Libro N° 4092. Primer Amor. Turguénev, Iván
© Libro N° 4092. Primer Amor. Turguénev, Iván. Colección E.O. Agosto 26 de
2017.
Título
original: © Primer Amor. Iván
Turguénev
Versión Original: © Primer Amor. Iván Turguénev
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PRIMER AMOR
Iván Turguénev
PROEMIO
Los invitados ya se habían ido. El reloj dio las doce y
media. Sólo quedaban el anfitrión, Serguey Nicolayevich y VIadimir Petrovich.
El anfitrión tocó la campanilla y ordenó retirar lo que
quedaba de la cena.
-Entonces, está decidido- dijo, sentándose cómodamente en
la butaca y encendiendo su cigarrillo-.
Cada uno tiene que contar la historia de su primer amor.
Le toca a usted, Serguey Nicolayevich.
Serguey Nicolayevich, rechoncho, de pelo castaño, cara
fofa y redonda, miró a su anfitrión y luego levantó la vista hacia el techo.
-No tuve un primer amor. Empecé directamente con el
segundo.
-¿Y cómo fue eso?
-Muy fácil. Tenía dieciocho años cuando por primera vez
empecé a cortejar a una señorita encantadora.
Pero lo hacia como si no fuese una novedad para mí. Así
cortejé después a todas las demás. A decir verdad, a los seis años me enamoré
por primera y última vez, precisamente de mi niñera.
Desde entonces ha pasado mucho tiempo. Los detalles de
nuestra relación se han borrado de mi memoria. Y aunque me acordase, ¿a quién
podría interesarle?
-Entonces, ¿qué hacemos?- dijo el anfitrión-. En mi primer
amor tampoco hay nada extraordinario.
Antes de conocer a Ana Ivanovna, mi mujer, no estuve
enamorado. Todo marchó a mil maravillas.
Nuestros padres concertaron la boda, inmediatamente
iniciamos el noviazgo y nos casamos sin dilación.
Mi historia se cuenta en dos palabras. Yo, señores, tengo
que confesar que, cuando propuse el tema del primer amor, lo hice pensando en
ustedes, hombres no diría viejos, pero tampoco jóvenes solteros.
Bueno, usted, VIadimir Petrovich, ¿no podría amenizar un
poco la velada?
-Mi primer amor, en efecto, fue poco corrientecontestó
después de una pausa Vladimir Petrovich, hombre de unos cuarenta años, de pelo
negro, ya canoso.
-¡Ah!- exclamaron simultáneamente el anfitrión y Serguey
Nicolayevich-. Mucho mejor. Cuéntenoslo.
-Bien... O mejor dicho, no voy a contarlo. No soy un buen
narrador. Cuando narro, o soy lacónico y seco, o prolijo y amanerado. Si me
permiten, voy a apuntar todos mis recuerdos en un cuaderno y luego se los leo.
Al principio los amigos no estuvieron de acuerdo, pero
VIadimir Petrovich insistió. Dos semanas después se reunieron de nuevo y
VIadimir Petrovich cumplió su promesa.
Esto es lo que había anotado en su cuaderno.
Capítulo I
Tenía entonces dieciséis años. Era el verano de 1833.
Vivía con mis padres en Moscú; ellos tenían alquilada una
dacha en Kaluzhskaya Zastava frente al
parque Nescuchnoye. Estaba preparándome para ingresar en
la Universidad, pero estudiaba poco, sin hacer el menor esfuerzo.
Nadie ponía trabas a mi libertad. Hacía lo que me venía en
gana, sobre todo cuando se fue mi tutor francés, que nunca pudo hacerse a la
idea de que había caído «como una bomba» (comme une bombe) en Rusia y se pasaba
la vida tumbado en la cama con cara de mal humor. Mi padre me trataba con una
mezcla de indiferencia y cariño. Mi madre apenas me hacía caso, a pesar de ser
su único hijo, pues otras preocupaciones acaparaban su atención. Mi padre,
joven y bien parecido, se había casado con ella por interés. Ella era diez años
mayor que él. Mi madre llevaba una vida triste. Siempre nerviosa y comida por
los celos, se ponía de mal humor, pero nunca en presencia de mi padre, a quien
temía.
Él, en cambio, era seco y frío con ella y la mantenía a
distancia... No he visto jamás a un hombre
de una tranquilidad tan digna, tan seguro de sí y tan
dominante.
Nunca olvidaré las primeras semanas que pasé en la dacha.
Hacía un tiempo espléndido.
Nos instalamos el 9 de mayo, el mismo día de San Nicolás.
A veces me iba a pasear por el jardín de nuestra dacha, o por Nescuchnoye o
Kaluzhskaya Zastava. Me llevaba algún libro, por ejemplo el manual de Kaidanov,
pero raramente lo abría. Y más que leer, recitaba en voz alta (me sabia muchos
versos de memoria). La sangre me hervía, el corazón se me encogía ridícula y
dulcemente. Esperaba y temía algo. Todo me sorprendía y estaba como a la
expectativa. Mi imaginación jugaba y revoloteaba en torno a las mismas ideas,
como los pájaros alrededor de un campanario. Me quedaba meditabundo, me
entristecía y hasta llegaba a llorar. Pero detrás de las lágrimas y la
tristeza, provocadas por un dulce verso o un bello atardecer, brotaba corno
hierba de primavera la sensación de felicidad que produce una vida joven en
plena ebullición.
Tenía un pequeño caballo. Yo mismo lo ensillaba y me iba
solo, al galope, lo más lejos posible. Me imaginaba que era un caballero
actuando en un torneo (¡qué alegre soplaba el aire en mis oídos!). Al mirar al
cielo se me llenaba el alma de su azul y de su luz radiante.
Me acuerdo de que entonces la imagen de una mujer, el
fantasma de un amor, casi nunca aparecía de manera clara y nítida en mi mente,
pero en todo lo que pensaba, en todo lo que sentía se escondía el
presentimiento de algo nuevo, inimaginablemente dulce, femenino, algo de lo que
sólo a medias era consciente, pero que hería mi pudor.
Este presentimiento, esta espera inundaba mi ser, recorría
mis venas y cada gota de mi sangre...
Pronto quiso el destino que esto fuese realidad.
Nuestra dacha era una casa señorial de madera, con
columnas y dos alas muy bajas. En el ala izquierda había una minúscula fábrica
de papel barato para empapelar. Muchas veces me acercaba a ver cómo una docena
de niños escuálidos y desarreglados se subían sobre las palancas de madera, que
presionaban sobre un cuadrilátero, también de madera, que servía de prensa, y
así, haciendo peso con sus débiles cuerpos, imprimían dibujos de vivos colores.
El ala derecha permanecía vacía y se alquilaba.
Un día, tres semanas después del 9 de mayo, las
contraventanas, que permanecían cerradas, se abrieron y en las ventanas
aparecieron unos rostros femeninos. Una familia desconocida acababa de
instalarse allí. Recuerdo que ese mismo día, a la hora de comer, mi madre
preguntó al mayordomo quiénes eran nuestros vecinos. Al oír el nombre de la
princesa Zasequin, dijo, no sin cierto respeto:
-¡Ah, la princesa!...- Pero luego añadió- Debe de ser
alguna venida a menos.
-Han llegado en tres carruajes de alquiler- dijo el
mayordomo mientras servía uno de los platos-. No tienen carruaje propio. Y los
muebles son de los más baratos.
-Sí- dijo mi madre-. Pero es mejor estar aquí.
Mi padre la miró fríamente. Ella se calló.
Desde luego, era imposible que la princesa Zasequin fuera
una mujer rica. El ala pequeña de la casa que había alquilado era tan vieja,
diminuta y baja de techo, que nadie, medianamente acomodado, accedería a
habitarla. Pero creo que entonces no presté mucha atención a esto. Y el título
principesco no me impresionaba gran cosa, pues acababa de leer Los bandidos de
Schiller.
Capítulo II
Tenía la costumbre de andar por el jardín con una escopeta
esperando que un cuervo se pusiera a tiro. Siempre había odiado a estos pájaros
precavidos, voraces y astutos. El día referido llegué al jardín después de
haber merodeado sin éxito alguno por todos los caminos (los cuervos ya me
conocían y se limitaban a graznar desabridamente desde lejos) y me acerqué por
casualidad a una valla muy baja, que dividía nuestra propiedad de la franja
estrecha de jardín que se extendía detrás del ala derecha, a la cual pertenecía.
De repente oí unas voces. Miré a través de la valla y me quedé de piedra... Vi
algo insólito.
A pocos pasos, en un claro, entre matorrales de frambuesa
aún verde, estaba una mujer joven, alta y esbelta, vestida con un traje rosa a
rayas y con un pañuelo blanco en la cabeza. A su alrededor había cuatro hombres
jóvenes, en cuyas frentes hacía estallar por turno unas florecitas grises, cuyo
nombre no conozco, pero que los niños conocen muy bien.
Estas flores tienen como unas bolsitas que estallan con un
chasquido al chocar contra algo duro. Los jóvenes ponían la frente con tanto
entusiasmo, y en los movimientos de la muchacha (la veía de perfil) había algo
tan delicado, exigente, mimoso, burlón y tierno, que casi grité de admiración y
placer, y sentí que estaba dispuesto a darlo todo para que esos deditos
encantadores hiciesen estallar una flor sobre mi frente. Se me cayó la
escopeta, deslizándose sobre la hierba y me olvidé de todo. Devoraba con la
vista su talle tan esbelto, su cuello, sus bellas manos, sus cabellos rubios
despeinados bajo el pañuelo blanco, los ojos entreabiertos de mirada
inteligente, las pestañas, sus tiernas mejillas.
-¡Oiga, joven!- dijo alguien a mi lado-. ¿Cree usted que
está permitido mirar a las damas de los otros?
Tuve como una sacudida y me quedé lívido... junto a mí, al
otro lado de la valla, estaba un desconocido de pelo negro muy corto, que me
miraba con ironía. En ese mismo instante la joven se volvió hacia mí... Vi unos
inmensos ojos grises en un rostro que ahora expresaba excitación e hilaridad.
De pronto la cara se estremeció, empezó a reír, sus dientes blancos brillaron,
sus cejas se elevaron en un gesto cómico... Me puse colorado, levanté del suelo
la escopeta y, perseguido de una carcajada sonora, aunque no maliciosa, me
escapé a mi cuarto y me tiré sobre la cama cubriéndome la cara con las manos.
El corazón no dejaba de darme brincos en el pecho. Me
sentía muy nervioso y alegre. Una emoción nunca experimentada me inundaba.
Cuando hube descansado, me peiné, me lavé y bajé a tomar
el té. La imagen de la joven seguía persiguiéndome.
El corazón dejó de darme vuelcos, pero se contraía
dulcemente.
-¿Qué te pasa?- dijo mi padre-. ¿Es que has matado un
cuervo?
Estuve a punto de contárselo todo, pero no lo hice y sólo
sonreí, imperceptiblemente para los demás.
Antes de acostarme, sin saber por qué, di tres vueltas
sobre un pie y me di crema. Luego me acosté y dormí toda la noche de un tirón.
Antes de amanecer, me desperté durante unos segundos, levanté la cabeza, miré
extasiado a mi alrededor y me volví a dormir.
Capítulo III
«¿Cómo conocerlos?» Fue lo primero que pensé al
despertarme por la mañana. Antes de tomar el té me fui al jardín, pero no me
acerqué demasiado a la valla y no pude ver a nadie. Después del té di varios
paseos por la calle delante de la dacha, lanzando desde lejos miradas a las
ventanas. Creí ver su cabeza detrás de las cortinas y, atemorizado, me apresuré
a escapar. «Pero hay que conocerlos», pensé, andando sin rumbo por el arenoso
descampado que se extendía delante de Nescuchnoye. «Pero, ¿cómo?»
Este era el problema. Recordé los más pequeños detalles de
nuestro encuentro de la víspera. No sé por qué, pero con especial relieve
surgía el recuerdo de cómo se había reído de mí... Pero mientras, excitado,
andaba pensando distintos planes, el destino ya se había preocupado de mí.
Durante mi ausencia, mi madre había recibido una carta de
nuestra vecina, escrita en papel gris y sellada con lacre de color marrón, de
ese que se emplea en los avisos de correo o para lacrar botellas de vino
barato. En la carta, escrita en un estilo poco elegante y descuidada
caligrafía, la princesa pedía a mi madre protección. Mi madre, al decir de la
princesa, conocía gente importante, de la cual dependía su suerte y la de sus
hijos, ya que tenía pendientes unos asuntos graves. «Me dirijo a usted- escribíacomo
una dama noble a otra dama noble. Es para mí un placer aprovechar esta
ocasión.» Al terminar, pedía permiso a mi madre para visitarle. Cuando llegué,
encontré a mi madre de mal humor. Mi padre no estaba en casa y no tenía a nadie
que le aconsejase.
No contestar a una noble dama, y más aún a una princesa,
no parecía correcto. Pero mi madre ignoraba cómo contestar. Le parecía
inoportuno redactar la carta en francés, pero la ortografía rusa tampoco era su
punto fuerte. Ella lo sabía y por eso no quería comprometerse. Se alegró con mi
llegada y me mandó que fuese a ver a la princesa y le explicase de palabra que
ayudaría a su alteza en lo que estuviera s su alcance y que le rogaba que la
visitase hacia la una. El hecho de que se cumplieran mis deseos de forma tan
inesperada y rápida me alegró y me asustó. Pero procuré que nadie notase el
azoramiento que se apoderó de mí y, antes de marcharme, fui a mi habitación, a
ponerme una corbata nueva y una chaqueta. En casa, aunque muy a mi pesar,
andaba con blusón y cuello vuelto...
Capítulo IV
En la antesala, estrecha y vetusta, adonde entrétembloroso
y agitado mi cuerpo-, me recibió un criado viejo y de pelo canoso, con cara de
cobre oscuro, ojos porcinos, de mirada tosca y en la cara y en las sienes las
arrugas más profundas que jamás haya visto. En un plato llevaba la espina roída
de un arenque. Abriendo con el pie la puerta que conducía a la habitación, dijo
bruscamente:
-¿Qué desea?
-¿Puedo ver a la princesa Zasequin?
-¡Bonifacio!- gritó una estridente voz femenina.
El criado me dio la espalda sin decir palabra, viéndose
entonces la gastada tela de su librea, que tan solo tenía un botón amarillento
con un escudo estampado. Se retiró, dejando el plato en el suelo.
-¿Estuviste en la comisaría del barrio?- repitió la misma
voz.
El criado dijo algo inaudible.
-¿Qué? ¿Que ha venido alguien? ¡Ah, el señorito de al
lado! Dile que pase.
-Tenga la bondad de pasar a la sala- dijo el criado,
apareciendo delante de mí y levantando el plato del suelo.
Me levanté y pasé a la sala.
Me encontré en una habitación pequeña, bastante
desordenada, con muebles baratos que parecían haber sido colocados muy deprisa.
Al lado de la ventana, sentada en un sillón que tenía uno de los brazos roto,
estaba una mujer de unos cuarenta años, despeinada y fea, ataviada con un
vestido viejo de color verde y con un pañuelo chillón, de estambre, alrededor
del cuello. Sus pequeños ojos de color negro se clavaron en mí.
Me acerqué a ella y le hice una reverencia.
-¿Tengo el honor de hablar con la princesa Zasequin?
-Yo soy la princesa Zasequin. ¿Usted es el hijo del señor
V.?
-Sí, vengo con un encargo de mi madre.
-Siéntese, por favor. Bonifacio, ¿has visto dónde están
mis llaves?
Transmití a la señora Zasequin la respuesta de mi madre a
su nota. Me escuchó golpeando con sus gruesos y rojos dedos sobre la ventana.
Cuando terminé, volvió a mirarme fijamente.
-Muy bien, estaré sin falta- dijo al fin-. ¡Qué joven es
usted todavía! ¿Cuántos años tiene? Permítame que se lo pregunte.
-Dieciséis- dije, haciendo sin querer una pausa.
La princesa sacó del bolsillo unos papeles mugrientos que
tenían algo escrito, se los acercó casi hasta la nariz y se puso a
inspeccionarlos.
-Buena edad- dijo dando una vuelta y removiéndose en la
silla-. Por favor, considérese en su casa. Aquí no guardamos cumplidos.
«Demasiados pocos cumplidos», pensé, observándola
detenidamente y sintiendo una repulsión involuntaria al presenciar su
desgarbada figura.
En ese mismo instante la otra puerta se abrió y apareció
una joven, la misma que había visto el día anterior en el jardín. Alzó la mano
y una sonrisa cruzó por su cara.
-Esta es mi hija- dijo la princesa señalándola con el
codo-. Zenaida, el hijo de nuestro vecino V.
¿Cómo se llama, por favor?
-VIadimir- contesté, levantándome y tartamudeando de
emoción.
-¿Su patronímico?
-Petrovich.
-Sí. Conocí a un jefe de policía que también se llamaba
VIadimir Petrovich. Bonifacio, no busque las llaves. Las tengo en el bolsillo.
La joven seguía mirándome con la misma sonrisa, frunciendo
un poco el ceño e inclinando la cabeza hacia un lado.
-Ya he visto a monsieur Voldemar- dijo ella. (Percibí como
un dulce frescor el sonido plateado de su voz.)-. ¿Me permite que le llame así?
-¡Por Dios!- dije, balbuceando.
-¿Dónde fue eso?- preguntó la princesa.
La joven no contestó a su madre.
-¿Tiene algo que hacer ahora?- dijo al fin, sin dejar de
mirarme.
-No.
-¿Quiere ayudarme a devanar una madeja? Venga conmigo.
Me hizo una señal con la cabeza y salió de la sala. Me fui
detrás de ella.
En la habitación donde entramos los muebles eran algo
mejores y estaban distribuidos con mucho gusto, aunque tengo que confesar que
en esos momentos no me pude fijar en nada. Me movía como si estuviera soñando y
sentía un bienestar estúpidamente tenso.
La princesa se sentó, sacó una madeja de lana roja y
señalando una silla, que estaba enfrente de mí desató con cuidado la madeja y
la puso en mis manos.
Todo esto lo hacía sin decir palabra, con una lentitud
burlona y con la misma sonrisa, amplia y maliciosa, de sus labios
entreabiertos. Empezó a enrollar la lana en una carta de baraja doblada por la
mitad y, de pronto, me sorprendió con una mirada clara y fugaz, que me hizo
bajar la cabeza. Cuando abría del todo sus ojos, que tenía normalmente
semicerrados, su cara cambiaba por completo. Era como si apareciese la luz en
ella.
-¿Qué pensó de mí ayer, monsieur Voldemar?- preguntó
después de una pausa-. ¿Le he causado mala impresión?
-Yo, princesa... yo no pensé nada... ¿Cómo podría...?-
contesté muy azorado.
-Escúcheme- contestó ella-. No me conoce todavía.
Soy muy rara y quiero que siempre me digan la verdad.
Usted, según he oído, tiene dieciséis años y yo tengo veintiuno. Como ve, soy
mucho mayor que usted y por eso tiene que decirme siempre la verdad... y
obedecerme- añadió-. Míreme, ¿por qué no me mira?
Me azoré aún más, pero levanté la vista hacia ella. Ella
sonrió, aunque no como antes, sino como si quisiera darme ánimo.
-Míreme- dijo, bajando cariñosamente la voz-.
No me desagrada que me miren. Me gusta su cara.
Presiento que seremos amigos. Y yo, ¿le gusto?- dijo con
picardía.
-Princesa...- empecé yo.
-En primer lugar, llámeme Zenaida Alexandrovna.
Y segundo, ¡vaya una costumbre la de los niños, la de la
gente joven- rectificó ella- de no decir llanamente lo que sienten! Eso es
bueno para los mayores, pero no para nosotros. Porque yo le gusto, ¿no es así?
-Naturalmente, me gusta usted mucho, Zenaida
Alexandrovna. No quisiera ocultarlo.
Ella movió lentamente la cabeza.
-Tiene usted ayo, ¿no?- preguntó de repente.
-No, hace mucho que no tengo ayo.
Mentía. No hacía ni un mes que me había despedido de mi
ayo francés.
-¡Oh, ya lo veo! Es usted ya mayor.
Me dio un ligero golpe en los dedos.
-Tenga derechas las manos- me advirtió. Y empezó a devanar
con cuidado la lana.
Aprovechando que no levantaba la vista, empecé a mirarla,
primero furtivamente, luego cada vez con más confianza. Su rostro me pareció
aún más hermoso que el día anterior. ¡Era tan fino, inteligente y hermoso!
Estaba sentada de espaldas a la ventana, que tenía echada una cortina blanca.
La luz del sol, atravesando la cortina, bañada con una luz suave sus cabellos
abundantes y dorados, su casto cuello, sus redondeados hombros y el pecho,
suave y tranquilo. La miraba, y ¡qué entrañable y querida empezaba a ser para
mí! Empecé a tener la sensación de que la conocía desde hacía mucho tiempo y
que antes de conocerla no sabía nada y no había vivido. Llevaba un vestido
oscuro, algo gastado, y un delantal. Pienso que hubiese acariciado con gusto
cada pliegue de ese vestido y de ese delantal.
La punta de los zapatos asomaba debajo de su vestido.
Me hubiera inclinado reverentemente ante esos zapatos...
«Estoy sentado delante de ella- pensaba-.
La he conocido. ¡Qué dicha, Dios mío!» Poco faltó para que
saltara de emoción de la silla, pero sólo moví un poco los pies, como un niño
que tiene en sus manos una golosina.
Me sentía a gusto, tal como se siente el pez en el agua.
Me hubiera gustado quedarme en la habitación y no salir de ella durante un
siglo.
Sus pestañas se levantaban suavemente. Otra vez brillaron
cariñosos sus ojos claros, volviendo ella a sonreír.
-¡Qué manera de mirar es esa!- dijo lentamente, haciéndome
un gesto amenazante con el dedo.
Me puse colorado... «Todo lo comprende, todo lo ve-
pensé-. ¡Y cómo no lo va a comprender y ver todo!»
De repente, en la habitación contigua se oyeron
unos golpes y el tintineo de un sable.
-¡ Zenaida!- gritó la princesa desde la sala-. Belovsorov
te ha traído un gatito.
-¡Un gatito!- exclamó Zenaida, que, levantándose
bruscamente de la silla, tiró el ovillo de lana sobre mis rodillas y salió
corriendo.
Yo también me levanté y, después de colocar la madeja y el
ovillo sobre la ventana, entré en la sala y me detuve desconcertado: en medio
de la habitación había un gatito a rayas, espatarrado. Zenaida estaba de
rodillas delante de él y le acariciaba con cuidado el hocico. Al lado de la
princesa, tapando casi el lienzo de la pared, entre ventana y ventana, vi un
buen mozo, un húsar rubio, de pelo encrespado, cara sonrosada y ojos saltones.
-¡Qué gracioso!- repetía Zenaida-. Sus ojos no son grises,
sino verdes, ¡y qué grandes! Muchas gracias,
Víctor Egorovich. Es usted muy amable.
El húsar, a quien conocí como uno de los jóvenes que había
visto el día anterior, sonrió e hizo una reverencia haciendo tintinear las
espuelas y los anillos del sable.
-Como ayer se dignó usted expresar su deseo de tener un
gatito a rayas y con grandes orejas... pues me he encargado de encontrarlo. Mi
palabra es leymanifestó, repitiendo la reverencia.
El gatito emitió un sonido débil y empezó a olfatear el
suelo.
-Está hambriento. ¡Bonifacio!, ¡Sonia! Tráiganle leche.
La criada vestida con un traje amarillo, ya viejo, y un
pañuelo desteñido al cuello, entró con un platito de leche en la mano y lo puso
delante del gatito.
Este se estremeció, cerró los ojos y empezó a sorber le
leche.
-¡Qué lengüita tan rosada tiene!- dijo Zenaida bajando la
cabeza casi al ras del suelo y mirándolo, ladeando la cabeza, casi por debajo
de su nariz.
El gatito sació su hambre y empezó a ronronear, moviendo
con coquetería las patas. Zenaida se levantó y, volviéndose hacia la criada, le
dijo sin el menor interés:
-Llévatelo.
-Zenaida, su mano por el gatito- pidió el húsar enseñando
los dientes y cimbreando su enorme cuerpo ceñido por un ajustado uniforme
nuevo.
-Las dos- replicó Zenaida y le dio las dos manos.
Mientras las besaba el húsar, Zenaida me miraba por encima
del hombro.
Permanecía inmóvil en el mismo sitio, y no sabía si
reírme, decir algo, o simplemente seguir callado.
De repente, vi por la puerta de la sala, que estaba
abierta, la figura de nuestro lacayo Fiodor.
Me hacia señales con las manos. Salí automáticamente hacia
él.
-¿Qué quieres?- le pregunté.
-Su mamá me ha mandado por usted- dijo en voz baja-. Está
enfadada porque todavía no ha regresado con la respuesta.
-¿Llevo aquí mucho tiempo?
-Más de una hora.
-¡Más de una hora!- repetí sin poder contenerme.
Y, volviendo a la sala, empecé a hacer la reverencia de
despedida, moviendo los pies.
-¿A dónde va?- preguntó la princesa, asomando la cabeza
por detrás del húsar.
-Tengo que ir a casa. Bueno- añadí dirigiéndome a la
vieja- diré que vendrán ustedes dos.
-Dígalo así, hijo.
La princesa sacó precipitadamente la caja del rapé y lo
aspiró emitiendo un sonido tan fuerte que hasta sentí una sacudida.
-Dígalo así- repitió, moviendo sus párpados llorosos y
tosiendo.
Volví a hacer la reverencia, me di la vuelta y salí de la
habitación con esa sensación incómoda que siente todo hombre demasiado joven
cuando sabe que están mirándolo.
-Oiga, monsieur Voldemar, venga de nuevo a visitarnos-
dijo la princesa y rió otra vez.
«¿Por qué se reirá siempre?, pensaba cuando volvía a casa
acompañado de Fiodor, que no decía nada, pero iba detrás de mí mostrando su
desaprobación.
Mi madre censuró mi tardanza. Estaba intrigada con lo que
podía haber estado haciendo durante tanto tiempo en casa de la princesa. No le
dije nada y me marché a mi habitación. Me sentí muy triste de repente... Hacía
esfuerzos para no llorar...
Tenía celos del húsar.
Capítulo V
La princesa, tal como había prometido, visitó a mi madre,
pero no le cayó simpática. No estuve en la visita, pero mi madre le comentó a
mi padre, cuando estábamos comiendo, que la princesa Zasequin le parecía «une
femme très vulgaire», que la había cansado con sus peticiones de que
intercediera por ella ante el príncipe Sergio sobre no sabía qué litigios y
asuntos «des vilaines affaíres d'argent» y que debía ser muy chismosa. Pero mi
madre también añadió que había invitado a ella y a su hija a que vinieran al
día siguiente a comer (al oír «y a su hija» hundí la nariz en el plato),
porque, a pesar de todo, era vecina y con título. A esto, mi padre dijo que
recordaba quién era esa señora, ya que conoció de joven al príncipe Zasequin,
ya fallecido, hombre de una educación esmerada, pero poco inteligente y
caprichoso. Era conocido en sociedad por el apodo de «le Parisien», porque
había vivido largo tiempo en París.
Había sido muy rico, pero perdió toda su fortuna en el
juego, y no se sabe por qué, probablemente por dinero, aunque podía haber
elegido mejor- añadió mi padre y sonrió fríamente-, se casó con la hija de un
oficinista y, después de casarse, se metió en negocios y se arruinó
definitivamente.
-Seguramente pedirá dinero prestado- dijo mi madre.
-Es muy posible- dijo fríamente mi padre-.
¿Habla francés?
-Muy mal.
-Hum... Es igual. Me parece que te he oído decir que has
invitado también a la hija. Alguien me ha dicho que es una chica simpática y
bien educada.
-¡Ah!, entonces no ha salido a su madre.
-Ni a su padre- contestó mi padre-. Era también una
persona bien educada, pero poco inteligente.
Mi madre suspiró y se quedó pensativa. Mi padre calló. Yo
me sentí muy azorado durante esta
conversación.
Después de comer me fui al jardín, pero sin la escopeta.
Me prometí no acercarme al «jardín de los Zasequin», pero algo más fuerte que
mi voluntad me empujaba hacia aquel lugar y no sin causa. Apenas me había
acercado a la valla, cuando vi a Zenaida.
Esta vez estaba sola. Tenía en las manos un libro pequeño
y andaba lentamente por el camino.
No advirtió mi presencia.
Casi me la dejé escapar, pero me di cuenta a tiempo y
tosí, mas no se detuvo, sino que se echó hacia atrás con la mano una cinta
ancha de color, azul que colgaba de su sombrero redondo de paja, me miró,
sonrió apenas y otra vez volvió la vista hacia el libro.
Me quité la gorra y, demorándome un poco, me marché muy
pesaroso. «Que suis-je pour elle», pensé
(Dios sabe por qué) en francés.
Oí detrás de mí un sonido de pasos que conocía.
Me volví, y vi que mi padre, con su rápida y ligera manera
de andar, se acercaba a mí.
-¿Es la princesa?- me preguntó.
-Sí, es ella.
-¿Es que la conoces?
-La he visto hoy en casa de su madre.
Mi padre se detuvo y girando súbitamente sobre sus talones
se fue en la dirección que había venido.
Al alcanzar a Zenaida le hizo una reverencia cortés.
Ella también le contestó con una reverencia, no sin
expresar cierto asombro. Vi cómo lo seguía con la vista. Mi padre siempre se
vestía elegantemente, con originalidad y sencillez. Pero nunca su figura me
pareció esbelta, nunca llevó con tanta distinción el sombrero sobre su cabello
encrespado, que ya empezaba a caer.
Quise acercarme a ella, pero ni me miró. Levantó su libro
a la altura de los ojos y se marchó.
Capítulo VI
Pasé la tarde y la mañana del día siguiente en un estado
de triste somnolencia. Recuerdo que quise trabajar y abrí el manual de
Kaidanov, pero en vano miraba las líneas del libro y pasaba las páginas del
famoso manual. Por lo menos diez veces leí que «Julio César se distinguió por
su valor militar», pero no comprendía nada y cerré el libro. Antes de la comida
otra vez me di crema y me puse la chaqueta y la corbata.
-¿Para qué te vistes así?- preguntó mi madre-.
No eres todavía estudiante y sólo Dios sabe si aprobarás.
¿Es que hace tanto que te han hecho el blusón? ¿O quieres que lo tiremos ya?
-Es que tenemos invitados- dije en voz baja, casi al borde
de la desesperación.
-¡Vaya tontería! ¿Qué invitados son ésos?
Había que obedecer. Me cambié la chaqueta por el blusón,
pero no me quité la corbata. La princesa madre y su hija llegaron media hora
antes de comer.
La vieja se había puesto encima de su vestido verde, que
ya conocía, un chal amarillo y se puso una cofia pasada de moda con cintas de
color chillón. Enseguida empezó a hablar de sus letras de cambio. Suspiraba,
lamentaba su pobreza, «daba la murga», pero no se andaba con ceremonias,
aspiraba el rapé con el ruido acostumbrado, se revolvía sobre la silla como la
vez anterior. Daba la sensación de que ni siquiera le pasaba por la cabeza que
era princesa. En cambio, Zenaida adoptó un aire grave, casi de superioridad,
como una verdadera princesa. Su cara adquirió una expresión de fría inmovilidad
y dignidad.
No la conocía, ni reconocía tampoco su manera de mirar y
sonreírse, aunque esta nueva imagen suya me parecía bellísima. Llevaba un
vestido ligero de gasa con dibujos de color azul claro. El pelo le caía en
bucles por las mejillas, según la moda inglesa.
Este peinado le iba muy bien a la expresión fría de su
cara. Durante la comida mi padre estaba sentado a su lado y daba conversación a
su vecina con esa cortesía elegante y reposada que le caracterizaba. De vez en
cuando la miraba y ella también, pero de una manera muy extraña, casi con
hostilidad. Hablaban en francés. Me acuerdo de que me sorprendió la pureza del
acento de Zenaida. En el transcurso de la comida la princesa madre seguía sin
arredrarse por nada, comiendo mucho y haciendo elogios de los platos. Mi madre,
al parecer, estaba ya cansada de ella y le contestaba con aire de ligero y
resignado desprecio. Mi padre, de vez en cuando, fruncía el ceño. Zenaida
tampoco le gustó a mi madre.
-Es una soberbia- dijo al día siguiente- ¿Y por qué
presume tanto? Avec sa mine de grisette!
-Me parece que no has visto nunca a las grisettesdijo mi
padre.
-¡Gracias a Dios!
-Desde luego... Pero, ¿cómo puedes opinar de ellas?
Zenaida no me hacía ningún caso. Al poco rato de terminar
la comida, la princesa empezó a despedirse.
-Confío en su protección, Maria Nikolayevna y
Piotr Vasilievich- dijo, como si entonase una melodía, a
mi padre y a mi madre-. ¿Qué puede uno hacer?
Tuvimos buenos tiempos, pero ya se fueron.
Heme aquí, con categoría de alteza- añadió riéndose
desagradablemente-. Pero, ¿de qué sirve la nobleza si no da para comer?
Mi padre le hizo una reverencia cortés y la acompañó hasta
la puerta de salida. Yo estaba de pie, vestido con mi blusón corto, y miraba al
suelo, como si me hubieran condenado a muerte. La actitud de Zenaida hacia mí
me aniquiló definitivamente.
Cuál no sería mi sorpresa, cuando, al pasar a su lado, me
dijo muy de prisa en voz baja, con esa expresión cariñosa en los ojos que ya
conocía:
-Venga a visitarnos hoy a eso de las ocho, ¿me oye? Venga
sin falta.
Yo sólo pude expresar mi sorpresa moviendo las manos, pero
ella ya se había ido, echándose sobre la cabeza un chal blanco.
Capítulo VII
A las ocho en punto, vestido con la chaqueta y peinado con
esmero, entraba yo en la antesala del ala de la casa donde vivía la princesa.
El criado viejo me miró hoscamente y se levantó de la silla con desgano. En la
sala se oían voces alegres. Abrí la puerta y, a causa del asombro, di un paso
hacia atrás. En medio de la habitación, subida sobre una silla, estaba la
princesa sujetando con sus manos un sombrero de caballero. La rodeaban cinco
hombres.
Querían meter la mano en el sombrero, pero ella lo subía y
lo agitaba. Cuando me vio, dijo en voz alta:
-Un momento, un momento. Tenemos un nuevo invitado. Hay
que darle también un billete- y, saltando de la silla con agilidad, me cogió
por la solapa de la chaqueta-. Vamos- dijo-, ¿por qué se queda parado?
Messieurs, permítanme que les presente a monsieur Voldemar, el hijo de nuestro
vecino. Aquídijo, dirigiéndose a mí y mostrándome por turno a los invitados- el
conde Malevskiy, el doctor Lushin, el poeta Maidanov, el capitán Nirmatskiy, ya
retirado, y Belovsorov, el húsar que usted ya conoce. Espero que sean buenos
amigos.
Estaba tan aturdido que no saludé a nadie. El doctor
Lushin resultó ser aquel señor moreno que tan despiadadamente me hizo
avergonzarme en el jardín. A los otros no los conocía.
-¡ Conde!- siguió Zenaida-. Escríbale su billete a
monsieur Voldemar.
-Eso no es justo- replicó el conde, con ligero acento
polaco, hombre moreno, de bellas facciones, vestido con mucha elegancia, ojos
castaños muy expresivos, nariz blanca y fina y un bigotito sobre una boca
minúscula-. El señor no jugó con nosotros a las prendas.
-No es justo- repitieron Belovsorov y el que había sido
presentado como capitán retirado, de unos cuarenta años, que tenía la cara
feamente picada de viruelas, el pelo rizado como un moro, y era cargado de
hombros, torcido de piernas, vestido con una chaqueta militar sin galones, que
llevaba desabrochada.
¡Escriba el billete, se lo ordeno!– repitió la princesa-.
¿Qué motín es este? Monsieur Voldemar está con nosotros
por primera vez. Hoy no hay leyes para él. ¡Nada de protestar! ¡Escriba, pues
así lo quiero yo!
El conde levantó los hombros, pero, inclinando sumisamente
la cabeza, cogió la pluma con su mano blanca adornada con varias sortijas,
cortó un trozo de papel y empezó a escribir en él.
-Por lo menos, permítame explicarle al señor
Voldemar de qué se trata- empezó Lushin con voz
socarrona-, porque está completamente desconcertado.
Verá usted, joven, y estamos jugando a las prendas. A la
princesa le toca pagar una sanción. El que saque el billete de la suerte tendrá
derecho a besarle la mano. ¿Ha comprendido usted lo que le acabo de decir?
Sólo pude dirigirle una mirada. Seguía de pie, como
enajenado. La princesa subió de nuevo a la silla de un salto y empezó otra vez
a mover el sombrero.
Todos alargaron sus manos y yo con ellos.
-Maidanov- dijo la princesa a un joven alto, enjuto de
cara, de ojos pequeños miopes y pelo muy largo de color negro-. Usted, como
poeta, debería ser generoso y ceder su billete a monsieur Voldemar, para que
tenga dos oportunidades en vez de una.
Pero Maidanov hizo un gesto negativo con la cabeza y agitó
su cabello. Yo metí último la mano en el sombrero y abrí mi billete... ¡Dios
mío, lo que me pasó cuando vi escrita la palabra! «beso»!
-¡Beso!- grité sin querer.
-¡Bravo, ha ganado!- dijo la princesa-. ¡Qué contenta
estoy!
Bajó de lasilla y me miró a los ojos con una mirada tan
diáfana y dulce que mi corazón se estremeció.
-Y usted ¿está contento?- preguntó.
-¿Yo?- respondí apenas.
-Véndame su billete- rugió inesperadamente en mi oído
Belovsorov-. Le daré cien rublos.
Contesté al húsar con una mirada que expresaba tal
indignación, que Zenaida batió palmas y Lushin exclamó: ¡«Bravo»!
-Pero- siguió él-, como maestro de ceremonias, tengo la
obligación de supervisar el cumplimiento de todas las reglas. Monsieur
Voldemar, doble una rodilla. Esa es la costumbre.
Zenaida se plantó delante de mí, ladeó un poco la cabeza
como para verme mejor y me tendió la mano con mucha dignidad. La vista se me
nubló.
Quise doblar una rodilla, pero caí sobre las dos.
Acerqué los labios a la mano de Zenaida con tanta torpeza
que me arañé un poco la punta de la nariz con una uña.
-¡Bien!- gritó Lushin y me ayudó a levantar.
El juego de las prendas seguía. Zenaida hizo que me
sentara a su lado.
¡Qué castigos no inventaría! Tuvo que hacer, por cierto,
de estatua y eligió como su propio pedestal al feo Nirmatskiy. Le mandó que se
y tirara al suelo y se escondiera su cara bajo el pecho. Las risas no cesaban
ni un minuto. A mí, niño educado en la soledad y en el ambiente de una casa
señorial seria, se me subió a la cabeza esta alegría sin convenciones, casi
impetuosa, esta manera de relacionarme con gente desconocida. Simplemente me
emborraché, como si hubiese bebido vino. Empecé a reírme y hablar subiendo la
voz más que nadie, de manera que hasta la vieja princesa, que estaba en la
habitación de al lado con un gestor de Iverskiye Vorota, a quien había llamado
para pedirle consejo, salió de la habitación para verme. Pero me sentía tan
feliz, que, como suele decirse, me importaba todo un bledo y no hacía ningún
caso a las réplicas irónicas y miradas de reprobación. Zenaida seguía
mostrándome su predilección y no me dejaba marchar de su lado.
Durante una sanción pude estar junto a ella, cubierto con
su mismo pañuelo de seda. Tenía que decirle mi secreto. Me acuerdo de cómo
nuestras cabezas entraron en una penumbra sofocante, semitransparente y
penetrada de un aroma que mareaba.
¡Con qué suavidad brillaban sus ojos en esta penumbra!
íCómo respiraban con ansiedad sus labios semiabiertos! ¡Cómo se veían sus
dientes mientras las puntas de su cabello me rozaban quemándome!
Yo callaba. Ella sonreía con misterio y malicia y por fin
me dijo:
-Bueno, ¿qué?
Las prendas nos cansaron y empezamos a jugar a la cuerda.
¡Dios mío! ¡Qué arrebato sentí, cuando, al distraerme, me gané un brusco y
fuerte golpe en los dedos! Después intentaba adrede hacer como si me
descuidaba, pero ella se burlaba de mí y no tocaba las manos que le tendía.
¡Qué no hicimos durante esa tarde! Tocamos el piano,
cantamos, bailamos, representamos un campamento gitano: vestimos a Nirmatskiy
de oso y le dimos de beber agua con sal. El conde Malevskiy nos enseñó varios
juegos malabares con las cartas y terminó barajándolas y quedándose con todos
los ases en el juego del whist, por lo que Lushin «tuvo el honor de
felicitarlo». Maidanov nos recitó fragmentos de su poema El asesino (estábamos
en pleno auge del romanticismo). Lo quería editar con pastas negras, con el título
en letras de color de la sangre.
Robamos al tendero de Iverskiye Vorota el gorro que tenía
sobre las rodillas y le obligamos, como rescate, a bailar la danza kazachoc. Al
viejo Bonifacio le pusimos una cofia, y la princesa se puso un sombrero de
caballero... No es posible contarlo todo.
Sólo Belovsorov no salía del rincón, donde permanecía
ceñudo y enfadado... A veces sus ojos se llenaban de sangre, enrojecía y
parecía que en ese mismo momento iba a lanzarse sobre todos nosotros y que nos
tiraría, como astillas, por todos loslados. Pero la princesa le lanzaba una
mirada, le amenazaba con el dedo y él volvía a permanecer iracundo en su
rincón.
Por fin, se nos agotaron las fuerzas. La princesa era,
como ella misma decía, incansable. No le arredraba ningún esfuerzo, pero
también ella sintió cansancio y dijo que quería descansar. A las doce de la
noche la cena, que consistía en un pedazo de queso ya rancio y unas
empanadillas frías de jamón picado, que me parecieron más ricas que cualquier
foie-gras.
Había sólo una botella de vino, cuya forma era algo rara:
oscura, con el cuello dilatado, de tal manera que el vino en ella parecía tinta
roja. Aunque la verdad es que nadie lo bebía. Cansado y feliz hasta la
extenuación, me marché de la casa. Al despedirse Zenaida, me apretó la mano y
sonrió de una manera misteriosa.
La noche lanzó su aliento pesado y húmedo sobre mi cara
acalorada. Parecía que se estaba preparando una tormenta. Nubes negras crecían
y se extendían por el cielo, cambiando, a la vista de nuestros ojos, sus
contornos de humo. El viento tiritaba impaciente en los árboles oscuros, y en
algún lugar de la lejanía, detrás del horizonte, murmuraba en voz baja,
enfadado, el trueno.
Entré en la habitación por la puerta de atrás. Mi criado
dormía en el suelo y tuve que pasar por encima de él. Se despertó y me comunicó
que mi madre otra vez se había enfadado conmigo y que quería enviar a alguien a
buscarme, pero que mi padre la convenció para que no lo hiciera. (Yo nunca me
acostaba sin despedirme de mi madre y sin pedirle la bendición). ¡No había nada
que hacer!
Dije al criado que me quitaría la ropa solo y me metería
en la cama y apagué la vela... Pero ni me desvestí, ni me acosté...
Me senté en la silla y estuve así sentado durante mucho
tiempo como hechizado... ¡Lo que sentía era tan nuevo y tan dulce! Seguía
sentado, mirando un poco hacia atrás, sin moverme, y sólo de vez en cuando me
reía calladamente, recordando algo, o me estremecía al pensar que estaba
enamorado, que lo que sentía era el amor. Delante de mí el rostro de Zenaida
flotaba calladamente en la oscuridad. Flotaba y no acababa de pasar. Sus labios
seguían sonriendo misteriosamente; sus ojos me miraban un poco ladeados, interrogantes,
pensativos y cariñosos... como en el instante en queme despedí de ella.
Por fin me levanté, me acerqué de puntillas a mi cama y
puse con cuidado mi cabeza sobre la almohada, sin desnudarme, como si tuviese
miedo de ahuyentar con algún movimiento brusco el sentimiento que me
embargaba...
Me acosté, pero ni siquiera cerré los ojos.
Pronto noté que empezaban a entrar en mi habitación unos
débiles destellos. Me incorporé y miré a la ventana. El marco se distinguía ya
claramente de los cristales, que emitían una tibia y misteriosa luz blanca.
«Hay tormenta», pensé, y, en efecto, había tormenta, pero sonaba muy lejos.
Apenas los truenos se oían: sólo se veían en el cielo unos rayos opacos, largos
y ramificados. Mas que brillar se sacudían convulsivamente, como el ala de un
pájaro moribundo.
Me levanté, me acerqué a la ventana y estuve allí hasta la
mañana del día siguiente. Los rayos no cesaban ni un solo momento. Era lo que
en el pueblo llaman una noche de gorrión. Miraba absorto el descampado de
arena, la masa oscura del jardín Nescuchnoye, las fachadas amarillentas de los
edificios lejanos, que también parecían estremecerse a cada destello... Miraba
y no podía dejar de mirar: esos rayos mudos, esos destellos contenidos parecían
armonizar con los estremecimientos mudos que destellaban en mi interior. Empezó
a amanecer.
Manchas de color carmín anunciaban la aurora.
Conforme amanecía, los relámpagos palidecían y se hacían
más cortos. Ya iban perdiendo intensidad y al fin desaparecieron ahogados por
la luz del nuevo día.
También desaparecieron los destellos luminosos en mi
interior. Sentí un gran cansancio y el peso del silencio... pero la imagen de
Zenaida seguía volando triunfante sobre mi alma. Sólo que esta imagen parecía
que estaba ya apaciguada. Como un cisne blanco se sacude las hierbas del
pantano, así se separó ella de otras figuras prosaicas que la circundaban, y
yo, durmiéndome ya, le rendí con mi recuerdo un culto confiado de despedida...
¡Oh, sentimientos humildes, sonidos blandos, bondad y
tranquilidad de un alma conmovida, alegría diluida de las primeras devociones
del amor!
¿Dónde estáis? ¿Dónde estáis...?
Capítulo VIII
Al día siguiente por la mañana, cuando bajé para tomar el
té, mi madre me riñó, pero menos de lo que esperaba, y me obligó a contar cómo
había pasado la tarde del día anterior. Le contesté en pocas palabras,
omitiendo muchos detalles y tratando de presentarlo de la forma más inocente.
-A pesar de todo, no son gente comme il faut- dijo mi
madre-. No tienes por qué meter la nariz en esa casa, en lugar de preparar tu
examen y estudiar.
Como sabía que las preocupaciones de mi madre por mis
estudios no iban más allá de estas palabras, no creí necesario contradecirle,
pero, después de tomar el té, mi padre me cogió del brazo y, saliendo conmigo
al jardín, me hizo contarle todo lo que había visto en casa de los Zasequin.
Era extraña la influencia que tenía mi padre sobre mí, y
extrañas eran nuestras relaciones. No se ocupaba en absoluto de mi educación,
pero jamás me insultaba. Respetaba mi libertad hasta tal punto, que era, si se
puede decir así, cortés conmigo..., sólo que no accedía a que me acercase a él.
Le quería, le admiraba, me parecía un modelo de hombre, y,
¡Dios mío, con qué pasión me hubiese acercado a él, si no
hubiese sentido la mano que nos separaba! En cambio, cuando quería, sabía casi
instantáneamente, con una sola palabra, con un solo movimiento, inspirar en mí
una confianza sin límites. En esos momentos mi alma se abría, hablaba con él
sin trabas, como si fuese un amigo comprensivo, un mentor benevolente...
Después me dejaba de una manera igualmente inesperada y su indiferencia volvía
a separarme de él de un modo suave y cariñoso, pero decidido.
A veces estaba de buen humor y entonces era capaz de jugar
y hacer travesuras conmigo, como si fuese un niño (le gustaba cualquier
movimiento corporal que exigiese esfuerzo.) Una vez (¡una sola vez!) me
acarició con tanta ternura, que faltó poco para que llorase..., pero su buen
humor, junto con su ternura, desaparecieron sin dejar rastro y lo que ocurrió
entre nosotros no me dio esperanza alguna para el futuro, como si todo hubiera
sido un sueño.
Me ponía a veces a contemplar su rostro inteligente,
diáfano, de bellas facciones... y mi corazón empezaba a temblar. Todo mi ser se
dirigía hacia él... parecía que comprendía lo que estaba pasando en mí.
Entonces me acariciaba la mejilla y luego se marchaba, o
empezaba a ocuparse de otra cosa, o de repente adoptaba una actitud fría, como
sólo él sabía hacerlo. En ese mismo instante yo me quedaba helado y me
replegaba sobre mí mismo.
Estos momentos de ternura hacia mí, a los que pocas veces
se entregaba, nunca estaban motivados por mis súplicas, silenciosas aunque
evidentes.
Siempre venían de una manera inesperada. Meditando más
tarde sobre el carácter de mi padre llegué a la conclusión de que otras cosas
le impedían pensar en mí y en la vida familiar. Amaba otra cosa y supo gozar de
esa otra cosa plenamente. «Coge todo lo que puedas, pero no te dejes dominar.
Ser dueño de uno mismo, ése es el truco de la vida», me dijo una vez. Otra vez,
en calidad de joven demócrata, me puse en su presencia a razonar sobre la
libertad (ese día tenía un momento «bueno», como yo lo llamaba. Entonces se
podía hablar con él de lo que fuese).
-Libertad- repitió-. ¿Sabes tú lo que puede hacer libre a
un hombre?
-¿Qué?
-Su voluntad, su propia voluntad, y le dará también poder,
que es mejor que libertad. Aprende a
querer y así serás libre y mandarás.
Mi padre, antes que nada y más que otra cosa, quería
vivir... y vivía. Quizá presentía que no disfrutaría durante mucho tiempo del
«truco» de la vida: murió a los cuarenta y dos años.
Le conté a mi padre con todo detalle la visita a la casa
de los Zasequin. Me escuchaba medio atento, medio distraído, sentado en un
banco y dibujando algo con la punta de una vara. Se reía de vez en cuando, me
miraba de una manera inocente y socarrona, y me incitaba con preguntitas y
objeciones.
Al principio no me atreví a pronunciar el nombre de
Zenaida, pero no me pude contener y empecé luego a cantar sus alabanzas. Mi
padre de vez en cuando se reía. Luego se quedó pensativo, se enderezó y se
levantó.
Me acordé de que al salir de casa había mandado que le
ensillaran un caballo. Era un buen jinete y sabía domar, mucho antes que el
señor Reri, a los caballos díscolos.
-¿Voy contigo, padre?- le pregunté.
-No- contestó, y en su rostro adoptó la expresión
indiferente y atenta de siempre-. Vete solo si quieres, y dile al caballerizo
que esta vez no salgo.
Me dio la espalda y rápidamente se marchó. Le seguí con la
vista, hasta que desapareció detrás de la puerta. Vi cómo su sombrero se movía
por encima de la valla: entró en casa de los Zasequin.
No estuvo allí más de una hora, pero inmediatamente
después se marchó a la ciudad y no volvió a casa hasta la tarde.
Después de la comida fui yo mismo a ver a los Zasequin. En
la sala encontré a la vieja princesa sola.
Al verme, se rascó la cabeza por debajo de la cofia con el
extremo de la aguja de hacer punto y, sin más, me preguntó si podría pasarle a
limpio una instancia.
-Con mucho gusto- contesté y me senté en el borde de una
silla.
-Sólo que cuide de poner las letras lo más grandes
posible- dijo la princesa, tendiéndome una hoja llena de garabatos-. ¿Podría
hacerlo hoy?
-Hoy lo hago.
La puerta de la habitación contigua se entreabrió un poco
y pude ver en el hueco de la puerta el rostro de Zenaida, pálido, pensativo,
con el pelo descuidadamente echado hacia atrás. Me miró con sus ojos grandes y
fríos y cerró con cuidado la puerta.
-¡ Zenaida, Zenaida!- dijo la vieja.
Zenaida no contestó. Me llevé la instancia de la vieja y
la estuve copiando toda la tarde.
Capítulo IX
Mi «pasión» empezó ese día. Recuerdo que sentí algo
parecido a lo que debe sentir un hombre que ha encontrado un empleo: dejé de
ser simplemente un joven adolescente para convertirme en un enamorado.
He dicho anteriormente que desde aquel día empezó mi
pasión. Podría añadir que mis sufrimientos también empezaron ese mismo día.
Sufría en ausencia de Zenaida. Mi mente no podía fijarse en nada y todo se me
caía de las manos. Durante días enteros pensaba obstinadamente en ella...
Sufría... pero en su presencia me sentía más aliviado.
Tenía celos, comprendía que era poca cosa para ella, me
enfadaba tontamente y tontamente me humillaba.
A pesar de todo, una fuerza irresistible me llevaba hacia
ella, y cada vez que traspasaba el umbral de su casa sentía una bocanada de
felicidad. Zenaida comprendió en seguida que estaba enamorado, y yo no pensé
nunca en ocultarlo. Ella se reía de mi pasión, jugaba conmigo, me mimaba y me
hacía sufrir.
Es dulce ser la única fuente, la causa tiránica e
inapelable de las grandes dichas y de la desesperación más honda de otro ser, y
yo era, en manos de Zenaida, como la blanda cera.
Hay que decir que no era el único que se había enamorado
de ella. Todos los hombres que visitaban su casa estaban locos por Zenaida y
ella los tenía a todos a sus pies. Le divertía inspirarles unas veces confianza
y otras, dudas, y manipularlos según su capricho (a esto llamaba «hacer que los
hombres choquen los unos contra los otros»), y ellos no pensaban hacer
resistencia y se sometían con gusto. En todo su ser, lleno de vitalidad y
belleza, había una mezcla de astucia y despreocupación, de afectación y sencillez,
de calma y vivacidad. Sobre todo lo que hacía o decía, sobre cada movimiento
suyo lleno de fina y delicada gracia, sobre todo su ser se traslucía su fuerza
original y juguetona. Su cara también cambiaba constantemente, como en un juego
incesante: casi al mismo tiempo expresaba ironía, seriedad y apasionamiento.
Pasaban sin cesar por sus ojos y labios los más diversos, inestables y fugaces
sentimientos, como sombra de nubes en un día de sol y viento.
Cada uno de sus admiradores le era necesario.
Belovsorov, a quien llamaba «mi animal», o simplemente
«mío», se hubiera dejado gustoso prender fuego por ella. No esperando nada de
sus capacidades mentales y demás virtudes, le propuso, sin embargo, casarse con
él, insinuando que lo de los otros sólo eran palabras. Maidanov respondía a la
vena poética de su alma. Hombre bastante frío, como casi todos los escritores,
trataba obstinadamente de convencerla-probablemente también a sí mismo- de que
la adoraba. La cantaba en versos interminables y se los declamaba con
entusiasmo poco natural, pero sincero. Ella le compadecía, y a la vez se
burlaba un poco de él. No le creía demasiado y, después de haber escuchado
atentamente sus expansiones, le obligaba a leer algo de Pushkin, para despejar
el aire, como decía. Lushin, hombre mordaz, aparentemente cínico y médico de
profesión, la conocía mejor que todos y la amaba más que ninguno, aunque a sus
espaldas y en presencia de ella la injuriaba. Lo respetaba, pero no le hacía
ninguna concesión y, algunas veces con un deleite especial y maligno, le hacía
sentir que él también estaba en sus
manos.
-Soy una coqueta, no tengo corazón, soy una actriz- le
dijo una vez delante de mí-. Pues bien, deme su mano, que le voy a clavar un
alfiler. Sentirá vergüenza ante este joven, sentirá dolor, pero sin duda tendrá
la bondad de reírse.
Lushin se sonrojó, se dio la vuelta, se mordió el labio,
pero todo terminó con que le dio la mano. Le pinchó, y él, efectivamente,
empezó a reírse... y ella se reía también, introduciendo bastante profundamente
el alfiler y mirándole a los ojos, que él en vano procuraba mover de un sitio a
otro.
Lo que peor comprendía eran las relaciones que existían
entre Zenaida y el conde Malevskiy. Este era un hombre de buen ver, hábil y
listo, pero, a pesar de ser un niño a mis dieciséis años, creía adivinar en él
algo falso, algo sospechoso, y me sorprendía que Zenaida no notara nada de
esto.
Pudiera ser que ella percibiera esa falsedad, pero no le
molestaba. Una educación equivocada, extrañas amistades y costumbres, la
presencia continua de su madre, la pobreza y el desorden de su casa, todo ello,
empezando por la libertad de que gozaba la joven y la conciencia de su
superioridad sobre los que la rodeaban, desarrollaron en ella una actitud de
abandono e indolencia semidesdeñosa. Ocurría que, pasase lo que pasase, ya
viniese Bonifacio a anunciar que no había azúcar, ya saliese a relucir algún chisme
desagradable, o que se peleasen los invitados, ella sólo sacudía sus rizos y
decía:
-Tonterías.
Y ya no había más problema.
En cambio, sentía hervir la sangre cuando Malevskiy se
acercaba a ella balanceándose como un zorro, se apoyaba con elegancia en el
respaldo de su silla y empezaba a decirle algo en voz baja al lado con una
sonrisita servil y autosuficiente. Ella cruzada las manos, le miraba
atentamente, sonreía y movía la cabeza.
-¿Qué necesidad tiene de escuchar al señor Malevskiy?- le
pregunté una vez.
-Es porque tiene un bigotito muy bonito- contestó-.
Pero eso a usted no le importa.
-¿Piensa usted que le quiero?- me dijo en otra ocasión-.
No, no amo a los que tengo que mirar de arriba abajo. Necesito alguien me
domine... No encontraré a nadie así, si Dios quiere. No me someto a nadie. ¡Ni
hablar!
-Entonces, ¿no amará usted nunca?
-¿Y es que a usted no lo amo?- dijo y me dio un golpe en
la nariz con la punta del guante.
Sí, Zenaida se reía mucho de mí. Durante tres semanas la
vi a diario, y ¡qué cosas no haría conmigo!
Rara vez nos visitaba, pero yo no lo lamentaba: en nuestra
casa se transformaba en una señorita, una joven princesa, y eso me cohibía.
Temía descubrirme delante de mi madre- a quien Zenaida no caía en gracia-, que
siempre nos observaba hostilmente.
A mi padre le tenía menos miedo: parecía que no advertía
mi presencia, dedicándose a hablar en algunas ocasiones con ella, pero siempre
de cosas que tenían mucho sentido. Dejé de estudiar, leer y hasta de dar paseos
y montar. Como un escarabajo al que le han atado la pata con un hilo, siempre
daba vueltas alrededor del ala tan querida de la casa. Me habría quedado allí
siempre... Pero era imposible: mi madre se enfadaba y a veces la propia Zenaida
era la que me echaba. Entonces me encerraba en mi habitación o me iba al otro
extremo del jardín, me subía a las ruinas de un alto invernadero de piedra y,
con los pies colgando sobre la carretera, permanecía sentado en el muro
exterior durante horas y miraba, miraba sin ver nada. Cerca de mí, sobre las
ortigas cubiertas de polvo, revoloteaban con parsimonia mariposas blancas,
mientras un diestro gorrión se sentaba cerca sobre un rojo ladrillo roto y
piaba enfadado, moviendo el cuerpo y desplegando la cola.
Los cuervos, todavía recelosos, graznaban de vez en
cuando, sentados en lo alto de la copa abierta de un abedul. El sol y el viento
jugueteaban tranquilos en su escaso ramaje, mientras el repicar tranquilo y
triste de las campanas del monasterio Donskoy llegaba de vez en cuando. Yo
seguía sentado mirando y escuchando, y mientras todo mi ser se impregnaba de un
sentimiento inenarrable, en el que estaba concentrado todo: la melancolía, la
alegría, el presentimiento del futuro, el deseo y miedo de vivir. Pero entonces
no comprendía absolutamente nada de eso y no sabía llamar por su propio nombre
nada de lo que bullía en mi interior. Hoy lo llamaría con un solo nombre, el
nombre de Zenaida.
Y Zenaida seguía jugando conmigo, como un gato con un
ratón. Unas veces coqueteaba conmigo y yo entonces me excitaba y perdía la
noción del tiempo; otras veces ella se alejaba de mí y yo entonces no tenía el
valor de volver a acercarme a ella o de mirarla.
Recuerdo que durante unos días estuvo muy fría conmigo.
Yo, completamente acobardado, entraba sigilosamente en su casa e intentaba
sentarme junto a la vieja princesa, a pesar de que precisamente entonces
refunfuñaba y gritaba continuamente: sus asuntos financieros iban mal y había
tenido dos discusiones con el policía del barrio.
Una vez pasaba por el jardín al lado de la valla y vi a
Zenaida. Estaba inmóvil, sentada sobre la hierba, la cabeza apoyada en las
manos. Quise marcharme sigilosamente, pero quedé clavado en el sitio. No la
comprendí al momento. Repitió su gesto. En un instante salté la valla y corrí
contento hacia ella. Pero me detuvo con la vista y me mostró un camino a dos
pasos de ella. Aturdido, sin saber lo que hacía, me puse de rodillas al borde
del camino.
Estaba tan pálida, se traslucían cada uno de los rasgos de
su rostro una melancolía tan amarga, un cansancio tan grande, que mi corazón se
encogió.
Sin poder contener balbuceé:
-¿Qué le pasa?
Zenaida alargó la mano, cortó la hierba, la mordió y la
tiró lejos.
-¿Me quiere mucho?- me preguntó al fin-. ¿De verdad?
No dije nada: ¿para qué tenía que decirlo?
-Sí- dijo sin dejar de mirarme-. Así es. Sus ojos lo
demuestran- añadió y, quedando pensativa, se tapó la cara con las manos-. Todo
me produce náusea- dijo en voz baja-. Me iría al fin del mundo, ya no aguanto
más, ya no puedo con esto... ¿Y qué me espera después...? ¡Qué martirio, Dios
mío, qué martirio!
-¿Por qué?- pregunté tímidamente.
Zenaida no me contestó, sólo encogió los hombros.
Yo seguía de rodillas mirándola, invadido de tristeza.
Cada palabra suya se me clavaba en el corazón.
En ese instante hubiese dado con gusto mi vida para que no
sufriera. Seguía mirándola, aunque sin comprender por qué sufría tanto, cuando
se levantó de repente, en un arrebato de tristeza, y se fue del jardín y se
dejó caer al suelo como si la hubiesen segado. Todo era luz y verdor alrededor.
El viento murmuraba en el follaje, moviendo de vez en cuando una rama larga de
frambueso sobre la cabeza de Zenaida. En algún sitio se arrullaban las palomas,
mientras las abejas zumbaban volando bajo sobre la hierba. Encima dulcemente se
extendía el cielo azul.
Y yo estaba tan triste...
-Recíteme algunos versos- me dijo Zenaida a media voz,
apoyándose sobre el codo-. Me gusta usted cuando recita, porque parece que
canta. Usted es joven. Recíteme En los montes de Georgia. Pero siéntese antes.
Me senté y recité En los montes de Georgia.
Porque no puede dejar de amar- repitió Zenaida-.
Por eso la poesía es buena. Porque nos habla de lo que no
hay y de que no sólo es mejor que lo que hay, sino que es más verdadero...
Porque no puede dejar de amar... Quisiera, ¡pero no puede!
Quisiera, ¡pero no puede!
Se calló y de repente volvió y se levantó.
-Vámonos. Maidonov está ahora con mamá. Me ha traído su
poema y lo he dejado solo. También él está disgustado ahora... ¡Qué se le va a
hacer! Alguna vez lo sabrá..., pero no quiero que se enfade conmigo.
Zenaida me estrechó rápidamente la mano y se marchó
corriendo a casa. Yo la seguí. Maidanov nos empezó a leer su Asesino recién
publicado, pero yo no lo escuchaba. Salmodiaba con voz alta sus yambos, las
rimas se sucedían y sonaban como cascabeles, vacías y resonantes, pero yo
seguía mirando a Zenaida y trataba de comprender el sentido de sus últimas
palabras.
¿O un rival oculto
Te ha sojuzgado con alevosía? dijo con resonancia nasal
Maidanov. Mis ojos y los de Zenaida se encontraron. Ella los bajó y se sonrojó
levemente. Advertí que se sonrojaba y me quedé helado del susto. Ya antes tenía
celos de ella, pero ahora por primera vez la idea de que estuviese enamorada
pasó como un relámpago por mi cabeza.
«¡ Dios mío, está enamorada!»
Capítulo X
Mi verdadero suplicio empezó entonces. Me cansaba de
pensar en ella, de darle vueltas y, continuamente, en la medida de lo posible,
espiaba sin cesar a Zenaida. Había cambiado y eso era obvio. Se iba sola a
pasear y estaba paseando durante mucho tiempo. A veces no salía a ver a sus
invitados. Se pasaba horas y horas en su habitación. Antes jamás lo hacía. De
pronto, me hice muy perspicaz.
-¿No será éste el elegido? ¿O el otro?- me preguntaba,
mientras mi imaginación volaba de un admirador a otro. El conde Malevskiy
(aunque me avergonzaba, por causa de Zenaida, confesar esto ante mí mismo) me
parecía más peligroso que otros.
Mi capacidad de observación no iba más allá de la punta de
la nariz. Al parecer, mi actitud reservada no pudo engañar a nadie. Por lo
menos el doctor Lushin muy pronto me comprendió. Pero él también había cambiado
en los últimos días. Había palidecido y se reía tan a menudo como antes, pero
con una risa más baja, mordaz y corta. Su suave ironía anterior y su aparente
cinismo habían dado paso a una irritabilidad incontrolada.
-¿Por qué se pasa aquí las horas muertas, joven?- me dijo
un día cuando nos quedamos solos en la sala de los Zasequin. (La joven princesa
no había vuelto todavía y la voz estridente de su madre se oía desde el ático
de la casa. Estaba regañando a la criada.)-.
Usted tiene que estudiar y trabajar mientras es joven.
Pero, ¿qué está haciendo?
-¿Cómo puede usted saber si trabajo o no en casa?- le
contesté con cierta soberbia, pero también con confusión.
-¿De qué trabajo puede usted hablar? No es eso lo que
tiene en la cabeza. Bueno, no discuto... a su edad es normal. Pero lo que pasa
es que su elección ha sido poco afortunada. ¿Es que no ve qué casa es ésta?
-No le comprendo- dije.
-¿Que no comprende? Peor para usted. Me veo en el deber de
reprenderle. Nuestra raza, la de los viejos solterones, puede pasarse por aquí.
Porque, ¿qué nos puede pasar? Somos gente curtida, no se nos atraviesa nada. En
cambio, usted tiene todavía la piel muy fina. El aire de aquí resulta viciado
para usted, puede contraer una enfermedad.
-¿Qué quiere decir?
-Pues eso. ¿Es que está usted sano ahora?
¿Es que es usted normal? ¿Es que lo que siente es
provechoso y bueno para usted?
-Pero ¿qué siento?- respondí, aunque comprendí que el
doctor tenía razón.
-Joven, joven- siguió el doctor con un severo tono de voz,
como si en estas dos palabras hubiera algo muy humillante para mí- no está
usted todavía para poder engañar. Porque lo que lleva dentro lo dice la cara.
Pero,¿para qué hablar? Tampoco yo vendría, si no (el doctor apretó los
dientes)... si no fuese un loco como usted. Lo único que me sorprende es cómo
usted, con la inteligencia que tiene, no ve lo que está pasando a su alrededor.
-¿Qué es lo que pasa?- pregunté y me replegué a la espera
de sus palabras.
El doctor me miró con un aire de ironía compasiva.
-¡ Estoy bueno yo también!- dijo como si hablase para sí-.
¡Pues sí que hay necesidad de decírselo a él!
En una palabra-añadió, levantando la voz-, el aire que se
respira aquí no te conviene. Le gusta estar aquí, bueno ¿y qué? En un
invernadero también se está muy bien, pero no se puede vivir allí. Oiga, hágame
caso, empiece otra vez a estudiar el manual de Kaidanov.
Entró la princesa madre y empezó a quejarse al doctor de
un dolor de muelas. Luego llegó Zenaida.
-Fíjese usted, doctor- dijo la princesa-, regáñela.
Todo el día está bebiendo agua con hielo. ¿Es que es bueno
esto para el pecho tan débil que tiene?
-¿Por qué hace eso?- preguntó Lushin.
-¿Y qué puede pasar?
-Que puede constiparse y morirse.
-¿De veras? Bueno, pues que así sea.
-¡Vaya...!- murmuró el doctor. La vieja princesa se
marchó.
-¡Vaya...!- repitió Zenaida-. ¿Es que el vivir es tan
divertido? Mire alrededor. ¿Qué me puede decir?
¿Es bueno todo lo que ve? ¿O es que usted cree que yo no
lo comprendo, que no lo siento? Me gusta beber agua con hielo y usted quiere
convencerme seriamente de que una vida así vale tanto como para no arriesgarla
por un instante de placer... no hablo ni siquiera de felicidad.
-De acuerdo. Si, el capricho y la independenciadijo
Lushin-. Estas dos palabras la definen. Todo su ser está
en estas dos palabras.
Zenaida rió nerviosamente.
-Sus cartas han llegado tarde, querido doctor.
Observa usted mal, está equivocado. Es en los caprichos en
lo que menos pienso ahora. Distraerme con usted, distraerme conmigo misma...
¡vaya una suerte! Y en cuanto a la independencia... monsieur
Voldemar, no ponga esa cara tan triste. No aguanto que
nadie se compadezca de mí- dijo y se marchó.
-Muy viciado, muy viciado está aquí el aire para usted- me
dijo otra vez Lushin.
Capítulo XI
Por la tarde, en la casa de los Zasequin se reunieron los
invitados de costumbre.
La conversación giró alrededor del poema de Maidanov.
Zenaida lo elogió sinceramente.
-Pero, ¿sabe qué le digo?- le explicó a Maidanov-.
Si yo fuese poeta escogería otros poemas.
Puede ser que sean tonterías, pero a veces me vienen a la
cabeza pensamientos extraños, sobre todo antes de que amanezca, cuando el cielo
empieza a ponerse rosa y gris. Por ejemplo... Pero, ¿no se reirá de mí?
-¡No!, ¡no!- gritamos a una voz.
-Yo me imaginaria- dijo, cruzando las manos y mirando
hacia un lado- un grupo de chicas jóvenes, de noche, en una gran barca, en un
río tranquilo. La luna brillando y ellas vestidas de blanco y cantando un
himno.
-Comprendo, comprendo, siga- dijo Maidanov con aplomo y
como soñando.
-De repente, en la orilla se oye un alboroto: voces,
risas, antorchas, panderos. Es una multitud de bacantes, que corre cantando y
gritando. Ahora ya es de su incumbencia pintar el cuadro señor poeta...
Sólo que yo quisiera que las antorchas fueran rojas, que
echen mucho humo, y que los ojos de las bacantes brillen bajo las coronas de
flores. Las coronas tienen que ser oscuras. No se olvide de las pieles de tigre
y de las copas, y del oro, mucho oro.
-¿Dónde tiene que estar el oro?– preguntó Maidanov,
echando hacia atrás su cabello terso y abriendo las ventanas de su nariz.
-¿Dónde? En los hombros, en las manos, en los pies, en
todas partes. Dicen que en la antigüedad las mujeres llevaban anillos de oro en
los tobillos. Las muchachas de la bacanal llaman a quienes están en la barca.
Han dejado de cantar su himno y no pueden seguir, pero no se mueven. El río las
acerca a la orilla. De repente, una de ellas se levanta despacio...
(Esto hay que contarlo bien: cómo se levanta despacio a la
luz de la luna, cómo se asustan sus arrugas...) Salta a la orilla y las
bacanales la rodean y se la llevan impetuosamente, desapareciendo en la
penumbra de la noche... Imagínese ahora el humo y cómo ya no puede distinguir
nada. Sólo queda su corona en la orilla...
Zenaida calló. («¡Oh, está enamorada!» pensé otra vez.)
-¿Y nada más?- preguntó Maidanov.
-Nada más- contestó.
-Eso no puede ser un argumento para un poema- dijo él con
aplomo-. Pero aprovecharé su idea para un verso lírico.
-¿En estilo romántico?- preguntó Malevskiy.
-Claro a la manera romántica, a imitación del poeta George
Byron.
-Creo que Hugo es mejor que Byron- dijo el conde son
suficiencia-. Es más interesante.
-Hugo es un escritor de primer orden- replicó
Maidanov-. Mi amigo Toncosheyev en su novela española El
Trovador...
-¡Ah!, ¿es ése el libro con los signos de interrogación al
revés?- preguntó Zenaida.
-Sí, así acostumbran a ponerlos los españoles.
Quiero decir que Toncosheyev...
-Bueno, otra vez van a discutir ustedes sobre el
clasicismo y el romanticismo- le interrumpió por segunda vez Zenaida-. Mejor
vamos a jugar.
-¿A las prendas?- intervino Lushin.
-No, a las prendas es muy aburrido. Vamos a jugar a las
comparaciones.
(Este juego lo inventó Zenaida. Se menciona cualquier
objeto y cada uno procura compararlo con algo, siendo premiado el que encuentre
la mejor comparación.)
Se acercó a la ventana. El sol acababa de ponerse.
En el cielo, a gran altura, se veían nubes rojas y
alargadas.
-¿A qué se parecen estas nubes?- preguntó Zenaida.
A continuación, sin esperar nuestra contestación,
prosiguió-: Encuentro que se parecen a las velas purpúreas del barco de oro de
Cleopatra, cuando iba al encuentro de Marco Antonio. ¿Se acuerda, Maidanov, de
que me lo ha contado hace unos días?
Todos nosotros, como Polonio en Hamlet, dijimos que las
nubes recordaban precisamente estas velas y que nadie podría encontrar una
comparación mejor.
-¿Cuántos años tenía entonces Marco Antonio?- preguntó
Zenaida.
-Debería ser joven- dijo Malevskiy.
-Sí, joven- afirmó Maidanov muy seguro.
-Perdón- dijo Lushin-, pero ya había pasado de los
cuarenta.
-Los cuarenta- repitió Zenaida, mirándole furtivamente.
Me marché pronto a casa. «Está enamorada, pero ¿de
quién?», decían involuntariamente mis labios.
Capítulo XII
Pasaban los días. Zenaida se volvía cada vez más extraña,
más incomprensible. Una vez entré a
verla y la encontré sentada en una silla de paja con la
cabeza apoyada en el borde afilado de la mesa. Se levantó... Toda su cara
estaba bañada en lágrimas.
-¡Ah, es usted!- dijo con una sonrisa cruel-.
Venga aquí.
Me acerqué. Me puso la mano en la cabeza y cogiéndome de
repente del pelo empezó a tirar de
él.
-Me hace daño- dije al fin.
-¡Ah, le hace daño! ¿Y es que a mí no me hace daño? ¿No me
hace daño?- repitió.
-¡Ay!- exclamó de repente, al ver que me había arrancado
un pequeño mechón de pelo- ¿Qué es lo que he hecho? ¡Pobre monsieur Voldemar!
Estiró con cuidado los pelos que me había arrancado, se
los enrolló en el dedo e hizo un anillo
con ellos.
-Los voy a meter en mi medallón y los llevaré conmigo-
dijo, mientras las lágrimas brillaban todavía en sus ojos-. Esto probablemente
le consolará un poco... Y ahora, adiós.
Volví a casa, donde me esperaba un contratiempo
desagradable. Mi madre tenía una disputa con mi padre. Le reprochaba algo. Él,
según su costumbre, callaba fría y cortésmente y enseguida se marchó.
No pude oír lo que dijo mi madre, ni estaba para eso, pero
sólo recuerdo que, después de haber hablado con mi padre, me mandó llamar a su
cuarto y muy disgustada habló de mis frecuentes visitas a la casa de la
princesa, que, según sus palabras, era une femme capable de tout, me acerqué
para besarle la mano (hacía esto siempre que quería acabar la conversación) y
me fui a mi habitación.
Las lágrimas de Zenaida me habían dejado desconcertado.
No sabía qué explicación darle al suceso. Me encontraba a
punto de comenzar a llorar, pues a pesar de mis dieciséis años era un niño.
Ya no pensaba en Malevskiy, aunque Belovsorov cada día se
hacía más amenazante y miraba al mañoso conde como un lobo puede acechar a un
cordero. Me perdía en mis pensamientos y buscaba lugares apartados. Sentía
predilección por las ruinas del invernadero. Me subía al alto muro, me sentaba
y permanecía sentado tan desconsolado, tan solo y tan triste en mi juventud,
que me compadecía de mí mismo. ¡Cuánto me complacían estos sentimientos
tristes! ¡Cuánto me deleitaba con ellos!
Una vez estaba sentado en el muro, mirando la lejanía y
escuchando el repiqueteo de las campanas...
Sentí que algo se movía imperceptiblemente dentro de mí:
no era el soplo del viento, ni el temblor del misterio, sino algo frágil como
el aliento, delicado como la intuición de que alguien estaba cerca... Bajé los
ojos. Abajo, por el sendero, vestida con un traje ligero de color gris y con
una sombrilla rosa que se apoyaba en el hombro, caminaba Zenaida. Me vio, se
detuvo y, levantando el borde de su sombrero de paja, alzó hacia mí sus ojos de
terciopelo.
-¿Qué hace ahí en las alturas- me preguntó, sonriendo de
manera extraña-. Usted- siguió-, que siempre me está diciendo que me quiere...,
salte aquí a la vereda, si es verdad lo que me dice.
Aún no había acabado Zenaida de pronunciar estas palabras,
cuando ya caía yo desde lo alto, como si alguien me hubiese empujado en la
espalda.
El muro tenía unos cuatro metros de altura.
Caí en tierra con los dos pies juntos, pero el golpe fue
tan fuerte, que no me pude mantener de pie, me caí y por unos instantes perdí
el conocimiento.
Antes de abrir los ojos, sentí a mi lado a Zenaida.
-Mi querido niño- decía inclinándose sobre mí, expresando
su voz asustada ternura-. ¿Cómo pudiste hacerlo? ¿Cómo pudiste obedecer...? Sí,
te quiero... Levántate.
Su pecho respiraba frente al mío, sus manos tocaban mi
cabeza.
De pronto- ¡qué maravillosa sensación me invadió
entonces!- sus labios suaves, frescos empezaron a cubrir mi rostro de besos...
Pero pronto Zenaida debió de darse cuenta, por la expresión de mi rostro, que
ya había recobrado el conocimiento, aunque permanecía con los ojos cerrados,
pues, poniéndose bruscamente en pie, dijo:
-¡Levántese, niño travieso, loco! ¿Qué es eso de estar
tumbado sobre el polvo?
Yo me levanté.
-¡ Deme mi sombrilla!- dijo Zenaida-. ¿Sabe dónde la dejé?
¿Por qué me mira así? ¡Vaya tontería que ha cometido! ¿No se ha hecho daño? ¿Le
han picado las ortigas? ¡No sé por qué le pregunto todo esto! ¿Por qué me
mira?... ¡Pero si no se entera de nada! ¡No dice nada!- prosiguió , como
diciéndoselo a sí misma-. ¡Váyase a casa, monsieur Voldemar, y límpiese! Y no
venga detrás de mí porque me voy a enfadar y entonces nunca...
Se alejó deprisa sin terminar su discurso. Yo me senté en
el camino... No me tenía en pie. Las ortigas me quemaban la cara, me dolía la
espalda y sentía mareos, pero la dicha que sentí entonces no la volví a sentir
en mi vida.
Era como un dolor dulce diluido por todo mi cuerpo, que
acabó en saltos de júbilo y exclamaciones de alegría. Efectivamente, era
todavía un niño.
Capítulo XIII
Me sentí tan contento y orgulloso todo aquel día,
conservaba tan vivo el recuerdo de los besos de Zenaida en mi cara, recordaba
cada palabra suya con tal estremecimiento y éxtasis, celebraba tanto mi
inesperada dicha, que hasta sentía pavor de la misma, y no quería ni siquiera
ver a la causante de estas nuevas sensaciones. Me parecía que ya no debía pedir
más al destino, que ahora había de «aspirar bien el aire por última vez y
morir». En cambio, al día siguiente, al ir de visita, sentía gran nerviosismo,
que en vano procuraba encubrir bajo la máscara de una fingida desenvoltura, muy
en consonancia con la actitud de un hombre que quiere dar a entender que sabe
guardar los secretos. Zenaida me recibió con naturalidad, sin ninguna emoción.
Se limitó a amenazarme con el dedo y a preguntarme si tenía algún cardenal.
Toda mi desenvoltura y aire de misterio desaparecieron en un instante y con
ellos mi aturdimiento. Naturalmente, no esperaba nada extraordinario, pero la
tranquilidad de Zenaida fue como un chorro de agua fría.
Comprendí que para ella era un niño y eso me afligió
muchísimo. Zenaida recorría los lugares de la habitación, y me dedicaba una
leve sonrisa cada vez que me miraba, pero su pensamiento estaba lejos.
Esto lo veía con toda claridad... «¿Le hablaría yo mismo
sobre lo de ayer?- pensé-. ¿Le preguntaría a dónde iba con tanta prisa para
saberlo ya de una vez?» Pero desistí y me quedé sentado en un rincón.
Entró Belovsorov. Me alegré de su llegada.
-No le he encontrado un caballo manso de montar- dijo en
tono severo dirigiéndose a Zenaida-
. Freutag me habló de uno, pero no me fío. Tengo miedo.
-¿De qué tiene miedo?- preguntó Zenaida-.
Permítame que se lo pregunte.
-¿De qué? Pues de que no sabe montar. No quiera Dios que
le pase algo. ¿Por qué se ha encaprichado con esta idea?
-Eso ya es cosa mía, monsieur animal mío. Entonces se lo
pediré a Piotr Vasilievich... (A mi padre lo llamaban Piotr Vasilievich. Me
sorprendió que mencionase su nombre con tanta naturalidad, como si no dudara de
que estuviese dispuesto a hacerle ese favor.)
-¡Ah!, entonces ¿es con él con quien quiere montar?-
replicó Belovsorov.
-Con él, o con otro. Eso para usted no cuenta.
No es con usted y eso basta.
-Conmigo, no- repitió Belovsorov-. ¡Como usted quiera!
¡Qué le vamos a hacer! De todos modos, le traeré el caballo.
Tenga cuidado y no me traiga una vaca. Le digo de antemano
que quiero ir de prisa.
-Vaya al trote si quiere. Con quién va a montar, ¿con
Malevskiy?
-¿Y por qué no, guerrero? Bueno, tranquilíceseañadió- y no
eche fuego por los ojos. Iré con usted también. Ya sabe lo que siento ahora
hacia Malevskiy, ¡uf!- dijo, sacudiendo la cabeza.
-Lo dice para tranquilizarme- murmuró Belovsorov.
Zenaida entornó los ojos.
-¿Eso le consuela? ¡Oh, oh, oh, ¡guerrero- dijo, como si
no hubiese podido encontrar otra palabra-.
Y usted, monsieur Voldemar, ¿vendría con nosotros?
-No me gusta ir con demasiada gente...- murmuré sin
levantar la vista.
-¿Prefiere tête-à-tête? Bueno, a quien Dios se la dé, San
Pedro se la bendiga- dijo-. Váyase, pues, Belovsorov, a buscar el caballo. Lo
necesito para mañana.
-Bien, pero ¿de dónde saldrá el dinero?- dijo la vieja
princesa.
Zenaida frunció el ceño.
-A usted no se lo pido. Belovsorov me lo fiará.
-Lo fiará, lo fiará...- gruñó la princesa y de repente
gritó a pleno pulmón-: ¡Duniacha!
-Mamá, le he regalado una campanilla- objetó Zenaida.
-¡ Duniacha!- repitió la vieja.
Belovsorov se despidió y yo me fui con él. Zenaida no me
pidió que me quedase.
Capítulo XIV
Al día siguiente me levanté temprano, me hice un bastón y
me marché al campo. «Voy a ver si olvido penas», me dije a mí mismo. El día era
hermoso, despejado y no hacía bochorno: soplaba un aire fresco y juguetón,
silbando entre los árboles, pero sin forzar la voz, moviéndolo todo, pero sin
inquietarlo.
Paseé durante mucho tiempo por los montes y por los
bosques. No me sentía feliz. Salí de casa con el propósito de abandonarme a la
tristeza, pero mi juventud, el día espléndido, el aire fresco, el largo paseo,
el deleite de tirarse al suelo sobre la tupida hierba influyeron en mi ánimo.
Los recuerdos de aquellas palabras inolvidables, de aquellos besos invadieron
mi alma. Me gustaba pensar que Zenaida no podría dejar de comprender justamente
mi decisión, mi heroísmo... «Para ella otros son mejor que yo- pensaba-. No
importa. Por el contrario: otros dicen que lo van hacer y el que lo hizo fui
yo... ¡Y qué no sería capaz de hacer por ella...!» Mi imaginación empezó a
avivarse. Empecé a pensar cómo la salvaría de las manos de los enemigos, cómo,
desangrado, la sacaría de una mazmorra, cómo moriría a sus pies. Me acordé de
un cuadro que colgaba en la pared de la sala de estar de nuestra casa: Malec
Adel raptando a Matilde... En ese mismo instante me fijé en un pájaro
carpintero que cuidadosamente subía por el fino tronco de abedul y miraba con
precaución a la izquierda, a la derecha y hacia atrás, como un músico su
contrabajo.
Luego empecé a cantar Nieves blancas, pero me pasé a una
romanza, entonces muy popular: «Te espero, cuando el céfiro juguetón...» A
continuación, comencé a declamar en voz alta la alocución de Yermak a las
estrellas, de la tragedia de Jomiacov.
Intenté componer algo de tipo sentimental.
Hasta redacté el estribillo con que debía terminar el
poema «Oh, Zenaida, Zenaida», pero no me salió nada más. Mientras tanto, se
acercaba la hora de la comida. Bajé del monte al llano. Una senda estrecha y
arenosa serpenteaba y conducía a la ciudad. Me fui por la vereda... Oí un ruido
sordo de herraduras detrás de mí. Miré hacia atrás, me paré sin querer y me
quité la gorra. Vi a mi padre y a Zenaida. Iban juntos. Mi padre le decía algo,
inclinándose hacia ella y apoyándose con la mano sobre el crin del caballo.
Sonreía. Zenaida le escuchaba taciturna, bajando
gravemente los ojos y apretando los labios.
Cuando los vi, estaban solos, pero unos instantes después
apareció por detrás de un recoveco Belovsorov, vestido con el uniforme de húsar
y una chaquetilla por encima, y montando un caballo negro cubierto de espuma.
El animal, un pura sangre, movía la cabeza, resoplaba y se balanceaba
rítmicamente.
El jinete lo contenía y le aplicaba las espuelas al mismo
tiempo. Me aparté. Mi padre cogió las riendas con las manos y se erguió. Ella
levantó lentamente la vista hacia él y los dos salieron al galope... Belovsrov
pasó detrás de ellos haciendo ruido con el sable. «El está rojo como un
cangrejopensé-.
Y ella... ¿por qué está tan pálida? Ha estado montando a
caballo toda la mañana, y sin embargo,
¿por qué está tan pálida?»
Me marché a toda prisa y llegué a casa justo antes de
empezar la comida. Mi padre se había cambiado de ropa, y, lavado y fresco,
estaba sentado al lado de la silla de mi madre y le leía con su voz alta y
expresiva un folletón del «Journal des Débats», pero mi madre apenas le
prestaba atención. Viéndome a mí, me preguntó dónde había estado todo el día y
añadió que no le gustaba la gente que deambula no se sabe por dónde y no se
sabe con quién.
«Estuve solo», quise contestar, pero miré a mi padre y no
sé por qué no abrí la boca.
Capítulo XV
En los cinco o seis días que siguieron, apenas pude ver a
Zenaida. Decía que estaba enferma. Esto no impedía a los visitantes venir a
hacer guardia, como decían ellos, todos a excepción de Maidanov, que siempre se
desanimaba mucho y empezaba a aburrirse cuando no tenía la oportunidad de
entusiasmarse. Belovsorov se sentaba huraño en un rincón, abrochado de arriba
abajo. En el rostro delicado del conde Malevskiy siempre había una sonrisota
maliciosa. Efectivamente, había caído en desgracia de Zenaida y con mucho
esmero trataba de engatusar a la vieja princesa. Fue con ella en coche a ver al
gobernador. Aunque hay que decir que este viaje no fue afortunado, ya que
Malevskiy tuvo algunos contratiempos. Le recordaron no sé qué historia con no
se sabe qué oficiales de camino y tuvo que decir, al dar explicaciones, que
entonces era un inexperto. Lushin venía unas dos veces al día, pero no se
quedaba mucho tiempo. Yo le tenía un poco de miedo después de nuestra última
conversación, pero al mismo tiempo sentía una atracción sincera hacia él. Una
vez nos fuimos a pasear por el jardín de Nescuchnoye. Estuvo muy amable y
servicial, me decía los nombres y propiedades de las hierbas y flores. Sin más,
como suele decirse, gritó, dándose una palmada en la frente:
-¡Y yo, imbécil de mí, que decía que era una coqueta!
¡Por lo visto es grato sacrificarse... para otros!
-¿Qué quiere usted decir?
-A usted no quiero decirle nada- replicó Lushin.
En cuanto a mí, Zenaida trataba de no verme.
Mi presencia- no podía dejar de observarlo- le causaba una
impresión desagradable. Me daba la espalda... sin que ella lo pudiera
remediar... Eso era lo amargo del caso, eso era lo que me hacia sufrir. Pero no
había nada que hacer. Trataba de que no me viese y sólo intentaba espiarla de
lejos, lo que no siempre conseguía. Le seguía pasando algo extraño.
Su cara era otra, toda ella era otra. Fue en una tranquila
y cálida tarde cuando me sorprendió el cambio operado en ella. Estaba sentado
en un banco pequeño que había debajo de un frondoso saúco. Me gustaba ese
sitio. Desde allí se veía la ventana de la habitación de Zenaida. Yo estaba
sentado. Sobre mi cabeza, en el sombrío follaje, un pájaro pequeño se movía
solícito. Un gato gris, estirando su lomo, entraba furtivamente al jardín. Los
primeros escarabajos zumbaban intensamente en el aire, que todavía permanecía
transparente, aunque ya carecía de luz. Estaba sentado y miraba a la ventana
esperando a que se abriese. Y, en efecto, se abrió y apareció Zenaida. Estaba
vestida de blanco y tanto ella como su rostro, hombros y manos eran de una
palidez de alabastro. Durante un rato permaneció inmóvil.
Estuvo observando durante largo tiempo, con la mirada
detenida bajo sus cejas fruncidas, jamás la había visto con una mirada así.
Después apretó fuertemente sus manos, se echó hacia atrás los mechones de pelo
que le cubrían la oreja, sacudió la cabeza y, con un gesto enérgico, la agachó
y cerró la ventana.
A los tres días me vio en el jardín. Quería esconderme,
pero ella misma me detuvo.
-Deme la mano- dijo con el afecto de antes-.
Hace mucho que no charlamos.
La miré. Sus ojos brillaban tranquilos. Su rostro sonreía
como a través de la niebla.
-¿Sigue enferma?- le pregunté.
-No, ya ha pasado todo- dijo y cortó una pequeña rosa de
color rojo-. Me siento un poco cansada, pero pronto se me pasará.
-Y volverá a ser como antes?- le interrogué.
Zenaida acercó la rosa a su cara y me pareció ver el
reflejo de los pétalos rojos en su rostro.
-¿Es que he cambiado?- me preguntó.
-Sí, ha cambiado- dije a media voz.
-Le he tratado fríamente, lo sé- empezó Zenaida-, pero no
tenía que haber hecho caso de esto...
No podía comportarme de otra forma... Pero para qué hablar
de ello.
-¡No quiere que la ame, ésa es la verdad!- grité
desesperado en un arrebato incontenible.
-No, ámeme. Pero no como antes.
-¿Y cómo?
-Seamos amigos, si quiere- Zenaida me dio la rosa para que
la oliese-. Escuche, soy mayor que usted. Podría ser su tía, de verdad. Bueno,
su tía no, pero sí su hermana mayor. Y usted...
-Soy un niño para usted- la interrumpí.
-Bueno, sí, un niño, pero encantador, bueno, listo, a
quien quiero mucho. ¿Sabe qué le digo?
Desde hoy le hago mi paje. No olvide que los pajes no
deben apartarse nunca de sus señoras. He aquí el signo de su nueva dignidad-
dijo ella metiendo la rosa en la solapa de mi chaqueta-. El signo de nuestra
benevolencia hacia usted.
-Antes habla recibido de usted otros signos de
benevolencia- dije.
-¡Ah!- dijo Zenaida y me miró de reojo- ¡Qué buena memoria
tiene! Bien, ahora también estoy dispuesta...
E inclinándose hacia mí, me imprimió en la frente un beso
tranquilo y puro.
Antes de que tuviera tiempo de levantar la vista, se dio
la vuelta y, diciéndome: «¡Sígame, paje!», marchó en dirección a su casa. La
seguí desconcertado.
«¿Será posible que esta joven humilde e inteligente sea la
misma Zenaida que he conocido?» Hasta su manera de andar me parecía más
pausada, su talle más majestuoso y mejor proporcionado...
Pero, Dios mío, ¡con qué fuerza empezaba a arder de nuevo
en mí el amor!
Capítulo XVI
Después de la comida otra vez se reunieron los invitados
en el ala izquierda de la casa. La princesa salió a recibirles. Todos estaban
presentes como en aquella primera tarde, inolvidable para mí. Estaba hasta
Nirmatskiy. Maidanov había llegado antes que nadie, trayendo unos versos
nuevos. Empezó el juego de las prendas, pero ya sin las ocurrencias
extravagantes de otros tiempos, sin locuras ni ruido; había desaparecido de la
velada el elemento gitano.
Zenaida había dado un aire nuevo a la reunión. Yo, como su
paje, estaba sentado a su lado por derecho propio. Por cierto, propuso que al
que le tocara pagar prenda debía contar su sueño. Pero esto no dio resultado.
Los sueños, o resultaban poco interesantes
(Belovsorov vio en sueños que dio de comer al caballo un
cubo de carpas y que el caballo tenía una cabeza de madera), o poco naturales,
inventados...
Maidanov nos obsequió con toda una novela llena de criptas
y sepulcros, ángeles con arpas, flores parlantes y sonidos lejanos... Zenaida
no le permitió que acabase.
-Bueno, ya que nos hemos desviado hacia las composiciones-
dijo-, pues que cada uno cuente algo inventado.
El primero en hablar debía ser Belovsorov.
El joven húsar se azoró.
-¡No puedo inventar nada!- dijo.
-¡Qué tontería!- contestó Zenaida-. Imagínense que está
casado y cuéntenos cómo pasaría el tiempo con su mujer. ¿La tendría encerrada?
-La encerraría.
-¿Y estaría con ella?
-Desde luego que estaría con ella.
-Muy bien. ¿Y si a ella eso le aburriera y lo engañase?
-La mataría.
-¿Y si se escapase?
-La alcanzaría y la mataría de todas formas.
-Bueno. Vamos a suponer que yo fuese su mujer,
¿qué haría entonces?
Durante algún tiempo Belovsorov permaneció callado.
-Me mataría a mí mismo.
-Veo que su canción se acaba enseguida.
A Zenaida le tocó pagar la segunda prenda. Levantó los
ojos hacia el techo y quedó pensativa.
-Oigan lo que se me ha ocurrido- dijo al fin-.
Imagínense un aposento espléndido, una noche de verano y
una fiesta maravillosa. La fiesta la da la joven reina. En todas partes hay
oro, preciosos cristales, sedas, fuegos, diamantes, flores, aromas, todos los
caprichos del lujo.
-¿Le gusta el lujo?- la interrumpió Lushin.
-El lujo es bonito- le contestó-. Me gusta todo lo bonito.
-¿Más que lo bello- preguntó él.
-Demasiado sutil, no lo comprendo. No me interrumpa.
Entonces, la fiesta es espléndida. Hay muchos invitados,
todos son jóvenes, bellos, valientes.
Todos están enamorados locamente de la reina.
-¿No hay mujeres entre los invitados?- preguntó Malevskiy.
-No... o espere, sí las hay.
-¿Son todas feas?
-Encantadoras, pero todos los hombres están locos por la
reina. Ella es alta, esbelta... y lleva una pequeña diadema de oro sobre su
pelo negro.
Miré a Zenaida y en ese instante me pareció más alta que
todos nosotros. De su frente de alabastro, de sus cejas inmóviles emanaba una
inteligencia tan clara y un poder tal, que pensé: «Tú eres la reina».
-Todos se agrupan en torno a ella. Todos le dirigen los
discursos más halagadores.
-¿Es que a la reina le gusta la adulación?- preguntó
Lushin.
-¡Qué hombre tan molesto! No me deja en paz...
¿A quién no le gusta la adulación?
-Una última pregunta. ¿La reina no tiene marido?- dijo
Malevskiy.
-No lo he pensado. Un marido, ¿para qué?-
Pues claro- asintió Malevskiy-. ¿Para qué?
-Silence!- dijo Maidanov, que hablaba mal el francés.
-Mercí- le dijo Zenaida-. Entonces, la reina oye los
discursos, escucha música, pero no mira a ninguno de los invitados. Seis
ventanas están abiertas de par en par, desde el techo hasta el suelo, a través
de las cuales se ve un cielo oscuro cubierto de estrellas refulgentes y el
jardín con árboles grandes. La reina mira al jardín. Allí, entre los árboles,
hay una fuente blanca, que se deja oír en la oscuridad de la noche. La reina
oye, a través del ruido de la conversación y la música, el murmullo del agua.
Mira a la fuente y piensa: todos ustedes, caballeros, sois nobles,
inteligentes, ricos, estáis a mi alrededor, captáis al vuelo cada palabra mía,
estáis dispuestos a morir a mis pies, pues soy vuestra dueña... Pero ahí, al
lado de la fuente, está esperándome aquel a quien yo quiero, el que es mi
dueño... No lleva trajes lujosos, ni diamantes. Ni nadie lo conoce, pero me
espera y sabe que iré a su encuentro y no hay fuerza en el mundo que pueda
impedir que, cuando yo quiera, vaya a verlo y me quede con él y me pierda con
él en la oscuridad del jardín, bajo el murmullo de los árboles y el sonido de
la fuente...
Zenaida se calló.
-¿Esto es inventado?- preguntó Malevskiy con malicia.
Zenaida ni lo miró siquiera.
-¿Qué hubiésemos hecho nosotros, señoresdijo de repente
Lushin-, si hubiéramos estado entre los invitados y conociésemos la existencia
de ese hombre feliz de la fuente?
-Un momento, un momento- lo interrumpió Zenaida-. Yo misma
les diré lo que haría cada uno.
Usted, Belovsorov, lo desafiaría. Usted, Maidanov,
compondría un epigrama... O no, porque usted no sabe hacer epigramas.
Compondría un poema largo, al estilo de Barbier y publicaría la composición en
«El Telégrafo». Usted, Nirmatskiy, le pediría prestado...
No, le prestaría dinero con interés. Usted, doctor...-
ella hizo una pausa-. En lo que toca a usted, no sé lo que hubiese hecho.
-Haciendo uso de mis derechos de médico de la
corte-contestó Lushin-, le aconsejaría a la reina que no organizara fiestas si
no tiene ningún interés por sus invitados.
-A lo mejor tiene razón. Usted, conde...
-¿Y yo?- preguntó Malevskiy, con su sonrisita de mal
agüero.
-Usted le daría un caramelo envenenado.
El rostro de Malevskiy se torció un poco, apareciendo por
un instante en su cara una mueca judía.
Pero en seguida empezó a reírse.
-Y en lo que toca a usted, Voldemar...- siguió
Zenaida-. Bueno, basta. Vamos a jugar a alguna otra cosa.
-Monsieur Voldemar, en calidad de paje de la reina, le
llevaría la cola del vestido cuando saliese corriendo al jardín- dijo Malevskiy
maliciosamente.
La sangre se me subió a la cabeza. Pero Zenaida,
poniéndome los brazos sobre los hombros en ese mismo instante y levantándose un
poco, dijo con voz temblorosa:
-Nunca le di a su alteza el derecho a ser descortés.
Por eso le pido que haga el favor de marcharse.-
Hizo con la mano una señal hacia la puerta.
-Perdón, princesa- dijo Malevskiy en voz baja, poniéndose
pálido.
-¡La princesa tiene razón!- dijo Belovsorov y también se
levantó.
-Le juro que no lo esperaba- siguió Malevskiy-.
Creo que en mis palabras no había nada que... Ni se me
pasó por el pensamiento ofenderla... Perdóneme.
Zenaida le dirigió una mirada glacial y sonrió fríamente.
-Bueno, quédese- concedió, haciendo un gesto displicente
con la mano-. Nos hemos enfadado inútilmente con monsieur Voldemar. Si tanto le
gusta zaherir... en esta ocasión lo ha conseguido.
-Perdóneme- repitió Malevskiy.
Recordando el gesto de Zenaida, pensé que una reina no
podría mostrar con más dignidad el camino de la calle a un descomedido.
El juego de las prendas no duró mucho después de este
pequeño incidente. Todos se sentían un poco incómodos, no tanto por lo
ocurrido, cuanto por un sentimiento no del todo determinado, pero que abrumaba
a los presentes. Nadie hablaba de ello, pero todos lo advertían dentro de sí
mismos y en el pensamiento del vecino. Maidanov nos recitó sus versos.
Malevskiy, con afectado entusiasmo, los elogió.
«Ahora quiere hacerse el bueno», me dijo Lushin al oído.
Poco después nos fuimos. De pronto, Zenaida se puso meditativa. La vieja
princesa mandó que nos dijesen que le dolía la cabeza.
Nirmatskiy empezó a quejarse de su reumatismo.
Muy pronto nos fuimos.
Durante mucho tiempo no pude cerrar los ojos ni conciliar
el sueño. La historia de Zenaida excitó fuertemente mi imaginación. «¿No habrá
en ella una alusión?- me preguntaba-. ¿A quién aludiría? ¿A qué? Y si
verdaderamente aludía a alguien, ¿cómo pudo tener el valor de...? No, no, no
puede ser»- me decía a mí mismo, cambiando de postura y con las mejillas
ardiendo... Pero evocaba la expresión del rostro de Zenaida cuando contaba su
historia... Recordaba la exclamación que se le escapó a Lushin en el parque Nescuchnoye
y los súbitos cambios de actitud hacía mí, y me perdía en conjeturas. «¿Quién
es?- Parecía que estas dos palabras las tenía ante mis ojos, escritas en la
oscuridad, y que sobre mí colgaban como una nube baja y de mal agüero. Sentía
su peso y esperaba que de un momento a otro iba a estallar la tormenta. A
muchas cosas me había acostumbrado durante la última temporada, muchas cosas
había visto en casa de los Zasequin: desorden, restos de velas, cuchillos y
tenedores rotos, el tétrico aspecto de Bonifacio, los trajes gastados de las
criadas, los ademanes de la vieja princesa... Esa vida extraña ya no me
sorprendía... Pero no me podía acostumbrar a lo que intuía oscuramente en
Zenaida.
«Aventurera» la llamó mi madre al referirse a ella en una
ocasión. Mi ídolo, mi deidad, ¡una aventurera!
Este nombre me quemaba. Quería alejarme de él,
escondiéndome bajo la almohada. Me enfurecía... y al mismo tiempo ¡qué no daría
por ser el hombre feliz de la fuente!
La sangre me empezó a arder. «El jardín... la fuente...-
Pensé-. Me voy al jardín» Me vestí deprisa y salí fuera. La noche era oscura,
los árboles apenas susurraban. Un frío ligero bajaba del cielo, y de la huerta
venía un olor a hinojo. Me paseé por todos los caminos. El sonido leve de mis
pasos me atemorizaba y me daba fuerzas al mismo tiempo. Me detenía, esperaba y
oía cómo latía mi corazón con latidos rápidos y fuertes. Al fin me acerqué a la
valla y me apoyé en ella. De repente, a varios pasos de mí apareció y
desapareció rápidamente la figura de una mujer... ¿Fue una ilusión?... Fijé mi
vista en la oscuridad, corté la respiración... ¿Qué es esto? ¿Son pasos que
oigo, o son los latidos de mi corazón?
«¿Quién está ahí?»- dije yo con voz apenas perceptible.
Y esto ¿qué es? ¿Una risa reprimida?... ¿el murmullo de
las hojas?... ¿o el suspiro casi al lado de mi oído? El miedo empezó a
apoderarse de mí...
«¿Quién está ahí?»- repetí con una voz aún más baja.
El aire vibró por un instante. Un punto encendido trazó
una línea de luz: era una estrella que caía.
«¿Zenaida?», quise preguntar, pero la palabra murió.- en
mis labios. Y de repente un profundo silencio se hizo a mi alrededor, tal y
como sucede a medianoche...
Hasta los grillos cesaron de cantar en los árboles.
Sólo se oyó el ruido de una ventana entornada. Estuve
quieto durante un rato y luego volví a mi habitación, a mi cama ya fría. Sentía
una extraña emoción: como si hubiese ido a una cita y hubiera quedado solo
viendo pasar la dicha de otro.
Capítulo XVII
Al día siguiente pude ver a Zenaida sólo durante unos
instantes. Se fue a no sé dónde con la vieja princesa. Pero vi a Lushin, que
por cierto apenas se dignó saludarme, y también a Malevskiy. El joven conde
movió los labios en una sonrisa y empezó a hablar conmigo amistosamente. De los
visitantes de Zenaida era el único que había podido introducirse en nuestra
casa y conquistar la confianza de mi madre.
Mi padre no lo soportaba y le hablaba con una cortesía
insultante.
-¡Ah!, Monsieur le page empezó Malevskiy-. Encantado de
verle. ¿Qué hace su bella reina?
Su rostro de color lozano y de bellas facciones me era tan
antipático y me miraba con un aire tan despectivo, que no le contesté.
-¿Todavía está usted enfadado?- prosiguió-. No tiene usted
razón. No he sido yo el que os ha nombrado paje, y son las reinas las que
tienen pajes por lo general. Pero permítame que le diga que cumple mal con su
obligación.
-¿Por qué?
-Los pajes no tienen que dejar a sus señoras ni a sol ni a
sombra. Los pajes tienen que saber todo lo que hacen. Hasta tienen que
observarlas- dijo él, bajando la voz- de día y de noche.
-¿Qué quiere usted decir?
-¿Qué quiero decir? Pues creo que hablo claro.
De día y de noche. De día todavía puede pasar. De día hay
luz y pasa mucha gente. Pero de noche es cuando nos acecha el peligro. Le
aconsejo no dormir por las noches y observar, observar sin descanso.
Acuérdese: en el parque, de noche, al lado de la
fuente..., ahí es donde hay que estar al acecho. Me dará las gracias.
Malevskiy rió y se volvió de espaldas. Al principio no di
mucha importancia a lo que me dijo. Tenía la reputación de un buen mistificador
y era conocido por su habilidad en hacer juegos de mistificación en los bailes
de máscaras, a lo que ayudaba mucho esa falsedad, casi inconsciente, que
impreginaba todo su ser... Quiso burlarse un poco de mí, pero cada palabra suya
se infiltraba como veneno en todos mis poros. La sangre se me subió a la
cabeza.
«¡Ah, de modo que esas tenemos!- me dije a mí mismo-.
Maravilloso, Esto quiere decir que no en balde sentía la necesidad de ir al
jardín. ¡No lo permitiré!- dije, dándome un golpe en el pecho con el puño,
aunque a decir verdad no sabía qué era lo que no iba a permitir- Ya sea
Malevskiy el que venga de visita (puede haberse ido de la lengua, pues es lo
suficientemente descarado) o cualquier otra persona (la valla de nuestro jardín
es baja y no hay dificultad en saltarla), se acordará muy bien de mí el que lo
haga. No le aconsejo a nadie verse conmigo cara a cara... Demostraré a todo el
mundo y a ella la traidora (al fin la llamé traidora) que sé tomarme la
venganza por mi mano.»
Me fui a mi habitación, saqué del cajón de mi escritorio
una pequeña navaja de fabricación inglesa, que acababa de comprar, y frunciendo
el ceño me la metí en el bolsillo con cara de fría y concentrada decisión, como
si no se tratase de nada nuevo ni extraño para mí.
Un impulso malicioso me levantó el corazón y me lo
petrificó en el pecho. Hasta que cayó la tarde no desapareció el fruncimiento
de ceño, ni tampoco despegué los labios. Iba de una lado para otro, con la
navaja oculta en el bolsillo, apretándola en la mano y preparándome de antemano
para algo terrible.
Estos desconocidos sentimientos llamaron tanto mi
atención, que puede decirse que casi no pensaba en Zenaida. Me venía a la
imaginación Aleco, el joven gitano. «¿A dónde vas, bello joven? Yace ... » y
luego:
«Estás cubierto de sangre... ¿Qué has hecho?...
Nada...» ¡Con qué cruel sonrisa repetía este «nada»!
Mi padre no estaba en casa, pero mi madre, que desde hacía
algún tiempo estaba en un estado permanente de sorda irritabilidad, que no la
dejaba casi ni un momento, se fijó en mi semblante fatal y me dijo a la hora de
la cena:
-¿Por qué refunfuñas como un ratón ante un montón de
grano?
Yo me limité a sonreír condescendientemente y pensé: «¡Si
lo supieran!» Dieron las once. Me marché a mi habitación, pero no me desvestí.
Esperaba la llegada de la medianoche. Por fin dieron las doce.
«¡Ya es hora!», dije. Casi sin abrir la boca, abrochándome
todos los botones y hasta arremangándome, salí al jardín.
Escogí de antemano el sitio donde me pondría al acecho:
era al final del jardín, donde la valla que dividía nuestra propiedad de la de
los Zasequin terminaba en un muro común y había un abeto solitario.
Oculto por su ramaje bajo y espeso podía observar
cómodamente en la medida en que lo permitiera la oscuridad de la noche todo lo
que pasara a mi alrededor. Allí mismo serpenteaba un camino, que siempre me
pareció misterioso. Como una culebra, se metía por debajo de la valla, que en
ese sitio conservaba las huellas de pies que habían saltado por encima de ella,
y conducía a una glorieta rodeada de un tupido ramaje de acacias. Llegué a
donde estaba el abeto, me apoyé en el tronco y me puse al acecho.
La noche era tan tranquila como el día anterior.
Pero en el cielo había bastante menos nubes y las siluetas
de los arbustos, hasta de las flores altas, se distinguían mejor. Los primeros
momentos de la espera fueron agobiantes, casi aterradores. ¡Estaba dispuesto a
todo! Sólo pensaba qué haría cuando llegara el momento. Gritaría: «¿A dónde
vas? ¡Quieto! ¡O lo confiesas o te mato!» ¿O asestaría el golpe sin más? Cada
sonido, cada susurro, cada murmullo, me parecía lleno de sentido profundo,
fuera de lo común... Estaba preparado... Me incliné hacia adelante... Pero pasó
media hora, pasó una hora... Mi sangre se calmaba y se entibiaba. La idea de
que todo esto era en vano, que era hasta ridículo, que Malevskiy me había
gastado una broma empezó a adueñarse de mí. Dejé mi lugar de vigilancia y di
una vuelta por el jardín. Como si todo en la naturaleza se hubiese puesto de
acuerdo, no se oía ningún ruido. Todo estaba tranquilo. Hasta el perro dormía
hecho un ovillo a la entrada. Me subí a las ruinas del invernadero. Vi ante mí
el campo lejano, recordé mi encuentro con Zenaida y quedé pensativo.
De pronto, me estremecí... Me pareció oír cómo chirriaba
una puerta que se abría. Luego, un ligero crujido de una ramita rompiéndose. En
dos saltos bajé de las ruinas y me quedé quieto en el sitio. En el jardín se
oían claramente unos pasos ligeros y rápidos, pero cautelosos... Se acercaban
hacia mí.
«¡Aquí está..., aquí está al fin!», cruzó como un rayo por
mi corazón. Saqué precipitadamente la navaja del bolsillo y convulsivamente la
abrí. Unas chispas rojas empezaron a aparecer en mis ojos. De miedo y rabia
empezó a erizárseme el cabello. Los pasos se orientaban derechos hacia mí. Yo
estuve quieto, esperando... Apareció un hombre... ¡Dios mío! ¡Era mi padre!
Lo conocí en el acto, aunque iba embozado en una capa
oscura y con el sombrero encasquetado hasta los ojos. Pasó de puntillas delante
de mí. No me vio, aunque nada me ocultaba, pero me contraje y encogí tanto, que
hasta creo que me igualé con la tierra. El celoso Otelo, dispuesto a asesinar,
se convirtió de repente en un escolar. La aparición de mi padre me asustó
tanto, que ni siquiera me di cuenta en los primeros instantes de dónde venía ni
hacia dónde desapareció. Sólo entonces, después de la sorpresa, me levanté y
pensé: «¿Por qué estará mi padre de noche en el jardín?» Pero ya estaba todo
tranquilo alrededor. A causa del miedo se me había caído la navaja en la
hierba, pero ni siquiera intenté buscarla. Estaba muy avergonzado. Poco a poco
volví en mí. Pero al regresar a casa me acerqué a mi pequeño banco, situado
bajo un arbusto de saúco, y miré a la ventana de la habitación de Zenaida. Los
diminutos cristales de la pequeña ventana despedían una tenue luz azul bajo el
débil reflejo que caía del cielo. De repente su color empezó a cambiar...
Detrás de los cristales (lo veía, lo veía claramente) comenzó a descender una
cortina blanca, hasta que bajó totalmente y quedó inmóvil.
-¿Qué ha sucedido?- dije en voz alta, casi
involuntariamente, cuando me vi otra vez en mi habitación-.
Un sueño, una casualidad, o...
Las conjeturas que empezaron a surgir en mi fantasía eran
tan nuevas y tan extrañas, que hasta
carecía de valor para meditarlas.
Capítulo XVIII
Me levanté por la mañana con dolor de cabeza.
Las emociones de la víspera estaban lejanas. En su lugar
vino una perplejidad penosa y una tristeza que antes no había conocido. Era
como si algo muriese en mí.
-¿Por qué parece un conejo al que le han extraído la mitad
del cerebro?- me dijo al verme Lushin.
Durante el desayuno miraba furtivamente unas veces a mi
padre y otras a mi madre. Como siempre, él estaba tranquilo, y ella, según
costumbre, en estado de secreta irritación. Esperaba que mi padre me hablase
amistosamente como lo hacía de vez en cuando... Pero ni siquiera me hizo su
fría caricia de todos los días. «¿Se lo cuento todo a Zenaida?- pensé-.
¡Qué más da ya! Todo ha terminado entre nosotros.
» Me fui a verla, pero no sólo no le conté nada, sino que
ni siquiera la pude ver como yo hubiese deseado. El hijo de la princesa, un
cadete de unos doce años, había llegado de San Petersburgo para pasar las
vacaciones. Enseguida Zenaida me encomendó el cuidado de su hermano.
-Aquí os presento- dijo, dirigiéndose a su hermano- a mi
querido Volodia (me llamaba así por primera vez), gran amigo mío. También él se
llama Volodia. Quiéralo, por favor. Todavía es un salvaje, pero tiene buen
corazón. Llévelo a Nescuchnoye, pasee con él, tómelo bajo su protección.
¿Verdad que lo hará? ¡También usted es tan bueno!
Puso cariñosamente sus manos sobre mis hombros y yo me
quedé desconcertado. La llegada de este niño me convertía en niño a mí también.
Miraba sin decir palabra al cadete, que tan silencioso como yo me miraba a mí.
Zenaida rió y nos empujó al uno hacia el otro.
-¡Dense un abrazo, niños!-. Nos dimos un abrazo.
-¿Quiere ir conmigo al jardín?- le pregunté al cadete.
-Como usted quiera- dijo él con voz silbante, enteramente
de cadete.
Zenaida volvió a reír. Tuve tiempo de fijarme que nunca su
rostro había tenido un color tan maravilloso.
El cadete y yo nos marchamos. En el jardín había un columpio
viejo. Le hice sentar en una tabla estrecha y empecé a columpiarlo. Estaba
sentado inmóvil, con su uniforme de paño grueso con anchas cintas doradas,
agarrando fuertemente las cuerdas del columpio.
-Pero desabróchese el cuello- le dije.
-No importa, estamos acostumbrados- dijo y tosió un poco.
Se parecía a su hermana, sobre todo en los ojos.
Me resultaba agradable ocuparme de él, pero al mismo
tiempo aquel dolor sordo seguía royendo mi corazón. «Ahora, efectivamente, soy
un niño- pensaba-, pero ayer...» Me acordé del sitio donde el día anterior
perdí la navaja y la encontré. El cadete me la pidió, cortó un tallo grueso, se
hizo un silbato y empezó a silbar. Otelo también tocó un poco el instrumento.
¡Pero cómo lloraba por la tarde ese mismo Otelo en los
brazos de Zenaida, cuando encontrándolo en un rincón del jardín le preguntó por
qué estaba tan triste? Las lágrimas irrumpieron con tal fuerza, que Zenaida se
asustó. «¿Qué le pasa? ¿Qué le pasa, Volodia?»- repetía y, viendo que no
contestaba y seguía llorando, intentó, intentó darme un beso en la mejilla
mojada. Pero volví la cara y dije, tratando de sofocar los sollozos:
-Lo sé todo. ¿Por qué jugó conmigo como con un juguete?
¿Qué falta le hacía mi amor
-Soy culpable ante usted, Volodia- dijo Zenaida-
. ¡Ah, soy muy culpable...!- dijo y apretó las manos-.
¡Cuánto de malo, oscuro, pecaminoso, hay en mí...!
Pero ahora no juego con usted, lo quiero. Usted mismo no
puede suponer por qué y cómo... Pero... ¿qué es lo que sabe?
¿Qué podía decirle? Estaba delante de mí y me miraba. Y yo
le pertenecía todo entero, desde la cabeza hasta los pies, cuando me miraba...
Un cuarto de hora después ya estaba corriendo y jugando con el cadete y
Zenaida. No lloraba. Reía, aunque de los párpados, un poco hinchados, caía al
reírme una lágrima. En el cuello, en vez de la corbata, llevaba una cinta de
Zenaida. Grité de alegría cuando pude alcanzarla. Hacía conmigo lo que quería.
Capítulo XIX
Me vería en una situación muy difícil si me pidieran que
contase lo que me sucedió la semana que siguió a mi expedición frustrada. Fue
una temporada extraña, llena de nerviosismo, un verdadero caos en el que
sentimientos opuestos, pensamientos, sospechas, esperanzas, alegrías y
sufrimientos se arremolinaban en un torbellino. Me daba miedo verme por dentro,
si es que un niño de dieciséis años puede mirar en su interior. Me daba miedo
tomar conciencia de cualquier cosa. Simplemente procuraba vivir el día desde la
mañana hasta la tarde.
Pero de noche dormía, ya que la irresponsabilidad infantil
me ayudaba a ello. No quería saber si yo era amado, y no quería confesarme a mí
mismo que no me querían. Trataba de no ver a mi padre, pero a Zenaida no podía
dejar de verla... En su presencia sentía como si un fuego me quemase. Pero,
¿para qué necesitaba saber qué fuego era ese que me hacía arder y derretirme,
si era tan dulce arder y derretirse?
Me dejaba llevar por todas las emociones y me engañaba a
mí mismo. No permitía que los recuerdos me invadiesen y cerraba los ojos a lo
que presentía habría de suceder en el futuro... Esta languidez no podía durar
mucho... Un suceso inesperado hizo que todo cesase y que las cosas tomasen otro
rumbo.
Cuando un día volví para comer después de un paseo
bastante largo, me enteré con asombro de que comería solo, que mi padre se
había marchado y que mi madre estaba indispuesta. No quería comer y se había
encerrado en su dormitorio. Por la cara de la servidumbre intuí que algo
extraordinario había sucedido. No me atrevía a preguntar, pero tenía un amigo,
el joven cocinero Felipe- muy aficionado a los versos y que tocaba muy bien la
guitarra-, a quien me dirigí. Por él supe que se había producido una disputa terrible
entre mis padres (en la habitación de la servidumbre femenina se oía todo,
hasta la última palabra; gran parte de la conversación fue en francés, pero
Masha, la doncella de mi madre, había vivido cinco años con una modista en
París y lo comprendía todo); que mi madre había acusado a mi padre de
infidelidad, de relacionarse con la señorita vecina, y que mi padre intentó
primero justificarse y luego no se pudo contener y a su vez pronunció no sé qué
palabras muy crueles (parece que sobre su edad), por lo que mi madre se puso a
llorar. Supe que mi madre habló de una letra de cambio extendida a favor de la
vieja princesa, según decía, y que habló muy mal de ella y también de la joven
señorita, y que entonces mi padre hasta la amenazó.
-Y toda esta situación- seguía Felipe- ha sido ocasionada
por una carta anónima. No se sabe quién la ha escrito. Si no es así, ¿cómo
hubiesen podido salir a la luz del sol cosas como éstas, si no hay razón para
ello?
- Pero, ¿es que ha habido algo?- dije con dificultad,
sintiendo que las manos y los pies se me helaban y que algo en mi pecho
empezaba a temblar.
Felipe hizo un guiño significativo.
Sí. Eso no hay manera de ocultarlo. ¡Cuidado que ha sido
su padre cauteloso esta vez, pero siempre hay que encargar un coche o lo que
sea...! No se puede prescindir en estos casos de la gente.
Dije a Felipe que se marchara y me tiré en la cama. No
prorrumpí en sollozos, no me dejé llevar por la desesperación, no me pregunté
cómo y cuándo pudo ocurrir eso, no me sorprendí, como lo hubiese hecho antes,
de no haber sido capaz de adivinarlo hace tiempo... Ni siquiera murmuré de mi
padre. Lo que supe era superior a mis fuerzas. Esta súbita revelación me
aplastó... Todo había terminado.
Todas mis flores habían sido arrancadas de un tirón y
yacían a mi alrededor, tiradas por el suelo y pisoteadas.
Capítulo XX
Al día siguiente mi madre anunció que volvía a la ciudad.
Por la mañana mi padre entró en su dormitorio y estuvo mucho tiempo encerrado
con ella.
Nadie pudo oír lo que le dijo, pero después de la
entrevista mi madre ya no seguía llorando. Se tranquilizó y pidió que le
trajesen de comer, pero no apareció en la sala y no revocó la orden. Me acuerdo
de que estuve vagando toda la tarde, pero no entré en el jardín y no miré ni
una sola vez hacia el ala de los Zasequin. Por la tarde fui testigo de un
acontecimiento extraordinario. Mi padre llevó a Malevskiy, cogiéndolo del
brazo, hasta la puerta de salida, atravesando la sala. En presencia del lacayo
le dijo fríamente:
-Hace unos días que a su alteza, en una casa, le enseñaron
la puerta de salida. Ahora no voy a entrar en explicaciones con usted, pero
tengo el honor de comunicarle que, si me honra con su visita otra vez, lo
tiraré por la ventana. No me gusta su letra.
El conde se inclinó, hizo crujir los dientes, y agazapado
desapareció.
Empezaron los preparativos del viaje a Moscú, a Arbat,
donde teníamos la casa. Mi padre, por lo visto, tampoco quería permanecer más
tiempo en la dacha. Pero, al parecer, supo convencer a mi madre para que no
armase un escándalo. Todo se hacía con sigilo, sin prisas incluso mi madre
envió a un criado para que saludase a la princesa y le comunicase que por su
estado de salud no podía verla antes de marchar. Yo vagaba como un enajenado y
sólo quería una cosa: que terminase todo cuanto antes.
Una cosa no lograba comprender. ¿Cómo ella, una chica
joven, buena y princesa después de todo, había podido decidirse a eso, sabiendo
que mi padre no era un hombre libre, y pudiendo casarse, si hubiese querido,
con Belovsorov? ¿Qué era lo que ella esperaba? ¿Cómo no temió sacrificar su
futuro? Sí, pensaba, eso sí que es amor, eso sí que es pasión, eso sí que es
fidelidad. Y recordaba las palabras de Lushin: «¡Qué dulce es sacrificarse!
¡Dulce... para otros!» Una vez pude ver en la ventana del ala de la casa una
mancha pálida. «¿Será posible que eso sea el rostro de Zenaida?», pensé...
Efectivamente, era su rostro... No pude resistir más. No podía dejarla sin
decirle el último adiós. Busqué una oportunidad y me fui a verla.
En la sala me recibió la vieja princesa con su saludo de
siempre, indiferente y descortés.
-¿Por qué se marchan tan, precipitadamente?- dijo
metiéndose rape en ambos agujeros de la nariz.
La miré y me tranquilicé. La palabra «letra de cambio» que
dijo Felipe me martirizaba. No sospechaba nada, por lo menos así me parecía.
Zenaida apareció por la habitación de al lado, vestida de negro, pálida, con el
cabello suelto. Me cogió de la mano y me invitó a seguirla.
-Oí su voz- empezó- y salí inmediatamente.
¿Tan fácil era para usted abandonarnos niño malo?
-Vine a despedirme de usted, princesa- contesté-.
Probablemente, para siempre. Ya habrá oído que nos vamos.
Zenaida me miró fijamente.
-Sí, lo sé. Gracias por haber venido. Pensaba que ya no lo
vería jamás. No me guarde rencor. A veces lo he hecho sufrir, pero no soy como
usted se imagina.
Se dio la vuelta y se apoyó en la ventana.
-De verdad que no soy así. Sé que no tiene buen concepto
de mí.
-¿Yo?
-Sí, sí, usted.
-¿Yo?- repetí tristemente y mi corazón empezó a vibrar
otra vez bajo la acción de su encanto irresistible e inexpresable-¿Yo? Créame,
Zenaida Alexandrovna, que haga usted lo que haga, me martirice como me
martirice, la querré y la adoraré hasta el fin de mis días.
Ella se volvió hacia mí rápidamente y, extendiendo las
manos, abrazó mi cabeza y me dio un beso fuerte y apasionado. Sólo Dios sabe a
quién buscaba ese beso largo de despedida, pero participé ávido de su dulzura,
porque sabía que no se volvería a repetir: «¡Adiós, adiós!», repetía.
Me apartó y salió de la habitación. También yo me fui. No
soy capaz de expresar el sentimiento con que me marché. No quisiera que se
repitiese, pero me consideraría infeliz, si no lo hubiese experimentado nunca.
Nos fuimos a vivir a la ciudad. Tuvo que pasar algún
tiempo hasta que pude olvidarme del pasado y ponerme a trabajar. Lentamente mi
herida se iba curando. Pero contra mi padre no tenía ningún resentimiento.
Al contrario, había crecido mi estimación hacia él. Que
los psicólogos expliquen esta contradicción como mejor puedan. Una vez iba por
uno de los bulevares y topé, para gran satisfacción mía, con Lushin. Lo quería
por su carácter abierto y sin doblez; además, me era caro por lo que evocaba en
mí. Me fui corriendo hacia él.
-Ah- dijo frunciendo el ceño-. ¿Es usted, joven?
Déjeme que lo vea. Está todavía un poco mal de cara, pero
ya no hay tristeza en los ojos. Ya parece usted un hombre y no un perro
faldero. Eso está bien. ¿Trabaja?
Suspiré, No quería mentirle, pero me daba vergüenza
decirle la verdad.
-Bueno, no importa- siguió Lushin-. No se desanime.
Lo principal es vivir como Dios manda y no dejarse llevar
por las pasiones. ¿Para qué? Te lleve donde te lleve la ola, siempre irás de
mal en peor. El hombre tiene que estar firme sobre sus pies, aunque sólo sea
encima de una piedra. Yo parece que estoy un poco enfermo. En cambio,
Belovsorov... ¿pero sabe lo que le ocurrió?
-No ¿Qué ha pasado?
-Desapareció. Dicen que se fue al Cáucaso. Una lección
para usted, joven. Y todo es por no saber despedirse a tiempo. Usted parece que
no ha salido mal parado esta vez. Tenga cuidado, no se deje atrapar otra vez.
¡Adiós!
«No me atraparán- pensé-. No la veré jamás»
Pero quiso el destino que viese a Zenaida una vez más.
Capítulo XXI
Mi padre salía diariamente a darse un paseo a caballo.
Tenía un magnífico ejemplar de pura sangre, de raza inglesa, de cuello fino y
patas largas, desbordante de energía y de muy mal carácter. Se llamaba
Eléctrico. Sólo mi padre sabía dominarlo.
Una vez entró a verme de muy buen humor, cosa que hacía
tiempo no sucedía con él. Quería salir de paseo y ya se había puesto las
espuelas. Empecé a pedirle que me llevase con él.
-Mejor es que juguemos al juego de saltacabrillas- me
contestó mi padre-. Porque con tu caballo alemán no creo que puedas alcanzarme.
-Claro que puedo. Me pondré también espuelas.
-De acuerdo, entonces.
Nos pusimos en camino. Tenía un caballo moro, muy peludo,
muy fuerte de pies y bastante veloz.
Es verdad que tenía que esforzarme mucho cuando Eléctrico
iba al trote, pero no me quedaba rezagado a pesar de todo. Jamás vi un jinete
como mi padre.
Montaba con tanta gracia y con agilidad desdeñosa tal, que
parecía que el caballo que tenía debajo apreciaba estas cualidades y hacía
alarde de su jinete.
Pasamos los bulevares, visitamos el Devichye Pole,
saltamos varias veces alguna valla (al principio, me daba miedo saltar, pero mi
padre despreciaba a los pusilánimes, por lo cual dejé de temer), pasamos dos
veces el río Moscova y ya pensaba que volveríamos pronto a casa, puesto que mi
padre había observado que mi caballo estaba cansado. De repente, se desvió a un
lado cuando estábamos en el vado Krimsquiy Brod y siguió por la orilla del río.
Lo seguí. Cuando llegamos a un montón apilado de troncos
viejos, saltó ágilmente de Eléctrico, me mandó que bajase y, dándome las
riendas de su caballo, me pidió que lo esperase allí mismo, al lado de los
troncos. Habiéndome dicho esto, torció por una callejuela lateral y
desapareció. Empecé a andar arriba y abajo llevando detrás de mí los caballos y
riñendo con Eléctrico, que en plena marcha de vez en cuando sacudía la cabeza,
se quitaba el polvo, resoplaba, relinchaba y, cuando paraba, escarbaba la tierra
con la pezuña y mordía relinchando a mi caballo alemán en el cuello. En una
palabra, se comportaba como un pursang mimado. Mi padre no volvía. Del río
llegaba un vaho húmedo y desagradable.
Comenzó a caer una lluvia menuda que pintó de puntitos
minúsculos los troncos en cuya proximidad deambulaba. Ya me había aburrido más
de lo que hubiese querido. No podía más y mi padre no acababa de venir. Un
guardia urbano finlandés, también gris de arriba abajo como los troncos, con un
enorme chacó en forma de tiesto sobre su cabeza y con un alabarda en la mano
(¡qué falta hacía un guardia urbano en la orilla del río Moscova!) se me acercó
y torciendo hacia mí su cara de anciano llena de arrugas, dijo:
-¿Qué hace aquí con los caballos, señorito? Déjeme que les
eche una ojeada.
No le contesté. Mi pidió tabaco. Para que me dejara
tranquilo (también la impaciencia me acuciaba) di unos cuantos pasos en la
dirección que se había ido mi padre. Luego recorrí la pequeña bocacalle hasta
el final, doblé la esquina y me paré. En la calle, a unos cuarenta pasos de mí,
al lado de la ventana de una casita de madera, vuelto de espaldas, estaba mi
padre. Se apoyaba con el pecho en el marco de la ventana. En la casita, medio
oculta por la cortina, había una mujer sentada, vestida de negro, que hablaba
con mi padre. Esa mujer era Zenaida.
Me quedé de una pieza. Esto sí que no lo esperaba.
Mi primer impulso fue el de salir corriendo.
«Mi padre se dará la vuelta y entonces estoy perdido»,
pensé, pero un sentimiento extraño, más fuerte que la curiosidad, más fuerte
inclusive que los celos, más fuerte que el temor, me hizo permanecer donde
estaba. Empecé a observar, haciendo esfuerzos por oír alguna palabra. Parecía
que mi padre insistía en algo. Zenaida se negaba. Como si fuese ahora, veo su
rostro triste, serio, bello y con un sello de lealtad, melancolía y amor,
imposible de ser descrito... Y también de desesperación. No puedo encontrar
otra palabra. Pronunciaba palabras monosilábicas, sin levantar la vista y sólo
sonreía, sumisa y obstinada.
Sólo por esa sonrisa reconocí a mi Zenaida de otros
tiempos. Mi padre movió los hombros y se puso bien el sombrero, lo cual era en
él una señal de que empezaba a perder la paciencia... Luego pude oír unas palabras.
«Vous devez vous séparer de cette…» Zenaida se levantó y tendió la mano... De
repente, algo insólito ocurrió ante mis ojos: mi padre levantó el látigo con el
que estaba sacudiéndose el polvo de los faldones de su chaqueta y se oyó un
golpe seco que cayó sobre la mano descubierta hasta el codo.
Me costó trabajo contener el grito. Zenaida se estremeció,
miró silenciosa a mi padre y, levantando lentamente su mano hacia sus labios,
besó la cicatriz roja. Mi padre tiró el látigo, subió veloz las gradas del
pequeño porche y entró en la casa... Zenaida dio la vuelta y, extendiendo las
manos, inclinó la cabeza hacia atrás y también se apartó de la ventana.
Encogido por el susto, con el horror de lo incomprensible
en el corazón, corrí hacia atrás y, después de haber retrocedido por la
callejuela y de haber dejado a Eléctrico detrás de mí, me volví a la orilla del
río. No podía comprender nada. Sabía que mi padre, aunque frío y dueño de sí
mismo, a veces se dejaba llevar por arrebatos de furor. A pesar de esto no
podía entender qué es lo que había visto...
Pero en ese mismo instante comprendí que viviese lo que
viviese me sería imposible olvidar, durante toda la eternidad, el movimiento,
la mirada y la sonrisa de Zenaida. Comprendí que su imagen, esa imagen nueva
que súbitamente se me había aparecido, quedaría grabada para siempre en mi
memoria.
Miraba estúpidamente al río y no me daba cuenta de que las
lágrimas se me estaban cayendo. «La están pegando- pensaba-, pegando...
pegando...»
-¿Qué te pasa? ¡Dame el caballo!- oí detrás de mí la voz
de mi padre.
Le di automáticamente las riendas. Montó sobre
Eléctrico... El caballo, un poco resfriado, se encabritó y dio un salto de unos
tres metros... pero mi padre lo dominó muy pronto. Le metió las espuelas y le
dio un golpe con el puño en el cuello...
-¡Demonio, no tengo látigo!- murmuró.
Recordé el silbido y el golpe del látigo que había oído
hace unos instantes y me estremecí.
-¿Dónde lo has perdido?- le pregunté a mi padre un poco
después.
Mi padre no me contestó y lanzó el caballo al galope. Lo
alcancé. Quería ver su cara.
-Te habrás aburrido solo- dijo abriendo apenas la boca.
-Un poco. Pero, ¿dónde has perdido el látigo?- le pregunté
otra vez.
Me lanzó una mirada rápida.
-No lo he perdido- dijo-. Lo he tirado.
Se puso meditabundo y bajó tristemente la cabeza.
Y sólo entonces, por primera y última vez, pude ver cuánta
ternura y compasión podían expresar sus rasgos severos.
Otra vez lanzó el caballo al galope, pero yo no pude
alcanzarlo. Llegué a casa un cuarto de hora después.
«Esto sí que es amor- me decía una y otra vez, cuando de
noche estaba sentado al lado de mi mesa de trabajo, en la que empezaron a
aparecer los cuadernos y los libros-. ¿Cómo no indignarse, cómo soportar un
golpe, de cualquier mano, aunque sea la más querida? Pero parece que sí puede
ser, si amas...» Y yo... ¿yo qué pensaba...?
El último mes me hizo envejecer, y mi amor, con sus
emociones y sufrimientos, me pareció a mí mismo algo pequeño, pueril,
insignificante ante la dimensión desconocida del otro amor, sobre el cual
apenas podía hacer conjeturas. Me asustaba como un rostro desconocido, bello
pero amenazante, al que en vano te esfuerzas por ver en la penumbra.
Un sueño extraño y espantoso tuve esa misma noche. Me
pareció entrar en una habitación oscura de techo bajo... Mi padre está con un
látigo en la mano dando patadas en el suelo. En el rincón, acurrucada, está
Zenaida con una cicatriz roja no en la mano, sino en la frente... Detrás de
ellos, todo cubierto de sangre, se yergue Belovsorov, que abre sus labios
pálidos y amenaza furioso a mi padre.
Dos meses después ingresé en la Universidad, y medio año
después mi padre murió (de un ataque) en Petersburgo, donde acababa de llegar
con mi madre y conmigo. Días antes de morir recibió una carta de Moscú, que le
emocionó profundamente...
Entró a pedir no sé qué a mi madre y, según me dijeron,
él, ¡mi padre!, hasta lloró. El mismo día que tuvo el ataque por la mañana
empezó una carta dirigida a mí, redactada en francés. «Hijo mío- me escribía-,
teme al amor de una mujer, teme esa dicha, ese veneno... Mi madre, después de
su muerte, envió una importante cantidad de dinero a Moscú.
Capítulo XXII
Pasaron unos cuatro años. Acababa de terminar la carrera y
no sabía todavía a ciencia cierta qué iba a ser de mí, a qué puerta iba a
llamar. Mientras tanto, paseaba sin hacer nada. Un día por la tarde vi en el
teatro a Maidanov. Ya se había casado y conseguido un empleo, pero él no había
cambiado. Se emocionaba lo mismo que antes, cuando no venía a cuento se
deprimía con la misma rapidez.
-¿Sabe- dijo, como quien no quiere la cosa- que la señora
Dolskiy está aquí?
-¿Qué señora Dolskiy?
-¿Es que no se acuerda? La que fue la princesa
Zasequin, de la que estábamos enamorados todos, incluso
usted. ¿Se acuerda? En la dacha, en frente de
Nescuchnoye...
-¿Está casada con Dolskiy?
-Sí.
-Y ¿está aquí, en el teatro?
-No, está en Petersburgo ha venido aquí hace unos días.
Luego viajará al extranjero.
-¿Quién es su marido?- pregunté.
-Un chico estupendo. Y rico. Estamos empleados en el mismo
departamento en Moscú. Comprenderá que después de lo que pasó... Usted debe
saberlo todo muy bien (Maidanov sonrió misteriosamente).
No le fue fácil casarse. La cosa tuvo sus consecuencias...
Pero con su inteligencia todo es posible. Vaya a verla. Se alegrará mucho de
verlo.
Está aún más hermosa.
Maidanov me dio las señas de Zenaida. Estaba alojada en el
hotel Demut. Recuerdos de otros años empezaron a revivir en mí. Me prometí
visitar a mi pasión pretérita al día siguiente. Pero tuve que hacer algo
urgente y pasó una semana, luego otra y, cuando al fin me acerqué al hotel
Demut y pregunté por la señora de Dolskiy, supe que había muerto
inesperadamente cuatro días antes, al dar a luz.
Algo me golpeó el corazón. La idea de que podía haberla
visto y no la vi y el pensamiento amargo de que no la vería nunca más me
fustigaban con toda la fuerza de un justo reproche. «¡Ha muerto!», repetía
mirando estúpidamente al portero.
Me puse a caminar sin rumbo fijo. Todo lo que había
significado para mí salió otra vez a la superficie y se puso ante mis ojos. La
muerte había sido la solución, la meta hacia la que había ido acelerando el
paso una vida joven apasionada, brillante y llena de emoción. Esto iba
pensando. Me imaginaba sus rasgos tan queridos, sus ojos, su pelo, encerrados
en una caja angosta, en la húmeda oscuridad de la tierra, aquí mismo, cerca de
mí, que todavía vivo, y probablemente a varios pasos de mi padre. Pensaba todo
esto, esforzando la imaginación, mientras que los versos
«De labios indiferentes escuchaba la nueva de la muerte
Y la oía con indiferencia...» resonaban en mi alma. ¡Oh
juventud, juventud!, nada te importa. Te parece poseer todos los tesoros del
universo y hasta la tristeza te es agradable. Eres engreída y soberbia. Dices:
«ved, soy la única que vivo», y, sin embargo, tus días también pasan y
desaparecen sin dejar rastro apenas. Todo lo que hay de ti desaparece, como la
cera al sol, como la nieve...
Y quién sabe si el misterio de tu encanto está no en la
posibilidad de hacerlo todo, sino en la posibilidad de pensar que todo lo
harás; está en que derrochas inútilmente las fuerzas que de todos modos no
hubieses sabido emplear en otra cosa; está en que cada uno de nosotros piensa
completamente en serio que ha sido un derrochador, que completamente en serio
se imagina que tiene derecho a decir:
¡Lo que hubiera hecho si no hubiese desperdiciado el
tiempo!
Y heme aquí, preguntándome qué esperaba, en qué confiaba,
qué porvenir tan brillante se me presentaba, después de acompañar con un
suspiro, con un sentimiento triste el fantasma de mi primer amor, que apareció
por un instante.
¿Qué se ha cumplido de todo aquello que esperaba?
En este momento, cuando sobre mi vida empiezan a cernirse
las sombras de la tarde, ¿qué otra cosa me queda más lozana y más querida que
los recuerdos de esa tormenta matinal de primavera que tan deprisa pasó?
Pero creo que me calumnio injustamente. Tampoco entonces,
en aquel tiempo irresponsable de la juventud, fui sordo a esa voz triste que
clamó por mí, esa voz solemne que me llegó desde la tumba.
Me acuerdo de que unos días después de enterarme de la
muerte de Zenaida, yo mismo, dominado por una irresistible fuerza de atracción,
asistí a la muerte de una pobre viejecita que vivía en la misma casa que
nosotros. Cubierta de harapos, acostada sobre duras tablas, con un saco por
almohada moría, tras sufrir una penosa agonía. Pasó toda su vida en una lucha
constante con la miseria de cada día. No vio nunca días alegres y no probó la
miel de la felicidad.
¡Cómo no iba a alegrarse de que haya llegado la muerte, la
libertad, el reposo! Y no obstante, mientras su decrépito cuerpo resistía,
mientras su pecho se levantaba bajo la mano de hielo que la oprimía, mientras
no la abandonaron sus últimas fuerzas, la viejecita se persignaba y decía con
voz apenas perceptible:
«¡Dios mío, perdóname los pecados...!»
Sólo con la última chispa de conciencia desapareció de sus
ojos la expresión de miedo y horror ante la muerte. Y recuerdo que aquí, ante
el lecho de esta pobre viejecita, sentí miedo por Zenaida y quise rezar por
ella, por mi padre y por mí.
1860

