, salía al encuentro de la noche y se quedaba una hora o dos fuera. Cuando regresaba, húmedo de rocío o empapado por la lluvia, se sentaba al lado del hogar, donde ya lo esperaba su auditorio y, con los ojos fijos en una fina vara de tejo, comenzaba a hablar. Pero, con frecuencia, antes de nada, se dirigía a alguno de los presentes, le reprochaba con dureza sus pecados y lo invitaba a abandonar la estancia. Sobre todo, lo hacía con las mujeres.

Se quedaba mirando fijamente a una mujer con aire estricto y luego le decía con calma pero con determinación:

—Comadre, te arden los brazos hasta el codo. Vete y apaga el ardor y apártate del pecado. Tú sabes cuál es tu falta.

La mujer, avergonzada, desaparecía, y Marko empezaba entonces a hacer predicciones generales para los allí reunidos.

También esa noche Marko había salido al exterior, aunque soplaba un viento cortante y caía una lluvia helada mezclada con nieve. Después, en el interior, se quedó un buen rato contemplando su vara y golpeándola con el dedo índice de la mano izquierda, y por fin empezó lentamente.

—En esta ciudad arde un fuego soterrado, arde en muchos lugares. No se ve, porque la gente lo lleva en su fuero interno, pero un día se declarará como un gran incendio y abrasará a los culpables y a los inocentes. Ese día, los justos no se encontrarán en la villa, sino fuera. Muy lejos. Y que cada uno le pida a Dios estar entre ellos.

De pronto se volvió y miró atentamente a Pero Fufic.

—Patrón Pero, también en tu casa hay lágrimas. Muchas, y aumentarán, pero todo acabará bien. Acabará bien. Más no te apartes de la iglesia y no te olvides de los pobres. Cuida de que la vela no se apague delante del icono de San Dimitrij.

Mientras el anciano hablaba, el patrón, por lo general un hombre irascible y altanero, bajó la cabeza y mantuvo la vista fija en su cinturón. Se hizo el silencio y reinó el desconcierto hasta que Marko clavó de nuevo los ojos en su vara e inició los golpeteos con la uña y con aire meditabundo. De este ruido seco, se fue desgajando imperceptiblemente su voz suave pero firme, primero unas cuantas palabras incomprensibles que se fueron haciendo más claras.

—¡Ay, pobres cristianos, pobres cristianos!

Era el preámbulo de una de las profecías generales que hacía de vez en cuando y que luego se propagaban de boca en boca entre los serbios.

—Caminan hundidos en la sangre. Hasta los tobillos les llega, y va en aumento. Sangre desde hoy y por cien años, y para los cincuenta años siguientes también. Eso es lo que veo. Seis generaciones se transmiten la sangre a manos llenas de unas a otras. Siempre sangre cristiana. Habrá una época en la que todos los niños sabrán leer y escribir; los hombres hablarán entre ellos de un lado a otro del mundo y podrán oír cada palabra, pero no lograrán entenderse. Algunos se harán fuertes y acumularán riquezas inimaginables, pero perderán sus caudales en la sangre y ni la rapidez ni la habilidad podrán ayudarlos. Otros se empobrecerán y pasarán tanta hambre que se comerán su propia lengua y llamarán a la muerte para que los lleve con ella, pero la muerte estará sorda y será lenta. Y todos los alimentos que engendra la tierra se volverán insípidos a causa de la sangre. La cruz se oscurecerá por sí misma. Entonces vendrá el hombre, desnudo y descalzo, sin bastón ni alforjas, y nublará todos los ojos con su sabiduría, su fuerza y su apostura y salvará a la humanidad de la sangre y de la violencia, y reconfortará todas las almas. Y reinará el tercero de la Santísima Trinidad.

Al finalizar el discurso, las palabras del viejo se fueron haciendo más inaudibles e incomprensibles, hasta que se perdieron por completo en un susurro confuso, acompañado por los golpes leves y regulares de su uña en la vara de tejo seca y fina.

Todos miraban el fuego impresionados por las frases que no comprendían, pero apesadumbrados por su significado incierto y embargados por la agitación indefinida con la que los hombres sencillos aceptan cualquier predicción.

Tanasije se levantó, miró el alambique. Entonces uno de los mercaderes le preguntó a Marko si llegaría un cónsul ruso a Travnik.

En el silencio que surgió, todos sintieron que no era el momento adecuado para plantear esa pregunta. El viejo respondió irritado y tajante:

—No vendrán ni él ni otros, sino que pronto se irán los que están aquí, y no tardará mucho en venir una era en la que la carretera principal dará un rodeo evitando Travnik; desearéis ver a los viajeros y a los comerciantes, pero ellos irán por otro lado, y a vosotros no os quedará más remedio que vender y comprar vuestro género los unos a los otros. El mismo dinero irá de mano en mano, pero entre manos se deshará y no dará fruto.

Los comerciantes se miraron. Un silencio desagradable se impuso, pero sólo por un momento, porque enseguida fue interrumpido por una riña entre Tanasije y los mozos que lo ayudaban. También los presentes empezaron a discutir y Marko recobró su expresión habitual, modesta y risueña. Abrió su gastado zurrón y sacó pan de maíz y una cebolla. Los zagales habían puesto en las brasas fuentes de barro con carne de vaca que chisporroteaba y despedía un fuerte olor. No le ofrecieron al viejo, porque de todos era conocido que no aceptaba comida ni bebida de nadie y que se alimentaba de los víveres que llevaba en su pequeño zurrón. Comió despacio y con gusto y después se fue al otro extremo de la estancia, donde no llegaba el humo del fuego ni el aroma de la carne asada, y allí, acurrucado y satisfecho como un buen alumno, se durmió con la mejilla apoyada en la palma de su mano derecha.

La rakija animó la conversación entre la concurrencia, pero todos miraban sin cesar al rincón donde dormía el anciano y bajaban la voz. Su presencia, por una parte, los incomodaba, pero por otra, los obligaba a adoptar una gravedad solemne que les resultaba agradable.

Entre tanto, Tanasije no dejaba de avivar el fuego con astillas de haya, amodorrado y huraño como siempre, paciente e inflexible como la propia naturaleza, sin imaginar que al otro lado de Travnik, un cónsul francés miraba el resplandor rojizo de su fuego, y sin sospechar, en su simplicidad, que en el mundo había cónsules y hombres vivos que no lograban conciliar el sueño.

 

XXVII

 

Daville pasó los primeros meses de 1814, los últimos de su estancia en Travnik, en la más completa soledad, «dispuesto a todo», sin instrucciones y sin noticias de París o de Constantinopla. Pagaba a los guardias y a los criados de su peculio. La confusión reinaba entre las autoridades francesas de Dalmacia. Ya no llegaban viajeros franceses ni correos. Los informes procedentes de Austria, que llegaban a Travnik tardía e irregularmente, eran cada vez más desalentadores. Había dejado de ir al konak, porque el visir apenas le prestaba atención cuando lo recibía y, por si fuera poco, mostraba una bondad distraída y ultrajante, más dolorosa que cualquier grosería y ofensa. Por lo demás, el visir resultaba de día en día más insoportable para todos. Sus destacamentos albaneses vivían en Bosnia como en un país sometido y despojaban a los turcos y a los cristianos. Entre los musulmanes empezaba a cundir la insatisfacción, pero no se trataba del sentimiento de descontento público que estalla y sacude la ciudad en una de esas insurrecciones insignificantes; era una insatisfacción ahogada y sorda, que se incuba largamente, pero cuando explota provoca un baño de sangre y una carnicería. Alí bajá estaba embriagado por su victoria en Serbia. Lo cierto es que esta victoria, a juzgar por las opiniones de los expertos y de los testigos, parecía dudosa, y la participación de Alí bajá, trivial; por el contrario, para el visir, con el tiempo iba ganando en grandeza e importancia y su figura de vencedor crecía ante sus propios ojos. Con el correr de los días aumentaban sus ataques desconsiderados contra los beyes y los notables turcos. Sin embargo, esto no hacía más que debilitar su posición. Porque con la violencia se pueden dar golpes de mano y lograr un giro provechoso de la situación, pero no se puede gobernar eternamente. El terror como medio de conservar el poder pierde pronto su eficacia. Lo saben todos, salvo los que, obligados por las circunstancias o por sus instintos, se dedican a practicarlo. Y Alí bajá no conocía otros medios. No se daba cuenta de que «el miedo ya había muerto» en los beyes y señores y que sus acometidas, que al principio provocaban el pánico, ahora ya no asustaban a nadie, e incluso a él mismo habían dejado de estimularlo. Esos hombres que antaño temblaban de miedo, ahora permanecían «insensibles y fríos», mientras que él, a la inversa, temblaba de rabia ante cualquier señal, por pequeña que fuera, de insumisión y resistencia, incluso ante el silencio. Los capitanes de las ciudades intercambiaban mensajes, los beyes mantenían conciliábulos, y en todas las poblaciones, el bazar callaba peligrosamente. Con el buen tiempo cabía esperar un alzamiento abierto contra el gobierno de Alí bajá. D’Avenat lo predijo con seguridad.

Los frailes evitaban el consulado francés, aunque seguían acogiendo con suma amabilidad a la señora Daville los domingos y fiestas de guardar, cuando ella acudía a misa en Dolac.

Los guardias le preguntaban a d’Avenat si continuarían aún por mucho tiempo al servicio de Francia. Rafo Atijas estaba buscando otro puesto como intérprete o como hombre de confianza, porque no le apetecía volver a la tienda de su tío. Gracias a la actividad, invisible pero constante, del consulado austríaco, las noticias de las victorias de los aliados y de la caída inminente de Bunaparte llegaban hasta el último de los habitantes. Y poco a poco se consolidaba la opinión de que el tiempo de los franceses había pasado y que su consulado en Travnik tenía los días contados.

Von Paulich no se dejaba ver en público y no hablaba con nadie. Hacía seis meses que Daville no lo veía, desde que Austria había entrado en guerra, pero percibía su existencia a cada minuto; pensaba en él con un sentimiento especial que no era ni miedo ni envidia, pero que contenía un poco de ambas cosas; le parecía verlo trabajar en el gran edificio, en la otra orilla del Lasva, frío, cabal, siempre con la razón por delante, sin mostrar nunca una duda, una vacilación, correcto pero astuto, honesto pero inhumano. Al contrario que el vencedor loco y enfermo del konak, el austríaco era en realidad el único triunfador de la partida que desde hacía años se estaba jugando en el valle de Travnik, y esperaba, implacable e impávido, a que cayera la víctima que habían acorralado en el desfiladero y que con su caída se anunciara la victoria.

Ese momento llegó, y von Paulich se comportó como un hombre que participa en un juego ancestral y solemne cuyas reglas son inexorables y dolorosas, pero lógicas, justas y honorables para vencedores y vencidos.

Un día de abril llegó un guardia austríaco al consulado francés, por primera vez en siete meses, y trajo una carta para el cónsul.

Daville conocía esa escritura de líneas puras y rectas como flechas de acero que, igual de afiladas, seguían una misma dirección. Conocía esa caligrafía, intuía el sentido de la misiva, pero le sorprendió el contenido.

Von Paulich comunicaba que acababa de recibir la noticia de que la guerra entre los aliados y Francia había finalizado felizmente. Napoleón había abdicado. El soberano legítimo había sido llamado a ocupar el trono. El senado había votado una nueva constitución y se había formado un nuevo gobierno a cuyo frente se hallaba Talleyrand, príncipe de Benevento. Suponiendo que las noticias concernientes a la suerte de su patria le interesarían, se las enviaba, y dichoso porque el final de la guerra les permitiera retomar su relación, le rogaba que presentara sus respetos a la señora Daville, etc., etc.

La sorpresa era tal que el verdadero sentido y el alcance de la información no lograron penetrar en la conciencia del cónsul. En un primer instante dejó la carta y se levantó de la silla, como si hubiera recibido un mensaje de von Paulich que aguardaba desde tiempos inmemoriales.

Hacía mucho, sobre todo desde diciembre del año anterior y desde la derrota en Rusia, que Daville pensaba en un fin semejante, reflexionaba en su fuero interno e intentaba definir la actitud que adoptaría.

Lenta e imperceptiblemente, se había ido resignando con la caída del imperio, con la posibilidad de dicha caída. Así, cada día y con cada acontecimiento, esta amenaza lejana y remota se había aproximado, se había infiltrado de forma inapreciable en la realidad y la había sustituido gradualmente, Y tras el emperador y el imperio se vislumbraba la vida, eterna, poderosa, inabarcable, con sus infinitas posibilidades.

Daville no sabía cuándo había empezado a acostumbrarse a la idea de un mundo sin Napoleón como premisa básica. Al principio era difícil y doloroso, una especie de vértigo interno. Sentía que se tambaleaba en su interior como si la tierra bajo sus pies temblara y fallara. Luego experimentó una gran desolación, la ausencia de cualquier entusiasmo y punto de apoyo, sólo una vida árida, miserable, sin horizontes ni visiones lejanas, que son irreales pero que nos dan fuerza y una dignidad firme al andar. A la postre, tanto pensó en ella y tantas veces se entregó a esa sensación que empezó a juzgar su suerte y la de su familia, al mundo y a la propia Francia, partiendo de este punto imaginario.

Durante todo ese tiempo, Daville, como hasta entonces, había cumplido con su deber concienzudamente, leía las circulares y los artículos de Le Moniteur, escuchaba los mensajes de los correos y las historias de los viajeros sobre los planes de Napoleón para defender más estrechamente Francia o las posibilidades de alcanzar la paz con los aliados. Pero luego enseguida volvía a sus pensamientos sobre el futuro cuando desapareciera el emperador y el imperio, y cada vez se detenía más en ellos.

En pocas palabras, le estaba sucediendo lo mismo que a miles de franceses, consumidos al servicio de un régimen que, en realidad, hacía tiempo que estaba derrotado por haberse visto forzado a exigir a la gente más de lo que ésta podía dar.

Y cuando un hombre, en su interior, se resigna y familiariza con una idea nueva, antes o después, empieza a encontrar en la realidad argumentos que la confirman. Y en este caso con mayor facilidad, porque la realidad iba en la misma dirección que los pensamientos y a menudo los sobrepasaba.

En el último periodo, Daville pudo constatar con asombro que había avanzado un importante trecho del camino. Olvidando las largas e innumerables luchas que había sostenido consigo mismo en el último año, le parecía que había llegado de manera fácil y rápida al lugar en el que se hallaba ahora. De cualquier modo, hacía tiempo que se sentía como un hombre «dispuesto a todo», lo que venía a significar que en su interior había roto con el orden que estaba a punto de desaparecer en Francia y que estaba preparado para resignarse con lo que viniera después, sin importar lo que fuera.

Sin embargo, en aquel instante, cuando todo esto aparecía ante él como un hecho consumado, Daville reaccionó igual que si le hubieran asestado un fuerte golpe inesperado. Recorría la habitación, y el significado de lo que había leído en la carta de von Paulich crecía en su interior y provocaba nuevas oleadas de sentimientos mezclados: sorpresa, miedo, pesar, incluso una mísera satisfacción porque él y los suyos habían salido ilesos y vivos de tanta destrucción y de tantos cambios, y luego otra vez incertidumbre y temor. De repente, recordó unas palabras del Antiguo Testamento: «Dios es grande en sus obras», y le venían a la cabeza sin cesar como una melodía obsesiva, si bien no podía decir ni cuáles eran sus obras ni en qué residía su grandeza ni qué relación guardaba todo esto con el Dios de la Biblia.

Siguió paseando un buen rato por la habitación fría, pero era incapaz de demorarse en una idea y menos aún de examinar u ordenar lo que acababa de leer. Sentía que iba a necesitar tiempo para ello.

Comprendía que todas las reflexiones, previsiones o capitulaciones a las que se había entregado no servían de mucho ni ayudaban en el momento en que se recibía el golpe. Porque una cosa era proyectar en la imaginación todos los temores, prever lo peor, plantearse una postura y defenderla, y al mismo tiempo sentirse satisfecho porque todo estaba en orden y en su sitio, y otra cosa era hallarse ante el desastre total que exige de nosotros soluciones urgentes e iniciativas concretas. Una cosa era escuchar a un colega del ministerio de Marina, ebrio e impulsivo, que con ojos ardientes decía: «¡El emperador está loco! Todos nosotros, junto con él, nos precipitamos al desastre que nos aguarda al final de todas las victorias», y otra, comprender y aceptar como una realidad que el imperio había sido vencido y aniquilado, que Napoleón había dejado de existir, que no era más que un monarca usurpador destronado, menos cotizado que si hubiera perecido en el campo de batalla victorioso. Una cosa era dudar del valor de las victorias y de la perennidad de los triunfos en el frente, como dudaba con más frecuencia en los últimos años, y reflexionar sobre qué habría sido de él y de los suyos «en el caso de que…», y otra, saber de repente que no sólo la Revolución y todo lo que ella había ocasionado, sino también «el general» y esa magia irresistible de su genio victorioso y todo el orden que en él descansaba se habían desvanecido de la noche a la mañana, como si nunca hubieran existido y que ahora todo tenía que volver de pronto al estado en que se hallaba cuando él, Daville, de niño en la plaza de su ciudad natal, enardecido por la «bondad real», aclamaba a Luis XVI.

Incluso en sueños, sería exagerado.

Ante la imposibilidad de recuperar la lógica y de serenarse, de profundizar en el sentido de lo que estaba sucediendo y entrever el futuro, Daville se aferró al hecho de que su antiguo protector, Talleyrand, estaba al frente del nuevo gobierno, lo que suponía el único indicio de salvación, como un favor especial que le concedía el destino en el hundimiento y caos general.

Daville sólo había hablado una vez en su vida con Talleyrand, igual que con el «general», y de eso hacía más de dieciocho años, cuando todavía no era célebre ni ostentaba el título de príncipe de Benevento. En el ministerio de Asuntos Exteriores, en el que en aquella época reinaba un desorden tremendo, no sólo respecto al trabajo y al personal, sino también en lo que al mobiliario y a su disposición tocaba, Talleyrand le concedió una audiencia de unos cuantos minutos en un salón improvisado, pues, habiendo advertido sus artículos en Le Moniteur, deseaba verlo. El mismo desbarajuste dominó la breve entrevista.

El hombre vigoroso que lo recibió de pie, y que así permaneció durante toda la conversación, poseía una mirada envolvente, arrogantemente tranquila, que posó de modo superficial en el joven, como si tras él buscara el verdadero objeto de su atención. Su charla también fue vaga y banal; daba la sensación de que se arrepintiera de haberse fijado en los artículos y haber deseado conocer al autor. Le dijo que «debía continuar» y que él siempre lo apoyaría en su trabajo. En realidad, eso fue todo lo que Daville vio y oyó de su protector. Sin embargo, durante aquellos dieciocho años, tanto para Daville como para los funcionarios del ministerio, estaba absolutamente claro que el cónsul era el protegido de Talleyrand y que su carrera estaba unida a la estrella de dicho personaje. Y, en efecto, Talleyrand siempre lo respaldó mientras gobernó y tuvo poder. Sucede a menudo que los poderosos arrastran, pertinaces hasta el final, a un cúmulo de protegidos, no por lo que ellos puedan ofrecer, ya que ni los conocen ni los aprecian, sino por sí mismos, porque el apoyo y protección que brindan a otros es una prueba evidente de su propio poder y valor.

Me dirigiré al príncipe, se decía Daville en su interior, sin saber ni cómo ni por qué. Me dirigiré al príncipe, se repitió una y otra vez esa noche, ante la incapacidad de pensar en ninguna otra cosa con la sensación plúmbea de no tener a nadie a quien poder consultar. El día siguiente lo sorprendió extenuado y confuso, pero igual de indeciso que la víspera.

Al contemplar a su mujer que, sin presentir los hechos, andaba por la casa y ordenaba lo que se debía hacer en el jardín como si fuera a pasar la eternidad en Travnik, volvió en sí como una criatura maldita, que sabe lo que los humildes mortales ignoran y eso le causa más pesar que a ellos.

La llegada de un correo de Constantinopla lo sacó de su indecisión. El correo llevaba las felicitaciones del embajador y de los funcionarios al nuevo gobierno y pruebas de su lealtad al legítimo soberano, Luis XVIII, y a la dinastía de los Borbones. Además, ordenaba a Daville que informara al visir y a las autoridades locales de los cambios en Francia y le comunicara que a partir de ese día se hallaba en Travnik como representante de Luis XVIII, rey de Francia y Navarra.

Como si actuara por un plan preconcebido o por un dictado inaudible, Daville escribió el mismo día todo lo necesario para enviar a París, sin dudas ni titubeos.

«Por mediación del cónsul austríaco en Travnik he sabido del feliz cambio que ha devuelto al trono francés al heredero de Enrique el Grande y, a Francia, la paz y la esperanza de un futuro mejor. Mientras viva, lamentaré no haber estado en París en semejante ocasión para unir mi voz a las aclamaciones del pueblo entusiasta».

Así empezaba la carta de Daville en la que ponía sus servicios a disposición del nuevo gobierno, rogando que «depositaran a los pies del trono su lealtad y fidelidad», y subrayaba que él era un «ciudadano corriente, uno de los veinte mil parisinos que habían firmado la petición en defensa del rey mártir, Luis XVI, y de la familia real».

Terminaba la carta expresando su esperanza de que después de la «edad de hierro» llegara la «edad de oro».

Al mismo tiempo, envió a Talleyrand una felicitación en verso, como solía hacer anteriormente, mientras el político estaba en el poder. La felicitación comenzaba así:

Des peuples et des Rois heureux modérateur

Talleyrand, tu deviens notre libérateur!

(De pueblos y reyes gran moderador,

Talleyrand, te has convertido en nuestro liberador).

Pero como, a causa del correo, no tuvo tiempo de terminar el poema, presentó dos docenas de miserables versos como fragmento de un todo más importante.

Aprovechaba para sugerir que se cerrara el consulado en Travnik, porque al cambiar por completo las circunstancias, no había necesidad de seguir manteniéndolo. Solicitaba permiso para abandonar ese mismo mes la ciudad con su familia y dejar a d’Avenat, cuya fidelidad había sido probada y demostrada en innumerables ocasiones, para que administrara el consulado hasta su clausura. Teniendo en cuenta la situación excepcional, si a finales de mes no había recibido instrucciones en contra, él y su familia emprenderían el viaje a París.

Daville pasó toda la noche escribiendo las felicitaciones, los ruegos y las cartas. Sólo durmió dos horas, pero se levantó fresco y despejado y despidió al correo.

En la terraza en la que todavía los tulipanes cerrados se doblaban bajo el peso del abundante rocío, el cónsul contemplaba cómo el correo y su escolta descendían por el camino empinado hacia la calzada del valle. Sus caballos avanzaban hundidos hasta por encima de las rodillas en la niebla baja y densa, que el sol invisible teñía de rojo; poco a poco se adentraron en ella y desaparecieron de su vista.

Luego volvió a su despacho de la planta baja. Por todas partes se advertían huellas de la febril actividad de la noche anterior: velas torcidas y consumidas, papeles diseminados por la estancia, trozos de cera. Sin tocar nada, Daville se sentó entre los borradores y papeles rotos. Sentía un cansancio pesado, pero también un gran alivio por haber terminado todo y habérselo enviado a quien correspondía, con una determinación irrevocable, sin dejar posibilidades a nuevas dudas y reflexiones. (Se sentó a la mesa y apoyó la cabeza soñolienta en los brazos cruzados).

A pesar de todo, era difícil no pensar, no recordar, no ver. Había pasado veinticinco años de su vida buscando «el camino de en medio» que traía el sosiego y otorgaba al hombre esa dignidad sin la que es imposible vivir. Durante veinticinco años él había buscado y encontrado, perdido y de nuevo hallado, había ido de un «entusiasmo» a otro, y ahora, exhausto, desgarrado en su interior, consumido, llegaba al punto del que había partido cuando contaba dieciocho años. Esto significaba que, todos los caminos se dirigían hacia delante sólo en apariencia, pues en realidad trazaban un círculo, como el laberinto engañoso de las leyendas orientales, para llevarlo, así, cansado y desalentado, a ese lugar, entre papeles rotos e informes revueltos, a ese punto en el que de nuevo empezaba el círculo, que en realidad podía ser cualquier otro punto de esa rueda de la vida. Esto significaba que no existía ningún camino de en medio, el auténtico, el que llevaba adelante, a la estabilidad, a la paz y a la dignidad, y que todo el mundo andaba en círculo, siguiendo siempre el mismo camino falaz, y que sólo cambiaban las personas y las generaciones que marchaban por él, constantemente engañadas. Esto significaba —concluía el pensamiento fatigado y erróneo de un hombre agotado— que no hay camino y que allí donde ahora debía conducirlo, entre tumbos, su protector cojo, el poderoso príncipe de Benevento, era parte del círculo, un callejón sin salida. Se avanzaba, eso era todo. Pero sólo si éramos capaces de encontrar el sentido y la dignidad en nosotros mismos, encontraríamos los del camino. Ni camino ni objetivo. Andar y andar. Caminar y agotarse y consumirse.

Así era, él también avanzaba sin tregua y sin tomarse un respiro. Daba cabezadas, se le cerraban los ojos y ante él avanzaba la niebla rojiza y unos caballos, cuyas patas se enredaban, avanzaban a paso lento y se hundían en ella, desapareciendo con sus jinetes. Y cada vez eran más los caballos e incontables los caballeros que surgían y se hundían en la bruma infinita, a la que conducen la fatiga y el deseo de dormir.

Con la cabeza apoyada en los brazos cruzados, Daville se dejó vencer por el cansancio y los pensamientos enmarañados y se durmió sobre el escritorio, entre los papeles y las velas consumidas de la noche anterior.

Sólo quería que lo dejaran dormir, que no le obligaran a levantar la cabeza ni a abrir los ojos, incluso en la niebla húmeda y carmesí entre la multitud ondulante y cada vez más densa de jinetes. Pero no se lo iban a permitir. Uno de los jinetes, a su espalda, posaba despiadadamente la mano fría en su nuca y le espetaba palabras incomprensibles. Cuanto más se esforzaba por sumirse en el sueño, más se obstinaba el otro en despertarlo.

Cuando alzó la cabeza y abrió los ojos, vio el rostro sonriente y desaprobador de su esposa. La señora Daville le reprochaba por agotarse de ese modo, y le sugería que se desvistiera, se acostara y reposara. Pero, una vez despierto, le resultaba insoportable quedarse a solas con sus pensamientos en la cama. Empezó a colocar los papeles de la mesa mientras hablaba con su mujer. Hasta ese momento había evitado decirle abiertamente cuáles eran los cambios que habían sucedido en el mundo y en Francia y qué significaban para ellos. No obstante, ahora le parecía, de repente, fácil y sencillo.

Cuando escuchó de forma precisa y concreta que todo había cambiado por completo, incluso su situación, y que realmente había llegado el final de su estancia en Travnik, la señora Daville se sintió abatida y confusa durante unos minutos. Pero sólo por unos minutos, hasta que comprendió en su totalidad lo que significaba para su familia y qué tareas reales le correspondían a ella en particular. En cuanto lo asumió, recobró la calma y enseguida empezaron a hablar del viaje, del traslado de las cosas y de la vida que los aguardaba en Francia.

 

XXVIII

 

La señora Daville se puso manos a la obra.

Del mismo modo que antaño había arreglado y amueblado la casa para vivir en ella, ahora preparaba todo para la mudanza; tranquila, cuidadosa e incansablemente, sin quejarse ni pedir consejo a nadie. Despacio y según un plan establecido, empezó a desmontar el hogar que ella había creado a lo largo de esos siete años. Todo fue anotado, envuelto con esmero y dispuesto para el viaje. La parte dolorosa para la señora Daville era la terraza con las flores y el gran huerto con los plantíos de verduras.

Los jacintos blancos, bautizados una vez por la señora von Mitterer «Alegría nupcial» o «Novio imperial», estaban aún lozanos y exuberantes, pero el centro de la terraza lo ocupaban los tulipanes holandeses que la señora Daville había logrado adquirir en los últimos años en grandes cantidades y de distintos colores. Débiles y desiguales el año anterior, éste habían brotado con fuerza y estaban en plena floración, flamantes y tan parejos que parecían filas de escolares en procesión.

En el huerto también florecían los guisantes dulces alemanes, cuyas semillas le había procurado von Paulich un año atrás, unas semanas antes de que se declarase la guerra. Ahora Gruñón, el jardinero sordomudo, los aporcaba.

Porque Gruñón seguía con su trabajo, como todas las primaveras. Él no sabía nada de lo que ocurría en el mundo, ni de los cambios acaecidos en la vida de esa gente. Para él, era un año igual que los otros. Siempre encorvado, desmenuzaba la tierra entre sus manos, terrón por terrón, echaba abono, trasplantaba y regaba, sonreía a Jean-Paul y a la pequeña Eugénie cuando la niñera la sacaba a la terraza. Con rápidos y gráciles movimientos de sus dedos manchados de tierra, murmullos incomprensibles y muecas explicaba a la señora Daville que estos mismos guisantes dulces crecían mejor y echaban más flor en el huerto de von Paulich, pero que eso no quería decir nada, porque no servía para deducir cuánta sería la cosecha, cosa que sólo se vería cuando la vaina empezara a desarrollarse.

La señora Daville lo miraba. Confirmó mediante gestos que lo había entendido todo, y se dirigió a la casa para proseguir embalando. Y tan sólo en ese momento cayó en la cuenta de que dentro de unos pocos días tendría que abandonar todo aquello, la casa y el huerto, y que ni ella ni los suyos verían los frutos maduros de los guisantes. Y las lágrimas asomaron a sus ojos.

De este modo, con tranquilidad, se preparaban en el consulado francés para la partida. Sin embargo, Daville todavía se enfrentaba a un problema. Se trataba del dinero. Tiempo atrás había enviado a Francia los pocos ahorros que poseían y hacía unos meses que habían dejado de llegar las asignaciones. Los judíos de Sarajevo, que trabajaban con Frayssinet y a menudo habían prestado dinero al consulado, ahora se mostraban desconfiados. D’Avenat disponía de cierto dinero guardado, pero se quedaba en Travnik en una posición poco clara y llena de incertidumbre; no sería justo privarlo de lo que tenía y pedirle que hiciera un préstamo al Estado, y además sin garantías.

Los dos intérpretes, tanto d’Avenat como Rafo Atijas, conocían de sobra la situación en la que se hallaba Daville. Y mientras él se torturaba, pensando a quién dirigirse, vino un día el viejo Salomón Atijas, tío de Rafo, el más respetado de los hermanos y cabeza de la gran tribu de los Atijas de Travnik.

Bajo de estatura, rechoncho y de piernas torcidas, vestido con una aljuba grasienta, la cabeza plantada directamente entre los hombros estrechos, sin cuello, tenía los ojos saltones como es común entre los enfermos del corazón. Llegó bañado en sudor y jadeante por el caluroso día de mayo y el camino empinado al que no estaba acostumbrado. Cerró temeroso la puerta y se dejó caer en una silla respirando con dificultad. Despedía un tufo a ajo y a pieles sin curtir. Apretaba los negros puños velludos sobre las rodillas y en cada uno de los pelos brillaba una diminuta gota de sudor.

Intercambiaron los saludos varias veces, repitiendo sin cesar las mismas fórmulas de cortesía triviales. Ni Daville quería admitir que abandonaba Travnik con su familia para siempre, ni el gordo y fatigoso patrono Salomón podía decir qué asunto le había traído. Por fin, el judío empezó a explicar, con aquella voz áspera y gutural, que a Daville siempre le recordaba a España, que él entendía los cambios imprevistos y las grandes exigencias de los Estados y estadistas, que corrían malos tiempos para todos y no menos para un mercader cuya única ocupación se reducía a su negocio y que, al fin y al cabo, bueno pues que, si al señor cónsul no le llegaba a tiempo el dinero del erario público, ya que con los viajes nunca se sabía y las demandas oficiales no podían esperar, él, Salomón Atijas, estaba allí, siempre al servicio del consulado imperial francés…, es decir, del consulado real y del señor cónsul en persona, y ponía a su disposición lo poco que poseía y que podía hacer.

Daville, que en un primer instante había pensado que Atijas venía para pedirle o solicitar algo, se quedó sorprendido y conmovido. Su voz se tornó trémula por la turbación. Los músculos faciales, entre la boca y el mentón, allí donde su piel rosada empezaba a arrugarse y a volverse flácida, temblaron de manera notable.

Se inició un confuso tira y afloja de ofertas y agradecimientos. A la postre, acordaron que Atijas prestase al consulado 25 ducados imperiales contra una letra de cambio.

Los grandes ojos prominentes de Salomón estaban húmedos, lo que les confería, a pesar de la córnea amarillenta e inyectada de sangre, un brillo particular. También en los ojos de Daville centellearon lágrimas de emoción, un sentimiento que no lo abandonaba desde hacía unos días. Después de eso, empezaron a hablar abiertamente y sin trabas.

Daville buscaba palabras escogidas para expresar su gratitud. Hablaba de su simpatía hacia los judíos, y aseguraba que los entendía; hablaba de sentimientos humanitarios y de la necesidad de que los hombres, sin distinción, se comprendieran y ayudaran. Se atenía a términos generales y vagos, porque ya no podía recurrir a Napoleón, cuyo nombre había tenido para los judíos un gran poder de atracción y un significado particular, y mucho menos mencionar abierta y rotundamente a su reciente gobierno y nombrar al nuevo soberano por su nombre. Salomón lo observaba con sus ojos grandes y seguía sudando y jadeando; como si viera con la misma claridad y sintiese tanto o incluso más que Daville la dificultad de todo el asunto, como sí entendiera y asumiera qué peligros y qué desgracias representaban todos esos emperadores y reyes, visires y ministros, cuyas llegadas y partidas no dependían en absoluto de nosotros, pero nos elevaban o aplastaban, a nosotros y a nuestras familias y todo lo que somos y lo que poseemos; como si fuese desgraciado por haber tenido que abandonar su oscura tienda y los montones de cuero para subir a este lugar alto y soleado y sentarse en sillas extrañas, en salones lujosos, con gente distinguida.

Alegre porque la cuestión del dinero para el viaje se hubiera solucionado de forma tan inesperada y fácil, y para dar a la conversación un tono al menos un poco más jovial, Daville dijo medio en broma:

—Le estoy muy agradecido, y nunca olvidaré que, a pesar de todas sus inquietudes, haya tenido usted tiempo de preocuparse del destino del representante de Francia. Y, a decir verdad, me asombra que después de todo lo ocurrido, de todas las multas que ha tenido que pagar, todavía pueda disponer de una cantidad de dinero, por muy pequeña que sea, para prestar a alguien. Porque el visir se jactaba de haber vaciado a fondo sus arcas.

Ante la evocación de las persecuciones y las multas infligidas a los judíos por Alí bajá, los ojos de Salomón adoptaron una expresión paralizada y preocupada, la mirada triste de un animal.

—Todo esto nos ha costado mucho y mucho nos ha arrebatado y, en efecto, ha agotado hasta la última moneda de nuestras arcas, sin embargo, le puedo decir y usted debe saberlo…

Salomón miró azorado sus sudorosas manos que reposaban sobre las rodillas y continuó, después de una breve pausa, con una voz diferente, más fina, como si de repente hablara desde el otro extremo de la habitación:

—Sí, nos asustamos y pagamos un precio elevado. Sin duda. Y el visir es realmente un señor severo, severo e inflexible. Pero él trata sólo una vez con los judíos, mientras que nosotros hemos soportado decenas y decenas de visires. Ellos se suceden unos a otros. (Cierto, cada uno se lleva algo). Se van los visires, olvidan lo que hicieron y cómo se comportaron, llegan nuevos y todos vuelven a empezar. Pero nosotros nos quedamos, recordamos y apuntamos todo lo que hemos aguantado, y cómo nos hemos defendido y salvado, y nos transmitimos de padre a hijo esta experiencia por la que hemos pagado tan alto precio. Por eso nuestras arcas tienen doble fondo. La mano del visir llega hasta una y la vacía, pero por debajo queda siempre algo para nosotros y nuestros hijos, para salvar el alma, para ayudar a los nuestros y a los amigos en dificultades.

Salomón miró directamente a Daville, pero ya no con sus ojos tristes, cómicamente asustados, sino con una mirada nueva, franca y valiente.

Daville sonrió con cordialidad.

—Ah, me parece muy bien. Me gusta. Y el visir que creía ser tan astuto y tan hábil.

Salomón lo interrumpió enseguida con una voz más baja, como si quisiera que él también bajara el tono.

—No, no quiero decir que no lo sea. No hay que dudar de que ellos son unos señores muy capacitados y sabios. Sin embargo, ya sabe cómo es, los señores son sagaces; gente poderosa, nuestros amos son como dragones, pero hacen la guerra, se enfrentan, gastan. Pues, como se suele decir por aquí, el poder es como un vendaval, se desplaza, arremete y amaina. Y mientras tanto nosotros estamos quietos, trabajamos y acumulamos riquezas. Por eso nos dura más el dinero y nunca nos falta.

—Ah, estupendo, estupendo —Daville asentía con la cabeza, seguía sonriendo y alentando a Salomón para que prosiguiera.

Pero esta risa hizo callar al judío que clavó sus ojos en la cara del cónsul, de nuevo con aquella primera mirada preocupada y amedrentada. Temió haber ido demasiado lejos y haber hablado de lo que no debía. Y él mismo se dio cuenta de que lo que había dicho no era lo que quería decir. En realidad, ni siquiera sabía lo que deseaba expresar. Pero había algo que lo empujaba a hablar, a quejarse, a vanagloriarse y explicarse, como alguien a quien se le brinda una oportunidad única, unos minutos preciosos, para transmitir un mensaje importante y urgente. Ya que había salido de su tienda, subido por la pendiente por la que jamás pasaba y tomado asiento en esa habitación luminosa, respirando una belleza y pulcritud a las que no estaba acostumbrado, le parecía importante y provechoso poder conversar con ese extranjero, que dentro de unos días abandonaría la ciudad, y hablar con él como jamás podría ni osaría hacer con nadie más.

Olvidando su estupor inicial y su profunda incomodidad, sentía la necesidad creciente de decirle a ese forastero algo más sobre sí mismo y los suyos, algo inaplazable y secreto, surgido en esta ratonera de Travnik, en su húmedo almacén, donde a duras penas se sobrevivía, sin honor ni justicia, sin belleza ni orden, sin tribunales ni testigos, como un mensaje dirigido a alguien, él mismo no sabía a quién, a alguien en aquel mundo mejor, más ordenado y civilizado al que el cónsul volvía. Decir, al menos una vez, algo que no estuviera relacionado con la astucia y la prudencia, con el lucro y el ahorro, con las cuentas y el regateo diario, sino al contrario, con la generosidad y el despilfarro, con el dolor, el orgullo magnánimo y la sinceridad.

Pero justo ese deseo vehemente que, de golpe, lo impulsaba a comunicar y transmitir algo general e importante sobre su existencia en el mundo y sobre el martirio perpetuo de todos los Atijas de Travnik, le impedía encontrar el modo adecuado y las palabras necesarias para expresar de forma breve pero digna lo que le asfixiaba en aquel instante y le hacia subir la sangre a la cabeza. Por eso balbuceaba sólo palabras sueltas que le venían a la boca en vez de decir lo que le absorbía y deseaba a toda costa expresar, es decir, cómo luchaban él y los suyos y cómo lograban conservar la fuerza invisible y la dignidad.

—Ya ve… así resistimos y por eso logramos guardar algo, sin lamentarnos… por los amigos, la justicia, la bondad que nos prodigan. Porque nosotros… porque nosotros también…

Aquí se le saltaron las lágrimas y su voz se quebró. Turbado, se levantó. Daville, conmovido por una sensación indefinida de ternura y amistad, siguió su ejemplo y le tendió la mano. Salomón la estrechó enérgicamente con un movimiento brusco e inexperto, farfullando unas palabras más, para rogar al cónsul que no se olvidara de ellos y contara donde pudiera y a quien correspondiera que ellos vivían allí, que sufrían y con el sufrimiento se redimían. Se trataba de un discurso impreciso e incoherente que se mezclaba con las expresiones de agradecimiento de Daville.

Nunca será posible explicar qué es lo que atormentaba a Salomón Atijas en aquel preciso instante, el motivo por el que las lágrimas bañaban sus ojos y todo su cuerpo se estremecía de emoción. Si hubiera podido, si realmente hubiera podido expresarse, esto sería lo que más o menos habría dicho:

—Señor, usted ha vivido más de siete años entre nosotros y durante todo este tiempo nos ha prestado, a nosotros los judíos, más atención de la que nunca hemos recibido ni de los turcos ni de otros extranjeros. Nos ha tratado como seres humanos, sin diferenciarnos del resto de la gente. Quizá ni usted mismo sea consciente de toda la bondad que nos ha mostrado con su comportamiento. Ahora se marcha. Su emperador se ha visto obligado a retirarse ante un enemigo superior. En su país se suceden hechos procelosos y grandes cambios. Pero su patria es noble y poderosa y seguramente todo acabará bien. También usted encontrará el camino en su tierra natal. Nosotros sí que somos dignos de lástima, los que nos quedamos aquí, este puñado de judíos sefardíes de Travnik, de los que dos terceras partes pertenecen a la familia de los Atijas, porque usted ha sido como un rayo de luz para nuestros ojos. Usted ha visto la vida que llevamos, y nos ha hecho todo el bien que un hombre puede hacer a otro. Y de aquel que hace el bien todo el mundo espera que se muestre aún más bondadoso. Por eso me atrevo a pedirle como último favor que sea valedor nuestro ante Occidente, del que también procedemos y que debería saber en qué se nos ha convertido. Porque, a mi juicio, si supiéramos que alguien sabe y acepta que no somos lo que parecemos ni lo que aparentamos por nuestra forma de vida, nos resultaría más fácil soportar nuestra pesada carga.

»Hace más de trescientos años nos expulsó de nuestra patria, la incomparable Andalucía, el horrible y absurdo huracán de una guerra fratricida, que aún hoy día no podemos entender, y que tampoco ha logrado comprenderse a sí misma, nos dispersó por todo el mundo e hizo de nosotros mendigos a los que ni siquiera el oro puede ayudar. A nosotros, ya ve, nos arrastró a Oriente, y la vida en Oriente no es nada fácil ni venturosa, y cuanto más se aleja uno y más se acerca al nacimiento del sol, peor es, porque la tierra es más y más inmadura y más y más bruta y la gente está hecha de tierra. Y nuestra desgracia estriba en que no hemos podido encariñarnos con este país que nos ha acogido y dado refugio, ni odiar a aquel que nos expulsó injustamente como hijos indignos. No sabemos si nos pesa más estar aquí o no estar allí. Dondequiera que estemos fuera de España, sufriremos, porque siempre tendremos dos patrias, lo sé con certeza, pero la vida aquí es demasiado oprimente y humillante. Sé que hemos cambiado desde hace tiempo, ya no recordamos cómo éramos, pero no hemos olvidado que fuimos distintos. Nos pusimos en camino hace siglos, el viaje ha sido duro y la fatalidad ha querido que nos detuviéramos en este lugar, por eso ni siquiera somos la sombra de lo que fuimos. Igual que desaparece la fina película de la fruta que pasa de mano en mano, del hombre lo primero que se desvanece es su capa más delicada. Por eso somos así. Sin embargo, usted nos conoce, sabe cómo somos y cómo vivimos, si esto se puede llamar vida. Subsistimos entre los turcos y la chusma bosniaca, entre la chusma miserable y los turcos terribles. Completamente separados de nuestros allegados, nos esforzamos por conservar todo lo español, las canciones, las comidas y las costumbres, pero al mismo tiempo percibimos que en nuestro fuero interno todo cambia, se corrompe y cae en el olvido. Recordamos el idioma de nuestra patria, como lo conocíamos hace tres siglos cuando lo trajimos con nosotros y como allí ya nadie lo habla, mientras que farfullamos de manera grotesca la lengua de los bosniacos con los que compartimos nuestro dolor y la de los turcos que nos gobiernan. De modo que quizá no esté lejos el día en el que sólo sepamos expresarnos de forma pura y humana al rezar, acto este que, en realidad, no necesita palabras. Aislados y poco numerosos, nos casamos entre nosotros y contemplamos cómo nuestra sangre se vuelve cada vez más débil y pálida. Nos inclinamos y apartamos ante cualquiera, malvivimos a fuerza de estratagemas, por decirlo de otra forma: hacemos fuego sobre el hielo, trabajamos, ganamos dinero, ahorramos, y lo hacemos no sólo para nosotros y nuestros hijos, sino para todos aquellos que son más fuertes y arrogantes y que nos quitan la vida, el honor y la bolsa. De modo que hemos conservado la fe, por la que tuvimos que abandonar nuestra hermosa patria, pero hemos perdido casi todo lo demás. Sin embargo, por suerte o por desgracia, seguimos manteniendo intacta la imagen de nuestra amada tierra, tal como era antaño, antes de que nos expulsara como una madrastra; igual que nunca se extinguirá en nosotros el deseo de un mundo mejor, un mundo en el que reine el orden y la compasión, en el que se camine erguido, se pueda mirar a los ojos y hablar abiertamente. No podemos librarnos de ese anhelo ni de la sensación de que, por encima de todo, pertenecemos a dicho mundo, a pesar de que, expulsados y desdichados, vivimos en el mundo contrario.

»He aquí lo que nos gustaría que se supiera allí. Que nuestro nombre no desaparezca de ese mundo más luminoso y más noble, que se hunde sin cesar en las tinieblas y en el caos, que cambia y se transforma, pero que jamás llega a desmoronarse por completo, y siempre existe en alguna parte y para alguien; que ese mundo sepa que lo llevamos en nuestro corazón, que incluso aquí le servimos aportando nuestra grano de arena, y que nos sentimos unidos a él, a pesar de que estamos separados de él para siempre y sin ninguna esperanza.

»Y no se trata de vanidad o de un deseo trivial, sino de una verdadera necesidad y de una súplica sincera».

Esto era, más o menos, lo que a Salomón Atijas le hubiese gustado manifestar en aquel momento, cuando el cónsul se disponía a abandonar definitivamente Travnik y Salomón le entregaba los ducados, ahorrados con duro esfuerzo, que el francés necesitaba para su viaje. Habría dicho esto o algo similar. No obstante, dichas ideas no estaban definidas con claridad en su mente y mucho menos maduradas para poder ser proclamadas, sino que anidaban en su interior, vivas y lacerantes, mas nunca expresadas e imposibles de formular. Pero ¿acaso en esta vida alguien lograba comunicar sus mejores sentimientos y deseos más nobles? Nadie; o casi nadie. Entonces cómo esperar que lo hiciera este comerciante de pieles de Travnik, judío español, que no hablaba bien ningún idioma de este mundo y, aunque los hubiera sabido, de nada le habría servido, porque a él, ni en la cuna le habían permitido llorar en voz alta, y mucho menos hablar clara y abiertamente en la vida, lo cual explicaba el sentido, apenas comprensible, de sus balbuceos y temblores al despedirse del cónsul francés.

Mientras que crear y organizar un hogar es tan arduo y pesado como ir cuesta arriba, desmantelar una institución o una casa resulta tan fácil y rápido como deslizarse cuesta abajo.

Daville recibió la respuesta de París mucho antes de lo que había esperado. Le concedían un permiso de tres meses y la autorización para partir inmediatamente con su familia y dejar a d’Avenat a cargo de los asuntos del consulado. Cuando llegara a París se gestionaría la cuestión del cierre de la legación en Travnik.

Daville solicitó una audiencia al visir para informarlo de su marcha.

Alí bajá tenía el aspecto de una persona enferma. Trató a Daville con una amabilidad inusual. Era evidente que ya estaba enterado de la inminente clausura del consulado. El cónsul le regaló una escopeta de caza, y el visir a él un abrigo forrado de piel, lo que significaba que consideraba su partida como definitiva. Se despidieron como dos hombres que no tienen mucho que decirse, cada uno demasiado absorto y agobiado por sus propias preocupaciones.

Daville envió el mismo día un presente a von Paulich, una valiosa carabina de fabricación alemana y unas botellas de ron de la Martinica. En una larga carta, le comunicaba que en breve abandonaría Travnik con su familia y disfrutaría de «un permiso prolongado, que, si Dios quiere, será para siempre». Le rogaba que le expidieran un visado, así como las recomendaciones necesarias para las autoridades fronterizas austríacas y para el comandante de la cuarentena de Kostajnica.

«Es mi deseo —continuaba Daville en su carta— que los acuerdos que están a punto de firmarse en París traigan al mundo una paz duradera y sabia como lo fue la paz de Westfalia, y sirvan para consolidar a la generación actual y garantizarle un largo descanso. Espero que nuestra gran familia europea, pacificada y unida, a partir de este momento no vuelva a ofrecer al mundo el triste ejemplo de discordia y desunión. Lo espero, y lo deseo. Usted sabe que éstos fueron mis principios antes de la guerra, durante la guerra, y que lo siguen siendo hoy día más que nunca.

»Dondequiera que me halle —proseguía Daville—, y dondequiera que el destino me lleve, jamás olvidaré que en el país bárbaro, en el que he estado condenado a vivir, he conocido al hombre más ilustrado y amable de toda Europa».

Mientras terminaba la carta, estaba decidido a marcharse sin despedirse de von Paulich en persona y de viva voz. Sentía que de todas las dificultades que tenía que arrostrar, la peor sería aguantar con serenidad la cara triunfal del teniente coronel.

Von Paulich, por su parte, al informar a la cancillería imperial de la inminente supresión del consulado general francés de Travnik, propuso asimismo el inmediato cierre del consulado general austriaco, ya que era innecesario no sólo porque en esas regiones cesarían las actividades francesas, sino también porque, a juzgar por las circunstancias actuales, en Bosnia cabía esperar disturbios internos y una lucha abierta entre el visir y los beyes. Toda la atención y todas las fuerzas estarían concentradas en estas disputas y por lo tanto era poco probable que se emprendiera algún tipo de operación contra la frontera austríaca durante cierto tiempo. Y Viena podría estar siempre bien informada de los asuntos internos bosniacos por mediación de los frailes o de agentes especiales.

Junto con su propuesta, von Paulich envió también una copia de la carta de Daville. En la última parte de ésta, donde el francés no escatimaba elogios sobre su persona, añadió de su puño y letra: «Anteriormente y en varias ocasiones, he señalado la fantasía exuberante del señor Daville y su tendencia a la exageración».

Daville pasó toda la tarde con d’Avenat organizando papeles y dándole instrucciones.

El intérprete tenía el mismo aire sombrío de siempre y las mandíbulas apretadas. Se había decidido que su hijo fuera destinado a la Embajada de Constantinopla. Daville le prometió utilizar todas sus influencias en el Ministerio para que el asunto, estancado a causa de los grandes cambios acaecidos en Francia, saliera adelante. D’Avenat, que sólo pensaba en su hijo, un joven apuesto e inteligente de veintidós años, aseguraba que realizaría la liquidación según todas las reglas, llevándose del consulado hasta la última pluma y el último trozo de papel, aunque para ello tuviera que arriesgarse a que lo cortaran en pedazos.

Como no consiguieron acabar, prosiguieron con su trabajo después de cenar. D’Avenat se marchó alrededor de las diez.

Al quedarse solo, Daville contempló la habitación medio vacía, en la que ardía una única vela y en la que la oscuridad poco a poco ganaba terreno. No había cortinas. En las paredes blancas destacaban los sitios más claros en los que hasta el día anterior colgaban cuadros. A través de una de las ventanas llegaba el murmullo del agua. Los relojes de las dos torres marcaban unas extrañas horas turcas; primero sonó el del vecindario y luego el más lejano, el de la ciudad baja, como si apoyase a la primera.

El cónsul estaba agotado, pero la excitación, como si de una nueva fuerza se tratara, le mantenía despierto y con brío, así que continuó poniendo en orden sus papeles personales.

Entre unas tapas de cartón anudadas con cintas verdes, se encontraba el manuscrito de su epopeya sobre Alejandro Magno. De los veinticuatro cantos previstos, diecisiete estaban escritos, aunque no terminados. En el pasado, cuando describía las campañas de Alejandro, tenía constantemente ante sus ojos al «general», pero ahora, hacía ya más de un año, desde que había experimentado como suya la derrota del conquistador vivo, que no se sentía capaz de escribir nada referente al ascenso y caída del conquistador muerto siglos atrás. Así, el texto inacabado le parecía como un absurdo lógico y temporal: Napoleón había atravesado el gran arco de su ascenso y ocaso y, de nuevo, había tocado tierra, pero Alejandro todavía estaba en pleno apogeo, conquistando «los desfiladeros sirios» en Isos y no pensaba en la caída.

Había intentado a menudo proseguir con la obra, pero siempre acababa comprendiendo que su poesía solía enmudecer a causa de la cercanía de los acontecimientos reales.

También estaba allí el comienzo de la tragedia de Selim III, que había empezado a escribir el año anterior, después de la marcha de Ibrahim bajá, recordando sus largas conversaciones con el visir sobre el infeliz sultán ilustrado.

E igualmente guardaba las felicitaciones y epístolas en verso, compuestas con motivo de diversos acontecimientos solemnes y en honor de distintos personajes y gobiernos. Unos versos míseros dedicados a cosas y personas desaparecidas que hoy tenían menos importancia que los muertos.

Por fin, se encontró con fajos de facturas y cartas personales, anudados con cuerda, amarillentos y deshilachados en los extremos. En cuanto desató el cordel, los papeles se esparcieron como vestigios de ruinas. Los había que tenían más de veinte años. Un primer vistazo le bastó a Daville para reconocer algunas cartas. Vio la letra correcta y firme de uno de sus mejores amigos, Jean Villeneuve, que había fallecido repentinamente una año atrás, en un barco a poca distancia de Nápoles. La carta, fechada en 1808, era la respuesta a una misiva en la que Daville expresaba una honda preocupación.

«… Créame, querido amigo, que sus tribulaciones y negros pensamientos carecen de justificación. Hoy menos que nunca. El hombre grande y excepcional, que ahora dirige el destino del mundo, está sentando las bases de un orden mejor, un orden que perdurará en los tiempos venideros. Por eso podemos confiarnos a él por entero. El representa la garantía de un futuro mejor, no sólo para nosotros, sino también para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. Así que, esté usted tranquilo, estimado amigo, igual que lo estoy yo, fiel a las convicciones que acabo de expresar…».

Daville apartó los ojos de la carta y los posó en la ventana abierta, por la que revoloteaban los insectos nocturnos, atraídos por la luz de la habitación. Entonces, procedente del arrabal vecino llegó una canción, primero débilmente, luego más fuerte. Era Musa el Cantor que regresaba a casa. Su voz era ronca y lánguida, y tarareaba a trompicones, pero el alcohol todavía no lo había destruido, seguía viviendo y con él lo que von Mitterer antaño había denominado «Urjammer». Musa debía de haber doblado la esquina de la calle, porque su voz se oía cada vez más lejos y a intervalos más largos, como el grito de alguien que se estuviera ahogando y emergiera de nuevo a la superficie, para volver a gritar y luego hundirse definitivamente.

El Cantor entró en su patio. La voz dejó de oírse. De nuevo reinaba el silencio que el rumor del agua en la noche no rompía, al contrario, lo tornaba más monótono y pictórico.

Así se hundía todo. Se había hundido el «general» y, antes que él, tantos hombres poderosos y grandes empresas.

Otra vez solo en el imperturbable silencio nocturno, como enterrado por la nieve, Daville se sentó un instante con los brazos cruzados y la mirada perdida. Estaba confuso y preocupado, pero no se sentía solitario ni asustado. A pesar de todas las incertidumbres y dificultades que lo esperaban, le parecía que, por primera vez desde que estaba en Travnik, el horizonte se despejaba y permitía ver un trozo del camino que se abría ante él.

Desde aquel día de febrero, siete años atrás, cuando, después del primer Diván con Husref Mehmed bajá, regresó a la casa de Baruh, agitado y humillado y se había dejado caer en el duro banco, todas las cuestiones y esfuerzos relacionados con Bosnia y los turcos lo habían arrastrado hacia el suelo, reprimido y debilitado. Año tras año, se había infiltrado en él y hecho su efecto el «veneno oriental» que enturbia la mirada y mina la voluntad, el veneno que desde el primer momento le había dado a beber ese país. Ni la proximidad del ejército francés en Dalmacia ni el esplendor de las grandes victorias habían podido cambiarlo. Pero, ahora, cuando después de la derrota y el desastre, se preparaba a abandonarlo todo y partir hacia la incertidumbre, se sentía colmado por una serie de estímulos y fuerza como no había conocido durante su estancia en Travnik. Las preocupaciones y necesidades eran mayores que nunca, pero, asombrosamente, no lo trastornaban como antes, sino que aguzaban su mente y ampliaban el horizonte, no lo asaltaban de forma inesperada como una maldición y una desgracia, sino que fluían con la corriente de la vida.

De la habitación contigua llegaba un ruido ligero, como si alguien escarbara, como si un ratón arañara la pared. Era su mujer, infatigable y serena igual que siempre, preparaba y empaquetaba las últimas cosas. Sus hijos dormían en esa misma casa. Un día crecerían (él haría todo lo posible para que crecieran sanos y felices) y emprenderían la búsqueda del camino que su padre no había logrado encontrar, mas aunque no lo hallaran, probablemente lo harían con más fuerza y dignidad de lo que él había sido capaz. Ahora, crecían durmiendo. Sí, en esa casa se vivía y se proseguía adelante como en el mundo exterior, donde se abrían nuevas expectativas y maduraban oportunidades inéditas. Como si hiciera mucho tiempo que hubiera abandonado Travnik, Daville ya no pensaba en Bosnia, ni en lo que le había dado ni cuánto le había arrebatado. Sólo sentía que la energía, la paciencia y la determinación de salvarse a sí mismo y a los suyos le llegaban de algún lugar. Continuó ordenando los papeles amarillentos; rompió lo que era viejo e inútil y guardó lo que todavía podía servirle, en circunstancias diferentes, en Francia.

Un pensamiento vago pero persistente acompañaba, como una melodía machacona, ese trabajo mecánico: a pesar de todo, en algún lugar tenía que existir el «camino correcto» que había buscado en vano durante toda su vida, un camino que existía y más pronto o más tarde alguien lo descubriría y lo abriría a todos los hombres Él no sabía cómo, ni cuándo, ni dónde, pero sus hijos, los hijos de sus hijos o sus descendientes lo acabarían encontrando.

Esa idea, como una frase musical interior inaudible, hacía más fácil su trabajo.

 

Epílogo

 

Hace ya tres semanas que reina el buen tiempo. Como todos los años, los beyes han empezado a reunirse en el Sofá del café de Lutva. Pero sus conversaciones son reservadas y sombrías. En todo el país se cumple el acuerdo tácito de rebelarse y ofrecer resistencia al insoportable y loco gobierno de Alí bajá. Esta decisión se ha tomado ya en las mentes y ahora madura por sí sola. El propio Alí bajá, con su manera de actuar, está acelerando el proceso.

Es el último viernes de mayo del año 1814. Todos los beyes están presentes y mantienen una conversación animada y seria. Todos conocen las noticias referentes a la derrota de los ejércitos de Napoleón y su abdicación; ahora se dedican a intercambiar, comparar y completar sus informaciones. Uno de los beyes, que por la mañana había hablado con gente del konak, dice que ya está todo dispuesto para la partida del cónsul francés y de su familia, y que de buena fuente sabe que pronto lo seguirá también el cónsul austríaco, cuya presencia en Travnik sólo se justificaba por la de los franceses. Así que es muy probable que antes del otoño desaparezcan de Travnik los cónsules y los consulados y todo lo que ellos han traído e introducido.

Esos beyes reaccionan ante estas noticias como si fuera el anuncio de una victoria. Porque, si bien a lo largo de los años se han acostumbrado en muchos aspectos a la presencia de los cónsules extranjeros, todos están, sin embargo, satisfechos de verlos partir con su manera de vivir diferente y extraña y su intromisión insolente en los asuntos bosniacos. Se discute la cuestión de quién se hará cargo del Caravasar de los Ragusinos, que ahora alberga el consulado francés y qué pasará con la gran mansión Hafizadic cuando se marche el cónsul austríaco de Travnik. Todos elevan la voz para que Hamdi bey Teskeredzic, que se sienta en el lugar habitual, pueda enterarse de la conversación. Está ya muy viejo y decrépito, se ha desplomado sobre sí mismo como un edificio en ruinas. Le traiciona el oído. No puede levantar los párpados, que le pesan aún más que antes, y debe volver la cabeza cuando quiere ver mejor a alguien. Tiene los labios morados y se le quedan pegados al hablar. El anciano levanta la cabeza y pregunta al último que ha intervenido en la conversación:

—¿Cuánto hace que llegaron estos… cónsules?

Los beyes se miran en silencio y luego empiezan a reflexionar. Unos creen que hace seis años, otros que ha pasado más tiempo. Después de unas breves explicaciones y cálculos se ponen de acuerdo y llegan a la conclusión de que el primer cónsul había llegado siete años atrás, tres días antes del Bayram del ramadán.

—Siete años —dice pensativo y estirando las palabras Hamdi bey—, ¡siete años! ¿Os acordáis cuánto jaleo y ruido se organizó por estos cónsules y por ese… ese… Bunaparte? Bunaparte por aquí, Bunaparte por allá. Va a hacer esto, no va a hacer aquello. El mundo es demasiado pequeño para él; su fuerza no tiene límite ni medida. Y estos infieles nuestros aprovecharon para levantar la cabeza como espigas estériles. Unos se arrimaron a las faldas del cónsul francés, otros a las del austríaco y los terceros esperando al de Moscú. Y, vaya, cómo enloqueció y se enardeció el populacho. En fin, ocurrió y se acabó. Los emperadores se alzaron y aplastaron a Bunaparte. Los cónsules dejarán Travnik. Se les mencionará un par de años más. Los niños jugaran a cónsules y escoltas a la orilla del río, montando sobre palos a guisa de caballo, y luego ellos también caerán en el olvido como si nunca hubiesen existido. Y todo volverá a ser como siempre ha sido, por voluntad divina.

Hamdi bey se detuvo porque le faltaba el aliento. Los demás guardaron silencio a la espera de lo que el viejo aún podía añadir; todos fumaban y paladeaban el agradable silencio de la victoria.

Belgrado, abril de 1942.

 

Glosario

 

Los títulos turcos, como efendi, bajá, etc. se sitúan inmediatamente después del nombre.

Alamín: oficial que antiguamente contrastaba las pesas y medidas y tasaba los víveres.

Alfaquín: médico.

Alfayete: sastre.

Aljuba: vestidura usada por los musulmanes, como un gabán con mangas cortas y estrechas.

Amin: recaudador de impuestos, fondos y multas.

Archimandrita: en la Iglesia Ortodoxa los superiores de los monasterios son llamados hegumenos o archimandritas.

Arnaúte: albanés.

Asignados: cada uno de los títulos que sirvieron de papel moneda en Francia durante la Revolución.

Ataifor: bandeja, fuente. Mesa redonda y pequeña usada por los musulmanes.

Baklava: pastel de almendras y miel que se corta en rombos.

Basibozuk: soldados mercenarios (irregulares) turcos.

Bayram: fiesta musulmana que se celebra al finalizar el ayuno del mes del ramadán.

Bostandzibasa: jefe de la guardia del visir.

Caimacán: lugarteniente del visir.

Cehaja: adjunto o segundo en el orden jerárquico después del visir.

Chibuquí: pipa turca de tubo largo y recto.

Cohadar: jefe del guardarropas del konak.

Cuarentena, Lazareto: lugar en que se tiene en observación a las personas sospechosas de transportar una enfermedad infecciosa, antes de permitirles la entrada en el país.

Diván: Consejo Supremo y por extensión sala donde se reunía el consejo supremo o tribunal que resolvía los asuntos de gobierno y de justicia.

Dram: cuadragésima parte de una okka.

Efendi: señor, dueño. Título honorífico usado entre los turcos. Suele asignarse a funcionarios, ministros de culto y hombres de ciencia.

Espahí: terrateniente, obligado a participar en las guerras como caballero. Soldado de caballería turco.

Fildzani: tazas pequeñas de porcelana sin asas en las que se sirve el café turco.

Firman: decreto soberano en Turquía.

Gros: moneda de cobre de varios estados alemanes, que equivalía a la octava parte de una peseta.

Guardián: prior de un monasterio franciscano, en especial entre los franciscanos de Bosnia-Herzegovina.

Guzla: instrumento musical de una sola cuerda.

Hajduk: este término significa bandido; pero en muchas ocasiones no tiene el sentido de un vulgar salteador de caminos, sino que representa más bien una especie de insurrecto y «bandido generoso», huido a las montañas.

Hammam: amam, baño.

Haznadar: tesorero.

Hodja: sacerdote musulmán, profesor de la madraza.

Jamaks: soldado turco del cuerpo de los jenízaros.

Katil-firmán: sentencia de muerte.

Kapidzibasa: jefe de los cortesanos, chambelán.

Konak: residencia del visir, edificio propiedad del Estado. También puede designar las mansiones de personajes ilustres y ricos. Otra acepción es la de posada u hostería.

Lazareto: (véase Cuarentena).

Levantino: por Levante y levantino se entienden los países situados en la parte oriental del Mediterráneo y a sus habitantes.

Metropolitano: obispo en jefe de una iglesia ortodoxa.

Muderiz: profesor de la madraza.

Muhurdar: canciller del sello.

Mütevelli: administrador de un vakuf.

Okka: medida turca equivalente a 1,28 kg.

Padisba: rey del trono, soberano.

Rakija: aguardiente, bebida alcohólica muy popular en los Balcanes.

Reís efendi: uno de los títulos honoríficos más altos entre la jerarquía otomana.

Silahdar: armero mayor, dignatario en la corte del sultán, aquí en la corte del visir.

Sorbete: bebida azucarada. Refresco de agua y zumo de frutas.

Tefter-cehaja: jefe del archivo.

Teftedar: recaudador, secretario, ministro de finanzas o supervisor de cuentas.

Tekke: monasterio de derviches.

Tura: monograma del sultán.

Turbe: mausoleo musulmán, monumento funerario, capilla levantada sobre la tumba de un santo musulmán u hombre muy piadoso. También nombre de un pueblo muy cercano a Travnik.

Ucase: decreto del zar; por extensión, en el Imperio Otomano, orden o decreto dictado por el sultán o un representante suyo.

Ulema: sabio en materias teológico-jurídicas. Doctor de la ley mahometana.

Urmasice: pasteles en forma de dátiles.

Vakuf: fundación pía musulmana dedicada a fines religiosos, culturales, educativos y humanitarios.

Zurla: instrumento balcánico de la familia de los oboes.

 

Notas

 

[1] Diván: Consejo Supremo y por extensión sala donde se reunía el consejo supremo o tribunal que resolvía los asuntos de gobierno y de justicia. <<

[2] Konak: residencia del visir, edificio propiedad del Estado. También puede designar las mansiones de personajes ilustres y ricos. Otra acepción es la de posada u hostería. <<

[3] Espahí: terrateniente, obligado a participar en las guerras como caballero. Soldado de caballería turco. <<

[4] Mütevelli: administrador de un vakuf. <<

[5] Vakuf: fundación pía musulmana dedicada a fines religiosos, culturales, educativos y humanitarios. <<

[6] Caimacán: lugarteniente del visir. <<

[7] Bayram: fiesta musulmana que se celebra al finalizar el ayuno del mes del ramadán. <<

[8] Zurla: instrumento balcánico de la familia de los oboes. <<

[9] Okka: medida turca equivalente a 1,28 kg <<

[10] Levantino: por Levante y levantino se entienden los países situados en la parte oriental del Mediterráneo y a sus habitantes. <<

[11] Silahdar: armero mayor, dignatario en la corte del sultán, aquí en la corte del visir. <<

[12] Haznadar: tesorero. <<

[13] Muhurdar: canciller del sello. <<

[14] Sorbete: bebida azucarada. Refresco de agua y zumo de frutas. <<

[15] Arnaúte: albanés. <<

[16] Archimandrita: en la Iglesia Ortodoxa los superiores de los monasterios son llamados hegumenos o archimandritas. <<

[17] Kapidzibasa: jefe de los cortesanos, chambelán. <<

[18] Aljuba: vestidura usada por los musulmanes, como un gabán con mangas cortas y estrechas. <<

[19] Katil-firmán: sentencia de muerte. <<

[20] Hammam: amam, baño. <<

[21] Hodja: sacerdote musulmán, profesor de la madraza. <<

[22] Alamín: oficial que antiguamente contrastaba las pesas y medidas y tasaba los víveres. <<

[23] Rakija: aguardiente, bebida alcohólica muy popular en los Balcanes. <<

[24] Hajduk: este término significa bandido; pero en muchas ocasiones no tiene el sentido de un vulgar salteador de caminos, sino que representa más bien una especie de insurrecto y «bandido generoso», huido a las montañas. <<

[25] Fildzani: tazas pequeñas de porcelana sin asas en las que se sirve el café turco. <<

[26] Tefter-cehaja: jefe del archivo. <<

[27] Cuarentena, Lazareto: lugar en que se tiene en observación a las personas sospechosas de transportar una enfermedad infecciosa, antes de permitirles la entrada en el país. <<

[28] Lazareto: (véase Cuarentena). <<

[29] Gros: moneda de cobre de varios estados alemanes, que equivalía a la octava parte de una peseta. <<

[30] Teftedar: recaudador, secretario, ministro de finanzas o supervisor de cuentas. <<

[31] Cehaja: adjunto o segundo en el orden jerárquico después del visir. <<

[32] Efendi: señor, dueño. Título honorífico usado entre los turcos. Suele asignarse a funcionarios, ministros de culto y hombres de ciencia. <<

[33] Jamaks: soldado turco del cuerpo de los jenízaros. <<

[34] Chibuquí: pipa turca de tubo largo y recto. <<

[35] Bostandzibasa: jefe de la guardia del visir. <<

[36] Guardián: prior de un monasterio franciscano, en especial entre los franciscanos de Bosnia-Herzegovina. <<

[37] Alfaquín: médico. <<

[38] Amín: recaudador de impuestos, fondos y multas. <<

[39] Muderiz: profesor de la madraza. <<

[40] Ataifor: bandeja, fuente. Mesa redonda y pequeña usada por los musulmanes. <<

[41] Metropolitano: obispo en jefe de una iglesia ortodoxa. <<

[42] Asignados: cada uno de los títulos que sirvieron de papel moneda en Francia durante la Revolución. <<

[43] Basibozuk: soldados mercenarios (irregulares) turcos. <<

[44] Firman: decreto soberano en Turquía. <<

[45] Turbe: mausoleo musulmán, monumento funerario, capilla levantada sobre la tumba de un santo musulmán u hombre muy piadoso. También nombre de un pueblo muy cercano a Travnik. <<

[46] Guzla: instrumento musical de una sola cuerda. <<

 

 

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