Libro N° 4081. El Hombre Bicentenario Y Otras Historias. Asimov, Isaac.
© Libro N° 4081. El Hombre Bicentenario Y Otras
Historias. Asimov, Isaac. Colección E.O. Agosto
19 de 2017.
Título
original: © The Bicentennial Man
Versión Original: © El Hombre Bicentenario Y
Otras Historias. Isaac Asimov
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Miranda
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EL HOMBRE BICENTENARIO Y OTRAS HISTORIAS
Isaac Asimov
El hombre bicentenario
Las Tres Leyes de la robótica:
1. — Un robot no debe causar daño a un ser humano ni, por
inacción, permitir que un ser humano sufra ningún daño.
2. — Un robot debe obedecer las órdenes impartidas por los
seres humanos, excepto cuando dichas órdenes estén reñidas con la Primera Ley.
3. — Un robot debe proteger su propia existencia, mientras
dicha protección no esté reñida ni con la Primera ni con la Segunda Ley.
— o O o —
—Gracias —dijo Andrew Martin, aceptando el asiento que le
ofrecían. Su semblante no delataba a una persona acorralada, pero eso era.
En realidad su semblante no delataba nada, pues no dejaba
ver otra expresión que la tristeza de los ojos. Tenía el cabello lacio, castaño
claro y fino, y no había vello en su rostro. Parecía recién afeitado. Vestía
anticuadas, pero pulcras ropas de color rojo aterciopelado.
Al otro lado del escritorio estaba el cirujano, y la placa
del escrito incluía una serie indentificatoria de letras y números, pero Andrew
no se molestó en leerla. Bastaría con llamarle «doctor».
—¿Cuándo se puede realizar la operación doctor? —preguntó.
El cirujano murmuró, con esa inalienable nota de respeto
que un robot siempre usaba ante un ser humano:
—No estoy seguro de entender cómo o en quién debe
realizarse esa operación, señor.
El rostro del cirujano habría revelado cierta respetuosa
intransigencia si tal expresión —o cualquier otra— hubiera sido posible en el
acero inoxidable con un ligero tono de bronce.
Andrew Martin estudió la mano derecha del robot, la mano
quirúrgica, que descansaba en el escritorio. Los largos dedos estaban
artísticamente modelados en curvas metálicas tan gráciles y apropiadas que era
fácil imaginarlas empuñando un escalpelo que momentáneamente se transformaría
en parte de los propios dedos.
En su trabajo no habría vacilaciones, tropiezos, temblores
ni errores. Eso iba unido a la especialización tan deseada por la humanidad que
pocos robots poseían ya un cerebro independiente. Claro que un cirujano
necesita cerebro, pero éste estaba tan limitado en su capacidad que no
reconocía a Andrew. Tal vez nunca le hubiera oído nombrar.
—¿Alguna vez ha pensado que le gustaría ser un hombre? —le
preguntó Andrew.
El cirujano dudó un momento, como si la pregunta no
encajara en sus sendas positrónicas.
—Pero yo soy un robot, señor.
—¿No sería preferible ser un hombre?
—Sería preferible ser mejor cirujano. No podría serlo si
fuera hombre, sólo si fuese un robot más avanzado. Me gustaría ser un robot más
avanzado.
—¿No le ofende que yo pueda darle órdenes, que yo pueda
hacerle poner de pie, sentarse, moverse a derecha e izquierda, con sólo
decirlo?
—Es mi placer agradarle. Si sus órdenes interfiriesen en
mi funcionamiento respecto de usted o de cualquier otro ser humano, no le
obedecería. La primera Ley, concerniente a mi deber para con la seguridad
humana, tendría prioridad sobre la Segunda Ley, la referente a la obediencia.
De no ser así, la obediencia es un placer para mí… Pero ¿a quién debo operar?
—A mí.
—Imposible. Es una operación evidentemente dañina.
—Eso no importa —dijo Andrew con calma.
—No debo infligir daño —objetó el cirujano.
—A un ser humano no, pero yo también soy un robot.
Andrew tenía mucha más experiencia de robot cuando
acabaron de manufacturarlo. Era como cualquier otro robot, con diseño elegante
y funcional.
Le fue bien en el hogar adonde lo llevaron, en aquellos
días en que los robots eran una rareza en las casas y en el planeta.
Había cuatro personas en la casa: el «señor», la «señora»,
la «señorita» y la «niña». Conocía los nombres, pero nunca los usaba. El Señor
se llamaba Gerald Martin.
Su número de serie era NDR… No se acordaba de las cifras.
Había pasado mucho tiempo, pero si hubiera querido recordarlas habría podido
hacerlo. Sólo que no quería.
La Niña fue la primera en llamarlo Andrew, porque no era
capaz de pronunciar las letras, y todos hicieron lo mismo que ella.
La Niña… Llegó a vivir noventa años y había fallecido
tiempo atrás. En cierta ocasión, él quiso llamarla Señora, pero ella no se lo
permitió. Fue Niña hasta el día de su muerte.
Andrew estaba destinado a realizar tareas de ayuda de
cámara, de mayordomo y de criado. Eran días experimentales para él y para todos
los robots en todas partes, excepto en las factorías y las estaciones
industriales y exploratorias que se hallaban fuera de la Tierra.
Los Martin le tenían afecto y muchas veces le impedían
realizar su trabajo porque la Señorita y la Niña preferían jugar con él.
Fue la Señorita la primera en darse cuenta de cómo se
podía solucionar aquello.
—Te ordenamos que juegues con nosotras y debes obedecer
las órdenes —le dijo.
—Lo lamento, Señorita —contestó Andrew—, pero una orden
previa del Señor sin duda tiene prioridad.
—Papá sólo dijo que esperaba que tú te encargaras de la
limpieza —replicó ella—. Eso no es una orden. Yo sí te lo ordeno.
Al Señor no le importaba. El Señor sentía un gran cariño
por la Señorita y por la Niña, incluso más que la Señora, y Andrew también les
tenía cariño. Al menos, el efecto que ellas ejercían sobre sus actos eran
aquellos que en un ser humano se hubieran considerado los efectos del cariño.
Andrew lo consideraba cariño, pues no conocía otra palabra designarlo.
Talló para la Niña un pendiente de madera. Ella se lo
había ordenado. Al parecer, a la Señorita le habían regalado por su cumpleaños
un pendiente de marfilina con volutas, y la Niña sentía celos. Sólo tenía un
trozo de madera y se lo dio a Andrew con un cuchillo de cocina.
Andrew lo talló rápidamente.
—Qué bonito, Andrew —dijo la niña—. Se lo enseñaré a papá.
El Señor no podía creerlo.
—¿Dónde conseguiste esto Mandy? —Así llamaba el Señor a la
Niña. Cuando la Niña le aseguró que decía la verdad, el Señor se volvió hacia
Andrew—. ¿Lo has hecho tú, Andrew?
—Sí Señor.
—¿De dónde copiaste el diseño?
—Es una representación geométrica, Señor, que armoniza con
la fibra de la madera.
Al día siguiente, el Señor le llevó otro trozo de una
madera y un vibrocuchillo eléctrico.
—Talla algo con esto, Andrew. Lo que quieras.
Andrew obedeció y el Señor le observó; luego, examinó el
producto durante un largo rato. Después de eso, Andrew dejó de servir la mesa.
Le ordenaron que leyera libros sobre diseño de muebles, y aprendió a fabricar
gabinetes y escritorios.
El Señor le dijo:
—Son productos asombrosos, Andrew.
—Me complace hacerlos, Señor.
—¿Cómo que te complace?
—Los circuitos de mi cerebro funcionan con mayor fluidez.
He oído usar el término «complacer» y el modo en que usted lo usa concuerda con
mi modo de sentir. Me complace hacerlos, Señor.
Gerald Martin llevó a Andrew a la oficina regional de
Robots y Hombres Mecánicos de Estados Unidos. Como miembro de la Legislatura
Regional, no tuvo problemas para conseguir una entrevista con el jefe de
robopsicología. Más aún, sólo estaba calificado para poseer un robot por ser
miembro de la Legislatura. Los robots no eran algo habitual en aquellos días.
Andrew no comprendió nada al principio, pero en años
posteriores, ya con mayores conocimientos, evocaría esa escena y lo
comprendería.
El robopsicólogo, Merton Mansky, escuchó con el ceño cada
vez más fruncido y realizó un esfuerzo para no tamborilear en la mesa con los
dedos. Tenía tensos los rasgos y la frente arrugada y daba la impresión de ser
más joven de lo que aparentaba.
—La robótica no es un arte exacto, señor Martin —dijo—. No
puedo explicárselo detalladamente, pero la matemática que rige la configuración
de las sendas positrónicas es tan compleja que sólo permite soluciones
aproximadas. Naturalmente, como construimos todo en torno de las Tres Leyes,
éstas son incontrovertibles. Desde luego, reemplazaremos ese robot…
—En absoluto —protestó el Señor—. No se trata de un fallo.
Él cumple perfectamente con sus deberes. El punto es que también realiza
exquisitas tallas en madera y nunca repite los diseños. Produce obras de arte.
Mansky parecía confundido.
—Es extraño. Claro que actualmente estamos probando con
sendas generalizadas… ¿Cree usted que es realmente creativo?
—Véalo usted mismo.
Le entregó una pequeña esfera de madera, en la que había
una escena con niños tan pequeños que apenas se veían; pero las proporciones
eran perfectas y armonizaban de un modo natural con la fibra, como si también
ésta estuviera tallada.
—¿Él hizo esto? —exclamó Mansky. Se lo devolvió,
sacudiendo la cabeza—. Puramente fortuito. Algo que hay en sus sendas.
—¿Pueden repetirlo?
—Probablemente no. Nunca nos han informado de nada
semejante.
—¡Bien! No me molesta en absoluto que Andrew sea el único.
—Me temo que la empresa querrá recuperar ese robot para
estudiarlo.
—Olvídelo —replicó el Señor. Se volvió hacia Andrew—:
Vámonos a casa.
—Como usted desee, Señor —dijo Andrew.
La Señorita salía con jovencitos y no estaba mucho en
casa. Ahora era la Niña, que ya no era tan niña, quien llenaba el horizonte de
Andrew. Nunca olvidaba que la primera talla en madera de Andrew había sido para
ella. La llevaba en una cadena de plata que le pendía del cuello.
Fue ella la primera que se opuso a la costumbre del Señor
a regalar los productos.
—Vamos, papá. Si alguien los quiere, que pague por ellos.
Valen la pena.
—Tu no eres codiciosa, Mandy.
—No es por nosotros, papá. Es por el artista.
Andrew jamás había oído esa palabra y en cuanto tuvo un
momento a solas la buscó en el diccionario.
Poco después realizaron otro viaje; en esa ocasión para
visitar al abogado del Señor.
—¿Qué piensas de esto John? —le preguntó el Señor.
El abogado se llamaba John Feingold. Era canoso y
barrigón, y los bordes de sus lentes de contacto estaban teñidos de verde
brillante. Miró la pequeña placa que el Señor le había entregado.
—Es bella… Pero estoy al tanto. Es una talla de un robot,
ese que has traído contigo.
—Sí, es obra de Andrew. ¿Verdad, Andrew?
—Sí, Señor.
—¿Cuánto pagarías por esto John? —preguntó el Señor.
—No sé. No colecciono esos objetos.
—¿Creerías que me han ofrecido doscientos cincuenta
dólares por esta cosita? Andrew ha fabricado también sillas que he vendido por
quinientos dólares. Los productos de Andrew nos han permitido depositar
doscientos mil dólares en el banco.
—¡Cielos, te está haciendo rico, Gerald!
—Sólo a medias. La mitad está en una cuenta a nombre de
Andrew Martin.
—¿Del robot?
—Exacto, y quiero saber si es legal.
—¿Legal? —Feingold se reclinó en la silla, haciéndola
crujir—. No hay precedentes, Gerald. ¿Cómo firmó tu robot los papeles
necesarios?
—Sabe hacer la firma de su nombre y yo la llevé. No lo
llevé a él al banco en persona. ¿Es preciso hacer algo más?
—Mmm… —Feingold entrecerró los ojos durante unos
segundos—. Bueno, podemos crear un fondo fiduciario que maneje las finanzas en
su nombre, lo cual hará de capa aislante entre él y el mundo hostil. Aparte de
eso, mi consejo es que no hagas nada más. Hasta ahora nadie te ha detenido. Si
alguien se opone, déjale que se querelle.
—¿Y te harás cargo del caso si hay alguna querella?
—Por un anticipo, claro que sí.
—¿De cuánto?
Feingold señaló la placa de madera.
—Algo como esto.
—Me parece justo —dijo el Señor.
Feingold se rió entre dientes mientras se volvía hacia el
robot.
—¿Andrew, te gusta tener dinero?
—Sí, señor.
—¿Qué piensas hacer con él?
—Pagar cosas que de lo contrario tendría que pagar el
Señor. Esto le ahorrará gastos al Señor.
Hubo ocasiones para ello. Las reparaciones eran costosas y
las revisiones aún más. Con los años se produjeron nuevos modelos de robot, y
el Señor se preocupó de que Andrew contara con cada nuevo dispositivo, hasta
que fue un dechado de excelencia metálica. El propio robot se encargaba de los
gastos. Andrew insistía en ello.
Sólo sus sendas positrónicas permanecieron intactas. El
Señor insistía en ello.
—Los nuevos no son tan buenos como tú, Andrew. Los nuevos
robots no sirven. La empresa ha aprendido a hacer sendas más precisas, más
específicas, más particulares. Los nuevos robots no son versátiles. Hacen
aquello para lo cual están diseñados y jamás se desvían. Te prefiero a ti.
—Gracias, Señor.
—Y es obra tuya, Andrew, no lo olvides. Estoy seguro de
que Mansky puso fin a las sendas generalizadas en cuanto te echó un buen
vistazo. No le gustó que fueras tan imprevisible… ¿Sabes cuántas veces pidió
que te lleváramos para estudiarte? ¡Nueve veces! Pero nunca se lo permití, y
ahora que se ha retirado quizá nos dejen en paz.
El cabello del Señor disminuyó y encaneció, y el rostro se
le puso fofo, pero Andrew tenía mejor aspecto que cuando entró a formar parte
de la familia. La Señora se había unido a una colonia artística de Europa y la
Señorita era poeta en Nueva York. A veces escribían, pero no con frecuencia. La
Niña estaba casada y vivía a poca distancia. Decía que no quería abandonar a
Andrew y cuando nació su hijo, el Señorito, dejó que el robot cogiera el
biberón para alimentarlo.
Andrew comprendió que el Señor, con el nacimiento de ese
nieto, tenía ya alguien que reemplazara a quienes se habían ido. No sería tan
injusto presentarle su solicitud.
—Señor —le dijo—, ha sido usted muy amable al permitir que
yo gastara mi dinero según mis deseos.
—Era tu dinero, Andrew.
—Sólo por voluntad de usted, Señor. No creo que la ley le
hubiera impedido conservarlo.
—La ley no me va a persuadir de que me porte mal, Andrew.
—A pesar de todos los gastos y a pesar de los impuestos,
Señor, tengo casi seiscientos mil dólares.
—Lo sé, Andrew.
—Quiero dárselos, Señor.
—No los aceptaré, Andrew.
—A cambio de algo que usted puede darme, Señor.
—Ah, ¿Qué es eso, Andrew?
—Mi libertad, Señor.
—Tu…
—Quiero comprar mi libertad, Señor.
No fue tan fácil. El Señor se sonrojó, soltó un «¡Por amor
de Dios!», dio media vuelta y se alejó.
Fue la Niña quien logró convencerlo, en un tono duro y
desafiante, y delante de Andrew. Durante treinta años, nadie había dudado en
hablar en su presencia, tratárase de él o no. Era sólo un robot.
—Papá, ¿por qué te lo tomas como una afrenta personal? Él
seguirá aquí. Continuará siéndote leal. No puede evitarlo. Lo tiene
incorporado. Lo único que quiere es formalismo verbal. Quiere que lo llamen
libre. ¿Es tan terrible? ¿No se lo ha ganado? ¡Cielos! él y yo hemos hablado de
esto durante años.
—¿Conque durante años?
—Si, una y otra vez lo ha ido postergando por temor a
lastimarte. Yo le dije que te lo pidiera.
—Él no sabe qué es la libertad. Es un robot.
—Papá, no lo conoces. Ha leído todo lo que hay en la
biblioteca. No sé qué siente por dentro, pero tampoco sé qué sientes tú. Cuando
le hablas, reacciona ante las diversas abstracciones tal como tú y yo. ¿Qué
otra cosa cuenta? Si las reacciones de alguien son como las nuestras, ¿qué más
se puede pedir?
—La ley no adoptará esa actitud —se obstinó el Señor,
exasperado. Se volvió hacia Andrew y le dijo con voz ronca—: ¡Mira, oye! No
puedo liberarte a no ser de una forma legal, y si esto llega a los tribunales
no sólo no obtendrás la libertad, sino que la ley se enterará oficialmente de
tu fortuna. Te dirán que un robot no tiene derecho a ganar dinero. ¿Vale la
pena que pierdas tu dinero por esta farsa?
—La libertad no tiene precio, Señor —replicó Andrew—. Sólo
la posibilidad de obtenerla ya vale ese dinero.
El tribunal también podía pensar que la libertad no tenía
precio y decidir que un robot no podía comprarla por mucho que pagase, por alto
que fuese el precio.
La declaración del abogado regional, que representaba a
quienes habían entablado un pleito conjunto para oponerse a la libertad de
Andrew, fue esta: La palabra «libertad» no significaba nada cuando se aplicaba
a un robot, pues sólo un ser humano podía ser libre.
Lo repitió varias veces, siempre que le parecía apropiado;
lentamente, moviendo las manos al son de las palabras.
La Niña pidió permiso para hablar en nombre de Andrew.
La llamaron por su nombre completo, el cual Andrew nunca
había oído antes:
—Amanda Laura Martin Charney puede acercarse al estrado.
—Gracias, señoría. No soy abogada y no sé hablar con
propiedad, pero espero que todos presten atención al significado e ignoren las
palabras. Comprendamos qué significa ser libre en el caso de Andrew. En algunos
sentidos, ya lo es. Lleva por lo menos veinte años sin que un miembro de la
familia Martin le ordene hacer algo que él no hubiera hecho por propia
voluntad. Pero si lo deseamos, podemos ordenarle cualquier cosa y expresarlo
con la mayor rudeza posible, porque es una máquina y nos pertenece. ¿Por qué ha
de seguir en esa situación, cuando nos ha servido durante tanto tiempo y tan
lealmente y ha ganado tanto dinero para nosotros? No nos debe nada más; los
deudores somos nosotros. Aunque se nos prohibiera legalmente someter a Andrew a
una cervidumbre involuntaria, él nos serviría voluntariamente. Concederle la
libertad será sólo una triquiñuela verbal, pero significaría muchísimo para él.
Le daría todo y no nos costaría nada.
Por un momento pareció que el juez contenía una sonrisa.
—Entiendo su argumentación, señora Charney. Lo cierto es
que a este respecto no existe una ley obligatoria ni un precedente. Sin
embargo, existe el supuesto tácito de que sólo el ser humano puede gozar de
libertad. Puedo establecer una nueva ley, o someterme a la decisión de un
tribunal superior; pero no puedo fallar en contra de ese supuesto. Permítame
interpelar al robot. ¡Andrew!
—Sí, señoría.
Era la primera vez que Andrew hablaba ante el tribunal y
el juez se asombró de la modulación humana de aquella voz.
—¿Por qué quieres ser libre, Andrew? ¿En qué sentido es
importante para ti?
—¿Desearía usted ser esclavo, señoría?
—Pero no eres esclavo. Eres un buen robot, un robot
genial, por lo que me han dicho, capaz de expresiones artísticas sin parangón.
¿Qué más podrías hacer si fueras libre?
—Quizá no pudiera hacer más de lo que hago ahora, señoría,
pero lo haría con mayor alegría. Creo que sólo alguien que desea la libertad
puede ser libre. Yo deseo la libertad.
Y eso le proporcionó al juez un fundamento. El argumento
central de su sentencia fue: «No hay derecho a negar la libertad a ningún objeto
que posea una mente tan avanzada como para entender y desear ese estado».
Más adelante, el Tribunal Mundial ratificó la sentencia.
El Señor seguía disgustado y su áspero tono de voz hacía
que Andrew se sintiera como si tuviese un cortocircuito.
—No quiero tu maldito dinero, Andrew. Lo tomaré sólo
porque de lo contrario no te sentirás libre. A partir de ahora, puedes elegir
tus tareas y hacerlas como te plazca. No te daré órdenes, excepto ésta: que
hagas lo que se te plazca. Pero sigo siendo responsable de ti. Eso forma parte
de la sentencia del juez. Espero que lo entiendas.
—No seas irascible, papá —interrumpió la Niña—. La
responsabilidad no es una gran carga. Sabes que no tendrás que hacer nada. Las
Tres Leyes siguieron vigentes.
—Entonces, ¿en qué sentido es libre?
—¿Acaso los seres humanos no están obligados por sus
leyes, Señor?
—No voy a discutir —dijo el Señor.
Se marchó, y a partir de entonces Andrew lo vio con poca
frecuencia.
La Niña iba a verlo a menudo a la casita que le habían
construido y entregado. No disponía de cocina ni cuarto de baño. Sólo tenía dos
habitaciones. Una era una biblioteca y la otra servía de depósito y taller.
Andrew aceptó muchos encargos y como robot libre trabajó más que antes, hasta
que pagó el costo de la casa y el edificio se transfirió legalmente.
Un día, fue a verlo el Señorito…, no, ¡George! El Señorito
había insistido en eso después de la sentencia del juez.
—Un robot libre no llama Señorito a nadie —le había dicho
George—. Yo te llamo Andrew. Tú debes llamarme George.
El día en que George fue a verlo a solas le informó de que
el Señor estaba agonizando. La Niña se encontraba junto al lecho, pero el Señor
también quería estuviese Andrew.
El Señor habló con voz potente, aunque parecía incapaz de
moverse. Se esforzó en levantar la mano.
—Andrew —dijo—, Andrew… No me ayudes, George. Me estoy
muriendo, eso es todo, no estoy impedido… Andrew, me alegra que seas libre.
Sólo quería decirte eso.
Andrew no supo qué decir. Nunca había estado frente a un
moribundo, pero sabía que era el modo humano de dejar de funcionar. Era como
ser desmontado de una manera involuntaria e irreversible, y Andrew no sabía qué
era lo apropiado decir en ese momento. Sólo pudo quedarse en pie, callado e
inmóvil.
Cuando todo terminó, la Niña le dijo:
—Tal vez te haya parecido huraño hacia el final, Andrew,
pero estaba viejo y le dolió que quisieras ser libre.
Y entonces Andrew halló las palabras adecuadas:
—Nunca habría sido libre sin él, Niña.
Andrew comenzó a usar ropa después de la muerte del Señor.
Empezó por ponerse unos pantalones viejos, unos que le había dado George.
George ya estaba casado y era abogado. Se incorporó a la
firma de Feingold. El viejo Feingold había muerto tiempo atrás, pero su hija
continuó con el bufete, que con el tiempo pasó a llamarse Feingold y Martin.
Conservó ese nombre incluso cuando la hija se retiró y ningún Feingold la
sucedió. En la época en que Andrew se puso ropa por primera vez, el apellido
Martin acababa de añadirse a la firma.
George se esforzó en no sonreír al verle ponerse los
pantalones por primera vez, pero Andrew le notó la sonrisa en los ojos.
George le enseñó a cómo manipular la carga de estática
para permitir que los pantalones se abrieran, le cubrieran la parte inferior
del cuerpo y se cerraran. George le hizo una demostración con sus propios
pantalones, pero Andrew comprendió que él tardaría en imitar la soltura de ese
movimiento.
—¿Y para qué quieres llevar pantalones, Andrew? —dijo
George—. Tu cuerpo resulta tan bellamente funcional que es una pena cubrirlo;
especialmente, cuando no tienes que preocuparte por la temperatura ni por el
pudor. Y además no se ciñen bien sobre el metal.
—¿Acaso los cuerpos humanos no resultan bellamente
funcionales, George? Sin embargo, os cubrís.
—Para abrigarnos, por limpieza, como protección, como
adorno. Nada de eso aplica en tu caso.
—Me siento desnudo sin ropa. Me siento diferente, George.
—¡Diferente! Andrew, hay millones de robots en la Tierra.
En esta región, según el último censo, hay casi tantos robots como hombres.
—Lo sé, George. Hay robots que realizan cualquier tipo de
tarea concebible.
—Y ninguno de ello usa ropa.
—Pero ninguno de ellos es libre, George.
Poco a poco, Andrew mejoró su guardaropa. Lo inhibían la
sonrisa de George y la mirada de las personas que le encargaban trabajos.
Aunque fuera libre, el detallado programa con que había
sido construido le imponía un determinado comportamiento con la gente, y sólo
se animaba a avanzar poco a poco. La desaprobación directa lo contrariaba
durante meses.
No todos aceptaban la libertad de Andrew. Él era incapaz
de guardarles rencor, pero sus procesos mentales se encontraban con
dificultades al pensar en ello.
Sobre todo, evitaba ponerse ropa cuando creía que la Niña
iba a verlo. Era ya una anciana que a menudo vivía lejos, en un clima más
templado, pero en cuanto regresaba iba a visitarlo.
En uno de esos regresos, George le comentó:
—Ella me ha convencido, Andrew. Me presentaré como
candidato a la Legislatura el año próximo. De tal abuelo, tal nieto, dice ella.
—De tal abuelo… —Andrew se interrumpió, desconcertado.
—Quiero decir que yo, el nieto, seré como el Señor, el
abuelo, que estuvo un tiempo en la Legislatura.
—Eso sería agradable, George. Si el Señor aún estuviera…
Se interrumpió de nuevo, pues no quería decir «en
funcionamiento». No parecía adecuado.
—Vivo —lo ayudó George—. Sí, pienso en el viejo monstruo
de cuando en cuando.
Andrew reflexionó sobre esa conversación. Se daba cuenta
de sus limitaciones de lenguaje al hablar con George. El idioma había cambiado
un poco desde que Andrew se había convertido en un ser con vocabulario innato.
Además, George practicaba una lengua coloquial que el Señor y la Niña no
utilizaban. ¿Por qué llamaba monstruo al Señor, cuando esa palabra no parecía
la apropiada?
Los libros no lo ayudaban. Eran antiguos y la mayoría
trataban de tallas en madera, de arte o de diseño de muebles. No había ninguno
sobre el idioma ni sobre las costumbres de los seres humanos.
Pensó que debía buscar los libros indicados y, como robot
libre, supuso que sería mejor no preguntarle a George. Iría a la ciudad y haría
uso de la biblioteca. Fue una decisión triunfal y sintió que su
electropotencial se elevaba tanto que tuvo que activar una bobina de
impedancia.
Se puso un atuendo completo, incluida una cadena de madera
en el hombro. Hubiera preferido plástico brillante, pero George le había dicho
que la madera resultaba más elegante y que el cedro bruñido era mucho más
valioso.
Llevaba recorridos treinta metros cuando una creciente
resistencia le hizo detenerse. Desactivó la bobina de impedancia, pero no fue
suficiente. Entonces, regresó a la casa y anotó cuidadosamente en un papel:
«Estoy en la biblioteca». Lo dejó a la vista, sobre la mesa.
No llegó a la biblioteca. Había estudiado el plano.
Conocía el itinerario, pero no su apariencia. Los monumentos al natural no se
asemejaban a los símbolos del plano y eso le hacía dudar. Finalmente pensó que
debía de haberse equivocado, pues todo parecía extraño.
Se cruzó con algún que otro robot campesino, pero cuando
se decidió a preguntar no había nadie a la vista. Pasó un vehículo y no se
detuvo. Andrew se quedó de pie, indeciso, y entonces vio venir dos seres
humanos por el campo.
Se volvió hacia ellos, y ellos cambiaron de rumbo para
salirse al encuentro. Un instante antes iban hablando en voz alta, pero se
habían callado. Tenían una expresión que Andrew asociaba con la incertidumbre
de los humanos y eran jóvenes, aunque no mucho. ¿Veinte años? Andrew nunca
sabía determinar la edad de los humanos.
—Señores, ¿podrían indicarme el camino hacia la biblioteca
de la ciudad?
Uno de ellos, el más alto de los dos, que llevaba un
enorme sombrero, le dijo al otro:
—Es un robot.
El otro tenía nariz prominente y párpados gruesos.
—Va vestido —comentó.
El alto cascó los dedos.
—Es el robot libre. En casa de los Martin tienen un robot
libre que no pertenece a nadie. ¿Por qué otra razón iba a usar ropa?
—Pregúntaselo.
—¿Eres el robot de los Martin?
—Soy Andrew Martin, señor.
—Bien, pues quítate esa ropa. Los robots no usan ropa. —Y
le dijo al otro—: Es repugnante. Míralo.
Andrew titubeó. Hacía tanto tiempo que no oía una orden en
ese tono de voz que los circuitos de la Segunda Ley se atascaron un instante.
—Quítate la ropa —repitió el alto—. Te lo ordeno.
Andrew empezó a desvestirse.
—Tíralas allí —le ordenó el alto.
—Si no pertenece a nadie —sugirió el de nariz prominente—,
podría ser nuestro.
—De cualquier modo —dijo el alto— ¿quién va a poner
objeciones a lo que hagamos? No estamos dañando ninguna propiedad… —Y le indicó
a Andrew—: Apóyate sobre la cabeza.
—La cabeza no es para… —balbuceó él.
—Es una orden. Si no sabes cómo hacerlo, inténtalo.
Andrew volvió a dudar y luego apoyó la cabeza en el suelo.
Intentó levantar las piernas y cayó pesadamente.
—Quédate quieto —le ordenó el alto, y le dijo al otro—:
Podemos desmontarlo. ¿Alguna vez has desmontado un robot?
—¿Nos dejará hacerlo?
—¿Cómo podría impedirlo?
Andrew no tenía modo de impedirlo si le ordenaban no
resistirse. La Segunda Ley, la de obediencia, tenía prioridad sobre la Tercera
ley, la de supervivencia. En cualquier caso, no podía defenderse sin hacerles
daño, eso significaría violar la Primera Ley. Ante ese pensamiento, sus
unidades motrices se contrajeron ligeramente y Andrew se quedó allí tiritando.
El alto lo empujó con el pie.
—Es pesado. Creo que vamos a necesitar herramientas para
este trabajo.
—Podríamos ordenarle que se desmonte él mismo. Sería
divertido verle intentarlo.
—Sí —asintió el alto, pensativamente—, pero apartémoslo
del camino. Si viene alguien…
Era demasiado tarde. Alguien venía, y era George. Andrew
le vio cruzar una loma a lo lejos. Le hubiera gustado hacerle señas, pero la
última orden había sido que se quedara quieto. George echó a correr y llegó con
el aliento entrecortado. Los dos jóvenes retrocedieron unos pasos.
—Andrew, ¿ha pasado algo?
—Estoy bien George.
—Entonces ponte de pie… ¿Qué pasa con tu ropa?
—¿Es tu robot amigo? —preguntó el alto.
—No es el robot de nadie. ¿Qué ha ocurrido aquí?
—Le pedimos cortésmente que se quitara la ropa. ¿Por qué
te molesta, si no es tuyo?
—¿Qué hacían, Andrew?
—Tenían la intención de desmebrarme. Estaban a punto de
trasladarme a un lugar tranquilo para ordenarme que me desmontara yo mismo.
George se volvió hacia ellos. Le temblaba la barbilla. Los
dos jóvenes no retrocedieron más. Sonreían.
—¿Qué piensas hacer, gordinflón? —dijo el alto, con tono
burlón—. ¿Atacarnos?
—No. No es necesario. Este robot ha vivido con mi familia
durante más de setenta años. Nos conoce y nos estima más que a nadie. Le diré
que vosotros dos me estáis atacando, amenazando y queréis matarme. Le pediré
que me defienda. Entre vosotros y yo, optará por mí. ¿Sabéis qué os ocurrirá
cuando os ataque? —Los dos jóvenes recularon atemorizados—. Andrew, corro
peligro porque estos dos quieren hacerme daño. ¡Vé hacia ellos!
Andrew obedeció, y los dos jóvenes no esperaron. Pusieron
los pies en polvorosa.
—De acuerdo, Andrew, cálmate —dijo George, un poco
demudado, pues ya no estaba en edad para enzarzarse con un joven y menos con
dos.
—No podría haberlos lastimado, George. Vi que no te
estaban atacando.
—No te ordené que los atacaras, sólo que fueras hacia
ellos. Su miedo hizo lo demás.
—¿Cómo pueden temer a los robots?
—Es una enfermedad humana, de la que aún no nos hemos
curado. Pero eso no importa. ¿Qué demonios haces aquí, Andrew? Estaba a punto
de regresar y contratar un helicóptero cuando te encontré. ¿Cómo se te ocurrió
ir a la biblioteca? Yo te hubiera traído los libros que necesitaras.
—Soy un…
—Robot libre. Sí, vale. ¿Qué querías de la biblioteca?
—Quiero saber más acerca de los robots, George. Quiero
escribir una historia de los robots.
—Bien, vayamos a casa… Y recoge tus ropas, Andrew. Hay un
millón de libros sobre robótica y todos ellos incluyen historias de la ciencia.
El mundo no sólo se está saturando de robots, sino de información sobre ellos.
Andrew meneó la cabeza; con un gesto humano que había
adquirido recientemente.
—No me refiero a una historia de la robótica, George, sino
a una historia de los robots, escrita por un robot. Quiero explicar lo que
sienten los robots acerca de lo que ha ocurrido desde que se les permitió
trabajar y vivir en la Tierra.
George enarcó las cejas, pero no dijo nada.
La Niña ya tenía más de ochenta y tres años, pero no había
perdido energía ni determinación. Usaba el bastón más para gesticular que para
apoyarse.
Escuchó la historia hecha una furia.
—Es espantoso, George ¿Quiénes eran esos rufianes?
—No lo sé. ¿Qué importa? Al final no causaron daño.
—Pero pudieron causarlo. Tú eres abogado, George, y si
disfrutas de una buena posición se debe al talento de Andrew. El dinero que él
ganó es el cimiento de todo lo que tenemos aquí. Él da continuidad a esta
familia y no permitiré que lo traten como a un juguete de cuerda.
—¿Qué quieres que haga, madre?
—He dicho que eres abogado, ¿es que no me escuchas?
Prepara una acción constitutiva, obliga a los tribunales regionales a declarar
los derechos de los robots, logra que la Legislatura apruebe leyes necesarias y
lleva el asunto al Tribunal Mundial si es preciso. Estaré vigilando, George, y
no toleraré vacilaciones.
Hablaba en serio, y lo que comenzó como un modo de aplacar
a esa formidable anciana se transformó en un asunto complejo, tan enmarañado
que resultaba interesante. Como socio más antiguo de Feingold y Martin, George
planeó la estrategia, pero dejó el trabajo a sus colegas más jóvenes, entre
ellos a su hijo Paul, que también trabajaba en la firma y casi todos los días
le presentaba un informe a la abuela. Ella, a su vez, deliberaba todos los días
con Andrew.
Andrew estaba profundamente involucrado. Postergó
nuevamente su trabajo en el libro sobre los robots mientras cavilaba sobre las
argumentaciones judiciales, y en ocasiones hacía útiles sugerencias.
—George me dijo que los seres humanos siempre han temido a
los robots —dijo una vez—. Mientras sea así, los tribunales y las legislaturas
no trabajarán a favor de ellos. ¿No tendría que hacerse algo con la opinión
pública?
Así que, mientras Paul permanecía con el juzgado, George
optó por la tribuna pública. Eso le permitía ser informal y llegaba al extremo
de usar esa ropa nueva y floja que llamaban «harapos».
—Pero no te la pises en el estrado, papá —le advirtió
Paul.
Interpeló a la convención anual de holonoticias en una
ocasión, diciendo:
—Si en virtud de la Segunda Ley podemos exigir a cualquier
robot obediencia ilimitada en todos los aspectos que entrañan daño para un ser
humano, entonces cualquier ser humano tiene un temible poder sobre cualquier
robot. Como la Segunda Ley tiene prioridad sobre la Tercera, cualquier ser
humano puede hacer uso de la ley de obediencia para anular la ley de
autoprotección. Puede ordenarle a cualquier robot que se haga daño a sí mismo o
que se autodestruya, sólo por capricho.
»¿Es eso justo? ¿Trataríamos así a un animal? Hasta un
objeto inanimado que nos ha prestado un buen servicio se gana nuestra
consideración. Y un robot no es insensible. No es un animal. Puede pensar,
hablar, razonar, bromear. ¿Podemos tratarlos como amigos, podemos trabajar con
ellos y no brindarles el fruto de esa amistad, el beneficio de la colaboración
mutua?
»Si un ser humano tiene el derecho de darle a un robot
cualquier orden que no suponga daño para un ser humano, debería tener la
decencia de no darle a un robot ninguna orden que suponga daño para un robot, a
menos que lo requiera la seguridad humana. Un gran poder supone una gran
responsabilidad, y si los robots tienen tres leyes para proteger a los hombres
¿es mucho pedir que los hombres tengan un par de leyes para proteger a los
robots?
Andrew tenía razón. La batalla por ganarse la opinión
pública fue la clave en los tribunales y en la Legislatura, y al final se
aprobó una ley que imponía unas condiciones, según las cuales se prohibían las
órdenes lesivas para los robots. Tenía muchos vericuetos y los castigos por
violar la ley eran insuficientes, pero el principio quedó establecido. La
Legislatura Mundial la aprobó el día de la muerte de la Niña.
No fue coincidencia que la Niña se aferrara a la vida tan
desesperadamente durante el último debate y sólo cejara cuando le comunicaron
la victoria. Su última sonrisa fue para Andrew. Sus últimas palabras fueron:
—Fuiste bueno con nosotros, Andrew.
Murió cogiéndole la mano, mientras George, con su esposa y
sus hijos, permanecía a respetuosa distancia de ambos.
Andrew aguardó pacientemente mientras el recepcionista
entraba al despacho. El robot podría haber usado el interfono holográfico, pero
sin duda era presa de cierto nerviosismo por tener que tratar con otro robot y
no con un ser humano.
Andrew se detuvo cavilando sobre esa cuestión.
¿«Nerviosismo» era la palabra adecuada para una criatura que en vez de nervios
tenía sendas positrónicas? ¿Podía usarse como un término analógico?
Esos problemas seguían con frecuencia mientras trabajaba
en su libro sobre los robots. El esfuerzo de pensar frases para expresar todas
las complejidades le había mejorado el vocabulario.
Algunas personas lo miraban al pasar, y él no eludía sus
miradas. Las afrontaba con calma y la gente se alejaba.
Salió Paul Martin. Parecía sorprendido, aunque Andrew tuvo
dificultades para verle la expresión, pues Paul usaba ese grueso maquillaje que
la moda imponía para ambos sexos y, aunque le confería más vigor a su blando
rostro, Andrew lo desaprobaba. Había notado que desaprobar a los seres humanos
no le inquietaba demasiado mientras no lo manifestara verbalmente. Incluso
podía expresarlo por escrito. Estaba seguro de que no siempre había sido así.
—Entra, Andrew. Lamento haberte hecho esperar, pero tenía
que concluir una tarea. Entra. Me dijiste que querías hablar conmigo, pero no
sabía que querías hablarme aquí.
—Si estás ocupado, Paul, estoy dispuesto a esperar. Paul
miró el juego de sombras cambiantes en el cuadrante de la pared que servía como
reloj.
—Dispongo de un rato. ¿Has venido solo?
—Alquilé un automóvil.
—¿Algún problema? —preguntó Paul, con cierta ansiedad.
—No esperaba ninguno. Mis derechos están protegidos.
La ansiedad de Paul se agudizó.
—Andrew, te he explicado que la ley no es de ejecución
obligatoria salvo en situaciones excepcionales… Y si insistes en usar ropa
acabarás teniendo problemas, como aquella primera vez.
—La única. Paul. Lamento que estés disgustado.
—Bien, míralo de este modo: eres prácticamente una leyenda
viviente, Andrew, y eres demasiado valioso para arrogarte el derecho de ponerte
en peligro… ¿Cómo anda el libro?
—Me estoy acercando al final, Paul. El editor está muy
contento.
—¡Bien!
—No sé si se encuentra contento exactamente con el libro
en cuanto tal. Creo que piensa vender muchos ejemplares porque está escrito por
un robot, y eso le hace estar contento.
—Me temo que es muy humano.
—No estoy disgustado. Que se venda, sea cual sea la razón,
porque eso significará dinero y me vendrá bien.
—La abuela te dejó…
—La Niña era generosa y sé que puedo contar con la ayuda
de la familia. Pero espero que los derechos del libro me ayuden en el próximo
paso.
—¿De qué hablas?
—Quiero ver al presidente de Robots y Hombres Mecánicos S.
A. He intentado concertar una cita, pero hasta ahora no pude dar con él. La
empresa no colaboró conmigo en la preparación del libro, así que no me
sorprende.
Paul estaba divirtiéndose.
—Colaboración es lo último que puedes esperar. La empresa
no colaboró con nosotros en nuestra gran lucha por los derechos de los robots.
Todo lo contrario, ya entiendes por qué: si les otorgas derechos a los robots,
quizá la gente no quiera comprarlos.
—Pero si llamas tú, podrás conseguirme una entrevista.
—Me tienen poca simpatía como a ti, Andrew.
—Quizá puedas insinuar que la firma Feingold y Martin está
dispuesta a iniciar una campaña para reforzar aún más los derechos de los
robots.
—¿No sería una mentira, Andrew?
—Sí, Paul, y yo no puedo mentir. Por eso debes llamar tú.
—Ah, no puedes mentir, pero puedes instigarme a mentir,
¿verdad? Eres cada vez más humano, Andrew.
No fue fácil, a pesar del renombre de Paul.
Pero al fin se logró. Harley Smythe-Robertson, que
descendía del fundador de la empresa por línea materna y había adoptado ese
guión en el apellido para indicarlo, parecía disgustado. Se aproximaba a la
edad de jubilarse, y el tema de los derechos de los robots había acaparado su
gestión como presidente. Llevaba el cabello gris aplastado y el rostro sin
maquillaje. Miraba a Andrew con hostilidad.
—Hace un siglo —dijo Andrew—, un tal Merton Mansky, de
esta empresa, me dijo que la matemática que rige la trama de las sendas
positrónicas era tan compleja que sólo permitía soluciones complejas y, por lo
tanto, mis aptitudes no eran del todo previsibles.
—Eso fue hace casi un siglo. —Smythe-Robertson dudó un
momento, luego añadió en tono frío—: Ya no es así. Nuestros robots están
construidos y adiestrados con precisión para realizar sus tareas.
—Sí —dijo Paul, que estaba allí para cerciorarse de que la
empresa actuara limpiamente—, con el resultado de que mi recepcionista necesita
asesoramiento cada vez que se aparta de una tarea convencional.
—Más se disgustaría usted si se pusiera a improvisar
—replicó Smythe-Robertson.
—Entonces, ¿ustedes ya no manufacturan robots como yo,
flexibles y adaptables? —preguntó Andrew.
—No.
—La investigación que he realizado para preparar mi libro
—prosiguió Andrew— indica que soy el robot más antiguo en activo.
—El más antiguo ahora y el más antiguo siempre. El más
antiguo que habrá nunca. Ningún robot es útil después de veinticinco años. Los
recuperaremos para reemplazarlos por modelos más nuevos.
—Ningún robot es útil después de veinticinco años tal como
se los fabrica ahora —señaló Paul—. Andrew es muy especial en ese sentido.
Andrew, ateniéndose al rumbo que se había trazado, dijo:
—Por ser el robot más antiguo y flexible del mundo, ¿no
soy tan excepcional como para merecer un tratamiento especial de la empresa?
—En absoluto —respondió Smythe-Robertson—. Ese carácter
excepcional es un estorbo para la empresa. Si usted estuviera alquilado, en vez
de haber sido vendido por una infortunada decisión, lo habríamos reemplazado
hace muchísimo tiempo.
—Pero de eso de trata —se animó Andrew—. Soy un robot
libre y soy dueño de mí mismo. Por lo tanto, acudo a usted a pedirle que me
reemplace. Usted no puede hacerlo sin el consentimiento del dueño. En la
actualidad, ese consentimiento se incluye obligatoriamente como condición para
el alquiler, pero en mi época no era así.
Smythe-Robertson estaba estupefacto y desconcertado, y
guardó silencio. Andrew observó el holograma de la pared. Era una máscara
mortuoria de Susan Calvin, santa patrona de la robótica. Había muerto dos
siglos atrás, pero después de escribir el libro, Andrew la conocía tan bien que
tenía la sensación de haberla tratado personalmente.
—¿Cómo puedo reemplazarte? —replicó Smythe-Robertson—. Si
le reemplazo como robot, ¿cómo puedo darle el nuevo robot a usted, el
propietario, si en el momento del reemplazo usted deja de existir?
Sonrió de un modo siniestro.
—No es difícil —terció Paul—. La personalidad de Andrew
está asentada en su cerebro positrónico, y esa parte no se puede reemplazar sin
crear un nuevo robot. Por consiguiente, el cerebro positrónico es Andrew el
propietario. Todas las demás piezas del cuerpo del robot se pueden reemplazar
sin alterar la personalidad del robot, y esas piezas pertenecen al cerebro. Yo
diría que Andrew desea proporcionarle a su cerebro un nuevo cuerpo robótico.
—En efecto —asintió Andrew. Se volvió hacia
Smythe-Robertson—. Ustedes han fabricado androides, ¿verdad?, robots que tienen
apariencia humana, incluida la textura de la piel.
—Sí, lo hemos hecho. Funcionaban perfectamente con su
cutis y sus tendones fibrosintéticos. Prácticamente no había nada de metal,
salvo en el cerebro, pero eran tan resistentes como los robots de metal. Más
resistentes, en realidad.
Paul se interesó:
—No lo sabía. ¿Cuántos hay en el mercado?
—Ninguno —contestó Smythe-Robertson—. Eran mucho más caros
que los modelos de metal, y un estudio del mercado reveló que no serían
aceptados. Parecían demasiado humanos.
—Pero la empresa conserva toda su destreza —afirmó
Andrew—. Deseo, pues, ser reemplazado por un robot orgánico, por un androide.
—¡Santo cielo! —exclamó Paul.
Smythe-Robertson se puso rígido.
—¡Eso es imposible!
—¿Por qué imposible? —preguntó Andrew—. Pagaré lo que sea,
dentro de lo razonable, por supuesto.
—No fabricamos androides.
—No quieren fabricar androides —dijo Paul—. Eso no es lo
mismo que no poseer la capacidad para fabricarlos.
—De todos modos, fabricar androides va contra nuestra
política pública.
—No hay ley que lo prohiba —señaló Paul.
—Aun así, no los fabricamos ni pensamos hacerlo.
Paul se aclaró la garganta.
—Señor Smythe-Robertson, Andrew es un robot libre y está
amparado por la ley que garantiza los derechos de los robots. Entiendo que
usted está al corriente de ello.
—Ya lo creo.
—Este robot, como robot libre, opta por usar vestimenta.
Por esta razón, a menudo es humillado por seres humanos desconsiderados, a
pesar de la ley que prohibe humillar a los robots. Es difícil tomar medidas
contra infracciones vagas que no cuentan con la reprobación general de quienes
deben decidir sobre la culpa y la inocencia.
—Nuestra empresa lo comprendió desde el principio.
Lamentablemente, la firma de su padre no.
—Mi padre ha muerto, pero en este asunto veo una clara
infracción, con una parte perjudicada.
—¿De qué habla? —gruñó Smythe-Robertson.
—Andrew Martin, que acaba de convertirse en mi cliente, es
un robot libre capacitado para solicitar a Robot y Hombres Mecánicos el derecho
de reemplazo, el cual la empresa otorga a quien posee un robot durante más de
veinticinco años. Más aún, la empresa insiste en que haya reemplazos. —Paul
sonrió con desenfado—. El cerebro positrónico de mi cliente es propietario del
cuerpo de mi cliente, que, desde luego, tiene más de veinticinco años. El
cerebro positrónico exige reemplazo del cuerpo y ofrece pagar un precio
razonable por un cuerpo de androide, en calidad de dicho reemplazo. Si usted
rechaza el requerimiento, mi cliente sufrirá una humillación y presentaremos
una querella. Además, aunque la opinión pública no respaldara la reclamación de
un robot en este caso, le recuerdo que su empresa no goza de popularidad. Hasta
quienes más utilizan los robots y se aprovechan de ellos recelan la empresa.
Esto puede ser un vestigio de tiempos en que los robots eran muy temidos. Puede
ser resentimiento contra el poderío y la riqueza de Robots y Hombres Mecánicos,
que ostenta el monopolio mundial. Sea cual fuera la causa, el resentimiento
existe y creo que usted preferirá no ir a juicio, teniendo en cuenta que mi
cliente es rico y que vivirá muchos siglos, lo cual le permitirá prolongar la
batalla eternamente.
Smythe-Robertson se había ruborizado.
—Usted intenta obligarme a…
—No le obligo a nada. Si desea rechazar la razonable
solicitud de mi cliente, puede hacerlo y nos marcharemos sin decir más… Pero
entablaremos un pleito, como es nuestro derecho, y a la larga usted perderá.
—Bien… —empezó Smythe-Robertson, y se calló.
—Veo que va usted a aceptar. Puede que tenga dudas, pero
al fin aceptará. Le haré otra aclaración. Si, al transferir el cerebro
positrónico de mi cliente de su cuerpo actual a un cuerpo orgánico se produce
alguna lesión, por leve que sea, no descansaré hasta haber arruinado a su
empresa. De ser necesario, haré todo lo posible para movilizar a la opinión
pública contra ustedes si una senda del cerebro de platino-iridio de mi cliente
sufre algún daño. ¿Estás de acuerdo, Andrew?
Andrew titubeó. Era como aprobar la mentira, el chantaje,
el maltrato y la humillación de un ser humano, pero no hay daño físico, se
dijo, no hay daño físico.
Finalmente logró pronunciar un tímido sí.
Era como estar reconstruido. Durante días, semanas y meses
Andrew se sintió como otra persona, y los actos más sencillos lo hacían
vacilar.
Paul estaba frenético.
—Te han dañado, Andrew. Tendremos que entablar un pleito.
—No lo hagas —dijo Andrew muy despacio—. Nunca podrás
probar pr…
—¿Premeditación?
—Premeditación. Además, ya me encuentro más fuerte, mejor,
es el t…
—¿Temblor?
—Trauma. A fin de cuentas, nunca antes se practicó
semejante oper… oper…
Andrew sentía el cerebro desde dentro, algo que nadie más
podía hacer. Sabía que se encontraba bien y, durante los meses que le llevó
aprender la plena coordinación y el pleno interjuego positrónico, se pasó horas
ante el espejo.
¡No parecía humano! El rostro era rígido y los
movimientos, demasiado deliberados. Carecía de la soltura del ser humano, pero
quizá pudiera lograrlo con el tiempo. Al menos, podía ponerse ropa sin la
ridícula anomalía de tener un rostro de metal.
—Volveré al trabajo.
Paul sonrió.
—Eso significa que ya estás bien. ¿Qué piensas hacer?
¿Escribirás otro libro?
—No —respondió muy serio—. Vivo demasiado tiempo como para
dejarme seducir por una sola carrera. Hubo un tiempo en que era artista y aún
puedo volver a esa ocupación. Y hubo un tiempo en que fui historiador y aún
puedo volver a eso. Pero ahora deseo ser robobiólogo.
—Robopsicólogo, querrás decir.
—No. Eso implicaría el estudio de cerebros positrónicos, y
en este momento no deseo hacerlo. Un robobiólogo sería alguien que estudia el
funcionamiento del cuerpo que va con ese cerebro.
—¿Eso no se llamaría un robotista?
—Un robotista trabaja con un cuerpo de metal. Yo estudiaré
un cuerpo humanoide orgánico, y el único espécimen que existe es el mío.
—Un campo muy limitado —observó Paul—. Como artista, toda
la inspiración te pertenecía; como historiador, estudiabas principalmente los
robots; como robobiólogo, sólo te estudiarás a ti mismo.
Andrew asintió con la cabeza.
—Eso parece.
Andrew tuvo que comenzar desde el principio, pues no sabía
nada de biología y casi nada de ciencias. Empezó a frecuentar bibliotecas,
donde consultaba índices electrónicos durante horas, con su apariencia
totalmente normal debido a la ropa. Los pocos que sabían que era un robot no se
entrometían.
Construyó un laboratorio en una sala que añadió a su casa,
y también se hizo una biblioteca.
Transcurrieron años. Un día, Paul fue a verlo.
—Es una lástima que ya no trabajes en la historia de los
robots. Tengo entendido que Robots y Hombres Mecánicos está adoptando una
política radicalmente nueva.
Paul había envejecido, y unas células fotoópticas habían
reemplazado sus deteriorados ojos. En ese aspecto estaba más cerca de Andrew.
—¿Qué han hecho? —preguntó Andrew.
—Están fabricando ordenadores centrales, cerebros
positrónicos gigantescos que se comunican por microondas con miles de robots.
Los robots no poseen cerebro. Son las extremidades del gigantesco cerebro, y
los dos están separados físicamente.
—¿Es más eficiente?
—La empresa afirma que sí. Smythe-Robertson marcó el nuevo
rumbos antes de morir. Sin embargo, tengo la sospecha de que es una reacción
contra ti. No quieren fabricar robots que les causen problemas como tú, y por
eso han separado el cerebro del cuerpo. El cerebro no deseará cambiar de cuerpo
y el cuerpo no tendrá un cerebro que desee nada. Es asombrosa la influencia que
has ejercido en la historia de los robots. Tus facultades artísticas animaron a
la empresa a fabricar robots más precisos y especializados; tu libertad derivó
en la formulación del principio de los derechos robóticos; tu insistencia en
tener un cuerpo de androide hizo que la empresa separase el cerebro del cuerpo.
—Supongo que al final la empresa fabricará un enorme
cerebro que controlará miles de millones de cuerpos robóticos. Todos los huevos
en un cesto. Peligroso. Muy desatinado.
—Me parece que tienes razón. Pero no creo que ocurra hasta
dentro de un siglo y no viviré para verlo. Quizá ni siquiera viva para ver el
año próximo.
—¡Paul! —exclamó Andrew preocupado.
Paul se encogió de hombros.
—No somos como tú. No importa demasiado, pero sí es
importante aclararte algo. Soy el último humano de los Martin. Hay
descendientes de mi tía abuela, pero ellos no cuentan. El dinero que controlo
personalmente quedará en tu fondo a tu nombre y, en la medida en que uno puede
prever el futuro, estarás económicamente a salvo.
—Eso es innecesario —rechazó Andrew con dificultad, pues a
pesar de todo ese tiempo no lograba habituarse a la muerte de los Martin.
—No discutamos. Así serán las cosas. ¿En qué estás
trabajando?
—Diseño un sistema que permita que los androides, yo
mismo, obtengan energía de la combustión de hidrocarburos, y no de las células
atómicas.
Paul enarcó las cejas.
—¿De modo que puedan respirar y comer?
—Sí.
—¿Cuánto hace que investigas ese problema?
—Mucho tiempo, pero creo que he diseñado una cámara de
combustión adecuada para una descomposición catalizada controlada.
—Pero ¿por qué, Andrew? La célula atómica es infinitamente
mejor.
—En ciertos sentidos, quizá; pero la célula atómica es
inhumana.
Le llevó tiempo, pero Andrew tenía tiempo de sobra. Ante
todo, no quiso hacer nada hasta que Paul muriese en paz.
Con la muerte del bisnieto del Señor, Andrew se sintió más
expuesto a un mundo hostil, de modo que estaba aún más resuelto a seguir el
rumbo que había escogido tiempo atrás.
Pero no estaba solo. Aunque un hombre había muerto, la
firma Feingold y Martin seguía viva, pues una empresa no muere, así como no
muere un robot. La firma tenía sus instrucciones y las cumplió al pie de la
letra. A través del fondo fiduciario y la firma legal, Andrew conservó su
fortuna y, a cambio de una suculenta comisión anual, Feingold y Martin se
involucró en los aspectos legales de la nueva cámara de combustión.
Cuando llegó el momento de visitar Robots y Hombres
Mecánicos S. A., lo hizo a solas. En una ocasión había ido con el Señor y en
otra con Paul; esta vez era la tercera, estaba solo y parecía un hombre.
La empresa había cambiado. La planta de producción se
había desplazado a una gran estación espacial, como ocurría con muchas
industrias. Con ellas se habían ido muchos robots. La Tierra parecía cada vez
más un parque, con una población similar a robots, de los cuales un treinta por
cierto estaban dotados de un cerebro autónomo.
El director de investigaciones era Alvin Magdescu, de tez
y cabellos oscuros y barba puntiaguda. Sobre la cintura sólo usaba la faja
pectoral impuesta por la moda. Andrew vestía según la anticuada moda de varias
décadas.
—Te conozco, desde luego —dijo Magdescu—, y me agrada
verte. Eres uno de nuestros productos más notables y es una lástima que el
viejo Smythe-Robertson te tuviera inquina. Podríamos haber un gran trato
contigo.
—Aun pueden.
—No, no creo. Ha pasado el momento. Hace más de un siglo
que tenemos robots en la Tierra, pero eso está cambiando. Se irán al espacio y
los que permanezcan aquí no tendrán cerebro.
—Pero quedo yo, y me quedo en la Tierra.
—Sí, pero tú no pareces robot. ¿Qué nueva solicitud traes?
—Quiero ser menos robot. Como soy tan orgánico, deseo una
fuente orgánica de energía. Aquí tengo los planos…
Magdescu los miró sin prisa. Los observaba con creciente
interés.
—Es notablemente ingenioso. ¿A quién se le ha ocurrido
todo esto?
—A mí.
Magdescu lo miró fijamente.
—Supondría una reestructuración total del cuerpo y sería
experimental, pues nunca se ha intentado. Te aconsejo que no lo hagas, que te
quedes como estás.
El rostro de Andrew tenía una capacidad expresiva
limitada, pero no ocultó su impaciencia.
—Profesor Magdescu, no lo entiende. Usted no tiene más
opción que acceder a mi requerimiento. Si se pueden incorporar estos
dispositivos a mi cuerpo, también se pueden incorporar a cuerpos humanos. La
tendencia a prolongar la vida humana mediante prótesis se está afianzando. No
hay dispositivos mejores que los que yo he diseñado. Controlo las patentes a
través de Feingold y Martin. Somos capaces de montar una empresa para
desarrollar prótesis que quizá terminen generando seres humanos con muchas de
las propiedades de los robots. Su empresa se verá afectada. En cambio, si me
opera ahora y accede a hacerlo en circunstancias similares en el futuro,
percibirá una comisión por utilizar las patentes y controlar la tecnología
robótica y protésica para seres humanos. El alquiler inicial se otorgará sólo
cuando se haya realizado la primera operación, y cuando haya pasado tiempo
suficiente para demostrar que tuvo éxito.
La Primera Ley no le creó ninguna inhibición ante las
severas condiciones que le estaba imponiendo a un ser humano. Había aprendido
que lo que parecía crueldad podía resultar bondad a la larga.
Magdescu estaba estupefacto.
—No soy yo quien debe decidir en semejante asunto. Es una
decisión de empresa y llevará tiempo.
—Puedo esperar un tiempo razonable —dijo Andrew—, pero
sólo un tiempo razonable.
Y pensó con satisfacción que Paul mismo no lo habría hecho
mejor.
Fue sólo un tiempo razonable, y la operación resultó todo
un éxito.
—Yo me oponía a esta operación, Andrew —le dijo Magdescu—,
pero no por lo que tú piensas. No estaba en contra del experimento, de haberse
tratado de otro. Detestaba poner en peligro tu cerebro positrónico. Ahora que
tienes sendas positrónicas que actúan recíprocamente con sendas nerviosas
simuladas, podría resultar difícil rescatar el cerebro intacto si el cuerpo se
deteriorase.
—Yo tenía confianza en la capacidad personal de la
empresa. Y ahora puedo comer.
—Bueno, puedes sorber aceite de oliva. Eso significa que
habrá que hacer de vez en cuando limpieza de la cámara de combustión, como ya
te hemos explicado. Es un factor incómodo, diría yo.
—Quizá, si yo no pensara seguir adelante. La auto limpieza
no es imposible. Estoy trabajando en un dispositivo que se encargará de los
alimentos sólidos que incluyan parte no combustible; la materia indigerible,
por así decirlo, que habrá que desechar.
—Entonces, necesitarás un ano.
—Su equivalente.
—¿Qué más, Andrew?
—Todo lo demás.
—¿También genitales?
—En la medida en que concuerden con mis planes. Mi cuerpo
es un lienzo donde pienso dibujar…
Magdescu aguardó a que concluyera la frase, pero como la
pausa se prolongaba decidió redondearla él mismo:
—¿Un hombre?
—Ya veremos —se limitó a decir Andrew.
—Es una ambición contradictoria, Andrew. Tú eres mucho
mejor que un hombre. Has ido cuesta abajo desde que optaste por ser orgánico.
—Mi cerebro no se ha dañado.
—No, claro que no. Pero, Andrew, los nuevos hallazgos
protésicos que han posibilitado tus patentes se comercializan bajo tu nombre.
Eres reconocido como el gran inventor y se te honra por ello… tal como eres.
¿Por qué quieres arriesgar más tu cuerpo?
Andrew no respondió.
Los honores llegaron. Aceptó el nombramiento en varias
instituciones culturales, entre ellas una consagrada a la nueva ciencia que él
había creado; la que él llamó robobiología, pero que se denominaba
protetología.
En el ciento cincuenta aniversario de su fabricación, se
celebró una cena de homenaje en Robots y Hombres Mecánicos. Si Andrew vio en
ello alguna ironía, no lo mencionó.
Alvin Magdescu, ya jubilado, presidió la cena. Tenía
noventa y cuatro años y aún vivía porque tenía prótesis que, entre otras cosas,
cumplían las funciones del hígado y de los riñones. La cena alcanzó su momento
culminante cuando Magdescu, al cabo de un discurso breve y emotivo, alzó la
copa para brindar por «el robot sesquicentenario».
Andrew se había hecho remodelar los tendones del rostro
hasta el punto de que podía expresar una gama de emociones, pero se comportó de
un modo pasivo durante toda la ceremonia. No le agradaba ser un robot
sesquicentenario.
La protetología le permitió a Andrew abandonar la Tierra.
En las décadas que siguieron a la celebración del sesquicentenario, la Luna se
convirtió en un mundo más terrícola que la Tierra en todos los aspectos menos
en el de la gravedad, un mundo que albergaba una densa población en sus
ciudades subterráneas.
Allí, las prótesis debían tener en cuenta la menor
gravedad, y Andrew pasó cinco años en la Luna trabajando con especialistas
locales para introducir las necesarias adaptaciones. Cuando no se encontraba
trabajando, deambulaba entre los robots, que lo trataban con cortesía robótica
debida a un hombre.
Regresó a la Tierra, que era monótona y apacible en
comparación, y fue a las oficinas de Feingold y Martin para anunciar su vuelta.
El entonces director de la firma, Simon DeLong, se quedó
sorprendido.
—Nos habían anunciado que regresabas, Andrew —dijo, aunque
estuvo a punto de llamarlo «señor Martin»—, pero no te esperábamos hasta la
semana entrante.
—Me impacienté —contestó bruscamente Andrew, que ansiaba
ir al grano—. En la Luna, Simon, estuve al mando de un equipo de investigación
de veinte científicos humanos. Les daba órdenes que nadie cuestionaba. Los
robots lunares me trataban como a un ser humano. ¿Entonces por qué no soy un
ser humano?
DeLong adoptó una expresión cautelosa.
—Querido Andrew, como acabas de explicar, tanto los robots
como los humanos te tratan como si fueras un ser humano. Por consiguiente, eres
un ser humano de facto.
—No me basta con ser un ser humano de facto. Quiero que no
sólo me traten como tal, sino que me identifiquen legalmente como tal. Quiero
ser un ser humano de jure.
—Eso es distinto. Ahí tropezaríamos con los prejuicios
humanos y con el hecho indudable de que, por mucho que parezcas un ser humano,
no lo eres.
—¿En qué sentido? Tengo la forma de un ser humano y
órganos equivalentes a los de los humanos. Mis órganos son idénticos a los que
tiene un ser humano con prótesis. He realizado aportaciones artísticas,
literarias y científicas a la cultura humana, tanto como cualquier ser humano
vivo. ¿Qué más se puede pedir?
—Yo no pediría nada. El problema es que se necesitaría una
Ley de la Legislatura Mundial para definirte como ser humano. Francamente, no
creo que sea posible.
—¿Con quién debo hablar en la Legislatura?
—Con la presidencia de la Comisión para la Ciencia y la
Tecnología, tal vez.
—¿Puedes pedir una reunión?
—Pero no necesitas un intermediario. Con tu prestigio…
—No. Encárgate tú. —Andrew ni siquiera pensó que estaba
dándole una orden a un ser humano. En la Luna se había acostumbrado a ello—.
Quiero que sepan que Feingold y Martin me apoya plenamente en esto.
—Pues bien…
—Plenamente, Simon. En ciento setenta y tres años he
aportado muchísimo a esta firma. En el pasado estuve obligado para con otros
miembros de esta firma. Ahora no. Es a la inversa, y estoy reclamando mi deuda.
—Veré qué puedo hacer —dijo DeLong.
La presidenta de la Comisión para Ciencia y la Tecnología
era una asiática llamada Chee Li-Hsing. Con sus prendas transparentes (que
ocultaban lo que ella quería ocultar mediante un resplandor), parecía envuelta
en plástico.
—Simpatizo con su afán de obtener derechos humanos plenos
—le dijo—. En otros tiempos de la historia hubo integrantes de la población
humana que lucharon por obtener derechos plenos. Pero ¿qué derechos puede
desear que ya no tenga?
—Algo muy simple: el derecho a la vida. Un robot puede ser
desmontado en cualquier momento.
—Y un ser humano puede ser ejecutado en cualquier momento.
—La ejecución sólo puede realizarse dentro del marco de la
Ley. Para desmontarme a mí no se requiere un juicio; sólo se necesita la
palabra de un ser humano que tenga autorización para poner fin a mi vida.
Además…, además… —Andrew procuró reprimir su tono implorante, pero su expresión
y su voz humanizadas lo traicionaban—. Lo siento, es que deseo ser hombre. Lo
he deseado durante seis generaciones de seres humanos.
Li-Hsing lo miró con sus ojos oscuros.
—La Legislatura puede aprobar una ley declarándolo humano;
llegado el caso, podría aprobar una ley declarando humana a una estatua de
piedra. Sin embargo, creo que en el primer caso serviría tan poco como para el
segundo. Los diputados son tan humanos como el resto de la población, y siempre
existe un recelo contra los robots.
—¿Incluso actualmente?
—Incluso actualmente. Todos admitiríamos que usted se ha
ganado a pulso el premio de ser humano, pero persistiría el temor de sentar un
precedente indeseable.
—¿Qué precedente? Soy el único robot libre, el único de mi
tipo, y nunca se fabricará otro. Pueden preguntárselo a Robots y Hombres
Mecánicos.
—«Nunca» es mucho tiempo, Andrew, o, si lo prefiere, señor
Martin, pues personalmente le considero humano. La mayoría de los diputados se
mostrarán reacios a sentar ese precedente, por insignificante que parezca.
»Señor Martin, cuenta usted con mi respaldo, pero no le
aconsejo que abrigue esperanzas. En realidad… —Se reclinó en el asiento y
arrugó la frente—. En realidad, si la discusión se vuelve acalorada, surgirá
cierta tendencia, tanto dentro como fuera de la Legislatura, a favorecer esa
postura que antes mencionó usted, la que quieran desmontarle. Librarse de usted
podría ser el modo más fácil de resolver el dilema. Píenselo antes de insistir.
—¿Nadie recordará la técnica de la protetología, algo que
me pertenece casi por completo?
—Parecerá cruel, pero no la recordarán. O, en todo caso,
la recordarán desfavorablemente. Dirán que usted lo hizo con fines egoístas,
que fue parte de una campaña para robotizar a los seres humano o para humanizar
a los robots; y en cualquiera de ambos casos sería pérfido y maligno. Usted
nunca ha sido víctima de una campaña política de desprestigio, y le aseguro que
se convertiría en el blanco de unas calumnias que ni usted ni yo creeríamos,
pero sí habría gente que las creería. Señor Martin, viva su vida en paz.
Se levantó. Al lado de Andrew, que estaba sentado, parecía
menuda, casi una niña.
—Si decido luchar por mi humanidad —dijo Andrew—, ¿usted
estará de mi lado?
Ella reflexionó y contestó:
—Sí, en la medida de lo posible. Si en algún momento esa
postura amenaza mi futuro político, tendré que abandonarle, pues para mí no es
una cuestión fundamental. Procuro ser franca.
—Gracias. No le pediré otra cosa. Me propongo continuar
esta lucha al margen de las consecuencias, y le pediré ayuda mientras usted
pueda brindármela.
No fue una lucha directa. Feingold y Martin aconsejó
paciencia y Andrew masculló que no tenía una paciencia infinita. Luego,
Feingold y Martin inició una campaña para delimitar la zona de combate.
Entabló un pleito en el que se rechazaba la obligación de
pagar deudas a un individuo con un corazón protésico, alegando que la posesión
de un órgano robótico lo despojaba de humanidad y de sus derechos
constitucionales.
Lucharon con destreza y tenacidad; perdían en cada paso
que daban, pero procurando siempre que la sentencia resultante fuese lo más
genérica posible, y luego la presentaban mediante apelaciones ante el Tribunal
Mundial.
Llevó años y millones de dólares.
Cuando se dictó la última sentencia, DeLong festejó la
derrota como si fuera un importante triunfo. Andrew estaba presente en las
oficinas de la firma, por supuesto.
—Hemos logrado dos cosas, Andrew, y ambas son buenas. En
primer lugar, hemos establecido que ningún número de artefactos le quita la
humanidad al cuerpo humano. En segundo lugar, hemos involucrado a la opinión
pública de tal modo que estará a favor de una interpretación amplia de lo que
significa humanidad, pues no hay ser humano existente que no desee una prótesis
si eso puede mantenerlo con vida.
—¿Y crees que la Legislatura me concederá el derecho a la
humanidad?
DeLong parecía un poco incómodo.
—En cuanto a eso, no puedo ser optimista. Queda el único
órgano que el Tribunal Mundial ha utilizado como criterio de humanidad. Los
seres humanos poseen un cerebro celular orgánico y los robots tienen un cerebro
positrónico de platino e iridio… No Andrew, no pongas esa cara. Carecemos de
conocimientos para imitar el funcionamiento de un cerebro celular en
estructuras artificiales parecidas al cerebro orgánico, así que no se puede
incluir en la sentencia, ni siquiera tú podrías lograrlo.
—¿Qué haremos entonces?
—Intentarlo, por supuesto. La diputada Li-Hsing estará de
nuestra parte y también una cantidad creciente de diputados. El presidente sin
duda seguirá la opinión de la mayoría de la Legislatura en este asunto.
—¿Contamos con una mayoría?
—No, al contrario. Pero podríamos obtenerla si el público
expresa su deseo de que se te incluya en una interpretación amplia de lo que
significa humanidad. Hay pocas probabilidades, pero si no deseas abandonar
debemos arriesgarnos.
La diputada Li-Hsing era mucho más vieja que cuando Andrew
la conoció. Ya no llevaba aquellas prendas transparentes, sino que tenía el
cabello corto y vestía con ropa tubular. En cambio, Andrew aún se atenía,
dentro de los límites de lo razonable, al modo de vestir que predominaba cuando
él comenzó a usar ropa un siglo atrás.
—Hemos llegado tan lejos como podíamos, Andrew. Lo
intentaremos nuevamente después del receso, pero, con franqueza, la derrota es
segura y tendremos que desistir. Todos estos esfuerzos sólo me han valido una
derrota segura en la próxima campaña parlamentaria.
—Lo sé, y lo lamento. Una vez dijiste que me abandonarías
si se llegaba a ese extremo; ¿por qué no lo has hecho?
—Porque cambié de opinión. Abandonarte se convirtió en un
precio mucho más alto del que estaba dispuesta a pagar por una nueva gestión.
Hace más de un cuarto de siglo que estoy en la Legislatura. Es suficiente.
—¿No hay modo de hacerles cambiar de parecer, Chee?
—He convencido a toda la gente razonable. El resto, la
mayoría, no están dispuestos a renunciar a su aversión emocional.
—La aversión emocional no es una razón válida para votar a
favor o en contra.
—Lo sé, Andrew, pero la razón que alegan no es la aversión
emocional.
—Todo se reduce al tema del cerebro, pues. Pero ¿es que
todo ha de limitarse a una posición entre células y positrones? ¿No hay modo de
imponer una definición funcional? ¿Debemos decir que un cerebro está hecho de
esto o lo otro? ¿No podemos decir que el cerebro es algo capaz de alcanzar
cierto nivel de pensamiento?
—No dará resultado. Tu cerebro fue fabricado por el
hombre, el cerebro humano no. Tu cerebro fue construido, el humano se
desarrolló. Para cualquier ser humano que se proponga mantener la barrera entre
él y el robot, esas diferencias constituyen una muralla de acero de un
kilómetro de grosor y un kilómetro de altura.
—Si pudiéramos llegar a la raíz de su antipatía…, a la
auténtica raíz de…
—Al cabo de tantos años —comentó tristemente Li-Hsing—,
sigues intentando razonar con los seres humanos. Pobre Andrew, no te enfades,
pero es tu personalidad robótica la que te impulsa en esa dirección.
—No lo sé —dijo Andrew—. Si pudiera someterme…
Si pudiera someterse…
Sabía desde tiempo atrás que podía llegar a ese extremo, y
al fin decidió ver al cirujano. Buscó uno con la habilidad suficiente para la
tarea, lo cual significaba un cirujano robot, pues no podía confiar en un
cirujano humano, ni por su destreza ni por sus intenciones.
El cirujano no podría haber realizado la operación en un
ser humano, así que Andrew, después de postergar el momento de la decisión con
un triste interrogatorio que reflejaba su torbellino interior, dejó de lado la
Primera Ley diciendo:
—Yo también soy un robot. —Y añadió, con la firmeza con
que había aprendido a dar órdenes en las últimas décadas, incluso a seres
humanos—: Le ordenó que realice esta operación.
En ausencia de la Primera Ley, una orden tan firme,
impartida por alguien que se parecía tanto a un ser humano, activó la Segunda
Ley, imponiendo la obediencia.
Andrew estaba seguro de que el malestar que sentía era
imaginario. Se había recuperado de la operación. No obstante, se apoyó
disimuladamente contra la pared. Sentarse sería demasiado revelador.
—La votación definitiva se hará esta semana, Andrew —dijo
Li-Hsing—. No he podido retrasarla más, y perderemos… Ahí terminará todo,
Andrew.
—Te agradezco tu habilidad para la demora. Me ha
proporcionado el tiempo que necesitaba y he corrido el riesgo que debía correr.
—¿De qué riesgo hablas? —preguntó Li-Hsing, con manifiesta
preocupación.
—No podía contártelo a ti ni a la gente de Feingold y
Martin, pues sabía que me detendrías. Mira, si el problema es el cerebro,
¿acaso la mayor diferencia no resiste en la inmortalidad? ¿A quién le importa
la apariencia, la constitución ni la evolución del cerebro? Lo que importa es
que las células cerebrales mueren, que deben morir. Aunque se mantengan o se
reemplacen los demás órganos, las células cerebrales, que no se pueden
reemplazar sin alterar y matar la personalidad, deben morir con el tiempo. Mis
sendas positrónicas han durado casi dos siglos sin cambios y pueden durar
varios siglos más. ¿No es ésa la barrera fundamental? Los seres humanos pueden
tolerar que un robot sea inmortal, pues no importa cuánto dure una máquina;
pero no pueden tolerar a un ser humano inmortal, pues su propia mortalidad sólo
es tolerable siempre y cuando sea universal. Por eso no quieren considerarme
humano.
—¿A dónde quieres llegar, Andrew?
—He eliminado ese problema. Hace décadas, mi cerebro
positrónico fue conectado a nervios orgánicos. Ahora una última operación ha
reorganizado esas conexiones de tal modo que lentamente mis sendas pierdan
potencial.
La azorada Li-Hsing calló un instante. Luego, apretó los
labios.
—¿Quieres decir que has planeado morirte, Andrew? Es
imposible. Eso viola la Tercera Ley.
—No. He escogido entre la muerte de mi cuerpo y la muerte
de mis aspiraciones y deseos. Habría violado la Tercera Ley si hubiese
permitido que mi cuerpo viviera a costa de una muerte mayor. —Li-Hsing le
agarró el brazo como si fuera a sacudirle. Se contuvo—. Andrew, no dará
resultado. Vuelve a tu estado anterior.
—Imposible. Se han causado muchos daños. Me queda un año
de vida. Duraré hasta el segundo centenario de mi construcción. Me permití esa
debilidad.
—¿Vale la pena? Andrew, eres un necio.
—Si consigo la humanidad, habrá valido la pena. De lo
contrario, mi lucha terminará, y eso también habrá valido la pena.
Li-Hsing hizo algo que la asombró. Rompió a llorar en
silencio.
Fue extraño el modo en que ese último acto capturó la
imaginación del mundo. Andrew no había logrado conmover a la gente con todos
sus esfuerzos, pero había aceptado la muerte para ser humano, y ese sacrificio
fue demasiado grande para que lo rechazaran.
La ceremonia final se programó deliberadamente para el
segundo centenario. El presidente mundial debía firmar el acta y darle carácter
de ley, y la ceremonia se transmitiría por una red mundial de emisoras y se
vería en el Estado de la Luna e incluso en la colonia marciana. Andrew iba en
una silla de ruedas. Aún podía caminar, pero con gran esfuerzo.
Ante los ojos de la humanidad, el presidente mundial dijo:
—Hace cincuenta años, Andrew fue declarado el robot
sesquicentenario. —Hizo una pausa y añadió solemnemente—: Hoy, el Señor Martin
es declarado el hombre bicentenario.
Y Andrew, sonriendo, extendió la mano para estrechar la
del presidente.
Andrew yacía en el lecho. Sus pensamientos se disipaban.
Intentaba agarrarse a ellos con desesperación. ¡Un hombre! ¡Era un hombre!
Quería serlo hasta su último pensamiento. Quería disolverse, morir siendo
hombre.
Abrió los ojos y reconoció a Li-Hsing, que aguardaba
solemnemente. Había otras personas, pero sólo eran sombras irreconocibles.
Unicamente Li-Hsing se recortaba contra ese fondo cada vez más borroso. Andrew
tendió la mano y sintió vagamente el apretón.
Ella se esfumaba ante sus ojos mientras sus últimos
pensamientos se disipaban.
Pero, antes de que la imagen de Li-Hsing se desvaneciera
del todo, un último pensamiento cruzó la mente de Andrew por un instante fugaz.
—Niña —susurró, en voz tan queda que nadie le oyó.
La clave
Karl Jennings sabía que iba a morir. Le quedaban pocas
horas de vida y tenía mucho que hacer.
Sin comunicaciones era imposible escapar de esa sentencia
de muerte en la Luna.
Aún en la Tierra había parajes donde, sin una radio a
mano, un hombre podía llegar a morir al no contar con la ayuda del prójimo, sin
el corazón del prójimo para compadecerlo, sin siquiera los ojos del prójimo
para descubrir su cadáver. En la Luna, casi todos los parajes eran así.
Los terrícolas sabían que él se encontraba allí, desde
luego. Jennings formaba parte de una expedición geológica; mejor dicho, de una
expedición selenológica. Era extraño cómo su mente habituada a la Tierra
insistía en el prefijo «geo».
Se devanó los sesos sin dejar de trabajar. Aunque estaba
agonizando, aún sentía esa artificiosa lucidez. Miró en torno angustiosamente.
No había nada que ver. Se hallaba en la eterna sombra del interior norte de la
pared del cráter, una negrura sólo mitigada por el parpadeo intermitente de la
linterna. Jennings mantenía esa intermitencia en parte porque no quería agotar
la fuente energética antes de morir y en parte porque no quería arriesgarse a
ser visto.
A la izquierda, hacia el sur a lo largo del cercano
horizonte lunar, brillaba una blanca astilla de luz solar. Más allá del
horizonte se extendía el invisible borde del cráter. El sol no se elevaba a
suficiente altura como para iluminar el suelo que él pisaba. Al menos, Jennings
estaba a salvo de la radiación.
Cavó metódica, pero torpemente, enfundado en el traje
espacial. Le dolía espantosamente el costado.
El polvo y la roca partida no cobraban esa apariencia de
«castillo de cuento de hadas», característica de las partes de la superficie
lunar expuestas a la alternativa de luz y sombra, calor y frío. Allí, en el
frío continuo, el lento desmoronamiento de la pared del cráter había apilado
escombros finos en una masa heterogénea. No sería fácil distinguir el lugar
donde estaba cavando.
Calculó mal la irregularidad de la oscura superficie y un
puñado de fragmentos polvorientos se le escapó de las manos. Las partículas
cayeron con lentitud lunar, pero aparentando celeridad, pues no había aire que
ofreciera resistencia y las dispersara en una bruma polvorienta.
Jennings encendió la linterna un instante y apartó de un
puntapié una roca escabrosa.
No tenía mucho tiempo. Cavó a mayor profundidad.
Si cavaba un poco más, lograría meter el dispositivo en el
hoyo y taparlo. Strauss no debía hallarlo.
¡Strauss!
El otro miembro del equipo. Socio en el descubrimiento.
Socio en la fama.
Si Strauss hubiera querido quedarse sólo con la fama,
Jennings quizá lo habría permitido. El descubrimiento era más importante que la
fama individual. Pero Strauss quería mucho más, codiciaba algo que Jennings
impediría a toda costa.
Estaba dispuesto a morir con tal de impedirlo.
Y se estaba muriendo.
La habían hallado juntos. Strauss se encontró la nave;
mejor dicho, los restos de la nave; mejor aún, lo que quizá fueran los restos
de algo análogo a una nave.
—Metal —dijo Strauss, recogiendo un objeto mellado y
amorfo.
Sus ojos y su rostro apenas se distinguían a través del
grueso cristal de plomo del visor, pero su voz áspera sonó con claridad en la
radio del traje. Jennings se acercó dando botes ingrávidos desde su posición a
ochocientos metros.
—¡Qué raro! —comentó—. No hay metal suelto en la Luna.
—No debería haberlo. Pero ya sabes que no se ha explorado
más del uno por ciento de la superficie lunar. Quién sabe qué puede haber en
ella.
Jennings asintió con la cabeza y extendió su mano
enguantada para coger el objeto.
Era cierto que en la Luna podía hallarse cualquier cosa.
Esa era la primera expedición selenográfica financiada con fondos privados.
Hasta entonces, sólo se habían realizado proyectos gubernamentales con diversos
objetivos. Como signo del avance de la era del espacio, la Sociedad Geológica
financiaba el envío de dos hombres a la Luna para que realizaran únicamente
estudios selenológicos.
—Parece como si hubiera tenido una superficie pulida
—observó Strauss.
—Tienes razón. Tal vez haya más.
Hallaron tres fragmentos más; dos de tamaño ínfimo y el
tercero, un objeto irregular que mostraba rastros de una unión.
—Llevémoslos a la nave.
Se subieron al pequeño deslizador para regresar a la nave
madre. Una vez a bordo, se quitaron los trajes, algo que Jennings siempre hacía
con satisfacción. Se rascó enérgicamente las costillas y se frotó las mejillas
hasta que la tez clara se le pobló de manchas rojas.
Strauss prescindió de esas delicadezas y se puso a
trabajar. El rayo láser picoteó en el metal, y el vapor se registró en el
espectrógrafo: Titanio y acero esencialmente, con vestigios de cobalto y de
molibdeno.
—Artificial, sin duda —determinó Strauss—. Su rostro de
rasgos gruesos estaba huraño y duro como siempre. No se inmutaba, aunque el
corazón de Jennings palpitaba con más fuerza.
—Y sin duda esto merece un fuego artificial —bromeó
Jennings, llevado por la excitación.
Había puesto énfasis en el término «artificial» para
indicar que era un juego de palabras. Pero Strauss lo fulminó con una mirada
distanciadora que cortó de raíz cualquier intento de seguir con los
retruécanos.
Jennings suspiró. Nunca podía contenerse. Recordaba que en
la universidad… Bien, no tenía importancia. Que Strauss conservara la calma si
quería, pero ese descubrimiento merecía festejarse con el mejor retruécano del
mundo.
Se preguntó sí Strauss comprendería el significado de
aquel hallazgo.
Sabía muy poco sobre Strauss, salvo lo de su reputación
selenológica. Había leído los artículos de Strauss y suponía que él había leído
los suyos. Aunque tal vez se hubieran cruzado sus caminos en la época
universitaria, nunca se habían conocido hasta que ambos se presentaron como
voluntarios para esa misión y fueron seleccionados.
En la semana de viaje, Jennings reparó incómodamente en la
figura corpulenta de Strauss, en su cabello claro y sus ojos azules, en su modo
de mover las prominentes mandíbulas cuando comía. Jennings, de físico mucho más
menudo, que también tenía ojos azules y cuyo cabello era más oscuro, se
amilanaba ante la arrolladora energía de Strauss.
—No está documentado que ninguna nave haya descendido en
esta parte de la Luna —dijo Jennings—. Y ninguna se ha estrellado.
—Si formara parte de una nave, sería liso y lustroso. Esto
está erosionado. Teniendo en cuenta que no hay atmósfera, eso significa una
exposición de muchos años al bombardeo de los micrometeoros.
Strauss si comprendía el significado del hallazgo.
—¡Este artefacto no es de creación humana! —exclamó
Jennings, exultante—. Criaturas extraterrestres han visitado la Luna. Quién
sabe hace cuánto tiempo.
—Quién sabe —convino Strauss.
—En el informe…
—Espera. Habrá tiempo para hacer un informe cuando
tengamos algo de qué informar. Si era una nave, sin duda hallaremos algo más.
Pero no tenía sentido ponerse a buscar en ese momento.
Habían trabajado durante horas, y era momento de comer y descansar. Lo mejor
sería abordar la tarea frescos y consagrarle varias horas. Se pusieron de
acuerdo tácitamente.
La Tierra estaba baja sobre el horizonte oriental, casi
llena, brillante y estriada de azul. Jennings la contempló mientras comían y
experimentó, como de costumbre, una intensa añoranza.
—Parece muy tranquila —comentó—, pero hay seis mil
millones de personas trabajando en ella.
Strauss abandonó sus cavilaciones para replicar:
—¡Seis mil millones de personas destruyéndola!
Jennings frunció el ceño.
—No serás un ultra, ¿eh?
—¿De qué demonios estás hablando?
Jennings se sonrojó. El rubor siempre se le notaba en la
tez clara, que se ponía rosada ante cualquier arrebato emocional. Le resultaba
tremendamente embarazoso.
Siguió comiendo sin decir nada.
Hacía una generación que la población de la Tierra se
mantenía igual. No se podía tolerar un nuevo incremento. Todos lo admitían.
Incluso había quienes afirmaban que la falta de incremento era insuficiente,
que sería necesario reducir la población. Jennings simpatizaba con ese punto de
vista. La Tierra estaba siendo devorada por una población humana excesiva.
¿Pero cómo lograr el descenso de la población? ¿Al azar,
alentando a la gente a reducir la tasa de natalidad a su aire? En los últimos
tiempos se elevaba un clamor que no sólo exigía un descenso demográfico, sino
un descenso selectivo: la supervivencia del más apto, para la cual quienes se
consideraban a sí mismos los más aptos escogían los criterios de aptitud.
«Creo que lo he insultado», pensó Jennings.
Luego, cuando estaba a punto de quedarse dormido, se le
ocurrió de repente que no sabía nada sobre el carácter de Strauss. ¿Y si se
proponía ponerse a buscar él solo para adjudicarse todo el mérito del…?
Abrió los ojos alarmado, pero Strauss respiraba
entrecortadamente y pronto empezó a roncar.
Pasaron tres días buscando más fragmentos. Hallaron
algunos. Hallaron más que eso. Hallaron una zona reluciente con la diminuta
fosforescencia de las bacterias lunares. Esas bacterias eran bastante comunes,
pero en ninguna parte se había descubierto una concentración tan grande como
para causar un fulgor visible.
—Un ser orgánico, o sus restos, debió de estar aquí alguna
vez —observó Strauss—. El ser murió, pero sus microorganismos no y, al final,
lo consumieron.
—Y quizá se propagaron —añadió Jennings—. Tal vez ése sea
el origen de las bacterias lunares. Quizá no sean nativas, sino el resultado de
una contaminación… de hace milenios.
—También funciona en sentido contrario. Como estas
bacterias son esencialmente diferentes de cualquier microorganismo terrícola,
las criaturas de quienes fueron parásitas, si tal es el caso, también debían de
ser esencialmente distintas. Otro indicio de una presencia extraterrestre.
El camino terminaba en la pared de un pequeño cráter.
—Es una inmensa tarea de excavación —suspiró Jennings—.
Será mejor que informemos y que nos manden ayuda.
—No —dijo sombríamente Strauss—. Tal vez esa ayuda no se
justifique. El cráter se pudo haber formado un millón de años después de que la
nave se estrellara.
—¿Quieres decir que entonces se vaporizó todo y sólo
habría quedado esto que hemos encontrado? —Strauss asintió con la cabeza y
Jennings añadió—: Probemos suerte de todos modos. Podemos cavar un poco. Si
trazamos una línea a través de los lugares donde hemos hallado algo y
continuamos…
Strauss trabajaba con desgano, así que fue Jennings quien
hizo el verdadero hallazgo. Sin duda eso contaba. Aunque Strauss hubiera
hallado el primer fragmento metálico, Jennings había hallado el dispositivo.
Era un artefacto hundido un metro bajo una roca irregular
que al caer había abierto una cavidad en la superficie lunar. Durante un millón
de años, la cavidad había protegido el artefacto de la radiación, de los
micrometeoros y de los cambios de temperatura, de modo que permanecía intacto.
Jennings lo bautizó como el Dispositivo. No se parecía a
ningún instrumento que él conociera, pero ¿por qué iba a parecerse?
—No veo asperezas —dijo—. Quizá no esté roto.
—Pero quizá falten piezas.
—Quizá, pero no parece haber partes móviles. Es una pieza
entera, extrañamente irregular. Es lo que necesitamos. Una pieza de metal
gastado o una zona rica en bacterias sirven sólo para hacer deducciones y para
mantener disputas. Pero esto es algo fantástico, un dispositivo de evidente
origen extraterrestre. —Lo habían apoyado en la mesa y ambos lo observaban muy
serios—. Presentemos un informe preliminar.
—¡No! —rugió Strauss—. ¡Claro que no!
—¿Por qué no?
—Porque si lo hacemos se transformará en un proyecto de la
Sociedad. Esto se llenará de intrusos y cuando terminen no seremos ni siquiera
una nota a pie de página. ¡No! —Adoptó una expresión taimada—. Vamos a hacer
todo lo que podamos y a sacar el mayor provecho posible antes de que lleguen
esas arpías.
Jennings lo pensó. Tampoco él quería perder la fama que se
merecía. Pero aun así…
—No sé si quiero correr el riesgo, Strauss. —Sintió el
impulso de llamarlo por el nombre de pila, pero se contuvo—. Mira, no es
correcto esperar. Si esto es de origen extraterrestre, tiene que ser de otro
sistema solar. No hay sitio en este sistema solar, aparte de la Tierra, que
pueda albergar una forma de vida avanzada.
—Eso no está demostrado —gruñó Strauss—. ¿Pero qué hay con
ello, suponiendo que tengas razón?
—Eso significaría que las criaturas de la nave dominaban
el viaje interestelar y, por lo tanto, estaban tecnológicamente más avanzadas
que nosotros. Quién sabe lo que el Dispositivo puede decirnos sobre su avanzada
tecnología. Quizá sea la clave de… quién sabe qué. Podría ser la clave de una
revolución científica.
—Devaneos románticos. Si es producto de una tecnología
mucho más avanzada que la nuestra, no aprenderemos nada de ella. Resucita a
Einstein y muéstrale una microprotodistorsión. No sabría cómo interpretarla.
—No tenemos la certeza de que no aprenderemos nada.
—Aun así, ¿qué? ¿Qué tiene de malo una pequeña demora?
¿Qué tiene de malo asegurarnos el mérito? ¿Qué tiene de malo asegurarnos una
participación, que no nos dejen excluidos?
—Pero Strauss… —Jennings se sintió conmovido casi hasta
las lágrimas en su afán de comunicar la importancia que él atribuía al
Dispositivo—. Imagínate que nos estrelláramos con él. Imagínate que no
lográramos regresar a la Tierra. No podemos poner en peligro esta cosa. —La
acarició, casi como si estuviera enamorado de ella—. Deberíamos informar sobre
ella y pedir que envíen naves para buscarla. Es demasiado preciosa para…
En medio de tanta intensidad emocional, el Dispositivo
pareció entibiarse bajo su mano. Una parte de la superficie, semioculta por un
reborde de metal, emitió un fulgor fosforescente.
Jennings apartó la mano con un gesto espasmódico y el
Dispositivo se oscureció. Pero era suficiente; el momento había sido
infinitamente revelador.
—Fue como si se abriera una ventana en tu cráneo —jadeó
Jennings—. Pude ver tu mente.
—Yo leí la tuya, o la experimenté, o entré en ella, o lo
que sea.
Tocó el dispositivo con actitud fría y distante, pero no
ocurrió nada.
—Eres un ultra —lo acusó Jennings—. Cuando toqué esto… —Lo
tocó de nuevo—. Vuelve a ocurrir. Lo veo. ¿Estás loco? ¿De veras crees que es
humanamente aceptable condenar a casi toda la raza humana a la extinción y
destruir la versatilidad y la variedad de la especie?
De nuevo apartó la mano, asqueado por las revelaciones, y
de nuevo el Dispositivo se oscureció. Una vez más, Strauss lo tocó con reservas
y no ocurrió nada.
—No empecemos a discutir, por el amor de Dios —dijo
Strauss—. Esto es un aparato de comunicación, un amplificador telepático. ¿Por
qué no? Las células cerebrales tienen potencial eléctrico. El pensamiento puede
considerarse un campo ondulatorio electromagnético de microintensidades…
Jennings se apartó. No quería hablar con Strauss.
—Pasaremos un informe de inmediato. Me importa un bledo la
fama. Puedes quedarte con ella. Yo sólo quiero que esto esté fuera de nuestras
manos.
Por un instante, Strauss permaneció tenso. Luego, se
relajó.
—Es más que un comunicador. Responde a la emoción y la
amplifica.
—¿De qué estás hablando?
—Ha funcionado dos veces cuando lo tocaste ahora, aunque
lo estuviste manipulando todo el día sin efecto visible. Y no reacciona cuando
yo lo toco.
—¿Y bien?
—Se activó cuando estabas en un estado de alta tensión
emocional. Supongo que eso es lo que requiere para reaccionar. Y cuando
desvariabas sobre los ultras hace un instante, me sentí igual que tú por un
momento.
—Te sentiste como debías.
—Escúchame, ¿estás seguro de tener razón? Cualquier hombre
pensante sabe que la Tierra estaría mejor con una población de mil millones que
con seis mil millones. Si usáramos la automatización al máximo, algo que ahora
las masas nos impiden, podríamos tener una Tierra totalmente eficaz y viable
con una población de sólo cinco millones, por ejemplo. Escúchame, Jennings. No
te vayas, hombre. —Suavizó el tono de su voz, en un esfuerzo por conquistarlo
con argumentos razonables—. Pero no podemos reducir la población
democráticamente, ya lo sabes. No se trata del impulso sexual, pues los
dispositivos intrauterinos resolvieron hace tiempo el control de la natalidad.
Es una cuestión de nacionalismo. Cada grupo étnico quiere que los demás sean
los primeros en reducir su población, y yo estoy de acuerdo con ellos. Quiero
que mi grupo étnico, nuestro grupo étnico, prevalezca. Quiero que la Tierra la
herede una élite, lo cual significa hombres como nosotros. Somos los seres
humanos verdaderos, y esa horda de simios que nos contiene nos está destruyendo
a todos. De cualquier forma, están condenados; ¿por qué no salvarnos nosotros?
—No —rechazó con firmeza Jennings—. Ningún grupo tiene el
monopolio de la humanidad. Tus cinco millones de reflejos idénticos, atrapados
en una humanidad privada de variedad y versatilidad, se morirían de
aburrimiento, y se lo habrían ganado a pulso.
—Sensiblerías, Jennings. Tú no lo crees. Nuestros tontos
humanitaristas te han enseñado a creerlo. Mira, este artefacto es justo lo que
necesitamos. Aunque no podamos construir otros ni comprender cómo funcionan,
éste sería suficiente. Si pudiéramos controlar o guiar la mente de ciertos
hombres, poco a poco impondríamos nuestro punto de vista en el mundo. Ya
tenemos una organización. Lo sabes si has visto mi mente. Está mejor motivada y
estructurada que cualquier otra organización de la Tierra. A diario nos vienen
los mejores cerebros de la humanidad, ¿por qué no tú? Este instrumento es una
clave, pero no sólo para obtener más conocimiento; es una clave para la
solución final de los problemas humanos. ¡Únete a nosotros!
Había hablado con un apasionamiento que Jennings le
desconocía. Apoyó la mano en el Dispositivo, que parpadeó un par de segundos y
se apagó.
Jennings sonrió sin humor. Entendía lo ocurrido. Strauss
había intentado agudizar su intensidad emocional para activar el Dispositivo y
había fallado.
—No puedes activarlo —le dijo—. Eres un superhombre, un
maestro del autodominio, y no puedes dejarte llevar, ¿verdad?
Cogió con manos trémulas el Dispositivo, que se encendió
de inmediato.
—Entonces, actívalo tú. Gana renombre por salvar a la
humanidad.
—Jamás —replicó Jennings, sofocado por la emoción—. Pasaré
el informe ahora.
—No. —Strauss tomó un cuchillo de la mesa—. Tiene punta y
filo suficientes.
—Un comentario incisivo —observó Jennings, consciente de
su retruécano a pesar de la tensión del momento—. Entiendo tus planes. Con el
Dispositivo puedes convencer a cualquiera de que nunca existí. Puedes lograr
una victoria ultra.
Strauss movió varias veces la cabeza en sentido
afirmativo.
—Me lees la mente a la perfección.
—Pero no lo lograrás —susurró Jennings—. No, mientras yo
tenga esto.
Lo inmovilizó con su voluntad. Strauss se movió
desmañadamente y se detuvo.
Empuñaba el cuchillo con firmeza y le temblaba el brazo,
pero no podía hacerlo avanzar. Ambos sudaban profusamente.
—No puedes… mantenerlo así… todo el día —se esforzó
Strauss, hablando entre dientes.
Jennings lo percibía con claridad, pero no contaba con
palabras para describirlo. Era como retener a un animal escurridizo y de enorme
fuerza, un animal que no cesaba de contorsionarse. Tenía que concentrarse en
esa sensación de inmovilidad.
No estaba familiarizado con el Dispositivo. No sabía
utilizarlo hábilmente. Era como pedirle a alguien que nunca hubiera visto una
espada que la empuñara con la destreza de un mosquetero.
—Exacto —le dijo Strauss, siguiéndole los pensamientos, y
avanzó un paso con esfuerzo.
Jennings sabía que no podría oponer resistencia a la firme
determinación de Strauss. Ambos lo sabían. Pero estaba el deslizador. Debía
irse de allí con el Dispositivo.
Sólo que Jennings no tenía secretos. Strauss le vio el
pensamiento y procuró interponerse entre él y el deslizador.
Jennings redobló sus esfuerzos. No inmovilidad, sino
inconsciencia. Duerme, Strauss, pensó desesperadamente. ¡Duerme!
Strauss cayó de rodillas, apretando con fuerza los
párpados.
Con el corazón desbocado, Jennings corrió hacia delante.
Si pudiera golpearlo con algo, arrebatarle el cuchillo…
Y como sus pensamientos habían dejado de concentrarse en
el sueño, Strauss lo agarró por un tobillo y tiró de él con brusquedad.
Y no lo dudó un momento. En cuanto Jennings cayó al suelo,
subió y bajó la mano que empuñaba el cuchillo. Jennings sintió un dolor agudo,
y una llamarada de miedo y desesperación le invadió la mente.
Ese arrebato emocional elevó el parpadeo del Dispositivo a
un fogonazo. Strauss aflojó la mano y Jennings lanzó unos incoherentes y
silenciosos gritos de temor y rabia con la mente.
Strauss se derrumbó, con el rostro demudado.
Jennings se levantó con esfuerzo y retrocedió. No se
atrevía a hacer nada, salvo concentrarse en mantener la inconsciencia del otro.
Todo intento de acción violenta le restaría fuerza mental, lo privaría de una
vacilante y torpe fuerza mental que no podría dedicar a un uso efectivo.
Fue hacia el deslizador. A bordo habría un traje, y
vendajes…
El deslizador no estaba pensado para viajes largos, y
tampoco Jennings resistiría un viaje largo. Tenía el flanco derecho empapado de
sangre a pesar de los vendajes. El interior del traje estaba endurecido por la
sangre seca.
No había señales de la nave, pero sin duda llegaría tarde
o temprano. Tenía mayor potencia y detectores que captarían la nube de la
concentración de cargas que dejaban los reactores iónicos del deslizador.
Había intentado comunicarse por radio con Estación Luna,
pero aún no llegaba respuesta y Jennings optó por callar. Las señales sólo
harían que Strauss lo localizara.
Podía tratar de llegar a Estación Luna, pero no creía que
pudiera lograrlo. Strauss lo detectaría antes. O moriría y se estrellaría
antes. No llegaría. Tendría que ocultar el Dispositivo, ponerlo a buen recaudo
y, luego, enfilar hacia Estación Luna.
El Dispositivo…
No estaba seguro de tener razón. Podía acabar con la raza
humana, pero era infinitamente valioso. ¿Debía destruirlo del todo? Era el
único vestigio de una vida inteligente no humana. Albergaba los secretos de una
tecnología avanzada, se trataba del instrumento de una ciencia mental avanzada.
A pesar del peligro, había que tener en cuenta el valor, el valor potencial.
No, debía ocultarlo para que alguien lo hallara de nuevo,
pero sólo los moderados del Gobierno. Nunca los ultras.
El deslizador descendió por el borde norte del cráter.
Jennings lo conocía y podía sepultar el Dispositivo allí. Si luego no lograba
llegar a Estación Luna, tendría que alejarse del escondrijo para no delatarlo
con su presencia. Y debería dejar alguna clave de su paradero.
Le pareció que pensaba con increíble lucidez. ¿Era la
influencia del Dispositivo? ¿Estimulaba su pensamiento y lo guiaba hacia el
mensaje perfecto? ¿O era la alucinación insensata de un moribundo? No lo sabía,
pero no tenía otra opción. Debía intentarlo.
Pues Karl Jennings sabía que iba a morir. Le quedaban
pocas horas de vida y tenía mucho que hacer.
H. Seton Davenport, de la División Estadounidense del
Departamento Terrícola de Investigaciones, se frotó con aire ausente la
cicatriz de la mejilla izquierda.
—Sé que los ultras son peligrosos, señor.
El jefe de división, M. T. Ashley, miró a Davenport con
los ojos entrecerrados. El gesto de sus mejillas enjutas denotaba su
desaprobación. Como había jurado una vez más que dejaría de fumar, buscó a
tientas una goma de mascar, la desenvolvió, la estrujó y se la metió en la
boca. Se estaba volviendo viejo y malhumorado, y su bigote corto y gris raspaba
cuando se lo frotaba con los nudillos.
—No sabe hasta qué punto son peligrosos, y me pregunto si
alguien lo sabe. Son pocos, pero gozan de influencia entre los poderosos, que
están muy dispuestos a considerarse la élite. Nadie sabe con certeza quiénes ni
cuántos son.
—¿Ni siquiera el Departamento?
—El Departamento está atado de manos. Más aún, ni siquiera
nosotros estamos libres de esa mancha. ¿Lo está usted?
Davenport frunció el ceño.
—Yo no soy ultra.
—No he dicho que lo fuera. Le pregunto que si está libre
de esa mancha ¿Ha pensado en lo sucedido en la Tierra en los dos últimos
siglos? ¿Nunca ha pensado que una moderada disminución demográfica sería algo
positivo? ¿Nunca ha pensado que sería maravilloso liberarse de los poco
inteligentes, de los incapaces, de los insensibles y dejar el resto? Porque yo
lo he pensado, qué diablos.
—Si, me acuso de haberlo pensado alguna vez. Pero una cosa
es expresar un deseo y otra muy distinta planificar un proyecto práctico de
acción hitleriana.
—El deseo no está tan lejos del acto como usted cree.
Convénzase de que el objetivo tiene importancia, de que el peligro es bastante
grande, y los medios se volverán cada vez menos objetables. De cualquier modo,
ahora que ha terminado ese asunto de Estambul, le pondré al corriente de esto.
Lo de Estambul no fue nada en comparación. ¿Conoce al agente Ferrant?
—¿El que desapareció? No personalmente.
—Bien, pues hace dos meses se localizó una nave abandonada
en la superficie lunar. Realizaba una investigación selenográfica, financiada
con fondos privados. La Sociedad Geológica Rusoamericana, que patrocinaba el
vuelo, informó de que la nave no se había comunicado. Una búsqueda de rutina la
localizó sin mayores inconvenientes, a una razonable distancia del lugar desde
donde transmitió su último informe. La nave no estaba dañada, pero el
deslizador había desaparecido, junto con uno de los tripulantes, Karl Jennings.
El otro hombre, James Strauss, estaba vivo, pero deliraba. No mostraba lesiones
físicas, pero estaba loco de remate. Todavía lo está, y eso es importante.
—¿Por qué? —preguntó Davenport.
—Porque el equipo médico que lo examinó halló anomalías
neuroquímicas y neuroeléctricas sin precedentes. Nunca han visto un caso
semejante. Nada humano pudo provocarlo.
Una sonrisa fugaz cruzó el rostro grave de Davenport.
—¿Sospecha usted de invasores extraterrestres?
—Quizá —contestó el otro, sin sonreír en absoluto—. Pero
permítame continuar. Una búsqueda rutinaria por las cercanías de la nave no
reveló indicios del deslizador. Luego, Estación Luna comunicó que había
recibido señales débiles de origen incierto. Supuestamente procedían del margen
occidental de Mare Imbrium, pero no estaban seguros de que fueran de origen
humano y no creían que hubiera naves en las cercanías. Ignoraron las señales.
Pensando en el deslizador, sin embargo, la partida de búsqueda se dirigió hacia
Imbrium y lo localizó. Jennings estaba a bordo, muerto. Una puñalada en el
costado. Es sorprendente que lograra sobrevivir tanto tiempo. Mientras tanto,
los médicos estaban cada vez más desconcertados por los delirios de Strauss. Se
pusieron en contacto con el Departamento y nuestros dos agentes lunares
llegaron a la nave. Uno de ellos era Ferrant. Estudió las grabaciones de esos
delirios. No tenía sentido hacerle preguntas, pues no había modo, ni hay, de
comunicarse con Strauss. Existe una alta muralla entre el universo y él, y tal
vez sea para siempre. Sin embargo, sus delirios, a pesar de las redundancias y
las incoherencias, pueden tener cierto sentido. Ferrant lo ordenó todo, como un
rompecabezas. Al parecer, Strauss y Jennings hallaron un objeto que
consideraron antiguo y no humano, un artefacto de una nave que se estrelló hace
milenios. Parece ser que podía alterar la mente humana.
—¿Y alteró la mente de Strauss? ¿Es eso?
—Exacto. Strauss era un ultra (podemos decir «era» porque
está vivo sólo técnicamente) y Jennings no quiso entregarle el objeto. Y por
buenas razones. En sus delirios, Strauss habló de usarlo para provocar el
autoexterminio, como él lo llamó, de los indeseables. Quería conseguir una
población final e ideal de cinco millones. Hubo una lucha, en la cual Jennings,
aparentemente, se valió de ese artefacto, pero Strauss tenía un cuchillo.
Cuando Jennings se marchó iba herido, y la mente de Strauss estaba destruida.
—¿Y dónde está el objeto?
—El agente Ferrant actuó con decisión. Registró de nuevo
la nave y sus inmediaciones. No había rastros de nada que no fuera una
formación lunar natural o un evidente producto de la tecnología humana. No
encontró nada que pudiera ser el artefacto. Luego, investigó el deslizador y
sus inmediaciones. Nada.
—¿No pudieron los miembros del primer equipo de
investigación, que no sospechaban nada, haberse llevado algo?
—Juraron que no, y no hay razones para sospechar que
mintieran. Posteriormente, el compañero de Ferrant…
—¿Quién era?
—Gorbansky.
—Lo conozco. Hemos trabajado juntos.
—En efecto. ¿Qué piensa de él?
—Es honesto y capaz.
—De acuerdo. Gorbansky encontró algo. No un artefacto
extraterrestre, sino algo humano y de lo más corriente. Era una tarjeta blanca
común, con una inscripción, insertada en el dedo medio del guante derecho.
Supuestamente, Jennings la escribió antes de su muerte, así que, supuestamente,
representaba la clave del escondrijo.
—¿Hay razones para pensar que lo escondió?
—Ya he dicho que no lo encontramos en ninguna parte.
—Pero pudo haberlo destruido, pensando que era peligroso
dejarlo intacto.
—Es muy dudoso. Si aceptamos la conversación que hemos
reconstruido a partir de los delirios de Strauss, y Ferrant logró una
reconstrucción que parece ser casi literal, Jennings pensaba que ese artefacto
era de importancia decisiva para la humanidad. Lo denominó la «clave de una
increíble revolución científica». No destruiría algo así. Simplemente lo
ocultaría de los ultras y trataría de informar de su paradero al Gobierno. De
lo contrario, ¿por qué iba a dejar una clave del paradero?
Davenport sacudió la cabeza.
—Está usted en un círculo vicioso, señor. Dice que dejó
una clave porque usted cree que hay un objeto oculto, y cree que hay un objeto
oculto porque dejó una clave.
—Lo admito. Todo es dudoso. ¿Los delirios de Strauss
significan algo? ¿La reconstrucción de Ferrant es válida? ¿La pista de Jennings
es realmente una pista? ¿Existe un artefacto, ese Dispositivo, como lo llamaba
Jennings? No tiene sentido hacerse preguntas. Ahora debemos actuar sobre el
supuesto de que el Dispositivo existe y hay que encontrarlo.
—¿Porque Ferrant ha desaparecido?
—Exacto.
—¿Secuestrado por los ultras?
—En absoluto. La tarjeta desapareció con él.
—Oh…, entiendo.
—Hace tiempo que sospechamos que Ferrant es un ultra
encubierto. Y no es el único sospechoso dentro del Departamento. Las pruebas no
bastaban para actuar abiertamente; no podemos basarnos en meras sospechas,
porque pondría el Departamento patas arriba. Ferrant estaba bajo vigilancia.
—¿Por parte de quién?
—De Gorbansky. Éste había filmado la tarjeta y envió la
reproducción al cuartel general terrícola, admitiendo que la consideraba sólo
un objeto curioso y la adjuntaba al informe por mero afán de cumplir con la
rutina habitual. Ferrant, el más inteligente de los dos, me parece a mí,
entendió de qué se trataba y actuó en consecuencia. Lo hizo a un alto precio,
pues se ha delatado y destruye así su futura utilidad para los ultras; pero es
posible que esa futura utilidad no sea necesaria. Si los ultras controlan el
Dispositivo…
—Tal vez Ferrant ya lo tenga.
—Recuerde que se encontraba bajo vigilancia. Gorbansky
jura que el Dispositivo no estaba en ninguna parte.
—Gorbansky no fue capaz de impedir que Ferrant se marchara
con la tarjeta. Tal vez tampoco logró evitar que localizara el Dispositivo.
Ashley tamborileó sobre el escritorio, con un ritmo
inquieto y desigual.
—Prefiero no pensar eso. Si encontramos a Ferrant,
podremos averiguar cuánto daño ha causado; hasta entonces, debemos buscar el
Dispositivo. Si Jennings lo ocultó, seguramente intentó alejarse del
escondrijo, pues de lo contrario ¿para qué iba a dejar una pista? No debe de
estar en las cercanías.
—Tal vez no vivió el tiempo suficiente para alejarse.
Ashley volvió a tamborilear.
—El deslizador mostraba indicios de haber emprendido un
vuelo largo y acelerado y de haber acabado estrellándose. Eso concuerda con la
idea de que Jennings procuraba alejarse todo lo posible del escondrijo.
—¿Se sabe de qué dirección venía?
—Si, pero no nos sirve de mucho. Por lo que indican las
toberas laterales, estuvo efectuando deliberadamente virajes y cambios de
dirección.
Davenport suspiró.
—Supongo que tendrá una copia de la tarjeta.
—En efecto. Aquí está.
Le entregó un duplicado. Davenport lo estudió unos
instantes. Era así:
—No le veo ningún significado a esto —comentó Davenport.
—Tampoco yo se lo veía al principio, y tampoco vieron nada
las primeras personas con las que consulté. Pero piense un poco. Jennings debía
de creer que Strauss lo perseguía; tal vez no supiera que había quedado fuera
de combate para siempre. Además, temía que algún ultra lo encontrara antes que
un moderado. No se atrevía a dejar una pista demasiado clara. —El jefe de
división dio unos golpecitos con el dedo sobre la copia de la tarjeta—. Esto
debe de representar una clave de difícil comprensión en apariencia, pero lo
suficientemente clara para alguien dotado de ingenio.
—¿Podemos estar seguros de eso? —preguntó Davenport,
escéptico—. A fin de cuentas, era un hombre moribundo y que se sentía
atemorizado, y tal vez estaba sometido al influjo de ese objeto. Puede ser que
no pensara de un modo lúcido y ni siquiera humano. Por ejemplo, ¿por qué no
intentó llegar a la Estación Luna? Terminó a casi media circunferencia de
distancia. ¿Estaba demasiado alterado para pensar claramente? ¿Demasiado
paranoico para confiar siquiera en la Estación? Sin embargo, trató de
comunicarse, pues la Estación captó las señales. Lo que quiero decir es que
esta tarjeta, que no parece tener sentido, en efecto no tiene sentido.
Ashley meneó de lado a lado la cabeza solemnemente, como
si fuera una campana.
—Estaba atemorizado, sí. Y supongo que no disponía de la
presencia de ánimo suficiente para llegar a la Estación Lunar. Sólo quería
correr y escapar. Aun así, esto tiene algún sentido. Todo encaja demasiado
bien. Cada anotación tiene un sentido, y también el conjunto.
—¿Cuál es ese sentido?
—Notará usted que hay siete puntos en el lado izquierdo y
dos en el derecho. Veamos primero el lado izquierdo. El tercero parece un signo
de igual. ¿Un signo de igual significa algo para usted, algo en particular?
—Una ecuación algebraica.
—Eso es general. ¿Algo en particular?
—No.
—Supongamos que lo consideramos un par de líneas
paralelas.
—¿El quinto postulado de Euclides? —aventuró Davenport.
—¡Bien! En la Luna hay un cráter llamado Euclides, en
homenaje al matemático griego.
Davenport asintió con la cabeza.
—Ahora veo por dónde va usted. En cuanto a F/A, eso es
fuerza dividida por aceleración, la definición de la masa en la segunda ley del
movimiento de Newton…
—Si, y en la Luna también hay un cráter llamado Newton.
—Si, pero aguarde. La anotación inferior es el símbolo
astronómico del planeta Urano y no hay ningún cráter ni ningún otro objeto
lunar que se llame Urano.
—Tiene usted razón. Pero Urano fue descubierto por William
Herschel y la H que forma parte del símbolo astronómico es la inicial de su
nombre. Y ocurre que en la Luna hay un cráter llamado Herschel; tres, en
realidad, pues uno es por Caroline Herschel, hermana del astrónomo, y otro por
John Herschel, su hijo.
Davenport reflexionó un momento y dijo:
—PC/2. Presión por la mitad de la velocidad de la luz. No
conozco esa ecuación.
—Pruebe con cráteres. Pruebe con la P de Ptolomeo y con la
C de Copérnico.
—¿Y buscar un punto intermedio? ¿Eso podría significar un
punto a medio camino entre Ptolomeo y Copérnico?
—Me defrauda usted, Davenport —ironizó Ashley—. Pensé que
conocía mejor la historia de la astronomía. Ptolomeo planteaba una imagen
geocéntrica del sistema solar, con la Tierra en el centro, mientras que
Copérnico presentaba una imagen heliocéntrica, con el Sol en el centro. Un
astrónomo buscó una solución intermedia, a medio camino entre Ptolomeo y
Copérnico…
—¡Tycho Brahe!
—Correcto. Y el cráter Tycho es el rasgo más conspicuo de
la superficie lunar.
—De acuerdo. Veamos el resto. C-C es un modo corriente de
indicar un tipo común de enlace químico. Enlace se dice bond en inglés, y creo
que hay un cráter llamado Bond.
—Sí, en honor del astrónomo americano W. C. Bond.
—Y la primera anotación, XY2… XYY, una equis y dos íes
griegas… ¡Ya está! Alfonso X. Era el astrónomo español medieval Alfonso el
Sabio. El cráter Alphonsus.[1]
—Muy bien. ¿Qué es SU?
—Eso me desconcierta, señor.
—Le daré una teoría. Significa «Soviet Union». Unión
Soviética era el antiguo nombre de la Región Rusa. La Unión Soviética fue el
primer país que confeccionó un mapa del otro lado de la Luna, y quizás allí
haya un cráter. Tsiolkovsky, por ejemplo. Como ve, cada símbolo de la izquierda
parece representar un cráter: Alphonsus, Tycho, Euclides, Newton, Tsiolkovsky,
Bond, Herschel.
—¿Y los símbolos de la derecha?
—Eso está absolutamente claro. El círculo dividido en
cuatro es el símbolo astronómico de la Tierra. La flecha que lo señala indica
que la Tierra debe estar directamente encima.
—¡Ah! —exclamó Davenport—. ¡El Sinus Medii, la Bahía
Media, sobre cuyo cenit está perpetuamente la Tierra! No es un cráter, así que
está en el lado derecho, al margen de los demás símbolos.
—Exactamente. Se puede atribuir un sentido a todas las
anotaciones, de modo que es muy probable que esto no sea algo sin sentido y que
procure indicarnos algo. ¿Pero qué? Hasta ahora tenemos siete cráteres y otro
lugar. ¿Qué significa? Es de suponer que el Dispositivo puede estar en un solo
lugar.
—Bien. Un cráter puede ser un sitio enorme. Aunque
supongamos que él usó el lado de la sombra, para evitar la radiación solar,
puede haber muchísimos kilómetros que examinar en cada caso. Imaginemos que la
flecha que señalaba el símbolo de la Tierra define el cráter donde ocultó el
Dispositivo, el lugar desde donde la Tierra puede ser vista más cerca del
cenit.
—Hemos pensado en ello. Delimita una zona e identifica
siete cráteres, la extremidad meridional de los que están al norte del ecuador
lunar y la extremidad septentrional de los que están al sur. Pero ¿cuál de los
siete?
Davenport frunció el ceño. Hasta el momento no se le había
ocurrido nada que no se le hubiese ocurrido antes a alguien.
—¡Regístrelos todos! —exclamó.
Ashley se rió con desgana.
—No hemos hecho otra cosa en las últimas semanas.
—¿Y qué han encontrado?
—Nada. No hemos encontrado nada. Pero seguimos buscando.
—Es evidente que interpretamos mal uno de los símbolos.
—¡Obviamente!
—Usted mismo dijo que había tres cráteres llamados
Herschel. El símbolo SU, si significa Unión Soviética y, por lo tanto, la otra
cara de la Luna, puede representar cualquier cráter del otro lado. Lomonosov,
Jules Verne, Joliot-Curie, cualquiera. Más aún, el símbolo de la Tierra podría
representar el cráter Atlas, a quien se representa sosteniendo la Tierra, en
algunas versiones del mito. La flecha podría representar la Muralla Recta.
—Sin duda, Davenport. Pero aunque lleguemos a la
interpretación correcta del símbolo correcto ¿cómo la distinguimos de las
interpretaciones erróneas, o de las interpretaciones correctas de los símbolos
erróneos? En esta tarjeta tiene que haber algo que nos brinde un dato tan claro
que podamos distinguir la clave real de todas las claves falsas. Hemos
fracasado y necesitamos una mente nueva, Davenport. ¿Usted qué ve aquí?
—Le diré lo que podríamos hacer —masculló Davenport—.
Podemos consultar a alguien que yo… ¡Oh, cielos!
Ashley procuró dominar su entusiasmo.
—¿Qué ve?
Davenport notó que le temblaba la mano. Confió en que no
le temblaran los labios.
—Dígame, ¿ha investigado el pasado de Jennings?
—Por supuesto.
—¿Dónde estudió?
—En la Universidad del Este.
Davenport sintió un arrebato de alegría, pero se contuvo.
Eso no era suficiente.
—¿Siguió un curso de extraterrología?
—Claro que sí. Eso es lo normal para conseguir el título
de geología.
—Pues bien, ¿sabe usted quién enseña extraterrología en la
Universidad del Este?
Ashley chascó los dedos.
—¡Ese excéntrico! ¿Cómo se llama…? Wendell Urth.
—Exacto, un excéntrico que es un hombre brillante a su
manera; un excéntrico que ha actuado como asesor para el Departamento en varias
ocasiones y siempre ha resuelto los problemas; un excéntrico al que yo iba a
sugerir que consultáramos y resulta que la propia tarjeta nos está diciendo que
lo hagamos. Una flecha que señala el símbolo de la Tierra. Un retruécano que
podría significar «Id a Urth[2]», escrito por un hombre que fue alumno de Urth
y seguramente le conocía.
Ashley miró la tarjeta.
—Vaya, es posible. ¿Pero qué podría decirnos Urth que no
veamos nosotros?
Davenport respondió, con una paciencia cortés:
—Sugiero que se lo preguntemos, señor.
Ashley miró en torno con curiosidad y medio asustado.
Tenía la sensación de hallarse en una exótica tienda, oscura y peligrosa, y de
que en cualquier momento podría atacarlo un demonio chillón.
La iluminación era escasa y abundaban las sombras. Las
paredes parecían distantes y estaban revestidas de librofllmes, desde el suelo
hasta el techo. En un rincón había una lente galáctica tridimensional y, detrás
de ella, montones de mapas estelares que apenas se vislumbraban.
En otro rincón se veía un mapa de la Luna, aunque quizá
fuera un mapa de Marte.
Sólo el escritorio del centro se hallaba bien iluminado
por una lámpara de rayos finos. Estaba atiborrado de papeles y libros impresos.
Había un pequeño proyector con película, y un anticuado reloj esférico producía
un zumbido suavemente alegre.
Costaba recordar que era por la tarde y que en el exterior
el sol dominaba en el cielo. En ese lugar reinaba una noche eterna.
No se veían ventanas, y la clara presencia del aire
acondicionado no le evitaba a Ashley cierta sensación de claustrofobia.
Se acercó más a Davenport, quien parecía insensible a lo
desagradable de aquella situación.
—Llegará enseguida, señor —murmuró Davenport.
—¿Siempre es así?
—Siempre. Nunca sale de aquí, por lo que yo sé, excepto
para atravesar el campus y dictar sus clases.
—¡Caballeros, caballeros! —se oyó una aguda voz de tenor—.
Me alegra mucho verles. Son ustedes muy amables al visitarme.
Un hombrecillo rechoncho salió de otra habitación,
abandonando las sombras y emergiendo a la luz.
Les sonrió, ajustándose sus gafas gruesas y redondas.
Cuando apartó los dedos, las gafas quedaron precariamente suspendidas en la
redonda punta de su pequeña nariz.
—Soy Wendell Urth —se presentó.
La barba puntiaguda y gris en la regordeta barbilla no
contribuía a realzar la escasa dignidad del rostro risueño y del rechoncho
torso elipsoide.
—¡Caballeros! Son muy amables al visitarme —repitió, tras
dejarse caer en una silla, de la que sus piernas quedaron colgando, con las
puntas de los zapatos a dos o tres centímetros del suelo—. Tal vez el señor
Davenport recuerde que para mí es importante permanecer aquí. No me agrada
viajar, excepto a pie, y con dar un paseo por el campus tengo suficiente.
Ashley lo miró desconcertado, de pie, y a su vez Urth lo
observó con creciente desconcierto. Sacó un pañuelo y se limpió las gafas, se
las volvió a poner y dijo:
—Ah, ya sé cuál es el problema. Necesitan sillas. Sí.
Bien, pues cójanlas. Si hay cosas encima, quítenlas. Quítenlas. Siéntense, por
favor.
Davenport quitó los libros de una silla y los dejó en el
suelo. Empujó la silla hacia Ashley y levantó un cráneo humano de otra silla y
lo dejó aún con más cuidado sobre el escritorio de Urth. La mandíbula, que no
estaba sujeta con firmeza, se entreabrió durante el traslado y quedó torcida.
—No importa —dijo afablemente Urth—, no se estropeará.
Cuéntenme a qué han venido, caballeros.
Davenport aguardó un instante a que hablara Ashley, pero
tomó con gusto la iniciativa al ver que su jefe guardaba silencio.
—Profesor Urth, ¿recuerda a un alumno llamado Jennings,
Karl Jennings?
Urth dejó de sonreír mientras se esforzaba por recordar.
Sus ojillos saltones parpadearon.
—No —respondió finalmente—. No en este momento.
—Se graduó en geología. Estudió extraterrología con usted
hace algunos años. Aquí tengo su fotografía, por si le sirve de ayuda.
Urth estudio la fotografía con miope concentración, pero
seguía dudando. Davenport continuó:
—Dejó un mensaje críptico, que constituye la clave de un
asunto de gran importancia. Hasta ahora no logramos interpretarlo
satisfactoriamente, pero sí hemos deducido algo, y es que nos indica que
acudamos a usted.
—¿De veras? ¡Qué interesante! ¿Con qué propósito deben
acudir a mí?
—Supuestamente, para que nos ayude a interpretar el
mensaje.
—¿Puedo verlo?
Ashley le pasó el papel a Wendell Urth. El extraterrólogo
lo miró sin fijarse mucho, le dio la vuelta y se quedó un momento contemplando
el dorso en blanco.
—¿Dónde dice que acudan a mi?
Ashley se quedó sorprendido, pero Davenport se apresuró a
intervenir:
—La flecha que apunta al símbolo de la Tierra. Parece
claro.
—Parece claro que es una flecha que apunta al símbolo del
planeta Tierra. Supongo que podría significar literalmente «id a la Tierra», si
esto se hubiese encontrado en otro mundo.
—Se encontró en la Luna, profesor Urth, y podría
significar eso. Sin embargo, la referencia a usted nos pareció evidente, una
vez que averiguamos que Jennings había sido alumno suyo.
—¿Siguió un curso de extraterrología en esta universidad?
—En efecto.
—¿En qué año, señor Davenport?
—En el 18.
—Ah. El acertijo está resuelto.
—¿Se refiere al significado del mensaje? —preguntó
Davenport.
—No, no. El mensaje no significa nada para mí. Me refiero
al acertijo de por qué no me acordaba de él, pero lo recuerdo ahora. Era un
sujeto muy discreto, ansioso, tímido y modesto; una persona nada fácil de
recordar. —Golpeó el mensaje con el dedo—. Sin esto, nunca me hubiera acordado.
—¿Por qué la tarjeta cambia las cosas? —quiso saber
Davenport.
—La referencia a mí es un retruécano entre mi apellido y
el nombre del planeta Tierra. Es poco sutil, pero así era Jennings. Le
encantaban los juegos de palabras.
—Lo único que recuerdo de él son sus intentos de crear
retruécanos. A mí me encantan, pero los de Jennings eran muy malos. O
vergonzosamente obvios, como en este caso. Carecía de talento para los
retruécanos, pero le gustaban tanto…
—Todo el mensaje es una especie de retruécano, profesor
—interrumpió Ashley—. Al menos, eso es lo que creemos, y concuerda con lo que
dice usted.
—¡Ah! —Urth se ajustó las gafas y miró nuevamente la
tarjeta y los símbolos. Frunció sus carnosos labios y dijo jovialmente—: Pues
no lo entiendo.
—En ese caso… —dijo Ashley, cerrando las manos.
—Pero si ustedes me explican de qué se trata —continuó
Urth—, quizá signifique algo.
—¿Puedo contárselo, señor? —preguntó Davenport—. Creo que
este hombre es digno de confianza y… podría ayudarnos.
—Adelante —masculló Ashley—. A estas alturas, ¿qué podemos
perder?
Davenport resumió la historia con frases precisas y
telegráficas, mientras Urth escuchaba moviendo sus dedos rechonchos sobre el
escritorio blanco, como si barriera invisibles cenizas de tabaco. Al final de
la narración, alzó las piernas y las cruzó, como un afable Buda.
Cuando Davenport hubo terminado, Urth reflexionó un
momento.
—¿Tienen una transcripción de la conversación reconstruida
por Ferrant?
—La tenemos —asintió Davenport—. ¿Quiere verla?
—Por favor.
Urth colocó la tira de microfilme en un visor y la examinó
deprisa, moviendo los labios. Luego, señaló la reproducción del mensaje
críptico.
—¿Y ustedes dicen que esta es la clave del asunto, la
pista crucial?
—Eso creemos, profesor.
—Pero no es el original, sino una reproducción.
—En efecto.
—El original desapareció con ese hombre, Ferrant, y
ustedes creen que está en manos de los ultras.
—Posiblemente.
Urth sacudió la cabeza con aire preocupado.
—Es de sobras conocido que no simpatizo con los ultras.
Los combatiría por todos los medios, así que no deseo que parezca que me echo
atrás; pero… ¿cómo saber con certeza que existe ese objeto que altera las
mentes? Sólo tenemos los delirios de un psicópata y dudosas deducciones a
partir de la copia de un misterioso conjunto de signos que quizá no signifiquen
nada.
—Sí, profesor, pero no podemos correr riesgos.
—¿Qué certeza hay de que esta copia sea exacta? ¿Y si en
el original hay algo que aquí falta, algo que clarifica el mensaje, algo sin lo
cual el mensaje resulta indescifrable?
—Estamos seguros de que la copia es exacta.
—¿Qué me dicen del reverso? No hay nada en el dorso de
esta copia. ¿Qué me dicen del reverso del original?
—El agente que hizo la copia nos informó de que la otra
cara estaba en blanco.
—Los hombres pueden cometer errores.
—No tenemos razones para pensar que se equivocó y debemos
partir del supuesto de que no se equivocó. Al menos, mientras no recobremos el
original.
—Entonces, ¿toda interpretación de este mensaje se debe
hacer a partir de lo que vemos aquí?
—Eso creemos. Estamos casi seguros —respondió Davenport,
con creciente abatimiento.
Urth aún parecía preocupado.
—¿Por qué no dejar el objeto donde está? Si ningún grupo
lo encuentra, tanto mejor. Desapruebo cualquier método de jugar con la mente y
no me gustaría contribuir a posibilitarlo.
Davenport acalló con un ademán a Ashley, al darse cuenta
de que éste iba a hablar, y dijo:
—Debo aclararle, profesor Urth, que el Dispositivo tiene
otros aspectos. Supongamos que una nación extraterrestre viajara a un planeta
distante y primitivo y dejara allí una radio antigua, y supongamos que los
nativos de ese lugar hubieran descubierto la corriente eléctrica, pero no el
tubo de vacío. La población podría entonces descubrir que, cuando se conecta la
radio a una corriente, ciertos objetos de vidrio de la radio se calientan y
brillan, pero, como es lógico, no recibirían sonidos inteligibles, sí, en el
mejor de los casos, únicamente zumbidos y chisporroteos. Sin embargo, si
dejaran caer la radio enchufada en una bañera, la persona que estuviera en la
bañera se electrocutaría. ¿La gente de ese planeta hipotético debería llegar a
la conclusión de que el objeto que estudian sólo sirve para matar?
—Entiendo la analogía —admitió Urth—. Usted piensa que esa
capacidad para alterar las mentes es sólo una función accesoria del
Dispositivo.
—Estoy seguro de ello. Si fuéramos capaces de deducir su
verdadera finalidad, la tecnología terrícola podría dar un salto de siglos.
—Es decir que usted está de acuerdo con lo que dijo
Jennings… —Consultó el microfilme—. Quizá sea la clave de… quién sabe qué.
Podría ser la clave de una increíble revolución científica.
—Exacto.
—No obstante, altera las mentes y es infinitamente
peligroso. Sea cual sea la finalidad de la radio, lo cierto es que electrocuta.
—Por eso no podemos permitir que los ultras se hagan con
ello.
—¿Y el Gobierno?
—Debo señalar que la cautela tiene un limite razonable.
Recuerde que la raza humana siempre ha coqueteado con el peligro, desde el
primer cuchillo de pedernal de la Edad de Piedra; y, antes de eso, el primer
garrote de madera también podía matar. Se podían usar para someter a hombres
más débiles a la voluntad de los más fuertes, lo cual también es una forma de
alterar las mentes. Lo que cuenta, profesor, no es el Dispositivo mismo, por
peligroso que sea en lo abstracto, sino las intenciones de quien lo utiliza.
Los ultras han manifestado su intención de exterminar a más del noventa y nueve
por ciento de la humanidad. El Gobierno, sean cuales fueren los derechos de los
hombres que lo integran, no tiene esa intención.
—¿Y qué intención tiene el Gobierno?
—Un estudio científico del Dispositivo. Incluso esa
capacidad para alterar la mente puede producir grandes beneficios. Usado con
lucidez, podría enseñarnos algo sobre el fundamento físico de las funciones
mentales. Podríamos aprender a corregir trastornos mentales o a curar a los
ultras. La humanidad podría aprender a desarrollar una mayor inteligencia.
—¿Por qué voy a creer que semejante idealismo se llevará a
la práctica?
—Yo sí lo creo. Pero piénselo de este otro modo. Si nos
ayuda, usted se arriesga a enfrentarse a un posible desvío hacia el mal por
parte del Gobierno; pero, si no lo hace, se arriesga a enfrentarse al propósito
indudablemente maligno de los ultras.
Urth asintió con la cabeza, pensativo.
—Quizá tenga razón. Aun así, debo pedirle un favor. Tengo
una sobrina que siente un gran afecto por mí. Siempre está contrariada porque
me niego terminantemente a incurrir en la locura de viajar. Afirma que no se
dará por satisfecha hasta que algún día la acompañe a Europa, a Carolina del
Norte o a cualquier otro lugar absurdo…
Ashley se inclinó hacia delante, desechando el gesto de
Davenport.
—Profesor Urth, si usted nos ayuda a hallar el
Dispositivo, y si éste funciona, le aseguro que le ayudaremos a liberarse de su
fobia hacia los viajes, para que pueda ir con su sobrina a donde desee.
Urth abrió de pronto los ojos de par en par y miró
salvajemente a su alrededor, como sí estuviera acorralado.
—¡NO! ¡No! ¡Jamás! —Bajó la voz y susurró roncamente—: Les
explicaré la naturaleza de mis honorarios. Si los ayudo, si ustedes recobran el
Dispositivo y aprenden a usarlo, si mi ayuda es conocida por el público, mi
sobrina arremeterá contra el Gobierno como una furia. Es una mujer tozuda y
chillona, que recaudará dinero y organizará manifestaciones. Nada la detendrá.
Y, sin embargo, no deben ceder ante ella jamás. Deben ustedes resistir todas
las presiones. Quiero que me dejen en paz, como estoy ahora. Eso es lo único
que pido como retribución.
Ashley se sonrojó.
—Sí, por supuesto, si así lo desea.
—¿Cuento con su palabra?
—Cuenta con mi palabra.
—Recuérdelo, por favor. También confío en usted, señor
Davenport.
—Será como usted desee —lo tranquilizó Davenport—. Y
supongo que ahora nos dará la interpretación de las anotaciones.
—¿Las anotaciones? —preguntó Urth, concentrando la
atención en la tarjeta—. ¿Se refiere a estas marcas, XYZ y demás?
—Sí. ¿Qué significan?
—No lo sé. Sus interpretaciones valen tanto como cualquier
otra.
Ashley estalló:
—¿Quiere decir que toda esa cháchara sobre su presunta
ayuda no llevaba a nada? ¿A qué vienen tantos rodeos?
Wendell Urth parecía confundido e intimidado.
—Me gustaría ayudarles.
—Pero no sabe qué significan las anotaciones.
—No…, no… Pero sé qué significa el mensaje.
—¿Lo sabe? —gritó Davenport.
—Desde luego. El significado es transparente. Lo sospeché
mientras usted me contaba la historia. Y estuve seguro una vez que leí la
reconstrucción de las conversaciones entre Strauss y Jennings. Ustedes también
lo comprenderían, caballeros, con sólo que se detuvieran a pensar.
—¡Oiga! —se impacientó Ashley—. ¡Usted ha dicho que no
sabe qué significan las anotaciones!
—Y no lo sé. Sólo sé qué significa el mensaje.
—¿Qué es el mensaje si no está en las anotaciones? ¿Es el
papel, por amor de Dios?
—Sí, en cierto sentido.
—¿Tinta invisible o algo parecido?
—¡No! ¿Por qué les cuesta tanto entenderlo, cuando están a
punto?
Davenport se inclinó hacia Ashley.
—Señor, déjeme esto a mí, por favor.
Ashley resopló.
—Adelante.
—Profesor —dijo Davenport—, ¿quiere ofrecernos su
análisis?
—¡Ah! Bien, de acuerdo. —El menudo extraterrólogo se
recostó en la silla y se enjugó la frente húmeda con la manga—. Veamos el
mensaje. Si ustedes aceptan que el círculo dividido en cuatro y la flecha los
dirigen hacia mí, eso nos deja siete anotaciones. Si éstas se refieren a siete
cráteres, por lo menos seis de ellos deben de estar destinados a distraer la
atención, pues el Dispositivo sólo puede estar en un lugar. No contenía piezas
móviles ni separables; era de una sola pieza. Además, ninguna de esas anotaciones
está clara. Podrían significar cualquier sitio del otro lado de la luna, que es
una superficie del tamaño de Sudamérica. PC/2 puede significar Tycho, como dice
el señor Ashley, o «a medio camino entre Ptolomeo y Copérnico», como pensó el
señor Davenport, o «a medio camino entre Platón y Cassini». XY2 podría
significar Alphonsus, que es una interpretación muy ingeniosa; pero podría
también referirse a un sistema de coordenadas donde la coordenada Y fuera el
cuadrado de la coordenada X. Análogamente, C-C podría significar Bond o «a
medio camino entre Cassini y Copérnico». F/A podría significar «Newton» o «a
medio camino entre Fabricius y Arquímedes». En síntesis, significan tanto que
no significan nada. Aunque una de ellas significara algo, no se la podría
escoger entre las demás, así que lo más sensato es suponer que son pistas
falsas. Es necesario, pues, determinar qué parte del mensaje carece de
ambigüedades y está perfectamente clara. La respuesta sólo puede ser que se
trata de un mensaje, que es una pista para llegar a un escondrijo. Es la única
certeza que tenemos, ¿no es así?
Davenport asintió con la cabeza.
—Al menos, creemos estar seguros de ello.
—Bien. Ustedes han dicho que este mensaje es la clave de
todo el asunto. Han actuado como si fuera la pista decisiva. Jennings mismo se
refirió al Dispositivo como una clave. Si combinamos esta visión seria del
asunto con la afición de Jennings por los retruécanos, una afición que quizás
agudizó el Dispositivo… Les contaré una historia.
»En la segunda mitad del siglo dieciséis, había un jesuita
alemán que vivía en Roma. Era un matemático y astrónomo de renombre y ayudó al
papa Gregorio XIII a reformar el calendario en 1582, efectuando los enormes
cálculos requeridos. Este astrónomo admiraba a Copérnico, pero no aceptaba la
versión heliocéntrica del sistema solar. Se aferraba a la vieja creencia de que
la tierra era el centro del universo.
»En 1650, casi cuarenta años después de la muerte de este
matemático, otro jesuita, el astrónomo italiano Giovanni Battista Riccioli,
trazó un mapa de la Luna. Denominó los cráteres con nombres de astrónomos del
pasado y como él también rechazaba a Copérnico, escogió los cráteres mayores y
más espectaculares para aquellos que situaban la Tierra en el centro del
universo: Ptolomeo, Hiparco, Alfonso X, Tycho Brahe. Reservó el cráter de mayor
tamaño que pudo hallar para su predecesor, el jesuita alemán.
»Este cráter es sólo el segundo en tamaño visible desde la
Tierra. El mayor es Bailly, que está en el borde de la Luna y resulta difícil
de ver desde la Tierra. Riccioli lo ignoró, y su denominación proviene de un
astrónomo que vivió un siglo después y murió guillotinado durante la Revolución
Francesa.
Ashley lo escuchaba con impaciencia.
—¿Pero qué tiene que ver esto con el mensaje?
—Pues todo —contestó Urth, sorprendido—. ¿No dijeron
ustedes que este mensaje era la clave de todo el asunto? ¿No es la pista
decisiva?
—Sí, desde luego.
—¿Hay alguna duda de que nos enfrentamos a algo que es la
clave de otra cosa?
—Pues no —respondió Ashley.
—Bien… El nombre del jesuita alemán de que hablaba es
Christoph Klau. ¿Ven ustedes el retruécano? Klau es clave.
La desilusión aflojó el cuerpo de Ashley.
—Eso es muy rebuscado —masculló.
—Profesor Urth —dijo ansiosamente Davenport—, no hay
ningún lugar de la Luna llamado Klau.
—Claro que no. De eso se trata. En aquella época de la
historia, la segunda mitad del siglo dieciséis, los eruditos europeos
latinizaban sus nombres. Eso ocurrió con Klau. En vez de la «U» alemana, usó la
letra latina equivalente, la «V». Luego, añadió el «ius» habitual en los
nombres latinos y Christoph Klau pasó a ser Christopher Clavius, y supongo que
ustedes recuerdan ese cráter gigante que llamamos Clavius.
—Pero… —comenzó Davenport.
—Sin peros. Sólo señalaré que la palabra latina clavis
significa clave. ¿Ven ahora ese retruécano doble y bilíngüe? Klau, Clavis,
clave. En toda su vida, Jennings jamás habría logrado un retruécano doble y
bilingüe sin el Dispositivo. Entonces pudo hacerlo, y sospecho que tuvo una
muerte triunfal, dadas las circunstancias. Y les dijo que acudieran a mí porque
sabía que yo recordaría su afición por los retruécanos y porque sabía que a mí
también me gustaban. —Los dos hombres del Departamento lo miraban con los ojos
desorbitados—. Sugiero que registren el borde de Clavius, en ese punto donde la
Tierra está más cerca del cenit.
Ashley se levantó.
—¿Dónde está su videoteléfono?
—En la habitación contigua.
Ashley salió disparado. Davenport se quedó con el
profesor.
—¿Está seguro? —le preguntó.
—Totalmente. Pero aunque me equivoque sospecho que no
importa.
—¿Qué es lo que no importa?
—Que lo encuentren o no. Pues si los ultras hallan el
Dispositivo dudo que sean capaces de usarlo.
—¿Por qué lo dice?
—Ustedes me preguntaron que si Jennings había sido alumno
mío, pero no me preguntaron por Strauss, que también era geólogo. Fue alumno
mío un año después de Jennings. Lo recuerdo bien.
—¿Sí?
—Un hombre desagradable, muy frío. La característica
distintiva de los ultras. Son gélidos, muy rígidos, muy seguros de sí mismos.
No pueden sentirse identificados con nadie, ya que, en ese caso, no hablarían
de matar a miles de millones de seres humanos. Sus únicas emociones son
glaciales y egoístas, sentimientos que no pueden franquear la distancia entre
dos seres humanos.
—Creo que lo entiendo.
—Claro que lo entiende. La conversación reconstruida a
partir de los delirios de Strauss nos mostró que no podía manipular el
Dispositivo. Carecía de intensidad emocional, o de las emociones necesarias.
Sospecho que lo mismo ocurre con todos los ultras. Jennings, que no era un
ultra, podía manipularlo. Cualquiera que pudiera usar el Dispositivo seria
incapaz de ser cruel a sangre fría. Podría atacar por miedo, como Jennings
atacó a Strauss, pero no por mero cálculo, como Strauss atacó a Jennings. Para
expresarlo de una manera trillada, creo que el Dispositivo se puede activar
mediante el amor, pero no mediante el odio; y los ultras se caracterizan por
odiar.
Davenport asintió con la cabeza.
—Espero que tenga razón. Pero, entonces… ¿por qué recela
tanto del Gobierno, si piensa que esos hombres no podrían manipular el
Dispositivo?
Urth se encogió de hombros.
—Quería asegurarme de que ustedes podían racionalizar sin
vacilaciones y ser persuasivos ante una argumentación inesperada. A fin de
cuentas, quizá tengan que vérselas con mi sobrina.
Padre Fundador
La combinación de catástrofes había ocurrido cinco años
atrás. Cinco revoluciones en ese planeta, HC-12549d según los mapas y anónimo
en otros sentidos. Más de seis revoluciones en la Tierra; pero ¿y quién estaba
llevando la cuenta ya?
Si los habitantes de la Tierra se enterasen, dirían que
era una lucha heroica, una saga épica del Cuerpo Galáctico; cinco hombres
contra un mundo hostil, resistiendo durante cinco (o más de seis) años. Y
estaban agonizando, tras haber perdido la batalla. Tres se encontraban en coma,
otro aún mantenía abiertos sus ojos amarillentos y el quinto continuaba en pie.
Pero no se trataba de una cuestión de heroísmo. Eran cinco
hombres luchando contra el tedio y la desesperación en esa burbuja metálica, y
por la poco heroica razón de que no había otra cosa que hacer mientras
siguieran con vida.
Si alguno se sentía estimulado por la batalla, jamás lo
mencionaba. Al cabo del primer año dejaron de hablar de rescate y, al cabo del
segundo, dejaron de usar la palabra «Tierra».
Pero una palabra estaba siempre presente; si nadie la
pronunciaba, permanecía en sus pensamientos: amoniaco.
Pensaron en ella por primera vez mientras improvisaban el
aterrizaje contra viento y marea, con los motores jadeantes y en un cascajo
maltrecho.
Siempre se tenía presente la posibilidad de que hubiese
accidentes, desde luego, y siempre se esperaba que ocurrieran unos cuantos;
pero de uno en uno. Si una explosión estelar achicharraba los hipercircuitos,
se podían reparar, siempre y cuando se contase con tiempo para ello; si un
meteorito desajustaba las válvulas de alimentación, se podían reparar, siempre
y cuando se contase con tiempo para ello; si, bajo una gran tensión, se
calculaba mal una trayectoria y una aceleración momentáneamente insoportable
arrancaba las antenas de salto estelar y embotaba los sentidos de todos los
miembros de la tripulación, pues las antenas se podían reemplazar y la
tripulación acababa recobrando los sentidos, siempre y cuando se contase con
tiempo para ello.
Hay una probabilidad, entre una innumerable cantidad de
ellas, de que las tres cosas ocurran simultáneamente, y menos durante un
aterrizaje endemoniado, cuando el tiempo, lo que más se necesita en el momento
de corregir los errores, es precisamente lo que más escasea.
El «Crucero Juan» dio con esa probabilidad entre una
innumerable cantidad de ellas y efectuó su último aterrizaje, pues nunca más
volvió a despegar de una superficie planetaria.
Ya era un milagro que aterrizara casi intacto. Los cinco
tripulantes dispusieron así al menos de varios años de vida. Al margen de eso,
sólo la fortuita llegada de otra nave podría ayudarlos, pero no contaban con
ello. Eran conscientes de haber tropezado con todas las coincidencias que
podían concurrir en una vida, y todas ellas malas.
No había escapatoria.
Y la palabra clave era «amoniaco». Mientras la superficie
ascendía en espiral hacia ellos y la muerte (piadosamente rápida) les hacía
frente con óptimas probabilidades de vencer, Chou tuvo tiempo para fijarse en
los espasmódicos saltos del espectrógrafo de absorción.
—¡Amoniaco! —exclamó.
Los otros le oyeron, pero no tuvieron tiempo de prestarle
atención. Estaban concentrados en luchar contra una muerte rápida a cambio de
una muerte lenta.
Aterrizaron en un terreno arenoso y con una vegetación
escasa y azulada (¿azulada?); hierbas semejantes a juncos, objetos parecidos a
árboles, achaparrados, con corteza azul y sin hojas; sin indicios de vida
animal, y con un cielo nublado y verdoso (¿verdoso?). Y esa palabra comenzó a
obsesionarlos.
—¿Amoniaco? —preguntó Petersen.
—Cuatro por ciento —le confirmó Chou.
—Eso es imposible —decía Petersen.
Pero no lo era. Los libros no decían que fuese imposible.
El Cuerpo Galáctico había descubierto que un planeta de
cierta masa y volumen y determinada temperatura era un planeta oceánico y tenía
una de estas dos atmósferas: nitrógeno-oxígeno, o nitrógeno-dióxido de carbono.
En el primer caso, la vida sería superior; en el segundo, primitiva.
Ya nadie comprobaba factores que no fueran la masa, el
volumen y la temperatura. Se daba esa atmósfera por sentado (o una u otra de
las dos citadas). Pero los libros no decían que tuviera que ser así, sino que
siempre era así. Las atmósferas de otro tipo eran termodinámicamente posibles,
pero muy improbables, y en la práctica no se encontraban.
Hasta entonces. Los hombres del Crucero Juan habían
encontrado una y se pasarían el resto de su vida bañados por una atmósfera de
nitrógeno/bióxido de carbono/amoniaco.
Los hombres convirtieron la nave en una burbuja
subterránea y de ambiente terrícola. No podían despegar ni podían proyectar un
haz de comunicaciones por el hiperespacio, pero todo lo demás era rescatable.
Para compensar las ineficiencias del sistema de reciclaje, podían extraer agua
y aire del planeta dentro de ciertos límites; siempre, por supuesto, que
eliminaran el amoniaco.
Organizaron partidas de exploración, pues los trajes
estaban en excelentes condiciones y eso los ayudaba a pasar el tiempo. El
planeta era inofensivo: sin vida animal y con escasa vida vegetal por doquier.
Azul, siempre azul; clorofila amoniacal; proteína amoniacal.
Instalaron laboratorios, analizaron los componentes de las
plantas, estudiaron muestras microscópicas y compilaron vastos volúmenes de
hallazgos. Trataron de cultivar plantas nativas en la atmósfera libre de
amoniaco y fracasaron. Se transformaron en geólogos y estudiaron la corteza del
planeta; se hicieron astrónomos y estudiaron el espectro del sol de ese mundo.
—Con el tiempo —decía a veces Barrére—, el Cuerpo llegará
de nuevo a este planeta y legaremos una herencia de conocimiento. Es un planeta
singular. Tal vez no haya otro planeta similar a la Tierra y con amoniaco en
toda la Vía Láctea.
—Estupendo —replicaba Sandropoulos con amargura—. Qué
suerte para nosotros.
Sandropoulos dedujo la termodinámica de la situación:
—Es un sistema metaestable. El amoniaco desaparece a
través de una oxidación geoquímica que forma nitrógeno; las plantas utilizan
nitrógeno y forman de nuevo amoniaco, adaptándose así a la presencia del
amoniaco. Si el índice de formación de amoniaco mediante las plantas bajara un
dos por ciento, crearía una espiral descendente. La vida vegetal se
marchitaría, reduciendo aún más el amoniaco, y así sucesivamente.
—Es decir que si extermináramos suficientes plantas
—apuntó Vlassov— podríamos eliminar el amoniaco.
—Si tuviéramos aerotrineos y armas de ángulo ancho, y
contáramos con un año para trabajar, podríamos lograrlo —contestó
Sandropoulos—; pero no los tenemos, y hay un modo mejor de conseguirlo. Si
pudiéramos cultivar nuestras propias plantas, la formación de oxigeno por
fotosíntesis incrementaría el índice de oxidación del amoniaco. Incluso un
aumento pequeño y localizado reduciría el amoniaco de la zona, estimularía el
crecimiento de la vegetación terrícola y reprimiría la vegetación nativa,
rebajando aún más el amoniaco, y así sucesivamente.
Se transformaron en jardineros durante la estación de la
siembra; a fin de cuentas, estaban acostumbrados a ella en el Cuerpo Galáctico.
La vida de los planetas similares a la Tierra era habitualmente del tipo
agua-proteínas, pero existían variaciones infinitas, y los alimentos de otros
mundos rara vez resultaban nutritivos y eran mucho menos apetecibles. Había que
probar con plantas terrícolas. A menudo (aunque no siempre), algunas clases de
plantas terrícolas invadían la flora nativa y la ahogaban. Al menguar la flora
nativa, otras plantas terrícolas podían echar raíces.
De esa manera, muchos planetas se habían convertido en
nuevas Tierras. Durante el proceso, las plantas terrícolas desarrollaron
cientos de variedades resistentes que florecían en condiciones extremas, lo
cual, en el mejor de los casos, facilitaba la siembra en el siguiente planeta.
El amoniaco mataba cualquier planta terrícola, pero las
semillas de que disponía el Crucero Juan no eran verdaderas plantas terrícolas,
sino mutaciones de esas plantas en otros mundos. Lucharon con denuedo, pero no
fue suficiente. Algunas variedades crecieron de modo débil y enfermizo y,
luego, murieron.
Aun así, tuvieron mejor suerte que la vida microscópica.
Los bacteroides del planeta eran mucho más florecientes que las desordenadas y
azules plantas nativas. Los microorganismos nativos sofocaban cualquier intento
de competencia por parte de las muestras terrícolas, fracasó el intento de
sembrar el suelo alienígena con flora bacteriana de tipo terrícola para ayudar
a las plantas terrícolas.
Vlassov sacudió la cabeza.
—De cualquier modo, no serviría. Si nuestras bacterias
sobrevivieran, sólo lo harían adaptándose a la presencia del amoniaco.
—Las bacterias no nos ayudarán —dijo Sandropoulos—.
Necesitamos las plantas, pues ellas tienen sistemas para manufacturar oxigeno.
—Nosotros podríamos generar un poco —apuntó Petersen—.
Podríamos electrolizar el agua.
—¿Cuánto durará nuestro equipo? Con sólo que nuestras
plantas salieran adelante sería como electrolizar el agua para siempre; poco a
poco, pero con perseverancia hasta que el planeta cediera.
—Tratemos el suelo, pues —propuso Barrére—. Está plagado
de sales de amoniaco. Lo hornearemos para extraer las sales y lo reemplazaremos
por suelo sin amoniaco.
—¿Y qué pasa con la atmósfera? —preguntó Chou.
—En un terreno libre de amoniaco, quizá se adapten a pesar
de la atmósfera. Casi lo han logrado en las condiciones actuales.
Trabajaron como estibadores, pero sin un final a la vista.
Ninguno creía que aquello acabaría funcionando y no tenían perspectivas de un
futuro personal aunque sí funcionara. Pero el trabajo mataba el tiempo.
Para la siguiente estación de siembra tuvieron el suelo
libre de amoniaco, pero las plantas terrícolas seguían creciendo muy débiles.
Incluso pusieron cúpulas sobre varios brotes y les bombearon aire sin amoniaco.
Eso ayudó un poco, aunque no lo suficiente. Ajustaron la composición química
del suelo de todos los modos posibles. No obtuvieron ninguna recompensa.
Los débiles brotes produjeron diminutas bocanadas de
oxígeno, pero no bastó para acabar con la atmósfera de amoniaco.
—Un esfuerzo más —dijo Sandropoulos—, uno más. Lo estamos
desequilibrando, pero no logramos eliminarlo.
Las herramientas y las máquinas se mellaban y se gastaban
con el tiempo, y el futuro se iba estrechando. Cada vez había menos margen de
maniobra.
El final llegó de un modo casi gratificante por lo
repentino. No tenían un nombre para la debilidad y el vértigo. Ninguno sospechó
un envenenamiento directo por amoniaco; sin embargo, se alimentaban con los
cultivos de algas de lo que había sido el jardín hidropónico de la nave, y los
cultivos estaban contaminados de amoniaco.
Tal vez fuese obra de algún microorganismo nativo que al
fin había aprendido a alimentarse de ellos. Tal vez era un microorganismo
terrícola que había sufrido una mutación en ese entorno extraño.
Así que tres de ellos murieron finalmente; por fortuna,
sin dolor. Se alegraron de morir y abandonar esa pelea inútil.
—Es tonto perder así —susurró Chou.
Petersen, el único de los cinco que se mantenía en pie
(por alguna razón era inmune), volvió su rostro apenado hacia el único
compañero vivo.
—No te mueras —le pidió—. No me dejes solo.
Chou intentó sonreír.
—No tengo opción. Pero puedes seguirnos, viejo amigo.
¿Para qué luchar? No quedan herramientas y ya no hay modo de ganar, si es que
alguna vez lo hubo.
Aun entonces, Petersen combatió su desesperación
concentrándose en la lucha contra la atmósfera. Pero tenía la mente fatigada y
el corazón consumido, y cuando Chou murió al cabo de una hora se encontró con
cuatro cadáveres.
Miró los cadáveres, recordando, evocando (pues ya estaba
solo y se atrevía a sollozar) la Tierra misma, que había visto por última vez
en una visita de once años antes.
Tendría que sepultar los cuerpos. Arrancaría ramas
azuladas de los árboles nativos y construiría cruces. En las cruces colgaría
los cascos espaciales y apoyaría al pie los tanques de oxigeno. Tanques vacíos,
símbolo de la lucha perdida.
Un tonto homenaje para unos hombres que ya no estaban, y
para unos futuros ojos que seguramente nunca lo verían.
Pero necesitaba hacerlo para demostrar respeto por sus
amigos y por sí mismo, pues no era hombre de abandonar a sus amigos en la
muerte mientras él se mantenía en pie.
Además…
«¿Además?», pensó con esfuerzo durante unos momentos.
Mientras permaneciera con vida se valdría de todos sus
recursos. Enterraría a sus amigos.
Los sepultó en una parcela del terreno libre de amoniaco
que habían construido laboriosamente; los sepultó sin mortaja y sin ropa, los
dejó desnudos en el suelo hostil para que se descompusieran lentamente
originando sus propios microorganismos antes de que éstos también perecieran
con la inevitable invasión de los bacteroides nativos.
Clavó las cruces, con los cascos y los cilindros de
oxígeno colgados de ellas, las apuntaló con piedras y se dio media vuelta,
abatido, para regresar a la nave enterrada, donde ahora vivía solo.
Trabajó día tras día y al fin también sintió los síntomas.
Se metió en el traje espacial y salió a la superficie por
última vez.
Se puso de rodillas en los jardines. Las plantas
terrícolas eran verdes. Habían vivido más que antes. Parecían saludables y
vigorosas.
Cubrían todo el suelo y limpiaban la atmósfera, pero
Petersen había agotado el último recurso que le quedaba para fertilizarlas…
De la carne putrefacta de los terrícolas surgían los
nutrientes que impulsaban el esfuerzo final. De las plantas terrícolas brotaba
el oxigeno que derrotaría al amoniaco y arrancaría al planeta del inexplicable
nicho en que se había atascado.
Si los terrícolas regresaban alguna vez (¿cuándo, dentro
de un millón de años?) encontrarían una atmósfera de nitrógeno/oxigeno y una
flora limitada que evocaría extrañamente la de la Tierra.
Las cruces se pudrirían y se derrumbarían; el metal se
oxidaría y se descompondría. Quizá los huesos se fosilizaran y dejaran un
testimonio de lo ocurrido. Quizás alguien descubriera sus papeles, que estaban
encerrados herméticamente.
Pero nada de eso importaba. Aunque nadie encontrase nada,
el planeta mismo, el planeta entero sería un monumento para los cinco.
Petersen se tumbó para morir en medio de su victoria.
Aniversario
Los preparativos para el rito anual habían concluido.
Aquel año se celebraba en casa de Moore, y la señora Moore y sus pequeños
pasarían resignadamente la velada en casa de la madre de ella.
Con una débil sonrisa en los labios, Warren Moore examinó
la habitación. Al principio, la celebración sólo se mantenía gracias al
entusiasmo de Mark Brandon, pero Moore había llegado a apreciar aquel recuerdo.
Tal vez fuera cosa de la edad, de los veinte años pasados. Su sensiblería
aumentaba a la par que su barriga y su calvicie.
Así que todas las ventanas estaban polarizadas, en
oscuridad total, y las cortinas se encontraban corridas. Sólo algunos puntos de
la pared se hallaban iluminados, evocando la escasa luz y el espantoso
aislamiento del día del accidente.
Sobre la mesa había raciones espaciales, con formas de
varillas y de tubos, y en el centro resplandecía una botella de acuaverde
Jabra, el potente brebaje que sólo la actividad química de los hongos marcianos
podía suministrar.
Moore miró su reloj. Brandon llegaría pronto; nunca
llegaba tarde a esa reunión.
Estaba intrigado por lo que Brandon le había dicho por el
tubo: «Warren, esta vez tengo una sorpresa. Espera y verás. Espera y verás».
Brandon parecía no envejecer. A sus cuarenta años, no sólo
conservaba la silueta, sino la vitalidad. Aún se entusiasmaba con lo bueno y se
exasperaba con lo malo. El cabello se le estaba encaneciendo, pero, salvo por
ese detalle, cuando Brandon se paseaba de un lado a otro, hablando de cualquier
cosa a voz en grito y a toda velocidad, Moore no necesitaba cerrar los ojos
para ver al asustado joven que sobrevivió al naufragio del Reina de Plata.
Llamaron a la puerta y Moore la activó sin girarse.
—Entra, Mark.
—¿Señor Moore? —dijo una voz extraña y tímida.
Moore se volvió. También estaba Brandon, pero al fondo,
sonriendo con entusiasmo. Delante de él había un individuo bajo, regordete,
calvo por completo, de piel muy morena y con aspecto de veterano del espacio.
—¿Mike Shea…? ¡Mike Shea, santísimo espacio!
Se estrecharon la mano, riéndose.
—Se puso en contacto conmigo en mi despacho —explicó
Brandon—. Recordó que yo trabajaba en Productos Atómicos…
—Han pasado un montón de años —comentó Moore—. Veamos,
estuviste en la Tierra hace doce años…
—Nunca ha venido a un aniversario —le interrumpió
Brandon—. ¿Qué me dices? Ahora se retira. Abandonará el espacio para irse a una
propiedad que ha adquirido en Arizona. Ha pasado a saludarnos antes de
marcharse. Vino a la ciudad para eso, y yo creí que venía por lo del
aniversario. «¿Qué aniversario?», me preguntó el muy tonto.
Shea asintió sonriendo.
—Me ha dicho que lo celebráis todos los años.
—¡Claro que sí! —exclamó Brandon—. Y esta vez será la
primera en que estaremos los tres, el primer aniversario de verdad. Son veinte
años, Mike; veinte años desde que Warren salió de ese cascajo para llevarnos
hasta Vesta.
Shea echó un vistazo alrededor.
—Raciones espaciales, ¿eh? Yo las consumo todas las
semanas. Y Jabra. Ah, claro, ya recuerdo… Veinte años. Jamás he pensado en ello
y de pronto parece que fuera ayer. ¿Os acordáis de cuando al fin regresamos a
la Tierra?
—Ya lo creo —respondió Brandon—. Los desfiles, los
discursos. Warren era el único héroe del acontecimiento y nosotros insistíamos
en ello, pero no nos prestaban atención ¿Os acordáis?
—En fin —dijo Moore—, fuimos los primeros en sobrevivir a
una colisión en el espacio. Era algo inusitado, y lo inusitado merece una
celebración. Estas cosas son irracionales.
—¿Recordáis las canciones que compusieron? —preguntó
Shea—. Esa marcha… «Podéis cantar sobre las rutas del espacio y el ritmo
desenfrenado del…».
Brandon se le unió con su clara voz de tenor e incluso
Moore sumó su voz al coro, hasta el punto de que la última línea sonó
estentórea como para agitar las cortinas.
—«En las ruinas del Reina de Plata» —vociferaron, y
soltaron una estruendosa risotada.
—Abramos el Jabra para el primer sorbo —propuso Brandon—.
Esta botella debe durar toda la noche.
—Mark insiste en la fidelidad total —explicó Moore—. Me
sorprende que no me pida que salga por la ventana y eche a volar en torno del
edificio.
—Pues no es mala idea —bromeó Brandon.
—¿Recordáis nuestro último brindis? —Shea alzó el vaso
vacío y entonó—: Caballeros, por la provisión anual de H2O que supimos guardar.
Estábamos muy ebrios cuando aterrizamos. Vaya, éramos jóvenes. Yo tenía treinta
años y me creía un viejo. Y ahora —añadió en un tono melancólico— me han
retirado.
—¡Bebe! —lo animó Brandon—. Hoy vuelves a tener sed, y
recordamos aquel día en el Reina de Plata aunque todos lo olviden. Público
ingrato y voluble.
Moore se rió.
—¿Qué esperabas? ¿Una fiesta nacional cada año, con
raciones espaciales y Jabra, la comida y la bebida del ritual?
—Escucha, seguimos siendo los únicos hombres que han
sobrevivido a una colisión en el espacio. Y míranos. Nadie nos recuerda.
—Enhorabuena. A fin de cuentas lo pasamos bien y la
publicidad nos dio un buen impulso. Nos va bien, Mark. Y también le iría bien a
Mike Shea si no hubiera querido regresar al espacio.
Shea sonrió y se encogió de hombros.
—Me gusta estar allí y no me arrepiento. Con la
indemnización del seguro que me dieron, cuento con bastante dinero para
retirarme.
—La colisión fue un gran traspiés para Seguros
Transespaciales —comentó Brandon en un tono evocador—. Aun así, todavía falta
algo. Uno habla del Reina de Plata actualmente y la gente sólo piensa en
Quentin, si es que piensa en alguien.
—¿En quién? —preguntó Shea.
—Quentin. El profesor Horace Quentin. Una de las víctimas.
Si hablas de los tres supervivientes, te miran sin entender.
—Vamos, Mark, reconócelo —medió Moore—. El profesor
Quentin era uno de los grandes científicos del mundo y nosotros tres no somos
nadie.
—Sobrevivimos. Seguimos siendo los únicos que han
sobrevivido.
—¿Y qué? Mira, John Hester iba a bordo, y él también era
un científico importante. No tanto como Quentin, pero importante. Yo estaba
junto a él en esa última cena, cuando el meteoro chocó con nosotros. Bueno,
pues sólo porque Quentin murió en el accidente mismo, la muerte de Hester se
olvidó. Nadie recuerda que Hester murió en el Reina de Plata. Sólo se acuerdan
de Quentin. También a nosotros nos han olvidado, pero al menos estamos vivos.
—Te diré una cosa —dijo Brandon después de una pausa,
durante la cual la explicación de Moore no surtió ningún efecto—, somos
náufragos una vez más. Hace veinte años éramos náufragos frente a Vesta. Hoy
somos náufragos del olvido. Ahora los tres estamos reunidos de nuevo, y lo que
ocurrió antes puede volver a ocurrir. Hace veinte años, Warren nos llevó hasta
Vesta. Resolvamos este nuevo problema.
—¿Lo de vencer al olvido, quieres decir? —preguntó Moore—.
¿Hacernos famosos?
—Claro. ¿Por qué no? ¿Conoces un mejor modo de celebrar un
vigésimo aniversario?
—No, pero me gustaría saber por dónde quieres empezar. No
creo que la gente recuerde el Reina de Plata, excepto por Quentin, así que
tendrás que pensar en alguna forma de evocar el accidente. Sólo para empezar.
Una expresión pensativa cruzó el chato semblante de Shea.
—Algunas personas se acuerdan del Reina de Plata. La
compañía de seguros lo recuerda, y eso es extraño, ahora que tocáis el tema.
Hace diez u once años, estuve en Vesta y pregunté que si los restos de la nave
aún estaban allí. Me dijeron que sí, que nadie tenía intención de llevárselos.
Así que pensé en echarles un vistazo y fui hacia allá con un motor de reacción
sujeto a la espalda. En la gravedad de Vesta, sólo se necesita un motor de
reacción. De todos modos, sólo pude ver la nave a lo lejos. Estaba rodeada por
un campo de fuerza.
Brandon enarcó las cejas.
—¿El Reina de Plata? ¿Y por qué?
—Regresé y pregunté el porqué. No me lo explicaron, y me
dijeron que no sabían que yo pensaba ir allí. Me dijeron que pertenecía a la
compañía de seguros.
Moore movió la cabeza afirmativamente.
—Claro. Se quedaron con los restos después de pagar. Yo
firmé la cesión, renunciando a los derechos de mi prima de salvamento cuando
acepté el cheque de la indemnización. Y supongo que vosotros también.
—¿Pero por qué el campo de fuerza? —se extrañó Brandon—.
¿Por qué tanto secreto?
—No lo sé.
—Esos restos no valen nada, excepto como chatarra.
Costaría demasiado transportarlos.
—Exacto —asintió Shea—. Pero lo más extraño es que se
traían trozos desde el espacio, y había una pila de piezas retorcidas. Pregunté
y me dijeron que siempre aterrizaban naves con más restos y que la compañía de
seguros pagaba un precio fijo por cada fragmento del Reina de Plata, así que
las naves que volaban en las inmediaciones de Vesta siempre buscaban algo. En
mi último viaje, fui a ver de nuevo el Reina de Plata y la pila era mucho más
grande.
A Brandon le brillaron los ojos.
—¿Quieres decir que todavía siguen buscando?
—No lo sé. Tal vez ya no lo hagan. Pero la pila era mucho
mayor que hace diez años, así que en ese momento todavía buscaban.
Brandon se reclinó en la silla y cruzó las piernas.
—Vaya, eso es muy raro. Una austera compañía de seguros
gasta dinero y explora el espacio de las inmediaciones de Vesta para hallar
piezas de una nave destruida veinte años atrás.
—Tal vez intenta probar que hubo sabotaje —aventuró Moore.
—¿Después de veinte años? Aunque lo probaran, no
recuperarían el dinero. Es un asunto liquidado.
—Quizás hayan dejado de buscar hace años.
Brandon se levantó con aire decidido.
—Preguntemos. Aquí hay algo raro, y el acuaverde Jabra y
este aniversario me han embriagado lo suficiente como para querer averiguarlo.
—Claro —dijo Shea—, pero ¿a quién le preguntamos?
—A Multivac —respondió Brandon.
Shea abrió los ojos.
—¡Multivac! Oye, Moore, ¿tienes un terminal de Multivac
aquí?
—Sí.
—Nunca he visto ninguno y siempre he querido verlos.
—No es gran cosa, Mike. Parece una máquina de escribir. No
confundas un terminal de Multivac con Multivac mismo. No conozco a nadie que
haya visto Multivac.
Moore sonrió ante la idea. No creía que jamás llegara a
conocer a ninguno de los pocos técnicos que se pasaban la mayor parte de sus
días laborales en un lugar oculto en las entrañas de la Tierra, cuidando de un
superordenador de un kilómetro y medio de longitud que era depositario de todos
los datos conocidos por el hombre y que dirigía la economía humana, guiaba las
investigaciones científicas, contribuía a tomar decisiones políticas y tenía
millones de circuitos libres para responder a preguntas personales que no
atentaran contra la intimidad.
Mientras subían al segundo piso por la rampa de potencia,
Brandon comentó:
—He pensado en instalar un terminal Multivac para los
niños. Las tareas escolares y todo eso, ya sabéis. Pero no quiero que se
convierta en una especie de sostén caro y vistoso. ¿Cómo te las apañas tú,
Warren?
—Primero me enseñan las preguntas —respondió Moore—. Si yo
no las apruebo, Multivac no las ve.
El terminal de Multivac era en efecto una especie de
máquina de escribir.
Moore fijó las coordenadas que abrían su sector de la red
de circuitos planetarios.
—Ahora, escuchad un momento. Quiero dejar constancia de
que me opongo a esto y sólo os sigo el juego porque es el aniversario y porque
soy tan bobo como para sentir curiosidad. ¿Cómo expreso la pregunta?
Brandon dijo:
—Pregunta esto: ¿Sigue Seguros Transespaciales buscando
restos del Reina de Plata en las cercanías de Vesta? Eso únicamente requiere un
sí o un no.
Moore se encogió de hombros y tecleó, mientras Shea
observaba con admiración reverente.
—¿Cómo responde? —preguntó—. ¿Habla?
Moore sonrió.
—Oh, no, no puedo gastar tanto dinero. Este modelo imprime
la respuesta en un papel que sale por esa ranura.
Mientras hablaba, salió una tira de papel. Moore lo cogió
y le echó un vistazo.
—Vamos a ver. Multivac dice que sí.
—¡Ja! —exclamó Brandon—. Te lo dije. Ahora pregunta por
qué.
—Es una tontería. Es evidente que esa pregunta atenta
contra la intimidad. Sólo sale un papel amarillo que te pide que especifiques
tus razones.
—Pregunta y averígualo. La búsqueda de los fragmentos no
es secreta. Tal vez la razón tampoco lo sea.
Moore se encogió de hombros. Tecleó: «¿Por qué Seguros
Transespaciales está llevando a cabo este proyecto de búsqueda de fragmentos
del Reina de Plata que se mencionó en la pregunta anterior?».
Un papel amarillo salió casi de inmediato: «Especifique
razones para solicitar información requerida».
—De acuerdo —insistió Brandon, sin amilanarse—. Dile que
somos los tres supervivientes y que tenemos derecho a saberlo. Adelante.
Díselo.
Moore lo tecleó con una frase neutra y surgió otro papel
amarillo: «Razón insuficiente. Imposible dar respuesta».
—No creo que tengan derecho a mantener eso en secreto —se
obstinó Brandon.
—Eso depende de Multivac —replicó Moore—. Juzga las
razones presentadas y decide si se ve afectada la ética de la intimidad. El
Gobierno mismo no podría atentar contra esa ética sin una orden judicial, y los
tribunales rara vez se pronuncian en contra de Multivac. ¿Qué piensas hacer?
Brandon se puso de pie y, según su costumbre, empezó a
pasear por la habitación.
—De acuerdo. Entonces, deduzcámoslo por nuestra cuenta. Es
algo tan importante como para justificar tanta molestia. Hemos convenido en que
no intentan hallar pruebas de sabotaje, pues han pasado veinte años. Pero
Transespaciales debe de estar buscando algo tan valioso que merece la pena.
¿Qué podría ser tan valioso?
—Mark, eres un soñador —comentó Moore.
Brandon no le prestó atención.
—No pueden ser alhajas, dinero ni títulos. No podría haber
suficiente como para compensar el coste de la búsqueda. Ni siquiera aunque el
Reina de Plata fuera de oro puro. ¿Qué podría ser más valioso?
—No puedes juzgar el valor, Mark. Una carta podría valer
un céntimo como papel y, sin embargo, significar cien millones de dólares para
una empresa, según lo que se dijera en la carta.
Brandon asintió vigorosamente.
—Correcto. Documentos. Papeles valiosos. ¿Quién podría
tener papeles que valieran miles de millones en ese viaje?
—¿Cómo saberlo?
—¿Qué me decís del profesor Horace Quentin? ¿Qué opinas,
Warren? La gente lo recuerda porque era importante. ¿Qué pasa con los papeles
que quizá llevaba consigo? Detalles de un nuevo descubrimiento, tal vez.
Demonios, si al menos lo hubiera visto durante la travesía, tal vez me hubiera
dicho algo mientras charlábamos. ¿Alguna vez lo viste tú, Warren?
—Que yo recuerde, no. Al menos no hablé con él. Así que
una charla queda descartada en mi caso. Aunque quizá me haya cruzado con él sin
saberlo.
—No, no creo —intervino Shea, repentinamente pensativo—.
Creo recordar algo. Había un pasajero que jamás abandonaba su cabina. El
camarero lo comentaba. Ni siquiera salía a comer.
—¿Quentin? —preguntó Brandon, dejando de caminar para
mirar ávidamente al veterano del espacio.
—Tal vez, Brandon. Quizá fuera él. No recuerdo que nadie
dijese que lo era. Pero debía de ser un tipo importante, porque en una nave
espacial nadie se preocupa de llevar la comida a una cabina a menos que el
pasajero sea alguien importante.
—Y Quentin era el tipo más importante a bordo; —señaló
Brandon, con satisfacción—. Así que llevaba algo en la cabina. Algo muy
valioso. Algo que tenía oculto.
—Tal vez sufría de mareo espacial —objetó Moore—, sólo
que…
Frunció el ceño y guardó silencio.
—Adelante —le urgió Brandon—. ¿También recuerdas algo?
—Puede ser. Te he dicho que me senté junto al doctor
Hester en esa última cena. Comentó que estaba deseando conocer al profesor
Quentin durante el viaje y que no había tenido suerte.
—¡Claro! —exclamó Brandon—. ¡Porque Quentin no salía de la
cabina!
—Hester no dijo eso. Pero nos pusimos a hablar de Quentin.
¿Qué fue lo que dijo? —Moore se apoyó las manos en las sienes, como
exprimiéndose para extraer un recuerdo de veinte años atrás—. No me acuerdo de
las palabras exactas, pero comentó que Quentin era un histrión, un esclavo del
melodrama o algo parecido, y que se dirigían a una conferencia científica a
Ganímedes y Quentin ni siquiera había anunciado el título de su ponencia.
—Todo encaja —dijo Brandon; echando a andar nuevamente—.
Había hecho un gran descubrimiento y lo mantenía en secreto porque pensaba
revelarlo en la conferencia de Ganímedes con un gran efecto teatral. No salía
de la cabina porque temía que Hester quisiera sonsacarle algo, y lo hubiera
hecho, sin duda. Y entonces la nave chocó contra esa roca y Quentin murió.
Seguros Transespaciales investigó, oyó rumores sobre el descubrimiento y pensó
que si lograba controlarlo recobraría sus pérdidas y mucho más. Así que se
apropió de la nave y desde entonces están buscando los papeles de Quentin entre
los restos.
Moore sonrió afectuosamente.
—Mark, es una hermosa fábula. Disfruto esta velada con
sólo ver cómo inventas tanto a partir de nada.
—A partir de nada, ¿eh? Vamos a preguntarle de nuevo a
Multivac. Este mes te pagaré la cuenta.
—No te preocupes, no hace falta. Pero, si no te molesta,
subiré la botella de Jabra. Necesito un sorbo más para alcanzarte.
—También yo —se apuntó Shea.
Brandon se sentó ante la máquina de escribir. Los dedos le
temblaban de ansiedad cuando tecleó: «¿Cuál era la índole de las últimas
investigaciones del profesor Horace Quentin?».
Moore había regresado con la botella y unos vasos cuando
salió la respuesta; esa vez, en papel blanco. Era una respuesta larga y en
letra pequeña, y enumeraba artículos científicos publicados en revistas de
veinte años atrás.
Moore le echó una ojeada.
—No soy físico, pero parece que estaba interesado en la
óptica.
Brandon sacudió la cabeza con impaciencia.
—Pero todo eso está publicado. Queremos algo que aún no
hubiera publicado.
—Nunca averiguaremos nada sobre eso.
—La compañía de seguros lo averiguó.
—Ésa es sólo tu teoría.
Brandon se acariciaba la barbilla con mano trémula.
—Déjame hacerle una pregunta más a Multivac.
Se sentó de nuevo y tecleó: «Quiero el nombre y el número
de tubo de los colegas aún vivos del profesor Horace Quentin, los que se
contaban entre sus allegados en la universidad donde él enseñaba».
—¿Cómo sabes que enseñaba en una universidad? —preguntó
Moore.
—Si no es así, Multivac nos lo dirá.
Salió un papel. Sólo contenía un nombre.
—¿Piensas llamar realmente a ese hombre? —preguntó Moore.
—Claro que sí. Otis Fitzsimmons, con un número de tubo de
Detroit. Warren, ¿puedo…?
—Adelante. Sigue siendo parte del juego.
Brandon marcó la combinación en el teclado del tubo de
Moore. Respondió una voz femenina. Brandon preguntó por el profesor Fitzsimmons
y hubo una breve pausa. Luego, contestó una voz vieja y chillona:
—Profesor Fitzsimmons —dijo Brandon—, represento a Seguros
Transespaciales en el tema del difunto profesor Horace Quentin…
—Por amor de Dios, Mark —susurró Moore, pero Brandon lo
contuvo con un gesto perentorio.
Hubo una pausa tan larga como si hubiera un fallo en las
comunicaciones, pero finalmente la vieja voz respondió:
—¿Otra vez? ¿Después de tantos años?
Brandon chascó los dedos en un incontenible gesto de
triunfo, pero conservó el aplomo.
—Seguimos intentando averiguar, profesor, si usted
recuerda nuevos detalles sobre algo que el profesor Quentin llevara consigo en
ese último viaje y se relacionara con su último descubrimiento inédito.
—Demonios —fue la enfadada respuesta—, ya le he dicho que
no lo sé. No quiero que me molesten más con ese asunto. No sé si había algo. Él
hizo insinuaciones, pero siempre las hacía sobre un artilugio u otro.
—¿Qué artilugio, profesor?
—Le digo que no lo sé. Una vez usó un nombre y se lo dije
a ustedes. No creo que tenga importancia.
—Ese nombre no figura en nuestra documentación, profesor.
—Bien, pues debería, ¿Cómo era? Ah, sí. Un opticón.
—¿Con ka?
—Con ce o con ka. No lo sé ni me importa. Por favor, no
quiero que vuelvan a molestarme por esto. Adiós.
Seguía refunfuñando cuando la línea se perdió.
Brandon estaba complacido.
—Mark —lo reprendió Moore—, eso es lo más estúpido que has
podido hacer. Es ilegal usar una identidad fraudulenta en el tubo. Si él quiere
crearte problemas…
—¿Por qué iba a hacerlo? Ya lo ha olvidado. ¿No lo
entiendes, Warren? Transespaciales ha preguntado por lo mismo. Él insistía en
que ya lo había explicado antes.
—De acuerdo. Pero eso ya lo suponías. ¿Qué más sabes
ahora?
—También sabemos que el artilugio de Quentin se llamaba
opticón.
—Fitzsimmons no parecía muy seguro. De todos modos, como
ya sabemos que hacia el final se especializaba en óptica, un nombre como
opticón no significa un gran adelanto.
—Y Seguros Transespaciales está buscando el opticón o unos
papeles relacionados con él. Tal vez Quentin se guardaba los detalles y sólo
tenía un modelo del instrumento. Shea nos ha contado que estaban recogiendo
objetos de metal, ¿verdad?
—Había mucho metal en esa pila —asintió Shea.
—Lo dejarían en el espacio si estuvieran buscando papeles,
así que de eso se trata, de un instrumento que quizá se llame opticón.
—Aunque todas tus teorías sean correctas, Mark, y estemos
buscando un opticón, esa búsqueda es absolutamente inútil —afirmó Moore—. Dudo
que más del diez por ciento de los restos permanezcan en la órbita de Vesta. La
velocidad de fuga de Vesta es prácticamente inexistente. Sólo un impulso
fortuito en una dirección fortuita y a una velocidad fortuita puso en órbita
nuestro sector de la nave. El resto desapareció, se esparció por todo el
sistema solar en todas las órbitas concebibles en torno del Sol.
—Ellos han recogido fragmentos.
—Sí, el diez por ciento que logró ponerse en la órbita de
Vesta. Eso es todo.
Brandon no se daba por vencido.
—Supongamos que estaba allí y no lo encontraron. Alguien
pudo habérseles adelantado.
Mike Shea se echó a reír.
—Nosotros estuvimos allí, pero, desde luego, sólo
escapamos con el pellejo encima, y dimos gracias por ello. ¿Quién más?
—Correcto, y si alguien más lo encontró, ¿por qué lo
mantienen en secreto?
—Tal vez no sabe qué es.
—¿Entonces cómo…? —Moore se interrumpió y se volvió hacia
Shea—. ¿Qué has dicho?
Shea se quedó desconcertado.
—¿Quién, yo?
—Has dicho que nosotros estuvimos allí. —Moore entrecerró
los ojos. Sacudió la cabeza como para despejarla y susurró—: ¡Gran galaxia!
—¿Qué ocurre? —preguntó Brandon—. ¿Qué pasa, Warren?
—No estoy seguro. Estás volviéndome loco con tus teorías.
Tan loco que empiezo a tomarlas en serio. ¿Sabes que sí nos llevamos algunas
cosas con nosotros? Además de la ropa y las pertenencias personales. Al menos,
yo me llevé algo.
—¿Qué?
—Fue cuando me abría paso por el casco de la nave en
ruinas… ¡Santo espacio, es como si estuviera allí, lo veo con tanta claridad…!
Cogí algunos objetos y los guardé en el bolsillo de mi traje espacial. No sé
por qué. No las tenía todas conmigo y lo hice sin pensar. Y, bueno, me quedé
con ellos, como recuerdo. Los traje a la Tierra.
—¿Dónde están?
—No lo sé. Nos hemos mudado varias veces, ya lo sabes.
—No los habrás tirado, ¿verdad?
—No, pero cuando te trasladas de casa se extravían cosas.
—Si no las tiraste, deben de estar en alguna parte de esta
casa.
—Si no se han perdido. Juro que no recuerdo haberlas visto
en quince años.
—¿Qué cosas eran?
—Una pluma estilográfica, que yo recuerde; una verdadera
antigüedad, de las que llevaban un cartucho con tinta. Pero lo que me tiene
desconcertado es que el otro objeto era unos prismáticos de no más de quince
centímetros de longitud. ¿Entendéis a qué me refiero? ¡Unos prismáticos!
—¡Un opticón! —exclamó Brandon—. ¡Claro!
—Es sólo una coincidencia —agregó Moore, tratando de
recobrar la cordura—. Sólo una extraña coincidencia.
Pero Brandon no lo creía así.
—¡Claro que no es una coincidencia! Transespaciales no
pudo hallar el opticón entre los restos de la nave ni en el espacio porque lo
tenías tú.
—Estás chiflado.
—Vamos, tenemos que encontrar esa cosa. Moore resopló.
—Bien, miraré, si eso es lo que quieres, pero dudo que lo
encuentre. Empezaremos por el desván. Es el lugar más lógico.
Shea se rió entre dientes.
—El lugar más lógico suele ser el menos indicado para
buscar.
Pero todos enfilaron hacia la rampa de potencia y subieron
un piso más.
El desván olía a moho y a desuso. Moore puso en marcha el
condensatrón.
—Hace dos años que no condensamos el polvo. Eso os muestra
que no vengo con frecuencia. Bien, veamos… De estar en alguna parte, sería en
mi colección de soltero. Me refiero a los cachivaches que reunía antes de
casarme. Podemos empezar por aquí.
Se puso a hojear el contenido de unas carpetas de plástico
mientras Brandon miraba ansiosamente por encima del hombro.
—¿Qué te parece? —dijo Moore—. Mi anuario de la
universidad. Era aficionado al audio en esos tiempos, un verdadero fanático.
Logré grabar la voz con la imagen de cada estudiante de este álbum. —Acarició
con afecto la cubierta—. Cualquiera juraría que aquí están las fotos
tridimensionales habituales, pero todas tienen aprisionada la… —Notó que
Brandon lo miraba ceñudo—. De acuerdo, seguiré buscando.
Dejó las carpetas y abrió un baúl de pesada y anticuada
madera falsa. Separó el contenido de los diversos compartimentos.
—Oye, ¿qué es eso? —preguntó Brandon.
Señaló un pequeño cilindro que salió rodando por el suelo
con un pequeño sonido sordo.
—¡La pluma! —exclamó Moore—. ¡Es ésa! Y aquí están los
prismáticos. Ninguna de las dos cosas funciona, por supuesto. Ambas están
estropeadas. Al menos, supongo que la pluma está rota, porque dentro suena algo
que está suelto. ¿Lo oís? No tenía la menor idea de cómo llenarla, así que
nunca he sabido si funcionaba. Hace años que no fabrican cartuchos de tinta.
Brandon la sostuvo bajo la luz.
—Tiene unas iniciales.
—¿Si? No recuerdo haberlas visto.
—Están bastante desgastadas. Parecen ser J. K. Q.
—¿Q?
—Exacto, y es una inicial rara para un apellido. La pluma
debía de ser de Quentin. Un recuerdo sentimental o un amuleto. Tal vez
perteneció a un bisabuelo suyo de la época en que se usaban estas plumas; algún
bisabuelo llamado Jason Knight Quentin o Judah Kent Quentin o algo parecido.
Podemos comprobar los nombres de los antepasados de Quentin a través de
Multivac.
Moore movió la cabeza afirmativamente.
—Creo que sí. Como ves, me has vuelto tan loco como tú.
—Y si es así se demuestra que la cogiste del cuarto de
Quentin. Así que también cogerías allí los prismáticos.
—Aguarda. No recuerdo haber cogido las dos cosas en el
mismo lugar. No me acuerdo muy bien de mi trayecto por el exterior de la nave.
Brandon cambió de posición los prismáticos bajo la luz.
—Aquí no hay iniciales.
—¿Esperabas alguna?
—No veo nada, excepto esta estrecha marca de unión. —Pasó
la uña del pulgar por el fino surco que rodeaba los prismáticos cerca del
extremo más grueso. Trató en vano de hacer que girase—. Es de una sola pieza.
—Se los puso ante los ojos—. Esto no funciona.
—Ya te he dicho que estaba roto. No tiene lentes…
—Cabe esperar algún desperfecto cuando una nave espacial
choca contra un meteoro de cierto tamaño y se hace trizas —intervino Shea.
—De modo que aunque fuera esto… —dijo Moore, de nuevo
pesimista—, aunque esto fuera el opticón, no nos serviría de nada.
Tomó los prismáticos y palpó los bordes vacíos.
—Ni siquiera se sabe dónde iban las lentes. No encuentro
el surco donde pudieron estar colocadas. Es como si nunca… ¡Eh! —exclamó de
pronto.
—¿Qué pasa? —se alarmó Brandon.
—¡El nombre! ¡El nombre del artilugio!
—¿Opticón?
—¡No! Cuando hablaste con Fitzsimmons por el tubo, todos
entendimos «un opticón».
—Bueno, eso es lo que dijo.
—Claro —lo secundó Shea—. Yo también le oí.
—Eso creímos. Pero sólo dijo el nombre, una palabra.
Anopticón. No dijo «un opticón», dos palabras, sino «anopticón», una sola
palabra.
—¿Y cuál es la diferencia? —preguntó Brandon.
—Enorme. Un opticón seria un instrumento con lentes, pero
anopticón tiene el prefijo griego «an-», que significa «no». Las palabras de
origen griego lo usan para indicar algo negativo. Anarquía significa «falta de
gobierno», anemia significa «falta de sangre», anónimo significa «falta de
nombre», y anopticón significa…
—¡Falta de lentes! —exclamó Brandon.
—¡Exacto! Quentin debía de estar trabajando en un aparato
óptico sin lentes, y tal vez éste no esté roto.
—Pero no se ve nada al mirar por él —objetó Shea.
—Debe de estar colocado en neutro —señaló Moore—. Habrá
algún modo de regularlo.
Igual que Brandon antes, lo sujetó con ambas manos y trató
de hacerlo girar en torno del surco. Aumentó la presión, gruñendo.
—No lo rompas —le advirtió Brandon.
—Está cediendo. O bien se supone que es rígido, o bien la
corrosión lo ha atascado. —Se detuvo, miró el instrumento con impaciencia y se
lo llevó de nuevo al ojo. Dio media vuelta, despolarizó una ventana y miró las
luces de la ciudad—. Que me arrojen al espacio —murmuró, con el aliento
entrecortado.
—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? —se excitó Brandon.
El atónito Moore le entregó el instrumento y Brandon se lo
llevó a los ojos y exclamó:
—¡Es un telescopio!
—¡Déjame ver! —dijo Shea.
Pasaron casi una hora con él, convirtiéndolo en telescopio
al hacerlo girar en una dirección y en microscopio al hacerlo girar en la
contraria.
—¿Cómo funciona? —preguntaba una y otra vez Brandon.
—No lo sé —repetía Moore. Finalmente dijo—: Estoy seguro
de que tiene que ver con campos de fuerza concentrados. Actuamos contra una
considerable resistencia de campo. Con instrumentos de mayor tamaño, se
requerirá un ajuste de la potencia.
—Un truco bastante ingenioso —comentó Shea.
—Es algo más —agregó Moore—. Apuesto a que representa un
giro totalmente nuevo en física teórica. Concentra la luz sin lentes y se puede
ajustar para recoger luz en una superficie cada vez más amplia sin cambios en
la longitud focal. Estoy seguro de que podríamos reproducir el telescopio de
quinientas pulgadas de Ceres en una dirección y un microscopio electrónico en
la otra. Más aún, no veo ninguna aberración cromática, así que debe de curvar
igualmente la luz de todas las longitudes de onda. Tal vez también curve ondas
de radio y rayos gamma. Tal vez distorsione la gravedad, si la gravedad es una
especie de radiación. Tal vez…
—¿Vale dinero? —preguntó Shea secamente.
—Muchísimo, si alguien supiera cómo funciona.
—Entonces, no iremos a ver a los de Seguros
Transespaciales. Consultaremos primero con un abogado. ¿Cedimos estas cosas con
nuestros derechos de la prima de salvamento o no? Ya estaban en tus manos antes
de que firmaras el papel. Por otra parte, ¿el papel tiene validez si no
sabíamos qué estábamos cediendo? Tal vez se pueda considerar un fraude.
—Más aún —añadió Moore—, tratándose de esto, no sé si
debiera poseerlo una compañía privada. Deberíamos consultar a un organismo
gubernamental. Si hay dinero en ello…
Pero Brandon se estaba golpeando las rodillas con los
puños.
—¡Al demonio con el dinero, Warren! Recibiré de buena gana
todo el dinero que me caiga en las manos, pero eso no es lo importante.
¡Seremos famosos, hombre, famosos! Imagina la historia. Un fabuloso tesoro
perdido en el espacio. Una empresa gigantesca lleva hurgando en el espacio
veinte años para encontrarlo y nosotros, los olvidados, lo tenemos en nuestras
manos. Luego, en el vigésimo aniversario de la pérdida, lo encontramos. Si esta
cosa funciona, sí la anóptica se transforma en una gran técnica científica,
nunca nos olvidarán.
Moore sonrió y se echó a reír.
—Muy bien. Lo has conseguido, Mark. Conseguiste lo que te
proponías. Nos has salvado de quedar abandonados en el olvido.
—Lo hicimos entre todos. Mike Shea nos puso en marcha con
la información básica necesaria, yo elaboré la teoría y tú tenías el
instrumento.
—De acuerdo. Es tarde y mi esposa regresará pronto, así
que pongamos manos a la obra. Multivac nos dirá qué organismo sería el
apropiado y quién…
—No, no —le interrumpió Brandon—. Primero el rito. El
brindis de cierre del aniversario, por favor, y con el cambio apropiado. ¿No me
das ese gusto, Warren?
Le pasó la botella de acuaverde Jabra. Moore llenó cada
vaso hasta el borde.
—Caballeros, un brindis —dijo solemnemente. Los tres
alzaron los vasos—. Caballeros, por los recuerdos del Reina de Plata que
supimos guardar.
Cómo ocurrió
Mi hermano empezó a dictar en su mejor estilo oratorio,
ése que hace que las tribus se queden aleladas ante sus palabras.
—En el principio —dijo—, exactamente hace quince mil
doscientos millones de años, hubo una gran explosión, y el universo…
Pero yo había dejado de escribir.
—¿Hace quince mil doscientos millones de años? —pregunté,
incrédulo.
—Exactamente —dijo—. Estoy inspirado.
—No pongo en duda tu inspiración —aseguré. (Era mejor que
no lo hiciera. Él es tres años más joven que yo, pero jamás he intentado poner
en duda su inspiración. Nadie más lo hace tampoco, o de otro modo las cosas se
ponen feas.)—. Pero, ¿vas a contar la historia de la Creación a lo largo de un
periodo de más de quince mil millones de años?
—Tengo que hacerlo. Ése es el tiempo que llevó. Lo tengo
todo aquí dentro —dijo, palmeándose la frente—, y procede de la más alta
autoridad.
Para entonces yo había dejado el estilo sobre la mesa.
—¿Sabes cuál es el precio del papiro? —dije.
—¿Qué?
Puede que esté inspirado, pero he notado con frecuencia
que su inspiración no incluye asuntos tan sórdidos como el precio del papiro.
—Supongamos que describes un millón de años de
acontecimientos en cada rollo de papiro. Eso significa que vas a tener que
llenar quince mil rollos. Tendrás que hablar mucho para llenarlos, y sabes que
empiezas a tartamudear al poco rato. Yo tendré que escribir lo bastante como
para llenarlos, y los dedos se me acabarán cayendo. Además, aunque podamos
comprar todo ese papiro, y tu tengas la voz y la fuerza suficientes, ¿quién va
a copiarlo? Hemos de tener garantizados un centenar de ejemplares antes de poder
publicarlo, y en esas condiciones, ¿cómo vamos a obtener derechos de autor?
Mi hermano pensó durante un rato. Luego dijo:
—¿Crees que deberíamos acortarlo un poco?
—Mucho —puntualicé—, si esperas llegar al gran público.
—¿Qué te parecen cien años?
—¿Qué te parecen seis días?
—No puedes comprimir la Creación en sólo seis días —dijo,
horrorizado.
—Ése es todo el papiro de que dispongo —le aseguré—. Bien,
¿qué dices?
—Oh, está bien —concedió, y empezó a dictar de nuevo—. En
el principio…
—¿De veras han de ser solo seis días, Aaron?
—Seis días, Moisés —dije firmemente.
Lenny
La empresa Robots y Hombres Mecánicos de Estados Unidos
tenía un problema. El problema era la gente.
Peter Bogert, jefe de matemática, se dirigía a la sala de
montaje cuando se topó con Alfred Lanning, director de investigaciones.
Lanning, apoyado en el pasamanos, miraba a la sala de ordenadores enarcando sus
enérgicas cejas blancas.
En el piso de abajo, un grupo de humanos de ambos sexos y
diversas edades miraba en torno con curiosidad, mientras un guía entonaba un
discurso preestablecido sobre informática robótica:
—Este ordenador que ven es el mayor de su tipo en el
mundo. Contiene cinco millones trescientos mil criotrones y es capaz de
manipular simultáneamente más de cien mil variables. Con su ayuda, nuestra
empresa puede diseñar con precisión el cerebro positrónico de los modelos
nuevos. Los requisitos se consignan en una cinta que se perfora mediante la
acción de este teclado, algo similar a una máquina de escribir o una linotipia
muy complicada, excepto que no maneja letras, sino conceptos. Las proposiciones
se descomponen en sus equivalentes lógico-simbólicos y éstos a su vez son
convertidos en patrones de perforación. En menos de una hora, el ordenador
puede presentar a nuestros científicos el diseño de un cerebro que ofrecerá
todas las sendas positrónicas necesarias para fabricar un robot…
Alfred Lanning reparó en la presencia del otro.
—Ah, Peter.
Bogert se alisó el cabello negro y lustroso con ambas
manos, aunque lo tenía impecable.
—No pareces muy entusiasmado con esto, Alfred.
Lanning gruñó. La idea de realizar visitas turísticas por
toda la empresa era reciente y se suponía cumplía una doble función. Por una
parte, según se afirmaba, permitía que la gente viera a los robots de cerca y
acallara así su temor casi instintivo hacia los objetos mecánicos mediante una
creciente familiaridad. Por otra parte, se suponía que las visitas lograrían
generar un interés para que algunas personas se dedicaran a las investigaciones
robóticas.
—Sabes que no lo estoy. Una vez por semana, nuestra tarea
se complica. Considerando las horas-hombre que se pierden, la retribución es
insuficiente.
—Entonces, ¿no han subido aún las solicitudes de empleo?
—Un poco, pero sólo en las categorías donde esa necesidad
no es vital. Necesitamos investigadores, ya lo sabes. Pero, como los robots
están prohibidos en la Tierra, el trabajo de robotista no es muy popular, que
digamos.
—El maldito complejo de Frankenstein —comentó Bogert,
repitiendo a sabiendas una de las frases favoritas de Lanning.
Lanning pasó por alto esa burla afectuosa.
—Debería acostumbrarme, pero no lo consigo. Todo ser
humano de la Tierra tendría que saber ya que las Tres Leyes constituyen una
salvaguardia perfecta, que los robots no son peligrosos. Fíjate en ese grupo.
—Miró hacia abajo—. Obsérvalos. La mayoría recorren la sala de montaje de
robots por la excitación del miedo, como si subieran en una montaña rusa. Y
cuando entran en la sala del modelo MEC…, demonios, Peter, un modelo MEC que es
incapaz de hacer otra cosa que avanzar dos pasos, decir «mucho gusto en conocerle»,
dar la mano y retroceder dos pasos; y, sin embargo, todos se intimidan y las
madres abrazan a sus hijos. ¿Cómo vamos a obtener trabajadores que piensen a
partir de esos idiotas?
Bogert no tenía respuesta. Miraron una vez más a los
visitantes, que estaban pasando de la sala de informática al sector de montaje
de cerebros positrónicos. Luego, se marcharon. No vieron a Mortimer W.
Jacobson, de dieciséis años, quien, para ser justos, no tenía la intención de
causar el menor daño.
En realidad, ni siquiera podría decirse que la culpa fuera
de Mortimer. Todos los trabajadores sabían en qué día de la semana se
realizaban las visitas. Todos los aparatos debían estar neutralizados o
cerrados, pues no era razonable esperar que los seres humanos resistieran la
tentación de mover interruptores, llaves y manivelas y de pulsar botones.
Además, el guía debía vigilar atentamente a quienes sucumbieran a esa
tentación.
Pero en ese momento el guía había entrado en la sala
contigua y Mortimer iba al final de la fila. Pasó ante el teclado mediante el
cual se introducían datos en el ordenador. No tenía modo de saber que en aquel
instante se estaban introduciendo los planos para un nuevo diseño robótico; de
lo contrario, siendo como era un buen chico, habría evitado tocar el teclado.
No tenía modo de saber que —en un acto de negligencia casi criminal— un técnico
se había olvidado de desactivar el teclado.
Así que Mortimer tocó las teclas al azar, como si se
tratara de un instrumento musical.
No notó que un trozo de la cinta perforada se salía de un
aparato que había en otra parte de la sala, silenciosa e inadvertidamente.
Y el técnico, cuando volvió, tampoco notò ninguna
intromisión. Le llamó la atención que el teclado estuviera activado, pero no se
molestó en verificarlo. Al cabo de unos minutos, incluso esa leve inquietud se
le había pasado, y continuó introduciendo datos en el ordenador.
En cuanto a Mortimer, nunca supo lo que había hecho.
El nuevo modelo LNE estaba diseñado para extraer boro en
las minas del cinturón de asteroides. Los hidruros de boro cobraban cada vez
más valor como detonantes para las micropilas protónicas que generaban potencia
a bordo de las naves espaciales, y la magra provisión existente en la Tierra se
estaba agotando.
Eso significaba que los robots LNE tendrían que estar
equipados con ojos sensibles a esas líneas prominentes en el análisis
espectroscópico de los filones de boro y con un tipo de extremidades útiles
para transformar el mineral en el producto terminado. Como de costumbre, sin
embargo, el equipamiento mental constituía el mayor problema.
El primer cerebro positrónico LNE ya estaba terminado. Era
el prototipo y pasaría a integrar la colección de prototipos de la compañía.
Cuando lo hubieran probado, fabricarían otros para alquilarlos (nunca
venderlos) a empresas mineras.
El prototipo LNE estaba terminado. Alto, erguido y
reluciente, parecía por fuera como muchos otros robots no especializados.
Los técnicos, guiándose por las instrucciones del Manual
de Robótica, debían preguntar: «¿Cómo estás?».
La respuesta correspondiente era: «Estoy bien y dispuesto
a activar mis funciones. Confío en que tú también estés bien», o alguna otra
ligera variante.
Ese primer diálogo sólo servía para indicar que el robot
oía, comprendía una pregunta rutinaria y daba una respuesta rutinaria
congruente con lo que uno esperaría de una mentalidad robótica. A partir de ahí
era posible pasar a asuntos más complejos, que pondrían a prueba las tres Leyes
y su interacción con el conocimiento especializado de cada modelo.
Así que el técnico preguntó «¿cómo estás?» y, de
inmediato, se sobresaltó ante la voz del prototipo LNE. Era distinta de todas
las voces de robot que conocía (y había oído muchas). Formaba sílabas
semejantes a los tañidos de una celesta de baja modulación.
Tan sorprendente era la voz que el técnico sólo oyó
retrospectivamente, al cabo de unos segundos, las sílabas que había formado esa
voz maravillosa:
—Da, da, da, gu.
El robot permanecía alto y erguido, pero alzó la mano
derecha y se metió un dedo en la boca.
El técnico lo miró horrorizado y echó a correr. Cerró la
puerta con llave y, desde otra sala, hizo una llamada de emergencia a la
doctora Susan Calvin.
La doctora Susan Calvin era la única robopsicóloga de la
compañía (y prácticamente de toda la humanidad). No tuvo que avanzar mucho en
sus análisis del prototipo LNE para pedir perentoriamente una transcripción de
los planos del cerebro positrónico dibujados por ordenador y las instrucciones
que los habían guiado. Tras estudiarlos mandó a buscar a Bogert.
La doctora tenía el cabello gris peinado severamente hacia
atrás; y su rostro frío, con fuertes arrugas verticales interrumpidas por el
corte horizontal de una pálida boca de labios finos, se volvió enérgicamente
hacia Bogert.
—¿Qué es esto, Peter?
Bogert estudió con creciente estupefacción los pasajes que
ella señalaba.
—Por Dios, Susan, no tiene sentido.
—Claro que no. ¿Cómo se llegó a estas instrucciones?
Llamaron al técnico encargado y él juró con toda
sinceridad que no era obra suya y que no podía explicarlo. El ordenador dio una
respuesta negativa a todos los intentos de búsqueda de fallos.
—El cerebro positrónico no tiene remedio —comentó
pensativamente Susan Calvin—. Estas instrucciones insensatas han cancelado
tantas funciones superiores que el resultado se asemeja a un bebé humano.
—Bogert manifestó asombro, y Susan Calvin adoptó la actitud glacial que siempre
adoptaba ante la menor insinuación de duda de su palabra—. Nos esforzamos en
lograr que un robot se parezca mentalmente a un hombre. Si eliminamos lo que
denominamos funciones adultas, lo que queda, como es lógico, es un bebé humano,
mentalmente hablando. ¿Por qué estás tan sorprendido, Peter?
El prototipo LNE, que no parecía darse cuenta de lo que
ocurría a su alrededor, se sentó y empezó a examinarse los pies.
Bogert lo miró fijamente.
—Es una lástima desmantelar a esa criatura. Es un bonito
trabajo.
—¿Desmantelarla? —bramó la robopsicóloga.
—Desde luego, Susan. ¿De qué sirve esa cosa? Santo cielo,
si existe un objeto totalmente inútil es un robot que no puede realizar ninguna
tarea. No pretenderás que esta cosa pueda hacer algo, ¿verdad?
—No, claro que no.
—¿Entonces?
—Quiero realizar más análisis —dijo tercamente Susan
Calvin.
Bogert la miró con impaciencia, pero se encogió de
hombros. Si había una persona en toda la empresa con quien no tenía sentido
discutir, ésa era Susan Calvin. Los robots eran su pasión, y se hubiera dicho
que una tan larga asociación con ellos la había privado de toda apariencia de
humanidad.
Era imposible disuadirla de una decisión, así como era
imposible disuadir a una micropila activada de que funcionara.
—¡Qué más da! —murmuró, y añadió en voz alta—: ¿Nos
informarás cuando hayas terminado los análisis?
—Lo haré. Ven, Lenny.
(LNE, pensó Bogert. Inevitablemente, las siglas se habían
transformado en Lenny.)
Susan Calvin tendió la mano, pero el robot se limitó a
mirarla. Con ternura, la robopsicóloga tomó la mano del robot. Lenny se puso de
pie (al menos su coordinación mecánica funcionaba bien) y salieron juntos, el
robot y esa mujer a quien superaba en medio metro. Muchos ojos los siguieron
con curiosidad por los largos corredores.
Una pared del laboratorio de Susan Calvin, la que daba
directamente a su despacho privado, estaba cubierta con la reproducción
ampliada de un diagrama de sendas positrónicas. Hacía casi un mes que Susan
Calvin la estudiaba absortamente.
Estaba examinando atentamente en ese momento los
vericuetos de esas sendas atrofiadas. Lenny, sentado en el suelo, movía las
piernas y balbuceaba sílabas ininteligibles con una voz tan bella que era
posible escucharlas con embeleso aun sin entenderlas.
Susan Calvin se volvió hacia el robot.
—Lenny… Lenny…
Repitió el nombre, con paciencia, hasta que Lenny irguió
la cabeza y emitió un sonido inquisitivo. La robopsicóloga sonrió complacida.
Cada vez necesitaba menos tiempo para atraer la atención del robot.
—Alza la mano, Lenny. Mano… arriba. Mano… arriba.
La doctora levantó su propia mano una y otra vez.
Lenny siguió el movimiento con los ojos. Arriba, abajo,
arriba, abajo. Luego, movió la mano espasmódicamente y balbuceó.
—Muy bien, Lenny —dijo gravemente Susan Calvin—. Inténtalo
de nuevo. Mano… arriba.
Muy suavemente, extendió su mano, tomó la del robot, la
levantó y la bajó.
—Mano… arriba. Mano… arriba.
Una voz la llamó desde el despacho:
—¿Susan?
Calvin apretó los labios.
—¿Qué ocurre, Alfred?
El director de investigaciones entró, miró al diagrama de
la pared y, luego, al robot.
—¿Sigues con ello?
—Estoy trabajando, sí.
—Bien, ya sabes, Susan… —Sacó un puro y lo miró,
disponiéndose a morder la punta. Cuando se encontró con la severa y
reprobatoria mirada de la mujer, guardó el puro y comenzó de nuevo—: Bien, ya
sabes, Susan, que el modelo LNE está en producción.
—Eso he oído. ¿Hay algo en que yo pueda colaborar?
—No. Pero el mero hecho de que esté en producción y
funcione bien significa que es inútil insistir con este espécimen deteriorado.
¿No deberíamos desarmarlo?
—En pocas palabras, Alfred, te fastidia que yo pierda mi
valioso tiempo. Tranquilízate. No estoy perdiendo el tiempo. Estoy trabajando
con este robot.
—Pero ese trabajo no tiene sentido.
—Yo seré quien lo juzgue, Alfred —replicó la doctora en un
tono amenazador, y Lanning consideró que sería más prudente cambiar de enfoque.
—¿Puedes explicarme qué significa? ¿Qué estás haciendo
ahora, por ejemplo?
—Trato de lograr que levante la mano cuando se lo ordeno.
Intento conseguir que imite el sonido de la palabra.
Como si estuviera pendiente de ella, Lenny balbuceó y alzó
la mano torpemente. Lanning sacudió la cabeza.
—Esa voz es asombrosa. ¿Cómo se ha logrado?
—No lo sé. El transmisor es normal. Estoy segura de que
podría hablar normalmente, pero no lo hace. Habla así como consecuencia de algo
que hay en las sendas positrónicas, y aún no lo he localizado.
—Bien, pues localízalo, por Dios. Esa voz podría ser útil.
—Oh, entonces, ¿mis estudios sobre Lenny pueden servir de
algo?
Lanning se encogió de hombros, avergonzado.
—Bueno, se trata de un elemento menor.
—Lamento que no veas los elementos mayores, que son mucho
más importantes, pero no es culpa mía. Ahora, Alfred, ¿quieres irte y dejarme
trabajar?
Lanning encendió el puro en el despacho de Bogert.
—Esa mujer está cada día más rara —comentó con
resentimiento.
Bogert le entendió perfectamente. En Robots y Hombres
Mecánicos existía una sola «esa mujer».
—¿Todavía sigue atareada con ese seudorobot, con ese
Lenny?
—Trata de hacerle hablar, lo juro.
Bogert se encogió de hombros.
—Ese es el problema de esta empresa. Me refiero a lo de
conseguir investigadores capacitados. Si tuviéramos otros robopsicólogos,
podríamos jubilar a Susan. A propósito, supongo que la reunión dé directores
programada para mañana tiene que ver con el problema de la contratación de
personal.
Lanning asintió con la cabeza y miró su puro, disgustado.
—Sí. Pero el problema es la calidad, no la cantidad. Hemos
subido tanto los sueldos que hay muchos solicitantes; pero la mayoría se
interesan sólo por el dinero. El truco está en conseguir a los que se interesan
por la robótica; gente como Susan Calvin.
—No, diablos, como ella no.
—Iguales no, de acuerdo. Pero tendrás que admitir, Peter,
que es una apasionada de los robots. No tiene otro interés en la vida.
—Lo sé. Precisamente por eso es tan insoportable. Lanning
asintió en silencio. Había perdido la cuenta de las veces que habría deseado
despedir a Susan Calvin. También había perdido la cuenta de la cantidad de
millones de dólares que ella le había ahorrado a la empresa. Era indispensable
y seguiría siéndolo hasta su muerte, o hasta que pudieran solucionar el
problema de encontrar gente del mismo calibre y que se interesara en las
investigaciones sobre robótica.
—Creo que vamos a limitar esas visitas turísticas.
Peter se encogió de hombros.
—Si tú lo dices… Pero entre tanto, en serio, ¿qué hacemos
con Susan? Es capaz de apegarse indefinidamente a Lenny. Ya sabes cómo es
cuando se encuentra con lo que considera un problema interesante.
—¿Qué podemos hacer? Si demostramos demasiada ansiedad por
interrumpirla, insistirá en ello por puro empecinamiento femenino. En última
instancia, no podemos obligarla a hacer nada.
El matemático sonrió.
—Yo no aplicaría el adjetivo «femenino» a ninguna parte de
ella.
—Está bien —rezongó Lanning—. Al menos, ese robot no le
hará daño a nadie.
En eso se equivocaba.
La señal de emergencia siempre causa nerviosismo en
cualquier gran instalación industrial. Esas señales habían sonado varias veces
a lo largo de la historia de Robots y Hombres Mecánicos: incendios,
inundaciones, disturbios e insurrecciones.
Pero una señal no había sonado nunca. Nunca había sonado
la señal de «robot fuera de control». Y nadie esperaba que sonara. Estaba
instalada únicamente por insistencia del Gobierno. («Al demonio con ese
complejo de Frankenstein», mascullaba Lanning en las raras ocasiones en que
pensaba en ello.)
Pero la estridente sirena empezó a ulular con intervalos
de diez segundos, y prácticamente nadie —desde el presidente de la junta de
directores hasta el más novato ayudante de ordenanza— reconoció de inmediato
ese sonido insólito. Tras esa incertidumbre inicial, guardias armados y médicos
convergieron masivamente en la zona de peligro, y la empresa al completo quedó
paralizada.
Charles Randow, técnico en informática, fue trasladado al
sector hospitalario con el brazo roto. No hubo más daños. Al menos, no hubo más
daños físicos.
—¡Pero el daño moral está más allá de toda estimación!
—vociferó Lanning.
Susan Calvin se enfrentó a él con calma mortal.
—No le harás nada a Lenny. Nada. ¿Entiendes?
—¿Lo entiendes tú, Susan? Esa cosa ha herido a un ser
humano. Ha quebrantado la Primera Ley. ¿No conoces la Primera Ley?
—No le harás nada a Lenny.
—Por amor de Dios, Susan, ¿a ti debo explicarte la Primera
Ley? Un robot no puede dañar a un ser humano ni, mediante la inacción, permitir
que un ser humano sufra daños. Nuestra posición depende del estricto respeto de
esa Primera Ley por parte de todos los robots de todos los tipos. Si el público
se entera de que ha habido una excepción, una sola excepción, podría obligamos
a cerrar la empresa. Nuestra única probabilidad de supervivencia sería anunciar
de inmediato que ese robot ha sido destruido, explicar las circunstancias y
rezar para que el público se convenza de que no sucederá de nuevo.
—Me gustaría averiguar qué sucedió. Yo no estaba presente
en ese momento y me gustaría averiguar qué hacía Randow en mis laboratorios sin
mi autorización.
—Pero lo más importante es obvio. Tu robot golpeó a
Randow, ese imbécil apretó el botón de «robot fuera de control» y nos ha creado
un problema. Pero tu robot lo golpeó y le causó lesiones que incluyen un brazo
roto. La verdad es que tu Lenny está tan deformado que no respeta la Primera
Ley y hay que destruirlo.
—Sí que respeta la Primera Ley. He estudiado sus sendas
cerebrales y sé que la respeta.
—Y entonces, ¿cómo ha podido golpear a un hombre?
—preguntó Lanning, con desesperado sarcasmo—. Pregúntaselo a Lenny. Sin duda ya
le habrás enseñado a hablar.
Susan Calvin se ruborizó.
—Prefiero entrevistar a la víctima. Y en mi ausencia,
Alfred, quiero que mis dependencias estén bien cerradas, con Lenny en el
interior. No quiero que nadie se le acerque. Si sufre algún daño mientras yo no
estoy, esta empresa no volverá a saber de mí en ninguna circunstancia.
—¿Aprobarás su destrucción si ha violado la Primera Ley?
—Sí, porque sé que no la ha violado.
Charles Randow estaba tendido en la cama, con el brazo en
cabestrillo. Aún estaba conmocionado por ese momento en que creyó que un robot
se le abalanzaba con la intención de asesinarlo. Ningún ser humano había tenido
nunca razones tan contundentes para temer que un robot le causara daño. Era una
experiencia singular.
Susan Calvin y Alfred Lanning estaban junto a la cama; los
acompañaba Peter Bogert, que se había encontrado con ellos por el camino. No
estaban presentes médicos ni enfermeras.
—¿Qué sucedió? —preguntó Susan Calvin. Randow no las tenía
todas consigo.
—Esa cosa me pegó en el brazo —murmuró—. Se abalanzó sobre
mí.
—Comienza desde más atrás —dijo Calvin—. ¿Qué hacías en mi
laboratorio sin mi autorización?
El joven técnico en informática tragó saliva, moviendo
visiblemente la nuez de la garganta. Tenía pómulos altos y estaba muy pálido.
—Todos sabíamos lo de ese robot. Se rumoreaba que trataba
usted de enseñarle a hablar como si fuera un instrumento musical. Circulaban
apuestas acerca de si hablaba o no. Algunos sostienen que usted puede enseñarle
a hablar a un poste.
—Supongo que eso es un cumplido —comentó Susan Calvin en
un tono glacial—. ¿Qué tenía que ver eso contigo?
—Yo debía entrar allí para zanjar la cuestión, para
enterarme de si hablaba, ya me entiende. Robamos una llave de su laboratorio y
esperamos a que usted se fuera. Echamos a suertes para ver quién entraba. Perdí
yo.
—¿Y qué más?
—Intenté hacerle hablar y me pegó.
—¿Cómo intentaste hacerle hablar?
—Le…, le hice preguntas, pero no decía nada y tuve que
sacudirlo, así que… le grité… y…
—¿Y?
Hubo una larga pausa. Bajo la mirada imperturbable de
Susan Calvin, Randow dijo al fin:
—Traté de asustarlo para que dijera algo. Tenía que
impresionarlo.
—¿Cómo intentaste asustarlo?
—Fingí que le iba a dar un golpe.
—¿Y te desvió el brazo?
—Me dio un golpe en el brazo.
—Muy bien. Eso es todo. —Calvin se volvió hacia Lanning y
Bogert—. Vámonos, caballeros. —En la puerta, se giró hacia Randow—. Puedo
resolver el problema de las apuestas, si aún te interesa. Lenny articula muy
bien algunas palabras.
No dijeron nada hasta llegar al despacho de Susan Calvin.
Las paredes estaban revestidas de libros; algunos, de su autoría. El despacho
reflejaba su personalidad fría y ordenada. Había una sola silla. Susan se
sentó. Lanning y Bogert permanecieron de pie.
—Lenny se limitó a defenderse. Es la Tercera Ley: un robot
debe proteger su propia existencia.
—Excepto —objetó Lanning— cuando entra en conflicto con la
Primera o con la Segunda Ley. ¡Completa el enunciado! Lenny no tenía derecho a
defenderse causando un daño, por ínfimo que fuera, a un ser humano.
—No lo hizo a sabiendas —replicó Calvin—. Lenny tiene un
cerebro fallido. No tenía modo de conocer su propia fuerza ni la debilidad de
los humanos. Al apartar el brazo amenazador de un ser humano, no podía saber
que el hueso se rompería. Humanamente, no se puede achacar culpa moral a un
individuo que no sabe diferenciar entre el bien y el mal.
Bogert intervino en tono tranquilizador:
—Vamos, Susan, nosotros no achacamos culpas. Nosotros
comprendemos que Lenny es el equivalente de un bebé, humanamente hablando, y no
lo culpamos. Pero el público sí lo hará. Nos cerrarán la empresa.
—Todo lo contrario. Si tuvieras el cerebro de una pulga,
Peter, verías que ésta es la oportunidad que la compañía esperaba. Esto
resolverá sus problemas.
Lanning frunció sus cejas blancas.
—¿Qué problemas, Susan?
—¿Acaso la empresa no desea mantener a nuestro personal de
investigación en lo que considera, Dios nos guarde, su avanzado nivel actual?
—Por supuesto.
—Bien, y ¿qué ofreces a tus futuros investigadores?
¿Diversión? ¿Novedad? ¿La emoción de explorar lo desconocido? No. Les ofreces
sueldos y la garantía de que no habrá problemas.
—¿Qué quieres decir? —se interesó Bogert.
—¿Hay problemas? —prosiguió Susan Calvin—. ¿Qué clase de
robots producimos? Robots plenamente desarrollados, aptos para sus tareas. Una
industria nos explica qué necesita; un ordenador diseña el cerebro; las
máquinas dan forma al robot; y ya está, listo y terminado. Peter, hace un
tiempo me preguntaste cuál era la utilidad de Lenny. Preguntas que de qué sirve
un robot que no está diseñado para ninguna tarea. Ahora te pregunto yo que ¿de
qué sirve un robot diseñado para una sola tarea? Comienza y termina en el mismo
lugar. Los modelos LNE extraen boro; si se necesita berilio, son inútiles; si
la tecnología del boro entra en una nueva fase, se vuelven obsoletos. Un ser
humano diseñado de ese modo sería un subhumano. Un robot diseñado de ese modo
es un subrobot.
—¿Quieres un robot versátil? —preguntó incrédulamente
Lanning.
—¿Por qué no? ¿Por qué no? He estado trabajando con un
robot cuyo cerebro estaba casi totalmente idiotizado. Le estaba enseñando y tú,
Alfred, me preguntaste que para qué servía. Para muy poco, tal vez, en lo
concerniente a Lenny, pues nunca superará el nivel de un niño humano de cinco
años. ¿Pero cuál es la utilidad general? Enorme, si abordas el asunto como un
estudio del problema abstracto de aprender a enseñar a los robots. Yo he
aprendido modos de poner ciertas sendas en cortocircuito para crear sendas
nuevas. Los nuevos estudios ofrecerán técnicas mejores, más sutiles y más
eficientes para hacer lo mismo.
—¿Y bien?
—Supongamos que tomas un cerebro positrónico donde
estuvieran trazadas las sendas básicas, pero no las secundarias. Supongamos que
luego creas las secundarias. Podrías vender robots básicos diseñados para ser
instruidos, robots capaces de adaptarse a diversas tareas. Los robots serían
tan versátiles como los seres humanos. ¡Los robots podrían aprender! —La
miraron de hito en hito. La robopsicóloga se impacientó—: Aún no lo entendéis,
¿verdad?
—Entiendo lo que dices —dijo Lanning.
—¿No entendéis que ante un campo de investigación
totalmente nuevo, unas técnicas totalmente nuevas a desarrollar, un área
totalmente nueva y desconocida para explorar, los jóvenes sentirán mayor
entusiasmo por la robótica? Intentadlo y ya veréis.
—¿Puedo señalar que esto es peligroso? —intervino Bogert—.
Comenzar con robots ignorantes como Lenny significará que nunca podremos
confiar en la Primera Ley, tal como ha ocurrido en el caso de Lenny.
—Exacto. Haz público ese dato.
—¿Hacerlo público?
—Desde luego. Haz conocer el peligro. Explica que
instalarás un nuevo Instituto de investigaciones en la Luna, si la población
terrícola prefiere que estos trabajos no se realicen en la Tierra, pero haz
hincapié en el peligro que correrían los posibles candidatos.
—¿Por qué, por amor de Dios? —quiso saber Lanning.
—Porque el conocimiento del peligro le añadirá un nuevo
atractivo al asunto. ¿Crees que la tecnología nuclear no implica peligro, que
la espacionáutica no entraña riesgos? ¿Tu oferta de absoluta seguridad te ha
servido de algo? ¿Te ha ayudado a enfrentarte a ese complejo de Frankenstein
que tanto desprecias? Pues prueba otra cosa, algo que haya funcionado en otras
áreas.
Sonó un ruido al otro lado de la puerta que conducía a los
laboratorios personales de Calvin. Era el sonido de campanas de la voz de
Lenny. La robopsicóloga guardó silencio y escuchó:
—Excusadme —dijo—. Creo que Lenny me llama.
—¿Puede llamarte? —se sorprendió Lanning.
—Ya os he dicho que logré enseñarle algunas palabras. —Se
dirigió hacia la puerta, con cierto nerviosismo—. Si queréis esperarme…
Los dos hombres la miraron mientras salía y se quedaron
callados durante un rato.
—¿Crees que tiene razón, Peter? —preguntó finalmente
Lanning.
—Es posible, Alfred, es posible. La suficiente como para
que planteemos el asunto en la reunión de directores y veamos qué opinan. A fin
de cuentas, la cosa ya no tiene remedio. Un robot ha dañado a un ser humano y
es de público conocimiento. Como dice Susan, podríamos tratar de volcar el
asunto a nuestro favor. Pero desconfío de los motivos de ella.
—¿En qué sentido?
—Aunque haya dicho la verdad, en su caso es una mera
racionalización. Su motivación es su deseo de no abandonar a ese robot. Si
insistiéramos, pretextaría que desea continuar aprendiendo técnicas para
enseñar a los robots; pero creo que ha hallado otra utilidad para Lenny, una
utilidad tan singular que no congeniaría con otra mujer que no fuera ella.
—No te entiendo.
—¿No oíste cómo la llamó el robot?
—Pues no… —murmuró Lanning, y entonces la puerta se abrió
de golpe y ambos se callaron.
Susan Calvin entró y miró a su alrededor con
incertidumbre.
—¿Habéis visto…? Estoy segura de que estaba por aquí… Oh,
ahí está.
Corrió hacia el extremo de un anaquel y cogió un objeto
hueco y de malla metálica, con forma de pesa de gimnasia. La malla metálica
contenía piezas de metal de diversas formas.
Las piezas de metal se entrechocaron con un grato
campanilleo. Lanning pensó que el objeto parecía una versión robótica de un
sonajero para bebés.
Cuando Susan Calvin abrió la puerta para salir, Lenny la
llamó de nuevo. Esa vez, Lanning oyó claramente las palabras que Susan Calvin
le había enseñado. Con melodiosa voz de celesta, repetía:
—Mami, te quiero. Mami, te quiero.
Y se oyeron los pasos de Susan Calvin apresurándose por el
laboratorio para ir a atender a la única clase de niño que ella podía tener y
amar.
Lluvia, lluvia, vete lejos[3]
—Ahí está otra vez —decía Lillian Wright, colocando las
celosías de la manera más conveniente para mirar—. Ahí está, George.
—¿Quién está ahí? —preguntó el marido, intentando
conseguir el contraste adecuado en el televisor, para poder contemplar a gusto
el partido de béisbol.
—La señora Sakkaro —respondió la mujer, y luego, para
evitar el inevitable: «¿Quién es la señora Sakkaro?», añadió precipitadamente—:
Son los nuevos vecinos, ¡por amor de Dios!
—¡Ah!
—Tomando un baño de sol. Siempre tomando baños de sol. Me
pregunto dónde estará su chico. Suele estar fuera de casa, en un día bueno como
éste, allí en aquel patio tan grande que tienen, tirando la pelota contra las
paredes de la casa. ¿No le has visto nunca, George?
—Le he oído. Es una variante del tormento chino del agua.
¡Bang! contra la pared, ¡biff! en el suelo, ¡plaff! en la mano. Bang, biff, plaff,
bang, biff, plaff…
—Es un muchacho agradable, tranquilo y bien educado. Ojalá
Tommie trabara amistad con él. Además, tiene la edad conveniente; unos diez
años, diría yo.
—No sabía que Tommie tuviera dificultad en ganarse amigos.
—Pues con los Sakkaro es difícil hacer amistad. ¡Viven tan
retraídos! Ni siquiera sé a qué se dedica el señor Sakkaro.
—¿Para qué has de saberlo? A nadie le importa un pepino lo
que haga ese hombre.
—Es raro que nunca le vea salir a trabajar.
—A mí nadie me ve salir yendo al trabajo.
—Tú te quedas en casa y escribes. ¿Y él? ¿Qué hace?
—Me atrevería a decir que la señora Sakkaro sabe qué hace
el señor Sakkaro, y que está muy consternada porque no sabe qué hago yo.
—¡Oh, George! —Lillian se apartó de la ventana y dirigió
una mirada de disgusto a la televisión (Schoendienst estaba en el puesto de
bateador)—. Creo que deberíamos hacer un esfuerzo; sí, los vecinos deberíamos
hacerlo.
—¿Qué clase de esfuerzo? —Ahora George estaba cómodamente
sentado en el canapé, con una «Coca Cola» de las grandes en la mano, recién
abierta y con el líquido casi convertido en escarcha.
—El de conocerlos bien.
—Oye, ¿no la conociste cuando se trasladaron aquí? Me
dijiste que fuiste a visitarla.
—Sí, le dije: «Hola»; pero ella se metió dentro, y como
todavía tenían la casa en desorden, no podía pasar de eso, de decirle «Hola».
Pero hace ya más de dos meses que están, y todavía no hemos pasado de un «hola»
de vez en cuando… ¡Es tan rara!
—¿De veras?
—Siempre está mirando al cielo. La he visto en esa actitud
un centenar de veces, y basta que haya la menor nube en el firmamento para que
no salga. Un día que el chico estaba fuera, jugando, le gritó que entrase,
diciendo que iba a llover. Yo la oí y pensé: «¡Santo Dios! ¿Quién lo diría? Y
yo que tengo la ropa tendida…». De modo que salí corriendo y, ¿sabes?, hacía un
sol deslumbrante. Ah, sí, había unas nubecillas; pero nada, en realidad.
—¿Llovió más tarde?
—Claro que no. Había salido corriendo al patio por nada.
George se había perdido entre dos blancos en la base y un
fallo de los más enojosos, que provocaría una carrera. Calmados los ánimos y
habiendo recobrado la compostura el lanzador de la pelota, George le gritó a
Lillian, que estaba desapareciendo dentro de la cocina:
—Bueno, como son de Arizona, me atrevería a decir que no
distinguen las nubes que traen lluvia de las que no.
Lillian regresó a la sala con un repicar de tacones altos.
—¿De dónde?
—De Arizona, dice Tommie.
—¿Y cómo lo sabe Tommie?
—Habló con aquel muchacho, entre manotazo y manotazo a la
pelota, me figuro, y el chico le dijo que habían venido de Arizona; pero en
aquel momento lo llamaron para que entrase en casa. Al menos Tommie dice que
era Arizona… o quizá Alabama, o algo que suena por el estilo. Ya conoces a
Tommie y su falta absoluta de memoria. Pero si están tan preocupados por el
tiempo, me figuro que procederán de Arizona y no saben gozar de un buen clima
lluvioso como el nuestro.
—¿Cómo no me lo dijiste?
—Porque Tommie me lo ha dicho esta mañana, precisamente, y
porque he pensado que te lo habría contado también a ti, y a decir verdad,
porque pensaba que serías capaz de llevar una existencia normal incluso en el
caso de que no te enterases nunca, Puaf…
La pelota había salido volando hacia la parte indicada del
campo para que el lanzador pudiera dar por terminada su actuación.
Lillian regresó junto a sus celosías y dijo:
—Sencillamente, he de intentar conocerla. Parece muy
simpática… ¡Oh, mira eso, George!
George no miraba otra cosa que el televisor.
—Sé que está absorta mirando aquella nube —añadió
Lillian—. Y ahora se meterá dentro de casa. Seguro.
Dos días después, George fue a la biblioteca en busca de
datos, y volvió a casa con un cargamento de libros. Lillian le saludó radiante
de satisfacción.
—Bueno. Mañana no harás nada —exclamó.
—Eso parece una aseveración, no una pregunta.
—Es una aseveración. Saldremos con los Sakkaro; Iremos al
parque Murphy.
—Con…
—Con nuestros vecinos, George. ¿Cómo es posible que no
recuerdes nunca su nombre?
—Soy un superdotado. ¿Y cómo ha sido?
—Simplemente, esta mañana he ido a su casa y he tocado el
timbre.
—¿Tan fácilmente?
—No ha sido fácil. Ha sido duro. Allí me tenías, temblando
de puro nerviosismo, con el dedo apoyado en el timbre; hasta que se me ha
ocurrido pensar que era más cómodo tocar el timbre que esperar a que abriesen
la puerta y me sorprendieran plantada allí, como una tonta.
—¿Y no te ha echado a puntapiés?
—No. Ha sido muy afectuosa. Me ha invitado a entrar, me ha
reconocido enseguida y me ha dicho que estaba muy contenta de que hubiera ido a
visitarla. Ya sabes.
—Y tú le has propuesto que fuésemos al parque Murphy.
—Sí. He pensado que si proponía algo que pudiera
significar una diversión para los niños, le seria más fácil aceptar. No querría
perder una buena oportunidad para su chico.
—Psicología maternal.
—Pero deberías ver su casa.
—¡Ah! La visita tenía un objetivo. Ahí está. Querías
realizar una exploración completa. Pero, por favor, ahórrame los pequeños
detalles. No me interesan los cubrecamas, y puedo pasarme lo mismo sin saber
las dimensiones de los armarios.
El secreto de la felicidad de aquel matrimonio estaba en
que Lillian no le hacía el menor caso a George. En consecuencia, se metió en
pequeños detalles, describió meticulosamente los cubrecamas, y le dio noticia
detalladísima de las dimensiones de los armarios.
—¡Y limpio…! No había visto jamás una vivienda tan
inmaculada.
—Entonces, si tienes mucho trato con ella, te marcará unas
normas imposibles y, en defensa propia, tendrás que renunciar a su amistad.
—Tiene una cocina —continuó Lillian, ignorándole por
completo— tan relucientemente limpia que no parece posible que la utilice
nunca. Le he pedido un vaso de agua, y lo ha sostenido bajo el grifo con tal
perfección que no se ha derramado ni una gota sobre el fregadero. Y no era
afectación. Lo ha hecho con tal naturalidad que he comprendido que siempre lo
hace así. Y cuando me ha dado el vaso, lo sostenía envuelto en una servilleta
limpia. Con la asepsia de una clínica.
—Debe de ser un tormento para sí misma. ¿Aceptó sin
titubeos y al instante la invitación de salir con nosotros?
—Pues… al instante no. Ha preguntado a su marido qué
previsión había para el tiempo, y él le ha contestado que todos los periódicos
decían que mañana haría buen tiempo, pero que aguardaba el último parte de la
radio.
—Todos los periódicos lo decían, ¿eh?
—Naturalmente, todos publican el parte meteorológico
oficial; de modo que todos coinciden. Pero creo que están suscritos a todos los
periódicos. Al menos me he fijado en el paquete que deja el muchacho…
—No se te pasan muchos detalles por alto, ¿verdad?
—De todos modos —replicó Lillian con aire severo—, ha
telefoneado a la Oficina Meteorológica y les ha pedido el último parte y se lo
ha comunicado, a gritos, a su marido, y ambos han dicho que nos acompañarían,
aunque advirtiendo que si se produjeran cambios inesperados en el tiempo, nos
telefonearían.
—Muy bien. Entonces, iremos.
Los Sakkaro eran jóvenes y agradables, morenos y guapos.
Mientras bajaban por el largo paseo desde su casa hacia donde aguardaba el
coche de los Wright, George se inclinó hacia su esposa y le susurró al oído:
—De modo que el motivo de tanto interés es él.
—Ojalá lo fuera —replicó Lillian—. ¿No es un bolso aquello
que lleva?
—Una radio de bolsillo. Para escuchar los partes
meteorológicos, apuesto.
El hijo de los Sakkaro venía corriendo tras ellos,
blandiendo un objeto que resultó ser un barómetro aneroide, y los tres subieron
al asiento trasero. La conversación se puso en marcha y duró, con un limpio
peloteo sobre cuestiones impersonales, hasta el parque Murphy.
El muchacho se mostraba tan cortés y razonable que hasta
Tommie Wright, incrustado entre sus progenitores en el asiento delantero, se
sintió arrastrado por el ejemplo a mantener una apariencia de civilización.
Lillian no recordaba cuándo hubiera gozado de un paseo en coche tan serenamente
agradable.
Y no la inquietaba lo más mínimo el hecho de que, si bien
apenas audible bajo el chorro continuo de la conversación, la radio del señor
Sakkaro seguía abierta, aunque nunca le viese acercársela al oído.
En el parque Murphy hacia un día delicioso; caliente y
seco, pero sin un calor excesivo, y animado por un sol resplandeciente en un
cielo azul, muy azul. Ni siquiera el señor Sakkaro, a pesar de estar
inspeccionando continuamente todos los rincones del firmamento con mirada
atenta y fijar luego un ojo penetrante en el barómetro, parecía encontrar
motivo de queja.
Lillian acompañó a los dos muchachos a la sección de
diversiones y compró los billetes suficientes para que ambos pudieran gozar de
todas y cada una de las emociones centrífugas que el parque ofrecía.
—Por favor —le dijo a la señora Sakkaro, que no quería
permitirlo—, deje que esta vez invite yo. Le prometo que la próxima dejaré que
invite usted.
Cuando regresó, George estaba solo.
—¿Dónde…? —preguntaba ella.
—Allá abajo, en el puesto de los refrescos. Les he dicho
que te esperaría aquí y nos reuniríamos con ellos. —Él parecía sombrío.
—¿Pasa algo?
—No, en realidad no; excepto que pienso que ese hombre
debe de ser riquísimo.
—¿Qué?
—No sé cómo se gana la vida. He insinuado…
—¿Quién es el curioso ahora?
—Lo hice por ti. Me ha dicho que se dedica, simplemente, a
estudiar la naturaleza humana.
—¡Qué filosófico! Eso explicaría aquellos montones de
periódicos.
—Sí, pero teniendo a un hombre guapo y rico en la puerta
de al lado, parece como si también a mí me marcaran unos modelos imposibles.
—No seas tonto.
—Ah, y no procede de Arizona.
—¿No?
—Le he dicho que había tenido noticia de que era de
Arizona. Ha parecido tan sorprendido que se ha visto claramente que no es de
allá. Después se ha puesto a reír y me ha preguntado si tiene el acento de
Arizona.
Lillian comentó pensativamente:
—Sí, tiene un acento especial. En el suroeste hay
muchísima gente que desciende de españoles, de modo que, en fin de cuentas,
podría proceder de Arizona. Sakkaro podría ser un apellido español.
—A mí me suena a japonés… Vamos, nos están haciendo señas.
¡Oh, buen Dios, mira lo que han comprado!
Cada uno de los miembros de la familia Sakkaro tenía en
las manos tres palos de algodón de azúcar, grandes volutas de espuma rosada
consistente en hebras de azúcar obtenidas a partir de un jarabe como escarcha
que habían batido en un recipiente caliente. Era una golosina de sabor dulce
que se desvanecía en la boca y le dejaba a uno todo pegajoso.
Los Sakkaro ofrecieron uno de aquellos bastones a cada uno
de los Wright, y éstos, por pura cortesía, aceptaron.
Luego probaron suerte con los dardos, en esa especie de
póquer en que unas bolas han de rodar hacia unos hoyos, y en derribar cilindros
de madera de encima de unos pedestales. Se retrataron, grabaron sus voces y
probaron la fuerza de sus manos.
Al cabo de un rato, recogieron a los chicos, que habían
quedado reducidos a un gozoso estado de diarrea y de entrañas irritadas, y los
Sakkaro acompañaron inmediatamente al suyo al puesto de los refrigerios. Tommie
insinuó la posibilidad de prolongar sus placeres adquiriendo un «perro
caliente», y George le dio un cuarto de dólar. Tommie salió corriendo en pos de
los vecinos.
—Francamente, prefiero quedarme aquí —dijo George—. Si les
veo mordisquear otro palo de algodón de azúcar me pondré verde y me darán
arcadas. Si no se han comido una docena cada uno, me la como yo.
—Lo sé, y ahora están comprando un puñado para el chico.
—He invitado al marido a despachar un par de hamburguesas
mano a mano; pero él ha puesto mala cara y ha meneado la cabeza. Claro, una
hamburguesa no es gran cosa; pero después de tanto algodón de azúcar habría de
parecer un festín.
—Lo sé. Yo le he ofrecido una naranjada a ella, y, por el
salto que ha dado al decir que no, habrías pensado que se la había arrojado a
la cara… Sin embargo, me figuro que no habían estado nunca en un lugar como
éste y necesitan un tiempo para adaptarse a la novedad. Se hartarán de algodón
de azúcar y luego se pasarán diez años sin probarlo.
—Sí, es posible. —Y fueron a reunirse con los Sakkaro—.
Mira, Lil, se está nublando.
El señor Sakkaro sostenía el aparatito de radio junto al
oído y miraba ansiosamente hacia el Oeste.
—Oh, oh, lo ha visto —dijo George—. Te apuesto cincuenta
contra uno a que querrá irse a casa.
Los tres Sakkaro se le echaron encima, muy corteses, pero
insistentes. Lo sentían en extremo, lo habían pasado maravillosamente,
imponderablemente bien, y los Wright habrían de ser sus invitados tan pronto
como pudieran arreglarlo; pero ahora, de veras, tenían que irse a casa. Se
acercaba una tormenta. La señora Sakkaro gemía y lloriqueaba diciendo que todos
los partes de la radio habían anunciado buen tiempo.
George intentó consolarlos.
—Es difícil predecir una tormenta local; pero, aún en el
caso de que viniera, y es posible que no, no duraría más de media hora a lo
sumo.
Explicación que puso al menor de los Sakkaro a punto de
derramar lágrimas, e hizo temblar visiblemente la mano de la señora Sakkaro,
que sujetaba un pañuelo.
—Volvamos a casa —concluyó George—, resignado.
El viaje de regreso parecía prolongarse interminablemente.
La conversación brillaba por su ausencia. Ahora la radio del señor Sakkaro
bramaba con fuerza, mientras su dueño sintonizaba una emisora tras otra, dando
cada vez con un parte meteorológico. En estos momentos todos hablaban de
«aguaceros locales».
El pequeño Sakkaro se quejó con un hilo de voz de que el
barómetro estaba bajando, y la señora Sakkaro, con el mentón apoyado en la
palma de la mano, contemplaba el cielo con mirada lúgubre y le pedía a George
si podía hacer el favor de correr más.
—No parece muy amenazador, ¿verdad que no? —comentaba
Lillian en un cortés intento de identificarse con el estado de ánimo de su
invitada. Aunque luego George le oyó murmurar entre dientes:
—¿Qué te parece?
Cuando entraron en la calle en que vivían, se había
levantado un viento que empujaba el polvo formado en semanas de no llover, y
las hojas susurraban con acento amenazador. Un relámpago cruzó el firmamento.
—Amigos míos, dentro de un par de minutos estarán en casa
—prometió George—. Lo conseguiremos.
Paró ante la puerta de la verja que daba acceso al
espacioso patio de los Sakkaro y saltó del coche para abrir la portezuela
trasera. Creyó recibir una gota de lluvia. Llegaban justo a tiempo.
Los Sakkaro bajaron precipitadamente, las caras estiradas
por la tensión, murmurando unas frases de agradecimiento, y se lanzaron a la
carrera hacia el largo paseo que llevaba a la puerta de la fachada.
—¿Qué te parece? —empezó Lillian—. Uno diría que son de…
Los cielos se abrieron y la lluvia descendió en forma de
gotas gigantes, como si se hubiera reventado de pronto alguna presa celestial.
Un centenar de palos de tambor repicaban sobre la capota del coche… Y a mitad
de camino de la puerta de su casa, los Sakkaro se habían parado y levantaban la
vista al cielo con aire desesperado.
Bajo el azote de la lluvia, sus rostros se disolvían; se
disolvieron y contrajeron y resbalaron hacia el suelo. Los tres cuerpos se
reducían, desplomándose dentro de las ropas, que se deshincharon sobre el
suelo, formando tres montoncitos mojados y pegajosos.
Y mientras los Wright continuaban sentados en su coche,
transfigurados de horror, Lillian fue incapaz de reprimirse y dejar de terminar
el comentario iniciado:
—… que son de azúcar y tienen miedo de disolverse.
Luz estelar
Arthur Trent oyó claramente las palabras que escupía el
receptor.
—¡Trent! No puedes escapar. Interceptaremos tu órbita en
un par de horas. Si intentas resistir, te haremos pedazos.
Trent sonrió y guardó silencio. No tenía armas ni
necesidad de luchar. En menos de un par de horas la nave daría el salto al
hiperespacio y jamás lo hallarían. Se llevaría un kilogramo de krilio,
suficiente para construir sendas cerebrales de miles de robots, por un valor de
diez millones de créditos en cualquier mundo de la galaxia, y sin preguntas.
El viejo Brennmeyer lo había planeado todo. Lo había
estado planeando durante más de treinta años. Era el trabajo de toda su vida.
—Es la huida, jovencito —le había dicho—. Por eso te
necesito. Tú puedes pilotar una nave y llevarla al espacio. Yo no.
—Llevarla al espacio no servirá de nada, señor Brennmeyer.
Nos capturarán en medio día.
—No nos capturarán si damos el salto. No nos capturarán si
cruzamos el hiperespacio y aparecemos a varios años luz de distancia.
—Nos llevaría medio día planear el salto, y aunque lo
hiciéramos a tiempo la policía alertaría a todos los sistemas estelares.
—No, Trent, no. —El viejo le cogió la mano con trémula
excitación—. No a todos los sistemas estelares, sólo a los que están en las
inmediaciones. La galaxia es vasta y los colonos de los últimos cincuenta mil
años han perdido contacto entre sí.
Describió la situación en un tono de voz ansioso. La
galaxia era ya como la superficie del planeta original —la Tierra, lo llamaban
en los tiempos prehistóricos—. El ser humano se había esparcido por todos los
continentes, pero cada uno de los grupos sólo conocía la zona vecina.
—Si efectuamos el salto al azar —le explicó Brennmeyer—
estaremos en cualquier parte, incluso a cincuenta mil años luz, y encontrarnos
les será tan fácil como hallar un guijarro en una aglomeración de meteoritos.
Trent sacudió la cabeza.
—Pero no sabremos dónde estamos. No tendremos modo de
llegar a un planeta habitado.
Brennmeyer miró receloso a su alrededor. No tenía nadie
cerca, pero bajó la voz:
—Me he pasado treinta años recopilando datos sobre todos
los planetas habitables de la galaxia. He investigado todos los documentos
antiguos. He viajado miles de años luz, más lejos que cualquier piloto
espacial. Y el paradero de cada planeta habitable está ahora en la memoria del
mejor ordenador del mundo. —Trent enarcó las cejas. El viejo prosiguió—: Diseño
ordenadores y tengo los mejores. También he localizado el paradero de todas las
estrellas luminosas de la galaxia, todas las estrellas de clase espectral F, B,
A y O, y los he almacenado en la memoria. Después del salto, el ordenador
escudriña los cielos espectroscópicamente y compara los resultados con su mapa
de la galaxia. Cuando encuentra la concordancia apropiada, y tarde o temprano
ha de encontrarla, la nave queda localizada en el espacio y, luego, es guiada
automáticamente, mediante un segundo salto, a las cercanías del planeta
habitado más próximo.
—Parece complicado.
—No puede fallar. He trabajado en ello muchos años y no
puede fallar. Me quedarán diez años para ser millonario. Pero tú eres joven. Tú
serás millonario durante mucho más tiempo.
—Cuando se salta al azar, se puede terminar dentro de una
estrella.
—Ni una probabilidad en cien billones, Trent. También
podríamos aparecer tan lejos de cualquier estrella luminosa que el ordenador no
encuentre nada que concuerde con su programa. Podríamos saltar a sólo un año
luz y descubrir que la policía aún nos sigue el rastro. Las probabilidades son
aún menores. Si quieres preocuparte, preocúpate por la posibilidad de morir de
un ataque cardiaco en el momento del despegue. Las probabilidades son mucho más
altas.
—Podría sufrir un ataque cardiaco. Es más viejo.
El anciano se encogió de hombros.
—Yo no cuento. El ordenador lo hará todo automáticamente.
Trent asintió con la cabeza y recordó ese detalle. Una
medianoche, cuando la nave estaba preparada y Brennmeyer llegó con el krilio en
un maletín —no tuvo dificultades en conseguirlo, pues era hombre de confianza—,
Trent tomó el maletín con una mano al tiempo que movía la otra con rapidez y
certeza.
Un cuchillo seguía siendo lo mejor, tan rápido como un
despolarizador molecular, igual de mortífero y mucho más silencioso. Dejó el
cuchillo clavado en el cuerpo, con sus huellas dactilares. ¿Qué importaba? No
iban a aprehenderlo.
Una vez en las honduras del espacio, perseguido por las
naves patrulla, sintió la tensión que siempre precedía a un salto. Ningún
fisiólogo podía explicarla, pero todo piloto veterano conocía esa sensación.
Por un instante de no-espacio y no-tiempo se producía un
desgarrón, mientras la nave y el piloto se convertían en no-materia y
no-energía y, luego, se ensamblaban inmediatamente en otra parte de la galaxia.
Trent sonrió. Seguía con vida. No había ninguna estrella
demasiado cerca y había millares a suficiente distancia. El cielo parecía un
hervidero de estrellas y su configuración era tan distinta que supo que el
salto lo había llevado lejos. Algunas de esas estrellas tenían que ser de clase
espectral F o mejores aún. El ordenador contaría con muchas probabilidades para
utilizar su memoria. No tardaría mucho.
Se reclinó confortablemente y observó el movimiento de la
rutilante luz estelar mientras la nave giraba despacio. Divisó una estrella muy
brillante. No parecía estar a más de dos años luz, y su experiencia como piloto
le decía que era una estrella caliente y propicia. El ordenador la usaría como
base para estudiar la configuración del entorno. No tardará mucho, pensó Trent
una vez más.
Pero tardaba. Transcurrieron minutos, una hora. Y el
ordenador continuaba con sus chasquidos y sus parpadeos. Trent frunció el ceño.
¿Por qué no hallaba la configuración? Tenía que estar allí. Brennmeyer le había
mostrado sus largos años de trabajo. No podía haber excluido una estrella ni
haberla registrado en un lugar erróneo.
Por supuesto que las estrellas nacían, morían y se
desplazaban en el curso de su existencia, pero esos cambios eran lentos, muy
lentos. Las configuraciones que Brennmeyer había registrado no podían cambiar
en un millón de años.
Trent sintió un pánico repentino. ¡No! No era posible. Las
probabilidades era aun más bajas que las de saltar al interior de una estrella.
Aguardó a que la estrella brillante apareciera de nuevo y,
con manos temblorosas, la enfocó con el telescopio. Puso todo el aumento
posible y, alrededor de la brillante mota de luz, apareció la bruma delatora de
gases turbulentos en fuga.
¡Era una nova!
La estrella había pasado de una turbia oscuridad a una
luminosidad fulgurante, quizá sólo un mes atrás. Antes pertenecía a una clase
espectral tan baja que el ordenador la había ignorado, aunque seguramente
merecía tenérsela en cuenta. Pero la nova que existía en el espacio no existía
en la memoria del ordenador porque Brennmeyer no la había registrado. No
existía cuando Brennmeyer reunía sus datos. Al menos, no existía como estrella
brillante y luminosa.
—¡No la tengas en cuenta! —gritó Trent—. ¡Ignórala!
Pero le gritaba a una máquina automática que compararía el
patrón centrado en la nova con el patrón galáctico sin encontrarla, y quizá
continuaría comparando mientras durase la energía. El aire se agotaría mucho
antes. La vida de Trent se agotaría mucho antes.
Trent se hundió en el asiento, contempló aquella burlona
luz estelar e inició la larga y agónica espera de la muerte.
Si al menos se hubiera guardado el cuchillo…
Necrológica
Mi marido, Lancelot, lee siempre el periódico durante el
desayuno. Nada más aparecer, lo primero que miro es su rostro flaco y abstraído
con su eterna expresión de enfado y de perpleja frustración. No me saluda; coge
el periódico, que le he preparado cuidadosamente junto a su desayuno, y lo
levanta delante de su rostro.
A partir de ese momento, sólo veo su brazo, que surge de
detrás del periódico en busca de una segunda taza de café, a la que le pongo yo
la obligada cucharadita rasa de azúcar —ni colmada ni escasa—, so pena de
ganarme una mirada furibunda.
Ya no me quejo de esto. Al menos, tenemos una comida
tranquila.
Sin embargo, esa mañana se rompió la calma cuando Lancelot
saltó de repente:
—¡Válgame Dios! Ese chiflado de Paul Farber ha muerto. ¡Un
ataque!
Me sonaba ese nombre. Lancelot lo había mencionado alguna
vez, así que sin duda se trataba de un colega suyo, de otro físico teórico. A
juzgar por el amargo epíteto con que le calificó mi marido, comprendí que debía
ser alguien de cierto renombre, alguien que había conseguido el éxito que
Lancelot no lograba.
Dejó el periódico y me miró irritado.
—¿Por qué llenarán las notas necrológicas con ese cúmulo
de mentiras? —preguntó—. Le presentan como si fuera un segundo Einstein, y sólo
por el hecho de haber muerto de un ataque.
Si había un tema que yo había aprendido a evitar era el de
las notas necrológicas. No me atreví ni a hacer un gesto de asentimiento.
Tiró el periódico y salió de la habitación, dejando los
huevos a medio terminar y sin tocar la segunda taza de café.
Suspiré. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Qué otra cosa he
podido hacer jamás?
Naturalmente, el nombre de mi esposo no es Lancelot
Stebbins, porque estoy cambiando, en todo lo que puedo, tanto el nombre como
las circunstancias para proteger al culpable. Sin embargo, estoy convencida de
que, aunque utilizara los nombres verdaderos, no reconocerían a mi esposo.
Lancelot tenía un talento especial a ese respecto… un
talento para que le pasaran por alto, para pasar desapercibido. Sus
descubrimientos son invariablemente anticipados o postergados por la presencia
de algún descubrimiento más importante realizado simultáneamente. En los
congresos científicos, es escasa la asistencia a la lectura de sus ponencias
porque se está leyendo otra más importante en otra sección.
Naturalmente, esto repercutió en su manera de ser. Le
cambió.
Cuando me casé con él, hace veinticinco años, tenía un
chispeante atractivo. Vivía con holgura debido a su herencia y ya era un físico
experto, ambicioso y lleno de promesas. Respecto a mí, creo que era bonita por
entonces, pero eso no duró. Lo que duró fue mi natural retraimiento y mi
fracaso en lograr la clase de éxito social que un ambicioso joven miembro del
claustro de profesores espera de su esposa.
Puede que contribuyera a facilitar esa actitud de Lancelot
para pasar inadvertido. Si se hubiera casado con otra clase de esposa, quizá
ella hubiera logrado hacerle visible con su esplendor.
¿Lo comprendió así él con el tiempo? ¿Fue por eso por lo
que se alejó de mí después de los dos o tres primeros años discretamente
felices? A veces creo que sí, y me lo reprocho amargamente.
Pero luego me dio por pensar que eso era debido a sus
ansias de destacar, las cuales aumentaron al no verse satisfechas. Dejó la
cátedra que tenía en la Facultad y montó un laboratorio propio fuera de la
ciudad porque, según dijo, los terrenos eran baratos y así estaba más aislado.
El dinero no era problema. En su campo, el Gobierno era
generoso con sus subvenciones y él las obtenía siempre. Y, además, echaba mano
de nuestro propio dinero sin limitaciones.
Intenté resistirme. Le dije:
—Pero, Lancelot, esto no es necesario. No es como si
tuviéramos dificultades para subvencionar tus trabajos. No es como si se
opusieran a que sigas perteneciendo al claustro de la Universidad. Además, lo
único que quiero yo es tener hijos y llevar una vida normal.
Pero algo ardía en su interior que le cegaba para todo lo
demás. Se volvió furioso contra mí:
—Hay algo que está antes que todo. El mundo de la ciencia
debe reconocerme por lo que soy, un… un gran… un gran investigador.
Por entonces, todavía tenía reparos en aplicarse a sí
mismo el apelativo de genio.
Fue inútil. La suerte siguió perpetua e invariablemente en
contra suya. Su laboratorio ardía de actividad. Contrataba ayudantes con
excelentes sueldos; se esclavizaba a sí mismo sin consideración ni piedad. Pero
no sacó nada en limpio.
Yo seguí esperando que claudicara algún día, que
volviéramos a la ciudad; que emprendiéramos una vida tranquila y normal. Yo
esperaba; pero siempre, cuando podía haber admitido la derrota, emprendía
alguna nueva batalla. Cada vez atacaba con la misma esperanza y retrocedía con
igual desesperación.
Y siempre arremetía contra mí, porque si el mundo le
pulverizaba a él, él siempre me tenía a mí para pulverizarme a su vez. No soy
persona valerosa, pero estaba empezando a creer que debía abandonarle.
Y sin embargo…
Este año pasado era evidente que se estaba preparando para
otra batalla. La última, pensé. Había algo en él más intenso, más inquieto que
nunca. Se lo notaba por la forma de hablar consigo mismo en voz baja y de
reírse brevemente por nada. Había veces en que se pasaba días enteros sin comer
y noches sin dormir. Hasta le dio por guardar los cuadernos del laboratorio en
la caja fuerte de la alcoba, como si desconfiara incluso de sus propios
ayudantes.
Naturalmente, yo estaba fatalmente segura de que este
nuevo intento suyo fracasaría también. Pero a lo mejor, si fracasaba, dada su
edad, tendría que reconocer que había perdido su última oportunidad.
Seguramente tendría que desistir…
Así que decidí esperar, armándome de toda la paciencia
posible.
Pero el asunto de la nota necrológica en el desayuno vino
a ser como el chispazo. Una vez, en una ocasión parecida, le hice observar que
al menos él también podría contar con un cierto reconocimiento en su propia
nota necrológica.
Supongo que no fue una observación muy inteligente, pero
mis observaciones nunca lo son. Mi intención era animarle, sacarle de una
creciente depresión durante la cual, como ya sabía yo por experiencia, llegaría
a ponerse de lo más inaguantable.
Puede que me moviese también cierta inconsciente
malevolencia. Sinceramente no lo puedo asegurar.
En cualquier caso, se volvió de lleno contra mí. Tembló su
cuerpo delgado, y sus cejas oscuras descendieron sobre sus ojos hundidos,
mientras me chillaba con voz de falsete:
—¡Pero yo jamás leeré mi esquela mortuoria! ¡Me veré
privado incluso de eso!
Y me escupió. Me escupió deliberadamente. Corrí a mi
dormitorio.
Nunca me llegó a pedir perdón, pero al cabo de unos días,
durante los cuales le había evitado por completo, proseguimos como antes
nuestra vida fría y distante. Ninguno de los dos mencionó jamás el incidente.
Ahora aparecía otra nota necrológica.
El caso es que, al quedarme sola en la mesa del desayuno,
comprendí que esa nota había sido la gota que había hecho desbordar el vaso, la
culminación de su prolongado derrumbamiento moral.
Me di cuenta de la crisis que se le avecinaba, y no sabía
si temerla o desearla. Puede que después de todo la recibiera con gusto.
Cualquier cambio que sobreviniera no podía empeorar las cosas.
Poco antes de comer, vino a verme al cuarto de estar,
donde un intrascendente cesto de costura daba algo que hacer a mis manos y un
poco de televisión distraía mis pensamientos.
—Necesitaré tu ayuda —dijo de repente.
Hacía veinte años o más que no me había dicho nada
semejante, así que involuntariamente le miré con cierta dulzura. Estaba
febrilmente excitado. Había un tinte rojo en sus mejillas habitualmente
pálidas.
—Encantada, si hay algo que puedo hacer por ti —dije.
—Lo hay. He dado un mes de permiso a mis ayudantes. Se
marcharán el sábado; a partir de entonces trabajaremos tú y yo solos en el
laboratorio. Te lo digo ahora para que te abstengas de hacer cualquier otro
plan para la semana que viene.
Me desilusioné un poco.
—Pero Lancelot, sabes que no te puedo ayudar en tu
trabajo. No comprendo…
—Lo sé —dijo con absoluto desprecio—, pero no hace falta
que comprendas mi trabajo. Sólo tienes que seguir unas pocas instrucciones,
bien sencillas, y hacerlo con cuidado. La cuestión es que he descubierto,
finalmente, algo que me situará donde me corresponde…
—¡Ay, Lancelot! —exclamé involuntariamente, pues le había
oído eso muchas veces ya.
—Escúchame, estúpida, e intenta por una vez comportarte
como una persona adulta. Esta vez lo he conseguido. Nadie se me puede adelantar
en esta ocasión porque mi descubrimiento está basado en un concepto tan poco
ortodoxo que ningún físico vivo, excepto yo, tiene el genio suficiente para
pensar en él, al menos hasta dentro de una generación. Y cuando mi obra se
conozca por ahí, me podrán reconocer como el científico más grande de todos los
tiempos.
—Desde luego me alegro mucho por ti, Lancelot.
—Dije me podrán. También pueden no reconocerme como tal.
Existe mucha injusticia en eso de reconocerle a uno sus méritos científicos. Me
lo han hecho saber con demasiada frecuencia. Así que no bastará con anunciar
sólo el descubrimiento. Si lo hago, todo el mundo se lanzará sobre este campo,
y al cabo de un tiempo no seré más que un nombre en los libros de historia, y
la gloria se la adjudicarán una serie de advenedizos.
Creo que la razón por la que me estaba hablando entonces,
tres días antes de ponerse a trabajar en lo que quiera que planeara, era que no
podía contenerse por más tiempo. Estaba exultante y yo era la única persona lo
bastante insignificante como para ser testigo de ello.
—Quiero que se dramatice tanto sobre mi descubrimiento, y
que la humanidad lo acoja con un aplauso tan clamoroso, que no haya lugar a que
se mencione jamás a nadie al mismo tiempo que a mí.
Me pareció que iba demasiado lejos, y me asusté del efecto
que haría en él otra desilusión. ¿Acaso no le podría trastornar el juicio?
—Pero, Lancelot —dije—, ¿qué necesidad tenemos de
preocuparnos? ¿Por qué no dejamos todo esto? ¿Por qué no nos tomamos unas
largas vacaciones? Ya vienes trabajando demasiado desde hace mucho tiempo,
Lancelot. Podemos hacer un viaje a Europa. Siempre he querido…
Dio una patada.
—¿Quieres acabar con tus estúpidas lamentaciones? El
sábado te vendrás conmigo al laboratorio.
Dormí mal durante las tres noches siguientes. Nunca le he
visto comportarse así, pensé; nunca. ¿Habrá perdido ya el juicio, tal vez?
Puede que lo que tiene ahora no sea sino locura, pensé,
locura nacida de su desencanto, que ya no puede soportar, y desencadenada por
esa nota necrológica. Había hecho que se fueran sus ayudantes y ahora me quería
a mí en el laboratorio. Nunca me había permitido entrar allí. Seguramente
pretendía hacerme algo, someterme a algún loco experimento, o matarme en el
acto.
Durante aquellas insoportables noches de terror, planeé
llamar a la policía, escaparme, hacer… hacer lo que fuese.
Pero luego llegaba la mañana y pensaba que tal vez no
estaba loco, que no me sometería a ninguna violencia. Ni siquiera fue un acto
de verdadera violencia el escupirme aquella vez, como lo hizo, ni intentó jamás
herirme físicamente.
Así que, al final, esperé hasta el sábado y caminé hacia
lo que podía ser mi muerte, tan dócil como un cordero.
Juntos, en silencio, bajamos por el sendero que conducía
desde nuestra vivienda al laboratorio.
El laboratorio en sí imponía cierto temor, así que entré
cohibida; pero Lancelot me dijo:
—Bueno, deja de mirar a tu alrededor como si fueran a
atacarte. Limítate a hacer lo que yo te diga y a mirar donde yo te indique.
—Sí, Lancelot.
Me había conducido a una pequeña habitación, cuya puerta
estaba provista de un candado. Estaba casi abarrotada de objetos de aspecto muy
extraño y de montones de alambres.
—Para empezar, ¿ves este crisol de hierro? —me preguntó
Lancelot.
—Sí, Lancelot.
Era un recipiente pequeño pero profundo, hecho de grueso
metal y algo oxidado por el exterior. Estaba cubierto con una tosca red de
alambre.
Me instó a que me aproximara y vi que dentro había un
ratón blanco, el cual sacaba sus patitas delanteras por la tela metálica y
pegaba su hocico diminuto al alambre con temblorosa curiosidad, o tal vez
ansiedad. Creo que di un salto, porque ver un ratón sin esperarlo resulta
sobrecogedor, al menos para mí.
—No te hará daño —gruñó Lancelot—. Ahora ponte junto a la
pared y observa lo que hago.
El miedo me volvió con tremenda violencia. Estaba
horriblemente convencida de que de alguna parte saltaría una chispa y me carbonizaría,
o aparecería alguna monstruosa criatura de metal y me aplastaría, o… o…
Cerré los ojos.
Pero no ocurrió nada; a mí por lo menos. Sólo oí un
¡pffft!… como si hubiera fallado un pequeño petardo.
—¿Bien? —me preguntó Lancelot.
Abrí los ojos. Me estaba mirando radiante de orgullo. Miré
sin comprender.
—Aquí, ¿no lo ves, idiota? Justo aquí.
A unos treinta centímetros del crisol había aparecido
otro. No le había visto ponerlo allí.
—¿Quieres decir que este segundo crisol?… —pregunté.
—No se trata exactamente de un segundo crisol, sino de un
duplicado del primero. Para todos los efectos, son el mismo crisol, átomo por
átomo. Compáralos. Encontrarás que las marcas de herrumbre son idénticas.
—¿Has sacado el segundo del primero?
—Sí, pero sólo en cierto modo. Crear materia requeriría
generalmente una enorme cantidad de energía. Se necesitaría la completa fisión
de un centenar de gramos de uranio para crear un gramo de materia duplicada,
incluso garantizando una eficacia perfecta. El gran secreto con el que me he
enfrentado es que la duplicación de un objeto en un punto del tiempo futuro
requiere muy poca energía, si ésta se aplica correctamente. Lo esencial de la
hazaña, mi… mi amor, al crear tal duplicado y hacerlo retroceder al presente,
es que he logrado llevar a cabo el equivalente del viaje en el tiempo.
Daba la medida de su triunfo y felicidad el hecho de haber
empleado un término afectuoso al referirse a mí.
—Es fantástico —dije, porque, a decir verdad, me sentí
impresionada—. ¿Ha regresado también el ratón?
Miré dentro del segundo crisol mientras preguntaba, y
recibí otra desagradable sorpresa. Había un ratón blanco… pero estaba muerto.
Lancelot se ruborizó ligeramente.
—Ese es el inconveniente. Puedo hacer que regrese la
materia viva, pero no como tal materia viva. Regresa muerta.
—¡Oh, qué lástima! ¿Por qué?
—No lo sé aún. Creo que las duplicaciones son
absolutamente perfectas a escala atómica. Desde luego no existe daño visible.
Las disecciones así lo demuestran.
—Puedes preguntar… —me detuve inmediatamente al ver que me
miraba. Comprendí que sería mejor no sugerir colaboración de ninguna clase,
porque sabía por experiencia que en ese caso el colaborador se llevaría
invariablemente el mérito del descubrimiento.
—Ya he preguntado —dijo Lancelot con una triste sonrisa—.
Un biólogo ha realizado autopsias en varios de mis animales y no ha encontrado
nada. Por supuesto no sabía de dónde procedía el animal y siempre he tenido la
precaución de recobrarlo antes de que ocurriera algo que lo descubriera. ¡Vaya!
siquiera mis ayudantes saben lo que he estado haciendo.
—Pero ¿por qué has de mantenerlo tan en secreto?
—Justamente porque no puedo hacer regresar vivos a los
animales duplicados. Debe de haber alguna anomalía molecular. Si publicara mis
resultados, algún otro podría descubrir el medio de evitar esa anomalía, añadir
su pequeño retoque a mi descubrimiento básico, y llevarse todo el mérito,
porque podría hacer regresar vivo a un hombre, el cual proporcionaría
información sobre el futuro.
Lo comprendía muy bien. No se trataba ya de una mera
hipótesis. Sabía que sucedería así. Inevitablemente. La verdad es que, hiciera
lo que hiciese, a él no se le reconocería el mérito. Estaba segura.
—Sin embargo —prosiguió, más para sí mismo que para mí—,
no puedo esperar más. Debo dar a conocer esto, pero de tal modo que quede
indeleble y permanentemente asociado conmigo. Debo rodearlo de un drama tan
espectacular que en el futuro no exista modo de mencionar el viaje en el tiempo
sin mencionarme a mí, sin importar lo que otros hombres puedan lograr en
adelante. Voy a preparar este drama y tú representarás un papel en él.
—Pero ¿qué quieres que haga yo, Lancelot?
—Tú serás mi viuda.
Me agarré a su brazo.
—Lancelot, ¿quieres decir?… —no me es posible describir
los sentimientos contradictorios que se agitaron en mi interior en ese momento.
Se soltó bruscamente.
—Sólo temporalmente. No voy a suicidarme. Sencillamente,
voy a hacerme regresar desde un futuro de tres días.
—Pero entonces habrás muerto.
—Sólo el «yo» que regrese. El «yo» real estará tan vivo
como siempre. Como esta rata blanca.
Sus ojos se dirigieron a un conmutador.
—¡Ah! La hora Cero va a ser dentro de pocos segundos
—dijo—. Observa el segundo crisol y el ratón muerto.
Este desapareció ante mis ojos y se produjo de nuevo el
¡pffft!…
—¿Adónde se fue?
—A ningún sitio —contestó Lancelot—. No era más que un
duplicado. En el momento en que pasamos el instante del tiempo en que se formó
el duplicado, éste desaparece naturalmente. El primer ratón era el original, y
sigue vivito y coleando. Lo mismo me ocurrirá a mí. El «yo» duplicado regresará
muerto. El «yo» original estará vivo. Pasados tres días, llegaremos al instante
en que se ha formado mi «yo» duplicado que ha llegado muerto. Una vez que
pasemos este instante, el «yo» duplicado muerto desaparecerá y el «yo» vivo
permanecerá. ¿Está claro?
—Me parece peligroso.
—No lo es. Una vez que aparezca mi cuerpo muerto, un
médico me declarará difunto. Los periódicos informarán de mi muerte, el
enterrador se dispondrá a enterrar el cadáver. Entonces regresaré a la vida y
anunciaré lo que he hecho. Cuando eso suceda, seré más que el descubridor del
viaje en el tiempo; seré el hombre que regresó de entre los muertos. El viaje
en el tiempo y Lancelot Stebbins se darán a conocer tan ampliamente y de manera
tan unida que nada podrá separar jamás mi nombre de la idea de viaje en el
tiempo.
—Lancelot —dije suavemente—, ¿por qué no podemos anunciar
simplemente tu descubrimiento? Ese es un plan demasiado complicado. Un sencillo
anuncio te haría lo bastante famoso y entonces podríamos quizá trasladarnos a
la ciudad…
—¡Silencio! Harás lo que yo diga.
No sé cuánto tiempo llevaba Lancelot pensando en todo eso,
antes de que la nota necrológica sacara a relucir el asunto. Naturalmente, no
subestimo su inteligencia. A pesar de su excepcional mala suerte, no se puede
poner en duda su brillantez.
Antes de que se marcharan, había informado a sus ayudantes
de unos experimentos que tenía intención de llevar a cabo mientras ellos
estuvieran fuera. Después que testificaran, parecería completamente natural que
se hubiera enfrascado en determinada serie de reactivos químicos, y que muriera
por envenenamiento de cianuro según todas las apariencias.
—Así que tú te ocuparás de que la policía se ponga en
contacto con mis ayudantes inmediatamente. Tú sabes dónde se les puede
encontrar. No quiero ninguna sospecha de asesinato o suicidio, ni nada que no
sea puro accidente; un natural y lógico accidente. Quiero un rápido certificado
de defunción del doctor y una rápida notificación a los periódicos.
—Pero Lancelot, ¿qué pasará si encuentran a tu auténtico
«yo»?
—¿Por qué habrían de encontrarlo? —interrumpió—. Si te
encuentras un cadáver, ¿empiezas a buscar también su duplicado vivo? Nadie me
buscará; me encerraré en la cámara temporal durante esos días. La tengo
equipada con todas las facilidades de higiene y puedo proveerme de suficientes
bocadillos para mi manutención.
Y añadió con tristeza:
—Sin embargo, tendré que prescindir del café hasta que
pase todo. No puedo arriesgarme a que alguien huela aquí un inexplicable olor a
café cuando se supone que estoy muerto. Bueno, agua tengo de sobra, y sólo son
tres días.
Crucé las manos nerviosa.
—Aunque te encuentren, ¿no sería lo mismo de todos modos?
—dije—. Verían que había un «tú» muerto y un «tú» vivo.
Intentaba consolarme a mí misma y trataba de prepararme
para la inevitable desilusión.
Pero él se volvió hacia mí, gritando:
—No, no sería lo mismo en absoluto. Se convertiría en una
broma fracasada. Cobraría fama, pero sólo de estúpido.
—Pero Lancelot —dije con cautela—, siempre sale algo mal.
—Esta vez, no.
—Tú siempre dices «esta vez no», pero siempre hay algo…
Estaba blanco de rabia y los ojos se le saltaban de sus
órbitas. Me cogió por el codo y me hizo un daño horrible, pero no me atreví a
gritar.
—Sólo una cosa puede salir mal —dijo—, y es lo que hagas
tú. Si lo descubren, si no representas perfectamente tu papel, si no sigues mis
instrucciones punto por punto, soy capaz… soy capaz… —pareció buscar un
castigo—, soy capaz de matarte.
Volví la cabeza aterrada e intenté soltarme, pero me
sujetaba inflexiblemente. Era asombrosa la fuerza que tenía cuando se excitaba.
—¡Escúchame! —dijo—. Me has hecho mucho daño con tu
existencia; me lo he reprochado a mí mismo, en primer lugar por haberme casado
contigo, y en segundo lugar por no encontrar nunca tiempo para divorciarme.
Pero ahora tengo mi oportunidad, a pesar tuyo, de convertir mi vida en un
triunfo resonante. Si me echas a perder esta oportunidad te mataré. Hablo
completamente en serio.
Estaba segura de que era verdad.
—Haré todo lo que tú digas —murmuré, y me soltó.
Pasó el día enfrascado en su aparato.
—Nunca he hecho la prueba de transportar más de cien
gramos —dijo absorto, con el ánimo sosegado.
Pensé: «No resultará. Es imposible que salga bien».
Al día siguiente dispuso el aparato de modo que yo no
tuviera más que apretar un botón. Me hizo repetir esa operación durante lo que
a mí me pareció un número interminable de veces.
—¿Comprendes ahora? ¿Ves exactamente cómo se hace?
—Sí.
—Pero hazlo en el momento en que se encienda esta luz, ni
un segundo antes.
«No resultará», pensé.
—Sí —dije.
Ocupó su puesto y guardó un silencio impasible. Llevaba
puesto un delantal de goma sobre su bata de laboratorio.
Centelló la luz, y el haber practicado antes me fue de
utilidad, porque apreté automáticamente el botón, antes de que el pensamiento
pudiera detenerme o hacerme titubear.
Un instante después me encontré con que tenía dos
Lancelots ante mí, uno junto a otro; el nuevo estaba vestido igual que el
primero, aunque se le veía más arrugado. Y luego, el nuevo se derrumbó y se
quedó inmóvil.
—Bien —exclamó el Lancelot vivo, abandonando el lugar
cuidadosamente señalado—. Ayúdame. Cógele de las piernas.
Me dejó maravillada. ¿Cómo podía transportar su propio
cuerpo muerto, su propio cadáver venido de un futuro de tres días, sin un gesto
de aprensión? Muy al contrario, lo cogió por debajo de los brazos con la misma
indiferencia con que habría cogido un saco de trigo.
Lo agarré por los tobillos y sentí que el estómago se me
revolvía al contacto suyo. Aún estaba caliente; acababa de morir. Juntos lo
transportamos por un pasillo y subimos un tramo de escaleras, recorrimos otro
pasillo y entramos en una habitación. Lancelot ya la tenía preparada. Una
solución burbujeaba en un extraño aparato, todo de cristal, en el interior de
una sección aislada, con una puerta corredera de cristal que hacía de tabique
de separación.
Por la habitación había esparcidos otros aparatos para dar
a entender que se estaba realizando un experimento. Sobre la mesa de despacho,
destacando de entre los demás, había un frasco con una etiqueta en la que se
leía perfectamente: «Cianuro potásico». Junto a él había unos cuantos granos
derramados; supongo que serían de cianuro. Lancelot colocó cuidadosamente el
cuerpo muerto como si se hubiera caído del taburete. Le pegó algunos granos a
su mano izquierda, le espació unos cuantos más por el delantal de goma, y
finalmente le adhirió unos pocos por la barbilla.
—Así deducirán lo que ha debido pasar —murmuró.
Echó una última mirada alrededor.
—Ya está todo —dijo—. Vuelve a la casa y llama al doctor.
Le dirás que has venido a traerme un bocadillo porque era la hora de comer y yo
estaba trabajando todavía. Aquí está —y me enseñó un plato roto y un bocadillo
tirado donde se suponía que se me había caído de las manos—. Grita un poco,
pero no exageres.
No me fue difícil gritar y llorar cuando llegó el momento.
Hacía días que tenía ganas de hacer las dos cosas, y ahora era un alivio para
mí dar rienda suelta al histerismo.
El doctor se comportó exactamente como Lancelot había
previsto. Lo primero que vio, efectivamente, fue el frasco de cianuro.
—¡Válgame Dios!, señora Stebblins —dijo arrugando el
ceño—. Era un químico bastante descuidado.
—Supongo que sí —dije llorando—. No debía haber estado
trabajando, pero sus dos ayudantes están de vacaciones.
—Cuando un hombre maneja el cianuro como si fuese sal,
malo —el doctor movió la cabeza con la gravedad de un moralista—. Ahora, señora
Stebblins, tendré que llamar a la policía. Ha sido un envenenamiento accidental
por cianuro, pero es una muerte violenta y la policía…
—¡Oh, sí, sí; llámela! —luego casi me habría pegado a mí
misma por parecer sospechosamente ansiosa.
Vino la policía, y con ella un forense que gruñó con
disgusto al ver los cristales de cianuro de la mano, el delantal y la barbilla;
sólo hicieron preguntas referentes a nombres y edades. Preguntaron si yo podía
arreglar la cuestión del entierro. Dije que sí y se marcharon.
Entonces llamé a los periódicos y a dos de las agencias de
noticias. Dije que pensaba que ellos recogerían la noticia de la muerte a
través del informe de la policía, y que esperaba que no hicieran hincapié en el
hecho de que mi esposo era un químico descuidado, con el tono de quien espera
que no se diga nada malo del muerto. Después de todo, seguí diciendo, él era
físico nuclear más que químico y yo tenía últimamente la impresión de que
parecía tener ciertas dificultades.
Seguí exactamente las instrucciones de Lancelot en esto, y
también salió como él quería. ¿Un físico nuclear en dificultades? ¿Espías?
¿Agentes del enemigo?
Los periodistas empezaron a venir ansiosamente a
preguntar. Les di un retrato de Lancelot joven, y un reportero sacó fotografías
de los edificios del laboratorio. Les hice recorrer unas cuantas salas del
laboratorio principal para que hicieran más fotografías. Nadie, ni la policía
ni los reporteros, hizo preguntas acerca de la habitación cerrada, ni
parecieron fijarse en ella siquiera.
Les entregué un montón de material profesional y
biográfico que Lancelot me había preparado y les conté varias anécdotas
destinadas a mostrar la combinación de humanidad e inteligencia que había en
él. Intenté comportarme en todo al pie de la letra, y, sin embargo, no podía
sentir confianza. Algo saldría mal; habría algo que fallaría.
Y cuando así fuera, sabía que él me echaría la culpa a mí.
Y esta vez había prometido matarme.
Al día siguiente le llevé los periódicos. Los leyó una y
otra vez con los ojos brillantes. Había logrado un recuadro completo, en el
ángulo inferior de la izquierda, en la primera página del New York Times. El
Times no daba mucha importancia al enigma de su muerte, lo mismo que la A. P.,
pero un periódico sensacionalista presentó un alarmante titular en primera
página: «UN SABIO ATÓMICO MUERE MISTERIOSAMENTE».
Se rió sonoramente mientras lo leía, y después de echarles
a todos una ojeada, volvió a cogerlo.
—No te vayas —dijo alzando la vista hacia mí bruscamente—.
Escucha lo que dicen.
—Ya los he leído, Lancelot.
—Escucha, te digo.
Me los leyó todos en voz alta, deteniéndose en las
alabanzas que le dirigían al difunto; luego me dijo, radiante de pura
satisfacción de sí mismo.
—¿Aún crees que saldrá algo mal?
—Si la policía vuelve para preguntarme por qué creo que
estabas en dificultades… —dije dudosa.
—Tú procura ser vaga en tus explicaciones. Diles que
habías tenido malos sueños. Para cuando se decidan a llevar más lejos las
investigaciones, si es que se deciden, será demasiado tarde.
Desde luego, todo estaba resultando bien, pero no podía
esperar que siguieran las cosas así. Y, sin embargo, la mente humana es
extraña: persiste en sus esperanzas aun cuando no las haya.
—Lancelot —dije—, cuando pase todo esto y te hagas famoso,
verdaderamente famoso, podremos retirarnos, ¿verdad? Podremos regresar a la
ciudad y llevar una vida tranquila.
—No seas idiota. ¿No comprendes que, una vez que se me
reconozca, tendré que continuar? Acudirán a mí muchos jóvenes. Este laboratorio
se convertirá en un gran Instituto de Investigación del Tiempo. Me convertiré
en una leyenda. Elevaré mi grandeza a tal altura que después no habrá más que
pigmeos intelectuales, al lado mío —se puso de puntillas, con los ojos
brillantes, como si estuviera ya sobre el pedestal que le pondrían.
Así terminó mi última esperanza de alcanzar un trocito de
felicidad personal. Dejé escapar un suspiro.
Le rogué al empresario de pompas fúnebres que dejaran el
cuerpo con su ataúd en el laboratorio, antes de enterrarlo en el panteón que la
familia Stebblins tenía en Long Island. Pedí que no lo embalsamaran, y me
ofrecí a mantenerlo en la gran sala refrigerada a la temperatura de cuatro
grados. Pedí que no lo trasladaran al establecimiento funerario.
Los empleados de pompas fúnebres llevaron el ataúd al
laboratorio con fría desaprobación. Evidentemente, tal petición se reflejaría
en la consiguiente factura. La explicación que le di de que quería tenerle
cerca durante ese último período de tiempo y que quería que sus ayudantes
tuvieran oportunidad de verle, era un pretexto y sonó como tal.
Sin embargo, Lancelot había sido muy preciso en lo que yo
tenía que decir.
En cuanto dejaron el cadáver donde yo había dicho, con la
tapa del ataúd abierta aún, fui a ver a Lancelot.
—Lancelot —dije—, el empresario de pompas fúnebres se ha
mostrado bastante molesto. Creo que sospecha que pasa algo raro.
—Bien —dijo Lancelot con satisfacción.
—Pero…
—Sólo tenemos que esperar un día más. No pasará nada por
una simple sospecha, hasta que llegue el momento. Mañana por la mañana
desaparecerá el cuerpo; al menos eso es lo que yo espero.
—¿Quieres decir que puede no desaparecer? Lo sabía, lo
sabía.
—Puede que haya algún retraso, o algún adelanto. No he
transportado nunca nada tan pesado y no estoy seguro de si se mantendrán
inalterables mis ecuaciones. Una razón por la que quiero que el cuerpo esté
aquí y no en el establecimiento funerario es la de poder hacer las
observaciones necesarias.
—Pero si estuviera en una capilla ardiente desaparecería
en presencia de testigos.
—Y aquí, ¿crees que sospecharían que se trata de un truco?
—Por supuesto.
Parecía divertirse.
—Dirán: ¿por qué mandó fuera a sus ayudantes? ¿Por qué se
puso a hacer experimentos que puede hacer cualquier niño, y sin embargo se las
arregla para matarse en el intento? ¿Por qué desapareció el cadáver sin
testigos? Dirán: No es cierta esa historia absurda del viaje en el tiempo. Tomó
drogas para provocarse un trance cataléptico y engañó a los médicos.
—Sí —dije débilmente. ¿Cómo habría llegado a comprender,
todo eso?
—Y cuando yo continúe insistiendo —prosiguió— en que he
resuelto el viaje en el tiempo, y que fui declarado indiscutiblemente muerto y
no indiscutiblemente vivo, los científicos ortodoxos me denunciarán
apasionadamente por farsante. Así, en una semana, mi nombre se habrá hecho
familiar para todos los habitantes de la Tierra. No hablarán de otra cosa. Me
ofreceré a hacer una demostración de viaje en el tiempo ante cualquier grupo de
científicos que quiera presenciarla. Me ofreceré a hacer la demostración esa en
circuito de TV intercontinental. La presión del público forzará a los
científicos a asistir, y a que accedan a programarla las cadenas de televisión.
No importa si el público mira esperando ver un milagro o un linchamiento.
¡Mirarán! Y entonces triunfaré; y ¿quién podrá alcanzar en la ciencia una cota
tan trascendental en toda su vida?
Me sentí deslumbrada durante un momento, pero había algo
dentro de mí que me decía: demasiado largo, demasiado complicado; algo saldrá
mal.
Esa tarde, llegaron sus ayudantes y trataron de estar
respetuosamente apesadumbrados en presencia del cadáver. Serían dos testigos
más que podrían jurar haber visto a Lancelot muerto; dos testigos más que
contribuirían a aumentar la confusión y a elevar los acontecimientos a su
cúspide estratosférica.
A las cuatro de la mañana siguiente, estábamos en la sala
frigorífica, envueltos en abrigos y esperando el momento cero.
Lancelot, preso de gran excitación, comprobaba sus
instrumentos y hacía no sé qué con ellos. Su computador de mesa funcionaba
constantemente, pero no soy capaz de explicarme cómo podía hacer que sus fríos
dedos manejaran las llaves con tanta agilidad.
Yo, por mi parte, me sentía muy desdichada. Era el frío,
el cuerpo muerto en el ataúd, y la incertidumbre del futuro.
Me parecía una eternidad el tiempo que llevábamos allí;
finalmente, dijo Lancelot:
—Funcionará. Funcionará tal como lo tengo previsto. Todo
lo más, la desaparición tendrá cinco minutos de retraso debido a que intervienen
setenta kilos de masa. Mi análisis de las fuerzas cronológicas es realmente
magistral.
Me sonrió, pero también le sonrió a su propio cadáver con
igual calor.
Noté que su bata de laboratorio (que llevaba
constantemente desde hacía tres días y no se la quitaba ni para dormir, estoy
segura) se le había puesto arrugada y andrajosa. Estaba casi como la que
llevaba el segundo Lancelot, el muerto, cuando apareció.
Lancelot pareció darse cuenta de lo que yo estaba
pensando, o tal vez se limitó a seguir la trayectoria de mis ojos, porque se
miró la bata y dijo:
—¡Ah, sí, será mejor que me ponga el delantal de goma! Mi
segundo «yo» lo llevaba puesto en el momento de aparecer.
—¿Qué pasaría si no te lo pusieras? —pregunté con voz
neutra.
—Tengo que ponérmelo. Es necesario. Algo me lo hubiera
recordado. Si no, no hubiera aparecido en el otro —sus ojos se estrecharon—.
¿Sigues pensando en que algo fallará?
—No sé —murmuré.
—¿Crees que el cuerpo no desaparecerá, o que seré yo quien
desaparezca en su lugar?
Al ver que no contestaba, dijo casi gritando:
—¿No ves que mi suerte ha cambiado al fin? ¿No ves con
cuánta facilidad está saliendo todo según había previsto yo? Seré el hombre más
grande que ha existido jamás. Ven, calienta el agua para el café —de pronto
había recobrado la calma otra vez—. Lo celebraremos cuando mi doble nos
abandone y yo vuelva a la vida. No he probado el café desde hace tres días.
Era sólo el café instantáneo lo que le empujaba hacia mí,
pero después de tres días, eso también serviría. Manipulé desmañadamente el
infiernillo de gas del laboratorio con los dedos tiesos de frío, hasta que
Lancelot me apartó bruscamente a un lado y colocó sobre él un cacharro con
agua.
—Tardará un rato —dijo, mientras giraba el control a la
posición de «caliente». Miró el reloj, luego consultó los diversos indicadores
de la pared—. Mi doble desaparecerá antes de que hierva el agua. Ven aquí y
observa —se acercó al ataúd; yo dudé un momento.
—Ven —dijo en tono perentorio.
Fui.
Se miró a sí mismo con infinito placer y esperó. Ambos
esperamos, contemplando el cadáver.
Entonces hubo un ¡pffft!… y Lancelot exclamó:
—¡Menos de dos minutos!
Sin experimentar el menor cambio, sin un solo parpadeo, el
cuerpo muerto había desaparecido.
El ataúd abierto no contenía más que un conjunto de ropas
vacías. La ropa, por supuesto, no era la misma con la que había venido el
cuerpo muerto. Era ropa auténtica, y siguió conservando su realidad. Allí
estaba, pues: la ropa interior dentro de la camisa y del pantalón; la corbata
pasada alrededor de la camisa y la camisa dentro de la chaqueta. Los zapatos se
habían dado la vuelta, con los calcetines colgando dentro de ellos. El cuerpo
había desaparecido.
—El café —dijo Lancelot—. Primero el café. Luego
llamaremos a la policía y a los periódicos.
Preparé café para él y para mí. Le puse la acostumbrada
cucharilla llena de azúcar, rasa, ni colmada ni escasa. Aun bajo aquellas
circunstancias, cuando por una vez estaba segura de que no le importaría, la
costumbre era fuerte.
Empecé a darle sorbos a mi café, y me lo tomé sin crema ni
azúcar, según era mi costumbre. Resultaba agradable tomarlo caliente.
Él removió su café.
—Por todo —dijo suavemente como un brindis—, por todo lo
que he esperado.
Se llevó la taza a sus labios sonrientes y triunfales y
bebió.
Aquellas fueron sus últimas palabras.
Ahora que había terminado, una especie de frenesí se
apoderó de mí. Me las arreglé para desnudarle y vestirle con la ropa del ataúd.
No sé cómo, pero fui capaz de levantarle y colocarle en el ataúd. Le crucé los
brazos sobre el pecho en la misma postura de antes.
A continuación lavé todo rastro de café en el fregadero de
la habitación de afuera, y el azucarero también. Lo aclaré una y otra vez,
hasta que desapareció todo el cianuro que había sustituido por el azúcar.
Llevé su bata de laboratorio y las otras ropas al cesto
donde había guardado las que había traído el doble. Las ropas del segundo
Lancelot habían desaparecido, por supuesto; así que puse allí las del primero.
Luego esperé.
Por la tarde, me cercioré de que el cuerpo estaba lo
bastante frío, y llamé a los empleados de pompas fúnebres. ¿Por qué habían de
sospechar nada? Esperaban encontrar un cuerpo muerto y allí había un cuerpo
muerto. El mismo cadáver. Exactamente el mismo. Incluso tenía dentro cianuro
como se suponía que tenía el primero.
Supongo que serían capaces de notar la diferencia entre un
cuerpo que llevaba muerto sólo doce horas y uno que llevaba tres días y medio,
incluso bajo refrigeración, pero ¿por qué se les iba a ocurrir mirar?
No lo hicieron. Clavaron el ataúd, se lo llevaron y lo
enterraron. Era el asesinato perfecto.
De hecho, puesto que Lancelot estaba legalmente muerto en
el momento en que lo maté, me pregunto si, estrictamente hablando, fue de veras
un asesinato.
Por supuesto, no tengo intención de preguntárselo a un
abogado.
La vida es tranquila para mí; es pacífica y placentera.
Tengo dinero suficiente. Voy al teatro. He hecho amigos. Y vivo sin
remordimientos. Desde luego, Lancelot jamás logrará el mérito de haber
descubierto el viaje en el tiempo. Algún día, cuando se descubra otra vez la
manera de viajar en el tiempo, el nombre de Lancelot Stebblins, desconocido,
descansará en las tinieblas del Hades. Pero ya le dije que cualquiera que
fuesen sus planes, terminarían sin alcanzar la fama. Si no le hubiera matado
yo, habrían salido mal las cosas por alguna otra razón, y entonces me habría
matado él a mí.
No; vivo sin remordimientos.
De hecho, se lo he perdonado todo a Lancelot; todo, menos
aquella vez que me escupió. Y resulta bastante irónico que tuviera unos
instantes de felicidad antes de morir, porque le fue concedido un regalo que
pocos pueden lograr, y él por encima de todos los hombres, lo saboreó.
A pesar de su grito, cuando me escupió, Lancelot supo
arreglárselas para leer su propia nota necrológica.
Razón
Medio año después, los dos amigos habían cambiado de
manera de pensar. La llamarada de un gigantesco sol había dado paso a la suave
oscuridad del espacio, pero las variaciones externas significan poco en la
labor de comprobar las actuaciones de los robots experimentales. Cualquiera que
sea el fondo de la cuestión, uno se encuentra frente a frente con un
inescrutable cerebro positrónico; que según los genios de la ciencia, tiene que
obrar de esta u otra forma.
Pero no es así. Powell y Donovan se dieron cuenta de ello
antes de llevar en la Estación dos semanas.
Gregory Powell espació sus palabras para dar énfasis a la
frase.
—Hace una semana, Donovan y yo te pusimos en condiciones…
—Sus cejas se juntaron con un gesto de contrariedad y se retorció la punta del
bigote.
En la cámara de la Estación Solar 5 reinaba el silencio, a
excepción del suave zumbido del poderoso Haz Director en las bajas regiones.
El robot QT-1 permanecía sentado, inmóvil. Las bruñidas
placas de su cuerpo relucían bajo las luxitas, y las células fotoeléctricas que
formaban sus ojos estaban fijas en el hombre de la Tierra, sentado al otro lado
de la mesa.
Powell refrenó un súbito ataque de nervios. Aquellos
robots poseían cerebros peculiares. ¡Oh, las tres Leyes Robóticas seguían en
vigor! Tenían que seguir. Todo el personal de la U. 5. Robots, desde el mismo
Robertson hasta el nuevo barrendero insistirían en ella. ¡De manera que QT-1
estaba a salvo! Y sin embargo…, los modelos QT eran los primeros de su especie
y aquél era el primero de los QT. Los cálculos matemáticos sobre el papel no
siempre eran la protección más tranquilizadora contra los gestos de los robots.
Finalmente, el robot habló. Su voz tenía la inesperada
frialdad de un diafragma metálico.
—¿Te das cuenta de la gravedad de una tal declaración,
Powell?
—Algo te ha hecho, Cutie —le hizo ver Powell—. Tú mismo
reconoces que tu memoria parece brotar completamente terminada del absoluto
vacío de hace una semana. Te doy la explicación. Donovan y yo te montamos con
las piezas que nos mandaron.
Cutie contempló sus largos dedos afilados con una curiosa
expresión humana de perplejidad.
—Tengo la impresión de que todo esto podría explicarse de
una manera más satisfactoria. Porque que tú me hayas hecho a mí, me parece
improbable.
—¡En nombre de la Tierra! ¿Por qué? —exclamó Powell,
echándose a reír.
—Llámalo intuición. Hasta ahora es sólo esto. Pero pienso
razonarlo. Un encadenamiento de válidos razonamientos sólo puede llevar a la
determinación de la verdad, y a esto me atendré hasta conseguirla.
Powell se levantó y volvió a sentarse en el extremo de la
mesa, cerca del robot. Sentía súbitamente una fuerte simpatía por el extraño
mecanismo. No era en absoluto como un robot ordinario, que realizaba su tarea
rutinaria en la estación con la intensidad de un sendero positrónico
profundamente marcado.
Puso una mano sobre el hombro de acero de Cutie y notó la
frialdad y dureza del metal.
—Cutie —dijo—. Voy a tratar de explicarte algo. Eres el
primer robot que ha manifestado curiosidad por su propia existencia… y el
primero, a mi modo de ver, suficientemente inteligente para comprender el mundo
exterior. Ven conmigo.
El robot se levantó lentamente y siguió a Powell con sus
pasos que hacía silenciosos la gruesa suela de esponja de caucho. El hombre de
la Tierra apretó un botón y un panel cuadrado de pared se deslizó a un lado. El
grueso y claro vidrio de la portilla dejó ver el espacio… cuajado de estrellas.
—Ya he visto esto por las ventanas de observación de la
sala de máquinas —dijo Cutie.
—Lo sé —dijo Powell—. ¿Qué crees que es?
—Exactamente lo que parece: un material negro detrás de
este cristal, salpicado de puntas brillantes. Sé que nuestro director manda
rayos desde algunos de estos puntos, siempre los mismos; y también que estos
puntos se mueven y que los rayos se mueven con ellos. Eso es todo.
—¡Bien! Ahora quiero que me escuches atentamente. Lo negro
es vacío, inmensa extensión vacía que se extiende hasta el infinito. Los
pequeños puntos brillantes son enormes masas de materia saturadas de energía.
Son globos, algunas de ellos de millones de kilómetros de diámetro, y para que
puedas compararlos te diré que esta estación tiene sólo mil quinientos metros
de ancho. Parecen tan pequeños porque están increíblemente lejos.
»Los puntos a los cuales van dirigidos nuestros haces de
energía están más cercanos y son más pequeños. Son fríos y duros y los seres
humanos como yo mismo, vivimos en su superficie; somos varios millones. Es de
uno de estos mundos de donde Donovan y yo venimos. Nuestros rayos alimentan
estos mundos con energía sacada de uno de estos grandes globos incandescentes
que se encuentran cerca de nosotros. A este globo lo llamamos Sol y está del
otro lado de la Estación, donde tú puedes verlo.
Cutie permanecía inmóvil al lado de la portilla, como una
estatua de acero. Sin volver la cabeza, dijo:
—¿De qué punto de luz pretendes venir?
—Allí está —dijo Powell después de haber buscado—. Aquel
tan brillante de la esquina. Lo llamamos Tierra. La buena y vieja Tierra. Somos
tres billones en él, Cutie, y dentro de unas dos semanas volveré a estar allá
con ellos.
Y entonces, cosa sorprendente, Cutie pareció canturrear,
distraído. No era en realidad una tonada, pero poseía la curiosa calidad sonora
de un «pizzicato». Cesó tan rápidamente como había empezado.
—¿Y de dónde vengo yo, Powell? No me has explicado mi
existencia.
—Todo lo demás es sencillo. Cuando estas estaciones fueron
establecidas por primera vez para alimentar de energía solar los planetas, eran
regidas por seres humanos. Sin embargo, el calor, las fuertes radiaciones
solares y las tempestades de electrones hacían la estancia en el puesto
difícil. Se perfeccionaron los robots para sustituir el trabajo humano y ahora
sólo se necesitan dos jefes para cada estación. Estamos tratando de reemplazar
incluso a estos dos y aquí es donde intervienes tú. Tú eres el tipo de robot
más perfeccionado, y si demuestras la capacidad de dirigir esta estación
independientemente, jamás un ser humano volverá a poner los pies aquí, salvo
para traer las piezas de recambio para reparaciones.
Su mano se levantó y la placa de metal volvió a caer en su
sitio. Powell volvió a la mesa y frotó una manzana contra la manga antes de
mordería. El rojo resplandor de los ojos del robot detuvo un ademán.
—¿Esperas acaso que dé crédito a ninguna de estas absurdas
hipótesis que acabas de exponerme? —dijo lentamente—. ¿Por quién me tomas?
Powell escupió fragmentos de manzana sobre la mesa y se
puso Colorado.
—¡Pero, maldito sea! ¡No son hipótesis, son hechos!
—¡Globos de energía de millones de kilómetros de anchura!
—dijo Cutie amargamente—. ¡Mundos con tres billones de seres humanos! ¡El vacío
infinito!… Lo siento, Powell, pero no creo nada de esto. Lo resolveré yo solo.
Adiós.
Dio la vuelta y salió de la cámara. Pasó por delante de
Michael Donovan, hizo una inclinación de cabeza al llegar al umbral y salió al
corredor, ignorante de la expresión de asombro de los dos hombres.
Mike Donovan se pasó la mano por el rojo cabello y dirigió
una mirada de contrariedad a Powell.
—¿Qué diablos estaba diciendo el maldito artefacto este?
¿Qué es lo que no cree?
—Es un escéptico —dijo el otro, mordiéndose nerviosamente
el bigote—. No cree que lo hayamos fabricado, ni que la Tierra exista, ni que
haya un espacio estrellado.
—¡Por el viejo Saturno! Ha salido un robot loco de
nuestras manos…
—Dice que va a resolver el problema él solo.
—Bien, en este caso, espero condescenderá a explicarme
todo lo que descubra. —Y con súbita rabia, añadió—: ¡Oye! ¡Como ese montón de
metal me largue a mí una de éstas, le parto esta varilla de cromio en la
espalda!
Se sentó encogiéndose de hombros y se sacó una novela del
bolsillo.
—Este robot empieza a darme grima, de todos modos. Es
demasiado inquisitivo.
Mike Donovan se estaba comiendo un bocadillo de lechuga y
tomate cuando Cutie llamó suavemente a la puerta y entró.
—¿Está aquí Powell?
Donovan le contestó con voz pausada y apagada por la
masticación.
—Está reuniendo datos sobre la función de las corrientes
electrónicas. Parece que nos acercamos a una tormenta.
En aquel momento entró Gregory Powell, miró un papel lleno
de cifras que traía en la mano y se sentó. Dejó las hojas sobre la mesa y
comenzó a hacer cálculos. Donovan lo miraba, masticando la lechuga y recogiendo
las migas de pan. Cutie esperaba, silencioso.
—El potencial Zeta se eleva, pero lentamente —dijo Powell
levantando la vista—. De todos modos, las corrientes funcionales son errantes y
no sé qué esperar. ¡Ah, hola, Cutie! Creía que estabas vigilando la instalación
de la nueva barra de mando.
—Ya está instalada —dijo el robot tranquilamente— y he
venido a sostener una conversación con vosotros.
—¡Ah!… —dijo Powell, aparentemente inquieto—. Bien,
siéntate. No, en esta silla, no. Una de las patas es floja y no resistiría tu
peso.
—He tomado una decisión —dijo el robot, después de haber
obedecido.
Donovan levantó la vista y dejó los restos de su bocadillo
a un lado. Se disponía a hablar, pero Powell le hizo guardar silencio con un
gesto.
—Sigue, Cutie. Te escuchamos.
—He pasado estos dos últimos días en concentrada
introspección —dijo Cutie—, y los resultados han sido de lo más interesante.
Empecé por un seguro aserto que consideré podía permitirme hacer. Yo, por mi
parte: existo, porque pienso.
—¡Ah, por Júpiter… un robot Descartes! —gruñó Powell.
—¿Quién es Descartes? —preguntó Donovan—. Oye, ¿es que
tenemos que estar aquí sentados escuchando a este loco metálico…?
—¡Cállate, Mike!
—Y la cuestión que inmediatamente se presenta —continuó
Cutie imperturbable—, es: ¿cuál es exactamente la causa de mi existencia?
Powell se quedó con la boca abierta.
—Estás diciendo tonterías. Ya te he dicho que te hicimos
nosotros.
—Y si no nos crees, con gusto volveremos a hacerte pedazos
—añadió Donovan.
El robot tendió sus fuertes manos con un gesto de
imploración.
—No acepto nada por autoridad. Una hipótesis debe ser
corroborada por la razón, de lo contrario, carece de valor; y es contrario a
todos los dictados de la lógica suponer que vosotros me habéis hecho.
Powell detuvo con su mano el gesto amenazador de Donovan.
—¿Por qué dices esto, exactamente?
Cutie se echó a reír. Era una risa inhumana, la risa más
mecanizada que había surgido jamás. Era aguda y explosiva, regular como un
metrónomo y sin matiz alguno.
—Fíjate en ti —dijo finalmente—. No lo digo con espíritu
de desprecio, pero fíjate bien. Estás hecho de un material blando y flojo, sin
resistencia, dependiendo para la energía de la oxidación ineficiente del
material orgánico… como esto —añadió señalando con un gesto de reprobación los
restos del bocadillo de Donovan—. Pasáis periódicamente a un estado de coma, y
la menor variación de temperatura, presión atmosférica, la humedad o la
intensidad de radiación afecta vuestra eficiencia. Sois alterables.
»Yo, por el contrario, soy un producto acabado. Absorbo
energía eléctrica directamente y la utilizó con casi un ciento por ciento de
eficiencia. Estoy compuesto de fuerte metal, estoy consciente constantemente y
puedo soportar fácilmente los más extremados cambios ambientales. Estos son
hechos que, partiendo de la irrefutable proposición de que ningún ser puede
crear un ser más perfecto que él, reduce vuestra tonta teoría a la nada.
Las maldiciones murmuradas en voz baja por Donovan
brotaron inteligibles al levantarse frunciendo sus rojas cejas.
—¡Muy bien, hijo de unos desperdicios de metal! Si no te
hicimos nosotros, ¿quién te hizo?
—Muy bien, Donovan —asintió Cutie gravemente—. Esta era,
desde luego, la cuestión siguiente. Evidentemente, mi creador tiene que ser más
poderoso que yo y por lo tanto, sólo cabía una hipótesis.
Los dos hombres de la Tierra le miraban sin expresión y
Cutie prosiguió:
—¿Cuál es el centro de las actividades aquí en la
Estación? ¿Al servicio de quién estamos todos? ¿Qué absorbe toda nuestra
atención?
Esperó, a la expectativa. Donovan miró asombrado a su
compañero.
—Apostaría a que este amasijo de tornillos está hablando
del mismo Transformador de Energía.
—¿Es así, Cutie? —preguntó Powell.
—Estoy hablando del Señor —fue la fría respuesta que
siguió.
Aquello fue la señal del estallido de risas de Donovan y
el mismo Powell se permitió esbozar una sonrisa. Cutie se puso de pie y sus
ojos brillantes se fijaron en uno y después en el otro.
—Da lo mismo lo que penséis y no me extraña que os neguéis
a creerlo. Vosotros no tenéis que estar mucho tiempo aquí, estoy seguro de
ello. Powell mismo ha dicho que al principio sólo los hombres servían al Señor;
que después vinieron los robots para el trabajo rutinario; y finalmente yo,
para dirigir. Los hechos son sin duda verdaderos, pero la explicación es
completamente ilógica. ¿Queréis saber la verdad que hay detrás de todo esto?
—Sigue, Cutie, me diviertes.
—El Señor creó al principio el tipo más bajo, los humanos,
formados más fácilmente. Poco a poco fue reemplazándolos por robots, el
siguiente paso, y finalmente me creó a mí, para ocupar el sitio de los últimos
humanos. A partir de ahora sirvo al Señor.
—No harás nada de esto —dijo Powell secamente—. Seguirás
nuestras órdenes y te estarás tranquilo hasta que estemos convencidos de que
puedes dirigir el Transformador. ¡Escucha! El Transformador, no el Señor. Si no
nos convences, serás desmontado. Y ahora, si no te importa… puedes marcharte. Y
llévate estos datos y regístralos debidamente.
Cutie aceptó los gráficos que le tendían y salió sin decir
palabra. Donovan se echó atrás en su silla y se mesó los cabellos.
—Ese robot nos va a dar trabajo. ¡Está como una cabra!
— o O o —
El soñoliento zumbido del Transformador se oye más fuerte
en la cámara de mando y mezclado a él se oye la aspiración de los contadores
Geiger y el intermitente ruido de las señales luminosas.
Donovan apartó los ojos del telescopio y encendió los
Luxites.
—El haz de Estación 4 capta Marte en horario. Podemos
cortar los nuestros ya.
Powell parecía abstraído.
—Cutie está en el cuarto de máquinas. Le daré la señal y
puede hacerse cargo de ello. Oye, Mike, ¿qué piensas de estas cifras?
Donovan las estudió atentamente y lanzó un silbido de
perplejidad.
—¡Hombre, esto es lo que yo llamo intensidad de rayos
gamma! El viejo Sol hace de las suyas… —respondió Powell amargamente—, estamos
en mala posición para aguantar una tormenta de electrones, además. Nuestro haz
de Tierra está probablemente en el sendero indicado. —Apartó su silla de la
mesa—. ¡Cuernos! ¡Si tan sólo aguantase hasta que venga el relevo, pero lleva
ya diez días! Oye, Mike, ¿y si fueses abajo a echar una mirada a Cutie?
—Ok. Dame algunas de estas almendras. —Agarró el saquito
que le arrojó Powell y se dirigió hacia el ascensor.
El instrumento se deslizó suavemente hacia abajo y se
detuvo en la pequeña puerta de la sala de máquinas. Donovan se asomó a la
barandilla y miró hacia abajo.
Los enormes generadores estaban en plena acción y de los
tubos-L salía el agudo silbido que saturaba toda la estación.
Vio la enorme y reluciente figura de Cutie al lado del
tubo-L de Marte, observando atentamente a los demás robots que trabajaban al
unísono.
Y entonces Donovan se quedó rígido. Los robots, que
parecían empequeñecidos junto el enorme tubo-L, estaban alineados delante de
él, con la cabeza doblada en ángulo recto, mientras Cutie andaba lentamente
arriba y abajo por delante de ellos. Transcurrieron quince segundos y entonces,
con un estruendo metálico que retumbó en la estancia, cayeron todos de
rodillas.
Donovan bajó precipitadamente la estrecha escalera. Corrió
hacia ellos, con el rostro rojo como sus cabellos, agitando furiosamente los
puños en el aire.
—¿Qué diablos significa esto, idiotas sin seso? ¡Vamos!
¡Ocupaos del tubo-L! Como no lo tengáis en perfecta condición, limpio, antes de
que termine el día, os coagulo el cerebro con corriente alterna!
Ni un solo robot se movió.
Incluso Cutie, en el extremo, el único que estaba de pie,
permaneció silencioso, con la mirada fija en los oscuros rincones de la gran
máquina que tenía delante. Donovan dio un fuerte empujón al primer robot.
—¡Levántate! —rugió.
Lentamente el robot obedeció.
Sus ojos fotoeléctricos se fijaron con reproche sobre el
hombre de la Tierra.
—No hay más Señor que el Señor —dijo—, y QT-1 es su
profeta.
—¿Eh?… —Donovan se encontró frente a veinte pares de ojos
fijos en él y veinte voces de timbre metálico que declaraban solemnemente:
—No hay más Señor que el Señor y QT-1 es su profeta…
—Temo —dijo Cutie al llegar a este punto—, que mis amigos
obedecen ahora a alguien más alto que tú.
—¡Qué diablos dices! ¡Sal de aquí inmediatamente! Ya te
arreglaré las cuentas más tarde, y a estos chismes animados, ahora mismo.
—Me apena —dijo Cutie lentamente moviendo despacio la
cabeza—, pero veo que no me entiendes. Todos estos son robots, y por lo tanto
seres dotados de razón. Les he predicado la Verdad y ahora reconocen al Señor.
Me llaman el Profeta. Soy indigno de ello —añadió bajando la cabeza—, pero
quizá…
Donovan consiguió recobrar el aliento e hizo uso de él.
—¿Sí, eh?… ¡Vaya, qué bonito! Pues escucha que diga una
cosa, chimpancé de bronce. Aquí no hay tal Señor, ni tal Profeta, ni es
cuestión de quién da órdenes. ¿Entendido? —Su voz se convirtió en un mugido—.
¡Y ahora, fuera de aquí!
—Obedezco solamente al Maestro.
—¡Al diablo el Maestro! —Donovan escupió sobre el tubo-L.
—¡Esto para el Maestro! ¡Haz lo que te digo!
Ni Cutie ni los demás robots dijeron una palabra, pero
Donovan se dio cuenta de un aumento de tensión. Los ojos fríos aumentaron la
intensidad de su color, y Cutie parecía más rígido que nunca.
—¡Sacrílego! —murmuró, con voz metálica emocionada.
Donovan tuvo la primera sensación de miedo al ver
aproximarse a Cutie. Un robot no puede sentir odio, pero los ojos de Cutie eran
inescrutables.
—Lo siento, Donovan —dijo el robot—, pero después de esto
no podéis seguir por más tiempo aquí. Por consiguiente, Powell y tú tenéis
vedado el acceso a la sala de control y la sala de máquinas.
Había hecho un gesto pausado y en el acto dos robots
sujetaron los brazos de Donovan.
Donovan no tuvo tiempo de hacer más que una angustiada
aspiración antes de sentirse levantado y llevado escaleras arriba a la
velocidad de un buen galope.
Gregory Powell andaba arriba y abajo de la habitación con
el puño cerrado. Dirigió una intensa mirada de desesperación a la puerta y se
acercó a Donovan amargamente.
—¿Por qué diablos tenías que escupir contra el tubo-L?
Mike Donovan se desplomó sobre el sillón y golpeó el brazo
furiosamente.
—¿Qué querías que hiciese con este espantajo
electrificado? ¡No voy a doblegarme ante sus caprichos! ¿Verdad?
—No; pero ahora estamos en la sala de oficiales con robots
de centinela en la puerta. Esto no es doblegarse. ¿Verdad?
—Espera a que lleguemos a la base. Alguien pagará todo
esto —dijo Donovan—. Los robots deben obedecernos: Es la Segunda Ley.
—¿De qué sirve esto? No nos obedecen. Y esto responde
seguramente a una razón que descubriremos demasiado tarde. A propósito, ¿sabes
lo que nos ocurrirá cuando estemos de regreso en la Base?
Se detuvo delante del sillón de Donovan, furioso.
—¿Qué?
—¡Oh, nada! Veinte años de Minas de Mercurio. O quizá el
Presidio de Ceres.
—¿Qué estás diciendo?
—La tempestad de los electrones que se acerca: ¿Sabes que
avanza directamente hacia el centro del haz de Tierra? Acababa de calcularlo
cuando el robot me ha levantado de la silla. ¿Y sabes lo que le va a pasar al
haz? Porque la tormenta va a ser de alivio. Que va a saltar como una pulga con
el contacto. Y todo esto con Cutie solo en los controles, y si sale de foco…
que el Cielo proteja a la Tierra…, y a nosotros.
Donovan sacudía frenéticamente la puerta cuando Powell
estaba sólo a medio camino de ella. La puerta se abrió y el hombre de la Tierra
avanzó, pero encontró un duro e inamovible brazo de acero que lo detuvo.
El robot lo miraba con indiferencia.
—El Profeta ha dado orden de que no os mováis. Por favor,
obedeced.
El brazo se movió, Donovan fue empujado hacia dentro y en
aquel momento apareció Cutie por el fondo del corredor. Apartó con un gesto
suavemente la puerta. Donovan se dirigió a Cutie jadeando, indignado.
—¡Esto ha ido ya bastante lejos! ¡Vas a pagar cara la
farsa!
—Por favor, no te contraríes —dijo el robot con suavidad—,
tenía forzosamente que ocurrir. Los dos habéis perdido vuestra función…
—Hasta que fui creado vosotros velabais por el Maestro.
Este privilegio me pertenece ahora a mí y por consiguiente, la razón de ser de
vuestra existencia ha desaparecido. ¿No es esto evidente?
—No mucho —respondió amargamente Powell—, pero ¿qué crees
que vamos hacer ahora?
Cutie no contestó enseguida. Permaneció silencioso como si
reflexionase sobre el hombro de Powell. El otro agarró a Donovan por la muñeca
y lo acercó.
—Me gustáis los dos. Sois criaturas inferiores, pero
siento realmente cierto afecto por vosotros. Habéis servido fielmente al Señor
y Él os lo recompensará. Habiendo terminado vuestro servicio, no existiréis
probablemente por mucho tiempo, pero mientras existáis, tenemos que procuraros
comida, ropas y abrigo, a condición de que os mantengáis apartados de la sala
de controles y de máquinas.
—¡Nos está poniendo a pensión, Greg! —gritó Donovan—. ¡Haz
algo! ¡Es humillante!
—Oye Cutie, no podemos tolerar esto. Somos los amos. Esta
Estación ha sido exclusivamente creada por seres humanos como yo, seres humanos
que viven en la Tierra y otros planetas. Esto no es más que un colector de
energía. Tú no eres más que… ¡Ay… cuerno!
Cutie movió la cabeza gravemente.
—Esto frisa ya la obsesión. ¿Por qué insistís en un punto
de vista tan radicalmente falso? Aun admitiendo que los no-robot carecen de la
facultad de razonar, queda todavía el problema de…
Su voz se desvaneció en un reflexivo silencio y Donovan
dijo, en un susurro saturado de intensidad:
—Si tuvieses un rostro de carne y hueso te lo rompería.
Con los dedos, Powell se acariciaba el bigote y sus ojos
brillaban.
—Escucha, Cutie, si no existe una cosa que se llama
Tierra, ¿cómo te explicas lo que ves por el telescopio?
—¡Perdona…!
—¿Te he ganado, eh? —dijo Powell—. Desde que estamos
juntos has hecho muchas observaciones telescópicas, Cutie. ¿Has observado que
muchos de estos puntos luminosos se convierten en disco cuando los ves así?
—¡Oh, esto!… Sí, ciertamente. Es una mera ampliación con
el propósito de dirigir más exactamente el haz.
—¿Por qué no aumentan igualmente de tamaño las estrellas,
entonces?
—¿Quieres decir los demás puntos? No se les manda haz
alguno, de manera que no necesitan ampliación. Verdaderamente, Powell, incluso
deberías ser capaz de comprender esto.
—¡Pero ves más estrellas a través del telescopio! —dijo
Powell, mirándolo perplejo—. ¿De dónde vienen? ¿De dónde demonios vienen, por
Júpiter?
—Escucha, Powell —dijo Cutie, contrariado—. ¿Crees que voy
a perder el tiempo tratando de buscar interpretaciones físicas de todas las
ilusiones ópticas de nuestros instrumentos? ¿Desde cuándo puede compararse la
prueba ofrecida por nuestros sentidos con la clara luz de la inflexible razón?
—Mira —intervino Donovan súbitamente, liberándose del
amistoso, pero pesado brazo metálico de Cutie—, vamos al fondo de la cuestión.
¿Para qué sirven los haces? Te estamos dando una explicación lógica. ¿Puedes
hacer tú algo mejor?
—Los haces de luz son emitidos por el Señor para cumplir
sus designios. Hay ciertas cosas —añadió elevando piadosamente los ojos— que no
deben sernos probadas; en esta materia, trato sólo de servir y no de
interrogar.
Powell se sentó y hundió el rostro en sus manos
temblorosas.
—Sal de aquí, Cutie. Sal de aquí y déjame pensar.
—Te mandaré comida —dijo Cutie amablemente.
Un gruñido fue la única respuesta y el robot salió.
—Greg —dijo Donovan en voz baja y sombría—, esto requiere
estrategia. Tenemos que aplicarle un cortocircuito en el momento en que no lo
espere. Acido nítrico concentrado en las articulaciones.
—No digas tonterías, Mike. ¿Crees acaso que nos dejará
acercarnos a él con ácido nítrico en las manos? Tenemos que hablar con él, te
digo. Tenemos que convencerlo de que nos deje tomar de nuevo posesión de la
sala de control antes de cuarenta y ocho horas, o seremos reducidos a papilla.
Pero —añadió balanceándose, desalentado ante su impotencia— ¿quién va a
discutir con un robot?
—Es vejatorio… —terminó Donovan.
—¡Peor!
—¡Oye! —dijo Donovan, echándose a reír—. ¿Por qué
discutir? ¡Demostrémoselo! ¡Construyamos otro robot ante sus propios ojos y
entonces tendrá que tragarse sus palabras!
En el rostro de Powell apareció lentamente una sonrisa que
se fue ensanchando.
—¡Y piensa en su cara de espanto cuando nos vea hacerlo!
—terminó Donovan.
Los robots son fabricados, desde luego, en la Tierra, pero
su expedición a través del espacio es mucho más fácil si puede hacerse por
piezas y montarlos en el sitio donde deben emplearse. Elimina además la
posibilidad de que robots completamente montados vayan rondando por la Tierra,
enfrentando de esta manera la U. S. Robots con la estricta ley que prohibe el
uso de robots en la Tierra.
Sin embargo, esto hacía pesar sobre hombres como Powell y
Donovan las necesidades de sintetizar robots completos, tarea laboriosa y
complicada.
Powell y Donovan no se habían dado nunca tanta cuenta de
la verdad de este hecho como el día en que, reunidos en la sala de montaje,
emprendieron la creación de un nuevo robot bajo la inspección y vigilancia de
QT-1, profeta del Señor.
El robot en cuestión, un simple MC, yacía sobre la mesa,
casi terminado. Tres horas de trabajo lo habían dejado sólo con la cabeza por
terminar y Powell se detuvo para enjugarse la frente y mirar a Cutie.
La mirada no fue muy tranquilizadora. Durante tres horas,
Cutie había permanecido sentado, inmóvil y silencioso, y su rostro, siempre
inexpresivo, era ahora absolutamente inescrutable.
—¡Vamos ya con el cerebro, Mike! —gruñó Powell.
Donovan abrió un receptáculo herméticamente cerrado y del
baño de aceite del interior sacó un segundo cubo. Abriendo éste a su vez, sacó
un globo de su revestimiento de esponja de goma.
Lo manejó rápidamente porque era el mecanismo más
complicado jamás creado por el hombre. En el interior de la tenue piel chapada
de platino del globo, había un cerebro positrónico, en cuya inestable y
delicada estructura habían insertados senderos neutrónicos calculados, que
dotaban a cada robot de lo que equivalía una educación prenatal.
El cerebro se adaptaba exactamente a la cavidad craneana
del robot. El metal azul se cerró y quedó sólidamente soldado por la diminuta
llama atómica. Se adaptaron cuidadosamente los ojos electrónicos, fuertemente
atornillados en su lugar y cubiertos por una delgada hoja transparente de
plástico de la dureza del acero.
El robot sólo esperaba ya la vitalizadora corriente de una
electricidad de alto voltaje, y Powell se detuvo con la mano sobre el
interruptor.
—Ahora mira esto, Cutie. ¡Fíjate atentamente!
El interruptor estableció el contacto y se oyó un zumbido.
Los dos terrestres se inclinaron emocionados sobre su creación.
Al principio sólo se produjo un leve movimiento en las
articulaciones. La cabeza se levantó, los codos se apoyaron sobre la mesa y el
robot modelo MC bajó torpemente al suelo. Su paso era inseguro y dos veces unos
infructuosos gruñidos fueron todo lo que se consiguió sacarle en materia de
palabra. Finalmente su voz, incierta y vacilante, adquirió forma.
—Quisiera empezar a trabajar. ¿Dónde debo ir?
Donovan corrió hacia la puerta.
—¡Baja estas escaleras! —dijo—. Ya te dirán lo que debes
hacer.
El robot MC se había marchado y los dos hombres estaban
solos delante del inconmovible Cutie.
—Y bien, ¿crees ahora que te hemos hecho nosotros?
—¡No! —fue la respuesta corta y categórica de Cutie.
Powell frunció intensamente el ceño y después fue
relajándose. Donovan abrió la boca y permaneció así.
—¿Lo veis? —continuó Cutie tranquilamente—. No habéis
hecho más que juntar piezas ya creadas. Lo habéis hecho extraordinariamente
bien, por instinto supongo, pero en realidad no habéis creado el robot. Las
piezas habían sido creadas por el Señor.
—Escucha —dijo Donovan, con voz enronquecida—, estas
piezas han sido fabricadas en la Tierra y mandadas aquí.
—Bien, bien… —dijo Cutie, tranquilizador—, no discutamos…
—No es ésta mi intención. —Donovan saltó hacia delante y
agarró el brazo del robot—. Si fueses capaz de leer los libros de la
biblioteca, te lo explicarían de modo que no te quedaría la menor duda.
—¡Los libros… los he leído! ¡Todos! Son muy ingeniosos.
Powell intervino súbitamente.
—Si los has leído, ¿qué más hay que decir? No puedes negar
su evidencia. ¡No puedes!
—Por favor, Powell —dijo Cutie con la compasión en la
voz—, no puedo considerarlos como una fuente valida de información. También
ellos fueron creados por el Señor… y lo fueron para ti, no para mí.
—¿Cómo has descubierto esto? —preguntó Powell.
—Porque yo, como ser dotado de razón, soy capaz de deducir
la Verdad de las Causas a priori. Tú, ser inteligente, pero sin razón,
necesitas que se te dé una explicación de la existencia, y esto es lo que hizo
el Señor. Que te procurase estas visibles ideas de mundos lejanos y pueblos,
es, sin duda, excelente. Vuestras mentes son demasiado vulgares para comprender
la Verdad absoluta. Sin embargo, puesto que es la voluntad del Señor que deis
crédito a vuestros libros, no quiero discutir eso con vosotros.
Al marcharse, se volvió y en tono más amable, dijo:
—Pero no temáis nada. En el plan de las cosas del Señor
hay sitio para todo. Vosotros, los pobres humanos, tenéis vuestro lugar, y, si
bien es humilde, seréis recompensados si lo ocupáis dignamente.
Se marchó con el aire de beatitud propio del Profeta del
Señor y los dos seres humanos permanecieron solos, evitando mirarse.
—Vámonos a la cama, Mike. Abandono —dijo Powell haciendo
un esfuerzo.
—Oye, Greg —dijo Donovan con voz ronca—, ¿no creerás que
tiene razón en todo esto, verdad? Parece tan seguro de sí mismo que…
—No seas idiota —dijo Powell volviéndose rápido—. Ya te
convencerás de que la Tierra existe cuando vengan los relevos la semana próxima
y tengamos que regresar a escuchar el concierto.
—Entonces… ¡por la salud de Júpiter!, tenemos que hacer
algo. —Casi lloraba—. No nos cree ni a nosotros, ni a los libros, ni a sus
ojos.
—No —dijo Powell amargamente—. ¡Es un robot con razón,
maldita sea, con sus propios postulados! Cree sólo en la razón, y esto tiene un
inconveniente… —Su voz se desvaneció.
—¿Cuál es?
—Que por la pura razón y la lógica se puede probar
cualquier cosa… si encuentras el postulado apropiado. Nosotros tenemos los
nuestros y Cutie tiene los suyos.
—Entonces veamos estos postulados enseguida. La tempestad
es mañana.
—Aquí es donde falla todo —dijo Powell con un suspiro de
desaliento—. Los postulados están establecidos por la suposición y reforzados
por la fe. Nada en el Universo puede conmoverlos. Me voy a la cama.
—¡Oh, demonios! ¡No puedo dormir!
—Yo tampoco. Pero siempre puedo intentarlo… por cuestión
de principio.
Doce horas después el sueño seguía siendo esto, una
cuestión de principios, inalcanzable, en la práctica.
— o O o —
La tormenta llegó a la hora prevista y el rubicundo rostro
de Donovan se había quedado sin sangre. Powell, con los labios secos y las
mandíbulas apretadas, miraba a través de la portilla y se tiraba
desesperadamente del bigote.
En otras circunstancias, hubiera sido un maravilloso
espectáculo. El chorro de electrones a alta velocidad que penetraba en el haz
de energía florecía en forma de microscópicas partículas de intensa luz. El
chorro se desparramaba por el vibrante vacío formando un revoloteo de
brillantes copos.
El haz de energía permanecía inmóvil, pero los dos
terrestres sabían el valor de las apariciones a simple vista. Una desviación en
arco de una centésima de milésima de segundo, invisible al ojo humano, era
suficiente para apartar el haz de su foco, y convertir centenares de kilómetros
cuadrados de la Tierra en incandescentes ruinas.
Y un robot, indiferente al haz, al foco y a la Tierra,
todo menos a su Señor, era dueño de los mandos.
Las horas pasaron. Los dos hombres seguían mirando en un
silencio de hipnosis. La tormenta había cesado.
—Se acabó —dijo Powell con voz incolora.
Donovan había caído en una especie de sopor y Powell lo
miraba con envidia. La señal luminosa brillaba una y otra vez, pero ninguno de
los dos prestaba atención a ella. Nada tenía importancia. Quizá en el fondo
Cutie tuviese razón… y él no era más que un ser inferior con una memoria
metódica y una vida que había sobrepasado su propósito.
¡Ojalá fuese así! Cutie estaba ante él.
—No habéis contestado a la señal, de manera que he venido
—dijo en voz baja—. No tenéis buen semblante y temo que el término de vuestra
existencia no esté lejano. Sin embargo, ¿queréis ver algunas de las anotaciones
registradas hoy?
Powell se daba vagamente cuenta de que el robot trataba de
mostrarse amistoso, quizá para apagar sus remordimientos, restableciendo a los
humanos en el mando de la estación. Cogió las hojas de papel de la mano, que se
las tendía y las miró sin verlas.
—Desde luego, es un gran prodigio servir al Señor —dijo
Cutie, al parecer satisfecho—. No debéis tomaros a mal que os haya reemplazado.
Powell lanzó un gruñido y siguió recorriendo maquinalmente
las hojas de papel hasta que se fijó en una tenue línea roja que cruzaba la
hoja.
Miró… y volvió a mirar. Se apoyó con fuerza sobre los
puños y se levantó, sin dejar de mirar. Las demás hojas cayeron al suelo,
mezcladas.
—¡Mike! ¡Mike! —Sacudió a su amigo furiosamente—. ¡Se
mantiene en dirección!
—¿Eh?… ¿Cómo? —preguntó Donovan, volviendo en sí, mirando
también con los ojos salidos, la hoja que tenía delante.
—¿Qué ocurre? —preguntó Cutie.
—Te has mantenido en el foco —gritó Powell—. ¿Lo sabias?
—¿Foco? ¿Qué es eso?
—Has mantenido el haz dirigido exactamente a la estación
receptora… dentro de una diezmillonésima de segundo de arco.
—¿Qué estación receptora?
—Tierra. La estación receptora es Tierra —balbució
Powell—. Has mantenido la dirección del foco.
Cutie giró sobre sus talones, contrariado.
—Es imposible mostrar la menor amabilidad con vosotros.
¡Siempre el mismo fantasma! No he hecho más que mantener todas las esferas en
equilibrio de acuerdo la voluntad del Señor.
Y recogiendo los esparcidos papeles, se retiró secamente;
una vez hubo salido, Donovan se volvió hacia Powell y dijo:
—¡Júpiter me confunda!… Bien, ¿y qué hacemos?
—Nada —dijo Powell, cansado—. Nada. Nos ha demostrado que
puede dirigir perfectamente la estación, jamás he visto hacer mejor frente a
una tempestad de electrones.
—Pero esto no resuelve nada. Ya has oído lo que ha dicho
del Señor. No podemos…
—Mira, Mike, sigue las instrucciones del Señor a través de
relojes, esferas, gráficos e instrumentos. Esto es lo que siempre hemos hecho
nosotros. En realidad, equivale a negarse a obedecer. La desobediencia es la
Segunda Ley. No hacer daño a los humanos es la primera. ¿Cómo podía evitar
hacer daño a los humanos sabiéndolo o no? Pues manteniendo el haz de energía
estable. Sabe que es capaz de mantenerlo más estable que nosotros, ya que
insiste en que es un ser superior, y por esto tiene que mantenernos alejados
del cuarto de controles. Si tienes en cuenta las leyes Robóticas, es
inevitable.
—Bien, pero no es ésta la cuestión. No podemos consentir
que siga con el sonsonete ese del Señor.
—¿Por qué no?
—Porque ¿quién ha oído jamás decir estas tonterías? ¿Vamos
a dejar que siga manteniendo la estación si no cree en la existencia de la
Tierra?
—¿Puede dirigir la Estación?
—Sí, pero…
—Entonces, ¿qué más da que crea una cosa que otra?
Powell extendió los brazos con una vaga sonrisa de
satisfacción y cayó de espaldas sobre la cama. Estaba dormido.
Powell seguía hablando mientras luchaba por endosarse su
ligera chaqueta del espacio.
—Será muy sencillo. Puedes traer nuevos modelos QT uno por
uno, los equipas con un conmutador de lanzamiento automático que actúe en el
plazo de una semana, como para darles tiempo de aprender… el… el culto del
Señor, de boca del mismo Profeta; después los conmutas con otra estación para
revitalizarlos. Podemos tener dos QT por…
Donovan levantó su visor de glassita y se rió.
—Cállate y vámonos de aquí. El relevo espera y no estaré
tranquilo hasta que sienta la superficie de la Tierra bajo mis pies…, sólo para
estar seguro de que realmente existe.
La puerta se abrió mientras estaba hablando y Donovan
volvió a cerrar inmediatamente el visor de glassita, volviéndose enojado hacia
Cutie.
El robot se acercó a ellos lentamente.
—¿Os vais? —preguntó con una nota de pesar en la voz.
—Vendrán otros en nuestro lugar —respondió Powell.
—Vuestro tiempo de servicio ha terminado y la hora de la
disolución ha llegado —dijo Cutie con un suspiro—. Lo esperaba, pero… En fin,
la voluntad del Señor debe cumplirse…
—Ahorra tu compasión —saltó Powell, indignado por el rollo
resignado de Cutie—. Nos vamos a la Tierra, no a la disolución.
—Es mejor que lo creáis así —suspiró nuevamente el robot—.
Ahora comprendo la cordura de la ilusión. No quisiera tratar de conmover
vuestra fe, aunque pudiese. —Y se marchó, convertido en la imagen de la
compasión.
Powell le echó a reír y se dirigió hacia Donovan. Con las
maletas cerradas en la mano, se encaminaron hacia la compuerta neumática.
La nave estaba en el rellano exterior y Franz Muller, su
relevo, los saludó con rígida cortesía. Donovan le prestó escasa atención y
entró en la cabina del piloto a tomar los mandos de manos de Sam Evans.
—¿Cómo va la Tierra? —preguntó Powell, quedándose atrás.
Era una pregunta bastante convencional y Muller dio la
respuesta convencional que merecía:
—Sigue girando.
—Bien —dijo Powell.
—En el U. S. Robots han ideado un nuevo tipo, a propósito
—dijo Muller, mirándole—. Un robot múltiple.
—¿Un qué?
—Lo que he dicho. Hay un importante contrato de tiene que
ser adecuado para los trabajos de minería en los asteroides. Es un robot
principal, con seis robots alrededor. Como tus dedos.
—¿Lo han probado ya? —preguntó Powell con ansiedad.
—Te están esperando a ti, he oído decir —dijo Muller
sonriendo.
—¡Maldita sea!… —exclamó Powell, cerrando el puño—.
Necesito vacaciones.
—¡Oh, las tendrás! Dos semanas, creo.
Se estaba poniendo los gruesos guantes del espacio para su
estancia allí y sus espesas cejas se juntaron.
—¿Y qué tal va este nuevo robot? Será mejor que se porte
bien o antes me condeno que dejarle tocar los mandos.
Powell hizo una pausa antes de contestar. Sus ojos
recorrieron el cuerpo del orgulloso prusiano desde su cabello encrespado hasta
los pies, reglamentariamente cuadrados…, y un súbito resplandor de sincera
alegría recorrió su cuerpo.
—El robot es muy bueno —dijo lentamente—. No creo que
tengas que preocuparte mucho de los mandos…
Hizo una mueca y entró en la nave. Muller tenía que estar
allí varias semanas…
Una estatua para papá
¿La primera vez? ¿De veras? Pero por supuesto que ha oído
usted hablar de ello. Sí, estoy seguro.
Si le interesa el descubrimiento, créame que será para mí
un placer contárselo. Es una historia que siempre me ha gustado narrar, pero
pocas personas me brindan la oportunidad de hacerlo. Incluso me han aconsejado
que la mantuviera en secreto, porque atenta contra las leyendas que proliferan
en torno a mi padre.
Pero yo creo que la verdad es valiosa. Tiene su moraleja.
Un hombre se pasa la vida consagrando sus energías a satisfacer su curiosidad y
de pronto, por accidente, sin habérselo propuesto, termina por ser un
benefactor de la humanidad.
Papá era sólo un físico teórico que se dedicaba a
investigar el viaje por el tiempo. Creo que nunca pensó en lo que el viaje por
el tiempo podría significar para el Homo sapiens. Sentía curiosidad únicamente
por las relaciones matemáticas que regían el universo.
¿Tiene hambre? Mejor así. Supongo que tardará cerca de
media hora. Lo prepararán adecuadamente para un dignatario como usted. Es una
cuestión de orgullo.
Ante todo, papá era pobre como sólo puede serlo un
profesor universitario. Pero con el tiempo se fue haciendo rico. En sus últimos
años era fabulosamente rico, y en cuanto a mí, mis hijos y mis nietos…, bueno,
ya lo ve con sus propios ojos.
También le han dedicado estatuas. La más antigua está en
la ladera donde se realizó el descubrimiento. Puede verla por la ventana. Sí.
¿No distingue la inscripción? Claro, el ángulo es desfavorable. No importa.
Cuando papá se puso a investigar el viaje por el tiempo,
la mayoría de los físicos estaban desilusionados, a pesar del entusiasmo que
provocaron inicialmente los cronoembudos.
La verdad es que no hay mucho que ver. Los cronoembudos
son totalmente irracionales e incontrolables. Sólo presentan una distorsión
ondulante, de algo más de medio metro de anchura como máximo, y que desaparece rápidamente.
Tratar de enfocar el pasado es como tratar de enfocar una pluma en medio de un
turbulento huracán.
Intentaron sujetar el pasado con garfios, pero eso resultó
igual de imprevisible. A veces funcionaba unos segundos, con un hombre aferrado
con fuerza al garfio, aunque lo habitual era que el martinete no resistiera. No
se obtuvo nada del pasado hasta que… Bien, ya llegaré a eso.
Al cabo de cincuenta años de no progresar en absoluto, los
científicos perdieron todo interés. La técnica operativa parecía un callejón
sin salida. Al recordar la situación, no puedo echarles la culpa. Algunos
incluso intentaron demostrar que los embudos no revelaban el pasado; pero se
divisaron muchos animales vivos a través de los embudos, y se trataba de
animales ya extinguidos en la actualidad.
De cualquier modo, cuando los viajes por el tiempo estaban
casi olvidados ya, apareció papá. Convenció al Gobierno de que le suministrara
fondos para instalar un cronoembudo propio, y abordó el asunto desde otro
ángulo.
Yo lo ayudaba en aquella época. Acababa de salir de la
universidad y era doctor en Física.
Sin embargo, nuestros intentos tropezaron con problemas al
cabo de un año. Papá tuvo dificultades para lograr que le renovaran la
subvención. Los industriales no estaban interesados, y la universidad pensaba
que papá comprometía la reputación de la institución al empecinarse en
investigar un campo muerto. El decano, que sólo comprendía el aspecto
financiero de las investigaciones, empezó insinuándole que se pasara a áreas
más lucrativas y terminó por expulsarlo.
Ese decano —que todavía vivía y seguía contando los
dólares de las subvenciones cuando papá falleció— se sentiría de lo más
ridículo cuando papá legó a la universidad un millón de dólares en su
testamento, con un codicilo que cancelaba la herencia con el argumento de que
el decano carecía de perspectiva de futuro. Pero eso fue tan sólo una venganza
póstuma. Pues años antes…
No deseo entrometerme, pero le aconsejo que no coma más
panecillos. Bastará con que tome la sopa despacio, para evitar un apetito
demasiado voraz.
De cualquier modo, nos las apañamos. Papá conservó el
equipo que había comprado con el dinero de la subvención, lo sacó de la
universidad y lo instaló aquí.
Esos primeros años sin recursos fueron agobiantes, y yo
insistía en que abandonara. Él no cejaba. Era tozudo y siempre se las ingeniaba
para encontrar mil dólares cuando los necesitaba.
La vida continuaba, pero él no permitía que nada
obstruyera su investigación. Mamá falleció; papá guardó luto y volvió a su
tarea. Yo me casé, tuve un hijo y luego una hija. No siempre podía acompañarlo,
pero él continuaba sin mí. Se rompió una pierna y siguió trabajando con la
escayola puesta durante meses.
Así que le atribuyo todo el mérito. Yo ayudaba, por
supuesto. Hacía funciones de asesoría y me encargaba de negociar con
Washington. Pero él era el alma del proyecto.
A pesar de eso, no llegábamos a ninguna parte. Hubiera
dado lo mismo tirar por uno de esos cronoembudos todo el dinero que lográbamos
juntar, lo cual no quiere decir que hubiese podido atravesarlo.
A fin de cuentas, nunca conseguimos meter un garfio en un
embudo. Sólo nos acercamos en una ocasión. El garfio había entrado unos cinco
centímetros cuando el foco se alteró. Lo arrancó limpiamente y, en alguna parte
del Mesozoico, hay ahora una varilla de acero, construida por el hombre,
oxidándose en la orilla de un río.
Hasta que un día, el día crucial, el foco se mantuvo
durante diez largos minutos; algo para lo cual había menos de una probabilidad
entre un billón. ¡Cielos, con qué frenesí instalamos las cámaras! Veíamos
criaturas que se desplazaban ágilmente al otro lado del embudo.
Luego, para colmo de bienes, el cronoembudo se volvió
permeable, y hubiéramos jurado que sólo el aire se interponía entre el pasado y
nosotros. La baja permeabilidad debía de estar relacionada con la duración del
foco, pero nunca pudimos demostrar que así fuera.
Por supuesto, no teníamos ningún garfio a mano. Pero la
baja permeabilidad permitió que algo se desplazara del «entonces» al «ahora».
Obnubilado, actuando por mero instinto, extendí el brazo y agarré aquello.
En ese momento perdimos el foco, pero ya no sentíamos
amargura ni desesperación. Ambos observábamos sorprendidos lo que yo tenía en
la mano Era un puñado de barro duro y seco, completamente liso por donde había
tocado los bordes del cronoembudo, y entre el barro había catorce huevos del
tamaño de huevos de pato.
—¿Huevos de dinosaurio? —pregunté—. ¿Crees que es eso?
—Quizá. No podemos saberlo con certeza.
—¡A menos que los incubemos! —exclamé de pronto, con un
entusiasmo incontenible. Los dejé en el suelo como si fueran de platino.
Estaban calientes, con el calor del sol primitivo—. Papá, si los incubamos
tendremos criaturas que llevan extinguidas más de cien millones de años. Será
la primera vez que alguien trae algo del pasado. Si lo hacemos público…
Yo pensaba en las subvenciones, en la publicidad, en todo
lo que aquello significaría para papá. Ya veía el rostro consternado del
decano.
Pero papá veía el asunto de otra manera.
—Ni una palabra, hijo. Si esto se difunde, tendremos
veinte equipos de investigación estudiando los cronoembudos, con lo que me
impedirán progresar. No, una vez que haya resuelto el problema de los embudos,
podrás hacer público todo lo que quieras. Hasta entonces, guardaremos silencio.
Hijo, no pongas esa cara. Tendré la respuesta dentro de un año, estoy seguro.
Yo no estaba tan seguro, pero tenía la convicción de que
esos huevos nos brindarían todas las pruebas que necesitábamos. Puse un gran
horno a la temperatura de la sangre e hice circular aire y humedad. Conecté una
alarma para que sonara en cuanto hubiese movimiento dentro de los huevos.
Se abrieron a las tres de la madrugada, diecinueve días
después, y allí estaban: catorce diminutos canguros con escamas verdosas, patas
traseras con zarpas, muslos rechonchos y colas delgadas como látigos.
Al principio pensé que se trataba de tiranosaurios, pero
eran demasiado pequeños. Pasaron meses, y comprendí que no alcanzarían mayor
tamaño que el de un perro mediano.
Papá parecía defraudado, pero yo perseveré, con la
esperanza de que me permitiera utilizarlos con fines publicitarios. Uno murió
antes de la madurez y otro pereció en una riña. Pero los otros doce
sobrevivieron, cinco machos y siete hembras. Los alimentaba con zanahorias
picadas, huevos hervidos y leche, y les tomé bastante afecto. Eran tontorrones,
pero tiernos; y realmente hermosos. Sus escamas…
Bueno, es una bobada describirlos. Las fotos publicitarias
han circulado más que suficiente. Aunque, pensándolo bien, no sé si en Marte…
Ah, también allí. Pues me alegro.
Pero pasó mucho tiempo antes de que esas fotos pudieran
impresionar al público, por no mencionar la visión directa de aquellas
criaturas. Papá se mantuvo intransigente. Pasaron tres años. No tuvimos suerte
con los cronoembudos. Nuestro único hallazgo no se repitió, pero papá no se
daba por vencido.
Cinco hembras pusieron huevos, y pronto tuve más de
cincuenta criaturas en mis manos.
—¿Qué hacemos con ellas? —pregunté.
—Matarlas —contestó papá.
Yo no podía hacer tal cosa, por supuesto.
Henri, ¿está todo a punto? De acuerdo.
Cuando sucedió, ya habíamos agotado nuestros recursos.
Estábamos sin blanca. Yo lo había intentado por todas partes sin conseguir nada
más que rechazos.
Casi me alegraba, porque pensaba que así papá tendría que
ceder. Pero él, firme ante la adversidad, preparó fríamente otro experimento.
Le juro que si no hubiera ocurrido el accidente jamás
habríamos encontrado la verdad. La humanidad habría quedado privada de una de
sus mayores bendiciones.
A veces ocurren cosas así. Perkin detecta un tinte rojo en
la suciedad y descubre las tinturas de anilina. Remsen se lleva un dedo
contaminado a los labios y descubre la sacarina. Goodyear deja caer una mixtura
en la estufa y descubre el secreto de la vulcanización.
En nuestro caso fue un dinosaurio joven que entró en el
laboratorio. Eran tantos que yo no podía vigilarlos a todos.
El dinosaurio atravesó dos puntos de contacto que estaban
abiertos, justo allí, donde ahora está la placa que conmemora el
acontecimiento. Estoy convencido de que ésa coincidencia no podría repetirse en
mil años. Estalló un fogonazo y el cronoembudo que acabábamos de configurar
desapareció en un arco iris de chispas.
Ni siquiera entonces lo comprendimos. Sólo sabíamos que la
criatura había provocado un cortocircuito, estropeando un equipo de cien mil
dólares, y que estábamos en plena bancarrota. Lo único que podíamos mostrar era
un dinosaurio achicharrado. Nosotros estábamos ligeramente chamuscados, pero el
dinosaurio recibió toda la concentración de energías de campo. Podíamos olerlo.
El aire estaba saturado con su aroma. Papá y yo nos miramos atónitos. Lo recogí
con un par de tenacillas. Estaba negro y calcinado por fuera; pero las escamas
quemadas se desprendieron al tocarlas, arrancando la piel, y debajo de la
quemadura había una carne blanca y firme que parecía pollo.
No pude resistir la tentación de probarla, y se parecía a
la del pollo tanto como Júpiter se parece a un asteroide.
Me crea o no, con nuestra labor científica reducida a
escombros, nos sentamos allí a disfrutar del exquisito manjar que era la carne
de dinosaurio. Había partes quemadas y partes crudas, y estaba sin condimentar;
pero no paramos hasta dejar limpios los huesos.
—Papá —dije finalmente—, tenemos que criarlos
sistemáticamente con propósitos alimentarios.
Papá tuvo que aceptar. Estábamos totalmente arruinados.
Obtuve un préstamo del banco cuando invité a su presidente
a cenar y le serví dinosaurio.
Nunca ha fallado. Nadie que haya saboreado lo que hoy
llamamos «dinopollo» se conforma con los platos normales. Una comida sin
dinopollo no es más que un alimento que ingerimos para sobrevivir. Sólo el
dinopollo es comida.
Nuestra familia aún posee la única bandada de dinopollos
existente y seguimos siendo los únicos proveedores de la cadena mundial de
restaurantes —la primera y más antigua— que ha crecido en torno de ellos.
Pobre papá. Nunca fue feliz, salvo en esos momentos en que
comía dinopollo. Continuó trabajando con los cronoembudos, al igual que muchos
oportunistas que pronto se sumaron a las investigaciones, tal como él había
previsto. Pero no se ha logrado nada hasta ahora; nada, excepto el dinopollo.
Ah, Pierre, gracias. ¡Un trabajo superlativo! Ahora,
caballero, permítame que lo trinche. Sin sal, y con apenas una pizca de salsa.
Eso es… Ah, ésa es la expresión que siempre veo en la cara de un hombre que
saborea este manjar por primera vez.
La humanidad, agradecida, aportó cincuenta mil dólares
para construir la estatua de la colina, pero ni siquiera ese tributo hizo feliz
a papá.
Él no veía más que la inscripción: «El hombre que
proporcionó el dinopollo al mundo».
Y hasta el día de su muerte sólo deseó una cosa: hallar el
secreto del viaje por el tiempo. Aunque fue un benefactor de la humanidad,
murió sin satisfacer su curiosidad.
La última pregunta
La última pregunta se formuló por primera vez, medio en
broma, el 21 de mayo de 2061, en momentos en que la humanidad (también por
primera vez) se bañó en luz. La pregunta llegó como resultado de una apuesta
por cinco dólares hecha entre dos hombres que bebían cerveza, y sucedió de esta
manera:
Alexander Adell y Bertram Lupov eran dos de los fieles
asistentes de Multivac. Dentro de las dimensiones de lo humano sabían qué era
lo que pasaba detrás del rostro frío, parpadeante e intermitentemente luminoso
—kilómetros y kilómetros de rostro— de la gigantesca computadora. Al menos
tenían una vaga noción del plan general de circuitos y retransmisores que desde
hacía mucho tiempo habían superado toda posibilidad de ser dominados por una
sola persona.
Multivac se autoajustaba y autocorregía. Así tenía que
ser, porque nada que fuera humano podía ajustarla y corregirla con la rapidez
suficiente o siquiera con la eficacia suficiente. De manera que Adell y Lupov
atendían al monstruoso gigante sólo en forma ligera y superficial, pero lo
hacían tan bien como podría hacerlo cualquier otro hombre. La alimentaban con
información, adaptaban las preguntas a sus necesidades y traducían las
respuestas que aparecían. Por cierto, ellos, y todos los demás asistentes tenían
pleno derecho a compartir la gloria de Multivac.
Durante décadas, Multivac ayudó a diseñar naves y a trazar
las trayectorias que permitieron al hombre llegar a la Luna, a Marte y a Venus,
pero después de eso, los pobres recursos de la Tierra ya no pudieron serles de
utilidad a las naves. Se necesitaba demasiada energía para los viajes largos y
pese a que la Tierra explotaba su carbón y uranio con creciente eficacia, había
una cantidad limitada de ambos.
Pero lentamente, Multivac aprendió lo suficiente como para
responder a las preguntas más complejas en forma más profunda, y el 14 de mayo
de 2061 lo que hasta ese momento era teoría se convirtió en realidad.
La energía del Sol fue almacenada, modificada y utilizada
directamente en todo el planeta. Cesó en todas partes el hábito de quemar
carbón y fisionar uranio y toda la Tierra se conectó con una pequeña estación
—de un kilómetro y medio de diámetro— que circundaba el planeta a mitad de
distancia de la Luna, para funcionar con rayos invisibles de energía solar.
Siete días no habían alcanzado para empañar la gloria del
acontecimiento, y Adell y Lupov finalmente lograron escapar de la celebración
pública, para refugiarse donde nadie pensaría en buscarlos: en las desiertas
cámaras subterráneas, donde se veían partes del poderoso cuerpo enterrado de
Multivac. Sin asistentes, ociosa, clasificando datos con clicks satisfechos y
perezosos, Multivac también se había ganado sus vacaciones y los asistentes la
respetaban y originalmente no tenían intención de perturbarla.
Se habían llevado una botella y su única preocupación en
ese momento era relajarse y disfrutar de la bebida.
—Es asombroso, cuando uno lo piensa —dijo Adell. En su
rostro ancho se veían huellas de cansancio, y removió lentamente la bebida con
una varilla de vidrio, observando el movimiento de los cubos de hielo en su
interior—. Toda la energía que podremos usar de ahora en adelante, gratis.
Suficiente energía, si quisiéramos emplearla, como para derretir a toda la
Tierra y convertirla en una enorme gota de hierro líquido impuro, y no echar de
menos la energía empleada. Toda la energía que podremos usar por siempre y
siempre y siempre.
Lupov ladeó la cabeza. Tenía el hábito de hacerlo cuando
quería oponerse a lo que oía, y en ese momento quería oponerse; en parte porque
había tenido que llevar el hielo y los vasos.
—No para siempre —dijo.
—Ah, vamos, prácticamente para siempre. Hasta que el Sol
se apague, Bert.
—Entonces no es para siempre.
—Muy bien, entonces. Durante miles de millones de años.
Veinte mil millones, tal vez. ¿Estás satisfecho?
Lupov se pasó los dedos por los escasos cabellos como para
asegurarse que todavía le quedaban algunos y tomó un pequeño sorbo de su
bebida.
—Veinte mil millones de años no es «para siempre».
—Bien, pero superará nuestra época, ¿verdad?
—También la superarán el carbón y el uranio.
—De acuerdo, pero ahora podemos conectar cada nave
espacial individualmente con la Estación Solar, y hacer que vaya y regrese de
Plutón un millón de veces sin que tengamos que preocuparnos por el combustible.
No puedes hacer eso con carbón y uranio. Pregúntale a Multivac, si no me crees.
—No necesito preguntarle a Multivac. Lo sé.
—Entonces deja de quitarle méritos a lo que Multivac ha
hecho por nosotros —dijo Adell, malhumorado—. Se portó muy bien.
—¿Quién dice que no? Lo que yo sostengo es que el Sol no
durará eternamente. Eso es todo lo que digo. Estamos a salvo por veinte mil
millones de años pero, ¿y luego? —Lupov apuntó con un dedo tembloroso al otro—.
Y no me digas que nos conectaremos con otro sol.
Durante un rato hubo silencio. Adell se llevaba la copa a
los labios sólo de vez en cuando, y los ojos de Lupov se cerraron lentamente.
Descansaron.
De pronto Lupov abrió los ojos.
—Piensas que nos conectaremos con otro sol cuando el
nuestro muera, ¿verdad?
—No estoy pensando nada.
—Seguro que estás pensando. Eres malo en lógica, ése es tu
problema. Eres como ese tipo del cuento a quien lo sorprendió un chaparrón,
corrió a refugiarse en un monte y se paró bajo un árbol. No se preocupaba
porque pensaba que cuando un árbol estuviera totalmente mojado, simplemente
iría a guarecerse bajo otro.
—Entiendo —dijo Adell—, no grites. Cuando el Sol muera,
las otras estrellas habrán muerto también.
—Por supuesto —murmuró Lupov—. Todo comenzó con la
explosión cósmica original, fuera lo que fuese, y todo terminará cuando todas
las estrellas se extingan. Algunas se agotan antes que otras. Por Dios, las
gigantes no durarán cien millones de años. El Sol durará veinte mil millones de
años y tal vez las enanas durarán cien mil millones por mejores que sean. Pero
en un trillón de años estaremos a oscuras. La entropía tiene que incrementarse
al máximo, eso es todo.
—Sé todo lo que hay que saber sobre la entropía —dijo
Adell, tocado en su amor propio.
—¡Qué vas a saber!
—Sé tanto como tú.
—Entonces sabes que todo se extinguirá algún día.
—Muy bien. ¿Quién dice que no?
—Tú, grandísimo tonto. Dijiste que teníamos toda la
energía que necesitábamos, para siempre. Dijiste «para siempre».
Esa vez le tocó a Adell oponerse.
—Tal vez podamos reconstruir las cosas algún día.
—Nunca.
—¿Por qué no? Algún día.
—Nunca.
—Pregúntale a Multivac.
—Pregúntale tú a Multivac. Te desafío. Te apuesto cinco
dólares a que no es posible.
Adell estaba lo suficientemente borracho como para
intentarlo y lo suficientemente sobrio como para traducir los símbolos y
operaciones necesarias para formular la pregunta que, en palabras, podría haber
correspondido a esto: ¿Podrá la humanidad algún día, sin el gasto neto de
energía, devolver al Sol toda su juventud aún después que haya muerto de viejo?
O tal vez podría reducirse a una pregunta más simple, como
esta: «¿Cómo puede disminuirse masivamente la cantidad neta de entropía del
Universo?».
Multivac enmudeció. Los lentos resplandores oscuros
cesaron, los clicks distantes de los transmisores terminaron.
Entonces, mientras los asustados técnicos sentían que ya
no podían contener más el aliento, el teletipo adjunto a la computadora cobró
vida repentinamente. Aparecieron seis palabras impresas:
DATOS INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.
—No hay apuesta —murmuró Lupov. Salieron apresuradamente.
A la mañana siguiente, los dos, con dolor de cabeza y la
boca pastosa, habían olvidado el incidente.
Jerrodd, Jerrodine y Jerrodette I y II observaban la
imagen estrellada en la pantalla mientras completaban el pasaje por el
hiperespacio en un lapso fuera de las dimensiones del tiempo. Inmediatamente,
el uniforme polvo de estrellas dio paso al predominio de un único disco de
mármol, brillante, centrado.
—Es X-23 —dijo Jerrodd con confianza. Sus manos delgadas
se entrelazaron con fuerza detrás de su espalda y los nudillos se pusieron
blancos.
Las pequeñas Jerrodettes, niñas ambas, habían
experimentado el pasaje por el hiperespacio por primera vez en su vida.
Contuvieron sus risas y se persiguieron locamente alrededor de la madre,
gritando:
—Hemos llegado a X-23… hemos llegado a X-23… hemos llegado
a X-23… hemos llegado…
—Tranquilas, niñas —dijo rápidamente Jerrodine—. ¿Estás
seguro, Jerrodd?
—¿Qué puedo estar sino seguro? —preguntó Jerrodd, echando
una mirada al tubo de metal justo debajo del techo, que ocupaba toda la
longitud de la habitación y desaparecía a través de la pared en cada extremo.
Tenía la misma longitud que la nave.
Jerrodd sabía poquísimo sobre el grueso tubo de metal
excepto que se llamaba Microvac, que uno le hacía preguntas si lo deseaba; que
aunque uno no se las hiciera de todas maneras cumplía con su tarea de conducir
la nave hacia un destino prefijado, de abastecerla de energía desde alguna de
las diversas estaciones de Energía Subgaláctica y de computar las ecuaciones
para los saltos hiperespaciales.
Jerrodd y su familia no tenían otra cosa que hacer sino
esperar y vivir en los cómodos sectores residenciales de la nave.
Cierta vez alguien le había dicho a Jerrodd que el «ac» al
final de «Microvac» quería decir «computadora análoga» en inglés antiguo, pero
estaba a punto de olvidar incluso eso.
Los ojos de Jerrodine estaban húmedos cuando miró la
pantalla.
—No puedo evitarlo. Me siento extraña al salir de la
Tierra.
—¿Por qué, caramba? —preguntó Jerrodd—. No teníamos nada
allí. En X-23 tendremos todo. No estarás sola. No serás una pionera. Ya hay un
millón de personas en ese planeta. Por Dios, nuestros bisnietos tendrán que
buscar nuevos mundos porque llegará el día en que X-23 estará superpoblado.
—Luego agregó, después de una pausa reflexiva—: Te aseguro que es una suerte
que las computadoras hayan desarrollado viajes interestelares, considerando el
ritmo al que aumenta la raza.
—Lo sé, lo sé —respondió Jerrodine con tristeza.
Jerrodette I dijo de inmediato:
—Nuestra Microvac es la mejor Microvac del mundo.
—Eso creo yo también —repuso Jerrodd, desordenándole el
pelo.
Era realmente una sensación muy agradable tener una
Microvac propia y Jerrodd estaba contento de ser parte de su generación y no de
otra. En la juventud de su padre las únicas computadoras eran unas enormes
máquinas que ocupaban un espacio de ciento cincuenta kilómetros cuadrados. Sólo
había una por planeta. Se llamaban ACs Planetarias.
Durante mil años habían crecido constantemente en tamaño y
luego, de pronto, llegó el refinamiento. En lugar de transistores hubo válvulas
moleculares, de manera que hasta la AC Planetaria más grande podía colocarse en
una nave espacial y ocupar sólo la mitad del espacio disponible.
Jerrodd se sentía eufórico siempre que pensaba que su
propia Microvac personal era muchísimo más compleja que la antigua y primitiva
Multivac que por primera vez había domado al Sol, y casi tan complicada como la
AC Planetaria de la Tierra (la más grande) que por primera vez resolvió el
problema del viaje hiperespacial e hizo posibles los viajes a las estrellas.
—Tantas estrellas, tantos planetas —suspiró Jerrodine,
inmersa en sus propios pensamientos—. Supongo que las familias seguirán
emigrando siempre a nuevos planetas, tal como lo hacemos nosotros ahora.
—No siempre —respondió Jerrodd, con una sonrisa—. Todo
esto terminará algún día, pero no antes que pasen billones de años. Muchos
billones. Hasta las estrellas se extinguen, ¿sabes? Tendrá que aumentar la
entropía.
—¿Qué es la entropía, papá? —preguntó Jerrodette II con
voz aguda.
—Entropía, querida, es sólo una palabra que significa la
cantidad de desgaste del Universo. Todo se desgasta, como sabrás, por ejemplo
tu pequeño robot walkie-talkie, ¿recuerdas?
—¿No puedes ponerle una nueva unidad de energía, como a mi
robot?
—Las estrellas son unidades de energía, querida. Una vez
que se extinguen, ya no hay más unidades de energía.
Jerrodette I lanzó un chillido de inmediato.
—No las dejes, papá. No permitas que las estrellas se
extingan.
—Mira lo que has hecho —susurró Jerrodine, exasperada.
—¿Cómo podía saber que iba a asustarla? —respondió Jerrodd
también en un susurro.
—Pregúntale a la Microvac —gimió Jerrodette I—. Pregúntale
cómo volver a encender las estrellas.
—Vamos —dijo Jerrodine—. Con eso se tranquilizarán.
—(Jerrodette II ya se estaba echando a llorar, también).
Jerrodd se encogió de hombros.
—Ya está bien, queridas. Le preguntaré a Microvac. No se
os preocupéis, ella nos lo dirá.
Le preguntó a la Microvac, y agregó rápidamente:
—Imprimir la respuesta.
Jerrodd retiró la delgada cinta de celufilm y dijo
alegremente:
Mirad, la Microvac dice que se ocupará de todo cuando
llegue el momento, y que no se preocupen.
Jerrodine dijo:
—Y ahora, niñas, es hora de acostarse. Pronto estaremos en
nuestro nuevo hogar. —Jerrodd leyó las palabras en el celufilm nuevamente antes
de destruirlo:
DATOS INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.
Se encogió de hombros y miró la pantalla. El X-23 estaba
cerca.
VJ-23X de Lameth miró las negras profundidades del mapa
tridimensional en pequeña escala de la Galaxia y dijo:
—¿No será una ridiculez que nos preocupe tanto la
cuestión?
MQ-17J de Nicron sacudió la cabeza.
—Creo que no. Sabes que la Galaxia estará llena en cinco
años con el actual ritmo de expansión.
Los dos parecían jóvenes de poco más de veinte años. Ambos
eran altos y de formas perfectas.
—Sin embargo —dijo VJ-23X—, me resisto a presentar un
informe pesimista al Consejo Galáctico.
—Yo no pensaría en presentar ningún otro tipo de informe.
Tenemos que inquietarlos un poco. No hay otro remedio.
VJ-23X suspiró.
—El espacio es infinito. Hay cien billones de galaxias
disponibles.
—Cien billones no es infinito, y cada vez se hace menos
infinito. ¡Piénsalo! Hace veinte mil años, la humanidad resolvió por primera
vez el problema de utilizar energía estelar, y algunos siglos después se
hicieron posibles los viajes interestelares. A la humanidad le llevó un millón
de años llenar un pequeño mundo y luego sólo quince mil años llenar el resto de
la Galaxia. Ahora la población se duplica cada diez años…
VJ-23X lo interrumpió.
—Eso debemos agradecérselo a la inmortalidad.
—Muy bien. La inmortalidad existe y debemos considerarla.
Admito que esta inmortalidad tiene su lado complicado. La AC Galáctica nos ha
solucionado muchos problemas, pero al resolver el problema de evitar la vejez y
la muerte, anuló todas las otras cuestiones.
—Sin embargo no creo que desees abandonar la vida.
—En absoluto —saltó MQ-17J, y luego se suavizó de
inmediato—. No todavía. No soy tan viejo. ¿Cuántos años tienes tú?
—Doscientos veintitrés. ¿Y tú?
—Yo todavía no tengo doscientos. Pero, volvamos a lo que
decía. La población se duplica cada diez años. Una vez que se llene esta
galaxia, habremos llenado otra en diez años. Diez años más y habremos llenado
dos más. Otra década, cuatro más. En cien años, habremos llenado mil galaxias;
en mil años, un millón de galaxias. En diez mil años, todo el Universo
conocido. Y entonces, ¿qué?
VJ-23X dijo:
—Como problema paralelo, está el del transporte. Me
pregunto cuántas unidades de energía solar se necesitarán para trasladar
galaxias de individuos de una galaxia a la siguiente.
—Muy buena observación. La humanidad ya consume dos
unidades de energía solar por año.
—La mayor parte de esta energía se desperdicia. Al fin y
al cabo, sólo nuestra propia galaxia gasta mil unidades de energía solar por
año, y nosotros solamente usamos dos de ellas.
—De acuerdo, pero aún con una eficiencia de un cien por
ciento, sólo podemos postergar el final. Nuestras necesidades energéticas
crecen en progresión geométrica, y a un ritmo mayor que nuestra población. Nos
quedaremos sin energía todavía más rápido que sin galaxias. Muy buena
observación. Muy, muy buena observación.
—Simplemente tendremos que construir nuevas estrellas con
gas interestelar.
—¿O con calor disipado? —preguntó MQ-17J, con tono
sarcástico.
—Puede haber alguna forma de revertir la entropía. Tenemos
que preguntárselo a la AC Galáctica.
VJ-23X no hablaba realmente en serio, pero MQ-17J sacó su
interfaz AC del bolsillo y lo colocó sobre la mesa frente a él.
—No me faltan ganas —dijo—. Es algo que la raza humana
tendrá que enfrentar algún día.
Miró sombríamente su pequeña interfaz AC. Era un objeto de
apenas cinco centímetros cúbicos, nada en sí mismo, pero estaba conectado a
través del hiperespacio con la gran AC Galáctica que servía a toda la humanidad
y, a su vez, era parte integral suya.
MQ-17J hizo una pausa para preguntarse si algún día, en su
vida inmortal, llegaría a ver la AC Galáctica. Era un pequeño mundo propio, una
telaraña de rayos de energía que contenía la materia dentro de la cual las
oleadas de los planos medios ocupaban el lugar de las antiguas y pesadas
válvulas moleculares. Sin embargo, a pesar de esos funcionamientos subetéreos,
se sabía que la AC Galáctica tenía mil diez metros de ancho.
Repentinamente, MQ-17J preguntó a su interfaz AC:
—¿Es posible revertir la entropía?
VJ-23X, sobresaltado, dijo de inmediato:
—Ah, mira, realmente yo no quise decir que tenías que
preguntar eso.
—¿Por qué no?
—Los dos sabemos que la entropía no puede revertirse. No
puedes volver a convertir el humo y las cenizas en un árbol.
—¿Hay árboles en tu mundo? —preguntó MQ-17J.
El sonido de la AC Galáctica los sobresaltó y les hizo
guardar silencio. Se oyó su voz fina y hermosa en la interfaz AC en el
escritorio. Dijo:
DATOS INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA
VJ-23X dijo:
—¡Ves!
Entonces los dos hombres volvieron a la pregunta del
informe que tenían que hacer para el Consejo Galáctico.
La mente de Zee Prime abarcó la nueva galaxia con un leve
interés en los incontables racimos de estrellas que la poblaban. Nunca había
visto eso antes. ¿Alguna vez las vería todas?
Tantas estrellas, cada una con su carga de humanidad… una
carga que era casi un peso muerto. Cada vez más, la verdadera esencia del
hombre había que encontrarla allá afuera, en el espacio.
¡En las mentes, no en los cuerpos! Los cuerpos inmortales
permanecían en los planetas, suspendidos sobre los eones. A veces despertaban a
una actividad material pero eso era cada vez más raro. Pocos individuos nuevos
nacían para unirse a la multitud increíblemente poderosa, pero, ¿qué importaba?
Había poco lugar en el Universo para nuevos individuos.
Zee Prime despertó de su ensoñación al encontrarse con los
sutiles manojos de otra mente.
—Soy Zee Prime. ¿Y tú?
—Soy Dee Sub Wun. ¿Tu galaxia?
—Sólo la llamamos Galaxia. ¿Y tú?
—Llamamos de la misma manera a la nuestra. Todos los
hombres llaman Galaxia a su galaxia, y nada más. ¿Por qué será?
—Porque todas las galaxias son iguales.
—No todas. En una galaxia en particular debe de haberse
originado la raza humana. Eso la hace diferente.
Zee Prime dijo:
—¿En cuál?
—No sabría decirte. La AC Universal debe estar enterada.
—¿Se lo preguntamos? De pronto tengo curiosidad por
saberlo.
Las percepciones de Zee Prime se ampliaron hasta que las
galaxias mismas se encogieron y se convirtieron en un polvo nuevo, más difuso,
sobre un fondo mucho más grande. Tantos cientos de billones de galaxias, cada
una con sus seres inmortales, todas llevando su carga de inteligencias, con
mentes que vagaban libremente por el espacio. Y sin embargo una de ellas era
única entre todas por ser la Galaxia original. Una de ellas tenía en su pasado
vago y distante, un período en que había sido la única galaxia poblada por el
hombre.
Zee Prime se consumía de curiosidad por ver esa galaxia y
gritó:
—¡AC Universal! ¿En qué galaxia se originó el hombre?
La AC Universal oyó, porque en todos los mundos tenía
listos sus receptores, y cada receptor conducía por el hiperespacio a algún
punto desconocido donde la AC Universal se mantenía independiente. Zee Prime
sólo sabía de un hombre cuyos pensamientos habían penetrado a distancia
sensible de la AC Universal, y sólo informó sobre un globo brillante, de
sesenta centímetros de diámetro, difícil de ver.
—¿Pero cómo puede ser eso toda la AC Universal? —había
preguntado Zee Prime.
—La mayor parte —fue la respuesta— está en el
hiperespacio. No puedo imaginarme en qué forma está allí.
Nadie podía imaginarlo, porque hacía mucho que había
pasado el día —y eso Zee Prime lo sabía— en que algún hombre tuvo parte en
construir la AC Universal. Cada AC Universal diseñaba y construía a su
sucesora. Cada una, durante su existencia de un millón de años o más, acumulaba
la información necesaria como para construir una sucesora mejor, más
intrincada, más capaz en la cual dejar sumergido y almacenado su propio acopio
de información e individualidad.
La AC Universal interrumpió los pensamientos erráticos de
Zee Prime, no con palabras, sino con directivas. La mentalidad de Zee Prime fue
dirigida hacia un difuso mar de Galaxias donde una en particular se agrandaba
hasta convertirse en estrellas.
Llegó un pensamiento, infinitamente distante, pero
infinitamente claro.
ESTA ES LA GALAXIA ORIGINAL DEL HOMBRE
Pero era igual, al fin y al cabo, igual que cualquier
otra, y Zee Prime resopló de desilusión.
Dee Sub Wun, cuya mente había acompañado a Zee Prime, dijo
de pronto:
—¿Y una de estas estrellas es la estrella original del
hombre?
La AC Universal respondió:
LA ESTRELLA ORIGINAL DEL HOMBRE SE HA HECHO NOVA. ES UNA
ENANA BLANCA.
—¿Los hombres que la habitaban murieron? —preguntó Zee
Prime, sobresaltado y sin pensar.
La AC Universal respondió:
COMO SUCEDE EN ESTOS CASOS UN NUEVO MUNDO PARA SUS CUERPOS
FÍSICOS FUE CONSTRUIDO EN EL TIEMPO.
—Sí, por supuesto —dijo Zee Prime, pero aún así lo invadió
una sensación de pérdida. Su mente dejó de centrarse en la Galaxia original del
hombre, y le permitió volver y perderse en pequeños puntos nebulosos. No quería
volver a verla.
Dee Sub Wun dijo:
—¿Qué sucede?
—Las estrellas están muriendo. La estrella original ha
muerto.
—Todas deben morir. ¿Por qué no?
—Pero cuando toda la energía se haya agotado, nuestros
cuerpos finalmente morirán, y tú y yo con ellos.
—Llevará billones de años.
—No quiero que suceda, ni siquiera dentro de billones de
años. ¡AC Universal! ¿Cómo puede evitarse que las estrellas mueran?
Dee Sub Wun dijo, divertido:
—Estás preguntando cómo podría revertirse la dirección de
la entropía.
Y la AC Universal respondió:
TODAVÍA HAY DATOS INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA
ESCLARECEDORA.
Los pensamientos de Zee Prime volaron a su propia galaxia.
Dejó de pensar en Dee Sub Wun, cuyo cuerpo podría estar esperando en una
galaxia a un trillón de años luz de distancia, o en la estrella siguiente a la
de Zee Prime. No importaba.
Con aire desdichado, Zee Prime comenzó a recoger hidrógeno
interestelar con el cual construir una pequeña estrella propia. Si las
estrellas debían morir alguna vez, al menos podrían construirse algunas.
El Hombre, mentalmente, era uno solo, y estaba conformado
por un trillón de trillones de cuerpos sin edad, cada uno en su lugar, cada uno
descansando, tranquilo e incorruptible, cada uno cuidado por autómatas
perfectos, igualmente incorruptibles, mientras las mentes de todos los cuerpos
se fusionaban libremente entre sí, sin distinción.
El Hombre dijo:
—El Universo está muriendo.
El Hombre miró a su alrededor a las galaxias cada vez más
oscuras. Las estrellas gigantes, muy gastadoras, se habían ido hace rato,
habían vuelto a lo más oscuro de la oscuridad del pasado distante. Casi todas
las estrellas eran enanas blancas, que finalmente se desvanecían.
Se habían creado nuevas estrellas con el polvo que había
entre ellas, algunas por procesos naturales, otras por el Hombre mismo, y
también se estaban apagando. Las enanas blancas aún podían chocar entre ellas,
y de las poderosas fuerzas así liberadas se construirían nuevas estrellas, pero
una sola estrella por cada mil estrellas enanas blancas destruidas, y también
éstas llegarían a su fin.
El Hombre dijo:
—Cuidadosamente administrada y bajo la dirección de la AC
Cósmica, la energía que todavía queda en todo el Universo, puede durar billones
de años. Pero aún así eventualmente todo llegará a su fin. Por mejor que se la
administre, por más que se la racione, la energía gastada desaparece y no puede
ser repuesta. La entropía aumenta continuamente.
El Hombre dijo:
—¿Es posible invertir la tendencia de la entropía?
Preguntémosle a la AC Cósmica.
La AC los rodeó pero no en el espacio. Ni un solo
fragmento de ella estaba en el espacio. Estaba en el hiperespacio y hecha de
algo que no era materia ni energía. La pregunta sobre su tamaño y su naturaleza
ya no tenía sentido comprensible para el Hombre.
—AC Cósmica —dijo el Hombre—, ¿cómo puede revertirse la
entropía?
La AC Cósmica dijo:
LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA
ESCLARECEDORA.
El Hombre ordenó:
—Recoge datos adicionales.
La AC Cósmica dijo:
LO HARÉ. HACE CIENTOS DE BILLONES DE AÑOS QUE LO HAGO. MIS
PREDECESORES Y YO HEMOS ESCUCHADO MUCHAS VECES ESTA PREGUNTA. TODOS LOS DATOS
QUE TENGO SIGUEN SIENDO INSUFICIENTES.
—¿Llegará el momento —preguntó el Hombre— en que los datos
sean suficientes o el problema es irresoluble en todas las circunstancias
concebibles?
La AC Cósmica respondió:
NINGÚN PROBLEMA ES IRRESOLUBLE EN TODAS LAS CIRCUNSTANCIAS
CONCEBIBLES.
El Hombre preguntó:
—¿Cuándo tendrás suficientes datos como para responder a
la pregunta?
La AC Cósmica respondió:
LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA
ESCLARECEDORA.
—¿Seguirás trabajando en eso? —preguntó el Hombre.
La AC Cósmica respondió:
SÍ.
El Hombre dijo:
—Esperaremos.
Las estrellas y las galaxias murieron y se convirtieron en
polvo, y el espacio se volvió negro después de tres trillones de años de
desgaste.
Uno por uno, el Hombre se fusionó con la AC, cada cuerpo
físico perdió su identidad mental en forma tal que no era una pérdida sino una
ganancia.
La última mente del Hombre hizo una pausa antes de la
fusión, contemplando un espacio que sólo incluía los vestigios de la última
estrella oscura y nada aparte de esa materia increíblemente delgada, agitada al
azar por los restos de un calor que se gastaba, asintóticamente, hasta llegar
al cero absoluto.
El Hombre dijo:
—AC, ¿es éste el final? ¿Este caos no puede ser revertido
al Universo una vez más? ¿Esto no puede hacerse?
AC respondió:
LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA
ESCLARECEDORA.
La última mente del Hombre se fusionó y sólo AC existió en
el hiperespacio.
La materia y la energía se agotaron y con ellas el espacio
y el tiempo. Hasta AC existía solamente para la última pregunta que nunca había
sido respondida desde la época en que dos técnicos en computación medio
alcoholizados, tres trillones de años antes, formularon la pregunta en la
computadora que era para AC mucho menos de lo que para un hombre el Hombre.
Todas las otras preguntas habían sido contestadas, y hasta
que esa última pregunta fuera respondida también, AC no podría liberar su
conciencia.
Todos los datos recogidos habían llegado al fin. No
quedaba nada para recoger.
Pero toda la información reunida todavía tenía que ser
completamente correlacionada y unida en todas sus posibles relaciones.
Se dedicó un intervalo sin tiempo a hacer esto.
Y sucedió que AC aprendió cómo revertir la dirección de la
entropía.
Pero no había ningún Hombre a quien AC pudiera dar una
respuesta a la última pregunta. No había materia. La respuesta —por
demostración— se ocuparía de eso también.
Durante otro intervalo sin tiempo, AC pensó en la mejor
forma de hacerlo.
Cuidadosamente, AC organizó el programa.
La conciencia de AC abarcó todo lo que alguna vez había
sido un Universo y pensó en lo que en ese momento era el caos.
Paso a paso, había que hacerlo.
Y AC dijo:
«¡HÁGASE LA LUZ!»
Y la luz se hizo…
Los ojos hacen algo más que ver
Después de cientos de miles de millones de años, pensó de
súbito en sí mismo como Ames. No la combinación de longitudes de ondas que a
través de todo el universo era ahora el equivalente de Ames, sino el sonido en
sí. Una clara memoria trajo las ondas sonoras que él no escuchó ni podía
escuchar.
Su nuevo proyecto le aguzaba sus recuerdos más allá de lo
usualmente recordable. Registró el vórtice energético que constituía la suma de
su individualidad y las líneas de fuerza se extendieron más allá de las
estrellas.
La señal de respuesta de Brock llegó.
Con seguridad, pensó Ames, él podía decírselo a Brock. Sin
duda, podría hablar con cualquiera.
Los modelos fluctuantes de energía enviados por Brock,
comunicaron:
—¿Vienes, Ames?
—Naturalmente.
—¿Tomarás parte en el torneo?
—¡Sí! —Las líneas de fuerza de Ames fluctuaron
irregularmente—. Pensé en una forma artística completamente nueva. Algo
realmente insólito.
—¡Qué despilfarro de esfuerzo! ¿Cómo puedes creer que una
nueva variante pueda ser concebida tras doscientos mil millones de años? Nada
puede haber que sea nuevo.
Por un momento Brock quedó fuera de fase e interrumpió la
comunicación, y Ames se apresuró en ajustar sus líneas de fuerza. Captó el flujo
de los pensamientos de otros emanadores mientras lo hizo; captó la poderosa
visión de la extensa galaxia contra el terciopelo de la nada, y las líneas de
fuerza pulsada en forma incesante por una multitudinaria vida energética,
discurriendo entre las galaxias.
—Por favor, Brock —suplicó Ames—, absorbe mis
pensamientos. No los evites. Estuve pensando en manipular la Materia.
¡Imagínate! Una sinfonía de Materia. ¿Por qué molestarse con Energía? Es cierto
que nada hay de nuevo en la Energía. ¿Cómo podría ser de otra forma? ¿No nos
enseña esto que debemos experimentar con la Materia?
—¡Materia!
Ames interpretó las vibraciones energéticas de Brock como
un claro gesto de disgusto.
—¿Por qué no? —dijo—. Nosotros mismos fuimos Materia en
otros tiempos… ¡Oh, quizás un trillón de años atrás! ¿Por qué no construir
objetos en un medio material? O con formas abstractas, o… escucha, Brock… ¿Por
qué no construir una imitación nuestra con Materia, una Materia a nuestra
imagen y semejanza, tal como fuimos alguna vez?
—No recuerdo cómo fuimos —dijo Brock—. Nadie lo recuerda.
—Yo lo recuerdo —dijo Ames con seguridad—. No he pensado
sino en eso y estoy comenzando a recordar. Brock, déjame que te lo muestre.
Dime si tengo razón. Dímelo.
—No. Es ridículo. Es… repugnante.
—Déjame intentarlo, Brock. Hemos sido amigos desde los
inicios cuando irradiamos juntos nuestra energía vital, desde el momento en que
nos convertimos en lo que ahora somos. ¡Por favor, Brock!
—De acuerdo, pero hazlo rápido.
Ames no sentía aquel temblor a lo largo de sus líneas de
fuerza desde… ¿desde cuándo? Si lo intentaba ahora para Brock y funcionaba, se
atrevería a manipular la Materia ante la Asamblea de Seres Energéticos que,
durante tanto tiempo, esperaban algo novedoso.
La Materia era muy escasa entre las galaxias, pero Ames la
reunió, la juntó en un radio de varios años-luz, escogiendo los átomos,
dotándola de consistencia arcillosa y conformándola en sentido ovoide.
—¿No lo recuerdas, Brock? —preguntó suavemente—. ¿No era
algo parecido?
El vórtice de Brock tembló al entrar en fase.
—No me obligues a recordar. No recuerdo nada.
—Existía una cúspide y ellos la llamaban cabeza. Lo
recuerdo tan claramente como te lo digo ahora. —Efectuó una pausa y luego
continuó—. Mira, ¿recuerdas algo así?
Sobre la parte superior del ovoide apareció la «cabeza».
—¿Qué es eso? —preguntó Brock.
—Es la palabra que designa la cabeza. Los símbolos que
representan el sonido de la palabra. Dime que lo recuerdas, Brock.
—Había algo más —dijo Brock con dudas—. Había algo en
medio.
Una forma abultada surgió.
—¡Sí! —exclamó Ames—. ¡Es la nariz! —Y la palabra «nariz»
apareció en su lugar—. Y también había ojos a cada lado: «Ojo izquierdo…, Ojo
derecho».
Ames contempló lo que había conformado, sus líneas de
fuerza palpitaban lentamente. ¿Estaba seguro que era algo así?
—La boca y la barbilla —dijo luego— y la nuez de Adán y
las clavículas. Recuerdo bien todas las palabras. —Y todas ellas aparecieron
escritas junto a la figura ovoide.
—No pensaba en estas cosas desde hace cientos de millones
de años —dijo Brock—. ¿Por qué me haces recordarlas? ¿Por qué?
Ames permaneció sumido en sus pensamientos.
—Algo más. Órganos para oír. Algo para escuchar las ondas
acústicas. ¡Oídos! ¿Dónde estaban? ¡No puedo recordar dónde estaban!
—¡Olvídalo! —gritó Brock—. ¡Olvídate de los oídos y de
todo lo demás! ¡No recuerdes!
—¿Qué hay de malo en recordar? —replicó Ames,
desconcertado.
—Porque el exterior no era tan rugoso y frío como eso,
sino cálido y suave. Los ojos miraban con ternura y estaban vivos y los labios
de la boca temblaban y eran suaves sobre los míos.
Las líneas de fuerza de Brock palpitaban y se agitaban,
palpitaban y se agitaban.
—¡Lo lamento! —dijo Ames—. ¡Lo lamento!
—Me has recordado que en otro tiempo fui mujer y supe
amar, que esos ojos hacían algo más que ver y que no había nadie que lo hiciera
por mí… y ahora no tengo ojos para hacerlo.
Con violencia, ella añadió una porción de materia a la
rugosa y áspera cabeza y dijo:
—Ahora, deja que ellos lo hagan —y desapareció.
Y Ames vio y recordó que en otro tiempo él fue un hombre.
La fuerza de su vórtice partió la cabeza en dos y partió a través de las
galaxias siguiendo las huellas energéticas de Brock, de vuelta al infinito
destino de la vida.
Y los ojos de la destrozada cabeza de Materia aún
centelleaban con lo que Brock colocó allí en representación de las lágrimas. La
cabeza de Materia hizo lo que los seres energéticos ya no podían hacer y lloró
por toda la humanidad y por la frágil belleza de los cuerpos que abandonaron un
billón de años atrás.
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ISAAC ASIMOV (Petróvichi, República Socialista Federativa
Soviética de Rusia, 2 de enero de 1920 – Nueva York, Estados Unidos, 6 de abril
de 1992), fue un escritor y bioquímico ruso, nacionalizado estadounidense,
conocido por ser un exitoso y excepcionalmente prolífico autor de obras de
ciencia ficción, historia y divulgación científica.
La obra más famosa de Asimov es la Saga de la Fundación,
también conocida como Trilogía o Ciclo de Trántor, que forma parte de la serie
del Imperio Galáctico y que más tarde combinó con su otra gran serie sobre los
robots. También escribió obras de misterio y fantasía, así como una gran
cantidad de textos de no ficción. En total, firmó más de 500 volúmenes y unas
9.000 cartas o postales. Sus trabajos han sido publicados en 9 de las 10
categorías del Sistema Dewey de clasificación.
Asimov, junto con Robert A. Heinlein y Arthur C. Clarke,
fue considerado en vida como uno de los "tres grandes" escritores de
ciencia ficción.

