Libro N° 4080. El Imperio Romano. Asimov, Isaac.
© Libro N° 4080. El Imperio Romano. Asimov, Isaac. Colección E.O. Agosto 19 de 2017.
Título
original: © The Roman Empire
Versión Original: © El Imperio Romano. Isaac
Asimov
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital
de Versión original de textos:
https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2015/07/el-imperio-romano-isaac-asimov.html#more
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede
utilizar este trabajo con fines comerciales
No derivados: No se puede
alterar, modificar o reconstruir este texto.
Portada E.O. de Imagen original:
http://cloud10.todocoleccion.online/libros-segunda-mano-historia-antigua/tc/2014/06/04/11/43658033.jpg
© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL IMPERIO ROMANO
Isaac Asimov
1. Augusto
Introducción
En mi libro La República Romana[1], relaté el surgimiento
de Roma, que comenzó como una pequeña aldea a orillas del río Tíber, en Italia.
Había sido fundada, según la leyenda, en 753 a. C.; esto
es, 753 años «antes de Cristo», o antes de la fecha tradicional del nacimiento
de Jesús[2].
Durante siglos, los romanos lucharon para crear un
gobierno eficiente. Se libraron de sus reyes y crearon una república.
Elaboraron un sistema de leyes y reforzaron su dominación sobre las regiones
circundantes.
Sufrieron algunas derrotas y en un momento la ciudad fue
casi destruida por invasores bárbaros. Los romanos resistieron, sin embargo, y
en la época en que su ciudad tenía cinco siglos de antigüedad lograron la
dominación de toda Italia, Roma empezó, entonces, a emprender guerras contra
las otras grandes naciones del mundo mediterráneo. Una vez más, estuvo cerca de
la derrota, pero, una vez más, resistió hasta la victoria final. Por la época
en que la ciudad tenía ya seis siglos, era la mayor potencia de todo el
Mediterráneo.
La prosperidad y el poder acarrearon problemas, y Roma
comenzó a sufrir por las insurrecciones de esclavos, las revueltas de aliados
y, sobre todo, por las guerras desencadenadas por generales rivales.
Por un momento, pareció que llegaría la paz cuando el más
grande de los generales romanos, Julio César, reunió todo el poder en sus
manos. Pero en 44 a. C. (709 A. U. C.), César fue asesinado y comenzaron
nuevamente las guerras civiles.
Esta vez, duraron poco tiempo. El sobrino nieto de Julio
César, Octavio, se apoderó a su vez del poder y derrotó a todos sus rivales. En
29 a. C. (724 A. U. C.), finalmente llegó la paz. Terminaron las guerras de
siete siglos, tanto las grandes guerras de conquista como las terribles y
desgarradoras guerras civiles.
La guerra continuó en regiones fronterizas y lugares
distantes, pero las tierras civilizadas que rodeaban el Mediterráneo se
entregaron, gozosamente, a las alegrías de la paz. Fue en este punto donde
llegó a su fin mi libro La República Romana, y es en él donde, en este libro,
retomo el relato.
El principado
Conquistada la paz, Octavio se dispuso a reorganizar el
gobierno. Hasta su época Roma había sido gobernada por el Senado, un grupo de
hombres que provenían de familias ricas y nobles de la ciudad. Esta forma de
gobierno funcionó bien cuando Roma era un país pequeño, pero, pese a todos los
esfuerzos para adaptarla al gobierno de un gran imperio que se extendía a lo
largo de miles de kilómetros, era ya anticuada. Los senadores, muy a menudo
corruptos, saqueaban las provincias que, se suponía, debían gobernar y se
resistían a los necesarios cambios sociales internos que hubiesen debilitado su
poder.
Durante un siglo, hubo una constante oposición dentro de
Roma al partido senatorial por políticos que no eran senadores y querían parte
del poder y del botín para ellos. (Sin duda, había también idealistas en ambos
lados que hubiesen deseado un gobierno honesto y eficiente.) Tanto el Senado
como la oposición hicieron uso de la fuerza, y fue esto lo que originó medio
siglo de guerras civiles.
Julio César planeaba poner fin a esto suprimiendo el
Senado como institución puramente romana formada sólo por hombres nacidos y
educados en Italia. Comenzó a hacer el intento de introducir en el Senado a
hombres de las diversas provincias. De este modo, se establecería un gobierno
en el cual los intereses generales de todo el ámbito romano estarían
representados. Sin duda, pensó también que, en un gobierno en el cual
figurarían muchos hombres de fuera de Italia, podría hacerse proclamar rey. Los
romanos de Italia tenían un gran prejuicio contra los reyes, pero la gente de
las provincias estaba muy acostumbrada a los reyes y habría aceptado un «rey
Julio». Entonces, establecida la dominación de un solo hombre, podía imponerse
mayor orden y eficiencia en Roma, siempre que ese hombre que gobernase fuese
una persona capaz y supiese cómo gobernar, cosa que Julio César ciertamente
era.
A la larga, esto habría sido de inestimable valor para la
civilización occidental, pero la dificultad consistía en poner en práctica este
ideal de igualdad racial y nacional. Eran demasiados los romanos de Italia que
se consideraban amos de los dominios sometidos a Roma, y no estaban dispuestos
a renunciar a sus prerrogativas. Indudablemente, este prejuicio nacional tuvo
importancia en las motivaciones de los hombres que asesinaron a César.
Una vez que Octavio subió al poder, comprendió que, para
reformar el gobierno, era necesaria la supremacía de un solo hombre. Pero el
destino de su tío abuelo le enseñó a proceder con cautela. Decidió no
arriesgarse a implantar la monarquía ni a permitir que el poder se alejase de
Italia. Una y otra línea de acción le habría hecho demasiado impopular y
cernerían sobre él el puñal de un asesino. Por ello, declaró que su intención
era restaurar la república y gobernar con las viejas instituciones a las que los
romanos estaban acostumbrados.
Y lo hizo, en cierto modo. Destituyó a los senadores
introducidos por Julio César, dejando solamente a los de aceptable ascendencia
italiana. Octavio se esmeró en tratar a los senadores y al Senado con todo
respeto y en reservar todo el poder senatorial en las manos de los italianos.
Hizo que el Senado discutiese asuntos de gobierno, para gran alborozo de los
senadores, cumpliese con todas las viejas formas, hiciese recomendaciones,
tuviese voz en el gobierno de ciertas provincias y en la designación de algunos
funcionarios inferiores.
Pero era el mismo Octavio (que controlaba todos los cargos
importantes del gobierno) el que decidía quién iba a ser senador y quién no, y
esto lo sabía cada miembro del Senado. Por consiguiente, aunque hablaban
libremente, siempre terminaban decidiendo hacer exactamente lo que Octavio
quería que hiciesen.
Octavio también atrajo a su bando a los «equites». Estos
constituían la clase media del mundo romano, los hombres de negocios. Su nombre
de «equites» provenía de una palabra latina que significa «caballo», porque,
cuando eran llamados a prestar servicios en el ejército, podían costearse un
caballo y el equipo militar correspondiente. Podían servir como jinetes en la
caballería, mientras que los soldados de a pie provenían de las clases más
pobres. Se les puede llamar asimismo «caballeros», de otra voz latina que
significa «caballo», nombre que también se dio a los jinetes en los ejércitos
medievales, aunque los «caballeros» medievales eran muy diferentes de los
equites romanos.
Los equites eran suficientemente ricos como para ser
senadores, pero no pertenecían a las viejas familias senatoriales. A algunos de
ellos Octavio los hizo senadores, pero a otros los colocó en cargos
administrativos importantes. Se convirtieron en los «funcionarios públicos» del
imperio, por así decir. De este modo, las clases medias, bien tratadas, se
hicieron ardientemente leales a Octavio y sus sucesores.
Un aspecto importante del poder de Octavio fue su absoluto
dominio sobre todo el ejército. Este solo obedecía a él, pues sólo él tenía el
dinero para pagarle.
Octavio esparció cuidadosamente unos diez mil soldados a
todo lo largo y lo ancho de Italia. Estos constituyeron la «guardia pretoriana»
(nombre derivado de los días en que un general, o praetor, usaba un grupo de
soldados como su guardia de corps personal). La guardia pretoriana fue la
fuerza privada de Octavio, y constituyó su puño de hierro bajo el guante de
terciopelo de su política deliberadamente moderada. Había también una fuerza
especial de unos 1.500 hombres que formaban la policía de la misma ciudad de
Roma. Esta impidió los motines y disturbios callejeros que fueron una
característica tan acentuada del período de intranquilidad social y guerra
civil del siglo anterior a Octavio.
Pero la parte principal del ejército no permaneció en
Italia, donde generales rebeldes podían intrigar con el Senado y provocar
revueltas repentinas. En cambio, las legiones romanas (en número de veintiocho,
de seis mil hombres cada una, más fuerzas auxiliares que hacían ascender el
total a unos 400.000 hombres) fueron apostadas en las fronteras exteriores de
los dominios romanos, justamente en los lugares donde podía haber problemas con
las tribus bárbaras del otro lado de las fronteras. De este modo, se mantenía a
las tropas ocupadas y atareadas en sus propios asuntos, permaneciendo, al mismo
tiempo, bajo el control de Octavio, quien podía enviarlas a una u otra parte,
según le conviniera. Además, Octavio cuidó de que los oficiales del ejército y
las tropas de élite fuesen italianos. Esto también estableció la supremacía de
Italia sobre las provincias y aseguró que el ejército fuera dirigido por gente
que adhería a la tradición romana.
Más aún, aunque se concedió al Senado el tradicional
derecho de gobernar provincias, su gobierno quedó limitado a las provincias del
interior, donde no había ejércitos estacionados. Las provincias fronterizas,
donde sí los había, estuvieron bajo el control personal de Octavio. Y hasta las
regiones senatoriales pasaban bajo el mando de Octavio cuando éste quería
ejercer su influencia en ellas.
En otras palabras, el Senado no controlaba parte alguna
del ejército, y sabía que toda agitación por su parte lo dejaría inerme y sin
defensa frente a hombres armados que podían matarlos, si se les ordenaba, sin
ningún escrúpulo. Por ello, los senadores se comportaron juiciosamente y no
plantearon problemas.
Por cierto, en 27 a. C. Octavio anunció que los peligros
habían pasado, que la paz había sido restaurada, que todo estaba tranquilo y
que, por lo tanto, renunciaba a todos sus poderes especiales, inclusive su
control del ejército. Pero no lo decía en serio, y el Senado lo sabía. Lo que
Octavio quería era que el Senado le devolviese todos los poderes. Entonces los
tendría legalmente y nadie podría elevar contra él la acusación de ser un
«usurpador ilegal».
El Senado desempeñó su papel sumisamente. Solicitó
humildemente a Octavio que aceptase numerosos poderes, incluyendo el
fundamental: el mando de las fuerzas armadas. También le pidió que aceptase el
título de Princeps, que significaba «el primer ciudadano». (De esa palabra
deriva la nuestra «príncipe».) Por esta razón, el período de tres siglos de la
historia romana que comenzó en el 27 a. C. (726 A. U. C.) es llamado a veces
«el Principado».
Octavio también recibió ese año el título de «Augusto»,
título que anteriormente sólo se había dado a ciertos dioses. El título
implicaba que la persona del dios así llamada era responsable por el incremento
(el «aumento») del bienestar del mundo. Octavio aceptó el título, y en la
historia es más conocido como «Augusto». Por ende, así lo llamaré de aquí en
adelante.
Mientras tanto, el ejército lo consideró el «Imperator»,
que significa «comandante» o «líder». Fue un título que había llevado desde una
temprana victoria obtenida en 43 a. C., durante los desórdenes que siguieron al
asesinato de César. Esa palabra se ha convertido en «Emperador» en el
castellano moderno, por lo que Augusto es considerado el primero de los
emperadores romanos y el ámbito que gobernó es llamado el «Imperio Romano».
Sin embargo, aunque el sobrino nieto de Julio César se
había convertido en príncipe y emperador y, como Augusto, en alguien casi
divino, no se convirtió en rey. Pensó que esto no lo habrían tolerado los
romanos. Aunque tenía todos los poderes de un rey, y más aún, nunca usó el
título; le bastaba con serlo de hecho. En vez de proclamarse rey, se hizo
elegir cónsul (el cargo tradicional del poder ejecutivo romano, al que se era
elegido por un año) cada año. Puesto que los romanos siempre elegían dos cónsules,
Augusto hacía elegir a algún otro con él. En teoría, el otro cónsul tenía tanto
poder como Augusto, pero en la realidad no era así, y sabía muy bien que no
podía ni soñar con tenerlo.
Posteriormente, Augusto renunció al consulado, dejándolo
como medio de recompensar a diferentes senadores año tras año. En cambio, se
hizo tribuno vitalicio, y arregló las cosas para que este cargo tuviese más
poderes legislativos que el de cónsul. También se hizo nombrar pontifex
maximus, o sumo sacerdote, y, uno tras otro, acumuló también otros cargos
adicionales.
Como resultado de esa acumulación de cargos, controló la
dirección del gobierno mediante las viejas costumbres republicanas. Pocos,
romanos de la época percibían alguna diferencia práctica en el modo como eran
gobernados, excepto por el hecho de que ya no había guerra civil, lo cual, por
supuesto, era un gran cambio positivo.
Solamente los senadores, que soñaban con la época en que
eran los verdaderos amos, y unos pocos intelectuales idealistas sentían
realmente la diferencia. A veces soñaban con la vieja república, que, en sus
recuerdos o en las lecturas históricas, llegó a parecer mucho mejor de lo que
realmente era. Y cuanto más se remontaban en el tiempo, tanto más noble les
parecía en sus sueños.
No fue sólo el mando militar de Augusto y su autoridad
oficial lo que mantuvo la paz en Roma bajo su gobierno. Estaba también el
problema de las finanzas. La República Romana siempre tuvo un método muy
ineficaz de recaudar el dinero necesario para uso del gobierno. Los impuestos
recaudados a menudo iban a parar a los bolsillos de los recaudadores, y el
gobierno debía recurrir al saqueo directo de las tierras conquistadas. Los
ciudadanos romanos estaban libres de impuestos, como recompensa por haber conquistado
el mundo antiguo; en verdad, muchos de los ciudadanos romanos más pobres eran
mantenidos por el Estado directamente con dinero tomado de las provincias.
En el siglo anterior a Augusto, los provincianos estaban
abrumados, primero por los impuestos legales, luego por los sobornos y el robo
mediante los cuales los gobernadores provinciales se enriquecían personalmente
y, por último, por las exacciones ilegales de generales que libraban sus
guerras civiles en una provincia determinada.
Tan abrumadoras eran las exigencias financieras y tan poco
dinero iba al tesoro central que, cuando terminó el período de conquistas y las
nuevas fuentes de botín se secaron, el gobierno romano se enfrentó con la
bancarrota.
Augusto tampoco podía planear nuevas conquistas para
evitar la ruina financiera. Todas las regiones ricas del mundo civilizado al
alcance de los ejércitos romanos ya habían sido engullidas. Sólo quedaban
culturas bárbaras que, después de conquistadas, brindaban muy escasas rentas,
por mucho que se las esquilmase.
De continuar la vieja extorsión, Roma se hundiría
inevitablemente en la anarquía. Entre otras cosas, no se podría pagar a los
soldados, lo cual significaba que se rebelarían y Roma caería desgarrada en
facciones contendientes, como había ocurrido con el imperio de Alejandro Magno
tres siglos antes.
Por ello, Augusto hizo todo lo que pudo para imponer un
sistema honesto. Se otorgó a los gobernadores provinciales un generoso sueldo,
en el claro entendimiento de que toda tentativa de aumentar ese sueldo mediante
el soborno sería castigada rápida y severamente. Antes, los sobornados sabían
que el Senado haría la vista gorda con ellos porque cada senador había hecho lo
mismo en su momento o pensaba hacerlo en la primera oportunidad. Mas el
emperador no tenía necesidad alguna de sobornos, pues ya era el hombre más rico
del Imperio. En verdad, cada moneda robada por un funcionario corrupto era
dinero que se birlaba al tesoro del Emperador, por lo que no cabía esperar que
Augusto mostrase ninguna clemencia.
Además, Augusto trató de introducir reformas en el sistema
de impuestos para que un porcentaje mayor del dinero recaudado fuese a parar al
tesoro, y una parte menor al bolsillo de los recaudadores.
Innovaciones como éstas mantuvieron tranquilas y
razonablemente felices a las provincias. Podían lamentar la pérdida de poder
político que parecían a punto de alcanzar con Julio César, pero tampoco la
aristocracia romana tenía ningún poder político realmente. Y por último las
provincias podían abrigar la esperanza de gozar de un gobierno razonablemente
honesto y eficiente, lo cual era más de lo que nunca habían tenido antes, ni
siquiera bajo sus propios reyes.
Pero pese la reforma fiscal y al freno a la corrupción,
los ingresos del Imperio aún no satisfacían todas sus necesidades y gastos, en
particular porque Augusto estaba empeñado en un enorme programa de
embellecimiento de la ciudad de Roma (se le atribuye la afirmación de que la
encontró de ladrillo y la dejó de mármol), de crear una brigada de bomberos, de
extender los caminos por todo el Imperio, etc.
Augusto utilizó las necesidades financieras del Imperio
como otro modo de consolidar su dominación. Cuando derrotó a Antonio y
Cleopatra, se apoderó de Egipto, no meramente como provincia romana, sino como
su propiedad privada. A ningún senador se le permitía siquiera entrar en Egipto
sin un permiso especial.
Egipto era por entonces la región más rica del mundo
Mediterráneo. Gracias a las inundaciones anuales del Nilo, su agricultura nunca
sufría daños y sus cosechas eran enormes, de modo que sirvió de granero, o
proveedor de alimentos, a Italia. Todos los impuestos cobrados a los sufridos
campesinos egipcios iban al tesoro personal de Augusto. Lo mismo sucedía con
gran cantidad de otros dineros obtenidos mediante diversos recursos legales.
(Muchos hombres ricos legaban a Augusto parte de sus patrimonios, sea en
gratitud por la paz que había impuesto, sea -quizá- como soborno para que sus
herederos pudiesen disfrutar del resto sin problemas.)
Augusto, por tanto, podía adelantar dinero de su propia
bolsa para satisfacer muchas de las necesidades del Imperio. El lector podría
pensar que hubiera sido más sencillo que el dinero fuese directamente al
Estado, pero el razonamiento de Augusto era que, si el dinero llegaba al Estado
por el Emperador, éste podía no darlo como forma de castigo, o ganarse la
gratitud de todos si lo daba. También, sólo él podía asegurar el pago a los
soldados, de modo que sólo a él serían leales los soldados.
Augusto trató de fortalecer la posición de Italia tanto
mediante una legislación social como mediante una legislación política. Trató
de restaurar las costumbres religiosas para que fuesen lo que habían sido antes
de que los más coloridos y espectaculares cultos del Este invadieran Roma. Esos
cultos fueron llevados por los esclavos del Oriente conquistado. Puesto que la
costumbre romana permitía que esos esclavos se liberasen en ciertas
condiciones, los «libertos» no romanos -con los derechos de los hombres libres,
pero a menudo sin las tradiciones romanas- estaban aumentando de número en
Italia. Augusto no quería que la antigua población italiana fuese anegada, y
sus reformas menos admirables fueron aquellas mediante las cuales trató de
restringir la liberación de esclavos.
De esta manera, durante cuarenta y cinco años después de
conquistar el poder, Augusto gobernó a Roma en la prosperidad y, al menos
internamente, en la paz.
No hay ninguna duda de que las reformas de Augusto
señalaron un giro importante en la historia. Si no hubiese sido tan sabio como
fue o no hubiese vivido tanto tiempo, Roma habría continuado con las guerras
civiles y, tal vez, en unas pocas generaciones más se habría desmembrado en
fragmentos en decadencia. Tales como ocurrieron las cosas, el mundo romano
permaneció fuerte e intacto durante cuatro siglos. Fue tiempo suficiente para
que la cultura romana se asentara sobre gran parte de Europa tan firmemente que
ni siquiera los desastres que siguieron pudieron borrarla. Nosotros mismos
somos herederos de esa cultura.
Debe recordarse también que el cristianismo, la principal
religión del mundo occidental, evolucionó bajo el Imperio, y no se habría
expandido y desarrollado como lo hizo si un vasto dominio unido no hubiese
permitido a sus primeros misioneros viajar libremente por muchas provincias
populosas. Aún hoy, la Iglesia Católica conserva mucho de la atmósfera y del
lenguaje del Imperio Romano.
Las fronteras
Echemos ahora una rápida ojeada a la extensión del Imperio
en la época en que Augusto llegó a ser emperador, en 27 a. C.
Todas las costas del Mediterráneo pertenecían directamente
a Roma o eran gobernadas por reyes nominalmente independientes pero que eran
conscientes de estar bajo el poder absoluto de Roma. Esos reyes no podían subir
a sus tronos sin permiso romano y podían ser depuestos en cualquier momento.
Por esta razón, eran completamente sumisos al Emperador y a menudo mantenían
sus reinos satélites más seguramente bajo la dominación romana de lo que Roma
hubiera conseguido si los hubiese gobernado directamente.
Empecemos, pues, por Egipto (el patrimonio privado de
Augusto), en el extremo oriental de la costa sur del Mediterráneo, y
desplacémonos luego hacia el Oeste.
Al oeste de Egipto se hallaban las provincias de
Cirenaica, África y Numidia, en este orden. La provincia de África incluía lo
que antaño había sido el dominio de Cartago, ciudad que estuvo a punto de
derrotar a Roma dos siglos antes. La antigua ciudad de Cartago había sido
completamente destruida por Roma en 146 a. C. (607 A. U. C.), pero poco antes
de su asesinato Julio César había creado una colonia romana en ese lugar.
Surgió una nueva Cartago, una Cartago romana, que iba a mantenerse grande y
próspera durante seis siglos.
Al oeste de Numidia, en la región ocupada hoy por las
naciones modernas de Argelia y Marruecos, estaba el reino casi independiente de
Mauritania. Era así llamado porque estaba habitado por una tribu cuyos miembros
se llamaban a sí mismos «mauri». (De este nombre, los españoles posteriormente
derivaron la palabra «moros» para llamar a los habitantes del norte de África,
y de esta palabra deriva la expresión inglesa equivalente de «Moors» y el
nombre del moderno reino de Marruecos.)
El rey de Mauritania estaba casado con Cleopatra Selene,
hija de Marco Antonio y Cleopatra. Tuvo de ella un hijo llamado Tolomeo (el
nombre que llevaron catorce reyes de Egipto que precedieron a Cleopatra).
Tolomeo subió al trono en el año 18 [3].
Al norte del mar Mediterráneo estaban, al oeste de Italia,
las dos ricas regiones de España y Galia. En España (que incluía tanto al
Portugal moderno como a España propiamente dicha), los romanos entraron por vez
primera dos siglos antes de Augusto. Pero durante todo ese tiempo los nativos
de España resistieron valientemente a las armas romanas, y sólo se retiraron
paso a paso. Aun en tiempos de Augusto, la España septentrional todavía no
estaba pacificada. Los cántabros, tribu que habitaba la Bahía de Vizcaya, en el
norte de España, lucharon contra los ejércitos de Augusto durante varios años,
y no fueron sometidos hasta el 19 a. C. Sólo entonces España en su totalidad se
convirtió en un lugar pacífico y tranquilo del Imperio.
Augusto dirigió en España tanto operaciones pacíficas como
ofensivas bélicas, y fundó ciudades, dos de las cuales podemos mencionar
particularmente. Ambas recibieron nombres en homenaje a él: «Caesaraugusta» y
«Augusta Emérita» («Augusto, el Soldado Retirado»). Sobreviven hoy con nombres
deformados derivados de éstos: Zaragoza y Mérida, respectivamente.
En Galia (que incluía la Francia moderna, Bélgica y las
partes de Alemania, Holanda y Suiza situadas al oeste del río Rin) los romanos
penetraron mucho después que en España, pero su conquistador fue Julio César,
quien dio término a la tarea. Pero la frontera alpina entre Galia e Italia
permanecía en poder de las tribus nativas por la época en que Augusto se
convirtió en emperador.
Al Este de Italia está el mar Adriático. La costa opuesta
del mar Adriático formaba parte de lo que los romanos llegaron a llamar
«Illyricum», pero en castellano es más común llamarlo Iliria. Corresponde
aproximadamente a la moderna nación de Yugoslavia. Cuando Augusto se convirtió
en emperador, Roma sólo dominaba la línea costera, parte llamada a veces
Dalmacia.
Al sudeste de Iliria estaban Macedonia y Grecia, ambas
firmemente en poder de los romanos.
Al este de Grecia está el mar Egeo, y del otro lado de él
se halla Asia Menor (incluida en la moderna nación de Turquía). En el período
en que la República Romana empezó a expandirse hacia el Este, Asia Menor era un
mosaico de reinos de habla griega. Cuando Augusto llegó al poder, los reinos
del norte y el oeste de Asia Menor eran provincias romanas. El resto se hallaba
firmemente bajo la dominación romana indirecta.
Al sur de Asia Menor estaba Siria, que era provincia
romana, y Judea, con un rey nativo que gobernaba con permiso romano. Al
sudoeste de Judea, volvemos nuevamente a Egipto.
Augusto, al contemplar el Imperio, lo vio bien unido por
caminos que se extendían desde Italia hasta las provincias, en una red en
constante extensión y expansión. Y la mayoría de sus fronteras estaban
protegidas. En el sur y el oeste, estaba completamente asegurado contra las
invasiones extranjeras, pues en ambas direcciones el Imperio había alcanzado un
límite absoluto. Al oeste estaba el ilimitado océano Atlántico, y al sur de la
mayor parte del África romana el igualmente ilimitado (por lo que respecta a
los romanos) desierto del Sahara.
Al sur de Egipto, el río Nilo continuaba hasta una brumosa
fuente que era desconocida para los antiguos. Las tribus de Etiopía, que
estaban a lo largo del río inmediatamente al sur de Egipto, mil años antes de
la época de Augusto habían librado grandes guerras con Egipto. Pero esos días
habían pasado hacía mucho tiempo, y ahora Etiopía estaba en calma, en su mayor
parte. Los tolomeos de Egipto habían apostado colonias en Etiopía, pero nunca
habían intentado seriamente conquistar esa tierra.
Después de la ocupación romana de Egipto, el gobernador,
Cayo Petronio, respondió a una incursión etíope lanzando una expedición de
represalia en 25 a. C. Marchó hacia el Sur y ocupó parte de Etiopía, pero a
Augusto esto le pareció una acción inútil. Etiopía estaba demasiado lejos para
ser de alguna utilidad a Roma, y no compensaba los gastos de dinero y hombres.
Hizo volver al ejército y en lo sucesivo hubo una paz ininterrumpida en la
frontera meridional de Egipto. (Un intento poco entusiasta de cruzar el mar
Rojo desde Egipto y apoderarse del sudoeste de Arabia también fue suspendido
por Augusto.)
Al sudeste de Siria y Judea estaba el desierto árabe, que,
como el Sahara, representaba un límite para las armas romanas y una protección
contra un ataque enemigo en esa dirección. En años posteriores, el ámbito
romano se expandió un poco en el desierto, pero no muy lejos.
Al este la situación era más peligrosa. Allí estaba la
única potencia organizada que lindaba con los dominios romanos y era realmente
independiente y hasta hostil a Roma. Era Partia, que se extendía por la región
ocupada principalmente por el Irán moderno.
Partia era realmente una restauración de la antigua
monarquía persa, que había sido resquebrajada y destruida tres siglos antes por
Alejandro Magno. («Partia» es una forma de «Persia».) La cultura griega había
penetrado en el ámbito parto bajo los sucesores de Alejandro, pero nunca echó
allí raíces fuertes.
La mayor parte de la sección asiática del imperio de
Alejandro cayó en manos de su general Seleuco, después de la muerte de
Alejandro, por lo cual se la llamó el Imperio Seléucida. Cuando éste se
debilitó, las tribus partas conquistaron su independencia, alrededor del 250 a.
C., y extendieron su poder hacia el Oeste a expensas de sus viejos amos.
En 64 a. C. Roma se anexó el resto del Imperio Seléucida
(por entonces limitado a Siria) e hizo de él una provincia. Entonces, se
enfrentó directamente con Partia, en el Este. En 53 a. C. (700 A. U. C.), un
ejército romano atacó a Partia sin que mediase provocación alguna y sufrió una
catastrófica derrota. Partia se apoderó de las banderas de las legiones
derrotadas, algo que para Roma era una gran deshonra.
Quince años más tarde, ejércitos romanos invadieron Partia
nuevamente y lograron algunas victorias. Esto constituyó de algún modo una
venganza, pero Partia conservaba las banderas capturadas. Después de esto,
empezó un largo tira y afloja entre Roma y Partia, en el que el reino de
Armenia era la cuerda que se tiraba de una y otra parte.
Armenia está ubicada en el borde oriental de Asía Menor,
inmediatamente al sur de los montes del Cáucaso. Los ejércitos romanos
penetraron primero en Armenia por el 70 a. C. e impusieron su influencia sobre
el reino. Pero tan pronto como los romanos ponían a uno de sus satélites en el
trono armenio, los partos se las arreglaban para reemplazarlo por otro de los
suyos.
Augusto no se sintió en condiciones de resolver el
problema mediante una gran conquista. Era una pesada tarea reformar la política
financiera del Imperio, y el dinero era escaso. Los gastos de una guerra contra
los partos seguramente harían fracasar sus reformas y podía enfrentarse con una
derrota que arruinase su prestigio. Por ello, decidió ejercer una presión
cuidadosa, mínima, sobre Partia.
Como de costumbre, dos candidatos -un títere romano y otro
parto- reñían por el trono armenio. Usando como excusa el pedido de ayuda por
el títere romano, Augusto envió un ejército romano a Armenia bajo el mando de
su hijastro. El títere romano fue puesto en el trono, y el títere parto fue
derrotado y muerto.
Partia no estaba con ánimo de combatir, pues tenía sus
propios problemas internos, y cuando Augusto insinuó su disposición a firmar un
tratado de paz, aprovechó de buena gana la oportunidad. En 20 a. C. se
restableció la paz y Partia convino en devolver los pendones de batalla
capturados treinta y tres años antes. El honor romano quedó satisfecho y la
prudencia de Augusto fue magníficamente recompensada.
(Sin embargo, Armenia no quedó firmemente en manos
romanas. Durante mil años iba a ser un Estado tapón que caía bajo la influencia
romana o escapaba de ella según las mareas cambiantes de la guerra.)
Los germanos
Al norte de la parte europea del imperio la situación era
también diferente. Allí no había desiertos casi vacíos de hombres, ni había un
reino establecido y más o menos civilizado con el cual pudiera firmarse la paz.
En cambio, había montañas y bosques sin caminos habitados por guerreros
bárbaros. Los romanos los llamaban «Germani», de donde proviene nuestra voz
«germanos».
La primera experiencia romana con los germanos tuvo lugar
en 113 a. C., cuando los cimbrios y los teutones abandonaron sus tierras
tribales de alguna parte de la costa norte alemana y se desplazaron hacia el
Sur. Finalmente fueron derrotados en el sur de la Galia y el norte de Italia,
pero Roma quedó herida. Comprendió que en el Norte apuntaba un serio peligro.
El peligro fue eliminado en parte en el 51 a. C., cuando
Julio César conquistó la Galia y estableció el poder romano sobre el río Rin.
Si las legiones romanas acampaban estratégicamente a lo largo de la costa
occidental del Rin, esos ejércitos y el mismo Rin serían una formidable barrera
contra los germanos, barrera que, de hecho, se mantuvo (aunque con ocasionales
filtraciones) durante más de cuatro siglos.
César fue aún más allá. En dos ocasiones, en 55 a. C. y 53
a. C., envió pequeñas fuerzas a efectuar incursiones del otro lado del Rin, en
Germania. No lo hizo con la intención de conquistar la Germania, sino para que
los germanos adquirieran conciencia del poderío romano y mantenerlos en calma.
Al este de la Galia, la frontera romana era menos satisfactoria. Corría a lo
largo de una desigual línea de territorio montañoso que no estaba muy bien
definido ni era fácil de defender. Pero a unos 250 kilómetros al norte de la
frontera corría el gran río Danubio, que atraviesa Europa de Oeste a Este.
Parecía necesario llegar al Danubio e interponer allí otra barrera claramente
marcada y fácil de defender entre los dominios romanos y los bárbaros del
Norte.
Por ello, Augusto envió sus ejércitos hacia el Norte en la
principal guerra agresiva de su reinado. Pero ni siquiera este avance
constituyó un verdadero imperialismo: fue un anhelante intento de llegar a una
línea que pudiese ser defendida; una tentativa de conquistar para poner fin con
seguridad a las conquistas.
Lenta y tenazmente, los ejércitos romanos avanzaron,
primero, apoderándose de las regiones montañosas alpinas que formaban un
semicírculo alrededor del norte de Italia. Luego, en 24 a. C., Augusto fundó la
ciudad de «Augusta Pretoria» («Augusto el General»), ciudad que sobrevive con
el nombre de Aosta.
Los territorios situados al norte y el este de los Alpes
también fueron ocupados. Iliria se hizo romana, y al este de ella se creó la
provincia de Mesia (que abarcaba lo que es hoy el sur de Yugoslavia y el norte
de Bulgaria). Al norte de Italia e Iliria, la tierra del Danubio luego fue
dividida en tres provincias, que eran, de Oeste a Este, Recia, Nórica y
Panonia. Aproximadamente, corresponden a las modernas Baviera, Austria y
Hungría occidental, respectivamente.
Para el 9 a. C. las legiones romanas estaban apostadas a
lo largo del Danubio desde su desembocadura hasta su fuente. Hubo algunas
rebeliones que fue menester aplastar más tarde, pero esto sólo es un detalle.
El único territorio de toda la región que mantuvo su autogobierno fue Tracia
(en lo que es hoy el sur de Bulgaria). Puesto que Tracia no estaba realmente
sobre el Danubio, y puesto que los caciques locales estaban firmemente bajo
influencia romana, quedó sin ser anexada durante otro medio siglo.
Habría sido conveniente para Augusto dejar las cosas así,
y con toda probabilidad ésta fue su intención. Desgraciadamente, a menudo es
más fácil hacer la guerra que establecer la paz. Los germanos no deseaban el
establecimiento del fuerte poderío romano sobre la Galia. Teniendo en
consideración la historia pasada de Roma, parecía casi seguro que luego Roma
trataría de conquistar la Germania.
Varias tribus germánicas intentaron formar una
confederación, para presentar un frente unido contra los romanos. Además,
hicieron todo lo posible por fomentar la revuelta en la Galia. En ambos
aspectos, tuvieron algún éxito, pero no el suficiente. Era difícil unir a todas
las tercas tribus germánicas, y algunas rechazaban todo intento de llevar una
acción unificada. Por añadidura, las rebeliones galas fueron aplastadas tan
pronto estallaron.
A los generales romanos de la región les parecía que el
paso sensato siguiente era invadir Germania. Era el único modo de asegurar la
pacificación de la Galia y podía servir para impedir la formación de una
peligrosa unión germánica en caso de que las pendencieras tribus hallasen
alguna vez un jefe dinámico que pudiera imponerles la unidad contra su
voluntad.
Los generales a los que aludimos eran dos hijastros de
Augusto.
Augusto nunca tuvo hijos propios, pero en 38 a. C., antes
de llegar al poder, se enamoró y se casó con Livia Drusila, joven -sólo tenía
diecinueve años- astuta y capaz, apropiada en todo aspecto para ser la esposa
de Augusto. Cuando éste (todavía llamado Octavio a la sazón) se enamoró de
ella, ya estaba casada, pero eso no constituía ningún obstáculo en la Roma de
aquellos tiempos. Augusto obligó a su marido a divorciarse de ella. (Había
tenido antes dos esposas, de las cuales se había divorciado. El divorcio era
muy fácil en la Roma de entonces, y muy común entre las clases superiores.)
Por la época del matrimonio con Livia, ésta ya tenía un
hijo de cuatro años y estaba embarazada de otro. Ambos llegaron a ser capaces
generales.
El mayor era Tiberio (Tiberio Claudio Nerón César), quien,
cuando sólo tenía veinte años, ya luchaba en las campañas contra los cántabros
en el norte de España. Dos años después, en 20 a. C., fue él quien condujo los
ejércitos romanos a Armenia e hizo posible recuperar las banderas romanas de
los partos. Luego fue enviado en ayuda de su hermano menor, Druso (Claudio
Nerón Druso), en las batallas del norte de Italia que condujeron al
establecimiento de la frontera en el Danubio.
En 13 a. C., Tiberio y Druso fueron enviados a la Galia
para custodiar el Rin, pero hubo revueltas a lo largo del Danubio y Tiberio
tuvo que acudir al escenario de la guerra. Druso quedó solo en el Rin, y actuó
bien. Cuando una tribu germánica hizo una incauta correría por la Galia, en 12
a. C., Druso la rechazó y luego la persiguió al otro lado del Rin. En los tres
años siguientes hizo marchas y contramarchas, siempre victorioso (aunque una
vez cayó en una emboscada y habría sido derrotado si los germanos -demasiado
seguros de la victoria- no se hubiesen descuidado y caído en el desorden en su
anhelo de comenzar el saqueo).
En 9 a.C. (744 A. U. C.), Druso llegó al río Elba, a 400
kilómetros al este del Rin, línea que es hoy la frontera entre Alemania
Occidental y Alemania Oriental.
Es concebible que, bajo la dirección de Druso, Roma habría
conquistado Germania, y la historia del mundo hubiera sido diferente. Hasta es
posible que Roma hubiese podido avanzar hasta la línea de los ríos Vístula y
Dniester, que corren del mar Báltico al mar Negro. Esta habría sido una
frontera mucho más corta que el Rin y el Danubio, y mucho más fácil de
defender. Los germanos del interior del Imperio hubiesen sido civilizados y
romanizados y… bueno, la imaginación se sobresalta, y de todos modos no ocurrió,
de modo que, ¿para qué seguir hablando de ello?
En el camino de vuelta del Elba al Rin, el caballo de
Druso tropezó y lo arrojó al suelo. Las heridas que sufrió fueron fatales. Sólo
tenía treinta y un años cuando murió, y su muerte fue una gran pérdida para
Roma.
Augusto inmediatamente reemplazó a Druso por Tiberio, y
las cosas podían haber seguido bien. Tiberio procedió a asegurarse de que los
germanos no se volviesen demasiado confiados por la muerte de Druso. Repitió la
hazaña de su hermano de llevar su ejército ida y vuelta entre el Rin y el
Danubio.
Desgraciadamente, Tiberio estaba pasando por una tragedia
personal.
Al parecer, Augusto tenía una hija, Julia, de su primer
matrimonio, y puesto que ella era su único descendiente, los hijos que ella
tuviese podían suceder a Augusto como emperador. Ella tenía cinco vástagos,
tres de ellos varones, pero en 12 a. C. su marido murió y quedó viuda a la edad
de veintisiete años. Livia, su madrastra, vio aquí una oportunidad. Si podía
arreglar un matrimonio entre la joven viuda y su hijo Tiberio, esto aumentaría
la probabilidad de que Tiberio fuese el siguiente emperador, si los hijos de
Julia eran demasiado pequeños para gobernar cuando Augusto muriese. Pues
entonces Tiberio no sólo sería hijastro de Augusto, sino también su yerno.
Augusto fue convencido por Livia (quien ejercía gran
influencia sobre él). Sólo había un obstáculo para el plan de Livia. Tiberio,
según parece, estaba ya casado con una mujer a la que amaba tiernamente. Pero
Augusto lo obligó a divorciarse y a casarse con Julia, que era una mujer
frívola e inmoral a quien el sombrío y moral Tiberio no soportaba. Este
matrimonio forzado desgarró el corazón de Tiberio y le dejó una marca de la que
nunca se recuperaría.
Después de su campaña en Germania, Tiberio sintió que no
podía soportar más la situación y obtuvo permiso para retirarse a la isla
griega de Rodas, donde podía estar lejos de su odiada segunda mujer y ahogar
sus penas en el exilio.
Augusto, en verdad, estaba colérico ante esta conducta de
su reciente yerno, pues pensaba que era abandonar sus deberes militares y
comportarse de modo insultante con Julia. Por ello, más tarde, cuando Tiberio
pidió permiso para retornar a Roma de su exilio autoimpuesto, primero se le
rehusó y luego se le concedió sólo a regañadientes. En realidad, no volvió a
intervenir en asuntos de Estado hasta el año 5, cuando fue necesario apelar a
sus servicios militares para aplastar una rebelión en Panonia. Tiberio hizo su
labor hábilmente, y en el 9 la región estaba pacificada.
Durante el período de quince años en el cual Tiberio
estuvo alejado de Germania, la región había quedado en manos inferiores con
espantosos resultados para Roma y el mundo. En verdad, el matrimonio forzado de
Tiberio fue costoso para todo el mundo, entonces y ahora.
En el año 7, Augusto había decidido que veinte años de
ocupación romana habían convertido a la región situada entre el Rin y el Elba
en una sólida propiedad romana. Decidió organizaría como provincia romana y,
para tal fin, envió a Publio Quintilio Varo a Germania. Varo había sido cónsul
en 13 a. C. y luego había gobernado Siria, con más corrupción de la que cabría
esperar de un empleado de Augusto.
Varo emprendió la tarea de romanizar a los germanos con
gran arrogancia y sin ningún tacto. Inmediatamente despertó pensamientos de
revuelta en los germanos. Hallaron un líder en el joven de veinticinco años
Arminio (forma latina del nombre germánico Hermann). Arminio había servido en
los ejércitos romanos. Había aprendido latín, se había romanizado y hasta
conquistado la ciudadanía romana. Pero todo esto no significaba que estuviese
dispuesto a someterse a la arrogancia romana del tipo que Varo representaba.
Arminio inició una campaña de astuto engaño. Se ganó la
confianza de Varo y lo persuadió, en el 9, a que abandonase la seguridad de la
fortificación del Rin y estableciese su campamento en lo profundo de Germania.
Arminio luego organizó una pequeña revuelta para atraer a Varo aún más lejos en
los bosques germánicos, mientras Arminio y su contingente germano seguían el
mismo camino como retaguardia. Una vez que Varo estuvo suficientemente
despistado en la parte de los bosques llamada el Teutoburger Wald, a unos 130
kilómetros al este del Rin, Arminio se alejó. A una señal convenida, levantó al
país y lanzó un repentino y arrollador ataque desde todas partes que cayó como
un rayo sobre Varo, quien no sospechaba nada pero estaba totalmente rodeado.
Varo y sus hombres lucharon valientemente, pero era una
causa sin esperanza. En tres días, tres legiones romanas fueron totalmente
destruidas.
La noticia cayó en Roma como el tañido de la muerte.
Durante más de dos siglos, ninguna derrota similar había abatido a un ejército
romano. Augusto quedó postrado de dolor. No podía en modo alguno reemplazar las
tres legiones sin imponer una inaceptable carga fiscal al Imperio, por lo que
el ejército romano quedó reducido de veintiocho a veinticinco legiones por
largo tiempo. Se cuenta que Augusto golpeaba su cabeza contra las paredes de su
palacio gritando: «¡Varo, Varo, devuélveme mis legiones!».
Pero Varo no se las devolvió. Había muerto junto con sus
hombres.
Tiberio se abalanzó al frente y rápidamente condujo
expediciones al otro lado del Rin para demostrar a los germanos que Roma aún
era poderosa y desanimar a los germanos de todo intento de coronar su victoria
invadiendo la Galia.
Pero las marchas de Tiberio contra los germanos no
tuvieron mayor importancia. No hubo ningún intento de conquistar la Germania,
ni entonces ni nunca más. La frontera romana, que había estado tan corto tiempo
ubicada en el Elba, fue retirada al Rin (aunque fuerzas romanas continuaron
ocupando la línea costera de lo que es hoy Holanda y Frisia, al este del Rin) y
allí quedó.
La batalla del Teutoburger Wald fue verdaderamente una de
las batallas decisivas de la historia del mundo. Los germanos conservaron su
independencia y nunca sintieron el cálido roce de la romanización, excepto
desde lejos. Y cuatro siglos más tarde, las tribus germánicas, aun libres y aún
bárbaras, iban a volverse contra Roma y a hacerla pedazos.
La época de Augusto
En el reinado de Augusto, pacífico en Italia y en las
provincias asentadas, hubo un florecimiento de la cultura. La «época de
Augusto» de la literatura latina, junto con el período anterior en el que se
destacó el orador Cicerón, fue la Edad de Oro cultural de Roma.
El mismo Augusto se interesaba mucho por la literatura y
estimulaba y apoyaba a los escritores. Aún más notable en este aspecto era un
íntimo amigo y ministro de Augusto, Cayo Cilnio Mecenas. Este había estado
siempre junto a Augusto, desde su edad escolar. Durante los últimos años de las
guerras civiles había permanecido en Roma, al cuidado de los asuntos internos,
mientras Augusto libraba las batallas finales. Con el advenimiento de la paz,
fue Mecenas quien urgió a Augusto a no restablecer la república, arguyendo que
todos los viejos desórdenes surgirían nuevamente.
Por el 16 a. C., Mecenas, que para entonces era
inmensamente rico, se retiró de la vida pública y usó sus riquezas para
continuar y ampliar su afición favorita, que era la de apoyar y estimular a los
artistas, escritores y sabios de Roma. Tan famoso se hizo a este respecto que
la expresión «Mecenas» ha sido aplicada a todo hombre rico dedicado al
patrocinio de las artes.
El autor más prominente que se benefició del patronazgo de
Mecenas fue Publius Vergilius Maro, comúnmente conocido en castellano como
Virgilio.
Virgilio nació en el 70 a. C. en una granja cercana a
Mantua. Después de la batalla de Filipos, en la que Augusto obtuvo el triunfo
final contra los asesinos de César, los soldados victoriosos fueron
recompensados con lotes de tierra en Italia. (Esta era una práctica común
durante las guerras civiles.) El padre de Virgilio fue expropiado de su granja
en 42 a. C. para darla a uno de esos soldados.
Pero Virgilio ya había ganado alguna reputación como poeta
y era conocido de uno de los generales de Augusto, Cayo Asinio Polión (que era
él mismo poeta y orador), quien tenía bajo su mando esa región de Italia.
Asinio Polión hizo que se devolvieran sus tierras a Virgilio y lo presentó a
Mecenas.
Las obras de Virgilio consisten, primero, en una serie de
poesías cortas llamadas las Églogas. De ellas, la Cuarta Égloga, escrita en 40
a. C., habla del inminente nacimiento de un niño que crearía un nuevo reino de
paz en el mundo. Nadie sabe exactamente a quién se refería. Quizá pretendía
sencillamente halagar a uno de sus protectores cuya esposa estuviese en cinta.
Pero los cristianos posteriores juzgaron posible que fuese una predicción (tal
vez inconsciente) del nacimiento de Jesús, y por esta razón adquirió gran
importancia en la leyenda cristiana. En la Divina Comedia de Dante, escrita
trece siglos más tarde, es Virgilio quien guía a Dante por el Infierno.
A sugerencia de Mecenas, Virgilio compuso las Geórgicas,
en elogio de la agricultura y la vida campesina. (El nombre proviene de una
palabra griega que significa «granjero».) El propósito puede haber sido
estimular un resurgimiento de la agricultura en Italia, pues éste era uno de
los fines de Augusto.
(Augusto, en verdad, trató de restaurar entre los romanos
todas las supuestas virtudes de días más sencillos, en los que se pintaba a sus
venerados antecesores como labradores veraces, honestos, responsables,
valientes y muy trabajadores, y eran también leales maridos, nobles padres y
patriotas devotos. Desgraciadamente, Augusto no lo consiguió, pues en muchos
aspectos la Italia de su tiempo era un complejo ejemplo de «sociedad opulenta»,
como la nuestra de hoy. Los artículos de lujo afluían en cantidad de todas las
partes del Imperio, y las clases superiores no tenían nada que hacer como no
fuese divertirse. Se casaban muchas veces, se divorciaban fácilmente, comían,
bebían y gozaban del ocio. En cuanto a las clases más pobres, tenían alimento
gratuito y cantidad de espectáculos y juegos para divertirlas. Los moralistas
desaprobaban esto y comparaban a Roma desfavorablemente con otras naciones y
con sus propios antepasados, pero pese a todas sus palabras duras la situación
no cambió. Y aunque las Geórgicas de Virgilio son consideradas como el latín
perfecto, eran leídas principalmente por las clases ociosas y no provocaron una
masiva vuelta de los aristócratas al campo.)
Virgilio dedicó sus años posteriores a un gran poema épico
en doce libros llamados La Eneida, comenzado, se supone, a pedido del mismo
Augusto. En cuanto a la trama, La Eneida en realidad es una pálida imitación de
Homero. El héroe (bastante anémico) es el guerrero troyano Eneas, y el poema
relata su huida de Troya incendiada y su largo viaje lleno de aventuras que lo
llevan finalmente a Italia, donde pone los cimientos para la futura fundación
de Roma por sus descendientes. También se le atribuye un hijo llamado Julio,
del cual habría descendido la familia Julia (Julio César y Augusto, inclusive).
El poeta trabajó en el poema épico muchos años y aún lo
estaba puliendo cuando murió, en 19 a. C. Insatisfecho con todo lo que no fuese
perfecto, dejó orden de que se quemase el manuscrito. Pero Augusto lo impidió
y, después de algunos toques finales dados por otros, La Eneida fue publicada.
Virgilio es considerado generalmente como el más grande de los poetas romanos.
El segundo era Horacio (Quintus Horatius Flaccus), hijo de
un liberto, nacido en 65 a. C. en el sur de Italia y educado en Roma y Atenas.
Estaba claramente destinado para la vida literaria, pues su intento de ser un
soldado fue desastroso. Mientras estaba en Atenas, Julio César fue asesinado y
Horacio se unió al ejército levado en Grecia por los asesinos. En la batalla de
Filipos, donde Horacio prestó servicio como oficial, se dio a la fuga para
alcanzar una poco gloriosa seguridad.
Horacio no perdió la vida por el crimen de haber estado en
el bando perdedor, pero sí perdió la propiedad de su familia en Italia. Se
marchó a Roma para tratar de ganarse la vida, y allí atrajo la atención de
Virgilio, quien lo presentó a Mecenas, el cual, a su vez, hizo que se le
proporcionase una granja para permitirle lograr la necesaria independencia
financiera. Su obra pronto le ganó la atención de Augusto, y sus breves poemas,
odas y sátiras conservan su popularidad hasta hoy. Murió en 8 a. C., poco después
de la muerte de Mecenas.
El último de los grandes poetas de la época de Augusto fue
Ovidio (Publius Ovidius Naso), quien nació en 43 antes de Cristo a unos ciento
diez kilómetros al este de Roma. Tenía medios independientes de vida y gozó de
la vida, sobre todo porque sus poemas fueron suficientemente populares durante
su vida como para conseguir ricos protectores y, de este modo, mantener su
independencia de medios.
Pero sus poemas trataban del amor tan descaradamente que
escandalizaron al mojigato Augusto y a los hombres del gobierno que ansiaban
reformar las costumbres romanas. El libro más famoso de Ovidio es Las
Metamorfosis, que es una nueva narración de mitos griegos en versos latinos.
Los mitos por lo general eran bastante obscenos también, y es obvio que Ovidio
gozaba con ello.
Posteriormente, se vio envuelto en un escándalo que
concernía a la frívola hija de Augusto, Julia. El emperador, con el corazón
destrozado, exilió a su hija y nunca la perdonó, y ciertamente no estaba
dispuesto a perdonar a ninguno de sus cómplices. Ovidio, a quien Augusto
desaprobaba de todos modos, fue enviado al exilio en el año 8. Pasó los últimos
ocho años de su vida en una villa bárbara de la desembocadura del Danubio, y
aunque escribió gran cantidad de poemas melancólicos para que Augusto lo perdonase
y le permitiese volver a Roma, fracasó en todos sus intentos. Murió en el
exilio el año 17.
El más grande prosista de la época de Augusto fue Livio
(Titus Livius), nacido en Padua en 59 a. C. Aunque durante toda su vida expresó
abiertamente simpatías republicanas, Augusto lo toleró con buen humor, ya que
Livio no intervenía en política y estaba totalmente dedicado a la vida
literaria.
A pedido de Augusto, escribió una enorme historia de Roma
desde el tiempo de su fundación hasta la muerte de Druso. Eran en total 142
libros, y habría agregado varios más para continuar la historia hasta la muerte
de Augusto, pero su propia muerte en 17 le impidió hacerlo.
Livio fue el más popular de todos los historiadores
romanos, tanto en su propia época como posteriormente, aunque, lamentablemente,
sólo sobreviven 35 de los 142 libros. Conocemos los otros por resúmenes, pero
claro que no es lo mismo. Livio escribió con la intención de hacerse popular, y
éste es su punto débil. En su ansiedad de contar historias interesantes y
seducir la imaginación del lector, reprodujo todo género de mitos y leyendas,
sin preocuparse en lo más mínimo por su verosimilitud.
La mayor parte de nuestro conocimiento de la historia
romana proviene de los escritos que han llegado hasta nosotros de los mismos
historiadores romanos. En la mayoría de los casos, como en el de Livio, sólo
parte de esos escritos han sobrevivido. Fueron los accidentes de la
supervivencia los que nos permiten conocer algunas partes de la historia romana
con gran detalle, mientras que de otras sólo tenemos un somero conocimiento.
Los judíos
Sin embargo, el suceso más destacado del reinado de
Augusto y, muy probablemente, el más importante de la historia civilizada, no
fue una conquista o una derrota, una reorganización o una reforma, una obra de
arte o de la literatura. Fue sencillamente el nacimiento de un oscuro individuo
en un oscuro rincón del Imperio, hecho que pasó inadvertido en la época.
Al sur de Siria estaba Judea. Sus habitantes (los judíos)
tenían una religión férreamente monoteísta que hacían remontar a casi dos mil
años atrás, al patriarca Abraham. Durante cuatro siglos, del 1000 a. C. al 600
a. C., se enorgullecieron de tener un reino independiente, que había tenido
cierto poder al principio, bajo el conquistador rey David, pero luego decayó
gradualmente.
En 586 a. C. (166 A. U. C.), el reino fue destruido por
los babilonios. Menos de un siglo más tarde, los babilonios, a su vez, fueron
conquistados por los persas, quienes permitieron a los judíos reconstruir su
templo en su antigua capital, Jerusalén.
Los judíos permanecieron en Judea, bajo la dominación
persa, sin rey y sin poder político o militar, pero aferrados a su religión y
sus recuerdos de la pasada independencia. Los persas fueron sucedidos por el
imperio de Alejandro Magno, y éste por el Imperio Seléucida. En 168 a. C., el
monarca seléucida Antíoco IV declaró ilegal el judaísmo y trató de convertir a
los judíos, de una vez por todas, a la cultura y el modo de vida griegos. La
alternativa era la extinción.
Los judíos se rebelaron y, bajo el liderazgo de Judas
Macabeo y sus hermanos, conquistaron su independencia de los seléucidas.
Durante casi un siglo, la mantuvieron bajo la dinastía de los macabeos, y Judea
pudo gozar de un corto período de libertad, aunque bajo reyes que no eran de la
reverenciada «casa de David».
En 63 a. C., los romanos estaban poniendo en orden el
Este. Por entonces, miembros de la familia macabea estaban luchando entre sí
por el derecho a gobernar Judea, y el bando perdedor apeló a los romanos. El
general romano pensó que lo más seguro era suprimir totalmente el reino macabeo
y poner en el gobierno de Judea a alguien que fuese decididamente pro romano.
Lo hizo poniendo a un cierto Antípatro en el gobierno de Judea.
La astucia de la medida estaba en que Antípatro no era
realmente un judío, sino un idumeo (o edomita, en el lenguaje de la Biblia).
Idumea, o Edom, estaba inmediatamente al sur de Judea y, aunque la región había
sido conquistada por los macabeos y sus habitantes fueron obligados a
convertirse al judaísmo, había una tradicional enemistad entre los dos pueblos
vecinos que se remontaba a más de mil años atrás. Los judíos pensaban que el
idumeo Antípatro era un extraño, por mucho que adhiriera al judaísmo, y se
resentían de su gobierno, por muy justo y eficiente que tratase de hacerlo. Los
romanos sabían, pues, que nunca podría contar con sus propios súbditos y
tendría que depender totalmente de Roma para su protección.
El segundo hijo de Antípatro era Herodes. En 37 a. C.
subió al gobierno de Judea. Pero la región estaba agitada, y Herodes halló
difícil permanecer en el poder.
Trató de ganarse al pueblo judío practicando el judaísmo y
mejorando el Templo de Jerusalén hasta el punto de que superó al Templo
original de Salomón. Pero era un hombre cruel y receloso que se casó unas diez
veces y no tenía ningún escrúpulo en ordenar la ejecución de esposas e hijos a
los que juzgaba peligrosos. (Se dice que Augusto, después de enterarse de una
de esas ejecuciones, exclamó: «Preferiría ser el cerdo de Herodes a ser el hijo
de Herodes».)
Los judíos detestaban a Herodes, y entre ellos una
esperanza había ido creciendo durante algún tiempo. A medida que los siglos
pasaban y un pueblo tras otro -babilonios, persas, griegos y romanos- los
tiranizaban, empezaron a soñar en que algún día un descendiente de David
retornaría para convertirse en su rey y devolverles la independencia y su
legítimo lugar en el mundo.
Puesto que los judíos consagraban a sus reyes ungiéndolos
con aceite sagrado, llamaban al rey «el ungido», así como los modernos que
consagran a sus reyes coronándolos los llaman «testas coronadas». En hebreo la
expresión «el ungido» es «mesías». Los judíos, pues, esperaban la llegada del
«mesías».
Recordaban siempre el ejemplo de Judas Macabeo, que había
derrotado a los reyes seléucidas cuando eso parecía imposible. Otro hombre
semejante, más grande aún, podía derrotar a Roma.
Otros judíos, conscientes del hecho de que Roma era mucho
más fuerte en tiempo de Augusto que el Imperio Seléucida en la época de Antíoco
IV, confiaban menos en una solución puramente militar. En cambio, empezaron a
pensar en términos de un mesías místico y sobrenatural; un mesías que haría más
que liberar solamente Judea y cuyo advenimiento iniciaría un nuevo reino de
justicia y santidad en la Tierra, mientras todo el mundo rendiría culto al
único Dios verdadero.
En la Judea de aquellos años, muchos individuos pretendían
ser el mesías y siempre había quienes estaban dispuestos a creer en el carácter
mesiánico de cualquiera que se lo atribuyese. Hubo revueltas bajo el liderato
de tales hombres, todas las cuales fueron derrotadas. Herodes y los romanos
estaban cautelosamente al acecho de todos esos supuestos mesías, pues los
consideraban como una fuente invariable de todo género de problemas y
perturbaciones.
Según el relato del Capítulo II del Evangelio según San
Mateo, del Nuevo Testamento, el nacimiento de un niño llamado Jesús (forma
griega de Josué) en Belén, a finales del reinado de Herodes cumplía las
diversas profecías concernientes al mesías que aparecían en varias partes de
los libros del Antiguo Testamento. Herodes, al oír los rumores del nacimiento
de tal niño, ordenó que fueran muertos todos los niños de Belén de menos de dos
años, pero el niño Jesús logró escapar a Egipto.
No hay ningún testimonio de este suceso en ninguna parte
excepto en el Nuevo Testamento, y lo menciono sólo porque es importante para
establecer el tiempo del nacimiento de Jesús.
Unos cinco siglos después de la época de Herodes, un monje
sirio llamado Dionisio Exiguo, después de hacer un cuidadoso estudio de la
Biblia y de los testimonios históricos romanos, decidió que el nacimiento de
Jesús había tenido lugar en 753 A. U. C. Esto fue aceptado, en general, por el
pueblo europeo, por lo que el 753 A. U. C. se convirtió en el año de la Era
Cristiana, y la fundación de Roma fue ubicada en el 753 a. C.
Pero Dionisio debe de haber cometido un error, porque es
totalmente seguro que Herodes murió en el 749 A. U. C., que es, según el
cálculo de Dionisio, el 4 a. C. Si Herodes se hubiese inquietado por las
noticias del nacimiento de Jesús, entonces Jesús no puede haber nacido después
del 4 a, C., y posiblemente hasta algunos años antes. (Es extraño pensar que
Jesús nació cuatro años «antes de Cristo», pero el cálculo de Dionisio está tan
firmemente insertado en los libros y documentos históricos que es totalmente
imposible e indeseable cambiarlo.)
Cuando Herodes murió aún quedaban tres hijos a los que no
había llegado a ejecutar. Cada uno de ellos heredó parte del reino. Herodes
Arquelao gobernó sobre la misma Judea y Samaria, la región situada al norte de
Judea. Herodes Antipas tuvo el gobierno de Galilea, al norte de Samaria, y de
Perea, al este del río Jordán. Finalmente, Herodes Filipo gobernó Iturea, al
noroeste de Galilea.
Los dos últimos, Antipas y Filipo, permanecieron en el
poder durante una generación, pero no ocurrió lo mismo con Arquelao. Este
gobernaba el centro mismo de los dominios judíos, con su capital en la misma
Jerusalén, y los judíos se quejaban constantemente a Roma por su mal gobierno.
En el 6 fue depuesto por Augusto y exiliado a la Galia. Después, durante un
tiempo Judea y Samaria fueron gobernadas por procuradores romanos nombrados por
el Emperador.
Aunque se dice que Jesús nació en Belén, pequeña ciudad
situada al sur de Jerusalén que -según la tradición- iba a ser el lugar de
nacimiento del mesías (puesto que mil años antes había sido el lugar de
nacimiento de David), su familia vivió en Nazaret, ciudad de Galilea. Fue en
Galilea, pues, en el territorio de Antipas, donde creció Jesús. Al llegar a la
edad adulta, reunió un grupo de discípulos devotos, pues sus enseñanzas
adquirieron popularidad y su personalidad era magnética.
Algunos de sus discípulos empezaron a creer que era el
Mesías (y ahora la palabra comienza a escribirse con mayúscula inicial, y lo
mismo los pronombres referentes a Jesús, pues cientos de millones de hombres
desde entonces han creído en la naturaleza mesiánica y divina de Jesús). La
palabra griega que significa «el ungido» es «Christos», de modo que lo que en
hebreo habría sido «Josué el Mesías» se convirtió en la versión castellana de
la forma griega: «Jesucristo».
Las autoridades, tanto herodianas como romanas,
seguramente vigilaron estrechamente a Jesús en busca de signos de tendencias
mesiánicas que pudiesen dar origen a rebeliones y perturbaciones. Los jefes
religiosos judíos también estaban alertas a tal posibilidad, pues comprendían
cuán fácilmente podían estallar revueltas y provocar una reacción romana que
destruyese completamente a la nación. (Esto fue exactamente lo que ocurrió
medio siglo más tarde, de modo que sus temores no eran en modo alguno absurdos.)
Cuando la popularidad de Jesús llegó a su apogeo, viajó a
Jerusalén para celebrar allí la Pascua y, al hacerlo, aceptó tácitamente el
papel de Mesías, pues entró cabalgando en un asno. Así era como un profeta del
Antiguo Testamento había predicho que el Mesías llegaría a Jerusalén, y la
multitud comprendió el simbolismo.
Esto era demasiado, para las autoridades. Tan pronto como
se presentó una oportunidad para arrestar a Jesús calladamente (para que no
estallaran revueltas entre sus discípulos o entre los nacionalistas judíos,
posiblemente con desastrosas consecuencias), fue detenido. Uno de los
discípulos de Jesús, Judas Iscariote, reveló el lugar en que moraba e hizo
posible su arresto calladamente, por lo que el nombre de Judas se ha convertido
en sinónimo de traidor.
Para los líderes judíos, el crimen de Jesús era el de
blasfemia: pretender ser el Mesías, cuando, en opinión de ellos, no lo era.
Para los romanos, su crimen era puramente político. El Mesías era alguien a
quien los judíos reconocían como rey. Si Jesús pretendía ser el Rey de los
judíos, se estaba rebelando contra el emperador romano, el único que tenía
derecho a nombrar reyes.
En 29 (782 A. U. C.), quizá, Jesús fue llevado a juicio
ante Poncio Pilato, el sexto procurador que gobernó Judea desde la deposición
de Arquelao. Había sido nombrado para ese cargo tres años antes. Según el
relato bíblico, se mostró renuente a condenar a Jesús y sólo lo hizo bajo la
presión de las autoridades religiosas judías, quienes pensaban que liberar a
Jesús provocaría una rebelión nacionalista, seguida inevitablemente por una
represión romana. Se dice en la Biblia que el Sumo Sacerdote Caifas afirmó: «Es
conveniente para nosotros que un hombre muera por el pueblo, y que no perezca
toda la nación».
Pero si Pilato condenaba a Jesús, tenía que hacerlo por un
crimen romano, pues su jurisdicción sólo se extendía a esa clase de crímenes.
Por ello, Jesús fue condenado por traición contra Roma, y un castigo común para
la traición era la crucifixión, tipo de tortura común en el Este y en Roma,
pero nunca usado por los judíos ni los griegos. Un ejemplo del uso romano de la
crucifixión en gran cantidad fue el de la revuelta de los gladiadores en
Italia, que fue extinguida en el 71 a. C. A la sazón, no menos de seis mil de
los rebeldes capturados fueron crucificados en cruces que se extendieron por
kilómetros a todo lo largo de la Vía Apia, la principal ruta de Italia.
Así, Jesús fue crucificado sencillamente como un rebelde
más que recibía el castigo habitual, y esto parecía ser todo. Ningún romano de
la época podía haber imaginado en ese momento que esta crucifixión particular
sólo sería un comienzo.
2. El linaje de Augusto
La sucesión
Augusto se hallaba ya en sus setenta y tantos años, y la
sombra de la muerte se cernía sobre él. Debía preocuparse por la sucesión, la
cuestión de quién iba a sucederle como Princeps. Si hubiese sido rey, su
pariente más próximo habría podido sucederle automáticamente, pero no lo era.
Era el primer Princeps y no existía ninguna tradición sobre la manera de elegir
al siguiente.
Estaba claro para Augusto que si moría sin tomar medidas
para la sucesión, varios generales podían tratar de convertirse en emperadores,
usando sus ejércitos para tal fin, y las guerras civiles comenzarían
nuevamente. Por ello, Augusto tenía que elegir un sucesor antes de morir, y
hacer que el Senado y el pueblo lo aceptasen de antemano. Naturalmente, le
habría gustado elegir a alguien de su propia familia para tal fin.
La elección obvia en tales circunstancias habría recaído
en un hijo propio, pero Augusto no tenía hijo varón. Sólo tenía una hija,
Julia, quien había trastornado y disgustado a Augusto con su modo de vida
airado y amante del placer. Había puesto en ridículo su programa de reformar
las costumbres romanas y fue enviada al exilio.
Pero su primer marido había sido Marco Vipsanio Agripa,
íntimo amigo y consejero de Augusto desde sus días escolares, cuando habían
estudiado juntos. Cuando Augusto, que tenía escasas dotes militares, luchaba
por el poder sobre el ámbito romano, fue Agripa quien combatió y ganó batallas
para él. En la paz que siguió, Agripa supervisó la reconstrucción de Roma y
construyó su más bello templo, el Panteón («todos los dioses»), además de una
cantidad de acueductos para asegurar el suministro de agua de la ciudad. Este
Agripa y la hija de Augusto, Julia, tuvieron cinco hijos antes de morir Agripa
en 12 a. C. Por tanto, Augusto tenía cinco nietos que eran también hijos del
querido y leal amigo del Emperador, Agripa. Y tres de ellos eran varones.
Los dos hijos mayores, Cayo César y Lucio César, eran
esperanzadores. Pero Lucio enfermó y murió en Massilia (Marsella) en el año 2.
Cuando era un adolescente, Cayo fue enviado a una expedición militar de menor
importancia en Asia Menor, donde fue herido en acción y murió en el viaje de
vuelta, en el 4. El hijo menor de Agripa y Julia, nacido después de la muerte
de su padre, era un demente, por lo que fue mantenido en el aislamiento bajo
custodia.
Una de las dos nietas de Augusto era Julia, quien parecía
ser tan amante del placer como su madre y tocaya. También ella fue castigada
por el rígido Augusto. Fue enviada al exilio, como lo había sido su madre, y
vivió fuera veinte años, sin que se le permitiese jamás retornar a Roma. Sólo
quedaba la segunda nieta, Agripina, a quien nos referiremos más adelante.
Acosada su vida personal por estas tragedias, Augusto se
vio obligado una vez más a apelar a su hijastro Tiberio. No era un pariente
consanguíneo, pero era un hijo adoptivo (lo cual era muy importante en la época
romana) y, además, era hijo de la amada esposa de Augusto. Tiberio era miembro
de la aristocrática familia Claudia, por parte de su padre consanguíneo, y de
la igualmente aristocrática familia Julia por parte de su padre adoptivo,
Augusto. Por ello, el linaje de emperadores emparentados que comienza con
Augusto es llamado a menudo el «linaje julio-claudiano».
Otra ventaja de Tiberio era que estaba en la edad adulta,
pues tenía cincuenta y tantos años de edad en los últimos años de Augusto, y
era un general de probada capacidad. También era honesto, concienzudo y de una
rígida moral. No había duda de que gobernaría bien. Por desgracia, era un
individuo severo y retraído (sobre todo desde su forzado divorcio de su amada
esposa), y no inspiraba simpatía a nadie.
Posteriormente, hubo historiadores que afirmaron que
Tiberio había preparado todo de un modo malvado y engañoso con la ayuda de su
madre, Livia. Se relataron cuentos de que envenenó a los nietos de Augusto, de
que intervino en la muerte del mismo Augusto, etcétera. Se ennegreció su figura
y se lo presentó como un monstruo de crueldad y lujuria.
En realidad, nada de esto es creíble. Los autores que nos
cuentan estas cosas eran miembros del partido senatorial de un par de
generaciones después, quienes suspiraban por los que creían que habían sido los
buenos viejos tiempos. Sentían rencor hacia los emperadores que habían puesto
fin a la república y se deleitaban escribiendo historias escandalosas sobre
ellos. Escuchar a estos historiadores es como escuchar a los columnistas
chismosos de los periódicos sensacionalistas y creer todo lo que dicen sobre las
celebridades.
Finalmente, en 14 (767 A. U. C.), Agusto yacía en su lecho
de muerte. Tenía setenta y siete años y había reinado cuarenta y tres. Entre
sus últimas palabras dirigidas a quienes lo rodeaban, se cuentan las
siguientes: «¿Creéis que he desempeñado bien mi papel en la vida? Si es así,
aplaudid.»
Ciertamente, desempeñó bien su papel en la vida. El
Imperio estaba bien afirmado, y sus cinco millones de ciudadanos y casi cien
millones de no ciudadanos estaban en paz. Todos los siglos de luchas de la
historia antigua parecían haber llegado a su culminación en este último
«gobierno mundial» pacífico e ilustrado.
Sólo era menester conservarlo así el mayor tiempo posible.
Tiberio
Cuando Augusto agonizaba, Livia (quien vivió quince años
más, pues murió en 29 a la notable edad, para aquellos tiempos, de ochenta y
seis años), envió mensajeros a Tiberio. Estaba en camino hacia Iliria para
emprender una campaña, pero al recibir el mensaje, se puso inmediatamente al
mando del ejército y retornó a Roma para asumir el cargo de emperador.
Como había hecho antaño Augusto, ofreció ceder todos los
poderes y restaurar la república, pero, nuevamente, esto sólo era un recurso
para obligar al Senado a otorgarle esos poderes personalmente. Así, sería
emperador por la voluntad del Senado tanto como por la de Augusto, y su
posición sería totalmente legal y doblemente segura. El Senado lo comprendió, y
comprendió también los peligros de la anarquía que sobrevendría si, por un
extraño azar, Tiberio hablase en serio.
Se apresuraron a otorgarle todo el poder imperial.
Al subir al poder, Tiberio tuvo que hacer frente a la
rebelión de algunas legiones del Danubio y del Rin. Envió a su hijo Druso César
(llamado a veces Druso el Joven, para distinguirlo de Druso el Viejo, que había
sido el hermano de Tiberio) para que se hiciese cargo de las legiones
danubianas. Druso el Joven se las arregló para hacer entrar por vereda a los
amotinados.
La situación en el Rin era más peligrosa. Desde la derrota
de Varo, la frontera del Rin era particularmente vulnerable, y hubo que hacer
esfuerzos especiales para mantener elevada la moral allí. Los soldados romanos
del Rin habían idolatrado a Druso el Viejo, quien en el 15 a. C. tuvo un hijo
llamado Germánico César en honor de las victorias de su padre sobre los
germanos. El niño sólo tenía seis años cuando murió su padre, pero cuando
Arminio obtuvo su gran victoria sobre las legiones de Varo, Germánico tenía
veinticuatro años y era un gallardo joven y el modelo del joven noble romano.
Más aún, se casó con Agripina, la virtuosa nieta de Augusto.
Augusto estaba tan impresionado por su nieto político que
lo envió a la frontera del Rin junto con Tiberio en los críticos días
posteriores a la derrota de Varo. Actuaron allí con eficacia, y cuando Augusto
estaba arreglando las cosas para que Tiberio le sucediese en el trono imperial,
el viejo emperador insistió en que Tiberio adoptase a Germánico como su hijo y
heredero, con exclusión del propio hijo de Tiberio. Éste así lo hizo.
En 14, Germánico fue enviado al Rin por segunda vez, y
solo, mientras Tiberio fue enviado a Iliria. Cuando Augusto murió y Tiberio
retornó para recibir los honores imperiales del Senado, Germánico permaneció en
el Rin y tuvo que hacer frente a las legiones que se habían rebelado
repentinamente.
Los soldados pedían más paga y, en esencia, menos horas de
servicio, pues se quejaban de que las campañas eran demasiado duras. Germánico,
con una mezcla de tacto, afabilidad y firmeza, y con la oferta de mayor paga,
se ganó a las legiones.
Para tenerlas ocupadas y brindarles la excitación de la
victoria, las condujo a Germania una vez más. Derrotó a los germanos en varias
batallas y les demostró que la victoria sobre Varo fue una excepción, y no
sería fácil que se repitiese. Hasta condujo su ejército por el Teutoburger
Wald, donde hallaron los descoloridos huesos de las tres legiones de Varo y
enterraron los restos. Germánico tuvo ocasión de luchar contra Arminio y sus
germanos, y los derrotó, haciendo con ellos gran carnicería y recuperando los
pendones perdidos por las legiones de Varo.
A juicio de Tiberio, se había hecho algo muy importante.
Los germanos habían recibido una lección y ya no presumirían de su única
victoria. Sin embargo, al igual que Augusto, creía que era inútil tratar de
restablecer la línea del Elba. Era demasiado costoso, en dinero y en hombres,
para el valor que parecía asignarle Tiberio. Por ello, en 16, ordenó a las
legiones romanas que volvieran al Rin y llamó a Germánico.
Los cotillas senatoriales de tiempos posteriores estaban
seguros de que lo había hecho por celos y que odiaba a su sobrino, de quien se
suponía que se sentía receloso por ser su heredero y a quien temía por su
popularidad en el ejército. Pero esto no es en modo alguno cierto. El juicio
estratégico de Tiberio era correcto. Los germanos habían recibido una lección y
la frontera del Rin permanecería en calma durante dos siglos más. Por otro
lado, Germánico había perdido un considerable número de soldados y sus
victorias no habían sido fáciles. De haber continuado su campaña, es muy
posible que los germanos con el tiempo llegasen a obtener una segunda victoria,
a la que hubiera seguido una invasión germánica de la Galia, con consecuencias
imprevisibles.
Parece demostrado que Tiberio no estaba realmente celoso
de Germánico por el hecho de que puso al joven en un cargo de poder en la parte
oriental del Imperio. Su misión en el Este era dirimir las cuestiones
concernientes a Armenia. Partia nuevamente estaba creando problemas allí, como
iba a hacerlo muchas veces en el futuro.
Germánico, por desgracia, no tuvo oportunidad de resolver
este problema. En 19, murió a la edad de treinta y cuatro años. Esto en sí
mismo no tiene nada de sorprendente. Sólo en tiempos modernos se ha hecho
posible combatir las enfermedades infecciosas; en la antigüedad, había muchas
enfermedades e infecciones que eran fatales y que hoy ni siquiera son serias.
La esperanza de vida media en la época romana era mucho más corta que hoy.
Aunque algunos individuos, como Augusto y Livia, vivían hasta avanzada edad, el
promedio de vida entre los romanos era, probablemente, de unos cuarenta años.
Sin embargo, nunca parecía admitirse esto cuando una
figura popular moría joven por alguna causa poco clara, particularmente si
podía heredar una posición de poder. Los chismosos de entonces y de épocas
posteriores siempre supusieron lo peor y más escandaloso. Inmediatamente
surgieron rumores, por ejemplo, de que Tiberio había hecho envenenar a
Germánico, y la mujer de éste, Agripina, parece haberlo creído.
Pero Tiberio no tuvo con sus herederos más suerte que
Augusto. Si Tiberio envenenó a Germánico para hacer emperador a su propio hijo,
esta esperanza quedó frustrada. En 23, Druso el Joven murió a la edad de
treinta y ocho años.
Tiberio continuó la política prudente de Augusto tanto en
la paz como en la guerra. Al igual que Augusto, no intentó costosas y
arriesgadas conquistas extranjeras por mor de la conquista misma. Como Augusto,
vigiló para que las provincias fuesen gobernadas honesta y eficientemente.
Cuando pudo, aprovechó la oportunidad para unificar el Imperio anexando un
reino satélite como provincia, pero no por la fuerza, En cambio, aprovechaba
algún momento estratégico, como cuando moría un viejo rey. Así, cuando murió el
rey de Capadocia, en el este de Asia Menor, en 17, Tiberio la convirtió en
provincia romana.
Tiberio era ya de edad cuando se convirtió en emperador. A
los sesenta y cinco años, estaba fatigado, en verdad, y sólo deseaba dejar la
carga del gobierno sobre hombros más jóvenes; en otras palabras, deseaba elegir
el equivalente de un primer ministro.
Eligió para tal fin a Lucio Sejano. Este era el jefe de la
guardia pretoriana, que, bajo Augusto, había sido dispersada por Italia en
pequeños destacamentos. Sejano persuadió a Tiberio de que ordenase a esos
hombres que se concentraran en un campamento cercano a Roma. Esto hacía que
estuviesen más a mano en caso de una emergencia, y aumentaba el poder de
Sejano. (También representaba un mayor peligro para el Imperio, como iba a
verse en años posteriores.)
Más tarde, corrieron historias que hacían de Sejano un
monstruo increíble. Fue él quien, presuntamente, hizo envenenar a Druso, para
tener él la posibilidad de subir al trono. Parece probable que el pecado real
de Sejano fuese tomar medidas para que el poder de Tiberio sobre el Senado
fuese máximo.
Tiberio no tenía el don de Augusto de ganarse a la gente.
Mientras que Augusto podía andar por las calles sin protección, Tiberio tenía
que hacerse escoltar. A medida que la República retrocedía cada vez más para
sumirse en las brumas de la historia, tanto más los senadores se entregaron a
exaltar un pasado idealizado. Sejano persuadió a Tiberio a que actuase
vigorosamente contra el Principado, y los futuros historiadores senatoriales lo
execraron y, en consecuencia, execraron a Tiberio.
No sólo el Senado representaba un peligro posible.
Agripina, la viuda de Germánico, parece haber intrigado contra Tiberio, de
quien sospechaba que había envenenado a su marido, y soñado con colocar a uno
de sus hijos en el trono. Sejano convenció a Tiberio de que la exiliara, en el
30, y murió tres años más tarde, aún en el exilio.
En 26, Tiberio se sintió bastante seguro de la capacidad
de Sejano para manejar el gobierno y pensó que podía retirarse completamente de
los asuntos de Estado y aliviar su pena por la muerte de su hijo. Así,
estableció su residencia en la isla de Capri, en la bahía de Nápoles, para un
descansado retiro.
Más adelante, el rumor popular atribuyó a Tiberio todo
género de crueldades y de orgías lascivas en la isla, pero es difícil imaginar
algo más ridículo que tales historias. En primer lugar, Tiberio había llevado
una vida austera y abstemia, y no es probable que se abandonen hábitos de toda
una vida. En segundo lugar, tenía sesenta y ocho años cuando se retiró a Capri,
y es poco probable que hubiese podido entregarse a tales orgías, aunque hubiese
querido hacerlo.
Pero en su ausencia, Sejano parece haber llegado a ciertos
extremos. Las leyes contra la traición fueron endurecidas hasta el punto de que
toda declaración descuidada que pudiese ser interpretada como rechazo de
Tiberio o el principado podía ser causa de una sentencia de muerte. La gente
era estimulada a denunciar tales declaraciones y era recompensada por ello, por
lo que no cabe sorprenderse de que a veces esos informes fuesen falsos. Los
delatores profesionales fueron uno de los horrores del período.
Sejano quizás estimuló deliberadamente el reinado del
terror con la intención de quebrar la voluntad del Senado, si es que aún era
necesario quebrarla.
Pero, con el tiempo, el receloso Tiberio abrigó sospechas
hasta de Sejano. El primer ministro planeaba casarse con la nieta de Tiberio, y
también puede que pensara en sucederle. Tiberio tal vez se encolerizó por esto.
Sea como fuere, en 31 el Emperador envió una carta desde Capri denunciando a
Sejano, y el hasta entonces todopoderoso primer ministro fue ejecutado de
inmediato.
Calígula
Tiberio murió en 37 (790 A. U. C.), después de un reinado
de treinta y tres años, y nuevamente se planteó el problema de la sucesión.
Tiberio no tenía hijos vivos, y Germánico, su sobrino, en
un principio su heredero, había muerto hacía tiempo. Pero Germánico había
dejado hijos. Algunos estaban ya muertos, pero uno quedaba vivo. Era Cayo
César, sobrino nieto de Tiberio, bisnieto de Livia (la esposa de Augusto) por
su padre y bisnieto del mismo Augusto, y también de Marco Antonio, por su
madre.
Cayo César había nacido en el 12, mientras Germánico y
Agripina, su padre y su madre, se hallaban en un campamento en Germania. Pasó
sus primeros años entre las legiones, y los rudos legionarios al parecer
estaban encantados de la novedad de tener en medio de ellos al pequeño hijo de
su comandante. Germánico utilizó al niño en su campaña para mantener alta la
moral de los soldados y lo vistió con un uniforme de soldado, inclusive unas
pequeñas botas militares. Los soldados quedaron locos de entusiasmo al verlo y
llamaron al niño «Calígula» («botitas»). El apodo le quedó, y es conocido en la
historia solamente por ese tonto nombre.
Calígula, a diferencia de Augusto y Tiberio, no estaba
formado en la vieja tradición de Roma. Había sido criado en la corte imperial,
donde, por una parte, fue pretendo como posible heredero y vivió en medio del
mayor lujo, y, por la otra, su vida estuvo en constante peligro a causa de las
intrigas cortesanas, de modo que se hizo temeroso y receloso. Tuvo como amigos
a varios de los príncipes de los reinos satélites orientales, quienes estaban
en Roma por una u otra razón. Uno de ellos era Herodes Agripa, nieto del primer
Herodes de Judea. De estos amigos, Calígula aprendió a gustar del tipo oriental
de monarquía.
El gobierno de Calígula se inició con tranquilidad y fue,
de hecho, saludado con regocijo, pues la corte era más alegre que en los días
del viejo y sombrío Tiberio, y el joven emperador parecía liberal y agradable.
Era tan liberal, en efecto, que gastó alegremente en un año todo el excedente
que Augusto y Tiberio habían ahorrado prudentemente en el tesoro durante casi
setenta años de cuidadoso gobierno.
Pero en el 38 Calígula cayó gravemente enfermo, y cuando
se recuperó todo cambió. No hay duda de que la enfermedad había afectado a su
mente y que estuvo totalmente desequilibrado durante los últimos escasos años
de su vida. Los futuros historiadores senatoriales hicieron remontar su
enfermedad mental a sus años tempranos y lo consideraron un monstruo desde el
principio, y aunque indudablemente exageraron, quizás haya algo de verdad en
esto.
Después del 38, la manía de gastar de Calígula aumentó, y
se vio obligado a tomar medidas excepcionales para obtener el dinero que
necesitaba. La necesidad de dinero constituye una fuerte tentación a la
tiranía, pues si un hombre rico es condenado por traición y ejecutado, puede
confiscarse su propiedad por el Estado e ir a manos del emperador. Que la
acusación sea injusta, no importa. Como ejemplo particularmente flagrante,
Calígula hizo que Tolomeo, el inofensivo rey de Mauritania, y también descendiente
de Marco Antonio (véase página), fuese llevado a Roma y ejecutado. Entonces
pudo confiscar el tesoro mauritano.
Calígula trató de convertir el Principado de Augusto en
una monarquía oriental y de hacerse adorar como ser divino.
En realidad, en las más antiguas culturas (con la
conspicua excepción de los judíos) se otorgaba un culto divino a seres humanos
muertos y a veces a los vivos. Los emperadores romanos a menudo fueron
deificados después de su muerte y se les rendía honores rituales rutinarios.
Esto no significaba mucho en una sociedad politeísta, y agradaba al Senado,
pues era éste el que debía votar o no los honores divinos. Ocurrió a menudo que
el único modo en que el Senado pudo vengarse de un emperador que lo tiranizó en
vida era negarle honores divinos después de su muerte. Ello no afectaba al
emperador muerto, desde luego, pero hacía sentirse satisfechos a los senadores
vivos.
Pero, en su megalomanía, Calígula fue más allá y quiso que
se le otorgaran honores divinos mientras aún vivía. Esto iba contra las
costumbres romanas, pero no carecía de precedentes en otras culturas. Los
faraones egipcios, por ejemplo, eran considerados dioses vivientes. Esto no era
tan ridículo para los egipcios como nos parece hoy, pues mucho depende de la
definición de «dios» que se dé. La seguridad y la ceremonia de que se rodea un
jefe de Estado moderno no lo hace similar a un dios a nuestros ojos, quienes
somos conscientes del poder trascendente del Dios que adoramos, pero hubiese
podido hacerle parecer un dios a una cultura antigua, para quienes los dioses
muy a menudo tenían debilidades humanas entre sus características.
Mas para los romanos, la vista de un joven emperador
vestido como Júpiter y que exigía la colocación de su propia estatua en lugar
de la de Júpiter en los templos era muy inquietante.
Augusto y Tiberio sólo habían sido «primeros ciudadanos».
Su título era el de «Princeps». Cualesquiera que fuesen sus poderes, en teoría
no eran más que ciudadanos romanos, y otros ciudadanos romanos eran sus
iguales, siempre en teoría. Pero si Calígula se convertía en un rey-dios, sería
mucho más que un ciudadano. Todos los pueblos del Imperio, incluidos los
ciudadanos romanos, serían sus súbditos y esclavos por igual. Entonces, un
ciudadano romano no tendría más derechos que cualquier provinciano no ciudadano.
Se formaron conspiraciones contra Calígula. Una de ellas
finalmente tuvo éxito y, en 41 (794 A. U. C.), Calígula, junto con su mujer y
su hija, fueron asesinados por un contingente de la guardia pretoriana. Aún no
tenía treinta años por entonces.
Claudio
En cierto modo, este primer asesinato de un emperador (no
el último, ni mucho menos) fue una oportunidad excepcional para el Senado.
Ahora que un emperador loco había mostrado lo que podía hacer, la eliminación
del principado se presentaba como una conclusión natural. La «imagen» de éste
se había elevado después de setenta años de gobierno firme y razonable, pero
ahora se había manchado en forma permanente, pues evidentemente daba a jóvenes
locos el poder de vida o muerte sobre todos los dominios romanos. Esta, pues,
era una buena oportunidad para restaurar la república.
Desgraciadamente para el Senado, la decisión no la
tomarían los senadores. Los soldados habían dado muerte al Emperador y fueron
ellos quienes eligieron uno nuevo.
Ocurrió que el tío de Calígula estaba con éste en el
momento de su asesinato. Este tío, Claudio (Tiberio Claudio Druso Nerón
Germánico), era el hermano menor de Germánico e hijo de Druso el Viejo, los dos
héroes militares de los primeros días del Imperio.
Claudio, a diferencia de su hermano y de su padre, era
enfermizo y de apariencia poco atractiva, por lo que se lo dejó de lado y fue
postergado. Juzgó más seguro cultivar la oscuridad y estaba difundida la
creencia de que era un deficiente mental, lo cual probablemente contribuyó a
protegerlo contra las intrigas, pues no parecía ser una amenaza para nadie.
En realidad, Claudio no era en absoluto un débil mental,
sino un sabio que realizó investigaciones históricas y escribió valiosas obras
sobre los etruscos y los cartagineses. Pero esto probablemente convenció aún
más a los miembros más alegres de la aristocracia romana de que era un
excéntrico.
Calígula tal vez sintió cierto afecto por su inocuo tío o
quizá lo consideró como un divertido bufón para la corte. A comienzos del
reinado de Calígula, fue cónsul junto con el Emperador, y, como ya dijimos, se
hallaba con Calígula cuando irrumpieron los asesinos.
Claudio, lleno de pánico, se ocultó detrás de un mueble,
mientras los soldados hacían estragos, matando ciegamente al principio, en el
temor de ser a su vez atacados. Cuando su furia se aplacó, descubrieron a
Claudio en su escondite y lo sacaron de él. Temblando, pidió por su vida, pero
nadie tenía intención de matarlo. Los soldados comprendían la necesidad de un
emperador, y Claudio era un miembro de la familia imperial. Entonces fueron
ellos quienes le pidieron que fuese su emperador.
Probablemente a Claudio no le gustó la idea, pero no podía
discutir con soldados armados. No sólo aceptó, sino que prometió recompensar a
los soldados con una gratificación general cuando asumiera el poder. Esto sentó
un mal precedente, pues los soldados aprendieron que podían cobrar por el
trono, y gradualmente cobraron un precio cada vez mayor.
El Senado, defraudadas sus esperanzas de restablecer la
república, tuvo que asentir a todo lo que los soldados quisieran, y Claudio fue
hecho emperador.
Claudio tenía cincuenta años por entonces. Había pasado su
vida en búsquedas eruditas y no era un hombre de acción o decidido. En verdad,
era más bien tímido y débil de carácter. Sin embargo, hizo todo lo que pudo por
ser un buen emperador. Llevó a cabo programas de construcción en Roma, extendió
la red de caminos imperial y drenó lagos para obtener tierras de labranza.
Respetó al Senado y, con él, la corte se vio libre del peligro de reyes
divinos, pues Claudio sólo fue el Primer Ciudadano, siguiendo la tradición de
Augusto.
Bajo Claudio, tímido como era, el Imperio Romano comenzó
nuevamente a expandirse un poco. Entre otras cosas, Claudio siguió la política
de Tiberio de absorber los reinos satélites cuando las condiciones eran
adecuadas. Mauritania estaba sin rey desde que Calígula había hecho ejecutar a
Tolomeo, y los mauritanos se rebelaron contra el torpe intento de Calígula de
convertir el país en una provincia. Claudio hizo aplastar la rebelión y
Mauritania se convirtió en provincia en 42.
Licia, en el sudoeste de Asia Menor, fue convertida en
provincia en 43, al igual que Tracia, situada al norte del mar Egeo, en 46.
Sólo uno o dos rincones extraños del Imperio conservaron su autonomía. Uno de
ellos era Comagene, pequeña región del este de Asia Menor que Calígula, por
puro capricho, convirtió nuevamente en monarquía después de haber formado parte
ya de una provincia romana. Conservó sus reyes durante una generación.
Más importante fue que el Imperio Romano saltase sobre el
mar, de Galia a Britania.
La isla de Britania (ahora llamada Gran Bretaña y que
incluye Inglaterra, Gales y Escocia), situada al norte de la Galia, al otro
lado del estrecho brazo de mar hoy llamado el Canal de La Mancha, sólo era
vagamente conocida por el mundo antiguo antes de la época de Julio César. Se
supone que los fenicios y los cartagineses enviaron barcos a Britania en busca
de estaño, metal necesario para la manufactura del bronce, y guardaron
cuidadosamente el secreto comercial de sus fuentes de estaño.
Cuando César conquistó la Galia, tuvo noticia de Britania
porque los habitantes celtas de la isla estaban emparentados, en lenguaje y
cultura con los galos. Más aún, sintiéndose seguros en su isla, no vacilaron en
enviar ayuda a los galos en su lucha contra los romanos.
Para poner fin a eso, César organizó dos incursiones en
Britania, en 55 y 54 a. C. En la segunda, obtuvo considerable éxito, pues
avanzó más allá del río Támesis. Pero no tenía intención por entonces de
enredarse en esa isla distante y, cumplido su propósito de atemorizar a los
britanos, se marchó para proseguir sus tareas de mayor importancia.
Los britanos tuvieron un respiro de casi un siglo. Pero,
al observar que el poder romano se afirmaba cada vez más en la Galia y al ver a
los mismos galos cada vez más romanizados, aumentó su inquietud. Juzgaron que
era beneficioso para su propia defensa seguir estimulando la agitación en la
Galia.
Bajo Claudio, la situación en la Galia se había vuelto más
favorable a los romanos y menos favorable para los britanos. La estrecha
política de Augusto y Tiberio con respecto a la ciudadanía fue modificada, y se
concedió ésta a los galos distinguidos. Esta visionaria acción contribuyó a
hacer de esa tierra una base segura para una mayor expansión del poder romano.
(En 48, una generación después de la muerte de Augusto, el número de ciudadanos
romanos se elevaba a unos seis millones.)
La política interna de Britania hizo también parecer
aconsejable una invasión. Un gobernante pro romano de Britania, Cunobelino (el
«Cymbeline» de la obra de Shakespeare), había muerto y sido sucedido por un par
de hijos antirromanos. Un líder britano pro romano pidió ayuda a Roma contra
los nuevos gobernantes, y Roma respondió al llamado. Un ejército romano
desembarcó en el sudeste de Inglaterra (la moderna Kent) en 43 (796 A. U. C.).
La Inglaterra meridional, ya pacíficamente invadida por el comercio y, por
consiguiente, semirromanizada, fue conquistada y convertida en una provincia
del Imperio. El mismo Claudio se unió al ejército, y su joven hijo, nacido el
año anterior, recibió el apodo de Británico.
Los britanos resistieron con bravura, particularmente en
las salvajes regiones montañosas del norte y el oeste. El líder britano
Caractaco sólo fue capturado en el 51. Luego, en 61, una feroz revuelta por
parte de Boudica (a menudo incorrectamente llamada Boadicea), reina de una
región de Inglaterra oriental, al norte del Támesis, casi deshizo toda la labor
romana al exterminar prácticamente a una legión romana. Pasaron unos treinta
años antes de que lo que es ahora Inglaterra y Gales quedase razonablemente
pacificado.
En el interior, Claudio tuvo problemas porque fue
gobernado y dominado por sus mujeres. Su tercera mujer, con quien se casó por
la época en que se convirtió en emperador, era Valeria Mesalina, madre de
Británico. Los posteriores historiadores senatoriales le atribuyeron una
cantidad tan sorprendente de vicios que la palabra «Mesalina» ha llegado a ser
usada para designar a cualquier mujer inmoral y depravada. Al parecer, el mismo
Claudio se convenció finalmente de que quizá Mesalina planeaba matarlo y reemplazarlo
por uno de sus amantes, pues ordenó que la ejecutaran en 48.
Luego se casó con Agripina, hermana de Calígula y sobrina
suya. Ella había estado casada antes y tenía un hijo, Domicio, quien adoptó los
nombres imperiales de Nerón Claudio César Druso Germánico, cuando su madre fue
emperatriz. Es conocido en la historia como Nerón. Era nieto de Germánico y
tataranieto de Augusto.
La máxima aspiración de Agripina era hacer emperador a su
hijo Nerón. Persuadió a Claudio de que adoptase a Nerón como hijo y lo hiciese
su heredero con preferencia a su propio hijo Británico, quien era más joven que
Nerón. En 53, Nerón reforzó su posición mediante su casamiento con Octavia,
hija de Claudio. En ese momento, Nerón tenía quince años y Octavia once.
Logrado todo esto, Agripina no necesitaba más a Claudio.
Según posteriores historiadores senatoriales, hizo envenenar a Claudio en 54
(807 A. U. C.) e hizo que la Guardia Pretoriana reconociese a Nerón como su
sucesor mediante la promesa de una generosa gratificación. Si los soldados
decían que sí, el Senado no estaba en condiciones de decir que no. Nerón fue el
quinto emperador de Roma.
Nerón
Nerón, con dieciséis años de edad cuando ascendió al
trono, inició su reinado, al igual que Calígula, de un modo que dio pábulo a
esperanzas optimistas. Pero cuando se es joven y se descubre que uno puede
satisfacer un deseo, cualquiera que sea, es difícil aprender mesura.
Muy pronto Nerón aprendió a barrer de su camino todo lo
que pudiese ser una barrera para la continua satisfacción de sus deseos. Hizo
envenenar a Británico, se divorció de su joven mujer, la desterró y más tarde
la hizo desaparecer. En 59, se había vuelto tan perverso que no vaciló en hacer
ejecutar a su madre porque trató de dominarlo como había dominado a Claudio.
Extrañamente, a Nerón nunca le gustó realmente la tarea de
gobernar. Lo que realmente deseaba era ser actor teatral. Era lo que hoy
describiríamos como un «apasionado por el teatro». Escribía poesías, pintaba
cuadros, tocaba la lira, cantaba y recitaba tragedias. Ansiaba actuar en
público y recibir aplausos. Es imposible, desde luego, saber si su actuación
era eficiente, porque no hay ningún testimonio imparcial de lo que hacía.
Obtenía grandes aplausos en todas las ocasiones y constantemente se le concedían
premios destinados a actores profesionales, pero, ¿obedecía todo ello a que era
bueno o a que era el emperador? Casi con seguridad, a lo último. Por otro lado,
posteriores historiadores senatoriales ridiculizaron sus aptitudes, pero quizá
no fue tan incompetente como decían ellos.
De haber sido actor en vez de emperador, Nerón tal vez
hubiera podido llevar una vida razonable y hasta lograr algún renombre. Hubiera
podido ser un ciudadano respetable y hasta un hombre bueno. Pero, tal como
estaban las cosas, su posición como emperador le brindó infinidad de
oportunidades de pasar a la historia como uno de los más infames villanos que
hayan vivido jamás.
Más por entregado al lujo y por derrochador que fuese el
gobierno personal de Nerón, la labor del Imperio continuó.
Nuevamente, surgieron perturbaciones en el Este, y el
problema, como siempre, era el juego de la cuerda entre Roma y Partia por el
Estado tapón de Armenia, que estaba entre ellos. Poco después de la muerte de
Claudio, el gobernador títere romano de Armenia fue muerto por las tribus
fronterizas, y el rey parto, aprovechando lo que juzgó que sería un período de
trastornos en Roma, invadió Armenia y puso en el trono a su hermano Tiridato.
Nerón envió a Cneo Domicio Corbulón al Este para que se
hiciese cargo de la situación. Corbulo había prestado servicios con eficacia en
Germania, bajo Claudio, y era un general muy competente. Pasó tres años
reorganizando las legiones en el Este y revitalizando su moral. En 58 (811 A.
U. C), invadió Armenia, y en el curso del año siguiente ocupó el país,
expulsando a los partos y poniendo en el trono a un nuevo títere romano.
Si Corbulón hubiese tenido libertad, Partia habría sufrido
una resonante derrota. Pero Nerón cuidaba de que ningún general tuviese
demasiado éxito y reemplazó a Corbulón por un general mucho menos competente
que, en 62, sufrió una gran derrota. Luego, Corbulón fue puesto nuevamente en
el mando y logró restablecer la situación de modo que las cosas terminaron en
un empate. Tiridato, el parto, siguió siendo rey de Armenia en definitiva, pero
en 63 convino en ir a Roma a recibir su corona de Nerón, con lo cual Armenia,
al menos en teoría, sería un satélite romano.
Pero entre tanto surgió una crisis en Judea. La inquietud
aumentaba entre los judíos bajo el gobierno de los Herodes y los procuradores.
Sus esperanzas mesiánicas se agudizaron y ya no estaban dispuestos de ningún
modo a transigir en cuestiones religiosas. El recuerdo de los macabeos y su
rebelión gloriosamente triunfante en defensa de su religión y contra Antíoco IV
permanecía fresco en sus mentes.
Así, continuamente se oponían a toda forma de homenaje que
pudiese concebirse como un culto del emperador o de cualquiera de los símbolos
del Imperio. Cuando Poncio Pilato entró en Jerusalén con estandartes en los que
estaba pintada la figura del emperador Tiberio, estallaron violentos desórdenes
entre la población, porque la pintura era considerada como un ídolo. Poncio
Pilato estaba asombrado, pues no hallaba nada de perjudicial en una bandera de
combate. Pero Tiberio no deseaba rebeliones innecesarias y costosas por una
causa tan trivial, y ordenó quitar los perturbadores símbolos.
Pero tal conducta intransigente, tal certidumbre de que su
Dios era el único Dios verdadero y que todos los otros objetos de culto eran
malos y repugnantes, hizo a los judíos cada vez más impopulares entre los otros
pueblos del Imperio, que aceptaban una multiplicidad de dioses y eran en gran
medida indiferentes con respecto a las creencias de sus vecinos. Los judíos
eran particularmente impopulares entre los griegos, quienes consideraban que su
cultura era la única y verdadera Cultura y tenían tan pobre opinión de otras
culturas como los judíos de otros dioses.
En Alejandría, la capital de Egipto, la mayor ciudad de
habla griega en el mundo a la sazón y que sólo cedía en importancia ante Roma
en todo el Imperio, había una gran colonia de judíos que seguían apegados a sus
tradiciones y casi constituían una ciudad dentro de otra. Habían recibido
privilegios especiales de Augusto (quien les estaba agradecido por su apoyo, al
final de la guerra civil), tales como la exención de participar en los rituales
que tenían por objeto la persona del emperador y la del servicio militar.
También esto fastidiaba a los griegos.
Los griegos de Alejandría iniciaron disturbios
antisemitas, y los judíos enviaron una delegación a Calígula para pedir
justicia. Los griegos, inseguros sobre la actitud que adoptaría el emperador
loco, se apresuraron a enviar una delegación rival para argumentar que los
judíos se negaban a participar en el culto al Emperador y, por ende, eran
traidores.
Calígula, deseoso de hacerse adorar en forma absoluta,
ordenó colocar su estatua en los diversos templos del Imperio. En muchos
lugares, la orden fue obedecida inmediatamente. ¿Qué importaba un bloque de
piedra más o menos en un templo? Pero Calígula ordenó específicamente que su
estatua fuese colocada en el Templo de Jerusalén, a lo que los judíos se
opusieron. La idea de que una figura humana fuese adorada en la Casa del único
Dios verdadero era completamente inaceptable para los judíos, y estaban dispuestos
a morir antes que acceder a ello. El gobernador de Siria escribió a Calígula
contándole esto, y postergó desesperadamente la aplicación de la orden. En su
cólera, Calígula quizá habría ordenado la destrucción de Judea. Pero fue
asesinado justo a tiempo para impedir una insurrección, y como consecuencia de
ello la destrucción se postergó una generación más.
Claudio, al convertirse en emperador, puso a Herodes
Agripa, viejo amigo de Calígula, en el trono de Judea, otorgándole nuevamente
cierto grado de autonomía. Herodes se esforzó para ganarse a los judíos, y
efectivamente alcanzó gran popularidad, pese a ser idumeo. (Se cuenta que
durante una Pascua lloró por no ser judío y que los espectadores, también
llorando, exclamaron «tú eres un judío y eres nuestro hermano».)
Lamentablemente, su reinado fue breve, pues terminó con su
muerte tres años más tarde, en 44. Su hijo, Herodes Agripa II, gobernó durante
un tiempo sobre algunas zonas de Judea, pero la parte principal de esa tierra
fue nuevamente convertida en provincia y gobernada por procuradores.
Esos procuradores eran a menudo rapaces, y uno en
particular, que había sido nombrado por Nerón, desvalijó el tesoro del Templo.
Los extremistas antirromanos entre los judíos (llamados los «celotes»), cuya
influencia había ido en aumento, provocaron disturbios. Herodes Agripa II,
quien estaba en Jerusalén en ese momento, urgió a la calma y la prudencia, pero
no fue escuchado. En 66 (819 A. U. C.), Judea estaba en plena y violenta
revuelta contra Roma.
La intensidad de la rebelión cogió a los romanos por
sorpresa. Las tropas del lugar no pudieron dominarla y Nerón tuvo que enviar
tres legiones al Este bajo el mando de Vespasiano (Titus Flavius Sabinus
Vespasianus). Bajo Claudio, había prestado servicios en Germania y luego
participado en la conquista de la Britania meridional, conduciendo las fuerzas
que conquistaron la isla de Wight. Fue cónsul en 51 y luego gobernador de la
provincia de África. Realizó con eficiencia la nueva tarea que se le encomendó,
aunque lentamente, pues los judíos luchaban hasta la muerte.
En 69, Vespasiano abandonó Judea para retornar a Roma,
pero su hijo Tito (se llamaba Titus Flavius Sabinus Vespasianus, igual que su
padre), continuó la tarea. El 7 de septiembre del 70 (823 A. U. C.) tomó
Jerusalén, y el Templo fue destruido por segunda vez. (La primera vez había
sido destruido por los babilonios, cinco siglos antes.) Tito celebró el triunfo
en Roma el año siguiente; el Arco de Tito, que aún está en pie en Roma, fue
erigido en honor de esa victoria.
Los judíos que sobrevivieron y permanecieron en Judea se
hallaron en medio de la devastación, con su Templo destruido, su sacerdocio
abolido y una legión romana permanentemente establecida en el lugar.
La filosofía y los cultos
Sin embargo, la batalla entre la tradición romana y la
religión judía fue llevada, en cierto modo, más allá de las fronteras de Judea.
La lucha iba a ser larga y el veredicto diferente.
La religión romana, tomada principalmente de los etruscos,
era, en un comienzo, de naturaleza predominantemente agrícola. Sus numerosos
dioses y espíritus representaban fuerzas de la naturaleza y buena parte del
ritual estaba destinado a asegurar la fertilidad del suelo, lluvias adecuadas
y, en general, buenas cosechas. Esto es muy comprensible en una sociedad donde
la alternativa a una buena cosecha era el hambre. Había también numerosos
dioses y espíritus que presidían diferentes facetas del hogar y de la vida
individual, desde el nacimiento hasta la muerte. Los ritos religiosos eran
relativamente simples: se adecuaban al tiempo de que podían disponer
agricultores atareados.
El principal refinamiento que el Imperio introdujo en la
vieja religión fue el «Culto Imperial», en el cual se prestaba una especie de
homenaje verbal al emperador y la emperatriz reinantes, y en el que los
emperadores y emperatrices muertos recibían honores divinos.
Cuando la clase superior romana descubrió la cultura
griega, la religión oficial griega fue fusionada, en cierta medida, con la de
los romanos. El Júpiter romano fue identificado con el Zeus griego, la Minerva
romana con la Palas Atenea griega, etcétera.
Sin embargo, las religiones oficiales de Grecia y Roma por
igual estaban prácticamente muertas en la época del Imperio. Las clases
superiores realizaban los ritos religiosos romanos y griegos oficiales de una
manera mecánica y distraída.
A fin de cuentas, las creencias primitivas ya no eran
adecuadas para una sociedad que no estaba formada solamente por labradores
incultos, sino que también tenía aristócratas, personas cultas y habitantes
urbanos que habían elaborado complejas concepciones del Universo. Sus intereses
iban más allá de la mera esperanza de una buena cosecha. Se planteaban la
cuestión de la vida buena, el empleo fructífero del tiempo libre, el cultivo de
intereses intelectuales y el deseo de comprender los mecanismos del Universo.
Los griegos elaboraron complejas filosofías para satisfacer sus tanteos en esa
dirección, y los romanos adoptaron algunas de esas filosofías.
Una variedad popular de filosofía fue la fundada por
Epicuro, nacido en la isla griega de Samos en 341 a. C. Estableció una escuela
en Atenas, en 306 a. C., que tuvo gran éxito hasta su muerte en 270 a. C.
Epicuro adoptó las creencias de algunos filósofos griegos anteriores, y
consideraba que el Universo está formado por diminutas partículas llamadas
átomos. Todo cambio consiste en la ruptura y el reordenamiento de grupos de
átomos; había poco lugar en el pensamiento de Epicuro para la dirección intencional
del hombre y del Universo por dioses. Era una filosofía esencialmente atea,
aunque los epicúreos no eran fanáticos al respecto; practicaban alegremente
rituales que consideraban sin sentido para evitar innecesarios escándalos o
crearse situaciones difíciles para ellos.
En un universo formado por átomos en movimiento al azar,
el hombre puede ser consciente de dos cosas: el placer y el dolor. Era evidente
que el hombre debía comportarse de modo de gozar un máximo de placer y sufrir
un mínimo de dolor. Sólo quedaba por determinar qué era realmente un máximo de
placer. Epicuro pensaba que si un poco de algo brinda placer, mucho de ello no
da necesariamente más placer. Morir de hambre por falta de alimento es
doloroso, pero una indigestión por comer demasiado también lo es. El máximo de
placer se obtiene comiendo con moderación, y lo mismo con otras alegrías de la
vida. Además, es menester no olvidar los placeres del espíritu; del saber, de
mejorar el discurso, de las emociones de la amistad y el afecto, placeres que,
en opinión de Epicuro, eran mayores y más deseables que los placeres ordinarios
del cuerpo.
No todos los epicúreos de siglos posteriores fueron tan
sabios y moderados como Epicuro. Era fácil poner primero los placeres del
cuerpo, y difícil ponerles límite. A fin de cuentas, ¿por qué no gozar de todo
el placer que se pueda obtener ahora? Mañana puede ser demasiado tarde. Así, la
palabra «epicúreo» ha entrado en nuestra lengua y ha llegado a significar «dado
al placer». Tan popular se hizo la filosofía epicúrea que, para los judíos de
los siglos posteriores a Alejandro, todos los griegos eran epicúreos. Todo
judío que abandonaba su religión para adoptar costumbres griegas se convertía
en un «epicúreo», y hasta el día de hoy el término judío para designar a un
judío converso es «Apikoros».
Los romanos adoptaron las creencias epicúreas. Roma era
mucho más rica y poderosa de lo que había sido nunca cualquier ciudad griega, y
el lujo romano pedía alcanzar niveles más altos que el lujo griego. Por
consiguiente, el epicureismo romano tendió a ser más basto que su versión
griega. Bajo el Imperio, el epicureismo a menudo se convirtió en una excusa
para el peor tipo de autocomplacencia.
Hallamos un ejemplo de un epicúreo romano en Cayo
Petronio. Era un hombre capaz, que fue cónsul en una ocasión, y en otra,
gobernador de Bitinia, en Asia Menor. Pero prefirió pasar su vida en el placer
y el lujo (como los miembros de los actuales «círculos de alta sociedad»).
Quizá no admiraba totalmente este modo de vida, pues es más conocido hoy por un
libro llamado El Satiricón, que se le atribuye. En él se burla implacablemente
del lujo tosco y de mal gusto de personas que tienen más riqueza que cultura y
que no conocen otro uso del dinero que gastarlo.
Sin embargo, tan famoso se hizo por sus juicios en materia
de placer, que se convirtió en alegre compañero de Nerón, quien apelaba a él
para imaginar nuevas diversiones y juegos de modo de pasar el tiempo
placenteramente. El era el «arbiter elegantiarum» («El juez en buen gusto y
estilo»), por lo que a menudo se lo llama «Petronius Arbiter». Sin embargo,
como muchos de los amigos y asociados de Nerón, Petronio tuvo mal fin. Las
sospechas de Nerón, que eran siempre fáciles de despertar, cayeron sobre él, y
Petronio prefirió suicidarse en el 66 antes que esperar la muerte a manos de
otros.
Otra famosa escuela de filosofía griega fue fundada por
Zenón, griego (posiblemente con algo de sangre fenicia) que había nacido en la
isla semigriega y semifenicia de Chipre, aproximadamente por la época del
nacimiento de Epicuro.
Zenón, como Epicuro, fundó una escuela en Atenas y
enseñaba en un lugar de la plaza del mercado que estaba adornado por un pórtico
o porche con pinturas de escenas de la guerra troyana. Era llamado la «Stoa
poikile» (el «pórtico pintado»), por lo que las enseñanzas de Zenón fueron
llamadas «estoicismo».
El estoicismo admitía la existencia de un Dios supremo y
parece haber estado en camino hacia un tipo de monoteísmo. Pero también creía
que los poderes divinos podían descender sobre toda clase de dioses menores y
hasta sobre los seres humanos que eran deificados. De este modo, los estoicos
se adaptaron a las prácticas religiosas prevalecientes.
El estoicismo comprendió la necesidad de evitar el dolor,
pero no creyó que la elección del placer fuese el mejor camino para ello. No
siempre se puede elegir el placer correctamente, y aunque se pueda, esto no
hace más que abrir la puerta a un nuevo tipo de dolor: el de perder el placer
de que se gozó antaño. La riqueza puede disiparse, la salud decaer y el amor
morir. El único modo seguro de vivir una vida buena, decidieron los estoicos,
es colocarse más allá del placer y del dolor; prepararse para no ser esclavo de
la pasión o del temor, tratar la felicidad y la desdicha con indiferencia. Si
no se desea nada, no se teme la pérdida de nada. Todo lo importante está dentro
de uno mismo. Si somos dueños de nosotros mismos, no podemos ser esclavos de
nadie. Si vivimos una vida rígidamente ajustada a un severo código moral, no
necesitamos temer la torturante incertidumbre de las decisiones cotidianas.
Hasta hoy, la palabra «estoico» es usada en castellano para significar
«indiferente al placer y el dolor».
Naturalmente, tal filosofía no podía ser tan popular como
la epicúrea, pero algunos romanos creían que las viejas virtudes romanas, la
laboriosidad, la valentía y la firme devoción al deber, eran justamente las que
valoraba el estoicismo. Por ello, hasta en los más fastuosos días del Imperio
temprano, muchos se convirtieron a esta filosofía.
El más conocido de los estoicos romanos de este período
era Séneca (Lucio Auneo Séneca), nacido alrededor del 4 a. C. en Corduba (la
moderna Córdoba), de España. Su padre había sido un famoso abogado, y el joven
Séneca también estudió derecho, asistió a una escuela estoica de Roma y llegó a
ser tan famoso como orador que atrajo la favorable atención de Calígula.
Después de morir éste, Séneca disgustó de algún modo a Mesalina, y ésta hizo
que su marido, el emperador Claudio, lo desterrase de Roma, en 41. Pero
Mesalina fue ejecutada, y la siguiente esposa de Claudio, Agripina, hizo volver
a Séneca en el 49 para que fuese el tutor de su joven hijo Nerón. Séneca hizo
todo lo que pudo para convertir a Nerón en un estoico, pero por desgracia, sus
enseñanzas no echaron raíces.
Séneca escribió ensayos sobre la filosofía estoica y una
serie de tragedias basadas en mitos griegos e imitando el estilo griego de
Eurípides, pero tan llenas de resonancias y furias emocionales (extrañas en un
estoico declarado), en lugar de sentimientos auténticos y pensamientos
profundos, que no son muy admiradas en la actualidad, aunque son las únicas
tragedias romanas que han llegado hasta los tiempos modernos.
Sin embargo, fue lo bastante popular en su época como para
despertar la envidia de Nerón. Este, tan orgulloso de su propia obra, no podía
soportar la idea de que la sociedad romana, en general, pensara que era en
realidad Séneca quien escribía con el nombre de Nerón. Séneca fue relegado a la
vida privada, y en 65 fue obligado a suicidarse, bajo la acusación de haber
tomado parte en una conspiración contra el Emperador.
Pero no era de esperar que las clases más pobres de Roma
se adhiriesen al epicureismo o al estoicismo. Carecían de la riqueza y el ocio
necesarios para ser epicúreos, por mucho que lo hubiesen deseado, y era un
triste consuelo para ellas que se las instase a despreciar los placeres cuando
no tenían ningún placer que despreciar.
Se necesitaba algo más cálido y reconfortante, algo que un
hombre pobre pudiese admitir, algo que prometiese una vida mejor después de la
muerte para compensar la miserable vida sobre la Tierra.
Estaban, por ejemplo, las religiones mistéricas griegas,
en las que los ritos no estaban al alcance de todos, sino sólo de los iniciados
en ellos. Se suponía que quienes participaban en ellos eran discretos
(«mystes») con respecto a lo que experimentaban, y de aquí viene la expresión
«religión mistérica» y el actual significado en castellano de la palabra
«misterio» como algo secreto, inexplicado y hasta inexplicable.
Los ritos mistéricos, cualesquiera que fuesen, eran
efectuados con una solemnidad que agitaba las emociones; unían a los
participantes con lazos de hermandad; y permitían a los iniciados, según su
propia creencia, tener una vida después de la muerte. Daban un sentido a la
vida, hacían que la gente sintiese el calor de la unión con otros en un
propósito común y ofrecían la promesa de que la muerte no era el final, sino la
puerta de entrada a algo más grande que la vida.
La más venerada de las religiones mistéricas griegas era
la de los misterios eleusinos, cuyo centro era Eleusis, lugar situado a unos
pocos kilómetros al noroeste de la ciudad de Atenas. Se basaban en el mito
griego de Deméter y Perséfone. Perséfone fue raptada y llevada al reino
subterráneo de Hades, pero fue devuelta; esto aludía a la idea de la muerte de
la vegetación en otoño y su renacimiento en la primavera, y más específicamente
a la muerte del hombre seguida por un glorioso renacimiento. Otra variedad de
este tipo de ritual eran los «misterios órficos», basados en la leyenda de
Orfeo, quien también descendió al Hades y apareció nuevamente.
Aun después de la decadencia del poder político griego,
las religiones mistéricas conservaron su importancia. Tan venerados eran los
misterios eleusinos que Nerón, en ocasión de una visita oficial a Grecia en 66,
pidió ser aceptado como iniciado. Pero se le negó porque había condenado a
muerte a su madre, y este horrible crimen lo incapacitaba por siempre jamás
para la comunión con los otros miembros de los ritos.
Es un notable tributo al valor asignado a los misterios el
hecho de que quienes los dirigían no quebrantasen sus reglas para admitir a
Nerón, aunque en todos los demás aspectos los griegos tratasen de complacerlo
todo lo posible. Así, celebraron competiciones especiales en las que Nerón pudo
medir sus fuerzas con profesionales griegos de la poesía, el canto, la lira,
las carreras de carros, etcétera, y lo dispusieron todo para que recibiera el
premio en todas las ocasiones. Más revelador aún de la importancia de los
misterios es que Nerón, quien raramente permitía que lo contrariasen, no
juzgara conveniente vengarse del insulto de ser rechazado por quienes se
hallaban al frente de los misterios.
Los misterios griegos llevaban la marca de la razón y la
moderación griegas. Pero a medida que la influencia romana penetró cada vez más
al este, entró en contacto con religiones orientales aún más emocionales y
coloridas, muchas de las cuáles también incluían el motivo de la muerte y
renacimiento inspirado por el ciclo estacional de la vegetación.
En Asia Menor existía un antiguo culto de Cibeles, la Gran
Madre de los Dioses, que en algunos aspectos era similar a la Deméter griega.
Sus ritos se difundieron por Grecia en época temprana y, en 204 a. C., cuando
los romanos estaban cerca del fin de su larga batalla contra el general
cartaginés Aníbal, también ellos empezaron a rendir culto a Cibeles. Una piedra
consagrada a ella que había caído del cielo (indudablemente, un meteorito), fue
llevada con gran pompa de Asia Menor a Roma. Al principio, los romanos se
sentían un tanto confusos en las ceremonias, y ante los extraños sacerdotes que
habían sido importados junto con la piedra, pero en la época del Imperio
temprano el culto de Cibeles llegó a ser uno de los más importantes en Roma.
Las deidades egipcias también se hicieron populares. En
tiempos griegos, el dios y la diosa egipcios más importantes eran Osiris e
Isis. Osiris pasaba por la muerte y la resurrección. Se suponía que sufría una
reencarnación física en el toro sagrado Apis. Para los griegos, Osiris Apis se
convirtió en «Serapis», y el culto de Serapis e Iris se hizo popular en Grecia
alrededor del 200 a. C. Un siglo más tarde, estos ritos empezaron a invadir
Roma. Augusto, que era un hombre anticuado, los desaprobaba, pero Calígula les
dio la sanción oficial.
Las diosas como Deméter, Cibeles e Isis eran
particularmente atractivas para las mujeres y, en verdad, para todos los que
valorasen la compasión y el amor. Los dioses masculinos a menudo eran dioses de
la cólera y la guerra, de modo que también los soldados podían tener el
consuelo de la religión.
De las tierras situadas al este del Imperio Romano, de
Partia o de Persia, llegó Mitra, figura divina que representaba el Sol. Siempre
era pintado como un joven que apuñalaba un toro, y los ritos de iniciación
incluían el sacrificio ritual de un toro. Las mujeres estaban excluidas de
estos ritos, por lo que el mitraísmo era una religión esencialmente masculina,
y particularmente de soldados. Empezó a hacer sus primeras intrusiones en Roma
por la época de Tiberio.
El cristianismo
Quedan por mencionar las religiones que surgieron en
Judea. La primera de ellas fue el mismo judaísmo, que se expandió desde Judea
hacia el exterior con los judíos que se asentaban en las diversas ciudades del
Imperio, particularmente en el Este, aunque también había una colonia bastante
considerable en la misma Roma.
En verdad, con el tiempo, los judíos que vivían fuera de
Judea superaron en número a los que habían permanecido en la tierra
tradicional. Y aunque aprendiesen a hablar griego y olvidasen el hebreo, no
olvidaron su religión. Su libro sagrado, la Biblia, fue traducida al griego
para los judíos que ya no podían leer el original hebreo en fecha tan temprana
como el 270 a. C.
Hasta había judíos que recibían una educación griega y
podían defender las creencias judaicas en términos comprensibles para los
griegos y los romanos de la época. El más destacado de ellos fue Philo Judaeus
(Filón el Judío), quien nació en Alejandría por el 20 a. C. y, en su vejez,
encabezó la delegación a Roma que iba a defender la causa de los judíos ante
Calígula.
En los últimos días de la República y los primeros del
Imperio, el judaísmo hizo conversos entre los romanos, incluidos algunos que
estaban en elevada posición.
Se hubiera difundido más aún si hubiese estado dispuesto a
transigir. Otras religiones tenían sus ritos especiales, pero no impedían a sus
miembros participar en el culto imperial. El judaísmo, en cambio, quería que
sus prosélitos abandonasen hasta las formas más inocuas de sus antiguos cultos.
Esto significaba que los romanos que deseaban hacerse judíos debían abandonar
la religión del Estado, apartarse de la sociedad y aun correr el riesgo de que
se levantase contra ellos la seria acusación de traición.
Además, el ritual judío era bastante complicado y difícil
para cualquiera que no hubiese nacido y sido educado en él. Partes de ese
ritual parecían irracionales y confusas para los educados en la filosofía
griega. Por añadidura, todo el que quisiese ser judío tenía que someterse a la
penosa operación de la circuncisión. Por último, el judaísmo en sentido
estricto estaba centrado en Judea, y el Templo de Jerusalén era el único lugar
donde alguien podía realmente acercarse a Dios.
El último golpe que dio fin a toda posibilidad de que los
judíos lograsen prosélitos fue la sangrienta revuelta de Judea. Los judíos se
convirtieron entonces en peligrosos enemigos de Roma y se hicieron más
impopulares que nunca en todo el Imperio.
Sin embargo, el judaísmo no era una religión monolítica;
había sectas dentro de él, y algunas de ellas eran más afines a los diversos
no-judíos («gentiles») del Imperio que otras.
Una de esas sectas fue la creada por los discípulos de
Jesús (véase página). Después de la crucifixión de Jesús, podía haberse pensado
que sus seguidores se dispersarían, puesto que su muerte parecía reducir al
ridículo sus pretensiones mesiánicas. Pero se difundió la historia de que fue
visto nuevamente tres días después de la crucifixión, y que había vuelto de la
muerte. No era meramente un Mesías humano, un rey que restauraría la monarquía
judía; era un Mesías divino, el Hijo de Dios, cuyo Reino estaba en el Cielo y
que retornaría pronto (aunque nadie sabía exactamente cuándo) para juzgar a
todos los hombres e instaurar la ciudad de Dios.
Los cristianos (como fueron llamados luego los discípulos
de Jesús y sus seguidores), al principio siguieron siendo judíos en sus
creencias y rituales, y obtuvieron sus conversos principalmente entre los
judíos.
Pero muchos judíos siguieron siendo férreamente
nacionalistas. No querían un Mesías que había muerto y dejado la nación
esclavizada; querían un Mesías que se manifestase gloriosamente liberándolos de
Roma. Este fue uno de los factores que llevó a la desastrosa rebelión contra
Roma.
En esa rebelión, los cristianos no tomaron parte alguna.
Ya tenían su Mesías; Roma no iba a durar eternamente, y era un error anticipar
los planes de Dios para la culminación de la historia secular. La no violencia
predicada por los cristianos, el deber de ofrecer la otra mejilla, de amar a
los propios enemigos y de dar al César lo que era del César, también les
impidió tomar parte en la rebelión.
Esta renuncia de los judíos cristianos a unirse a sus
compatriotas judíos en la guerra contra Roma hizo impopular el cristianismo
entre los judíos que sobrevivieron, y ya no hizo progresos entre ellos. Tampoco
los judíos, en general, han aceptado a Jesús como el Mesías hasta el día de
hoy, pese a las mayores presiones posibles.
Pero si el cristianismo fracasó entre los judíos, no
ocurrió lo mismo con otros pueblos. Esto fue el resultado en gran medida de un
judío llamado Saulo, quien en su trato con el mundo de los gentiles era
conocido por el nombre similar, pero de resonancias más romanas, de Pablo.
Pablo nació en la ciudad de Tarso, en la costa meridional
de Asia Menor, al parecer en el seno de una familia acomodada, pues su padre (y
por tanto él mismo) era ciudadano romano. Recibió una educación judía estricta
en Jerusalén y fue ortodoxo en sus creencias, tan ortodoxo que en su primer
encuentro con las enseñanzas de los cristianos quedó horrorizado por su
blasfemia y tuvo un papel de primera línea en los movimientos de persecución
contra ellos. Se ofreció para viajar a Damasco a fin de dirigir allí el
movimiento anticristiano, pero, según el relato de la Biblia, Jesús se le
apareció en el camino, y desde ese momento fue un ardiente cristiano.
Pablo empezó a predicar el cristianismo a los gentiles y,
al hacerlo, llegó a la creencia de que el intrincado ritual del judaísmo no era
esencial para la religión verdadera y que hasta podía llevar a alejarse de ella
al concentrar la atención en detalles insignificantes y oscurecer la esencia
interior («pues la letra mata, pero el espíritu da vida»).
Para ser cristiano, pues, un gentil no necesitaba
circuncidarse, ni tenía que observar todo el rigor del ritual judío ni asumir
el nacionalismo judío y venerar el Templo de Jerusalén.
Casi inmediatamente el cristianismo empezó a difundirse
por las ciudades de Asia Menor y Grecia, y más tarde en la misma Italia. La
crucifixión y resurrección de Jesús, y los ritos con que se conmemoraban estos sucesos,
recordaban las religiones mistéricas. La figura de María, la madre de Jesús,
brindaba un suavizante toque femenino. Sus costumbres austeras eran como las de
los estoicos. El cristianismo parecía tener algo que agradaba a todo el mundo.
En verdad, el cristianismo tenía una flexibilidad que el
judaísmo nunca tuvo. Cuando el cristianismo se difundió entre personas que no
sabían nada del judaísmo pero mucho sobre sus propias costumbres paganas, el
nuevo credo adaptó a sus propios fines la filosofía griega y las costumbres
paganas.
El mitraísmo, por ejemplo, que fue el principal competidor
del cristianismo durante un par de siglos, celebraba el 25 de diciembre como su
principal festividad. El mitraísmo era una forma de culto del sol, y el 25 de
diciembre estaba cerca del momento del solsticio de invierno, cuando el sol de
mediodía desciende a su punto máximo al Sur y comienza su lento retorno hacia
el Norte. Este es, en cierto sentido, el nacimiento del Sol, la garantía de que
el invierno terminará algún día y de que la primavera volverá, y con ella una
nueva vida. Esta época del año era celebrada también por otras religiones. Los
antiguos romanos consagraban ese período a su dios de la agricultura, Saturno,
y las celebraciones recibían el nombre de saturnales. Las saturnales eran momentos
de buena voluntad entre los hombres (hasta a los esclavos se les permitía
participar en la festividad en un temporal rango de igualdad), de festejos y de
regalos.
Los cristianos, al hallar irresistibles las emociones de
la estación del renacimiento del Sol, las adaptaron a sus creencias, en vez de
luchar contra ellas. Dieron a las emociones un nuevo uso. Puesto que la Biblia
no dice exactamente cuándo se produjo el nacimiento de Jesús, se lo podía
ubicar en el 25 de diciembre tanto como en cualquier otra fecha; esta fecha se
convirtió en la Navidad y su celebración subsiste hasta hoy. Y aún hoy la
fiesta de Navidad tiene algo de las características de las viejas saturnales.
Para los romanos, en general, al menos durante el medio
siglo posterior a la muerte de Jesús, los cristianos eran meramente otra secta
judía. En verdad, parecían más fastidiosos que otras sectas judías, pues se
esforzaban duramente por lograr conversos.
Puesto que los cristianos no adoraban a los dioses romanos
oficiales, eran considerados ateos. Y puesto que no participaban del culto
imperial, eran considerados radicales peligrosos y posibles traidores. De
hecho, los romanos juzgaban a los primeros cristianos de manera muy similar a
como la mayoría de los norteamericanos de hoy juzgan a los comunistas.
Este sentimiento llegó a un punto decisivo en 64 (817 A.
U. C.), cuando estalló un gran incendio que duró seis días y destruyó casi
totalmente la ciudad. No es difícil imaginar cómo puede empezar un incendio de
este género. Las partes más pobres de Roma tenían construcciones de madera
raquíticas y superpobladas. Los métodos modernos de prevención de incendios
eran desconocidos y no existían los equipos modernos para la extinción del
fuego. Era fácil que cualquier incendio que se produjese no pudiera ser dominado
y destruyese la ciudad. Grandes incendios se habían producido en Roma antes de
Nerón y otros más iban a tener lugar después de él, pero al parecer ese del 64
fue el peor del que haya quedado noticia.
Nerón estaba en Antium (la moderna Anzio), en la costa, a
unos cincuenta kilómetros al sur de Roma, cuando el fuego estalló. Al recibir
las noticias del incendio, Nerón volvió apresuradamente e hizo lo que pudo para
organizar operaciones de rescate, creó refugios temporales para los que se
habían quedado sin hogar, etcétera.
Al parecer su manía por el espectáculo pudo más que él en
un momento. Al contemplar el terrible espectáculo de la enorme ciudad en llamas
iluminando el horizonte a su alrededor, recordó el incendio de la ciudad de
Troya y, agarrando su lira, no pudo resistir la tentación de cantar alguna
famosa canción sobre ese escenario. Esto ha sido recordado desde entonces en el
relato de que Nerón «tocaba el violín» (el violín no fue inventado hasta muchos
siglos después) mientras Roma ardía.
Se hizo algún intento de modificar las condiciones que
habían dado origen al fuego. Los peores tugurios quedaron totalmente arrasados
y se intentó regular la reconstrucción, limitando la altura de los edificios y
aumentando los materiales resistentes al fuego, al menos en los pisos
inferiores. Hubiera sido una buena oportunidad para reconstruir Roma según un
plan racional, pero los viejos propietarios tendían a reconstruir donde lo
habían hecho antes y Roma fue una ciudad tan enmarañada y sin plan como lo había
sido antes.
Nerón aprovechó la oportunidad para hacerse construir un
nuevo y magnífico palacio de hormigón y ladrillos, construcción resistente y a
prueba del fuego que se puso de moda en lo sucesivo, entre quienes podían
permitírselo.
El pueblo romano sospechó que el incendio había sido
premeditado, y Nerón quizá pensó que sus enemigos difundirían la versión de que
el mismo Emperador había provocado el fuego. Nerón decidió adelantarse y acusó
a los cristianos. Eran un fácil chivo emisario y, como resultado de ello, se
inició la primera persecución organizada contra los cristianos.
Muchos fueron muertos obligados a enfrentarse desarmados
con leones en la arena o de otras horribles maneras. Según la tradición, Pablo
estaba en Roma por entonces y también Pedro, el principal discípulo de Jesús y
jefe de la comunidad cristiana de la ciudad. (Pedro es considerado el primer
obispo de Roma y, por lo tanto, el primer papa, según la doctrina católica
romana.) Se supone que Pedro y Pablo sufrieron el martirio en esa persecución.
Pero las persecuciones fueron llevadas a tales extremos
que, hasta según historiadores no cristianos, el populacho romano sintió
piedad. En definitiva, tales persecuciones hicieron más para estimular el
crecimiento del cristianismo que para impedirlo.
El fin de Nerón
Nerón, como casi todos los primeros emperadores,
desconfiaba de la aristocracia romana, y hasta la temía. Siempre tuvo miedo de
que los senadores soñasen con el poder y la gloria pasados y, por ende,
mantenía un ojo vigilante y una mano firme sobre ellos. La crueldad de Nerón
sólo sirvió para alentar al Senado a comparar su lamentable situación con la
gloria del pasado y a conspirar contra el Emperador.
En 65, hubo un movimiento secreto para eliminar a Nerón y
reemplazarlo por un senador llamado Cayo Calpurnio Pisón. Por desgracia, los
conspiradores no actuaron con rapidez, sino que estuvieron indecisos durante el
tiempo suficiente para que alguien informase a Nerón. El Emperador actuó
enérgicamente e hizo ejecutar a todos los que estaban relacionados (o de los
que se sospechaba que lo estaban) con la conspiración. Séneca y Petronio fueron
obligados a suicidarse a la sazón y, un poco más tarde, también Corbulón, el
triunfante general que había combatido a los partos.
La muerte de Corbulón no podía ser popular en el ejército,
o entre los otros comandantes de los legionarios en particular. La ejecución de
unos pocos senadores o aristócratas no preocupaba a un general, pero se
inquietaba cuando se mataba a otros generales.
También la revuelta de Judea era algo embarazoso para el
orgullo romano, pues unos pocos y miserables campesinos judíos tenían en jaque
a la flor del ejército romano. Lo más sencillo parecía culpar de ello a la mala
administración del gobierno. Y era tanto más fácil cuanto que la gira de Nerón
por Grecia era una muestra patente de la locura imperial, mientras los soldados
morían. (Este era el verdadero acto de «tocar el violín» mientras Roma ardía.)
La exhibición de Nerón en Grecia, donde intervino en varios juegos, también era
indignante para todos aquellos romanos quienes aún creían que el jefe del
gobierno romano debía ser un guerrero y un estadista, no un cómico de la legua.
En diversos lugares, las legiones de las provincias se
rebelaron y trataron de proclamar sus emperadores particulares. Nerón volvió
apresuradamente a Italia en 68 (821 A. U. C.), pero la situación empeoró. Las
legiones de España proclamaron emperador a su comandante, Servio Sulpicio
Galba. La guardia pretoriana lo aceptó y declaró a Nerón enemigo público.
Lo único que a Nerón le quedaba por hacer era suicidarse.
Después de muchas vacilaciones, se clavó una espada, llorando mientras
exclamaba (según la tradición): «¡Qué gran artista pierde el mundo!» Sólo tenía
treinta y un años en el momento de su muerte.
Nerón fue el último emperador descendiente de Augusto. Si
contamos a partir del 48 a. C., cuando Julio César derrotó a Pompeyo, la casa
julío-claudiana dominó en Roma durante más de un siglo y dio un dictador y
cinco emperadores.
Pero la muerte de Nerón no destruyó la tradición
julio-claudiana. Hubo docenas de emperadores después de Nerón y, aunque ninguno
de ellos tenía una gota de la sangre de César y Augusto en sus venas, todos
ellos adoptaron los títulos imperiales de César y Augusto.
De hecho, la palabra «César» llegó a ser sinónimo de
«emperador», por lo que en tiempos modernos los emperadores de Alemania y de
Austria-Hungría fueron llamados «Kaiser», ortografía alemana (y pronunciación
correcta) del latín «Caesar». La palabra rusa «Zar» o «Czar» también deriva de
«Caesar». Todavía en 1946, Bulgaria estaba gobernada por el zar Simeón II, y
hasta 1947 hubo un emperador británico de la India cuyo título era
«Kaiser-i-Hind». Así, durante dos mil años después del asesinato de Julio César,
su nombre pervivió entre los gobernantes del mundo.
3. El linaje de Vespasiano
Vespasiano
El fin de Nerón fue, en cierto modo, un terrible desastre
para Roma. Demostró a los romanos de todas partes que el cargo de emperador no
pertenecía a una «familia real» como el linaje de Augusto, sino que podía ser
otorgado a cualquiera, a generales, por ejemplo. El ejército no olvidó esta
lección.
Además, la elección de Galba como general-emperador no fue
muy feliz. Era un viejo de más de setenta años, tan agobiado por la edad que no
podía caminar, sino que tenía que ser llevado en litera. Luego, para terminar,
decidió economizar. Esta es una actitud que puede ser buena en sí misma, pero
cuando economizó a expensas de los soldados, que esperaban gratificaciones de
cada nuevo emperador y cuyo apoyo era esencial para Galba en particular,
resultó ser una actitud suicida.
Otros ejércitos impulsaron a otros generales a luchar por
el trono. Marco Salvio Otón, uno de los oficiales que había servido bajo Galba,
provocó una rebelión porque éste había nombrado a otro como sucesor. Otón
conquistó el favor de la guardia pretoriana, encolerizada por no haber recibido
la gratificación que esperaba, y Galba fue muerto después de haber reinado
siete meses.
Otón fue aceptado por el Senado (que no podía hacer otra
cosa), pero sólo reinó tres meses, pues aunque el Senado lo aceptó, hubo otras
secciones del ejército que lo rechazaron.
A la cabeza de las legiones de Germania estaba Aulo
Vitelio, quien había sido nombrado para ese puesto por Galba. Cuando llegaron
noticias de la muerte de Galba, las legiones se negaron a aceptar a Otón y
proclamaron emperador a Vitelio. Marcharon hacia Italia, derrotaron a las
tropas de Otón y, cuando Otón se suicidó, el camino quedó expedito para que
Vitelio se declarase emperador y recibiese la sanción del Senado.
Pero en el ínterin, Vespasiano, el general que estaba
sometiendo lentamente a los judíos rebeldes, también fue proclamado emperador.
Ocupó Egipto (lo cual le dio el control sobre el aprovisionamiento de cereales
de Roma) y luego volvió a Italia y derrotó a las tropas de Vitelio. Este fue
muerto después de un reinado de medio año, y en 69 (822 A. U. C.) Vespasiano
era Emperador.
Con Vespasiano, el cuarto emperador en poco más de un año
(el 68-69 es llamado a veces el «año de los cuatro emperadores), la situación
se tranquilizó. El nombre tribal de Vespasiano era Flavio, por lo que se dice
que él fundó la «dinastía flavia» de emperadores romanos.
Vespasiano, como Galba, era de avanzada edad, pues tenía
61 años cuando fue elegido emperador. Pero a diferencia de Galba, era un hombre
vigoroso de mente y cuerpo. Pudo haber establecido un despotismo militar, pues
disponía del necesario apoyo del ejército para ello. Sin embargo, se
consideraba a sí mismo como el sucesor de Augusto, y se propuso deliberadamente
conservar el principado y su sistema de gobierno.
Su primera tarea fue la reforma. Las finanzas del Imperio
estaban en ruinas como resultado de las derrochadoras extravagancias de hombres
como Calígula y Nerón.
Por ello, Vespasiano reorganizó el sistema fiscal una vez
más y se dispuso a imponer una rígida economía. Él mismo era un hombre austero
que amaba la vida sencilla. No tenía pretensiones y no se avergonzaba en
absoluto de provenir de una familia de clase media de escasa distinción. (Fue
el primer emperador que no pertenecía a una familia aristocrática.) Fue acusado
de mezquindad y avaricia por los mismos historiadores senatoriales que acusaron
a Nerón de extravagancia, pero sólo hay que creer eso a medias. Hay toda clase
de razones para creer que las economías de Vespasiano eran necesarias y
beneficiosas.
Vespasiano también se dispuso a reorganizar el ejército, y
disolvió algunas de las legiones que habían actuado más desordenadamente en la
guerra civil que precedió a su ascenso al trono.
La reforma del ejército fue también particularmente
necesaria porque desde la época de Augusto los ejércitos del Imperio fueron
cada vez menos italianos. Esto era comprensible. Era tarea de las legiones
estar permanentemente en guardia en fronteras muy distantes de Roma. Era más
fácil y natural reclutarlas entre las provincias que debían ser protegidas. Los
galos, panonios y tracios llenaban las filas y eran buenos soldados; muy a
menudo se los recompensaba con la ciudadanía.
Esto tenía sus ventajas. Apresuraba la identificación con
el Imperio de las provincias exteriores. Hacía más fácil la romanización, y
difundía la lengua latina y la cultura grecorromana por las regiones más
lejanas de Europa.
No obstante, la provincialización del ejército también
tenía sus peligros. Un galo podía hablar latín, usar una toga y ser educado en
la literatura griega y latina, pero no podía abrigar los mismos sentimientos
con respecto a la abstracción de la historia y la tradición romanas. No podía
sentir la misma continuidad con los romanos de tiempos pretéritos, quienes, a
fin de cuentas, no eran sus antepasados y, de hecho, habían matado y
conquistado a sus propios antepasados. Si era un soldado, se sentiría más inclinado
a ser fiel a un jefe capaz en la guerra y hábil en el manejo de los hombres que
a una ciudad y un Senado distantes que no conocía. Si su jefe decidiera marchar
contra esa ciudad, lo seguiría.
Esto quedó demostrado definitivamente en 69, cuando
ejércitos de España, Galia y Siria convergieron sobre Roma, cada uno de ellos
en pro de su propio jefe.
Vespasiano no podía modificar esto; no podía llenar las
legiones de italianos porque no había suficientes italianos dispuestos a
luchar, y los provincianos eran soldados demasiado buenos para prescindir de
ellos. Pero la guardia pretoriana, que estaba estacionada en Italia y que,
puesto que se hallaba en el lugar, era la más peligrosa, debía ser cuidada. Sus
miembros, al menos, debían ser italianos, y Vespasiano hizo que así fuera. Más
aún, les dio como jefe a su propio hijo, Tito, como medio adicional de dominarla.
Vespasiano también reorganizó el Senado, destituyendo a
sus miembros indignos, nombrando a otros buenos y cuidando mucho de que no
participasen realmente en el gobierno. Pese a su propensión a la economía,
emprendió obras públicas para embellecer la ciudad, sabiendo que esto daría
empleo a algunos romanos y elevaría la moral de todos.
Con su firme liderazgo, también restauró el respeto por
las armas romanas, que había caído muy bajo con el endeble y autocomplaciente
Nerón. Una peligrosa revuelta de algunos cuerpos de ejército de la Galia fue
aplastada y Tito completó la limpieza de Judea apoderándose de Jerusalén.
Vespasiano anexó los últimos restos de distritos autónomos del Este y
reorganizó las provincias de Asia Menor. La provincia de Siria fue extendida
hacia el Este para incluir la importante ciudad mercantil de Palmira. De este
modo se puso la región en condiciones de hacer frente a cualquier problema con
los partos, en caso de que Partia creyese que la rebelión de Judea y la
anarquía del 68 brindaban una ocasión propicia para iniciar una guerra. Partia
comprendió la indirecta y permaneció en calma.
Tito volvió a Roma en 71 con los despojos de la guerra de
Judea y un magnífico triunfo se celebró en homenaje al padre y al hijo. La
popularidad de la nueva dinastía estaba asegurada.
En Britania, la conquista romana, suspendida bajo Nerón,
fue reanudada en 77. Bajo el mando de un dinámico general, Cneo Julio Agrícola,
Gales fue conquistada y las armas romanas avanzaron hacia el Norte, hasta cerca
de la moderna Aberdeen, en 83. Una flota romana llegó a navegar alrededor del
norte de Escocia y se proyectó la invasión de Irlanda. Después de la campaña de
Agrícola, las partes conquistadas de Britania se romanizaron rápidamente.
Pero poco después de comenzar la campaña de Britania, la
vida de Vespasiano estaba llegando a su fin. Sabía que se estaba muriendo y,
aludiendo a la costumbre romana ya establecida de rendir honores divinos a los
emperadores muertos, dijo con trágico humor: «Siento que me estoy convirtiendo
en un dios». En el momento final, pidió a quienes lo rodeaban que le ayudasen a
levantarse. «Un emperador -dijo- debe morir de pie.»
Cuando murió, en 79 (832 A. U. C.), dejó el principado y
el Imperio también en pie. Diez años de gobierno de Vespasiano habían remediado
las consecuencias de las locuras de Nerón.
Tito
Tito sucedió a su padre sin problemas. Vespasiano había
planeado la sucesión y asociado a su hijo en el gobierno. Por vez primera un
emperador era sucedido por su hijo consanguíneo.
Tito había llevado una vida alegre y era sumamente popular
por su generosidad e indulgencia, y se dispuso, al ascender al trono imperial,
a trabajar duro y realizar una buena tarea. Casi el único defecto que el
populacho romano podía hallarle era que tenía una amante judía. Mientras
combatía en Judea, Tito había conocido a Berenice, hermana de Herodes Agripa
II, y se habían enamorado mutuamente. Cuando Tito retornó a Roma, llevó consigo
a Berenice, con quien proyectaba casarse. Pero esto no lo permitían los
prejuicios antisemitas del populacho y, finalmente, muy a su pesar, tuvo que
enviarla de vuelta a su país.
El reinado de Tito se señaló por una paz (excepto la
compaña de Britania) y una prosperidad generales. Se abstuvo de cometer actos
arbitrarios y fue un gobernante moderado. Desgraciadamente, sólo vivió dos años
después de convertirse en emperador, pues murió en 81 a la edad de sólo
cuarenta años.
En su breve reinado se produjo una notable catástrofe. Los
sabios tenían conocimiento de que una montaña cercana a Nápoles y llamada
Vesubio había sido antaño un volcán, pero no se tenía memoria de que hubiese
entrado nunca en erupción. Las ciudades de Pompeya y Herculano estaban ubicadas
en su vecindad, y las granjas se esparcían por sus laderas. Pompeya, en
particular, era una ciudad de veraneo de los romanos ricos. El orador romano
Cicerón era uno de los que, un siglo y cuarto antes, se jactaban de poseer una
villa pompeyana.
En 63, durante el reinado de Nerón, se produjo un
terremoto en la región que dañó a Pompeya y también a Neapolis (Nápoles). Pasó
y el daño fue reparado. Pero en noviembre del 79 el monte Vesubio sufrió una
violenta erupción y, en pocas horas, Pompeya y Herculano fueron aplastadas y
enterradas bajo la ceniza y la lava.
Esa trágica catástrofe tuvo gran valor para los
historiadores modernos. Desde comienzos del siglo XVIII, Pompeya ha sido
excavada lentamente y ha sido como descubrir una ciudad fosilizada, un
escenario montado en tiempos romanos y colocado en el nuestro. Se descubrieron
templos, teatros, gimnasios, hogares y tiendas. Han aparecido obras de arte,
inscripciones y hasta garabatos hechos por ociosos. Los historiadores bien
quisieran que tales accidentes ocurriesen más a menudo si pudiesen suceder sin
pérdida de vidas.
Tito se dirigió apresuradamente al escenario de la
erupción para supervisar la labor de rescate y ayudar a los supervivientes.
Pero cuando se marchó, estalló en Roma un incendio que duró tres días y tuvo
que retornar para atender también a esta cuestión.
En una tónica más alegre, inauguró nuevos baños (los
«baños de Tito») y completó un proyecto iniciado por su padre, el primero de
los grandes anfiteatros que iban a construirse en Roma. Vespasiano lo había
comenzado en el lugar del palacio de Nerón, que Vespasiano hizo derribar para
devolver ese espacio al uso público. El anfiteatro era de piedra y tenía
capacidad para cincuenta mil espectadores, tamaño respetable aun juzgado según
patrones modernos. Fue el lugar del tipo de espectáculos de que gozaba el populacho
romano: carreras de carros, combates de gladiadores, lucha con animales, etc.
Habría sido mejor llamarlo el anfiteatro Flavio, pero
cerca de él había una gran estatua de Nerón. Estas estatuas de gran tamaño eran
llamadas «colossae» por los romanos (de donde deriva nuestro adjetivo
«colosal»), por lo que el anfiteatro llegó a ser conocido como el «Coliseo».
Todavía hoy se lo llama por este nombre y, aunque en ruinas, tiene gran
magnificencia y domina la ciudad de Roma.
Domiciano
A la muerte de Tito, le sucedió su hermano menor,
Domiciano (Titus Flavius Domitianus). Fue como si la historia se repitiese. Con
Vespasiano y Tito, parecía que habían vuelto los días de Augusto; eran
gobernantes amables, muy respetuosos de los senadores y que, por tanto, gozaron
de «buena prensa» por parte de los historiadores partidarios del Senado. Pero
con el advenimiento de Domiciano, fue como si Augusto hubiera sido sucedido
nuevamente por Tiberio.
Al igual que Tiberio, Domiciano era frío, introvertido y
sin ningún don para la popularidad. No hizo ningún esfuerzo para fingir respeto
hacia el Senado ni para rendirle los honores necesarios a fin de salvar las
apariencias para sus miembros. Esto trajo la consecuencia de que los
historiadores posteriores lo describieron como cruel y tiránico. Quizá lo fuese
con los senadores, pero su gobierno fue, por lo demás, justo y firme. Trató de
estimular la vida familiar y la religión tradicional, prohibió que se hiciesen
eunucos, reconstruyó los templos destruidos por el incendio del 80, construyó
el Arco de Tito en honor de su hermano mayor, edificó bibliotecas públicas y
montó pródigos espectáculos para el populacho. Impuso un gobierno eficiente en
las provincias y se esforzó por asegurar las fronteras imperiales.
La línea del Rin y el Danubio que señalaba la frontera
norte del Imperio tenía su punto más débil en la región cercana a la fuente de
los dos ríos. Allí, en lo que es ahora Badén y Württemburg, en el sudoeste de
Alemania, la línea de los ríos formaba una protuberancia que avanzaba
profundamente hacia el sudoeste. Si atacaban por ese saliente, las tribus
germanas podían fácilmente separar Italia de la Galia y causar enormes
problemas.
En época de Domiciano, esta posibilidad debía ser tomada
seriamente. Las tribus germánicas de la región, los catos, habían luchado
contra los romanos de tanto en tanto desde la época de Augusto, y Domiciano
decidió poner fin al peligro. A la cabeza de sus tropas, cruzó el Rin en 83,
derrotó a los catos y preparó la ocupación permanente de la región por Roma.
Pero, como Tiberio, no estaba interesado en extender
irrazonablemente (y costosamente) las conquistas extranjeras. Después de
eliminar la amenaza de los catos, volvió a una línea defensiva firme. Construyó
a través del peligroso ángulo de Germania sudoccidental una línea de
fortalezas, eliminando el saliente y reforzando el punto débil. Después de eso
se contentó con mantenerse en la región.
Además, hizo volver a Agrícola de Britania. Los enemigos
de Domiciano del Senado se apresuraron a afirmar que lo hacía por celos, pero
también puede argüirse que la larga campaña de Agrícola estaba llegando al
punto en que disminuían los beneficios. Las desoladas tierras altas de Escocia
y los salvajes y bárbaros páramos irlandeses no compensaban los dolores, la
sangre y el dinero que se necesitaban para conquistarlos. Domiciano no quería
preocupaciones por ellos, particularmente cuando provincias más cercanas
exigían emprender acciones militares.
La naturaleza introvertida de Domiciano lo llevó a la
soledad, como había ocurrido con Tiberio medio siglo antes. Puesto que no
confiaba en nadie, no se sentía a gusto con nadie. Y, naturalmente, cuanto más
se retraía, tanto más recelosos se volvían los miembros de la corte y los jefes
del ejército, pues, como es de suponer, se preguntaban qué estaba dispuesto a
hacer y era fácil creer los rumores de que planeaba efectuar muchas
ejecuciones.
La falta de popularidad de Domiciano tentaba a los
generales a planear una revuelta contra él. Un general de la frontera
germánica, Antonio Saturnino, hizo que sus tropas le proclamasen emperador y se
rebeló en 88. Saturnino contó con la ayuda de los bárbaros germanos, temible
presagio del futuro y del día en que bandas rivales de bárbaros serían
conducidas por facciones romanas opuestas a través del cuerpo agonizante del
Imperio.
En ese primer intento, los bárbaros fracasaron y Domiciano
aplastó la revuelta. Este suceso fortaleció, como es natural, el espíritu
receloso de Domiciano, quien actuó duramente contra todos los que, según él
pensaba, podían haber tomado parte en la revuelta o simpatizado con ella, y su
carácter ahora parece haber cambiado para peor.
Exilió de Roma a los filósofos, pues creía que adherían a
un republicanismo idealizado y, por tanto, estaban automáticamente contra todo
emperador fuerte. También emprendió acciones contra los judíos dispersos por el
Imperio, pues sabía que no podía esperarse de ellos que estuviesen a favor de
ningún Flavio. También se registraron en este reinado persecuciones a los
cristianos, aunque esto quizá se haya debido a que los romanos todavía los
consideraban sólo como una variedad de los judíos.
Para desalentar toda posterior revuelta militar. Domiciano
instituyó la costumbre de acuartelar todas las legiones en campamentos
separados en las fronteras, de modo que dos legiones no pudiesen unirse contra
el Emperador. Pero esto tendió a inmovilizar las legiones, pues todo intento de
unirse contra la amenaza de un ataque del exterior fácilmente podía
interpretarse como una tentativa de asociarse con alguna traidora finalidad.
Así, las defensas romanas sufrieron cierto endurecimiento y rigidez, pérdida de
flexibilidad que hizo cada vez más dificultoso rechazar a los bárbaros del
Norte excepto bajo emperadores particularmente enérgicos.
Bajo Domiciano, por ejemplo, hubo sangrientos choques con
los dacios, tribus que vivían al norte del Danubio inferior, en la región que
ahora constituye la nación rumana. En la década del 80, los dacios quedaron
bajo la belicosa dominación de un jefe llamado Decébalo y cruzaron
repetidamente el Danubio, congelado en invierno, para hacer incursiones en
Mesia, la provincia romana que estaba inmediatamente al sur.
Domiciano se vio obligado a tomar las armas contra ellos.
Los expulsó de Mesia y luego invadió Dacia. Durante varios años, los romanos
lograron mantener su dominación. Pero la revuelta de Saturnino distrajo a
Domiciano; una fuerza romana sufrió un desastre en Dacia, e infructuosos
ataques contra las tribus germánicas al oeste de Dacia lo convencieron de la
inutilidad de ulteriores esfuerzos en esa dirección.
Domiciano pensó que traería menos problemas aceptar una
sumisión nominal de Decébalo, quien recibió su corona de Domiciano pero en
realidad siguió siendo independiente. De hecho, Domiciano admitió en 90 pagar a
Decébalo un subsidio anual para mantener la paz y evitar las correrías. Esto
era más barato que continuar la guerra, pero la oposición senatorial lo
consideró como un tributo vergonzoso, el primero de la historia romana.
Finalmente, en 96 (849 A. U. C.), Domiciano, cuyos últimos
años son descritos como un reinado del terror, llegó a su fin. Se organizó una
conspiración palaciega, en la que participaron cortesanos y la misma
emperatriz, y Domiciano fue asesinado.
Así terminó el linaje de Vespasiano, que gobernó a Roma
durante veintisiete años y dio tres emperadores.
4. El linaje de Nerva
Nerva
Los conspiradores que mataron a Domiciano habían aprendido
la lección dada por los que habían matado a Nerón una generación antes. No
dejaron un vacío para que fuese llenado por generales en lucha unos con otros,
sino que ya tenían un candidato. Puesto que no eran hombres de armas (aunque
tuvieron la precaución de ganarse el apoyo del jefe de la guardia pretoriana),
no eligieron a un general, sino a un senador.
Su elección cayó sobre un senador sumamente respetado
llamado Nerva (Marcus Cocceius Nerva), cuyo padre había sido un famoso abogado
y amigo del emperador Tiberio. El mismo Nerva había desempeñado cargos de
responsabilidad bajo Vespasiano y Tito, y, en 90, compartió el consulado con el
mismo Domiciano. Luego cayó en desgracia con Domiciano, quien lo exilió al sur
de Italia.
Tenía sesenta y tantos años en el momento de la muerte de
Domiciano y no era de esperar, como es natural, que viviese mucho tiempo. Sin
duda, quienes apoyaban a Nerva contaban con esto y pensaban que su reinado
sería un breve período de espera en el que podía elegirse un candidato mejor.
Nerva trató de poner fin a la periódica hostilidad entre
el emperador y el Senado y de poner en práctica la teoría de que el Imperio
Romano en realidad era gobernado por el Senado, y el emperador sólo era el
sirviente de éste. Prometió no ejecutar nunca a un senador, y nunca lo hizo.
Cuando se descubrió una conspiración contra él, se contentó con desterrar al
jefe sin ejecutar a nadie. Puso en práctica una economía estricta, hizo volver
a los exiliados políticos, organizó un servicio postal controlado por el
Estado, creó instituciones de caridad para el cuidado de los niños necesitados
y se mostró en todo aspecto como una persona humanitaria y amable.
Si bien el intento de Nerva de hacer a su gobierno
responsable del bienestar de los ciudadanos parece sumamente encomiable, su
reinado señaló un inquietante cambio decisivo en la sociedad antigua. Cada vez
más, los gobiernos locales se mostraron incapaces de llevar a cabo sus tareas.
Y cada vez más se dirigieron al emperador. Se esperaba que el gran gobernante
de Roma cuidase de todos. Si lo hacía efectivamente, estaba bien, pero si
llegase el tiempo en que el gobierno central fuese corrupto o incapaz, ¿qué
sería, entonces, de los gobiernos locales, que ya no eran capaces de cuidar de
sí mismos?
Pero, por el momento, sólo la guardia pretoriana estaba
insatisfecha. Domiciano había sido popular entre sus miembros porque los
favorecía, pues sabía bien que dependía de su apoyo para mantenerse en el
poder. Por consiguiente, les pagaba bien y les permitía muchas libertades. Las
economías de Nerva y su dependencia del Senado empeoraban la situación de los
soldados de la guardia, quienes, con amargo desengaño, exigieron la muerte del
principal conspirador contra Domiciano y de su propio jefe, que había apoyado
la conspiración. Nerva se halló enfrentado con el destino de Galba (véase
página), pero trató con valentía de arrostrar a los soldados de la guardia.
Nerva no perdió su vida como resultado de ello, pero le infligieron una dura
humillación al matar a quienes quería y luego obligar a Nerva a hacer que el
Senado votase una moción de agradecimiento hacia ellos por esa matanza.
Nerva comprendió que no podía dominar al ejército y que su
muerte acarrearía serios desórdenes. No tenía hijos a quienes legar el poder,
como Vespasiano había hecho con Tito. Por ello, buscó a su alrededor a algún
buen general en quien pudiera confiarse que gobernaría bien para adoptarle como
hijo y asegurar la sucesión. Si no podía tener un Tito, al menos tendría un
Tiberio.
Su elección cayó, muy sabiamente, en Trajano (Marcus
Ulpius Trajanus). Este nació en España en el 53, cerca de la moderna ciudad de
Sevilla e iba a ser el primer emperador nacido fuera de Italia (aunque era de
ascendencia italiana). Fue un soldado toda su vida e hijo de un soldado, que
siempre actuó con eficiencia y capacidad.
Tres meses después de efectuarse la adopción, Nerva murió,
habiendo reinado cerca de un año y medio, y Trajano le sucedió pacíficamente en
el trono.
Trajano iba a seguir el buen ejemplo de Nerva: mantuvo la
promesa de no hacer ejecutar nunca a un senador y adoptó a un joven capaz como
sucesor. En verdad, a partir de Nerva, hubo una serie de emperadores que se
sucedieron unos a otros por adopción. A veces se los llama los «Antoninos», por
el apellido de los últimos.
La Edad de Plata
En el nuevo período de paz, seguridad y prosperidad que se
inició con Nerva, la aristocracia romana dio un gran suspiro de alivio y los
historiadores romanos escribieron libros en los que describían a la mayoría de
los emperadores anteriores con los más negros colores, para aumentar el
contraste con los amables emperadores protectores del Senado que ahora se
estaban sucediendo en el trono y también para obtener una especie de venganza
póstuma sobre los gobernantes anteriores.
La venganza fue más eficaz de lo que los mismos
historiadores habrían imaginado, pues algunos de sus libros sobrevivieron y han
ennegrecido para siempre los nombres de los primeros emperadores. Por malos que
hayan sido algunos de esos emperadores, no hay uno solo que no aparezca en las
historias senatoriales (y por ende en el pensamiento de los hombres de hoy)
mucho peor de lo que probablemente fue en la vida real.
El más importante de esos historiadores fue Cornelio
Tácito. Prosperó bajo los Flavios, pero en los años finales del reinado de
Domiciano vivió en una considerable inseguridad. Era yerno de Agrícola, el
general que había extendido la dominación romana en Britania y había sido
llamado por Domiciano. También esto aumentó el resentimiento de Tácito hacia
este emperador. Escribió una historia de Roma desde la muerte de Augusto hasta
la muerte de Domiciano desde el punto de vista del republicanismo senatorial y no
vio nada bueno en la mayoría de los emperadores de ese período. Tiberio, en
particular, fue objeto de su desagrado, probablemente porque su carácter era
muy similar al de Domiciano.
Tácito también escribió una biografía de Agrícola, libro
valioso por la luz que arroja sobre los britanos de la época. Tácito estuvo
ausente de Roma entre el 89 y el 93, y quizás pasara parte de ese tiempo en
Germania, porque escribió también un libro sobre ese país que es ahora
prácticamente la única fuente de conocimiento que tenemos de esa región en la
época del temprano Imperio. No podemos dejar de admirar la exactitud del libro,
aunque Tácito trataba claramente de emitir un juicio moral, comparando la vida
sencilla y virtuosa de los germanos con el decadente lujo de los romanos. Para
hacer resaltar esto, probablemente pintó un cuadro demasiado brillante en un
aspecto y demasiado oscuro en el otro.
Cayo Suetonio Tranquilo era un historiador más joven que
nació alrededor del 70 en la costa africana. Es famoso por un libro titulado
«Vida de los Doce Césares». Era un conjunto de biografías chismosas de Julio
César y los once primeros emperadores de Roma, hasta Domiciano inclusive.
Suetonio gustaba de repetir historias escandalosas e incorporó a su libro
muchas cosas que los historiadores modernos habrían descartado por
considerarlas mero chismorreo. Pero escribía con sencillez, y las historias
escandalosas que repitió dieron popularidad al libro, hasta el día de hoy.
El más importante historiador no romano del período fue un
judío llamado José, que romanizó su nombre para convertirlo en Flavio Josefo.
Nació en el 37, y no sólo estaba versado en las tradiciones judías, sino que
también poseía la suficiente experiencia mundana como para asimilar con
facilidad una educación romana. Conocía a ambas partes y visitó Roma en 64 a
fin de pedir un tratamiento mejor y más tolerante para los judíos, mientras en
Judea instó a la moderación y al freno de los elementos más nacionalistas.
Fracasó, y cuando estalló la Guerra de Judea, se vio
obligado a conducir un contingente contra los romanos. Combatió bien,
resistiendo durante largo tiempo contra fuerzas superiores. Cuando finalmente
se vio obligado a rendirse, no se suicidó como los otros resistentes
desesperados. En cambio, se inclinó ante lo inevitable, hizo las paces con
Vespasiano y Tito y pasó el último cuarto de siglo de su vida en Roma como
ciudadano romano, muriendo en 95, aproximadamente.
Pero no olvidó totalmente a sus infortunados compatriotas.
Escribió una historia de la rebelión titulada La guerra de los judíos,
publicada a finales de Vespasiano, y una autobiografía para defenderse contra
la acusación de haber provocado la rebelión, y otro libro en defensa del
judaísmo contra los antisemitas. Su obra maestra fue Las antigüedades judías,
una historia de los judíos (con una descripción de los libros históricos de la
Biblia) que llegaba hasta el estallido de la rebelión.
En este último libro, se menciona a Jesús de Nazaret en un
párrafo, la única referencia contemporánea a Jesús fuera del Nuevo Testamento.
Pero la mayoría de los sabios consideran apócrifo el párrafo, y creen que fue
insertado posteriormente por algún ardiente cristiano inquieto por la falta de
referencia de Josefo a Jesús en su descripción de Judea en la época de Tiberio.
El período de los Flavios se señaló por la producción de
una importante literatura. Los críticos no la colocan en el mismo nivel que las
grandes creaciones de la época de Augusto y se limitan a aludir a los escritos
del tiempo de los Flavios como la «Edad de Plata».
Esta edad de plata incluye a tres destacados satíricos, es
decir, autores que se burlaban de los vicios de su tiempo y, de este modo,
contribuyeron a mejorar la moral pública. Esos satíricos eran Persio (Aulus
Persius Flaccus), Marcial (Marcus Valerius Martialis) y Juvenal (Decimus Junius
Juvenalis).
Persio fue el primero y, en realidad, precedió al período
navío, pues escribió en los reinados de Claudio y Nerón. Se especializó en
burlarse de los gustos literarios del momento, que, pensaba, reflejaban la
decadencia general de la moral. Murió antes de los treinta años, y
probablemente habría ganado mayor fama si hubiese vivido más tiempo.
Marcial nació en España, en 43, llegó a Roma en época de
Nerón y permaneció allí por el resto de su vida, muriendo en 104. Se le conoce
sobre todo por su epigramas satíricos, versos cortos, de dos a cuatro líneas,
que podían ser sumamente mordaces. Escribió alrededor de 1.500 de ellos, y los
dividió en catorce libros. Se mofó de todo lo que a sus ojos era disoluto y
erróneo y es probable que sus epigramas estuvieran en los labios de todas las
personas importantes de Roma. Tal vez todo el que fuese objeto de su mordaz
ingenio sintiese el escozor por años.
Marcial fue muy popular en vida, y recibió el patrocinio
de Tito y Domiciano. Esto se debió en parte a que su ingenio era genuinamente
divertido y en parte a que a menudo se permitió escribir versos indecorosos,
por lo que algunos de sus epigramas son casi como «chistes verdes».
Un epigrama decente que podemos tomar como ejemplo es el
siguiente:
Non amo te, Sabidi, nec possum dicere quare;
Hoc tantum possum dicere, non amo te.
Esto significa: «No te quiero Sabidio, y no sé por qué;
sólo puedo decir que no te quiero».
Este epigrama es más conocido hoy [en los países de habla
inglesa, n. del t.] en la forma de una traducción libre hecha por Thomas Brown,
cuando estudiaba en Oxford, alrededor de 1780, y referida a su decano, John
Fell:
I do not love thee, Doctor Fell.
The reason why I cannot tell;
But this alone I know full well,
I do not love thee, Doctor Fell.
Juvenal fue quizás el más grande y el más acre de los
satíricos. Carecía de humor y de gracia porque los defectos de la sociedad que
veía a su alrededor le eran tan odiosos que sólo podía tratarlos con una
ardiente indignación. Despreciaba el lujo y la ostentación, y denunciaba con
igual vehemencia la dominación de un hombre como la supremacía de la
muchedumbre. Hallaba detestable casi todo aspecto de la vida cotidiana de Roma,
y fue él quien dijo que todo lo que interesaba a los romanos era «panem et circenses»
(«pan y circo»). Sin embargo, esto no significa que Roma bajo los emperadores
fuese una ciudad peor que cualquier otra de la historia del mundo. Sin duda, si
Juvenal viviese hoy, podría escribir sátiras similares, igualmente amargas e
igualmente verdaderas, sobre Nueva York, París, Londres o Moscú. Es importante
recordar que los vicios y males de la vida resaltan muy claramente pero que aun
en los peores tiempos hay mucho de bueno, amable y decente que pasa inadvertido
y no sale en la primera plana de los periódicos.
Un poeta de un estilo más antiguo era Lucano (Marcus
Annaeus Lucanus). Nació en Cordoba, España, en el 39, y era sobrino de Séneca,
el tutor del joven Nerón (véase página). Su obra más famosa era un poema épico
sobre la guerra civil entre Julio César y Pompeyo. Es la única de sus obras que
nos ha llegado.
Fue uno de los íntimos de Nerón, pero esta amistad fue
fatal para él tanto como para su tío. Nerón se sintió celoso de las
aclamaciones que recibían las poesías de Lucano y le prohibió dar recitales
públicos. Esto era más de lo que un poeta podía soportar. Entró en la
conspiración de Pisón contra el Emperador y, cuando ésta fracasó, fue apresado
y obligado a suicidarse, pese a que brindó información y traicionó a quienes
habían estado en la conspiración con él.
Otro miembro de la «Escuela Española» que floreció en la
Roma de la Edad de Plata y que incluía a Séneca, Marcial y Lucano era
Quintiliano (Marcus Fabius Quintilianus), quien nació en España en el 35.
Prestó servicios bajo Galba y llegó a Roma cuando este general se convirtió por
breve tiempo en emperador. Permaneció en Roma y llegó a ser el más importante
maestro de oratoria y retórica de su época. Fue el primer maestro que se
benefició del nuevo interés imperial por la educación y recibió de Vespasiano
una subvención gubernamental. Quintiliano era un gran admirador de Cicerón y se
esforzó por salvar el estilo latino de la tendencia a hacerse demasiado
rebuscado y poético.
Roma nunca fue famosa por su ciencia; ésta era el fuerte
de los griegos. Sin embargo, en el siglo I del Imperio, varios romanos hicieron
contribuciones que deben ser mencionadas en toda historia de la ciencia.
El más famoso de ellos, quizá, fue Plinio (Gaius Plinius
Secundus), nacido en Novum Comun (la moderna Como), en el norte de Italia, en
23. Tuvo mando de tropas en Germania, en tiempos de Claudio, pero fue después
que Vespasiano (de quien era íntimo amigo) se convirtiese en emperador cuando
realmente pudo hacer valer sus méritos. En este reinado, fue gobernador de
partes de la Galia y España.
Era un hombre de intereses universales y de una curiosidad
universal, que estaba siempre leyendo y escribiendo en todo momento libre que
tenía. Su obra principal fue una Historia Natural en treinta y siete volúmenes,
publicada en 77 y dedicada a Tito, a la sazón heredero del trono. No era una
obra original, sino un compendio de dos mil libros antiguos de casi quinientos
autores. Lo hizo con total indiscriminación y elegía los temas a menudo porque
eran sensacionalistas e interesantes, no porque fuesen plausibles o sensatos.
El libro trataba de astronomía y geografía, pero en su
mayor parte estaba dedicado a la zoología, y en este campo citó profusamente
cuentos de viajeros acerca de unicornios, sirenas, caballos voladores, hombres
sin boca, hombres con pies enormes, etc. Era fascinante y los libros
sobrevivieron porque se hicieron muchísimas copias de ellos, mientras que se
perdieron otras obras más sobrias y con más materiales fácticos. La obra de
Plinio fue conocida durante toda la Edad Media y comienzos de los tiempos modernos
como una maravilla, y generalmente se creyó que trataba de cosas reales.
Plinio tuvo un trágico fin. Bajo Tito, fue puesto al mando
de la flota estacionada frente a Nápoles. Desde allí, vio la explosión del
Vesubio. En su ansiedad por presenciar la erupción, estudiarla y luego,
indudablemente, describirla en detalle, bajó a la costa. Tardó demasiado en
retirarse y fue atrapado por las cenizas y el vapor. Más tarde, se le halló
muerto.
Entre otros divulgadores cuya obra ha sobrevivido se
cuenta Aulo Cornelio Celso. En tiempos de Tiberio, recopiló restos del saber
griego para su público. El libro que dedicó a la medicina griega fue
descubierto en época moderna y Celso llegó a ser considerado como un famoso
médico antiguo, lo cual era hacerle demasiado honor.
En el reinado de Calígula, Pomponio Mela (otro de los
intelectuales de la época nacidos en España) escribió una pequeña geografía
popular basada en la astronomía griega, excluyendo cuidadosamente las
matemáticas que la hubiesen hecho demasiado difícil. Fue muy popular en su
tiempo y sobrevivió hasta el período medieval, cuando, durante un momento, fue
todo lo que quedaba del conocimiento geográfico antiguo.
En ingeniería los romanos se destacaron e hicieron una
importante labor. Vitruvio (Marcus Vitruvius Pollio) floreció en el reinado de
Augusto y publicó un gran volumen sobre arquitectura que dedicó al Emperador.
Durante muchos siglos, fue un clásico en la materia.
Una labor similar en otras ramas de las ciencias prácticas
fue la realizada por Sexto Julio Frontino, nacido alrededor del 30. Fue
gobernador de Britania bajo Vespasiano y escribió libros sobre agrimensura y
ciencia militar que no nos han llegado. En 97, el emperador Nerva lo puso a
cargo del sistema hidráulico de Roma. Como resultado de esto, publicó una obra
en dos volúmenes en la que describía los acueductos romanos, probablemente la
más importante obra informativa que poseemos sobre la ingeniería antigua.
Estaba orgulloso de las realizaciones prácticas de los ingenieros romanos, y
las comparaba favorablemente con las hazañas de ingeniería espectaculares pero
inútiles de los egipcios y los griegos.
La luz menguante de la ciencia griega aún brillaba en el
período del temprano Imperio. Un médico griego, Dioscórides, sirvió en los
ejércitos romanos bajo Nerón. Su principal interés residía en el uso de plantas
como fuente de drogas. A este respecto, escribió cinco libros que constituyeron
la primera farmacopea sistemática y sobrevivieron a lo largo del período
medieval.
Aproximadamente por la misma época, vivió en Alejandría
Herón, tal vez el más ingenioso inventor e ingeniero de la antigüedad. Es muy
famoso por haber concebido una esfera hueca con mangos curvos dentro de la cual
podía hervirse agua. El vapor, al salir con fuerza por los mangos, hacía girar
la esfera (precisamente, el principio de muchas regaderas automáticas
actuales). Se trata de una máquina de vapor muy primitiva, y si la sociedad de
la época hubiera sido diferente, cabe imaginar que tal mecanismo habría dado
origen a una revolución industrial como la que se produjo, de hecho, sólo
diecisiete siglos más tarde. Herón también estudió la mecánica y observó la
conducta del aire, temas sobre los que escribió obras muy avanzadas para su
época.
Sin embargo, por alguna razón, la luz de la literatura y
la ciencia que tanto había brillado en los tiempos inciertos y agitados de
tiranos como Calígula, Nerón y Domiciano, fue apagándose hasta convertirse en
una débil llama bajo el gobierno suave e ilustrado de los emperadores que
siguieron a Nerva.
Trajano
El hecho de que un oriundo de las provincias como Trajano
pudiera convertirse en emperador y ser popular era también un signo de que el
Imperio se estaba transformando en algo más que el ámbito dominado por Italia
que Augusto había tratado de hacer de él. La fuerza de los hechos estaba
restaurando la gran concepción de Julio César de un Imperio basado en la
cooperación de todas las provincias, de un extremo a otro, y en la
participación de todos en el gobierno.
En el momento de la muerte de Nerva, Trajano se hallaba
inspeccionando el ángulo formado por el Rin y el Danubio, tan recientemente
fortificado por Domiciano, y sólo volvió a Roma cuando estuvo totalmente
satisfecho de su seguridad. El hecho de que su ausencia no diera origen a
desórdenes revela la ansiedad con que Italia había recibido la serenidad del
reinado de Nerva y su decisión de hacer que continuara.
En 99, Trajano entró en Roma en triunfo y su poderosa
personalidad logró someter completamente a la guardia pretoriana.
Pero en el exterior, Trajano dio un nuevo curso a la
política romana. Desde la derrota de Varo en Germania, noventa años antes, la
política de Roma había sido esencialmente defensiva. Las extensiones
territoriales se habían hecho a expensas de los reinos satélites o en rincones
aislados como Britania o la región del Rin y el Danubio, pero esto no afectó a
la decisión básica de no buscarse problemas con enemigos poderosos.
Trajano no seguiría el mismo camino. En su opinión, Roma
se estaba ablandando por falta de buenos enemigos, blandura que llegó a su
colmo con la disposición de Domiciano de comprar la paz a los dacios. Trajano
estaba decidido a terminar con esta vergüenza y por ende a reavivar las
virtudes militares de Roma mediante una dura lucha. Por ello, casi tan pronto
como se estableció en Roma, se preparó para ajustar cuentas con Dacia.
Primero, puso fin al tributo, y cuando Decébalo (que aún
estaba vivo y aún era el rey de los dacios) respondió con rápidas correrías por
el Danubio, Trajano condujo su ejército hacia el Este en 101. Lanzándose hacia
el Norte, después de cruzar el Danubio, los soldados romanos llevaron la
guerra, con todo rigor, al mismo territorio dacio. En dos años, Decébalo fue
totalmente derrotado y se vio obligado a aceptar una paz por la cual se
permitía a los romanos mantener guarniciones en el país.
El nuevo estado de cosas era tan humillante para Decébalo
como la paz de Domiciano había sido humillante para Roma. Los romanos no se
tomaron la molestia de no herir los sentimientos de Decébalo o de salvar las
apariencias para él. En 105, reinició la guerra y, en una segunda campaña, los
dacios sufrieron una derrota aún peor que la anterior, y Decébalo, desesperado,
se suicidó.
Esta vez, Trajano no se anduvo con medias tintas. En 107
anexó toda Dacia y la convirtió en una provincia romana. Luego estimuló al
asentamiento de colonias y villas romanas por toda la nueva provincia, que se
romanizó rápidamente. Las regiones costeras al norte del mar Negro y al este de
Dacia no fueron anexadas realmente a Roma, pero en ellas había desde hacía
largo tiempo ciudades de habla griega y ahora formaron un protectorado romano.
Esto significaba que cada centímetro de costa dentro del estrecho de Gibraltar
estaba ahora bajo el control de un solo gobierno. Esto nunca había ocurrido en
toda la historia antes del Imperio Romano, ni iba a ocurrir otra vez después de
él.
Dacia nunca fue una provincia tranquila. Más allá de ella,
al norte y al este, había otras hordas de tribus bárbaras, y Dacia no estaba
protegida por barreras naturales de importancia. Por eso, estaba expuesta a
perennes correrías. Durante el siglo y medio que formó parte del Imperio,
probablemente costó a Roma más de lo que valía, aunque sirvió como tapón para
las ricas provincias del Danubio meridional.
Extrañamente, las huellas de la ocupación romana son mucho
más claras en Dacia que en tierras situadas al sur que fueron romanas durante
períodos muchos más largos, antes y después. Lo que antaño fue Dacia es hoy
Rumania, o, más correctamente, Romania. Su mismo nombre recuerda a Roma, y los
habitantes modernos afirman enfáticamente que son los descendientes de los
viejos colonos romanos de tiempos de Trajano. Sin duda, la lengua rumana está
estrechamente emparentada con el latín. Es clasificada como una lengua romance
(junto con el francés, el italiano, el español y el portugués) y se ha
mantenido a lo largo de siglos, mientras un mar de lenguas eslavas descendió
del Norte y pasó, bordeándola, al Sur.
En honor de su victoria en Dacia, Trajano hizo erigir, en
el Foro Romano, una magnífica columna de 33 metros que aún permanece en pie en
la Roma actual. En ella se representa la historia de las campañas de Dacia, en
un bajorrelieve en espiral que contiene más de 2.500 figuras humanas. Allí
aparece casi todo tipo de escena bélica, desde la preparación de la guerra
hasta batallas reales, la captura de prisioneros y el triunfante retorno final
a Roma.
En lo interior, Trajano adoptó la política paternalista y
humanitaria de Nerva. Hasta aumentó la subvención para niños necesitados. Esto,
claro está, no era sólo cuestión de humanidad. El índice de natalidad del
Imperio estaba declinando[4], y la posibilidad de que hubiese una escasez de
soldados era un peligro real. Proteger a las familias pobres con hijos
estimulaba la producción de futuros soldados, según se esperaba.
Es importante recordar, incidentalmente, que el índice de
mortalidad en el Imperio Romano era mucho más elevado que en las naciones
modernas tecnológicamente avanzadas, y la esperanza de vida era inferior. Por
ello, un descenso del índice de natalidad en Roma era algo mucho más serio de
lo que sería un descenso análogo en el mundo actual. Decir que el descenso del
índice de natalidad hoy sería un «suicidio racial» y usar como ejemplo el
Imperio Romano es ignorar completamente las diferencias fundamentales en la
situación de entonces comparada con la actual.
Pero la larga ausencia de Roma por parte de Trajano, por
mucho que aumentara la gloria en lenta decadencia de las armas romanas, tuvo
también sus desventajas. En su ausencia, el gobierno de las provincias tendió a
corromperse. Las ciudades, particularmente en el Este, se volvieron cada vez
más incapaces de manejar sus asuntos financieros. Se necesitaba cada vez más la
intervención y supervisión del gobierno central, no sólo para la reforma
fiscal, sino también para la construcción de caminos y otras obras públicas.
En 111, por ejemplo, Trajano tuvo que enviar a Plinio el
Joven (Gaius Plinius Cecilius Secundus) como gobernador de Bitinia para que
reorganizase la provincia. (Plinio el Joven era sobrino del Plinio que murió en
la erupción del Vesubio, llamado a veces Plinio el Viejo).
El joven Plinio era amigo de varias de las grandes figuras
literarias del período, particularmente de Marcial y Tácito, y él mismo
escribió algo de tanto en tanto. Es más conocido por sus cartas, que escribió
con vistas a una publicación futura, por lo que cabe preguntarse hasta qué
punto arrojan luz sobre su personalidad.
Para la gente de hoy es importante, sobre todo, una carta
que envió a Trajano desde Bitinia. Al parecer, los cristianos eran castigados
meramente por ser cristianos, y Plinio pensó que si podía persuadirse a la
gente a que se retractara y dejase de ser cristiana, debía ser perdonada,
aunque admitiese haber sido cristiana antes. Además, Plinio se resistía a
actuar contra las personas sobre la base de acusaciones anónimas. Además, se
inquietaba por el hecho de que los cristianos no vivían como criminales, sino
que parecían vivir de acuerdo con un elevado código moral. Plinio señaló que el
cristianismo se estaba difundiendo rápidamente y que sólo la suavidad, no la
severidad, podía detener su difusión.
Trajano respondió brevemente, aprobó la acción de Plinio
de perdonar a quienes se retractasen, ordenó ignorar las acusaciones anónimas
y, además, afirmó que no se debía estar a la búsqueda de cristianos. Si se
informaba legítimamente que lo eran y se los condenaba legítimamente, entonces
debían ser castigados de acuerdo con la ley, decía Trajano, pero Plinio no
debía salir a buscarlos. (Indiscutiblemente, Plinio y Trajano, en lenguaje
moderno, eran «blandos con el cristianismo».)
Plinio murió no mucho después de escribir esa carta,
probablemente mientras aún prestaba servicios como gobernador de Bitinia.
El período de paz posterior a la campaña dacia no duró
mucho, pues surgieron problemas en el Este. Los dacios habían pedido ayuda a
Partía, la vieja enemiga de Roma, y Trajano no lo olvidó. Además, Armenia aún
era el Estado tapón en disputa entre los dos grandes imperios. La última lucha
se había producido en la época de Nerón, y desde entonces Armenia había estado
en un delicado equilibrio.
Pero en 113, el rey parto Cosroes puso un gobernante
títere en Armenia y rompió la tregua de cincuenta años. Fue una locura de
Partia, pues pasaba desde hacia varias décadas por periódicas guerras civiles
entre pretendientes rivales al trono, mientras que Roma atravesaba un período
de fortalecimiento. En efecto, durante los veinte años anteriores, fuerzas
romanas habían estado avanzando poco a poco hacia el Este, hasta las tierras
fronterizas de Arabia. La ciudad comercial de Petra, al sudeste de Judea, junto
con la península del Sinaí, entre Judea y Egipto, fueron anexadas en 105 y
convertidas en la provincia romana de Arabia. Esto consolidó la posición romana
en el Este y la fortaleció para una guerra con Partia.
Cosroes se apercibió sin duda de su error, pues hizo un
rápido esfuerzo para aplacar a Trajano. Pero era demasiado tarde, pues Trajano
no estaba dispuesto a transigir. Avanzó hacia el Este en 114, se apoderó de
Armenia casi sin lucha y la convirtió directamente en una provincia romana.
Luego dobló al sudeste, avanzó hacia la capital parta, Ctesifonte, que tomó, y
después atravesó toda la Mesopotámia hasta llegar al golfo Pérsico.
Ese fue el punto oriental más lejano al que llegaron las
legiones romanas, y cuando Trajano, que tenía sesenta años, miró a través del
golfo en dirección a Persia y la India, donde cuatro siglos y medio antes
Alejandro Magno había ganado enormes victorias, exclamó tristemente: «¡Sí yo
fuera más joven!».
En ese momento, el Imperio Romano llegó a su máxima
extensión. En 116 (860 A. U. C.), Trajano convirtió a Asiria y Mesopotámia en
provincias de Roma y estableció las fronteras orientales del Imperio en el río
Tigris.
La superficie del Imperio Romano, unido por 290.000
kilómetros de caminos, era de aproximadamente de 9.000.000 kilómetros
cuadrados, de modo que tenía más o menos el tamaño de los Estados Unidos de
América en la actualidad. Su población debe de haber sido de un poco más de
100.000.000 de habitantes, y la ciudad de Roma contaba con alrededor de
1.000.000 de habitantes. El Imperio tenía una gran extensión, aun para los
tiempos modernos, y en comparación con los Estados que habían existido antes en
la zona mediterránea (excepto el Imperio Persa, de vida relativamente corta)
era absolutamente monumental. No cabe extrañarse de que causara una impresión
tan profunda a los hombres de los siglos que siguieron inmediatamente a la
muerte de Augusto que ni siquiera todos los desastres que más tarde sufriría el
Imperio bastarían para borrar el recuerdo de su grandeza.
Pero era más fácil derrotar a los partos que consolidar la
victoria. Casi inmediatamente, reanudaron la guerra, y Trajano, al tener
noticia de desórdenes en otras partes del Imperio, se vio obligado a retirarse
un poco de los lejanos puntos a los que había llegado. En 117, en el camino de
vuelta a Roma, murió en el sur de Asia Menor.
Adriano
Alrededor de 106, al parecer, Trajano había elegido a su
sucesor. Este era Adriano (Publius Aelius Hadrianus), hijo de un primo de
Trajano. Adriano prestó buenos y fieles servicios en la campaña de Dacia y se
casó con una sobrina nieta de Trajano. A la muerte de éste, se convirtió en
emperador sin disputa alguna, y mediante una liberal gratificación a los
soldados se aseguró de que no tendría problemas. Abandonó la costumbre romana
de afeitarse, que se remontaba a tres siglos atrás, y fue el primer emperador
que llevó barba.
El imperio que gobernó no era tan sólido y grande como
parecía. Las conquistas de Trajano, por mucho que halagaran el orgullo de los
patriotas y tradicionalistas romanos, habían extendido y tensado la economía de
un ámbito que estaba demasiado maduro y se estaba volviendo blando y endeble en
muchos lugares. Tratar de mantener las fronteras de ese momento, suponía
alimentar y abastecer a todo un ejército durante el tiempo que durase una
guerra oriental que prometía ser larga, y también que el gobierno interno
continuaría perdiendo su vigor.
Adriano decidió no arriesgarse. Si Trajano trató de
revivir a Julio César, Adriano intentó revivir a Augusto. Estaba dispuesto a
bajar los humos romanos, estableciendo una frontera firme y segura que no
traspasaría y dentro de la cual pudiera prosperar.
Con este propósito, pronto renunció a las conquistas
orientales de Trajano, y el Imperio Romano, después de estar dos o tres años en
la cúspide de su extensión, inició la larga retracción que iba a durar trece
siglos y no iba a cesar hasta la caída final de su última ciudad.
Toda la región mesopotámica fue devuelta a Partia y se
hizo nuevamente del Eufrates superior, mucho más fácilmente defendible que el
Tigris, la frontera oriental del Imperio; una frontera, además, que Partia,
agotada y con su orgullo nacional restablecido, no estaba con ánimo de
disputar. En cuanto a Armenia, Adriano se contentó con hacer de ella nuevamente
un reino satélite, como antes, y no hizo ningún intento de conservarla como
provincia. Esto suponía una retracción de unos ochocientos kilómetros y el fin
de la momentánea posición romana en el mar Caspio y el golfo Pérsico, pero en
realidad era para bien.
Adriano tuvo que rechazar a los bárbaros que hacían
incursiones por Dacia, en una guerra que libró con renuencia. En verdad, estaba
ansioso de renunciar a las conquistas de Trajano en Dacia, pero esto no fue
aceptado por sus consejeros y, probablemente, tampoco por sus propios
sentimientos. Dacia era la única de las conquistas recientes en la que se
habían asentado en gran número colonos romanos, y habría sido infame
abandonarlos a los bárbaros.
Adriano continuó y amplió las medidas humanitarias y
caritativas de Nerva y Trajano. Hasta hizo aprobar leyes para lograr que se
diese un trato considerado a los esclavos, de los que había cerca de 400.000 en
la ciudad de Roma solamente, aunque su número estaba declinando, y estimuló la
creación de escuelas gratuitas para los pobres. Mantuvo la política de respeto
hacia el Senado e hizo grandes esfuerzos para quedar limpio de la sospecha de
que ciertos conspiradores ejecutados por la guardia pretoriana habían sido
muertos a instigación suya. Reorganizando los métodos para la recaudación de
impuestos, logró aumentar los ingresos imperiales a la par que aligeraba los
impuestos. También reconstruyó el Panteón, dándole un aspecto aún más
impresionante, después de su destrucción por el fuego.
Con todo, la economía romana estaba en mal estado, sobre
todo la agricultura. Cuando Augusto estableció el principado y puso fin a
siglos de conquistas, también puso fin a la afluencia de miles de esclavos
baratos de los países conquistados. Fueron reemplazados por arrendatarios
libres que, al no tener propiedades, podían desplazarse de un lugar a otro en
busca de mejores condiciones de trabajo. El porcentaje de soldados y habitantes
urbanos (que no contribuían a la producción de alimentos) aumentó, mientras que
el conjunto de la población disminuyó, de modo que se hizo cada vez más difícil
hallar trabajadores agrícolas y el salario por sus servicios subió
desmesuradamente (o al menos así les parecía a los terratenientes). Por esa
razón, hubo una tendencia creciente a promulgar leyes para impedir que los
campesinos se desplazasen, a mantenerlos ligados a un trozo de tierra
determinado. Estos fueron los débiles comienzos de lo que llegaría a ser la
servidumbre en la Edad Media.
Aunque Adriano trató al Senado con respeto, el prestigio
de este cuerpo declinó constantemente. Ya nadie pretendía que el Senado tuviese
algo que ver con la elaboración de leyes; sólo importaban los edictos del
emperador. Por supuesto, un emperador concienzudo como Adriano no promulgaba
edictos de manera caprichosa o arbitraría, sino que consultaba a un consejo de
distinguidos juristas que lo asesoraban.
Adriano era un intelectual y un anticuario; se interesaba
por todo el Imperio, no por Italia solamente. En verdad, buena parte de sus
veintiún años de gobierno la pasó en viajes de recreo por las diversas
provincias, haciéndose ver por la gente y, a su vez, observándola.
En 121, se marchó al Oeste y el Norte, viajando a través
de la Galia y Germania para luego entrar en Britania. Por entonces, ya hacía
ochenta años que Britania era más o menos romana, pero las tierras altas del
Norte, habitadas por los salvajes pictos, aún estaban fuera de la dominación
romana. Adriano no sentía allí más entusiasmo por las aventuras militares que
en cualquier otra parte. Dirigió la construcción de una muralla (la «Muralla de
Adriano») a través de una parte estrecha de la isla, justamente a lo largo de
la línea que hoy separa a Inglaterra de Escocia. Los romanos se retiraron al
sur de esa muralla, que era fácil de defender contra las correrías
desorganizadas de las tribus salvajes, y la Britania romana continuó en paz y
en una considerable prosperidad durante casi tres siglos.
Luego Adriano visitó España y África, y después viajó al
Este. Las relaciones con Partia estaban empeorando nuevamente, pero Adriano
tomó la medida sin precedentes de realizar una «reunión cumbre» con el rey
parto para ajustar todas las diferencias.
Finalmente, llegó a Grecia, que era el deseo de su
corazón.
En el reinado de Adriano, el período de mayor gloria de
Grecia estaba ya cinco siglos y medio atrás. La Atenas de la Era de Pericles
estaba tan lejos de él como la Florencia del Renacimiento lo está para
nosotros. Los hombres sabios ya habían llegado a comprender que el período de
Pericles había sido algo excepcional en la historia humana, y Adriano, que
había recibido una educación totalmente griega, era muy consciente de ello.
Cuando visitó Atenas, en 125 (878 A. U. C), no hubo nada
que le pareciese demasiado bueno para ella. Le hizo concesiones económicas y
políticas, restauró viejos edificios y construyó otros nuevos, y trató de
restablecer las costumbres antiguas. Hasta se inició en los misterios
eleusinos, en los que fue aceptado, mientras Nerón había sido rechazado (véase
página).
También fundó nuevas ciudades, la más importante de las
cuales fue la fundada en Tracia con el nombre de Adrianópolis (la «ciudad de
Adriano») en su honor. Hoy forma parte de Turquía, con el nombre de Edirne.
En 129, retornó a Atenas en una segunda y prolongada
visita, y luego se dirigió a Egipto y al Este una vez más.
En lo que antaño había sido Judea, cometió un error.
Ordenó que la Jerusalén en ruinas fuese reconstruida como ciudad romana y que
se construyera un templo a Júpiter en el lugar del Templo judío, destruido
medio siglo antes. Ante esto, los judíos que quedaban en esa tierra se lanzaron
a la rebelión. La santidad de Jerusalén, aun en ruinas, era cara para ellos, y
no soportaban su profanación.
Debe admitirse que los judíos, de todos modos, habían
estado agitados desde hacía un tiempo. Aunque no fueron tratados
particularmente mal bajo Nerva o Trajano, subsistían las viejas esperanzas
mesiánicas y el permanente resentimiento por la destrucción del Templo.
Mientras Trajano estaba librando sus guerras orientales, los judíos se
levantaron en Cirene, al este de Egipto. Este hecho tuvo cierta influencia en
la detención de sus conquistas orientales. La revuelta de Cirene fue aplastada,
pero esto sólo aumentó los resentimientos que finalmente se desbordaron con la
orden de Adriano concerniente a Jerusalén.
El líder judío de la revuelta de Judea era Bar-Kokhba
(«hijo de una estrella»), un temerario y valiente filibustero a quien el rabino
Aquiba, el principal jefe judío de entonces, proclamó el Mesías. Fue una lucha
inútil. Aquiba fue capturado y torturado hasta la muerte y, después de tres
años durante los cuales cayó una fortaleza judía tras otra, pese al tenaz
heroísmo de sus defensores, Bar-Kokhba finalmente fue atrapado y muerto, en 135
(888 de la fundación de Roma).
Judea quedó prácticamente vacía de judíos; tenían
prohibido el acceso a Jerusalén, y durante casi dos mil años dejaron de tener
historia como nación. Empezó su larga pesadilla, en la que durante muchos
siglos fueron una minoría en todas partes, odiados y despreciados en todas
partes, acosados y muertos casi en todas partes, pero conservando siempre la fe
en su dios y en sí mismos y logrando de algún modo sobrevivir.
Adriano se interesaba particularmente por la literatura.
Suetonio (véase página) fue durante un tiempo su
secretario privado. El Emperador también protegió a Plutarco, gran escritor
griego de la época, haciéndolo procurador de Grecia hacia el fin de su vida. De
este modo, Adriano complacía a Grecia poniendo el país bajo un gobernante
nativo.
Plutarco era la encarnación de la paz crepuscular de
Grecia en este período. Bajo el Imperio, Grecia se recuperó de los largos
períodos de devastaciones que había experimentado como resultado de las
querellas entre sus propias ciudades, seguidas por las conquistas macedónica y
romana y luego por las diversas guerras civiles romanas que se libraron, en
parte, en su territorio. Su población había disminuido y su vigor decaído, pero
los griegos vivían rodeados por el recuerdo de su antigua grandeza y todas las
reliquias arquitectónicas y artísticas que esa grandeza les había dejado. El
calor de la admiración imperial fue también un factor que avivó el orgullo de
Grecia.
Ese orgullo estaba encarnado en las obras de Plutarco, la
más importante de las cuales era las Vidas Paralelas. Consistía en pares de
biografías, una de un griego y otra de un romano, pares elegidos para mostrar
semejanzas esenciales. Por ejemplo, Rómulo y Teseo formaban un par, puesto que
Rómulo fundó Roma y Teseo organizó Atenas en su forma clásica. Julio César y
Alejandro formaban otro par. Coriolano y Alcibíades (el primero traidor a Roma,
el segundo traidor a Atenas) constituían otro par. La obra era tan atractiva y
las biografías tan llenas de interesantes anécdotas que fue popular en su época
y ha seguido siendo popular desde entonces.
Otro autor griego que floreció bajo Adriano fue Arriano,
quien llevaba el nombre romanizado de Flavius Arrianus. Nació en Bitinia en 96,
y Adriano lo hizo gobernador de Capadocia en 131. Condujo un ejército romano
contra los alanos, tribus bárbaras invasoras que venían de más allá de Armenia.
Fue la primera vez que las legiones romanas fueron conducidas por un griego.
Escribió una cantidad de libros, el más conocido de los
cuales es una biografía de Alejandro Magno. Se supone que se basó en fuentes
contemporáneas, entre ellas una biografía escrita por Tolomeo, uno de los
amigos generales de Alejandro, que fue rey de Egipto después de la muerte de
éste.
Adriano hasta se metió a escribir él mismo y aspiraba a
competir con los profesionales, aunque no con la ofensiva vanidad de Nerón. En
efecto, poco antes de su muerte Adriano escribió una breve oda a su alma, que
sabía a punto de partir; es una oda suficientemente bella como para figurar en
muchas antologías poéticas y para ser considerada como una pequeña obra
maestra.
En su forma latina original es así:
Animula, vagula, blandula,
Hospes conesque corporis,
Quae nunc abibis in loca
Pallidula, frigida, nudula,
Nec, ut soles, dabis joca.
Su traducción al castellano es: «Amable y huidiza pequeña
alma, huésped y compañera de mi cuerpo, ¿adónde irás ahora, pálida, fría y
desnuda, y sin inspirar, como antes, alegría?».
Antonino Pío
Adriano, como Nerva y Trajano, no tuvo hijos, pero cuidó
de elegir un sucesor antes de su muerte. Su primera elección no parece haber
sido muy buena, pero afortunadamente el sucesor elegido murió antes que
Adriano, y hubo tiempo para una segunda elección.
Esa segunda elección fue afortunada. Adriano eligió a
Antonino (Titus Aurelius Fulvus Boionus Arrius Antoninus), quien había prestado
buenos servicios en varios cargos oficiales, entre ellos, el consulado, en 120,
y durante un tiempo se había desempeñado eficazmente como gobernador provincial
en Asia. Pero ya tenía cincuenta y dos años en el momento de su elección, por
lo que Adriano dispuso que también Antonino tuviese un sucesor. Dos hombres
fueron elegidos como «sucesores-nietos», uno de los cuales era el sobrino de la
esposa de Antonino, un joven muy prometedor.
Adriano murió en 138 (891 A. U. C.) y Antonino le sucedió
sin problemas. Fue quizás el más bondadoso y humanitario de todos los
emperadores romanos. Mantuvo todas las actitudes paternalistas de los
anteriores emperadores. Extendió e intensificó la política de «suavidad» con
los cristianos. Por entonces, la diferencia entre judaísmo y cristianismo ya
era clara entre los romanos paganos, como lo era el hecho de que esas
religiones hermanas eran cada vez más hostiles una frente a otra. Puesto que en
tiempos de Adriano los judíos estaban en rebelión contra Roma, automáticamente
los cristianos fueron considerados con ojos más favorables, según la vieja idea
de que «el enemigo de mi enemigo es mi amigo».
El cristianismo estaba más interesado que el judaísmo en
hacer prosélitos y tuvo mucho más éxito en ello. Se difundió muy rápidamente
entre las mujeres, los esclavos y las clases más pobres en general. Estos
tenían poco que esperar en esta vida, aun con el Imperio en paz y bajo un
gobierno estable. La concentración de los cristianos en las bendiciones del
otro mundo, para el que la vida en la Tierra sólo servía como período de ensayo
temporal, para someter a prueba los merecimientos de cada uno para la existencia
real, aportaba a esos individuos un profundo consuelo.
Pero durante largo tiempo el cristianismo fue una religión
urbana. La población agrícola, aislada de la nueva corriente de pensamiento y
siempre conservadora y aferrada a sus viejas costumbres, mantuvo éstas. De
hecho, la misma palabra «pagano», usada para identificar a quien no era
cristiano ni judío, sino que adhería a alguna religión nativa, deriva de una
palabra latina que significa «campesino», uno que vive en un «pagus» o aldea.
Del mismo modo, la palabra inglesa «heathen» [pagano] designó a uno que vive en
un «heath» [brezal], es decir, en algún remoto distrito rústico.
Pero no debemos pensar que el cristianismo fue sólo una
religión de proletariado urbano. También se difundió en cierta medida entre la
gente culta. Hasta algunos filósofos se convirtieron al cristianismo, como
Justino (comúnmente llamado Justino Mártir por haber muerto en el martirio).
Nació alrededor del 100 en lo que había sido Judea. Si bien era hijo de padres
paganos y había recibido una educación totalmente griega, no pudo por menos de
familiarizarse con las escrituras sagradas de los judíos y con la historia de
la muerte y resurrección de Jesús. Se convirtió al cristianismo sin abandonar
su filosofía. En verdad, usó su capacidad filosófica para argüir en defensa de
la verdad del cristianismo y, así, se convirtió en un importante «apologista»
(uno que habla en defensa de una causa) cristiano.
Se enzarzó en un debate de folletos con un judío eminente
y abrió una escuela en Roma donde enseñaba la doctrina cristiana. Se supone que
sus escritos llegaron a Adriano y Antonino, quienes quedaron tan impresionados
por ellos que practicaron una política de tolerancia con el cristianismo,
tolerancia que Antonino extendió a los judíos, pese a su reciente rebelión.
Aunque Antonino era de mediana edad en el momento de subir
al trono, reinó durante veintitrés años, hasta la edad de setenta y cinco años.
Su reinado fue de una paz total; fue la culminación de la Pax Romana, y tan
pocos sucesos tuvieron lugar en dicho reinado que casi se carece de noticias
históricas concernientes a él. (Son los desastres, las guerras, plagas,
insurrecciones y catástrofes naturales las que aparecen en grandes titulares y
llenan las páginas de los libros de historia.)
Antonino no compartía el placer de Adriano por los viajes.
Reconoció el hecho de que, si bien Adriano se hizo popular en las provincias al
aparecer en ellas, sus visitas eran una sangría para los tesoros provinciales.
Además, disgustaban a la misma Roma, que quedaba sin su emperador durante
largos períodos. La ausencia imperial parecía una afrenta a la dominación
italiana sobre el Imperio. En verdad, después de la muerte de Adriano, el
Senado, en una petulante exhibición de vanidad italiana, se resistió a otorgar
al emperador muerto los habituales honores divinos. Antonino tuvo que hacer una
vigorosa intervención personal antes de que el Senado accediese a ello. Esto
fue considerado como una actitud filial y piadosa por parte de Antonino hacia
su padre adoptivo, por lo que se lo llamó Antonino Pío, el nombre por el que es
más conocido en la historia.
Casi los únicos problemas fronterizos que hubo en su
reinado se localizaron en Britania. Las tribus hostiles al norte de la muralla
de Adriano hicieron incursiones al sur de ella, pero el gobernador romano las
rechazó. Para mantenerlas a raya, construyó otra muralla a través del
estrechamiento de lo que es ahora Escocia, desde el estuario de Forth hasta el
de Clyde. Se la llamó la «Muralla de Antonino». Sirvió como segundo rompeolas
contra los bárbaros.
Antonino murió en 161 (914 A.U.C.), tan pacíficamente como
había vivido. En su último día, cuando el capitán de la guardia del palacio
llegó para recibir la contraseña del día, Antonino respondió «Ecuanimidad», y
murió.
Marco Aurelio
De los dos sucesores que Antonino había adoptado a
requerimiento de Adriano, uno fue confirmado poco después de la muerte del
viejo Emperador. Era Marco Aurelio (Marcus Aelius Aurelius Antoninus), yerno de
Antonino. El otro, Lucio Aurelio Vero, había sido juzgado indigno por Antonino.
Pero Marco Aurelio, que seguía un código de conducta
estricto, pensó que lo justo era aceptar a Lucio Vero como su igual en los
derechos y deberes del trono. Por primera vez en la historia del Imperio, dos
emperadores iban a gobernar simultáneamente, y esto sentó un precedente
importante para el futuro.
Lucio Vero no estaba muy interesado en las labores del
gobierno, sino sólo en los placeres, a los que se dedicó totalmente. Por ello,
es recordado Marco Aurelio, que sobrellevó la carga del Imperio, mientras que
Lucio Vero ha sido olvidado.
Marco Aurelio fue un gobernante modelo, que siguió el
ejemplo de su padre adoptivo. Platón había dicho quinientos años antes que el
mundo sólo marcharía bien cuando los príncipes fueran filósofos o los filósofos
príncipes. Así ocurrió con Marco Aurelio, pues fue un gobernante vigoroso y al
mismo tiempo un filósofo cuyos escritos aún hoy reciben una elevada
consideración.
Marco Aurelio fue, específicamente, un estoico. El
estoicismo había recibido creciente favor bajo el bondadoso gobierno de los
Antoninos. Su más renombrado exponente en tiempos romanos había sido Epícteto,
un griego nacido en la esclavitud alrededor del 60. Tenía mala salud y era cojo
(presuntamente a causa del mal trato que recibió de un amo cruel).
Fue llevado a Roma a temprana edad y allí logró asistir a
clases de filósofos estoicos, cuyas enseñanzas asimiló. Cuando finalmente fue
liberado de la esclavitud, se estableció a su vez como maestro. Pero en el
reinado de Domiciano, cuando los filósofos fueron expulsados de Roma, Epícteto
fue uno de los que tuvieron que abandonar la ciudad. Esto ocurrió en el 89. Se
retiró a Nicópolis, ciudad fundada por Augusto después de su victoria final
sobre Marco Antonio cerca de Accio. En Nicópolis, Epícteto enseñó durante el
resto de su vida.
El mismo Epícteto no escribió nada, pero sus enseñanzas
fueron asimiladas por su más famoso discípulo, Arriano (el biógrafo de
Alejandro Magno), quien las recogió en dos libros, de los que sobrevive una
parte solamente de uno de ellos. La filosofía de Epícteto era bondadosa y
humanitaria: «vivir y dejar vivir», «soportar y refrenarse».
De joven, Marco Aurelio se sintió atraído por las
enseñanzas del estoicismo y se convirtió en el más famoso de los estoicos,
puesto que era el Emperador. Marco Aurelio no creía en la felicidad, sino en la
tranquilidad, creía en la sabiduría, la justicia, la resistencia y la
templanza; no eludió ninguna penuria a que lo obligase el cumplimiento de su
deber. A lo largo de toda su afanosa vida, llena de marchas y batallas,
registró sus pensamientos en un pequeño libro que sobrevive con el nombre de
«Meditaciones». Es valorado aún hoy como el testimonio de un hombre que vivió
según un bondadoso y admirable modo de vida en las más duras condiciones.
Pues Marco Aurelio no iba a tener la vida pacífica que
merecía. La profunda calma del reinado de Antonino parece haberse quebrado con
su muerte, y en todas partes surgieron enemigos contra Roma.
En el Este, los viejos enemigos, los partos, se levantaron
repentinamente y una vez más trataron de colocar a Armenia bajo un títere
parto. Además, hicieron inevitable la guerra al invadir Siria. Las legiones
romanas, bajo el co-emperador Lucio Vero, se lanzaron hacia el Este.
Los partos fueron derrotados y los romanos les devolvieron
el golpe invadiendo y saqueando la Mesopotámia y quemando Ctesifonte, su
capital. En 166, la paz fue restaurada, y tres años más tarde Lucio Vero murió
dejando a Marco Aurelio como único emperador.
La guerra con Partía podía haber sido considerada como un
triunfo para Roma, de no haber tenido una consecuencia totalmente inesperada…
Los enjambres humanos del Lejano Oriente, India y China,
han sido desde hace muchos siglos víctimas de enfermedades como el cólera o la
peste bubónica. En esas regiones, las enfermedades son endémicas; es decir,
están siempre presentes en un grado moderado. Pero de tanto en tanto, el germen
de una enfermedad desarrolla una nueva cepa de excepcional virulencia y,
entonces, una enfermedad determinada aumenta vertiginosamente su intensidad y
se expande en todas direcciones, llevada por viajeros, soldados y refugiados
atemorizados… De tanto en tanto, la «peste» avanza hacia el Oeste e inunda
Europa.
Una peste semejante devastó Atenas casi seis siglos antes
de Marco Aurelio, al comienzo de su larga guerra con Esparta. La peste mató a
Pericles y probablemente contribuyó mucho a que Atenas perdiese la guerra.
Indirectamente, acabó con la gloria de Atenas y contribuyó a la decadencia de
Grecia. Otra peste (la famosa «Peste Negra») barrió Europa doce siglos después
de la época de Marco Aurelio y dio muerte a un tercio de la población europea.
Entre esas dos pestes, apareció otra no menos importante
en tiempo de Marco Aurelio. Quizá se trató de la viruela. Los soldados que
combatían en Partia se contagiaron y los estragos que causó debilitaron mucho
su potencia. La llevaron con ellos a Roma y también a las provincias.
La peste diezmó ferozmente la población del Imperio,
despojándolo de soldados y labradores, y debilitándolo en forma permanente. La
población de la ciudad de Roma empezó a decaer, y sólo en el siglo XX volvió a
alcanzar el número que había tenido bajo Augusto y Trajano.
La despoblación dio origen a otros desastres, pues Marco
Aurelio trató de poblar nuevamente las tierras estimulando la inmigración de
los bárbaros del Norte. Esta fue la primera oscilación del péndulo de la
romanización del Norte a la germanización del Imperio.
La gente atemorizada, sintiendo la necesidad de acusar a
alguien de la peste, acusó a los cristianos, y se inició un período de
persecuciones. Entre los que murieron en la caza de brujas estaba Justino
Mártir. Sin duda, Marco Aurelio desaprobó tal persecución en principio, pero
había poco que pudiera hacer contra el poder de una muchedumbre enloquecida.
Ciertamente, Marco Aurelio creía mucho en el valor de la
religión del Estado como principio unificador de los pueblos del Imperio, los
cuales, por lo demás, diferían tanto en lenguaje y cultura. Los cristianos
deben de haberle parecido una peligrosa fuerza destructiva. Los peligros para
Roma fueron tanto mayores en su reinado, con respecto a los reinados que lo
precedieron inmediatamente, que bien pudo haber pensado que no podía permitirse
la tolerancia de posibles rebeldes, y de este modo disculparse ante sí mismo
por una persecución que sabía equivocada en principio.
La principal amenaza externa para Roma estaba en una
coalición de tribus germánicas formada bajo el liderato de los marcomanos,
quienes vivían en lo que es ahora la Baviera septentrional y se unieron a otras
tribus situadas al norte del Danubio. Aprovechando el enfrentamiento de Roma
con Partia, atacaron la frontera norte de Roma. Durante unos quince años, Marco
Aurelio se agotó en esta guerra con los marcomanos, marchando de un punto
amenazado a otro, derrotando a los germanos para luego verlos levantarse nuevamente.
En conjunto, puede considerarse que Roma ganó la guerra,
pero mientras que en siglos anteriores había conquistado y absorbido
territorios bárbaros, ahora se contentó con rechazarlos y mantenerse intacta.
Si continuaba esa situación, en el siglo siguiente se iban a contemplar
desastres, como efectivamente ocurrió.
Marco Aurelio murió en 180 (933 A. U. C.), después de un
reinado de diecinueve años, mientras estaba en campaña, combatiendo aún con los
germanos. El lugar de su muerte estaba cerca de la moderna Viena.
La época de los Antoninos
Desde el ascenso de Nerva, en 96, hasta la muerte de Marco
Aurelio, en 180, el Imperio pasó por ochenta y cuatro años que fueron
principalmente pacíficos y se señalaron por gobiernos austeros y responsables.
Hubo guerras exteriores, con los partos, los dacios y los britanos pero se
desarrollaron lejos, principalmente en territorio enemigo y no dejaron huellas
dolorosas serias en las provincias romanas. Hubo también rebeliones,
particularmente la de los judíos bajo Adriano, y algún ocasional levantamiento
de un general, como en el caso del capaz jefe de las legiones sirias, quien, en
175, fue engañado por un falso informe de la muerte de Marco Aurelio por los
marcómanos. Pero todas estas rebeliones lograron ser aplastadas, y sólo fueron
alfilerazos dentro de la paz general.
De hecho, el historiador del siglo XVIII Edward Gibbon, en
una famosa afirmación, dijo que en toda la historia de la raza humana nunca
existió un período tan largo en el que tantas personas fuesen tan felices como
en el Imperio Romano bajo los Antoninos.
En cierto modo, tenía razón. Si pensamos sólo en la región
mediterránea, sin duda ésta estuvo mejor bajo los Antoninos que durante los
siglos en los que se libraron guerras continuas, región contra región. También
estuvo mejor que en los siglos siguientes, cuando se halló dividida en
gobiernos en discordia. Hasta podríamos decir que estuvo mejor que ahora,
cuando (junto con el resto del mundo) vive bajo la amenaza de la bomba atómica.
Sin embargo, aunque la época de los Antoninos fue un
período de paz y calma, era la paz y la calma del agotamiento. El mundo
mediterráneo se había desgastado en las grandes guerras de los griegos y los
romanos y cuando luego el Imperio -aparentemente tan grande y fuerte- se vio
obligado a soportar el impacto de los desastres luchó virilmente y con
esfuerzos casi sobrehumanos, pero estaba demasiado agotado para triunfar.
La peste de 166 quizá fue el último golpe, que acabó con
la vitalidad que le restaba a la población.
El intento de los emperadores de hacer de la ciudad de
Roma un grandioso espectáculo debilitó aún más la economía. Cientos de miles de
ciudadanos romanos recibían alimento gratuito en el tiempo de los Antonios, un
día de cada tres era una fiesta que se celebraba con espectáculos, carreras de
carros, combates de gladiadores y extravagantes juegos con animales. Todo esto
era tremendamente costoso y la breve diversión que brindaba no compensaba el
precio a largo plazo pagado con el debilitamiento de la economía.
(Presumiblemente, muchos de los romanos de las generaciones que gozaron del
beneficio de la diversión se preocupaban poco de lo que ello significaría para
sus descendientes, si es que se preocupaban algo. Nuestra propia generación,
que contamina y destruye sin cesar los recursos del mundo es igualmente
criminal en su indiferencia, y no tenemos ningún derecho a despreciar a los
romanos.)
La fatiga de la época de los Antoninos se refleja en la
lenta decadencia de la literatura. Casi la única figura literaria de
importancia en el período antonino tardío fue Lucio Apuleyo, nacido en Numidia
por el 124. Estudió en Atenas y vivió en Roma durante un tiempo, pero pasó la
mayor parte de su vida en Cartago.
Es más conocido por un libro llamado comúnmente El asno de
oro, una fantasía sobre un hombre que se convierte en asno y sobre las aventuras
que experimenta en su forma animal. En él figura el cuento de «Cupido y
Psique», ciertamente uno de los más atractivos de los cuentos relatados a la
manera de los antiguos mitos.
También la ciencia estaba decayendo. Sólo dos nombres
merecen ser mencionados en relación con la época de los Antoninos. Uno de ellos
era un astrónomo griego (o quizás egipcio), que vivió en Egipto durante los
reinados de Adriano y Antonino, Claudius Ptolemaeus, más conocido en español
sencillamente como Tolomeo. Comprendió la obra de los astrónomos griegos en un
libro enciclopédico que sobrevivió en la Edad Media, cuando habían desaparecido
las obras de los astrónomos anteriores en los cuales se basó. Fue el libro de
consulta por excelencia de la astronomía durante quince siglos. Puesto que el
cuadro del Universo que esbozaba Tolomeo colocaba a la Tierra en el centro,
este modelo es llamado frecuentemente el «sistema tolemaico».
Un poco más joven que Tolomeo era Galeno, médico griego
nacido en Asia Menor alrededor de 130. En 164 se estableció en Roma y fue, por
un tiempo, médico de la corte de Marco Aurelio. Escribió voluminosos libros de
medicina, y sus obras también sobrevivieron a través de la Edad Media,
conservando toda su autoridad y su fuerza hasta tiempos modernos.
Las cargas del Imperio iban en aumento, mientras disminuía
el número de hombros dispuestos a soportarlas. Con el tiempo, esas cargas iban
a aplastar al Imperio.
Pero la fatiga también es relativa, y no todas las
empresas se vieron afectadas por ella. En una época en que la importancia del
otro mundo estaba creciendo en el espíritu de los hombres, las discusiones
sobre la naturaleza de este mundo y su relación con el hombre se hicieron más
intensas. En verdad, puede argüirse que una de las razones de la decadencia de
la ciencia, el arte y la literatura fue el creciente interés de los mejores
espíritus por un nuevo tipo de empresa intelectual: la teología.
No sólo disputaban sobre el dogma judíos y cristianos; no
sólo trataban unos y otros de defender sus creencias contra los paganos, sino
que entre los mismos cristianos surgieron diversas creencias rivales. (Cuando
predominaba una particular variedad de creencia, se convertía en «ortodoxia»
-que significa «pensamiento recto» en griego-, mientras que las otras eran
«herejías», de una palabra griega que significar «elegir por uno mismo»).
En los dos primeros siglos de la era cristiana, por
ejemplo, hubo una serie de grupos de cristianos confesos que adoptaron un
sistema de pensamiento habitualmente rotulado con el nombre de «gnosticismo»;
fue una de las más importantes de las primeras herejías. «Gnosticismo» proviene
de una palabra griega que significa «conocimiento», pues los gnósticos
sostenían que la salvación sólo podía alcanzarse mediante el conocimiento del
sistema verdadero del mundo, conocimiento que se obtenía por revelación y por experiencia.
En realidad, el gnosticismo existía ya antes del
cristianismo y contenía muchos elementos de la religión persa, particularmente
en la creencia en un principio del bien y otro del mal, y en la continua guerra
entre ambos. Con el advenimiento del cristianismo, muchos gnósticos absorbieron
rápidamente algunos aspectos del cristianismo.
Algunos gnósticos cristianos pensaban que Dios era el
principio del bien, pero consideraban a este Dios tan remoto que estaba más
allá de la comprensión del hombre. Era el principio del mal el que realmente
creó el mundo, y ese principio es el Jehová del Antiguo Testamento. Según esta
línea de pensamiento Jesús, el hijo del Dios lejano, vino a la Tierra para
rescatarla de Jehová. Como es natural, los gnósticos eran vigorosamente
antisemitas.
Por otro lado, aquellos a quienes ahora consideramos como
los cristianos ortodoxos aceptaban la autoridad divina del Antiguo Testamento y
creían que Jehová es Dios. Se horrorizaban ante un sistema de pensamiento que
hacía de Jehová el Diablo. Esta fue la primera (pero en modo alguno la última)
de las luchas teológicas que enfrentaron a cristianos contra cristianos más
fieramente aún de lo que los cristianos se enfrentaban contra los no
cristianos.
Algunos maestros cristianos también pretendían tener
revelaciones o conocimientos especiales y predicar el arrepentimiento y la
santidad, como había hecho el mismo Cristo. Así, cierto Montano, que atrajo por
primera vez la atención durante el reinado de Antonino Pío, se declaró
especialmente inspirado por Dios para predicar el inminente fin del mundo y el
segundo advenimiento de Cristo. Era otra versión del mesianismo. Los judíos
habían esperado al advenimiento del Mesías de generación en generación, y cada
tanto algunos maestros judíos predicaban que el advenimiento era inminente y
algunos de quienes los escuchaban les creían. Después de que Jesús fuese
aceptado como el Mesías por algunos judíos y por una cantidad creciente de no
judíos, comenzaron nuevos períodos de espera del segundo advenimiento de Jesús,
de generación en generación. Nuevamente, no faltó en cada generación alguno que
predicase la inminencia del segundo advenimiento ni otros que lo creyesen. (La
secta de los «Testigos de Jehová» es la representante contemporánea de quienes
creen en la inminencia del segundo advenimiento.)
Montano creó la secta de los «montanistas», los cuales
creían que, puesto que Jesús estaba a punto de volver, los hombres debían
prepararse para ello, dejando de lado las cosas mundanas, evitando el pecado y
viviendo en una rígida virtud. Montano predicó lo que hoy llamaríamos un modo
de vida «puritano».
Así ocurrió que un número creciente de hombres dedicó sus
energías a discutir sobre la naturaleza del otro mundo, y no el desarrollo de
éste, y despreció cada vez más este mundo como algo que, en el mejor de los
casos, no tenía valor, y, en el peor, era malo.
Cómodo
Pero no todo habría ido tan mal como fue sí Marco Aurelio
hubiese seguido el precedente sentado por los cuatro emperadores anteriores y
hubiese adoptado algún sucesor digno, probado tanto en el servicio civil como
en el militar. Pero no lo hizo, y este mal servicio al Imperio anuló todo el
bien que había hecho él y sus predecesores.
Marco Aurelio tenía, por desgracia, un hijo, y lo
convirtió en su sucesor. En 177, hizo de él (que por entonces era un muchacho
de dieciséis años) su co-emperador.
El peligro es que un hijo nacido en el trono casi con
seguridad se echa a perder. Recibe demasiados halagos y demasiado poder, y
confunde el accidente del nacimiento con las realizaciones de valor. Había
sucedido con Calígula y Nerón, y ahora iba a ocurrir nuevamente.
El hijo de Marco Aurelio era Cómodo (Marcus Lucius Aelius
Aurelius Commodus Antoninus), quien tenía diecinueve años cuando se convirtió
en emperador.
Cómodo no era un guerrero. Hizo una rápida paz con los
marcomanos y se dedicó a una vida de placer. Dejó las cargas del gobierno a sus
funcionarios. Esto es peligroso, en cierto modo. La gente no es propensa a
acusar al emperador mismo por los infortunios, pues se le enseña a reverenciar
al emperador (o al rey o al presidente). Pero es fácil acusar a los «malvados
favoritos» (o funcionarios o burócratas). Cómodo no tuvo el valor de defender a
sus funcionarios, sino que los sacrificó a la multitud siempre que le pareció
la salida más fácil.
Como la mayoría de los gobernantes débiles, temía ser
asesinado, y pensaba que quienes más probablemente conspirarían contra él eran
los senadores. Esto supuso el fin del largo período en el que los senadores
actuaron en cooperación con los emperadores. Nuevamente se impuso un reinado
del terror, en el que el informe sobre una palabra descuidada o la repentina
sospecha irracional bastaban para dar lugar al exilio o la ejecución.
Por supuesto, el Senado no era ahora lo que había sido
antaño, ni siquiera en la época de Augusto, para no hablar de los grandes días
de la República. Ya no representaba a la antigua aristocracia romana. Gran
parte de ella había sido barrida en las guerras civiles que precedieron al
establecimiento del Imperio. Los miembros restantes de ella fueron muertos por
Calígula, Nerón y Domiciano. Bajo los Antoninos, el Senado fue constituido por
una nueva clase de funcionarios, y su prestigio decayó aún más a causa de ello.
Como Nerón, Cómodo parece haber sido monstruosamente
vanidoso y llevado esta vanidad a extremos todavía más vergonzosos. Nerón al
menos gozaba con fiestas del intelecto, con su poesía, su actuación escénica y
su canto. Cómodo, al parecer, tenía el alma de un gladiador en el cuerpo de un
emperador. Su placer era matar animales en el anfiteatro (desde una posición
segura) y se cree que hasta intervino en combates de gladiadores. Si bien los
romanos gozaban del brutal espectáculo que ofrecían hombres armados luchando
hasta la muerte, pensaban que los combatientes ocupaban una posición social
degradada. Por ello, que un emperador desempeñase el papel de un gladiador era
vergonzoso.
Una vez más, la extravagancia imperial estaba vaciando el
tesoro y una seria crisis económica asolaba el Imperio.
El fin de este nuevo Nerón fue precisamente el mismo que
el del antiguo. Los más cercanos a él eran quienes más temían sus impulsos
arbitrarios y ansiaban asegurar su propia vida eliminándolo. En 192 (945 A. U.
C.), su amante, Marcia, y algunos funcionarios de la corte conspiraron contra
él y lo hicieron estrangular por un luchador profesional; así, en cierto modo,
murió como un gladiador. Como Nerón, tenía treinta y un años en el momento de
su muerte.
Cómodo fue el último del linaje (por adopción y
descendencia) de Nerva. Este linaje duró casi exactamente un siglo y dio siete
emperadores a la historia romana, si contamos al co-emperador Lucio Vero.
5. El linaje de Severo
Septimio Severo
Antes de ese momento, dos dinastías importantes habían
llegado a su fin, una con Nerón y otra con Domiciano. La primera vez, el
Senado, cogido de improviso, tuvo que hacer frente a una breve guerra civil,
con un final, afortunadamente, feliz. La segunda vez el Senado estaba preparado
y las cosas salieron bien desde el principio.
El Senado trató ahora de seguir exactamente el segundo
precedente. A Domiciano le siguió el anciano y respetado Nerva, y ahora
dispusieron que Cómodo fuese seguido por el anciano y respetado Pertinax
(Publius Helvius Pertinax).
Pertinax había nacido en un hogar humilde en 126, durante
el reinado de Adriano. Ascendió laboriosamente en el servicio público hasta
ser, en la época de la muerte de Cómodo, lo que hoy llamaríamos el alcalde de
la ciudad de Roma.
Como Nerva, Pertinax se sintió demasiado viejo para asumir
la pesada tarea de un emperador y se resistió. Pero la guardia pretoriana, que
había sido convencida de que aceptase a Pertinax por su jefe (uno de los
conspiradores contra Cómodo), insistió. Pertinax aceptó muy a su pesar.
Cuando Pertinax trató de restablecer la economía
gubernamental después de los excesos de Cómodo, la guardia pretoriana
rápidamente cambió de opinión. Precisamente fue esto lo que Galba trató de
hacer después de Nerón, y el resultado ahora fue el mismo. La guardia
pretoriana se rebeló, y cuando Pertinax se presentó ante ellos para calmarlos,
lo mataron. Había reinado tres meses.
Luego siguieron sucesos que demostraron cuán bajo había
caído Roma, hasta qué punto ejercían los soldados un gobierno total y cuán poco
éstos (y, al parecer, nadie) se preocupaban por el bien abstracto del Imperio.
La guardia pretoriana puso el Imperio en subasta.
Hoscamente conscientes de que Pertinax había tratado de reducir su paga,
decidieron impedir que el próximo emperador hiciera lo mismo. Ofrecieron
proclamar emperador a quienquiera que les pagase la suma más elevada.
Al oír esto, un rico senador, Marco Didio Juliano, decidió
participar en la puja (quizá sólo como broma, al principio). Ganó al ofrecer el
equivalente, en dinero moderno, de 1.250 dólares por hombre, e inmediatamente
fue proclamado emperador.
Antes y después, se compraron y vendieron cargos, pero
nunca un cargo tan alto y nunca tan abiertamente.
Pero Didio Juliano sólo compró su propia muerte, y a un
precio muy caro. Después del asesinato de Nerón, las legiones convergieron
sobre Roma, mientras cada general reclamaba el trono, y lo mismo sucedió ahora.
Las legiones de Britania, de Siria y del Danubio se disputaron el premio.
El general del Danubio fue el más rápido. Se trataba de
Lucio Septimio Severo. Como Trajano, era un provinciano: había nacido en África
en 146. Quizá ni siquiera fuera de ascendencia italiana, pues aprendió latín
relativamente tarde en su vida y siempre lo habló con acento africano.
Marchó hacia Roma apresuradamente y tan pronto como entró
en Italia, en junio de 193, la guardia pretoriana se declaró de su parte
(después de todo, tenía a su mando unas rudas legiones). El Senado se apresuró
a hacer lo mismo, y el pobre tonto de Juliano fue ejecutado después de un
reinado de dos meses. Mientras lo arrastraban al cadalso, gritaba: «Pero, ¿a
quién he hecho daño?, ¿a quién he hecho daño?». A nadie, por supuesto, pero
cuando alguien aspira a premios elevados debe estar dispuesto a correr grandes
riesgos.
Severo, como emperador, tuvo que ajustar cuentas con los
generales rivales. Una vez que se ha ofrecido la corona a un general y éste la
ha aceptado, no hay modo de retroceder. Un candidato triunfante no puede
permitir que otro derrotado permanezca vivo, pues una vez que el ansia de ser
emperador se ha apoderado de un hombre, nunca se puede volver a confiar en él.
Más aún, el candidato derrotado, sabiendo que nunca más se confiará en él, debe
seguir luchando. Como resultado de esto, después del ascenso de Severo al
trono, se produjo la primera guerra civil romana en doscientos años.
La guerra civil posterior a la muerte de Nerón sólo duró
un año y la lucha no tuvo mucha importancia. Pero la guerra civil que siguió a
la muerte de Cómodo duró cuatro años y en ella hubo grandes batallas. La Pax
Romana fue seriamente quebrantada.
Severo marchó, primero, al Este, para combatir con Níger
(Gaius Pescennius Niger Justus), jefe de las legiones de Siria. Níger era un
viejo conocido de Severo y antaño ambos habían desempeñado juntos el consulado.
Pero Níger era ahora el más popular de los generales rivales, y su posición en
el Este le permitía ocupar Egipto y apoderarse del granero romano. Severo tenía
que impedirlo, y una vieja amistad no lo haría desistir.
La popularidad de Níger fue su perdición, pues las
provincias orientales se declararon a su favor y no se sintió urgido a hacer
nada. Permaneció en Siria en una falsa seguridad y dejó que el enérgico Severo
fuese hacia él. Severo lo hizo y ganó varias batallas en Asia Menor. Níger fue
capturado en 194, mientras trataba de huir a Partia, y fue ejecutado en el
acto.
Quedaba el jefe de las legiones de Britania, Albino
(Decimus Clodius Septimus Albinus). Extrañamente, en latín Níger significa
«negro», y Albinus significa «blanco», de modo que Severo tuvo que hacer frente
al Negro y al Blanco.
En un comienzo, Severo, se aseguró la neutralidad de
Albino declarándolo su heredero. Esto le dio tiempo para acabar con Níger.
Albino, que esperaba un empate entre sus dos enemigos, pensó ahora que sólo era
cuestión de tiempo para que Severo se volviese contra él. Decidió atacar
primero, haciéndose proclamar emperador y marchando a la Galia en 197.
El enérgico Severo se abalanzó hacia el Norte para ir a su
encuentro, y en Lugdunum (la moderna Lyon), la mayor ciudad de la Galia por
entonces, los ejércitos se enfrentaron en la mayor batalla entre romanos que se
habían librado desde la de Filipos, siglo y medio antes. Las fuerzas de Severo
obtuvieron una victoria total, y Lugdunum fue saqueada tan ferozmente que nunca
recuperó su prosperidad en los tiempos antiguos. A este precio, en 197 (950
A.U.C.), Severo fue finalmente el amo indiscutido del Imperio.
Los dominios romanos ahora se aquietaron bajo Severo, como
antaño se habían aquietado bajo Vespasiano un siglo y cuarto antes. Pero esta
vez Roma era más débil. Había sufrido la devastación de la peste y su población
seguía declinando. También había sufrido los golpes, físicos y psicológicos, de
una grave guerra civil.
Por ello, Severo no pudo restaurar el principado según el
modelo de Augusto, como había tratado de hacer Vespasiano. Tal vez Severo
tampoco lo deseaba. En cambio, se adaptó a la realidad aceptando el hecho de
que sólo como amo del ejército un emperador podía ser amo de Roma. Ni el Senado
ni el pueblo plantearon problemas sobre el gobierno.
Así, Severo empezó a mimar al ejército. Aumentó su paga y
extendió los privilegios militares, permitiendo a los soldados casarse, por
ejemplo, mientras prestaban servicio, y frecuentemente elevándolos al rango de
la clase media al retirarse. Centralizó el ejército bajo su único mando,
eliminando a los senadores hasta del control nominal de legiones particulares.
Aumentó las dimensiones del ejército hasta llegar a constituir treinta y tres
legiones, frente a las veinticinco que había en el momento de la muerte de
Augusto. También se aumentaron las tropas auxiliares, y por el 200 el número
total de hombres que tenían las fuerzas romanas quizá superó los 400.000.
Además, Severo desarmó y disolvió la guardia pretoriana
que había puesto en venta el Imperio y la reemplazó por una de sus propias
legiones danubianas. En lo sucesivo, la guardia pretoriana fue reclutada entre
las legiones y ya no estuvo constituida particularmente por italianos. Al
estacionar una legión en la misma Italia, Severo invirtió la política de
Augusto de dos siglos antes y redujo a Italia al rango de las otras provincias.
Desde entonces, en efecto, no hubo ninguna diferencia real entre Italia y las
provincias. Todas las partes del Imperio estaban sometidas al ejército y su
jefe.
Bajo Severo, continuó la centralización del Imperio.
Subdividió algunas provincias en unidades menores para que los gobernadores
fuesen menos poderosos y hubiese una jerarquía más compleja de funcionarios
cuya cúspide era él mismo.
Pero en conjunto el vigor de Severo benefició al Imperio,
que podía soportar mejor, por entonces, un despotismo militar que las
extravagancias o la anarquía. De hecho, en tiempos de Severo, los límites
romanos se mantuvieron, pese a que las legiones estaban ocupadas en luchar unas
contra otras mientras las fronteras exteriores quedaban sin protección.
Afortunadamente, la gran rival de Roma, Partia, proseguía sus propias guerras
civiles y su potencia declinaba con mucho mayor rapidez que la de Roma, hasta
el punto de que Severo pudo hacer frente a Partia desde una ventajosa posición.
Así, cuando Partia adoptó una actitud que parecía
calculada para sacar ventaja de los problemas de Roma, Severo respondió con
rapidez. Una guerra exterior era justamente lo que se necesitaba para unir el
Imperio a su alrededor. Por ello, en 197, apenas obtenida su victoria sobre
Albino, marchó al Este nuevamente y derrotó a Partia brillantemente. Cuando
volvió a Roma, en 202, celebró un triunfo y erigió un arco (que aún está en
pie) para conmemorar sus victorias.
En el período de paz que siguió, Severo reorganizó los
procedimientos legales y las finanzas. Un estrecho colaborador de Septimio
Severo fue el respetado jurista Papiniano (Aemilius Papinianus). Este emprendió
una reorganización completa del derecho romano y, en verdad, los comentarios
que escribió constituyeron la base de tal derecho durante los tres siglos
siguientes. Pero la reorganización financiera no atenuó las debilidades
subyacentes del Imperio, pues Severo se vio obligado a disminuir el contenido de
plata de las monedas, signo seguro de una permanente enfermedad económica.
La esposa de Severo, la emperatriz Julia Domna, se
interesaba por la filosofía y dio al reinado un tinte intelectual que era
totalmente extraño al rudo y marcial Emperador. Ella se rodeó, por ejemplo, de
pensadores como Galeno, el médico, quien a la sazón estaba en sus últimos años
(murió alrededor del 200).
Otra figura de su círculo era Diógenes, comúnmente llamado
Diógenes Laercio porque nació en la ciudad de Laerte, en Asia Menor. Su derecho
a la fama se basa en que escribió breves biografías de varios filósofos
antiguos de renombre. Su libro estaba destinado al consumo popular y consiste
en gran medida en el relato de incidentes anecdóticos de la vida de los
filósofos y algunas citas sorprendentes de sus obras. Indudablemente, era
estupendo para caballeros ociosos que deseaban poder chismorrear sobre los filósofos
y la filosofía sin tener que pasar por el arduo esfuerzo de leer realmente sus
obras. No hay duda de que el libro fue considerado como carente de valor por
los verdaderos sabios de la época.
Sin embargo, la misma popularidad del resumen de Diógenes
Laercio causó que se hicieran muchas copias de él y que sobreviviera hasta los
tiempos modernos, mientras que no nos han llegado las obras mucho más valiosas
pero mucho menos populares de gran número de los filósofos mismos. Se desprende
de esto que Diógenes Laercio nos dice todo lo que sabemos sobre muchos grandes
hombres y que debemos estarle agradecido por ello.
Un amigo de Severo fue Dión Casio (Dion Cassius
Cocceianus), historiador de cierto renombre. Nació en Asia Menor, donde su
padre fue gobernador bajo Marco Aurelio. Dión Casio llegó a Roma en 180 y fue
senador en el reinado de Cómodo; sobrevivió a los peligros de ese reinado y
desempeñó altos cargos bajo Severo y sus sucesores. Dión Casio escribió una
historia de Roma, de la cual nos han llegado los libros que tratan del último
medio siglo de la República y el primer medio siglo del Imperio. Es gracias al
accidente de esta supervivencia por lo que sabemos tanto de los tiempos de
César y Augusto.
Los últimos años de Severo fueron perturbados por
conflictos en Britania. Recordando el poder del gobernador de Britania, Albino,
que había estado a punto de conquistar el Imperio, Severo dividió Britania en
dos provincias. Así debilitó el poder de los generales allí apostados e hizo
menos probable que se rebelasen. Pero también los hizo menos capaces de
resistir a los pictos del Norte, sobre todo porque Albino, en su lucha por el
trono, había retirado de Britania gran cantidad de buenos soldados que hallaron
la muerte en Lugdunum.
En 208, Severo se vio obligado a viajar él mismo a
Britania y a emprender vigorosas operaciones contra los duros montañeses del
salvaje Norte. Pero el precio fue demasiado elevado. Las operaciones de
guerrillas desgastaron a las legiones y sólo con dificultad se las podía
abastecer y reforzar desde el cuerpo principal del Imperio. Finalmente, Severo
tuvo que contentarse con algunos gestos nominales de sumisión de los nativos.
Esto disimulaba el resultado real, que fue una retirada romana. Severo decidió
que la improvisada Muralla de Antonino, erigida medio siglo antes en la mitad
de Escocia, era demasiado difícil de defender y se retiró definitivamente
detrás de la Muralla de Adriano, más práctica y que reforzó. Pero Severo no iba
a dejar nunca Britania. Estaba en sus sesenta y tantos años y durante mucho
tiempo había sufrido horriblemente de gota. En 211 (964 A. U. C.) murió de esta
enfermedad en Eboracum (la moderna York).
Caracalla
Severo, para aumentar su popularidad entre la gente del
Imperio y dar apariencia más legítima a su gobierno, apeló a la ficción legal
de que él era hijo de Marco Aurelio y hermano de Cómodo. Esto se ve en el
nombre de su hijo mayor. Originalmente era Basiano, pero después de que su
padre se convirtiese en emperador, se cambió el nombre del hijo por el de Marco
Aurelio Antonino.
Pero, como Calígula, el hijo mayor de Severo fue conocido
por el nombre de una prenda de vestir. Introdujo en Roma una larga capa de
estilo galo y la hizo popular. Esa capa era llamada «caracallus», por lo que el
hijo de Severo fue conocido por Caracalla.
Caracalla y su hermano menor Geta (Publius Septimius
Antoninus Geta) habían prestado servicio en Britania en la campaña final de su
padre, y al morir éste los dos hermanos le sucedieron como co-emperadores,
siguiendo el precedente de Marco Aurelio y Lucio Vero de medio siglo antes.
Pero Caracalla no era ningún Marco Aurelio. Los dos
hermanos se odiaban violentamente. Concluyeron una rápida paz en Britania y
volvieron apresuradamente a Roma para luchar hasta llegar a una decisión.
Caracalla ganó porque hizo asesinar a Geta en 212, y en adelante gobernó solo,
asegurando su posición mediante ejecuciones en masa de los que sospechaba que
habían apoyado a Geta. Distribuyendo dinero pródigamente entre los soldados, se
ganó su apoyo y no se preocupó un ardite de nada más.
El romano más distinguido que cayó en la campaña de
ejecuciones de Caracalla fue Papiniano, el jurista. Había acompañado a Severo a
Britania y, a la muerte del emperador, fue hecho tutor de Caracalla y Geta, que
sólo tenían un poco más de veinte años. Trató de mantener la paz entre ellos y
fracasó. Como les ocurre a menudo a los conciliadores, se ganó la enemistad de
ambas partes y probablemente habría sido ejecutado con igual rapidez si hubiese
ganado Geta.
Caracalla, al igual que Calígula, Nerón y Cómodo, fue
echado a perder por haber sido criado en la corte; como emperador, fue de
escasa valía. Pero sólo reinó seis años.
Bajo su gobierno, se construyeron en Roma los enormes
«baños de Caracalla», que cubrían 33 acres. Sus ruinas subsisten en la Roma
actual y son una atracción turística.
El hábito de tomar baños había aumentado de popularidad a
través de la historia romana, y en el Imperio llegó a la cumbre del lujo. Los
baños públicos eran grandes construcciones con habitaciones en las que un
bañista podía pasar de un baño a otro con temperaturas diferentes: caliente,
tibio y frío. Había habitaciones con vapor de agua, habitaciones para hacer
ejercicios y lugares donde la gente podía ser untada con aceites o recibir
masajes. Hasta había salones donde un cliente podía descansar, leer, conversar
u oír recitaciones. Los precios no eran elevados y los baños tenían una gran
popularidad.
Ciertamente, la popularidad de los baños es mucho más
admirable que la de los horribles combates de gladiadores y con animales. Sin
embargo, para los satíricos romanos, los estoicos y, sobre todo, para los
primeros cristianos, el lujo que rodeaba a los baños hacía que su práctica les
pareciese decadente y vergonzosa. En particular, en algunos lugares surgió la
costumbre de que hombres y mujeres usasen los baños simultáneamente, y esto era
horrible para los moralistas, quienes imaginaban que allí se practicaba todo
género de perversiones, cosa que probablemente no ocurría.
Otra acción importante de Caracalla fue su edicto de 212
(965 A. U. C.) por el que otorgaba la ciudadanía romana a todos los hombres
libres del Imperio. Esta no era una concesión tan magnífica como podría
parecer, pues la diferencia entre ciudadanos y no ciudadanos había ido
disminuyendo desde hacía mucho tiempo y las ventajas prácticas de ser ciudadano
en un despotismo dominado por el ejército eran prácticamente nulas.
En realidad, se supone que Caracalla tenía en vista una
finalidad práctica. Había ciertos impuestos a la herencia que sólo debían pagar
los ciudadanos romanos. Al generalizar la ciudadanía, Caracalla aumentaba los
ingresos provenientes de esos impuestos.
Caracalla llevó una política agresiva en las fronteras.
Luchó a lo largo del Danubio en 214 y mantuvo a raya a las tribus germánicas.
Luego marchó al Este para librar otra de las eternas guerras con Partia y, como
su padre antes, hizo una triunfal incursión por la Mesopotamia.
Sin embargo, las crueldades de Caracalla estaban
despertando nerviosismo entre sus colaboradores. Por ejemplo, ordenó a sus
soldados que saquearan Alejandría, la segunda ciudad del Imperio, por un delito
trivial, y fueron muertas miles de personas. Un hombre semejante no vacilaría
en hacer asesinar a sus colaboradores por cualquier ofensa imaginaria, si esos
colaboradores no actuaban primero.
Lo hicieron. En 217 (970 A. U. C.) Caracalla fue asesinado
a instigación de uno de sus funcionarios, Marco Opilio Macrino. Como Nerón y
Cómodo, Caracalla sufrió una muerte violenta a los treinta y un años de edad.
Después del asesinato, el mismo Macrino se proclamó
emperador. Era un ciudadano de clase media, mauritano de origen, y nunca había
alcanzado el rango senatorial. Fue el primer emperador que llegó al trono
cuando sólo pertenecía aún a la clase media.
Macrino aparentemente tenía buenas intenciones. Redujo
ciertos impuestos y trató de reducir la paga y aumentar la disciplina de sus
tropas (una acción siempre muy riesgosa).
Por desgracia, las cosas no marcharon bien. Los partos, aprovechando
los desórdenes que siguieron a la muerte de Caracalla, invadieron Siria e
infligieron derrotas a los romanos. Macrino se vio obligado a firmar una paz
bastante desfavorable que inmediatamente despertó la indignación de los
soldados y les hicieron volverse hacia otros posibles candidatos al trono.
Alejandro Severo
El candidato lógico parecía ser alguien que estuviese
emparentado con Caracalla y, por lo tanto, formase parte del linaje de Severo.
Caracalla no había tenido hijos, pero tenía algunos parientes femeninos. Su
madre, Julia Domna, que murió poco después del asesinato de Caracalla, tenía
una hermana llamada Julia Maesa, quien tenía dos hijas, Julia Soemis y Julia
Mamea. Las dos hijas, primas hermanas de Caracalla, tenían cada una un hijo
joven. El de la primera era Basiano; el de la otra, Alexiano.
Basiano vivía en Emesa, Siria, con su madre. Tenía
diecisiete años en ese momento y era sacerdote en el templo del Sol. El nombre
local del dios-sol era Elagabal, y el joven sacerdote fue luego conocido como
Elagabalus, forma romanizada de ese nombre. Pero en español es más conocido
como Heliogábalo, donde «helio» proviene de la palabra griega que significa
«sol». La abuela de Heliogábalo buscó el apoyo de los soldados descontentos con
una promesa de dinero y difundió el rumor de que el joven sacerdote era hijo de
Caracalla. Heliogábalo adoptó el nombre de Marco Aurelio Antonino y fue
proclamado emperador. Macrino trató de resistir, pero, después de una batalla,
se vio obligado a huir. Más tarde fue capturado y ejecutado, después de haber
reinado durante poco más de un año.
Heliogábalo entró en Roma en triunfo y con él iban las
diversas Julias, su abuela, su madre y su tía, quienes fueron los verdaderos
gobernantes del Imperio durante su reinado. Se le persuadió de que adoptase
como sucesor a su primo Alexiano.
Heliogábalo demostró ser un emperador totalmente indigno,
un vulgar títere que adoptó costumbres sirias que desagradaban a los romanos.
Introdujo el culto de Elagabal en Roma, llevando consigo su imagen, una piedra
negra cónica, a la capital con tal propósito. También manifestó las mismas
crueldades arbitrarias de otros emperadores jóvenes. En 222 (975 A. U. C.) la
guardia pretoriana se cansó de la situación y mató a Heliogábalo y a su madre.
La piedra negra de Elagabal fue devuelta a Siria.
El primo y sucesor de Heliogábalo, Alexiano, fue
proclamado emperador. Adoptó el nombre de Marco Aurelio Alejandro Severo para
indicar una relación con Marco Aurelio y con Septimio Severo. El nombre de
Alejandro deriva de que había nacido en Fenicia, en, o cerca de, un templo
dedicado a Alejandro Magno. Comúnmente se le conoce como Alejandro Severo.
Lamentablemente, Alejandro Severo no era ningún Alejandro
Magno, ni siquiera un Septimio Severo. Sólo era un joven de diecisiete años
completamente dominado por su madre y su abuela. Esta última murió en 226
dejando a la madre de Alejandro, Julia Mamea, como único poder real en Roma.
Gobernó suavemente e hizo un intento en apariencia honesto
para restablecer la situación del Imperio bajo los Antoninos. La madre de
Alejandro creó una comisión de senadores y legistas para asesorar al gobierno.
Uno de ellos, Ulpiano (Domitius Ulpianus), había sido colega de Papiniano y
había prestado importantes servicios bajo Septimio Severo y Caracalla. Fue
exiliado bajo Heliogábalo, pero ahora se le llamó y desempeñó prácticamente el
cargo de primer ministro en la primera parte del reinado.
Pero el tiempo no podía retroceder. Las condiciones
económicas seguían siendo malas y la acuñación tuvo que ser alterada
nuevamente. También aparecieron nuevos problemas en el Este.
La invasión parta de Siria después de la muerte de
Caracalla fue la última aventura militar de este reino.
Tenía cada vez mayores problemas para mantener en calma a
sus diversas provincias, y las perpetuas guerras con Roma y las guerras civiles
en el interior dieron fin a Partia. Durante tres siglos había mantenido una
lucha más o menos igual con Roma, pero ahora estaba acabada para siempre.
Pero esto no significó que Roma tendría ante sí un vacío
en el Este. En 226, Ardashir, el gobernante de Fars (una provincia del golfo
Pérsico, llamada Persis por los griegos y Persia por nosotros) se rebeló contra
el último rey parto y se instaló en el trono.
En lugar de Partia, pues, surgió un Imperio Persa. Para
distinguirlo del antiguo Imperio Persa que Alejandro Magno había destruido
cinco siglos y medio antes, el nuevo reino es llamado a veces el Nuevo Imperio
Persa o el Imperio Neopersa. Puesto que el nuevo rey hacía remontar su
ascendencia a un gobernante llamado Sasán, la dinastía recibió el nombre de los
sasánidas, y el nuevo reino puede ser llamado el Imperio Sasánida.
Para Roma, el cambio producido en el Este tenía escasa
importancia. El pueblo situado al este de Siria era aún el enemigo,
independientemente de quién fuese su rey y de que se llamasen partos o persas.
De hecho, esa enemistad empeoró, pues los sasánidas se sentían los sucesores de
los antiguos reyes persas y pensaban que debían recuperar toda la tierra que
les había arrebatado Alejandro Magno, que incluía a Asia Menor, Siria y Egipto.
En 230, pues, los persas invadieron las provincias
orientales del Imperio, y Alejandro Severo se vio obligado a viajar al Este y
conducir sus ejércitos contra los persas. Los detalles de lo que siguió son
inciertos, pero aunque luego Alejandro volvió a Roma y celebró un triunfo,
pretendiendo haber logrado toda clase de victorias, parece casi seguro que la
guerra terminó en otro punto muerto.
Durante su ausencia, los germanos empezaron a atravesar el
Rin y a hacer correrías por la Galia, Alejandro tuvo que marchar al Norte. Por
desgracia, las economías que él y su madre hicieron a expensas del ejército les
granjearon la creciente hostilidad de los soldados. En ocasiones se amotinaron,
y en uno de esos motines, en 228, mataron al viejo jurista Ulpiano en presencia
del mismo Emperador.
Ahora estaban dispuestos a ir más allá. En la Galia,
Alejandro se vio forzado a pagar a los germanos para librarse de ellos y esto
dio a los soldados una especie de excusa seudopatriótica. Atribuyendo a la
incapacidad de Alejandro la falta de resultados mejores (y quizá tenían razón
en que su queja, si no en el remedio) lo asesinaron junto con su madre en 235
(988 A. U. C).
El reinado de Alejandro Severo fue el último en el que
hubo al menos un intento de mantener algún género de gobierno civil. Después de
él, se impuso, desnuda y desvergonzadamente, la dominación militar.
Así, el linaje de Severo llegó a su fin después de
gobernar Roma durante cuarenta y dos años (menos un año en el que Macrino
gobernó nominalmente). Contando a Geta, dio cinco emperadores a Roma.
Los autores cristianos
Durante el medio siglo de incesantes peligros para el
Imperio que siguió a la muerte de Marco Aurelio, el cristianismo continuó
fortaleciéndose, particularmente en las ciudades y sobre todo en el Este de
habla griega.
Se inició una marea en ascenso de escritos eruditos sobre
el cristianismo. Los que escribieron sobre el cristianismo y ejercieron
particular influencia durante el Imperio Romano y comienzos de la Edad Media
son llamados a veces los «Padres de la Iglesia», y se los divide en los Padres
Griegos y los Padres Latinos, según la lengua en que escribieron. No hay
acuerdo general sobre cuáles autores, exactamente, han de incluirse entre los
Padres, y ciertamente aquí no intentaremos tomar ninguna decisión al respecto.
Los mencionados más adelante, sin embargo, están todos incluidos en la lista de
uno u otro grupo.
En el Este, Clemente de Alejandría (Titus Flavius Clemens)
fue aún más allá que Justino Mártir (véase página) en aplicar toda la batería
del conocimiento griego al problema de la doctrina cristiana. Nació alrededor
del 150 en Atenas, de padres paganos, y probablemente fue adoctrinado en alguno
de los misterios paganos antes de su conversión al cristianismo.
Posteriormente, estudió y vivió en Alejandría, donde creó lo que se conoce a
veces como la escuela alejandrina de teología.
Clemente consideraba el cristianismo como una filosofía,
que no sólo estaba a la par de los sistemas griegos, sino que era superior a
ellos. Trató de demostrar que las escrituras hebreas eran más antiguas que los
escritos griegos y contenían toda la verdad, mientras que los últimos sólo
contenían parte de la verdad. Ningún otro de los primeros Padres de la Iglesia
fue tan cabalmente versado en filosofía griega.
Uno de los discípulos de Clemente fue Orígenes, más
distinguido aún. Orígenes, nacido por el 185 en Alejandría, provenía de
progenitores cristianos, y su padre murió como mártir. Él mismo llevó una vida
dedicada a los estudios religiosos y hasta se castró a sí mismo, para no
dejarse distraer por pensamientos concernientes a mujeres y al matrimonio. La
popularidad de sus enseñanzas y sus escritos, junto con el hecho de que mezcló
buena parte de la filosofía platónica con sus propias creencias, le acarrearon continuos
problemas con sus superiores.
Sin embargo, escribió abundantemente y, en particular,
salió a la palestra contra un autor griego llamado Celso, que no era el popular
autor científico del siglo I (véase página), sino un filósofo platónico que
vivió un siglo y medio más tarde. Celso había escrito un libro frío y
desapasionado contra el cristianismo, que por entonces sólo era una religión de
importancia secundaria. Fue el primer libro pagano que consideró seriamente al
cristianismo. Los argumentos de Celso eran sumamente racionales, como los
usados por los librepensadores actuales que objetan cuestiones tales como el
parto virginal, la resurrección y los diversos milagros como contrarios a la
razón. También afirmó que la doctrina cristiana había sido tomada de la
filosofía griega, deformándola en el proceso.
El libro era demasiado racional y estuvo lejos de ser un
éxito popular, por lo que no ha sobrevivido. Ni siquiera sabríamos de su
existencia, si Orígenes no hubiera escrito para refutarlo un libro titulado
Contra Celso. En su libro, Orígenes cita las nueve décimas partes del libro de
Celso, con lo cual lo conservó para la posteridad. La obra de Orígenes es la
defensa más completa y cabal del cristianismo publicada en la antigüedad.
En el período posterior a Marco Aurelio, también
aparecieron autores de la Iglesia en Occidente, aunque estaban más alejados de
los centros griegos que fueron el suelo fértil de la filosofía.
El primero de esos autores occidentales fue Tertuliano
(Quintus Septimius Florens Tertullianus), nacido alrededor del 150 en Cartago.
Prácticamente creó la literatura latina cristiana, aunque también leía y
escribía el griego. Era de padres paganos y había intentado hacer carrera de
abogado, pero en Roma, a comienzos de su madurez, se convirtió al cristianismo.
Retornó a Cartago en 197 y permaneció allí el resto de su vida. Sus escritos
lograron reducir la popularidad de las ideas gnósticas (véase página), que
desde entonces se extinguieron rápidamente.
Tertuliano era montanista (véase página) y trabajó
duramente para convertir a los cristianos, en general, a la vida puritana.
Finalmente, se vio obligado a romper con la Iglesia Cartaginesa a la que había
servido, y reanudó su labor en una pequeña comunidad montanista cercana. Pero
mantuvo siempre su influencia hasta su muerte, en 222.
Otro importante autor africano fue Cipriano (Thascius
Caecilius Cyprianus), nacido en Cartago por el 200. También él provenía de
padres paganos y se convirtió en la madurez. Más tarde fue obispo de Cartago y
escribió en un estilo que recuerda mucho al de Tertuliano. Murió en el martirio
en 258.
El poder creciente del cristianismo por entonces era tan
pronunciado que el suave Alejandro Severo, quien trataba de apaciguar a todos
los pueblos del Imperio mostrando interés por todas las religiones principales,
añadió un busto de Jesucristo a los de otras deidades y profetas que adornaban
su despacho.
Naturalmente, los filósofos paganos reaccionaron ante la
fuerza creciente del pensamiento cristiano. El estoicismo, que nunca pasó de
recibir la adhesión de un pequeño sector de las clases dominantes, perdió
importancia al morir Marco Aurelio. Fue reemplazado por una nueva elaboración
de las ideas del filósofo griego Platón, a las que se hizo más complejas y
místicas. Este neoplatonismo fue un intento de los filósofos de hallar una base
emocional adecuada para sus creencias sin apelar al ritual cristiano.
El más importante de los neoplatónicos fue Plotino, nacido
en Egipto de padres romanos alrededor del 205. Fue educado en Alejandría y
llegó a Roma en 244, donde enseñó su complicada y mística filosofía hasta su
muerte, ocurrida en 270.
Aunque el neoplatonismo no logró afirmarse como la
filosofía dominante del Imperio, muchas ideas neoplatónicas se filtraron en la
Iglesia Cristiana, particularmente en la parte de ella que floreció en la mitad
oriental del Imperio.
6. La anarquía
Los persas y los godos
Dos veces antes en su historia, Roma había contemplado la
extinción de un linaje de emperadores seguida por una guerra civil. Después del
asesinato de Nerón, en 68, había habido una mitigada guerra civil durante un
año. Después del asesinato de Cómodo, en 192, se produjo una grave guerra civil
que por cuatro años asoló a un Imperio debilitado.
Ahora, después del asesinato de Alejandro Severo, en 235,
Roma era aún más débil y pasó por una serie de guerras civiles y de invasiones
extranjeras que duraron cincuenta años y desgarraron el Imperio.
En ese medio siglo, veintiséis hombres reclamaron el trono
imperial con, al menos, cierto grado de aceptación, y muchos otros lo
intentaron sin éxito. Todos excepto uno de éstos sufrieron una muerte violenta.
La causa básica de la anarquía residía en el hecho de que
el ejército dominaba al Estado, y ese ejército ya no era una fuerza unida
siquiera por los más vagos de los ideales comunes. Era reclutado cada vez más
en las provincias y entre las clases más pobres, y vivía en condiciones que lo
alejaban completamente de los civiles del Imperio. Peor aún, un número
creciente de soldados fueron reclutados entre los bárbaros germanos que
habitaban al norte de la frontera romana. Eran buenos combatientes ansiosos de
alistarse por el dinero y la elevación del nivel de vida que el ejército les
brindaba, mientras que los romanos eran cada vez más renuentes al servicio
militar.
Cualquier jefe legionario podía usar a sus soldados para
elevarse al trono imperial, y aunque este trono se convirtió en una forma
invariable de suicidio, los candidatos nunca faltaban. En verdad, todo hombre
que lograba apoderarse del Estado imperial se esforzaba por dedicarse a la
importante tarea que tenía ante sí con una seriedad sorprendente, considerando
las dificultades casi insalvables que se le presentaban.
El medio siglo de anarquía empezó cuando Maximino (Gaius
Julius Verus Maximinus), un campesino tracio gigantesco que había conducido a
los rebeldes que asesinaron a Alejandro Severo en la Galia, se hizo proclamar
emperador en el mismo lugar. Fue el primer emperador que puede ser considerado
como un soldado raso y casi nada más. Pero su influencia no fue más allá de los
ejércitos que ahora trataba de comandar.
Lejos, en el Sur, se hizo un intento de imitar la juiciosa
elección de Nerva siglo y medio antes. Fue proclamado emperador un hombre
honorable y de edad, Gordiano (Marcus Antonius Gordianus).
Gordiano había nacido en 159 y pretendía descender de
Trajano. Había llevado una vida virtuosa y laboriosa, en verdad, casi como si
fuese un Antonino. Bajo Alejandro Severo, fue gobernador de África, y aún
ocupaba este cargo cuando las legiones locales le pidieron que se proclamase
emperador.
Gordiano no sólo recordó el éxito de Nerva sino también el
fracaso de Pertinax (véase página) y subrayó que tenía casi ochenta años y no
podría soportar la carga del gobierno. Los soldados lo amenazaron de muerte si
no asumía el trono, de modo que, suspirando, asoció al gobierno a su hijo y
tocayo. Ambos fueron proclamados emperadores, y los conocemos por los nombres
de Gordiano I y Gordiano II. (Gordiano II fue notable como gran protector de la
literatura, y tenía una biblioteca de 62.000 volúmenes.)
Ambos fueron aceptados por el Senado, pero gobernaron
apenas un poco más de un mes. Gordiano II murió luchando contra una facción
militar de oposición, y Gordiano I, deshecho de dolor, se suicidó.
Mientras tanto, Maximino también halló la muerte a manos
de sus propios soldados, a la par que los generales aspirantes al trono de las
tropas que habían dado muerte a los Gordianos fueron, a su vez, muertos por
otros soldados.
El nieto de doce años y tocayo de Gordiano I estaba en
Roma, y el Senado insistió en hacerlo el nuevo emperador. Fue Gordiano III, y
comenzó su reinado en 238 (991 A.U.C.).
Durante unos pocos años esta situación se mantuvo, pero si
bien hubo un respiro momentáneo interiormente, en las fronteras irrumpieron
repentinamente fuerzas invasoras.
En 241, el segundo rey de la dinastía sasánida, Sapor I,
subió al trono persa. Ansioso de demostrar que era un conquistador y no
previendo dificultades con un Imperio que mataba a sus emperadores tan pronto
como los entronizaba, invadió Siria y ocupó Antioquía, la capital de la
provincia.
El joven Emperador, Gordiano III, no era un guerrero, por
supuesto, pero ya se había casado y su suegro, Timesiteo (Gaius Furius
Timesitheus), suplió tal carencia. Conduciendo con eficiencia a las legiones
romanas, expulsó a los persas de Siria. Desgraciadamente, Timesiteo murió de
una enfermedad en 243 y el ejército quedó bajo el dominio de Marco Julio
Filipo, quien hizo asesinar a Gordiano III y se proclamó emperador en 244 (997
A.U.C.).
Filipo había nacido en la provincia de Arabia, por lo que
es conocido en la historia como «Filipo el árabe». Compró una rápida y
vergonzosa paz con los persas, sobornándolos para que suspendieran la lucha
mientras él volvía a Roma para confirmar su elección.
Su gobierno duró cinco años y es notable principalmente
porque en él Roma pasó por un importante jalón. En 248 (1000-1001 A. U. C.),
Roma llegó al año mil de su existencia.
Augusto había iniciado la costumbre de celebrar «juegos
seculares» especiales y elaborados para señalar el fin de ciertas épocas en la
historia de la ciudad. (La palabra «secular» deriva de una voz latina que
significa un ciclo o época de la historia del mundo, por lo que el término ha
llegado a significar también «mundano», en oposición a «religioso».) Parecía
muy razonable celebrar esos juegos al final de un número redondo de siglos de
existencia de la ciudad. Claudio celebró el año 800 de la ciudad, y Antonino
Pío el 900. Filipo el Árabe supervisó los más elaborados juegos realizados
hasta entonces para festejar el año 1000. No sólo fueron los más elaborados,
sino también los últimos. Nunca volvieron a celebrarse.
El año mil no trajo suerte a Filipo. Por todas partes
había tropas en rebelión. Filipo envió a uno de sus defensores. Decio (Gaius
Messius Quintus Trajanus Decius), al Danubio para sofocar allí una rebelión. A
su llegada, los soldados saludaron a Decio como a su emperador. Decio no
deseaba el cargo y de buena gana hubiese impedido la acción, pero una vez
proclamado emperador tenía que seguir adelante y ocupar el cargo, pues la única
alternativa era su ejecución. Por ello, se puso al mando de la rebelión y condujo
las tropas a Italia. Filipo fue muerto en batalla, en el norte de Italia, en
249, y Decio se convirtió de hecho en emperador.
Por entonces, el número creciente de cristianos perturbaba
al gobierno y al populacho romanos. A medida que se acumulaban los infortunios,
constituyeron un chivo emisario propicio (como en el incendio que se produjo
bajo Nerón o en la peste que se propagó bajo Marco Aurelio).
Maximino, como reacción a la actitud tolerante de
Alejandro Severo, el hombre al que había dado muerte, tomó medidas para lanzar
una persecución, pero no gobernó sobre territorios suficientemente vastos ni
durante el tiempo suficiente para ir muy lejos en esa vía. Filipo el Árabe, de
quien se supone que tenía una esposa cristiana, mantuvo la tolerancia, pero
bajo Decio se desencadenó la tormenta.
En 250 se hizo obligatorio el culto imperial para todos
los súbditos leales. Sólo era necesario dejar caer una pizca de incienso y
murmurar una fórmula de palabras sin sentido. No hacerlo equivalía a exponerse
a ser ejecutado, pues eso era para los romanos lo que en tiempos recientes ha
sido para algunos norteamericanos un «juramento de lealtad».
Muchos cristianos optaron por el martirio antes que
aceptar la mancha de la idolatría que acompañaba al culto imperial. Orígenes
fue la víctima de mayor relieve en la persecución de Decio. En realidad, no se
le mató, pero fue tan maltratado que no sobrevivió mucho tiempo. Cipriano de
Cartago recibió la muerte, y lo mismo los obispos de Roma, Antioquía y
Jerusalén.
Los cristianos de la ciudad de Roma se vieron obligados
entonces a meterse bajo tierra, en las ahora famosas catacumbas, escondrijos y
corredores subterráneos que servían como lugares de entierro suburbanos y ahora
fueron usados también como iglesias y lugares secretos de reunión del culto
ilegal.
En tiempo de Decio, apareció un nuevo grupo de bárbaros,
los godos. Eran un pueblo germánico que, antes de la era cristiana,
probablemente, ocuparon partes de la actual Suecia. (Una isla del mar Báltico
situada al sudeste de Suecia es llamada Gotland todavía hoy.)
Por la época de Augusto, parecen haberse desplazado hacia
el Sur para ocupar la región que forma la Polonia moderna. Gradualmente, a lo
largo de los siglos siguientes, se movieron hacia el sudeste, hasta que, en el
reinado de Caracalla, llegaron al mar Negro. Luego se dividieron en dos grupos.
Uno de ellos ocupó, en el Este, las llanuras de la actual Ucrania. Eran los
godos del Este u ostrogodos («ost» es la palabra germánica que significa
«Este»). El segundo grupo permaneció en el Oeste, presionando sobre la
provincia romana de Dacia. Eran los godos del Oeste, o visigodos (posiblemente,
«visi-» derivaba de una antigua palabra teutónica que significaba «bueno», de
modo que el nombre era una especie de autoelogio, hecho común entre todos los
pueblos).
Caracalla rechazó a estos godos en 214, pero sus
incursiones se hicieron cada vez más frecuentes a medida que las legiones de
Dacia se dedicaron de modo creciente a rebelarse contra Roma en lugar de
combatir a los bárbaros. Peor aún, al aumentar el número de bárbaros alistados
en las legiones, se hizo mayor para ellos la tentación de unirse al saqueo de
las provincias romanas. De tal manera, podían compartir un fácil botín, en vez
de luchar contra hombres que, a fin de cuentas, eran de su propia estirpe.
En tiempos de Decio, los godos invadieron Dacia,
expulsando a los romanos de todas partes excepto unos pocos puestos
fortificados. Luego, después de llegar al Danubio, lo atravesaron y empezaron a
sembrar la muerte y la destrucción en provincias que desde ciento cincuenta
años atrás no habían pasado por los sufrimientos de las correrías bárbaras.
Decio luchó contra ellos y obtuvo algunas victorias, pero
en 251 (1004 A. U. C.) fue derrotado y muerto. Era la primera vez que un
emperador moría en batalla contra un enemigo extranjero.
Uno de los subordinados de Decio, Galo (Gaius Vibius
Tribonianus Gallus), fue elegido emperador en el lugar y trató de resistir.
Entre otros recursos, trató de librarse de los godos mediante dinero, pero
aunque éstos lo aceptaron, después de un tiempo no resistieron la tentación de
reanudar las incursiones, penetrando hasta Grecia y Asia Menor. La misma Atenas
fue saqueada en 267.
A medida que la amenaza goda obligaba a las legiones a
concentrarse en el Danubio inferior, debía debilitarse la guardia en el Danubio
superior y el Rin. De ello se aprovecharon otras tribus germánicas. Los
alemanes de la Germania meridional se dirigieron al Sur y penetraron en el
norte de Italia. Una nueva confederación de tribus germánicas occidentales
cuyos miembros se llamaban a sí mismos «francos» («hombres libres») cruzaron el
Rin en 256, atravesaron toda la Galia y penetraron en España. Algunos contingentes
llegaron hasta África.
Las desesperadas ciudades del Imperio, comprendiendo que
ya no estaban protegidas contra la destrucción por un gobierno eficiente y un
ejército fuerte, empezaron a construir murallas y se dispusieron a resistir
asedios.
Entre tanto, Galo había muerto en batalla contra un
general rebelde y fue sucedido en 253 por Valeriano (Publius Licinius
Valerianus), un subordinado de Galo que llegó demasiado tarde para salvarlo.
Valeriano hizo co-emperador a su hijo Galieno (Publius Licinius Gallienus) y
juntos se dispusieron a enfrentar la crisis.
Fue una tarea sobrehumana. La frontera septentrional
estaba hecha jirones y hacía agua por todos lados. Lograron infligir una
derrota a los godos del sur del Danubio y expulsar a las tribus germánicas de
la Galia, pero entonces los marcomanos invadieron Italia. Tan pronto como los
emperadores se lanzaban en una dirección, aparecían invasores desde otra.
Galieno era íntimo amigo del filósofo neoplatónico Plotino, pero uno no puede
por menos de preguntarse si cualquier cantidad de filosofía podía compensar al
Emperador por los problemas de la época.
Y en medio de toda esta confusión, Persia atacó
nuevamente. Sapor I todavía era rey. Diez años antes había fracasado contra el
joven Gordiano III y su aguerrido suegro, pero Roma había pasado diez años de
desastres. Ahora hizo nuevamente el intento. Una vez más, invadió Siria y tomó
Antioquía.
Valeriano marchó apresuradamente hacia el Este para
proteger Siria. Logró expulsar a los persas de Siria, pero su ejército fue
debilitado por las enfermedades. Consciente de esta debilidad, Valeriano
convino en iniciar negociaciones de paz con los persas, quienes lo capturaron
traicioneramente en 259 (1012 A. U. C.). Fue mantenido en cautiverio por el
resto de su vida, sobre la cual no se sabe nada más, aunque circularon muchos
rumores según los cuales padeció todo género de ignominias. Valeriano fue el
primer emperador capturado vivo por un enemigo extranjero, y esto fue un golpe
tremendo para el prestigio romano.
Galieno siguió reinando después de la captura de su padre,
pero a sus dificultades con los bárbaros se sumó tal cantidad de aspirantes al
trono en una u otra parte que se conoce ese período como la época de los
«treinta tiranos», con referencia a un conocido período de igual nombre en la
historia ateniense. Es un poco exagerado -sólo hubo dieciocho-, pero es
bastante. El temperamento de Galieno fue siempre suave, bajo todas estas
provocaciones. Aunque su padre, Valeriano, había continuado la persecución de Decio
contra los cristianos, Galieno volvió a una política de tolerancia.
El año 260 fue crítico para el Imperio Romano. Parecía que
se estaba derrumbando y desintegrando. Un emperador estaba cautivo y el otro
libraba una lucha incesante e inútil. Todo el tercio occidental del Imperio -la
Galia, España y Britania- se separó y adhirió a un general rival. En la lucha
contra este general, Galieno fue herido y su hijo muerto. Tuvo que abandonar su
intento de reintegrar bajo su mando a todo el Occidente, y el «Imperio Gálico»
mantuvo una existencia independiente durante catorce años.
Mientras tanto, Sapor, después de la captura de Valeriano,
ocupó Siria de nuevo e hizo profundas incursiones por Asia Menor. Si fue
detenido, no se debió tanto a los esfuerzos romanos como a los de un reino del
desierto que hasta entonces no había dejado huellas en la historia.
En Siria, a unos 240 kilómetros al sudeste de Antioquía,
había una ciudad que, según la tradición judía, fue fundada por el rey Salomón
y llamada Tadmar («ciudad de las palmas»). Para los griegos y los romanos este
nombre se convirtió en «Palmira». En tiempos de Vespasiano, cayó bajo el
dominio de Roma, y por la época de los Antoninos se había enriquecido mucho
porque era una escala natural de las caravanas comerciales que atravesaban las
regiones desérticas. Adriano la visitó, y cuando sus habitantes se convirtieron
en ciudadanos romanos, bajo Caracalla, empezaron a adoptar nombres romanos.
Alejandro Severo visitó Palmira durante su campaña
oriental y nombró senador a un distinguido nativo, Odenato (Septimius
Odeinath). Su hijo, del mismo nombre, recibió igual honor.
Odenato, hijo, estaba al frente del gobierno de Palmira en
el período posterior a la captura de Valeriano. Mantenía el equilibrio de
poderes en la región y se decidió a favor de Roma, pues estaba lejos y parecía,
por el momento, en proceso de disolución, mientras que Persia estaba cerca y se
hallaba unida bajo un vigoroso rey. Las probabilidades de independencia para
Palmira, evidentemente, eran mayores bajo una Roma débil que bajo una Persia
fuerte.
Así, Odenato emprendió la guerra contra Persia que
Galieno, ocupado en Europa, no podía llevar adelante. Derrotó a las fuerzas
persas en varios encuentros y hasta llevó la lucha al territorio persa.
Estimulado por el éxito, hasta se lanzó a Asia Menor para enfrentarse a los
godos invasores, pero éstos se habían marchado antes de su llegada.
Galieno, agradecido por estos servicios, hizo a Odenato
príncipe hereditario de Palmira y gobernante delegado de las provincias
orientales del Imperio que, de no haber sido por él, habrían caído en poder del
enemigo persa.
Pero en 267, en el cenit de su fortuna, Odenato, junto con
su hijo mayor, fue asesinado. Su enérgica esposa, Septimia Zenobia, se apoderó
de las riendas del gobierno y los éxitos de Palmira siguieron sin interrupción.
Cuando Galieno fue muerto por sus tropas, en 268, Zenobia
reaccionó ante este hecho como si no sólo se considerase sucesora de su marido
en el gobierno del Este (en nombre de su hijo menor), sino también del mismo
trono imperial. Ya dominaba Siria, y ahora se dirigió a Egipto y Asia Menor. En
271, se proclamó emperatriz, y a su hijo, emperador.
Ahora el Imperio Romano estaba fragmentado en tercios. El
Oeste y el Este eran independientes, y la corte de Italia sólo dominaba el
tercio central: la misma Italia, Iliria, Grecia y África. Naturalmente, la
economía se hallaba en un estado desastroso, las finanzas en el caos, y la
población declinó más rápidamente que nunca. Una generación de continuos
desastres arruinó al Imperio, y en ninguna parte parecía haber signos de
salvación.
La recuperación
Pero entonces apareció el primero de una serie de notables
emperadores oriundos de Iliria que arrancaron al Imperio de las garras de la
destrucción.
En 268, después de la muerte de Galieno, las tropas
proclamaron emperador a Marcus Aurelius Claudius, comúnmente llamado Claudio
II. De oscuro origen ilírico, había prestado eficientes servicios bajo Decio,
Valeriano y Galieno, y ahora, como emperador, le llegó el turno de luchar con
los bárbaros.
Los resultados fueron excelentes. Derrotó a los alamanes y
los rechazó al otro lado de los Alpes. Luego viajó a Mesia, donde rechazó en
reiteradas ocasiones diversas incursiones de los godos. En 269 y 270, ganó
enormes victorias sobre ellos y fue llamado Claudius Gothicus (nombre que
honraba una conquista, como en los grandes días de la República).
Fue el único emperador de este período que no sufrió una
muerte violenta. Murió de una enfermedad en 270 (1023 A.U.C.), como un romano
corriente. Pero antes de morir brindó un último servicio al Imperio nombrando
un digno sucesor, el jefe de su caballería y compatriota ilirio, Aureliano
(Lucius Domitius Aurelianus).
Aureliano halló que toda la obra de Claudio había quedado
deshecha por su muerte, pues los bárbaros, aunque derrotados, supusieron que
con un nuevo emperador tenían una nueva oportunidad. Hicieron nuevas
incursiones hacia el Sur, y Aureliano tuvo que derrotar a los godos y los
alamanes por segunda vez, para mostrarles que ahora un emperador capaz había
sido sucedido por otro igualmente capaz.
Aseguradas las fronteras septentrionales, al menos de un
modo transitorio, Aureliano dirigió su mirada al Este, donde Zenobia gobernaba
con esplendor. Comprendió claramente que un viaje al Este podía dar origen a
nuevas incursiones desde el Norte y, en 271, adoptó la desesperada medida de
iniciar la construcción de una muralla fortificada alrededor de Roma, ciudad
que no tenía murallas desde hacía cinco siglos. ¡Cuán claramente demostró esto
hasta qué punto había decaído el Imperio!
Además, Aureliano trasladó a todos los colonos romanos de
Dacia y los asentó al sur del Danubio. Habría sido inútil tratar de proteger
esa expuesta provincia contra los godos. El precio de tal protección era
prohibitivo y sus resultados desalentadores. Así, Dacia fue abandonada un siglo
y medio después de su conquista por Trajano.
Ahora Aureliano se sintió seguro como para marcharse al
Este. Entró en Asia Menor y redujo a todas las ciudades que intentaron
resistir. Invadió Siria, derrotó a los palmirenses cerca de Antioquía y
finalmente se apoderó de la misma Palmira. Al principio trató de imponer
términos suaves, pero cuando los palmirenses se rebelaron y dieron muerte a la
guarnición romana que había dejado, volvió y arrasó totalmente la ciudad en
273. La prosperidad de Palmira fue destruida para siempre, y sólo ruinas y unas
pocas miserables casuchas señalan hoy su emplazamiento.
Aureliano se desplazó luego a Occidente y halló la Galia
tranquila. El «emperador» galo estaba viejo y tenía sus propios problemas con
los bárbaros. Con el conquistador Aureliano ya en marcha, no tenía sentido
librar una batalla sin esperanzas. El «emperador» galo se rindió inmediatamente
y el Oeste quedó unido nuevamente a Roma en 274 (1027 A. U. C.).
Aureliano retornó a Roma y antes de terminar el año 274
celebró un magnífico triunfo en el que Zenobia fue conducida en cadenas. Se le
saludó como al «Restaurador del Mundo», y este lema («Restitutor Orbis»)
aparece en las monedas acuñadas ese año. No era una frase ociosa, pues
Aureliano y su predecesor, Claudio II, habían rechazado a los bárbaros y
recuperado el Este y el Oeste. Sólo le quedaba al infatigable Emperador dar una
lección a los persas. Se dirigió al Este con tal fin, pero no fue posible cambiar
los hábitos de décadas. Los soldados se rebelaban rápidamente para matar a
emperadores indignos; y se rebelaron con igual rapidez para dar muerte a un
emperador aguerrido. En 275 Aureliano fue asesinado por sus soldados en Tracia.
Marco Claudio Tácito, quien sucedió a Aureliano, marcó un
sorprendente retroceso a una situación anterior. Era un viejo y rico noble
italiano que fue nombrado (contra su voluntad) por el Senado, curiosamente. Con
inesperado vigor, Tácito (quien pretendía descender del historiador, (véase
página) trató de ser otro Nerva. Trató de restaurar cierto poder al Senado y de
hacer algunas reformas. Pero en aquellos días ningún emperador podía hacer
mucho más que combatir con las tribus germánicas, y Tácito no fue una
excepción. Los godos estaban nuevamente invadiendo Asia Menor, y el ejército
tuvo que ser conducido contra ellos. Los godos fueron derrotados, pero Tácito
murió en 276, después de un reinado de medio año. Se contó la historia
habitual, de que fue muerto por sus soldados, pero era un hombre viejo y
probablemente murió de muerte natural.
El general que estaba al frente de las legiones en el
Este, bajo Tácito, era Marco Aurelio Probo, nacido en Panonia, provincia
situada al norte de Iliria, y que había combatido eficientemente bajo
Aureliano. Tan pronto como el trono estuvo vacante, los soldados lo proclamaron
emperador, y siguió limpiando de godos el Asia Menor.
Pero una vez que el Este pudo respirar en paz nuevamente,
cometió un error. Creyó que los hombres dispuestos a arriesgar su vida contra
los godos también lo estarían a sudar un poco en trabajos pacíficos. Los
canales de Egipto necesitaban ser limpiados para que la provisión de cereales
del Imperio fuese adecuada, pues indudablemente el hambre era un enemigo tan
peligroso como los bárbaros. Así, Probo puso a los soldados a limpiar los
canales, pero ellos, resentidos, lo mataron en 281.
Ahora le tocó el turno a otro ilirio (el tercero), Marco
Aurelio Caro, quien, como Probo, había luchado bajo Aureliano. Fue el primer
emperador que juzgó completa mente innecesario hacer que el Senado aprobase su
elección y le otorgase los diversos derechos asociados al cargo imperial. Sin
duda, hacía largo tiempo que tal aprobación senatorial era una pura formalidad
y con frecuencia había sido impuesta a un Senado muy renuente. Sin embargo,
hasta entonces todos los emperadores habían pasado por ella, por muy carente de
importancia que fuese. El hecho de que Caro no sintiese ninguna necesidad de
hacerlo muestra cuán bajo había caído el prestigio senatorial y cuan cercanas a
su extinción se hallaban las convenciones del principado de Augusto.
Caro castigó a los asesinos de su predecesor, pero no hizo
intento alguno de mantener los trabajos pacíficos y benéficos. Si los soldados
querían guerra, eso sería lo que les daría. Dejó a su hijo a cargo de los
asuntos internos y condujo el ejército a Persia en 282, para reanudar la labor
de Aureliano, que había quedado en suspenso desde la muerte de éste, siete años
antes.
En Persia, Caro tuvo un éxito sorprendente. Como Trajano,
despejó Armenia y Mesopotamia de enemigos y avanzó sobre Ctesifonte. Pero
entonces también él fue muerto por los soldados, quienes al parecer no deseaban
tanta guerra.
Aparentemente, nada podía detener el monótono ciclo.
Fuesen los emperadores viejos o jóvenes, aguerridos o no, victoriosos o no,
todos eran regularmente asesinados por sus hombres. Esto había ocurrido durante
cincuenta años y nada parecía poder frenarlo.
Lo que se necesitaba era un hombre suficientemente
enérgico y creador como para elaborar un nuevo sistema que se adaptase a los
nuevos tiempos. El principado estaba agotado, y se necesitaba un nuevo Augusto
que pusiese fin a otra serie de guerras civiles y modelase, una vez más, una
nueva forma de gobierno.
Y otro Augusto apareció, encarnado en un cuarto emperador ilirio.
7. Diocleciano
El fin del principado
El hombre del momento era Diocles. Provenía de una familia
campesina pobre y su nombre de resonancia griega obedecía, al parecer, al hecho
de que había nacido (en 245) en Dioclea, una aldea de la costa ilírica. Se
desempeñó bien en el ejército, bajo las órdenes de Aureliano y Probo. En el
momento de la muerte de Caro, tenía casi cuarenta años y se había elevado del
rango de soldado raso al de jefe de la guardia de corps imperial.
A la muerte de Caro, Diocles fue proclamado emperador por
sus hombres y, como Caro, no juzgó necesario buscar la aprobación del Senado.
Su primera acción fue formar un sumarísimo consejo de
guerra para juzgar al general que se suponía había planeado la muerte de Caro y
luego la había ejecutado con sus propias manos. Esto puso en claro su posición
con respecto al asesinato de emperadores, sobre todo ahora que lo era él. La
duración media del reinado de los emperadores del medio siglo anterior (dejando
de lado co-emperadores, usurpadores y aspirantes fracasados) había sido de dos
años, aproximadamente, y Diocles estaba fieramente decidido a superar ese
promedio.
Al subir al trono, Diocles asumió el nombre regio de Gaius
Aurelius Valerius Diocletianus (más conocido en español como Diocleciano) y
entró en la ciudad de Nicomedia, situada en el noroeste de Asia Menor, en 284
(1037 A. U. C.). En la medida en que pudo, Diocleciano hizo de esta ciudad su
residencia, por lo que se convirtió en la capital del Imperio durante su
reinado.
Eso fue el reconocimiento de un hecho importante. Italia
ya no era la provincia dominante del Imperio ni Roma era la ciudad dominante.
De hecho, que un emperador se estableciese en Roma como en los viejos días de
Augusto o aun de Antonino Pío habría sido imprudente. La tarea del emperador
era la defensa del Imperio y tenía que estar cerca de las expuestas provincias
exteriores. Desde Nicomedia, Diocleciano estaba a una razonable distancia de la
frontera persa, al sudeste, y de las hordas godas, al noroeste, y en Nicomedia
permaneció cuando no estaba empeñado en alguna guerra.
Durante todo su reinado, Diocleciano se dedicó a una
reorganización completa del Imperio.
Su primera preocupación fue la protección de la persona
del emperador. Augusto podía haber desempeñado el papel de «Primer Ciudadano» y
actuado como si fuese un romano común que por casualidad estaba al frente del
Estado. Vivía en tiempos pacíficos y en medio de una Italia tranquila y
desarmada. Pero ahora los emperadores vivían en medio de ejércitos de un
Imperio en desintegración, combatiendo a los bárbaros con soldados que muy a
menudo eran ellos mismos bárbaros contratados. Andar entre los soldados sencillamente
como otro romano común era invitar a que le clavasen una lanza en el vientre,
como lo habían demostrado dos docenas de emperadores en el medio siglo
anterior.
Por ello, Diocleciano se recluyó. Hizo de sí mismo más que
un princeps («primer ciudadano»); se hizo un «dominus» («señor»). Introdujo
todo el ceremonial de una monarquía oriental. Los hombres sólo podían acercarse
cuando él los invitaba a hacerlo, y aun entonces sólo con grandes reverencias.
Se adoptaron diversos rituales para que la posición y la persona del emperador
apareciesen como excepcionales e inspirasen un reverente temor, y para
diferenciarlas claramente de lo ordinario. Este género de ceremonial había
estado apareciendo lentamente en reinados anteriores, sobre todo bajo
Aureliano, pero ahora Diocleciano lo intensificó mucho.
Esto señala el fin del principado, que había durado tres
siglos. Aunque Diocleciano nunca adoptó el título de rey, de hecho lo era, y el
Imperio Romano se convirtió en una monarquía. El Senado aún se reunía en Roma,
pero se había convertido en un mero club social.
El sistema de Diocleciano se adecuaba a su tiempo, como el
de Augusto se había adecuado al suyo. Un emperador inaccesible, rodeado de una
sagrada veneración y cuyos pasos medidos eran acompañados de incienso,
trompetas y las reverencias de multitud de lacayos, impresionaba e intimidaba a
los soldados. Tales emperadores eran difíciles de matar, pues las propias
supersticiones del soldado lo refrenaban. Fue por esta razón, al menos en
parte, por lo que Diocleciano logró reinar durante veintiún años, el más largo
reinado desde el de Antonino Pío de un siglo y medio antes.
Más aún, aunque hubo bastantes problemas y desórdenes en
los tiempos posteriores a Diocleciano, se puso fin a la costumbre de que un
emperador tras otro fuese muerto por sus propias tropas, en rápida sucesión, y
por cualquier capricho trivial. El Imperio levantó cabeza.
Pero levantó cabeza de una manera poco sólida. El Imperio
ya no era lo que había sido antaño, en modo alguno. La destrucción provocada
por la peste y las devastaciones de las invasiones bárbaras no podían ser
reparadas. De hecho, el esfuerzo más firme de Diocleciano para rechazar los
ataques extranjeros empeoraron las cosas en algunos aspectos. Diocleciano tuvo
que mantener un ejército que era mayor en número que el de Augusto, y ello con
menos recursos.
Diocleciano y sus sucesores tuvieron que mantener el
abastecimiento del ejército mediante pesados impuestos. La moneda de ley había
desaparecido en el siglo anterior, cuando la acuñación se derrumbó, y los
impuestos eran recaudados en especie. Se hizo responsables de la recaudación a
las cabezas de los municipios, quienes debían compensar cualquier déficit.
Esquilmaban con dureza a la gente y ellos mismos eran esquilmados por los
funcionarios del gobierno. La vida económica del Imperio quedó asfixiada. Los pequeños
labradores no podían obtener lo suficiente para vivir y entraron en las grandes
propiedades como siervos. No se permitió a los artesanos y los comerciantes
buscar modos mejores de hacer dinero, sino que fueron obligados por ley, y bajo
la amenaza de severos castigos, a seguir en sus profesiones y a permanecer en
sus trabajos, necesarios para la economía pero que no les daban más que una
mínima remuneración, una vez deducidos los impuestos. Ni siquiera se les
permitió entrar en el ejército, que estuvo formado cada vez más por bandas de
bárbaros contratados.
Hacia el final de su reinado, Diocleciano reconoció las
insoportables dificultades que abrumaban a la población en general. En el
famoso «Edicto de Diocleciano» de 301 (1054 A. U. C.) trató de estabilizar las
cosas mediante una lista de precios máximos y salarios mínimos. Su intención
era impedir que los grandes terratenientes se aprovechasen a costa de muchas
vidas humanas en tiempos de escasez de alimentos, y también que se aprovechasen
los trabajadores en tiempos de escasez de mano de obra. Aunque Diocleciano
trató de ser muy severo y decretó la deportación y, en ciertas circunstancias,
hasta la pena de muerte por el incumplimiento del edicto, su esfuerzo fue un
fracaso. Nada podía detener el lento deterioro económico del Imperio.
Para la población general del Imperio, era poco el
beneficio que obtenía del gobierno. ¿Qué importaba si una batalla la ganaban
los bárbaros o los romanos? Ambos ejércitos eran bárbaros; ambos eran
implacables en su saqueo de la región que ocupaban, pues ambos tendían cada vez
más a vivir de la tierra. Y las devastaciones de cualquier ejército no eran
peores que las del recaudador de impuestos.
No es de extrañarse que aumentara la apatía del populacho
romano y hallase pocos alicientes para el patriotismo o para su identificación
con el Imperio. Y si el ejército romano caía ante los bárbaros y las hordas
germánicas se apoderaban del Imperio, no era probable que hallasen resistencia
alguna de la población; no habría guerra de guerrillas ni levantamientos
populares. Y cuando llegó el momento, no los hubo.
Pero fuesen cuales fuesen los sufrimientos del Imperio,
Diocleciano le brindó dos beneficios: un ejército que era nuevamente fiable y
un gobierno que, aunque duro, era estable. Indudablemente, el Imperio Romano
duró más como resultado de la obra de Diocleciano de lo que habría durado si
las cosas hubiesen continuado como antes.
La tetrarquía
El impulso hacia la estabilización dado por Diocleciano se
facilitó por su comprensión de que no podía llevar a cabo él solo toda la
tarea. Había demasiados problemas, el Imperio estaba demasiado dañado y las
fronteras demasiado debilitadas en muchos lugares para que un solo hombre
hiciera frente a todo. Por consiguiente. Diocleciano decidió adoptar un
asociado.
Esto ya se había hecho antes. Marco Aurelio había
gobernado con Lucio Vero como co-emperador, y el Imperio estuvo bajo el doble
gobierno («diarquía») durante ocho años. Desde entonces, varios de los
emperadores de reinados breves asociaron al gobierno a sus hijos y otros
parientes.
Tales divisiones siempre habían sido recursos de urgencia
y nunca habían constituido una política oficial. Ahora Diocleciano trató de
hacerla oficial. En 286 (1039 A. U. C.) nombró colega suyo a un viejo amigo,
Maximiano (Marcus Aurelius Valerius Maximianus). Maximiano, un panonio, tenía
aproximadamente la edad de Diocleciano y, como él, era de origen campesino. Al
igual que Diocleciano, había ascendido de soldado raso hasta el rango de
general; pero, a diferencia de Diocleciano, no era particularmente brillante.
Diocleciano vio en él a alguien en quien podía confiar que emprendería todas
las acciones militares efectivas y cumpliría sus órdenes sin discusión, pero
que no tendría el ánimo ni la capacidad para volverse contra su amo.
Diocleciano se reservó la mitad oriental del Imperio y
dejó a Maximiano la mitad occidental; el límite entre los dos ámbitos pasaba
por el estrecho que separa el talón de la bota italiana de la Grecia
septentrional. Esta división subsistió, a intervalos, en los reinados
siguientes, por lo que a partir de 286 podemos hablar de un «Imperio Romano
Occidental» y un «Imperio Romano Oriental». Esto no significa en absoluto que
el Imperio Romano estuviese dividido en dos naciones. En teoría, seguía siendo
un imperio indivisible hasta su verdadero final en la historia. La división era
puramente administrativa.
Podría parecer que Maximiano recibió la mejor parte, pues
el Imperio Romano Occidental era mayor que el Imperio Romano Oriental. Además,
el primero era de habla latina e incluía a Italia y Roma. Pero esto era de poca
importancia.
El Imperio Romano Oriental era más pequeño y de habla
griega, además de estar lejos de la antigua tradición romana. Sin embargo, era
más rico. Roma no tenía más que una significación sentimental, y Nicomedia era
el verdadero centro del gobierno, no Roma. Ni siquiera Maximiano, que asumió su
puesto en el Oeste, hizo de Roma su capital. Permaneció en Mediolanum (la
moderna Milán), en general, porque era un lugar más adecuado para la vigilancia
contra las incursiones bárbaras a través del Rin y el Danubio superior. (No
obstante, Roma conservó ciertos derechos tradicionales. Aún había alimentos y
juegos gratuitos para el populacho, en recuerdo del pasado y del hecho de que
Roma antaño había conquistado el mundo.)
Además, la mitad occidental del Imperio no era ninguna
sinecura a la sazón. Maximiano tuvo que hacer frente a muchos problemas
internos. Los campesinos de la Galia se rebelaron y formaron bandas que
merodeaban sin destino fijo, incendiando y destruyendo cuanto encontraban en su
paso, en una especie de furiosa desesperación por hallarse en una sociedad que
los esquilmaba implacablemente sin darles nada a cambio.
No hizo ningún bien a los campesinos, excepto algún
momentáneo placer que pudiesen derivar de apoderarse de las posesiones de los
ricos. Maximiano libró una guerra regular contra ellos, enfrentando sus
muchedumbres semidesarmadas con sus legiones llenas de bárbaros, haciendo gran
matanza entre ellos, hasta que los sobrevivientes fueron obligados a someterse.
Y mientras Maximiano aporreaba a los campesinos galos con
una mano, trataba de salvar a Britania con la otra. Los bárbaros germanos se
habían lanzado al mar e hicieron correrías por la isla. Por ello, Maximiano se
vio obligado a construir una flota. La idea era buena, pero el plan fracasó. El
almirante puesto al mando de la flota llegó a un arreglo con los bárbaros y se
proclamó emperador en Britania. Utilizando la flota (que ahora era suya),
impuso su reconocimiento a todo lo largo de las costas atlánticas del Imperio.
Maximiano había recibido plenos poderes imperiales en un total plano de
igualdad con Diocleciano, de modo que pudo hacer libremente la guerra contra el
rebelde sin tener que consultar con Diocleciano cada medida. Pero aun así,
Maximiano tuvo mala suerte. Se construyó una flota propia, pero la perdió en
una tormenta y, por el momento, no pudo hacer más que rechinar los dientes.
Diocleciano pensó que ni siquiera dos gobernantes eran
suficientes, por lo que en 293 (1046 A. U. C.) dobló su número. El y Maximiano,
ambos con el título de Augusto, adoptaron cada uno un sucesor, con el título de
César. Esto les daría a Diocleciano y Maximiano un ayudante que necesitaban
mucho y, además, resolvería el problema de la sucesión, ya que, en teoría, los
Césares ascenderían para convertirse en Augustos con el tiempo, y estarían
mejor preparados para el cargo supremo, dada la experiencia que ganarían en el
segundo puesto.
Diocleciano eligió como César a Galerio (Gaius Galerius
Valerius Maximianus), quien se casó con la hija del Emperador y, así, se
convirtió en su yerno tanto como en su sucesor elegido. Galerio, que contaba
poco más de cuarenta años, tenía una buena hoja de servicios como soldado y fue
puesto al frente de las provincias europeas al sur del Danubio, inclusive
Tracia, que era su provincia de nacimiento. Diocleciano se reservó Asia y
Egipto.
Maximiano también dio su hija al hombre que eligió como
César. Este era Flavius Valerius Constantius, que no es conocido comúnmente
como Constancio Cloro (es decir, «Constancio el Pálido, probablemente por su
piel clara). También se le podría llamar Constancio I, para distinguirlo de su
nieto que iba a gobernar medio siglo más tarde con el nombre de Constancio II.
Constancio era otro ilirio que había gobernado su
provincia natal antes de su ascenso, no sólo con eficiencia, sino también con
suavidad y humanidad (cualidades bastante raras en esa época). Constancio
recibió España, la Galia y Britania como jurisdicción, mientras Maximiano se
reservó Italia y África.
Esta cuádruple división (una «tetrarquía»), hizo cambiar
las cosas. Constancio se enfrentó con los ejércitos rebeldes en Britania y
Galia. Aseguró la frontera del Rin y luego concentró su atención en Britania.
Después de construir otra flota, la usó para desembarcar en la isla. Para el
300 la autoridad imperial había sido restaurada allí, y Constancio hizo de
Britania su sede favorita de gobierno, rigiéndola con suavidad y equidad.
Mientras, en el Este, Diocleciano marchó a Egipto para
reprimir la revuelta de un general, a la par que daba a Galerio instrucciones
para que se ocupase de Persia. Ambas misiones fueron realizadas con éxito, y en
300 hubo paz de un extremo del Imperio al otro, y todas las fronteras estaban,
por milagro, intactas.
En 303 (1056 A. U. C.), Diocleciano se dirigió a Roma para
que él y Maximiano fuesen honrados con un triunfo. Pero no fue una ocasión
feliz. A Diocleciano le disgustaba Roma, y Roma le devolvía el cumplido.
Diocleciano hizo construir allí baños, así como una biblioteca, un museo y
otros edificios, pero todo esto era un pobre consuelo para los romanos. Se
mostraron hoscos ante el emperador romano que había abandonado a la antigua
capital y le hicieron objeto de sus burlas y sarcasmos. Por ello, Diocleciano dejó
Roma repentinamente, después de haber estado en ella sólo un mes. El mundo
había cambiado, en verdad.
En dieciséis años, pues, Diocleciano había realizado una
hazaña que debe de haber parecido sobrehumana. No sólo era aún emperador, sino
que dominaba a otros tres emperadores o casi-emperadores.
Su reorganización interna también se mantuvo. El Imperio
estaba dividido ahora en cuatro «prefecturas», así llamadas porque a su frente
había «prefectos» (de una palabra latina que significa «poner por encima»).
Ellas eran:
1) las provincias europeas situadas al noroeste de Italia;
2) Italia y África al oeste de Egipto; 3) las provincias europeas situadas al
este de Italia, y 4) Asia y Egipto.
Cada una de ellas estaba bajo el gobierno de uno de los
Césares o Augustos. Cada prefectura, a su vez, se dividía en varias diócesis
(de una palabra latina que significaba «gobierno de la casa», que era lo que se
esperaba de un gobernador que hiciera bien, por así decir). El gobernador de
una diócesis era un «vicario» (esto es, un «subordinado del prefecto; la misma
palabra figura en voces como «vicepresidente»). Cada diócesis se dividía en
provincias, de las que había bastante más de cien en el Imperio. Cada provincia
era lo suficientemente pequeña como para que un gobernador la administrase
cómodamente, y todos los hilos de mando terminaban en el emperador, quien usaba
un complejo servicio secreto para mantener la vigilancia personal sobre los
diversos funcionarios.
La organización del ámbito militar era en un todo
independiente del gobierno civil, pero seguía líneas paralelas. Cada provincia
tenía su guarnición al mando de un «dux» (o «líder»). Algunos jefes del
ejército eran llamados «comes» (que significa «compañero», es decir, compañero
del emperador).
La reorganización establecida por Diocleciano y sus
sucesores era pesada y rígida, y la presencia de cuatro cortes imperiales y
todos los funcionarios que se necesitaba para mantener bien coordinadas a las
cuatro eran sumamente costosos. Sin embargo, mantuvo unido al Imperio durante
dos siglos más, y partes de ella mantuvieron una tradición continua durante más
de mil años.
Aún después de que el Imperio dejara de existir, los
nuevos reinos que lo reemplazaron conservaron partes de la organización
tradicional, y algunos de los títulos se han mantenido hasta el presente. Lo
que los romanos llaman «dux» y «comes» se convirtió en lo que hoy llamamos
«duque» y «conde». Más aún, la organización imperial tal como existía bajo
Diocleciano y sus sucesores fue imitada por la organización creciente de la
Iglesia. Y hasta hoy la Iglesia Católica llama a la zona que está bajo la
jurisdicción de un obispo una «diócesis»; y también tiene sus vicarios.
Los obispos
Pero el nuevo sistema de Diocleciano no era el único poder
importante en el Imperio. Los desórdenes de las generaciones anteriores habían
provocado un gran aumento de la fuerza del cristianismo, pese a las
persecuciones de Decio y Valerio. Ahora, en la época de Diocleciano, casi el
diez por ciento de la población del Imperio era cristiana. Y era un diez por
ciento importante, pues los cristianos estaban bien organizados y solían ser
fervientes en sus creencias, mientras que la mayoría pagana tendía a ser tibia
o indiferente.
Las causas del crecimiento del cristianismo fueron varías.
Entre otras, la inminente desintegración del Imperio hacía parecer más probable
que las cosas del mundo estuvieran llegando a su fin y que se produjera el
predicho segundo advenimiento de Cristo. Esto aumentaba el fervor de los que ya
eran cristianos y convencía a los vacilantes. También, la decadencia de la
sociedad y las crecientes penurias que sufrían los hombres hacían este mundo
menos atractivo y la promesa del otro mundo más deseable. Esto hacía al
cristianismo más atractivo para muchos que hallaban ese otro mundo más
convincente que el ofrecido por los diversos misterios no cristianos. Asimismo,
la Iglesia, que fortalecía su organización y eficiencia mientras el Imperio
perdía las suyas, parecía cada vez más una roca segura en un mundo perturbado y
miserable.
Por otro lado, la Iglesia, al aumentar el número de sus
adeptos, se vio sumergida en nuevos problemas. Ya no era un puñado de
visionarios, ardientes de celo por el martirio. Hombres y mujeres de todas las
clases y condiciones eran ahora cristianos, muchos de ellos gente común que
deseaba vivir vidas comunes. Por ello, el cristianismo se hizo cada vez más
sosegado y hasta «respetable».
La presión por parte de los cristianos comunes estaba
dirigida a aumentar el brillo del ceremonial y a la multiplicación de los
objetos para venerar. Un monoteísmo frío, austero y absoluto carecía de
dramatismo. Por ello, se proporcionaba ese dramatismo aumentando la importancia
del principio femenino en la forma de la madre de Jesús, María, y la adición de
muchos santos y mártires. Los ritos en su honor, a menudo adaptaciones de
diversos ritos paganos, se hicieron más complejos, y esto también contribuyó a
difundir el cristianismo; pues a medida que disminuían las diferencias
superficiales entre los rituales del paganismo y el cristianismo, se hizo más
fácil para la gente atravesar la frontera hacia este último.
Pero a medida que la forma del culto se hizo más compleja
y el número de feligreses aumentó, se hizo más fácil que se desarrollasen
diferencias de detalle. Las diferencias en el ritual podían aparecer y,
lentamente, hacerse más pronunciadas de una provincia a otra y de una iglesia a
otra. Hasta dentro de una misma iglesia podía haber quienes favoreciesen un
punto de vista o un tipo de conducta en vez de otra.
Para quienes no estaban sumergidos en la cuestión, las
variaciones podían parecer secundarías, sin importancia y apenas dignas de algo
más que un encogimiento de hombros. Mas para quienes creían que cada elemento
del credo y el ritual era parte de una cadena que conducía al Cielo y que toda
desviación de él implicaba la condena al Infierno, tales variaciones no podían
ser secundarias. No sólo eran cuestión de vida o muerte, sino también de vida
eterna o muerte eterna.
Así, las diferencias en el ritual podían conducir a una
especie de guerra civil dentro de la Iglesia, hacerla pedazos y, finalmente,
destruirla. El que esto no ocurriese a la larga se debió al hecho de que la
Iglesia gradualmente edificó una jerarquía compleja que decidió sobre
cuestiones de creencia y ritual autoritariamente desde arriba.
De este modo, las iglesias y el clero de una región fueron
colocados bajo un obispo (de la palabra griega «epíscopos», que significa
«supervisor»), quien tenía autoridad para decidir en puntos discutidos de la
religión.
Pero, ¿qué ocurría si el obispo de una región discrepaba
con el de otra? Esto podía suceder, desde luego, y con frecuencia ocurrió, pero
desde fines del siglo III se generalizó la costumbre de realizar «sínodos» (de
una palabra griega que significa «reunión») en los que los obispos se reunían y
discutían a fondo los puntos en disputa. Creció el sentimiento de que los
acuerdos alcanzados en tales sínodos debían ser defendidos por todos los
obispos, para que toda la cristiandad sostuviese un solo conjunto de concepciones
y siguiese un solo conjunto de pautas en el ritual.
Había sólo una Iglesia, según esta corriente de
pensamiento, una Iglesia Universal o, usando la palabra griega que significa
«universal», una Iglesia Católica.
Las decisiones forjadas por los obispos, pues, eran las
concepciones ortodoxas de la Iglesia Católica, y todas las demás eran herejías.
En principio, todos los obispos eran iguales, pero no
ocurría así en la realidad. Los grandes centros de población tenían el mayor
número de cristianos y las iglesias más influyentes. Esas iglesias atraían a
los hombres más capaces y, como es de suponer, los obispos de ciudades como
Antioquía y Alejandría serían grandes hombres, llenos de literatura y saber,
que escribían sus grandes volúmenes y dirigían facciones poderosas entre los
obispos.
En verdad, hubo varias ciudades importantes en la mitad
oriental del Imperio, cuyos obispos a menudo andaban a la greña unos con otros.
La mitad occidental del Imperio, donde generalmente los cristianos eran menos
numerosos y menos poderosos, tenía sólo un obispo importante en tiempos de
Diocleciano: el obispo de Roma.
En general, el Occidente era menos culto que el Este,
tenía una tradición filosófica e intelectual más débil y estaba mucho menos
envuelto en las disputas religiosas de la época. Ninguno de los primeros
obispos de Roma fue un autor destacado o un gran polemista. Eran hombres
moderados, quienes en todas las cuestiones del momento nunca defendieron causas
perdidas o concepciones minoritarias. Esto significaba que el obispo de Roma
fue el único gran obispado que nunca fue manchado por la herejía. Fue ortodoxo del
principio al fin.
Además, alrededor de Roma se sentía el perfume del poder
mundial. Fuese Roma o no realmente el centro del gobierno, era Roma la que
dominaba el mundo en la mente de los hombres, y a muchos les parecía que el
obispo de Roma era el equivalente eclesiástico del emperador romano. Esto fue
así tanto más cuanto que era fuerte la tradición según la cual el primer obispo
de Roma había sido el mismo Pedro, el primero de los discípulos de Jesús.
Por ello, aunque el obispo de Roma, en los primeros
siglos, no tenía un brillo particular en comparación con los obispos de
Alejandría y Antioquía, y aun con los de ciudades como Cartago, el futuro (al
menos para gran parte del mundo cristiano) era totalmente suyo.
Diocleciano, pues, al contemplar su imperio halló que su
autoridad era desafiada por otra, la de la Iglesia. Esto le fastidió y, según
algunas historias, fastidió a su César y sucesor, Galerio, aún más.
En 303, a instancias de Galerio, Diocleciano inició una
intensa campaña contra todos los cristianos, y más contra la organización de la
Iglesia (la cual era lo que Diocleciano realmente temía) que contra los
creyentes individualmente. Las iglesias fueron destruidas, las cruces quebradas
y los libros sagrados arrancados de los obispos y luego quemados. A veces,
cuando las muchedumbres paganas se descontrolaban, se mataba a cristianos.
Naturalmente, los cristianos fueron despedidos de todos los cargos, expulsados
del ejército, alejados de las cortes y, en general, acosados de todas maneras.
Fue la última y la más intensa persecución física
organizada de cristianos en el Imperio, pero se extendió por todo el Imperio.
Constancio Cloro, el más benévolo de los cuatro gobernantes del Imperio, hizo
que su parte de los dominios romanos quedase exenta de persecuciones, aunque él
no era cristiano, sino un devoto del Dios-Sol.
La acción de Diocleciano de iniciar la persecución fue el
último acto importante de su reinado. Estaba totalmente harto de gobernar el
Imperio. Su decepcionante viaje a Roma lo amargó y deprimió, y poco después de
retornar a Nicomedia cayó enfermo. Se estaba acercando a los sesenta años,
había sido emperador durante veinte y ya tenía bastante. Galerio, sucesor al
trono, estaba totalmente dispuesto a, y hasta ansioso de, suceder a
Diocleciano, y urgió al Emperador a abdicar. En 305 (1058 A. U. C.), lo hizo. Es
muy poco común en la historia del mundo que un gobernante abdique por su propia
voluntad, sencillamente porque se siente viejo y cansado, pero a veces ocurre.
Diocleciano es un ejemplo de ello.
El ex emperador se retiró a la ciudad de Salona, cerca de
la aldea donde había nacido, y allí construyó un gran palacio donde pasó los
últimos ocho años de su vida. (Más tarde, el palacio cayó en ruinas, pero
cuando la ciudad de Salona fue destruida por las invasiones bárbaras, tres
siglos después de Domiciano, algunos de sus habitantes se trasladaron a las
ruinas del palacio y construyeron allí sus hogares. Fueron los comienzos de la
ciudad de Spalatum, llamada Spalato por los italianos y Split por los yugoslavos.)
8. El linaje de Constancio
Constancio I
Diocleciano tenía ideas definidas sobre cómo debía
funcionar la tetrarquía. Cuando abdicó, obligó a abdicar también a su colega
Augusto, Maximiano, para que ambos Césares, Galeno y Constancio, ascendieran
simultáneamente. El paso siguiente fue designar dos nuevos Césares.
Idealmente, debían ser nombrados dos buenos soldados
experimentados, firmes, capaces y leales. Más tarde, algún día sucederían a
Galerio y Constancio y designarían otros buenos Césares. Si se podía hacer que
el plan de Diocleciano funcionara, nunca habría ninguna disputa sobre la
sucesión y los emperadores capaces se sucederían unos a otros.
Desgraciadamente, los seres humanos son seres humanos. Los
dos Augustos podían discrepar sobre la selección de los Césares y considerar
más capaces a parientes suyos antes que a extraños.
En este caso particular, fue Galerio quien sucedió
directamente a Diocleciano y quien gobernó sobre el Imperio Romano de Oriente.
No pudo por menos de considerarse como el Emperador-en-jefe, como lo había sido
Diocleciano. Por ello, Galerio nombró inmediatamente dos Césares, uno para sí
mismo y otro para Constancio; no se molestó en consultar a Constancio sobre la
cuestión. (Probablemente, a Galerio le disgustaba Constancio por ser «suave con
los cristianos», cosa que indudablemente era. Galerio hizo que las
persecuciones a los cristianos continuasen durante todo su reinado.)
Galerio eligió para sí a uno de sus sobrinos, Maximino
Daia, como César y sucesor, y para Constancio designó a uno de sus propios
hombres, Severo (Flavius Valerius Severus).
El hijo del viejo co-emperador Maximiano, Majencio (Marcus
Aurelius Valerius Maxentius), fue dejado de lado. Majencio, indignado por haber
sido pasado por alto y pensando que tenía un derecho hereditario a la corona de
su padre, se hizo proclamar emperador en Roma y llamó a su padre para que
asumiese nuevamente el gobierno. (El viejo Maximiano, quien disfrutaba siendo
emperador y estaba amargamente resentido por haberse visto obligado a abdicar,
volvió gozoso al trono.)
Pero Galerio no estaba en modo alguno gozoso. Envió a
Italia a Severo con un ejército, pero fue derrotado y muerto, y Majencio
mantuvo la dominación de Italia.
Tampoco a Constancio le agradaba el nuevo acuerdo. También
él tenía un hijo que había sido dejado de lado. Sin duda, Constancio habría
emprendido una acción similar a la de Majencio, pero estaba ocupado en una
campaña contra las tribus del norte de Britania. Luego, antes de poner fin a
ésta, murió en el 306 en Eboracum, donde un siglo antes había muerto Septimio
Severo.
Pero antes de morir, Constancio recomendó a sus tropas a
su hijo Constantino (Gaius Flavius Valerius Aurelius Claudius Constantinus), y
el joven, que sólo tenía dieciocho años en ese momento, pronto fue proclamado
emperador. Como emperador, podemos llamarlo Constantino I, pues iba a haber
muchos Constantinos después de él.
Constantino había nacido en 288, cuando su padre era gobernador
de Iliria. Su ciudad natal era Naissus, la moderna Nish, en Yugoslavia, de modo
que fue otro de los grandes ilirios. Al parecer, era hijo ilegítimo, pues su
madre era una pobre mesonera que había cautivado a Constancio. (Como Constancio
pasó buena parte de su vida posterior en Britania, surgió el mito
-cuidadosamente patrocinado por los primitivos historiadores ingleses- de que
la madre de Constancio era una princesa británica, pero esto es sin duda
falso.)
Constantino pasó su juventud en la corte de Diocleciano,
pues el prudente Emperador lo retuvo como una especie de rehén de la buena
conducta de su padre. Cuando Diocleciano abdicó, Constantino permaneció bajo la
vigilancia de Galerio, aunque en un clima de mutuas sospechas. Mientras
Constancio estuviese vivo, Galerio no haría daño al joven, pues provocaría una
guerra civil. Pero cuando a Constantino le llegaron noticias de que su padre
estaba agonizando, comprendió que para Galerio le sería más útil muerto que
vivo.
Por ello, Constantino escapó y atravesó toda Europa
huyendo de la persecución de los agentes del Emperador y llegó a Britania justo
a tiempo para ver a su padre antes de morir y ser aclamado emperador
inmediatamente después. (Según otra versión menos dramática, Constancio reclamó
a su hijo inmediatamente después de la abdicación de Diocleciano, y Galerio,
con alguna reluctancia envió al joven a su padre.)
Constantino se fortaleció contra la hostilidad de Galerio
buscando aliados. En 307 se casó con la hija de Maximiano, el viejo Emperador,
quien pronto reconoció a su yerno como co-emperador. Ahora Galerio se enfrentó
con tres amenazas en Occidente: Maximiano, su hijo Majencio y su yerno
Constantino. Trató de penetrar en Italia, pero fue derrotado y rechazado.
Galerio apeló entonces a Diocleciano, en 310, y le pidió
que hiciese algún arreglo. Diocleciano, por última vez, tomó las riendas del
Imperio. Destituyó a Maximiano y nombró a Licinio (Valerius Licinianus
Licinius) emperador de Occidente. Mantuvo en calma a Constantino,
reconociéndolo como co-emperador.
Maximiano naturalmente se resistió a ser destituido por
segunda vez y trató de enfrentarse con los otros. Pronto fue derrotado por
Constantino, quien tenía la posición que deseaba sin Maximiano, ya no
necesitaba más al viejo y, por ende, no tuvo escrúpulos en hacer ejecutar a su
suegro.
Galerio murió en 311 (1064 A. U. C.) y fue sucedido por
Maximino Daia, su César. Maximino Daia continuó la persecución de los
cristianos y trató de consolidarse llegando a un acuerdo con Majencio, quien
aún gobernaba Italia.
De este modo, la situación era propicia para una nueva
guerra civil. Majencio en Italia y Maximino Daia en Asia Menor estaban frente a
Constantino en la Galia y Licinio en las provincias danubianas.
Constantino invadió Italia en 312. Era la tercera vez que
un ejército marchaba sobre Italia para combatir contra Majencio, pero, a
diferencia de los dos primeros ejércitos, el de Constantino no fue rápidamente
derrotado y expulsado. Constantino derrotó a las fuerzas de Majencio en el
valle del Po y luego avanzó sobre la misma Roma. Majencio se dispuso a
enfrentarlo y los dos ejércitos se encontraron en un puente del río Tíber (el
Puente Milvio). Constantino trató de cruzarlo y Majencio pretendió impedírselo.
Antes de la batalla (según los posteriores historiadores
cristianos), vio una cruz brillante en el cielo y, bajo ella, palabras que
decían «in hoc signo vinces» («bajo este signo vencerás»). Se supone que esto
alentó a Constantino, quien ordenó que se pusiera una insignia cristiana en los
escudos de los soldados y luego los envió confiadamente a la batalla. Las
fuerzas de Majencio fueron completamente derrotadas y el mismo Majencio halló
la muerte. Constantino quedó dueño de Occidente y fue proclamado emperador por
el Senado. Luego procedió a disolver definitivamente a la guardia pretoriana,
con lo que llegó a su fin esta perturbadora banda que antaño había hecho y
deshecho emperadores.
Se supuso que el signo de la cruz que Constantino había
visto en el cielo lo llevó a convertirse al cristianismo, pero no fue así.
Constantino fue durante toda su vida un político realista y, muy probablemente,
lo que en verdad ocurrió fue que Constantino constituyó el primer emperador que
llegó a la conclusión de que el futuro pertenecía al cristianismo. Decidió que
no tenía objeto perseguir a la parte que seguramente iba a ganar. Era mejor
unirse a ella, y lo hizo. Pero no se convirtió oficialmente al cristianismo
hasta mucho después en su vida, cuando se persuadió de que era seguro hacerlo.
(A fin de cuentas, los cristianos del Imperio siguieron siendo una minoría
hasta el final mismo de su reinado.)
Constantino continuó cautelosamente rindiendo honores al
Dios-Sol de su padre y no permitió que lo bautizaran hasta su lecho de muerte,
para lavar sus pecados en un momento en que ya no estaba en condiciones de
seguir cometiéndolos.
Pero si bien Constantino no se convirtió al cristianismo
por la época de la batalla de Puente Milvio, empezó a adoptar medidas para
hacer cristiano el Imperio, o al menos asegurarse la lealtad de los cristianos.
Licinio había derrotado a Maximino Daia en el Este, y los
dos vencedores se reunieron en una especie de conferencia cumbre en Milán, en
313 (1066 A.U.C.). Allí, Constantino y Licinio promulgaron el «Edicto de
Milán», que garantizaba la tolerancia religiosa en todo el Imperio. Los
cristianos podían llevar a cabo su culto libremente, y por primera vez el
cristianismo fue oficialmente una religión legal en el Imperio.
En ese mismo año murió Diocleciano. Desde su abdicación,
había visto su intento de disponer una sucesión automática degenerar en guerra
civil, y su tentativa de borrar el cristianismo fracasar completamente. Es muy
probable que no le importase. En su palacio aislado, indudablemente pasó los
años más felices de su vida. En verdad, cuando Maximiano escribió a Diocleciano
unos años antes para instarlo a que tomase nuevamente las riendas del Imperio,
se cuenta que Diocleciano le respondió: «Si vinieses a Salona y vieses los
vegetales que cultivo en mi jardín con mis propias manos, no me hablarías del
Imperio».
El insensato Maximiano siguió su camino hasta una muerte
violenta, pero Diocleciano murió en la paz y la alegría, sabio hasta el fin.
El Concilio de Nicea
La carga del Imperio pesaba ahora sobre Constantino.
Licinio la compartió con él, pero con una suerte que declinó cada año. Fueron
mutuamente hostiles, y a medida que Constantino se hacía cada vez más favorable
a los cristianos, Licinio automáticamente se volvía cada vez más anticristiano.
Combatieron en 314 y, nuevamente, en 324, y ambas veces Licinio fue derrotado.
La segunda vez, Licinio fue muerto, de modo que Constantino quedó al frente de
un imperio unido.
Constantino continuó y completó las reformas de
Diocleciano, y mucho del sistema atribuido al primero fue realmente obra del
segundo. Por ejemplo, Constantino prosiguió la tendencia a la monarquía
adoptando el símbolo de la diadema en 325. Esta era una estrecha cinta de lino
blanco usada como símbolo de la autoridad suprema por los reyes de Persia y los
reinos helenísticos que surgieron sobre las ruinas de Persia. Con los
emperadores siguientes, la diadema se hizo cada vez más elaborada, al igual que
todos los atavíos y símbolos de la realeza[5]. No pasó mucho tiempo antes de
que la diadema se hiciese de color púrpura, el color regio, y llevase
incrustaciones de perlas.
Pero Constantino modificó algunos aspectos del sistema de
Diocleciano. Eliminó la artificial medida de nombrar Augustos y Césares, y
volvió al sistema más natural de la sucesión dentro de un linaje real nombrando
Césares a sus hijos.
Siguió la práctica de Diocleciano de admitir bárbaros en
el ejército y hasta permitió que bandas de bárbaros se asentasen en regiones
despobladas del Imperio. En general, ésta habría sido una sabia medida si el
Imperio hubiese gozado de buena salud y su cultura hubiera sido suficientemente
vigorosa como para absorber el elemento bárbaro y romanizarlo. Por desgracia,
Roma ya no gozaba de esa buena salud.
El reinado de Constantino fue una época de reformas
jurídicas, muchas de ellas influidas por las enseñanzas cristianas. El
tratamiento de los prisioneros y esclavos se hizo más humanitario, pero, por
otro lado, los violadores de la moral (particularmente de la moral sexual)
fueron tratados mucho más duramente que antes. También estableció el domingo
como día legal de reposo, pero entonces era el día del Sol tanto como el día
del Señor.
Constantino, después de mostrarse como simpatizante del
cristianismo, si no realmente como cristiano, inmediatamente empezó a
interesarse por los asuntos de la Iglesia. Anteriormente, la Iglesia, en las
querellas de unos obispos contra otros, no había tenido a nadie a quien apelar
y se vio llevada a las luchas intestinas; además, la parte vencedora no tenía
modo alguno de obligar a los perdedores a abandonar sus ideas. Pero ahora, los
obispos tenían un tribunal de apelación, y podían dirigirse a un emperador
presumiblemente piadoso y devoto e indudablemente poderoso para recabar su
juicio. Y la parte ganadora podía abrigar la esperanza de usar el poder del
Estado contra los perdedores.
En los primeros años del reinado de Constantino, la
Iglesia estaba desgarrada por la herejía donatista, que recibía su nombre de
Donato, obispo de Cartago que era el más conocido defensor de la causa. Fue en
relación con esta herejía como Constantino tuvo su primera ocasión de
intervenir en disputas teológicas.
El punto en discusión era si un hombre indigno podía ser
sacerdote. Los donatistas eran puritanos que creían que la Iglesia era una
asociación de hombres sabios y que los sacerdotes, en particular, sólo podían
serlo mientras no hubiesen ofendido a Dios. Así, en el curso de las
persecuciones de Diocleciano y Galerio, muchos sacerdotes habían eludido el
martirio entregando los libros sagrados que estaban a su cuidado y repudiando
el cristianismo. Cuando pasaron las persecuciones, volvieron al redil, pero,
¿podían ser sacerdotes nuevamente?
Los obispos más moderados adoptaron la actitud de que los
sacerdotes sólo eran seres humanos y que, frente a la muerte por tortura,
podían flaquear. Había modos de expiar ese pecado. Además, si los sacramentos
de la Iglesia eran ineficaces al ser administrados por un sacerdote indigno,
¿cómo podía confiarse en los sacramentos en cualquier momento? ¿Cuándo se podía
estar seguro de que un sacerdote era digno? Sostuvieron, pues, que sólo la
Iglesia como institución era sagrada y que sus poderes espirituales eran
efectivos aunque fueran usados por un hombre imperfecto.
En Cartago, los donatistas, que no compartían para nada
esa moderación, fueron victoriosos, pero los moderados apelaron a Constantino,
quien convocó un sínodo especial en 314. El sínodo se pronunció contra los
donatistas. En 316, Constantino en persona oyó los argumentos en pro y en
contra, y también se pronunció contra los donatistas.
No sirvió de nada. Los edictos de los emperadores paganos
no habían logrado eliminar el cristianismo, y los edictos de emperadores
cristianos no fueron suficientes para suprimir las herejías. Los donatistas se
mantuvieron en África, aunque se aprobaron contra ellos edictos tras edictos.
Disminuyeron en número y poder, pero subsistieron hasta que la invasión árabe,
tres siglos después, borró todo género de cristianismo, donatista y católico
por igual, en el norte de África.
Pero aunque la intervención de Constantino no tuvo mucho
efecto, se estableció un principio importante. El Emperador había actuado como
si fuese la cabeza de la Iglesia, y ésta lo había aceptado. Este fue el primer
paso de la batalla entre la Iglesia y el Estado que ha durado, de uno u otro
modo, hasta la actualidad.
Una vez que Constantino se convirtió en amo indiscutido de
un Imperio unido, en 324, pudo hacer más manifiestas sus simpatías cristianas.
Decidió convocar un concilio de obispos que abordase una herejía aún más seria
y difundida que el donatismo.
Los sínodos de obispos ya constituían una vieja costumbre,
pero bajo los emperadores paganos se habían reunido con dificultad y muchos
hallaban inseguro efectuar un largo viaje. Ahora la situación había cambiado.
Todos los obispos fueron urgidos a asistir al concilio bajo protección oficial
y el estímulo del Imperio. Iba a ser un concilio ecuménico («mundial») de la
Iglesia, el primero de su clase.
En 325 (1078 A. U. C.) los obispos se reunieron en la
ciudad de Nicea, en Bitinia, ciudad situada no muy lejos de Nicomedia, que
había sido la capital de Diocleciano y era ahora la de Constantino. Era también
un lugar de fácil acceso desde los grandes centros cristianos del Este,
particularmente desde Alejandría, Antioquía y Jerusalén. El Occidente estuvo
escasamente representado a causa de las grandes distancias, pero acudieron
obispos hasta de España.
El punto principal en discusión era la herejía arriana.
Cierto diácono de Alejandría llamado Arrio había predicado desde hacía décadas
una doctrina estrictamente monoteísta. Sólo había un Dios, sostenía, diferente
de todos los objetos creados. Jesús, aunque superior a todo hombre y a toda
cosa creada, era sin embargo un ser creado y no era eterno en el mismo sentido
en que lo era Dios. Había aspectos de Jesús que eran similares a Dios, pero no
idénticos a él. (En griego, las palabras que significan «similar» e «idéntico»
difieren en una sola letra, una iota, que era la letra más pequeña del alfabeto
griego. Es sorprendente los siglos de encono, desdicha y derramamiento de
sangre que provocó esa disputa representada por la presencia o ausencia de esa
pequeña marca.)
La creencia alternativa, expresada de la manera más
elocuente por Atanasio, otro diácono de Alejandría, era que los miembros de la
Trinidad (el Padre, que era el Dios del Antiguo Testamento, el Hijo, que era
Jesús, y el Espíritu Santo, que representaba las acciones de Dios en la
naturaleza y el hombre) eran todos aspectos iguales de un solo Dios, todos
ellos eternos y no creados, y todos idénticos, no sólo similares.
Surgieron en Alejandría, y luego en otras partes del
Imperio, un partido arriano y otro atanasiano, y las reyertas y disputas se
hicieron cada vez más enconadas a medida que unos obispos maldecían a otros
infatigablemente.
Constantino consideró la situación con extrema
preocupación. Si habría de usar la Iglesia Cristiana como arma para mantener
unido y fuerte el Imperio, no podía permitir que la Iglesia se desintegrase por
disputas doctrinales. La cuestión debía ser dirimida de modo inmediato y
definitivo.
Fue por esa razón por lo que convocó el Primer Concilio
Ecuménico en Nicea. En el curso de sus sesiones, mantenidas desde el 20 de mayo
hasta el 25 de julio de 325, los obispos se pronunciaron a favor de Atanasio.
Se emitió una declaración oficial (el «Credo de Nicea») que mantenía la
posición de Atanasio y a la que todos los cristianos, se esperaba, debían
suscribir.
Esto fijó la posición de la Iglesia, de modo que la
concepción atanasiana fue y siguió siendo la doctrina oficial del catolicismo y
en adelante podemos llamar a los atanasianos sencillamente los católicos.
Pero por entonces el Concilio de Nicea no tuvo mucho
efecto. Quienes habían llegado a él como arrianos salieron como arrianos y
continuaron manteniendo su posición enérgicamente. En verdad, el mismo
Constantino fue inclinándose gradualmente a la posición arriana. Eusebio,
obispo de Nicomedia y arriano destacado, lentamente ganó influencia sobre
Constantino, y Atanasio sufrió el primero de los que serían muchos exilios. La
controversia prosiguió en el Este con gran intensidad por medio siglo, y los
sucesivos emperadores habitualmente se pusieron de lado de los arrianos contra
los católicos.
Esto hizo que surgiese una nueva línea divisoria entre las
partes oriental y occidental del Imperio. Había, primero, la línea divisoria de
la lengua: el latín en Occidente, y el griego en Oriente. Luego había una
división política, con emperadores distintos en el Este y el Oeste. Ahora se
añadió el comienzo de una diferenciación religiosa. El Oeste siguió siendo
firmemente católico, en toda su extensión, mientras que el Este contenía una
grande e influyente minoría arriana. Esta sólo fue la primera de una serie de
divisiones religiosas que iban a hacerse constantemente más amplias e intensas,
hasta que, siete siglos más tarde, las ramas occidental y oriental del
cristianismo se separaron en forma permanente.
Constantinopla
Mientras se reunía el Concilio de Nicea, Constantino
reflexionaba sobre la cuestión de cuál sería la capital del Imperio.
Desde que Diocleciano convirtió el Imperio en una
monarquía absoluta, la capital, en un sentido muy concreto, podía estar en
cualquier parte. No era la ciudad de Roma, ni ninguna otra ciudad, la que
gobernaba el Imperio, sino sólo el emperador. Por ello, la capital del Imperio
era aquella donde estaba el emperador. Desde hacía más de una generación, los
emperadores más importantes, Diocleciano, Galerio y Constantino, habían
permanecido en el Este, principalmente en Nicomedia. El Este era la parte más
fuerte, rica y vital del Imperio, y sus fronteras eran muy vulnerables en ese
período, a causa de los continuos ataques de persas y godos, de modo que el
emperador debía estar allí. Pero la cuestión consistía en determinar si
Nicomedia era el lugar más adecuado.
Constantino estudió la cuestión y su atención fue atraída
por la antigua ciudad de Bizancio. Ésta, fundada por los griegos mil años antes
(657 a. C. es la fecha tradicional, o sea 96 A. U. C.), ocupaba una posición
maravillosa. Estaba situada a ochenta kilómetros al oeste de Nicomedia, en la
parte europea del Bósforo. Este era el angosto estrecho por el que debían pasar
todos los barcos que llevaban cereales desde las grandes llanuras situadas al
norte del mar Negro hasta las ricas y populosas ciudades de Grecia, Asia Menor
y Siria.
Desde el momento de su fundación, Bizancio se halló a
horcajadas de esta ruta comercial y, como consecuencia de ello, prosperó.
Habría prosperado aún más si no hubiese sido objeto de la codicia de potencias
mayores que ella. Durante todo el período de la grandeza ateniense, del 500 a.
C. al 300 a. C., Atenas dependió de los embarques de cereales del mar Negro
para su alimentación, de modo que luchó por la dominación de Bizancio primero
con Persia, luego con Esparta y finalmente con Macedonia.
Bizancio siempre fue capaz de resistir los asedios
notablemente bien porque se hallaba estratégicamente ubicada. Rodeada de agua
por tres lados, no podía ser rendida por hambre mediante un asedio terrestre
solamente. Si Bizancio era bien defendida, un atacante tenía que ser fuerte por
tierra y mar simultáneamente para tomarla, o debía tener a su servicio,
traidores dentro de la ciudad. En 339 a. C., por ejemplo, Bizancio resistió con
éxito un sitio efectuado por Filipo de Macedonia, padre de Alejandro Magno. Fue
uno de los pocos fracasos de Filipo.
Cuando Roma se convirtió en la potencia dominante en el
Este, Bizancio entró en alianza con ella y mantuvo su posición como ciudad
autónoma hasta la época del emperador Vespasiano. Éste barrió con los últimos
restos de autonomía en Asia Menor, lo cual incluía a Bizancio.
Después de la muerte de Cómodo, Bizancio pasó por tiempos
duros. Fue atrapada en las guerras civiles que siguieron y luchó del lado
perdedor; por Níger y contra Septimio Severo. Este la sitió en 196, logró
tomarla y la sometió a un salvaje saqueo del que nunca se recuperó totalmente.
Había sido reconstruida y llevaba una vida vegetativa cuando los ojos de
Constantino se posaron sobre ella. El la había asediado y tomado en 324, en el
momento de su última guerra con Licinio, de modo que conocía bien sus potencialidades.
Poco después del Concilio de Nicea, pues, Constantino
empezó a ampliar Bizancio, llevando a ella trabajadores y arquitectos de todo
el Imperio y gastando grandes sumas en el proyecto. El Imperio ya no poseía la
cantidad necesaria de artistas y escultores para embellecerla de la manera que
un Imperio histórico tan grande tenía derecho a esperar, por lo que Constantino
hizo lo único que podía hacer en esas circunstancias. Despojó de sus estatuas y
otros objetos artísticos a las ciudades más viejas del Imperio y llevó lo mejor
del botín a Bizancio.
El 11 de mayo de 330 (1083 A. U. C.) fue inaugurada la
nueva capital. Era la Nova Roma (la «Nueva Roma») o «Konstantinou polis» (la
«Ciudad de Constantino»). Este nombre se convirtió en Constantinopolis en latín
y Constantinopla en castellano. Tenía todos los elementos de la vieja Roma, con
juegos y todo, y Constantino hasta ordenó la distribución gratuita de alimento
para el populacho. Diez años más tarde, se creó en Constantinopla un Senado,
que era en todo aspecto tan importante como el de Roma.
Constantinopla creció rápidamente, pues como sede del
Emperador y de la corte, inevitablemente se llenó de un gran número de
funcionarios del gobierno. Se convirtió en el centro de prestigio del Imperio,
por lo que muchos se trasladaron a ella desde otras ciudades que, de pronto, se
convirtieron en provincianas. Un siglo después, rivalizaba con Roma en tamaño y
riqueza, y estaba destinada a ser la más grande, más fuerte y más rica ciudad
de Europa durante mil años.
La existencia de Constantinopla afectó profundamente a la
existencia de la Iglesia. El obispo de Constantinopla ganó particular
importancia, porque estaba cerca del emperador en todo momento. Constantinopla
se convirtió en una de las grandes ciudades cuyos obispos fueron ahora
considerados como preeminentes sobre todos los demás. Esos obispos fueron
llamados «patriarcas», que significa «padres principales» o, puesto que «padre»
era un modo común de designar a un sacerdote, «sacerdotes principales».
Los patriarcas eran cinco. Uno de ellos era el obispo de
Jerusalén, respetado por la asociación de Jerusalén con sucesos de la Biblia.
Los otros eran los obispos de las cuatro ciudades más grandes del Imperio:
Roma, Constantinopla, Alejandría y Antioquía.
Los patriarcados de Antioquía, Jerusalén y Alejandría
sufrieron el inconveniente de estar demasiado a la sombra de Constantinopla.
Tendieron a decaer. En parte por envidia al gran poder de Constantinopla, los
otros patriarcas fueron fácilmente atraídos por una u otra herejía, lo que
debilitó aún más su poder. No pasó mucho tiempo antes de que el patriarca de
Constantinopla se convirtiese de hecho, si no en teoría, en la cabeza de la
parte oriental de la Iglesia Católica.
Frente a Constantinopla, estaba el relativamente distante
y, por ende, no ensombrecido patriarcado de Roma. Era el único patriarcado de
habla latina, el único patriarcado occidental y llevaba sobre sí el nombre
magnífico de «Roma». El Emperador había pasado de la vieja Roma a la nueva
Roma; lo mismo la administración pública; lo mismo los representantes de muchas
de las familias principales; lo mismo muchos de los ricos y poderosos. Pero
quedaba un personaje: el obispo de Roma. Tras él, no sólo había auténticos
sentimientos religiosos, que apoyaban la concepción estrictamente católica
ortodoxa contra el Este sutil, versátil, parlanchín y discutidor, sino también
las fuerzas del nacionalismo. Eran los que experimentaban resentimiento por el
hecho de que el Este griego, después de haber sido conquistado por Roma menos
de cinco siglos antes, ahora dominaba al Oeste.
Durante siglos, la historia de la cristiandad iba a girar
cada vez más alrededor de la batalla por la supremacía entre el obispo de
Constantinopla y el de Roma. La batalla nunca terminaría con una tajante
victoria de alguna de las partes.
Hacia el fin de su reinado, Constantino se vio obligado a
enfrentar una invasión bárbara del Imperio, una vez más. En su mayor parte, las
fronteras habían estado tranquilas desde la anarquía del siglo III. Bajo
Diocleciano y Constantino, el ejército había estado bajo un control
suficientemente firme como para custodiar la frontera adecuadamente, y el
Imperio había podido permitirse nuevas guerras civiles.
Ahora, en 332, los godos se desbordaron nuevamente sobre
el Danubio inferior, y Constantino se vio forzado a hacerles frente. Lo hizo
con eficacia. Los godos sufrieron enormes pérdidas e ignominiosas derrotas, y
se retiraron nuevamente detrás del Danubio.
Pero la salud de Constantino estaba decayendo. Estaba
avanzado en los cincuenta años y se sentía agotado por una vida muy fatigosa.
Extrañamente, no murió en Constantinopla. Se retiró a su viejo palacio de
Nicomedia para descansar y cambiar de aire. Allí su enfermedad se agravó, por
lo que se hizo bautizar, y murió en 337 (1090 A. U. C).
Habían pasado treinta y un años desde que fue proclamado
emperador en Britania. Ningún emperador romano había tenido un reinado tan
largo desde Augusto. En este reinado, el cristianismo se estableció como
religión oficial del Imperio Romano, y Constantinopla se convirtió en su
capital. Historiadores cristianos admiradores suyos lo llamaron «Constantino el
Grande», pero la decadencia del poderío romano no podía ser salvado por ningún
emperador, por grande que fuese. Constantino, como Diocleciano, postergó la
declinación pero no la detuvo.
Constancio II
Sobrevivieron a Constantino tres de sus hijos: Constantino
II (Flavius Claudius Constantinus), Constancio II (Flavius Julius Constantius)
y Constante (Flavius Julius Constans). El Imperio fue dividido entre ellos.
La parte oriental correspondió intacta al hijo del medio,
Constancio II. El Imperio Occidental fue dividido entre el hermano mayor y el
menor: Constantino II obtuvo Britania, Galia y España, mientras a Constante le
correspondieron Italia, Iliria y África.
Fueron los primeros emperadores que recibieron una
educación cristiana, y sería grato poder decir que, como resultado de ello, se
produjo un gran cambio en el Imperio. Desgraciadamente, no es posible decirlo.
Los hijos de Constantino eran crueles y pendencieros. Prácticamente el primer
acto de Constancio II, por ejemplo, fue matar a dos de sus primos, además de
otros miembros de la familia, porque pensaba que podían disputarle el trono.
En cuanto a los otros hermanos, Constantino II, por ser el
mayor, pretendió ser el emperador en jefe. Cuando Constante se resistió a ello
y exigió un rango igual. Constantino II invadió Italia. Pero Constante obtuvo
la victoria, y Constantino fue derrotado y muerto en 340.
Durante un tiempo, gobernaron los dos hermanos restantes:
Constante en Occidente y Constancio en el Este. Pero en 350 Constante fue
asesinado por uno de sus generales, que aspiraba al trono. Como venganza,
Constancio II, último de los hijos de Constantino, marchó al Oeste para
combatir con ese general, al que luego derrotó y mató.
En 351 (1104 A. U. C.), pues, el Imperio Romano se hallaba
de nuevo bajo un solo gobernante, Constancio II. Pero no tuvo un gobierno
tranquilo, ni siquiera como único emperador. Casi desde el momento de su
ascenso al poder, después de la muerte de su padre, tuvo que luchar contra los
persas.
Después de la derrota de los persas por Galerio, en 297,
en verdad hubo un período de reposo para los romanos que duró hasta el reinado
de Constantino I. En 310, murió el rey persa y sus tres hijos fueron
descartados del trono por los nobles persas. En cambio, otorgaron la corona a
un hijo aún no nacido de una de las esposas del viejo rey. Buscaban un rey del
linaje real, pero tan joven que hubiera una larga minoría durante la cual los
nobles pudiesen hacer lo que quisieran.
El hijo, al nacer, resultó varón e inmediatamente fue
reconocido con el nombre de Sapor II.
Durante la desvalida infancia de ese rey, Persia estuvo
bajo la dominación de las familias nobles y sufrió incursiones de los árabes.
(El gobierno egoísta de nobles peleones siempre es desastroso para una nación,
hasta para los mismos nobles, pero este sencillo hecho de la historia parece
que nunca penetra en los aristocráticos cerebros de individuos que esperan
beneficiarse con la debilidad nacional.) En 327, Sapor tenía edad suficiente
para adueñarse del poder. Rápidamente invadió Arabia y aporreó de tal modo a
las tribus árabes que durante un período mantuvieron una hosca quietud.
Luego, en 337, al morir Constantino I y aparecer la
probabilidad de que manos más débiles asieran el timón romano, Sapor atacó a
Roma. En cierto modo, sólo fue uno más de los interminables conflictos que se
habían producido entre Persia, al este, y Grecia primero y Roma después, al
oeste, conflictos que por entonces duraban hacía ocho siglos. Pero ahora había
un elemento nuevo: el cristianismo.
Como religión universal, el cristianismo no pretendía
quedar limitado por las fronteras del Imperio Romano. Ardientes misioneros
cristianos trataron de salvar almas también más allá de esas fronteras. Uno de
ellos era Gregorio, llamado «el Iluminador», quien, según la leyenda, era persa
de nacimiento. El padre de Gregorio murió en guerra cuando éste era un niño, y
el muchacho fue llevado a Asia Menor por una nodriza cristiana y allí recibió
una educación cristiana. Con el tiempo, viajó al Noroeste, hacia el reino tapón
de Armenia. Este ya había sufrido influencias cristianas, pero la llegada de
Gregorio completó la tarea.
En 303, convirtió al rey Tirídates de Armenia, lo
persuadió a que borrase los últimos vestigios de paganismo en la nación y a que
estableciera el cristianismo como religión oficial. Así, Armenia fue la primera
nación cristiana, cuando la misma Roma aún era oficialmente pagana. En verdad,
por la época en que Armenia se hacía cristiana, Diocleciano y Galerio estaban
lanzando la última y la mayor de las persecuciones contra los cristianos.
Pero cuando Constantino I hizo cristiana a Roma, esto
alteró seriamente el equilibrio de poderes. Durante cuatro siglos, Armenia
había oscilado entre Roma y Persia (o Partia, antes de Persia). Ahora, una
Armenia cristiana estaba obligada a elegir una Roma cristiana en vez de una
Persia pagana.
Además, el cristianismo se estaba infiltrando en la misma
Persia. En una guerra entre una Roma cristiana y una Persia pagana, ¿de qué
lado estarían los cristianos persas? Por ello, Sapor inició una persecución
total de los cristianos, y la guerra entre el Imperio Romano y Persia no sólo
fue ya una guerra de naciones, sino también una guerra de religiones.
La guerra entre Sapor II y Constancio II fue la primera de
una larga serie de guerras entre la Roma cristiana y una potencia no cristiana
del Este.
Constancio II no tuvo mucho éxito contra el enérgico rey
persa. Fue continuamente derrotado por las fuerzas persas en batallas campales,
pero los persas nunca tuvieron fuerza suficiente para conquistar los puntos
romanos fortificados y ocupar las provincias romanas. En particular, la
fortaleza de Nisibis, en la Mesopotamia superior, situada a unos quinientos
kilómetros al noreste de Antioquía, era un importantísimo punto fortificado
romano. Tres veces Sapor la asedió; y tres veces tuvo que retirarse sin éxito.
Pero entonces ninguno de los reyes pudo dedicar toda su
atención a la guerra. Sapor tuvo que hacer frente a correrías bárbaras por las
partes orientales de su imperio, lo cual le impidió volcar toda su fuerza sobre
Roma. Constancio, por su parte, estaba dedicado a problemas dinásticos.
Juliano
Los dos hermanos de Constancio habían muerto sin dejar
herederos. Constancio tampoco tenía hijos y había matado a la mayor parte de
las ramas colaterales del linaje de Constancio Cloro. ¿Dónde podía hallar un
heredero, alguien a quien pudiese hacer César y a quien confiar parte de las
cargas imperiales?
Los únicos que quedaban eran un par de jóvenes que eran
hijos de un medio hermano de Constantino I, medio hermano a quien Constancio
había hecho ejecutar. Esos jóvenes (hijos de madres diferentes y, por tanto,
medio hermanos), eran nietos de Constancio Cloro y primos de Constancio II.
Eran Galo (Flavius Claudius Constancius Gallus) y Juliano
(Flavius Claudius Julianus). Eran niños en el momento de la ejecución de su
padre y hasta Constancio pensó que eran quizá demasiado jóvenes para matarlos.
Galo tenía edad suficiente para ser desterrado de
Constantinopla y mantenido bajo vigilancia estricta, pero Juliano (con sólo
seis años cuando murió su padre), permaneció durante un tiempo en
Constantinopla. Recibió una cuidadosa educación cristiana bajo Eusebio de
Nicomedia, uno de los más importantes obispos arrianos. (El mismo Constancio
tenía fuertes simpatías arrianas.) Ni Galo ni Juliano estaban seguros de si el
malhumorado e irascible Constancio no podía ordenar su muerte en cualquier
momento, de modo que no tuvieron una juventud feliz.
En 351 Constancio estaba en Occidente, combatiendo con el
general usurpador que había dado muerte a su hermano menor Constante.
Necesitaba a alguien que se hiciera cargo del Este, en vista de los continuos
problemas con Persia. Optó por Galo, que entonces tenía veinticinco años, y el
joven fue llevado repentinamente de la prisión al rango de César en Antioquía.
Como signo de su nueva posición, se casó con Constancia, la hermana de
Constancio.
Galo no estuvo a la altura de la tarea. Se cuentan muchas
historias sobre la frivolidad y crueldad de Galo y Constancia. Esto sólo no
habría fastidiado a Constancio, pero corrieron rumores de que estaban
intrigando para derrocar al Emperador. Eso ya era diferente. Después de que
Constancia muriese de muerte natural, Galo fue arrestado, llevado ante
Constancio, condenado y ejecutado en 354.
Juliano, quien había sido liberado cuando su hermano subió
al rango de César, fue repentinamente exiliado y puesto en prisión. Pero al año
siguiente, Constancio, atormentado por las guerras contra los germanos en
Occidente, sintió más necesidad que nunca de alguien que compartiese su carga.
Sólo quedaba Juliano, quien por ende fue nombrado César en 355 y enviado a que
se pusiese al frente del Oeste, mientras Constancio se dirigió hacia el Este
para ocuparse una vez más de los persas.
La principal tarea de Juliano estaba en la Galia, donde
las tribus germánicas, en particular los francos, estaban haciendo correrías a
través del Rin y estaban penetrando profundamente en la provincia.
Casi como un nuevo Julio César, el joven Juliano (que
hacía honor a su nombre), quien sólo contaba alrededor de veinticinco años y no
tenía experiencia previa en la guerra, atacó vigorosa y eficazmente, rechazando
a las tribus germánicas, liberando la provincia y reparando los estragos. Hasta
pasó el Rin en tres distintas incursiones de éxito (Julio César sólo había
realizado dos).
Juliano estableció su cuartel general en Lutecia, donde su
abuelo, Constancio Cloro, estaba estacionado cuando fue nombrado César. El
nombre completo de la ciudad era Lutetia Parisiorum («Lutecia de los
parisinos»), por el nombre tribal de sus primeros habitantes. A veces era
llamada París, y este nombre alternativo se generalizó mientras estuvo Juliano
allí, y así entró en la historia este nombre que en siglos posteriores iba a
hacerse tan famoso.
Juliano ganó enorme popularidad por su capacidad y su
carácter humanitario. Puesto que nada favorece tanto como el éxito, fue el niño
mimado del ejército.
El hosco y malhumorado Constancio, al observar esto desde
lejos montó en cólera, pues era bien consciente de que sus propios y
continuados fracasos con los persas parecían aún peores en contraste con los
éxitos de su sobrino. Sapor había derrotado a sus enemigos bárbaros y había
vuelto al ataque contra Roma más ferozmente que nunca. Los puntos fortificados
romanos comenzaron a ceder, y en 359 Amida, fortaleza situada a 160 kilómetros
al noroeste de Nisibis, cayó después de un sitio de diez semanas.
Constancio usó esto como excusa para debilitar a Juliano
llamando al Este a parte de su ejército. Juliano señaló el peligro que esto
significaba para la Galia, pero obedeció. Mas el ejército mismo se negó a
abandonar a su comandante. Exigió que Juliano se proclamase emperador, y éste
no tuvo más opción que aceptar.
Marchó hacia Constantinopla, y Constancio se lanzó hacia
el Oeste desde Siria para ir a su encuentro, mientras Sapor se congratulaba
ante la idea de la guerra civil que iba a producirse. Pero no hubo tal guerra.
Antes de que los ejércitos se encontraran, Constancio murió de una enfermedad
en Tarso, y Juliano se convirtió en gobernante de un Imperio unido en 361 (1114
A. U. C.).
Juliano fue un emperador muy fuera de lo común en un
aspecto, pues no era cristiano. Había recibido una educación cristiana, sin
duda, pero ésta no había arraigado en él. Constancio II, el emperador
cristiano, había matado a su familia y Juliano había vivido en el constante
temor de su propia muerte. Si eso era el cristianismo, ¿en qué se diferenciaba
de cualquier otra religión que alentase la tiranía y la crueldad?
En cambio, se sintió atraído por las enseñanzas de los
filósofos paganos (y la mitad del Imperio aún era pagano). En los filósofos
halló el recuerdo de una antigua Grecia de sabios y demócratas coloreada por la
bruma dorada de siete siglos de historia. Secretamente, Juliano se volvió
pagano y se hizo iniciar en los misterios eleusinos.
Juliano aspiraba a recrear la maravillosa época en que
Platón se paseaba por su Academia, instruyendo a sus discípulos y platicando
con otros filósofos. Esos tiempos, desde luego, habían sido tan brutales como
los de Juliano, pero hay una especie de memoria selectiva que se adueña de los
hombres cuando contemplan el pasado. Sólo ven lo bueno y pasan por alto lo
malo.
Muerto Constancio y aceptado Juliano como emperador,
proclamó abiertamente su fe pagana, por lo que fue llegado a conocer en la
historia como «Juliano el Apóstata», es decir, una persona que renuncia a su
religión. (Por supuesto, nadie llama al anterior emperador «Constantino el
Apóstata» porque renunció al paganismo para convertirse al cristianismo. Todo
depende de quién escriba los libros de historia.)
Juliano no intentó reprimir el cristianismo. En cambio,
proclamó la libertad religiosa y la completa tolerancia de judíos y paganos,
así como de los cristianos. Además, proclamó la tolerancia de todas las
diversas herejías dentro del cristianismo e hizo volver a los obispos exiliados
por una u otra herejía.
Evidentemente, en su opinión, la represión directa del
cristianismo era innecesaria. Si el catolicismo, el arrianismo, el donatismo y
una docena de otros «ismos» gozaban de libertad para combatirse unos a otros
sin que el poder del Estado apoyase a ninguno, el cristianismo se desintegraría
en un gran número de religiones débiles y rivales y ya no sería un poder. (Su
cálculo era correcto, pues esto es exactamente lo que ha ocurrido en muchas
partes del mundo moderno, pero el reinado de Juliano no duró lo suficiente para
obtener este resultado.)
El humanitario Juliano llevó una vida de elevada
moralidad, trató de gobernar con sensatez, moderación y justicia, trató al
Senado con respeto y, en general, se comportó de una manera mucho más cristiana
que casi todos los emperadores cristianos que gobernaron a Roma antes y después
de Juliano. Hasta trató de modificar el paganismo según la línea del monoteísmo
y la ética cristiana. Pero esto no lo hizo más aceptable para los cristianos de
la época; más bien todo lo contrario. Un pagano virtuoso es más peligroso que
uno malvado, porque es más atractivo.
Después de asentarse en el gobierno y de establecer lo que
esperaba que fuese el nuevo orden religioso, Juliano condujo su ejército a
Siria para reanudar la guerra con los persas. Allí abrigó la esperanza de
continuar su osado estilo de hacer la guerra. Si en Galia había imitado con
éxito al gran Julio César, en el Este esperaba imitar al gran Trajano.
Puso una flota en el río Eufrates y con un fuerte ejército
marchó a lo largo de la Mesopotamia, como había hecho Trajano. Llegó a la
capital persa, Ctesifonte, y atravesó el Tigris, derrotando al ejército persa
en cada encuentro.
Pero aquí Juliano cometió un error fatal. Sus éxitos
militares juveniles le inspiraron la idea de que era más que Trajano, de que
era nada menos que Alejandro Magno redivivo. Desechó la idea de sitiar
Ctesifonte y decidió perseguir al ejército persa como antaño había hecho
Alejandro Magno.
Desgraciadamente para Juliano, sólo hubo un Alejandro en
la historia. El astuto Sapor tenía espacio de sobra para retirarse y mantuvo su
ejército intacto y lejos de Juliano. Las fuerzas persas desaparecieron, y
Juliano redujo a su ejército al agotamiento sin conseguir nada. Tuvo que volver
por una región cálida y desértica, rechazando los ataques de los persas a cada
paso.
Mientras Juliano permaneció vivo, los romanos siguieron
ganando todas las batallas, pero cada vez estaban más debilitados. Luego, el 26
de julio de 363 (1116 A. U. C.) fue herido por una lanza de origen desconocido.
Se dijo que fue un persa enemigo quien arrojó esa lanza, pero es al menos
igualmente probable que la mano que blandió esa lanza fuese la de un soldado
romano cristiano. Juliano murió a la edad de treinta y dos años, después de un
reinado de veinte meses.
Según una historia famosa (pero muy probablemente falsa),
sus últimas palabras fueron: «Vicisti, Galileae» («has vencido, Galileo»). Pero
si no las dijo, bien podía haberlas dicho. El intento de restablecer el
paganismo, o al menos de restablecer la tolerancia religiosa, fracasó
inmediatamente con su muerte. Ningún pagano declarado iba a volver a ocupar el
trono romano, y el paganismo, en general, continuó decayendo constantemente
dentro de los dominios romanos, aunque filósofos paganos siguieron enseñando en
Atenas durante otro siglo y medio.
Desde la época en que Constancio Cloro se convirtió en uno
de los cuatro gobernantes del Imperio Romano, en 293, habían pasado setenta
años, durante los cuales él y cinco de sus descendientes gobernaron todo o
parte del Imperio. Pero Juliano no tenía hijos, y con él murió el último de los
descendientes varones de Constancio.
9. El linaje de Valentiniano
Valentiniano y Valente
Muerto Juliano, el ejército proclamó emperador en el lugar
a Joviano (Flavius Claudius Jovianus), un general oscuro pero cristiano. Sin
duda, el desastre en que terminó la gran expedición de Juliano convenció a
muchos de que el cielo estaba colérico por el paganismo de Juliano, y sólo bajo
un emperador cristiano estarían seguros.
Joviano hizo dos cosas. Anuló la política religiosa de
Juliano, volviendo a la situación existente bajo Constantino (aunque sin ningún
intento de efectuar una persecución activa de los paganos). También anuló la
política militar de Constancio y Juliano, firmando una paz desventajosa con
Sapor. Abandonó Armenia y otra regiones que los romanos conservaban desde el
tiempo de Diocleciano. Muy en particular, y desafortunadamente, cedió la
fortaleza de Nisibis, que Sapor nunca había podido conquistar en lucha abierta.
Joviano hizo la paz para poder volver a Constantinopla lo
antes posible a fin de asumir toda la pompa del Imperio. Pero en el viaje de
vuelta murió, y sólo su cadáver entró en Constantinopla en 364.
Los soldados eligieron otro emperador, esta vez un capaz
oficial llamado Valentiniano (Flavius Valentinianus) que había nacido en
Panonia. Compartió el gobierno con su hermano, Valente (Flavius Valens).
Valentiniano era católico, pero tolerante con los disidentes, mientras que
Valente era un arriano ferviente y proselitista. No obstante, los hermanos se
llevaban bien, pese a la diferencia de religión y de temperamento.
Valentiniano era el más capaz de los dos. Tenía escasa
educación y desconfiaba de las clases superiores, pero trató de mejorar la
situación del conjunto de la población. Por desgracia, sus esfuerzos fueron
vanos. Todos los intentos de mejorar el Imperio chocaban con la permanente
sangría de las necesidades militares.
Valente se quedó en el Este, mientras Valentiniano asumió
la defensa del Oeste y estableció su capital en Milán. Después de la partida de
Juliano de la Galia, cuatro años antes, las tribus germánicas se aventuraron
nuevamente a cruzar el Rin. Pero en Valentiniano hallaron otro Juliano. Una vez
más, tuvieron que retirarse; y una vez más los ejércitos romanos atravesaron el
Rin en represalia.
Valentiniano luego se abalanzó al Sur para defender el
Danubio superior, con igual éxito, mientras su capaz general Teodosio desempeñó
eficazmente los mismos servicios en Britania, expulsando a los pictos y los
escotos de la parte romana de la isla.
Lamentablemente, Valentiniano murió de un ataque en 375,
al montar en cólera durante un parlamento con el jefe de ciertas tribus
bárbaras. En cuanto a Teodosio, fue falsamente acusado de traición por
funcionarios cuya corrupción estaba él poniendo de manifiesto, y fue ejecutado
ese mismo año.
Valentiniano fue sucedido por su hijo mayor, Graciano
(Flavius Gratianus), quien gobernó en asociación con un medio hermano,
Valentiniano II (Flavius Valentinianus).
Dado que éste sólo tenía cuatro años, Graciano fue el
verdadero gobernante del Oeste.
Pero fue en el Este donde se acercaban acontecimientos
sombríos. Desde hacía un siglo y cuarto, los godos habían habitado las regiones
situadas al norte del Danubio y el mar Negro. Habían librado una guerra más o
menos constante con los romanos, pero habían sido derrotados una y otra vez por
una serie de emperadores romanos capaces.
Pero ahora los godos tuvieron ante sí un adversario más
terrorífico que los romanos, un adversario que se acercaba desde recónditos
lugares de Asia.
Los vastos tramos de Asia Central han arrojado
periódicamente, a lo largo de toda la historia, hordas de jinetes. De
ordinario, el Asia Central brindaba pastos a los nómadas, duros hombres que
comían, dormían y vivían a caballo, cuyo hogar no estaba en ninguna parte y
estaba en todas a la vez, pero que seguían los pastos de estación en estación.
Los nómadas aumentaron gradualmente de número gracias a sucesiones de años
buenos con abundantes lluvias, pero de tanto en tanto, faltaban las lluvias
durante varios años seguidos y las tierras ya no podían sustentar a la
población.
De esas estepas, pues, brotaban los jinetes. Llevaban
consigo todo lo que necesitaban, sus ganados y sus familias. Podían vivir de
casi nada, de sangre de caballo y leche de yegua, si era necesario, y no
necesitaban preocuparse de tener líneas de abastecimiento. En sus veloces
caballos, podían atravesar las distancias casi tan rápidamente como un ejército
moderno, de modo que podían caer como el rayo donde menos se los esperaba. Era
el terror de su avance en torbellino y su impetuosa carga lo que destruía a sus
enemigos, así como su frustrante capacidad de desaparecer ante una resistencia
firme sólo para volver desde otra dirección.
La sucesión de pueblos que vivieron al norte del mar Negro
en tiempos antiguos fue probablemente el producto de una serie de invasiones
desde las estepas de Asia Central. En la época de Homero, vivían allí los
cimerios; en tiempo de Heródoto, habían sido sucedidos por los escitas; en
tiempos romanos, por los sármatas.
Era raro, en verdad, que los godos que llegaron después
proviniesen del norte europeo y no del este asiático. Pero ahora, en tiempos de
Valentiniano y Valente, el viejo orden se estaba restableciendo. Una nueva
oleada de nómadas avanzaba hacia el Oeste.
Esos nómadas se habían lanzado hacia el Sur y el Este,
contra China, durante siglos. Los chinos los habían llamado los Hsiung-nu y, en
el siglo III a C. (cuando Roma luchaba contra Cartago) construyeron la Gran
Muralla o Muralla China, enorme defensa que se extendía por más de 1.600
kilómetros, en un intento de rechazarlos.
Fue quizá desdichado para Europa que los chinos tuviesen
tanto éxito, pues los Hsiung-nu, frustrados en el Este, se volvieron a
Occidente. El atónito y aterrorizado mundo occidental llamó a los nuevos
invasores los hunos. En 374, los hunos llegaron al territorio de los
ostrogodos, al norte del mar Negro, después de conquistar y obligar a aliarse
con ellos a las tribus que habían encontrado en su camino. Los ostrogodos
fueron derrotados, a su vez, y obligados a someterse. Los hunos atacaron
entonces a los visigodos que habitaban al norte del Danubio.
Los visigodos, demasiado aterrorizados para poder
combatir, retrocedieron sobre el Danubio y, en 376, pidieron a sus viejos
enemigos, los romanos, refugio dentro del Imperio. Los romanos pusieron
condiciones duras: los godos debían llegar desarmados y sus mujeres serían
transportadas a Asia como rehenes. Los godos no tenían más remedio que aceptar,
y varios cientos de miles de ellos penetraron en el Imperio mientras los hunos
avanzaban sobre el Danubio.
Todo podía haber marchado razonablemente bien si los
romanos hubiesen podido resistir la tentación de explotar a los refugiados
godos. Les vendieron alimentos a precios exorbitantes y les hicieron sentir de
diversos modos que eran unos cobardes y débiles que eran salvados por la
caridad romana. (En cierto modo, era así, pero esto no significa que les
agradase ser tratados de esa manera.)
El resultado fue que hallaron armas en alguna parte y
empezaron a saquear como si hubiesen invadido el Imperio, en vez de ser
admitidos como refugiados. Hasta se asociaron a algunos de los hunos ante los
cuales habían huido, pues los hunos estaban muy deseosos de compartir el botín
romano.
Las noticias llegaron al emperador Valente en Siria, donde
los ejércitos romanos estaban luchando una vez más contra el anciano rey persa
Sapor. (Este se acercaba a sus setenta años y había sido rey durante toda su
larga vida.) Los romanos habían ganado algunas victorias, pero ahora se vieron
forzados a sellar una paz desfavorable. A fin de cuentas, Valente debía
ocuparse de los godos.
En 378, Valente marchó impetuosamente al Oeste desde
Constantinopla, para encontrar a las hordas godas en la vecindad de
Adrianópolis, la ciudad fundada por el emperador Adriano dos siglos y medio
antes. Las fuerzas de Valente eran inferiores en número a las de los godos, y
podía haber esperado a su sobrino, Graciano, quien avanzaba apresuradamente
hacia el Este para unirse a él, pero Valente no juzgó necesario el refuerzo.
Estaba completamente equivocado; en verdad, ni siquiera ese refuerzo quizás
hubiese bastado, pues se abría una nueva era en el arte de la guerra.
A través de toda la historia, el soldado de a pie había
sido el rey de la guerra. Habían sido los soldados de infantería de la falange
macedónica quienes habían conquistado vastas extensiones del Este para
Alejandro Magno. Y fueron los soldados de infantería de las legiones romanas
los que conquistaron el mundo mediterráneo para Roma.
También había habido jinetes y carros, pero eran pocos y
caros, y raramente habían sido decisivos a la larga en tiempos griegos y
romanos. Podían ser usados para apoyar a los soldados de infantería y,
manejados hábilmente, podían convertir una retirada en una derrota, o efectuar
eficaces correrías contra un enemigo desprevenido. Pero no podían ser usados en
una batalla cuerpo a cuerpo contra infantes resueltos y disciplinados.
Una posible razón de ello quizá sea que los primeros
jinetes no tenían estribos, y su equilibrio era siempre inestable. Un lanzazo
podía fácilmente arrojarlos del caballo, y esto los obligaba a mantenerse a
distancia, lo cual reducía su efectividad.
Fueron los jinetes de las estepas quienes inventaron el
estribo. Su equilibrio era firme y podían girar y apartarse a voluntad mientras
sus pies estaban bien plantados. Un hombre a caballo, con buenos estribos,
podía resistir un lanzazo y, a su vez, esgrimir una lanza o una espada con
fuerza.
Los soldados romanos tuvieron que adaptarse a la necesidad
de luchar con un número creciente de jinetes de caballerías bárbaras cada vez
más eficaces. La armadura romana fue aligerada para aumentar la movilidad y se
puso fin a la rígida regla por la cual los ejércitos romanos debían construir
campamentos fortificados cada tarde. Las espadas se hicieron más largas y se
empezaron a usar lanzas, pues el largo era necesario para que un soldado de a
pie alcanzase a un jinete. Roma empezó a invertir mil años de tradición
militar, haciendo un uso creciente de la caballería y multiplicando su número
hasta el punto de que casi rivalizó con la infantería en número e importancia.
Pero Roma confiaba aún en el soldado de infantería. Las
legiones siempre habían triunfado antes, y seguramente seguirían triunfando
hasta el fin de los tiempos.
En Adrianópolis, las legiones romanas se enfrentaron con
una caballería godo-huna que tenía estribos y de una habilidad nunca igualada
antes. Los infantes, mal conducidos, quedaron inermes. Fueron acorralados por
los jinetes, que hicieron una matanza con ellos. Todo el ejército romano fue
destruido, y el mismo Emperador, Valente, con él.
En 378 (1131 A. U. C), en esta batalla de Adrianópolis,
llegó a su fin la era del soldado de infantería. Las legiones que durante tanto
tiempo fueron el soporte de Roma quedaron destruidas como fuerza de combate
útil. Durante mil años los jinetes iban a dominar Europa y sólo con la
invención de la pólvora los soldados de a pie recuperarían su valor.
Teodosio
Con la muerte de Valente, Graciano se convirtió
prácticamente en el único gobernante del Imperio, ya que el emperador niño
Valentiniano II no contaba. Era más de lo que Graciano podía soportar -sólo
tenía veinte años por entonces- y buscó a alguien con quien compartir el
gobierno.
Su elección cayó en Flavio Teodosio, quien a la sazón
tenía unos treinta y tres años. Su padre era el capaz y triunfante general que
había pacificado Britania y luego fue ejecutado injustamente, pocos años antes.
Teodosio frenó a los godos victoriosos, no mediante la
lucha directa (lo de Adrianópolis no podía repetirse), sino enfrentando a una
facción contra otra e induciéndolos a incorporarse al ejército romano. También
convino en permitirles asentarse al sur del Danubio como aliados romanos (en
teoría), pero bajo sus propios gobernantes y sus propias leyes.
De este modo, poco a poco la frontera quedó custodiada y
las provincias se pacificaron, pero a un elevado precio, pues se sentó el
precedente de permitir la existencia de reinos bárbaros dentro de los límites
del Imperio. Además, ahora los ejércitos romanos se llenaron casi completamente
de bárbaros. En verdad, para que los romanos pudiesen combatir al nuevo estilo,
con la caballería como soporte principal del ejército, tenían que depender cada
vez más de los jinetes bárbaros. Los bárbaros de diverso origen llegaron a
ocupar los más altos cargos militares del Estado. Sólo el emperador -aún romano
en el sentido de que descendía de los pueblos nativos- estaba por encima de
ellos. Si llegase el tiempo en que gobernase un emperador débil, serían los
bárbaros germanos quienes gobernarían realmente el Imperio, y ese momento iba a
llegar pronto.
Bajo Graciano y Teodosio, la corriente se volvió de manera
total y definitiva contra el paganismo. El proselitismo cristiano tenía más
éxito que nunca, y los paganos se volvían cristianos en proporciones
torrenciales, ahora que las preferencias de emperadores cristianos se dirigían
automáticamente hacia los cristianos. Y si los paganos conversos a menudo sólo
prestaban un homenaje verbal al cristianismo, sus hijos, educados en la
Iglesia, eran sinceramente cristianos. Empezó a cernirse la oscuridad final sobre
la cultura de la antigua Grecia y Roma.
Una de las principales figuras que asistieron al lecho de
muerte del paganismo fue Ambrosio (Ambrosius), nacido alrededor del 340 e hijo
de un alto funcionario del gobierno. El mismo entró al servicio del gobierno,
pero quedó atrapado en los conflictos mundanos entre católicos y arríanos
ocasionados por la muerte del viejo obispo de Milán y las consiguientes
querellas por la identidad confesional del nuevo ocupante del cargo. Ambrosio
pronunció un discurso de tanto éxito a favor del punto de vista católico que él
mismo fue nombrado para el obispado en 374.
Durante el siglo IV, cuando los emperadores occidentales
tenían su corte en Milán, esta ciudad fue el obispado más influyente del Oeste,
dejando totalmente en la sombra -al menos temporalmente- a los diversos obispos
de Roma. Esto fue más cierto que nunca bajo Ambrosio, un eclesiástico audaz y
dinámico.
Ambrosio ganó gran influencia sobre Graciano y lo obligó a
abandonar su anterior política de tolerancia. El poder del Imperio fue ahora
descargado sobre lo que quedaba del paganismo. En 382 Graciano renunció al
título de Pontifex Maximus, por el que hacía las veces de «sumo sacerdote» en
nombre de la parte pagana de la población del Imperio. También quitó el altar
pagano de la victoria del Senado romano, prohibió tener propiedades a las
vírgenes vestales, extinguió la «llama eterna» que habían mantenido durante
siglos y, en general, dejó claramente sentado que los paganos eran ciudadanos
de segunda clase. Ambrosio inspiró a los emperadores una política de represión,
no sólo de los paganos, sino también de los arríanos. Por primera vez desde el
Concilio de Nicea de medio siglo antes, el Emperador del Este, Teodosio, era un
ardiente católico. Desde ese momento, la herejía arriana empezó a decaer en el
Imperio. No sólo reinaría el cristianismo, sino el cristianismo católico.
Pero Graciano perdió popularidad a medida que se interesó
más por los placeres del poder que por sus responsabilidades. Se entregó al
juego de la caza en compañía de jinetes bárbaros, y generales usurpadores se
echaron al ruedo. Las legiones de Britania proclamaron emperador a su general,
Magno Máximo, quien se adueñó de la Galia y mató a Graciano en 383 (1136 A. U.
C).
Teodosio aún no había acabado la pacificación de los godos
en el Este y se vio obligado a reconocer al usurpador a condición de que
Valentiniano II, medio hermano de Graciano, tuviese bajo su dominio Italia.
Tampoco ésta era una solución ideal, pues Valentiniano II (que ahora tenía doce
años) estaba bajo la dominación de su madre, quien era una arriana declarada e
hizo lo que pudo para fortalecer la herejía.
Algunos años más tarde, cuando Máximo invadió Italia,
Teodosio vio allí su oportunidad. Acababa de casarse con una nueva Esposa,
Gala, la hermana de Valentiniano II e hija de Valentiniano I. Esto lo hizo
miembro de la familia, por así decir, y le brindó otro motivo para vengar la
muerte de Graciano. Teodosio selló otra paz desventajosa con Persia y marchó
hacia el norte de Italia. Allí derrotó a Máximo, en 388, y lo hizo matar.
Teodosio ahora dominaba todo el Imperio, en efecto.
Celebró un triunfo en Roma y otorgó al joven Valentiniano II el gobierno
nominal de la Galia, bajo la custodia de unos de sus propios generales, un
franco llamado Arbogasto, que había limpiado la Galia de adeptos de Máximo. Fue
la primera vez que un emperador tenía el mando nominal, y un general germano el
poder real detrás del trono. Esta iba a ser la regla en Occidente durante el
siglo siguiente.
Arbogasto, incapaz de controlar a Valentiniano II, quien
empezaba a mostrar independencia y capacidad a medida que crecía, hizo asesinar
al joven co-emperador en 392 (1145 A. U. C.). Una vez más, Teodosio tuvo que
vengar la muerte de un colega occidental.
Consiguió hacerlo, derrotando al franco en 394. Arbogasto
se suicidó y el Imperio quedó unido -por última vez- bajo un solo gobernante.
Sin embargo, la experiencia con Arbogasto no disuadió a Teodosio de usar a los
germanos en cargos importantes. En realidad, no tenía más remedio que hacerlo.
Sólo el ejército podía proteger a un emperador, sobre todo si era joven, y los
generales del ejército eran germanos. Sencillamente era así.
Uno de los oficiales en quienes más confió Teodosio hacia
el final de su reinado era Flavio Estilicón. Era hijo de un vándalo (según una
tradición aceptada), una de las tribus germánicas que habían acosado al Imperio
en tiempos recientes e iban a volver a hacerlo en un futuro cercano. Pero
Estilicón fue y siguió siendo un firme puntal del Imperio.
Muerto el arriano Valentiniano II y con el católico
Teodosio como gobernante de todo el Imperio, la tendencia a la victoria total
del cristianismo católico se aceleró aún más. Por sus servicios a este
respecto, los historiadores eclesiásticos agradecidos le dieron el título de
«Teodosio el Grande». En 394, por ejemplo, Teodosio puso fin a los Juegos
Olímpicos, que se habían celebrado en Grecia desde 776 a. C., es decir, durante
cerca de doce siglos. La tradición sólo sería reanudada quince siglos más tarde.
Pero el incidente más famoso del reinado de Teodosio se
produjo en 390, cuando Arbogasto y Valentiniano II aún gobernaban la Galia. Ese
año, los oficiales de la guarnición de Tesalónica, ciudad del noroeste de
Grecia, fueron linchados por una multitud en el curso de una disputa local de
escasa importancia.
Teodosio, en un momento de ciega cólera, ordenó que
Tesalónica fuese saqueada por el ejército y murieron unas siete mil personas.
Ambrosio, obispo de Milán, quedó horrorizado por este acto y notificó a
Teodosio que no sería admitido en los ritos de la Iglesia hasta que no hiciese
una penitencia pública por esa acción. Teodosio resistió ocho meses, pero
finalmente cedió.
Fue el primer gran ejemplo de que la Iglesia podía actuar
independientemente del Estado y hasta, en cierto modo, ser superior al Estado.
Es significativo que esto ocurriese en el Imperio Occidental y no en el
Oriental, pues a medida que los siglos pasaron la Iglesia iba a ser cada vez
más independiente del Estado.
Teodosio murió en 395 (1148 A. U. C.) y,
sorprendentemente, el Imperio quedó prácticamente intacto. Durante un siglo y
medio había logrado rechazar las continuas correrías de los bárbaros del Norte.
Había luchado periódicamente con los persas, en el Este, y contra generales
insurgentes, en el interior. Había soportado los desgarramientos de las
disputas religiosas de cristianos contra paganos y de cristianos contra
cristianos. Su economía estaba marchita; su pueblo, agotado; sus ejércitos
habían sido derrotados muchas veces y finalmente habían sufrido una matanza en
Adrianópolis; y su administración había quedado en manos de los germanos.
Sin embargo, las fronteras del Imperio estaban
prácticamente intactas. Sin duda, las provincias conquistadas por Trajano en el
último período de conquistas imperiales habían sido abandonadas -Dacia, Armenia
y Mesopotamia-, pero nada más.
Ello obedeció, en parte, a que los bárbaros estaban
desorganizados. Nunca se unían bajo un solo líder para llevar un ataque
coordinado contra el Imperio. Se especializaban en rápidas incursiones que
realmente sólo tenían éxito cuando Roma era cogida de improviso o estaba
inmersa en guerras civiles. Raramente podían resistir al ejército romano cuando
éste era conducido capazmente. En resumen, para que los bárbaros pudiesen
destruir el Imperio Romano o cualquier parte de él, éste debía estar consumido
interiormente. Ni siquiera los desastres de un siglo y medio lo habían
desgastado lo suficiente para eso. Todavía no. Ni en el momento de la muerte de
Teodosio. Pero tampoco el Imperio había estado nunca en situación tan precaria.
Todos los esfuerzos de los emperadores y generales durante un siglo y medio,
todos los trabajos sobrehumanos de Aureliano, Diocleciano, Constantino,
Juliano, Valentiniano y Teodosio sólo habían conseguido hacer que el Imperio
aguantase. Persia aún amenazaba codiciosamente en dirección a Siria, los
germanos aún hacían incursiones a través del Danubio y el Rin, siempre que
podían (mientras los hunos esperaban amenazadoramente detrás de ellos) y aún
surgían usurpadores en toda ocasión.
Sin duda, había lugares del Imperio donde las condiciones
habían mejorado con respecto a las espantosas ruinas en que habían caído
durante el medio siglo de anarquía anterior a Diocleciano. Egipto y Siria eran
casi prósperos y en todas partes algunos terratenientes se enriquecían mientras
la mayoría de la población se empobrecía. Pero en conjunto, el barco imperial
se estaba hundiendo, y con cada década que pasaba el esfuerzo del Imperio por
mantenerse solamente a flote era un poco mayor, su población declinaba un poco
más, las ciudades se empobrecían y arruinaban un poco más y la administración
se sumergía algo más a fondo en la corrupción y la ineficacia.
La vida intelectual también declinaba. La literatura
pagana (naturalmente) se fue apagando hasta su última débil llama que fue
Símaco (Quintus Aurelius Symmachus), nacido alrededor de 345 y casi el último
representante del paganismo virtuoso y próspero en Roma. Desempeñó muchos altos
cargos y se distinguió por su honestidad y humanidad. Fue el último de los
grandes oradores paganos y no temió oponer sus escritos retóricos frente al
irresistible avance del cristianismo. Representó al menguante contingente de
senadores paganos, y cuando Graciano quitó el altar de la Victoria del Senado,
Símaco dirigió una carta a Valentiniano II, gobernante titular de Italia,
pidiéndole que el símbolo de la antigua Roma fuese restablecido. Pero no lo fue
y, en cambio, Símaco fue desterrado de Roma. Más tarde se le perdonó y siguió
sirviendo a Roma en altos cargos, para morir finalmente en paz.
El poeta romano Ausonio (Decimus Magnus Ausonius) encarnó
una especie de semipaganismo. Nació en Burdigala (la moderna Burdeos) alrededor
del 310 y creó en esa ciudad una escuela muy popular de retórica. Su padre
había sido médico privado de Valentiniano I, y el hijo fue nombrado tutor del
joven Graciano. Para poder ocupar el cargo, rindió un homenaje verbal al
cristianismo. En el reinado de Graciano alcanzó altos honores, inclusive el
consulado, pero después de la muerte de aquél se retiró a su ciudad natal,
donde siguió produciendo mala poesía hasta su muerte, a la avanzada edad de
ochenta años.
El monacato
La literatura latina cristiana, en cambio, floreció.
Ambrosio de Milán escribió mucho, pero aún más importante fue la obra de
Jerónimo (Eusebius Sophronius Hieronymus). Jerónimo nació en Iliria alrededor
del 340 y, pese a ser cristiano de padres cristianos, se sintió fuertemente
atraído por la literatura y el saber paganos; más aún, le desagradaban las
Escrituras por el estilo torpe y pobre del latín en que estaban escritas.
Resolvió elaborar una traducción latina apropiada de la
Biblia y, con este fin, viajó al Este y estudió no sólo griego, sino también
hebreo. Con el tiempo, tradujo la Biblia al latín literario, sin despreciar la
ayuda de rabinos eruditos. El resultado de sus esfuerzos fue la versión de la
Biblia comúnmente llamada la «Vulgata» (es decir, escrita en la lengua
«vulgar», la lengua de la gente común de Occidente -que por entonces era el
latín-, y no en griego o hebreo, que eran las lenguas originales del Nuevo y
del Viejo Testamento, respectivamente). La Vulgata ha sido desde entonces la
Biblia de uso común en la Iglesia Católica.
Jerónimo volvió a Roma durante un tiempo, pero luego viajó
al Este de nuevo y murió en Belén, en 420. Fue un firme defensor del celibato y
el monacato que estaba surgiendo con fuerza creciente en el cristianismo del
siglo IV.
El monacato (de una palabra griega que significa «solo»)
es el hábito de retirarse del mundo comúnmente con el fin de que las
preocupaciones, la corrupción y los placeres de la vida cotidiana no distraigan
de la vida buena o la devoción de Dios. Antes de la aparición del cristianismo,
hubo grupos de judíos que formaban comunidades separadas en regiones aisladas
donde podían adorar a Dios en la paz y la concentración. Hubo también algunos
filósofos griegos que se retiraron, en ciertos aspectos, de la sociedad.
Diógenes el Cínico fue uno de ellos.
Comúnmente, los monjes tendían a llevar una vida muy
sencilla, en parte porque no podían hacer otra cosa en comunidades distantes y
aisladas, y en parte porque pensaban que era un bien absoluto, pues creían que
cuanto más descuidaran las necesidades y deseos del cuerpo, tanto más podrían
concentrarse en el culto a Dios. Ese desprecio del bienestar corporal es
llamado «ascetismo», de una voz griega que significa «ejercicio», porque los
atletas griegos tenían que olvidarse de los placeres cuando se entrenaban para
las competiciones atléticas. Un asceta, en otras palabras, es alguien que está
«en entrenamiento».
Los primeros cristianos tendían a ser ascéticos, pues
consideraban inmorales o idólatras muchos de los placeres de la sociedad romana
común. Pero a medida que el cristianismo obtuvo más éxitos, también se hizo más
mundano, y para muchas personas de espíritu ascético ser solamente cristiano no
bastaba.
El primer monje cristiano notable fue un egipcio llamado
Antonio, de quien se supone que vivió cien años, de 250 a 350. A los veinte
años, se retiró al desierto para vivir solo y de una manera muy sencilla;
autores posteriores (como Atanasio, quien admiraba mucho el celo de Antonio
contra el arrianismo) contaron muchas historias dramáticas de él con respecto
al modo como resistió las tentaciones que el Diablo le presentaba en la forma
de todo género de visiones lujuriosas y lascivas.
El ejemplo de Antonio se hizo muy popular y el desierto
egipcio llegó a contener muchos monjes. Ésta popularidad no es difícil de
comprender. Para los hombres verdaderamente piadosos, podía ser un modo seguro
de evitar las tentaciones y el pecado, y de asegurarse el ingreso al Cielo.
Para muchos de los menos piadosos, era también una manera de quitarse el peso
de un mundo fatigoso.
Ese tipo de monaquisino solitario, aunque se adecuaba
literalmente a la palabra, tenía sus peligros. Entre otras cosas, cada monje,
librado a sí mismo, podía considerar su papel casi de cualquier forma, y
algunos fueron muy excéntricos en sus actividades. Por ejemplo, un monje sirio
llamado Simeón (que vivió del 390 al 459) practicaba austeridades casi
inimaginables. Construía pilares y vivía sobre ellos, sin descender nunca, de
día o de noche y cualquiera que fuese el clima, durante treinta años. Por ello,
es llamado «Simeón el Estilista» (de una palabra griega que significa «pilar»).
Es sumamente desagradable pensar cómo puede haber sido su vida en un pilar
semejante, y muchos no podían por menos de abrigar dudas sobre si esa clase de
actitudes podía ser realmente grata a Dios.
Además, los monjes solitarios que se retiraban del mundo
podían huir de sus tentaciones y su maldad, pero también eludían sus
responsabilidades y esfuerzos. ¿Era justo abandonar a tantas almas que
necesitaban salvación en pro de la preocupación fundamental por la propia alma
solamente?
Por ello, Basilio, obispo de Cesárea, capital de
Capadocia, en Asia Menor, creó una forma alternativa de monaquisino.
Basilio nació alrededor de 330 en una familia que
contribuyó con muchas figuras notables a la historia de la Iglesia. Estaba muy
interesado en el monacato y viajó por Siria y Egipto para estudiar a los monjes
y su modo de vida.
Creyó concebir un modo mejor y más útil de dirigir las
energías del hombre hacia Dios. En lugar de vivir totalmente solo, un monje
debía formar parte de una comunidad separada. Así, forma parte de un grupo,
pero el grupo mismo está lejos de las tentaciones.
Además, en vez de entregarse al ascetismo como meta de la
vida, el grupo debe trabajar tanto como orar. Más aún, el trabajo no debe ser
sólo otra forma de ascetismo; debe estar dirigido al bien de la humanidad. Esto
suponía que el grupo debía estar situado cerca de los centros de población,
para que su trabajo pudiese beneficiar a esos centros. Aunque evitando los
pecados del mundo, los monjes debían contribuir al bien de éste.
Ese monaquismo basiliano siempre ha sido muy popular en el
Este, pero en el siglo V también se difundió por Italia.
Arcadio
A la muerte de Teodosio, sus dos hijos heredaron el trono.
Arcadio, el mayor, que tenía diecisiete años, gobernó el Imperio Romano de
Oriente desde Constantinopla. Honorio, el más joven, de sólo once años, gobernó
el Imperio Romano de Occidente desde Milán.
En teoría, el Imperio era todavía uno e indiviso y sólo
tenía dos emperadores que compartían el gobierno, como había ocurrido de tanto
en tanto durante el siglo transcurrido desde Diocleciano. Por ejemplo, las
leyes y edictos se promulgaban en nombre de ambos emperadores. Luego, la
venerable institución del consulado por la cual cada año, desde el 509 a. C.,
el ámbito romano elegía o designaba dos cónsules, siguió de un modo especial:
un cónsul ocupaba el cargo en Roma y otro en Constantinopla. (El consulado
continuó hasta el 541, de modo que, en total, la institución duró más de mil
años.)
Pero de hecho, las dos mitades del Imperio permanecieron
distintas y separadas después de la muerte de Teodosio y hasta hubo
hostilidades entre ellas. Los gobernantes de una a menudo estaban dispuestos a
perjudicar a la otra, si de esta manera podían obtener alguna ventaja a corto
plazo.
Una disputa particularmente irritante entre las dos
mitades del Imperio era de carácter territorial. Iliria estaba al oeste de la
línea de Norte a Sur que separaba a las dos mitades y comúnmente era
considerada parte de Occidente. Sin embargo, la corte de Constantinopla la
codiciaba y se apoderó de una parte de ella. El Oeste se resintió por esta
acción, e Iliria fue un perpetuo motivo de enemistad entre ellos. Fue esta
disputa, exacerbada por las ambiciones de hombres implacables y crueles de
ambas partes, lo que realmente dividió al Imperio, no sólo la existencia de dos
co-emperadores.
Además, existía la tendencia (aún suave en tiempos de
Teodosio) a las disputas religiosas entre el Este y el Oeste, y la pugna en
lento crecimiento por la supremacía entre el obispo de Roma y el patriarca de
Constantinopla.
Signos de esto aparecieron en relación con una querella
religiosa que convulsionaba a la sazón al Imperio Oriental. Se centraba
alrededor de un hombre destinado a convertirse en el más famoso de los Padres
Griegos de la Iglesia: Juan, conocido como Crisóstomo («boca de oro») por la
habilidad de su oratoria y sus efectos sobre el auditorio.
Juan Crisóstomo nació en Antioquía en 345, de una familia
noble y rica, y recibió instrucción jurídica. No hay duda de que, con estas
ventajas mundanas y sus talentos naturales, habría sido un maravilloso abogado.
Pero alrededor de 370 se dedicó a la religión y decidió ser un ermitaño.
Durante años se enterró en las regiones desérticas al este de Antioquía y sólo
una enfermedad le obligó a retornar al mundo. Entró entonces en el sacerdocio y
pronto se hizo muy popular entre los auditorios que se reunían para oír sus
conmocionantes sermones. Pero no fue sólo su hábil oratoria lo que le hizo
popular. Llevó una vida de ejemplar moralidad y usó su riqueza e influencia
para crear hospitales y aumentar la caridad a los pobres; de éstas y otras
maneras, se convirtió en un merecido favorito del pueblo.
En 398, tres años después de la muerte de Teodosio, el
patriarca de Constantinopla murió y Juan Crisóstomo fue designado para
sucederle. Pudo, entonces extender su influencia a una esfera más amplia, y lo
hizo.
El trueno de sus sermones, en los que denunciaba el lujo y
la inmoralidad, se hizo más resonante. Insistía en el celibato estricto entre
los sacerdotes y su mordaz lengua no perdonaba a nadie, una vez despertada su
cólera (y si tenía algún defecto, era la facilidad con que se despertaba su
cólera). Naturalmente, esto le creó enemigos entre los clérigos a los que
denunciaba y entre quienes estaban celosos de él. El obispo de Alejandría,
Teófilo, fue un oponente particularmente acerbo, pues era amigo de los placeres
y envidioso.
Pero Teófilo era un favorito de Eudoxia, la Emperatriz,
hija de un jefe germano y mujer de carácter fuerte que dominaba totalmente a su
débil esposo. Además, Juan Crisóstomo estaba lejos de ser favorito de Eudoxia,
pues los reproches de la lengua de oro no se detenían ante el palacio. Eudoxia
llevaba una vida alegre, y Juan Crisóstomo la denunció en términos enérgicos.
Se convocó un sínodo especial en 403, en el que Teófilo
iba a acusar a Juan Crisóstomo de herejía y se había preparado un veredicto de
culpabilidad. Juan Crisóstomo se negó a presentarse ante él y, en consecuencia,
fue destituido del patriarcado y enviado al exilio. Una tormenta de protestas
surgió entre el populacho, y Eudoxia, llena de pánico, lo llamó de vuelta a los
dos días. Pero esto sólo era una tregua; Eudoxia empezó a poner los cimientos
para un exilio mejor preparado.
Un nuevo sínodo se reunió en 404, y esta vez se llevó a
Constantinopla un destacamento de mercenarios germanos. A estos soldados les
importaba un ardite que ganase Juan Crisóstomo o Teófilo; sólo cumplían
órdenes, y si las órdenes eran hacer una matanza en la población, la harían. El
pueblo, bien consciente de esto, no pudo hacer nada.
Juan Crisóstomo fue enviado a una ciudad situada en los
tramos orientales de Asia Menor, a unos 650 kilómetros de Constantinopla, en un
segundo exilio que no fue revocado. Pero mientras permaneció allí se mantuvo en
contacto con sus adeptos de todo el Imperio. Más aún, audazmente envió cartas
al obispo de Roma y a Honorio, el emperador de Occidente, en un intento de
hacer que reabrieran su caso.
Para la corte de Constantinopla, y para el Estado tanto
como para la Iglesia, era lo peor que podía hacer. Hacía parecer que Juan
reconocía la prioridad del emperador occidental y la posición religiosa suprema
del obispo de Roma.
Eudoxia había muerto, pero el resto de la corte estaba
convencida de que era menester silenciar al combativo viejo. Se lo trasladó a
un lugar aún más remoto, al extremo nororiental del Imperio. En el viaje, Juan
murió, en 407. Al año siguiente murió también Arcadio, el Emperador de Oriente.
Ni siquiera la muerte de Juan hizo olvidar al pueblo de
Constantinopla a su viejo patriarca. Muchos se negaron a aceptar al nuevo
patriarca de Constantinopla mientras no se reivindicara la memoria de Juan, lo
que más tarde se hizo. El cuerpo de Juan fue llevado de vuelta a Constantinopla
con plenos honores treinta años después de su muerte. Su condena fue anulada;
luego se lo santificó; y el hijo de Arcadio y Eudoxia, que estaba entonces en
el trono, llevó a cabo una cuidadosa ceremonia de arrepentimiento en nombre de
sus padres.
Pero toda la cuestión debilitó el prestigio del cargo de
patriarca de Constantinopla, y posteriores querellas entre la Iglesia y el
Estado iban a debilitarlo todavía más. E inevitablemente, a medida que el
prestigio del patriarca de Constantinopla decayó, el del obispo de Roma
aumentó. Esto se acentuó por el hecho de que el prestigio del obispado
occidental rival, el de Milán, sufrió un repentino eclipse, como veremos.
El visigodo Alarico
Mientras las peripecias de Juan Crisóstomo concentraban la
atención de la corte, los obispos y el pueblo de Constantinopla, terribles
sucesos se estaban produciendo en las fronteras casi desde el momento en que la
muerte arrancó del trono al enérgico Teodosio.
Sus hijos, Arcadio y Honorio, eran ambos jóvenes, débiles
e incapaces. En el momento de su ascenso al trono, por instrucciones de
Teodosio, ambos estaban bajo la custodia de protectores militares. A cargo de
Arcadio estaba el general galo Rufino, mientras la protección de Honorio estuvo
en manos de Estilicón, de origen vándalo. Un enconado conflicto surgió entre
ambos, pues Rufino se había apoderado de Iliria oriental, y Estilicón estaba
decidido a recuperarla.
Pero no pudieron llevar adelante su querella. La
interferencia se produjo por obra de los visigodos. Habían pasado casi veinte
años desde la batalla de Adrianópolis, y los visigodos aún ocupaban la
provincia de Mesia. Por supuesto, no eran tan bárbaros como cuando aparecieron
por primera vez en el horizonte romano siglo y medio antes y mataron al
emperador Decio. En cierta medida, se habían romanizado.
Por ejemplo, rápidamente adoptaron la religión romana,
gracias a la actividad de un misionero que era también visigodo. Su nombre,
Wulfila («pequeño lobo»), nos es conocido en su versión romana, Ulfilas.
Había nacido en algún lugar situado al norte del Danubio,
en lo que antaño había sido Dacia, en 311. Cuando tenía poco más de veinte
años, visitó Constantinopla, recién fundada, como parte de una misión goda o de
un grupo de rehenes capturados. Sea como fuere, se convirtió al cristianismo en
aquellos días febriles en que esta religión pasaba por sus primeros años de
protección oficial, y ardió en deseos de llevar la nueva religión a su pueblo.
Durante el resto de su vida trabajó en esta labor de misión entre los godos.
En el curso de sus trabajos, tradujo buena parte de la
Biblia a la lengua goda. Al hacerlo, tuvo que crear un alfabeto y una lengua
escrita, que no existían entre los godos. En verdad, los fragmentos de su
traducción que existen aún (en su mayoría partes del Nuevo Testamento)
constituyen casi todos los testimonios escritos de la lengua goda que
sobreviven.
Ulfilas no logró convertir en masa a los godos, pero
sembró la simiente. Reunió un número creciente de cristianos a su alrededor y
su poder creció constantemente.
Pero Ulfilas, al convertirse al cristianismo, tomó sus
creencias de los grupos arrianos de Constantinopla y, por ende, era un arriano.
En verdad, se supone que volvió a Constantinopla en 383 para tomar parte en un
sínodo de obispos arrianos que veían amenazado su destino por el emperador
católico Teodosio. Ulfilas murió antes de que pudiera iniciar sus trabajos.
El misionero de los godos dejó el cristianismo arriano en
su pueblo, que más tarde se propagaría también a otras tribus germánicas.
Aunque el arrianismo se extinguió en gran medida en el Imperio, floreció fuera
de él. Esto constituyó una cuestión de considerable importancia. Cuando llegó
el día en que bandas guerreras germánicas dominaron grandes partes del Imperio
de Occidente, fue su religión lo que los separó del pueblo. Los gobernantes
germanos arrianos se enfrentaron con súbditos católicos romanos, y la
hostilidad religiosa fue un factor importante que obstaculizó la fusión de los
pueblos y, en consecuencia, contribuyó a una destrucción mayor de la antigua
cultura.
Por la época de la muerte de Teodosio, un arriano
destacado era Alarico, jefe visigodo nacido alrededor de 370 en una isla de la
desembocadura del Danubio. Fue uno de los generales de Teodosio, que condujo
lealmente un contingente godo en las batallas.
Al parecer, pensó que tenía suficiente favor del emperador
como para sentirse seguro de que, bajo sus sucesores, ocuparía altos cargos, y
se indignó cuando fue postergado a favor de Rufino y Estilicón. Como venganza,
decidió adueñarse por la fuerza de lo que no había recibido por derecho.
Si el Imperio hubiese estado firmemente contra él, muy
poco, probablemente, habría podido hacer Alarico y tal vez hubiera pasado a la
historia como otro de los jefes de correrías que fastidiaban al Imperio. Pero
la oportunidad se la brindó el hecho de que las cortes del Este y el Oeste sólo
se veían una a otra como enemigo principal. Poderosas influencias, en Milán y
en Constantinopla, estaban totalmente dispuestas, en su ciega lucha por Iliria,
a utilizar a un bárbaro, si podían hacer que saquease e hiciese estragos en la
otra parte del Imperio. Como resultado de ello, Alarico se movió en el caos de
las enemistades internas y fue el primero de los grandes bárbaros que
destruyeron el Imperio Romano.
Entró en acción de la manera más directa posible,
marchando directamente sobre Constantinopla, con la esperanza de que, con el
terror que provocaría su llegada, la corte oriental le hiciera inmediatas
concesiones.
Sin duda, los gobernantes de Constantinopla estaban mucho
más interesados en rechazar el intento de Estilicón de recuperar Iliria que de
impedir la correría de Alarico por Tracia. Estilicón estaba en condiciones de
detener a Alarico, pero Constantinopla ordenó implacablemente al general que se
marchase de sus dominios. Hirviendo de cólera, Estilicón retornó a Italia, pero
se vengó organizando el asesinato de Rufino. Esto no sirvió de nada, pues otros
ministros igualmente absortos en metas a corto plazo ocuparon su lugar en
Constantinopla.
La fanfarronada de Alarico contra Constantinopla no dio
resultado. Sabía que no podía atacar sus fortificaciones, por lo que cambió de
rumbo y se lanzó sobre Grecia, inerme, sin que nadie osara detenerlo.
Grecia había tenido una profunda paz durante cuatrocientos
años. Ya no era la antigua Grecia, desde luego, pues había estado adormecida
durante todos esos siglos, soñando con su pasada grandeza. Muchas de las viejas
estatuas, templos y monumentos aún estaban en pie, pero muchas también habían
caído bajo la acción del tiempo, muchas habían sido despojadas para enriquecer
a la nueva ciudad de Constantinopla y muchas habían sido destruidas por la
cólera de los nuevos gobernantes cristianos.
Los templos estaban desiertos y la misma Delfos estaba en
ruinas. Los misterios eleusinos seguían celebrándose bajo los ojos hostiles de
los cristianos, pero ahora las bandas godas de Alarico, firmes cristianos
aunque de la variedad arriana, entraron en Eleusis. El templo de Ceres fue
destruido en 396 (1149 A. U. C.) y los antiguos misterios llegaron a su fin.
Tebas se mantuvo a salvo detrás de sus murallas, y Atenas
fue perdonada, pues hasta los godos abrigaban un respetuoso recuerdo de su
grandeza de antaño. Alarico invadió el Peloponeso y pasó allí todo el invierno,
sin que nadie se levantase contra él.
Pero en el Oeste, Estilicón empezó a actuar nuevamente.
Pensando que Constantinopla estaba en una situación demasiado desesperada para
tratar de detenerlo, vio la posibilidad de lanzar un ataque de éxito contra
Alarico que llevase a una unión de ambas mitades del Imperio bajo su
dominación.
Su campaña empezó bien. Desafiando a Constantinopla,
marchó al Peloponeso y rechazó a Alarico, acorralándolo en lo que parecía una
trampa segura. Sin embargo, Alarico logró escapar. Algunos especulan que
Estilicón, después de demostrar su superioridad sobre el Imperio Oriental en la
lucha contra Alarico, deliberadamente lo dejó escapar para usarlo como chantaje
contra Constantinopla y obligarla al reconocimiento de él, Estilicón, como amo
indiscutido de todo el Imperio.
Si fue así, el Imperio Oriental burló a Estilicón o, para
decirlo más exactamente, lo traicionó. Constantinopla hizo a Alarico gobernador
de la disputada Iliria. Fue una astuta medida, desde un punto de vista de corto
alcance, pues no sólo sobornaba a Alarico para que cesase las hostilidades en
el Este, sino que también lo colocaba al frente de una provincia que Estilicón
reclamaba para el Imperio Occidental y aseguraba una permanente hostilidad
entre Alarico y Estilicón. La situación se había invertido.
Durante un tiempo, Alarico y Estilicón se vigilaron
mutuamente, cada uno esperando el momento apropiado para atacar. Finalmente,
Alarico pensó que había llegado el momento y en 400 (1153 A. U. C.) se dirigió
al Oeste, hacia el norte de Italia. Estilicón reaccionó lentamente, pero luego
se trasladó al Norte para enfrentarse con él y los dos ejércitos (ambos
germánicos, en realidad), libraron batalla en Pollentia, en lo que es ahora la
región noroccidental de Italia. Estilicón atacó el domingo de Pascua de 402
(1155 A. U. C.) y tomó a Alarico desprevenido, pues éste suponía que no iba a
combatirse en un día santo. El resultado fue una estrecha victoria de
Estilicón, seguida por otra más categórica en Verona, más al Este. Alarico tuvo
que evacuar Italia en 403 y retirarse a Iliria para tomar aliento y
recuperarse.
Pero se había hecho un daño considerable. Milán, que había
sido la capital del Imperio de Occidente durante un siglo, fue amenazada por
los godos, y el gobierno ya no se sintió seguro allí. En 404 (1157 A. U. C.),
el joven Emperador -quien, como su hermano Arcadio, fue y siguió siendo una
completa nulidad- se trasladó a Ravena, a unos 350 kilómetros al sudeste, sobre
las costas del Adriático. Era una posición fuerte que, durante tres siglos y
medio, sería el centro del poder imperial en Italia. Al dejar de ser Milán la
capital, el obispo de esta ciudad perdió su prestigio y dejó de ser un rival
para el poder eclesiástico del obispo de Roma.
Asimismo, el peligro inmediato en que estuvo Italia y la
corte imperial hizo que se llamase con pánico a algunas de las legiones
distantes. Las fuerzas estacionadas en Britania habían sido debilitadas veinte
años antes, cuando el asesinato de Graciano. En la breve guerra civil que
siguió, intervinieron legiones de Britania y muchas de ellas nunca volvieron a
la isla. Las debilitadas fuerzas romanas que permanecieron en Britania tuvieron
que refugiarse en forma permanente detrás de la Muralla de Adriano. En la
situación de emergencia creada por la invasión de Alarico del norte de Italia,
las tropas que pudieron hallarse en Britania fueron llevadas a Italia para
combatir en Pollentia.
Algunas volvieron a Britania después de Pollentia, pero
los pictos se lanzaron al Sur en masa desde las Tierras Altas escocesas e
invasores germanos empezaron a invadir Britania a través del mar del Norte. Los
soldados romanos podían hacer poco más que divertirse proclamando emperadores a
sus generales y en 407 (1160 A. U. C.) las legiones abandonaron Britania para
siempre. Después de tres siglos de civilización romana, Britania volvió a la
barbarie y el paganismo bajo los invasores germánicos.
En sí misma, la pérdida de Britania no fue fatal para el
Imperio. Era una provincia tan externa como lo había sido Dacia, y como ésta
una adición tardía al Imperio; además, peor que Dacia, era una gran provincia
separada del resto del Imperio por el mar.
Pero la pérdida de Britania fue lo de menos. La
preocupación del Imperio Occidental por Alarico brindó una oportunidad a las
otras tribus germánicas. Las que habitaban al este del Rin y el norte de
Danubio sentían la constante presión de los hunos al este. Una confederación de
tribus, llamadas colectivamente «suevi» por los romanos («Schwaben» en alemán y
«suevos» en español), se lanzaron hacia el Sur a través de los Alpes e
invadieron el norte de Italia una vez más, casi inmediatamente después de ser rechazado
Alarico. Estilicón los derrotó también, en 405, pero sólo al precio de dejar
prácticamente sin defensas las fronteras del Rin.
Por ello, el último día del 406, los suevos, junto con
varios grupos de vándalos (el pueblo de origen de Estilicón) y un contingente
de alanos, tribu no germánica proveniente del Cáucaso, atravesaron el Rin. No
hallaron ninguna oposición digna de nota y atravesaron toda la Galia para
penetrar en España. Para el 409 se habían establecido aquí, los suevos en el
noroeste, los vándalos en el sur y los alanos entre ellos. (La permanencia de
los vándalos en el sur de España ha dejado su huella hasta hoy, pues esa parte
de la península todavía es llamada según el nombre de ese pueblo. Quitando la V
inicial, esa región es «Andalucía».)
Por entonces, quizá nadie se percató al principio de que
esa oleada hacia el Oeste y el Sur de los germanos era algo nuevo. Después de
todo, hacía casi dos siglos que las tribus germánicas periódicamente se
desbordaban sobre la Galia presionando a un imperio cada vez más débil. Siempre
hasta entonces, aunque a un costo en constante crecimiento, los romanos habían
logrado rechazarlos. Sólo medio siglo antes, bajo Juliano (véase página), los
romanos habían logrado hacerlo cubriéndose de considerable gloria.
Pero la invasión del último día del 406 fue diferente
porque fue permanente. Una tribu germánica podía derrotar y reemplazar a otra,
pero nunca más las provincias occidentales se verían totalmente libres de esos
pueblos. Es posible que esto no hubiese sucedido si Estilicón hubiese seguido
al mando. Había derrotado primero a los visigodos y después a los suevos en el
norte de Italia. Podía haber organizado una ofensiva contra los germanos en
España, pero no tuvo la ocasión de hacerlo. Sus enemigos estaban venciendo en
el interior.
Esos enemigos dijeron a Honorio que su aguerrido ministro
planeaba poner a su propio hijo en el trono. El imbécil Honorio lo creyó y
ordenó la ejecución de su general, legalizando lo que de otra forma habría sido
meramente un asesinato. Estilicón fue decapitado en 408 (1161 A. U. C.). Fue un
acto de increíble locura y selló el destino del Imperio Occidental.
Los godos del ejército de Estilicón, leales hasta
entonces, se sintieron ultrajados por esa acción, y los enfureció aún más las
medidas antiarrianas tomadas por los nuevos ministros que llegaron al poder.
Los godos desertaron por decenas de miles y se pasaron a Alarico, quien aún
rondaba cerca de las fronteras de Italia.
Una vez más Alarico penetró en Italia, y esta vez no había
ningún Estilicón ni prácticamente ningún ejército que lo detuviese. Marchó
hacia el Sur sin hallar oposición notable y al mes de la suicida ejecución de
Estilicón por el gobierno romano, Alarico estuvo ante las puertas de Roma. Por
primera vez en seiscientos años, Roma vio a un enemigo extranjero ante sus
murallas, algo que no había ocurrido desde la época de Aníbal de Cartago.
Pero Alarico no tenía intención de destruir Roma. Los
verdaderos conquistadores del período no podían avenirse a creer que el Imperio
estaba enfermo de muerte. Había durado tanto tiempo que parecía casi una ley
natural que durase por siempre, y hasta parecía una blasfemia tratar de
destruirlo. Todo lo que Alarico quería era formar una parte importante de ese
imperio eterno, gobernar una provincia, estar al mando de sus ejércitos y tener
tierras y botín para sus tropas.
Roma capituló, sin esperanzas, pero Alarico que tenía que
recibir el consentimiento del Emperador para dar legalidad a las cosas, no lo
pudo obtener. La bien fortificada y casi inaccesible Ravena estaba a salvo del
saqueo de los godos, y mientras fue así Honorio se dejó persuadir por sus
ministros, rechazando las exigencias de Alarico. (Ellos estaban a salvo, y por
ende se sentían valientes.)
Alarico tuvo que retornar al asedio de Roma por segunda
vez, para forzar un acuerdo temporal, y cuando el gobierno se negó a ello,
volvió por tercera y última vez, en 410 (1163 A. U. C.). Este tercer asedio lo
prosiguió hasta el fin. Roma se rindió en agosto, justamente dos años después
de la ejecución de Estilicón, y por primera vez desde el 390 a. C. (exactamente
ocho siglos antes), un ejército bárbaro ocupó y saqueó Roma, la ciudad de
Escipión, César y Marco Aurelio.
Pero Alarico sólo permaneció seis días en Roma, y luego
marchó hacia el Sur. El saqueo fue suave y los daños ocasionados a la ciudad
ligeros, pero el prestigio de Roma y su imperio quedó destruido
irreparablemente. Desapareció el terror que inspiraba el nombre de Roma.
Alarico, en su marcha hacia el Sur, tenía la intención, al
parecer, de atravesar el Mediterráneo e invadir África donde, en una parte
alejada del Imperio, poder convertirse en amo de una provincia, como los
suevos, alanos y vándalos habían hecho en España. Pero lo detuvo un enemigo más
poderoso que los romanos. Sus barcos fueron destruidos por una tormenta, y poco
después murió de una fiebre en el sur de Italia. Fue sucedido por su cuñado
Atawulf (Ataulf, en la versión latina, y Ataúlfo en castellano).
10. Los reinos germánicos
El visigodo Teodorico
Como Alarico, Ataúlfo aspiraba a ocupar una elevada
posición dentro del Imperio Romano, pero consideró quimérico todo intento de
reemplazarlo por un Imperio Godo. Marchó al sur de la Galia, donde halló un
considerable botín, e impuso un alto precio por mantener al menos una paz
razonable. Logró casarse con Gala Placidia, media hermana de Honorio. Esto lo
introdujo en la familia real y le permitió conservar el sur de la Galia con una
apariencia de legalidad.
En el ínterin, la corte imperial finalmente había hallado
un reemplazante competente de Estilicón, un romano llamado Constancio. Era uno
de los escasos no bárbaros de Occidente que podía desempeñarse con eficiencia
al mando de tropas y hasta, en ocasiones, vencer.
Constancio pensó que el modo más económico de combatir a
los invasores germánicos era lanzar a una tribu contra otra. Persuadió a
Ataúlfo de que, como cuñado del Emperador y aliado de los romanos, debía
conducir a los visigodos contra los invasores germánicos de España. Guiado,
quizá, por la idea de obtener más botín y más poder, Ataúlfo, en efecto, llevó
a su ejército godo a España. Fue asesinado en 415, pero su sucesor, Valia,
prosiguió la guerra y destruyó casi totalmente a los alanos. Los suevos fueron acorralados
en el ángulo noroccidental de España, y restos de los vándalos fueron empujados
contra el mar, a la España meridional.
Los visigodos podían haber completado la tarea y limpiado
totalmente España, pero el gran problema de usar a un enemigo contra otro es
que una victoria demasiado completa de uno de ellos es peligrosa. La corte
imperial no quiso que los visigodos fueran desproporcionadamente victoriosos y
los instó a abandonar España dejando inconclusa la tarea.
Valia murió en 419, y bajo su sucesor, Teodorico I, el
ejército visigodo salió de España y retornó a la Galia.
Aun así, los resultados de la aventura de lanzar a
germanos contra germanos salió mal para los romanos. Los visigodos, bajo
Teodorico, ahora se establecieron en el sudoeste de la Galia. En 418 (1171 A.
U. C.), crearon un reino que fue llamado Reino de Tolosa, por el nombre de la
capital que convirtieron en sede de su poder. Tolosa, situada a unos cien
kilómetros al norte de los Pirineos, fue la sede de los reinos visigodos
durante un siglo.
El Reino de Tolosa fue el primero de los reinos sucesores
germánicos. A diferencia de anteriores asentamientos de bandas guerreras
germánicas dentro de los límites del Imperio, este reino no reconocía la
soberanía romana. Era una potencia independiente. Y fue permanente, pues de una
u otra forma, el Reino Visigodo iba a subsistir por más de tres siglos.
Sin duda, permaneció en alianza con Roma y, por lo
general, estuvo en buenos términos con Roma. Pero los visigodos se convirtieron
en los terratenientes de la Galia del sudoeste. Se creó la norma que iba a
regir el oeste de Europa cada vez más, a medida que transcurrió el siglo. Una
aristocracia terrateniente de germanos y sus descendientes iban a dominar a un
campesinado formado por los descendientes de nativos romanizados.
El ascenso de los visigodos fue notable. En 376 habían
entrado en el Imperio Romano como suplicantes y atravesando el Danubio inferior
huyendo de los hunos, que de lo contrario los hubiesen esclavizado. Ahora, sólo
cuarenta años después, habían atravesado miles de kilómetros de tierras romanas
y se habían convertido en los amos, bajo un rey, Teodorico I, a quien el
Emperador de Occidente se veía obligado a tratar como un igual.
El vándalo Gensérico
Los vándalos de España, maltrechos y apaleados por los
ataques visigodos, ocupaban el extremo sur de la provincia con algunas
dificultades, pero afortunadamente para ellos las circunstancias les mostraron
un nuevo campo de actividades, una nueva región en la cual tuvieron un siglo de
grandeza y poder.
Esa región era el África romana, que abarcaba la costa
norteafricana al oeste de Egipto y cuya metrópoli era Cartago. África había
hecho ricos aportes a la historia cristiana primitiva. Había sido el centro de
herejías puritanas como el montañismo y el donatismo, y la cuna de autores
cristianos como Tertuliano y Cipriano. Ahora, al fin de la etapa romana de su
historia, fue la cuna del más grande de los Padres Latinos de la Iglesia,
Agustín (Aurelius Augustinus).
Agustín nació en 453, en una pequeña ciudad africana
situada a unos 240 kilómetros al oeste de Cartago. Su padre era pagano y su
madre cristiana; él mismo en un principio estaba inseguro sobre cuál creencia
adoptar. En su juventud, se inclinó hacia un nuevo tipo de religión llamada
maniqueísmo.
El maniqueísmo recibió su nombre de un líder religioso,
Mani, nacido en Persia por el 215. Elaboró una forma de religión algo afín al
antiguo mitraísmo, que tomó mucho de las creencias persas en las fuerzas
iguales de la luz y la oscuridad, el bien y el mal. (Los mismos judíos
adoptaron este «dualismo» en la época en que formaban parte del Imperio Persa,
y sólo después de ese período Satán, «Príncipe de las Tinieblas», se hizo
importante como adversario de Dios, aunque ni los judíos ni los cristianos, posteriormente,
admitieron nunca que Satán fuese igual a Dios en poder e importancia.)
Al dualismo persa, Manes añadió la moral estricta del
judaísmo y el cristianismo. Aunque sufrió persecuciones en la misma Persia, el
maniqueísmo empezó a difundirse por el Imperio Romano poco antes de que el
cristianismo se convirtiese en la religión oficial de Roma. Diocleciano
contempló el maniqueísmo con grandes sospechas, pues pensaba que los maniqueos
debían ser agentes del gran adversario de Roma, Persia. Por ello, en 297 inició
una campaña oficial para reprimirlo, seis años antes de la campaña similar
contra el cristianismo. Ninguna de ellas tuvo éxito.
El establecimiento legal del cristianismo, en realidad,
contribuyó a la difusión del maniqueísmo durante un tiempo. Una vez que el
cristianismo se convirtió en la religión oficial, los emperadores tendieron a
prestar su apoyo a una secta particular del cristianismo, primero al arrianismo
y luego al catolicismo. Las herejías menores, que habían florecido cuando todos
los tipos de creencia cristianas eran igualmente ilegales y perseguidas, ahora
se hallaron peor que antes porque fueron señaladas para su eliminación. Por
eso, muchas de ellas tendieron a abandonar el cristianismo, convertido en el
enemigo perseguidor, y se unieron al maniqueísmo.
A fin de cuentas, hay algo dramático en el choque cósmico
entre el bien y el mal. Los hombres y mujeres que apoyaban lo que ellos creían
el bien sentían que participaban en esa batalla universal, mientras que sus
enemigos formaban parte de una vasta oscuridad que, por dominante que pareciese
ahora, estaba inexorablemente condenada a su destrucción final. Para quienes
adoptan una concepción conspirativa de la historia (en la que se cree que el
mundo está en poder de una secreta conspiración de hombres malos o fuerzas
malas), el maniqueísmo presentaba una atracción natural.
El maniqueísmo llegó a su cúspide en tiempos de Agustín, y
éste sucumbió a él. También se sintió atraído por el neoplatonismo, y leyó con
gran interés las obras de Plotino.
Pero el maniqueísmo y el neoplatonismo fueron sólo etapas
en la evolución de Agustín. Su incansable búsqueda de la certeza filosófica,
combinada con la incesante presión de su voluntariosa madre, lo llevaron
finalmente al cristianismo. Había ido a Milán en 384 (a la sazón capital y
centro religioso del Imperio de Occidente) y fue convertido por el obispo
Ambrosio. En 387, finalmente, admitió ser bautizado.
Volvió a África, y en 395 se convirtió en obispo de Hipona
(Hippo Regius), un pequeño puerto marítimo situado inmediatamente al norte de
su lugar de nacimiento (y hoy llamada Bona, ciudad de la actual Argelia).
Agustín permaneció allí durante treinta y cuatro años, e Hipona, por lo demás
carente de toda importancia (excepto, quizá, como lugar de nacimiento del
historiador Suetonio, tres siglos antes), se hizo famosa a causa de Agustín.
Las cartas de Agustín fueron enviadas a todo el Imperio,
sus sermones fueron reunidos en libros y escribió muchas obras formales sobre
diversas cuestiones teológicas. Fue un ardiente batallador contra las diversas
herejías africanas y creía (quizá por su vergüenza de sus propias experiencias
juveniles) en la depravación esencial de la humanidad. Todo individuo nace con
la herencia del «pecado original» que manchó al hombre cuando Adán y Eva
desobedecieron a Dios en el Jardín del Edén. El pecado original sólo es
eliminado por el bautismo, y los niños que mueren antes de él están condenados
eternamente. También creía en la «predestinación», esto es, en el cuidadoso
plan de Dios, que existe desde el comienzo del tiempo y guía cada frase de la
historia, de modo que no ocurre nada que no esté ya predestinado a ocurrir.
En sus primeros años como obispo, Agustín escribió sus
Confesiones, una autobiografía íntima y aparentemente honesta, donde no oculta
sus propios defectos tempranos. Este libro ha sido popular desde entonces.
Después del saqueo de Roma por Alarico, Agustín escribió
Sobre la Ciudad de Dios, una defensa del cristianismo contra los nuevos ataques
de los paganos. Roma se había elevado al dominio del mundo y había sido
invencible, decían los paganos, mientras mantuvo su fe en sus antiguos dioses.
Ahora que era cristiana, el disgusto de esos dioses se veía claramente en el
hecho de que fue saqueada. Y dicho sea de paso, ¿dónde estaba ese nuevo dios
cristiano, por qué no defendió su ciudad?
Agustín pasó revista a toda la historia que él conocía,
señalando que había ciclos de ascenso y caída de los Estados, como parte del
gran plan divino predestinado. Roma no era ninguna excepción; también ella,
después de ascender, debía caer. Pero Roma, cuando fue saqueada por Alarico,
había sido tratada suavemente, y sus tesoros religiosos habían sido respetados.
¿Cuándo los dioses de una ciudad pagana la protegieron así de las consecuencias
de un saqueo por los bárbaros? De todos modos, la decadencia de Roma sólo era
el preludio del ascenso de una Ciudad de Dios celestial, una ciudad final que
no caería, sino que sería la grandiosa culminación del plan divino.
Uno de los discípulos de Agustín fue Pablo Orosio, nacido
en Tarragona, España. A sugerencia de Agustín, escribió una historia del mundo
-La Historia contra los Paganos- que dedicó a su maestro. También él trató de
demostrar que el cristianismo no estaba destruyendo al Imperio Romano, sino
salvando lo que quedaba de él.
Agustín terminó su gran libro en 426, y en los escasos
años restantes de su vida vio calamidades aún mayores que las anteriores,
calamidades que empezaron con intrigas en la corte de Ravena y en las que los
vándalos, a la espera en el extremo sur de España, desempeñaron un importante
papel.
En Ravena, Honorio murió en 423 (1176 A. U. C.) después de
un oscuro reinado de veintiocho desastrosos años como emperador romano. Fue
indiferente a que durante su reinado Roma fuese saqueada y el Imperio quedase
despojado de algunas provincias. Era un total inepto.
Su general, Constancio, se casó con su media hermana Gala
Placidia, viuda del visigodo Ataúlfo, y durante unos meses fue co-emperador de
Occidente con el nombre de Constancio III. Fue una fatalidad para el Imperio de
Occidente que muriesen sus hombres fuertes y se mantuviesen vivos los débiles.
Constancio III murió después de gobernar sólo siete meses, en 421. Cuando
Honorio murió, dos años más tarde, subió al trono el hijo de Constancio III y
Gala Placidia.
Era un niño de sólo seis años y reinó con el nombre de
Valentiniano III. Era nieto de Teodosio I y, por su abuela materna, biznieto de
Valentiniano I.
De niño, Valentiniano III fue una nulidad, por supuesto, y
hubo constantes intrigas dentro de la corte para ejercer el dominio sobre él.
La principal influencia era la de la reina madre, Placidia, y la batalla se
libraba acerca de quién, a su vez, iba a influir sobre ella.
Aspiraban a este privilegio dos generales, Flavio Aecio y
Bonifacio. Aecio era, posiblemente, de ascendencia bárbara. De todos modos,
pasó algunos años de su vida como rehén en el ejército de Alarico y más tarde
varios años más con los hunos, de modo que debe de haber absorbido muchas cosas
de los bárbaros. En 424, penetró en Italia a la cabeza de un ejército de
bárbaros, incluidos hunos (aunque, sin duda, todos los ejércitos eran bárbaros
en aquellos días), y se colocó en una situación de poder que iba a mantener
durante una generación.
Bonifacio, que también era un general de éxito,
desapareció ante Aecio. Fue nombrado gobernador de África, pero esto era un
modo de deshacerse de él, pues lo alejaba de Ravena y dejaba allí el mando a
Aecio, quien entonces podía influir sin trabas sobre la reina madre.
En África, Bonifacio comprendió que había quedado en
desventaja y pensó en la rebelión. En su cólera, estaba dispuesto a utilizar
cualquier arma contra su enemigo en Italia, y cometió el terrible error de
llamar en su ayuda a una banda guerrera bárbara.
La más cercana la constituían los vándalos del sur de
España. Su posición era precaria, y Bonifacio juzgó, con razón, que estarían
dispuestos a contratarse con él. Lo que Bonifacio no previo, ni podía prever,
fue que los vándalos acababan de elevar a un nuevo líder, Genserico (o
Geiserico), quien tenía por entonces unos cuarenta años y fue uno de los
hombres más notables de su época. En 428 (1181 A. U. C.), Genserico aceptó la
invitación de Bonifacio, y unos 80.000 vándalos usaron la flota que Bonifacio
puso a su disposición para navegar hacia África. Pero Genserico no tenía
ninguna intención de engancharse como mercenario cuando parecía haber ocasión
de adueñarse de una vasta provincia.
La situación también era propicia para él. Había tribus
africanas nativas en las regiones montañosas y desérticas de Mauritania y
Numidia que nunca habían aceptado totalmente la dominación romana desde las
ciudades de la franja costera. Además, estaban los donatistas y otros herejes,
a quienes sujetaba la mano fuerte de Agustín, obispo de Hipona, y que estaban
muy dispuestos a hacer causa común con un bárbaro arriano contra la ortodoxia
católica.
Bonifacio reconoció su error demasiado tarde y se
reconcilió con la corte (Aecio estaba en la Galia). Mas para entonces ya
Genserico había ocupado África, dejando solamente Cartago, Hipona y Cirta (esta
última a 160 kilómetros al oeste de Hipona) bajo dominio romano.
Genserico puso sitio pacientemente a Hipona, que resistió
casi dos años, pues podía recibir suministros, y los recibió, desde el mar. El
Imperio Oriental, uniéndose por una vez al Oeste, envió una flota y ayudó a
trasladar provisiones. Pero todo esto no sirvió de nada, pues dos veces
ejércitos conducidos por Bonifacio fueron derrotados en tierra por Genserico.
En 431, Hipona fue tomada. Su obispo, Agustín, no vivió para ver la rendición.
Había muerto durante el asedio.
Bonifacio retornó a Italia y allí libró una batalla con su
implacable enemigo Aecio. Bonifacio ganó, pero fue herido por mano de Aecio y
murió poco después.
En 435, Genserico hizo un tratado con la corte de Ravena
por el cual se reconocía el Reino Vándalo y se daba carácter legal a su
posición. Los romanos estaban ansiosos de lograr esa paz porque, estando Egipto
bajo el firme control del Emperador de Oriente, África era el principal granero
de Roma. En su opinión, Genserico podía ocupar esas tierras a condición de que
continuase los embarques regulares de cereales a Roma.
Según los términos del tratado, Genserico también aceptaba
que Cartago (todavía no conquistada) siguiese siendo romana. Genserico aceptó
esto… hasta que le convino no seguir aceptándolo. En 439 (1192 A. U. C.),
marchó sobre Cartago y la tomó, convirtiéndola en su capital y en la base de su
flota recientemente construida, que sería el terror del Mediterráneo durante
veinte años.
El huno Atila
Mientras los vándalos se apoderaban de la provincia
meridional del Imperio Occidental y los visigodos se acomodaban en las
provincias occidentales, una amenaza aún más bárbara aparecía en el Norte.
Los hunos estaban nuevamente en marcha.
Había sido su migración hacia el Oeste, casi un siglo
antes, desde el Asia Central a las llanuras al norte del mar Negro, lo que
había impulsado a los visigodos a entrar en el Imperio Romano e iniciado el
prolongado ataque que ahora puso al Imperio Occidental al borde de la ruina.
Mientras los godos y vándalos obtenían sus victorias, los
hunos habían permanecido relativamente tranquilos. Habían saqueado la frontera
romana de vez en cuando, pero sin llevar a cabo una invasión substancial.
En parte, esto fue consecuencia de que el Imperio Oriental
estuvo en una situación más sólida que su hermano Occidental. Después de la
muerte de Arcadio, en 408, su hijo de siete años, Teodosio II (llamado a veces
«Teodosio el Joven»), subió al trono. Cuando llegó a la edad adulta, demostró
ser más fuerte que su padre, y hasta tenía cierta amabilidad y buena
disposición que le dio popularidad. En el curso de su largo reinado de cuarenta
años, el Imperio de Oriente conservó cierta estabilidad. Amplió y reforzó
Constantinopla, abrió nuevas escuelas y mandó hacer un compendio jurídico que
fue llamado el Código de Teodosio, en su honor.
Los persas (el viejo enemigo casi olvidado ante los
terrores del nuevo peligro que presentaron los bárbaros del Norte) fueron
rechazados en dos guerras de bastante éxito, y si bien las fronteras del
Imperio Occidental se estaban derrumbando, las del Imperio Oriental se
mantuvieron intactas.
Pero en 433 dos hermanos, Atila y Bleda, accedieron al
gobierno de los hunos. Atila, que era el miembro dominante de la pareja, de
inmediato mostró una actitud amenazante hacia Roma y obligó a Teodosio a
pagarle un tributo de 700 libras de oro al año a cambio de la promesa de
mantener la paz.
Y Atila mantuvo la paz… durante un tiempo. Aprovechó el
intervalo para fortalecerse en todas partes, lanzando a sus jinetes contra los
primitivos eslavos, que entonces ocupaban las llanuras de la Europa oriental
central. También avanzó hacia el Oeste, a Germania, debilitada y en parte
despoblada por las migraciones de tantos guerreros a las provincias
occidentales del Imperio.
El empuje hacia el Oeste de los hunos lanzó a nuevas
tribus germánicas a través del Rin. Entre ellas se contaban los burgundios,
algunos de los cuales habían participado en el anterior avance de los suevos
sobre la Galia. Ahora, en 436, y en los años siguientes, nuevos grupos de
burgundios entraron en la Galia y se establecieron en la región sudoriental de
la provincia, después de sufrir una derrota, por obra de Aecio, que desalentó
los planes que pudieron haber concebido de obtener un dominio más vasto por el
momento.
Otra tribu germánica empujada a la Galia por los hunos fue
la de los francos. Habían intentado hacer una incursión en Galia casi un siglo
antes, pero Juliano los derrotó de modo tan total que habían permanecido en
calma desde entonces. Ahora ocuparon la parte nororiental de la Galia, y esta
ocupación también fue limitada por una derrota a manos de Aecio.
Otras tribus germánicas -los anglos, sajones y jutos- que
habitaban al norte y al noreste de los francos, sobre las costas de lo que es
ahora Dinamarca y Alemania occidental, se vieron obligados a cruzar el mar en
el decenio de 440. Hicieron correrías por Britania, que había vuelto a la
barbarie, y en 449 los jutos efectuaron sus primeros asentamientos permanentes
en lo que es ahora Kent, en la región sudoriental de Inglaterra. Durante los
siglos siguientes, los «anglosajones» expandieron lentamente sus posesiones al
oeste y al norte contra los fieros guerreros celtas britanos. Fue esta
resistencia céltica la que más tarde dio origen a la leyenda del rey Arturo y
sus caballeros.
Algunos de los britanos huyeron luego a la región
noroccidental de la Galia, estableciéndose en lo que es ahora Bretaña.
Después de la muerte de Bleda, en 445 (1198 A. U. C),
desapareció la influencia moderadora que ejercía éste sobre Atila, quien
entonces gobernó un vasto imperio que se extendía desde el mar Caspio hasta el
Rin y cubría la frontera septentrional del Imperio Romano de un extremo a otro.
Decidió seguir una política exterior aún más aventurera e
invadió el Imperio de Oriente, hasta que fue comprado por un tributo aumentado
de una tonelada de oro al año.
Teodosio II murió en 450 (1203 A. U. C.) y le sucedió su
hermana, Pulqueria, nieta de Teodosio I. Sintió la necesidad de un sostén
masculino en medio de los males que la acosaban y se casó con Marciano
(Marcianus), un tracio de humilde origen pero un capaz general.
El cambio de gobierno se hizo sentir inmediatamente, pues
cuando Atila envió a pedir el último pago del tributo anual, Marciano se negó a
entregarlo y se declaró dispuesto a ir a la guerra.
Atila rechazó el desafío. ¿Para qué preocuparse por
Marciano, que podía crearle problemas, cuando en el Oeste había una región
dominada por un emperador débil, cortesanos pendencieros y reinos bárbaros
rivales? Hay una historia según la cual Honoria, la hermana de Valentiniano
III, habiendo sido encarcelada por un delito, hizo llegar su anillo a Atila y
lo instó a ir a Italia y reclamarla como novia suya. Esto pudo haber servido al
rey huno como excusa para una invasión que de todos modos tenía planeada.
Casi inmediatamente después de la subida al trono de
Marciano y el rechazo del tributo, Atila se dispuso a cruzar el Rin e invadir
la Galia.
Desde hacía una generación, la Galia había sido el
escenario de la lucha entre Aecio, en representación del Emperador, y diversas
tribus germánicas. Aecio había hecho prodigios. Mantuvo a los visigodos
confinados en el sudoeste, a los burgundios en el sudeste, a los francos en el
noreste y a los britanos en el noroeste. Grandes extensiones de la Galia
central seguían siendo romanas. En verdad, puesto que Aecio obtuvo las últimas
victorias que lograron los romanos en Occidente, a veces es llamado «el último de
los romanos».
Pero ahora no era con las tribus germánicas que huían de
los hunos con los que debía luchar, sino contra los mismos hunos. Cuando Atila
y sus hordas de hunos cruzaron el Rin en 451 (1204 A. U. C.), Aecio se vio
obligado a hacer causa común con el visigodo Teodorico I. En verdad, los
germanos de la Galia reconocieron el tremendo peligro que se cernía sobre
todos, y francos y burgundios afluyeron al ejército de Aecio.
Los dos ejércitos, el de Atila, que incluía auxiliares de
las tribus germánicas conquistadas por los hunos, sobre todo los ostrogodos, y
el de Aecio, con su fuerte contingente visigodo, se encontraron en el norte de
la Galia, en una región que había sido habitada por una tribu celta llamada los
«catalauni». Por ello, la región es llamada los Campos Cataláunicos, y la
principal ciudad de la región es ahora Châlons, a unos 140 kilómetros al este
de París. La batalla que se libró allí es llamada la Batalla de Châlons o la
Batalla de los Campos Catalaúnicos, pero de cualquier forma que la llamemos fue
en cierta medida una batalla de godos contra godos.
Aecio colocó sus propias tropas en la izquierda de la
línea del frente y a los visigodos en la derecha. Los aliados más débiles
fueron situados en el centro, donde, esperaba Aecio, Atila (que siempre estaba
en el centro de su propia línea), lanzaría el ataque principal. Eso fue lo que
ocurrió. Los hunos atacaron por el centro y avanzaron, mientras los extremos de
la línea de Aecio se cerraron sobre ellos, los rodearon e hicieron estragos.
Si la victoria hubiera sido explotada hasta el fin, los
hunos podían haber sido barridos y Atila muerto. Pero Aecio era aún más
intrigante que general y le interesaba que los visigodos no se hicieran
demasiado fuertes como resultado de la victoria sobre los hunos. Teodorico, el
viejo rey visigodo e hijo de Alarico, murió en la batalla, y Aecio entrevió
aquí una oportunidad favorable. Había mantenido al hijo de Teodorico,
Torismundo, como rehén para impedir que el viejo godo cambiase repentinamente
de opinión con respecto al bando al que le convenía apoyar. Ahora envió al
joven príncipe apresuradamente a Tolosa con su ejército para asegurarse la
sucesión. Con la desaparición de los contingentes visigodos, Atila y lo que
quedaba de su ejército pudieron escapar, pero Aecio podía estar seguro de que
los visigodos estarían dedicados a una guerra civil. Aecio tenía razón.
Torismundo subió al trono, pero al año fue muerto por su hermano menor, quien a
su vez se hizo coronar con el nombre de Teodorico II.
Este dudoso asunto de Châlons impidió que Atila
conquistase la Galia, pero no acabó con la amenaza de los hunos ni merece el
honor de llevar el nombre de «victoria decisiva» que le otorgaron épocas
posteriores.
Atila reorganizó su ejército, recuperó el aliento y, en
452, invadió Italia, usando todavía como excusa su petición de la mano de
Honoria, que se había prometido a él. Puso sitio a Aquileya, ciudad del extremo
septentrional del mar Adriático y después de tres meses la tomó y la destruyó.
Algunos de sus habitantes, huyendo de la devastación, buscaron refugio en las
lagunas cenagosas del Oeste. Este fue, según la tradición, el núcleo inicial de
la que más tarde sería la famosa ciudad de Venecia. Italia estaba postrada ante
el avance de este bárbaro que se jactaba de que «la hierba nunca vuelve a
crecer allí donde pisa mi caballo». Los eclesiásticos proclamaron que era el
medio por el cual Dios castigaba a un pueblo pecador. Era «el azote de Dios».
El avance de Atila hacia Roma no halló oposición. Como
Honorio se había quedado acobardado en Ravena cuarenta años antes mientras
Alarico atacaba Roma, así ahora Valentiniano III se quedó acobardado en Ravena.
El único líder de Roma que podía oponerse a Atila fue el obispo de Roma, quien
por entonces era León, un hombre de origen romano que había sido nombrado
obispo en 440. (A causa de su historia a menudo se le llama «León el Grande».)
Fue bajo León cuando el obispo de Roma logró por primera
vez la posición indiscutida de principal eclesiástico de Occidente. El cambio
de la capital occidental de Milán a Ravena había arruinado el prestigio del
obispo de Milán, mientras el poder bárbaro en Galia, España y África había
disminuido el prestigio de los obispos de esas regiones.
La palabra «papa», que significa «padre», había sido
aplicado en diversas lenguas y aún lo es («père», «padre») a los sacerdotes en
general. En el Imperio Romano tardío fue aplicado a los obispos, en particular,
y a los obispos importantes más particularmente aún.
Cuando León fue obispo de Roma, se hizo práctica corriente
en Occidente limitar la palabra «Papa», con mayúscula, a él. León (y los
posteriores obispos de Roma) fue el «Padre» por excelencia; era el Padre, el
Papa.
Si bien es costumbre incluir a todos los obispos de Roma,
desde el mismo Pedro, entre los papas, sólo en el reinado de León el nombre de
«papa» se hizo común, y por eso León es considerado por algunos como el
fundador del papado.
León adoptó una actitud firme en todas las disputas
religiosas de la época. No vaciló en actuar como el primer obispo de la
Iglesia, y su opinión fue adoptada por otros. Mostró su fuerza en una severa
represión de los maniqueos, que fue el comienzo del fin de su intento de
competir con el cristianismo por la adhesión del populacho. (Sin embargo, el
maniqueísmo no murió, sino que llevó una existencia subterránea y tuvo
influencia en el desarrollo de ciertas herejías medievales, sobre todo en el
sur de Francia.)
El prestigio de León aumentó aún más por su acción con
respecto a Atila. Roma, abandonada por sus líderes políticos, sólo podía apelar
a León.
Recogiendo el desafío con firme valentía, León se dirigió
al Norte para encontrar al conquistador que se aproximaba. Ambos se encontraron
en 250, a orillas del río Po. Llevando sus vestimentas papales con toda su
magnificencia y rodeado de toda la pompa que pudo lograr, León urgió a Atila
abstenerse de atacar la ciudad sagrada del Imperio.
Según la tradición, Atila quedó desconcertado e
impresionado por la firmeza de León, su imponente apariencia y la aureola del
papado. Por temor reverente o por superstición, se retiró. A fin de cuentas,
Alarico había muerto poco después del saco de Roma. También es posible que León
acompañase sus palabras con la oferta de un generoso don en lugar de la mano de
Honoria, y que el oro, tanto como el temor, persuadiesen a Atila a retirarse.
Atila abandonó Italia y, de vuelta en su campamento
bárbaro, en 453 (1206 A. U. C.) se casó de nuevo, añadiendo una esposa más a su
numeroso harén. Participó en una gran fiesta, luego se retiró a su tienda y,
durante la noche, murió en circunstancias misteriosas.
Su imperio quedó dividido entre sus numerosos hijos y se
desmembró casi inmediatamente bajo el impacto de una revuelta germana que
estalló tan pronto como se difundió la noticia de la muerte de Atila. En 454,
los germanos derrotaron a los hunos, y las hordas de éstos se disolvieron. El
peligro había pasado.
El gran adversario de Atila no le sobrevivió mucho tiempo.
Para la corte romana, Aecio había sido demasiado
afortunado. Había triunfado sobre su rival, Bonifacio; había triunfado sobre
Atila. Su ejército le era devoto y bandas de bárbaros protectores lo rodeaban
por todas partes.
El inepto Emperador, que había estado un cuarto de siglo
en el trono y había llegado a una poco heroica edad adulta sólo gracias a las
hazañas de su general, abrigaba un hondo resentimiento por haber temido a ese
general. Le fastidiaba haberse visto obligado a admitir que su hija fuese
prometida en matrimonio al hijo de Aecio. Como medio siglo antes había sido
fácil hacer creer a su tío Honorio que Estilicón aspiraba al trono, así también
ahora Valentiniano III fue convencido fácilmente de que la misma acusación
contra Aecio era verdadera. Y, en cierto sentido, Aecio provocó su destino por
su arrogancia y el engreimiento con que ignoraba las precauciones.
En septiembre de 454 se presentó solo ante Valentiniano,
que visitaba Roma en ese momento. Aecio trataba de hacer los arreglos finales
para el matrimonio de su hijo con la hija de Valentiniano que, por supuesto,
era el elemento más sospechoso de la situación en lo concerniente al Emperador.
Extrayendo repentinamente su espada, Valentiniano la clavó en Aecio, y ésta fue
la señal para que los funcionarios de la corte rodeasen al general y lo
acuchillasen.
Este acto no salvó a Valentiniano. No sólo fue impopular
en toda Italia -que confiaba en Aecio como escudo contra los bárbaros-, sino
que, para el Emperador, fue una forma de suicidio. Medio año más tarde, en
marzo de 455 (1208 A. U. C.), dos hombres que antaño habían servido en la
guardia personal de Aecio, hallaron finalmente la oportunidad y apuñalaron a
Valentiniano hasta la muerte.
Valentiniano fue el último gobernante masculino
descendiente directo de Valentiniano I. Este linaje duró, con creciente
debilidad, casi un siglo. El último gobernante de este linaje en el Este fue
Pulqueria, esposa del emperador Marciano y prima hermana de Valentiniano. Ella
murió en 453 y Marciano en 457.
El vándalo Genserico
Ambas mitades del Imperio tenían ahora que elegir nuevos
gobernantes.
En Constantinopla, el hombre más poderoso era Aspar, un
germano que era jefe de las tropas bárbaras que custodiaban la capital. Podía
haberse proclamado emperador, pero era arriano y sabía que, como gobernante,
tendría que enfrentarse con la constante e infatigable oposición de los monjes
y del pueblo. No valía la pena, evidentemente. Era más fácil poner a algún
católico anodino en el trono y gobernar mediante él. La elección de Aspar
recayó en León de Tracia (por la provincia en que había nacido), un anciano y
respetado general.
El ascenso al trono de León puso de relieve otro cambio
importante. Antaño había sido el Senado el que oficialmente nombraba un
emperador, luego fue el ejército y ahora era la Iglesia. El patriarca de
Constantinopla colocó la diadema de púrpura sobre la cabeza de León I, y la
coronación del jefe del Estado por el jefe de la Iglesia ha sido habitual desde
entonces.
Como Marciano antes que él, León actuó mejor de lo
esperado. Entre otras cosas, no fue el títere de Aspar. En verdad, León se
dispuso cuidadosamente a socavar la posición de Aspar, y una manera de hacerlo
era cambiar el cuerpo de guardia imperial de germanos por otro de isaurios,
miembros de ciertas tribus de Asia Menor oriental. Tal substitución hizo que
León no temiera ser asesinado cuando se enfrentase con Aspar. Además, le
proporcionó un grupo confiable de hombres al cual oponer contra los germanos de
Aspar, en caso de una disputa violenta. Además, consolidó su situación dando en
matrimonio a su hija al general de las tropas isaurias (quien adoptó el nombre
griego de Zenón).
Este fue un proceso de importancia decisiva y marcó una
diferencia esencial en el desarrollo de las historias de los Imperios Oriental
y Occidental. El Oeste, desde la muerte de Teodosio I, más de medio siglo
antes, había caído cada vez más en las manos de tropas y generales germanos,
hasta que no quedó ningún romano que se resistiese a la completa germanización
del Imperio. Pero en el Este hubo una efectiva resistencia contra los germanos.
Después del asesinato de Rufino (véase página), los sucesivos germanos
hacedores de reyes vieron reducirse cada vez más sus poderes, hasta que, bajo
León I, los reclutamientos se hicieron entre los isaurios y otros pueblos del
Imperio. Estos formaron un ejército nativo que pudo rechazar a los enemigos
externos, mantener intactas las fronteras del Imperio Oriental y preservar su
continuidad cultural durante mil años.
En el Oeste, un patricio romano, Petronio Máximo, fue
elevado al trono después de la muerte de Valentiniano III. Para arrojar un
brillo de legitimidad a la situación, Petronio obligó a Eudoxia, la viuda de
Valentiniano, a casarse con él. Se dice que Eudoxia concibió un gran
resentimiento por esto, en parte porque no le atraía mucho el anciano Petronio
como persona y en parte porque sospechaba que éste había planeado el asesinato
de su difunto esposo. Por ello, buscó ayuda para escapar de la situación.
Por entonces, el hombre más poderoso de Occidente era el
vándalo Genserico. Estaba en los sesenta y tantos años, y él y sus vándalos
gobernaban la provincia africana desde hacía un cuarto de siglo, pero su vigor
no había disminuido en nada. Los otros bárbaros poderosos de la época -el
visigodo Teodorico y el huno Atila- habían muerto, pero Genserico seguía vivo.
Más aún, fue el único de los bárbaros del siglo V que
construyó una flota. Su dominación sobre la tierra firme africana no fue tan
extensa como había sido la romana, pues las tribus nativas del norte de África
nuevamente dominaban Mauritania y partes de Numidia, pero con su flota
Genserico podía compensar esto en otras partes.
Dominaba Córcega, Cerdeña, las islas Baleares y hasta la
punta occidental de Sicilia. Hacía incursiones, casi a su capricho, por la
línea costera septentrional, en el Este y en el Oeste. Bajo Genserico, parecía
haber renacido el antiguo imperio marítimo de Cartago, y Roma se enfrentaba
ahora con él como antaño se había enfrentado con Cartago siete siglos antes.
Pero Roma no era ya la Roma de siete siglos antes. Ahora
carecía de capacidad de resistencia, y Eudoxia, la Emperatriz, invitó a
Genserico a ir a Roma, dándole seguridades de su debilidad y garantizándole el
éxito, totalmente dispuesta a lograr su rescate personal a costa del
sufrimiento general.
Genserico no necesitaba que le repitiesen la invitación.
En junio de 455 (1208 A. U. C.), los barcos de Genserico llegaron a la
desembocadura del Tíber. El emperador Petronio trató de huir, pero fue muerto
por una muchedumbre presa del pánico que esperaba de este modo apaciguar al
enemigo, y los vándalos entraron en la ciudad sin hallar oposición. Cuarenta y
cinco años después de la entrada de Alarico en Roma, la ciudad del Tíber fue
saqueada por segunda vez. La situación era particularmente curiosa, pues los
invasores venían de Cartago. Hasta podemos imaginar al implacable espectro de
Aníbal acuciándolos.
El papa León trató de usar su influencia con Genserico,
como había hecho con Atila, pero la situación era diferente. Atila era un
pagano que podía quedar impresionado por la aureola general de lo sobrenatural.
Genserico era un arriano para quien el obispo católico no significaba nada.
Con todo, Genserico era un hombre eficiente. Había acudido
en busca de botín y nada más. Durante dos semanas, de manera sistemática y casi
científica se apoderó de todo lo que podía haber de valor para llevárselo a
Cartago. No hubo ninguna destrucción inútil ni ninguna carnicería sádica. Roma
se empobreció, pero, como después del saqueo de Alarico, quedó intacta. Por
ello, es paradójico que la amarga denuncia romana de los robos de los vándalos
haya hecho que hoy el término «vándalo» sea sinónimo de alguien que destruye
insensatamente; esto fue precisamente lo que los vándalos no hicieron en esta
ocasión.
Entre otras cosas, Genserico se apoderó de los vasos
sagrados que Tito había llevado a Roma del destruido Templo de Jerusalén casi
cuatro siglos antes. También ellos fueron llevados a Cartago.
En cuanto a Eudoxia, recibió el trato que debía haber
esperado. Lejos de rescatarla y restaurarle su dignidad, el frío y poco
sentimental Genserico la despojó de sus joyas y ordenó que ella y sus dos
hermanas fuesen llevadas a Cartago como prisioneras.
El saco de Roma fue motivo de melancólicas reflexiones por
parte de algunos historiadores de la época, particularmente Sidonio Apolinar
(Gaius Sollius Apollinaris Sidonius), galo nacido en 430, que vivió durante las
etapas finales del Imperio Romano de Occidente.
Sidonio llamó la atención sobre la manera en que, según la
leyenda, había sido fundada Roma[6]. Rómulo y Remo esperaron en la mañana un
prodigio. Remo vio seis águilas (o buitres) y Rómulo doce. Prevaleció Rómulo y
fue él quien fundó Roma.
A lo largo de toda la historia romana, subsistió una
superstición según la cual cada águila representaba un siglo. Si Remo hubiese
construido la ciudad, habría durado seis siglos -según esa superstición-, hasta
153 a. C. (600 A. U. C.). Esa fue la época en la cual Cartago había sido
finalmente destruida por los romanos victoriosos. ¿Podía haber sucedido que una
Roma fundada por Remo hubiese sido derrotada por Aníbal después de la batalla
de Cannas, para subsistir otro medio siglo, hasta su destrucción final a manos
de los cartagineses?
Como Rómulo fundó la ciudad, ésta duró doce siglos, uno
por cada águila. Los doce siglos terminaban en 447 (1200 A. U. C), y fue poco
después cuando llegó Genserico, y llegó de Cartago, como si Roma, tarde o
temprano, no pudiese eludir su destino. «Ahora, Roma, ya conoces tu destino»,
escribió Sidonio Apolinar.
El suevo Ricimero
Lo que quedó del ámbito romano en Occidente, fue disputado
una vez más por dos generales que habían combatido bajo Aecio. Uno de ellos era
Avito (Marcus Maecilius Avitus), quien descendía de una antigua familia gala.
El otro era Ricimero, hijo de un cacique suevo.
Avito llevó adelante la política de Aecio en su Galia
natal, tratando de usar a los bárbaros para salvar todo lo posible de la
tradición romana. Formó una alianza con el rey visigodo Teodorico II, quien
aprovechó la paz en la Galia para concentrar su atención en España. Allí, en
456, empezó a extender sus posesiones a expensas de los suevos. Con el tiempo,
prácticamente toda España fue visigoda. Desde Bretaña a Gibraltar, los
visigodos dominaban en todas partes, pero en las montañas del norte de España algunos
suevos y los vascos nativos mantuvieron una precaria independencia.
Mientras tanto, las noticias de que Genserico había
saqueado Roma y de que el trono imperial se hallaba vacante tentaron a Avito.
Tenía el respaldo del poderoso Teodorico y obtuvo el consentimiento del
Emperador de Oriente, Marciano. Durante breve tiempo, en 456, Avito fue
emperador de Occidente.
Pero en oposición a él se hallaba Ricimero. Puesto que era
de origen suevo, no cabía esperar que apoyase al hombre cuya alianza con los
visigodos había conducido a la práctica extinción de los suevos en España.
Y la oposición de Ricimero no era de tomar a la ligera. En
456, expulsó de Córcega a una flota vándala, y todo el que por entonces pudiese
brindar el espectáculo de una victoria romana sobre los odiados vándalos se
convertía en el favorito de Roma. Cuando Ricimero ordenó que Avito abandonase
el trono, éste tuvo que obedecer.
En lo sucesivo, durante dieciséis años Ricimero fue el
verdadero gobernante de Roma, designando una serie de emperadores nominales a
través de los cuales gobernó.
El primero al que colocó en el trono fue Majoriano (Julius
Valerios Majorianus), quien también habría luchado bajo Aecio. La primera tarea
era la guerra con los vándalos. Un contingente de vándalos que saqueaba la
costa de Italia al sudeste de Roma fue sorprendido y atacado por tropas
imperiales, que rechazaron a los vándalos a sus barcos haciendo gran mortandad
entre ellos.
Estimulado por este triunfo, Majoriano preparó una
poderosa flota para invadir África. Para esto, necesitaba la ayuda del rey
visigodo, Teodorico. Al principio, Teodorico II, recordando el destino de su
viejo aliado Avito, no se mostró dispuesto a brindar su ayuda. Cuando los
visigodos perdieron una batalla en la Galia ante las tropas imperiales,
Teodorico juzgó que era mejor unirse a la causa común contra los vándalos, como
ocho años antes su padre se había unido a la causa común contra los hunos. La flota
romano-goda se reunió en Cartagena, en España.
Pero Genserico estaba en guardia. En un ataque repentino,
su flota sorprendió a la flota imperial aún no preparada y la destruyó, en 460.
El desconcertado Majoriano se vio obligado a hacer la paz y volver sin gloria a
Roma, donde Ricimero, juzgando que ya no era útil, lo obligó a dimitir en 461
(1214 A. U. C.). Cinco días más tarde fue muerto, quizás envenenado.
Los intentos de Ricimero de nombrar otros emperadores
fueron obstaculizados por el hecho de que León I, el Emperador de Oriente, negó
su necesario consentimiento. La fuerza creciente de León I le hizo pensar en la
posibilidad de unir todo el Imperio bajo su mando, como antaño había estado
unido bajo Teodosio I, casi un siglo antes.
Para empezar, León necesitaba que en el trono occidental
hubiese alguien a quien pudiese considerar como su títere seguro. Después de
muchas negociaciones con Ricimero, llegaron a un acuerdo y éste aceptó al
candidato de León, Antemio, quien era yerno del emperador Marciano, predecesor
de León en el trono de Constantinopla. Antemio se convirtió en el Emperador de
Occidente en 467 (1220 A. U. C.) y su posición quedó fortalecida cuando
Ricimero, el verdadero gobernante de Roma, se casó con la hija de Antemio.
El paso siguiente de León fue enviar su flota contra los
vándalos, para realizar la tarea que Majoriano había sido incapaz de llevar a
cabo. Con la gloria que le brindaría una victoria y con la anexión de África
conquistada para su trono, parecía no haber límites a lo que pudiera realizar
en el futuro. Se preparó una enorme flota de más de 1.100 barcos, tripulada,
según relatos de la época, por 100.000 hombres.
Cerdeña fue arrancada a los vándalos con esa flota, y un
ejército desembarcó en África. Durante un tiempo, las cosas se presentaron mal
para el anciano Genserico, que entonces se hallaba en sus setenta y tantos
años. Pero Genserico, al observar que la flota imperial estaba negligentemente
custodiada y apiñada en el puerto por el mismo exceso de su número, pensó que
ofrecía un blanco tentador.
Durante la noche, Genserico envió barcos en llamas que
fueron a la deriva contra la enorme flota, la cual pronto quedó reducida a
ruinas. Las tropas imperiales se vieron obligadas a huir como pudieron y toda
la expedición terminó en un grotesco fracaso.
Sin embargo, León logró sacar algún provecho de esta
situación. Logró culpar del fracaso a su general Aspar y lo hizo ejecutar en
471. Esto puso fin a la influencia germana en el Imperio Oriental.
En el Oeste, Ricimero trató de salvar la situación
acusando a Antemio y deponiéndolo en 472 (1225 A. U. C.). Luego eligió un
títere propio, pues León ya no estaba en condiciones de ejercer influencia
alguna en Occidente. El títere fue Anicio Olibrio, quien se había casado con
Placidia, la hermana de Valentiniano III, lo que le permitió obtener algo de la
aureola del gran Teodosio I. Pero Olibrio y Ricimero murieron ese mismo año.
El camino quedaba despejado para que León I intentase
elegir un títere suyo, y en 473 eligió a Julio Nepote (pariente de León por
matrimonio) como Emperador de Occidente.
Pero León murió en 474. Su nieto, que también era hijo del
general de su cuerpo de guardia isaurio, le sucedió con el nombre de León II,
reinó unos pocos meses y murió. El general isaurio Zenón, padre de León II se
convirtió entonces en el Emperador de Oriente.
A la muerte de León I, el Imperio Romano de Oriente estaba
aún completamente intacto. Sus fronteras seguían siendo prácticamente las
mismas que a la muerte de Teodosio I, ochenta años antes o, también, que en la
época de Adriano, tres siglos y medio antes.
No ocurría lo mismo con el Imperio Romano en Occidente. En
466, Teodorico II, del Reino Visigodo, había sido muerto por su hermano Eurico,
bajo el cual el Reino llegó a la cúspide de su poder. Eurico hizo publicar
codificaciones del derecho romano, adaptándolo a las tradiciones godas, para
que su gobierno no fuera un mero bandolerismo bárbaro. En verdad, bajo el
régimen asentado de los godos, quizás el campesinado estuvo mejor que bajo el
débil gobierno de los romanos antes de la llegada de los visigodos. Los nativos
vivían bajo sus propias leyes, y sus derechos eran respetados. Los godos se
apoderaron de dos tercios de las tierras, el ganado y los esclavos, y, desde
luego, los terratenientes romanos despojados sufrieron. También, el populacho
se resentía del cristianismo arriano de sus amos godos. Con todo, la vida
cotidiana no mostró ningún repentino descenso a una edad oscura.
El tercio sudoriental de la Galia quedó bajo el firme
dominio de los burgundios en expansión, cuya frontera ahora lindaba con la de
los visigodos. Y en el sudeste de Britania los anglosajones se establecieron
firmemente.
En el norte de la Galia, una parte de la población nativa
conservó su independencia. Formó el Reino de Soissons, centrado en esta ciudad,
situada a unos cien kilómetros al noreste de París. Fue gobernado por Siagrio,
el último gobernante de una parte considerable de la Galia que cabe considerar
romano, aunque se había revelado contra Roma y mantenido su independencia de la
corte imperial.
En África aún gobernaba Genserico. Murió en 477, época en
que había llegado a la avanzada edad de ochenta y siete años. Había gobernado
África durante casi medio siglo y siempre había sido victorioso. De todos los
bárbaros que provocaron la ruina del Imperio Romano en el siglo V, él fue el
más capaz y el de mayor éxito.
Prácticamente, todo lo que le quedaba a la corte imperial
de Ravena era la misma Italia e Iliria.
El Hérulo Odoacro
Después de la muerte de Ricimero, los fragmentos restantes
de los dominios del Oeste cayeron bajo el poder de otro general, Orestes.
Obligó a abdicar a Julio Nepote y puso a su propio hijo, Rómulo Augusto, en el
trono, en 475.
El nombre de Rómulo Augusto parecía un augurio favorable,
pues Rómulo había sido el fundador de Roma y Augusto el fundador del Imperio.
Sin embargo, no fue un buen augurio. Rómulo sólo tenía catorce años cuando
llegó al trono, por lo que su nombre fue deformado, convirtiéndolo en su
diminutivo: Rómulo Augústulo («Rómulo, el pequeño Emperador»), que es como se
lo conoce comúnmente en la historia.
Rómulo iba a ser emperador por menos de un año, pues
inmediatamente surgieron problemas con los mercenarios bárbaros que servían a
la causa imperial en Italia. Les irritaba la idea de que en otras provincias,
como en Galia, España y África, sus parientes germanos gobernaban en lugar de
servir. Por ello, exigieron la cesión de un tercio de las tierras de Italia.
Orestes, quien era el poder real detrás de su hijo, se
negó a aceptarlo. Los mercenarios se agruparon bajo un jefe llamado Odoacro (un
hérulo, es decir, un miembro de una de las tribus germánicas menos famosas) y
decidieron apoderarse de todo, ya que no se había querido darles una parte.
Orestes se vio obligado a retirarse a Ticino (la moderna Pavía), en el norte de
Italia. La ciudad fue tomada y Orestes ejecutado.
El 4 de septiembre de 476, Rómulo Augústulo fue obligado a
abdicar y desapareció de la historia. Odoacro no se molestó en elegir otro
títere. En verdad, hacía siglos que ningún emperador gobernaba realmente con
capital en el Oeste, y cuando apareció otro (el famoso Carlomagno), iba a
gobernar sobre un ámbito que nada tenía en común, excepto el nombre, con el
Imperio Romano de Augusto y Trajano.
Por esta razón, el 476 (1229 A. U. C.) es habitualmente
considerado como la fecha de «la caída del Imperio Romano».
Pero la fecha es engañosa. Nadie en ese período
consideraba que el Imperio Romano había «caído». En verdad, existía aún y era
la mayor potencia de Europa. Su capital estaba en Constantinopla y su emperador
era Zenón. Sólo porque nosotros descendemos culturalmente del Oeste romano,
tendemos a ignorar la existencia continua del Imperio Romano en el Este.
En el pensamiento de la época, era cierto que algunas de
las provincias occidentales del Imperio estaban ocupadas por germanos, pero
esas provincias aún formaban parte del Imperio -al menos en teoría- y a menudo
los reyes germanos gobernaban como funcionarios romanos de uno u otro género.
Los reyes bárbaros, quienes aceptaban el concepto casi místico de un imperio
indestructible, valoraban como un gran honor que se les otorgara el título de
«patricio» o el de «cónsul».
El mismo Zenón nunca reconoció a Rómulo Augústulo como
emperador de Occidente. El Emperador Oriental consideraba al muchacho un
usurpador y a Julio Nepote como a su único colega legal. Después de su
deposición, Julio Nepote había huido de Roma y vivía en Iliria, donde se
mantuvo como Emperador Romano de Occidente y fue reconocido como tal por Zenón.
El Imperio Occidental subsistió en un sentido legal hasta
480 (1233 A. U. C), cuando Julio Nepote fue asesinado. Sólo entonces no hubo
emperador en el Oeste, para la corte de Constantinopla.
En lo sucesivo, en teoría el Imperio quedó unificado, como
lo había estado en los días de Constantino I y Teodosio I. Zenón se convirtió
en único emperador. Otorgó el rango de Patricio a Odoacro, quien gobernó Italia
(en teoría) como delegado de Zenón. Odoacro envió la insignia imperial a
Constantinopla, reconociendo así a Zenón como emperador. Nunca fue llamado rey
de Italia, sino sólo rey de las tribus germánicas, que ahora empezaron a
apropiarse de las tierras de la península.
Después del asesinato de Julio Nepote, Odoacro invadió
Iliria con el pretexto de vengar su muerte. Lo hizo, sin duda, ejecutando a uno
de los asesinos. Pero también anexó Iliria a sus posesiones, lo cual lo hizo
incómodamente poderoso e incómodamente cercano, desde el punto de vista de
Zenón.
Zenón empezó a mirar alrededor en busca de algún método
para neutralizar al peligroso Odoacro.
El ostrogodo Teodorico
Sus ojos se dirigieron a los ostrogodos.
Los ostrogodos habían caído bajo la férula de los hunos un
siglo antes, cuando los visigodos, que estaban más al Oeste, lograron evitar el
mismo destino entrando en el Imperio Romano como refugiados. Los ostrogodos
permanecieron sometidos por ochenta años, y lucharon al lado de los hunos en la
batalla de los Campos Cataláunicos.
Después de la muerte de Atila y el derrumbe del imperio
huno, los ostrogodos se liberaron nuevamente. Hicieron periódicamente
incursiones por el Imperio Occidental y se establecieron al sur del Danubio,
donde fueron un constante perjuicio y amenaza para Constantinopla. En 474, los
ostrogodos se encontraban bajo el mando de un líder capaz, Teodorico.
Zenón pensó que podía matar dos pájaros de un tiro. Nombró
delegado al ostrogodo Teodorico y lo envió contra el hérulo Odoacro. De este
modo, para empezar, pudo librarse de los ostrogodos. Y la lucha entre los dos
germanos, pensó, debilitaría a ambos.
En 488 (1241 A. U. C.), Teodorico partió al Oeste con la
bendición complacida de Zenón. Bordeó el norte del mar Adriático y penetró en
Italia, donde derrotó a Odoacro en dos batallas distintas. En 489, Odoacro
estaba sitiado en Ravena.
Teodorico llevó adelante el asedio paciente e
incansablemente, y en 493 (1246 A. U. C.) Ravena se vio obligada a capitular. Teodorico,
violando las condiciones de la rendición, mató a Odoacro por su propia mano.
Luego Teodorico gobernó como monarca indiscutido sobre
Italia, Iliria y las regiones situadas al norte y al oeste de Italia. Su
posición fue reconocida por Anastasio, el nuevo emperador, quien había subido
al trono a la muerte de Zenón, en 491.
Teodorico fue rey durante toda una generación, y su
gobierno fue tan capaz, justo y benigno, y su reinado tan próspero, que a veces
se lo llamó «Teodorico el Grande».
En verdad, el primer cuarto del siglo VI fue un período
excepcional para Italia. Comparado con el siglo de pesadilla que había empezado
con la invasión de Alarico, Italia, bajo Teodorico, parecía el cielo. De hecho,
no había sido tan bien gobernada desde la época de Marco Aurelio, tres siglos
antes.
Teodorico fue un guardián consciente de la herencia
romana. Aunque sus godos se adueñaron de gran parte de las que habían sido
tierras del Estado en Italia, lo hicieron con un mínimo de injusticia para los
terratenientes privados. La población romana no fue oprimida y los romanos
pudieron alcanzar altos puestos bajo los godos, como los germanos habían
alcanzado altos cargos bajo los romanos. La corrupción entre los funcionarios
fue reducida al mínimo, los impuestos disminuyeron, los puertos fueron dragados
y las ciénagas desecadas. La agricultura prosperó en esta época de profunda
paz. La ciudad de Roma vivió en calma, sin saqueos como los dos del siglo V, y
el Senado romano fue respetado. Aunque Teodorico era arriano, tuvo tolerancia
para con sus súbditos católicos. (En los dominios de los vándalos y los
visigodos arrianos, en cambio, los católicos sufrieron períodos de
persecución.)
Hasta parecía que la cultura romana podía alcanzar un
nuevo brillo. Casiodoro (Flavius Magnus Aurelius Cassiodorus Senator) nació en
el 490 y llegó a la patriarcal edad de noventa y cinco años. Fue tesorero de
Teodorico y sus sucesores. Dedicó su vida al saber y fundó dos monasterios para
reunir y copiar libros famosos de toda clase. El mismo escribió voluminosos
tratados en los campos de la historia, la teología y la gramática. También
escribió una historia de los godos, que indudablemente sería valiosísima si la
tuviéramos, pero se ha perdido.
Boecio (Anicius Manlius Severinus Boethius), nacido en
480, fue el último de los filósofos antiguos. Fue cónsul en 510, y sus dos
hijos también fueron cónsules juntos en 522. El sentimiento de que Roma era aún
lo que había sido antaño surgió con tanta fuerza que Boecio pensó haber llegado
a la cumbre de la felicidad al ver a sus hijos lograr un título eminente que,
en verdad, carecía de toda significación, excepto por el honor que confería o
parecía conferir. (Desgraciadamente, Boecio fue enviado a prisión en sus
últimos años por un Teodorico que estaba envejeciendo, era cada vez más
receloso y temía que el filósofo estuviera intrigando con el Emperador
Oriental. Finalmente, fue ejecutado.)
Presuntamente, Boecio era cristiano, pero esto no aparece
claramente en sus obras filosóficas, que conservan un resabio del estoicismo de
los grandes días del Imperio pagano.
Tradujo algunas obras de Aristóteles al latín y escribió
comentarios sobre Cicerón, Euclides y otros autores antiguos. Estas obras, pero
no los originales, sobrevivieron en la primera mitad de la Edad Media, por lo
que Boecio fue el último rayo de luz que iluminó la posterior oscuridad.
En verdad, en esos primeros años del siglo VI parecía
posible esperar que Roma absorbiera el efecto de las invasiones bárbaras y que
germanos y romanos se fusionasen para formar un Imperio rejuvenecido, más
fuerte aún que antes.
Por desgracia, los líderes germanos eran arrianos, y
aunque germanos y romanos pudieran mezclarse, no ocurría lo mismo entre
arrianos y católicos.
Lamentablemente, también, la afluencia de tribus
germánicas no había terminado y no se iba a seguir manteniendo la situación tal
como era durante los primeros tiempos del reinado de Teodorico.
En la Galia del Noreste, los francos, quienes por siglo y
medio habían permanecido razonablemente calmos, cayeron ahora bajo el mando de
un dinámico jefe llamado Clodoveo. En 481, cuando llegó al poder, Clodoveo sólo
tenía quince años. Cinco años después, empero, tras haber consolidado su poder
sobre su pueblo, tuvo edad suficiente para iniciar un programa de expansión.
El primer blanco de Clodoveo fue Siagrio, el gobernante de
Soissons. Siagrio fue atacado, derrotado y muerto en 486 (1239 A. U. C), y así
desapareció el último trozo de territorio de lo que había sido antaño el
Imperio Romano de Occidente que aún estaba gobernado por pueblos nativos del
Imperio.
Una larga era llegó a su fin. Habían pasado mil doscientos
treinta y nueve años desde que se fundase a orillas del Tíber una pequeña aldea
llamada Roma. Había llegado a ser la mayor nación del mundo antiguo, había
creado un Imperio que brindó paz a cien millones de personas y un sistema de
leyes a las generaciones siguientes. Había adoptado una religión oriental, le
había insuflado el espíritu romano y legado a la posteridad. Pero ahora, en
1239 A. U. C., no gobernaba nadie en el Oeste que pudiese considerarse como un
verdadero y directo descendiente de la tradición romana.
Sin duda, la mitad oriental del Imperio estaba aún
intacta, y aún iba a tener grandes emperadores, pero el Imperio Oriental se
estaba alejando del horizonte del Oeste en desarrollo. Desempeñaría un pequeño
papel en el desarrollo de una nueva civilización que iba a surgir en lugar del
Imperio Romano.
Al desaparecer la última porción del Imperio Occidental,
Europa dio un viraje decisivo. ¿Quién iba a construir la nueva civilización
sobre las ruinas de la antigua? Los francos y los godos estaban en el
escenario. Otros, aún desconocidos, iban a seguirlos: lombardos, hombres del
Norte y árabes. Hasta el Imperio Oriental iba a intentar una vuelta al pasado.
Pero los verdaderos herederos de Roma en Occidente iban a
ser los francos. La victoria de Clodoveo en Soissons fue el primer susurro de
un nuevo Imperio Franco futuro y una nueva cultura franca -centrada en París, y
no en Roma- que iba a conducir a la Alta Edad Media y, más tarde, a nuestro
mundo actual.
CRONOLOGÍA
NOTA.-a. C. representa el número de años antes del
nacimiento de Cristo. A. U. C. representa el número de años posteriores a la
fundación de Roma. Los años de nacimiento comúnmente son dudosos.
[1] Alianza Editorial, El Libro de Bolsillo, núm. 822.
[2] Los romanos contaban los años desde esa fecha, a la
que aludían como al 1 A. U. C., o «Ab Urbe Condita» («desde la fundación de la
ciudad»). A lo largo de todo este libro, daré las fechas importantes tanto en
el sistema nuestro como en el sistema romano.
[3] Las fechas posteriores al año tradicional del
nacimiento de Jesús pueden indicarse con las iniciales d. C., que representan a
«después de Cristo». Pero en este libro omitiremos tales iniciales. Hablaremos
del 18 a. C., pero en vez de 18 d. C., escribiremos sencillamente 18.
[4] Tal declinación es explicada a menudo por el lujo
egoísta de las clases superiores o por la gradual apatía que se apoderó de las
clases inferiores. Recientemente se han propuesto teorías según las cuáles la
declinación empezó después de que las grandes ciudades del Imperio se
enriquecieran y se hiciesen suficientemente complejas como para establecer
suministros centrales de agua transportada por tuberías de plomo. Se especula
con que esto sometió lentamente a muchos romanos a un crónico envenenamiento con
plomo y contribuyó a disminuir la fertilidad.
[5] Parece ser una regla casi invariable que, a medida que
el poder real decae, los símbolos del poder se multiplican e intensifican, en
compensación.
[6] Véase mi libro The Roman Republic, Houghton Mifflin,
1966. (Versión española en el Libro de Bolsillo, Alianza Editorial, número 822:
La República Romana, trad. de Néstor A. Mínguez.)

