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Libro N° 4093. Un Puente Sobre El Dina. Andric, Ivo.

Guillermo Molina Miranda mayo 03, 2025

 


© Libro N° 4093. Un Puente Sobre El Dina. Andric, Ivo. Colección E.O. Agosto 26 de 2017.

Título original: ©  Na Drini cuprija

 

Versión Original: © Un Puente Sobre El Dina. Ivo Andric

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UN PUENTE SOBRE EL DINA

Ivo Andric

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta novela, la obra maestra de Ivo Andric, es un ambicioso fresco que recorre cinco siglos para retratar la trágica historia de los Balcanes, una región en la que confluyen culturas y religiones que, como placas tectónicas, friccionan y provocan terremotos. Siglos y siglos de luchas, intentos de convivencia pacífica y fanatismos destructivos. El puente del título, construido en piedra sobre el río Drina en la ciudad bosnia de Visegrad es el punto de encuentro y de choque entre el mundo cristiano y el islámico, entre Europa y el imperio otomano; el testigo mudo de los avatares de una comunidad plural y conflictiva a lo largo del tiempo. Este libro es la conmovedora y ejemplar crónica de los avatares históricos de un espacio geográfico sometido a una permanente tensión y a periódicos estallidos de violencia étnica y religiosa, una pesada herencia que pasa de generación en generación y que la novela recorre desde el siglo XVI hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial, ya en el siglo XX.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO PRIMERO

CAPÍTULO II

CAPÍTULO III

CAPÍTULO IV

CAPÍTULO V

CAPÍTULO VI

CAPÍTULO VII

CAPÍTULO VIII

CAPÍTULO IX

CAPÍTULO X

CAPÍTULO XI

CAPÍTULO XII

CAPÍTULO XIII

CAPÍTULO XIV

CAPÍTULO XV

CAPÍTULO XVI

CAPÍTULO XVII

CAPÍTULO XVIII

CAPÍTULO XIX

CAPÍTULO XX

CAPÍTULO XXI

CAPÍTULO XXII

CAPÍTULO XXIII

CAPÍTULO XXIV

Créditos

notes

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

UN PUENTE SOBRE EL DINA

Título Original: Na Drini cuprija

Traductor: Fernando Garrido, Luisa

©1945, Andric, Ivo

©2010, RBA

Colección: Narrativas

ISBN: 9788498677959

Generado con: QualityEPUB v0.34

IVO ANDRIC

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

UN PUENTE SOBRE EL DRINA

CAPÍTULO PRIMERO

 

A lo largo de la mayor parte de su curso, el Drina1 discurre a través de estrechas gargantas, entre montañas abruptas, o atraviesa profundos cañones entre ribazos verticales. Solamente en algunos lugares, sus orillas se abren en amplios valles y forman, ya sobre uno, ya sobre los dos ribazos, extensiones de terrenos fértiles, en parte llanas y en parte onduladas, propicias al cultivo y a la población. Una de esas llanuras comienza aquí, en Vichegrado2, en el lugar en que el Drina surge, describiendo una inesperada curva, del profundo y estrecho desfiladero que forman las peñas de Butko y las montañas de Uzavnitsa. El ángulo que en este lugar forma el Drina es extraordinariamente agudo, y las montañas de ambos lados son tan escarpadas y están tan próximas unas de otras que parecen un macizo cerrado del que el río brota como de un muro sombrío. Pero, súbitamente, las montañas se separan y forman un anfiteatro irregular cuyo diámetro, en el lugar más ancho, no excede de unos quince kilómetros a vista de pájaro.

En el punto en que el Drina surge con todo el peso de su masa de agua verde y espumosa, fuera del conjunto, en apariencia cerrado, de las montañas negras y escarpadas, se yergue un gran puente de piedra armoniosamente tallado, con once ojos de ancha abertura. Desde ese puente, como si fuese una base, se despliega en abanico un valle ondulante con la pequeña ciudad de Vichegrado y sus alrededores, con algunas aldeas colgadas de los flancos de las colinas, cubierto de campos, de pastos y de grandes extensiones plantadas de ciruelos, cortados por cercas y salpicado de sotos y de unos escasos bosques de abetos. De este modo, cuando se contempla desde el fondo del horizonte parece que, bajo los amplios ojos del puente blanco, corre y se extiende no sólo el verde Drina, sino todo aquel terreno soleado y cultivado, con cuanto en él crece y con el cielo meridional por encima.

En la orilla derecha del río, iniciándose en el mismo puente, se encuentra el centro de la ciudad con su mercado turco, situado, en parte, en la llanura y, en parte, sobre la falda de las colinas. Al otro lado del puente y a lo largo de la orilla izquierda, se extiende la llanura de Mlukhine, arrabal cuyas casas están dispersas en torno a la carretera que conduce a Sarajevo. Por tanto, el puente que une los dos tramos de la carretera de Sarajevo, une también la ciudad a su arrabal.

Realmente, cuando decimos "une", lo hacemos con tanta exactitud como cuando se dice: el sol sale por la mañana para que los hombres podamos ver en torno nuestro y dedicarnos a nuestros asuntos, y se pone por la tarde para que durmamos y descansemos de las fatigas del día.

En efecto: ese enorme puente de piedra, construcción preciosa y de una belleza tal que ciudades mucho más ricas y comerciales no poseen nada semejante —"en todo y por todo, no hay más que dos de ese tipo en el Imperio", se decía antaño—, ese puente es el único paso permanente y seguro a lo largo de todo el curso medio y superior del Drina, y es, al mismo tiempo, el nudo indispensable de la carretera que une Bosnia con Servia, y aún más lejos, con las restantes partes del Imperio otomano hasta Estambul. Ahora bien, una ciudad pequeña y su arrabal son las únicas aglomeraciones que necesariamente han de desarrollarse en los principales puntos de comunicación y a ambos lados de los puentes importantes.

Aquí también, con el tiempo, han brotado las casas y se han multiplicado las habitaciones a los dos lados del puente. La ciudad ha vivido gracias al puente y ha salido de él como de una raíz indestructible.

Para que se vea con claridad y se comprendan íntegramente el cuadro de la ciudad y la naturaleza de sus relaciones con el puente, es preciso saber que, en la ciudad, existe todavía un puente, del mismo modo que existe todavía un río. Se trata del Rzav, franqueado por un puente de madera. En un extremo de la ciudad el Rzav vierte sus aguas en el Drina, de suerte que el centro de la ciudad y, al mismo tiempo, la mayor parte de la aglomeración se encuentra sobre la lengüecilla de tierra situada entre los dos ríos, el grande y el pequeño confluyen aquí, en tanto que los arrabales desperdigados se extienden al otro lado de los puentes, en la orilla izquierda del Drina y en la orilla derecha del Rzav. La ciudad está sobre las aguas. Pero aunque exista otro río y otro puente, las palabras "en el puente" no designan jamás al que franquea el Rzav, sencilla construcción de madera sin belleza, sin historia y sin más sentido que el de servir de paso a los Habitantes y a sus animales. Aquellas palabras designan siempre y únicamente al puente de piedra sobre el Drina.

El puente tiene unos doscientos cincuenta pasos de longitud y unos diez de anchura, salvo en su parte central, donde se ensancha en dos terrazas simétricas a ambos lados del camino transitable, alcanzando así el doble de su anchura. A esta parte del puente se le llama la "kapia". En este punto, sobre el pilar central que se ensancha en su parte superior, se ha añadido, a los dos lados, unos contrafuertes de madera que sobre ese pilar se apoyan, a la izquierda y a la derecha del camino transitable, las dos terrazas que se proyectan atrevida y armoniosamente en el espacio por encima del agua verde y ruidosa. Tienen una longitud de cerca de cinco pies y una anchura igual y están rodeadas por un parapeto de piedra, idéntico al que bordea el puente en toda su longitud. Ambas terrazas, sin embargo, son completamente independientes y carecen de techo. La de la derecha, según se viene de la ciudad, se llama el sofá, y se alza sobre dos gradas. Está bordeada por asientos a los cuales sirve de respaldo el parapeto del puente. Tanto las gradas, los asientos, como el parapeto están tallados en la misma piedra clara. La terraza de la izquierda, enfrente al sofá, es igual que la otra, pero está vacía, sin asientos. En el centro del parapeto, el muro se alza y sobrepasa la altura de un hombre. En su parte superior, hay una estela de mármol blanco, sobre la cual está grabada una rica inscripción turca, con un cronograma que, en trece versos, indica el nombre del constructor del puente y el año de la construcción. En la parte inferior del muro corre una fuente: un hilillo de agua brota de las fauces de un dragón de piedra. En esta terraza se ha establecido un cafetero con sus cafeteras, sus tazas, su brasero siempre encendido y con un camarero que sirve el café a los consumidores que están enfrente, en el sofá. Eso es la kapia. En el puente y su kapia, en torno de él o en relación con él, discurre y se desarrolla, como ya veremos, la vida de los habitantes de la pequeña ciudad. En todos sus relatos sobre los acontecimientos personales, familiares y públicos, se puede siempre oír las palabras "en el puente" y en efecto, en el puente del Drina tienen lugar los primeros paseos infantiles y los primeros juegos de los muchachos. Los niños cristianos, nacidos en la orilla izquierda del Drina, cruzan el puente desde los primeros días de su vida; ya, en la primera semana, son llevados a bautizar a la iglesia. Pero también los otros niños, incluso los que han nacido en la orilla derecha, y los niños musulmanes que ni siquiera están bautizados, pasan, como antaño sus padres y sus abuelos, la mayor parte de su infancia en las proximidades del puente. Pescan con caña junto al puente o cazan pichones bajo sus ojos. Desde temprana edad, su mirada se acostumbra a las líneas armoniosas de aquella enorme construcción de piedra clara, porosa, regular e impecablemente tallada. Conocen todas las redondeces y las cavidades tan magistralmente cinceladas, del mismo modo que conocen todos los cuentos y leyendas que están ligados al nacimiento y a la construcción del puente y en los cuales se mezclan y entrelazan de manera extraña e inextricable la imaginación y la realidad, lo verdadero y lo soñado. Y todo esto lo conocen desde siempre, inconscientemente, como si hubiera nacido con ellos, como saben sus oraciones, sin acordarse de quién se las enseñó ni de cuándo las oyeron por primera vez. Saben que el puente fue construido por orden del gran visir Mehmed-Pachá cuyo pueblo natal se encuentra tras una de las montañas que circundan el puente y la ciudad.Tan sólo un visir podía dar todo lo que era preciso para que se construyese aquella perdurable maravilla de piedra. (Un visir es algo brillante, considerable, terrible y poco claro en la conciencia de los muchachos.)

Fue construido por Radé, el arquitecto cuya vida debió durar varios siglos; si no, no se explica cómo pudo levantar todo cuanto hay de bello y permanente en tierras servias. Maestro legendario y realmente anónimo tal como la masa lo imagina y lo desea.

(a la masa no le gusta cargar su memoria ni hacerse deudora de muchos hombres, ni siquiera en espíritu). Saben que el hada de las aguas ha contrarrestado la construcción —de igual modo que, siempre y en todas partes, hay alguien que contrarresta toda construcción— destruyendo por la noche lo que había sido levantado durante el día, hasta que una voz que surgía de las aguas aconsejó a Radé, el maestro de obras, que buscase dos hermanos gemelos, aún lactantes, niño y niña, y que se llamasen Stoïa y Ostoïa3 y que un vez hallados los emparedase en los pilares centrales del puente. Inmediatamente se pusieron a buscar a tales criaturas por toda Bosnia. Se ofreció una recompensa a quien los encontrase y los llevase.

Al fin los guardias encontraron en un pueblo lejano dos gemelos de pecho y se los llevaron, a la fuerza, en virtud del poder del visir. Pero su madre no quiso separarse de ellos. Lamentándose, llorando, insensible a los insultos y a los golpes, los siguió hasta Vichegrado. Allí, consiguió llegar hasta el arquitecto.

La leyenda continúa diciendo que los niños fueron emparedados, dado que no había otra solución, pero el arquitecto, según cuentan, tuvo piedad de ellos, y dejó en los pilares dos aberturas, a través de las cuales la desdichada madre podía dar de mamar a sus hijos. Estas aberturas eran unas falsas ventanas, practicadas con arte, estrechas como aspilleras, en las cuales actualmente las palomas torcaces hacen su nido. Como recuerdo, desde hace centenares de años, la leche maternal corre por el muro; son unos caudales blancos y delgados que, en una época determinada del año, rezuman sin cesar de las junturas, pudiéndose ver sobre la piedra una huella indeleble. (La idea de la leche de mujer evoca en la conciencia de los niños algo muy próximo e insípido y al mismo tiempo vago y misterioso, como los visires y los arquitectos; algo que los turba y los repele.) La gente raspa esas huellas lechosas que se ven a lo largo de los pilares haciendo una especie de polvo medicinal que venden a las mujeres que, después del alumbramiento, no tienen leche. En el pilar central del puente, bajo la kapia, hay una abertura más grande, algo así como una puerta estrecha sin hojas, como una tronera gigantesca. Se dice que en ese pilar hay una gran estancia, una sala oscura, en la cual vive un árabe negro. Esto lo saben todos los niños. En sus sueños y en sus relatos, en los que rivalizan las mentiras, el negro interpreta un gran papel. A quien se le aparece, debe morir. Ningún niño lo ha visto todavía porque los niños no mueren, pero una noche fue visto por Klamid, un mozo de cuerda asmático, de ojos inyectados en sangre y siempre borracho o afligido por una eterna enfermedad del cabello; y aquella misma noche murió, allí, junto al muro. A decir verdad estaba borracho perdido y pasó la noche en el puente, bajo un cielo sereno, con una temperatura de quince grados bajo cero. Los niños miran a menudo a través de esa abertura tenebrosa como si se tratase de un abismo que espanta y que atrae. Se ponen todos de acuerdo para mirar fijamente y para que el primero que vea algo lance un grito. Con la boca abierta, temblorosos de curiosidad y de miedo hunden la mirada en esa grieta ancha y sombría, hasta que un muchacho anémico tiene la impresión de que la abertura comienza a balancearse y a desplazarse como una cortina negra, o hasta que uno de sus compañeros, burlón y decidido (siempre hay alguno de ese género), grita: "¡El negro!" y finge huir. Esa reacción turba el juego y suscita la decepción y la indignación de aquellos que gustan de los juegos de la imaginación, que detestan la ironía y que creen que mirando atentamente se puede ver verdaderamente algo y experimentar alguna sensación. Pero por la noche, durante el sueño, muchos luchan con aquel árabe del puente, como con el destino, hasta que su madre los despierta y los libera de la pesadilla. Y mientras ella le hace beber agua fría "para expulsar el pánico" y le obliga a pronunciar el nombre de Dios, el muchacho, extenuado por los juegos del día, vuelve a dormirse con el sueño pesado del niño en el que el pavor no puede aún desarrollarse ni durar mucho tiempo.

Más arriba del puente, sobre la orilla escarpada de calcárea gris, a ambos lados se ven, a intervalos regulares, dos cavidades circulares, emparejadas como si se hubiesen esculpido en la piedra las huellas de las herraduras de un caballo de tamaño sobrenatural; vienen de arriba, del Viejo Burgo, y bajan por la pendiente rocosa hasta el río, apareciendo de nuevo en la otra orilla, donde se pierden bajo tierra y bajo la vegetación.

Los niños que, en el verano, pescan pececillos durante todo el día a lo largo de esta orilla pedregosa, saben que son huellas de los pasos de antiguos guerreros, que se remontan a tiempos muy antiguos. Entonces vivían en aquella tierra héroes de gran altura; la piedra aún no había adquirido consistencia, era blanda como la tierra y los caballos eran como los héroes: de un tamaño gigantesco. Para los niños servios, únicamente, se trata de las huellas de las herraduras de Charats4. Están allí desde los tiempos en que Kralievitch Marko, que estaba en prisión arriba, en el Viejo Burgo, se escapó, bajó la colina y, de un salto, atravesó el Drina sobre el cual entonces no había el puente. Pero los niños musulmanes saben que no fue Kralievitch Marko y que no podía ser él (¿desde cuándo un cristiano y un bastardo habría adquirido tal fuerza y poseído tal caballo?), sino Djerzelez Alia5 sobre su jumento alado, quien como se sabe despreciaba las barcas y a los barqueros y atravesaba de un salto los ríos como si fuesen riachuelos. Los niños ni siquiera discuten sobre este asunto; unos y otros están convencidos del sólido fundamento de sus creencias. Y no hay precedente de que nunca nadie haya conseguido disuadir a alguno de los otros, ni de que alguno haya cambiado su punto de vista.

En estas cavidades redondas, anchas y profundas como grandes escudillas, el agua se conserva mucho tiempo después de la lluvia, como en recipientes de piedra. Los niños llaman pozos a esas cavidades llenas de agua, de lluvia tibia, y unos y otros, sin distinción de creencias, echan en ellos los pececillos, generalmente gobios, que pescan con anzuelo. En la orilla izquierda, algo separado e inmediatamente por encima del camino, hay un gran túmulo de tierra, pero de una tierra dura, gris y petrificada. Nada crece ni florece salvo una hierbecilla, dura y punzante como un alambre de acero. Ese túmulo es el blanco y la frontera de todos los juegos infantiles que se desarrollan en torno al puente. Antaño, se llamó a ese lugar la tumba de Radislav. Según cuentan, fue un jefe servio, un hombre poderoso.

Cuando el visir decidió construir un puente sobre el Drina y pidió gente, todos se sometieron y se incorporaron a la leva. Únicamente se rebeló aquel Radislav; levantó al pueblo y lanzó al visir la orden de que abandonase aquel trabajo, porque encontraría grandes dificultades para construir un puente sobre el Drina. Y efectivamente, el visir se vio y se deseó para apoderarse de la persona de Radislav; se trataba de un mozo que dejaba atrás el común de los mortales: no había fusil ni sable que pudieran batirle: lo destruía todo como un torbellino. A tal extremo llegaba la fuerza del talismán que llevaba consigo. Y quién sabe lo que habría ocurrido, ni si el visir habría logrado llegar a construir el puente, si uno de sus servidores, hombre hábil y astuto, no hubiese logrado sobornar y pagar al criado de Radislav. Así fue posible sorprender a este último y estrangularlo mientras dormía, tras haberle atado con cuerdas de seda, ya que su amuleto sólo era ineficaz contra la seda. Nuestras mujeres creen que hay una noche al año en la que se puede ver descender del cielo una fuerte luz que cae sobre el túmulo. Esto sucede en otoño, entre la Navidad y la Asunción de la Virgen. Pero los niños que, crean o no en esta leyenda, permanecen velando cerca de las ventanas que dan a la tumba de Radislav, no han logrado nunca ver el fuego del cielo, pues antes de la medianoche el sueño ha hecho presa en ellos. En compensación, hay viajeros que sin pensar siquiera en la leyenda, han visto, al regresar por la noche a la ciudad, una luz blanca sobre el túmulo, tras el puente.

Por el contrario, los turcos de la ciudad cuentan, desde tiempos muy remotos, que en aquel lugar murió, mártir de su fe, un derviche llamado Chekn-Turkhania que fue un gran héroe y defendió en ese punto el paso del Drina contra un ejército de infieles. Y si no hay en el lugar una lápida funeraria, ni un turbé6, es porque tal fue el deseo del derviche; quiso ser enterrado así, sin signo ni marca distintiva, para que no se supiese que él yacía allí. Y así, si alguna vez un ejército de infieles se lanzaba al asalto por aquellos parajes, él se alzaría y los detendría, como otra vez lo hizo, impidiendo que fuesen más allá del puente. Sólo el cielo, en compensación, ilumina a veces su túmulo, con su luz. Así pasa la vida de los niños de la ciudad: bajo el puente y en torno al puente, en un juego gratuito o en sueños pueriles. Pero esa vida, con los primeros años de su madurez, se traslada al puente, a la kapia donde la fantasía juvenil encuentra otro alimento y nuevos dominios, aunque al mismo tiempo se inicien las preocupaciones, las luchas y los trabajos de la existencia.

En la kapia y alrededor de ella nacen los primeros sueños de amor, las primeras ojeadas lanzadas al pasar, las reflexiones y los cuchicheos. También nacen aquí los primeros negocios, las querellas y los acuerdos, las citas y las esperas; aquí sobre el parapeto de piedra se exhiben para la venta las primeras cerezas y los primeros melones, los saleps7 de la mañana y el pan candeal aún caliente. Aquí se reúnen los mendigos, los lisiados y los leprosos, junto a los muchachos sanos que quieren ver o ser vistos o que tienen algo que ofrecer relativo a frutas, vestidos o armas. Aquí se sientan frecuentemente las personas notables y de edad madura, para conversar un poco de los asuntos públicos y de las preocupaciones comunes, pero aún más a menudo son los jóvenes los que acuden para charlar, cantar y bromear.

Aquí también, con ocasión de los grandes acontecimientos y de las conmociones históricas, se fijan los manifiestos y las proclamas (en el muro, bajo la estela de mármol con inscripción turca y por encima de la fuente), y es aquí, por fin, donde hasta 1878 se ahorcaba y se empalaban las cabezas de todos aquellos, que, por cualquier razón, hubiesen sido ejecutados. Y en esta ciudad fronteriza, sobre todo durante aquellos años agitados, las ejecuciones eran frecuentes, e incluso en determinados momentos, cotidianas.

Las bodas y los entierros no pueden cruzar el puente sin detenerse en la kapia. Habitualmente, las bodas se preparan y el cortejo se alinea en la kapia antes de hacer su entrada en el centro de la ciudad. Si los tiempos son tranquilos y sin preocupaciones, la botella de rakia8 pasa de boca en boca, se canta, se baila el kolo9 y, a menudo, se permanece allí mucho más tiempo de lo que se pensaba. En los entierros, los que llevan el cadáver lo dejan unos minutos para descansar un momento, precisamente aquí, en la kapia, donde el difunto pasó buena parte de su vida.

La kapia es el punto más importante del puente, de igual modo que el puente es la parte más importante de la ciudad, o, como escribió en su diario de viaje un viajero turco a quien los vichegradeses trataron bien, "su kapia es el corazón del puente, el cual es el corazón de esta ciudad que ha de permanecer en el corazón de todos".

La kapia demuestra hasta qué grado los antiguos arquitectos, de los cuales se dice en las leyendas que luchaban contra las hadas y contra toda clase de monstruos, y que hacían emparedar a los niños vivos, hasta qué grado repito, tales arquitectos ponían de manifiesto su inteligencia cuando se trataba, no sólo de la solidez y de la belleza de la construcción, sino de la utilidad y de las comodidades que obtendrían las generaciones posteriores. Y cuando se conoce la vida actual de esta ciudad y se reflexiona bien, es forzoso decirse a uno mismo que es, efectivamente, bien pequeño el número de gentes que en Bosnia tiene ocasión y delectación semejantes a las que todo habitante de Vichegrado, aun el último de ellos, pueda tener en la kapia.

El invierno, por supuesto, no puede ser contado. Entonces sólo cruza el puente quien tiene necesidad de hacerlo y avivando el paso e inclinando la cabeza bajo el frío viento, que sopla constantemente por el río. Entonces, por supuesto, nadie se detiene en las terrazas abiertas de la kapia. Pero en cualquier otra estación, la kapia es una verdadera bendición para grandes y pequeños. En estas épocas, cualquier habitante puede, a una hora u otra del día y de la noche, ir a la kapia y sentarse en el sofá o alrededor de él, ya sea por sus asuntos o simplemente para hablar con sus amigos.

Proyectado y elevado unos quince metros por encima del verde y ruidoso río, el sofá de piedra parece volar en el espacio, sobre el agua, entre las colinas verde oscuro de los tres lados, con el cielo y las nubes o las estrellas encima y con el horizonte desprendido río abajo, como un anfiteatro estrecho y cerrado al fondo por unas montañas azules.

¿Cuántos visires o cuántos ricos hay en el mundo que puedan mostrar su alegría o su preocupación, o su placer, o su ocio en un lugar semejante? Pocos, muy pocos, pero, ¿cuántos de los nuestros, en el curso de los siglos y en la sucesión de las generaciones, han esperado, sentados aquí, en el sofá, la aurora o la hora de la oración de la tarde o las horas nocturnas en que toda la bóveda celeste se desplaza insensiblemente sobre nuestras cabezas? Son muchos aquellos de entre nosotros que se han sentado aquí con el rostro entre las manos y acodados sobre la piedra lisa y bien tallada y, en presencia del juego eterno de la luz sobre las montañas y de las nubes en el cielo, han desenredado los hilos siempre idénticos, pero siempre intrincados de distinto modo, de los destinos de los habitantes de nuestra ciudad. Alguien ha afirmado hace mucho tiempo (se trataba ciertamente de un extranjero que bromeaba) que esta kapia influía en el destino de la ciudad e incluso en el carácter de sus habitantes. Este extranjero afirmaba que es preciso buscar la llave de la tendencia a la meditación y al ensueño de muchos vichegradeses, en estos interminables ratos de reposo en la kapia y que en ellos reside una de las principales razones de la serenidad melancólica que constituye un rasgo bien conocido de su carácter. No se puede sin duda negar que los vichegradeses, si se les compara con los habitantes de otras ciudades, han sido considerados como personas ligeras, inclinadas a los placeres y al gasto. Su ciudad se encuentra en una situación favorable; los pueblos circundantes son fértiles y ricos, y es verdad que el dinero corre en abundancia por la ciudad de Vichegrado, pero que nunca se detiene en ella mucho tiempo. Y si se encuentra un patrón economizador y que se administre bien, sin ninguna pasión, se trata indefectiblemente de un recién llegado; pero el agua y el aire de Vichegrado son tales que ya los niños nacen con las manos abiertas y los dedos separados, y tocados por la infección general de dispendio y despreocupación, viven con la divisa: "A nuevo día, nueva ganancia".Se dice que el viejo Novak, cuando se sintió agotado y tuvo que retirarse de la lucha y abandonar el oficio de haiduk10 en Rumania, dio al adolescente Gruitsa, cuando este último hubo de sustituirle, los consejos que siguen:

—Cuando estés emboscado, mira bien al viajero que se acerca. Si ves que cabalga orgullosamente, y que lleva un chaleco rojo, medallas de plata y polainas blancas, se trata de un habitante de Fotcha. Ataca inmediatamente, pues llevará dinero consigo y en sus alforjas. Si ves a un viajero modestamente vestido, cabizbajo, acurrucado sobre su caballo, como si fuese a mendigar, golpea a placer, pues es un habitante de Rogatitsa11. Así son todos, avaros y solapados, pero forrados de dinero. Ahora bien, si ves a un loco que, con las piernas cruzadas sobre la silla de su montura, toca su tamboril y canta a grito pelado, no hieras ni te manches las manos en vano; deja pasar a tal holgazán: es un vichegradés y no tiene nada, pues entre ellos, el dinero no dura.

Todo esto bastaría para confirmar el pensamiento que acabamos de exponer de este extranjero. Y, sin embargo, es difícil afirmar con certeza hasta qué punto sea exacto. Como en tantas otras cosas, aquí tampoco es sencillo determinar lo que es causa y lo que es efecto. ¿Es la kapia la que hace que los habitantes sean lo que son o, por el contrario, fue imaginada en su espíritu y su inteligencia, y construida según sus necesidades y sus costumbres? Cuestión superflua y vana. No hay construcciones fortuitas, separadas del medio humano en que han crecido y de sus necesidades, deseos e ideas, como no hay líneas arbitrarias ni formas sin motivo en arquitectura. Pero el origen y la vida de cada construcción grande, hermosa y útil, así como su relación con la aglomeración en medio de la cual ha sido levantada, llevan con frecuencia implícitos ciertos dramas e historias complicados y misteriosos. En todo caso, una cosa es cierta: entre la vida de las gentes de la ciudad y este puente existe un lazo íntimo y secular. Sus destinos están tan entremezclados que no se imaginan ni se pueden contar separadamente..

Por eso la leyenda sobre el origen y el destino del puente es, al mismo tiempo, el relato de la vida de la ciudad y de sus habitantes, de generación en generación de la misma manera que a través de todas las narraciones sobre la ciudad pasa la línea del puente con sus once arcos y una kapia que corona su centro.

CAPÍTULO II

 

Hemos de volver ahora a los tiempos en que, por aquellos lugares, no se tenía ni siquiera la idea de un puente o, al menos, de un puente tal y como el que hoy en día existe.

Quizá, en aquellos tiempos, algunos viajeros, al pasar por allí, fatigados y mojados, deseasen que, por algún milagro, el ancho y ruidoso río pudiese ser cruzado, permitiéndoles así llegar con más facilidad y más rapidez al final de su viaje. Porque sin duda, en toda época, desde que los hombres existen y viajan por aquellos lugares y dominan los obstáculos del camino, su pensamiento ha sido el de disponer los medios para trazar un paso, tal y como desde siempre los viajeros sueñan con un buen camino, una compañía segura y un alojamiento cálido donde pasar la noche. Ahora bien, ni cada sueño resulta por fuerza fecundo, ni acompaña a cada pensamiento la voluntad y el tesón que hacen los deseos realidad.

La primera imagen del puente, todavía vaga y nebulosa, que estaba destinada a tomar cuerpo, pasó como un relámpago por la imaginación de un muchacho de unos diez años del vecino pueblo de Sokolovitchi, en una mañana del año 1516, cuando era conducido por allí desde su pueblo natal a la lejana, brillante y espantosa Estambul.

Por aquel entonces, este mismo Drina, torrente de montaña verde y violento, "que a menudo se altera", se precipitaba entre sus orillas desnudas y desiertas, cubiertas de piedra y arena. Ya existía la ciudad, pero bajo otra forma y en otras proporciones. En la orilla izquierda del río, en la cumbre de la colina escarpada donde ahora se encuentran unas ruinas, había un viejo burgo bien conservado, una fortaleza dotada de ramificaciones que databa de los tiempos de apogeo del reino bosníaco, con flores, casamatas y murallas. Era obra de Pavlovitch, uno de los más poderosos señores de la época. En los flancos de la fortaleza y bajo su custodia, se encontraban los barrios de Meïdan y Bikavats, así como la aldea de Duchtché, recientemente dominada por los turcos. Abajo, en la llanura, entre el Drina y el Rzav, allí donde más tarde se desarrolló la verdadera ciudad, no había más que unos campos pertenecientes a habitantes del poblado y cortados por un camino, a lo largo del cual se encontraban una vieja hostelería de madera, unos molinos de agua y unas pocas chozas.

En el lugar en que el Drina corta el camino, estaba la célebre barca de Vichegrado; era una barca vieja y negra y el barquero un hombre lento, llamado Yamak. Resultaba más difícil llamar su atención, incluso cuando estaba despierto, que sacar del sueño más profundo a cualquier otro hombre. Era un individuo de una altura gigantesca y de una fuerza extraordinaria, pero había menguado en el curso de numerosas guerras, durante las cuales había conseguido ilustrarse. Tenía sólo un ojo, una oreja y una pierna (la otra era de madera). De tal traza, sin un saludo ni una sonrisa, pasaba mercancías y viajeros, a capricho, despacio y sin regularidad, pero con honradez y eficiencia, de suerte que la confianza que inspiraba y su probidad eran tan legendarias como su lentitud y su humor antojadizo. No quería mantener conversación ni relaciones con los viajeros que transportaba. Las monedas de cobre que le pagaban por el paso se las tiraban al fondo de la barca, donde permanecían todo el día entre la arena y el agua, y tan sólo por la noche el barquero las recogía, descuidadamente, en una escudilla de madera, de la que se servía para vaciar de agua la barca, llevándolas a su choza de la orilla.

La barca funcionaba sólo cuando la corriente y el nivel de las aguas eran normales o ligeramente por encima de lo normal; pero a partir del momento en que el río llevaba las aguas agitadas o crecía más allá de una determinada altura, Yamak retiraba su barca pesada y maciza, la ataba sólidamente en una ensenada y dejaba así al Drina tan infranqueable como un océano. Entonces, Yamak se mostraba sordo hasta con su oído sano o se marchaba sencillamente al burgo para trabajar sus tierras. En tanto, a lo largo de todo el día, podían verse en la otra orilla a los viajeros que llegaban de Bosnia y que, como desesperados, permanecían en la orilla pedregosa, desde donde, transidos de frío y calados de lluvia, esperaban en vano la barca y al barquero, lanzando de vez en cuando, por encima del río agitado y furioso, llamadas prolongadas:

—¡E-e-e-e-e-h, Yamak!

Nadie contesta, nadie aparece en tanto el agua no ha descendido de nivel, y es Yamak, precisamente, quien, sombrío y despiadado, fija el momento, sin discusión ni explicación alguna.

La ciudad, que no era entonces sino un pueblo pequeño y denso, se encontraba sobre las vertientes de la orilla escarpada del Drina, bajo las ruinas mismas de una antigua fortaleza. Por aquella época, no tenía ni las dimensiones ni el aspecto que habría de adquirir más tarde, cuando, tras la construcción del puente, se desarrollaron las comunicaciones y el comercio. En aquel día de noviembre, un largo convoy de caballos cargados alcanzó la orilla izquierda y se detuvo para pasar la noche. El agá de los genízaros, con su escolta armada, volvía a Zarigrado12 después de haber recogido en los pueblos de Bosnia oriental un número estipulado de niños cristianos: lo que se denominaba el "tributo de la sangre".

Habían pasado seis años desde que se había satisfecho el último tributo de la sangre. Por eso, esta vez, la elección había sido fácil y rica: habían encontrado sin dificultades el número exigido de niños varones, sanos, inteligentes y de buen aspecto, de diez a quince años de edad, a pesar de que muchos padres hubiesen escondido a sus hijos en los bosques o les hubiesen enseñado a hacerse pasar por tontos o a cojear o los hubiesen vestido de harapos y los hubiesen mantenido sucios con el solo objeto de sustraerlos a la elección del agá.

Algunos habían llegado incluso a mutilar a sus hijos, cortándoles, por ejemplo, uno de los dedos de la mano.

Los niños escogidos eran transportados, en una larga hilera, a lomos de caballos bosníacos. Cada caballo tenía dos cestas trenzadas como las que se usan para llevar frutas, una a cada lado; y en cada cesto se había colocado a un niño y con él un paquetito y un trozo de tarta, última golosina que les habían entregado en la casa paterna. Asomando por esas cestas que se balanceaban y rechinaban, podían verse los rostros frescos y asustados de aquellos niños capturados a la fuerza. Algunos miraban con tranquilidad por encima de las grupas de los caballos y sus miradas escudriñaban a lo lejos, hacia donde quedaba su tierra natal; otros comían y lloraban al mismo tiempo y otros dormían, con la cabeza apoyada en la albarda. A cierta distancia de los últimos caballos y como colofón de tan extraordinaria caravana, se arrastraban, dispersos y jadeantes, gran número de padres y de madres de aquellos niños que les habían sido arrancados para siempre y cuyo destino consistía en ser islamizados y circuncisos, en olvidar su fe, su tierra y su origen, y en pasar su vida en destacamentos de genízaros o en algún servicio más importante del imperio otomano. Eran en su mayoría mujeres, madres, abuelas o hermanas de los niños capturados. Cuando se acercaban demasiado, los caballeros del agá, aullando, las dispersaban a fustazos lanzando sobre ellas sus caballos. Huían entonces y se escondían en los bosques que bordeaban el camino, pero, poco después, se reunían de nuevo tras el convoy y se esforzaban por ver una vez más, con sus ojos arrasados de lágrimas, la cabeza del niño que les había sido arrebatado. Las más tenaces y difíciles de contener eran las madres. Corrían a marchas forzadas y sin mirar dónde ponían los pies, con el pecho desnudo, desgreñadas, olvidando todo lo que las rodeaba. Lloraban y se lamentaban como ante un cadáver. Otras, medio locas, gemían, aullaban como si su matriz se rasgase con los dolores del parto y, cegadas por las lágrimas, iban a dar de cabeza contra los látigos de los caballeros. Respondían a cada fustazo con una pregunta insensata: —¿Adonde los lleváis?

Algunas trataban de llamar a su hijo y de darle algo de ellas mismas, una última recomendación o un consejo para el viaje resumidos en dos palabras.

—¡Radé, hijo mío, no olvides a tu madre!

—¡Ilia! ¡Ilia! ¡Ilia! —gritaba otra mujer buscando desesperadamente con la mirada la cabeza querida y familiar y repetía el grito sin tregua, como si quisiese grabar en la memoria del niño aquel nombre cristiano que, dentro de unos días, le sería arrebatado para siempre.

Pero el camino es largo, el suelo duro, el cuerpo débil y los turcos son poderosos y despiadados. Poco a poco, aquellas mujeres se paraban y, fatigadas por la marcha, agotadas por los golpes, abandonaban una tras otra tan inútil esfuerzo. Aquí, junto a la barca de Vichegrado, debían detenerse las más tenaces, porque no eran admitidas en la barca y no había otro medio de cruzar el río. Aquí, esperaban, como petrificadas e insensibles al hambre, a la sed y al frío, para ver una vez más, en la orilla opuesta, el convoy de caballos y caballeros que se alejaba y se desvanecía en dirección a Dobruna. Y aquí podían imaginarse una vez más, en medio del convoy, al niño querido que desaparecía a sus miradas.

Aquel día de noviembre, en uno de los numerosos cestos, un chiquillo moreno, de unos diez años, originario de Sokolovitchi, pueblo situado en la parte alta de la región, miraba en torno suyo, silencioso y con los ojos secos. Sostenía, con su mano transida y roja de frío, una navajita curva y tallaba distraídamente el borde de su cesto, pero al mismo tiempo miraba alrededor. Debía guardar en su memoria la orilla pedregosa, cubierta por unos escasos sauces desnudos de un gris pobre; debía recordar al monstruoso barquero y el frágil molino de agua, cuajado de telas de araña y de corrientes de aire, donde los niños tuvieron que pasar la noche antes de poder atravesar las aguas turbulentas del Drina, por encima del cual graznaban las cornejas. Un malestar físico surgió en él, una especie de línea negra que, de vez en cuando, durante un segundo o dos, le partía el pecho en dos y le causaba un profundo dolor. Tal sufrimiento permaneció ligado en su memoria a aquel lugar en que el camino se quebraba, donde la desesperanza y la desolación se acumulaban sobre las orillas pedregosas del río a través del cual el paso era difícil, costoso y poco seguro, un lugar singularmente doloroso y neurálgico en un país plagado de montañas y miserable, de una miseria manifiesta y evidente, donde el hombre se veía detenido por los elementos más fuertes que él y donde humillado por su impotencia, tenía que ver con mayor claridad su desventura y la de los demás, su retraso y el del prójimo.

Todas estas circunstancias dieron lugar al malestar físico que sorprendió al muchacho aquel día de noviembre y que jamás le abandonaría, ni siquiera cuando hubo cambiado de vida y de fe, de nombre y de país.

Lo que sucedió después a aquel muchacho lo cuentan todos los libros de historia en todas las lenguas y se conoce mejor en el vasto mundo que entre nosotros. Con el tiempo llegó a ser un joven e intrépido oficial de la corte del sultán, más tarde capitán pacha, después yerno del sultán, general y hombre de Estado de reputación mundial. Estamos hablando de Mohamed-Pachá Sokoli, que llevó a tres continentes a una serie de guerras, la mayor parte de las veces victoriosas, que ensanchó las fronteras del imperio turco, que aseguró para ese imperio la seguridad frente al exterior y una buena administración en el interior. Durante los sesenta y tantos años de su vida, sirvió a tres sultanes, experimentó en el bien y en el mal lo que sólo a unos escasos elegidos es dado experimentar y se alzó en la vía del poder y de la potencia hasta alturas desconocidas por nosotros, que muy pocos alcanzan y en las que muy pocos se mantienen. El nuevo hombre en que se convirtió dentro de un mundo extranjero al cual ni siquiera con el pensamiento podemos acompañarlo, tuvo que olvidar todo cuanto había dejado en el país de donde lo habían sacado. No cabe duda de que también olvidó el paso del Drina en Vichegrado, la orilla desierta en la que los viajeros tiemblan de frío y de incertidumbre, la barca lenta y carcomida, el monstruoso barquero y las cornejas hambrientas que surcaban el aire por encima del río. Pero el sentimiento de malestar físico que le quedó de todo aquello, nunca llegó a desaparecer del todo. Al contrario, con los años y la vejez, aparecía cada vez más a menudo, siempre aquella misma estría negra que le partía el pecho en dos, aquel dolor singular y bien conocido desde la infancia que se distinguía de todos los sufrimientos que la vida le proporcionó más tarde. El visir, en esos instantes, esperaba con los ojos cerrados que se alejase la negra cuchilla y que el dolor cediese. Durante uno de aquellos momentos llegó a la conclusión de que se desembarazaría de aquel mal si lograba suprimir la barca del lejano Drina, donde se amontonaban y se depositaban sin tregua la miseria y las incomodidades de todas las especies; si llegaba a unir por medio de un puente las orillas escarpadas y el agua pérfida que corría entre ellas; si empalmaba los dos extremos de la carretera que se rompía en aquel punto, si ligaba así para siempre y sólidamente Bosnia con el Oriente, su tierra de origen con los lugares de su vida de hombre. Fue, pues, él el primero que en un instante, tras sus párpados cerrados, vislumbró la silueta robusta y elegante del gran puente de piedra que había de ser levantado.

A partir de aquel mismo año comenzó, por orden del visir y a sus expensas, la construcción del gran puente sobre el Drina. Duró cinco años. Fue, sin duda, una época excepcionalmente viva y grave para la ciudad y para todo el país, llena de cambios y de acontecimientos pequeños y grandes, pero, por un extraño milagro, no se han conservado muchos detalles sobre la marcha de los trabajos, precisamente en una ciudad en que, a través de los siglos, se recuerdan y se cuentan los acontecimientos más diversos, incluidos aquellos que están indirectamente vinculados al puente.

El pueblo sólo recuerda y cuenta aquello que puede comprender y transformar en leyenda. Lo demás discurre junto a él sin dejar una huella profunda, en la indiferencia muda de los fenómenos naturales y anónimos, sin tocar su imaginación y sin marcarse en su memoria. Aquel período, duro y largo, de construcción fue para él la obra de otro a expensas de otro. Tan sólo cuando, fruto de aquellos esfuerzos, surgió el gran puente, empezaron las gentes a recordar los detalles y a adornar el nacimiento del puente real, hábilmente construido con materiales duraderos, con cuentos legendarios que supieron componer de nuevo con arte y que mantuvieron durante mucho tiempo en su mente.

CAPÍTULO III

 

A partir de la primavera del año en que el visir tomó la decisión, sus hombres llegaron con su séquito a la ciudad, al objeto de preparar todo lo que era preciso para la construcción de un puente. Eran muchos, con caballos, carros, instrumentos diversos y tiendas de campaña. Su aparición despertó el temor y la agitación de la pequeña ciudad y en los pueblos circundantes, sobre todo entre la población cristiana.

Iba a la cabeza del destacamento Abidaga, uno de los hombres de mayor confianza del visir; corría a su cargo la dirección de la construcción del puente. Tenía como adjunto al arquitecto Tosún efendi13. (De este Abidaga se hablaba, antes de su llegada, como de un hombre sin consideración a nadie, despiadado y duro, severo en extremo.) En cuanto los recién llegados se hubieron instalado en las tiendas de campaña que emplazaron más abajo del Meidán, Abidaga convocó para una conferencia a los representantes de las autoridades y a todos los notables musulmanes. Pero no se conferenció mucho porque fue Abidaga el único que habló. Los personajes así reunidos se encontraron ante un hombre robusto, con el rostro de un color rojo malsano y de ojos verdes, vestido con un rico traje de Zarigrado, con una barba pelirroja y con bigotes curiosamente retorcidos, a la manera húngara. El discurso que aquel hombre violento dio a los circunstantes, les extrañó aún más que su aspecto externo: "Sin duda os habrán llegado rumores sobre mí y sé que esos rumores no pueden ser ni hermosos ni agradables. Probablemente habéis oído decir que exijo a todos trabajo y obediencia y que no dudo en castigar y matar a quienes no trabajan como es preciso y a quienes no obedecen sin réplica, y que ignoro lo que quiere decir "no podemos" o "no hay"; también habréis oído decir que a mi lado se puede perder la cabeza por una palabra insignificante y que, en definitiva, soy un hombre sanguinario y malvado. He de deciros que esos rumores no son ni imaginarios ni exagerados. Ciertamente, bajo mi tilo no hay sombra. He adquirido tal reputación merced a un servicio de largos años ejecutando fielmente las órdenes del gran visir. Si Dios quiere, cuento con poder llevar a buen término el trabajo para el que he sido enviado, y, cuando, una vez concluido, me marche de aquí, espero que me precederán unos rumores más negros y peores que los que hasta vosotros han llegado."

Después de esta introducción insólita que todos escucharon en silencio y con la mirada baja, Abidaga explicó a los hombres reunidos que se trataba de una construcción de gran importancia, tanto que los países más ricos no tenían un monumento parecido, y que los trabajos durarían cinco años, quizá incluso seis, pero que la voluntad del visir sería respetada escrupulosamente y en el momento fijado. Tras estas palabras, les expuso cuáles eran las primeras necesidades y cuáles los trabajos preparatorios y lo que esperaba en esta ocasión de los turcos de aquellos lugares, y lo que exigía a los infieles, a los cristianos.

Cerca de él estaba sentado Tosún efendi, hombrecillo islamizado, pálido y amarillo, oriundo de las islas griegas, maestro de obras que había construido en Zarigrado numerosas fundaciones piadosas por cuenta de Mohamed-Pachá. Permanecía tranquilo e indiferente, como si no oyera el discurso de Abidaga. Contemplaba sus manos y, sólo de vez en cuando, levantaba la mirada. Entonces se podían ver sus ojos grandes y negros de brillo aterciopelado, hermosos ojos miopes de un hombre que no mira más que su trabajo y no ve ni siente ni comprende ninguna otra cosa en la vida y en el mundo.

Los hombres salieron de la tienda estrecha y sofocante. Sentían cómo les corrían las gotas de sudor bajo los trajes nuevos de fiesta y experimentaban un miedo y una inquietud que se posaba rápida e irresistiblemente en sus corazones.

Una desgracia enorme e incomprensible se cernía sobre la ciudad y toda la región, una catástrofe cuyo fin no se podía prever. En primer lugar, se empezó a talar el bosque y a transportar la madera. Se amontonaron tantas vigas sobre las dos orillas del Drina que, durante mucho tiempo, la gente pensó que el puente iba a ser construido de madera. Después, se iniciaron los trabajos de nivelación, las excavaciones y la perforación de la orilla rocosa. Aquellos trabajos se ejecutaron en su mayor parte gracias a la leva. Y todo continuó de este modo hasta avanzado el otoño, época en la que se suspendieron provisionalmente los trabajos, una vez concluida la primera parte de las obras.

Se hacía todo bajo el control de Abidaga y bajo la amenaza de aquella larga vara verde que llegó a ser tomada como tema de una canción popular. Aquel a quien señalaba con la vara, por haber notado que perdía el tiempo, o que no trabajaba como era preciso, aquél era cogido por los guardianes inmediatamente y lo apaleaban en el mismo lugar. Cuando la víctima se desvanecía, envuelta en sangre, la rociaban con agua y la enviaban de nuevo al trabajo. En el momento en que, a finales del otoño, Abidaga se disponía a abandonar la ciudad, convocó de nuevo a los jefes y a los personajes destacados de la misma y les dijo que, durante el invierno, estaría en otro lugar, pero que sus ojos permanecerían allí. Todos serían responsables de lo que sucediese. Si observaba cualquier desperfecto en los trabajos, si se apagaba uno solo de los resplandores de la madera de construcción, multaría a toda la ciudad. Cuando le advirtieron que también la inundación podría causar daños, respondió fríamente, sin dudarlo, que aquel país y aquel río eran de ellos y que, por consiguiente, suyos serían los daños que la inundación causase.

Durante todo el invierno, los habitantes guardaron la construcción y vigilaron los trabajos como a las niñas de sus ojos. Con la primavera, volvió a aparecer Abidaga acompañado de Tosún efendi y llegaron, también de Dalmacia, los encargados de tallar la piedra, a quienes el pueblo llamaba "los artesanos romanos". Al principio, eran unos treinta. Estaba al frente de ellos un artesano llamado Antonio, un cristiano de Ulsiña14; era un hombre alto y apuesto, de ojos grandes y mirada atrevida, de nariz aquilina, de cabello moreno que le caía hasta los hombros, bien vestido a la manera de occidente. Su ayudante era un negro, un verdadero negro, un muchacho alegre a quien toda la ciudad y todos los obreros llamaban el negro. Si el año anterior, a juzgar por la cantidad de vigas transportadas, parecía que Abidaga tuviese la intención de levantar un puente de madera, ahora creían todos que lo que quería levantar sobre el Drina era una nueva Constantinopla. Se empezaron a llevar desde la cantera las piedras que ya habían sido desbastadas en las montañas próximas a Bania, a una hora de marcha de la ciudad. Al año siguiente, una primavera extraordinaria lució en Vichegrado, pero junto a las flores y plantas que otros años nacían por aquella fecha, brotó esta vez una verdadera aglomeración de barracas; aparecieron nuevos caminos, así como vías de acceso hasta el río. Se pobló la tierra de innumerables carretas tiradas por bueyes y caballos. Las gentes de Meïdan y Okolichta veían cómo cada día crecía cerca del río, semejante a una vegetación, una multitud de gentes atareadas, de bestias y de material de construcción de todas clases.

Sobre la orilla escarpada trabajaban los tallistas de piedra. Toda aquella parte de la región adquirió un color amarillento a causa del polvo que producían. Y un poco más lejos, los jornaleros indígenas apagaban la cal, atravesaban harapientos y blancos de polvo aquella humareda blanca que subía de los hornos de cal. Los caminos se socavaban a causa del incesante tráfico de vehículos cargados en exceso. La barca funcionaba todo el día, transportando, de una orilla a otra, a los vigilantes y a los obreros e, igualmente, la madera de construcción. Los especialistas, chapoteando hasta la cintura en el agua gris y primaveral, clavaban postes y estacas y llenaban de arcilla los gaviones que debían desviar el curso del agua.

La gente que, hasta entonces, había vivido apaciblemente en aquella pequeña ciudad de casas dispersas sobre los flancos de la montaña, junto a la barca del Drina, contemplaba extrañada todo aquello, y se habrían dado por satisfechos si hubiesen podido contentarse con mirar; pero aquellos trabajos alcanzaban tal amplitud y adquirían tal impulso que arrastraban a los seres vivientes y a las cosas inanimadas no solamente de la ciudad, sino también de sus alrededores. Durante el segundo año aumentó tanto el número de obreros que llegó a igualar al de todos los habitantes varones de la ciudad. Todas las carretas, los caballos y los bueyes trabajaban para el puente, todo lo que podía arrastrarse o rodar había sido cogido y aparejado al trabajo, a veces mediante pago y a veces a la fuerza, a título de leva. Había más dinero que antes, pero la carestía de la vida y la miseria aumentaban más rápidamente que el flujo del dinero, hasta el punto de que cuando llegaba a las manos de los obreros, ya estaba medio comido. Carga más pesada aún que la carestía de la vida y la miseria, resultaba para aquellas gentes la inquietud, el desorden y la inseguridad que, ahora, se cernía sobre la ciudad como consecuencia de aquel conglomerado de trabajadores venidos no se sabía de dónde. Y a pesar de la severidad de Abidaga, eran frecuentes las riñas entre los obreros y los robos en los jardines y los patios. Las mujeres musulmanas tenían que cubrirse el rostro incluso cuando salían al patio, pues podía aparecer por cualquier parte la mirada de uno de los numerosos extranjeros y autóctonos; y los turcos de la ciudad observaban mucho más estrictamente los preceptos del Islam, dado que eran turcos recientes y que era raro el que no se acordaba de un padre o de un abuelo cristiano o islamizado hacía poco tiempo. Por todas estas razones los ancianos de rito turco se indignaban abiertamente y volvían la espalda a aquel caos confuso de obreros, de animales de tiro, de madera, de tierra y de piedras que se ampliaba y se complicaba cada vez más en torno a la barca y que, en su labor de zapa, alcanzaba ya sus calles, sus patios y sus jardines.

Al principio, todos se sentían orgullosos de la gran fundación piadosa que iba a construir un visir, originario de su tierra. Ignoraban entonces lo que ahora veían: que las construcciones arrastran tanto desorden e inquietud, tantos esfuerzos y gastos.

"Resultaba hermoso —pensaban— pertenecer a la verdadera fe reinante; resultaba hermoso tener en Estambul de visir a un compatriota, y aún más hermoso imaginar un puente sólido y bello a través del río, pero todo lo que sucede en este momento, no se parece a nada. La ciudad se ha transformado en un infierno, en una danza embrujada de asuntos incomprensibles, de humo, de polvo, de clamores y de tumulto. Los años pasan, los trabajos siguen su curso y avanzan, pero no se les ve el fin, ni el sentido. Todo aquello se parece a cualquier cosa, menos a un puente."

Así pensaban los turcos recientemente convertidos y, entre ellos, confesaban que ya estaban hartos de la nobleza, del orgullo y de la gloria futura; renegaban del puente y del visir y sólo pedían a Dios que los librase de aquella calamidad, y les devolviese, a ellos y a sus casas, la paz de antaño y la tranquilidad de su vida modesta.

Todo aquello atormentaba a los turcos y a los cristianos de toda la región de Vichegrado con la diferencia de que a los cristianos nadie les pedía su opinión y de que no podían expresar su indignación. Y he aquí que llega el tercer año y que las gentes continúan padeciendo en las obras de la nueva construcción y le consagran su esfuerzo personal, sus caballos y sus bueyes. No son sólo los cristianos de Vichegrado, sino también los de los tres caidatos vecinos. A caballo, los esbirros de Abidaga van aprehendiendo a todos los cristianos, ya sean campesinos o gente de la ciudad, para llevarlos a trabajar al puente. Normalmente, los sorprendían durante el sueño y los cogían como corderos. En toda Bosnia, los viajeros decían a los viajeros que no pasaran por el Drina, pues el que por azar iba a parar allí, era apresado sin que se le preguntase quién era ni a dónde iba, y lo forzaban a trabajar por lo menos unos días. Los cristianos de la ciudad eran rescatados por una propina. Los muchachos del campo trataban de huir al bosque, pero en su lugar eran llevados como rehenes miembros de sus familias, a menudo, incluso mujeres.

He aquí que llegamos al tercer otoño de trabajo y nada indica que se haya avanzado ni que se aproxime el fin de tantas molestias. El otoño está en toda su plenitud; han caído las hojas, los caminos están empapados de agua, el Drina, crecido, lleva sus aguas turbias, y los campos cubiertos de rastrojos están repletos de cornejas que vuelan perezosas. Pero Abidaga sigue sin detener los trabajos. Bajo el pálido sol de noviembre, los campesinos llevan madera y piedras, chapotean descalzos o calzados con opanci15 hechos de piel sin curtir, aún sangrante, en el camino embarrado, transpiran por el esfuerzo y tiritan bajo el viento y ciñen, en torno a su cintura, sus calzones sucios, agujereados y cubiertos de remiendos y se anudan los jirones de su única camisa de lino ordinario, ennegrecida por la lluvia, el barro y el humo, pero que no se atreven a lavar por miedo a que, en el agua, se les deshaga en filamentos. La vara verde de Abidaga está suspendida sobre sus cabezas; este hombre infatigable inspecciona, varias veces al día, la cantera de piedra de Bania y todos los trabajos que se desarrollan en torno al puente.

Está furioso y encolerizado contra todo el mundo, porque los días se acortan y el trabajo no avanza todo lo rápido que él quisiera. Vestido con una pelliza larga de pieles de Rusia, calzado con botas altas, y con el rostro congestionado, trepa por los andamiajes que ya se yerguen por encima del agua, entra en las forjas, en las cabañas y en los barracones de los obreros e injuria a todos, vigilantes y contratistas. —Los días son cortos. Cada vez más cortos. ¡Ah!, hijos de perra, estáis comiendo el pan gratis.

Estalla de ira como si fuese culpa de ellos el que amanezca tarde y anochezca pronto. Pero antes del crepúsculo, del implacable crepúsculo de Vichegrado, cuando las colinas abruptas se cierran en torno a la ciudad y la noche cae rápida, pesada y sorda, como si fuese la postrera, entonces el furor de Abidaga llega a su paroxismo y, no teniendo en quien descargarlo, se rebela consigo mismo y no puede dormir ante la idea de tantos trabajos parados y de tantas gentes que esperan y pierden su tiempo. Rechina los dientes, convoca a los vigilantes y calcula cómo, a partir del día siguiente, podría emplearse mejor la jornada, y utilizarse la mano de obra con más eficacia.

A esas mismas horas, todos duermen en las cabañas y los establos, descansan y reponen sus fuerzas. Pero hay algunos que no duermen: hay quien también sabe velar por su cuenta y a su modo. En medio de un establo espacioso y seco arde un fuego; mejor dicho: está terminando de arder, pues ya no queda más que una brasa que se consume en la estancia en penumbra. La atmósfera está llena de humo y de ese olor pesado y ácido que desprende la ropa húmeda y la respiración de treinta seres humanos. Son todos gentes de la leva, aldeanos de los alrededores, pobres gentes, cristianos, siervos. Están sucios, empapados de agua, extenuados e invadidos por la preocupación. El trabajo sin retribución y sin perspectivas los consume; mientras ellos se dedican a una tarea inútil, sus campos, allá en los pueblos, esperan en vano las labores de otoño. Esas gentes secan sus obojak16 junto al fuego, mezclan sus opanci o sencillamente contemplan la brasa. Entre ellos se encuentra un montenegrino, llegado de no se sabe dónde. Fue detenido en el camino y lleva trabajando varios días, aunque hable y trate sin cesar de demostrar a todos que aquel trabajo le es muy penoso e inconveniente y que su honor no soporta una tarea tan servil.

Están sentados alrededor de él la mayoría de los campesinos que no duermen, sobre todo los jóvenes. El montenegrino saca del bolsillo profundo de su chaleco de piel de cordero una guzla17 de aspecto mísero y tan pequeña como la palma de una mano, y un arco corto. Uno de los campesinos sale y se sitúa ante el establo, haciendo guardia para evitar que pueda llegar algún turco sin ser visto. Todos contemplan al montenegrino como si lo viesen por primera vez y observan la guzla que desaparece entre sus grandes manos. Se inclina, la guzla reposa sobre sus rodillas, y aprieta el mango con la barbilla, unta la cuerda con resina y echa el aliento sobre el arco hasta dejarlo húmedo y blando. Mientras hace todo esto, consciente y tranquilo, como si estuviese solo en el mundo, todos lo miran fijamente. Por fin vibra un primer sonido, estridente y ronco. La emoción aumenta. El montenegrino acopla su voz y comienza a cantar nasalmente, acompañado por la guzla. Todo se armoniza y anuncia un relato maravilloso y efectivamente, en un instante, el montenegrino, tras haber adaptado su voz a la guzla, echa hacia atrás la cabeza violentamente, con orgullo, de suerte que la nuez se destaca en su cuello delgado y su perfil agudo brilla a la luz. Emite un sonido reprimido y prolongado: "¡Aaaaa!" e, inmediatamente, prosigue con una voz clara y sonora:

 

El zar servio Estéfano bebe vino

en la tierra fértil de Prizren;

a su lado están los viejos patriarcas,

los cuatro viejos patriarcas,

y están también los nueve obispos

y los veinte visires de tres colas de caballo18

y están, según su rango, los señores servios.

Mihailo, el escanciador, sirve el vino

y su hermana Kandosia ilumina la estancia

con el resplandor de las piedras preciosas

que brillan en su pecho...

 

Los campesinos, en silencio, se agrupan junto al cantor; no se les oye ni la respiración, guiñan los ojos como fascinados. Sienten un hormigueo que les recorre la espina dorsal, su pecho se agita, sus ojos brillan, los dedos se separan, para crisparse después, y los músculos de las mandíbulas se tensan. La melodía del montenegrino se enriquece cada vez más y se eleva hermosa y atrevida.

 

En tanto, los trabajadores, empapados de agua hasta los huesos, desvelados, insensibles a todo lo que los rodea y cautivados, acompañan la canción, viendo en ella un destino personal más luminoso y más bello.

Entre esos hombres hay un tal Radislav, de Unichta, pueblecito situado algo más arriba de la ciudad. Es bajito, de rostro moreno y ojos vivos, inclinado, que anda de prisa, separando las piernas y balanceando la cabeza y los hombros de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, como si estuviese tamizando harina. No es ni pobre como parece, ni ingenuo como aparenta. Pertenecía a una familia llamada Kherak, que poseía una buena tierra y un considerable número de trabajadores. En el curso de los últimos cuarenta años casi todo el pueblo se había islamizado, por lo que ellos se sentían oprimidos y aislados. Radislav, pequeño, retraído y agitado, iba, durante las noches de aquel otoño, de cuadra en cuadra fomentando la revuelta, insinuándose como un zorro a los campesinos y cuchicheando siempre con un solo interlocutor. Sus palabras, por regla general, eran las siguientes: "Hermanos, ya hemos soportado bastante, tenemos que defendernos. Como podéis ver, esta construcción va a enterrarnos y a devorarnos. Y también nuestros hijos serán víctimas del mismo trabajo, si es que alguno llega a sobrevivir. Lo que están tramando es nuestra exterminación y no otra cosa. Los indigentes y los cristianos no tienen necesidad de un puente. Son los turcos los que lo quieren. Nosotros no desplazamos ejércitos, no tenemos grandes negocios y con la barca nos basta. Algunos de nosotros nos hemos puesto de acuerdo para ir, en las noches oscuras, a echar abajo, y a deteriorar, en la medida que nos sea posible, lo que haya sido construido. Y haremos correr la voz de que es una hada la causante y de que no permitirá que se alce un puente sobre el Drina. Ya veremos si esto sirve para algo, no tenemos otros medios a nuestro alcance y es preciso hacer algo."

Como siempre, se encontró ante gentes pusilánimes e incrédulas que consideraban estéril la idea porque, según decían, los poderosos y taimados turcos no se volverían atrás de su decisión. Creían, pues, que tenían que continuar soportando hasta el último día, sin hacer nada que pudiese empeorar su situación. Sin embargo, hubo algunos que estimaron que era preferible cualquier cosa antes que seguir llevando aquella vida, mientras esperaban a que se desgarrase el último jirón de su vestido y a que se agotasen sus fuerzas. Había que seguir a quienquiera que los condujese hacia una salida. Los que así pensaban, eran en su mayoría muchachos, pero también había algunos hombres serios y casados, padres de familia, que dieron su consentimiento, sin entusiasmo ni impetuosidad, diciendo con aire preocupado: "Vamos a destruirlo, que la sangre lo devore, antes de que sea él el que nos devore a nosotros. Pero si eso no sirve para nada..."

Y en su resolución desesperada, agitaban la mano con escepticismo.

Fue así como, durante los primeros días de otoño, se extendió el rumor, primero entre los obreros, más tarde por la ciudad, de que el hada de las aguas había intervenido en la cuestión del puente, y que destruía por la noche el trabajo hecho el día anterior y que de aquella obra no saldría nada. Al mismo tiempo, empezaron efectivamente a manifestarse, durante la noche, desperfectos inexplicables en los lugares en que estaban emplazados los diques e incluso en los trabajos de albañilería. Las herramientas que hasta entonces los albañiles habían dejado en los pilares recién comenzados, en los dos extremos del puente, empezaron a desaparecer. También se pudo observar que en los trabajos del suelo se abrían grietas, penetrando el agua por ellos.

El rumor de que el puente no podría ser concluido llegó hasta muy lejos; tanto los turcos como los cristianos lo propagaban y adquirió la forma de una creencia cada vez más firme. La raía19 cristiana se regocijaba con todo su corazón, murmurando en silencio y disimuladamente. Los turcos del país que en otro tiempo contemplaban orgullosos la obra del visir empezaron a guiñar el ojo con desprecio y hacer con la mano señales de desánimo. Un gran número de nuestros islamizados que, tras haber cambiado de fe, habían continuado sentándose ante una mísera pitanza y con el vestido lleno de remiendos, escuchaban y repetían con deleite los relatos sobre el enorme fracaso, encontrando un placer amargo en comprobar que ni siquiera los visires pueden alcanzar y realizar todo lo que proyectan. Decían que los artesanos extranjeros estaban a punto de marcharse y que el puente no se levantaría allí, donde nunca había estado y donde no se debería haber comenzado. Las murmuraciones se mezclaban unas con otras y se extendían entre las gentes de la región.

El pueblo inventa cuentos con facilidad y los propaga rápidamente, pero la realidad se mezcla curiosa e inseparablemente con los cuentos. Los aldeanos que escuchaban por la noche al tocador de guzla, decían que el hada que destruía la construcción había hecho saber a Abidaga que no abandonaría su tarea de demolición en tanto no fuesen emparedados en los cimientos del puente dos hermanos gemelos, niño y niña, de nombre Stoïa y Ostoïa. Y eran muchos los que juraban haber visto a los guardianes buscando por los pueblos a una pareja tal de criaturas. (Los guardianes turcos rondaban efectivamente, pero no buscaban a los niños. Por orden de Abidaga, andaban con el oído alerta e interrogaban a los habitantes, preguntándoles si no sabían quiénes eran los desconocidos que destruían el puente.)

Sucedió entonces que, en un pueblo situado por encima de Vichegrado, una muchacha tartamuda y algo anormal quedó encinta. Se trataba de una pobre criatura que era criada en casa de unos extranjeros. No quería decir o, tal vez, ni siquiera lo sabía, quién la había dejado encinta. Era un acontecimiento extraño y sin precedentes que una muchacha —y sobre todo una muchacha como ella— hubiese concebido y no se supiese quién era el padre. Precisamente durante aquellos días, la muchacha dio a luz, en un cercado, un par de gemelos que nacieron muertos. Las mujeres del pueblo la asistieron en el parto, que fue extraordinariamente difícil, y enterraron a los niños en un sembrado de ciruelos. Pero aquella desdichada criatura que no estaba destinada a ser madre, se levantó al tercer día y se puso a buscar a sus hijos por todo el pueblo. En vano le explicaron que los niños habían nacido muertos y que habían sido enterrados. Para desembarazarse de sus incesantes preguntas le dijeron o, más bien, le hicieron comprender por gestos que sus hijos habían sido llevados a la ciudad, donde los turcos construían el puente.

Débil y desesperada, marchó hacia la ciudad. Una vez en ella comenzó a merodear alrededor de los andamiajes y de las obras, mirando espantada a los ojos de los hombres y preguntando, en un balbuceo incomprensible, dónde estaban sus hijos. Los hombres la contemplaban con extrañeza o la arrojaban para que no los molestase en su trabajo. Viendo que no comprendían lo que ella quería, se desabrochaba su basta camisa de campesina y les mostraba sus senos doloridos e hinchados cuyos pezones comenzaban a agrietarse y a sangrar a causa de la subida de la leche. Nadie sabía cómo ayudarla y explicarle que sus hijos no estaban emparedados en el puente, porque se limitaba a balbucir lamentablemente ante las palabras tranquilizadoras, los insultos y las amenazas, registrando cada rincón con mirada aguda y desconfiada. Al fin dejaron de rechazarla y le permitieron vagar en torno a las obras; y para librarse de ella daban un rodeo llenos de compasión dolorosa. Los cocineros le daban algunos desperdicios de aquella papilla de maíz en que consistía el miserable alimento destinado a los obreros y que a menudo quedaba quemada en el fondo del caldero. La apodaron Ilinka la loca e, imitándolos, toda la ciudad hizo otro tanto. El mismo Abidaga pasaba junto a ella sin hacerle ninguna observación, volvía supersticiosamente la cabeza y ordenaba que le diesen una limosna. Así continuó viviendo la muchacha, como una loca apacible, al lado de la construcción. Por ella se conservó la leyenda de que los turcos habían emparedado a los niños en el puente. Unos la creyeron, otros no, pero todos la repetían y la propagaban.

Sin embargo, los desperfectos seguían produciéndose, unas veces en mayor, otras en menor grado y, simultáneamente, circulaban rumores, cada vez más insistentes, de que las hadas no tolerarían un puente sobre el Drina.

Abidaga estaba fuera de sí. Le consumía el que alguien se atreviese, a pesar de aquella proverbial severidad que cultivaba como un motivo particular de orgullo, a emprender algo contra su obra y sus intenciones. Asimismo, sólo era capaz de experimentar aversión por aquel pueblo (tanto por los musulmanes como por los cristianos) que era lento y torpe en el trabajo, pero pronto en la burla y en la falta de respeto; por aquel pueblo que encontraba con tanta facilidad palabras de mofa y corrosivas con las que juzgar lo que no podía comprender o no sabía hacer.

Montó una guardia a ambos lados del puente.

A partir de este momento, dejaron de producirse desperfectos en los trabajos en tierra, pero continuaron en el agua; tan sólo en las noches iluminadas por la luna no había destrucciones. Aquello confirmó a Abidaga, que no creía en las hadas, en la opinión de que aquella hada no era visible y no bajaba de los cielos. Durante mucho tiempo no había querido, no había podido creer a aquellos que le decían que todo consistía en una astucia de los campesinos, pero ahora pensaba cada vez más firmemente que así era en efecto. Y semejante pensamiento lo ponía aún más rabioso. No obstante, se daba cuenta de que tenía que mantener su calma y esconder su cólera, si es que quería acechar y atrapar el saboteador y disipar, lo más rápida y radicalmente posible, las leyendas que circulaban a propósito de las hadas y del abandono de los trabajos del puente, leyendas que podían llegar a ser peligrosas. Convocó al jefe de los guardianes, un hombre pálido y frágil de salud, oriundo de Plevlié20, que había pasado su juventud en Constantinopla.

Los dos hombres sentían una repulsión instintiva el uno por el otro y, al mismo tiempo, se atraían y chocaban sin cesar. Porque entre ellos se tejían constantemente y vibraban sentimientos incomprensibles de odio, de aversión, de miedo y de desconfianza. Abidaga, que no era bondadoso ni agradable para nadie, manifestaba hacia aquel lívido islamizado, hacia aquel renegado, una repulsión no disimulada. Todo lo que hacía o decía conseguía irritar a Abidaga, y lo llevaba a injuriarlo y humillarlo. Y cuanto más humilde y amable y complaciente se mostraba el Plevliak, más aumentaba la repulsión de Abidaga. El jefe de los guardianes experimentó desde el primer día un temor supersticioso y terrible por Abidaga.

 

Con el tiempo, el temor se convirtió en una dolorosa pesadilla de la que no podía librarse. A cada paso, en sueños, pensaba: "¿Qué va a decir Abidaga de esto?" Trataba en vano, y a fuerza de servilismos, de complacerlo y de caer en gracia. Abidaga acogía con indignación todo lo que venía de él. Y aquel odio incomprensible paralizaba y desconcertaba al Plevliak y aumentaba la tensión de sus nervios y su desdicha. Creía que un día, a causa de Abidaga, perdería no sólo su trabajo y situación, sino también su cabeza. Este era el motivo por el que vivía en una agitación permanente y pasaba de un abatimiento mortal a un celo febril y feroz. Ahora, estaba en pie, pálido y tenso, ante Abidaga, quien, con una voz ahogada por la cólera, le decía:

—Escucha, inútil, tú conoces a esta partida de cerdos, conoces su lengua y sus tretas y, sin embargo, no eres capaz de encontrar a la carroña que se ha interpuesto en los trabajos del visir. Y no eres capaz porque tú eres un carroña como ellos, y aún hay una más repugnante que tú y es la que te ha dado la plaza de jefe y vigilante; hasta ahora no ha habido nadie que te recompense como tú mereces. Si nadie se ocupa de ello, yo lo haré. Has de saber que te hundiré en el suelo de tal modo que no habrá sombra tuya al sol, ni siquiera la que da la más pequeña hierbecilla. Si no cesan dentro de tres días los daños y las destrucciones en las obras, si no coges a quien los causa, si no reduces al silencio todos los rumores imbéciles que corren sobre las hadas y la suspensión de los trabajos, te plantaré vivo sobre una estaca en lo alto de los andamiajes para que todo el mundo te vea, sienta miedo y entre en razón. Te lo juro por la vida y la fe en cuyo nombre no se jura en vano. Hoy es jueves; tienes tiempo hasta el domingo y ahora, vete al diablo, que es el que te ha enviado a mí. ¡Venga! ¡Márchate!

Aunque no lo hubiese jurado, el Plevliak habría dado fe a la amenaza de Abidaga; incluso durante el sueño, temblaba creyendo oír su voz y sentir su mirada. Ahora, salía de la entrevista con Abidaga presa de uno de aquellos accesos de terror, espantosos y convulsivos, e inmediatamente, con la energía que da la desesperación, puso manos a la obra. Reunió a todos sus hombres y, pasando bruscamente de un adormecimiento mortal a una rabia loca, les habló con dureza:

—¡Ciegos! ¡Holgazanes! —gritaba a voz en cuello como si lo hubiesen ensartado vivo en una estaca; más que voces eran alaridos los que lanzaba a cada uno de sus hombres—. ¿Así es cómo hacéis guardia y vigiláis los bienes imperiales? Cuando hay que ir a comer, todos sois ligeros y rápidos, pero cuando se trata del servicio, andáis como si os hubiesen atado las piernas y vuestra razón se paraliza. A causa de vosotros me arde la cara de vergüenza. Pero ya está bien de no hacer nada, ¡vagos! Meteos en la cabeza que, en esos mismos andamiajes, haré una matanza de guardianes. Ni uno de vosotros conservará la cabeza sobre los hombros si, dentro de dos días, no ha cesado el desastre y si no habéis atrapado y aniquilado a esos granujas. Os quedan aún dos días de vida. ¡Os lo juro por la fe y por el Corán!

Continuó vociferando durante largo rato. Al fin, no sabiendo qué decirles ni qué amenazas lanzarles, les escupió a la cara, uno tras otro. Pero cuando hubo concluido de gritar y se sintió liberado de la presión del terror (que había adoptado la forma de la cólera), puso inmediatamente manos a la obra con una energía desesperada. Pasó la noche patrullando, por la orilla, con sus hombres.

En determinado momento les pareció oír un ruido en el lugar en que los andamiajes se encontraban más adelantados dentro del agua y corrieron hacia aquel punto. Oyeron el crujido de una tabla, la caída de una piedra al agua. Cuando llegaron, encontraron efectivamente quebrados los andamiajes y demolido el muro, mas no hallaron traza de los culpables. Ante aquel vacío fantástico, los guardianes sintieron un estremecimiento, causado, en parte, por la humedad de la noche y, en parte, por un temor supersticioso. Se llamaban unos a otros, abrían desmesuradamente los ojos en la oscuridad, agitaban sus antorchas encendidas, pero todo resultaba inútil. Se habían producido nuevas destrucciones; sin embargo, los autores no fueron ni cogidos ni muertos, como si verdaderamente se tratase de seres invisibles.

A la noche siguiente, el Plevliak preparó mejor la emboscada. Situó a algunos de los hombres en la otra orilla. Cuando cayó la oscuridad, escondió a unos guardianes entre los andamiajes y él mismo, con dos hombres más, se instaló en un bote que, sin que fuese visto a causa de la oscuridad, condujo a la orilla izquierda. Desde allí, con sólo remar un poco, podrían encontrarse junto a uno u otro de los dos pilares. En estas condiciones, como pájaros de presa, les sería fácil atacar al saboteador desde ambos lados para que no pudiese escapar, a menos que fuese una criatura voladora o submarina.

Durante aquella noche, larga y fría, el Plevliak permaneció echado dentro del bote, cubierto con pieles de cordero y torturado por pensamientos sombríos, en tanto una pregunta no cesaba de agitarse en su cabeza: ¿Ejecutaría Abidaga su amenaza y le quitaría la vida que, junto a tal jefe, no era de modo alguno una vida, sino tan sólo miedo y tormento? A lo largo de toda la construcción, no se oía el menor ruido, excepto un chapoteo monótono y el murmullo del agua invisible. En esta situación, empezó a apuntar el día y el Plevliak tuvo la sensación de que la vida se oscurecía y se acortaba dentro de su cuerpo transido y agotado.

A la noche siguiente, tercera y última, se repitieron la misma vigilia, las mismas disposiciones de la gente, la misma atención temerosa. Y pasó la medianoche. El Plevliak se sintió ganado poco a poco por una apatía mortal. Pero, en aquel momento, se dejó oír un leve chapoteo y, después, más intenso, un golpe sordo contra las vigas de roble que estaban clavadas en el río, soportando los andamiajes. Surgió de aquel punto un silbido estridente. Pero ya antes el bote del Plevliak estaba en movimiento. El jefe de los guardianes, en pie, abría los ojos de par en par en la oscuridad, agitaba las manos y gritaba con voz ronca:

—¡Remad, remad con toda vuestra fuerza!

Los hombres, medio despiertos, remaban vivamente, pero, antes de que se diesen cuenta, los alcanzó una fuerte corriente. En lugar de abordar en la zona de los andamiajes, derivaron, siguiendo el curso de las aguas. Y no habrían podido arrancarse de la corriente y habrían sido arrastrados lejos, si algo no los hubiese detenido de manera inesperada.

Allí, en medio del remolino, donde no había postes ni andamiajes, su bote chocó con un objeto pesado de madera, produciendo un sonido sordo. El obstáculo los paró. Sólo entonces apreciaron que arriba, en los andamiajes, los guardianes luchaban con alguien y gritaban, confundiéndose sus voces. En la oscuridad se mezclaban sus gritos bruscos e incomprensibles:

—¡Cógelo, no lo sueltes!

—¡Kakhriman, ven aquí!

—Ya estoy.

En medio de aquel alboroto, se pudo oír cómo caía al agua un objeto pesado o un cuerpo humano. El Plevliak permaneció perplejo durante algunos instantes, no sabiendo dónde estaba ni lo que sucedía. Pero en cuanto recuperó un poco los ánimos, con la ayuda de un gancho de hierro colocado en la punta de una larga pértiga, se puso a hacer fuerza contra los postes con los que había chocado y, al mismo tiempo, hizo subir el bote río arriba, aproximándose a los andamiajes. Cuando alcanzó las vigas de roble, sintiéndose estimulado, empezó a gritar a voz en cuello:

—¡La antorcha, encended la antorcha! ¡Echadme la cuerda!

Al principio nadie le respondió. Finalmente, tras muchas llamadas recíprocas en el curso de las cuales ninguno escuchaba ni podía comprender a su vecino, se encendió en lo alto una pequeña antorcha vacilante y temerosa. Aquella primera luz turbó aún más la vista de los guardianes y mezcló, en un torbellino inquieto, hombres y cosas con sus sombras y los reflejos rojos que brillaban en el agua. Alguien encendió otra antorcha. Entonces se estableció la luz y los hombres empezaron a recuperar su sangre fría y a reconocerse unos a otros. En seguida, todo se hizo inteligible y claro.

Entre el bote del Plevliak y los andamiajes, se encontraba una pequeña balsa, formada por tres vigas, y un auténtico remo de barquero más corto y menos resistente de lo normal. La balsa estaba atada, con una cuerda de corteza de avellano, a una de las vigas de roble, bajo los andamiajes, y se mantenía así contra el agua rápida que la salpicaba y la arrastraba, con toda su fuerza, hacia abajo. Los guardianes de los andamiajes ayudaron a su jefe a cruzar la balsa y a trepar hasta ellos. Estaban jadeantes y hoscos. Tendido en el suelo y atado había un campesino cristiano. Su pecho se agitaba aceleradamente y el blanco de sus ojos lucía lleno de espanto.

El guardián de más edad, emocionado, explicó al Plevliak que habían permanecido al acecho escondidos en distintos puntos de los andamios. Y cuando había oído en la oscuridad el ruido de un remo habían pensado que era el bote del jefe, pero habían sido lo suficientemente prudentes como para no dar a conocer su presencia, en espera de lo que pudiera suceder. Fue entonces cuando vieron a dos aldeanos que abordaban los postes y que ataban con dificultad la balsa a uno de ellos. Los dejaron que trepasen y que penetraran, y en aquel preciso instante, los atacaron con hachas, los derribaron y los ataron. El que estaba sin conocimiento a causa de un golpe que había recibido en la cabeza, pudo ser fácilmente atado, mas el otro, que desde el principio había dado la impresión de estar medio muerto, se había deslizado como un pez por entre las tablas, hasta el agua.

El guardián calló espantado y el Plevliak se puso a vociferar:

—¿Quién lo ha dejado escapar? ¡Decid quién lo ha dejado huir, porque si no os voy a hacer pedazos a todos!

Los muchachos callaban y guiñaban los ojos bajo la luz roja y vacilante, en tanto el Plevliak giraba sobre sí mismo, como si buscase al desaparecido en la oscuridad, injuriándolos sin tregua y profiriendo unos insultos que durante todo el día no les había dirigido. Pero, de pronto, se sobresaltó, se inclinó sobre el campesino atado como sobre un tesoro precioso y, temblando, murmuró entre dientes, con una voz lamentable:

—¡Vigilad a éste, vigiladlo bien! ¡Ay!, hijos de puta, si lo dejáis escapar tened presente que habréis perdido vuestras cabezas.

Los guardianes se afanaban alrededor del campesino; otros dos acudieron desde la orilla, atravesando los andamios. El Plevliak daba órdenes, les exhortaba para que lo atasen con más fuerza y lo mantuvieran estrechamente vigilado. De esta forma, lo trasladaron a la orilla despacio y con precaución, como si fuese un cadáver. El Plevliak los seguía, sin mirar dónde ponía los pies y sin apartar la mirada del prisionero. A cada paso, le parecía crecer y empezar a vivir en aquel mismo instante.

En la orilla empezaron a encenderse y a parpadear otras antorchas que se apagaban, iluminándose después nuevamente. El campesino que acababa de ser capturado fue llevado a uno de los barracones de los obreros donde había un fuego encendido y donde fue atado a un poste con cuerdas y cadenas que habían sido desenganchadas del brasero.

Era Radislav de Unichta en persona.

El Plevliak se calmó un poco, dejó de gritar y de jurar, pero no podía estarse quieto. Enviaba a los guardianes para que recorriesen la orilla, río abajo, en busca del otro campesino que había saltado al agua, aunque resultase evidente que, en noche tan oscura, si no se había ahogado, nadie podría alcanzarlo ni cogerlo. También daba otras órdenes, entraba, salía una vez más, ebrio de emoción. Incluso empezó a interrogar al aldeano atado, pero desistió de su propósito. En general, todo lo que hacía tendía únicamente a dominar y a esconder su inquietud, puesto que, en realidad, no tenía más que un pensamiento: esperar a Abidaga. Y no tuvo que aguardar mucho tiempo.

Tras haber dormido su primer sueño, Abidaga, como tenía por costumbre, se había despertado inmediatamente después de la medianoche y, no pudiendo reconciliar el sueño, permanecía junto a la ventana, mirando en la oscuridad. Desde su balcón que daba al Bikavats, se veía de día el valle del Drina con sus chocitas, sus molinos, sus cuadras, y se veían las obras y todo el espacio socavado y obstruido que las rodeaba. Ahora, en la oscuridad, adivinaba todo aquello y, lleno de amargura, meditaba y se decía que los trabajos avanzaban despacio y con dificultad, y que tal situación llegaría un día a oídos del visir. No cabía duda de que alguien se encargaría de que esto ocurriese. Tal vez el mismo Tosún efendi, aquel personaje frío y solapado de rostro imberbe. Y entonces podría ocurrir que él perdiese el favor del visir. Por esto precisamente, no podía dormir y, cuando dormía, sus sueños eran agitados. En el momento en que pensaba en aquella posible desgracia, el alimento le parecía veneno, los hombres se le hacían odiosos y la vida espantosa. Imaginaba lo que supondría la desgracia: sería alejado del visir, sus enemigos se burlarían de él (¡ah! ¡eso no!), perdería su rango y su situación y se convertiría en un pingajo, en un pobre diablo, no sólo ante los ojos de los demás, sino ante sus propios ojos. Esto significaba perder una fortuna difícilmente adquirida o, suponiendo que la conservase, tener que gastarla en secreto lejos de Estambul, en algún lugar en el exilio, en una provincia oscura, olvidado, innecesario, ridículo, miserable. ¡No, cualquier cosa, pero eso no! ¡Era preferible no ver más el sol, no volver a respirar el aire del día! ¡Más valdría dejar de ser hombre y no poseer nada! Éste era el pensamiento que le acudía a la mente sin cesar, y que, varias veces al día, hacía que la sangre le golpease dolorosamente las sienes y la cabeza; un pensamiento que nunca se disipaba por completo y que permanecía en él como un negro sedimento. Eso es lo que supondría para él la desgracia; ahora bien, la desgracia es posible todos los días y a todas las horas porque todo contribuye para que llegue. Sólo él puede actuar contra ella y defenderse: así, pues, está solo contra todos y contra todo. Este estado de ánimo se prolonga desde hace quince años, a partir del momento en que ganó consideración e influencia, desde que el visir le confía asuntos de considerable magnitud e importancia. Y ¿quién podría dormir y conservar la calma?

Aunque era una noche de otoño, fría y húmeda, Abidaga abrió la ventana y miró en la oscuridad, porque tenía la impresión de que se ahogaba en aquel espacio cerrado. Entonces, observó que, por los andamios y a lo largo de la orilla, se encendían y desplazaban puntos luminosos. Cuando vio que iban en aumento, pensó que habría sucedido algo insólito; se vistió y despertó a su criado. Y así fue cómo llegó ante la cuadra iluminada, en el momento justo en que el Plevliak no sabía ya qué injurias lanzar, a quién dar órdenes, ni qué hacer para acortar el tiempo.

La llegada inesperada de Abidaga lo sumió en una confusión completa. Hasta tal punto había deseado que se presentase aquel momento. Pero ahora que se había presentado no sabía sacar el provecho que había imaginado. Balbució emocionado, olvidando al campesino que yacía cargado de cadenas. Abidaga se limitó a mirar con desprecio por encima de su hombro e inmediatamente se dirigió hacia el prisionero.

En la cuadra, se atizó el fuego, que lanzó un resplandor más vivo, de suerte que el rincón más alejado se iluminó. Los guardianes continuaron durante todo el tiempo echando nuevos leños al fuego.

Abidaga se mantenía en pie ante el campesino, que era más bajo que él. Estaba tranquilo y pensativo. Todos aguardaban sus palabras, pero él meditaba: "He aquí con quiénes he de luchar y he de medirme. De ellos depende mi situación y mi destino, de ese imbécil y despreciable Plevliak, un islamizado, y de la maldad endurecida e incomprensible y de la obstinación de ese asqueroso cristiano". En este punto, se estremeció y empezó a dar órdenes y a interrogar al campesino.

La cuadra se llenó de guardianes; fuera se oían las voces de los vigilantes y de los obreros que habían sido despertados. Abidaga hacía sus preguntas utilizando al Plevliak como intérprete.

Radislav afirmó, en primer lugar, que había decidido huir con un muchacho y que, por eso, una vez que habían construido una pequeña balsa, se lanzaron al río. Cuando le demostraron lo absurda que era su afirmación, ya que, en una noche oscura, no se puede bajar por un río agitado, lleno de remolinos, de rocas y de bancos de arena —y, por otra parte, los que quieren huir no trepan por los andamiajes ni destruyen los trabajos realizados—, se limitó a decir en tono altivo:

—Todo está en vuestras manos. Haced lo que queráis.

—¡Bueno! Ahora vas a ver lo que queremos —le contestó vivamente Abidaga.

Los guardianes le quitaron las cadenas y pusieron su pecho al desnudo. Echaron las mismas cadenas al fuego y esperaron. Como estaban cubiertas de hollín, todos tenían las manos sucias e iban dejando huellas negras por todas partes, sobre el aldeano medio desnudo y sobre ellos mismos. Cuando las cadenas estuvieron casi al rojo, Merdjan, el cíngaro, se aproximó y, con unas tenazas largas las sacó por un extremo, mientras un guardián sujetaba el otro, del mismo modo.

El Plevliak traducía las palabras de Abidaga.

—Vamos, dinos ahora la verdad.

—¿Qué es lo que tengo que deciros? Todo lo podéis y todo lo sabéis.

Los dos hombres acercaron las cadenas y rodearon con ellas el pecho ancho y velludo del campesino. Los pelos chamuscados empezaron a emitir una especie de chirrido. La boca del campesino se contrajo, las costillas se marcaron en sus costados y los músculos del vientre empezaron a crisparse, para relajarse después, como cuando un hombre vomita. Gemía de dolor, estiraba las cuerdas que lo ataban, se agitaba en vano y trataba de disminuir el contacto entre su cuerpo y el hierro candente.

Hacía guiños con los ojos y las lágrimas corrían por sus mejillas. Retiraron las cadenas de su cuerpo.

—Esto no es más que el comienzo. ¿No valdría más que hablases sin necesidad de recurrir a semejantes medidas?

El campesino respiró hondamente por la nariz y continuó callado.

—Dinos quién estaba contigo.

—Se llamaba Juan, pero no sé cuál es su casa ni su pueblo.

Acercaron nuevamente las cadenas. El humo le hizo toser. Contraído por el dolor, empezó a hablar entrecortadamente:

Los dos hombres se habían puesto de acuerdo para llevar a cabo una tarea de destrucción en el puente. Pensaron lo que era preciso hacer y lo hicieron. Nadie estaba al corriente de sus propósitos ni nadie había participado, salvo ellos, en el sabotaje. Al principio, habían abordado en diversos puntos y actuaron con éxito, pero cuando se dieron cuenta de la presencia de los guardianes que vigilaban en los andamiajes y a lo largo de la orilla, tuvieron la idea de atar tres troncos y hacer con ellos una balsa, pudiendo, sin ser advertidos, llegar hasta las obras. Aquello había ocurrido tres días antes. La primera noche, estuvieron a punto de ser cogidos. Escaparon por los pelos. Por eso, la noche siguiente, ni siquiera habían salido. Pero cuando, aquella noche, utilizaron de nuevo la balsa, se había producido lo que ya sabían.

—Esto es todo. Así han ocurrido las cosas. Así hemos actuado, y, ahora, haced lo que queráis.

—No, no es eso lo que queremos saber; ¡dinos quién es el que te ha empujado a dar este paso! Los sufrimientos que acabas de padecer no son nada al lado de los que te preparamos.

—Está bien, haced lo que gustéis.

Entonces se acercó Merdjan, el herrero, con las tenazas, se arrodilló junto al prisionero y se puso a arrancarle las uñas de sus pies descalzos. El campesino, con los dientes apretados, callaba, pero un temblor extraño, a pesar de estar fuertemente atado, le recorría el cuerpo hasta la cintura, haciendo palpable que el dolor debía de ser terrible e insólito. En determinado momento, el campesino dejó escapar un murmullo vago.

El Plevliak, que espiaba sus palabras y sus movimientos y esperaba ávidamente cualquier confesión, hizo un signo al cíngaro para que se detuviese y preguntó:

—¿Cómo? ¿Qué dices?

—Nada. Digo: ¿por qué, en nombre de Dios justo, por qué me torturáis y perdéis el tiempo?

—Di: ¿quién te instigó?

—¡Ay! ¿Quién me habrá instigado? El demonio.

—¿El demonio?

—El demonio. El mismo demonio que os impulsó a venir aquí y a construir el puente.

El campesino hablaba despacio, pero con firmeza y claridad.

¡El demonio! Extraña palabra dicha con enorme amargura en tan extraordinaria situación. ¡El demonio! En efecto, "aquí hay un demonio", pensó el Plevliak, que permanecía en pie, cabizbajo, como si los papeles se hubieran invertido y fuese él el interrogado por el prisionero. Sólo aquella palabra le había tocado en un punto sensible, despertando en él, de pronto, todas sus inquietudes y todos sus temores, como si no hubiesen sido barridos por la captura del culpable. Quizá todo aquello, Abidaga y la construcción del puente y aquel campesino loco, no fuese sino obra del demonio. ¡El demonio! ¿Acaso sería él al único a quien había que temer? El Plevliak se estremeció y se echó hacia atrás. Precisamente, en aquel momento, se despertó sobresaltado a causa de la voz fuerte e irritada de Abidaga:

—Bueno, ¿y qué? ¿Te has dormido, inútil? —gritó Abidaga, golpeando con su fusta de cuero la caña de su bota derecha.

El cíngaro continuaba arrodillado, con las tenazas en la mano, mirando con sus ojos negros y brillantes, humilde y temeroso, la figura de Abidaga. Los guardianes atizaron el fuego que, sin necesidad de aquel gesto, proyectaba sus llamas hacia el techo. Toda la estancia se iluminó y se calentó, adquiriendo un aire solemne. Aquella edificación, que con la oscuridad resultaba pobre y miserable, creció de golpe, se ensanchó y se transformó. En la cuadra y en sus alrededores reinaba una emoción general y un silencio especialísimo, como ocurre siempre en los lugares en que se emplea la violencia para arrancar la verdad, en los que se tortura a un hombre vivo, en donde se producen acontecimientos fatídicos. Abidaga, el Plevliak y el prisionero se movían y hablaban como actores, y los demás andaban de puntillas, con la vista baja. Cada uno deseaba estar lejos de allí, sin tener nada que ver con aquel asunto, pero como semejante idea resultaba imposible, bajaban la voz, limitaban sus movimientos al mínimo, en un intento de alejarse cuanto fuera posible de aquella situación.

Viendo que el interrogatorio marchaba lentamente y que no prometía resultado alguno, Abidaga, con un movimiento de impaciencia, al que acompañó una sarta de insultos, salió de la cuadra. Tras él marchó contoneándose el Plevliak, seguido de sus guardianes.

Fuera, amanecía. El sol no había aún aparecido, pero el horizonte empezaba a clarear. Entre las colinas se veían unas nubes que formaban largas tiras de color violeta oscuro, pudiendo observarse a través de ellas un cielo claro y límpido, casi verde. Sobre la tierra húmeda se extendía un reguero de niebla baja, por encima de la cual se alzaban las copas de los árboles frutales con su folla]e claro y amarillento. Sin dejar de golpearse la bota con la fusta, Abidaga daba órdenes: había que continuar interrogando al culpable, en particular sobre sus cómplices; pero que no se le torturase en exceso, porque desfallecería; que se tuviese todo a punto para que, al mediodía, fuera empalado vivo sobre el andamio situado a más altura, al objeto de que fuese visto, desde las orillas del río, por toda la ciudad y todos los obreros; que se preparasen todos los detalles y que el pregonero anunciase por los barrios de la ciudad que todo el mundo podría ver al mediodía cómo terminaban los que se atrevían a sabotear la magna empresa del visir, y que la población masculina, turca o cristiana, niños o ancianos, debería acudir a presenciar la ejecución.

El día que acababa de nacer era domingo. El domingo se trabajaba corno cualquier otro día, pero, en aquella ocasión, hasta los vigilantes estaban distraídos. Apenas había amanecido cuando ya corría la noticia de que el culpable había sido capturado y torturado y de que sería ejecutado al mediodía. El estado de ánimo, compuesto por una especie de reserva y de solemnidad, que remaba en el establo, se difundió por todas partes. Los trabajadores sufrieron en silencio evitando mirar a los demás a los ojos y concentrándose cada uno en la tarea que tenía ante sí, como si en ella residiese el principio y el fin del mundo.

A partir de las once, los habitantes de la ciudad, especialmente los turcos, se reunieron sobre el llano que existe cerca del puente. Los niños treparon hasta situarse sobre los grandes bloques de piedra aún no tallados, que por allí había. Los obreros se hacinaban alrededor de las tablas largas y estrechas donde eran distribuidas las bolas de pan que constituían su único alimento. Sin dejar de masticar, miraban en torno, silenciosos y huraños. No había pasado mucho tiempo cuando apareció Abidaga, escoltado por Tosún efendi, por el maestro artesano Antonio y por algunos turcos notables. Permanecieron en un lugar alto y seco, situado entre el puente y la cuadra en la que se encontraba el prisionero. Abidaga fue una vez más hasta la cuadra, donde anunciaron que todo estaba listo: había un poste de roble, de cuatro archinas21, puntiagudo, herrado en un extremo, delgado y afilado y untado de sebo. En los andamios habían sido clavadas unas cuantas estacas entre las cuales debería fijarse el poste; había también un mazo de madera para clavar y martillear el poste; había cuerdas y todo lo necesario.

El Plevliak estaba trastornado; su rostro tenía un color terroso y sus ojos estaban enrojecidos. Ni siquiera ahora podía soportar la mirada inflamada de Abidaga.

—Oye bien: si las cosas no se desarrollan como hace falta y si me cubres de ridículo ante todo el mundo, no aparezcáis ante mí ni tú ni esa basura de cíngaro: os ahogaré en el Drina como perros.

Después, volviéndose al cíngaro, que tiritaba, añadió con una voz algo más dulce:

—Aquí tienes seis grochas por tu trabajo, y tendrás seis más si permanece vivo hasta la noche. Y ahora ¡cuidado!

En la cúspide del alminar de la mezquita principal, enclavada en el centro de la ciudad, el hodja dejó oír su voz aguda y clara. La inquietud se extendió entre las gentes allí reunidas y, poco después, la puerta de la cuadra se abrió. Diez guardianes formaron en dos filas de a cinco cada una. Entre ellos se encontraba Radislav; rápido y encorvado, como siempre, avanzaba sin separar las piernas; ya no daba la impresión de estar tamizando harina. Caminaba a pasitos, de una manera extraña, casi brincando sobre sus pies heridos en los que se veían agujeros sangrientos en lugar de las uñas; llevaba al hombro un poste largo, blanco y puntiagudo. Detrás de él, iban Merdjan y otros cíngaros que le ayudarían en la ejecución de la sentencia. De pronto surgió de no se sabe dónde, el Plevliak, el cual, a lomos de su caballo bayo, se puso en cabeza de aquel cortejo que tenía que recorrer cien pasos para alcanzar los primeros andamiajes.

Todo el mundo estiraba el cuello y se ponía de puntillas para ver al hombre que había organizado el complot y la resistencia y que se había atrevido a sabotear las obras. Quedaron sorprendidos ante el aspecto miserable e insignificante de aquel hombre a quien habían imaginado completamente distinto. Desde luego, ninguno de ellos sabía por qué iba dando saltitos de un modo tan cómodo ni por qué andaba con paso entrecortado; ni nadie veía bien las quemaduras causadas por las cadenas que habían ceñido su cuerpo: ahora iba cubierto con su camisa y su piel de cordero. Por estas razones, les parecía a aquellas gentes que era demasiado miserable e insignificante para haber llevado a cabo las hazañas que ahora le conducían al patíbulo. Solamente el largo poste blanco daba a la escena una grandeza siniestra y atraía hacia él las miradas.

Cuando llegaron al lugar donde se iniciaban los trabajos de nivelación de la orilla, el Plevliak bajó de su caballo y, con gesto majestuoso y teatral, entregó la brida a su criado, para desaparecer, a continuación, con los demás, por el camino cubierto de barro y escarpado que llevaba al agua. Poco después, las gentes pudieron verlos reaparecer, en el mismo orden, por los andamiajes y trepar lentamente y con precaución. En los pasajes estrechos, hechos de vigas y tablones, los guardianes rodeaban completamente y apretaban entre ellos a Radislav para que no saltase al río. Así, fueron avanzando despacio, sin dejar de subir cada vez más arriba, hasta que, por fin, llegaron al punto más elevado. Allí, se extendía por encima del agua un espacio entarimado, del tamaño de una habitación no muy grande. Sobre aquel espacio se situaron, como en un escenario alzado, Radislav, el Plevliak y los tres cíngaros, mientras que los otros guardianes permanecían dispersos por los andamiajes.

En la llanura, la gente se movía y cambiaba de sitio. No más de cien pasos la separaba del lugar donde se realizaban los preparativos para la ejecución; podían ver a cada persona y cada movimiento, pero sin alcanzar a oír las palabras ni a distinguir los detalles. La multitud que se hallaba en la orilla izquierda estaba tres veces más alejada y se agitaba cuanto podía, haciendo esfuerzos exagerados para poder ver y oír mejor. Pero no era posible escuchar nada, y lo que se oía resultó, al principio, trivial y sin interés, en tanto que al final, el espectáculo llegó a ser tan espantoso que todos volvieron la cabeza y muchos de ellos regresaron rápidamente a sus casas, arrepintiéndose de haber acudido.

Cuando se ordenó a Radislav que se tendiese, dudó un momento; después, sin mirar ni a los cíngaros ni a los guardianes, como si no existiesen, se acercó al Plevliak, a quien, como si fuese alguno de los suyos, y empleando un tono confidencial, le dijo con voz sorda:

—Por este mundo y por el otro, te pido que me escuches: hazme la gracia de atravesarme de modo que no sufra como un perro.

El Plevliak se sobresaltó y gritó como si intentase defenderse de aquella especie de conversación demasiado íntima:

—¡Vete, cristiano! ¿Acaso vas a suplicar como una mujer tú, el valiente que ha destruido lo que pertenece al sultán? Será como se ha ordenado y como tú mereces.

Radislav inclinó aún más la cabeza, mientras los cíngaros se acercaban a él y le despojaban de la piel de cordero y de la camisa. Sobre su pecho, rojas y tumefactas, aparecieron las llagas producidas por las cadenas. Sin pronunciar una palabra más el campesino se tumbó boca abajo, tal y como le habían ordenado. Los cíngaros se aproximaron y le ataron primero las manos a la espalda y después le ligaron una cuerda alrededor de los tobillos. Cada uno tiró hacia sí, separándole ampliamente las piernas. Entretanto, Merdjan colocaba el poste encima de dos trozos de madera cortos y cilíndricos, de modo que el extremo quedaba entre las piernas del campesino. A continuación, sacó del cinturón un cuchillo ancho y corto, se arrodilló junto al condenado y se inclinó sobre él para cortar la tela de sus pantalones en la parte de la entrepierna y para ensanchar la abertura a través de la cual el poste penetraría en el cuerpo. Aquella parte del trabajo del verdugo que, sin duda, era la más desagradable, fue invisible para los espectadores. Tan sólo pudieron apreciar el estremecimiento del cuerpo a causa del picotazo breve e imperceptible del cuchillo, y, luego, cómo se erguía a medias, cual si tratase de levantarse para volver a caer de pronto, golpeando sordamente el entarimado. No más hubo terminado, el cíngaro dio un ligero salto, tomó del suelo el mazo de madera y se puso a martillear la parte inferior y roma del poste, con lentitud y mesura. A cada dos martillazos, se detenía un momento y miraba, primero, al cuerpo en que el poste se iba introduciendo, y, después, a los cíngaros, exhortándoles a que tirasen con suavidad y sin sacudidas. El cuerpo del campesino, con las piernas separadas, se convulsionaba instintivamente; a cada mazazo, la columna vertebral se plegaba y se encorvaba, pero las cuerdas mantenían su tensión y obligaban al condenado a enderezarse.

El silencio era tal en las dos orillas que podía distinguirse con claridad el sonido que producía el mazo al golpear el poste y el eco que se repetía en algún lugar de la orilla escarpada. Los que estaban más cerca podían oír cómo Radislav golpeaba con la frente sobre las tablas y, además, otro ruido insólito que no era ni un gemido ni un lamento ni un estertor ni ningún sonido humano determinado. Aquel cuerpo torturado emitía una especie de chirrido y un crujido, como cuando se tira a patadas una empalizada o se derriba un árbol. El cíngaro, a cada dos martillazos, se dirigía al cuerpo tendido, se inclinaba, examinando si el poste avanzaba en buena dirección y, cuando se había cerciorado de que ningún órgano vital estaba herido, volvía a su sitio y continuaba su tarea.

Todo aquello, desde la orilla, se oía débilmente y se veía aún más débilmente, pero no había quien no sintiese temblar sus piernas; los rostros palidecían, las manos se quedaban heladas.

Durante un momento, cesaron los mazazos. Merdjan había observado que en el vértice del omoplato derecho los músculos se ponían tensos y la piel se levantaba. Se acercó rápidamente y, en aquel lugar, ligeramente hinchado, hizo una incisión en forma de cruz. Por el corte empezó a correr una sangre pálida, primero en pequeña cantidad, luego, a borbotones. Aún dio dos o tres mazazos, ligeros y prudentes, y por el sitio en el que acababa de hacer el corte, apareció la punta herrada del poste. Continuó todavía unos minutos martilleando hasta que la punta del palo alcanzó la altura de la oreja derecha.

Radislav estaba empalado en el poste de igual modo que se ensarta un cordero en el asador, con la diferencia de que a él no le salía la punta por la boca, sino por la espalda, no habiendo interesado gravemente ni los intestinos ni el corazón ni los pulmones. Merdjan dejó a un lado el mazo y se acercó. Examinó el cuerpo inmóvil, evitando pisar la sangre que caía gota a gota de los puntos por donde el poste había entrado y había salido; aquella sangre formaba pequeños charcos sobre el entarimado. Los dos cíngaros dieron la vuelta al cuerpo entumecido y se pusieron a atarle las piernas a la parte inferior del poste. Mientras tanto, Merdjan observaba para ver si el hombre continuaba vivo y examinaba atentamente aquel rostro que, en un abrir y cerrar de ojos, se había hinchado, ensanchándose, haciéndose más grande. Tenía los ojos abiertos de par en par, inquietos; pero los párpados permanecían inmóviles, la boca abierta, los labios rígidos y contraídos, los dientes apretados. Aquel hombre no podía controlar ya algunos de los músculos de su cara, que por esta circunstancia, parecía una máscara. Sin embargo, su corazón latía sordamente y los pulmones mantenían una respiración corta y acelerada. Los verdugos levantaron el poste. Merdjan les gritaba que tuviesen cuidado y que no sacudiesen el cuerpo; él mismo ayudaba a la operación. Fijaron la base del poste entre dos vigas y lo aseguraron con grandes clavos; a continuación, y a la misma altura, clavaron igualmente un tarugo de madera al poste y a las vigas.

Una vez terminada la tarea, los cíngaros se apartaron un poco, yendo a reunirse con los guardianes y, en el espacio vacío, quedó solo, elevado a una altura de dos archinas, rígido con el pecho hacia delante y desnudo hasta la cintura, el hombre empalado. Desde lejos se vislumbraba que, a través del cuerpo, pasaba el poste al que estaban atados sus tobillos, mientras los brazos lo estaban a la espalda. En esta posición, el pueblo podía imaginar que era una estatua proyectándose en el aire, allá arriba, en el mismo borde de los andamiajes.

Se pudo oír un murmullo en las orillas y una agitación ondulante atravesó la multitud. Unos bajaron la mirada y otros regresaron rápidamente a casa sin volver la cabeza. La mayoría miraban silenciosos aquella silueta humana, expuesta en el espacio, anormalmente rígida y derecha. Era tan grande su espanto que la sangre se les helaba en las venas y les flaqueaban las piernas; pero no podían arrancarse del espectáculo, ni apartar la vista.

Entre aquella gente aterrorizada se deslizó Ilinka, la loca: miraba a los ojos de todos, insistente, en un intento de leer y de descubrir dónde se hallaban sus hijos sacrificados y desaparecidos.

En aquel momento, el Plevliak, Merdjan y dos guardianes se acercaron de nuevo al condenado y lo examinaron de cerca. Tan sólo corría un hilillo de sangre por el poste. El hombre continuaba vivo y sin perder el conocimiento. Sus costados se agitaban, las venas latían en el cuello, sus ojos giraban lentamente, pero sin cesar. De sus dientes apretados se escapaba un quejido en el cual se distinguían apenas unas palabras separadas.

—Turcos... Turcos... —gemía el hombre desde lo alto del poste—, turcos del puente. ¡Ojalá reventéis como perros! ¡Ojalá muráis como perros!...

Los cíngaros recogieron sus herramientas y bajaron, al mismo tiempo que el Plevliak y los guardianes, a la orilla. La gente reculaba ante ellos y empezó a dispersarse. Únicamente los muchachos, encaramados en los bloques de piedra o en los árboles, esperaban todavía algo y, no dándose cuenta de que aquello había terminado y que cada uno tenía lo que había merecido, se preguntaban qué es lo que sucedería con aquel ser extraño que se proyectaba por encima del agua como si, de pronto, hubiese suspendido su salto al río.

El Plevliak se acercó a Abidaga y le anunció que todo había discurrido perfectamente y que había acabado tal y como se había previsto, asegurando que el condenado vivía aún y que daba la impresión de que seguiría viviendo, puesto que sus órganos vitales no habían sido interesados. Abidaga no le respondió, ni siquiera con la mirada, se limitó a hacer una seña con la mano para que le llevasen el caballo y se despidió de Tosún efendi y de maese Antonio. Todo el mundo se dispersó. A través de la ciudad se oía al pregonero anunciar la ejecución de la sentencia, amenazando con el mismo castigo —incluso un castigo peor— a cualquiera que siguiese su ejemplo. El Plevliak se detuvo perplejo en el llano que acababa de quedar desierto. Su criado sujetaba el caballo por la brida y los guardianes esperaban órdenes. Tuvo la sensación de que habría tenido que decir algo, pero no podía hacerlo a causa de una emoción que acababa de invadirle y que iba en aumento. Sólo ahora se daba cuenta con claridad de todo lo que, ocupado por los preparativos de la ejecución, no había podido comprender antes. Sólo ahora recordaba la amenaza de Abidaga de hacerle empalar vivo si no conseguía capturar al culpable. Se había escapado, desde luego, de tal castigo, pero por los pelos y en el último momento. Aquel Radislav había trabajado con todas sus fuerzas, por la noche, astutamente, para que hubiese acaecido la desgracia. Pero las cosas habían cambiado de rumbo. Y sólo él podía mirar al ejecutado con una mezcla de terror retrospectivo y de una alegría dolorosa, al ver que el destino no lo había designado a él, permitiendo que su cuerpo permaneciese intacto y libre. Ante este pensamiento, sentía un estremecimiento que le recorría el pecho, las piernas, y los brazos y le impulsaba a moverse, a reír y a hablar, como si quisiera persuadirse de que estaba sano y de que podía andar libremente y expresarse y reír a carcajadas y cantar si le apetecía y no tener que proferir, desde lo alto de un palo, maldiciones impotentes, mientras se espera a la muerte como la única ventura a la que se puede ya aspirar. Sus brazos se agitaron por impulso propio y sus piernas esbozaron una danza y su boca se abrió lanzando una risa convulsiva y las palabras afluyeron espontáneas, abundantes.

—¡Ja, ja, ja! Radislav, hada de la montaña, ¿por qué te has quedado tan rígido como un cadáver? ¿Por qué no continúas saboteando el puente? ¿Por qué te lamentas y gimes? ¡Canta, hada! ¡Anda, baila, hada!

Los guardianes, estupefactos y turbados, miraban cómo su jefe bailaba con los brazos abiertos, canturreando, sofocado por la risa, ahogándose en extrañas palabras, en tanto aparecía en la comisura de sus labios una espuma blanca.

También su caballo bayo le dirigía miradas espantadas.

CAPÍTULO IV

 

Todos aquellos que, en una u otra orilla, habían asistido a la ejecución, hicieron correr, por la ciudad y sus alrededores, rumores espantosos. Un terror indescriptible invadió a los habitantes y a los obreros. Lenta y gradualmente, penetró en la conciencia de las gentes la idea precisa de cuanto había ocurrido cerca de ellos durante aquella breve jornada de noviembre. Todas las conversaciones tenían por eje al hombre que, allá arriba, en lo más alto de los andamiajes, se mantenía con vida en el palo. Cada uno se hacía, a sí mismo, la promesa de no volver a hablar de él; pero, ¿qué valor podía tener aquella promesa cuando el pensamiento se escapaba constantemente hacia él y la mirada no podía eludirlo?

Los campesinos que, uno tras otro, llegaban de Bania, transportando piedras en sus carretas de bueyes, bajaban la vista y, con voz dulce, animaban a los animales a caminar más aprisa. A lo largo de la orilla y los andamiajes, los obreros, durante el trabajo, se interpelaban apenas, y cuando lo hacían era con voz ahogada. Incluso los vigilantes, con una varita de avellano en la mano, eran menos brutales y más complacientes. En tanto se dedicaban a su labor, los tallistas de piedra de Dalmacia, pálidos, con las mandíbulas apretadas, daban la espalda al puente y golpeaban coléricos la piedra con sus cinceles, los cuales, en medio del silencio general, restallaban como una bandada de picoverdes.

El crepúsculo cayó rápido y los obreros se apresuraron a marchar a sus moradas, con el deseo de alejarse lo más posible de los andamios. Antes de hacerse de noche, Merdjan y un servidor de confianza de Abidaga fueron de nuevo a ver a Radislav y se aseguraron, sin temor a equivocarse, de que el condenado, cuatro horas después de la ejecución del veredicto, continuaba con vida y consciente. Presa de la fiebre, dándole vueltas los ojos lentamente, cuando observó la presencia del cíngaro comenzó a gemir con más fuerza. A través de aquel gemido en el que se le escapaba el alma, sólo se distinguían unas palabras aisladas.

—Los turcos..., los turcos..., el puente...

Satisfechos, regresaron al Bikavats, a casa de Abidaga, diciendo a todo el que encontraban por el camino que el condenado seguía vivo; y, teniendo en cuenta el modo cómo rechinaban los dientes y hablaba desde lo alto del poste con voz clara y distinta, se podía esperar que viviera hasta el día siguiente al mediodía. Abidaga se sintió también satisfecho y dio orden de que se pagase a Merdjan la recompensa prometida.

Aquella noche, todos cuantos vivían en la ciudad y alrededor del puente, se durmieron obsesionados por el temor. Para ser más exactos, se durmieron los que pudieron conciliar el sueño: fueron muchos los que no se encontraban con ánimos para pegar un ojo.

El siguiente día, que era lunes, fue una jornada soleada de noviembre. Ni en torno de las obras ni en toda la ciudad no hubo una mirada que no se volviese hacia el artilugio complicado de vigas y de tablones en el que, justo al borde, como sobre la popa de un barco, erguido y solo, el hombre empalado se imponía a la vista. Fueron muchos los que, al despertar, creyeron haber soñado todo lo que había sucedido la víspera en el puente; y ahora, estáticos, con los ojos fijos, contemplaban cómo su sueño doloroso se prolongaba y tomaba cuerpo a la luz del sol.

Entre los obreros persistía el mismo silencio de la víspera, lleno de contrición y de amargura. Y en la ciudad se oían los mismos susurros y se notaba la misma perplejidad. Merdjan y el criado de Abidaga subieron de nuevo a los andamiajes y dieron varias vueltas alrededor del condenado; hablaban entre ellos, levantando la cabeza, miraban el rostro del campesino. En un determinado momento, Merdjan le tiró del pantalón. Sólo por la manera que tuvieron de bajar a la orilla y de pasar silenciosamente entre los trabajadores, todos comprendieron que el campesino había entregado su alma. Y los siervos experimentaron cierto reposo, como si hubiesen alcanzado una victoria invisible.

Ya todos miraban hacia la víctima con más osadía. Notaban que, en el cuerpo a cuerpo continuo que habían de mantener con los turcos, la balanza acababa de inclinarse de su lado. La muerte es el mayor triunfo. Las bocas, que hasta entonces había mantenido cerradas el miedo, se abrían por sí mismas. Y así, cubiertos de barro, mojados, sin afeitar y pálidos, transportando con palancas de pino grandes bloques de piedra de Bania, se detenían un instante para escupir en las palmas de sus manos y, con voz apagada, se decían unos a otros:

—¡Que Dios le perdone y le dé gracia!

—¡Oh! ¡Qué mártir! ¡Oh! ¡Pobres de nosotros!

—Pero, ¿es que no te has dado cuenta de que está santificado? ¡Es un santo!

Y cada uno, discretamente, medía con la vista el cuerpo que se alzaba erguido, como si marchase a la cabeza de un ejército. Allí, en la altura, ya no les parecía ni espantoso ni digno de lástima. Por el contrario, ahora resultaba claro para todos hasta qué punto se había distinguido y engrandecido. Ya no estaba en la tierra, sus manos ya no se aferraban a nada, ya no podía nadar ni robar; pero tenía en sí mismo su centro de gravedad; liberado de los lazos y de las cargas de la tierra, el sufrimiento había concluido para él; nadie ni nada le perseguirían: ni el fusil ni el sable ni los malos pensamientos ni la palabra humana ni el tribunal turco.

Desnudo hasta la cintura, con los brazos y las piernas atados, rígido, la cabeza apoyada contra el poste, dibujaba una silueta que no parecía un cuerpo humano hinchado y a punto de descomponerse, sino una estatua situada a la altura, dura e imperecedera, que permanecía allí para siempre.

Los jornaleros se volvían y, a escondidas, se santiguaban.

En el Meïdan, las mujeres cruzaban veloces los patios para ir las unas a casa de las otras a cuchichear, durante uno o dos minutos, y a derramar unas lágrimas e, inmediatamente, regresaban corriendo para evitar que el almuerzo se quemase. Una de ellas encendió una lamparilla delante de un icono. A continuación, empezaron a arder en todas las casas lamparillas que se disimulaban en los rincones de las habitaciones. Los niños, guiñando los ojos en aquella atmósfera de solemnidad, miraban aquellas luces y escuchaban las frases incomprensibles y entrecortadas de los adultos: "¡Defiéndenos, Señor, y protégenos!" "¡Ah! ¡Es un mártir que se ha creado méritos a los ojos de Dios, como si hubiese construido la iglesia más grande!" "¡Ayúdanos, Dios, Tú, el Único, aplasta al enemigo y haz que pierda el poder!" Los niños preguntaban infatigables:

—¿Qué quiere decir "mártir"? ¿Quién va a construir una iglesia, dónde?

Los muchachos se mostraban particularmente curiosos, y las madres trataban de calmarlos.

—¡Cállate, corazoncito! ¡Cállate, escucha a mamá y guárdate, mientras vivas, de los malditos turcos!

Antes de que cayese la oscuridad, Abidaga inspeccionó otra vez la construcción y contento del efecto producido por el terrible ejemplo, dio orden de que fuese retirado el cadáver:

—¡Echad el perro a los perros!

Bruscamente llegó la noche, húmeda y tibia, como de primavera. Entre los obreros se produjo una efervescencia y una agitación incomprensibles. Los que no habían querido hablar de sabotaje ni de resistencia se mostraron dispuestos a hacer grandes sacrificios y a emprender lo que fuese. El cuerpo de Radislav se había convertido para todos en un objeto de interés, en algo sagrado. Unos centenares de hombres extenuados, impulsados por un instinto innato, por la fuerza de su compasión y por antiguas costumbres, empezaron a agitarse, a unir sus fuerzas a fin de hacerse con el cadáver del mártir para librarlo de la profanación y darle una sepultura cristiana. Cuchicheando con precaución, o reuniéndose en las barracas y en las cuadras, recaudaron entre ellos la importante suma de siete grochas, destinadas a sobornar a Merdjan.

Eligieron para esta misión a tres hombres, los más desenvueltos del grupo, los cuales lograron entrar en contacto con el verdugo. Calados de agua y agotados por el trabajo, los tres campesinos, empezaron a negociar lentamente, con astucia, dando rodeos. Frunciendo el entrecejo, rascándose la cabeza, tartamudeando, el más viejo dijo al cíngaro:

—Bien, todo ha terminado. El destino así lo ha querido. Sólo que, ya sabes tú lo que pasa, por ejemplo, es un ser humano, como suele decirse, una criatura de Dios, y no estaría bien que, por ejemplo, se lo coman los animales y los perros lo destrocen.

Merdjan, adivinando que se trataba de un negocio, se defendía en tono más lastimero que obstinado:

—¡Ah, no! No sigáis hablando. Queréis perderme. Ignoráis qué clase de lince es Abidaga.

El campesino sufría. Frunciendo aún más el entrecejo, pensaba: "Es un cíngaro, una criatura sin religión y sin alma, no se puede ser su amigo ni confraternizar con él. No puede jurar por nada de la tierra ni del cielo". En tanto su mano, metida en el bolsillo poco profundo del blusón, guardaba las siete grochas.

—Ya sé cómo es. Y sabemos, por supuesto, que para ti tampoco es fácil. Claro que no te daremos quebraderos de cabeza. Mira, hemos podido reunir cuatro grochas a tu salud y, como nosotros decimos, no está mal.

—No, no, mi vida vale más que todos los bienes del mundo. Abidaga me matará; es capaz de ver aun cuando duerme. Sólo de pensarlo, me muero.

—Quien dice cuatro, dice cinco. Entre todos podremos conseguirlas —continuó el campesino, sin atender a las lamentaciones del cíngaro.

—¡No me atrevo, no me atrevo!

—Bueno, tú has recibido la orden de echar... el cuerpo, por ejemplo, a los perros y lo echarás y no te preocuparás de lo que pase después y nadie te preguntará nada. Y, ya ves, entonces, es un decir, nosotros cogeríamos ese cuerpo y lo enterraríamos según nuestro rito, pero a escondidas, de modo que ni un alma viviente se enteraría. Y tú, al día siguiente, dirías, por ejemplo, que han sido los perros los que se han llevado... el cuerpo. Y ni visto ni oído, pero tú tendrás lo que te ofrecemos.

El campesino hablaba con circunspección, reflexivamente; tan sólo se detenía con un curioso malestar ante la palabra "cuerpo", que pronunciaba así: cuerpo.

—Pero ¿es que os habéis creído que por cinco grochas voy a arriesgar mi vida? ¡No, no!

—Por seis —añadió con calma el campesino.

Entonces el cíngaro se irguió, se abrió de brazos, adoptó un aire serio y una expresión de sinceridad conmovedora de la cual son sólo capaces las personas que no distinguen la mentira de la verdad, y se quedó ante el campesino como si él fuese el condenado y aquél el verdugo.

—Ya que es mi destino, pagaré con mi cabeza y dejaré viuda a mi cíngara y huérfanos a mis hijos: dadme siete grochas y llevaos al macabeo, pero que nadie vea nada ni se entere.

El campesino movió la cabeza, lamentando profundamente el tener que dar hasta la última grocha a aquel canalla. Parecía que el cíngaro había adivinado la cantidad que guardaba en su mano.

Se pusieron de acuerdo sobre los detalles. Merdjan, una vez hubiese bajado el cadáver de los andamiajes, lo llevaría a la orilla izquierda del río, con la primera oscuridad, lo arrojaría a un lugar pedregoso cerca de la carretera, de manera que los criados de Abidaga y cuantos pasasen pudiesen verlo. Un poco más lejos, ocultos entre la maleza, estarían los tres campesinos. Y, una vez se hiciese de noche, cogerían el cadáver, se lo llevarían y lo enterrarían, pero en un lugar escondido y sin dejar huellas para que resultase verosímil que hubiesen sido los perros los que lo habían deshecho y devorado durante la noche. Recibiría tres grochas por adelantado y las otras cuatro al día siguiente, cuando el asunto hubiese concluido.

Por la noche todo discurrió conforme se había acordado.

Con el crepúsculo, Merdjan trasladó el cadáver y lo arrojó a la orilla más abajo del camino. (Aquél no parecía el cuerpo que todos habían podido ver durante dos días erguido y con el pecho hacia delante ensartado en el palo; ahora aparecía de nuevo Radislav como era antes, menudo y encorvado, pero exangüe y sin vida.) Inmediatamente regresó en la barca, acompañado por sus ayudantes, a la otra orilla. Los campesinos esperaban en la maleza. Y no pasaban más que algunos obreros retrasados o unos turcos que regresaban al hogar. Después reinó la calma en toda la región, sumida en la oscuridad. Los perros dieron señales de vida; unos perros grandes, pelados, hambrientos y temerosos, sin casa ni amo. Desde la maleza, los campesinos les tiraron piedras y los alejaron; los perros huyeron con el rabo entre las patas, pero se quedaron a unos veinte pasos del cadáver, y desde allí, acecharon. En la oscuridad se veían sus ojos llameantes. Cuando observaron que la noche había invadido toda la región y que probablemente ya no pasaría nadie, los campesinos salieron de su escondrijo, llevando un pico y una pala. Colocaron, una encima de otra, dos tablas que también habían llevado, y sobre ellas pusieron al muerto, trasladándolo así cuesta arriba. Al llegar a una cavidad que las aguas primaverales y otoñales habían abierto, situada bajando de la colina hacia el Drina, apartaron unos cantos que formaban un reguero, semejante a un arroyo seco e inagotable, y cavaron de prisa, en silencio, sin decir una palabra, sin ruido, una tumba profunda. Bajaron a ella el cuerpo rígido, frío y encogido.

El campesino de más edad saltó a la fosa, frotó varias veces un eslabón con un sílex y encendió primero un trozo de yesca y después una velita que llevaba envuelta en un pedazo de tela encerada. La colocó a continuación por encima de la cabeza del difunto y se santiguó rápidamente tres veces diciendo en voz alta:

—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Los otros dos, arriba, ocultos en la oscuridad, se santiguaron tras él. El campesino hizo dos veces un gesto con la mano, a la altura de la cabeza del muerto, como si con su mano vacía lo rociase de un vino invisible, y las dos veces pronunció en voz baja y con piedad:

—Recibe, Cristo, entre tus santos el alma de tu esclavo.

Murmuró, en fin, algunas palabras aisladas e incomprensibles, pero palabras de oración, solemnes y graves, de tal suerte que sus dos compañeros se santiguaban sin cesar. Cuando calló, le pasaron desde arriba las dos tablas y él las dispuso sobre el cadáver, longitudinalmente, en forma de bóveda, formando una especie de techo. Se santiguó una vez más, apagó la vela y salió de la tumba. Entonces, con precaución y despacio, los tres se pusieron a echar tierra en la fosa, amontonándola bien para que no quedase ningún desnivel visible. Cuando terminaron, dispusieron de nuevo los cantos como un reguero, encima de la tierra recién movida, hicieron una vez más el signo de la cruz y volvieron sobre sus pasos, dando un largo rodeo para salir a la carretera lo más lejos posible de la tumba.

Aquella misma noche cayó una lluvia densa y suave, sin viento, y el día amaneció cubierto por una niebla pesada y lechosa, empapado en una humedad tibia que llenaba todo el valle. A causa de una oscuridad blanca que crecía o decrecía, era posible darse cuenta que el sol luchaba en algún sitio con la niebla, sin lograr abrirse camino. Todo resultaba vago y fantástico, nuevo y extraño. Las gentes surgían bruscamente de la niebla y con la misma brusquedad se desvanecían. En estas circunstancias, al alba, atravesó el centro de la ciudad una sencilla carreta que transportaba a dos guardianes, los cuales conducían al Plevliak atado; a aquel mismo Plevliak que, todavía la víspera, era su jefe.

No había recobrado la calma desde que, la antevíspera, en un acceso de entusiasmo inesperado al verse con vida y no en el palo, había comenzado a bailar delante de todo el mundo. Los músculos se estremecían en su cuerpo, no podía permanecer quieto, se sentía torturado continuamente por un deseo irresistible de persuadirse y de dar a conocer a los demás que estaba sano y salvo, que podía moverse. De vez en cuando, se acordaba de Abidaga (una sombra en su alegría) e, inmediatamente, caía en una dolorosa meditación. Pero durante aquellos instantes se acumulaba en él una nueva fuerza que lo empujaba irresistiblemente a agitarse y liberarse, como si estuviera poseído por la rabia. Y se levantaba de nuevo y empezaba a bailar, abriendo los brazos, chasqueando los dedos y moviendo la cintura como una bailarina, demostrando con sus contorsiones siempre originales, vivas y bruscas, que no estaba empalado. Y jadeante a causa del ritmo de su danza, exclamaba:

—Mirad, mirad... Puedo hacer lo que me viene en gana, lo que me viene en gana...

No quería comer nada e interrumpía bruscamente las conversaciones iniciadas, volviendo a su baile y repitiendo, de modo infantil, a cada movimiento:

—¡Mirad... veis, mirad... mirad!

Cuando la noche anterior se atrevieron a comunicar a Abidaga lo que le había sucedido al Plevliak, repuso brevemente y con frialdad:

—Llevad al loco a Plevlié y que lo amarren en su casa para que no haga extravagancias por los alrededores. No estaba hecho para este trabajo.

Y de acuerdo con estas instrucciones actuaron. Pero como el jefe no recobraba la tranquilidad, sus propios hombres tuvieron que atarlo a la carreta que lo conducía. Lloraba y se defendía y, siempre que las cuerdas se lo permitían, se debatía y lanzaba su grito:

—¡Mirad, mirad!

Al final, hubieron de atarle las piernas y los brazos, de modo que estaba sentado en la carreta, derecho como un huso. Viendo que ya no podía menearse, empezó a imaginarse que querían empalarlo y se retorcía y resistía, lanzando alaridos desesperados:

—¡A mí, no; a mí, no! ¡Id en busca del hada! ¡A mí, no, Abidaga!

La gente, alarmada por aquellos gritos, acudió desde las últimas casas situadas a la salida de la ciudad, pero la carreta con el enfermo y los guardianes se perdió rápidamente, por el camino de Dobrún, a través de la niebla espesa que apenas dejaba adivinar el sol.

La marcha inesperada y lamentable del Plevliak hizo que el temor penetrase aún más en el espíritu de todos. Empezó a correrse el rumor de que el campesino ejecutado era inocente y que el Plevliak era responsable de su muerte. Las mujeres, en el Meïdan, contaban que las hadas habían enterrado el cadáver del desdichado Radislav bajo las rocas de Butko y que, por la noche, el cielo derramaba una abundante luz sobre su tumba: una catarata formada por millares y millares de estrellas brillantes y temblorosas, cayendo desde el cielo a la tierra. Ellas lo habían visto a través de sus lágrimas.

Toda clase de rumores resultaban dignos de crédito y se transmitían en voz baja; pero el temor era más fuerte que todo. Y los trabajos del puente proseguían a ritmo rápido y constante, sin interrupción ni desorden. Y habrían continuado hasta Dios sabe cuándo si, a primeros de diciembre, no se hubiese desencadenado un frío excepcionalmente riguroso contra el cual Abidaga, por muy fuerte que fuese, no pudo hacer nada.

Nunca se habían conocido fríos y tempestades de nieve como los que hicieron su aparición en la primera mitad del mes de diciembre. La helada pegaba las piedras al suelo y los árboles estallaban. Una nieve fina, de cristal, cubría los objetos y todos los barracones. Y al día siguiente, un viento caprichoso se la llevaba a otra parte, envolviendo otra región. Los trabajos se detuvieron por sí mismos y el temor que inspiraba Abidaga palideció y se disipó por completo. Abidaga hizo frente a la situación durante algunos días, pero al final, cedió. Dejó marchar a los obreros y suspendió los trabajos. En medio de un fuerte temporal de nieve, partió a caballo con los miembros de su séquito. El mismo día, tras él, en dirección opuesta, salieron Tosún efendi en un trineo de campesino, arropado por unas mantas y hundido en la paja, y maese Antonio. Y todos los obreros se dispersaron por los pueblos y los valles profundos, desapareciendo sin ruido, sin que nadie llegase a darse cuenta, como el agua absorbida por la tierra. La construcción quedó como un juguete abandonado.

Antes de su marcha, Abidaga convocó de nuevo a los notables turcos. Se sentía deprimido en su impotencia irritada, y les dijo, como el año anterior, que dejaba todo a su cuidado y a su responsabilidad.

—Me marcho, pero mis ojos quedan aquí. Tened cuidado: vale más que cortéis veinte cabezas rebeldes antes de que permitáis que se pierda un solo clavo que pertenezca al sultán. Cuando llegue la primavera, volveré y deberéis rendirme cuentas de todo.

Los notables prometieron, como el año anterior, que obedecerían sus órdenes, y se dispersaron. Cada uno regresó a su casa, preocupado y bien protegido por sus pieles, sus chaquetas y sus chales, agradeciendo a Dios, en su fuero interno, que hubiese enviado al mundo el invierno y las tempestades y que hubiese fijado un límite, por esos medios, a la fuerza de los fuertes.

Pero cuando la primavera hizo su aparición, no fue Abidaga quien llegó, sino un hombre nuevo, llamado Arif-Bey, que gozaba de la confianza del visir y que iba acompañado por Tosún efendi. Había sucedido lo que Abidaga temía. Alguien (alguien que conocía bien la situación y que había visto todo de cerca) había facilitado al gran visir informes exactos y abundantes sobre su actividad relativa al puente de Vichegrado. El visir estaba al corriente de que, durante aquellos dos años, día tras día, habían trabajado en las obras de doscientos a trescientos jornaleros, sin recibir un céntimo de salario, alimentándose a menudo por sus propios medios, mientras que Abidaga guardaba para sí el dinero del visir. (La suma total de la que se había apropiado fue calculada exactamente.) Como sucede frecuentemente en la vida, había disimulado su falta de honradez manifestando un gran celo y una severidad exagerada, de suerte que todo el mundo en aquella región, no sólo los cristianos, sino también los turcos, en lugar de bendecir la espléndida fundación piadosa, maldecían a quien la hacía levantar. Mehmed-Pachá quien, durante toda su vida, había luchado contra las malversaciones y la falta de honradez de sus funcionarios, ordenó a aquel enviado sospechoso que restituyese la totalidad de la suma y que con el resto de su fortuna y su harén se trasladase inmediatamente a un pueblecito de Anatolia. Y le advirtió, igualmente, de que no volviese a dar motivo de queja si no deseaba ser objeto de un castigo más cruel.

Dos días después que Arif-Bey, llegó a Dalmacia maese Antonio, acompañado de los primeros obreros. Tosún efendi lo presentó al nuevo hombre de confianza del visir. En un día de abril cálido y soleado, dieron una vuelta por las obras y fijaron el plan de los trabajos inmediatos. Tan pronto como Arif-Bey se hubo retirado y se encontraron los dos solos en la orilla, el maestro miró con más atención el rostro de Tosún efendi, quien, a pesar del sol que brillaba, estaba encogido y abrigado en su amplio abrigo negro.

—Éste es otra clase de hombre. ¡Dios sea alabado! Me pregunto solamente quién habrá sido lo suficiente hábil y valiente como para informar al gran visir y hacer desaparecer a aquel animal.

Tosún efendi miraba hacia delante y dijo con voz tranquila:

—Sin ninguna duda, éste es preferible.

—Ha tenido que ser alguien que conocía a fondo la manera de actuar de Abidaga, que tenía acceso al visir y que gozaba de su confianza.

—Sin duda éste es mejor —repuso Tosún efendi, sin alzar la mirada y envolviéndose aún más en su abrigo.

En estas condiciones, comenzaron los trabajos bajo las órdenes del nuevo jefe Arif-Bey.

Se trataba en verdad de un hombre completamente diferente.

Extraordinariamente alto, un poco encorvado, con los pómulos salientes, con la mirada reprimida, los ojos negros, rientes. El pueblo le dio al momento el sobrenombre de "momia". Sin gritos, sin palo, sin palabras fuertes, ni esfuerzo aparente, daba órdenes y distribuía el trabajo riéndose y despreocupado, como si estuviese por encima de todo, pero sin dejar que nada se le escapase y sin perder de vista el más mínimo detalle. El también llevaba consigo aquella atmósfera de celo severo por cuanto era voluntad y orden del visir, pero con la diferencia de que era un hombre tranquilo, sano y honrado, que no tenía nada que temer ni qué ocultar y que, por consiguiente, no precisaba inspirar miedo a la gente ni perseguirla. Los trabajos prosiguieron a la misma velocidad (que era la velocidad deseada por el visir), las faltas eran sancionadas con la misma severidad, pero se abolió desde el primer día el trabajo gratuito. Todos los obreros fueron pagados y recibían alimento en forma de harina y de sal, y todo marchaba más de prisa y mejor que en los tiempos de Abidaga. Incluso la loca Ilinka desapareció; se había desvanecido durante el invierno sin dejar huella.

La construcción crecía y se extendía. Ya podía apreciarse que la fundación piadosa del visir comprendería, no solamente el puente, sino también una hostelería en la que los viajeros, venidos de lejos, que atravesasen el puente, encontrarían albergue para ellos, para sus caballos y sus mercancías, si se veían sorprendidos por la noche en aquellos lugares. De acuerdo con las directrices de Arif-Bey, se inició la construcción de un parador de caravanas. A la entrada del barrio del comercio, a doscientos pasos del puente, allí donde empezaba la pendiente áspera por la que pasaba el camino hacia el Meïdan, había una zona llana en donde hasta entonces se había venido instalando todos los miércoles un mercado de animales. En aquel llano se empezó la construcción de la nueva hostería.

El trabajo avanzaba despacio, pero a la vista de los primeros detalles, se podía ya apreciar que se trataba de un edificio duradero y rico, concebido dentro de una gran escala. La gente no se daba cuenta siquiera de que la hostería de piedra iba creciendo poco a poco, pero sin descanso, dado que tenía fija toda su atención en la construcción del puente.

Lo que ahora se hacía en el Drina era tan complicado, los trabajos tan complejos y desconcertantes, que los ociosos de la ciudad, que miraban desde la orilla, no podían seguirlos y apreciar al mismo tiempo su valor. Se construían en distintas direcciones diques y zanjas, el río estaba dividido y cortado en esclusas y brazos, siendo transvasado de un lecho a otro. Maese Antonio había traído de Dalmacia algunos obreros especializados en cuerdas y había comprado con anterioridad toda la producción de cáñamo, incluida la de los distritos vecinos. Estos artesanos, en talleres apropiados, fabricaron cuerdas de resistencia y grosor extraordinarios. Carpinteros griegos, siguiendo los dibujos del propio maestro Antonio y de Tosún efendi, construyeron grandes grúas de madera, provistas de una rueda, las dispusieron sobre unas balsas y así, valiéndose de las cuerdas, levantaban los más pesados bloques de piedra y los transportaban hasta los pilares que brotaban, uno tras otro, del lecho del río. El transporte de cada uno de aquellos bloques desde la orilla a su emplazamiento en la base del pilar duraba cuatro días.

A fuerza de contemplar todo esto, día tras día, año tras año, nuestras gentes empezaron a perder la noción del tiempo y las intenciones reales del constructor. Les parecía que no sólo avanzaba la construcción, sino que se embrollaba y se complicaba cada vez más a causa de unos trabajos auxiliares y secundarios, y llegaron a creer que cuanto más se prolongaba, menos se parecía a lo que debiera haber sido. Las personas que no trabajan y que no emprenden nada en la vida pierden con facilidad la paciencia y cometen errores cuando juzgan el trabajo de los demás. Los turcos volvieron a encogerse de hombros, y hacer gestos de escepticismo con la mano cuando hablaban del puente. Los cristianos callaban, pero contemplaban la construcción con intenciones poco claras y con una alegría insana, deseándole el fracaso como lo deseaban para todas las empresas turcas. Por aquella época fue cuando el superior del monasterio de Bania, cerca de Priboi, anotó en la última página en blanco de su libro sagrado: "Sea conocida la época en la que Mehmed-Pachá construyó un puente sobre el Drina, en Vichegrado. Y los agarenos y el penoso trabajar en las levas llegaron a aterrorizar al pueblo cristiano. Se hizo venir obreros del otro lado del mar. Durante tres años construyeron y muchos escudos fueron gastados en vano. Cortaron el agua en dos, en tres, pero no pudieron tender el puente".

Pasaban los años, los veranos y los otoños; se sucedían los inviernos y las primaveras; los obreros y los artesanos partían y regresaban; todo el Drina estaba ya cubierto por bóvedas, que no pertenecían al puente, sino a los andamiajes de madera que semejaban un enredo absurdo y complicado de vigas y tablas de pino. A ambos lados se balanceaban altas grúas de madera, fijadas a unas balsas. En las dos orillas del río humeaban los fuegos en los que se fundía el hierro que era vertido inmediatamente en los orificios de las losas y que unía de forma invisible unas piedras a otras.

Al final del tercer año se produjo una de esas desgracias de las que difícilmente logran escapar las grandes construcciones. Se terminaba el pilar central ligeramente más alto y, en su parte superior, más ancho que los otros, ya que estaba destinado a soportar la kapia. En el momento en que se transportaba un gran bloque de piedra, el trabajo se detuvo súbitamente. Los obreros bullían alrededor de la enorme masa rectangular que, atada con gruesas cuerdas, estaba suspendida por encima de sus cabezas. La grúa no lograba situarla exactamente en su sitio. El Negro, el ayudante de Antonio, impaciente, se precipitó hacia ellos y gritando furioso (en aquella lengua extraña y compuesta que se había formado en el curso de los años entre las personas originarias de diversas partes del mundo), daba órdenes a los que, desde abajo, en el agua, manejaban la grúa. En aquel instante, de modo incomprensible, cedieron las cuerdas y el bloque se desplomó primero por una de sus esquinas y después con todo su peso sobre el Negro, quien, en su excitación, no miraba por encima de sí, sino hacia el agua. Milagrosamente, la piedra cayó exactamente donde era preciso, pero en su caída arrastró al Negro y le aplastó toda la parte inferior del cuerpo. Todo el mundo corría, hacía cundir la alarma, pedía auxilio. Unos instantes después llegó maese Antonio. El joven negro, tras el primer desvanecimiento, había vuelto en sí; gemía y con los dientes apretados, desesperado, aterrorizado, miraba a maese Antonio a los ojos. Éste, fruncido el entrecejo, pálido, daba órdenes al objeto de reunir a los obreros y de que fuesen llevadas herramientas para levantar el bloque. Todos los esfuerzos resultaron inútiles. De pronto, un raudal de sangre bañó al muchacho, empezó a faltarle el aliento y su mirada se cubrió de bruma. Media hora más tarde entregaba su alma, apretando convulsivamente la mano de Antonio entre las suyas.

El entierro del Negro constituyó un acontecimiento solemne que fue recordado largo tiempo. Todos los musulmanes salieron para seguir al cortejo fúnebre y para llevar el féretro en el que yacía la parte superior de aquel cuerpo joven, ya que el resto había quedado bajo el bloque de piedra. Maese Antonio alzó sobre su tumba un hermoso monumento hecho de la misma piedra que el puente.

Estaba trastornado por la muerte de aquel joven que él mismo había sacado, siendo aún niño, de la miseria cuando estaba en Ulsiña, lugar en el que residían varias familias negras llegadas allí por azar. Sin embargo, a pesar del dolor de Antonio, el trabajo no se detuvo un solo instante.

Aquel año y al año siguiente, el invierno fue benigno y se pudo trabajar incluso hasta mediados de diciembre. Se iniciaba el quinto año de las obras. El amplio círculo irregular, formado por maderas, piedras, medios técnicos y material de distintas clases, empezó a apretarse.

La nueva hostería se alzaba ya, libre de andamios, en la llanura, al lado de la carretera que conducía al Meïdan. Era un gran edificio de una planta, construido con la misma piedra que el puente. Todavía se trabajaba en la hostería, en el interior y en el exterior, pero ya podía preverse hasta qué punto se distinguiría, por la grandiosidad y la armonía de sus líneas y la solidez del material, de todo cuanto hubiera podido ser construido y concebido en la ciudad. La edificación de piedra clara y amarillenta, con el tejado cubierto por tejas de color rojo oscuro, con una fila de ventanas delicadamente recortadas, parecía a los habitantes algo inaudito, suntuoso e increíble que, a partir de aquel momento, iba a convertirse en parte integrante de su vida cotidiana. Daba la impresión de que habiendo sido elevada por un visir, solamente los visires podían detenerse en ella. Al mismo tiempo aquella masa informe de vigas y tablas entrecruzadas por encima del río comenzó a reducirse, y a su través se podía ver cada vez con más claridad el verdadero puente. Unos cuantos obreros, aislados o en grupos, continuaban todavía ciertos trabajos que, a ojos de la gente, habían tenido hasta entonces un aspecto absurdo y sin relación con todo lo demás.

Pero a partir de aquel momento, incluso para los habitantes más incrédulos, resultaba claro que todos juntos construían un puente según una concepción única y un plan infalible, situados por detrás de cada una de sus acciones individuales. Primero, aparecieron los ojos, los más pequeños, en la parte alta, así como los más cercanos a la orilla; más tarde, se revelaron, uno tras otro, los demás, hasta que el último de ellos se vio despojado de los andamiajes y el puente entero apareció tendido sobre sus once arcos poderosos, perfecto y extraño en su belleza, como un paisaje nuevo y curioso que se ofrecía a los ojos de los lugareños.

Los vichegradeses, que eran propensos tanto a los buenos como a los malos pensamientos, sentían vergüenza tanto de sus dudas como de su incredulidad. Ya no trataban de esconder su admiración, ni podían frenar su entusiasmo. Todavía no se había permitido el paso por el puente, pero todo el mundo se agrupaba en las dos márgenes, especialmente en la derecha, en la que se encontraba el barrio del comercio y la mayor parte de la ciudad. Miraban a los obreros que lo cruzaban y trabajaban y pulían la piedra del parapeto y de los asientos alzados en la kapia. Los turcos de Vichegrado, reunidos, miraban aquel trabajo, realizado por otros a expensas de otro a quien, durante cinco años, habían dado toda clase de nombres y al que habían predicho el más funesto porvenir.

—Ya lo había dicho yo siempre —afirmaba traspasado por una alegre emoción un hodja bajito de Duchtchá—; nada escapa al poder del sultán. Estaba convencido de que personas tan inteligentes terminarían por hacer lo que se habían propuesto y, sin embargo, vosotros decíais constantemente: no lo harán, no pueden. ¡Y lo han hecho, y qué hermoso puente, y qué cosa tan bella y tan buena!

Todos asentían, aunque nadie, a decir verdad, recordase sus palabras. Más bien tenían idea de que, al igual que ellos, había desacreditado la construcción y a quien había ordenado que fuese elevada. Y todos, sinceramente maravillados, exclamaban:

—Buenas gentes, ¡eh!, buenas gentes. ¿Qué es eso que acaba de aparecer en nuestra ciudad?

—Ya ves lo que hace el poder y la inteligencia de un visir: allí donde pone su mirada, se alza una fundación piadosa y aparece la felicidad.

—Pues eso no es nada —añadía el pequeño hodja, alegre y vivo—, todavía ha de resultar más hermoso. ¡Ved cómo lo engalanan y embellecen como si fuera un caballo que llevaran a la feria!

Unos y otros rivalizaban en su desbordamiento de entusiasmo buscando palabras de alabanza que fuesen más nuevas, más hermosas y más sonoras. Tan sólo Akmed-Aga Cheta, rico comerciante en cereales, hombre moroso y avaro, no dejaba de mirar con desprecio la construcción y a aquellos que la alababan. Alto, amarillo y seco, de mirada negra y penetrante, los labios delgados, como pegados, guiñaba los ojos, cegados por el sol de aquel hermoso día de septiembre, sin renunciar a sus opiniones. Porque, en ciertos hombres, existen odios infundados que son más grandes y más fuertes que todo lo que los demás hombres pueden crear o inventar. Y replicaba con desprecio a quienes, entusiasmados, ensalzaban la grandeza y la resistencia del puente, afirmando que era más sólido que la más sólida fortaleza:

—¡Excepto la inundación, la inundación que amenaza Vichegrado! ¡Esperad! ¡Ya veremos entonces lo que queda de nosotros!

Todos lo combatían con amargura, refutaban sus afirmaciones y elogiaban a los que habían trabajado en el puente y sobre todo a Arif-Bey, quien, con su eterna sonrisa de gran señor, había realizado, burla burlando, una construcción tan hermosa y tan grande. Pero Cheta se obstinaba en no hacer ninguna concesión a nadie.

—De acuerdo; pero sin Abidaga y su vara verde y su disciplina y su tiranía, me gustaría saber si esta especie de eunuco habría podido, con su sonrisa y sus manos a la espalda, terminar el puente.

Y, herido por el entusiasmo general, como si le hubiesen inferido una ofensa personal, Cheta se marchó, con aire enfadado, a su almacén, sentándose en su sitio habitual, desde donde no alcanzaba a ver ni el sol ni el puente, ni a oír el rumor y el ruido de las gentes entusiasmadas.

Cheta era sólo un caso aislado. La alegría y el entusiasmo de los ciudadanos no dejaba de crecer y de extenderse por los pueblos vecinos. Corrían los primeros días de octubre, cuando Arif-Bey organizó una gran solemnidad con motivo de la terminación del puente. Aquel hombre de maneras aristocráticas, de severidad discreta y de una honradez poco común, que consagraba todo el dinero que le había sido confiado a los gastos previstos por el visir, sin guardar nada para él, era para el pueblo el personaje más importante de aquella empresa. Se hablaba de él más que del propio visir. De este modo, las fiestas que preparó se desarrollaron con brillantez y riqueza, y con gran fausto.

Los vigilantes y los obreros recibieron sus regalos en dinero y en vestidos. El festín general en que participaron todos cuantos quisieron duró dos días. Se comió, se bebió, se oyó música, se bailó y se cantó a la salud del visir; fueron organizadas carreras de caballos y pedestres, se distribuyó carne y golosinas entre los pobres. En la plaza del mercado que unía el puente con el centro de la ciudad, se cocían en calderos halva22 y, bien calientes, eran repartidos entre el pueblo. Entonces, tuvieron oportunidad de tomar dulces incluso aquellos que ni siquiera lo habían hecho con ocasión del Bairam23. La halva llegó a los pueblos de los alrededores y todos los que la probaron desearon buena salud al visir y larga vida a sus obras. Había niños que iban catorce veces al caldero, hasta que los cocineros los reconocían y los echaban dándoles con sus cazos de madera. Un niño cíngaro murió por haber comido demasiada halva caliente.

Tales acontecimientos quedaron grabados durante muchos años en las memorias y se narraban al mismo tiempo que los cuentos sobre el nacimiento del puente, tanto más cuanto que los visires generosos y los intendentes honrados, según parece, desaparecieron en los siglos siguientes y semejantes solemnidades se hicieron cada vez más escasas, hasta llegar a ser desconocidas, pasando a la misma categoría que las leyendas relativas a las hadas, a Stoïa y Ostoïa y otros milagros de la misma índole.

Mientras duraron las fiestas, así como durante los primeros días, las gentes atravesaron innumerables veces el puente, de una orilla a otra. Los niños cruzaban corriendo y las personas de más edad caminaban despacio, hablando o contemplando, desde todos los puntos, los horizontes completamente nuevos que el puente ofrecía. Los imposibilitados, los enfermos, los cojos y los paralíticos eran llevados en parihuelas, porque ninguno quería perderse la fiesta ni renunciar a su parte en aquel maravilloso acontecimiento. El último de los ciudadanos llegó a tener la impresión de que su capacidad se había multiplicado de pronto y de que su fuerza había aumentado, como si algún hecho milagroso y sobrehumano hubiese sido inyectado a sus energías y transmitido a los límites de su vida cotidiana; como si, al lado de los elementos conocidos hasta aquel momento (la tierra, el agua y el cielo), se hubiese descubierto otro más; como si merced al esfuerzo benéfico de alguien, se hubiese realizado, inesperadamente, el más profundo de los deseos, el antiguo sueño de los hombres: andar sobre el agua y dominar el espacio.

Los muchachos turcos iniciaron el kolo alrededor de los calderos de "halva", llevaron el baile a través del puente, porque, pasando por allí, tenían la impresión de volar y no andar; después, rondaron un momento en la kapia, golpeando el suelo con sus tacones y machacando las losas nuevas como si probasen la solidez del puente. Los pilluelos daban vueltas, bailando, en torno a aquel corro de gentes jóvenes que saltaban incansablemente, siempre al mismo ritmo, y se deslizaban corriendo entre las piernas excitadas por la danza como a través de una cerca ondulante, y se quedaban en medio del kolo, haciéndose presentes por primera vez en su vida en el puente del que se hablaba desde hacía muchos años, en aquella kapia en la que, según se decía, estaba emparedado el desdichado negro cuyo fantasma aparecía por las noches. Sin dejar de disfrutar con el kolo, los muchachos seguían sintiendo el mismo miedo que inspiraba el negro a los niños de la ciudad cuando aún estaba con vida y trabajaba en el puente. Situados en aquel puente elevado, nuevo y extraordinario, les parecía que hacía mucho tiempo que habían abandonado a su madre y su tierra natal y que se habían perdido en el país de los hombres negros, de las construcciones maravillosas y de las danzas insospechadas. Se estremecían, pero no podían apartar su pensamiento del negro ni separarse del kolo que se desarrollaba en la kapia. Únicamente un nuevo y deslumbrador milagro hubiera podido atraer su atención.

Un tal Murat, llamado el mudo, retrasado mental, perteneciente a una familia de agás, los Tvrtkovitch de Nezuke, y de quien se burlaban a menudo en la ciudad, subió, de pronto, al parapeto de piedra del puente. Se oyeron los clamores de los niños, las llamadas llenas de asombro y espanto de los adultos, pero el idiota, como embrujado, con los brazos abiertos y la cabeza echada hacia atrás, avanzaba por las piedras estrechas sin darse cuenta de que estaba suspendido sobre el agua y el abismo. Parecía que tomaba parte en una hermosa danza. A su nivel, caminaba una banda de galopines y de ociosos que lo animaban. Y, al otro lado del puente, lo esperaba su hermano Aliaga que lo azotó como a un chiquillo.

Muchos descendieron a una media hora de marcha, siguiendo el curso del río, hasta Kalata o Mezalino, y, desde allí, contemplaron el puente que se destacaba blanco y ligero, con sus once ojos de diferentes tamaños, como un extraño arabesco sobre el agua verde y las colinas sombrías. En aquel momento, llevaron una gran estela con una inscripción grabada. Fue fijada en la kapia, sobre el muro de piedra rojiza que se elevaba a una altura de tres archinas por encima del parapeto del puente.

Durante mucho tiempo, las gentes se agolparon en torno a la inscripción y la contemplaron, en espera de que apareciese un teólogo musulmán o un joven letrado que, con más o menos habilidad, por un café o una tajada de calabaza o sencillamente por hacer una buena acción agradable a Dios, leyese la inscripción a su modo.

Más de cien veces durante aquellos días fueron deletreados los versos de la inscripción, compuesta por cierto versificador de Constantinopla llamado Badi. En la estela se indicaba el nombre, el origen y el título de quien había elevado la fundación piadosa, así como el feliz año 979 de la Hégira, es decir, el 1571 de la era cristiana, fecha de la terminación de las obras. Aquel Badi, a cambio de especies contantes y sonantes, había escrito unos versos ligeros y sonoros y había sabido hábilmente imponerlos a los poderosos de aquel mundo que erigían grandes construcciones o que las restauraban. Quienes lo conocían (y que no dejaban de envidiarlo) decían irónicamente que la bóveda celeste era el único edificio sobre el cual no había todavía una inscripción debida a su pluma. Pero él, a despecho de sus magras remuneraciones, era un pobre diablo famélico, en eterna lucha con esa miseria característica que acompaña a menudo a los poetas como una maldición especial, y que ningún salario ni ninguna recompensa logran eliminar.

De acuerdo con el escaso grado de instrucción, la cabeza dura y la viva imaginación de nuestras gentes, cada uno de los seudosabios de la ciudad leía y explicaba a su modo la inscripción de Badi, inscripción que, como todo texto, una vez lanzada al público, se quedó allí, eterna sobre la piedra eterna, expuesta para siempre e irrevocablemente a las miradas y a las interpretaciones de todos, de los cuerdos como de los locos, de los malos como de los buenos. Y cada uno de los auditores retenía aquellos versos que su oído captaba mejor o que correspondían a su carácter. Así lo que estaba allí, a la vista de todo el mundo, grabado en la piedra dura, se repetía de boca en boca de diferentes maneras, a menudo transformado hasta el absurdo.

El texto de la inscripción era el siguiente: "Ésta es la obra de Mehmed-Pachá, el más grande entre los prudentes y los grandes de su tiempo. Cumplió el juramento que su corazón había hecho y por su cuidado y sus esfuerzos fue elevado este puente sobre el río Drina. Sus predecesores no pudieron construir nada sobre estas aguas profundas y de rápido curso. Espero de la gracia divina que esta construcción resulte sólida y que la vida de Mehmed-Pachá discurra en la felicidad y que no conozca nunca la tristeza porque, durante su vida, ha invertido oro y plata en fundaciones piadosas; y, nadie puede decir que una fortuna que se emplea en tales intenciones, haya sido derrochada. Badi, que ha visto todo lo que antecede, cuando esta construcción fue concluida, compuso la presente inscripción: ¡Que Dios bendiga este edificio, este puente milagrosamente hermoso!"

Por fin, el pueblo se sació, concluyó de admirar, dio los suficientes paseos y se cansó de escuchar los versos de la inscripción. La maravilla de los primeros días penetró en su vida cotidiana y todo el mundo cruzaba el puente apresurado, indiferente, preocupado, distraído, semejante al ruidoso caudal que corría bajo el puente, como si éste fuese uno de los innumerables caminos que tanto ellos como su ganado andaban a diario. Y la estela con la inscripción quedó silenciosa en la parte alta del muro, igual que una piedra más.

Así se unió la carretera de la orilla izquierda con el tramo de camino situado en la llanura de la otra orilla. La barcaza negra y carcomida y el extraño barquero desaparecieron. Pero quedaron perdidas bajo los últimos arcos del puente las rocas arenosas y las riberas abruptas por las cuales, antaño, se bajaba y se subía con gran dificultad y desde las que se aguardaba lastimosamente y se llamaba, en vano, de una orilla a otra.

Cesaron los inconvenientes; incluso en la época en que el río crecía, podía ser franqueado como por arte de magia. Se podía cruzar por encima de todo, como si las gentes hubiesen estado provistas de alas. Se iba de una orilla a otra a través del puente ancho y largo, recio y permanente, como una montaña, que resonaba al contacto de los cascos de los caballos, como si no fuese más que una delgada lámina de piedra.

También desaparecieron los molinos de madera y las casuchas en las que los viajeros pasaban la noche en caso de necesidad. En su lugar, se alzó un parador sólido y lujoso que recibía a los viajeros cada vez más frecuentes. Se entraba en la hostería por una puerta ancha de líneas armoniosas. A ambos lados de la puerta estaban dispuestas dos grandes ventanas con barrotes, no de hierro, sino tallados en piedra caliza y cada uno de una sola pieza. En el amplio patio rectangular había lugar para las mercancías y los equipajes, y en su derredor se hallaban situadas, una tras otra, las puertas de las treinta y seis habitaciones. En la parte posterior, bajo la colina, estaban las cuadras; ante el asombro general, resultaron ser de piedra, como si hubiesen sido construidas para la yeguada imperial. No existía hostería semejante desde Sarajevo a Ledrena24. En ella todos los viajeros podían permanecer un día y una noche y recibir gratuitamente alojamiento, fuego y agua, para sí, criados y caballos.

Todo aquello, al igual que el puente, constituyó la fundación piadosa del gran visir Mehmed-Pachá, nacido sesenta años antes tras aquellas montañas, en el pueblo de Sokolovitchi, y que, en su infancia, había sido llevado, junto a otros pequeños aldeanos servios, en calidad de "impuesto de la sangre", a Estambul. Los gastos de mantenimiento del parador procedían de los bienes que Mehmed-Pachá había constituido reuniendo las grandes fortunas que, en calidad de botín, había ido obteniendo en las regiones de Hungría, recientemente conquistadas.

 

 

 

Con la construcción del puente y de la hostería desaparecieron, como hemos podido ver, muchos sufrimientos e incomodidades; quizá hubiese tenido que desaparecer también aquel dolor insólito que el visir, siendo niño, sintió en la barcaza de Vichegrado; aquella raya negra, aguda, que, de vez en cuando, le hendía el pecho en dos. Pero no estaba destinado a vivir sin aquel dolor ni a disfrutar por mucho tiempo con el pensamiento de su fundación piadosa de Vichegrado. Poco después de haber sido terminados los últimos trabajos, apenas había comenzado a funcionar el parador y apenas comenzaba el puente a ser conocido en el mundo, Mehmed-Pachá sintió una vez más en su pecho el dolor de la "espada negra" y fue aquélla la última ocasión en que lo padeció.

Un viernes, cuando entraba con su séquito en una mezquita, se acercó a él un derviche, medio loco y andrajoso, que le tendió la mano pidiendo limosna. El visir se volvió para ordenar a un hombre de su séquito que le diese algo de dinero, pero, entonces, el derviche sacó de la manga derecha un enorme cuchillo de carnicero que hundió violentamente entre las costillas del visir. Los acompañantes de éste mataron inmediatamente al derviche. Y el visir y su asesino entregaron en el mismo instante sus almas. En las losas grises, situadas ante la mezquita, quedaron tendidos durante unos segundos los dos cuerpos, uno junto a otro: el asesino, corpulento, sanguíneo, con los brazos y las piernas abiertos, como si aún fuese víctima del impulso furioso que le había llevado al crimen, y, a su lado, el gran visir, con las vestiduras desabrochadas a la altura del pecho y el turbante caído algo más lejos. Durante los últimos años de su vida, había adelgazado, se había encorvado, se había ido apagando y los rasgos de su cara se habían endurecido, y ahora, con el pecho desnudo y la cabeza descubierta, ensangrentado, plegado, encogido sobre sí mismo, parecía más un campesino de Sokolivitchi, envejecido y derrotado, que el dignatario asesinado que, unos momentos antes, gobernaba el Imperio turco.

Pasaron muchos meses antes de que llegase a la ciudad la noticia de la muerte del visir, y no se propagó como un hecho claro y preciso, sino como un rumor discreto que podía ser exacto o no. Porque, en el Imperio turco, no estaba permitido que se divulgasen y fuesen de boca en boca las malas noticias y los acontecimientos desgraciados, incluso cuando se producían en un país vecino, y, con más razón, cuando se trataba de una catástrofe nacional. Por lo demás, en aquellas circunstancias, nadie mostró interés en que se hablase mucho de la muerte del gran visir. El partido de sus adversarios que había conseguido darle muerte, trataba, dedicándole solemnes honras fúnebres, de enterrar con él todo el recuerdo vivo de su persona. En cuanto a los parientes, a los colaboradores y a los partidarios de Mehmed-Pachá, en Estambul, no pusieron ninguna objeción a que se hablase lo menos posible del antiguo gran visir, porque de este modo aumentaban sus oportunidades de conseguir mercedes de los nuevos dirigentes y de hacerse perdonar su pasado.

Pero las dos hermosas construcciones del Drina comenzaron a ejercer su influencia sobre el comercio y las comunicaciones, sobre la ciudad de Vichegrado y sobre todos los alrededores, y ejercieron esta influencia sin atender a los vivos o a los muertos, a los que ascendían o a los que caían. La ciudad comenzó pronto a descender desde las colinas hacia el río, a desarrollarse y a ensancharse cada vez más y a concentrarse en torno al puente y al parador, al que el pueblo dio el nombre de Hostería de Piedra.

Así nació el puente con su kapia y así se desarrolló la ciudad alrededor de él. Después de estos sucesos, durante más de tres siglos, su lugar en el desenvolvimiento de la ciudad y su significado en la vida de sus habitantes fueron los que brevemente hemos descrito. Y el valor y la sustancia de su existencia residieron, por así decirlo, en su permanencia. Su línea luminosa en la composición de la ciudad no cambió más de lo que pudiera cambiar el perfil de las vecinas montañas, recortado sobre el cielo. En la serie de fases de la luna y en el rápido declinar de las generaciones humanas, permaneció inalterado como el agua que pasaba bajo sus ojos. Naturalmente, también él envejeció, pero en una escala del tiempo que es más amplia —no solamente más amplia que la vida humana, sino también que la duración de toda una serie de generaciones—.

Desde luego, este envejecimiento no podía ser apreciado por los ojos. Su vida, aunque mortal en sí, se parecía a la eternidad, porque su fin no era previsible.

CAPÍTULO V

 

Pasó el primer siglo. Dio la impresión de ser largo y dañó a los hombres y a muchos de sus trabajos, pero transcurrió sin dejar huellas sobre las grandes construcciones bien concebidas y sólidamente asentadas. Y el puente, con su kapia y la hostería vecina, permanecieron en pie y continuaron rindiendo los mismos frutos que el primer día. De igual modo habría pasado sobre ellos el segundo siglo, con el cambio de estaciones y el relevo de las generaciones humanas, y las edificaciones habrían continuado sin mudanza. Pero lo que no había podido hacer el tiempo fue provocado por el encuentro fluctuante e imprevisible de circunstancias ajenas.

Por aquella época, a fines del siglo XVII, era frecuente en Bosnia mencionar en las canciones y en las charlas a Hungría, que comenzaba a evacuar el ejército turco tras haberla ocupado durante un siglo. Muchos señores bosníacos dejaron sus huesos, durante la retirada, en tierra húngara, por intentar defender con las armas en la mano sus propiedades. Probablemente, fueron los más dichosos, porque muchos otros señores regresaron despojados a su vieja patria bosníaca, donde eran esperados por una tierra poco fértil, por una existencia estrecha e indigente, que venía a reemplazar la vida rica y desahogada y la dominación sobre grandes extensiones que habían conocido en Hungría. Hasta Vichegrado llegó un eco lejano y apagado de tales acontecimientos, pero nadie llegó a pensar que aquella Hungría, tierra de canciones, pudiese tener alguna relación con la vida real y cotidiana de la pequeña ciudad. Sin embargo, éste era el caso. Con la retirada turca de Hungría se perdieron y quedaron fuera de las fronteras del Imperio, aparte otras muchas cosas, los bienes del vacuf25 de los cuales obtenía sus medios de existencia la hostería de Vichegrado.

Y las gentes de la pequeña ciudad y los viajeros que desde hacía un siglo frecuentaban la hostería de piedra, se habían habituado a ella y no pensaban nunca en los recursos de los que vivía ni de dónde procedían ni cómo habían surgido. Todos se servían de ella, la utilizaban como si fuese el árbol frutal productivo y bendito que crece junto al camino, árbol que no pertenece a nadie y que es de todos. Deseaban mecánicamente eterno descanso al alma del visir, pero no pensaban que el visir había muerto hacía un siglo ni se preguntaban quién guardaba y defendía ahora las tierras imperiales y los bienes del vacuf. ¿Quién iba a pensar que las cosas de este mundo se encontrasen en tal grado de dependencia unas de otras y unidas a tan gran distancia? Por esto, nadie se dio cuenta en la ciudad que los recursos se habían agotado. Los criados continuaban trabajando y la hostería acogía a los viajeros como antes. Se creía que el dinero destinado a la manutención del establecimiento se retrasaba en llegar, como había ocurrido en otras ocasiones. Sin embargo, los meses y los años pasaban y el dinero no aparecía por ninguna parte. Los criados abandonaron el trabajo. El administrador en funciones de los bienes del vacuf por aquella época, Daut-Hodja Mutevelicht (así lo llamaban las gentes y éste pasó a ser su apellido)26, se dirigió a todas partes, sin recibir respuesta alguna. Los viajeros se servían ellos mismos y limpiaban la hostería en la medida en que era necesario para ellos y para sus animales, pero cuando se marchaban, dejaban atrás un verdadero estercolero y una confusión considerable, teniendo, los que venían después, que limpiar y poner orden, de igual modo que lo hicieran los que los habían precedido. Pero, cada uno, al partir, lo hacía dejando a sus espaldas más suciedad que la que había encontrado al llegar.

Daut-Hodja hizo cuanto pudo por salvar la hostería y conseguir que sobreviviese. Al principio, gastó, de su bolsillo; después, comenzó a contraer deudas con sus parientes. Así, de año en año, iba restaurando y embelleciendo la costosa obra. Y respondía a quienes le reprochaban por arruinarse tratando de sostener lo que no podía ser sostenido, que colocaba bien su dinero, porque lo prestaba a Dios, y que él, en su calidad de administrador de los bienes del vacuf, era el último en poder abandonar la fundación que, por lo que parecía, ya habían abandonado todos.

Este hombre prudente y piadoso, obstinado y tenaz, de quien la ciudad se acordó durante mucho tiempo, no se dejó desviar de su esfuerzo, aunque realmente fuese sin perspectiva. Trabajando con absoluta entrega, se había resignado ya a la idea de que nuestro destino en la tierra se reduce a la lucha contra toda clase de adversidades, contra la muerte y la caída, y que el hombre debe perseverar en esa lucha, aun cuando resulte sin esperanza. Y sentado ante la hostería que las circunstancias habían puesto en peligro, respondía a quienes intentaban disuadirle de sus propósitos o a quienes lo compadecían:

—No tenéis que compadecerme. Cualquiera de nosotros muere sólo una vez, mientras que los grandes hombres mueren dos veces: la primera, cuando dejan el mundo, y, la segunda, cuando desaparecen las obras creadas por ellos.

Llegado el momento en que no pudo pagar a los jornaleros, se puso él mismo, a pesar de su edad, a escardar con sus propias manos las malas hierbas que crecían alrededor de la hostería, y a hacer las pequeñas reparaciones. Así lo sorprendió la muerte, estando subido un día en el tejado tratando de sustituir una teja medio rota. Era lógico que un simple sacerdote de una ciudad sin importancia no pudiese mantener un establecimiento, fundado por un gran visir, y al que los sucesos históricos habían condenado a muerte.

La desaparición de Daut-Hodja supuso la ruina de la hostería. Surgieron por todas partes los primeros signos de su decadencia. Las conducciones empezaron a atascarse y a oler mal, la lluvia se filtraba por el tejado, y el viento, a través de las ventanas y de la puerta; las cuadras se hundieron bajo el estiércol y las malas hierbas. Pero desde el exterior, el edificio de piedra, sólidamente construido, parecía indestructible y permanente en su tranquila belleza. Las grandes ventanas ojivales de la planta baja, con sus rejas que, delicadas como hilos finísimos, habían sido confeccionadas de una sola pieza de piedra blanca, miraban al mundo con tranquilidad. Pero, sobre las ventanas sin ornamentos del piso superior, aparecían ya signos de miseria, de abandono y de desorden interno.

Poco a poco, las gentes trataron de evitar el pasar la noche en la ciudad o bien se alojaban, pagando, en el hotel de Usta-muitch. Fueron cada vez más escasos los viajeros que se detenían en la hostería, aunque bastase, a guisa de pago, desear paz al alma del visir. Por fin, cuando se vio claro que el dinero no llegaría nunca y que no había nadie que quisiese hacerse cargo de la fundación, todos, incluso el nuevo administrador de los bienes del vacuf, dejaron de preocuparse por el edificio, y la hostería quedó muda y desierta, y comenzó a deteriorarse y a convertirse en una ruina, como sucede con todas las edificaciones en las que no vive nadie y de las que nadie se preocupa. Alrededor de ella, crecieron hierbas silvestres y cardos. En el tejado, los cuervos y las chovas27 comenzaron a hacer sus nidos y a reunirse en bandadas siniestras y chillonas.

Abandonada así, de modo prematuro e inesperado (todos los sucesos de este tipo surgen, aparentemente, de manera inesperada), la hostería de piedra del visir conoció el principio de su declinar.

Pero si, merced al concurso de una serie de circunstancias insólitas, el parador traicionó su misión al arruinarse antes de tiempo, el puente, que no exigía ni vigilancia ni cuidado, quedó en pie. Continuó uniendo las dos orillas opuestas y arrojando de un lado a otro hombres y mercancías, como lo hiciera el día de su nacimiento.

En sus murallas, hacían los pájaros su nido; en las grietas invisibles que el tiempo había abierto en los muros, crecían matas de hierbas. La piedra amarillenta y porosa con la que había sido construido el puente, se endureció y se contrajo bajo la acción alterna de la humedad y del calor; y azotada perpetuamente por el viento que sopla en dos direcciones en el valle del río, lavada por las lluvias y secada por el asfixiante calor del sol, aquella piedra adquirió con el tiempo una blancura mate de pergamino, luciendo en las tinieblas, como si estuviese iluminada en su interior. Las inundaciones devastadoras y frecuentes que constituían un peso y una desgracia constante para la ciudad, no podían con él. Se repetían cada año, en la primavera y en el otoño, sin que resultasen siempre igualmente peligrosas y nefastas para la ciudad. Por lo menos una o dos veces al año, el Drina aumenta su caudal y se agita y, con un gran zumbido, arrastra, a través de los ojos del puente, las vallas que ha arrancado en los campos, las cepas desarraigadas y unos aluviones de color pardo en los que se mezclan la hojarasca y el ramaje de los bosques ribereños. Los jardines, los patios y los almacenes de las casas vecinas sufren desperfectos. Y todo queda ahí.

Pero, a intervalos irregulares de veinte a treinta años, se producen grandes inundaciones que, una vez pasadas, dejan un recuerdo profundo, como las insurrecciones o las guerras, y son tomadas como fechas de referencia a partir de las cuales se calcula el tiempo y la antigüedad de los edificios y la duración de la vida humana. ("Cinco o seis años después de la gran inundación", "durante la gran inundación".)

Después de las grandes inundaciones, quedan apenas unos pocos bienes muebles en la zona comprendida dentro de esa gran mitad de la ciudad que se extiende por la llanura, en la pequeña lengua arenosa que se filtra entre el Drina y el Rzav. Una inundación de semejante envergadura hace que la ciudad dé un paso atrás de varios años. La generación que ha sido sorprendida por las aguas ha de pasar el resto de su existencia reparando los desperfectos y las desgracias que ha dejado la inundación a sus espaldas. La gente evoca hasta el final de sus días, en sus conversaciones, el terror de aquella noche de otoño cuando, bajo una lluvia fría y un viento infernal, a la luz de unas pocas linternas, retiraron sus mercancías, trasladando cuanto había en sus tiendas y llevándolo arriba, al Meïdan, a las casas y a los almacenes de sus conciudadanos. Cuando, al día siguiente, miraban, en medio de la mañana turbia, desde lo alto de la colina, aquella ciudad que amaban inconscientemente y con fuerza como a su propia sangre y contemplaban el agua movida y espumosa que bajaba por las calles a la altura de los tejados, arrancando con estrépito las armazones de madera, trataban de adivinar a quién pertenecían las casas que todavía quedaban en pie.

Con ocasión de las slavas28, de fiestas de Navidad o durante las noches del ramadán, los padres de familia ya maduros, reposados y cuidadosos, se animaban y se volvían locuaces en el momento en que la conversación abordaba el suceso más importante y más penoso de sus vidas: "La inundación". Después de quince o veinte años durante los cuales se habían reparado de nuevo las casas, el recuerdo de la inundación llegaba como algo terrible, grande, querido y próximo. Constituía un lazo íntimo entre los hombres todavía vivos, pero cada vez más escasos, de aquella generación, porque nada une tanto a las personas como una desgracia vivida, atravesada conjuntamente y superada con ventura. Y se sentían fuertemente vinculados por el recuerdo de la prueba pasada. Por eso amaban tan intensamente las remembranzas del más trágico de los hechos que había perturbado su existencia y, al volver la vista atrás, encontraban un placer, incomprensible para los jóvenes. Sus recuerdos no llegaban a agotarse, y ellos continuaban, infatigables, evocándolos. En el curso de sus conversaciones, completaban mutuamente sus respectivos relatos y se despertaban unos a otros la memoria. Se miraban a los ojos seniles, de amarillenta esclerótica, y llegaban a ver lo que los jóvenes no eran siquiera capaces de presentir. Se entusiasmaban con sus propias palabras y ahogaban sus preocupaciones presentes y cotidianas, en el recuerdo de mayores preocupaciones que felizmente hacía mucho tiempo que habían desaparecido. Sentados en las habitaciones bien calientes de sus casas, por las cuales pasara antaño la inundación, narraban por centésima vez, con especial placer, ciertas escenas conmovedoras o trágicas. Y cuanto más penoso y torturante era el recuerdo, más grande resultaba el gozo de evocarlo. Estas escenas, contempladas a través del humo del tabaco o de un vasito de aguardiente dulce, a menudo se transformaban, exageradas y embellecidas por la imaginación y la distancia; pero ninguna de aquellas personas se daba cuenta y cada una de ellas habría podido jurar que todo sucedió tal y como ahora se decía, porque participaban inconscientemente de esta deformación involuntaria.

De esta manera, vivían siempre algunos ancianos que se acordaban de la última gran inundación de la cual no dejaban de hablar entre ellos, repitiendo a los jóvenes que ya no había catástrofes como antes, como no había la bondad y la bendita existencia de otros tiempos.

Una de las mayores inundaciones de la historia de la ciudad tuvo lugar el último año del siglo XVIII, y quedó grabada durante mucho tiempo en todas las memorias, siendo objeto de numerosos relatos.

En aquella generación, según decían después los viejos, no había casi nadie que recordase bien las últimas grandes inundaciones. Sin embargo, durante los días lluviosos de otoño, todos se mantuvieron alerta, sabedores de que "el agua es un enemigo". Vaciaron los almacenes más próximos al río, montaron rondas de noche que, provistas de linternas, vigilaban a lo largo de la orilla, prestando oído a los sonidos sordos del agua, puesto que los ancianos afirmaban que gracias al ruido especial de la corriente, se podía saber si la inundación iba a ser una de las que, todos los años, afectaban a la ciudad, causando sólo pequeñas pérdidas, o si iba a ser una de las que, por desgracia, sumergían el puente y la ciudad, y arrastraban todo lo que no estaba sólidamente construido y apoyado sobre fuertes cimientos. Al día siguiente, se vio que el Drina no crecía y la ciudad, aquella noche, se sumió en un profundo sueño, porque todo el mundo estaba extenuado a causa del insomnio y de las emociones de la noche anterior. No obstante, aquella vez el agua los engañó. Por la noche, el Rzav creció de pronto de modo inaudito, y rojo de barro, detuvo y bloqueó, en su confluencia, las aguas del Drina. Fue así cómo los dos ríos unieron sus caudales por encima de la ciudad.

Suliaga Osmanagitch, uno de los turcos más ricos de la ciudad, tenía por aquel entonces un alazán árabe, un pura sangre de gran valor y belleza. Cuando el Drina, detenida su corriente, comenzó a crecer, el alazán se puso a relinchar y no se tranquilizó hasta que no hubo despertado a los criados y al amo de la casa, los cuales lo sacaron de la cuadra, situada junto al río. La mayor parte de los habitantes se despertaron y, bajo la lluvia fría y el viento furioso de una oscura noche de octubre todos emprendieron la huida, tratando de salvar del desastre todo lo que era posible salvar. Medio vestidos, chapoteando con el agua hasta las rodillas, llevando a las espaldas a los niños recién despertados y llorosos. El ganado balaba, espantado. Se oían a cada instante ruidos sordos: eran los troncos de árbol y las cepas, arrancados por el Drina en los bosques inundados, que chocaban con los pilares de piedra del puente.

Arriba, en el Meïdan, donde el agua no llega nunca, todas las ventanas se iluminaron y unas linternas se balancearon sin cesar, filtrando su débil luz a través de las tinieblas. Todas las casas estaban abiertas y acogían a los siniestrados que, empapados de agua y huraños, iban llegando, llevando en los brazos a los niños y algunos de sus objetos más indispensables. En las cuadras, ardían hogueras junto a las cuales se secaban aquellos que no habían podido permanecer en sus casas.

Los personajes más destacados del barrio del comercio, tras haber instalado a la gente en las casas —a los turcos en las casas turcas, a los cristianos y a los judíos en las casas cristianas — se reunieron en el domicilio del Hadja Ristanov, en la sala grande de la planta baja. Allí se encontraban, extenuados y calados de agua, los jefes y los administradores de todos los barrios de la ciudad, los cuales habían tenido que despertar y buscar cobijo a todos sus conciudadanos. No se observaba distinción entre turcos, cristianos y judíos. La violencia de los elementos y el peso de la desgracia común había unido a todos y, en particular, a los cristianos con los turcos. Podía verse a Suliaga Osmanagitch, al rico Pedro Bogdanovitch, Mordo Papo, el pobre Mihailo, cura corpulento poco hablador y espiritual, al grueso y serio Mula Ismet, hodja29 de Vichegrado, y Elias Leví, llamado Hadji Liatcho, rabino conocido allende la ciudad por su juicio sano y su naturaleza abierta. Estaban además otros diez personajes importantes y representantes de las tres religiones. Se hallaban empapados, pálidos, con los dientes apretados, pero aparentemente tranquilos; sentados, fumaban y hablaban de las medidas de salvamento que se habían tomado y de las que deberían tomarse. Sin cesar, entraba, acalorado, algún muchacho que, chorreando agua, anunciaba que todos los vivos habían sido llevados al Meïdan y a la zona existente detrás de la fortaleza, y que habían sido instalados en las casas turcas y cristianas y que el agua subía constantemente e iba adueñándose de una calle tras otra.

A medida que avanzaba la noche —avanzaba despacio, enorme, y crecida cada vez más, como el agua del río—, los ricos y los jefes comenzaron a calentarse, bebiendo café y aguardiente. Se formó un círculo estrecho y cálido, como una nueva existencia, hecha toda ella de realidad y, sin embargo, irreal, una existencia que no era la de ayer ni la de mañana; algo así como una isla pasajera en medio de la inundación del tiempo. La conversación se afirmaba y, como por un acuerdo tácito, cambiaba de dirección. Se evitaba hablar incluso de las inundaciones anteriores, conocidas sólo a través de los relatos, se conversaba de cosas que no tenían ninguna relación con el agua ni con la desgracia que se producía en aquel momento. Aquellas gentes hacían esfuerzos desesperados para parecer tranquilas e indiferentes, casi ligeras.

Actuaban en virtud de un acuerdo no manifestado y supersticioso, y conforme a unas reglas no escritas, aunque consagradas, del decoro y del orden, reglas que correspondían al ambiente de los ricos propietarios del barrio del comercio y que tenían fuerza de ley desde tiempos inmemoriales. Todos consideraban un deber sobreponerse a sí mismos y, en semejantes circunstancias, al menos aparentemente, ocultaban sus preocupaciones y sus temores, dando a sus conversaciones, a pesar de hallarse ante una desgracia contra la cual nada podían hacer, el tono grato de las cosas lejanas.

Pero, justamente cuando aquellos seres habían empezado a recuperar la calma charlando con desenfado y cuando acababan de encontrar un momento de olvido y de descanso, y la fuerza que les sería indispensable al día siguiente, llegaron algunos desconocidos que conducían a Kosta Baranats. Era éste un propietario joven aún. Se presentó mojado, cubierto de barro hasta las rodillas y sin faja. Turbado por la luz y la presencia de tanta gente, miraba al suelo como en sueños y se enjugaba el agua que le corría por el rostro con ambas manos. Le hicieron sitio y le ofrecieron un vaso de rakia que no consiguió llevar a la boca. Le temblaba todo el cuerpo. Un murmullo recorrió la sala: había querido saltar a la corriente sombría que en aquellos instantes arrastraba la orilla arenosa, exactamente en el lugar en que se encontraban sus graneros y sus bodegas.

Era un muchacho joven, un recién llegado que, hacía de esto unos veinte años, llegó a la ciudad en calidad de aprendiz, casándose más tarde con una muchacha de buena familia y enriqueciéndose rápidamente. Hijo de un campesino, en el curso de los últimos años había acumulado una notable fortuna merced a una serie de jugadas audaces en las que no tuvo presentes los intereses de los demás; de este modo, de pronto, consiguió sobrepasar, con su capital, a la mayor parte de las casas acomodadas de la ciudad; no estaba acostumbrado a perder y no era capaz de soportar la desgracia. Aquel otoño había comprado grandes cantidades de ciruelas y de nueces que excedían sus posibilidades reales. Había contado con poder dictar durante el invierno, en el mercado, el precio de aquellos frutos y librarse así de sus deudas y conseguir amplios beneficios, como el año anterior. Ahora, se había arruinado.

Pasó cierto tiempo antes de que se disipase la impresión que produjo en todos la presencia de aquel hombre perdido. Porque, también ellos, en mayor o menor grado, habían sido afectados por la inundación y, solamente en virtud de su sentimiento innato del decoro, se dominaban mejor que aquel nuevo rico.

Los más ancianos y considerados orientaron de nuevo la conversación hacia temas inocentes. Se pusieron a hablar de algunos sucesos, de épocas ya pasadas, los cuales no guardaban ninguna relación con la desventura que los había forzado a reunirse y que los rodeaba por todas partes.

Bebían rakia ardiendo. Los relatos resucitaban figuras curiosas de otros tiempos, recuerdos de tipos originales de la ciudad y toda suerte de acontecimientos divertidos e insólitos. El pope Mihailo y Hadji Liatcho daban buen ejemplo. Cuando la conversación evocaba involuntariamente una inundación anterior, recordaban exclusivamente los aspectos ligeros y graciosos o, al menos, aquello que parecía serlo después de tantos años. Daban la impresión de emplear fórmulas mágicas con las que desafiar la inundación.

Se recordaba la figura del pope Iovan que había sido antaño cura del lugar y cuyos feligreses decían de él que era un gran hombre, pero que no tenía buena mano y que sus plegarias pesaban poco ante Dios.

En verano, en los períodos de gran sequía que paralizaban la cosecha, el pope Iovan, siempre en vano, organizaba una procesión y plegarias que habitualmente eran seguidas por una sequía todavía mayor y por un calor asfixiante. Y, cuando cierto otoño, que siguió a un verano de sequía, el Drina se puso a crecer y apuntó la amenaza de una inundación general, el pope lovan llegó hasta el río, reunió a los fieles y comenzó a recitar una oración para que cesasen las lluvias y la crecida de las aguas. Entonces, un tal lokitch, borracho y holgazán, habiendo observado que Dios enviaba normalmente lo contrario de lo que el pope pedía, gritó a voz en cuello:

—Esa oración no, padre, sino la del verano, la de la lluvia; seguramente ésa hará que bajen las aguas.

Ismet efendi, tipo grueso y corpulento, habló de sus predecesores y de su lucha contra las inundaciones.

Contó que, durante una crecida de las aguas, hacía muchos años, dos hodjas de Vichegrado salieron para decir cada uno una oración contra la calamidad. Uno tenía su casa en la parte baja de la ciudad, amenazada por la inundación, mientras el otro habitaba en la colina, donde el agua no podía llegar. El hodja de la colina fue el primero en recitar la oración, pero como el agua no bajaba de nivel, un cíngaro, cuya casa empezaba a desaparecer bajo las aguas, se puso a gritar:

—¡Eh, buenas gentes, traed al hodja del centro de la ciudad que tiene como nosotros la casa inundada! ¿No veis que el de la colina está rezando sin sentimiento?

Hadji Liatcho, colorado y sonriente, con exuberantes nizos de pelo blanco emergiendo de su frente hasta los ojos, rió con todas aquellas bromas y dijo al pope y al hodja:

—No habléis mucho de plegarias contra las inundaciones, no vaya a ser que nuestras gentes se acuerden del pasado y nos obliguen a los tres, con este chaparrón, a salir para que recemos contra la inundación.

Se sucedían así los relatos que, insignificantes en sí mismos e incomprensibles para los demás, sólo tenían sentido para ellos y para los de su generación; era siempre un recuerdo inocente, íntimo y que únicamente ellos conocían; un recuerdo que evocaba la vida monótona, bella y penosa de la pequeña ciudad, aquella vida que era su propia vida. Ahora bien, todo había cambiado hacía años, y, aunque hubiese perdurado en ellos la huella, aquellos tiempos no guardaban ninguna relación con el drama nocturno que los había forzado a reunirse en aquel círculo fantástico.

Aquellos hombres considerables, endurecidos y habituados desde la niñez a desgracias de todas clases, dominaban "la noche de la gran inundación", teniendo fuerzas suficientes para bromear ante la calamidad que los acechaba, y triunfando sobre una desgracia que no podían evitar.

Pero, en su fuero interno, se sentían profundamente inquietos, y cada uno, tras aquellas bromas y aquella risa fingida, rumiaba un pensamiento inquieto, prestando constantemente oído al rugido del agua y del viento, a aquel ruido que venía de la parte baja de la ciudad donde habían quedado todos sus bienes. Al día siguiente por la mañana, tras haber pasado la noche en tal estado, pudieron ver desde lo alto del Meïdan cómo sus casas aparecían invadidas por las aguas, unas, totalmente, otras, a medias. Entonces, por primera y última vez en su vida, vieron la ciudad sin puente. El nivel del agua había aumentado diez metros, cubriendo los amplios ojos; el agua corría por encima del puente, que había desaparecido bajo la riada. Sólo el punto más elevado, donde se encontraba la kapia, apuntaba fuera de la superficie de las aguas y originaba una pequeña cascada.

Dos días más tarde, bajó el agua súbitamente, se aclaró el cielo, surgió el sol, cálido y rico, como suele serlo en este país fértil, durante ciertos días del mes de octubre. En aquel hermoso día, la ciudad ofrecía un aspecto terrible y lamentable. Las casas de los cíngaros y de las gentes humildes, que estaban situadas sobre el ribazo, se habían inclinado en la dirección de la corriente. Muchas de ellas estaban sin techo, la cal y la arcilla habían desaparecido y sólo se veía el negro enrejado que formaban las ramas de sauce, dando la sensación de unos curiosos esqueletos.

En los patios sin empalizada se veían las casas de los ricos, abiertas y con las ventanas desvencijadas; sobre cada una de aquellas casas, una línea de barro rojo indicaba hasta dónde había llegado el nivel de la inundación. Numerosos establos habían sido arrastrados, los graneros, destruidos. En las tiendas bajas, el fango llegaba hasta la rodilla, y, mezcladas con el barro, se encontraban todas las mercancías que no habían podido ser sacadas a tiempo. Las calles estaban cubiertas de árboles enteros que el agua había llevado, sin que se supiese de dónde, y de cadáveres de animales ahogados.

Tal era el estado de su ciudad a la cual tenían que bajar y en la cual habían de continuar viviendo. Y entre las orillas inundadas, sobre el agua que corría con estrépito, siempre turbia y abundante, se erguía al sol el puente blanco e idéntico. El agua llegaba hasta la mitad de los pilares y parecía que el puente había sido trasladado a otro río más profundo que el que de ordinario franqueaba. A lo largo del parapeto se extendían unas capas de barro que empezaban a secarse y a agrietarse; en la kapia se habían acumulado un montón de sedimentos, de ramillas y de aluviones, pero nada de eso había podido cambiar el aspecto del puente, que había sido el único en atravesar la inundación sin daño, brotando de ella como antes.

En la ciudad, todos se lanzaron inmediatamente al trabajo, en busca de dinero, y se pusieron a reparar los daños, y nadie tuvo tiempo de pensar en el sentido y en la significación del puente victorioso; pero, al tiempo de ir a sus asuntos a través de aquella desdichada ciudad en la que el agua estropeaba o al menos cambiaba todas las cosas, sabían que, en su vida, había algo que podía resistir a todos los elementos y que, gracias al inconcebible concierto de sus formas y la solidez invisible y sabia de sus cimientos, salía de cada prueba indestructible e indemne.

El invierno que siguió fue rudo. Todos los productos que habían sido cuidadosamente guardados en los patios y en los cobertizos, tales como madera, trigo, heno, fueron arrastrados por la inundación. Era preciso restaurar las casas, restablecer los establos y las cercas y pedir a crédito nuevas mercancías que sustituyesen a las destruidas en los almacenes y en las tiendas. Kosta Baranats, que resultó el más afectado a causa de sus especulaciones demasiado atrevidas con las ciruelas, no sobrevivió al invierno; murió de pena y de vergüenza. Dejó a sus hijos, aún niños, casi en la calle. Y dejó igualmente deudas por todas partes. De él quedó el recuerdo de un hombre que había tendido hacia una meta superior a sus fuerzas.

A partir del verano siguiente, la imagen de la gran inundación comenzó a esfumarse de la memoria de los ancianos, aunque perduraría aún durante muchos años. Sin embargo, los muchachos, cantando y charlando, permanecían sentados en la blanca kapia que coronaba las aguas, las cuales corrían, por debajo de ellos, a gran profundidad, acompañando, con su ruido, las canciones. El olvido todo lo cura y el canto es el mejor medio de olvidar, porque con él el hombre sólo recuerda lo que ama.

Pero en la kapia, situada entre el cielo, el río y las montañas, las generaciones sucesivas aprendieron a no afligirse en exceso por lo que llevaban consigo las aguas turbias del Drina. Allí aprendieron a adoptar la filosofía inconsciente de la pequeña ciudad: la vida es un milagro incomprensible; se gasta y se diluye sin cesar, y no obstante, dura y permanece sólidamente "como el puente sobre el Drina".

 

CAPÍTULO VI

 

Aparte de las inundaciones, se produjeron también otros ataques contra el puente y su kapia. El desarrollo de los acontecimientos y el curso de los conflictos humanos fueron los causantes; pero no lograron producir más daño al puente que las aguas desencadenadas, ni consiguieron alterarlo en lo más mínimo.

A principios del siglo pasado, estalló una insurrección en Servia. La pequeña ciudad, situada en la frontera misma que separa Bosnia de Servia, había estado desde siempre en relación directa y en contacto permanente con todos los sucesos de Servia, siendo su vida un puro reflejo de los mismos. Todo lo que pasaba en la región de Vichegrado —ya fuese revolución, epidemia o pánico— no resultaba indiferente a los habitantes de Ujitsa, y viceversa. Al principio, el asunto pareció lejano e insignificante; lejano porque se desarrollaba en la otra punta del bajalato de Belgrado; insignificante, porque los rumores de rebelión no constituían en modo alguno una novedad.

Desde el momento en que había un Imperio, había también rebeliones, dado que no existe un poder sin sublevaciones y sin complots, como no existe fortuna sin preocupación y sin daño. Pero, con el tiempo, la insurrección empezó a penetrar cada vez más en la vida de todo el bajalato de Bosnia y, particularmente, en la de la pequeña ciudad situada a una hora de marcha de la frontera.

A medida que el conflicto se extendía en Servia, los turcos de Bosnia se veían en la precisión de dar cada día más hombres al ejército y de contribuir con mayor prodigalidad a su equipo y a su mantenimiento. El ejército y las impedimentas que se enviaban a Servia atravesaban una buena parte de la ciudad, lo cual llevaba consigo gastos, inconvenientes y peligros para los turcos y, sobre todo, para los servios que resultaban sospechosos, y eran perseguidos y agobiados con multas mucho más que antes. Al final, cierto verano, la revuelta llegó hasta aquellas regiones. Los insurrectos, evitando Ujitsa, llegaron a dos horas de marcha de la ciudad. Allí, a cañonazos, demolieron la torre de Lutvi-bey y, en Tsrntchitch, incendiaron las casas turcas. En la ciudad, hubo turcos y servios que aseguraron haber escuchado con sus propios oídos el ruido del cañón de Karageorges30 (por supuesto, cada una de las mociones exponía los hechos de manera completamente distinta). Pero si se podía poner en duda el que se oyese en el centro de la ciudad el eco del cañón, ya que el hombre cree oír a menudo lo que teme o lo que espera, donde no cabía vacilar era en lo que se refería a los fuegos que los rebeldes encendían por la noche en el Panos, cresta escarpada y desnuda entre Veletovo y Gostilia, y tan próxima a Vichegrado, que desde esta última se pueden contar a simple vista los grandes pinos solitarios que en aquélla crecen. Los turcos y los servios los veían bien y los observaban con atención, aparentando, tanto unos como otros, que no se daban cuenta.

Escondidos tras las ventanas y ocultos en las tinieblas de sus jardines frondosos, seguían con la mirada, primero, el encendido, después, el movimiento y, por fin, la extinción de las hogueras. Las mujeres servias se santiguaban en la oscuridad y lloraban presa de una inexplicable emoción; pero veían reflejarse, en sus lágrimas, aquellas hogueras como si fuesen las llamas fantásticas que en otro tiempo caían sobre la tumba de Radislav y que sus bisabuelos, tres siglos antes, entreveían, de igual modo y en aquel mismo Meïdan, a través de su llanto. Aquel resplandor y aquellos fuegos desiguales, dispersos sobre el fondo sombrío de una noche de verano en la que el cielo se había convertido en algo semejante a una montaña, dieron la sensación a los servios de una constelación nueva en la cual, ávidamente, leían presagios atrevidos y adivinaban, estremeciéndose, su suerte y los acontecimientos futuros. Para los turcos, fueron las primeras olas que, tras haber sumergido Servia, se estrellaban ahora contra las alturas que circundaban la ciudad. Durante aquellas noches de verano, los deseos y las oraciones de unos y otros gravitaban alrededor de aquellos fuegos, sólo que en direcciones opuestas. Los servios rogaban a Dios, pidiendo que aquella llama salutífera, idéntica a la que, desde siempre, llevaban y escondían cuidadosamente en el fondo de sí mismos, se extendiese también de este lado, sobre nuestras colinas; en tanto, los turcos suplicaban a Dios en sus plegarias que detuviese, que rechazase y extinguiese la llama, para burlar las intenciones subversivas de los infieles y restablecer el viejo orden de las cosas y la buena paz que asegura la verdadera fe. Las noches estaban llenas de murmullos prudentes y apasionados que daban lugar a oleadas invisibles de deseos y de sueños audaces. Los pensamientos, los planes más inverosímiles se entrecruzaban, triunfaban, se quebraban en las tinieblas azules que cubrían la ciudad. Pero al día siguiente, cuando apuntaba el día, turcos y servios acudían a sus asuntos, se encontraban, mostrando una mirada apagada y unos rostros sin expresión, y se saludaban y hablaban empleando los cientos de fórmulas habituales de la cortesía provinciana que, siempre, circulaban por la ciudad e iban de uno a otro como una moneda falsa y que, empero, hacían posibles y facilitaban las relaciones sociales.

Cuando, poco después de San Elías, desaparecieron los fuegos del monte Panos, cuando la rebelión fue rechazada en la región de Ujitsa, ni unos ni otros manifestaron sus sentimientos y habría sido difícil decir cuáles eran. Los turcos estaban satisfechos al ver alejarse la revuelta y esperaban que se extinguiese completamente y que desapareciese como desaparecen las empresas de los impíos y de los malvados. Sin embargo, la satisfacción era incompleta y quedaba ensombrecida por ser difícil olvidar un peligro tan cercano. Muchos de ellos verían, bastante después, dibujarse en sus sueños los fuegos fantásticos de los insurrectos, semejantes a un enjambre de chispas que corriesen por todas las colinas que rodean la ciudad, o escucharían el cañón de Karageorges, no como un eco sordo y lejano, sino como un estampido enloquecedor que arrastrase consigo la ruina.

En cuanto a los servios, como es lógico, se sintieron decepcionados una vez hubieron cesado los fuegos del Panos; pero en el fondo de sus corazones, en el fondo de ellos mismos, ese fondo que no se abre a nadie, subsistía el recuerdo de lo que acababa de pasar y la idea de que lo que sucede una vez, puede volver a repetirse. Quedaba también la esperanza, una esperanza insensata, esa gran ventaja de los oprimidos. Porque, los que gobiernan y deben oprimir para gobernar, están condenados a actuar razonablemente. Mas si, llevados por la pasión u obligados por el adversario, pasan los límites de los actos razonables, empiezan a correr por un camino resbaladizo, fijando así el comienzo de su caída. En tanto, los oprimidos y los explotados se sirven con la misma facilidad de su genio y de su locura, que son las dos únicas clases de armas que están en condiciones de utilizar en la lucha incesante, ya solapada, ya abierta, que mantienen contra el opresor.

En aquella época, la importancia del puente, por ser la única vía segura de comunicación entre el bajalato de Bosnia y Servia, había crecido extraordinariamente. Se había establecido en la ciudad, a título permanente, un destacamento militar que montaba guardia en el puente y que fue mantenido incluso en los períodos de calma. Para satisfacer su misión del modo más eficiente y con el menor esfuerzo posible, la tropa se puso a levantar un reducto de madera en medio del puente; un verdadero monstruo de fealdad a causa de su forma, su posición y los materiales que lo integraban. Lo cual no resulta demasiado extraño si se tiene en cuenta que todos los ejércitos del mundo elevan para sus fines exclusivos y sus necesidades momentáneas construcciones semejantes que, desde el punto de vista de la vida burguesa y de las exigencias de la paz, ofrecen un aspecto absurdo e incomprensible. Era una auténtica casa de un piso, pesada, hecha de vigas y de espesos tablones, con un pasadizo por debajo, parecido a un túnel. El reducto quedaba algo más alto, reposando sobre unos fuertes pilares, de suerte que abarcaba el puente, apoyando sólo en la kapia sus dos lados; uno, sobre la terraza izquierda, otro, sobre la derecha. Por debajo, había un camino expedito para los vehículos, los caballos y los peatones; pero desde arriba, desde el piso en que dormían los guardianes y al que se subía por una escalera de madera de enebro, colocada en el exterior, se podía vigilar en todo momento a quienquiera que cruzase el puente, y verificar sus papeles y controlar su equipaje y cerrarle el paso en cualquier instante, si era preciso.

El reducto cambiaba por completo la apariencia del puente. La hermosa kapia desaparecía bajo aquella construcción de madera que, encaramada sobre los pilares, parecía acurrucarse sobre sí misma como un gigantesco pájaro deforme.

El día en que el reducto estuvo listo, exhalaba todavía olor a enebro y los pasos resonaban en el vacío. La guardia se instaló inmediatamente. Desde el amanecer de la primera mañana, el reducto, como una trampa, atrapó a sus primeras víctimas.

Cubiertos por un sol rojizo y bajo, se habían reunido en las primeras horas de la mañana, junto al reducto, algunos soldados y unos ciudadanos armados, unos turcos, que, de noche, montaban guardia alrededor de la ciudad, colaborando así con la tropa. En medio del grupo, sentado sobre una viga, se encontraba el comandante de la guardia, y ante él se mantenía en pie un viejecito, con la apariencia de un peregrino, que parecía, a la vez, un monje y un mendigo; resultaba dulce y apacible, bastante limpio, y agradable dentro de su pobreza, despierto y sonriente a pesar de su cabello blanco y su arrugado rostro. Era un buen hombre original, llamado Lelisías y procedente de Tchainitcha. Ya hacía años que, siempre dulce, solemne y sonriente, visitaba las iglesias y los monasterios, frecuentaba las asambleas de fieles y las fiestas patronales, rogaba a Dios, se prosternaba y ayunaba. Sólo que, antaño, las autoridades turcas no le prestaban atención y lo dejaban circular, como si fuese un anormal, un pobre hombre, y le permitían ir donde quería y decir lo que quería.

Pero ahora, a causa de la insurrección que hacía furor en Servia, los tiempos habían cambiado, trayendo consigo medidas más severas. Habían llegado de Servia algunas familias turcas cuyos bienes habían sido incendiados por los revoltosos. Propagaban el odio y exigían venganza. Fueron montadas guardias en los puestos avanzados y se reforzó la vigilancia, pero los turcos del país continuaban preocupados y llenos de rencor y mal humor y lanzaban sobre todo el mundo miradas sanguinarias, cargadas de sospechas.

El viejo había llegado por la carretera de Rogatitsa y, para desgracia suya, era el primer viajero de aquel día en que se había concluido el reducto y en que se había montado la primera guardia. En efecto: cayó mal, a una hora en que todavía no había amanecido, y para colmo, llevando como una vela encendida, un grueso bastón en el que se veían grabados signos y palabras extrañas. El reducto se lo tragó como una araña se zampa a una mosca. Fue interrogado brevemente. Se le conminó para que dijese quién era, lo que era, de dónde era y para que explicase los adornos y las letras que figuraban en su bastón. Repuso incluso a las preguntas que no le fueron formuladas; se expresaba libre y abiertamente, igual que si se encontrase en presencia del Juez Supremo y no delante de los resentidos turcos. Dijo que no era nada, ni nadie, sino solamente un viajero sobre la tierra, una sombra al sol. Los pocos días que le quedaban de vida, los iba pasando entre oraciones y visitas a los monasterios; y así continuaría hasta que hubiese recorrido todos los lugares santos, las fundaciones piadosas, las tumbas de los zares y de los grandes señores servios. En cuanto a las efigies y a las letras que adornaban su bastón, simbolizaban las distintas épocas de la libertad y del esplendor servio pasado y futuro. Porque, según decía el anciano sonriendo modesta y tímidamente, estaba cercano el momento de la resurrección y, a juzgar por lo que se leía en los libros y por lo que se veía en la tierra y en los cielos, estaba incluso muy, muy cercana. El reino de los cielos resucitaba, rescatado por la experiencia y fundado sobre la verdad.

—Ya sé que lo que escucháis no os agrada, señores, y que no debería haber hecho ante vosotros estas revelaciones, pero me habéis detenido y me exigís que os diga todo de acuerdo con la verdad: no hay otra solución. Dios es la Verdad y Dios es Uno y, ahora, os ruego que me dejéis partir, porque hoy mismo tengo que llegar a Bania, al monasterio de la Santísima Trinidad.

El intérprete Chefko traducía intentando en vano encontrar, entre sus escasos conocimientos de la lengua turca, las expresiones adecuadas para aquellas palabras abstractas. El comandante de la guardia, un anatolio enfermizo, escuchaba, despierto a medias, las palabras poco claras y poco coherentes del intérprete y, de vez en cuando, echaba una mirada al viejo que, sin temor y extraño a cualquier mal pensamiento, lo miraba y aprobaba con los ojos todo lo que decía el intérprete, aunque no supiese nada de turco. En algún lugar de la conciencia del comandante surgió con nitidez la idea de que se trataba de un medio loco, de un derviche infiel, de un tonto inofensivo y de buen humor. No habían encontrado nada en el curioso bastón del viejo que habían cortado en varios trozos, en la creencia de que estaba hueco y de que contenía algunas cartas ocultas en él. Pero en la traducción de Chefko, las palabras del anciano parecían sospechosas, olían a política y traicionaban intenciones peligrosas. El comandante, por su parte, hubiera permitido a aquel pobre diablo, a aquel simple de espíritu que continuase su camino, pero junto a él se encontraban reunidos otros militares, así como miembros de la población civil que colaboraban con el ejército, todos los cuales habían seguido el interrogatorio. Se hallaba su sargento, un tal Takhir, hombre malvado, de mal aspecto e intenciones poco claras que ya lo había calumniado varias veces ante su jefe, acusándolo de falta de celo y de severidad. También estaba Chefko, quien al traducir había deformado manifiestamente las palabras del anciano, dándoles un sentido que perjudicaba al pobre hombre. Este Chefko gustaba de meter las narices en todas partes y de delatar e, incluso sin pruebas, era muy capaz de decir o de confirmar los malos rumores. Se encontraban allí, igualmente, aquellos turcos de la ciudad, los voluntarios que, con aire sombrío e importante, se ocupaban de hacer algunas rondas, apresando a los viajeros sospechosos e inmiscuyéndose sin necesidad en los servicios propios de la tropa. Todos estaban allí. Y, por aquellos días, se sentían como ebrios de amargura, poseídos por una sed de venganza, de castigo y muerte. Su deseo era matar a quien fuese, puesto que no estaban en condiciones de matar a quienes hubieran querido. El comandante no los comprendía ni los aprobaba, pero se daba cuenta de que estaban todos de acuerdo para que el reducto, desde el primer día, tuviese una víctima y temía que de oponerse a su voluntad, en el estado de exasperación en que se encontraban, fuese él el que más tarde tuviese que padecer las consecuencias. Le parecía intolerable la idea de tener que sufrir disgustos a causa de aquel viejo loco. Y de cualquier modo, el anciano, con sus relatos sobre el Imperio servio, no podría llegar muy lejos entre los turcos que, por aquellos días, se encontraban enfurecidos como abejas perseguidas. Que el agua turbia se lo llevase de igual modo que lo trajo...

Apenas fue atado el anciano y el comandante se aprestaba ya a marcharse a la ciudad para no asistir a su suplicio, hicieron su aparición unos guardianes y cierto número de turcos que conducían a un joven servio, pobremente vestido. Sus ropas estaban desgarradas, su rostro y sus manos desollados. Se trataba de un tal Milé, un muchacho que vivía solo en la colina de Lieska y que se encargaba de cuidar un molino de agua en Osoinitsa. Como mucho, tendría unos diecinueve años. Era fuerte, vigoroso, resplandeciente de salud.

Aquella mañana, antes de salir el sol, Milé había cargado el molino con la cebada que tenía que ser molida y había abierto la gran esclusa; después, se había ido a lo más profundo del bosque, más arriba del molino, a cortar madera. Blandía su hacha y cortaba ramas de aliso joven, como si fuesen rastrojos. Gozaba con la frescura de la mañana y la ligereza con que iba cayendo la madera bajo su hacha. Se deleitaba en sus propios movimientos; el hacha estaba bien afilada y la madera delgada era demasiado frágil para la fuerza que sentía en sí mismo. Algo había crecido en su pecho, impulsándolo a exclamar a cada movimiento. Las exclamaciones se multiplicaban y se unían unas a otras. Milé, como todos los habitantes de Lieska, no tenía oído ni sabía cantar, pero, sin embargo, cantaba o gritaba en aquel lugar frondoso y sombreado. Sin pensar en nada, olvidando dónde se encontraba, cantaba lo que había oído cantar a los demás.

En la época del levantamiento servio, el pueblo, de una vieja canción popular que decía:

Cuando Alí-Bey era un joven bey, Una muchacha llevaba su estandarte.

había hecho otra nueva:

Cuando Jorge31 era un joven bey,

Una muchacha llevaba su estandarte.

En el curso de aquella lucha extraña entre dos creencias, que se desarrollaba desde hacía siglos en Bosnia (y hay que advertir que con el pretexto de las creencias, la verdadera pugna giraba en torno a las tierras y al poder), los adversarios se habían arrancado unos a otros, no solamente las mujeres, los caballos y las armas, sino también las canciones y muchas poesías que habían pasado así de un bando a otro, como un precioso botín.

Esta era la canción que, en aquellos momentos, se cantaba entre los servios, aunque con precaución y a escondidas, lejos de los oídos turcos, dentro de las casas cerradas, con motivo de las fiestas, o en los pastos lejanos, allí donde los turcos no ponían los pies y donde el hombre, como premio a su soledad y a su pobreza, en medio de una región salvaje, vive como quiere y canta lo que quiere. Precisamente ésta era la canción que Milé, el servidor del molinero, se había puesto a cantar en un bosque, más abajo del camino que acostumbraban a seguir los turcos de Oluiak y de Orakhovak para ir al mercado de la ciudad.

La aurora apenas iluminaba la cumbre de las colinas y, a su alrededor, en aquel lugar umbroso, sólo se percibía una luz tenue. Milé estaba completamente mojado de rocío, pero aún conservaba el calor del buen sueño, del pan caliente y del trabajo alerta. Tomó su hacha e hirió el delgado aliso cerca de la raíz; el árbol se curvó solamente, plegándose, como la joven esposa que besa la mano del sacerdote.

 

 

 

El aliso lo salpicó de un rocío fresco y suave como una lluvia fina, y continuó inclinado, porque el verde que tapizaba la tierra era demasiado espeso e impedía que llegase al suelo. Y entonces, el muchacho podó el verde ramaje, con una sola mano, como si fuese un luego de niños. Al mismo tiempo, cantaba. Cantaba a grito pelado, pronunciando con deleite algunas palabras: "Jorge" era algo oscuro, pero fuerte y atrevido. "Muchacha" y "estandarte" eran igualmente cosas que desconocía, pero que, en cierta medida, respondían a los deseos más profundos de sus sueños: que existiese una muchacha y que esa muchacha llevase una bandera. En cualquier caso, era agradable pronunciar aquellas palabras. Toda la fuerza que había en él lo empujaba a decirlas en voz alta y muchas veces; pero, a medida que las pronunciaba, su fuerza crecía,, obligándole a repetirlas aún más alto.

Así cantaba Milé, al alba, en tanto cortaba y podaba las ramas. Cuando terminó, bajó por la cuesta húmeda, arrastrando un haz de leña. Ante el molino, se hallaban unos turcos. Habían atado sus caballos y esperaban algo. Eran unos diez. Se encontraba de nuevo como cuando salió a buscar leña: torpe, mísero e intimidado, sin — “Jorge" ante sus Ojos, sin "muchacha" ni "estandarte" a su lado. Los turcos esperaron a que dejase el hacha y entonces se lanzaron sobre él; tras una breve lucha, consiguieron atarlo y se lo llevaron a la ciudad. Por el camino lo apalearon y le dieron patadas, preguntándole dónde estaba su "Jorge" e injuriándole a causa de la "muchacha" y del "estandarte".

Bajo el reducto de la kapia, donde acababa de ser atado el viejo medio loco, se habían reunido, junto a los soldados, a pesar de lo temprano de la hora, algunos ociosos de la ciudad. También se encontraban entre ellos ciertos refugiados turcos, que habían padecido los sucesos de Servia. Estaban todos armados y ofrecían un aspecto solemne, como si se tratase de un gran acontecimiento o de un combate decisivo. Su emoción crecía a medida que el sol se iba alzando. Y el sol, allá al fondo del horizonte, por encima de Golech, se levantaba de prisa, acompañado por una bruma clara y rojiza. Acogieron al asustado muchacho como si fuese un jefe rebelde, a pesar de que su porte andrajoso y miserable y el hecho de venir de la orilla izquierda del Drina, donde no había insurrección, descartasen tal posibilidad.

Los turcos de Orakhovak y de Oluiak, desesperados por el atrevimiento arrogante del muchacho, que no llegaban a creer involuntario, declararon que había cantado de manera provocativa, al borde mismo del camino, canciones alusivas a Karageorges y a los combatientes infieles. A decir verdad, el muchacho no daba la sensación de un héroe o de un cabecilla peligroso: se veía asustado, desolado, maltrecho dentro de sus harapos. Estaba pálido y sus ojos, que bizqueaban por la emoción, miraban al comandante como si esperase de él la salvación. Como iba poco por la ciudad, ignoraba que se hubiese elevado un reducto en el puente. Por eso, todo lo que le sucedía le parecía todavía más extraño e irreal, algo así como si se hubiese perdido, en sueños, en medio de una ciudad extraña habitada por personas malvadas y peligrosas. Tartamudeando, bajando la mirada, aseguraba que no había cantado nada, que nunca había atacado el honor de los turcos, que era un pobre criado que trabajaba en un molino, que estaba cortando leña y que ignoraba por qué había sido llevado allí. Temblaba de miedo y, efectivamente, no llegaba a comprender lo que le había sucedido ni cómo, tras la solemne emoción que había experimentado en medio del frescor del arroyo, se encontraba en aquel sitio, en la kapia, herido y atado, acosado por la atención de todas aquellas personas a las que tenía que responder. Había olvidado que hubiese cantado una canción, aun la más inocente.

Pero los turcos mantenían sus afirmaciones: había cantado las canciones de los rebeldes cuando ellos habían pasado, y había resistido cuando quisieron maniatarlo. Y cada uno de ellos lo afirmaba, bajo juramento, cuando el comandante les interrogaba:

—¿Juras por Dios?

—Lo juro,

—¿Mantienes tu juramento?

—Lo mantengo.

La formula se repetía tres veces. A continuación, colocaron al muchacho junto a Lelisías y fueron a despertar al verdugo, el cual, por lo que se veía, tenía el sueño muy pesado. El anciano miró a! muchacho quien, atontado, desconcertado y vergonzoso, guiñaba los ojos falto de costumbre de encontrarse así, aislado, en el puente, rodeado de tantas personas.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el viejo.

—Milé —repuso humildemente el muchacho, como si continuase contestando a las preguntas de los turcos.

—Milé, hijo mío, abracémonos —y el anciano reclinó su blanca cabeza sobre el hombro de Milé—. Abracémonos y hagamos la señal de la cruz. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Se santiguó y bendijo al muchacho con unas palabras, puesto que tenía las manos atadas, y con rapidez, porque ya se acercaba a ellos el verdugo.

Éste, que era uno de los soldados, concluyó de prisa su tarea, y los primeros caminantes que bajaron de las colmas —era día de mercado— y cruzaron el puente, pudieron ver las dos cabezas clavadas sobre unas estacas nudosas, cerca del reducto. El lugar, salpicado de sangre, en el que habían sido decapitados, había sido cubierto de piedras y allanado.

De esta manera comenzó su trabajo el reducto.

A partir de aquel día, fueron llevados a la kapia todos los que, sospechosos o culpables, eran apresados por tener contacto con la insurrección. Y de aquellos desdichados, pocos eran los que salían con vida del reducto. En aquel lugar se cortaron las cabezas de los insurrectos o, simplemente, de los desafortunados; y, como la primera vez, fueron clavadas en los postes dispuestos al efecto. En cuanto a los cuerpos, si nadie se presentaba a reclamarlos, eran precipitados, desde lo alto del puente, al Drina.

La revuelta, con algunos períodos, más o menos largos, de calma, se prolongó durante años y fueron muchos los hombres conducidos al borde del agua "para que marchasen en busca de otra cabeza mejor y más razonable". Quiso el azar —el azar que pierde a los débiles y a los imprudentes— que el cortejo fuese abierto por aquellos dos seres simples, aquellos dos hombres pobres e inocentes, analfabetos, porque son a menudo víctimas de ese género las que se ven apresadas por el vértigo ante el torbellino de los grandes acontecimientos, y a quienes ese torbellino atrae irresistiblemente hasta devorarlas. Así, pues, el joven Milé y el anciano Lelisias, ejecutados en el mismo momento, en el mismo lugar, unidos como hermanos, fueron los primeros que adornaron con sus cabezas el reducto de la kapia, la cual después, y en tanto duró la insurrección, no careció casi nunca de semejante decorado. Así el recuerdo de aquellos dos desdichados a quienes nadie había visto ni de quienes nadie había oído hablar antes, quedó grabado en la memoria de los hombres más intensamente y por más tiempo que el de muchas otras víctimas famosas.

He aquí cómo la kapia desapareció bajo el reducto cruel y de siniestra reputación. Y con ella, desaparecieron también las reuniones, las conversaciones, los cantos y los placeres. Los mismos turcos pasaban por allí a disgusto; en cuanto a los servios, sólo cruzaban el puente aquellos que no tenían más remedio, y esto con la cabeza baja y apresuradamente.

En torno al reducto de madera cuyas tablas con el tiempo se pusieron grises, hasta tornarse negras más tarde, se creó en seguida esa atmósfera que rodea, indefectiblemente, los edificios donde la tropa se establece de un modo permanente. La ropa blanca de los soldados se secaba colgada de las vigas; desde las ventanas, tiraban al Drina la basura, las aguas sucias, los desperdicios y todas las inmundicias de la vida de cuartel. Por esta razón, quedaron unos rastros sucios que maculaban el pilar blanco del centro y que podían verse desde lejos.

Siempre fue el mismo soldado el que, durante mucho tiempo, ejerció la función de verdugo. Era un anatolio rudo y moreno, de ojos amarillos y turbios, de labios de negro, de rostro hinchado y terroso, que parecía estar siempre sonriendo, con la sonrisa de las personas bien alimentadas y de buen humor. Se llamaba Hairudine y pronto fue conocido por toda la ciudad y a lo largo de la frontera. Hacía su trabajo con placer y amor propio; era extremadamente rápido y experto. Los habitantes de Vichegrado decían que tenía la mano más ligera que Muchane, el barbero de la ciudad. Jóvenes y viejos lo conocían, al menos de nombre, y aquel nombre provocaba en ellos escalofríos y curiosidad a la vez. Los días de sol se quedaba sentado o tumbado a la sombra del reducto. De vez en cuando, daba una vuelta alrededor de las cabezas que se exhibían en los postes, como un jardinero da una vuelta alrededor de sus melones; después volvía a tumbarse al fresco, bostezando y estirándose, pesado, sucio y bondadoso, como un perro viejo de pastor. En el extremo del puente, detrás del muro, se reunían los chiquillos curiosos y lo miraban tímidamente.

Pero cuando se trataba de trabajo, Hairudme se mostraba alerta y concienzudo de pies a cabeza. No le gustaba ver a nadie mezclarse en su tarea. Ésta iba aumentando a medida que la insurrección cobraba empuje. Cuando los insurrectos habían incendiado algún pueblo, la irritación de los turcos no conocía límites. No solamente apresaban a los insurrectos o a los espías o a aquellos que juzgaban como tales, llevándolos ante el comandante, sino que querían tomar parte en la ejecución del castigo.

En estas condiciones fue cómo apareció un día al amanecer la cabeza del cura de Vichegrado, de aquel pope Mihailo que, durante la época de la gran inundación, había encontrado fuerzas para bromear con el rabino y con el hodja. En medio de la cólera general contra los servios, pereció inocente. Y el escarnio llegó al extremo de que los niños cíngaros colocaran en su boca muerta un cigarro puro.

Ésas eran las cosas que Hairudine condenaba severamente y que impedía cuando le era posible.

Y cuando el anatolio murió inesperadamente del carbunco, un nuevo verdugo, en verdad mucho menos hábil, continuó su tarea; y durante algunos años más, hasta que se apagó la insurrección de Servia, siempre se vieron emerger por encima de la kapia dos o tres cabezas cortadas. La gente, que en tales épocas se endurece rápidamente y pierde la capacidad de reacción, estaba tan acostumbrada al espectáculo, que pasaba ante él indiferente y sin prestar atención y no se dio cuenta inmediatamente de cuándo terminó la siniestra exposición.

Al apaciguarse la situación en Servia y en la frontera, el reducto perdió su importancia y su razón de ser. Pero la guardia continuó durmiendo allí, aun cuando el paso estuviese, hacía tiempo, franco. En todo ejército las cosas evolucionan lentamente, pero entre los turcos evolucionaban más lentamente que en cualquier otra tropa. Y las cosas hubiesen quedado así hasta Dios sabe cuándo, si una noche, a causa de una vela olvidada, no se hubiese declarado un incendio. El reducto, hecho de maderas resinosas, que todavía estaban calientes por el calor agobiante del día, se consumió hasta su base; es decir, hasta las losas de piedra de la kapia.

En la ciudad, las gentes, emocionadas, contemplaron la enorme llama que iluminaba, no sólo el puente blanco, sino también las colinas circundantes, reflejándose con resplandores rojos y turbios sobre la superficie del río. Cuando se levantó el día, apareció de nuevo el puente con su aspecto primitivo, liberado de la pesada construcción de madera que, durante algunos años, había ocultado la kapia. Las losas blancas estaban quemadas y ennegrecidas por el hollín, pero las lluvias y la nieve lavaron pronto todo. Y fue así, cómo del reducto y de los acontecimientos sangrientos con él relacionados, no quedaron otras huellas que algunos recuerdos desdichados que se fueron esfumando, hasta desaparecer con aquella generación, y una sola viga de roble que no ardió, clavada en los peldaños de la escalera que conducía a la kapia.

La kapia volvió a ser para la ciudad lo que había sido siempre. En la terraza izquierda, según se salía de la ciudad, el dueño del café encendió de nuevo un brasero y dispuso sus utensilios. Sólo había sufrido desperfectos la fuente, en la cual la cabeza del dragón, por donde brotaba el agua, había sido aplastada. La gente tornó a detenerse en el sofá y a pasar allí el tiempo hablando, arreglando sus asuntos o dormitando ociosamente. En las noches de verano, los muchachos cantaban en grupos; los hombres solitarios acudían también a sentarse en las terrazas, ahogando alguna tristeza de amor o un deseo doloroso y vago de marcharse a otras tierras y emprender una vida lejos (deseo de grandes empresas y de aventuras extraordinarias que a menudo atormenta a los jóvenes que arrastran su existencia en ambientes estrechos y limitados).

Unos veinte años después de todos estos acontecimientos, fue una nueva generación la que cantó y bromeó en el puente, una generación que no se acordaba de la armazón deforme que fue en tiempos el reducto de madera, ni de los gritos sordos de la guardia que, por la noche, detenía a los viajeros, ni de Hairudine, ni de las cabezas que éste cortaba con una maestría que llegó a ser proverbial.

Solamente algunas viejas perseguían a los muchachuelos que les robaban melocotones gritando con voz fuerte e irritada algunas maldiciones:

—¡Ojalá Dios ponga en tu camino un Hairudine que te corte la cabeza! ¡Ojalá tu madre tenga que ir a la kapia a buscar tu cadáver!

Pero los muchachos que huían a través de los cercados no podían comprender el verdadero sentido de aquellas palabras. Sabían, desde luego, que no querían decir nada bueno.

Y las generaciones se sucedían junto al puente, pero el puente sacudía, corno si fuese una mota de polvo, todas las huellas que habían dejado en él los caprichos o las necesidades de los hombres, y continuaba idéntico e inalterable.

CAPÍTULO VII

 

El tiempo pasaba sobre el puente y sobre la ciudad, por años, por decenas de años. En uno de esos períodos, a mediados del siglo XIX, pudieron observarse los estertores del Imperio turco que había venido consumiéndose en una fiebre lenta. Medidos según el criterio de los contemporáneos, aquellos años resultaban relativamente apacibles y felices, aunque nadie se viese libre de preocupaciones y temores, aunque conociesen sequías e inundaciones, epidemias peligrosas y alarmas de todas clases. Ahora bien, tales acontecimientos sucedían lenta, gradualmente, en breves convulsiones situadas en medio de largas épocas de calma.

El límite entre los bajalatos de Bosnia y Belgrado, que pasa algo más arriba de la ciudad, comenzó a dibujarse por aquellos años, cada vez con mayor nitidez, y fue adquiriendo el aspecto y la significación de una frontera entre Estados. Esta situación cambiaba las condiciones de vida de toda la región, de la ciudad, influía sobre el comercio, sobre las comunicaciones, sobre el estado general de espíritu y sobre las relaciones mutuas entre turcos y servios.

Los turcos de edad avanzada fruncían el entrecejo, parpadeaban, evitando creer en aquellos cambios: y, como si deseasen disipar el espectro desagradable, se encolerizaban, amenazaban, se reunían en consejo e intentaban, por estos medios, olvidar durante algunos meses la desagradable cuestión, hasta el momento en que la ingrata realidad venía a refrescar su memoria y a alarmarlos de nuevo.

Un día de primavera, un turco de Veletovo, procedente de la frontera, fue a sentarse a la kapia y, muy emocionado, contó a los notables turcos que allí se encontraban lo que acababa de suceder en su ciudad.

Dijo el hombre que un cierto día del invierno anterior había llegado hasta Veletovo, lován Mitchitch, personaje de mala reputación, Serdar de Ruyán, que venía de Aril con una tropa armada y que, no más hubo llegado, empezó a inspeccionar y a medir la frontera. Cuando le preguntaron cuáles eran sus intenciones y qué era lo que hacía allí, respondió con arrogancia que no tenía que rendir cuentas a nadie ni mucho menos a unos bosníacos renegados, pero, si se empeñaban en saberlo, les informaba que había sido enviado por el príncipe Miloch para ver por dónde pasaría la frontera y hasta dónde se extendería Servia.

—Pensamos —continuó el hombre de Veletovo— que el cristiano estaba bebido y que no sabía lo que decía, pues era conocido de hacía tiempo como un bandido redomado y un tipo de la peor especie. Lo echamos como a un imbécil y no volvimos a pensar en él. Menos de dos meses después, volvió a aparecer, esta vez con toda una compañía de soldados de Miloch y con un delegado del sultán, un hombre de Estambul débil y pálido. No dábamos crédito a nuestros ojos. Pero el delegado nos lo confirmó todo. No se atrevía a levantar los ojos de vergüenza, pero lo confirmó. Es, según dijo, una orden del gobierno imperial para que Miloch gobierne Servia en nombre del sultán y para que sea determinada la frontera que establecerá los límites de su administración. Cuando los hombres del delegado se pusieron a clavar los postes a lo largo de la cuesta que está por debajo de Tebrebitsa, Mitchitch fue arrancando uno a uno los postes arrojándolos tras ellos. El cristiano furioso (¡así lo devoren los perros!) se lanzó al delegado, gritándole como un criado y amenazándole con la pena capital.

Esa no es la frontera, dijo; la frontera ha sido fijada por el sultán y por el zar de Rusia que han entregado un firman32, referente a este punto, al "príncipe" Miloch; pasa a lo largo del Lim33, va derecha al puente de Vichegrado para seguir después el Drina; todo ese territorio forma, pues, parte de Servia. Y será así sólo durante algún tiempo, porque después será adelantada aún más. El delegado logró persuadirle a duras penas, y entonces establecieron la frontera por encima de Veletovo. Y ahí quedaron las cosas, al menos por el momento. Sólo que, desde ese día, han penetrado en nosotros la duda y un cierto temor, y no sabemos ni qué hacer ni a dónde ir. Hemos hablado con la gente de Ujitsa, pero ni siquiera ellos saben lo que sucederá ni en qué terminará todo esto. Y el viejo Hadji Zuko, que ha ido dos veces a la Meca y que tiene más de ochenta años, dice que antes de que pase una generación, la frontera turca irá a parar allá lejos, al mar Negro, a quince etapas de nuestras tierras.

Los notables turcos de Vichegrado escucharon al hombre de Veletovo. Ofrecían un aspecto tranquilo, pero interiormente se sentían turbados y aturdidos. Las palabras que acababan de oír produjeron tal efecto en ellos que no pudieron permanecer quietos y sus manos se aferraron al banco, como si una corriente poderosa e invisible se precipitase desde algún lugar ignorado azotando y sacudiendo el puente. Dominándose, lograron encontrar unas palabras que disminuyeron la importancia del suceso.

No les gustaban las noticias desagradables, ni los pensamientos tristes, ni las conversaciones serias y preocupadas, pero comprendieron, en aquella ocasión, que todo aquello no presagiaba nada bueno; no podían negar lo que había contado el hombre de Veletovo, y no sabían de qué modo podían tranquilizarlo y devolverle los ánimos. Sólo querían que el campesino volviese a las tierras de Veletovo, llevándose con él las tristes noticias que había traído.

Realmente, la inquietud no sería menor, pero, por lo menos, se habría alejado de ellos. Y cuando el hombre hubo marchado, se sintieron felices de poder volver a sus costumbres y de continuar sentándose tranquilamente en la kapia, sin esas conversaciones que hacen desagradable la vida al hombre y que pintan el futuro con tintes sombríos. Y dejaron que el tiempo se encargara de atenuar y de disminuir la gravedad de los acontecimientos que se desarrollaban al otro lado de la montaña.

El tiempo cumplió con su trabajo. La vida continuó su curso sin cambios aparentes. Pasaron más de treinta años desde esta conversación. Pero los postes que el delegado del sultán y el serdar de Ruyán habían clavado en la frontera, echaron raíces y dieron frutos tardíos, pero amargos para los turcos, que tuvieron que abandonar hasta las últimas ciudades que poseían en Servia. Y, un cierto día de verano, el puente de Vichegrado se vio cubierto por el lamentable cortejo de los refugiados de Ujitsa.

Era uno de esos días de crepúsculo largo y grato, en los que los turcos vienen desde el barrio del mercado a ocupar las dos terrazas de la kapia. Durante esos días, los melones llegan por cestas que acarrean unos burrillos. Son puestos a refrescar junto con las calabazas maduras, y, por la noche, la gente que ha concluido el trabajo los compra y se los come en el sofá. Es frecuente que dos amigos hagan una apuesta: ¿es blanca o roja la calabaza por dentro? La cortan; el que ha perdido paga, y se la comen juntos hablando y bromeando ruidosamente.

El calor tórrido del día brota aún de las piedras, pero ya empieza a subir del agua un viento fresco que acompaña al crepúsculo. El centro del río brilla, mas junto a las orillas, bajo los sauces y los mimbres, se extiende una sombra de color verde oscuro. Todas las colinas circundantes adquieren bajo el sol poniente un tono rojizo que resplandece en unas y es apenas sensible en otras. Por encima de ellas, sobre la mitad sudoeste del anfiteatro que la mirada descubre desde la kapia, cruzan nubes de verano cuyo color cambia sin cesar. Esas nubes son uno de los espectáculos que ofrece la kapia en verano. Desde el momento en que se hace de día y el sol aparece en el cielo, llegan de detrás de las montañas en masas espesas, blancas, plateadas y grises, formando paisajes fantásticos, cúpulas irregulares y multicolores parecidas a las de los edificios suntuosos. Y, una vez que se han establecido en el cielo, permanecen todo el día, inmóviles y pesadas, cubriendo las colinas que rodean a la ciudad abrasada por el sol. Y los turcos que se sientan a la hora del crepúsculo en la kapia, tienen siempre ante los ojos esas nubes que les recuerdan a las tiendas de seda del sultán, despertando en su imaginación visiones y escenas de campos y combates e imágenes de una fuerza y un lujo maravilloso y desmesurado. Apenas la oscuridad las apaga y las disipa, las estrellas y la luna abren en el firmamento un panorama de nuevas magias.

Nunca puede sentirse mejor esa belleza extraña y excepcional como en los días de verano, cuando el sol muere. Los hombres llegan a sentirse como sobre un columpio mágico; cruzan la tierra, navegan los mares, vuelan a través del espacio y tornan para atarse firmemente a su ciudad y a sus casas blancas, rodeadas por un jardín y un huerto de ciruelos. Muchos de estos modestos ciudadanos, que sólo tienen una de esas casas y una tiendecita en el barrio del mercado, sienten a esas horas, mientras beben café y fuman, toda la riqueza del mundo y la infinitud de los dones de Dios. Todo esto puede ofrecerlo a los hombres, a través de los siglos, un simple edificio si es hermoso y sólido, si ha sido concebido en el momento oportuno, elevado en el sitio conveniente y realizado con fortuna.

Y he aquí que nos encontramos en una de esas tardes llena de conversaciones y de risas y de las bromas que cambian los habitantes entre ellos o que dirigen a los amigos que pasan.

Un muchacho bajo, robusto y de aspecto singular, llamado Salko el Tuerto, era el blanco de todas las bromas y quien, con mayor animación, correspondía a ellas.

El Tuerto era hijo de una cíngara y de un soldado o de un oficial anatolio que prestó antaño sus servicios en la ciudad y que la abandonó antes del nacimiento de este hijo que él nunca había deseado. Pronto murió la madre y el chiquillo creció sin familia alguna. Fue criado por toda la ciudad; era de todos, sin pertenecer a nadie. Trabajaba en las tiendas y en las casas desempeñando los cometidos que ningún otro era capaz de aceptar. Limpiaba las zanjas y las canalizaciones, quitando todos los desechos y cuanto el agua había depositado. Nunca tuvo casa ni apellido ni profesión determinada. Comía donde le venía bien, de pie o andando, dormía en los graneros, vestía con los harapos más diversos que los demás le daban. Cuando todavía era niño perdió el ojo izquierdo. Raro, valiente, feliz, truhán y gran bebedor, rendía tantos servicios a la gente de la ciudad, proporcionándoles la oportunidad de bromear, como cuando trabajaba para ellos.

En torno al Tuerto se habían reunido algunos muchachos, hijos de comerciantes, que reían y le dirigían bromas groseras.

El aire estaba perfumado por el aroma del melón y del café tostado. El sol se había puesto, pero aún no se veía la gran estrella que brilla encima de Molievnik. En semejante momento, cuando las cosas más corrientes pueden adquirir el aspecto de visiones llenas de grandeza, de temor y de una significación particular, aparecieron sobre el puente los primeros refugiados de Ujitsa.

La mayoría de los hombres iban a pie, cubiertos de polvo y encorvados, en tanto los niños y las mujeres, envueltas en sus velos y con los ojos desencajados, iban a caballo. A veces, algún hombre importante cabalgaba sobre un caballo mejor, pero a paso de entierro y con la cabeza baja, lo cual revelaba aún más la desgracia que había caído sobre sus cabezas. Unos llevaban una cabra atada con una cuerda. Otros, un cordero en los brazos. Todos callaban; no se oía ni el llanto de los niños. Tan sólo el ruido de los cascos de los caballos y de los pasos de los hombres, y el entrechocar monótono de los objetos de cobre y de madera que pendían de los caballos agobiados por la carga.

La aparición de aquellos seres extenuados y en la ruina detuvo en seco la animación que reinaba en la kapia. Los viejos permanecieron en los bancos de piedra. Los jóvenes se levantaron uno tras otro y formaron a cada lado de la kapia un muro viviente; el cortejo pasó entre ellos. Unos se contentaban con mirar a los refugiados con compasión y guardaban silencio; otros les daban la bienvenida y trataban de detenerlos y ofrecerles algo, pero nadie volvía la cabeza para ver lo que les brindaban y apenas respondían a las palabras de bienvenida. Se limitaban a apresurar el paso con objeto de llegar antes de que cayese la noche al final de la etapa.

Habría unas cien familias. La mayoría siguió su camino hacia Sarajevo, donde probablemente serían albergados; el resto se quedó en la ciudad, en la cual tenían parientes.

Uno solo de aquellos hombres extenuados, aparentemente pobre y sin familia, se detuvo un instante en la kapia, bebió agua en abundancia y aceptó un cigarro que le ofrecieron. Estaba completamente blanco del polvo del camino, sus ojos brillaban como si tuviese fiebre y su mirada iba de un objeto a otro sin cesar. Aspirando ávidamente el humo, dirigió alrededor suyo una mirada brillante, desagradable, sin contestar nada a las preguntas tímidas y corteses que le formularon. Se limitó a enjugar sus largos bigotes, agradeciendo brevemente y con esa amargura que dejan en el hombre la fatiga y el sentimiento de abandono, las atenciones que habían tenido con él, y observándolos a todos con unos ojos que no veían, les dijo:

—Estáis aquí sentados, divirtiéndoos, sin saber lo que sucede en Stanichevats. Nosotros hemos podido refugiarnos en tierra turca, pero, ¿a dónde iréis vosotros cuando llegue el turno a este país? Nadie lo sabe ni puede imaginarlo.

El hombre cesó bruscamente de hablar. Lo que había dicho era a la vez mucho para aquellas gentes libres de preocupaciones, aunque fuese por poco tiempo, y muy poco para la amargura que lo invadía y que no le permitía ni callarse ni hablar con claridad. Fue él mismo quien rompió el penoso silencio, despidiéndose, dando las gracias y apresurándose para reunirse con el resto de la comitiva. Todos se pusieron en pie para decirle con voz potente que le deseaban toda clase de prosperidades.

Aquella tarde, en la kapia, se mantuvo una triste impresión. La gente estaba sombría y silenciosa. El mismo Tuerto se quedó sentado, mudo e inmóvil, en uno de los escalones de piedra. Alrededor de él, el suelo estaba tapizado con las cortezas de las calabazas que se había comido gracias a una apuesta. Con la cabeza apoyada sobre el brazo, invadido de melancolía, la mirada baja y ausente, daba la sensación de no estar mirando frente a sí, sino a una profundidad lejana que casi no llegaba a vislumbrar. Todos se fueron antes que de costumbre.

Pero, a partir del día siguiente, la vida recobró su aspecto habitual porque las gentes de la ciudad no querían recordar las desgracias ni inquietarse antes de tiempo; en el fondo de su ser, abrigaban la idea de que la verdadera vida se compone de períodos tranquilos y de que sería loco y vano turbar esos escasos períodos tranquilos, reclamando otra vida, más sólida y más estable, que no existe.

Durante el segundo tercio del siglo XIX, Sarajevo sufrió por dos veces la peste y una vez el cólera. En tales casos, la ciudad observaba los preceptos que, según la tradición, Mahoma había dado a sus fieles con el fin de regular su conducta en caso de epidemia:

 

"Cuando la enfermedad reina en un lugar, no vayáis a él, pues podéis contraerla, pero si estáis en el lugar en que reina la enfermedad, no salgáis de ese lugar, pues podéis hacer que otros la contraigan."

 

Y, como la gente no observaba los preceptos más saludables, ni siquiera cuando se invoca la autoridad del enviado de Dios, si no es obligada por "la fuerza de la autoridad", la autoridad, con motivo de cada "peste", limitaba o suspendía completamente la circulación de los viajeros y del correo.

Entonces la vida de la kapia cambiaba de aspecto. Los habitantes, ocupados u ociosos, pensativos o alegres, desaparecían, y en el sofá desierto se montaba de nuevo, como en tiempos de revuelta o de guerra, una guardia de algunos hombres. Se detenía a los viajeros procedentes de Sarajevo y se les hacía volver apuntándoles con los fusiles y gritándoles. Los soldados de la guardia recibían el correo de manos de unos jinetes, pero lo hacían adoptando toda clase de precauciones. Se encendía entonces en la kapia un pequeño fuego de "madera olorosa", que despedía un abundante humo blanco. Los guardianes cogían las cartas una a una con unas pinzas y las pasaban por el humo. Las cartas así desinfectadas eran enviadas inmediatamente más lejos. No era aceptada ninguna mercancía. Pero su tarea principal no era la de ocuparse de las cartas, sino de las personas. Cada día llegaban algunos viajeros, mercaderes, mensajeros, vagabundos. Justo a la entrada del puente, un guardia los esperaba, y, en cuanto los veía aparecer, les hacía una señal con la mano indicándoles que estaba prohibido acercarse. El viajero se detenía o comenzaba a parlamentar para justificarse o explicar su caso. Cada uno de ellos consideraba que era indispensable que lo dejaran entrar en la ciudad y aseguraba que estaba sano y que no tenía nada que ver con el cólera —¡que lo ahorquen al cólera!—. Mientras daban todas esas explicaciones, los viajeros alcanzaban poco a poco la mitad del puente y se aproximaban a la kapia. Allí, los otros guardianes se unían a la conversación, discutían a algunos pasos de distancia, gritaban y gesticulaban. También gritaban por otra razón; los guardianes del puesto de la kapia se pasaban todo el día paladeando rakia y comiendo cebollas blancas; su servicio les daba derecho a ello porque se creía que ambas cosas eran buenas para defenderse de la epidemia; y se aprovechaban largamente de tal derecho.

Muchos viajeros se cansaban de suplicar y de tratar de convencer a los guardianes, y se volvían quebrantados, sin haber hecho lo que tenían que hacer, por el camino de Okolichta. Pero los había que eran perseverantes y batalladores y que permanecían en la kapia durante horas, acechando un instante de desfallecimiento o de falta de atención, o esperando un azar insensato y feliz. Si por un acaso se encontraba allí el jefe de los guardias de la ciudad, Salko Hedo, entonces no existía ninguna esperanza de que los viajeros pudiesen conseguir algo. Hedo era de ese tipo de autoridades verdaderas, consagradas, que no ven ni escuchan a quien les habla, y que no se ocupan de su interlocutor como no sea para asignarle el lugar que le corresponde según las ordenanzas y los reglamentos. En el ejercicio de sus funciones era ciego y sordo, y, cuando había concluido, enmudecía. En vano los viajeros suplicaban o lo halagaban.

—Salikh-Aga, tengo buena salud...

—Entonces, vuelve al sitio de donde vienes, y buena salud. ¡Vete y que el diablo te lleve!

Con Hedo no se podía discutir. Pero si se trataba con los guardianes subalternos siempre existía alguna posibilidad. El viajero se quedaba en el puente, y continuaba manteniendo una conversación a gritos con ellos y se querellaba y les contaba sus desgracias y les hablaba de aquel por quien había emprendido el viaje y les soltaba todas las desdichas que había padecido en su vida; entonces, se convertía, de algún modo, en alguien más próximo, mejor conocido, y se pensaba cada vez menos en que se tratara de un hombre atacado por el cólera. Al final, uno de los guardianes se ofrecía para llevar el encargo a la persona a quien iba dirigido en la ciudad. Era el primer paso hacia el relajamiento. Pero el viajero insistía en que su asunto no podía ser realizado por nadie; sabía que los guardianes, nerviosos y medio borrachos a fuerza de cuidarse con rakia, no tenían claras las ideas y hacían muchos encargos al revés. Había que continuar la conversación, rogando, ofreciendo propinas, apelando a Dios y a su alma. Y así hasta el momento en que sólo quedaba uno de ellos que se había mostrado más complaciente. En ese momento, la partida estaba resuelta. El guardián, de alma bondadosa, volvía la cabeza hacia el muro, simulando leer la inscripción, ponía las manos a la espalda, ofreciendo la derecha abierta. El viajero perseverante deslizaba en la mano del guardián la suma convenida, miraba a derecha e izquierda, cruzaba corriendo la otra mitad del puente y se perdía en la ciudad. El guardián volvía a su puesto, machacaba cebolla y la rociaba con rakia. Esto lo colmaba de una resolución despreocupada y alegre, le daba fuerzas para vigilar y para proteger la ciudad contra el cólera.

Pero las desgracias no duran eternamente (rasgo que tienen en común con las alegrías); pasan, o, por lo menos, cambian de forma, y se desvanecen en el olvido. Y la vida en la kapia se renueva siempre y a pesar de todo, y el puente no cambia ni con los años, ni con los siglos, ni con las transformaciones más dolorosas de las relaciones humanas. Todo pasa por él de igual manera que el agua tumultuosa corre bajo sus ojos lisos y perfectos.

CAPÍTULO VIII

 

No eran sólo las guerras, las pestes y los éxodos, los fenómenos que se desplegaban sobre el puente, suspendiendo la vida en la kapia. Había también otros acontecimientos excepcionales que daban su nombre al año en que se habían producido y mantenían por mucho tiempo su recuerdo.

A la izquierda y a la derecha de la kapia, el parapeto del puente está desde hace mucho tiempo pulido y un poco más oscuro que en el resto. Desde hace centenares de años, los campesinos posan allí su carga cuando, mientras atraviesan el puente, sienten deseos de descansar, y los ociosos se acodan en él, hablando, cuando esperan a alguien o bien en aquellos momentos en que, solitarios, contemplan cómo, en el abismo, corre el agua espumosa y rápida, siempre nueva y siempre igual.

Mas nunca hubo tantos desocupados y curiosos que se apoyasen en el parapeto y mirasen la superficie del agua, pareciendo que querían leerla y descifrarla, como en los últimos días del mes de agosto de aquel año. Las aguas bajaban turbias a causa de la lluvia, aunque todavía no había terminado el verano. En los remolinos que se formaban bajo el agua podía distinguirse una espuma blanca que daba vueltas, mezclada con residuos de madera, ramitas y briznas de paja. Sin embargo, desde el muro, los ociosos de la ciudad, con la cabeza entre las manos, no miraban, en realidad, al río que les era sobradamente conocido y que no podía decirles nada; en la superficie de las aguas, como en sus conversaciones, trataban de hallar una explicación que los tranquilizase, y una especie de huella visible de un destino oscuro y cruel que, por aquellos días, había sorprendido y turbado a todos.

En aquella época, se produjo en la kapia un acontecimiento verdaderamente importante; un acontecimiento del que no existía precedente y que, probablemente, no se repetirá en tanto haya un puente sobre el Drina y una ciudad junto al puente. Conmovió a toda la ciudad y se extendió lejos de ella, por otros lugares, por otras regiones, como una de esas historias que corren por el mundo.

Fue, en realidad, la historia de dos aldeas: Veli Lug y Nezuka. Estas dos aldeas están situadas en los extremos opuestos del anfiteatro que forman, alrededor de la ciudad, las colinas pardas y los verdes alcores.

El pueblo de Strajichta, al nordeste del valle, es el más próximo a la ciudad. Sus casas, sus campos y sus jardines están diseminados por unas lomas y empotrados en los valles que las separan. Sobre el flanco redondeado de uno de esos promontorios hay unas quince casas, sumidas en sus huertos de ciruelos y rodeadas por todas partes por el campo. Es la aldea de Veli Lug, colonia turca apacible, bella y rica, emplazada en las alturas. Forma parte del municipio de Strajichta, pero está más lejos de ésta que de la ciudad; las gentes que viven en Veli Lug tienen a una media hora el barrio del mercado, donde poseen almacenes y efectúan sus negocios, como los otros habitantes de la ciudad. Entre ellos y los vichegradeses no existe ninguna diferencia, si no es, quizá, la de que sus bienes son más estables y gozan de más seguridad, porque residen en tierra firme, al sol, y no corren el riesgo de las inundaciones; también se caracterizan por ser más modestos y vivir más retirados, libres de las malas costumbres de la ciudad. Veli Lug goza de una buena tierra, una agua pura y una hermosa gente.

En ella vive una rama de la familia de los Osmanagitch de Vichegrado. Y aunque los de la ciudad sean más y posean mayores riquezas, el pueblo considera que éstos han "decaído", y que los verdaderos Osmanagitch son los de Veli Lug, cuna de la familia. Constituyen una hermosa raza, susceptible y orgullosa de su nacimiento. Poseen la casa más grande del lugar que se ve, en toda su blancura, un poco más abajo de la cumbre, expuesta al sudoeste, siempre recién encalada, con su techo de bálago ennegrecido, y sus catorce ventanas guarnecidas de vidrio. Esta casa es visible desde lejos, y es lo primero que se presenta a los ojos del viajero que baja por el camino que conduce a Vichegrado, o que se vuelve al salir de la ciudad. Los últimos rayos del sol que se ponen tras las crestas de Liechtán, se detienen y se quiebran sobre la blanca y brillante faz de la casa. Las gentes de la ciudad tienen, desde hace tiempo, la costumbre de contemplar, hacia el atardecer, cómo el sol poniente se refleja en las ventanas de los Osmanagitch, las cuales, una a una, se van apagando. A menudo, cuando el sol ya se ha ocultado y la ciudad queda envuelta en las sombras, una de esas ventanas se enciende con un último reflejo, perdido en medio de las nubes, y brilla aún durante unos instantes como una gran estrella roja suspendida sobre la ciudad que duerme. También muy conocido, y personaje considerable de la ciudad, es el dueño de la casa, Avdaga Osmanagitch, hombre intrépido y fogoso tanto en su vida como en sus negocios. Tiene un almacén de "depósito" en el barrio del mercado, local bajo y semioscuro, donde sobre tablas y esteras trenzadas se extienden el maíz, las ciruelas o las piñas. Avdaga trabaja al por mayor, y, por tanto, su almacén no abre todos los días, sino en las fechas de mercado y, durante la semana, cuando el trabajo y las necesidades lo exigen. En el almacén siempre está uno de los hijos de Avdaga, mientras que generalmente él permanece sentado en un banco delante del local. Allí, charla con los clientes o con los conocidos. Es un hombre alto, imponente y coloradote; su barba y su bigote son completamente blancos. Su voz es ronca y sofocada. Hace años que padece una asma cruel. Y, cuando, al hablar, se excita y levanta la voz, lo que sucede a menudo, una tos violenta le corta bruscamente la palabra, las venas del cuello se le hinchan, la cara se le pone de color escarlata y sus ojos se arrasan de lágrimas y su pecho gime, resuena y silba, como la tormenta en las montañas. Cuando pasa el acceso de tos, se recupera inmediatamente, aspira aire a fondo y reanuda la conversación en el punto en que se había parado; únicamente se observa una ligera variación en la voz, que se deja oír más débil. Es conocido en la ciudad y en sus alrededores como un hombre sobrio, de mano generosa y corazón atrevido. Así es en todo, incluso en su negocio, aunque frecuentemente su temperamento lo perjudique. Muchas veces, a causa de una palabra osada, disminuye o aumenta el precio de las ciruelas, aunque no tenga ningún interés en ello, sencillamente por bravata frente a un lugareño que tema por su dinero, o frente a un comerciante avaro. En general, se le escucha en el barrio del mercado y se recogen sus opiniones, aun a sabiendas de que muchas veces es fogoso y subjetivo en sus juicios. Cuando Avdaga baja de Veli Lug y se instala ante su almacén, rara es la vez que está solo, porque a la gente le gusta su charla y desea oír sus opiniones. Es franco y vivo, siempre presto a decir y a defender lo que los demás prefieren dejar pasar en silencio. Su asma y sus accesos dolorosos de tos le cortan a cada instante las palabras, pero, cosa extraordinaria, no estropean el efecto de lo que dice: al contrario, hacen más convincentes sus pensamientos y dan una dignidad grave y penosa a su manera de expresarse, hasta el punto de que no es fácil resistirse a ella.

Avdaga tiene cinco hijos adultos, que están casados, y una hija única, la menor, en edad de matrimonio. Se sabe de esa hija, Fata, que es extraordinariamente hermosa, e! vivo retrato de su padre. La cuestión de su matrimonio preocupa a la ciudad y, poco a poco, ha trascendido a los alrededores. Es costumbre desde siempre entre nosotros, el que una muchacha de cada generación pase a las leyendas y a las canciones a causa de su hermosura, de sus cualidades y de su nobleza. Esa muchacha, durante unos años, es el objeto de todos los deseos y el ejemplo inaccesible: con sólo oír su nombre, las imaginaciones se inflaman, se desborda el entusiasmo de los hombres y se va tejiendo la envidia de las mujeres. Se trata de esos seres excepcionales a los que la naturaleza distingue y levanta hasta alturas peligrosas.

La hija de Avdaga se parecía a su padre, no sólo en la cara y en el aspecto, sino en la lucidez de su espíritu y en su don de palabra. Quienes mejor lo sabían eran los muchachos que, en las bodas y en los encuentros fortuitos, trataban, por medio de adulaciones triviales o bromas atrevidas, de conquistarla o de azararla. Su don de palabra no era nada inferior a su belleza. La canción sobre Fata, la hija de Avdaga (las canciones en torno a criaturas tan excepcionales nacen de un modo espontáneo, sin saber dónde) decía:

 

¡Qué juiciosa eres, qué hermosa,

hermosa Fata, hija de Avdaga!

 

Así se cantaba y se hablaba en la ciudad y en sus alrededores, pero eran pocos los que tenían la audacia de pedir la mano de la muchacha. Y cuando incluso esos pocos fueron rechazados sucesivamente, se formó en seguida en torno a Fata el círculo de admiración, de odio y de envidia, de deseos inconfesados y de espera maliciosa, que rodea siempre a los seres cuyos dones y cuyo destino son excepcionales. Tales personas, a las que se canta y de las que se habla, son arrastradas velozmente por su destino particular, y, tras ellas, quedan vivas, en lugar de una existencia realizada, una canción o una historia.

Entre nosotros, ocurre con frecuencia que la muchacha de la que se habla mucho, se queda, precisamente por esta razón, sin pretendientes y "soltera", mientras que se casan fácilmente las muchachas que, desde todos los puntos de vista, no valen lo que aquélla. Esta desventura no cayó sobre Fata, porque hubo quien fue lo suficientemente atrevido para pedir su mano; alguien sumamente hábil y tenaz para alcanzar su meta.

En el círculo irregular que forma la cuenca del Drina a su paso por Vichegrado, exactamente enfrente de Veli Lug, se encuentra la aldea de Nezuka.

Más allá del puente, a menos de una hora de marcha río arriba, justamente en el macizo de montañas escarpadas de las que, como un muro pardo, desemboca el Drina en un brusco recodo, hay una estrecha faja de tierra fértil situada sobre la orilla rocosa del río. Son aluviones y torrentes que descienden en abrupta pendiente de las Rocas de Butko. Ellos permiten la existencia de campos y de jardines y, a un lado, de praderas cubiertas por hierba tierna que se pierden hacia las cumbres entre pedriscos escarpados y breñas sombrías. Toda la aldea es propiedad de los beys Hamzitch, también llamados los Turcovitch. En la mitad de las tierras viven cinco o seis familias de campesinos siervos; en la otra, se encuentran las casas de los beys, los hermanos Hamzitch, con Mustaí-Bey Hamzitch a la cabeza. La aldea está apartada y expuesta al norte, sin sol, pero también sin viento, y es más rica en frutas y en heno que en trigo. Rodeada y oprimida por todas partes por altas colinas abruptas, está a la sombra casi todo el día, y siempre en silencio, aunque cada llamada de los pastores, cada movimiento de los cencerros del ganado sean devueltos por las montañas en un eco sonoro y múltiple. Sólo hay un camino que conduzca a ella. Cuando, al salir de la ciudad, se cruza el puente y se deja la carretera principal que se desvía a la derecha y sigue el curso del río, y una vez situados justamente en la orilla, se va a parar a un estrecho sendero pedregoso que tuerce a la izquierda del puente, atraviesa una extensión árida e inculta y sube por encima del Drina, pasando junto a la orilla, como un borde blanco sobre el terreno pardo que cae a pico, hundiéndose en el río. Si se mira desde arriba del puente, a algún caballero o a un peatón que pasen por aquel lugar, se tiene la impresión de que van por un estrecho tronco de árbol arrojado entre el agua y la roca, y su imagen, mientras avanzan, no deja de reflejarse en el agua tranquila y verde del río.

Es el camino que conduce desde la ciudad a Nezuka; pero de Nezuka no sale ningún otro, porque no hay sitio donde ir ni nadie que viaje. Tan sólo, por encima de las casas, la vertiente, cubierta por un bosque claro, está cortada por dos profundos barrancos blancos por los cuales trepan los pastores cuando van en busca del ganado a la montaña.

Allí se encuentra la enorme casa blanca del más viejo de los Hamzitch, Mustaí-Bey. No es más pequeña que la casa de los Osmanagitch en Veli Lug, pero a diferencia de ésta, es absolutamente invisible, hundida en aquel soto a orillas del Drina. Dispuestos en torno a ella, en semicírculo, crecen once altos álamos que, por su susurro y su movimiento, dan una animación continua a aquel rincón de tierra cerrado por todas partes y de difícil acceso. Más abajo se encuentran, algo más pequeñas y más modestas, las casas de los otros dos hermanos Hamzitch. Todos los Hamzitch tienen muchos hijos y son esbeltos, altos, pálidos de rostro, taciturnos e introvertidos, pero unidos y activos en el trabajo, acostumbrados a estimar y a defender lo que les pertenece. Al ser las gentes más acomodadas de la aldea, tienen en la ciudad sus almacenes de depósito, adonde llevan cuanto cosechan en Nezuka. Durante cada estación, ellos y sus siervos pululan y trepan como hormigas por el estrecho sendero que corre a lo largo del Drina; unos llevan sus mercancías a la ciudad, otros vuelven de ella, concluidos sus asuntos, con el dinero en el cinturón, para recogerse en su pueblo invisible.

En casa de Mustai-Bey Hamzitch, en aquel edificio blanco que recibe a los hombres como una agradable sorpresa al cabo del sendero pedregoso que parece no conducir a ninguna parte, hay cuatro hijas y un hijo único, Nail. Este Nail-Bey, de Nazuka, ha sido de los primeros en fijarse en Fátima, la de Veli Lug. Durante una boda, a través de una puerta entreabierta, junto a la cual se hacinaba un gran número de jóvenes entusiastas, no dejó de admirar su belleza. La volvió a ver otra vez, rodeada de amigas, y le dirigió una broma atrevida:

—Quieran Dios y Mustaí-Bey darte el nombre de desposada. Fata ahogó su risa.

—No rías —dijo, a través de la estrecha abertura de la puerta, el excitado muchacho—, ese prodigio se realizará un día.

—Eso sucederá cuando Veli Lug descienda hasta Nezuka —repuso la muchacha con una nueva risa y un movimiento altivo de su cuerpo, como sólo las criaturas semejantes a ella y de su edad son capaces de hacer, y que decía más que sus palabras y su risa.

Así provocan a menudo al destino, con osadía, de modo desconsiderado, los seres particularmente dotados por la naturaleza. Esta respuesta se divulgó y corrió de boca en boca, como todo lo que ella hacía y decía.

Pero los hermanos Hamzitch no son gente que se detenga o se desanime ante la primera dificultad. Incluso cuando se trata de asuntos de menor importancia, no los rematan inmediatamente ni violentan las cosas; mucho menos, en una cuestión de tanta importancia. Una tentativa, hecha a través de los parientes de la ciudad, no tuvo éxito. Entonces, el viejo Mustaí-Bey Hamzitch tomó en sus manos el matrimonio de su hijo. Tenía desde siempre negocios en común con Avdaga. A causa de su naturaleza irritable y fiera, Avdaga había padecido en los últimos tiempos pérdidas considerables, debido a las cuales le era difícil hacer frente, por el momento, a algunos de sus compromisos. Mustaí-Bey, en tales circunstancias, lo ayudó y lo sostuvo, como únicamente las buenas personas del barrio del mercado pueden ayudarse y sostenerse unos a otros en un trance difícil: con sencillez, con naturalidad y sin discursos.

En esos depósitos umbrosos y frescos, y en los asientos de piedra pulimentada que hay ante ellos, no se arreglan sólo las cuestiones de dinero y de comercio, sino también destinos humanos. ¿Qué pasó entre Avdaga Osmanagitch y Mustaí-Bey Hamzitch? ¿Cómo Mustaí-Bey pidió la mano de Fata para su hijo Nail, y cómo Avdaga, con su rigidez y su orgullo, "la concedió"? Nadie lo sabrá nunca. Tampoco se sabrá cómo sucedieron las cosas en Veli Lug, entre el padre y su hija. Desde luego, no pudo haber resistencia por parte de ella. Una mirada llena de dolorosa sorpresa y aquel movimiento orgulloso de su cuerpo que sólo era suyo, y después una muda y sorda sumisión a la voluntad paterna, como era y es costumbre entre nosotros. Igual que en sueños, empezó a exponer, a contemplar y a ordenar su equipo de novia.

Tampoco se supo nada de Nezuka. Los prudentes Hamzitch no pedían a las gentes que registrasen su éxito en sus conversaciones. Habían obtenido lo que querían y, como siempre, se contentaban con el triunfo. No tenían necesidad de que nadie participase de su alegría, de igual modo que nunca pedían compasión cuando sufrían un fracaso.

La gente no dejaba de levantar murmullos abundantes y desconsiderados, como suelen ser los murmullos de la gente, a propósito del acontecimiento. Por toda la ciudad y por sus alrededores, se contaba cómo los Hamzitch habían obtenido lo que querían; cómo la bella, altiva y juiciosa hija de Avdaga, que no había encontrado en toda Bosnia un pretendiente digno de ella, había sido burlada y vencida; cómo, a pesar de todo, " Veli Lug descendería hasta Nezuka", aunque Fata hubiese declarado públicamente que esto no sucedería nunca. Porque a la gente le gusta hablar así de la caída y de la humillación de aquellos que se han levantado y han emprendido un vuelo demasiado alto.

Durante un mes, todo el mundo propagó relatos sobre la noticia, y, en sus conversaciones, saboreaban la futura humillación de Fata, como un delicioso néctar. Y, durante un mes, se hicieron preparativos en Nezuka y en Veli Lug.

Durante un mes. Fátima trabajó con sus amigas, con sus familiares y sus criados, para preparar su equipo. Las muchachas cantaban. Ella también cantaba. Encontraba incluso fuerzas para ello. Y se escuchaba a sí misma, mientras seguía el curso de sus pensamientos. Porque, a cada puntada que daba, aumentaba su seguridad de que ni ella ni sus bordados llegarían a ver Nezuka. No lo olvidaba un instante. Pero, trabajando y cantando, tenía la impresión de que había una gran distancia entre Veli Lug y Nezuka y que un mes era mucho tiempo. Por la noche le sucedía lo mismo; cuando, pretextando haber terminado un trabajo, se quedaba sola, el mundo se abría ante ella, rico, pleno de luz y de felices mutaciones.

En Veli Lug, las noches son cálidas y, al mismo tiempo, frescas. Las estrellas están bajas y se agitan, ceñidas por una luz blanca y vacilante. De pie ante la ventana, Fátima contempla la noche. Lleva en todo su cuerpo una fuerza tranquila, desbordante y dulce, y siente cada parte de su ser como un manantial de vigor y de alegría: sus piernas, sus caderas, sus brazos, su cuello y, sobre todo, su pecho. Sus senos, generosos y pesados, pero en esa parte de su cuerpo el peso de todo el alcor, con cuanto lleva consigo: casa, edificaciones, campos; respira con un aliento cálido, profundo, igual, que se eleva y desciende con el cielo luminoso y el espacio nocturno. Bajo su respiración, la contraventana sube y baja, toca el vértice de sus senos, los deja, en un intento de alejarse, vuelve y los roza de nuevo, para bajar y alejarse otra vez.

Sí, el mundo es grande, el mundo es enorme, tanto de noche como de día, cuando el valle de Vichegrado llamea y cuando casi se oye el madurar de los trigos que lo cubren, cuando la ciudad se ofrece blanca, extendida en torno al río verde y cerrada por la línea regular del puente y por las colinas negras. Pero es por la noche, sólo por la noche, al revivir e inflamarse los cielos, cuando se revelan la infinidad y la fuerza poderosa de este mundo en el que el hombre se pierde, sin tener conocimiento ni de sí mismo, ni del lugar al que ha ido, ni de lo que quiere o debe hacer. Sólo por la noche se vive verdaderamente con serenidad, por largo tiempo; sólo por la noche no existen las palabras que comprometen para toda la vida, ni las promesas mortales, ni las situaciones sin salida, con el breve plazo que corre y se escapa inexorablemente, y con la muerte o la vergüenza como único término y posibilidad de escape. Sí, por la noche no sucede como en la vida diurna, en la que lo que se dice una vez permanece irrevocable y convertido en ineludible promesa. Por la noche, todo es libre, infinito, anónimo y mudo.

Entonces, se oye en algún lugar de la planta baja, como si viniese de lejos, una voz penosa, profunda y ahogada: "¡Aaa-ach, kkkkh! ¡Aaaach, kkkkh!"

Es Avdaga que lucha con sus accesos de tos nocturnos.

Fata no sólo reconoce aquella voz, sino que ve perfectamente a su padre, fumando sentado, torturado por la tos y el insomnio. Cree distinguir sus grandes ojos pardos que tan bien conoce; aquellos ojos tan parecidos a los suyos, ensombrecidos por la vejez y bañados por un resplandor lacrimoso y riente, aquellos ojos en los que leyó por vez primera que su destino era inevitable, cuando le dijo que estaba prometida a un Hamzitch y que debía hacer sus preparativos para dentro de un mes.

"¡Khha, kkha, kkha! ¡akh!"

El éxtasis que sintió la muchacha hace unos minutos, ante la belleza de la noche y la grandeza del mundo, se viene abajo de pronto. El aliento perfumado de la noche se detiene. Los senos de Fata se crispan en un dulce espasmo. Las estrellas y los espacios se desvanecen. Sólo queda el destino, su destino ineludible y cruel en vísperas de realizarse, que va cumpliéndose, que se consume a medida que el tiempo pasa, dentro de esa calma hecha de inmovilidad y de vacío, que permanece cuando todas las cosas han pasado.

El sonido sordo de la tos sube desde la planta baja.

Sí, ella lo oye y lo ve, como si estuviese en su presencia. Es su padre querido, poderoso, único, a quien se siente unida indisolublemente, dulcemente unida desde que tiene conciencia de su propia vida. Y siente esa misma tos clavándose en su pecho. Es su padre el que sufre y ella sufre con él. Es la misma persona que ha pronunciado un "sí", cuando su corazón de mujer decía "no". Pero sigue en todo la voluntad de su padre. Y el "sí" de él lo siente como si fuera suyo (tanto como su propio "no"). A medida que su destino se le manifiesta con toda su dureza, a punto de realizarse, se da cuenta de que no puede escapar de él. Sólo sabe una cosa: a causa del "sí" de su padre, deberá pasar ante el caíd, junto al hijo de Mustaí-Bey; no cabe pensar que Avdaga retire la palabra empeñada. Pero también sabe que no pondrá los pies en Nezuka, porque entonces sería ella la que no cumpliría con la suya. Y es tan imposible lo uno como lo otro: la palabra de un Osmanagitch es sagrada. Éste era el dilema: el "no" de ella y el "sí" de su padre, Veli Lug y Nezuka. Tenía que encontrar una solución. Ya no piensa en los espacios del mundo grande y rico ni en el camino entre Veli Lug y Nezuka. Piensa sólo en el corto y lúgubre tramo que va desde la mechtchema34, donde el caíd la casará con el hijo de Mustaí-Bey, y que se halla a la salida del puente, en el lugar en que la pendiente pedregosa va a parar al estrecho sendero que conduce a Nezuka, y que ella no pisará. Su pensamiento no ha dejado de recorrer ese tramo de un extremo a otro, como la lanzadera corre a través de la tela. De la mechtchema, cruzando el centro de la ciudad y el mercado, hasta el extremo del puente; pero aquí se detenía, como si hubiese visto un abismo, atravesando de nuevo el mercado hasta la mechtchema. Y así siempre: ida y vuelta, ida y vuelta.

Su imaginación, que no cesaba de trabajar, que no lograba hallar una salida, se detenía a menudo en la kapia, en el hermoso sofá de piedra, donde las gentes se sientan a hablar, donde los muchachos cantan, mientras el río verde, rápido y profundo, ruge bajo el puente. Horrorizada ante una solución semejante, tornaba a volar, como empujada por una maldición, de un extremo a otro del camino, hasta que, no encontrando salvación posible, se paraba de nuevo en la kapia.

Esta idea llegó a obsesionarla hasta el punto de llenar sus noches. El solo pensamiento de que tenía que llegar el día en que, realmente, debería recorrer aquel camino, la llenaba de horror ante la muerte y de espanto ante una vida marcada por la vergüenza. Impotente y abandonada, tenía la impresión de que el mismo espanto de aquel pensamiento debía alejar o, por lo menos, retrasar el día.

Mas pasó el tiempo, ni de prisa ni despacio, sino regular y fatalmente, y con el tiempo llegó la fecha de la boda.

El último jueves del mes de agosto (que era el día que se había fijado) los Hamzitch llegaron a caballo en busca de la muchacha. Cubierta de un pesado velo, como una coraza, fue colocada en un caballo y conducida a la ciudad. Al mismo tiempo, en el patio, fueron cargados a lomos de caballo los baúles que contenían el equipo de Fata. En la mechtchema se celebró el matrimonio ante el caíd. Así se cumplió la palabra de Avdaga por la cual había dado a su hija en matrimonio al hijo de Mustaí-Bey. A continuación, el reducido cortejo emprendió el camino de Nezuka, donde se habían preparado las solemnidades propias del caso.

Atravesaron el centro de la ciudad y el mercado; es decir, una parte de aquel camino sin salida que tantas veces había recorrido Fata con el pensamiento. Ahora resultaba más tangible e, incluso, más fácil que en la imaginación. Ni estrellas, ni espacio, ni la tos sorda de su padre, ni el deseo de que el tiempo vaya más de prisa o más despacio. Cuando llegaron al puente, la muchacha sintió una vez más, igual que durante las noches pasadas, cuando se quedaba junto a la ventana, destacarse cada parte de su ser, sobre todo, su pecho ligeramente crispado. Alcanzaron la kapia. Como tenía planeado, la muchacha se inclinó y pidió en un susurro al más joven de sus hermanos, que cabalgaba a su lado, que subiese un poco los estribos, ya que se acercaban a la cuesta por la que se desciende desde el puente al camino pedregoso que conduce a Nezuka. Primero, se detuvieron los dos, y luego, un poco más lejos, los invitados. Aquello resultaba completamente natural. No era ni la primera vez ni la última que un cortejo nupcial se detenía en la kapia. Mientras su hermano echaba pie a tierra, daba la vuelta al caballo y recogía las bridas, la muchacha avanzó su brazo hasta el borde mismo del puente, puso su pie derecho en el parapeto de piedra, saltó de la silla con la ligereza de un pájaro, pasó por encima del muro y se lanzó al río que rugía bajo el puente. Su hermano se precipitó tras ella y tuvo tiempo de tocar con la mano el velo desplegado, pero no pudo retenerla. Los demás invitados descabalgaron, lanzando exclamaciones, y permaneciendo a lo largo del parapeto en extrañas actitudes, como petrificados.

Aquel mismo día, al caer la tarde, empezó a llover intensamente en medio de un frío anormal en aquella época del año. El Drina creció y se enturbió al mismo tiempo. Al día siguiente las aguas amarillentas de la crecida arrojaron el cadáver de Fata sobre un fondo, cerca de Kalata. Allí la encontró un pescador que fue inmediatamente a anunciar su hallazgo al mulazim35.

 

Poco después, llego éste al lugar acompañado del muktar36, del pescador y de Salko el Tuerto. Porque el Tuerto no faltaba nunca en semejantes circunstancias.

El cadáver yacía, blando y húmedo, sobre la arena. Las olas lo salpicaban y, de vez en cuando, lo cubrían completamente. El velo nuevo de tela negra que el agua no había podido arrancar, se había levantado y caía por encima de la cabeza; mezclado con la larga y espesa cabellera, formaba una extraña masa negra junto al hermoso cuerpo blanco de la muchacha, al que la corriente había despojado de su tenue traje de novia. Con el rostro sombrío y las mandíbulas apretadas, el Tuerto y el pescador se metieron en el agua poco profunda, cogieron el cuerpo desnudo de la joven y, con precaución e incómodos, como si estuviese viva, la llevaron a la orilla y allí la cubrieron inmediatamente con su velo empapado de agua y sucio de cieno.

Aquel mismo día fue enterrada en el cementerio turco más próximo, en la orilla alta, al pie de la colina sobre la que se eleva Veli Lug. Y, al atardecer, los ociosos se reunieron en las tabernas, alrededor del pescador y del Tuerto, con esa curiosidad malsana y detestable que se desarrolla muy especialmente entre la gente cuya vida está vacía, desprovista de toda belleza y pobre en emociones y en acontecimientos. Los obsequiaron con aguardiente y les ofrecieron tabaco para que les diesen algún detalle sobre el cadáver y el entierro. Pero no consiguieron nada.

Ni siquiera el aguardiente pudo desatar la lengua de los dos hombres. Incluso el Tuerto callaba. Fumaba sin tregua y, con su ojo único que brillaba, seguía el humo, arrojado lejos por su aliento potente. Se limitaban a mirarse de vez en cuando el uno al otro, levantaban su vaso en silencio, al mismo tiempo, como si brindasen de modo invisible, y lo vaciaban de un trago.

Así fue cómo sucedió en la kapia este acontecimiento extraordinario y sin precedentes. Veli Lug no descendió hasta Nezuka y Fata, la hija de Avdaga, no se convirtió en la mujer de un Hamzitch.

Avdaga Osmanagitch no volvió a bajar a la ciudad. Expiró durante el invierno de aquel mismo año, ahogado por la tos y sin haber dicho a nadie una sola palabra acerca de la tristeza que lo invadía.

A la primavera siguiente, Mustaí-Bey Hamzitch casó a su hijo con otra muchacha, una Brankovitch.

La gente, durante algún tiempo, habló del suceso, hasta que poco a poco lo fue olvidando. Sólo quedó una canción sobre la muchacha cuya belleza y prudencia habían resplandecido por encima de todo, y que, de este modo, se hizo inmortal.

CAPÍTULO IX

 

Unos setenta años después de la insurrección de Karageorges, se reanudó la guerra en Servia y en seguida las regiones fronterizas respondieron con un alzamiento. Las casas turcas y servias ardieron de nuevo en las alturas, en Jlieb, Gostilia, Tartchitchi y Veletovo. Por primera vez después de tantos años, se volvieron a ver en la kapia, al alba, las cabezas de los servios decapitados. Eran cabezas descarnadas de campesinos, con el pelo corto y la nuca lisa, con el rostro huesudo, provisto de largos bigotes; parecían las mismas cabezas de hacía setenta años.

Aquello no duró mucho tiempo. Una vez terminada la guerra entre turcos y servios, todo el mundo se calmó. Verdaderamente, no pasaba de ser una apariencia de paz, bajo la cual se ocultaba no poco miedo y una serie de voces excitadas y de murmullos inquietos. Se hablaba cada vez con más precisión y claridad de la entrada del ejército austríaco en Bosnia. A principios del verano de 1878, algunas unidades del ejército regular turco, que se dirigían de Sarajevo hacia Triboi, pasaron por la ciudad. Se tuvo la certeza de que el sultán entregaba Bosnia sin resistencia. Ciertas familias se prepararon para emigrar a Sandjak. Entre ellas, había algunas que habían llegado trece años antes de Ujitsa, por no querer someterse a la autoridad de los servios, y que ahora se preparaban para huir otra vez de una nueva dominación cristiana. Sin embargo, la mayoría de los ciudadanos se quedaron en espera de los acontecimientos; eran víctimas de una dolorosa perplejidad, aunque afectasen indiferencia.

A primeros de julio, el muftí37 de Plevlia llegó con un reducido grupo de hombres y con la firme resolución de organizar en Bosnia la resistencia frente a los austríacos. Aquel hombre grave, rubio, de apariencia apacible, pero de naturaleza ardiente, acudió a la kapia, en donde un hermoso día de verano, reunió a los más destacados personajes turcos de la ciudad, tratando de animarlos al combate contra el enemigo. Aseguró que la mayor parte del ejército regular, aun a despecho de las instrucciones oficiales, se quedaría para oponerse, junto al pueblo, al invasor, y él lanzaba una llamada para que todos los muchachos se le uniesen y para que fuesen enviados víveres a Sarajevo. El muftí sabía que los habitantes de Vichegrado no habían tenido nunca reputación de guerreros entusiastas y que preferían una vida loca a una muerte loca, pero, a pesar de todo, se sintió sorprendido por la tibieza y la reticencia que encontró. No pudiendo quedarse más tiempo, los amenazó con el juicio del pueblo y con la cólera celeste y dejó a su segundo, Osmán Karamanlia efendi, para que tratase de convencer a los turcos de Vichegrado de la necesidad que tenían de participar en el alzamiento general.

Mientras duraron las conversaciones con el muftí, el que opuso más resistencia fue Alí-Hodja Mutevelitch. Su familia era una de las más antiguas y más consideradas de la ciudad. No se habían distinguido nunca por una gran fortuna, pero sí por su honradez y su franqueza. Desde siempre, habían gozado de una reputación de gentes obstinadas, aunque inaccesibles a la corrupción, al miedo, al halago y a cualquier otra incitación de orden inferior. Durante más de doscientos años, el miembro más anciano de la familia había sido curador, guardián y administrador de la fundación piadosa que Mehmed-Pachá había instituido en la ciudad. Se ocupaba igualmente de la célebre hostería de piedra que se encontraba junto al puente. Ya hemos visto cómo, después de la pérdida de Hungría, la hostería de piedra había dejado de recibir los ingresos que se destinaban a su mantenimiento y cómo, a causa de una serie de circunstancias, se había arrumado y cómo sólo subsistía de la fundación creada por el visir, el puente que no exigía ningún cuidado ni proporcionaba ningún ingreso. El apellido Mutevelitch les había quedado como glorioso recuerdo de la fundación que durante tantos años habían administrado con honradez ejemplar. El cargo desapareció cuando Daut-Hodja sucumbió en su lucha por conservar la hostería de piedra, pero había quedado el prestigio y, con él, la costumbre innata entre los Mutevelitch de considerarse encargados del cuidado del puente y responsables, en cierta medida, de su suerte, ya que el puente, al menos desde el punto de vista arquitectónico, había sido parte integrante del "bien vakuf" que ellos habían administrado y que, por falta de medios, había desaparecido de modo lamentable. También existía en la familia otra costumbre que se remontaba a un pasado lejanísimo: por lo menos uno de los Mutevelitch de cada generación cursaba estudios y pasaba a pertenecer al clero. En aquella ocasión, le había correspondido a Alí-Hodja. Debe añadirse que el número de sus miembros y su fortuna habían disminuido regularmente. Les quedaban algunos siervos y una tienda inmemorial, en el mejor sitio del barrio del mercado, en la misma plaza, junto al acceso al puente. Los dos hermanos mayores de Alí-Hodja habían muerto en la guerra: uno en Rusia, el otro en Montenegro.

Alí-Hodja era un hombre todavía joven, vivo, sonriente y sanguíneo. Como buen Mutevelitch, tenía sobre todas las cosas una opinión particular que defendía con tenacidad y a la que nunca renunciaba. A causa de su carácter directo y de la obstinación que demostraba, estaba a menudo en desacuerdo con el clero local y con sus jefes. Tenía rango y título de hodja, pero no desempeñaba ninguna función y su título no le proporcionaba ningún ingreso. En el deseo de ser lo más independiente posible, regentaba la tienda que había heredado. Como la mayoría de los musulmanes de Vichegrado, Alí-Hodja se oponía a la idea de una resistencia armada. En su caso no podía hablarse de cobardía ni de tibieza en materia de religión. Igual que el muftí o que cualquiera de los insurrectos, detestaba la potencia extranjera y cristiana que se aproximaba, y todo cuanto traería consigo. Pero viendo que el sultán abandonaba Bosnia a los boches, y conociendo a sus compatriotas, se negaba a una resistencia popular desorganizada que sólo podía conducir a la derrota y a la desgracia más absoluta. Una vez que adquirió esta opinión, la expuso abiertamente y la defendió con vigor. Ante el muftí hizo preguntas insidiosas y presentó sutiles observaciones que molestaron particularmente a aquél. Sin querer, mantenía entre los habitantes de Vichegrado, que no eran muy ardientes para la lucha ni propensos al sacrificio, un espíritu de resistencia manifiesta a las intenciones belicosas del muftí.

Cuando Osmán Karamanlia efendi se quedó para continuar las conversaciones con los habitantes de Vichegrado, encontró frente a él a Alí-Hodja. Y los agás y beys que mascaban sus palabras y medían sus expresiones, aun estando plenamente de acuerdo con Alí-Hodja, dejaban que el sincero y fogoso hodja se traicionase y entrase en conflicto con Karamanlia.

Los notables turcos de Vichegrado permanecían sentados al anochecer en la kapia, con las piernas cruzadas, colocados en círculo por orden de importancia. Entre ellos se hallaba Osmán efendi, hombre alto, delgado y pálido. Cada músculo de su rostro se mantenía en extraña tensión, sus ojos estaban febriles y sobre su frente y sus mejillas se observaban numerosas cicatrices, ofreciendo el aspecto característico de los epilépticos. Frente a él, estaba en pie Alí-Hodja, rojo, más bien pequeño y, sin embargo, imponente, quien con su voz silbante formulaba sin cesar nuevas preguntas. ¿Con qué fuerza se cuenta? ¿Adonde van? ¿De qué medios disponen? ¿Cómo se desenvuelven? ¿Cuál es su objetivo? ¿Qué sucederá en caso de derrota? La pedantería fría y casi perversa con la cual el hodja trataba este asunto, ocultaba tan sólo su preocupación y la amargura que les inspiraba la superioridad de los cristianos, la debilidad evidente y el desconcierto que reinaba entre los turcos. Pero el exaltado y sombrío Osmán efendi no era hombre que pudiese observar ni comprender ese género de cosas. De naturaleza violenta y excesiva, fanático, enfermo de los nervios, perdía en seguida la paciencia y la sangre fría y se arrojaba sobre cada signo de duda y de vacilación, como si se tratase de un boche. Aquel hodja le irritaba y él le respondía, con una cólera contenida, por medio de simples generalidades y grandes palabras. Se va a donde es preciso y con los medios que se tienen. Lo esencial es no dejar entrar al enemigo en el territorio sin combatir, y el que hace muchas preguntas, entorpece la realización de esos planes y ayuda al enemigo. Al final, completamente fuera de sí, contestaba con un desprecio, apenas velado, a las preguntas del hodja: "Ha llegado el tiempo de morir", "queremos dar nuestra vida", "pereceremos todos, hasta el último".

El hodja lo interrumpía:

—Vaya, vaya; y yo que pensaba que lo que queríais era expulsar a los boches de Bosnia y que nos reuníais con ese motivo. Pero si se trata de morir, también nosotros sabemos morir, efendi, sin necesidad de ti. Nada más fácil que morir.

—Sin embargo, no te animas a seguir ese camino —interrumpía groseramente Karamanlia.

—Ya veo que tú has elegido el camino de la muerte —respondía el hodja con voz cortante—; lo único que no me explico es por qué buscas compañía para emprender semejante aventura.

A partir de este punto, la conversación degeneraba en verdadera querella, en el curso de la cual Osmán efendi trataba a Alí-Hodja de maldito cristiano y de traidor, uno de esos traidores que merecían ser decapitados en la kapia. Mientras tanto, el hodja seguía haciendo, imperturbable, preguntas sutilísimas y reclamando con insistencia razones y pruebas, como si no fuesen con él las amenazas y los insultos.

Habría resultado difícil encontrar peores parlamentarios, hombres más complejos. Sólo se podía esperar de ellos un agravamiento de la confusión general y un conflicto más. Era lamentable, pero imposible de remediar, porque en los momentos en que una sociedad se encuentra quebrantada o se producen grandes e inevitables cambios, son en general hombres de ese género los que se sitúan en primera fila y los que, desequilibrados o imperfectos, encauzan las cosas de mala manera. Es la señal más característica de las épocas agitadas.

Sin embargo, aquella disputa venía de maravilla a los beys y a los agás, pues de ese modo su participación en la revuelta quedaba en el aire, sin exigirse de ellos explicación de ninguna especie. Temblando de cólera y amenazando a voces, partió al día siguiente Osmán efendi, al que acompañaron algunos de sus hombres, para entrevistarse con el muftí.

Las nuevas que llegaron en el curso de aquel mes confirmaron a los beys y a los agás en su opinión de que valía más cuidar de su propia ciudad y de sus casas. A mediados de agosto, los austríacos entraron en Sarajevo. Poco después, tuvo lugar un desventurado combate en la meseta de Glasinats. Fue el final de toda resistencia. Por el camino escarpado que baja de la colina de Lieska, empezaron a llegar a la ciudad los restos del derrotado ejército turco. Constituían una mezcla de soldados del ejército regular que, a pesar de las órdenes del sultán, participaban por su cuenta en la resistencia y de insurrectos locales. Los soldados se limitaban a pedir pan y agua, y a informarse sobre la carretera de Uvats, pero los insurrectos eran hombres encarnizados y combativos a quienes la derrota no había hundido. Sucios, cubiertos de polvo, harapientos, respondían en tono acerbo a las preguntas de los pacíficos turcos de Vichegrado y se preparaban para abrir trincheras y defender el paso por el puente del Drina.

Una vez más fue Alí-Hodja el que se distinguió; sin cumplidos, infatigable, intentó demostrar que la ciudad no podía defenderse, porque era absurda toda defensa en el momento en que "el boche había ocupado toda Bosnia". Los mismos insurrectos se daban cuenta de ello, pero no querían reconocerlo porque aquella gente pulcramente vestida, bien alimentada, los irritaba y los provocaba; eran personas que habían conservado sus casas y sus bienes, manteniéndose medrosos y prudentes separados del levantamiento y de la lucha. En esta situación llegó hecho un insensato el propio Osmán efendi, aún más pálido y más delgado, más belicoso y más frenético que cuando marchó. Era uno de esos hombres para los que no existe el fracaso. Hablaba sólo de una resistencia en todas partes y a cualquier precio, y de la necesidad de perecer. Ante su ardor endiablado, todos se alejaban, salvo Alí-Hodja. Demostraba al agresivo Osmán efendi, sin el menor regocijo, con frialdad, brutalmente, que el levantamiento había tomado el giro que, en aquella misma kapia, le había predicho un mes antes. Le recomendaba que se marchase con sus hombres lo antes posible hacia Plevlia, ya que, si se quedaba, sólo conseguiría agravar la situación. Ahora el hodja era menos agresivo y se mostraba lleno de atenciones dolorosas y conmovidas hacia Karamanlia y lo trataba como a un enfermo. Y es que, en el fondo de sí mismo, bajo sus apariencias efervescentes, el hodja se sentía penosamente afectado por la desgracia que se acercaba. Estaba triste e irritado como sólo puede estarlo un musulmán creyente que ve aproximarse inexorablemente a una potencia extranjera, frente a la cual el viejo orden islámico no podrá mantenerse mucho tiempo. En sus palabras, a pesar suyo, se apreciaba esta pena secreta.

Respondía a todos los insultos de Karamanlia casi con tristeza:

—¿Crees, efendi, que será fácil para mí esperar con vida la llegada del boche a mi país? Como si no viésemos lo que se prepara para nosotros y los tiempos que llegan... Sabemos dónde está nuestro mal y lo que perdemos; lo sabemos bien. Si lo que tratas es de hacérnoslo comprender, no tenías necesidad de haber vuelto de Plevlia. Ignoras nuestros sentimientos. Si los conocieses, no habrías hecho lo que has hecho, ni dicho lo que has dicho. Es un tormento más grande de lo que piensas, querido efendi; no sé qué remedio puede haber, pero me doy cuenta de que ese remedio no está en tus palabras.

Osmán efendi permanecía sordo a todo lo que no correspondía a su profunda y sincera pasión por la resistencia, y experimentaba tanto desprecio por aquel hodja como por el boche contra el que se había levantado. Siempre ocurre lo mismo cuando un enemigo superior está próximo y se vislumbran horas de derrota: aparecen entonces en la sociedad condenada odios fratricidas y disensiones intestinas. No pudiendo encontrar nuevas expresiones, llamaba continuamente a Alí-Hodja traidor y le recomendaba irónicamente que se hiciese bautizar antes de que llegaran los boches.

—Mis antepasados no se bautizaron y yo no me bautizaré. No quiero, efendi, bautizarme por un boche ni acompañar a un imbécil —contestaba tranquilamente el hodja.

Todos los notables turcos de Vichegrado eran del mismo criterio que Alí-Hodja, pero no consideraban indicado el decirlo, o, en todo caso, de manera tan brutal y tan poco disimulada. Tenían miedo de los austríacos que llegaban en masa, y también Karamanlia que, con su destacamento, se había hecho dueño de la ciudad. Se encerraban en sus casas o se retiraban a sus propiedades de fuera de la ciudad, y cuando no podían evitar encontrarse con Karamanlia y sus hombres, sus miradas eran huidizas y sus palabras equívocas y buscaban un pretexto cómodo, un medio seguro de esquivarlo.

En la pequeña llanura que se hallaba ante las ruinas del parador, Karamanlia mantenía una asamblea permanente de la mañana a la noche. Iba y venía a aquel lugar una multitud abigarrada: hombres de Karamanlia, caminantes ocasionales, personas llegadas para pedir algo al nuevo señor de la ciudad y también gentes a las que los insurrectos llevaban más o menos a la fuerza para que escuchasen a su jefe. Karamanlia hablaba continuamente. Y cuando se dirigía a alguien en particular, gritaba como si hablase a centenares de personas. Estaba todavía más pálido, giraba los ojos cuya esclerótica se mostraba amarillenta, y una espuma blanca se acumulaba en las comisuras de sus labios. Uno de los habitantes de la ciudad le habló de una creencia popular musulmana relativa al jeque Turkhania que había perecido en tiempos remotos luchando en aquel lugar para evitar el paso del ejército infiel a través del Drina y que reposaba ahora en su tumba, en la otra orilla, un poco más arriba del puente, y que, sin duda, se levantaría en el momento en que el primer guerrero infiel pusiese el pie sobre el puente. Karamanlia se apropió apasionadamente de la leyenda, presentándola a la gente como una ayuda inesperada y real.

—Hermanos, este puente es la fundación piadosa de un visir. Está escrito que las fuerzas infieles no pueden franquearlo. No somos sólo nosotros los que lo defendemos, sino también ese "santo" a quien no alcanzan ni los tiros ni el filo de la espada. Cuando llegue nuestro enemigo se levantará de su tumba, se erguirá en medio del puente y abrirá los brazos y cuando los boches lo vean, temblarán sus rodillas, les desfallecerá el corazón y no podrán ni siquiera huir de tan enorme como será su espanto. ¡Hermanos turcos: no os disperséis; venid todos conmigo; acudid al puente!

Estas eran las palabras de Karamanlia ante las gentes. Rígido, cubierto por su mintan38 negro y usado, abriendo los brazos y demostrando cuál sería la actitud del "santo". Semejaba una cruz alta, negra y delgada, coronada por un fez. Los turcos de Vichegrado conocían la leyenda mejor que Karamanlia; cada uno de ellos la había oído en su niñez y la había contado, después, numerosas veces. Pero no mostraban el menor deseo de mezclar la vida y la leyenda, ni de contar con la ayuda de los muertos en un asunto en el que ningún vivo podría ayudarlos. Alí-Hodja, que no se separaba de su almacén, pero a quien todo el mundo contaba lo que se decía y lo que pasaba ante la hostería de piedra, se limitaba a hacer con la mano un gesto de desaprobación que encerraba una tristeza y una compasión profunda.

—Ya sabía yo que ese imbécil no dejaría en paz ni a los vivos ni a los muertos. ¡Qué Dios nos ayude!

Karamanlia, impotente ante el verdadero enemigo, volvía toda su cólera contra Alí-Hodja. Amenazaba, gritaba y juraba que, antes de abandonar la ciudad, amarraría al obstinado hodja y lo dejaría en la kapia como a un bicho, para que esperase, en semejante estado, la llegada de los boches, contra los cuales no quería pelear ni permitía que los demás lo hiciesen.

Toda esta discusión se vio interrumpida por la aparición de los austríacos sobre las lomas de Lieska. Pudo entonces apreciarse que la ciudad no estaba en condiciones de defenderse. Karamanlia fue el último en dejarla, abandonando sobre la pequeña llanura, situada ante el parador, dos cañones de hierro que había traído consigo a su llegada. Pero antes de retirarse, ejecutó su amenaza. Ordenó a uno de sus criados, herrero de oficio, de talla gigantesca y cerebro de pájaro, que atase a Alí-Hodja y, una vez atado, que lo clavase de la oreja derecha a la viga de roble que quedaba del antiguo reducto.

En medio del barullo y la conmoción general que reinaba en la plaza del mercado y alrededor del puente, todo el mundo oyó aquella orden lanzada con voz fuerte, aunque nadie creyese que la idea iba a ser ejecutada tal y como se había dispuesto. ¿Qué cosas no se dicen, qué injurias aparatosas no se oyen en semejantes circunstancias? Este era el caso en aquella ocasión. A primera vista parecía de todo punto imposible. Sería más bien una amenaza, un insulto o algo parecido. Alí-Hodja tampoco lo tomaba demasiado en serio. Ni siquiera el herrero a quien iba dirigida la orden y que estaba ocupado clavando los cañones, parecía muy seguro. Pero la idea se había lanzado y aquellas gentes, turbadas y molestas, calculaban mentalmente las posibilidades de que se ejecutase o no tal crimen. Se hará..., no se hará... Al principio casi todos juzgaron la cuestión tal y como era: absurda, odiosa, imposible. Mas en aquellos momentos de emoción general, era preciso hacer algo, algo grande, insólito, y la orden de Karamanlia aparecía ante los ojos de la gente como la única cosa que podía hacerse. Se hará..., no se hará... Aquella posibilidad se concretaba cada vez más y se convertía a cada minuto, a cada movimiento en algo más verosímil y natural. ¿Por qué no? Dos hombres sujetan al hodja, que apenas se defiende. Le atan los brazos a la espalda. No obstante, estos gestos quedan lejos de una realidad tan terrible y tan loca. Pero cada vez se acercan más a la consumación. El herrero, como si súbitamente sintiese vergüenza de su debilidad y de su falta de resolución, saca, no se sabe de dónde, el martillo que acababa de utilizar para clavar los cañones. La idea de que los boches están a media hora de la ciudad le hace decidirse y llevar a cabo lo que le ha sido ordenado. La misma proximidad del invasor sume al hodja en una indiferencia hacia todas las cosas e incluso hacia el inmediato castigo, absurdo e ignominioso que se le inflige.

De este modo se produjo lo que parecía imposible e inverosímil. No había nadie que considerase buena y provechosa aquella acción, y, sin embargo, cada uno por su parte había contribuido un poco a que el hodja se encontrase clavado de la oreja derecha a la viga de roble. Cuando todo el mundo se dispersó ante los boches que se acercaban a la ciudad, el hodja quedó en aquella posición extraña, dolorosa y ridícula, condenado a mantenerse de rodillas e inmóvil, ya que el menor movimiento le producía un enorme dolor y amenazaba con arrancarle la oreja que le parecía pesada y grande como una montaña. Gritaba, pero nadie estaba allí para oírle y sacarle de aquella situación torturante: todos se habían escondido en sus casas o dispersado por los pueblos, temerosos tanto de los boches que llegaban, corno de los insurrectos que se batían en retirada. La ciudad parecía muerta y el puente estaba desierto como si la muerte lo hubiese borrado todo. No hay nadie para proteger a Alí-Hodja. Éste permanece solo, encogido, con la cabeza pegada a la viga, gimiendo de dolor e, incluso en esa situación, imaginando nuevas pruebas para convencer a Karamanlia.

Los austríacos se acercaban despacio. Sus avanzadillas vieron desde la otra orilla los dos cañones que se encontraban ante el parador, junto al puente, y se detuvieron inmediatamente para aguardar a su artillería de montaña. Hacia el mediodía, lanzaron desde un bosquecillo algunas granadas que alcanzaron al parador, destruyéndolo aún más y quebrando los hermosos barrotes, tallados en una sola pieza de piedra, que cubrían las ventanas. Sólo cuando hubieron derribado los dos cañones y se dieron cuenta de que estaban abandonados y que nadie respondía a sus disparos, los austríacos suspendieron el tiro y comenzaron a aproximarse con precaución al puente y a la ciudad. Algunos honved húngaros llegaron a la kapia a paso lento y con los fusiles listos. Se detuvieron desconcertados ante el hodja, que permanecía acurrucado, el cual, temeroso de las granadas que pasaban rugiendo por encima de su cabeza, había olvidado por un instante el dolor que le producía su oreja perforada. Cuando vio a los aborrecidos soldados apuntando con los fusiles, se puso a lanzar gemidos lastimeros y prolongados diciéndose que era aquélla una lengua que todos comprendían. Gracias a esto, los honved no tiraron. Mientras unos continuaban avanzando paso a paso por el puente, otros se quedaron junto a él examinándolo de cerca y no pudiendo comprender su situación. Hasta que no llegó un enfermero no le extrajeron, con ayuda de unas pinzas, el clavo, uno de esos clavos que se utilizan para herrar a los caballos. Sentía tantas agujetas y un agotamiento tal que se desplomó sobre los escalones de piedra, sin cesar de gemir y de quejarse. El enfermero vertió en la oreja herida un líquido que abrasaba. A través de sus lágrimas, el hodja contemplaba, como en un sueño extraordinario, el ancho brazalete blanco y la gran cruz de tela roja que ostentaba el soldado en su brazo izquierdo. Sólo cuando se tiene fiebre pueden experimentarse pesadillas tan desagradables y terribles. Aquella cruz nadaba y resplandecía, en medio de sus lágrimas, como una enorme aparición; le ocultaba todo el horizonte. El soldado le vendó la herida, y le puso encima su akahmedia39. Con la cabeza vendada, los riñones molidos, el hodja se levantó y permaneció así algunos instantes, apoyado en el parapeto del puente. Le costaba trabajo calmarse y recobrarse.

Frente a él, al otro lado de la kapia, justamente encima de la inscripción turca grabada en la piedra, un soldado pegaba un ancho papel blanco. Aunque todavía el dolor le impidiera ver claro, el hodja no pudo contener su curiosidad natural y fue a mirar el cartel. Era una proclama del general Filipovitch, escrita en servio y en turco, dirigida a la población de Bosnia y Herzegovina, con ocasión de la entrada del ejército austríaco en Bosnia. Tapándose el ojo derecho, Alí-Hodja deletreaba el texto turco, aunque tan sólo las frases escritas en grandes caracteres.

"¡Habitantes de Bosnia y de Herzegovina!

"El ejército del Emperador de Austria —Rey de Hungría ha franqueado la frontera de vuestro país. No llega como enemigo para conquistar el país por la fuerza. Viene como amigo para poner término a los desórdenes que perturban desde hace ya años, no sólo Bosnia y Herzegovina, sino también las regiones fronterizas de Austria-Hungría."

"El Emperador-Rey no podía ver por más tiempo cómo reinaba la violencia y los disturbios en las proximidades de sus territorios, cómo azotaba la miseria y la angustia las fronteras de sus Estados."

"Ha llamado la atención de las potencias extranjeras sobre vuestra situación, y un consejo de naciones ha decidido por unanimidad que Austria-Hungría os devolvería la paz y la prosperidad que perdisteis hace tiempo".

"S. M. el Sultán, que siente vuestra felicidad en lo más profundo de su corazón, se ha inclinado a confiaros a la protección de su poderoso amigo el Emperador-Rey".

"El Emperador-Rey ordena que todos los hijos de este país disfruten de los mismos derechos, según la ley, y que la vida, la fe y los bienes de todos sean protegidos".

"¡Habitantes de Bosnia y de Herzegovina! Poneos con confianza bajo la protección de las gloriosas banderas de Austria—Hungría. Acoged a nuestros soldados como amigos, someteos a las autoridades, reincorporaos a vuestros asuntos; el fruto de vuestro trabajo será protegido."

El hodja leía con voz entrecortada, frase tras frase, y no comprendía todas las palabras, pero todas le herían; y era un dolor especial, completamente diferente a los dolores que sentía en su oreja herida, en su cabeza y en sus riñones. Solamente entonces, a causa de aquellas palabras, "las palabras del Emperador", se dio cuenta con claridad de que aquello le afectaba a él, a todos los suyos y a cuanto le pertenecía, de que le afectaba de una manera extraña: los ojos miran, la boca habla, el hombre continúa viviendo, pero vida, vida verdadera, ya no existe. Un emperador extranjero y una fe extranjera los ha conquistado. Se desprende claramente de aquellas grandes palabras y de aquellos mandatos oscuros; y, con más claridad aún, se desprende de aquel dolor de plomo que siente en el pecho, más cruel y más penoso que cualquier dolor humano imaginable. No son los millares de imbéciles del género de Osmán Karamanlia los que pueden servir de socorro o conseguir algún cambio en semejantes circunstancias. (Así sigue discutiendo el hodja consigo mismo.) "¡Pereceremos todos! ¡Pereceremos!" Para qué tantos clamores cuando ha llegado para el hombre una época de derrumbamiento en la que no puede ni perecer ni vivir, sino pudrirse como una estaca enterrada y pertenecer a todo el mundo excepto a sí mismo. Es una verdadera, una gran miseria que los Karamanlia de todas las especies no vean ni entiendan que, con su incomprensión, no hacen más que acentuar la tragedia de una situación lamentable e ignominiosa.

Sumido en estos pensamientos, Alí-Hodja sale despacio del puente. Ni siquiera se da cuenta de que lo acompaña un soldado de sanidad. Su oreja le duele menos que aquella bala de plomo y amargura que, tras la lectura de las "palabras del Emperador", se ha instalado en medio de su pecho. Anda lentamente y le parece que ya nunca volverá a pasar a la orilla; siente que aquel puente, que es el orgullo de la ciudad, y que, desde su creación, está íntimamente ligado a su familia, aquel puente en el que ha crecido y junto al cual ha pasado su vida, ha sido destruido en su centro, al lado de la kapia; que aquel papel blanco de la proclama austríaca lo ha cortado por la mitad, como una explosión silenciosa, y que se ha abierto un profundo abismo; que aún se yerguen, a derecha e izquierda del corte, unos pilares aislados, pero que el paso ha sido suprimido, porque el puente no une ya las dos orillas y cada cual deberá permanecer eternamente en el lado en que se encuentra en aquel instante.

Alí-Hodja camina despacio, hundido en esas visiones febriles. Vacila como un hombre gravemente herido y sus ojos se arrasan sin cesar de lágrimas. Avanza con paso inseguro, como si fuese un mendigo que, enfermo, atravesara el puente por primera vez y entrase en una ciudad extraña y desconocida.

Unas voces lo sobresaltaron. Junto a él pasaban algunos soldados. Entre ellos pudo distinguir de nuevo el rostro grande, bondadoso y burlón de aquel soldado que llevaba una cruz roja en el brazo y que lo había librado de su tortura. Siempre con la misma sonrisa, el soldado señalaba el vendaje y le preguntaba algo en una lengua incomprensible. El hodja pensó que le ofrecía algún favor y se irguió, entristecido:

—Tengo fuerzas suficientes, tengo fuerzas suficientes. No necesito a nadie.

Y con paso más vivo, más decidido, se dirigió a su casa.

CAPÍTULO X

 

La entrada oficial y solemne del ejército austríaco tuvo lugar al día siguiente.

Nadie recordaba haber conocido un silencio semejante en la ciudad. Ni siquiera habían abierto las tiendas y, en aquel día soleado de finales de agosto, las casas mantenían puertas y ventanas cerradas. Los callejones estaban desiertos, los patios y los huertos mudos. En las casas turcas reinaban el desánimo y la confusión; entre los cristianos, la circunspección y la desconfianza. Todos sentían miedo. Los boches que entraban temían las emboscadas; los turcos temían a los boches, y los servios a los boches y a los turcos. Los judíos temblaban ante todo el mundo, porque, especialmente en tiempos de guerra, todos son más fuertes que ellos. Conservaban todavía en su memoria los rugidos del cañón que había disparado la víspera. Y si la gente hubiese obedecido sólo a su pánico, nadie habría salido a la calle. Pero el hombre depende de otros amos. El destacamento de austríacos que había entrado en la ciudad reclamó la presencia del mulazim y de sus agentes. El oficial que estaba al mando de! destacamento entregó su sable al mulazim y le ordenó que continuase desempeñando sus funciones y manteniendo el orden en la ciudad. Le anunció que el coronel llegaría al día siguiente a las once y que los nobles, es decir, los representantes de los tres cultos, deberían recibirlo a su entrada en la ciudad. Triste y resignado, el mulazim convocó inmediatamente a Mula Ibrahim, a Huseinaga, al muderis, al pope Nicolás y al rabino David Leví, y les hizo saber que "como representantes de la fe y como notabilidades" deberían, al mediodía del día siguiente, recibir al comandante austríaco en la kapia, saludarlo en nombre de la población y acompañarlo hasta el centro de la ciudad.

Bastante antes de la hora indicada, los cuatro "representantes de la fe" se encontraron en la plaza desierta y emprendieron despacio el camino a la kapia. Allí, el adjunto del mulazim, Salko Hedo, ya había extendido, ayudado por un agente de policía, un largo tapiz turco de vivos colores y había cubierto con él los escalones y la mitad del asiento de piedra en el que debería tomar asiento el comandante austríaco. Permanecieron allí un buen rato, solemnes y silenciosos; después, como no viesen rastro del comandante sobre el blanco camino procedente de Okolichta, se pusieron de acuerdo con la mirada y se sentaron en la parte descubierta del banco. El pope Nicolás sacó su enorme petaca de cuero y ofreció tabaco a los demás.

Estaban en el sofá, como antaño, cuando, jóvenes y despreocupados, mataban el tiempo en la kapia, imitando a los otros muchachos. Todos habían envejecido. El pope Nicolás y Mula Ibrahim eran ancianos, el muderis y el rabino, hombres maduros. En aquellos momentos, vestidos con sus trajes de fiesta, sólo se preocupaban de ellos mismos y de los suyos. Bajo el duro sol de verano, se observaron de cerca un largo rato y a cada uno le pareció que sus compañeros aparentaban más edad de la que tenían. Ya no eran aquellos muchachos que crecían junto al puente.

Fumaban, hablando y meditando al mismo tiempo. De vez en cuando, aventuraban una mirada hacia el lado de Okolichta por donde debía aparecer el comandante del cual dependía en aquel momento todo y que podía llevarles a ellos, a su mundo, a toda la ciudad, el bien y el mal, la tranquilidad y nuevos peligros.

El pope Nicolás era sin duda el más plácido, el más dueño de sí mismo de los cuatro; al menos, daba esa impresión. Había pasado de los setenta años, pero se mantenía joven y fuerte. Hijo del célebre pope Mihailo, a quien los turcos habían decapitado en aquel mismo puente, el pope Nicolás había tenido, durante sus años mozos, una vida agitada. Había huido en varias ocasiones a Servia para ponerse al abrigo del odio y de la venganza de algunos turcos. Su carácter y su conducta le habían puesto en difícil situación. Pasados los años tempestuosos, el hijo del pope Mihailo se instaló en la parroquia de su padre, contrajo matrimonio y se apaciguó. Aquellos tiempos estaban muy lejanos y se habían olvidado ("hace muchos años que mi carácter cambió y que los turcos de estas tierras se han dulcificado", decía el pope bromeando). Habían transcurrido cincuenta años desde el momento en que el pope Nicolás empezó a administrar su difícil parroquia, extendida y dispersa por la frontera. La administraba tranquilamente, con prudencia, sin que se hubiesen producido más trastornos ni más desgracias que los que la vida lleva en sí misma, y él la gobernaba con la entrega del servidor y la dignidad del príncipe, siempre justo y equitativo con los turcos, el pueblo y sus superiores.

Ni antes ni después de él, en ningún ambiente ni en ninguna religión, hubo un hombre que gozase de un respeto tan general y de una consideración tan grande por parte de todos los ciudadanos sin distinción de fe, de sexo y edad, como el pope Nicolás, a quien todos llamaban "abuelo". Para toda la ciudad y para todo el distrito, personificaba a la Iglesia servia y a todo lo que el pueblo llama y estima como cristianismo. Por encima de todo, la gente veía en él al prototipo del sacerdote y del jefe en general, tal y como se creía en la ciudad por aquel entonces.

Era alto y de una fuerza poco común, sin gran cultura pero con gran corazón, de mente sana, alma serena y valiente. Su sonrisa desarmaba, devolvía la tranquilidad y calmaba los ánimos. Era la sonrisa indescriptible e inapreciable del hombre robusto y generoso que vive en paz consigo mismo y con el prójimo. Sus grandes ojos verdes se contraían a veces hasta convertirse en dos delgados hilos pardos de donde brotaban destellos de oro. Así había llegado a la ancianidad. Vestido con su larga pelliza de piel de zorro, el rostro aureolado por una barba roja que los años apenas habían plateado y que le caía sobre el pecho, tocado de una gran capucha de la cual escapaba, por detrás, una gruesa trenza, atravesaba el mercado como si fuese el sacerdote de aquella ciudad adosada al puente y de toda la región montañosa, no desde hacía cincuenta años, ni sólo de los ortodoxos; sino desde siempre, desde una era antediluviana, cuando las diversas religiones, las diversas Iglesias del presente no habían dividido todavía el mundo. A ambos lados de la calle, los comerciantes, cualquiera que fuese su religión, lo saludaban desde sus tiendas. Las mujeres se echaban a un lado y, con la cabeza inclinada, esperaban a que el "abuelo" hubiese pasado. Los niños (incluso los judíos) interrumpían sus juegos y dejaban de gritar, y los mayorcitos, con temor y solemnidad, se acercaban a la mano del "abuelo", enorme y ruda, para sentir un instante, por encima de sus cabezas rapadas y de sus rostros enrojecidos por el juego, el rocío benéfico de su voz potente y jovial.

—¡Que Dios te dé vida! ¡Que Dios te dé vida, hijo mío!

Esta muestra de respeto hacia el "abuelo" se había convertido en una costumbre ancestral, en cierto modo un atavismo, porque las nuevas generaciones nacían con ella.

Sólo una sombra había empañado la vida del pope Nicolás: no había tenido ningún hijo de su matrimonio. Era sin duda algo terrible, pero ni él ni su mujer habían proferido una queja, ni habían mostrado una sola mirada de amargura. Siempre vivían con ellos dos niños, hijos de unos parientes y campesinos, a quienes habían adoptado. Mantenían y educaban a los muchachos hasta que se casaban y, después, adoptaban a otros dos.

Al lado del pope Nicolás, estaba sentado Mula Ibrahim. Alto, delgado y seco, de escasa barba y bigote caído, era apenas un poco más joven que el pope. Tenía una numerosa familia y poseía una considerable riqueza heredada de su padre. Pero era tan abandonado, débil y tímido, con sus ojos azules y límpidos de muchacho, que parecía más un ermitaño o un peregrino sin recursos que el hodja de Vichegrado de ilustre ascendencia. Mula Ibrahim padecía un tartamudeo acentuado. (La gente decía, en broma, que era preciso no tener nada que hacer para poder hablar con él.) Sin embargo, Mula Ibrahim era célebre en muchas leguas a la redonda por su bondad de alma y su generosidad. Toda su persona respiraba dulzura y serenidad, y en cuanto se tenía el primer contacto con él, se olvidaba en seguida su aspecto exterior y su defecto de pronunciación. Atraía irresistiblemente hacia sí a cuantos estaban abrumados por la enfermedad, la indigencia o cualquier otra desgracia. Acudían a él para pedirle consejo desde las ciudades más lejanas. Ante su casa, había continuamente gente que lo esperaba. Hombres y mujeres que reclamaban su opinión o su ayuda, lo paraban a menudo en la calle. Nunca rechazaba a nadie y no recomendaba fórmulas costosas ni amuletos, como los demás hodjas. Se sentaba inmediatamente al abrigo de la primera sombra o en la primera piedra que encontraba, un poco apartado: la persona le exponía en un murmullo el motivo de sus penas; Mula Ibrahim la escuchaba atento y compasivo; al final, le decía algunas buenas palabras, hallando siempre la mejor solución posible, o bien hundía su delgado brazo en el bolsillo profundo de su pelliza y, habiéndose asegurado de que nadie lo veía, le entregaba algún dinero. Nada le parecía difícil ni repugnante ni imposible cuando era preciso ayudar a algún musulmán. Para esta tarea, siempre encontraba tiempo y siempre tenía dinero. En tales ocasiones, su dificultad en el habla no lo molestaba, porque, hablando en un susurro con sus fieles, se olvidaba incluso de tartamudear. Si no todos salían de su casa completamente consolados, se sentían, por lo menos, tranquilizados al saber que alguien había compartido su pena con interés y afecto. Ocupado sin cesar por las preocupaciones y las necesidades de los demás, no pensaba nunca en sí mismo; había pasado todo el siglo, a su juicio, sano, feliz y en situación desahogada.

El muderis de Vichegrado, Husein efendi, era un hombre más bien bajo y rechoncho, todavía joven, que vestía con elegancia y que se cuidaba mucho. Su corta barba negra, esmeradamente dispuesta en un óvalo regular, encuadraba un rostro blanco y rosáceo en el que se destacaban dos ojos redondos y negros. Era un hombre erudito; sabía muchas cosas y pasaba por ser muy instruido, pero él se consideraba todavía más instruido de lo que la gente creía. Le gustaba conversar y sentirse oído. Convencido de que se expresaba bien, prodigaba su palabra. Hablaba con rebuscamiento y afectación, ayudándose con gestos estudiados: mantenía los brazos ligeramente levantados y las manos a la misma altura, unas manos blancas y tiernas, de uñas rosadas, sombreadas por un espeso vello, corto y negro. Cuando hablaba, parecía que estaba ante un espejo. Poseía la biblioteca más importante de la ciudad; un armario, guarnecido de hierro y cerrado cuidadosamente, lleno de libros que le había legado su maestro, el ilustre Arap-Hodja, antes de morir. Los guardaba del polvo y de las polillas y sólo en escasas ocasiones, con espíritu de economía, los llegaba a leer. Pero el simple hecho de tener tal número de libros de elevado precio le daba prestigio ante los ojos de aquellas gentes que ignoraban lo que era un libro. Se sabía que escribía la crónica de los sucesos más destacados de la ciudad. Esto le había dado entre los conciudadanos una fama de hombre excepcional y de erudito, ya que se estimaba que, por aquel medio, había llegado a tener entre sus manos la reputación de la ciudad y la de cada uno de sus miembros. En realidad, esta crónica no era ni detallada ni muy peligrosa. Después de cinco o seis años que hacía que la había iniciado, llenaba únicamente cuatro páginas de un cuadernillo; porque el muderis no había juzgado los acontecimientos de la ciudad, a causa de su falta de importancia y de interés, dignos de figurar en su crónica. Por esta razón, dicha crónica se había quedado tan estéril, tan seca, tan vacía como una solterona orgullosa.

El cuarto "representante de la fe" era David Leví, rabino de Vichegrado, nieto del célebre rabino Hadji-Liatché, que le había dejado en herencia su apellido, su sacerdocio y su fortuna, pero nada de su espíritu y de su serenidad.

Era un joven enfermizo y pálido, de aterciopelados ojos pardos, llenos de tristeza. Era mucho más tímido y taciturno de lo que pueda imaginarse. Se casó inmediatamente después de obtener el rabinato. Al objeto de parecer más importante y más robusto, llevaba un vestido amplio y rico, de grueso paño; tenía bigote y barba, pero bajo aquel disfraz, se adivinaba un cuerpo débil y friolero, y a través de la barba negra y escasa se distinguía el óvalo de su rostro juvenil y poco sano. Sufría terriblemente cuando tenía que presentarse en sociedad o tomar parte en discusiones y resoluciones, pues no cesaba de sentirse pequeño, débil, inferior.

En aquellos momentos, estaban allí los cuatro, sentados a pleno sol, transpirando dentro de sus trajes de ceremonia, más emocionados, más inquietos de lo que hubieran querido aparentar.

—Bueno, fumemos otro cigarrillo; tenemos tiempo; ¡por Dios que tenemos tiempo! Ese diablo de hombre no va a venir como un pájaro; ya lo veremos llegar —dijo el pope Nicolás, como hombre que sabe ocultar tras una broma el fondo de sus pensamientos, sus inquietudes y las inquietudes de los demás.

Sus miradas se volvieron hacia Okolichta y, después, continuaron fumando.

La conversación seguía, lenta, llena de prudencia, y giraba sin cesar en torno a la cuestión del recibimiento que debería hacerse al comandante. Todos se mostraban de acuerdo en que debía ser el pope Nicolás quien lo saludase y le diese la bienvenida. Silencioso, el pope los miró a los tres larga y atentamente, con los párpados entornados y las cejas fruncidas, de modo que sus ojos formaron aquel delgado hilo oscuro del que brotaban, como una sonrisa, destellos de oro.

El joven rabino se moría de miedo. No tenía ni siquiera fuerzas para lanzar el humo lejos de sí; se le quedaba en la barba y en el bigote, formando largas volutas. Tampoco el muderis se sentía muy seguro. Toda su elocuencia, toda su dignidad de hombre instruido lo habían abandonado de pronto. No se daba cuenta, ni aproximadamente, de lo hosco que aparecía ni del grado a que había llegado su espanto, pues la alta opinión que tenía de sí mismo no le permitía creerlo. Trataba de mantener uno de sus discursos literarios con sus gestos medidos que lo explicaban todo, pero sus bellas manos caían en su regazo y sus palabras se embrollaban y se interrumpían. Se extrañaba de que lo abandonase su dignidad habitual y se esforzaba constantemente en recobrarla, pero en vano; era como cuando algo que nos es familiar desde hace mucho tiempo, nos deja justamente en el momento en que más lo precisamos.

Mula Ibrahim estaba un poco más pálido que de costumbre, aunque tranquilo y manteniendo su sangre fría. De vez en cuando, su mirada se cruzaba con la del pope Nicolás, como si fuese este un medio de comprenderse entre los dos. Eran viejos conocidos, viejos amigos de la niñez, si es que podía hablarse, en aquella época, de amistad entre turcos y servios. Cuando, en su juventud, el pope Nicolás tuvo dificultades con los turcos de Vichegrado y se vio en la precisión de esconderse y huir, Mula Ibrahim, cuyo padre era muy poderoso en la ciudad, le había prestado un favor. Más tarde, cuando los tiempos se hicieron más tranquilos para la ciudad, las relaciones entre los dos credos llegaron a ser soportables y los dos hombres, que ya habían alcanzado la edad madura, entablaron amistad. Bromeando, se llamaban "vecino", porque sus casas se encontraban en los extremos diametralmente opuestos de la ciudad. En época de sequía, de inundación, de epidemia o cuando cualquiera otra calamidad se abatía sobre la región, se encontraban unidos en la misma tarea, cada uno en medio de su propio pueblo. Y cuando, en otras circunstancias, se encontraban en el Meïdan o en Okolichta, se saludaban como en ningún otro sitio se saludan ni se interpelan un pope y un hodja. Ésta era la ocasión para que el pope Nicolás apuntase con su "chibuqui" hacia abajo, hacia la ciudad que se extendía a lo largo del río. Entonces decía, mitad serio, mitad sonriente:

—Tú y yo somos los responsables de todos los que respiran, andan y hablan allá abajo.

(Y los ciudadanos que encontraban medios para burlarse de todos, decían al referirse a las gentes que vivían en buena armonía: "Se quieren como el pope y el hodja".) Y la fórmula ha perdurado.

En aquel instante, los dos se comprendían, aun sin haber proferido una sola palabra. El pope Nicolás sabía hasta qué punto resultaba penoso aquello para Mula Ibrahim y Mula Ibrahim sabía que era un mal momento para el pope. Se miraban corno se habían mirado innumerables veces y en innumerables ocasiones a lo largo de su vida: como dos hombres que tenían la responsabilidad de todos los humanos de la ciudad, aunque uno perteneciese a los que se santiguaban y el otro a los que se prosternaban.

Fue entonces cuando se dejó oír un trote y un guardia apareció a lomos de un miserable rocín. Sin aliento y espantado, gritó desde lejos, a la manera de un mensajero:

—¡He aquí al comandante, helo aquí montado en su caballo blanco!

Surgió entonces el mulazim tan tranquilo, tan amable, tan silencioso.

Una nube de polvo se elevaba en la dirección de Okolichta.

Aquellos hombres que habían nacido y que habían crecido en la época de la decadencia turca del siglo XIX no habían tenido nunca, por supuesto, ocasión de ver al ejército verdadero, fuerte y bien organizado de una gran potencia. Todo lo que conocían eran unas unidades incompletas del ejército del sultán, mal avitualladas, deficientemente vestidas y retribuidas irregularmente, o, lo que era todavía peor, a algunos bachi-buzuks40 bosníacos enrolados a la fuerza, indisciplinados y poco entusiastas. Se les ofrecía entonces, por primera vez, la revelación de la fuerza real de un imperio, victoriosa, resplandeciente y segura de sí misma. Aquel ejército había de deslumbrarles y cortarles la palabra. Tan sólo con mirar a los jaeces de los caballos y los botones de las guerreras de cada soldado, se adivinaba, sin necesidad de tener en cuenta a aquellos húsares y a aquellos cazadores vestidos con uniformes de parada, un país profundo y poderoso, una fuerza, un orden y una prosperidad desconocida. La sorpresa era grande, honda la impresión.

Avanzaban en cabeza dos trompetas que cabalgaban sobre unos caballos tordos bien alimentados. Seguía un destacamento de húsares sobre monturas negras. Los caballos estaban bien cepillados y trotaban a paso corto y contenido. Los húsares, tocados con chacos rojos con visera, luciendo sobre el pecho galones amarillos, eran todos unos muchachos de tez rosada y curtida. Sobre sus rostros, destacaban unos bigotes rizados. Parecían tan frescos y descansados como si acabasen de salir del cuartel. Tras ellos, cabalgaba un grupo de seis oficiales con el coronel al trente. Todas las miradas estaban fijas en él. Su caballo era más grande que los demás, moteado, con un cuello extremadamente largo y curvado. A alguna distancia de los oficiales, venía una compañía de infantes y de cazadores con uniformes verdes, un penacho de plumas coronando sus quepis de cuero y unas correas blancas cruzadas sobre el pecho. Cerraban el horizonte y parecían un bosque en movimiento.

Los trompetas y los húsares desfilaron ante los sacerdotes y el mulazim y se detuvieron en la plaza del mercado, colocándose a los lados.

Los cuatro hombres se mantenían pálidos y emocionados, en la kapia, en medio del puente, con el rostro vuelto hacia los oficiales que llegaban. Uno de los jóvenes oficiales dirigió su caballo hacia el coronel y le dijo algo. Todos los jinetes moderaron el paso. Llegado a alguna distancia de los "representantes de la fe", el coronel se detuvo bruscamente, bajó del caballo y, como si hubiesen recibido una señal, los otros oficiales le imitaron. Acudieron unos soldados que se hicieron cargo de los caballos, llevándolos un poco más atrás. No hubo tocado el suelo el coronel, pareció como transfigurado. Era un hombre bajito, de aspecto vulgar, extenuado, desagradable y huraño. Hubiera podido creerse que él era el único, entre todos los demás, que había combatido. Ahora podía vérsele tal y como era en realidad: vestido con sencillez, poco cuidado, incluso abandonado. En nada se parecía a sus oficiales de tez blanca y uniformes ajustados. Era la imagen del hombre que se prodiga sin medida, que se devora a sí mismo, con el rostro curtido recubierto de barba, con los ojos turbios e inquietos y la gorra alta, ligeramente torcida, con el uniforme arrugado en el que flotaba su flaco cuerpo, con los pies hundidos en unas botas cortas de caballería de caña blanda y sin brillos. Se acercó con el andar zambo de los jinetes, blandiendo la fusta. Uno de sus oficiales, señalándole a los hombres alineados ante él, lo puso al corriente. El coronel les dirigió una mirada breve, negra e irritada, una de esas miradas penetrantes de los hombres a quienes incumben sin cesar tareas penosas, y a quienes acechan grandes peligros. Inmediatamente se vio claro que no sabía mirar de otra manera.

En aquel momento, con voz tranquila y profunda, el pope Nicolás hizo uso de la palabra. El coronel levantó la cabeza y detuvo su mirada sobre el rostro de aquel hombre imponente que iba vestido con una sotana negra. Aquella máscara ancha y apacible de patriarca bíblico retuvo un instante su atención.

Podía ser que no comprendiese o que aparentase no comprender lo que el anciano decía, pero la cara del pope no podía pasar inadvertida.

El pope Nicolás se expresaba con facilidad y naturalmente, dirigiéndose más bien al joven oficial que debía traducir sus palabras, que al propio coronel.

En nombre de los sacerdotes de todas las religiones allí presentes, aseguraba al coronel que se sentían deseosos, así como el pueblo, de someterse a la buena voluntad de los recién llegados y de hacer todo lo posible para mantener la paz y el orden que la nueva autoridad exigía. Pedían que el ejército los protegiese, a ellos y a sus familias, y les permitiese vivir en paz y trabajar honradamente.

El pope Nicolás habló brevemente y terminó de manera súbita. El coronel, nervioso, no tuvo tiempo de perder la paciencia. Pero, como contrapartida, no esperó que el joven oficial terminase su traducción. Blandiendo su fusta, lo interrumpió con voz cortante y desigual:

—¡Está bien, está bien! Todos aquellos que se conduzcan como es debido serán protegidos. Pero deberá mantenerse el orden y la paz en todas partes. Aunque se lo propusieran, no podrían conducirse de otro modo.

En este extremo, con un movimiento de cabeza, siguió su camino, sin un saludo, sin una mirada. Los sacerdotes se apartaron. El coronel pasó entre ellos seguido de los oficiales y de los palafreneros. Nadie se preocupó de los "representantes de la fe" que se quedaron solos en la kapia. Se sentían decepcionados; por la mañana todavía, y en el curso de la noche precedente, durante la cual ninguno de ellos había dormido mucho, se habían preguntado mil veces cómo transcurriría aquel instante en que, situados en la kapia, recibirían al comandante del ejército imperial. Lo habían imaginado de infinitas maneras, de acuerdo con su propia naturaleza y con su propia inteligencia; estaban preparados para lo peor. Algunos de ellos se veían conducidos o exiliados a aquella lejana Alemania, sin esperanzas de volver a su casa y su ciudad. Otros se acordaban de lo que se decía a propósito de Hairudine, quien, antaño, decapitaba a la gente en aquella misma kapia.

Habían imaginado la situación desde todos los puntos de vista; sin embargo, no habían llegado a pensar que se desarrollaría de aquel modo, con semejante oficial de escaso relieve, pero tajante e irascible, para el cual la guerra era la razón de vivir, que no pensaba en sí mismo ni tenía en cuenta a los demás, que sólo veía a las gentes y los países que lo rodeaban, como un objeto o como un medio de guerra y de combate, y que se conducía como si combatiese por su propia cuenta.

Se quedaron perplejos, mirándose unos a otros. Cada una de sus miradas parecía una muda interrogación: "¿Estamos todavía vivos? ¿Ha pasado realmente lo peor? ¿Qué es lo que nos espera? ¿Qué vamos a hacer?"

El jefe de policía y el pope fueron los primeros en recobrarse. Llegaron a la conclusión de que su tarea corno "representantes de la fe" había sido cumplida y que ya no les quedaba más que regresar a sus casas y persuadir a las gentes para que no tuviesen miedo y no huyesen y para advertirles que vigilasen sus actos. Los demás con el rostro exangüe y la cabeza vacía, aceptaron la conclusión, de igual modo que hubieran aceptado cualquier otra, ya que no estaban en situación de adoptar ninguna iniciativa.

El jefe de policía, a quien nada ni nadie podían arrancar de su tranquilidad, se marchó a su trabajo. El guardián quitó la larga alfombra multicolor cuyo destino no era precisamente recibir a un comandante. Junto a él, estaba Salko Hedo, insensible y frío como la fatalidad. Los "representantes de la fe", terminada su misión, se separaron, cada uno a su manera. El rabino, con su paso corto y rápido, se encaminó a su casa, deseoso de llegar lo antes posible y de sentir la comodidad, el calor del ambiente familiar en el que vivía con su mujer y su madre. El superior del seminario iba un poco más despacio, sumido profundamente en sus pensamientos. Ahora que todo había pasado con una facilidad inesperada, le parecía que no había motivo para tener miedo y tenía la sensación de que, hasta aquel día, no había temido a nadie. Se preguntaba qué importancia podía tener aquel acontecimiento para su crónica y qué lugar debía concederle: bastarían unas veinte líneas, o quizá quince, o quizá menos todavía. A medida que se acercaba a su morada, iba reduciendo el número de líneas. Por cada una que ahorraba, aumentaba en él la impresión de que todo cuanto le rodeaba perdía importancia, en tanto, que él, el muderis, adquiría más valor y crecía a sus propios ojos.

Mula Ibrahim y el pope Nicolás hicieron juntos el camino hasta el pie del Meïdan. Permanecían callados, sorprendidos y llenos de abatimiento a causa del aspecto y del comportamiento del coronel del ejército imperial. Ambos se sentían impacientes por llegar a sus respectivas casas y reunirse con sus familias. Allí, donde sus caminos se separaban, se detuvieron un momento, silenciosos. Mula Ibrahim parpadeaba y movía los labios como si mascase sin cesar unas palabras que no llegaba a articular. El pope Nicolás había recobrado su sonrisa habitual, la cual tuvo el don de animar a ambos. Fue entonces cuando expresó su opinión personal, que coincidía con la del hodja:

—¡Sangrienta tarea la de este ejército, Mula Ibrahim!

—Eeees vvvvverdad, sangrienta —tartamudeó Mula Ibrahim, levantando los brazos.

A continuación, el hodja se despidió de su amigo con un movimiento de cabeza y una mueca.

Y el pope Nicolás, con andar pesado, alcanzó su casa, situada enfrente de la iglesia. Su mujer lo recibió sin preguntarle nada. Se apresuró a quitarle las botas y la sotana, así como la capucha que servía de corona a su gruesa trenza de pelo gris y rojo. Estaba empapado de sudor. Se sentó en el pequeño diván. Sobre el marco de madera de éste, había un vaso de agua con un terrón de azúcar. Tras haberse refrescado, encendió un cigarro y, presa del cansancio cerró los ojos. Pero, ante su mirada interior, surgía continuamente el coronel nervioso, resplandeciente como el rayo que nos deslumbra y llena nuestro campo visual, hasta el extremo de que sólo él es visto, sin que, sin embargo, pueda distinguirse su imagen. El pope, con un suspiro, arrojó lejos el humo diciéndose despacio:

"¡Qué tipo!... ¡Qué hijo de puta!"

Al acorde de una melodía nueva, llegaban de la ciudad los redobles del tambor y el canto de las trompetas del destacamento de cazadores.

 

CAPÍTULO XI

 

Fue así cómo aquel gran suceso que afectó a la ciudad, se presentó sin que nadie padeciese, excepto Alí-Hodja. Al cabo de algunos días, la vida recobró su curso normal y pareció que no había cambiado substancialmente. El mismo Alí-Hodja se recuperó y, como los otros comerciantes, abrió su tienda: únicamente pudo observarse que, a partir de entonces, llevaba el turbante ligeramente inclinado a la derecha para disimular la cicatriz de la oreja. Aquella "bala de plomo" que se clavó en su pecho cuando vio la cruz roja en la manga del austríaco y cuando, a través de las lágrimas, leyó el "discurso del Emperador", no había desaparecido, pero se había hecho tan pequeña corno la cuenta de un rosario, no molestándolo demasiado. No era él solo el que llevaba una "bala" semejante en el corazón.

Bajo la ocupación, comenzó un nuevo período que la gente, al no poder evitarlo, llegó a estimar como algo provisional. ¡Cuántas cosas ocurrieron en aquel puente durante los primeros años de la ocupación! Numerosos convoyes militares lo atravesaron, llevando víveres, vestidos, muebles, instrumentos y equipos hasta entonces desconocidos.

Al principio, sólo se veía al ejército. Los soldados surgían de cada rincón y cada matorral, como el agua brota de la tierra. Llenaban la plaza del mercado y podía encontrárseles en cualquier lugar de la ciudad. A cada instante, vibraban los gritos de una mujer espantada que, en el patio o en el plantío de ciruelos de detrás de su casa, se había dado de narices con un soldado.

Curtidos por dos meses de marchas y combates, felices de estar con vida, ávidos de descanso y de diversiones, deambulaban con sus uniformes azul oscuro por la ciudad y sus alrededores. En el puente, estaban a todas las horas del día. Pocos ciudadanos iban a la kapia, pues se hallaba siempre llena de soldados. Permanecían sentados, cantando en diversas lenguas, bromeando, comprando fruta que metían en sus gorras azules, provistas de una visera de cuero y coronadas por una escarapela de hierro amarillo sobre la que se destacaban las iniciales del nombre de Francisco-José, Emperador.

A partir del otoño, empezaron a irse los soldados. Progresiva e imperceptiblemente, fueron desapareciendo. Sólo quedaron unos destacamentos de policía. Ocuparon sus cuarteles y se instalaron con vistas a una estancia definitiva. Al mismo tiempo, comenzaron a llegar funcionarios, pequeños y grandes empleados con familia y criados y, tras ellos, artesanos y técnicos para ciertos trabajos y oficios que eran ignorados en nuestro país. Había checos, polacos, croatas, húngaros y alemanes.

Primero, parecía que hubiesen caído allí accidentalmente, como si el viento los hubiese llevado, como si hubiesen venido provisionalmente para vivir con nosotros, en mayor o menor grado, la vida tradicional de nuestra tierra, como si las autoridades civiles tuviesen que prolongar por algún tiempo todavía la ocupación que el ejército había iniciado. Sin embargo, según iban pasando los meses aumentaba el número de extranjeros. Pero lo que más sorprendía a la gente de la ciudad, no era tanto su número, como sus inmensos e ininteligibles planes, su actividad infatigable y la perseverancia con que perseguían la culminación de aquellas tareas. Los extranjeros no estaban nunca tranquilos ni permitían que nadie lo estuviese; se habría dicho que con su red invisible, pero cada vez más definida, de leyes, de reglamentos y de ordenanzas, estaban decididos a abarcar toda la vida, las gentes, los animales y las casas, y a cambiar todo, a desplazar cuanto les rodeaba: el aspecto exterior de la ciudad, las costumbres que regían la existencia desde la cuna a la sepultura. Hacían esto tranquilamente, sin muchas palabras, sin violencia ni provocación, de manera que nadie tenía motivo para ofrecer resistencia. Si, por azar, tropezaban con la incomprensión u observaban hostilidad, entonces se detenían inmediatamente, discutían en algún lugar ignorado, modificaban la dirección y el método de su trabajo y, a pesar de los pesares, llevaban a término lo que habían decidido. Cuanto emprendían, parecía inocente, incluso absurdo. Medían un campo en barbecho, marcaban unos árboles en el bosque, inspeccionaban los retretes y las alcantarillas, examinaban los dientes de los caballos y de las vacas, verificaban los pesos y las medidas, se informaban de las enfermedades que padecía el pueblo, del número y nombre dé los árboles frutales, de la raza de las ovejas y de las aves. (Se hubiese dicho que estaban divirtiéndose. Todas aquellas ocupaciones resultaban incomprensibles, fútiles y vanas a ojos del pueblo.) De pronto, todo lo que había sido realizado con tanta atención y tanto celo, quedaba sepultado en algún lugar sin dejar huella, como si hubiese sido condenado para siempre a permanecer en la nada. Pero, algunos meses después, incluso un año entero, cuando el pueblo había olvidado completamente la cuestión, salía a la luz del día el sentido de aquellas medidas, en apariencia absurdas y olvidadas hacía tiempo. Se reunía en el ayuntamiento a los jefes de barrio y se les comunicaba la nueva ordenanza sobre la tala de bosques, la lucha contra el tifus, el modo de vender las frutas y las golosinas o sobre los permisos relativos al ganado. Y así, nacía cada día un nuevo reglamento. Y, con cada reglamento, veían los hombres reducirse en parte su libertad individual o aumentarse sus obligaciones; pero la vida de la ciudad, de los pueblos y de sus habitantes, se agrandaba y adquiría amplitud,

No obstante, en las casas, y no sólo en las de los turcos, sino también en las de los servios, no había cambiado nada. Se vivía, se trabajaba, se holgaba, como antaño; el pan era amasado en la artesa, tostado el café en la chimenea, hervida la ropa blanca en los baldes y lavada en una solución de sosa que abrasaba los dedos de las mujeres; se tejía y se bordaba en los telares y en los bastidores. Las viejas costumbres para las fiestas, el ceremonial para los matrimonios se habían conservado. En cuanto a las nuevas costumbres que habían introducido los extranjeros, las gentes se contentaban con cuchichear, como si se tratase de algo increíble y lejano. En una palabra, dentro de la mayor parte de las casas, se trabajaba y se vivía como siempre y como todavía se trabajaría y viviría quince o veinte años después de la llegada de los ocupantes.

Como réplica, el aspecto exterior de la ciudad cambiaba visiblemente y con rapidez. Y aquellos mismos seres que en sus casas se sujetaban a las viejas tradiciones y no pensaban en cambiar, se acomodaban fácilmente a aquellas transformaciones de la ciudad y las aceptaban después de algún gruñido y de una extrañeza más o menos prolongada. Por supuesto, como sucede siempre en cualquier lugar y en circunstancias análogas, el nuevo modo de vida significaba en realidad una mezcla de lo antiguo y de lo nuevo. Las viejas concepciones y los viejos valores chocaban, se oponían con los nuevos, se combinaban o coexistían como si esperasen ver cuáles de ellos sobrevivirían a los demás. La gente contaba ya tanto en florines y en "kreutzer"41, como en "groch" y en sueldos, evaluaban ya en archinas, en "oques" y en "dramas", ya en metros, en kilogramos y en gramos, fijaban los plazos para los pagos y las entregas de acuerdo con el nuevo calendario, pero también empleaban a menudo la vieja fórmula: para San Jorge o para San Dimitri. Por ley natural, las gentes se oponían a toda innovación, pero su oposición no era rotunda, pues para la mayoría de las personas, la vida es siempre más importante y más imperativa que la forma que reviste. Sólo algunos individuos excepcionales sentían verdaderamente el drama profundo de la lucha entre lo antiguo y lo moderno. Para ellos, el modo de vida estaba ligado de manera íntima e incondicional a la vida misma.

A esta última categoría pertenecía Chemsibeg Brankovitch de Tsrntcha, uno de los beys más acomodados y más notables de la ciudad. Tenía seis hijos de los cuales cuatro estaban ya casados. Sus casas formaban toda una aldea rodeada de campos, de plantíos de ciruelos y de sotos. Chemsibeg era el jefe indiscutible, taciturno y severo de toda aquella gran comunidad. Alto, encorvado por los años, tocado con un enorme turbante blanco, bordado de oro, bajaba sólo los lunes a la ciudad para rezar en la mezquita. Desde el primer día de la ocupación, no se detenía en ningún sitio, no hablaba a nadie ni dirigía una sola mirada en torno suyo. Entre los Brankovitch, no había nadie que se atreviese a introducir ningún nuevo vestido, ningún nuevo calzado, ningún nuevo instrumento, ninguna nueva palabra. Ni uno solo de sus hijos trabajaba con el nuevo régimen, ni uno solo de sus nietos iba a la escuela. Toda la familia padecía a causa de aquel estado de cosas. El descontento producido por la tozudez del anciano reinaba entre los hijos, pero nadie osaba ni nadie podía decir una palabra ni demostrar su disconformidad con una mirada. Los turcos del barrio del comercio que trabajaban con los recién llegados y que se mezclaban con ellos, saludaban a Chemsibeg, cuando atravesaba el mercado, con un respeto mudo en el que había temor, admiración e inquietudes de conciencia. Los turcos más viejos y más destacados de la ciudad acudían a menudo a Tsrntcha, como en peregrinación, para sentarse junto a Chemsibeg y conversar con él. Era la cita de los que, decididos a perseverar hasta el final en su resistencia, no querían inclinarse a ningún precio ante la realidad. Ciertamente, eran aquéllas unas sesiones largas en las que sólo se cambiaban unas pocas palabras y que terminaban sin conclusiones concretas. Chemsibeg, abrigado y abotonado en invierno como en verano, permanecía sentado sobre su pequeña alfombra roja y fumaba rodeado de sus huéspedes. La conversación discurría habitualmente llena de dignidad, hablándose de alguna medida, incomprensible y odiosa, de las autoridades ocupantes o de los turcos que se acomodaban cada vez más con el nuevo estado de cosas. Ante aquel hombre áspero y digno, todos sentían la necesidad de mostrar su amargura, sus temores, y su perplejidad. Y cada conversación terminaba de esta manera: "¿Adonde vamos a parar? ¿Cómo terminará esto? ¿Quiénes son y qué quieren esos extranjeros que parecen no conocer ni el descanso ni la tregua ni la medida ni los límites? ¿Qué deseos los han traído a estas tierras? ¿De dónde les vienen tantas necesidades y qué harán ellos de todo esto? ¿Cuál es la inquietud que los empuja sin cesar, como una maldición, y que los incita a todos esos nuevos trabajos y empresas que parecen no tener fin?"

Chemsibeg se limitaba a mirarlos y, la mayor parte de las veces callaba. Su rostro estaba sombrío, y no porque el sol lo hubiese bronceado, sino por lo que pasaba por su fuero interno. Su mirada era dura, pero ausente y perdida, sus ojos, turbios con las negras pupilas rodeadas de manchas blanquecinas y grises, como las de una águila vieja. Su boca grande, sin labios aparentes, fuertemente apretada, se movía lentamente como si pesase una palabra, siempre idéntica, que nunca llegaba a pronunciar.

Y, no obstante, la gente salía de su casa con un sentimiento de alivio, ni consolados ni tranquilos, pero tocados y exaltados por un ejemplo de intransigencia dura y desesperada.

Y cuando, al viernes siguiente, Chemsibeg acudía al barrio del comercio, lo esperaba un nuevo cambio operado en los hombres o en los edificios, y que el viernes anterior no existía. Para no verse obligado a contemplarlo, bajaba la vista, y allí, en el barro seco de la calle, observaba las huellas de los cascos de los caballos y veía que al lado de las herraduras redondeadas y llenas de los caballos turcos, abundaban las herraduras curvas, con puntas aceradas en los extremos, de los caballos alemanes. Incluso en el barro, su mirada leía la misma condena despiadada que se revelaba en todos los rostros y en todas las cosas que lo rodeaban; la condena del tiempo que no puede ser detenida.

Al darse cuenta de que ya no podía posar sus ojos en ningún sitio, Chemsibeg dejó por completo de bajar a la ciudad. Se refugió enteramente en Tsrntcha, limitándose a ser un jefe de familia taciturno y, al mismo tiempo, severo e implacable, duro para todos y más duro aún para sí mismo. Los turcos más ancianos y más prestigiosos de la ciudad continuaban visitándolo como a una reliquia viva. (Entre ellos, particularmente, Alí-Hodja Mutevelitch.) Y durante el tercer año de ocupación, Chemsibeg murió sin haber estado enfermo. Se derrumbó no habiendo pronunciado nunca aquella palabra amarga que había rondado sus labios de anciano, y sin haber vuelto a poner los pies en el barrio del comercio donde todo iba adquiriendo una nueva orientación.

Es verdad que la ciudad se metamorfoseaba bruscamente: los extranjeros abatían los árboles, plantaban otros nuevos en distintos lugares, reparaban los caminos, trazaban otros, abrían canales, construían edificios públicos. Desde los primeros momentos, echaron abajo las tiendas del mercado que no estaban alineadas y que, realmente, no habían molestado nunca a nadie. En lugar de las viejas tiendas de postigos de madera, elevaron otras nuevas, bien asentadas, de tejados de teja o chapa y con las puertas guarnecidas de cierres metálicos. (Víctima de aquellas medidas, la tienda de Alí-Hodja debía también haber sido derribada, pero el hodja resistió con decisión, pleiteó y acudió a todos los medios imaginables, hasta que consiguió que su tienda siguiese en el mismo lugar en que se encontraba.) Se amplió y se niveló la plaza del mercado. Fue levantado un nuevo konak, gran construcción en la que tenía que instalarse el tribunal y la administración del distrito. En cuanto al ejército, trabajaba por su cuenta aún más aprisa y con menos miramientos que las autoridades civiles. Se montaban barracas, se roturaba con profundidad, se plantaba, se cambiaba totalmente el aspecto de colinas enteras.

Los viejos ciudadanos no lograban entender y no paraban de manifestar su extrañeza. Y justamente cuando pensaban que aquel ardor incomprensible tocaba a su fin, los extranjeros emprendían un nuevo trabajo más inexplicable todavía. Y los habitantes se detenían para examinar aquellas tareas, pero, no como los niños que gustan de contemplar las obras de las personas mayores, sino, al contrario, como las personas mayores que se paran un instante para echar una mirada a las diversiones de los niños. Pero aquella necesidad permanente que sentían los extranjeros de hacer y deshacer, de abrir y de edificar, de establecer y de modificar, aquel perpetuo deseo de prever la acción de las fuerzas de la naturaleza, de escapar de ellas o de evitarlas, aquello, nadie lo comprendía ni sabía apreciarlo. Muy por el contrario, todos los habitantes, en particular los de edad avanzada, lo consideraban como un fenómeno malsano y veían en ello un signo de mal augurio. La ciudad, según ellos, conservaría siempre la apariencia de las pequeñas urbes orientales: lo que estuviese gastado se repararía, lo que se hundiese sería apuntalado; pero aparte de esto, nadie, sin necesidad y, mucho menos, trazando planes y proyectos, emprendería trabajos ni tocaría los cimientos de los edificios, variando el aspecto que Dios había dado a la ciudad.

Mas los extranjeros llevaban a buen fin, uno tras otro, sus trabajos, con celeridad y consecuencia, según sus planes desconocidos y cuidadosamente estudiados, ante la sorpresa cada vez mayor de la gente de la ciudad.

Así, de manera completamente inesperada, le tocó el turno a aquel parador abandonado y decrépito que todavía formaba un todo, como tres siglos antes, con el puente. A decir verdad, lo que se llamaba la hostería de piedra no pasaba de ser desde hacia mucho tiempo un montón de ruinas. Las puertas estaban podridas, las rejas de piedra festoneada, situadas en las ventanas, estaban rotas, el techo se había venido abajo, en el interior de la construcción había crecido una gran acacia y un montón de arbustos y de malas hierbas, pero los muros exteriores seguían estando íntegros y erguían su rectángulo de piedra blanca, regular y armoniosa. A los ojos de los habitantes de la ciudad, desde su nacimiento hasta su muerte, aquello no se les aparecía como unas ruinas triviales, sino como el acabado del puente, como parte integrante de la ciudad, con el mismo derecho que su casa natal, y nunca nadie llegó a imaginar, ni siquiera en sueños, que se llegara a tocar la vieja hostería y que se cambiase algo que el tiempo y la naturaleza no habían cambiado. Pero un buen día, le llegó su vez. Primeramente, unos ingenieros tomaron con detalle medidas alrededor de las ruinas, después, llegaron los obreros y los peones, que comenzaron a quitar, una tras otra, las piedras y a espantar y a arrojar a los pájaros de todas clases y a los animaluchos que habían anidado allí. Rápidamente, el terraplén situado por encima de la plaza del mercado, junto al puente, quedó vacío, y el único signo que pudo observarse de la hostería fue un montón de piedras cuidadosamente apiladas.

Poco después de un año, en lugar del parador de piedra, se irguió un cuartel de un piso, alto y macizo, pintado de azul pálido, cubierto de chapa gris y flanqueado de aspilleras. Sobre el terraplén ampliado, los soldados hacían ejercicio durante todo el día y, como mártires, desplegaban sus miembros o caían de cabeza en el polvo, los pobres desgraciados, a las órdenes tronantes de los cabos. Y de noche, a través de las numerosas ventanas de aquel feo edificio, podía oírse los acentos de unas canciones guerreras incomprensibles que eran acompañadas por los acordes de una armónica. Aquello duraba hasta que el sonido penetrante de la trompeta se dejaba oír, con su aire triste que hacía aullar a todos los perros de la ciudad, cesando inmediatamente todos los ruidos y apagándose las últimas luces de las ventanas. Así desapareció la hermosa fundación pía del visir, y así comenzó su vida sobre el terraplén, junto al puente y en completo desacuerdo con cuanto lo rodeaba, el cuartel al que las gentes, fieles a sus costumbres, seguía llamando la hostería de piedra. El puente quedó completamente aislado.

Verdaderamente, fue sobre el puente donde sucedieron los hechos que llevaron las costumbres inalterables de las gentes del lugar a chocar con las novedades que los extranjeros y su régimen habían introducido. Y resultó que todo lo que era viejo, todo lo que pertenecía al país, se vio regularmente condenado a un retroceso y a una adaptación.

La vida sobre el puente, en la medida en que dependía de nuestras gentes, continuó discurriendo sin variación. Se observó únicamente que los servios y los judíos acudían cada vez con mayor libertad a la kapia, aumentando progresivamente su número. Se los veía a cualquier hora del día, sin tener en cuenta, como antaño, a los turcos ni sus costumbres ni sus privilegios. Se sentaban en aquel lugar algunos activos hombres de negocios que iban al encuentro de los campesinos y que compraban lana, aves y huevos; cerca de ellos, podía verse a los paseantes, gente ociosa que, siguiendo el curso del sol, se desplazaba de un extremo a otro de la ciudad. Al atardecer, los otros ciudadanos, hombres de negocios y de trabajo, iban allí también para hablar un poco, o para contemplar en silencio el gran río bordeado de sauces enanos y de bancos de arena. La noche pertenecía a la juventud y a los borrachos.

La vida nocturna, por lo menos en los primeros momentos, se vio sometida a unos cambios que engendraron desacuerdos. Las nuevas autoridades instalaron un alumbrado permanente en la ciudad. Durante los primeros años, en las calles principales y en las encrucijadas, fueron colgadas, a unos postes verdes, linternas en las que ardían lámparas de petróleo. (El gran Ferkhat estaba encargado de limpiarlas, de llenarlas y de encenderlas; era un pobre tunante cuya casa estaba llena de críos y que hasta entonces había sido criado de la administración, encargándose de tirar los petardos durante el ramadán y desempeñando tareas de ese género, sin salario fijo.) El puente fue iluminado de esa forma en varios puntos y también en la kapia. El poste que sostenía la linterna estaba clavado a una viga de roble, perteneciente a la pared del antiguo reducto.

La linterna de la kapia tuvo que mantener una lucha contra las costumbres de los guasones, de aquellos a quienes gustaba acudir allí para cantar en la oscuridad, para fumar o para discutir, y también se enfrentó con los instintos de vandalismo de los muchachos en quienes se mezclaban y chocaban la melancolía amorosa, la soledad y el aguardiente. Aquella luz parpadeante los irritaba, y muchas veces, linterna y lámpara saltaron hechas pedazos. Fue aquella linterna causa de muchas multas y condenas. Hubo incluso un momento en que un agente de policía fue encargado de vigilar. Los visitantes nocturnos de la kapia tuvieron entonces un testigo vivo todavía más desagradable que la linterna. Pero el tiempo ejerció su influencia y las nuevas generaciones se acostumbraron progresivamente y se acomodaron hasta el punto de dar libre curso a sus sentimientos nocturnos bajo la débil luz de la linterna municipal y de no acribillarla de piedras ni de golpearla con palos o con lo que caía en sus manos. Aquella adaptación fue tanto más fácil cuanto que, durante las noches de plenilunio, en el momento en que la kapia se veía especialmente frecuentada, no se encendían por regla general las linternas.

Sólo una vez al año el puente era totalmente iluminado. La víspera del 18 de agosto, con motivo del cumpleaños del Emperador, las autoridades adornaban el puente con guirnaldas hechas de ramaje y con filas de pinos jóvenes, y, a la caída de la noche, se encendían unos rosarios de linternas y de velas: centenares de latas de conserva del ejército, llenas de sebo y de estearina, eran dispuestas en largas filas, proyectando su luz desde ambos lados del puente. Iluminaban el centro, mientras que los extremos y los pilares se perdían en la oscuridad, pareciendo que la parte alumbrada flotaba en el espacio. Mas todas las lámparas se consumían rápidamente y todas las solemnidades pasaban. A partir del día siguiente, el puente volvía a ser lo que era antes. A los niños de aquella generación sólo les quedaba la imagen reciente y poco habitual de un efímero juego de luces, visión animada e impresionante, pero corta y fugitiva, como un sueño.

Además de la iluminación permanente, las nuevas autoridades implantaron la limpieza de la kapia; más exactamente: un género de limpieza verdaderamente particular que estaba de acuerdo con sus concesiones. Las mondas de las frutas, las pepitas de las calabazas y las cascaras de las avellanas y de las nueces ya no tapizaban las losas de piedra, en espera de que el viento y la lluvia las arrastrasen. Aquella zona era limpiada todas las mañanas por un barrendero municipal, especialmente destinado a tal servicio. Esta medida no molestó a nadie, pues la gente se acomoda a la limpieza, incluso cuando no procede de sus necesidades ni de sus costumbres, siempre y cuando no sea ella la que tenga que observarla.

La ocupación introdujo una novedad más: por primera vez desde que la kapia existía, las mujeres comenzaban a acudir a ella. Las esposas y las hijas de los funcionarios, las criadas y las niñeras se paraban allí para charlar o iban a sentarse en el sofá los días de fiesta, acompañadas de caballeros militares y civiles. No era esto muy frecuente, pero bastaba para alterar el humor de los viejos que acudían a fumar su chibuquí en paz y en silencio, desconcertando y excitando a los jóvenes.

Había existido siempre, por supuesto, una cierta relación entre la kapia y las mujeres de la ciudad, pero esta relación se limitaba a las palabras acariciadoras que los muchachos dirigían a las muchachas, cuando éstas pasaban por el puente, o a las manifestaciones de entusiasmo y de las penas del corazón e, incluso, a las discusiones de las cuales las mujeres eran la causa. Eran muchos los solitarios que se quedaban allí sentados durante horas y días, cantando con dulzura "solamente por su alma", fumando o contemplando simplemente, mudos, las aguas rápidas: era la manera de pagar su diezmo a esa exaltación de la cual todos somos tributarios y a la que pocos pueden escapar. Allí se decidió y fue zanjado el destino de muchos jóvenes rivales, allí se imaginaron numerosas intrigas amorosas. Se habló en la kapia incesantemente de mujeres, de amor; en la kapia se soñó. Fue el escenario de múltiples pasiones ardientes; otras fueron a apagarse en ella. Sea como sea, nunca las mujeres se habían sentado ni siquiera detenido en la kapia; ni las cristianas ni, mucho menos, las musulmanas. En la actualidad, todo había cambiado.

El domingo y los días de fiesta, se veía en la kapia a algunas cocineras de cara rubicunda, ceñido talle, con rodetes de grasa desbordándose por encima y por debajo de su corsé, el cual les cortaba la respiración. Junto a ellas, estaban sus sargentos con los uniformes bien cepillados, los botones de metal resplandecientes, con sus galones rojos y. sus borlas de tiradores en el pecho. En los días laborables, al atardecer, los funcionarios y los oficiales salían a pasearse en compañía de sus esposas, deteniéndose en la kapia, conversando en su lengua incomprensible, riendo ruidosamente y caminando a su gusto.

Aquellas mujeres ociosas, desenvueltas y joviales, constituían un espectáculo más o menos chocante para todo el mundo. La gente estaba extrañada y ofuscada, pero no tardó en acostumbrarse como ya se había acostumbrado a tantas otras novedades, aunque no las hubiese aceptado.

Puede decirse que, en general, todos aquellos cambios acaecidos en el puente eran insignificantes, superficiales y de corta duración. Muchas de las variaciones importantes que se habían operado en el espíritu y en las costumbres de los ciudadanos y en el aspecto exterior de la ciudad, parecían haber pasado junto al puente sin rozarlo. Daba la impresión de que el viejo puente blanco que durante tres siglos había sido franqueado sin que quedasen en él huellas o cicatrices, permanecía idéntico, incluso con el nuevo emperador, y que triunfaba de aquel diluvio de novedades y de cambios, como siempre había resistido a las mayores inundaciones, resurgiendo cada vez, intacto y blanco, regenerado, de la masa desencadenada de sombrías olas que lo habían sumergido.

CAPÍTULO XII

 

Fue así cómo la vida en la kapia se hizo todavía más animada y más llena de variedad. Durante todo el día y aun a ciertas horas de la noche, se sucedía en ella una masa abigarrada de personas: los nuestros y los extranjeros, los jóvenes y los viejos. Sólo se preocupaban de sí mismos y estaban completamente absortos en los pensamientos, los placeres y las pasiones que los habían empujado a aquel lugar. Por eso, no prestaban ninguna atención a los paseantes que, llegados allí con otros pensamientos y otras inquietudes, cruzaban el puente cabizbajos y con la mirada ausente, sin detener la vista en nada ni nadie, sin tener en cuenta a la gente que estaba sentada en la kapia.

Entre aquellos paseantes se encontraba Milán Glasintchanin, de Okolichta, hombre alto, seco y encorvado, de cara pálida. Todo su cuerpo parecía diáfano y sin peso, fijado únicamente a unos talones de plomo. He ahí por qué oscilaba al marchar y se plegaba, como una oriflama de iglesia, entre las manos de un monaguillo, en una procesión. Su cabello y sus bigotes eran grises como los de un anciano; siempre mantenía los ojos bajos. Andaba con pasos de sonámbulo. No se daba cuenta de que algo había cambiado en la kapia y en el comportamiento de la gente y, él mismo, pasaba casi inadvertido para aquellos que acudían a aquel lugar, a sentarse, a soñar, a cantar, a vender, a discutir o a matar el tiempo. Los más viejos lo habían olvidado, la juventud no se acordaba de él, y los extranjeros no lo conocían. Y, sin embargo, su destino había estado en estrecha relación con la kapia, si se tiene en cuenta lo que se contaba en la ciudad, lo que se murmuraba a propósito de él diez o doce años antes.

El padre de Milán, el viejo Nicolás Glasintchanin, se estableció en Vichegrado sobre poco más o menos en el momento en que la revolución estaba en su apogeo en Servia. Compró una bonita propiedad en Okolichta. Siempre se había creído que había huido a aquel lugar con una fortuna importante, pero conseguida por medios poco claros. Nadie tenía pruebas, por lo que sólo se aceptaba a medias la hipótesis que nadie, sin embargo, rechazaba del todo. Se casó por dos veces, sin tener, empero, muchos hijos. Educó únicamente a Milán, y a él legó todo lo que poseía (lo que se veía y lo que estaba escondido). Y Milán tuvo un hijo único, Pedro. Sus bienes le habrían bastado y habría dejado tras él una importante fortuna si no hubiese tenido una única pasión, una pasión todopoderosa: el juego.

Los verdaderos vichegradeses no eran por naturaleza jugadores. Como ya hemos visto, sus pasiones eran de un género completamente distinto: amor inmoderado a las mujeres, inclinación a la bebida, las canciones, la gandulería o a soñar al lado del río natal. Ahora bien, la capacidad del hombre es limitada en todo, incluso en eso. Por ello, las pasiones chocan en él, se rechazan y, muy a menudo, se eliminan unas a otras. Eso no quiere decir que no hubiese alguien en la ciudad que se entregase a tal vicio, pero el número de jugadores era realmente inferior al de otras ciudades y, en la mayor parte de los casos, los jugadores eran extranjeros o recién llegados. Sea como fuere, Milán Glasintchanin pertenecía al reducido grupo. Desde su más tierna adolescencia, se dio al juego en cuerpo y alma. Cuando no encontraba en la ciudad compañeros de juego, se iba al próximo cantón, de donde regresaba cubierto de dinero, como un mercader que vuelve de la feria, o con los bolsillos vacíos, sin reloj, sin cadena, sin tabaquera y sin anillo, y pálido y con los rasgos descompuestos, como si estuviese enfermo.

Su lugar habitual estaba en la taberna de Ustamuitch, en el extremo del barrio comercial de Vichegrado. Había allí una habitación estrecha, sin ventana, donde, incluso de día, había una vela encendida, y en la que se encontraban invariablemente tres o cuatro hombres para los cuales el juego era más querido que cualquier otra cosa del mundo. Encerrados allí, corrompidos, en medio del humo del tabaco y del aire viciado, con los ojos inyectados en sangre, la garganta seca y las manos temblorosas, empalmaban a menudo el día con la noche, sacrificados a su pasión, como mártires. En aquella estancia pasó Milán una buena parte de su juventud y dejó lo mejor de sus fuerzas y de su hacienda. No tenía más de treinta años cuando se produjo en él aquel cambio brusco e inexplicable para la mayoría de la gente, y que debía de curarlo para siempre de su aplastante pasión, cambiando y transformando, al mismo tiempo, su vida.

Cierto otoño, hacía de esto unos catorce años, llegó a la taberna un extranjero. No era ni viejo ni joven, ni guapo ni feo, de mediana edad y de mediana estatura, poco locuaz; sólo sus ojos sonreían. Era un hombre de negocios, totalmente absorto en el asunto por el que había llegado. Pasó la noche en la taberna y, al crepúsculo, fue a caer en la habitación en donde, desde el mediodía, los jugadores estaban confinados. Lo acogieron con desconfianza, pero se comportaba de una manera tan tranquila y tan discreta, que ni siquiera se pusieron en guardia cuando él también empezó a hacer apuestas, más bien modestas, a una carta. Perdía más de lo que ganaba; turbado, fruncía el entrecejo y, con mano poco segura, sacaba monedas de plata de sus bolsillos interiores.

Cuando perdió una suma bastante considerable, le tocó a él dar las cartas. Al principio, las distribuyó despacio y con precaución; después, cada vez con más rapidez y desenvoltura. Jugaba, no sólo sin emoción, sino con audacia. Los montones de monedas de plata crecían ante él. Los jugadores empezaron, uno tras otro, a abandonar la partida. Uno de ellos apostó su cadena de oro a una carta, pero el extranjero rehusó con frialdad, declarando que jugaban únicamente dinero.

El juego cesó a la hora de la última oración, puesto que ninguno llevaba consigo dinero suficiente. Milán Glasintchanin fue el último en abandonar, pero, a fin de cuentas, tuvo también que retirarse. El extranjero se excusó cortésmente y se fue a su habitación.

Al día siguiente, siguieron jugando, y, de nuevo, el extranjero perdió y ganó alternativamente; pero las ganancias superaron a las pérdidas, hasta el extremo de que los jugadores se vieron otra vez desprovistos de dinero contante. Le miraban las manos, escrutaban sus mangas, lo observaban desde todos los ángulos, pedían nueva baraja, cambiaban de sitio en el banco recubierto de un tapiz, sin que consiguiesen nada con tales precauciones. Jugaron al otuz bir42, juego sencillo, pero de mala reputación, que practicaban desde su niñez; sin embargo, no pudieren descubrir la manera de jugar del extranjero. A veces, llegaba a tener hasta veintinueve puntos, incluso treinta, y a veces se quedaba en veinticinco. Recogía todas las apuestas, la más pequeña como la más grande; pasaba por alto las insignificantes irregularidades de algunos jugadores como si no las hubiese visto, pero enunciaba las más flagrantes, fría y lacónicamente.

La presencia de aquel extranjero en la taberna torturaba e irritaba a Milán Glasintchanin. Aquellos días se sentía más febril y extenuado Se prometió no seguir jugando, pero continuó y perdió hasta el último céntimo. Después, volvió a su casa lleno de bilis y de vergüenza. Al cuarto o quinto día, consiguió dominarse y se quedó en casa. Había preparado dinero y se había vestido. Tenía la cabeza pesada y la respiración entrecortada. Cenó de prisa y sin saber lo que comía, A continuación, salió varias veces fuera de su casa, fumó, se paseó y observó la ciudad inanimada que se extendía a sus pies, en aquella noche de otoño.

Luego de pasearse un buen rato, distinguió de pronto en el camino una silueta vaga que a medida que se aproximaba a la casa caminaba más despacio. Al llegar junto a la cerca, se dejó oír una voz que Milán reconoció: era el extranjero de la taberna.

—¡Buenas noches, vecino! —dijo el extranjero.

No cabía duda de que aquel hombre había ido en su busca. Milán se acercó a la valla.

—¿Esta noche no has ido a la taberna? —preguntó el extranjero con tranquilidad e indiferencia, como de pasada.

—Hoy no me sentí con ánimos de ir. ¿Los demás están allí?

—No hay nadie. Todos se han marchado antes que de costumbre. Pero podemos ir nosotros dos.

—Ya es tarde y no tenemos un sitio donde reunimos.

—Bajaremos hasta la kapia. Va a salir la luna.

—Ya no es hora —protestó Milán.

Pero sus labios estaban secos y sus palabras le resultaban extrañas, como si fuese otro el que las pronunciara.

El extranjero no se movía y esperaba; parecía estar seguro de que su proposición sería aceptada. Y, efectivamente, Milán abrió el portillo del jardín y partió con aquel hombre a pesar de su resistencia y de su antipatía hacia él, y aunque hubiese tratado con sus palabras, con sus pensamientos, con las últimas fuerzas de su voluntad, de sustraerse a aquel poder insidioso que lo atenazaba y del que no podía desembarazarse.

Descendieron rápidamente la cuesta de Okolichta. La luna, redonda, se alzaba en efecto por detrás de Stanichvats. El puente parecía sin límites e irreal; sus extremos se perdían en una bruma lechosa y sus pilares quedaban ocultos, por su base, en las tinieblas. Uno de los lados de cada pilar y de cada ojo estaba violentamente iluminado, en tanto el otro quedaba en una sombra total. Aquellos planos de luz y sombra se rompían y se cortaban en líneas agudas, hasta el punto en que todo el puente semejaba un extraño arabesco nacido del juego momentáneo de la claridad y las tinieblas.

En la kapia no había una sola alma. Se sentaron. El extranjero sacó las cartas. Parecía que Milán iba a decir una vez más que aquello era incómodo, que no se distinguían ni las cartas ni el dinero, pero el extranjero no le prestó atención. Comenzó el juego.

Al principio, cambiaron algunas palabras, pero en cuanto el juego fue tomando impulso, se callaron por completo. Se limitaban a liar sus cigarrillos, encendiéndolos el uno con el otro. Las cartas cambiaron varias veces de mano, para quedar finalmente en las del extranjero. El dinero caía sin ruido sobre la piedra, cubierta por un fino rocío. Llegó el momento, aquel momento que Milán conocía bien, en que el extranjero, teniendo veintinueve, conseguía dos puntos, o teniendo treinta, llegaba a los treinta y uno. Sentía ahogos y se le velaba la vista. El rostro del extranjero, bañado por el claro de luna, parecía más tranquilo que de costumbre. En menos de una hora, Milán se quedó sin dinero. El otro se ofreció a acompañarle a su casa a buscar más. Se fueron y volvieron y continuaron jugando. Milán lo hacía como un mudo y como un ciego. Adivinaba la carta con el pensamiento y expresaba lo que quería por medio de signos. Casi parecía que las cartas, dispuestas entre ellos, se habían convertido en algo accesorio, una especie de motivo de aquel duelo desesperado y sin tregua. Cuando Milán se vio de nuevo sin dinero, el extranjero le ordenó que fuese otra vez a su casa a coger más, y él se quedó fumando en la kapia. No juzgó necesario ir con él, porque no cabía imaginar que Milán lo desobedeciese o le engañase quedándose en casa. Y Milán se marchó sin discutir y volvió dócilmente. Entonces la suerte cambió bruscamente. Milán ganó lo que había perdido. A causa de la emoción, el nudo que sentía en la garganta lo oprimió aún más. El extranjero empezó a doblar las apuestas, después, a triplicarlas. El juego se hacía más rápido, más áspero. Las cartas volaban, tejiendo una trama de monedas de plata y de oro. Ambos permanecían callados. Milán respiraba con dificultad, y a veces sudaba y a veces se sentía transido de frío, en aquella noche apacible, al claro de luna. Jugaba, daba cartas y ocultaba las suyas, no porque le gustase, sino porque se veía forzado a ello. Le parecía que aquel extranjero no le absorbía sólo su dinero, ducado tras ducado, sino hasta la médula y la sangre de sus venas, gota a gota. Sus fuerzas lo abandonaban y lo abandonaba su voluntad a cada nueva pérdida. De vez en cuando, miraba de soslayo a su adversario. Esperaba ver su rostro satánico de dientes amenazadores y ojos de fuego, pero, por el contrario, sólo distinguía la misma cara de siempre que conservaba la expresión tensa del hombre que ejecuta su trabajo cotidiano, que se apresura para terminar la tarea emprendida, una tarea ni fácil ni agradable.

Una vez más, Milán perdió velozmente todo su dinero. El extranjero le propuso que se jugase el ganado, las propiedades y la tierra.

—Apuesto cuatro buenas monedas húngaras, contantes y sonantes y tú tu caballo bayo con silla. ¿Te parece bien?

—Sí.

Así se fue el caballo bayo al que siguieron los dos caballos de carga y las vacas y las terneras. Como un comerciante consciente y de sangre fría, el extranjero enumeraba, por su nombre, todos los animales de la cuadra de Milán y valoraba cada cabeza exactamente a su precio, corno si hubiese crecido en aquella casa.

—Once ducados contra tu campo llamado "salkucha". ¿Cuento con tu palabra?

—De acuerdo.

El extranjero hizo un gesto de mal humor. Con cinto cartas, Milán tenía veintiocho.

—¿Otra? —preguntó tranquilamente el extranjero.

—Otra —dijo Milán en un murmullo apenas inteligible; y toda su sangre le afluyó al corazón.

El extranjero levantó lentamente la carta. Era un dos, la cifra salvadora. Milán, con indiferencia, dejó escapar entre dientes.

—¡Basta!

Reunió convulsivamente sus cartas y las ocultó. Se esforzó por dar a su voz y a su rostro una expresión llena de indiferencia para que su adversario no pudiese adivinar los puntos que tenía.

Entonces el extranjero empezó a tomar cartas para sí mismo, las cuales iba poniendo boca arriba. Cuando llegó a veintisiete, se detuvo, miró tranquilamente a Milán a los ojos y éste entornó los párpados. El extranjero tomó otra carta. Era un dos. Emitió un corto suspiro apenas perceptible. Parecía que iba a plantarse en veintinueve. Con el presentimiento de la alegría de la victoria, la sangre empezó a subir a la cabeza de Milán. Pero entonces el extranjero se sobresaltó, arqueó el torso, levantó la cabeza, de modo que su frente y sus ojos brillaron al claro de luna, y cogió una carta más. Era otro dos. Resultaba inverosímil que pudiesen salir tres "doses" uno detrás de otro y, sin embargo, era así. Reflejado sobre aquel naipe, Milán vio su campo en primavera cuando, labrado y rastrillado, revestía su más bello aspecto. Los surcos daban vueltas alrededor de él como si fuese víctima de un síncope, pero la calmosa voz del extranjero le volvió en sí.

—¡Otuz bir! El campo es mío.

Después le tocó el turno a los otros campos, a las dos casas y al bosquecillo de robles de Osoinitsa. Estaban de acuerdo invariablemente para las estimaciones. De vez en cuando, Milán ganaba y recogía con gesto ávido y apresurado algunos ducados. La esperanza brillaba como oro, pero después de dos o tres "manos" desgraciadas, se quedó sin dinero y apostó de nuevo sus propiedades.

Cuando el juego, como un torrente, se llevó todo, los dos jugadores se quedaron parados un instante, no para recobrar el aliento, lo cual no les era necesario, sino para reflexionar sobre lo que podrían encontrar que sirviese de apuesta. El extranjero conservaba su sangre fría y tenía el aire de trabajador concienzudo que descansa después de la primera parte de su tarea, pero que tiene prisa por pasar a la segunda. Milán estaba frío, embotado; la sangre le golpeaba los oídos, tenía la impresión de que el asiento de piedra sobre el que se encontraba subía para hundirse después. En aquel momento, el extranjero tomó la palabra y dijo con voz monocorde, enojosa, ligeramente gangosa:

—¿Sabes, amigo, lo que vamos a hacer? Jugaremos otra partida, pero esta vez arriesgaremos el todo por el todo. Yo apuesto cuanto he ganado esta noche, y tú tu vida. Si ganas, todo es tuyo, como antes: dinero, ganado y tierras. Si pierdes, te tirarás desde la kapia al Drina.

Dijo esto como si nada, secamente y con el tono de un hombre de negocios, igual que si se tratara del acuerdo más normal entre jugadores absorbidos por el juego, Milán pensó que había llegado el momento de perder o salvar su alma, y hacía esfuerzos para levantarse, para arrancarse de aquel torbellino incomprensible que le había robado todo y que ahora lo arrastraba irresistiblemente; pero con una sola mirada, el extranjero lo dominó. Y como si hubiesen jugado en la taberna, apostándose tres o cuatro grochas, inclinó la cabeza y tendió la mano.

Cada uno eligió una carta. El extranjero tenía un "cuatro" y Milán un "diez". Le tocó a él dar las cartas. Aquello lo llenó de esperanza. Repartió, y el extranjero siguió pidiendo más cartas.

—¡Otra, otra, otra!

Sólo después de haber pedido cinco cartas, dijo:

—¡Basta!

Le tocó la vez a Milán. Llegado a veintiocho, se detuvo un instante, miró las cartas del extranjero y hacia su rostro enigmático. Era imposible adivinar cuántas tenía, pero era muy probable que pasase de las veintiocho; en primer lugar, porque aquella noche no se quedaba en cifras más bajas, y en segundo lugar, porque tenía cinco cartas. Reuniendo sus últimas fuerzas, Milán tomó otra carta. Era un "cuatro". Total, treinta y dos; es decir: había perdido.

Miraba la carta sin dar crédito a sus ojos. Le parecía imposible haber perdido todo de un golpe. Algo ardiente y ruidoso le atravesó el cuerpo de la cabeza a los pies. Súbitamente, todo se le hizo claro: el precio de la vida, el valor del hombre y aquella maldita e inexplicable pasión que tenía de jugar con los suyos y con los extranjeros, incluso solo. Todo resultaba luminoso y claro, como si estuviese amaneciendo o como si hubiese soñado que jugaba y que perdía; pero en verdad, una verdad irrevocable, algo que no podía repararse. Hubiese querido proferir una palabra, gemir, llamar a alguien en su ayuda, lanzar aunque no fuese más que un suspiro, pero ya no tenía fuerzas ni para eso.

A su lado el extranjero esperaba.

De pronto, en algún lugar de la orilla cantó un gallo, alto y claro, una vez, otra. Estaba tan próximo, que parecía como si se oyese el batir de sus alas. En el mismo momento, las cartas dispersas volaron, como levantadas por una borrasca, el dinero se desperdigó y la kapia se bamboleó hasta sus cimientos. Milán cerró los ojos espantado y pensó que había llegado su última hora. Cuando volvió a abrir los ojos, observó que estaba solo. Su adversario se había volatilizado como una pompa de jabón y, con él, las cartas y el dinero que se encontraban sobre la losa de piedra.

La luna, color naranja, nadaba al fondo del horizonte. Se había levantado un viento fresco. Se acentuaba el tumulto de las aguas en las profundidades. Milán, con precaución, palpó la piedra donde estaba sentado, tratando de volver en sí, de reconocer el lugar donde se encontraba y de saber lo que pasaba; luego, se levantó con dificultad y se dirigió hacia su casa de Okolichta, sin darse cuenta de que andaba.

Gimiendo y titubeante, apenas llegó ante su casa, cayó como un herido; su cuerpo chocó pesadamente con la puerta. Los suyos, que se habían despertado a causa del ruido, lo llevaron a la cama. Durante dos meses fue presa de la fiebre y del delirio. Llegaron a creer que no se recuperaría. El pope Nicolás acudió a administrarle la extremaunción. Sin embargo, se restableció y se levantó, pero no parecía el mismo hombre. Ahora era un viejo prematuro que vivía al margen de todos, que hablaba poco y que limitaba al mínimo sus relaciones con los demás. Sobre su rostro, que ya no sonreía, se reflejaba una atención dolorosa. Se ocupaba únicamente de sus negocios y se entregaba a sus ocupaciones, como si nunca hubiese conocido la compañía de sus amigos.

Durante su enfermedad, contó al pope Nicolás todo lo que le había sucedido aquella noche en la kapia y, más tarde, confió su historia a dos buenos amigos, pues sentía que le habría sido imposible vivir con su secreto. La gente se enteró de algo, pero como si lo que había sucedido en realidad fuese insuficiente, añadió algunos detalles; después, como es corriente, dirigió su atención a algún otro y terminó por olvidar a Milán y su aventura. Y así, el hombre que ya no era más que una sombra del Milán Glasintchanin de antaño, vivía, trabajaba y discurría entre los habitantes de la ciudad. La joven generación sólo lo conocía tal y como era en aquellos momentos y no pensaba que hubiese sido de otro modo. Él mismo se comportaba igual que si hubiese olvidado todo. Y cuando habiendo dejado su casa para bajar a la ciudad, cruzaba el puente, con sus andares lentos y pesados de sonámbulo, pasaba junto a la kapia sin la menor emoción, incluso sin recuerdos. Ni siquiera volvía a su memoria que aquel sofá, guarnecido de asientos de piedra blanca, en los que se sentaba gente ociosa, pudiese tener alguna relación con el lugar remoto en el que, una noche, jugó su última partida, apostando a aquella carta traidora todo lo que tenía, incluso su persona, su vida en este mundo y en el otro.

Milán se preguntaba a menudo si toda aquella aventura no habría sido más que una pesadilla que le hubiera asaltado cuando perdió el conocimiento delante de la puerta de su casa, si no habría sido más bien la consecuencia que la causa de su enfermedad. A decir verdad, el pope Nicolás y los dos amigos a quienes se confió, se mostraron inclinados a considerar el relato de Milán como una fantasía, una alucinación producida por la fiebre.

Porque lo cierto es que ninguno de ellos creía que el diablo jugase al "otuz bir" ni que atrajese a la kapia a aquellos para los que desease la perdición. Pero nuestras aventuras suelen ser tan confusas, tan penosas, que no es extraño que las gentes vean en ellas una intervención del mismísimo Satán, esforzándose así en explicarlas o, al menos, en hacerlas más verosímiles.

Sea como fuere, con o sin el diablo, en sueños o en la realidad, lo que era cierto es que Milán Glasintchanin, después de haber perdido en una noche la salud, la juventud y una enorme cantidad de dinero, se encontró para siempre, como por milagro, librado de su pasión. Pero eso no era todo. Al relato de Milán se encontraba estrechamente ligada la historia de otro destino cuyo hilo partía de la kapia.

Al día siguiente de aquel en el que Milán Glasintchanin (en sueños o en realidad) perdió su última partida en la kapia, lució un espléndido sol de otoño. Era sábado. Como todos los sábados, los judíos de Vichegrado se reunieron en la kapia, llevando con ellos a sus hijos. Desocupados y solemnes, con sus pantalones de raso y sus chalecos de lana, tocados con su fez aplastado, de color rojo subido, celebraban escrupulosamente el día del Señor, paseándose a lo largo del río como si buscasen a alguien. Pero, la mayor parte del tiempo, mantenían ruidosas y acaloradas conversaciones en español, empleando únicamente el servio cuando juraban.

Bukus Gaon, hijo mayor del barbero Abraham Gaon, hombre piadoso, pobre y honrado, fue uno de los primeros en acudir aquella mañana a la kapia. Tenía dieciséis años y aún no había encontrado trabajo fijo ni oficio determinado. El muchacho, a diferencia de todos los Gaon, era algo alocado, lo que le había impedido entregarse a una ocupación concreta, empujándolo a buscar en todas partes y en todas las cosas algo ventajoso y agradable. Cuando quiso sentarse, se aseguró antes de que el sitio estaba limpio. Entonces vio en la rendija, entre las dos losetas, un delgado hilo amarillo que brillaba. Tenía el resplandor del oro, ese metal tan querido a los ojos del hombre. Miró mejor. No cabía duda: un ducado había caído allí. El muchacho echó una mirada en torno, para ver si alguien le observaba, y para buscar algo con que sacar el ducado de la rendija. Pero en seguida le vino a la memoria que era sábado y que sería vergonzoso y, al mismo tiempo, pecado, hacer cualquier trabajo. Conmovido y embarazado, se sentó y no se levantó hasta el mediodía. Cuando fue hora de ir a almorzar y cuando todos los judíos, jóvenes y viejos, se fueron a sus casas, distinguió una brizna de paja de cebada más gruesa que las demás y, olvidando pecado y sábado, sacó con precaución el ducado de entre las dos losetas. Era una buena moneda húngara, delgada, que no pesaría más que una ligera hoja seca. Llegó tarde al almuerzo. Cuando se sentó a la mesa baja y pobre, en torno a la cual se encontraban trece personas (once hijos, el padre y la madre), no prestó atención a las amonestaciones de su padre que lo trató de desocupado y de vago, y que le reprochó el no acudir ni siquiera a la hora de comer. Le zumbaban los oídos y sus ojos estaban deslumbrados. Se realizaba al fin su sueño de una vida de lujo inaudito. Le parecía que llevaba el sol en su bolsillo.

Al día siguiente, sin haberlo pensado mucho, Bukus se fue con su ducado a la taberna de Ustamovitch y se coló en la habitación en donde se jugaba a las cartas a casi todas las horas del día y de la noche. Siempre había soñado con aquello, pero nunca había tenido bastante dinero para atreverse a ir allí a probar fortuna. Ahora podía llevar a cabo su sueño.

Pasó algunos minutos llenos de angustia y de sobresalto. Al principio, fue acogido con desdén y desconfianza. Cuando le vieron cambiar la moneda húngara, pensaron inmediatamente que se la había quitado a alguien; sin embargo, aceptaron su apuesta. (Si los jugadores tratasen de conocer el origen del dinero de cada uno de ellos, nunca podrían jugar.) Comenzaron nuevas pruebas para el debutante. Al ganar, le subía la sangre a la cabeza y la vista se le nublaba bajo el efecto del calor y de la transpiración. Si perdía, le parecía que se detenía su respiración y que el corazón le desfallecía. Pero, tras aquellos tormentos que parecían no tener fin, salió aquella noche de la taberna con cuatro ducados en el bolsillo. Y aunque a causa de la emoción se sintiese extenuado y febril como si le hubiesen azotado con varas encendidas, caminaba derecho y orgulloso. Ante su mirada ardiente se abrían perspectivas lejanas y espléndidas que arrojaban un brillo deslumbrador sobre su pobreza familiar y que limpiaba la ciudad hasta sus cimientos. Andaba enervado, con paso solemne. Por primera vez en su vida podía apreciar no sólo el resplandor y el tintineo del oro, sino también su peso.

Durante aquel mismo otoño, Bukus, aunque joven y sin experiencia, se convirtió en vagabundo y jugador profesional y abandonó la casa paterna. El viejo Gaon se consumía de vergüenza y de pena por su hijo mayor, y toda la comunidad judía sintió aquella desgracia como si fuese suya. Más tarde dejó la ciudad para lanzarse al mundo con su triste destino de jugador. Después, pasados catorce años, no se volvió a oír hablar de él. El origen de todo aquello, decían, fue "el ducado diabólico" que encontró en la kapia y que desenterró un sábado.

 

 

 

 

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