Libro N° 4089. El Camino De San Giovanni. Calvino, Italo.
© Libro N° 4089. El Camino De San Giovanni. Calvino, Italo. Colección E.O. Agosto 19 de 2017.
Título
original: © El Camino De San
Giovanni. Italo Calvino
Versión Original: © El Camino De San Giovanni.
Italo Calvino
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EL CAMINO DE SAN GIOVANNI
Italo Calvino
(Memorias)
Autobiografía de un
espectador
Recuerdo de una batalla
La poubelle agréée
Desde lo opaco
Italo Calvino
EL CAMINO DE SAN GIOVANNI
(Memorias)
Nota a la primera edición
italiana de 1990
Un día de la primavera de
1985 Calvino me dijo que escribiría otros doce libros. «Qué digo», añadió, «tal
vez quince».
No cabe duda de que el
primero habría sido Seis propuestas para el próximo milenio. En cuanto al
segundo y al tercero, creo que también él tenía ideas vagas. Hacía listas y las
rehacía, modificaba algunos títulos, alteraba la cronología de otros.
Entre las obras en
preparación, una habría sido una serie de «ejercicios de la memoria». Recojo en
este volumen cinco de ellos, escritos entre 1962 y 1977. Sé sin embargo que
tenía la intención de escribir otros: «Instrucciones para el sosias», «Cuba», «Los
objetos». Pensé renunciar al título Pasajes obligados (o Ritos de pasaje),
quizá provisional para el propio autor, porque me parecen muchos los pasajes
que faltan para componer una autobiografía, como era la intención de Calvino.
Esther Calvino
Nota del editor italiano
Los cinco textos recogidos
por primera vez en este volumen fueron publicados por Italo Calvino de la
manera siguiente:
«El camino de San Giovanni»,
en Questo e altro, 1, 1962; «Autobiografía de un espectador», prefacio al
volumen de Federico Fellini Quatro film, Einaudi, Turín, 1974; «Recuerdo de una
batalla», en Corriere della Sera, 25 de abril de 1974; «La poubelle agréée» en
Paragone 324, febrero de 1977; «Desde lo opaco» en Adelphiana, Adelphi, Milán,
1971.
Se han introducido las
correcciones hechas por el propio Calvino en los textos ya publicados de «El
camino de San Giovanni», «Recuerdo de una batalla» y «La poubelle agréée».
El camino de San Giovanni
Una explicación general del
mundo y de la historia debe tener en cuenta ante todo cómo estaba situada
nuestra casa en la región llamada en un tiempo «punta de Francia», a media
ladera, al pie de la colina de San Pietro, como en la frontera entre dos continentes.
Bajando, apenas se atravesaba nuestra cancela y se salía del camino privado,
empezaba la ciudad con sus aceras escaparates carteles de cine quioscos de
periódicos, y Piazza Colombo allí a un paso, y la costa; subiendo, bastaba
salir por la puerta de la cocina al beudo que pasaba detrás de la casa, en la
parte más alta (los beudi, es sabido, son esas acequias que encaminan las aguas
de los torrentes para regar los terrenos de la ladera: un canalillo pegado a un
muro, flanqueado por una estrecha vereda de lajas de piedra, todo al mismo
nivel) y en seguida estaba uno en el campo, subiendo por los empedrados caminos
de herradura, entre tapias secas y rodrigones de viña y el verde. Mi padre
salía siempre por allí, vestido de cazador, con polainas, y se oía el paso de
los zapatos claveteados en la vereda de la acequia, y el cascabel de bronce del
perro, y el chirrido de la puertecita que daba al camino de San Pietro. Para mi
padre el mundo iba desde allí hacia arriba, y el otro lado del mundo, el de
abajo, era sólo un apéndice a veces necesario para despachar algunas cosas,
pero extraño e insignificante, que había que cruzar a largos trancos casi
escapando, sin mirar alrededor. Yo no, todo lo contrario: para mí el mundo, el
mapa del planeta, iba desde nuestra casa hacia abajo, el resto era espacio en
blanco, sin significados; los signos del futuro yo esperaba descifrarlos entre
aquellas calles, entre aquellas luces nocturnas que no eran sólo las luces y
las calles de nuestra pequeña ciudad apartada, sino la ciudad, vislumbre de
todas las ciudades posibles, así como su puerto era ya los puertos de todos los
continentes, y asomándome a la balaustrada de nuestro jardín todo lo que me
atraía e intimidaba lo tenía al alcance de la mano -y sin embargo tan lejano-,
todas las cosas estaban implícitas, como la nuez en el muezmo, el futuro y el
presente, y el puerto -siempre asomado a aquella balaustrada, y no sé bien si
hablo de una edad a la cual yo nunca salía del jardín o de otra en la que
siempre me escapaba, porque ahora las dos edades se han fundido en una, esta
edad es una sola cosa con los lugares, que ya no son ni lugares ni nada-, el
puerto no se veía, escondido por el borde de los tejados de las casas altas de
la Piazza Sardi y de la Piazza Bresca, y sólo asomaba la franja del muelle y
las cimas de las arboladuras de los barcos; y también las calles estaban
escondidas y nunca conseguía hacer coincidir su topografía con la de los
tejados, tan irreconocibles me resultaban desde allí arriba proporciones y
perspectivas: allá el campanario de San Siro, la cúpula piramidal del teatro
municipal Principe Amedeo, aquí la torre de hierro de la antigua fábrica de
ascensores Gazzano (los nombres, ahora que las cosas ya no existen, se imponen
en la página, insustituibles y perentorios, para ser rescatados), las
buhardillas de la llamada «casa parisiense», un edificio de apartamentos de
alquiler, propiedad de unos primos nuestros, que en aquel tiempo (ahora me
detengo hacia el 30) era una vanguardia aislada de las lejanas metrópolis que
había ido a parar a aquel despeñadero del torrente San Francesco… Más allá se
levantaba, como un bastidor de teatro -el torrente se escondía en el fondo, con
las cañas, las lavanderas, el montón de inmundicias bajo el puente del Roglio-,
la orilla de Porta Candelieri, donde había un escarpado terreno cultivable que
entonces era nuestro, y se agarraba la vieja alcazaba de la Pigna, gris y
porosa como un hueso desenterrado, con segmentos negros de alquitrán o
amarillos y chufos de hierba, coronada -en el emplazamiento del barrio de San
Costanzo, destruido por el terremoto del 87- por un jardín público bien
ordenado y un poco triste, que subía por la colina con sus setos y espalderas:
hasta el salón de baile popular construido sobre estacas, la quinta del viejo
hospital, el santuario de la Madonna della Costa, del siglo XVIII, con su
dominante mole azul. Gritos de madres llamando a sus hijos, cantos de muchachas
o de borrachos, según la hora y el día, se desprendían de estas pendientes
supraurbanas y bajaban hasta nuestro jardín, claros en un cielo de silencio;
mientras, encerrada entre las escamas rojas de los tejados, la ciudad resonaba
confusamente de chatarra de tranvías y martillos, y la corneta solitaria del
patio del cuartel De Sonnaz, y el zumbido del aserradero Bestagno, y -por
Navidad- la música de los tiovivos en la costanera. Cada sonido, cada figura
remitía a otros, más presentidos que oídos o vistos, y así siempre.
También el camino de mi
padre llevaba lejos. Del mundo él sólo veía las plantas y lo que tenía relación
con las plantas, y de cada planta decía en voz alta el nombre, en el latín
absurdo de los botánicos, y el lugar de procedencia -su pasión de toda la vida
había sido conocer y aclimatar plantas exóticas- y el nombre vulgar, si lo
había, en español o en inglés o en nuestro dialecto, y en ese nombrar las
plantas ponía la pasión de tocar fondo en un universo sin fin, de asomarse cada
vez a las fronteras últimas de una genealogía vegetal, y de abrirse con cada
rama hoja o nervadura una vía como fluvial, en la linfa, en la red que cubre la
verde tierra. Y en cultivar -porque ésta era también su pasión, más aún, su
primera pasión-, en cultivar nuestros campos de San Giovanni -allí iba todas
las mañanas saliendo por la puerta de la acequia con el perro, media hora de
marcha, a su paso, casi todo en subida-, ponía un ansia perpetua, no tanto
porque le importara conseguir un rendimiento de aquellas pocas hectáreas, sino
por hacer cuanto podía para llevar adelante una obra de la naturaleza que
necesitaba de la ayuda humana, cultivar todo lo cultivable, considerarse
eslabón de una historia que prosigue desde la semilla, desde el gajo del
trasplante, desde el vástago del injerto hasta la flor el fruto la planta y de
nuevo otra vez sin principio y sin fin, en los estrechos límites de la tierra
(el predio o el planeta). Pero más allá de las franjas cultivadas, un gañido,
un aleteo, un movimiento de la hierba bastaba para hacerle alzar bruscamente
los ojos redondos y fijos y quedarse, la barbita en punta, el oído atento
(tenía un rostro quieto, de búho, con movimientos repentinos a veces, como un
ave de presa, águila o cóndor), y ya no era el hombre de los campos, sino el hombre
de los bosques, el cazador, porque ésta era su pasión -la primera, sí, la
primera, o sea la última, la forma extrema de su única pasión, conocer cultivar
cazar, todos los modos de eneregarse entero a ese bosque silvestre, al universo
no antropomorfo frente al cual (y solamente allí) el hombre era hombre-, cazar,
apostarse en la noche fría antes del alba, por los lomos pelados de Colla Bella
o Colla Ardente, esperando el tordo, la liebre (cazador de pelo, como siempre
los agricultores ligures, su perro era un sabueso) o internarse en el bosque,
rastrearlo palmo a palmo, el perro con la nariz pegada al suelo, por todos los
lugares de paso de los animales, en cada breña donde en los últimos cincuenta
años zorros y tejones habían cavado sus madrigueras y sólo él los conocía, o
bien -cuando iba sin fusil- allí donde los hongos al brotar hinchan la tierra
mojada despues de la lluvia o los caracoles comestibles dejan su estría, el
bosque familiar con su toponimia de los tiempos de Napoleón -Monsù Marco, la
Terraza del Caporal, el Camino de la Artillería- y cualquier pieza de caza y
cualquier pista eran buenos con tal de recorrer kilómetros a pie fuera de los
caminos, batiendo la montaña barranco por barranco día y noche, durmiendo en
los rudimentarios secadores de castañas construidos con piedras y ramas que
llaman cannicci, solo con su perro o su fusil, hasta el Piamonte, hasta
Francia, sin salir nunca del bosque, abriéndose camino, ese camino secreto que
sólo él conocía y que atravesaba todos los bosques, que unía todos los bosques
en un bosque único, cada bosque del mundo en un bosque más allá de todos los
bosques, cada lugar del mundo en un lugar más allá de todos los lugares.
Se entiende que nuestros
caminos divergieran, el de mi padre y el mío. Pero, por mi parte, cuál era el
camino que buscaba si no el mismo que mi padre cavaba en la espesura de otra
extrañedad, en el supermundo (o infierno) humano, qué buscaba de noche en los
zaguanes mal iluminados (a veces una sombra de mujer pasaba fugazmente) si no
la puerta entreabierta, el otro lado de la pantalla de cine, la página que al
volverla introduce en un mundo donde todas las palabras y las figuras resultan
verdaderas, presentes, experiencias mías, ya no el eco de un eco de un eco.
Era difícil hablarnos. De
índole verbosa los dos, poseídos por un mar de palabras, enmudecíamos cuando
estábamos juntos, caminábamos en silencio uno al lado del otro por el camino de
San Giovanni. Para mi padre las palabras debían servir para confirmar las
cosas, y como señal de posesión; para mí eran previsión de cosas apenas
entrevistas, no poseídas, supuestas. El vocabulario de mi padre se dilataba en
el interminable catálogo de los géneros, las especies, las variedades del reino
vegetal -cada nombre era una diferencia recogida en la densa compacidad del
bosque, la confianza en haber ampliado así el dominio del hombre, y en la
terminología técnica, donde la exactitud de la palabra acompaña el esfuerzo de
exactitud de la operación, del gesto. Y toda esa nomenclatura babélica se
empastaba en un fondo idiomático igualmente babélico al que contribuían lenguas
diferentes, mezcladas según las necesidades y los recuerdos (el dialecto para
las cosas locales y bruscas -tenía un léxico dialectal de rara riqueza, lleno
de voces caídas en desuso-, el español para las cosas generales y amables
-México había sido el escenario de sus años más afortunados-, el italiano para
la retórica -era, en todo, un hombre decimonónico-, el inglés -había visitado
Texas- para la práctica, el francés para la broma) y resultaba un discurso
tejido de intercalaciones que se reiteraban puntualmente en respuesta a
situaciones fijas, exorcizando los estados de ánimo, que era también un
catálogo paralelo al de la nomenclatura agrícola y al otro, no de palabras sino
de silbos, chillidos, trinos, zureos, quiú, que procedía de su don para imitar
los cantos de los pájaros, ya fuese acomodando simplemente los labios, ya
ayudándose con las manos alrededor de la boca, ya con silbatos y aparatitos
para soplar o de resorte, de los que llevaba un variado surtido en su cazadora.
Yo no reconocía ni una
planta ni un pájaro. Para mí las cosas eran mudas. Las palabras fluían fluían
en mi cabeza no ancladas a objetos, sino a emociones fantasías presagios. Y
bastaba un viejo periódico pisoteado que iba a parar a mis pies para quedarme
absorto bebiendo la escritura que se desprendía de él, truncada e inconfesable
-nombres de teatros, actrices, vanidades-, y mi mente partía al galope, la
cadena de las imágenes no se detendría durante horas y horas mientras seguía en
silencio a mi padre que señalaba ciertas hojas al otro lado de una tapia y
decía: «Ypotoglaxia jazminifolia» (ahora invento nombres; los verdaderos no los
aprendí nunca), «Photophila wolfoides», decía (estoy inventando; eran nombres
de este tipo), o bien «Crotodendron índica» (claro que ahora hubiera podido
buscar nombres verdaderos en vez de inventarlos, redescubrir quizá cuáles eran
en realidad las plantas que mi padre iba nombrándome; pero hubiera sido hacer
trampa en el juego, no aceptar la pérdida que me infligí a mí mismo, las mil
pérdidas que nos infligimos y que son irremediables). (Y sin embargo, sin
embargo, si hubiera escrito aquí verdaderos nombres de plantas, habría sido por
mi parte un acto de modestia y de piedad, recurrir finalmente a aquella humilde
ciencia que mi juventud rechazaba para optar por papeles desconocidos y
falaces, hubiera sido un gesto de pacificación con el padre, una prueba de
madurez, pero no lo he hecho, me he complacido en ese juego de nombres
inventados, en esa intención de parodia, señal de que todavía queda una
resistencia, una polémica, señal de que seguimos andando aún hoy hacia San
Giovanni, cada uno en lo suyo, de que cada mañana de mi vida es todavía la
mañana en que me toca a mí acompañar a nuestro padre a San Giovanni.)
Teníamos que acompañar a
nuestro padre a San Giovanni por turnos, una mañana yo y una mañana mi hermano
(no en período escolar, porque entonces nuestra madre no permitía que nos
distrajesen, sino en los meses de vacaciones, justo cuando hubiéramos podido
dormir hasta tarde), y ayudarle a llevar a casa las cestas de fruta y de
verdura. (Hablo de cuando éramos ya grandes, adolescentes, nuestro padre viejo;
pero la edad de nuestro padre parecía siempre la misma, entre los sesenta y los
setenta, una terca, infatigable vejez.) Verano e invierno se levantaba a las
cinco, se ponía ruidosamente su indumentaria de campaña, se ataba las polainas
(siempre vestía con ropas pesadas, en todas las estaciones usaba chaqueta y
chaleco, sobre todo porque necesitaba muchísimos bolsillos para las diversas
tijeras de podar y navajas de injerto y ovillos de cordel o de rafia que
siempre llevaba consigo; sólo en verano, en lugar de la cazadora de dril y la
gorra de visera con orejeras, se ponía un uniforme de desteñida tela amarilla
de los tiempos de México y un casco colonial de cazador de leones), entraba en
nuestra habitación a despertarnos con llamadas bruscas y sacudiéndonos por un
brazo, después bajaba los peldaños de mármol de las escaleras con sus suelas
claveteadas, daba vueltas por la casa desierta (mi madre se levantaba a las
seis, después mi abuela y por último la criada y la cocinera), abría las
ventanas de la cocina, calentaba su café con leche, la sopa para el perro,
hablaba con el perro, preparaba las cestas que llevaría a San Giovanni vacías,
o con sacos de semillas o de insecticida o de abono (los ruidos nos llegaban
amortiguados a la semiconciencia porque después de que nuestro padre nos
despertaba volvíamos a caer de golpe en el sueño) y ya abría la salida de la acequia,
se ponía en marcha, tosiendo y expectorando, verano e invierno.
A nuestro deber matinal
habíamos conseguido arrancarle una tácita dilación: en vez de acompañarle
terminábamos por alcanzar a nuestro padre en San Giovanni, media hora o una
hora más tarde, de modo que sus pasos alejándose por la subida de San Pietro
eran la señal de que todavía nos quedaba un residuo de sueño al que aferrarnos.
Pero ya venía a despertarnos por segunda vez mi madre. «¡Arriba, arriba, es
tarde, papá hace rato que se ha marchado!», y abría las ventanas a las palmas
que el viento de la mañana sacudía, nos arrancaba las mantas, «¡Arriba, arriba,
que papá os espera para cargar las cestas!». (No, no es la voz de mi madre la
que vuelve en estas páginas donde resuena la ruidosa y lejana presencia
paterna, sino su dominio silencioso: su figura se asoma entre estas líneas, en
seguida retrocede, se queda en el margen; ha pasado por nuestra habitación, no
la hemos oído salir, y el sueño ha terminado para siempre.) Debo levantarme de
prisa, subir hasta San Giovanni antes de que mi padre emprenda el camino de
regreso, cargado.
Volvía siempre cargado. Era
para él una cuestión de honor no hacer nunca el viaje con las manos vacías. Y
como por San Giovanni no pasaba la carretera, no había otra manera de bajar los
productos del campo de no ser a fuerza de brazos (de nuestros brazos, porque
las horas de los jornaleros cuestan y no se pueden desperdiciar, y las mujeres
cuando van al mercado ya cargan con las cosas que han de vender). (Había habido
también la época -pero éste es un recuerdo de infancia más lejano- del mulero
Giuá con Bianca, su mujer, y la mula Bianchina, pero hacía rato que la mula
Bianchina había muerto, y a Giuá le vino una hernia y en cambio la vieja Bianca
vive todavía mientras escribo.) Solían ser las nueve o las diez cuando mi padre
regresaba de su gira matinal: se oía su paso por la vereda de la acequia, más
pesado que a la ida, un golpe en la puerta de la cocina (no tocaba la
campanilla porque tenía las manos ocupadas, o quizá más aún por una especie de
imposición, de énfasis que ponía en llegar cargado), y se le veía entrar con
una cesta colgando de cada brazo, o un capacho, y en la espalda un morral o
directamente un banasto, y ya invadía la cocina la ensalada y la fruta, siempre
demasiada para las necesidades de las comidas familiares (estoy hablando de los
tiempos de abundancia, antes de la guerra, antes de que cultivar la finca se
convirtiera en el medio casi exclusivo de procurarse el sustento), con la
desaprobación de nuestra madre, siempre preocupada de que no se derrochase
nada, ni cosas, ni tiempo, ni esfuerzos.
(Que la vida fuera también
derroche, esto mi madre no lo admitía: es decir, que fuera también pasión. Por
eso nunca salía del jardín rotulado planta por planta, de la casa tapizada de
buganvilla, de su estudio con el microscopio bajo la campana de vidrio y los
herbarios. Sin incertidumbres, ordenada, transformaba las pasiones en deberes y
así vivía. Pero lo que impulsaba a mi padre todas las mañanas a subir por el
camino de San Giovanni -y a mí a bajar por mi camino- más que deber de
propietario laborioso, desinterés de innovador de métodos agrícolas -y para mí,
más que la definición de deberes que me iría imponiendo-, era pasión feroz,
dolor de existir -¿qué si no eso podía empujarlo a él a treparse por tierras
yermas y por bosques, y a mí a adentrarme en un laberinto de paredes y papel
escrito?-, confrontación desesperada de lo que queda fuera de nosotros,
derroche de uno mismo opuesto al derroche general del mundo.)
Mi padre jamás economizaba
fuerzas, sino sólo tiempo: no evitaba la cuesta más empinada si era la más
breve. A San Giovanni desde nuestra casa se podía llegar de muchas maneras
según los tramos de camino de herradura y atajos y puentes que se escogieran:
el recorrido que mi padre seguía era seguramente fruto de una prolongada
experiencia y de mejoras y rectificaciones sucesivas; pero ahora había llegado
a ser como las escaleras de casa, una sucesión de pasos que uno podía dar a
ojos cerrados, que en el pensamiento ocupan sólo el intervalo de un segundo,
como si la impaciencia aboliera el espacio y el cansancio. Le bastaba pensar:
«Ahora voy a San Giovanni» (había recordado de pronto que no se había regado
una terraza de topinambur, que una plantación de berenjenas debía mostrar sus
primeras hojas) y ya se sentía transportado allí, los gritos a los
arrendatarios o a los jornaleros que le hervían dentro del pecho ya prorrumpían
en una avalancha de improperios a hombres y mujeres, en los que la obscenidad
había perdido todo calor de complicidad y se había vuelto austera y cuadrada
como una pared de piedra. Esta impaciencia, este no poder soportar hallarse
sino en sus tierras, le acometía a veces en mitad del día, cuando ya había
bajado de la acostumbrada inspección matinal de San Giovanni y se había puesto
sus ropas de ciudad, el cuello duro, el chaleco con la cadena de plata, en la
cabeza el fez rojo comprado en Tripolitania, que usaba en casa y en la oficina
para resguardar su cabeza calva, y de golpe, en medio de otras actividades, le
venía a la mente -porque su pensamiento constante era aquél- un trabajo de San
Giovanni que no estaba concluido o no se había hecho como era debido, o un
obrero que por no haber recibido órdenes estaba tal vez ocioso, y ya le veíamos
levantarse del escritorio, subir a su habitación, bajar enjaezado de pies a
cabeza, desde el casco hasta las polainas, desatar al perro y tomar por la
puerta de la acequia, quizás a la hora más cálida de una tarde de verano,
mirando fijo hacia delante, en pleno sol.
De la vereda de la acequia
se salía a las gradas de la Subida de San Pietro, de adoquines y ladrillos.
Entonces aparecían los viejos del Hospicio Giovanni Marsaglia, con sus gorras
grises y sus iniciales rojas (entre ellos, era sabido, había hasta príncipes
rusos arruinados, lords que habían dilapidado fortunas en la Riviera), las
monjas y las niñas en fila de las «colonias milanesas», los parientes de los
enfermos que subían al Nuevo Hospital. En las casas de aquella zona
-recorríamos ahora un tramo de carretera- se veían sedimentos diferentes: en
lejanos tiempos, como en todas partes, había sido una extensión de huertos
custodiados por campesinos; después, con el nuevo siglo, también allí había
surgido alguna casa solariega con jardines abanicados por palmeras, como la que
ocupábamos nosotros (primera adquisición de mis padres al volver de América), y
otra un poco más arriba, de estilo indio, llena de agujas y cúpulas fusiformes,
llamada «Palais d'Agra» (nombre para mí misterioso hasta que leí Kim de Kipling),
otra más destinada a lazareto municipal, con las persianas siempre cerradas;
más tarde las zonas residenciales acomodadas de la ciudad se habían distribuido
en otros lugares y allí se estableció un reino de casitas modestas, quintas
familiares con un pequeño terreno cultivado en almácigos y con el cobertizo del
gallinero o de la conejera. Así se llegaba hasta el Ponte di Baragallo en una
periferia semicampestre pero que la ciudad ya había tomado por asalto, donde a
las huellas de la vida agrícola más antigua (un viejo molino de aceitunas donde
el agua y el musgo rebullían en las ruedas oxidadas; una bodega con sus tinajas
y lagares, violácea) se adosaban garajes, almacenes de floristas, aserraderos,
depósitos de ladrillos, una central eléctrica toda de vidrios que tronaba
iluminada vacía y zumbante por las mañanas antes del amanecer, y allá en el
fondo el macizo paralelepípedo de las casas populares, primero y único lote de
un proyecto de aldea, «obra del Régimen», iniciado con entusiasmo y que no se continuó,
pero suficiente como para recordar que la civilización de masas ya ocupaba
Europa.
En el Ponte di Baragallo
dejábamos la carretera que continuaba hacia la Madonna della Costa (por allí
sólo pasábamos cuando íbamos a ver al tío Quirino, llamado Titín, en la casa
decimonónica de los Calvino que asomaba entre la nube gris de los olivos con su
viejo revoque rosado en lo alto de la colina donde habían estado los hornos de
ladrillos de mis bisabuelos), y se costeaba el torrente. De pronto algo
cambiaba, y la primera señal era esta: que hasta Baragallo la gente que
encontrábamos era, como siempre, la gente del camino a la que ni siquiera se
mira; después de Baragallo todos se saludaban al encontrarse, aunque fueran
desconocidos, con un «Bona» («Buenas») en voz alta o con una expresión general
de reconocimiento de la existencia del otro como: «Andamu andamu» («Vamos
tirando») o «Semu careghi, ancoei» («También nosotros vamos cargados») o un
comentario sobre el tiempo, «Mi digu ch'a va a cioeve» («Para mí que va a
llover»), mensajes de deferencia y amistad llenos de discreción, pronunciados
sin detenerse, casi para sí, alzando apenas los ojos. Hasta mi padre cambiaba
después de Baragallo, abandonando esa impaciencia nerviosa en el andar que
había manifestado hasta allí, ese malhumor con que gritaba al perro, los
tirones que le daba si lo llevaba sujeto con cadena; ahora su mirada se
deslizaba a su alrededor más serena, por lo común soltaba al perro y lo
reprendía con palabras y silbidos y chasquidos más benévolos y casi afectuosos.
Esta sensación de estar en lugares más recogidos y familiares también la tenía
yo, pero sentía al mismo tiempo la incomodidad de no poder considerarme ya el
transeúnte anónimo de la carretera; de ahí en adelante era «u fiu du prufessù»
(«el hijo del profesor») sometido al juicio de todos los ojos ajenos.
Detrás de una valla
chillaban los cerdos (espectáculo insólito para nosotros) criados por una
familia de piamonteses que habían montado un corral como en su tierra. (En el
camino ya habíamos encontrado el carro con el viejo Spirito en el pescante que
iba a entregar los tarros de leche a sus clientes.) Al otro lado el camino daba
al torrente escarpado y, asomadas a una especie de parapeto-canal, las mujeres
en fila lavaban la ropa. Más adelante se podía escoger entre dos caminos, según
se volviera a cruzar o no el torrente por un antiguo puente a lomo de asno. Si
no se atravesaba el puente, se seguía en ciertos tramos por la acequia y los
atajos que flanqueaban terrazas cultivadas, y se llegaba al camino de herradura
de San Giovanni a través de una subida en gradas, construida (o rehabilitada)
recientemente, tan recta y asoleada y empinada que quitaba el respiro. (Después
de la última guerra una mano había escrito en una pared, en lo alto de la
subida, con enormes letras de alquitrán, una palabra obscena, burlándose de la
paciencia y el sudor del que sube cargado, quizá para despertar un instinto de
rebelión o sólo buscando una confirmación de la propia falta de esperanzas.) El
camino de herradura se internaba llano después hacia San Giovanni durante un
buen tramo; el mar quedaba a nuestras espaldas; al otro lado del torrente la
orilla del Tasciaire estaba desgarrada por un largo y amplio despeñadero,
producto de un antiguo desmoronamiento, azul en la piedra astillada y color
tierra. A partir de cierto recodo se veía ya en el fondo de la quebrada abrirse
al sesgo el pequeño valle de San Giovanni, tan nítido que se podía distinguir
terraza por terraza -allí donde los olivos no nublaban la vista- y al que
estuviera trabajando y el humo de los tejados rojos de los caserones.
Este recorrido era el
preferido para el descenso; al subir nos atraía más el otro: pasado el puente,
la subida era la del camino de herradura del Tasciaire, también empinada y
expuesta al sol, pero retorcida y variada, y pavimentada con viejas piedras gastadas
y torcidas que, por comparación, parecía cómoda y familiar. En cierto punto nos
apartábamos para meternos en la vereda de una larga acequia que recorría el
valle a media altura, al pie del enorme barranco que se veía desde la otra
orilla. La acequia estaba sobreelevada con respecto a las terrazas y para no
pisar en falso había que mirar bien dónde se ponían los pies y a veces apoyar
una mano en la pared torcida y combada. Por lo general el perro encontraba en
el canalillo su camino seguro chapoteando en el agua. Las higueras aparecían de
vez en cuando en las terrazas y una sombra verde protegía la acequia; a su
abrigo encontrábamos algunas barracas donde casi nos metíamos, mezclándonos con
las vidas de aquellas familias, todos trabajando desde el alba, hombres y
mujeres y niños removiendo la tierra de la terraza a sordos golpes de magaiu
(azada de tres picos) o, siempre con el magaiu, desviando el agua para sus
propias tierras, es decir, demoliendo los muretes de tierra de la acequia y
levantando otros para que el arroyo serpenteara entre los almácigos. Más
adelante la acequia se perdía en un matorral de cañas apretadas y susurrantes,
y habíamos llegado al torrente. Había que vadearlo, con saltos en zigzag entre
los escollos blancos, siguiendo un trazado que conocíamos bien pero siempre
sujeto a cambios cuando los días lluviosos acrecían la corriente y hacían
desaparecer algunos apoyos. Al salir del torrente se cortaba por pasos
privados, entre las terrazas, hasta un atajo que era también casi un torrente,
y se llegaba igualmente por allí al camino de herradura de San Giovanni, pero
en un punto mucho más avanzado que por el otro.
A mi padre, cuanto más nos
acercábamos a San Giovanni más le dominaba una nueva tensión, que no era sólo
un último arrebato de impaciencia por hallarse en el único lugar que sentía
suyo, sino también como el remordimiento de haber pasado tantas horas lejos, la
certeza de que en aquellas horas se hubiera perdido o malogrado algo, la
urgencia de borrar de su vida todo lo que no fuera San Giovanni, y al mismo
tiempo la sensación de que San Giovanni, al no ser todo el mundo, sino
solamente un ángulo del mundo asediado por el resto, sería siempre su
desesperación.
Pero bastaba que desde lo
alto de un bancal alguno que podaba o sulfataba las viñas lo interpelase:
«Professù, pe'piaxè, a vureiva faghe ina dumanda» («Profesor, por favor,
quisiera hacerle una pregunta»), y le pidiera un consejo sobre la mezcla de
abonos, sobre la época mejor para los injertos, sobre los insecticidas y las
semillas nuevas de la cooperativa agraria, para que mi padre, tranquilizado,
calmo, exclamativo, un poco verboso, se detuviera para explicarle el cómo y el
porqué. En una palabra, no esperaba más que la señal de que en ese mundo suyo
era posible una convivencia civilizada, movida por una pasión de mejorar guiada
por una razón natural; pero en seguida volvían a asediarlo las pruebas de que
todo estaba amenazado y era precario, y se ponía otra vez furioso. Y una de
esas señales era yo, mi pertenencia a otra parte del mundo, metropolitana y
enemiga, era el dolor de no poder fundar con sus hijos esa civilización ideal
de San Giovanni y que por eso no tenía futuro. Así el último tramo era recorrido
con una prisa injustificada, como el borde de la manta que había que arropar
para encerrarse dentro de San Giovanni; y así dejábamos atrás un decrépito
lagar habitado por dos viejas más decrépitas todavía, el puente de cemento
armado que volvía a cruzar el torrente (aquí el camino subía de nuevo
lentamente), la casa de nuestro pariente Regín, recaudador de aduanas locales,
cuyo perro, desde lo alto de una pared, entablaba con el nuestro una
interminable pelea de saltos y ladridos (aquí la subida se empinaba), el campo
de otro pariente, Bartumelín, que había pasado su juventud en el Perú (su
mujer, a la que veíamos aclarar la ropa en el lavadero, era una india peruana,
una mujer gorda parecida en todo a las nuestras, de cara y dialecto), (y
abordábamos el último tramo de la subida, el más ríspido), el campo de dos
muleros larguiruchos que en cierto momento sustituyeron el mulo por un
achaparrado buey de carga… El pecho de mi padre jadeaba, no de fatiga sino de
reproches e imprecaciones: habíamos llegado a San Giovanni, ahora entrábamos en
lo nuestro.
Tendría aquí que referir
cada paso y cada gesto y cada cambio de humor dentro de la finca, pero en la
memoria todo cobra un sesgo más impreciso, como si, terminada la subida con su
rosario de imágenes, yo quedara absorbido cada vez en una especie de limbo
atónito que duraba hasta el momento de echar mano a las cestas y reanudar el
camino de vuelta. Ya he dicho que nuestro deber cotidiano consistía sobre todo
en ayudar a nuestro padre a llevar las cestas. Es decir, hubiéramos debido
ayudarlo en todo, para aprender cómo se administra un campo, para parecernos a
él como es justo que los hijos se parezcan al padre, pero en seguida había
quedado claro, por un lado y por el otro, que no aprenderíamos nada, y la idea
de educarnos para la agricultura fue tácitamente abandonada, o aplazada hasta
una edad en que tuviéramos más juicio, como si se nos concediese un suplemento
de infancia. Por lo tanto llevar las cestas era la única cosa segura, el único
deber aceptado como innegablemente necesario. No era, diría yo, una tarea
desprovista de placer: la carga bien equilibrada, un banasto de mimbre a las
espaldas, un cesto colgando de un brazo -mejor si el otro quedaba libre, para
alternar el peso-, me ponía en marcha agachando la cabeza, con una especie de
furia un poco como mi padre; y entonces, liberado de todo deber de atención al
mundo circundante y de elección de mes movimientos, empeñadas todas mis
energías en el esfuerzo de sostener la carga hasta el final y en seguir con mis
pasos un recorrido inmutable como una vía ferrea, la mente podía vagar libre y
protegida. Nos entregábamos a esta faena de «estibadores» con un empeño
desproporcionado, yo, mi hermano e incluso nuestro padre, porque también en su
caso parecía que no fueran tanto la inventiva de los cultivos, la experimentación,
el riesgo lo que le atraían en San Giovanni, sino el transporte y la
acumulación de cosas, ese esfuerzo de hormigas, una cuestión de vida o muerte
(y de hecho casi lo era: empezaban los interminables años de la guerra; nuestra
familia, en la penuria general, había entrado, gracias a la finca de San
Giovanni, en una fase de economía agrícola independiente o, como se decía
entonces, «autárquica»), y, si no lo acompañábamos nosotros, bajaba
exageradamente cargado -«como un mulo» era la imagen ritual-, ostentosamente,
tal vez para hacernos pesar también nuestra deserción; pero, aunque lo
acompañara uno de los hijos o los dos, bajábamos todos igualmente cargados,
doblados, mudos, mirando el suelo, absortos cada uno en sus propios
pensamientos, impenetrables.
Nuestra taciturnidad
contrastaba con la riqueza del contenido de las cestas. Venía escondido (según
la costumbre campesina de desconfiar celosamente de las miradas ajenas) por una
capa de anchas hojas de viña o de higuera, pero esa cubierta inestable acababa
por caerse con el bamboleo del paso y aparecían entonces las trompetas verdes
de los calabacines, las peras «muslo de monja», los racimos de uvas
Saint-Jeannet, las brevas, el vello duro del chayote, las espinas verde
violáceas de las alcachofas, los marlos de maíz dulce o sweet corn que se
desgranaban hervidos, las patatas, los tomates, los botellones de leche y de
vino, y a veces un conejo tieso ya desollado, todo dispuesto de manera que las
cosas duras no machucaran las blandas y quedase lugar para el ramo de orégano o
de mejorana o de albahaca. (Insignificantes entonces esas cestas para mis ojos
distraídos, como siempre parecen triviales a los jóvenes las bases materiales
de la vida y, en cambio, ahora que en su lugar hay solamente una uniforme hoja
de papel blanco, trato de llenarla de nombres y nombres, de amontonar vocablos,
e invierto en el recuerdo y el ordenamiento de esa nomenclatura más tiempo del
que se necesitaba para recoger y ordenar las cosas, más pasión… -no es cierto:
al ponerme a describir las cestas creía tocar el punto culminante de mi
remordimiento-, pero no, sólo ha salido una lista fría y previsible: en vano
trato de ponerle como fondo un halo de emoción con estas frases de comentario:
todo sigue como antes, las cestas estaban muertas ya entonces y yo lo sabía,
apariencia de tan concreta ya inexistente, y yo era ya el que soy, un ciudadano
de las ciudades y de la historia -todavía sin ciudad ni historia y
padeciéndolo-, un consumidor -y víctima- de los productos de la industria -candidato
a consumidor, víctima apenas designada-, y ya las suertes, todas las suertes
estaban echadas, las nuestras y las generales, pero ¿qué era esa rabia matinal
de entonces, la rabia que aún continúa en estas páginas no del todo sinceras?
¿Acaso todo hubiera podido ser diferente -no mucho, pero sí lo poco que cuenta-
si aquellas cestas no me hubieran sido ya tan extrañas, si la grieta entre mi
padre y yo no hubiera sido tan profunda? ¿Acaso todo lo que está sucediendo
hubiera tomado otro giro -en el mundo, en la historia de la civilización-, las
pérdidas no hubieran sido tan absolutas, las ganancias tan inciertas?)
La mesa donde se depositaba
la fruta y la verdura y se llenaban las cestas que había que bajar, estaba
debajo de la higuera, al lado de la antigua barraca de Cadorso (donde vivía la
familia de los arrendatarios), con la huella desteñida, sobre la puerta, del
símbolo masónico que los viejos Calvino ponían en sus casas. La viña ocupaba la
parte más baja del campo, con los árboles frutales entre las vides; más arriba
estaba la plantación de grape fruit, y todavía más arriba los olivos. Allá, a
la sombra de las verdes altas plantas de avocado-pears o aguacates, las niñas
de los ojos de mi padre, estaba la casa construida por él, la villa en la que
vivimos después los momentos peores de la guerra, con la bodega modelo en la
planta baja y el corral para las blancas cabras suizas. Nuestra propiedad se
interrumpía en la plaza de la iglesia de San Giovanni (donde cada 24 de junio
se izaba el árbol de cucaña y tocaba la banda municipal) y volvía a empezar al
final de un tramo de camino de herradura, abarcando todo un pequeño valle
ocupado en la parte más baja por una plantación de hojas de palma para coronas
mortuorias, más arriba toda verdura y fruta, con el cobertizo llamado Casón
Bianco (donde tuvimos durante cierto tiempo las ovejas) y un manantial oculto
entre rocas verdes de culantrillo y una caverna de toba y una gruta de roca y
un estanque de peces y otras maravillas que ya no eran maravillas para mí y
ahora han vuelto a serlo, ahora que en lugar de todo eso se extiende deprimente
geométrica y feroz una plantación de claveles con los muros en escuadra, las
terrazas todas con la misma inclinación, la extensión gris de los tallos en la
retícula de vástagos e hilos, las opacas vidrieras de los invernaderos, los
estanques de cemento cilíndricos y todo lo que había antes ha desaparecido,
todo lo que parecía existir y ya no era sino una ilusión o un aplazamiento
excepcional.
El valle de San Giovanni, en
sombra durante parte del día, se consideraba en aquel tiempo inadecuado para
los cultivos industriales de flores y por eso tenía aún el aspecto antiguo del
campo. Y así todos los lugares que atravesábamos en el itinerario matutino de
mi padre, como si hubiera escogido a propósito su camino para huir de las
extensiones grises y uniformes de los campos de claveles que ya rodeaban desde
Poggio hasta Coldiroli toda la ciudad, como si él, que dedicaba su actividad
profesional a la floricultura, sintiera un secreto remordimiento, advirtiera
que eso que él había auspiciado y ayudado, era, sí, un progreso económico y
técnico para nuestra agricultura atrasada, pero también destrucción de una
totalidad y una armonía, nivelación, subordinación al dinero. Y por eso
recortaba de sus jornadas aquellas horas de San Giovanni, trataba de organizar
una finca moderna que no fuese prisionera del monocultivo, hacía gastos de
amortización siempre insegura multiplicando los cultivos, las variedades importadas,
las canalizaciones de riego, todo para encontrar otro camino posible que
salvara el espíritu de los lugares y al mismo tiempo la inventiva innovadora.
Una relación con la naturaleza era lo que quería establecer, de lucha, de
dominio: someterla, modificarla, forzarla pero sintiéndola debajo viva y
entera.
¿Y yo? Yo creía pensar otra
cosa. ¿Qué era la naturaleza? Hierbas, plantas, lugares verdes, animales. Vivía
en medio de ella y quería estar en otra parte. Frente a la naturaleza
permanecía indiferente, reservado, por momentos hostil. Y no sabía que yo también
estaba buscando una relación, tal vez más afortunada que la de mi padre, una
relación que la literatura me daría, restituyendo su significado a todo, y de
pronto todas las cosas resultarían verdaderas y tangibles y poseíbles y
perfectas, todas las cosas de aquel mundo ahora perdido.
¿Dónde grita mi padre que
llevemos la manguera para regar, que todo está seco? De una terraza lleba el
ruido de la azada del viejo Sciaguato que cava y cava la tierra. Algo se mueve
en aquellos árboles: la hija de Mumina ha trepado a ellos para llenar de
cerezas un cesto. Yo acudo con el tubo de goma arrollado al hombro, pero no veo
a mi padre entre las viñas y me equivoco de terraza. Tengo que llevar el gancho
para doblar las ramas del ciruelo, la sulfatadora, la banda adhesiva para los
injertos, pero no conozco mi tierra, me pierdo. (Ahora sí, desde lo alto de los
años, veo cada terraza, cada sendero, ahora podría señalarme el camino a mí
mismo corriendo entre las vides, pero es tarde, ahora todos se han ido.)
Quisiera que ya estuvieran
listas las cestas para volver a casa e ir al mar. El mar está allí, en una
hendedura del valle, en uve, pero es como si estuviera a millas y millas de
distancia, el mar ajeno a mi padre y toda la gente que se mueve por nuestros
caminos matutinos.
Ahora regresamose Camino
agachado bajo mi banasta. El sol está alto; desde la carretera más cercana, en
la colina de San Giacomo, retumba un camión; aquí en el valle el gris de los
olivos y el rumor del torrente amortiguan los colores y los sonidos. En la otra
vertiente sale un humo de la tierra: alguien quema rastrojos. Mi padre dice
algo sobre el cierne de los olivos. Yo no escucho. Miro el mar y pienso que
dentro de una hora estaré en la playa. En la playa las muchachas se arrojan la
pelota con sus brazos tersos, se echan al agua luminosa, gritan, salpican, en
canoas y pedalos.
Enero de 1962
Autobiografía de un
espectador
Hubo años en que iba al cine
casi todos los días y hasta dos veces al día, y fueron años entre, digamos, el
treinta y seis y la guerra, la época de mi adolescencia. Años en que el cine
era para mí el mundo. Otro mundo que el mundo que me rodeaba, pero para mí
solamente lo que veía en la pantalla poseía las propiedades de un mundo, la
plenitud, la necesidad, la coherencia, mientras que fuera de la pantalla se
amontonaban elementos heterogéneos que parecían reunidos por azar, los
materiales de mi vida que consideraba desprovistos de toda forma.
El cine como evasión, se ha
dicho tantas veces, con una fórmula que quiere ser de condena, y es verdad que
a mí entonces el cine me servía para eso, para satisfacer una necesidad de
distanciamiento, de proyección de mi atención a un espacio diferente, una
necesidad que corresponde, creo, a una función primaria, de la inserción en el
mundo, una etapa indispensable en toda la formación. Claro que para crearse un
espacio diferente hay también otras maneras más sustanciosas y personales: el
cine era la más fácil y al alcance de la mano, pero también la que me llevaba
instantáneamente más lejos. Cada día, cuando recorría la calle principal de mi
pequeña ciudad, no tenía ojos más que para el cine, tres salas de estreno que
cambiaban el programa los lunes y los jueves, y un par de tugurios que daban
films más viejos o malos, a tres por semana. Sabía con anticipación qué films
daban en cada sala, pero mi ojo buscaba los cartelones colocados a un lado,
donde se anunciaba el film del próximo programa, porque allí estaba la
sorpresa, la promesa, la expectativa que me acompañaría los días siguientes.
Iba al cine por la tarde, me
escapaba de casa a escondidas o con la excusa de ir a estudiar con algún
compañero, porque en los meses de escuela mis padres me dejaban poca libertad.
La prueba de la verdadera pasión era el impulso de meterme en un cine apenas
abría, a las dos. Asistir a la primera proyección tenía varias ventajas: la
sala semivacía, como si fuera toda para mí, lo que me permitía despatarrarme en
el centro del «gallinero», con las piernas apoyadas en el respaldo de adelante;
la esperanza de volver a casa sin que mi fuga se hubiera advertido, para tener
el permiso de salir de nuevo (y ver quizás otro film); un leve aturdimiento
durante el resto de la tarde, perjudicial para el estudio pero favorable al
fantaseo. Y además de estas razones, todas inconfesables por diversos motivos,
había una más seria: entrar a la hora de la apertura me garantizaba la
privilegiada fortuna de ver el film desde el principio, y no a partir de
cualquier momento hacia la mitad o el final como solía sucederme cuando llegaba
mediada la tarde o hacia la noche.
Entrar cuando el film había
empezado correspondía por lo demás a una bárbara costumbre generalizada entre
los espectadores italianos, que rige hasta hoy. Podemos decir que ya en
aquellos tiempos nos adelantábamos a las técnicas narrativas más sofisticadas
del cine actual, rompiendo el hilo temporal de la historia y transformándola en
un puzzle que había que armar pieza por pieza o aceptar en forma de cuerpo
fragmentario. Para seguir consolándonos, diré que asistir al inicio del film
cuando ya se conocía el final proporcionaba satisfacciones suplementarias:
descubrir, no la resolución de los misterios y los dramas, sino su génesis y un
confuso sentimiento de premonición frente a los personajes. Confuso: como ha de
ser el de los adivinos, porque la reconstrucción de la trama mutilada no
siempre era fácil, y sobre todo si se trataba de un film policíaco, en la que
la identificación del asesino primero y del delito después dejaba en medio una
zona de misterio aún más tenebrosa. Además, a veces entre el principio y el
final había un fragmento perdido, porque de pronto al mirar el reloj comprobaba
que se me había hecho tarde y si no quería incurrir en las iras familiares
debía salir corriendo antes de que en la pantalla reapareciera la secuencia
durante la cual había entrado. Muchos films quedaron así para mí con un agujero
en medio, y aún hoy, despues de más de treinta añose ¿qué digo?, casi cuarenta,
cuando vuelvo a ver uno de los films de entonces -en la televisión, por
ejemplo- reconozco el momento en que entré en el cine, las escenas que había
visto sin entenderlas, recupero los grandes fragmentos perdidos, recompongo el
puzzle como si lo hubiese dejado inconcluso el día anterior.
(Hablo de los films que vi,
digamos, entre los trece y los dieciocho años, cuando el cine me ocupaba con
una fuerza que no se compara ni con lo de antes ni con lo de después; de los
films vistos en la infancia los recuerdos son confusos; los films vistos de
adulto se mezclan con muchas otras impresiones y experiencias. Los míos son los
recuerdos de alguien que descubre en ese momento el cine: había sido educado
con la rienda corta y mi madre trató de preservarme, mientras pudo, de
relaciones con el mundo que no estuvieran programadas y dirigidas a un fin; de
pequeño al cine me acompañaba rara vez y sólo para los films que consideraba
«adecuados» o «instructivos». Tengo pocos recuerdos de la época del cine mudo y
de los primeros años del hablado: algunos Chaplin, un film sobre el Arca de
Noé, Ben Hur con Ramón Novarro, Dirigible, en el que un zepelín naufragaba en
el polo, el documental Africa habla, un film de anticipación sobre el año dos
mil, las aventuras africanas de Trader Horn. Si Douglas Fairbanks y Buster
Keaton ocupan los puestos de honor en mi mitología es porque más tarde los
introduje retrospectivamente en una infancia mía imaginaria a la que no podían
no pertenecer; de pequeño los conocía sólo por la contemplación de los carteles
de colores. En general no me dejaban ver los films con tramas amorosas, que por
lo demás no entendía porque, falto de familiaridad con la fisonómica
cinematográfica, confundía los actores de los films unos con otros, sobre todo
si usaban bigotito, y a las actrices si eran rubias. En los films de aviación
que se llevaban mucho en mi infancia los personajes masculinos se parecían como
mellizos, y como la historia estaba siempre basada en los celos de dos pilotos
que para mí eran uno solo, caía en gran confusión. En una palabra, mi
aprendizaje de espectador fue lento y contrastado; de ahí que estallara la
pasión de la que hablo.)
En cambio cuando había
entrado en el cine a las cuatro o a las cinco, al salir me sorprendía la
sensación del paso del tiempo, el contraste entre dos dimensiones temporales
diferentes, dentro y fuera del film. Había entrado en pleno día y encontraba
fuera la oscuridad, las calles iluminadas que prolongaban el blanco y negro de
la pantalla. La oscuridad amortiguaba en parte la discontinuidad entre los dos
mundos y en parte la acentuaba, porque marcaba el paso de aquellas dos horas
que no había vivido, tragado en una suspensión del tiempo o en la duración de
una vida imaginaria o en un salto atrás de siglos. Era una emoción especial
descubrir en aquel momento que los días se habían acortado o alargado: la
sensación del paso de las estaciones (siempre suave en el lugar templado donde
vivía) me asaltaba al salir del cine. Cuando llovía en el film, prestaba
atención para percibir si también fuera se habría echado a llover, si me
sorprendería un chaparrón habiendo escapado de casa sin paraguas: era el único
momento en que, aún permaneciendo inmerso en aquel otro mundo, me acordaba del
mundo de fuera; y el efecto era angustioso. Aún hoy, la lluvia en los films
despierta en mí aquel reflejo, un sentimiento de angustia.
Si no era todavía la hora de
cenar, me juntaba con amigos que iban y venían por las aceras de la calle
principal. Volvía a pasar delante del cine del que acababa de salir y oía
brotar de la cabina de proyección réplicas del diálogo que resonaban en la calle,
y las recibía entonces con una sensación de irrealidad, no de identificación,
porque había pasado al mundo de fuera, sino con un sentimiento semejante a la
nostalgia, como quien se vuelve a mirar atrás en una frontera.
Pienso en un cine en
particular, el más viejo de mi ciudad, unido a mis primeros recuerdos de los
tiempos del mudo, y que de aquella época había conservado (hasta hace no muchos
años) una enseña Liberty adornada con medallones, y la estructura de la sala,
un largo salón en pendiente flanqueado por un corredor con columnas. La cabina
del operador se abría sobre la calle principal por un ventanuco por donde
salían resonantes las absurdas voces del film, metálicamente deformadas por los
medios técnicos de la época, y todavía más absurdas por la lengua del doblaje
italiano que no tenía relación con ninguna otra hablada del pasado o del
futuro. Y sin embargo la falsedad de aquellas voces debía de tener una fuerza
comunicativa en sí, como el canto de las sirenas, y cada vez que yo pasaba al
pie del ventanuco oía el llamado de aquel otro mundo que era el mundo.
Las puertas laterales de la
sala daban a una calleja; en los intervalos el acomodador con chaqueta de
alamares corría las cortinas de terciopelo rojo y el color del aire de fuera se
asomaba al umbral con discreción, los transeúntes y los espectadores sentados
se miraban con un poco de incomodidad, como a intrusos inoportunos los unos
para los otros. En particular el intervalo entre la primera y la segunda parte
(otra extraña usanza sólo italiana que inexplicablemente se ha conservado hasta
hoy venía a recordarme que yo seguía en aquella ciudad, aquel día, a aquella
hora; y según el humor del momento crecía la satisfacción de saber que un
instante después volvería a proyectarme en los mares de China o en el terremoto
de San Francisco, o bien me asaltaba la advertencia de no olvidar que seguía
siempre allí, de no perderme en la lejanía.
Menos bruscas eran las
interrupciones en el cine por entonces más importante de la ciudad, donde se
procedía al cambio de aire abriendo una cúpula metálica, en el centro de una
bóveda con centauros y ninfas pintados al fresco. La visión del cielo introducía
a medio film una pausa de meditación, con el lento paso de una nube que podía
venir de otros continentes, de otros siglos. En las noches de verano la cúpula
permanecía abierta durante la proyección: la presencia del firmamento englobaba
todas las lejanías en un único universo.
Durante las vacaciones de
verano frecuentaba los cines con más calma y libertad. La mayoría de mis
compañeros de escuela cambiaba en verano nuestra pequeña ciudad marítima por la
montaña o el campo, y yo me quedaba sin compañía durante semanas y semanas. Era
la estación de la caza a los viejos films la que se abría para mí cada verano,
porque volvían a programarse films de años anteriores, de antes de que esa
hambre omnívora se apoderase de mí, y en aquellos meses podía reconquistar años
perdidos, rehacerme una vejez de espectador que no tenía. Films del circuito
comercial normal: sólo hablo de ésos (la exploración del universo retrospectivo
de los cineclubs, de la historia consagrada y encerrada en las cinematecas,
marcará otra fase de mi vida, una relación con ciudades y mundos diferentes, y
entonces el cine pasará a formar parte de un discurso más complejo, de una
historia); pero entre tanto aún llevo conmigo la emoción que sentí al recuperar
un film de Greta Garbo que sería de tres o cuatro años antes pero que para mí
pertenecía a la prehistoria, con un Clark Gable jovencísimo, sin bigotes. ¿Se
llamaba Susan Lennox o era otro? Porque eran dos films de Greta Garbo que añadí
a mi colección en aquella misma serie estival de reestrenos, cuya perla siguió
siendo a pesar de todo Tierra de pasión, con Jean Harlow.
No he dicho todavía, pero me
parecía sobreentendido, que para mí el cine era el de los Estados Unidos, la
producción corriente de Hollywood. «Mi» época va aproximadamente de Tres
lanceros bengalíes, con Gary Cooper y Rebelión a bordo, con Charles Laughton y
Clark Gable, hasta la muerte de Jean Harlow (que reviví tantos años después
como muerte de Marylin Monroe, en una época más consciente de la carga
neurótica de todo símbolo), con muchas comedias entre medio, el policíaco-rosa
con Myrna Loy y William Powell y el perro Asta, los musicales de Fred Astaire y
Ginger Rogers, los policíacos de Charlie Chan detective chino y los films de
terror de Boris Karloff. Los nombres de los directores los tenía menos
presentes que los nombres de los actores, salvo los de algunos como Frank
Capra, Gregory La Cava y Frank Borzage que en vez de representar a los
millonarios representaba a los pobres, por lo general con Spencer Tracy; eran
los directores de los buenos sentimientos de la época de Roosevelt; esto lo
aprendí más tarde; entonces me lo tragaba todo sin distinguir demasiado. En
aquel momento el cine norteamericano consistía en un muestrario de caras de
actores incomparables con los de antes o los de después (por lo menos así me
parece) y las historias eran simples mecanismos para juntar esas caras
(enamorados, característicos, de reparto) en combinaciones siempre diferentes.
En torno a esas tramas convencionales el sabor que quedaba de una sociedad o de
una época era poca cosa, pero precisamente por eso me llegaba sin saber definir
en qué consistía. Era (como aprendería después) la mistificación de todo lo que
aquella sociedad llevaba dentro, pero era una mistificación particular,
diferente de la mistificación nuestra en la que estábamos sumergidos el resto
del día. Y así como para el psicoanalista tiene el mismo interés que el
paciente mienta o sea sincero porque de todos modos le revela algo de sí mismo,
así yo, espectador perteneciente a otro sistema de mistificación, tenía algo
que aprender, ya fuese de lo poco de verdad o de lo mucho de mistificación que
los productores de Hollywood me daban. Por eso no siento ningún rencor hacia
aquella imagen falaz de la vida; ahora me parece que nunca la tomé por
verdadera, sino sólo por una de las posibles imágenes artificiales, aunque
entonces no fuese capaz de explicarlo.
Circulaban también los films
franceses, claro está, que se manifestaban como algo completamente diferente,
dando al distanciamiento otro espesor, un enganche especial entre los lugares
de mi experiencia y todos los demás lugares (el efecto llamado «realismo»
consiste en eso, comprendería más tarde), y después de haber visto la alcazaba
de Argel en Pépé le Moko miraba con otros ojos las calles de gradas de nuestra
ciudad vieja. La cara de Jean Gabin estaba hecha de un material fisiológico y
psicológico distinto del material de los actores que nunca la hubiesen
levantado del plato sucio de sopa y de humillación como en el comienzo de La
bandera. (Sólo la de Wallace Beery en ¡Viva Villa! podía acercársele, y tal vez
también la de Edward G. Robinson.) El cine francés estaba cargado de olores
pesados, así como el norteamericano olía a Palmolive, lustroso y aséptico. Las
mujeres tenían una presencia carnal que las instalaba en la memoria como
mujeres vivas y al mismo tiempo como fantasmas eróticos (Viviane Romance es la
figura que asocio a esta idea), mientras que en las estrellas de Hollywood el
erotismo estaba sublimado, estilizado, idealizado. (Aun la más carnal de las
norteamericanas de entonces, la rubia platino Jean Harlow, se volvía irreal por
la deslumbrante blancura de su piel. En el blanco y negro la fuerza del blanco
operaba una transfiguración de los rostros femeninos, de las piernas, de los
hombros y del escote, hacía de Marlene Dietrich no el objeto inmediato del
deseo sino el deseo mismo como esencia extraterrena.) Yo advertía que el cine
francés hablaba de cosas más inquietantes y vagamente prohibidas, sabía que
Jean Gabin en El muelle de las brumas no era un veterano que quería ir a
trabajar a las colonias en una plantación, como trataba de hacer creer el
doblaje italiano, sino un desertor que huía del frente, tema que la censura
fascista nunca hubiese permitido.
En fin, del cine francés de
los años treinta también podría hablar largamente como del norteamericano, pero
el discurso se ampliaría a muchas otras cosas que no son cine y no son años
treinta, mientras que el cine norteamericano de los años treinta existe de por
sí, casi diría que no tiene un antes y un después: claro está, ni un antes ni
un después en la historia de mi vida. A diferencia del cine francés, el cine
norteamericano de entonces no tenía nada que ver con la literatura: tal vez es
ésta la razón por la que se destaca en mi experiencia con un relieve aislado
del resto: estas memorias mías de espectador pertenecen a las memorias de antes
de que me rozara la literatura.
Lo que se llamaba «el
firmamento de Hollywood» formaba un sistema de por sí, con sus constantes y sus
variables, una tipología humana. Los actores constituían modelos de caracteres
y de comportamientos; había un héroe posible para cada temperamento; para quien
se proponía enfrentar la vida en la acción, Clark Gable representaba cierta
brutalidad alegrada por la fanfarronería; Gary Cooper, la sangre fría filtrada
por la ironía; para quien contaba con superar los obstáculos mediante el humour
y el savoir faire, estaban el aplomo de William Powell y la discreción de
Franchot Tone; para el introvertido que vence su timidez estaba James Stewart,
mientras que Spencer Tracy era el modelo del hombre abierto y justo que sabe
hacer las cosas con sus manos; y con Leslie Howard se proponía incluso un raro
ejemplo de héroe intelectual.
Con las actrices la gama de
las fisonomías y de los caracteres era más restringida: el maquillaje, los
peinados, las expresiones tendían a una estilización unitaria dividida en las
dos categorías fundamentales de las rubias y las morenas, y dentro de cada
categoría se pasaba de la lista Carole Lombard a la práctica Jean Arthur, de la
boca amplia y lánguida de Joan Crawford a la fina y pensativa de Barbara
Stanwyck, pero en medio había un abanico de figuras cada vez menos
diferenciadas, con cierto margen de intercambiabilidad. Entre el catálogo de
las mujeres que se encontraban en los films norteamericanos y el catálogo de
las mujeres que se encuentran fuera de la pantalla en la vida de todos los días
no se lograba establecer una relación; yo diría que donde terminaba uno
empezaba el otro. (En cambio con las mujeres de los films franceses sí existía
esa rclación.) De la despreocupación pícara de Claudette Colbert a la energía
punzante de Katherine Hepburn, el modelo más importante que proponían los
caracteres femeninos del cine norteamericano era el de la mujer rival del
hombre en determinación y obstinación y ánimo e ingenio; en este lúcido dominio
de sí misma frente al hombre, Myrna Loy era la que ponía más inteligencia e
ironía. Ahora hablo de ello con una seriedad que no sabría relacionar con la
ligereza de aquellas comedias; pero en el fondo, para una sociedad como la
nuestra, para las costumbres italianas de aquellos años, sobre todo en
provincias, esa autonomía e iniciativa de las mujeres norteamericanas podía ser
una lección que en cierto modo me tocaba. Tanto, que había hecho de Myrna Loy
el prototipo de una femineidad ideal tal vez uxoria tal vez sororal, pero de
identificación de gusto, de estilo, que coexistía al lado de los fantasmas de
la agresividad carnal (Jean Harlow, Viviane Romance) y de la pasión extenuante
y lánguida (Greta Garbo, Michèle Morgan) -fantasmas en cuya atracción se
mezclaba un sentimiento de temor-, o al lado de aquella imagen de felicidad
física y de alegría vital que era Ginger Rogers, por quien alimentaba un amor
desdichado desde el comienzo, aun en los fantaseos: porque yo no sabía bailar.
Cabe preguntarse si la
construcción de un olimpo de mujeres ideales y por el momento inalcanzables era
un bien o un mal para un joven. Seguramente tenía un aspecto positivo porque
incitaba a no conformarse con lo poco o lo mucho que uno encontraba y a proyectar
los propios deseos más allá, al futuro o a otro lugar o a lo difícil; el
aspecto más negativo era que no enseñaba a mirar a las mujeres verdaderas con
ojos dispuestos a descubrir bellezas inéditas, no conformes a los cánones, a
inventar personajes nuevos con lo que el azar o la búsqueda nos hace encontrar
en nuestro horizonte.
Aunque para mí el cine
estaba sobre todo hecho de actores y actrices, debo tener presente también que,
como para todos los espectadores italianos, sólo existía la mitad de todos los
actores y las actrices, es decir, sólo la figura y no la voz, sustituida por la
abstracción del doblaje, por una dicción convencional y extraña e insípida, no
menos anónima que los subtítulos impresos que en los otros países (o por lo
menos en aquellos donde los espectadores son considerados mentalmente más
ágiles) informa sobre lo que las bocas comunican con toda la carga sensible de
una pronunciación personal, de una sigla fonética hecha de labios, de dientes,
de saliva, hecha sobre todo de diferentes procedencias geográficas del caldero
norteamericano, en una lengua que a quien la entiende le revela matices
expresivos y para quien no la entiende tiene un algo más de potencialidad
musical (como la que hoy escuchamos en los films japoneses o también en los
suecos). El convencionalismo del cine norteamericano me llegaba pues doblado
(con perdón del equívoco) por el convencionalismo del doblaje, que sin embargo
formaba parte, a nuestros oídos, del encantamiento del film, inseparable de
aquellas imágenes. Señal de que la fuerza del cine nació muda, y la pababra
-por lo menos para los espectadores italianos- siempre fue sentida como una
superposición, una leyenda en letras de imprenta. (Por lo demás los films
italianos de entonces, si no estaban doblados era como si lo estuviesen. Si no
hablo de ellos, a pesar de haberlos visto casi todos y de recordarlos, es
porque contaban muy poco, para bien o para mal, y en esta disquisición sobre el
cine como otra dimensión del mundo no podría darles entrada.)
En mi asiduidad de
espectador de films norteamericanos había algo de la obstinación del
coleccionista, para quien todas las interpretaciones de un actor o de una
actriz eran como sellos de una serie que yo iba pegando en el álbum de mi
memoria, colmando poco a poco las lagunas. He nombrado hasta ahora a divas y
divos famosos pero mi coleccionismo se extendía al tropel de los actores de
repareo que en aquel tiempo eran un ingrediente necesario de todos los films,
especialmente en los papeles cómicos, como Everett Horton o Frank Morgan, o en
los papeles de «malo», como John Carradine o Joseph Calleja. Era un poco como
en las comedias de máscaras, en las que cada papel es previsible, y al leer los
nombres del cast ya sabía que Billie Burke sería la señora un poco evaporada,
Aubrey Smith el coronel ceñudo, Mischa Auer el tramposo tronado, Eugene
Pallette el millonario, pero me esperaba también la pequeña sorpresa de
reconocer una cara conocida en un papel donde no se la espera, quizá maquillada
de otra manera. Conocía los nombres de casi todos, incluso del que hacía
siempre de susceptible portero de hotel (Hugh Pagborne), y del que hacía
siempre de barman resfriado (Armetta); y de otros, cuyos nombres no recuerdo o
nunca llegué a saber, recuerdo las caras, por ejemplo de los diversos
mayordomos que eran una categoría en sí muy importante en el cine de entonces,
tal vez porque ya se empezaba a sentir que la época de los mayordomos había
terminado.
Erudición de espectador la
mía, claro está, y no de especialista. Nunca podría comepetir con los eruditos
profesionales en la materia (ni siquiera presentarme al concurso «Abandona o
sigue») porque nunca he tenido la tentación de ayudar mis recuerdos consultanto
manuales, repertorios filmográficos, enciclopedias especializadas. Estos
recuerdos forman parte de un depósito mental propio donde no cuentan los
documentos escritos, sino sólo el almacenamiento casual de las imágenes a lo
largo de los días y los años, un depósito de sensaciones privadas que nunca he
querido mezclar con los depósitos de la memoria colectiva. (De los críticos de
aquel tiempo yo seguía a Filippo Sacchi, en el Corriere, muy fino y atento a
mis actores favoritos, -más tarde- en el Bertoldo, a «Volpone», que era Pietro
Bianchi, el primero que tendió un puente entre cine y literatura.)
Naturalmente toda esta
historia se concentra en pocos años: mi pasión tuvo apenas tiempo de
reconocerse y liberarse de la represión familiar, cuando fue sofocada
bruscamente por la represión estatal. De pronto (creo que fue en 1938), Italia,
para extender su autarquía al campo cinematográfico, decretó el embargo de los
films norteamericanos. No era exactamente una cuestión de censura: la censura,
como de costumbre, daba o no daba el visto bueno a cada film, y los que no
pasaban nadie los veía y punto. A pesar de la grosera campaña antihollywoodiana
con que la propaganda del Régimen (que justo en aquel momento se iba alineando
con el racismo hitleriano) acompañó la medida, la verdadera razón del embargo
debía de ser el proteccionismo comercial para dejar sitio en el mercado a la
producción italiana (y alemana). Con lo cual quedaron excluidas las cuatro
productoras y distribuidoras norteamericanas más importantes -Metro, Fox,
Paramount, Warner- (mis referencias son todas de memoria, me fío de la
exactitud de registro de mi trauma), mientras films de otras compañías
americanas como RK0, Columbia, Universal, United Artists (que ya antes eran
distribuidas por sociedades italianas) siguieron llegando hasta fines de 1941,
es decir hasta que Italia entrara en guerra contra Estados Unidos. Todavía me
fue concedida alguna satisfacción aislada (más aún, una de las mayores: La
diligencia) pero mi voracidad de coleccionista había sufrido un golpe mortal.
En comparación con todas las
prohibiciones y obligaciones que el fascismo había impuesto, y las otras aún
más graves que iba imponiendo por aquellos años de preguerra y de posguerra, el
veto a los films norteamericanos era desde luego una privación menor o mínima,
y yo no era tan tonto como para no saberlo, pero por vez primera me afectaba
directamente a mí, que no había conocido otros años que los del fascismo ni
sentido otras necesidades que aquellas que el ambiente donde vivía podía
sugerir y satisfacer. Era la primera vez que me quitaban un derecho del que
gozaba, más que un derecho, una dimensión, un mundo, un espacio de la mente; y
sentí esa pérdida como una opresión cruel que encerraba en sí todas las formas
de opresión que conocía sólo de oídas o por haberlas visto. padecer a otras
personas. Si aún hoy puedo hablar de ellas como de un bien perdido es porque
algo desapareció así de mi vida para no reaparecer nunca más. Terminada la
guerra, muchas otras cosas habían cambiado: yo había cambiado y el cine se
había convertido en otra cosa, otra cosa en sí mismo y otra cosa en relación
conmigo. Mi biografía de espectador se reanuda pero es la de otro espectador
que ya no es solamente espectador.
Con tantas otras cosas en la
cabeza, si volvía con el recuerdo al cine hollywoodiano de mi adolescencia, me
parecía una cosa pobre: no era una de las épocas heroicas del mudo o de los
comienzos del cine hablado, el apetito por los cuales nació de mis primeras
exploraciones en la historia del cine. También mis recuerdos de la vida de
aquellos años habían cambiado, y muchas cosas que había considerado como lo
insignificante cotidiano, ahora se coloreaban de significado, de tensión, de
premonición. En una palabra, que al reconsiderar mi pasado, el mundo de la
pantalla se me revelaba mucho más pálido, más previsible, menos emocionante que
el mundo de fuera. Ciertamente, siempre puedo decir que la vida de provincia
gris y trivial era lo que me había empujado hacia los sueños de celuloide, pero
sé que recurro a un lugar común que simplifica mucho la complejidad de la
experiencia. Es inútil que ahora explique cómo y por qué la vida provinciana
que me rodeó durante la infancia y la adolescencia estaba hecha de excepciones
a la regla, y la tristeza y la acidia, si las había, estaban dentro de mí, no
en el aspecto visible de las cosas. E incluso el fascismo, en un lugar donde no
se percibía la dimensión masiva de los fenómenos, era un conjunto de caras
singulares, de comportamientos individuales, por lo tanto no una capa uniforme
como una rnano de asfalto, sino (para los ojos desencantados de un muchacho que
miraba mitad desde fuera mitad desde dentro) un elemento más de contraste, un
fragmento del puzzle que por su contorno deforme era más difícil de hacer
coincidir con los otros, un film cuyo comienzo había perdido y al que no era
capaz de imaginarle el final. ¿Qué había sido entonces el cine, en ese
contexto, para mí? Yo diría: la distancia. Respondía a una necesidad de
distancia, de dilatación de los límites de lo real, de ver abrirse alrededor
dimensiones inconmensurables, abstractas como entidades geométricas, pero
también concretas, absolutamente llenas de caras y situaciones y ambientes, que
establecían con el mundo de la experiencia directa una red propia (abstracta)
de relaciones.
Desde la posguerra en
adelante el cine ha sido visto, discutido, hecho, de un modo completamente
diferente. No sé cuánto cambió nuestro modo de ver el mundo el cine italiano de
la posguerra, pero desde luego cambió nuestro modo de ver el cine (cualquier cine,
incluso el norteamericano). No hay un mundo dentro de la pantalla iluminada en
el interior de la sala oscura, y fuera otro mundo heterogéneo separado por una
discontinuidad neta, océano o abismo. La sala oscura desaparece, la pantalla es
una lente de aumento enfocada en el fuera cotidiano y obliga a mirar aquello en
lo cual el ojo desnudo tiende a deslizarse sin detenerse.
Esta función tiene -puede
tener- su utilidad, pequeña o mediana, o en algún caso enorme. Pero la
necesidad antropológica, social, de la distancia, no la satisface.
Después (para retomar el
hilo de la biografía individual) entré rápidamente en el mundo del papel
escrito, que a lo largo de alguno de sus márgenes confina con el mundo del
celuloide. Oscuramente sentí en seguida que, en nombre de mi viejo amor por el
cine, debía preservar mi condición de puro espectador, y que perdería sus
privilegios si me pasaba del lado de los que hacen los films. Nunca tuve, por
otra parte, la tentación de hacer la prueba. Pero como la sociedad italiana
tiene poco espesor, uno se encuentra en el restaurante con los que hacen cine,
todos conocen a todos, cosa que ya quita a la condición de espectador (y de
lector) buena parte de su fascinación. Añádase el hecho de que Roma se
convirtió por un breve tiempo en un Hollywood internacional, y que entre las
cinematografías de los distintos países pronto cayeron las barreras: en fin,
que el sentido de la distancia se perdió en todas sus acepciones.
Y sin embargo yo sigo yendo
al cine. El encuentro excepcional entre el espectador y una visión filmada
siempre puede producirse, por obra del arte o del azar. En el cine italiano se
puede esperar mucho del genio personal de los directores, pero poquísimo del
azar. Esta debe de ser urea de las razones por las cuales a veces he admirado
el cine italiano, a menudo lo he apreciado, pero nunca lo he amado. Siento que
a mi placer de ir al cine le ha quitado más de lo que le ha dado. Porque este
placer es evaluado no sólo con los «films de autor» con los cuales establezco
una relación crítica de tipo «literario», sino con todo lo nuevo que puede
aparecer en la producción media y menor, con la que trato de entablar
nuevamente una relación de puro espectador.
Tendría que hablar entonces
de la comedia satírica de costumbres que a lo largo de los años sesenta
constituyó la producción italiana media tipo. En la mayoría de los casos la
encuentro detestable, porque cuanto más despiadada quiere ser la caricatura de
nuestros comportamientos sociales, más complaciente e indulgente se revela; en
otros casos la encuentro simpática y bonachona, con un optimismo que sigue
siendo milagrosamente auténtico, pero entonces siento que no me hace avanzar en
el conocimiento de nosotros mismos. En una palabra, mirarnos directamente a los
ojos es difícil. Es justo que la vitalidad italiana encante a los extranjeros
pero que a mí me deje frío.
No es casual que entre
nosotros haya surgido una producción artesanal de calidad constante y de
originalidad estilística con el western a la italiana, es decir como rechazo de
la dimensión en la que el cine italiano se había afirmado y detenido. Y como construcción
de un espacio abstracto, deformación paródica de una convención puramente
cinematográfica. (Pero de esta manera también dice algo de nosotros, como
psicología de masas: de lo que representa para nosotros el western, de cómo
integramos y corregimos el mito para poner en él lo que llevamos dentro.)
De modo que también yo, para
recrearme el placer del cine, tengo que salir del contexto italiano y volver a
ser un puro espectador. En las salas estrechísimas y malolientes de los studios
del Barrio Latino puedo repescar los films de los años veinte o treinta que yo
creía haber perdido para siempre, o dejarme agredir por la última novedad tal
vez brasileña o polaca llegada de ambientes de los que nada sé. En una palabra,
o voy a buscar los viejos films que me iluminen sobre mi prehistoria, o los que
son tan nuevos que quizá puedan indicarme cómo será el mundo después de mí. E
incluso en este sentido son siempre los films norteamericanos -hablo de los más
nuevos- los que tienen algo más inédito que comunicar: aún hoy sobre las
autopistas, los drugstores, las caras jóvenes o viejas, el modo de moverse a
través de los lugares y de gastar la vida.
Pero lo que ahora da el cine
ya no es la distancia: es la sensación irreversible de que todo está próximo a
nosotros, se nos arrima, se nos echa encima. Y esta observación desde más cerca
puede ejercerse en un sentido exploratorio-documental o en un sentido
introspectivo, las dos direcciones en que podemos definir hoy la función
cognitiva del cine. Una es la de dar una fuerte imagen del mundo exterior a los
que por alguna razón objetiva o suejetiva no conseguimos percibirlo
directamente; la otra es la de obligarnos a vernos y a ver nuestro existir
cotidiano de una manera que cambie algo en nuestras relaciones con nosotros
mismos. Por ejemplo la obra de Federico Fellini es la que más se aproxima a
esta biografía de espectador que él mismo me ha convencido que escribiera, sólo
que en él la biografía se ha convertido a su vez en cine, en el fuera que
invade la pantalla, la oscuridad de la sala que se invierte en el cono de luz.
La autobiografía que Fellini
ha proseguido ininterrumpidamente desde Los inútiles hasta hoy, me toca de
cerca no sólo porque en cuanto a edad nos separan unos pocos años, y no sólo
porque venimos ambos de una ciudad de la costa, él adriática y yo ligure, donde
la vida de los muchachos ociosos se asemejaba bastante (aunque mi San Remo se
diferenciaba mucho de su Rímini, por ser una ciudad de frontera con un casino,
y entre nosotros la bifurcación entre el verano balneario y la «estación
muerta» del invierno fue percibida como tal sólo en los años de la guerra),
sino porque detrás de toda la miseria de los días pasados en el café, del paseo
hasta el muelle, del amigo que se disfraza de mujer y después se emborracha y
llora, reconozco una juventud insatisfecha de espectadores cinematográficos, de
una provincia que se juzga a sí misma en relación con el cine, en la
confrontación constante con ese otro mundo que es el cine.
La biografía del héroe
felliniano -que el director retoma cada vez desde el comienzo- es en este
sentido más ejemplar que la mía porque el joven abandona la provincia, va a
Roma y pasa al otro lado de la pantalla, hace cine, se vuelve cine él mismo. El
film de Fellini es cine al revés, aparato de proyección que se traga la platea
y cámara filmadora que vuelve las espaldas al set, pero los dos polos son
siempre interdependientes, la provincia adquiere un sentido al ser recordada
desde Roma, Roma adquiere un sentido al haber llegado a ella desde la
provincia, entre las monstruosidades humanas de la una y de la otra se
establece una mitología común que gira en torno a gigantescas deidades
femeninas como la Anita Ekberg de La dolce vita. A sacar a la luz y a clasificar
esta convulsa mitología apunta el trabajo de Fellini, con el autoanálisis de
Ocho y medio en el centro como una espiral atestada de arquetipos.
Para definir más exactamente
cómo ocurrieron las cosas, hay que tener presente que en la biografía de
Fellini la inversión de los papeles de espectador a director es precedida por
la de lector de semanarios humorísticos a dibujante y colaborador de los mismos.
La continuidad entre el Fellini dibujante-humorista y el Fellini cineasta está
dada por el personaje de Giulietta Masina y por toda la especial «zona Masina»
de su obra, esto es de una poesía enrarecida que engloba la esquematización
figurativa de los dibujos humorísticos y se extiende -a traves de las plazas de
pueblo de La strada- al mundo del circo, a la melancolía de los clowns, uno de
los motivos más insistentes del teclado felliniano y más ligados a un gusto
estilístico retrofechado, es decir corresponde a una visualización infantil,
desencarnada, precinematográfica, de un mundo que es «otro». (Ese «otro» mundo
al que el cine confiere una ilusión de carnalidad que confunde sus fantasmas
con la carnalidad atrayente-repulsiva de la vida.)
Y no es casualidad que el
film-análisis del mundo de la Masina, Julieta de los espíritus, tenga como
referencia figurativa y cromática declarada las tiras cómicas coloreadas del
Corriere dei Piccoli: es el mundo gráfico de la prensa ilustrada de gran difusión
que reivindica su autoridad visual especial y su estrecho parentesco con el
cine desde sus orígenes.
En ese mundo gráfico, el
semanario humorístico, territorio, creo, aún virgen para la sociología de la
cultura (alejado como está de los itinerarios entre Frankfurt y Nueva York),
debería ser estudiado como canal indispensable casi tanto como el cine para
definir la cultura de masa de la provincia italiana entre las dos guerras. Y
habría que estudiar (si aún no se ha hecho) el vínculo entre revista
humorística y cine italiano, aunque sólo sea por el lugar que ocupa en la
biografía de otro, y más viejo, de los padres fundadores de nuestro cine:
Zavattini. La aportación de la revista humorística (tal vez más que las de la
literatura, la cultura figurativa, la fotografía sofisticada, el periodismo
irreverente) es la que proporciona al cine italiano un tipo de comunicación con
el público ya sometido a prueba, como estilización de figuras y de relato.
Pero la relación de Fellini
director se establece no sólo con la zona del humorismo «poético»,
«crepuscular», «angélico», dentro de la cual se había situado con sus tiras
cómicas y sus textos juveniles, sino también con el aspecto más plebeyo y
romanesco que caracterizaba a otros dibujantes del Marc' Aurelio, por ejemplo
Attalo, que representaba la sociedad contemporánea de un modo tan desagradable
y deliberadamente vulgar, con un trazo de pluma tan desairado y casi grosero
que excluía cualquier ilusión consoladora. La fuerza de la imagen en los films
de Fellini, tan difícil de definir porque no encuadra en los códigos de ninguna
cultura figurativa, tiene sus raíces en la agresividad redundante e inarmónica
de la gráfica periodística. Esa agresividad capaz de imponer en todo el mundo
cartoons y strips que cuanto más marcados por una estilización individual tanto
más comunicativos resultan a nivel de masas.
Fellini nunca ha perdido
esta matriz de comunicativa popular, ni siquiera cuando su lenguaje se vuelve
más sofisticado. Por lo demás su antiintelectualismo programático nunca ha
aflojado: el intelectual es siempre para Fellini un desesperado que en el mejor
de los casos se ahorca como en Ocho y medio, y cuando pierde el rumbo como en
La dolce vita, se suicida de un tiro después de matar a sus hijos. (En
Fellini-Roma se da la misma elección en tiempos del estoicismo clásico.) Según
intenciones declaradas de Fellini, a la árida lucidez intelectual raciocinante
se contrapone un conocimiento espiritual, mágico, de religiosa participación en
el misterio del universo: pero en el plano de los resultados, ni uno ni otro
término, tienen, creo, un realce cinematográfico lo bastante fuerte. Queda en
cambio, como constante defensa contra el intelectualismo, la naturaleza
sanguínea de su instinto del espectáculo, la truculencia elemental de carnaval
y de fin del mundo que su Roma de la Antigüedad o de nuestros días infaltablemente
evoca.
Lo que tantas veces se ha
definido como el barroquismo de Fellini reside en su constante forzar la imagen
fotográfica en la dirección que lleva de lo caricaturesco a lo visionario. Pero
siempre teniendo presente una representación bien precisa como punto de partida
que debe encontrar su forma más comunicativa y expresiva. Y esto es para
nosotros los de su generación particularmente evidente en las imágenes del
fascismo que en Fellini, por grotesca que sea la caricatura, tienen siempre un
sabor de verdad. El fascismo que en el curso de veinte años tuvo tantos climas
psicológicos diferentes, así como de un año a otro cambiaban los uniformes: y
Fellini pone siempre los uniformes justos y el clima psicológico justo de los
años que está representando.
La fidelidad a lo verdadero
no debería ser un criterio de juicio estético, y sin embargo cuando veo los
films de los directores jóvenes que se complacen en reconstruir la época
fascista indirectamente, como un escenario histórico-simbólico, no puedo sino
sufrir. En los cineastas jóvenes más prestigiosos, en especial, todo lo que
tiene que ver con el fascismo es sistemáticamente desentonado, tal vez
conceptualmente justificable pero falso en el plano de las imágenes, como si ni
por casualidad consiguieran dar en el blanco. ¿Querrá decir que la experiencia
de una época no es transmisible, que inevitablemente se pierde un tejido sutil
de percepciones? ¿O querrá decir que las imágenes a través de las cuales los
jóvenes se representan la Italia fascista y que son sobre todo las que los
escritores han (hemos) dado, imágenes parciales que presuponían una experiencia
de todos, perdida esa referencia común no son ya capaces de evocar el espesor
histórico de una época? En cambio en Fellini basta que en Los clows el cómico
jefe de estación a quien los jóvenes pedorrean llame a un miliciano de bigotes
negros y que desde el tren espectral los brazos de los muchachos se alcen en un
silencioso saludo romano, para que se reconstruya pleno, inconfundible, el
clima de la época. O basta que por la platea del teatrito de variedades de
Fellini-Roma pase el lúgubre sonido de la alarma aérea.
Probablemente en cuanto se
refiere a precisión de evocación obtenida a través de la exasperación de la
caricatura se vea el mismo resultado en las imágenes de la educación religiosa,
que para Fellini parece haber sido un trauma fundamental, a juzgar por la
reiterada aparición de sacerdotes aterradores, de un horror francamente
fisiológico. (Pero aquí no tengo competencia para juzgar: sólo he conocido la
represión laica, más interiorizada y de la que es menos fácil liberarse.) A la
presencia de una escuela-iglesia represiva, Fellini contrapone otra, más vaga,
de una iglesia mediadora de los misterios de la naturaleza y del hombre, que no
tiene rasgos, como la monja enana que tranquiliza al loco trepado al árbol en
Amarcord, o que no responde a las preguntas del hombre en crisis, como el
viejísimo monseñor que habla de los pájaros en Ocho y medio, desde luego la más
sugestiva, inolvidable imagen del Fellini religioso.
Así Fellini puede avanzar
mucho por el camino de lo visualmente repugnante, pero en el camino de la
repugnancia moral se detiene, recupera lo monstruoso en beneficio de lo humano,
en beneficio de la indulgente complicidad carnal. Tanto la provincia poltrona
como la Roma fábrica de cine son jirones del infierno, pero son también al
mismo tiempo deleitosos países de cucaña. Por eso Fellini consigue perturbar
hasta el fondo: porque nos obliga a admitir que lo que más quisiéramos alejar
nos es intrínsecamente próximo.
Como en el análisis de la
neurosis, pasado y presente mezclan sus perspectivas; como en el
desencadenamiento del ataque histérico, se exteriorizan en espectáculo. Fellini
hace del cine la sintomatología del histerismo italiano, ese particular
histerismo familiar que antes de él era representado como un fenómeno sobre
todo meridional y que él, desde ese lugar de mediación geográfica que es su
Romaña, redefine en Amarcord como el verdadero elemento unificador del
comportamiento italiano. El cine de la cercanía absoluta es la inversión
radical del cine de la distancia que había alimentado nuestra juventud. En el
tiempo estrecho de nuestras vidas todo permanece allí, angustiosamente
presente; las primeras imágenes del eros y las premoniciones de la muerte nos llegan
en cada sueño; el fin del mundo ha empezado con nosotros y no da señales de
terminar; el film del que nos hacíamos la ilusión de ser los únicos
espectadores es la historia de nuestra vida.
Recuerdo de una batalla
No es cierto que ya no
recuerde nada, los recuerdos están todavía allí, escondidos en el ovillo gris
del cerebro, en el húmedo lecho de arena que se deposita en el fondo del
torrente de los pensamientos, si es verdad que cada grano de esa arena mental
conserva un momento de la vida fijado de manera que nunca se pueda borrar sino
que sea sepultado por miles de millones de granitos. Estoy tratando de traer a
la superficie un día, una mañana, una hora entre la oscuridad y la luz al
despuntar de aquel día. Hace años que no muevo esos recuerdos, escondidos como
anguilas en las pozas de la memoria. Estaba seguro de que en cualquier momento
me bastaría revolver el agua baja para verlos aflorar de un coletazo. Cuando
mucho tendría que levantar alguno de los grandes guijarros que forman el margen
entre el presente y el pasado para descubrir las pequeñas cavernas donde se
agazapan detrás de la frente las cosas olvidadas. Pero ¿por qué aquella mañana
y no otro momento? Hay puntos que emergen del fondo de arena, señal de que
alrededor de ese punto giraba una especie de remolino, cuando los recuerdos
despiertan después de un largo sueño, la espiral del tiempo se desovilla a
partir del centro de ese remolino.
En cambio ahora que, al cabo
de casi treinta añose decido finalmente tirar hacia la orilla las redes de los
recuerdos y ver qué hay en ellas, estoy aquí agitando los brazos en la
oscuridad, como si la mañana no quisiera empezar, como si no consiguiera despegar
los ojos llenos de sueño, y esta imprecisión es quizá justamente la señal de
que el recuerdo es preciso, de que lo que ahora me parece medio borrado ya lo
estaba entonces, aquella mañana el despertar había sido a las cuatro y en
seguida el destacamento de Olmo se había puesto en marcha bajando por el bosque
en la oscuridad, casi corriendo por atajos que no ves donde pones los pies, tal
vez no sean senderos sino sólo despeñaderos, lechos de arroyos secos invadidos
por zarzas y helechos, guijarros lisos en los que resbalan los zapatos
claveteados, y aquí estamos todavía en el comienzo de la marcha de
acercamiento, así como ahora es una marcha de acercamiento en la memoria lo que
intento al seguir las huellas de recuerdos que se desmoronan, no recuerdos visuales
porque era una noche sin luna ni estrellas, recuerdos del cuerpo derrumbado en
la oscuridad, con media gamella de castañas en el estómago que no consiguen dar
calor sino sólo pesar como un ácido puñado de cascajo que se embolsa y se
agita, con el peso de la caja de municiones de la ametralladora que me golpea
en los hombros y cada vez que pierdo pie estoy por caerme de cara al suelo o
por irme hacia atrás de espaldas contra las piedras. Tal vez de todo el
descenso han quedado en la memoria sólo estas caídas, que podrían también ser
las de otra noche o de otra mañana. Los despertares para ir al combate se
parecen todos, yo soy uno de los portamuniciones de mi grupo, siempre con
aquella dura caja cuadrada y las correas que siegan los hombros, pero en este
recuerdo mis imprecaciones y las de quienes vienen detrás se amortiguan en
leves estallidos de las voces, como si desplazarse en silencio fuera el hecho
esencial, esta vez aún más que otras, porque a la misma hora nocturna por todas
las cuestas del bosque bajan filas como la nuestra de hombres armados, todos
los destacamentos del batallón de Fígaro acampados en chozas escondidas han
salido temprano, todos los batallones de la brigada de Gino desembocan desde
los valles y se cruzan en los caminos de herradura con otras filas que ya se
han puesto en marcha la noche anterior desde lejanas montañas, apenas recibida
la orden de Vittò que tiene el mando de la división: que los partisanos de toda
la zona se concentren al amanecer en torno a Baiardo.
El aire tarda en aclararse.
Y sin embargo ya deberíamos de estar en marzo, empezar la primavera, la última
(¿pero será verdad?) primavera de guerra o incluso la última (¿para cuántos de
nosotros todavía?) de la vida. La incertidumbre del recuerdo es la incertidumbre
de la luz y de la estación y del después. Lo importante es que este descenso en
la incierta memoria hormigueante de sombras me lleve a tocar algo sólido, como
cuando sentí bajo los pies el cascajo batido de la carretera y reconocí el
tramo del camino real hacia Baiardo que pasa al pie del cementerio, y en el
recodo, aunque no lo vea, sé que tenemos enfrente el pueblo prendido en lo alto
de un collado. Ahora que he arrancado del gris de la desmemoria un lugar
preciso y que me es familiar desde la infancia, la oscuridad empieza a volverse
transparente y a filtrar las formas y los colores: de pronto ya no estamos
solos, nuestra columna marcha al amparo de otra columna que se ha detenido en
el camino real, más aún, avanzarnos entre dos filas de hombres semejantes a
nosotros, que marcan el paso sin desplazarse, con las armas a los pies.
- ¿Con quién estáis? -nos
pregunta alguien.
- Con Fígaro. ¿Y vosotros?
- Con Pelletta.
- Nosotros con Gori -nombres
de comandantes con bases en otros valles y montañas.
Y nos miramos al pasar,
porque siempre nos hace un efecto extraño vernos con otra sección, registrar
tantos aspectos diferentes entre nosotros, indumentarias de todos colores,
partes de uniformes desparejados, pero también comprobar que somos reconocibles
e iguales en los lugares donde la ropa se desgarra más fácilmente (en el hombro
donde se apoya la correa del fusil, en los bolsillos desfondados por los
cargadores de bronce, en los pantalones que las ramas y los matorrales reducen
en seguida a harapos), diferentes e iguales en armamento, un triste equipo de
viejos fusiles mellados de 1891 y bombas de mano alemanas ensartadas por el
mango de madera en los cinturones, en medio de los cuales se despliega el
muestrario de las armas ligeras más modernas y nerviosas que la guerra ha
sembrado por los campos de Europa y que cada combate redistribuye en un bando y
en el otro. Nos encontramos barbudos o imberbes, con el pelo largo o esquilado,
con los forúnculos que salen por no comer durante meses más que castañas y
patatas. Nos escrutarnos emergiendo de la oscuridad, como sorprendidos de
encontrarnos tantos sobrevivientes del invierno terrible, de vernos tantos
juntos como sucede solamente los días de gran victoria o de gran derrota. Y en
nuestro mirar queda en suspenso el interrogante sobre el día que empieza, que
se prepara en un ir y venir de comandantes con los binóculos al cuello,
mezclando de prisa las secciones en el camino polvoriento, asignando los
apostamientos y las tareas para el asalto de Baiardo.
Aquí debería abrir un
paréntesis para informar que este pueblo de los Prealpes Marítimos, encaramado
en la roca como un antiguo castillo, estaba ocupado por los bersaglieri
repubblichini, en gran parte estudiantes, un cuerpo bien armado y equipado y
aguerrido, que controlaba todo el valle verde de olivos hasta Ceriana, y desde
hacía meses entre nosotros, partisanos de las «Garibaldi», estos bersaglieri
del ejército de Graziani se libraba una guerra continua y feroz. Debería añadir
muchas cosas más para explicar cómo era esa guerra en aquel lugar y durante
aquellos meses, pero en vez de despertar los recuerdos volvería a cubrirlos con
la costra sedimentada de las palabras de después, que ponen en orden y lo
explican todo según la lógica de la historia pasada, mientras que ahora lo que
quiero traer a la luz es el momento en que doblamos por un sendero que baja
rodeando el pueblo, en fila india por un bosque ralo y rojizo, y ha llegado la
orden: «A quitarse los zapatos y atarlos al cuello, cuidado con el ruido de
pasos, atentos si en el pueblo empiezan a ladrar los perros: pasad la voz y
adelante en silencio».
Así era cómo quería empezar
el relato justo a partir de este momento. Durante años me dije: ahora no, más
adelante, cuando quiera recordar, me bastará evocar el alivio de desatar los
zapatones endurecidos, la sensación del terreno bajo la planta de los pies, las
punzadas de los erizos de castaña y de los cardos silvestres, el modo cauteloso
con que se posan los pies cuando las espinas se hunden a cada paso en la piel,
atravesando la lana, verme nuevamente cuando me detengo a arrancar los erizos
de la suela apelmazada de los calcetines donde otros se pegan en seguida,
pensaba que me bastaría recordar ese momento y que todo lo demás vendría a
continuación como un hilo que se desovilla, como los calcetines que se
deshacían en los pulgares y en los talones, sobre otras capas de calcetines
también agujereados y con todas las espinas, espigas, ramitas, la polvareda
vegetal del monte enredado a la lana.
Si me concentro en este
detalle agrandado es para no ver cuántos desgarrones hay en mi memoria. Las que
antes eran sombras nocturnas ahora son manchas claras y desenfocadas. Cada
signo interpretado como el canto de los gallos de Baiardo que rompen todos al
mismo tiempo el silencio del alba, y que podría ser el signo de la normalidad
cotidiana o de que en el pueblo ya ha sonado la alarma. Nuestra tropa está
apostada abajo, con la ametralladora entre los olivos. No vemos el pueblo. Hay
un poste telefónico y el hilo que une Baiardo a Ceriana (creo). Los objetivos
que nos fueron asignados los recuerdo: cortar los hilos del teléfono apenas
oigamos que empieza el ataque, obstruir el camino a los fascistas si tratan de
escapar bajando por los campos, estar listos para subir al pueblo al ataque
como refuerzo apenas recibamos la orden.
Lo que quisiera saber es por
qué la red agujereada de la memoria retiene ciertas cosas y no otras: las
órdenes que nunca se cumplieron las recuerdo punto por punto, pero ahora
quisiera recordar las caras y los nombres de mis compañeros de tropa, las voces,
las frases en dialecto, y cómo hicimos con los hilos para cortarlos sin
tenazas. Recuerdo incluso el plan de la batalla, cómo hubo de ser, en sus
diversas fases, y cómo no fue. Pero para seguir el hilo tendría que volver a
recorrerlo todo mediante el oído: el silencio especial de una mañana en el
campo lleno de hombres que callan, zumbidos, disparos que llenan el cielo. Un
silencio que estaba previsto pero que duró más allá de lo previsto. Después
disparos, toda clase de estallidos y de ráfagas, un embrollo sonoro imposible
de descifrar porque no cobra forma en el espacio sino sólo en el tiempo, en un
tiempo de espera para nosotros apostados en el fondo de aquella quebrada desde
donde no se ve absolutamente nada.
Sigo escrutando en el fondo
de la quebrada de la memoria. Y lo que temo ahora es que apenas se perfile un
recuerdo, adquiera en seguida una luz equivocada, amanerada, sentimental como
ocurre siempre con la guerra y la juventud, que se convierta en un relato con
el estilo de entonces, que no puede decirnos cómo eran en realidad las cosas
sino únicamente cómo creíamos verlas y decirlas. No sé si estoy destruyendo el
pasado o salvándolo, el pasado escondido en aquel pueblo sitiado.
El pueblo está ahí arriba,
cercano e inalcanzable, un pueblo donde por lo demás no había nada muy bueno
que conquistar, pero que para nosotros, errantes en los bosques desde hacía
meses, concentraba la idea de las casas, las calles, la gente. Una muchacha
evacuada que el pasado mes de agosto (cuando Baiardo estaba en nuestras manos)
me había mirado con estupor al reconocerme entre los partisanos. Un recuerdo de
guerra y de juventud no podía no traer consigo por lo menos una mirada de
mujer, en el centro del pueblo sitiado en su cerco de muerte. Ahora el cerco
sólo estaba formado de disparos aislados. Alguna ráfaga más. Silencio. Estamos
listos para cortar el camino a algún enemigo desbandado. Pero no viene nadie.
Esperamos. Como quiera que haya sido, alguno de los nuestros vendrá seguramente
a relevarnos. Hace tanto que se estamos aquí solos, separados de todo.
Sigue siendo el oído, no la
vista, el que mantiene las filas de la memoria: se siente llegar del pueblo un
estruendo de voces, ahora cantan. ¡Los nuestros celebran la victoria! Nos vamos
acercando al pueblo casi corriendo. Estamos ya debajo de las primeras casas.
¿Qué cantan? No es Fischia il vento… Nos detenemos. ¡Lo que cantan es
Giovinezza! Ganaron los fascistas. Ya vamos saltando por los bancales de olivos
abajo, tratando de poner la mayor distancia posible entre nosotros y el pueblo.
Quién sabe desde cuándo se están retirando los nuestros. Quién sabe cómo
haremos para alcanzarlos. Hemos quedado dispersos en territorio enemigo.
Mi recuerdo de la batalla ha
terminado. Ahora no me queda sino volver a atrapar el recuerdo de la fuga por
el fondo del torrente cubierto de espesos avellanos, que estamos tratando de
remontar para evitar los caminos. Volver a abrirme paso en la noche por el
bosque (una sombra humana que nos ha cortado el camino corriendo, como presa de
un miedo loco, y no supimos quién era). Revolver en las cenizas frías del
campamento abandonado tratando de encontrar las huellas de la banda de Olmo.
O bien puedo enfocar todo lo
que he sabido más tarde de la batalla: cómo entraron los nuestros en el pueblo
corriendo y disparando y cómo fueron rechazados dejando tres muertos. Entonces,
si trato de describir la batalla como yo no la vi, la memoria que hasta ahora
se ha rezagado siguiendo las sombras inciertas, toma impulso y se lanza: veo la
columna de los que abren el camino hacia la plaza, mientras desde las callejas
en gradas suben los que han rodeado el pueblo. Podría dar a cada uno su nombre,
su puesto, su gesto. En la batalla el recuerdo de lo que no vi puede encontrar
un orden y un sentido más preciso de lo que realmente viví, sin las sensaciones
confusas que oscurecen todo el recuerdo. Es verdad que aun aquí quedan espacios
blancos que no puedo llenar. Me concentro en las caras que conozco mejor: en la
plaza está Gino, un robusto muchacho al mando de nuestra brigada, que se asoma
y se agacha disparando desde una balaustrada, con sus negros mechones de barba
cubriendo las mandíbulas tensas, los pequeños ojos brillando bajo el ala del
sombrero de mexicano. Sé que en aquella época Gino se cubría con otra cosa la
cabeza, pero ahora no consigo recordar si era un colbac o una capucha de lana o
un sombrero alpino.
Sigo viéndole con aquel gran
sombrero de paja que pertenece a un recuerdo del verano anterior.
Pero ya no tengo tiempo de
imaginar detalles porque los nuestros deben apartarse cuanto antes si no
quieren caer en la trampa tendida dentro del pueblo. Desde un murete Trítolo da
un salto y arroja una bomba como quien hace una broma. Cerca de él está Cardù,
que protege la retirada de los otros haciendo gestos hacia atrás para indicar
que ahora el camino está despejado. Alguno de los bersaglieri ha reconocido ya
el pelotón de los milaneses, ex fascistas, camerati que hacía un año se habían
pasado a nuestro lado. Y aquí me voy acercando al punto en el que estoy
pensando desde el principio, y es la muerte de Cardù.
La memoria de la imaginación
es también una memoria de entonces porque estoy sacando a la luz cosas que
imaginé en aquel momento. No era la muerte de Cardù lo que veía, sino después,
cuando los nuestros ya habían dejado el pueblo y uno de los bersaglieri le da
la vuelta a un cuerpo tumbado en el suelo y ve los bigotes de un rubio rojizo y
el ancho pecho desgarrado y dice: «Oye, mira quién ha muerto», y entonces se
amontonan todos alrededor de aquel que en vez de ser el mejor de ellos había
sido el mejor de los nuestros, Cardù que desde que los había abandonado volvía
en sus conversaciones y pensamientos y miedos y leyendas, Cardù que muchos de
ellos hubieran querido imitar si hubiesen tenido coraje, Cardù con el secreto
de su fuerza en la sonrisa descarada y tranquila.
Todo lo que llevo escrito
hasta aquí me sirve para entender que de aquella mañana ya no recuerdo casi
nada, y todavía debería escribir más páginas para contar la tarde, la noche. La
noche del muerto en el pueblo enemigo velado por vivos que ya no saben quién
está vivo y quien muerto. Mi noche y yo buscando en la montaña a los compañeros
para que me digan si gané o perdí. La distancia que separa aquella noche de
entonces de esta noche en que escribo. El sentido de todo que aparece y
desaparece.
La poubelle agréée
De las tareas domésticas, la
única que desempeño con cierta competencia y satisfacción es la de sacar la
basura. La operación se divide en varias fases: retirada del cubo de los
desperdicios de la cocina y su vaciamiento en el recipiente más grande que está
en el garaje, después transporte de dicho recipiente fuera de la casa, a la
acera donde será recogido por los basureros y vaciado a su vez en el camión.
El cubo de basura de la
cocina es un balde cilíndrico de material plástico color verde guisante. Para
sacarlo hay que esperar el momento justo, cuando se supone que todo lo que se
ha de tirar ya se ha tirado, es decir cuando, levantada la mesa, el último
hueso o mondadura o corteza se ha deslizado de la lisa superficie de los
platos, y el mismo rápido gesto de manos expertas los ha llevado uno por uno,
los platos, después de un primer enjuague sumario bajo el grifo, a alinearse en
los compartimientos del lavavajillas.
La vida de la cocina se basa
en un ritmo musical, en una concatenación de movimientos como pasos de danza, y
cuando hablo de rápido gesto pienso en una mano femenina, no en mis movimientos
inarmónicos y torpes, siempre estorbando el trabajo de los demás. (Por lo menos
esto es lo que he oído a lo largo de toda mi vida, repetido por padres,
compañeros, compañeras, superiores, subalternos y ahora incluso por mi hija. Se
han pasado la voz para desmoralizarme, lo sé, creen que si continúan
diciéndomelo terminaré por convencerme de que hay algo cierto. Pero yo
permanezco un poco apartado, esperando el momento de ser útil, de rendirme.)
Ahora todos los platos están
enjaulados en su vagoncito, con las redondas caras atónitas de cuando se
encuentran en posición vertical, las espaldas curvas a la espera de la
tempestad que está por volcárseles encima, allí en el fondo del túnel en el que
desaparecerán en exilio hasta que se haya cumplido el ciclo de los nubifragios,
de las trombas marinas, de las exhalaciones de vapores. Ese es el momento en
que yo entro en acción.
Ya voy bajando las escaleras
sosteniendo el cubo por el asa en semicírculo, atento a que no se bambolee
hasta volcar la carga. Suelo dejar la tapadera en la cocina: accesorio
incómodo, esa tapadera, que mal se las ingenia entre la tarea de esconder y la de
quitarse de en medio apenas hay que arrojar cosas dentro. La solución de
compromiso a la que se llega consiste en mantenerla al sesgo, un poco como una
boca que se abre, empujándola entre el cubo y la pared, en equilibrio
inestable, con lo cual termina en el suelo, con un bang opaco, no desagradable
al oído, como una vibración contenida, porque el plástico no vibra.
He de señalar que aquí en
París vivimos en una casa unifamiliar (por emplear una locución que no es
bonita pero sí comprensible del habla hoy usual) o un pavillon (por decirlo en
francés atemporal y todavía pródigo en connotaciones sugestivas). Esto para
explicar el valor diferente que asumen los gestos de mi ritual respecto de los
que cumple el copropietario o inquilino de un edificio de numerosos
apartamentos, el cual se despoja de los desperdicios del día vertiéndolos de la
poubelle familiar en la poubelle colectiva que suele estar en el patio del
inmueble y que a su hora la portera expondrá en la vía pública para confiarla
al cuidado de los servicios urbanos. Ese trasvase de un recipiente a otro que
para la mayoría de los habitantes de la metrópoli se configura ya como un
traspaso de lo privado a lo público, para mí en cambio, en mi casa, en el
garaje donde tenemos la poubelle grande durante el día, es solamente el último
acto del ceremonial en el que se funda lo privado -y como tal es cumplido por
mí, paterfamilias-, para que el despedirse de los despojos de las cosas
confirme la apropiación acontecida e irreversible.
Sin embargo es preciso decir
que la poubelle grande, como parte indiscutible de los bienes de nuestra
propiedad de resultas de una compra regular en el mercado, se presenta ya en su
aspecto y color (un gris-verde oscuro de uniforme militar) como un enser
oficial de la ciudad, y anuncia la parte que en la vida de cada uno tienen la
dimensión pública, los deberes cívicos, la constitución de la polis. Su
elección por nosotros no se debió en realidad al arbitrio del gusto estético o
a la experiencia del uso práctico como para los otros objetos de la casa, sino
que fue dictada por el respeto a las leyes de la ciudad. Sabiamente prescriben
estas leyes cómo y de qué manera deben presentarse dichas poubelles para que su
cotidiano despliegue a lo largo de las calles de la ciudad no ofenda la vista
(la uniformidad tiende a pasar inadvertida) ni el olfato (la tapadera, si el
contenido no desborda, debería calzar en la boca del recipiente con su borde
replegado, de modo que no lo desplace el salto caprichoso de los gatos
enamorados o el metódico husmeo de los perros) ni el oído (sustituyendo al
metal, el plástico blando amortigua el estruendo y protege el sueño de los
ciudadanos cuando a la incierta luz del alba los basureros se ajetrean
destapando y arrastrando los bidones y volcándolos en su carreta-fantasma).
No por nada la denominación
exacta de este tipo de recipiente -así lo designa el cliente que quiere
comprarlo en una quincallería o el comerciante que lo vende- es poubelle
agréée, como quien dice cubo de basura patentado, aprobado, aceptado (o sea:
por los reglamentos municipales y de la autoridad que en ellos se exterioriza,
y que se interioriza en las conciencias de los individuos en virtud del
contrato social y de las conveniencias del buen vivir). Es preciso recordar
aquí que en la expresión poubelle agréée no sólo el adjetivo sino el sustantivo
mismo lleva el sello de la paternal burocracia metropolitana. Poubelle, nombre
común de cosa, repite un nombre propio de persona: fue un tal Monsieur
Poubelle, prefecto del Sena, el primero en prescribir (1884) el uso de estos
recipientes en las entonces infectas calles de París.
De modo que yo, en el
momento en que vacío el cubo pequeño en el grande y transporto este último
alzándolo por las dos asas para sacarlo a la entrada de nuestra casa, aunque
obrando todavía como una humilde ruedecita del mecanismo doméstico, asumo un
papel social, me constituyo en primer engranaje de una cadena de operaciones
decisivas para la convivencia colectiva, sanciono mi dependencia de las
instituciones sin las cuales moriré sepultado por mis propios desperdicios en
mi cáscara de individuo singular, introvertido y (en más de un sentido)
autista. De aquí debo partir para aclarar las razones que hacen agréée mi
poubelle: grata en primer lugar para mí, aunque no agradable, como es necesario
aceptar lo no agradable sin lo cual nada de lo que nos resulta grato,
aceptable, tendría sentido.
Mi memoria registra otros
modos de desembarazarse de los residuos: habitante en otro tiempo de
apartamentos en grandes inmuebles, conozco el golpe sordo con el que el
contenido del cubo se precipita en los correspondientes conductos verticales
despeñándose hasta el fondo de las oscuras criptas al nivel del patio:
procedimiento que combina el ágil uso de la fuerza de gravedad -que los hombres
de las poblaciones lacustres fueron los primeros en aprovechar- con el sistema
del amontonamiento en anfractuosidades escondidas que aun antes habían adoptado
los cavernícolas y que presenta los conocidos inconvenientes de la acumulación
maloliente al obstruirse el túnel.
Remontándose aún más en la
memoria asoma la San Remo de mi infancia, y aparece el basurero con el saco al
hombro subiendo a pie por los recodos del vial hasta la villa, para recoger los
desperdicios del bidón de zinc: la vida de los señores parecía eternamente
garantizada por la disponibilidad de mano de obra y por los bajos salarios.
Mientras tanto, en los
inmensos suburbios de la civilización individualista y próspera y democrática e
industrial, muchos hombrecitos todos iguales salían de casas pequeñitas todas
iguales, provistas de jardincillo y garaje, dejaban en fila juntos en la acera
otros tantos cubos de basura todos iguales: imagen anglosajona que se remonta a
los albores de la sociedad de masas, pero que en mis recuerdos se asocia con mi
primer viaje a Estados Unidos, cuando aún vivía en la anarquía del célibe
fluctuante y afluente y estos deberes familiares estaban lejos de mis
pensamientos, y fue Barolini quien me habló de sacar cada día el bidón del
garbage como uno de los primeros fundamentos de la vida doméstica, en
Croton-on-Hudson. (Era un ejemplar padre de familia norteamericana,
norteamericana la familia, no él que se había identificado con aquel papel a
edad madura y tenía tendencia a observarse desde fuera mientras lo vivía.)
«El garbagio», repetía, en
su anglo-véneto, como si tuviera que grabar bien esa misión en su memoria, «no
tengo que olvidarme de sacar el garbagio.» La voz del amigo muerto me vuelve
desde que me he convertido yo también en padre de familia, y de una familia
extranjera, no en un verde suburbio de Nueva York sino en un atestado barrio en
las puertas de París (pero ¿será realmente París? me asomo a un patio apartado
llamado square, tal vez más por la vaga sensación de extrañamiento que inspira
que por el verde condensado en mezquinas plantas de lila pegadas a las paredes)
deposito yo también el garbage-can o poubelle agréée delante del portal.
Mi amigo había llegado a
aceptar esta regla con alegría como cristiano que era. ¿Y yo? Quisiera poder
decir, con Nietzsche: «Amo mi destino», pero no consigo hacerlo mientras no me
explique las razones que me inducen a amarlo. El transporte de la poubelle
agréée no es un acto que yo cumpla sin pensarlo, sino algo que exige ser
pensado y que despierta en mí una particular satisfacción del pensar.
Cada palabra que se piensa
oscila en un campo mental donde interfieren otras lenguas. Pasando por encima
del francés, está el verbo inglés to agree que invade el campo: para respetar
un agreement, un pacto acordado por mutuo consentimiento de las partes, estoy
depositando este objeto en esta acera, con todo lo que implica el uso
internacional de la palabra inglesa.
¿Un agreement con quién? Con
la ciudad, desde luego, a la que pago anualmente una taxe d'enlevement des
ordures ménagères y que se compromete a liberarme de esa carga cada día del año
-incluidos los domingos y salvo unas pocas festividades solemnes-, siempre que
yo dé el primer paso, es decir que lleve hasta este umbral el recipiente
reglamentario a las horas reglamentarias. Y aquí cometo una primera falta, ya
que está prohibido dejar expuesta en la calle durante la noche la basura que no
será recogida hasta la mañana; pero un artículo de ley tan inhumano que me
obliga a despertarme antes del alba me creo autorizado a interpretarlo con
cierta amplitud, como en un tácito agreement, precisamente, dado que vivo en un
lugar poco frecuentado donde un bulto en la acera durante la noche no estorba
el paso. Y también porque la ley más fuerte no escrita a la que obedece el
ritual de nuestros gestos cotidianos prescribe que la expulsión de los residuos
durante el día ha de coincidir con el cierre de la misma jornada, y que nos
durmamos después de haber alejado de nosotros las posibles fuentes de malos
olores (apenas se marchan los visitantes de la noche, rápido, a abrir las
ventanas, enjuagar los vasos, vaciar los ceniceros; en la poubelle la capa de
ceniza y colillas sella la acumulación de las escorias diurnas como los
depósitos de las glaciaciones separan una era de la otra en los cortes
geológicos), no sólo por un natural escrúpulo higiénico sino para que mañana al
despertarnos podamos iniciar un nuevo día sin tener que manipular todo lo que
la víspera hemos dejado caer de nosotros para siempre.
Sacar fuera la poubelle debe
ser pues interpretado simultáneamente (porque así lo vivo) bajo el aspecto de
contrato y bajo el de rito (dos aspectos ulteriormente unificables, en cuanto
todo rito es contrato, pero por ahora -¿contrato con quién?- no quiero ir tan
lejos), rito de purificación, abandono de las escorias de mí mismo, no importa
si se trata exactamente de las escorias contenidas en la poubelle o si esas
escorias remiten a toda otra posible escoria mía, lo importante es que con este
gesto cotidiano yo confirme la necesidad de separarme de una parte de lo que
era mío, el despojo o crisálida o limón exprimido del vivir, para que quede su
sustancia, para que mañana yo pueda identificarme totalmente (sin residuos) en
lo que soy y tengo. Unicamente desechando puedo asegurarme de que algo mío no
ha sido desechado y tal vez no será desechable.
La satisfacción que
experimento es pues análoga a la de la defecación, sentir las propias vísceras
que se liberan, la sensación, al menos por un momento, de que mi cuerpo no
contiene nada más que yo mismo y que no hay confusión posible entre lo que soy
y lo que es lo ajeno irreductible. Maldición del estreñido (y del avaro) que
por temor de perder algo de sí mismo no consigue separarse de nada, acumula
deyecciones y termina por identificarse a sí mismo con la propia deyección y
perderse en ella.
Si esto es verdad, si el
expulsar es la primera condición indispensable para ser, porque se es lo que no
se expulsa, el primer acto fisiológico y mental es separar la parte de mí que
queda y la parte que debo dejar que baje a un más allá sin retorno.
Así es cómo el rito
purificador del enlèvement des ordures ménagères puede entonces ser considerado
también como una ofrenda a los infiernos, a los dioses de la desaparición y de
la pérdida, el cumplimiento de un voto (una vez más, el contrato). El contenido
de la poubelle representa la parte de nuestro ser y tener que debe desplomarse
cotidianamente en la oscuridad para que otra parte de nuestro ser y tener siga
gozando de la hez del sol, exista y sea verdaderamente poseída. Hasta el día en
que incluso el último soporte de nuestro ser y tener, nuestra persona física,
se convierta a su vez en despojo muerto que ha de depositarse él también en el
carro que lleva al crematorio.
Por lo tanto esta cotidiana
representación del descenso subterráneo, este funeral doméstico y municipal de
la basura tiene como primer propósito alejar el funeral de la persona,
diferirlo aunque sólo sea por poco tiempo, confirmarme que por un día más he
sido productor de escorias y no escoria yo mismo.
De aquí deriva el estado de
ánimo a la vez sombrío y eufórico que se asocia al transporte de desperdicios;
de modo que los hombres que vienen a volcar los bidones en su vehículo
triturador se nos presentan no sólo como emisarios del mundo ctónico, necróforos
de las cosas, carontes de un más allá de papel engrasado y lata oxidada, sino
también como ángeles, mediadores indispensables entre nosotros y el cielo de
las ideas en el que inmerecidamente planeamos (o creemos planear) y que sólo
puede subsistir en la medida en que no seamos vencidos por la basura que
produce cada acto del vivir incesantemente (incluso el acto del pensar: estos
pensamientos míos que estáis leyendo son lo que se ha salvado de decenas de
hojas arrojadas a la papelera), anunciadores de una salvación posible más allá
de la destrucción de toda producción y consumo, liberadores del peso de los
detritos del tiempo, negros y pesados ángeles de la limpidez y la levedad.
Basta que durante unos días
una huelga de basureros deje que los desechos se amontonen en nuestros umbrales
y la ciudad se transforma en un estercolero infecto, antes de que podamos
preverlo quedamos ahogados por nuestro vómito incesante de inmundicias, la
coraza tecnológica de nuestra civilización se revela como un envoltorio frágil,
vuelve a abrir perspectivas medievales de decadencia y pestilencia.
Esto se ve especialmente en
Italia, como ejemplo de la larga crisis que es nuestra historia. La mala
administración se ramifica en nuestros municipios por cien vías manifiestas y
ocultas pero el escándalo estalla siempre incontenible en los entresijos de los
encargados de la Limpieza Urbana. Y como si algo que no cuadra se revelara en
la relación con la basura, un vicio de fondo de la mente italiana, o mejor,
católico-italiana, dado que es característico de las administraciones
municipales democristianas el naufragar en ese abismo, tal vez por un error
religioso, de teología moral e incluso de fe, una idea equivocada sobre la
parte que toca a la Providencia y la parte que toca a los hombres, un
menosprecio del carácter sagrado de las operaciones de remoción de los desechos
(así como de todos los otros servicios municipales): el considerar la necesidad
material no como el campo de las elecciones y de la prueba sino como un peso
que no podemos dejar de cargar desde el día de la Caída y frente al cual todo fallo
es sólo una falta venial que ha de considerarse con ojos indulgentes porque de
él seremos de todas maneras despojados en el último momento sin que se nos pida
otra justificación que el acto de la piedad formal (y en el plano de la vida
cívica el voto por el partido o la corriente). Con el resultado de que el
ejército de los netturbini (neologismo burocrático que aleja ya la idea del
servicio práctico al limbo de la pertenencia a una entidad laboral cualquiera)
pueda agigantarse ilimitadamente en los balances municipales para garantizar un
sueldo a una plétora de clientes que nunca serán iniciados en las pruebas
infernales y angélicas de la misión de la que han estado nominalmente
investidos. Y que el gran instrumento purificador, la víscera esencial de la
ciudad, el incinerador, sea visto profanamente sólo como ocasión de las
habituales malversaciones en suministros y adjudicaciones, sin quedar abrumados
por su alcance simbólico, sin vernos a nosotros mismos juzgados por el
amenazador mecanismo, sin preguntarnos cuánto de nosotros tememos o deseamos
que se convierta en cenizas.
Es preciso decir, sin
embargo, que en París las huelgas de los éboueurs no son menos frecuentes (se
les llama oficialmente éboueurs, es decir desenlodadores, en recuerdo de un
inimaginable París de calles fangosas, surcadas por las ruedas de los carruajes,
donde se amasaba el estiércol de los caballos), efecto del perpetuo descontento
de una mano de obra recién inmigrada y forzada a aceptar el empleo más humilde
y agotador sin contrato regular de trabajo. En comparación con Italia se puede
decir que las causas son opuestas pero los resultados los mismos: en la
precaria economía italiana la calificación de basurero está protegida como un
empleo estable, un cargo vitalicio; en la sólida economía francesa recoger los
desperdicios es una ocupación precaria, realizada por quien no ha conseguido
todavía echar raíces en la metrópoli y sólo regulable por la recíproca amenaza
del desempleo o de la huelga.
Es propio de los demonios y
de los ángeles presentarse como extranjeros, visitantes de otro mundo. Así los
éboueurs surgen de las nieblas de la mañana, con rasgos que no se destacan de
lo indistinto: semblantes terrosos -los norteafricanos- algo de bigote, un
casquete en la cabeza; o -los de Africa negra- sólo el globo de los ojos que
aclara el rostro perdido en la oscuridad; voces que superponen sonidos
inarticulados para nuestras orejas al zumbido del camión, sonidos que traen
alivio cuando se filtran en el sueño de la mañana asegurándote que puedes
seguir durmiendo un poco más porque otros trabajan para ti. La pirámide social
sigue mezclando sus estratificaciones étnicas: en París ahora el trabajador
italiano se ha convertido en pequeño patrono, el español en obrero calificado,
el yugoslavo en albañil, la mano de obra más tosca es portuguesa, y cuando se
llega al que palea la tierra o barre las calles, es siempre la mal
descolonizada Africa la que alza sus ojos tristes del pavimento de la metrópoli
sin cruzarlos con tu mirada, como si una distancia insuperable siguiera
separándonos. Y tú en el sueño oyes que el camión no tritura sólo basura sino
vidas humanas y funciones sociales y privilegios y no se detiene hasta que ha
dado toda la vuelta.
Con los basureros sólo se
tiene una relación directa antes de Navidad, cuando vienen a traerte el
calendario y la tarjeta que dice Messieurs les Éboueurs du 14ème Vous
Souhaitent une Bonne et Heureuse Année y a recibir la propina. Durante el resto
del año la comunicación entre nosotros y ellos es el contenido de la poubelle,
nada más rico de información si se lo quiere leer día a día: las botellas
vacías después de las noches de fiesta, el papel de los paquetes de las tiendas
después de las compras, las páginas llenas de tachaduras en las que un escritor
se ha deslomado para llevar a término una prosa sobre las poubelles. Al cargar
el camión el inmigrante en su primer trabajo visita la metrópoli a través de su
reverso: evalúa la riqueza o la pobreza de los barrios por la calidad de sus
desechos, a través de ellos sueña el destino de consumidor que le aguarda.
He aquí el nudo económico de
lo que hasta ahora he querido significar jurídicamente como contrato y
simbólicamente como rito: mi relación con la poubelle es la de aquel para quien
el tirar completa o confirma la apropiación, la contemplación de la mole de
cortezas, mondaduras, embalajes, envases de plástico remite a la satisfacción
del consumo de los contenidos, mientras que en cambio el hombre que descarga la
poubelle en el cráter giratorio del camión extrae la noción de la cantidad de
bienes de los cuales está excluido, que le llegan sólo como despojos
inutilizables.
Pero tal vez (ahora el
razonamiento entrevé una conclusión optimista y se deja tentar en seguida), tal
vez esta exclusión sea sólo temporal: el haber sido contratado como basurero es
el primer peldaño de un ascenso social que hará también del paria de hoy un
miembro de la masa consumidora y a su vez productora de desechos, mientras
otros salidos de los desiertos «en vías de desarrollo» ocupan su puesto
cargando y descargando los cubos. Así la poubelle sería agréée también para él,
el magrebí o el negro que la iza hasta la boca de la máquina maloliente en la
mañana brumosa, y esa máquina no sería únicamente la última meta del proceso
industrial de producción y destrucción sino que marcaría también el punto en el
que se vuelve a empezar desde el principio, el ingreso en un sistema que se
traga a los hombres y los rehace a su imagen y semejanza.
A partir de este punto se
abren al razonamiento dos caminos divergentes: una historia de integración
satisfecha del paria que avanza a la conquista de París desde el margen extremo
de los depósitos de residuos, o bien una historia de revolución e inversión de
ese mecanismo, por lo menos en la conciencia, una propagación de las
vibraciones del camión quieto bajo mis ventanas hasta hacer temblar los
cimientos de la civilización de Occidente asentados desde hace siglos. Pero una
y otra perspectiva (una y otra ilusión) vuelven a juntarse en esta poubelle,
aceptada por nosotros pero más aún por el anónimo proceso económico que
multiplica los productos nuevos recién salidos de fábrica y los residuos
descompuestos que se han de arrojar, y que nos deja meter mano sólo en ese
recipiente que hemos de llenar y vaciar, yo y el basurero. En el rito de tirar
quisiéramos, el basurero y yo, recuperar la promesa del cumplimiento del ciclo
propia del proceso agrícola en el cual -dicen- nada se perdía: lo que se
sepultaba en la tierra renacía. (Ahora el razonamiento se mete por el camino de
la evocación arcaica y nadie lo para.) Todo se desenvolvía de la manera más
simple y regular: después de su estancia subterránea, la semilla, el abono, el
estiércol, la sangre de los sacrificios volvían a la luz con la nueva cosecha.
Ahora la industria multiplica los bienes más que la agricultura, pero lo hace
gracias a los beneficios y las inversiones: el reino plutónico que se ha de
atravesar para que se produzcan las metamorfosis es la caverna del dinero, el
capital, la Ciudad de las Empresas inaccesible para mí y para el basurero (sea
o vaya a ser privada o estatal: en este sentido sabemos ahora que poco cambia),
regida por un Consejo Supremo de Administración no ya plutónico sino superuránico,
que maneja la abstracción de los números desde una altura alejadísima de la
pegajosa y fermentante corteza terrestre a la que el basurero y yo confiamos
nuestras ofrendas sacrificiales de latas vacías, nuestras siembras de papeles
viejos, nuestra participación en la ardua destrucción de los materiales
sintéticos. Inútilmente volcamos, el basurero y yo, nuestra oscura cornucopia,
el reciclado de los residuos sólo puede ser una práctica accesoria que no
modifica la sustancia del proceso. El placer de hacer renacer las cosas
perecederas (las mercancías) sigue siendo privilegio del dios Capital que
monetiza el alma de las cosas y en el mejor de los casos no deja para el uso y
el consumo más que sus despojos mortales.
Pero ¿cómo puedo inferir lo
que piensa y ve el hombre venido de Africa a vaciar mi poubelle? Hablo siempre
sólo de mí mismo, trato de entender con mis categorías mentales el mecanismo
del que formo (formamos) parte, aunque ambos tengamos un punto de partida
común: la separación y el rechazo de una primitiva condición agrícola que está
en crisis. Cuando falta la abundancia de las cosechas y la penuria asedia los
campos, el hombre agricultor -dicen los etnólogos- es presa de la angustia y de
remordimientos y busca el modo de expiar las propias culpas. No sé si esto es
cierto para el éboueur (tal vez para el fellah no existe la memoria de un
tiempo que no sea de penuria; tal vez quien profesa el Islam este exento de
complejos de culpa); para mí es desde luego verdadero: el remordimiento que
arrastro desde la juventud sigue siendo el del hijo del amo que contraviniendo
la voluntad del padre ha abandonado las tierras a manos extrañas, rechazando la
mitología fecunda y la ética severa en que había sido educado: la abundancia y
variedad de los frutos que sólo la asidua presencia en los campos del
propietario-cultivador puede arrancar a la tierra, unida a una obstinación
exclusiva y a la iniciativa y eficiencia en la experimentación de nuevas
técnicas y nuevos cultivos.
En esta cocina, en el
corazón de la metrópoli a donde me ha traído mi larga fuga, es donde se
representa todavía para mí el viejo drama. Toda familia es hacienda, lugar del
hacer, lugar de la supervivencia física y cultural a través de una práctica de
trabajo realizado con los demás, donde se cumple un ciclo aunque sea reducido
de producción y consumo de alimentos. Y son las normas de mi comportamiento
dentro de esta elemental hacienda lo que trato de establecer ahora, de fijar en
un contrato o agreement, para ser yo privadamente agréé, aceptado, maniobro
públicamente el cubo agréé, agréé yo en el contexo casero, en la tácita
distribución de las funciones domésticas, en la orquestación de la suite
cotidiana de la subsistencia familiar.
Un momento, que voy a vaciar
la poubelle. La poubelle es el instrumento para insertarme en una armonía, para
llegar a ser armónico con el mundo y para que el mundo sea armónico conmigo.
(Por lo tanto el contrato sólo me concierne a mí, es un mutuo acuerdo mío
conmigo mismo, con mi ley interna o imperativo kantiano o super yo.) Esta
armonía es imposible. Después de más de medio siglo de lento curso la larga
Crisis de la Familia Burguesa se precipita en su fase convulsiva con la
Desaparición de las Ultimas Mujeres de Servicio, puntal extremo de la
institución. La división del trabajo entre iguales (como entre el cazador de
osos y su esposa cocinera de osos en la caverna primordial) parece
inextricablemente ligada (tal vez desde los orígenes) a la división del trabajo
entre desiguales (amos y servidores): tanto es así que cuestionada la segunda,
también la primera resulta impracticable. El discurso que, explícito o
silencioso, el Coro de las Mujeres Occidentales dirige al Coro de los Hombres
en este crepúsculo de milenio, suena así: «Puedo cocinar una vez porque es
fiesta, una vez para expresarme, una vez para transmitir un saber, una vez por
necesidad, una vez por amor, pero no cocinaré trescientosesentaycinco días al
año porque se haya decidido que mi papel es cocinar y el tuyo sentarte a la
mesa». Algo esencial ha cambiado en la conciencia colectiva, pero como en la
práctica las costumbres no han cambiado casi nada, el resultado es una nube de
malhumor persistente. Si el hombre, cualquiera que sea su contribución al
balance familiar, no contribuye al trabajo doméstico, es considerado como un
parásito. Tal vez se llegue a un nuevo modus vivendi, a una redistribución de
los papeles; o tal vez ya no sea posible ningún sistema de compensación, ni en
familia ni en ninguna parte. Tal vez mañana en el restaurante el cliente no
podrá salir del paso pagando la cuenta: primero tendrá que ayudar a mondar las
patatas y después a lavar los platos.
La cocina que debería ser y
es el lugar más alegre de la casa (pro memoria: cuando copie esta página no
debo olvidar insertar aquí una descripción atractiva: los enseres que cuelgan
relucientes, el zumbido de los electrodomésticos, el olor a limón del detergente
para los cubiertos) ahora es vista por la mujer como el lugar de la opresión,
por el hombre como el lugar del remordimiento. La solución más sencilla sería
la intercambiabilidad de los papeles: marido y mujer cocinando juntos o por
turno, o un cónyuge que cocina mientras el otro limpia o viceversa. Pero el
hecho es que un obstáculo a esta solución es el prejuicio (y aquí dejo el
tratamiento universal para volver a la exposición del caso particular que es mi
experiencia cotidiana) según el cual se me considera tan inhábil para moverme
entre las hornallas que apenas me dispongo a hacer algo en seguida me apartan
por encontrar equivocado o torpe o inútil y hasta peligroso lo que hago. Como
todos los prejuicios también éste es fácil de transmitir: mi hija, que es
todavía una niña, si nos encontramos solos ella y yo en la cocina halla la
manera de criticar todos mis gestos y prefiere obrar sola (y después hacer a su
madre detalladas reseñas de mis errores). Tal desconfianza de mis dotes, así
como me ha desalentado siempre disuadiéndome del aprendizaje, así me
desautoriza en mi papel de educador, de modo que el saber acumulado durante
generaciones me roza y pasa por encima de mí excluyéndome.
Todo lo que he dicho no
sería nada si no sintiera que esta deficiencia mía es considerada como una
culpa relacionada con otros modos míos de ser igualmente culpables. Si la
cocina no se me da es porque no soy digno de ella (éste es el sentido de la
polémica contra mí que siento que pesa sobre mí), como el alquimista indigno no
podrá obtener el oro ni el caballero indigno vencer en el torneo. Hasta mis
tentativas de ser útil son mal vistas: no prueba de buena voluntad sino
hipocresía, humo en los ojos, exhibición histriónica. No valen las Obras para
salvarme, sino sólo la Gracia que no me fue ni me será concedida. Si consigo
hacer una tortilla, no es el comienzo de un progreso, de un crecimiento
interior: esa tortilla no será nunca la Verdadera Tortilla sino la
mistificación de un falsario, la estafa de un charlatán. La cocina es juicio de
Dios, prueba en la que, no mereciendo la iniciación, he fracasado de una vez
por todas. No me queda sino buscar otras vías para justificar mi presencia en
el mundo.
Puedo decir sin falsa
modestia que el campo de acción que más conviene a mis aptitudes es el de los
transportes. Ir de un lugar a Otro transportando un objeto, sea pesado o
ligero, a través de distancias largas o cortas: cuando me hallo en esa
situación me siento en paz conmigo mismo, como quien consigue dar a sus actos
una utilidad o una finalidad, y en lo que dure el trayecto experimento una rara
sensación de libertad interior, la mente planea, los pensamientos echan a
volar. Voy de buena gana, por ejemplo, a «hacer los recados», a comprar el pan,
la mantequilla, la ensalada, el periódico, los sellos. Digo «hacer los recados»
para establecer una continuidad entre estas tareas mías de jefe de familia y
las que se me confiaban cuando era pequeño; podría decir «hacer las compras»,
pero esto implica iniciativas, elecciones, riesgos: evaluar y confrontar los
precios cada vez más crueles, discutir con el carnicero el corte de la carne,
recibir las sugerencias de las mercancías expuestas, las ensaladas, las primicias
exóticas, los quesos. Sin duda «hacer la compra» es lo que más me gustaría, en
teoría; en la práctica no puedo pretender rivalizar con quien se mueve en las
tiendas con tanta más naturalidad, rapidez de mirada, experiencia y fantasía,
sentido práctico e inspiración personal. Por lo tanto es más sensato que limite
mis relaciones con los mercados a las salidas de emergencia para tapar un
agujero: con la hojita donde está la lista de las cosas que hay que pedir («un
grand pot de crème fraîche») y el peso («une livre de tomates»), a veces
también el precio, igual que cuando de niño me enviaban «a hacer un recado».
En París la cesta de la
compra cuelga sobre todo del brazo de los hombres, o por lo menos así le parece
al italiano acostumbrado a ver los mercados de su país frecuentados
esencialmente por las mujeres, y aquí vuelve a comprender cómo la tarea de
llevar alimento es la prirnera del gobierno de la casa. Entonces mi pasado
agrícola asoma nuevamente desde el contexto metropolitano, y me trae la imagen
de mi padre cargado de cestas, orgulloso de ser él quien transportaba los
productos de la finca a la casa, como signo del sentirse «dueño», ante todo en
el sentido de «dueño de sí», de autosuficiente independencia, a lo Robinson
Crusoe, independencia también respecto de los brazos asalariados a los que
había que recurrir sólo para aquello a lo que no llegaban sus brazos ni los de
sus hijos siempre reacios.
¿Es pues el camino de
herradura de mi rechazada vocación de propietario el que vuelvo a recorrer con
la memoria en este tramo de acera del décimocuarto arrondissement, entre el
ferretero y el quesero y el frutero? No, es otro itinerario de mi adolescencia:
el que llevaba de la villa a la ciudad, cuando tener que «hacer recados» era un
pretexto para salir de casa, y a veces fingía un olvido para poder salir por
segunda vez. O, más a menudo, no necesitaba ni siquiera fingir, tan aturdido y
poco interesado estaba en la verdadera finalidad de mi tarea, y lo que debía
comprar y el peso y el precio tenían que repetírmelos muchas veces para
metérmelos en la cabeza, y el dinero dármelo contado.
Un Mercurio de vuelo corto
es el que guiaba mis pasos y aún los guía, parcial reflejo del dios que sirve
de mediador y de vínculo con la profusión del mundo, y que sin embargo sólo en
raros momentos premia mi devoción iluminándome con su plena, plateada luz. O
bien, cuando voy cayendo hacia los dioses de los infiernos, hacia los rincones
tenebrosos donde se arrojan los restos de la vida, el que me acompaña entonces
es el Mercurio psicopompo conduciendo la carga de los pesos muertos a la orilla
del Aqueronte municipal.
Vuelvo a la cocina con el
cubo pequeño vacío, sustituyo el papel de diario que lo forraba interiormente
por otro papel de diario. Esta operación me es particularmente afín porque me
alegra dar un uso ulterior a los periódicos, concederles un suplemento de vida
tras el rápido curso de su caducidad. Objeto de un amor insatisfecho o
solamente de una fijación neurótica, el periódico es regularmente comprado por
mí, velozmente hojeado y descartado, pero me remuerde deshacerme de él en
seguida, siempre espero que resulte útil en un segundo tiempo, que le quede
algo que decirme. El momento de la resurrección llega precisamente cuando tomo
de la pila de diarios viejos una hoja para forrar la poubelle y los títulos que
aparecen invertidos se imponen en la cóncava perspectiva a una instantánea
segunda lectura mientras adapto la superficie cuadrangular para que cubra lo
mejor posible el interior del cilindro y lo doblo alrededor del reborde. Para
el cubo pequeño el formato Le Monde es ideal, mientras que los diarios italianos
más amplios terminan habitualmente por revestir la poubelle grande. Cuando está
bien hecho, el revestimiento de papel sigue adherido al recipiente después de
vaciado por obra de los éboueurs y mañana, cuando vaya a recuperar mi poubelle
vacía, esa gran bandera de escritura en la lengua del Dante me permitirá
distinguirla de sus hermanas abandonadas en la misma acera.
Desde que empecé a escribir
este texto que de vez en cuando retomo y abandono, han pasado tres o cuatro
años y muchas otras cosas han cambiado en el manejo de las poubelles. El forro
de papel de diario es ya un recuerdo del pasado: yo también uso bolsas de
plástico que han transformado la imagen de la basura ciudadana, ahora oculta en
envoltorios lisos y brillantes, progreso que ningún nostálgico del pasado o
enemigo del plástico podrá negar, espero, aunque la basura siga siendo
reconocible como tal aun así acondicionada y los montones en las aceras los
días de grève des éboueurs no sean menos infectos. (Aún más, yo diría que ahora
la bolsa de plástico más terso remite a la idea de basura, cualquiera que sea
su contenido, dado que es la imagen más fuerte la que siempre se impone sobre
la más anodina.)
Otra reforma fundamental: el
desagüe de la pila de nuestra cocina ha sido dotado de un broyeur o triturador
que permite disolver una gran cantidad de residuos de alimentos (salvo,
extrañamente, las hojas de alcachofa, cuyas fibras quedan en los dientes del
mecanismo y lo atascan), de modo que también nuestra basura ha cambiado, en el
sentido de que contiene menos detritos orgánicos.
Después hemos sustituido el
cubo de la cocina, el verde, por uno nuevo, de plástico blanco, cuya tapadera
se levanta y se baja por medio de un pedal, y dentro del cual hay un cubo que
se extrae. De manera que sólo llevo abajo este cubo para volcarlo en el grande,
más aún, ni siquiera el cubo, la bolsa -también de plástico- que extraigo del
cubo cuando está lleno, sustituyéndola por una nueva. (Hay un arte para hacer
adherir el saco al reborde del cubo, estirándolo de modo que se ajuste todo
alrededor y no se deslice hacia abajo, pero después hay que hacer salir el aire
que ha quedado en medio, levantando el fondo e hinchándolo como una vela.)
En cambio la bolsa llena la
ato con la cinta pegada debajo: dispositivo genial, esa cinta, benemérito como
cualquier mínima invención que simplifique las dificultades de la vida. (Hay un
arte de atar la bolsa demasiado llena teniéndola suspendida, porque es preciso
sacarla del cubo para despegar la cinta y una vez fuera del cubo no se sabe
dónde apoyarla y cómo evitar que se derrame la basura en el pavimento.) Ya
estoy llevando la bolsa atada con un lazo como un regalo navideño y
depositándola en la poubelle grande, que a su vez tiene como forro una gran
bolsa de plástico gris.
No serán por cierto éstos
los últimos cambios en la larga serie de transformaciones que nuestras
costumbres han sufrido y sufrirán para adaptarse a los tiempos, siempre que
sigamos todavía con vida. La reforma que se anuncia como más necesaria y
urgente será la de separar los residuos según sus características y sus
diversos destinos, incineración o reciclado, para que una parte por lo menos de
los tesoros del mundo que hemos arrebatado no se pierda para siempre sino que
encuentre las vías de la recuperación y la reutilización, el eterno retorno de
lo efímero.
Entre los materiales que
pueden agotarse y cuya salvación me concierne de manera directa está el papel,
tierno hijo de los bosques, espacio vital del hombre escribiente y leyente.
Comprendo ahora que hubiera debido comenzar mi razonamiento distinguiendo y
comparando dos clases de basura doméstica, productos de la cocina y de la
escritura, el cubo de los desperdicios y la papelera. Y distinguir y comparar
el diferente destino de lo que no tiran cocina y escritura, la obra, la de la
cocina que se come, que se asimila a nuestra persona, la de la escritura que
una vez realizada ya no forma parte de mí pero todavía no se puede saber si
llegará a ser alimento de una lectura ajena, de un metabolismo mental, qué
transformaciones sufrirá al pasar por otros pensamientos, cuánto transmitirá de
sus calorías y si las pondrá de nuevo en circulación y cómo. Escribir es
desposeerse tanto como lo es tirar, es alejar de mí un montón de hojas
estrujadas y una pila de hojas escritas hasta el final, ya no mías unas y
otras, abandonadas, expulsadas.
Sólo me queda y me pertenece
una hoja constelada de apuntes dispersos, en la cual durante los últimos años
he ido anotando debajo del título La poubelle agréée las ideas que venían a mi
mente y que me proponía desarrollar por escrito, tema de la purificación de las
escorias tirar es complementario del aprobiarse infierno de un mundo en el que
no se tirase nada uno es lo que no tira identificación de uno mismo basura como
autobiografía satisfacción del consumo defecación tema de la materialidad, del
rehacerse, mundo agrícola la cocina y la escritura autobiografía como basura el
transmitir para conservar y otras notas más de las cuales no consigo ahora
retomar el hilo, reconstruir el razonamiento que las vinculaba, tema de la
memoria expulsión de la memoria memoria perdida el conservar y el perder lo que
está perdido lo que no se ha tenido lo que se ha tenido tardíamente lo que nos
llevamos con nosotros lo que no nos pertenece el vivir sin llevar nada consigo
(animal): quizá sea más lo que se lleva consigo el vivir para la obra: en ella
uno se pierde: hay la obra inservible, yo ya no estoy en ella.
París 1974-1976
Desde lo opaco
Si entonces me hubieran
preguntado qué forma tiene el mundo, habría dicho que era en pendiente, con
desniveles irregulares, con entrantes y salientes, y por eso siempre me
encuentro de alguna manera como en un balcón, asomado a una balaustrada y veo
disponerse a derecha e izquierda, a diferentes distancias, lo que el mundo
contiene en otros balcones o palcos de teatro, arriba o abajo, de un teatro
cuyo escenario se abre al vacío, sobre la alta franja de mar contra el cielo
atravesado por los vientos y las nubes
y así aún hoy si me
preguntan qué forma tiene el mundo, si lo preguntan al yo que habita en mi
interior y conserva la primera impronta de las cosas, debo contestar que el
mundo está dispuesto en muchos balcones asomados irregularmente a un único gran
balcón que se abre al vacío del aire, al alféizar que es la breve franja del
mar contra el cielo enorme, y a ese parapeto se sigue asomando mi verdadero yo
en el interior de mí mismo, en el interior del presunto habitante de formas del
mundo más complejas o más simples pero todas derivadas de ésta, mucho más
complejas y al mismo tiempo mucho más simples por cuanto contenidas todas o
deducibles de aquellos primeros precipicios y declives, de aquel mundo de
líneas quebradas y oblicuas entre las cuales el horizonte es la única recta
continua.
Empezaré entonces diciendo
que el mundo está compuesto de líneas quebradas y oblicuas, con segmentos que
tienden a sobresalir de los ángulos de cada peldaño, como los agaves que suelen
crecer en el borde, y con líneas verticales ascendentes como las palmeras que
dan sombra a los jardines o terrazas que dominan aquéllos donde tienen sus
raíces,
y me refiero a las palmeras
de tiempos en que solían ser altas las palmeras y bajas las casas, las casas
que también cortan verticalmente la línea de los desniveles, apoyadas a medias
en el peldaño de abajo y en el de arriba, con dos plantas bajas, una debajo de
la otra, y así aún ahora en que las casas suelen ser más altas que cualquier
palmera, y trazan líneas verticales ascendentes más largas en medio de las
líneas quebradas y oblicuas del nivel del suelo, queda el hecho de que tienen
dos o más plantas bajas y que por mucho que se empinen siempre hay un nivel del
suelo más alto que los tejados,
de modo que en la forma del
mundo que ahora estoy describiendo las casas se presentan como a quien mira los
tejados desde arriba, la ciudad es una tortuga allá en el fondo con su
caparazón cuadriculado y en relieve, y no porque la vista de las casas desde
abajo no me sea familiar, más aún, siempre puedo cerrar los ojos y sentir a mis
espaldas casas altas y oblicuas casi sin espesor, pero entonces basta una casa
para esconder las otras casas posibles, la ciudad más arriba que yo no la veo y
no sé qué es, todas las casas que están más arriba que yo son una tabla
vertical pintada de rosa apoyada en pendiente, todos los espesores se achatan
en un sentido pero sin ensancharse en el otro, las propiedades del espacio
varían según las direcciones en que miro en relación con la manera en que estoy
orientado
Está claro que para
describir la forma del mundo lo primero es fijar la posición en que me hallo,
no digo el lugar sino la manera en que estoy orientado, porque el mundo del que
hablo se diferencia de otros mundos posibles en que uno siempre sabe dónde están
el levante y el poniente a todas las horas del día de la noche, y así empiezo
por decir que miro hacia mediodía, lo cual equivale a decir que estoy de cara
al mar, lo cual equivale a decir que vuelvo las espaldas a la montaña, porque
ésta es la posición en que habitualmente sorprendo al yo mismo que está metido
en el interior de mí mismo, aun cuando el yo externo esté orientado de un modo
completamente diferente o no esté orientado en absoluto, como suele ocurrir, en
la medida en que toda orientación comienza para mí por aquella orientación
inicial que siempre implica tener a la izquierda el levante y a la derecha el
poniente, y sólo a partir de ahí puedo situarme en relación al espacio, y
verificar las propiedades del espacio y de sus dimensiones.
Por lo tanto si me hubieran
preguntado cuántas dimensiones tiene el espacio, si le preguntaran a ese yo que
sigue sin saber las cosas que se aprenden para tener un código de convenciones
en común con los demás, siendo la primera de ellas la convención según la cual
cada uno de nosotros está en el cruce de tres dimensiones infinitas, ensartado
por una dimensión que le entra por el pecho y le sale por la espalda, otra que
lo traspasa de un hombro al otro, y una tercera que le perfora el cráneo y le
sale por los pies, idea que uno acepta al cabo de muchas resistencias y
repulsas, pero despues fingirá haberlo sabido siempre porque todos los demás
fingen haberlo sabido siempre, si tuviera que contestar a partir de todo lo que
realmente había aprendido mirando a mi alrededor, acerca de las tres
dimensiones que estando en el medio resultan seis, adelante atrás arriba abajo
izquierda derecha, observándolas, como decía, de cara al mar y de espaldas a la
montaña,
lo primero que debe decirse
es que la dimensión de delante de mí no subsiste, por cuanto allí abajo empieza
en seguida el vacío que se convierte en el mar que se convierte en el horizonte
que se convierte en el cielo, por lo cual también podría decirse que la
dimensión de delante de mí coincide con la de encima de mí, con la dimensión
que a todos vosotros os sale del centro del cráneo cuando estáis erguidos y que
se pierde en seguida en el cenit vacío,
después pasaría a la
dimensión de atrás de mí que nunca va muy atrás porque encuentra un muro un
escollo una pendiente abrupta o zarzosa, lo digo al hallarme siempre de
espaldas a la montaña, es decir a medianoche, por lo tanto también podría decir
que esa dimensión no subsiste o que se confunde con la dimensión subterránea de
lo de abajo, con la línea que debería salirte de la planta de los pies y sin
embargo no sale ni en broma porque entre la suela de tus zapatos y el pavimento
no tiene espacio material para salir,
está la dimensión que se
prolonga a la izquierda y a la derecha y que para mí corresponde más o menos al
levante y al poniente, y ésta sí que puede continuar de los dos lados porque el
mundo continúa con su contorno recortado de modo que en cada nivel puede
trazarse una línea horizontal imaginaria que corta el declive oblicuo del
mundo, como las que se trazan en las cartas altimétricas y tienen un nombre
bellísimo: isohípsas
o como los desvíos de agua
por donde corre en cunetas horizontales el magro fluir de los torrentes para
regar en una u otra ladera las franjas de terreno cultivable obtenidas
sosteniendo el declive con muros de piedra
pero aun prosiguienbo a lo
largo de esta dimensión no se va demasiado lejos porque antes o después tanto a
levante como a poniente se llega a la punta divisoria de las aguas de un cabo y
entonces, o se considera que la línea se pierde en el aire del cielo
confundiendose con la primera dimensión de que hemos hablado,
o se la hace continuar al
otro lado como una buena isohípsa siguiendo la serie de ensenadas y golfos y
hundimientos interiores de estas ensenadas y golfos, hasta encontrar
promontorios que se lanzan más hacia mar afuera que otros promontorios
delimitando golfos más amplios que comprenden los golfos más interiores, y así
sucesivamente hasta establecer que este sistema de golfos en el interior de
otros golfos, dorados por la mañana y azules al atardecer hacia poniente,
verdosos por la mañana y grises al atardecer hacia levante, sigue así a todo lo
largo y ancho de los mares y las tierras, tendiendo a englobar todo el mar en
un único golfo,
por lo cual da igual
considerar como forma del mundo la del golfo que tengo delante de mis ojos,
delimitada por el cabo que tengo a levante y por el que tengo a poniente, y se
no es por un cabo, por ese algo que detiene mi vista a un lado y a otro, dorso
de colina, tronco de olivo, superficie cilíndrica de depósito de cemento, seto
de retamas, araucaria, parasol, o cualesquiera que sean los dos bastidores que
delimitan el escenario en cuyo centro me hallo, dando la espalda a un alto
telón de fondo y el frente a las candilejas del luminoso horizonte
He vuelto a emplear
metáforas que se refieren al teatro, aunque en mis pensamientos de entonces el
teatro con sus terciopelos no podía asociarse a aquel mundo de hierbas y de
vientos, y si bien aún ahora lo que la palabra teatro puede evocar, es decir un
interior que pretende contener en sí el mundo exterior, la plaza la fiesta el
jardín el bosque el muelle la guerra, es todo lo conerario de lo que estoy
describiendo, es decir un exterior que excluye de sí todo tipo de interior,
un mundo todo al aire libre
que da la sensación de estar encerrados estando al aire libre, por cuanto el
trozo de tierra propia se asoma al trozo de tierra ajena, divididos no por
muros de cinturón sino de contención, y cada uno de nosotros está en el suyo
pero mirando a los demás, cada uno en el suyo, y nadie sale nunca del suyo sino
que está siempre bajo la mirada de los demás,
un espacio que es exterior
aun cuando esté dentro de un interior, gallineros conejeras se vislumbran a
través de las redes metálicas, quioscos pérgolas marquesinas glorietas, todas
las albercas reflejan lo que está sobre la alberca, escaleras exteriores relacionan
miradores en cuyos alféizares crece la albahaca en ollas llenas de tierra, un
pueblo es una piña toda arcadas y ventanas, la ventana encuadra la cómoda con
su espejo por el que pasa una nube
Habría que decir también
para disipar todo equívoco a que pueda inducir la palabra teatro, que el teatro
está hecho de manera que el máximo número de ojos tenga un campo visual libre
al máximo, es decir de modo que todas las miradas posibles estén contenidas en
él y guiadas como en el interior de un ojo único que se mira a sí mismo, que se
ve reflejado en el iris de la propia pupila,
mientras hablo de un mundo
donde todo se ve y no se ve al mismo tiempo, en la medida en que todo asoma y
esconde y aparece y oculta, las palmeras se abren y cierran como un abanico
sobre las arboladuras de los barcos de pesca, el chorro de una manguera se
yergue y riega un campo de invisibles anémonas, medio autobús gira en la media
curva de la carretera y desaparece entre las espadas del agave,
mi mirada se fragmenta entre
planos y distancias diferentes, se desliza por una franja oblicua de esteras y
vidrieras de invernáculos, toca un campo todo erizado de cordeles y estacas
sobre la vertiente de enfrente, vuelve a acortarse sobre el primer plano de una
hoja de níspero que cuelga de una rama aquí en medio, pasa de la nube de un
olivo gris a una nube blanca que navega por el cielo, despues tengo bajo los
ojos enorme y verde de azufre una planta de tomate en un entramado de cañas,
después un pequeño tejado al otro lado del torrente del que se separa una
hilera de plantas de caqui, con las frutas de un rojo amarillento que puedo
contar en las ramas aun a esta distancia,
y habría que precisar
igualmente que es un teatro en relación con los sonidos, como lugar de la
máxima capacidad del oído, gran oreja que encierra en sí misma todas las
vibraciones y las notas, oreja que se escucha a sí misma, oreja y a la vez
concha posada en la oreja,
pero en cambio mientras
hablo de un mundo en el que los sonidos se quiebran subiendo y bajando por las
anfractuosidades del terreno y girando en torno a esquinas y obstáculos, y se
amortiguan y se propagan independientemente de la distancia, el diálogo de dos
mujeres que se encuentran en medio de una calle de gradas se pierde apenas sube
por encima de las cestas que sostienen en sus cabezas, pero de la colina de
enfrente llegan los ¡uuu! los ¡gaaa! los ¡ay de mí! atravesando el aire como
cuentas de un collar que caen deslizándose por el hilo, el espacio está formado
por puntos visibles y puntos sonoros que se mezclan todo el tiempo y nunca
consiguen coincidir del todo,
y sólo de noche los sonidos
encuentran su lugar en la oscuridad, miden sus distancias, el silencio que
llevan alrededor describe el espacio, el pizarrón de la oscuridad está marcado
por puntos y rasgos sonoros, el ladrido entrecortado de un perro, la caída
amortiguada de una vieja hoja de palmera, la línea discontinua del tren que ya
se borra ya se acentúa en las entradas y salidas de los túneles, y apenas deja
de oírse el tren emerge el mar como una sombra blanca en el punto donde el tren
ha desaparecido, se escucha durante medio minuto y se acabó,
y ya se apresuran los gallos
lejanos y los gallos cercanos a trazar la perspectiva que encuadre todas las
señales sonoras en la oscuridad, antes de que la esponja del alba embadurne el
pizarrón de una punta a otra, y a la luz del día no llega un sonido que sepa de
dónde viene, el chirrido de la sulfatadora se enreda en el estruendo de la
motocicleta, el zumbido de la sierra eléctrica envuelve el carillón del
carrusel, para quien observa sin moverse el mundo se exfolia discontinuo a la
vista y el oído en el desmoronamiento del espacio y del tiempo
Para quien observa inmóvil
el único elemento continuo es el arco que el sol recorre subiendo y bajando de
izquierda a derecha, el sol que siempre puede decirse dónde está aunque no haya
sol, y de todas las cosas de las que no puede establecerse la distancia y la
forma siempre se puede saber cómo se desplaza se reduce se agranda la sombra a
su pie, de cada color del que no puede decirse el color siempre se puede sin
embargo prever cómo cambia de color según la inclinación de los rayos,
el sol es en el fondo
solamente la relación del mundo con el sol, que no cambia si se considera el
arco cóncavo recorrido por el sol como un arco convexo, es la relación de un
manantial de rayos, no importa si inmóvil o fijo, con un cuerpo o conjunto de cuerpos,
no importa si fijo o móvil, que recibe los rayos, es decir el sol consiste en
las propiedades de los rayos recibidos del mundo, que se supone provienen de un
manantial llamado sol el cual si lo miras fijo te ciega, y le basta un jirón de
nube para esconderse detrás, le bastan algunos estratos intermedios de
atmósfera más densa o de vapor acuoso para que palidezca y se empañe hasta
desaparecer, o aunque sólo sea un poco de calígine que sube del mar, en todo
caso, por lo tanto, no es la existencia hipotética de este manantial lo que
cuenta sino cómo caen sus rayos sobre las superficies del mundo, ya
directamente variando intensidad inclinación frecuencia, ya indirectamente
según ángulos de reflexión variables y según vengan reflejos desde el espejo deslumbrante
del mar o de la costa de tierra cenicienta y de piedras, como cuando en los
golfos la orilla de poniente es abandonada por la luz del sol ya desaparecido y
la alcanza la reverberación de un levante todavía soleado
o en vez de tener en cuenta
el manantial de rayos o los rayos en sí o las superficies que los reciben,
pueden tenerse en cuenta las manchas de sombra o sea los lugares no alcanzados
por los rayos, cómo la sombra adquiere nitidez proporcionalmente a la fuerza
que saca del sol, cómo la sombra matutina de una higuera de tenue e incierta se
vuelve al salir el sol un dibujo en negro de la higuera hoja por hoja que se
agranda al pie de la higuera en verde, ese concentrarse del negro para
significar el verde brillante que la higuera contiene hoja por hoja en la cara
que da al sol, y cuanto más concentra su negro el dibujo en el suelo más se
encoge y acorta como chupado por las raíces, tragado por la base del tronco y
restituido a las hojas, transformado en látex blanco en las nervaduras y en los
pecíolos, hasta que en el momento del sol más alto la sombra del tronco
vertical ha desaparecido y la sombra del paraguas de hojas se tiende allí
debajo, sobre el fermentado aplastamiento de los higos maduros caídos en el suelo,
esperando que la sombra del tronco vuelva a asomar y la empuje desde el lado
opuesto alargándose como si el don de crecer, al que la higuera ha renunciado
como planta portadora de higos, pasara a ese fantasma de planta tendido en el
suelo, hasta la hora en que los otros fantasmas de plantas crecen y la cubren,
hasta que el cerro la colina la costa extienden las sombras en un solo lago
Podríamos pues limitar mi
descripción a las manchas que se agrandan y se encogen según las horas del día
con un movimiento rotatorio que los diferentes niveles y pendientes hacen
irregular y agrietado, y ya se tragan ya revelan viñas, almácigos, amarillos
carnpos de caléndulas, negros jardines de magnoleas, rojas canteras de piedras,
mercados, en cada lugar la sombra tiene sus citas y sus itinerarios, aquí es su
derecho reinar sobre enteros valles comunicantes, allá puede recoger sólo
jirones de sí misma escondidos detrás de una regadera o una carretilla, cada
lugar puede definirse a partir de una escala intermedia entre los lugares donde
nunca da el sol y aquellos expuestos a la luz desde la aurora hasta el
crepúsculo
Llámase «opaco» -en
dialecto: ubagu- el lugar donde no da el sol, en lengua culta, con una locución
más rebuscada: a bacio; en cambio se llama a solatio o aprico -abrigu en
dialecto- el lugar soleado. Como el mundo que estoy describiendo es una especie
de anfiteatro cóncavo a mediodía y como no está comprendida en él la faz
convexa del anfiteatro, presumiblemente vuelta hacia medianoche, en él se
verifica por tanto la extrema rareza de lo opaco y la más amplia extensión de
lo soleado
o si se quiere utilizar una
metáfora de la vida animal, estamos en un mundo que se alarga y contorsiona
como una lagartija de manera de ofrecer al sol el máximo de su superficie, y
abre el abanico de sus patas con ventosas en la pared que se calienta, la cola
con sacudidas filiformes se sustrae a las imperceptibles progresiones de la
sombra, tendiendo a hacer coincidir lo soleado con la existencia del mundo
tendiendo a hacer coincidir
lo soleado con la lucha por la existencia e inmediatamente después con el
máximo provecho, nivelando los declives al geométrico imperio de los claveles
que adelantan al sol en filas apretadas sus legiones en escuadra, o enderezando
las verticales murallas de las copropiedades cuadriculadas de ventanas que se
disputan la exposición y la vista
Sólo en el fondo de los
torrentes erizados de cañas con su crujido de papel, o en los valles que se
curvan en codo, o detrás de las copas que sobresalen en los collados, y más
atrás en la sucesión de contrafuertes de la cadena montañosa paralela a la costa,
se da ese oscurecerse del verde, ese aflorar de rocas desde la tierra
deslavada, esa cercanía del frío que sube del subsuelo y lejanía no sólo del
mar invisible sino también del feroz azul del cielo suspendido, esa sensación
de un misterioso confín que separa del mundo abierto y extraño, que es la
sensación de haber entrado int'ubagu, en el opaco reverso del mundo
de modo que podría definir
l'ubagu (lo opaco) como anuncio de que el mundo que estoy describiendo tiene un
reverso, una posibilidad de hallarse expuesto y orientado diferentemente, en
una relación diferente con el curso del sol y las dimensiones del espacio
infinito, señal de que el mundo presupone un resto del mundo, más allá de la
barrera de montañas que se suceden a mis espaldas, un mundo que se prolonga en
lo opaco con pueblos y ciudades y altiplanos y cursos de agua y pantanos, con
cadenas de montañas que ocultan mesetas cubiertas de niebla, siento este
reverso del mundo escondido más allá del espesor profundo de tierra y de roca,
y el vértigo que ya zumba en mis oídos y me empuja hacia el allende
Y es aquí donde esea
reconstrucción del mundo realizada en ausencia del mundo debería recomenzar
diciendo que me aplano en mi inmovilidad de lagartija sobre la pendiente
escarpada int'abrigu, en lo soleado, pero diciendo en el momento mismo que soy
empujado vertiginosamente hacia el allende, aquí abrir un paréntesis para
distinguir un allende como lo opaco absoluto que se abre al que mira más allá
de una extrema cresta enriscada
o tal vez los allendes
convergen, el barco que veo internarse en el mar y desaparecer en el reflejo
del sol amarrará en puertos opacos, verá explanadas grises de muelles que
asoman en una mañana de niebla, las luces todavía encendidas de los docks,
y el cazador que vuelve a
subir por el camino de herradura a las tierras yermas se interna en el bosque,
pasa por el lomo de la colina, costea una hondonada al resguardo, hace rodar
las piedras entre los matorrales esperando que alce vuelo una bandada de
estorninos, baja corriendo por los prados, trepa por un despeñadero, busca el
paso de los pájaros migratorios, busca el reborde al otro lado del cual se abra
la vista de un país sin confines, la línea divisoria de las líneas divisorias
de todas las aguas, el techo del mundo desde donde pueda asomarse y lanzar la
mirada más allá de la gran ala de sombra, hasta divisar una thule de puertas
doradas, una helsinki con su blanca plaza, ciudad soleada sobre un golfo de
hielo
Y aun considerando inmóvil
al observador, como al principio, su situación respecto de lo opaco y lo
soleado seguirá siendo discutible, porque ese yo mismo vuelto hacia lo soleado
es el lado opaco que ve desde cada puente árbol tejado, mientras está a pleno
sol el muro o pendiente a los cuales vuelvo las espaldas, el muro florecido de
buganvillas, la cuesta donde crecen matas de euforbios, el seto de chumberas,
la espaldera de alcaparras
pero no es eso lo que
importa porque admitiendo que yo esté siempre mirando hacia la desembocadura de
un valle cualquiera y tenga a mis espaldas el torrente escarpado y sombreado,
nada prueba que esté a punto de avanzar cada vez más hacia lo descubierto en
vez de retroceder hacia el fondo del valle, por lo cual es justo decir que el
mí mismo vuelto hacia lo soleado es también un yo mismo que se retrae en lo
opaco
y si partiendo de esa
posición inicial considero las fases sucesivas del mismo yo mismo, cada paso
adelante también puede ser un retroceso, la línea que trazo se arrolla cada vez
más en lo opaco, y es inútil que trate de recordar en qué punto entré en la
sombra, ya estaba en ella desde cl principio, es inútil que busque en el fondo
de lo opaco una desembocadura de lo opaco, ahora sé que el único mundo que
existe es lo opaco y que lo soleado es sólo su reverso, lo soleado que
opacamente se esfuerza por multiplicarse a sí mismo pero multiplica sólo el
reverso del propio reverso
D'int'ubagu, desde el fondo
de lo opaco escribo reconstruyendo un mapa de lo soleado, que es sólo un axioma
inverificable para los cálculos de la memoria, el lugar geométrico del yo, de
un mí mismo del cual mi yo necesita para saber que soy yo, el yo que sirve sólo
para que el mundo reciba continuamente noticias de la existencia del mundo, un
mecanismo del que el mundo dispone para saber si existe.

