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Libro N° 4091. El Pastor Y Otros Relatos. Bunin, Iván.

Guillermo Molina Miranda mayo 03, 2025

 


© Libro N° 4091. El Pastor Y Otros Relatos. Bunin, Iván. Colección E.O. Agosto 26 de 2017.

Título original: ©  El Pastor Y Otros Relatos. Iván Bunin

 

Versión Original: © El Pastor Y Otros Relatos. Iván Bunin

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EL PASTOR Y OTROS RELATOS

Iván Bunin

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El pastor

La hoguera

Insolación

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El pastor

I

Corría ya en Isvali el segundo invierno en que Liubka trabajaba como criada de la casa de los señores Panin, cuando Ignat entró a servir allí de pastor. Iba éste a cumplir veintiún años, y veinte la muchacha. Ignat procedía de una casa pobre de Chesmensk, aldea que formaba parte de Isvali, y Liubka era oriunda de la aldehuela vecina de Shatilovo. Ignat no recordaba a su madre; Liubka, por lo contrario, no conocía a su padre. La madre de la muchacha, pordiosera, vagaba por la provincia en compañía de unos mendigos ciegos. Decíase de Liubka que era hija natural del propietario de Shatilovo, y que ésa era la razón por que había pasado su niñez en la casa señorial. Y debido a esa circunstancia, cuanto más pensaba el pastor en la muchacha, cuanto más impresionado se sentía por su belleza, tanto más tímido, sombrío y callado se tornaba y tanto más cavilaba.

Reflejábanse en los ojos negros y brillantes de Liubka franqueza y serenidad insolentes. Tranquila y hábilmente robaba perfumes y jabón de su señora, la cual era viuda, de aspecto majestuoso y de cabellos canosos, y a la que le gustaba fumar cigarrillos perfumados. A veces Liubka mostrábase vivaz e ingenua, pareciendo más joven de lo que era; otras veces se le podía dar muchos más años, pues adquiría de pronto el aspecto de persona que había vivido mucho. Además, sus senos estaban bien desarrollados, como los de una mujer madura.

Tendría catorce años poco más o menos cuando el anciano Sibin, subprefecto de Shatilovo, la violó. Ahora Liubka se divertía con los señoritos de Panin, sin que abrigase amor por ninguno de ellos.

Ignat no conocía aún a las mujeres, cuyas relaciones se le imaginaban deseables y horribles a la vez. En todo Isvali no había nadie de carácter tan complicado y tan reservado como este muchacho. Ni aun cuando fuera simplemente al granero a buscar heno para el ganado, nunca contestaba directa e inmediatamente a la pregunta: ¿a dónde vas?

Evitando mirar a la cara de Liubka, sin atreverse siquiera a levantar su vista, plena de expresión sombría, avergonzado de su calzado tosco, de su gorra vieja, de su chaqueta andrajosa, la observaba de reojo, seduciéndole y horrorizándole al mismo tiempo la desvergüenza y tranquilidad de la muchacha, cosas que él percibía vagamente.

Los señoritos, por su parte, contribuyeron a excitar la pasión que Ignat sentía hacia Liubka.

Alexéi Kusmich, oficial del ejército, de la misma edad de Ignat, que pasaba la mayor parte del año en el Cáucaso, debido a su salud precaria, y Nikolái, igual en edad que Liubka, el cual había recorrido una tras otras varias carreras en diferentes establecimientos, venían durante el invierno sólo en las grandes festividades. Este año, para el carnaval, llegó primero el más joven. Volvióse Liubka entonces más vivaz que nunca, y tornóse más franca y serena todavía la expresión de su mirada, aun cuando no por eso se mostraba sincera con nadie. Resplandecían sus ojos inmóviles con brillo especial, cuando, rebosante de salud, ruborizadas las mejillas tostadas por el sol, sueltos los cabellos negros, iba y venía corriendo, por una u otra cosa, desde la casa señorial a la de los criados, zarandeando los codos y haciendo crujir su blanco delantal almidonado que cubría en parte el vestido de color verde.

Y durante el carnaval, durante aquellos días grises y nublados, en que hasta las encinas y los abetos del jardín perdieron su aspecto brillante, durante aquellos días que producían vértigo, por su bullicio festivo y ardiente, Ignat varias veces había tenido ocasión de observar cómo los señoritos se divertían con Liubka.

En cierta ocasión, al obscurecer, vio a la muchacha precipitarse fuera de la casa con los cabellos desordenados y expresión furiosa en su rostro ruborizado. Nikolái Kusmich salió apresuradamente tras ella, riéndose y gritándole algo. Era éste, hombre robusto, de cabeza

grande y de perfil señoril. Vestía camisa de seda blanca y calzaba botas de charol... Y por la noche de aquel mismo día, Liubka topó con Ignat en el obscuro vestíbulo de la casa de los criados. Alegre y sin resuello le dijo deteniéndose un instante:

—Primero me desgarró la blusa y luego me regaló un frasco de perfume de saúco de Persia sin abrir siquiera... ¿No hueles?

En seguida desapareció, e Ignat permaneció durante largo rato todavía en el mismo lugar: allí olía a cocina, a frescura de la próxima primavera, a perros cuyos ojos ardientes se movían ante él como esmeraldas de resplandor rojo; pero el mozo sólo sentía el aroma dulce y embriagador del perfume y el olor, aún más excitante, del cabello, a claveles, del vestido de lana, empapado en la transpiración de aquellas axilas.

Días después llegó el oficial. Era flaco, de castaños ojos punzantes, en cuya cara larga y afilada veíanse unos granos lila. Pesadamente, meciendo sus carnes, corrió la señora a su encuentro, impidiéndole hacerlo más de prisa el corsé estrechamente apretado, y agitó el pañuelo blanco hacia la troika1 que apareció por detrás de la colina.

Junto a la escalinata el cochero paró bruscamente los caballos, y en seguida el oficial púsose a hablar apresuradamente, sin preocuparse de si se le oía o no. Luego, con un ademán ampuloso, como si estuviese delante de un restaurante, echó hacia atrás la manta de viaje del trineo y subió la escalinata con paso ágil y desenvuelto, taconeando ruidosamente con sus piernas delgadas y desgarbadas, calzadas con botas elegantes y resplandecientes, haciendo sonar las espuelas y acomodándose con alzamiento típico de hombros el cuello levantado de piel de castor del amplio abrigo.

Era la víspera del domingo de carnaval, que ese año caía tan tarde y por ende en estación tan avanzada, que a veces parecía que la primavera ya había reemplazado al invierno. Por la mañana calentaba el sol, abrillantando el cielo azul y reflejándose en la nieve. Por doquier goteaba la nieve al derretirse. Pero a mediodía se nubló de nuevo, tornóse el tiempo húmedo en extremo, y el huerto, obscurecido, empezó a sonar y zumbar tristemente. Sin prestar atención al viento y al frío, Liubka, que no llevaba otra cosa encima que su vestido, descargaba bultos del trineo. Ignat, de pie en la ancha y sucia escalinata de la casa de los criados, saturada del olor a blini2, observaba cómo la muchacha se inclinaba, lo que modelaba y resaltaba más sus muslos. Caían grandes copos de nieve, derritiéndose inmediatamente en el charco formado delante de la escalinata, y en ese charco paseaban dándose aire de importancia las cornejas, recién llegadas del Sur. Uno de los peones y la cocinera, ésta con la falda arremangada y botas altas, salieron de la cocina llevando un gran cubo, por cuyas asas pasaba un bastón. En el cubo humeaban las gachas de avena, espesas y amarillas. Los galgos se echaron encima y, temblando y apretando las colas rígidas y torcidas entre las patas, empezaron a devorarlas. El hijo de la cocinera, que llevaba camisa roja, prenda que reservaba para los días festivos, revolvía la pasta, golpeando ora a uno ora a otro perro que gruñía. Por aquí y por allí en el patio traslucíase negra la tierra, libre ya de la nieve. Terminada la comida, los perros, babeando sus hocicos por las gachas amarillentas, revolcáronse en la tierra y luego se retiraron en manadas hacia el jardín situado detrás de la casa. Junto a la hermosa Strielka, una galga de ojos negros y de piel blanca y suave como seda, iba un mastín grande y rojizo, que gruñía furiosamente mostrando los dientes y no dejaba que ningún otro perro se acercara a la galga.

Atormentado por los deseos, Ignat siguió a los perros. Mas éstos abandonaron la avenida y desaparecieron por la nieve gris entre los manzanos. Ignat salió del jardín al campo. Seguían cayendo oblicuamente grandes copos de nieve que cubrían la llanura de una capa grisácea. El mozo se quitó la gorra, y de su interior roto y rellenado de algodón extrajo una moneda de veinte kopeikas3. Luego se dirigió lentamente, a lo largo del jardín, cruzando los patios

1 Tiro formado por tres caballos. (N. de la t.)

2 Panqueques que se comen durante el carnaval. (N. de la t.)

3 Moneda rusa.

situados en la parte posterior, hacia la aldea, cuyas isbas4, libres de la nieve, destacábanse obscuras en la colina. Por entre las isbas y los galpones levantábanse montones de nieve, amarillos y enlodados por el estiércol y los trineos, y surcados por las estrías llenas de agua helada de primavera.

Ignat golpeó en la ventana de una isba, especialmente pintada de negro y ruinosa, junto al muro de la cual dormitaban tristemente unas cuantas gallinas. Un semblante amarillo y arrugado se acercó al vidrio desde el interior. Ignat mostró su moneda. En seguida salió una campesina, sin medias y con botas viejas y pesadas y cubierta la cabeza con una piel de oveja. La mujer condujo a Ignat al otro lado de la carretera, al galpón frío y maloliente, aquel de puerta de hierro, y allí le metió en el bolsillo amplísimo de sus pantalones gastados la botella que le tenía preparada.

Durante un momento Ignat se detuvo en la cuesta detrás del galpón, pensando en Liubka. Luego echó hacia atrás la cabeza y apuró el contenido de la botella hasta la última gota. Volvió a esconder la botella vacía, sintiendo cómo el calor agradable, producido por el líquido venenoso, se extendía por su cuerpo. Se puso en cuclillas esperando la embriaguez; al percibirla se dejó caer, riendo y gozando de su estado de borracho. Después se arrastró por el suelo cuesta abajo hacia la llanura.

Cuando volvió en sí, durante largo rato no pudo comprender dónde estaba. Anochecía, soplaba el viento húmedo, pero ya no nevaba. Asustado recordó que todavía no había llevado la paja, el combustible necesario con que templar la casa. Ignat todas las tardes apilaba la paja junto a la escalinata de la cocina y generalmente pasaba todo el día trayendo en su ancho trineo aldeano ya paja ya forraje para el ganado.

Se levantó de un salto y cruzó corriendo la aldea, después el jardín. Tenía la cabeza aturdida, pero el cuerpo liviano, y el viento, tan agradable que daba gana de respirarlo a todo pulmón, excitaba de modo especialísimo sus sentimientos agudizados.

Ignat sabía que había dejado olvidada la cuerda en la entrada de la cocina y, sin resuello y chapoteando por la nieve blanda, se dirigió directamente hacia allá. A la luz mortecina del crepúsculo, bajo el cobertizo de la escalinata, divisó una figura, que, al percibir los pasos de Ignat, volvió la cabeza, gritando:

—¿Qué quieres?

Era el oficial. Era su voz, su cara pálida y larga, su cabeza de cabellos cortos y con aquel cogote largo y estrecho. Y allí mismo, apretada contra la pared, estaba Liubka, teniendo cogidos dos dedos de la mano del oficial. Ignat, sin apartar la vista del delantal blanco de la muchacha, alejóse lentamente, sintiendo de nuevo dolor en la cintura, cansancio en los omóplatos y las piernas debilitadas. Agitando el agua de los charcos, soplaba el fuerte viento del Oeste, y había en aquel viento la humedad embriagadora, la fuerza de la primavera temprana que vencía al invierno.

Sin embargo, al día siguiente volvió a vencer el invierno; más densos aún caían los copos de nieve, y hacia el anochecer los campos se perdieron entre las nubes de la ventisca. La señora se fue a visitar a una vecina. El oficial, haciendo sonar las espuelas, salió de la casa, llamó y ordenó que engancharan a Koroliok e, inclinándose sobre los perros que descansaban en la escalinata y cuyas cabezas y lomos estaban cubiertos de nieve, empezó a tirar de las orejas ora a uno ora a otro, susurrando con voluptuosidad: «a-a-ta-ta-ta». Pasó Liubka por su lado, llevando una fuente con merluza frita hacia la casa de los criados. La miró de soslayo, y tornóse más voluptuoso aún el susurro:

—¡A-ah, perros, perritos, perritos míos!

Era domingo de carnaval. Desde la colina junto al río llegaban sordamente, a través del bramido de la ventisca creciente, voces ebrias, cantos, retintín de cascabeles: el almacenero, el zapatero, el uriadnik5, los tnuyik6, todos paseaban en trineo con sus huéspedes, muchachas,

4 Casita de madera en el campo. (N. de la t.)

5 Sargento de la policía. (N. de la t.)

aldeanas jóvenes, parientes. Aquel bullicio engendraba alegría y al mismo tiempo tristeza, pues ya se presentía la fatiga y, por tanto, el fin de la fiesta.

Una vez enganchado Koroliok, el oficial, vistiendo un amplio abrigo y papaja7, fue en busca de Liubka, que tenía el rostro radiante de felicidad. Vestía ésta un abrigo de piel liviana con cuello de color castaño y tenía envuelta la cabeza con una chalina gris. Al bajar de la escalinata dando pasos cortos y vacilantes, se resistía riendo, pero dejándose arrastrar.

Ignat había traído el potro tordillo, y el caballo, sostenido por la brida, miraba de soslayo de un modo siniestro e inteligente al oficial y la chalina de seda roja que envolvía aquel cuello delgado, lleno de cicatrices y postillas avellanadas. Por su parte Ignat no dejaba de mirar el borde blanco del vestido de Liubka y sus botitas toscas, ensebadas, a las que no se adhería la nieve.

Más tarde, cuando Ignat se dirigía a la era en su trineo aldeano, castigando con la cuerda el huesudo caballito, Koroliok le adelantó, casi rozándole con su humeante vaho, trotando furiosamente y resollando por la nieve que soplaba en sentido contrario, y pronto desapareció lo mismo que el trineo entre las nubes de la nevasca, que sombría y alegremente se desencadenaba en los campos brumosos. Grandes copos de nieve caían sobre el ancho lomo de Koroliok, sobre el papaja, las charreteras y la elegante bota con espuela que se apoyaba en el patín de hierro. Con la mano izquierda, cubierta por guante de gamuza, el oficial sostenía las riendas, de color azul claro, y con la otra apretaba contra sí la cabeza envuelta en la chalina gris, inclinándose sobre ella.

En este momento Ignat tomó la firme decisión de trocar su acordeón, el único bien que poseía, por un par de botas viejas del peón Iashka.

Después de haber apilado suficiente paja, nuestro mozo no fue a reunirse con la muchedumbre que se divisaba confusamente entre la nevisca nocturna en la plazuela frente a la iglesia, bajo los cobertizos de las isbas. Allí, como poseídas, tratando de superarse unas a otras, resonaban las alegres melodías de los acordeones, sofocadas a veces por el viento y por los cantos, y las ágiles aldeanas bailaban con apasionamiento, dando vueltas en las nubes de nieve. Pero Ignat, hundiéndose a cada paso en la nieve, se arrastró dificultosamente a lo largo de la plazuela hacia la casa del almacenero, y allí durante dos horas permaneció de pie, sin apartar la vista de las ventanas, contemplando a través de los vidrios empañados las sombras ondeantes de los danzarines.

II

Lentamente transcurrían los días de cuaresma, grises y monótonos.

No cesaba de soplar un viento despiadado. Aparecían descoloridos los campos desnudos; los abetos y las encinas de color verde apagado zumbaban tristemente en el jardín, y aun las cornejas, que vinieron demasiado temprano, volvieron a desaparecer. El oficial había partido ya hacía tiempo, pero Nikolái Kusmich no se decidía a dejar el hogar materno.

Cierto día Ignat se acercó con el trineo a la entrada misma de la cocina. Los haces de paja produjeron un ruido característico al tropezar con los escalones. Sorprendido, se levantó de la paja amontonada junto a la entrada el señorito, todavía riéndose por haber estado chanceando allí con Liubka. Ésta no parecía turbada y, arreglando con calma el cabello desordenado, dijo:

—A vosotros los hombres siempre os gusta jugar, pero en la aldea habrá habladurías... Si tú, Ignat, por lo menos quisieras casarte conmigo... —añadió indiferente, levantándose.

Ignat se ruborizó y tornóse sombrío. No atribuyó significado alguno a estas palabras, y, sin embargo, aquel día nacieron en su alma celos y rabia, aumentando aquellos sentimientos cada día. Cuando iba en su trineo a la era, al pasar por la ancha avenida del jardín, masticaba

6 Campesino ruso. (N. de la t.)

7 Gorra alta de piel. (N. de la t)

pan negro y, mirando hacia la casa señorial, se figuraba con envidia la vida que se desarrollaba en su interior.

Los perros en jauría abigarrada seguían a su trineo. En los rastrojos se revolvían chillando los ratones. Los perros escarbaban la paja, se detenían, husmeaban, aguzaban las orejas, y redoblaban su correr entre los rastrojos, temblando y aullando. De pronto, dando un salto, se precipitaban diestramente sobre la presa. Ignat entonces llamó a Strielka, aquella galga tan hermosa de ojos negros y húmedos, y cuando la perra entró en el granero, cerró la puerta. Se sentía inquieto y temeroso. Brotaba del suelo el aire frío y húmedo; en cambio, de la mies trillada emanaba cálido aroma. La penumbra del enorme triángulo del granero sólo se interrumpía por la luz débil y fría que penetraba a través de las rendijas de la puerta. Por encima de aquel hombre y de la perra zumbaba el viento, que en corriente de aire, penetrando en el galpón, movía la paja por el suelo...

Ya comenzada la tercera semana de la cuaresma, en un día claro y lleno de sol, partió Nikolái Kusmich. En aquel día la primavera había asentado sus reales definitivamente. En el transcurso de una sola noche los tejados de los establos y graneros quedaron libres de nieve, y los rastrojos de paja que los cubrían brillaron cual oro al sol, destacándose en el fondo del cielo, de un azul tan límpido que llenaba el alma de alegría. Por primera vez se dejó salir, para que perezosamente se calentasen al sol, a las vacas y los potros, cuyo pelo había crecido durante el invierno. En el patio brillaba aún a retazos la nieve argentada. Una troika esperaba delante de la escalinata, a la sombra, junto a un gran charco, en el cual se reflejaban el cielo azul y el delantal blanco de Liubka.

Salieron la señora y Nikolái Kusmich. Éste llevaba una manta encima del abrigo de piel de oso. Larga fue la despedida y durante largo rato la madre seguía recomendando algo al viajero, aun cuando el trineo ya estaba en movimiento, y se deslizaba sobre el estiércol acumulado durante el invierno en la carretera, surcada por los arroyuelos que corrían temblando. Los caballos, de patas delgadas, con las colas anudadas, en su manoteo mostraban las herraduras con especial elegancia precisamente donde brillaba el agua en los baches. Hacía calor al sol, por lo que numerosos grajos se habían apiñado en los pinos y abetos del jardín, pleno de verdor fresco y lozano. Pero a la sombra se sentía aún el penetrante vientecito del Norte. De pie en la escalinata, Liubka estaba helándose, según podía verse por sus mejillas azuladas. Al desaparecer el trineo detrás de la colina, la muchacha canturreó con voz apenas perceptible:

La pareja se va en trineo...

Luego se estremeció y entró corriendo en la casa, y unos minutos más tarde, salió por la puerta de la cocina. Ignat, que pasaba por allí, se dirigió de pronto hacia la moza. Ésta le miraba inmóvil y con cierto temor en su mirada. Acercóse Ignat y le cogió de las muñecas. Ambos se sintieron confundidos. Como si estuviesen jugueteando o midiendo sus fuerzas, retorcían sus manos entrelazadas y no sabían qué decirse. De repente Liubka frunció el ceño.

—¡Suéltame! —gritó—. ¡Qué maneras son ésas!

Y diciendo esto se libró bruscamente de aquellas manos y entró en la casa, cerrando de un golpe la puerta.

Aquel día el jardín mostrábase raramente bello, tapizado de nieve plateada, surcada por sombras violeta. La avenida aparecía espléndida y alegre. Y de nuevo se dirigió Ignat, sombrío y furioso, hacia la taberna de la aldea, en busca de la campesina. Y otra vez volvió en sí al anochecer encontrándose tendido en un charco, completamente helado y sin saber dónde estaba. Los sauces llorones se erizaban junto a él, destacándose con tintes dorados en el fondo azul pálido del cielo, debido a los rojizos rayos del astro rey, que tras ellos se ponía.

—Ella no es para mí —dijo Ignat firmemente, levantándose—. Estoy perdido.

Desde aquella noche no volvió a dirigir la mirada hacia la casa señorial cuando pasaba por la avenida, ni contestaba a Liubka, aun cuando la muchacha trataba de entablar conversación con él.

Pasó la cuaresma, pasó la Semana Santa. Ya no había nieve más que en los barrancos; los sauces de la aldea se cubrieron de un velo de verdor amarillo; se veían negros los campos arados; allá en el horizonte brillaba la atmósfera cual plomo derretido; calentaba fuertemente el sol, secando los lodazales grises; cantaban las alondras. Por doquier despuntaba el fragante pasto nuevo. Ignat ya podía sacar al ganado a pacer en el campo, hacia el bosquecito de robles que aún se hallaba desnudo y lleno del follaje seco y salpicado de campanillas y menudas flores de primavera. Las vacas dormitaban al sol en la linde del bosque. Como no había pasto suficiente, los animales se acostaban suspirando y dejaban que los grajos se posaran sobre sus lomos y les arrancaran la lana para sus nidos. Ignat trenzaba perezosamente el látigo, mirando la lejanía resplandeciente de sol, los caminos cubiertos de polvo, que anunciaba la proximidad del verano, y se dejaba quemar por el sol y por el vientecillo de abril.

Cuando tenía dinero, se sentía feliz. Elegía en el campo un lugar más seco, extendía en él su chaqueta andrajosa, colocaba sobre la misma la botella llena y sacaba del bolsillo pan salado en exceso y unas papas frías. Al cabo de un rato empezaba a sentir dulces vértigos en la cabeza. Temblaba ante sus ojos el horizonte, iluminado por los rayos solares detrás de las praderas grises. De los montones de estiércol esparcidos por el campo emanaban columnas azuladas de vapor y las vacas parecían multiplicarse ante su vista, moviéndose como si estuviesen nadando en el campo... Entonces un sentimiento curioso se apoderaba de él: ¡siempre estaba esperando algo! Cuando se emborrachaba lo percibía con más claridad; entonces comprendía que la vida de Liubka se había entrelazado con la suya y que esto sería su desgracia. Algo debía hacer para conquistarla, para elevarse a su nivel, para conseguir su amor. Pues aun en el caso que la poseyera, no le amaría si él no se encontraba igual a ella... Y la primavera exigía amor... Una vaca, temblando y bamboleándose, apoyábase en las rodillas de sus patas delanteras; después otra, así una tercera... De pronto se erguía el gran toro plomizo, de testa ancha, con la cola tersa terminada en una franja sedosa, corría pesadamente, dejando caer hebras vidriosas de baba, encabritándose al instante, pleno de vigor y fuerzas... Ignat sentía desfallecer su corazón y se dejaba caer de bruces sobre el montón seco del estiércol. Cerraba los ojos, y por debajo de las pestañas corrían abundantes lágrimas. Al no secárselas, las moscas las bebían. Luego se quedaba dormido. Despertábase sólo cuando el sol, que ya se hallaba alto en el cielo, empezaba a quemar su cabeza y los hombros. De vuelta con el ganado a casa, almorzaba sin despegar los labios en la sala de los criados y se retiraba a dormir en el galpón, donde, junto a la pared de piedras, tenía una cama alta con paja por colchón y cubierta de una colcha roja hecha jirones. Después de haber dormido, solía estar de mal humor y, al salir con el ganado, azotaba con el látigo las vacas tan fuertemente que en sus ancas surgían verdugones.

Decidió portarse de tal manera que el administrador no tuviera otro remedio que darle de palos y echarle de la casa. Le atemorizaba la proximidad del verano y la perspectiva de la llegada de los señoritos: sentía que algún día no podría soportar más y descalabraría de una pedrada a Liubka y a Nikolái Kusmich. Mas ocurrió cierto día de mayo, cuando el bosquedto ya se había engalanado con tupida capa verde y el suelo entre los árboles estaba cubierto de hierbas y flores, cuando el sol calentaba mucho ya desde la mañana temprano, y en la sombra, fresca por el rocío, florecían ocultos los lirios, que vio Ignat, al llegar con el ganado, sentada en el borde del bosque a una mujer. Era la tonta Fiona, una mendiga. Había colocado junto a sí la bolsa y el bastón, y permanecía allí sentada, boquiabierta, húmeda por el rocío su falda andrajosa y con los ojos brillantes, que resaltaban en su cara abotagada. Estaba algo embriagada. Cuando Ignat se acercó, echóse de espaldas con una risa de pasión contenida y, estirando las rodillas, empezó a escarbar con sus zuecos toscos el pasto rociado. En su bolsa había rosquillas y aguardiente. Después de haber bebido, Ignat no pudo aguantar más.

Desde entonces la tonta le visitaba casi diariamente. Cuando Ignat se despertaba por la noche, le daban ganas de llorar; pues la idea de que vivía con una tonta le mortificaba y hería. Salía con el ganado antes de que saliera el sol, cuando el suelo estaba aún cubierto de rocío abundante y frío. A mediodía solía emborracharse. Ahora ya ambos bebían a sus propias

expensas. Se hizo pagar el sueldo de un mes por adelantado, pero también su dinero se agotó pronto. Mientras tanto la mendiga se había tornado insolente y pretenciosa y no quería ya pasar por tonta. Cuando Ignat no traía aguardiente se le negaba, y a veces le mortificaba durante una semana y más. En cierta ocasión hasta le pegó fuerte y diestramente con el bastón. Él no se enfadó sino que se levantó y se alejó llorando torpemente. Y después de haber llorado a sus anchas se sentó en el mojonero, pensando siempre en lo mismo: ¿de dónde conseguir dinero? Pero no sabía a quién pedirlo, ni de dónde robarlo. Ya había vendido sus botas, y el dinero lo había gastado en bebida.

Toda la servidumbre conocía su historia y durante las comidas se mofaban de él. Se ponía encarnado, pero callaba. ¿Qué pasaría si Liubka estuviera presente? Por suerte para él los señoritos no habían venido este año. Se decía que Nikolái Kusmich pasaba el verano en Jarkov, en casa de un amigo, y que el oficial se encontraba de maniobras en las proximidades de Smolensk. La señora, por su parte, había ido a Lipetsk a pasar seis semanas, llevándose consigo a Liubka. La vida en Isvali deslizábase tranquila y monótona. La mendiga venía raras veces, pues se paseaba por las ferias anuales de la comarca. El verano, silencioso y largo, se aproximaba a su fin. Casi completamente se secaron las aguas del riachuelo; desnudas dejó el ganado las praderas, y el trigo maduro y seco empezó a desparramarse. Comenzó la siega: era ya fines de julio.

Un día, cuando volvía con el ganado a la puesta del sol, Ignat se encontró en la aldea con la tonta, la cual se detuvo y le hizo señas de que fuera al bosque.

—Cuando me desocupe, vendré —dijo Ignat sin levantar la vista.

Pero ¿cómo ir sin aguardiente? Se quedó de pie en el portón de la quinta mirando melancólicamente la puesta del sol. Por el camino, que cortaba en diagonal la colina, bajaban y ascendían los campesinos y las campesinas que regresaban de la siega en carretas, de las que sobresalían guadañas y rastrillos. El sol, color de frambuesa, se hundió en el agua turbia del río, más allá de los campos, ya cubiertos de gavillas. Ignat traspasó la puerta y se dirigió a lo largo del jardín a la era. Delante de él iba, levantando la tierra con sus pies desnudos, una niña muy sucia y crespa, de unos siete años. Inclinándose hacia la izquierda, ésta arrastraba con la mano derecha un cubo de alquitrán. Ignat apresuró el paso, alcanzó a la niña y, mirando alrededor de sí, la asió por el puño izquierdo, en el que llevaba guardado el dinero. Agrandáronse los ojos de la niña de horror, desfiguróse su semblante y empezó a gritar, en tanto que seguía apretando aún más el puño cerrado, con la fuerza de un animalito. Ignat la cogió del cuello y la tiró al suelo. La niña exhaló un ronquido y abrió los deditos. El mozo recogió prestamente el dinero de aquella manita: eran treinta kopeikas.

Después de haber comprado el aguardiente, se dirigió directamente hacia el bosque. A la derecha de él se extendía el campo segado, donde reflejábanse pálidamente las gavillas a la luz del crepúsculo, hacia la izquierda se veía la llanura obscura, desde la cual soplaba viento cálido. Delante, por encima de la línea negra del bosque, brillaba Marte, grande y rojo. El pastor se detuvo. Recordó de repente que hoy debía venir la señora y que ya se había enviado una troika para buscarla y una carreta para el equipaje. Y casi en el mismo instante percibió, deteniendo la respiración, el repiqueteo lejano de las campanillas.

Durante el verano llegó a creer que podría evitar lo que inevitablemente debía sucederle. Pero en este momento sintió que no, que no podría evitarlo, que ya aquello se aproximaba, estaba muy cerca, se agrandaba... Permaneció de pie durante un rato y luego siguió caminando.

En la encrucijada pasó a su lado la troika, cubriéndole de polvo y aturdiéndole con el son de las campanillas y el trote de los caballos. Se retiró a la cuneta, la vio desaparecer y volvió a seguir su camino. A lo lejos se oía el sordo rodar de la carreta, que se hacía cada vez más claro. Al cabo de un rato divisó Ignat en el fondo del cielo turbio y estrellado primero la collera, después al caballo y luego sentada en la carreta a Liubka. Fustigaba ésta el caballo con las riendas y el vehículo dirigíase, entre sacudidas y saltos, directamente hacia él.

—Sube, que te llevaré —le llamó la muchacha alegremente, reconociéndole al instante.

Ignat se volvió, alcanzó corriendo la carreta cargada de maletas y subió de un salto sobre una de las varas...

No pudo recordar después qué le dijera Liubka aquella noche. Sólo se le quedaron grabadas en la memoria las primeras palabras, que conmovieron su corazón. Esas palabras habían sido pronunciadas a gritos por Liubka, para sobrepasar el ruido producido por el rodar de la carreta.

—Y ¿te has aburrido mucho sin mí?

También recordó el momento cuando, cogiendo de pronto las riendas, paró bruscamente el caballo y se tiró al interior del vehículo.

—Espera —murmuró Liubka con tanta sencillez como si hubieran convivido durante muchos años, naturalidad que turbó aún más la cabeza de Ignat—, espera, me vas a arrugar la falda..., déjame que la arregle por lo menos...

III

Cuatro años habían pasado. Corría el mes de diciembre. Ignat regresaba a su país natal desde la ciudad de Vasilkov, después de haber cumplido el servicio militar. No había pasado más que tres meses con su mujer. Poco después de aquella noche de julio, cuando tan inesperadamente se había trastrocado toda su vida, Liubka se sintió encinta. Nunca pudo el mozo desprenderse de la idea cruel que ése fue el único motivo por que consintió casarse con él. Y, sin embargo, Liubka no cesaba de decirle que le amaba. Colocó a su padre, anciano y enfermo, en la quinta como peón de ganado, proveyó a su marido de ropa y de todo lo necesario para el viaje y lloró al despedirlo. Siendo recluta, Ignat se emborrachó y la apaleó brutalmente, vengándose de las concesiones que ella otorgara a los señoritos. Los golpes le provocaron el aborto, pero los sufrió como algo que le correspondía. Cuando le enviaron a Vasilkov, Liubka le escribía con frecuencia cartas, llenas de cariño, en las cuales le trataba de «usted», y le enviaba dinero. Pero él no le creía ni una palabra y vivía en una continua angustia, mortificado por los celos, inventando para ella los castigos más crueles por su supuesta infidelidad.

Cuando, dos años después, fue con licencia a visitarla, durante todo el viaje pensaba que la mataría si llegara a saber algo malo de ella. En la estación de su pueblo natal se le informó que Liubka sólo se negaba al perezoso. Pero ella le acogió con tanta alegría, con tanta sinceridad y sencillez, disipando todos los rumores, que le faltó el valor para no creerla. Y para tranquilizarlo por completo Liubka manifestó que dejaría la colocación en la casa señorial y se trasladaría a una isba, donde le esperaría ayudándose con la costura. Ignat partió confundido y abatido. Triste y callado, siguió su servicio militar, aunque era cumplidor, puntual y económico: ahorraba las propinas que recibía de los jóvenes reclutas. Todavía abrigaba la esperanza de subir de posición, de igualar a Liubka, de merecer su amor verdadero y no fingido. Mas, de pronto, dejaron de venir sus cartas. Le escribía casi todas las semanas, pero no recibía respuesta alguna. Amenazaba, imploraba en vano. Entonces se entregó de nuevo a la borrachera, sufría mucho y volvióse taciturno.

Y a pesar de eso, una vez cumplido el servicio militar, partió sin perder tiempo a Isvali.

Mucho había cambiado durante los últimos años. Ahora era más alto y estaba más delgado y parecía bastante buen mozo. Sus ojos vidriosos se agrandaron, el rostro adquirió un matiz gris y, como estaba afeitado, parecía aún más flaco. Los bigotitos rojizos aparecían cortados en forma de cepillito, y entre el cabello corto traslucía el cutis de su testa. Durante el trayecto de Kiev a Orel permaneció sentado, inmóvil junto a su baulito de nogal, toscamente trabajado, al cual estaban atadas sus botas, su tetera y pipa. No se quitó la gorra ni el abrigo de ordinaria tela de color gris-rojiza, y pasó todo el tiempo mascando semillas de girasol. Pasado Orel se volvió intranquilo y empezó a bajar en las estaciones para tomar un trago en la cantina. En la estación de su ciudad topó inesperadamente con el ex compañero del servicio, bebió una copa con él, dejó su baúl en custodia al guarda y junto con el compañero tomaron

un coche de alquiler, guiado por un cochero anciano. El caballo, castigado por el vejete, les llevó a toda carrera a la ciudad. Ambos se sentían excitados y fumaban un cigarrillo tras otro. Fueron directamente al suburbio, donde Ignat casi por espacio de veinticuatro horas estuvo en compañía de una mujercita morena, no muy joven, de piernas cortas, de cabellos muy negros, y cuya cara estaba abundantemente empolvada. La mujer fumaba aún con más ansiedad que él.

Volvió en sí el día siguiente tendido en el campo raso cerca del suburbio. Entonces recordó vagamente que le habían echado afuera después de haberle apaleado cruelmente.

El día era suave y pálido, caía la nieve depositada en los pliegues de su abrigo. Se levantó tambaleando, sintiéndose enfermo, como envenenado...

El viaje hasta Isvali tuvo que hacerlo en un tren de carga, dentro de un furgón atestado de cerdos, tan gordos que no podían moverse. Los cerdos pertenecían a un rico terrateniente, que los compró para los fines de crianza, e iban acompañados por el anciano jardinero del terrateniente, hombre limpio y callado, que antes había sido un dvorovi.

Además de los cerdos y de Ignat viajaba en el furgón un judío de pelo crespo y canoso, de cabeza grande, barbudo, con anteojos y sombrero de copa. Llevaba puesto un sobretodo largo que a trechos conservaba aún su color azul marino, pero que ya aparecía descolorido. Estaba pensativo y preocupado, permanecía callado todo el tiempo, canturreaba entre dientes una melodía cualquiera y bebía constantemente té. El jardinero dormitaba. Los cerdos yacían inmóviles sobre sus ancas detrás de una barandilla de madera, cubiertos de mantas grises que llevaban bordados monogramas y coronas. Anochecía. Un viento frío mezclado con nieve entraba por la puerta abierta, removiendo la paja húmeda bajo los cerdos. Nadando pasaban los campos blancuzcos, con los arbustos envueltos en el humo de la locomotora. Una angustia incomprensible oprimía pesadamente el corazón de Ignat. Con el bashlik8 doblemente plegado con los bordes de color naranja, fruncido el ceño, apretados los dientes, púsose en la puerta del furgón, mascando las semillas de girasol y mirando de soslayo al judío. Éste, sentado sobre un cajón tumbado, sostenía con sus manos, cubiertas de venas azuladas, un vaso de té. Algunas cáscaras de las semillas se las llevó el viento y cayeron en el té. El judío miró a Ignat durante un rato a través de sus anteojos, visiblemente irritado. Ignat esperaba que dijera algo, pues a la primera palabra que pronunciara le pegaría con las botas en el pecho. Pero el judío no dijo nada. Se limitó a levantarse y derramar el té en el suelo muy cerca de los pies de Ignat, que lucía las toscas botas de servicio.

En la estación no se encontró nadie que le acompañara hasta la aldea, y se sentó para esperar por si llegase alguien.

Tornáronse heladas sus manos y sintió vértigos, cuando a las diez y media de la noche, el tren se aproximó a aquella estación tan familiar para él con su muchedumbre y sus ventanas iluminadas. Acababa de salir un tren de pasajeros. En la fría sala de espera de tercera clase, semiobscurecida por el humo y húmeda de respiración, se habían apiñado tantos muyik en el suelo mojado, que apenas se podía abrir camino. En el umbral de la doble puerta se encontraba en el suelo una linterna humeante. Las puertas se abrían y cerraban constantemente, produciendo un chirrido y golpeando con violencia, y el aire fresco y helado, que penetraba en la sala, turbia del humo y maloliente, agitaba las blancas columnas del vapor que se levantaban por encima del samovar, colocado sobre el mostrador. Desde la oficina abierta, vivamente iluminada, donde se encontraban la caja y el telégrafo, llegaba el continuo sonido de una campanilla, como si alguien hubiese dado cuerda a un despertador, y se hubiese olvidado después de pararlo. Esa muchedumbre y ese timbre causaban a Ignat un agudo dolor de cabeza.

Iba de uno a otro, preguntando si había algún compañero para él, moviéndose como un sonámbulo, y, sin embargo, observaba y notaba todo con una claridad extraordinaria. Se

8 Gorra de cabos largos (N de la t)

hacían cada vez más escasos los armiek9 y las chaquetas de piel de oveja. Ignat salió al portal y, haciéndose a un lado para dejar pasar a la gente, miró durante un rato los caballos, los trineos, el cielo turbio iluminado por la pálida luna, fumó un cigarrillo, respirando profundamente junto con el humo del tabaco el aire del campo, frío y agradable, y volvió a buscar su baulito. El cantinero empezaba ya a limpiar el mostrador, guardando naranjas, cigarrillos, fuentes con fiambres y queso. Pasó el jefe de la estación llevando del brazo a la esposa del terrateniente, una anciana alta que iba apoyándose en un bastón. A través de la puerta abierta veíanse los árboles cubiertos de escarcha y la noche pálida hermoseada por la luz de la luna. Los caballos parados en el portal sacudían sus cabezas de vez en cuando haciendo sonar algunos cascabeles. Luego el cascabeleo se hizo total y se oyó el rechinar de la nieve debajo de las llantas: los trineos partían.

En la sala de espera sólo se quedaba una campesina con una piel corta de color de naranja. Estaba sentada en un rincón sobre el banco, en el que se encontraba el baúl de Ignat. Éste se acercó por detrás hacia el banco, cargó el equipaje en la espalda y salió de la estación, recordando aquella primavera en que convivió con la tonta mendiga, en que era libre y despreocupado, comía papas frías y se embriagaba dulcemente.

Andaba con paso firme y uniforme, haciendo crujir la nieve con sus botas; la noche clara le envolvía con su manto entre los campos cubiertos de una capa blanca. Caminó primero bajo unos arbolillos, de los que misteriosamente caía la escarcha; luego por la blanquecina llanura desierta. Los campos estaban inertes y taciturnos; la luna se deslizaba por el cielo, escondiéndose de vez en cuando detrás de nubecitas livianas; apenas se podía divisar el camino...

Sólo al llegar a Isvali despertóse Ignat de sus pensamientos confusos y tristes, al notar que había entrado en una aldea grande y durmiente hacía tiempo. Ni una luz se veía en las isbas, ocultas por los montones de nieve. Los cobertizos y los toneles de agua proyectaban ligeras sombras sobre la blanca carretera. Aquí, en la aldea, reinaba el silencio aún más profundo que en el campo, y el aire estaba aún más suave y oloroso. En los corrales cantaban por primera vez los gallos.

Al llegar a su isba vacía, situada junto al barranco en un extremo de la aldea, Ignat se detuvo no sabiendo qué hacer. La isba era pequeña y del lado sur la nieve la cubría hasta la mitad. La puerta estaba cerrada, y la ventana tapada con tablitas. Un gran montón de nieve, por el que se veían huellas de pasos, se levantaba junto al portón, sobrepasando el tejado. Ignat siguió las huellas y miró al interior del patio. En el establo abierto e inhóspito pasaba la noche una ternera, de quién sabe qué dueño.

Unos pasos más allá, en la isba de Marei, brillaba una lucecita en la ventana baja, casi a la altura de la carretera. Ignat se acercó y miró por la ventana. Un enorme telar ocupaba casi todo el interior de la isba; ayudándose con los pies tejía en él una muchacha muda, de cara ancha y colorada. Ignat golpeó en la ventana. La moza volvió la cabeza asustada y asombrada. Ignat entró en la isba, y la muchacha corrió a despertar a su padre, tirando a tal fin de la cuerda que pendía de la chimenea. Durante largo rato éste no contestó a la señal, sólo se le oía toser. Después empezó a bajar gateando hacia atrás y buscando con el pie el nicho de la chimenea10. Una vez abajo, se dirigió hacia la banca cerca de la mesa, andando a lo largo de la pared y tratando de no pisarse un pie, evidentemente enfermo. Barbudo y velludo, con los ojos amoratados y salientes, con voz ronca, producía el efecto de un idiota. Ignat colocó su baulito en la puerta y se acercó a la mesa. La muchacha muda permaneció de pie junto a la chimenea con los brazos cruzados. Marei le pidió a Ignat un cigarrillo y, fumando con tanta avidez que toda su barba echaba humo, dijo:

9 Especie de chaqueta corta, que llevan los campesinos. (N. de la t.)

10 Hay que tener en cuenta que en Rusia la parte de atrás de las chimeneas, que son como hornos no empotrados en la pared, se aprovecha, a una altura del suelo de un metro cincuenta, para dormir los campesinos en las isbas. (N. de la t.)

—Sí, he visto a tu mujer... ¡Cómo no! La he visto... Volvía de la iglesia... No quiso vivir en su isba, pasa todo el tiempo en la casa señorial... Los señores no están. Dícese que se encuentran en Moscú. También se dice de ella que habría echado al administrador y que es ella quien gobierna toda la casa... No vive bien tu mujer..., no, de ninguna manera...

—Ya sé, ya sé —dijo Ignat pensativo, rascando con la uña la suciedad en una grieta de la mesa.

—Claro está que lo sabes... Bueno, ahora la amenazarás un poco y cambiará... Amenazar, eso se puede... Yo también he prometido a la mía, pero tengo mis dudas... Es un viudo... ¿Quién sabe si ese viejo se echará atrás? ¿Para qué diantre necesito una mujer así?, dirá... Pero ella, aunque no puede decir nada claramente, para el trabajo es dura... Tú has buscado una moza guapa y te fue mal... No era para ti... Hay que elegir la cuña de la misma madera.

—Dejaré el baúl aquí mientras tanto —dijo Ignat sin levantar la vista.

—Está bien, déjalo aquí... —asintió Marei.

En el firmamento, entre las nubes, aclarábase el azul obscuro del cielo. Veíase blanco el campo detrás de las colinas de nieve azulada. La luna, clara y llena, salió a la libre extensión del firmamento, despejándose de la nube gris con un semicírculo de color de naranja formado por su propia luz. Destacábanse más las sombras de los toneles, la calle estaba resplandeciente.

—Se deja notar el invierno —dijo Marei con voz ronca, asomando la cabeza por la puerta baja del vestíbulo y respirando la olorosa frescura.

Y de nuevo se encaminó Ignat a paso firme sin volver la cabeza, envuelta en su bashlik. Después de haber caminado unas dos verstas a lo largo de la aldea, y al salir al camino que, atravesando la llanura, iba cuesta arriba, divisó en la colina la casa señorial, que tan bien conocía, el obscuro huerto y detrás del mismo cuatro ventanas iluminadas. Pero él no se acercó al huerto, sino que traspasando el jardín que se extendía en la cuesta desde la casa hasta la llanura y el dique cubierto de nieve de la huerta, se dirigió hacia la isba del patio del ganado, la cual asomaba obscura en el fondo del jardín bajo los árboles centenarios. Por encima de él, en la inmensidad del cielo de color azul obscuro, brillaban millares de estrellas. La luna se deslizaba en lo alto por la derecha del firmamento. Delante de él, entre luces y sombras, ora deteniéndose y levantando las orejas, ora dando unos saltitos cortos, movíase una liebre, que se dirigía hacia la pradera. Cual una estrella roja brillaba la luz en la isba debajo de los árboles.

¿Por qué no dormía aún, por qué miró fijamente a Ignat aquel pastorcillo rubio, de semblante pálido y azulado, que abrió la puerta de esta isba grande y caliente? Encima de la mesa colgaba, reluciente como si fuera de carbón de piedra, una lamparita suspendida del techo. En el rincón delantero había una litografía en un marco, que representaba a San Nikolái, de barba violeta y con la vestimenta de color de frambuesa. Un cerdito blanco y sarnoso andaba por el pegajoso suelo de arcilla, masticando algo entre dientes. Detrás de una barandilla, junto a la estufa, yacían terneras morenas y blancuzcas. No dormían aún, y poniendo las cabezas con sus narices anchas, rosadas y húmedas sobre la barandilla, miraban con sus ojos claros y dejaban correr su baba en chorros delgados y rectos. Emanaba de los animales el olor a pellejo húmedo, a leche recién ordeñada, a cierto calor de cuerpo. Durante mucho tiempo después recordaba Ignat aquel olor simple y tranquilizador, asociándose esto en su mente con la imagen de su padre anciano. Éste estaba sentado en la cama junto a la barandilla, completamente calvo y muy flaco, con sus piernas pálidas y velludas colgando en angostos pantalones azules, las grandes manos entrecruzadas sobre las rodillas y, cerrados los ojos, ciegos, y vuelta la cara hacia el icono, murmuraba algo gravemente.

—No está del todo bien de la cabeza —dijo el pastorcito en voz queda, mientras seguía mirando atentamente a Ignat—. Es demasiado viejo ya.

El anciano, oyendo la voz del muchacho y percibiendo la presencia de una persona extraña, levantó todavía más la cabeza y tornóse aún más grave y triste la expresión en su rostro.

—Dios lo bendiga, Dios lo bendiga —susurró.

Ignat descubrió la cabeza y, olvidándose de saludar al padre, preguntó al muchacho:

—¿Está en casa Liubka?

—Sí, sí, está en casa —respondió apresuradamente aquél—. Un comerciante ha venido a visitarla.

Ignat volvió a calarse la gorra, salió de la isba y, siguiendo las huellas de la liebre, atravesó cerro abajo el jardín de frutales, entre los manzanos y los calveros interrumpidos por las sombras. Pronto alcanzó el portillo del patio de la casa señorial, lo abrió e inclinándose y hundiéndose en la nieve, pasó corriendo a la penumbra del antehuerto. Y en seguida vio a su mujer por la ventanita del vestíbulo.

Mas de pronto un perro empezó a ladrar sordamente en el interior de la casa. De un brinco Ignat se alejó de la ventana y, arrimado a la pared, permaneció tieso e inmóvil.

IV

Después de haber armado el samovar en el obscuro vestíbulo, Liubka se entretenía en la antesala, dividida por un biombo y blanqueada con tiza, zurciendo las medias a la luz de un trocito de vela que sobresalía del candelabro de cobre enmohecido, colocado sobre el pasamano de la ventana. Ya no parecía tan joven ahora esa mujer hermosa de ojos negros y senos blandos, vestida con una blusa roja y tocada con pañuelo blanco, por debajo del cual se veía la raya que partía por mitad su cabellera negra.

Dos grandes sombras, una obscura de color lila, otra más clara, caían sobre el biombo y se prolongaban hacia el techo. Cuando Ignat se acercó a la ventana, miró Liubka pensativa el talón zurcido de la media y sacó de la misma una cuchara antigua de plata. Un perro de caza, blanco con manchas pardas, que dormía en un rincón de la antesala sobre el cojín negro del coche, se levantó de un salto y, ladrando fuertemente, corrió hacia el vestíbulo. Liubka miró grave y vivamente hacia la puerta. Luego, protegiendo la vista con la palma de la mano miró atentamente por la ventana.

—¿Quién está ahí? —preguntó en voz alta, con severidad de dueña de casa. Abrió con inquietud uno tras otro los postigos de la ventana y escudriñó por el marco abierto el jardín, helado por el aire frío.

La noche clara que envolvía los alrededores inertes, las aldeas durmientes, la casa señorial entumecida en el silencio, los jardines inmóviles bajo el cielo estrellado, culminó en el apogeo de su belleza y de sus fuerzas. Resplandecían de verde las manchas de luz sobre la nieve en las tinieblas del huerto. No se veía la luna, y sólo al levantar la cabeza pudo divisar Liubka su aureola plateada. Detrás de los troncos de los árboles blancos se extendía el amplio patio, y la huella fresca, recién trazada por los trineos del comerciante, pero ya endurecida, se reflejaba de color de rosa. Contrayendo las cejas miraba Liubka intensamente por la ventana. Mas sólo por un momento sintió la presencia de un ser humano, que se encontraba tan cerca de ella, arrimado a la pared. Esperó la contestación a su pregunta y al no recibirla, cerró nuevamente la ventana y se fue para poner la mesa.

En la sala espaciosa y fría había apilados algunos muebles, sillas y butacas antiguas. Junto a la pared, en que se encontraba la puerta que daba al vestíbulo, se hallaba un piano. Las puertas altas que comunicaban con el salón estaban cerradas con llave. Entre ésas y la estufa de baldosas en el rincón, colgaba un retrato obscurecido por el tiempo en el marco dorado muy pelado.

Una lámpara que pendía del techo, sostenida por una cadena, alumbraba la mesa junto a la pared frente a las ventanas.

El comerciante, que pasaba aquella noche en la casa, de camino desde la ciudad hacia el bosque de Miliutin, que acababa de comprar para talarlo, era un hombre robusto, de estatura baja, con barba negra algo canosa y de ojitos también negros y bizcos. Habíase desabrochado su abrigo de piel de oveja, muy ancho y maloliente, y ambulaba por la sala, pisando

suavemente con sus chanclos de fieltro y contemplando los muebles, las chucherías, cierta figura de caballo de bronce bajo el fanal de vidrio. Junto a la estufa hacía ruido un ratón, que trataba de meter un pedacito de pan seco en la pequeña rendija del piso. El comerciante se quedó absorto mirando el ratón. Luego se acercó al piano y tocó varias teclas con el dedo anular, escuchando con una leve sonrisa de sorpresa cómo resonaban las cuerdas de cobre, retumbando en la casa vacía...

—¡Cuán tranquilo y qué bien se está aquí! —dijo a Liubka, que entraba y salía del salón.

—Aburrido, sí que lo es —contestó ésta sonriendo levemente.

Mientras tanto había puesto la mesa y trajo una taza con confite de color verde, un salero, en que la sal estaba mezclada con migas de pan, un plato con un pedazo de carne con el tocino enfriado que se parecía al algodón, y una botella de aguardiente.

—Tendrías que buscarte algo con qué pasar el tiempo —dijo el comerciante, haciendo alusiones generales, como se acostumbra al hablar de esas cosas.

—Sí, es cierto —contestó Liubka en tono indiferente.

En sus respuestas no había ya la viveza de antes. Hablaba menos y más tranquila y sencillamente, pues acostumbrada a dar órdenes a los peones y a reprenderlos, perdió la costumbre de tratar con los señores. Aunque bastante simple, parecía inteligente, gracias a ese don propio de las mujeres de su clase de no hablar cosas superfluas, y a su viveza casi animal.

Cuando Liubka trajo el samovar y levantándolo en lo alto, lo puso en la mesa, el comerciante fue a sentarse en el sofá de Viena, sin quitar la vista de aquellos senos. Ella le miró de soslayo y con aire indiferente se acercó, como si quisiese calentarse, a la estufa fría. El comerciante se arremangó la chaqueta de piel de oveja, por debajo de la cual asomaba la gruesa lana, y tomó el cuchillo con la mano izquierda y el tenedor con la mano derecha. Liubka lo notó y pensó: «Es zurdo. Sin duda será un libertino». En este momento otra vez empezó a ladrar el perro, mirando hacia el vestíbulo. Entonces la mujer, inquieta de nuevo, escuchó aguzando los oídos.

—¿A quién ladra tanto tiempo? —preguntó el comerciante, después de vaciar la copa—. ¡Cómo retumba aquí cualquier sonido! Parece como si esto fuera un órgano y no una casa.

—Andará por aquí ese borrachín, el marido de nuestra pastora —dijo Liubka pensativa y se sonrió burlonamente—. Dios sabe qué historias hay entre ellos.

El comerciante cortó un pedazo de carne y untándolo con la mostaza observó indiferente:

—¡Qué dices!

—¡Palabra! Ella se lio aquí con uno, aunque tampoco se niega a los demás. Y él, naturalmente, anda por aquí, espiándola. Es un pecado juzgar a los demás, pero éstos acabarán mal.

—Entonces, ¿encontró un amigo?

—Abundan por aquí —dijo Liubka, pensando no en la pastora sino en sí misma y su amante, un sastre de Shatilovo, que era horriblemente celoso y constantemente amenazaba con matarla.

Mientras hablaba, Liubka no dejaba de mirar hacia la ventana junto a la puerta que daba al salón. En todas las demás ventanas los vidrios inferiores, cubiertos de escarcha, resplandecían con un brillo verde. Por aquella ventana, la única que no estaba helada, se veían unas pocas estrellas en el fondo azul del cielo lejano, el verdor de los abetos en el antehuerto y el cobertizo cubierto con la nieve.

El comerciante, pensativo, comía lentamente. Liubka bostezó y púsose a hablar de nuevo:

—Parece que hará un frío tremendo. Si con ese frío se viaja lejos, fácilmente puede uno helarse.

—Muy sencillo —asintió el comerciante y, mirando al perro, que tenía el hocico colocado sobre las patas delanteras, preguntó—: ¿De quién es ese perro?

—De nuestro señorito, Nikolái Kusmich —contestó Liubka—. Bien harta estoy de cuidarlo. No puede vivir en el patio; es demasiado delicado, pues casi no tiene pelo. Lo tengo

que bañar dos veces por semana. ¡Que el diablo se lo lleve! En realidad el señorito es un hombre raro.

—Sí, y además un tonto, se puede decir —añadió el comerciante.

—Si es tonto o no, no es una cuestión que puede juzgar una mujer —dijo Liubka, pensando que esa respuesta modesta había de ser del agrado del comerciante—. Lo cierto es que no sirve para nada y no vive en su casa, pero se preocupa mucho por el perro y lo menciona casi en todas las cartas.

—Y ¿hace mucho que vives aquí?

—Así es. Ya va para siete años.

—Entonces ¿estarás contenta?

—¿Por qué no? Hago lo que a mí me parece. Las señorías casi nunca viven aquí.

—Y tu marido ¿está haciendo el servicio militar?

—Sí.

—¿No tuvo que ir a la guerra?

Liubka se echó a reír, mirando hacia el techo y sosteniendo las manos cruzadas detrás de la espalda, como si las calentase.

—¡Tiene suerte ese diablo! —dijo entre risas.

—De seguro que pronto terminará el servicio ¿no?

—Eso es lo malo. Siempre escribía amenazándome que se entregaría a la borrachera. Pero y a mí ¿qué me importa? Será él quien perecerá bajo el seto —dijo Liubka. Las mismas palabras solía repetir al sastre—. Además, mi marido es muy celoso, me martiriza hasta la muerte... Siempre solía amenazarme: «Te mataré», pero apenas yo le decía una palabra cariñosa, en seguida se ablandaba. Y bien, fácilmente puede ocurrir que me mate... Es cierto que por la noche, cuando el perro ladra de este modo, siento algo de temor...

—Estás en tu derecho para denunciarlo —dijo el comerciante—. Han pasado ya los tiempos en que cualquier imbécil podía pegar impunemente a la gente.

Se comió la carne, dejando al lado el tocino, y bebió las últimas gotas de aguardiente. Sus ojos se volvieron mantecosos. Se desabrochó la chaqueta, extrajo, hipando, del bolsillo un paquetito con tabaco rojizo, una boquilla de caña y un cuadernillo de papel de fumar, separó un papelito y, con sus dedos cortos de uñas arqueadas, lio un cigarrillo grueso, empezando después a fumar con deleite.

—¿Hace mucho que estás casada? —preguntó con una vaga sonrisa.

—Ya va para cinco años.

—Y ¿no has tenido hijos?

—No.

—Y ¿por qué? Al parecer, tú eras fuerte y bonita.

—¡Muy bonita! —dijo Liubka halagada, pero sonriendo irónicamente, y empezó a mentir—: Por cierto no fue mía la culpa, yo quería tener hijos. Algo no andará bien en él, pero yo ¿qué culpa puedo tener? Y por eso es, precisamente, que él está tan rabioso conmigo y es lo que me toma a mal. Yo, cuando joven, era muy apasionada, le mordía hasta que le salían moretones, y el hacía todo lo que podía, pero todo fue en vano... ¡Mala suerte tenemos nosotras, las mujeres! —agregó.

El comerciante la miraba con los ojos entornados, respirando profundamente el humo y soplándolo hacia el techo.

—Será cierto —observó no sabiendo qué decir—. Pero ¿por qué estás ahí pegada a la estufa?

Procurando no sonreír, Liubka contestó con una sencillez estudiada.

—Y ¿dónde he de estar? Éste es mi lugar.

—Siéntate a la mesa —dijo el comerciante—. Basta ya de fingir; sabes bien que yo no tengo inconveniente alguno.

—Si no tiene inconveniente, me sentaré —respondió Liubka, con una modestia jocosa se aproximó a la mesa y se sentó en una silla.

Comprendía muy bien que el comerciante empezaba a desearla y que no sabía en qué forma tratar el asunto. Arrellanado en el sofá, suspiraba de vez en cuando, respiraba con dificultad, cerraba los ojos sonriendo sombríamente; a ratos dirigía una mirada pesada a sus senos, a la raya de su peinado, y sus ojos ora se tornaban vidriosos ora brillaban ávidamente. Fingiendo no notar nada, Liubka tomaba el té liviano con limón, con las pestañas bajas, y secaba con modestia con la punta del pañuelo que llevaba sobre la cabeza su labio superior sudoroso, cubierto de un bozo negro. El comerciante suspiró aún más ruidosamente y de súbito, sin mirarla, empezó a desabrochar con su mano pequeña y fuerte la camisa de franela azul, bajo la cual llevaba un chaleco. Desabrochó también el chaleco, metió la mano en el bolsillo interior de éste, y extrajo una cartera. Liubka empujó con el dedo una rodaja fina de limón hacia el borde del platito, la tomó en la boca y empezó a chuparla, haciendo muecas exageradas y simulando no sentir otra cosa que no fuera la fuerte acidez.

Inmediatamente notó que la cartera estaba muy abultada y desgastada y lanzó una mirada rápida al paquetito de billetes rosados, que el comerciante extrajo de la cartera. Éste separó un billete, lo cubrió con la mano derecha, y con la izquierda volvió a poner la cartera en su sitio anterior.

—¿Suficiente, no es cierto? —preguntó.

Como si no comprendiese, Liubka miró indiferente el billete de diez rublos, y luego su mirada atenta y lánguida se posó sobre el hombre.

—¿Qué te he preguntado? Contesta —repitió el comerciante con atrevimiento, casi grosero.

—Bueno, ¿por qué no? —dijo de repente Liubka, con tanta sencillez que turbó al comerciante—. Nadie es santo.

Guardó el dinero en el bolsillo de su falda, se inclinó hacia la mesa y volvió a mirarle largamente. Confuso el comerciante, no sabiendo qué decir y qué hacer, cogió su mano derecha y tiró de las puntas frías de sus dedos. Liubka tampoco sabía qué decir y, retirando sus dedos, preguntó:

—¿Por qué no comió el tocino?

Tomó un pedacito que quedó en el plato y lo metió en la boca.

—A mí me gusta, mucho más cuando está frito en la sartén... —Y añadió riendo—: Estamos en cuaresma y aquí comemos carne... Bueno, de todos modos nos asarán en el infierno.

—¿Por qué? —preguntó el comerciante.

—Por todo. Nuestro sitio está en el infierno. Los ancianos siempre dicen que no hay santos entre los campesinos. Siempre lo son los obispos y los archimandritas.

Y de pronto, enderezándose, decidida, dijo en un susurro:

—Vamos, entonces...

V

Ignat, de pie en la nieve, hacía mucho que había dejado de sentir sus piernas, también su cabeza se había entumecido y el frío había penetrado a través de su abrigo delgado, cubierto de una capa de hielo. Al principio había movido los hombros y los dedos en las botas. Después ya no prestó atención en que el postrer calor de su cuerpo se había acumulado y se agitaba cerca del corazón, ni en que se habían endurecido sus labios y se habían cubierto de escarcha los bordes del bashlik, las pestañas y los bigotes.

No notaba cómo pasaba el tiempo, completamente absorto por el vehemente deseo de ver confirmadas sus sospechas. Los gallos ya habían cantado por segunda vez. Empezaron a debilitarse la intensidad, la luz y la belleza de la noche. Tornóse pálida la luna, inclinada hacia el Poniente. Orión, cuyas tres estrellas resplandecían cual tres enormes botones de plata en el horizonte por el Poniente, se volvía cada vez más grande y más brillante. La casa de la servidumbre, por encima de la cual emergía la luna, proyectaba una sombra que cubría la

mitad del patio. Reinaba un silencio tan profundo, que se oía el agitar de las gallinas que pasaban la noche en el vestíbulo de la casa de los criados, el rechinar de la avena masticada por el caballo del comerciante, el alboroto que armó el animal al acostarse suspirando profundamente. Frente a la última ventana, libre de escarcha, había un banco que sobresalía de la nieve bajo las ramas pendientes de los abetos. La nieve, en unas partes suave como el satén, en otras tersa y quebradiza como la sal, rechinaba y crujía a cada paso, aun el más cauteloso. Reteniendo la respiración Ignat se acercó cuidadosamente hasta el banco, subió a éste, y, al apartar con las manos las ramas olorosas, de hojas verdes, brillantes, todo lo olvidó viendo el interior de la sala, viendo a aquella mujer, tan horrible para él, que se movía por el cuarto hablando algo y sonriendo, y a aquel hombre que estaba con ella a esa hora avanzada de la noche sin compañía alguna en toda la casa.

Pero el tiempo iba pasando y no ocurría nada extraordinario. He aquí que Liubka se sentó por fin a la mesa, y vio cómo el comerciante sacaba algo del bolsillo. Pero ¿qué era eso? Por más que Ignat aguzara la vista, no pudo divisarlo: le estorbaban el samovar y los vasos...

Después Liubka se levantó, se inclinó sobre la mesa y se acercó al comerciante. Por la abertura de su vestido desabrochado asomaron sus enaguas blancas. Y la tierra se envolvió en un silencio tan profundo que sólo se oía el latir del corazón de Ignat. De repente también dejó de latir ese corazón, y se llenó el ambiente con un balido diabólico que estremeció aquel mundo muerto y vacío. Ignat comprendió que fue el balido de un carnero que lanzó un grito por allá en la lejanía de la aldea. Pero, seguramente, el aspecto de aquel carnero que se despertaba a esa hora queda de la noche era diabólico y el ronquido de su voz también era diabólico. Solamente el diablo pudo lanzar un balido tan horrible en esa hora fatal.

Y he aquí que en ese momento Liubka se enderezó y se dirigió rápidamente hacia la puerta que conducía al interior de la casa. El comerciante la siguió, y ligero, sin pensar más, Ignat bajó de un salto del banco y corrió debajo de los abetos por el lado opuesto a la escalinata para, dando vuelta a la casa, entrar en la misma por la cocina. En el cielo, de azul pálido, en el que centelleaban ahora nuevas estrellas del alba, destacábanse obscuros los frutales del jardín. Ya antes había notado Ignat, al entrar por el portal, un haz de chamarasca cerca de la casa. En el haz solía guardarse oculta un hacha. Ignat se precipitó hacia el ramojo y empezó a buscar febrilmente el hacha pequeña, oxidada, mellada, que tan bien conocía. Escarbaba en el ramojo lastimándose las manos con las varas escarchadas, y que las tenía entumecidas por la nieve, que resplandecía azulada a la luz de la luna baja y soñolienta.

Mientras tanto el comerciante palpó en el bolsillo de su abrigo un revólver pequeño y pesado como una piedra y entró en el obscuro vestíbulo con las manos tendidas delante de sí.

—Tenga cuidado, no se caiga. Aquí hay ramojo amontonado para el fuego —dijo Liubka, y, pisando sobre las ramitas que se quebraban con estrépito bajo sus pies, sintió el comerciante el aroma agradable de encina y follaje seco.

—Ésta es nuestra despensa —dijo Liubka deteniéndose; palpó la pared con los dedos y abrió la puerta de un cuarto grande, no habitado y muy frío, iluminado por dos ventanas de brillo azul pálido, con los dos vidrios superiores libres de escarcha. La luna se hallaba muy lejana al otro lado de la casa, y el—cuarto estaba semiobscuro. Sin embargo, el comerciante pudo divisar jamones, colgados del techo, un barril con tocino salado, una bicicleta cuyo hierro niquelado brillaba débilmente, jarras blancas en el suelo y una cama junto a la pared con colchones pero no de pluma y con almohadas carentes de fundas.

De nuevo Liubka le hizo una advertencia, pero esta vez con voz queda propia del caso:

—Cuidado, no se meta en la mantequilla.

Se colocó de tal manera que el comerciante pudiera tumbarla, y entonces ella recostarse cómodamente. El comerciante al oír aquella voz queda y al verla junto a la cama sintió que se le doblaban las piernas. Liubka siguió murmurándole algo con voz cariñosa y anhelante, pero él no la escuchaba y, apretándola fuertemente entre sus brazos, la empujó hacia la cama, hasta que ella llegó a tocarla con sus pantorrillas. Y entonces Liubka, que hasta este momento se resistía débilmente, dejóse caer en silencio. Sentía el dolor del reloj y de la cadena que le

oprimían, mientras con una mano alisaba la espesa y suave barba del comerciante y con la otra sostenía su dedo índice con el gran anillo de oro. Percibió en su cuerpo una pena dulce, ondas de fuerzas dolientes, y como si estuviera enfadada empezó a morder aquella barba que le cubría la boca. Abrazó con ambos brazos y estrechó contra sí la rigurosa nuca, la velluda cabeza... Mas de repente ésta se deslizó de sus manos, cayendo hacia abajo. Liubka se sintió primero aliviada, pero luego el cuerpo del hombre la apretó con todo su peso. Se irguió. El comerciante se sentó pesadamente en el suelo y luego cayó de espaldas, golpeando el pavimento con la nuca. Liubka se levantó de un salto y trató de enderezarle. Pero él respiraba como si estuviera agonizando, exhalando ronquidos y silbidos; aquel cuerpo con el vientre inflado parecía enorme y pesado como el de un muerto. El horror la hizo sentir frío en la espalda.

Con manos temblantes desgarró el cuello de su camisa de franela, desabrochó el cinturón claveteado de plata. Luego cogió una almohada de la cama y la echó al suelo. Corrió al vestíbulo, encendió el trocito de vela, mojó la toalla en una jofaina con agua y regresó iluminando el pasillo y a las ratas que huían a la desbandada. Colocó la vela sobre la cama y cubrió con la toalla la frente y los ojos vidriosos del comerciante, mirando horrorizada aquel cuerpo, los faldones de la chaqueta vueltos, la blanca toalla sobre aquel rostro azulado encuadrado por negra barba desordenada.

Y de pronto, como si fuera un trueno, se oyó un golpe de la puerta. Y al levantar los ojos, Liubka quedó petrificada viendo ante sí a un soldado que le pareció de tal altura que alcanzaba el techo. En la mano izquierda tenía una gorra y en la derecha, que ocultaba detrás de la espalda, agarraba un hacha. Dio un paso hacia Liubka y con rapidez aferró mejor el mango del hacha para asestar el golpe, pero más rápida aún, en el último momento, ella le detuvo con su voz firme:

—Caiga sobre mí este pecado —dijo apresuradamente—. Termina rápido de matarlo. Seremos ricos. A ti no te pasará nada. Dirás que me habías sorprendido con él. Apresúrate.

Ignat miró su cara, enflaquecida de pronto, de líneas marcadas, sus ojos negros desmesuradamente abiertos e inmóviles, la blusa roja arremangada, los opulentos brazos, y con el hacha asentó con todas fuerzas un golpe en la toalla mojada.

VI

Cuando los gallos cantaron por tercera vez, en la casa de los criados ya estaba encendida la lámpara y prendida la estufa. Frente a ésta, sentada en un banco, calentábase la cocinera y, bostezando dulcemente, miraba sin pestañear las llamas de brillo multicolor, llamando de vez en cuando a Fedka, el cochero del comerciante, para que se despertara, pues éste tenía la orden de preparar el coche a la madrugada. Por fin, el cochero bajó de la chimenea, soñoliento y con los ojos a medio abrir, tomó del tonel una jarra de agua helada, se lavó un poco con una sola mano, pasó varias veces por su cabello desordenado la peineta de madera de la cocinera, se persignó mirando hacia el icono en el rincón; se sentó a la mesa, comió varias papas calientes untándolas con la sal que había derramado sobre la tabla desgastada de la mesa, acompañando esta comida con una enorme rebanada de pan negro; luego se vistió cuidadosamente, se apretó bien el cinturón, encendió un cigarrillo y se encaminó por la nieve helada, haciendo crujir con sus botas duras como la madera y rojizas por la nieve y agitando el farol con la vela encendida, hacia el galpón para enganchar el caballo.

Poco a poco cesaron de cantar los gallos y la noche se confundió con el día. Entre la aurora nebulosa se distinguían los objetos a la tenue claridad matutina. La nieve en el patio y sobre los techos tornábase blanca con un matiz azulado. Claro y transparente se extendía el cielo detrás del jardín y entre los árboles. El aire estaba puro y penetrante como el éter. En las ramas tupidas de los abetos del jardín, inmóvil y helado, empezaron a moverse los grajos. Pero hacia Poniente aún reinaba la noche con sus misterios. Detrás de la valla nevada del río, en el cielo de azul pálido, brillaba aún la luna moribunda.

Fedka abrió los portones del galpón, colocó el farol sobre un coche viejo y pesado, ensuciado por las gallinas y cubierto de lodo seco del otoño pasado, cogió las frías lanzas del trineo pintado de color, y andando hacia atrás lo arrastró de las tinieblas del galpón afuera, a la pálida luz matutina. Luego tomó de la clavija, introducida en la pétrea pared del galpón, los arneses claveteados de plata y, por el largo montón de nieve endurecida a lo largo de las ventanitas del galpón barreadas con paja y casi tapadas con la nieve, se dirigió hacia el establo, donde estaba el potro pesado y velludo del comerciante.

Allí en medio de la obscuridad olía agradablemente a caballo, a estiércol fresco y a restos de pasto. El potro percherón, hirsuto y completamente gris por la escarcha, al oír el golpazo de la puerta volvió la cabeza hacia la luz y relinchó quedamente. Fedka se acercó a él y el animal jugueteando bajó la cerviz. Fedka intentó ponerle el freno, pero el potro encorvó más aún el cuello grueso de crines duras. Y agitando la cabeza y empujando con la frente en el pecho de Fedka, cubierto de la piel de oveja, durante largo rato no se dejó poner el freno. Por fin el cochero logró hacerlo introducir entre los dientes amarillos del animal. En seguida limpió su mano sucia por la espuma, con la cola del potro —haciendo a la vez dos cosas: limpiar la mano y alisar el pelo levantado de la cola— y llevó al potro al abrevadero.

Desde la escalinata de la silenciosa casa señorial, cubierta de nieve y con las ventanas sin vida, salió de repente un perro blanco con manchas pardas. Dio unos cortos ladridos, corrió dos veces alrededor de la escalinata y como alocado irrumpió nuevamente en la casa. Fedka lo miró sorprendido. Pero el potro le arrastró hacia el tonel de agua. Golpeó el animal con el hocico la capa de hielo que se había formado en la superficie, la rompió y un leve vaporcito subió del agua. En seguida el caballo hundió en ésta sus jetas aterciopeladas y la bebió durante largo rato, desprendiéndose de vez en cuando para romper los trocitos de hielo entre sus dientes, y entonces inclinaba la cabeza hacia Fedka, y éste silbaba cariñosamente, animándole, mientras contemplaba con satisfacción sus ojos grandes y claros y las gotas transparentes que chorreaban de su hocico.

—Bueno, basta ya; de todos modos nunca estarás satisfecho —dijo por fin el cochero y condujo al potro hacia el trineo.

Mientras tanto había aclarado por completo. En el jardín, en los arbustos, habían comenzado su gorjeo los gorriones. El cielo, detrás del jardín, se obscureció y adquirió un color anaranjado. La luna, de color casi rojo, desaparecía detrás de la aldea, que se destacaba ahora nítidamente en el horizonte occidental de color lila obscuro.

Fedka enganchó el potro al trineo, ató las riendas y sin soltarlas corrió hacia el asiento. Pero el caballo ya se había puesto en movimiento y Fedka tuvo que saltar al trineo en plena carrera. Al salir del portón las llantas del trineo penetraron profundamente en un montón de nieve blanda acumulado durante la noche. Una vez en la carretera, Fedka hizo correr el caballo por el campo, hacia el Oriente claro y alegre, para que el animal se acalorase...

El viejo y pesado potro se fatigó prontamente. Fedka corrió una versta y media, dejándose quemar el rostro por el viento contrario, después dio media vuelta y regresó al paso. Al paso también entró en el portal, dirigiéndose a la escalinata, y de pronto abrió desmesuradamente los ojos y tiró de las riendas: la cocinera, con el rostro desfigurado y muy pálida, corría llorando hacia la casa de los criados. Sobre la escalinata estaba sentado un desconocido con un abrigo de color gris rojizo, con el cuello envuelto en un bashlik y descubierta la cabeza pelada a ras. Inclinándose hacia adelante, cogía éste con la mano derecha la nieve blanca y fresca y la colocaba sobre su coronilla.

La hoguera

Allá, donde la carretera da una vuelta, al lado del alto poste que indicia el atajo, brillaba en las tinieblas una hoguera. Yo iba en un coche tirado por tres caballos, escuchaba el tintineo de los cascabeles y respiraba el fresco aire de la noche de la estepa. Conforme me acercaba, la hoguera brillaba más vivamente y las llamas se recortaban destacándose cada vez más sobre el fondo de tinieblas. A poco fue ya posible distinguir el poste iluminado en su parte inferior y las negras siluetas de personas sentadas en el suelo. Parecían conspiradores que pasaban la noche en un lúgubre subterráneo, cuyas bóvedas oscuras temblaban a la luz de las lenguas de fuego de las llamas.

Cuando la luz de la hoguera iluminó las cabezas de los caballos, los que estaban sentados alrededor de ella volvieron la cabeza escuchando. Todos tenían la cara colorada y estaban en actitud de atención. De pronto sobre el fondo ardiente se destacó la silueta de un perro que empezó a ladrar inquieto. Sin apartar su mirada de nosotros se levantó y se puso en pie uno de los que estaban sentados; en el espacio bajo alumbrado por la hoguera, la figura de aquel hombre parecía enorme.

— ¡Guiarla.... a! —gritó con voz ruda y gutural al perro.

¿Por qué de noche se siente uno atraído por una hoguera y por la gente que pasa la noche en la estepa al lado del camino? Cuando llevo algún tiempo caminando por el atajo, viendo sólo el cielo reluciente de estrellas y la oscuridad extendida sobre las llanuras infinitas, me invade la tristeza de la soledad y me emociona cada lu-cecita que veo allá a lo lejos. Deteniendo los caballos, saludé a la gente y pedí fósforos.

—¡Buenas noches! ¿Quiere usted darme una cerilla?

El hombre que estaba ante mí en actitud de espera, un robusto viejo de ancho pecho, con un gorro de piel de cordero y una pelliza echada sobre los hombros, no oyó mis palabras, apagadas por el ladrido del perro, y furioso golpeó con el pie en el suelo.

—¡Calla, ladrón! —gritó al mastín; y sin apartar de mí su mirada recelosa, añadió en voz alta, con gutural acento gitano:

—¡Buenas noches señor! ¿Qué desea?

Las ventanas de su nariz se recortaban enérgicamente; las barbas le llegaban hasta los ojos, y en aquellos grandes ojos negros, en aquellos negros y fuertes cabellos que asomaban espesos por debajo del gorro, en las toscas barbas rizadas, en todo se adivinaba la atenta rudeza del hombre de la estepa.

—No tengo con qué encender el cigarrillo —repetí con fingida sencillez—. ¿Me hace el favor de darme un par de fósforos?

—¿Acaso los gitanos tienen fósforos? —preguntó el viejo volviendo la cabeza y mirando a los otros dos que estaban sentados al lado de la hoguera y examinaban los caballos y el coche—. ¿No podría el señor encender con la lumbre de la hoguera?

El viejo se acercó a la hoguera, se inclinó y tranquilamente echó en la palma de la mano una brasa. Me apresuré a encender con ella el cigarrillo y lancé dos o tres rápidas miradas sobre el pequeño campamento. Uno de los hombres era un campesino andrajoso de pelo rojo, al parecer un obrero vagabundo; el otro era un gitano. Este último estaba sentado con la cabeza echada orgullosamen-te hacia atrás, y sujetando con las manos sus finas rodillas levantadas, me miraba oblicuamente. Su rostro, de un moreno azulado, era fino como el de un príncipe oriental. Las córneas de sus ojos se destacaban recortadas en su rostro, y los ojos parecían asombrados. Estaba vestido como un galán: botas de piel fina, gorra nueva, americana, una camisa de seda morada y llevaba al cuello una larga cadena de plata que brillaba a la luz de la hoguera.

—¿Quizá se ha extraviado el señor? —preguntó el viejo, tirando la brasa a la hoguera.

—No —balbucí mirando otra vez más allá de la hoguera, que me cegaba con su viva luz.

Entonces se destacaron entre las tinieblas el toldo gris de una gran tienda de campaña, el arco y los timones de un carro tirados en el suelo y, al lado de éstos, un samovar, pucheros y un gran colchón de plumas, en el que estaba tendida una gitana gorda, vestida con andrajos, que daba el pecho a un niño medio desnudo. Más allá estaba en pie una joven de unos quince años, que me miraba fijamente con grandes ojos, evocadores y de rara belleza. Ella salió de improviso de entre las tinieblas; yo vi sus fuertes cabellos negros como azabache y la apasionada ternura de sus ojos, de sus labios y de todo su rostro de antigua egipcia, y abracé con una mirada todas las formas de su esbelto cuerpo juvenil, ceñidas por un fino vestido morado, que le estaba pequeño. Pero tanta era la interrogativa espera en todas las caras, y había tanta audacia en los ojos del vagabundo, que me turbé y tiré de la manga al cochero.

—¿Quiere el señor que le acompañe? —preguntó el viejo con vivacidad.

—No, gracias —me apresuré a contestar; y lanzando otra mirada sobre la hoguera me recosté en el respaldo del coche.

—¡Adelante!

Los caballos se pusieron en marcha; los cascos golpearon al compás, y los cascabeles sonaron melancólicamente, cubriendo el ladrido del perro, que echó a correr tras de nosotros . . .

Desapareció el calor y olor a los lampazos quemados; el fresco de la noche me soplaba en la cara, y de nuevo, negreando en la oscuridad, corrían a mi encuentro los campos. El arco del atalaje se destacaba en negro sobre el cielo, y, oscilando, tocaba a veces las estrellas.

Pero con más claridad aún que al lado de la hoguera veía ahora los negros cabellos, los dulces y apasionados ojos y el antiguo collar de plata al cuello ... Y en el olor de las hierbas húmedas por el rocío, en el solitario tintineo de los cascabeles, en las estrellas y en el cielo, había ahora una nueva sensación, penosa, incomprensible y, precisamente por ello, más dulce. Me parecía que había cometido algo absurdo e irreparable; que había abandonado algo íntimo, creado precisamente para mí y que por azar se alejaba de mí para siempre cada vez más, cada vez más...

Insolación

Habían ya cenado, y abandonando el comedor brillantemente iluminado, salieron a cubierta donde se detuvieron, apoyándose en la barandilla. Ella cerró los ojos y se puso la palma de la mano sobre la mejilla, echándose a reír con espontáneo encanto.

En aquella mujercita todo era delicioso.

—Estoy casi bebida..., o debo estar enteramente enajenada. ¿De dónde dijiste que procedías? Hace tres horas que ni siquiera sospechaba tu existencia. Ni sé tampoco dónde subiste a bordo. ¿Fue en Samara? Bien..., no importa, querido. ¿Me da vueltas la cabeza, o está girando el barco?

Ante ellos se extendía una oscuridad llena de puntos luminosos. Una brisa fuerte y ligera acarició sus rostros, mientras las luces se deslizaban a lo largo del vapor, que efectuó un brusco viraje sobre la corriente del Volga, para acercarse al pequeño desembarcadero.

El teniente tomó la mano de la mujer y se la llevó a los labios. Era fuerte y pequeña y su bronceado le daba un peculiar perfume. La alegría y la angustia agitaron simultáneamente su corazón, trémulo ante el pensamiento de que bajo el ligero vestido de seda se escondía un cuerpo firme y tostado por el sol a lo largo de un mes entero sobre la ardiente arena del Sur (ella le había dicho que procedía de Anapu). El teniente murmuró:

—Bajemos aquí...

—¿Dónde? —preguntó ella asombrada.

—Aquí, en este desembarcadero.

—¿Por qué?

El guardó silencio. La mujer apoyó de nuevo su mejilla en la palma de la mano.

—Estás loco...

—Bajemos —repitió torpemente—. Te lo ruego...

—Akh, como gustes —respondió ella.

Y uniendo la acción a la palabra se alejó.

El vapor continuó su marcha hasta chocar con un ruido sordo con el muelle débilmente iluminado, por lo que ambos casi cayeron uno encima del otro. El extremo de un cable pasó volando sobre sus cabezas, el vapor se bamboleó en el agua bulliciosa, la pasarela crujió...

El teniente corrió en busca de los equipajes.

Recorrieron el soñoliento muelle hasta que, fuera de sus límites, se encontraron hundidos en la arena hasta los tobillos. En silencio, tomaron un polvoriento coche de alquiler. La ascensión por la empinada calle cubierta de polvo, puntuada por unas pocas lámparas colocadas oblicuamente, se les hizo inacabable. Al llegar a la cima, el carruaje traqueteó sobre la calle adoquinada; una plaza, algunos edificios administrativos, un campanario, el calor y los aromas de una noche de verano en una ciudad de provincia... El coche se detuvo ante una entrada iluminada, cuyas puertas entornadas dejaban vislumbrar los peldaños de una desvencijada escalera de madera.

Un viejo criado sin afeitar, vestido con una camisa roja y levita, tomó de mala gana sus equipajes, y emprendió la marcha con aire cansino. Entraron en una habitación grande pero terriblemente mal ventilada, todavía ardiente por el sol diurno, de ventanas cubiertas por blancas cortinas, y en la que un espejo presidía la repisa de la chimenea, provisto de dos velas que nunca habían sido encendidas.

Una vez entraron y el criado hubo cerrado la puerta, el teniente se arrojó impetuoso sobre ella, y ambos se fundieron en un beso de agonizante éxtasis, de tal duración que perdieron la noción del tiempo; jamás les había sucedido una cosa parecida a ninguno de los dos.

A las diez en punto de la mañana siguiente, una mañana cálida y soleada, a la que daba alegría el tañido de las campanas de la iglesia, la agitación de la plaza del mercado frente al hotel, el olor de heno y alquitrán, y toda esa mezcla de aromas que caracteriza a cada ciudad

rusa de provincias, aquella mujercita sin nombre, el cual se había negado repetidamente a revelar, llamándose burlonamente «la bella desconocida», le abandonó, para reanudar su viaje. Habían dormido poco, pero cuando ella salió al cabo de cinco minutos, de detrás del biombo cercano a la cama, vestida y arreglada, parecía tan lozana como una muchacha de diecisiete años. ¿Mostraba confusión?... Apenas. Como horas antes, era alegre, sencilla, y... bastante razonable.

—No, no, querido mío —exclamó.

Insistió en la negativa, que obedecía a la sugerencia del hombre de proseguir juntos, añadiendo:

—Debes permanecer aquí y tomar el próximo vapor. Si continuamos juntos, se estropearía todo, y no me gustaría. Por favor, créeme, no soy la clase de mujer que te conviene. Todo lo que ha pasado aquí, nunca ocurrió antes, ni sucederá de nuevo. Imagina que me he eclipsado..., o para ser más exactos, que ambos hemos sufrido una especie de insolación.

El teniente, casi aliviado, se mostró de acuerdo con ella. Con espíritu alegre, la escoltó en un carruaje hasta el desembarcadero, al que llegaron en el preciso instante en que el vapor pintado de rosa se disponía a zarpar. En el muelle, en presencia de otros pasajeros, la besó, con el tiempo justo de saltar sobre la pasarela que ya retrocedía.

Con la misma ligereza de espíritu volvió al hotel. Algo había cambiado. La habitación parecía diferente sin ella. Estaba llena de su presencia... y vacía. ¡Qué extraño! Olía aún a su excelente agua de colonia inglesa, su taza sin terminar se hallaba todavía sobre la bandeja, pero ella ya no estaba allí... De pronto, el corazón del teniente sintió tal arrebato de ternura, que se apresuró a encender un cigarrillo y, golpeando con el látigo sus piernas calzadas de largas botas, empezó a medir a grandes pasos la habitación.

—¡Qué ocurrencia tan extraña! —exclamó en voz alta.

Y echándose a reír, consciente de las lágrimas que asomaban a sus ojos, añadió:

—«Por favor, créeme..., no soy la clase de mujer que te conviene...» Y ahora se ha ido... ¡Una mujer absurda!

El biombo estaba corrido a un lado; y la cama permanecía deshecha. Al comprender que no tenía coraje para mirar otra vez al lecho, lo tapó con el biombo, cerró la ventana a fin de no oír el ruido de la plaza y los crujidos de las ruedas de los carruajes, y corriendo las blancas cortinas, se sentó en el diván.

Aquello era el fin de un «encuentro afortunado». Ella había partido. Estaría ya lejos, sentada sin duda en el blanco salón de espejos, o en cubierta, contemplando el inmenso río cuyas aguas centelleaban al sol, las veloces falúas, los amarillos bancos de arena, el resplandor del agua y el cielo, y toda la inmensa extensión del Volga... Adiós para siempre, para toda la eternidad— ¿Se encontrarían alguna vez de nuevo?

—Después de todo —murmuró—, me es imposible bajo ningún concepto visitar la ciudad donde vive su marido, su hija de tres años de edad, el resto de su familia, donde ella está siempre.

Aquella ciudad le pareció de repente excepcional, un lugar prohibido... Y con el pensamiento de que ella proseguiría su vida solitaria, que quizá le recordaría a menudo, rememorando el azar de su encuentro, de que él nunca volvería a verla, se sintió confundido y acobardado.

¡No podía ser! ¡Era completamente absurdo, extraño, increíble! Experimentó tal angustia ante la futilidad de la existencia en los años futuros, que se vio invadido por el terror y la desesperación.

«¡Qué diablos! —pensó, levantándose y paseando de nuevo arriba y abajo por la habitación, sin mirar el lecho de detrás del biombo—. ¿Qué es lo que me ocurre? ¿Quién hubiera creído posible que por primera vez... y allí...? ¿Qué hay en ella, qué ha sucedido exactamente? ¡Parece como si de verdad hayamos sufrido una insolación!... Tendré que hallar la forma de pasar el día entero sin ella en este rincón dejado de la mano de Dios.»

La recordó vividamente en todos sus detalles más íntimos: el perfume de su piel bronceada, el olor de su vestido de seda, el aroma de su cuerpo firme, el sonido vivaz, alegre y sencillo de su voz... La impresión de las delicias de su encantadora feminidad recientemente experimentadas, estaba todavía fuertemente grabada en él. Sin embargo, predominaba otra sensación enteramente nueva..., extraña e incomprensible, inexistente mientras estuvieron juntos, y que nunca hubiera podido imaginar el día anterior, cuando trabó conocimiento con ella, por el simple deseo de divertirse, una sensación de la que nunca le sería posible hablar con nadie, nadie en absoluto.

«Sí —prosiguió pensando—, nunca seré capaz de hablar de ello. No sé qué hacer, cómo pasar este día infinito, con mis recuerdos y mi angustia intolerable, en esta pequeña ciudad dejada de la mano de Dios, regada por el Volga radiante, sobre cuyas aguas navega el vapor pintado de rosa que se la llevó...»

Para liberarse le era absolutamente preciso hallar distracción en algo, divertirse, ir a alguna parte. Se puso el gorro resueltamente, y con vigorosas zancadas que hicieron resonar sus espuelas, salió al vacío corredor, y bajó con rapidez la empinada escalera hacia la entrada... ¿En qué dirección?

En la entrada había un joven cochero, elegantemente vestido con una chaqueta de aldeano, que fumaba calmosamente un delgado cigarro en aparente espera. El teniente le echó una mirada de confusa interrogación. ¿Era posible que alguien estuviese sentado en un pescante con tanta tranquilidad, y fumase con un aspecto tan despreocupado e indiferente?

«Evidentemente, soy la persona más desgraciada de toda la ciudad», pensó, girando en dirección a la plaza del mercado.

Los puestos se hallaban dispersos. De modo inconsciente, se puso a caminar entre el estiércol fresco, los carros, las cargas de pepinos, los cazos y cazuelas nuevos, mientras las mujeres, sentadas en el suelo, rivalizaban unas con otras en el intento de llamar su atención hacia sus cacharros, haciéndolos sonar con las puntas de los dedos para demostrar su calidad, y las campesinas lo ensordecían con sus gritos:

—¡Pepinos de primera clase, Señoría!

Aquello era tan absurdo y estúpido que salió corriendo de la plaza, para entrar en la iglesia donde, en aquel momento, comenzaban los cantos, sonoros y estridentes, como si sus intérpretes se hallaran convencidos de que cumplían un trascendental deber. Saliendo, echó a andar por las calles, y bajo el calor del sol deambuló por los senderos de un pequeño jardín abandonado en la falda de una colina, contemplando el ancho río que destellaba con un brillo de acero. Las hombreras y botones de su traje blanco de verano se calentaron hasta tal extremo, que resultaba imposible tocarlos. La banda interior de su gorro estaba húmeda por el sudor, y su rostro ardía...

Al volver al hotel sintió un indescriptible alivio al refugiarse en el enorme comedor fresco y vacío. Quitándose el gorro, se sentó en una mesita colocada ante una ventana abierta, por donde entraba un vientecillo que si bien cálido, era brisa al fin y al cabo. Pidió una sopa de hortalizas frías.

Todo era bueno. Cada cosa resultaba una fuente de ventura inconmensurable e intensa alegría, incluso el bochorno y los olores del mercado. La felicidad llenaba aquella pequeña ciudad desconocida, aquel viejo hotel provinciano, y sin embargo su corazón se desgarraba.

Tomó varios vasitos de vodka y un bocado de pepinos en escabeche, pensando que no le importaría morir sin vacilación al día siguiente, si por un milagro ella volviera a su lado para pasar la jornada con él..., o si pudiera hablarle, persuadirla de algún modo, de su conmovedor y maravilloso amor... Pero, ¿por qué? ¿Por qué persuadirla? No le era posible responder a estos interrogantes, pero hacerlo resultaba más importante que la vida misma.

«Los nervios me están jugando una mala pasada», pensó mientras se escanciaba el quinto vaso de vodka.

Consumió una garrafita entera, esperando que la embriaguez le hiciera olvidar, y terminara con su exultante agonía. Pero, no logró otra cosa que acrecentarla.

Apartó a un lado la sopa, pidió un café muy cargado y empezó a fumar, reflexionando intensamente acerca de los medios para liberarse de aquel repentino e inesperado amor. No obstante, se dio cuenta, con aguda intuición, de que le sería imposible, y de súbito, con un movimiento brusco, se levantó, cogió el gorro y el látigo y, tras preguntar dónde se hallaba la oficina de correos, se dirigió con presteza a la dirección indicada, con las palabras de un telegrama bailándole en la cabeza: «De ahora en adelante, mi vida es enteramente tuya, hasta la muerte. Haz con ella lo que quieras».

Pero al llegar al edificio de gruesos muros, que albergaba las oficinas de correos y telégrafos, se detuvo lleno de horror: sabía la ciudad donde ella vivía, y que tenía un marido y una hija de tres años, pero no su apellido ni su nombre de pila. Varias veces, en el transcurso de la velada se lo preguntó, pero en cada ocasión ella se había echado a reír, diciendo:

¿Para qué quieres saber mi nombre? Soy María Green, la Reina del País de los Duendes..., o simplemente la «hermosa desconocida»... ¿No te basta?

En la esquina, cerca de la oficina de correos, divisó la vitrina de un fotógrafo. Contempló fijamente el enorme retrato de un militar de recargadas hombreras, ojos saltones y frente estrecha, propietario de unas patillas sorprendentemente magníficas y pecho abombado, condecorado con infinidad de medallas. En aquellos instantes en que sus sentimientos habían sido derrotados por la terrible «insolación», y por aquel amor y felicidad tan intensos, comprendía lo absurdo, ridículo, y horriblemente ordinario de cuanto le rodeaba. Fijó la mirada en una pareja nupcial compuesta por un hombre joven vestido con una larga levita y corbata blanca, y el pelo cortado como un erizo, en cuyo brazo se apoyaba un velo de desposada..., pero apartó la vista para posarla en la fotografía de una muchacha de aspecto atractivo y vivaz, tocada con un ladeado gorro estudiantil...

Atormentado por una angustiosa envidia hacia todos aquellos extraños, aquellos seres humanos que no sufrían, clavó su mirada calle abajo.

«¿Adonde voy? ¿Qué hago?»

En su cerebro y en su alma persistía la insoluble y opresiva cuestión.

La calle estaba desierta, y las casas, pertenecientes a la clase media, todas parecidas, blancas con dos pisos y extensos jardines, parecían deshabitadas. Un espeso polvo blanco cubría el pavimento; todo deslumbraba y cada objeto se hallaba inundado por los tórridos, flameantes, alegres, y aparentemente inofensivos rayos del sol. A lo lejos, la calle ascendía en cuesta, pareciendo unirse con el horizonte gris, puro y sin nubes de reflejos violeta.

El ambiente tenía algo de meridional. Le recordaba Sebastopol Kertch..., Anapu. El recuerdo de esta última ciudad se le hizo particularmente insoportable. Con la cabeza baja, los ojos entrecerrados por el sol, y la mirada fija en el pavimento, vacilante y torpe, apretó la marcha, retrocediendo sobre sus pasos.

Volvió al hotel deshecho por la fatiga, como si hubiera transitado toda una larga jornada por el Turquestán o el Sahara. Reuniendo sus últimas fuerzas, entró en la enorme y desolada habitación.

Estaba ya arreglada y los últimos rastros de ella habían desaparecido, a excepción de un alfiler del pelo olvidado que se hallaba sobre la mesita de noche.

Quitándose la casaca, se miró al espejo. Su rostro —el semblante normal de un oficial atezado, cuyos bigotes quemados por el sol y el azul claro de sus ojos parecían más claros en contraste con el rostro— mostraba disgusto y extravío, y la ligera camisa blanca de cuello almidonado, le otorgaba un aire joven e infinitamente patético.

Se tendió de espaldas sobre la cama, apoyando sus pies calzados con las botas cubiertas de polvo sobre una banqueta. Las ventanas estaban abiertas, y las cortinas corridas, las cuales, de vez en cuando se hinchaban a impulsos de una ligera brisa, introduciendo en la habitación el bochorno y el olor de los tejados calientes, y de todo aquel mundo, luminoso, mudo, casi desolado y desierto, característico del Volga.

Yaciendo con los brazos bajo la nuca y mirando al vacío, se forjaba una débil y fabulosa pintura del remoto Sur, del sol, del mar y de Anapu, como si la ciudad a la que ella había

vuelto, y a la que, sin duda, había llegado, fuera única. Este pensamiento obsesivo provocó la aparición de cálidas y punzantes lágrimas, y al fin cayó dormido. Al abrir de nuevo los ojos, se percibía a través de las cortinas el resplandor rojizo de) sol crepuscular. La brisa había cesado y la habitación mal ventilada y seca, parecía un horno... Recordó la mañana del día anterior, a la que recordaba como si hubiera sucedido diez años antes.

Casi de mala gana se levantó, se lavó y descorriendo las cortinas, llamó a un criado para pedir un samovar y la cuenta. Durante un largo rato estuvo bebiendo té con limón, luego ordenó que llamaran un coche y metiesen en él su equipaje. Al sentarse en el asiento rojizo y quemado por el sol, dio al criado una moneda de cinco rublos como propina.

—¡Parece como si fuera ayer, cuando traje aquí a Su Señoría! —exclamó alegremente el cochero, cogiendo las riendas.

Cuando alcanzaron el desembarcadero, el resplandor azul de la noche de verano ya había oscurecido la superficie del Volga, y en sus aguas flotaba el reflejo de las luces multicolores y las llamas colgaban del mástil del vapor, ya próximo.

—¡Llega a tiempo! —exclamó el cochero en tono obsequioso.

El teniente le dio también cinco rublos, y con el billete en la mano se dirigió al desembarcadero... Al igual que el día anterior, resonaba el silbido de los cables, el ligero temblor de la plataforma bajo sus pies, el extremo del cable que llegó volando, y el burbujear de las aguas espumosas bajo las ruedas del vapor al retroceder tras el impacto... El espectáculo del barco abarrotado inundado de luz, y los olores procedentes de las cocinas, parecieron tributarle una cálida bienvenida.

Un minuto más tarde, el vapor ya había zarpado y remontaba el río en la misma dirección que tomó aquella misma mañana.

Ante el barco, la oscura puesta de sol veraniega se estaba desvaneciendo rápidamente, reflejándose sobre el río en tonos oscuros, fantásticos e iridiscentes, provocando a lo lejos, bajo el sol poniente, tenues manchas sobre las olas temblorosas, mientras los destellos de luz que brillaban en torno al vapor iban retrocediendo sin cesar.

El teniente se sentó bajo el toldo de cubierta, consciente de haber envejecido diez años.

 

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