Libro N° 4090. Los Amores Difíciles. Calvino, Italo.
© Libro N° 4090. Los Amores Difíciles. Calvino, Italo. Colección E.O. Agosto 19 de 2017.
Título
original: © Los Amores Difíciles.
Italo Calvino
Versión Original: © Los Amores Difíciles. Italo
Calvino
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Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LOS AMORES DIFÍCILES
Italo Calvino
Annotation
Todas las espléndidas historias, entre cómicas y amargas,
que Italo Calvino reunió en 1970 con el título de Los amores difíciles, hablan
de la dificultad de comunicación entre personas que, por alguna inesperada
circunstancia, podrían iniciar una relación amorosa. En realidad, son historias
acerca de cómo una pareja no alcanza nunca a establecer ese mínimo vínculo
afectivo inicial, aunque todo parezca favorecerlo. Pero, para Calvino, quien
tan bien conoce esa zona de silencio en el fondo de las relaciones humanas, en
ese desencuentro reside precisamente no sólo el motivo de una desesperación,
sino también el elemento fundamental —cuando no incluso la esencia misma— de la
relación amorosa.
Nota introductoria
1. El autor
2. La obra
3. La crítica
La aventura de un soldado
La aventura de un bandido
La aventura de una bañista
La aventura de un empleado
La aventura de un fotógrafo
La aventura de un viajero
La aventura de un lector
La aventura de un miope
La aventura de una mujer casada
La aventura de un matrimonio
La aventura de un poeta
La aventura de un esquiador
La aventura de un automovilista
notes
Nota introductoria
1. El autor
El padre de Italo Calvino era un agrónomo de San Remo que
había vivido muchos años en México y en otros países tropicales; se había
casado con una ayudante de botánica de la Universidad de Pavía, de familia
sarda, que lo había seguido en sus viajes; el hijo primogénito nació el 15 de
octubre de 1923 en un suburbio de La Habana, en vísperas del regreso definitivo
de los progenitores a la patria.
El futuro escritor pasó los primeros veinte años de su
vida casi ininterrumpidamente en San Remo, en la Villa Meridiana, que era en
aquel tiempo la sede de la Dirección de la Estación Experimental de
Floricultura, y en el campo contiguo a San Giovanni Battista, donde su padre
cultivaba el grape-fruit y el aguacate. Los progenitores, librepensadores, no
dieron a sus hijos educación religiosa. Italo Calvino hizo estudios regulares
en San Remo: jardín de infancia en el St. Georges College, escuela primaria en las
Scuole Valdesi, secundaria en el R. Ginnasio-Liceo «G. D. Cassini». Después del
bachillerato clásico se inscribió en la Facultad de Agronomía de la Universidad
de Turín (donde su padre era profesor de agricultura tropical) pero no fue más
allá de los primeros exámenes.
Durante los veinte meses de la ocupación alemana, pasó por
las vicisitudes comunes a los jóvenes de su edad que no aceptaban hacer el
servicio militar en la República Social Italiana, participó en las actividades
de los partigiani y en la conspiración y durante algunos meses combatió en la
Resistencia con las brigadas «Garibaldi», en la durísima zona de los Alpes
Marítimos, junto a su hermano de dieciséis años. Los alemanes detuvieron
durante algunos meses como rehenes al padre y a la madre.
En el periodo inmediatamente posterior a la Liberación
Calvino desplegó una actividad política en el Partido Comunista (al que se
adhirió durante la Resistencia) en la provincia de Imperia y entre los
estudiantes de Turín. En el mismo periodo comienza a escribir cuentos
inspirados en la vida de la guerrilla y establece sus primeros contactos con
ambientes culturales de Milán (el semanario de Elio Vittorini Il Politecnico) y
de Turín (la editorial Einaudi).
El primer cuento que escribe es leído por Cesare Pavese
quien lo pasa a la revista que Carlo Muscetta dirige en Roma (Aretusa,
diciembre de 1945). Entretanto Vittorini publica otro en Il Politecnico (donde
Calvino colabora también con artículos sobre los problemas sociales de
Liguria). Giansiro Ferrata le pide otros cuentos para L’Unità de Milán. En
aquel tiempo los diarios tenían una sola hoja, pero empezaban a salir un par de
veces por semana con cuatro páginas: Calvino colabora en la tercera página de
L’Unità de Génova (con lo que obtiene un premio ex aequo con Marcello Venturi)
y de Turín (entre cuyos redactores figura durante un tiempo Alfonso Gatto).
Entretanto el estudiante ha cambiado de facultad: pasa a
letras, en la Universidad de Turín, donde se inscribe —con las facilidades
otorgadas a los ex combatientes— directamente en tercer año. En Turín vive en
un altillo sin calefacción; escribe cuentos y apenas los termina se los lleva a
Natalia Ginzburg y a Cesare Pavese que están reorganizando las oficinas de la
editorial Einaudi. Para quitárselo de en medio, Pavese lo alienta a escribir
una novela; el mismo consejo le da en Milán Giansiro Ferrata, que es miembro
del jurado de un concurso de novelas inéditas creado por la casa Mondadori en
un primer sondeo sobre los nuevos escritores de la posguerra. La novela, que
Calvino termina justo en el plazo del 31 de diciembre de 1946 (El sendero de
los nidos de araña), no gustará ni a Ferrata ni a Vittorini y no entrará en el
grupo de ganadores (Milena Milani, Oreste de Buono, Luigi Santucci). El autor
la da a leer a Pavese que, si bien con reservas, la propone a Giulio Einaudi.
El editor turinés se entusiasma y la lanza con carteles publicitarios. Se
venden seis mil ejemplares: un éxito discreto para la época. En el mismo mes de
noviembre de 1947 en que aparece su primer libro, se licencia en letras con una
tesis de literatura inglesa (sobre Joseph Conrad). Se puede decir, sin embargo,
que su formación tiene lugar sobre todo fuera de las aulas universitarias, en
aquellos años entre la Liberación y 1950, discutiendo, descubriendo nuevos
amigos y maestros, aceptando precarios y ocasionales trabajos por encargo, en
el clima de pobreza y de febriles iniciativas del momento. Había empezado a
colaborar con la editorial Einaudi en el servicio de prensa, trabajo que
seguirá desempeñando en años sucesivos como empleo estable.
El ambiente de la editorial turinesa, caracterizado por el
predominio de historiadores y filósofos sobre literatos y escritores, y por la
discusión constante entre partidarios de diversas tendencias políticas e
ideológicas, fue fundamental para la formación del joven Calvino: poco a poco
va asimilando la experiencia de una generación algo mayor que la suya, de
hombres que hacía ya diez o quince años se movían en el mundo de la cultura y
del debate político, que habían militado en la conspiración antifascista en las
filas del Partido de Acción o de la Izquierda Cristiana o del Partido
Comunista. Mucho contó para él (inclusive por el contraste con su horizonte
arreligioso) la amistad, el ascendiente moral y la capacidad de comunicación
vital del filósofo católico Felice Balbo, que en aquel tiempo militaba en el
Partido Comunista.
Al cabo de casi un año de experiencia como redactor de la
tercera página de L’Unità de Turín (1948-1949) Calvino había comprendido que no
tenía las dotes de un buen periodista ni de un político profesional. Siguió
colaborando esporádicamente en L’Unità durante algunos años con textos
literarios y sobre todo con encuestas sindicales, servicios sobre huelgas
industriales y agrícolas y ocupación de fábricas. El vínculo con la práctica de
la organización política y sindical (también en forma de amistades personales
entre los camaradas de su generación) lo comprometía más que el debate
ideológico y cultural, y le permitía superar las crisis de la condena por el
Partido y del consiguiente alejamiento de amigos y grupos intelectuales a los
que se había sentido próximo (Vittorini e Il Politecnico en 1947; Felice Balbo
y Cultura e Realtà en 1950).
Lo que seguía siendo más incierto para él era la vocación
literaria: después de la primera novela publicada, intentó durante años
escribir otras en la misma línea realista-social-picaresca, que eran
despiadadamente demolidas o arrojadas al cesto de los papeles por sus maestros
y consejeros. Cansado de esos esforzados fracasos, se entregó a su vena más
espontánea de fabulador y escribió de un tirón El vizconde demediado. Pensaba
publicarlo en alguna revista y no en libro para no dar demasiada importancia a
un simple «divertimento», pero Virtorini insistió en sacarlo como volumen breve
en su colección Gettoni. La aprobación de los críticos fue inesperada y
unánime; apareció además un excelente artículo de Emilio Cecchi, lo cual
significaba entonces la consagración (o cooptación) del escritor en la
literatura italiana «oficial». Por el lado comunista estalló una pequeña
polémica sobre el «realismo», pero no faltaron autorizados elogios para
compensarla.
De esta afirmación arrancó la producción del Calvino
«fabulador» (definición que ya era corriente en la crítica desde la época de su
primera novela) y al mismo tiempo una producción basada en la representación de
experiencias contemporáneas en tono stendhaliano irónico. Para definir esta
alternancia, Vittorini acuñó la fórmula feliz de «realismo con carga
fabuladora» o «fábula con carga realista». Calvino trataba también desde el
punto de vista teórico de mantener unidos sus diversos componentes intelectuales
y poéticos: en 1955 pronunció en Florencia una conferencia en la que expuso su
programa de manera más orgánica («El meollo del león», Paragone, VI, n.º 66).
Había conquistado así su lugar en la literatura italiana
de los años cincuenta, en una atmósfera muy diferente de la de los últimos años
cuarenta a los que, sin embargo, seguía sintiéndose idealmente vinculado. En
los años cincuenta, Roma era la capital literaria de Italia, y Calvino, aunque
siguiera siendo declaradamnente «turinés», pasaba en Roma gran parte de su
tiempo.
En aquellos años Giulio Einaudi le encargó el volumen de
los cuentos populares italianos, que Calvino seleccionó y tradujo a partir de
los repertorios folclóricos del siglo XIX, publicados e inéditos. Trabajo
erudito también (en la búsqueda, la introducción y las notas) que volvió a
despertar en él la pasión por la novelística comparada, territorio de confín
entre las mitologías primitivas, la épica popular medieval, la filología
decimonónica.
Otro de sus constantes polos de interés: el siglo XVIII.
La cultura iluminista y jacobina era ya el caballo de batalla de los
historiadores con quienes convivía Calvino en sus tareas editoriales diarias:
desde Franco Venturi hasta los más jóvenes y el maestro de todos ellos,
Cantimori; además, dados sus antecedentes personales como descendiente de
francmasones, encontraba en el mundo ideológico del siglo XVIII un aire de
familia. Es natural pues que la novela (o parodia de novela) más vasta que
Calvino haya escrito sea una transfiguración de mitos personales y
contemporáneos en alegorías dieciochescas (El barón rampante, 1957), donde el
autor parece proponer también (en caricatura pero sin dejar de creer en él) un
modelo de comportamiento intelectual en relación con el compromiso político.
Entretanto, maduraban los tiempos de las grandes
discusiones políticas que sacudirían el aparente monolitismo del mundo
comunista. En 1954-1955, en un clima casi de tregua en las luchas entre
tendencias de los intelectuales comunistas italianos, Calvino había colaborado
asiduamente en el semanario romano Il contemporaneo de Salinari y Trombadori.
En el mismo periodo contaron mucho para él las discusiones con los
hegeliano-marxistas milaneses, Cesare Cases y sobre todo Renato Solmi, y,
detrás de ellos, Franco Fortini, que había sido y sería el implacable
interlocutor antitético de Calvino. Empeñado en 1956 en las batallas internas
del Partido Comunista, Calvino (que colaboraba, entre otras, en la pequeña
revista romana Città Aperta) presentó su renuncia al Partido en 1957. Durante
un tiempo (1958?59) participó en el debate a favor de una nueva izquierda
socialista y colaboró en la revista de Antonio Giolitti Passato e Presente y en
el semanario Italia Domani.
En 1959 Vittorini inició la publicación de una serie de
cuadernos de textos y de crítica (ll Menabò) para renovar el clima literario
italiano, y quiso que el nombre de Calvino apareciese junto al suyo como
codirector. En Il Menabò publicó algunos ensayos donde trató de hacer un
balance de la situación internacional de la literatura: «Il mare
dell'oggettivitá», (Il Menabò 2, 1959), «La sfida al laberinto» (Il Menabò 5,
1962) y también de trazar un mapa ideológico general: «L'antitesi operaia» (Il
Menabò 7, 1964). Pero se diría que la preocupación por tener en cuenta todos
los componentes históricos e ideológicos de cada fenómeno llevó a Calvino a un
callejón sin salida: y tal vez por eso van disminuyendo cada vez más sus
incursiones en el ensayo, sus tomas de posición críticas y en general sus
colaboraciones en diarios y revistas.
En los últimos años pasa largas ternporadas en el
extranjero (ya en 1959-60 había vivido seis meses en Nueva York y en Estados
Unidos). En 1964 se casa; su mujer es argentina, de origen ruso, traductora del
inglés, y vive en París. En 1965 tiene una hija.
Sus libros más recientes atestiguan un retorno a una de
sus pasiones juveniles: las teorías astronómicas y cosmológicas que utiliza
para elaborar un repertorio de modernos «mitos de origen», como los de las
tribus primitivas. Es significativo en este sentido el homenaje que rinde a un
escritor paradójicamente enciclopédico como Raymond Queneau, traduciendo su
novela Les fleurs bleues. Animado por el mismo espíritu y apoyándose en los
recientes estudios rusos y franceses sobre «semiología del cuento», proyecta,
mediante una baraja de tarots, un sistema combinatorio de las historias y de
los destinos humanos. En el centro de todos estos intereses (y como
prolongación ideal del siglo XVIII de El barón rampante) está la obra del
utopista Fourier, de quien Calvino prepara una amplia selección de textos.
Obras principales: El sendero de los nidos de araña
(1947); El último es el cuervo (1949); El vizconde demediado (1951); L’entrata
in guerra (1954); El barón rampante (1957); La especulación inmobiliaria
(1957); I racconti (1958); El caballero inexistente (1959); La jornada de un
interventor electoral (1963); Marcovaldo (1963); Las Cosmicómicas (1965);
Tiempo cero (1967). [1]
2. La obra
Los amores difíciles es el título bajo el cual el autor ha
reunido (por primera vez en 1958 en el volumen titulado I raconti) esta serie
de cuentos. Definición sin duda irónica, porque, cuando de amor —o de amores—
se trata, las dificultades son muy relativas. O por lo menos en la base de
muchas de estas historias lo que hay es una dificultad de comunicación, una
sola de silencio en el fondo de las relaciones humanas; en la muda maniobra que
un soldado emprende en un tren con una impasible matrona, las sucesivas e
inesperadas etapas de una seducción parecen por momentos victorias gigantescas
e irreversibles, por momentos ilusiones no confirmadas; a la mañana siguiente
de una imprevista aventura amorosa, un hombre regresa con su secreto a la
grisalla de su vida de empleado y mientras trata de poner su felicidad en las
palabras y los gestos cotidianos siente que toda experiencia indecible se
pierde en seguida.
En 1964 estos cuentos aparecieron traducidos al francés en
un volumen titulado Aventures. También esta definición de «aventura» recurrente
en los títulos de cada texto es irónica: si bien se ajusta a los primeros de la
serie (incluida la desventura de la señora que pierde el traje de baño mientras
nada frente a una playa populosa, en uno de los cuentos de factura más
elaborada, que fue definido como un «estudio de desnudo pequeño burgués»), en
la mayor parte de los casos alude solamente a un movimiento interno, a la
historia de un estado de ánimo, a un itinerario hacia el silencio.
Es preciso decir que para Calvino este núcleo de silencio
no es solamente un pasivo imposible de eliminar en toda relación humana:
encierra también un valor precioso, absoluto. «Y en el corazón de ese sol había
silencio», se dice en «La aventura de un poeta», un relato en el que la
escritura es enrarecida, lacónica, pausada cuando evoca imágenes de belleza y
felicidad, pero apenas tiene que expresar la dureza de la vida se vuelve
minuciosa, copiosa, apretada.
Si en su mayoría estos relatos cuentan cómo no se
encuentra una pareja, parece que en ese desencuentro el autor ve no sólo un
motivo de desesperación, sino también un elemento fundamental —cuando no
directamente la esencia misma— de la relación amorosa: al término de un viaje
para reunirse con su amante, un hombre comprende que la verdadera noche de amor
es la que ha pasado corriendo hacia ella en un incómodo compartimiento de
segunda clase. Y no por azar uno de los pocos relatos matrimoniales habla de una
pareja de obreros en la que él trabaja en el turno de noche, y ella en el de
día. Quizás el título que mejor podría definir lo que estos cuentos tienen en
común sería Amor y ausencia.
Todos estos cuentos —o casi todos— son de los «años
cincuenta», no sólo por la fecha en que fueron escritos, sino también porque
corresponden al clima dominante en la literatura italiana entre 1950 y 1960,
años en los que muchos novelistas y poetas intentan recuperar formas de
expresión decimonónicas1. Calvino pertenece todavía a las generaciones que han
tenido tiempo de incluir en sus lecturas juveniles todo Maupassant y todo
Chejov: en este ideal de perfección de la composición narrativa «menor», unido
a un ideal de humour como ironía hacia sí mismo (en lo cual Svevo tal vez tiene
también algo que ver) reside la poética de Los amores difíciles.
Pero aun cuando parece hacer incursión en la novela
decimonónica, lo que cuenta para Calvino es el diseño geométrico, el juego
combinatorio, una estructura de simetrías y oposiciones, un tablero de ajedrez
en el que las casillas blancas y negras intercambian sus lugares según un
mecanismo sencillísimo: como ponerse o quitarse las gafas en «La aventura de un
miope».2
¿Hemos de concluir que, si el cuento era para el escritor
decimonónico una «tajada de vida», para el escritor de hoy es ante todo un
página escrita, un mundo en el que actúan fuerzas de un orden autónomo? (¿Un
mundo que el héroe de «La aventura de un lector» puede considerar más verdadero
que aquel que se le ofrece en la experiencia empírica de un encuentro amoroso a
orillas del mar?) Digamos más bien que al construir un cuento (es decir, al
establecer un modelo de relaciones entre funciones narrativas), el escritor
pone de manifiesto el procedimiento lógico que sirve a los hombres para
establecer también relaciones entre hechos de la experiencia.3
Cierran el volumen dos textos más largos, que en /
racconti figuraban en la última parte, titulada «La vida difícil». Son dos
relatos muy distintos y pertenecen a momentos distintos de la producción del
autor: el primero, «La hormiga argentina» (publicado por primera vez en 1952 en
una refinada revista de literatura internacional, Botteghe Oscure, n.° X), se
desarrolla en la Riviera di Ponente, un paisaje que sirve de fondo a muchas de
las primeras (y no sólo de las primeras) narraciones del autor y se puede
vincular con esa «icasticidad figurativa de puro gusto gótico» en la
representación del «espanto zoológico o botánico» de que habla Emilio Cecchi a
propósito del joven Calvino; el segundo, «La nube de smog» (que apareció por
primera vez en 1958 en la revista de Moravia Nuovi Argomenti), se desarrolla en
una ciudad industrial indeterminada pero que por algunos detalles parece Turín,
y se sitúa en esa especie de reconocimiento sociológico que muchos escritores
italianos realizaban en aquellos años de transición a una nueva fase de
desarrollo económico del país.
La afinidad que vincula dos cuentos tan diferentes reside
en que ambos son meditaciones sobre el «mal de vivir» y sobre la actitud que se
ha de adoptar para hacerle frente, trátese de una calamidad natural como en el
primero: las minúsculas hormigas que infestan la Riviera, o una consecuencia de
la civilización como en el segundo: el smog, la niebla brumosa y cargada de
detritos químicos de las ciudades industriales.
En los dos cuentos, un protagonista que habla en primera
persona pero no tiene voz ni rostro se mueve entre una multitud de personajes
menores, cada uno de los cuales tiene su manera de oponerse a las hormigas y al
smog. La condición de los dos protagonistas es diferente: uno es un proletario
inmigrante, padre de familia; el otro es un intelectual desarraigado y soltero,
pero los dos parecen poner su honor en rechazar cualquier evasión ilusoria o
cualquier transposición ideal. En los modelos de comportamiento que los demás
proponen, advierten continuamente la nota falsa, la negativa a mirar al enemigo
a la cara.
El héroe de «La nube de smog», al parecer desde el fondo
de una crisis depresiva cuyos orígenes desconocemos, se obstina en mirar, sin
desviar nunca la vista, y si todavía espera algo, sólo espera de lo que ve: una
imagen que pueda oponerse a otra, pero no está dicho que la encuentre. La
lección de modesto estoicismo del héroe de «La hormiga argentina» no es
diferente, aunque sí más dura y sin complacencias intelectuales; y similar es
la catarsis provisional a través de las imágenes con que termina el cuento.
3. La crítica
Entre las críticas aparecidas cuando se publicó el libro
de Calvino titulado / racconti (1958), escogemos cuatro (dos positivas y dos
negativas) que se refieren de manera más directa a los textos incluidos en esta
edición,4 cada una de las cuales propone una sola definición global del
escritor. Los cuatro críticos son Pietro Citati, Elémire Zoila, Renato Barilli
y François Wahl.5 A partir de planteamientos diferentes llegan a conclusiones
también diferentes y su confrontación tendrá el valor de debate sobre el
libro.6
Pietro Citati (que desde sus comienzos como crítico ha
seguido la labor de Calvino, trazando del escritor el retrato más incisivo,
móvil y rico de matices) alaba sobre todo los primeros cuentos («Un pomeriggio,
Adamo»; «Un bastimento carico di granchi» «Ultimo viene il corvo») por «la
exactitud, la crueldad, la rapidez inventiva del signo» y explica cómo Calvino
es al mismo tiempo, necesariamente, «racionalista» y «fabulista».
«No es de sorprender, pues, que Calvino se haya dedicado
al mundo de la fábula: El vizconde demediado, El barón rampante, la
transcripción del grueso volumen de los Cuentos populares italianos. El
ambiente más propicio al espíritu de lo fabuloso es en realidad, justamente, el
de la razón límpida y precisa. Lo que el racionalista detesta es sobre todo el
mezquino y repetido absurdo cotidiano: el absurdo continuo de los hechos y de
los movimientos del corazón. Pero el absurdo puro, explicado, de los cuentos fantásticos
no puede ser dominado por una racionalidad absoluta, ¿incluso al revés? La
fantasía de los cuentos fantásticos desciende mucho más del esprit de géométrie
que del esprit de finesse. Y sólo un racionalista, quizá, pueda soñar (como
sueñan todos los Perrault) con construir un cuento hecho de puro ritmo: signos,
indicaciones, correspondencias impecables [...].
»A un racionalista la realidad no le ofrece resistencias:
puede estilizarla, deformarla en pocos trazos, como sabe hacerlo perfectamente
Calvino. Más resistencia le opondría en cambio la psicología: aun en las
grandes operaciones intelectuales de los moralistas franceses queda en realidad
un residuo, una pureza del corazón ineliminable. Obediente a la ley de los
contrarios, he aquí que Calvino se entrega a verdaderas orgías de psicología.
Es curioso ver con qué inconsciente coherencia, en las Aventuras pero
especialmente en "La hormiga argentina", en "La especulación
inmobiliaria" y en "La nube de smog" (los tres cuentos más
importantes del libro), Calvino se mueve en un terreno como el del corazón
humano, que debe repugnarle profundamente. También es esto, desde luego,
psicología. Pero es una psicología abstracta, un puro instrumento analítico que
no coincide nunca verdaderamente con las vicisitudes individuales, y por lo
tanto puede adoptar movimientos de pura, esquemática aventura intelectual. En
este sentido Calvino tiende —a veces— a cargar las tintas. Su abundancia lo
traiciona. Y no es de sorprenderse. La precisión del escritor intelectual es
siempre, en realidad, levemente apriorística: nace del movimiento de la
imaginación más que de las necesidades internas de la materia. Su mundo parece
no tener límites: espera solamente la provocación de una nueva réplica, de un
nuevo hallazgo. Puede volverse aproximativo, impreciso. Es la venganza irónica
que a veces se toma la realidad contra quien ha optado totalmente por la
inteligencia y la precisión.»
Después de hablar de las diversas apariencias detrás de
las cuales se ha ocultado Calvino, Citati observa cómo en «La nube de smog» el
autor «se presenta y contempla, con evidente pasión de autocastigo, en la
modesta figura de un mediocre empleado en torno al cual la vida asume
inevitablemente los aspectos más deprimentes y más grises. Con la misma
complacencia que lo había impulsado a pintarse elegante, inteligente,
infalible, ahora acumula sobre su persona los despojos más informes [...]. Esta
encarnación humilde, mediocre, ¿será la última? Lo dudo. Los diversos rostros
de Calvino han sido siempre tan variados como las figuras del caleidoscopio. En
realidad, la imagen más completa que haya dado de sí mismo sigue siendo la de
El barón rampante, donde Cosimo Piovasco de Rondó, por rebeldía contra su padre
trepa a una encina y no vuelve a bajar a tierra, pasa toda su vida entre los
árboles, juzga por cierto al mundo y a los hombres y ama y proyecta reformas,
pero siempre sobrevolando del modo más extraordinario, más burlesco, sin jamás
abandonarse ni revelarse del todo, siempre entre los árboles».
Un retrato parecido, pero en clave negativa, traza un
obstinado polemista contra la civilización moderna, Elémire Zoila, para quien
«Calvino, trasnochado y astuto, es la versión snob del campesino que se hace el
tonto». Las muchas ficciones, inclusive estilísticas, de que Zoila acusa a
Calvino no impide sin embargo al escritor alcanzar algunos momentos de verdad:
«Dada la poética del término medio, la ironía de Calvino
no llega nunca al sarcasmo o a la ferocidad, y ni siquiera añade pimienta al
diálogo, ya que en esencia es arma defensiva que sirve para salvaguardar la
evasión hacia la fábula. Todo este perfecto mecanismo de adaptación, nunca
verdaderamente comprometedor, paga su precio, que es el de terminar siendo
prisionero del voyeurisme, la enfermedad del aventurero solapado que debe
conservarse disponible con toda la gracia e ironía posibles y que corre el riesgo
de vaciarse por dentro como la sociedad de la que se defiende adaptándose. Pero
en los cuentos finales, entre los más bellos de la posguerra italiana, esta
psicología no pesa. En "La hormiga argentina" la Arcadia dulzona se
convierte en terreno de juego verdadero, ligeramente cruel e intelectual [...].
En "La nube de smog" la desesperación se muestra sin velos, el
bozzettismo italiano desaparece y la expresión de la amarga minuciosidad de la
vida resulta perfecta. El final no es arcádico: el empleado que en adelante
sólo trata de imprimir imágenes en su mente agotada por la conciencia de la
vanidad de una vida de burócrata [...], ya sin verdadero diálogo, ni siquiera
cuando surge la imagen del amor, mira los campos de Bertolla con aire ya no
indulgente y astutamente modesto, sino serenamente triste, y nos recuerda
ciertos versos de Richard Blackmur: El terror no está en la noche dulce que cae
/ y cubre de nieve lunar cada desnuda frontera / y une manos de sombra y en
sombra deja lágrimas. / La vida es, ésa, la que se cura sola. / El verdadero
terror se arrastra por dentro, donde / aunque el fango vuelva a cerrarse sobre
sí mismo, / sigue llamando la voz desnuda».
Todavía más negativo que el tradicionalista Zoila (y con
argumentos semejantes contra la ausencia de dramatismo) es Renato Barilli, un
joven crítico que pocos años más tarde se convertiría en uno de los teóricos de
la neovanguardia del Grupo 63, y que lanza contra los cuentos de Calvino una
larga y despiadada acusación:
«Que, pese a ciertas apariencias, su posición no es
radical ni extremista queda confirmado por un examen del nivel psicológico y
epistemológico en que se sitúa al establecer sus relaciones con el mundo. Ya
hemos dicho que Calvino es, frente a las cosas, "mirada", abrazo
lenticular. Por una rápida asociación de ideas viene en seguida a la memoria la
nueva narrativa francesa, l'école du regard, Robe-Grillet y Butor: pero el
parecido es totalmente exterior. Los dos narradores transalpinos intentan en
realidad un juego dificilísimo, audaz, y no pocas veces genial, más allá de los
límites del "sentido común", y de un universo antropocéntrico regido
por tranquilizadoras leyes de la gravedad, salen a descubrir relaciones
inéditas con las cosas, restituyéndoles el poder de choc que el hábito ha
desgastado y cubierto de sedimentos; naturalmente, a esta obra audaz no llegan
solamente gracias a un excepcional trabajo personal, sino que son ayudados y
sostenidos por una poderosa tradición específicamente narrativa, por una
cultura como la francesa, muy avezada a las más audaces especulaciones en los
diversos campos de la investigación epistemológica, psicológica, pedagógica,
etc. En cambio, Calvino tiene a sus espaldas la cultura italiana, más calma y
compuesta, que no le da amplios márgenes de movimiento; por lo tanto, si bien
sale a pescar valientemente en un ámbito situado muy en el límite, donde los
objetos se agrandan y presionan por todas partes la pantalla visual con la
pretensión de asumir la iniciativa, no tiene sin embargo fuerzas para pasar el
umbral del "sentido común", más aún, en definitiva hace valer sobre
el mundo de las cosas la legislación y las jerarquías que en él tienen
vigencia. En una palabra, el escritor no se aparta de un universo de proporciones
habituales y tiene plena confianza en una naturaleza familiar, al alcance de la
mano, enteramente controlable. Y es muy probable que se vea inducido a creer
que este equilibrio, este hacer que las cosas permanezcan en su lugar,
ratifican el triunfo de una actitud racionalista sobre el irracionalismo del
decadentismo europeo; nosotros, más persimistas, pensamos que ésta es la
victoria de una forma del "buen sentido" italiano, con todas las
connotaciones limitativas, de mezquindad, de conformismo, que van unidas a esa
expresión sobre inquietudes y fervores más vitales. Lo malo es que el
atrincheramiento en el "sentido común" no puede por menos que reducir
a la futilidad y a la vacuidad las sin embargo finas consideraciones analíticas
que Calvino eficazmente consigue. Considérese la serie de Los amores difíciles
y por ejemplo "La aventura de un viajero" que, como ya se ha dicho,
incita vagamente a una comparación con La modificación de Butor: la red de
gestos mínimos del protagonista, pacientemente registrada y fijada, permanece
sin embargo dentro de los límites, mantiene las reducidas dimensiones que le
corresponden en el universo del "sentido común", no pasa a primera
línea, no alcanza las proporciones del drama (como ocurre por el contrario en
Butor). Por lo tanto, la anatomización de Calvino no va más allá de las
ambiciones y las posibilidades de un juego marginal, gracioso, exquisito,
finamente trabajado, pero incapaz de cargarse de valores más altos. Por estas
razones quizá sea más conveniente hablar en su caso de "mirada" que
en el de los jóvenes narradores franceses, justamente porque en él la relación
con las cosas es lineal, "fotográfica", carente de implicaciones
ontológicas, y no se propone como introducción a un nuevo orden fenoménico;
"mirada" justamente, es decir, acto de compromiso ocasional obediente
a cierta "indolencia" que lo lleva a pasar de un objeto a otro con
curiosidad inestable e intranquila».
La poética visual de estos cuentos (que es para Zoila la
de un «prisionero del voyeurisme» y para Barilli acto de «compromiso ocasional»
e indolente) es considerada en cambio la esencia estilística (y también moral)
de la obra de Calvino por Francpis Wahl, uno de los pocos observadores
extranjeros que han establecido con el escritor italiano una verdadera relación
de colaboración crítica, aunque a partir de posiciones teóricas diferentes (las
de la nueva crítica francesa).
Dice Wahl: «El choc de lo real provoca la aparición de una
imagen: todavía es lo real y ya es otra cosa; la imagen traduce una
experiencia, pero significa más y en otro plano. Y he aquí que este símbolo
empieza a vivir; desarrolla una lógica propia; lleva consigo una red de
acontecimientos, de personajes; impone su tono, su lenguaje. Pero esta lógica,
a su vez, tiene fijadas desde el principio algunas de sus articulaciones y su
punto de llegada; la sucesión de fórmulas y de acontecimientos se agota para
terminar al fin en la paz de una contemplación. Este es el proceso que gobierna
las obras de ítalo Calvino. Concilia los términos que menos habituados estamos
a ver marchar de acuerdo [...].
»Lógica, decíamos: lógica loca, lógica que desarrolla
imperturbablemente un dato posible hasta la más imposible de las
imposibilidades. Entonces el héroe de Calvino, extenuado, no encuentra recurso
sino en la paz de la mirada: el soldado se levanta y mira por la ventanilla, el
flamante inquilino camina hacia el mar y se sienta en el muelle, la joven
esposa sólo encuentra a su marido en la tibieza que la cama ha conservado del
lado de ella. Sería un error ver en todo esto una especie de quietismo: lo que
se condena no es la acción, sino una situación absurda en la cual sólo se puede
actuar debatiéndose, es decir, en vano [...].
»Dejaremos al lector el placer de descubrir en "La
aventura de un poeta" el mecanismo creador que acabamos de analizar.
Permítasenos solamente subrayar un tema sobre el cual Calvino borda
constantemente: la desventura del hombre presa de los caprichos de una mujer
[...]. Obsérvese que también aquí (y de una manera casi brechtiana) a la
agitación inútil se opone claramente la acción real: el trabajo de los
pescadores. Pero el poeta, por su parte, no puede sino refugiarse en la mirada,
lo que nos vale la admirable página final, pasmoso travelling literario en el
que la aldea meridional aplastada por el sol ofrece su espectáculo y su grito.
Y "La aventura de un poeta", si bien tiene el mismo punto de partida
que los otros cuentos, dice más: aquí la lección va más allá de la denuncia».
1. No es, a decir verdad, el caso de Calvino que en esos
años escribía El vizconde demediado, El barón rampante, El caballero
inexistente, y que en sus declaraciones teóricas se remitía en todo caso al
siglo XVIII o a las novelas de caballería o a los cuentos populares para
proyectar hacia el futuro la energía guerrillera que seguía siéndole cara. Pero
su trabajo avanza siempre por vías divergentes, respondiendo a solicitaciones
diversas que antes que anularse, se yuxtaponen.
2. Así funcionaban las idas y venidas en la habitación de
una prostituta en el cuento «Un letto di passaggio», que estilísticamente
pertenece al primer Calvino «hemingwaiano» (pero que en homenaje a esta unidad
temática se integra en Los amores difíciles con el título «La aventura de un
bandido»), y así funcionarán las persecuciones por la autopista en uno de los
cuentos más recientes, «El conductor nocturno» (que aquí cierra la serie con el
título «La aventura de un automovilista»). Además de estos dos «traspasos», Los
amores difíciles se enriquecen en esta edición con dos obras inéditas en forma
de libro: «La aventura de un esquiador», de 1959, y «La aventura de un
fotógrafo» que es la «puesta en cuento» (como se dice «puesta en escena») de un
ensayo («Le follie del mínimo», // contemporáneo, Roma, 30 de abril de 1955).
3. «La aventura de un soldado» inspiró un sketch
cinematográfico dirigido e interpretado por Nino Manfredi, "La aventura de
un bandido", unsketch teatral (Un letto di passaggio), realizado por
Franco Zeffirelli; "La aventura de un matrimonio", una canción de
Sergio Liberovici (Canzonetriste); «La aventura de un matrimonio» inspiró
también un episodio cinematográfico de Mario Monicelli; «La hormiga argentina»
fue ilustrada por Franco Gentilini.
4. «La nube de smog» (así como «La especulación
inmobiliaria», la otra«novela breve» con que terminaba el volumen / racconti)
atrajo la atención de la crítica socialista y comunista (Alberto Asor Rosa,
Mondo Operario, n.os 3-4, 1958; Michele Rago, L'Unita, Roma, 17 de enero de
1959; Mario Socrate, Italia Domani, 28 de diciembre de 1958; Cario Salinari,
Vie Nuove, 27 dediciembre de 1958) que destaca en el pesimismo de Calvino y en
su calidad deobservador oportuno «un sentido nuevo que no es el de la desilusión
que sucede a la Resistencia o de la ilusión suscitada por la social
democracia.»(Mario Socrate).
5. Pietro Citati (// Punto, 7 de febrero de 1959;
L'lllustrazione Italiana, enero de 1959); Elémire Zoila (Tempo Presente,
diciembre de 1958); RenatoBarilli (// Mulino, n.° 90; ahora en La barriera del
naturalismo, Mursia, 1964);Francpis Wahl (La Revue de Paris, noviembre de
1960).
6. Entre los primeros experimentos italianos de aplicación
a la críticaliteraria de métodos de análisis lingüístico, gramatical,
semántico, recordemosel estudio de Mario Boselli sobre «La nube de smog» {Nuova
Corrente, n.os 28-29, 1963), estudio que dio al propio Calvino el punto de
partida de unautoanálisis estilístico publicado en la misma revista (n. 32-33,
1964).
La aventura de un soldado
En el compartimiento, junto al soldado de infantería
Tomagra, se sentó una señora alta y opulenta. A juzgar por el vestido y el
velo, debía de ser una viuda de provincias: el vestido era de seda negra,
apropiado para un largo luto, pero con guarniciones y adornos inútiles, y el
velo que caía del ala de un sombrero pesado y anticuado le envolvía la cara.
Había otros lugares libres en el compartimiento, observó el infante Tomagra; y
pensó que la viuda elegiría uno de ellos; en cambio, a pesar de su áspera
cercanía de soldado, se sentó justo allí, seguramente por alguna razón de
comodidad, se apresuró a pensar el infante Tomagra, una cuestión de corrientes
de aire o de dirección de la marcha.
Por la robustez del cuerpo, firme y hasta un poco
cuadrado, se le hubieran dado poco más de treinta años si una morbidez de
matrona no suavizara las altas curvas; pero la cara, el
encarnado marmóreo y al mismo tiempo flojo, la mirada inasible bajo los
párpados pesados, las cejas de un negro intenso y además los labios severamente
apretados, pintados con descuido de un rojo chocante, le hacían parecer en
cambio de más de cuarenta.
Tomagra, joven soldado de infantería en su primer permiso
(era Pascua), se encogió en el asiento no fuera a ser que la señora, tan alta y
opulenta, no cupiese; y se encontró inmediatamente envuelto en su perfume, un
perfume conocido y quizás ordinario pero ya amalgamado, por una larga
costumbre, a los olores naturales del cuerpo.
La señora se había sentado con compostura, revelando, allí
a su lado, proporciones menos majestuosas de lo que le habían parecido al verla
de pie. Las manos, rollizas y con oscuros anillos que le apretaban los dedos,
las tenía cruzadas sobre el regazo, encima de un bolso reluciente y de una
chaqueta que se había quitado descubriendo brazos redondos y claros. Tomagra,
al hacer ella ese gesto, se había apartado como para permitir un amplio
despliegue de brazos, pero la señora permaneció casi inmóvil, quitándose las
mangas con breves movimientos de los hombros y del torso.
El asiento del tren era pues bastante cómodo para dos y
Tomagra podía sentir la extrema cercanía de la señora sin el temor de ofenderla
con su contacto. Pero, razonó, lo cierto es que, pese a ser una señora, no
había demostrado que ni él ni la aspereza de su uniforme la disgustaran, de lo
contrario se habría sentado más lejos. Y, al pensarlo, sus músculos, que
estaban contraídos y achatados, se aflojaron libres y serenos; más aún; sin que
él se moviera trataron de expandirse al máximo, y la pierna con sus tendones
tensos, separada de la tela misma del pantaión, se estiró, llenó a su vez el
paño que la cubría, y el paño rozó la negra seda de la viuda, y a través de ese
paño y esa seda, la pierna del soldado se adhería a la de ella con un
movimiento blando y fugaz, como un encuentro de tiburones, con un expandirse de
ondas en sus venas hacia las venas de ella.
Pero era siempre un contacto levísimo, bastaba una
sacudida del tren para recrearlo o anularlo; la señora tenía rodillas fuertes y
carnosas, y los huesos de Tomagra adivinaban a cada sacudida el salto indolente
de la rótula; y la pantorrilla tenía una mejilla sedosa y alta que con un
imperceptible empujón había que hacer coincidir con la propia. Este encuentro
de pantorrillas era precioso, pero a costa de una pérdida: el peso del cuerpo
se desplazaba y el variable apoyo de los flancos no se producía con el dócil
abandono de antes. Para conseguir una posición natural y satisfactoria debía
desplazarse ligeramente en el asiento, gracias a una curva de las vías, o
también a la necesidad comprensible de moverse de vez en cuando.
La señora permanecía impasible bajo el sombrero de
matrona, fija la mirada parpadeante y las manos quietas sobre el bolso en el
regazo; sin embargo, una larguísima franja de su cuerpo se apoyaba en aquella
franja de hombre: ¿todavía no lo había advertido?, ¿o preparaba una retirada?,
¿o un rechazo?
Tomagra decidió transmitirle, en cierto modo, un mensaje:
contrajo el músculo de la pantorrilla como si fuera un puño duro, cuadrado, y
después, con ese puño de pantorrilla, como si una mano dentro quisiera abrirse,
se apresuró a golpear la pantorrilla de la viuda. Fue, claro está, un
movimiento rapidísimo, apenas el tiempo de un juego de tendones: de todos modos
ella no se echó atrás, ¡al menos por lo que él pudo entender!, porque en
seguida Tomagra, para justificar aquel gesto secreto, había desplazado la
pierna como para desentumecerla.
Ahora había que volver a empezar desde el principio; la
paciente y prudentísima tarea de contacto se había perdido. Tomagra decidió ser
más audaz; como si buscara algo metió la mano en el bolsillo, el bolsillo del
lado de la mujer, y después, como distraído, no la sacó. Había sido un gesto
rápido, Tomagra no sabía si la había tocado o no, un gesto de nada; sin
embargo, comprendía lo importante que había sido el progreso realizado y en qué
juego arriesgado estaba ahora metido. Con el dorso de la mano apretaba el
flanco de la señora de negro; la sentía pesar sobre cada dedo, cada falange, en
adelante cualquier movimiento de su mano habría sido un gesto inaudito de
intimidad con la viuda. Conteniendo la respiración, Tomagra le dio la vuelta a
la mano en el bolsillo: es decir, puso la palma del lado de la señora, abierta
contra ella pero dentro del bolsillo. Era una posición imposible, con la muñeca
retorcida. Ahora ya daba lo mismo intentar un gesto decisivo: así, con aquella
mano retorcida, arriesgó un movimiento de dedos. No quedaba duda posible: la
viuda no podía no haber advertido su artimaña y, si no retrocedía y fingía
impasibilidad y ausencia, quería decir que no rechazaba sus avances. Pero,
pensándolo bien, su manera de no hacer caso de la móvil mano de Tomagra podía
querer decir que realmente creía en una búsqueda inútil en el bolsillo: un
billete ferroviario, un fósforo... Exactamente: y si ahora las yemas de los
dedos del soldado, como dotadas de una repentina clarividencia, adivinaban a
través de las diversas telas los bordes de prendas subterráneas y hasta
minúsculas asperezas de la piel, poros y lunares, sí, digo, los dedos de él
llegaban a esto, tal vez la carne de ella, marmórea e indolente, se daba cuenta
apenas de que justamente se trataba de yemas de dedos y no, digamos, de
convexidad de uñas o nudillos.
Entonces la mano salió del bolsillo con pasos furtivos, se
detuvo allí indecisa, después, con repentina prisa por alisar la costura del
costado del pantalón, anduvo lentamente hasta la rodilla. Sería más justo decir
que se abrió camino, porque para avanzar debía introducirse entre él y la
mujer, y fue un recorrido, aun en su rapidez, pleno de ansias y de dulces
emociones.
Es preciso decir que Tomagra había echado la cabeza hacia
atrás contra el respaldo, de modo que hasta se hubiera podido decir que dormía:
esto, más que una coartada en sí, era un modo de ofrecer a la señora, en caso
de que su insistencia no le nolestara, una manera de no sentirse incómoda,
sabiendo que eran gestos separados de la conciencia, que afloraban apenas de
una capa de sueño. Y desde allí, desde aquella vigilante apariencia de sueño,
la mano de Tomagra apretada a la rodilla separó un dedo, el meñique, y lo envió
a explorar a su alrededor. El meñique se deslizó por la rodilla de ella que
permaneció callada y dócil; Tomagra podía ejecutar diligentes evoluciones de
meñique sobre la seda de la media que él, con ojos semicerrados entreveía
apenas, clara y arqueada. Pero notó que el azar de ese juego no tenía
compensación, porque el meñique, por pobreza de yema y torpeza de movimientos,
transmitía sólo atisbos parciales de sensaciones, no servía para representarse
la forma y la sustancia de lo que tocaba.
Entonces juntó el meñique con el resto de la mano, sin
retirarlo sino adosándole el anular, el medio, el índice: su mano descansaba
inerte en aquella rodilla de mujer y el tren la acunaba en una caricia
ondulante.
Fue entonces cuando Tomagra pensó en los otros: si la
señora, por condescendencia o por una misteriosa intangibilidad, no reaccionaba
a sus atrevimientos, había sentadas enfrente otras personas que podían
escandalizarse con aquel comportamiento impropio de un soldado, y por la
posible complicidad de la mujer. Sobre todo para salvar a la señora de aquella
sospecha, Tomagra retiró la mano y hasta la escondió como si fuese la única
culpable. Pero esconderla, pensó después, no era sino un pretexto hipócrita: en
realidad, al abandonarla en el asiento no pretendía sino acercarla más
íntimamente a la señora que ocupaba tanto espacio en el asiento.
En realidad, la mano tanteó un poco, ahora los dedos
sentían la presencia de ella como el posarse de una mariposa, ahora bastaba con
empujar suavemente toda la palma, pero la mirada de la viuda bajo el velo era
impenetrable, el pecho apenas se movía al respirar, ¡y nada! Tomagra había
retirado ya la mano como un ratón que huye a la carrera.
«No se ha movido», pensó, «tal vez quiere», pero pensaba
también: «Un instante más y sería demasiado tarde. Tal vez está ahí al acecho
para hacer una escena».
Entonces, sólo por prudencia, para estar seguro, Tomagra
deslizó el dorso de la mano por la banqueta y esperó que las sacudidas del tren
fueran las que insensiblemente hicieran deslizar a la señora sobre sus dedos.
Decir que esperó es incorrecto: en realidad, con la punta de los dedos como una
cuña, hacía presión entre ella y el asiento con un movimiento imperceptible que
hubiera podido ser también efecto de la marcha del tren. Si se detuvo en cierto
momento, no fue porque la señora hubiese dado de algún modo señales de
desaprobación, sino porque, pensó Tomagra, si ella aceptaba, le hubiera sido
fácil con una media vuelta de músculos ir a su encuentro, posarse, por así
decirlo, sobre aquella mano a la espera. Para demostrarle el propósito amistoso
de esta asiduidad, Tomagra intentó un discreto meneo de dedos; la señora miraba
por la ventanilla y con su mano indolente jugaba con el cierre del bolso,
abriéndolo y cerrándolo. ¿Eran señales para indicarle que desistiera, era un
último aviso que le concedía, una advertencia de que no se podía seguir
poniendo a prueba su paciencia? ¿Era eso?, se preguntaba Tomagra, ¿era eso?
Advirtió que su mano, como un pequeño pulpo, apretaba la
carne de la señora. Ahora todo estaba decidido: él, Tomagra, ya no podía
echarse atrás; pero ella, ella, ella era una esfinge.
La mano del soldado trepaba ahora por el muslo con
oblicuos pasos de cangrejo; ¿quedaría al descubierto ante los ojos de los
demás? No, la viuda tan pronto alisaba la chaqueta doblada sobre el regazo como
la dejaba caer a un lado. ¿Para ofrecerle una protección o para despejarle el
camino? El caso es que la mano se movía libre, sin ser vista, se cerraba, se
extendía en caricias rasantes como un breve soplo de viento. Pero el rostro de
la viuda seguía girado hacia fuera, lejano; Tomagra le miraba una zona de piel
desnuda, entre la oreja y el abultado chignon. Y en aquella axila de oreja el
pulsar de una vena: ésta era la respuesta que ella le daba, clara, vehemente e
inasible. De pronto volvió la cara severa y marmórea, el velo que caía del
sombrero se movió como una cortina, pero aquella mirada lo había dejado a él,
Tomagra, atrás, tal vez ni siquiera lo había rozado, miraba, más allá de él,
algo o nada, el punto de apoyo de un pensamiento, pero siempre algo más
importante que él. Esto lo pensó después, porque antes, apenas vio aquel
movimiento de ella, se echó rápidamente hacia atrás y apretó los ojos como si
durmiera, tratando de contener el rubor que se le extendía por la cara y quizá
perdiendo así la ocasión de atrapar en el primer fulgor de su mirada una
respuesta a las propias, punzantes dudas.
La mano, escondida debajo de la chaqueta negra, había
permanecido casi separada de él, encogida y con los dedos contraídos hacia la
muñeca, no una verdadera mano, sino ahora una mano sin sensibilidad, como no
fuera la sensibilidad del árbol de los huesos. Pero como la tregua concedida
por la viuda a su propia impasibilidad con aquella imprecisa mirada a su
alrededor había terminado en seguida, en la mano volvió a circular sangre y
coraje. Y fue entonces cuando, al retomar contacto con la mórbida corva de la
pierna, él se dio cuenta de que había llegado a un límite: los dedos corrían
por el ruedo de la falda, más allá venía el salto de la rodilla, el vacío.
Era el final, pensó el soldado Tomagra, de aquella orgía
secreta: y ahora, al pensarlo, parecía bien mísera en su recuerdo, aunque la
hubiera agigantado codiciosamente mientras la vivió: una torpe caricia bajo una
chaqueta de seda, algo que de ningún modo se le podía negar, precisamente por
su lamentable condición de soldado, y que discretamente la señora, sin
demostrarlo, se había dignado concederle.
Pero en su intención de retirar, desolado, la mano, se
interrumpió al observar cómo tenía ella la chaqueta sobre las rodillas: no ya
doblada (y sin embargo, así le había parecido al principio), sino echada con
desncuido, de modo que una parte colgaba delante de las piernas. Así, era en
una guarida cerrada: quizás una última prueba de confianza que le daba la
señora, convencida de que la desproporción entre ella y el soldado era tal que
él seguramente no la aprovecharía. Y el soldado evocaba con esfuerzo lo que
hasta entonces había ocurrido entre él y la viuda tratando de descubrir algo en
el recuerdo de la actitud de ella que indicase que condescendía a algo más, y
ya volvía a pensar en sus propios gestos como si fueran superficiales e
insignificantes, roces o frotes casuales, o como si entrañaran una intimidad
decisiva que le impedía, ahora, echarse atrás.
Su mano cedió a esta última forma del recuerdo, porque,
antes de que hubiese reflexionado bien sobre lo irreparable del acto, ya
superaba el obstáculo. ¿Y la señora? Dormía. Había abandonado la cabeza, con el
fastuoso sombrero, contra un ángulo y tenía los ojos cerrados. ¿Debía él,
Tomagra, respetar ese sueño, fuese verdadero o fingido, y retirarse? ¿O era un
expediente de mujer cómplice, que ya hubiera debido conocer, y por el que debía
en cierto modo demostrar gratitud? El punto al que había llegado no le permitía
dilaciones, no le quedaba sino seguir adelante.
La mano del infante Tomagra era pequeña y corta, y sus
durezas y callosidades estaban bien amalgamadas al músculo haciéndola suave y
uniforme; el hueso no se sentía y el movimiento nacía más de nervios, pero con
suavidad, que de falanges. Y esa mano pequeña hacía movimientos continuos,
generales, minúsculos, para mantener la totalidad del contacto viva y
encendida. Pero cuando al fin un primer estremecimiento recorrió la morbidez de
la viuda, como un fluir de lejanas corrientes marinas por secretas vías subacuáticas,
el soldado se quedó tan sorprendido que, como si supusiera que hasta ese
momento ella no se había dado cuenta de nada, como si verdaderamente hubiese
dormido, asustado, retiró la mano.
Ahora, con las manos sobre las propias rodillas, estaba
encogido en el asiento, como cuando la señora había entrado: comprendió que se
comportaba de una manera absurda. Entonces se puso a golpear con los tacones, a
desentumecerse las piernas, con lo cual parecía igualmente ansioso por
restablecer los contactos, pero aquella prudencia suya era también absurda,
como si quisiera recomenzar desde el principio su pacientísima tarea y no
estuviera ahora seguro de las ya profundas metas que había alcanzado. ¿Pero las
había alcanzado realmente? ¿O había sido sólo un sueño?
Un túnel se les vino encima. La oscuridad era cada vez más
espesa y entonces Tomagra, primero con gestos tímidos, de vez en cuando
encogiéndose como si estuviera en los primeros avances y se maravillase de su
audacia, después siempre tratando de convencerse de la extrema confianza a la
que había llegado con la mujer, adelantó una mano temblorosa como una gallinita
hacia el pecho de ella, grande y un poco abandonado a su peso, y a tientas
trataba de explicarle la miseria y la insoportable felicidad de su estado, y su
necesidad, no de otra cosa, sino de que ella saliera de su reserva.
La viuda, efectivamente, reaccionó, pero con un brusco
gesto de defensa y rechazo. Esto bastó para arrinconar a Tomagra en su ángulo,
torciéndose las manos. Pero era probablemente una falsa alarma: una luz en el
corredor había inspirado a la viuda el temor de que el túnel terminara de
pronto. Tal vez: ¿o era que había pasado el límite, había cometido alguna
horrible incorrección con la señora, tan generosa ya? No, ahora no podía haber
nada prohibido entre ellos: y más aún, el gesto de ella era una señal de que
todo era verdadero, de que ella aceptaba, que participaba. Tomagra se acercó de
nuevo. En estas reflexiones se había perdido, claro está, mucho tiempo, el
túnel no duraría mucho más, no era prudente dejarse descubrir de repente por la
luz, Tomagra esperaba ya el primer gris de las paredes, pero cuanto más
esperaba, más arriesgado era atreverse, claro que el túnel era largo, él lo
recordaba larguísimo de sus otros viajes, claro que si hubiera aprovechado en
seguida habría tenido mucho tiempo por delante, ahora era mejor esperar el
final, pero como no terminaba nunca, quizás ésta sería la última oportunidad
para él, ahora la oscuridad disminuía, ahora terminaba.
Estaban en las últimas estaciones de un trayecto de
provincias. El tren se iba vaciando; de los pasajeros del compartimiento los
más se habían apeado, los últimos empujaban las maletas, se preparaban para
bajar. Terminaron por quedar solos el soldado y la viuda, muy juntos y
separados, los brazos cruzados, mudos, mirando el vacío. Tomagra tuvo todavía
necesidad de pensar: «Ahora que todos los lugares están libres, si quisiera
estar tranquila y cómoda, si yo le molestara, cambiaría de asiento...».
Algo lo contenía y lo asustaba todavía, tal vez en el
pasillo la presencia de un grupo de fumadores o una luz que se había encendido
porque caía la noche. Entonces pensó en correr las cortinas que daban al
pasillo, como cuando uno quiere dormir: se levantó con pasos de elefante,
comenzó con lento y meticuloso cuidado a soltar las cortinas, a extenderlas, a
sujetarlas. Cuando se volvió, la encontró acostada. Como si quisiera dormir:
pero además de tener los ojos abiertos y fijos, había caído hacia atrás, manteniendo
intacta su compostura de matrona, con el majestuoso sombrero siempre encajado
en la cabeza apoyada en el brazo del asiento.
Tomagra estaba de pie a su lado. Para proteger el
simulacro de sueño, quiso oscurecer también la ventanilla y se inclinó sobre
ella para soltar la cortina. Pero era sólo una manera de cumplir sus torpes
gestos sobre el cuerpo de la viuda impasible. Entonces dejó de atormentar el
ojal de la cortina y comprendió que debía proceder de otro modo, demostrarle
toda su improrrogable situación de deseo, aunque sólo fuera para explicarle el
equívoco en que sin duda ella había incurrido, como diciéndole: «Mire, usted ha
sido condescendiente conmigo porque cree que los soldados pobres y solos como
nosotros tenemos una remota necesidad de afecto, pero en cambio, esto es lo que
soy, así he recibido su cortesía, mire hasta qué punto de imposible ambición he
llegado, ya lo está viendo».
Y como ahora estaba claro que nada conseguía maravillar a
la viuda, más aún, todo parecía en cierto modo previsto por ella, al infante
Tomagra no le quedaba sino actuar de modo que no cupiera ya ninguna duda, y que
finalmente su furia amorosa consiguiera alcanzarla también a ella, su mudo
objeto.
Cuando Tomagra se incorporó y debajo de él la viuda seguía
con su mirada clara y severa (tenía los ojos azules), el sombrero con el velo
siempre encajado en la cabeza, y el altísimo pitido de tren en el campo que no
acababa nunca, y afuera seguían las hileras interminables de las viñas, y la
lluvia que durante todo el viaje había rayado infatigable los cristales volvía
a caer con renovada violencia, sintió todavía un poco de miedo por haberse
atrevido a tanto, él, Tomagra, soldado de infantería.
La aventura de un bandido
Lo importante era que no lo detuvieran en seguida. Gim se
aplastó en el vano de una puerta, creyó que los policías seguían corriendo en
línea recta, pero al cabo de un momento oyó que los pasos volvían atrás,
retrocedían al llegar al callejón. Salió corriendo, a saltos ligeros.
—¡Deténte o disparamos, Gim!
«¡Bueno, sí, vamos, disparemos!», pensaba Gim, y ya estaba
fuera de alcance, tomando impulso desde el borde de los peldaños empedrados,
bajando por las calles tortuosas de la ciudad vieja. Sobre la fuente saltó la
balaustrada de la rampa, después se encontró bajo los soportales que
agigantaban el sonido de sus pisadas.
Toda la gente en la que pensaba quedaba descartada: Lola,
no, Nilde, no, Renée, no. Dentro de poco, aquéllos estarían en todas partes,
llamando a las puertas. Era una noche tierna, con nubes tan claras que hubieran
estado bien aun de día, sobre los altos arcos de los callejones.
Al desembocar en las calles anchas de la ciudad nueva,
Mario Albanesi alias Gim Bolero frenó un poco su impulso, se acomodó detrás de
las orejas los mechones que le habían caído sobre las sienes. No se oía un
paso. Cruzó decidido y discreto, llegó al portal de la Armanda, subió. A esa
hora seguro que ya no había nadie y que dormía; Gim llamó con fuerza.
—¿Quién es? —dijo al cabo de un momento una contrariada
voz de hombre—. A esta hora se duerme... —Era Lilín.
—Abre un momento, Armanda, soy yo, Gim —dice, no fuerte,
pero decidido.
Armanda se revuelve en la cama:
—Uh, Gim, guapo, ahora te abro, uh, es Gim. —Coge el
cordel sujeto a la cabecera de la cama que abre la puerta, y tira.
La puerta, dócil, cede; Gim avanza por el pasillo, las
manos en los bolsillos, entra en la habitación. Por los altos relieves de la
sábana se diría que la gran cama de Armanda la ocupa toda el cuerpo de ella.
Sobre la almohada la cara sin pintar, bajo el flequillo negro, se deja ir en
bolsas y arrugas. Más allá, como en un pliegue de la manta, a un lado de la
cama, está acostado su marido Lilín, y parece que quisiera hundirse en la
almohada con su pequeña cara azulada para atrapar de nuevo el sueño interrumpido.
Lilín tiene que esperar a que el último cliente se marche
para poder meterse en la cama y despachar el sueño que se le va acumulando en
sus ociosas jornadas. No hay nada en el mundo que Lilín sepa o quiera hacer, le
basta tener para fumar y tranquilo. Armanda no puede decir que Lilín le cueste,
salvo los paquetes de tabaco que fuma al cabo del día. Sale con su paquete por
la mañana, se sienta en el tenducho del zapatero remendón, del ropavejero, del
deshollinador, lía un cigarrillo tras otro y fuma, sentado en esos banquitos de
taller, las largas manos lisas de ladrón sobre las rodillas, la mirada
mortecina, escuchando a todos como un espía, sin intervenir casi nunca en la
conversación como no sea para decir algunas frases breves o con algunas
inesperadas sonrisas torcidas y amarillas. Por la noche, cuando se cierra el
último tenducho, va a la tienda de vinos y se zampa un litro, fuma los
cigarrillos que le quedan hasta que bajan las persianas. Sale, su mujer anda
todavía buscando clientes en la avenida, con su chaqueta ceñida, los pies
hinchados en los zapatos estrechos. Lilín desemboca por una esquina, suelta un
silbido suave, unas pocas palabras para decirle que ya es tarde, que vaya a
dormir. Sin mirarlo, de pie en el borde de la acera como en un escenario, el
pecho apretado en la armadura de goma y alambre, el cuerpo de vieja en el
vestidito de muchacha, con un nervioso movimiento del bolso entre las manos, un
dibujar círculos con los tacones en el empedrado, un canturreo repentino, le
contesta que no, que todavía hay gente que pasa, que se vaya y espere. Así se
cortejan todas las noches.
—¿Qué pasa, Gim? —dice Armanda bizqueando.
Gim ya ha encontrado cigarrillos sobre la cómoda y
enciende uno.
—Necesito pasar aquí la noche, esta noche.
Y ya se está quitando la chaqueta, desanudando la corbata.
—Sí, Gim, ven a la cama. Tú vete al sofá, Lilín, anda,
guapo, sal, deja que Gim se acueste.
Lilín se queda un momento como una piedra, después se
incorpora emitiendo un lamento sin palabras articuladas, baja de la cama, coge
su almohada, una manta, el tabaco sobre la cómoda, el papel, los fósforos, el
cenicero.
—Anda, Lilín, guapo, anda. —Sale pequeño y encorvado bajo
su carga hacia el sofá del pasillo.
Gim se desviste fumando, cuelga los pantalones bien
doblados, acomoda la chaqueta en una silla cerca de la cabecera de la cama,
lleva los cigarrillos de la cómoda a la mesita de noche, los fósforos, un
cenicero, se mete en la cama. Armanda apaga la lámpara y suspira. Gim fuma.
Lilín duerme en el pasillo. Armanda se vuelve. Gim apaga el cigarrillo en el
cenicero. Llaman a la puerta.
Con una mano Gim toca el revólver en el bolsillo de la
chaqueta, con la otra toma a Armanda por el codo: que tenga cuidado. El brazo
de Armanda es gordo y suave; se quedan un momento quietos.
—Pregunta quién es, Lilín —dice Armanda despacio.
Lilín resopla por el corredor.
—¿Quién es? —pregunta de mala manera.
—Eh, Armanda, soy yo, Angelo.
—¿Qué Angelo? —dice ella.
—Angelo el sargento, Armanda, pasaba por aquí, se me
ocurrió que podía subir... ¿Puedes abrir un minuto?
Gim ya ha salido de la cama y hace señas de que se calle.
Abre una puerta, mira el cuarto de baño, toma la silla con su ropa y se la
lleva.
—Nadie me ha visto. Despáchalo rápido —dice en voz baja y
se encierra en el cuarto de baño.
—Ven, Lilín, guapo, métete otra vez en la cama, anda,
Lilín. —Armanda, acostada, dirige los movimientos.
—Vamos, Armanda, no me hagas esperar —dice el otro desde
la puerta.
Con calma Lilín recoge manta, almohada, tabaco, fósforos,
papel de liar, cenicero, vuelve a la cama, se mete dentro y estira la sábana
sobre los ojos. Armanda se cuelga del cordel y abre la puerta.
Entró Soddu, con su aire marchito de viejo agente vestido
de paisano, los bigotes grises en la cara gorda.
—Andas de paseo hasta tarde, sargento —dice Armanda.
—Oh, daba una vuelta —dice Soddu— y se me ocurrió hacerte
una visita.
—¿Qué querías?
Soddu estaba junto a la cabecera, se secaba con el pañuelo
la cara sudada.
—Nada, una visita corta, simplemente. ¿Alguna novedad?
—¿Qué novedad?
—¿No habrás visto a Albanesi, por casualidad?
—¿Gim? ¿En qué se ha metido?
—Nada. Cosas de muchachos... Le queríamos preguntar algo.
¿Lo has visto?
—Hace tres días.
—No. Ahora.
—Hace dos horas que duermo, sargento. Pero ¿por qué vienes
aquí? Vete a ver a sus amigas: la Rosy, la Nilde, Lola...
—Es inútil: cuando hace una burrada, se larga.
—Aquí no ha venido. Otra vez será, sargento.
—Bueno, Armanda, preguntaba simplemente, quiero decir, que
estoy contento de haberte visto.
—Buenas noches, sargento.
—Buenas noches, ¿eh?
Soddu se volvió pero no se iba.
—Oye, ya es de mañana y no voy a seguir dando vueltas. Ir
a meterme en aquel camastro, no me dan ganas. Ya que estoy, casi me gustaría
quedarme, ¿eh, Armanda?
—Sargento, tú siempre tan bueno, pero para decir la verdad
he terminado de recibir, cada uno tiene su horario, sargento.
—Armanda, un amigo como yo. —Soddu ya se quitaba la
chaqueta, la camiseta.
—Eres único, sargento; ¿y si nos viéramos mañana por la
noche?
Soddu seguía desvistiéndose:
—Es para esperar la mañana, comprendes, Armanda. Anda,
hazme un lugar.
—Quiere decir que Lilín irá al sofá; anda, Lilín, ve,
Lilín, guapo, ve.
Lilín movió las largas manos en el aire, buscó el tabaco
sobre la mesita de noche, se incorporó quejándose, salió de la cama casi sin
abrir los ojos, tomó la almohada, la manta, el papel de fumar, los fósforos.
—Anda, Lilín, guapo —salió arrastrando la manta por el
pasillo. Soddu se revolvía ya entre las sábanas.
En el cuarto de baño Gim veía por los cristales del
ventanuco el cielo que se iba poniendo verde. Había olvidado los cigarrillos
sobre la mesita de noche, eso era lo malo. Y ahora el otro se metía en la cama
y él tenía que quedarse encerrado hasta que llegara el día entre aquel bidé y
las cajas de talco, sin poder fumar. Se había vestido en silencio, se peinó con
cuidado mirándose en el espejo del lavabo, al otro lado del cerco de perfumes,
colirios, perillas, medicinas, insecticidas que bordeaban el estante. Leyó
algunas etiquetas a la luz de la ventanita, robó una caja de pastillas, despues
siguió examinando el cuarto de baño. No había mucho que descubrir: ropas en una
palangana, otras tendidas. Se puso a probar los grifos del bidé; el agua
salpicó con ruido. ¿Y si Soddu le oyera? Al diablo con Soddu y la cárcel. Gim
estaba aburrido, volvió al lavabo, se perfumó con colonia la chaqueta, se puso
brillantina. Claro, si no lo detenían hoy lo detenían mañana, pero no en
flagrante delito, si todo iba bien lo dejaban salir en seguida. Esperar allí
otras dos o tres horas sin cigarrillos, en aquel cuchitril... ¿quién le
obligaba? Claro: lo dejarían salir en seguida. Abrió un armario: chirrió. Al
diablo con el armario y todo el resto. Dentro había colgados vestidos de
Armanda. Gim metió el revólver en el bolsillo de un abrigo de piel. «Pasaré a
buscarlo», pensó, «de todos modos hasta el invierno no se lo pondrá.» Sacó la
mano blanca de naftalina. «Mejor: no se apolilla», se rió. Se lavó otra vez las
manos, las toallas de Armanda le daban asco y se secó en un abrigo del armario.
Desde la cama Soddu había oído ruidos. Tocó a Armanda con
una mano.
—¿Qué hay? —Ella se volvió, le echó uno de sus brazos
grande y blando alrededor de la cabeza.
—Nada... Qué quieres que sea... —Soddu no quería
liberarse, pero sentía que algo se movía y preguntaba, como jugando:
—Qué hay, ¿eh?... ¿eh, qué hay?
Gim abrió la puerta.
—Vamos, sargento, no te hagas el tonto, deténme.
Soddu estiró la mano hasta el revólver metido en la
chaqueta colgada, pero sin despegarse de Armanda.
—¿Quién anda ahí?
—Gim Bolero.
—Arriba las manos.
—Estoy desarmado, sargento, no seas tonto. Me entrego.
Estaba de pie junto a la cabecera de la cama, con la
chaqueta sobre los hombros y las manos alzadas a media altura.
—Oh, Gim —dijo Armanda.
—Dentro de unos días paso a verte, Anda —dijo Gim.
Soddu se levantaba lamentándose, se ponía los pantalones.
—Maldito servicio... No se puede estar nunca tranquilo...
Gim tomó los cigarrillos de la mesita de noche, encendió
uno, metió el paquete en el bolsillo.
—Dame uno, Gim —dijo Armanda, y se incorporó alzando el
pecho blando.
Gim le puso un cigarrillo en la boca, lo encendió, ayudó a
Soddu a ponerse la chaqueta.
—Vamos, sargento.
—Otra vez será, Armanda —dijo Soddu.
—Hasta pronto, Angelo —le contestó ella.
—Hasta pronto, eh, Armanda —dijo de nuevo Soddu.
—Chao, Gim.
Salieron. En el pasillo Lilín dormía aferrado al borde del
desvencijado sofá; ni siquiera se movió.
Armanda fumaba sentada en la gran cama; apagó la lámpara
porque una luz gris entraba ya en la habitación.
—Lilín —llamó—. Ven, Lilín, ven a la cama, anda, Lilín
guapo, ven.
Lilín recogía ya la almohada, el cenicero.
La aventura de una bañista
Mientras se bañaba en la playa de ***, la señora Isotta
Barbarino sufrió un penoso contratiempo. Nadaba en mar abierto y cuando le
pareció que era hora de regresar y se volvía hacia la orilla, se dio cuenta de
que había ocurrido algo irremediable. Había perdido el bañador.
No podía decir si se le había caído en ese mismo momento,
o si hacía un rato que nadaba sin él; de su nuevo dos piezas, le quedaba sólo
el sujetador. Un movimiento de la cadera probablemente le había hecho saltar
unos botones, y el «slip», reducido a un trapito informe, se le había deslizado
por la otra pierna. Tal vez todavía se estaba hundiendo a pocos palmos de
profundidad; trató de sumergirse bajo el agua para buscarlo, pero en seguida le
faltó el aire y sólo vio unas confusas sombras verdes vacilando ante sus ojos.
Sofocó la creciente ansiedad, trató de ordenar con calma
sus ideas. Era mediodía, había gente dando vueltas por el mar, en canoas y
patines o nadando. No conocía a nadie; había llegado el día anterior con su
marido que había tenido que regresar en seguida a la ciudad. Ahora no quedaba
otra solución, pensó la señora, maravillándose de su propio razonar nítido y
tranquilo, sino encontrar entre las barcas la de un bañero, que alguno habría
desde luego, o de una persona que inspirase confianza, y llamarlo, o mejor
acercársele y arreglárselas para pedirle al mismo tiempo ayuda y discreción.
La señora Isotta pensaba estas cosas mientras flotaba casi
en cuclillas, agitando los brazos, sin atreverse a mirar alrededor. Sólo sacaba
la cabeza y sin darse cuenta bajaba la cara hasta el ras del agua, no para
escudriñar su secreto, que ahora consideraba inviolable, sino con un gesto como
el de quien se frota los párpados y las sienes contra la sábana o la almohada
para secarse las lágrimas suscitadas por un pensamiento nocturno. Y en verdad,
las lágrimas estaban ahí esperando, le presionaban las comisuras de los ojos, y
tal vez la posición instintiva de su cabeza era justamente para verter en el
mar esas lágrimas: tan perturbada se sentía, tanta era en ella la separación
entre razonamiento y sentimiento. No estaba tranquila, pues: estaba
desesperada. En aquel mar inmóvil, recorrido a largos intervalos por la giba de
una ola apenas insinuada, ella también permanecía inmóvil y, en lugar de lentas
brazadas, agitaba las manos en medio del agua con un movimiento de súplica, y
la señal más alarmante de su situación, que quizá ni ella misma percibía, era
esa economía de fuerzas que debía respetar, casi como si la esperara un tiempo
larguísimo y extenuante.
El bañador de dos piezas se lo había puesto aquella mañana
por primera vez y, en la playa, en medio de tantos desconocidos, tuvo una
sensación un poco incómoda. En cambio, apenas en el agua, se sintió contenta,
más libre de movimientos y con más ganas de nadar. A la señora le gustaban los
largos baños en mar abierto, pero no por placer de deportista, pues era un poco
regordeta e indolente, y lo que más le interesaba era la confianza con el agua,
sentirse parte de aquel mar sereno. El nuevo bañador le dio justamente esa
sensación; más aún, lo primero que pensó mientras nadaba fue: «Es como si
estuviera desnuda». Lo único molesto era la idea de aquella playa abarrotada de
gente, no por nada, sino porque ese bañador podía dar a sus futuras relaciones
sociales de balneario una idea de ella que en cierto modo tendrían que cambiar
después: no tanto un juicio sobre su seriedad, porque ahora en la playa todas
andaban así, sino porque la creyeran, por ejemplo, deportista, o a la última
moda, cuando en realidad era una señora realmente sencilla y de su casa. Quizá
porque tenía ya esta sensación de sí misma, diferente de la habitual, no había
notado nada cuando la cosa ocurrió. Ahora la incomodidad que había sentido en
la playa, y la novedad del agua en la piel desnuda, y la vaga preocupación de
que tendría que regresar a la orilla, todo lo agrandaba esta preocupación nueva
y mucho más grave.
Lo que nunca hubiera debido mirar era la playa. Y la miró.
Daban las doce y en la arena los parasoles con sus círculos concéntricos negros
y amarillos arrojaban sombras negras donde los cuerpos se achataban, y la
hormigueante multitud de bañistas se lanzaba al mar, y no había más patines en
la orilla, y apenas regresaba uno era tomado por asalto antes de tocar tierra,
y el borde negro de la superficie azul se movía en continuas salpicaduras
blancas, especialmente entre las cuerdas donde bullía el hervidero de niños, y
a cada ola blanda se levantaba un griterío cuyas notas eran tragadas
súbitamente por el estruendo. En el mar abierto, frente a la playa, ella estaba
desnuda.
Nadie lo hubiera sospechado al ver sólo su cabeza asomar
fuera del agua, y apenas los brazos y el pecho, mientras nadaba con
circunspección, sin sacar jamás el cuerpo a la superficie. Podía pues dedicarse
a buscar ayuda sin exponerse demasiado. Y para verificar lo que podían ver de
ella ojos extraños, la señora Isotta se detenía de vez en cuando y trataba de
mirarse, flotando casi vertical. Y veía con ansiedad los rayos del sol
parpadeando en límpidas reverberaciones submarinas, y aparecían algas flotantes
y velocísimos bancos de pececitos estriados, y en el fondo la arena ondulada, y
arriba su cuerpo. Girando en vano con las piernas apretadas, trataba de
esconderlo a su propia mirada: la piel del nítido vientre era de una blancura
reveladora entre el moreno del pecho y el de los muslos, y ni el movimiento de
una ola ni el navegar entre dos aguas de las algas semisumergidas confundían lo
oscuro y lo claro de su vientre. La señora volvió a nadar de la misma manera
híbrida, manteniendo el cuerpo lo más bajo posible pero sin detenerse, se
volvía para mirar hacia atrás con el rabillo del ojo: y a cada brazada toda la
blanca amplitud de su persona aparecía a la luz en sus contornos más
reconocibles y secretos. Y, afanosa, cambiaba la manera y la dirección de sus movimientos,
y giraba en el agua, se observaba en todas las inclinaciones y con todas las
luces, se retorcía sobre sí misma; y siempre la seguía el desnudo cuerpo
ofensivo. Era una fuga de su cuerpo lo que estaba intentando, como de otra
persona a quien ella, la señora Isotta, no conseguía salvar en una coyuntura
difícil y no le quedaba sino abandonarla a su suerte. Y, sin embargo, ese
cuerpo tan rico e inocultable había sido para ella una gloria, un motivo de
complacencia; sólo una contradictoria cadena de circunstancias en apariencia
lógicas podía convertirlo ahora en un motivo de vergüenza. O no, tal vez su
vida seguía consistiendo sólo en la vida de la señora vestida que había sido
cada uno de sus días, y su desnudez le pertenecía tan poco, era un estado inconveniente
de la naturaleza que se revelaba de vez en cuando, maravillando a los seres
humanos y a ella en primer lugar. Ahora la señora Isotta recordaba que, aun
sola o en confianza con su marido, su desnudez siempre había ido acompañada de
un aire de complicidad, de ironía entre incómoda y gatuna, como si se pusiera
por momentos unos disfraces divertidos pero extravagantes, en una especie de
carnaval secreto entre marido y mujer. A tener un cuerpo la señora se había
acostumbrado con cierta reticencia, después de la desilusión de los primeros
años románticos, y lo había asumido como quien aprende a disponer de una
propiedad por muchos codiciada. Ahora la conciencia de este derecho suyo
reaparecía de entre los antiguos miedos, en la amenaza de aquella playa
vocinglera.
Pasado mediodía, entre los bañistas dispersos en todo el
mar empezaba el reflujo hacia la orilla; era la hora del almuerzo en las
pensiones, de las comidas ligeras delante de las cabinas, y también la hora en
que se goza de la arena más ardiente bajo el sol vertical. Y cascos de barcas,
y flotadores de patines que pasaban cerca de la señora, y ella estudiaba las
caras de los hombres a bordo, y a veces estaba por decidirse a irles al
encuentro; pero cada vez el relámpago de una mirada entre las pestañas, o un
movimiento anguloso de los hombros o de los codos la hacían huir con brazadas
falsamente desenvueltas, cuya calma ocultaba una fatiga que empezaba a pesarle.
Los que iban en barca, solos o en grupo, muchachos todos excitados por el
ejercicio físico, o señores de intenciones maliciosas y de mirada insistente,
al encontrarla perdida en el mar, la cara compungida que no ocultaba una
ansiedad trémula y suplicante, la gorra que le daba una expresión de muñeca un
poco consentida, y los hombros suaves girando inciertos, salían en seguida de
su nirvana extático o agitado y los que iban acompañados la señalaban con el
mentón o con guiños, y los que andaban solos frenando con un remo viraban
intencionadamente la proa para cortarle el camino. A su necesidad de ayuda
respondían levantando cercos de malicia y sobrentendidos, una zarza de miradas
aceradas, de incisivos descubiertos en risas ambiguas, de repentina suspensión
de los remos al ras del agua; y a ella no le quedaba sino huir. Algunos
nadadores pasaban dando cabezadas ciegas y aplastando la nariz contra el agua y
resoplando sin alzar la vista; pero la señora desconfiaba de ellos y los
rehuía. En realidad, incluso pasando de largo, los nadadores presa de súbito
cansancio se ponían a hacer el muerto y a desentumecer las piernas en un
pataleo insensato, y daban vueltas a su alrededor hasta que ella se marchaba
mostrando su desdén. Y ahora se había tendido a su alrededor una red de
alusiones obligadas, como si cada uno de esos hombres estuviese esperándola y
fantaseara desde hacía años con una mujer a la que le ocurriera lo que le había
ocurrido a ella, y pasaran los veranos en el mar esperando estar justo ahí en
el momento oportuno. No había salida, el frente de las premeditadas
insinuaciones masculinas se extendía a todos los hombres, sin brecha posible, y
el salvador con el que ella se había obstinado en soñar como si fuera un ser
absolutamente anónimo, casi angelical, un bañero, un marinero, estaba segura
ahora de que no podía existir. El bañero que vio pasar, el único que con un mar
tan tranquilo daba vueltas en barca para prevenir posibles desgracias, tenía
labios tan carnosos y músculos tan fundidos a los nervios que nunca hubiera
tenido valor de confiarse a sus manos, ni siquiera —pensó en la excitación del
momento— para que le abriera una cabina o plantara un parasol.
En sus frustradas fantasías, las personas a las que había
esperado poder recurrir eran siempre hombres. No había pensado en las mujeres,
y sin embargo, con ellas todo debía de ser más sencillo; sin duda se hubiera
despertado una especie de solidaridad femenina en esa coyuntura tan grave, en
esa ansiedad que sólo una de ellas podía entender a fondo. Pero las ocasiones
de comunicarse con personas de su mismo sexo eran más escasas e inciertas,
contrariamente a la peligrosa facilidad de los encuentros con los hombres, y
una desconfianza, esta vez recíproca, las dificultaba. Casi todas las mujeres
pasaban en patines en pareja con un hombre, celosas e inaccesibles, y buscaban
el mar abierto, donde el cuerpo que para la señora Isotta era sólo objeto de
vergüenza pasiva, para ellas era el arma de una lucha agresiva y previsible.
Algunas barcas se acercaban atestadas de jovencitas gárrulas y acaloradas, y la
señora pensaba en la distancia que mediaba entre la ínfima vulgaridad de su
aflicción y la volátil despreocupación de las muchachas; pensaba en el momento
en que tendría que repetir su petición de ayuda porque seguramente la primera
vez no la habrían escuchado; pensaba en cómo cambiarían sus caras al oír la
noticia, y no se decidía a llamarlas. Pasó también una rubia bronceada sola en
una canoa, llena de suficiencia y de egoísmo, seguramente salía a mar abierto
para tomar el sol desnuda, y ni siquiera la rozaba la idea de que la desnudez
pudiera ser una desgracia o una condena. La señora Isotta comprendió entonces lo
sola que está una mujer, qué rara es entre sus congéneres (tal vez quebrada por
el estrecho pacto que tienen con el hombre) la bondad solidaria y espontánea
que adivina las llamadas de auxilio y que une con un gesto de connivencia en el
momento de la desgracia secreta que el hombre no comprende. Las mujeres jamás
la salvarían, y hombres no había. Se sentía en el límite de sus fuerzas.
Una pequeña boya de color herrumbre que hasta ese momento
habían tomado por asalto un racimo de muchachos para zambullirse, de pronto, en
un chapuzón general, quedó libre. Una gaviota se posó en la boya, abanicó el
aire con las alas y emprendió vuelo, porque la señora Isotta se aferraba al
borde. Si no conseguía agarrarse a tiempo, se ahogaba. Pero ni siquiera la
muerte era posible, ni siquiera le dejaban ese injustificable, desproporcionado
remedio; porque ya estaba por renunciar y no conseguía levantar el mentón que
se inclinaba hacia el agua cuando vio que en las embarcaciones circundantes los
hombres se enderezaban rápidamente, dispuestos a zambullirse y socorrerla: allí
estaban sólo para salvarla, para llevarla desnuda y desvanecida entre las
preguntas y las miradas de un público curioso, y el peligro de muerte sólo
hubiera ido acompañado del desenlace ridículo y mísero al que en vano trataba
de escapar.
Desde la boya, mirando a los nadadores y a los remeros que
parecían reabsorbidos poco a poco por la orilla, recordaba la fatiga
maravillosa de aquellos regresos; y las voces que iban de una embarcación a
otra: «¡Nos encontramos en la orilla!», o: «¡A ver quién llega primero!» la
llenaban de infinita envidia. Pero le bastó percibir a un hombre flaco, con
unos calzones largos, el único que quedaba en medio del mar, de pie en una
barca de motor parada, que miraba quién sabe qué en el agua, y en seguida el deseo
de volver quedó oculto por el miedo de que la vieran, por el ansia de
esconderse detrás de la boya.
Ya no recordaba cuánto hacía que estaba allí: la playa se
vaciaba, y los patines se ordenaban en hilera sobre la arena, y de los
parasoles, arriados uno tras otro, sólo quedaba un cementerio de astas mochas,
y las gaviotas volaban al ras del agua, y en la barca de motor parada el hombre
flaco había desaparecido y en su lugar la cabeza pasmada de un niño rizado
asomaba por la borda; y por el sol pasó una nube que un viento incipiente
empujaba hacia un cúmulo que se espesaba sobre las montañas. La señora pensaba
en esa hora vista desde tierra, en las tardes ceremoniosas, en el destino de
modesto decoro y de alegrías respetuosas que creía previstas para ella y en la
insignificante incongruencia que venía a contradecirlo, como el castigo de una
culpa no cometida. Pero quizá la indolencia veraniega, el deseo de nadar sola,
la alegría del propio cuerpo en el bañador de dos piezas escogido con demasiada
osadía, ¿no eran las señales de una fuga iniciada mucho antes, el desafío a una
inclinación al pecado, las etapas de una desenfrenada carrera hacia ese estado
de desnudez que ahora se le aparecía en toda su palidez miserable? Y la
hermandad de los hombres en medio de los cuales creía transcurrir intacta como
una gran mariposa, fingiendo una cómplice desenvoltura de muñeca, revelaba
ahora sus crueldades esenciales, la duplicidad de su esencia diabólica, como
presencia de un mal contra el cual ella no estaba bastante preservada, y al
mismo tiempo como instrumento de ejecución del castigo.
Agarrada a los remaches de la boya, las yemas de los dedos
exangües y con los relieves ondulados que se forman al estar tanto tiempo en el
agua, la señora se sentía exiliada del mundo entero y no entendía por qué esa
desnudez que todos llevan consigo desde siempre la desterraba a ella sola, como
si fuera la única en estar desnuda, la única criatura en poder permanecer
desnuda bajo el cielo. Y alzando los ojos vio que en la barca de motor estaban
ahora juntos hombre y niño, haciéndole gestos como diciéndole que se quedara
allí, que era inútil afanarse. Eran serios y comprensivos los dos,
contrariamente a todos los de antes, como si le anunciaran un veredicto: tenía
que resignarse, había sido elegida para pagar por todos; y si al gesticular
intentaban una especie de sonrisa, era sin sombra de malicia: tal vez una
invitación a que aceptara de buen grado su castigo.
La barca partió en seguida, más veloz de lo que se hubiera
podido suponer y los dos se ocupaban del motor y del timón y no se volvieron
hacia la señora que a su vez trataba de sonreírles como para demostrar que si
sólo se la acusaba de estar hecha de esa manera que todos apreciaban y
envidiaban, si le tocaba expiar solamente esa ternura nuestra, un poco torpe,
por las formas, pues bien, ella aceptaría cargar con todo el peso, contenta.
La barca, con sus movimientos misteriosos y la confusa
maraña de razonamientos, la había mantenido en tal temeroso estupor que tardó
en percibir el frío. Una suave adiposidad permitía a la señora Isotta ciertos
baños largos y gélidos que llenaban de maravilla al marido y a los familiares,
gentes flacas. Pero había estado demasiado tiempo en el agua, y su piel lisa se
erizaba en granitos puntiformes, y un lento hielo se adueñaba de su sangre.
Entonces, en los estremecimientos que la sacudían, Isotta se reconoció viva, en
peligro de muerte, inocente. Porque la desnudez que de pronto era como si le
hubiese crecido encima, ella la había aceptado siempre, no como culpa suya,
sino como inocencia ansiosa, como la fraternidad secreta con los demás, como
carne y raíz de su ser en el mundo; y en cambio ellos, los maliciosos de los
patines y las impávidas de los parasoles que eran quienes no la aceptaban,
quienes la denunciaban como un delito, como un cargo de acusación, sólo ellos
eran culpables. No quería pagar por ellos y se retorció abrazada a la boya,
castañeteando los dientes y con las mejillas bañadas en lágrimas... Y desde el
puerto la barca de motor regresaba, aún más veloz que antes, y en la proa el
niño levantaba una angosta vela verde— ¡una falda!
Cuando la barca se detuvo cerca de ella y el hombre flaco
le tendió una mano para que subiera a bordo, y con la otra se tapó los ojos
sonriendo, la señora estaba ya tan lejos de la esperanza de que alguien la
salvase, y sus pensamientos andaban tan lejos, que por un momento no consiguió
unir los sentidos al razonar y a los gestos, y alzó la mano hacia lo que el
hombre le tendía antes de comprender que no era imaginación suya, sino que la
barca de motor estaba realmente allí y que había venido para socorrerla.
Comprendió y de pronto todo se volvió perfecto y fácil, y los pensamientos, el
frío, el miedo quedaron olvidados. De pálida se puso roja como el fuego y
ahora, erguida en la barca, se vestía mientras el hombre y el muchacho de cara
al horizonte miraban las gaviotas.
Pusieron en marcha el motor y ella, sentada en la proa con
una falda verde de flores anaranjadas, vio en el fondo de la barca la máscara
para la pesca submarina y supo cómo los dos habían adivinado su secreto. El
muchacho, nadando bajo el agua con la máscara y el arpón, la había visto y
avisado al hombre que bajó también a ver. Después, le habían hecho señas de que
los esperara sin que ella les entendiera, y pusieron rumbo velozmente hacia el
puerto para conseguir un vestido de la mujer de un pescador.
Los dos estaban sentados en la popa con las manos sobre
las rodillas y sonreían: el niño, crespo y de unos ocho años, era todo ojos,
con una asombrada sonrisa de potrillo; el hombre, una cabeza hirsuta y gris, un
cuerpo rojo ladrillo de músculos largos, tenía una sonrisa ligeramente triste y
un cigarrillo apagado adherido al labio. A la señora Isotta se le ocurrió que
tal vez al verla vestida trataban de recordar cómo era cuando la habían visto
bajo el agua; pero no se sintió incómoda. En el fondo, ya que alguien tenía que
verla, estaba contenta de que hubieran sido aquellos dos; e incluso que
hubiesen sentido curiosidad y placer. Para llegar a la playa el hombre conducía
la barca costeando el muelle y los barrios del puerto y los huertos que
orillaban el mar; y el que mirara desde tierra creería seguramente que los tres
formaban una pequeña familia que regresaba en barca, como todas las tardes, de
la pesca. En el muelle se alineaban las casas grises de los pescadores, con
redes rojas tendidas sobre cortos palos, y de las barcas atracadas algunos
muchachos alzaban peces de color plomo y los pasaban a muchachas de pie con
cestas bajas y cuadradas apoyadas en la cadera, y hombres con minúsculos aros
de oro, sentados en el suelo con las piernas estiradas, cosían interminables
redes, y en una especie de nichos hervía en artesas el tanino para volver a
teñirlas, y muretes de piedra dividían pequeños huertos frente al mar, donde
las barcas volcadas alternaban con las cañas de los almácigos, y mujeres con la
boca llena de clavos ayudaban a los maridos tendidos bajo la quilla reparando
averías, y en cada casa rosada un alero cubría los tomates cortados en dos y
puestos a secar con sal sobre una rejilla, y entre las plantas de espárragos
los niños buscaban lombrices, y algunos viejos con un vaporizador aplicaban
insecticida a los nísperos, y los melones amarillos crecían sobre hojas
reptantes, y las viejas freían en las sartenes calamarcitos y pulpos o flores
de calabaza rebozadas en harina, y se alzaban proas de chalupas en olorosos
astilleros de madera recién aserrada, y los calafatines se disputaban
amenazándose con pinceles negros de alquitrán, y allí empezaba la playa con
pequeños castillos y volcanes de arena abandonados por los niños. A la señora
Isotta, sentada en la barca con aquellos dos, con el exagerado vestido verde y
anaranjado, le hubiese gustado que el viaje continuara. Pero la barca apuntaba
ya con la proa hacia la orilla, y los bañeros se llevaban las tumbonas, y el
hombre se había inclinado sobre el motor volviéndole la espalda: una espalda
rojo ladrillo, atravesada por los nudillos de la espina dorsal, sobre los
cuales la piel dura y salada se estremecía como movida por un suspiro.
La aventura de un empleado
Una vez, Enrico Gnei, empleado, pasó una noche con una
mujer guapísima. Al salir de la casa de la señora, temprano, el aire y los
colores de la mañana primaveral se desplegaron ante él, frescos, tonificantes y
nuevos, y le parecía que caminaba al son de una música.
Es preciso decir que Enrico Gnei debía aquella aventura
sólo a un afortunado cúmulo de circunstancias: una fiesta de amigos, una
disposición particular y pasajera de la señora —por lo demás mujer controlada y
que no se abandonaba con facilidad—, una conversación en la que él se había
sentido insólitamente cómodo, la ayuda —por una y otra parte— de una ligera
exaltación alcohólica, fuese real o simulada, y también una combinación
logística apenas forzada en el momento de la despedida: todo esto, y no la atracción
personal de Gnei —o en todo caso sólo su apariencia discreta y un poco anónima
que podía designarlo como compañero no comprometedor o llamativo—, había
determinado la inesperada conclusión de la noche. De esto él tenía plena
conciencia y, modesto por naturaleza, apreciaba aún más su buena suerte. Sabía
sin embargo que lo ocurrido no se repetiría; y no lo lamentaba, porque una
relación continuada comportaría problemas demasiado embarazosos para su tren de
vida habitual. La perfección de la aventura residía en que había comenzado y
terminado en el espacio de una noche. Aquella mañana, pues, Enrico Gnei era un
hombre que había tenido lo mejor que se podía desear en el mundo.
La casa de la señora estaba en la colina. Gnei bajaba por
una avenida verde y olorosa. Todavía no era la hora en que solía salir de su
casa para ir a la oficina. La señora lo había despachado en ese momento para
que los criados no lo vieran. El no haber dormido le pesaba, y hasta le daba
una lucidez como artificial, una excitación no ya de los sentidos sino del
intelecto. Un moverse del viento, un zumbido, un olor de árboles le parecían
cosas de las que en cierto modo debía adueñarse y disfrutar; y no se readaptaba
a modos más discretos de gustar la belleza.
Como era un hombre metódico —el haberse levantado en casa
ajena, vestirse de prisa, no afeitarse, le dejaban la impresión de haber
trastornado sus hábitos—, pensó por un momento en dar un salto hasta su casa,
antes de ir a la oficina, para rasurarse la barba y cambiarse. Tiempo hubiera
tenido, pero Gnei descartó enseguida la idea, prefirió convencerse de que era
tarde, porque le asaltó el temor de que su casa, la repetición de gestos
cotidianos disolvieran la atmósfera de excepción y de riqueza en que ahora se
movía.
Decidió que su jornada seguiría una curva calma y generosa
para conservar lo más posible la herencia de esa noche. La memoria, capaz de
reconstruir con paciencia las horas pasadas, segundo por segundo, le abría
paraísos infinitos. Así, vagando con el pensamiento, sin prisa, Enrico Gnei se
encaminaba hacia la estación del tranvía.
El tranvía esperaba, casi vacío, la hora de salida. Los
conductores estaban en la acera y fumaban. Gnei subió silbando, los faldones
del abrigo revolotearon y se sentó sin compostura, pero enseguida adoptó una
posición más urbana, contento de haberse enmendado rápidamente pero no
descontento de la actitud desenvuelta que había adoptado espontáneamente.
La zona no era populosa ni madrugadora. En el tranvía
había un ama de casa de cierta edad, dos obreros que discutían, y él, un hombre
contento. Buena gente matinal. Le caían simpáticos; él, Enrico Gnei, era un
señor misterioso para ellos, misterioso y contento, que nunca habían visto en
ese tranvía, a esa hora. ¿Adónde iría?, se preguntaban quizás en ese momento. Y
él no mostraba nada: miraba las glicinas. Era un hombre que mira las glicinas
como hombre que sabe mirar las glicinas: de esto Enrico Gnei era consciente.
Era un pasajero que le da al cobrador el dinero del billete y entre él y el
cobrador había una relación perfecta de pasajero y cobrador, nada podía ser
mejor. El tranvía bajaba hacia el río; buena vida aquélla.
Enrico Gnei se apeó en el centro y entró en un café. No el
habitual. Un café todo de mosaicos. Acababan de abrir; la cajera todavía no
había llegado; el camarero preparaba la máquina. Gnei dio unos pasos de
propietario por el centro del local, se arrimó al mostrador, pidió un café,
eligió un bizcocho en la vitrina de pasteles y lo mordió, primero con avidez,
después con la expresión de quien tiene la boca cambiada por una noche fuera de
lo común.
Sobre el mostrador había un periódico abierto, Gnei lo
hojeó. No había comprado el periódico aquella mañana, y pensar que al salir de
casa era siempre lo primero que hacía. Era un lector consuetudinario,
minucioso; seguía hasta los hechos más nimios y no había página que pasara sin
leer. Pero aquel día su mirada corría por los titulares sin despertar ninguna
asociación de ideas. Gnei no conseguía leer; tal vez, suscitada por el
bizcocho, por el café caliente o porque el efecto del aire matinal se iba
atenuando, una ola de sensaciones de la noche lo asaltó de nuevo. Cerró los
ojos, alzó la barbilla y sonrió.
Atribuyendo la expresión satisfecha a una noticia
deportiva del periódico, el camarero le dijo:
—Ah, ¿está contento de que el domingo vuelva Boccadasse?
—y señaló el titular que anunciaba la curación de un centro medio.
Gnei leyó, se contuvo y en vez de exclamar como hubiera
querido: "¡Qué Boccadasse ni qué cuentos, amigo!", se limitó a decir:
—Ah, sí, sí... —y como no quería que una conversación
sobre el próximo partido desviara la plenitud de sus sentimientos, se dirigió a
la caja donde entretanto se había instalado una cajera joven y de aire
desilusionado—. Bueno, pago un café y un bizcocho —dijo Gnei, confidencial.
La cajera bostezó.
—¿Tan temprano y con sueño? —dijo Gnei.
La cajera, sin sonreír, asintió. Gnei adoptó un aire
cómplice:
—¡Ah, ah! Anoche durmió poco, ¿eh? —Reflexionó un momento,
y después, convencido de que estaba con alguien que lo comprendería, añadió—:
Yo no me he acostado todavía. Después calló, enigmático, discreto. Pagó, saludó
a todos, salió. Fue a la peluquería.
—Buenos días, señor, tome asiento, señor —dijo el
peluquero en un falsete profesional que a Enrico Gnei le sonó como un guiño.
—¡A ver si nos afeitamos! —contestó con escéptica
condescendencia, mirándose en el espejo.
Su cara, con la toalla anudada al cuello, parecía un
objeto aislado y algunas señales de cansancio, que el porte general de la
persona ya no corregía, cobraban relieve; pero seguía siendo una cara
completamente normal, como la de un viajero que se apeara del tren al alba, o
de un jugador que ha pasado la noche jugando a las cartas, de no ser, para
distinguir la índole particular de su fatiga, por cierto aire —observó
complacido Gnei— distendido e indulgente, de hombre que ha tenido lo suyo y
está preparado tanto para lo malo como para lo bueno.
"¡A caricias muy distintas", parecían decir las
mejillas de Gnei a la brocha que las cubría de espuma caliente, "a
caricias muy distintas alas tuyas estamos acostumbradas!"
"¡Raspa, navaja", parecía decir su pie "no
rasparás lo que he sentido y sé!"
Era, para Gnei, como si se desarrollase una conversación
llena de alusiones entre él y el barbero, que también callaba, manejando con
atención sus instrumentos. Era un barbero joven, poco locuaz más por falta de
fantasía que por reserva de carácter, tanto que, por conversar, dijo:
—Este año, ¿eh? Qué buen tiempo hace ya, ¿eh? La
primavera...
La frase le llegó a Gnei justo en plena conversación
imaginaria, y la palabra "primavera" se cargó de significados y
sobreentendidos.
—¡Aaah! La primavera... —dijo, con una sonrisa de experto
que le quedó en los labios enjabonados. Y ahí la conversación se agoto.
Pero Gnei sentía la necesidad de hablar, de expresar, de
comunicar. Y el barbero no decía nada más. Gnei estuvo dos o tres veces por
abrir la boca mientras el otro levantaba la navaja, pero no encontraba
palabras, y la navaja volvía a posarse sobre el labio y el mentón.
—¿Cómo dice? —preguntó el barbero, que había visto moverse
los labios de Gnei sin que saliera ningún sonido.
Y Gnei, con todo su fervor:
—¡EI domingo Boccadasse regresa al equipo!
Lo había gritado casi; los otros clientes volvieron hacia
él las caras medio enjabonadas; el barbero se quedó con la navaja en el aire.
—Ah, ¿usted es del ***? —dijo, un poco disgustado—. Yo,
sabe, soy del *** —y nombró el otro equipo de la ciudad.
—Oh, los del *** el domingo tienen un partido fácil,
seguro... —pero su fervor ya se había apagado.
Afeitado, salió. La ciudad estaba animada y sonora,
recorrían los cristales relámpagos de oro, el agua volaba en las fuentes, los
trotes de los tranvías sacaban chispas a los cables. Enrico Gnei estaba como en
la cresta de una ola, ímpetus y languideces se alternaban en su corazón.
—¡Pero si eres Gnei!
—¡Y tú Bardetta!
Había encontrado a un antiguo compañero de la escuela, a
quien no veía desde hacía diez años. Se dijeron las frases acostumbradas, el
tiempo que había pasado, cómo no habían cambia— do. En realidad, Bardetta
estaba bastante canoso y la expresión de zorro, un poco viciosa, de su cara, se
había acentuado. Gnei sabía que Bardetta estaba en los negocios, pero había
tenido percances poco claros y hacía tiempo que vivía en el extranjero.
—¿Sigues en París?
—En Venezuela. Estoy a punto de regresar. ¿Y tú?
—Siempre aquí —ya pesar suyo se sonrió incómodo, como si
se avergonzase de su vida sedentaria, y al mismo tiempo le dio fastidio no ser
capaz de dar a entender a primera vista que su existencia era en realidad la
más plena y satisfactoria que cupiera imaginar.
—¿Y te casaste? —preguntó Bardetta.
A Gnei le pareció que ésta era la ocasión de rectificar la
primera impresión.
—¡Soltero! —dijo—. ¡Yo siempre soltero, eh, eh!
¡Resistimos!
Así era: Bardetta, hombre sin prejuicios, en vísperas de
marcharse a América, sin más vínculos con la ciudad y sus habladurías, era la
persona ideal para que Gnei pudiera dar rienda suelta a su euforia, el único a
quien podía confiar su secreto. Más aún, con él hubiera podido exagerar un
poco, hablar de su aventura aquella noche como de un hecho para él habitual.
—Así es —insistió—, nosotros somos la vieja guardia de los
solteros, ¿no? —queriendo remitirse a la fama de frecuentador de bailarinas que
había tenido Bardetta en una época.
Y ya estudiaba la frase que le hubiera servido para entrar
en el tema, algo como: "Mira, justamente anoche, por ejemplo...".
—Yo, en realidad, sabes —dijo Bardetta con una sonrisa un
poco tímida—, soy padre de familia, tengo cuatro hijos...
A Gnei le llegó la respuesta mientras estaba creando a su
alrededor la atmósfera de un mundo absolutamente sin prejuicios y epicúreo, y
se quedó un poco desorientado. Miró a Bardetta; sólo entonces percibió su
aspecto raído, mal entrazado, su aire de preocupación y cansancio.
—Ah, cuatro hijos... —dijo, en tono opaco—, ¡te felicito!
¿y allá, cómo te las arreglas?
—Bueno... nada demasiado brillante... Es como en todas
partes... Ir tirando... mantener a la familia... —y separó los brazos con aire
de vencido.
Gnei, con su humildad instintiva, sintió compasión y
remordimiento: ¿cómo había podido jactarse de su propia suerte para impresionar
a un pobre diablo como aquél?
—Ah, aquí también, si supieras —se apresuró a decir,
cambiando nuevamente de tono—, uno va tirando así, día a día...
—Bueno, esperemos que alguna vez las cosas vayan mejor...
—Esperemos que sí...
Se desearon buena suerte, se saludaron y se separaron uno
por un lado y el otro por otro. De pronto Gnei se sintió apesadumbrado: la
posibilidad de confiarse a Bardetta, a aquel Bardetta que él imaginaba antes,
le pareció un bien incalculable, ahora perdido para siempre. Entre los dos
—pensaba Gnei— hubiera podido entablarse una conversación de hombre a hombre,
afable, sin fanfarronería, el amigo se habría marchado a América conservando un
recuerdo inmutable; y Gnei confusamente se veía proyectado en los pensamientos
de aquel Bardetta imaginario cuando, allá en Venezuela, recordando la vieja
Europa —pobre pero siempre fiel al culto de la belleza y del placer—, pensara
instintivamente en él, el compañero de escuela encontrado después de tantos
años, siempre con esa apariencia cauta y sin embargo bien seguro de sí mismo:
el hombre que no se había separado de Europa y personificaba casi su antigua
sabiduría de vida, sus mesuradas pasiones... Gnei se exaltaba: la aventura de
la noche hubiera podido dejar una seña, asumir un significado definitivo, en
vez de desaparecer como arena en un mar de días vacíos e iguales.
Tal vez hubiera debido hablar de todos modos con Bardetta,
aunque Bardetta fuese un pobre tipo con otros pensamientos en la cabeza, aun a
costa de humillarlo. Y además, ¿quién le aseguraba que Bardetta fuera realmente
un fracasado? Quizá lo decía por decir y seguía siendo el viejo zorro de
siempre... "Le alcanzo", pensó, "reanudo la conversación, se lo
digo." Corrió por la acera, desembocó en la plaza, dobló bajo los
soportales. Bardetta había desaparecido. Gnei miró la hora; se le hacía tarde;
se dio prisa para llegar al trabajo. Para tranquilizarse, pensó que ponerse
como un chico a contar a los demás sus historias era algo demasiado ajeno a su
carácter, a sus costumbres; y por eso se había abstenido de hacerlo. Así,
reconciliado consigo mismo, en paz con su orgullo, marcó la tarjeta en el reloj
de la oficina.
Gnei alimentaba hacia su trabajo esa pasión amorosa que,
incluso inconfesada, enciende el corazón de los empleados no bien saben de qué
dulzura secreta y de qué furioso fanatismo se puede cargar la práctica
burocrática más corriente, el despacho de correspondencia ordinaria, el
mantenimiento puntual de un registro. Tal vez su inconsciente esperanza aquella
mañana era que la exaltación amorosa y la pasión oficinesca formaran un todo
único, pudieran fundirse la una en la otra para seguir ardiendo sin apagarse.
Pero le bastó con ver su escritorio, el aspecto usual de una carpeta verdosa
con el rótulo "Pendientes", para hacerle sentir el agudo contraste
entre la belleza vertiginosa de la que acababa de separarse, y sus días de
siempre.
Dio varias vueltas alrededor del escritorio, sin sentarse.
Le había asaltado un repentino, urgente enamoramiento por la señora guapa. Y no
podía tener paz. Entró en la oficina contigua donde los contables tecleaban con
atención y disgusto.
Pasó delante de cada uno, saludándolos, nerviosamente
risueño, solapado, regodeándose en el recuerdo, sin esperanza en el presente,
loco de amor entre los contables. "Así como ahora me muevo entre vosotros
en esta oficina", pensaba, "así me revolvía hace poco entre las
sábanas de ella."
—¡Así es, Marinotti! —dijo dando un puñetazo en los
papeles de un colega.
Marinotti alzó las gafas y preguntó lentamente:
—Dime, Gnei, ¿a ti también te han descontado cuatro mil
liras más del sueldo de este mes?
—No, amigo, ya en febrero —empezó a decir Gnei, y
entretanto recordó un gesto de la señora, a última hora, por la mañana, que a
él le había parecido una revelación nueva y que abría inmensas y desconocidas
posibilidades de amor—, no, ya me las habían descontado —siguió con voz
acariciadora y tendía las manos con dulzura, frunciendo los labios—, me habían
descontado el total del sueldo de febrero, Marinotti.
Hubiera querido añadir otros detalles y explicaciones con
tal de seguir hablando, pero no fue capaz.
"El secreto es ése", decidió volviendo a su
oficina, "que en cada momento, en cada cosa que haga o diga, esté
implícito todo lo que he vivido." Pero lo corroía un ansia de no poder
estar jamás a la altura de lo que había sido, de no poder expresar, ni con
alusiones y aún menos con palabras explícitas, ni siquiera con el pensamiento,
la plenitud que tenía conciencia de haber alcanzado.
Sonó el teléfono. Era el director. Preguntaba por los
antecedentes de la reclamación de la casa Giuseppieri.
—Mire, señor director —explicó por teléfono Gnei—. La casa
Giuseppieri, en fecha de 6 de marzo... —y quería decir:
"Y cuando ella me dijo lentamente: ¿Ya se va?...yo
comprendí que no debía soltarle la mano...".
—Sí, señor director, la reclamación es por mercancía ya
facturada... —y creía decir:
"Hasta que la puerta se cerró a nuestras espaldas, yo
seguía dudando...".
—No —explicaba—, la reclamación no se hizo a través de la
agencia... —y pensaba:
"Pero sólo entonces entendí que era completamente
distinta de lo que había creído, fría y altanera...".
Apoyó el auricular. Tenía la frente perlada de sudor. Se
sentía cansado ahora, muerto de sueño. Había hecho mal en no pasar por casa
para refrescarse y cambiarse: hasta la ropa interior le molestaba.
Se acercó a la ventana. Había un gran patio rodeado de
paredes altas y pobladas de balcones, pero era como estar en un desierto. El
cielo se veía sobre los techos no ya límpido sino blanquecino, invadido por una
pátina opaca, así como en la memoria de Gnei una blancura opaca iba borrando
todo recuerdo de sensaciones, y una indistinta, quieta mancha de luz indicaba
la presencia del sol como una sorda punzada de dolor.
Se acercó a la ventana. Había un gran patio rodeado de
paredes altas y pobladas de balcones, pero era como estar en un desierto. El
cielo se veía sobre los techos no ya límpido sino blanquecino, invadido por una
pátina opaca, así como en la memoria de Gnei una blancura opaca iba borrando
todo recuerdo de sensaciones, y una indistinta, quieta mancha de luz indicaba
la presencia del sol como una sorda punzada de dolor.
La aventura de un fotógrafo
Con la primavera, cientos de miles de ciudadanos salen el
domingo con el estuche en bandolera. Y se fotografían. Vuelven contentos como
cazadores con el morral repleto, pasan los días esperando con dulce ansiedad
las fotos reveladas (ansiedad a la que algunos añaden el sutil placer de las
manipulaciones alquímicas en la cámara oscura, vedada a las intrusiones de los
familiares y acre de ácidos al olfato), y sólo cuando tienen las fotos delante
de los ojos parecen tomar posesión tangible del día transcurrido, sólo entonces
el torrente alpino, el gesto del nene con el cubo, el reflejo del sol en la
pierna de la esposa adquieren la irrevocabilidad de lo que ha sido y ya no
puede ser puesto en duda. Lo demás puede ahogarse decididamente en la sombra
insegura del recuerdo.
En la frecuentación de los amigos y colegas, Antonino
Paraggi, no-fotógrafo, advertía un creciente aislamiento. Cada semana descubría
que en las conversaciones de los que magnifican la sensibilidad de un diafragma
o discurren sobre el número de dinas se unía la voz de alguien a quien hasta
ayer había confiado, seguro de compartirlos, sus sarcasmos hacia una actividad
para él tan poco excitante y tan pobre en imprevistos.
Como profesión, Antonino Paraggi desempeñaba funciones
ejecutivas en los servicios de distribución de una empresa productiva, pero su
verdadera pasión era comentar con los amigos los acontecimientos pequeños y
grandes, desentrañando de los embrollos particulares el hilo de las razones
generales; era, en suma, por actitud mental, un filósofo y ponía todo su amor
propio en conseguir explicarse incluso los hechos más alejados de su
experiencia. Ahora bien, sentía que algo en la esencia del hombre fotográfico se
le escapaba, el secreto llamamiento en respuesta al cual nuevos adeptos seguían
enrolándose bajo la bandera de los aficionados al objetivo, elogiando algunos
los progresos de sus habilidades técnicas y artísticas, otros por el contrario
atribuyendo todo el mérito a la calidad del aparato que habían comprado capaz
(según ellos) de producir obras maestras aunque fuera confiado a manos ineptas
(como calificaban las propias, porque cuando el orgullo se ponía en exaltar las
virtudes de los artefactos mecánicos, el talento subjetivo estaba dispuesto a
humillarse en la misma proporción). Antonino Paraggi entendía que lo decisivo
no era ni un motivo de satisfacción ni el otro: el secreto residía en otra
cosa.
Es preciso decir que este buscar en la fotografía las
razones de su descontento —como el de quien se siente excluido de algo— era en
parte también una artimaña de Antonino consigo mismo para no tener que tomar en
cuenta otro proceso más evidente que iba separándolo de los amigos. Lo que
estaba ocurriendo era que sus coetáneos iban casándose uno tras otro, fundaban
una familia, mientras Antonino seguía soltero. Pero entre los dos fenómenos
existía un lazo innegable, ya que a menudo la pasión del objetivo nace de
manera natural y casi fisiológica como efecto secundario de la paternidad. Uno
de los primeros instintos de los progenitores, después de haber traído un hijo
al mundo, es el de fotografiarlo; y dada la rapidez del crecimiento, resulta
necesario fotografiarlo a menudo, porque nada es más lábil e irrecordable que
un niño de seis meses, borrado en seguida y sustituido por el de ocho meses y
después por el de un año; y toda la perfección que a los ojos de los
progenitores puede haber alcanzado un hijo de tres años no basta para impedir
que se insinúe, para destruirla, la nueva perfección de los cuatro, quedando
sólo el álbum fotográfico como lugar donde todas esas fugaces perfecciones
pueden salvarse y yuxtaponerse, aspirando cada una a un absoluto propio,
incomparable. En el frenesí de los progenitores recientes por encuadrar la
prole en el visor para reducirla a la inmovilidad del blanco y negro o de la
diapositiva en color, Antonino, no-fotógrafo y no-procreador, veía sobre todo
una fase de la carrera hacia la locura que se incubaba en aquel negro
instrumento. Pero sus reflexiones sobre el nexo iconoteca-familia-locura eran
expeditivas y reticentes: de lo contrario hubiera comprendido que en realidad
el que corría el mayor peligro era él, el soltero.
En el círculo de amigos de Antonino era habitual pasar
juntos los fines de semana en las afueras, siguiendo una costumbre que para
muchos de ellos venía de los años estudiantiles y que se había extendido a las
novias y después a las esposas y a la prole, además de las niñeras y
gobernantas, y en algunos casos a los nuevos parientes y conocidos de ambos
sexos. Pero como la continuidad de las frecuentaciones y de los hábitos nunca
había disminuido, Antonino podía hacer como si nada hubiese cambiado con el paso
de los años y como si aquélla fuese todavía la panda de muchachos y de chicas
de antes, y no un conglomerado de familias en el que él seguía siendo el único
soltero sobreviviente.
Era cada vez más frecuente que en esas excursiones al mar
o a la montaña, en el momento de la foto de grupo familiar o interfamiliar, se
pidiera la intervención de un operador extraño, a veces un transeúnte, que se
prestara a apretar el disparador del aparato ya enfocado y apuntando en la
dirección deseada. En esos casos Antonino no podía negar sus servicios: tomaba
la máquina de las manos de un progenitor o de una progenitura que corría a
ubicarse en segunda fila, estirando el cuello entre dos cabezas o acuclillándose
entre los más pequeños; y concentrando todas sus fuerzas en el dedo destinado a
tal uso, apretaba el disparador. Las primeras veces una involuntaria rigidez de
los brazos desviaba la mira y captaba arboladuras de embarcaciones o agujas de
campanarios, o decapitaba a tíos y abuelos. Fue acusado de hacerlo a propósito,
criticado por gastar ese tipo de broma pesada. No era cierto: su intención era
prestar el dedo como dócil instrumento de la voluntad colectiva, pero al mismo
tiempo servirse de la momentánea posición de privilegio para exhortar a
fotógrafos y fotografiados sobre el significado de sus actos. Apenas la yema
del dedo alcanzó la deseada separación de su persona e individualidad, fue
libre de comunicar sus teorías con razonados argumentos, encuadrando entretanto
logradas escenas de conjunto. (Algunos éxitos casuales habían bastado para
darle desenvoltura y confianza con los visores y los fotómetros.)
—Porque una vez que has empezado —predicaba—, no hay razón
alguna para detenerse. El paso entre la realidad que ha de ser fotografiada
porque nos parece bella y la realidad que nos parece bella porque ha sido
fotografiada, es brevísimo. Si fotografías a Pierluca mientras levanta un
castillo de arena, no hay razón para no fotografiarlo mientras llora porque el
castillo se ha desmoronado, y después mientras la niñera lo consuela
mostrándole una concha en medio de la arena. Basta empezar a decir de algo: «¡Ah,
qué bonito, habría que fotografiarlo!» y ya estás en el terreno de quien piensa
que todo lo que no se fotografía se pierde, es como si no hubiera existido, y
por lo tanto para vivir verdaderamente hay que fotografiar todo lo que se
pueda, y para fotografiarlo todo es preciso: o bien vivir de la manera más
fotografiable posible, o bien considerar fotografiable cada momento de la
propia vida. La primera vía lleva a la estupidez, la segunda a la locura.
—Más loco y estúpido serás tú —le decían los amigos—, y
además un pesado.
—Para quien quiere recuperar todo lo que pasa ante sus
ojos —explicaba Antonino aunque nadie siguiera escuchándolo—, el único modo de
actuar con coherencia es disparar por lo menos una foto por minuto, desde que
abre los ojos por la mañana hasta el momento de irse a dormir. Sólo así los
rollos de película impresionada constituirán un diario fiel de nuestros días,
sin que nada quede excluido. Si yo me pusiera a hacer fotografías, seguiría
este camino hasta el final, a costa de perder la razón. En cambio, vosotros
todavía pretendéis hacer una elección. Pero, ¿cuál? Una elección en sentido
idílico, apologético, de consolación, de paz con la naturaleza, la nación, los
parientes. La vuestra no es sólo una elección fotográfica; es una elección de
vida que os lleva a excluir los contrastes dramáticos, los nudos de las
contradicciones, las grandes tensiones de la voluntad, de la pasión, de la
aversión. Creéis salvaros así de la locura, pero caéis en la mediocridad, en la
imbecilidad.
Una tal Bice, ex cuñada de alguien, y una tal Lydia, ex
secretaria de algún otro, le pidieron por favor que les tomara una instantánea
mientras jugaban a la pelota entre las olas. Asintió, pero como entretanto
había elaborado una teoría contra las instantáneas, se apresuró a comunicarla a
las dos amigas.
—¿Qué es lo que os lleva, chicas, a extraer de la móvil
continuidad de vuestra jornada estas tajadas de tiempo, del espesor de un
segundo? Mientras os lanzáis la pelota vivís en el presente, pero apenas la
escansión de los fotogramas se insinúa entre vuestros gestos no es ya el placer
del juego el que os mueve, sino el de veros en el futuro, de encontraros dentro
de veinte años en un cartón amarillento (sentimentalmente amarillento, aunque
los procedimientos modernos de fijación lo preserven inalterado). El gusto por
la foto espontánea, natural, tomada de lo vivo mata la espontaneidad, aleja el
presente. La realidad fotografiada asume en seguida un carácter nostálgico, de
alegría desaparecida en alas del tiempo, un carácter conmemorativo, aunque sea
una foto de anteayer. Y la vida que vivís para fotografiarla es ya desde el
comienzo conmemoración de sí misma. Creer más verdadera la instantánea que el
retrato con pose es un prejuicio...
Mientras hablaba, Antonino iba brincando en el mar
alrededor de las dos amigas para enfocar los movimientos del juego y excluir
del encuadre los reflejos deslumbradores del sol en el agua. En una lucha por
la pelota, Bice, que se abalanzaba sobre la otra ya sumergida en el agua, fue
fotografiada con el trasero en primer plano volando sobre las olas. Para no
perder este escorzo, Antonino se echó de espaldas en el agua con la máquina en
alto y estuvo a punto de ahogarse.
—Han salido todas muy bien, y ésta es magnífica
—comentaron ellas unos días después, arrancándose las pruebas de las manos. Le
habían citado en la tienda del fotógrafo—. Eres un excelente fotógrafo, tienes
que tomarnos otras.
Antonino había llegado a la conclusión de que había que
volver a los personajes en pose, en actitudes representativas de su situación
social y de su carácter, como en el siglo pasado. Su polémica antifotográfica
sólo podía desarrollarse desde el interior de la caja negra, contraponiendo un
tipo de fotografía a otro.
—Me gustaría tener una de esas viejas máquinas de fuelle
—dijo a las amigas— apoyada en un trípode. ¿Os parece que se podrán encontrar?
—Bueno, tal vez en algún mercado de ocasión...
—Vamos a buscar.
Las amigas encontraron divertida la caza del objeto
curioso: juntas pasaron revista a los vendedores de baratijas, interpelaron a
los viejos fotógrafos ambulantes, los siguieron a sus cuchitriles. En aquellos
cementerios de materiales en desuso se juntaban columnitas, biombos, telones
con desvaídos paisajes pintados; todo lo que evocaba un viejo estudio de
fotógrafo Antonino lo compraba. Al final consiguió echar mano a una cámara de
cajón, con el disparador en forma de pera. Parecía funcionar perfectamente.
Antonino la compró junto con un surtido de placas. Ayudado por las amigas, en
una habitación de su casa instaló el estudio, todo con objetos anticuados,
salvo dos reflectores modernos.
Ahora estaba satisfecho.
—Hay que partir de aquí —explicó a las amigas—. La forma
en que nuestros abuelos se ponían en pose, la convención según la cual se
disponían los grupos, revelaba un significado social, una costumbre, un gusto,
una cultura. Una fotografía oficial o matrimonial o familiar o escolar daba la
idea de cuánto tenía de serio e importante cada papel o institución, pero
también cuánto tenía de falso y de forzado, de autoritario, de jerárquico. Esta
es la cuestión: hacer explícitas las relaciones con el mundo que cada uno de
nosotros lleva consigo, y que hoy hay tendencia a esconder a volver
inconscientes, creyendo que de este modo desaparecen, cuando en realidad...
—Pero, ¿a quién quieres hacer posar?
—Venid mañana y empezaré a haceros fotos como digo yo.
—Dime, ¿qué te propones? —dijo Lydia con súbita
desconfianza. Sólo en ese momento, en el estudio instalado, veía que allí todo
tenía un aire siniestro, amenazador—. ¡Estás soñando si crees que vendremos a
hacerte de modelos!
Bice se rió burlona, pero al día siguiente volvió a casa
de Antonino, sola.
Llevaba un vestido de lino blanco, con bordados de colores
en los bordes de las mangas y de los bolsillos. Una raya le dividía el pelo
recogido sobre las sienes. Se reía un poco como con disimulo, inclinando la
cabeza hacia un lado. Mientras la hacía pasar, Antonino estudiaba en sus
gestos, entre remilgados e irónicos, cuáles eran los rasgos que definían su
verdadero carácter.
La hizo sentar en una gran butaca y metió la cabeza bajo
el paño negro que envolvía el aparato. Era una de esas cajas con la pared
posterior de vidrio, donde la imagen se refleja ya casi como en una placa,
espectral, un poco lechosa, separada de toda contingencia en el espacio y en el
tiempo. Antonino tuvo la impresión de que veía a Bice por primera vez. Había
una docilidad en la caída un poco pesada de los párpados, en el cuello tendido
hacia adelante, que prometía algo escondido, así como su sonrisa parecía
esconderse detrás del acto mismo de sonreír.
—Eso es, así, no, la cabeza más para allá, alza los ojos,
no, bájalos.
Antonino perseguía dentro de aquella caja algo de Bice que
de pronto le parecía preciosísimo, absoluto.
—Ahora te haces sombra, acércate más a la luz, no, antes
estaba mejor.
Había muchas fotografías posibles de Bice y muchas Bice
imposibles de fotografiar, pero lo que él buscaba era la fotografía única que
contuviera unas y otras.
—No te cojo —su voz salía ahogada y quejumbrosa de debajo
de la capa negra—, ya no, no lo consigo.
Se liberó del paño y se incorporó. Se había equivocado en
todo desde el principio. La expresión, el acento, el secreto que se creía a
punto de captar en el rostro de ella era algo que lo arrastraba a las arenas
movedizas de los estados de ánimo, de los humores, de la psicología: él también
era uno de los que persiguen la vida que huye, un cazador de lo inasible, como
los fotógrafos de instantáneas.
Debía seguir el camino opuesto: apuntar a un retrato de
superficie, manifiesto, unívoco, que no esquivara la apariencia convencional,
estereotipada, de la máscara. La máscara, por ser ante todo un producto social,
histórico, contiene más verdad que cualquier imagen que pretenda ser
«verdadera»; lleva consigo una cantidad de significados que se revelarán poco a
poco. ¿No era justamente con esta intención con la que Antonino había montado
ese estudio destartalado?
Observó a Bice. Tenía que partir de los elementos
exteriores de su aspecto. En la forma que tenía Bice de vestirse y de
arreglarse —pensó— se reconocía la intención entre nostálgica e irónica,
extendida en el gusto de aquellos tiempos, de remitirse a la moda de hacía
treinta años. La fotografía hubiera debido acentuar esa intención: ¿cómo no lo
había pensado?
Antonino fue a buscar una raqueta de tenis; Bice estaría
de pie, de tres cuartos, con la raqueta debajo del brazo y una expresión de
postal sentimental. A Antonino, desde debajo de la manta negra, la imagen de
Bice —en lo que tenía de esbelto y de adaptado a la pose, y en lo que tenía de
inadaptado y casi incongruente y que la pose acentuaba— le pareció muy
interesante. La hizo cambiar varias veces de posición, estudiando la geometría
de las piernas y de los brazos en relación con la raqueta y con un elemento de
fondo. (En la tarjeta ideal en que estaba pensando, debía figurar la red de la
cancha de tenis, pero no podía pretenderse demasiado y Antonino se contentó con
una mesa de ping pong.)
Pero todavía no se sentía en terreno seguro: ¿no estaba acaso
tratando de fotografiar recuerdos, más aún, vagos ecos de recuerdos que
afloraban en la memoria? Su negativa a vivir el presente como recuerdo futuro,
a la manera de los fotógrafos domingueros, ¿no lo llevaba a intentar una
operación igualmente irreal, es decir, a dar un cuerpo al recuerdo para
sustituir el presente que tenía delante de sus ojos?
—¡Muévete, qué haces ahí como un palo, alza la raqueta,
demonios! ¡Haz como si jugaras al tenis! —dijo de pronto furioso.
Había comprendido que sólo exasperando la pose se podía
alcanzar una extrañeidad objetiva; sólo fingiendo un movimiento interrumpido
por la mitad podía darse la impresión de lo detenido, de lo no viviente.
Bice se prestaba dócilmente a ejecutar sus órdenes aunque
resultaran imprecisas y contradictorias, con una pasividad que era también como
declararse fuera del juego, y sin embargo insinuando de alguna manera, en ese
juego que no era suyo, los movimientos imprevisibles de un misterioso partido.
Lo que Antonino esperaba ahora de Bice, al decirle que pusiera las piernas y
los brazos de esta forma y de aquélla, no era tanto la simple ejecución de un
programa como la respuesta de ella a la violencia que él le hacía con sus
requerimientos, una imprevisible, agresiva respuesta a la violencia a que
Antonino la sometía cada vez más.
Era como en los sueños, pensó Antonino contemplando
sepultada en la oscuridad a aquella tenista improbable que se filtraba en el
rectángulo de vidrio: como en los sueños, cuando una presencia venida de las
profundidades de la memoria se adelanta, se deja reconocer y de pronto se
transforma en algo desperado, en algo que aun antes de la transformación asusta
porque no se sabe en qué irá a transformarse.
¿Quería fotografiar los sueños? Esa sospecha lo hizo
enmudecer, escondido en su refugio de avestruz, la perilla del disparador en la
mano, como un idiota; y mientras tanto Bice, entregada a sí misma, continuaba
una especie de danza grotesca, inmovilizándose en exagerados gestos de tenista,
revés, drive, levantando en alto la raqueta o bajándola hasta el suelo, como si
la mirada que salía de aquel ojo de vidrio fuera la pelota que ella seguía
rechazando.
—Basta, ¿qué comedia es ésa? No era eso lo que yo quería
decir —y Antonino cubrió la máquina con el paño, empezó a pasearse por la
habitación.
La culpa de todo la tenía el vestido, con sus evocaciones
de tenis y preguerra... Era preciso reconocer que con vestido de calle una foto
como la que él quería no se podía hacer. Se necesitaba cierta solemnidad,
cierta pompa, como las fotos oficiales de las reinas. Sólo en traje de noche
Bice se convertiría en un tema fotográfico, con el escote que marca un límite
neto entre el blanco de la piel y lo oscuro de la tela, subrayado por el
centelleo de las joyas, un límite entre una esencia de mujer atemporal y casi
impersonal en su desnudez y la otra abstracción, social ésta, del vestido,
símbolo de un papel igualmente impersonal, como el drapeado de una estatua
alegórica.
Se acercó a Bice, empezó a desabotonarle el cuello, el
busto, a deslizarle el vestido por los hombros.
Se le habían ocurrido ciertas fotografías decimonónicas de
mujeres en las que del cartón blanco emerge el rostro, el cuello, la línea de
los hombros descubiertos, y todo lo demás se desvanece en el blanco.
Ese era el retrato fuera del espacio y del tiempo que
ahora quería: no sabía bien cómo, pero estaba decidido a conseguirlo. Situó el
reflector encima de Bice, acercó la máquina, se agitó bajo el paño para regular
la apertura del objetivo. Miró. Bice estaba desnuda.
El vestido se había deslizado hasta los pies; debajo no
llevaba nada; había dado un paso adelante; no, un paso atrás, que era como si
avanzara toda entera en el cuadro; estaba erguida, alta delante de la máquina,
tranquila, mirando hacia adelante, como si estuviera sola.
Antonino sintió que la visión de ella le entraba por los
ojos ocupaba todo el campo visual, lo sustraía al flujo de las imágenes
casuales y fragmentarias, concentraba tiempo y espacio en forma finita. Y como
si esta sorpresa de la visión y la impresión de la placa fueran dos reflejos
ligados entre sí, apretó en seguida el disparador, volvió a cargar la máquina,
disparó, puso otra placa, disparó, siguió cambiando placas y disparando,
mientras farfullaba, ahogado por el paño:
—Eso es, ahora sí, así está bien, eso es, otra vez, así
sales bien, otra vez.
No tenía más placas. Salió de debajo del paño. Estaba
contento. Delante de él, Bice, desnuda, esperaba.
—Ahora puedes taparte —dijo, eufórico pero ya con prisa—,
salgamos.
Ella lo miró desconcertada.
—Ahora sí que te he cogido —dijo Antonino.
Bice se echó a llorar.
Ese mismo día Antonino descubrió que se había enamorado de
ella. Se pusieron a vivir juntos y él compró los más modernos aparatos,
teleobjetivos, equipo perfeccionado, instaló un laboratorio. Tenía también
dispositivos para poder fotografiarla de noche mientras dormía. Bice se
despertaba con el flash, contrariada; Antonino seguía disparando instantáneas
de Bice despegándose del sueño, Bice enfadada con él, Bice tratando inútilmente
de volver a dormirse hundiendo la cara en la almohada, Bice reconciliándose,
Bice que reconocía como actos de amor esas violencias fotográficas.
En el laboratorio de Antonino, empavesado de películas y
pruebas, Bice se asomaba en todos los fotogramas como en la retícula de un
panal se asoman miles de abejas que son siempre la misma abeja: Bice en todas
las actitudes, escorzos, maneras, Bice en pose o fotografiada sin saberlo, una
identidad fragmentada en un polvillo de imágenes.
—Pero, ¿qué es esa obsesión con Bice? ¿No puedes
fotografiar otra cosa? —era la pregunta que escuchaba continuamente de los
amigos y también de ella.
—No se trata simplemente de Bice —contestaba—. Es una
cuestión de método. Cualquiera que sea la persona que decidas fotografiar, o la
cosa, has de seguir fotografiándola siempre y sólo a ella, a todas horas del
día y de la noche. La fotografía tiene un sentido únicamente si agota todas las
imágenes posibles.
Pero no decía lo que le interesaba por encima de todo:
atrapar a Bice por la calle cuando no sabía que él la veía, tenerla a tiro de
objetivos ocultos, fotografiarla no sólo sin dejarse ver sino sin verla,
sorprenderla tal como era en ausencia de su mirada, de cualquier mirada. No es
que quisiera descubrir algo en particular; no era celoso en el sentido
corriente de la palabra. La que quería poseer era una Bice invisible, una Bice
absolutamente sola, una Bice cuya presencia entrañase la ausencia de él y de todos
los demás.
Se definiera o no como celos, era en suma una pasión
difícil de soportar. Bice lo plantó.
Antonino se hundió en una crisis depresiva. Empezó a
llevar un diario: fotográfico, desde luego. Con la máquina colgada del cuello,
encerrado en la casa, hundido en una butaca, disparaba fotos compulsivamente
mirando el vacío. Fotografiaba la ausencia de Bice.
Recogía las fotos en un álbum: se veían ceniceros llenos
de colillas, una cama deshecha, una mancha de humedad en la pared. Se le
ocurrió la idea de componer un catálogo de todo lo que en el mundo es
refractario a la fotografía, de todo lo que queda sistemáticamente fuera del
campo visual, no sólo de las cámaras sino de los hombres. Se pasaba días con
cada tema, agotando rollos enteros, con intervalos de horas, para poder seguir
los cambios de la luz y de las sombras. Un día se detuvo en un ángulo de la
habitación completamente vacío, con una tubería de termosifón y nada más: tuvo
la tentación de seguir fotografiando aquel punto y sólo aquél hasta el fin de
sus días.
El apartamento estaba abandonado, papeles y viejos
periódicos arrugados cubrían el suelo, y él los fotografiaba. Las fotos de los
diarios también eran fotografiadas, y entre su objetivo y el del lejano
reportero gráfico se establecía un vínculo indirecto, para producir aquellas
manchas negras la lente de otros objetivos había enfocado cargas de la policía,
autos carbonizados, atletas corriendo, ministros, reos.
Antonino sentía ahora un particular placer en retratar los
objetos domésticos enmarcados en un mosaico de telefotos, violentas manchas de
tinta en el papel blanco. Desde su inmovilidad se sorprendió envidiando la vida
del reportero gráfico que se mueve siguiendo los impulsos de las multitudes, la
sangre vertida, las lágrimas, las fiestas, el delito, las convenciones de la
moda, la falsedad de las ceremonias oficiales; el reportero gráfico que
documenta los extremos de la sociedad, los más ricos y los más pobres, los
momentos excepcionales que se producen en todo momento en todas partes.
«¿Quiere decir que sólo el estado de excepción tiene un
sentido?», se preguntaba Antonino. «¿Es el reportero gráfico el verdadero
antagonista del fotógrafo dominical? ¿Se excluyen sus mundos? ¿O el uno da un
sentido al otro?», y reflexionando empezó a hacer pedazos las fotos con Bice o
sin Bice acumuladas en los meses de su pasión, a arrancar las ristras de
pruebas colgadas de las paredes, a cortajear el celuloide de los negativos, a
desarmar las diapositivas, y amontonaba los residuos de esa metódica destrucción
sobre los diarios desparramados en el suelo.
«Tal vez la verdadera fotografía total», pensó, «es un
montón de fragmentos de imágenes privadas, sobre el fondo ajado de las matanzas
y las coronaciones.»
Dobló los pedazos de periódico en un enorme bulto para
arrojarlo a la basura, pero antes quiso fotografiarlo. Dispuso los pedazos de
modo que se vieran bien dos mitades de fotos de diarios diferentes que en el
envoltorio se juntaban por casualidad. Más aún, abrió un poco el paquete para
que asomara un pedazo de cartón brillante de una ampliación rota. Encendió un
reflector, quería que en su foto pudieran reconocerse las imágenes medio
arrugadas y rotas y al mismo tiempo se sintiera su irrealidad de casuales
sombras de tinta, y al mismo tiempo también su concreción de objetos cargados
de significado, la fuerza con que se aferraban a la atención que trataba de
expulsarlos.
Para hacer entrar todo eso en una fotografía era preciso
adquirir una habilidad técnica extraordinaria, pero sólo entonces Antonino
podría dejar de hacer fotos. Agotadas todas las posibilidades, en el momento en
que el círculo se cerraba sobre sí mismo, Antonino comprendió que fotografiar
fotografías era el único camino que le quedaba, más aún, el verdadero camino
que oscuramente había buscado hasta entonces.
La aventura de un viajero
Federico V., que vivía en una ciudad de Italia
septentrional, estaba enamorado de Cinzia U., residente en Roma. Cada vez que
sus ocupaciones se lo permitían, tomaba el tren a la capital. Habituado a una
estricta economía de su tiempo, tanto en el trabajo como en el placer, viajaba
siempre de noche: había un tren, el último, poco frecuentado —salvo durante las
fiestas— y Federico podía tenderse en el asiento y dormir.
Los días de Federico en su ciudad transcurrían nerviosos,
como las horas del que espera la coincidencia entre dos trenes y, mientras
sigue con algunas de sus ocupaciones, tiene siempre presente el horario de
ferrocarriles. Pero cuando llegaba finalmente la noche de la partida, una vez
que había despachado todos sus compromisos y se encontraba con la bolsa de
viaje caminando hacia la estación, entonces empezaba a sentirse invadido por
una sensación de calma interior a pesar de su prisa para no perder el tren. Era
como si toda la actividad en torno a la estación —ahora en sus últimos
estertores, dada la hora— entrara en un movimiento natural del cual él formaba
parte. Todo parecía estar allí para secundarlo, para dar agilidad a sus pasos,
como el pavimento de goma de la estación, y aun los obstáculos, la espera con
los minutos contados en las últimas taquillas que quedaban abiertas, la
dificultad de cambiar un billete grande, la falta de cambio en el quiosco de
periódicos, parecían presentarse para que él tuviera el placer de salirles al
encuentro y de superarlos.
No es que mostrara nada de este estado de ánimo: hombre
discreto, no le gustaba distinguirse de tantos viajeros que llegaban o partían,
todos como él con abrigo y una bolsa en la mano, y sin embargo se sentía como
transportado por la cresta de una ola, porque corría hacia Cinzia.
La mano en el bolsillo del abrigo jugaba con una ficha
telefónica. A la mañana siguiente, apenas llegara a Roma Termini correría con
la ficha en la mano al teléfono público más cercano, marcaría el número, diría:
«Querida, acabo de llegar, sabes...». Y apretaba la ficha como si fuera un
objeto precioso, el único existente en el mundo, la única prueba tangible de lo
que le esperaba al llegar.
El viaje era caro y Federico no era rico. Si en un vagón
de segunda clase con asientos tapizados había compartimientos vacíos, Federico
tomaba el billete de segunda. Es decir, tomaba siempre el billete de segunda,
reservándose, si encontraba demasiada gente, la posibilidad de pasar a primera
pagando la diferencia al revisor. En esta operación disfrutaba del placer del
ahorro (incluso el precio de la primera clase, pagado en dos tiempos y con la
conciencia de que se trataba de un caso de fuerza mayor, le pesaba menos), de
la satisfacción de sacar partido de su propia experiencia, y de una sensación
de libertad y amplitud de gestos y de miras. Como les ocurre a veces a los
hombres cuya vida está más condicionada por los demás, más dispersa en lo
exterior, Federico tendía constantemente a defender su estado de concentración
interior, y en realidad le bastaba poquísimo: una habitación de hotel, un
compartimiento ferroviario enteramente para él, y el mundo se recomponía de
armonía con su vida, parecía creado expresamente para él, y las vías férreas
que recorrían la península construidas expresamente para llevarlo en triunfo
hacia Cinzia. Esa noche también la segunda estaba casi vacía. Todos los signos
le eran propicios.
Federico V. escogió un compartimiento vacío, no sobre las
ruedas pero tampoco demasiado cerca del centro del vagón, sabiendo que por lo
común el que sube de prisa al tren tiende a descartar los primeros
compartimientos. La defensa del lugar necesario para viajar acostado está hecha
de mínimos recursos psicológicos; Federico los conocía y los ponía todos en
acción.
Por ejemplo, corrió las cortinas de la puerta, gesto que
en ese momento podía parecer excesivo, pero que apuntaba justamente a un efecto
psicológico. Frente a las cortinas corridas, el viajero que llega siente casi
siempre un escrúpulo instintivo, y prefiere, si lo encuentra, un compartimiento
quizá ya con dos o tres personas, pero abierto. La bolsa, el abrigo, los
periódicos, Federico los desparramó en los asientos de enfrente y a su lado.
Otro procedimiento elemental, demasiado usado y aparentemente inútil pero que
también sirve. No es que quisiera hacer creer que esos lugares estaban
ocupados: semejante subterfugio hubiera sido contrario a su conciencia cívica y
a su carácter sincero. Le bastaba crear un rápida impresión de compartimiento
ocupado y poco atrayente, una simple y rápida impresión.
Se dejó caer en el asiento y lanzó un suspiro de alivio.
Había descubierto que el hallarse en un ambiente en el que cada cosa no podía
sino estar en su lugar, igual que siempre, anónima, sin posibles sorpresas, le
infundía calma, conciencia de sí mismo, libertad de pensamiento. Toda su vida
se dispersaba en el desorden, pero ahora encontraba el perfecto equilibrio
entre el impulso interno y la impasible neutralidad de las cosas.
Duraba un instante (si estaba en segunda; un minuto si
estaba en primera) y en seguida le asaltaba una angustia: la sordidez del
compartimiento, el terciopelo gastado aquí y allá, la sospecha de que hubiera
polvo a su alrededor, la raída trama de las cortinas de los vagones anticuados,
le transmitían una sensación de tristeza, el disgusto de pensar que dormiría
vestido, en un camastro que no era suyo, sin confianza posible con lo que
tocaba. Pero en seguida recordaba por qué estaba de viaje, y volvía a sentirse
presa de aquel ritmo natural, como de mar o de viento, aquel ímpetu jocoso y
ligero; le bastaba buscarlo dentro de sí, cerrando los ojos o apretando en la
mano la ficha del teléfono, y la impresión de sordidez era vencida, él estaba
solo frente a la aventura de su viaje.
Pero algo le faltaba todavía: ¿qué era? Oyó entonces la
voz de bajo que se acercaba por el andén:
—¡Cojines! —y ya se había levantado, bajaba el vidrio,
adelantaba la mano con las dos monedas de cien, gritaba:
—¡Aquí, uno!
El hombre de los cojines era el que daba la señal de
partida de su viaje.
Pasaba al pie de las ventanillas un minuto antes de partir
empujando el carrito con los almohadones colgados: era un viejo de alta
estatura, flaco, de bigotes blancos y grandes manos, de dedos largos y gruesos,
manos que inspiraban confianza. Vestía todo de negro: gorra militar, uniforme,
capote, bufanda ajustada en torno al cuello. Un tipo de la época del rey
Umberto; algo así como un viejo coronel o solamente un fidelísimo furriel. O si
no un cartero, un viejo cartero rural: con sus grandes manos, cuando tendía a
Federico la almohada flaca sujetándola con la punta de los dedos, parecía
entregarle una carta o que quisiera deslizarla por el buzón de la ventanilla.
La almohada estaba ahora entre los brazos de Federico, cuadrada, plana,
exactamente como un sobre, y además cargado de sellos, era la carta cotidiana a
Cinzia que partía también aquella noche, y en el lugar de la página de
escritura ansiosa, Federico en persona era el que tomaba el camino invisible
del correo nocturno, por mano del viejo cartero invernal, última encarnación
del septentrión racional y disciplinado antes de aventurarse en las
incontrolables pasiones del Centro-Sur.
Pero al fin y al cabo, sobre todo, era una almohada, es
decir, un objeto blando (aunque aplastado y compacto) y blanco (si bien
constelado de sellos), salido del autoclave. Contenía en sí, como un signo
ideográfico encierra un concepto, la idea de la cama, de la pereza, de la
intimidad, y Federico pregustaba ya la isla de frescura que sería para él, por
la noche, entre aquellos sospechosos y ásperos terciopelos. No sólo eso: el
exiguo rectángulo de comodidad prefiguraba otras formas de comodidad, otras intimidades,
otras dulzuras, para cuyo disfrute iniciaba el viaje; más aún, el hecho mismo
de iniciar el viaje y de alquilar la almohada era ya una manera de
disfrutarlas, de entrar en la dimensión donde reinaba Cinzia, en el círculo
cerrado por sus suaves brazos.
Y con un movimiento amoroso, de caricia, empezaba el tren
avanzar entre los pilastres de las marquesinas, serpenteaba por los espacios
abiertos de los desvíos, se lanzaba a la oscuridad y se convertía en el ímpetu
mismo que Federico había sentido hasta entonces dentro de sí. Y como si al
liberarse de su ímpetu en la marcha del tren se volviera más ligero, se puso a
acompañar el ritmo canturreando el tema de una canción que aquel ritmo le
recordaba: «J'ai deux amours... Mon pays et Parts... París toujours...»
Entró un señor, Federico calló.
—¿Está libre?
Se sentó. Federico ya había hecho mentalmente un rápido
cálculo: a decir verdad, si uno quiere viajar acostado es mejor que sean dos en
el compartimiento: uno se tiende a un lado, el otro al otro, y nadie se atreve
a molestar; en cambio, si queda libre medio compartimiento, cuando menos te lo
esperas sube una familia de seis personas, con niños, que va a Siracusa, y
estás obligado a levantarte. Federico sabía pues muy bien que lo más atinado en
un tren con pocos viajeros era instalarse no en un compartimiento vacío, sino
en uno donde ya hubiera un viajero. Pero no lo hacía nunca: prefería jugar la
carta de la soledad total, y cuando sin haberlo decidido él le tocaba un
compañero de viaje, siempre podía consolarse con las ventajas de la nueva
situación.
Es lo que hizo.
—¿Va usted a Roma? —preguntó al recién llegado, para poder
añadir: «Bueno, entonces corramos las cortinas, apaguemos la luz y no dejemos
entrar a nadie más». En cambio el otro respondió:
—No. A Génova.
Excelente que bajara en Génova y dejase a Federico de
nuevo solo, pero en un viaje de pocas horas no se acostaría, probablemente
permanecería despierto, no dejaría apagar la luz, otra gente podría entrar en
las estaciones intermedias. Federico tenía así las desventajas del viaje en
compañía sin las relativas ventajas.
Pero no se detuvo en esto. Su fuerza siempre había
consistido en expulsar del área de sus pensamientos todo aspecto de la realidad
que lo perturbara o que no le sirviese. Borró al hombre sentado en el ángulo
opuesto al suyo hasta reducirlo a una sombra, una mancha gris. Los periódicos
que ambos desplegaban contribuían a la impermeabilidad recíproca. Federico
podía seguir dejándose llevar por su vuelo amoroso. «París toujours...» Nadie
podía imaginar que desde el sórdido escenario de idas y venidas nacidas de la
necesidad y de la paciencia, estuviera volando entre los brazos de una mujer
como Cinzia U. Y para alimentar ese orgullo, Federico sintió la necesidad de
examinar a su compañero de viaje (a quien hasta ese momento ni siquiera había
mirado) para confrontar —con la crueldad del nuevo rico— la propia condición
afortunada con la grisalla de la existencia ajena.
Sin embargo, el desconocido estaba lejos de parecer un
pobre hombre. Era todavía joven, robusto, carnoso; con aire satisfecho y activo
leía un periódico de deportes, tenía a su lado una gran bolsa: en suma, el
aspecto del representante de una firma cualquiera, un inspector comercial. A
Federico V. le asaltó por un instante la envidia que siempre le habían
inspirado las personas de aspecto más práctico y vital que el suyo; pero fue
una impresión instantánea que borró en seguida pensando: «Este viaja como representante
de artículos de quincallería o pintura, en cambio yo...», y le volvió el deseo
de cantar, en un desahogo de euforia y de vacío de ideas, «Je voyage en
amour!», moduló mentalmente, con aquel ritmo de antes que encontraba acorde con
la marcha del tren, adaptándole palabras inventadas a propósito para hacer
rabiar al representante, si lo hubiera oído, «Je voyage en volupté!»,
enfatizando lo más que podía los arrebatos y las languideces del tema, «Je
voyage toujours... l'hiver et l'été...». Siguió exaltándose cada vez más,
«l'hiver et... l'eté!», hasta el punto de que en sus labios debió de asomar una
sonrisa de absoluto bienestar mental. En ese momento se dio cuenta de que el
representante lo miraba fijo.
Se recompuso, se concentró en la lectura de los diarios,
negándose incluso a sí mismo que hubiera conocido un segundo antes un estado de
ánimo tan pueril. ¿Y por qué pueril? No había nada de pueril: el viaje lo ponía
en una situación espiritual favorable, en un estado propio del hombre maduro,
del hombre que conoce lo bueno y lo malo de la vida y ahora se prepara a
disfrutar, merecidamente, de lo bueno. Tranquilo, con la conciencia en paz,
perfecta, hojeaba los semanarios ilustrados, imágenes fragmentadas de una vida
veloz, exaltada, en la que buscaba algo de aquello que también a él le movía.
Pronto descubrió que los semanarios no le interesaban nada, meras huellas de la
inmediatez, de la vida que se desliza en la superficie. Por cielos mucho más
altos navegaba su impaciencia. «L'hiver et... l'été!» Ya era hora de dormir.
Tuvo una satisfacción inesperada: el representante se
había dormido sentado, sin cambiar de posición, con el diario sobre las
rodillas.
Federico consideraba a las personas capaces de dormir
sentadas con un sentimiento de extrañeza que ni siquiera llegaba a ser envidia:
para él, dormirse en el tren presuponía un procedimiento laborioso, un ritual
minucioso pero justamente también en esto residía el arduo placer de sus
viajes.
En primer lugar debía cambiarse los pantalones buenos por
otros usados, para no llegar todo arrugado. La operación debía llevarse a cabo
en el lavabo; pero antes —para tener mayor libertad de movimientos— era mejor
sustituir los zapatos por pantuflas. Federico sacó de la bolsa los pantalones
viejos, el sobre de las pantuflas, se quitó los zapatos, se calzó las
pantuflas, escondió los zapatos debajo del asiento, fue al lavabo a cambiarse
los pantalones. «Je voyage toujours!» Volvió, acomodó los pantalones buenos en
la red de manera que no perdieran la raya. «Tralala la-la!» Puso el cojín en la
punta del asiento, del lado del pasillo, porque, si la puerta se abría
bruscamente, era mejor oírla sobre su cabeza, en lugar de sufrir el choque
visual de repente al abrir los ojos. «Du voyage, je sais tout!» En la otra
punta del asiento puso un diario, porque no se acostaba descalzo sino en
pantuflas. De un gancho que había del lado del cojín colgó la chaqueta y en un
bolsillo de la chaqueta puso el monedero y la pinza del dinero, que si dejaba
en el bolsillo de los pantalones se le clavaría en la cadera. En cambio guardó
el billete de tren en el bolsillito bajo el cinturón. «Je sais bien voyager...»
Se quitó el jersey bueno para no ajarlo, y se puso un jersey viejo; en cambio
la camisa se la cambiaría al día siguiente. El representante, que se había
despertado cuando Federico volvió al compartimiento, seguía sus movimientos
como si no entendiera bien lo que sucedía. «Jusqu'a mon amour...» Se quitó la
corbata y la colgó, sacó las ballenitas del cuello de la camisa y las puso en
un bolsillo de la chaqueta, junto con el dinero, «...j'arrive avec le train!»
Se quitó los tirantes (como todos los hombres fieles a una elegancia no
exterior, usaba tirantes) y las ligas; se soltó el botón más alto del pantalón
para que no le apretase el estómago. «Tralala la-la!» Encima del jersey no
volvió a ponerse la chaqueta sino el abrigo, después de haber aligerado los
bolsillos de las llaves de casa; en cambio guardó la preciosa ficha telefónica,
con el mismo fetichismo conmovedor con que los niños ponen el juguete favorito
debajo de la almohada. Se abotonó completamente el abrigo, levantó las solapas;
con un poco de atención era capaz de dormir con él puesto sin que se marcara
una arruga. «Maintenant voila!» Dormir en el tren quería decir despertarse con
la cabeza hirsuta y encontrarse quizás en la estación sin haber tenido siquiera
el tiempo de pasarse un peine, razón por la cual se encasquetó una boina. «Je
suis prêt, alors!» Se balanceó en el compartimiento con el abrigo puesto que,
sin la chaqueta, le colgaba como una vestidura sacerdotal, corrió las cortinas
de la puerta estirándolas hasta alcanzar con los ojales de cuero los botones
metálicos. Hizo un gesto hacia el compañero de viaje como pidiéndole permiso
para apagar la luz: el representante dormía. Apagó: en la penumbra azul de la
lamparita nocturna hizo todavía un movimiento para correr las cortinas de la
ventanilla ya que dejaba siempre una rendija: le gustaba que le llegara por la
mañana un rayo de sol. Una operación más: dar cuerda al reloj. Ya está, podía
acostarse. De un salto se tendió horizontalmente en el asiento, de lado, el
abrigo estirado, las piernas dentro, flexionadas, las manos en los bolsillos,
la ficha telefónica en la mano, los pies —siempre en pantuflas— sobre el
periódico, la nariz en la almohada, la boina sobre los ojos. Así, aflojando
conscientemente toda su febril actividad interior, dejándose llevar vagamente
hacia el día siguiente, se dormiría.
La brusca irrupción del revisor (abría la puerta de golpe
y con mano segura soltaba de un solo gesto las dos cortinas mientras levantaba
la otra mano para encender la luz) estaba prevista. Sin embargo, Federico
prefería no esperarlo: si llegaba antes de que él hubiera concillado el sueño,
bien; si el primer sueño había empezado ya, una aparición habitual y anónima
como la del revisor lo interrumpía apenas unos pocos segundos, así como el que
duerme en el campo se despierta con el chillido de un pájaro nocturno pero
después se vuelve del otro lado y es como si no se hubiera despertado. Federico
tenía listo el billete en el bolsillito y lo tendía sin levantarse, casi sin
abrir los ojos, y dejaba la mano abierta hasta que lo sentía entre los dedos;
volvía a meterlo en el bolsillito y hubiera reanudado en seguida el sueño de no
ser que le tocaba cumplir una operación que anulaba todo su esfuerzo previo de
inmovilidad: es decir, levantarse para volver a abrochar las cortinas. Esta vez
estaba todavía despierto, y el control duró un poco más de lo acostumbrado
porque el representante, que dormía profundamente, tardó en despabilarse, en
encontrar el billete. «No tiene mi rapidez de reflejos», pensó Federico y
aprovechó para abrumarlo con nuevas variantes de su canción imaginaria. «Je
voyage l'amour...», moduló. La idea de usar transitivamente el verbo voyager le
dio ese sentimiento de plenitud que dan las intuiciones poéticas por mínimas
que sean, y la satisfacción de haber encontrado finalmente una expresión adecuada
para su estado de ánimo. «Je voyage amour! Je voyage liberté! Jour et nuit je
cours... par les chemins-de-fer...»
El compartimiento estaba de nuevo a oscuras. El tren
masticaba su camino invisible. ¿Podía Federico pedir más a la vida? De
semejante beatitud al sueño el paso es corto. Federico se durmió como si se
hundiera en un pozo de plumas. Cinco o seis minutos solamente: después se
despertó. Tenía calor, estaba todo sudado. En los vagones había calefacción, el
otoño estaba ya adelantado pero él, con el recuerdo del frío que había sentido
en su último viaje, había decidido acostarse con el abrigo puesto. Se levantó, se
lo quitó, se lo echó encima como una manta, dejando libres los hombros y el
pecho, pero siempre tratando de hacerlo caer de modo que no formara arrugas
antiestéticas. Se volvió del otro lado. El sudor había despertado en su cuerpo
un hormigueo. Se desabotonó la camisa, se rascó el pecho, se rascó una pierna.
La incomodidad de su cuerpo le evocaba ideas de libertad física, de mar, de
desnudez, de natación, de carreras, y todo culminaba en el abrazo de Cinzia,
suma de todo lo bueno de la existencia. Y en el duermevela, no distinguía ya
siquiera las molestias presentes del bien soñado, lo tenía todo a un tiempo, se
regodeaba en un malestar que presuponía y casi contenía en sí todo bienestar
posible. Volvió a dormirse.
Los altavoces de las estaciones que cada tanto lo
despertaban, no son tan absolutamente desagradables como muchos suponen.
Despertarse y saber en seguida dónde se encuentra uno abre dos posibilidades de
satisfacción diferentes: la de pensar, si es una estación más avanzada de lo
que se creía: «¡Cuánto he dormido! ¡Este viaje lo hago sin darme cuenta!», y si
en cambio es una estación más atrás: «Bueno, todavía tengo tiempo suficiente
para volver a dormirme y continuar el sueño sin preocupaciones». En ese momento
se encontraba en el segundo caso. El representante seguía allí, ahora dormía
tendido también él, con un ronquido suave. Federico seguía teniendo calor. Se
levantó medio dormido, buscó a tientas el regulador de la calefacción
eléctrica, lo encontró en la pared opuesta a la suya, justo sobre la cabeza del
compañero de viaje, adelantó las manos manteniéndose en equilibrio sobre un
solo pie porque se le había deslizado una pantufla, giró rabioso Ia manivela
poniéndola en el «mínimo». El representante debió de abrir los ojos en ese
momento y ver la mano encogida sobre su cabeza: hipó, tragó saliva y volvió a
caer en lo indistinto. Federico se echó sobre su camastro, el regulador
eléctrico produjo un zumbido, se encendió una lamparita roja como si intentara
una explicación, una conversación. Federico esperó impaciente que el calor
disminuyera, se levantó para bajar apenas la ventanilla y después, como el tren
corría a toda velocidad, tuvo frío y volvió a cerrarla, giró un poco el
regulador hacia «automático». Con la cara apoyada en la amorosa almohada,
estuvo escuchando un momento los ronquidos del regulador como misteriosos
mensajes de mundos ultraterrenos. El tren recorría la tierra coronada de
espacios interminables y en todo el universo él y sólo él era el hombre que
corría hacia Cinzia U.
El despertar siguiente fue el grito de un vendedor de café
de la Estación Príncipe. El representante había desaparecido. Federico reparó
cuidadosamente las fallas de su muro de cortinas y se quedó escuchando con
aprensión los pasos que se acercaban por el pasillo, cada puerta que corría.
No, no entró nadie. Pero en Génova-Brignole una mano se abrió camino, se agitó
en el aire, trató de soltar las cortinas, no lo consiguió, apareció una forma
humana a gatas, gritó en dialecto hacia el pasillo:
—¡Aquí, muchachos! ¡Este está vacío! —Le respondieron unos
pasos pesados, de zapatones, voces rotas y cuatro soldados alpinos entraron en
la oscuridad del compartimiento y estuvieron por sentarse encima de Federico.
Mientras se inclinaban sobre él como si fuera un animal
desconocido:
—¡Oh! ¿Quién está aquí? —él se incorporó de golpe
apoyándose en los brazos y atacó:
—Pero, ¿no hay otros compartimentos vacíos?
—No, están todos llenos —contestaron—, pero nos quedamdos
de este lado, no se moleste.
Se hubiera dicho que estaban intimidados, pero en realidad
acostumbrados a los modos bruscos, nada les ofendía; se dejaron caer
estrepitosamente sobre los asientos.
—¿Vais lejos? —preguntó Federico, un poco calmado, desde
su almohada. No, bajaban en una de las primeras estaciones.
—Y usted ¿adonde va?
—A Roma.
—¡Madre mía! ¡A Roma! —El tono de asombro compasivo se
transformó, en el corazón de Federico, en un movimiento de heroico orgullo.
Así continuó el viaje.
—¿Queréis apagar la luz?
Apagaron y se quedaron en la oscuridad, sin rostro,
ruidosos, voluminosos, hombro contra hombro. Uno levanta la cortina de la
ventanilla y mira hacia afuera: la noche es clara, Federico acostado ve sólo el
cielo y de vez en cuando la hilera de lámparas de una pequeña estación que lo
deslumbran y proyectan un abanico de sombras en el techo. Los soldados alpinos
son campesinos toscos, vuelven a sus casas de permiso, no paran de hablar
fuerte y de interpelarse, y a veces en la oscuridad se largan manotazos y puñetazos,
salvo uno que duerme y otro que tose. Hablan un dialecto oscuro, Federico pesca
de vez en cuando una palabra, asuntos de cuartel, de burdel. Quién sabe por
qué, sentía que no los odiaba. Ahora estaba con ellos, era casi uno de ellos, y
se compenetraba con ellos por el placer de pensar que al día siguiente estaría
al lado de Cinzia U., y de sentir el vértigo del brusco cambio de destino. Pero
esto no porque se sintiera superior, como con el desconocido de antes; ahora
estaba oscuramente de parte de ellos, e investido por ellos, que no lo sabían,
iba hacia Cinzia; todo lo que parecía más ajeno a Cinzia era lo que daba valor
a ese sentimiento de que él era el dueño de Cinzia. A Federico se le ha dormido
un brazo. Lo levanta, lo sacude, el hormigueo no pasa, se transforma en dolor,
el dolor en lento bienestar y hace girar el brazo contraído en el aire. Los
cuatro soldados alpinos lo miran con la boca abierta.
—¿Qué bicho le ha picado?... Está soñando... Pero qué
hace... —Después, con la inconsecuencia de los jóvenes, empiezan a hacerse
bromas.
Federico trata de reactivar la circulación de una pierna,
apoyando un pie en el suelo y pisando fuerte.
Entre duermevela y bullicio pasó una hora. Y él no se
sentía enemigo de los soldados; tal vez no era enemigo de nadie; tal vez se
había convertido en un hombre bueno. No los odió ni siquiera cuando, poco antes
de llegar a la estación donde se apeaban, salieron dejando abierta la puerta y
descorridas las cortinas. Se levantó, volvió a atrincherarse, a gustar el
placer de la soledad, pero sin rencor hacia nadie.
Ahora tenía frío en las piernas. Metió los bajos del
pantalón dentro de los calcetines, pero seguía teniendo frío. Se envolvió las
piernas con el abrigo. Ahora tenía frío en el estómago y en los hombros. Puso
el regulador casi en el «máximo», se tapó de nuevo, hizo como si no advirtiera
que el abrigo formaba unas arrugas debajo del cuerpo, en ese momento estaba
dispuesto a renunciar a todo en favor de su bienestar inmediato, la conciencia
de ser bueno con el prójimo lo inducía a ser bueno consigo mismo y, en esa
indulgencia general, a reencontrar las vías del sueño.
A partir de ese momento, se despertó con intermitencias,
mecánicamente. Las entradas del revisor, con el gesto seguro con que corría las
cortinas, se distinguían bien de las inciertas tentativas de los viajeros
nocturnos que subían en una estación intermedia y se desconcertaban al
encontrar una serie de compartimientos con las cortinas corridas. Igualmente
profesional, pero más brusco y tétrico, se asomaba el agente de policía que
encendía de golpe la luz en la cara del durmiente, lo examinaba, apagaba y se
iba en silencio, dejando tras de sí una corriente de aire de prisión.
Después, en una estación cualquiera sepulta en la noche,
entró un hombre. Federico lo advirtió cuando ya se había acurrucado en un
rincón, y por el olor a mojado que daba el capote comprendió que afuera estaba
lloviendo. Cuando volvió a despertarse el hombre había desaparecido vaya a
saber en qué otra estación invisible, y sólo había sido para él una sombra con
olor a lluvia y una respiración pesada.
Sintió frío; hizo girar el regulador hasta el «máximo»,
después metió la mano debajo de los asientos para ver si el calor aumentaba. No
se sentía nada; agitó la mano allí debajo; parecía que todo estaba apagado.
Volvió a ponerse el abrigo, después se lo quitó, buscó el jersey bueno, se
quitó el jersey viejo, se puso el bueno, volvió a ponerse encima el viejo, se
puso de nuevo el abrigo, se encogió y trató de recuperar la sensación de
plenitud que antes lo había llevado al sueño y no conseguía recordar nada, y
cuando le volvió a la memoria la canción ya se había dormido y el ritmo
continuó meciéndolo triunfalmente en el sueño.
La primera luz de la mañana entró por las rendijas como el
grito «¡café caliente!» y «¡diarios!» de una estación quizá todavía del final
de la Toscana o de los comienzos del Lazio. No llovía, al otro lado de los
cristales mojados el cielo ostentaba su ya meridional indiferencia al otoño. El
deseo de algo caliente y también el automatismo del hombre de ciudad que inicia
su mañana recorriendo los periódicos actuaron sobre los reflejos de Federico y
sintió que hubiera debido precipitarse a la ventanilla para comprar el café o
el diario o las dos cosas. Pero logró convencerse tan bien de que todavía
estaba dormido y de que no había oído nada que esa persuasión siguió
funcionando inclusive cuando invadió el compartimiento la gente de
Civitavecchia que suele tomar los trenes matutinos hacia Roma. Y la mejor parte
de su sueño, la de las primeras horas del día, transcurrió casi sin
interrupción.
Cuando se despertó de verdad, le cegó la luz que entraba
por todos los cristales ya sin cortinas. En el asiento de enfrente había una
hilera de personas que le parecieron muchas más de las que cabían, y en
realidad había también un niño sobre las rodillas de una mujer gorda, y un
hombre sentado en su mismo asiento, en el lugar que dejaban libre sus piernas
dobladas. Los hombres tenían caras distintas pero todas con algo vagamente
ministerial, más la única variante posible de un oficial de aviación con el uniforme
cargado de condecoraciones; y se veía que incluso las mujeres iban a
encontrarse con parientes funcionarios de algún ministerio, o bien era toda
gente que viajaba a Roma para hacer gestiones burocráticas propias o ajenas. Y
todos, algunos alzando los ojos del diario II Tempo, observaban a Federico
quien, tendido a la altura de las rodillas de ellos, informe, empaquetado en el
abrigo, sin pies, como una foca, se iba despegando de la almohada manchada de
saliva, y, despeinado, la boina cubriéndole la coronilla, una mejilla marcada
por los pliegues de la funda, se levantaba, se estiraba con movimientos
informes, de foca, e iba recuperando el uso de las piernas y se calzaba las
pantuflas equivocándose de pie, y ahora se desabrochaba y rascaba debajo de los
jerseys superpuestos y la camisa ajada, y deslizaba sobre ellos sus ojos
todavía legañosos y sonreía.
Por las ventanillas se veía desplegarse la anchura del
campo romano. Federico permaneció un instante con las manos sobre las rodillas,
sonriendo siempre, después con un gesto pidió permiso para tomar el diario que
tenía sobre el regazo el pasajero de enfrente. Recorrió los titulares, tuvo
como siempre la impresión de estar en un país remoto, miró olímpico los arcos
de los acueductos que se sucedían al otro lado de la ventanilla, devolvió el
periódico, se levantó a buscar en la bolsa el neceser.
En la estación Termini el primero en saltar del vagón,
fresco como una rosa, era él. En la mano apretaba la ficha telefónica. En los
nichos entre las pilastras y los puestos, los teléfonos grises le aperaban sólo
a él. Metió la ficha, marcó el número, escuchó con eI corazón palpitante el
timbre lejano, oyó el «Dígame...» de Cinzia que emergía todavía oloroso de
sueño y de suave tibieza, y él estaba ya en la tensión de los días que pasarían
juntos, en la lanosa guerra de las horas, y comprendió que nunca lograría
decirle nada de lo que había sido para él esa noche que ya se le iba
desvaneciendo, como toda perfecta noche de amor, ante la cruel irrupción de los
días.
La aventura de un lector
En el cabo la carretera del litoral pasaba por la parte
más alta; abajo, en el fondo del acantilado y todo alrededor, el mar se
extendía hasta el horizonte alto y esfumado. También el sol estaba en todas
partes, como si el cielo y el mar fueran dos lentes de aumento. Allá abajo,
contra la melladura irregular de los escollos del cabo, el agua batía
tranquila, sin espuma. Amedeo Oliva bajó por una rampa de peldaños empinados
con la bicicleta al hombro y la dejó en un lugar a la sombra, después de poner
la cadena antirrobo. Siguió bajando la escalerilla entre desmoronamientos de
tierra amarilla y seca y agaves suspendidos en el vacío, e iba buscando con la
mirada el pliegue rocoso más cómodo para tenderse. Llevaba bajo el brazo una
toalla enrollada y en medio de la toalla, el bañador y un libro.
El cabo era un lugar solitario: unos pocos grupos de
bañistas se zambullían o tomaban el sol escondidos unos de otros por las
anfractuosidades del terreno. Entre dos rocas que lo ocultaban a la vista,
Amedeo se desvistió, se puso el bañador y empezó a saltar de una cresta a otra
de los escollos. Atravesó así, brincando con sus piernas flacas, la mitad de la
escollera, por momentos volando casi sobre las narices de parejas de bañistas
semiocultas, tendidas sobre toallas de baño. Después de un bloque de arenisca,
de superficie porosa e irregular, empezaban los escollos lisos, de contornos
redondeados; Amedeo se quitó las sandalias y llevándolas en la mano siguió
corriendo descalzo, con la seguridad del que sabe calcular a ojo las distancias
entre roca y roca y tiene unos pies cuyas plantas no le temen a nada. Llegó a
un lugar donde la pared rocosa caía a pico sobre el mar: la pared estaba
atravesada a media altura por una especie de escalón. Allí Amedeo se detuvo.
Sobre un saliente plano acomodó su ropa bien doblada, y encima puso las
sandalias con la suela hacia arriba, para que una ráfaga de viento no se lo
llevara todo (en realidad apenas soplaba una ligerísima brisa del mar, pero ese
gesto de precaución debía de ser habitual en él). Llevaba consigo una bolsita
que era un cojín de goma; sopló hasta inflarlo, lo apoyó en un punto, y desde
allí hacia abajo, en un tramo del borde rocoso en ligero descenso, tendió la
toalla. Se dejó caer boca arriba y ya abría con las manos el libro en la página
señalada. Así pasó largo rato tendido en la roca, bajo el sol que reververaba
por todas partes, la piel seca (tenía el bronceado opaco, irregular, de quien
toma el sol sin método pero es resistente a las quemaduras), apoyó en el cojín
de goma la cabeza cubierta con una gorra de tela blanca, mojada (sí: había
bajado hasta un escollo al nivel del agua para empaparla), inmóvil, sólo los
ojos (invisibles detrás de las gafas oscuras) seguían por las líneas blancas y
negras el caballo de Fabrizio del Dongo. A sus pies se abría una pequeña cala
de agua verdeazul, transparente casi hasta el fondo. Los escollos, según la
exposición, eran de un blanco calcinado o estaban cubiertos de algas. En el
fondo había una playita de guijarros. Cada tanto Amedeo alzaba los ojos hacia
el espectáculo circundante, los posaba en un centelleo de la superficie y en la
marcha oblicua de un cangrejo; después volvía absorto a la página donde
Raskolnikof contaba los peldaños que lo separaban de la puerta de la vieja o
Lucien de Rubempré, antes de meter la cabeza en el nudo corredizo, contemplaba
las torres y los techos de la Conciergerie.
Desde hacía un tiempo Amedeo tendía a reducir al mínimo su
participación en la vida activa. No es que no le gustara la acción; más aún,
del gusto por la acción se alimentaban todo su carácter y sus preferencias; y
sin embargo, de año en año, el furor de ser él quien actuaba iba disminuyendo,
disminuyendo tanto que era como para preguntarse si alguna vez lo había sentido
realmente. No obstante, el interés por la acción sobrevivía en el placer de la
lectura: su pasión eran siempre las narraciones de hechos, las historias, la
trama de las vicisitudes humanas. Novelas del siglo XIX, ante todo, pero
también memorias y biógrafías y así sucesivamente hasta llegar a las novelas
policíacas y a la ciencia ficción, que no desdeñaba pero que le daban menos
satisfacción aunque sólo fuera porque eran libritos breves: a Amedeo le
gustaban los volúmenes gruesos y sentía al abordarlos el placer físico que da
hacer frente a un gran esfuerzo. Sopesarlos en la mano, apretados, espesos,
sólidos, observar con un poco de aprensión el número de páginas, la vastedad de
los capítulos; después entrar en ellos: un poco reticente al principio, sin
ganas de hacer el primer esfuerzo de recordar los nombres, de seguir el hilo de
la historia; después confiar en ellos, deslizándose por los renglones,
atravesando el enrejado de la página uniforme, y más allá de los caracteres de
plomo aparecía entonces la llama y el fuego de la batalla y la bala que
silbando en el cielo caía a los pies del príncipe Adrei, ahora es la tienda
atestada de estampas, de estatuas y Frédéric Moreau palpitante hacía su
aparición en casa de los Arnoux. Más allá de la superficie de la página se
entraba en un mundo en el que la vida, antes era más vida que la de aquí, de
este lado: como la superficie del mar que nos separa del mundo azul y verde,
grietas hasta perderse de vista, extensiones de fina arena ondulada, seres
mitad animales mitad plantas.
El sol era ardiente, el escollo quemaba y al cabo de un
momento Amedeo se sentía uno con la roca. Llegaba al final del capítulo,
cerraba el libro poniendo como señal el folleto publicitario, se quitaba la
gorra de tela y las gafas, se ponía de pie medio atontado, y con grandes saltos
llegaba a la punta extrema del escollo donde a toda hora un grupo de chiquillos
se zambullía y volvía a trepar. Amedeo se erguía en un peldaño a pico sobre el
mar, no demasiado alto, a un par de metros del agua, contemplaba con ojos
todavía deslumbrados la transparencia luminosa que se extendía bajo sus pies y
de golpe se tiraba. Su zambullida era siempre igual, de pez, bastante correcta,
pero con cierta rigidez. El paso del aire asoleado al agua tibia habría sido
casi imperceptible si no fuese brusco. No reaparecía en seguida, le gustaba
nadar debajo del agua, cada vez más hondo, rozando casi el fondo, hasta
faltarle la respiración. Le daba mucho placer el esfuerzo físico, imponerse
tareas difíciles (por eso iba a leer su libro en el cabo, al que subía en
bicicleta, pedaleando furiosamente bajo el sol meridiano): nadando bajo el
agua, trataba siempre de llegar a una pared de roca que emergía en cierto lugar
de la arena del fondo, cubierta de un espeso matorral de hierbas marinas.
Volvía a la superficie entre esas rocas y nadaba un poco alrededor; empezaba
practicando el crawl con método, pero gastando más fuerzas de lo necesario; en
seguida, cansado de tener la nariz metida en el agua como un ciego, pasaba a
una brazada más libre, «marinera»; la vista le daba más satisfacción que el
movimiento, y poco después de la «marinera» pasaba a nadar de espaldas, cada
vez de manera más irregular y con interrupciones, hasta detenerse para hacer el
muerto. Giraba y se revolvía en aquel mar como en un lecho sin orillas, y se
proponía como objetivo o bien llegar a un islote, o bien dar algunas brazadas,
y no cejaba hasta no llevar a buen término su propósito; unas veces se dejaba
estar indolentemente, otras avanzaba hacia mar abierto deseoso de tener el
cielo y el agua a su alrededor, a veces volvía a acercarse a los escollos que
emergían alrededor del cabo para no perder ninguno de los itinerarios posibles
del pequeño archipiélago. Pero mientras nadaba se daba cuenta de que la
curiosidad que iba creciendo en él era la de conocer la continuación —pongamos—
de la historia de Albertine. ¿La encontraría o no Marcel? Nadaba furiosamente o
hacía el muerto, pero su corazón estaba entre las páginas del libro que había
dejado en la orilla. Entonces, con rápidas brazadas alcanzaba su escollo,
buscaba el punto donde se treparía, y así casi sin darse cuenta se encontraba
arriba, frotándose los hombros con la toalla de esponja. Volvía a encasquetarse
la gorra de tela, se tendía de nuevo al sol y comenzaba el nuevo capítulo.
No era sin embargo un lector apresurado, famélico. Había
llegado a la edad en que la segunda, la tercera o la cuarta lectura dan más
placer que la primera. Y sin embargo, le quedaban todavía muchos continentes
por descubrir. Cada verano, los preparativos más laboriosos antes de partir al
mar eran los de la pesada maleta de libros: según la inspiración y los
razonamientos de los meses de vida ciudadana, Amedeo escogía cada año ciertos
libros famosos que quería releer y ciertos autores que afrontaba por primera
vez. Y allí en el escollo los iba agotando, alzando a menudo los ojos de la
página para reflexionar, juntar las ideas. En cierto momento, al levantar la
vista, vio que en la playita de guijarros, en el fondo de la cala, se había
tendido una mujer.
Estaba muy bronceada, era flaca, ni demasiado joven ni de
gran belleza, pero le pegaba estar desnuda (llevaba un «dos piezas» sucinto y
bien arrollado en los bordes para tomar todo elsol posible), y atrajo la mirada
de Amedeo. El observó que, mientras leía, separaba cada vez más a menudo los
ojos del libro y los alzaba en el aire, y ese aire era el que había entre la
mujer y él. La cara de ella (estaba tendida en la orilla en pendiente, sobre
una colchoneta de goma, y a cada ojeada Amedeo veía las piernas no carnosas
pero armoniosas, el vientre perfectamente liso, el pecho exiguo pero quizá no
desagradable aunque probablemente un poco marchito, los hombros algo huesudos,
como el cuello y los brazos, y la cara oculta por gafas negras y por el ala del
sombrero de paja), ligeramente marcada, era vivaz, perspicaz e irónica. Amedeo
la clasificó como el tipo de mujer independiente, que veranea sola, que a los
balnearios populosos prefiere la escollera más desierta y le gusta estar así
poniéndose negra como el carbón: evaluó la parte de indolente sensualidad y de
insatisfacción crónica que había en ella; pensó furtivamente en las
probabilidades que ofrecía para una aventura de rápido desenlace, las comparó
con la perspectiva de una conversación convencional, de un programa nocturno,
de posibles dificultades logísticas, del esfuerzo de atención que es siempre
necesario para trabar conocimiento aunque sea superficial con una persona y
siguió oyendo, convencido de que la mujer no podía en realidad interesarle.
Pero o había pasado demasiado tiempo tendido en aquel
lugar de la roca, o era que esos rápidos pensamientos le habían dejado una
huella de inquietud, el hecho es que se sentía dolorido; las asperezas de la
roca debajo de la toalla que le servía de colchón empezaban a resultarle
incómodas. Se levantó para buscar otro lugar donde acostarse. Durante un
instante dudó entre dos sitios que parecían igualmente cómodos: uno más alejado
de la playita donde estaba la señora bronceada (inclusive al otro lado de un
espigón de piedra que le impediría verla), el otro más próximo. La idea de
acercarse y de que por sabe Dios qué juego de circunstancias imprevisibles se
viera obligado a iniciar un diálogo e interrumpir por lo tanto la lectura, le
hizo preferir en seguida el lugar más alejado, pero, pensándolo bien, se podría
creer que él quería escapar de la señora recién llegada, y eso podía parecer
poco elegante, de modo que optó por el lugar más cercano, de todos modos la
lectura lo absorbía tanto que no sería desde luego la vista de la señora —que
por lo demás ni siquiera era demasiado guapa— lo que pudiera distraerlo. Se
tendió sobre un costado, sujetando el libro de modo que le ocultara la vista de
ella, pero le cansaba mantener el brazo a esa altura y terminó por bajarlo.
Entonces, la misma mirada que se deslizaba por los renglones, cada vez que
tenía que volver al comienzo, encontraba, apenas más allá del margen de la
página, las piernas de la veraneante solitaria. También ella se había
desplazado un poco, buscando una posición más cómoda, y el hecho de haber
alzado las rodillas y cruzado las piernas exactamente en la dirección de
Amedeo, le permitía examinar mejor algunas proporciones de la señora, nada
desagradables. En una palabra, Amedeo (aunque el filo de una roca le cortara la
cadera) no hubiera podido encontrar una posición mejor: el placer que podía
darle la vista de la señora bronceada —un placer marginal, un extra, pero no
por ello despreciable ya que podía disfrutarlo sin esfuerzo— no perjudicaba el
placer de la lectura, sino que se insertaba en su curso normal, de modo que
estaba seguro de poder seguir leyendo sin tener la tentación de apartar la
mirada.
Todo estaba en calma, sólo se deslizaba el fluir de la
lectura a la que el paisaje inmóvil servía de marco, y la señora bronceada se
había convertido en una parte necesaria de ese paisaje. Amedeo contaba
naturalmente con su propia capacidad para permanecer largo rato absolutamente
inmóvil, pero no tenía en cuenta la movilidad de la mujer, que ya se levantaba,
se ponía de pie, avanzaba entre los guijarros hacia la orilla. Se había puesto
en movimiento —comprendió en seguida Amedeo— para ver de cerca una gran medusa
que un grupo de chiquillos arrastraba hacia la orilla, empujándola con unas
cañas. La señora bronceada se inclinaba hacia el cuerpo invertido de la medusa
e interrogaba a los chicos; sus piernas se alzaban sobre zuecos de madera de
tacones muy altos, incómodos para aquellas rocas; su cuerpo, visto de atrás
como ahora lo veía Amedeo, era el de una mujer más agradable y más joven de lo
que le había parecido antes. Pensó que para un hombre en busca de aventuras el
diálogo de ella con los chiquillos pescadores habría sido una ocasión
«clásica»: acercarse, comentar también él la captura de la medusa e iniciar así
la conversación. ¡Justo lo que él no hubiera hecho por todo el oro del mundo!,
pensó para sí, sumiéndose de nuevo en la lectura. Claro que esta norma de
conducta le impedía también satisfacer una curiosidad natural respecto a la
medusa que era, por lo que se veía, de dimensiones insólitas, y de una extraña
tonalidad esfumada, entre el rosa y el violeta. Curiosidad ésta por los
animales marinos que, lejos de distraerlo, era coherente con el mismo tipo de
pasión por la lectura; además, en aquel momento el interés por la página que
estaba leyendo —un largo pasaje descriptivo— había ido disminuyendo; en una
palabra, era absurdo que para defenderse del peligro de iniciar una
conversación con la veraneante, él se vedase también impulsos espontáneos y
bien justificados, como el de distraerse unos pocos minutos observando de cerca
una medusa. Puso la señal, cerró el libro y se levantó: su decisión no podía ser
más oportuna: justo en ese momento la señora se separaba del grupito de
muchachos, disponiéndose a volver a su colchoneta. Amedeo lo notó mien tras se
iba acercando y sintió la necesidad de decir en seguida una frase en voz alta.
Gritó a los muchachos:
—¡Cuidado! ¡Puede ser peligrosa!
Los chicos, en cuclillas alrededor del animal, ni siquiera
levantaron los ojos: con los trozos de caña que tenían en la mano seguían
tratando de levantarla y darle la vuelta; pero la señora se giró vivamente y se
acercó de nuevo a la orilla, con aire entre interrogativo y asustado:
—¡Uy!, qué miedo, ¿muerde?
—Si se toca quema la piel —explicó él, y se dio cuenta de
que se había dirigido, no a la medusa sino a la veraneante, que quién sabe por
qué se cubría el pecho con los brazos en un estremecimiento inútil y sus
miradas casi furtivas pasaban del animal boca arriba a Amedeo. El la
tranquilizó y así, como era de prever, empezaron a hablar, pero no importaba,
porque Amedeo volvería en seguida al libro que lo esperaba; le bastaba echar un
vistazo a la medusa y por eso acompañó a la señora bronceada, que se inclinó en
medio del círculo de chiquillos. La señora observaba ahora con asco, los
nudillos de los dedos contra los dientes, y en cierto momento estando uno al
lado del otro sus brazos se tocaron y tardaron un momento en separarse. Amedeo
se puso entonces a hablar de medusas: su competencia directa no era mucha, pero
había leído algunos libros de famosos pescadores y exploradores submarinos, de
modo que —sobrevolando la fauna menuda— llegó en seguida a hablar de la famosa
«manta». La veraneante lo escuchaba mostrando un gran interés y cada tanto
intervenía, siempre a destiempo, como suelen hacer las mujeres.
—¿Ve esta mancha roja que tengo en el brazo? ¿No habrá
sido una medusa? —Amedeo palpó el punto, un poco más arriba del codo, y dijo
que no. Estaba un poco rojo porque se había apoyado en el codo mientras estaba
echada.
Con eso, todo se terminó. Se saludaron, ella volvió a su
lugar, él al suyo y reanudó la lectura. Había sido un intermedio que duró el
tiempo justo, ni mucho ni poco, una relación humana no antipática (la señora
era cortés, discreta, dócil) justamente porque apenas había comenzado. Pero en
el libro encontraba una adhesión a la realidad mucho más plena y concreta,
donde todo tenía un significado, una importancia, un ritmo. Amedeo se sentía en
una disposición perfecta: la página escrita le abría la verdadera vida,
profunda y apasionante, y alzando la vista encontraba una conjunción casual
pero placentera de colores y sensaciones, un mundo accesorio y decorativo que
no podía comprometerlo en nada. La señora bronceada, desde su colchoneta, le
sonrió y le hizo un gesto de saludo, él respondió también con una sonrisa y un
gesto vago y bajó en seguida la mirada. Pero la señora había dicho algo.
—¿Cómo dice?
—¿Lee, sigue leyendo?
—Eh...
—¿Es interesante?
—Sí.
—¡Que siga bien!
—Gracias.
No debía alzar más los ojos. Por lo menos hasta el final
del capítulo. Lo leyó de un tirón. Ahora la señora tenía un cigarrillo en la
boca y se lo señalaba con un gesto. Amedeo tuvo la impresión de que desde hacía
ya un momento ella trataba de llamar su atención.
—¿Cómo?
—... cerillas, disculpe...
—Ah, no, no fumo...
El capítulo había terminado, Amedeo leyó rápidamente las
primeras líneas del siguiente, que encontró sorprendentemente apasionantes,
pero para abordar el nuevo capítulo sin preocupaciones, había que solucionar
cuanto antes la cuestión de las cerillas.
—¡Espere!
Se levantó, salió saltando entre los escollos, medio
aturdido por el sol, hasta encontrar un grupito de gente que fumaba. Pidió
prestada una caja de cerillas, corrió hasta la señora, le encendió el
cigarrillo, volvió corriendo a devolver la caja, le dijeron:
—Quédesela, quédesela, por favor —corrió de nuevo hasta la
señora para dejarle la caja, ella le dio las gracias, él esperó un momento
antes de irse, pero comprendió que después de aquella pausa tenía que decir
algo más y dijo:
—¿No se baña?
—Dentro de un rato —dijo la señora—, ¿y usted?
—Yo ya me he bañado.
—¿Y no vuelve a meterse en el agua?
—Sí, leo otro capítulo y nado otro poco.
—Yo también, fumo el cigarrillo y me zambullo.
—Hasta luego, entonces.
—Hasta luego.
Esta especie de cita le devolvió una calma que —ahora se
daba cuenta— no conocía desde que había advertido la presencia de la veraneante
solitaria: ahora ya no le pesaba sobre la conciencia la idea de mantener con
aquella señora una relación cualquiera; todo quedaba postergado al momento del
baño —baño que de todos modos él se hubiera dado, aunque ella no estuviera— y
ahora podía abandonarse sin remordimientos al placer de la lectura. Al punto de
no advertir que en cierto momento —cuando aún no había llegado al final del
capítulo— la veraneante, terminado el cigarrillo, se había levantado y se le
había acercado para invitarlo a bañarse. Vio los zuecos y las piernas rectas a
poca distancia del libro, alzó la mirada, volvió a bajarla a la página —el sol
era deslumbrante— y leyó de prisa algunas líneas, miró nuevamente hacia arriba
y la oyó:
—¿No le estalla la cabeza? ¡Yo me zambullo!
Sin embargo, se estaba bien allí, leyendo y alzando la
vista entre párrafo y párrafo. Pero como no podía seguir postergando, Amedeo
hizo algo que no hacía nunca: se saltó casi media página hasta el final del
capítulo, que en cambio leyó con mucha atención, y después se levantó.
—¡Vamos! ¿Se zambulle desde la punta?
Después de tanto hablar de zambullirse, la señora bajó al
mar con cautela desde un peldaño al ras del agua. Amedeo se arrojó de cabeza
desde una roca más alta de lo habitual. Era la hora en que el sol todavía
declina lentamente. El mar estaba dorado. Nadaron en aquel oro, un poco
separados; por momentos Amedeo se hundía unas brazadas bajo el agua y se
divertía pasando por debajo de la señora para asustarla. Decimos que se
divertía: cosa de niños, claro está, pero por lo demás, ¿qué se podía hacer? El
baño de a dos era ligeramente más aburrido que a solas; pero la diferencia era
mínima. Fuera de los reflejos de oro, el azul del agua se ensombrecía, como si
del fondo aflorase una oscuridad de tinta. Era inútil, nada igualaba el sabor a
vida que hay en los libros. Mientras nadaba entre ciertos escollos hirsutos,
semisumergidos, y dirigía a la señora asustada (para hacerla subir a un islote
le rodeó las caderas y el pecho, pero de tanto estar en el agua, sus manos se
habían vuelto casi insensibles, las yemas de los dedos estaban blancas y
onduladas), Amedeo miraba cada vez más seguido hacia la orilla donde se
distinguía la tapa del libro en colores. No había otra historia, otra espera
posible que la que había dejado en suspenso entre las páginas donde estaba la señal,
y todo lo demás era un intervalo vacío.
Pero de regreso a la orilla, el ayudarse a subir, secarse,
frotarse mutuamente los hombros, terminó por crear una especie de intimidad, de
modo que a Amedeo le pareció que en ese momento volver a su rincón sería poco
elegante.
—Bueno —dijo—, me quedo a leer aquí; voy a buscar el libro
y el cojín.
A leer, había tenido buen cuidado de advertir. Y ella:
—Sí, muy bien, yo también fumo un cigarrillo y leo un poco
Annabella.
Tenía una revistilla de ésas de mujeres, y así los dos se
pusieron a leer cada uno por su lado. La voz de ella le llegó como una gota
fría en la nuca, pero sólo decía:
—¿Por qué se queda ahí, que es duro?, venga a la
colchoneta, le dejo lugar.
La propuesta era amable, en la colchoneta se estaba bien y
Amedeo asintió de buen grado. Estaban echados, él en un sentido y ella en el
otro. La señora no hablaba, hojeaba las páginas ilustradas y Amedeo consiguió
sumergirse por entero en la lectura. El ocaso era lento, de esos en que el
calor y la luz casi no disminuyen sino que se van atenuando suavemente. La
novela que leía Amedeo había llegado a ese momento en que se revelan los
mayores secretos de los personajes y del ambiente, y uno se mueve en un mundo
familiar, y se alcanza una especie de paridad, de confianza entre el autor y el
lector y se avanza al mismo paso, y uno no se detendría nunca.
En la colchoneta de goma se podían hacer también esos
pequeños movimientos que los miembros necesitan para no entumecerse, y una
pierna de él, en un sentido, se adhirió a una pierna de ella, en el otro. A
Amedeo la cosa no le desagradaba y se quedó así; a ella por lo visto tampoco,
porque no se movió. La dulzura del contacto se sumaba a la lectura y, en lo que
respecta a Amedeo, la hacía más completa; en cambio para la veraneante debía de
ser diferente, porque se incorporó, se sentó y dijo:
—Pero...
Amedeo tuvo que levantar la cabeza del libro. La mujer lo
miraba y sus ojos eran amargos.
—¿Le pasa algo? —preguntó él.
—¿Pero no se cansa nunca de leer? —dijo la mujer—. ¡No se
puede decir que sea usted un tipo sociable! ¿No sabe que a las señoras hay que
darles conversación? —añadió con una semisonrisa que tal vez quería ser sólo
irónica pero que a Amedeo, que en aquel momento hubiera dado cualquier cosa por
no despegarse de la novela, le pareció francamente amenazadora. «¡Quién me
manda meterme en esto!», pensó. Ahora estaba claro que con aquella mujer al
lado no podría leer ni una línea más. «Habría que hacerle entender que se ha
equivocado», pensó, «que soy el tipo menos indicado para hacer de galán de
playa, que soy un tipo al que es mejor no darle ninguna confianza.»
—¿Conversación? —dijo en voz alta—. ¿Qué conversación? —y
estiró una mano hacia ella. «Bueno, si ahora le pongo las manos encima, se
sentirá ofendida por un gesto tan fuera de lugar, quizá me dé una bofetada y se
vaya.» Pero tal vez fuera su natural reserva, tal vez un deseo diferente, más
dulce, lo que en realidad lo impulsaba, el hecho es que la caricia, en vez de
brutal y provocativa, fue tímida, melancólica, casi suplicante: le rozó el
cuello con los dedos, levantó una cadenita que ella llevaba y la dejó caer. La
respuesta de la mujer consistió en un gesto primero lento, como resignado y un
poco irónico —bajó la barbilla de costado, para retener la mano—, después,
rápido, como en un calculado impulso de agresividad, le mordió el dorso de la
mano.
—¡Ay! —exclamó Amedeo. Se separaron.
—¿Así es cómo da usted conversación? —dijo la señora.
«Está bien», razonó velozmente Amedeo, «esta manera mía de
dar conversación no le gusta, de modo que basta de conversación y a leer», y ya
se arrojaba sobre un nuevo párrafo. Pero trataba de engañarse a sí mismo: se
daba perfecta cuenta de que habían llegado demasiado lejos, que entre él y la
señora bronceada se había creado una tensión que no se podía interrumpir;
sentía que él era el primero en no querer interrumpirla, de todas maneras no
conseguiría volver a la única tensión de la lectura, toda recogida e interior.
Podía en cambio tratar de que esa tensión externa siguiera, por así decirlo, un
curso paralelo a la otra, para no tener que renunciar ni a la señora ni al
libro.
Como la señora se había sentado apoyando la espalda en un
escollo, él se sentó a su lado y le pasó un brazo por los hombros,con el libro
sobre las rodillas. Se volvió hacia ella y la besó. Se separaron y volvieron a
besarse. Después él bajó la cabeza hacia su libro y reanudó la lectura.
Mientras pudiera, quería seguir adelante con la lectura.
Su temor era no poder terminar la novela: el comienzo de una relación de verano
podía significar el fin de sus tranquilas horas de soledad, un ritmo
completamente diferente que se adueñaba de sus días de vacaciones; y ya se sabe
que, cuando uno está completamente enfrascado en la lectura de un libro, si
tiene que interrumpirla para reanudarla al cabo de un tiempo, casi todo el
gusto se pierde: se olvidan muchos detalles, uno no logra entrar como antes.
El sol se ponía poco a poco detrás del promontorio
cercano, y detrás del siguiente y del siguiente, dejándolos sin colores, a
contraluz. De las anfractuosidades del cabo habían desaparecido todos los
bañistas. Ahora estaban solos. Amedeo ceñía los hombros de la veraneante con un
brazo, leía, la besaba en el cuello y en las orejas —le parecía que a ella le
gustaba— y cada tanto, cuando la mujer se giraba, en la boca; después volvía a
leer. Quizás esta vez había encontrado el equilibrio ideal: hubiera continuado
así durante un centenar de páginas. Pero una vez más fue ella la que quiso
cambiar la situación. Empezó a ponerse tiesa, casi a rechazarlo, y entonces
dijo:
—Es tarde. Vamos. Yo me visto.
Esta brusca decisión abría perspectivas completamente
distintas. Amedeo se quedó un poco desorientado, pero no se detuvo a sopesar el
pro y el contra. Había llegado a un punto culminante del libro y la frase de
ella: «Yo me visto», apenas oída, se había traducido en su cabeza en esta otra:
«Mientras se viste, tendré tiempo de leer algunas páginas seguidas».
Pero ella:
—Ten en alto la toalla, por favor —le dijo, tuteándolo
quizá por primera vez—, que nadie me vea.
La precaución era inútil porque la escollera había quedado
desierta, pero Amedeo asintió de buen grado, ya que podía sostener la toalla
sentado y leyendo el libro que tenía apoyado en las rodillas.
Al otro lado de la toalla la señora se había soltado el
sujetador sin preocuparse de que él la mirase o no. Amedeo no sabía si mirarla
fingiendo que leía o si leer fingiendo que la miraba. Las dos cosas le
interesaban, pero mirarla le parecía mostrarse demasiado indiscreto, seguir
leyendo, demasiado indiferente. La señora no practicaba el sistema habitual de
las bañistas que se cambian al aire libre, que consiste en ponerse primero el
vestido y después quitarse el bañador por abajo; no: ahora que tenía el pecho
desnudo se quitaba también el «slip». Entonces fue cuando por primera vez ella
volvió la cara hacia él: y era una cara triste, con un pliegue amargo en la
boca, y meneaba la cabeza y lo miraba.
«¡Ya que tiene que suceder, que suceda en seguida!», pensó
Amedeo echándose hacia adelante con el libro en la mano, un dedo entre las
páginas, pero lo que leyó en aquella mirada —reproche, conmiseración,
desaliento, como si quisiera decir: «Estúpido, hagámoslo ya que hay que
hacerlo, pero no entiendes nada, como todos los otros...»—, es decir, lo que no
leyó, porque no sabía leer en la mirada, pero advirtió confusamente, le provocó
tal arrebato que, al abrazarla y caer junto a ella en la colchoneta, giró apenas
la cabeza hacia el libro para comprobar que no acabara en el mar.
Cayó en cambio justo al lado de la colchoneta, abierto,
pero habían pasado algunas páginas y Amedeo, aunque siempre en el arrebato de
sus abrazos, trató de liberar una mano para poner la señal en la página justa:
no hay nada más fastidioso, cuando uno quiere reanudar rápidamente la lectura,
que tener que estar allí pasando hojas sin volver a encontrar el hilo.
El entendimiento amoroso era perfecto. Podía tal vez
prolongarse más; pero, ¿acaso no había sido todo fulminante en ese encuentro
suyo?
Oscurecía. Abajo los escollos se abrían en tobogán,
formando una pequeña cala. Ahora ella había bajado y había metido la mitad del
cuerpo en el agua.
—Ven tú también, démonos un último baño... —Amedeo,
mordiéndose un labio, contaba las páginas que faltaban para el final.
La aventura de un miope
Amilcare Carruga era todavía joven, no carente de
recursos, sin exageradas ambiciones materiales o espirituales: nada le impedía
pues gozar de la vida. Y, sin embargo, observó que desde hacía un tiempo la
vida para él iba perdiendo, imperceptiblemente, su sabor. Cosas de nada, como
por ejemplo mirar a las mujeres por la calle; en otros tiempos solía comérselas
con los ojos, ávido; ahora tal vez trataba instintivamente de mirarlas, pero en
seguida le parecía que pasaban como ráfagas, sin producirle ninguna sensación,
y bajaba indiferente los párpados. De las ciudades nuevas, que en otros tiempos
le exaltaban —como estaba en el comercio, viajaba a menudo—, ahora sólo notaba
las molestias, la confusión, la desorientación. Antes, por las noches —vivía
solo—, solía ir al cine: se divertía, cualquiera que fuese el film; el que va
al cine todas las noches es como si viese un único gran film todo seguido:
conoce a todos los actores, inclusive los característicos y los extras, y ya
eso de reconocerlos cada vez es divertido. Bueno, pues ahora también en el cine
todas esas caras le parecían descoloridas, chatas, anónimas; se aburría.
Por fin comprendió. Es que era miope. El oculista le
recetó un par de gafas. A partir de ese momento su vida cambió, se volvió mil
veces más rica de interés que antes.
El solo hecho de calarse las gafas era cada vez una
emoción. Estaba, pongamos por caso, en una parada de tranvía, y le asaltaba la
tristeza de que todo a su alrededor, personas y objetos, fuesen tan comunes,
triviales, gastados por ser como eran, y él allí, a tientas en medio de un
blando mundo de formas y colores casi deshechos. Se ponía las gafas para leer
el número del tranvía que llegaba y entonces todo cambiaba; las cosas más
corrientes, un poste eléctrico, se dibujaba con tantos detalles minúsculos con
líneas tan nítidas, y las caras, las caras desconocidas, se llenaban de
pequeños signos, puntitos de barba, granos, matices de expresión antes
insospechados; y se sabía de qué tela estaban hechos los vestidos, se adivinaba
el tejido, se espiaba el desgaste de los bordes. Mirar se convertía en una
diversión, un espectáculo; no el hecho de mirar esto o aquello: mirar. Así
Amilcare Carruga olvidaba fijarse en el número del tranvía, dejaba pasar uno
tras otro, o bien subía en uno equivocado. Veía tal cantidad de cosas que era
como si no viese ninguna. Poco a poco tuvo que hacerse a la costumbre, aprender
desde el principio lo que era inútil mirar y lo que era necesario.
Además, las mujeres que cruzaba por la calle y que se le
habían reducido a impalpables sombras desenfocadas, ahora el poder verlas con
el juego exacto de llenos y vacíos que hacen sus cuerpos al moverse dentro de
los vestidos, y evaluar la frescura de la piel, y la calidez contenida de la
mirada, ya no le parecía sólo una manera de verlas sino francamente de
poseerlas. Caminaba a veces sin gafas (no siempre se las ponía, para no
fatigarse inútilmente, sino sólo para mirar de lejos) y entonces, más allá, en la
acera se perfilaba una chaqueta de colores vivos. Con un gesto ya automático,
Amilcare sacaba rápidamente las gafas del bolsillo y se las calaba en la nariz.
Esta indiscriminada avidez de sensaciones era a menudo castigada: podía ser una
vieja. Amilcare Carruga se volvió más cauto. Y a veces una mujer que se
acercaba le parecía, por los colores, por la manera de andar, modesta,
insignificante, indigna de consideración; no se ponía las gafas; pero cuando se
cruzaban y se rozaban se daba cuenta de que había en ella algo que lo atraía
fuertemente, quién sabe que, y le parecía que percibía en aquel instante una
mirada de ella como de espera, quizá la mirada que ya desde su aparición le
había echado y él no lo había advertido; pero ahora era tarde, había desaparecido
en el cruce, había subido al autobús, se alejaba más allá del semáforo, y él no
sabría reconocerla más. Así, través de la necesidad de las gafas, iba
aprendiendo lentamente a vivir.
Pero el mundo más nuevo que le abrían las gafas era el de
la noche. La ciudad nocturna, antes envuelta en informes nubes de oscuridad y
de claridad coloreada, ahora revelaba divisiones exactas, relieves,
perspectivas; las luces tenían contornos precisos, los carteles de neón, antes
inmersos en un halo indistinto, se escondían ahora letra por letra. Lo bueno de
la noche era sin embargo que ese margen de indeterminación que los lentes a la
luz del día suprimían, perduraba: a Amilcare Carruga le venían ganas de ponerse
las gafas y entonces se daba cuenta de que ya las llevaba puestas; la sensación
de plenitud no era nunca comparable a la punzada de insatisfacción; la
oscuridad era un terreno blando y sin fondo donde nunca se cansaba de cavar.
Desde las calles, sobre las casas recortadas de ventanas amarillas, por fin
cuadradas, alzaba los ojos hacia el cielo estrellado, y descubría que las
estrellas no se achataban contra el fondo del cielo como huevos rotos, sino que
eran agudísimos tajos de luz que abrían a su alrededor infinitas lejanías.
Estas nuevas preocupaciones sobre la realidad del mundo
exterior no estaban separadas de las preocupaciones sobre lo que él mismo era,
debidas siempre al uso de las gafas. Amilcare Carruga no se daba a sí mismo
mucha importancia, pero como sucede a veces justamente con las personas más
modestas, estaba sumamente encariñado con su manera de ser. Ahora bien, el paso
de la categoría de los hombres sin gafas a la de los hombres con gafas parece
poca cosa, pero es un salto muy grande. Si piensas que cuando alguien que no te
conoce y trata de definirte, lo primero que dice es: «un tipo con gafas», ese
detalle accesorio, que quince días antes te era completamente ajeno, se
convierte en tu primer atributo, se identifica con tu esencia misma. A
Amilcare, tontamente si se quiere, convertirse así, de pronto, en «un tipo con
gafas», le fastidiaba un poco. Pero no es tanto eso: es que basta que empiece a
insinuarse en ti la duda de que todo lo que a ti se refiere es puramente
accidental, susceptible de transformación, que podrías ser completamente
diferente y no importaría nada, para que por ese camino llegues a pensar que
existas o no, da lo mismo, y que de ahí a la desesperación media un paso breve.
Por lo tanto Amilcare cuando tuvo que escoger un modelo de montura, instintivamente
optó por una de las más finas, minimizadora, apenas un par de delgadas patillas
plateadas que sostienen desde arriba los cristales desnudos y con un
puentecillo que los une sobre el tabique nasal. Así anduvo un tiempo; después
se dio cuenta de que no era feliz; si llegaba a verse inadvertidamente en un
espejo con las gafas puestas, sentía una viva antipatía por su cara, como si
fuera esa típica cara de cierta clase de personas que le era ajena. Eran
justamente esas gafas tan discretas, ligeras, casi femeninas las que le hacían
parecer más que nunca «un tipo con gafas», alguien que no ha hecho otra cosa
que llevar gafas toda la vida, al punto de que ya no se nota que las lleva. Las
gafas pasaban a formar parte de su fisonomía, se amalgamaban a sus rasgos, y
así se atenuaba todo contraste natural entre lo que era su cara —una cara
cualquiera pero una cara al fin— y lo que era un objeto extraño, un producto de
la industria.
No le gustaban, y por lo tanto no tardaron en caer y
romperse. Compró otro par. Esta vez orientó su elección en sentido opuesto:
compró un par con montura de plástico negro, de dos dedos de ancho, con unas
bisagras que sobresalían de los pómulos como anteojeras de caballo, con unas
patillas tan pesadas como para doblar el pabellón de la oreja. Era una especie
de antifaz que le ocultaba media cara, pero debajo sentía que era él mismo: no
cabía duda de que él era una cosa y las gafas otra, completamente separada;
estaba claro que sólo ocasionalmente se ponía las gafas y que sin ellas era un
hombre totalmente distinto. Volvió —en la medida en que su naturaleza se lo
permitía— a ser feliz.
Ocurrió que en aquel momento tuvo que ir, por ciertos
asuntos a V. Era V. la ciudad natal de Amilcare Carruga y allí había
transcurrido su juventud. Pero se había marchado hacía diez años y sus regresos
habían sido cada vez más pasajeros y esporádicos, y ahora había estado varios
años sin poner los pies en V. Ya se sabe qué sucede cuando uno se separa de un
ambiente donde ha vivido mucho tiempo: cuando regresas de tarde en tarde, te
sientes como un extraño, parece que las aceras, los amigos, las conversaciones
de café, o son todo o ya no pueden ser nada, o los sigues día a día o no
consigues volver a entrar, y la idea de reaparecer después de demasiado tiempo
inspira algo como un remordimiento que rechazas. De modo que poco a poco
Amilcare había dejado de buscar ocasiones para volver a V., y después, cuando
se presentaron las ocasiones, las dejó caer y al final directamente las evitó.
Pero en los últimos tiempos, en esa actitud negativa hacia su ciudad natal
entraba, además del estado de ánimo que acabamos de descubrir, ese sentimiento
de desamor general que experimentaba y que había identificado con el progreso
de su miopía. Tanto es así que ahora que a causa de las gafas se encontraba en
un estado de ánimo nuevo, aprovechando al vuelo la primera oportunidad que se
le presentaba de volver a V., había decidido ir.
V. se le apareció bajo una luz completamente distinta a la
de sus últimas visitas. Pero no por los cambios: sí, la ciudad estaba muy
transformada, construcciones nuevas por todas partes, tiendas y cafés y cines
completamente diferentes de los de antes, los jóvenes que, ¿quién los conoce?,
y un tráfico el doble del de antaño. Pero todo lo nuevo no hacía más que
acentuar y volver más reconocible lo viejo, en una palabra, por primera vez
Amilcare Carruga conseguía ver la ciudad con los ojos de cuando era niño, como
si la hubiera dejado el día antes. Con las gafas veía una infinidad de detalles
insignificantes, por ejemplo cierta ventana, cierta balaustrada, es decir,
tenía conciencia de verlas, de escogerlas en medio de todo el resto, cuando
antes las veía sin más. Para no hablar de las caras: un vendedor de periódicos,
un abogado, algunos envejecidos, otros tal cual. Parientes propiamente dichos
en V. ya no le quedaban; y el grupo de amigos más íntimos hacía también tiempo
que se había dispersado; pero conocidos los tenía en cantidad, no habría sido
posible otra cosa en una ciudad tan pequeña —como era cuando él vivía— donde se
puede decir que todos se conocían, por lo menos de vista. Ahora la población
había aumentado mucho, había habido también —como en todos los centros
privilegiados de Italia del norte— una inmigración de meridionales, la mayoría
de las caras que Amilcare encontraba eran desconocidas pero justamente por eso
tenía la satisfacción de distinguir a primera vista los antiguos habitantes, y
le venían a la memoria episodios, relaciones, sobrenombres.
V. era una de esas ciudades de provincia en las que se
conservaba la costumbre del paseo vespertino por la calle principal, y en eso
nada había cambiado desde los tiempos de Amilcare. De las dos aceras, como
sucede siempre en estos casos, en una fluía una corriente ininterrumpida de
paseantes, en la otra menos. En sus tiempos, Amilcare y sus amigos, por una
especie de anticonformismo, paseaban siempre por la acera menos concurrida, y
desde ella lanzaban ojeadas y saludos y piropos a las muchachas que pasaban por
la otra. Amilcare se sentía ahora como entonces, su excitación era incluso
mayor, y echó a andar por su antigua acera, mirando a toda la gente que pasaba.
Encontrar a personas conocidas esta vez no lo ponía
incómodo sino que le divertía, y se apresuraba a saludarlas. Con algunos le
hubiera gustado detenerse a intercambiar unas palabras, pero por la calle
principal de V., con sus aceras tan estrechas, con la gente apretujada que
empujaba hacia adelante, y ahora con la circulación de vehículos mucho más
intensa, ya no se podía ni caminar como antes por en medio de la calzada y
atravesar la calle por donde se quisiera. En una palabra, el paseo se hacía o
demasiado deprisa o demasiado lentamente, sin libertad de movimientos, Amilcare
tenía que seguir la corriente o remontarla con esfuerzo, y cuando entreveía una
cara conocida apenas tenía tiempo de hacer un gesto de saludo antes de que
desapareciera, y no lograba siquiera saber si lo habían visto o no.
En ésas estaba cuando se encontró con Corrado Strazza, su
compañero de escuela y de billar durante muchos años. Amilcare le sonrió e hizo
incluso un amplio ademán con la mano. Corrado Strazza se acercaba mirándolo,
pero era como si la mirada lo traspasase sin detenerse, y siguió su camino.
¿Era posible que no lo hubiera reconocido? Había pasado el tiempo, pero
Amilcare sabía que no había cambiado mucho; hasta entonces había conseguido
defenderse tanto del exceso de peso como de la calvicie y su fisionomía no
había sufrido grandes alteraciones. Ahí venía el profesor Cavanna. Amilcare le
hizo un saludo deferente, con una pequeña inclinación. El profesor al principio
dio muestras de responder, instintivamente, después se detuvo y miró a su
alrededor, como buscando a otro. ¡El profesor Cavanna, que era famoso por buen
fisionomista porque de todos sus numerosos alumnados recordaba caras y nombres
y apellidos y hasta las calificaciones trimestrales! Finalmente Ciccio Corba,
el entrenador del equipo de fútbol, contestó al saludo de Amilcare. Pero poco
después parpadeó y se puso a silbar, como pensando que había interceptado por
error el saludo de un desconocido, dirigido vaya a saber a quién.
Amilcare comprendió que nadie lo hubiera reconocido. Las
gafas que le hacían visible el resto del mundo, esas gafas de enorme montura
negra, a él lo volvían a su vez invisible. ¿Quién hubiera pensado que detrás de
aquella especie de antifaz estaba el propio Amilcare Carruga, ausente desde
hacía tanto tiempo de V. que nadie esperaba encontrárselo de pronto? Apenas
había llegado a formular mentalmente estas conclusiones cuando apareció Isa
Maria Bietti. Iba con una amiga, paseaban mirando los escaparates, Amilcare se
detuvo justo delante, estaba por decir: «¡Isa Maria!», pero le faltó la voz,
Isa Maria Bietti lo apartó con un codo, dijo a la amiga: «Ahora se llevan
así...» y siguió adelante.
Ni siquiera Isa Maria Bietti lo había reconocido.
Comprendió de pronto que había vuelto sólo por Isa Maria Bietti, que sólo por
Isa Maria Bietti había querido marcharse de V. y había pasado tantos años
lejos, que todo, todo en su vida y todo en el mundo era sólo por Isa Maria
Bietti, y ahora finalmente volvía a verla, sus miradas se encontraban, e Isa
Maria Bietti no lo reconocía. Tanta fue su emoción que no advirtió si había
cambiado, engordado, envejecido, si era atractiva como en otros tiempos o menos
o más, no había visto nada salvo que aquélla era Isa Maria Bietti y que Isa
Maria Bietti no lo había visto.
Había llegado al final del tramo de calle por donde se
paseaba. Allí la gente, en la esquina de la heladería o de la manzana
siguiente, en el quiosco, daba la vuelta y recorría la acera en sentido
inverso. También Amilcare Carruga dio media vuelta. Se había quitado las gafas.
Ahora el mundo se había convertido en la nube insípida y él andaba a tientas,
revirando los ojos, y no sacaba nada en limpio. No es que no consiguiera
reconocer a nadie: en los lugares mejor iluminados estaba a punto de
identificar una cara, pero siempre quedaba un margen de duda de que no fuera
quien él creía, y finalmente, fuese o no fuese, tampoco le importaba tanto.
Alguien hizo un gesto, un saludo, podía ser que lo saludaran a él, pero
Amilcare no entendió bien quién era. Otros dos, al pasar, saludaron; estuvo por
contestar, pero no tenía idea de quiénes eran. Un tipo, desde la otra acera, le
lanzó un: «¡Chao, Carrú!». Por la voz podía ser un tal Stelvi. Con satisfacción
Amilcare se dio cuenta de que lo reconocían, que se acordaban de él. Una
satisfacción relativa porque él no los veía siquiera, o bien no llegaba a
reconocerlos, eran personas que se confundían una con otra en la memoria,
personas que en el fondo le eran más bien indiferentes. «¡Buenas tardes!»,
decía cada tanto, cuando percibía un gesto, un movimiento de la cabeza. Así, el
que lo había saludado ahora debía de ser o Bellintusi, o Carretti, o Strazza.
Si fuera Strazza quizá le hubiese gustado detenerse un momento a hablar con él.
Pero había contestado a su saludo con tanta prisa y, pensándolo bien, era
natural que sus relaciones fueran sólo ésas, de saludos apresurados y
convencionales.
Sin embargo su manera de mirar alrededor tenía claramente
una finalidad: volver a encontrar a Isa Maria Bietti. Como ella llevaba un
abrigo rojo, era visible de lejos. Durante un momento Amilcare siguió un abrigo
rojo, pero cuando consiguió alcanzarlo vio que no era ella y entretanto otros
dos abrigos rojos habían pasado en dirección contraria. Aquel año se llevaban
mucho los abrigos rojos de entretiempo. Antes, con el mismo abrigo, por
ejemplo, había visto a Gigina, la del estanco. Ahora una de abrigo rojo fue la
primera en saludarlo, y Amilcare respondió con bastante frialdad, porque
seguramente era Gigina, la del estanco. Después le asaltó la duda de que no
fuese Gigina, la del estanco, ¡sino justamente Isa Maria Bietti! Pero, ¿cómo
era posible confundir a Isa Maria con Gigina? Amilcare volvió sobre sus pasos
para cerciorarse. Encontró a Gigina, era ella, no cabía duda; pero si ahora
venía hacia allí, no podía ser que ya hubiese dado toda la vuelta; ¿o había
dado una vuelta más corta? No entendía nada. Si Isa Maria lo había saludado y
él le había contestado con frialdad, todo el viaje, toda la espera, todos los
años pasados eran inútiles. Amilcare iba y venía por aquellas aceras, a veces
poniéndose las gafas a veces quitándoselas, a veces saludando a todos y a veces
recibiendo saludos de brumosos y anónimos fantasmas.
Pasada la otra punta del paseo, la calle se alargaba y en
seguida se salía de la ciudad. Había una hilera de árboles, un foso, al otro
lado un seto y los campos. En sus tiempos, al caer la noche, se iba hasta allí
del brazo de una chica, si la tenías, y si se estaba solo, se iba para estar
aún más solo, a sentarse en un banco y escuchar el canto de los grillos.
Amilcare Carruga siguió hacia allí; ahora la ciudad se extendía un poco más
allá pero no tanto. El banco, el foso, los grillos estaban como antes. Amilcare
Carruga se sentó. De todo el paisaje la noche sólo dejaba en pie unos grandes
haces de sombra. Allí, quitarse o ponerse las gafas daba lo mismo. Amilcare
Carruga comprendía que tal vez aquella exaltación de las gafas nuevas había
sido la última de su vida, y que ahora había terminado.
La aventura de una mujer casada
La señora Stefania R. volvía a su casa a las seis de la
mañana. Era la primera vez.
El coche no se había detenido delante del portal sino un
poco antes, en la esquina. Ella misma le había rogado a Fornero que la dejase
allí, porque no quería que la portera viese que mientras su marido estaba de
viaje ella volvía a casa al alba acompañada de un muchacho. Fornero, apenas
apagado el motor, intentó rodearle los hombros con un brazo. Stefania R. se
echó atrás, como si la cercanía de su casa lo cambiara todo. Con repentina
prisa salió del coche, se inclinó para indicar a Fornero que pusiera el motor
en marcha, que se fuera, y echó a andar con sus pasos cortos y rápidos, la cara
hundida en las solapas. ¿Era una adúltera?
El portal estaba todavía cerrado. Stefania R. no se lo
esperaba. No tenía la llave. Justamente había pasado la noche fuera porque no
tenía la llave. Toda la cuestión radicaba en eso: habría habido mil maneras de
hacerse abrir la puerta, hasta cierta hora, o mejor dicho: hubiera debido
pensar antes que no tenía la llave; pero no, nada, como si lo hubiera hecho a
propósito. Había salido por la tarde sin la llave porque pensaba regresar para
la cena, en cambio se había dejado arrastrar por aquellas amigas que hacía
tanto que no veía, y por aquellos muchachos amigos de ellas, toda una panda,
primero a cenar y después a tomar unas copas y a bailar en casa de uno y de
otro. Es lógico que a las dos de la mañana fuese demasiado tarde para recordar
que no tenía la llave. Todo porque se había enamorado un poco de ese muchacho,
Fornero. ¿Se había enamorado? Se había enamorado un poco. Había pasado la noche
con él, es cierto: pero esa expresión era de masiado fuerte, realmente no
correspondía emplearla; había esperado en compañía de aquel muchacho que
llegase la hora en que se abría el portal. Eso era todo. Creía que abrían a las
seis, y a las seis se había apresurado a volver. También para que la asistenta
que iba a la casa a las siete no descubriera que había pasado la noche fuera.
Además, aquel día regresaba su marido.
Ahora encontraba el portal cerrado, estaba allí sola, en
la calle desierta, en la luz de la primera mañana, más transparente que a
cualquier otra hora del día, en la que todo parecía visto a través de una
lente. Sintió una punzada de temor y el deseo de estar en su cama durmiendo
desde hacía muchas horas, con el sueño profundo de todas las mañanas, el deseo
de la cercanía del marido, aún más, de su protección. Pero fue cosa de un
instante, quizá ni siquiera: quizá sólo había esperado sentir ese temor y en realidad
no lo había experimentado. Que la portera todavía no hubiese abierto la puerta
era un fastidio, un gran fastidio, pero había algo en el aire de la primera
mañana, en ese estar allí sola a aquella hora, que le removió la sangre de un
modo no desagradable. Ni siquiera lamentó haber despachado a Fornero: con él
hubiera estado un poco nerviosa; sola, en cambio, sentía un desasosiego
diferente, un poco como cuando era muchacha, pero de una manera completamente
distinta.
Tenía que reconocerlo: no le causaba ningún remordimiento
haber pasado la noche fuera. Tenía la conciencia tranquila. ¿Pero estaba
tranquila justamente porque había dado el salto, porque finalmente había dejado
de lado sus deberes conyugales, o bien al contrario, porque había resistido,
porque a pesar de todo se había mantenido fiel? Stefania se lo preguntaba, y
esa incertidumbre, esa inseguridad en cuanto a lo que fuesen realmente las
cosas, unida a la frescura de la mañana, era lo que le producía un ligero
estremecimiento. En una palabra: ¿debía considerarse una adúltera o no? Dio
unos pasos arriba y abajo, las manos metidas en las mangas del largo abrigo.
Stefania R. se había casado hacía un par de años y nunca había pensado en
traicionar a su marido. Había, sí, en su vida de mujer casada algo como una
espera, la conciencia de que le faltaba todavía algo. Era casi una continuación
de su espera de muchacha soltera, como si ella todavía no hubiese salido del
todo de la minoría de edad y que ahora tuviera incluso que salirse de otra
nueva, la minoría ante el marido, para ser finalmente iguales ante el mundo.
¿Era el adulterio lo que esperaba? Y el adulterio, ¿era Fornero?
Vio que a un par de manzanas de distancia, en la otra
acera, el bar había levantado la cortina metálica. Necesitaba un café caliente,
en seguida. Cruzó. Fornero era un chico. No se podía pensar en él con grandes
palabras. La había paseado en su cochecito toda la noche, habían dado vueltas
por la colina arriba y abajo, por la orilla del río, hasta despuntar el alba.
En cierto momento se quedaron sin gasolina, tuvieron que empujar el coche,
despertar al encargado de una gasolinera. Había sido una noche de muchachos. En
tres o cuatro ocasiones las tentativas de Fornero pasaron a ser más peligrosas
y una vez la llevó hasta la pensión donde vivía y se plantó allí, con
obstinación: «Vamos, déjate de historias y sube conmigo». Stefania no había
subido. ¿Era justo proceder así? ¿Y qué? Ahora no quería pensarlo, había pasado
la noche en blanco, tenía sueño. O mejor: todavía no sentía que tenía sueño
porque su estado de ánimo era fuera de lo corriente, pero apenas se acostara se
dormiría instantáneamente. Escribiría en la pizarra de la cocina, para la
asistenta, que no la despertase. Tal vez la despertara su marido, más tarde, al
llegar. ¿Todavía quería a su marido? Claro, le tenía afecto. ¿Y entonces? No se
preguntaba nada. Estaba un poco enamorada de ese Fornero. Un poco. Pero,
¿cuándo abrirían ese maldito portal?
En el bar las sillas estaban apiladas, el suelo cubierto
de serrín. Sólo había un camarero en el mostrador. Stefania entró; no se sentía
nada incómoda, allí, a esa hora insólita. ¿Quién iba a saberlo? Podía acabar de
levantarse, podía ir rumbo a la estación, o haber llegado en ese momento. En
todo caso, allí no tenía que rendir cuentas a nadie. Pensó que le gustaba
sentirse así.
—Un café cargado, doble, bien caliente —dijo al camarero.
Le había salido un tono de confianza, de seguridad en sí misma como si hubiera
una vieja familiaridad entre ella y el hombre del bar, donde en realidad no
entraba nunca.
—Sí, señora, un momento que calentamos la máquina y lo
hacemos en seguida —dijo el camarero. Y añadió—: Por la mañana tardo más en
calentarme yo que en calentar la máquina.
Stefania sonrió, metió la cara entre las solapas e hizo:
—Brrr...
Había otro hombre en el bar, un cliente, de pie, mirando
hacia afuera por la vidriera. Se giró al oír el estremecimiento de Stefania y
sólo entonces ella lo vio, y como si la presencia de los dos hombres le
devolviera de pronto la conciencia de sí misma, se miró con atención en el
cristal detrás del mostrador. No, no se veía que había pasado la noche por ahí;
estaba sólo un poco pálida. Sacó del bolso el neceser, se empolvó.
El hombre se había acercado al mostrador. Llevaba un
abrigo oscuro con una bufanda de seda blanca y debajo un traje azul.
—A esta hora —dijo, sin dirigirse a nadie—, los que están
despiertos se dividen en dos categorías: los todavía y los ya.
Stefania esbozó una sonrisa, sin detener en él la mirada.
Lo había visto bien: tenía una cara un poco patética y un poco trivial, de esos
hombres que a fuerza de indulgencia consigo mismos y con el mundo han llegado,
sin ser viejos, a un estado entre la sabiduría y la imbecilidad.
—...Y cuando uno ve a una mujer bonita, después de decirle
«Buenos días»... —y se inclinó hacia Stefania quitándose el cigarrillo de la
boca.
—Buenos días —dijo Stefania, con un poco de ironía pero
sin acritud.
—...Uno se pregunta: ¿todavía?, ¿ya?, ¿ya?, ¿todavía? Ese
es el misterio.
—¿Cómo? —dijo Stefania, con el aire de quien ha entendido
pero no quiere seguir el juego. El hombre la miraba fijo, indiscreto, pero a
Stefania no le importaba nada aunque se viera que ella era de las despiertas
«todavía».
—¿Y usted? —dijo, maliciosa; había comprendido que el
señor tenía la retórica del noctámbulo y que, si no se lo reconocía como tal a
primera vista, se ofendía.
—¡Yo: todavía! ¡Siempre todavía! —después lo pensó—: ¿por
qué? ¿No se había dado cuenta? —y le sonrió, pero sólo quería burlarse de sí
mismo. Se quedó un momento tragando saliva como si tuviera la boca amarga—. La
luz del día me ahuyenta, me hace buscar refugio como un murciélago —dijo
distraído, como si recitase un papel.
—Aquí está su leche, el expreso para la señora —dijo el
camarero.
El hombre se puso a soplar en el vaso, a beber muy
despacio.
—¿Está buena? —dijo Stefania.
—Un asco —contestó. Y añadió—: Desintoxica, dicen. ¿Pero
yo de qué me desintoxico a estas alturas? Si me muerde una serpiente venenosa
se queda seca.
—Mientras haya salud... —dijo Stefania. Quizá bromeaba
demasiado.
Tanto que el hombre dijo la frase:
—El único antídoto lo conozco, si quiere que se lo diga...
—quién sabe adonde iría a parar.
—¿Cuánto es? —preguntó Stefania al camarero.
—...Esa mujer que he buscado siempre... —continuaba el
noctámbulo.
Stefania salió a ver si habían abierto el portal. Dio unos
pasos por la acera. No, seguía cerrado. Entretanto el hombre también había
salido del bar con aire de querer seguirla. Stefania volvió sobre sus pasos,
entró de nuevo en el bar. El hombre, que no se lo esperaba, dudó un poco,
estuvo por entrar él también, después, cediendo a la resignación, siguió su
camino, tosiendo.
—¿Tiene cigarrillos? —preguntó Stefania al camarero. No le
quedaban más y hubiera querido fumar uno apenas estuviera en casa. Los estancos
estaban todavía cerrados.
El camarero sacó un atado. Stefania lo tomó y pagó.
Volvió al umbral del bar. Un perro casi se le echó encima,
arrastrando por la trailla a un cazador con fusil, cartuchera, morral.
—¡Quieta, Frisette, sentada! —exclamó el cazador. Y al
camarero—: ¡Un café!
—¡Espléndido! —dijo Stefania, acariciando al perro—. ¿Es
un setter?
– Épagneul breton -dijo el cazador—. Hembra. —Era joven,
un poco brusco, pero más por timidez que otra cosa.
—¿Cuántos años tiene?
—Va a cumplir diez meses. Quieta, Frisette, muy bien.
—Entonces, ¿esas perdices? —dijo el camarero.
—Oh, es sólo para hacer correr al perro... —dijo el
cazador.
—¿Lejos? —preguntó Stefania.
El cazador dijo el nombre de un lugar que no quedaba
lejos.
—En coche es un salto. A las diez estoy de vuelta. El
trabajo...
—Es un sitio agradable —dijo Stefania. Sin quererlo, no
dejaba caer la conversación, aunque no hablaran de nada.
—El valle es abierto, limpio, todo de matorrales bajos, de
brezales, y por la mañana no hay nada de niebla, se ve bien... Si el perro
levanta alguna presa...
—Ojalá pudiera yo ir a trabajar a las diez, dormiría hasta
las diez menos cuarto —dijo el camarero.
—Bueno, a mí también me gusta dormir —dijo el cazador— y
sin embargo estar allá mientras todos los demás duermen todavía, no sé, me
atrae, es una pasión...
Stefania sentía que con ese aire de justificarse, el joven
ocultaba un orgullo mordaz, un encono contra la ciudad dormida a su alrededor,
la obstinación de sentirse diferente.
—No se ofenda, pero para mí ustedes los cazadores están
locos —dijo el camarero—. Aunque sólo sea por esa manía de levantarse a
semejantes horas.
—En cambio yo lo comprendo —dijo Stefania.
—Bueno, ¿quién sabe? —decía el cazador—. Una pasión como
cualquier otra. —Ahora miraba a Stefania y la poca convicción que había puesto
antes cuando hablaba de la caza parecía haberse perdido, y era como si la
presencia de Stefania le hiciese sospechar que toda su forma de pensar estaba
equivocada, que tal vez la felicidad era algo distinto de lo que él andaba
buscando.
—De veras, lo comprendo, una mañana como ésta... —dijo
Stefania.
Por un instante el cazador se quedó como quien tiene ganas
de hablar pero no sabe qué decir.
—Cuando el tiempo está así, seco y fresco, el perro puede
trabajar bien —dijo.
Había bebido el café, había pagado, el perro tironeaba
para salir y él seguía allí, vacilante. Dijo torpemente:
—Dígame, ¿y por qué no viene usted también, señora?
Stefania sonrió.
—Digamos que otra vez que nos encontremos quedamos en
algo, ¿eh?
El cazador hizo:
—Eh... —Echó otra vez una mirada alrededor para ver si
encontraba otro pretexto para seguir conversando. Después dijo—: Bueno, me voy.
Buenos días. —Se saludaron y él se dejó arrastrar por el perro.
Había entrado un obrero. Pidió un aguardiente.
—A la salud de todos los que madrugan —dijo alzando el
vaso—, sobre todo de las mujeres bonitas. —Era un hombre no demasiado joven, de
aire alegre.
—A su salud —dijo Stefania, amable.
—Por la mañana temprano te sientes dueño del mundo —dijo
el obrero.
—¿Y por la noche no? —preguntó Stefania.
—Por la noche tienes demasiado sueño —contestó— y no
piensas en nada. Si no, cuidado...
—Yo por la mañana suelto tantas maldiciones una tras otra
—dijo el camarero.
—Porque antes de trabajar hay que salir a dar una vuelta.
Si hiciera como yo, que voy a la fábrica en velomotor, y el aire frío que da en
la cara...
—El aire barre las preocupaciones —dijo Stefania.
—La señora me comprende —dijo el obrero—. Y ya que me
comprende debería beberse una grapita conmigo.
—No, gracias, no bebo, de veras.
—Por la mañana es lo que se necesita. Dos grapitas, jefe.
—No bebo, en serio, beba usted a mi salud, por favor.
—¿No bebe nunca?
—A veces, por la noche.
—¿Ve? Ahí se equivoca.
—Una se equivoca tanto...
—A su salud —y el obrero se bebió un vasito y después el
otro—. Uno y dos. Mire, le voy a explicar...
Stefania estaba sola, allí, entre esos hombres, esos
hombres diferentes, y conversaba con ellos. Estaba tranquila, segura de sí
misma, no había nada que la turbara. Este era el hecho nuevo de esa mañana.
Salió del bar para ver si habían abierto el portal. El
obrero también salió, montó en el velomotor, se calzó los mitones.
—¿No tiene frío? —preguntó Stefania. El obrero se golpeó
el pecho; se oyó ruido de periódicos.
—Llevo la coraza puesta. —Y añadió en dialecto—: Adiós,
señora. —También Stefania saludó en dialecto, y él partió.
Stefania comprendió que había sucedido algo y que ya no
podía volver atrás.
Esta manera nueva de estar entre los hombres, el
noctámbulo, el cazador, el obrero, la cambiaba. Había sido éste su adulterio,
estar sola entre ellos, así, de igual a igual. De Fornero ni siquiera se
acordaba ya.
El portal estaba abierto. Stefania R. entró en su casa muy
de prisa. La portera no la vio.
La aventura de un matrimonio
El obrero Arturo Massolari hacía el turno de noche, el que
termina a las seis. Para volver a su casa tenía un largo trayecto que recorría
en bicicleta con buen tiempo, en tranvía los meses lluviosos e invernales.
Llegaba entre las siete menos cuarto y las siete, a veces un poco antes, otras
un poco después de que sonara el despertador de Elide, su mujer.
A menudo los dos ruidos, el sonido del despertador y los
pasos de él al entrar, se superponían en la mente de Elide, alcanzándola en el
fondo del sueño, ese sueño compacto de la mañana temprano que ella trataba de
seguir exprimiendo unos segundos con la cara hundida en la almohada. Después se
levantaba repentinamente de la cama y ya estaba metiendo a ciegas los brazos en
la bata, el pelo sobre los ojos. Elide se le aparecía así, en la cocina, donde
Arturo sacaba los recipientes vacíos del bolso que llevaba al trabajo: la
fiambrera, el termo, y los depositaba en el fregadero. Ya había encendido el
calentador y puesto el café. Apenas la miraba, Elide se pasaba una mano por el
pelo, se esforzaba por abrir bien los ojos, como si cada vez se avergonzase un
poco de esa primera imagen que el marido tenía de ella al regresar a casa,
siempre tan en desorden, con la cara medio dormida. Cuando dos han dormido
juntos es otra cosa, por la mañana los dos emergen del mismo sueño, los dos son
iguales.
En cambio a veces entraba él en la habitación para
despertarla con la taza de café, un minuto antes de que sonara el despertador;
entonces todo era más natural, la mueca al salir del sueño adquiría una dulzura
indolente, los brazos que se levantaban para estirarse, desnudos, terminaban
por ceñir el cuello de él. Se abrazaban. Arturo llevaba el chaquetón
impermeable; al sentirlo cerca ella sabía el tiempo que hacía: si llovía, o
había niebla o nieve, según lo húmedo y frío que estuviera. Pero igual le decía:
«¿Qué tiempo hace?», y él empezaba como de costumbre a refunfuñar medio
irónico, pasando revista a los inconvenientes que había tenido, empezando por
el final: el recorrido en bicicleta, el tiempo que hacía al salir de la
fábrica, distinto del que hacía la noche anterior al entrar, y los problemas en
el trabajo, los rumores que corrían en la sección, y así sucesivamente.
A esa hora la casa estaba siempre mal caldeada, pero Elide
se había desnudado completamente, temblaba un poco, y se lavaba en el cuartito
de baño. Detrás llegaba él, con más calma, se desvestía y se lavaba también,
lentamente, se quitaba de encima el polvo y la grasa del taller. Al estar así
los dos junto al mismo lavabo, medio desnudos, un poco ateridos, dándose algún
empellón, quitándose de la mano el jabón, el dentífrico, y siguiendo con las
cosas que tenían que decirse, llegaba el momento de la confianza, y a veces,
frotándose mutuamente la espalda, se insinuaba una caricia y terminaban
abrazados.
Pero de pronto Elide:
—¡Dios mío! ¿Qué hora es ya? —y corría a ponerse el
portaligas, la falda, a toda prisa, de pie, y con el cepillo yendo y viniendo
por el pelo, y adelantaba la cara hacia el espejo de la cómoda, con las
horquillas apretadas entre los labios. Arturo la seguía, encendía un
cigarrillo, y la miraba de pie, fumando, y siempre parecía un poco incómodo por
verse allí sin poder hacer nada. Elide estaba lista, se ponía el abrigo en el
pasillo, se daban un beso, abría la puerta y ya se la oía bajar corriendo las escaleras.
Arturo se quedaba solo. Seguía el ruido de los tacones de
Elide peldaños abajo, y cuando dejaba de oírla, la seguía con el pensamiento,
los brincos veloces en el patio, el portal, la acera, hasta la parada del
tranvía. El tranvía, en cambio, lo escuchaba bien: chirriar, pararse, y el
golpe del estribo cada vez que subía alguien. «Lo ha atrapado», pensaba, y veía
a su mujer agarrada entre la multitud de obreros y obreras al «once», que la
llevaba a la fábrica como todos los días. Apagaba la colilla, cerraba los
postigos de la ventana, la habitación quedaba a oscuras, se metía en la cama.
La cama estaba como la había dejado Elide al levantarse,
pero de su lado, el de Arturo, estaba casi intacta, como si acabaran de
tenderla. El se acostaba de su lado, como corresponde, pero después estiraba
una pierna hacia el otro, donde había quedado el calor de su mujer, estiraba la
otra pierna, y así poco a poco se desplazaba hacia el lado de Elide, a aquel
nicho de tibieza que conservaba todavía la forma del cuerpo de ella, y hundía
la cara en su almohada, en su perfume, y se dormía.
Cuando volvía Elide, por la tarde, Arturo hacía un rato
que daba vueltas por las habitaciones: había encendido la estufa, puesto algo a
cocinar. Ciertos trabajos los hacía él, en esas horas anteriores a la cena,
como hacer la cama, barrer un poco, y hasta poner en remojo la ropa para lavar.
Elide encontraba todo mal hecho, pero a decir verdad no por ello él se esmeraba
más: lo que hacía era una especie de ritual para esperarla, casi como salirle
al encuentro aunque quedándose entre las paredes de la casa, mientras afuera se
encendían las luces y ella pasaba por las tiendas en medio de esa animación
fuera del tiempo de los barrios donde hay tantas mujeres que hacen la compra
por la noche.
Por fin oía los pasos por la escalera, muy distintos de
los de la mañana, ahora pesados, porque Elide subía cansada de la jornada de
trabajo y cargada con la compra. Arturo salía al rellano, le tomaba de la mano
la cesta, entraban hablando. Elide se dejaba caer en una silla de la cocina,
sin quitarse el abrigo, mientras él sacaba las cosas de la cesta. Después:
—Arriba, un poco de coraje —decía ella, y se levantaba, se
quitaba el abrigo, se ponía ropa de estar por casa. Empezaban a preparar la
comida: cena para los dos, después la merienda que él se llevaba a la fábrica
para el intervalo de la una de la madrugada, la colación que ella se llevaría a
la fábrica al día siguiente, y la que quedaría lista para cuando él se
despertara por la tarde.
Elide a ratos se movía, a ratos se sentaba en la silla de
paja le daba indicaciones. El, en cambio, era la hora en que estaba descansado,
no paraba, quería hacerlo todo, pero siempre un poco distraído, con la cabeza
ya en otra parte. En esos momentos a veces estaban a punto de chocar, de
decirse unas palabras hirientes, porque Elide hubiera querido que él estuviera
más atento a lo que ella hacía, que pusiera más empeño, o que fuera más
afectuoso, que estuviera más cerca de ella, que le diera más consuelo. En
cambio Arturo, después del primer entusiasmo porque ella había vuelto, ya
estaba con la cabeza fuera de casa, pensando en darse prisa porque tenía que
marcharse.
La mesa puesta, con todo listo y al alcance de la mano
para no tener que levantarse, llegaba el momento en que los dos sentían la
zozobra de tener tan poco tiempo para estar juntos, y casi no conseguían
llevarse la cuchara a la boca de las ganas que tenían de estarse allí tomados
de las manos.
Pero todavía no había terminado de filtrarse el café y él
ya estaba junto a la bicicleta para ver si no faltaba nada. Se abrazaban.
Parecía que sólo entonces Arturo se daba cuenta de lo suave y tibia que era su
mujer. Pero cargaba al hombro la barra de la bici y bajaba con cuidado la
escalera.
Elide lavaba los platos, miraba la casa de arriba abajo,
las cosas que había hecho su marido, meneando la cabeza. Ahora él corría por
las calles oscuras, entre los escasos faroles, quizás ya había dejado atrás el
gasómetro. Elide se acostaba, apagaba la luz. Desde su lado, acostada, corría
una pierna hacia el lugar de su marido buscando su calor, pero advertía cada
vez que donde ella dormía estaba más caliente, señal de que también Arturo
había dormido allí, y eso la llenaba de una gran ternura.
La aventura de un poeta
Las orillas del islote eran altas, rocosas. Encima crecía
la mancha baja y tupida de la vegetación que resiste la cercanía del mar. En el
cielo volaban las gaviotas. Era una isla pequeña próxima a la costa, desierta,
sin cultivar: en media hora se le podía dar la vuelta en barca y hasta en bote
de goma, como el de los dos que se acercaban, el hombre que remaba tranquilo,
la mujer acostada tomando el sol. Al aproximarse en hombre aguzó la oreja.
—¿Has oído algo? —preguntó ella.
—Silencio —dijo—. Las islas tienen un silencio que se oye.
En realidad todo silencio consiste en la red de menudos
ruidos que lo envuelve: el silencio de la isla se diferenciaba del silencio del
tranquilo mar circundante porque estaba recorrido por murmullos vegetales,
cantos de pájaros o un brusco rumor de alas.
Abajo, al pie de las rocas, el agua, aquel día sin una
ola, era de un azul intenso, límpido, atravesada hasta el fondo por los rayos
del sol. En la escollera se abrían bocas de cavernas, y los dos del bote se
acercaban perezosamente a explorarlas.
Era una costa del sur, poco afectada todavía por el
turismo, y los dos bañistas venían de fuera. Él era un tal Usnelli, poeta
bastante conocido; élla, Delia H., una mujer muy bella.
Delia era una admiradora del sur, apasionada, francamente
fanática, y tendida en el bote hablaba con continuo transporte de todo lo que
veía, y quizá también en cierto tono de polémica porque le parecía que Usnelli,
recién llegado a aquellos lugares, participaba de su entusiasmo menos de lo
debido.
—Espera —decía Usnelli—. Espera.
—¿Espera qué? ¿Quieres algo más hermoso que esto? —decía
ella.
Él, desconfiado —por naturaleza y por educación
literaria-de las emociones y las palabras que otros ya habían hecho suyas,
habituado más a descubrir las bellezas escondidas y espúreas que las
manifiestas e indiscutibles, estaba sin embargo con los nervios de punta. La
felicidad era para Usnelli un estado de suspensión, de esos que se han de vivir
conteniendo la respiración. Desde que se había enamorado de Delia veía en
peligro su cautelosa, avara relación con el mundo, pero no quería renunciar a
nada ni de sí mismo ni de la felicidad que se le ofrecía. Ahora estaba alerta,
como si cada grado de perfección que la naturaleza circundante alcanzaba —un
decantarse del azul del agua, una transformación del verde de la costa en
ceniciento, la alerta de un pez que asomaba justo allí donde era más lisa la
superficie del mar—, sólo sirviera para preceder otro grado más alto, y así
sucesivamente, hasta el punto en que la línea invisible del horizonte se
abriera como una ostra revelando de pronto un planeta distinto o una palabra
nueva.
Entraron en una gruta. Al principio era espaciosa, casi un
lago interior de un verde claro, bajo una alta bóveda rocosa. Más adelante se
estrechaba en na oscura galería. Con el remo el hombre hacía girar el bote
sobre sí mismo para gozar de los diversos efectos de la luz. La de afuera, que
se metía pr la grieta irregular de la entrada, deslumbraba con sus colores
avivados por el contraste. Allí el agua irradiaba, y las láminas de luz
rebotaban hacia arriba, contrastando con las blandas sombras que se alargaban
desde el fondo. Reflejos y manchas de luz comunicaban a la roca de las paredes
y de la bóveda la inestabilidad del agua.
—Aquí comprendes a los dioses —dijo la mujer.
—Hum —dijo Usnelli. Estba nervioso. Su mente, habituada a
traducir las sensaciones en palabras, ahora nada, no conseguía formular ni una
sola.
Se internaron. El bote dejó atrás un bajío: el dorso de
una roca al ras del agua; ahora flotaba entre los escasos fulgores que
aparecían y desaparecían a cada golpe de remo: el resto era sombra espesa; las
palas tocaban de vez en cuando una pared. Mirando hacia atrás Delia veía el ojo
azul del cielo abierto cuyos contornos cambiaban continuamente.
—¡Un cangrejo! ¡Grande! ¡Allí! —gritó, levantándose.
—"¡...grejo! ¡...iii!" —retumbó el eco.
—¡El eco! —exclamó contenta, y se puso a gritar palabras
en las tenebrosas bóvedas: invocaciones, versos—. ¡Tú también! ¡Grita tu
nombre! ¡Pide un deseo! —le dijo a Usnelli.
—Ooo... —hizo Usnelli—. Ehiii... Ecooo...
De vez en cuando la barca se arrastraba por el fondo. La
oscuridad era más espesa.
—Tengo miedo. ¡Dios sabe cuántos bichos habrá!
—Todavía se puede pasar.
Usnelli se dio cuenta que avanzaba hacia la oscuridad como
un pez de los abismos que huye de las aguas iluminadas.
—Tengo miedo, volvamos —insistió ella.
También a él, en el fondo, el gusto por lo horrible le era
ajeno. Remó hacia atrás. Al volver al lugar donde la gruta se ensanchaba, el
mar se volvió de cobalto.
—¿Habrá pulpos? —dijo Delia.
—Se verían. Está límpido.
—Entonces voy a nadar.
Se dejó caer desde el bote, se apartó, nadaba en el lago
subterráneo, y su cuerpo parecía unas veces blanco (como si la luz lo despojara
de todo color propio), otras del azul de aquella pantalla de agua.
Usnelli había dejado de remar: seguía conteniendo la
respiración. Pare él, estar enamorado de Delia había sido siempre así, como en
el espejo de esa gruta: haber entrado a un mundo más allá de la palabra. Por lo
demás, en todos sus poemas, jamás había escrito un verso de amor; ni uno.
—Acércate —dijo Delia. Mientras nadaba se había quitado el
trapito que le cubría el pecho; lo arrojó por encima de la borda del bote—. Un
momento. —Se quitó también el otro pedazo de tela sujeto a las caderas y lo
pasó a Usnelli.
Ahora estaba desnuda. La piel más blanca en el pecho y en
las caderas casi no se distinguía, porque todo su cuerpo difundía una claridad
azulada, de medusa. Nadaba de costado, con un movimiento indolente, la cabeza
(una expresión fija y casi irónica de estatua) apenas al ras del agua, y a
veces la curva de un hombro y la línea suave del brazo extendido. El otro
brazo, con movimientos acariciadores, cubría y descubría los pechos altos,
tendidos hacia el vértice. Las piernas apenas batían el agua, sosteniendo el
vientre liso, marcado por el ombligo como una huella leve en la arena, y la
estrella como de un fruto de mar. Los rayos del sol que reverberaban bajo el
agua la rozaban, ya vistiéndola, ya desnudándola del todo.
De la natación pasó a un movimiento que parecía de danza;
suspendida en el agua a media profundidad, sonriéndole, extendía los brazos en
una blanda rotación de los hombros y las muñecas; o bien, con un empujón de la
rodilla hacía asomarse un pie arqueado como un pequeño pez.
Usnelli, en el bote, era todo ojos. Comprendía que lo que
ese momento le ofrecía la vida era algo que no a todos les es dado mirar con
los ojos abiertos, como el corazón más deslumbrador del sol. Y en corazón de
ese sol había silencio. Todo lo que allí había en ese momento no podía
traducirse en ninguna otra cosa, quizá ni siquiera en un recuerdo.
Ahora Delia nadaba de espaldas, emergiendo hacia el sol,
en la boca de la gruta. Avanzaba con un ligero movimiento de brazos hacia el
mar abierto y debajo el agua iba cambiando gradualmente de azul, cada vez más
clara y luminosa.
—¡Cuidado, cúbrete! ¡Se acercan unas barcas, allá fuera!
Delia ya estaba en los escollos, bajo el cielo. Se metió
debajo del agua, extendió el brazo, Usnelli le tendió las exiguas prensas, ella
se las sujetó nadando, volvió a subir al bote. Las barcas que llegaban eran de
pescadores. Usnelli reconoció a algunos del grupo de gente pobre que pasaban la
estación de la pesca en aquella playa, durmiendo al abrigo de unos escollos.
Les salió al encuentro. El hombre que remaba era el joven, taciturno en su
dolor de muelas, la gorra blanca de marinero encajada sobre los ojos estrechos,
remando a tirones como si cada esfuerzo que hacía le sirviera para sentir menos
el dolor; padre de cinco hijos; desesperado. El viejo iba en la popa; un
sombrero mexicano de paja coronaba con una aureola toda deshilachada la figura
flaca, los ojos redondos y muy abiertos, en otro tiempo quizá por soberbia
fanfarrona, ahora por comedia de borrachín, la boca abierta bajo los bigotes
caídos, todavía negros; limpiaba con cuchillo los mújoles que habían pescado.
—¿Buena pesca? —gritó Delia.
—Lo poco que hay —contestaron—. Es el año.
A Delia le gustaba hablar con los lugareños. A Usnelli, no
("frente a ellos", decía, "no me siento con la consciencia
tranquila", se encogía de hombros y todo terminaba ahí). Ahora el bote se
acostaba a la barca, cuyo barniz descolorido y surcado de grietas se levantaba
en pequeñas escamas, y el remo atado con una anilla de cáñamo al escalmo gemía
cada vez que frotaba la madera astillada de la borda, y una pequeña y
herrumbada ancla de cuatro puntas se había enganchado bajo la tabla estrecha
del asiento en una de las nasas de mimbre erizadas de algas rojizas, secas
quien sabe hacía cuanto tiempo, y sobre el montón de redes teñidas de tanino y
bordeadas de redondas tajadas de corcho, centelleaban en sus filosas envolturas
de escamas, ya de un gris mortecino, ya de un turquesa resplandeciente, los
peces boqueantes; las branquias todavía palpitaban mostrando, debajo, un rojo
triángulo de sangre.
Usnelli seguía callado, pero esta angustia del mundo
humano era lo contrario de la que le comunicaba poco antes la belleza de la
naturaleza: así como allá le faltaban las palabras, aquí una avalancha de
palabras se precipitaba en su cabeza: palabras para describir cada verruga,
cada pelo de la flaca cara mal afeitada del pescador viejo, cada plateada
escama de mújol.
En la orilla había otra barca en seco, volcada, sostenida
por caballetes, y de la sombra salían las plantas de los pies descalzos de unos
hombres dormidos, los que habían estado pescando durante toda la noche; cerca,
una mujer toda vestida de negro, sin cara, ponía una olla sobre un fuego de
algas, del que subía una larga humareda. La orilla en aquella cala era de
guijarros grises; las manchas de colores desteñidos eran los delantales de los
niños que jugaban, los más pequeños vigilados por las hermanas mayorcitas y
regañonas, y los mayores y más despabilados, con cortos calzones hechos de
viejos pantalones de adulto, corrían arriba y abajo entre los escollos y el
agua. Más lejos empezaba a extenderse una orilla de arena recta, blanca y
desierta, que de un lado se perdía en un cañaveral ralo y en terrenos baldíos.
Un joven vestido de fiesta, todo de negro, incluso el sombrero, con el bastón
al hombro y un ato colgando, caminaba junto al mar a lo largo de la playa,
marcando con los clavos de los zapatos la friable costa de arena: seguramente
un campesino o un pastor de un pueblo del interior que había bajado a la costa
para ir a algún mercado y que seguía el camino pegado al mar buscando el alivio
de la brisa. El ferrocarril mostraba los hilos, el terraplén, los postes, la
cerca, después desaparecía en un túnel y volvía a empezar más adelante,
desaparecía, salís nuevamente, como las puntadas de una costura irregular. Por
encima de los guardacantones blancos y negros de la carretera, asomaban unos
olivos bajos; más arriba las colinas se cubrían de brezo, pastos y matorrales o
solamente de piedras. Un pueblo encastrado en una grieta entre aquellas alturas
se alargaba hacia arriba, las casas una sobre otra, separadas por calles en
escalera, empedradas, hundidas en el medio para que corriera el arroyuelo de
deyecciones de mulo, y en los umbrales de todas las casas había cantidad de
mujeres, viejas o envejecidas, y en los pretiles, sentados en fila, cantidad de
hombres, viejos y jóvenes, todos en camisa blanca, y en medio de las calles en
escalera los niños jugando en el suelo y algún muchachito mayor tendido a
través con la mejilla apoyada en un peldaño, durmiendo allí porque estaba un
poco más fresco que dentro de la casa y olía menos, y posadas en todas partes y
volando nubes de moscas, y en cada muro y en la orla de papel de periódico que
cubría el manto de cada chimenea, el infinito punteado de excremento de mosca,
y a Usnelli le venían a la mente palabras y más palabras, apretadas,
entrelazadas las unas sobre las otras, sin espacio entre las líneas, hasta que
poco a poco era imposible distinguirlas, eran una maraña de la que iban
desapareciendo incluso los menudos ojales blancos y sólo quedaba el negro, el
negro más total, impenetrable, desesperado como un grito.
La aventura de un esquiador
En el telesilla había cola. El grupo de muchachos que
había llegado con el autobús formaba fila, apoyándose en los esquíes paralelos
y a cada paso que daba la cola —una larga cola que, en lugar de avanzar en
línea recta, como hubiera podido, trazaba un zigzag casual, que unas veces
subía, otras bajaba— batiendo los pies o resbalando de costado, según el lugar
donde se hallaban, y de pronto afirmándose en los palos, cargando a menudo el
propio peso en los vecinos de abajo, o tratando de liberar las raquetas de los
palos de debajo de los esquíes de los vecinos de arriba, tropezando con los
propios que se torcían, agachándose para ajustar los cierres y deteniendo así
toda la fila, quitándose los anoraks o las tricotas y volviendo a ponérselos
según saliera o desapareciese el sol, metiendo los mechones de pelo debajo de
las orejeras de lana o los faldones de la camisa a cuadros dentro del cinturón,
buscando el pañuelo en el bolsillo y sonándose las narices rojas y heladas, y
en todas estas operaciones quitándose y poniéndose nuevamente los mitones que a
veces se caían en la nieve y había que pescarlos con la punta del palo: esta
agitación de pequeños gestos desordenados recorría la fila y culminaba en un
frenesí cuando se trataba de abrir el cierre de cremallera de todos los
bolsillos para buscar las monedas escondidas para el billete o el pase y
tenderlo al hombre del telesilla que los perforaba, y después meter todo en el
bolsillo, y los mitones, y unir los dos palos, uno con la punta metida en la
raqueta del otro para sujetarlos con una sola mano, todo esto superando la
pequeña subida de la plazoleta donde había que estar preparados para acomodar
el ancla del telesilla debajo del asiento y dejarse arrastrar de golpe hacia
arriba.
El muchacho de las gafas verdes estaba en medio de la
cola, aterido, y tenía al lado un gordo que empujaba. Y mientras estaban allí,
pasó la chica de la capucha celeste-cielo. No se puso en la cola; avanzaba,
cuesta arriba, por el sendero. Y subía con los esquíes ligera como si caminase.
—¿Qué hace ésa? ¿Quiere subir con sus propias piernas? —se
preguntó el gordo que empujaba.
—Lleva pieles de foca —dijo el muchacho de las gafas
verdes.
—La quiero ver cuando llegue al trecho más empinado —dijo
el gordo.
—¡Le durará poco lo de hacerse la lista, ya verás!
La chica avanzaba sin esfuerzo, con un movimiento regular
de sus altas rodillas —era de piernas muy largas, metidas en pantalones
tirantes, sujetos en los tobillos— que acompasaba el subir y bajar de los palos
relucientes. En aquel aire helado y blanco el sol era como un dibujo amarillo y
nítido, con todos sus rayos: en las superficies nevadas sin una sombra, sólo
por su centelleo se distinguían salientes y anfractuosidades y el suelo batido
de la pista. En el anorak celeste-cielo la cara de la muchacha rubia era de un
rosa que se ponía rojo en las mejillas, contra la blanca felpa del interior de
la capucha. Reía hacia el sol, entrecerrando apenas los ojos. Subía ligera con
sus pieles de foca. Los muchachos del grupo del autobús, con las orejas
heladas, los labios quemados, las narices moqueando, no podían quitarle los
ojos de encima, y se hacían empujar en la cola, hasta que ella desapareció
detrás de un talud. A medida que les llegaba el turno, con los mismos
tropezones iniciales y los mismos arranques en falso, los del grupo empezaban a
subir de a dos, arrastrándose en la pista casi vertical. Al muchacho de las
gafas verdes le tocó el mismo telesilla que el gordo que empujaba. Y, a media
subida, volvieron a verla.
—Pero, ¿cómo hizo ésa para llegar hasta ahí?
En aquel lugar el recorrido del telesilla flanqueaba una
especie de valle ancho en el que un sendero de tierra batida se internaba entre
las dunas de nieve acumulada y unos abetos ralos, festoneados de encaje de
hielo. La muchacha celeste-cielo avanzaba con su paso preciso y ese impulso
hacia delante de las manos enguantadas que apretaban sin ansiedad la empuñadura
de los palos.
—¡Uuuh! —le gritaban desde el telesilla subiendo con las
piernas tiesas—. ¡Casi llega antes que nosotros!
La chica tenía su sonrisa amable en los labios, y el
muchacho de las gafas verdes se turbó y no se atrevió a seguir bromeando,
porque ella bajaba las pestañas y él se sintió como borrado.
Apenas llegó a la cima, se lanzó cuesta abajo, detrás del
gordo, los dos pesados como sacos de patatas. Pero lo que él buscaba a tumbos
por la pista era volver a ver el anorak celeste-cielo, y se lanzó hacia abajo
en línea recta para mostrarse valiente y al mismo tiempo disimular su poca
gracia al tomar las curvas.
—¡Pista! ¡Pista! —gritaba inútilmente, porque también el
gordo y todos los del grupo bajaban gritando:
—¡Pista! ¡Pista! —y se iban cayendo uno por uno sentados o
de morros, y sólo él seguía hendiendo el aire doblado en dos sobre los esquíes,
hasta que la vio. La chica seguía subiendo, fuera de la pista, por la nieve
virgen. El muchacho de las gafas verdes la rozó al pasar como una flecha, se
clavó en la nieve y desapareció en ella de cabeza.
Pero en el fondo de la bajada, con el aliento
entrecortado, enharinado de nieve de la cabeza a los pies, ¡ánimo!, estaba de
nuevo con todos los demás haciendo la cola del telesilla, y de nuevo, ¡ánimo!,
arriba hasta la cima. Esta vez la encontró, ella también bajaba. ¿Cómo? Para
ellos, campeón era el que bajaba en línea recta como un loco.
—Bah, tan gran campeona no es la rubia —se apresuró a
decir el gordo, con alivio.
La chica celeste-cielo iba bajando a gusto, tomando los
zigzags con precisión, es decir, que hasta el final no se sabía si quería
doblar o qué, y de pronto la veían bajar en dirección opuesta a la anterior.
Era como si bajara con calma, deteniéndose cada tanto erguida sobre sus largas
piernas, para estudiar el recorrido; pero entretanto los del autobús no
conseguían seguirla. Hasta que incluso el gordo admitió:
—¡Caramba! ¡Esquía como una diosa!
Por qué, no hubieran sabido explicarlo, pero esto era lo
que los dejaba con la boca abierta: todos los movimientos le salían con
facilidad, como si se adaptaran perfectamente a su persona, sin excederse ni un
centímetro, sin sombra de turbación o de esfuerzo o de amor propio empeñado en
hacer algo a toda costa, sino haciéndolo así, naturalmente; e incluso
adoptando, según el estado de la pista, ciertos gestos un poco inseguros, como
de quien camina en puntas de pies, que era una manera muy suya de superar las
dificultades sin demostrar si las tomaba o no en serio, en una palabra, no con
el aire seguro de quien hace las cosas como se debe, sino con una pizca de
timidez, como si estuviera tratando de remedar a alguien que esquía bien, y
resultara que ella esquiaba cada vez mejor: así era cómo la muchacha
celeste-cielo iba con los esquíes.
Entonces, uno tras otro, bajando, torpes, pesados, con
«cristianias» frangolladas, forzando en «slalom» las «curvas quitanieves», los
del autobús le iban detrás, y trataban de seguirla, de superarla, gritando,
haciéndose bromas, pero todo lo que conseguían era precipitarse
desordenadamente cuesta abajo, con movimientos desconjuntados de los hombros,
los brazos con los palos hacia delante, los esquíes que se cruzaban, los
cierres de las botas que saltaban, y por dondequiera que pasaban la nieve se
abría en agujeros de sentadas, caídas de costado, zambullidas de cabeza.
A cada caída, apenas alzaban la cabeza, la buscaban con la
mirada. Cruzando la avalancha de muchachos, la chica celeste-cielo avanzaba con
sus movimientos ligeros, y el pliegue recto de los pantalones tirantes apenas
se doblaba en un balanceo cadencioso, y no se sabía si su sonrisa era de
participación en las hazañas y en los contratiempos de los compañeros de
descenso, o la señal de que ni siquiera los veía.
Entretanto el sol, en vez de cobrar más fuerza al
acercarse el mediodía, se atería hasta desaparecer, como absorbido por un papel
secante. El aire se llenó de ligeros cristales incoloros que volaban oblicuos.
Era la nevisca: no se veía a dos pasos. Los muchachos esquiaban a ciegas,
gritando y llamándose, y a cada momento se salían de la pista, y zas, se caían.
El aire y la nieve eran ahora del mismo color, blanco opaco, pero aguzando en
él la vista, apenas disminuía la densidad, divisaban la sombra celeste-cielo
suspendida en medio, volando de aquí para allá como en una cuerda de violín.
La nevisca había dispersado la cola del telesilla. El
muchacho de las gafas verdes se encontró sin darse cuenta cerca de la caseta de
la estación de salida. A los compañeros no se los veía. La chica de la capucha
celeste-cielo ya estaba allí. Esperaba el ancla que ahora se desenroscaba de la
rueda.
—¡Pronto! —le gritó el hombre del telesilla, atrapando al
vuelo el ancla y reteniéndola para que la chica no se fuera sola.
Bajando torpemente en cuña, consiguió sentársele al lado,
apenas a tiempo para partir con ella, y estuvo a punto de hacerla caer al
agarrarse a la madera. La chica mantuvo el equilibrio por los dos, hasta que él
consiguió acomodarse bien, farfullando quejas a las cuales respondió con una
suave risa como un gluglú de pintada, que el anorak, estirado hasta cubrirle la
boca, sofocaba. La capucha celeste-cielo, como el yelmo de una armadura, sólo
le descubría la nariz que era un poco aguileña, los ojos, algún rizo en la
frente y los pómulos. Así la veía, de perfil, el muchacho de las gafas verdes,
y no sabía si alegrarse de estar con ella en la misma ancla del telesilla, o
avergonzarse de verse allí todo embadurnado de nieve, con el pelo colgando
sobre las sienes, la camisa que se le embolsaba entre la tricota y el cinturón
y que por no perder el equilibrio al mover los brazos no se atrevía a
acomodarse, y ya la miraba de reojo, ya estaba atento a la posición de los
esquíes para que no salieran del sendero de hormigón en los momentos de
tracción demasiado lenta o demasiado tensa, y era siempre ella la que salvaba
el equilibrio, riendo con su gluglú de pintada, mientras él no sabía qué decir.
Había dejado de nevar. El aire neblinoso también se abrió
y en el desgarrón apareció un cielo finalmente azul y el sol resplandeciente y
las montañas nítidas, heladas, una por una, sólo aquí y allá emplumadas las
crestas por los suaves jirones de la nube de nieve. La chica encapuchada dejó
asomar la boca y el mentón.
—Se ha puesto bueno otra vez —dijo—, ya lo decía yo.
—Sí —dijo el muchacho de las gafas verdes—, muy bueno. Y
la nieve está bien.
—Un poco blanda.
—Ah, sí.
—Pero a mí me gusta —dijo ella—, y la bajada en la niebla
tampoco está mal.
—Cuando se conoce la pista... —dijo él.
—No, así —dijo ella—, adivinándola.
—Yo ya la hice tres veces —dijo el muchacho.
—¡Bravo! Yo una sola, pero subí sin telesilla.
—La vi. Se había puesto las pieles de foca.
—Sí. Ahora que hay sol subo a la montaña.
—¿A qué montaña?
—Más allá de la estación de telesilla. A la cresta.
—¿Y qué hay allá arriba?
—Se ve el glaciar como si lo tocaras. Y las liebres
blancas.
—¿Las qué?
—Las liebres. A esa altura las liebres en invierno tienen
el pelo blanco. Las perdices también.
—¿Hay perdices?
—Perdices blancas. Con las plumas blanquísimas. En verano
en cambio tienen las plumas café con leche. ¿Usted de dónde es?
—Italiano.
—Yo soy suiza.
Habían llegado. En la terminal habían bajado del
telesilla, él torpemente, ella acompañando con la mano el ancla durante toda la
vuelta. La chica se quitó los esquíes, los puso rectos, del bolsito que llevaba
en la cintura sacó las pieles de foca y las ató debajo de los esquíes. El la
miraba, frotándose los dedos helados en los mitones. Después, cuando la
muchacha empezó a subir, la siguió.
La subida del telesilla a la cima de la montaña era
difícil.
Al muchacho de las gafas verdes le costaba subir ya en
cuña, ya por peldaños, ya haciendo un esfuerzo para avanzar y resbalando de
nuevo hacia atrás, apoyándose en los palos como un inválido en las muletas. Y
la chica ya estaba arriba y él no la veía.
Llegó a la cima sudando, con la lengua afuera, medio
cegado por el centelleo que irradiaba todo alrededor. Allí empezaba el mundo
del hielo. La chica rubia se había quitado el anorak celeste-cielo y se lo
había anudado a la cintura. También ella se había puesto un par de grandes
gafas.
—¡Allá! ¿Ha visto? ¿Ha visto?
—¿Qué hay? —preguntaba él aturdido. ¿Había saltado una
liebre blanca?, ¿una perdiz?
—Ya no está —dijo ella.
Abajo, sobre el valle, revoloteaban los habituales pájaros
negros que graznan a dos mil metros. El mediodía se había puesto muy límpido y
desde lo alto la mirada abarcaba las pistas, los campos atestados de
esquiadores, de niños con trineos, la estación del telesilla con la cola que se
había vuelto a formar en seguida, el hotel, los autocares parados, el camino
que entraba y salía del negro bosque de abetos.
La muchacha se había lanzado por la pendiente y bajaba con
sus tranquilos zigzags, ya había llegado al lugar donde las pistas eran más
frecuentadas por los esquiadores, pero, en medio de siluetas confusas e
intercambiables que se entrecruzaban como flechas, su figura apenas dibujada
como un paréntesis oscilante no se perdía, era la única que se podía seguir y
distinguir, sustraída al azar y al desorden. El aire era tan nítido que el
muchacho de las gafas verdes adivinaba sobre la nieve la retícula apretada de
las huellas de los esquíes, rectas y oblicuas, de los resbalones, los
salientes, los agujeros, el pisoteo de las raquetas, y le parecía que en el
informe embrollo de la vida se escondía la línea secreta, la armonía que sólo
se podía encontrar en la muchacha celeste-cielo, y que éste era el milagro de
ella: el escoger en cada instante, en el caos de los mil movimientos posibles,
aquel y sólo aquel que era justo y límpido y leve y necesario, aquel y sólo
aquel que, entre los mil gestos perdidos, contaba.
La aventura de un automovilista
Apenas salgo de la ciudad me doy cuenta de que ha
oscurecido. Enciendo los faros. Estoy yendo en coche de A a B por una autovía
de tres carriles, de ésas con un carril central para pasar a los otros coches
en las dos direcciones. Para conducir de noche incluso los ojos deben
desconectar un dispositivo que tienen dentro y encender otro, porque ya no
necesitan esforzarse para distinguir entre las sombras y los colores atenuados
del paisaje vespertino la mancha pequeña de los coches lejanos que vienen de frente
o que preceden, pero deben controlar una especie de pizarrón negro que requiere
una lectura diferente, más precisa pero simplificada, dado que la oscuridad
borra todos los detalles del cuadro que podrían distraer y pone en evidencia
sólo los elementos indispensables, rayas blancas sobre el asfalto, luces
amarillas de los faros y puntitos rojos. Es un proceso que se produce
automáticamente, y si yo esta noche me detengo a reflexionar sobre él es porque
ahora que las posibilidades exteriores de distracción disminuyen, las internas
toman en mí la delantera, mis pensamientos corren por cuenta propia en un
circuito de alternativas y de dudas que no consigo desenchufar, en suma, debo
hacer un esfuerzo particular para concentrarme en el volante.
He subido al coche inmediatamente después de pelearme por
teléfono con Y. Yo vivo en A, Y vive en B. No tenía previsto ir a verla esta
noche. Pero en nuestra cotidiana charla telefónica nos dijimos cosas muy
graves; al final, llevado por el resentimiento, dije a Y que queria romper
nuestra relación; Y respondió que no le importaba, que telefonearía en seguida
a Z, mi rival. En ese momento uno de nosotros-no recuerdo si ella o yo mismo
cortó la comunicación. Na había pasado un minuto y yo ya había comprendido que
el motivo de nuestra disputa era poca cosa comparado con las consecuencias que
estaba provocando. Volver a telefonear a Y hubiera sido un error; el único modo
de resolver la cuestión era dar un salto a B, explicarnos con Y cara a cara.
Aquí estoy pues en esta autovía que he recorrido centenares de veces a todas
horas y en todas las estaciones, pero que jamás me había parecido tan larga.
Mejor dicho, creo que he perdido el sentido del espacio y
del tiempo: los conos de luz proyectados por los faros sumen en lo indistinto
el perfil de los lugares; los números de los kilómetros en los carteles y los
que saltan en el cuentakilómetros son datos que no me dicen nada, que no
responden a la urgencia de mis preguntas sobre qué estará haciendo Y en este
momento, qué estará pensando. ¿Tenía intención realmente de llamar a Z o era
sólo una amenaza lanzada así, por despecho? Si hablaba en serio, ¿lo habrá
hecho inmediatamente después de nuestra conversación, o habrá querido pensarlo
un momento, dejar que se calmara la rabia antes de tomar una decisión? Z vive
en A, como yo; está enamorado de Y desde hace años, sin éxito; si ella le ha
telefoneado invitándolo, seguro que él se ha precipitado en el coche a B; por
lo tanto también él corre por esta autovía; cada coche que me adelanta podría
ser el suyo, y suyo cada coche que adelanto yo. Me es difícil estar seguro: los
coches que van en mi misma dirección son dos luces rojas cuando me preceden y
dos ojos amarillos cuando los veo seguirme en el retrovisor. En el momento en
que me pasan puedo distinguir cuando mucho qué tipo de coche es y cuántas
personas van a bordo, pero los automóviles en los que el conductor va solo son
la gran mayoría y, en cuanto al modelo, no me consta que el coche de Z sea
particularmente reconocible.
Como si no bastara, se echa a llover. El campo visual se
reduce al semicírculo de vidrio barrido por el limpiaparabrisas, todo el resto
es oscuridad estriada y opaca, las noticias que me llegan de fuera son sólo
resplandores amarillos y rojos deformados por un torbellino de gotas. Todo lo
que puedo hacer con Z es tratar de pasarlo, no dejar que me pase, cualquiera
que sea su coche, pero no conseguiré saber si su coche está y cuál es. Siento
igualmente enemigos todos los coches que van hacia A; todo coche más veloz que
el mío que me señala afanosamente en el retrovisor con los faros intermitentes
su volundad de pasarme provoca en mí una punzada de celos; cada vez que veo
delante de mí disminuir la distancia que me separa de las luces traseras de
rival me lanzo al carril central con un impulso de triunfo para llegar a casa
de Y antes que él.
Me bastarían pocos minutos de ventaja: al ver con qué
prontitud he corrido a su casa, Y olvidará en seguida los motivos la pelea;
entre nosotros todo volverá a ser como antes; al llegar, Z comprenderá que ha
sido convocado a la cita sólo por una especie de juego entre nosotros dos; se
sentirá como un intruso. Más aún, quizás en este momento Y se ha arrepentido de
todo lo que me dijo, ha tratado de llamarme por teléfono, 0 bien ha pensado
como yo que lo mejor era acudir en persona, se ha sentado al volante y en este
momento corre en dirección opuesta a la mía por esta autovía.
Ahora he dejado de atender a los coches que van en mi
misma dirección y miro los que vienen a mi encuentro, que para mí sólo
consisten en la doble estrella de los faros que se dilata hasta barrer la
oscuridad de mi campo visual para desaparecer después de golpe a mis espaldas
arrastrando consigo una especie de luminiscencia submarina. El coche de Y es de
un modelo muy corriente; como el mío, por lo demás. Cada una de esas
apariciones luminosas podría ser ella que corre hacia mí, con cada una siento
algo que se mueve en mi sangre impulsado por una intimidad destinada a
permanecer secreta; el mensaje amoroso dirigido exclusivamente a mí se confunde
con todos los otros mensajes que corren por el hilo de la autovía, y sin
embargo, no podría desear de ella un mensaje diferente de éste.
Me doy cuenta de que al correr hacia Y lo que más deseo no
es encontrar a Y al término de mi carrera: quiero que sea Y la que corra hacia
mí, ésta es la respuesta que necesito, es decir, necesito que sepa que corro
hacia ella pero al mismo tiempo necesito saber que ella corre hacia mí. La
única idea que me reconforta es, sin embargo, la que más me atormenta: la idea
de que si en este momento Y corre hacia A, también ella cada vez que vea los
faros de un coche que va hacia B se preguntará si soy yo el que corre hacia
ella, deseará que sea yo y no podrá jamás estar segura. Ahora dos coches que
van en direcciones opuestas se han encontrado por un segundo uno junto al otro,
un resplandor ha iluminado las gotas de lluvia y el rumor de los motores se ha
fundido como en un brusco soplo de viento: quizás éramos nosotros, es decir, es
seguro que yo era yo, si eso significa algo, y la otra podría ser ella, es
decir, la que yo quiero que ella sea, el signo de ella en el que quiero
reconocerla, aunque sea justamente el signo mismo que me la vuelve
irreconocible. Correr por la autovía es el único modo que nos queda, a ella y a
mí, de expresar lo que tenemos que decirnos, pero no podemos comunicarlo ni
recibirlo mientras sigamos corriendo.
Es cierto que me he sentado al volante para llegar a su
casa lo antes posible, pero cuanto más avanzo más cuenta me doy de que el
momento de la llegada no es el verdadero fin de mi carrera. Nuestro encuentro,
con todos los detalles accidentales que la escena de un encuentro supone, la
menuda red de sensaciones, significados, recuerdos que se desplegaría ante
mí-la habitación con el filodendro, la lámpara de opalina, los pendientes—, las
cosas que yo diría, algunas seguramente erradas o equivocas, las cosas que
diría ella, en cierta medida seguramente fuera de lugar o en todo caso no las
que espero, todo el ovillo de consecuencias imprevisibles que cada gesto y cada
palabra comportan, levantaría en torno a las cosas que tenemos que decirnos, o
mejor, que queremos oirnos decir, una nube de ruidos parásitos tal que la
comunicación ya dificil por teléfono resultaría aún más perturbada, sofocada,
sepultada como bajo un alud de arena. Por eso he sentido la necesidad, antes
que de seguir hablando, de transformar las cosas por decir en un cono de luz
lanzado a ciento cuarenta por hora, de transformarme yo mismo en ese cono de
luz que se mueve por la autovía, porque es cierto que una señal así puede ser
recibida y comprendida por ella sin perderse en el desorden equívoco de las
vibraciones secundarias, así como yo para recibir y comprender las cosas que
ella tiene que decirme quisiera que sólo fuesen (más aún, quisiera que ella
misma sólo fuese) ese cono de luz que veo avanzar por la autovía a una
velocidad (digo así, a simple vista) de ciento diez o ciento veinte. Lo que
cuenta es comunicar lo indispensable dejando caer todo lo superfluo, reducirnos
nosotros mismos a comunicación esencial, a señal luminosa que se mueve en una
dirección dada, aboliendo la complejidad de nuestras personas, situaciones,
expresiones faciales, dejándolas en la caja de sombra que los faros llevan
detrás y esconden. La Y que yo amo en realidad es ese haz de rayos luminosos en
movimiento, todo el resto de ella puede permanecer implícito mi yo que ella, mi
yo que tiene el poder de entrar en ese circuito de exaltación que es su vida
afectiva, es el parpadeo del intermitente al pasar otro coche que, por amor a
ella y no sin cierto riesgo, estoy intentando.
También con Z (no me he olvidado para nada de Z) la
relación justa puedo establecerla únicamente si él es para mí sólo parpadeo
intermitente y deslumbramiento que me sigue, o luces de posición que yo sigo;
porque si empiezo a tomar en cuenta su persona con ese algo-digamos-de patético
pero también de innegablemente desagradable, aunque sin embargo-debo
reconocerlo—, justificable, con toda su aburrida historia de enamoramiento
desdichado, su comportamiento siempre un poco equivo... bueno, no se sabe ya adónde
va uno a parar. En cambio mientras todo sigue así, está muy bien: Z que trata
de pasarme se deja pasar por mi (pero no sé si es él), Y que acelera hacia mí
(pero no sé si es ella) arrepentida y de nuevo enamorada, yo que acudo a su
casa celoso y ansioso (pero no puedo hacérselo saber, ni a ella ni a nadie).
Si en la autovía estuviera absolutamente solo, si no viera
correr otros coches ni en un sentido ni en el otro, todo sería sin duda mucho
más claro, tendría la certidumbre de que ni Z se ha movido para suplantarme, ni
Y se ha movido para reconciliarse conmigo, datos que podría consignar en el
activo o en el pasivo de mi balance, pero que no dejarían lugar a dudas. Y sin
embargo, si me fuera dado sustituir mi presente estado de incertidumbre por
semejante certeza negativa, rechazaría sin más el cambio. La condición ideal
para excluir cualquier duda sería que en toda esta parte del mundo existieran
sólo tres automóviles: el mío, el de Y, el de Z; entonces ningún otro coche
podría avanzar en mi dirección sino el de Z, el único coche que fuera en
dirección opuesta sería con toda seguridad el de Y. En cambio, entre los
centenares de coches que la noche y la lluvia reducen a anónimos resplandores,
sólo un observador inmóvil e instalado en una posición favorable podria
distinguir un coche de otro, reconocer quizá quién va a bordo. Esta es la
contradicción en que me encuentro: si quiero recibir un mensaje tendré que
renunciar a ser mensaje yo mismo, pero el mensaje que quisiera recibir de Y-es
decir, el mensaje en que se ha convertido la propia Y-tiene un valor sólo si yo
a mi vez soy mensaje; por otra parte el mensaje en que me he convertido sólo
tiene sentido si Y no se limita a recibirlo como una receptora cualquiera de
mensajes, sino si es el mensaje que espero recibir de ella.
Ahora llegar a B, subir a la casa de Y, encontrar que se
ha quedado alli con su dolor de cabeza rumiando los motivos de la disputa, no
me daría ya ninguna satisfacción; si entonces llegara de improviso también Z se
produciría una escena detestable; y en cambio si yo supiera que Z se ha
guardado bien de ir, 0 que Y no ha llevado a la práctica su amenaza de
telefonearle, sentirla que he hecho el papel de un imbécil. Por otra parte si
yo me hubiera quedado en A e Y hubiera venido a pedirme disculpas, me encontraría
en una situación embarazosa: vería a Y con otros ojos, como a una mujer débil
que se aferra a mí, algo entre nosotros cambiaría. No consigo aceptar ya otra
situación que no esta transformación de nosotros mismos en el mensaje de
nosotros mismos. ¿Pero y Z? Tampoco Z debe escapar a nuestra suerte, tiene que
transformarse también en mensaje de sí mismo, cuidado si yo corro a casa de Y
celoso de Z, si Y corre a mi casa repentida para huir de Z, mientras que Z no
ha soñado siquiera con moverse de su casa...
A medio camino en la autovía hay una estación de servicio.
Me detengo, corro al bar, compro un puñado de fichas, marco el afijo telefónico
de B, el número de Y. Nadie responde. Dejo caer la lluvia de fichas con
alegría: es evidente que Y no ha podido dominar su impaciencia, ha subido al
coche, ha corrido hacia A. Ahora vuelvo a la autovía al otro lado, corro hacia
A yo también. Todos los coches que paso, o todos los coches que me pasan,
podrían ser Y. En el carril opuesto todos los coches que avanzan en sentido
contrario podrían ser Z, el iluso. O bien: también Y se ha detenido en una
estación de servicio, ha telefoneado a mi casa en A, al no encontrarme ha
comprendido que yo estaba yendo a B, ha invertido la dirección. Ahora corremos
en direcciones opuestas, alejándonos, el coche que paso que me pasa es el de Z
que a medio camino también ha tratado telefonear a Y...
Todo es aún más incierto pero siento que he alcanzado
estado de tranquilidad interior: mientras podamos controlar nuestros números
telefónicos y no hay nadie que responda, seguiremos los tres corriendo hacia
adelante y hacia atras por estas líneas blancas, sin puntos de partida o de
llegada inminentes, atestados de sensaciones y significados sobre la univocidad
de nuestro recorrido, liberados por fin del espesor molesto de nuestras
personas y voces y estados de ánimo, reducidos a señales luminosas, único modo
de ser apropiado para quien quiere identificarse con lo que dice sin el zumbido
deformante que la presencia nuestra o ajena transmite a lo que decimos.
El precio es sin duda alto pero debemos aceptarlo: no
podemos distinguirnos de las muchas señales que pasan por esta carretera, cada
una con un significado propio que permanece oculto e indescifrable porque fuera
de aquí no hay nadie capaz de recibirnos y entendernos.
notes
[1] Las obras de Italo Calvino publicadas después de 1970
—fecha de redacción de esta nota introductoria— son las siguientes: Las
ciudades invisibles (1972); El castillo de los destinos cruzados (1973); Si una
noche de invierno un viajero (1979); Punto y aparte (1980); Palomar (1983);
Colección de arena (1984); Bajo el sol jaguar (1986); Seis propuestas para el
próximo milenio (1988).

