Libro N° 4093. Un Puente Sobre El Dina. Andric, Ivo.
© Libro N° 4093. Un Puente Sobre El Dina. Andric, Ivo. Colección E.O. Agosto 26 de 2017.
Título
original: © Na Drini cuprija
Versión Original: © Un Puente Sobre El Dina. Ivo
Andric
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
chrome-extension://efaidnbmnnnibpcajpcglclefindmkaj/https://anchaesmicasa.wordpress.com/wp-content/uploads/2011/09/ivo-andric-un-puente-sobre-el-drina.pdf
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede
utilizar este trabajo con fines comerciales
No derivados: No se puede
alterar, modificar o reconstruir este texto.
Portada E.O. de Imagen original:
https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/
https://formarseadistancia.eu/biblioteca.html
http://refugiosociologico.blogspot.com.co/p/biblioteca.html
http://www.bne.es/es/Inicio/index.html
http://www.biblioteca.org.ar/titulot.asp?texto=a&tipo=1&tipos=3&tiposs=4
http://www.alejandriadigital.com/author/keyu6/
http://cuentosmagicosblog.blogspot.com.co/2013/01/la-hormiga-gigante-howard-fast.html
http://jimeneydas-cuentos.blogspot.com.co/
https://www.unprofesor.com/ciencias-sociales/que-es-el-renacimiento-806.html
© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
UN PUENTE SOBRE EL DINA
Ivo Andric
Esta novela, la obra maestra de Ivo Andric, es un
ambicioso fresco que recorre cinco siglos para retratar la trágica historia de
los Balcanes, una región en la que confluyen culturas y religiones que, como
placas tectónicas, friccionan y provocan terremotos. Siglos y siglos de luchas,
intentos de convivencia pacífica y fanatismos destructivos. El puente del
título, construido en piedra sobre el río Drina en la ciudad bosnia de Visegrad
es el punto de encuentro y de choque entre el mundo cristiano y el islámico,
entre Europa y el imperio otomano; el testigo mudo de los avatares de una
comunidad plural y conflictiva a lo largo del tiempo. Este libro es la
conmovedora y ejemplar crónica de los avatares históricos de un espacio
geográfico sometido a una permanente tensión y a periódicos estallidos de
violencia étnica y religiosa, una pesada herencia que pasa de generación en
generación y que la novela recorre desde el siglo XVI hasta el inicio de la
Primera Guerra Mundial, ya en el siglo XX.
CAPÍTULO PRIMERO
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO XI
CAPÍTULO XII
CAPÍTULO XIII
CAPÍTULO XIV
CAPÍTULO XV
CAPÍTULO XVI
CAPÍTULO XVII
CAPÍTULO XVIII
CAPÍTULO XIX
CAPÍTULO XX
CAPÍTULO XXI
CAPÍTULO XXII
CAPÍTULO XXIII
CAPÍTULO XXIV
Créditos
notes
UN PUENTE SOBRE EL DINA
Título Original: Na Drini cuprija
Traductor: Fernando Garrido, Luisa
©1945, Andric, Ivo
©2010, RBA
Colección: Narrativas
ISBN: 9788498677959
Generado con: QualityEPUB v0.34
IVO ANDRIC
UN PUENTE SOBRE EL DRINA
CAPÍTULO PRIMERO
A lo largo de la mayor parte de su curso, el Drina1
discurre a través de estrechas gargantas, entre montañas abruptas, o atraviesa
profundos cañones entre ribazos verticales. Solamente en algunos lugares, sus
orillas se abren en amplios valles y forman, ya sobre uno, ya sobre los dos
ribazos, extensiones de terrenos fértiles, en parte llanas y en parte
onduladas, propicias al cultivo y a la población. Una de esas llanuras comienza
aquí, en Vichegrado2, en el lugar en que el Drina surge, describiendo una inesperada
curva, del profundo y estrecho desfiladero que forman las peñas de Butko y las
montañas de Uzavnitsa. El ángulo que en este lugar forma el Drina es
extraordinariamente agudo, y las montañas de ambos lados son tan escarpadas y
están tan próximas unas de otras que parecen un macizo cerrado del que el río
brota como de un muro sombrío. Pero, súbitamente, las montañas se separan y
forman un anfiteatro irregular cuyo diámetro, en el lugar más ancho, no excede
de unos quince kilómetros a vista de pájaro.
En el punto en que el Drina surge con todo el peso de su
masa de agua verde y espumosa, fuera del conjunto, en apariencia cerrado, de
las montañas negras y escarpadas, se yergue un gran puente de piedra
armoniosamente tallado, con once ojos de ancha abertura. Desde ese puente, como
si fuese una base, se despliega en abanico un valle ondulante con la pequeña
ciudad de Vichegrado y sus alrededores, con algunas aldeas colgadas de los
flancos de las colinas, cubierto de campos, de pastos y de grandes extensiones
plantadas de ciruelos, cortados por cercas y salpicado de sotos y de unos
escasos bosques de abetos. De este modo, cuando se contempla desde el fondo del
horizonte parece que, bajo los amplios ojos del puente blanco, corre y se
extiende no sólo el verde Drina, sino todo aquel terreno soleado y cultivado,
con cuanto en él crece y con el cielo meridional por encima.
En la orilla derecha del río, iniciándose en el mismo
puente, se encuentra el centro de la ciudad con su mercado turco, situado, en
parte, en la llanura y, en parte, sobre la falda de las colinas. Al otro lado
del puente y a lo largo de la orilla izquierda, se extiende la llanura de
Mlukhine, arrabal cuyas casas están dispersas en torno a la carretera que
conduce a Sarajevo. Por tanto, el puente que une los dos tramos de la carretera
de Sarajevo, une también la ciudad a su arrabal.
Realmente, cuando decimos "une", lo hacemos con
tanta exactitud como cuando se dice: el sol sale por la mañana para que los
hombres podamos ver en torno nuestro y dedicarnos a nuestros asuntos, y se pone
por la tarde para que durmamos y descansemos de las fatigas del día.
En efecto: ese enorme puente de piedra, construcción
preciosa y de una belleza tal que ciudades mucho más ricas y comerciales no
poseen nada semejante —"en todo y por todo, no hay más que dos de ese tipo
en el Imperio", se decía antaño—, ese puente es el único paso permanente y
seguro a lo largo de todo el curso medio y superior del Drina, y es, al mismo
tiempo, el nudo indispensable de la carretera que une Bosnia con Servia, y aún
más lejos, con las restantes partes del Imperio otomano hasta Estambul. Ahora
bien, una ciudad pequeña y su arrabal son las únicas aglomeraciones que
necesariamente han de desarrollarse en los principales puntos de comunicación y
a ambos lados de los puentes importantes.
Aquí también, con el tiempo, han brotado las casas y se
han multiplicado las habitaciones a los dos lados del puente. La ciudad ha
vivido gracias al puente y ha salido de él como de una raíz indestructible.
Para que se vea con claridad y se comprendan íntegramente
el cuadro de la ciudad y la naturaleza de sus relaciones con el puente, es
preciso saber que, en la ciudad, existe todavía un puente, del mismo modo que
existe todavía un río. Se trata del Rzav, franqueado por un puente de madera.
En un extremo de la ciudad el Rzav vierte sus aguas en el Drina, de suerte que
el centro de la ciudad y, al mismo tiempo, la mayor parte de la aglomeración se
encuentra sobre la lengüecilla de tierra situada entre los dos ríos, el grande
y el pequeño confluyen aquí, en tanto que los arrabales desperdigados se
extienden al otro lado de los puentes, en la orilla izquierda del Drina y en la
orilla derecha del Rzav. La ciudad está sobre las aguas. Pero aunque exista
otro río y otro puente, las palabras "en el puente" no designan jamás
al que franquea el Rzav, sencilla construcción de madera sin belleza, sin
historia y sin más sentido que el de servir de paso a los Habitantes y a sus
animales. Aquellas palabras designan siempre y únicamente al puente de piedra
sobre el Drina.
El puente tiene unos doscientos cincuenta pasos de
longitud y unos diez de anchura, salvo en su parte central, donde se ensancha
en dos terrazas simétricas a ambos lados del camino transitable, alcanzando así
el doble de su anchura. A esta parte del puente se le llama la
"kapia". En este punto, sobre el pilar central que se ensancha en su
parte superior, se ha añadido, a los dos lados, unos contrafuertes de madera
que sobre ese pilar se apoyan, a la izquierda y a la derecha del camino
transitable, las dos terrazas que se proyectan atrevida y armoniosamente en el
espacio por encima del agua verde y ruidosa. Tienen una longitud de cerca de
cinco pies y una anchura igual y están rodeadas por un parapeto de piedra,
idéntico al que bordea el puente en toda su longitud. Ambas terrazas, sin
embargo, son completamente independientes y carecen de techo. La de la derecha,
según se viene de la ciudad, se llama el sofá, y se alza sobre dos gradas. Está
bordeada por asientos a los cuales sirve de respaldo el parapeto del puente.
Tanto las gradas, los asientos, como el parapeto están tallados en la misma
piedra clara. La terraza de la izquierda, enfrente al sofá, es igual que la
otra, pero está vacía, sin asientos. En el centro del parapeto, el muro se alza
y sobrepasa la altura de un hombre. En su parte superior, hay una estela de
mármol blanco, sobre la cual está grabada una rica inscripción turca, con un
cronograma que, en trece versos, indica el nombre del constructor del puente y
el año de la construcción. En la parte inferior del muro corre una fuente: un
hilillo de agua brota de las fauces de un dragón de piedra. En esta terraza se
ha establecido un cafetero con sus cafeteras, sus tazas, su brasero siempre
encendido y con un camarero que sirve el café a los consumidores que están
enfrente, en el sofá. Eso es la kapia. En el puente y su kapia, en torno de él
o en relación con él, discurre y se desarrolla, como ya veremos, la vida de los
habitantes de la pequeña ciudad. En todos sus relatos sobre los acontecimientos
personales, familiares y públicos, se puede siempre oír las palabras "en
el puente" y en efecto, en el puente del Drina tienen lugar los primeros
paseos infantiles y los primeros juegos de los muchachos. Los niños cristianos,
nacidos en la orilla izquierda del Drina, cruzan el puente desde los primeros
días de su vida; ya, en la primera semana, son llevados a bautizar a la
iglesia. Pero también los otros niños, incluso los que han nacido en la orilla
derecha, y los niños musulmanes que ni siquiera están bautizados, pasan, como
antaño sus padres y sus abuelos, la mayor parte de su infancia en las
proximidades del puente. Pescan con caña junto al puente o cazan pichones bajo
sus ojos. Desde temprana edad, su mirada se acostumbra a las líneas armoniosas
de aquella enorme construcción de piedra clara, porosa, regular e
impecablemente tallada. Conocen todas las redondeces y las cavidades tan
magistralmente cinceladas, del mismo modo que conocen todos los cuentos y
leyendas que están ligados al nacimiento y a la construcción del puente y en
los cuales se mezclan y entrelazan de manera extraña e inextricable la
imaginación y la realidad, lo verdadero y lo soñado. Y todo esto lo conocen
desde siempre, inconscientemente, como si hubiera nacido con ellos, como saben
sus oraciones, sin acordarse de quién se las enseñó ni de cuándo las oyeron por
primera vez. Saben que el puente fue construido por orden del gran visir
Mehmed-Pachá cuyo pueblo natal se encuentra tras una de las montañas que
circundan el puente y la ciudad.Tan sólo un visir podía dar todo lo que era
preciso para que se construyese aquella perdurable maravilla de piedra. (Un
visir es algo brillante, considerable, terrible y poco claro en la conciencia
de los muchachos.)
Fue construido por Radé, el arquitecto cuya vida debió
durar varios siglos; si no, no se explica cómo pudo levantar todo cuanto hay de
bello y permanente en tierras servias. Maestro legendario y realmente anónimo
tal como la masa lo imagina y lo desea.
(a la masa no le gusta cargar su memoria ni hacerse
deudora de muchos hombres, ni siquiera en espíritu). Saben que el hada de las
aguas ha contrarrestado la construcción —de igual modo que, siempre y en todas
partes, hay alguien que contrarresta toda construcción— destruyendo por la
noche lo que había sido levantado durante el día, hasta que una voz que surgía
de las aguas aconsejó a Radé, el maestro de obras, que buscase dos hermanos
gemelos, aún lactantes, niño y niña, y que se llamasen Stoïa y Ostoïa3 y que un
vez hallados los emparedase en los pilares centrales del puente. Inmediatamente
se pusieron a buscar a tales criaturas por toda Bosnia. Se ofreció una
recompensa a quien los encontrase y los llevase.
Al fin los guardias encontraron en un pueblo lejano dos
gemelos de pecho y se los llevaron, a la fuerza, en virtud del poder del visir.
Pero su madre no quiso separarse de ellos. Lamentándose, llorando, insensible a
los insultos y a los golpes, los siguió hasta Vichegrado. Allí, consiguió
llegar hasta el arquitecto.
La leyenda continúa diciendo que los niños fueron
emparedados, dado que no había otra solución, pero el arquitecto, según
cuentan, tuvo piedad de ellos, y dejó en los pilares dos aberturas, a través de
las cuales la desdichada madre podía dar de mamar a sus hijos. Estas aberturas
eran unas falsas ventanas, practicadas con arte, estrechas como aspilleras, en
las cuales actualmente las palomas torcaces hacen su nido. Como recuerdo, desde
hace centenares de años, la leche maternal corre por el muro; son unos caudales
blancos y delgados que, en una época determinada del año, rezuman sin cesar de
las junturas, pudiéndose ver sobre la piedra una huella indeleble. (La idea de
la leche de mujer evoca en la conciencia de los niños algo muy próximo e
insípido y al mismo tiempo vago y misterioso, como los visires y los
arquitectos; algo que los turba y los repele.) La gente raspa esas huellas
lechosas que se ven a lo largo de los pilares haciendo una especie de polvo
medicinal que venden a las mujeres que, después del alumbramiento, no tienen
leche. En el pilar central del puente, bajo la kapia, hay una abertura más
grande, algo así como una puerta estrecha sin hojas, como una tronera
gigantesca. Se dice que en ese pilar hay una gran estancia, una sala oscura, en
la cual vive un árabe negro. Esto lo saben todos los niños. En sus sueños y en
sus relatos, en los que rivalizan las mentiras, el negro interpreta un gran
papel. A quien se le aparece, debe morir. Ningún niño lo ha visto todavía
porque los niños no mueren, pero una noche fue visto por Klamid, un mozo de
cuerda asmático, de ojos inyectados en sangre y siempre borracho o afligido por
una eterna enfermedad del cabello; y aquella misma noche murió, allí, junto al
muro. A decir verdad estaba borracho perdido y pasó la noche en el puente, bajo
un cielo sereno, con una temperatura de quince grados bajo cero. Los niños
miran a menudo a través de esa abertura tenebrosa como si se tratase de un
abismo que espanta y que atrae. Se ponen todos de acuerdo para mirar fijamente
y para que el primero que vea algo lance un grito. Con la boca abierta,
temblorosos de curiosidad y de miedo hunden la mirada en esa grieta ancha y
sombría, hasta que un muchacho anémico tiene la impresión de que la abertura
comienza a balancearse y a desplazarse como una cortina negra, o hasta que uno
de sus compañeros, burlón y decidido (siempre hay alguno de ese género), grita:
"¡El negro!" y finge huir. Esa reacción turba el juego y suscita la
decepción y la indignación de aquellos que gustan de los juegos de la
imaginación, que detestan la ironía y que creen que mirando atentamente se
puede ver verdaderamente algo y experimentar alguna sensación. Pero por la
noche, durante el sueño, muchos luchan con aquel árabe del puente, como con el
destino, hasta que su madre los despierta y los libera de la pesadilla. Y
mientras ella le hace beber agua fría "para expulsar el pánico" y le
obliga a pronunciar el nombre de Dios, el muchacho, extenuado por los juegos
del día, vuelve a dormirse con el sueño pesado del niño en el que el pavor no
puede aún desarrollarse ni durar mucho tiempo.
Más arriba del puente, sobre la orilla escarpada de
calcárea gris, a ambos lados se ven, a intervalos regulares, dos cavidades
circulares, emparejadas como si se hubiesen esculpido en la piedra las huellas
de las herraduras de un caballo de tamaño sobrenatural; vienen de arriba, del
Viejo Burgo, y bajan por la pendiente rocosa hasta el río, apareciendo de nuevo
en la otra orilla, donde se pierden bajo tierra y bajo la vegetación.
Los niños que, en el verano, pescan pececillos durante
todo el día a lo largo de esta orilla pedregosa, saben que son huellas de los
pasos de antiguos guerreros, que se remontan a tiempos muy antiguos. Entonces
vivían en aquella tierra héroes de gran altura; la piedra aún no había
adquirido consistencia, era blanda como la tierra y los caballos eran como los
héroes: de un tamaño gigantesco. Para los niños servios, únicamente, se trata
de las huellas de las herraduras de Charats4. Están allí desde los tiempos en
que Kralievitch Marko, que estaba en prisión arriba, en el Viejo Burgo, se
escapó, bajó la colina y, de un salto, atravesó el Drina sobre el cual entonces
no había el puente. Pero los niños musulmanes saben que no fue Kralievitch
Marko y que no podía ser él (¿desde cuándo un cristiano y un bastardo habría
adquirido tal fuerza y poseído tal caballo?), sino Djerzelez Alia5 sobre su
jumento alado, quien como se sabe despreciaba las barcas y a los barqueros y
atravesaba de un salto los ríos como si fuesen riachuelos. Los niños ni
siquiera discuten sobre este asunto; unos y otros están convencidos del sólido
fundamento de sus creencias. Y no hay precedente de que nunca nadie haya
conseguido disuadir a alguno de los otros, ni de que alguno haya cambiado su punto
de vista.
En estas cavidades redondas, anchas y profundas como
grandes escudillas, el agua se conserva mucho tiempo después de la lluvia, como
en recipientes de piedra. Los niños llaman pozos a esas cavidades llenas de
agua, de lluvia tibia, y unos y otros, sin distinción de creencias, echan en
ellos los pececillos, generalmente gobios, que pescan con anzuelo. En la orilla
izquierda, algo separado e inmediatamente por encima del camino, hay un gran
túmulo de tierra, pero de una tierra dura, gris y petrificada. Nada crece ni
florece salvo una hierbecilla, dura y punzante como un alambre de acero. Ese
túmulo es el blanco y la frontera de todos los juegos infantiles que se
desarrollan en torno al puente. Antaño, se llamó a ese lugar la tumba de
Radislav. Según cuentan, fue un jefe servio, un hombre poderoso.
Cuando el visir decidió construir un puente sobre el Drina
y pidió gente, todos se sometieron y se incorporaron a la leva. Únicamente se
rebeló aquel Radislav; levantó al pueblo y lanzó al visir la orden de que
abandonase aquel trabajo, porque encontraría grandes dificultades para
construir un puente sobre el Drina. Y efectivamente, el visir se vio y se deseó
para apoderarse de la persona de Radislav; se trataba de un mozo que dejaba
atrás el común de los mortales: no había fusil ni sable que pudieran batirle:
lo destruía todo como un torbellino. A tal extremo llegaba la fuerza del
talismán que llevaba consigo. Y quién sabe lo que habría ocurrido, ni si el
visir habría logrado llegar a construir el puente, si uno de sus servidores,
hombre hábil y astuto, no hubiese logrado sobornar y pagar al criado de
Radislav. Así fue posible sorprender a este último y estrangularlo mientras
dormía, tras haberle atado con cuerdas de seda, ya que su amuleto sólo era
ineficaz contra la seda. Nuestras mujeres creen que hay una noche al año en la
que se puede ver descender del cielo una fuerte luz que cae sobre el túmulo.
Esto sucede en otoño, entre la Navidad y la Asunción de la Virgen. Pero los
niños que, crean o no en esta leyenda, permanecen velando cerca de las ventanas
que dan a la tumba de Radislav, no han logrado nunca ver el fuego del cielo,
pues antes de la medianoche el sueño ha hecho presa en ellos. En compensación,
hay viajeros que sin pensar siquiera en la leyenda, han visto, al regresar por
la noche a la ciudad, una luz blanca sobre el túmulo, tras el puente.
Por el contrario, los turcos de la ciudad cuentan, desde
tiempos muy remotos, que en aquel lugar murió, mártir de su fe, un derviche
llamado Chekn-Turkhania que fue un gran héroe y defendió en ese punto el paso
del Drina contra un ejército de infieles. Y si no hay en el lugar una lápida
funeraria, ni un turbé6, es porque tal fue el deseo del derviche; quiso ser
enterrado así, sin signo ni marca distintiva, para que no se supiese que él
yacía allí. Y así, si alguna vez un ejército de infieles se lanzaba al asalto
por aquellos parajes, él se alzaría y los detendría, como otra vez lo hizo,
impidiendo que fuesen más allá del puente. Sólo el cielo, en compensación,
ilumina a veces su túmulo, con su luz. Así pasa la vida de los niños de la
ciudad: bajo el puente y en torno al puente, en un juego gratuito o en sueños
pueriles. Pero esa vida, con los primeros años de su madurez, se traslada al
puente, a la kapia donde la fantasía juvenil encuentra otro alimento y nuevos
dominios, aunque al mismo tiempo se inicien las preocupaciones, las luchas y
los trabajos de la existencia.
En la kapia y alrededor de ella nacen los primeros sueños
de amor, las primeras ojeadas lanzadas al pasar, las reflexiones y los
cuchicheos. También nacen aquí los primeros negocios, las querellas y los
acuerdos, las citas y las esperas; aquí sobre el parapeto de piedra se exhiben
para la venta las primeras cerezas y los primeros melones, los saleps7 de la
mañana y el pan candeal aún caliente. Aquí se reúnen los mendigos, los lisiados
y los leprosos, junto a los muchachos sanos que quieren ver o ser vistos o que
tienen algo que ofrecer relativo a frutas, vestidos o armas. Aquí se sientan
frecuentemente las personas notables y de edad madura, para conversar un poco
de los asuntos públicos y de las preocupaciones comunes, pero aún más a menudo
son los jóvenes los que acuden para charlar, cantar y bromear.
Aquí también, con ocasión de los grandes acontecimientos y
de las conmociones históricas, se fijan los manifiestos y las proclamas (en el
muro, bajo la estela de mármol con inscripción turca y por encima de la
fuente), y es aquí, por fin, donde hasta 1878 se ahorcaba y se empalaban las
cabezas de todos aquellos, que, por cualquier razón, hubiesen sido ejecutados.
Y en esta ciudad fronteriza, sobre todo durante aquellos años agitados, las
ejecuciones eran frecuentes, e incluso en determinados momentos, cotidianas.
Las bodas y los entierros no pueden cruzar el puente sin
detenerse en la kapia. Habitualmente, las bodas se preparan y el cortejo se
alinea en la kapia antes de hacer su entrada en el centro de la ciudad. Si los
tiempos son tranquilos y sin preocupaciones, la botella de rakia8 pasa de boca
en boca, se canta, se baila el kolo9 y, a menudo, se permanece allí mucho más
tiempo de lo que se pensaba. En los entierros, los que llevan el cadáver lo
dejan unos minutos para descansar un momento, precisamente aquí, en la kapia,
donde el difunto pasó buena parte de su vida.
La kapia es el punto más importante del puente, de igual
modo que el puente es la parte más importante de la ciudad, o, como escribió en
su diario de viaje un viajero turco a quien los vichegradeses trataron bien,
"su kapia es el corazón del puente, el cual es el corazón de esta ciudad
que ha de permanecer en el corazón de todos".
La kapia demuestra hasta qué grado los antiguos
arquitectos, de los cuales se dice en las leyendas que luchaban contra las
hadas y contra toda clase de monstruos, y que hacían emparedar a los niños
vivos, hasta qué grado repito, tales arquitectos ponían de manifiesto su
inteligencia cuando se trataba, no sólo de la solidez y de la belleza de la
construcción, sino de la utilidad y de las comodidades que obtendrían las
generaciones posteriores. Y cuando se conoce la vida actual de esta ciudad y se
reflexiona bien, es forzoso decirse a uno mismo que es, efectivamente, bien
pequeño el número de gentes que en Bosnia tiene ocasión y delectación
semejantes a las que todo habitante de Vichegrado, aun el último de ellos,
pueda tener en la kapia.
El invierno, por supuesto, no puede ser contado. Entonces
sólo cruza el puente quien tiene necesidad de hacerlo y avivando el paso e
inclinando la cabeza bajo el frío viento, que sopla constantemente por el río.
Entonces, por supuesto, nadie se detiene en las terrazas abiertas de la kapia.
Pero en cualquier otra estación, la kapia es una verdadera bendición para
grandes y pequeños. En estas épocas, cualquier habitante puede, a una hora u
otra del día y de la noche, ir a la kapia y sentarse en el sofá o alrededor de
él, ya sea por sus asuntos o simplemente para hablar con sus amigos.
Proyectado y elevado unos quince metros por encima del
verde y ruidoso río, el sofá de piedra parece volar en el espacio, sobre el
agua, entre las colinas verde oscuro de los tres lados, con el cielo y las
nubes o las estrellas encima y con el horizonte desprendido río abajo, como un
anfiteatro estrecho y cerrado al fondo por unas montañas azules.
¿Cuántos visires o cuántos ricos hay en el mundo que
puedan mostrar su alegría o su preocupación, o su placer, o su ocio en un lugar
semejante? Pocos, muy pocos, pero, ¿cuántos de los nuestros, en el curso de los
siglos y en la sucesión de las generaciones, han esperado, sentados aquí, en el
sofá, la aurora o la hora de la oración de la tarde o las horas nocturnas en
que toda la bóveda celeste se desplaza insensiblemente sobre nuestras cabezas?
Son muchos aquellos de entre nosotros que se han sentado aquí con el rostro
entre las manos y acodados sobre la piedra lisa y bien tallada y, en presencia
del juego eterno de la luz sobre las montañas y de las nubes en el cielo, han
desenredado los hilos siempre idénticos, pero siempre intrincados de distinto
modo, de los destinos de los habitantes de nuestra ciudad. Alguien ha afirmado
hace mucho tiempo (se trataba ciertamente de un extranjero que bromeaba) que
esta kapia influía en el destino de la ciudad e incluso en el carácter de sus
habitantes. Este extranjero afirmaba que es preciso buscar la llave de la
tendencia a la meditación y al ensueño de muchos vichegradeses, en estos
interminables ratos de reposo en la kapia y que en ellos reside una de las
principales razones de la serenidad melancólica que constituye un rasgo bien
conocido de su carácter. No se puede sin duda negar que los vichegradeses, si
se les compara con los habitantes de otras ciudades, han sido considerados como
personas ligeras, inclinadas a los placeres y al gasto. Su ciudad se encuentra
en una situación favorable; los pueblos circundantes son fértiles y ricos, y es
verdad que el dinero corre en abundancia por la ciudad de Vichegrado, pero que
nunca se detiene en ella mucho tiempo. Y si se encuentra un patrón economizador
y que se administre bien, sin ninguna pasión, se trata indefectiblemente de un
recién llegado; pero el agua y el aire de Vichegrado son tales que ya los niños
nacen con las manos abiertas y los dedos separados, y tocados por la infección
general de dispendio y despreocupación, viven con la divisa: "A nuevo día,
nueva ganancia".Se dice que el viejo Novak, cuando se sintió agotado y
tuvo que retirarse de la lucha y abandonar el oficio de haiduk10 en Rumania,
dio al adolescente Gruitsa, cuando este último hubo de sustituirle, los
consejos que siguen:
—Cuando estés emboscado, mira bien al viajero que se
acerca. Si ves que cabalga orgullosamente, y que lleva un chaleco rojo,
medallas de plata y polainas blancas, se trata de un habitante de Fotcha. Ataca
inmediatamente, pues llevará dinero consigo y en sus alforjas. Si ves a un
viajero modestamente vestido, cabizbajo, acurrucado sobre su caballo, como si
fuese a mendigar, golpea a placer, pues es un habitante de Rogatitsa11. Así son
todos, avaros y solapados, pero forrados de dinero. Ahora bien, si ves a un
loco que, con las piernas cruzadas sobre la silla de su montura, toca su
tamboril y canta a grito pelado, no hieras ni te manches las manos en vano;
deja pasar a tal holgazán: es un vichegradés y no tiene nada, pues entre ellos,
el dinero no dura.
Todo esto bastaría para confirmar el pensamiento que
acabamos de exponer de este extranjero. Y, sin embargo, es difícil afirmar con
certeza hasta qué punto sea exacto. Como en tantas otras cosas, aquí tampoco es
sencillo determinar lo que es causa y lo que es efecto. ¿Es la kapia la que
hace que los habitantes sean lo que son o, por el contrario, fue imaginada en
su espíritu y su inteligencia, y construida según sus necesidades y sus
costumbres? Cuestión superflua y vana. No hay construcciones fortuitas, separadas
del medio humano en que han crecido y de sus necesidades, deseos e ideas, como
no hay líneas arbitrarias ni formas sin motivo en arquitectura. Pero el origen
y la vida de cada construcción grande, hermosa y útil, así como su relación con
la aglomeración en medio de la cual ha sido levantada, llevan con frecuencia
implícitos ciertos dramas e historias complicados y misteriosos. En todo caso,
una cosa es cierta: entre la vida de las gentes de la ciudad y este puente
existe un lazo íntimo y secular. Sus destinos están tan entremezclados que no
se imaginan ni se pueden contar separadamente..
Por eso la leyenda sobre el origen y el destino del puente
es, al mismo tiempo, el relato de la vida de la ciudad y de sus habitantes, de
generación en generación de la misma manera que a través de todas las
narraciones sobre la ciudad pasa la línea del puente con sus once arcos y una
kapia que corona su centro.
CAPÍTULO II
Hemos de volver ahora a los tiempos en que, por aquellos
lugares, no se tenía ni siquiera la idea de un puente o, al menos, de un puente
tal y como el que hoy en día existe.
Quizá, en aquellos tiempos, algunos viajeros, al pasar por
allí, fatigados y mojados, deseasen que, por algún milagro, el ancho y ruidoso
río pudiese ser cruzado, permitiéndoles así llegar con más facilidad y más
rapidez al final de su viaje. Porque sin duda, en toda época, desde que los
hombres existen y viajan por aquellos lugares y dominan los obstáculos del
camino, su pensamiento ha sido el de disponer los medios para trazar un paso,
tal y como desde siempre los viajeros sueñan con un buen camino, una compañía
segura y un alojamiento cálido donde pasar la noche. Ahora bien, ni cada sueño
resulta por fuerza fecundo, ni acompaña a cada pensamiento la voluntad y el
tesón que hacen los deseos realidad.
La primera imagen del puente, todavía vaga y nebulosa, que
estaba destinada a tomar cuerpo, pasó como un relámpago por la imaginación de
un muchacho de unos diez años del vecino pueblo de Sokolovitchi, en una mañana
del año 1516, cuando era conducido por allí desde su pueblo natal a la lejana,
brillante y espantosa Estambul.
Por aquel entonces, este mismo Drina, torrente de montaña
verde y violento, "que a menudo se altera", se precipitaba entre sus
orillas desnudas y desiertas, cubiertas de piedra y arena. Ya existía la
ciudad, pero bajo otra forma y en otras proporciones. En la orilla izquierda
del río, en la cumbre de la colina escarpada donde ahora se encuentran unas
ruinas, había un viejo burgo bien conservado, una fortaleza dotada de
ramificaciones que databa de los tiempos de apogeo del reino bosníaco, con flores,
casamatas y murallas. Era obra de Pavlovitch, uno de los más poderosos señores
de la época. En los flancos de la fortaleza y bajo su custodia, se encontraban
los barrios de Meïdan y Bikavats, así como la aldea de Duchtché, recientemente
dominada por los turcos. Abajo, en la llanura, entre el Drina y el Rzav, allí
donde más tarde se desarrolló la verdadera ciudad, no había más que unos campos
pertenecientes a habitantes del poblado y cortados por un camino, a lo largo
del cual se encontraban una vieja hostelería de madera, unos molinos de agua y
unas pocas chozas.
En el lugar en que el Drina corta el camino, estaba la
célebre barca de Vichegrado; era una barca vieja y negra y el barquero un
hombre lento, llamado Yamak. Resultaba más difícil llamar su atención, incluso
cuando estaba despierto, que sacar del sueño más profundo a cualquier otro
hombre. Era un individuo de una altura gigantesca y de una fuerza
extraordinaria, pero había menguado en el curso de numerosas guerras, durante
las cuales había conseguido ilustrarse. Tenía sólo un ojo, una oreja y una
pierna (la otra era de madera). De tal traza, sin un saludo ni una sonrisa,
pasaba mercancías y viajeros, a capricho, despacio y sin regularidad, pero con
honradez y eficiencia, de suerte que la confianza que inspiraba y su probidad
eran tan legendarias como su lentitud y su humor antojadizo. No quería mantener
conversación ni relaciones con los viajeros que transportaba. Las monedas de
cobre que le pagaban por el paso se las tiraban al fondo de la barca, donde
permanecían todo el día entre la arena y el agua, y tan sólo por la noche el
barquero las recogía, descuidadamente, en una escudilla de madera, de la que se
servía para vaciar de agua la barca, llevándolas a su choza de la orilla.
La barca funcionaba sólo cuando la corriente y el nivel de
las aguas eran normales o ligeramente por encima de lo normal; pero a partir
del momento en que el río llevaba las aguas agitadas o crecía más allá de una
determinada altura, Yamak retiraba su barca pesada y maciza, la ataba
sólidamente en una ensenada y dejaba así al Drina tan infranqueable como un
océano. Entonces, Yamak se mostraba sordo hasta con su oído sano o se marchaba
sencillamente al burgo para trabajar sus tierras. En tanto, a lo largo de todo
el día, podían verse en la otra orilla a los viajeros que llegaban de Bosnia y
que, como desesperados, permanecían en la orilla pedregosa, desde donde,
transidos de frío y calados de lluvia, esperaban en vano la barca y al
barquero, lanzando de vez en cuando, por encima del río agitado y furioso,
llamadas prolongadas:
—¡E-e-e-e-e-h, Yamak!
Nadie contesta, nadie aparece en tanto el agua no ha
descendido de nivel, y es Yamak, precisamente, quien, sombrío y despiadado,
fija el momento, sin discusión ni explicación alguna.
La ciudad, que no era entonces sino un pueblo pequeño y
denso, se encontraba sobre las vertientes de la orilla escarpada del Drina,
bajo las ruinas mismas de una antigua fortaleza. Por aquella época, no tenía ni
las dimensiones ni el aspecto que habría de adquirir más tarde, cuando, tras la
construcción del puente, se desarrollaron las comunicaciones y el comercio. En
aquel día de noviembre, un largo convoy de caballos cargados alcanzó la orilla
izquierda y se detuvo para pasar la noche. El agá de los genízaros, con su
escolta armada, volvía a Zarigrado12 después de haber recogido en los pueblos
de Bosnia oriental un número estipulado de niños cristianos: lo que se
denominaba el "tributo de la sangre".
Habían pasado seis años desde que se había satisfecho el
último tributo de la sangre. Por eso, esta vez, la elección había sido fácil y
rica: habían encontrado sin dificultades el número exigido de niños varones,
sanos, inteligentes y de buen aspecto, de diez a quince años de edad, a pesar
de que muchos padres hubiesen escondido a sus hijos en los bosques o les
hubiesen enseñado a hacerse pasar por tontos o a cojear o los hubiesen vestido
de harapos y los hubiesen mantenido sucios con el solo objeto de sustraerlos a
la elección del agá.
Algunos habían llegado incluso a mutilar a sus hijos,
cortándoles, por ejemplo, uno de los dedos de la mano.
Los niños escogidos eran transportados, en una larga
hilera, a lomos de caballos bosníacos. Cada caballo tenía dos cestas trenzadas
como las que se usan para llevar frutas, una a cada lado; y en cada cesto se
había colocado a un niño y con él un paquetito y un trozo de tarta, última
golosina que les habían entregado en la casa paterna. Asomando por esas cestas
que se balanceaban y rechinaban, podían verse los rostros frescos y asustados
de aquellos niños capturados a la fuerza. Algunos miraban con tranquilidad por
encima de las grupas de los caballos y sus miradas escudriñaban a lo lejos,
hacia donde quedaba su tierra natal; otros comían y lloraban al mismo tiempo y
otros dormían, con la cabeza apoyada en la albarda. A cierta distancia de los
últimos caballos y como colofón de tan extraordinaria caravana, se arrastraban,
dispersos y jadeantes, gran número de padres y de madres de aquellos niños que
les habían sido arrancados para siempre y cuyo destino consistía en ser
islamizados y circuncisos, en olvidar su fe, su tierra y su origen, y en pasar
su vida en destacamentos de genízaros o en algún servicio más importante del
imperio otomano. Eran en su mayoría mujeres, madres, abuelas o hermanas de los
niños capturados. Cuando se acercaban demasiado, los caballeros del agá,
aullando, las dispersaban a fustazos lanzando sobre ellas sus caballos. Huían
entonces y se escondían en los bosques que bordeaban el camino, pero, poco
después, se reunían de nuevo tras el convoy y se esforzaban por ver una vez
más, con sus ojos arrasados de lágrimas, la cabeza del niño que les había sido
arrebatado. Las más tenaces y difíciles de contener eran las madres. Corrían a
marchas forzadas y sin mirar dónde ponían los pies, con el pecho desnudo,
desgreñadas, olvidando todo lo que las rodeaba. Lloraban y se lamentaban como
ante un cadáver. Otras, medio locas, gemían, aullaban como si su matriz se
rasgase con los dolores del parto y, cegadas por las lágrimas, iban a dar de
cabeza contra los látigos de los caballeros. Respondían a cada fustazo con una
pregunta insensata: —¿Adonde los lleváis?
Algunas trataban de llamar a su hijo y de darle algo de
ellas mismas, una última recomendación o un consejo para el viaje resumidos en
dos palabras.
—¡Radé, hijo mío, no olvides a tu madre!
—¡Ilia! ¡Ilia! ¡Ilia! —gritaba otra mujer buscando
desesperadamente con la mirada la cabeza querida y familiar y repetía el grito
sin tregua, como si quisiese grabar en la memoria del niño aquel nombre
cristiano que, dentro de unos días, le sería arrebatado para siempre.
Pero el camino es largo, el suelo duro, el cuerpo débil y
los turcos son poderosos y despiadados. Poco a poco, aquellas mujeres se
paraban y, fatigadas por la marcha, agotadas por los golpes, abandonaban una
tras otra tan inútil esfuerzo. Aquí, junto a la barca de Vichegrado, debían
detenerse las más tenaces, porque no eran admitidas en la barca y no había otro
medio de cruzar el río. Aquí, esperaban, como petrificadas e insensibles al
hambre, a la sed y al frío, para ver una vez más, en la orilla opuesta, el
convoy de caballos y caballeros que se alejaba y se desvanecía en dirección a
Dobruna. Y aquí podían imaginarse una vez más, en medio del convoy, al niño
querido que desaparecía a sus miradas.
Aquel día de noviembre, en uno de los numerosos cestos, un
chiquillo moreno, de unos diez años, originario de Sokolovitchi, pueblo situado
en la parte alta de la región, miraba en torno suyo, silencioso y con los ojos
secos. Sostenía, con su mano transida y roja de frío, una navajita curva y
tallaba distraídamente el borde de su cesto, pero al mismo tiempo miraba
alrededor. Debía guardar en su memoria la orilla pedregosa, cubierta por unos
escasos sauces desnudos de un gris pobre; debía recordar al monstruoso barquero
y el frágil molino de agua, cuajado de telas de araña y de corrientes de aire,
donde los niños tuvieron que pasar la noche antes de poder atravesar las aguas
turbulentas del Drina, por encima del cual graznaban las cornejas. Un malestar
físico surgió en él, una especie de línea negra que, de vez en cuando, durante
un segundo o dos, le partía el pecho en dos y le causaba un profundo dolor. Tal
sufrimiento permaneció ligado en su memoria a aquel lugar en que el camino se
quebraba, donde la desesperanza y la desolación se acumulaban sobre las orillas
pedregosas del río a través del cual el paso era difícil, costoso y poco
seguro, un lugar singularmente doloroso y neurálgico en un país plagado de
montañas y miserable, de una miseria manifiesta y evidente, donde el hombre se
veía detenido por los elementos más fuertes que él y donde humillado por su
impotencia, tenía que ver con mayor claridad su desventura y la de los demás,
su retraso y el del prójimo.
Todas estas circunstancias dieron lugar al malestar físico
que sorprendió al muchacho aquel día de noviembre y que jamás le abandonaría,
ni siquiera cuando hubo cambiado de vida y de fe, de nombre y de país.
Lo que sucedió después a aquel muchacho lo cuentan todos
los libros de historia en todas las lenguas y se conoce mejor en el vasto mundo
que entre nosotros. Con el tiempo llegó a ser un joven e intrépido oficial de
la corte del sultán, más tarde capitán pacha, después yerno del sultán, general
y hombre de Estado de reputación mundial. Estamos hablando de Mohamed-Pachá
Sokoli, que llevó a tres continentes a una serie de guerras, la mayor parte de
las veces victoriosas, que ensanchó las fronteras del imperio turco, que
aseguró para ese imperio la seguridad frente al exterior y una buena
administración en el interior. Durante los sesenta y tantos años de su vida,
sirvió a tres sultanes, experimentó en el bien y en el mal lo que sólo a unos
escasos elegidos es dado experimentar y se alzó en la vía del poder y de la
potencia hasta alturas desconocidas por nosotros, que muy pocos alcanzan y en
las que muy pocos se mantienen. El nuevo hombre en que se convirtió dentro de
un mundo extranjero al cual ni siquiera con el pensamiento podemos acompañarlo,
tuvo que olvidar todo cuanto había dejado en el país de donde lo habían sacado.
No cabe duda de que también olvidó el paso del Drina en Vichegrado, la orilla
desierta en la que los viajeros tiemblan de frío y de incertidumbre, la barca
lenta y carcomida, el monstruoso barquero y las cornejas hambrientas que
surcaban el aire por encima del río. Pero el sentimiento de malestar físico que
le quedó de todo aquello, nunca llegó a desaparecer del todo. Al contrario, con
los años y la vejez, aparecía cada vez más a menudo, siempre aquella misma
estría negra que le partía el pecho en dos, aquel dolor singular y bien
conocido desde la infancia que se distinguía de todos los sufrimientos que la
vida le proporcionó más tarde. El visir, en esos instantes, esperaba con los
ojos cerrados que se alejase la negra cuchilla y que el dolor cediese. Durante
uno de aquellos momentos llegó a la conclusión de que se desembarazaría de
aquel mal si lograba suprimir la barca del lejano Drina, donde se amontonaban y
se depositaban sin tregua la miseria y las incomodidades de todas las especies;
si llegaba a unir por medio de un puente las orillas escarpadas y el agua
pérfida que corría entre ellas; si empalmaba los dos extremos de la carretera
que se rompía en aquel punto, si ligaba así para siempre y sólidamente Bosnia
con el Oriente, su tierra de origen con los lugares de su vida de hombre. Fue,
pues, él el primero que en un instante, tras sus párpados cerrados, vislumbró
la silueta robusta y elegante del gran puente de piedra que había de ser
levantado.
A partir de aquel mismo año comenzó, por orden del visir y
a sus expensas, la construcción del gran puente sobre el Drina. Duró cinco
años. Fue, sin duda, una época excepcionalmente viva y grave para la ciudad y
para todo el país, llena de cambios y de acontecimientos pequeños y grandes,
pero, por un extraño milagro, no se han conservado muchos detalles sobre la
marcha de los trabajos, precisamente en una ciudad en que, a través de los
siglos, se recuerdan y se cuentan los acontecimientos más diversos, incluidos
aquellos que están indirectamente vinculados al puente.
El pueblo sólo recuerda y cuenta aquello que puede
comprender y transformar en leyenda. Lo demás discurre junto a él sin dejar una
huella profunda, en la indiferencia muda de los fenómenos naturales y anónimos,
sin tocar su imaginación y sin marcarse en su memoria. Aquel período, duro y
largo, de construcción fue para él la obra de otro a expensas de otro. Tan sólo
cuando, fruto de aquellos esfuerzos, surgió el gran puente, empezaron las
gentes a recordar los detalles y a adornar el nacimiento del puente real,
hábilmente construido con materiales duraderos, con cuentos legendarios que
supieron componer de nuevo con arte y que mantuvieron durante mucho tiempo en
su mente.
CAPÍTULO III
A partir de la primavera del año en que el visir tomó la
decisión, sus hombres llegaron con su séquito a la ciudad, al objeto de
preparar todo lo que era preciso para la construcción de un puente. Eran
muchos, con caballos, carros, instrumentos diversos y tiendas de campaña. Su
aparición despertó el temor y la agitación de la pequeña ciudad y en los
pueblos circundantes, sobre todo entre la población cristiana.
Iba a la cabeza del destacamento Abidaga, uno de los
hombres de mayor confianza del visir; corría a su cargo la dirección de la
construcción del puente. Tenía como adjunto al arquitecto Tosún efendi13. (De
este Abidaga se hablaba, antes de su llegada, como de un hombre sin
consideración a nadie, despiadado y duro, severo en extremo.) En cuanto los
recién llegados se hubieron instalado en las tiendas de campaña que emplazaron
más abajo del Meidán, Abidaga convocó para una conferencia a los representantes
de las autoridades y a todos los notables musulmanes. Pero no se conferenció
mucho porque fue Abidaga el único que habló. Los personajes así reunidos se
encontraron ante un hombre robusto, con el rostro de un color rojo malsano y de
ojos verdes, vestido con un rico traje de Zarigrado, con una barba pelirroja y
con bigotes curiosamente retorcidos, a la manera húngara. El discurso que aquel
hombre violento dio a los circunstantes, les extrañó aún más que su aspecto
externo: "Sin duda os habrán llegado rumores sobre mí y sé que esos
rumores no pueden ser ni hermosos ni agradables. Probablemente habéis oído
decir que exijo a todos trabajo y obediencia y que no dudo en castigar y matar
a quienes no trabajan como es preciso y a quienes no obedecen sin réplica, y que
ignoro lo que quiere decir "no podemos" o "no hay"; también
habréis oído decir que a mi lado se puede perder la cabeza por una palabra
insignificante y que, en definitiva, soy un hombre sanguinario y malvado. He de
deciros que esos rumores no son ni imaginarios ni exagerados. Ciertamente, bajo
mi tilo no hay sombra. He adquirido tal reputación merced a un servicio de
largos años ejecutando fielmente las órdenes del gran visir. Si Dios quiere,
cuento con poder llevar a buen término el trabajo para el que he sido enviado,
y, cuando, una vez concluido, me marche de aquí, espero que me precederán unos
rumores más negros y peores que los que hasta vosotros han llegado."
Después de esta introducción insólita que todos escucharon
en silencio y con la mirada baja, Abidaga explicó a los hombres reunidos que se
trataba de una construcción de gran importancia, tanto que los países más ricos
no tenían un monumento parecido, y que los trabajos durarían cinco años, quizá
incluso seis, pero que la voluntad del visir sería respetada escrupulosamente y
en el momento fijado. Tras estas palabras, les expuso cuáles eran las primeras
necesidades y cuáles los trabajos preparatorios y lo que esperaba en esta
ocasión de los turcos de aquellos lugares, y lo que exigía a los infieles, a
los cristianos.
Cerca de él estaba sentado Tosún efendi, hombrecillo
islamizado, pálido y amarillo, oriundo de las islas griegas, maestro de obras
que había construido en Zarigrado numerosas fundaciones piadosas por cuenta de
Mohamed-Pachá. Permanecía tranquilo e indiferente, como si no oyera el discurso
de Abidaga. Contemplaba sus manos y, sólo de vez en cuando, levantaba la
mirada. Entonces se podían ver sus ojos grandes y negros de brillo
aterciopelado, hermosos ojos miopes de un hombre que no mira más que su trabajo
y no ve ni siente ni comprende ninguna otra cosa en la vida y en el mundo.
Los hombres salieron de la tienda estrecha y sofocante.
Sentían cómo les corrían las gotas de sudor bajo los trajes nuevos de fiesta y
experimentaban un miedo y una inquietud que se posaba rápida e
irresistiblemente en sus corazones.
Una desgracia enorme e incomprensible se cernía sobre la
ciudad y toda la región, una catástrofe cuyo fin no se podía prever. En primer
lugar, se empezó a talar el bosque y a transportar la madera. Se amontonaron
tantas vigas sobre las dos orillas del Drina que, durante mucho tiempo, la
gente pensó que el puente iba a ser construido de madera. Después, se iniciaron
los trabajos de nivelación, las excavaciones y la perforación de la orilla
rocosa. Aquellos trabajos se ejecutaron en su mayor parte gracias a la leva. Y
todo continuó de este modo hasta avanzado el otoño, época en la que se
suspendieron provisionalmente los trabajos, una vez concluida la primera parte
de las obras.
Se hacía todo bajo el control de Abidaga y bajo la amenaza
de aquella larga vara verde que llegó a ser tomada como tema de una canción
popular. Aquel a quien señalaba con la vara, por haber notado que perdía el
tiempo, o que no trabajaba como era preciso, aquél era cogido por los
guardianes inmediatamente y lo apaleaban en el mismo lugar. Cuando la víctima
se desvanecía, envuelta en sangre, la rociaban con agua y la enviaban de nuevo
al trabajo. En el momento en que, a finales del otoño, Abidaga se disponía a
abandonar la ciudad, convocó de nuevo a los jefes y a los personajes destacados
de la misma y les dijo que, durante el invierno, estaría en otro lugar, pero
que sus ojos permanecerían allí. Todos serían responsables de lo que sucediese.
Si observaba cualquier desperfecto en los trabajos, si se apagaba uno solo de
los resplandores de la madera de construcción, multaría a toda la ciudad.
Cuando le advirtieron que también la inundación podría causar daños, respondió
fríamente, sin dudarlo, que aquel país y aquel río eran de ellos y que, por
consiguiente, suyos serían los daños que la inundación causase.
Durante todo el invierno, los habitantes guardaron la
construcción y vigilaron los trabajos como a las niñas de sus ojos. Con la
primavera, volvió a aparecer Abidaga acompañado de Tosún efendi y llegaron,
también de Dalmacia, los encargados de tallar la piedra, a quienes el pueblo
llamaba "los artesanos romanos". Al principio, eran unos treinta.
Estaba al frente de ellos un artesano llamado Antonio, un cristiano de
Ulsiña14; era un hombre alto y apuesto, de ojos grandes y mirada atrevida, de nariz
aquilina, de cabello moreno que le caía hasta los hombros, bien vestido a la
manera de occidente. Su ayudante era un negro, un verdadero negro, un muchacho
alegre a quien toda la ciudad y todos los obreros llamaban el negro. Si el año
anterior, a juzgar por la cantidad de vigas transportadas, parecía que Abidaga
tuviese la intención de levantar un puente de madera, ahora creían todos que lo
que quería levantar sobre el Drina era una nueva Constantinopla. Se empezaron a
llevar desde la cantera las piedras que ya habían sido desbastadas en las
montañas próximas a Bania, a una hora de marcha de la ciudad. Al año siguiente,
una primavera extraordinaria lució en Vichegrado, pero junto a las flores y
plantas que otros años nacían por aquella fecha, brotó esta vez una verdadera
aglomeración de barracas; aparecieron nuevos caminos, así como vías de acceso
hasta el río. Se pobló la tierra de innumerables carretas tiradas por bueyes y
caballos. Las gentes de Meïdan y Okolichta veían cómo cada día crecía cerca del
río, semejante a una vegetación, una multitud de gentes atareadas, de bestias y
de material de construcción de todas clases.
Sobre la orilla escarpada trabajaban los tallistas de
piedra. Toda aquella parte de la región adquirió un color amarillento a causa
del polvo que producían. Y un poco más lejos, los jornaleros indígenas apagaban
la cal, atravesaban harapientos y blancos de polvo aquella humareda blanca que
subía de los hornos de cal. Los caminos se socavaban a causa del incesante
tráfico de vehículos cargados en exceso. La barca funcionaba todo el día,
transportando, de una orilla a otra, a los vigilantes y a los obreros e,
igualmente, la madera de construcción. Los especialistas, chapoteando hasta la
cintura en el agua gris y primaveral, clavaban postes y estacas y llenaban de
arcilla los gaviones que debían desviar el curso del agua.
La gente que, hasta entonces, había vivido apaciblemente
en aquella pequeña ciudad de casas dispersas sobre los flancos de la montaña,
junto a la barca del Drina, contemplaba extrañada todo aquello, y se habrían
dado por satisfechos si hubiesen podido contentarse con mirar; pero aquellos
trabajos alcanzaban tal amplitud y adquirían tal impulso que arrastraban a los
seres vivientes y a las cosas inanimadas no solamente de la ciudad, sino
también de sus alrededores. Durante el segundo año aumentó tanto el número de
obreros que llegó a igualar al de todos los habitantes varones de la ciudad.
Todas las carretas, los caballos y los bueyes trabajaban para el puente, todo
lo que podía arrastrarse o rodar había sido cogido y aparejado al trabajo, a
veces mediante pago y a veces a la fuerza, a título de leva. Había más dinero
que antes, pero la carestía de la vida y la miseria aumentaban más rápidamente
que el flujo del dinero, hasta el punto de que cuando llegaba a las manos de
los obreros, ya estaba medio comido. Carga más pesada aún que la carestía de la
vida y la miseria, resultaba para aquellas gentes la inquietud, el desorden y
la inseguridad que, ahora, se cernía sobre la ciudad como consecuencia de aquel
conglomerado de trabajadores venidos no se sabía de dónde. Y a pesar de la
severidad de Abidaga, eran frecuentes las riñas entre los obreros y los robos
en los jardines y los patios. Las mujeres musulmanas tenían que cubrirse el
rostro incluso cuando salían al patio, pues podía aparecer por cualquier parte
la mirada de uno de los numerosos extranjeros y autóctonos; y los turcos de la
ciudad observaban mucho más estrictamente los preceptos del Islam, dado que
eran turcos recientes y que era raro el que no se acordaba de un padre o de un
abuelo cristiano o islamizado hacía poco tiempo. Por todas estas razones los
ancianos de rito turco se indignaban abiertamente y volvían la espalda a aquel
caos confuso de obreros, de animales de tiro, de madera, de tierra y de piedras
que se ampliaba y se complicaba cada vez más en torno a la barca y que, en su
labor de zapa, alcanzaba ya sus calles, sus patios y sus jardines.
Al principio, todos se sentían orgullosos de la gran
fundación piadosa que iba a construir un visir, originario de su tierra.
Ignoraban entonces lo que ahora veían: que las construcciones arrastran tanto
desorden e inquietud, tantos esfuerzos y gastos.
"Resultaba hermoso —pensaban— pertenecer a la
verdadera fe reinante; resultaba hermoso tener en Estambul de visir a un
compatriota, y aún más hermoso imaginar un puente sólido y bello a través del
río, pero todo lo que sucede en este momento, no se parece a nada. La ciudad se
ha transformado en un infierno, en una danza embrujada de asuntos
incomprensibles, de humo, de polvo, de clamores y de tumulto. Los años pasan,
los trabajos siguen su curso y avanzan, pero no se les ve el fin, ni el
sentido. Todo aquello se parece a cualquier cosa, menos a un puente."
Así pensaban los turcos recientemente convertidos y, entre
ellos, confesaban que ya estaban hartos de la nobleza, del orgullo y de la
gloria futura; renegaban del puente y del visir y sólo pedían a Dios que los
librase de aquella calamidad, y les devolviese, a ellos y a sus casas, la paz
de antaño y la tranquilidad de su vida modesta.
Todo aquello atormentaba a los turcos y a los cristianos
de toda la región de Vichegrado con la diferencia de que a los cristianos nadie
les pedía su opinión y de que no podían expresar su indignación. Y he aquí que
llega el tercer año y que las gentes continúan padeciendo en las obras de la
nueva construcción y le consagran su esfuerzo personal, sus caballos y sus
bueyes. No son sólo los cristianos de Vichegrado, sino también los de los tres
caidatos vecinos. A caballo, los esbirros de Abidaga van aprehendiendo a todos
los cristianos, ya sean campesinos o gente de la ciudad, para llevarlos a
trabajar al puente. Normalmente, los sorprendían durante el sueño y los cogían
como corderos. En toda Bosnia, los viajeros decían a los viajeros que no
pasaran por el Drina, pues el que por azar iba a parar allí, era apresado sin
que se le preguntase quién era ni a dónde iba, y lo forzaban a trabajar por lo
menos unos días. Los cristianos de la ciudad eran rescatados por una propina.
Los muchachos del campo trataban de huir al bosque, pero en su lugar eran
llevados como rehenes miembros de sus familias, a menudo, incluso mujeres.
He aquí que llegamos al tercer otoño de trabajo y nada
indica que se haya avanzado ni que se aproxime el fin de tantas molestias. El
otoño está en toda su plenitud; han caído las hojas, los caminos están
empapados de agua, el Drina, crecido, lleva sus aguas turbias, y los campos
cubiertos de rastrojos están repletos de cornejas que vuelan perezosas. Pero
Abidaga sigue sin detener los trabajos. Bajo el pálido sol de noviembre, los
campesinos llevan madera y piedras, chapotean descalzos o calzados con opanci15
hechos de piel sin curtir, aún sangrante, en el camino embarrado, transpiran
por el esfuerzo y tiritan bajo el viento y ciñen, en torno a su cintura, sus
calzones sucios, agujereados y cubiertos de remiendos y se anudan los jirones
de su única camisa de lino ordinario, ennegrecida por la lluvia, el barro y el
humo, pero que no se atreven a lavar por miedo a que, en el agua, se les
deshaga en filamentos. La vara verde de Abidaga está suspendida sobre sus
cabezas; este hombre infatigable inspecciona, varias veces al día, la cantera
de piedra de Bania y todos los trabajos que se desarrollan en torno al puente.
Está furioso y encolerizado contra todo el mundo, porque
los días se acortan y el trabajo no avanza todo lo rápido que él quisiera.
Vestido con una pelliza larga de pieles de Rusia, calzado con botas altas, y
con el rostro congestionado, trepa por los andamiajes que ya se yerguen por
encima del agua, entra en las forjas, en las cabañas y en los barracones de los
obreros e injuria a todos, vigilantes y contratistas. —Los días son cortos.
Cada vez más cortos. ¡Ah!, hijos de perra, estáis comiendo el pan gratis.
Estalla de ira como si fuese culpa de ellos el que
amanezca tarde y anochezca pronto. Pero antes del crepúsculo, del implacable
crepúsculo de Vichegrado, cuando las colinas abruptas se cierran en torno a la
ciudad y la noche cae rápida, pesada y sorda, como si fuese la postrera,
entonces el furor de Abidaga llega a su paroxismo y, no teniendo en quien
descargarlo, se rebela consigo mismo y no puede dormir ante la idea de tantos
trabajos parados y de tantas gentes que esperan y pierden su tiempo. Rechina
los dientes, convoca a los vigilantes y calcula cómo, a partir del día
siguiente, podría emplearse mejor la jornada, y utilizarse la mano de obra con
más eficacia.
A esas mismas horas, todos duermen en las cabañas y los
establos, descansan y reponen sus fuerzas. Pero hay algunos que no duermen: hay
quien también sabe velar por su cuenta y a su modo. En medio de un establo
espacioso y seco arde un fuego; mejor dicho: está terminando de arder, pues ya
no queda más que una brasa que se consume en la estancia en penumbra. La
atmósfera está llena de humo y de ese olor pesado y ácido que desprende la ropa
húmeda y la respiración de treinta seres humanos. Son todos gentes de la leva,
aldeanos de los alrededores, pobres gentes, cristianos, siervos. Están sucios,
empapados de agua, extenuados e invadidos por la preocupación. El trabajo sin
retribución y sin perspectivas los consume; mientras ellos se dedican a una
tarea inútil, sus campos, allá en los pueblos, esperan en vano las labores de
otoño. Esas gentes secan sus obojak16 junto al fuego, mezclan sus opanci o
sencillamente contemplan la brasa. Entre ellos se encuentra un montenegrino,
llegado de no se sabe dónde. Fue detenido en el camino y lleva trabajando
varios días, aunque hable y trate sin cesar de demostrar a todos que aquel
trabajo le es muy penoso e inconveniente y que su honor no soporta una tarea
tan servil.
Están sentados alrededor de él la mayoría de los
campesinos que no duermen, sobre todo los jóvenes. El montenegrino saca del
bolsillo profundo de su chaleco de piel de cordero una guzla17 de aspecto
mísero y tan pequeña como la palma de una mano, y un arco corto. Uno de los
campesinos sale y se sitúa ante el establo, haciendo guardia para evitar que
pueda llegar algún turco sin ser visto. Todos contemplan al montenegrino como
si lo viesen por primera vez y observan la guzla que desaparece entre sus grandes
manos. Se inclina, la guzla reposa sobre sus rodillas, y aprieta el mango con
la barbilla, unta la cuerda con resina y echa el aliento sobre el arco hasta
dejarlo húmedo y blando. Mientras hace todo esto, consciente y tranquilo, como
si estuviese solo en el mundo, todos lo miran fijamente. Por fin vibra un
primer sonido, estridente y ronco. La emoción aumenta. El montenegrino acopla
su voz y comienza a cantar nasalmente, acompañado por la guzla. Todo se
armoniza y anuncia un relato maravilloso y efectivamente, en un instante, el
montenegrino, tras haber adaptado su voz a la guzla, echa hacia atrás la cabeza
violentamente, con orgullo, de suerte que la nuez se destaca en su cuello
delgado y su perfil agudo brilla a la luz. Emite un sonido reprimido y prolongado:
"¡Aaaaa!" e, inmediatamente, prosigue con una voz clara y sonora:
El zar servio Estéfano bebe vino
en la tierra fértil de Prizren;
a su lado están los viejos patriarcas,
los cuatro viejos patriarcas,
y están también los nueve obispos
y los veinte visires de tres colas de caballo18
y están, según su rango, los señores servios.
Mihailo, el escanciador, sirve el vino
y su hermana Kandosia ilumina la estancia
con el resplandor de las piedras preciosas
que brillan en su pecho...
Los campesinos, en silencio, se agrupan junto al cantor;
no se les oye ni la respiración, guiñan los ojos como fascinados. Sienten un
hormigueo que les recorre la espina dorsal, su pecho se agita, sus ojos
brillan, los dedos se separan, para crisparse después, y los músculos de las
mandíbulas se tensan. La melodía del montenegrino se enriquece cada vez más y
se eleva hermosa y atrevida.
En tanto, los trabajadores, empapados de agua hasta los
huesos, desvelados, insensibles a todo lo que los rodea y cautivados, acompañan
la canción, viendo en ella un destino personal más luminoso y más bello.
Entre esos hombres hay un tal Radislav, de Unichta,
pueblecito situado algo más arriba de la ciudad. Es bajito, de rostro moreno y
ojos vivos, inclinado, que anda de prisa, separando las piernas y balanceando
la cabeza y los hombros de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, como si
estuviese tamizando harina. No es ni pobre como parece, ni ingenuo como
aparenta. Pertenecía a una familia llamada Kherak, que poseía una buena tierra
y un considerable número de trabajadores. En el curso de los últimos cuarenta
años casi todo el pueblo se había islamizado, por lo que ellos se sentían
oprimidos y aislados. Radislav, pequeño, retraído y agitado, iba, durante las
noches de aquel otoño, de cuadra en cuadra fomentando la revuelta, insinuándose
como un zorro a los campesinos y cuchicheando siempre con un solo interlocutor.
Sus palabras, por regla general, eran las siguientes: "Hermanos, ya hemos
soportado bastante, tenemos que defendernos. Como podéis ver, esta construcción
va a enterrarnos y a devorarnos. Y también nuestros hijos serán víctimas del
mismo trabajo, si es que alguno llega a sobrevivir. Lo que están tramando es
nuestra exterminación y no otra cosa. Los indigentes y los cristianos no tienen
necesidad de un puente. Son los turcos los que lo quieren. Nosotros no
desplazamos ejércitos, no tenemos grandes negocios y con la barca nos basta.
Algunos de nosotros nos hemos puesto de acuerdo para ir, en las noches oscuras,
a echar abajo, y a deteriorar, en la medida que nos sea posible, lo que haya
sido construido. Y haremos correr la voz de que es una hada la causante y de
que no permitirá que se alce un puente sobre el Drina. Ya veremos si esto sirve
para algo, no tenemos otros medios a nuestro alcance y es preciso hacer
algo."
Como siempre, se encontró ante gentes pusilánimes e
incrédulas que consideraban estéril la idea porque, según decían, los poderosos
y taimados turcos no se volverían atrás de su decisión. Creían, pues, que
tenían que continuar soportando hasta el último día, sin hacer nada que pudiese
empeorar su situación. Sin embargo, hubo algunos que estimaron que era
preferible cualquier cosa antes que seguir llevando aquella vida, mientras
esperaban a que se desgarrase el último jirón de su vestido y a que se agotasen
sus fuerzas. Había que seguir a quienquiera que los condujese hacia una salida.
Los que así pensaban, eran en su mayoría muchachos, pero también había algunos
hombres serios y casados, padres de familia, que dieron su consentimiento, sin
entusiasmo ni impetuosidad, diciendo con aire preocupado: "Vamos a
destruirlo, que la sangre lo devore, antes de que sea él el que nos devore a
nosotros. Pero si eso no sirve para nada..."
Y en su resolución desesperada, agitaban la mano con
escepticismo.
Fue así como, durante los primeros días de otoño, se
extendió el rumor, primero entre los obreros, más tarde por la ciudad, de que
el hada de las aguas había intervenido en la cuestión del puente, y que
destruía por la noche el trabajo hecho el día anterior y que de aquella obra no
saldría nada. Al mismo tiempo, empezaron efectivamente a manifestarse, durante
la noche, desperfectos inexplicables en los lugares en que estaban emplazados
los diques e incluso en los trabajos de albañilería. Las herramientas que hasta
entonces los albañiles habían dejado en los pilares recién comenzados, en los
dos extremos del puente, empezaron a desaparecer. También se pudo observar que
en los trabajos del suelo se abrían grietas, penetrando el agua por ellos.
El rumor de que el puente no podría ser concluido llegó
hasta muy lejos; tanto los turcos como los cristianos lo propagaban y adquirió
la forma de una creencia cada vez más firme. La raía19 cristiana se regocijaba
con todo su corazón, murmurando en silencio y disimuladamente. Los turcos del
país que en otro tiempo contemplaban orgullosos la obra del visir empezaron a
guiñar el ojo con desprecio y hacer con la mano señales de desánimo. Un gran
número de nuestros islamizados que, tras haber cambiado de fe, habían
continuado sentándose ante una mísera pitanza y con el vestido lleno de
remiendos, escuchaban y repetían con deleite los relatos sobre el enorme
fracaso, encontrando un placer amargo en comprobar que ni siquiera los visires
pueden alcanzar y realizar todo lo que proyectan. Decían que los artesanos
extranjeros estaban a punto de marcharse y que el puente no se levantaría allí,
donde nunca había estado y donde no se debería haber comenzado. Las
murmuraciones se mezclaban unas con otras y se extendían entre las gentes de la
región.
El pueblo inventa cuentos con facilidad y los propaga
rápidamente, pero la realidad se mezcla curiosa e inseparablemente con los
cuentos. Los aldeanos que escuchaban por la noche al tocador de guzla, decían
que el hada que destruía la construcción había hecho saber a Abidaga que no
abandonaría su tarea de demolición en tanto no fuesen emparedados en los
cimientos del puente dos hermanos gemelos, niño y niña, de nombre Stoïa y
Ostoïa. Y eran muchos los que juraban haber visto a los guardianes buscando por
los pueblos a una pareja tal de criaturas. (Los guardianes turcos rondaban
efectivamente, pero no buscaban a los niños. Por orden de Abidaga, andaban con
el oído alerta e interrogaban a los habitantes, preguntándoles si no sabían
quiénes eran los desconocidos que destruían el puente.)
Sucedió entonces que, en un pueblo situado por encima de
Vichegrado, una muchacha tartamuda y algo anormal quedó encinta. Se trataba de
una pobre criatura que era criada en casa de unos extranjeros. No quería decir
o, tal vez, ni siquiera lo sabía, quién la había dejado encinta. Era un
acontecimiento extraño y sin precedentes que una muchacha —y sobre todo una
muchacha como ella— hubiese concebido y no se supiese quién era el padre.
Precisamente durante aquellos días, la muchacha dio a luz, en un cercado, un
par de gemelos que nacieron muertos. Las mujeres del pueblo la asistieron en el
parto, que fue extraordinariamente difícil, y enterraron a los niños en un
sembrado de ciruelos. Pero aquella desdichada criatura que no estaba destinada
a ser madre, se levantó al tercer día y se puso a buscar a sus hijos por todo
el pueblo. En vano le explicaron que los niños habían nacido muertos y que
habían sido enterrados. Para desembarazarse de sus incesantes preguntas le
dijeron o, más bien, le hicieron comprender por gestos que sus hijos habían
sido llevados a la ciudad, donde los turcos construían el puente.
Débil y desesperada, marchó hacia la ciudad. Una vez en
ella comenzó a merodear alrededor de los andamiajes y de las obras, mirando
espantada a los ojos de los hombres y preguntando, en un balbuceo
incomprensible, dónde estaban sus hijos. Los hombres la contemplaban con
extrañeza o la arrojaban para que no los molestase en su trabajo. Viendo que no
comprendían lo que ella quería, se desabrochaba su basta camisa de campesina y
les mostraba sus senos doloridos e hinchados cuyos pezones comenzaban a agrietarse
y a sangrar a causa de la subida de la leche. Nadie sabía cómo ayudarla y
explicarle que sus hijos no estaban emparedados en el puente, porque se
limitaba a balbucir lamentablemente ante las palabras tranquilizadoras, los
insultos y las amenazas, registrando cada rincón con mirada aguda y
desconfiada. Al fin dejaron de rechazarla y le permitieron vagar en torno a las
obras; y para librarse de ella daban un rodeo llenos de compasión dolorosa. Los
cocineros le daban algunos desperdicios de aquella papilla de maíz en que
consistía el miserable alimento destinado a los obreros y que a menudo quedaba
quemada en el fondo del caldero. La apodaron Ilinka la loca e, imitándolos,
toda la ciudad hizo otro tanto. El mismo Abidaga pasaba junto a ella sin
hacerle ninguna observación, volvía supersticiosamente la cabeza y ordenaba que
le diesen una limosna. Así continuó viviendo la muchacha, como una loca
apacible, al lado de la construcción. Por ella se conservó la leyenda de que
los turcos habían emparedado a los niños en el puente. Unos la creyeron, otros
no, pero todos la repetían y la propagaban.
Sin embargo, los desperfectos seguían produciéndose, unas
veces en mayor, otras en menor grado y, simultáneamente, circulaban rumores,
cada vez más insistentes, de que las hadas no tolerarían un puente sobre el
Drina.
Abidaga estaba fuera de sí. Le consumía el que alguien se
atreviese, a pesar de aquella proverbial severidad que cultivaba como un motivo
particular de orgullo, a emprender algo contra su obra y sus intenciones.
Asimismo, sólo era capaz de experimentar aversión por aquel pueblo (tanto por
los musulmanes como por los cristianos) que era lento y torpe en el trabajo,
pero pronto en la burla y en la falta de respeto; por aquel pueblo que
encontraba con tanta facilidad palabras de mofa y corrosivas con las que juzgar
lo que no podía comprender o no sabía hacer.
Montó una guardia a ambos lados del puente.
A partir de este momento, dejaron de producirse
desperfectos en los trabajos en tierra, pero continuaron en el agua; tan sólo
en las noches iluminadas por la luna no había destrucciones. Aquello confirmó a
Abidaga, que no creía en las hadas, en la opinión de que aquella hada no era
visible y no bajaba de los cielos. Durante mucho tiempo no había querido, no
había podido creer a aquellos que le decían que todo consistía en una astucia
de los campesinos, pero ahora pensaba cada vez más firmemente que así era en
efecto. Y semejante pensamiento lo ponía aún más rabioso. No obstante, se daba
cuenta de que tenía que mantener su calma y esconder su cólera, si es que
quería acechar y atrapar el saboteador y disipar, lo más rápida y radicalmente
posible, las leyendas que circulaban a propósito de las hadas y del abandono de
los trabajos del puente, leyendas que podían llegar a ser peligrosas. Convocó
al jefe de los guardianes, un hombre pálido y frágil de salud, oriundo de
Plevlié20, que había pasado su juventud en Constantinopla.
Los dos hombres sentían una repulsión instintiva el uno
por el otro y, al mismo tiempo, se atraían y chocaban sin cesar. Porque entre
ellos se tejían constantemente y vibraban sentimientos incomprensibles de odio,
de aversión, de miedo y de desconfianza. Abidaga, que no era bondadoso ni
agradable para nadie, manifestaba hacia aquel lívido islamizado, hacia aquel
renegado, una repulsión no disimulada. Todo lo que hacía o decía conseguía
irritar a Abidaga, y lo llevaba a injuriarlo y humillarlo. Y cuanto más humilde
y amable y complaciente se mostraba el Plevliak, más aumentaba la repulsión de
Abidaga. El jefe de los guardianes experimentó desde el primer día un temor
supersticioso y terrible por Abidaga.
Con el tiempo, el temor se convirtió en una dolorosa
pesadilla de la que no podía librarse. A cada paso, en sueños, pensaba:
"¿Qué va a decir Abidaga de esto?" Trataba en vano, y a fuerza de
servilismos, de complacerlo y de caer en gracia. Abidaga acogía con indignación
todo lo que venía de él. Y aquel odio incomprensible paralizaba y desconcertaba
al Plevliak y aumentaba la tensión de sus nervios y su desdicha. Creía que un
día, a causa de Abidaga, perdería no sólo su trabajo y situación, sino también
su cabeza. Este era el motivo por el que vivía en una agitación permanente y
pasaba de un abatimiento mortal a un celo febril y feroz. Ahora, estaba en pie,
pálido y tenso, ante Abidaga, quien, con una voz ahogada por la cólera, le
decía:
—Escucha, inútil, tú conoces a esta partida de cerdos,
conoces su lengua y sus tretas y, sin embargo, no eres capaz de encontrar a la
carroña que se ha interpuesto en los trabajos del visir. Y no eres capaz porque
tú eres un carroña como ellos, y aún hay una más repugnante que tú y es la que
te ha dado la plaza de jefe y vigilante; hasta ahora no ha habido nadie que te
recompense como tú mereces. Si nadie se ocupa de ello, yo lo haré. Has de saber
que te hundiré en el suelo de tal modo que no habrá sombra tuya al sol, ni
siquiera la que da la más pequeña hierbecilla. Si no cesan dentro de tres días
los daños y las destrucciones en las obras, si no coges a quien los causa, si
no reduces al silencio todos los rumores imbéciles que corren sobre las hadas y
la suspensión de los trabajos, te plantaré vivo sobre una estaca en lo alto de
los andamiajes para que todo el mundo te vea, sienta miedo y entre en razón. Te
lo juro por la vida y la fe en cuyo nombre no se jura en vano. Hoy es jueves;
tienes tiempo hasta el domingo y ahora, vete al diablo, que es el que te ha
enviado a mí. ¡Venga! ¡Márchate!
Aunque no lo hubiese jurado, el Plevliak habría dado fe a
la amenaza de Abidaga; incluso durante el sueño, temblaba creyendo oír su voz y
sentir su mirada. Ahora, salía de la entrevista con Abidaga presa de uno de
aquellos accesos de terror, espantosos y convulsivos, e inmediatamente, con la
energía que da la desesperación, puso manos a la obra. Reunió a todos sus
hombres y, pasando bruscamente de un adormecimiento mortal a una rabia loca,
les habló con dureza:
—¡Ciegos! ¡Holgazanes! —gritaba a voz en cuello como si lo
hubiesen ensartado vivo en una estaca; más que voces eran alaridos los que
lanzaba a cada uno de sus hombres—. ¿Así es cómo hacéis guardia y vigiláis los
bienes imperiales? Cuando hay que ir a comer, todos sois ligeros y rápidos,
pero cuando se trata del servicio, andáis como si os hubiesen atado las piernas
y vuestra razón se paraliza. A causa de vosotros me arde la cara de vergüenza.
Pero ya está bien de no hacer nada, ¡vagos! Meteos en la cabeza que, en esos
mismos andamiajes, haré una matanza de guardianes. Ni uno de vosotros
conservará la cabeza sobre los hombros si, dentro de dos días, no ha cesado el
desastre y si no habéis atrapado y aniquilado a esos granujas. Os quedan aún
dos días de vida. ¡Os lo juro por la fe y por el Corán!
Continuó vociferando durante largo rato. Al fin, no
sabiendo qué decirles ni qué amenazas lanzarles, les escupió a la cara, uno
tras otro. Pero cuando hubo concluido de gritar y se sintió liberado de la
presión del terror (que había adoptado la forma de la cólera), puso
inmediatamente manos a la obra con una energía desesperada. Pasó la noche
patrullando, por la orilla, con sus hombres.
En determinado momento les pareció oír un ruido en el
lugar en que los andamiajes se encontraban más adelantados dentro del agua y
corrieron hacia aquel punto. Oyeron el crujido de una tabla, la caída de una
piedra al agua. Cuando llegaron, encontraron efectivamente quebrados los
andamiajes y demolido el muro, mas no hallaron traza de los culpables. Ante
aquel vacío fantástico, los guardianes sintieron un estremecimiento, causado,
en parte, por la humedad de la noche y, en parte, por un temor supersticioso.
Se llamaban unos a otros, abrían desmesuradamente los ojos en la oscuridad,
agitaban sus antorchas encendidas, pero todo resultaba inútil. Se habían
producido nuevas destrucciones; sin embargo, los autores no fueron ni cogidos
ni muertos, como si verdaderamente se tratase de seres invisibles.
A la noche siguiente, el Plevliak preparó mejor la
emboscada. Situó a algunos de los hombres en la otra orilla. Cuando cayó la
oscuridad, escondió a unos guardianes entre los andamiajes y él mismo, con dos
hombres más, se instaló en un bote que, sin que fuese visto a causa de la
oscuridad, condujo a la orilla izquierda. Desde allí, con sólo remar un poco,
podrían encontrarse junto a uno u otro de los dos pilares. En estas
condiciones, como pájaros de presa, les sería fácil atacar al saboteador desde
ambos lados para que no pudiese escapar, a menos que fuese una criatura
voladora o submarina.
Durante aquella noche, larga y fría, el Plevliak
permaneció echado dentro del bote, cubierto con pieles de cordero y torturado
por pensamientos sombríos, en tanto una pregunta no cesaba de agitarse en su
cabeza: ¿Ejecutaría Abidaga su amenaza y le quitaría la vida que, junto a tal
jefe, no era de modo alguno una vida, sino tan sólo miedo y tormento? A lo
largo de toda la construcción, no se oía el menor ruido, excepto un chapoteo
monótono y el murmullo del agua invisible. En esta situación, empezó a apuntar
el día y el Plevliak tuvo la sensación de que la vida se oscurecía y se
acortaba dentro de su cuerpo transido y agotado.
A la noche siguiente, tercera y última, se repitieron la
misma vigilia, las mismas disposiciones de la gente, la misma atención
temerosa. Y pasó la medianoche. El Plevliak se sintió ganado poco a poco por
una apatía mortal. Pero, en aquel momento, se dejó oír un leve chapoteo y,
después, más intenso, un golpe sordo contra las vigas de roble que estaban
clavadas en el río, soportando los andamiajes. Surgió de aquel punto un silbido
estridente. Pero ya antes el bote del Plevliak estaba en movimiento. El jefe de
los guardianes, en pie, abría los ojos de par en par en la oscuridad, agitaba
las manos y gritaba con voz ronca:
—¡Remad, remad con toda vuestra fuerza!
Los hombres, medio despiertos, remaban vivamente, pero,
antes de que se diesen cuenta, los alcanzó una fuerte corriente. En lugar de
abordar en la zona de los andamiajes, derivaron, siguiendo el curso de las
aguas. Y no habrían podido arrancarse de la corriente y habrían sido
arrastrados lejos, si algo no los hubiese detenido de manera inesperada.
Allí, en medio del remolino, donde no había postes ni
andamiajes, su bote chocó con un objeto pesado de madera, produciendo un sonido
sordo. El obstáculo los paró. Sólo entonces apreciaron que arriba, en los
andamiajes, los guardianes luchaban con alguien y gritaban, confundiéndose sus
voces. En la oscuridad se mezclaban sus gritos bruscos e incomprensibles:
—¡Cógelo, no lo sueltes!
—¡Kakhriman, ven aquí!
—Ya estoy.
En medio de aquel alboroto, se pudo oír cómo caía al agua
un objeto pesado o un cuerpo humano. El Plevliak permaneció perplejo durante
algunos instantes, no sabiendo dónde estaba ni lo que sucedía. Pero en cuanto
recuperó un poco los ánimos, con la ayuda de un gancho de hierro colocado en la
punta de una larga pértiga, se puso a hacer fuerza contra los postes con los
que había chocado y, al mismo tiempo, hizo subir el bote río arriba,
aproximándose a los andamiajes. Cuando alcanzó las vigas de roble, sintiéndose
estimulado, empezó a gritar a voz en cuello:
—¡La antorcha, encended la antorcha! ¡Echadme la cuerda!
Al principio nadie le respondió. Finalmente, tras muchas
llamadas recíprocas en el curso de las cuales ninguno escuchaba ni podía
comprender a su vecino, se encendió en lo alto una pequeña antorcha vacilante y
temerosa. Aquella primera luz turbó aún más la vista de los guardianes y
mezcló, en un torbellino inquieto, hombres y cosas con sus sombras y los
reflejos rojos que brillaban en el agua. Alguien encendió otra antorcha.
Entonces se estableció la luz y los hombres empezaron a recuperar su sangre fría
y a reconocerse unos a otros. En seguida, todo se hizo inteligible y claro.
Entre el bote del Plevliak y los andamiajes, se encontraba
una pequeña balsa, formada por tres vigas, y un auténtico remo de barquero más
corto y menos resistente de lo normal. La balsa estaba atada, con una cuerda de
corteza de avellano, a una de las vigas de roble, bajo los andamiajes, y se
mantenía así contra el agua rápida que la salpicaba y la arrastraba, con toda
su fuerza, hacia abajo. Los guardianes de los andamiajes ayudaron a su jefe a
cruzar la balsa y a trepar hasta ellos. Estaban jadeantes y hoscos. Tendido en
el suelo y atado había un campesino cristiano. Su pecho se agitaba
aceleradamente y el blanco de sus ojos lucía lleno de espanto.
El guardián de más edad, emocionado, explicó al Plevliak
que habían permanecido al acecho escondidos en distintos puntos de los
andamios. Y cuando había oído en la oscuridad el ruido de un remo habían
pensado que era el bote del jefe, pero habían sido lo suficientemente prudentes
como para no dar a conocer su presencia, en espera de lo que pudiera suceder.
Fue entonces cuando vieron a dos aldeanos que abordaban los postes y que ataban
con dificultad la balsa a uno de ellos. Los dejaron que trepasen y que penetraran,
y en aquel preciso instante, los atacaron con hachas, los derribaron y los
ataron. El que estaba sin conocimiento a causa de un golpe que había recibido
en la cabeza, pudo ser fácilmente atado, mas el otro, que desde el principio
había dado la impresión de estar medio muerto, se había deslizado como un pez
por entre las tablas, hasta el agua.
El guardián calló espantado y el Plevliak se puso a
vociferar:
—¿Quién lo ha dejado escapar? ¡Decid quién lo ha dejado
huir, porque si no os voy a hacer pedazos a todos!
Los muchachos callaban y guiñaban los ojos bajo la luz
roja y vacilante, en tanto el Plevliak giraba sobre sí mismo, como si buscase
al desaparecido en la oscuridad, injuriándolos sin tregua y profiriendo unos
insultos que durante todo el día no les había dirigido. Pero, de pronto, se
sobresaltó, se inclinó sobre el campesino atado como sobre un tesoro precioso
y, temblando, murmuró entre dientes, con una voz lamentable:
—¡Vigilad a éste, vigiladlo bien! ¡Ay!, hijos de puta, si
lo dejáis escapar tened presente que habréis perdido vuestras cabezas.
Los guardianes se afanaban alrededor del campesino; otros
dos acudieron desde la orilla, atravesando los andamios. El Plevliak daba
órdenes, les exhortaba para que lo atasen con más fuerza y lo mantuvieran
estrechamente vigilado. De esta forma, lo trasladaron a la orilla despacio y
con precaución, como si fuese un cadáver. El Plevliak los seguía, sin mirar
dónde ponía los pies y sin apartar la mirada del prisionero. A cada paso, le
parecía crecer y empezar a vivir en aquel mismo instante.
En la orilla empezaron a encenderse y a parpadear otras
antorchas que se apagaban, iluminándose después nuevamente. El campesino que
acababa de ser capturado fue llevado a uno de los barracones de los obreros
donde había un fuego encendido y donde fue atado a un poste con cuerdas y
cadenas que habían sido desenganchadas del brasero.
Era Radislav de Unichta en persona.
El Plevliak se calmó un poco, dejó de gritar y de jurar,
pero no podía estarse quieto. Enviaba a los guardianes para que recorriesen la
orilla, río abajo, en busca del otro campesino que había saltado al agua,
aunque resultase evidente que, en noche tan oscura, si no se había ahogado,
nadie podría alcanzarlo ni cogerlo. También daba otras órdenes, entraba, salía
una vez más, ebrio de emoción. Incluso empezó a interrogar al aldeano atado,
pero desistió de su propósito. En general, todo lo que hacía tendía únicamente
a dominar y a esconder su inquietud, puesto que, en realidad, no tenía más que
un pensamiento: esperar a Abidaga. Y no tuvo que aguardar mucho tiempo.
Tras haber dormido su primer sueño, Abidaga, como tenía
por costumbre, se había despertado inmediatamente después de la medianoche y,
no pudiendo reconciliar el sueño, permanecía junto a la ventana, mirando en la
oscuridad. Desde su balcón que daba al Bikavats, se veía de día el valle del
Drina con sus chocitas, sus molinos, sus cuadras, y se veían las obras y todo
el espacio socavado y obstruido que las rodeaba. Ahora, en la oscuridad,
adivinaba todo aquello y, lleno de amargura, meditaba y se decía que los
trabajos avanzaban despacio y con dificultad, y que tal situación llegaría un
día a oídos del visir. No cabía duda de que alguien se encargaría de que esto
ocurriese. Tal vez el mismo Tosún efendi, aquel personaje frío y solapado de
rostro imberbe. Y entonces podría ocurrir que él perdiese el favor del visir.
Por esto precisamente, no podía dormir y, cuando dormía, sus sueños eran
agitados. En el momento en que pensaba en aquella posible desgracia, el
alimento le parecía veneno, los hombres se le hacían odiosos y la vida
espantosa. Imaginaba lo que supondría la desgracia: sería alejado del visir,
sus enemigos se burlarían de él (¡ah! ¡eso no!), perdería su rango y su
situación y se convertiría en un pingajo, en un pobre diablo, no sólo ante los
ojos de los demás, sino ante sus propios ojos. Esto significaba perder una
fortuna difícilmente adquirida o, suponiendo que la conservase, tener que
gastarla en secreto lejos de Estambul, en algún lugar en el exilio, en una
provincia oscura, olvidado, innecesario, ridículo, miserable. ¡No, cualquier
cosa, pero eso no! ¡Era preferible no ver más el sol, no volver a respirar el
aire del día! ¡Más valdría dejar de ser hombre y no poseer nada! Éste era el
pensamiento que le acudía a la mente sin cesar, y que, varias veces al día,
hacía que la sangre le golpease dolorosamente las sienes y la cabeza; un
pensamiento que nunca se disipaba por completo y que permanecía en él como un
negro sedimento. Eso es lo que supondría para él la desgracia; ahora bien, la
desgracia es posible todos los días y a todas las horas porque todo contribuye
para que llegue. Sólo él puede actuar contra ella y defenderse: así, pues, está
solo contra todos y contra todo. Este estado de ánimo se prolonga desde hace
quince años, a partir del momento en que ganó consideración e influencia, desde
que el visir le confía asuntos de considerable magnitud e importancia. Y ¿quién
podría dormir y conservar la calma?
Aunque era una noche de otoño, fría y húmeda, Abidaga
abrió la ventana y miró en la oscuridad, porque tenía la impresión de que se
ahogaba en aquel espacio cerrado. Entonces, observó que, por los andamios y a
lo largo de la orilla, se encendían y desplazaban puntos luminosos. Cuando vio
que iban en aumento, pensó que habría sucedido algo insólito; se vistió y
despertó a su criado. Y así fue cómo llegó ante la cuadra iluminada, en el
momento justo en que el Plevliak no sabía ya qué injurias lanzar, a quién dar
órdenes, ni qué hacer para acortar el tiempo.
La llegada inesperada de Abidaga lo sumió en una confusión
completa. Hasta tal punto había deseado que se presentase aquel momento. Pero
ahora que se había presentado no sabía sacar el provecho que había imaginado.
Balbució emocionado, olvidando al campesino que yacía cargado de cadenas.
Abidaga se limitó a mirar con desprecio por encima de su hombro e
inmediatamente se dirigió hacia el prisionero.
En la cuadra, se atizó el fuego, que lanzó un resplandor
más vivo, de suerte que el rincón más alejado se iluminó. Los guardianes
continuaron durante todo el tiempo echando nuevos leños al fuego.
Abidaga se mantenía en pie ante el campesino, que era más
bajo que él. Estaba tranquilo y pensativo. Todos aguardaban sus palabras, pero
él meditaba: "He aquí con quiénes he de luchar y he de medirme. De ellos
depende mi situación y mi destino, de ese imbécil y despreciable Plevliak, un
islamizado, y de la maldad endurecida e incomprensible y de la obstinación de
ese asqueroso cristiano". En este punto, se estremeció y empezó a dar
órdenes y a interrogar al campesino.
La cuadra se llenó de guardianes; fuera se oían las voces
de los vigilantes y de los obreros que habían sido despertados. Abidaga hacía
sus preguntas utilizando al Plevliak como intérprete.
Radislav afirmó, en primer lugar, que había decidido huir
con un muchacho y que, por eso, una vez que habían construido una pequeña
balsa, se lanzaron al río. Cuando le demostraron lo absurda que era su
afirmación, ya que, en una noche oscura, no se puede bajar por un río agitado,
lleno de remolinos, de rocas y de bancos de arena —y, por otra parte, los que
quieren huir no trepan por los andamiajes ni destruyen los trabajos
realizados—, se limitó a decir en tono altivo:
—Todo está en vuestras manos. Haced lo que queráis.
—¡Bueno! Ahora vas a ver lo que queremos —le contestó
vivamente Abidaga.
Los guardianes le quitaron las cadenas y pusieron su pecho
al desnudo. Echaron las mismas cadenas al fuego y esperaron. Como estaban
cubiertas de hollín, todos tenían las manos sucias e iban dejando huellas
negras por todas partes, sobre el aldeano medio desnudo y sobre ellos mismos.
Cuando las cadenas estuvieron casi al rojo, Merdjan, el cíngaro, se aproximó y,
con unas tenazas largas las sacó por un extremo, mientras un guardián sujetaba
el otro, del mismo modo.
El Plevliak traducía las palabras de Abidaga.
—Vamos, dinos ahora la verdad.
—¿Qué es lo que tengo que deciros? Todo lo podéis y todo
lo sabéis.
Los dos hombres acercaron las cadenas y rodearon con ellas
el pecho ancho y velludo del campesino. Los pelos chamuscados empezaron a
emitir una especie de chirrido. La boca del campesino se contrajo, las
costillas se marcaron en sus costados y los músculos del vientre empezaron a
crisparse, para relajarse después, como cuando un hombre vomita. Gemía de
dolor, estiraba las cuerdas que lo ataban, se agitaba en vano y trataba de
disminuir el contacto entre su cuerpo y el hierro candente.
Hacía guiños con los ojos y las lágrimas corrían por sus
mejillas. Retiraron las cadenas de su cuerpo.
—Esto no es más que el comienzo. ¿No valdría más que
hablases sin necesidad de recurrir a semejantes medidas?
El campesino respiró hondamente por la nariz y continuó
callado.
—Dinos quién estaba contigo.
—Se llamaba Juan, pero no sé cuál es su casa ni su pueblo.
Acercaron nuevamente las cadenas. El humo le hizo toser.
Contraído por el dolor, empezó a hablar entrecortadamente:
Los dos hombres se habían puesto de acuerdo para llevar a
cabo una tarea de destrucción en el puente. Pensaron lo que era preciso hacer y
lo hicieron. Nadie estaba al corriente de sus propósitos ni nadie había
participado, salvo ellos, en el sabotaje. Al principio, habían abordado en
diversos puntos y actuaron con éxito, pero cuando se dieron cuenta de la
presencia de los guardianes que vigilaban en los andamiajes y a lo largo de la
orilla, tuvieron la idea de atar tres troncos y hacer con ellos una balsa, pudiendo,
sin ser advertidos, llegar hasta las obras. Aquello había ocurrido tres días
antes. La primera noche, estuvieron a punto de ser cogidos. Escaparon por los
pelos. Por eso, la noche siguiente, ni siquiera habían salido. Pero cuando,
aquella noche, utilizaron de nuevo la balsa, se había producido lo que ya
sabían.
—Esto es todo. Así han ocurrido las cosas. Así hemos
actuado, y, ahora, haced lo que queráis.
—No, no es eso lo que queremos saber; ¡dinos quién es el
que te ha empujado a dar este paso! Los sufrimientos que acabas de padecer no
son nada al lado de los que te preparamos.
—Está bien, haced lo que gustéis.
Entonces se acercó Merdjan, el herrero, con las tenazas,
se arrodilló junto al prisionero y se puso a arrancarle las uñas de sus pies
descalzos. El campesino, con los dientes apretados, callaba, pero un temblor
extraño, a pesar de estar fuertemente atado, le recorría el cuerpo hasta la
cintura, haciendo palpable que el dolor debía de ser terrible e insólito. En
determinado momento, el campesino dejó escapar un murmullo vago.
El Plevliak, que espiaba sus palabras y sus movimientos y
esperaba ávidamente cualquier confesión, hizo un signo al cíngaro para que se
detuviese y preguntó:
—¿Cómo? ¿Qué dices?
—Nada. Digo: ¿por qué, en nombre de Dios justo, por qué me
torturáis y perdéis el tiempo?
—Di: ¿quién te instigó?
—¡Ay! ¿Quién me habrá instigado? El demonio.
—¿El demonio?
—El demonio. El mismo demonio que os impulsó a venir aquí
y a construir el puente.
El campesino hablaba despacio, pero con firmeza y
claridad.
¡El demonio! Extraña palabra dicha con enorme amargura en
tan extraordinaria situación. ¡El demonio! En efecto, "aquí hay un
demonio", pensó el Plevliak, que permanecía en pie, cabizbajo, como si los
papeles se hubieran invertido y fuese él el interrogado por el prisionero. Sólo
aquella palabra le había tocado en un punto sensible, despertando en él, de
pronto, todas sus inquietudes y todos sus temores, como si no hubiesen sido
barridos por la captura del culpable. Quizá todo aquello, Abidaga y la
construcción del puente y aquel campesino loco, no fuese sino obra del demonio.
¡El demonio! ¿Acaso sería él al único a quien había que temer? El Plevliak se
estremeció y se echó hacia atrás. Precisamente, en aquel momento, se despertó
sobresaltado a causa de la voz fuerte e irritada de Abidaga:
—Bueno, ¿y qué? ¿Te has dormido, inútil? —gritó Abidaga,
golpeando con su fusta de cuero la caña de su bota derecha.
El cíngaro continuaba arrodillado, con las tenazas en la
mano, mirando con sus ojos negros y brillantes, humilde y temeroso, la figura
de Abidaga. Los guardianes atizaron el fuego que, sin necesidad de aquel gesto,
proyectaba sus llamas hacia el techo. Toda la estancia se iluminó y se calentó,
adquiriendo un aire solemne. Aquella edificación, que con la oscuridad
resultaba pobre y miserable, creció de golpe, se ensanchó y se transformó. En
la cuadra y en sus alrededores reinaba una emoción general y un silencio
especialísimo, como ocurre siempre en los lugares en que se emplea la violencia
para arrancar la verdad, en los que se tortura a un hombre vivo, en donde se
producen acontecimientos fatídicos. Abidaga, el Plevliak y el prisionero se
movían y hablaban como actores, y los demás andaban de puntillas, con la vista
baja. Cada uno deseaba estar lejos de allí, sin tener nada que ver con aquel
asunto, pero como semejante idea resultaba imposible, bajaban la voz, limitaban
sus movimientos al mínimo, en un intento de alejarse cuanto fuera posible de
aquella situación.
Viendo que el interrogatorio marchaba lentamente y que no
prometía resultado alguno, Abidaga, con un movimiento de impaciencia, al que
acompañó una sarta de insultos, salió de la cuadra. Tras él marchó
contoneándose el Plevliak, seguido de sus guardianes.
Fuera, amanecía. El sol no había aún aparecido, pero el
horizonte empezaba a clarear. Entre las colinas se veían unas nubes que
formaban largas tiras de color violeta oscuro, pudiendo observarse a través de
ellas un cielo claro y límpido, casi verde. Sobre la tierra húmeda se extendía
un reguero de niebla baja, por encima de la cual se alzaban las copas de los
árboles frutales con su folla]e claro y amarillento. Sin dejar de golpearse la
bota con la fusta, Abidaga daba órdenes: había que continuar interrogando al
culpable, en particular sobre sus cómplices; pero que no se le torturase en
exceso, porque desfallecería; que se tuviese todo a punto para que, al
mediodía, fuera empalado vivo sobre el andamio situado a más altura, al objeto
de que fuese visto, desde las orillas del río, por toda la ciudad y todos los
obreros; que se preparasen todos los detalles y que el pregonero anunciase por
los barrios de la ciudad que todo el mundo podría ver al mediodía cómo
terminaban los que se atrevían a sabotear la magna empresa del visir, y que la
población masculina, turca o cristiana, niños o ancianos, debería acudir a
presenciar la ejecución.
El día que acababa de nacer era domingo. El domingo se
trabajaba corno cualquier otro día, pero, en aquella ocasión, hasta los
vigilantes estaban distraídos. Apenas había amanecido cuando ya corría la
noticia de que el culpable había sido capturado y torturado y de que sería
ejecutado al mediodía. El estado de ánimo, compuesto por una especie de reserva
y de solemnidad, que remaba en el establo, se difundió por todas partes. Los
trabajadores sufrieron en silencio evitando mirar a los demás a los ojos y concentrándose
cada uno en la tarea que tenía ante sí, como si en ella residiese el principio
y el fin del mundo.
A partir de las once, los habitantes de la ciudad,
especialmente los turcos, se reunieron sobre el llano que existe cerca del
puente. Los niños treparon hasta situarse sobre los grandes bloques de piedra
aún no tallados, que por allí había. Los obreros se hacinaban alrededor de las
tablas largas y estrechas donde eran distribuidas las bolas de pan que
constituían su único alimento. Sin dejar de masticar, miraban en torno,
silenciosos y huraños. No había pasado mucho tiempo cuando apareció Abidaga,
escoltado por Tosún efendi, por el maestro artesano Antonio y por algunos
turcos notables. Permanecieron en un lugar alto y seco, situado entre el puente
y la cuadra en la que se encontraba el prisionero. Abidaga fue una vez más
hasta la cuadra, donde anunciaron que todo estaba listo: había un poste de
roble, de cuatro archinas21, puntiagudo, herrado en un extremo, delgado y
afilado y untado de sebo. En los andamios habían sido clavadas unas cuantas
estacas entre las cuales debería fijarse el poste; había también un mazo de
madera para clavar y martillear el poste; había cuerdas y todo lo necesario.
El Plevliak estaba trastornado; su rostro tenía un color
terroso y sus ojos estaban enrojecidos. Ni siquiera ahora podía soportar la
mirada inflamada de Abidaga.
—Oye bien: si las cosas no se desarrollan como hace falta
y si me cubres de ridículo ante todo el mundo, no aparezcáis ante mí ni tú ni
esa basura de cíngaro: os ahogaré en el Drina como perros.
Después, volviéndose al cíngaro, que tiritaba, añadió con
una voz algo más dulce:
—Aquí tienes seis grochas por tu trabajo, y tendrás seis
más si permanece vivo hasta la noche. Y ahora ¡cuidado!
En la cúspide del alminar de la mezquita principal,
enclavada en el centro de la ciudad, el hodja dejó oír su voz aguda y clara. La
inquietud se extendió entre las gentes allí reunidas y, poco después, la puerta
de la cuadra se abrió. Diez guardianes formaron en dos filas de a cinco cada
una. Entre ellos se encontraba Radislav; rápido y encorvado, como siempre,
avanzaba sin separar las piernas; ya no daba la impresión de estar tamizando
harina. Caminaba a pasitos, de una manera extraña, casi brincando sobre sus
pies heridos en los que se veían agujeros sangrientos en lugar de las uñas;
llevaba al hombro un poste largo, blanco y puntiagudo. Detrás de él, iban
Merdjan y otros cíngaros que le ayudarían en la ejecución de la sentencia. De
pronto surgió de no se sabe dónde, el Plevliak, el cual, a lomos de su caballo
bayo, se puso en cabeza de aquel cortejo que tenía que recorrer cien pasos para
alcanzar los primeros andamiajes.
Todo el mundo estiraba el cuello y se ponía de puntillas
para ver al hombre que había organizado el complot y la resistencia y que se
había atrevido a sabotear las obras. Quedaron sorprendidos ante el aspecto
miserable e insignificante de aquel hombre a quien habían imaginado
completamente distinto. Desde luego, ninguno de ellos sabía por qué iba dando
saltitos de un modo tan cómodo ni por qué andaba con paso entrecortado; ni
nadie veía bien las quemaduras causadas por las cadenas que habían ceñido su cuerpo:
ahora iba cubierto con su camisa y su piel de cordero. Por estas razones, les
parecía a aquellas gentes que era demasiado miserable e insignificante para
haber llevado a cabo las hazañas que ahora le conducían al patíbulo. Solamente
el largo poste blanco daba a la escena una grandeza siniestra y atraía hacia él
las miradas.
Cuando llegaron al lugar donde se iniciaban los trabajos
de nivelación de la orilla, el Plevliak bajó de su caballo y, con gesto
majestuoso y teatral, entregó la brida a su criado, para desaparecer, a
continuación, con los demás, por el camino cubierto de barro y escarpado que
llevaba al agua. Poco después, las gentes pudieron verlos reaparecer, en el
mismo orden, por los andamiajes y trepar lentamente y con precaución. En los
pasajes estrechos, hechos de vigas y tablones, los guardianes rodeaban completamente
y apretaban entre ellos a Radislav para que no saltase al río. Así, fueron
avanzando despacio, sin dejar de subir cada vez más arriba, hasta que, por fin,
llegaron al punto más elevado. Allí, se extendía por encima del agua un espacio
entarimado, del tamaño de una habitación no muy grande. Sobre aquel espacio se
situaron, como en un escenario alzado, Radislav, el Plevliak y los tres
cíngaros, mientras que los otros guardianes permanecían dispersos por los
andamiajes.
En la llanura, la gente se movía y cambiaba de sitio. No
más de cien pasos la separaba del lugar donde se realizaban los preparativos
para la ejecución; podían ver a cada persona y cada movimiento, pero sin
alcanzar a oír las palabras ni a distinguir los detalles. La multitud que se
hallaba en la orilla izquierda estaba tres veces más alejada y se agitaba
cuanto podía, haciendo esfuerzos exagerados para poder ver y oír mejor. Pero no
era posible escuchar nada, y lo que se oía resultó, al principio, trivial y sin
interés, en tanto que al final, el espectáculo llegó a ser tan espantoso que
todos volvieron la cabeza y muchos de ellos regresaron rápidamente a sus casas,
arrepintiéndose de haber acudido.
Cuando se ordenó a Radislav que se tendiese, dudó un
momento; después, sin mirar ni a los cíngaros ni a los guardianes, como si no
existiesen, se acercó al Plevliak, a quien, como si fuese alguno de los suyos,
y empleando un tono confidencial, le dijo con voz sorda:
—Por este mundo y por el otro, te pido que me escuches:
hazme la gracia de atravesarme de modo que no sufra como un perro.
El Plevliak se sobresaltó y gritó como si intentase
defenderse de aquella especie de conversación demasiado íntima:
—¡Vete, cristiano! ¿Acaso vas a suplicar como una mujer
tú, el valiente que ha destruido lo que pertenece al sultán? Será como se ha
ordenado y como tú mereces.
Radislav inclinó aún más la cabeza, mientras los cíngaros
se acercaban a él y le despojaban de la piel de cordero y de la camisa. Sobre
su pecho, rojas y tumefactas, aparecieron las llagas producidas por las
cadenas. Sin pronunciar una palabra más el campesino se tumbó boca abajo, tal y
como le habían ordenado. Los cíngaros se aproximaron y le ataron primero las
manos a la espalda y después le ligaron una cuerda alrededor de los tobillos.
Cada uno tiró hacia sí, separándole ampliamente las piernas. Entretanto,
Merdjan colocaba el poste encima de dos trozos de madera cortos y cilíndricos,
de modo que el extremo quedaba entre las piernas del campesino. A continuación,
sacó del cinturón un cuchillo ancho y corto, se arrodilló junto al condenado y
se inclinó sobre él para cortar la tela de sus pantalones en la parte de la
entrepierna y para ensanchar la abertura a través de la cual el poste
penetraría en el cuerpo. Aquella parte del trabajo del verdugo que, sin duda,
era la más desagradable, fue invisible para los espectadores. Tan sólo pudieron
apreciar el estremecimiento del cuerpo a causa del picotazo breve e
imperceptible del cuchillo, y, luego, cómo se erguía a medias, cual si tratase
de levantarse para volver a caer de pronto, golpeando sordamente el entarimado.
No más hubo terminado, el cíngaro dio un ligero salto, tomó del suelo el mazo
de madera y se puso a martillear la parte inferior y roma del poste, con
lentitud y mesura. A cada dos martillazos, se detenía un momento y miraba,
primero, al cuerpo en que el poste se iba introduciendo, y, después, a los
cíngaros, exhortándoles a que tirasen con suavidad y sin sacudidas. El cuerpo
del campesino, con las piernas separadas, se convulsionaba instintivamente; a
cada mazazo, la columna vertebral se plegaba y se encorvaba, pero las cuerdas
mantenían su tensión y obligaban al condenado a enderezarse.
El silencio era tal en las dos orillas que podía
distinguirse con claridad el sonido que producía el mazo al golpear el poste y
el eco que se repetía en algún lugar de la orilla escarpada. Los que estaban
más cerca podían oír cómo Radislav golpeaba con la frente sobre las tablas y,
además, otro ruido insólito que no era ni un gemido ni un lamento ni un
estertor ni ningún sonido humano determinado. Aquel cuerpo torturado emitía una
especie de chirrido y un crujido, como cuando se tira a patadas una empalizada
o se derriba un árbol. El cíngaro, a cada dos martillazos, se dirigía al cuerpo
tendido, se inclinaba, examinando si el poste avanzaba en buena dirección y,
cuando se había cerciorado de que ningún órgano vital estaba herido, volvía a
su sitio y continuaba su tarea.
Todo aquello, desde la orilla, se oía débilmente y se veía
aún más débilmente, pero no había quien no sintiese temblar sus piernas; los
rostros palidecían, las manos se quedaban heladas.
Durante un momento, cesaron los mazazos. Merdjan había
observado que en el vértice del omoplato derecho los músculos se ponían tensos
y la piel se levantaba. Se acercó rápidamente y, en aquel lugar, ligeramente
hinchado, hizo una incisión en forma de cruz. Por el corte empezó a correr una
sangre pálida, primero en pequeña cantidad, luego, a borbotones. Aún dio dos o
tres mazazos, ligeros y prudentes, y por el sitio en el que acababa de hacer el
corte, apareció la punta herrada del poste. Continuó todavía unos minutos
martilleando hasta que la punta del palo alcanzó la altura de la oreja derecha.
Radislav estaba empalado en el poste de igual modo que se
ensarta un cordero en el asador, con la diferencia de que a él no le salía la
punta por la boca, sino por la espalda, no habiendo interesado gravemente ni
los intestinos ni el corazón ni los pulmones. Merdjan dejó a un lado el mazo y
se acercó. Examinó el cuerpo inmóvil, evitando pisar la sangre que caía gota a
gota de los puntos por donde el poste había entrado y había salido; aquella
sangre formaba pequeños charcos sobre el entarimado. Los dos cíngaros dieron la
vuelta al cuerpo entumecido y se pusieron a atarle las piernas a la parte
inferior del poste. Mientras tanto, Merdjan observaba para ver si el hombre
continuaba vivo y examinaba atentamente aquel rostro que, en un abrir y cerrar
de ojos, se había hinchado, ensanchándose, haciéndose más grande. Tenía los
ojos abiertos de par en par, inquietos; pero los párpados permanecían
inmóviles, la boca abierta, los labios rígidos y contraídos, los dientes
apretados. Aquel hombre no podía controlar ya algunos de los músculos de su
cara, que por esta circunstancia, parecía una máscara. Sin embargo, su corazón
latía sordamente y los pulmones mantenían una respiración corta y acelerada.
Los verdugos levantaron el poste. Merdjan les gritaba que tuviesen cuidado y
que no sacudiesen el cuerpo; él mismo ayudaba a la operación. Fijaron la base
del poste entre dos vigas y lo aseguraron con grandes clavos; a continuación, y
a la misma altura, clavaron igualmente un tarugo de madera al poste y a las
vigas.
Una vez terminada la tarea, los cíngaros se apartaron un
poco, yendo a reunirse con los guardianes y, en el espacio vacío, quedó solo,
elevado a una altura de dos archinas, rígido con el pecho hacia delante y
desnudo hasta la cintura, el hombre empalado. Desde lejos se vislumbraba que, a
través del cuerpo, pasaba el poste al que estaban atados sus tobillos, mientras
los brazos lo estaban a la espalda. En esta posición, el pueblo podía imaginar
que era una estatua proyectándose en el aire, allá arriba, en el mismo borde de
los andamiajes.
Se pudo oír un murmullo en las orillas y una agitación
ondulante atravesó la multitud. Unos bajaron la mirada y otros regresaron
rápidamente a casa sin volver la cabeza. La mayoría miraban silenciosos aquella
silueta humana, expuesta en el espacio, anormalmente rígida y derecha. Era tan
grande su espanto que la sangre se les helaba en las venas y les flaqueaban las
piernas; pero no podían arrancarse del espectáculo, ni apartar la vista.
Entre aquella gente aterrorizada se deslizó Ilinka, la
loca: miraba a los ojos de todos, insistente, en un intento de leer y de
descubrir dónde se hallaban sus hijos sacrificados y desaparecidos.
En aquel momento, el Plevliak, Merdjan y dos guardianes se
acercaron de nuevo al condenado y lo examinaron de cerca. Tan sólo corría un
hilillo de sangre por el poste. El hombre continuaba vivo y sin perder el
conocimiento. Sus costados se agitaban, las venas latían en el cuello, sus ojos
giraban lentamente, pero sin cesar. De sus dientes apretados se escapaba un
quejido en el cual se distinguían apenas unas palabras separadas.
—Turcos... Turcos... —gemía el hombre desde lo alto del
poste—, turcos del puente. ¡Ojalá reventéis como perros! ¡Ojalá muráis como
perros!...
Los cíngaros recogieron sus herramientas y bajaron, al
mismo tiempo que el Plevliak y los guardianes, a la orilla. La gente reculaba
ante ellos y empezó a dispersarse. Únicamente los muchachos, encaramados en los
bloques de piedra o en los árboles, esperaban todavía algo y, no dándose cuenta
de que aquello había terminado y que cada uno tenía lo que había merecido, se
preguntaban qué es lo que sucedería con aquel ser extraño que se proyectaba por
encima del agua como si, de pronto, hubiese suspendido su salto al río.
El Plevliak se acercó a Abidaga y le anunció que todo
había discurrido perfectamente y que había acabado tal y como se había
previsto, asegurando que el condenado vivía aún y que daba la impresión de que
seguiría viviendo, puesto que sus órganos vitales no habían sido interesados.
Abidaga no le respondió, ni siquiera con la mirada, se limitó a hacer una seña
con la mano para que le llevasen el caballo y se despidió de Tosún efendi y de
maese Antonio. Todo el mundo se dispersó. A través de la ciudad se oía al
pregonero anunciar la ejecución de la sentencia, amenazando con el mismo
castigo —incluso un castigo peor— a cualquiera que siguiese su ejemplo. El
Plevliak se detuvo perplejo en el llano que acababa de quedar desierto. Su
criado sujetaba el caballo por la brida y los guardianes esperaban órdenes.
Tuvo la sensación de que habría tenido que decir algo, pero no podía hacerlo a
causa de una emoción que acababa de invadirle y que iba en aumento. Sólo ahora
se daba cuenta con claridad de todo lo que, ocupado por los preparativos de la
ejecución, no había podido comprender antes. Sólo ahora recordaba la amenaza de
Abidaga de hacerle empalar vivo si no conseguía capturar al culpable. Se había
escapado, desde luego, de tal castigo, pero por los pelos y en el último
momento. Aquel Radislav había trabajado con todas sus fuerzas, por la noche,
astutamente, para que hubiese acaecido la desgracia. Pero las cosas habían
cambiado de rumbo. Y sólo él podía mirar al ejecutado con una mezcla de terror
retrospectivo y de una alegría dolorosa, al ver que el destino no lo había
designado a él, permitiendo que su cuerpo permaneciese intacto y libre. Ante
este pensamiento, sentía un estremecimiento que le recorría el pecho, las
piernas, y los brazos y le impulsaba a moverse, a reír y a hablar, como si
quisiera persuadirse de que estaba sano y de que podía andar libremente y
expresarse y reír a carcajadas y cantar si le apetecía y no tener que proferir,
desde lo alto de un palo, maldiciones impotentes, mientras se espera a la muerte
como la única ventura a la que se puede ya aspirar. Sus brazos se agitaron por
impulso propio y sus piernas esbozaron una danza y su boca se abrió lanzando
una risa convulsiva y las palabras afluyeron espontáneas, abundantes.
—¡Ja, ja, ja! Radislav, hada de la montaña, ¿por qué te
has quedado tan rígido como un cadáver? ¿Por qué no continúas saboteando el
puente? ¿Por qué te lamentas y gimes? ¡Canta, hada! ¡Anda, baila, hada!
Los guardianes, estupefactos y turbados, miraban cómo su
jefe bailaba con los brazos abiertos, canturreando, sofocado por la risa,
ahogándose en extrañas palabras, en tanto aparecía en la comisura de sus labios
una espuma blanca.
También su caballo bayo le dirigía miradas espantadas.
CAPÍTULO IV
Todos aquellos que, en una u otra orilla, habían asistido
a la ejecución, hicieron correr, por la ciudad y sus alrededores, rumores
espantosos. Un terror indescriptible invadió a los habitantes y a los obreros.
Lenta y gradualmente, penetró en la conciencia de las gentes la idea precisa de
cuanto había ocurrido cerca de ellos durante aquella breve jornada de
noviembre. Todas las conversaciones tenían por eje al hombre que, allá arriba,
en lo más alto de los andamiajes, se mantenía con vida en el palo. Cada uno se
hacía, a sí mismo, la promesa de no volver a hablar de él; pero, ¿qué valor
podía tener aquella promesa cuando el pensamiento se escapaba constantemente
hacia él y la mirada no podía eludirlo?
Los campesinos que, uno tras otro, llegaban de Bania,
transportando piedras en sus carretas de bueyes, bajaban la vista y, con voz
dulce, animaban a los animales a caminar más aprisa. A lo largo de la orilla y
los andamiajes, los obreros, durante el trabajo, se interpelaban apenas, y
cuando lo hacían era con voz ahogada. Incluso los vigilantes, con una varita de
avellano en la mano, eran menos brutales y más complacientes. En tanto se
dedicaban a su labor, los tallistas de piedra de Dalmacia, pálidos, con las
mandíbulas apretadas, daban la espalda al puente y golpeaban coléricos la
piedra con sus cinceles, los cuales, en medio del silencio general, restallaban
como una bandada de picoverdes.
El crepúsculo cayó rápido y los obreros se apresuraron a
marchar a sus moradas, con el deseo de alejarse lo más posible de los andamios.
Antes de hacerse de noche, Merdjan y un servidor de confianza de Abidaga fueron
de nuevo a ver a Radislav y se aseguraron, sin temor a equivocarse, de que el
condenado, cuatro horas después de la ejecución del veredicto, continuaba con
vida y consciente. Presa de la fiebre, dándole vueltas los ojos lentamente,
cuando observó la presencia del cíngaro comenzó a gemir con más fuerza. A
través de aquel gemido en el que se le escapaba el alma, sólo se distinguían
unas palabras aisladas.
—Los turcos..., los turcos..., el puente...
Satisfechos, regresaron al Bikavats, a casa de Abidaga,
diciendo a todo el que encontraban por el camino que el condenado seguía vivo;
y, teniendo en cuenta el modo cómo rechinaban los dientes y hablaba desde lo
alto del poste con voz clara y distinta, se podía esperar que viviera hasta el
día siguiente al mediodía. Abidaga se sintió también satisfecho y dio orden de
que se pagase a Merdjan la recompensa prometida.
Aquella noche, todos cuantos vivían en la ciudad y
alrededor del puente, se durmieron obsesionados por el temor. Para ser más
exactos, se durmieron los que pudieron conciliar el sueño: fueron muchos los
que no se encontraban con ánimos para pegar un ojo.
El siguiente día, que era lunes, fue una jornada soleada
de noviembre. Ni en torno de las obras ni en toda la ciudad no hubo una mirada
que no se volviese hacia el artilugio complicado de vigas y de tablones en el
que, justo al borde, como sobre la popa de un barco, erguido y solo, el hombre
empalado se imponía a la vista. Fueron muchos los que, al despertar, creyeron
haber soñado todo lo que había sucedido la víspera en el puente; y ahora,
estáticos, con los ojos fijos, contemplaban cómo su sueño doloroso se
prolongaba y tomaba cuerpo a la luz del sol.
Entre los obreros persistía el mismo silencio de la
víspera, lleno de contrición y de amargura. Y en la ciudad se oían los mismos
susurros y se notaba la misma perplejidad. Merdjan y el criado de Abidaga
subieron de nuevo a los andamiajes y dieron varias vueltas alrededor del
condenado; hablaban entre ellos, levantando la cabeza, miraban el rostro del
campesino. En un determinado momento, Merdjan le tiró del pantalón. Sólo por la
manera que tuvieron de bajar a la orilla y de pasar silenciosamente entre los trabajadores,
todos comprendieron que el campesino había entregado su alma. Y los siervos
experimentaron cierto reposo, como si hubiesen alcanzado una victoria
invisible.
Ya todos miraban hacia la víctima con más osadía. Notaban
que, en el cuerpo a cuerpo continuo que habían de mantener con los turcos, la
balanza acababa de inclinarse de su lado. La muerte es el mayor triunfo. Las
bocas, que hasta entonces había mantenido cerradas el miedo, se abrían por sí
mismas. Y así, cubiertos de barro, mojados, sin afeitar y pálidos,
transportando con palancas de pino grandes bloques de piedra de Bania, se
detenían un instante para escupir en las palmas de sus manos y, con voz apagada,
se decían unos a otros:
—¡Que Dios le perdone y le dé gracia!
—¡Oh! ¡Qué mártir! ¡Oh! ¡Pobres de nosotros!
—Pero, ¿es que no te has dado cuenta de que está
santificado? ¡Es un santo!
Y cada uno, discretamente, medía con la vista el cuerpo
que se alzaba erguido, como si marchase a la cabeza de un ejército. Allí, en la
altura, ya no les parecía ni espantoso ni digno de lástima. Por el contrario,
ahora resultaba claro para todos hasta qué punto se había distinguido y
engrandecido. Ya no estaba en la tierra, sus manos ya no se aferraban a nada,
ya no podía nadar ni robar; pero tenía en sí mismo su centro de gravedad;
liberado de los lazos y de las cargas de la tierra, el sufrimiento había concluido
para él; nadie ni nada le perseguirían: ni el fusil ni el sable ni los malos
pensamientos ni la palabra humana ni el tribunal turco.
Desnudo hasta la cintura, con los brazos y las piernas
atados, rígido, la cabeza apoyada contra el poste, dibujaba una silueta que no
parecía un cuerpo humano hinchado y a punto de descomponerse, sino una estatua
situada a la altura, dura e imperecedera, que permanecía allí para siempre.
Los jornaleros se volvían y, a escondidas, se santiguaban.
En el Meïdan, las mujeres cruzaban veloces los patios para
ir las unas a casa de las otras a cuchichear, durante uno o dos minutos, y a
derramar unas lágrimas e, inmediatamente, regresaban corriendo para evitar que
el almuerzo se quemase. Una de ellas encendió una lamparilla delante de un
icono. A continuación, empezaron a arder en todas las casas lamparillas que se
disimulaban en los rincones de las habitaciones. Los niños, guiñando los ojos
en aquella atmósfera de solemnidad, miraban aquellas luces y escuchaban las
frases incomprensibles y entrecortadas de los adultos: "¡Defiéndenos,
Señor, y protégenos!" "¡Ah! ¡Es un mártir que se ha creado méritos a
los ojos de Dios, como si hubiese construido la iglesia más grande!"
"¡Ayúdanos, Dios, Tú, el Único, aplasta al enemigo y haz que pierda el
poder!" Los niños preguntaban infatigables:
—¿Qué quiere decir "mártir"? ¿Quién va a
construir una iglesia, dónde?
Los muchachos se mostraban particularmente curiosos, y las
madres trataban de calmarlos.
—¡Cállate, corazoncito! ¡Cállate, escucha a mamá y
guárdate, mientras vivas, de los malditos turcos!
Antes de que cayese la oscuridad, Abidaga inspeccionó otra
vez la construcción y contento del efecto producido por el terrible ejemplo,
dio orden de que fuese retirado el cadáver:
—¡Echad el perro a los perros!
Bruscamente llegó la noche, húmeda y tibia, como de
primavera. Entre los obreros se produjo una efervescencia y una agitación
incomprensibles. Los que no habían querido hablar de sabotaje ni de resistencia
se mostraron dispuestos a hacer grandes sacrificios y a emprender lo que fuese.
El cuerpo de Radislav se había convertido para todos en un objeto de interés,
en algo sagrado. Unos centenares de hombres extenuados, impulsados por un
instinto innato, por la fuerza de su compasión y por antiguas costumbres, empezaron
a agitarse, a unir sus fuerzas a fin de hacerse con el cadáver del mártir para
librarlo de la profanación y darle una sepultura cristiana. Cuchicheando con
precaución, o reuniéndose en las barracas y en las cuadras, recaudaron entre
ellos la importante suma de siete grochas, destinadas a sobornar a Merdjan.
Eligieron para esta misión a tres hombres, los más
desenvueltos del grupo, los cuales lograron entrar en contacto con el verdugo.
Calados de agua y agotados por el trabajo, los tres campesinos, empezaron a
negociar lentamente, con astucia, dando rodeos. Frunciendo el entrecejo,
rascándose la cabeza, tartamudeando, el más viejo dijo al cíngaro:
—Bien, todo ha terminado. El destino así lo ha querido.
Sólo que, ya sabes tú lo que pasa, por ejemplo, es un ser humano, como suele
decirse, una criatura de Dios, y no estaría bien que, por ejemplo, se lo coman
los animales y los perros lo destrocen.
Merdjan, adivinando que se trataba de un negocio, se
defendía en tono más lastimero que obstinado:
—¡Ah, no! No sigáis hablando. Queréis perderme. Ignoráis
qué clase de lince es Abidaga.
El campesino sufría. Frunciendo aún más el entrecejo,
pensaba: "Es un cíngaro, una criatura sin religión y sin alma, no se puede
ser su amigo ni confraternizar con él. No puede jurar por nada de la tierra ni
del cielo". En tanto su mano, metida en el bolsillo poco profundo del
blusón, guardaba las siete grochas.
—Ya sé cómo es. Y sabemos, por supuesto, que para ti
tampoco es fácil. Claro que no te daremos quebraderos de cabeza. Mira, hemos
podido reunir cuatro grochas a tu salud y, como nosotros decimos, no está mal.
—No, no, mi vida vale más que todos los bienes del mundo.
Abidaga me matará; es capaz de ver aun cuando duerme. Sólo de pensarlo, me
muero.
—Quien dice cuatro, dice cinco. Entre todos podremos
conseguirlas —continuó el campesino, sin atender a las lamentaciones del
cíngaro.
—¡No me atrevo, no me atrevo!
—Bueno, tú has recibido la orden de echar... el cuerpo,
por ejemplo, a los perros y lo echarás y no te preocuparás de lo que pase
después y nadie te preguntará nada. Y, ya ves, entonces, es un decir, nosotros
cogeríamos ese cuerpo y lo enterraríamos según nuestro rito, pero a escondidas,
de modo que ni un alma viviente se enteraría. Y tú, al día siguiente, dirías,
por ejemplo, que han sido los perros los que se han llevado... el cuerpo. Y ni
visto ni oído, pero tú tendrás lo que te ofrecemos.
El campesino hablaba con circunspección, reflexivamente;
tan sólo se detenía con un curioso malestar ante la palabra "cuerpo",
que pronunciaba así: cuerpo.
—Pero ¿es que os habéis creído que por cinco grochas voy a
arriesgar mi vida? ¡No, no!
—Por seis —añadió con calma el campesino.
Entonces el cíngaro se irguió, se abrió de brazos, adoptó
un aire serio y una expresión de sinceridad conmovedora de la cual son sólo
capaces las personas que no distinguen la mentira de la verdad, y se quedó ante
el campesino como si él fuese el condenado y aquél el verdugo.
—Ya que es mi destino, pagaré con mi cabeza y dejaré viuda
a mi cíngara y huérfanos a mis hijos: dadme siete grochas y llevaos al macabeo,
pero que nadie vea nada ni se entere.
El campesino movió la cabeza, lamentando profundamente el
tener que dar hasta la última grocha a aquel canalla. Parecía que el cíngaro
había adivinado la cantidad que guardaba en su mano.
Se pusieron de acuerdo sobre los detalles. Merdjan, una
vez hubiese bajado el cadáver de los andamiajes, lo llevaría a la orilla
izquierda del río, con la primera oscuridad, lo arrojaría a un lugar pedregoso
cerca de la carretera, de manera que los criados de Abidaga y cuantos pasasen
pudiesen verlo. Un poco más lejos, ocultos entre la maleza, estarían los tres
campesinos. Y, una vez se hiciese de noche, cogerían el cadáver, se lo
llevarían y lo enterrarían, pero en un lugar escondido y sin dejar huellas para
que resultase verosímil que hubiesen sido los perros los que lo habían deshecho
y devorado durante la noche. Recibiría tres grochas por adelantado y las otras
cuatro al día siguiente, cuando el asunto hubiese concluido.
Por la noche todo discurrió conforme se había acordado.
Con el crepúsculo, Merdjan trasladó el cadáver y lo arrojó
a la orilla más abajo del camino. (Aquél no parecía el cuerpo que todos habían
podido ver durante dos días erguido y con el pecho hacia delante ensartado en
el palo; ahora aparecía de nuevo Radislav como era antes, menudo y encorvado,
pero exangüe y sin vida.) Inmediatamente regresó en la barca, acompañado por
sus ayudantes, a la otra orilla. Los campesinos esperaban en la maleza. Y no
pasaban más que algunos obreros retrasados o unos turcos que regresaban al
hogar. Después reinó la calma en toda la región, sumida en la oscuridad. Los
perros dieron señales de vida; unos perros grandes, pelados, hambrientos y
temerosos, sin casa ni amo. Desde la maleza, los campesinos les tiraron piedras
y los alejaron; los perros huyeron con el rabo entre las patas, pero se
quedaron a unos veinte pasos del cadáver, y desde allí, acecharon. En la
oscuridad se veían sus ojos llameantes. Cuando observaron que la noche había
invadido toda la región y que probablemente ya no pasaría nadie, los campesinos
salieron de su escondrijo, llevando un pico y una pala. Colocaron, una encima
de otra, dos tablas que también habían llevado, y sobre ellas pusieron al
muerto, trasladándolo así cuesta arriba. Al llegar a una cavidad que las aguas
primaverales y otoñales habían abierto, situada bajando de la colina hacia el
Drina, apartaron unos cantos que formaban un reguero, semejante a un arroyo
seco e inagotable, y cavaron de prisa, en silencio, sin decir una palabra, sin
ruido, una tumba profunda. Bajaron a ella el cuerpo rígido, frío y encogido.
El campesino de más edad saltó a la fosa, frotó varias
veces un eslabón con un sílex y encendió primero un trozo de yesca y después
una velita que llevaba envuelta en un pedazo de tela encerada. La colocó a
continuación por encima de la cabeza del difunto y se santiguó rápidamente tres
veces diciendo en voz alta:
—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Los otros dos, arriba, ocultos en la oscuridad, se
santiguaron tras él. El campesino hizo dos veces un gesto con la mano, a la
altura de la cabeza del muerto, como si con su mano vacía lo rociase de un vino
invisible, y las dos veces pronunció en voz baja y con piedad:
—Recibe, Cristo, entre tus santos el alma de tu esclavo.
Murmuró, en fin, algunas palabras aisladas e
incomprensibles, pero palabras de oración, solemnes y graves, de tal suerte que
sus dos compañeros se santiguaban sin cesar. Cuando calló, le pasaron desde
arriba las dos tablas y él las dispuso sobre el cadáver, longitudinalmente, en
forma de bóveda, formando una especie de techo. Se santiguó una vez más, apagó
la vela y salió de la tumba. Entonces, con precaución y despacio, los tres se
pusieron a echar tierra en la fosa, amontonándola bien para que no quedase ningún
desnivel visible. Cuando terminaron, dispusieron de nuevo los cantos como un
reguero, encima de la tierra recién movida, hicieron una vez más el signo de la
cruz y volvieron sobre sus pasos, dando un largo rodeo para salir a la
carretera lo más lejos posible de la tumba.
Aquella misma noche cayó una lluvia densa y suave, sin
viento, y el día amaneció cubierto por una niebla pesada y lechosa, empapado en
una humedad tibia que llenaba todo el valle. A causa de una oscuridad blanca
que crecía o decrecía, era posible darse cuenta que el sol luchaba en algún
sitio con la niebla, sin lograr abrirse camino. Todo resultaba vago y
fantástico, nuevo y extraño. Las gentes surgían bruscamente de la niebla y con
la misma brusquedad se desvanecían. En estas circunstancias, al alba, atravesó
el centro de la ciudad una sencilla carreta que transportaba a dos guardianes,
los cuales conducían al Plevliak atado; a aquel mismo Plevliak que, todavía la
víspera, era su jefe.
No había recobrado la calma desde que, la antevíspera, en
un acceso de entusiasmo inesperado al verse con vida y no en el palo, había
comenzado a bailar delante de todo el mundo. Los músculos se estremecían en su
cuerpo, no podía permanecer quieto, se sentía torturado continuamente por un
deseo irresistible de persuadirse y de dar a conocer a los demás que estaba
sano y salvo, que podía moverse. De vez en cuando, se acordaba de Abidaga (una
sombra en su alegría) e, inmediatamente, caía en una dolorosa meditación. Pero
durante aquellos instantes se acumulaba en él una nueva fuerza que lo empujaba
irresistiblemente a agitarse y liberarse, como si estuviera poseído por la
rabia. Y se levantaba de nuevo y empezaba a bailar, abriendo los brazos,
chasqueando los dedos y moviendo la cintura como una bailarina, demostrando con
sus contorsiones siempre originales, vivas y bruscas, que no estaba empalado. Y
jadeante a causa del ritmo de su danza, exclamaba:
—Mirad, mirad... Puedo hacer lo que me viene en gana, lo
que me viene en gana...
No quería comer nada e interrumpía bruscamente las
conversaciones iniciadas, volviendo a su baile y repitiendo, de modo infantil,
a cada movimiento:
—¡Mirad... veis, mirad... mirad!
Cuando la noche anterior se atrevieron a comunicar a
Abidaga lo que le había sucedido al Plevliak, repuso brevemente y con frialdad:
—Llevad al loco a Plevlié y que lo amarren en su casa para
que no haga extravagancias por los alrededores. No estaba hecho para este
trabajo.
Y de acuerdo con estas instrucciones actuaron. Pero como
el jefe no recobraba la tranquilidad, sus propios hombres tuvieron que atarlo a
la carreta que lo conducía. Lloraba y se defendía y, siempre que las cuerdas se
lo permitían, se debatía y lanzaba su grito:
—¡Mirad, mirad!
Al final, hubieron de atarle las piernas y los brazos, de
modo que estaba sentado en la carreta, derecho como un huso. Viendo que ya no
podía menearse, empezó a imaginarse que querían empalarlo y se retorcía y
resistía, lanzando alaridos desesperados:
—¡A mí, no; a mí, no! ¡Id en busca del hada! ¡A mí, no,
Abidaga!
La gente, alarmada por aquellos gritos, acudió desde las
últimas casas situadas a la salida de la ciudad, pero la carreta con el enfermo
y los guardianes se perdió rápidamente, por el camino de Dobrún, a través de la
niebla espesa que apenas dejaba adivinar el sol.
La marcha inesperada y lamentable del Plevliak hizo que el
temor penetrase aún más en el espíritu de todos. Empezó a correrse el rumor de
que el campesino ejecutado era inocente y que el Plevliak era responsable de su
muerte. Las mujeres, en el Meïdan, contaban que las hadas habían enterrado el
cadáver del desdichado Radislav bajo las rocas de Butko y que, por la noche, el
cielo derramaba una abundante luz sobre su tumba: una catarata formada por
millares y millares de estrellas brillantes y temblorosas, cayendo desde el
cielo a la tierra. Ellas lo habían visto a través de sus lágrimas.
Toda clase de rumores resultaban dignos de crédito y se
transmitían en voz baja; pero el temor era más fuerte que todo. Y los trabajos
del puente proseguían a ritmo rápido y constante, sin interrupción ni desorden.
Y habrían continuado hasta Dios sabe cuándo si, a primeros de diciembre, no se
hubiese desencadenado un frío excepcionalmente riguroso contra el cual Abidaga,
por muy fuerte que fuese, no pudo hacer nada.
Nunca se habían conocido fríos y tempestades de nieve como
los que hicieron su aparición en la primera mitad del mes de diciembre. La
helada pegaba las piedras al suelo y los árboles estallaban. Una nieve fina, de
cristal, cubría los objetos y todos los barracones. Y al día siguiente, un
viento caprichoso se la llevaba a otra parte, envolviendo otra región. Los
trabajos se detuvieron por sí mismos y el temor que inspiraba Abidaga palideció
y se disipó por completo. Abidaga hizo frente a la situación durante algunos
días, pero al final, cedió. Dejó marchar a los obreros y suspendió los
trabajos. En medio de un fuerte temporal de nieve, partió a caballo con los
miembros de su séquito. El mismo día, tras él, en dirección opuesta, salieron
Tosún efendi en un trineo de campesino, arropado por unas mantas y hundido en
la paja, y maese Antonio. Y todos los obreros se dispersaron por los pueblos y
los valles profundos, desapareciendo sin ruido, sin que nadie llegase a darse
cuenta, como el agua absorbida por la tierra. La construcción quedó como un
juguete abandonado.
Antes de su marcha, Abidaga convocó de nuevo a los
notables turcos. Se sentía deprimido en su impotencia irritada, y les dijo,
como el año anterior, que dejaba todo a su cuidado y a su responsabilidad.
—Me marcho, pero mis ojos quedan aquí. Tened cuidado: vale
más que cortéis veinte cabezas rebeldes antes de que permitáis que se pierda un
solo clavo que pertenezca al sultán. Cuando llegue la primavera, volveré y
deberéis rendirme cuentas de todo.
Los notables prometieron, como el año anterior, que
obedecerían sus órdenes, y se dispersaron. Cada uno regresó a su casa,
preocupado y bien protegido por sus pieles, sus chaquetas y sus chales,
agradeciendo a Dios, en su fuero interno, que hubiese enviado al mundo el
invierno y las tempestades y que hubiese fijado un límite, por esos medios, a
la fuerza de los fuertes.
Pero cuando la primavera hizo su aparición, no fue Abidaga
quien llegó, sino un hombre nuevo, llamado Arif-Bey, que gozaba de la confianza
del visir y que iba acompañado por Tosún efendi. Había sucedido lo que Abidaga
temía. Alguien (alguien que conocía bien la situación y que había visto todo de
cerca) había facilitado al gran visir informes exactos y abundantes sobre su
actividad relativa al puente de Vichegrado. El visir estaba al corriente de
que, durante aquellos dos años, día tras día, habían trabajado en las obras de
doscientos a trescientos jornaleros, sin recibir un céntimo de salario,
alimentándose a menudo por sus propios medios, mientras que Abidaga guardaba
para sí el dinero del visir. (La suma total de la que se había apropiado fue
calculada exactamente.) Como sucede frecuentemente en la vida, había disimulado
su falta de honradez manifestando un gran celo y una severidad exagerada, de
suerte que todo el mundo en aquella región, no sólo los cristianos, sino
también los turcos, en lugar de bendecir la espléndida fundación piadosa,
maldecían a quien la hacía levantar. Mehmed-Pachá quien, durante toda su vida,
había luchado contra las malversaciones y la falta de honradez de sus
funcionarios, ordenó a aquel enviado sospechoso que restituyese la totalidad de
la suma y que con el resto de su fortuna y su harén se trasladase
inmediatamente a un pueblecito de Anatolia. Y le advirtió, igualmente, de que
no volviese a dar motivo de queja si no deseaba ser objeto de un castigo más
cruel.
Dos días después que Arif-Bey, llegó a Dalmacia maese
Antonio, acompañado de los primeros obreros. Tosún efendi lo presentó al nuevo
hombre de confianza del visir. En un día de abril cálido y soleado, dieron una
vuelta por las obras y fijaron el plan de los trabajos inmediatos. Tan pronto
como Arif-Bey se hubo retirado y se encontraron los dos solos en la orilla, el
maestro miró con más atención el rostro de Tosún efendi, quien, a pesar del sol
que brillaba, estaba encogido y abrigado en su amplio abrigo negro.
—Éste es otra clase de hombre. ¡Dios sea alabado! Me
pregunto solamente quién habrá sido lo suficiente hábil y valiente como para
informar al gran visir y hacer desaparecer a aquel animal.
Tosún efendi miraba hacia delante y dijo con voz
tranquila:
—Sin ninguna duda, éste es preferible.
—Ha tenido que ser alguien que conocía a fondo la manera
de actuar de Abidaga, que tenía acceso al visir y que gozaba de su confianza.
—Sin duda éste es mejor —repuso Tosún efendi, sin alzar la
mirada y envolviéndose aún más en su abrigo.
En estas condiciones, comenzaron los trabajos bajo las
órdenes del nuevo jefe Arif-Bey.
Se trataba en verdad de un hombre completamente diferente.
Extraordinariamente alto, un poco encorvado, con los
pómulos salientes, con la mirada reprimida, los ojos negros, rientes. El pueblo
le dio al momento el sobrenombre de "momia". Sin gritos, sin palo,
sin palabras fuertes, ni esfuerzo aparente, daba órdenes y distribuía el
trabajo riéndose y despreocupado, como si estuviese por encima de todo, pero
sin dejar que nada se le escapase y sin perder de vista el más mínimo detalle.
El también llevaba consigo aquella atmósfera de celo severo por cuanto era
voluntad y orden del visir, pero con la diferencia de que era un hombre
tranquilo, sano y honrado, que no tenía nada que temer ni qué ocultar y que,
por consiguiente, no precisaba inspirar miedo a la gente ni perseguirla. Los
trabajos prosiguieron a la misma velocidad (que era la velocidad deseada por el
visir), las faltas eran sancionadas con la misma severidad, pero se abolió
desde el primer día el trabajo gratuito. Todos los obreros fueron pagados y
recibían alimento en forma de harina y de sal, y todo marchaba más de prisa y
mejor que en los tiempos de Abidaga. Incluso la loca Ilinka desapareció; se
había desvanecido durante el invierno sin dejar huella.
La construcción crecía y se extendía. Ya podía apreciarse
que la fundación piadosa del visir comprendería, no solamente el puente, sino
también una hostelería en la que los viajeros, venidos de lejos, que
atravesasen el puente, encontrarían albergue para ellos, para sus caballos y
sus mercancías, si se veían sorprendidos por la noche en aquellos lugares. De
acuerdo con las directrices de Arif-Bey, se inició la construcción de un
parador de caravanas. A la entrada del barrio del comercio, a doscientos pasos del
puente, allí donde empezaba la pendiente áspera por la que pasaba el camino
hacia el Meïdan, había una zona llana en donde hasta entonces se había venido
instalando todos los miércoles un mercado de animales. En aquel llano se empezó
la construcción de la nueva hostería.
El trabajo avanzaba despacio, pero a la vista de los
primeros detalles, se podía ya apreciar que se trataba de un edificio duradero
y rico, concebido dentro de una gran escala. La gente no se daba cuenta
siquiera de que la hostería de piedra iba creciendo poco a poco, pero sin
descanso, dado que tenía fija toda su atención en la construcción del puente.
Lo que ahora se hacía en el Drina era tan complicado, los
trabajos tan complejos y desconcertantes, que los ociosos de la ciudad, que
miraban desde la orilla, no podían seguirlos y apreciar al mismo tiempo su
valor. Se construían en distintas direcciones diques y zanjas, el río estaba
dividido y cortado en esclusas y brazos, siendo transvasado de un lecho a otro.
Maese Antonio había traído de Dalmacia algunos obreros especializados en
cuerdas y había comprado con anterioridad toda la producción de cáñamo, incluida
la de los distritos vecinos. Estos artesanos, en talleres apropiados,
fabricaron cuerdas de resistencia y grosor extraordinarios. Carpinteros
griegos, siguiendo los dibujos del propio maestro Antonio y de Tosún efendi,
construyeron grandes grúas de madera, provistas de una rueda, las dispusieron
sobre unas balsas y así, valiéndose de las cuerdas, levantaban los más pesados
bloques de piedra y los transportaban hasta los pilares que brotaban, uno tras
otro, del lecho del río. El transporte de cada uno de aquellos bloques desde la
orilla a su emplazamiento en la base del pilar duraba cuatro días.
A fuerza de contemplar todo esto, día tras día, año tras
año, nuestras gentes empezaron a perder la noción del tiempo y las intenciones
reales del constructor. Les parecía que no sólo avanzaba la construcción, sino
que se embrollaba y se complicaba cada vez más a causa de unos trabajos
auxiliares y secundarios, y llegaron a creer que cuanto más se prolongaba,
menos se parecía a lo que debiera haber sido. Las personas que no trabajan y
que no emprenden nada en la vida pierden con facilidad la paciencia y cometen
errores cuando juzgan el trabajo de los demás. Los turcos volvieron a encogerse
de hombros, y hacer gestos de escepticismo con la mano cuando hablaban del
puente. Los cristianos callaban, pero contemplaban la construcción con
intenciones poco claras y con una alegría insana, deseándole el fracaso como lo
deseaban para todas las empresas turcas. Por aquella época fue cuando el
superior del monasterio de Bania, cerca de Priboi, anotó en la última página en
blanco de su libro sagrado: "Sea conocida la época en la que Mehmed-Pachá
construyó un puente sobre el Drina, en Vichegrado. Y los agarenos y el penoso
trabajar en las levas llegaron a aterrorizar al pueblo cristiano. Se hizo venir
obreros del otro lado del mar. Durante tres años construyeron y muchos escudos
fueron gastados en vano. Cortaron el agua en dos, en tres, pero no pudieron
tender el puente".
Pasaban los años, los veranos y los otoños; se sucedían
los inviernos y las primaveras; los obreros y los artesanos partían y
regresaban; todo el Drina estaba ya cubierto por bóvedas, que no pertenecían al
puente, sino a los andamiajes de madera que semejaban un enredo absurdo y
complicado de vigas y tablas de pino. A ambos lados se balanceaban altas grúas
de madera, fijadas a unas balsas. En las dos orillas del río humeaban los
fuegos en los que se fundía el hierro que era vertido inmediatamente en los orificios
de las losas y que unía de forma invisible unas piedras a otras.
Al final del tercer año se produjo una de esas desgracias
de las que difícilmente logran escapar las grandes construcciones. Se terminaba
el pilar central ligeramente más alto y, en su parte superior, más ancho que
los otros, ya que estaba destinado a soportar la kapia. En el momento en que se
transportaba un gran bloque de piedra, el trabajo se detuvo súbitamente. Los
obreros bullían alrededor de la enorme masa rectangular que, atada con gruesas
cuerdas, estaba suspendida por encima de sus cabezas. La grúa no lograba
situarla exactamente en su sitio. El Negro, el ayudante de Antonio, impaciente,
se precipitó hacia ellos y gritando furioso (en aquella lengua extraña y
compuesta que se había formado en el curso de los años entre las personas
originarias de diversas partes del mundo), daba órdenes a los que, desde abajo,
en el agua, manejaban la grúa. En aquel instante, de modo incomprensible,
cedieron las cuerdas y el bloque se desplomó primero por una de sus esquinas y
después con todo su peso sobre el Negro, quien, en su excitación, no miraba por
encima de sí, sino hacia el agua. Milagrosamente, la piedra cayó exactamente
donde era preciso, pero en su caída arrastró al Negro y le aplastó toda la
parte inferior del cuerpo. Todo el mundo corría, hacía cundir la alarma, pedía
auxilio. Unos instantes después llegó maese Antonio. El joven negro, tras el
primer desvanecimiento, había vuelto en sí; gemía y con los dientes apretados,
desesperado, aterrorizado, miraba a maese Antonio a los ojos. Éste, fruncido el
entrecejo, pálido, daba órdenes al objeto de reunir a los obreros y de que
fuesen llevadas herramientas para levantar el bloque. Todos los esfuerzos
resultaron inútiles. De pronto, un raudal de sangre bañó al muchacho, empezó a
faltarle el aliento y su mirada se cubrió de bruma. Media hora más tarde
entregaba su alma, apretando convulsivamente la mano de Antonio entre las
suyas.
El entierro del Negro constituyó un acontecimiento solemne
que fue recordado largo tiempo. Todos los musulmanes salieron para seguir al
cortejo fúnebre y para llevar el féretro en el que yacía la parte superior de
aquel cuerpo joven, ya que el resto había quedado bajo el bloque de piedra.
Maese Antonio alzó sobre su tumba un hermoso monumento hecho de la misma piedra
que el puente.
Estaba trastornado por la muerte de aquel joven que él
mismo había sacado, siendo aún niño, de la miseria cuando estaba en Ulsiña,
lugar en el que residían varias familias negras llegadas allí por azar. Sin
embargo, a pesar del dolor de Antonio, el trabajo no se detuvo un solo
instante.
Aquel año y al año siguiente, el invierno fue benigno y se
pudo trabajar incluso hasta mediados de diciembre. Se iniciaba el quinto año de
las obras. El amplio círculo irregular, formado por maderas, piedras, medios
técnicos y material de distintas clases, empezó a apretarse.
La nueva hostería se alzaba ya, libre de andamios, en la
llanura, al lado de la carretera que conducía al Meïdan. Era un gran edificio
de una planta, construido con la misma piedra que el puente. Todavía se
trabajaba en la hostería, en el interior y en el exterior, pero ya podía
preverse hasta qué punto se distinguiría, por la grandiosidad y la armonía de
sus líneas y la solidez del material, de todo cuanto hubiera podido ser
construido y concebido en la ciudad. La edificación de piedra clara y amarillenta,
con el tejado cubierto por tejas de color rojo oscuro, con una fila de ventanas
delicadamente recortadas, parecía a los habitantes algo inaudito, suntuoso e
increíble que, a partir de aquel momento, iba a convertirse en parte integrante
de su vida cotidiana. Daba la impresión de que habiendo sido elevada por un
visir, solamente los visires podían detenerse en ella. Al mismo tiempo aquella
masa informe de vigas y tablas entrecruzadas por encima del río comenzó a
reducirse, y a su través se podía ver cada vez con más claridad el verdadero
puente. Unos cuantos obreros, aislados o en grupos, continuaban todavía ciertos
trabajos que, a ojos de la gente, habían tenido hasta entonces un aspecto
absurdo y sin relación con todo lo demás.
Pero a partir de aquel momento, incluso para los
habitantes más incrédulos, resultaba claro que todos juntos construían un
puente según una concepción única y un plan infalible, situados por detrás de
cada una de sus acciones individuales. Primero, aparecieron los ojos, los más
pequeños, en la parte alta, así como los más cercanos a la orilla; más tarde,
se revelaron, uno tras otro, los demás, hasta que el último de ellos se vio
despojado de los andamiajes y el puente entero apareció tendido sobre sus once arcos
poderosos, perfecto y extraño en su belleza, como un paisaje nuevo y curioso
que se ofrecía a los ojos de los lugareños.
Los vichegradeses, que eran propensos tanto a los buenos
como a los malos pensamientos, sentían vergüenza tanto de sus dudas como de su
incredulidad. Ya no trataban de esconder su admiración, ni podían frenar su
entusiasmo. Todavía no se había permitido el paso por el puente, pero todo el
mundo se agrupaba en las dos márgenes, especialmente en la derecha, en la que
se encontraba el barrio del comercio y la mayor parte de la ciudad. Miraban a
los obreros que lo cruzaban y trabajaban y pulían la piedra del parapeto y de
los asientos alzados en la kapia. Los turcos de Vichegrado, reunidos, miraban
aquel trabajo, realizado por otros a expensas de otro a quien, durante cinco
años, habían dado toda clase de nombres y al que habían predicho el más funesto
porvenir.
—Ya lo había dicho yo siempre —afirmaba traspasado por una
alegre emoción un hodja bajito de Duchtchá—; nada escapa al poder del sultán.
Estaba convencido de que personas tan inteligentes terminarían por hacer lo que
se habían propuesto y, sin embargo, vosotros decíais constantemente: no lo
harán, no pueden. ¡Y lo han hecho, y qué hermoso puente, y qué cosa tan bella y
tan buena!
Todos asentían, aunque nadie, a decir verdad, recordase
sus palabras. Más bien tenían idea de que, al igual que ellos, había
desacreditado la construcción y a quien había ordenado que fuese elevada. Y
todos, sinceramente maravillados, exclamaban:
—Buenas gentes, ¡eh!, buenas gentes. ¿Qué es eso que acaba
de aparecer en nuestra ciudad?
—Ya ves lo que hace el poder y la inteligencia de un
visir: allí donde pone su mirada, se alza una fundación piadosa y aparece la
felicidad.
—Pues eso no es nada —añadía el pequeño hodja, alegre y
vivo—, todavía ha de resultar más hermoso. ¡Ved cómo lo engalanan y embellecen
como si fuera un caballo que llevaran a la feria!
Unos y otros rivalizaban en su desbordamiento de
entusiasmo buscando palabras de alabanza que fuesen más nuevas, más hermosas y
más sonoras. Tan sólo Akmed-Aga Cheta, rico comerciante en cereales, hombre
moroso y avaro, no dejaba de mirar con desprecio la construcción y a aquellos
que la alababan. Alto, amarillo y seco, de mirada negra y penetrante, los
labios delgados, como pegados, guiñaba los ojos, cegados por el sol de aquel
hermoso día de septiembre, sin renunciar a sus opiniones. Porque, en ciertos hombres,
existen odios infundados que son más grandes y más fuertes que todo lo que los
demás hombres pueden crear o inventar. Y replicaba con desprecio a quienes,
entusiasmados, ensalzaban la grandeza y la resistencia del puente, afirmando
que era más sólido que la más sólida fortaleza:
—¡Excepto la inundación, la inundación que amenaza
Vichegrado! ¡Esperad! ¡Ya veremos entonces lo que queda de nosotros!
Todos lo combatían con amargura, refutaban sus
afirmaciones y elogiaban a los que habían trabajado en el puente y sobre todo a
Arif-Bey, quien, con su eterna sonrisa de gran señor, había realizado, burla
burlando, una construcción tan hermosa y tan grande. Pero Cheta se obstinaba en
no hacer ninguna concesión a nadie.
—De acuerdo; pero sin Abidaga y su vara verde y su
disciplina y su tiranía, me gustaría saber si esta especie de eunuco habría
podido, con su sonrisa y sus manos a la espalda, terminar el puente.
Y, herido por el entusiasmo general, como si le hubiesen
inferido una ofensa personal, Cheta se marchó, con aire enfadado, a su almacén,
sentándose en su sitio habitual, desde donde no alcanzaba a ver ni el sol ni el
puente, ni a oír el rumor y el ruido de las gentes entusiasmadas.
Cheta era sólo un caso aislado. La alegría y el entusiasmo
de los ciudadanos no dejaba de crecer y de extenderse por los pueblos vecinos.
Corrían los primeros días de octubre, cuando Arif-Bey organizó una gran
solemnidad con motivo de la terminación del puente. Aquel hombre de maneras
aristocráticas, de severidad discreta y de una honradez poco común, que
consagraba todo el dinero que le había sido confiado a los gastos previstos por
el visir, sin guardar nada para él, era para el pueblo el personaje más importante
de aquella empresa. Se hablaba de él más que del propio visir. De este modo,
las fiestas que preparó se desarrollaron con brillantez y riqueza, y con gran
fausto.
Los vigilantes y los obreros recibieron sus regalos en
dinero y en vestidos. El festín general en que participaron todos cuantos
quisieron duró dos días. Se comió, se bebió, se oyó música, se bailó y se cantó
a la salud del visir; fueron organizadas carreras de caballos y pedestres, se
distribuyó carne y golosinas entre los pobres. En la plaza del mercado que unía
el puente con el centro de la ciudad, se cocían en calderos halva22 y, bien
calientes, eran repartidos entre el pueblo. Entonces, tuvieron oportunidad de
tomar dulces incluso aquellos que ni siquiera lo habían hecho con ocasión del
Bairam23. La halva llegó a los pueblos de los alrededores y todos los que la
probaron desearon buena salud al visir y larga vida a sus obras. Había niños
que iban catorce veces al caldero, hasta que los cocineros los reconocían y los
echaban dándoles con sus cazos de madera. Un niño cíngaro murió por haber
comido demasiada halva caliente.
Tales acontecimientos quedaron grabados durante muchos
años en las memorias y se narraban al mismo tiempo que los cuentos sobre el
nacimiento del puente, tanto más cuanto que los visires generosos y los
intendentes honrados, según parece, desaparecieron en los siglos siguientes y
semejantes solemnidades se hicieron cada vez más escasas, hasta llegar a ser
desconocidas, pasando a la misma categoría que las leyendas relativas a las
hadas, a Stoïa y Ostoïa y otros milagros de la misma índole.
Mientras duraron las fiestas, así como durante los
primeros días, las gentes atravesaron innumerables veces el puente, de una
orilla a otra. Los niños cruzaban corriendo y las personas de más edad
caminaban despacio, hablando o contemplando, desde todos los puntos, los
horizontes completamente nuevos que el puente ofrecía. Los imposibilitados, los
enfermos, los cojos y los paralíticos eran llevados en parihuelas, porque
ninguno quería perderse la fiesta ni renunciar a su parte en aquel maravilloso
acontecimiento. El último de los ciudadanos llegó a tener la impresión de que
su capacidad se había multiplicado de pronto y de que su fuerza había
aumentado, como si algún hecho milagroso y sobrehumano hubiese sido inyectado a
sus energías y transmitido a los límites de su vida cotidiana; como si, al lado
de los elementos conocidos hasta aquel momento (la tierra, el agua y el cielo),
se hubiese descubierto otro más; como si merced al esfuerzo benéfico de
alguien, se hubiese realizado, inesperadamente, el más profundo de los deseos,
el antiguo sueño de los hombres: andar sobre el agua y dominar el espacio.
Los muchachos turcos iniciaron el kolo alrededor de los
calderos de "halva", llevaron el baile a través del puente, porque,
pasando por allí, tenían la impresión de volar y no andar; después, rondaron un
momento en la kapia, golpeando el suelo con sus tacones y machacando las losas
nuevas como si probasen la solidez del puente. Los pilluelos daban vueltas,
bailando, en torno a aquel corro de gentes jóvenes que saltaban
incansablemente, siempre al mismo ritmo, y se deslizaban corriendo entre las
piernas excitadas por la danza como a través de una cerca ondulante, y se
quedaban en medio del kolo, haciéndose presentes por primera vez en su vida en
el puente del que se hablaba desde hacía muchos años, en aquella kapia en la
que, según se decía, estaba emparedado el desdichado negro cuyo fantasma
aparecía por las noches. Sin dejar de disfrutar con el kolo, los muchachos
seguían sintiendo el mismo miedo que inspiraba el negro a los niños de la
ciudad cuando aún estaba con vida y trabajaba en el puente. Situados en aquel
puente elevado, nuevo y extraordinario, les parecía que hacía mucho tiempo que
habían abandonado a su madre y su tierra natal y que se habían perdido en el
país de los hombres negros, de las construcciones maravillosas y de las danzas
insospechadas. Se estremecían, pero no podían apartar su pensamiento del negro
ni separarse del kolo que se desarrollaba en la kapia. Únicamente un nuevo y
deslumbrador milagro hubiera podido atraer su atención.
Un tal Murat, llamado el mudo, retrasado mental,
perteneciente a una familia de agás, los Tvrtkovitch de Nezuke, y de quien se
burlaban a menudo en la ciudad, subió, de pronto, al parapeto de piedra del
puente. Se oyeron los clamores de los niños, las llamadas llenas de asombro y
espanto de los adultos, pero el idiota, como embrujado, con los brazos abiertos
y la cabeza echada hacia atrás, avanzaba por las piedras estrechas sin darse
cuenta de que estaba suspendido sobre el agua y el abismo. Parecía que tomaba
parte en una hermosa danza. A su nivel, caminaba una banda de galopines y de
ociosos que lo animaban. Y, al otro lado del puente, lo esperaba su hermano
Aliaga que lo azotó como a un chiquillo.
Muchos descendieron a una media hora de marcha, siguiendo
el curso del río, hasta Kalata o Mezalino, y, desde allí, contemplaron el
puente que se destacaba blanco y ligero, con sus once ojos de diferentes
tamaños, como un extraño arabesco sobre el agua verde y las colinas sombrías.
En aquel momento, llevaron una gran estela con una inscripción grabada. Fue
fijada en la kapia, sobre el muro de piedra rojiza que se elevaba a una altura
de tres archinas por encima del parapeto del puente.
Durante mucho tiempo, las gentes se agolparon en torno a
la inscripción y la contemplaron, en espera de que apareciese un teólogo
musulmán o un joven letrado que, con más o menos habilidad, por un café o una
tajada de calabaza o sencillamente por hacer una buena acción agradable a Dios,
leyese la inscripción a su modo.
Más de cien veces durante aquellos días fueron deletreados
los versos de la inscripción, compuesta por cierto versificador de
Constantinopla llamado Badi. En la estela se indicaba el nombre, el origen y el
título de quien había elevado la fundación piadosa, así como el feliz año 979
de la Hégira, es decir, el 1571 de la era cristiana, fecha de la terminación de
las obras. Aquel Badi, a cambio de especies contantes y sonantes, había escrito
unos versos ligeros y sonoros y había sabido hábilmente imponerlos a los
poderosos de aquel mundo que erigían grandes construcciones o que las
restauraban. Quienes lo conocían (y que no dejaban de envidiarlo) decían
irónicamente que la bóveda celeste era el único edificio sobre el cual no había
todavía una inscripción debida a su pluma. Pero él, a despecho de sus magras
remuneraciones, era un pobre diablo famélico, en eterna lucha con esa miseria
característica que acompaña a menudo a los poetas como una maldición especial,
y que ningún salario ni ninguna recompensa logran eliminar.
De acuerdo con el escaso grado de instrucción, la cabeza
dura y la viva imaginación de nuestras gentes, cada uno de los seudosabios de
la ciudad leía y explicaba a su modo la inscripción de Badi, inscripción que,
como todo texto, una vez lanzada al público, se quedó allí, eterna sobre la
piedra eterna, expuesta para siempre e irrevocablemente a las miradas y a las
interpretaciones de todos, de los cuerdos como de los locos, de los malos como
de los buenos. Y cada uno de los auditores retenía aquellos versos que su oído
captaba mejor o que correspondían a su carácter. Así lo que estaba allí, a la
vista de todo el mundo, grabado en la piedra dura, se repetía de boca en boca
de diferentes maneras, a menudo transformado hasta el absurdo.
El texto de la inscripción era el siguiente: "Ésta es
la obra de Mehmed-Pachá, el más grande entre los prudentes y los grandes de su
tiempo. Cumplió el juramento que su corazón había hecho y por su cuidado y sus
esfuerzos fue elevado este puente sobre el río Drina. Sus predecesores no
pudieron construir nada sobre estas aguas profundas y de rápido curso. Espero
de la gracia divina que esta construcción resulte sólida y que la vida de
Mehmed-Pachá discurra en la felicidad y que no conozca nunca la tristeza porque,
durante su vida, ha invertido oro y plata en fundaciones piadosas; y, nadie
puede decir que una fortuna que se emplea en tales intenciones, haya sido
derrochada. Badi, que ha visto todo lo que antecede, cuando esta construcción
fue concluida, compuso la presente inscripción: ¡Que Dios bendiga este
edificio, este puente milagrosamente hermoso!"
Por fin, el pueblo se sació, concluyó de admirar, dio los
suficientes paseos y se cansó de escuchar los versos de la inscripción. La
maravilla de los primeros días penetró en su vida cotidiana y todo el mundo
cruzaba el puente apresurado, indiferente, preocupado, distraído, semejante al
ruidoso caudal que corría bajo el puente, como si éste fuese uno de los
innumerables caminos que tanto ellos como su ganado andaban a diario. Y la
estela con la inscripción quedó silenciosa en la parte alta del muro, igual que
una piedra más.
Así se unió la carretera de la orilla izquierda con el
tramo de camino situado en la llanura de la otra orilla. La barcaza negra y
carcomida y el extraño barquero desaparecieron. Pero quedaron perdidas bajo los
últimos arcos del puente las rocas arenosas y las riberas abruptas por las
cuales, antaño, se bajaba y se subía con gran dificultad y desde las que se
aguardaba lastimosamente y se llamaba, en vano, de una orilla a otra.
Cesaron los inconvenientes; incluso en la época en que el
río crecía, podía ser franqueado como por arte de magia. Se podía cruzar por
encima de todo, como si las gentes hubiesen estado provistas de alas. Se iba de
una orilla a otra a través del puente ancho y largo, recio y permanente, como
una montaña, que resonaba al contacto de los cascos de los caballos, como si no
fuese más que una delgada lámina de piedra.
También desaparecieron los molinos de madera y las
casuchas en las que los viajeros pasaban la noche en caso de necesidad. En su
lugar, se alzó un parador sólido y lujoso que recibía a los viajeros cada vez
más frecuentes. Se entraba en la hostería por una puerta ancha de líneas
armoniosas. A ambos lados de la puerta estaban dispuestas dos grandes ventanas
con barrotes, no de hierro, sino tallados en piedra caliza y cada uno de una
sola pieza. En el amplio patio rectangular había lugar para las mercancías y
los equipajes, y en su derredor se hallaban situadas, una tras otra, las
puertas de las treinta y seis habitaciones. En la parte posterior, bajo la
colina, estaban las cuadras; ante el asombro general, resultaron ser de piedra,
como si hubiesen sido construidas para la yeguada imperial. No existía hostería
semejante desde Sarajevo a Ledrena24. En ella todos los viajeros podían
permanecer un día y una noche y recibir gratuitamente alojamiento, fuego y
agua, para sí, criados y caballos.
Todo aquello, al igual que el puente, constituyó la
fundación piadosa del gran visir Mehmed-Pachá, nacido sesenta años antes tras
aquellas montañas, en el pueblo de Sokolovitchi, y que, en su infancia, había
sido llevado, junto a otros pequeños aldeanos servios, en calidad de
"impuesto de la sangre", a Estambul. Los gastos de mantenimiento del
parador procedían de los bienes que Mehmed-Pachá había constituido reuniendo
las grandes fortunas que, en calidad de botín, había ido obteniendo en las regiones
de Hungría, recientemente conquistadas.
Con la construcción del puente y de la hostería
desaparecieron, como hemos podido ver, muchos sufrimientos e incomodidades;
quizá hubiese tenido que desaparecer también aquel dolor insólito que el visir,
siendo niño, sintió en la barcaza de Vichegrado; aquella raya negra, aguda,
que, de vez en cuando, le hendía el pecho en dos. Pero no estaba destinado a
vivir sin aquel dolor ni a disfrutar por mucho tiempo con el pensamiento de su
fundación piadosa de Vichegrado. Poco después de haber sido terminados los
últimos trabajos, apenas había comenzado a funcionar el parador y apenas
comenzaba el puente a ser conocido en el mundo, Mehmed-Pachá sintió una vez más
en su pecho el dolor de la "espada negra" y fue aquélla la última
ocasión en que lo padeció.
Un viernes, cuando entraba con su séquito en una mezquita,
se acercó a él un derviche, medio loco y andrajoso, que le tendió la mano
pidiendo limosna. El visir se volvió para ordenar a un hombre de su séquito que
le diese algo de dinero, pero, entonces, el derviche sacó de la manga derecha
un enorme cuchillo de carnicero que hundió violentamente entre las costillas
del visir. Los acompañantes de éste mataron inmediatamente al derviche. Y el
visir y su asesino entregaron en el mismo instante sus almas. En las losas
grises, situadas ante la mezquita, quedaron tendidos durante unos segundos los
dos cuerpos, uno junto a otro: el asesino, corpulento, sanguíneo, con los
brazos y las piernas abiertos, como si aún fuese víctima del impulso furioso
que le había llevado al crimen, y, a su lado, el gran visir, con las vestiduras
desabrochadas a la altura del pecho y el turbante caído algo más lejos. Durante
los últimos años de su vida, había adelgazado, se había encorvado, se había ido
apagando y los rasgos de su cara se habían endurecido, y ahora, con el pecho
desnudo y la cabeza descubierta, ensangrentado, plegado, encogido sobre sí
mismo, parecía más un campesino de Sokolivitchi, envejecido y derrotado, que el
dignatario asesinado que, unos momentos antes, gobernaba el Imperio turco.
Pasaron muchos meses antes de que llegase a la ciudad la
noticia de la muerte del visir, y no se propagó como un hecho claro y preciso,
sino como un rumor discreto que podía ser exacto o no. Porque, en el Imperio
turco, no estaba permitido que se divulgasen y fuesen de boca en boca las malas
noticias y los acontecimientos desgraciados, incluso cuando se producían en un
país vecino, y, con más razón, cuando se trataba de una catástrofe nacional.
Por lo demás, en aquellas circunstancias, nadie mostró interés en que se
hablase mucho de la muerte del gran visir. El partido de sus adversarios que
había conseguido darle muerte, trataba, dedicándole solemnes honras fúnebres,
de enterrar con él todo el recuerdo vivo de su persona. En cuanto a los
parientes, a los colaboradores y a los partidarios de Mehmed-Pachá, en
Estambul, no pusieron ninguna objeción a que se hablase lo menos posible del
antiguo gran visir, porque de este modo aumentaban sus oportunidades de
conseguir mercedes de los nuevos dirigentes y de hacerse perdonar su pasado.
Pero las dos hermosas construcciones del Drina comenzaron
a ejercer su influencia sobre el comercio y las comunicaciones, sobre la ciudad
de Vichegrado y sobre todos los alrededores, y ejercieron esta influencia sin
atender a los vivos o a los muertos, a los que ascendían o a los que caían. La
ciudad comenzó pronto a descender desde las colinas hacia el río, a
desarrollarse y a ensancharse cada vez más y a concentrarse en torno al puente
y al parador, al que el pueblo dio el nombre de Hostería de Piedra.
Así nació el puente con su kapia y así se desarrolló la
ciudad alrededor de él. Después de estos sucesos, durante más de tres siglos,
su lugar en el desenvolvimiento de la ciudad y su significado en la vida de sus
habitantes fueron los que brevemente hemos descrito. Y el valor y la sustancia
de su existencia residieron, por así decirlo, en su permanencia. Su línea
luminosa en la composición de la ciudad no cambió más de lo que pudiera cambiar
el perfil de las vecinas montañas, recortado sobre el cielo. En la serie de
fases de la luna y en el rápido declinar de las generaciones humanas,
permaneció inalterado como el agua que pasaba bajo sus ojos. Naturalmente,
también él envejeció, pero en una escala del tiempo que es más amplia —no
solamente más amplia que la vida humana, sino también que la duración de toda
una serie de generaciones—.
Desde luego, este envejecimiento no podía ser apreciado
por los ojos. Su vida, aunque mortal en sí, se parecía a la eternidad, porque
su fin no era previsible.
CAPÍTULO V
Pasó el primer siglo. Dio la impresión de ser largo y dañó
a los hombres y a muchos de sus trabajos, pero transcurrió sin dejar huellas
sobre las grandes construcciones bien concebidas y sólidamente asentadas. Y el
puente, con su kapia y la hostería vecina, permanecieron en pie y continuaron
rindiendo los mismos frutos que el primer día. De igual modo habría pasado
sobre ellos el segundo siglo, con el cambio de estaciones y el relevo de las
generaciones humanas, y las edificaciones habrían continuado sin mudanza. Pero
lo que no había podido hacer el tiempo fue provocado por el encuentro
fluctuante e imprevisible de circunstancias ajenas.
Por aquella época, a fines del siglo XVII, era frecuente
en Bosnia mencionar en las canciones y en las charlas a Hungría, que comenzaba
a evacuar el ejército turco tras haberla ocupado durante un siglo. Muchos
señores bosníacos dejaron sus huesos, durante la retirada, en tierra húngara,
por intentar defender con las armas en la mano sus propiedades. Probablemente,
fueron los más dichosos, porque muchos otros señores regresaron despojados a su
vieja patria bosníaca, donde eran esperados por una tierra poco fértil, por una
existencia estrecha e indigente, que venía a reemplazar la vida rica y
desahogada y la dominación sobre grandes extensiones que habían conocido en
Hungría. Hasta Vichegrado llegó un eco lejano y apagado de tales
acontecimientos, pero nadie llegó a pensar que aquella Hungría, tierra de
canciones, pudiese tener alguna relación con la vida real y cotidiana de la
pequeña ciudad. Sin embargo, éste era el caso. Con la retirada turca de Hungría
se perdieron y quedaron fuera de las fronteras del Imperio, aparte otras muchas
cosas, los bienes del vacuf25 de los cuales obtenía sus medios de existencia la
hostería de Vichegrado.
Y las gentes de la pequeña ciudad y los viajeros que desde
hacía un siglo frecuentaban la hostería de piedra, se habían habituado a ella y
no pensaban nunca en los recursos de los que vivía ni de dónde procedían ni
cómo habían surgido. Todos se servían de ella, la utilizaban como si fuese el
árbol frutal productivo y bendito que crece junto al camino, árbol que no
pertenece a nadie y que es de todos. Deseaban mecánicamente eterno descanso al
alma del visir, pero no pensaban que el visir había muerto hacía un siglo ni se
preguntaban quién guardaba y defendía ahora las tierras imperiales y los bienes
del vacuf. ¿Quién iba a pensar que las cosas de este mundo se encontrasen en
tal grado de dependencia unas de otras y unidas a tan gran distancia? Por esto,
nadie se dio cuenta en la ciudad que los recursos se habían agotado. Los
criados continuaban trabajando y la hostería acogía a los viajeros como antes.
Se creía que el dinero destinado a la manutención del establecimiento se
retrasaba en llegar, como había ocurrido en otras ocasiones. Sin embargo, los
meses y los años pasaban y el dinero no aparecía por ninguna parte. Los criados
abandonaron el trabajo. El administrador en funciones de los bienes del vacuf
por aquella época, Daut-Hodja Mutevelicht (así lo llamaban las gentes y éste
pasó a ser su apellido)26, se dirigió a todas partes, sin recibir respuesta
alguna. Los viajeros se servían ellos mismos y limpiaban la hostería en la
medida en que era necesario para ellos y para sus animales, pero cuando se
marchaban, dejaban atrás un verdadero estercolero y una confusión considerable,
teniendo, los que venían después, que limpiar y poner orden, de igual modo que
lo hicieran los que los habían precedido. Pero, cada uno, al partir, lo hacía
dejando a sus espaldas más suciedad que la que había encontrado al llegar.
Daut-Hodja hizo cuanto pudo por salvar la hostería y
conseguir que sobreviviese. Al principio, gastó, de su bolsillo; después,
comenzó a contraer deudas con sus parientes. Así, de año en año, iba
restaurando y embelleciendo la costosa obra. Y respondía a quienes le
reprochaban por arruinarse tratando de sostener lo que no podía ser sostenido,
que colocaba bien su dinero, porque lo prestaba a Dios, y que él, en su calidad
de administrador de los bienes del vacuf, era el último en poder abandonar la
fundación que, por lo que parecía, ya habían abandonado todos.
Este hombre prudente y piadoso, obstinado y tenaz, de
quien la ciudad se acordó durante mucho tiempo, no se dejó desviar de su
esfuerzo, aunque realmente fuese sin perspectiva. Trabajando con absoluta
entrega, se había resignado ya a la idea de que nuestro destino en la tierra se
reduce a la lucha contra toda clase de adversidades, contra la muerte y la
caída, y que el hombre debe perseverar en esa lucha, aun cuando resulte sin
esperanza. Y sentado ante la hostería que las circunstancias habían puesto en
peligro, respondía a quienes intentaban disuadirle de sus propósitos o a
quienes lo compadecían:
—No tenéis que compadecerme. Cualquiera de nosotros muere
sólo una vez, mientras que los grandes hombres mueren dos veces: la primera,
cuando dejan el mundo, y, la segunda, cuando desaparecen las obras creadas por
ellos.
Llegado el momento en que no pudo pagar a los jornaleros,
se puso él mismo, a pesar de su edad, a escardar con sus propias manos las
malas hierbas que crecían alrededor de la hostería, y a hacer las pequeñas
reparaciones. Así lo sorprendió la muerte, estando subido un día en el tejado
tratando de sustituir una teja medio rota. Era lógico que un simple sacerdote
de una ciudad sin importancia no pudiese mantener un establecimiento, fundado
por un gran visir, y al que los sucesos históricos habían condenado a muerte.
La desaparición de Daut-Hodja supuso la ruina de la
hostería. Surgieron por todas partes los primeros signos de su decadencia. Las
conducciones empezaron a atascarse y a oler mal, la lluvia se filtraba por el
tejado, y el viento, a través de las ventanas y de la puerta; las cuadras se
hundieron bajo el estiércol y las malas hierbas. Pero desde el exterior, el
edificio de piedra, sólidamente construido, parecía indestructible y permanente
en su tranquila belleza. Las grandes ventanas ojivales de la planta baja, con
sus rejas que, delicadas como hilos finísimos, habían sido confeccionadas de
una sola pieza de piedra blanca, miraban al mundo con tranquilidad. Pero, sobre
las ventanas sin ornamentos del piso superior, aparecían ya signos de miseria,
de abandono y de desorden interno.
Poco a poco, las gentes trataron de evitar el pasar la
noche en la ciudad o bien se alojaban, pagando, en el hotel de Usta-muitch.
Fueron cada vez más escasos los viajeros que se detenían en la hostería, aunque
bastase, a guisa de pago, desear paz al alma del visir. Por fin, cuando se vio
claro que el dinero no llegaría nunca y que no había nadie que quisiese hacerse
cargo de la fundación, todos, incluso el nuevo administrador de los bienes del
vacuf, dejaron de preocuparse por el edificio, y la hostería quedó muda y
desierta, y comenzó a deteriorarse y a convertirse en una ruina, como sucede
con todas las edificaciones en las que no vive nadie y de las que nadie se
preocupa. Alrededor de ella, crecieron hierbas silvestres y cardos. En el
tejado, los cuervos y las chovas27 comenzaron a hacer sus nidos y a reunirse en
bandadas siniestras y chillonas.
Abandonada así, de modo prematuro e inesperado (todos los
sucesos de este tipo surgen, aparentemente, de manera inesperada), la hostería
de piedra del visir conoció el principio de su declinar.
Pero si, merced al concurso de una serie de circunstancias
insólitas, el parador traicionó su misión al arruinarse antes de tiempo, el
puente, que no exigía ni vigilancia ni cuidado, quedó en pie. Continuó uniendo
las dos orillas opuestas y arrojando de un lado a otro hombres y mercancías,
como lo hiciera el día de su nacimiento.
En sus murallas, hacían los pájaros su nido; en las
grietas invisibles que el tiempo había abierto en los muros, crecían matas de
hierbas. La piedra amarillenta y porosa con la que había sido construido el
puente, se endureció y se contrajo bajo la acción alterna de la humedad y del
calor; y azotada perpetuamente por el viento que sopla en dos direcciones en el
valle del río, lavada por las lluvias y secada por el asfixiante calor del sol,
aquella piedra adquirió con el tiempo una blancura mate de pergamino, luciendo
en las tinieblas, como si estuviese iluminada en su interior. Las inundaciones
devastadoras y frecuentes que constituían un peso y una desgracia constante
para la ciudad, no podían con él. Se repetían cada año, en la primavera y en el
otoño, sin que resultasen siempre igualmente peligrosas y nefastas para la
ciudad. Por lo menos una o dos veces al año, el Drina aumenta su caudal y se
agita y, con un gran zumbido, arrastra, a través de los ojos del puente, las
vallas que ha arrancado en los campos, las cepas desarraigadas y unos aluviones
de color pardo en los que se mezclan la hojarasca y el ramaje de los bosques
ribereños. Los jardines, los patios y los almacenes de las casas vecinas sufren
desperfectos. Y todo queda ahí.
Pero, a intervalos irregulares de veinte a treinta años,
se producen grandes inundaciones que, una vez pasadas, dejan un recuerdo
profundo, como las insurrecciones o las guerras, y son tomadas como fechas de
referencia a partir de las cuales se calcula el tiempo y la antigüedad de los
edificios y la duración de la vida humana. ("Cinco o seis años después de
la gran inundación", "durante la gran inundación".)
Después de las grandes inundaciones, quedan apenas unos
pocos bienes muebles en la zona comprendida dentro de esa gran mitad de la
ciudad que se extiende por la llanura, en la pequeña lengua arenosa que se
filtra entre el Drina y el Rzav. Una inundación de semejante envergadura hace
que la ciudad dé un paso atrás de varios años. La generación que ha sido
sorprendida por las aguas ha de pasar el resto de su existencia reparando los
desperfectos y las desgracias que ha dejado la inundación a sus espaldas. La gente
evoca hasta el final de sus días, en sus conversaciones, el terror de aquella
noche de otoño cuando, bajo una lluvia fría y un viento infernal, a la luz de
unas pocas linternas, retiraron sus mercancías, trasladando cuanto había en sus
tiendas y llevándolo arriba, al Meïdan, a las casas y a los almacenes de sus
conciudadanos. Cuando, al día siguiente, miraban, en medio de la mañana turbia,
desde lo alto de la colina, aquella ciudad que amaban inconscientemente y con
fuerza como a su propia sangre y contemplaban el agua movida y espumosa que
bajaba por las calles a la altura de los tejados, arrancando con estrépito las
armazones de madera, trataban de adivinar a quién pertenecían las casas que
todavía quedaban en pie.
Con ocasión de las slavas28, de fiestas de Navidad o
durante las noches del ramadán, los padres de familia ya maduros, reposados y
cuidadosos, se animaban y se volvían locuaces en el momento en que la
conversación abordaba el suceso más importante y más penoso de sus vidas:
"La inundación". Después de quince o veinte años durante los cuales
se habían reparado de nuevo las casas, el recuerdo de la inundación llegaba
como algo terrible, grande, querido y próximo. Constituía un lazo íntimo entre los
hombres todavía vivos, pero cada vez más escasos, de aquella generación, porque
nada une tanto a las personas como una desgracia vivida, atravesada
conjuntamente y superada con ventura. Y se sentían fuertemente vinculados por
el recuerdo de la prueba pasada. Por eso amaban tan intensamente las
remembranzas del más trágico de los hechos que había perturbado su existencia
y, al volver la vista atrás, encontraban un placer, incomprensible para los
jóvenes. Sus recuerdos no llegaban a agotarse, y ellos continuaban, infatigables,
evocándolos. En el curso de sus conversaciones, completaban mutuamente sus
respectivos relatos y se despertaban unos a otros la memoria. Se miraban a los
ojos seniles, de amarillenta esclerótica, y llegaban a ver lo que los jóvenes
no eran siquiera capaces de presentir. Se entusiasmaban con sus propias
palabras y ahogaban sus preocupaciones presentes y cotidianas, en el recuerdo
de mayores preocupaciones que felizmente hacía mucho tiempo que habían
desaparecido. Sentados en las habitaciones bien calientes de sus casas, por las
cuales pasara antaño la inundación, narraban por centésima vez, con especial
placer, ciertas escenas conmovedoras o trágicas. Y cuanto más penoso y
torturante era el recuerdo, más grande resultaba el gozo de evocarlo. Estas escenas,
contempladas a través del humo del tabaco o de un vasito de aguardiente dulce,
a menudo se transformaban, exageradas y embellecidas por la imaginación y la
distancia; pero ninguna de aquellas personas se daba cuenta y cada una de ellas
habría podido jurar que todo sucedió tal y como ahora se decía, porque
participaban inconscientemente de esta deformación involuntaria.
De esta manera, vivían siempre algunos ancianos que se
acordaban de la última gran inundación de la cual no dejaban de hablar entre
ellos, repitiendo a los jóvenes que ya no había catástrofes como antes, como no
había la bondad y la bendita existencia de otros tiempos.
Una de las mayores inundaciones de la historia de la ciudad
tuvo lugar el último año del siglo XVIII, y quedó grabada durante mucho tiempo
en todas las memorias, siendo objeto de numerosos relatos.
En aquella generación, según decían después los viejos, no
había casi nadie que recordase bien las últimas grandes inundaciones. Sin
embargo, durante los días lluviosos de otoño, todos se mantuvieron alerta,
sabedores de que "el agua es un enemigo". Vaciaron los almacenes más
próximos al río, montaron rondas de noche que, provistas de linternas,
vigilaban a lo largo de la orilla, prestando oído a los sonidos sordos del
agua, puesto que los ancianos afirmaban que gracias al ruido especial de la
corriente, se podía saber si la inundación iba a ser una de las que, todos los
años, afectaban a la ciudad, causando sólo pequeñas pérdidas, o si iba a ser
una de las que, por desgracia, sumergían el puente y la ciudad, y arrastraban
todo lo que no estaba sólidamente construido y apoyado sobre fuertes cimientos.
Al día siguiente, se vio que el Drina no crecía y la ciudad, aquella noche, se
sumió en un profundo sueño, porque todo el mundo estaba extenuado a causa del
insomnio y de las emociones de la noche anterior. No obstante, aquella vez el
agua los engañó. Por la noche, el Rzav creció de pronto de modo inaudito, y
rojo de barro, detuvo y bloqueó, en su confluencia, las aguas del Drina. Fue
así cómo los dos ríos unieron sus caudales por encima de la ciudad.
Suliaga Osmanagitch, uno de los turcos más ricos de la
ciudad, tenía por aquel entonces un alazán árabe, un pura sangre de gran valor
y belleza. Cuando el Drina, detenida su corriente, comenzó a crecer, el alazán
se puso a relinchar y no se tranquilizó hasta que no hubo despertado a los
criados y al amo de la casa, los cuales lo sacaron de la cuadra, situada junto
al río. La mayor parte de los habitantes se despertaron y, bajo la lluvia fría
y el viento furioso de una oscura noche de octubre todos emprendieron la huida,
tratando de salvar del desastre todo lo que era posible salvar. Medio vestidos,
chapoteando con el agua hasta las rodillas, llevando a las espaldas a los niños
recién despertados y llorosos. El ganado balaba, espantado. Se oían a cada
instante ruidos sordos: eran los troncos de árbol y las cepas, arrancados por
el Drina en los bosques inundados, que chocaban con los pilares de piedra del
puente.
Arriba, en el Meïdan, donde el agua no llega nunca, todas
las ventanas se iluminaron y unas linternas se balancearon sin cesar, filtrando
su débil luz a través de las tinieblas. Todas las casas estaban abiertas y
acogían a los siniestrados que, empapados de agua y huraños, iban llegando,
llevando en los brazos a los niños y algunos de sus objetos más indispensables.
En las cuadras, ardían hogueras junto a las cuales se secaban aquellos que no
habían podido permanecer en sus casas.
Los personajes más destacados del barrio del comercio,
tras haber instalado a la gente en las casas —a los turcos en las casas turcas,
a los cristianos y a los judíos en las casas cristianas — se reunieron en el
domicilio del Hadja Ristanov, en la sala grande de la planta baja. Allí se
encontraban, extenuados y calados de agua, los jefes y los administradores de
todos los barrios de la ciudad, los cuales habían tenido que despertar y buscar
cobijo a todos sus conciudadanos. No se observaba distinción entre turcos,
cristianos y judíos. La violencia de los elementos y el peso de la desgracia
común había unido a todos y, en particular, a los cristianos con los turcos.
Podía verse a Suliaga Osmanagitch, al rico Pedro Bogdanovitch, Mordo Papo, el
pobre Mihailo, cura corpulento poco hablador y espiritual, al grueso y serio
Mula Ismet, hodja29 de Vichegrado, y Elias Leví, llamado Hadji Liatcho, rabino
conocido allende la ciudad por su juicio sano y su naturaleza abierta. Estaban
además otros diez personajes importantes y representantes de las tres
religiones. Se hallaban empapados, pálidos, con los dientes apretados, pero
aparentemente tranquilos; sentados, fumaban y hablaban de las medidas de
salvamento que se habían tomado y de las que deberían tomarse. Sin cesar,
entraba, acalorado, algún muchacho que, chorreando agua, anunciaba que todos
los vivos habían sido llevados al Meïdan y a la zona existente detrás de la
fortaleza, y que habían sido instalados en las casas turcas y cristianas y que
el agua subía constantemente e iba adueñándose de una calle tras otra.
A medida que avanzaba la noche —avanzaba despacio, enorme,
y crecida cada vez más, como el agua del río—, los ricos y los jefes comenzaron
a calentarse, bebiendo café y aguardiente. Se formó un círculo estrecho y
cálido, como una nueva existencia, hecha toda ella de realidad y, sin embargo,
irreal, una existencia que no era la de ayer ni la de mañana; algo así como una
isla pasajera en medio de la inundación del tiempo. La conversación se afirmaba
y, como por un acuerdo tácito, cambiaba de dirección. Se evitaba hablar incluso
de las inundaciones anteriores, conocidas sólo a través de los relatos, se
conversaba de cosas que no tenían ninguna relación con el agua ni con la
desgracia que se producía en aquel momento. Aquellas gentes hacían esfuerzos
desesperados para parecer tranquilas e indiferentes, casi ligeras.
Actuaban en virtud de un acuerdo no manifestado y
supersticioso, y conforme a unas reglas no escritas, aunque consagradas, del
decoro y del orden, reglas que correspondían al ambiente de los ricos
propietarios del barrio del comercio y que tenían fuerza de ley desde tiempos
inmemoriales. Todos consideraban un deber sobreponerse a sí mismos y, en
semejantes circunstancias, al menos aparentemente, ocultaban sus preocupaciones
y sus temores, dando a sus conversaciones, a pesar de hallarse ante una
desgracia contra la cual nada podían hacer, el tono grato de las cosas lejanas.
Pero, justamente cuando aquellos seres habían empezado a
recuperar la calma charlando con desenfado y cuando acababan de encontrar un
momento de olvido y de descanso, y la fuerza que les sería indispensable al día
siguiente, llegaron algunos desconocidos que conducían a Kosta Baranats. Era
éste un propietario joven aún. Se presentó mojado, cubierto de barro hasta las
rodillas y sin faja. Turbado por la luz y la presencia de tanta gente, miraba
al suelo como en sueños y se enjugaba el agua que le corría por el rostro con
ambas manos. Le hicieron sitio y le ofrecieron un vaso de rakia que no
consiguió llevar a la boca. Le temblaba todo el cuerpo. Un murmullo recorrió la
sala: había querido saltar a la corriente sombría que en aquellos instantes
arrastraba la orilla arenosa, exactamente en el lugar en que se encontraban sus
graneros y sus bodegas.
Era un muchacho joven, un recién llegado que, hacía de
esto unos veinte años, llegó a la ciudad en calidad de aprendiz, casándose más
tarde con una muchacha de buena familia y enriqueciéndose rápidamente. Hijo de
un campesino, en el curso de los últimos años había acumulado una notable
fortuna merced a una serie de jugadas audaces en las que no tuvo presentes los
intereses de los demás; de este modo, de pronto, consiguió sobrepasar, con su
capital, a la mayor parte de las casas acomodadas de la ciudad; no estaba
acostumbrado a perder y no era capaz de soportar la desgracia. Aquel otoño
había comprado grandes cantidades de ciruelas y de nueces que excedían sus
posibilidades reales. Había contado con poder dictar durante el invierno, en el
mercado, el precio de aquellos frutos y librarse así de sus deudas y conseguir
amplios beneficios, como el año anterior. Ahora, se había arruinado.
Pasó cierto tiempo antes de que se disipase la impresión
que produjo en todos la presencia de aquel hombre perdido. Porque, también
ellos, en mayor o menor grado, habían sido afectados por la inundación y,
solamente en virtud de su sentimiento innato del decoro, se dominaban mejor que
aquel nuevo rico.
Los más ancianos y considerados orientaron de nuevo la
conversación hacia temas inocentes. Se pusieron a hablar de algunos sucesos, de
épocas ya pasadas, los cuales no guardaban ninguna relación con la desventura
que los había forzado a reunirse y que los rodeaba por todas partes.
Bebían rakia ardiendo. Los relatos resucitaban figuras
curiosas de otros tiempos, recuerdos de tipos originales de la ciudad y toda
suerte de acontecimientos divertidos e insólitos. El pope Mihailo y Hadji
Liatcho daban buen ejemplo. Cuando la conversación evocaba involuntariamente
una inundación anterior, recordaban exclusivamente los aspectos ligeros y
graciosos o, al menos, aquello que parecía serlo después de tantos años. Daban
la impresión de emplear fórmulas mágicas con las que desafiar la inundación.
Se recordaba la figura del pope Iovan que había sido
antaño cura del lugar y cuyos feligreses decían de él que era un gran hombre,
pero que no tenía buena mano y que sus plegarias pesaban poco ante Dios.
En verano, en los períodos de gran sequía que paralizaban
la cosecha, el pope Iovan, siempre en vano, organizaba una procesión y
plegarias que habitualmente eran seguidas por una sequía todavía mayor y por un
calor asfixiante. Y, cuando cierto otoño, que siguió a un verano de sequía, el
Drina se puso a crecer y apuntó la amenaza de una inundación general, el pope
lovan llegó hasta el río, reunió a los fieles y comenzó a recitar una oración
para que cesasen las lluvias y la crecida de las aguas. Entonces, un tal
lokitch, borracho y holgazán, habiendo observado que Dios enviaba normalmente
lo contrario de lo que el pope pedía, gritó a voz en cuello:
—Esa oración no, padre, sino la del verano, la de la
lluvia; seguramente ésa hará que bajen las aguas.
Ismet efendi, tipo grueso y corpulento, habló de sus
predecesores y de su lucha contra las inundaciones.
Contó que, durante una crecida de las aguas, hacía muchos
años, dos hodjas de Vichegrado salieron para decir cada uno una oración contra
la calamidad. Uno tenía su casa en la parte baja de la ciudad, amenazada por la
inundación, mientras el otro habitaba en la colina, donde el agua no podía
llegar. El hodja de la colina fue el primero en recitar la oración, pero como
el agua no bajaba de nivel, un cíngaro, cuya casa empezaba a desaparecer bajo
las aguas, se puso a gritar:
—¡Eh, buenas gentes, traed al hodja del centro de la
ciudad que tiene como nosotros la casa inundada! ¿No veis que el de la colina
está rezando sin sentimiento?
Hadji Liatcho, colorado y sonriente, con exuberantes nizos
de pelo blanco emergiendo de su frente hasta los ojos, rió con todas aquellas
bromas y dijo al pope y al hodja:
—No habléis mucho de plegarias contra las inundaciones, no
vaya a ser que nuestras gentes se acuerden del pasado y nos obliguen a los
tres, con este chaparrón, a salir para que recemos contra la inundación.
Se sucedían así los relatos que, insignificantes en sí
mismos e incomprensibles para los demás, sólo tenían sentido para ellos y para
los de su generación; era siempre un recuerdo inocente, íntimo y que únicamente
ellos conocían; un recuerdo que evocaba la vida monótona, bella y penosa de la
pequeña ciudad, aquella vida que era su propia vida. Ahora bien, todo había
cambiado hacía años, y, aunque hubiese perdurado en ellos la huella, aquellos
tiempos no guardaban ninguna relación con el drama nocturno que los había
forzado a reunirse en aquel círculo fantástico.
Aquellos hombres considerables, endurecidos y habituados
desde la niñez a desgracias de todas clases, dominaban "la noche de la
gran inundación", teniendo fuerzas suficientes para bromear ante la
calamidad que los acechaba, y triunfando sobre una desgracia que no podían
evitar.
Pero, en su fuero interno, se sentían profundamente
inquietos, y cada uno, tras aquellas bromas y aquella risa fingida, rumiaba un
pensamiento inquieto, prestando constantemente oído al rugido del agua y del
viento, a aquel ruido que venía de la parte baja de la ciudad donde habían
quedado todos sus bienes. Al día siguiente por la mañana, tras haber pasado la
noche en tal estado, pudieron ver desde lo alto del Meïdan cómo sus casas
aparecían invadidas por las aguas, unas, totalmente, otras, a medias. Entonces,
por primera y última vez en su vida, vieron la ciudad sin puente. El nivel del
agua había aumentado diez metros, cubriendo los amplios ojos; el agua corría
por encima del puente, que había desaparecido bajo la riada. Sólo el punto más
elevado, donde se encontraba la kapia, apuntaba fuera de la superficie de las
aguas y originaba una pequeña cascada.
Dos días más tarde, bajó el agua súbitamente, se aclaró el
cielo, surgió el sol, cálido y rico, como suele serlo en este país fértil,
durante ciertos días del mes de octubre. En aquel hermoso día, la ciudad
ofrecía un aspecto terrible y lamentable. Las casas de los cíngaros y de las
gentes humildes, que estaban situadas sobre el ribazo, se habían inclinado en
la dirección de la corriente. Muchas de ellas estaban sin techo, la cal y la
arcilla habían desaparecido y sólo se veía el negro enrejado que formaban las
ramas de sauce, dando la sensación de unos curiosos esqueletos.
En los patios sin empalizada se veían las casas de los
ricos, abiertas y con las ventanas desvencijadas; sobre cada una de aquellas
casas, una línea de barro rojo indicaba hasta dónde había llegado el nivel de
la inundación. Numerosos establos habían sido arrastrados, los graneros,
destruidos. En las tiendas bajas, el fango llegaba hasta la rodilla, y,
mezcladas con el barro, se encontraban todas las mercancías que no habían
podido ser sacadas a tiempo. Las calles estaban cubiertas de árboles enteros que
el agua había llevado, sin que se supiese de dónde, y de cadáveres de animales
ahogados.
Tal era el estado de su ciudad a la cual tenían que bajar
y en la cual habían de continuar viviendo. Y entre las orillas inundadas, sobre
el agua que corría con estrépito, siempre turbia y abundante, se erguía al sol
el puente blanco e idéntico. El agua llegaba hasta la mitad de los pilares y
parecía que el puente había sido trasladado a otro río más profundo que el que
de ordinario franqueaba. A lo largo del parapeto se extendían unas capas de
barro que empezaban a secarse y a agrietarse; en la kapia se habían acumulado
un montón de sedimentos, de ramillas y de aluviones, pero nada de eso había
podido cambiar el aspecto del puente, que había sido el único en atravesar la
inundación sin daño, brotando de ella como antes.
En la ciudad, todos se lanzaron inmediatamente al trabajo,
en busca de dinero, y se pusieron a reparar los daños, y nadie tuvo tiempo de
pensar en el sentido y en la significación del puente victorioso; pero, al tiempo
de ir a sus asuntos a través de aquella desdichada ciudad en la que el agua
estropeaba o al menos cambiaba todas las cosas, sabían que, en su vida, había
algo que podía resistir a todos los elementos y que, gracias al inconcebible
concierto de sus formas y la solidez invisible y sabia de sus cimientos, salía
de cada prueba indestructible e indemne.
El invierno que siguió fue rudo. Todos los productos que
habían sido cuidadosamente guardados en los patios y en los cobertizos, tales
como madera, trigo, heno, fueron arrastrados por la inundación. Era preciso
restaurar las casas, restablecer los establos y las cercas y pedir a crédito
nuevas mercancías que sustituyesen a las destruidas en los almacenes y en las
tiendas. Kosta Baranats, que resultó el más afectado a causa de sus
especulaciones demasiado atrevidas con las ciruelas, no sobrevivió al invierno;
murió de pena y de vergüenza. Dejó a sus hijos, aún niños, casi en la calle. Y
dejó igualmente deudas por todas partes. De él quedó el recuerdo de un hombre
que había tendido hacia una meta superior a sus fuerzas.
A partir del verano siguiente, la imagen de la gran
inundación comenzó a esfumarse de la memoria de los ancianos, aunque perduraría
aún durante muchos años. Sin embargo, los muchachos, cantando y charlando,
permanecían sentados en la blanca kapia que coronaba las aguas, las cuales
corrían, por debajo de ellos, a gran profundidad, acompañando, con su ruido,
las canciones. El olvido todo lo cura y el canto es el mejor medio de olvidar,
porque con él el hombre sólo recuerda lo que ama.
Pero en la kapia, situada entre el cielo, el río y las
montañas, las generaciones sucesivas aprendieron a no afligirse en exceso por
lo que llevaban consigo las aguas turbias del Drina. Allí aprendieron a adoptar
la filosofía inconsciente de la pequeña ciudad: la vida es un milagro
incomprensible; se gasta y se diluye sin cesar, y no obstante, dura y permanece
sólidamente "como el puente sobre el Drina".
CAPÍTULO VI
Aparte de las inundaciones, se produjeron también otros
ataques contra el puente y su kapia. El desarrollo de los acontecimientos y el
curso de los conflictos humanos fueron los causantes; pero no lograron producir
más daño al puente que las aguas desencadenadas, ni consiguieron alterarlo en
lo más mínimo.
A principios del siglo pasado, estalló una insurrección en
Servia. La pequeña ciudad, situada en la frontera misma que separa Bosnia de
Servia, había estado desde siempre en relación directa y en contacto permanente
con todos los sucesos de Servia, siendo su vida un puro reflejo de los mismos.
Todo lo que pasaba en la región de Vichegrado —ya fuese revolución, epidemia o
pánico— no resultaba indiferente a los habitantes de Ujitsa, y viceversa. Al
principio, el asunto pareció lejano e insignificante; lejano porque se
desarrollaba en la otra punta del bajalato de Belgrado; insignificante, porque
los rumores de rebelión no constituían en modo alguno una novedad.
Desde el momento en que había un Imperio, había también
rebeliones, dado que no existe un poder sin sublevaciones y sin complots, como
no existe fortuna sin preocupación y sin daño. Pero, con el tiempo, la
insurrección empezó a penetrar cada vez más en la vida de todo el bajalato de
Bosnia y, particularmente, en la de la pequeña ciudad situada a una hora de
marcha de la frontera.
A medida que el conflicto se extendía en Servia, los
turcos de Bosnia se veían en la precisión de dar cada día más hombres al
ejército y de contribuir con mayor prodigalidad a su equipo y a su
mantenimiento. El ejército y las impedimentas que se enviaban a Servia
atravesaban una buena parte de la ciudad, lo cual llevaba consigo gastos,
inconvenientes y peligros para los turcos y, sobre todo, para los servios que
resultaban sospechosos, y eran perseguidos y agobiados con multas mucho más que
antes. Al final, cierto verano, la revuelta llegó hasta aquellas regiones. Los
insurrectos, evitando Ujitsa, llegaron a dos horas de marcha de la ciudad.
Allí, a cañonazos, demolieron la torre de Lutvi-bey y, en Tsrntchitch,
incendiaron las casas turcas. En la ciudad, hubo turcos y servios que
aseguraron haber escuchado con sus propios oídos el ruido del cañón de
Karageorges30 (por supuesto, cada una de las mociones exponía los hechos de
manera completamente distinta). Pero si se podía poner en duda el que se oyese
en el centro de la ciudad el eco del cañón, ya que el hombre cree oír a menudo
lo que teme o lo que espera, donde no cabía vacilar era en lo que se refería a
los fuegos que los rebeldes encendían por la noche en el Panos, cresta
escarpada y desnuda entre Veletovo y Gostilia, y tan próxima a Vichegrado, que
desde esta última se pueden contar a simple vista los grandes pinos solitarios
que en aquélla crecen. Los turcos y los servios los veían bien y los observaban
con atención, aparentando, tanto unos como otros, que no se daban cuenta.
Escondidos tras las ventanas y ocultos en las tinieblas de
sus jardines frondosos, seguían con la mirada, primero, el encendido, después,
el movimiento y, por fin, la extinción de las hogueras. Las mujeres servias se
santiguaban en la oscuridad y lloraban presa de una inexplicable emoción; pero
veían reflejarse, en sus lágrimas, aquellas hogueras como si fuesen las llamas
fantásticas que en otro tiempo caían sobre la tumba de Radislav y que sus
bisabuelos, tres siglos antes, entreveían, de igual modo y en aquel mismo
Meïdan, a través de su llanto. Aquel resplandor y aquellos fuegos desiguales,
dispersos sobre el fondo sombrío de una noche de verano en la que el cielo se
había convertido en algo semejante a una montaña, dieron la sensación a los
servios de una constelación nueva en la cual, ávidamente, leían presagios
atrevidos y adivinaban, estremeciéndose, su suerte y los acontecimientos
futuros. Para los turcos, fueron las primeras olas que, tras haber sumergido
Servia, se estrellaban ahora contra las alturas que circundaban la ciudad.
Durante aquellas noches de verano, los deseos y las oraciones de unos y otros
gravitaban alrededor de aquellos fuegos, sólo que en direcciones opuestas. Los
servios rogaban a Dios, pidiendo que aquella llama salutífera, idéntica a la
que, desde siempre, llevaban y escondían cuidadosamente en el fondo de sí
mismos, se extendiese también de este lado, sobre nuestras colinas; en tanto,
los turcos suplicaban a Dios en sus plegarias que detuviese, que rechazase y
extinguiese la llama, para burlar las intenciones subversivas de los infieles y
restablecer el viejo orden de las cosas y la buena paz que asegura la verdadera
fe. Las noches estaban llenas de murmullos prudentes y apasionados que daban
lugar a oleadas invisibles de deseos y de sueños audaces. Los pensamientos, los
planes más inverosímiles se entrecruzaban, triunfaban, se quebraban en las
tinieblas azules que cubrían la ciudad. Pero al día siguiente, cuando apuntaba
el día, turcos y servios acudían a sus asuntos, se encontraban, mostrando una
mirada apagada y unos rostros sin expresión, y se saludaban y hablaban
empleando los cientos de fórmulas habituales de la cortesía provinciana que,
siempre, circulaban por la ciudad e iban de uno a otro como una moneda falsa y
que, empero, hacían posibles y facilitaban las relaciones sociales.
Cuando, poco después de San Elías, desaparecieron los
fuegos del monte Panos, cuando la rebelión fue rechazada en la región de
Ujitsa, ni unos ni otros manifestaron sus sentimientos y habría sido difícil
decir cuáles eran. Los turcos estaban satisfechos al ver alejarse la revuelta y
esperaban que se extinguiese completamente y que desapareciese como desaparecen
las empresas de los impíos y de los malvados. Sin embargo, la satisfacción era
incompleta y quedaba ensombrecida por ser difícil olvidar un peligro tan
cercano. Muchos de ellos verían, bastante después, dibujarse en sus sueños los
fuegos fantásticos de los insurrectos, semejantes a un enjambre de chispas que
corriesen por todas las colinas que rodean la ciudad, o escucharían el cañón de
Karageorges, no como un eco sordo y lejano, sino como un estampido enloquecedor
que arrastrase consigo la ruina.
En cuanto a los servios, como es lógico, se sintieron
decepcionados una vez hubieron cesado los fuegos del Panos; pero en el fondo de
sus corazones, en el fondo de ellos mismos, ese fondo que no se abre a nadie,
subsistía el recuerdo de lo que acababa de pasar y la idea de que lo que sucede
una vez, puede volver a repetirse. Quedaba también la esperanza, una esperanza
insensata, esa gran ventaja de los oprimidos. Porque, los que gobiernan y deben
oprimir para gobernar, están condenados a actuar razonablemente. Mas si,
llevados por la pasión u obligados por el adversario, pasan los límites de los
actos razonables, empiezan a correr por un camino resbaladizo, fijando así el
comienzo de su caída. En tanto, los oprimidos y los explotados se sirven con la
misma facilidad de su genio y de su locura, que son las dos únicas clases de
armas que están en condiciones de utilizar en la lucha incesante, ya solapada,
ya abierta, que mantienen contra el opresor.
En aquella época, la importancia del puente, por ser la
única vía segura de comunicación entre el bajalato de Bosnia y Servia, había
crecido extraordinariamente. Se había establecido en la ciudad, a título
permanente, un destacamento militar que montaba guardia en el puente y que fue
mantenido incluso en los períodos de calma. Para satisfacer su misión del modo
más eficiente y con el menor esfuerzo posible, la tropa se puso a levantar un
reducto de madera en medio del puente; un verdadero monstruo de fealdad a causa
de su forma, su posición y los materiales que lo integraban. Lo cual no resulta
demasiado extraño si se tiene en cuenta que todos los ejércitos del mundo
elevan para sus fines exclusivos y sus necesidades momentáneas construcciones
semejantes que, desde el punto de vista de la vida burguesa y de las exigencias
de la paz, ofrecen un aspecto absurdo e incomprensible. Era una auténtica casa
de un piso, pesada, hecha de vigas y de espesos tablones, con un pasadizo por
debajo, parecido a un túnel. El reducto quedaba algo más alto, reposando sobre
unos fuertes pilares, de suerte que abarcaba el puente, apoyando sólo en la
kapia sus dos lados; uno, sobre la terraza izquierda, otro, sobre la derecha.
Por debajo, había un camino expedito para los vehículos, los caballos y los
peatones; pero desde arriba, desde el piso en que dormían los guardianes y al
que se subía por una escalera de madera de enebro, colocada en el exterior, se
podía vigilar en todo momento a quienquiera que cruzase el puente, y verificar sus
papeles y controlar su equipaje y cerrarle el paso en cualquier instante, si
era preciso.
El reducto cambiaba por completo la apariencia del puente.
La hermosa kapia desaparecía bajo aquella construcción de madera que,
encaramada sobre los pilares, parecía acurrucarse sobre sí misma como un
gigantesco pájaro deforme.
El día en que el reducto estuvo listo, exhalaba todavía
olor a enebro y los pasos resonaban en el vacío. La guardia se instaló
inmediatamente. Desde el amanecer de la primera mañana, el reducto, como una
trampa, atrapó a sus primeras víctimas.
Cubiertos por un sol rojizo y bajo, se habían reunido en
las primeras horas de la mañana, junto al reducto, algunos soldados y unos
ciudadanos armados, unos turcos, que, de noche, montaban guardia alrededor de
la ciudad, colaborando así con la tropa. En medio del grupo, sentado sobre una
viga, se encontraba el comandante de la guardia, y ante él se mantenía en pie
un viejecito, con la apariencia de un peregrino, que parecía, a la vez, un
monje y un mendigo; resultaba dulce y apacible, bastante limpio, y agradable
dentro de su pobreza, despierto y sonriente a pesar de su cabello blanco y su
arrugado rostro. Era un buen hombre original, llamado Lelisías y procedente de
Tchainitcha. Ya hacía años que, siempre dulce, solemne y sonriente, visitaba
las iglesias y los monasterios, frecuentaba las asambleas de fieles y las
fiestas patronales, rogaba a Dios, se prosternaba y ayunaba. Sólo que, antaño,
las autoridades turcas no le prestaban atención y lo dejaban circular, como si
fuese un anormal, un pobre hombre, y le permitían ir donde quería y decir lo
que quería.
Pero ahora, a causa de la insurrección que hacía furor en
Servia, los tiempos habían cambiado, trayendo consigo medidas más severas.
Habían llegado de Servia algunas familias turcas cuyos bienes habían sido
incendiados por los revoltosos. Propagaban el odio y exigían venganza. Fueron
montadas guardias en los puestos avanzados y se reforzó la vigilancia, pero los
turcos del país continuaban preocupados y llenos de rencor y mal humor y
lanzaban sobre todo el mundo miradas sanguinarias, cargadas de sospechas.
El viejo había llegado por la carretera de Rogatitsa y,
para desgracia suya, era el primer viajero de aquel día en que se había
concluido el reducto y en que se había montado la primera guardia. En efecto:
cayó mal, a una hora en que todavía no había amanecido, y para colmo, llevando
como una vela encendida, un grueso bastón en el que se veían grabados signos y
palabras extrañas. El reducto se lo tragó como una araña se zampa a una mosca.
Fue interrogado brevemente. Se le conminó para que dijese quién era, lo que
era, de dónde era y para que explicase los adornos y las letras que figuraban
en su bastón. Repuso incluso a las preguntas que no le fueron formuladas; se
expresaba libre y abiertamente, igual que si se encontrase en presencia del
Juez Supremo y no delante de los resentidos turcos. Dijo que no era nada, ni
nadie, sino solamente un viajero sobre la tierra, una sombra al sol. Los pocos
días que le quedaban de vida, los iba pasando entre oraciones y visitas a los
monasterios; y así continuaría hasta que hubiese recorrido todos los lugares
santos, las fundaciones piadosas, las tumbas de los zares y de los grandes
señores servios. En cuanto a las efigies y a las letras que adornaban su
bastón, simbolizaban las distintas épocas de la libertad y del esplendor servio
pasado y futuro. Porque, según decía el anciano sonriendo modesta y
tímidamente, estaba cercano el momento de la resurrección y, a juzgar por lo
que se leía en los libros y por lo que se veía en la tierra y en los cielos,
estaba incluso muy, muy cercana. El reino de los cielos resucitaba, rescatado
por la experiencia y fundado sobre la verdad.
—Ya sé que lo que escucháis no os agrada, señores, y que
no debería haber hecho ante vosotros estas revelaciones, pero me habéis
detenido y me exigís que os diga todo de acuerdo con la verdad: no hay otra
solución. Dios es la Verdad y Dios es Uno y, ahora, os ruego que me dejéis
partir, porque hoy mismo tengo que llegar a Bania, al monasterio de la
Santísima Trinidad.
El intérprete Chefko traducía intentando en vano
encontrar, entre sus escasos conocimientos de la lengua turca, las expresiones
adecuadas para aquellas palabras abstractas. El comandante de la guardia, un
anatolio enfermizo, escuchaba, despierto a medias, las palabras poco claras y
poco coherentes del intérprete y, de vez en cuando, echaba una mirada al viejo
que, sin temor y extraño a cualquier mal pensamiento, lo miraba y aprobaba con
los ojos todo lo que decía el intérprete, aunque no supiese nada de turco. En
algún lugar de la conciencia del comandante surgió con nitidez la idea de que
se trataba de un medio loco, de un derviche infiel, de un tonto inofensivo y de
buen humor. No habían encontrado nada en el curioso bastón del viejo que habían
cortado en varios trozos, en la creencia de que estaba hueco y de que contenía
algunas cartas ocultas en él. Pero en la traducción de Chefko, las palabras del
anciano parecían sospechosas, olían a política y traicionaban intenciones
peligrosas. El comandante, por su parte, hubiera permitido a aquel pobre
diablo, a aquel simple de espíritu que continuase su camino, pero junto a él se
encontraban reunidos otros militares, así como miembros de la población civil
que colaboraban con el ejército, todos los cuales habían seguido el
interrogatorio. Se hallaba su sargento, un tal Takhir, hombre malvado, de mal
aspecto e intenciones poco claras que ya lo había calumniado varias veces ante
su jefe, acusándolo de falta de celo y de severidad. También estaba Chefko,
quien al traducir había deformado manifiestamente las palabras del anciano,
dándoles un sentido que perjudicaba al pobre hombre. Este Chefko gustaba de
meter las narices en todas partes y de delatar e, incluso sin pruebas, era muy
capaz de decir o de confirmar los malos rumores. Se encontraban allí,
igualmente, aquellos turcos de la ciudad, los voluntarios que, con aire sombrío
e importante, se ocupaban de hacer algunas rondas, apresando a los viajeros
sospechosos e inmiscuyéndose sin necesidad en los servicios propios de la
tropa. Todos estaban allí. Y, por aquellos días, se sentían como ebrios de
amargura, poseídos por una sed de venganza, de castigo y muerte. Su deseo era
matar a quien fuese, puesto que no estaban en condiciones de matar a quienes
hubieran querido. El comandante no los comprendía ni los aprobaba, pero se daba
cuenta de que estaban todos de acuerdo para que el reducto, desde el primer
día, tuviese una víctima y temía que de oponerse a su voluntad, en el estado de
exasperación en que se encontraban, fuese él el que más tarde tuviese que
padecer las consecuencias. Le parecía intolerable la idea de tener que sufrir
disgustos a causa de aquel viejo loco. Y de cualquier modo, el anciano, con sus
relatos sobre el Imperio servio, no podría llegar muy lejos entre los turcos
que, por aquellos días, se encontraban enfurecidos como abejas perseguidas. Que
el agua turbia se lo llevase de igual modo que lo trajo...
Apenas fue atado el anciano y el comandante se aprestaba
ya a marcharse a la ciudad para no asistir a su suplicio, hicieron su aparición
unos guardianes y cierto número de turcos que conducían a un joven servio,
pobremente vestido. Sus ropas estaban desgarradas, su rostro y sus manos
desollados. Se trataba de un tal Milé, un muchacho que vivía solo en la colina
de Lieska y que se encargaba de cuidar un molino de agua en Osoinitsa. Como
mucho, tendría unos diecinueve años. Era fuerte, vigoroso, resplandeciente de
salud.
Aquella mañana, antes de salir el sol, Milé había cargado
el molino con la cebada que tenía que ser molida y había abierto la gran
esclusa; después, se había ido a lo más profundo del bosque, más arriba del
molino, a cortar madera. Blandía su hacha y cortaba ramas de aliso joven, como
si fuesen rastrojos. Gozaba con la frescura de la mañana y la ligereza con que
iba cayendo la madera bajo su hacha. Se deleitaba en sus propios movimientos;
el hacha estaba bien afilada y la madera delgada era demasiado frágil para la
fuerza que sentía en sí mismo. Algo había crecido en su pecho, impulsándolo a
exclamar a cada movimiento. Las exclamaciones se multiplicaban y se unían unas
a otras. Milé, como todos los habitantes de Lieska, no tenía oído ni sabía
cantar, pero, sin embargo, cantaba o gritaba en aquel lugar frondoso y
sombreado. Sin pensar en nada, olvidando dónde se encontraba, cantaba lo que
había oído cantar a los demás.
En la época del levantamiento servio, el pueblo, de una
vieja canción popular que decía:
Cuando Alí-Bey era un joven bey, Una muchacha llevaba su
estandarte.
había hecho otra nueva:
Cuando Jorge31 era un joven bey,
Una muchacha llevaba su estandarte.
En el curso de aquella lucha extraña entre dos creencias,
que se desarrollaba desde hacía siglos en Bosnia (y hay que advertir que con el
pretexto de las creencias, la verdadera pugna giraba en torno a las tierras y
al poder), los adversarios se habían arrancado unos a otros, no solamente las
mujeres, los caballos y las armas, sino también las canciones y muchas poesías
que habían pasado así de un bando a otro, como un precioso botín.
Esta era la canción que, en aquellos momentos, se cantaba
entre los servios, aunque con precaución y a escondidas, lejos de los oídos
turcos, dentro de las casas cerradas, con motivo de las fiestas, o en los
pastos lejanos, allí donde los turcos no ponían los pies y donde el hombre,
como premio a su soledad y a su pobreza, en medio de una región salvaje, vive
como quiere y canta lo que quiere. Precisamente ésta era la canción que Milé,
el servidor del molinero, se había puesto a cantar en un bosque, más abajo del
camino que acostumbraban a seguir los turcos de Oluiak y de Orakhovak para ir
al mercado de la ciudad.
La aurora apenas iluminaba la cumbre de las colinas y, a
su alrededor, en aquel lugar umbroso, sólo se percibía una luz tenue. Milé
estaba completamente mojado de rocío, pero aún conservaba el calor del buen
sueño, del pan caliente y del trabajo alerta. Tomó su hacha e hirió el delgado
aliso cerca de la raíz; el árbol se curvó solamente, plegándose, como la joven
esposa que besa la mano del sacerdote.
El aliso lo salpicó de un rocío fresco y suave como una
lluvia fina, y continuó inclinado, porque el verde que tapizaba la tierra era
demasiado espeso e impedía que llegase al suelo. Y entonces, el muchacho podó
el verde ramaje, con una sola mano, como si fuese un luego de niños. Al mismo
tiempo, cantaba. Cantaba a grito pelado, pronunciando con deleite algunas
palabras: "Jorge" era algo oscuro, pero fuerte y atrevido.
"Muchacha" y "estandarte" eran igualmente cosas que desconocía,
pero que, en cierta medida, respondían a los deseos más profundos de sus
sueños: que existiese una muchacha y que esa muchacha llevase una bandera. En
cualquier caso, era agradable pronunciar aquellas palabras. Toda la fuerza que
había en él lo empujaba a decirlas en voz alta y muchas veces; pero, a medida
que las pronunciaba, su fuerza crecía,, obligándole a repetirlas aún más alto.
Así cantaba Milé, al alba, en tanto cortaba y podaba las
ramas. Cuando terminó, bajó por la cuesta húmeda, arrastrando un haz de leña.
Ante el molino, se hallaban unos turcos. Habían atado sus caballos y esperaban
algo. Eran unos diez. Se encontraba de nuevo como cuando salió a buscar leña:
torpe, mísero e intimidado, sin — “Jorge" ante sus Ojos, sin
"muchacha" ni "estandarte" a su lado. Los turcos esperaron
a que dejase el hacha y entonces se lanzaron sobre él; tras una breve lucha,
consiguieron atarlo y se lo llevaron a la ciudad. Por el camino lo apalearon y
le dieron patadas, preguntándole dónde estaba su "Jorge" e
injuriándole a causa de la "muchacha" y del "estandarte".
Bajo el reducto de la kapia, donde acababa de ser atado el
viejo medio loco, se habían reunido, junto a los soldados, a pesar de lo
temprano de la hora, algunos ociosos de la ciudad. También se encontraban entre
ellos ciertos refugiados turcos, que habían padecido los sucesos de Servia.
Estaban todos armados y ofrecían un aspecto solemne, como si se tratase de un
gran acontecimiento o de un combate decisivo. Su emoción crecía a medida que el
sol se iba alzando. Y el sol, allá al fondo del horizonte, por encima de
Golech, se levantaba de prisa, acompañado por una bruma clara y rojiza.
Acogieron al asustado muchacho como si fuese un jefe rebelde, a pesar de que su
porte andrajoso y miserable y el hecho de venir de la orilla izquierda del
Drina, donde no había insurrección, descartasen tal posibilidad.
Los turcos de Orakhovak y de Oluiak, desesperados por el
atrevimiento arrogante del muchacho, que no llegaban a creer involuntario,
declararon que había cantado de manera provocativa, al borde mismo del camino,
canciones alusivas a Karageorges y a los combatientes infieles. A decir verdad,
el muchacho no daba la sensación de un héroe o de un cabecilla peligroso: se
veía asustado, desolado, maltrecho dentro de sus harapos. Estaba pálido y sus
ojos, que bizqueaban por la emoción, miraban al comandante como si esperase de
él la salvación. Como iba poco por la ciudad, ignoraba que se hubiese elevado
un reducto en el puente. Por eso, todo lo que le sucedía le parecía todavía más
extraño e irreal, algo así como si se hubiese perdido, en sueños, en medio de
una ciudad extraña habitada por personas malvadas y peligrosas. Tartamudeando,
bajando la mirada, aseguraba que no había cantado nada, que nunca había atacado
el honor de los turcos, que era un pobre criado que trabajaba en un molino, que
estaba cortando leña y que ignoraba por qué había sido llevado allí. Temblaba
de miedo y, efectivamente, no llegaba a comprender lo que le había sucedido ni
cómo, tras la solemne emoción que había experimentado en medio del frescor del
arroyo, se encontraba en aquel sitio, en la kapia, herido y atado, acosado por
la atención de todas aquellas personas a las que tenía que responder. Había
olvidado que hubiese cantado una canción, aun la más inocente.
Pero los turcos mantenían sus afirmaciones: había cantado
las canciones de los rebeldes cuando ellos habían pasado, y había resistido
cuando quisieron maniatarlo. Y cada uno de ellos lo afirmaba, bajo juramento,
cuando el comandante les interrogaba:
—¿Juras por Dios?
—Lo juro,
—¿Mantienes tu juramento?
—Lo mantengo.
La formula se repetía tres veces. A continuación,
colocaron al muchacho junto a Lelisías y fueron a despertar al verdugo, el
cual, por lo que se veía, tenía el sueño muy pesado. El anciano miró a!
muchacho quien, atontado, desconcertado y vergonzoso, guiñaba los ojos falto de
costumbre de encontrarse así, aislado, en el puente, rodeado de tantas
personas.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el viejo.
—Milé —repuso humildemente el muchacho, como si continuase
contestando a las preguntas de los turcos.
—Milé, hijo mío, abracémonos —y el anciano reclinó su
blanca cabeza sobre el hombro de Milé—. Abracémonos y hagamos la señal de la
cruz. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Se santiguó y bendijo al muchacho con unas palabras,
puesto que tenía las manos atadas, y con rapidez, porque ya se acercaba a ellos
el verdugo.
Éste, que era uno de los soldados, concluyó de prisa su
tarea, y los primeros caminantes que bajaron de las colmas —era día de mercado—
y cruzaron el puente, pudieron ver las dos cabezas clavadas sobre unas estacas
nudosas, cerca del reducto. El lugar, salpicado de sangre, en el que habían
sido decapitados, había sido cubierto de piedras y allanado.
De esta manera comenzó su trabajo el reducto.
A partir de aquel día, fueron llevados a la kapia todos
los que, sospechosos o culpables, eran apresados por tener contacto con la
insurrección. Y de aquellos desdichados, pocos eran los que salían con vida del
reducto. En aquel lugar se cortaron las cabezas de los insurrectos o,
simplemente, de los desafortunados; y, como la primera vez, fueron clavadas en
los postes dispuestos al efecto. En cuanto a los cuerpos, si nadie se
presentaba a reclamarlos, eran precipitados, desde lo alto del puente, al Drina.
La revuelta, con algunos períodos, más o menos largos, de
calma, se prolongó durante años y fueron muchos los hombres conducidos al borde
del agua "para que marchasen en busca de otra cabeza mejor y más
razonable". Quiso el azar —el azar que pierde a los débiles y a los
imprudentes— que el cortejo fuese abierto por aquellos dos seres simples,
aquellos dos hombres pobres e inocentes, analfabetos, porque son a menudo
víctimas de ese género las que se ven apresadas por el vértigo ante el
torbellino de los grandes acontecimientos, y a quienes ese torbellino atrae
irresistiblemente hasta devorarlas. Así, pues, el joven Milé y el anciano
Lelisias, ejecutados en el mismo momento, en el mismo lugar, unidos como
hermanos, fueron los primeros que adornaron con sus cabezas el reducto de la kapia,
la cual después, y en tanto duró la insurrección, no careció casi nunca de
semejante decorado. Así el recuerdo de aquellos dos desdichados a quienes nadie
había visto ni de quienes nadie había oído hablar antes, quedó grabado en la
memoria de los hombres más intensamente y por más tiempo que el de muchas otras
víctimas famosas.
He aquí cómo la kapia desapareció bajo el reducto cruel y
de siniestra reputación. Y con ella, desaparecieron también las reuniones, las
conversaciones, los cantos y los placeres. Los mismos turcos pasaban por allí a
disgusto; en cuanto a los servios, sólo cruzaban el puente aquellos que no
tenían más remedio, y esto con la cabeza baja y apresuradamente.
En torno al reducto de madera cuyas tablas con el tiempo
se pusieron grises, hasta tornarse negras más tarde, se creó en seguida esa
atmósfera que rodea, indefectiblemente, los edificios donde la tropa se
establece de un modo permanente. La ropa blanca de los soldados se secaba
colgada de las vigas; desde las ventanas, tiraban al Drina la basura, las aguas
sucias, los desperdicios y todas las inmundicias de la vida de cuartel. Por
esta razón, quedaron unos rastros sucios que maculaban el pilar blanco del centro
y que podían verse desde lejos.
Siempre fue el mismo soldado el que, durante mucho tiempo,
ejerció la función de verdugo. Era un anatolio rudo y moreno, de ojos amarillos
y turbios, de labios de negro, de rostro hinchado y terroso, que parecía estar
siempre sonriendo, con la sonrisa de las personas bien alimentadas y de buen
humor. Se llamaba Hairudine y pronto fue conocido por toda la ciudad y a lo
largo de la frontera. Hacía su trabajo con placer y amor propio; era
extremadamente rápido y experto. Los habitantes de Vichegrado decían que tenía
la mano más ligera que Muchane, el barbero de la ciudad. Jóvenes y viejos lo
conocían, al menos de nombre, y aquel nombre provocaba en ellos escalofríos y
curiosidad a la vez. Los días de sol se quedaba sentado o tumbado a la sombra
del reducto. De vez en cuando, daba una vuelta alrededor de las cabezas que se
exhibían en los postes, como un jardinero da una vuelta alrededor de sus
melones; después volvía a tumbarse al fresco, bostezando y estirándose, pesado,
sucio y bondadoso, como un perro viejo de pastor. En el extremo del puente,
detrás del muro, se reunían los chiquillos curiosos y lo miraban tímidamente.
Pero cuando se trataba de trabajo, Hairudme se mostraba
alerta y concienzudo de pies a cabeza. No le gustaba ver a nadie mezclarse en
su tarea. Ésta iba aumentando a medida que la insurrección cobraba empuje.
Cuando los insurrectos habían incendiado algún pueblo, la irritación de los
turcos no conocía límites. No solamente apresaban a los insurrectos o a los
espías o a aquellos que juzgaban como tales, llevándolos ante el comandante,
sino que querían tomar parte en la ejecución del castigo.
En estas condiciones fue cómo apareció un día al amanecer
la cabeza del cura de Vichegrado, de aquel pope Mihailo que, durante la época
de la gran inundación, había encontrado fuerzas para bromear con el rabino y
con el hodja. En medio de la cólera general contra los servios, pereció
inocente. Y el escarnio llegó al extremo de que los niños cíngaros colocaran en
su boca muerta un cigarro puro.
Ésas eran las cosas que Hairudine condenaba severamente y
que impedía cuando le era posible.
Y cuando el anatolio murió inesperadamente del carbunco,
un nuevo verdugo, en verdad mucho menos hábil, continuó su tarea; y durante
algunos años más, hasta que se apagó la insurrección de Servia, siempre se
vieron emerger por encima de la kapia dos o tres cabezas cortadas. La gente,
que en tales épocas se endurece rápidamente y pierde la capacidad de reacción,
estaba tan acostumbrada al espectáculo, que pasaba ante él indiferente y sin
prestar atención y no se dio cuenta inmediatamente de cuándo terminó la
siniestra exposición.
Al apaciguarse la situación en Servia y en la frontera, el
reducto perdió su importancia y su razón de ser. Pero la guardia continuó
durmiendo allí, aun cuando el paso estuviese, hacía tiempo, franco. En todo
ejército las cosas evolucionan lentamente, pero entre los turcos evolucionaban
más lentamente que en cualquier otra tropa. Y las cosas hubiesen quedado así
hasta Dios sabe cuándo, si una noche, a causa de una vela olvidada, no se
hubiese declarado un incendio. El reducto, hecho de maderas resinosas, que
todavía estaban calientes por el calor agobiante del día, se consumió hasta su
base; es decir, hasta las losas de piedra de la kapia.
En la ciudad, las gentes, emocionadas, contemplaron la
enorme llama que iluminaba, no sólo el puente blanco, sino también las colinas
circundantes, reflejándose con resplandores rojos y turbios sobre la superficie
del río. Cuando se levantó el día, apareció de nuevo el puente con su aspecto
primitivo, liberado de la pesada construcción de madera que, durante algunos
años, había ocultado la kapia. Las losas blancas estaban quemadas y
ennegrecidas por el hollín, pero las lluvias y la nieve lavaron pronto todo. Y
fue así, cómo del reducto y de los acontecimientos sangrientos con él
relacionados, no quedaron otras huellas que algunos recuerdos desdichados que
se fueron esfumando, hasta desaparecer con aquella generación, y una sola viga
de roble que no ardió, clavada en los peldaños de la escalera que conducía a la
kapia.
La kapia volvió a ser para la ciudad lo que había sido
siempre. En la terraza izquierda, según se salía de la ciudad, el dueño del
café encendió de nuevo un brasero y dispuso sus utensilios. Sólo había sufrido
desperfectos la fuente, en la cual la cabeza del dragón, por donde brotaba el
agua, había sido aplastada. La gente tornó a detenerse en el sofá y a pasar
allí el tiempo hablando, arreglando sus asuntos o dormitando ociosamente. En
las noches de verano, los muchachos cantaban en grupos; los hombres solitarios
acudían también a sentarse en las terrazas, ahogando alguna tristeza de amor o
un deseo doloroso y vago de marcharse a otras tierras y emprender una vida
lejos (deseo de grandes empresas y de aventuras extraordinarias que a menudo
atormenta a los jóvenes que arrastran su existencia en ambientes estrechos y
limitados).
Unos veinte años después de todos estos acontecimientos,
fue una nueva generación la que cantó y bromeó en el puente, una generación que
no se acordaba de la armazón deforme que fue en tiempos el reducto de madera,
ni de los gritos sordos de la guardia que, por la noche, detenía a los
viajeros, ni de Hairudine, ni de las cabezas que éste cortaba con una maestría
que llegó a ser proverbial.
Solamente algunas viejas perseguían a los muchachuelos que
les robaban melocotones gritando con voz fuerte e irritada algunas maldiciones:
—¡Ojalá Dios ponga en tu camino un Hairudine que te corte
la cabeza! ¡Ojalá tu madre tenga que ir a la kapia a buscar tu cadáver!
Pero los muchachos que huían a través de los cercados no
podían comprender el verdadero sentido de aquellas palabras. Sabían, desde
luego, que no querían decir nada bueno.
Y las generaciones se sucedían junto al puente, pero el
puente sacudía, corno si fuese una mota de polvo, todas las huellas que habían
dejado en él los caprichos o las necesidades de los hombres, y continuaba
idéntico e inalterable.
CAPÍTULO VII
El tiempo pasaba sobre el puente y sobre la ciudad, por
años, por decenas de años. En uno de esos períodos, a mediados del siglo XIX,
pudieron observarse los estertores del Imperio turco que había venido
consumiéndose en una fiebre lenta. Medidos según el criterio de los
contemporáneos, aquellos años resultaban relativamente apacibles y felices,
aunque nadie se viese libre de preocupaciones y temores, aunque conociesen
sequías e inundaciones, epidemias peligrosas y alarmas de todas clases. Ahora
bien, tales acontecimientos sucedían lenta, gradualmente, en breves
convulsiones situadas en medio de largas épocas de calma.
El límite entre los bajalatos de Bosnia y Belgrado, que
pasa algo más arriba de la ciudad, comenzó a dibujarse por aquellos años, cada
vez con mayor nitidez, y fue adquiriendo el aspecto y la significación de una
frontera entre Estados. Esta situación cambiaba las condiciones de vida de toda
la región, de la ciudad, influía sobre el comercio, sobre las comunicaciones,
sobre el estado general de espíritu y sobre las relaciones mutuas entre turcos
y servios.
Los turcos de edad avanzada fruncían el entrecejo,
parpadeaban, evitando creer en aquellos cambios: y, como si deseasen disipar el
espectro desagradable, se encolerizaban, amenazaban, se reunían en consejo e
intentaban, por estos medios, olvidar durante algunos meses la desagradable
cuestión, hasta el momento en que la ingrata realidad venía a refrescar su
memoria y a alarmarlos de nuevo.
Un día de primavera, un turco de Veletovo, procedente de
la frontera, fue a sentarse a la kapia y, muy emocionado, contó a los notables
turcos que allí se encontraban lo que acababa de suceder en su ciudad.
Dijo el hombre que un cierto día del invierno anterior
había llegado hasta Veletovo, lován Mitchitch, personaje de mala reputación,
Serdar de Ruyán, que venía de Aril con una tropa armada y que, no más hubo
llegado, empezó a inspeccionar y a medir la frontera. Cuando le preguntaron
cuáles eran sus intenciones y qué era lo que hacía allí, respondió con
arrogancia que no tenía que rendir cuentas a nadie ni mucho menos a unos
bosníacos renegados, pero, si se empeñaban en saberlo, les informaba que había
sido enviado por el príncipe Miloch para ver por dónde pasaría la frontera y
hasta dónde se extendería Servia.
—Pensamos —continuó el hombre de Veletovo— que el
cristiano estaba bebido y que no sabía lo que decía, pues era conocido de hacía
tiempo como un bandido redomado y un tipo de la peor especie. Lo echamos como a
un imbécil y no volvimos a pensar en él. Menos de dos meses después, volvió a
aparecer, esta vez con toda una compañía de soldados de Miloch y con un
delegado del sultán, un hombre de Estambul débil y pálido. No dábamos crédito a
nuestros ojos. Pero el delegado nos lo confirmó todo. No se atrevía a levantar
los ojos de vergüenza, pero lo confirmó. Es, según dijo, una orden del gobierno
imperial para que Miloch gobierne Servia en nombre del sultán y para que sea
determinada la frontera que establecerá los límites de su administración.
Cuando los hombres del delegado se pusieron a clavar los postes a lo largo de
la cuesta que está por debajo de Tebrebitsa, Mitchitch fue arrancando uno a uno
los postes arrojándolos tras ellos. El cristiano furioso (¡así lo devoren los
perros!) se lanzó al delegado, gritándole como un criado y amenazándole con la
pena capital.
Esa no es la frontera, dijo; la frontera ha sido fijada
por el sultán y por el zar de Rusia que han entregado un firman32, referente a
este punto, al "príncipe" Miloch; pasa a lo largo del Lim33, va
derecha al puente de Vichegrado para seguir después el Drina; todo ese
territorio forma, pues, parte de Servia. Y será así sólo durante algún tiempo,
porque después será adelantada aún más. El delegado logró persuadirle a duras
penas, y entonces establecieron la frontera por encima de Veletovo. Y ahí
quedaron las cosas, al menos por el momento. Sólo que, desde ese día, han
penetrado en nosotros la duda y un cierto temor, y no sabemos ni qué hacer ni a
dónde ir. Hemos hablado con la gente de Ujitsa, pero ni siquiera ellos saben lo
que sucederá ni en qué terminará todo esto. Y el viejo Hadji Zuko, que ha ido
dos veces a la Meca y que tiene más de ochenta años, dice que antes de que pase
una generación, la frontera turca irá a parar allá lejos, al mar Negro, a
quince etapas de nuestras tierras.
Los notables turcos de Vichegrado escucharon al hombre de
Veletovo. Ofrecían un aspecto tranquilo, pero interiormente se sentían turbados
y aturdidos. Las palabras que acababan de oír produjeron tal efecto en ellos
que no pudieron permanecer quietos y sus manos se aferraron al banco, como si
una corriente poderosa e invisible se precipitase desde algún lugar ignorado
azotando y sacudiendo el puente. Dominándose, lograron encontrar unas palabras
que disminuyeron la importancia del suceso.
No les gustaban las noticias desagradables, ni los
pensamientos tristes, ni las conversaciones serias y preocupadas, pero
comprendieron, en aquella ocasión, que todo aquello no presagiaba nada bueno;
no podían negar lo que había contado el hombre de Veletovo, y no sabían de qué
modo podían tranquilizarlo y devolverle los ánimos. Sólo querían que el campesino
volviese a las tierras de Veletovo, llevándose con él las tristes noticias que
había traído.
Realmente, la inquietud no sería menor, pero, por lo
menos, se habría alejado de ellos. Y cuando el hombre hubo marchado, se
sintieron felices de poder volver a sus costumbres y de continuar sentándose
tranquilamente en la kapia, sin esas conversaciones que hacen desagradable la
vida al hombre y que pintan el futuro con tintes sombríos. Y dejaron que el
tiempo se encargara de atenuar y de disminuir la gravedad de los
acontecimientos que se desarrollaban al otro lado de la montaña.
El tiempo cumplió con su trabajo. La vida continuó su
curso sin cambios aparentes. Pasaron más de treinta años desde esta
conversación. Pero los postes que el delegado del sultán y el serdar de Ruyán
habían clavado en la frontera, echaron raíces y dieron frutos tardíos, pero
amargos para los turcos, que tuvieron que abandonar hasta las últimas ciudades
que poseían en Servia. Y, un cierto día de verano, el puente de Vichegrado se
vio cubierto por el lamentable cortejo de los refugiados de Ujitsa.
Era uno de esos días de crepúsculo largo y grato, en los
que los turcos vienen desde el barrio del mercado a ocupar las dos terrazas de
la kapia. Durante esos días, los melones llegan por cestas que acarrean unos
burrillos. Son puestos a refrescar junto con las calabazas maduras, y, por la
noche, la gente que ha concluido el trabajo los compra y se los come en el
sofá. Es frecuente que dos amigos hagan una apuesta: ¿es blanca o roja la
calabaza por dentro? La cortan; el que ha perdido paga, y se la comen juntos
hablando y bromeando ruidosamente.
El calor tórrido del día brota aún de las piedras, pero ya
empieza a subir del agua un viento fresco que acompaña al crepúsculo. El centro
del río brilla, mas junto a las orillas, bajo los sauces y los mimbres, se
extiende una sombra de color verde oscuro. Todas las colinas circundantes
adquieren bajo el sol poniente un tono rojizo que resplandece en unas y es
apenas sensible en otras. Por encima de ellas, sobre la mitad sudoeste del
anfiteatro que la mirada descubre desde la kapia, cruzan nubes de verano cuyo
color cambia sin cesar. Esas nubes son uno de los espectáculos que ofrece la
kapia en verano. Desde el momento en que se hace de día y el sol aparece en el
cielo, llegan de detrás de las montañas en masas espesas, blancas, plateadas y
grises, formando paisajes fantásticos, cúpulas irregulares y multicolores
parecidas a las de los edificios suntuosos. Y, una vez que se han establecido
en el cielo, permanecen todo el día, inmóviles y pesadas, cubriendo las colinas
que rodean a la ciudad abrasada por el sol. Y los turcos que se sientan a la
hora del crepúsculo en la kapia, tienen siempre ante los ojos esas nubes que
les recuerdan a las tiendas de seda del sultán, despertando en su imaginación
visiones y escenas de campos y combates e imágenes de una fuerza y un lujo
maravilloso y desmesurado. Apenas la oscuridad las apaga y las disipa, las
estrellas y la luna abren en el firmamento un panorama de nuevas magias.
Nunca puede sentirse mejor esa belleza extraña y
excepcional como en los días de verano, cuando el sol muere. Los hombres llegan
a sentirse como sobre un columpio mágico; cruzan la tierra, navegan los mares,
vuelan a través del espacio y tornan para atarse firmemente a su ciudad y a sus
casas blancas, rodeadas por un jardín y un huerto de ciruelos. Muchos de estos
modestos ciudadanos, que sólo tienen una de esas casas y una tiendecita en el
barrio del mercado, sienten a esas horas, mientras beben café y fuman, toda la
riqueza del mundo y la infinitud de los dones de Dios. Todo esto puede
ofrecerlo a los hombres, a través de los siglos, un simple edificio si es
hermoso y sólido, si ha sido concebido en el momento oportuno, elevado en el
sitio conveniente y realizado con fortuna.
Y he aquí que nos encontramos en una de esas tardes llena
de conversaciones y de risas y de las bromas que cambian los habitantes entre
ellos o que dirigen a los amigos que pasan.
Un muchacho bajo, robusto y de aspecto singular, llamado
Salko el Tuerto, era el blanco de todas las bromas y quien, con mayor
animación, correspondía a ellas.
El Tuerto era hijo de una cíngara y de un soldado o de un
oficial anatolio que prestó antaño sus servicios en la ciudad y que la abandonó
antes del nacimiento de este hijo que él nunca había deseado. Pronto murió la
madre y el chiquillo creció sin familia alguna. Fue criado por toda la ciudad;
era de todos, sin pertenecer a nadie. Trabajaba en las tiendas y en las casas
desempeñando los cometidos que ningún otro era capaz de aceptar. Limpiaba las
zanjas y las canalizaciones, quitando todos los desechos y cuanto el agua había
depositado. Nunca tuvo casa ni apellido ni profesión determinada. Comía donde
le venía bien, de pie o andando, dormía en los graneros, vestía con los harapos
más diversos que los demás le daban. Cuando todavía era niño perdió el ojo izquierdo.
Raro, valiente, feliz, truhán y gran bebedor, rendía tantos servicios a la
gente de la ciudad, proporcionándoles la oportunidad de bromear, como cuando
trabajaba para ellos.
En torno al Tuerto se habían reunido algunos muchachos,
hijos de comerciantes, que reían y le dirigían bromas groseras.
El aire estaba perfumado por el aroma del melón y del café
tostado. El sol se había puesto, pero aún no se veía la gran estrella que
brilla encima de Molievnik. En semejante momento, cuando las cosas más
corrientes pueden adquirir el aspecto de visiones llenas de grandeza, de temor
y de una significación particular, aparecieron sobre el puente los primeros
refugiados de Ujitsa.
La mayoría de los hombres iban a pie, cubiertos de polvo y
encorvados, en tanto los niños y las mujeres, envueltas en sus velos y con los
ojos desencajados, iban a caballo. A veces, algún hombre importante cabalgaba
sobre un caballo mejor, pero a paso de entierro y con la cabeza baja, lo cual
revelaba aún más la desgracia que había caído sobre sus cabezas. Unos llevaban
una cabra atada con una cuerda. Otros, un cordero en los brazos. Todos
callaban; no se oía ni el llanto de los niños. Tan sólo el ruido de los cascos
de los caballos y de los pasos de los hombres, y el entrechocar monótono de los
objetos de cobre y de madera que pendían de los caballos agobiados por la
carga.
La aparición de aquellos seres extenuados y en la ruina
detuvo en seco la animación que reinaba en la kapia. Los viejos permanecieron
en los bancos de piedra. Los jóvenes se levantaron uno tras otro y formaron a
cada lado de la kapia un muro viviente; el cortejo pasó entre ellos. Unos se
contentaban con mirar a los refugiados con compasión y guardaban silencio;
otros les daban la bienvenida y trataban de detenerlos y ofrecerles algo, pero
nadie volvía la cabeza para ver lo que les brindaban y apenas respondían a las
palabras de bienvenida. Se limitaban a apresurar el paso con objeto de llegar
antes de que cayese la noche al final de la etapa.
Habría unas cien familias. La mayoría siguió su camino
hacia Sarajevo, donde probablemente serían albergados; el resto se quedó en la
ciudad, en la cual tenían parientes.
Uno solo de aquellos hombres extenuados, aparentemente
pobre y sin familia, se detuvo un instante en la kapia, bebió agua en
abundancia y aceptó un cigarro que le ofrecieron. Estaba completamente blanco
del polvo del camino, sus ojos brillaban como si tuviese fiebre y su mirada iba
de un objeto a otro sin cesar. Aspirando ávidamente el humo, dirigió alrededor
suyo una mirada brillante, desagradable, sin contestar nada a las preguntas
tímidas y corteses que le formularon. Se limitó a enjugar sus largos bigotes,
agradeciendo brevemente y con esa amargura que dejan en el hombre la fatiga y
el sentimiento de abandono, las atenciones que habían tenido con él, y
observándolos a todos con unos ojos que no veían, les dijo:
—Estáis aquí sentados, divirtiéndoos, sin saber lo que
sucede en Stanichevats. Nosotros hemos podido refugiarnos en tierra turca,
pero, ¿a dónde iréis vosotros cuando llegue el turno a este país? Nadie lo sabe
ni puede imaginarlo.
El hombre cesó bruscamente de hablar. Lo que había dicho
era a la vez mucho para aquellas gentes libres de preocupaciones, aunque fuese
por poco tiempo, y muy poco para la amargura que lo invadía y que no le
permitía ni callarse ni hablar con claridad. Fue él mismo quien rompió el
penoso silencio, despidiéndose, dando las gracias y apresurándose para reunirse
con el resto de la comitiva. Todos se pusieron en pie para decirle con voz
potente que le deseaban toda clase de prosperidades.
Aquella tarde, en la kapia, se mantuvo una triste
impresión. La gente estaba sombría y silenciosa. El mismo Tuerto se quedó
sentado, mudo e inmóvil, en uno de los escalones de piedra. Alrededor de él, el
suelo estaba tapizado con las cortezas de las calabazas que se había comido
gracias a una apuesta. Con la cabeza apoyada sobre el brazo, invadido de
melancolía, la mirada baja y ausente, daba la sensación de no estar mirando
frente a sí, sino a una profundidad lejana que casi no llegaba a vislumbrar. Todos
se fueron antes que de costumbre.
Pero, a partir del día siguiente, la vida recobró su
aspecto habitual porque las gentes de la ciudad no querían recordar las
desgracias ni inquietarse antes de tiempo; en el fondo de su ser, abrigaban la
idea de que la verdadera vida se compone de períodos tranquilos y de que sería
loco y vano turbar esos escasos períodos tranquilos, reclamando otra vida, más
sólida y más estable, que no existe.
Durante el segundo tercio del siglo XIX, Sarajevo sufrió
por dos veces la peste y una vez el cólera. En tales casos, la ciudad observaba
los preceptos que, según la tradición, Mahoma había dado a sus fieles con el
fin de regular su conducta en caso de epidemia:
"Cuando la enfermedad reina en un lugar, no vayáis a
él, pues podéis contraerla, pero si estáis en el lugar en que reina la
enfermedad, no salgáis de ese lugar, pues podéis hacer que otros la
contraigan."
Y, como la gente no observaba los preceptos más
saludables, ni siquiera cuando se invoca la autoridad del enviado de Dios, si
no es obligada por "la fuerza de la autoridad", la autoridad, con
motivo de cada "peste", limitaba o suspendía completamente la
circulación de los viajeros y del correo.
Entonces la vida de la kapia cambiaba de aspecto. Los
habitantes, ocupados u ociosos, pensativos o alegres, desaparecían, y en el
sofá desierto se montaba de nuevo, como en tiempos de revuelta o de guerra, una
guardia de algunos hombres. Se detenía a los viajeros procedentes de Sarajevo y
se les hacía volver apuntándoles con los fusiles y gritándoles. Los soldados de
la guardia recibían el correo de manos de unos jinetes, pero lo hacían
adoptando toda clase de precauciones. Se encendía entonces en la kapia un
pequeño fuego de "madera olorosa", que despedía un abundante humo
blanco. Los guardianes cogían las cartas una a una con unas pinzas y las
pasaban por el humo. Las cartas así desinfectadas eran enviadas inmediatamente
más lejos. No era aceptada ninguna mercancía. Pero su tarea principal no era la
de ocuparse de las cartas, sino de las personas. Cada día llegaban algunos
viajeros, mercaderes, mensajeros, vagabundos. Justo a la entrada del puente, un
guardia los esperaba, y, en cuanto los veía aparecer, les hacía una señal con
la mano indicándoles que estaba prohibido acercarse. El viajero se detenía o
comenzaba a parlamentar para justificarse o explicar su caso. Cada uno de ellos
consideraba que era indispensable que lo dejaran entrar en la ciudad y aseguraba
que estaba sano y que no tenía nada que ver con el cólera —¡que lo ahorquen al
cólera!—. Mientras daban todas esas explicaciones, los viajeros alcanzaban poco
a poco la mitad del puente y se aproximaban a la kapia. Allí, los otros
guardianes se unían a la conversación, discutían a algunos pasos de distancia,
gritaban y gesticulaban. También gritaban por otra razón; los guardianes del
puesto de la kapia se pasaban todo el día paladeando rakia y comiendo cebollas
blancas; su servicio les daba derecho a ello porque se creía que ambas cosas
eran buenas para defenderse de la epidemia; y se aprovechaban largamente de tal
derecho.
Muchos viajeros se cansaban de suplicar y de tratar de
convencer a los guardianes, y se volvían quebrantados, sin haber hecho lo que
tenían que hacer, por el camino de Okolichta. Pero los había que eran
perseverantes y batalladores y que permanecían en la kapia durante horas,
acechando un instante de desfallecimiento o de falta de atención, o esperando
un azar insensato y feliz. Si por un acaso se encontraba allí el jefe de los
guardias de la ciudad, Salko Hedo, entonces no existía ninguna esperanza de que
los viajeros pudiesen conseguir algo. Hedo era de ese tipo de autoridades
verdaderas, consagradas, que no ven ni escuchan a quien les habla, y que no se
ocupan de su interlocutor como no sea para asignarle el lugar que le
corresponde según las ordenanzas y los reglamentos. En el ejercicio de sus
funciones era ciego y sordo, y, cuando había concluido, enmudecía. En vano los
viajeros suplicaban o lo halagaban.
—Salikh-Aga, tengo buena salud...
—Entonces, vuelve al sitio de donde vienes, y buena salud.
¡Vete y que el diablo te lleve!
Con Hedo no se podía discutir. Pero si se trataba con los
guardianes subalternos siempre existía alguna posibilidad. El viajero se
quedaba en el puente, y continuaba manteniendo una conversación a gritos con
ellos y se querellaba y les contaba sus desgracias y les hablaba de aquel por
quien había emprendido el viaje y les soltaba todas las desdichas que había
padecido en su vida; entonces, se convertía, de algún modo, en alguien más
próximo, mejor conocido, y se pensaba cada vez menos en que se tratara de un
hombre atacado por el cólera. Al final, uno de los guardianes se ofrecía para
llevar el encargo a la persona a quien iba dirigido en la ciudad. Era el primer
paso hacia el relajamiento. Pero el viajero insistía en que su asunto no podía
ser realizado por nadie; sabía que los guardianes, nerviosos y medio borrachos
a fuerza de cuidarse con rakia, no tenían claras las ideas y hacían muchos
encargos al revés. Había que continuar la conversación, rogando, ofreciendo
propinas, apelando a Dios y a su alma. Y así hasta el momento en que sólo
quedaba uno de ellos que se había mostrado más complaciente. En ese momento, la
partida estaba resuelta. El guardián, de alma bondadosa, volvía la cabeza hacia
el muro, simulando leer la inscripción, ponía las manos a la espalda,
ofreciendo la derecha abierta. El viajero perseverante deslizaba en la mano del
guardián la suma convenida, miraba a derecha e izquierda, cruzaba corriendo la
otra mitad del puente y se perdía en la ciudad. El guardián volvía a su puesto,
machacaba cebolla y la rociaba con rakia. Esto lo colmaba de una resolución
despreocupada y alegre, le daba fuerzas para vigilar y para proteger la ciudad
contra el cólera.
Pero las desgracias no duran eternamente (rasgo que tienen
en común con las alegrías); pasan, o, por lo menos, cambian de forma, y se
desvanecen en el olvido. Y la vida en la kapia se renueva siempre y a pesar de
todo, y el puente no cambia ni con los años, ni con los siglos, ni con las
transformaciones más dolorosas de las relaciones humanas. Todo pasa por él de
igual manera que el agua tumultuosa corre bajo sus ojos lisos y perfectos.
CAPÍTULO VIII
No eran sólo las guerras, las pestes y los éxodos, los
fenómenos que se desplegaban sobre el puente, suspendiendo la vida en la kapia.
Había también otros acontecimientos excepcionales que daban su nombre al año en
que se habían producido y mantenían por mucho tiempo su recuerdo.
A la izquierda y a la derecha de la kapia, el parapeto del
puente está desde hace mucho tiempo pulido y un poco más oscuro que en el
resto. Desde hace centenares de años, los campesinos posan allí su carga
cuando, mientras atraviesan el puente, sienten deseos de descansar, y los
ociosos se acodan en él, hablando, cuando esperan a alguien o bien en aquellos
momentos en que, solitarios, contemplan cómo, en el abismo, corre el agua
espumosa y rápida, siempre nueva y siempre igual.
Mas nunca hubo tantos desocupados y curiosos que se
apoyasen en el parapeto y mirasen la superficie del agua, pareciendo que
querían leerla y descifrarla, como en los últimos días del mes de agosto de
aquel año. Las aguas bajaban turbias a causa de la lluvia, aunque todavía no
había terminado el verano. En los remolinos que se formaban bajo el agua podía
distinguirse una espuma blanca que daba vueltas, mezclada con residuos de
madera, ramitas y briznas de paja. Sin embargo, desde el muro, los ociosos de
la ciudad, con la cabeza entre las manos, no miraban, en realidad, al río que
les era sobradamente conocido y que no podía decirles nada; en la superficie de
las aguas, como en sus conversaciones, trataban de hallar una explicación que
los tranquilizase, y una especie de huella visible de un destino oscuro y cruel
que, por aquellos días, había sorprendido y turbado a todos.
En aquella época, se produjo en la kapia un acontecimiento
verdaderamente importante; un acontecimiento del que no existía precedente y
que, probablemente, no se repetirá en tanto haya un puente sobre el Drina y una
ciudad junto al puente. Conmovió a toda la ciudad y se extendió lejos de ella,
por otros lugares, por otras regiones, como una de esas historias que corren
por el mundo.
Fue, en realidad, la historia de dos aldeas: Veli Lug y
Nezuka. Estas dos aldeas están situadas en los extremos opuestos del anfiteatro
que forman, alrededor de la ciudad, las colinas pardas y los verdes alcores.
El pueblo de Strajichta, al nordeste del valle, es el más
próximo a la ciudad. Sus casas, sus campos y sus jardines están diseminados por
unas lomas y empotrados en los valles que las separan. Sobre el flanco
redondeado de uno de esos promontorios hay unas quince casas, sumidas en sus
huertos de ciruelos y rodeadas por todas partes por el campo. Es la aldea de
Veli Lug, colonia turca apacible, bella y rica, emplazada en las alturas. Forma
parte del municipio de Strajichta, pero está más lejos de ésta que de la
ciudad; las gentes que viven en Veli Lug tienen a una media hora el barrio del
mercado, donde poseen almacenes y efectúan sus negocios, como los otros
habitantes de la ciudad. Entre ellos y los vichegradeses no existe ninguna
diferencia, si no es, quizá, la de que sus bienes son más estables y gozan de
más seguridad, porque residen en tierra firme, al sol, y no corren el riesgo de
las inundaciones; también se caracterizan por ser más modestos y vivir más
retirados, libres de las malas costumbres de la ciudad. Veli Lug goza de una
buena tierra, una agua pura y una hermosa gente.
En ella vive una rama de la familia de los Osmanagitch de
Vichegrado. Y aunque los de la ciudad sean más y posean mayores riquezas, el
pueblo considera que éstos han "decaído", y que los verdaderos
Osmanagitch son los de Veli Lug, cuna de la familia. Constituyen una hermosa
raza, susceptible y orgullosa de su nacimiento. Poseen la casa más grande del
lugar que se ve, en toda su blancura, un poco más abajo de la cumbre, expuesta
al sudoeste, siempre recién encalada, con su techo de bálago ennegrecido, y sus
catorce ventanas guarnecidas de vidrio. Esta casa es visible desde lejos, y es
lo primero que se presenta a los ojos del viajero que baja por el camino que
conduce a Vichegrado, o que se vuelve al salir de la ciudad. Los últimos rayos
del sol que se ponen tras las crestas de Liechtán, se detienen y se quiebran
sobre la blanca y brillante faz de la casa. Las gentes de la ciudad tienen,
desde hace tiempo, la costumbre de contemplar, hacia el atardecer, cómo el sol
poniente se refleja en las ventanas de los Osmanagitch, las cuales, una a una,
se van apagando. A menudo, cuando el sol ya se ha ocultado y la ciudad queda
envuelta en las sombras, una de esas ventanas se enciende con un último
reflejo, perdido en medio de las nubes, y brilla aún durante unos instantes
como una gran estrella roja suspendida sobre la ciudad que duerme. También muy
conocido, y personaje considerable de la ciudad, es el dueño de la casa, Avdaga
Osmanagitch, hombre intrépido y fogoso tanto en su vida como en sus negocios.
Tiene un almacén de "depósito" en el barrio del mercado, local bajo y
semioscuro, donde sobre tablas y esteras trenzadas se extienden el maíz, las
ciruelas o las piñas. Avdaga trabaja al por mayor, y, por tanto, su almacén no
abre todos los días, sino en las fechas de mercado y, durante la semana, cuando
el trabajo y las necesidades lo exigen. En el almacén siempre está uno de los
hijos de Avdaga, mientras que generalmente él permanece sentado en un banco
delante del local. Allí, charla con los clientes o con los conocidos. Es un
hombre alto, imponente y coloradote; su barba y su bigote son completamente
blancos. Su voz es ronca y sofocada. Hace años que padece una asma cruel. Y,
cuando, al hablar, se excita y levanta la voz, lo que sucede a menudo, una tos
violenta le corta bruscamente la palabra, las venas del cuello se le hinchan,
la cara se le pone de color escarlata y sus ojos se arrasan de lágrimas y su
pecho gime, resuena y silba, como la tormenta en las montañas. Cuando pasa el
acceso de tos, se recupera inmediatamente, aspira aire a fondo y reanuda la
conversación en el punto en que se había parado; únicamente se observa una
ligera variación en la voz, que se deja oír más débil. Es conocido en la ciudad
y en sus alrededores como un hombre sobrio, de mano generosa y corazón
atrevido. Así es en todo, incluso en su negocio, aunque frecuentemente su
temperamento lo perjudique. Muchas veces, a causa de una palabra osada,
disminuye o aumenta el precio de las ciruelas, aunque no tenga ningún interés
en ello, sencillamente por bravata frente a un lugareño que tema por su dinero,
o frente a un comerciante avaro. En general, se le escucha en el barrio del
mercado y se recogen sus opiniones, aun a sabiendas de que muchas veces es
fogoso y subjetivo en sus juicios. Cuando Avdaga baja de Veli Lug y se instala
ante su almacén, rara es la vez que está solo, porque a la gente le gusta su
charla y desea oír sus opiniones. Es franco y vivo, siempre presto a decir y a
defender lo que los demás prefieren dejar pasar en silencio. Su asma y sus
accesos dolorosos de tos le cortan a cada instante las palabras, pero, cosa
extraordinaria, no estropean el efecto de lo que dice: al contrario, hacen más
convincentes sus pensamientos y dan una dignidad grave y penosa a su manera de
expresarse, hasta el punto de que no es fácil resistirse a ella.
Avdaga tiene cinco hijos adultos, que están casados, y una
hija única, la menor, en edad de matrimonio. Se sabe de esa hija, Fata, que es
extraordinariamente hermosa, e! vivo retrato de su padre. La cuestión de su
matrimonio preocupa a la ciudad y, poco a poco, ha trascendido a los
alrededores. Es costumbre desde siempre entre nosotros, el que una muchacha de
cada generación pase a las leyendas y a las canciones a causa de su hermosura,
de sus cualidades y de su nobleza. Esa muchacha, durante unos años, es el
objeto de todos los deseos y el ejemplo inaccesible: con sólo oír su nombre,
las imaginaciones se inflaman, se desborda el entusiasmo de los hombres y se va
tejiendo la envidia de las mujeres. Se trata de esos seres excepcionales a los
que la naturaleza distingue y levanta hasta alturas peligrosas.
La hija de Avdaga se parecía a su padre, no sólo en la
cara y en el aspecto, sino en la lucidez de su espíritu y en su don de palabra.
Quienes mejor lo sabían eran los muchachos que, en las bodas y en los
encuentros fortuitos, trataban, por medio de adulaciones triviales o bromas
atrevidas, de conquistarla o de azararla. Su don de palabra no era nada
inferior a su belleza. La canción sobre Fata, la hija de Avdaga (las canciones
en torno a criaturas tan excepcionales nacen de un modo espontáneo, sin saber
dónde) decía:
¡Qué juiciosa eres, qué hermosa,
hermosa Fata, hija de Avdaga!
Así se cantaba y se hablaba en la ciudad y en sus
alrededores, pero eran pocos los que tenían la audacia de pedir la mano de la
muchacha. Y cuando incluso esos pocos fueron rechazados sucesivamente, se formó
en seguida en torno a Fata el círculo de admiración, de odio y de envidia, de
deseos inconfesados y de espera maliciosa, que rodea siempre a los seres cuyos
dones y cuyo destino son excepcionales. Tales personas, a las que se canta y de
las que se habla, son arrastradas velozmente por su destino particular, y, tras
ellas, quedan vivas, en lugar de una existencia realizada, una canción o una
historia.
Entre nosotros, ocurre con frecuencia que la muchacha de
la que se habla mucho, se queda, precisamente por esta razón, sin pretendientes
y "soltera", mientras que se casan fácilmente las muchachas que,
desde todos los puntos de vista, no valen lo que aquélla. Esta desventura no
cayó sobre Fata, porque hubo quien fue lo suficientemente atrevido para pedir
su mano; alguien sumamente hábil y tenaz para alcanzar su meta.
En el círculo irregular que forma la cuenca del Drina a su
paso por Vichegrado, exactamente enfrente de Veli Lug, se encuentra la aldea de
Nezuka.
Más allá del puente, a menos de una hora de marcha río
arriba, justamente en el macizo de montañas escarpadas de las que, como un muro
pardo, desemboca el Drina en un brusco recodo, hay una estrecha faja de tierra
fértil situada sobre la orilla rocosa del río. Son aluviones y torrentes que
descienden en abrupta pendiente de las Rocas de Butko. Ellos permiten la
existencia de campos y de jardines y, a un lado, de praderas cubiertas por
hierba tierna que se pierden hacia las cumbres entre pedriscos escarpados y
breñas sombrías. Toda la aldea es propiedad de los beys Hamzitch, también
llamados los Turcovitch. En la mitad de las tierras viven cinco o seis familias
de campesinos siervos; en la otra, se encuentran las casas de los beys, los
hermanos Hamzitch, con Mustaí-Bey Hamzitch a la cabeza. La aldea está apartada
y expuesta al norte, sin sol, pero también sin viento, y es más rica en frutas
y en heno que en trigo. Rodeada y oprimida por todas partes por altas colinas
abruptas, está a la sombra casi todo el día, y siempre en silencio, aunque cada
llamada de los pastores, cada movimiento de los cencerros del ganado sean
devueltos por las montañas en un eco sonoro y múltiple. Sólo hay un camino que
conduzca a ella. Cuando, al salir de la ciudad, se cruza el puente y se deja la
carretera principal que se desvía a la derecha y sigue el curso del río, y una
vez situados justamente en la orilla, se va a parar a un estrecho sendero
pedregoso que tuerce a la izquierda del puente, atraviesa una extensión árida e
inculta y sube por encima del Drina, pasando junto a la orilla, como un borde
blanco sobre el terreno pardo que cae a pico, hundiéndose en el río. Si se mira
desde arriba del puente, a algún caballero o a un peatón que pasen por aquel
lugar, se tiene la impresión de que van por un estrecho tronco de árbol
arrojado entre el agua y la roca, y su imagen, mientras avanzan, no deja de
reflejarse en el agua tranquila y verde del río.
Es el camino que conduce desde la ciudad a Nezuka; pero de
Nezuka no sale ningún otro, porque no hay sitio donde ir ni nadie que viaje.
Tan sólo, por encima de las casas, la vertiente, cubierta por un bosque claro,
está cortada por dos profundos barrancos blancos por los cuales trepan los
pastores cuando van en busca del ganado a la montaña.
Allí se encuentra la enorme casa blanca del más viejo de
los Hamzitch, Mustaí-Bey. No es más pequeña que la casa de los Osmanagitch en
Veli Lug, pero a diferencia de ésta, es absolutamente invisible, hundida en
aquel soto a orillas del Drina. Dispuestos en torno a ella, en semicírculo,
crecen once altos álamos que, por su susurro y su movimiento, dan una animación
continua a aquel rincón de tierra cerrado por todas partes y de difícil acceso.
Más abajo se encuentran, algo más pequeñas y más modestas, las casas de los
otros dos hermanos Hamzitch. Todos los Hamzitch tienen muchos hijos y son
esbeltos, altos, pálidos de rostro, taciturnos e introvertidos, pero unidos y
activos en el trabajo, acostumbrados a estimar y a defender lo que les
pertenece. Al ser las gentes más acomodadas de la aldea, tienen en la ciudad
sus almacenes de depósito, adonde llevan cuanto cosechan en Nezuka. Durante
cada estación, ellos y sus siervos pululan y trepan como hormigas por el
estrecho sendero que corre a lo largo del Drina; unos llevan sus mercancías a
la ciudad, otros vuelven de ella, concluidos sus asuntos, con el dinero en el
cinturón, para recogerse en su pueblo invisible.
En casa de Mustai-Bey Hamzitch, en aquel edificio blanco
que recibe a los hombres como una agradable sorpresa al cabo del sendero
pedregoso que parece no conducir a ninguna parte, hay cuatro hijas y un hijo
único, Nail. Este Nail-Bey, de Nazuka, ha sido de los primeros en fijarse en
Fátima, la de Veli Lug. Durante una boda, a través de una puerta entreabierta,
junto a la cual se hacinaba un gran número de jóvenes entusiastas, no dejó de
admirar su belleza. La volvió a ver otra vez, rodeada de amigas, y le dirigió
una broma atrevida:
—Quieran Dios y Mustaí-Bey darte el nombre de desposada.
Fata ahogó su risa.
—No rías —dijo, a través de la estrecha abertura de la
puerta, el excitado muchacho—, ese prodigio se realizará un día.
—Eso sucederá cuando Veli Lug descienda hasta Nezuka
—repuso la muchacha con una nueva risa y un movimiento altivo de su cuerpo,
como sólo las criaturas semejantes a ella y de su edad son capaces de hacer, y
que decía más que sus palabras y su risa.
Así provocan a menudo al destino, con osadía, de modo
desconsiderado, los seres particularmente dotados por la naturaleza. Esta
respuesta se divulgó y corrió de boca en boca, como todo lo que ella hacía y
decía.
Pero los hermanos Hamzitch no son gente que se detenga o
se desanime ante la primera dificultad. Incluso cuando se trata de asuntos de
menor importancia, no los rematan inmediatamente ni violentan las cosas; mucho
menos, en una cuestión de tanta importancia. Una tentativa, hecha a través de
los parientes de la ciudad, no tuvo éxito. Entonces, el viejo Mustaí-Bey
Hamzitch tomó en sus manos el matrimonio de su hijo. Tenía desde siempre
negocios en común con Avdaga. A causa de su naturaleza irritable y fiera, Avdaga
había padecido en los últimos tiempos pérdidas considerables, debido a las
cuales le era difícil hacer frente, por el momento, a algunos de sus
compromisos. Mustaí-Bey, en tales circunstancias, lo ayudó y lo sostuvo, como
únicamente las buenas personas del barrio del mercado pueden ayudarse y
sostenerse unos a otros en un trance difícil: con sencillez, con naturalidad y
sin discursos.
En esos depósitos umbrosos y frescos, y en los asientos de
piedra pulimentada que hay ante ellos, no se arreglan sólo las cuestiones de
dinero y de comercio, sino también destinos humanos. ¿Qué pasó entre Avdaga
Osmanagitch y Mustaí-Bey Hamzitch? ¿Cómo Mustaí-Bey pidió la mano de Fata para
su hijo Nail, y cómo Avdaga, con su rigidez y su orgullo, "la
concedió"? Nadie lo sabrá nunca. Tampoco se sabrá cómo sucedieron las
cosas en Veli Lug, entre el padre y su hija. Desde luego, no pudo haber resistencia
por parte de ella. Una mirada llena de dolorosa sorpresa y aquel movimiento
orgulloso de su cuerpo que sólo era suyo, y después una muda y sorda sumisión a
la voluntad paterna, como era y es costumbre entre nosotros. Igual que en
sueños, empezó a exponer, a contemplar y a ordenar su equipo de novia.
Tampoco se supo nada de Nezuka. Los prudentes Hamzitch no
pedían a las gentes que registrasen su éxito en sus conversaciones. Habían
obtenido lo que querían y, como siempre, se contentaban con el triunfo. No
tenían necesidad de que nadie participase de su alegría, de igual modo que
nunca pedían compasión cuando sufrían un fracaso.
La gente no dejaba de levantar murmullos abundantes y
desconsiderados, como suelen ser los murmullos de la gente, a propósito del
acontecimiento. Por toda la ciudad y por sus alrededores, se contaba cómo los
Hamzitch habían obtenido lo que querían; cómo la bella, altiva y juiciosa hija
de Avdaga, que no había encontrado en toda Bosnia un pretendiente digno de
ella, había sido burlada y vencida; cómo, a pesar de todo, " Veli Lug
descendería hasta Nezuka", aunque Fata hubiese declarado públicamente que
esto no sucedería nunca. Porque a la gente le gusta hablar así de la caída y de
la humillación de aquellos que se han levantado y han emprendido un vuelo
demasiado alto.
Durante un mes, todo el mundo propagó relatos sobre la
noticia, y, en sus conversaciones, saboreaban la futura humillación de Fata,
como un delicioso néctar. Y, durante un mes, se hicieron preparativos en Nezuka
y en Veli Lug.
Durante un mes. Fátima trabajó con sus amigas, con sus
familiares y sus criados, para preparar su equipo. Las muchachas cantaban. Ella
también cantaba. Encontraba incluso fuerzas para ello. Y se escuchaba a sí
misma, mientras seguía el curso de sus pensamientos. Porque, a cada puntada que
daba, aumentaba su seguridad de que ni ella ni sus bordados llegarían a ver
Nezuka. No lo olvidaba un instante. Pero, trabajando y cantando, tenía la
impresión de que había una gran distancia entre Veli Lug y Nezuka y que un mes
era mucho tiempo. Por la noche le sucedía lo mismo; cuando, pretextando haber
terminado un trabajo, se quedaba sola, el mundo se abría ante ella, rico, pleno
de luz y de felices mutaciones.
En Veli Lug, las noches son cálidas y, al mismo tiempo,
frescas. Las estrellas están bajas y se agitan, ceñidas por una luz blanca y
vacilante. De pie ante la ventana, Fátima contempla la noche. Lleva en todo su
cuerpo una fuerza tranquila, desbordante y dulce, y siente cada parte de su ser
como un manantial de vigor y de alegría: sus piernas, sus caderas, sus brazos,
su cuello y, sobre todo, su pecho. Sus senos, generosos y pesados, pero en esa
parte de su cuerpo el peso de todo el alcor, con cuanto lleva consigo: casa,
edificaciones, campos; respira con un aliento cálido, profundo, igual, que se
eleva y desciende con el cielo luminoso y el espacio nocturno. Bajo su
respiración, la contraventana sube y baja, toca el vértice de sus senos, los
deja, en un intento de alejarse, vuelve y los roza de nuevo, para bajar y
alejarse otra vez.
Sí, el mundo es grande, el mundo es enorme, tanto de noche
como de día, cuando el valle de Vichegrado llamea y cuando casi se oye el
madurar de los trigos que lo cubren, cuando la ciudad se ofrece blanca,
extendida en torno al río verde y cerrada por la línea regular del puente y por
las colinas negras. Pero es por la noche, sólo por la noche, al revivir e
inflamarse los cielos, cuando se revelan la infinidad y la fuerza poderosa de
este mundo en el que el hombre se pierde, sin tener conocimiento ni de sí mismo,
ni del lugar al que ha ido, ni de lo que quiere o debe hacer. Sólo por la noche
se vive verdaderamente con serenidad, por largo tiempo; sólo por la noche no
existen las palabras que comprometen para toda la vida, ni las promesas
mortales, ni las situaciones sin salida, con el breve plazo que corre y se
escapa inexorablemente, y con la muerte o la vergüenza como único término y
posibilidad de escape. Sí, por la noche no sucede como en la vida diurna, en la
que lo que se dice una vez permanece irrevocable y convertido en ineludible
promesa. Por la noche, todo es libre, infinito, anónimo y mudo.
Entonces, se oye en algún lugar de la planta baja, como si
viniese de lejos, una voz penosa, profunda y ahogada: "¡Aaa-ach, kkkkh!
¡Aaaach, kkkkh!"
Es Avdaga que lucha con sus accesos de tos nocturnos.
Fata no sólo reconoce aquella voz, sino que ve
perfectamente a su padre, fumando sentado, torturado por la tos y el insomnio.
Cree distinguir sus grandes ojos pardos que tan bien conoce; aquellos ojos tan
parecidos a los suyos, ensombrecidos por la vejez y bañados por un resplandor
lacrimoso y riente, aquellos ojos en los que leyó por vez primera que su
destino era inevitable, cuando le dijo que estaba prometida a un Hamzitch y que
debía hacer sus preparativos para dentro de un mes.
"¡Khha, kkha, kkha! ¡akh!"
El éxtasis que sintió la muchacha hace unos minutos, ante
la belleza de la noche y la grandeza del mundo, se viene abajo de pronto. El
aliento perfumado de la noche se detiene. Los senos de Fata se crispan en un
dulce espasmo. Las estrellas y los espacios se desvanecen. Sólo queda el
destino, su destino ineludible y cruel en vísperas de realizarse, que va
cumpliéndose, que se consume a medida que el tiempo pasa, dentro de esa calma
hecha de inmovilidad y de vacío, que permanece cuando todas las cosas han pasado.
El sonido sordo de la tos sube desde la planta baja.
Sí, ella lo oye y lo ve, como si estuviese en su
presencia. Es su padre querido, poderoso, único, a quien se siente unida
indisolublemente, dulcemente unida desde que tiene conciencia de su propia
vida. Y siente esa misma tos clavándose en su pecho. Es su padre el que sufre y
ella sufre con él. Es la misma persona que ha pronunciado un "sí",
cuando su corazón de mujer decía "no". Pero sigue en todo la voluntad
de su padre. Y el "sí" de él lo siente como si fuera suyo (tanto como
su propio "no"). A medida que su destino se le manifiesta con toda su
dureza, a punto de realizarse, se da cuenta de que no puede escapar de él. Sólo
sabe una cosa: a causa del "sí" de su padre, deberá pasar ante el
caíd, junto al hijo de Mustaí-Bey; no cabe pensar que Avdaga retire la palabra
empeñada. Pero también sabe que no pondrá los pies en Nezuka, porque entonces
sería ella la que no cumpliría con la suya. Y es tan imposible lo uno como lo
otro: la palabra de un Osmanagitch es sagrada. Éste era el dilema: el "no"
de ella y el "sí" de su padre, Veli Lug y Nezuka. Tenía que encontrar
una solución. Ya no piensa en los espacios del mundo grande y rico ni en el
camino entre Veli Lug y Nezuka. Piensa sólo en el corto y lúgubre tramo que va
desde la mechtchema34, donde el caíd la casará con el hijo de Mustaí-Bey, y que
se halla a la salida del puente, en el lugar en que la pendiente pedregosa va a
parar al estrecho sendero que conduce a Nezuka, y que ella no pisará. Su
pensamiento no ha dejado de recorrer ese tramo de un extremo a otro, como la
lanzadera corre a través de la tela. De la mechtchema, cruzando el centro de la
ciudad y el mercado, hasta el extremo del puente; pero aquí se detenía, como si
hubiese visto un abismo, atravesando de nuevo el mercado hasta la mechtchema. Y
así siempre: ida y vuelta, ida y vuelta.
Su imaginación, que no cesaba de trabajar, que no lograba
hallar una salida, se detenía a menudo en la kapia, en el hermoso sofá de
piedra, donde las gentes se sientan a hablar, donde los muchachos cantan,
mientras el río verde, rápido y profundo, ruge bajo el puente. Horrorizada ante
una solución semejante, tornaba a volar, como empujada por una maldición, de un
extremo a otro del camino, hasta que, no encontrando salvación posible, se
paraba de nuevo en la kapia.
Esta idea llegó a obsesionarla hasta el punto de llenar
sus noches. El solo pensamiento de que tenía que llegar el día en que,
realmente, debería recorrer aquel camino, la llenaba de horror ante la muerte y
de espanto ante una vida marcada por la vergüenza. Impotente y abandonada,
tenía la impresión de que el mismo espanto de aquel pensamiento debía alejar o,
por lo menos, retrasar el día.
Mas pasó el tiempo, ni de prisa ni despacio, sino regular
y fatalmente, y con el tiempo llegó la fecha de la boda.
El último jueves del mes de agosto (que era el día que se
había fijado) los Hamzitch llegaron a caballo en busca de la muchacha. Cubierta
de un pesado velo, como una coraza, fue colocada en un caballo y conducida a la
ciudad. Al mismo tiempo, en el patio, fueron cargados a lomos de caballo los
baúles que contenían el equipo de Fata. En la mechtchema se celebró el
matrimonio ante el caíd. Así se cumplió la palabra de Avdaga por la cual había
dado a su hija en matrimonio al hijo de Mustaí-Bey. A continuación, el reducido
cortejo emprendió el camino de Nezuka, donde se habían preparado las
solemnidades propias del caso.
Atravesaron el centro de la ciudad y el mercado; es decir,
una parte de aquel camino sin salida que tantas veces había recorrido Fata con
el pensamiento. Ahora resultaba más tangible e, incluso, más fácil que en la
imaginación. Ni estrellas, ni espacio, ni la tos sorda de su padre, ni el deseo
de que el tiempo vaya más de prisa o más despacio. Cuando llegaron al puente,
la muchacha sintió una vez más, igual que durante las noches pasadas, cuando se
quedaba junto a la ventana, destacarse cada parte de su ser, sobre todo, su
pecho ligeramente crispado. Alcanzaron la kapia. Como tenía planeado, la
muchacha se inclinó y pidió en un susurro al más joven de sus hermanos, que
cabalgaba a su lado, que subiese un poco los estribos, ya que se acercaban a la
cuesta por la que se desciende desde el puente al camino pedregoso que conduce
a Nezuka. Primero, se detuvieron los dos, y luego, un poco más lejos, los
invitados. Aquello resultaba completamente natural. No era ni la primera vez ni
la última que un cortejo nupcial se detenía en la kapia. Mientras su hermano
echaba pie a tierra, daba la vuelta al caballo y recogía las bridas, la
muchacha avanzó su brazo hasta el borde mismo del puente, puso su pie derecho
en el parapeto de piedra, saltó de la silla con la ligereza de un pájaro, pasó
por encima del muro y se lanzó al río que rugía bajo el puente. Su hermano se
precipitó tras ella y tuvo tiempo de tocar con la mano el velo desplegado, pero
no pudo retenerla. Los demás invitados descabalgaron, lanzando exclamaciones, y
permaneciendo a lo largo del parapeto en extrañas actitudes, como petrificados.
Aquel mismo día, al caer la tarde, empezó a llover
intensamente en medio de un frío anormal en aquella época del año. El Drina
creció y se enturbió al mismo tiempo. Al día siguiente las aguas amarillentas
de la crecida arrojaron el cadáver de Fata sobre un fondo, cerca de Kalata.
Allí la encontró un pescador que fue inmediatamente a anunciar su hallazgo al
mulazim35.
Poco después, llego éste al lugar acompañado del muktar36,
del pescador y de Salko el Tuerto. Porque el Tuerto no faltaba nunca en
semejantes circunstancias.
El cadáver yacía, blando y húmedo, sobre la arena. Las
olas lo salpicaban y, de vez en cuando, lo cubrían completamente. El velo nuevo
de tela negra que el agua no había podido arrancar, se había levantado y caía
por encima de la cabeza; mezclado con la larga y espesa cabellera, formaba una
extraña masa negra junto al hermoso cuerpo blanco de la muchacha, al que la
corriente había despojado de su tenue traje de novia. Con el rostro sombrío y
las mandíbulas apretadas, el Tuerto y el pescador se metieron en el agua poco
profunda, cogieron el cuerpo desnudo de la joven y, con precaución e incómodos,
como si estuviese viva, la llevaron a la orilla y allí la cubrieron
inmediatamente con su velo empapado de agua y sucio de cieno.
Aquel mismo día fue enterrada en el cementerio turco más
próximo, en la orilla alta, al pie de la colina sobre la que se eleva Veli Lug.
Y, al atardecer, los ociosos se reunieron en las tabernas, alrededor del
pescador y del Tuerto, con esa curiosidad malsana y detestable que se
desarrolla muy especialmente entre la gente cuya vida está vacía, desprovista
de toda belleza y pobre en emociones y en acontecimientos. Los obsequiaron con
aguardiente y les ofrecieron tabaco para que les diesen algún detalle sobre el
cadáver y el entierro. Pero no consiguieron nada.
Ni siquiera el aguardiente pudo desatar la lengua de los
dos hombres. Incluso el Tuerto callaba. Fumaba sin tregua y, con su ojo único
que brillaba, seguía el humo, arrojado lejos por su aliento potente. Se
limitaban a mirarse de vez en cuando el uno al otro, levantaban su vaso en
silencio, al mismo tiempo, como si brindasen de modo invisible, y lo vaciaban
de un trago.
Así fue cómo sucedió en la kapia este acontecimiento
extraordinario y sin precedentes. Veli Lug no descendió hasta Nezuka y Fata, la
hija de Avdaga, no se convirtió en la mujer de un Hamzitch.
Avdaga Osmanagitch no volvió a bajar a la ciudad. Expiró
durante el invierno de aquel mismo año, ahogado por la tos y sin haber dicho a
nadie una sola palabra acerca de la tristeza que lo invadía.
A la primavera siguiente, Mustaí-Bey Hamzitch casó a su
hijo con otra muchacha, una Brankovitch.
La gente, durante algún tiempo, habló del suceso, hasta
que poco a poco lo fue olvidando. Sólo quedó una canción sobre la muchacha cuya
belleza y prudencia habían resplandecido por encima de todo, y que, de este
modo, se hizo inmortal.
CAPÍTULO IX
Unos setenta años después de la insurrección de
Karageorges, se reanudó la guerra en Servia y en seguida las regiones
fronterizas respondieron con un alzamiento. Las casas turcas y servias ardieron
de nuevo en las alturas, en Jlieb, Gostilia, Tartchitchi y Veletovo. Por
primera vez después de tantos años, se volvieron a ver en la kapia, al alba,
las cabezas de los servios decapitados. Eran cabezas descarnadas de campesinos,
con el pelo corto y la nuca lisa, con el rostro huesudo, provisto de largos
bigotes; parecían las mismas cabezas de hacía setenta años.
Aquello no duró mucho tiempo. Una vez terminada la guerra
entre turcos y servios, todo el mundo se calmó. Verdaderamente, no pasaba de
ser una apariencia de paz, bajo la cual se ocultaba no poco miedo y una serie
de voces excitadas y de murmullos inquietos. Se hablaba cada vez con más
precisión y claridad de la entrada del ejército austríaco en Bosnia. A
principios del verano de 1878, algunas unidades del ejército regular turco, que
se dirigían de Sarajevo hacia Triboi, pasaron por la ciudad. Se tuvo la certeza
de que el sultán entregaba Bosnia sin resistencia. Ciertas familias se
prepararon para emigrar a Sandjak. Entre ellas, había algunas que habían
llegado trece años antes de Ujitsa, por no querer someterse a la autoridad de
los servios, y que ahora se preparaban para huir otra vez de una nueva
dominación cristiana. Sin embargo, la mayoría de los ciudadanos se quedaron en
espera de los acontecimientos; eran víctimas de una dolorosa perplejidad,
aunque afectasen indiferencia.
A primeros de julio, el muftí37 de Plevlia llegó con un
reducido grupo de hombres y con la firme resolución de organizar en Bosnia la
resistencia frente a los austríacos. Aquel hombre grave, rubio, de apariencia
apacible, pero de naturaleza ardiente, acudió a la kapia, en donde un hermoso
día de verano, reunió a los más destacados personajes turcos de la ciudad,
tratando de animarlos al combate contra el enemigo. Aseguró que la mayor parte
del ejército regular, aun a despecho de las instrucciones oficiales, se
quedaría para oponerse, junto al pueblo, al invasor, y él lanzaba una llamada
para que todos los muchachos se le uniesen y para que fuesen enviados víveres a
Sarajevo. El muftí sabía que los habitantes de Vichegrado no habían tenido
nunca reputación de guerreros entusiastas y que preferían una vida loca a una
muerte loca, pero, a pesar de todo, se sintió sorprendido por la tibieza y la
reticencia que encontró. No pudiendo quedarse más tiempo, los amenazó con el
juicio del pueblo y con la cólera celeste y dejó a su segundo, Osmán Karamanlia
efendi, para que tratase de convencer a los turcos de Vichegrado de la
necesidad que tenían de participar en el alzamiento general.
Mientras duraron las conversaciones con el muftí, el que
opuso más resistencia fue Alí-Hodja Mutevelitch. Su familia era una de las más
antiguas y más consideradas de la ciudad. No se habían distinguido nunca por
una gran fortuna, pero sí por su honradez y su franqueza. Desde siempre, habían
gozado de una reputación de gentes obstinadas, aunque inaccesibles a la
corrupción, al miedo, al halago y a cualquier otra incitación de orden
inferior. Durante más de doscientos años, el miembro más anciano de la familia
había sido curador, guardián y administrador de la fundación piadosa que
Mehmed-Pachá había instituido en la ciudad. Se ocupaba igualmente de la célebre
hostería de piedra que se encontraba junto al puente. Ya hemos visto cómo,
después de la pérdida de Hungría, la hostería de piedra había dejado de recibir
los ingresos que se destinaban a su mantenimiento y cómo, a causa de una serie
de circunstancias, se había arrumado y cómo sólo subsistía de la fundación
creada por el visir, el puente que no exigía ningún cuidado ni proporcionaba
ningún ingreso. El apellido Mutevelitch les había quedado como glorioso
recuerdo de la fundación que durante tantos años habían administrado con
honradez ejemplar. El cargo desapareció cuando Daut-Hodja sucumbió en su lucha por
conservar la hostería de piedra, pero había quedado el prestigio y, con él, la
costumbre innata entre los Mutevelitch de considerarse encargados del cuidado
del puente y responsables, en cierta medida, de su suerte, ya que el puente, al
menos desde el punto de vista arquitectónico, había sido parte integrante del
"bien vakuf" que ellos habían administrado y que, por falta de
medios, había desaparecido de modo lamentable. También existía en la familia
otra costumbre que se remontaba a un pasado lejanísimo: por lo menos uno de los
Mutevelitch de cada generación cursaba estudios y pasaba a pertenecer al clero.
En aquella ocasión, le había correspondido a Alí-Hodja. Debe añadirse que el
número de sus miembros y su fortuna habían disminuido regularmente. Les quedaban
algunos siervos y una tienda inmemorial, en el mejor sitio del barrio del
mercado, en la misma plaza, junto al acceso al puente. Los dos hermanos mayores
de Alí-Hodja habían muerto en la guerra: uno en Rusia, el otro en Montenegro.
Alí-Hodja era un hombre todavía joven, vivo, sonriente y
sanguíneo. Como buen Mutevelitch, tenía sobre todas las cosas una opinión
particular que defendía con tenacidad y a la que nunca renunciaba. A causa de
su carácter directo y de la obstinación que demostraba, estaba a menudo en
desacuerdo con el clero local y con sus jefes. Tenía rango y título de hodja,
pero no desempeñaba ninguna función y su título no le proporcionaba ningún
ingreso. En el deseo de ser lo más independiente posible, regentaba la tienda
que había heredado. Como la mayoría de los musulmanes de Vichegrado, Alí-Hodja
se oponía a la idea de una resistencia armada. En su caso no podía hablarse de
cobardía ni de tibieza en materia de religión. Igual que el muftí o que
cualquiera de los insurrectos, detestaba la potencia extranjera y cristiana que
se aproximaba, y todo cuanto traería consigo. Pero viendo que el sultán
abandonaba Bosnia a los boches, y conociendo a sus compatriotas, se negaba a
una resistencia popular desorganizada que sólo podía conducir a la derrota y a
la desgracia más absoluta. Una vez que adquirió esta opinión, la expuso
abiertamente y la defendió con vigor. Ante el muftí hizo preguntas insidiosas y
presentó sutiles observaciones que molestaron particularmente a aquél. Sin
querer, mantenía entre los habitantes de Vichegrado, que no eran muy ardientes
para la lucha ni propensos al sacrificio, un espíritu de resistencia manifiesta
a las intenciones belicosas del muftí.
Cuando Osmán Karamanlia efendi se quedó para continuar las
conversaciones con los habitantes de Vichegrado, encontró frente a él a
Alí-Hodja. Y los agás y beys que mascaban sus palabras y medían sus
expresiones, aun estando plenamente de acuerdo con Alí-Hodja, dejaban que el
sincero y fogoso hodja se traicionase y entrase en conflicto con Karamanlia.
Los notables turcos de Vichegrado permanecían sentados al
anochecer en la kapia, con las piernas cruzadas, colocados en círculo por orden
de importancia. Entre ellos se hallaba Osmán efendi, hombre alto, delgado y
pálido. Cada músculo de su rostro se mantenía en extraña tensión, sus ojos
estaban febriles y sobre su frente y sus mejillas se observaban numerosas
cicatrices, ofreciendo el aspecto característico de los epilépticos. Frente a
él, estaba en pie Alí-Hodja, rojo, más bien pequeño y, sin embargo, imponente,
quien con su voz silbante formulaba sin cesar nuevas preguntas. ¿Con qué fuerza
se cuenta? ¿Adonde van? ¿De qué medios disponen? ¿Cómo se desenvuelven? ¿Cuál
es su objetivo? ¿Qué sucederá en caso de derrota? La pedantería fría y casi
perversa con la cual el hodja trataba este asunto, ocultaba tan sólo su
preocupación y la amargura que les inspiraba la superioridad de los cristianos,
la debilidad evidente y el desconcierto que reinaba entre los turcos. Pero el
exaltado y sombrío Osmán efendi no era hombre que pudiese observar ni
comprender ese género de cosas. De naturaleza violenta y excesiva, fanático,
enfermo de los nervios, perdía en seguida la paciencia y la sangre fría y se
arrojaba sobre cada signo de duda y de vacilación, como si se tratase de un
boche. Aquel hodja le irritaba y él le respondía, con una cólera contenida, por
medio de simples generalidades y grandes palabras. Se va a donde es preciso y
con los medios que se tienen. Lo esencial es no dejar entrar al enemigo en el
territorio sin combatir, y el que hace muchas preguntas, entorpece la
realización de esos planes y ayuda al enemigo. Al final, completamente fuera de
sí, contestaba con un desprecio, apenas velado, a las preguntas del hodja:
"Ha llegado el tiempo de morir", "queremos dar nuestra
vida", "pereceremos todos, hasta el último".
El hodja lo interrumpía:
—Vaya, vaya; y yo que pensaba que lo que queríais era
expulsar a los boches de Bosnia y que nos reuníais con ese motivo. Pero si se
trata de morir, también nosotros sabemos morir, efendi, sin necesidad de ti.
Nada más fácil que morir.
—Sin embargo, no te animas a seguir ese camino
—interrumpía groseramente Karamanlia.
—Ya veo que tú has elegido el camino de la muerte
—respondía el hodja con voz cortante—; lo único que no me explico es por qué
buscas compañía para emprender semejante aventura.
A partir de este punto, la conversación degeneraba en
verdadera querella, en el curso de la cual Osmán efendi trataba a Alí-Hodja de
maldito cristiano y de traidor, uno de esos traidores que merecían ser
decapitados en la kapia. Mientras tanto, el hodja seguía haciendo,
imperturbable, preguntas sutilísimas y reclamando con insistencia razones y
pruebas, como si no fuesen con él las amenazas y los insultos.
Habría resultado difícil encontrar peores parlamentarios,
hombres más complejos. Sólo se podía esperar de ellos un agravamiento de la
confusión general y un conflicto más. Era lamentable, pero imposible de
remediar, porque en los momentos en que una sociedad se encuentra quebrantada o
se producen grandes e inevitables cambios, son en general hombres de ese género
los que se sitúan en primera fila y los que, desequilibrados o imperfectos,
encauzan las cosas de mala manera. Es la señal más característica de las épocas
agitadas.
Sin embargo, aquella disputa venía de maravilla a los beys
y a los agás, pues de ese modo su participación en la revuelta quedaba en el
aire, sin exigirse de ellos explicación de ninguna especie. Temblando de cólera
y amenazando a voces, partió al día siguiente Osmán efendi, al que acompañaron
algunos de sus hombres, para entrevistarse con el muftí.
Las nuevas que llegaron en el curso de aquel mes
confirmaron a los beys y a los agás en su opinión de que valía más cuidar de su
propia ciudad y de sus casas. A mediados de agosto, los austríacos entraron en
Sarajevo. Poco después, tuvo lugar un desventurado combate en la meseta de
Glasinats. Fue el final de toda resistencia. Por el camino escarpado que baja
de la colina de Lieska, empezaron a llegar a la ciudad los restos del derrotado
ejército turco. Constituían una mezcla de soldados del ejército regular que, a
pesar de las órdenes del sultán, participaban por su cuenta en la resistencia y
de insurrectos locales. Los soldados se limitaban a pedir pan y agua, y a
informarse sobre la carretera de Uvats, pero los insurrectos eran hombres
encarnizados y combativos a quienes la derrota no había hundido. Sucios,
cubiertos de polvo, harapientos, respondían en tono acerbo a las preguntas de
los pacíficos turcos de Vichegrado y se preparaban para abrir trincheras y
defender el paso por el puente del Drina.
Una vez más fue Alí-Hodja el que se distinguió; sin
cumplidos, infatigable, intentó demostrar que la ciudad no podía defenderse,
porque era absurda toda defensa en el momento en que "el boche había
ocupado toda Bosnia". Los mismos insurrectos se daban cuenta de ello, pero
no querían reconocerlo porque aquella gente pulcramente vestida, bien
alimentada, los irritaba y los provocaba; eran personas que habían conservado
sus casas y sus bienes, manteniéndose medrosos y prudentes separados del levantamiento
y de la lucha. En esta situación llegó hecho un insensato el propio Osmán
efendi, aún más pálido y más delgado, más belicoso y más frenético que cuando
marchó. Era uno de esos hombres para los que no existe el fracaso. Hablaba sólo
de una resistencia en todas partes y a cualquier precio, y de la necesidad de
perecer. Ante su ardor endiablado, todos se alejaban, salvo Alí-Hodja.
Demostraba al agresivo Osmán efendi, sin el menor regocijo, con frialdad,
brutalmente, que el levantamiento había tomado el giro que, en aquella misma
kapia, le había predicho un mes antes. Le recomendaba que se marchase con sus
hombres lo antes posible hacia Plevlia, ya que, si se quedaba, sólo conseguiría
agravar la situación. Ahora el hodja era menos agresivo y se mostraba lleno de
atenciones dolorosas y conmovidas hacia Karamanlia y lo trataba como a un
enfermo. Y es que, en el fondo de sí mismo, bajo sus apariencias efervescentes,
el hodja se sentía penosamente afectado por la desgracia que se acercaba.
Estaba triste e irritado como sólo puede estarlo un musulmán creyente que ve
aproximarse inexorablemente a una potencia extranjera, frente a la cual el
viejo orden islámico no podrá mantenerse mucho tiempo. En sus palabras, a pesar
suyo, se apreciaba esta pena secreta.
Respondía a todos los insultos de Karamanlia casi con
tristeza:
—¿Crees, efendi, que será fácil para mí esperar con vida
la llegada del boche a mi país? Como si no viésemos lo que se prepara para
nosotros y los tiempos que llegan... Sabemos dónde está nuestro mal y lo que
perdemos; lo sabemos bien. Si lo que tratas es de hacérnoslo comprender, no
tenías necesidad de haber vuelto de Plevlia. Ignoras nuestros sentimientos. Si
los conocieses, no habrías hecho lo que has hecho, ni dicho lo que has dicho.
Es un tormento más grande de lo que piensas, querido efendi; no sé qué remedio
puede haber, pero me doy cuenta de que ese remedio no está en tus palabras.
Osmán efendi permanecía sordo a todo lo que no
correspondía a su profunda y sincera pasión por la resistencia, y experimentaba
tanto desprecio por aquel hodja como por el boche contra el que se había
levantado. Siempre ocurre lo mismo cuando un enemigo superior está próximo y se
vislumbran horas de derrota: aparecen entonces en la sociedad condenada odios
fratricidas y disensiones intestinas. No pudiendo encontrar nuevas expresiones,
llamaba continuamente a Alí-Hodja traidor y le recomendaba irónicamente que se
hiciese bautizar antes de que llegaran los boches.
—Mis antepasados no se bautizaron y yo no me bautizaré. No
quiero, efendi, bautizarme por un boche ni acompañar a un imbécil —contestaba
tranquilamente el hodja.
Todos los notables turcos de Vichegrado eran del mismo
criterio que Alí-Hodja, pero no consideraban indicado el decirlo, o, en todo
caso, de manera tan brutal y tan poco disimulada. Tenían miedo de los
austríacos que llegaban en masa, y también Karamanlia que, con su destacamento,
se había hecho dueño de la ciudad. Se encerraban en sus casas o se retiraban a
sus propiedades de fuera de la ciudad, y cuando no podían evitar encontrarse
con Karamanlia y sus hombres, sus miradas eran huidizas y sus palabras equívocas
y buscaban un pretexto cómodo, un medio seguro de esquivarlo.
En la pequeña llanura que se hallaba ante las ruinas del
parador, Karamanlia mantenía una asamblea permanente de la mañana a la noche.
Iba y venía a aquel lugar una multitud abigarrada: hombres de Karamanlia,
caminantes ocasionales, personas llegadas para pedir algo al nuevo señor de la
ciudad y también gentes a las que los insurrectos llevaban más o menos a la
fuerza para que escuchasen a su jefe. Karamanlia hablaba continuamente. Y
cuando se dirigía a alguien en particular, gritaba como si hablase a centenares
de personas. Estaba todavía más pálido, giraba los ojos cuya esclerótica se
mostraba amarillenta, y una espuma blanca se acumulaba en las comisuras de sus
labios. Uno de los habitantes de la ciudad le habló de una creencia popular
musulmana relativa al jeque Turkhania que había perecido en tiempos remotos
luchando en aquel lugar para evitar el paso del ejército infiel a través del
Drina y que reposaba ahora en su tumba, en la otra orilla, un poco más arriba
del puente, y que, sin duda, se levantaría en el momento en que el primer
guerrero infiel pusiese el pie sobre el puente. Karamanlia se apropió
apasionadamente de la leyenda, presentándola a la gente como una ayuda
inesperada y real.
—Hermanos, este puente es la fundación piadosa de un
visir. Está escrito que las fuerzas infieles no pueden franquearlo. No somos
sólo nosotros los que lo defendemos, sino también ese "santo" a quien
no alcanzan ni los tiros ni el filo de la espada. Cuando llegue nuestro enemigo
se levantará de su tumba, se erguirá en medio del puente y abrirá los brazos y
cuando los boches lo vean, temblarán sus rodillas, les desfallecerá el corazón
y no podrán ni siquiera huir de tan enorme como será su espanto. ¡Hermanos
turcos: no os disperséis; venid todos conmigo; acudid al puente!
Estas eran las palabras de Karamanlia ante las gentes.
Rígido, cubierto por su mintan38 negro y usado, abriendo los brazos y
demostrando cuál sería la actitud del "santo". Semejaba una cruz
alta, negra y delgada, coronada por un fez. Los turcos de Vichegrado conocían
la leyenda mejor que Karamanlia; cada uno de ellos la había oído en su niñez y
la había contado, después, numerosas veces. Pero no mostraban el menor deseo de
mezclar la vida y la leyenda, ni de contar con la ayuda de los muertos en un
asunto en el que ningún vivo podría ayudarlos. Alí-Hodja, que no se separaba de
su almacén, pero a quien todo el mundo contaba lo que se decía y lo que pasaba
ante la hostería de piedra, se limitaba a hacer con la mano un gesto de
desaprobación que encerraba una tristeza y una compasión profunda.
—Ya sabía yo que ese imbécil no dejaría en paz ni a los
vivos ni a los muertos. ¡Qué Dios nos ayude!
Karamanlia, impotente ante el verdadero enemigo, volvía
toda su cólera contra Alí-Hodja. Amenazaba, gritaba y juraba que, antes de
abandonar la ciudad, amarraría al obstinado hodja y lo dejaría en la kapia como
a un bicho, para que esperase, en semejante estado, la llegada de los boches,
contra los cuales no quería pelear ni permitía que los demás lo hiciesen.
Toda esta discusión se vio interrumpida por la aparición
de los austríacos sobre las lomas de Lieska. Pudo entonces apreciarse que la
ciudad no estaba en condiciones de defenderse. Karamanlia fue el último en
dejarla, abandonando sobre la pequeña llanura, situada ante el parador, dos
cañones de hierro que había traído consigo a su llegada. Pero antes de
retirarse, ejecutó su amenaza. Ordenó a uno de sus criados, herrero de oficio,
de talla gigantesca y cerebro de pájaro, que atase a Alí-Hodja y, una vez atado,
que lo clavase de la oreja derecha a la viga de roble que quedaba del antiguo
reducto.
En medio del barullo y la conmoción general que reinaba en
la plaza del mercado y alrededor del puente, todo el mundo oyó aquella orden
lanzada con voz fuerte, aunque nadie creyese que la idea iba a ser ejecutada
tal y como se había dispuesto. ¿Qué cosas no se dicen, qué injurias aparatosas
no se oyen en semejantes circunstancias? Este era el caso en aquella ocasión. A
primera vista parecía de todo punto imposible. Sería más bien una amenaza, un
insulto o algo parecido. Alí-Hodja tampoco lo tomaba demasiado en serio. Ni
siquiera el herrero a quien iba dirigida la orden y que estaba ocupado clavando
los cañones, parecía muy seguro. Pero la idea se había lanzado y aquellas
gentes, turbadas y molestas, calculaban mentalmente las posibilidades de que se
ejecutase o no tal crimen. Se hará..., no se hará... Al principio casi todos
juzgaron la cuestión tal y como era: absurda, odiosa, imposible. Mas en
aquellos momentos de emoción general, era preciso hacer algo, algo grande,
insólito, y la orden de Karamanlia aparecía ante los ojos de la gente como la
única cosa que podía hacerse. Se hará..., no se hará... Aquella posibilidad se
concretaba cada vez más y se convertía a cada minuto, a cada movimiento en algo
más verosímil y natural. ¿Por qué no? Dos hombres sujetan al hodja, que apenas
se defiende. Le atan los brazos a la espalda. No obstante, estos gestos quedan
lejos de una realidad tan terrible y tan loca. Pero cada vez se acercan más a
la consumación. El herrero, como si súbitamente sintiese vergüenza de su debilidad
y de su falta de resolución, saca, no se sabe de dónde, el martillo que acababa
de utilizar para clavar los cañones. La idea de que los boches están a media
hora de la ciudad le hace decidirse y llevar a cabo lo que le ha sido ordenado.
La misma proximidad del invasor sume al hodja en una indiferencia hacia todas
las cosas e incluso hacia el inmediato castigo, absurdo e ignominioso que se le
inflige.
De este modo se produjo lo que parecía imposible e
inverosímil. No había nadie que considerase buena y provechosa aquella acción,
y, sin embargo, cada uno por su parte había contribuido un poco a que el hodja
se encontrase clavado de la oreja derecha a la viga de roble. Cuando todo el
mundo se dispersó ante los boches que se acercaban a la ciudad, el hodja quedó
en aquella posición extraña, dolorosa y ridícula, condenado a mantenerse de
rodillas e inmóvil, ya que el menor movimiento le producía un enorme dolor y
amenazaba con arrancarle la oreja que le parecía pesada y grande como una
montaña. Gritaba, pero nadie estaba allí para oírle y sacarle de aquella
situación torturante: todos se habían escondido en sus casas o dispersado por
los pueblos, temerosos tanto de los boches que llegaban, corno de los
insurrectos que se batían en retirada. La ciudad parecía muerta y el puente
estaba desierto como si la muerte lo hubiese borrado todo. No hay nadie para
proteger a Alí-Hodja. Éste permanece solo, encogido, con la cabeza pegada a la
viga, gimiendo de dolor e, incluso en esa situación, imaginando nuevas pruebas
para convencer a Karamanlia.
Los austríacos se acercaban despacio. Sus avanzadillas
vieron desde la otra orilla los dos cañones que se encontraban ante el parador,
junto al puente, y se detuvieron inmediatamente para aguardar a su artillería
de montaña. Hacia el mediodía, lanzaron desde un bosquecillo algunas granadas
que alcanzaron al parador, destruyéndolo aún más y quebrando los hermosos
barrotes, tallados en una sola pieza de piedra, que cubrían las ventanas. Sólo
cuando hubieron derribado los dos cañones y se dieron cuenta de que estaban
abandonados y que nadie respondía a sus disparos, los austríacos suspendieron
el tiro y comenzaron a aproximarse con precaución al puente y a la ciudad.
Algunos honved húngaros llegaron a la kapia a paso lento y con los fusiles
listos. Se detuvieron desconcertados ante el hodja, que permanecía acurrucado,
el cual, temeroso de las granadas que pasaban rugiendo por encima de su cabeza,
había olvidado por un instante el dolor que le producía su oreja perforada.
Cuando vio a los aborrecidos soldados apuntando con los fusiles, se puso a
lanzar gemidos lastimeros y prolongados diciéndose que era aquélla una lengua
que todos comprendían. Gracias a esto, los honved no tiraron. Mientras unos
continuaban avanzando paso a paso por el puente, otros se quedaron junto a él
examinándolo de cerca y no pudiendo comprender su situación. Hasta que no llegó
un enfermero no le extrajeron, con ayuda de unas pinzas, el clavo, uno de esos
clavos que se utilizan para herrar a los caballos. Sentía tantas agujetas y un
agotamiento tal que se desplomó sobre los escalones de piedra, sin cesar de
gemir y de quejarse. El enfermero vertió en la oreja herida un líquido que
abrasaba. A través de sus lágrimas, el hodja contemplaba, como en un sueño
extraordinario, el ancho brazalete blanco y la gran cruz de tela roja que
ostentaba el soldado en su brazo izquierdo. Sólo cuando se tiene fiebre pueden
experimentarse pesadillas tan desagradables y terribles. Aquella cruz nadaba y
resplandecía, en medio de sus lágrimas, como una enorme aparición; le ocultaba
todo el horizonte. El soldado le vendó la herida, y le puso encima su
akahmedia39. Con la cabeza vendada, los riñones molidos, el hodja se levantó y
permaneció así algunos instantes, apoyado en el parapeto del puente. Le costaba
trabajo calmarse y recobrarse.
Frente a él, al otro lado de la kapia, justamente encima
de la inscripción turca grabada en la piedra, un soldado pegaba un ancho papel
blanco. Aunque todavía el dolor le impidiera ver claro, el hodja no pudo
contener su curiosidad natural y fue a mirar el cartel. Era una proclama del
general Filipovitch, escrita en servio y en turco, dirigida a la población de
Bosnia y Herzegovina, con ocasión de la entrada del ejército austríaco en
Bosnia. Tapándose el ojo derecho, Alí-Hodja deletreaba el texto turco, aunque
tan sólo las frases escritas en grandes caracteres.
"¡Habitantes de Bosnia y de Herzegovina!
"El ejército del Emperador de Austria —Rey de Hungría
ha franqueado la frontera de vuestro país. No llega como enemigo para
conquistar el país por la fuerza. Viene como amigo para poner término a los
desórdenes que perturban desde hace ya años, no sólo Bosnia y Herzegovina, sino
también las regiones fronterizas de Austria-Hungría."
"El Emperador-Rey no podía ver por más tiempo cómo
reinaba la violencia y los disturbios en las proximidades de sus territorios,
cómo azotaba la miseria y la angustia las fronteras de sus Estados."
"Ha llamado la atención de las potencias extranjeras
sobre vuestra situación, y un consejo de naciones ha decidido por unanimidad
que Austria-Hungría os devolvería la paz y la prosperidad que perdisteis hace
tiempo".
"S. M. el Sultán, que siente vuestra felicidad en lo
más profundo de su corazón, se ha inclinado a confiaros a la protección de su
poderoso amigo el Emperador-Rey".
"El Emperador-Rey ordena que todos los hijos de este
país disfruten de los mismos derechos, según la ley, y que la vida, la fe y los
bienes de todos sean protegidos".
"¡Habitantes de Bosnia y de Herzegovina! Poneos con
confianza bajo la protección de las gloriosas banderas de Austria—Hungría.
Acoged a nuestros soldados como amigos, someteos a las autoridades,
reincorporaos a vuestros asuntos; el fruto de vuestro trabajo será
protegido."
El hodja leía con voz entrecortada, frase tras frase, y no
comprendía todas las palabras, pero todas le herían; y era un dolor especial,
completamente diferente a los dolores que sentía en su oreja herida, en su
cabeza y en sus riñones. Solamente entonces, a causa de aquellas palabras,
"las palabras del Emperador", se dio cuenta con claridad de que
aquello le afectaba a él, a todos los suyos y a cuanto le pertenecía, de que le
afectaba de una manera extraña: los ojos miran, la boca habla, el hombre
continúa viviendo, pero vida, vida verdadera, ya no existe. Un emperador
extranjero y una fe extranjera los ha conquistado. Se desprende claramente de
aquellas grandes palabras y de aquellos mandatos oscuros; y, con más claridad
aún, se desprende de aquel dolor de plomo que siente en el pecho, más cruel y
más penoso que cualquier dolor humano imaginable. No son los millares de
imbéciles del género de Osmán Karamanlia los que pueden servir de socorro o
conseguir algún cambio en semejantes circunstancias. (Así sigue discutiendo el
hodja consigo mismo.) "¡Pereceremos todos! ¡Pereceremos!" Para qué
tantos clamores cuando ha llegado para el hombre una época de derrumbamiento en
la que no puede ni perecer ni vivir, sino pudrirse como una estaca enterrada y
pertenecer a todo el mundo excepto a sí mismo. Es una verdadera, una gran
miseria que los Karamanlia de todas las especies no vean ni entiendan que, con
su incomprensión, no hacen más que acentuar la tragedia de una situación
lamentable e ignominiosa.
Sumido en estos pensamientos, Alí-Hodja sale despacio del
puente. Ni siquiera se da cuenta de que lo acompaña un soldado de sanidad. Su
oreja le duele menos que aquella bala de plomo y amargura que, tras la lectura
de las "palabras del Emperador", se ha instalado en medio de su
pecho. Anda lentamente y le parece que ya nunca volverá a pasar a la orilla;
siente que aquel puente, que es el orgullo de la ciudad, y que, desde su
creación, está íntimamente ligado a su familia, aquel puente en el que ha
crecido y junto al cual ha pasado su vida, ha sido destruido en su centro, al
lado de la kapia; que aquel papel blanco de la proclama austríaca lo ha cortado
por la mitad, como una explosión silenciosa, y que se ha abierto un profundo
abismo; que aún se yerguen, a derecha e izquierda del corte, unos pilares
aislados, pero que el paso ha sido suprimido, porque el puente no une ya las
dos orillas y cada cual deberá permanecer eternamente en el lado en que se
encuentra en aquel instante.
Alí-Hodja camina despacio, hundido en esas visiones
febriles. Vacila como un hombre gravemente herido y sus ojos se arrasan sin
cesar de lágrimas. Avanza con paso inseguro, como si fuese un mendigo que,
enfermo, atravesara el puente por primera vez y entrase en una ciudad extraña y
desconocida.
Unas voces lo sobresaltaron. Junto a él pasaban algunos
soldados. Entre ellos pudo distinguir de nuevo el rostro grande, bondadoso y
burlón de aquel soldado que llevaba una cruz roja en el brazo y que lo había
librado de su tortura. Siempre con la misma sonrisa, el soldado señalaba el
vendaje y le preguntaba algo en una lengua incomprensible. El hodja pensó que
le ofrecía algún favor y se irguió, entristecido:
—Tengo fuerzas suficientes, tengo fuerzas suficientes. No necesito
a nadie.
Y con paso más vivo, más decidido, se dirigió a su casa.
CAPÍTULO X
La entrada oficial y solemne del ejército austríaco tuvo
lugar al día siguiente.
Nadie recordaba haber conocido un silencio semejante en la
ciudad. Ni siquiera habían abierto las tiendas y, en aquel día soleado de
finales de agosto, las casas mantenían puertas y ventanas cerradas. Los
callejones estaban desiertos, los patios y los huertos mudos. En las casas
turcas reinaban el desánimo y la confusión; entre los cristianos, la
circunspección y la desconfianza. Todos sentían miedo. Los boches que entraban
temían las emboscadas; los turcos temían a los boches, y los servios a los
boches y a los turcos. Los judíos temblaban ante todo el mundo, porque,
especialmente en tiempos de guerra, todos son más fuertes que ellos.
Conservaban todavía en su memoria los rugidos del cañón que había disparado la
víspera. Y si la gente hubiese obedecido sólo a su pánico, nadie habría salido
a la calle. Pero el hombre depende de otros amos. El destacamento de austríacos
que había entrado en la ciudad reclamó la presencia del mulazim y de sus
agentes. El oficial que estaba al mando de! destacamento entregó su sable al
mulazim y le ordenó que continuase desempeñando sus funciones y manteniendo el
orden en la ciudad. Le anunció que el coronel llegaría al día siguiente a las
once y que los nobles, es decir, los representantes de los tres cultos,
deberían recibirlo a su entrada en la ciudad. Triste y resignado, el mulazim
convocó inmediatamente a Mula Ibrahim, a Huseinaga, al muderis, al pope Nicolás
y al rabino David Leví, y les hizo saber que "como representantes de la fe
y como notabilidades" deberían, al mediodía del día siguiente, recibir al
comandante austríaco en la kapia, saludarlo en nombre de la población y
acompañarlo hasta el centro de la ciudad.
Bastante antes de la hora indicada, los cuatro
"representantes de la fe" se encontraron en la plaza desierta y
emprendieron despacio el camino a la kapia. Allí, el adjunto del mulazim, Salko
Hedo, ya había extendido, ayudado por un agente de policía, un largo tapiz
turco de vivos colores y había cubierto con él los escalones y la mitad del
asiento de piedra en el que debería tomar asiento el comandante austríaco.
Permanecieron allí un buen rato, solemnes y silenciosos; después, como no
viesen rastro del comandante sobre el blanco camino procedente de Okolichta, se
pusieron de acuerdo con la mirada y se sentaron en la parte descubierta del
banco. El pope Nicolás sacó su enorme petaca de cuero y ofreció tabaco a los
demás.
Estaban en el sofá, como antaño, cuando, jóvenes y
despreocupados, mataban el tiempo en la kapia, imitando a los otros muchachos.
Todos habían envejecido. El pope Nicolás y Mula Ibrahim eran ancianos, el
muderis y el rabino, hombres maduros. En aquellos momentos, vestidos con sus
trajes de fiesta, sólo se preocupaban de ellos mismos y de los suyos. Bajo el
duro sol de verano, se observaron de cerca un largo rato y a cada uno le
pareció que sus compañeros aparentaban más edad de la que tenían. Ya no eran
aquellos muchachos que crecían junto al puente.
Fumaban, hablando y meditando al mismo tiempo. De vez en
cuando, aventuraban una mirada hacia el lado de Okolichta por donde debía
aparecer el comandante del cual dependía en aquel momento todo y que podía
llevarles a ellos, a su mundo, a toda la ciudad, el bien y el mal, la
tranquilidad y nuevos peligros.
El pope Nicolás era sin duda el más plácido, el más dueño
de sí mismo de los cuatro; al menos, daba esa impresión. Había pasado de los
setenta años, pero se mantenía joven y fuerte. Hijo del célebre pope Mihailo, a
quien los turcos habían decapitado en aquel mismo puente, el pope Nicolás había
tenido, durante sus años mozos, una vida agitada. Había huido en varias
ocasiones a Servia para ponerse al abrigo del odio y de la venganza de algunos
turcos. Su carácter y su conducta le habían puesto en difícil situación.
Pasados los años tempestuosos, el hijo del pope Mihailo se instaló en la
parroquia de su padre, contrajo matrimonio y se apaciguó. Aquellos tiempos
estaban muy lejanos y se habían olvidado ("hace muchos años que mi
carácter cambió y que los turcos de estas tierras se han dulcificado",
decía el pope bromeando). Habían transcurrido cincuenta años desde el momento
en que el pope Nicolás empezó a administrar su difícil parroquia, extendida y
dispersa por la frontera. La administraba tranquilamente, con prudencia, sin
que se hubiesen producido más trastornos ni más desgracias que los que la vida
lleva en sí misma, y él la gobernaba con la entrega del servidor y la dignidad
del príncipe, siempre justo y equitativo con los turcos, el pueblo y sus
superiores.
Ni antes ni después de él, en ningún ambiente ni en
ninguna religión, hubo un hombre que gozase de un respeto tan general y de una
consideración tan grande por parte de todos los ciudadanos sin distinción de
fe, de sexo y edad, como el pope Nicolás, a quien todos llamaban
"abuelo". Para toda la ciudad y para todo el distrito, personificaba
a la Iglesia servia y a todo lo que el pueblo llama y estima como cristianismo.
Por encima de todo, la gente veía en él al prototipo del sacerdote y del jefe
en general, tal y como se creía en la ciudad por aquel entonces.
Era alto y de una fuerza poco común, sin gran cultura pero
con gran corazón, de mente sana, alma serena y valiente. Su sonrisa desarmaba,
devolvía la tranquilidad y calmaba los ánimos. Era la sonrisa indescriptible e
inapreciable del hombre robusto y generoso que vive en paz consigo mismo y con
el prójimo. Sus grandes ojos verdes se contraían a veces hasta convertirse en
dos delgados hilos pardos de donde brotaban destellos de oro. Así había llegado
a la ancianidad. Vestido con su larga pelliza de piel de zorro, el rostro
aureolado por una barba roja que los años apenas habían plateado y que le caía
sobre el pecho, tocado de una gran capucha de la cual escapaba, por detrás, una
gruesa trenza, atravesaba el mercado como si fuese el sacerdote de aquella ciudad
adosada al puente y de toda la región montañosa, no desde hacía cincuenta años,
ni sólo de los ortodoxos; sino desde siempre, desde una era antediluviana,
cuando las diversas religiones, las diversas Iglesias del presente no habían
dividido todavía el mundo. A ambos lados de la calle, los comerciantes,
cualquiera que fuese su religión, lo saludaban desde sus tiendas. Las mujeres
se echaban a un lado y, con la cabeza inclinada, esperaban a que el
"abuelo" hubiese pasado. Los niños (incluso los judíos) interrumpían
sus juegos y dejaban de gritar, y los mayorcitos, con temor y solemnidad, se
acercaban a la mano del "abuelo", enorme y ruda, para sentir un
instante, por encima de sus cabezas rapadas y de sus rostros enrojecidos por el
juego, el rocío benéfico de su voz potente y jovial.
—¡Que Dios te dé vida! ¡Que Dios te dé vida, hijo mío!
Esta muestra de respeto hacia el "abuelo" se
había convertido en una costumbre ancestral, en cierto modo un atavismo, porque
las nuevas generaciones nacían con ella.
Sólo una sombra había empañado la vida del pope Nicolás:
no había tenido ningún hijo de su matrimonio. Era sin duda algo terrible, pero
ni él ni su mujer habían proferido una queja, ni habían mostrado una sola
mirada de amargura. Siempre vivían con ellos dos niños, hijos de unos parientes
y campesinos, a quienes habían adoptado. Mantenían y educaban a los muchachos
hasta que se casaban y, después, adoptaban a otros dos.
Al lado del pope Nicolás, estaba sentado Mula Ibrahim.
Alto, delgado y seco, de escasa barba y bigote caído, era apenas un poco más
joven que el pope. Tenía una numerosa familia y poseía una considerable riqueza
heredada de su padre. Pero era tan abandonado, débil y tímido, con sus ojos
azules y límpidos de muchacho, que parecía más un ermitaño o un peregrino sin
recursos que el hodja de Vichegrado de ilustre ascendencia. Mula Ibrahim
padecía un tartamudeo acentuado. (La gente decía, en broma, que era preciso no
tener nada que hacer para poder hablar con él.) Sin embargo, Mula Ibrahim era
célebre en muchas leguas a la redonda por su bondad de alma y su generosidad.
Toda su persona respiraba dulzura y serenidad, y en cuanto se tenía el primer
contacto con él, se olvidaba en seguida su aspecto exterior y su defecto de
pronunciación. Atraía irresistiblemente hacia sí a cuantos estaban abrumados
por la enfermedad, la indigencia o cualquier otra desgracia. Acudían a él para
pedirle consejo desde las ciudades más lejanas. Ante su casa, había
continuamente gente que lo esperaba. Hombres y mujeres que reclamaban su
opinión o su ayuda, lo paraban a menudo en la calle. Nunca rechazaba a nadie y
no recomendaba fórmulas costosas ni amuletos, como los demás hodjas. Se sentaba
inmediatamente al abrigo de la primera sombra o en la primera piedra que
encontraba, un poco apartado: la persona le exponía en un murmullo el motivo de
sus penas; Mula Ibrahim la escuchaba atento y compasivo; al final, le decía
algunas buenas palabras, hallando siempre la mejor solución posible, o bien
hundía su delgado brazo en el bolsillo profundo de su pelliza y, habiéndose
asegurado de que nadie lo veía, le entregaba algún dinero. Nada le parecía
difícil ni repugnante ni imposible cuando era preciso ayudar a algún musulmán.
Para esta tarea, siempre encontraba tiempo y siempre tenía dinero. En tales
ocasiones, su dificultad en el habla no lo molestaba, porque, hablando en un
susurro con sus fieles, se olvidaba incluso de tartamudear. Si no todos salían
de su casa completamente consolados, se sentían, por lo menos, tranquilizados
al saber que alguien había compartido su pena con interés y afecto. Ocupado sin
cesar por las preocupaciones y las necesidades de los demás, no pensaba nunca
en sí mismo; había pasado todo el siglo, a su juicio, sano, feliz y en
situación desahogada.
El muderis de Vichegrado, Husein efendi, era un hombre más
bien bajo y rechoncho, todavía joven, que vestía con elegancia y que se cuidaba
mucho. Su corta barba negra, esmeradamente dispuesta en un óvalo regular,
encuadraba un rostro blanco y rosáceo en el que se destacaban dos ojos redondos
y negros. Era un hombre erudito; sabía muchas cosas y pasaba por ser muy
instruido, pero él se consideraba todavía más instruido de lo que la gente
creía. Le gustaba conversar y sentirse oído. Convencido de que se expresaba
bien, prodigaba su palabra. Hablaba con rebuscamiento y afectación, ayudándose
con gestos estudiados: mantenía los brazos ligeramente levantados y las manos a
la misma altura, unas manos blancas y tiernas, de uñas rosadas, sombreadas por
un espeso vello, corto y negro. Cuando hablaba, parecía que estaba ante un
espejo. Poseía la biblioteca más importante de la ciudad; un armario,
guarnecido de hierro y cerrado cuidadosamente, lleno de libros que le había
legado su maestro, el ilustre Arap-Hodja, antes de morir. Los guardaba del
polvo y de las polillas y sólo en escasas ocasiones, con espíritu de economía,
los llegaba a leer. Pero el simple hecho de tener tal número de libros de
elevado precio le daba prestigio ante los ojos de aquellas gentes que ignoraban
lo que era un libro. Se sabía que escribía la crónica de los sucesos más
destacados de la ciudad. Esto le había dado entre los conciudadanos una fama de
hombre excepcional y de erudito, ya que se estimaba que, por aquel medio, había
llegado a tener entre sus manos la reputación de la ciudad y la de cada uno de
sus miembros. En realidad, esta crónica no era ni detallada ni muy peligrosa.
Después de cinco o seis años que hacía que la había iniciado, llenaba
únicamente cuatro páginas de un cuadernillo; porque el muderis no había juzgado
los acontecimientos de la ciudad, a causa de su falta de importancia y de
interés, dignos de figurar en su crónica. Por esta razón, dicha crónica se
había quedado tan estéril, tan seca, tan vacía como una solterona orgullosa.
El cuarto "representante de la fe" era David
Leví, rabino de Vichegrado, nieto del célebre rabino Hadji-Liatché, que le
había dejado en herencia su apellido, su sacerdocio y su fortuna, pero nada de
su espíritu y de su serenidad.
Era un joven enfermizo y pálido, de aterciopelados ojos
pardos, llenos de tristeza. Era mucho más tímido y taciturno de lo que pueda
imaginarse. Se casó inmediatamente después de obtener el rabinato. Al objeto de
parecer más importante y más robusto, llevaba un vestido amplio y rico, de
grueso paño; tenía bigote y barba, pero bajo aquel disfraz, se adivinaba un
cuerpo débil y friolero, y a través de la barba negra y escasa se distinguía el
óvalo de su rostro juvenil y poco sano. Sufría terriblemente cuando tenía que
presentarse en sociedad o tomar parte en discusiones y resoluciones, pues no
cesaba de sentirse pequeño, débil, inferior.
En aquellos momentos, estaban allí los cuatro, sentados a
pleno sol, transpirando dentro de sus trajes de ceremonia, más emocionados, más
inquietos de lo que hubieran querido aparentar.
—Bueno, fumemos otro cigarrillo; tenemos tiempo; ¡por Dios
que tenemos tiempo! Ese diablo de hombre no va a venir como un pájaro; ya lo
veremos llegar —dijo el pope Nicolás, como hombre que sabe ocultar tras una
broma el fondo de sus pensamientos, sus inquietudes y las inquietudes de los
demás.
Sus miradas se volvieron hacia Okolichta y, después,
continuaron fumando.
La conversación seguía, lenta, llena de prudencia, y
giraba sin cesar en torno a la cuestión del recibimiento que debería hacerse al
comandante. Todos se mostraban de acuerdo en que debía ser el pope Nicolás
quien lo saludase y le diese la bienvenida. Silencioso, el pope los miró a los
tres larga y atentamente, con los párpados entornados y las cejas fruncidas, de
modo que sus ojos formaron aquel delgado hilo oscuro del que brotaban, como una
sonrisa, destellos de oro.
El joven rabino se moría de miedo. No tenía ni siquiera
fuerzas para lanzar el humo lejos de sí; se le quedaba en la barba y en el
bigote, formando largas volutas. Tampoco el muderis se sentía muy seguro. Toda
su elocuencia, toda su dignidad de hombre instruido lo habían abandonado de
pronto. No se daba cuenta, ni aproximadamente, de lo hosco que aparecía ni del
grado a que había llegado su espanto, pues la alta opinión que tenía de sí
mismo no le permitía creerlo. Trataba de mantener uno de sus discursos literarios
con sus gestos medidos que lo explicaban todo, pero sus bellas manos caían en
su regazo y sus palabras se embrollaban y se interrumpían. Se extrañaba de que
lo abandonase su dignidad habitual y se esforzaba constantemente en recobrarla,
pero en vano; era como cuando algo que nos es familiar desde hace mucho tiempo,
nos deja justamente en el momento en que más lo precisamos.
Mula Ibrahim estaba un poco más pálido que de costumbre,
aunque tranquilo y manteniendo su sangre fría. De vez en cuando, su mirada se
cruzaba con la del pope Nicolás, como si fuese este un medio de comprenderse
entre los dos. Eran viejos conocidos, viejos amigos de la niñez, si es que
podía hablarse, en aquella época, de amistad entre turcos y servios. Cuando, en
su juventud, el pope Nicolás tuvo dificultades con los turcos de Vichegrado y
se vio en la precisión de esconderse y huir, Mula Ibrahim, cuyo padre era muy
poderoso en la ciudad, le había prestado un favor. Más tarde, cuando los
tiempos se hicieron más tranquilos para la ciudad, las relaciones entre los dos
credos llegaron a ser soportables y los dos hombres, que ya habían alcanzado la
edad madura, entablaron amistad. Bromeando, se llamaban "vecino",
porque sus casas se encontraban en los extremos diametralmente opuestos de la
ciudad. En época de sequía, de inundación, de epidemia o cuando cualquiera otra
calamidad se abatía sobre la región, se encontraban unidos en la misma tarea,
cada uno en medio de su propio pueblo. Y cuando, en otras circunstancias, se
encontraban en el Meïdan o en Okolichta, se saludaban como en ningún otro sitio
se saludan ni se interpelan un pope y un hodja. Ésta era la ocasión para que el
pope Nicolás apuntase con su "chibuqui" hacia abajo, hacia la ciudad
que se extendía a lo largo del río. Entonces decía, mitad serio, mitad
sonriente:
—Tú y yo somos los responsables de todos los que respiran,
andan y hablan allá abajo.
(Y los ciudadanos que encontraban medios para burlarse de
todos, decían al referirse a las gentes que vivían en buena armonía: "Se
quieren como el pope y el hodja".) Y la fórmula ha perdurado.
En aquel instante, los dos se comprendían, aun sin haber
proferido una sola palabra. El pope Nicolás sabía hasta qué punto resultaba
penoso aquello para Mula Ibrahim y Mula Ibrahim sabía que era un mal momento
para el pope. Se miraban corno se habían mirado innumerables veces y en
innumerables ocasiones a lo largo de su vida: como dos hombres que tenían la
responsabilidad de todos los humanos de la ciudad, aunque uno perteneciese a
los que se santiguaban y el otro a los que se prosternaban.
Fue entonces cuando se dejó oír un trote y un guardia
apareció a lomos de un miserable rocín. Sin aliento y espantado, gritó desde
lejos, a la manera de un mensajero:
—¡He aquí al comandante, helo aquí montado en su caballo
blanco!
Surgió entonces el mulazim tan tranquilo, tan amable, tan
silencioso.
Una nube de polvo se elevaba en la dirección de Okolichta.
Aquellos hombres que habían nacido y que habían crecido en
la época de la decadencia turca del siglo XIX no habían tenido nunca, por
supuesto, ocasión de ver al ejército verdadero, fuerte y bien organizado de una
gran potencia. Todo lo que conocían eran unas unidades incompletas del ejército
del sultán, mal avitualladas, deficientemente vestidas y retribuidas
irregularmente, o, lo que era todavía peor, a algunos bachi-buzuks40 bosníacos
enrolados a la fuerza, indisciplinados y poco entusiastas. Se les ofrecía
entonces, por primera vez, la revelación de la fuerza real de un imperio,
victoriosa, resplandeciente y segura de sí misma. Aquel ejército había de
deslumbrarles y cortarles la palabra. Tan sólo con mirar a los jaeces de los
caballos y los botones de las guerreras de cada soldado, se adivinaba, sin
necesidad de tener en cuenta a aquellos húsares y a aquellos cazadores vestidos
con uniformes de parada, un país profundo y poderoso, una fuerza, un orden y
una prosperidad desconocida. La sorpresa era grande, honda la impresión.
Avanzaban en cabeza dos trompetas que cabalgaban sobre
unos caballos tordos bien alimentados. Seguía un destacamento de húsares sobre
monturas negras. Los caballos estaban bien cepillados y trotaban a paso corto y
contenido. Los húsares, tocados con chacos rojos con visera, luciendo sobre el
pecho galones amarillos, eran todos unos muchachos de tez rosada y curtida.
Sobre sus rostros, destacaban unos bigotes rizados. Parecían tan frescos y
descansados como si acabasen de salir del cuartel. Tras ellos, cabalgaba un
grupo de seis oficiales con el coronel al trente. Todas las miradas estaban
fijas en él. Su caballo era más grande que los demás, moteado, con un cuello
extremadamente largo y curvado. A alguna distancia de los oficiales, venía una
compañía de infantes y de cazadores con uniformes verdes, un penacho de plumas
coronando sus quepis de cuero y unas correas blancas cruzadas sobre el pecho.
Cerraban el horizonte y parecían un bosque en movimiento.
Los trompetas y los húsares desfilaron ante los sacerdotes
y el mulazim y se detuvieron en la plaza del mercado, colocándose a los lados.
Los cuatro hombres se mantenían pálidos y emocionados, en
la kapia, en medio del puente, con el rostro vuelto hacia los oficiales que
llegaban. Uno de los jóvenes oficiales dirigió su caballo hacia el coronel y le
dijo algo. Todos los jinetes moderaron el paso. Llegado a alguna distancia de
los "representantes de la fe", el coronel se detuvo bruscamente, bajó
del caballo y, como si hubiesen recibido una señal, los otros oficiales le
imitaron. Acudieron unos soldados que se hicieron cargo de los caballos, llevándolos
un poco más atrás. No hubo tocado el suelo el coronel, pareció como
transfigurado. Era un hombre bajito, de aspecto vulgar, extenuado, desagradable
y huraño. Hubiera podido creerse que él era el único, entre todos los demás,
que había combatido. Ahora podía vérsele tal y como era en realidad: vestido
con sencillez, poco cuidado, incluso abandonado. En nada se parecía a sus
oficiales de tez blanca y uniformes ajustados. Era la imagen del hombre que se
prodiga sin medida, que se devora a sí mismo, con el rostro curtido recubierto
de barba, con los ojos turbios e inquietos y la gorra alta, ligeramente
torcida, con el uniforme arrugado en el que flotaba su flaco cuerpo, con los
pies hundidos en unas botas cortas de caballería de caña blanda y sin brillos.
Se acercó con el andar zambo de los jinetes, blandiendo la fusta. Uno de sus
oficiales, señalándole a los hombres alineados ante él, lo puso al corriente.
El coronel les dirigió una mirada breve, negra e irritada, una de esas miradas
penetrantes de los hombres a quienes incumben sin cesar tareas penosas, y a
quienes acechan grandes peligros. Inmediatamente se vio claro que no sabía
mirar de otra manera.
En aquel momento, con voz tranquila y profunda, el pope
Nicolás hizo uso de la palabra. El coronel levantó la cabeza y detuvo su mirada
sobre el rostro de aquel hombre imponente que iba vestido con una sotana negra.
Aquella máscara ancha y apacible de patriarca bíblico retuvo un instante su
atención.
Podía ser que no comprendiese o que aparentase no
comprender lo que el anciano decía, pero la cara del pope no podía pasar
inadvertida.
El pope Nicolás se expresaba con facilidad y naturalmente,
dirigiéndose más bien al joven oficial que debía traducir sus palabras, que al
propio coronel.
En nombre de los sacerdotes de todas las religiones allí
presentes, aseguraba al coronel que se sentían deseosos, así como el pueblo, de
someterse a la buena voluntad de los recién llegados y de hacer todo lo posible
para mantener la paz y el orden que la nueva autoridad exigía. Pedían que el
ejército los protegiese, a ellos y a sus familias, y les permitiese vivir en
paz y trabajar honradamente.
El pope Nicolás habló brevemente y terminó de manera
súbita. El coronel, nervioso, no tuvo tiempo de perder la paciencia. Pero, como
contrapartida, no esperó que el joven oficial terminase su traducción.
Blandiendo su fusta, lo interrumpió con voz cortante y desigual:
—¡Está bien, está bien! Todos aquellos que se conduzcan
como es debido serán protegidos. Pero deberá mantenerse el orden y la paz en
todas partes. Aunque se lo propusieran, no podrían conducirse de otro modo.
En este extremo, con un movimiento de cabeza, siguió su
camino, sin un saludo, sin una mirada. Los sacerdotes se apartaron. El coronel
pasó entre ellos seguido de los oficiales y de los palafreneros. Nadie se
preocupó de los "representantes de la fe" que se quedaron solos en la
kapia. Se sentían decepcionados; por la mañana todavía, y en el curso de la
noche precedente, durante la cual ninguno de ellos había dormido mucho, se
habían preguntado mil veces cómo transcurriría aquel instante en que, situados
en la kapia, recibirían al comandante del ejército imperial. Lo habían
imaginado de infinitas maneras, de acuerdo con su propia naturaleza y con su
propia inteligencia; estaban preparados para lo peor. Algunos de ellos se veían
conducidos o exiliados a aquella lejana Alemania, sin esperanzas de volver a su
casa y su ciudad. Otros se acordaban de lo que se decía a propósito de
Hairudine, quien, antaño, decapitaba a la gente en aquella misma kapia.
Habían imaginado la situación desde todos los puntos de
vista; sin embargo, no habían llegado a pensar que se desarrollaría de aquel
modo, con semejante oficial de escaso relieve, pero tajante e irascible, para
el cual la guerra era la razón de vivir, que no pensaba en sí mismo ni tenía en
cuenta a los demás, que sólo veía a las gentes y los países que lo rodeaban,
como un objeto o como un medio de guerra y de combate, y que se conducía como
si combatiese por su propia cuenta.
Se quedaron perplejos, mirándose unos a otros. Cada una de
sus miradas parecía una muda interrogación: "¿Estamos todavía vivos? ¿Ha
pasado realmente lo peor? ¿Qué es lo que nos espera? ¿Qué vamos a hacer?"
El jefe de policía y el pope fueron los primeros en
recobrarse. Llegaron a la conclusión de que su tarea corno "representantes
de la fe" había sido cumplida y que ya no les quedaba más que regresar a
sus casas y persuadir a las gentes para que no tuviesen miedo y no huyesen y
para advertirles que vigilasen sus actos. Los demás con el rostro exangüe y la
cabeza vacía, aceptaron la conclusión, de igual modo que hubieran aceptado
cualquier otra, ya que no estaban en situación de adoptar ninguna iniciativa.
El jefe de policía, a quien nada ni nadie podían arrancar
de su tranquilidad, se marchó a su trabajo. El guardián quitó la larga alfombra
multicolor cuyo destino no era precisamente recibir a un comandante. Junto a
él, estaba Salko Hedo, insensible y frío como la fatalidad. Los
"representantes de la fe", terminada su misión, se separaron, cada
uno a su manera. El rabino, con su paso corto y rápido, se encaminó a su casa,
deseoso de llegar lo antes posible y de sentir la comodidad, el calor del
ambiente familiar en el que vivía con su mujer y su madre. El superior del
seminario iba un poco más despacio, sumido profundamente en sus pensamientos.
Ahora que todo había pasado con una facilidad inesperada, le parecía que no
había motivo para tener miedo y tenía la sensación de que, hasta aquel día, no
había temido a nadie. Se preguntaba qué importancia podía tener aquel
acontecimiento para su crónica y qué lugar debía concederle: bastarían unas
veinte líneas, o quizá quince, o quizá menos todavía. A medida que se acercaba
a su morada, iba reduciendo el número de líneas. Por cada una que ahorraba,
aumentaba en él la impresión de que todo cuanto le rodeaba perdía importancia,
en tanto, que él, el muderis, adquiría más valor y crecía a sus propios ojos.
Mula Ibrahim y el pope Nicolás hicieron juntos el camino
hasta el pie del Meïdan. Permanecían callados, sorprendidos y llenos de
abatimiento a causa del aspecto y del comportamiento del coronel del ejército
imperial. Ambos se sentían impacientes por llegar a sus respectivas casas y
reunirse con sus familias. Allí, donde sus caminos se separaban, se detuvieron
un momento, silenciosos. Mula Ibrahim parpadeaba y movía los labios como si
mascase sin cesar unas palabras que no llegaba a articular. El pope Nicolás
había recobrado su sonrisa habitual, la cual tuvo el don de animar a ambos. Fue
entonces cuando expresó su opinión personal, que coincidía con la del hodja:
—¡Sangrienta tarea la de este ejército, Mula Ibrahim!
—Eeees vvvvverdad, sangrienta —tartamudeó Mula Ibrahim,
levantando los brazos.
A continuación, el hodja se despidió de su amigo con un
movimiento de cabeza y una mueca.
Y el pope Nicolás, con andar pesado, alcanzó su casa,
situada enfrente de la iglesia. Su mujer lo recibió sin preguntarle nada. Se
apresuró a quitarle las botas y la sotana, así como la capucha que servía de
corona a su gruesa trenza de pelo gris y rojo. Estaba empapado de sudor. Se
sentó en el pequeño diván. Sobre el marco de madera de éste, había un vaso de
agua con un terrón de azúcar. Tras haberse refrescado, encendió un cigarro y,
presa del cansancio cerró los ojos. Pero, ante su mirada interior, surgía
continuamente el coronel nervioso, resplandeciente como el rayo que nos
deslumbra y llena nuestro campo visual, hasta el extremo de que sólo él es
visto, sin que, sin embargo, pueda distinguirse su imagen. El pope, con un
suspiro, arrojó lejos el humo diciéndose despacio:
"¡Qué tipo!... ¡Qué hijo de puta!"
Al acorde de una melodía nueva, llegaban de la ciudad los
redobles del tambor y el canto de las trompetas del destacamento de cazadores.
CAPÍTULO XI
Fue así cómo aquel gran suceso que afectó a la ciudad, se
presentó sin que nadie padeciese, excepto Alí-Hodja. Al cabo de algunos días,
la vida recobró su curso normal y pareció que no había cambiado
substancialmente. El mismo Alí-Hodja se recuperó y, como los otros
comerciantes, abrió su tienda: únicamente pudo observarse que, a partir de
entonces, llevaba el turbante ligeramente inclinado a la derecha para disimular
la cicatriz de la oreja. Aquella "bala de plomo" que se clavó en su
pecho cuando vio la cruz roja en la manga del austríaco y cuando, a través de
las lágrimas, leyó el "discurso del Emperador", no había
desaparecido, pero se había hecho tan pequeña corno la cuenta de un rosario, no
molestándolo demasiado. No era él solo el que llevaba una "bala"
semejante en el corazón.
Bajo la ocupación, comenzó un nuevo período que la gente,
al no poder evitarlo, llegó a estimar como algo provisional. ¡Cuántas cosas
ocurrieron en aquel puente durante los primeros años de la ocupación! Numerosos
convoyes militares lo atravesaron, llevando víveres, vestidos, muebles,
instrumentos y equipos hasta entonces desconocidos.
Al principio, sólo se veía al ejército. Los soldados
surgían de cada rincón y cada matorral, como el agua brota de la tierra.
Llenaban la plaza del mercado y podía encontrárseles en cualquier lugar de la
ciudad. A cada instante, vibraban los gritos de una mujer espantada que, en el
patio o en el plantío de ciruelos de detrás de su casa, se había dado de
narices con un soldado.
Curtidos por dos meses de marchas y combates, felices de
estar con vida, ávidos de descanso y de diversiones, deambulaban con sus
uniformes azul oscuro por la ciudad y sus alrededores. En el puente, estaban a
todas las horas del día. Pocos ciudadanos iban a la kapia, pues se hallaba
siempre llena de soldados. Permanecían sentados, cantando en diversas lenguas,
bromeando, comprando fruta que metían en sus gorras azules, provistas de una
visera de cuero y coronadas por una escarapela de hierro amarillo sobre la que
se destacaban las iniciales del nombre de Francisco-José, Emperador.
A partir del otoño, empezaron a irse los soldados.
Progresiva e imperceptiblemente, fueron desapareciendo. Sólo quedaron unos
destacamentos de policía. Ocuparon sus cuarteles y se instalaron con vistas a
una estancia definitiva. Al mismo tiempo, comenzaron a llegar funcionarios,
pequeños y grandes empleados con familia y criados y, tras ellos, artesanos y
técnicos para ciertos trabajos y oficios que eran ignorados en nuestro país.
Había checos, polacos, croatas, húngaros y alemanes.
Primero, parecía que hubiesen caído allí accidentalmente,
como si el viento los hubiese llevado, como si hubiesen venido provisionalmente
para vivir con nosotros, en mayor o menor grado, la vida tradicional de nuestra
tierra, como si las autoridades civiles tuviesen que prolongar por algún tiempo
todavía la ocupación que el ejército había iniciado. Sin embargo, según iban
pasando los meses aumentaba el número de extranjeros. Pero lo que más
sorprendía a la gente de la ciudad, no era tanto su número, como sus inmensos e
ininteligibles planes, su actividad infatigable y la perseverancia con que
perseguían la culminación de aquellas tareas. Los extranjeros no estaban nunca
tranquilos ni permitían que nadie lo estuviese; se habría dicho que con su red
invisible, pero cada vez más definida, de leyes, de reglamentos y de
ordenanzas, estaban decididos a abarcar toda la vida, las gentes, los animales
y las casas, y a cambiar todo, a desplazar cuanto les rodeaba: el aspecto
exterior de la ciudad, las costumbres que regían la existencia desde la cuna a
la sepultura. Hacían esto tranquilamente, sin muchas palabras, sin violencia ni
provocación, de manera que nadie tenía motivo para ofrecer resistencia. Si, por
azar, tropezaban con la incomprensión u observaban hostilidad, entonces se
detenían inmediatamente, discutían en algún lugar ignorado, modificaban la
dirección y el método de su trabajo y, a pesar de los pesares, llevaban a
término lo que habían decidido. Cuanto emprendían, parecía inocente, incluso
absurdo. Medían un campo en barbecho, marcaban unos árboles en el bosque,
inspeccionaban los retretes y las alcantarillas, examinaban los dientes de los
caballos y de las vacas, verificaban los pesos y las medidas, se informaban de
las enfermedades que padecía el pueblo, del número y nombre dé los árboles
frutales, de la raza de las ovejas y de las aves. (Se hubiese dicho que estaban
divirtiéndose. Todas aquellas ocupaciones resultaban incomprensibles, fútiles y
vanas a ojos del pueblo.) De pronto, todo lo que había sido realizado con tanta
atención y tanto celo, quedaba sepultado en algún lugar sin dejar huella, como
si hubiese sido condenado para siempre a permanecer en la nada. Pero, algunos
meses después, incluso un año entero, cuando el pueblo había olvidado completamente
la cuestión, salía a la luz del día el sentido de aquellas medidas, en
apariencia absurdas y olvidadas hacía tiempo. Se reunía en el ayuntamiento a
los jefes de barrio y se les comunicaba la nueva ordenanza sobre la tala de
bosques, la lucha contra el tifus, el modo de vender las frutas y las golosinas
o sobre los permisos relativos al ganado. Y así, nacía cada día un nuevo
reglamento. Y, con cada reglamento, veían los hombres reducirse en parte su
libertad individual o aumentarse sus obligaciones; pero la vida de la ciudad,
de los pueblos y de sus habitantes, se agrandaba y adquiría amplitud,
No obstante, en las casas, y no sólo en las de los turcos,
sino también en las de los servios, no había cambiado nada. Se vivía, se
trabajaba, se holgaba, como antaño; el pan era amasado en la artesa, tostado el
café en la chimenea, hervida la ropa blanca en los baldes y lavada en una
solución de sosa que abrasaba los dedos de las mujeres; se tejía y se bordaba
en los telares y en los bastidores. Las viejas costumbres para las fiestas, el
ceremonial para los matrimonios se habían conservado. En cuanto a las nuevas
costumbres que habían introducido los extranjeros, las gentes se contentaban
con cuchichear, como si se tratase de algo increíble y lejano. En una palabra,
dentro de la mayor parte de las casas, se trabajaba y se vivía como siempre y
como todavía se trabajaría y viviría quince o veinte años después de la llegada
de los ocupantes.
Como réplica, el aspecto exterior de la ciudad cambiaba
visiblemente y con rapidez. Y aquellos mismos seres que en sus casas se
sujetaban a las viejas tradiciones y no pensaban en cambiar, se acomodaban
fácilmente a aquellas transformaciones de la ciudad y las aceptaban después de
algún gruñido y de una extrañeza más o menos prolongada. Por supuesto, como
sucede siempre en cualquier lugar y en circunstancias análogas, el nuevo modo
de vida significaba en realidad una mezcla de lo antiguo y de lo nuevo. Las viejas
concepciones y los viejos valores chocaban, se oponían con los nuevos, se
combinaban o coexistían como si esperasen ver cuáles de ellos sobrevivirían a
los demás. La gente contaba ya tanto en florines y en "kreutzer"41,
como en "groch" y en sueldos, evaluaban ya en archinas, en
"oques" y en "dramas", ya en metros, en kilogramos y en
gramos, fijaban los plazos para los pagos y las entregas de acuerdo con el
nuevo calendario, pero también empleaban a menudo la vieja fórmula: para San
Jorge o para San Dimitri. Por ley natural, las gentes se oponían a toda
innovación, pero su oposición no era rotunda, pues para la mayoría de las
personas, la vida es siempre más importante y más imperativa que la forma que
reviste. Sólo algunos individuos excepcionales sentían verdaderamente el drama
profundo de la lucha entre lo antiguo y lo moderno. Para ellos, el modo de vida
estaba ligado de manera íntima e incondicional a la vida misma.
A esta última categoría pertenecía Chemsibeg Brankovitch
de Tsrntcha, uno de los beys más acomodados y más notables de la ciudad. Tenía
seis hijos de los cuales cuatro estaban ya casados. Sus casas formaban toda una
aldea rodeada de campos, de plantíos de ciruelos y de sotos. Chemsibeg era el
jefe indiscutible, taciturno y severo de toda aquella gran comunidad. Alto,
encorvado por los años, tocado con un enorme turbante blanco, bordado de oro,
bajaba sólo los lunes a la ciudad para rezar en la mezquita. Desde el primer
día de la ocupación, no se detenía en ningún sitio, no hablaba a nadie ni
dirigía una sola mirada en torno suyo. Entre los Brankovitch, no había nadie
que se atreviese a introducir ningún nuevo vestido, ningún nuevo calzado,
ningún nuevo instrumento, ninguna nueva palabra. Ni uno solo de sus hijos
trabajaba con el nuevo régimen, ni uno solo de sus nietos iba a la escuela.
Toda la familia padecía a causa de aquel estado de cosas. El descontento
producido por la tozudez del anciano reinaba entre los hijos, pero nadie osaba
ni nadie podía decir una palabra ni demostrar su disconformidad con una mirada.
Los turcos del barrio del comercio que trabajaban con los recién llegados y que
se mezclaban con ellos, saludaban a Chemsibeg, cuando atravesaba el mercado,
con un respeto mudo en el que había temor, admiración e inquietudes de
conciencia. Los turcos más viejos y más destacados de la ciudad acudían a
menudo a Tsrntcha, como en peregrinación, para sentarse junto a Chemsibeg y
conversar con él. Era la cita de los que, decididos a perseverar hasta el final
en su resistencia, no querían inclinarse a ningún precio ante la realidad.
Ciertamente, eran aquéllas unas sesiones largas en las que sólo se cambiaban
unas pocas palabras y que terminaban sin conclusiones concretas. Chemsibeg,
abrigado y abotonado en invierno como en verano, permanecía sentado sobre su
pequeña alfombra roja y fumaba rodeado de sus huéspedes. La conversación
discurría habitualmente llena de dignidad, hablándose de alguna medida, incomprensible
y odiosa, de las autoridades ocupantes o de los turcos que se acomodaban cada
vez más con el nuevo estado de cosas. Ante aquel hombre áspero y digno, todos
sentían la necesidad de mostrar su amargura, sus temores, y su perplejidad. Y
cada conversación terminaba de esta manera: "¿Adonde vamos a parar? ¿Cómo
terminará esto? ¿Quiénes son y qué quieren esos extranjeros que parecen no
conocer ni el descanso ni la tregua ni la medida ni los límites? ¿Qué deseos
los han traído a estas tierras? ¿De dónde les vienen tantas necesidades y qué
harán ellos de todo esto? ¿Cuál es la inquietud que los empuja sin cesar, como
una maldición, y que los incita a todos esos nuevos trabajos y empresas que
parecen no tener fin?"
Chemsibeg se limitaba a mirarlos y, la mayor parte de las
veces callaba. Su rostro estaba sombrío, y no porque el sol lo hubiese
bronceado, sino por lo que pasaba por su fuero interno. Su mirada era dura,
pero ausente y perdida, sus ojos, turbios con las negras pupilas rodeadas de
manchas blanquecinas y grises, como las de una águila vieja. Su boca grande,
sin labios aparentes, fuertemente apretada, se movía lentamente como si pesase
una palabra, siempre idéntica, que nunca llegaba a pronunciar.
Y, no obstante, la gente salía de su casa con un
sentimiento de alivio, ni consolados ni tranquilos, pero tocados y exaltados
por un ejemplo de intransigencia dura y desesperada.
Y cuando, al viernes siguiente, Chemsibeg acudía al barrio
del comercio, lo esperaba un nuevo cambio operado en los hombres o en los
edificios, y que el viernes anterior no existía. Para no verse obligado a
contemplarlo, bajaba la vista, y allí, en el barro seco de la calle, observaba
las huellas de los cascos de los caballos y veía que al lado de las herraduras
redondeadas y llenas de los caballos turcos, abundaban las herraduras curvas,
con puntas aceradas en los extremos, de los caballos alemanes. Incluso en el
barro, su mirada leía la misma condena despiadada que se revelaba en todos los
rostros y en todas las cosas que lo rodeaban; la condena del tiempo que no
puede ser detenida.
Al darse cuenta de que ya no podía posar sus ojos en
ningún sitio, Chemsibeg dejó por completo de bajar a la ciudad. Se refugió
enteramente en Tsrntcha, limitándose a ser un jefe de familia taciturno y, al
mismo tiempo, severo e implacable, duro para todos y más duro aún para sí
mismo. Los turcos más ancianos y más prestigiosos de la ciudad continuaban
visitándolo como a una reliquia viva. (Entre ellos, particularmente, Alí-Hodja
Mutevelitch.) Y durante el tercer año de ocupación, Chemsibeg murió sin haber estado
enfermo. Se derrumbó no habiendo pronunciado nunca aquella palabra amarga que
había rondado sus labios de anciano, y sin haber vuelto a poner los pies en el
barrio del comercio donde todo iba adquiriendo una nueva orientación.
Es verdad que la ciudad se metamorfoseaba bruscamente: los
extranjeros abatían los árboles, plantaban otros nuevos en distintos lugares,
reparaban los caminos, trazaban otros, abrían canales, construían edificios
públicos. Desde los primeros momentos, echaron abajo las tiendas del mercado
que no estaban alineadas y que, realmente, no habían molestado nunca a nadie.
En lugar de las viejas tiendas de postigos de madera, elevaron otras nuevas,
bien asentadas, de tejados de teja o chapa y con las puertas guarnecidas de
cierres metálicos. (Víctima de aquellas medidas, la tienda de Alí-Hodja debía
también haber sido derribada, pero el hodja resistió con decisión, pleiteó y
acudió a todos los medios imaginables, hasta que consiguió que su tienda
siguiese en el mismo lugar en que se encontraba.) Se amplió y se niveló la
plaza del mercado. Fue levantado un nuevo konak, gran construcción en la que
tenía que instalarse el tribunal y la administración del distrito. En cuanto al
ejército, trabajaba por su cuenta aún más aprisa y con menos miramientos que
las autoridades civiles. Se montaban barracas, se roturaba con profundidad, se
plantaba, se cambiaba totalmente el aspecto de colinas enteras.
Los viejos ciudadanos no lograban entender y no paraban de
manifestar su extrañeza. Y justamente cuando pensaban que aquel ardor
incomprensible tocaba a su fin, los extranjeros emprendían un nuevo trabajo más
inexplicable todavía. Y los habitantes se detenían para examinar aquellas
tareas, pero, no como los niños que gustan de contemplar las obras de las
personas mayores, sino, al contrario, como las personas mayores que se paran un
instante para echar una mirada a las diversiones de los niños. Pero aquella
necesidad permanente que sentían los extranjeros de hacer y deshacer, de abrir
y de edificar, de establecer y de modificar, aquel perpetuo deseo de prever la
acción de las fuerzas de la naturaleza, de escapar de ellas o de evitarlas,
aquello, nadie lo comprendía ni sabía apreciarlo. Muy por el contrario, todos
los habitantes, en particular los de edad avanzada, lo consideraban como un
fenómeno malsano y veían en ello un signo de mal augurio. La ciudad, según
ellos, conservaría siempre la apariencia de las pequeñas urbes orientales: lo
que estuviese gastado se repararía, lo que se hundiese sería apuntalado; pero
aparte de esto, nadie, sin necesidad y, mucho menos, trazando planes y
proyectos, emprendería trabajos ni tocaría los cimientos de los edificios, variando
el aspecto que Dios había dado a la ciudad.
Mas los extranjeros llevaban a buen fin, uno tras otro,
sus trabajos, con celeridad y consecuencia, según sus planes desconocidos y
cuidadosamente estudiados, ante la sorpresa cada vez mayor de la gente de la
ciudad.
Así, de manera completamente inesperada, le tocó el turno
a aquel parador abandonado y decrépito que todavía formaba un todo, como tres
siglos antes, con el puente. A decir verdad, lo que se llamaba la hostería de
piedra no pasaba de ser desde hacia mucho tiempo un montón de ruinas. Las
puertas estaban podridas, las rejas de piedra festoneada, situadas en las
ventanas, estaban rotas, el techo se había venido abajo, en el interior de la
construcción había crecido una gran acacia y un montón de arbustos y de malas
hierbas, pero los muros exteriores seguían estando íntegros y erguían su
rectángulo de piedra blanca, regular y armoniosa. A los ojos de los habitantes
de la ciudad, desde su nacimiento hasta su muerte, aquello no se les aparecía
como unas ruinas triviales, sino como el acabado del puente, como parte
integrante de la ciudad, con el mismo derecho que su casa natal, y nunca nadie
llegó a imaginar, ni siquiera en sueños, que se llegara a tocar la vieja
hostería y que se cambiase algo que el tiempo y la naturaleza no habían
cambiado. Pero un buen día, le llegó su vez. Primeramente, unos ingenieros
tomaron con detalle medidas alrededor de las ruinas, después, llegaron los
obreros y los peones, que comenzaron a quitar, una tras otra, las piedras y a
espantar y a arrojar a los pájaros de todas clases y a los animaluchos que
habían anidado allí. Rápidamente, el terraplén situado por encima de la plaza
del mercado, junto al puente, quedó vacío, y el único signo que pudo observarse
de la hostería fue un montón de piedras cuidadosamente apiladas.
Poco después de un año, en lugar del parador de piedra, se
irguió un cuartel de un piso, alto y macizo, pintado de azul pálido, cubierto
de chapa gris y flanqueado de aspilleras. Sobre el terraplén ampliado, los
soldados hacían ejercicio durante todo el día y, como mártires, desplegaban sus
miembros o caían de cabeza en el polvo, los pobres desgraciados, a las órdenes
tronantes de los cabos. Y de noche, a través de las numerosas ventanas de aquel
feo edificio, podía oírse los acentos de unas canciones guerreras
incomprensibles que eran acompañadas por los acordes de una armónica. Aquello
duraba hasta que el sonido penetrante de la trompeta se dejaba oír, con su aire
triste que hacía aullar a todos los perros de la ciudad, cesando inmediatamente
todos los ruidos y apagándose las últimas luces de las ventanas. Así
desapareció la hermosa fundación pía del visir, y así comenzó su vida sobre el
terraplén, junto al puente y en completo desacuerdo con cuanto lo rodeaba, el
cuartel al que las gentes, fieles a sus costumbres, seguía llamando la hostería
de piedra. El puente quedó completamente aislado.
Verdaderamente, fue sobre el puente donde sucedieron los
hechos que llevaron las costumbres inalterables de las gentes del lugar a
chocar con las novedades que los extranjeros y su régimen habían introducido. Y
resultó que todo lo que era viejo, todo lo que pertenecía al país, se vio
regularmente condenado a un retroceso y a una adaptación.
La vida sobre el puente, en la medida en que dependía de
nuestras gentes, continuó discurriendo sin variación. Se observó únicamente que
los servios y los judíos acudían cada vez con mayor libertad a la kapia,
aumentando progresivamente su número. Se los veía a cualquier hora del día, sin
tener en cuenta, como antaño, a los turcos ni sus costumbres ni sus
privilegios. Se sentaban en aquel lugar algunos activos hombres de negocios que
iban al encuentro de los campesinos y que compraban lana, aves y huevos; cerca
de ellos, podía verse a los paseantes, gente ociosa que, siguiendo el curso del
sol, se desplazaba de un extremo a otro de la ciudad. Al atardecer, los otros
ciudadanos, hombres de negocios y de trabajo, iban allí también para hablar un
poco, o para contemplar en silencio el gran río bordeado de sauces enanos y de
bancos de arena. La noche pertenecía a la juventud y a los borrachos.
La vida nocturna, por lo menos en los primeros momentos,
se vio sometida a unos cambios que engendraron desacuerdos. Las nuevas
autoridades instalaron un alumbrado permanente en la ciudad. Durante los
primeros años, en las calles principales y en las encrucijadas, fueron
colgadas, a unos postes verdes, linternas en las que ardían lámparas de
petróleo. (El gran Ferkhat estaba encargado de limpiarlas, de llenarlas y de
encenderlas; era un pobre tunante cuya casa estaba llena de críos y que hasta
entonces había sido criado de la administración, encargándose de tirar los
petardos durante el ramadán y desempeñando tareas de ese género, sin salario
fijo.) El puente fue iluminado de esa forma en varios puntos y también en la
kapia. El poste que sostenía la linterna estaba clavado a una viga de roble,
perteneciente a la pared del antiguo reducto.
La linterna de la kapia tuvo que mantener una lucha contra
las costumbres de los guasones, de aquellos a quienes gustaba acudir allí para
cantar en la oscuridad, para fumar o para discutir, y también se enfrentó con
los instintos de vandalismo de los muchachos en quienes se mezclaban y chocaban
la melancolía amorosa, la soledad y el aguardiente. Aquella luz parpadeante los
irritaba, y muchas veces, linterna y lámpara saltaron hechas pedazos. Fue
aquella linterna causa de muchas multas y condenas. Hubo incluso un momento en
que un agente de policía fue encargado de vigilar. Los visitantes nocturnos de
la kapia tuvieron entonces un testigo vivo todavía más desagradable que la
linterna. Pero el tiempo ejerció su influencia y las nuevas generaciones se
acostumbraron progresivamente y se acomodaron hasta el punto de dar libre curso
a sus sentimientos nocturnos bajo la débil luz de la linterna municipal y de no
acribillarla de piedras ni de golpearla con palos o con lo que caía en sus
manos. Aquella adaptación fue tanto más fácil cuanto que, durante las noches de
plenilunio, en el momento en que la kapia se veía especialmente frecuentada, no
se encendían por regla general las linternas.
Sólo una vez al año el puente era totalmente iluminado. La
víspera del 18 de agosto, con motivo del cumpleaños del Emperador, las
autoridades adornaban el puente con guirnaldas hechas de ramaje y con filas de
pinos jóvenes, y, a la caída de la noche, se encendían unos rosarios de
linternas y de velas: centenares de latas de conserva del ejército, llenas de
sebo y de estearina, eran dispuestas en largas filas, proyectando su luz desde
ambos lados del puente. Iluminaban el centro, mientras que los extremos y los
pilares se perdían en la oscuridad, pareciendo que la parte alumbrada flotaba
en el espacio. Mas todas las lámparas se consumían rápidamente y todas las
solemnidades pasaban. A partir del día siguiente, el puente volvía a ser lo que
era antes. A los niños de aquella generación sólo les quedaba la imagen
reciente y poco habitual de un efímero juego de luces, visión animada e
impresionante, pero corta y fugitiva, como un sueño.
Además de la iluminación permanente, las nuevas
autoridades implantaron la limpieza de la kapia; más exactamente: un género de
limpieza verdaderamente particular que estaba de acuerdo con sus concesiones.
Las mondas de las frutas, las pepitas de las calabazas y las cascaras de las
avellanas y de las nueces ya no tapizaban las losas de piedra, en espera de que
el viento y la lluvia las arrastrasen. Aquella zona era limpiada todas las
mañanas por un barrendero municipal, especialmente destinado a tal servicio.
Esta medida no molestó a nadie, pues la gente se acomoda a la limpieza, incluso
cuando no procede de sus necesidades ni de sus costumbres, siempre y cuando no
sea ella la que tenga que observarla.
La ocupación introdujo una novedad más: por primera vez
desde que la kapia existía, las mujeres comenzaban a acudir a ella. Las esposas
y las hijas de los funcionarios, las criadas y las niñeras se paraban allí para
charlar o iban a sentarse en el sofá los días de fiesta, acompañadas de
caballeros militares y civiles. No era esto muy frecuente, pero bastaba para
alterar el humor de los viejos que acudían a fumar su chibuquí en paz y en
silencio, desconcertando y excitando a los jóvenes.
Había existido siempre, por supuesto, una cierta relación
entre la kapia y las mujeres de la ciudad, pero esta relación se limitaba a las
palabras acariciadoras que los muchachos dirigían a las muchachas, cuando éstas
pasaban por el puente, o a las manifestaciones de entusiasmo y de las penas del
corazón e, incluso, a las discusiones de las cuales las mujeres eran la causa.
Eran muchos los solitarios que se quedaban allí sentados durante horas y días,
cantando con dulzura "solamente por su alma", fumando o contemplando
simplemente, mudos, las aguas rápidas: era la manera de pagar su diezmo a esa
exaltación de la cual todos somos tributarios y a la que pocos pueden escapar.
Allí se decidió y fue zanjado el destino de muchos jóvenes rivales, allí se
imaginaron numerosas intrigas amorosas. Se habló en la kapia incesantemente de
mujeres, de amor; en la kapia se soñó. Fue el escenario de múltiples pasiones
ardientes; otras fueron a apagarse en ella. Sea como sea, nunca las mujeres se
habían sentado ni siquiera detenido en la kapia; ni las cristianas ni, mucho
menos, las musulmanas. En la actualidad, todo había cambiado.
El domingo y los días de fiesta, se veía en la kapia a
algunas cocineras de cara rubicunda, ceñido talle, con rodetes de grasa
desbordándose por encima y por debajo de su corsé, el cual les cortaba la
respiración. Junto a ellas, estaban sus sargentos con los uniformes bien
cepillados, los botones de metal resplandecientes, con sus galones rojos y. sus
borlas de tiradores en el pecho. En los días laborables, al atardecer, los
funcionarios y los oficiales salían a pasearse en compañía de sus esposas, deteniéndose
en la kapia, conversando en su lengua incomprensible, riendo ruidosamente y
caminando a su gusto.
Aquellas mujeres ociosas, desenvueltas y joviales,
constituían un espectáculo más o menos chocante para todo el mundo. La gente
estaba extrañada y ofuscada, pero no tardó en acostumbrarse como ya se había
acostumbrado a tantas otras novedades, aunque no las hubiese aceptado.
Puede decirse que, en general, todos aquellos cambios
acaecidos en el puente eran insignificantes, superficiales y de corta duración.
Muchas de las variaciones importantes que se habían operado en el espíritu y en
las costumbres de los ciudadanos y en el aspecto exterior de la ciudad,
parecían haber pasado junto al puente sin rozarlo. Daba la impresión de que el
viejo puente blanco que durante tres siglos había sido franqueado sin que
quedasen en él huellas o cicatrices, permanecía idéntico, incluso con el nuevo
emperador, y que triunfaba de aquel diluvio de novedades y de cambios, como
siempre había resistido a las mayores inundaciones, resurgiendo cada vez,
intacto y blanco, regenerado, de la masa desencadenada de sombrías olas que lo
habían sumergido.
CAPÍTULO XII
Fue así cómo la vida en la kapia se hizo todavía más
animada y más llena de variedad. Durante todo el día y aun a ciertas horas de
la noche, se sucedía en ella una masa abigarrada de personas: los nuestros y
los extranjeros, los jóvenes y los viejos. Sólo se preocupaban de sí mismos y
estaban completamente absortos en los pensamientos, los placeres y las pasiones
que los habían empujado a aquel lugar. Por eso, no prestaban ninguna atención a
los paseantes que, llegados allí con otros pensamientos y otras inquietudes,
cruzaban el puente cabizbajos y con la mirada ausente, sin detener la vista en
nada ni nadie, sin tener en cuenta a la gente que estaba sentada en la kapia.
Entre aquellos paseantes se encontraba Milán
Glasintchanin, de Okolichta, hombre alto, seco y encorvado, de cara pálida.
Todo su cuerpo parecía diáfano y sin peso, fijado únicamente a unos talones de
plomo. He ahí por qué oscilaba al marchar y se plegaba, como una oriflama de
iglesia, entre las manos de un monaguillo, en una procesión. Su cabello y sus
bigotes eran grises como los de un anciano; siempre mantenía los ojos bajos.
Andaba con pasos de sonámbulo. No se daba cuenta de que algo había cambiado en
la kapia y en el comportamiento de la gente y, él mismo, pasaba casi
inadvertido para aquellos que acudían a aquel lugar, a sentarse, a soñar, a
cantar, a vender, a discutir o a matar el tiempo. Los más viejos lo habían
olvidado, la juventud no se acordaba de él, y los extranjeros no lo conocían.
Y, sin embargo, su destino había estado en estrecha relación con la kapia, si
se tiene en cuenta lo que se contaba en la ciudad, lo que se murmuraba a
propósito de él diez o doce años antes.
El padre de Milán, el viejo Nicolás Glasintchanin, se
estableció en Vichegrado sobre poco más o menos en el momento en que la
revolución estaba en su apogeo en Servia. Compró una bonita propiedad en
Okolichta. Siempre se había creído que había huido a aquel lugar con una
fortuna importante, pero conseguida por medios poco claros. Nadie tenía
pruebas, por lo que sólo se aceptaba a medias la hipótesis que nadie, sin
embargo, rechazaba del todo. Se casó por dos veces, sin tener, empero, muchos
hijos. Educó únicamente a Milán, y a él legó todo lo que poseía (lo que se veía
y lo que estaba escondido). Y Milán tuvo un hijo único, Pedro. Sus bienes le
habrían bastado y habría dejado tras él una importante fortuna si no hubiese
tenido una única pasión, una pasión todopoderosa: el juego.
Los verdaderos vichegradeses no eran por naturaleza
jugadores. Como ya hemos visto, sus pasiones eran de un género completamente
distinto: amor inmoderado a las mujeres, inclinación a la bebida, las
canciones, la gandulería o a soñar al lado del río natal. Ahora bien, la
capacidad del hombre es limitada en todo, incluso en eso. Por ello, las
pasiones chocan en él, se rechazan y, muy a menudo, se eliminan unas a otras.
Eso no quiere decir que no hubiese alguien en la ciudad que se entregase a tal
vicio, pero el número de jugadores era realmente inferior al de otras ciudades
y, en la mayor parte de los casos, los jugadores eran extranjeros o recién
llegados. Sea como fuere, Milán Glasintchanin pertenecía al reducido grupo.
Desde su más tierna adolescencia, se dio al juego en cuerpo y alma. Cuando no
encontraba en la ciudad compañeros de juego, se iba al próximo cantón, de donde
regresaba cubierto de dinero, como un mercader que vuelve de la feria, o con
los bolsillos vacíos, sin reloj, sin cadena, sin tabaquera y sin anillo, y
pálido y con los rasgos descompuestos, como si estuviese enfermo.
Su lugar habitual estaba en la taberna de Ustamuitch, en
el extremo del barrio comercial de Vichegrado. Había allí una habitación
estrecha, sin ventana, donde, incluso de día, había una vela encendida, y en la
que se encontraban invariablemente tres o cuatro hombres para los cuales el
juego era más querido que cualquier otra cosa del mundo. Encerrados allí,
corrompidos, en medio del humo del tabaco y del aire viciado, con los ojos
inyectados en sangre, la garganta seca y las manos temblorosas, empalmaban a menudo
el día con la noche, sacrificados a su pasión, como mártires. En aquella
estancia pasó Milán una buena parte de su juventud y dejó lo mejor de sus
fuerzas y de su hacienda. No tenía más de treinta años cuando se produjo en él
aquel cambio brusco e inexplicable para la mayoría de la gente, y que debía de
curarlo para siempre de su aplastante pasión, cambiando y transformando, al
mismo tiempo, su vida.
Cierto otoño, hacía de esto unos catorce años, llegó a la
taberna un extranjero. No era ni viejo ni joven, ni guapo ni feo, de mediana
edad y de mediana estatura, poco locuaz; sólo sus ojos sonreían. Era un hombre
de negocios, totalmente absorto en el asunto por el que había llegado. Pasó la
noche en la taberna y, al crepúsculo, fue a caer en la habitación en donde,
desde el mediodía, los jugadores estaban confinados. Lo acogieron con
desconfianza, pero se comportaba de una manera tan tranquila y tan discreta,
que ni siquiera se pusieron en guardia cuando él también empezó a hacer
apuestas, más bien modestas, a una carta. Perdía más de lo que ganaba; turbado,
fruncía el entrecejo y, con mano poco segura, sacaba monedas de plata de sus
bolsillos interiores.
Cuando perdió una suma bastante considerable, le tocó a él
dar las cartas. Al principio, las distribuyó despacio y con precaución;
después, cada vez con más rapidez y desenvoltura. Jugaba, no sólo sin emoción,
sino con audacia. Los montones de monedas de plata crecían ante él. Los
jugadores empezaron, uno tras otro, a abandonar la partida. Uno de ellos apostó
su cadena de oro a una carta, pero el extranjero rehusó con frialdad,
declarando que jugaban únicamente dinero.
El juego cesó a la hora de la última oración, puesto que
ninguno llevaba consigo dinero suficiente. Milán Glasintchanin fue el último en
abandonar, pero, a fin de cuentas, tuvo también que retirarse. El extranjero se
excusó cortésmente y se fue a su habitación.
Al día siguiente, siguieron jugando, y, de nuevo, el
extranjero perdió y ganó alternativamente; pero las ganancias superaron a las
pérdidas, hasta el extremo de que los jugadores se vieron otra vez desprovistos
de dinero contante. Le miraban las manos, escrutaban sus mangas, lo observaban
desde todos los ángulos, pedían nueva baraja, cambiaban de sitio en el banco
recubierto de un tapiz, sin que consiguiesen nada con tales precauciones.
Jugaron al otuz bir42, juego sencillo, pero de mala reputación, que practicaban
desde su niñez; sin embargo, no pudieren descubrir la manera de jugar del
extranjero. A veces, llegaba a tener hasta veintinueve puntos, incluso treinta,
y a veces se quedaba en veinticinco. Recogía todas las apuestas, la más pequeña
como la más grande; pasaba por alto las insignificantes irregularidades de
algunos jugadores como si no las hubiese visto, pero enunciaba las más
flagrantes, fría y lacónicamente.
La presencia de aquel extranjero en la taberna torturaba e
irritaba a Milán Glasintchanin. Aquellos días se sentía más febril y extenuado
Se prometió no seguir jugando, pero continuó y perdió hasta el último céntimo.
Después, volvió a su casa lleno de bilis y de vergüenza. Al cuarto o quinto
día, consiguió dominarse y se quedó en casa. Había preparado dinero y se había
vestido. Tenía la cabeza pesada y la respiración entrecortada. Cenó de prisa y
sin saber lo que comía, A continuación, salió varias veces fuera de su casa,
fumó, se paseó y observó la ciudad inanimada que se extendía a sus pies, en
aquella noche de otoño.
Luego de pasearse un buen rato, distinguió de pronto en el
camino una silueta vaga que a medida que se aproximaba a la casa caminaba más
despacio. Al llegar junto a la cerca, se dejó oír una voz que Milán reconoció:
era el extranjero de la taberna.
—¡Buenas noches, vecino! —dijo el extranjero.
No cabía duda de que aquel hombre había ido en su busca.
Milán se acercó a la valla.
—¿Esta noche no has ido a la taberna? —preguntó el
extranjero con tranquilidad e indiferencia, como de pasada.
—Hoy no me sentí con ánimos de ir. ¿Los demás están allí?
—No hay nadie. Todos se han marchado antes que de
costumbre. Pero podemos ir nosotros dos.
—Ya es tarde y no tenemos un sitio donde reunimos.
—Bajaremos hasta la kapia. Va a salir la luna.
—Ya no es hora —protestó Milán.
Pero sus labios estaban secos y sus palabras le resultaban
extrañas, como si fuese otro el que las pronunciara.
El extranjero no se movía y esperaba; parecía estar seguro
de que su proposición sería aceptada. Y, efectivamente, Milán abrió el portillo
del jardín y partió con aquel hombre a pesar de su resistencia y de su
antipatía hacia él, y aunque hubiese tratado con sus palabras, con sus
pensamientos, con las últimas fuerzas de su voluntad, de sustraerse a aquel
poder insidioso que lo atenazaba y del que no podía desembarazarse.
Descendieron rápidamente la cuesta de Okolichta. La luna,
redonda, se alzaba en efecto por detrás de Stanichvats. El puente parecía sin
límites e irreal; sus extremos se perdían en una bruma lechosa y sus pilares
quedaban ocultos, por su base, en las tinieblas. Uno de los lados de cada pilar
y de cada ojo estaba violentamente iluminado, en tanto el otro quedaba en una
sombra total. Aquellos planos de luz y sombra se rompían y se cortaban en
líneas agudas, hasta el punto en que todo el puente semejaba un extraño
arabesco nacido del juego momentáneo de la claridad y las tinieblas.
En la kapia no había una sola alma. Se sentaron. El
extranjero sacó las cartas. Parecía que Milán iba a decir una vez más que
aquello era incómodo, que no se distinguían ni las cartas ni el dinero, pero el
extranjero no le prestó atención. Comenzó el juego.
Al principio, cambiaron algunas palabras, pero en cuanto
el juego fue tomando impulso, se callaron por completo. Se limitaban a liar sus
cigarrillos, encendiéndolos el uno con el otro. Las cartas cambiaron varias
veces de mano, para quedar finalmente en las del extranjero. El dinero caía sin
ruido sobre la piedra, cubierta por un fino rocío. Llegó el momento, aquel
momento que Milán conocía bien, en que el extranjero, teniendo veintinueve,
conseguía dos puntos, o teniendo treinta, llegaba a los treinta y uno. Sentía
ahogos y se le velaba la vista. El rostro del extranjero, bañado por el claro
de luna, parecía más tranquilo que de costumbre. En menos de una hora, Milán se
quedó sin dinero. El otro se ofreció a acompañarle a su casa a buscar más. Se
fueron y volvieron y continuaron jugando. Milán lo hacía como un mudo y como un
ciego. Adivinaba la carta con el pensamiento y expresaba lo que quería por
medio de signos. Casi parecía que las cartas, dispuestas entre ellos, se habían
convertido en algo accesorio, una especie de motivo de aquel duelo desesperado
y sin tregua. Cuando Milán se vio de nuevo sin dinero, el extranjero le ordenó
que fuese otra vez a su casa a coger más, y él se quedó fumando en la kapia. No
juzgó necesario ir con él, porque no cabía imaginar que Milán lo desobedeciese
o le engañase quedándose en casa. Y Milán se marchó sin discutir y volvió
dócilmente. Entonces la suerte cambió bruscamente. Milán ganó lo que había
perdido. A causa de la emoción, el nudo que sentía en la garganta lo oprimió aún
más. El extranjero empezó a doblar las apuestas, después, a triplicarlas. El
juego se hacía más rápido, más áspero. Las cartas volaban, tejiendo una trama
de monedas de plata y de oro. Ambos permanecían callados. Milán respiraba con
dificultad, y a veces sudaba y a veces se sentía transido de frío, en aquella
noche apacible, al claro de luna. Jugaba, daba cartas y ocultaba las suyas, no
porque le gustase, sino porque se veía forzado a ello. Le parecía que aquel
extranjero no le absorbía sólo su dinero, ducado tras ducado, sino hasta la
médula y la sangre de sus venas, gota a gota. Sus fuerzas lo abandonaban y lo
abandonaba su voluntad a cada nueva pérdida. De vez en cuando, miraba de
soslayo a su adversario. Esperaba ver su rostro satánico de dientes amenazadores
y ojos de fuego, pero, por el contrario, sólo distinguía la misma cara de
siempre que conservaba la expresión tensa del hombre que ejecuta su trabajo
cotidiano, que se apresura para terminar la tarea emprendida, una tarea ni
fácil ni agradable.
Una vez más, Milán perdió velozmente todo su dinero. El
extranjero le propuso que se jugase el ganado, las propiedades y la tierra.
—Apuesto cuatro buenas monedas húngaras, contantes y
sonantes y tú tu caballo bayo con silla. ¿Te parece bien?
—Sí.
Así se fue el caballo bayo al que siguieron los dos
caballos de carga y las vacas y las terneras. Como un comerciante consciente y
de sangre fría, el extranjero enumeraba, por su nombre, todos los animales de
la cuadra de Milán y valoraba cada cabeza exactamente a su precio, corno si
hubiese crecido en aquella casa.
—Once ducados contra tu campo llamado
"salkucha". ¿Cuento con tu palabra?
—De acuerdo.
El extranjero hizo un gesto de mal humor. Con cinto
cartas, Milán tenía veintiocho.
—¿Otra? —preguntó tranquilamente el extranjero.
—Otra —dijo Milán en un murmullo apenas inteligible; y
toda su sangre le afluyó al corazón.
El extranjero levantó lentamente la carta. Era un dos, la
cifra salvadora. Milán, con indiferencia, dejó escapar entre dientes.
—¡Basta!
Reunió convulsivamente sus cartas y las ocultó. Se esforzó
por dar a su voz y a su rostro una expresión llena de indiferencia para que su
adversario no pudiese adivinar los puntos que tenía.
Entonces el extranjero empezó a tomar cartas para sí
mismo, las cuales iba poniendo boca arriba. Cuando llegó a veintisiete, se
detuvo, miró tranquilamente a Milán a los ojos y éste entornó los párpados. El
extranjero tomó otra carta. Era un dos. Emitió un corto suspiro apenas
perceptible. Parecía que iba a plantarse en veintinueve. Con el presentimiento
de la alegría de la victoria, la sangre empezó a subir a la cabeza de Milán.
Pero entonces el extranjero se sobresaltó, arqueó el torso, levantó la cabeza,
de modo que su frente y sus ojos brillaron al claro de luna, y cogió una carta
más. Era otro dos. Resultaba inverosímil que pudiesen salir tres
"doses" uno detrás de otro y, sin embargo, era así. Reflejado sobre
aquel naipe, Milán vio su campo en primavera cuando, labrado y rastrillado,
revestía su más bello aspecto. Los surcos daban vueltas alrededor de él como si
fuese víctima de un síncope, pero la calmosa voz del extranjero le volvió en
sí.
—¡Otuz bir! El campo es mío.
Después le tocó el turno a los otros campos, a las dos
casas y al bosquecillo de robles de Osoinitsa. Estaban de acuerdo
invariablemente para las estimaciones. De vez en cuando, Milán ganaba y recogía
con gesto ávido y apresurado algunos ducados. La esperanza brillaba como oro,
pero después de dos o tres "manos" desgraciadas, se quedó sin dinero
y apostó de nuevo sus propiedades.
Cuando el juego, como un torrente, se llevó todo, los dos
jugadores se quedaron parados un instante, no para recobrar el aliento, lo cual
no les era necesario, sino para reflexionar sobre lo que podrían encontrar que
sirviese de apuesta. El extranjero conservaba su sangre fría y tenía el aire de
trabajador concienzudo que descansa después de la primera parte de su tarea,
pero que tiene prisa por pasar a la segunda. Milán estaba frío, embotado; la
sangre le golpeaba los oídos, tenía la impresión de que el asiento de piedra
sobre el que se encontraba subía para hundirse después. En aquel momento, el
extranjero tomó la palabra y dijo con voz monocorde, enojosa, ligeramente
gangosa:
—¿Sabes, amigo, lo que vamos a hacer? Jugaremos otra
partida, pero esta vez arriesgaremos el todo por el todo. Yo apuesto cuanto he
ganado esta noche, y tú tu vida. Si ganas, todo es tuyo, como antes: dinero,
ganado y tierras. Si pierdes, te tirarás desde la kapia al Drina.
Dijo esto como si nada, secamente y con el tono de un
hombre de negocios, igual que si se tratara del acuerdo más normal entre
jugadores absorbidos por el juego, Milán pensó que había llegado el momento de
perder o salvar su alma, y hacía esfuerzos para levantarse, para arrancarse de
aquel torbellino incomprensible que le había robado todo y que ahora lo
arrastraba irresistiblemente; pero con una sola mirada, el extranjero lo
dominó. Y como si hubiesen jugado en la taberna, apostándose tres o cuatro grochas,
inclinó la cabeza y tendió la mano.
Cada uno eligió una carta. El extranjero tenía un
"cuatro" y Milán un "diez". Le tocó a él dar las cartas.
Aquello lo llenó de esperanza. Repartió, y el extranjero siguió pidiendo más cartas.
—¡Otra, otra, otra!
Sólo después de haber pedido cinco cartas, dijo:
—¡Basta!
Le tocó la vez a Milán. Llegado a veintiocho, se detuvo un
instante, miró las cartas del extranjero y hacia su rostro enigmático. Era
imposible adivinar cuántas tenía, pero era muy probable que pasase de las
veintiocho; en primer lugar, porque aquella noche no se quedaba en cifras más
bajas, y en segundo lugar, porque tenía cinco cartas. Reuniendo sus últimas
fuerzas, Milán tomó otra carta. Era un "cuatro". Total, treinta y
dos; es decir: había perdido.
Miraba la carta sin dar crédito a sus ojos. Le parecía
imposible haber perdido todo de un golpe. Algo ardiente y ruidoso le atravesó
el cuerpo de la cabeza a los pies. Súbitamente, todo se le hizo claro: el
precio de la vida, el valor del hombre y aquella maldita e inexplicable pasión
que tenía de jugar con los suyos y con los extranjeros, incluso solo. Todo
resultaba luminoso y claro, como si estuviese amaneciendo o como si hubiese
soñado que jugaba y que perdía; pero en verdad, una verdad irrevocable, algo
que no podía repararse. Hubiese querido proferir una palabra, gemir, llamar a
alguien en su ayuda, lanzar aunque no fuese más que un suspiro, pero ya no
tenía fuerzas ni para eso.
A su lado el extranjero esperaba.
De pronto, en algún lugar de la orilla cantó un gallo,
alto y claro, una vez, otra. Estaba tan próximo, que parecía como si se oyese
el batir de sus alas. En el mismo momento, las cartas dispersas volaron, como
levantadas por una borrasca, el dinero se desperdigó y la kapia se bamboleó
hasta sus cimientos. Milán cerró los ojos espantado y pensó que había llegado
su última hora. Cuando volvió a abrir los ojos, observó que estaba solo. Su
adversario se había volatilizado como una pompa de jabón y, con él, las cartas
y el dinero que se encontraban sobre la losa de piedra.
La luna, color naranja, nadaba al fondo del horizonte. Se
había levantado un viento fresco. Se acentuaba el tumulto de las aguas en las
profundidades. Milán, con precaución, palpó la piedra donde estaba sentado,
tratando de volver en sí, de reconocer el lugar donde se encontraba y de saber
lo que pasaba; luego, se levantó con dificultad y se dirigió hacia su casa de
Okolichta, sin darse cuenta de que andaba.
Gimiendo y titubeante, apenas llegó ante su casa, cayó
como un herido; su cuerpo chocó pesadamente con la puerta. Los suyos, que se
habían despertado a causa del ruido, lo llevaron a la cama. Durante dos meses
fue presa de la fiebre y del delirio. Llegaron a creer que no se recuperaría.
El pope Nicolás acudió a administrarle la extremaunción. Sin embargo, se
restableció y se levantó, pero no parecía el mismo hombre. Ahora era un viejo
prematuro que vivía al margen de todos, que hablaba poco y que limitaba al
mínimo sus relaciones con los demás. Sobre su rostro, que ya no sonreía, se
reflejaba una atención dolorosa. Se ocupaba únicamente de sus negocios y se
entregaba a sus ocupaciones, como si nunca hubiese conocido la compañía de sus
amigos.
Durante su enfermedad, contó al pope Nicolás todo lo que
le había sucedido aquella noche en la kapia y, más tarde, confió su historia a
dos buenos amigos, pues sentía que le habría sido imposible vivir con su
secreto. La gente se enteró de algo, pero como si lo que había sucedido en
realidad fuese insuficiente, añadió algunos detalles; después, como es
corriente, dirigió su atención a algún otro y terminó por olvidar a Milán y su
aventura. Y así, el hombre que ya no era más que una sombra del Milán Glasintchanin
de antaño, vivía, trabajaba y discurría entre los habitantes de la ciudad. La
joven generación sólo lo conocía tal y como era en aquellos momentos y no
pensaba que hubiese sido de otro modo. Él mismo se comportaba igual que si
hubiese olvidado todo. Y cuando habiendo dejado su casa para bajar a la ciudad,
cruzaba el puente, con sus andares lentos y pesados de sonámbulo, pasaba junto
a la kapia sin la menor emoción, incluso sin recuerdos. Ni siquiera volvía a su
memoria que aquel sofá, guarnecido de asientos de piedra blanca, en los que se
sentaba gente ociosa, pudiese tener alguna relación con el lugar remoto en el
que, una noche, jugó su última partida, apostando a aquella carta traidora todo
lo que tenía, incluso su persona, su vida en este mundo y en el otro.
Milán se preguntaba a menudo si toda aquella aventura no
habría sido más que una pesadilla que le hubiera asaltado cuando perdió el
conocimiento delante de la puerta de su casa, si no habría sido más bien la
consecuencia que la causa de su enfermedad. A decir verdad, el pope Nicolás y
los dos amigos a quienes se confió, se mostraron inclinados a considerar el
relato de Milán como una fantasía, una alucinación producida por la fiebre.
Porque lo cierto es que ninguno de ellos creía que el
diablo jugase al "otuz bir" ni que atrajese a la kapia a aquellos
para los que desease la perdición. Pero nuestras aventuras suelen ser tan
confusas, tan penosas, que no es extraño que las gentes vean en ellas una
intervención del mismísimo Satán, esforzándose así en explicarlas o, al menos,
en hacerlas más verosímiles.
Sea como fuere, con o sin el diablo, en sueños o en la
realidad, lo que era cierto es que Milán Glasintchanin, después de haber
perdido en una noche la salud, la juventud y una enorme cantidad de dinero, se
encontró para siempre, como por milagro, librado de su pasión. Pero eso no era
todo. Al relato de Milán se encontraba estrechamente ligada la historia de otro
destino cuyo hilo partía de la kapia.
Al día siguiente de aquel en el que Milán Glasintchanin
(en sueños o en realidad) perdió su última partida en la kapia, lució un
espléndido sol de otoño. Era sábado. Como todos los sábados, los judíos de
Vichegrado se reunieron en la kapia, llevando con ellos a sus hijos.
Desocupados y solemnes, con sus pantalones de raso y sus chalecos de lana,
tocados con su fez aplastado, de color rojo subido, celebraban escrupulosamente
el día del Señor, paseándose a lo largo del río como si buscasen a alguien.
Pero, la mayor parte del tiempo, mantenían ruidosas y acaloradas conversaciones
en español, empleando únicamente el servio cuando juraban.
Bukus Gaon, hijo mayor del barbero Abraham Gaon, hombre
piadoso, pobre y honrado, fue uno de los primeros en acudir aquella mañana a la
kapia. Tenía dieciséis años y aún no había encontrado trabajo fijo ni oficio
determinado. El muchacho, a diferencia de todos los Gaon, era algo alocado, lo
que le había impedido entregarse a una ocupación concreta, empujándolo a buscar
en todas partes y en todas las cosas algo ventajoso y agradable. Cuando quiso
sentarse, se aseguró antes de que el sitio estaba limpio. Entonces vio en la
rendija, entre las dos losetas, un delgado hilo amarillo que brillaba. Tenía el
resplandor del oro, ese metal tan querido a los ojos del hombre. Miró mejor. No
cabía duda: un ducado había caído allí. El muchacho echó una mirada en torno, para
ver si alguien le observaba, y para buscar algo con que sacar el ducado de la
rendija. Pero en seguida le vino a la memoria que era sábado y que sería
vergonzoso y, al mismo tiempo, pecado, hacer cualquier trabajo. Conmovido y
embarazado, se sentó y no se levantó hasta el mediodía. Cuando fue hora de ir a
almorzar y cuando todos los judíos, jóvenes y viejos, se fueron a sus casas,
distinguió una brizna de paja de cebada más gruesa que las demás y, olvidando
pecado y sábado, sacó con precaución el ducado de entre las dos losetas. Era
una buena moneda húngara, delgada, que no pesaría más que una ligera hoja seca.
Llegó tarde al almuerzo. Cuando se sentó a la mesa baja y pobre, en torno a la
cual se encontraban trece personas (once hijos, el padre y la madre), no prestó
atención a las amonestaciones de su padre que lo trató de desocupado y de vago,
y que le reprochó el no acudir ni siquiera a la hora de comer. Le zumbaban los
oídos y sus ojos estaban deslumbrados. Se realizaba al fin su sueño de una vida
de lujo inaudito. Le parecía que llevaba el sol en su bolsillo.
Al día siguiente, sin haberlo pensado mucho, Bukus se fue
con su ducado a la taberna de Ustamovitch y se coló en la habitación en donde
se jugaba a las cartas a casi todas las horas del día y de la noche. Siempre
había soñado con aquello, pero nunca había tenido bastante dinero para
atreverse a ir allí a probar fortuna. Ahora podía llevar a cabo su sueño.
Pasó algunos minutos llenos de angustia y de sobresalto.
Al principio, fue acogido con desdén y desconfianza. Cuando le vieron cambiar
la moneda húngara, pensaron inmediatamente que se la había quitado a alguien;
sin embargo, aceptaron su apuesta. (Si los jugadores tratasen de conocer el
origen del dinero de cada uno de ellos, nunca podrían jugar.) Comenzaron nuevas
pruebas para el debutante. Al ganar, le subía la sangre a la cabeza y la vista
se le nublaba bajo el efecto del calor y de la transpiración. Si perdía, le
parecía que se detenía su respiración y que el corazón le desfallecía. Pero,
tras aquellos tormentos que parecían no tener fin, salió aquella noche de la
taberna con cuatro ducados en el bolsillo. Y aunque a causa de la emoción se
sintiese extenuado y febril como si le hubiesen azotado con varas encendidas,
caminaba derecho y orgulloso. Ante su mirada ardiente se abrían perspectivas
lejanas y espléndidas que arrojaban un brillo deslumbrador sobre su pobreza
familiar y que limpiaba la ciudad hasta sus cimientos. Andaba enervado, con
paso solemne. Por primera vez en su vida podía apreciar no sólo el resplandor y
el tintineo del oro, sino también su peso.
Durante aquel mismo otoño, Bukus, aunque joven y sin
experiencia, se convirtió en vagabundo y jugador profesional y abandonó la casa
paterna. El viejo Gaon se consumía de vergüenza y de pena por su hijo mayor, y
toda la comunidad judía sintió aquella desgracia como si fuese suya. Más tarde
dejó la ciudad para lanzarse al mundo con su triste destino de jugador.
Después, pasados catorce años, no se volvió a oír hablar de él. El origen de
todo aquello, decían, fue "el ducado diabólico" que encontró en la
kapia y que desenterró un sábado.

