Libro N° 4091. El Pastor Y Otros Relatos. Bunin, Iván.
© Libro N° 4091. El Pastor Y Otros Relatos. Bunin, Iván. Colección E.O. Agosto 26 de 2017.
Título
original: © El Pastor Y Otros
Relatos. Iván Bunin
Versión Original: © El Pastor Y Otros Relatos.
Iván Bunin
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EL PASTOR Y OTROS RELATOS
Iván Bunin
El pastor
La hoguera
Insolación
El pastor
I
Corría ya en Isvali el
segundo invierno en que Liubka trabajaba como criada de la casa de los señores
Panin, cuando Ignat entró a servir allí de pastor. Iba éste a cumplir veintiún
años, y veinte la muchacha. Ignat procedía de una casa pobre de Chesmensk,
aldea que formaba parte de Isvali, y Liubka era oriunda de la aldehuela vecina
de Shatilovo. Ignat no recordaba a su madre; Liubka, por lo contrario, no
conocía a su padre. La madre de la muchacha, pordiosera, vagaba por la
provincia en compañía de unos mendigos ciegos. Decíase de Liubka que era hija
natural del propietario de Shatilovo, y que ésa era la razón por que había
pasado su niñez en la casa señorial. Y debido a esa circunstancia, cuanto más
pensaba el pastor en la muchacha, cuanto más impresionado se sentía por su
belleza, tanto más tímido, sombrío y callado se tornaba y tanto más cavilaba.
Reflejábanse en los ojos
negros y brillantes de Liubka franqueza y serenidad insolentes. Tranquila y
hábilmente robaba perfumes y jabón de su señora, la cual era viuda, de aspecto
majestuoso y de cabellos canosos, y a la que le gustaba fumar cigarrillos perfumados.
A veces Liubka mostrábase vivaz e ingenua, pareciendo más joven de lo que era;
otras veces se le podía dar muchos más años, pues adquiría de pronto el aspecto
de persona que había vivido mucho. Además, sus senos estaban bien
desarrollados, como los de una mujer madura.
Tendría catorce años poco
más o menos cuando el anciano Sibin, subprefecto de Shatilovo, la violó. Ahora
Liubka se divertía con los señoritos de Panin, sin que abrigase amor por
ninguno de ellos.
Ignat no conocía aún a las
mujeres, cuyas relaciones se le imaginaban deseables y horribles a la vez. En
todo Isvali no había nadie de carácter tan complicado y tan reservado como este
muchacho. Ni aun cuando fuera simplemente al granero a buscar heno para el
ganado, nunca contestaba directa e inmediatamente a la pregunta: ¿a dónde vas?
Evitando mirar a la cara de
Liubka, sin atreverse siquiera a levantar su vista, plena de expresión sombría,
avergonzado de su calzado tosco, de su gorra vieja, de su chaqueta andrajosa,
la observaba de reojo, seduciéndole y horrorizándole al mismo tiempo la
desvergüenza y tranquilidad de la muchacha, cosas que él percibía vagamente.
Los señoritos, por su parte,
contribuyeron a excitar la pasión que Ignat sentía hacia Liubka.
Alexéi Kusmich, oficial del
ejército, de la misma edad de Ignat, que pasaba la mayor parte del año en el
Cáucaso, debido a su salud precaria, y Nikolái, igual en edad que Liubka, el
cual había recorrido una tras otras varias carreras en diferentes establecimientos,
venían durante el invierno sólo en las grandes festividades. Este año, para el
carnaval, llegó primero el más joven. Volvióse Liubka entonces más vivaz que
nunca, y tornóse más franca y serena todavía la expresión de su mirada, aun
cuando no por eso se mostraba sincera con nadie. Resplandecían sus ojos
inmóviles con brillo especial, cuando, rebosante de salud, ruborizadas las
mejillas tostadas por el sol, sueltos los cabellos negros, iba y venía
corriendo, por una u otra cosa, desde la casa señorial a la de los criados,
zarandeando los codos y haciendo crujir su blanco delantal almidonado que
cubría en parte el vestido de color verde.
Y durante el carnaval,
durante aquellos días grises y nublados, en que hasta las encinas y los abetos
del jardín perdieron su aspecto brillante, durante aquellos días que producían
vértigo, por su bullicio festivo y ardiente, Ignat varias veces había tenido
ocasión de observar cómo los señoritos se divertían con Liubka.
En cierta ocasión, al
obscurecer, vio a la muchacha precipitarse fuera de la casa con los cabellos
desordenados y expresión furiosa en su rostro ruborizado. Nikolái Kusmich salió
apresuradamente tras ella, riéndose y gritándole algo. Era éste, hombre robusto,
de cabeza
grande y de perfil señoril.
Vestía camisa de seda blanca y calzaba botas de charol... Y por la noche de
aquel mismo día, Liubka topó con Ignat en el obscuro vestíbulo de la casa de
los criados. Alegre y sin resuello le dijo deteniéndose un instante:
—Primero me desgarró la
blusa y luego me regaló un frasco de perfume de saúco de Persia sin abrir
siquiera... ¿No hueles?
En seguida desapareció, e
Ignat permaneció durante largo rato todavía en el mismo lugar: allí olía a
cocina, a frescura de la próxima primavera, a perros cuyos ojos ardientes se
movían ante él como esmeraldas de resplandor rojo; pero el mozo sólo sentía el
aroma dulce y embriagador del perfume y el olor, aún más excitante, del
cabello, a claveles, del vestido de lana, empapado en la transpiración de
aquellas axilas.
Días después llegó el
oficial. Era flaco, de castaños ojos punzantes, en cuya cara larga y afilada
veíanse unos granos lila. Pesadamente, meciendo sus carnes, corrió la señora a
su encuentro, impidiéndole hacerlo más de prisa el corsé estrechamente
apretado, y agitó el pañuelo blanco hacia la troika1 que apareció por detrás de
la colina.
Junto a la escalinata el
cochero paró bruscamente los caballos, y en seguida el oficial púsose a hablar
apresuradamente, sin preocuparse de si se le oía o no. Luego, con un ademán
ampuloso, como si estuviese delante de un restaurante, echó hacia atrás la
manta de viaje del trineo y subió la escalinata con paso ágil y desenvuelto,
taconeando ruidosamente con sus piernas delgadas y desgarbadas, calzadas con
botas elegantes y resplandecientes, haciendo sonar las espuelas y acomodándose
con alzamiento típico de hombros el cuello levantado de piel de castor del
amplio abrigo.
Era la víspera del domingo
de carnaval, que ese año caía tan tarde y por ende en estación tan avanzada,
que a veces parecía que la primavera ya había reemplazado al invierno. Por la
mañana calentaba el sol, abrillantando el cielo azul y reflejándose en la
nieve. Por doquier goteaba la nieve al derretirse. Pero a mediodía se nubló de
nuevo, tornóse el tiempo húmedo en extremo, y el huerto, obscurecido, empezó a
sonar y zumbar tristemente. Sin prestar atención al viento y al frío, Liubka,
que no llevaba otra cosa encima que su vestido, descargaba bultos del trineo.
Ignat, de pie en la ancha y sucia escalinata de la casa de los criados,
saturada del olor a blini2, observaba cómo la muchacha se inclinaba, lo que
modelaba y resaltaba más sus muslos. Caían grandes copos de nieve,
derritiéndose inmediatamente en el charco formado delante de la escalinata, y
en ese charco paseaban dándose aire de importancia las cornejas, recién
llegadas del Sur. Uno de los peones y la cocinera, ésta con la falda
arremangada y botas altas, salieron de la cocina llevando un gran cubo, por
cuyas asas pasaba un bastón. En el cubo humeaban las gachas de avena, espesas y
amarillas. Los galgos se echaron encima y, temblando y apretando las colas
rígidas y torcidas entre las patas, empezaron a devorarlas. El hijo de la
cocinera, que llevaba camisa roja, prenda que reservaba para los días festivos,
revolvía la pasta, golpeando ora a uno ora a otro perro que gruñía. Por aquí y
por allí en el patio traslucíase negra la tierra, libre ya de la nieve.
Terminada la comida, los perros, babeando sus hocicos por las gachas
amarillentas, revolcáronse en la tierra y luego se retiraron en manadas hacia
el jardín situado detrás de la casa. Junto a la hermosa Strielka, una galga de
ojos negros y de piel blanca y suave como seda, iba un mastín grande y rojizo,
que gruñía furiosamente mostrando los dientes y no dejaba que ningún otro perro
se acercara a la galga.
Atormentado por los deseos,
Ignat siguió a los perros. Mas éstos abandonaron la avenida y desaparecieron
por la nieve gris entre los manzanos. Ignat salió del jardín al campo. Seguían
cayendo oblicuamente grandes copos de nieve que cubrían la llanura de una capa
grisácea. El mozo se quitó la gorra, y de su interior roto y rellenado de
algodón extrajo una moneda de veinte kopeikas3. Luego se dirigió lentamente, a
lo largo del jardín, cruzando los patios
1 Tiro formado por tres
caballos. (N. de la t.)
2 Panqueques que se comen
durante el carnaval. (N. de la t.)
3 Moneda rusa.
situados en la parte
posterior, hacia la aldea, cuyas isbas4, libres de la nieve, destacábanse
obscuras en la colina. Por entre las isbas y los galpones levantábanse montones
de nieve, amarillos y enlodados por el estiércol y los trineos, y surcados por las
estrías llenas de agua helada de primavera.
Ignat golpeó en la ventana
de una isba, especialmente pintada de negro y ruinosa, junto al muro de la cual
dormitaban tristemente unas cuantas gallinas. Un semblante amarillo y arrugado
se acercó al vidrio desde el interior. Ignat mostró su moneda. En seguida salió
una campesina, sin medias y con botas viejas y pesadas y cubierta la cabeza con
una piel de oveja. La mujer condujo a Ignat al otro lado de la carretera, al
galpón frío y maloliente, aquel de puerta de hierro, y allí le metió en el
bolsillo amplísimo de sus pantalones gastados la botella que le tenía
preparada.
Durante un momento Ignat se
detuvo en la cuesta detrás del galpón, pensando en Liubka. Luego echó hacia
atrás la cabeza y apuró el contenido de la botella hasta la última gota. Volvió
a esconder la botella vacía, sintiendo cómo el calor agradable, producido por
el líquido venenoso, se extendía por su cuerpo. Se puso en cuclillas esperando
la embriaguez; al percibirla se dejó caer, riendo y gozando de su estado de
borracho. Después se arrastró por el suelo cuesta abajo hacia la llanura.
Cuando volvió en sí, durante
largo rato no pudo comprender dónde estaba. Anochecía, soplaba el viento
húmedo, pero ya no nevaba. Asustado recordó que todavía no había llevado la
paja, el combustible necesario con que templar la casa. Ignat todas las tardes
apilaba la paja junto a la escalinata de la cocina y generalmente pasaba todo
el día trayendo en su ancho trineo aldeano ya paja ya forraje para el ganado.
Se levantó de un salto y
cruzó corriendo la aldea, después el jardín. Tenía la cabeza aturdida, pero el
cuerpo liviano, y el viento, tan agradable que daba gana de respirarlo a todo
pulmón, excitaba de modo especialísimo sus sentimientos agudizados.
Ignat sabía que había dejado
olvidada la cuerda en la entrada de la cocina y, sin resuello y chapoteando por
la nieve blanda, se dirigió directamente hacia allá. A la luz mortecina del
crepúsculo, bajo el cobertizo de la escalinata, divisó una figura, que, al
percibir los pasos de Ignat, volvió la cabeza, gritando:
—¿Qué quieres?
Era el oficial. Era su voz,
su cara pálida y larga, su cabeza de cabellos cortos y con aquel cogote largo y
estrecho. Y allí mismo, apretada contra la pared, estaba Liubka, teniendo
cogidos dos dedos de la mano del oficial. Ignat, sin apartar la vista del
delantal blanco de la muchacha, alejóse lentamente, sintiendo de nuevo dolor en
la cintura, cansancio en los omóplatos y las piernas debilitadas. Agitando el
agua de los charcos, soplaba el fuerte viento del Oeste, y había en aquel
viento la humedad embriagadora, la fuerza de la primavera temprana que vencía
al invierno.
Sin embargo, al día
siguiente volvió a vencer el invierno; más densos aún caían los copos de nieve,
y hacia el anochecer los campos se perdieron entre las nubes de la ventisca. La
señora se fue a visitar a una vecina. El oficial, haciendo sonar las espuelas,
salió de la casa, llamó y ordenó que engancharan a Koroliok e, inclinándose
sobre los perros que descansaban en la escalinata y cuyas cabezas y lomos
estaban cubiertos de nieve, empezó a tirar de las orejas ora a uno ora a otro,
susurrando con voluptuosidad: «a-a-ta-ta-ta». Pasó Liubka por su lado, llevando
una fuente con merluza frita hacia la casa de los criados. La miró de soslayo,
y tornóse más voluptuoso aún el susurro:
—¡A-ah, perros, perritos,
perritos míos!
Era domingo de carnaval.
Desde la colina junto al río llegaban sordamente, a través del bramido de la
ventisca creciente, voces ebrias, cantos, retintín de cascabeles: el
almacenero, el zapatero, el uriadnik5, los tnuyik6, todos paseaban en trineo
con sus huéspedes, muchachas,
4 Casita de madera en el
campo. (N. de la t.)
5 Sargento de la policía.
(N. de la t.)
aldeanas jóvenes, parientes.
Aquel bullicio engendraba alegría y al mismo tiempo tristeza, pues ya se
presentía la fatiga y, por tanto, el fin de la fiesta.
Una vez enganchado Koroliok,
el oficial, vistiendo un amplio abrigo y papaja7, fue en busca de Liubka, que
tenía el rostro radiante de felicidad. Vestía ésta un abrigo de piel liviana
con cuello de color castaño y tenía envuelta la cabeza con una chalina gris. Al
bajar de la escalinata dando pasos cortos y vacilantes, se resistía riendo,
pero dejándose arrastrar.
Ignat había traído el potro
tordillo, y el caballo, sostenido por la brida, miraba de soslayo de un modo
siniestro e inteligente al oficial y la chalina de seda roja que envolvía aquel
cuello delgado, lleno de cicatrices y postillas avellanadas. Por su parte Ignat
no dejaba de mirar el borde blanco del vestido de Liubka y sus botitas toscas,
ensebadas, a las que no se adhería la nieve.
Más tarde, cuando Ignat se
dirigía a la era en su trineo aldeano, castigando con la cuerda el huesudo
caballito, Koroliok le adelantó, casi rozándole con su humeante vaho, trotando
furiosamente y resollando por la nieve que soplaba en sentido contrario, y
pronto desapareció lo mismo que el trineo entre las nubes de la nevasca, que
sombría y alegremente se desencadenaba en los campos brumosos. Grandes copos de
nieve caían sobre el ancho lomo de Koroliok, sobre el papaja, las charreteras y
la elegante bota con espuela que se apoyaba en el patín de hierro. Con la mano
izquierda, cubierta por guante de gamuza, el oficial sostenía las riendas, de
color azul claro, y con la otra apretaba contra sí la cabeza envuelta en la
chalina gris, inclinándose sobre ella.
En este momento Ignat tomó
la firme decisión de trocar su acordeón, el único bien que poseía, por un par
de botas viejas del peón Iashka.
Después de haber apilado
suficiente paja, nuestro mozo no fue a reunirse con la muchedumbre que se
divisaba confusamente entre la nevisca nocturna en la plazuela frente a la
iglesia, bajo los cobertizos de las isbas. Allí, como poseídas, tratando de
superarse unas a otras, resonaban las alegres melodías de los acordeones,
sofocadas a veces por el viento y por los cantos, y las ágiles aldeanas
bailaban con apasionamiento, dando vueltas en las nubes de nieve. Pero Ignat,
hundiéndose a cada paso en la nieve, se arrastró dificultosamente a lo largo de
la plazuela hacia la casa del almacenero, y allí durante dos horas permaneció
de pie, sin apartar la vista de las ventanas, contemplando a través de los
vidrios empañados las sombras ondeantes de los danzarines.
II
Lentamente transcurrían los
días de cuaresma, grises y monótonos.
No cesaba de soplar un
viento despiadado. Aparecían descoloridos los campos desnudos; los abetos y las
encinas de color verde apagado zumbaban tristemente en el jardín, y aun las
cornejas, que vinieron demasiado temprano, volvieron a desaparecer. El oficial
había partido ya hacía tiempo, pero Nikolái Kusmich no se decidía a dejar el
hogar materno.
Cierto día Ignat se acercó
con el trineo a la entrada misma de la cocina. Los haces de paja produjeron un
ruido característico al tropezar con los escalones. Sorprendido, se levantó de
la paja amontonada junto a la entrada el señorito, todavía riéndose por haber
estado chanceando allí con Liubka. Ésta no parecía turbada y, arreglando con
calma el cabello desordenado, dijo:
—A vosotros los hombres
siempre os gusta jugar, pero en la aldea habrá habladurías... Si tú, Ignat, por
lo menos quisieras casarte conmigo... —añadió indiferente, levantándose.
Ignat se ruborizó y tornóse
sombrío. No atribuyó significado alguno a estas palabras, y, sin embargo, aquel
día nacieron en su alma celos y rabia, aumentando aquellos sentimientos cada
día. Cuando iba en su trineo a la era, al pasar por la ancha avenida del
jardín, masticaba
6 Campesino ruso. (N. de la
t.)
7 Gorra alta de piel. (N. de
la t)
pan negro y, mirando hacia
la casa señorial, se figuraba con envidia la vida que se desarrollaba en su
interior.
Los perros en jauría
abigarrada seguían a su trineo. En los rastrojos se revolvían chillando los
ratones. Los perros escarbaban la paja, se detenían, husmeaban, aguzaban las
orejas, y redoblaban su correr entre los rastrojos, temblando y aullando. De
pronto, dando un salto, se precipitaban diestramente sobre la presa. Ignat
entonces llamó a Strielka, aquella galga tan hermosa de ojos negros y húmedos,
y cuando la perra entró en el granero, cerró la puerta. Se sentía inquieto y
temeroso. Brotaba del suelo el aire frío y húmedo; en cambio, de la mies
trillada emanaba cálido aroma. La penumbra del enorme triángulo del granero
sólo se interrumpía por la luz débil y fría que penetraba a través de las
rendijas de la puerta. Por encima de aquel hombre y de la perra zumbaba el
viento, que en corriente de aire, penetrando en el galpón, movía la paja por el
suelo...
Ya comenzada la tercera
semana de la cuaresma, en un día claro y lleno de sol, partió Nikolái Kusmich.
En aquel día la primavera había asentado sus reales definitivamente. En el
transcurso de una sola noche los tejados de los establos y graneros quedaron
libres de nieve, y los rastrojos de paja que los cubrían brillaron cual oro al
sol, destacándose en el fondo del cielo, de un azul tan límpido que llenaba el
alma de alegría. Por primera vez se dejó salir, para que perezosamente se
calentasen al sol, a las vacas y los potros, cuyo pelo había crecido durante el
invierno. En el patio brillaba aún a retazos la nieve argentada. Una troika
esperaba delante de la escalinata, a la sombra, junto a un gran charco, en el
cual se reflejaban el cielo azul y el delantal blanco de Liubka.
Salieron la señora y Nikolái
Kusmich. Éste llevaba una manta encima del abrigo de piel de oso. Larga fue la
despedida y durante largo rato la madre seguía recomendando algo al viajero,
aun cuando el trineo ya estaba en movimiento, y se deslizaba sobre el estiércol
acumulado durante el invierno en la carretera, surcada por los arroyuelos que
corrían temblando. Los caballos, de patas delgadas, con las colas anudadas, en
su manoteo mostraban las herraduras con especial elegancia precisamente donde
brillaba el agua en los baches. Hacía calor al sol, por lo que numerosos grajos
se habían apiñado en los pinos y abetos del jardín, pleno de verdor fresco y
lozano. Pero a la sombra se sentía aún el penetrante vientecito del Norte. De
pie en la escalinata, Liubka estaba helándose, según podía verse por sus
mejillas azuladas. Al desaparecer el trineo detrás de la colina, la muchacha
canturreó con voz apenas perceptible:
La pareja se va en trineo...
Luego se estremeció y entró
corriendo en la casa, y unos minutos más tarde, salió por la puerta de la
cocina. Ignat, que pasaba por allí, se dirigió de pronto hacia la moza. Ésta le
miraba inmóvil y con cierto temor en su mirada. Acercóse Ignat y le cogió de
las muñecas. Ambos se sintieron confundidos. Como si estuviesen jugueteando o
midiendo sus fuerzas, retorcían sus manos entrelazadas y no sabían qué decirse.
De repente Liubka frunció el ceño.
—¡Suéltame! —gritó—. ¡Qué
maneras son ésas!
Y diciendo esto se libró
bruscamente de aquellas manos y entró en la casa, cerrando de un golpe la
puerta.
Aquel día el jardín
mostrábase raramente bello, tapizado de nieve plateada, surcada por sombras
violeta. La avenida aparecía espléndida y alegre. Y de nuevo se dirigió Ignat,
sombrío y furioso, hacia la taberna de la aldea, en busca de la campesina. Y otra
vez volvió en sí al anochecer encontrándose tendido en un charco, completamente
helado y sin saber dónde estaba. Los sauces llorones se erizaban junto a él,
destacándose con tintes dorados en el fondo azul pálido del cielo, debido a los
rojizos rayos del astro rey, que tras ellos se ponía.
—Ella no es para mí —dijo
Ignat firmemente, levantándose—. Estoy perdido.
Desde aquella noche no
volvió a dirigir la mirada hacia la casa señorial cuando pasaba por la avenida,
ni contestaba a Liubka, aun cuando la muchacha trataba de entablar conversación
con él.
Pasó la cuaresma, pasó la
Semana Santa. Ya no había nieve más que en los barrancos; los sauces de la
aldea se cubrieron de un velo de verdor amarillo; se veían negros los campos
arados; allá en el horizonte brillaba la atmósfera cual plomo derretido; calentaba
fuertemente el sol, secando los lodazales grises; cantaban las alondras. Por
doquier despuntaba el fragante pasto nuevo. Ignat ya podía sacar al ganado a
pacer en el campo, hacia el bosquecito de robles que aún se hallaba desnudo y
lleno del follaje seco y salpicado de campanillas y menudas flores de
primavera. Las vacas dormitaban al sol en la linde del bosque. Como no había
pasto suficiente, los animales se acostaban suspirando y dejaban que los grajos
se posaran sobre sus lomos y les arrancaran la lana para sus nidos. Ignat
trenzaba perezosamente el látigo, mirando la lejanía resplandeciente de sol,
los caminos cubiertos de polvo, que anunciaba la proximidad del verano, y se
dejaba quemar por el sol y por el vientecillo de abril.
Cuando tenía dinero, se
sentía feliz. Elegía en el campo un lugar más seco, extendía en él su chaqueta
andrajosa, colocaba sobre la misma la botella llena y sacaba del bolsillo pan
salado en exceso y unas papas frías. Al cabo de un rato empezaba a sentir
dulces vértigos en la cabeza. Temblaba ante sus ojos el horizonte, iluminado
por los rayos solares detrás de las praderas grises. De los montones de
estiércol esparcidos por el campo emanaban columnas azuladas de vapor y las
vacas parecían multiplicarse ante su vista, moviéndose como si estuviesen
nadando en el campo... Entonces un sentimiento curioso se apoderaba de él:
¡siempre estaba esperando algo! Cuando se emborrachaba lo percibía con más
claridad; entonces comprendía que la vida de Liubka se había entrelazado con la
suya y que esto sería su desgracia. Algo debía hacer para conquistarla, para
elevarse a su nivel, para conseguir su amor. Pues aun en el caso que la
poseyera, no le amaría si él no se encontraba igual a ella... Y la primavera
exigía amor... Una vaca, temblando y bamboleándose, apoyábase en las rodillas
de sus patas delanteras; después otra, así una tercera... De pronto se erguía
el gran toro plomizo, de testa ancha, con la cola tersa terminada en una franja
sedosa, corría pesadamente, dejando caer hebras vidriosas de baba,
encabritándose al instante, pleno de vigor y fuerzas... Ignat sentía
desfallecer su corazón y se dejaba caer de bruces sobre el montón seco del
estiércol. Cerraba los ojos, y por debajo de las pestañas corrían abundantes lágrimas.
Al no secárselas, las moscas las bebían. Luego se quedaba dormido. Despertábase
sólo cuando el sol, que ya se hallaba alto en el cielo, empezaba a quemar su
cabeza y los hombros. De vuelta con el ganado a casa, almorzaba sin despegar
los labios en la sala de los criados y se retiraba a dormir en el galpón,
donde, junto a la pared de piedras, tenía una cama alta con paja por colchón y
cubierta de una colcha roja hecha jirones. Después de haber dormido, solía
estar de mal humor y, al salir con el ganado, azotaba con el látigo las vacas
tan fuertemente que en sus ancas surgían verdugones.
Decidió portarse de tal
manera que el administrador no tuviera otro remedio que darle de palos y
echarle de la casa. Le atemorizaba la proximidad del verano y la perspectiva de
la llegada de los señoritos: sentía que algún día no podría soportar más y descalabraría
de una pedrada a Liubka y a Nikolái Kusmich. Mas ocurrió cierto día de mayo,
cuando el bosquedto ya se había engalanado con tupida capa verde y el suelo
entre los árboles estaba cubierto de hierbas y flores, cuando el sol calentaba
mucho ya desde la mañana temprano, y en la sombra, fresca por el rocío,
florecían ocultos los lirios, que vio Ignat, al llegar con el ganado, sentada
en el borde del bosque a una mujer. Era la tonta Fiona, una mendiga. Había
colocado junto a sí la bolsa y el bastón, y permanecía allí sentada,
boquiabierta, húmeda por el rocío su falda andrajosa y con los ojos brillantes,
que resaltaban en su cara abotagada. Estaba algo embriagada. Cuando Ignat se
acercó, echóse de espaldas con una risa de pasión contenida y, estirando las
rodillas, empezó a escarbar con sus zuecos toscos el pasto rociado. En su bolsa
había rosquillas y aguardiente. Después de haber bebido, Ignat no pudo aguantar
más.
Desde entonces la tonta le
visitaba casi diariamente. Cuando Ignat se despertaba por la noche, le daban
ganas de llorar; pues la idea de que vivía con una tonta le mortificaba y
hería. Salía con el ganado antes de que saliera el sol, cuando el suelo estaba
aún cubierto de rocío abundante y frío. A mediodía solía emborracharse. Ahora
ya ambos bebían a sus propias
expensas. Se hizo pagar el
sueldo de un mes por adelantado, pero también su dinero se agotó pronto.
Mientras tanto la mendiga se había tornado insolente y pretenciosa y no quería
ya pasar por tonta. Cuando Ignat no traía aguardiente se le negaba, y a veces
le mortificaba durante una semana y más. En cierta ocasión hasta le pegó fuerte
y diestramente con el bastón. Él no se enfadó sino que se levantó y se alejó
llorando torpemente. Y después de haber llorado a sus anchas se sentó en el
mojonero, pensando siempre en lo mismo: ¿de dónde conseguir dinero? Pero no
sabía a quién pedirlo, ni de dónde robarlo. Ya había vendido sus botas, y el
dinero lo había gastado en bebida.
Toda la servidumbre conocía
su historia y durante las comidas se mofaban de él. Se ponía encarnado, pero
callaba. ¿Qué pasaría si Liubka estuviera presente? Por suerte para él los
señoritos no habían venido este año. Se decía que Nikolái Kusmich pasaba el
verano en Jarkov, en casa de un amigo, y que el oficial se encontraba de
maniobras en las proximidades de Smolensk. La señora, por su parte, había ido a
Lipetsk a pasar seis semanas, llevándose consigo a Liubka. La vida en Isvali
deslizábase tranquila y monótona. La mendiga venía raras veces, pues se paseaba
por las ferias anuales de la comarca. El verano, silencioso y largo, se
aproximaba a su fin. Casi completamente se secaron las aguas del riachuelo;
desnudas dejó el ganado las praderas, y el trigo maduro y seco empezó a
desparramarse. Comenzó la siega: era ya fines de julio.
Un día, cuando volvía con el
ganado a la puesta del sol, Ignat se encontró en la aldea con la tonta, la cual
se detuvo y le hizo señas de que fuera al bosque.
—Cuando me desocupe, vendré
—dijo Ignat sin levantar la vista.
Pero ¿cómo ir sin
aguardiente? Se quedó de pie en el portón de la quinta mirando melancólicamente
la puesta del sol. Por el camino, que cortaba en diagonal la colina, bajaban y
ascendían los campesinos y las campesinas que regresaban de la siega en carretas,
de las que sobresalían guadañas y rastrillos. El sol, color de frambuesa, se
hundió en el agua turbia del río, más allá de los campos, ya cubiertos de
gavillas. Ignat traspasó la puerta y se dirigió a lo largo del jardín a la era.
Delante de él iba, levantando la tierra con sus pies desnudos, una niña muy
sucia y crespa, de unos siete años. Inclinándose hacia la izquierda, ésta
arrastraba con la mano derecha un cubo de alquitrán. Ignat apresuró el paso,
alcanzó a la niña y, mirando alrededor de sí, la asió por el puño izquierdo, en
el que llevaba guardado el dinero. Agrandáronse los ojos de la niña de horror,
desfiguróse su semblante y empezó a gritar, en tanto que seguía apretando aún
más el puño cerrado, con la fuerza de un animalito. Ignat la cogió del cuello y
la tiró al suelo. La niña exhaló un ronquido y abrió los deditos. El mozo
recogió prestamente el dinero de aquella manita: eran treinta kopeikas.
Después de haber comprado el
aguardiente, se dirigió directamente hacia el bosque. A la derecha de él se
extendía el campo segado, donde reflejábanse pálidamente las gavillas a la luz
del crepúsculo, hacia la izquierda se veía la llanura obscura, desde la cual
soplaba viento cálido. Delante, por encima de la línea negra del bosque,
brillaba Marte, grande y rojo. El pastor se detuvo. Recordó de repente que hoy
debía venir la señora y que ya se había enviado una troika para buscarla y una
carreta para el equipaje. Y casi en el mismo instante percibió, deteniendo la
respiración, el repiqueteo lejano de las campanillas.
Durante el verano llegó a
creer que podría evitar lo que inevitablemente debía sucederle. Pero en este
momento sintió que no, que no podría evitarlo, que ya aquello se aproximaba,
estaba muy cerca, se agrandaba... Permaneció de pie durante un rato y luego
siguió caminando.
En la encrucijada pasó a su
lado la troika, cubriéndole de polvo y aturdiéndole con el son de las
campanillas y el trote de los caballos. Se retiró a la cuneta, la vio
desaparecer y volvió a seguir su camino. A lo lejos se oía el sordo rodar de la
carreta, que se hacía cada vez más claro. Al cabo de un rato divisó Ignat en el
fondo del cielo turbio y estrellado primero la collera, después al caballo y
luego sentada en la carreta a Liubka. Fustigaba ésta el caballo con las riendas
y el vehículo dirigíase, entre sacudidas y saltos, directamente hacia él.
—Sube, que te llevaré —le
llamó la muchacha alegremente, reconociéndole al instante.
Ignat se volvió, alcanzó
corriendo la carreta cargada de maletas y subió de un salto sobre una de las
varas...
No pudo recordar después qué
le dijera Liubka aquella noche. Sólo se le quedaron grabadas en la memoria las
primeras palabras, que conmovieron su corazón. Esas palabras habían sido
pronunciadas a gritos por Liubka, para sobrepasar el ruido producido por el
rodar de la carreta.
—Y ¿te has aburrido mucho
sin mí?
También recordó el momento
cuando, cogiendo de pronto las riendas, paró bruscamente el caballo y se tiró
al interior del vehículo.
—Espera —murmuró Liubka con
tanta sencillez como si hubieran convivido durante muchos años, naturalidad que
turbó aún más la cabeza de Ignat—, espera, me vas a arrugar la falda..., déjame
que la arregle por lo menos...
III
Cuatro años habían pasado.
Corría el mes de diciembre. Ignat regresaba a su país natal desde la ciudad de
Vasilkov, después de haber cumplido el servicio militar. No había pasado más
que tres meses con su mujer. Poco después de aquella noche de julio, cuando tan
inesperadamente se había trastrocado toda su vida, Liubka se sintió encinta.
Nunca pudo el mozo desprenderse de la idea cruel que ése fue el único motivo
por que consintió casarse con él. Y, sin embargo, Liubka no cesaba de decirle
que le amaba. Colocó a su padre, anciano y enfermo, en la quinta como peón de
ganado, proveyó a su marido de ropa y de todo lo necesario para el viaje y
lloró al despedirlo. Siendo recluta, Ignat se emborrachó y la apaleó
brutalmente, vengándose de las concesiones que ella otorgara a los señoritos.
Los golpes le provocaron el aborto, pero los sufrió como algo que le
correspondía. Cuando le enviaron a Vasilkov, Liubka le escribía con frecuencia
cartas, llenas de cariño, en las cuales le trataba de «usted», y le enviaba dinero.
Pero él no le creía ni una palabra y vivía en una continua angustia,
mortificado por los celos, inventando para ella los castigos más crueles por su
supuesta infidelidad.
Cuando, dos años después,
fue con licencia a visitarla, durante todo el viaje pensaba que la mataría si
llegara a saber algo malo de ella. En la estación de su pueblo natal se le
informó que Liubka sólo se negaba al perezoso. Pero ella le acogió con tanta
alegría, con tanta sinceridad y sencillez, disipando todos los rumores, que le
faltó el valor para no creerla. Y para tranquilizarlo por completo Liubka
manifestó que dejaría la colocación en la casa señorial y se trasladaría a una
isba, donde le esperaría ayudándose con la costura. Ignat partió confundido y
abatido. Triste y callado, siguió su servicio militar, aunque era cumplidor,
puntual y económico: ahorraba las propinas que recibía de los jóvenes reclutas.
Todavía abrigaba la esperanza de subir de posición, de igualar a Liubka, de
merecer su amor verdadero y no fingido. Mas, de pronto, dejaron de venir sus
cartas. Le escribía casi todas las semanas, pero no recibía respuesta alguna.
Amenazaba, imploraba en vano. Entonces se entregó de nuevo a la borrachera,
sufría mucho y volvióse taciturno.
Y a pesar de eso, una vez
cumplido el servicio militar, partió sin perder tiempo a Isvali.
Mucho había cambiado durante
los últimos años. Ahora era más alto y estaba más delgado y parecía bastante
buen mozo. Sus ojos vidriosos se agrandaron, el rostro adquirió un matiz gris
y, como estaba afeitado, parecía aún más flaco. Los bigotitos rojizos aparecían
cortados en forma de cepillito, y entre el cabello corto traslucía el cutis de
su testa. Durante el trayecto de Kiev a Orel permaneció sentado, inmóvil junto
a su baulito de nogal, toscamente trabajado, al cual estaban atadas sus botas,
su tetera y pipa. No se quitó la gorra ni el abrigo de ordinaria tela de color
gris-rojiza, y pasó todo el tiempo mascando semillas de girasol. Pasado Orel se
volvió intranquilo y empezó a bajar en las estaciones para tomar un trago en la
cantina. En la estación de su ciudad topó inesperadamente con el ex compañero
del servicio, bebió una copa con él, dejó su baúl en custodia al guarda y junto
con el compañero tomaron
un coche de alquiler, guiado
por un cochero anciano. El caballo, castigado por el vejete, les llevó a toda
carrera a la ciudad. Ambos se sentían excitados y fumaban un cigarrillo tras
otro. Fueron directamente al suburbio, donde Ignat casi por espacio de
veinticuatro horas estuvo en compañía de una mujercita morena, no muy joven, de
piernas cortas, de cabellos muy negros, y cuya cara estaba abundantemente
empolvada. La mujer fumaba aún con más ansiedad que él.
Volvió en sí el día
siguiente tendido en el campo raso cerca del suburbio. Entonces recordó
vagamente que le habían echado afuera después de haberle apaleado cruelmente.
El día era suave y pálido,
caía la nieve depositada en los pliegues de su abrigo. Se levantó tambaleando,
sintiéndose enfermo, como envenenado...
El viaje hasta Isvali tuvo
que hacerlo en un tren de carga, dentro de un furgón atestado de cerdos, tan
gordos que no podían moverse. Los cerdos pertenecían a un rico terrateniente,
que los compró para los fines de crianza, e iban acompañados por el anciano
jardinero del terrateniente, hombre limpio y callado, que antes había sido un
dvorovi.
Además de los cerdos y de
Ignat viajaba en el furgón un judío de pelo crespo y canoso, de cabeza grande,
barbudo, con anteojos y sombrero de copa. Llevaba puesto un sobretodo largo que
a trechos conservaba aún su color azul marino, pero que ya aparecía descolorido.
Estaba pensativo y preocupado, permanecía callado todo el tiempo, canturreaba
entre dientes una melodía cualquiera y bebía constantemente té. El jardinero
dormitaba. Los cerdos yacían inmóviles sobre sus ancas detrás de una barandilla
de madera, cubiertos de mantas grises que llevaban bordados monogramas y
coronas. Anochecía. Un viento frío mezclado con nieve entraba por la puerta
abierta, removiendo la paja húmeda bajo los cerdos. Nadando pasaban los campos
blancuzcos, con los arbustos envueltos en el humo de la locomotora. Una
angustia incomprensible oprimía pesadamente el corazón de Ignat. Con el
bashlik8 doblemente plegado con los bordes de color naranja, fruncido el ceño,
apretados los dientes, púsose en la puerta del furgón, mascando las semillas de
girasol y mirando de soslayo al judío. Éste, sentado sobre un cajón tumbado,
sostenía con sus manos, cubiertas de venas azuladas, un vaso de té. Algunas
cáscaras de las semillas se las llevó el viento y cayeron en el té. El judío
miró a Ignat durante un rato a través de sus anteojos, visiblemente irritado.
Ignat esperaba que dijera algo, pues a la primera palabra que pronunciara le
pegaría con las botas en el pecho. Pero el judío no dijo nada. Se limitó a
levantarse y derramar el té en el suelo muy cerca de los pies de Ignat, que
lucía las toscas botas de servicio.
En la estación no se
encontró nadie que le acompañara hasta la aldea, y se sentó para esperar por si
llegase alguien.
Tornáronse heladas sus manos
y sintió vértigos, cuando a las diez y media de la noche, el tren se aproximó a
aquella estación tan familiar para él con su muchedumbre y sus ventanas
iluminadas. Acababa de salir un tren de pasajeros. En la fría sala de espera de
tercera clase, semiobscurecida por el humo y húmeda de respiración, se habían
apiñado tantos muyik en el suelo mojado, que apenas se podía abrir camino. En
el umbral de la doble puerta se encontraba en el suelo una linterna humeante.
Las puertas se abrían y cerraban constantemente, produciendo un chirrido y
golpeando con violencia, y el aire fresco y helado, que penetraba en la sala,
turbia del humo y maloliente, agitaba las blancas columnas del vapor que se
levantaban por encima del samovar, colocado sobre el mostrador. Desde la
oficina abierta, vivamente iluminada, donde se encontraban la caja y el
telégrafo, llegaba el continuo sonido de una campanilla, como si alguien
hubiese dado cuerda a un despertador, y se hubiese olvidado después de pararlo.
Esa muchedumbre y ese timbre causaban a Ignat un agudo dolor de cabeza.
Iba de uno a otro,
preguntando si había algún compañero para él, moviéndose como un sonámbulo, y,
sin embargo, observaba y notaba todo con una claridad extraordinaria. Se
8 Gorra de cabos largos (N
de la t)
hacían cada vez más escasos
los armiek9 y las chaquetas de piel de oveja. Ignat salió al portal y,
haciéndose a un lado para dejar pasar a la gente, miró durante un rato los
caballos, los trineos, el cielo turbio iluminado por la pálida luna, fumó un
cigarrillo, respirando profundamente junto con el humo del tabaco el aire del
campo, frío y agradable, y volvió a buscar su baulito. El cantinero empezaba ya
a limpiar el mostrador, guardando naranjas, cigarrillos, fuentes con fiambres y
queso. Pasó el jefe de la estación llevando del brazo a la esposa del
terrateniente, una anciana alta que iba apoyándose en un bastón. A través de la
puerta abierta veíanse los árboles cubiertos de escarcha y la noche pálida
hermoseada por la luz de la luna. Los caballos parados en el portal sacudían
sus cabezas de vez en cuando haciendo sonar algunos cascabeles. Luego el
cascabeleo se hizo total y se oyó el rechinar de la nieve debajo de las
llantas: los trineos partían.
En la sala de espera sólo se
quedaba una campesina con una piel corta de color de naranja. Estaba sentada en
un rincón sobre el banco, en el que se encontraba el baúl de Ignat. Éste se
acercó por detrás hacia el banco, cargó el equipaje en la espalda y salió de la
estación, recordando aquella primavera en que convivió con la tonta mendiga, en
que era libre y despreocupado, comía papas frías y se embriagaba dulcemente.
Andaba con paso firme y
uniforme, haciendo crujir la nieve con sus botas; la noche clara le envolvía
con su manto entre los campos cubiertos de una capa blanca. Caminó primero bajo
unos arbolillos, de los que misteriosamente caía la escarcha; luego por la
blanquecina llanura desierta. Los campos estaban inertes y taciturnos; la luna
se deslizaba por el cielo, escondiéndose de vez en cuando detrás de nubecitas
livianas; apenas se podía divisar el camino...
Sólo al llegar a Isvali
despertóse Ignat de sus pensamientos confusos y tristes, al notar que había
entrado en una aldea grande y durmiente hacía tiempo. Ni una luz se veía en las
isbas, ocultas por los montones de nieve. Los cobertizos y los toneles de agua
proyectaban ligeras sombras sobre la blanca carretera. Aquí, en la aldea,
reinaba el silencio aún más profundo que en el campo, y el aire estaba aún más
suave y oloroso. En los corrales cantaban por primera vez los gallos.
Al llegar a su isba vacía,
situada junto al barranco en un extremo de la aldea, Ignat se detuvo no
sabiendo qué hacer. La isba era pequeña y del lado sur la nieve la cubría hasta
la mitad. La puerta estaba cerrada, y la ventana tapada con tablitas. Un gran
montón de nieve, por el que se veían huellas de pasos, se levantaba junto al
portón, sobrepasando el tejado. Ignat siguió las huellas y miró al interior del
patio. En el establo abierto e inhóspito pasaba la noche una ternera, de quién
sabe qué dueño.
Unos pasos más allá, en la
isba de Marei, brillaba una lucecita en la ventana baja, casi a la altura de la
carretera. Ignat se acercó y miró por la ventana. Un enorme telar ocupaba casi
todo el interior de la isba; ayudándose con los pies tejía en él una muchacha
muda, de cara ancha y colorada. Ignat golpeó en la ventana. La moza volvió la
cabeza asustada y asombrada. Ignat entró en la isba, y la muchacha corrió a
despertar a su padre, tirando a tal fin de la cuerda que pendía de la chimenea.
Durante largo rato éste no contestó a la señal, sólo se le oía toser. Después
empezó a bajar gateando hacia atrás y buscando con el pie el nicho de la
chimenea10. Una vez abajo, se dirigió hacia la banca cerca de la mesa, andando
a lo largo de la pared y tratando de no pisarse un pie, evidentemente enfermo.
Barbudo y velludo, con los ojos amoratados y salientes, con voz ronca, producía
el efecto de un idiota. Ignat colocó su baulito en la puerta y se acercó a la
mesa. La muchacha muda permaneció de pie junto a la chimenea con los brazos
cruzados. Marei le pidió a Ignat un cigarrillo y, fumando con tanta avidez que
toda su barba echaba humo, dijo:
9 Especie de chaqueta corta,
que llevan los campesinos. (N. de la t.)
10 Hay que tener en cuenta
que en Rusia la parte de atrás de las chimeneas, que son como hornos no
empotrados en la pared, se aprovecha, a una altura del suelo de un metro
cincuenta, para dormir los campesinos en las isbas. (N. de la t.)
—Sí, he visto a tu mujer...
¡Cómo no! La he visto... Volvía de la iglesia... No quiso vivir en su isba,
pasa todo el tiempo en la casa señorial... Los señores no están. Dícese que se
encuentran en Moscú. También se dice de ella que habría echado al administrador
y que es ella quien gobierna toda la casa... No vive bien tu mujer..., no, de
ninguna manera...
—Ya sé, ya sé —dijo Ignat
pensativo, rascando con la uña la suciedad en una grieta de la mesa.
—Claro está que lo sabes...
Bueno, ahora la amenazarás un poco y cambiará... Amenazar, eso se puede... Yo
también he prometido a la mía, pero tengo mis dudas... Es un viudo... ¿Quién
sabe si ese viejo se echará atrás? ¿Para qué diantre necesito una mujer así?,
dirá... Pero ella, aunque no puede decir nada claramente, para el trabajo es
dura... Tú has buscado una moza guapa y te fue mal... No era para ti... Hay que
elegir la cuña de la misma madera.
—Dejaré el baúl aquí
mientras tanto —dijo Ignat sin levantar la vista.
—Está bien, déjalo aquí...
—asintió Marei.
En el firmamento, entre las
nubes, aclarábase el azul obscuro del cielo. Veíase blanco el campo detrás de
las colinas de nieve azulada. La luna, clara y llena, salió a la libre
extensión del firmamento, despejándose de la nube gris con un semicírculo de color
de naranja formado por su propia luz. Destacábanse más las sombras de los
toneles, la calle estaba resplandeciente.
—Se deja notar el invierno
—dijo Marei con voz ronca, asomando la cabeza por la puerta baja del vestíbulo
y respirando la olorosa frescura.
Y de nuevo se encaminó Ignat
a paso firme sin volver la cabeza, envuelta en su bashlik. Después de haber
caminado unas dos verstas a lo largo de la aldea, y al salir al camino que,
atravesando la llanura, iba cuesta arriba, divisó en la colina la casa señorial,
que tan bien conocía, el obscuro huerto y detrás del mismo cuatro ventanas
iluminadas. Pero él no se acercó al huerto, sino que traspasando el jardín que
se extendía en la cuesta desde la casa hasta la llanura y el dique cubierto de
nieve de la huerta, se dirigió hacia la isba del patio del ganado, la cual
asomaba obscura en el fondo del jardín bajo los árboles centenarios. Por encima
de él, en la inmensidad del cielo de color azul obscuro, brillaban millares de
estrellas. La luna se deslizaba en lo alto por la derecha del firmamento.
Delante de él, entre luces y sombras, ora deteniéndose y levantando las orejas,
ora dando unos saltitos cortos, movíase una liebre, que se dirigía hacia la
pradera. Cual una estrella roja brillaba la luz en la isba debajo de los
árboles.
¿Por qué no dormía aún, por
qué miró fijamente a Ignat aquel pastorcillo rubio, de semblante pálido y
azulado, que abrió la puerta de esta isba grande y caliente? Encima de la mesa
colgaba, reluciente como si fuera de carbón de piedra, una lamparita suspendida
del techo. En el rincón delantero había una litografía en un marco, que
representaba a San Nikolái, de barba violeta y con la vestimenta de color de
frambuesa. Un cerdito blanco y sarnoso andaba por el pegajoso suelo de arcilla,
masticando algo entre dientes. Detrás de una barandilla, junto a la estufa,
yacían terneras morenas y blancuzcas. No dormían aún, y poniendo las cabezas
con sus narices anchas, rosadas y húmedas sobre la barandilla, miraban con sus
ojos claros y dejaban correr su baba en chorros delgados y rectos. Emanaba de
los animales el olor a pellejo húmedo, a leche recién ordeñada, a cierto calor
de cuerpo. Durante mucho tiempo después recordaba Ignat aquel olor simple y
tranquilizador, asociándose esto en su mente con la imagen de su padre anciano.
Éste estaba sentado en la cama junto a la barandilla, completamente calvo y muy
flaco, con sus piernas pálidas y velludas colgando en angostos pantalones
azules, las grandes manos entrecruzadas sobre las rodillas y, cerrados los
ojos, ciegos, y vuelta la cara hacia el icono, murmuraba algo gravemente.
—No está del todo bien de la
cabeza —dijo el pastorcito en voz queda, mientras seguía mirando atentamente a
Ignat—. Es demasiado viejo ya.
El anciano, oyendo la voz
del muchacho y percibiendo la presencia de una persona extraña, levantó todavía
más la cabeza y tornóse aún más grave y triste la expresión en su rostro.
—Dios lo bendiga, Dios lo
bendiga —susurró.
Ignat descubrió la cabeza y,
olvidándose de saludar al padre, preguntó al muchacho:
—¿Está en casa Liubka?
—Sí, sí, está en casa
—respondió apresuradamente aquél—. Un comerciante ha venido a visitarla.
Ignat volvió a calarse la
gorra, salió de la isba y, siguiendo las huellas de la liebre, atravesó cerro
abajo el jardín de frutales, entre los manzanos y los calveros interrumpidos
por las sombras. Pronto alcanzó el portillo del patio de la casa señorial, lo
abrió e inclinándose y hundiéndose en la nieve, pasó corriendo a la penumbra
del antehuerto. Y en seguida vio a su mujer por la ventanita del vestíbulo.
Mas de pronto un perro
empezó a ladrar sordamente en el interior de la casa. De un brinco Ignat se
alejó de la ventana y, arrimado a la pared, permaneció tieso e inmóvil.
IV
Después de haber armado el
samovar en el obscuro vestíbulo, Liubka se entretenía en la antesala, dividida
por un biombo y blanqueada con tiza, zurciendo las medias a la luz de un
trocito de vela que sobresalía del candelabro de cobre enmohecido, colocado
sobre el pasamano de la ventana. Ya no parecía tan joven ahora esa mujer
hermosa de ojos negros y senos blandos, vestida con una blusa roja y tocada con
pañuelo blanco, por debajo del cual se veía la raya que partía por mitad su
cabellera negra.
Dos grandes sombras, una
obscura de color lila, otra más clara, caían sobre el biombo y se prolongaban
hacia el techo. Cuando Ignat se acercó a la ventana, miró Liubka pensativa el
talón zurcido de la media y sacó de la misma una cuchara antigua de plata. Un
perro de caza, blanco con manchas pardas, que dormía en un rincón de la
antesala sobre el cojín negro del coche, se levantó de un salto y, ladrando
fuertemente, corrió hacia el vestíbulo. Liubka miró grave y vivamente hacia la
puerta. Luego, protegiendo la vista con la palma de la mano miró atentamente
por la ventana.
—¿Quién está ahí? —preguntó
en voz alta, con severidad de dueña de casa. Abrió con inquietud uno tras otro
los postigos de la ventana y escudriñó por el marco abierto el jardín, helado
por el aire frío.
La noche clara que envolvía
los alrededores inertes, las aldeas durmientes, la casa señorial entumecida en
el silencio, los jardines inmóviles bajo el cielo estrellado, culminó en el
apogeo de su belleza y de sus fuerzas. Resplandecían de verde las manchas de
luz sobre la nieve en las tinieblas del huerto. No se veía la luna, y sólo al
levantar la cabeza pudo divisar Liubka su aureola plateada. Detrás de los
troncos de los árboles blancos se extendía el amplio patio, y la huella fresca,
recién trazada por los trineos del comerciante, pero ya endurecida, se
reflejaba de color de rosa. Contrayendo las cejas miraba Liubka intensamente
por la ventana. Mas sólo por un momento sintió la presencia de un ser humano,
que se encontraba tan cerca de ella, arrimado a la pared. Esperó la
contestación a su pregunta y al no recibirla, cerró nuevamente la ventana y se
fue para poner la mesa.
En la sala espaciosa y fría
había apilados algunos muebles, sillas y butacas antiguas. Junto a la pared, en
que se encontraba la puerta que daba al vestíbulo, se hallaba un piano. Las
puertas altas que comunicaban con el salón estaban cerradas con llave. Entre
ésas y la estufa de baldosas en el rincón, colgaba un retrato obscurecido por
el tiempo en el marco dorado muy pelado.
Una lámpara que pendía del
techo, sostenida por una cadena, alumbraba la mesa junto a la pared frente a
las ventanas.
El comerciante, que pasaba
aquella noche en la casa, de camino desde la ciudad hacia el bosque de
Miliutin, que acababa de comprar para talarlo, era un hombre robusto, de
estatura baja, con barba negra algo canosa y de ojitos también negros y bizcos.
Habíase desabrochado su abrigo de piel de oveja, muy ancho y maloliente, y
ambulaba por la sala, pisando
suavemente con sus chanclos
de fieltro y contemplando los muebles, las chucherías, cierta figura de caballo
de bronce bajo el fanal de vidrio. Junto a la estufa hacía ruido un ratón, que
trataba de meter un pedacito de pan seco en la pequeña rendija del piso. El
comerciante se quedó absorto mirando el ratón. Luego se acercó al piano y tocó
varias teclas con el dedo anular, escuchando con una leve sonrisa de sorpresa
cómo resonaban las cuerdas de cobre, retumbando en la casa vacía...
—¡Cuán tranquilo y qué bien
se está aquí! —dijo a Liubka, que entraba y salía del salón.
—Aburrido, sí que lo es
—contestó ésta sonriendo levemente.
Mientras tanto había puesto
la mesa y trajo una taza con confite de color verde, un salero, en que la sal
estaba mezclada con migas de pan, un plato con un pedazo de carne con el tocino
enfriado que se parecía al algodón, y una botella de aguardiente.
—Tendrías que buscarte algo
con qué pasar el tiempo —dijo el comerciante, haciendo alusiones generales,
como se acostumbra al hablar de esas cosas.
—Sí, es cierto —contestó
Liubka en tono indiferente.
En sus respuestas no había
ya la viveza de antes. Hablaba menos y más tranquila y sencillamente, pues
acostumbrada a dar órdenes a los peones y a reprenderlos, perdió la costumbre
de tratar con los señores. Aunque bastante simple, parecía inteligente, gracias
a ese don propio de las mujeres de su clase de no hablar cosas superfluas, y a
su viveza casi animal.
Cuando Liubka trajo el
samovar y levantándolo en lo alto, lo puso en la mesa, el comerciante fue a
sentarse en el sofá de Viena, sin quitar la vista de aquellos senos. Ella le
miró de soslayo y con aire indiferente se acercó, como si quisiese calentarse,
a la estufa fría. El comerciante se arremangó la chaqueta de piel de oveja, por
debajo de la cual asomaba la gruesa lana, y tomó el cuchillo con la mano
izquierda y el tenedor con la mano derecha. Liubka lo notó y pensó: «Es zurdo.
Sin duda será un libertino». En este momento otra vez empezó a ladrar el perro,
mirando hacia el vestíbulo. Entonces la mujer, inquieta de nuevo, escuchó
aguzando los oídos.
—¿A quién ladra tanto
tiempo? —preguntó el comerciante, después de vaciar la copa—. ¡Cómo retumba
aquí cualquier sonido! Parece como si esto fuera un órgano y no una casa.
—Andará por aquí ese
borrachín, el marido de nuestra pastora —dijo Liubka pensativa y se sonrió
burlonamente—. Dios sabe qué historias hay entre ellos.
El comerciante cortó un
pedazo de carne y untándolo con la mostaza observó indiferente:
—¡Qué dices!
—¡Palabra! Ella se lio aquí
con uno, aunque tampoco se niega a los demás. Y él, naturalmente, anda por
aquí, espiándola. Es un pecado juzgar a los demás, pero éstos acabarán mal.
—Entonces, ¿encontró un
amigo?
—Abundan por aquí —dijo
Liubka, pensando no en la pastora sino en sí misma y su amante, un sastre de
Shatilovo, que era horriblemente celoso y constantemente amenazaba con matarla.
Mientras hablaba, Liubka no
dejaba de mirar hacia la ventana junto a la puerta que daba al salón. En todas
las demás ventanas los vidrios inferiores, cubiertos de escarcha, resplandecían
con un brillo verde. Por aquella ventana, la única que no estaba helada, se
veían unas pocas estrellas en el fondo azul del cielo lejano, el verdor de los
abetos en el antehuerto y el cobertizo cubierto con la nieve.
El comerciante, pensativo,
comía lentamente. Liubka bostezó y púsose a hablar de nuevo:
—Parece que hará un frío
tremendo. Si con ese frío se viaja lejos, fácilmente puede uno helarse.
—Muy sencillo —asintió el
comerciante y, mirando al perro, que tenía el hocico colocado sobre las patas
delanteras, preguntó—: ¿De quién es ese perro?
—De nuestro señorito,
Nikolái Kusmich —contestó Liubka—. Bien harta estoy de cuidarlo. No puede vivir
en el patio; es demasiado delicado, pues casi no tiene pelo. Lo tengo
que bañar dos veces por
semana. ¡Que el diablo se lo lleve! En realidad el señorito es un hombre raro.
—Sí, y además un tonto, se
puede decir —añadió el comerciante.
—Si es tonto o no, no es una
cuestión que puede juzgar una mujer —dijo Liubka, pensando que esa respuesta
modesta había de ser del agrado del comerciante—. Lo cierto es que no sirve
para nada y no vive en su casa, pero se preocupa mucho por el perro y lo
menciona casi en todas las cartas.
—Y ¿hace mucho que vives
aquí?
—Así es. Ya va para siete
años.
—Entonces ¿estarás contenta?
—¿Por qué no? Hago lo que a
mí me parece. Las señorías casi nunca viven aquí.
—Y tu marido ¿está haciendo
el servicio militar?
—Sí.
—¿No tuvo que ir a la
guerra?
Liubka se echó a reír,
mirando hacia el techo y sosteniendo las manos cruzadas detrás de la espalda,
como si las calentase.
—¡Tiene suerte ese diablo!
—dijo entre risas.
—De seguro que pronto
terminará el servicio ¿no?
—Eso es lo malo. Siempre
escribía amenazándome que se entregaría a la borrachera. Pero y a mí ¿qué me
importa? Será él quien perecerá bajo el seto —dijo Liubka. Las mismas palabras
solía repetir al sastre—. Además, mi marido es muy celoso, me martiriza hasta
la muerte... Siempre solía amenazarme: «Te mataré», pero apenas yo le decía una
palabra cariñosa, en seguida se ablandaba. Y bien, fácilmente puede ocurrir que
me mate... Es cierto que por la noche, cuando el perro ladra de este modo,
siento algo de temor...
—Estás en tu derecho para
denunciarlo —dijo el comerciante—. Han pasado ya los tiempos en que cualquier
imbécil podía pegar impunemente a la gente.
Se comió la carne, dejando
al lado el tocino, y bebió las últimas gotas de aguardiente. Sus ojos se
volvieron mantecosos. Se desabrochó la chaqueta, extrajo, hipando, del bolsillo
un paquetito con tabaco rojizo, una boquilla de caña y un cuadernillo de papel
de fumar, separó un papelito y, con sus dedos cortos de uñas arqueadas, lio un
cigarrillo grueso, empezando después a fumar con deleite.
—¿Hace mucho que estás
casada? —preguntó con una vaga sonrisa.
—Ya va para cinco años.
—Y ¿no has tenido hijos?
—No.
—Y ¿por qué? Al parecer, tú
eras fuerte y bonita.
—¡Muy bonita! —dijo Liubka
halagada, pero sonriendo irónicamente, y empezó a mentir—: Por cierto no fue
mía la culpa, yo quería tener hijos. Algo no andará bien en él, pero yo ¿qué
culpa puedo tener? Y por eso es, precisamente, que él está tan rabioso conmigo
y es lo que me toma a mal. Yo, cuando joven, era muy apasionada, le mordía
hasta que le salían moretones, y el hacía todo lo que podía, pero todo fue en
vano... ¡Mala suerte tenemos nosotras, las mujeres! —agregó.
El comerciante la miraba con
los ojos entornados, respirando profundamente el humo y soplándolo hacia el
techo.
—Será cierto —observó no
sabiendo qué decir—. Pero ¿por qué estás ahí pegada a la estufa?
Procurando no sonreír,
Liubka contestó con una sencillez estudiada.
—Y ¿dónde he de estar? Éste
es mi lugar.
—Siéntate a la mesa —dijo el
comerciante—. Basta ya de fingir; sabes bien que yo no tengo inconveniente
alguno.
—Si no tiene inconveniente,
me sentaré —respondió Liubka, con una modestia jocosa se aproximó a la mesa y
se sentó en una silla.
Comprendía muy bien que el
comerciante empezaba a desearla y que no sabía en qué forma tratar el asunto.
Arrellanado en el sofá, suspiraba de vez en cuando, respiraba con dificultad,
cerraba los ojos sonriendo sombríamente; a ratos dirigía una mirada pesada a
sus senos, a la raya de su peinado, y sus ojos ora se tornaban vidriosos ora
brillaban ávidamente. Fingiendo no notar nada, Liubka tomaba el té liviano con
limón, con las pestañas bajas, y secaba con modestia con la punta del pañuelo
que llevaba sobre la cabeza su labio superior sudoroso, cubierto de un bozo
negro. El comerciante suspiró aún más ruidosamente y de súbito, sin mirarla,
empezó a desabrochar con su mano pequeña y fuerte la camisa de franela azul,
bajo la cual llevaba un chaleco. Desabrochó también el chaleco, metió la mano
en el bolsillo interior de éste, y extrajo una cartera. Liubka empujó con el
dedo una rodaja fina de limón hacia el borde del platito, la tomó en la boca y
empezó a chuparla, haciendo muecas exageradas y simulando no sentir otra cosa
que no fuera la fuerte acidez.
Inmediatamente notó que la
cartera estaba muy abultada y desgastada y lanzó una mirada rápida al paquetito
de billetes rosados, que el comerciante extrajo de la cartera. Éste separó un
billete, lo cubrió con la mano derecha, y con la izquierda volvió a poner la
cartera en su sitio anterior.
—¿Suficiente, no es cierto?
—preguntó.
Como si no comprendiese,
Liubka miró indiferente el billete de diez rublos, y luego su mirada atenta y
lánguida se posó sobre el hombre.
—¿Qué te he preguntado?
Contesta —repitió el comerciante con atrevimiento, casi grosero.
—Bueno, ¿por qué no? —dijo
de repente Liubka, con tanta sencillez que turbó al comerciante—. Nadie es
santo.
Guardó el dinero en el
bolsillo de su falda, se inclinó hacia la mesa y volvió a mirarle largamente.
Confuso el comerciante, no sabiendo qué decir y qué hacer, cogió su mano
derecha y tiró de las puntas frías de sus dedos. Liubka tampoco sabía qué decir
y, retirando sus dedos, preguntó:
—¿Por qué no comió el
tocino?
Tomó un pedacito que quedó
en el plato y lo metió en la boca.
—A mí me gusta, mucho más
cuando está frito en la sartén... —Y añadió riendo—: Estamos en cuaresma y aquí
comemos carne... Bueno, de todos modos nos asarán en el infierno.
—¿Por qué? —preguntó el
comerciante.
—Por todo. Nuestro sitio
está en el infierno. Los ancianos siempre dicen que no hay santos entre los
campesinos. Siempre lo son los obispos y los archimandritas.
Y de pronto, enderezándose,
decidida, dijo en un susurro:
—Vamos, entonces...
V
Ignat, de pie en la nieve,
hacía mucho que había dejado de sentir sus piernas, también su cabeza se había
entumecido y el frío había penetrado a través de su abrigo delgado, cubierto de
una capa de hielo. Al principio había movido los hombros y los dedos en las
botas. Después ya no prestó atención en que el postrer calor de su cuerpo se
había acumulado y se agitaba cerca del corazón, ni en que se habían endurecido
sus labios y se habían cubierto de escarcha los bordes del bashlik, las
pestañas y los bigotes.
No notaba cómo pasaba el
tiempo, completamente absorto por el vehemente deseo de ver confirmadas sus
sospechas. Los gallos ya habían cantado por segunda vez. Empezaron a
debilitarse la intensidad, la luz y la belleza de la noche. Tornóse pálida la
luna, inclinada hacia el Poniente. Orión, cuyas tres estrellas resplandecían
cual tres enormes botones de plata en el horizonte por el Poniente, se volvía
cada vez más grande y más brillante. La casa de la servidumbre, por encima de
la cual emergía la luna, proyectaba una sombra que cubría la
mitad del patio. Reinaba un
silencio tan profundo, que se oía el agitar de las gallinas que pasaban la
noche en el vestíbulo de la casa de los criados, el rechinar de la avena
masticada por el caballo del comerciante, el alboroto que armó el animal al acostarse
suspirando profundamente. Frente a la última ventana, libre de escarcha, había
un banco que sobresalía de la nieve bajo las ramas pendientes de los abetos. La
nieve, en unas partes suave como el satén, en otras tersa y quebradiza como la
sal, rechinaba y crujía a cada paso, aun el más cauteloso. Reteniendo la
respiración Ignat se acercó cuidadosamente hasta el banco, subió a éste, y, al
apartar con las manos las ramas olorosas, de hojas verdes, brillantes, todo lo
olvidó viendo el interior de la sala, viendo a aquella mujer, tan horrible para
él, que se movía por el cuarto hablando algo y sonriendo, y a aquel hombre que
estaba con ella a esa hora avanzada de la noche sin compañía alguna en toda la
casa.
Pero el tiempo iba pasando y
no ocurría nada extraordinario. He aquí que Liubka se sentó por fin a la mesa,
y vio cómo el comerciante sacaba algo del bolsillo. Pero ¿qué era eso? Por más
que Ignat aguzara la vista, no pudo divisarlo: le estorbaban el samovar y los
vasos...
Después Liubka se levantó,
se inclinó sobre la mesa y se acercó al comerciante. Por la abertura de su
vestido desabrochado asomaron sus enaguas blancas. Y la tierra se envolvió en
un silencio tan profundo que sólo se oía el latir del corazón de Ignat. De
repente también dejó de latir ese corazón, y se llenó el ambiente con un balido
diabólico que estremeció aquel mundo muerto y vacío. Ignat comprendió que fue
el balido de un carnero que lanzó un grito por allá en la lejanía de la aldea.
Pero, seguramente, el aspecto de aquel carnero que se despertaba a esa hora
queda de la noche era diabólico y el ronquido de su voz también era diabólico.
Solamente el diablo pudo lanzar un balido tan horrible en esa hora fatal.
Y he aquí que en ese momento
Liubka se enderezó y se dirigió rápidamente hacia la puerta que conducía al
interior de la casa. El comerciante la siguió, y ligero, sin pensar más, Ignat
bajó de un salto del banco y corrió debajo de los abetos por el lado opuesto a
la escalinata para, dando vuelta a la casa, entrar en la misma por la cocina.
En el cielo, de azul pálido, en el que centelleaban ahora nuevas estrellas del
alba, destacábanse obscuros los frutales del jardín. Ya antes había notado
Ignat, al entrar por el portal, un haz de chamarasca cerca de la casa. En el
haz solía guardarse oculta un hacha. Ignat se precipitó hacia el ramojo y
empezó a buscar febrilmente el hacha pequeña, oxidada, mellada, que tan bien
conocía. Escarbaba en el ramojo lastimándose las manos con las varas
escarchadas, y que las tenía entumecidas por la nieve, que resplandecía azulada
a la luz de la luna baja y soñolienta.
Mientras tanto el
comerciante palpó en el bolsillo de su abrigo un revólver pequeño y pesado como
una piedra y entró en el obscuro vestíbulo con las manos tendidas delante de
sí.
—Tenga cuidado, no se caiga.
Aquí hay ramojo amontonado para el fuego —dijo Liubka, y, pisando sobre las
ramitas que se quebraban con estrépito bajo sus pies, sintió el comerciante el
aroma agradable de encina y follaje seco.
—Ésta es nuestra despensa
—dijo Liubka deteniéndose; palpó la pared con los dedos y abrió la puerta de un
cuarto grande, no habitado y muy frío, iluminado por dos ventanas de brillo
azul pálido, con los dos vidrios superiores libres de escarcha. La luna se
hallaba muy lejana al otro lado de la casa, y el—cuarto estaba semiobscuro. Sin
embargo, el comerciante pudo divisar jamones, colgados del techo, un barril con
tocino salado, una bicicleta cuyo hierro niquelado brillaba débilmente, jarras
blancas en el suelo y una cama junto a la pared con colchones pero no de pluma
y con almohadas carentes de fundas.
De nuevo Liubka le hizo una
advertencia, pero esta vez con voz queda propia del caso:
—Cuidado, no se meta en la
mantequilla.
Se colocó de tal manera que
el comerciante pudiera tumbarla, y entonces ella recostarse cómodamente. El
comerciante al oír aquella voz queda y al verla junto a la cama sintió que se
le doblaban las piernas. Liubka siguió murmurándole algo con voz cariñosa y
anhelante, pero él no la escuchaba y, apretándola fuertemente entre sus brazos,
la empujó hacia la cama, hasta que ella llegó a tocarla con sus pantorrillas. Y
entonces Liubka, que hasta este momento se resistía débilmente, dejóse caer en
silencio. Sentía el dolor del reloj y de la cadena que le
oprimían, mientras con una
mano alisaba la espesa y suave barba del comerciante y con la otra sostenía su
dedo índice con el gran anillo de oro. Percibió en su cuerpo una pena dulce,
ondas de fuerzas dolientes, y como si estuviera enfadada empezó a morder
aquella barba que le cubría la boca. Abrazó con ambos brazos y estrechó contra
sí la rigurosa nuca, la velluda cabeza... Mas de repente ésta se deslizó de sus
manos, cayendo hacia abajo. Liubka se sintió primero aliviada, pero luego el
cuerpo del hombre la apretó con todo su peso. Se irguió. El comerciante se
sentó pesadamente en el suelo y luego cayó de espaldas, golpeando el pavimento
con la nuca. Liubka se levantó de un salto y trató de enderezarle. Pero él
respiraba como si estuviera agonizando, exhalando ronquidos y silbidos; aquel
cuerpo con el vientre inflado parecía enorme y pesado como el de un muerto. El
horror la hizo sentir frío en la espalda.
Con manos temblantes
desgarró el cuello de su camisa de franela, desabrochó el cinturón claveteado
de plata. Luego cogió una almohada de la cama y la echó al suelo. Corrió al
vestíbulo, encendió el trocito de vela, mojó la toalla en una jofaina con agua y
regresó iluminando el pasillo y a las ratas que huían a la desbandada. Colocó
la vela sobre la cama y cubrió con la toalla la frente y los ojos vidriosos del
comerciante, mirando horrorizada aquel cuerpo, los faldones de la chaqueta
vueltos, la blanca toalla sobre aquel rostro azulado encuadrado por negra barba
desordenada.
Y de pronto, como si fuera
un trueno, se oyó un golpe de la puerta. Y al levantar los ojos, Liubka quedó
petrificada viendo ante sí a un soldado que le pareció de tal altura que
alcanzaba el techo. En la mano izquierda tenía una gorra y en la derecha, que
ocultaba detrás de la espalda, agarraba un hacha. Dio un paso hacia Liubka y
con rapidez aferró mejor el mango del hacha para asestar el golpe, pero más
rápida aún, en el último momento, ella le detuvo con su voz firme:
—Caiga sobre mí este pecado
—dijo apresuradamente—. Termina rápido de matarlo. Seremos ricos. A ti no te
pasará nada. Dirás que me habías sorprendido con él. Apresúrate.
Ignat miró su cara,
enflaquecida de pronto, de líneas marcadas, sus ojos negros desmesuradamente
abiertos e inmóviles, la blusa roja arremangada, los opulentos brazos, y con el
hacha asentó con todas fuerzas un golpe en la toalla mojada.
VI
Cuando los gallos cantaron
por tercera vez, en la casa de los criados ya estaba encendida la lámpara y
prendida la estufa. Frente a ésta, sentada en un banco, calentábase la cocinera
y, bostezando dulcemente, miraba sin pestañear las llamas de brillo multicolor,
llamando de vez en cuando a Fedka, el cochero del comerciante, para que se
despertara, pues éste tenía la orden de preparar el coche a la madrugada. Por
fin, el cochero bajó de la chimenea, soñoliento y con los ojos a medio abrir,
tomó del tonel una jarra de agua helada, se lavó un poco con una sola mano,
pasó varias veces por su cabello desordenado la peineta de madera de la
cocinera, se persignó mirando hacia el icono en el rincón; se sentó a la mesa,
comió varias papas calientes untándolas con la sal que había derramado sobre la
tabla desgastada de la mesa, acompañando esta comida con una enorme rebanada de
pan negro; luego se vistió cuidadosamente, se apretó bien el cinturón, encendió
un cigarrillo y se encaminó por la nieve helada, haciendo crujir con sus botas
duras como la madera y rojizas por la nieve y agitando el farol con la vela
encendida, hacia el galpón para enganchar el caballo.
Poco a poco cesaron de
cantar los gallos y la noche se confundió con el día. Entre la aurora nebulosa
se distinguían los objetos a la tenue claridad matutina. La nieve en el patio y
sobre los techos tornábase blanca con un matiz azulado. Claro y transparente se
extendía el cielo detrás del jardín y entre los árboles. El aire estaba puro y
penetrante como el éter. En las ramas tupidas de los abetos del jardín, inmóvil
y helado, empezaron a moverse los grajos. Pero hacia Poniente aún reinaba la
noche con sus misterios. Detrás de la valla nevada del río, en el cielo de azul
pálido, brillaba aún la luna moribunda.
Fedka abrió los portones del
galpón, colocó el farol sobre un coche viejo y pesado, ensuciado por las
gallinas y cubierto de lodo seco del otoño pasado, cogió las frías lanzas del
trineo pintado de color, y andando hacia atrás lo arrastró de las tinieblas del
galpón afuera, a la pálida luz matutina. Luego tomó de la clavija, introducida
en la pétrea pared del galpón, los arneses claveteados de plata y, por el largo
montón de nieve endurecida a lo largo de las ventanitas del galpón barreadas
con paja y casi tapadas con la nieve, se dirigió hacia el establo, donde estaba
el potro pesado y velludo del comerciante.
Allí en medio de la
obscuridad olía agradablemente a caballo, a estiércol fresco y a restos de
pasto. El potro percherón, hirsuto y completamente gris por la escarcha, al oír
el golpazo de la puerta volvió la cabeza hacia la luz y relinchó quedamente. Fedka
se acercó a él y el animal jugueteando bajó la cerviz. Fedka intentó ponerle el
freno, pero el potro encorvó más aún el cuello grueso de crines duras. Y
agitando la cabeza y empujando con la frente en el pecho de Fedka, cubierto de
la piel de oveja, durante largo rato no se dejó poner el freno. Por fin el
cochero logró hacerlo introducir entre los dientes amarillos del animal. En
seguida limpió su mano sucia por la espuma, con la cola del potro —haciendo a
la vez dos cosas: limpiar la mano y alisar el pelo levantado de la cola— y
llevó al potro al abrevadero.
Desde la escalinata de la
silenciosa casa señorial, cubierta de nieve y con las ventanas sin vida, salió
de repente un perro blanco con manchas pardas. Dio unos cortos ladridos, corrió
dos veces alrededor de la escalinata y como alocado irrumpió nuevamente en la
casa. Fedka lo miró sorprendido. Pero el potro le arrastró hacia el tonel de
agua. Golpeó el animal con el hocico la capa de hielo que se había formado en
la superficie, la rompió y un leve vaporcito subió del agua. En seguida el
caballo hundió en ésta sus jetas aterciopeladas y la bebió durante largo rato,
desprendiéndose de vez en cuando para romper los trocitos de hielo entre sus
dientes, y entonces inclinaba la cabeza hacia Fedka, y éste silbaba
cariñosamente, animándole, mientras contemplaba con satisfacción sus ojos
grandes y claros y las gotas transparentes que chorreaban de su hocico.
—Bueno, basta ya; de todos
modos nunca estarás satisfecho —dijo por fin el cochero y condujo al potro
hacia el trineo.
Mientras tanto había
aclarado por completo. En el jardín, en los arbustos, habían comenzado su
gorjeo los gorriones. El cielo, detrás del jardín, se obscureció y adquirió un
color anaranjado. La luna, de color casi rojo, desaparecía detrás de la aldea,
que se destacaba ahora nítidamente en el horizonte occidental de color lila
obscuro.
Fedka enganchó el potro al
trineo, ató las riendas y sin soltarlas corrió hacia el asiento. Pero el
caballo ya se había puesto en movimiento y Fedka tuvo que saltar al trineo en
plena carrera. Al salir del portón las llantas del trineo penetraron profundamente
en un montón de nieve blanda acumulado durante la noche. Una vez en la
carretera, Fedka hizo correr el caballo por el campo, hacia el Oriente claro y
alegre, para que el animal se acalorase...
El viejo y pesado potro se
fatigó prontamente. Fedka corrió una versta y media, dejándose quemar el rostro
por el viento contrario, después dio media vuelta y regresó al paso. Al paso
también entró en el portal, dirigiéndose a la escalinata, y de pronto abrió
desmesuradamente los ojos y tiró de las riendas: la cocinera, con el rostro
desfigurado y muy pálida, corría llorando hacia la casa de los criados. Sobre
la escalinata estaba sentado un desconocido con un abrigo de color gris rojizo,
con el cuello envuelto en un bashlik y descubierta la cabeza pelada a ras.
Inclinándose hacia adelante, cogía éste con la mano derecha la nieve blanca y
fresca y la colocaba sobre su coronilla.
La hoguera
Allá, donde la carretera da
una vuelta, al lado del alto poste que indicia el atajo, brillaba en las
tinieblas una hoguera. Yo iba en un coche tirado por tres caballos, escuchaba
el tintineo de los cascabeles y respiraba el fresco aire de la noche de la estepa.
Conforme me acercaba, la hoguera brillaba más vivamente y las llamas se
recortaban destacándose cada vez más sobre el fondo de tinieblas. A poco fue ya
posible distinguir el poste iluminado en su parte inferior y las negras
siluetas de personas sentadas en el suelo. Parecían conspiradores que pasaban
la noche en un lúgubre subterráneo, cuyas bóvedas oscuras temblaban a la luz de
las lenguas de fuego de las llamas.
Cuando la luz de la hoguera
iluminó las cabezas de los caballos, los que estaban sentados alrededor de ella
volvieron la cabeza escuchando. Todos tenían la cara colorada y estaban en
actitud de atención. De pronto sobre el fondo ardiente se destacó la silueta de
un perro que empezó a ladrar inquieto. Sin apartar su mirada de nosotros se
levantó y se puso en pie uno de los que estaban sentados; en el espacio bajo
alumbrado por la hoguera, la figura de aquel hombre parecía enorme.
— ¡Guiarla.... a! —gritó con
voz ruda y gutural al perro.
¿Por qué de noche se siente
uno atraído por una hoguera y por la gente que pasa la noche en la estepa al
lado del camino? Cuando llevo algún tiempo caminando por el atajo, viendo sólo
el cielo reluciente de estrellas y la oscuridad extendida sobre las llanuras
infinitas, me invade la tristeza de la soledad y me emociona cada lu-cecita que
veo allá a lo lejos. Deteniendo los caballos, saludé a la gente y pedí
fósforos.
—¡Buenas noches! ¿Quiere
usted darme una cerilla?
El hombre que estaba ante mí
en actitud de espera, un robusto viejo de ancho pecho, con un gorro de piel de
cordero y una pelliza echada sobre los hombros, no oyó mis palabras, apagadas
por el ladrido del perro, y furioso golpeó con el pie en el suelo.
—¡Calla, ladrón! —gritó al
mastín; y sin apartar de mí su mirada recelosa, añadió en voz alta, con gutural
acento gitano:
—¡Buenas noches señor! ¿Qué
desea?
Las ventanas de su nariz se
recortaban enérgicamente; las barbas le llegaban hasta los ojos, y en aquellos
grandes ojos negros, en aquellos negros y fuertes cabellos que asomaban espesos
por debajo del gorro, en las toscas barbas rizadas, en todo se adivinaba la
atenta rudeza del hombre de la estepa.
—No tengo con qué encender
el cigarrillo —repetí con fingida sencillez—. ¿Me hace el favor de darme un par
de fósforos?
—¿Acaso los gitanos tienen
fósforos? —preguntó el viejo volviendo la cabeza y mirando a los otros dos que
estaban sentados al lado de la hoguera y examinaban los caballos y el coche—.
¿No podría el señor encender con la lumbre de la hoguera?
El viejo se acercó a la
hoguera, se inclinó y tranquilamente echó en la palma de la mano una brasa. Me
apresuré a encender con ella el cigarrillo y lancé dos o tres rápidas miradas
sobre el pequeño campamento. Uno de los hombres era un campesino andrajoso de
pelo rojo, al parecer un obrero vagabundo; el otro era un gitano. Este último
estaba sentado con la cabeza echada orgullosamen-te hacia atrás, y sujetando
con las manos sus finas rodillas levantadas, me miraba oblicuamente. Su rostro,
de un moreno azulado, era fino como el de un príncipe oriental. Las córneas de
sus ojos se destacaban recortadas en su rostro, y los ojos parecían asombrados.
Estaba vestido como un galán: botas de piel fina, gorra nueva, americana, una
camisa de seda morada y llevaba al cuello una larga cadena de plata que
brillaba a la luz de la hoguera.
—¿Quizá se ha extraviado el
señor? —preguntó el viejo, tirando la brasa a la hoguera.
—No —balbucí mirando otra
vez más allá de la hoguera, que me cegaba con su viva luz.
Entonces se destacaron entre
las tinieblas el toldo gris de una gran tienda de campaña, el arco y los
timones de un carro tirados en el suelo y, al lado de éstos, un samovar,
pucheros y un gran colchón de plumas, en el que estaba tendida una gitana gorda,
vestida con andrajos, que daba el pecho a un niño medio desnudo. Más allá
estaba en pie una joven de unos quince años, que me miraba fijamente con
grandes ojos, evocadores y de rara belleza. Ella salió de improviso de entre
las tinieblas; yo vi sus fuertes cabellos negros como azabache y la apasionada
ternura de sus ojos, de sus labios y de todo su rostro de antigua egipcia, y
abracé con una mirada todas las formas de su esbelto cuerpo juvenil, ceñidas
por un fino vestido morado, que le estaba pequeño. Pero tanta era la
interrogativa espera en todas las caras, y había tanta audacia en los ojos del
vagabundo, que me turbé y tiré de la manga al cochero.
—¿Quiere el señor que le
acompañe? —preguntó el viejo con vivacidad.
—No, gracias —me apresuré a
contestar; y lanzando otra mirada sobre la hoguera me recosté en el respaldo
del coche.
—¡Adelante!
Los caballos se pusieron en
marcha; los cascos golpearon al compás, y los cascabeles sonaron
melancólicamente, cubriendo el ladrido del perro, que echó a correr tras de
nosotros . . .
Desapareció el calor y olor
a los lampazos quemados; el fresco de la noche me soplaba en la cara, y de
nuevo, negreando en la oscuridad, corrían a mi encuentro los campos. El arco
del atalaje se destacaba en negro sobre el cielo, y, oscilando, tocaba a veces
las estrellas.
Pero con más claridad aún
que al lado de la hoguera veía ahora los negros cabellos, los dulces y
apasionados ojos y el antiguo collar de plata al cuello ... Y en el olor de las
hierbas húmedas por el rocío, en el solitario tintineo de los cascabeles, en las
estrellas y en el cielo, había ahora una nueva sensación, penosa,
incomprensible y, precisamente por ello, más dulce. Me parecía que había
cometido algo absurdo e irreparable; que había abandonado algo íntimo, creado
precisamente para mí y que por azar se alejaba de mí para siempre cada vez más,
cada vez más...
Insolación
Habían ya cenado, y
abandonando el comedor brillantemente iluminado, salieron a cubierta donde se
detuvieron, apoyándose en la barandilla. Ella cerró los ojos y se puso la palma
de la mano sobre la mejilla, echándose a reír con espontáneo encanto.
En aquella mujercita todo
era delicioso.
—Estoy casi bebida..., o
debo estar enteramente enajenada. ¿De dónde dijiste que procedías? Hace tres
horas que ni siquiera sospechaba tu existencia. Ni sé tampoco dónde subiste a
bordo. ¿Fue en Samara? Bien..., no importa, querido. ¿Me da vueltas la cabeza,
o está girando el barco?
Ante ellos se extendía una
oscuridad llena de puntos luminosos. Una brisa fuerte y ligera acarició sus
rostros, mientras las luces se deslizaban a lo largo del vapor, que efectuó un
brusco viraje sobre la corriente del Volga, para acercarse al pequeño desembarcadero.
El teniente tomó la mano de
la mujer y se la llevó a los labios. Era fuerte y pequeña y su bronceado le
daba un peculiar perfume. La alegría y la angustia agitaron simultáneamente su
corazón, trémulo ante el pensamiento de que bajo el ligero vestido de seda se
escondía un cuerpo firme y tostado por el sol a lo largo de un mes entero sobre
la ardiente arena del Sur (ella le había dicho que procedía de Anapu). El
teniente murmuró:
—Bajemos aquí...
—¿Dónde? —preguntó ella
asombrada.
—Aquí, en este
desembarcadero.
—¿Por qué?
El guardó silencio. La mujer
apoyó de nuevo su mejilla en la palma de la mano.
—Estás loco...
—Bajemos —repitió
torpemente—. Te lo ruego...
—Akh, como gustes —respondió
ella.
Y uniendo la acción a la
palabra se alejó.
El vapor continuó su marcha
hasta chocar con un ruido sordo con el muelle débilmente iluminado, por lo que
ambos casi cayeron uno encima del otro. El extremo de un cable pasó volando
sobre sus cabezas, el vapor se bamboleó en el agua bulliciosa, la pasarela
crujió...
El teniente corrió en busca
de los equipajes.
Recorrieron el soñoliento
muelle hasta que, fuera de sus límites, se encontraron hundidos en la arena
hasta los tobillos. En silencio, tomaron un polvoriento coche de alquiler. La
ascensión por la empinada calle cubierta de polvo, puntuada por unas pocas
lámparas colocadas oblicuamente, se les hizo inacabable. Al llegar a la cima,
el carruaje traqueteó sobre la calle adoquinada; una plaza, algunos edificios
administrativos, un campanario, el calor y los aromas de una noche de verano en
una ciudad de provincia... El coche se detuvo ante una entrada iluminada, cuyas
puertas entornadas dejaban vislumbrar los peldaños de una desvencijada escalera
de madera.
Un viejo criado sin afeitar,
vestido con una camisa roja y levita, tomó de mala gana sus equipajes, y
emprendió la marcha con aire cansino. Entraron en una habitación grande pero
terriblemente mal ventilada, todavía ardiente por el sol diurno, de ventanas
cubiertas por blancas cortinas, y en la que un espejo presidía la repisa de la
chimenea, provisto de dos velas que nunca habían sido encendidas.
Una vez entraron y el criado
hubo cerrado la puerta, el teniente se arrojó impetuoso sobre ella, y ambos se
fundieron en un beso de agonizante éxtasis, de tal duración que perdieron la
noción del tiempo; jamás les había sucedido una cosa parecida a ninguno de los
dos.
A las diez en punto de la
mañana siguiente, una mañana cálida y soleada, a la que daba alegría el tañido
de las campanas de la iglesia, la agitación de la plaza del mercado frente al
hotel, el olor de heno y alquitrán, y toda esa mezcla de aromas que caracteriza
a cada ciudad
rusa de provincias, aquella
mujercita sin nombre, el cual se había negado repetidamente a revelar,
llamándose burlonamente «la bella desconocida», le abandonó, para reanudar su
viaje. Habían dormido poco, pero cuando ella salió al cabo de cinco minutos, de
detrás del biombo cercano a la cama, vestida y arreglada, parecía tan lozana
como una muchacha de diecisiete años. ¿Mostraba confusión?... Apenas. Como
horas antes, era alegre, sencilla, y... bastante razonable.
—No, no, querido mío
—exclamó.
Insistió en la negativa, que
obedecía a la sugerencia del hombre de proseguir juntos, añadiendo:
—Debes permanecer aquí y
tomar el próximo vapor. Si continuamos juntos, se estropearía todo, y no me
gustaría. Por favor, créeme, no soy la clase de mujer que te conviene. Todo lo
que ha pasado aquí, nunca ocurrió antes, ni sucederá de nuevo. Imagina que me
he eclipsado..., o para ser más exactos, que ambos hemos sufrido una especie de
insolación.
El teniente, casi aliviado,
se mostró de acuerdo con ella. Con espíritu alegre, la escoltó en un carruaje
hasta el desembarcadero, al que llegaron en el preciso instante en que el vapor
pintado de rosa se disponía a zarpar. En el muelle, en presencia de otros
pasajeros, la besó, con el tiempo justo de saltar sobre la pasarela que ya
retrocedía.
Con la misma ligereza de
espíritu volvió al hotel. Algo había cambiado. La habitación parecía diferente
sin ella. Estaba llena de su presencia... y vacía. ¡Qué extraño! Olía aún a su
excelente agua de colonia inglesa, su taza sin terminar se hallaba todavía
sobre la bandeja, pero ella ya no estaba allí... De pronto, el corazón del
teniente sintió tal arrebato de ternura, que se apresuró a encender un
cigarrillo y, golpeando con el látigo sus piernas calzadas de largas botas,
empezó a medir a grandes pasos la habitación.
—¡Qué ocurrencia tan
extraña! —exclamó en voz alta.
Y echándose a reír,
consciente de las lágrimas que asomaban a sus ojos, añadió:
—«Por favor, créeme..., no
soy la clase de mujer que te conviene...» Y ahora se ha ido... ¡Una mujer
absurda!
El biombo estaba corrido a
un lado; y la cama permanecía deshecha. Al comprender que no tenía coraje para
mirar otra vez al lecho, lo tapó con el biombo, cerró la ventana a fin de no
oír el ruido de la plaza y los crujidos de las ruedas de los carruajes, y
corriendo las blancas cortinas, se sentó en el diván.
Aquello era el fin de un
«encuentro afortunado». Ella había partido. Estaría ya lejos, sentada sin duda
en el blanco salón de espejos, o en cubierta, contemplando el inmenso río cuyas
aguas centelleaban al sol, las veloces falúas, los amarillos bancos de arena,
el resplandor del agua y el cielo, y toda la inmensa extensión del Volga...
Adiós para siempre, para toda la eternidad— ¿Se encontrarían alguna vez de
nuevo?
—Después de todo —murmuró—,
me es imposible bajo ningún concepto visitar la ciudad donde vive su marido, su
hija de tres años de edad, el resto de su familia, donde ella está siempre.
Aquella ciudad le pareció de
repente excepcional, un lugar prohibido... Y con el pensamiento de que ella
proseguiría su vida solitaria, que quizá le recordaría a menudo, rememorando el
azar de su encuentro, de que él nunca volvería a verla, se sintió confundido y
acobardado.
¡No podía ser! ¡Era
completamente absurdo, extraño, increíble! Experimentó tal angustia ante la
futilidad de la existencia en los años futuros, que se vio invadido por el
terror y la desesperación.
«¡Qué diablos! —pensó,
levantándose y paseando de nuevo arriba y abajo por la habitación, sin mirar el
lecho de detrás del biombo—. ¿Qué es lo que me ocurre? ¿Quién hubiera creído
posible que por primera vez... y allí...? ¿Qué hay en ella, qué ha sucedido
exactamente? ¡Parece como si de verdad hayamos sufrido una insolación!...
Tendré que hallar la forma de pasar el día entero sin ella en este rincón
dejado de la mano de Dios.»
La recordó vividamente en
todos sus detalles más íntimos: el perfume de su piel bronceada, el olor de su
vestido de seda, el aroma de su cuerpo firme, el sonido vivaz, alegre y
sencillo de su voz... La impresión de las delicias de su encantadora feminidad
recientemente experimentadas, estaba todavía fuertemente grabada en él. Sin
embargo, predominaba otra sensación enteramente nueva..., extraña e
incomprensible, inexistente mientras estuvieron juntos, y que nunca hubiera
podido imaginar el día anterior, cuando trabó conocimiento con ella, por el
simple deseo de divertirse, una sensación de la que nunca le sería posible
hablar con nadie, nadie en absoluto.
«Sí —prosiguió pensando—,
nunca seré capaz de hablar de ello. No sé qué hacer, cómo pasar este día
infinito, con mis recuerdos y mi angustia intolerable, en esta pequeña ciudad
dejada de la mano de Dios, regada por el Volga radiante, sobre cuyas aguas navega
el vapor pintado de rosa que se la llevó...»
Para liberarse le era
absolutamente preciso hallar distracción en algo, divertirse, ir a alguna
parte. Se puso el gorro resueltamente, y con vigorosas zancadas que hicieron
resonar sus espuelas, salió al vacío corredor, y bajó con rapidez la empinada
escalera hacia la entrada... ¿En qué dirección?
En la entrada había un joven
cochero, elegantemente vestido con una chaqueta de aldeano, que fumaba
calmosamente un delgado cigarro en aparente espera. El teniente le echó una
mirada de confusa interrogación. ¿Era posible que alguien estuviese sentado en
un pescante con tanta tranquilidad, y fumase con un aspecto tan despreocupado e
indiferente?
«Evidentemente, soy la
persona más desgraciada de toda la ciudad», pensó, girando en dirección a la
plaza del mercado.
Los puestos se hallaban
dispersos. De modo inconsciente, se puso a caminar entre el estiércol fresco,
los carros, las cargas de pepinos, los cazos y cazuelas nuevos, mientras las
mujeres, sentadas en el suelo, rivalizaban unas con otras en el intento de llamar
su atención hacia sus cacharros, haciéndolos sonar con las puntas de los dedos
para demostrar su calidad, y las campesinas lo ensordecían con sus gritos:
—¡Pepinos de primera clase,
Señoría!
Aquello era tan absurdo y
estúpido que salió corriendo de la plaza, para entrar en la iglesia donde, en
aquel momento, comenzaban los cantos, sonoros y estridentes, como si sus
intérpretes se hallaran convencidos de que cumplían un trascendental deber. Saliendo,
echó a andar por las calles, y bajo el calor del sol deambuló por los senderos
de un pequeño jardín abandonado en la falda de una colina, contemplando el
ancho río que destellaba con un brillo de acero. Las hombreras y botones de su
traje blanco de verano se calentaron hasta tal extremo, que resultaba imposible
tocarlos. La banda interior de su gorro estaba húmeda por el sudor, y su rostro
ardía...
Al volver al hotel sintió un
indescriptible alivio al refugiarse en el enorme comedor fresco y vacío.
Quitándose el gorro, se sentó en una mesita colocada ante una ventana abierta,
por donde entraba un vientecillo que si bien cálido, era brisa al fin y al
cabo. Pidió una sopa de hortalizas frías.
Todo era bueno. Cada cosa
resultaba una fuente de ventura inconmensurable e intensa alegría, incluso el
bochorno y los olores del mercado. La felicidad llenaba aquella pequeña ciudad
desconocida, aquel viejo hotel provinciano, y sin embargo su corazón se
desgarraba.
Tomó varios vasitos de vodka
y un bocado de pepinos en escabeche, pensando que no le importaría morir sin
vacilación al día siguiente, si por un milagro ella volviera a su lado para
pasar la jornada con él..., o si pudiera hablarle, persuadirla de algún modo,
de su conmovedor y maravilloso amor... Pero, ¿por qué? ¿Por qué persuadirla? No
le era posible responder a estos interrogantes, pero hacerlo resultaba más
importante que la vida misma.
«Los nervios me están
jugando una mala pasada», pensó mientras se escanciaba el quinto vaso de vodka.
Consumió una garrafita
entera, esperando que la embriaguez le hiciera olvidar, y terminara con su
exultante agonía. Pero, no logró otra cosa que acrecentarla.
Apartó a un lado la sopa,
pidió un café muy cargado y empezó a fumar, reflexionando intensamente acerca
de los medios para liberarse de aquel repentino e inesperado amor. No obstante,
se dio cuenta, con aguda intuición, de que le sería imposible, y de súbito, con
un movimiento brusco, se levantó, cogió el gorro y el látigo y, tras preguntar
dónde se hallaba la oficina de correos, se dirigió con presteza a la dirección
indicada, con las palabras de un telegrama bailándole en la cabeza: «De ahora
en adelante, mi vida es enteramente tuya, hasta la muerte. Haz con ella lo que
quieras».
Pero al llegar al edificio
de gruesos muros, que albergaba las oficinas de correos y telégrafos, se detuvo
lleno de horror: sabía la ciudad donde ella vivía, y que tenía un marido y una
hija de tres años, pero no su apellido ni su nombre de pila. Varias veces, en
el transcurso de la velada se lo preguntó, pero en cada ocasión ella se había
echado a reír, diciendo:
¿Para qué quieres saber mi
nombre? Soy María Green, la Reina del País de los Duendes..., o simplemente la
«hermosa desconocida»... ¿No te basta?
En la esquina, cerca de la
oficina de correos, divisó la vitrina de un fotógrafo. Contempló fijamente el
enorme retrato de un militar de recargadas hombreras, ojos saltones y frente
estrecha, propietario de unas patillas sorprendentemente magníficas y pecho
abombado, condecorado con infinidad de medallas. En aquellos instantes en que
sus sentimientos habían sido derrotados por la terrible «insolación», y por
aquel amor y felicidad tan intensos, comprendía lo absurdo, ridículo, y
horriblemente ordinario de cuanto le rodeaba. Fijó la mirada en una pareja
nupcial compuesta por un hombre joven vestido con una larga levita y corbata
blanca, y el pelo cortado como un erizo, en cuyo brazo se apoyaba un velo de
desposada..., pero apartó la vista para posarla en la fotografía de una
muchacha de aspecto atractivo y vivaz, tocada con un ladeado gorro
estudiantil...
Atormentado por una
angustiosa envidia hacia todos aquellos extraños, aquellos seres humanos que no
sufrían, clavó su mirada calle abajo.
«¿Adonde voy? ¿Qué hago?»
En su cerebro y en su alma
persistía la insoluble y opresiva cuestión.
La calle estaba desierta, y
las casas, pertenecientes a la clase media, todas parecidas, blancas con dos
pisos y extensos jardines, parecían deshabitadas. Un espeso polvo blanco cubría
el pavimento; todo deslumbraba y cada objeto se hallaba inundado por los
tórridos, flameantes, alegres, y aparentemente inofensivos rayos del sol. A lo
lejos, la calle ascendía en cuesta, pareciendo unirse con el horizonte gris,
puro y sin nubes de reflejos violeta.
El ambiente tenía algo de
meridional. Le recordaba Sebastopol Kertch..., Anapu. El recuerdo de esta
última ciudad se le hizo particularmente insoportable. Con la cabeza baja, los
ojos entrecerrados por el sol, y la mirada fija en el pavimento, vacilante y
torpe, apretó la marcha, retrocediendo sobre sus pasos.
Volvió al hotel deshecho por
la fatiga, como si hubiera transitado toda una larga jornada por el Turquestán
o el Sahara. Reuniendo sus últimas fuerzas, entró en la enorme y desolada
habitación.
Estaba ya arreglada y los
últimos rastros de ella habían desaparecido, a excepción de un alfiler del pelo
olvidado que se hallaba sobre la mesita de noche.
Quitándose la casaca, se
miró al espejo. Su rostro —el semblante normal de un oficial atezado, cuyos
bigotes quemados por el sol y el azul claro de sus ojos parecían más claros en
contraste con el rostro— mostraba disgusto y extravío, y la ligera camisa blanca
de cuello almidonado, le otorgaba un aire joven e infinitamente patético.
Se tendió de espaldas sobre
la cama, apoyando sus pies calzados con las botas cubiertas de polvo sobre una
banqueta. Las ventanas estaban abiertas, y las cortinas corridas, las cuales,
de vez en cuando se hinchaban a impulsos de una ligera brisa, introduciendo en
la habitación el bochorno y el olor de los tejados calientes, y de todo aquel
mundo, luminoso, mudo, casi desolado y desierto, característico del Volga.
Yaciendo con los brazos bajo
la nuca y mirando al vacío, se forjaba una débil y fabulosa pintura del remoto
Sur, del sol, del mar y de Anapu, como si la ciudad a la que ella había
vuelto, y a la que, sin
duda, había llegado, fuera única. Este pensamiento obsesivo provocó la
aparición de cálidas y punzantes lágrimas, y al fin cayó dormido. Al abrir de
nuevo los ojos, se percibía a través de las cortinas el resplandor rojizo de)
sol crepuscular. La brisa había cesado y la habitación mal ventilada y seca,
parecía un horno... Recordó la mañana del día anterior, a la que recordaba como
si hubiera sucedido diez años antes.
Casi de mala gana se
levantó, se lavó y descorriendo las cortinas, llamó a un criado para pedir un
samovar y la cuenta. Durante un largo rato estuvo bebiendo té con limón, luego
ordenó que llamaran un coche y metiesen en él su equipaje. Al sentarse en el
asiento rojizo y quemado por el sol, dio al criado una moneda de cinco rublos
como propina.
—¡Parece como si fuera ayer,
cuando traje aquí a Su Señoría! —exclamó alegremente el cochero, cogiendo las
riendas.
Cuando alcanzaron el
desembarcadero, el resplandor azul de la noche de verano ya había oscurecido la
superficie del Volga, y en sus aguas flotaba el reflejo de las luces
multicolores y las llamas colgaban del mástil del vapor, ya próximo.
—¡Llega a tiempo! —exclamó
el cochero en tono obsequioso.
El teniente le dio también
cinco rublos, y con el billete en la mano se dirigió al desembarcadero... Al
igual que el día anterior, resonaba el silbido de los cables, el ligero temblor
de la plataforma bajo sus pies, el extremo del cable que llegó volando, y el
burbujear de las aguas espumosas bajo las ruedas del vapor al retroceder tras
el impacto... El espectáculo del barco abarrotado inundado de luz, y los olores
procedentes de las cocinas, parecieron tributarle una cálida bienvenida.
Un minuto más tarde, el
vapor ya había zarpado y remontaba el río en la misma dirección que tomó
aquella misma mañana.
Ante el barco, la oscura
puesta de sol veraniega se estaba desvaneciendo rápidamente, reflejándose sobre
el río en tonos oscuros, fantásticos e iridiscentes, provocando a lo lejos,
bajo el sol poniente, tenues manchas sobre las olas temblorosas, mientras los
destellos de luz que brillaban en torno al vapor iban retrocediendo sin cesar.
El teniente se sentó bajo el
toldo de cubierta, consciente de haber envejecido diez años.

