Libro N° 4088. Las Ciudades Invisibles. Calvino, Italo.
© Libro N° 4088. Las Ciudades Invisibles. Calvino, Italo. Colección E.O. Agosto 19 de 2017.
Título
original: © Le città invisibili
Versión Original: © Las Ciudades Invisibles. Italo
Calvino
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LAS CIUDADES INVISIBLES
Italo Calvino
Nota preliminar
En Las ciudades invisibles
no se encuentran ciudades reconocibles. Son todas inventadas; he dado a cada
una un nombre de mujer; el libro consta de capítulos breves, cada uno de los
cuales debería servir de punto de partida de una reflexión válida para
cualquier ciudad o para la ciudad en general.
El libro nació lentamente,
con intervalos a veces largos, como poemas que fui escribiendo, según las más
diversas inspiraciones. Cuando escribo procedo por series: tengo muchas
carpetas donde meto las páginas escritas, según las ideas que se me pasan por
la cabeza, o apuntes de cosas que quisiera escribir. Tengo una carpeta para los
objetos, una carpeta para los animales, una para las personas, una carpeta para
los personajes históricos y otra para los héroes de la mitología; tengo una
carpeta sobre las cuatro estaciones y una sobre los cinco sentidos; en una
recojo páginas sobre las ciudades y los paisajes de mi vida y en otra ciudades
imaginarias, fuera del espacio y del tiempo. Cuando una carpeta empieza a
llenarse de folios, me pongo a pensar en el libro que puedo sacar de ellos.
Así en los últimos años
llevé conmigo este libro de las ciudades, escribiendo de vez en cuando,
fragmentariamente, pasando por fases diferentes. Durante un periodo se me
ocurrían sólo ciudades tristes, y en otro sólo ciudades alegres; hubo un tiempo
en que comparaba la ciudad con el cielo estrellado, en cambio en otro momento
hablaba siempre de las basuras que se van extendiendo día a día fuera de las
ciudades. Se había convertido en una suerte de diario que seguía mis humores y
mis reflexiones; todo terminaba por transformarse en imágenes de ciudades: los
libros que leía, las exposiciones de arte que visitaba, las discusiones con mis
amigos.
Pero todas esas páginas no
constituían todavía un libro: un libro (creo yo) es algo con un principio y un
fin (aunque no sea una novela en sentido estricto), es un espacio donde el
lector ha de entrar, dar vueltas, quizás perderse, pero encontrando en cierto
momento una salida, o tal vez varias salidas, la posibilidad de dar con un
camino para salir. Alguno de vosotros me dirá que esta definición puede servir
para una novela con una trama, pero no para un libro como éste, que debe leerse
como se leen los libros de poemas o de ensayos o, como mucho, de cuentos. Pues
bien, quiero decir justamente que también un libro así, para ser un libro, debe
tener una construcción, es decir, es preciso que se pueda descubrir en él una
trama, un itinerario, un desenlace.
Nunca he escrito libros de
poesía, pero sí muchos libros de cuentos, y me he encontrado frente al problema
de dar un orden a cada uno de los textos, problema que puede llegar a ser
angustioso. Esta vez, desde el principio, había encabezado cada página con el
título de una serie: Las ciudades y la memoria, Las ciudades y el deseo, Las
ciudades y los signos; llamé Las ciudades y la forma a una cuarta serie, título
que resultó ser demasiado genérico y la serie terminó por distribuirse entre
otras categorías. Durante un tiempo, mientras seguía escribiendo ciudades, no
sabía si multiplicar las series, o si limitarlas a unas pocas (las dos primeras
eran fundamentales) o si hacerlas desaparecer todas. Había muchos textos que no
sabía cómo clasificar y entonces buscaba definiciones nuevas. Podía hacer un
grupo con las ciudades un poco abstractas, aéreas, que terminé por llamar Las
ciudades sutiles. Algunas podía definirlas como Las ciudades dobles, pero
después me resultó mejor distribuirlas en otros grupos. Hubo otras series que
no preví de entrada; aparecieron al final, redistribuyendo textos que había
clasificado de otra manera, sobre todo como «memoria» y «deseo», por ejemplo
Las ciudades y los ojos (caracterizadas por propiedades visuales) y Las
ciudades y los intercambios, caracterizadas por intercambios: intercambios de
recuerdos, de deseos, de recorridos, de destinos. Las continuas y las
escondidas, en cambio, son dos series que escribí adrede, es decir con una
intención precisa, cuando ya había empezado a entender la forma y el sentido
que debía dar al libro. A partir del material que había acumulado fue como
estudié la estructura más adecuada, porque quería que estas series se
alternaran, se entretejieran, y al mismo tiempo no quería que el recorrido del
libro se apartase demasiado del orden cronológico en que se habían escrito los
textos. Al final decidí que habría 11 series de 5 textos cada una, reagrupados
en capítulos formados por fragmentos de series diferentes que tuvieran cierto
clima común. El sistema con arreglo al cual se alternan las series es de lo más
simple, aunque hay quien lo ha estudiado mucho para explicarlo.
Todavía no he dicho lo
primero que debería haber aclarado: Las ciudades invisibles se presentan como
una serie de relatos de viaje que Marco Polo hace a Kublai Kan, emperador de
los tártaros. (En la realidad histórica, Kublai, descendiente de Gengis Kan,
era emperador de los mongoles, pero en su libro Marco Polo lo llama Gran Kan de
los Tártaros y así quedó en la tradición literaria). No es que me haya
propuesto seguir los itinerarios del afortunado mercader veneciano que en el
siglo XIII había llegado a China, desde donde partió para visitar, como
embajador del Gran Kan, buena parte del Lejano Oriente. Hoy el Oriente es un
tema reservado a los especialistas, y yo no lo soy. Pero en todos los tiempos
ha habido poetas y escritores que se inspiraron en El Millón como en una
escenografía fantástica y exótica: Coleridge en un famoso poema, Kafka en El
mensaje del emperador, Buzzati en El desierto de los tártaros. Sólo Las mil y
una noches puede jactarse de una suerte parecida: libros que se convierten en
continentes imaginarios en los que encontrarán su espacio otras obras
literarias; continentes del «allende», hoy cuando podría decirse que el
«allende» ya no existe y que todo el mundo tiende a uniformarse.
A este emperador melancólico
que ha comprendido que su ilimitado poder poco cuenta en un mundo que marcha
hacia la ruina, un viajero imaginario le habla de ciudades imposibles, por
ejemplo una ciudad microscópica que va ensanchándose y termina formada por
muchas ciudades concéntricas en expansión, una ciudad telaraña suspendida sobre
un abismo, o una ciudad bidimensional como Moriana.
Cada capítulo del libro va
precedido y seguido por un texto en cursiva en el que Marco Polo y Kublai Kan
reflexionan y comentan. El primero de ellos fue el primero que escribí y sólo
más adelante, habiendo seguido con las ciudades, pensé en escribir otros. Mejor
dicho, el primer texto lo trabajé mucho y me había sobrado mucho material, y en
cierto momento seguí con diversas variantes de esos elementos restantes (las
lenguas de los embajadores, la gesticulación de Marco) de los que resultaron
parlamentos diversos. Pero a medida que escribía ciudades, iba desarrollando
reflexiones sobre mi trabajo, como comentarios de Marco Polo y del Kan, y estas
reflexiones tomaban cada una por su lado; y yo trataba de que cada una avanzara
por cuenta propia. Así es como llegué a tener otro conjunto de textos que
procuré que corrieran paralelos al resto, haciendo un poco de montaje en el
sentido de que ciertos diálogos se interrumpen y después se reanudan; en una
palabra, el libro se discute y se interroga a medida que se va haciendo.
Creo que lo que el libro
evoca no es sólo una idea atemporal de la ciudad, sino que desarrolla, de
manera unas veces implícita y otras explícita, una discusión sobre la ciudad
moderna. A juzgar por lo que me dicen algunos amigos urbanistas, el libro toca
sus problemáticas en varios puntos y esto no es casualidad porque el trasfondo
es el mismo. Y la metrópoli de los big numbers no aparece sólo al final de mi
libro; incluso lo que parece evocación de una ciudad arcaica sólo tiene sentido
en la medida en que está pensado y escrito con la ciudad de hoy delante de los
ojos.
¿Qué es hoy la ciudad para
nosotros? Creo haber escrito algo como un último poema de amor a las ciudades,
cuando es cada vez más difícil vivirlas como ciudades. Tal vez estamos
acercándonos a un momento de crisis de la vida urbana y Las ciudades invisibles
son un sueño que nace del corazón de las ciudades invivibles. Se habla hoy con
la misma insistencia tanto de la destrucción del entorno natural como de la
fragilidad de los grandes sistemas tecnológicos que pueden producir perjuicios
en cadena, paralizando metrópolis enteras. La crisis de la ciudad demasiado
grande es la otra cara de la crisis de la naturaleza. La imagen de la
«megalópolis», la ciudad continua, uniforme, que va cubriendo el mundo, domina
también mi libro. Pero libros que profetizan catástrofes y apocalipsis hay
muchos; escribir otro sería pleonástico, y sobre todo, no se aviene a mi
temperamento. Lo que le importa a mi Marco Polo es descubrir las razones
secretas que han llevado a los hombres a vivir en las ciudades, razones que
puedan valer más allá de todas las crisis. Las ciudades son un conjunto de
muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque,
como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques
no lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de
recuerdos. Mi libro se abre y se cierra con las imágenes de ciudades felices
que cobran forma y se desvanecen continuamente, escondidas en las ciudades
infelices.
Casi todos los críticos se
han detenido en la frase final del libro: «buscar y saber reconocer quién y
qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle
espacio». Como son las últimas líneas, todos han considerado que es la conclusión,
la «moraleja de la fábula». Pero este libro es poliédrico y en cierto modo está
lleno de conclusiones, escritas siguiendo todas sus aristas, e incluso no menos
epigramáticas y epigráficas que esta última. Es cierto que si esta frase se
ubica al final del libro no es por casualidad, pero empecemos por decir que el
final del último capítulo tiene una conclusión doble, cuyos elementos son
necesarios: sobre la ciudad utópica (que aunque no la descubramos no podemos
dejar de buscarla) y sobre la ciudad infernal. Y aún más: ésta es sólo la
última parte del texto en cursiva sobre los atlas del Gran Kan, por lo demás
bastante descuidado por los críticos, y que desde el principio hasta el final
no hace sino proponer varias «conclusiones» posibles de todo el libro. Pero
está también la otra vertiente, la que sostiene que el sentido de un libro
simétrico debe buscarse en el medio: hay críticos psicoanalistas que han
encontrado las raíces profundas del libro en las evocaciones venecianas de
Marco Polo, como un retorno a los primeros arquetipos de la memoria, mientras
estudiosos de semiología estructural dicen que donde hay que buscar es en el
punto exactamente central del libro, y han encontrado una imagen de ausencia,
la ciudad llamada Baucis. Es aquí evidente que el parecer del autor está de
más: el libro, como he explicado, se fue haciendo un poco por sí solo, y
únicamente el texto tal como es autorizará o excluirá esta lectura o aquélla.
Como un lector más, puedo decir que en el capítulo V, que desarrolla en el corazón
del libro un tema de levedad extrañamente asociado al tema de la ciudad, hay
algunos de los textos que considero mejores por su evidencia visionaria, y tal
vez esas figuras más filiformes («ciudades sutiles» u otras) son la zona más
luminosa del libro.
Esto es todo lo que puedo
decir.
ITALO CALVINO
Conferencia pronunciada por
Calvino en inglés, el 29 de marzo de 1983,
para los estudiantes de la
Graduate Writing Division de la Columbia University de Nueva York
I
No es que Kublai Kan crea en
todo lo que dice Marco Polo cuando le describe las ciudades que ha visitado en
sus embajadas, pero es cierto que el emperador de los tártaros sigue escuchando
al joven veneciano con más curiosidad y atención que a ningún otro de sus
mensajeros o exploradores. En la vida de los emperadores hay un momento que
sucede al orgullo por la amplitud desmesurada de los territorios que hemos
conquistado, a la melancolía y al alivio de saber que pronto renunciaremos a
conocerlos y a comprenderlos; una sensación como de vacío que nos acomete una
noche junto con el olor de los elefantes después de la lluvia y de la ceniza de
sándalo que se enfría en los braseros; un vértigo que hace temblar los ríos y
las montañas historiados en la leonada grupa de los planisferios, enrolla uno
sobre otro los despachos que anuncian el derrumbarse de los últimos ejércitos
enemigos de derrota en derrota y resquebraja el lacre de los sellos de reyes a
quienes jamás hemos oído nombrar, que imploran la protección de nuestras huestes
triunfantes a cambio de tributos anuales en metales preciosos, cueros curtidos
y caparazones de tortuga; es el momento desesperado en que se descubre que ese
imperio que nos había parecido la suma de todas las maravillas es una
destrucción sin fin ni forma, que su corrupción está demasiado gangrenada para
que nuestro cetro pueda ponerle remedio, que el triunfo sobre los soberanos
enemigos nos ha hecho herederos de su larga ruina. Sólo en los informes de
Marco Polo, Kublai Kan conseguía discernir, a través de las murallas y las
torres destinadas a desmoronarse, la filigrana de un diseño tan sutil que
escapaba a la mordedura de las termitas.
Las ciudades y la memoria. 1
Partiendo de allá y
caminando tres jornadas hacia Levante, el hombre se encuentra en Diomira,
ciudad con sesenta cúpulas de plata, estatuas en bronce de todos los dioses,
calles pavimentadas de estaño, un teatro de cristal, un gallo de oro que canta
todas las mañanas sobre una torre. Todas estas bellezas el viajero ya las
conoce por haberlas visto también en otras ciudades. Pero es propio de ésta que
quien llega una noche de septiembre, cuando los días se acortan y las lámparas
multicolores se encienden todas juntas sobre las puertas de las freidurías, y
desde una terraza una voz de mujer grita: ¡uh!, se pone a envidiar a los que
ahora creen haber vivido ya una noche igual a ésta y haber sido aquella vez
felices.
Las ciudades y la memoria. 2
Al hombre que cabalga
largamente por tierras selváticas le acomete el deseo de una ciudad. Finalmente
llega a Isadora, ciudad donde los palacios tienen escaleras de caracol
incrustadas de caracoles marinos, donde se fabrican según las reglas del arte
catalejos y violines, donde cuando el forastero está indeciso entre dos mujeres
encuentra siempre una tercera, donde las riñas de gallos degeneran en peleas
sangrientas entre los apostadores. Pensaba en todas estas cosas cuando deseaba
una ciudad. Isadora es, pues, la ciudad de sus sueños; con una diferencia. La
ciudad soñada lo contenía joven; a Isadora llega a avanzada edad. En la plaza
está la pequeña pared de los viejos que miran pasar la juventud; el hombre está
sentado en fila con ellos. Los deseos son ya recuerdos.
Las ciudades y el deseo. 1
De la ciudad de Dorotea se
puede hablar de dos maneras: decir que cuatro torres de aluminio se elevan
desde sus murallas flanqueando siete puertas del puente levadizo de resorte que
franquea el foso cuya agua alimenta cuatro verdes canales que atraviesan la
ciudad y la dividen en nueve barrios, cada uno de trescientas casas y
setecientas chimeneas; y teniendo en cuenta que las muchachas casaderas de cada
barrio se enmaridan con jóvenes de otros barrios y sus familias se intercambian
las mercancías de las que cada una tiene la exclusividad: bergamotas, huevas de
esturión, astrolabios, amatistas, hacer círculos a base de estos datos hasta
saber todo lo que se quiera de la ciudad en el pasado el presente el futuro; o
bien decir como el camellero que me condujo allí: «Llegué en la primera
juventud, una mañana, mucha gente caminaba rápida por las calles hacia el
mercado, las mujeres tenían hermosos dientes y miraban derecho a los ojos, tres
soldados sobre una tarima tocaban el clarín, todo alrededor giraban ruedas y
ondulaban papeles coloreados. Hasta entonces yo sólo había conocido el desierto
y las rutas de las caravanas. Aquella mañana en Dorotea sentí que no había bien
que no pudiera esperar de la vida. En los años siguientes mis ojos volvieron a
contemplar las extensiones del desierto y las rutas de las caravanas, pero
ahora sé que éste es sólo uno de los tantos caminos que se me abrían aquella
mañana en Dorotea».
Las ciudades y la memoria. 3
Inútilmente, magnánimo
Kublai, intentaré describirte la ciudad de Zaira de los altos bastiones. Podría
decirte de cuántos peldaños son sus calles en escalera, de qué tipo los arcos
de sus soportales, qué chapas de zinc cubren los techos; pero sé ya que sería
como no decirte nada. No está hecha de esto la ciudad, sino de relaciones entre
las medidas de su espacio y los acontecimientos de su pasado: la distancia al
suelo de un farol y los pies colgantes de un usurpador ahorcado; el hilo
tendido desde el farol hasta la barandilla de enfrente y las guirnaldas que
empavesan el recorrido del cortejo nupcial de la reina; la altura de aquella
barandilla y el salto del adúltero que se descuelga de ella al alba; la
inclinación de una canaleta y el gato que la recorre majestuosamente para
colarse por la misma ventana; la línea de tiro de la cañonera que aparece de
improviso desde detrás del cabo y la bomba que destruye la canaleta; los
rasgones de las redes de pescar y los tres viejos que sentados en el muelle
para remendar las redes se cuentan por centésima vez la historia de la cañonera
del usurpador, de quien se dice que era un hijo adulterino de la reina,
abandonado en pañales allí en el muelle.
En esta ola de recuerdos que
refluye la ciudad se embebe como una esponja y se dilata. Una descripción de
Zaira como es hoy debería contener todo el pasado de Zaira. Pero la ciudad no
dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos
de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras,
en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, surcado a su
vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos.
Las ciudades y el deseo. 2
Al cabo de tres jornadas,
andando hacia el Mediodía, el hombre se encuentra en Anastasia, ciudad bañada
por canales concéntricos y sobrevolada por cometas. Debería ahora enumerar las
mercancías que se compran a buen precio: ágata, ónix crisopacio y otras
variedades de calcedonia; alabar la carne del faisán dorado que se cocina sobre
la llama de leña de cerezo estacionada y se espolvorea con mucho orégano;
hablar de las mujeres que he visto bañarse en el estanque de un jardín y que a
veces —así cuentan— invitan al viajero a desvestirse con ellas y a perseguirlas
en el agua. Pero con estas noticias no te diré la verdadera esencia de la
ciudad: porque mientras la descripción de Anastasia no hace sino despertar los
deseos uno por uno, para obligarte a ahogarlos, a quien se encuentra una mañana
en medio de Anastasia los deseos se le despiertan todos juntos y lo circundan.
La ciudad se te aparece como un todo en el que ningún deseo se pierde y del que
tú formas parte, y como ella goza de todo lo que tú no gozas, no te queda sino
habitar ese deseo y contentarte. Tal poder, que a veces dicen maligno, a veces
benigno, tiene Anastasia, ciudad engañadora: si durante ocho horas al día
trabajas como tallador de ágatas ónices crisopacios, tu afán que da forma al
deseo toma del deseo su forma, y crees que gozas por toda Anastasia cuando sólo
eres su esclavo.
Las ciudades y los signos. 1
El hombre camina días
enteros entre los árboles y las piedras. Raramente el ojo se detiene en una
cosa, y es cuando la ha reconocido como el signo de otra: una huella en la
arena indica el paso del tigre, un pantano anuncia una vena de agua, la flor
del hibisco el fin del invierno. Todo el resto es mudo es intercambiable;
árboles y piedras son solamente lo que son.
Finalmente el viaje conduce
a la ciudad de Tamara. Uno se adentra en ella por calles llenas de enseñas que
sobresalen de las paredes. El ojo no ve cosas sino figuras de cosas que
significan otras cosas: las tenazas indican la casa del sacamuelas, el jarro la
taberna, las alabardas el cuerpo de guardia, la balanza el herborista. Estatuas
y escudos representan leones delfines torres estrellas: signo de que algo
—quién sabe qué— tiene por signo un león o delfín o torre o estrella. Otras
señales advierten sobre aquello que en un lugar está prohibido: entrar en el
callejón con las carretillas, orinar detrás del quiosco, pescar con caña desde
el puente, y lo que es lícito: dar de beber a las cebras, jugar a las bochas,
quemar los cadáveres de los parientes. Desde la puerta de los templos se ven
las estatuas de los dioses, representados cada uno con sus atributos: la
cornucopia, la clepsidra, la medusa, por los cuales el fiel puede reconocerlos
y dirigirles las plegarias justas. Si un edificio no tiene ninguna enseña o
figura, su forma misma y el lugar que ocupa en el orden de la ciudad basta para
indicar su función: el palacio real, la prisión, la casa de moneda, la escuela
pitagórica, el burdel. Hasta las mercancías que los comerciantes exhiben en los
mostradores valen no por sí mismas sino como signo de otras cosas: la banda
bordada para la frente quiere decir elegancia, el palanquín dorado poder, los
volúmenes de Averroes sapiencia, la ajorca para el tobillo voluptuosidad. La
mirada recorre las calles como páginas escritas: la ciudad dice todo lo que
debes pensar, te hace repetir su discurso, y mientras crees que visitas Tamara,
no haces sino registrar los nombres con los cuales se define a sí misma y a
todas sus partes.
Cómo es verdaderamente la
ciudad bajo esta apretada envoltura de signos, qué contiene o esconde, el
hombre sale de Tamara sin haberlo sabido. Afuera se extiende la tierra vacía
hasta el horizonte, se abre el cielo donde corren las nubes. En la forma que el
azar y el viento dan a las nubes el hombre ya está entregado a reconocer
figuras: un velero, una mano, un elefante…
Las ciudades y la memoria. 4
Más allá de seis ríos y tres
cadenas de montañas surge Zora, ciudad que quien la ha visto una vez no puede
olvidarla más. Pero no porque deje, como otras ciudades memorables, una imagen
fuera de lo común en los recuerdos. Zora tiene la propiedad de permanecer en la
memoria punto por punto, en la sucesión de sus calles, y de las casas a lo
largo de las calles, y de las puertas y de las ventanas en las casas, aunque
sin mostrar en ellas hermosuras o rarezas particulares. Su secreto es la forma
en que la vista se desliza por figuras que se suceden como en una partitura
musical donde no se puede cambiar o desplazar ninguna nota. El hombre que sabe
de memoria cómo es Zora, en la noche, cuando no puede dormir imagina que camina
por sus calles y recuerda el orden en que se suceden el reloj de cobre, el
toldo a rayas del peluquero, la fuente de los nueve surtidores, la torre de
vidrio del astrónomo, el puesto del vendedor de sandías, el café de la esquina,
el atajo que va al puerto. Esta ciudad que no se borra de la mente es como una
armazón o una retícula en cuyas casillas cada uno puede disponer las cosas que
quiere recordar: nombres de varones ilustres, virtudes, números,
clasificaciones vegetales y minerales, fechas de batallas, constelaciones,
partes del discurso. Entre cada noción y cada punto del itinerario podrá
establecer un nexo de afinidad o de contraste que sirva de llamada instantánea
a la memoria. De modo que los hombres más sabios del mundo son aquellos que
conocen Zora de memoria.
Pero inútilmente he partido
de viaje para visitar la ciudad: obligada a permanecer inmóvil e igual a sí
misma para ser recordada mejor, Zora languideció, se deshizo y desapareció. La
Tierra la ha olvidado.
Las ciudades y el deseo. 3
De dos maneras se llega a
Despina: en barco o en camello. La ciudad se presenta diferente al que viene de
tierra y al que viene del mar.
El camellero que ve
despuntar en el horizonte del altiplano los pináculos de los rascacielos, las
antenas radar, agitarse las mangas de ventilación blancas y rojas, echar humo
las chimeneas, piensa en un barco, sabe que es una ciudad pero la piensa como una
nave que lo sacará del desierto, un velero a punto de partir, con el viento que
ya hincha las velas todavía sin desatar, o un vapor con su caldera vibrando en
la carena de hierro, y piensa en todos los puertos, en las mercancías de
ultramar que las grúas descargan en los muelles, en las hosterías donde
tripulaciones de distinta bandera se rompen la cabeza a botellazos, en las
ventanas iluminadas de la planta baja, cada una con una mujer que se peina.
En la neblina de la costa el
marinero distingue la forma de una giba de camello, de una silla de montar
bordada de flecos brillantes entre dos gibas manchadas que avanzan
contoneándose, sabe que es una ciudad pero la piensa como un camello de cuyas
albardas cuelgan odres y alforjas de frutas confitadas, vino de dátiles, hojas
de tabaco, y ya se ve a la cabeza de una larga caravana que lo lleva del
desierto del mar hacia el oasis de agua dulce a la sombra dentada de las
palmeras, hacia palacios de espesos muros encalados, de patios embaldosados
sobre los cuales bailan descalzas las danzarinas, y mueven los brazos un poco
dentro del velo, un poco fuera.
Cada ciudad recibe su forma
del desierto al que se opone; y así ven el camellero y el marinero a Despina,
ciudad de confín entre dos desiertos.
Las ciudades y los signos. 2
De la ciudad de Zirma los
viajeros vuelven con recuerdos bien claros: un negro ciego que grita en la
multitud, un loco que se asoma por la cornisa de un rascacielos, una muchacha
que pasea con un puma sujeto con una traílla. En realidad muchos de los ciegos
que golpean con el bastón el empedrado de Zirma son negros, en todos los
rascacielos hay alguien que se vuelve loco, todos los locos se pasan horas en
las cornisas, no hay puma que no sea criado por un capricho de muchacha. La
ciudad es redundante: se repite para que algo llegue a fijarse en la mente.
Vuelvo también yo de Zirma:
mi recuerdo comprende dirigibles que vuelan en todos los sentidos a la altura
de las ventanas, calles de tiendas donde se dibujan tatuajes en la piel de los
marineros, trenes subterráneos atestados de mujeres obesas que se sofocan. Los
compañeros que estaban conmigo en el viaje, en cambio, juran que vieron un solo
dirigible suspendido entre las agujas de la ciudad, un solo tatuador que
disponía sobre su mesa agujas y tintas y dibujos perforados, una sola mujer
gorda apantallándose en la plataforma de un vagón. La memoria es redundante:
repite los signos para que la ciudad empiece a existir.
Las ciudades sutiles. 1
Se supone que Isaura, ciudad
de los mil pozos, surge sobre un profundo lago subterráneo. Dondequiera que los
habitantes, excavando en la tierra largos agujeros verticales, han conseguido
sacar agua, hasta allí y no más lejos se ha extendido la ciudad: su perímetro
verdeante repite el de las orillas oscuras del lago sepulto, un paisaje
invisible condiciona el visible, todo lo que se mueve al sol es impelido por la
ola que bate encerrada bajo el cielo calcáreo de la roca.
En consecuencia, religiones
de dos especies se dan en Isaura. Los dioses de la ciudad, según algunos,
habitan en las profundidades, en el lago negro que alimenta las venas
subterráneas. Según otros, los dioses habitan en los cubos que suben colgados
de la cuerda cuando aparecen fuera del brocal de los pozos, en las roldanas que
giran, en los cabrestantes de las norias, en las palancas de las bombas, en las
palas de los molinos de viento que suben el agua de las perforaciones, en los
andamiajes de tela metálica que encauzan el enroscarse de las sondas, en los
tanques posados en zancos sobre los techos, en los arcos delgados de los
acueductos, en todas las columnas de agua, las tuberías verticales, los
sifones, los rebosaderos, subiendo hasta las veletas que coronan las aéreas
estructuras de Isaura, ciudad que se vuelve toda hacia lo alto.
Enviados a inspeccionar las
remotas provincias, los mensajeros y los recaudadores de impuestos del Gran Kan
regresaban puntualmente al palacio real de Kemenfú y a los jardines de
magnolias a cuya sombra Kublai paseaba escuchando sus largas relaciones. Los
embajadores eran persas sirios coptos turcomanos; es el emperador el extranjero
para cada uno de sus súbditos y sólo a través de ojos y oídos extranjeros el
imperio podía manifestar su existencia a Kublai. En lenguas incomprensibles
para el Kan los mensajeros referían noticias escuchadas en lenguas que les eran
incomprensibles: de ese opaco espesor sonoro emergían las cifras percibidas por
el fisco imperial, los nombres y los patronímicos de los funcionarios depuestos
y decapitados, las dimensiones de los canales de riego que los magros ríos
alimentaban en tiempos de sequía. Pero cuando el que hacía el relato era el
joven veneciano, una comunicación diferente se establecía entre él y el
emperador. Recién llegado y absolutamente ignaro de las lenguas del Levante,
Marco Polo no podía expresarse sino con gestos: saltos, gritos de maravilla y
de horror, ladridos o cantos de animales, o con objetos que iba extrayendo de
su alforja: plumas de avestruz, cerbatanas, cuarzos, y disponiendo delante de
sí como piezas de ajedrez. De vuelta de las misiones a que Kublai lo destinaba,
el ingenioso extranjero improvisaba pantomimas que el soberano debía
interpretar: una ciudad era designada por el salto de un pez que huía del pico
del cormorán para caer en una red, otra ciudad por un hombre desnudo que
atravesaba el fuego sin quemarse, una tercera por una calavera que apretaba
entre los dientes verdes de moho una perla cándida y redonda. El Gran Kan
descifraba los signos, pero el nexo entre éstos y los lugares visitados seguía
siendo incierto: no sabía nunca si Marco quería representar una aventura que le
había sucedido en el viaje, una hazaña del fundador de la ciudad, la profecía
de un astrólogo, un acertijo o una charada para indicar un nombre. Pero por
manifiesto u oscuro que fuese, todo lo que Marco mostraba tenía el poder de los
emblemas, que una vez vistos no se pueden olvidar ni confundir. En la mente del
Kan el imperio se reflejaba en un desierto de datos frágiles e intercambiables
como granos de arena de los cuales emergían para cada ciudad y provincia las
figuras evocadas por los logogrifos del veneciano.
Con el sucederse de las
estaciones y de las embajadas, Marco se familiarizó con la lengua tártara y con
muchos idiomas de naciones y dialectos de tribus. Sus relatos eran ahora los
más precisos y minuciosos que el Gran Kan pudiera desear y no había cuestión o
curiosidad a la que no respondiesen, y sin embargo, toda noticia sobre un lugar
remitía la mente del emperador a aquel primer gesto u objeto con el que Marco
lo había designado. El nuevo dato recibía un sentido de aquel emblema y al
mismo tiempo añadía al emblema un sentido nuevo. Quizá el imperio, pensó
Kublai, no es sino un zodiaco de fantasmas de la mente.
—El día que conozca todos
los emblemas —preguntó a Marco— ¿conseguiré al fin poseer mi imperio?
Y el veneciano:
—Señor, no lo creas: ese día
serás tú mismo emblema entre los emblemas.
II
—Los otros embajadores me
advierten de carestías, de concusiones, de conjuras, o bien me señalan minas de
turquesas recién descubiertas, precios ventajosos de las pieles de marta,
propuestas de suministros de armas damasquinas. ¿Y tú? —preguntó a Polo el Gran
Kan—. Vuelves de comarcas tan lejanas y todo lo que sabes decirme son los
pensamientos que se le ocurren al que toma el fresco por la noche sentado en el
umbral de su casa. ¿De qué te sirve, entonces, viajar tanto?
—Es de noche, estamos
sentados en las escalinatas de tu palacio, sopla un poco de viento —respondió
Marco Polo—. Cualquiera que sea la comarca que mis palabras evoquen en torno a
ti, la verás desde un observatorio situado como el tuyo, aunque en el lugar del
palacio real haya una aldea lacustre y la brisa traiga el olor de un estuario
fangoso.
—Mi mirada es la del que
está absorto y medita, lo admito. ¿Pero y la tuya? Atraviesas archipiélagos,
tundras, cadenas de montañas. Daría lo mismo que no te movieses de aquí.
El veneciano sabía que
cuando Kublai se las tomaba con él era para seguir mejor el hilo de sus
razonamientos; y que sus respuestas y objeciones se situaban en un discurso que
ya se desenvolvía por cuenta propia en la cabeza del Gran Kan. O sea que entre ellos
era indiferente que se enunciaran en voz alta problemas o soluciones, o que
cada uno de los dos siguiera rumiándolos en silencio. En realidad estaban
mudos, con los ojos entrecerrados, recostados sobre almohadones, meciéndose en
hamacas, fumando largas pipas de ámbar.
Marco Polo imaginaba que
respondía (o Kublai imaginaba su respuesta) que cuanto más se perdía en barrios
desconocidos de ciudades lejanas, más entendía las otras ciudades que había
atravesado para llegar hasta allí, y recorría las etapas de sus viajes, y
aprendía a conocer el puerto del cual había zarpado, y los sitios familiares de
su juventud, y los alrededores de su casa, y una placita de Venecia donde
corría de pequeño.
Llegado a este punto Kublai
Kan lo interrumpía o imaginaba que lo interrumpía, o Marco Polo imaginaba que
lo interrumpía con una pregunta como: —¿Avanzas con la cabeza siempre vuelta
hacia atrás? —o bien: —¿Lo que ves está siempre a tus espaldas? —o mejor: —¿Tu
viaje se desarrolla sólo en el pasado?
Todo para que Marco Polo
pudiese explicar o imaginar que explicaba o que Kublai hubiese imaginado que
explicaba o conseguir por último explicarse a sí mismo que aquello que buscaba
era siempre algo que estaba delante de él, y aunque se tratara del pasado era
un pasado que cambiaba a medida que él avanzaba en su viaje, porque el pasado
del viajero cambia según el itinerario cumplido, no digamos ya el pasado
próximo al que cada día que pasa añade un día, sino el pasado más remoto. Al
llegar a cada nueva ciudad el viajero encuentra un pasado suyo que ya no sabía
que tenía: la extrañeza de lo que no eres o no posees más te espera al paso en
los lugares extraños y no poseídos.
Marco entra en una ciudad;
ve a alguien vivir en una plaza una vida o un instante que podrían ser suyos;
en el lugar de aquel hombre ahora hubiera podido estar él si se hubiese
detenido en el tiempo tanto tiempo antes, o bien si tanto tiempo antes, en una
encrucijada, en vez de tomar por una calle hubiese tomado por la opuesta y
después de una larga vuelta hubiese ido a encontrarse en el lugar de aquel
hombre en aquella plaza. En adelante, de aquel pasado suyo verdadero e
hipotético, él está excluido; no puede detenerse; debe continuar hasta otra
ciudad donde lo espera otro pasado suyo, o algo que quizá había sido un posible
futuro y ahora es el presente de algún otro. Los futuros no realizados son sólo
ramas del pasado: ramas secas.
—¿Viajas para revivir tu
pasado? —era en ese momento la pregunta del Kan, que podía también formularse
así: ¿Viajas para encontrar tu futuro?
Y la respuesta de Marco:
—El allá es un espejo en
negativo. El viajero reconoce lo poco que es suyo al descubrir lo mucho que no
ha tenido y no tendrá.
Las ciudades y la memoria. 5
En Maurilia se invita al
viajero a visitar la ciudad y al mismo tiempo a observar viejas tarjetas
postales que la representan como era: la misma plaza idéntica con una gallina
en el lugar de la estación de ómnibus, el quiosco de música en el lugar del puente,
dos señoritas con sombrilla blanca en el lugar de la fábrica de explosivos.
Ocurre que para no decepcionar a los habitantes, el viajero elogia la ciudad de
las postales y la prefiere a la presente, aunque cuidándose de contener dentro
de las reglas precisas su pesadumbre ante los cambios: reconociendo que la
magnificencia y prosperidad de Maurilia convertida en metrópoli, comparada con
la vieja Maurilia provinciana, no compensan cierta gracia perdida, que, sin
embargo, se puede disfrutar ahora sólo en las viejas postales, mientras antes,
con la Maurilia provinciana delante de los ojos, no se veía realmente nada
gracioso, y mucho menos se vería hoy si Maurilia hubiese permanecido igual, y
que de todos modos la metrópoli tiene este atractivo más: que a través de lo
que ha llegado a ser se puede evocar con nostalgia lo que era.
Hay que cuidarse de decirles
que a veces ciudades diferentes se suceden sobre el mismo suelo y bajo el mismo
nombre, nacen y mueren sin haberse conocido, incomunicables entre sí. En
ocasiones hasta los nombres de los habitantes permanecen iguales, y el acento
de las voces, e incluso las facciones; pero los dioses que habitan bajo esos
nombres y en esos lugares se han ido sin decir nada y en su sitio han anidado
dioses extranjeros. Es inútil preguntarse si éstos son mejores o peores que los
antiguos, dado que no existe entre ellos ninguna relación, así como las viejas
postales no representan a Maurilia como era, sino a otra ciudad que por
casualidad se llamaba Maurilia como ésta.
Las ciudades y el deseo. 4
En el centro de Fedora,
metrópoli de piedra gris, hay un palacio de metal con una esfera de vidrio en
cada aposento. Mirando dentro de cada esfera se ve una ciudad azul que es el
modelo de otra Fedora. Son las formas que la ciudad habría podido adoptar si,
por una u otra razón, no hubiese llegado a ser como hoy la vemos. En todas las
épocas hubo alguien que, mirando a Fedora tal como era, había imaginado el modo
de convertirla en la ciudad ideal, pero mientras construía su modelo en
miniatura, Fedora dejaba de ser la misma de antes, y aquello que hasta ayer
había sido uno de sus posibles futuros ahora era sólo un juguete en una esfera
de vidrio.
Fedora tiene hoy en el
palacio de las esferas su museo: cada habitante lo visita, elige la ciudad que
corresponde a sus deseos, la contempla imaginando que se refleja en el estanque
de las medusas donde se recogía el agua del canal (si no hubiese sido desecado),
que recorre desde lo alto del baldaquín la avenida reservada a los elefantes
(ahora expulsados de la ciudad), que resbala a lo largo de la espiral del
minarete de caracol (perdida ya la base sobre la cual debía levantarse).
En el mapa de tu imperio, oh
Gran Kan, deben ubicarse tanto la gran Fedora de piedra como las pequeñas
Fedoras de las esferas de vidrio. No porque todas sean igualmente reales, sino
porque todas son sólo supuestas. Una encierra aquello que se acepta como
necesario mientras todavía no lo es; las otras, aquello que se imagina como
posible y un minuto después deja de serlo.
Las ciudades y los signos. 3
El hombre que viaja y no
conoce todavía la ciudad que le espera al cabo del camino, se pregunta cómo
será el palacio real, el cuartel, el molino, el teatro, el bazar. En cada
ciudad del imperio cada edificio es diferente y está dispuesto en un orden distinto;
pero apenas el forastero llega a la ciudad desconocida y echa la mirada sobre
aquel racimo de pagodas y desvanes y cuchitriles, siguiendo la maraña de
canales, huertos, basurales, de pronto distingue cuáles son los palacios de los
príncipes, cuáles los templos de los grandes sacerdotes, la posada, la prisión,
el barrio de los lupanares. Así —dice alguien— se confirma la hipótesis de que
cada hombre lleva en la mente una ciudad hecha sólo de diferencias, una ciudad
sin figuras y sin forma, y las ciudades particulares la rellenan.
No así en Zoe. En cada lugar
de esta ciudad se podría sucesivamente dormir, fabricar arneses, cocinar,
acumular monedas de oro, desvestirse, reinar, vender, interrogar oráculos.
Cualquier techo piramidal podría cubrir tanto el lazareto de los leprosos como
las termas de las odaliscas. El viajero da vueltas y vueltas y no tiene sino
dudas: como no consigue distinguir los puntos de la ciudad, aun los puntos que
están claros en su mente se le mezclan. Deduce esto: si la existencia en todos
sus momentos es toda ella misma, la ciudad de Zoe es el lugar de la existencia
indivisible. ¿Pero por qué, entonces, la ciudad? ¿Qué línea separa el dentro
del fuera, el estruendo de las ruedas del aullido de los lobos?
Las ciudades sutiles. 2
Ahora diré de la ciudad de
Zenobia que tiene esto de admirable: aunque situada en terreno seco, se levanta
sobre altísimos pilotes, y las casas son de bambú y de zinc, con muchas
galerías y balcones, situadas a distinta altura, sobre zancos que se superponen
unos a otros, unidas por escalas de cuerda y veredas suspendidas, coronadas por
miradores cubiertos de techos cónicos, cubas de depósitos de agua, veletas, de
los que sobresalen roldanas, sedales y grúas.
No se recuerda qué necesidad
u orden o deseo impulsó a los fundadores de Zenobia a dar esta forma a su
ciudad, y por eso no se sabe si quedaron satisfechos con la ciudad tal como hoy
la vemos, crecida quizá por superposiciones sucesivas del primero y por siempre
indescifrable diseño. Pero lo cierto es que si a quien vive en Zenobia se le
pide que describa cómo vería feliz la vida, es siempre una ciudad como Zenobia
la que imagina, con sus pilotes y sus escalas colgantes, una Zenobia quizá
totalmente distinta, flameante de estandartes y de cintas, pero obtenida
siempre combinando elementos de aquel primer modelo.
Dicho esto, es inútil
decidir si ha de clasificarse a Zenobia entre las ciudades felices o entre las
infelices. No tiene sentido dividir las ciudades en estas dos especies, sino en
otras dos: las que a través de los años y las mutaciones siguen dando su forma
a los deseos y aquellas en las que los deseos o bien logran borrar la ciudad o
son borrados por ella.
Las ciudades y los
intercambios. 1
A ochenta millas de proa al
viento maestral, el hombre llega a la ciudad de Eufemia, donde los mercaderes
de siete naciones se reúnen en cada solsticio y en cada equinoccio. La barca
que fondea con una carga de jengibre y algodón en rama volverá a zarpar con la
estiba llena de pistacho y semilla de amapola, y la caravana que acaba de
descargar costales de nuez moscada y de pasas de uva ya lía sus enjalmas para
la vuelta con rollos de muselina dorada. Pero lo que impulsa a remontar ríos y
atravesar desiertos para venir hasta aquí no es sólo el trueque de mercancías
que encuentras siempre iguales en todos los bazares dentro y fuera del imperio
del Gran Kan, desparramadas a tus pies en las mismas esteras amarillas, a la
sombra de los mismos toldos espantamoscas, ofrecidas con las mismas engañosas
rebajas de precio. No sólo a vender y a comprar se viene a Eufemia sino también
porque de noche, junto a las hogueras que rodean el mercado, sentados sobre
sacos o barriles o tendidos en montones de alfombras, a cada palabra que uno
dice —como «lobo», «hermana», «tesoro escondido», «batalla», «sarna»,
«amantes»— los otros cuentan cada uno su historia de lobos, de hermanas, de
tesoros, de sarna, de amantes, de batallas. Y tú sabes que en el largo viaje
que te espera, cuando para permanecer despierto en el balanceo del camello o
del junco se empiezan a evocar todos los recuerdos propios uno por uno, tu lobo
se habrá convertido en otro lobo, tu hermana en una hermana diferente, tu
batalla en otra batalla, al regresar de Eufemia, la ciudad donde se cambia la
memoria en cada solsticio y en cada equinoccio.
… Recién llegado y sin saber
nada de las lenguas del Levante, Marco Polo no podía expresarse sino extrayendo
objetos de sus maletas: tambores, pescado salado, collares de colmillos de
jabalí, y señalándolos con gestos, saltos, gritos de maravilla o de horror, o
imitando el aullido del chacal y el grito del búho.
No siempre las conexiones
entre un elemento y otro del relato eran evidentes para el emperador; los
objetos podían querer decir cosas diferentes: un carcaj lleno de flechas
indicaba ya la proximidad de una guerra, ya la abundancia de caza, ya una
armería; una clepsidra podía significar el tiempo que pasa o que ha pasado, o
bien la arena, o un taller donde se fabrican clepsidras.
Pero lo que hacía precioso
para Kublai todo hecho o noticia referidos por su inarticulado informador era
el espacio que quedaba en torno, un vacío no colmado de palabras. Las
descripciones de ciudades visitadas por Marco Polo tenían esta virtud: que se podía
dar vueltas con el pensamiento en medio de ellas, perderse, detenerse a tomar
el fresco, o escapar corriendo.
Con el paso del tiempo, en
los relatos de Marco las palabras fueron sustituyendo los objetos y los gestos:
primero exclamaciones, nombres aislados, verbos a secas, después giros de
frase, discursos ramificados y frondosos, metáforas y tropos. El extranjero
había aprendido a hablar la lengua del emperador, o el emperador a entender la
lengua del extranjero.
Pero se hubiera dicho que la
comunicación entre ellos era menos feliz que antes; es cierto que las palabras
servían mejor que los objetos y los gestos para catalogar las cosas más
importantes de cada provincia y ciudad: monumentos, mercados, trajes, fauna y
flora; sin embargo, cuando Polo empezaba a decir cómo debía ser la vida en
aquellos lugares, día por día, noche tras noche, le faltaban las palabras, y
poco a poco volvía a recurrir a gestos, a muecas, a miradas.
Así, para cada ciudad, a las
noticias fundamentales enunciadas con vocablos precisos, hacía seguir un
comentario mudo, alzando las manos de palma, de dorso o de canto, en
movimientos rectos u oblicuos, espasmódicos o lentos. Una nueva especie de
diálogo se estableció entre ambos: las blancas manos del Gran Kan, cargadas de
anillos, respondían con movimientos compuestos a aquellas ágiles y nudosas del
mercader. Al crecer el entendimiento entre ambos, las manos empezaron a asumir
actitudes estables que correspondían cada una a un movimiento del ánimo en su
alternancia y repetición. Y mientras el vocabulario de las cosas se renovaba con
los muestrarios de las mercancías, el repertorio de los comentarios mudos
tendía a cerrarse y a fijarse. Hasta el placer de recurrir a ellos disminuía en
ambos; en sus conversaciones permanecían la mayor parte del tiempo callados e
inmóviles.
III
Kublai Kan había advertido
que las ciudades de Marco Polo se parecían, como si el paso de una a la otra no
implicara un viaje sino un cambio de elementos. Ahora, de cada ciudad que Marco
le describía, la mente del Gran Kan partía por cuenta propia, y desmontada la
ciudad parte por parte, la reconstruía de otro modo, sustituyendo ingredientes,
desplazándolos, invirtiéndolos.
Marco entretanto continuaba
refiriendo su viaje pero el emperador ya no lo escuchaba, lo interrumpía:
—De ahora en adelante seré
yo quien describa las ciudades y tú verificarás si existen y si son como yo las
he pensado. Empezaré a preguntarte por una ciudad en gradas, expuesta al
siroco, en un golfo en media luna. Ahora diré alguna de las maravillas que
contiene: una piscina de vidrio alta como una catedral para seguir la natación
y el vuelo de los peces golondrina y extraer auspicios; una palmera que con las
hojas al viento toca el arpa; una plaza rodeada por una mesa de mármol en forma
de herradura, con el mantel también de mármol, aderezada con manjares y bebidas
todos de mármol.
—Sir, estabas distraído. De
esa ciudad justamente te estaba hablando cuando me interrumpiste.
—¿La conoces? ¿Dónde está?
¿Cuál es su nombre?
—No tiene nombre ni lugar.
Te repito la razón por la cual la describía: del número de ciudades imaginables
hay que excluir aquellas en las cuales se suman elementos sin un hilo que los
conecte, sin una regla interna, una perspectiva, un discurso. Ocurre con las
ciudades como con los sueños: todo lo imaginable puede ser soñado pero hasta el
sueño más inesperado es un acertijo que esconde un deseo, o bien su inversa, un
miedo. Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y de miedos,
aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas absurdas, sus
perspectivas engañosas, y toda cosa esconda otra.
—No tengo ni deseos ni
miedos —declaró el Kan—, y mis sueños están compuestos o por la mente o por el
azar.
—También las ciudades creen
que son obra de la mente o del azar, pero ni la una ni el otro bastan para
mantener en pie sus muros. De una ciudad no disfrutas las siete o las setenta y
siete maravillas, sino la respuesta que da a una pregunta tuya.
—O la pregunta que te hace
obligándote a responder, como Tebas por boca de la Esfinge.
Las ciudades y el deseo. 5
Hacia allí, después de seis
días y seis noches, el hombre llega a Zobeida, ciudad blanca, bien expuesta a
la luna, con calles que giran sobre sí mismas como un ovillo.
Esto se cuenta de su
fundación: hombres de naciones diversas tuvieron un sueño igual, vieron una
mujer que corría de noche por una ciudad desconocida, la vieron de espaldas,
con el pelo largo, y estaba desnuda. Soñaron que la seguían. A fuerza de
vueltas todos la perdieron. Después del sueño buscaron aquella ciudad; no la
encontraron pero se encontraron ellos; decidieron construir una ciudad como en
el sueño. En la disposición de las calles cada uno rehízo el recorrido de su
persecución; en el punto donde había perdido las huellas de la fugitiva, cada
uno ordenó de otra manera que en el sueño los espacios y los muros, de modo que
no pudiera escapársele más.
Ésta fue la ciudad de
Zobeida donde se establecieron esperando que una noche se repitiese aquella
escena. Ninguno de ellos, ni en el sueño ni en la vigilia, vio nunca más a la
mujer. Las calles de la ciudad eran aquellas por las que iban al trabajo todos
los días, sin ninguna relación ya con la persecución soñada. Que por lo demás
estaba olvidada hacía tiempo.
Nuevos hombres llegaron de
otros países, que habían tenido un sueño como el de ellos, y en la ciudad de
Zobeida reconocían algo de las calles del sueño, y cambiaban de lugar galerías
y escaleras para que se parecieran más al camino de la mujer perseguida y para
que en el punto donde había desaparecido no le quedara modo de escapar.
Los que habían llegado
primero no entendían qué era lo que atraía a esa gente a Zobeida, a esa fea
ciudad, a esa trampa.
Las ciudades y los signos. 4
De todos los cambios de
lengua que debe enfrentar el viajero en tierras lejanas, ninguno iguala al que
le espera en la ciudad de Ipazia, porque no se refiere a las palabras sino a
las cosas. Entré en Ipazia una mañana, un jardín de magnolias se espejeaba en
lagunas azules, yo andaba entre los setos seguro de descubrir bellas y jóvenes
damas bañándose: pero en el fondo del agua los cangrejos mordían los ojos de
los suicidas con la piedra sujeta al cuello y los cabellos verdes de algas.
Me sentí defraudado y quise
pedir justicia al sultán. Subí las escalinatas de pórfido del palacio de las
cúpulas más altas, atravesé seis patios de mayólica con surtidores. La sala del
medio estaba cerrada con rejas: los forzados con negras cadenas al pie izaban
rocas de basalto de una cantera que se abre bajo tierra.
No me quedaba sino
interrogar a los filósofos. Entré en la gran biblioteca, me perdí entre
anaqueles que se derrumbaban bajo las encuadernaciones de pergamino, seguí el
orden alfabético de alfabetos desaparecidos, subí y bajé por corredores,
escalerillas y puentes. En el más remoto gabinete de los papiros, en una nube
de humo, se me aparecieron los ojos atontados de un adolescente tendido en una
estera, que no quitaba los labios de una pipa de opio.
—¿Dónde está el sabio? —El
fumador señaló fuera de la ventana. Era un jardín con juegos infantiles: los
bolos, el columpio, la peonza. El filósofo estaba sentado en la hierba. Dijo:
—Los signos forman una
lengua, pero no la que crees conocer.
Comprendí que debía
liberarme de las imágenes que hasta entonces me habían anunciado las cosas que
buscaba: sólo entonces lograría entender el lenguaje de Ipazia.
Ahora, basta que oiga
relinchar los caballos y restallar las fustas para que me asalte un ansia
amorosa: en Ipazia tienes que entrar en las caballerizas y en los picaderos
para ver a las hermosas mujeres que montan a caballo con los muslos desnudos y
la caña de las botas sobre las pantorrillas, y apenas se acerca un joven
extranjero, lo tumban sobre montones de heno o de aserrín y lo aprietan con
duros pezones.
Y cuando mi ánimo no busca
otro alimento y estímulo que la música, sé que hay que buscarla en los
cementerios: los intérpretes se esconden en las tumbas; de una fosa a la otra
se responden trinos de flautas, acordes de arpas.
Claro que también en Ipazia
llegará el día en que mi único deseo será partir. Sé que no tendré que bajar al
puerto sino subir al pináculo más alto de la fortaleza y esperar que una nave
pase por allá arriba. ¿Pero pasará alguna vez? No hay lenguaje sin engaño.
Las ciudades sutiles. 3
Si Armilla es así por
incompleta o por haber sido demolida, si hay detrás un hechizo o sólo un
capricho, lo ignoro. El hecho es que no tiene paredes, ni techos, ni
pavimentos: no tiene nada que la haga parecer una ciudad, excepto las cañerías
del agua, que suben verticales donde deberían estar las casas y se ramifican
donde deberían estar los pisos: una selva de caños que terminan en grifos,
duchas, sifones, rebosaderos. Contra el cielo blanquea algún lavabo o bañera u
otro artefacto, como frutos tardíos que han quedado colgados de las ramas. Se
diría que los fontaneros han terminado su trabajo y se han ido antes de que
llegaran los albañiles; o bien que sus instalaciones indestructibles han
resistido a una catástrofe, terremoto o corrosión de termitas.
Abandonada antes o después
de haber sido habitada, no se puede decir que Armilla esté desierta. A
cualquier hora, alzando los ojos entre las cañerías, no es raro entrever una o
muchas mujeres jóvenes, espigadas, de no mucha estatura, que retozan en las bañeras,
se arquean bajo las duchas suspendidas sobre el vacío, hacen abluciones, o se
secan, o se perfuman, o se peinan los largos cabellos delante del espejo. En el
sol brillan los hilos de agua que se proyectan en abanico desde las duchas, los
chorros de los grifos, los surtidores, las salpicaduras, la espuma de las
esponjas.
La explicación a que he
llegado es ésta: de los cursos de agua canalizados en las tuberías de Armilla
han quedado dueñas ninfas y náyades. Habituadas a remontar las venas
subterráneas, les ha sido fácil avanzar en su nuevo reino acuático, manar de
fuentes multiplicadas, encontrar nuevos espejos, nuevos juegos, nuevos modos de
gozar del agua. Puede ser que su invasión haya expulsado a los hombres, o puede
ser que Armilla haya sido construida por los hombres como un presente votivo
para congraciarse con las ninfas ofendidas por la manumisión de las aguas. En
todo caso, ahora parecen contentas esas mujercitas: por la mañana se las oye
cantar.
Las ciudades y los
intercambios. 2
En Cloe, gran ciudad, las
personas que pasan por las calles no se conocen. Al verse imaginan mil cosas
las unas de las otras, los encuentros que podrían ocurrir entre ellas, las
conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a
nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, husmean otras miradas,
no se detienen.
Pasa una muchacha que hace
girar una sombrilla apoyada en su hombro, y también un poco la redondez de las
caderas. Pasa una mujer vestida de negro que representa todos los años que
tiene, con ojos inquietos bajo el velo y los labios trémulos. Pasa un gigante
tatuado; un hombre joven con el pelo blanco; una enana; dos mellizas vestidas
de coral. Algo corre entre ellos, un intercambio de miradas como líneas que
unen una figura a la otra y dibujan flechas, estrellas, triángulos, hasta que
todas las combinaciones en un instante se agotan, y otros personajes entran en
escena: un ciego con un guepardo sujeto con cadena, una cortesana con abanico
de plumas de avestruz, un efebo, una mujer descomunal. Así, entre quienes por
casualidad se juntan para guarecerse de la lluvia bajo un soportal, o se apiñan
debajo del toldo del bazar, o se detienen a escuchar la banda en la plaza, se
consuman encuentros, seducciones, copulaciones, orgías, sin cambiar una
palabra, sin rozarse con un dedo, casi sin alzar los ojos. Una vibración
lujuriosa mueve continuamente a Cloe, la más casta de las ciudades. Si hombres
y mujeres empezaran a vivir sus efímeros sueños, cada fantasma se convertiría
en una persona con quien comenzar una historia de persecuciones, de
simulaciones, de malentendidos, de choques, de opresiones, y el carrusel de las
fantasías se detendría.
Las ciudades y los ojos. 1
Los antiguos construyeron
Valdrada a orillas de un lago con casas todas de galerías una sobre otra y
calles altas que asoman al agua los parapetos de balaustres. Así el viajero ve
al llegar dos ciudades. Una directa sobre el lago y una de reflejo invertida.
No existe o sucede algo en una Valdrada que la otra Valdrada no repita, porque
la ciudad fue construida de manera que cada uno de sus puntos se reflejara en
su espejo, y la Valdrada del agua, abajo, contiene no sólo todas las
canaladuras y relieves de las fachadas que se elevan sobre el lago, sino
también el interior de las habitaciones con sus cielos rasos y sus pavimentos,
las perspectivas de sus corredores, los espejos de sus armarios.
Los habitantes de Valdrada
saben que todos sus actos son a la vez ese acto y su imagen especular que posee
la especial dignidad de las imágenes, y esta conciencia les veda abandonarse
por un solo instante al azar y al olvido. Cuando los amantes mudan de posición
los cuerpos desnudos piel contra piel buscando cómo ponerse para sacar más
placer el uno del otro, cuando los asesinos empujan el cuchillo en las venas
negras del cuello y cuanta más sangre coagulada sale a borbotones más hunden el
filo que resbala entre los tendones, incluso entonces no es tanto el acoplarse
o matarse lo que importa como el acoplarse o matarse de las imágenes límpidas y
frías en el espejo.
El espejo ya acrecienta el
valor de las cosas, ya lo niega. No todo lo que parece valer fuera del espejo
resiste cuando se refleja. Las dos ciudades gemelas no son iguales, porque nada
de lo que existe o sucede en Valdrada es simétrico: a cada rostro y gesto
responden desde el espejo un rostro o gesto invertidos punto por punto. Las dos
Valdradas viven una para la otra, mirándose a los ojos de continuo, pero no se
aman.
El Gran Kan ha soñado una
ciudad; la describe a Marco Polo:
—El puerto está expuesto al
septentrión, en la sombra. Los muelles son altos sobre el agua negra que golpea
contra los cimientos; escaleras de piedra bajan resbalosas de algas. Barcas
embadurnadas de alquitrán esperan en el fondeadero a los viajeros que se
demoran en el muelle diciendo adiós a las familias. Las despedidas se
desenvuelven en silencio pero con lágrimas. Hace frío; todos llevan chales en
la cabeza. Una llamada del barquero pone fin a la demora, el viajero se
acurruca en la proa, se aleja mirando hacia el grupo de los que se quedan;
desde la orilla ya no se distinguen los contornos; hay neblina; la barca aborda
una nave anclada; por la escalerilla sube una figura empequeñecida, desaparece;
se siente alzar la cadena oxidada que raspa contra el escobén. Los que se
quedan se asoman a las escarpas del muelle para seguir con los ojos al barco
hasta que dobla el cabo; agitan por última vez un trapo blanco.
»Vete de viaje, explora
todas las costas y busca esa ciudad —dice el Kan a Marco—. Después vuelve a
decirme si mi sueño responde a la verdad.
—Perdóname, señor: no hay
duda de que tarde o temprano me embarcaré en aquel muelle —dice Marco—, pero no
volveré para contártelo. La ciudad existe y tiene un simple secreto: conoce
sólo partidas y no retornos.
IV
Los labios apretados en el
tubo de ámbar de la pipa, la barba aplastada contra el gorjal de amatistas, los
dedos de los pies curvados nerviosamente en las pantuflas de seda, Kublai Kan
escuchaba los relatos de Marco Polo sin alzar la vista. Eran las noches en que
una congoja hipocondriaca pesaba sobre su corazón.
—Tus ciudades no existen.
Quizás no han existido nunca. Con seguridad no existirán más. ¿Por qué te
solazas en fábulas consoladoras? Bien sé que mi imperio se pudre como un
cadáver en el pantano, cuya pestilencia infecta tanto a los cuervos que lo
picotean como al bambú que crece fertilizado por su miasma. ¿Por qué no me
hablas de eso? ¿Por qué mientes al emperador de los tártaros, extranjero?
Polo sabía seguir el humor
sombrío del soberano.
—Sí, el imperio está enfermo
y, lo que es peor, trata de acostumbrarse a sus llagas. El fin de mis
exploraciones es éste: escrutando las huellas de felicidad que todavía se
entrevén, mido su penuria. Si quieres saber cuánta oscuridad tienes alrededor,
has de aguzar la mirada para ver las débiles luces lejanas.
A veces, el Kan era presa,
en cambio, de accesos de euforia. Se alzaba sobre los cojines, medía a largos
pasos las alfombras tendidas bajo sus pies sobre la hierba, se asomaba a las
balaustradas de las terrazas para dominar con ojo alucinado la extensión de los
jardines del palacio real iluminados por farolillos colgados de los cedros.
—Y sin embargo —decía—, sé
que mi imperio está hecho de la materia de los cristales, y agrega sus
moléculas siguiendo un dibujo perfecto. En medio del hervor de los elementos
toma forma un diamante espléndido y durísimo, una inmensa montaña facetada y transparente.
¿Por qué tus impresiones de viaje se detienen en las engañosas apariencias y no
captan este proceso incontenible? ¿Por qué induces a melancolías inesenciales?
¿Por qué escondes al emperador la grandeza de su destino?
Y Marco:
—Mientras a una orden tuya,
sir, la ciudad una y última alza sus muros sin mácula, yo recojo las cenizas de
las otras ciudades posibles que desaparecen para cederle lugar y no podrán ser
reconstruidas ni recordadas más. Sólo si conoces el residuo de infelicidad que
ninguna piedra preciosa llegará a resarcir, podrás calcular el número exacto de
quilates a que debe tender el diamante final, y no errarás los cálculos de tu
proyecto desde el principio.
Las ciudades y los signos. 5
Nadie sabe mejor que tú,
sabio Kublai, que no se debe confundir nunca la ciudad con el discurso que la
describe. Y sin embargo, entre la una y el otro hay una relación. Si te
describo Olivia, ciudad rica en productos y beneficios, para significar su prosperidad
no tengo otro medio sino hablar de palacios de filigrana y cojines con flecos
en los antepechos de los ajimeces; más allá de la reja de un patio, una
girándula de surtidores riega un prado donde un pavo real blanco hace la rueda.
Pero con este discurso tú comprendes enseguida que Olivia está envuelta en una
nube de hollín y de pringue que se pega a las paredes de las casas; que en la
red de vías los remolques, en sus maniobras, aplastan a los peatones contra los
muros. Si he de contarte la laboriosidad de los habitantes, hablo de las
tiendas de los talabarteros olorosas de cuero, de las mujeres que parlotean
mientras tejen tapetes de rafia, de los canales pensiles cuyas cascadas mueven
las palas de los molinos: pero la imagen que estas palabras evocan en tu
conciencia iluminada es el gesto que acerca al mandril hasta los dientes de la
fresa repetidos por millares de manos millares de veces en el tiempo fijado por
los turnos de los equipos. Si he de explicarte cómo el espíritu de Olivia
tiende a una vida libre y a una civilización refinada, te hablaré de damas que
navegan cantando por la noche en canoas iluminadas entre las orillas de un
verde estuario; pero es sólo para recordarte que en los suburbios donde
desembarcan todas las noches hombres y mujeres como filas de sonámbulos, hay
siempre quien en la oscuridad rompe a reír, da rienda suelta a las bromas y a
los sarcasmos.
Esto quizá no lo sabes: que
para hablar de Olivia no podría pronunciar otro discurso. Si hubiera
verdaderamente una Olivia de ajimeces y pavos reales, de talabarteros y
tejedores de alfombras y canoas y estuarios, sería un mísero agujero negro de
moscas, y para describírtelo tendría que recurrir a las metáforas del hollín,
del chirriar de las ruedas, de los gestos repetidos, de los sarcasmos. La
mentira no está en las palabras, está en las cosas.
Las ciudades sutiles. 4
La ciudad de Sofronia se
compone de dos medias ciudades. En una está la gran montaña rusa de ríspidas
gibas, el carrusel con el estrellón de cadenas, la rueda de las jaulas
giratorias, el pozo de la muerte con los motociclistas cabeza abajo, la cúpula
del circo con el racimo de trapecios colgando en el centro. La otra media
ciudad es de piedra y mármol y cemento, con el banco, las fábricas, los
palacios, el matadero, la escuela y todo lo demás. Una de las medias ciudades
está fija, la otra es provisional y cuando su tiempo de estadía ha terminado,
la desclavan, la desmontan y se la llevan para trasplantarla en los terrenos
baldíos de otra media ciudad.
Así todos los años llega el
día en que los peones desprenden los frontones de mármol, desarman los muros de
piedra, los pilones de cemento, desmontan el ministerio, el monumento, los
muelles, la refinería de petróleo, el hospital, los cargan en remolques para
seguir de plaza en plaza el itinerario de cada año. Ahí se queda la media
Sofronia de los tiros al blanco y de los carruseles, con el grito suspendido de
la navecilla de la montaña rusa invertida, y comienza a contar cuántos meses,
cuántos días tendrá que esperar antes de que vuelva la caravana y la vida
entera recomience.
Las ciudades y los
intercambios. 3
Al entrar en el territorio
que tiene a Eutropia por capital, el viajero ve no una ciudad sino muchas, de
igual tamaño y no disímiles entre sí, desparramadas en un vasto y ondulado
altiplano. Eutropia es no una sino todas esas ciudades al mismo tiempo; una
sola está habitada, las otras vacías; y esto ocurre por turno. Diré ahora cómo.
El día en que los habitantes de Eutropia se sienten asaltados por el cansancio,
y nadie soporta más su trabajo, sus padres, su casa y su calle, las deudas, la
gente a la que hay que saludar o que saluda, entonces toda la ciudadanía decide
trasladarse a la ciudad vecina que está allí esperándolos, vacía y como nueva,
donde cada uno tomará otro trabajo, otra mujer, verá otro paisaje al abrir las
ventanas, pasará noches en otros pasatiempos, amistades, maledicencias. Así sus
vidas se renuevan de mudanza en mudanza, entre ciudades que por la exposición o
el declive o los cursos de agua o los vientos se presentan cada una con ciertas
diferencias de las otras. Como sus respectivas sociedades están ordenadas sin
grandes diversidades de riqueza o de autoridad, el paso de una función a la
otra ocurre casi sin sacudidas; la variedad está asegurada por los múltiples
trabajos, de modo que en el espacio de una vida rara vez vuelve uno a un oficio
que ya ha sido el suyo.
Así la ciudad repite su vida
siempre igual, desplazándose para arriba y para abajo en su tablero de ajedrez
vacío. Los habitantes vuelven a recitar las mismas escenas con actores
cambiados; repiten las mismas réplicas con acentos diversamente combinados;
abren bocas alternadas en bostezos iguales. Sola entre todas las ciudades del
imperio, Eutropia permanece idéntica a sí misma. Mercurio, dios de los
volubles, patrón de la ciudad, cumplió este ambiguo milagro.
Las ciudades y los ojos. 2
Es el humor de quien la mira
el que da a la ciudad de Zemrude su forma. Si pasas silbando, con la nariz
levantada detrás del silbido, la conocerás de abajo para arriba: antepechos,
cortinas que se agitan, surtidores. Si caminas con el mentón sobre el pecho,
con las uñas clavadas en las palmas, tus miradas se enredarán al ras del suelo
en el agua de la calzada, las alcantarillas, las espinas de pescado, los
papeles sucios. No puedo decir que un aspecto de la ciudad sea más verdadero
que el otro, pero de la Zemrude de arriba oyes hablar sobre todo a quien la
recuerda hundido en la Zemrude de abajo, recorriendo todos los días los mismos
tramos de calle y encontrando por la mañana el malhumor del día anterior
incrustado al pie de las paredes. Para todos, tarde o temprano, llega el día en
que bajamos la mirada a lo largo de los caños de las canaletas y no conseguimos
despegarlos más del pavimento. El caso inverso no está excluido, pero es más
raro: por eso seguimos dando vueltas por las calles de Zemrude con los ojos que
ahora cavan debajo de los sótanos, de los cimientos, de los pozos.
Las ciudades y el nombre. 1
Poco sabría decirte de
Aglaura fuera de las cosas que los habitantes mismos de la ciudad repiten desde
siempre: una serie de virtudes proverbiales, otros tantos proverbiales
defectos, alguna rareza, algún puntilloso homenaje a las reglas. Antiguos
observadores, que no hay razón para no suponer veraces, atribuyeron a Aglaura
su durable surtido de cualidades, confrontándolas con aquellas de otras
ciudades de sus tiempos. Ni la Aglaura que se dice ni la Aglaura que se ve ha
cambiado quizá mucho desde entonces, pero lo que era excéntrico se ha vuelto
usual, extrañeza lo que pasaba por norma, y las virtudes y los defectos han
perdido excelencia o desdoro en un concierto de virtudes y defectos
diversamente distribuidos. En este sentido no hay nada de cierto en cuanto se
dice de Aglaura, y, sin embargo, de ello surge una imagen sólida y compacta de
ciudad, mientras alcanzan menor consistencia los juicios dispersos que se
pueden enunciar viviendo en ella. El resultado es éste: la ciudad que dicen
tiene mucho de lo que se necesita para existir, mientras la ciudad que existe
en su lugar existe menos.
Por eso, si quisiera
describirte Aglaura ateniéndome a cuanto he visto y probado personalmente,
debería decirte que es una ciudad desteñida, sin carácter, puesta allí a la
buena de Dios. Pero tampoco esto sería verdadero: a ciertas horas, en ciertos
escorzos de camino, ves abrírsete la sospecha de algo inconfundible, raro,
acaso magnífico; quisieras decir qué es, pero todo lo que se ha dicho de
Aglaura hasta ahora aprisiona las palabras y te obliga a repetir antes que a
decir.
Por eso los habitantes creen
vivir siempre en la Aglaura que crece sólo con el nombre de Aglaura y no se dan
cuenta de la Aglaura que crece en tierra. Y aun yo, que quisiera tener
separadas en la memoria las dos ciudades, no puedo sino hablarte de una, porque
el recuerdo de la otra, por falta de palabras para fijarlo, se ha dispersado.
—De ahora en adelante seré
yo quien describa las ciudades —había dicho el Kan—. Tú en tus viajes
verificarás si existen.
Pero las ciudades visitadas
por Marco Polo eran siempre distintas de las pensadas por el emperador.
—Y sin embargo, he
construido en mi mente un modelo de ciudad, de la cual se pueden deducir todas
las ciudades posibles —dijo Kublai—. Aquél encierra todo lo que responde a la
norma. Como las ciudades que existen se alejan en diverso grado de la norma, me
basta prever las excepciones a la norma y calcular sus combinaciones más
probables.
—También yo he pensado en un
modelo de ciudad de la cual deduzco todas las otras —respondió Marco—. Es una
ciudad hecha sólo de excepciones, impedimentos, contradicciones,
incongruencias, contrasentidos. Si una ciudad así es cuanto hay de más
improbable, disminuyendo el número de los elementos fuera de la norma aumentan
las posibilidades de que la ciudad verdaderamente sea.
Por lo tanto basta que yo
sustraiga excepciones a mi modelo, y en cualquier orden que proceda llegaré a
encontrarme delante de una de las ciudades que, si bien siempre a modo de
excepción, existen. Pero no puedo llevar mi operación más allá de cierto límite:
obtendría ciudades demasiado verosímiles para ser verdaderas.
V
Desde la alta balaustrada
del palacio el Gran Kan mira crecer el imperio. La primera en dilatarse había
sido la línea de los confines englobando los territorios conquistados, pero la
avanzada de los regimientos encontraba comarcas semidesiertas, míseras aldeas
de cabañas, aguazales donde se daba mal el arroz, poblaciones magras, ríos
secos, cañas. «Es hora de que mi imperio, ya demasiado crecido hacia afuera
—pensaba el Kan—, empiece a crecer hacia adentro», y soñaba bosques de granadas
maduras cuya corteza se raja, cebúes asándose y rezumantes de grasa, vetas
metalíferas que manan en desmoronamientos de pepitas brillantes…
Ahora muchas estaciones de
abundancia han colmado los graneros. Los ríos en crecida han arrastrado bosques
de vigas destinadas a sostener los techos de bronce de los templos y palacios.
Caravanas de esclavos han desplazado montañas de mármol serpentino a través del
continente. El Gran Kan contempla un imperio recubierto de ciudades que pesan
sobre la tierra y sobre los hombres, abarrotado de riquezas y pletórico,
sobrecargado de ornamentos y de obligaciones, complicado de mecanismos y de
jerarquías, hinchado, tenso, turbio.
«Su propio peso es el que
está aplastando al imperio», piensa Kublai, y en sus sueños aparecen ciudades
ligeras como cometas, ciudades caladas como encajes, ciudades transparentes
como mosquiteros, ciudades nervadura de hoja, ciudades línea de la mano, ciudades
filigrana para verlas a través de su opaco y ficticio espesor.
—Te contaré lo que soñé
anoche —dice a Marco—. En medio de una tierra chata y amarilla sembrada de
meteoritos y de rocas erráticas, veía elevarse a lo lejos las agujas de una
ciudad de pináculos afinados, hechos de modo que la luna en su viaje pueda posarse
ya sobre uno ya sobre otro, o mecerse colgada de los cables de las grúas.
Y Polo:
—La ciudad que has soñado es
Lalage. Esas invitaciones a hacer alto en el cielo nocturno las dispusieron sus
habitantes para que la luna conceda a todas las cosas de la ciudad el don de
crecer y volver a crecer sin fin.
—Hay algo que no sabes
—añadió el Kan—. Agradecida, la luna ha otorgado a la ciudad de Lalage un
privilegio más raro: crecer en ligereza.
Las ciudades sutiles. 5
Si queréis creerme, bien.
Ahora diré cómo es Ottavia, ciudad-telaraña. Hay un precipicio entre dos
montañas abruptas: la ciudad está en el vacío, atada a las dos crestas con
cuerdas y cadenas y pasarelas. Se camina sobre los travesaños de madera,
cuidando de no poner el pie en los intersticios, o uno se aferra a las mallas
de cáñamo. Abajo no hay nada en cientos y cientos de metros: pasa alguna nube;
se entrevé más abajo el fondo del despeñadero.
Ésta es la base de la
ciudad: una red que sirve de pasaje y de sostén. Todo lo demás, en vez de
elevarse encima, cuelga hacia abajo; escalas de cuerda, hamacas, casas hechas
en forma de saco, percheros, terrazas como navecillas, odres de agua, picos de
gas, asadores, cestos suspendidos de cordeles, montacargas, duchas, trapecios y
anillas para juegos, teleféricos, lámparas, macetas con plantas de follaje
colgante. Suspendida en el abismo, la vida de los habitantes de Ottavia es
menos incierta que en otras ciudades. Sabes que la red no sostiene más que eso.
Las ciudades y los
intercambios. 4
En Ersilia, para establecer
las relaciones que rigen la vida de la ciudad, los habitantes tienden hilos
entre los ángulos de las casas, blancos o negros o grises o blanquinegros según
indiquen relaciones de parentesco, intercambio, autoridad, representación.
Cuando los hilos son tantos que ya no se puede pasar entre medio, los
habitantes se van: se desmontan las casas; quedan sólo los hilos y los soportes
de los hilos.
Desde la ladera de un monte,
acampados con sus trastos, los prófugos de Ersilia miran la maraña de los hilos
tendidos y los palos que se levantan en la llanura. Y aquello es todavía la
ciudad de Ersilia, y ellos no son nada.
Vuelven a edificar Ersilia
en otra parte. Tejen con los hilos una figura similar que quisieran más
complicada y al mismo tiempo más regular que la otra. Después la abandonan y se
trasladan aún más lejos con sus casas.
Viajando así por el
territorio de Ersilia encuentras las ruinas de las ciudades abandonadas, sin
los muros que no duran, sin los huesos de los muertos que el viento hace rodar:
telarañas de relaciones intrincadas que buscan una forma.
Las ciudades y los ojos. 3
Después de andar siete días,
a través de boscajes, el que va a Baucis no consigue verla y ha llegado. Los
finos zancos que se alzan del suelo a gran distancia uno de otro y se pierden
entre las nubes, sostienen la ciudad. Se sube por escalerillas. Los habitantes
rara vez se muestran en tierra: tienen arriba todo lo necesario y prefieren no
bajar. Nada de la ciudad toca el suelo salvo las largas patas de flamenco en
que se apoya, y en los días luminosos, una sombra calada y angulosa que se
dibuja en el follaje.
Tres hipótesis circulan
sobre los habitantes de Baucis: que odian la tierra; que la respetan al punto
de evitar todo contacto; que la aman tal como era antes de ellos, y con
catalejos y telescopios apuntando hacia abajo no se cansan de pasarle revista,
hoja por hoja, piedra por piedra, hormiga por hormiga, contemplando fascinados
su propia ausencia.
Las ciudades y el nombre. 2
Dioses de dos especies
protegen la ciudad de Leandra. Unos y otros son tan pequeños que no se ven y
tan numerosos que no se pueden contar. Unos están sobre las puertas de las
casas, en el interior, cerca del perchero y el paragüero; en las mudanzas siguen
a las familias y se instalan en los nuevos alojamientos a la entrega de las
llaves. Los otros están en la cocina, se esconden de preferencia bajo las
ollas, o en la campana de la chimenea, o en el sucucho de las escobas: forman
parte de la casa y cuando la familia que la habitaba se va, ellos se quedan con
los nuevos inquilinos; tal vez ya estaban allí cuando la casa aún no existía,
entre las malas hierbas del solar, escondidos en una lata oxidada; si se echa
abajo la casa y en su lugar se construye un palomar para cincuenta familias, se
los encuentra multiplicados en las cocinas de otros tantos apartamentos. Para
distinguirlos llamaremos a unos Penates y a los otros Lares.
En una casa no es que los
Lares estén siempre con los Lares y los Penates con los Penates: se frecuentan,
pasean juntos por las cornisas de estuco, por los caños del agua caliente,
comentan las cosas de la familia, es fácil que se peleen, pero pueden también
llevarse bien durante años; viéndolos todos en fila no se distingue cuál es
uno, cuál el otro. Los Lares han visto pasar entre sus paredes a Penates de las
más diversas procedencias y costumbres; a los Penates les toca acomodarse codo
con codo con los Lares de ilustres palacios en decadencia, llenos de dignidad,
o con Lares de chabolas, quisquillosos y desconfiados.
La verdadera esencia de
Leandra es tema de discusiones sin fin. Los Penates creen que son ellos el alma
de la ciudad, aunque hayan llegado el año anterior, y que se llevan consigo a
Leandra cuando emigran. Los Lares consideran a los penates huéspedes provisionales,
inoportunos, invasores; la verdadera Leandra es la de ellos, que da forma a
todo lo que contiene, la Leandra que estaba allí antes de que todos estos
intrusos llegaran, y que se quedará cuando todos se hayan ido.
En común tienen esto: que
sobre cuanto sucede en la familia y en la ciudad siempre tienen algo que
criticar, los Penates sacando a relucir los viejos, los bisabuelos, las tías
segundas, la familia de otro tiempo; los Lares el ambiente tal como era antes
de que lo arruinaran. Pero no es que vivan sólo de recuerdos: urden proyectos
sobre la carrera que harán los niños cuando sean grandes (los Penates), sobre
lo que podría llegar a ser aquella casa o aquella zona (los Lares) si estuviese
en buenas manos. Prestando atención especialmente de noche, en las casas de
Leandra, se los oye parlotear y parlotear, hacerse reproches, echarse pullas,
resoplidos, risitas irónicas.
Las ciudades y los muertos.
1
En Melania, cada vez que uno
entra en la plaza, se encuentra en mitad de un diálogo: el soldado fanfarrón y
el parásito al salir por una puerta se encuentran con el joven pródigo y la
meretriz; o bien el padre avaro desde el umbral dirige las últimas recomendaciones
a la hija enamorada y es interrumpido por el criado tonto que va a llevar un
billete a la celestina. Uno vuelve a Melania años después y encuentra el mismo
diálogo que continúa; entretanto han muerto el parásito, la celestina, el padre
avaro; pero el soldado fanfarrón, la hija enamorada, el enano tonto han ocupado
sus puestos, sustituidos a su vez por el hipócrita, la confidente, el
astrólogo.
La población de Melania se
renueva: los interlocutores mueren uno por uno y entretanto nacen los que se
ubicarán a su vez en el diálogo, éste en un papel, aquél en el otro. Cuando
alguien cambia de papel o abandona la plaza para siempre o entra por primera
vez, se producen cambios en cadena, hasta que todos los papeles se distribuyen
de nuevo; pero entretanto al viejo colérico continúa respondiendo la criadilla
ocurrente, el usurero no deja de perseguir al joven desheredado, la nodriza de
consolar a la entenada, aunque ninguno de ellos conserve los ojos y la voz que
tenía en la escena precedente.
Sucede a veces que un solo
interlocutor desempeña al mismo tiempo dos o más papeles: tirano, benefactor,
mensajero; o que un papel se desdobla, se multiplica, se atribuye a cien, a mil
habitantes de Melania: tres mil para el hipócrita, treinta mil para el gorrón,
cien mil hijos de reyes caídos en desgracia que esperan el reconocimiento.
Con el paso del tiempo hasta
los papeles no son exactamente los mismos que antes; es cierto que la acción
que impulsan a través de intrigas y golpes de escena lleva a un desenlace final
cualquiera, que sigue acercándose aun cuando la madeja parezca enredarse más y
aumentar los obstáculos. El que se asoma a la plaza en momentos sucesivos
comprende que de un acto a otro el diálogo cambia, aunque las vidas de los
habitantes de Melania sean demasiado breves como para advertirlo.
Marco Polo describe un
puente, piedra por piedra.
—¿Pero cuál es la piedra que
sostiene el puente? —pregunta Kublai Kan.
—El puente no está sostenido
por esta piedra o por aquélla —responde Marco—, sino por la línea del arco que
ellas forman.
Kublai permanece silencioso,
reflexionando. Después añade:
—¿Por qué me hablas de las
piedras? Es sólo el arco lo que me importa.
Polo responde:
—Sin piedras no hay arco.
VI
—¿Te ha sucedido alguna vez
ver una ciudad que se parezca a ésta? —preguntaba Kublai a Marco Polo asomando
la mano ensortijada fuera del baldaquino de seda del bucentauro imperial, para
señalar los puentes que se arquean sobre los canales, los palacios principescos
cuyos umbrales de mármol se sumergen en el agua, el ir venir de los botes
livianos que dan vueltas en zigzag impulsados por largos remos, las gabarras
que descargan cestas de hortalizas en las plazas de los mercados, los balcones,
las azoteas, las cúpulas, los campanarios, los jardines de las islas que
verdean en el gris de la laguna.
El emperador, acompañado por
su dignatario extranjero, visitaba Quinsai, antigua capital de depuestas
dinastías, última perla engastada en la corona del Gran Kan.
—No, sir —respondió Marco—,
nunca hubiese imaginado que pudiera existir una ciudad semejante a ésta.
El emperador trató de
escrutarlo en los ojos. El extranjero bajó la mirada. Kublai permaneció
silencioso todo el día.
Después del crepúsculo, en
las terrazas del palacio real, Marco Polo exponía al soberano los resultados de
sus embajadas. Habitualmente el Gran Kan terminaba las noches saboreando con
los ojos entrecerrados estos relatos hasta que su primer bostezo daba al
séquito de pajes la señal de encender las antorchas para guiar al soberano
hasta el Pabellón del Augusto Sueño. Pero esta vez Kublai no parecía dispuesto
a ceder a la fatiga.
—Dime una ciudad más
—insistía.
—… Desde allí el hombre
parte y cabalga tres jornadas entre gregal y levante… —proseguía diciendo
Marco, y enumeraba nombres y costumbres y comercios de gran número de tierras.
Su repertorio podía considerarse inagotable, pero ahora le tocó a él rendirse.
Era el alba cuando dijo—: Sir, ahora te he hablado de todas las ciudades que
conozco.
—Queda una de la que no
hablas jamás.
Marco Polo inclinó la
cabeza.
—Venecia —dijo el Kan.
Marco sonrió.
—¿Y de qué otra cosa crees
que te hablaba?
El emperador no pestañeó.
—Sin embargo, no te he oído
nunca pronunciar su nombre.
Y Polo:
—Cada vez que describo una
ciudad digo algo de Venecia.
—Cuando te pregunto por
otras ciudades, quiero oírte hablar de ellas. Y de Venecia cuando te pregunto
por Venecia.
—Para distinguir las
cualidades de las otras, debo partir de una primera ciudad que permanece
implícita. Para mí es Venecia.
—Deberías entonces empezar
cada relato de tus viajes por la partida, describiendo Venecia tal como es,
toda entera, sin omitir nada de lo que recuerdes de ella.
El agua del lago estaba
apenas encrespada; el reflejo de cobre del antiguo palacio de los Sung se
desmenuzaba en reverberaciones centelleantes como hojas que flotan.
—Las imágenes de la memoria,
una vez fijadas por las palabras, se borran —dijo Polo—. Quizás tengo miedo de
perder a Venecia toda de una vez, si hablo de ella. O quizás, hablando de otras
ciudades, la he ido perdiendo poco a poco.
Las ciudades y los
intercambios. 5
En Smeraldina, ciudad
acuática, una retícula de canales y una retícula de calles se superponen y se
entrecruzan. Para ir de un lugar a otro siempre puedes elegir entre el
recorrido terrestre y el recorrido en barca, y como la línea más breve entre
dos puntos en Smeraldina no es una recta sino un zigzag que se ramifica en
tortuosas variantes, las calles que se abren a cada transeúnte no son sólo dos
sino muchas, y aumentan aún más para quien alterna trayectos en barca y
transbordos a tierra firme. Así el tedio de recorrer cada día las mismas calles
es ahorrado a los habitantes de Smeraldina. Y eso no es todo: la red de pasajes
no se dispone en un solo estrato, sino que sigue un subibaja de escalerillas,
galerías, puentes convexos, calles suspendidas. Combinando sectores de los
diversos trayectos sobreelevados o de superficie, cada habitante se permite
cada día la distracción de un nuevo itinerario para ir a los mismos lugares.
Las vidas más rutinarias y tranquilas en Smeraldina transcurren sin repetirse.
A mayores constricciones
están expuestas, aquí como en otras partes, las vidas secretas y venturosas.
Los gatos de Smeraldina, los ladrones, los amantes clandestinos se desplazan
por calles más altas y discontinuas, saltando de un techo a otro, dejándose
caer de una azotea a un balcón, contorneando canaletas de tejado con paso de
funámbulos. Más abajo, los ratones corren en la oscuridad de las cloacas uno
detrás de la cola del otro, junto a los conspiradores y a los contrabandistas;
atisban desde alcantarillas y sumideros, se escabullen por intersticios y
callejas, arrastran de un escondrijo a otro cortezas de queso, mercancías
prohibidas, barriles de pólvora, atraviesan la compacidad de la ciudad
perforada por la irradiación de las galerías subterráneas.
Un mapa de Smeraldina
debería comprender, señalados en tintas de diversos colores, todos estos
trazados, sólidos y líquidos, evidentes y ocultos. Más difícil es fijar en el
papel los caminos de las golondrinas, que cortan el aire sobre los techos, caen
a lo largo de parábolas invisibles con las alas quietas, se desvían para tragar
un mosquito, vuelven a subir en espiral rozando un pináculo, dominan desde cada
punto de sus senderos de aire todos los puntos de la ciudad.
Las ciudades y los ojos. 4
Al llegar a Fílides, te
complaces en observar cuántos puentes distintos uno del otro atraviesan los
canales: convexos, cubiertos, sobre pilastras, sobre barcas, colgantes, con
parapetos calados; cuántas variedades de ventanas se asoman a las calles: en ajimez,
moriscas, lanceoladas, ojivales, coronadas por lunetas o por rosetones; cuántas
especies de pavimentos cubren el suelo: cantos rodados, lastrones, grava,
baldosas blancas y azules. En cada uno de sus puntos la ciudad ofrece sorpresas
a la vista: una mata de alcaparras que asoma por los muros de la fortaleza, las
estatuas de tres reinas sobre una ménsula, una cúpula en forma de cebolla con
tres cebollitas enhebradas en la aguja. «Feliz el que tiene todos los días a
Fílides delante de los ojos y no termina nunca de ver las cosas que contiene»,
exclamas, con la pesadumbre de tener que dejar la ciudad después de haberla
sólo rozado con la mirada.
Te ocurre a veces que te
detienes en Fílides y pasas allí el resto de tus días. Pronto la ciudad se
decolora ante tus ojos, se borran los rosetones, las estatuas sobre las
ménsulas, las cúpulas. Como todos los habitantes de Fílides, sigues líneas en
zigzag de una calle a la otra, distingues zonas de sol y zonas de sombra, aquí
una puerta, allá una escalera, un banco donde puedes apoyar el cesto, una
cuneta donde el pie tropieza si no te fijas. Todo el resto de la ciudad es
invisible. Fílides es un espacio donde se trazan recorridos entre puntos
suspendidos en el vacío, el camino más corto para llegar a la tienda de aquel
comerciante evitando la ventanilla de aquel acreedor. Tus pasos persiguen no lo
que se encuentra fuera de los ojos sino adentro, sepulto y borrado: si entre
dos soportales uno sigue pareciéndote más alegre es porque por él pasaba hace
treinta años una muchacha de anchas mangas bordadas, o bien sólo porque recibe
la luz a cierta hora, como aquel soportal que ya no recuerdas dónde estaba.
Millones de ojos se alzan
hasta ventanas puentes alcaparras y es como si recorrieran una página en
blanco. Muchas son las ciudades como Fílides que se sustraen a las miradas,
salvo si las atrapas por sorpresa.
Las ciudades y el nombre. 3
Durante mucho tiempo Pirra
fue para mí una ciudad encastillada en las laderas de un golfo, con ventanas
altas y torres, cerrada como una copa, con una plaza profunda en el centro como
un pozo y con un pozo en el centro. Nunca la había visto. Era una de las tantas
ciudades donde no he llegado jamás, que me imagino solamente a través del
nombre: Eufrasia, Otilia, Márgara, Getulia. Pirra tenía su lugar entre ellas,
distinta de cada una, como cada una inconfundible para los ojos de la mente.
Llegó el día en que mis
viajes me llevaron a Pirra. Apenas puse el pie, todo lo que imaginaba quedó
olvidado; Pirra se había convertido en lo que es Pirra; y yo creía haber sabido
siempre que el mar no está a la vista de la ciudad, escondido por una duna de
la costa baja y ondulada; que las calles corren largas y rectas; que las casas
están reagrupadas con intervalos, no altas, y las separan terrenos con
depósitos de carpinterías y aserraderos; que el viento mueve la girándula de
las bombas hidráulicas. Desde aquel momento el nombre Pirra evoca en mi mente
esa vista, esa luz, ese zumbido, ese aire en el que vuela un polvo amarillento:
es evidente que significa y no podía significar sino eso.
Mi mente sigue conteniendo
un gran número de ciudades que no he visto ni veré, nombres que llevan consigo
una figura o fragmento o deslumbramiento de figura imaginada: Getulia, Otilia,
Eufrasia, Márgara. También la ciudad alta sobre el golfo está siempre allí, con
la plaza cerrada en torno al pozo, pero no puedo ya llamarla con un nombre, ni
recordar cómo podía darle un nombre que significa otra cosa.
Las ciudades y los muertos.
2
Jamás en mis viajes había
avanzado hasta Adelma. Oscurecía cuando desembarqué. En el muelle el marinero
que atrapó al vuelo la amarra y la ató a la bita se parecía a uno que había
sido soldado conmigo, y había muerto. Era la hora de la venta del pescado al
por mayor. Un viejo cargaba una cesta de erizos en una carretilla; creí
reconocerlo; cuando me volví había desaparecido en una calleja, pero comprendí
que se parecía a un pescador que, viejo ya siendo yo niño, no podía seguir
estando entre los vivos. Me turbó la vista de un enfermo de fiebres acurrucado
en el suelo con una manta sobre la cabeza: mi padre pocos días antes de morir
tenía los ojos amarillos y la barba hirsuta como él, exactamente. Aparté la
mirada; no me atrevía a mirar a nadie más a la cara.
Pensé: «Si Adelma es una
ciudad que veo en sueños, donde no se encuentran más que muertos, el sueño me
da miedo. Si Adelma es una ciudad verdadera, habitada por vivos, bastaría
seguir mirándola fijo para que las semejanzas se disuelvan y aparezcan caras extrañas,
portadoras de angustia. En un caso o en el otro, es mejor que no insista en
mirarlos».
Una verdulera pesaba unas
berzas en la romana y las ponía en una canasta colgada de una cuerdecita que
una muchacha bajaba desde un balcón. La muchacha era igual a una de mi pueblo
que se volvió loca de amor y se mató. La verdulera alzó la cara: era mi abuela.
Pensé: «Uno llega a un
momento de la vida en que de la gente que ha conocido son más los muertos que
los vivos. Y la mente se niega a aceptar otras fisonomías, otras expresiones:
en todas las caras nuevas que encuentra, imprime los viejos calcos, para cada
una encuentra la máscara que más se adapta».
Los descargadores subían las
escaleras en fila, encorvados bajo garrafones y barriles; las caras estaban
ocultas por costales usados como capuchas. «Ahora se las levantan y los
reconozco», pensaba con impaciencia y con miedo. Pero no despegaba los ojos de
ellos; a poco que recorriera con la mirada la multitud que atestaba aquellas
callejuelas, me veía asaltado por caras inesperadas que reaparecían desde
lejos, que me miraban como para hacerse reconocer, como para reconocerme, como
si me hubieran reconocido. Quizá yo también me pareciera para cada uno de ellos
a alguien que había muerto. Apenas había llegado a Adelma y ya era uno de
ellos, me había pasado de su lado, confuso en aquel fluctuar de ojos, de
arrugas, de muecas.
Pensé: «Tal vez Adelma es la
ciudad a la que se llega al morir y donde cada uno encuentra las personas que
ha conocido. Es señal de que estoy muerto también yo».
Pensé además: «Es señal de
que el más allá no es feliz».
Las ciudades y el cielo. 1
En Eudossia, que se extiende
hacia arriba y hacia abajo, con callejas tortuosas, escaleras, callejones sin
salida, tugurios, se conserva una alfombra en la que puedes contemplar la
verdadera forma de la ciudad. A primera vista nada parece semejar menos a
Eudossia que el dibujo de la alfombra, ordenado en figuras simétricas que
repiten sus motivos a lo largo de líneas rectas y circulares, entretejida de
hebras de colores esplendorosos, la alternancia de cuyas tramas puedes seguir a
lo largo de toda la urdimbre. Pero si te detienes a observarla con atención, te
convences de que a cada lugar de la alfombra corresponde un lugar de la ciudad
y que todas las cosas contenidas en la ciudad están comprendidas en el dibujo,
dispuestas según sus verdaderas relaciones que escapan a tu ojo distraído por
el ir y venir, el hormigueo, el gentío. Toda la confusión de Eudossia, los
rebuznos de los mulos, las manchas del negro de humo, el olor del pescado, es
lo que aparece en la perspectiva parcial que tú percibes; pero la alfombra
prueba que hay un punto desde el cual la ciudad muestra sus verdaderas
proporciones, el esquema geométrico implícito en cada uno de sus mínimos
detalles.
Perderse en Eudossia es
fácil: pero cuando te concentras en mirar la alfombra reconoces la calle que
buscabas en un hilo carmesí o índigo o amaranto que a través de una larga
vuelta te hace entrar en un recinto de color púrpura que es tu verdadero punto de
llegada. Cada habitante de Eudossia confronta con el orden inmóvil de la
alfombra una imagen suya de la ciudad, una angustia suya, y cada uno puede
encontrar escondida entre los arabescos una respuesta, el relato de su vida,
las vueltas del destino.
Sobre la relación misteriosa
de dos objetos tan diversos como la alfombra y la ciudad se interrogó a un
oráculo. Uno de los dos objetos —fue la respuesta— tiene la forma que los
dioses dieron al cielo estrellado y a las órbitas en que giran los mundos; el
otro no es más que su reflejo aproximativo, como toda obra humana.
Los augures estaban seguros
desde hacía ya tiempo de que el armónico diseño de la alfombra era de factura
divina; en este sentido se interpretó el oráculo, sin suscitar controversias.
Pero del mismo modo tú puedes extraer la conclusión opuesta: que el verdadero
mapa del universo es la ciudad de Eudossia tal como es, una mancha que se
extiende sin forma, con calles todas en zigzag, casas que se derrumban una
sobre otra en la polvareda, incendios, gritos en la oscuridad.
—… ¡Entonces el tuyo es
realmente un viaje en la memoria! —El Gran Kan, siempre con el oído atento, se
sobresaltaba en la hamaca cada vez que percibía en el discurso de Marco una
inflexión melancólica—. ¡Para librarte de tu carga de nostalgia has ido tan
lejos! —exclamaba, o bien—: ¡Con la bodega llena de añoranzas vuelves de tus
expediciones! —y añadía, con sarcasmo—: ¡Magras adquisiciones, a decir verdad,
para un mercader de la Serenísima!
Éste era el punto al que
tendían todas las preguntas de Kublai sobre el pasado y sobre el futuro; hacía
una hora que jugaba como el gato con el ratón, y finalmente ponía a Marco en
aprietos, cayéndole encima, plantándole una rodilla sobre el pecho, aferrándolo
por la barba:
—Esto era lo que quería
saber de ti: confiesa que contrabandeas: ¡estados de ánimo, estados de gracia,
elegías!
Frases y actos quizá sólo
pensados, mientras los dos, silenciosos e inmóviles, miraban subir lentamente
el humo de sus pipas. La nube ya se disolvía en un hilo de viento, ya quedaba
suspendida en mitad del aire; y la respuesta estaba en aquella nube. El soplo
se llevaba el humo, Marco pensaba en los vapores que nublan la extensión del
mar y las cadenas de montañas y al despejarse dejan el aire seco y diáfano
revelando ciudades lejanas. Más allá de aquella pantalla de humores volátiles
quería llegar su mirada: la forma de las cosas se distingue mejor en
lontananza.
O bien la nube se detenía
apenas salida de los labios, densa y lenta, y remitía a otra visión: las
exhalaciones que se estancan sobre los techos de las metrópolis, el humo opaco
que no se dispersa, la capa de miasmas que pesa sobre las calles bituminosas.
No las frágiles nieblas de la memoria ni la seca transparencia, sino los
tizones de las vidas quemadas que forman una costra sobre la ciudad, la espina
hinchada de materia vital que no se escurre más, el atasco de pasado presente
futuro que bloquea las existencias calcificadas en la ilusión del movimiento:
esto encontrabas al término del viaje.
VII
Kublai: —No sé cuándo has
tenido tiempo de visitar todos los países que me describes. A mí me parece que
nunca te has movido de estos jardines.
Polo: —Todo lo que veo y
hago cobra sentido en un espacio de la mente donde reina la misma calma que
aquí, la misma penumbra, el mismo silencio recorrido por crujidos de hojas. En
el momento en que me concentro en la reflexión, me encuentro siempre en este
jardín, a esta hora de la noche, en tu augusta presencia, aunque siempre
remontando sin un instante de descanso un río verde de cocodrilos o contando
las barricas de pescado salado que bajan a la bodega.
Kublai: —Tampoco yo estoy
seguro de estar aquí, paseando entre las fuentes de pórfido, escuchando el eco
de los surtidores, y no cabalgando con costras de sudor y sangre a la cabeza de
mi ejército, conquistando los países que tú tendrás que describir, o tronchando
los dedos de los asaltantes que escalan los muros de una fortaleza asediada.
Polo: —Tal vez este jardín
existe sólo a la sombra de nuestros párpados bajos, y nunca hemos cesado, tú de
levantar el polvo en los campos de batalla, yo de contratar costales de
pimienta en lejanos mercados, pero cada vez que entrecerramos los ojos en medio
del estruendo y la muchedumbre, nos está permitido retirarnos aquí vestidos con
quimonos de seda, para considerar lo que estamos viendo y viviendo, sacar
conclusiones, contemplar desde lejos.
Kublai: —Quizá este diálogo
nuestro se desenvuelve entre dos harapientos apodados Kublai Kan y Marco Polo,
que revuelven en un basural, amontonan chatarra oxidada, pedazos de trapo,
papeles viejos, y ebrios con unos pocos tragos de mal vino, ven resplandecer a
su alrededor todos los tesoros del Oriente.
Polo: —Quizá del mundo ha
quedado un terreno baldío cubierto de albañales y el jardín colgante del
palacio del Gran Kan. Son nuestros párpados los que los separan, pero no se
sabe cuál está adentro y cuál afuera.
Las ciudades y los ojos. 5
Vadeado el río, transpuesto
el paso, el hombre encuentra enfrente, de pronto, la ciudad de Moriana, con sus
puertas de alabastro transparentes a la luz del sol, sus columnas de coral que
sostienen los frontones con incrustaciones de piedra serpentina, sus villas
todas de vidrio como acuarios donde nadan las sombras de las bailarinas de
escamas plateadas bajo las arañas de luces en forma de medusa. Si no es su
primer viaje, el hombre sabe ya que las ciudades como ésta tienen un reverso:
basta recorrer un semicírculo y será visible la faz oculta de Moriana, una
extensión de metal oxidado, tela de costal, ejes erizados de clavos, caños
negros de hollín, montones de latas, muros ciegos con inscripciones desteñidas,
asientos de sillas desfondadas, cuerdas buenas sólo para colgarse de una viga
podrida.
De parte a parte parece que
la ciudad continuara en perspectiva multiplicando su repertorio de imágenes: en
cambio no tiene espesor, consiste sólo en un anverso y un reverso, como una
hoja de papel, con una figura de este lado y otra del otro, que no pueden
despegarse ni mirarse.
Las ciudades y el nombre. 4
Clarice, ciudad gloriosa,
tiene una historia atormentada. Varias veces decayó y volvió a florecer,
teniendo siempre a la primera Clarice como modelo inigualable de todo
esplendor, por comparación con la cual el estado presente de la ciudad no deja
de suscitar nuevos suspiros a cada vuelta de las estrellas.
En los siglos de degradación
la ciudad, vaciada por las pestilencias, rebajada de estatura por los derrumbes
de viguerías y cornisas y por los desmoronamientos de tierra, oxidada y
obstruida por incuria o ausencia de los encargados de la conservación, se
repoblaba lentamente al reemerger de sótanos y madrigueras hordas de
supervivientes que como ratones hormigueaban movidos por la manía de hurgar y
roer, y también de arrebañar residuos y frangollar, como pájaros haciendo su
nido.
Se dedicaban a todo lo que
podía sacarse de donde estaba para ponerlo en otro lugar a fin de darle otro
uso: los cortinajes de brocado terminaban por hacer de sábanas; en las urnas
cinerarias de mármol plantaban albahaca; las verjas de hierro forjado arrancadas
de las ventanas de los gineceos servían para asar carne de gato sobre fuegos de
madera taraceada. Puesta en pie por fragmentos desparejos de la Clarice
inservible, tomaba forma una Clarice de la sobrevivencia, toda tugurios y
cuchitriles, charcos infectos, conejeras. Y sin embargo, del antiguo esplendor
de Clarice no se había perdido casi nada, todo estaba allí, sólo que dispuesto
en un orden diferente pero adecuado no menos que antes a las exigencias de los
habitantes.
A los tiempos de indigencia
sucedían épocas más alegres: una Clarice mariposa suntuosa brotaba de la
Clarice crisálida menesterosa; la nueva abundancia hacía rebosar la ciudad de
materiales, edificios, objetos nuevos; otras gentes afluían del exterior; nada
ni nadie tenía que ver con la Clarice o las Clarices de antes; y cuanto más se
asentaba triunfalmente la nueva ciudad en el lugar y en el nombre de la primera
Clarice, más advertía que se alejaba de ella, que la destruía no menos
rápidamente que los ratones y el moho: no obstante el orgullo del nuevo fasto,
en el fondo del corazón se sentía extraña, incongruente, usurpadora.
Y ahora los fragmentos del
primer esplendor, que se había salvado adaptándose a tareas más oscuras, eran
nuevamente desplazados, custodiados bajo campanas de vidrio, encerrados en
vitrinas, posados en cojines de terciopelo, y no porque pudieran servir todavía
para algo sino porque a través de ellos se hubiera querido recomponer una
ciudad de la cual nadie sabía ya nada.
Otros deterioros, otras
lozanías se han sucedido en Clarice. Las poblaciones y las costumbres cambiaron
varias veces; quedaron el nombre, la ubicación y los objetos más difíciles de
romper. Cada nueva Clarice, compacta como un cuerpo viviente con sus olores y
su respiración, exhibe como un collar lo que queda de las antiguas Clarices
fragmentarias y muertas. No se sabe cuándo los capiteles corintios estuvieron
en lo alto de sus columnas; sólo se recuerda uno de ellos que durante muchos
años sostuvo en un gallinero la cesta donde las gallinas ponían los huevos y de
allí pasó al Museo de los Capiteles, en fila con los otros ejemplares de la
colección. El orden de sucesión de las eras se ha perdido; que ha habido una
primera Clarice es creencia difundida, pero no hay pruebas que lo demuestren;
los capiteles podrían haber estado antes en los gallineros que en los templos,
en las urnas de mármol podía haberse sembrado antes albahaca que huesos de
difuntos. De seguro se sabe sólo esto: cierto número de objetos se desplaza en
un determinado espacio, ya sumergido por una cantidad de objetos nuevos, ya
consumiéndose sin recambio; la regla es mezclarlos cada vez y hacer la prueba
nuevamente de ponerlos juntos. Tal vez Clarice ha sido siempre sólo un
revoltijo de trastos desportillados, desparejos, en desuso.
Las ciudades y los muertos.
3
No hay ciudad más propensa
que Eusapia a gozar de la vida y a huir de los afanes. Y para que el salto de
la vida a la muerte sea menos brusco, los habitantes han construido una copia
idéntica de su ciudad bajo tierra. Esos cadáveres, desecados de manera que no
quede sino el esqueleto revestido de piel amarilla, son llevados allá abajo
para seguir con las ocupaciones de antes. De éstas, son los momentos
despreocupados los que gozan de preferencia: los más de ellos se instalan en
torno a mesas puestas, o en actitudes de danza o con el gesto de tocar la
trompeta. Sin embargo, todos los comercios y oficios de la Eusapia de los vivos
funcionan bajo tierra, o por lo menos aquellos que los vivos han desempeñado
con más satisfacción que fastidio: el relojero, en medio de todos los relojes
detenidos de su tienda, arrima una oreja apergaminada a un péndulo desajustado;
un barbero jabona con la brocha seca el hueso del pómulo de un actor mientras
éste repasa su papel clavando en el texto las órbitas vacías; una muchacha de
calavera risueña ordeña una osamenta de vaquillona.
Claro, son muchos los vivos
que piden para después de muertos un destino diferente del que ya les tocó: la
necrópolis está atestada de cazadores de leones, mezzosopranos, banqueros,
violinistas, duquesas, mantenidas, generales, más de cuantos contó nunca ciudad
viviente.
La obligación de acompañar
abajo a los muertos y de acomodarlos en el lugar deseado ha sido confiada a una
cofradía de encapuchados. Ningún otro tiene acceso a Eusapia de los muertos y
todo lo que se sabe de abajo se sabe por ellos.
Dicen que la misma cofradía
existe entre los muertos y que no deja de darles una mano; los encapuchados
después de muertos seguirán en el mismo oficio aun en la otra Eusapia; se da a
entender que algunos de ellos ya están muertos y siguen andando arriba y abajo.
Desde luego, la autoridad de esta congregación en la Eusapia de los vivos está
muy extendida.
Dicen que cada vez que
descienden encuentran algo cambiado en la Eusapia de abajo; los muertos
introducen innovaciones en su ciudad; no muchas, pero sí fruto de reflexión
ponderada, no de caprichos pasajeros. De un año a otro, dicen, la Eusapia de
los muertos es irreconocible. Y los vivos, para no ser menos, todo lo que los
encapuchados cuentan de las novedades de los muertos también quieren hacerlo.
Así la Eusapia de los vivos se ha puesto a copiar su copia subterránea.
Dicen que esto no ocurre
sólo ahora: en realidad habrían sido los muertos quienes construyeron la
Eusapia de arriba a semejanza de su ciudad. Dicen que en las dos ciudades
gemelas no hay ya modo de saber cuáles son los vivos y cuáles los muertos.
Las ciudades y el cielo. 2
Se atribuye a Bersabea esta
creencia: que suspendida en el cielo existe otra Bersabea donde se ciernen las
virtudes y los sentimientos más elevados de la ciudad, y que si la Bersabea
terrena toma como modelo la celeste, llegará a ser una sola cosa con ella. La
imagen que la tradición divulga es la de una ciudad de oro macizo, con pernos
de plata y puertas de diamante, una ciudad joya, toda taraceas y engarces, como
puede resultar del estudio más laborioso aplicado a las materias más
apreciadas. Fieles a esta creencia, los habitantes de Bersabea honran todo lo
que les evoca la ciudad celeste: acumulan metales nobles y piedras raras,
renuncian a los abandonos efímeros, elaboran formas de compuesto decoro.
Creen empero estos
habitantes que otra Bersabea existe bajo tierra, receptáculo de todo lo que
tienen por despreciable e indigno, y es constante su preocupación por borrar de
la Bersabea de afuera todo vínculo o semejanza con la gemela inferior. En lugar
de los techos imaginan que haya en la ciudad baja cajones de basura volcados,
de los que se desprenden cortezas de queso, papeles engrasados, agua de platos,
restos de fideos, viejas vendas. O que sin más su sustancia es aquella oscura y
dúctil y densa como la pez que baja por las cloacas prolongando el recorrido de
las vísceras humanas, de negro agujero en negro agujero, hasta aplastarse en el
último fondo subterráneo, y que de los mismos bolos perezosos enroscados allí
abajo se elevan vuelta sobre vuelta los edificios de una ciudad fecal, de
entorchadas agujas.
En las creencias de Bersabea
hay una parte de verdad y una de error. Cierto es que dos proyecciones de sí
misma acompañan a la ciudad, una celeste y otra infernal; pero acerca de su
consistencia hay una equivocación. El infierno que se incuba en el más profundo
subsuelo de Bersabea es una ciudad diseñada por los más autorizados
arquitectos, construida con los materiales más caros del mercado, que funciona
en todo su mecanismo y relojería y engranaje empavesada de flecos y borlas y
volantes colgados de todos los caños y las bielas.
Atenta a acumular sus
quilates de perfección, Bersabea cree virtud aquello que es ahora una oscura
obsesión por llenar el vaso vacío de sí misma; no sabe que los únicos momentos
de abandono generoso son los del desprender de sí, dejar caer, expandir. Sin
embargo, en el cenit de Bersabea gravita un cuerpo celeste donde resplandece
todo el bien de la ciudad, encerrado en el tesoro de las cosas desechadas: un
planeta flameante de peladuras de patata, paraguas desfondados, medias en
desuso, centelleante de pedazos de vidrio, botones perdidos, papeles de
chocolate, pavimento de billetes de tranvía, recortes de uñas y de callos,
cáscaras de huevo. La ciudad celeste es ésta y por su cielo corren cometas de
larga cola, lanzados a girar en el espacio por el solo acto libre y feliz de
que son capaces los habitantes de Bersabea, ciudad que sólo cuando defeca no es
avara calculadora interesada.
Las ciudades continuas. 1
La ciudad de Leonia se
rehace a sí misma todos los días: cada mañana la población se despierta entre
sábanas frescas, se lava con jabones apenas salidos de su envoltorio, se pone
batas flamantes, extrae del refrigerador más perfeccionado latas aún sin abrir,
escuchando las últimas retahílas del último modelo de radio.
En los umbrales, envueltos
en tersas bolsas de plástico, los restos de la Leonia de ayer esperan el carro
del basurero. No sólo tubos de dentífrico aplastados, bombillas quemadas,
periódicos, envases, materiales de embalaje, sino también calentadores, enciclopedias,
pianos, juegos de porcelana: más que por las cosas que cada día se fabrican,
venden, compran, la opulencia de Leonia se mide por las cosas que cada día se
tiran para ceder lugar a las nuevas. Tanto que uno se pregunta si la verdadera
pasión de Leonia es en realidad, como dicen, gozar de las cosas nuevas y
diferentes, y no más bien el expeler, alejar de sí, purgarse de una recurrente
impureza. Cierto es que los basureros son acogidos como ángeles, y su tarea de
remover los restos de la existencia de ayer se rodea de un respeto silencioso,
como un rito que inspira devoción, o tal vez sólo porque una vez desechadas las
cosas nadie quiere tener que pensar más en ellas. Dónde llevan cada día su
carga los basureros nadie se lo pregunta: fuera de la ciudad, claro; pero de
año en año la ciudad se expande, y los basurales deben retroceder más lejos; la
importancia de los desperdicios aumenta y las pilas se levantan, se
estratifican, se despliegan en un perímetro cada vez más vasto. Añádase que
cuanto más sobresale Leonia en la fabricación de nuevos materiales, más mejora
la sustancia de los detritos, más resisten al tiempo, a la intemperie, a
fermentaciones y combustiones. Es una fortaleza de desperdicios indestructibles
la que circunda Leonia, la domina por todos lados como un reborde montañoso.
El resultado es éste: que
cuantas más cosas expele Leonia, más acumula; las escamas de su pasado se
sueldan en una coraza que no se puede quitar; renovándose cada día la ciudad se
conserva toda a sí misma en la única forma definitiva: la de los desperdicios
de ayer que se amontonan sobre los desperdicios de anteayer y de todos sus días
y años y lustros.
La basura de Leonia poco a
poco invadiría el mundo si en el desmesurado basurero no estuvieran
presionando, más allá de la última cresta, basurales de otras ciudades que
también rechazan lejos de sí montañas de desechos. Tal vez el mundo entero,
traspasados los confines de Leonia, está cubierto de cráteres de basuras, cada
uno, en el centro, con una metrópoli en erupción ininterrumpida. Los límites
entre las ciudades extranjeras y enemigas son bastiones infectos donde los
detritos de una y otra se apuntalan recíprocamente, se superan, se mezclan.
Cuanto más crece la altura,
más inminente es el peligro de derrumbes: basta que un envase, un viejo
neumático, una botella sin su funda de paja ruede del lado de Leonia, y un alud
de zapatos desparejados, calendarios de años anteriores, flores secas, sumerja
la ciudad en el propio pasado que en vano trataba de rechazar, mezclado con
aquel de las ciudades limítrofes finalmente limpias: un cataclismo nivelará la
sórdida cadena montañosa, borrará toda traza de la metrópoli siempre vestida
con ropa nueva. Ya en las ciudades vecinas están listos los rodillos
compresores para nivelar el suelo, extenderse en el nuevo territorio,
agrandarse, alejar los nuevos basurales.
Polo: —… Tal vez este jardín
sólo asoma sus terrazas sobre el lago de nuestra mente…
Kublai: —… y por lejos que
nos lleven nuestras atormentadas empresas de condotieros y de mercaderes, ambos
custodiamos dentro de nosotros esta sombra silenciosa, esta conversación
pausada, esta noche siempre igual.
Polo: —A menos que sea
cierta la hipótesis opuesta: que quienes se afanan en los campamentos y en los
puertos existan sólo porque los pensamos nosotros dos, encerrados entre estos
setos de bambú, inmóviles desde siempre.
Kublai: —Que no existan la
fatiga, los alaridos, las heridas, el hedor, sino sólo esta planta de azalea.
Polo: —Que los cargadores,
los picapedreros, los barrenderos, las cocineras que limpian las entrañas de
los pollos, las lavanderas inclinadas sobre la piedra, las madres de familia
que revuelven el arroz mientras amamantan a los recién nacidos, existan sólo
porque nosotros los pensamos.
Kublai: —A decir verdad, yo
no los pienso nunca.
Polo: —Entonces no existen.
Kublai: —No creo que esa
conjetura nos convenga. Sin ellos nunca podríamos estar meciéndonos arrebujados
en nuestras hamacas.
Polo: —Hay que excluir la
hipótesis, entonces. Por lo tanto será cierta la otra: que existan ellos y no
nosotros.
Kublai: —Hemos demostrado
que si existiéramos, no estaríamos aquí.
Polo: —Pero en realidad
estamos.
VIII
A los pies del trono del
Gran Kan se extendía un pavimento de mayólica. Marco Polo, informador mudo,
exhibía el muestrario de las mercancías traídas de sus viajes a los confines
del imperio: un yelmo, una conchilla, un coco, un abanico. Disponiendo en cierto
orden los objetos sobre las baldosas blancas y negras y desplazándolos uno tras
otro con movimientos estudiados, el embajador trataba de representar a los ojos
del monarca las vicisitudes de su viaje, el estado del imperio, las
prerrogativas de las remotas cabezas de distrito.
Kublai era un atento jugador
de ajedrez; siguiendo los gestos de Marco observaba que ciertas piezas
implicaban o excluían la vecindad de otras piezas y se desplazaban según
ciertas líneas. Desentendiéndose de la variedad de formas de los objetos,
definía el modo de disponerse los unos respecto de los otros sobre el pavimento
de mayólica. Pensó: «Si cada ciudad es como una partida de ajedrez, el día que
llegue a conocer sus reglas poseeré finalmente mi imperio, aunque jamás consiga
conocer todas las ciudades que contiene».
En el fondo, era inútil que
Marco para hablarle de sus ciudades recurriese a tantas zarandajas: bastaba un
tablero de ajedrez con sus piezas de formas exactamente clasificables. A cada
pieza se le podía atribuir cada vez un significado apropiado: un caballo podía
representar tanto un verdadero caballo como un cortejo de carrozas, un ejército
en marcha, un monumento ecuestre; y una reina podía ser una dama asomada al
balcón, una fuente, una iglesia de cúpula puntiaguda, una planta de membrillo.
Al volver de su última
misión, Marco Polo encontró al Kan esperándolo sentado delante de un tablero de
ajedrez. Con un gesto lo invitó a sentarse frente a él y a describirle con la
sola ayuda del juego las ciudades que había visitado. El veneciano no se desanimó.
El ajedrez del Gran Kan tenía grandes piezas de marfil pulido: disponiendo
sobre el tablero torres amenazadoras y caballos espantadizos, agolpando
enjambres de peones, trazando caminos rectos u oblicuos como el paso majestuoso
de la reina, Marco recreaba las perspectivas y los espacios de ciudades blancas
y negras en las noches de luna.
Al contemplar estos paisajes
esenciales, Kublai reflexionaba sobre el orden invisible que rige las ciudades,
las reglas a las que responde su surgir y cobrar forma y prosperar y adaptarse
a las estaciones y marchitarse y caer en ruinas. A veces le parecía que estaba
a punto de descubrir un sistema coherente y armonioso por debajo de las
infinitas deformidades y desarmonías, pero ningún modelo resistía la
comparación con el juego de ajedrez. Quizá, en vez de afanarse por evocar con
el magro auxilio de las piezas de marfil visiones de todos modos destinadas al
olvido, bastaba jugar una partida según las reglas, y contemplar cada estado
sucesivo del tablero como una de las innumerables formas que el sistema de las
formas compone y destruye.
En adelante Kublai Kan no
tenía necesidad de enviar a Marco Polo a expediciones lejanas: lo retenía
jugando interminables partidas de ajedrez.
El conocimiento del imperio
estaba escondido en el diseño trazado por los saltos espigados del caballo, por
los pasajes en diagonal que se abren a las incursiones del alfil, por el paso
arrastrado y cauto del rey y del humilde peón, por las alternativas inexorables
de cada partida.
El Gran Kan trataba de
ensimismarse en el juego: pero ahora era el porqué del juego lo que se le
escapaba. El fin de cada partida es una victoria o una pérdida: ¿pero de qué?
¿Cuál era la verdadera apuesta? En el jaque mate, bajo el pie del rey destituido
por la mano del vencedor, queda un cuadrado negro o blanco. A fuerza de
descarnar sus conquistas para reducirlas a la esencia, Kublai había llegado a
la operación extrema: la conquista definitiva, de la cual los multiformes
tesoros del imperio no eran sino apariencias ilusorias, se reducía a una tesela
de madera cepillada: la nada…
Las ciudades y el nombre. 5
Irene es la ciudad que se
asoma al borde del altiplano a la hora en que las luces se encienden y en el
aire límpido se ve allá en el fondo la rosa del poblado: donde es más densa de
ventanas, donde ralea en senderos apenas iluminados, donde amontona sombras de
jardines, y levanta torres con luces de señales; y si la noche es brumosa, un
esfumado claror se hincha como una esponja lechosa al pie de las caletas.
Los viajeros del altiplano,
los pastores con los rebaños trashumantes, los pajareros que vigilan sus redes,
los ermitaños que recogen raíces, todos miran hacia abajo y hablan de Irene. El
viento trae a veces una música de bombos y trompetas, el chisporroteo de los
disparos en las luces de una fiesta; a veces el desgranar de la metralla, la
explosión de un polvorín en el cielo amarillo de los fuegos encendidos por la
guerra civil. Los que miran desde arriba hacen conjeturas acerca de lo que está
sucediendo en la ciudad, se preguntan si estaría bien o mal encontrarse en
Irene esa noche. No es que tengan intención de ir —y de todos modos los caminos
que bajan al valle son malos— pero Irene imanta miradas y pensamientos del que
está allá en lo alto.
Llegado a este punto Kublai
Kan espera que Marco hable de una Irene como se ve desde adentro. Y Marco no
puede hacerlo: qué es la ciudad que los del altiplano llaman Irene, no ha
conseguido saberlo; por lo demás poco importa: si se la viera estando en medio
sería otra ciudad; Irene es un nombre de ciudad de lejos, y si uno se acerca,
cambia.
La ciudad, para el que pasa
sin entrar, es una, y otra para el que está preso de ella y no sale; una es la
ciudad a la que se llega la primera vez, otra la que se deja para no volver;
cada una merece un nombre diferente; quizá de Irene he hablado ya bajo otros
nombres; quizá no he hablado sino de Irene.
Las ciudades y los muertos.
4
Lo que hace a Argia
diferente de las otras ciudades es que en vez de aire tiene tierra. La tierra
cubre completamente las calles, las habitaciones están llenas de arcilla hasta
el cielo raso, sobre las escaleras se apoya otra escalera en negativo, encima
de los techos de las casas pesan estratos de terreno rocoso como cielos con
nubes. Si los habitantes pueden dar vueltas por la ciudad ensanchando las
galerías de los gusanos y las fisuras por las que se insinúan las raíces, no lo
sabemos: la humedad demuele los cuerpos y les deja pocas fuerzas; conviene que
se queden quietos y tendidos, tan oscuro está.
De Argia, desde aquí arriba,
no se ve nada; hay quien dice: «Está allá abajo» y no queda sino creerlo; los
lugares están desiertos. De noche, apoyando la oreja en el suelo, a veces se
oye una puerta que golpea.
Las ciudades y el cielo. 3
El que llega a Tecla poco ve
de la ciudad, detrás de las cercas de tablas, los abrigos de arpillera, los
andamios, las armazones metálicas, los puentes de madera colgados de cables o
sostenidos por caballetes, las escalas de cuerda, los esqueletos de alambre. A
la pregunta: ¿Por qué la construcción de Tecla se hace tan larga?, los
habitantes, sin dejar de levantar cubos, de bajar plomadas, de mover de arriba
abajo largos pinceles:
—Para que no empiece la
destrucción —responden. E interrogados sobre si temen que apenas quitados los
andamios la ciudad empiece a resquebrajarse y hacerse pedazos, añaden con
prisa, en voz baja—: No sólo la ciudad.
Si, insatisfecho con la
respuesta, alguno apoya el ojo en la rendija de una empalizada, ve grúas que
suben otras grúas, armazones que cubren otras armazones, vigas que apuntalan
otras vigas.
—¿Qué sentido tiene este
construir? —pregunta—. ¿Cuál es el fin de una ciudad en construcción sino una
ciudad? ¿Dónde está el plano que siguen, el proyecto?
—Te lo mostraremos apenas
termine la jornada; ahora no podemos interrumpir —responden.
El trabajo cesa al
atardecer. Cae la noche sobre la obra en construcción. Es una noche estrellada.
—Éste es el proyecto —dicen.
Las ciudades continuas. 2
Si al tocar tierra en Trude
no hubiese leído el nombre de la ciudad escrito en grandes letras, hubiera
creído llegar al mismo aeropuerto del que partiera. Los suburbios que tuve que
atravesar no eran distintos de aquellos otros, con las mismas casas amarillentas
y verdosas. Siguiendo las mismas flechas se contorneaban los mismos canteros de
las mismas plazas. Las calles del centro exponían mercancías embalajes enseñas
que no cambiaban en nada. Era la primera vez que iba a Trude, pero conocía ya
el hotel donde acerté a alojarme; ya había oído y dicho mis diálogos con
compradores y vendedores de chatarra; otras jornadas iguales a aquélla habían
terminado mirando a través de los mismos vasos los mismos ombligos ondulantes.
¿Por qué venir a Trude?, me
preguntaba. Y ya quería irme.
—Puedes remontar el vuelo
cuando quieras —me dijeron—, pero llegarás a otra Trude, igual punto por punto;
el mundo está cubierto por una única Trude que no empieza ni termina, sólo
cambia el nombre del aeropuerto.
Las ciudades escondidas. 1
En Olinda, el que va con una
lupa y busca con atención puede encontrar en alguna parte un punto no más
grande que una cabeza de alfiler donde, mirando con un poco de aumento, se ven
dentro los techos las antenas las claraboyas los jardines los tazones de las
fuentes, las rayas de las calzadas, los quioscos de las plazas, la pista para
las carreras de caballos. Ese punto no se queda ahí: después de un año se lo
encuentra grande como medio limón, después como un hongo políporo, después como
un plato de sopa. Y entonces se convierte en una ciudad de tamaño natural,
encerrada dentro de la ciudad de antes: una nueva ciudad que se abre paso en
medio de la ciudad de antes y la empuja hacia afuera.
Olinda no es, desde luego,
la única ciudad que crece en círculos concéntricos, como los troncos de los
árboles que cada año aumentan un anillo. Pero a las otras ciudades les queda en
el medio el viejo recinto amurallado, ceñidísimo, bien apretado, del que brotan
resecos los campanarios las torres los tejados las cúpulas, mientras los
barrios nuevos se desparraman alrededor como saliendo de un cinturón que se
desata. En Olinda no: las viejas murallas se dilatan, llevándose consigo los
barrios antiguos, que crecen en los confines de la ciudad, manteniendo las
proporciones en un horizonte más ancho; éstos circundan barrios un poco menos
viejos, aunque de perímetro mayor y afinados para dejar sitio a los más
recientes que empujan desde adentro; y así hasta el corazón de la ciudad: una
Olinda completamente nueva que en sus dimensiones reducidas conserva los rasgos
y el flujo de linfa de la primera Olinda y de todas las Olindas que han brotado
una de la otra; y dentro de ese círculo más interno ya brotan —pero es difícil
distinguirlas— la Olinda venidera y aquellas que crecerán a continuación.
… El Gran Kan trataba de
ensimismarse en el juego: pero ahora era el porqué del juego lo que se le
escapaba. El fin de cada partida es una ganancia o una pérdida; ¿pero de qué?
¿Cuál era la verdadera apuesta? En el jaque mate, bajo el pie del rey destituido
por la mano del vencedor, queda un cuadrado negro o blanco. A fuerza de
descarnar sus conquistas para reducirlas a la esencia, Kublai había llegado a
la operación extrema: la conquista definitiva, de la cual los multiformes
tesoros del imperio no eran sino apariencias ilusorias, se reducía a una tesela
de madera cepillada.
Entonces Marco Polo habló:
—Tu tablero, sir, es una
taracea de dos maderas: ébano y arce. La tesela sobre la cual se fija tu mirada
luminosa fue tallada en un estrato del tronco que creció un año de sequía: ¿ves
cómo se disponen las fibras? Aquí se distingue un nudo apenas insinuado: una
yema trató de despuntar un día de primavera precoz, pero la helada de la noche
la obligó a desistir. —El Gran Kan no se había dado cuenta hasta entonces de
que el extranjero supiera expresarse con tanta fluidez en su lengua, pero no
era esto lo que le pasmaba—. Aquí hay un poro más grande: tal vez fue el nido
de una larva; no de carcoma, porque apenas nacido hubiera seguido cavando, sino
de un brugo que royó las hojas y fue la causa de que se eligiera el árbol para
talarlo… Este borde lo talló el ebanista con la gubia para que se adhiriera al
cuadrado vecino, más saliente…
La cantidad de cosas que se
podían leer en un trocito de madera liso y vacío abismaba a Kublai; ya Polo le
estaba hablando de los bosques de ébano, de las balsas de troncos que
descienden los ríos, de los atracaderos, de las mujeres en las ventanas…
IX
El Gran Kan posee un atlas
donde todas las ciudades del imperio y de los reinos circunvecinos están
dibujadas palacio por palacio y calle por calle, con los muros, los ríos, los
puentes, los puertos, las escolleras. Sabe que de los informes de Marco Polo es
inútil esperar noticias de aquellos lugares que por lo demás conoce bien: cómo
en Cambaluc, capital de la China, hay tres ciudades cuadradas, una dentro de la
otra, con cuatro templos cada una y cuatro puertas que se abren según las
estaciones; cómo en la isla de Java se enfurece el rinoceronte y hace estragos
cargando con su cuerno asesino; cómo se pescan las perlas en el fondo del mar,
en las costas de Malabar.
Kublai pregunta a Marco:
—Cuando regreses al
Poniente, ¿repetirás a tu gente los mismos relatos que me haces a mí?
—Yo hablo, hablo —dice
Marco— pero el que me escucha retiene sólo las palabras que espera. Una es la
descripción del mundo a la que prestas oídos benévolos, otra la que dará la
vuelta de los corrillos de descargadores y gondoleros en los muelles de mi casa
el día de mi regreso, otra la que podría dictar a avanzada edad, si cayera
prisionero de piratas genoveses y me pusieran al cepo en la misma celda junto
con un escritor de novelas de aventuras. Lo que comanda el relato no es la voz:
es el oído.
—A veces me parece que tu
voz me llega de lejos, mientras soy prisionero de un presente vistoso e
invivible en que todas las formas de convivencia humana han llegado a un
extremo de su ciclo y no es posible imaginar qué nuevas formas adoptarán. Y
escucho por tu voz las razones invisibles de que vivían las ciudades y por las
cuales, quizá, después de muertas, revivirán.
El Gran Kan posee un atlas
cuyos dibujos figuran el orbe terráqueo todo entero y continente por
continente, los confines de los reinos más lejanos, las rutas de los navíos,
los contornos de las costas, los planos de las metrópolis más ilustres y de los
puertos más opulentos. Hojea los mapas bajo los ojos de Marco Polo para poner a
prueba su saber. El viajero reconoce Constantinopla en la ciudad que corona
desde tres orillas un largo estrecho, un golfo delgado y un mar cerrado;
recuerda que Jerusalén está asentada sobre dos colinas, de altura desigual y
frente a frente; no vacila en señalar Samarcanda y sus jardines.
Para otras ciudades recurre
a descripciones transmitidas de boca en boca, o se lanza a adivinar basándose
en escasos indicios: así Granada, irisada perla de los Califas, Lübeck atildado
puerto boreal, Tombuctú negra de ébano y blanca de marfil, París donde millones
de hombres vuelven a casa todos los días empuñando una barra de pan. En
miniaturas coloreadas el atlas representa lugares habitados de forma insólita:
un oasis escondido en un pliegue del desierto del cual asoman sólo las copas de
las palmeras es de seguro Nefta; un castillo entre las arenas movedizas y las
vacas que pacen en prados salados por la marea no puede dejar de recordar el
Monte Saint Michel; y no puede ser sino Urbino un palacio que más que surgir
entre las murallas de una ciudad contiene una ciudad entre sus murallas.
El atlas representa también
ciudades de las que ni Marco ni los geógrafos saben si existen y dónde están,
pero que no podían faltar entre las formas de ciudades posibles: una Cuzco de
planta irradiada y multidividida que refleja el orden perfecto de los cambios,
una México verdeante sobre el lago dominado por el palacio de Moctezuma, una
Nóvgorod de cúpulas bulbosas, una Lhasa que levanta blancos tejados sobre el
techo nublado del mundo. Aun para ellas dice Marco un nombre, no importa cuál,
y bosqueja un itinerario para llegar. Se sabe que los nombres de los lugares
cambian tantas veces como lenguas extranjeras hay; y que a cada lugar puede
llegar desde otros lugares, por los caminos y las rutas más diversos, quien
cabalga, viaja en carreta, rema, vuela.
—Me parece que reconoces
mejor las ciudades en el atlas que cuando las visitas en persona —dice a Marco
el emperador cerrando el libro de golpe.
Y Polo:
—Viajando uno se da cuenta
de que las diferencias se pierden: cada ciudad se va pareciendo a todas las
ciudades, los lugares intercambian forma orden distancias, un polvillo informe
invade los continentes. Tu atlas guarda intactas las diferencias: ese surtido
de cualidades que son como las letras del nombre.
El Gran Kan posee un atlas
en el cual están reunidos los mapas de todas las ciudades: las que elevan sus
murallas sobre firmes cimientos, las que cayeron en ruinas y fueron tragadas
por la arena, las que existirán un día y en cuyo lugar por ahora sólo se abren
las madrigueras de las liebres.
Marco Polo hojea los mapas,
reconoce Jericó, Ur, Cartago, indica los atracaderos en la desembocadura del
Escamandro donde las naves aqueas esperaron durante diez años el reembarco de
los sitiadores, hasta que el caballo clavijero de Ulises fue arrastrado a
fuerza de cabrestantes por la Puerta Escea. Pero hablando de Troya, le daba por
atribuirle la forma de Constantinopla y prever el asedio con que durante largos
meses la cercaría Mahoma quien, astuto como Ulises, habría hecho remolcar las
naves por la noche aguas abajo, desde el Bósforo hasta el Cuerno de Oro,
contorneando Pera y Gálata. Y de la mezcla de aquellas dos ciudades resultaba
una tercera, que podría llamarse San Francisco y tender puentes larguísimos y
livianos sobre la Puerta de Oro y sobre la bahía, y hacer trepar tranvías de
cremallera por calles en pendiente, y florecer como capital del Pacífico de
allí a un milenio, después del largo asedio de trescientos años que llevaría a
la raza de los amarillos y los negros y los pieles rojas a fundirse con la
progenie superviviente de los blancos en un imperio más vasto que el del Gran
Kan.
El atlas tiene esta virtud:
revela la forma de las ciudades que todavía no poseen forma ni nombre. Está la
ciudad con la forma de Ámsterdam, semicírculo que mira hacia el septentrión,
con canales concéntricos: de los Príncipes, del Emperador, de los Señores; está
la ciudad con la forma de York, encajonada entre los altos páramos, amurallada,
erizada de torres; está la ciudad con la forma de Nueva Ámsterdam llamada
también Nueva York, atestada de torres de vidrio y acero sobre una isla oblonga
entre dos ríos, con calles como profundos canales todos rectos salvo Broadway.
El catálogo de las formas es
interminable: hasta que cada forma no haya encontrado su ciudad, nuevas
ciudades seguirán naciendo. Donde las formas agotan sus variaciones y se
deshacen, comienza el fin de las ciudades. En los últimos mapas del atlas se
diluían retículas sin principio ni fin, ciudades en forma de Los Ángeles, con
la forma de Kioto-Osaka, sin forma.
Las ciudades y los muertos.
5
Cada ciudad, como Laudomia,
tiene a su lado otra ciudad cuyos habitantes llevan los mismos nombres: es la
Laudomia de los muertos, el cementerio. Pero la cualidad especial de Laudomia
es la de ser, más que doble, triple, comprendiendo una tercera Laudomia que es
la de los no nacidos.
Las propiedades de la ciudad
doble son notorias. Cuanto más se apeñusca y se dilata la Laudomia de los
vivos, más crece la extensión de las tumbas fuera de los muros. Las calles de
la Laudomia de los muertos son apenas lo bastante anchas para que dé vuelta el
carro del sepulturero, y se asoman a ellas edificios sin ventanas; pero el
trazado de las calles y el orden de las moradas repite el de la Laudomia
viviente, y, como en ésta, las familias están cada vez más hacinadas, en
apretados nichos superpuestos. En las tardes de buen tiempo la población viva
visita a los muertos y descifra los propios nombres en sus losas de piedra: a
semejanza de la ciudad de los vivos ésta transmite una historia de esfuerzos,
cóleras, ilusiones, sentimientos; sólo que aquí todo se ha vuelto necesario,
sustraído al azar, encasillado, puesto en orden. Y para sentirse segura la
Laudomia viviente necesita bucear en la Laudomia de los muertos la explicación
de sí misma, aun a riesgo de encontrar allí de más o de menos: explicaciones para
más de una Laudomia, para ciudades diversas que podían ser y no han sido, o
razones parciales, contradictorias, engañosas.
Justamente Laudomia asigna
una residencia igualmente vasta a aquellos que aún deben nacer; es cierto que
el espacio no guarda proporción con su número que se supone inmenso, pero como
es un lugar vacío, circundado de una arquitectura de nichos y huecos y
acanaladuras, y como es posible atribuir a los no nacidos las dimensiones que
se quiera, pensarlos grandes como ratones o como gusanos de seda o como
hormigas o huevos de hormiga, nada impide imaginarlos erguidos o acurrucados
debajo de cada objeto o ménsula que sobresale de las paredes, sobre cada
capitel o plinto, en fila o bien desparramados, atentos a las obligaciones de
sus vidas futuras, y contemplar en una veta del mármol toda la Laudomia de aquí
a cien o mil años, abarrotada de multitudes vestidas de maneras nunca vistas,
todos por ejemplo de barragán color berenjena, o todos con plumas de pavo real
en el turbante, y reconocer en ellos a los descendientes propios y a los de las
familias aliadas o enemigas, de los deudores y acreedores, que van y vienen
perpetuando los tráficos, las venganzas, los noviazgos por amor o por interés.
Los vivientes de Laudomia frecuentan la casa de los no nacidos interrogándolos;
los pasos resuenan bajo las bóvedas vacías; las preguntas se formulan en
silencio: y siempre preguntan por ellos mismos, y no por los que vendrán; éste
se preocupa de dejar ilustre memoria, aquél de hacer olvidar sus vergüenzas;
todos quisieran seguir el hilo de las consecuencias de los propios actos; pero
cuanto más aguzan la mirada, menos reconocen un trazo continuo; los que van a
nacer en Laudomia aparecen puntiformes como granitos de polvo, separados del
antes y del después.
La Laudomia de los no
nacidos no transmite, como la de los muertos, seguridad alguna a los habitantes
de la Laudomia viviente, sino sólo zozobra. A los pensamientos de los
visitantes terminan por abrirse dos caminos, y no se sabe cuál reserva más
angustia: o se piensa que el número de los que van a nacer supera de muy lejos
el de todos los vivos y todos los muertos, y entonces en cada poro de la piedra
se hacinan multitudes invisibles, apretadas en las pendientes del embudo como
en las gradas de un estadio, y como en cada generación la descendencia de
Laudomia se multiplica, en cada embudo se abren centenares de embudos cada uno
con millones de personas que deben nacer y estiran el cuello y abren la boca
para no sofocarse; o bien se piensa que incluso Laudomia desaparecerá, no se
sabe cuándo, y todos sus ciudadanos con ella, esto es, las generaciones se
sucederán hasta alcanzar cierta cifra y no seguirán adelante, y entonces la
Laudomia de los muertos y la de los no nacidos son como las dos ampollas de un
reloj de arena que no se invierte, cada paso entre el nacimiento y la muerte es
un granito de arena que atraviesa el gollete, y habrá un último habitante de
Laudomia que nazca, un último granito por caer que ahora está ahí esperando
encima del montón.
Las ciudades y el cielo. 4
Llamados a dictar las normas
para la fundación de Perinzia, los astrónomos establecieron el lugar y el día
según la posición de las estrellas, trazaron las líneas cruzadas de las calles
principales orientadas una como el curso del sol y la otra como el eje en torno
al cual giran los cielos, dividieron el mapa según las doce casas del zodiaco
de manera que cada templo y cada barrio recibiese el justo influjo de las
constelaciones oportunas, fijaron el punto de los muros donde se abrirían las
puertas previendo que cada una encuadrase un eclipse de luna en los próximos
mil años. Perinzia —aseguraron— reflejaría la armonía del firmamento; la razón
de la naturaleza y la gracia de los dioses darían forma a los destinos de los
habitantes.
Siguiendo con exactitud los
cálculos de los astrónomos, fue edificada Perinzia; gentes diversas vinieron a
poblarla; la primera generación de los nacidos en Perinzia empezó a crecer
entre sus muros, y aquéllos a su vez llegaron a la edad de casarse y tener
hijos.
En las calles y plazas de
Perinzia hoy encuentras lisiados, enanos, jorobados, obesos, mujeres barbudas.
Pero lo peor no se ve; gritos guturales suben desde los sótanos y los graneros,
donde las familias esconden a los hijos de tres cabezas o seis piernas.
Los astrónomos de Perinzia
se encuentran frente a una difícil opción: o admitir que todos sus cálculos
están equivocados y sus cifras no consiguen describir el cielo, o revelar que
el orden de los dioses es exactamente el que se refleja en la ciudad de los
monstruos.
Las ciudades continuas. 3
Cada año en mis viajes hago
alto en Procopia y me alojo en la misma habitación de la misma posada. Desde la
primera vez me he detenido a contemplar el paisaje que se ve corriendo la
cortina de la ventana: un foso, un puente, una pequeña pared, un árbol de
serbo, un campo de maíz, una zarzamora, un gallinero, un lomo de colina
amarillo, una nube blanca, un pedazo de cielo azul en forma de trapecio. Estoy
seguro de que la primera vez no se veía a nadie; fue sólo al año siguiente
cuando, por un movimiento entre las hojas, pude distinguir una cara redonda y
chata que mordisqueaba una mazorca. Después de un año eran tres sobre la
pequeña pared, y al volver vi seis, sentados en fila, con las manos sobre las
rodillas y algunas serbas en un plato. Cada año, apenas entraba en la
habitación, levantaba la cortina y contaba algunas caras más: dieciséis,
incluidos los de allí abajo en el foso; veintinueve, ocho de ellos acurrucados
en el serbo; cuarenta y siete sin contar los del gallinero. Se asemejan,
parecen amables, tienen pecas en las mejillas, sonríen, alguno con la boca
sucia de moras. Pronto vi todo el puente lleno de tipos de cara redonda, en
cuclillas porque ya no tenían más lugar para moverse; desgranaban las mazorcas,
después roían las raspas. Así un año tras otro he visto desaparecer el foso, el
árbol, el serbo, ocultos por setos de sonrisas tranquilas, entre las mejillas
redondas que se mueven masticando hojas. No se puede creer, en un espacio
reducido como aquel campito de maíz, cuánta gente puede haber, sobre todo si se
sientan abrazándose las rodillas, quietos. Deben de ser muchos más de lo que
parece: he visto cubrirse el lomo de la colina de una multitud cada vez más
densa; pero desde que los del puente tomaron la costumbre de ponerse a
horcajadas uno sobre los hombros del otro, no consigo llegar tan lejos con la
mirada.
Este año, por fin, al
levantar la cortina, la ventana encuadra sólo una extensión de caras: de un
ángulo al otro, en todos los niveles y a todas las distancias, se ven esas
caras redondas, quietas, chatas, con un esbozo de sonrisa y en el medio muchas
manos que se sujetan a los hombros de los que están delante. Hasta el cielo ha
desaparecido. Da lo mismo que me aleje de la ventana.
No es que los movimientos me
sean fáciles. En mi cuarto nos alojamos veintiséis: para mover los pies tengo
que molestar a los que se acurrucan en el suelo, me abro paso entre las
rodillas de los que están sentados en el arcón y los codos de los que se turnan
para apoyarse en la cama: todas personas amables, por suerte.
Las ciudades escondidas. 2
No es feliz la vida en
Raissa. Por las calles la gente camina torciéndose las manos, impreca a los
niños que lloran, se apoya en los parapetos del río con las sienes entre los
puños, por la mañana despierta de un mal sueño y empieza otro. En los talleres
donde a cada rato alguien se machaca los dedos con el martillo o se pincha con
la aguja, o en las columnas de números torcidas de los negociantes y los
banqueros, o delante de las filas de vasos sobre el estaño de las tabernas,
menos mal que las cabezas agachadas te ahorran miradas torvas. Dentro de las
casas es peor, y no hay que entrar para saberlo: en verano las ventanas aturden
con peleas y platos rotos.
Y sin embargo, en Raissa hay
a cada momento un niño que desde una ventana ríe a un perro que ha saltado
sobre un cobertizo para morder un pedazo de polenta que ha dejado caer un
albañil que desde lo alto del andamio exclama: —¡Prenda mía, déjame probar! —a
una joven posadera que levanta un plato de estofado bajo la pérgola, contenta
de servirlo al paragüero que celebra un buen negocio, una sombrilla de encaje
blanco comprada por una gran dama para pavonearse en las carreras, enamorada de
un oficial que le ha sonreído al saltar el último seto, feliz él pero más feliz
todavía su caballo que volaba sobre los obstáculos viendo volar en el cielo a
un francolín, pájaro feliz liberado de la jaula por un pintor feliz de haberlo
pintado pluma por pluma, salpicado de rojo y de amarillo, en la miniatura de
aquel libro en que el filósofo dice: «También en Raissa, ciudad triste, corre
un hilo invisible que enlaza por un instante un ser viviente a otro y se
destruye, luego vuelve a tenderse entre puntos en movimiento dibujando nuevas,
rápidas figuras de modo que a cada segundo la ciudad infeliz contiene una
ciudad feliz que ni siquiera sabe que existe».
Las ciudades y el cielo. 5
Con tal arte fue construida
Andria, que cada una de sus calles corre siguiendo la órbita de un planeta y
los edificios y los lugares de la vida en común repiten el orden de las
constelaciones y las posiciones de los astros más luminosos: Antares, Alferaz,
Capilla, las Cefeidas. El calendario de las ciudades está regulado de modo que
los trabajos y oficios y ceremonias se disponen en un mapa que corresponde al
firmamento en esa fecha: así los días en la tierra y las noches en el cielo se
reflejan mutuamente.
De manera que, a través de
una reglamentación minuciosa, la vida de las ciudades transcurre en calma como
el movimiento de los cuerpos celestes y adquiere la necesidad de los fenómenos
no sometidos al arbitrio humano. A los ciudadanos de Andria, alabando sus
producciones industriosas y su sosiego espiritual, me vi movido a declararles:
—Comprendo bien que
vosotros, que os sentís parte de un cielo inmutable, engranajes de una
meticulosa relojería, os guardéis de introducir en vuestra ciudad y en vuestras
costumbres el más leve cambio. Andria es la sola ciudad que conozco a la cual
le conviene permanecer inmóvil en el tiempo.
Se miraron estupefactos.
—¿Pero por qué? ¿Y quién lo
ha dicho?
Y me llevaron a visitar una
calle colgante abierta recientemente sobre un bosque de bambú, un teatro de
sombras en construcción en el lugar de la perrera municipal, ahora trasladada a
los pabellones del antiguo lazareto, abolido por haberse curado los últimos
apestados y —apenas inaugurados— un puerto fluvial, una estatua de Tales, un
tobogán.
—¿Y estas innovaciones no
turban el ritmo astral de vuestra ciudad? —pregunté.
—Tan perfecta es la
correspondencia entre nuestra ciudad y el cielo —respondieron—, que cada cambio
de Andria comporta alguna novedad entre las estrellas. —Los astrónomos escrutan
con los telescopios después de cada mudanza que ocurre en Andria, y señalan la
explosión de una nova, o el paso del anaranjado al amarillo de un remoto punto
del firmamento, la expansión de una nebulosa, la curva de una vuelta de la
espiral de la Vía Láctea. Cada cambio implica una cadena de otros cambios,
tanto en Andria como entre las estrellas: la ciudad y el cielo no permanecen
jamás iguales.
Del carácter de los
habitantes de Andria merecen recordarse dos virtudes: la seguridad en sí mismos
y la prudencia. Convencidos de que toda innovación en la ciudad influye en el
dibujo del cielo, antes de cada decisión calculan los riesgos y las ventajas
para ellos y para el conjunto de la ciudad y de los mundos.
Las ciudades continuas. 4
Me recriminas porque cada
relato mío te transporta justo en medio de una ciudad sin hablarte del espacio
que se extiende entre una ciudad y la otra: si lo cubren mares, campos de
centeno, bosques de alerces, pantanos. Te contestaré con un cuento.
En las calles de Cecilia,
ciudad ilustre, encontré una vez a un cabrero que empujaba rozando las paredes
un rebaño tintineante.
—Hombre bendecido por el
cielo —se detuvo a preguntarme—, ¿sabes decirme el nombre de la ciudad donde
nos encontramos?
—¡Que los dioses te
acompañen! —exclamé—. ¿Cómo puedes no reconocer la muy ilustre ciudad de
Cecilia?
—Compadéceme —repuso—, soy
un pastor trashumante. Nos toca a veces a mí y a las cabras atravesar ciudades;
pero no sabemos distinguirlas. Pregúntame el nombre de los pastizales: los
conozco todos, el Prado entre las Rocas, la Cuesta Verde, la Hierba a la
Sombra. Las ciudades para mí no tienen nombre; son lugares sin hojas que
separan un pastizal de otro, y donde las cabras se espantan de los cruces y se
desbandan. Yo y el perro corremos para mantener junto el rebaño.
—Al contrario que tú
—afirmé—, yo reconozco sólo las ciudades y no distingo lo que está afuera. En
los lugares deshabitados toda piedra y toda hierba se confunde a mis ojos con
toda piedra y hierba.
Muchos años pasaron desde
entonces; he conocido muchas ciudades más y he recorrido continentes. Un día
caminaba entre ángulos de casas todos iguales: me había perdido. Pregunté a un
transeúnte:
—Que los inmortales te
protejan, ¿sabes decirme dónde nos encontramos?
—¡En Cecilia, y así no
fuera! —me respondió—. Hace tanto que caminamos por sus calles, yo y las
cabras, y no conseguimos salir…
Lo reconocí, a pesar de la
larga barba blanca: era el pastor de aquella vez. Lo seguían unas pocas cabras
peladas, que ya ni siquiera hedían, tan reducidas estaban a la piel y los
huesos. Mascaban papeles sucios en los cubos de desperdicios.
—¡No puede ser! —grité—.
También yo, no sé cuándo, entré en una ciudad y desde entonces sigo metido en
sus calles. ¿Pero cómo he hecho para llegar donde tú dices, si me encontraba en
otra ciudad, alejadísima de Cecilia, y todavía no he salido de ella?
—Los lugares se han mezclado
—dijo el cabrero—, Cecilia está en todas partes; aquí en un tiempo ha de
haberse encontrado el Prado de la Salvia Baja. Mis cabras reconocen las hierbas
de la plazoleta.
Las ciudades escondidas. 3
Una Sibila, interrogada
sobre el destino de Marozia, dijo:
—Veo dos ciudades: una del
ratón, otra de la golondrina.
El oráculo fue interpretado
así: Marozia es una ciudad donde todos corren por galerías de plomo como bandas
de ratones arrancándose de entre los dientes los restos que caen de los dientes
de los ratones más amenazadores; pero está por empezar un nuevo siglo en el que
todos en Marozia volarán como las golondrinas por el cielo de verano,
llamándose como en un juego, dando volteretas con las alas inmóviles,
despejando el aire de mosquitos y moscas.
—Es hora de que el siglo del
ratón termine y empiece el de la golondrina —dijeron los más resueltos. Y en
realidad ya bajo el torvo y sórdido predominio ratonil se sentía incubar, entre
la gente menos notoria, un impulso de golondrinas que apuntan hacia el aire
transparente con un ágil coletazo y dibujan con el filo de las alas la curva de
un horizonte que se ensancha.
Volví a Marozia años
después; la profecía de la Sibila se considera cumplida desde hace tiempo; el
viejo siglo quedó sepulto; el nuevo está en su culminación. La ciudad sin duda
ha cambiado, y quizá para mejor. Pero las alas que he visto volar son las de
los paraguas desconfiados bajo los cuales párpados pesados bajan cuando los
miran; gentes que creen volar las hay, pero apenas si se levantan del suelo
agitando hopalandas de murciélago.
Sucede, sin embargo, que,
rozando los compactos muros de Marozia, cuando menos te lo esperas ves abrirse
una claraboya y aparecer una ciudad diferente, que al cabo de un instante ha
desaparecido.
Quizá todo está en saber qué
palabras pronunciar, qué gestos cumplir, y en qué orden y ritmo, o bien basta
la mirada la respuesta el ademán de alguien, basta que alguien haga algo por el
solo gusto de hacerlo, y para que su gusto se convierta en gusto de los demás:
en ese momento todos los espacios cambian, las alturas, las distancias, la
ciudad se transfigura, se vuelve cristalina, transparente como una libélula.
Pero es preciso que todo ocurra como por casualidad, sin darle demasiada
importancia, sin la pretensión de estar realizando una operación decisiva,
teniendo bien presente que de un momento a otro la Marozia de antes volverá a
soldar su techo de piedra, telarañas y moho sobre las cabezas.
¿El oráculo se equivocaba?
No está dicho. Yo lo interpreto de esta manera: Marozia consiste en dos
ciudades: la del ratón y la de la golondrina; ambas cambian en el tiempo, pero
no cambia su relación: la segunda es la que está por librarse de la prisión de
la primera.
Las ciudades continuas. 5
Para hablarte de Pentesilea
tendría que empezar por describirte la entrada en la ciudad. Tú imaginas,
claro, que ves alzarse de la llanura polvorienta un cerco de murallas, que te
aproximas paso a paso a la puerta, vigilada por aduaneros que echan miradas
desconfiadas y torcidas a tus bártulos. Hasta que no has llegado allí, estás
afuera; pasas debajo de una arquivolta y te encuentras dentro de la ciudad; su
espesor compacto te circunda; tallado en su piedra hay un dibujo que se te
revelaría si sigues su trazado todo en espigas.
Si crees esto, te equivocas:
en Pentesilea es distinto. Hace horas que avanzas y no ves claro si estás ya en
medio de la ciudad o todavía afuera.
Como un lago de orillas
bajas que se pierde en aguazales, así Pentesilea se expande durante millas en
torno a una sopa de ciudad diluida en la llanura: conventillos pálidos que se
dan la espalda en prados híspidos, entre empalizadas de tablas y techos de
zinc. Cada tanto en los bordes del camino un espesarse de construcciones de
magras fachadas, altas altas o bajas bajas como un peine desdentado, parece
indicar que de allí en adelante las mallas de la ciudad se estrechan. Pero
prosigues y encuentras otros terrenos baldíos, después un suburbio oxidado de
oficinas y depósitos, un cementerio, una feria con sus carruseles, un matadero,
te internas por una calle de tiendas macilentas que se pierde entre manchones
de campo despeluzado.
Las gentes que uno
encuentra, si les preguntas: —¿Para Pentesilea? —hacen un gesto circular que no
sabes si quiere decir: «Aquí», o bien: «Más allá», o «Doblando», o si no: «Del
lado opuesto».
—La ciudad —insistes en
preguntar.
—Nosotros venimos a trabajar
aquí por las mañanas —te responden algunos, y otros—: Nosotros volvemos aquí a
dormir.
—¿Pero la ciudad donde se
vive? —preguntas.
—Ha de ser —dicen— por allá
—y algunos alzan el brazo oblicuamente hacia una concreción de poliedros
opacos, en el horizonte, mientras otros indican a tus espaldas el espectro de
otras cúspides.
—¿Entonces la he pasado sin
darme cuenta?
—No, prueba a seguir
adelante.
Así continúas, pasando de
una periferia a otra, y llega la hora de marcharse de Pentesilea. Preguntas por
la calle para salir de la ciudad, recorres el desgranarse de los suburbios
desparramados como un pigmento lechoso; llega la noche; se iluminan las ventanas,
ya más escasas, ya más numerosas.
Si escondida en alguna bolsa
o arruga de este mellado distrito existe una Pentesilea reconocible y digna de
que la recuerde quien haya estado en ella, o bien si Pentesilea es sólo
periferia de sí misma y tiene su centro en cualquier lugar, he renunciado a
entenderlo. La pregunta que ahora comienza a rodar en tu cabeza es más
angustiosa: fuera de Pentesilea, ¿existe un fuera? ¿O por más que te alejes de
la ciudad no haces sino pasar de un limbo a otro y no consigues salir de ella?
Las ciudades escondidas. 4
Invasiones recurrentes
afligieron la ciudad de Teodora en los siglos de su historia; por cada enemigo
derrotado otro cobraba fuerzas y amenazaba la supervivencia de los habitantes.
Liberado el cielo de cóndores hubo que enfrentar el crecimiento de las
serpientes; el exterminio de las arañas permitió multiplicarse y negrear las
moscas; la victoria sobre las termitas entregó la ciudad al poder de la
carcoma. Una por una las especies inconciliables con la ciudad tuvieron que
sucumbir y se extinguieron. A fuerza de destrozar escamas y caparazones, de
arrancar élitros y plumas, los hombres dieron a Teodora la exclusiva imagen de
ciudad humana que todavía la distingue.
Pero antes, durante largos
años, no se supo si la victoria final no sería de la última especie que quedara
para disputar a los hombres la posesión de la ciudad: los ratones. De cada
generación de roedores que los hombres conseguían exterminar, los pocos sobrevivientes
daban a luz una progenie más aguerrida, invulnerable a las trampas y
refractaria a todo veneno. Al cabo de pocas semanas, los subterráneos de
Teodora volvían a poblarse de hordas de ratas prolíficas. Finalmente, en una
postrer hecatombe, el ingenio mortífero y versátil de los hombres logró la
victoria sobre las desbordantes actitudes vitales de los enemigos.
La ciudad, gran cementerio
del reino animal, volvió a cerrarse aséptica sobre las últimas carroñas
enterradas con las últimas pulgas y los últimos microbios. El hombre había
restablecido finalmente el orden del mundo perturbado por él mismo: no existía
ninguna otra especie viviente que volviera a ponerlo en peligro. En recuerdo de
lo que había sido la fauna, la biblioteca de Teodora custodiaría en sus
anaqueles los tomos de Buffon y de Linneo.
Así creían por lo menos los
habitantes de Teodora, lejos de suponer que una fauna olvidada se estaba
despertando del letargo. Relegada durante largas eras a escondrijos apartados,
desde que fuera desposeída del sistema por especies ahora extintas, la otra
fauna volvía a la luz desde los sótanos de la biblioteca donde se conservan los
incunables, daba saltos desde los capiteles y las canaletas, se instalaba a la
cabecera de los durmientes. Las esfinges, los grifos, las quimeras, los
dragones, los hircocervos, las arpías, las hidras, los unicornios, los
basiliscos volvían a tomar posesión de su ciudad.
Las ciudades escondidas. 5
Antes que hablarte de
Berenice, ciudad injusta que corona con triglifos ábacos metopas los engranajes
de sus maquinarias trituradoras de carne (los encargados del servicio de
lustrado cuando asoman la barbilla sobre las balaustradas y contemplan los atrios,
las escalinatas, las pronaos, se sienten todavía más prisioneros y menguados de
estatura), debería hablarte de la Berenice oculta, la ciudad de los justos, que
trajinan con material de fortuna en la sombra de las trastiendas y debajo de
las escaleras, anudando una red de hilos y canos y poleas y pistones y
contrapesos que se infiltra como una planta trepadora entre las grandes ruedas
dentadas (cuando éstas se paren, un repiqueteo suave advertirá que un nuevo
exacto mecanismo gobierna la ciudad); antes que representarte las piscinas
perfumadas de las termas, tendidos a cuyo borde los injustos de Berenice urden
con rotunda elocuencia sus intrigas y observan con ojo de propietario las
rotundas carnes de las odaliscas que se bañan, tendría que decirte cómo los
justos, siempre cautos para sustraerse al espionaje de los sicofantes y a las
redadas de los jenízaros, se reconocen por el modo de hablar, especialmente por
la pronunciación de las comas y de los paréntesis; por las costumbres que
mantienen austeras e inocentes eludiendo los estados de ánimo complicados y
recelosos; por la cocina sobria pero sabrosa, que evoca una antigua edad de
oro: sopa de arroz y apio, habas hervidas, flores de calabacín fritas.
De estos datos es posible
deducir una imagen de la Berenice futura, que te aproximará al conocimiento de
la verdad más que cualquier noticia sobre la ciudad tal como hoy se muestra.
Siempre que tengas en cuenta esto que voy a decirte: en la semilla de la ciudad
de los justos está oculta a su vez una simiente maligna; la certeza y el
orgullo de estar en lo justo —y de estarlo más que tantos otros que se dicen
justos más de lo justo—, fermentan en rencores rivalidades despechos, y el
natural deseo de desquite sobre los injustos se tiñe de la manía de ocupar su
sitio haciendo lo mismo que ellos. Otra ciudad injusta, aunque siempre
diferente de la primera, está pues excavando su espacio dentro de la doble
envoltura de las Berenices injusta y justa.
Dicho esto, si no quiero que
tus ojos perciban una imagen deformada, debo señalar a tu atención una cualidad
intrínseca de esta ciudad injusta que germina secretamente en la secreta ciudad
justa: y es el posible despertar —como un concitado abrirse de ventanas— de un
latente amor por lo justo, no sometido todavía a reglas, capaz de recomponer
una ciudad más justa aún de lo que había sido antes de convertirse en
recipiente de la injusticia. Pero si se explora aún más en el interior de ese
nuevo germen de lo justo, se descubre una manchita que se extiende como la
creciente inclinación a imponer lo que es justo a través de lo que es injusto,
y quizá éste es el germen de una inmensa metrópoli…
De mi discurso habrás sacado
la conclusión de que la verdadera Berenice es una sucesión en el tiempo de
ciudades diferentes, alternativamente justas e injustas. Pero lo que quería
advertirte era otra cosa: que todas las Berenices futuras están ya presentes en
este instante, envueltas una dentro de la otra, comprimidas, apretadas,
inextricables.
El atlas del Gran Kan
contiene también los mapas de las tierras prometidas visitadas con el
pensamiento pero todavía no descubiertas o fundadas; la Nueva Atlántida,
Utopía, la Ciudad del Sol, Océana, Tamoé, Armonía, New-Lanark, Icaria.
Pregunta Kublai a Marco:
—Tú que exploras en torno y
ves los signos, sabrás decirme hacia cuál de estos futuros nos impulsan los
vientos propicios.
—Para llegar a esos puertos
no sabría trazar la ruta en la carta ni fijar la fecha de llegada. A veces me
basta un escorzo abierto en mitad mismo de un paisaje incongruente, un aflorar
de luces en la niebla, el diálogo de dos transeúntes que se encuentran en medio
del trajín, para pensar que partiendo de allí juntaré pedazo a pedazo la ciudad
perfecta, hecha de fragmentos mezclados con el resto, de instantes separados
por intervalos, de señales que uno manda y no sabe quién las recibe. Si te digo
que la ciudad a la cual tiende mi viaje es discontinua en el espacio y en el
tiempo, ya más rala, ya más densa, no has de creer que se puede dejar de
buscarla. Quizá mientras nosotros hablamos está aflorando desparramada dentro
de los confines de tu imperio; puedo rastrearla, pero de la manera que te he
dicho.
El Gran Kan estaba hojeando
ya en su atlas los mapas de las ciudades que amenazan en las pesadillas y en
las maldiciones: Enoch, Babilonia, Yahoo, Butua, Brave New World.
Dice:
—Todo es inútil si el último
fondeadero no puede ser sino la entrada infernal, y allí en el fondo es donde,
en una espiral cada vez más estrecha, nos sorbe la corriente.
Y Polo:
—El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel
que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos
estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para
muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo
más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y
saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo
durar, y darle espacio.
ITALO CALVINO,
escritor italiano. Debido al trabajo de su padre, agrónomo, nació en La Habana,
Cuba, en 1923, aunque la familia regresó a Italia dos años después. Al
finalizar la II Guerra Mundial, durante la que luchó contra los nazis en un
grupo de partisanos, se licenció en Literatura y realizó trabajos editoriales.
Su primera novela, El sendero de los nidos de araña (1947), era neorrealista.
Luego utilizó técnicas alegóricas en novelas como El vizconde demediado (1952)
o El caballero inexistente (1959). En obras posteriores, como Las cosmicómicas
(1965), Tiempo cero (1967), Las ciudades invisibles (1972) y Si una noche de
invierno un viajero (1979), queda patente su original mezcla de fantasía,
curiosidad científica y especulación metafísica. Fue, además, un consumado
cuentista, con volúmenes de relatos como Por último, el cuervo (1949) y Los
amores difíciles (1970). Falleció por un ataque de ictus cerebral, en Toscana,
Italia, en 1985.

