Libro N° 4079. El Monstruo Subatómico. Asimov, Isaac.
© Libro N° 4079. El Monstruo Subatómico. Asimov, Isaac. Colección E.O. Agosto 19 de 2017.
Título
original: © The subatomic monster
Versión Original: © El Monstruo Subatómico. Isaac
Asimov
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2015/07/el-monstruo-subatomico-isaac-asimov.html#more
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede
utilizar este trabajo con fines comerciales
No derivados: No se puede
alterar, modificar o reconstruir este texto.
Portada E.O. de Imagen original:
https://4.bp.blogspot.com/-hvVT_aXQHiE/VHOFJ8YHNnI/AAAAAAAAVL4/bpMvXtsenjk/s1600/El%2Bmonstruo%2Bsubatomico%2B-%2BIsaac%2BAsimov-FREELIBROS.ORG.jpg
© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL MONSTRUO SUBATÓMICO
Isaac Asimov
Aliquam adipiscing libero vitae leo
Mauris aliquet mattis metus
INTRODUCCIÓN
Con más de 300 libros publicados en mi haber, he tenido
que aceptar el hecho de que soy «un autor prolífico». Así es como,
invariablemente, me llaman.
No estoy seguro de que, si me diesen a elegir, quisiese
verme bendecido por esa casi inevitable combinación de dos palabras. Supongo
que resultaría más agradable si, de una forma rutinaria, me llamasen, por
ejemplo, «autor dotado» o «estupendo escritor», o incluso «genio de la pluma».
Desgraciadamente, todo tiene el aspecto de que habrá una larga y fría espera
antes de que se produzca esa relación, por lo que aceptaré lo de «escritor
prolífico».
Pero si pienso en ello, compruebo que existen ventajas en
eso de ser un «escritor prolífico». Para empezar, si eres un escritor
prolífico, es inevitable que te resulte fácil escribir. No se puede sufrir una
agonía al ir eligiendo cada palabra a cuentagotas y ser prolífico. Al mismo
tiempo no existen suficientes minutos en una hora para esto, ni tampoco el alma
humana puede aguantar tanto.
En realidad, escribir me es fácil, y disfruto también con
ello. Disfruto increíblemente, por lo que soy un hombre afortunado.
Y lo que es más, si eres un escritor prolífico, eres capaz
de escribir con rapidez. No tienes elección. Si lo deseas puedes escribir
despacio. O puedes dejar listos veintiún libros en un año (incluyendo, como es
natural, algunos relativamente pequeños), como hice en 1983. Lo que no se puede
hacer es escribir despacio veintiún libros en un año.
Pues si, puedo escribir con rapidez, con mucha rapidez.
Escribo tan rápidamente como tecleo y, con el procesador de texto, hago un
centenar de palabras por minuto (si no contamos el tiempo perdido en hacer
correcciones). Escribir deprisa es la mayor de mis ventajas.
Esto me lleva al aspecto sórdido de ser prolífico puesto
que también tiene sus desventajas, y su inconveniente mayor es que escribo muy
deprisa. Sí, también constituye una desventaja.
Como podrán ver por este libro que tienen en las manos (o
por lo menos, después de que hayan terminado de leerlo), escribo con aparente
autoridad sobre una amplia variedad de temas. Y si ha leído las más de dos
docenas de otros libros de ensayos científicos (por no mencionar los libros que
he escrito acerca de otros temas, desde comentarios a la Biblia a libros de
humor), el ámbito aún parecerá más asombroso.
Pues bien, si quiero librarme de esa aura de que lo sé
todo, que cierto modo he formado a mi alrededor, resulta absolutamente
necesario que evite cometer errores tontos. Y lo haría también, si fuera por el
inconveniente de mi gran velocidad al escribir. Accidentalmente, puedo decir
algo ridículo y luego, antes de que tenga oportunidad de verlo y decir: «¡Eh,
esto está equivocado!», me encuentro en el párrafo siguiente con mi mente
ocupada por completo en otra cosa.
En el capitulo «Brazo del gigante» de este libro, calculé
cuidadosamente el tamaño de la estrella Betelgeuse por trigonometría, y debí de
confundir el radio con el diámetro, y acabé por hacer la estrella exactamente
con un diámetro el doble del que debería ser.
Envié «Brazo del gigante» a The Magazine of Fantasy and
Science Fiction, que imprimió estos artículos por primera vez, y luego, un mes
más tarde, escribí una continuación del tema, el capítulo titulado «El mundo
del Sol Rojo».
Necesité de nuevo el tamaño de Betelgeuse, y me dio
demasiada pereza mirar el ensayo anterior. Simplemente, volví a calcularlo, y a
vez no cometí el error y obtuve la cifra exacta. Advertí que las dos cifras en
los dos artículos no coincidían. Naturalmente que no.
¿Cómo lo averigüé (dado que obviamente ahora lo sé)? ¡Muy
fácil! En cuanto apareció el primer ensayo en la revista, Mr. Jogn (sic)
Fortier, descrito por sí mismo como «un devoto y adicto lector», cogió la
máquina de escribir para señalar el error. Ni siquiera usó la trigonometría
para este fin, sino unos ordinarios cálculos aritméticos. (Yo hubiera podido
hacer lo mismo, de haber sido lo suficientemente listo.)
Y lo que es más, señaló algo todavía más ridículo que
aparecía el mismo artículo. Las cosas fueron así…
Yo deseaba mencionar el tamaño aparente de Júpiter, su
«diámetro angular», tal y como se ve desde la Tierra. Realmente no tenía la
menor importancia para el artículo, era sólo algo accesorio, cogido por los
pelos. Comprobé el diámetro angular de Júpiter, y el valor máximo, cuando se
encuentra más cerca de la Tierra, es de 50 segundos de arco.
¡Correcto! ¡ Muy bien! Excepto que de alguna manera,
durante el tiempo transcurrido entre que mis ojos abandonaron el libro de
referencia y el momento en que enfocaron la máquina de escribir, una extraña
mutación cambió la frase en mi cabeza por «50 minutos de arco»… Pero yo deseaba
segundos de arco, y sabía muy bien que cada minuto de arco equivale a 60
segundos de arco, por lo que multipliqué 50 por 60 y, concienzudamente,
mecanografié la afirmación que el diámetro angular de Júpiter era de 3.000 segundos
de arco.
Y así fue también como apareció en la revista. De haber
dejado de escribir a toda velocidad el tiempo suficiente para pensar durante un
quinto de segundo, hubiera recordado que la Luna tenía un diámetro angular de
30 minutos de arco, o 1.800 segundos de arco, y que, por lo tanto, estaba
proporcionando al firmamento de la Tierra un Júpiter mucho más grande en
apariencia que la Luna.
Mi rostro se tiñó del más bonito rojo cereza cuando Mr.
Fortier lo indicó. Naturalmente, eliminé al instante esta afirmación errónea, y
en este libro aparecen las cifras correctas.
O, también, en el capítulo titulado «Donde todo el
firmamento es sol», al principio hice la afirmación gratuita de que el oro,
salvo por el valor artificial que le concede la gente a causa de su belleza y
rareza, era inútil, que no tenía ningún uso que valiera la pena mencionar.
Al instante, dos queridos amigos míos, Lester del Rey (que
se menciona en la introducción del último capitulo) y Jay Kay Klein, me
escribieron unas largas cartas, haciendo una lista de toda clase de usos que
tendría el oro en el caso de que fuese más abundante y barato. Para este libro,
eliminé esa ofensiva frase como si se hubiera convertido en hierro candente en
mis manos. Que en cierto modo, era lo que había ocurrido.
Y así son las cosas. Puedo escribir con la rapidez con que
lo hago porque tengo unos lectores con vista de lince que comprueban cada una
de las observaciones que realizo y me informan de cada error y desliz al
instante, para que pueda corregirlo y aprender de mis errores.
¿Qué haría sin ellos? ¿Puedo aprovechar esta oportunidad
para dar las gracias a todos —a todos— quienes me han enviado una carta para
corregirme y me han ayudado a aprender? Déjenme también decir que todas las
cartas de esta clase que he recibido han sido, sin excepciones, redactadas en
un tono de lo más agradable y educado. Y también les doy a ustedes humildemente
las gracias por ello.
Primera parte
FÍSICA
I. EL MONSTRUO SUBATÓMICO
De vez en cuando me dicen que me he «equivocado de
vocación». Naturalmente, esto me lo dicen, como broma sin mala intención, y por
lo general cuando he dado una charla divertida o he cantado alguna canción
cómica. Así pues, la idea es que debería haber sido comediante o cantante,
quizás.
Sin embargo, no puedo dejar pasar por alto esta
observación, y, con la experiencia, he descubierto que la respuesta más
efectiva a ese «Has equivocado tu vocación, Isaac», es:
—Lo sé, amigo mío, ¿pero quién quiere un viejo semental de
cabello gris?
Pero nadie está a prueba de tonterías. He empleado esta
réplica por lo menos cincuenta veces con el mayor de los éxitos, pero hace unos
cuantos días, al intentarlo de nuevo, me llegó esta instantánea respuesta:
—¡Una vieja ninfomaníaca de cabello gris!
Y con esto me devolvieron la pelota elegantemente, y tuve
que aguardar un buen rato hasta que cesaron las risas. (Incluidas las mías).
Pero, en realidad, no he errado mi vocación, y todo el
mundo lo sabe. Mi vocación es ser escritor, y eso es lo que soy. En particular,
mi vocación es explicar, y eso es lo que hago también. Por lo tanto, si no les
importa, proseguiré con mi vocación.
Por ejemplo: ¿cómo se mide la energía?
Verán, el trabajo significa un gasto de energía, y, por
así decirlo, no es otra cosa que energía en acción. Una forma de definir el
trabajo es decir que implica el vencimiento de una resistencia a cierta
distancia en particular. Se vence la resistencia ejerciendo fuerza.
Por ejemplo, la atracción gravitatoria de la Tierra tiende
a tener un objeto sobre el suelo. Para levantarlo, hay que ejercer una fuerza
que venza la resistencia gravitatoria.
Cuanto mayor sea el peso del objeto a levantar, mayor será
la fuerza que se habrá de hacer y mayor el trabajo que se realiza. Cuanto más
larga sea la distancia en la que se alce el peso, más trabajo se efectuará. Así
pues, el trabajo (y la energía consumida), es igual a la fuerza por la
distancia.
Si usted levanta un peso de 1 libra en una distancia de un
pie (453,6 g x 30,48 cm), ha hecho 1 «pie-libra» de trabajo. (Observe se pone
primero la distancia en esta unidad de trabajo. No existe razón para no colocar
primero el peso y llamarlo 1 «libra-pie» pero nadie lo hace y en todos los
idiomas y culturas la explicación de «nadie lo hace» es la frase más sin
respuesta que hay.)
Entonces, si usted pesa 150 libras y sube un tramo de
escaleras que le hace ascender 8 pies, habrá realizado 150 x 8, o 1.200 pies de
trabajo. Dado que he observado que, con frecuencia, un tramo de escaleras tiene
13 escalones, el trabajo efectuado por alguien que pese 150 libras al subir un
escalón es de 1.200/13, o sea 92,3 pies-libras.
Pero «pies» y «libras» son unidades del sistema común que
los físicos miran con desprecio. El sistema métrico decimal es utilizado
universalmente fuera de Estados Unidos, y los científicos lo emplean incluso en
los Estados Unidos. La unidad de distancia del sistema métrico es el metro, que
equivale a 3,281 pies; el kilogramo, que equivale a 2,2046 libras, se usa para
el peso.
Una unidad de energía en el sistema métrico sería, pues, 1
«kilográmetro» (aquí el peso está primero, y usted no dirá «metro-kilogramo»
porque —todos a la vez— «nadie lo hace»). Un kilográmetro es igual a 2,2046
libras por 3,281 pies, o 7,233 pies-libras. Por lo tanto, para una persona de
150 libras de peso, subir un escalón de un tramo de escaleras significa
efectuar 12,76 kilográmetros de trabajo.
El empleo del peso como parte de una unidad de trabajo no
es lo ideal. No es erróneo hacerlo así, puesto que el peso es una fuerza, pero
ése es precisamente el problema. Las unidades empleadas popularmente para el
peso (libras o kilogramos) no son, estrictamente hablando, unidades de fuerza,
sino unidades de masa. La confusión surge porque el peso ha sido comprendido
desde los tiempos prehistóricos, en tanto que el concepto de masa fue aclarado
por vez primera por Isaac Newton y la masa es tan similar al peso en
circunstancias ordinarias, que incluso los científicos caen en la trampa de
emplear las unidades de peso, establecidas hace tanto tiempo, también como
masa, creando con ello la confusión.
Si nos olvidamos del peso y tratamos sólo con la masa, la
definición de fuerza (que surge de la segunda ley del movimiento de Newton) es
la de masa multiplicada por aceleración. Supongamos que imaginamos una fuerza
capaz de acelerar una masa de 1 kilogramo por una cantidad igual a 1 metro por
segundo cada segundo. Esa fuerza es igual a 1 kilográmetro por segundo cada
segundo, o (empleando abreviaciones) 1 kgm/seg2. Para mayor brevedad, a 1
kgm/seg2 se le llama «1 newton» en honor del gran científico. Por lo tanto, la
fuerza requerida para levantar un peso de 1 kilogramo es de 9,8 newtons.
Inversamente, 1 newton es la fuerza requerida para levantar un peso de 0,102
kilogramos.
Dado que trabajo es fuerza por distancia, la unidad de
trabajo debería ser 1 newton de fuerza consumida en una distancia de 1 metro.
Esto sería 1 newton-metro. Al newton-metro se le suele denominar «julio», por
el físico inglés James Prescott Joule, que realizó importantes trabajos sobre
energía. Por tanto, la unidad de trabajo es 1 julio, y puesto que el newton
equivale a un peso de 0,102 kilogramos, 1 julio es igual a 0,102 kilográmetros.
Por consiguiente, levantar 150 libras sobre un escalón de un tramo de escaleras
representa una cantidad de trabajo igual a 125 julios.
Como ven, el julio es una buena unidad de energía para la
vida cotidiana, dado que una acción corriente representa un número pequeño que
se maneja con facilidad.
Sin embargo, supongamos que se quiere tratar con
cantidades de trabajo o de energía mucho más pequeñas. Entonces se tendrían que
utilizar diminutas fracciones de un julio. Sería útil tener una unidad más
pequeña.
En vez de una fuerza que imparte a un kilogramo una
aceleración de 1 metro por segundo cada segundo, imaginemos una fuerza que
imparte a 1 gramo una aceleración de 1 centímetro por segundo cada segundo. En
ese caso se tendrá una fuerza de 1 gramo-centímetro por segundo cada segundo, o
1 g.cm/seg2, que puede definirse como «1 dina» (la primera sílaba de una
palabra griega que significa «poder»).
Dado que un gramo es 1/1.000 de un kilogramo, y un
centímetro es 1/100 de un metro, una fuerza de una dina produce 1/100 de la
aceleración en 1/1.000 de la masa, en comparación con la fuerza de 1 newton.
Por consiguiente, 1 dina es igual a 1/100 x 1/1.000, o 1/100.000 de newton. Es
lo mismo que decir que 1 newton = 100.000 dinas.
Si suponemos que se gasta 1 dina en una distancia de 1
centímetro, esto nos da como unidad de trabajo «1 dina-centímetro», o «ergio»
(primera sílaba de una voz griega que significa «trabajo»). Dado que un julio
es el resultado de un newton consumido una distancia de 1 metro, mientras que
un ergio es el resultado una dina (1/100.000 de un newton) gastada en una
distancia de 1 centímetro (1/100 de un metro), 1 ergio es igual a 1/100.000 x
1/100, o 1/10.000.000 de un julio. Es lo mismo que decir que 1 julio = 10.000.000
ergios.
Una persona de 150 libras de peso que suba un escalón de
un tramo de escaleras realiza 13.000.000 de ergios de trabajo. Este número muy
incómodo para la vida corriente, pero muy manejable para científicos que
trabajan con pequeñas cantidades de energía.
Sin embargo, incluso el ergio es con mucho una unidad
demasiado grande cuando se tiene que tratar con átomos individuales y
partículas subatómicas. Para estas cosas, necesitamos una unidad aún más
pequeña.
Así, en vez de emplear una masa de un kilogramo o un
gramo, utilicemos la masa más pequeña que definitivamente se sabe que existe.
Se trata de la masa de un electrón, que es de
0,00000000000000000000000000091095 gramos, o 9,1095 x 10-28 gramos. Para evitar
todos estos ceros, podemos tomar la masa de un electrón como igual a «1
electrón».
Un electrón lleva una carga eléctrica, y por tanto incluye
una aceleración en un campo eléctrico. Esta propiedad del campo eléctrico que
induce una aceleración es su voltaje, por lo que podemos suponer que un
electrón recibe una aceleración producida por 1 voltio[1]
Dada la masa y la carga del electrón, el trabajo realizado
cuando se le expone a la aceleración producida por 1 voltio es «1
electrón-voltio». En forma abreviada, es «1 eV».
Ésta es una unidad de trabajo verdaderamente muy pequeña.
En realidad, 1 electrón-voltio es igual a sólo un poco más
de una billonésima de ergio. Para ser más precisos, 1 electrón-voltio =
0,000000000016 ergios, o 1,6 x 1012 ergios. (A propósito, recuerden que todas
las unidades de trabajo sirven también como unidades de energía.)
Cabe decir que la masa es una forma de energía, una forma
muy concentrada. Por lo tanto, la masa puede expresarse en unidades de energía,
pero la masa es una energía tan concentrada, que las unidades de energía
corrientes son incómodas para emplearlas con respecto a masas ordinarias.
Por ejemplo, tomemos una masa de 1 gramo. No es mucho. Es
sólo la masa de un colibrí aún no crecido del todo. La energía equivalente de
esta masa, según la célebre ecuación de Albert Einstein, es e=mc2, donde e es
la energía, m la masa y e la velocidad de la luz. Estamos tomando la masa como
1 gramo, y la velocidad de la luz es de 29.980.000.000 centímetros por segundo
(una combinación que nos dará la energía equivalente en ergios). La energía
contenida en 1 gramo de masa es, pues, 1 x 29.980.000.000 x 29.980.000.000 x
898.800.000.000.000.000.000 o bien 8,988 x 1020 ergios. Admitirán que es
muchísimo más fácil hablar de 1 gramo que de casi un cuatrillón de ergios.
Sin embargo, cuando volvemos al electrón las cosas se
invierten. Cuando multiplicamos la pequeña masa de un electrón, 9,1095 x 1028
gramos, por el equivalente en energía de 1 gramo, que es 8,988 x 1020 ergios,
el resultado es el equivalente en energía de la masa de un electrón de 8,1876 x
l0-7 ergios. En otras palabras, el equivalente en energía de la masa de un
electrón es un poco menor que una millonésima de un ergio, la cual resulta
difícil de manejar.
No obstante, si convertimos ese equivalente de energía en
electrón-voltios, que son mucho más diminutos que los ergios, el resultado será
que el equivalente de energía de la masa de un electrón es igual a,
aproximadamente, 511.000 electrón-voltios.
Naturalmente, 511.000 puede aún considerarse un numero
demasiado grande para resultar cómodo, pero 1.000 electrón-voltios equivalen a
1 kilo-electrón-voltio (keV), y 1.000.000 electrón-voltios es igual a 1
megaelectrón-voltio (MeV), por lo que podemos decir que el equivalente de
energía de la masa de un electrón es aproximadamente igual a medio MeV.
El electrón (y su número opuesto, el positrón) posee, como
ya he dicho antes, las masas más pequeñas de cualquier objeto que, con certeza,
sabemos que tiene masa. Es posible incluso que no pueda existir ninguna masa
menor que sea todavía mayor que cero. Existe alguna posibilidad de que los
varios neutrinos puedan tener masas aún más pequeñas, masas tan pequeñas como
de 40 electrón-voltios, pero eso hasta ahora no se ha demostrado.
¿Y qué hay de las partículas con más masa?
Los electrones constituyen las regiones exteriores de los
átomos, pero protones y neutrones forman los núcleos de los átomos, y los
protones y neutrones tienen bastante más masa que los electrones. Un protón
posee el equivalente de energía de 938.200.000 electrón-voltios, o 938,2 MeV, y
eso es 1.836 veces más masa que un electrón. El neutrón tiene un equivalente de
energía de 939.500.000 electrón-voltios, o 939,5 MeV, y así tiene 1.838,5 veces
más masa que el electrón y 1,0014 veces más masa que el protón.
Una energía de 1.000.000.000 electrón-voltios es 1
giga-electrón-voltio (1 GeV), por lo que podemos decir que el protón y el
neutrón están muy cerca de 1 GeV en equivalente de energía.
Existen partículas subatómicas con más masa que el protón
y el neutrón. Por ejemplo, la partícula W (algo de lo que quizás hablaré en un
próximo ensayo) ha sido descubierta recientemente y tiene aproximadamente 80
veces más masa que un protón, por lo que su equivalente de energía es de unos
80 GeV, o bien 80.000.000.000 de electrón-voltios. Los núcleos de los elementos
con más masa poseen equivalentes de energía de casi 250 GeV, que es aún más de
tres veces mayor, pero esos núcleos son conglomerados de más de 250 partículas
subatómicas.
Sin embargo, si deseamos un auténtico monstruo subatómico,
deberemos realizar primero una digresión.
Electricidad y magnetismo están íntimamente relacionados;
en realidad, resultan inseparables. Todo lo que posee un campo eléctrico tiene
un campo magnético, y viceversa. De hecho, los científicos normalmente hablan
de un campo electromagnético, más que de un campo eléctrico o magnético por
separado. Hablan de la luz como de una radiación electromagnética, y de la
interacción electromagnética como de una de las cuatro interacciones
fundamentales de la Naturaleza.
Naturalmente, pues, no resulta sorprendente que la
electricidad y el magnetismo, cuando se consideran por separado, muestren
numerosas semejanzas. Así, un imán tiene dos polos, que presentan extremos
opuestos, por así decirlo, de propiedades magnéticas Les llamados «polo norte»
y «polo sur». Existe una atracción entre los polos norte y sur, y una repulsión
entre dos polos norte o entre dos polos sur.
De forma semejante, un sistema eléctrico tiene dos extremo
opuestos, que llamamos «carga positiva» y «carga negativa» Existe una atracción
entre una carga positiva y otra negativa, una repulsión entre dos cargas
positivas o entre dos cargas negativas.
En cada caso, la atracción y la repulsión son de
intensidades iguales, y tanto la atracción como la repulsión se hallan en
proporción inversa al cuadrado de la distancia.
Sin embargo, queda una enorme diferencia de una clase.
Suponga que tiene una varilla de material aislante en la
que, de una forma u otra, ha producido en un extremo una carga negativa y en la
otra, una carga positiva. Así, pues, si se rompe la varilla por la mitad, una
de esas mitades tiene una carga completamente negativa, y la otra mitad es
enteramente positiva. Y lo que es más, existen partículas subatómicas, como los
electrones, que llevan sólo una carga negativa y otros, como los protones, que
llevan sólo una carga positiva.
No obstante, supongamos que tiene un imán largo, con un
polo norte en un extremo y un polo sur en el otro. Si lo rompemos por la mitad,
¿existe una mitad enteramente polo norte y otra mitad enteramente polo sur?
¡No! Si se parte un imán en dos, la mitad del polo norte,
al instante, desarrolla un polo sur en donde se ha roto, mientras que mitad del
polo sur desarrolla en el punto de ruptura un polo norte. Es imposible hacer
nada para que cualquier objeto posea sólo 1 polo magnético; ambos están siempre
presentes. Incluso las partículas subatómicas que poseen una carga eléctrica y,
por ende, un campo magnético asociado, poseen un polo norte y un polo sur.
Tampoco parece que existan partículas subatómicas
concretas que lleven solo polos norte o sólo polos sur, aunque hay incontables
partículas subatómicas que llevan sólo cargas positivas o sólo cargas
negativas. No parece existir algo, en otras palabras, como un «monopolo
magnético».
Hacia 1870, cuando el físico escocés James Clerk Maxwell
elaboró por primera vez las relaciones matemáticas que describían el campo
electromagnético como un fenómeno unificado, presentó el mundo con cuatro
concisas ecuaciones que parecían totalmente suficientes para el propósito para
el que habían sido ideadas. En caso de haber existido monopolos magnéticos, las
cuatro ecuaciones hubieran sido bellamente simétricas, con lo que electricidad
y magnetismo habrían representado una especie de imagen de espejo uno del otro.
Sin embargo, Maxwell dio por supuesto que los polos magnéticos siempre existían
por parejas mientras que las cargas eléctricas no, y esto, forzosamente,
introducía una asimetría.
A los científicos les disgustan las asimetrías, puesto que
ofenden el sentido estético e interfieren en la simplicidad (el desiderátum de
la ciencia perfecta), así que ha existido siempre una constante sensación de
que el monopolo debería existir; de que su no existencia representa un defecto
en el diseño cósmico.
Después de que fuese descubierto el electrón, se llegó a
saber finalmente que la carga eléctrica está cuantificada; es decir, que todas
las cargas eléctricas son múltiplos exactos de algún valor fundamental más
pequeño.
Así, todos los electrones poseen una idéntica carga
negativa y todos los protones una carga positiva idéntica, y las dos clases de
carga son exactamente iguales la una a la otra en tamaño. Todos los otros
objetos con carga conocidos tienen una carga eléctrica que es exactamente igual
a la del electrón, o a la del protón, o es un múltiplo exacto de una u otra.
Se cree que los quarks tienen cargas iguales a 1/3 y 2/3
de la del electrón o protón, pero los quarks no han sido nunca aislados; e
incluso aunque lo fuesen, esto meramente representaría que el valor fundamental
más pequeño es un tercio de lo que se creía que era. El principio de la
cuantificación permanecería.
¿Por qué la carga eléctrica debe cuantificarse? ¿Por qué
no podría existir en un valor desigual, exactamente como lo hace la masa? A fin
de cuentas, la masa de un protón es un múltiplo enteramente desigual de la masa
de un electrón. ¿Por qué no habría de ocurrir lo mismo con la carga?
En 1931, el físico inglés Paul A. M. Dirac planteó la
cuestión de una forma matemática, y llegó a la decisión de que esta
cuantificación de la carga seria una necesidad lógica si existiesen los
monopolos magnéticos. En realidad, aun cuando hubiese sólo un monopolo en algún
lugar del Universo, la cuantificación de la carga seria una necesidad.
Resulta tentador argumentar a la inversa, naturalmente:
pues que la carga eléctrica está cuantificada, los monopolos magnéticos deben
existir en algún lugar. Parecía acertado buscarlos.
Pero ¿dónde y cómo pueden encontrarse, si es que existen?
Los físicos no lo sabían y, lo que era peor, no estaban seguros de cuáles
podrían ser las propiedades de esos monopolos. Parece natural suponer que eran
partículas con bastante masa, porque no serlo no serían muy comunes y no
podrían producirse con facilidad en el laboratorio; y esto explicaría el por
qué nadie había tropezado con ellos de manera accidental.
No existió ninguna guía teórica hasta los años setenta,
cuando había gente elaborando algunas grandes teorías unificadas con propósito
de combinar las interacciones débiles, fuertes y electromagnéticas, todo ello
bajo una simple serie de ecuaciones (véase Contando los eones, del mismo
autor.)
En 1974, un físico neerlandés, Gerardt Hooft, y un físico
soviético, Alexandr Poliakov, mostraron, de forma independiente que de las
grandes teorías unificadas podía deducirse que monopolos magnéticos debían
existir, y que no tienen meramente mucha masa, sino que son unos monstruos.
Aunque un monopolo sería aún más pequeño que un protón,
envuelta en su pequeñez podría haber una masa de entre diez trillones y diez
cuatrillones de veces la del protón. Si se encontrase en el extremo superior de
este ámbito, un monopolo tendría un equivalente en energía de
10.000.000.000.000.000.000.000.000.000 electrón-voltios (1028 eV).
¿Y qué cantidad sería eso en masa? Al parecer, un monopolo
magnético podría tener una masa de hasta 1,8 x 10-9 gramos. Esto equivale a la
masa de 20 espermatozoides humanos, todos metidos en una sola partícula
subatómica.
¿Cómo pueden formarse estos monstruos subatómicos? No
existe modo alguno de que los seres humanos puedan encerrar tanta energía en un
volumen subatómico de espacio, ni en actualidad ni en un futuro previsible. En
realidad, no existe ningún proceso natural que tenga lugar en alguna parte del
Universo ahora (por lo que sabemos) que pudiera crear una partícula con una
masa tan monstruosa.
La única posibilidad es volver al Big Bang, o gran
explosión inicial, cuando las temperaturas eran increíblemente elevadas y las
energías estaban increíblemente concentradas (véase también el libro citado de
Contando los eones). Se calcula que los monopolos debieron formarse sólo 10-34
segundos después del Big Bang. Después, el Universo habría sido demasiado frío
y demasiado grande para este propósito.
Probablemente, se formaron los monopolos norte y sur,
quizás en cantidades enormes. Probablemente, un gran número de ellos se
aniquilaron los unos a los otros, pero cierto número debió de sobrevivir,
simplemente porque, por pura casualidad, no llegaron a encontrar otros del tipo
opuesto. Después de que los monopolos sobrevivieran cierto tiempo, la firme
expansión del Universo hizo cada vez menos probable que se produjesen
colisiones, y esto aseguró su ulterior supervivencia. Por lo tanto, hoy existe
cierto número de ellos flotando en torno del Universo.
¿Cuántos? No demasiados, pues por encima de cierto número
el efecto gravitatorio de esas monstruosas partículas hubiera asegurado que el
Universo, antes de ahora, alcanzase un tamaño máximo y se derrumbase de nuevo
por su propio impulso gravitatorio. En otras palabras, podemos calcular una
densidad máxima de monopolos en el Universo simplemente reconociendo el hecho
de que nosotros mismos existimos.
Sin embargo, aunque en escaso número, un monopolo debería,
de vez en cuando, moverse en las proximidades de un aparato de grabación. ¿Cómo
podría detectarse?
En un principio, los científicos, suponían que los
monopolos se movían a casi la velocidad de la luz, como lo hacen las partículas
de rayos cósmicos; y como las partículas de rayos cósmicos, los monopolos
deberían estrellarse contra otras partículas en su camino y producir una lluvia
de radiación secundaria que se podría detectar con facilidad, y a partir de la
cual el mismo monopolo se podría identificar.
Ahora que se cree que el monopolo es de una masa
monstruosa, las cosas han cambiado. Estos enormes monopolos no podrían acumular
suficiente energía para moverse muy rápidamente, y se estima que deben de
viajar a una velocidad de un par de centenares de kilómetros por segundo; es
decir, menos de una milésima parte de la velocidad de la luz. A tan bajas
velocidades, los monopolos simplemente se deslizarían al lado y a través de la
materia, sin dejar ninguna señal de la que hablar. Es posible que esto explique
el que hasta aquí no se hubieran descubierto los monopolos.
Bueno, entonces, ¿qué debe hacerse?
Un físico de la Universidad de Stanford, Blas Cabrera,
tuvo una idea. Un imán que impulse energía a través de una bobina de cable
enviará una oleada de corriente eléctrica a través de ese cable. (Esto se
conoce desde hace un siglo y medio.) ¿Por qué no instalar una bobina así y
esperar? Tal vez pasaría un monopolo magnético a través de la bobina y
señalaría su paso mediante una corriente eléctrica. Cabrera calculó las
posibilidades de que esto sucediera basándose en la densidad más alta del
monopolo dado el hecho de que el Universo existe, y decidió que semejante
eventualidad podía ocurrir como promedio, cada seis meses.
Por lo tanto, Cabrera instaló una bobina de metal de
niobio, y la mantuvo a una temperatura cercana al cero absoluto. En esas
condiciones, el niobio es superconductor y posee una resistencia cero ante una
corriente eléctrica. Esto significa que si de alguna forma comienza a fluir por
el mismo una corriente, esa corriente fluirá de manera indefinida. Un monopolo
que pase a través de la bobina no dará lugar a una oleada instantánea de
corriente, sino una corriente continua.
Naturalmente, una corriente podría ser iniciada por
cualquier viejo campo magnético que se encontrase cerca; el propio campo
magnético de la Tierra, los que son establecidos por cualquiera de los
mecanismos técnicos que le rodean, incluso por pedazos de metal que se estén
moviendo porque se encuentran en el bolsillo de alguien.
Por tanto, Cabrera colocó el carrete dentro de un globo de
plomo superconductor, el cual estaba dentro de un segundo globo plomo
superconductor. Los campos magnéticos ordinarios no traspasarían el plomo
superconductor, pero un monopolo magnético lo haría.
Aguardó durante cuatro meses y no sucedió nada. El nivel
corriente, señalado en un rollo móvil de papel, permaneció durante todo ese
tiempo cerca de cero. Esto en sí era bueno. Demostraba que había excluido con
éxito los campos magnéticos al azar.
Luego, a la 1:53 de la tarde del 14 de febrero de 1982, se
produjo un flujo repentino de electricidad, y en la cantidad exacta que cabría
esperar si hubiese pasado a través de allí un monopolo magnético.
Cabrera comprobó todas las posibles eventualidades que
podían haber iniciado la corriente sin la ayuda de un monopolo, y pudo
encontrar nada. El monopolo parecía la única alternativa posible.
Así pues, ¿se ha detectado el esquivo monopolo? En este
caso se trata de una notable proeza y de un fuerte apoyo a la gran teoría
unificada.
Sin embargo, el problema es que no se repitió ese suceso
único, y resulta difícil basar algo en un solo caso.
Asimismo, la estimación de Cabrera del número de monopolos
que están flotando por ahí se basaba en el hecho de que el Universo se encuentra
aún en expansión. Algunas personas creen que existe una restricción más fuerte
derivada de la posibilidad de que esos monopolos que flotan por la galaxia
borren el campo magnético galáctico general. Puesto que el campo magnético
galáctico aún existe (aunque sea muy débil), esto podría establecer un valor
máximo de la densidad del monopolo aún mucho más bajo, tan bajo tal vez como
1/10.000 de la cifra de Cabrera.
Si eso fuese así, cabría esperar que pasase un monopolo a
través de su carrete una vez cada 5.000 años como promedio. Y en este caso que
hubiese pasado uno después de esperar sólo cuatro meses es pedir una suerte
excesiva, y se hace difícil creer que se tratase de un monopolo.
Sólo se puede hacer una cosa, y los físicos lo están
haciendo. Continúan sus investigaciones. Cabrera está construyendo una versión
mayor y mejor de su mecanismo, lo cual incrementará en cincuenta veces sus
posibilidades de hallar un monopolo. Otros físicos están ideando otras formas
de abordar su descubrimiento.
En los próximos años, la búsqueda del monopolo aumentará
enormemente en intensidad, porque hay mucho en juego. Su descubrimiento
definitivo nos proporcionará una indicación de las propiedades del monstruo
subatómico y de sus números. Y a partir de ello, podemos aprender cosas acerca
del principio del Universo, por no hablar de su presente y de su futuro, algo
que, en caso contrario, tal vez jamás averiguaríamos.
Y, naturalmente, hay un Premio Nobel que está esperando a
alguien.
II. E PLURIBUS UNUM
Mi querida esposa, Janet, es una auténtica escritora, que
ya había vendido bastante antes de conocerme. En la actualidad, ha publicado
dos novelas (The Second Experiment y The Last Immortal), bajo su nombre de
soltera, J. O. Jeppson, y ha colaborado conmigo en la antología de
ciencia-ficción humorística (incluyendo versos y chistes) titulada Laughing
Space. Los tres libros han sido publicados por Houghton Miffin. Además,
Doubleday ha publicado un libro de sus relatos cortos.
Y lo que es mejor aún, ha publicado un alegre libro de
ciencia-ficción juvenil que lleva el título de Norby, the Mixed-up Robot
(Walker, 1983), en colaboración conmigo, y la autoría incluso reconoce nuestro
matrimonio. El nombre de los autores es el de «Janet e lsaac Asimov». Es el
primero de una serie, y el segundo, Norby's Other Secret, se editó en 1984. Es
agradable vernos unidos así, en letras de molde.
En realidad, la unificación es muy agradable en numerosos
campos. Los norteamericanos están sin duda contentos de que trece Estados
independientes decidieran unirse en un solo Gobierno federal. Esto es lo que ha
hecho de E pluribus unum (en latín, «De muchos, uno») una frase tan asociada
con los Estados Unidos. Y a los científicos les gusta también la unidad, y les
complace mostrar que sucesos que pueden parecer totalmente distintos son, en
realidad, aspectos diferentes de un solo fenómeno.
Empecemos con la «acción a distancia».
Normalmente, si se quiere conseguir alguna acción como
impartir movimiento a un objeto que está en reposo, debe establecerse un
contacto físico con el mismo, directa o indirectamente. Se le puede golpear con
la mano o con el pie, o con un palo o una maza que se sostenga. Se puede
sujetarlo en la mano mientras uno hace que la mano se mueva, y luego soltarlo.
Se puede arrojar un objeto de esta manera y hacerlo chocar contra un segundo
objeto, al que de este modo imparte movimiento. En realidad, es posible mover
un objeto y lograr que ese movimiento se transmita, poco a poco, a numerosos
objetos (como al caer una hilera de fichas de dominó). Se puede también soplar,
consiguiendo que el aire se mueva y, gracias a su impacto, que se desplace otra
cosa.
Sin embargo, ¿podría conseguirse que un objeto distante se
moviera sin tocarlo, y sin permitir que algo que usted haya tocado previamente
lo toque? En ese caso, tendríamos una acción a distancia.
Por ejemplo, supongamos que usted sostiene una bola de
billar a la altura de los ojos sobre el suelo. Usted la sujeta bien para que
esté perfectamente inmóvil y luego, de repente, la suelta. Usted la ha estado
tocando, ciertamente, pero al soltarla ha dejado de tocarla. Sólo después de
dejar de tocarla cae al suelo. Ha sido movida sin que hubiera ningún contacto
físico.
La Tierra atrae la bola, y a esto le llamamos
«gravitación». La gravitación parece ser un ejemplo de acción a distancia.
O pensemos en la Luz. Si sale el Sol, o se enciende una
lámpara, una habitación queda iluminada al instante. El sol o la lámpara
originan la iluminación sin que nada material parezca intervenir en el proceso.
Y esto también parece una acción a distancia. Digamos de paso que la sensación
de calor que producen el Sol o la lámpara puede sentirse a cierta distancia. Y
éste es otro ejemplo.
También se cree que hacia el año 600 a. de C., el filósofo
griego Tales (624-546 a. de C.) estudió, por primera vez, una piedra negra que
poseía la capacidad de atraer objetos de hierro a distancia. Dado que la piedra
en cuestión procedía de los alrededores de la ciudad griega de Magnesia, en la
costa de Asia Menor, Tales la llamó ho magnetes lithos («la piedra magnésica»)
y el efecto se ha llamado desde entonces «magnetismo».
Tales descubrió asimismo que si se frota una varilla de
ámbar, ésta puede atraer objetos ligeros a distancia. La varilla de ámbar atrae
objetos que no se ven afectados por un imán, por lo que constituye un fenómeno
diferente. Dado que la voz griega para ámbar es elektron, el efecto ha sido
denominado desde entonces «electricidad». El magnetismo y la electricidad
parecen representar, también, acciones a distancia.
Finalmente, tenemos el sonido y el olor. Si una campana
suena a distancia, usted la oye aunque no exista contacto físico entre la
campana y usted. O coloque un bisté encima de una llama y lo olerá a distancia.
Tenemos, pues, siete de estos fenómenos: gravitación, luz,
calor, magnetismo, electricidad, sonido y olor.
En realidad, los científicos se sienten incómodos con la
noción de acción a distancia. Existen tantos ejemplos de efectos que sólo
pueden producirse con alguna clase de contacto, que los pocos ejemplos que
parecen omitir el contacto suenan a falsos. Tal vez haya contacto, pero de una
forma tan sutil que no lo notamos.
El olor es el fenómeno de este tipo más fácil de explicar.
El filete encima del fuego chisporrotea y humea. Resulta obvio que se sueltan
pequeñas partículas y flotan en el aire. Cuando alcanzan la nariz de alguien,
entran en acción con sus membranas y son interpretadas como olor. Con el
tiempo, esto se vio confirmado por entero. El olor es un fenómeno que implica
contacto, y no es una acción a distancia.
En cuanto al sonido, el filósofo griego Aristóteles
(384-322 a. de C.), hacia el año 350 a. de C., tras haber observado que los
objetos que emitían sonidos vibraban, sugirió que las vibraciones golpean el
aire que está inmediatamente a su alrededor y lo hacen vibrar; este aire hace
vibrar el aire que le rodea y así sucesivamente, como una serie de invisibles
fichas de dominó. Al final, la vibración progresiva alcanza el oído y lo hace
vibrar, y así oímos el sonido.
En esto, como en realidad sucedió, Aristóteles estaba
perfectamente en lo cierto: pero ¿cómo podía probarse su sugerencia? Si el
sonido es conducido por el aire, no debería transmitirse en el caso de que no
hubiera ya aire. Si una campana suena en el vacío, no debería emitir ningún
sonido. El problema era que ni Aristóteles ni nadie más de su tiempo, ni
durante casi dos mil años después, pudo producir el vacío y probar el asunto.
En 1644, el físico italiano Evangelista Torricelli
(1608-47) puso un largo tubo lleno de mercurio en posición vertical en un plato
con mercurio, y vio que se derramaba un poco del mismo. El peso de la atmósfera
de la Tierra sólo sostenía 76 cm de mercurio. Cuando el mercurio se derramó,
dejó detrás, entre el nivel sumergido y el extremo cerrado del tubo, un espacio
que no contenía nada, ni siquiera aire; por lo menos, nada excepto algunas
pequeñas trazas de vapor de mercurio. De esta forma, los seres humanos
consiguieron el primer vacío decente, pero se trataba de uno muy pequeño,
cerrado y no demasiado útil para la experimentación.
Unos años más tarde, en 1650, el físico Otto von Guericke
(1602-86) inventó un artilugio mecánico que, poco a poco, succionaba al
exterior el aire de un contenedor. Esto le permitió conseguir un vacío a
voluntad. Por primera vez, los físicos fueron capaces de experimentar con
vacíos.
En 1657, el físico irlandés Robert Boyle (1627-91) oyó
hablar de la bomba de aire de Guericke, y consiguió que su ayudante, Robert
Hooke (1635-1703), ideara una mejor. En poco tiempo demostró que una campana
que se hacía sonar dentro de un contenedor de cristal en el que se había hecho
el vacío, no emitía ningún sonido. En cuanto se permitía que el aire entrara en
el recipiente, la campana sonaba. Aristóteles tenía razón, y el sonido, al
igual que el olor, no representaba una acción a distancia.
(No obstante, tres siglos y cuarto después, los que hacen
películas aún permiten a las naves espaciales avanzar a través del espacio con
un zumbido y estallar con estrépito. Supongo que, o bien los que hacen
películas son ignorantes, o, más probablemente, dan por supuesto que el público
lo es y creen que tienen un derecho divino para proteger y preservar esa
ignorancia.)
La cuestión es, por lo tanto qué fenómenos se harán sentir
por sí mismos a través de un vacío. El hecho de que la presión del aire sólo
sostenga una columna de mercurio de 76 cm de altura significa que el aire
únicamente puede extenderse unos cuantos kilómetros por encima de la superficie
de la Tierra. A partir de una altura de unos 16 kilómetros, sólo quedan unas
relativamente delgadas volutas de aire. Esto significa que el espacio de
150.000.000 de kilómetros que hay entre el Sol y la Tierra no es virtualmente,
más que, vacío, y sin embargo sentimos el calor del Sol y vemos su luz,
mientras que la Tierra responde a la atracción gravitatoria del Sol dando
vueltas indefinidamente a su alrededor. Y lo que es más, resultó tan fácil
demostrar que un imán o un objeto electrificado ejercía sus efectos a través de
un vacío como el demostrar que una campana que sonaba no lo hacía.
Esto nos deja cinco fenómenos que representan acción a
distancia: luz, calor, gravitación, magnetismo y electricidad.
No obstante, los científicos, todavía no estaban ansiosos
por aceptar la acción a distancia. El científico inglés Isaac Newton
(1642-1727) sugirió que la luz consistía en una pulverización de partículas muy
finas que se movían rígidamente en líneas rectas. La fuente luminosa emitiría
las partículas y los ojos las absorberían, en medio, la luz podría ser
reflejada por algo y los ojos verían ese algo por la luz reflejada. Dado que
las partículas tocaban el objeto y luego el ojo, no era una acción a distancia,
sino una acción por contacto.
Esta teoría de las partículas de luz explicaba varias
cosas, como el hecho de que los objetos opacos arrojen sombras bien definidas.
Sin embargo, dejaba algunos interrogantes. ¿Por qué, la luz que pasaba a través
de un prisma se descomponía en un arco iris de colores? ¿Por qué las partículas
de luz roja se refractaban menos que las de la luz violeta? Había explicaciones
para ello pero no eran del todo convincentes.
En 1803, el científico inglés Thomas Young (1773-1829)
llevó a cabo unos experimentos que mostraban que la luz estaba formada por
ondas (véase «X» representa lo desconocido, del mismo autor). Las ondas tenían
longitudes muy diferentes; las de la luz roja eran el doble de largas que las
de la luz violeta, y la diferencia en la refracción se explicaba con facilidad
de este modo. La razón para las sombras bien definidas (las olas del mar y las
ondas del sonido no las arrojan) radica en que las longitudes de onda de la luz
son muy pequeñas. Incluso así, las sombras no están en realidad, perfectamente
definidas. Existe una pequeña borrosidad («difracción») y esto pudo
demostrarse.
Las ondas de la luz hicieron volver a los físicos a la
acción a distancia con una venganza. Se podía afirmar que las ondas viajaban a
través de un vacío…, ¿pero cómo? Las ondas del agua se propagan a través del
movimiento de las moléculas del agua superficial en ángulos rectos respecto a
la dirección de propagación (ondas transversales). Las ondas sonoras se
propagan gracias al movimiento de las partículas de aire hacia detrás y hacia
delante, en la dirección de propagación (ondas longitudinales). Pero cuando las
ondas de la luz viajan por el vacío, no existe material de ninguna clase que se
mueva hacia arriba y hacia abajo, hacia atrás o hacia delante. En ese caso,
¿cómo tiene lugar la propagación?
La única conclusión a la que pudieron llegar los
científicos fue que un vacío no podía no contener nada; que contenía algo que
subía y bajaba (se descubrió que las ondas de la luz eran transversales, al
igual que las ondas del agua). Por lo tanto, postularon la existencia del
«éter», una palabra pedida prestada a Aristóteles. Se trataba de una sustancia
tan fina y sutil que no se podía detectar con los toscos métodos de la ciencia,
sólo podía inferirse del comportamiento de la luz. Permeabilizaba todo el espacio
y la materia, reduciendo lo que parecía acción a distancia a una acción por
contacto: por contacto etéreo.
(Finalmente se descubrió que el éter era un concepto
innecesario, pero ésta es otra historia. Por cuestión de comodidad, hablaré
provisionalmente de los diversos efectos que se dejan sentir a través de un
vacío como «fenómenos etéreos».)
Existen, pues, los cinco fenómenos etéreos que he
mencionado anteriormente, pero, ¿no podría haber más que llegasen a
descubrirse, como la electricidad y el magnetismo habían sido descubiertos por
Tales? O, a la inversa, ¿no podrían ser menos? ¿Podrían existir fenómenos
etéreos que, aun pareciendo realmente distintos, demostrasen ser idénticos al
contemplarlos de una forma más fundamental?
Por ejemplo, en 1800 el astrónomo germanobritánico William
Herschel (1738-1822) descubrió la radiación infrarroja: la radiación más allá
del extremo rojo del espectro. Los infrarrojos afectaban tan fuertemente a un
termómetro que, al principio, Herschel pensó que esa región invisible del
espectro consistía en «rayos de calor».
Sin embargo, no pasó mucho antes de que la teoría de las
ondas de la luz quedase establecida, y se comprendió que existía una extensión
de la longitud de onda mucho más amplia que la que el ojo humano estaba
equipado para percibir.
Asimismo comenzó a comprenderse mejor el calor. Podía
transmitirse por conducción a través de la materia sólida, o por convección en
corrientes de líquido o gas en movimiento. Esto es una acción por medio de
átomos o moléculas en contacto. Cuando el calor se deja sentir a través de un
vacío, no obstante, con lo cual constituye un fenómeno etéreo, lo hace por la
radiación de ondas de luz, particularmente en el infrarrojo. Estas radiaciones
no son en sí mismas calor pero son únicamente percibidas como tales cuando son
absorbidas por la materia, y la energía así absorbida hace que los átomos y
moléculas de esa materia se muevan o vibren con mayor rapidez.
Por lo tanto, podemos ampliar el concepto de luz para que
signifique todo el espectro de ondas parecidas a la luz, puedan o no ser
percibidas por el ojo, y de este modo cabe incluir también el calor en su
aspecto de radiaciones. La lista de los fenómenos etéreos se reduce, pues, a
cuatro: luz, gravitación, magnetismo y electricidad.
¿Existe alguna posibilidad de reducir aún más esta lista?
Todos los fenómenos etéreos son similares en que cada uno de ellos tiene su
origen en alguna fuente e irradia hacia delante en todas direcciones por igual.
Además, la intensidad del fenómeno disminuye, en cada caso, con el cuadrado de
la distancia desde el origen.
Si uno se encuentra a una distancia dada de una fuente de
luz y mide su intensidad (la cantidad de luz que alcanza una unidad de área), y
luego se separa hasta que la distancia es de 2,512 veces la distancia original,
la nueva intensidad es 1/ 2,522, o 1/ 6,31 de lo que era la distancia original.
Esta regla de «la inversa del cuadrado» puede también demostrar ser cierta en
la intensidad de la gravitación, la electricidad y el magnetismo.
Pero esto tal vez no sea tan significativo como parece.
Podríamos visualizar cada uno de estos fenómenos como una radiación moviéndose
hacia delante con cierta velocidad fija en todos las direcciones por igual.
Después de cualquier lapso de tiempo concreto, el borde delantero de la ola en
expansión ocupa todos los puntos en el espacio que están a una distancia
concreta de la fuente. Si se conectan todos esos puntos, se hallará que se ha
señalado la superficie de una esfera. La superficie de una esfera aumenta con
el cuadrado de su radio, es decir, con el cuadrado de su distancia desde el
punto central. Si una cantidad fija de luz (o cualquier fenómeno etéreo) se
esparce por la superficie de una esfera en expansión, entonces cada vez que la
superficie duplique el área, la cantidad de luz disponible por unidad de área
en esa superficie se reducirá a la mitad. Puesto que el área superficial
aumenta con el cuadrado de la distancia desde la fuente, la intensidad de luz
(o cualquier fenómeno etéreo) disminuye con el cuadrado de la distancia desde
la fuente.
Esto significa que los diversos fenómenos pueden ser,
básicamente, diferentes en propiedades y, sin embargo, parecerse unos a otros
al seguir la ley de la inversa del cuadrado. Pero ¿son los diversos fenómenos
etéreos básicamente diferentes?
Ciertamente así lo parecen. Gravitación, electricidad y
magnetismo, todos se hacen evidentes como una atracción. Esto los diferencia a
los tres de la luz, que no parece estar relacionada con la atracción.
En el caso de la gravitación, la atracción es el único
efecto que puede observarse. Sin embargo, en la electricidad y el magnetismo
existe una repulsión al igual que una atracción. Las cargas eléctricas se
repelen mutuamente, y lo mismo sucede con los polos magnéticos. No obstante,
electricidad y magnetismo no son tampoco idénticos, dado que el primero parece
capaz de atraer toda clase de materia, mientras que la atracción magnética
parece, en gran medida, limitarse sólo al hierro.
Así, en los años 1780, el físico francés Charles Augustin
de Coulomb (1736-1806), que ya había mostrado que tanto electricidad como
magnetismo seguían la ley de la inversa del cuadrado, argumentó de forma
convincente que ambos podrían ser similares en esto, pero que eran
fundamentalmente diferentes en lo esencial. Esto se convirtió en la opinión
ortodoxa.
Pero incluso mientras Coulomb estaba planteando su
ortodoxia, se estaba produciendo una revolución en el estudio de la
electricidad.
Hasta entonces se había estado estudiando la
«electrostática», la carga eléctrica más o menos inmóvil en el cristal, el
azufre, el ámbar y en otros materiales que hoy se conocen como no conductores.
Se observaron efectos característicos cuando el contenido eléctrico de tales
objetos se descargaba y se hacía pasar toda la carga o a través de una brecha
de aire, por ejemplo, para producir una chispa y un crujido, o en un cuerpo
humano para producir un choque eléctrico mucho más desagradable.
En 1791, el físico italiano Luigi Galvani (1737-98)
descubrió que los efectos eléctricos podían producirse cuando dos metales
diferentes entraban en contacto. En 1800 este asunto fue llevado más allá por
el físico italiano Alessandro Volta (1745-1827), que utilizó una serie (o
«batería») de contactos de dos metales para producir un flujo continuo de
electricidad. En un abrir y cerrar de ojos, todos los físicos de Europa se
pusieron a estudiar «electrodinámica».
Sin embargo, este descubrimiento hizo que la electricidad
y el magnetismo parecieran más diferentes que nunca. Era fácil producir una
corriente de cargas eléctricas móviles, pero ningún fenómeno análogo se
observaba con los polos magnéticos.
Un físico danés, Hans Christian Oersted (1777-1851), vio
las cosas de modo diferente. Adoptado el punto de vista minoritario, mantuvo
que existía una conexión entre electricidad y magnetismo. Una corriente
eléctrica a través de un cable desarrollaba calor; si el cable era delgado,
incluso desarrollaba luz. ¿No podía ser —argumentó Oersted en 1813, —que si el
cable fuese aún más delgado, la electricidad obligada a pasar a través de él
produjese efectos magnéticos?
Sin embargo, Oersted pasaba tanto tiempo enseñando en la
Universidad de Copenhague, que le quedaba muy poco para experimentar, y en todo
caso tampoco estaba particularmente dotado para la experimentación.
No obstante, en la primavera de 1820, se encontraba dando
una conferencia sobre electricidad y magnetismo ante un auditorio general, y
había un experimento que deseaba realizar pero que no había tenido tiempo de
comprobar antes de la conferencia. Siguiendo un impulso, lo intentó en el
transcurso de ésta. Colocó un cable delgado de platino encima de una brújula
magnética, haciéndolo correr paralelo a la dirección norte-sur de la aguja, y
luego hizo fluir una corriente a través del cable. Ante el asombro de Oersted
(puesto que no se trataba precisamente del efecto que esperaba), la aguja de la
brújula se movió cuando se conectó la corriente. No fue una gran sacudida, y el
público, al parecer, permaneció impasible, pero después de la conferencia,
Oersted volvió a experimentar.
Descubrió que, cuando se hacía pasar corriente por el
cable en una dirección, la aguja de la brújula giraba en el sentido de las
manecillas del reloj; cuando la corriente fluía en la otra dirección, lo hacía
en sentido contrario a las manecillas del reloj. El 21 de julio de 1820 publicó
su descubrimiento, y luego dejó correr el asunto. Pero ya había hecho lo
suficiente. Había establecido alguna clase de conexión entre electricidad y
magnetismo, y los físicos se precipitaron a investigar más el asunto, con una
avidez que no se volvió a ver hasta el descubrimiento de la fisión del uranio,
más de un siglo después.
Al cabo de pocos días, el físico francés Dominique F. J.
Arago (1786-1853) mostró que un cable que llevase una corriente eléctrica
atraía no sólo agujas magnetizadas, sino también a las limaduras de hierro
ordinarias no magnetizadas, igual que lo haría un auténtico imán. Se trataba de
un efecto magnético, absolutamente indistinguible del de los imanes corrientes,
originado en la corriente eléctrica.
Antes de que acabase el año, otro físico francés, André
Marie Ampere (1775-1836), mostró que dos cables paralelos que estuviesen unidos
a dos baterías separadas, de tal modo que la corriente fluyese a través de cada
una en la misma dirección, se atraían mutuamente. Si la corriente fluía en
direcciones opuestas, se repelían uno a otro. En otras palabras, las corrientes
podían actuar como polos magnéticos.
Ampere enrolló un hilo en forma de solenoide, o hélice
(como un muelle de colchón) y descubrió que la corriente al fluir en la misma
dirección en cada vuelta, producía un refuerzo. El efecto magnético era más
fuerte que si se hubiese producido en un hilo recto, y el solenoide actuaba
exactamente igual que un imán de barra, con un polo norte y un polo sur.
En 1823, un experimentador inglés, William Sturgeon
(1783-1850), colocó dieciocho vueltas de cobre simple en torno de una barra de
hierro en forma de U, sin permitir que, en realidad, el hierro tocase la barra.
Esto concentraba el efecto magnético aún más, hasta el punto que consiguió un
«electroimán». Con la corriente dada, el electroimán de Sturgeon podía alzar
veinte veces su propio peso en hierro. Con la corriente desconectada, ya no era
un imán y no podía levantar nada.
En 1829, el físico estadounidense Joseph Henry (1797-1878)
empleó cable aislado y enrolló innumerables vueltas en torno de una barra de
hierro para producir un electroimán aún más potente. Hacia 1831, había
conseguido un electroimán de no gran tamaño que podía levantar más de una
tonelada de hierro.
Entonces se planteó la pregunta: dado que la electricidad
produce magnetismo, ¿puede el magnetismo producir también electricidad?
El científico inglés Michael Faraday (1791-1867) demostró
que la respuesta era afirmativa. En 1831 colocó un imán de barra dentro de un
solenoide de cable en el que no había conectada ninguna batería. Cuando metió
el imán, se produjo una descarga de corriente eléctrica en una dirección (esto
se observó con facilidad con un galvanómetro, que había sido inventado en 1820
empleando el descubrimiento de Oersted de que una corriente eléctrica haría
mover una aguja magnetizada). Cuando retiró el imán, se produjo una descarga de
electricidad en la dirección opuesta.
Entonces Faraday siguió con la construcción de un
mecanismo en el que se hacía girar continuamente un disco de cobre entre los
polos de un imán. Se estableció así una corriente continua en el cobre, y ésta
podía extraerse. Esto constituyó el primer generador eléctrico. Henry invirtió
las cosas haciendo que una corriente eléctrica hiciese girar una rueda, y esto
fue el primer motor eléctrico.
Faraday y Henry, conjuntamente, iniciaron la era de la
electricidad, y todo ello derivó de la observación inicial de Oersted.
Era ahora cierto que la electricidad y el magnetismo
constituían fenómenos íntimamente relacionados, que la electricidad producía
magnetismo y viceversa. El interrogante era sí podían existir también por
separado; si había condiciones en las que la electricidad no produjese
magnetismo, y viceversa.
En 1864, el matemático escocés James Clerk Maxwell imaginó
una serie de cuatro ecuaciones relativamente simples, que ya hemos mencionado
en el capítulo 1. Describían la naturaleza de las interrelaciones de la
electricidad y el magnetismo. Se hizo evidente pronto que las ecuaciones de
Maxwell se cumplían en todas las condiciones y que explicaban la conducta
electromagnética. Incluso la revolución de la relatividad introducida por
Albert Einstein (1879-1955) en las primeras décadas del siglo XX, una revolución
que modificó las leyes de Newton del movimiento y de la gravitación universal,
dejó intactas las ecuaciones de Maxwell.
Si las ecuaciones de Maxwell eran válidas ni los efectos
eléctricos ni los magnéticos podían existir aislados. Los dos estaban siempre
presentes juntos, y sólo existía electromagnetismo, en el que los componentes
eléctricos y magnéticos eran dirigidos en ángulos rectos uno a otro.
Además, al considerar las implicaciones de sus ecuaciones,
Maxwell descubrió que un campo eléctrico cambiante tenía que inducir un campo
magnético cambiante, que, a su vez, tenía que inducir un campo eléctrico
cambiante, y así sucesivamente. Por así decirlo, ambos saltaban por encima, por
lo que el campo progresaba hacia afuera en todas direcciones en forma de una
onda transversal que se movía a una velocidad de 300.000 kilómetros por
segundo. Esto era la «radiación electromagnética». Pero la luz es una onda
transversal que se mueve a una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo, y
la conclusión irresistible fue que la luz en todas las longitudes de onda,
desde los rayos gamma hasta las ondas radio, era una radiación
electromagnética. El conjunto formaba un espectro electromagnético.
Luz, electricidad y magnetismo se mezclaban en un solo
fenómeno descrito por una sola serie de relaciones matemáticas: e pluribus
unum. Ahora sólo quedaban dos formas de acción a distancia: gravitación y
electromagnetismo. Al desaparecer el concepto del éter, hablamos de «campos»;
de un «campo gravitatorio» y de un «campo electromagnético», consistiendo cada
uno de ellos en una fuente y una radiación que se expande indefinidamente desde
esta fuente, moviéndose hacia afuera a la velocidad de la luz.
Habiendo reducido los cinco a dos, ¿no deberíamos buscar
alguna serie de relaciones matemáticas aún más general que se refiera a un solo
«campo electromagnetogravitatorio», con la gravitación y el electromagnetismo
meramente como dos aspectos del mismo fenómeno?
Einstein trató durante treinta años de elaborar semejante
«teoría del campo unificado», y fracasó. Mientras lo intentaba, se descubrieron
dos nuevos campos, disminuyendo cada uno en intensidad con la distancia con
tanta rapidez, que mostraban su efecto sólo a distancias comparables al
diámetro de un núcleo atómico o menos (de ahí que se descubrieran tan tarde).
Se trata del «campo nuclear fuerte» y del «campo nuclear débil»
En los años 1870 el físico estadounidense Steven Weinberg
(n. 1933) y el físico paquistanobritánico Abdus Salam (n. 1926),
independientemente elaboraron un tratamiento matemático que mostraba que los
campos elecromagnético y nuclear débil eran aspectos diferentes de un único
campo, y probablemente puede lograrse también que este nuevo tratamiento
incluya el campo nuclear fuerte. Sin embargo, hasta hoy la gravitación sigue
estando tozudamente fuera de la puerta, tan recalcitrante como siempre.
Así pues, lo que cuenta es que ahora existen dos grandes
descripciones del mundo: la teoría de la relatividad, que trata de la gravedad
y el macrocosmos, y la teoría cuántica, que trata del campo electromagnético
débil fuerte y el microcosmos.
Aún no se ha encontrado la manera de combinar los dos, es
decir ninguna manera de «cuantificar» la gravitación. No creo que exista ningún
modo más seguro de conseguir un premio Nobel dentro de un año que el de
realizar esta tarea.
III. LAS DOS MASAS
Vi a Albert Einstein en una ocasión.
Fue el 10 de abril de 1935. Yo regresaba de una entrevista
en el Columbia College, una entrevista de la que dependía mi permiso para
entrar en el mismo. (Resultó desastrosa, puesto que yo era un muchacho de
quince años totalmente inexpresivo, y no entré.)
Me detuve en un museo para recuperarme, puesto que no me
hacía ilusiones en cuanto a mis posibilidades después de aquella entrevista, y
me encontraba tan confuso y alterado que nunca he sido capaz de recordar de qué
museo se trataba. Pero al pasear en un estado semiconsciente por sus salas, vi
a Albert Einstein, y no estaba tan sordo y ciego al mundo que me rodeaba para
no reconocerle al instante.
A partir de ese momento, durante media hora, le seguí con
paciencia de una sala a otra, sin mirar nada más, simplemente contemplándole.
No estaba solo, puesto que había otros que hacían lo mismo. Nadie pronunciaba
una palabra, nadie se le acercó para pedirle un autógrafo o con cualquier otro
propósito; todos, simplemente, se limitaban a mirarle. De todos modos Einstein
tampoco prestaba la menor atención; supongo que estaba acostumbrado a ello.
A fin de cuentas, ningún otro científico, excepto Isaac
Newton, fue tan reverenciado en vida, incluso por otros grandes científicos y
también por los profanos y por los adolescentes. Y no se trata sólo de que sus
logros fuesen enormes, sino que son, en ciertos aspectos, casi demasiado
refinados para describirlos, especialmente en relación con lo que se considera
en general como su descubrimiento más importante: la relatividad general.
Sin duda es también algo demasiado sutil para mí, puesto
que sólo soy bioquímico (en cierto modo) y no un físico teórico, pero en el
papel que he asumido de entrometido que lo sabe todo, supongo que, de todos
modos, debo intentarlo.
En 1905, Einstein había formulado su teoría especial de la
relatividad (o relatividad especial, para abreviar), que es la parte más
familiar de su trabajo. La relatividad especial comienza suponiendo que la
velocidad de la luz en un vacío se medirá siempre con el mismo valor constante,
sin tener en cuenta la velocidad de la fuente de luz respecto del observador.
A partir de aquí, una línea ineludible de deducciones nos
dice que la velocidad de la luz representa la velocidad límite de cualquier
cosa de nuestro Universo; es decir, que si observamos un objeto en movimiento,
descubriremos que su longitud en la dirección del movimiento y el índice de
paso del tiempo por él se ve disminuido y su masa aumentada, en comparación con
lo que sería si el objeto estuviese en reposo. Estas propiedades varían con la
velocidad de una manera fija tal, que a la velocidad de la luz, la longitud y
el tiempo podrían medirse como cero mientras la masa se haría infinita. Además,
la relatividad especial nos dice que energía y masa están relacionadas, según
la actualmente famosa ecuación e = mc2.
Sin embargo, supongamos que la velocidad de la luz en un
vacío no es inmutable en todas las condiciones. En ese caso, ninguna de las
deducciones es válida. ¿Cómo, pues, podemos decidir acerca de este asunto de la
constancia de la velocidad de la luz?
En realidad, el experimento de Michelson-Morley (véase
«The Light That Failed», en Adding a dimension, Doubleday, 1964) indicó que la
velocidad de la luz no cambiaba con el movimiento de la Tierra, es decir, que
era la misma tanto si la luz se movía en la dirección de las vueltas de la
Tierra en tomo del Sol, o en ángulos rectos respecto del mismo. Se podría
extrapolar el principio general a partir de esto, pero el experimento de
Michelson-Morley es susceptible de otras interpretaciones. (Llegando hasta un extremo,
podría indicar que la Tierra no se movía, y que Copérnico estaba equivocado.)
En cualquier caso, Einstein insistió más tarde en que no
había tenido noticia del experimento de Michelson-Morley en la época en que
concibió la relatividad especial, y que le parecía que la velocidad de la luz
debía ser constante porque se encontraba envuelto en contradicciones si no era
así.
En realidad, la mejor manera de comprobar el supuesto de
Einstein seria comprobar si las deducciones de tal presunción se observan en el
Universo real. Si es así, entonces nos vemos obligados a llegar a la conclusión
de que el supuesto básico debe ser cierto, porque entonces no conoceríamos otra
forma de explicar la verdad de las deducciones. (Las deducciones no proceden
del anterior punto de vista newtoniano del Universo, ni de ningún otro punto de
vista no einsteiniano, o no relativista.)
Hubiera sido en extremo difícil comprobar la relatividad
especial si el estado de los conocimientos físicos hubiera sido el de 1895,
diez años antes de que Einstein formulase su teoría. Los desconcertantes
cambios que predijo en el caso de la longitud, la masa y el tiempo con la
velocidad sólo son perceptibles a grandes velocidades, mucho más que las que
encontramos en la vida cotidiana. No obstante, por un golpe de suerte, el mundo
de las partículas subatómicas se había abierto en la década previa a los enunciados
de Einstein. Estas partículas se mueven a velocidades de 15.000 kilómetros por
segundo y más, y a esas velocidades los efectos relativísticos son apreciables.
Se demostró que las deducciones de la relatividad especial
estaban todas allí, todas ellas; no sólo cualitativamente sino también
cuantitativamente. No sólo un electrón ganaba masa si se aceleraba a los nueve
décimos de la velocidad de la luz, sino que la masa se multiplicaba 3 1/6
veces, tal y como había predicho la teoría.
La relatividad especial ha sido verificada un increíble
número de veces en las últimas ocho décadas, y ha pasado todas las pruebas. Los
grandes aceleradores de partículas construidos desde la Segunda Guerra Mundial
no funcionarían si no tuviesen en cuenta los efectos de la relatividad,
exactamente del modo requerido por las ecuaciones de Einstein. Sin la ecuación
e= mc2, no existe explicación para los efectos energéticos de las interacciones
subatómicas, el funcionamiento de las centrales de energía nuclear, el brillo
del Sol. Por consiguiente, ningún físico que se halle mínimamente cuerdo duda
de la validez de la relatividad especial.
Esto no quiere decir que la relatividad especial
represente necesariamente la verdad definitiva. Es muy posible que algún día
pueda proponerse una teoría más amplia para explicar todo lo que la relatividad
especial hace, y más incluso. Por otra parte, no ha surgido hasta ahora nada
que parezca requerir tal explicación excepto la llamada aparente separación de
los componentes del quasar a más de la velocidad de la luz, y la apuesta es que
probablemente se trata de una ilusión óptica que puede explicarse dentro de los
límites de la relatividad especial.
Pero aunque esta teoría más amplia se desarrollara,
debería llegar hasta la relatividad especial dentro de los limites de la
experimentación actual, igual que la relatividad especial llega hasta las leyes
del movimiento ordinarias de Newton, si uno se atiene a las bajas velocidades
que empleamos en la vida cotidiana.
¿Por qué es especial esa relatividad a la que tildamos de
«especial»? Porque trata del caso especial del movimiento constante. La
relatividad especial nos dice cuanto se necesita saber si se está tratando con
un objeto que se mueve a velocidad constante y en una dirección fija con
respecto a uno mismo.
Pero ¿qué ocurre si la velocidad o la dirección de un
objeto (o ambas cosas) cambia con respecto a uno? En ese caso, la relatividad
especial resulta insuficiente.
Estrictamente hablando, el movimiento nunca es constante.
Existen siempre fuerzas que introducen cambios en la velocidad, la dirección, o
ambas cosas, en el caso de cualquier objeto que se mueva. Por consiguiente,
podríamos argumentar que la relatividad especial es siempre insuficiente.
Así es, pero esa insuficiencia puede ser lo bastante
pequeña para no hacerle caso. Las partículas subatómicas que se mueven a
enormes velocidades en distancias cortas no tienen tiempo de acelerarse
demasiado, y se puede aplicar la relatividad especial.
Sin embargo, por lo general, en el Universo, que implica
estrellas y planetas, la relatividad especial es totalmente insuficiente,
puesto que allí hay que tratar con grandes aceleraciones y éstas son
invariablemente producidas por la existencia de vastos y omnipresentes campos
gravitatorios.
A nivel subatómico, la gravitación es tan excesivamente
débil en comparación con otras fuerzas, que puede pasarse por alto. A nivel
macroscópico de los objetos visibles, sin embargo, no puede pasarse por alto;
en realidad, se puede pasar por alto todo menos la gravitación.
Cerca de la superficie de la Tierra, un objeto que cae se
acelera mientras un cuerpo que asciende va más despacio, y ambos constituyen
ejemplos de aceleraciones causadas enteramente por el avance a través del campo
gravitatorio de la Tierra. La Luna viaja en una órbita alrededor de la Tierra,
la Tierra alrededor del Sol, el Sol en torno del centro galáctico, la galaxia
alrededor del centro del grupo local, y así sucesivamente, y en cada caso el
movimiento orbital incluye una aceleración, puesto que existe un cambio
continuo en la dirección del movimiento. Estas aceleraciones también son
producidas como respuesta a los campos gravitatorios.
Por lo tanto, Einstein se dedicó a aplicar sus nociones de
relatividad al caso del movimiento en general, tanto acelerado como constante;
en otras palabras, a todos los movimientos auténticos del Universo. Cuando
estuvo elaborado, esto constituyó la teoría general de la relatividad, o
relatividad general. Para hacerlo, ante todo y principalmente tuvo que
considerar la gravitación.
Existe un misterio acerca de la gravitación que se remonta
a Newton. Según la formulación matemática de Newton de las leyes que gobiernan
la forma en que los objetos se mueven, la fuerza de la atracción gravitatoria
depende de la masa. La atracción de la Tierra sobre un objeto con una masa de 2
kilogramos es, exactamente, el doble de intensa que sobre un objeto que tenga
una masa de sólo 1 kilogramo. Además, si la Tierra doblase su propia masa, lo
atraería todo con una fuerza exactamente doble a como lo hace ahora. Por tanto,
podemos medir la masa de la Tierra midiendo la intensidad de su atracción
gravitatoria sobre un objeto dado; o bien podemos medir la masa de un objeto
midiendo la fuerza ejercida sobre él por la Tierra.
Una masa determinada así es una «masa gravitatoria».
No obstante, Newton también elaboró las leyes del
movimiento y alegó que cualquier fuerza ejercida sobre un objeto hace que dicho
objeto sufra una aceleración. La cantidad de aceleración es inversamente
proporcional a la masa del objeto. En otras palabras, si se ejerce la misma
fuerza sobre dos objetos, uno con una masa de 2 kilogramos y el otro con una de
1 kilogramo, el objeto de 2 kilogramos se acelerará exactamente la mitad que el
objeto de 1 kilogramo.
La resistencia a la aceleración se denomina inercia, y
podemos afirmar que cuanto mayor sea la masa del objeto, mayor será su inercia;
es decir, menos se acelerará bajo el impulso de una fuerza dada. Por lo tanto,
podemos medir la masa de un objeto midiendo su inercia; es decir, midiendo la
aceleración producida sobre el mismo por una fuerza dada.
Una masa determinada así es una «masa inerte».
Todas las masas que se han determinado han sido medidas o
bien a través de los efectos gravitatorios, o bien por los efectos de la
inercia. Cada una de estas formas se toma como válida y se consideran
intercambiables, aunque las dos masas no tengan una relación aparente. A fin de
cuentas, ¿no es posible que existan algunos objetos, hechos con ciertos
materiales o mantenidos en ciertas condiciones, que presenten un intenso campo
gravitatorio pero muy poca inercia, o viceversa? ¿Por qué no?
Sin embargo, cuando se mide la masa de un cuerpo
gravitatoriamente, y se mide la masa del mismo cuerpo según la inercia, las dos
medidas resultan ser iguales. No obstante, esto puede ser sólo apariencia.
Pueden existir pequeñas diferencias, tan pequeñas que normalmente no se noten.
En 1909, un importante experimento en relación con esto
fue realizado por un físico húngaro, Roland, barón Von Eotvos (el nombre se
pronuncia «ut vush»).
Lo que hizo fue suspender una barra horizontal en una
fibra delicada. En un extremo de la barra había una bola de un material, y en
el otro extremo una bola de otro material. El Sol atrae ambas bolas y fuerza
una aceleración en cada una de ellas. Si las bolas tienen una masa diferente
por ejemplo 2 kilogramos y 1 kilogramo, entonces la masa de 2 kilogramos es
atraída con el doble de fuerza que la masa de 1 kilogramo y cabria esperar que
se acelerase con una fuerza dos veces superior. Sin embargo, la masa de 2
kilogramos posee el doble de inercia que la masa de 1 kilogramo. Por esta
razón, la masa de 2 kilogramos se acelera sólo la mitad por kilogramo y acaba
por acelerarse sólo con la fuerza de la masa de 1 kilogramo.
Si la masa inerte y la gravitatoria son exactamente
iguales, en ese caso las dos bolas son aceleradas de un modo exactamente igual,
y la barra horizontal puede ser atraída hacia el Sol en una cantidad
inconmensurable, pero eso no la hace rotar. Si la masa inerte y la masa
gravitatoria no son del todo iguales, una bola, se acelerará un poco más que la
otra y la barra experimentará una leve fuerza giratoria. Esto retorcerá la
fibra, la cual resiste hasta cierto punto la torsión y sólo se retorcerá en
respuesta a una fuerza dada. Por la extensión de la torsión, es posible
calcular la cantidad de diferencia entre la masa inerte y la masa gravitatoria.
La fibra empleada era muy delgada, por lo que su
resistencia a la torsión era muy baja, y sin embargo la barra horizontal no
presentó ninguna vuelta medible. Eótvós pudo calcular que una diferencia en las
dos masas de 1 parte en 200.000.000 habría producido una torsión mensurable, de
modo que ambas masas eran idénticas en cantidad dentro de ese límite.
(Desde entonces se han llevado a cabo versiones aún más
delicadas del experimento de Eótvós, y ahora estamos seguros, a través de la
observación directa, de que la masa inerte y la masa gravitatoria son idénticas
en cantidad hasta 1 parte en 1.000.000.000.000.)
Einstein, al elaborar la relatividad general, comenzó por
suponer que la masa inerte y la masa gravitatoria eran exactamente iguales,
porque son, en esencia, la misma cosa. A esto se le denomina «el principio de
equivalencia», y desempeña el mismo papel en la relatividad general que la
constancia de la velocidad de la luz en la relatividad especial.
Incluso antes de Einstein era posible ver que la
aceleración producida inercialmente puede provocar los mismos efectos que la
gravitación. Cualquiera de nosotros puede experimentarlo.
Si, por ejemplo, se está en un ascensor que empieza a
descender, ganando velocidad al principio, durante ese período de aceleración
el suelo del ascensor se separa de los pies de uno, por así decirlo, de manera
que se ejerce sobre él menos fuerza. Uno siente disminuir su peso, como si se
estuviera yendo hacia arriba. La aceleración hacia abajo es equivalente a una
disminución de la atracción gravitatoria.
Naturalmente, una vez que el ascensor alcanza una
determinada velocidad y la mantiene, ya no hay más aceleración y uno siente su
peso normal. Si el ascensor se está moviendo a una velocidad constante dada, y
en una dirección constante, no se nota el efecto de la gravedad. En realidad,
si se viaja por un vacío en una caja cerrada por completo, de modo que no se
vea moverse el escenario, ni se sienta la vibración de la resistencia del aire,
ni se oiga el silbido del viento, no existe ninguna manera de distinguir este
movimiento constante de cualquier otro (a diferente velocidad o en una
dirección diferente), o del estado de reposo. Ésta es una de las bases de la
relatividad especial.
Dado que la Tierra viaja por un vacío a una velocidad casi
constante y en una dirección casi constante (en distancias cortas), a la gente
le resulta difícil diferenciar esta situación de la de la Tierra estando en
reposo.
Por otra parte, si el ascensor siguiera acelerando hacia
abajo y se moviera cada vez más aprisa, uno sentiría como si su peso hubiese
disminuido de forma permanente. Si el ascensor acelerara hacia abajo en una
proporción considerablemente importante, si cayera a la aceleración natural que
la atracción gravitatoria le impondría («caída libre»), en este caso
desaparecería toda sensación de peso. Uno se sentiría flotar.
Si el ascensor acelerase hacia abajo en una proporción más
rápida que la asociada con la caída libre, se sentiría el equivalente de una
atracción gravitatoria hacia arriba, y se encontraría que el techo desempeña
para uno las funciones del suelo.
Naturalmente, no se puede esperar que un ascensor se
acelere hacia abajo durante mucho tiempo. En primer lugar, se necesitaría un
hueco de ascensor extraordinariamente largo para que éste pudiera seguir
desplazándose hacia abajo, uno que tuviese años luz de longitud, sí queremos
llevar las cosas al extremo. En segundo lugar, aunque se tuviese ese
imposiblemente largo hueco de ascensor, un nivel de aceleración constante
pronto haría que la velocidad se convirtiese en una fracción respetable de la
velocidad de la luz. Eso introduciría efectos relativistas apreciables y
complicaría las cosas.
Sin embargo, podemos imaginar otra situación. Si un objeto
se encuentra en órbita alrededor de la Tierra, está, en efecto, cayendo
constantemente hacia la Tierra con una aceleración impuesta por la atracción
gravitatoria de la Tierra. No obstante, se está también moviendo
horizontalmente en relación con la superficie de la Tierra y, puesto que la
Tierra es esférica, esa superficie se curva alejándose del objeto que está
cayendo. De ahí que el objeto esté siempre cayendo, pero nunca llegue a la
superficie. Estará cayendo durante miles de millones de años, tal vez. Estará
en perpetua caída libre.
Así, una nave espacial que se halle en órbita bordeando la
Tierra, se mantiene en esa órbita gracias a la atracción gravitatoria de la
Tierra, pero cualquier cosa en la nave espacial cae con ésta y experimenta una
gravedad cero, igual que si se encontrase en un ascensor que estuviese cayendo
perpetuamente. (En realidad, los astronautas sentirían la atracción
gravitatoria de la nave espacial en sí y de cada uno, por no hablar de las
atracciones de los otros planetas y de las estrellas distantes, pero se trataría
de unas fuerzas pequeñas que serían por completo imperceptibles.) Ésa es la
razón de que las personas que se encuentran en naves espaciales en órbita
floten libremente.
Una vez más, la Tierra se halla sujeta a la atracción
gravitatoria del Sol y que la mantiene en órbita alrededor del Sol. Igual que
la Luna. La Tierra y la Luna caen juntas, perpetuamente, hacia el Sol y, al
encontrarse en caída libre, no sienten la atracción del Sol en lo que se
refiere a su relación mutua.
Sin embargo, la Tierra tiene una atracción gravitatoria
por sí misma que, aunque es mucho más débil que la del Sol, es bastante fuerte.
Por tanto, la Luna, en respuesta a la atracción gravitatoria de la Tierra, gira
alrededor de ésta, exactamente como si el Sol no existiese. (Realmente, dado
que la Luna se halla un poco apartada de la Tierra, y a veces está un poco más
cerca del Sol que la Tierra, y a veces un poco más lejos, la atracción solar es
un poco diferente en los dos mundos, y esto introduce ciertos «efectos de
marea» menores que ponen de manifiesto la realidad de la existencia del Sol.)
De nuevo, nos encontramos sobre la Tierra y sentimos sólo
la atracción de ésta y no la del Sol, puesto que nosotros y la Tierra
compartimos la caída libre respecto del Sol, y puesto que el efecto de marea
que el Sol ejerce sobre nosotros es demasiado pequeño para que lo percibamos o
seamos conscientes del mismo.
A continuación, supongamos que nos encontramos en un
ascensor que está acelerando hacia arriba. Esto sucede en un grado muy pequeño
cada vez que nos hallamos en un ascensor que se mueve hacia arriba desde el
estado de reposo. Si se trata de un ascensor rápido, cuando se pone en marcha
hay un momento de aceleración apreciable durante el cual el suelo se mueve
hacia arriba, hacia nosotros, y sentimos una presión hacia abajo. La
aceleración hacia arriba produce la sensación de una mayor atracción gravitatoria.
También en este caso la sensación es muy breve, puesto que
el ascensor alcanza su velocidad máxima y luego la mantiene durante el
transcurso de su viaje hasta que llega el momento de detenerse, cuando
momentáneamente reduce su velocidad y se tiene la sensación de que la atracción
gravitatoria decrece. Mientras el ascensor se encontraba a la velocidad máxima,
sin acelerar ni ir más despacio, uno se sentía por completo normal.
Bueno, supongamos que nos encontramos en el hueco de un
ascensor de una longitud de años luz y que hay allí un ascensor cerrado que
podría acelerarse con suavidad hacia arriba a través de un vacío durante un
período indefinido, yendo cada vez más deprisa. Se sentiría indefinidamente una
mayor atracción gravitatoria. (Los astronautas tienen esta sensación durante un
período de tiempo cuando un cohete acelera hacia arriba y sienten una incómoda
presión hacia abajo. Existe un límite respecto a lo intensa que puede
permitirse que sea una aceleración, o la sensación adicional de atracción
gravitatoria puede hacerse lo bastante fuerte para que la presión lleve los
astronautas a la muerte.)
Pero supongamos que no existe la Tierra, que se trata sólo
de un ascensor que acelera hacia arriba. Si el índice de aceleración estuviera
en el nivel apropiado, se sentiría el equivalente de una atracción gravitatoria
igual que en la superficie de la Tierra. Se podría andar allí con perfecta
comodidad e imaginarnos que el ascensor descansa inmóvil en la superficie de la
Tierra.
Aquí es donde Einstein realizó el mayor salto en su
imaginación. Al suponer que la masa inerte y la masa gravitatoria eran
idénticas, también supuso que no existía ninguna manera ninguna manera de poder
decir si uno se encontraba en un cubículo cerrado moviéndose hacia arriba con
una aceleración regular de 9,8 m por segundo cada segundo, o si uno estaba en
ese mismo cubículo cerrado en reposo sobre la superficie de la Tierra.
Esto significa que cualquier cosa que sucediese en el
cubículo en aceleración también debe ocurrir en reposo sobre la superficie de
la Tierra.
Esto resulta fácil de ver en lo que se refiere a los
cuerpos ordinarios que caen. Un objeto que se sostuviera con el brazo extendido
en un cubículo acelerado caería cuando se lo soltase, y parecería caer a un
índice en constante aceleración porque el suelo del cubículo se desplazaría
hacía arriba, para encontrarse con él a un índice en constante aceleración.
Por tanto, un objeto que se sostuviera en la Tierra caería
de la misma forma. Esto no significa que la Tierra se esté acelerando hacia
arriba, hacia el objeto. Significa simplemente que la atracción gravitatoria
produce un efecto que no se puede distinguir del de una aceleración hacia
arriba.
Sin embargo, Einstein insistió en que esto lo incluye
todo. Si un rayo de luz fuera enviado horizontalmente a través de un ascensor
que acelerase hacia arriba, el ascensor estaría un poco más arriba cuando el
rayo de luz acabase su viaje, y por lo tanto éste parecería curvarse hacia
abajo al cruzar el cubículo. En realidad, la luz viaja con tanta rapidez, que
en el tiempo que tardase en cruzar el cubículo, éste se habría desplazado hacia
abajo sólo de modo imperceptible, pero se curvaría igualmente; no hay duda
respecto a eso.
Por tanto, decía Einstein, un rayo de luz sujeto al campo
gravitatorio de la Tierra (o a cualquier campo gravitatorio) debe también
viajar en una trayectoria curva. Cuanto más intenso sea el campo gravitatorio y
más larga la trayectoria por la que ha viajado el rayo de luz, más perceptible
será la curva. Éste es un ejemplo de una deducción que puede extraerse del
principio de equivalencia que no podía extraerse de las teorías anteriores de
la estructura del Universo. Todas las deducciones reunidas constituyen la
relatividad general.
Otras deducciones incluyen la sugerencia de que la luz
debería tardar un poco más de tiempo en viajar de A a B cuando se hallase
sujeta a un campo gravitatorio, porque sigue una trayectoria curva; que la luz
pierde energía cuando de desplaza contra la atracción de un campo gravitatorio
y, por lo tanto, muestra un desplazamiento hacía el rojo, etcétera.
Una vez más, examinando todas las deducciones, parece
acertado considerar curvado el espacio-tiempo. Todo sigue la curva, de modo que
los efectos gravitatorios se deben a la geometría del espacio-tiempo más que a
una «atracción».
Es posible elaborar una simple analogía de los efectos
gravitatorios imaginando una lámina indefinidamente grande de una goma
infinitamente ampliable que se extendiese muy por encima de la superficie de la
Tierra. El peso de cualquier masa que descanse sobre la lámina empuja la goma
hacia abajo hasta el punto de crear un «pozo de gravedad». Cuanto mayor sea la
masa y más comprimida se encuentre, más profundo será el pozo y más empinados
los lados. Un objeto que ruede a través de la lámina puede rozar un borde del
pozo de gravedad, hundiéndose en el somero reborde del pozo y salir de nuevo.
De este modo se verá forzado a seguir una trayectoria curvada como si hubiese
sufrido una atracción gravitatoria.
Si el objeto rodante siguiese una trayectoria que lo
llevase a más profundidad en el pozo, podría quedar atrapado allí y tendría que
seguir una trayectoria oblicua elíptica por las paredes del pozo. Si existe
fricción entre el objeto en movimiento y las paredes, la órbita decaerá y el
objeto, finalmente, caerá en el objeto mayor del fondo del pozo.
En resumen: utilizando la relatividad general, Einstein
pudo establecer ciertas «ecuaciones de campo», que son aplicables al Universo
en conjunto. Esas ecuaciones de campo fundaron la ciencia de la cosmología (el
estudio de las propiedades del Universo como un todo).
Einstein anunció la relatividad general en 1916, y la
siguiente cuestión fue si podría verificarse por la observación como la
relatividad especial lo había sido poco después de su formulación once años
antes.
Aquí existe una trampa. Mientras la relatividad especial y
la general predecían efectos que diferían del viejo punto de vista newtoniano
en tan poco como para no poder observarse, el descubrimiento fortuito de los
fenómenos subatómicos hizo posible estudiar versiones muy pronunciadas de los
efectos de la relatividad especial.
La relatividad general no tuvo tanta suerte. Durante medio
siglo después de haberlo sugerido Einstein, sólo se podía contar con efectos
muy pequeños para distinguir la relatividad general del anterior tratamiento
newtoniano.
Las observaciones que pudieron realizarse tendían a ser
favorables a la relatividad general, pero no abrumadoramente favorables. Por lo
tanto, la teoría de la relatividad general siguió siendo objeto discusión
durante mucho tiempo (pero no la relatividad especial, que es una cuestión ya
establecida).
Y lo que es más, dado que la versión de Einstein no fue
firmemente confirmada, otros científicos trataron de elaborar formulaciones
matemáticas alternativas, basadas en el principio de equivalencia, por lo que
existe cierto número de diferentes relatividades generales.
De todas las distintas relatividades generales, la de
Einstein resultó ser la más simple y la que podía ser expresada de forma más
nítida en ecuaciones matemáticas. Era la más «elegante».
La elegancia resulta poderosamente atractiva para los
matemáticos y los científicos, pero no es una garantía absoluta de la verdad.
Por lo tanto, era necesario encontrar pruebas (si era posible) que
distinguieran la relatividad general de Einstein no sólo del punto de vista
newtoniano del Universo, sino también de todas las relatividades generales que
competían con ella.
Trataremos de esto en el capítulo siguiente.
IV. EL GENERAL VICTORIOSO
Carol Brener, la ingeniosa propietaria de «Murder Ink»,
una librería especializada en novelas de misterio, me telefoneó el otro día
para preguntar si podría enviar a alguien con un ejemplar de mi libro The
Robots of Dawn, para que se lo firmase para un cliente especial. Naturalmente,
accedí enseguida.
Ese «alguien» llegó, y, más bien ante mi asombro, resultó
ser una joven dama de considerable belleza. Al instante me convertí en todo
suavidad (como suele ser mi costumbre). La invité a entrar y le firmé el libro.
—No me diga —le dije, exudando encanto— que Carol la ha
enviado a mi casa sin prevenirla acerca de mí.
—Oh, me previno —respondió la joven dama con calma—. Me
dijo que me relajase, porque en el fondo usted es inofensivo.
…Y ésa es, confío, la actitud apropiada que debe tomarse
respecto de este segundo ensayo que estoy escribiendo acerca de la relatividad
general. El tema puede parecer formidable pero (con los dedos cruzados) espero
que demuestre ser, en el fondo algo inofensivo.
En el capítulo precedente he explicado que la relatividad
general se basaba en el supuesto de que la masa gravitatoria era idéntica a la
masa inerte, y que, por tanto, se podían considerar los efectos gravitatorios
como idénticos a los efectos que se observarían en un sistema en aceleración
infinita.
La pregunta es: ¿Cómo puede demostrarse que este punto de
vista de la gravitación es más correcto que el de Newton?
Para empezar, existe lo que se ha denominado «las tres
pruebas clásicas».
La primera de ellas surgió del hecho que, en la época en
que Einstein formuló la teoría de la relatividad general, en 1916, seguía
existiendo un enigma con respecto al Sistema Solar. Cada vez que Mercurio
giraba alrededor del Sol en su órbita elíptica, pasaba por ese punto en que
estaba más cerca del Sol («perihelio»). La posición de este perihelio no era
fija en relación con el fondo de estrellas, sino que avanzaba un poco en cada
vuelta. Se suponía que lo hacía así a causa de los efectos menores («perturbaciones»)
de las atracciones gravitatorias de otros planetas. Sin embargo, cuando se
tuvieron en cuenta todas esas perturbaciones, se vio que había un ligero avance
del perihelio anterior, que ascendía a cuarenta y tres segundos de arco por
siglo.
Se trataba de un movimiento muy pequeño (asciende sólo a
la anchura aparente de nuestra Luna después de 4.337 años), pero se podía
descubrir y era preocupante. La mejor explicación que podía darse era que
existía un planeta aún no descubierto en la órbita de Mercurio, y esta fuerza
gravitatoria que no se tenía en cuenta era la razón de ese avance, de otro modo
inexplicable, del perihelio. El único problema era que semejante planeta no
podía hallarse. (Véase «The Planet That Wasn’t» en The Planet That Wasn’t,
Doubleday, 1976.)
Sin embargo, para Einstein el campo gravitatorio era una
forma de energía, y esa energía era equivalente a una masa pequeña, la cual, a
su vez, producía un poco más de campo gravitatorio. Por lo tanto, el Sol poseía
un poco más de gravitación de la que le habían atribuido las matemáticas
newtonianas, y eso, y no otro planeta, era lo que explicaba el avance del
perihelio de Mercurio.
Esto constituyó una instantánea e impresionante victoria
para la relatividad general, aunque esa victoria demostró tener limitaciones.
Todos los cálculos que trataban de la posición del perihelio de Mercurio
incluían el supuesto de que el Sol era una esfera perfecta. Dado que el Sol es
una bola de gas con un campo gravitatorio muy intenso, esto parecía una
suposición razonable.
Sin embargo, el Sol giraba y, como resultado, debería ser
un esferoide achatado. Una protuberancia ecuatorial, incluso pequeña, podría
producir un efecto que explicaría parte o todo el avance, y esto plantearía
dudas acerca de la relatividad general.
En 1967, el físico estadounidense Robert Henry Dicke
realizó unas cuidadosas mediciones del tamaño del disco solar e informó de un
leve achatamiento que era suficiente para ser el responsable de tres de los
cuarenta y tres segundos de arco de avance por siglo. Esto supuso grandes
titulares científicos como un posible golpe a la relatividad general de
Einstein.
No obstante, desde entonces se han dado a conocer valores
más pequeños del achatamiento solar y el asunto sigue aún sometido a discusión.
Mi opinión es que, al final, se demostrará que el Sol es sólo
insignificantemente achatado, pero por el momento el avance del perihelio de
Mercurio no se considera una buena prueba para la relatividad general de
Einstein.
Pero ¿qué hay de las otras dos pruebas clásicas?
Una de ellas implicaba el asunto de la curvatura de un
campo gravitatorio, algo que ya he mencionado en el capítulo 3. Si esto
realmente tenía lugar en la cantidad predicha por la relatividad general, sería
algo mucho más impresionante que el asunto del perihelio de Mercurio. A fin de
cuentas, el movimiento del perihelio de Mercurio se conocía, y se puede
imaginar que las matemáticas einsteinianas podían haber sido realizadas para
adecuarse a ello. Por otra parte, nadie había pensado jamás en poner a prueba
la curva gravitatoria de la luz porque, ante todo, nadie había soñado que
pudiese existir un fenómeno así. Si se predijera un fenómeno tan improbable y
luego resultara existir, eso constituiría un triunfo increíble para la teoría.
¿Cómo probarlo? Sí una estrella estuviese situada muy
cerca de la posición del Sol en el firmamento, su luz, al pasar rozando el Sol,
se curvaría de tal forma que la estrella parecería estar situada un poco más
lejos de la posición del Sol de lo que realmente estuviese. La relatividad
general mostró que una estrella cuya luz simplemente rozase el borde solar
estaría desplazada en 1,75 segundos de arco, es decir, una milésima de la
anchura aparente del Sol. Esto no es mucho, pero es medible, salvo porque esas
estrellas que se encuentran tan cercanas a la posición aparente del Sol en el
firmamento normalmente no son visibles.
Durante un eclipse total de Sol, no obstante, si lo
serían, y estaba previsto un eclipse así para el 29 de mayo de 1919. Cuando se
produjese, el oscurecido Sol estaría situado en medio de un grupo de brillantes
estrellas. El astrónomo británico Arthur Stanley Eddington, que había
conseguido una copia del ensayo de Einstein acerca de la relatividad general,
por medio de los neutrales Países Bajos durante los oscuros días de la Primera
Guerra Mundial, quedó impresionado por la misma y organizó una expedición para
realizar las mediciones necesarias de las posiciones de aquellas estrellas unas
respecto a otras. Estas mediciones podrían compararse luego con las posiciones
conocidas de las mismas estrellas en los momentos en que el Sol estaba muy
alejado en el firmamento.
Se realizaron las mediciones y, ante la creciente
excitación de los astrónomos, estrella tras estrella mostraron el
desplazamiento pronosticado. La relatividad general quedó demostrada de una
manera que fue increíblemente dramática, y el resultado llenó las primeras
páginas de los periódicos. De una sola tacada, Einstein se convirtió en lo que
ya sería durante el resto de su vida: el científico más famoso del mundo.
Y, sin embargo, aunque se supone (en la mitología popular
de la ciencia) que el eclipse de 1919 dejó zanjado el asunto, y aunque yo
también lo he considerado siempre de este modo, en realidad no estableció la
relatividad general.
Las mediciones resultaron necesariamente poco claras, las
comparaciones entre estas mediciones y las posiciones en otros momentos del año
fueron difíciles de fijar con precisión, y apareció una incertidumbre adicional
debida al hecho de que, en las diferentes épocas del año, se emplearon
distintos telescopios en diferentes condiciones climáticas, y, en conjunto,
como apoyo de la relatividad general, los datos eran poco consistentes.
Ciertamente no servían para distinguir la variedad de Einstein de las otras
variedades en competencia que al final se ofrecieron.
Y lo que es más, mediciones posteriores en sucesivos
eclipses no parecieron mejorar la situación.
¿Y la tercera de las pruebas clásicas?
Ya mencioné en el capitulo 3 que la luz que sube contra la
atracción de la gravedad debería perder energía, según la relatividad general,
dado que la luz sin duda lo haría si se elevase contra una aceleración hacia
arriba de la fuente. La pérdida de energía significaba que cualquier línea
espectral que se hallase en una longitud de onda dada en ausencia de un campo
gravitatorio importante se desviaría hacia el rojo si la luz que lo contuviese
se moviese contra la atracción gravitatoria. Esto era el «desplazamiento hacia
el rojo gravitacional» o «el desplazamiento hacia el rojo de Einstein».
Sin embargo, un desplazamiento hacia el rojo de este tipo
era asimismo muy pequeño y haría falta un campo gravitatorio enormemente
intenso para producir uno que pudiera medirse de manera inconfundible.
En la época en que Einstein presentó su teoría de la
relatividad general, el campo gravitatorio más intenso que podía estudiarse
fácilmente parecía ser el del Sol, y éste, por intenso que fuese, era demasiado
débil para resultar útil como prueba del desplazamiento hacia el rojo de
Einstein.
Pese a todo, sólo unos meses antes del ensayo de Einstein,
el astrónomo estadounidense Walter Sydney Adams había presentado pruebas de que
el oscuro compañero de Sirio («Sirio B») era en realidad una estrella con la
masa del Sol, pero con el volumen de un pequeño planeta. (Véase El sol brilla
luminoso, publicado en esta misma colección.) Esto resultó un poco difícil de
creer al principio, y durante algún tiempo no se hizo caso de la «enana
blanca».
Sin embargo, fue Eddington quien vio, con toda claridad,
que si Sirio B era muy pequeño tenía que ser asimismo muy denso, y que poseería
un campo gravitatorio enormemente intenso. Su luz, por lo tanto, mostraría un
desplazamiento hacia el rojo de Einstein claramente perceptible si la
relatividad general fuera correcta.
Adams continuó estudiando el espectro de Sirio B con
detalle, y en 1925 informó que el desplazamiento hacia el rojo de Einstein se
encontraba allí, y bastante cerca de lo pronosticado por la relatividad
general.
Una vez más aquello fue considerado como un triunfo, pero,
de nuevo, pasado el período de euforia, pareció que el resultado no era del
todo claro. La medida del desplazamiento no era muy exacta por cierto número de
razones (por ejemplo, el movimiento de Sirio B a través del espacio introducía
un desplazamiento de la línea espectral que no estaba relacionado con la
relatividad general, y que introducía una enojosa incertidumbre). Como
resultado de todo ello, la prueba ciertamente no podía emplearse para distinguir
la relatividad general de Einstein de otras teorías que competían con ella, y
el estudio de la luz procedente de otras enanas blancas tampoco mejoró las
cosas.
Todavía en 1960, es decir, cuarenta y cuatro años después
de que se introdujera la relatividad general y cinco años después de la muerte
de Einstein, la teoría aún descansaba sobre las tres pruebas clásicas que eran,
simplemente, inadecuadas para esta tarea. Y lo que es más, parecía como si no
existiese ninguna otra comprobación que pudiera siquiera empezar a dejar
zanjado el asunto.
Daba la impresión de que los astrónomos tendrían,
simplemente, que vivir sin tener una descripción adecuada del Universo en
conjunto, y discutir eternamente acerca de las diferentes posibilidades de la
relatividad general, como los escolásticos al debatir el número de ángeles que
podrían bailar encima de la cabeza de un alfiler.
La única cosa que se podía afirmar, de un modo
constructivo, era que la versión de Einstein era la más sencilla de explicar
matemáticamente y, por tanto, también la más elegante. Pero eso tampoco era una
prueba segura de la verdad.
Luego, a partir de 1960, todo cambió.
El físico alemán Rudolf Ludwig Móssbauer recibió su
doctorado en 1958, a la edad de veintinueve años, y el mismo año anunció lo que
habría de llamarse «el efecto Móssbauer», por el que recibió el premio Nobel de
Física en 1961.
El efecto Móssbauer implica la emisión de rayos gamma por
ciertos átomos radiactivos. Los rayos gamma consisten en fotones de energía, y
su misión induce un retroceso en el átomo que realiza la emisión. El retroceso
hace disminuir un poco la energía del fotón del rayo gamma. Normalmente, la
cantidad de retroceso varia de un átomo a otro por varias razones, y el
resultado es que cuando los fotones se emiten en cantidad por una colección de
átomos, son aptos para tener una amplia extensión de contenido energético.
Sin embargo, hay condiciones en las que los átomos, cuando
existen en un cristal algo grande y ordenado, emitirán fotones de rayos gamma
experimentando el retroceso todo el cristal como una unidad. Dado que el
cristal tiene una masa enorme en comparación con un solo átomo, el retroceso
que sufre es insignificantemente pequeño. Todos los fotones se emiten con toda
la energía, por lo que el rayo posee una extensión de energía de prácticamente
cero. Esto es el efecto Móssbauer.
Los fotones de rayos gamma de exactamente el contenido de
energía emitido por un cristal en estas condiciones serán absorbidos con fuerza
por otro cristal del mismo tipo. Si el contenido energético es incluso muy
ligeramente distinto en una u otra dirección, la absorción por un cristal
similar quedará en extremo reducida.
Pues bien, supongamos entonces que un cristal está
emitiendo fotones de rayos gamma en el sótano de un edificio, y una corriente
de fotones se dispara hacia arriba, hacia un cristal absorbente que está en el
tejado, 20 metros más arriba. Según la relatividad general, los fotones que
suben contra la atracción de la gravedad de la Tierra perderían energía. La
cantidad de energía que perderían sería en extremo pequeña, pero suficiente
para impedir que el cristal del tejado la absorbiera.
El 6 de marzo de 1960, dos físicos estadounidenses, Robert
Vivian Pound y Glen Rebka, Jr., informaron de que habían llevado a cabo este
experimento y descubierto que los fotones no eran absorbidos. Y lo que es más,
luego movieron hacia abajo el cristal receptor muy despacio, para que su
movimiento incrementase muy levemente la energía de colisión con los fotones
que entraban. Midieron la proporción de movimiento descendente que originaría
el suficiente incremento de energía para producirse la pérdida de relatividad
general y para permitir que los fotones fuesen absorbidos con fuerza. De esta
manera determinaron exactamente cuanta energía perdían los rayos gamma al
ascender contra la atracción gravitatoria de la Tierra, y descubrieron que el
resultado coincidía con la predicción de Einstein hasta el 1 por 100. Ésta fue
la primera demostración real e indiscutible de que la relatividad general era
correcta, y fue la primera demostración llevada a cabo por completo en un
laboratorio. Hasta entonces, las tres pruebas clásicas habían sido siempre de
tipo astronómico y habían requerido mediciones con algunas inexactitudes que
habían sido casi imposibles de reducir. En el laboratorio, todo podía ser
perfectamente controlado, y la precisión era mucho más elevada. De forma
también asombrosa, el efecto Móssbauer no requería una enana blanca, ni
siquiera el Sol. El comparativamente débil campo gravitatorio de la Tierra era
suficiente, y en una diferencia de altura no mayor que la distancia entre el
sótano y el tejado de un edificio de seis pisos.
Sin embargo, aunque podría considerarse que el efecto
Móssbauer había asentado por fin la relatividad general, y dejado atrás
definitivamente la gravedad newtoniana, las demás variedades de relatividad
general (que, en realidad, habían sido introducidas a partir de 1960), no
quedaban eliminadas por este experimento.
El 14 de setiembre de 1959, se recibió un eco de radar,
por primera vez, desde un objeto externo al sistema Tierra-Luna: desde el
planeta Venus.
Los ecos de radar se producen por un rayo de microondas
(ondas de radio de muy alta frecuencia), que viajan a la velocidad de la luz,
una cifra que conocemos con considerable precisión. Un rayo de microondas puede
viajar rápidamente hasta Venus, chocar contra su superficie y reflejarse, y a
continuación regresar a la Tierra en de 2 1/4 a 25 minutos, según donde se
encuentren la Tierra y Venus en sus respectivas órbitas. A partir del tiempo
realmente consumido por el eco al regresar, puede determinarse la distancia de
Venus en un momento dado con una precisión mayor que la que cualquier otro
método anterior había hecho posible. La órbita de Venus, por lo tanto, puede
calcularse con gran exactitud.
Esto invirtió la situación. Se hizo posible predecir
cuánto tiempo tardaría exactamente un rayo de microondas en chocar con Venus y
regresar cuando el planeta se encontrase en cualquier posición concreta de su
órbita en relación con nosotros mismos. Hasta las menores diferencias de la
predicha extensión de tiempo podían determinarse sin ninguna seria
incertidumbre.
La importancia de esto radica en que Venus, con intervalos
de 584 días, estará casi exactamente en el lado opuesto al Sol desde nuestra
posición, de manera que la luz que se dirija de Venus a la Tierra debe rozar el
borde del Sol durante su camino.
Según la relatividad general, esa luz seguiría una
trayectoria curvada y la posición aparente de Venus se desplazaría alejándose
ligeramente del Sol. Pero Venus no puede observarse cuando se encuentra tan
cerca del Sol, y aunque pudiese hacerse, el ligero desplazamiento de su
posición seria casi imposible de medir con seguridad.
Sin embargo, debido a que la luz sigue una trayectoria
levemente curvada al rozar la superficie del Sol, tarda más en llegar a
nosotros que si hubiese seguido la habitual línea recta. No podemos medir el
tiempo que tarda la luz de Venus en llegar hasta nosotros, pero podemos enviar
un rayo de microondas a Venus y aguardar el eco. El rayo pasará cerca del Sol
cuando se desplace en cada dirección, y podemos medir el tiempo que se tarda en
recibir el eco.
Si sabemos cuán cerca el rayo de microondas se aproxima al
Sol, conoceremos, por la matemática de la relatividad genera, exactamente
cuánto debería tardar. La tardanza real y la teórica pueden compararse con
mayor exactitud de lo que podemos medir el desplazamiento de las estrellas en
un eclipse total.
Luego, también nuestras sondas planetarias emiten
pulsaciones de microondas y éstas pueden descubrirse. Cuando se sabe con
exactitud la distancia de la sonda en cualquier momento, el tiempo que tardan
las pulsaciones en viajar hasta la Tierra puede medirse y compararse con el
teórico, cuando las pulsaciones no se mueven en absoluto cerca del Sol, y luego
de nuevo cuando deben pasar rozando el Sol. Estas mediciones, realizadas a
partir de 1968 han demostrado coincidir con las formulaciones de Einstein de la
relatividad general en un porcentaje de 0,1.
Por lo tanto, parece que ahora no hay duda de que no sólo
la relatividad general es correcta, sino de que la formulación de Einstein es
el general victorioso. Las teorías que competían con ella están desapareciendo.
Existen también en la actualidad demostraciones
astronómicas de la validez de la relatividad general, demostraciones que
implican objetos cuya existencia no se conocía en el momento en que Einstein
presento por primera vez su teoría.
En 1963, el astrónomo holandés-estadounidense Maarten
Schmidt consiguió demostrar que ciertas «estrellas» que eran fuertes emisores
de ondas de radio no eran estrellas de nuestra propia galaxia, sino objetos
situados a mil millones o más de años luz de distancia. Esto pudo demostrarse
por el enorme desplazamiento hacia el rojo de sus líneas espectrales, que
mostraron que retrocedían respecto de nosotros a unas velocidades elevadas sin
precedente. Esto (presumiblemente) sólo podía ser debido a que se encontraban
sumamente alejadas de nosotros.
El asunto provocó una considerable controversia acerca de
qué podrían ser esos objetos («quasares»), pero esa controversia carece de toda
importancia en relación con lo que nos interesa ahora. Lo que sí importa es que
los quasares emiten fuertes rayos de ondas de radio. Gracias a los elaborados
radiotelescopios construidos desde que se reconocieron por primera vez los
quasares como lo que son, las fuentes de radio dentro de los quasares pueden
localizarse con una exactitud mucho mayor de la que es posible para localizar
un objeto simplemente emisor de luz.
Ocasionalmente, las ondas de luz (y de radio) que salen de
un quasar determinado rozan la superficie del Sol en su camino hacia nosotros.
Las ondas de luz se pierden en el fuerte brillo del Sol, pero las ondas de
radio pueden descubrirse con facilidad, con Sol o sin él, por lo que no hay
necesidad de aguardar a que se produzca un eclipse que sólo tiene lugar cuando
el Sol se encuentra en la Posición correcta para nuestros propósitos. Y aún
más: la fuente de ondas de radio se ha registrado con tanta exactitud, que el
leve desplazamiento inducido por la relatividad general puede determinarse con
mucha mayor exactitud que el famoso desplazamiento en la posición de la
estrella durante el eclipse de 1919.
El desplazamiento de la posición en las ondas de radio del
quasar, medido una gran cantidad de veces durante los últimos quince años, ha
demostrado encontrarse menos de un 1 por 100 dentro de lo que dan las
previsiones de la relatividad general de Einstein, y las mediciones llevadas a
cabo durante el eclipse de 1919, por poco fiables e inseguras que fuesen, han
quedado vindicadas.
Los quasares se hallan implicados en otro fenómeno que
apoya la relatividad general, un fenómeno particularmente impresionante.
Supongamos que existe un objeto emisor de luz que está
lejos, y entre éste y nosotros se halla un pequeño objeto con un poderoso campo
gravitatorio. El objeto emisor de luz que está lejos enviaría ondas de luz que
pasarían rozando los invisibles objetos cercanos por todos lados. En todos los
lados la luz se desplazaría hacia afuera por el efecto de la relatividad
general, y el resultado sería exactamente como si la luz pasase a través de una
lente de cristal ordinaria. El objeto distante quedaría ampliado y parecería
mayor de lo que realmente fuese. Esto constituiría una «lente gravitatoria» y
su existencia fue ya predicha por el propio Einstein.
El problema con el concepto era que no se conocía que
existiese ningún caso de ello en el firmamento. Por ejemplo, no había ninguna
gran estrella luminosa que tuviese una pequeña enana blanca exactamente entre
sí misma y nosotros. Pero aunque existiese, ¿cómo podríamos decir que la
estrella estaba un poco más agrandada de lo que normalmente estaría si la enana
blanca no se encontrase allí? No podríamos apartar la enana blanca y observar
la estrella encogerse para recuperar su tamaño normal.
Pero consideremos los quasares. Los quasares están mucho
más alejados que las galaxias ordinarias, y las galaxias ordinarias existen en
un número de miles de millones. Hay una razonable posibilidad de que pudiera
existir una pequeña galaxia entre nosotros y uno de los centenares de quasares
ahora conocidos. Y lo que es más, la fuente de radio dentro de un quasar (que
es lo que observamos con mayor exactitud), y la galaxia intermedia serían
objetos irregulares, de modo que el efecto sería similar al de la luz que
atravesase una lente bastante defectuosa. En vez de simplemente agrandarse el
quasar se descompondría en dos o más imágenes separadas.
En 1979, un equipo de astrónomos estadounidenses, D.
Walsh, R. F. Carswell y R. J. Weymann, estaban observando el quasar 0957 + 561,
que presentaba dos fuentes de radio separadas unos 6 segundos de arco. Parecían
dos quasares igualmente brillantes e igualmente distantes de nosotros. Y lo que
es más, sus espectros parecían idénticos. Los astrónomos sugirieron que lo que
observaban era en realidad un solo quasar que estaba dividido en dos por un
efecto de lente gravitatoria.
La proximidad del quasar se examinó muy de cerca en busca
de cualquier señal de galaxias entre nosotros y aquél, y, en 1980, se demostró
que había un cúmulo de débiles galaxias a más o menos una tercera parte de la
distancia de los quasares y exactamente delante de ellos. Las condiciones
parecían ser las adecuadas para la producción de una lente gravitatoria, y
desde entonces se han descubierto otros casos posibles…, un tanto más para la
relatividad general.
Pero aún queda por contar la más impresionante e
importante demostración de la relatividad general.
Einstein predijo la existencia de ondas gravitatorias
análogas a las ondas de luz. Masas en aceleración emitirían ondas de gravedad,
lo mismo que los campos electromagnéticos oscilantes emiten ondas de luz y
radiación similar. De este modo, cualquier planeta que gire alrededor de
nuestro Sol está continuamente cambiando de dirección mientras gira, y por lo
tanto acelerándose de forma continua. Estaría emitiendo ondas gravitatorias,
perdiendo energía en consecuencia, aproximándose al Sol y, finalmente, precipitándose
en el mismo. Esto, por ejemplo, le está sucediendo a la Tierra, pero la pérdida
de energía es tan pequeña que no hay esperanzas de poder descubrir el efecto.
Lo que se necesita son campos gravitatorios más intensos y
aceleraciones más extremas. Pero hasta 1974 no se conoció nada que se
aproximase a lo necesario.
En aquel año, los astrónomos estadounidenses Russell A.
Hulse y Joseph H. Taylor, Jr. descubrieron un púlsar que ahora se llama PSR
1913 + 16. Emitía pulsaciones de ondas radio con intervalos de 0,05902999527
segundos, o simplemente unas 17 pulsaciones por minutos. Esos intervalos se
hacen levemente más grandes y levemente más pequeños de una forma regular en un
Período de 7,752 horas.
La deducción es que se acerca y se aleja de nosotros de
forma alternativa, y el mejor modo de explicarlo consiste en suponer que gira
en torno de algo. Por el tamaño de su órbita y por el hecho de que el objeto en
torno al que gira no puede verse, los astrónomos concluyeron que habían captado
un doble púlsar.
Esto en sí mismo no carece de precedentes. Otros pulsares
dobles han sido localizados. Sin embargo, lo que es insólito es que los dos
pulsares de este sistema se encuentren tan juntos. Zumban uno en torno del otro
a velocidades de unos 320 kilómetros por segundo. Esto, combinado con la
pequeñez de la órbita y la intensidad de sus campos gravitatorios, significaba
que los efectos de relatividad general debían ser enormes.
Por ejemplo, el punto de la mayor aproximación mutua de
los pulsares («periastro») se movería hacia adelante, exactamente como lo hace
el perihelio de Mercurio, pero en una proporción superior a un millón y medio
de veces. Y con bastante seguridad el avance se ha observado en un apropiado
índice de 4,226 grados por año.
Y lo que es más importante, el púlsar binario emitiría
raudales de ondas gravitatorias en cantidad suficiente para acortar el período
de revolución de modo perceptible.
El acortamiento seria sólo de una diezmillonésima de
segundo por período orbital. Sin embargo, esto se acumula a medida que aumenta
el número de órbitas en las que es observado, y en la actualidad ya no hay duda
de que los pulsares del sistema están acortando sus órbitas y aproximándose uno
a otro, y de que en menos de diez mil años deberían estrellarse uno contra
otro.
Y esto también es una clara evidencia en favor de las
ondas gravitatorias predichas por la teoría de la relatividad general de
Einstein.
Y ésa es la historia. Todas las mediciones apropiadas que
se han llevado a cabo en los dos tercios de siglo han apoyado a Einstein.
Ninguna medición ha conseguido arrojar ninguna duda seria sobre él.
Lamento que Einstein no viviera lo suficiente para ver por
lo menos algunas de las victorias que han tenido lugar desde 1950, pero eso,
realmente, no importa. Siempre estuvo absolutamente seguro de que su teoría era
correcta. Existe la anécdota de que, después del eclipse de 1919, se le
preguntó qué hubiera pensando si las mediciones del desplazamiento de la
estrella no le hubieran apoyado. Se dice que respondió que lo hubiera sentido
por Dios, por haber cometido el error de construir un Universo sobre unos
principios equivocados.
Segunda parte
ASTRONOMÍA
V. ACTUALIZACIÓN DE LOS SATÉLITES
A medida que se envejece, se tiende a reunir una amplia
variedad de reputaciones. Una de las mejores que he conseguido es la de ser
«una persona agradable.»
Esta reputación me gusta, puesto que significa que la
gente me sonríe, me da fuertes apretones de mano y me soba los hombros, y dejan
que sus ojos brillen de placer cuando me ven. Las damas de una belleza por
encima de lo corriente incluso es probable que pidan permiso para besarme. [2]
Sin embargo, a veces resulta un poco cansado tener
editores que protegen su propiedad no permitiéndome gruñir, jurar y rechinar
los dientes cuando tengo una urgente necesidad de hacerlo.
Consideremos mi libro Saturn and beyond (Lothrop, Lee and
Shepard, 1979). En la época en que lo escribí, no se conocía que Plutón
poseyese un satélite. Para cuando me dieron a leer las galeradas, se descubrió
el satélite y me apresuré a añadir un par de párrafos para que, cuando
apareciese el libro, el satélite plutoniano se encontrase situado en sus
páginas de modo adecuado.
Algún tiempo después de su publicación, se hizo una
crítica del libro en la que se me castigaba sin misericordia por no haber
incluido el satélite. El tono de la crítica era en extremo insultante.
Mi editora realizó una pequeña labor detectivesca y
descubrió que el crítico había leído, en realidad, unas pruebas de galeradas en
las que figuraba con claridad la indicación de que estaban sin corregir, y era
demasiado estúpido para comprender que uno de los propósitos de las pruebas de
galeradas es dar al autor una oportunidad para poner al día el material.
La editora no quiso, por alguna razón, que escribiese
directamente al crítico. (Tal vez sabía algo acerca de la naturaleza de mi
elocuencia.) Sugirió que en vez de ello le permitiera interceptar la carta y
entregarla luego al crítico.
Estuve de acuerdo, y pronto me volqué en una carta en la
que explicaba con detalle la situación. Comencé con un breve ensayo ciceroniano
sobre el tema de la «estupidez», y luego examinaba los síntomas y consecuencias
de la «senilidad», y concluía con algunas placenteras sugerencias respecto a lo
que el crítico podría hacer con varias partes de su cuerpo.
Desgraciadamente (sé que apenas se creerán esto), mi
editora se negó a hacer llegar la carta, y en lugar de ésta envió una misiva
insulsa de su propia cosecha, en la que dejaba al crítico indemne por completo.
Me dio la excusa de que mi carta no proyectaba
correctamente mi imagen «de persona agradable». Mi acalorada explicación de que
no me sentía en absoluto como una persona agradable, sino que deseaba sacarle
las tripas a aquel hijo de un padre incierto, cayó en oídos sordos.
Pero esto no importa: mis libros quedan anticuados con el
tiempo, y uno de los aspectos en que Saturn and Beyond quedó anticuado (al
igual que un anterior volumen gemelo, Jupiter, the Largest Planet, Lothrop,
1973) fue en relación con los satélites del Sistema Solar. Pero ahora tengo la
oportunidad de poner al día todo este asunto.
Si comenzamos por el Sol y vamos hacia afuera, resulta que
Mercurio y Venus carecen en absoluto de satélites, por lo menos que sepamos, y
parece bastante seguro que no se descubrirá ninguno de tamaño importante.
La Tierra posee un satélite, la Luna, y parece del todo
seguro que no existe un segundo satélite (de origen natural) de ningún tamaño
importante. Sin embargo, la Luna es un satélite grande: uno de un total de
siete en el Sistema Solar que poseen diámetros que exceden de los 3.000
kilómetros. Es muy improbable (dejando aparte el descubrimiento de un gigante
gaseoso más allá de la órbita de Plutón) que siga sin descubrir ningún satélite
grande. En el último siglo y un tercio, sólo se ha localizado (que yo sepa) uno
que tiene más de 200 kilómetros de diámetro.
Marte tiene dos pequeños satélites que se conocen desde
hace un siglo, y recientemente han sido fotografiados con detalle.
Esto nos lleva a Júpiter. Posee cuatro grandes satélites,
en ocasiones llamados los «satélites galileanos», porque Galileo los descubrió
en 1610. Uno de ellos, Ganimedes, es el satélite más grande del Sistema Solar,
con un volumen 3,5 mayor que el de la Luna.
Además de los satélites galileanos, Júpiter tiene algunos
pequeños satélites y aquí es donde comienza la actualización.
En 1973, cuando se publicó mi libro Júpiter…, se conocían
ocho pequeños satélites de Júpiter. (Siento el impulso de llamarles
«satelitos», pero me estoy resistiendo a ello.) A los satélites de Júpiter a
menudo se les numera en el orden de su descubrimiento, con los galileanos J-I a
J-IV, y los pequeños desde el J-V al J-XII (como en 1973). La «J», como ya
habrán adivinado, es por Júpiter.
En Júpiter…, daba los nombres de los ocho pequeños
satélites extraídos de la mitología. En aquella época dichos nombres no eran
oficiales, pero di por supuesto que llegarían a serlo. Me equivoqué. Sólo se
conservó uno de esos ocho nombres, por lo que debo comenzar mi actualización
dando los actuales nombres oficiales de los ocho pequeños satélites, junto con
el año de su descubrimiento:
J-V Amaltea 1892
J-VI Himalia 1904
J-VII Elara 1905
J-VIII Pasifae 1908
J-IX Sinope 1914
J-X Lisitea 1938
J-XI Carme 1938
J-XII Ananke 1951
Es costumbre que los nombres de los cuerpos del Sistema
Solar se tomen de la mitología griega, y éstos no son ninguna excepción.
Amaltea (el único nombre que usé que se ha conservado y,
finalmente, se ha convertido en oficial) fue una de las ninfas que alimentaron
al infante Zeus (Júpiter, para los romanos) con leche de cabra, cuando se
hallaba oculto en Creta para ponerle a salvo de las canibalísticas tendencias
de su padre, Cronos (Saturno). A veces el nombre se da a la cabra que
proporcionó la leche. En cualquier caso resulta apropiado para el satélite que
estaba más cerca que cualquiera de los otros satélites de Júpiter ya conocidos
en la época de su descubrimiento.
Cuando Zeus creció, digamos de paso, regaló un cuerno de
la cabra a la ninfa como recompensa, diciéndole que si deseaba algo, no tenía
más que meter la mano en el cuerno para conseguirlo. (Esto fue la cornucopia
original, de una frase latina que significa «cuerno de la abundancia»). Elara
fue una mujer mortal que cayó bajo la mirada del omnímodo Zeus. La escondió
bajo tierra para impedir que fuese descubierta por la celosa Hera (Juno), que
nunca llegó a acostumbrarse a las propensiones amorosas de su todopoderoso
marido, y que practicaba su venganza persiguiendo a cualquiera que pareciese
gustarle.
Según algunos relatos, Elara fue la madre de Titius, un
enorme monstruo nacido en la Tierra (recuerden que Elara se encontraba bajo
tierra), que fue muerto por las flechas de Apolo y que, cuando fue tendido en
el Tártaro, ocupó cuatro hectáreas de terreno.
Pasifae fue una nuera de Zeus, por estar casada con su
hijo, el rey Minos de Creta. Pasifae es sobre todo conocida por haberse
enamorado apasionadamente de un toro de gran belleza. (Sobre gustos no hay nada
escrito.) Construyó un armazón, y lo cubrió con un pellejo de vaca. Pasifae se
metió dentro y muy pronto el toro se montó obedientemente encima de la
estructura. A su debido tiempo, Pasifae dio a luz un niño con cabeza de toro,
que se convirtió en el famoso Minotauro.
Sinope era otra joven dama que fue abordada por el
insaciable Zeus. Él le ofreció cualquier cosa que desease a cambio de su
sumisión, y la mujer solicitó una virginidad perpetua. (Ya he dicho que sobre
gustos no hay nada escrito.)
Carme fue también otra beneficiaria de Zeus, y la madre de
Britomarte, una diosa cretense de la pesca y de la caza.
Ananke difiere del resto. Es la personificación divina del
Hado o Necesidad: el desarrollo ordenado de los acontecimientos que ni siquiera
los dioses pueden alterar, por lo que Ananke es la única divinidad superior a
Zeus.
Himalia y Lisitea son unas figuras por completo oscuras,
que he logrado descubrir sólo gracias a la amabilidad de algunos de mis
lectores. (Los astrónomos o bien son muy versados en mitología, o están lo
suficientemente desesperados para rebuscar en grandes compendios de la misma.)
En cualquier caso, Himalia era una ninfa de Rodas, que
gobernaba las buenas cosechas, y que proporcionó al bueno de Zeus otra buena
cosecha: tres hijos.
Lisitea es una ninfa que, en algunos mitos, se identifica
como la madre de Dionisos, el dios del vino. Por lo general, la madre que se le
atribuye es Semele.
Los ocho pequeños satélites de Júpiter fueron descubiertos
por orden de brillo decreciente, como parece razonable. Dado que todos ellos se
encuentran a la misma distancia de la Tierra y tienen, probablemente, similar
albedo (la capacidad de reflejar la luz), fueron también descubiertos por orden
de tamaño decreciente. Así, Amaltea e Himalia tienen un diámetro de unos 170
kilómetros, mientras que Ananke posee un diámetro de tal vez 20 kilómetros.
Pero incluso el más grande es comparativamente pequeño.
Los ocho satélites constituyen sólo 1/3.000 del volumen de Europa, el más
pequeño de los galileanos, o 1/32.000 del volumen de los cuatro satélites
galileanos puestos juntos.
Cuatro de los pequeños satélites están agrupados a una
distancia particularmente grande de Júpiter. Se trata de Pasifae, Sinope, Carme
y Ananke, con distancias medias de Júpiter que van de 20.700.000 kilómetros, en
el caso de Ananke, el más próximo, a los 23.370.000 kilómetros en el caso de
Sinope, el más alejado.
Es muy probable que esos satélites sean asteroides
capturados y constituyen unas relativamente recientes adiciones a la familia de
Júpiter. No han tenido aún tiempo de regularizar sus órbitas circularmente y
moverse en torno del plano ecuatorial de Júpiter, en especial teniendo en
cuenta que, a las distancias que están, el influjo gravitatorio de Júpiter es
comparativamente débil. Por lo tanto, las órbitas de los satélites son muy
inclinadas y elípticas, y el agrupamiento no es tan rígido como lo sería si todas
poseyesen órbitas circulares y girasen en torno del plano ecuatorial de
Júpiter.
La órbita más excéntrica es la de Pasifae, lo cual es
bastante adecuado si se tienen en cuenta los excéntricos gustos del prototipo
mitológico. Pasifae retrocede hasta una distancia de 33.200.000 kilómetros de
Júpiter en un extremo de su órbita. Ésta es la mayor distancia conocida de
cualquier satélite respecto del planeta alrededor del que gira. Es, por
ejemplo, más o menos 85 veces la distancia de la Luna a la Tierra.
Los períodos de revolución de esos satélites son largos,
más de 600 días en cada caso. El período de revolución más largo es el de
Sinope, como cabía esperar, puesto que posee la mayor distancia media desde
Júpiter. Su período es de 758 días, o 2,08 años. Esto es casi 28 veces más el
tiempo que tarda la Luna en girar alrededor de la Tierra, y 1, 1 veces lo que
tarda Marte en dar la vuelta en torno del Sol.
De los restantes pequeños satélites, tres se agrupan un
poco más cerca de Júpiter. Himalia, Lisitea y Elara poseen distancias medias de
Júpiter de entre 11.000.000 y 12.000.000 de kilómetros.
No obstante, hay una superposición. Elara tiene una órbita
que es suficientemente excéntrica para poder alejarse hasta 14.300.000
kilómetros de Júpiter, mientras Pasifae, en el punto más próximo de su órbita,
se encuentra a sólo 13.800.000 kilómetros de Júpiter.
Los siete satélites están mucho más lejos de Júpiter que
los galileanos. La aproximación más cercana de cualquiera de los siete es la de
Elara que, en el punto más próximo de su órbita, se halla a sólo 9.300.000
kilómetros de Júpiter. Sin embargo, esto equivale a cinco veces más lejos de
Júpiter que Calisto, el más alejado de los satélites galileanos.
El octavo pequeño satélite, Amaltea, difiere de los demás
en que se encuentra más cerca de Júpiter que cualquiera de los galileanos. Se
halla a una distancia de sólo 180.000 kilómetros del centro de Júpiter. Esto es
menos de la mitad de la distancia de lo, el más cercano de los galileanos, y
menos de la mitad de la distancia a la que se encuentra la Luna en relación con
la Tierra.
Impulsado por el enorme campo gravitatorio del cercano
Júpiter, Amaltea es lanzado en torno del planeta en 11.95 horas, lo que es
menos de 1/50 veces el tiempo que tarda la Luna en girar alrededor de la
Tierra.
En la época en que escribí Júpiter, Amaltea poseía el
segundo periodo más corto de todos los satélites conocidos. Amaltea sólo era
vencida por Fobos, el más interior de los dos satélites de Marte. Éste gira en
torno de Marte en 7,65 horas, sólo 5 1 8 del período de Amaltea. Fobos gira, en
realidad, alrededor de Marte bastante más deprisa que Marte en torno de su eje,
por lo que Fobos constantemente se adelanta a la superficie marciana, saliendo
por el Oeste y poniéndose por el Este. Dado que Júpiter gira a una sorprendente
velocidad de 9,92 horas, Amaltea no se adelanta a la superficie de Júpiter,
sino que sale por el Este y se arrastra más bien lentamente hacia el Oeste.
No obstante, Fobos, mientras gira en torno del pequeño
Marte, tiene una órbita mucho más corta que la de Amaltea, que tiene que girar
alrededor del dilatado globo del poderoso Júpiter. La órbita de Amaltea es casi
veinte veces más larga que la de Fobos. Por lo tanto, Fobos, en su órbita en
torno de Marte, se desplaza a una velocidad de 2,14 kilómetros por segundo,
mientras que Amaltea, en su rápida carrera alrededor de Júpiter, va a una
velocidad de
26,3 kilómetros por segundo. (Como comparación, la Luna
gira alrededor de la Tierra a una velocidad media de sólo 1 kilómetro por
segundo.)
Pero Júpiter se publicó en 1973, y en 1974 se descubrió un
decimocuarto satélite de Júpiter, por observaciones realizadas en la Tierra.
Formaba parte del grupo Himalia, como se denominan los pequeños satélites
exteriores a los galileanos, pero no totalmente exterior. Esto aumentó el
número de este grupo, pasando de tres a cuatro.
La razón de que este nuevo satélite no se descubriese
antes es que era el más pequeño. En realidad, tenía sólo 10 kilómetros de
diámetro, y hasta hoy sigue siendo el satélite más pequeño que se ha
descubierto.
Se le llamó Leda, que, en la mitología griega, era una
reina de Esparta que fue pretendida por Zeus. El dios adoptó la forma de un
cisne para este propósito, dando así ocasión a cierto número de
representaciones artísticas de bestialidad. El resultado fue que Leda puso dos
huevos y, de cada uno de ellos, salieron dos bebés. El más famoso de los bebés
fue el que, con el tiempo llegan a ser conocida como Helena de Troya.
Luego llegó la época de la sondas y, en 1979, se
descubrieron tres nuevos satélites de Júpiter, todos ellos más cercanos a
Júpiter que los satélites galileanos. Esto representaba una simetría más bien
desconcertante. En la actualidad existen 16 satélites de Júpiter: 4 pequeños
más cerca de Júpiter que los galileanos; 4 galileanos grandes; 4 pequeños más
alejados que los galileanos, y 4 más pequeños y más alejados aún.
Indudablemente, se producirá un nuevo descubrimiento que romperá la simetría,
lo cual me parecerá una vergüenza, por que me gusta la simetría.
Los satélites más recientemente descubiertos, Adrastea,
[1] Tebes y Metis, poseen unos diámetros estimados de unos 25, 80 y 40
kilómetros respectivamente, y uno se pregunta por qué costó tanto descubrirlos
cuando Lisitea, con un diámetro de sólo 20 kilómetros, fue descubierto ya en
1938.
La respuesta es que esos satélites que están tan cerca
quedan inundados por la luz del gigante Júpiter, y sólo pueden verse con la
visión más cercana facilitada por las sondas. Amaltea, el único satélite de los
que están cerca que puede descubrirse desde la Tierra, tiene 170 kilómetros de
diámetro, mucho más grande que los otros, y fue descubierto ya en 1892 por un
astrónomo de una casi legendaria agudeza de visión.
El más cercano a Júpiter de todos los satélites (por lo
menos según sabemos hoy) es Metis, que se encuentra a sólo 128.000 kilómetros
del centro del planeta, aunque Adrastea se encuentra muy cerca de esto, a sólo
1 29.000 kilómetros. El período de revolución de Metis es de 7,07 horas,
mientras que el de Adrastea es de 7,13 horas. Ambos han arrebatado el récord a
Fobos, puesto que realizan su viaje en torno del planeta en media hora menos
que Fobos.
La velocidad orbital de esos dos satélites interiores de
Júpiter es tan rápida como de 31,6 kilómetros por segundo, y los dos son más
veloces que Júpiter en su rotación. Si alguien pudiese mirar esos satélites
desde la nubosa superficie de Júpiter, parecerían como Fobos, salir por el
Oeste y ponerse por el Este.
Avancemos ahora hasta Saturno. Durante las siete primeras
décadas del siglo XX se creyó que tenía nueve satélites. Uno de ellos, el sexto
contando desde Saturno, es un gran satélite llamado Titán. (En volumen es sólo
el segundo, detrás de Ganimedes, y aún resulta más notable al ser el único
satélite conocido que posee una atmósfera, y, además, una que es más densa que
la de la Tierra.) Titán tiene un volumen diez veces mayor que el de todos los
demás satélites saturnianos juntos.
Los otros satélites saturnianos, aunque considerablemente
más pequeños que Titán, son todos mayores que cualquiera de los satélites de
Júpiter, dejando aparte los galileanos. Rea posee un diámetro de 1.530
kilómetros, por ejemplo, y el de Japeto es de 1.460 kilómetros. El más pequeño
de los nueve satélites saturnianos es Febe, que es el más distante y, cosa no
sorprendente considerando su tamaño, fue el último en ser descubierto. Posee un
diámetro de 220 kilómetros, y se localizó por primera vez en 1898. [4]
¿Por qué carece Saturno de los realmente pequeños
satélites que Júpiter posee en abundancia? La explicación obvia es que Saturno
está dos veces más lejos de nosotros que Júpiter, y que, por tanto, los
satélites más pequeños son mucho más difíciles de ver. Probablemente existen,
pero no se han descubierto.
En 1967 se informó de un pequeño satélite saturniano y se
le llamó Jano, algo que ya he descrito en «Little Found Satellite», en The
Solar System and Back (Doubleday, 1970). Por desgracia, se probó que se trataba
de un error, y en este ensayo actualizo este asunto: ¡borren a Jano!
Sin embargo, en 1980, las sondas que fotografiaron Saturno
desde cerca localizaron no menos de ocho nuevos satélites saturnianos, cada uno
de ellos más pequeño que Febe. El mayor de los ocho tiene un diámetro
ligeramente superior a los 200 kilómetros, mientras que los más pequeños tienen
sólo unos 15 kilómetros de diámetro como promedio. A ninguno de los ocho se les
ha puesto aún nombre.
Cinco de los ocho satélites saturnianos recientemente
descubiertos están más cerca de Saturno que Mimas. (Mimas es el más cercano de
los satélites ya establecidos desde hace mucho tiempo; se descubrió por vez
primera en 1789 y posee un diámetro de unos 390 kilómetros).
El más cercano de los satélites saturnianos que se conocen
actualmente se halla a sólo 137.000 kilómetros del centro de Saturno (no tan
cerca como el más cercano de los satélites jovianos respecto de su planeta).
Gira alrededor de Saturno en 14,43 horas. Esto es el doble del período de los
satélites de Júpiter más próximos, pero Saturno, al ser menor que Júpiter tiene
un campo gravitatorio menos intenso.
De los cinco satélites más cercanos a Saturno, los dos
menos cercanos ofrecen algo verdaderamente asombroso y, en realidad, hasta
ahora sin precedentes. Son coorbitales, es decir, que comparten la misma
órbita, persiguiéndose sin cesar uno a otro alrededor de Saturno. Se encuentran
a una distancia de 151.000 kilómetros de Saturno, y giran en un período de
16,68 horas. Fueron esos dos satélites, que se tomaron por un solo cuerpo, los
que se dieron a conocer en 1967 como tratándose de Jano.
Los tres restantes satélites saturnianos, recientemente
descubiertos, que se encuentran dentro del sistema de los nueve satélites
conocidos desde hace tiempo, representan otras situaciones sin precedentes.
Se descubrió que el satélite Dione, conocido desde hace
mucho tiempo, localizado por primera vez en 1684, poseía un insospechado
pequeño compañero coorbital. Mientras que Dione tiene un diámetro de 1.120
kilómetros, el compañero (al que debería llamársele Dione-B), posee un diámetro
de sólo unos 30 kilómetros. Dione-B gira en torno de Saturno en un punto 60
grados por delante de Dione, de modo que Saturno, Dione y Dione-B se encuentran
en los vértices de un triángulo equilátero. Ésta es la «situación troyana»
(véase «The Trojan Hearse», en View from a Height. Doubleday, 1963).
Hasta 1980, los únicos ejemplos conocidos de situación
troyana incluían el Sol, Júpiter y algunos asteroides coorbitales con Júpiter.
Algunos de estos asteroides giraban alrededor del Sol 60 grados por delante de
Júpiter, en la posición «L-4», y algunos a 60 grados por detrás de Júpiter, en
la posición «L-5».
Dione-B se halla en la posición L-4 respecto a Dione.
Pero aún más asombroso resulta el caso de Tetis, que se
descubrió el mismo año que Dione y tiene un diámetro de 1.060 kilómetros. Los
dos restantes satélites saturnianos recientemente descubiertos, cada uno de
ellos con un diámetro de 25 kilómetros, son ambos coorbitales con Tetis.
Uno, Tetis B, se encuentra en la posición L-4 respecto del
mismo, y el otro, Tetis-C, se halla en la posición L-5.
De una forma clara, la familia de satélites de Saturno es
la más rica y más compleja en el Sistema Solar, por lo que conocemos hasta
ahora. Esto probablemente es parte del mismo fenómeno que proporciona a Saturno
los anillos más espectaculares del Sistema Solar.
No se han producido nuevos descubrimientos de satélites de
Urano y Neptuno en el último tercio de siglo (ya que aún no se ha enviado
sondas hasta ellos), aunque los anillos de Urano han sido recientemente
descubiertos (véase «Rings and Things», en The Road to Infinity, Doubleday,
1979).
Urano tiene cinco satélites. Cuatro de ellos se conocen
desde hace más de un siglo, y poseen diámetros que van de 1.000 a 2.000
kilómetros. El quinto es Miranda, más cercano y más pequeño que los otros. Fue
hallado en 1948, posee un diámetro de unos 300 kilómetros y gira alrededor de
Urano a una distancia de unos 130.000 kilómetros.
Neptuno tiene dos satélites. Uno de ellos es un satélite
grande, Tritón, con un diámetro de unos 4.400 kilómetros de modo que es más
grande que nuestra Luna. Fue hallado sólo unas semanas después de que se
descubriera el mismo Neptuno.
El segundo satélite de Neptuno, Nereida, se descubrió en
1949 y posee asimismo un diámetro de unos 300 kilómetros. Nereida es notable
por poseer la órbita más excéntrica de todos los satélites. En un extremo de su
órbita llega a sólo 1.390.000 kilómetros de Neptuno, mientras que en el otro
extremo se aleja hasta una distancia de 9.734.000 kilómetros.
Y lo que es más, los últimos datos que he podido encontrar
respecto del período orbital de Nereida han sido los de 365,21 días, 0,9999 de
año.
Imagínense qué hubiera sucedido si Neptuno y Nereida
fuesen visibles sin ayuda de instrumentos y los seres humanos pudiesen ver este
último girando en torno del primero. No hubiera llevado mucho tiempo, incluso a
los hombres prehistóricos, comprobar que Nereida marcaba con gran precisión el
ciclo de las estaciones.
Hubiéramos acabado con un bonito calendario neptuniano
completo, hasta con años bisiestos, mucho antes del neolítico. Sólo el cielo
sabe lo que esto hubiera impulsado las matemáticas, la ciencia y la tecnología,
y dónde estaríamos ahora como resultado de todo ello.
Si eso hubiese sucedido, la existencia de Nereida habría
sido un claro ejemplo de la benigna providencia de Dios, y los científicos
hubieran encontrado muy duro decir «Oh, se trata sólo de una coincidencia». Sin
embargo, dado que la benigna providencia dispuso que esta asombrosa
coincidencia siguiese invisible hasta nuestra actual generación, el asunto no
se planteó.
Extrañamente, el descubrimiento de satélite más asombroso
de los últimos años no tiene nada que ver con las sondas. Se realizó desde la
superficie de la Tierra. El 22 de junio de 1978 se descubrió que Plutón, el más
distante de los planetas, poseía un satélite. Se le llamó Caronte, por el
barquero que transportaba las sombras de los muertos al otro lado de la laguna
Estigia, hacia el reino de Plutón, en el Hades.
El satélite resultó ser sorprendentemente grande: tiene,
al parecer, un diámetro de 1.300 kilómetros.
El diámetro del mismo Plutón ha sido materia de
controversia desde que se descubriera en 1930. Antes de su descubrimiento, se
suponía que otro planeta exterior seria un gigante gaseoso, como los demás. Una
vez descubierto, se vio que Plutón era sorprendentemente apagado, por lo que
tenía que ser más pequeño de lo que se creía. Con cada nueva evaluación, su
tamaño disminuía. Llegó a parecer no más grande que la Tierra, y luego no más
grande que Marte.
Una vez descubierto Caronte, la masa total de Plutón y
Caronte pudo ser calculada a partir del período de revolución y de la distancia
entre ambos. Por el brillo comparativo de los dos, pudieron determinarse las
masas separadas y, suponiendo que la densidad seria la del hielo, se pudo
estimar el diámetro. Se descubrió entonces que Plutón tenía un diámetro de unos
3.000 kilómetros y que, por 10 tanto, era un poco más pequeño que Europa, el
más pequeño de los grandes satélites.
Hagamos ahora una aclaración.
Cada planeta es más voluminoso que todo el material de sus
satélites. Mercurio y Venus son infinitamente más voluminosos que sus
satélites, puesto que no tienen ninguno, mientras que Marte es 15.500.000 veces
más voluminoso que sus dos satélites juntos. Júpiter es unas 8.500 veces más
voluminoso que todos sus satélites reunidos, y Saturno es unas 8.800 veces más
voluminoso que su sistema de satélites.
Urano lo hace algo mejor, al no tener grandes satélites, y
es cerca de 10.000 veces más voluminoso que su sistema de satélites. Neptuno,
con un gran satélite, y al ser él mismo el más pequeño de los cuatro grandes
gigantes gaseosos, lo hace un poco peor y es sólo 1.350 veces más grande que
sus dos satélites juntos.
Podemos sacar como conclusión, a partir de este registro
de siete de los nueve planetas, que existe una ley cósmica según la cual
cualquier planeta debe ser, por lo menos, 1.000 veces más voluminoso que todos
sus satélites juntos.
Pero luego llegamos a la Tierra, y ¡atención! La Tierra es
sólo 50 veces más voluminosa que la Luna.
Los terrícolas están, con razón, orgullosos de esto, y el
poseer un satélite tan grande ha resultado muy útil, considerando lo que ha
ayudado al avance intelectual de la especie humana (véase «The Triumph of the
Moon», en The Tragedy of the Moon, Doubleday, 1973). Creemos ser lo más cercano
a un planeta doble en el Sistema Solar, e incluso publiqué una vez un libro
acerca del sistema Tierra-Luna, al que llamé The Double Planet (AbelardSchuman,
1960).
Pues bien, he aquí un caso en el que tengo que actualizar
incluso el titulo de un libro, puesto que Plutón es sólo doce veces más
voluminoso que su satélite, y Plutón-Caronte está más cerca de un planeta doble
que la Tierra-Luna.
Es una lástima.
VI. EL BRAZO DEL GIGANTE
Además de ser un escritor prolífico, soy un orador
prolífico, y en los últimos tiempos he dado casi una charla por semana. Sin
embargo, hay una diferencia en mis dos carreras: mientras existen críticos
profesionales de la literatura, no hay críticos profesionales de la oratoria.
Créanme, no me quejo de esta carencia. Comparto con todos
los demás escritores que conozco (vivos y muertos) una pobre opinión respecto
de los críticos de profesión, y no pido nuevas variedades de la especie. Y en
lo que se refiere a mis discursos, me encanta aceptar los aplausos y ovaciones
por lo que son; me complace que haya gente que se me acerque para decirme cosas
agradables, y (la mejor indicación de todas) me gratifica que la persona que me
persuadió para dar la charla me entregue el cheque con una amplia sonrisa en el
rostro
No necesito que además alguien se gane la vida explicando
lo que hice mal. Y, sin embargo, de vez en cuando aparece algo de esto de forma
inesperada. (O, como dijo una vez algún olvidado filósofo: «No puedes vencerles
a todos».).
Hace algunas semanas me pidieron que diese una charla
nocturna en una convención de la Asociación Americana de Psiquiatras. Cuando
les pregunté qué diantres les podía contar a un par de millares de psiquiatras,
considerando que no sé nada de psiquiatría, se me respondió de una forma vaga:
—De cualquier cosa que usted desee.
Así que hablé de robots y de su efecto sobre la sociedad,
y lo que podría reservarnos el futuro de la robótica. Presenté el tema
contándoles con detalles humorísticos cómo llegué a escribir mis historias de
robots y recité las Tres Leyes de la Robótica, y, como suelo hacer, me mostré muy
seguro de mí mismo y muy poco humilde.
La conferencia pareció ser un gran éxito, y yo quedé
complacido. Sin embargo, mi querida esposa Janet (que es también psiquiatra),
se había sentado en la última fila para no ser tan visible, y me dio la
impresión de que estaba un poco deprimida. Me di cuenta de ello, de modo que se
lo pregunté y ella me lo explicó.
Después de haber estado yo perorando durante un rato (me
contó Janet), una mujer que se sentaba cerca de ella comenzó a hablar en voz
alta a su vecina. Janet le llamó la atención y le pidió con mucha educación que
bajase la voz.
A lo cual la mujer respondió con desprecio:
—¿Por qué? No me diga que lo encuentra interesante. No son
más que disparates narcisistas.
Naturalmente me reí, y le dije a Janet que se olvidase del
asunto. Nunca he esperado complacer a todo el mundo.
Asimismo, no sabía si la mujer era también psiquiatra o
simplemente había entrado porque sí, pero, sin duda, no empleaba la palabra
«narcisista» en un sentido psiquiátrico. Lo había usado en su sentido informal
y cotidiano de «anormalmente interesado en sí mismo, con desprecio de los
demás», y captar el hecho de que yo soy un narcisista en este sentido no
constituye ningún gran descubrimiento.
En realidad, casi todo el mundo es narcisista en este
sentido, por lo general con menos excusas de las que yo puedo fabricar. Por
ejemplo, su crítica fue más bien desagradablemente narcisista, ya que expresaba
de modo deliberado su desagrado hacia mí de una forma que molestaba a los que
pudieran estar interesados por mi conferencia.
Ni siquiera tenemos que limitamos a los individuos. La
especie humana es, en conjunto, increíblemente narcisista y, de una manera
general, se considera a sí misma la única razón para la existencia del
Universo. Su interés por algo más se limita casi por completo a objetos que les
impresionan y en proporción directa al alcance de esa mencionada impresión.
Por ejemplo, se estima que existen 1022 estrellas en el
Universo conocido y, no obstante, la Humanidad fija por lo común su atención en
sólo una de ellas (el Sol), con una casi total exclusión de las otras, sólo
porque resulta que es la que se encuentra más cerca de nosotros.
Para ilustrar lo que quiero decir, estaremos todos de
acuerdo al instante en que el Sol es con mucho, la estrella de mayor
importancia por su tamaño aparente. A fin de cuentas, es la única estrella que
aparece en forma de disco y no como un simple punto de luz. Muy bien, pero
¿cuál es la segunda estrella más grande en tamaño aparente? ¿Cuántas personas
lo saben? ¿O les interesa?
Por lo tanto, para desalentar el narcisismo, abordaré
ahora la cuestión de la segunda estrella más grande en tamaño aparente.
La constelación de Orión se considera en general, la más
bella de nuestro firmamento septentrional porque es tan grande, de forma tan
interesante y tan rica en brillantes estrellas. El nombre de la constelación se
remonta a los griegos, que poseían multitud de mitos acerca de un cazador
gigante llamado Orión. Fue amado por Artemisa, la diosa de la caza, pero el
hermano de ésta, Apolo, la obligó a matarle. Entristecida y arrepentida, lo
trasladó al firmamento como constelación.
Normalmente, se representa al cazador gigante sujetando un
escudo con el brazo izquierdo para detener el ataque de Tauro (el Toro),
mientras con el brazo derecho sostiene en el aire su clava, dispuesto a matar
con ella al furioso animal. Una brillante estrella señala cada uno de esos
brazos. Más abajo, una brillante estrella marca cada una de sus piernas. Entre
ambos hay una línea horizontal de tres estrellas luminosas que señalan su
cintura (cinturón de Orión).
La más brillante de las estrellas de Orión es una de un
característico color rojo y que brilla en su brazo derecho. Su nombre
astronómico es Alfa de Orión (Alpha Orionis).
En la Alta Edad Media, los victoriosos árabes se
apropiaron de la ciencia griega, incluyendo la descripción del firmamento que
los griegos habían hecho, y vieron también la constelación de Orión en la forma
de un cazador gigante. Los árabes tenían la sensata costumbre de denominar a
las estrellas según su posición en una constelación, por lo que llamaron a Alfa
de Orión Yad al-yawza, que significa «brazo del gigante». Por alguna razón,
algún traductor europeo de un texto árabe transliteró los símbolos árabes como
bayt al-yawza («casa del gigante», lo cual carece de sentido), y lo deletreó
con caracteres como Betelgeuse, que sigue siendo su nombre hasta hoy.
En mi juventud, tenía la impresión de que se trataba de
una palabra francesa, y trataba de pronunciarla de esa forma. No sentía más que
desprecio hacia cualquiera que fuese tan analfabeto como para pronunciarla de
otra manera. Imaginen mi vergüenza cuando salí de mi error.
Pues bien, en realidad, Betelgeuse es más conocida en
detalle que cualquier otra estrella, excepto nuestro Sol.
¿Por qué?
Consideremos que (siendo iguales todas las demás cosas)
una estrella cercana es más probable que sea conocida con detalle que una que
esté lejos, del mismo modo que la Luna fue conocida en sus detalles
superficiales mucho antes de que lo fuese Marte.
Una vez más (siendo iguales las demás cosas), una estrella
grande es más probable que sea conocida con cierto detalle que una pequeña;
igual que la superficie de Júpiter se conocía con más detalle, hasta hace poco,
que la del mucho más pequeño, pero más cercano, Fobos.
Si queremos, pues, saber detalles de alguna estrella que
no sea nuestro Sol, debemos elegir una que sea grande y esté cerca.
Betelgeuse no es una estrella realmente cercana; es
probable que existan 2.500.000 estrellas más próximas a nosotros. De todos
modos, considerando que puede haber 300.000.000.000 de estrellas en la galaxia,
existen 120.000 veces más estrellas en nuestra galaxia que están más lejos que
Betelgeuse que estrellas que están más cerca. Por lo tanto, podemos decir que
Betelgeuse se encuentra en nuestra vecindad estelar.
Por otra parte, también podemos llegar a la conclusión de
que Betelgeuse es inusualmente grande, sólo mirándola sin ayuda de
instrumentos. Esto puede parecer extraño, dado que todas las estrellas parecen
simples puntos de luz, no sólo al ojo sin ayuda de instrumentos, sino también
con el mayor de los telescopios. ¿Cómo, pues, podemos decir con tanta facilidad
que un punto de luz es mayor que otro punto, sólo mirándolo sin la ayuda de
instrumentos?
La respuesta es que las estrellas rojas son rojas porque
sus superficies están relativamente frías. Debido a que esas superficies están
frías, tienen que ser confusas por unidad de área. Si no obstante las estrellas
rojas son muy brillantes, ello debe ser porque están excepcionalmente cerca de
nosotros, o, si no es así, porque la superficie total es excepcionalmente
grande.
Así, la estrella Alfa del Centauro C (Próxima Centauro)
está más cerca de nosotros que cualquier otra estrella en el firmamento, pero
incluso así es insuficientemente próxima para ser visible al ojo sin ayuda de
instrumentos. Es roja y fría, y además pequeña.
Betelgeuse es tan roja como Alfa del Centauro C, y está
150 veces más lejos que Alfa del Centauro C, pero Betelgeuse no es sólo visible
sin ayuda de instrumentos, sino que se halla entre la docena de estrellas más
brillantes en el cielo. Por lo tanto, debe deducirse por este solo hecho que
tiene una superficie enorme.
De este modo debió de razonar el físico estadounidense,
nacido en Alemania, Albert Abraham Michelson (1852-1931). En 1881, Michelson
había inventado el interferómetro, con el que se puede medir con gran
exactitud, la forma en que dos rayos de luz se interfieren mutuamente,
eliminando las ondas de luz de uno las del otro en algunos lugares y
reforzándolas en otros (dependiendo de si una onda sube mientras la otra baja,
o ambas suben y bajan juntas). El resultado fue una especie de alternancia de
franjas de luz y oscuridad, y se pudieron deducir muchas cosas por la anchura
de las franjas.
Si una estrella tal como la vemos nosotros en el
firmamento fuese un verdadero punto, con un diámetro cero, toda la luz llegaría
en un solo rayo y por lo tanto no habría ninguna interferencia. Sin embargo, si
una estrella tuviese un diámetro finito (aunque pequeño), la luz procedente de
un lado de la estrella y la luz procedente del otro lado serían dos rayos
separados que convergerían hacia el punto de observación, formando un ángulo
muy pequeño. Los dos rayos separados interferirían uno con otro, pero lo harían
muy ligeramente y la interferencia sería muy difícil de descubrir.
Naturalmente, cuanto más grande fuera la estrella, más grande seria el ángulo
(aunque seguiría siendo muy pequeño) y mejor la posibilidad de descubrir la
interferencia.
Michelson usó un interferómetro especial, de 6 metros de
longitud, que podía detectar efectos particularmente pequeños. También empleó
el entonces nuevo telescopio de 2,5 metros, el mayor del mundo. En 1920 se
midió el diámetro aparente de Betelgeuse. Fue la primera estrella que demostró,
mediante una medición real, que era más que un punto de luz, y la noticia
apareció en primera plana en el Times de Nueva York.
El diámetro aparente de Betelgeuse resultó ser de unos
0,02 segundos de arco.
¿Qué anchura representa esto? Si imaginamos 100.000 puntos
brillantes igual que Betelgeuse uno al lado de otro y tocándose, tendríam05 una
línea delgada y brillante con una longitud igual a la anchura de la Luna llena
cuando se halla más cerca de la Tierra. Si imaginamos 65.000.000 de puntos como
Betelgeuse uno al lado del otro y tocándose, tendríamos una delgada línea
brillante rodeando el cielo como un fulgurante ecuador.
Y lo que es más, si imaginamos un número mayor de puntos
brillantes, cada uno de ellos del tamaño aparente de Betelgeuse, y los
imaginamos formando una masa compacta en la esfera del cielo, harían falta 1
1/3 trillones de ellos (1.330.000.000.000.000) para convertir el firmamento en
un compacto resplandor rojo en torno de la Tierra.
Cuando se piensa en esto y se tiene en cuenta que, en la
realidad, el cielo está sólo salpicado de 6.000 estrellas visibles, uno se
percata de cuán vacío se halla realmente el firmamento, aun tenido en cuenta el
Sol, la Luna y los seis planetas visibles.
Betelgeuse es una estrella variable, es decir, que su
brillo varía con el tiempo. Y más aún, no existe una periodicidad simple en la
variación, por lo que se trata de una «variable irregular». Su brillo medio es
de magnitud 0,85, pero en ocasiones brilla hasta 0,4 y en otras ocasiones
desciende hasta 1,3.
La razón de esta variabilidad no es misteriosa. El simple
hecho de que una estrella sea una gigante roja significa que se encuentra en su
fase final como estrella extendida. Dentro de poco ya no será capaz de soportar
la masa de sus capas externas por la energía de las reacciones de fusión en sus
profundidades y la estrella se desmoronará (con o sin explosión). El hecho de
que, Betelgeuse parpadee por así decirlo, constituye otra indicación de que el
final está cerca. El parpadeo se debe a la turbulencia y diversas
inestabilidades que cabe esperar en una estrella que tiene problemas para
autoabastecerse con suficiente calor para mantenerse en expansión.
Si esto es así, debería haber cambios perceptibles en el
diámetro de Betelgeuse al ser medido con el interferómetro, y los hay. El
diámetro aparente varía de 0,016 a 0,023 segundos de arco.
A fin de decir lo grande que es realmente Betelgeuse, en
unidades absolutas, a partir de su tamaño aparente, se debe conocer su
distancia, y eso no es fácil. Las distancias estelares superiores a los 30
pársecs (100 años luz), más o menos, resultan difíciles de determinar.
La última (y presumiblemente más de fiar) cifra que he
podido encontrar para la distancia de Betelgeuse es de 200 pársecs (650 años
luz).
Para que la esfera de una estrella aparezca como de un
diámetro de 0,02 segundos de arco, aun cuando se encuentre a una distancia de
200 pársecs, debería tener un diámetro real de unos 600.000.000 de kilómetros,
si mis cálculos son correctos. Así pues, Betelgeuse tiene un diámetro, como
promedio, 430 veces mayor que el diámetro del Sol. Su volumen sería entonces
80.000.000 de veces el de nuestro Sol, lo que significa que si imagináramos a
Betelgeuse como una esfera hueca, podríamos echar en ella 80.000.000 de esferas
del tamaño del Sol para que esta gran esfera se llenase (suponiendo que las
pequeñas esferas formasen un conglomerado de modo que no quedase espacio entre
ellas).
Si imaginásemos a Betelgeuse en el lugar de nuestro Sol,
su superficie se localizaría cerca de la órbita de Marte. La posición de la
Tierra se encontraría a siete décimos de la distancia desde el centro de
Betelgeuse a su superficie.
Podemos conseguir ahora una representación más
impresionante de su pulsación. Cuando Betelgeuse se expande a su máximo, su
diámetro aumentaría hasta unos 725.000.000 de kilómetros, o casi unas 500 veces
el del Sol. En su mínimo, seria aún de 500.000.000 de kilómetros, o 360 veces
el del Sol.
En plena expansión, la superficie de Betelgeuse, si la
imaginásemos en el lugar de nuestro Sol, se hallaría en el cinturón de
asteroides. Es tres veces más voluminosa en su máximo que en su mínimo. Si nos
la imaginamos respirando con fuerza porque está cerca del fin de su carrera
como estrella expandida, su respiración es muy fuerte.
Dando por supuesto que, en realidad, Betelgeuse es una
estrella gigante (pertenece, de hecho, a una clase de estrellas a las que
llamamos «gigantes rojas»), ¿cómo puede compararse en tamaño aparente con otras
estrellas que son más pequeñas, pero que están más cerca?
Por ejemplo, ya he dicho que Alfa del Centauro C es la
estrella más próxima a nosotros. Forma parte de un grupo de tres estrellas, la
mayor de las cuales es Alfa del Centauro A. Alfa del Centauro A es casi
exactamente del tamaño de nuestro Sol, y a su distancia de 1,35 pársecs (1/150
la de Betelgeuse) su diámetro aparente sería sólo de 0,0035 segundos de arco,
menos de un quinto del de Betelgeuse. Aunque Alfa del Centauro A esté tan
cerca, su diminuto tamaño no le permite mostrarse tan grande como la distante y
gigante Betelgeuse.
Sirio es más grande que Alfa del Centauro A, pero se halla
aún más lejos y su tamaño aparente es de sólo unos 0,0032 segundos de arco.
Arturo tiene un diámetro de 32.000.000 de kilómetros (23 veces el del Sol),
pero se encuentra a 11 pársecs de distancia y su diámetro aparente es de 0,0095
segundos de arco, mientras que Aldebarán posee un diámetro de 50.000.000 de
kilómetros (36 veces el del Sol), pero está a una distancia de 16 pársecs, por
lo que su diámetro aparente es de 0,011, exactamente la mitad que el de
Betelgeuse.
Por lo tanto, no existe ninguna estrella lo
suficientemente grande o lo suficientemente cercana (o ambas cosas) para
rivalizar con Betelgeuse. La que se acerca más es otra gigante roja, Antares,
en la constelación del Escorpión. Se encuentra a una distancia de 130 pársecs,
es decir, más cercana que Betelgeuse, pero aun así es levemente más apagada que
Betelgeuse, a pesar de la ventaja de estar más cerca, y por lo tanto debe ser
apreciablemente más pequeña.
En realidad, Antares, a la distancia que está, tendría un
diámetro aparente de 0,002 segundos de arco, lo que es igual al valor medio de
Betelgeuse, pero Antares no late de manera apreciable. Por tanto, es más
pequeña en tamaño aparente que Betelgeuse en su máximo.
En resumen, de todas las estrellas, Betelgeuse es la
segunda, después del Sol, en tamaño aparente.
Betelgeuse tiene una temperatura superficial de 3.200º K,
en comparación con la temperatura superficial de nuestro Sol de 5.700º K.
Betelgeuse se encuentra al rojo vivo, mientras que nuestro Sol está al rojo
blanco.
Si la temperatura superficial del Sol descendiese de
repente a 3.200º K, aparte del hecho de que su luz enrojecería, ofrecería una
iluminación total de una intensidad de sólo 1/43 de la actual.
Sin embargo Betelgeuse tiene una superficie 185.000 veces
mayor que la del Sol, y aunque cada porción del tamaño del Sol da sólo 1/43 de
la iluminación de nuestro Sol, la estrella entera resplandece con una luz 4.300
veces mayor que la del Sol.
Los astrónomos emplean el término «magnitud absoluta» para
representar el brillo que una estrella mostraría si se encontrase a 10 pársecs
de la Tierra. Si pudiésemos ver nuestro Sol desde una distancia de 10 pársecs,
tendría una magnitud absoluta de 4,7, con lo que sería más bien apagada y una
estrella nada espectacular.
Por otra parte si, Betelgeuse avanzase hacia nosotros
hasta una distancia de 10 pársecs, resplandecería con una magnitud absoluta de
-5,9. Brillaría, rojiza, con un brillo 4 1/3 veces el de Venus en su máxima
brillantez.
Tendría entonces un diámetro aparente de 0,4 segundos de
arco, lo que sería enorme para una estrella (aparte de nuestro Sol), pero
seguiría pareciendo meramente un punto de luz. A fin de cuentas, el planeta
Júpiter tiene un diámetro aparente de 50 segundos de arco, y aún así parece un
simple punto luminoso si se mira sin ayuda de instrumentos.
A pesar del enorme tamaño y brillo de Betelgeuse, en
cierto modo no es por completo el gigante que parece. ¿Qué pasa, por ejemplo,
con su masa, la cantidad de materia que contiene?
Sin duda tiene más masa que el Sol, pero no enormemente
más. En realidad, se estima que tiene 16 veces más masa que el Sol. Sólo 16
veces.
Esta masa de 16 Soles se extiende en un volumen que es,
como promedio, 80.000.000 de veces el del Sol. La densidad media de Betelgeuse,
por tanto, debe ser 16/80.000.000 o 1/5.000.000 la del Sol.
Esto es mucho menos de lo que cabía esperar, puesto que
representa más o menos 1/4.500 de la densidad del aire que estamos respirando.
Cuando Betelgeuse se encuentra en su máxima expansión, la cantidad de materia
que contiene se extiende en un volumen aún más grande, y su densidad media es
entonces de 1/7.000 la del aire.
Si pudiésemos absorber en un contenedor todo el aire menos
el 1/4.500, estaría justificado que hablásemos del resultado como un vacío. No
sería un vacío absoluto, ni siquiera uno muy fuerte, pero sería suficiente
vacío en el sentido práctico cotidiano de esa palabra. Sería bastante natural,
pues considerar a Betelgeuse (o a cualquier gigante rojo) como una especie de
vacío al rojo vivo.
De todos modos, Betelgeuse (o cualquier estrella) no es
densa de modo regular en toda su masa. Una estrella es menos densa en su
superficie, y esa densidad aumenta, con mayor o menor regularidad, a medida que
se penetra debajo de esa superficie, y posee, naturalmente, la mayor densidad
en el centro. La temperatura también llega al máximo en el centro.
Una estrella comienza como una bola de hidrógeno,
principalmente, y es en el centro donde la temperatura y la densidad son
mayores, donde los núcleos se aplastan mutuamente con suficiente fuerza para
fundirse. Así pues, es en el Centro donde el hidrógeno se fusiona en helio y se
produce energía. El helio se acumula formando un núcleo de helio que crece de
modo regular a medida que prosigue la fusión.
La fusión del hidrógeno sigue teniendo lugar fuera del
núcleo de helio, donde el hidrógeno se encuentra a su mayor temperatura y
densidad; y el núcleo de helio, a medida que crece, se hace más caliente y más
denso. Finalmente, después de millones o incluso miles de millones de años, la
temperatura y densidad en el núcleo de helio se hacen lo suficientemente
grandes para forzar incluso a los núcleos de helio estables a fusionarse en
núcleos de carbono y de oxígeno. (Los núcleos de carbono se componen de tres
núcleos de helio, y los núcleos de oxígeno de cuatro.)
La nueva oleada de calor desarrollada por el inicio de la
fusión del helio hace que la estrella (que, durante toda la fusión del
hidrógeno, ha permanecido relativamente inalterada en apariencia) se expanda,
por lo que su superficie se enfría. En otras palabras, la estrella, que hasta
entonces ha sido un objeto relativamente pequeño al rojo blanco, de repente se
expande hasta ser un gigante rojo al formarse y crecer en el centro, un nuevo
núcleo de carbono y oxígeno.
Esta es pues la situación con Betelgeuse. En su centro se
halla un núcleo de carbono-oxígeno que está a una temperatura de 100.000 ºK (en
comparación con los 15.000.000 ºK en el centro del Sol). Esto no representa
calor suficiente para hacer que el carbono y oxígeno se fusionen en núcleos más
complicados.
Este núcleo (como los mejores astrónomos pueden decir por
cálculos efectuados con ordenador basados en lo que se conoce de la teoría de
la reacción nuclear) tiene tal vez dos veces el diámetro de la Tierra y una
densidad de unos 50.000 gramos por centímetro cúbico, o más de 2.000 veces la
del platino terrestre. Ciertamente, Betelgeuse no es en todo su interior un
vacío al rojo vivo.
Tal vez 1/50 de la masa total de Betelgeuse está
comprimida en ese pequeño núcleo. Alrededor del núcleo hay una capa de helio,
tal vez de diez veces el volumen del núcleo, que alberga otro 1/50 de la masa
total. Y en el exterior de la capa de helio se hallan las rarificadas regiones
externas que son aún, en gran medida, hidrógeno. El helio continúa fusionándose
en la superficie del núcleo de carbono-oxígeno, y el hidrógeno sigue
fusionándose en los límites de la capa de helio.
El hidrógeno que se halla en el fondo de las más bien
raras regiones exteriores hidrogenosas de Betelgeuse no puede fusionarse a la
enorme velocidad con que se hubiese fusionado en el centro. El helio, al
fusionarse en condiciones más densas y cálidas, produce mucha menos energía por
núcleo. Las dos fusiones juntas apenas producen suficiente calor, por tanto,
para mantener a Betelgeuse en su estado de enorme distensión. De vez en cuando
existe, aparentemente, un déficit, y la estrella comienza a contraerse. La
contracción comprime el hidrógeno y el helio y acelera la fusión, por lo que la
estrella se expande de nuevo.
A medida que pasa el tiempo, en el núcleo tienen lugar
ulteriores reacciones, produciendo cada una menos energía por núcleo que la
anterior, de modo que la situación se hace cada vez peor. Con el tiempo, cuando
se forman núcleos de hierro en el centro, ya no hay forma de que tenga lugar
aquí, una ulterior fusión productora de energía, y las contracciones periódicas
se hacen cada vez más extremas. Finalmente, hay un último fallo y la estrella
se derrumba total y permanentemente.
El súbito derrumbamiento comprimirá todo el material
fusionable que aún queda, y la mayor parte del mismo desaparecerá al instante
para producir una explosión. Cuanto más masa tenga la estrella, más repentino
será el derrumbamiento y más catastrófica la explosión.
Una estrella del tamaño del Sol se derrumbará y siseará,
lanzando una pequeña porción de su capa más externa al espacio. Esto formará
una capa esférica de gas en torno de la estrella derrumbada. Vista desde lejos,
la capa parecerá un anillo de humo y el resultado constituye una nebulosa
planetaria. La estrella derrumbada en el centro será muy pequeña y densa: una
enana blanca.
Una estrella considerablemente más grande que el Sol como
Betelgeuse explotará con la suficiente violencia para ser una supernova. Los
restos comprimidos se derrumbarán sobrepasando el estadio de enana blanca y se
convertirán en una estrella neutrónica o incluso, tal vez, en un agujero negro.
Sin duda, éste es el destino que hay que esperar de
Betelgeuse en un futuro comparativamente próximo, pero para los astrónomos, el
«futuro próximo» podría significar 100.000 años, así que no pasen las noches en
vela para verlo. Existe por lo menos otra estrella que parece que puede ganar
en esto a Betelgeuse (véase «X» representa lo desconocido), e incluso en ese
caso pueden pasar unos cuantos miles de años antes de que explote.
Sin embargo, aun excluyendo una supernova, hay más cosas
interesantes que decir de Betelgeuse, lo cual haré en el siguiente capítulo.
VII. EL MUNDO DEL SOL ROJO
Cuando era un poco más joven que ahora, y estaba en la
escuela superior júnior, solía leer revistas de ciencia-ficción que podía
encontrar en el mostrador de las revistas de la confitería de mi padre.
Las historias que me llamaban particularmente la atención,
las volvía a contar a un grupo de absortos compañeros de clase durante la hora
del almuerzo, y el ejemplo con más éxito de esas narraciones de segunda mano
fue una historia que me gustaba mucho llamada «El mundo del Sol Rojo», que
apareció en el número de diciembre de 1931 de Wonder Stories.
En aquel tiempo no tomé nota del nombre del autor, porque
en realidad tampoco era muy conocido. De hecho, era la primera historia que
publicaba.
Fue sólo muchos años después, tiempo durante el cual me
convertí en corresponsal y buen amigo del famoso escritor de ciencia-ficción
Clifford D. Simak, cuando, al conseguir el valiosísimo índice de Donald Day de
historias de ciencia-ficción, de 1926 a 1950, vi «El mundo del Sol Rojo» y
descubrí que se trataba nada menos que del esfuerzo inaugural de Cliff. (Y
ahora, más de medio siglo después, todavía se encuentra en activo, produciendo
aún material de primera, y ha sido elegido como Gran Maestro por los Escritores
de ciencia-ficción de Estados Unidos.)
Siempre ha sido motivo de infinita satisfacción para mí el
que, cuando era sólo un chiquillo aún no adolescente, ya reconociese la
grandeza en la primera historia de un autor.
Así pues, pueden imaginarse el gran placer con que llegué
a percatarme, cuando planeaba este ensayo, de que el título más lógico para el
mismo sería el que Cliff dio a su primer relato. Por lo tanto, empleo este
título en homenaje a un viejo amigo.
La historia de Cliff era el relato de un viaje a través
del tiempo, y el Sol Rojo del que hablaba era nuestro propio Sol en un futuro
lejano. No obstante, mi Sol Rojo es la estrella de la que he tratado con
considerable detalle en el capítulo precedente: Betelgeuse, el gigante rojo.
La cuestión es la siguiente: Si consideramos a Betelgeuse
como el Sol Rojo, ¿podría haber un mundo que girase en tomo de él? Con esto no
me refiero a un planeta, llano y sencillo, sino a uno que tuviera un carácter
como el de la Tierra y con vida inteligente en él. La vida no tiene por qué ser
de tipo humanoide, naturalmente, pero debería ser vida tal y como la conocemos:
ácido nucleico y proteínas, formado en un fondo acuoso.
Veamos, pues… Supongamos que tenemos un planeta parecido a
la Tierra para empezar (y tengo la fuerte tentación de emplear la voz
«terroide» como sinónimo de parecido a la Tierra, aunque no creo que esto se
haya hecho nunca).
Un planeta terroide no puede encontrarse demasiado cerca
de una estrella, o su océano herviría; tampoco puede hallarse demasiado lejos
de una estrella, puesto que su océano se helaría y, en uno u otro caso, la vida
terroide resultaría imposible.
Dado que, como promedio, Betelgeuse es una estrella con
430 veces el diámetro de nuestro Sol, sabemos que nuestro planeta terroide
debería hallarse mucho más lejos de ella de lo que lo está la Tierra del Sol.
Como primera aproximación, situemos el planeta a una distancia a la que
Betelgeuse tenga el tamaño aparente en su firmamento igual que nuestro Sol en
el cielo de la Tierra.
En ese caso, el planeta debería encontrarse a una
distancia media de 63.500.000.000 kilómetros de Betelgeuse (1/15 de un año
luz), o más de diez veces la distancia media de Plutón respecto de nuestro Sol.
Si existiese un planeta a esa distancia de nuestro Sol,
haría una revolución completa alrededor del Sol en unos 8.742 años terrestres.
Sin embargo, Betelgeuse tiene 16 veces más masa que
nuestro Sol, por lo que haría girar a este planeta distante mucho más deprisa
en tomo de su órbita de lo que nuestro Sol podría. El planeta que estamos
imaginando para Betelgeuse efectuaría una revolución completa alrededor de su
estrella distante pero con mucha masa en no menos de una cuarta parte del
tiempo que hubiera tardado en girar alrededor de nuestro Sol. Su período de
revolución en tomo de Betelgeuse sería, pues, de 2.185 años terrestres.
¿Tiene importancia que el período de revolución del
planeta fuese de más de dos milenios de duración?
Supongamos que es igual que nuestra Tierra. Imaginemos que
su órbita es circular, que gira en tomo de su eje en 24 horas, que su eje está
inclinado como el nuestro, etcétera. En ese caso tendría estaciones como las
nuestras, pero cada estación duraría más de cinco siglos. Demasiado tiempo,
naturalmente. Las regiones polares tendrían siglos de luz continua y luego
siglos de una continua oscuridad.
Bueno, pues imaginemos que su eje está recto: 12 horas de
luz solar y 12 horas de noche en todas partes. Las regiones polares,
indudablemente, tendrían unas capas permanentes de hielo que se podrían
extender hasta las zonas templadas, sin un cálido verano que pudiese
derretirlo, pero las regiones tropicales serían agradables. Todo parecería bien
montado, pero…
¡No es así!
Betelgeuse es rojo, y no blanco. Su temperatura
superficial es de 3.200 K, y no de 5.800 K como nuestro Sol. Tamaño por tamaño,
la superficie de Betelgeuse daría sólo 1/43 de la luz y del calor de nuestro
Sol. Tendría un aspecto tan grande como el del Sol en el firmamento del
planeta, pero sería un Sol frío según nuestros niveles, por lo que el océano
del planeta se helaría y la vida terroide resultaría imposible.
En ese caso, avancemos hacia el interior el planeta
terroide. (La imaginación constituye una poderosa herramienta.) Olvidemos lo de
que Betelgeuse tenga el tamaño de nuestro Sol, dejémosle agrandarse a medida
que el planeta se acerca, hasta que la incrementada área de su superficie
compense su frialdad.
Debemos avanzar hasta que el área aparente de Betelgeuse
en el firmamento terroide sea 43 veces la de nuestro Sol en el cielo terrestre,
y el diámetro aparente de Betelgeuse, por lo tanto, unas 6,5 veces el de
nuestro Sol. Esto significa que debemos imaginar el planeta terroide a una
distancia media de 9.680.000.000 kilómetros de Betelgeuse, o sólo 1,6 veces la
distancia de Plutón respecto de nuestro Sol.
A esa distancia, Betelgeuse parecería tener unos 3,5
grados de diámetro y parecería hinchado a nuestros ojos acostumbrados al Sol,
pero daría sólo la cantidad apropiada de luz y de calor.
Sin duda, la luz sería de una calidad diferente. Tendría
un color rojizo y, para nuestros ojos, sería menos satisfactoria. Sin embargo,
los organismos vivos del planeta de Betelgeuse estarían adaptados,
presumiblemente, a la gama de radiación de la estrella. Sus ojos serían más
sensibles al rojo que los nuestros y responderían hasta cierto punto dentro del
infrarrojo (y, probablemente, no les afectaría la luz de onda corta que en
realidad estaría presente en sólo pequeñas cantidades en la luz de Betelgeuse).
A los ojos terroides, la luz de Betelgeuse aparecería blanca, y los organismos
que poseyesen esos ojos estarían perfectamente satisfechos.
Y lo que es más, el período de revolución sería más corto
en esas condiciones, y equivaldría sólo a 130 años terrestres. Sería soportable
una leve inclinación del eje y ello reduciría apreciablemente la cubierta de
hielo polar.
Parece magnífico, ¿verdad? ¡Pues no lo es!
Nuestro Sol es una estrella estable, que no cambia de
tamaño ni la cantidad de radiación que emite. Sin duda en unas épocas es más
irregular que en otras, y en años recientes se han realizado algunas
observaciones que han llevado a los astrónomos a pensar que su tamaño cambia
muy levemente con el tiempo, pero esos cambios son triviales en comparación con
el caso de Betelgeuse, que, como ya he señalado en el anterior capitulo, pulsa
marcadamente…, y de forma irregular.
He dicho que Betelgeuse posee un diámetro 430 veces mayor
que el del Sol, pero esto como promedio. Puede dilatarse hasta un diámetro 500
veces el del Sol (a veces incluso más), o encogerse hasta tener sólo un
diámetro 360 veces mayor que el del Sol (a veces incluso menos).
El planeta que estamos imaginando que gira en torno de
Betelgeuse, por tanto, vería la estrella con un tamaño aparente de 3,5 grados
sólo de promedio. Este diámetro variaría desde 4,2 grados hasta 2,9 grados. En
su diámetro máximo, el área aparente de Betelgeuse en el firmamento sería el
doble que en el diámetro mínimo, y emitiría el doble de radiación en el máximo
que en el mínimo.
Esto significa que nuestro planeta imaginario sufrirá unos
períodos de tiempo enormemente cálidos y otros enormemente fríos, aunque su
órbita en torno de Betelgeuse fuese circular y su eje recto. En realidad,
sospecho que las variaciones de temperatura en el planeta serían demasiado
grandes para la vida como sabemos que se desarrolla.
Pero ¿su órbita debe ser circular? ¿No nos podríamos
imaginar una órbita más bien elíptica, dispuesta de tal modo que el planeta se
aproxime a Betelgeuse exactamente cuando la estrella se contraiga y emita menos
luz y calor, y se aleje de Betelgeuse cuando se expanda y emita más?
Sería pedir mucho a la coincidencia el suponer que se
acerca y se aleja exactamente con la sincronización apropiada para mantener su
temperatura bastante estable, pero yo no vacilaría en imaginarlo, sólo porque
es improbable.
El problema es que no es improbable, sino que es
imposible.
He dicho que el planeta giraría en torno de Betelgeuse en
130 años. Por muy elíptica que pudiese ser la órbita, el período de revolución
seguiría siendo de 130 años si la distancia media desde Betelgeuse continuase
siendo de 9.680.000.000 kilómetros. Esto significa que estaría relativamente
cerca de Betelgeuse durante algo menos de 65 años, y relativamente lejos del
mismo durante un poco más de 65 años. La razón de esto es que el planeta se
movería a una velocidad mayor que la orbital media cuando estuviese más cerca
de Betelgeuse, y a una velocidad menor a la media cuando se hallase más lejos.
Cuanto más altamente elíptica fuese la órbita, más desequilibrados serían los
tiempos en que estaría cerca y luego lejos.
No hay modo de poder conjugar esta situación con la
expansión y contracción de Betelgeuse, a menos que la estrella se expandiese y
contrajera con un período de 130 años, y la parte expandida del ciclo fuera un
poco más prolongada que la parte de contracción.
El período de pulsación de Betelgeuse tampoco es muy
cercano. Betelgeuse tarda unos 50 días en expandirse desde el tamaño mínimo al
máximo, y unos 100 a 150 días en contraerse desde el máximo al mínimo de nuevo.
En un período orbital del planeta en torno de Betelgeuse, por tanto, la
estrella se dilataría y contraería unas 270 veces. Para equilibrar esto, se
tendría que hacer ondear el planeta hacia dentro y hacia afuera, en períodos
variables y en grado variable, a fin de conjugar con exactitud las imprevisibles
variaciones en el índice y alcance de la expansión y contracción de Betelgeuse.
Aparentemente, la irregularidad de Betelgeuse tiene que
ver Con el hecho de que es turbulenta y está «hirviendo». Burbujas calientes de
helio del interior salen periódicamente a la superficie Y producen enormes
manchas calientes que hacen que la estrella se expanda. Las variables
implicadas son demasiadas para permitir una regularidad.
Naturalmente se puede argumentar que la Tierra tiene
muchísimas variaciones climáticas también, y que, sin embargo, hay vida en
ella.
Pero, de todos modos, las variaciones de temperatura de la
Tierra, en conjunto, son muy inferiores a las que el planeta de Betelgeuse se
vería obligado a soportar y, además, existen grandes regiones en la Tierra en
las que la temperatura es muy estable durante largos períodos de tiempo. Es
difícil saber hasta qué punto sería así también en el planeta de Betelgeuse.
Betelgeuse es enormemente inestable también de otras
maneras. Muestra signos de poseer prominencias colosales y de ser la fuente de
un enorme viento estelar. Todo esto lleva a razonar que Betelgeuse no
permanecerá en su forma presente durante mucho tiempo, en comparación con las
estrellas ordinarias como nuestro Sol, que pueden continuar relativamente sin
cambios durante miles de millones de años.
Comparemos el viento de Betelgeuse con el del Sol. El Sol
está perdiendo masa constantemente, mientras oleadas de partículas
(principalmente protones, los núcleos de los átomos de hidrógeno, que forman el
grueso de la sustancia del Sol) se mueven hacia afuera en todas direcciones.
Cerca de un millón de toneladas métricas de materia se pierden en el Sol cada
segundo por este viento solar, pero Betelgeuse pierde materia en un índice
miles de millones mayor.
Si Betelgeuse continuara perdiendo materia por su viento
estelar según el índice actual, habría desaparecido por completo en el plazo de
16.000.000 de años. No obstante, hay probabilidades de que, mucho antes,
Betelgeuse haya expulsado suficiente materia para convertirse en una estrella
condensada rodeada por una nebulosa planetaria, o haya estallado formando una
supernova. Sospecho que una gran gigante roja sólo puede permanecer en este
estado unos 2.000.000 de años.
Esto puede parecernos mucho tiempo, considerando que la
civilización humana ha durado menos de 10.000 años. Un período de 2.000.000 de
años es doscientas veces más esa duración.
¡Pero no! No estamos hablando del desarrollo de la
civilización, sino del desarrollo de la vida. La vida apareció en la Tierra tal
vez hace 3.500.000.000 de años, y la vida multicelular quizás hace 800.000.000
de años y la vida terrestre hace sólo 400.000.000 de años. Se tardó más de dos
mil quinientos millones de años en pasar del estadio unicelular, y esto es más
de mil veces la vida de una gigante roja.
Se podría decir que esa evolución resultó ser en extremo
lenta en la Tierra, y que podría ser más rápida en el planeta de Betelgeuse.
En realidad, no podemos decir si el índice de evolución en
la Tierra es, o no, típico de la vida en el Universo en general, porque la vida
en la Tierra es el único ejemplo del fenómeno que conocemos. Sin embargo, por
lo que sabemos de la evolución parece difícil suponer que pueda ser otra cosa
que un proceso muy lento. Resulta difícil creer que la vida inteligente pueda
desarrollarse durante la breve existencia de una gigante roja.
En ese caso, recordemos que Betelgeuse no fue siempre una
gigante roja. Antes de ser una gigante roja, se encontraba en la secuencia
principal. Es decir, era una estrella estable como el Sol, que subsistía por la
fusión del hidrógeno en el núcleo. Entonces era una estrella relativamente
pequeña, con más masa que el Sol, y por lo tanto algo más grande, más brillante
y más caliente, pero no una gigante.
¿Por qué, pues, hemos de suponer que la vida tuvo que
empezar mientras Betelgeuse era una gigante roja? ¿No tendría sentido suponer
que la vida comenzó cuando se encontraba en la secuencia principal, y que la
vida evolucionó hasta la inteligencia, y la alta tecnología, durante ese
período?
Así pues, cuando Betelgeuse llegó al final de su vida en
la secuencia principal y comenzó a evolucionar hacia una gigante roja, los
habitantes inteligentes del planeta terroide original (que, naturalmente,
giraría en torno de Betelgeuse a una distancia mucho mayor que la Tierra
respecto del Sol, puesto que Betelgeuse era la estrella más caliente, pero no a
una distancia muchísimo mayor) habrían podido realizar viajes espaciales para
alejarse más hacia afuera. El movimiento se efectuaría por etapas porque, aunque
la evolución hacia la fase de gigante roja es rápida en comparación con los
cambios producidos durante la secuencia principal, sigue siendo de todos modos
bastante lenta a escala de la vida humana.
Así, cuando nuestro Sol comience a evolucionar hacia la
fase de gigante roja, los seres humanos (o nuestros evolucionados
descendientes), si aún existen, podrían desplazarse poco a poco hacia Marte;
luego, centenares de miles de años después, hacia Europa; a continuación, un
millón de años mas tarde hacia Titán, y así sucesivamente. Al tener más masa,
Betelgeuse evolucionaría con mayor rapidez que el Sol, pero, de todos modos, no
habría ninguna prisa.
Por lo tanto, el distante planeta de la fase de gigante
roja de Betelgeuse no contendría la vida inteligente que se hubiese
desarrollado allí, sino la vida que hubiese emigrado desde algún planeta
interior y que hubiese sido vaporizado físicamente y absorbido por Betelgeuse
cuando esa estrella se hubiese expandido.
¡Pero esto no funciona!
En nuestro Sistema Solar, los mundos relativamente
cercanos al Sol son esencialmente rocosos, con o sin núcleo metálico, y se
puede pensar que podrían albergar vida humana a largo plazo, de una forma
natural (como la Tierra), o después de considerables modificaciones
tecnológicas, como podrían hacer la Luna o Marte.
Los mundos fuera del cinturón de asteroides, que
sobrevivirán al gigante solar rojo, son, sin embargo, de una composición
fundamentalmente diferente. Los grandes mundos son principalmente gaseosos,
mientras que los mundos pequeños están en su mayor parte helados. Estos mundos
no ofrecen demasiadas esperanzas como refugios a largo plazo. Los gaseosos son
del todo inconvenientes. Los helados carecen de los elementos rocosos y
metálicos que necesitamos.
Naturalmente, se puede pensar que el gigante rojo solar
puede calentar Júpiter hasta el punto de que gran parte del mismo se disperse,
y podríamos soñar con que se expusiese un núcleo rocoso que fuese una nueva
Tierra. Desgraciadamente, no estamos seguros de que exista un núcleo rocoso, ni
de lo grande que podría ser, ni de si incluso un Júpiter calentado no seguiría
unido o más o menos intacto, gracias a su gran campo gravitatorio.
De los grandes satélites de Júpiter, Ganímedes y Calisto
están helados, y en la época de la gigante roja pueden fundirse y dispersarse.
lo, con seguridad, es rocoso, pero carece de agua. Calisto es rocoso y posee un
océano superficial que rodea todo el mundo (en la actualidad, está helado, por
lo menos en la parte superior). La gigante roja podría fundir y vaporizar el
océano, que de este modo se perdería en el espacio exterior.
Más allá de Júpiter, todo quedaría intacto, pero los
mundos no son realmente atractivos.
Existen muchas razones para pensar que esta pauta general
—mundos rocosos cerca de una estrella, y mundos gaseosos o helados lejos de una
estrella— es general en los sistemas planetarios. Así pues, se podría suponer
que existe la regla de que la vida comienza relativamente cerca de una
estrella, y que en la época de la gigante roja, la retirada a las regiones
exteriores implicaría una terraformación tan extensa que sería algo
prohibitivo.
¿Pero no estamos limitando demasiado el posible avance de
la tecnología? La terraformación podría ser muy sencilla para unas especies
avanzadas tecnológicamente. Considerando el índice de avance tecnológico en los
últimos cien años (desde los planeadores sin motor hasta las sondas de cohetes
que han tomado fotografías en primer plano de los anillos de Saturno), ¿qué no
podríamos esperar de nosotros mismos en otro centenar de años, por no decir más
de un millar?
¿Y quién dice que debemos estar satisfechos, como
refugiados, con cualquier mundo que pueda existir en los confines de un sistema
planetario? Son sólo acumulaciones de recursos.
Podemos representar a la Humanidad, cuando se acerque la
¿poca de la gigante roja solar, viviendo en colonias espaciales artificiales,
tan cómodas y agradables como la superficie de la Tierra, y mucho más seguros.
Podría no existir jamás el pensamiento de regresar a cualquier mundo.
Simplemente, habría que desplazar las colonias, alejándolas del Sol, poco a
poco, año a año, siguiendo el ritmo del aumento de intensidad de la radiación
solar.
Incluso podríamos imaginarnos a la Humanidad salvando
mundos de la destrucción solar, impulsándolos más lejos del Sol de vez en
cuando, a fin de mantenerlos como recursos.
Por lo tanto, podríamos imaginar la vida que al principio
se desarrolló relativamente cerca de Betelgeuse en sus días de la secuencia
principal, viviendo ahora en grandes colonias a cerca de diez mil millones de
kilómetros de la estrella, con satélites y asteroides rescatados también en
órbita. Incluso podríamos suponer que los habitantes poseyeran métodos para
amortiguar las diferencias de radiación recibidas cuando Betelgeuse se expande
y contrae. Podrían resguardar las colonias y desviar la mayor parte de la
radiación cuando se calentase Betelgeuse, y reunir y concentrar la radiación
cuando se enfriase.
¡Tampoco funcionaría!
Todo esto depende de sí realmente hubiese podido iniciarse
y desarrollarse vida en el sistema planetario de Betelgeuse mientras esa
estrella se encontraba todavía en la secuencia principal.
Consideremos, por ejemplo, nuestro Sol, y al hacerlo no
hablemos de miles de millones de años. Resulta difícil captar tan enormes
períodos de tiempo. En vez de ello, definamos «6 años largos» como iguales a
mil millones de años ordinarios (1.000.000.000). A esta escala, «1 segundo
largo» equivale a 31 años.
Empleando esta «medida larga», el Sistema Solar se
condensaría a partir de un remolino de polvo y gas primordial en, más o menos,
7 meses largos e iniciaría su existencia en la secuencia principal.
Permanecería en la secuencia principal durante unos 72 años largos
(aproximadamente la vida media de un ser humano, que es el motivo por el que he
elegido esta escala particular), luego pasaría por la fase de gigante roja en
no más de 4 días largos y se derrumbaría y convertiría en enana blanca, en cuyo
estado permanecería indefinidamente, enfriándose poco a poco.
Si miramos más de cerca la porción de secuencia principal
de la vida del Sol, y lo hacemos en años largos, éstos son los resultados.
Los planetas y otros cuerpos fríos del Sistema Solar
llegaron a su forma actual sólo de un modo lento, a medida que fueron
recogiendo los restos en sus órbitas. El bombardeo de estos restos ha dejado su
marca en forma de cráteres meteóricos que cicatrizan todos los mundos donde no
están erosionados ni oscurecidos por factores tales como aire, agua, lava
volcánica, actividad viva, etcétera. No fue hasta que el Sol tuvo tres años
largos de edad cuando este bombardeo acabó esencialmente, y la Tierra y los otros
mundos se mostraron ya más o menos en su forma actual.
Cuando el Sol tenía una edad de 6 años largos, las
primeras trazas de moléculas, lo suficientemente complicadas para considerarse
vivas, aparecieron en la Tierra.
Cuando el Sol tenía 21 años largos de edad, se formó la
primera vida multicelular, y los registros de fósiles empiezan a los 24 años
largos. El Sol tenía una edad de poco más de 25 años largos cuando la vida pasó
a tierra, y ahora tiene un poco más de 27,5 años largos de edad. Para cuando
tenga 60 años largos, puede que haga demasiado calor en la Tierra para estar
cómodos, y los seres humanos o sus evolucionados descendientes (si aún existen)
quizá comiencen a retirarse. Para cuando tenga 72 años largos, nuestro Sol será
una gigante roja, aunque no tan grande como es ahora Betelgeuse.
En realidad, no todas las estrellas permanecen en la
secuencia principal durante igual espacio de tiempo. En general, cuanta más
masa tiene una estrella, mayor es su suministro de combustible nuclear. Sin
embargo, cuanta más masa tiene, más rápidamente debe consumir ese suministro de
combustible si ha de generar suficiente calor y presión de radiación para
impedir derrumbarse bajo la atracción de su mayor masa.
La proporción de gasto de combustible aumenta con mayor
rapidez que el abastecimiento del mismo, a medida que la masa aumenta. De ahí
se deduce que cuanta más masa tiene una estrella, más corto es el tiempo en la
secuencia principal y más rápidamente alcanza la fase de gigante roja.
Consideremos ahora las enanas rojas, que constituyen las
tres cuartas partes de todas las estrellas. Se trata de estrellas relativamente
pequeñas con masas de 1/5 a 1/2 la del Sol, masa suficiente para producir
presiones internas capaces de poner en marcha reacciones nucleares. Consumen
gota a gota su relativamente pequeño suministro de combustible, por lo que
permanecen en la secuencia principal durante un espacio de tiempo que va desde
450 años largos hasta 1.200 años largos.
Eso es una enorme cantidad de tiempo, si se piensa que se
cree que el Universo en sí no tiene más que unos 90 años largos de vida en la
actualidad. Eso significa que todas las enanas rojas existentes se hallan aún
en la secuencia principal. Ninguna ha tenido tiempo todavía de llegar al estado
de gigante roja.
Por otra parte, las estrellas que tienen más masa que el
Sol permanecen menos tiempo en la secuencia principal. Proción, por ejemplo,
que tiene 1,5 veces más masa que el Sol, permanecerá en la secuencia principal
durante un total de 24 años largos. Sirio, con una masa 2,5 veces superior a la
del Sol, permanecerá en la secuencia principal durante sólo 3 años largos.
(Examinaré de nuevo este tipo de cosas, de un modo diferente, en el capítulo
final de este libro.)
¿Y qué cabe decir de Betelgeuse, que tiene una masa 16
veces superior a la del Sol? Pues permanece en la secuencia principal durante
unas 3 semanas largas. Comparemos esto con los 6 años largos (un período de
tiempo centenares de veces mayor) que transcurrieron antes de que aparecieran
en la Tierra los primeros indicios de vida.
Incluso dando por sentado que nuestro Sistema Solar fuese
fenomenalmente lento en desarrollar la vida, resulta difícil imaginar que ésta
pudiese desarrollarse en menos de una centésima de ese tiempo.
Y no son sólo los primeros indicios de vida lo que nos
interesa. Esperamos que la vida evolucione lentamente hacia formas cada vez más
complicadas, hasta que pueda surgir alguna especie con la suficiente
inteligencia para desarrollar una tecnología avanzada. La Tierra tardó 27 años
largos en conseguir esto. ¿Podría haberlo hecho el planeta de Betelgeuse en 3
semanas largas, no mucho más que 1/500 de ese periodo?
Simplemente, parece no haber ninguna posibilidad de que se
hubiese podido desarrollar vida en cualquier planeta que girase en torno de
Betelgeuse, o de que pudiera haber ahora allí vida propia. (Digo «vida propia»
porque no quiero excluir la posibilidad de que algunos seres con tecnología
avanzada, que podrían haberse originado en cualquier otro sistema estelar,
hubiesen fundado un observatorio científico en los ámbitos exteriores del
sistema de Betelgeuse, a fin de estudiar de cerca a una gigante roja. Si semejante
estación tuviese formas de vida en ella, sería mejor que se marchasen y
estuviesen a un año luz de distancia el día en que explote Betelgeuse.)
Por lo tanto, no hay un Mundo del Sol Rojo en el sentido
de Betelgeuse, y no podemos esperar que se origine vida terroide cerca de
ninguna estrella apreciablemente con más masa que nuestro Sol. Las estrellas
que tienen apreciablemente menos masa que nuestro Sol quedan excluidas por
otras razones.
Esto nos deja sólo las estrellas razonablemente cercanas a
la masa de nuestro Sol como adecuadas para el desarrollo de una vida terroide.
Por fortuna, dichas estrellas constituyen el 10% del total, y eso nos deja un
margen considerable.
VIII. EL AMOR HACE GIRAR EL MUNDO
Una idea lleva a otra y estoy acostumbrado a dejar vagar
mi mente. Por ejemplo, algo en lo que pensé recientemente me ha hecho
preguntarme acerca de la frase: «¡Es el amor lo que hace girar el mundo!»
Lo que esto significa para la mayoría de las personas es
que el amor es una emoción tan excitante que el experimentarlo le hace sentir a
uno que el mundo entero es nuevo y maravilloso, mientras que su pérdida hace
que el mismo Sol parezca perder su brillo y que el mundo cese de girar. Esta
clase de tonterías.
¿Y quién dijo esto primero?
Me dirigí a mi biblioteca de referencias y descubrí, ante
mi gran asombro, que su primer uso, en la literatura inglesa, fue en 1865,
cuando la Duquesa Maladice, en Alicia en el País de las maravillas, de Lewis
Carroll: «Y la moral de eso es «Oh, el amor, el amor, es lo que hace girar el
mundo».»
En el mismo año, apareció (con un «el amor» más) en la
obra de Charles Dickens Nuestro común amigo. La invención independiente parece
improbable, por lo que ese sentimiento debió de haber tenido una existencia
anterior, como los refranes, y, en realidad, existe un verso de una canción
popular francesa de hacia 1700, que dice Cest lamour, lamour, qui fait le monde
á la ronde, que se traduce por la expresión de la Duquesa.
Si retrocedemos aún más en el tiempo, llegamos al último
verso de La divina comedia de Dante, que contiene la frase Lamor che move u
sole e l'altre stelIe (El amor hace girar el sol y las Otras estrellas). Esto
se refiere al movimiento general más que a la mera rotación sobre un eje, pero
sirve. Y verán que por «amor» no queremos decir ese sentido del afecto
romántico humano en que la mayoría de nosotros pensamos cuando se emplea la
palabra. Más bien, Dante se está refiriendo a ese atributo de Dios que muestra
su preocupación por la Humanidad y mantiene el Universo en funcionamiento para
nuestro bien y nuestra comodidad.
Esto, a su vez, debió, al menos en parte, de inspirarse en
un antiguo proverbio latino que data, supongo, de la época romana:
Amor mundum fecit (El amor hizo el mundo).
Y de aquí retrocedemos a las cosmogonías místicas de los
griegos. Según lo que sabemos de las doctrinas incluidas en los misterios
orificios, el Universo comenzó cuando la noche (es decir, el caos primitivo)
formó un huevo, del que salió Eros (el amor divino), y fue ese amor divino el
que creó la Tierra, el cielo, el Sol y la Luna, y lo puso todo en movimiento.
Metafísicamente, este «amor divino», desde un punto de
vista pagano o judeocristiano, puede manifestarse en el Universo material como
una inexorable atracción que todos los objetos experimentarían los unos hacia
los otros. Existe realmente una inexorable atracción, que es la que mantiene
unido el Universo, y los científicos llaman ahora a eso «la interacción
gravitatoria».
Así pues, lo que realmente decimos es: «Oh, la gravedad,
la gravedad, es lo que hace girar el mundo», y tal vez eso no sea tan mala
idea.
¿Y qué fue lo que inició esta línea de pensamiento? Pues…
En mayo de 1977, se publicó un ensayo mío titulado Twinkle
Twinkle Microwaves en el que contaba la historia del descubrimiento de los
púlsares (unas pequeñas estrellas neutrónicas que giran rápidamente). No tienen
un diámetro mayor que la longitud de la isla de Manhattan y, sin embargo,
pueden contener tanta masa como una estrella de tamaño normal. El primer púlsar
que fue descubierto efectuaba una rotación sobre su eje en 1,3370209 segundos.
Y esto es una rotación muy rápida incluso para un objeto tan pequeño como un
púlsar.
¿Por qué, pues, debería un púlsar girar tan rápidamente?
Un púlsar es el resto de una supernova: una estrella
gigante que ha estallado. Semejante explosión mandaría parte de la masa estelar
al espacio en todas direcciones como una vasta masa de gas y de polvo en
expansión, mientras las porciones centrales quedarían reducidas a una estrella
neutrónica extremadamente densa y pequeña (o, en ocasiones, formarían un
agujero negro).
La estrella original tendría cierta cantidad de momento
angular: la cantidad dependería de su índice de rotación y de la distancia
media de la materia contenida desde el eje de rotación.
Una de las leyes fundamentales de la Naturaleza es que la
cantidad de momento angular constituye un sistema cerrado que no puede
cambiarse. Cuando una estrella explota, parte del momento angular sería
arrastrado por el gas y el polvo que saldría en torbellino, pero buena parte
del mismo quedaría atrapado en las partes centrales derrumbadas.
Cuando el núcleo de la estrella, con su momento angular,
se derrumba, la materia de la que está compuesta se acerca al eje de rotación,
queda mucho más cerca. De una distancia media de millones de kilómetros, se
encoge hasta un promedio de sólo cinco kilómetros. Esto, en sí mismo reduciría
el momento angular a casi nada, a no ser por la existencia del otro factor: el
índice de rotación. A fin de que se conserve el momento angular, ese enorme
decrecimiento de la distancia desde el eje debe equilibrarse con un enorme
incremento en el índice de rotación.
Así pues, ya ven por qué el púlsar gira con tanta rapidez
como lo hace. Por el derrumbamiento de la estrella, provocado por la inexorable
atracción de su propia gravitación. Y si igualamos la gravitación, de un modo
místico, con el amor, descubrimos que, realmente, «Es el amor lo que hace girar
el mundo». (Ahora pueden comprender mi línea de pensamiento.)
En realidad, los púlsares no giran con la suficiente
rapidez. La enorme contracción debería dar como resultado un giro
considerablemente más rápido. Sin embargo, poco después de que se descubriesen
los púlsares, se señaló que existían efectos retardadores. Los púlsares
arrojaban radiación energética y partículas, y la energía así gastada iba en
detrimento de su energía rotatoria. Como resultado de ello, la velocidad de
rotación disminuiría. Otra forma de expresarlo fue que las emisiones se
llevaban momento angular.
Las mediciones reales mostraron que los púlsares estaban
reduciendo su velocidad de forma regular. La rotación del primer púlsar
descubierto lo está haciendo en una proporción que doblará su períod0 en
16.000.000 de años.
De esto se deduce que cuanto más viejo sea un púlsar
cuanto más largo sea el período desde la explosión de la supernova que lo
formó, más largo debería ser su período de rotación.
En octubre de 1968, los astrónomos descubrieron un púlsar
en la Nebulosa del Cangrejo, una nube de gas que se formó al estallar una
supernova hace 930 años. Éste es un período de tiempo en extremo breve,
hablando en términos astronómicos, por lo que no causó la menor sorpresa el
descubrir que el púlsar de la Nebulosa del Cangrejo rotaba considerablemente
más deprisa que los otros púlsares que se habían hallado. La Nebulosa del
Cangrejo gira sobre su eje en 0,033099 segundos, o 40,4 veces más deprisa que
el primer púlsar descubierto. Otra forma de expresarlo es que el púlsar de la
Nebulosa del Cangrejo gira sobre su eje 30,2 veces por segundo.
Hacia 1982 se habían descubierto más de 300 púlsares, y el
púlsar de la Nebulosa del Cangrejo siguió manteniendo el récord.
Esto tampoco fue ninguna sorpresa. Los púlsares son
objetos muy pequeños y no pueden descubrirse a grandes distancias, por lo que
los que se han descubierto hasta ahora están situados en nuestra propia galaxia
de la Vía Láctea. Eso significa que las supernovas que los formaron «estallaron
dentro de nuestra propia nebulosa de la Vía Láctea, y es muy probable que
hubiesen podido verse sin ayuda de instrumentos.
Sólo dos supernovas conocidas han explotado en nuestra
galaxia desde que se formo la Nebulosa del Cangrejo, y aparecieron en 1572 y
1604 respectivamente. Los lugares de esas dos supernovas no han revelado ningún
púlsar, pero no todas las supernovas forman un púlsar, y no todos los púlsares
que se forman giran en una dirección que haría que sus corrientes de partículas
y radiación pasaran por la Tierra y pudieran ser descubiertas.
Eliminadas esas dos recientes supernovas, podemos estar
casi seguros de que no descubriremos ningún púlsar que sea más joven y, por lo
tanto, de rotación más rápida, que el púlsar de la Nebulosa del Cangrejo. Los
astrónomos estaban tan seguros de ello que ninguno quiso perder su tiempo
haciendo frente al problema de tratar de encontrar un púlsar ultrarrápido que
seguramente no existía.
En realidad, los astrónomos habían preparado listas de
todas las fuentes de radio detectables en el cielo. Tales fuentes no tienen
forzosamente que ser púlsares. Pueden ser nubes de gas turbulento en nuestra
propia galaxia; pueden ser galaxias distantes en cuyos centros tienen lugar
sucesos catastróficos; pueden ser quasares aún más distantes.
En el Cuarto Catálogo de Cambridge de Emisores Radio había
una de tales fuentes llamada 4C21.53. Había estado muy tranquila en su lista
hasta los primeros años de la década de los sesenta, y nadie había pensado nada
acerca de ella. La forma más probable de explicar su existencia era suponer que
se trataba de una galaxia distante, demasiado alejada para percibirse
visualmente, pero suficientemente activa para que pudiesen descubrirse sus
emisiones radio.
Y luego, en 1972, se observó que su imagen de radio
centelleaba al pasar a través del viento solar que emite nuestro Sol. Es decir,
la imagen cambiaba de posición muy levemente de una manera rápida y errática.
El parpadeo, en un sentido más ordinario, nos es familiar.
La luz que pasa a través de nuestra atmósfera se refracta en un grado muy
pequeño, en direcciones imprevisibles, mientras se mueve a través de las
regiones atmosféricas a diferentes temperaturas. Si el rayo de luz es bastante
grueso, pequeños fragmentos del mismo pueden desviarse en una dirección, y
otras pequeñas cantidades en otra. Éstas pueden neutralizarse de modo que todo
el rayo parece firme.
Así, un planeta como Marte puede verse como un simple
punto de luz, incluso en su aproximación máxima, pero se trata de un punto lo
suficientemente grande para que porciones diferentes del mismo centelleen de
una forma distinta y el efecto se neutralice. En conjunto, pues, Marte no
parpadea.
Si observamos a Marte a través de un telescopio, no
obstante, no sólo ampliamos la imagen entera del mismo, sino que también
ampliamos los parpadeos. Si tratamos de ver detalles de la superficie,
descubriremos que el centelleo difumina esos detalles. (Por esta razón,
observar a Marte desde fuera de la atmósfera constituiría un gran progreso.)
Sin embargo, las estrellas son, en apariencia, unos
objetos mucho más pequeños que los planetas. Tan delgado es el rayo de luz
procedente de una estrella, particularmente una estrella apagada, que todo él
puede desviarse de manera errática al pasar a través de la atmósfera, y
parpadea. El centelleo en si atestigua la pequeñez de la imagen óptica de la
estrella.
De la misma forma, cuando 4C21.53 parpadeó al pasar a
través del viento solar, se tuvo que deducir que se trataba verdaderamente de
un rayo de radiación muy delgado. Esto no sería sorprendente, en realidad, si
se tratara de una galaxia distante, pero se halla situada en la constelación
Vulpecula («Pequeña Zorra»), bastante cerca de la Vía Láctea. Esto significa
que el rayo de ondas de radio, si se originara en el exterior de la galaxia,
tendría que viajar a través del largo diámetro de la galaxia para llegar a
nuestros instrumentos. Gran parte de las ondas de radio serían esparcidas
ligeramente por la materia enrarecida que se encuentra dentro de nuestra
galaxia (tal vez sea enrarecida, pero resulta mucho más densa que la materia
entre las galaxias), y por muy delgado que hubiera podido ser el rayo en un
principio, se habría agrandado hasta el punto de que no parpadearía.
Por lo tanto, el mero hecho de parpadear mostró que
4C21.53 estaba situado dentro de nuestra galaxia, y que su rayo de radio
recorría una distancia relativamente corta para alcanzarnos y así no tenía
tiempo de agrandarse indebidamente, sobrepasando la fase en que es capaz de
parpadear. Y si estaba tan cerca y aún poseía un rayo lo suficientemente
delgado para parpadear, 4C21.53 debía ser un objeto muy pequeño.
Luego, en 1979, se informó que, si se estudiaba la mezcla
de la longitud de onda del rayo radio de 4C21.53, se descubría que era muy
pobre en las altas frecuencias, más pobre que la mayor parte de las fuentes
radio. Pero los púlsares eran característicamente pobres en las frecuencias más
altas. ¿Podría ser 4C21.53 un púlsar?
El asunto preocupó a un astrónomo estadounidense llamado
Donald Backer, y comenzó a considerar el problema a fondo. Si 4C21.53 era lo
suficientemente pequeño para ser un púlsar, y si tenía la distribución de
longitud de onda de un púlsar, y por lo tanto se concluía que se trataba de un
púlsar, ¿por qué no emitía pulsaciones?
Cuando un púlsar rota con rapidez, emite dos corrientes de
ondas de radio, una desde un lado de sí mismo y otra desde el otro lado. Al
rotar, primero una corriente y luego la otra, pasa a través de algún punto de
observación dado. Si nuestros instrumentos se encuentran en ese punto, las
ondas de radio son descubiertas en forma de pulsaciones dependiendo del período
de rotación el número de pulsaciones por segundo.
Si las ondas de radio no nos llegan, como probablemente
ocurre en una gran mayoría de casos, no detectamos nada en absoluto, pero si
detectamos las ondas de radio, también debemos detectar las pulsaciones. Si el
púlsar se encuentra muy alejado, la dispersión por la materia interestelar
podría hacer confusas las pulsaciones formando un rayo de radio más o menos
firme y débil. Si el púlsar es muy antiguo, las pulsaciones podrían haberse
debilitado hasta el punto de no poder ser descubiertas. Sin embargo, 4C21.53
estaba lo suficientemente cerca (sólo a unos 2.000 parsecs) para que sus
pulsaciones fuesen claras, y el rayo de radio era lo suficientemente fuerte
para que las pulsaciones fuesen descubiertas con facilidad si se encontraban
allí.
A Backer se le ocurrió que había una explicación razonable
que aclaraba todo el misterio. Supongamos que 4C21.53 girase muy rápidamente,
por lo menos tres veces mas rápidamente que el púlsar de la Nebulosa del
Cangrejo. En ese caso, sus pulsaciones pasarían inadvertidas, dado que las
observaciones de radio que se realizaban no estaban preparadas para unas
pulsaciones tan rápidas. Trató de publicar su conjetura, pero su artículo fue
rechazado por demasiado especulativo, con la sugerencia de que resultaba harto
improbable.
Pero Backer no se rindió. Trató de conseguir astrónomos en
diversas instalaciones para que localizasen pulsaciones ultrarrápidas, pero
durante un período de tres años, aun cuando logró que algunos lo intentaran, no
se consiguió nada. Uno de los problemas (aunque Backer no lo sabía en aquel
tiempo) era que, en realidad, 4C21.53 se trataba de un conglomerado de tres
diferentes fuentes de radio, no muy espaciadas, una de las cuales era de hecho
una galaxia distante. Esto, naturalmente, confundía las cosas cuando los
astrónomos intentaban ver todo aquello con gran detalle.
En setiembre de 1982, Backer pidió a los del
radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico, que comprobasen en el 4C21.53 la
característica conocida como polarización. Los púlsares muestran unos niveles
de polarización muy altos, mucho más que otras fuentes de radio. Le llegó el
informe de que 4C21.53 mostraba un 30 % de polarización, lo que resultaba muy
elevado incluso para un púlsar.
Esto fue en realidad una buena noticia para Backer, pues
estaba más convencido que nunca de que tenía un púlsar por la cola. Los de
Arecibo incluso habían entrevisto ocasionalmente posibles pulsaciones.
El mismo Backer acudió a Arecibo, donde empleó
sofisticados instrumentos especiales durante siete noches. El 12 de noviembre
de 1982 el asunto quedó zanjado: se descubrió que 4C21.53 era un púlsar y,
finalmente, recibió el nombre de P5R1937 + 214.
El nuevo púlsar pronto fue conocido como Púlsar
Milisegundo, porque giraba sobre su eje en un poco más de una milésima de
segundo. Para ser exactos, su periodo de rotación es de 0,001557806449023
segundos. Esto significa que el púlsar rota sobre su eje 642 veces por segundo.
Esto no es 3 veces más rápido que la Nebulosa del Cangrejo, como Backer había
sospechado que podía ser, sino 21,25 veces más deprisa.
Supongamos que el Púlsar Milisegundo posee un diámetro de
20 kilómetros. En ese caso, su circunferencia ecuatorial es de 62,8 kilómetros.
Un punto en su ecuador recorrería 642 veces esa distancia, o 40.335 kilómetros
en un segundo. Por lo tanto, viajaría a un 13,5 % de la velocidad de la luz.
Un púlsar posee una enorme gravedad superficial, pero
incluso esto es apenas suficiente para mantenerse unido contra la aceleración
que implica tan inaudita velocidad. Si el Púlsar Milisegundo rotase tres veces
más deprisa —más o menos 2.000 veces por segundo— se haría añicos.
Y ahora viene la pregunta: ¿Qué es lo que hace que el
Púlsar Milisegundo dé vueltas tan deprisa?
La respuesta razonable es que gira con tanta rapidez
porque es totalmente nuevo. Cuando se descubrió el púlsar de la Nebulosa del
Cangrejo y se vio que rotaba sobre su eje 30,2 veces por segundo después de una
vida de 930 años, los astrónomos calcularon hacia atrás y estimaron que podía
haber estado girando 1.000 veces por segundo en el momento de su formación.
Pues bien, si el Púlsar Milisegundo gira 642 veces por
segundo ahora debió formarse hace sólo un siglo o menos. Y si fue así, eso lo
explicaría todo.
Pero ¿cómo puede ser tan joven? Si fuera tan joven,
debería haber existido una brillante supernova a sólo 2.000 parsecs de
distancia, en la constelación de Vulpecula, hace un siglo o menos, que marcara
su nacimiento; y en ese caso, ¿no se habría descubierto esa supernova?
No se descubrió ninguna supernova.
Tal vez podríamos dar alguna tortuosa razón para explicar
por qué no se halló tal supernova, pero, dejando esto aparte, no existe motivo
que impida que los astrónomos miren el púlsar ahora. Y, naturalmente, lo han
mirado.
De haber existido una supernova en el lugar del Púlsar
Milisegundo en un pasado muy reciente, existirían ahora señales inconfundibles
de esa explosión. La supernova de la Nebulosa del Cangrejo que tuvo lugar en el
año 1054 dejó tras de sí una nube de polvo y gas en expansión que aun hoy es
claramente visible. En realidad, la Nebulosa del Cangrejo es esa nube en
expansión.
Así pues, en el lugar del Púlsar Milisegundo debería haber
semejante nube en expansión de polvo y gas, mucho más pequeña que la Nebulosa
del Cangrejo, naturalmente, dado que sería tan nueva, pero que sería mucho más
activa.
No hay señales de nada parecido, y eso debe de significar
que la supernova ocurrió hace tanto tiempo que la nube producida ya se ha
dispersado y es imposible hallarla. Esto haría muy viejo al Púlsar Milisegundo.
Pero estamos recibiendo señales contradictorias. El giro
ultrarrápido dice «muy joven», y la ausencia de nebulosa dice «bastante viejo».
¿Qué es lo correcto? ¿Cómo decidirlo?
Una forma consiste en determinar el índice de disminución
de la velocidad de rotación. En el caso de todos los púlsares descubiertos
antes de noviembre de 1982, la regla decía que cuanto más rápido es el giro,
más rápido es el índice de disminución de la velocidad.
Por lo tanto, el Púlsar Milisegundo fue observado día a
día y semana a semana, y el índice de rotación se midió cuidadosamente una y
otra vez.
Los astrónomos estaban profundamente asombrados. El Púlsar
Milisegundo estaba disminuyendo su velocidad en la proporción de 1,26 x 10-19
segundos por segundo. Esto era un efecto de disminución de la velocidad mucho
más pequeño que el de cualquier otro púlsar conocido, aunque el índice de giro
fuese mucho más rápido que el de cualquiera de éstos. El índice de disminución
de la velocidad del púlsar de la Nebulosa del Cangrejo es 3.000.000 de veces
mayor que el del Púlsar Milisegundo, aunque el primero gira a menos del 5 por
ciento de la velocidad de este último.
¿Y esto por qué? La creencia general es que el efecto de
disminución de la velocidad surge a causa de la emisión energética de
partículas y radiación por un púlsar contra la resistencia de su propio campo
magnético enormemente intenso. Si el Púlsar Milisegundo disminuye su velocidad
tan escasamente, debe de tener un campo magnético muy débil, y esto debería ser
señal de un púlsar viejo. Y lo que es más, las mediciones parecen indicar que
la temperatura superficial del Púlsar Milisegundo es de menos de 1.500.000 ºK,
la cual es muy elevada según los niveles de una estrella ordinaria, pero
bastante baja en comparación con los demás púlsares: otra señal de mucha edad.
Así pues, todas las pruebas menos una —la falta de una
nebulosa, la baja temperatura, el débil campo magnético, el muy bajo índice de
disminución de la velocidad de giro— parecen indicar que se trata de un púlsar
viejo. En realidad, por su índice de disminución de la velocidad los astrónomos
suponen que el Púlsar Milisegundo puede tener una edad de 500 millones de años
(o tal vez más). Los púlsares ordinarios duran sólo de 10 a 100 millones de
años antes de ir más despacio y debilitarse hasta el punto de que las
pulsaciones no se puedan descubrir. El Púlsar Milisegundo es mucho más viejo de
lo que se pensaba que era la vida máxima de un púlsar y, considerando su lento
índice de pérdida energética, potencialmente puede vivir miles de millones de
años más.
¿Pero esto por qué? En primer lugar, ¿por qué un púlsar
viejo como éste giraría como si se tratase de uno recién nacido?
Hasta ahora, la mejor suposición es que el Púlsar
Milisegundo, habiéndose formado hace mucho tiempo y habiendo reducido su
velocidad y debilitado hasta no ser posible su descubrimiento (muchos millones
de años antes que hubiese en la Tierra nadie para descubrirlo), de alguna forma
se aceleró de nuevo en una época relativamente reciente.
Supongamos, por ejemplo, que originariamente, el púlsar
formase parte de un sistema binario. Se conocen casos de sistemas binarios, en
los que una o ambas estrellas es un púlsar, como ya mencioné al final del
capitulo 4.
Algún tiempo después de que el púlsar hubiese envejecido y
se hubiese apagado, la estrella normal que fue su compañera entró en el estado
de gigante roja y se expandió. Las regiones exteriores de la nueva gigante roja
inundaron la influencia gravitatoria del púlsar y formaron un «disco de
acreción» de materia que se hallaba en órbita en tomo del púlsar.
Cuanto más débil el campo magnético del púlsar, más cerca
estaría el disco de acreción del púlsar, y más rápido se movería el material en
órbita bajo el azote gravitatorio de la pequeña estrella.
En su borde interior, el material del disco de acreción
giraría en torno del púlsar más de prisa de lo que el lento y viejo púlsar
estaría girando alrededor de su propio eje. El resultado sería que el momento
angular pasaría del disco de acreción al púlsar. El púlsar aceleraría su giro y
el disco de acreción reduciría su velocidad.
A medida que la materia del disco de acreción redujera su
velocidad, formaría una espiral interior hacia el púlsar y se aceleraría de
nuevo, transfiriendo una vez más momento angular al púlsar. Con el tiempo, el
material giraría hacia abajo en espiral en el púlsar, mientras el nuevo
material entraría en el borde exterior del disco de acreción de la estrella
compañera. Con el tiempo, buena parte de la materia de la estrella compañera se
habría derramado sobre el púlsar y el viejo púlsar habría aumentado su índice
de giro hasta la gama de los milisegundos. Finalmente, la compañera habría
desaparecido o tendría una masa demasiado pequeña para no poder mantener sus
fuegos nucleares, pasando a ser una enana negra, es decir, en realidad, un
planeta grande.
La lenta adición de la materia de la estrella compañera al
púlsar no restituiría su juventud. El púlsar seguiría careciendo de nebulosa;
seguiría estando frío y poseyendo un campo magnético débil; y puesto que
tendría un campo magnético débil, seguiría teniendo un índice de reducción de
la velocidad de giro muy lento. Pero tendría un giro muy rápido, como cuando
era joven.
Si esta sugerencia es correcta, aunque algunos astrónomos
la han combatido con fuerza, tampoco se trataría de un caso muy raro. Los
sistemas binarios son en extremo comunes, más comunes que las estrellas
sencillas como nuestro Sol. Esto significa que la mayoría de las supernovas
formarían parte de sistemas binarios, y los púlsares resultantes, con
frecuencia, tendrían una estrella normal como compañera. Y si un sistema
binario incluye un púlsar, de vez en cuando la estrella normal evolucionaría de
tal forma que se inmolaría y aceleraría el púlsar. Por esta razón, una atenta
búsqueda en el firmamento podría descubrir otros púlsares viejos pero muy
rápidos, tal vez incluso docenas de ellos.
Aún queda un asunto interesante.
El Púlsar Milisegundo tiene un período de rotación que es
el intervalo de tiempo más delicadamente medido que conocemos. El período de
rotación ha sido medido hasta la trillonésima de segundo (quince decimales), y
con el tiempo aún seremos capaces de mejorarlo.
Otros púlsares son también buenos relojes, pero se hallan
sujetos a periódicos pequeños cambios repentinos en el índice de rotación, que
pueden surgir por cambios internos en la estructura del púlsar, o por la
llegada de una cantidad considerable de materia exterior. Esto introduce una
imprevisible inexactitud en el reloj púlsar ordinario. Por alguna razón, parece
que no existen estos cambios en el Púlsar Milisegundo.
Con toda seguridad, el índice del Púlsar Milisegundo no es
constante. Reduce su velocidad de modo perceptible. Cada 9 1/4 días su índice
de giro se hace una trillonésima de segundo más largo. Esto realmente no es
mucho, puesto que se necesitarían 2,5 millones de años para que su giro se
hiciese una milmillonésima de segundo más largo si esta reducción de velocidad
permaneciese constante.
¿Para qué sirve un reloj así?
Tomemos un ejemplo: el Púlsar Milisegundo puede emplearse
para medir el paso de la Tierra en torno del Sol. Las irregularidades en esa
travesía —los pequeños adelantos y los pequeños retrasos en relación con la
posición teórica, si la Tierra y el Sol estuviesen solos —en el Universo
podrían medirse con más exactitud que nunca.
Esos desplazamientos serían debidos, en gran parte, a las
perturbaciones producidas en la Tierra por otros planetas. A su vez, dichas
perturbaciones dependerían de la masa de esos planetas y de sus cambiantes
posiciones con el tiempo.
Conociendo las posiciones de los planetas por medio de la
observación directa, y con mayor precisión que nunca gracias al reloj del
Púlsar Milisegundo, seríamos capaces de calcular la masa de los distintos
planetas con un elevado grado de exactitud, mucho mayor de lo que hasta ahora
ha sido posible, especialmente la de los planetas más exteriores, como Urano y
Neptuno.
Y es del todo concebible que puedan aparecer otras
aplicaciones aún más cercanas a nuestro hogar, también.
Tercera parte
QUÍMICA
IX. LAS PROPIEDADES DEL CAOS
Allá por el año 1967, escribí un libro acerca de la
fotosíntesis, y es posible que puedan interrumpirme en este momento para
preguntarme qué demonios es la fotosíntesis. Sí es así, tengan fe… Se lo
explicaré antes de que se acabe este capítulo.
En aquel tiempo, reconocí el hecho de que esta palabra de
cinco sílabas no inspiraba amor y confianza a primera vista, y fue mi intención
darle al libro un título dinámico para captar la atención del lector, y hacerle
comprar el libro antes de que se percatase de que estaba lleno de bioquímica
moderadamente difícil.
No tenía pensado el título exacto, y para tener un titulo
de trabajo dejé que mi imaginación se tomase un bien merecido descanso y empleé
«Fotosíntesis». Cuando hube terminado seguía sin tener un título exacto en
mente, así que decidí dejar que se ocupara de ello el editor, Arthur Rosenthal,
de Basic Books.
En 1968 se publicó el libro y recibí un ejemplar previo, y
descubrí, con gran perplejidad, que el título de la cubierta del libro era
Fotosíntesis. En realidad, lo crean o no, ese título se repetía cuatro veces.
Dije con voz trémula:
—Arthur, ¿cómo esperas vender un libro con el título
Fotosíntesis… Fotosíntesis… Fotosíntesis… Fotosíntesis…?
A lo que me respondió:
—¿Pero no te has dado cuenta de que más hay en la cubierta
del libro?
—¿El qué? —pregunté, intrigado.
Señaló la parte inferior izquierda de la cubierta donde se
leía con claridad: Isaac Asimov.
Como algunos de ustedes saben, el halago siempre funciona
conmigo, así que me sonreí y, en realidad, el libro fue razonablemente bien. El
editor no perdió dinero, pero les seré franco: no fue un auténtico bestseller
Por lo tanto, se me ocurrió volver a tratar algunos
aspectos del tema, en el encantador estilo informal que empleo en estos
capítulos, y esta vez he utilizado un título dramático, aunque supongo que eso
solo tampoco convertirá este libro en un auténtico bestseller.
Comencemos con el asunto del comer. Los animales, desde
los más pequeños gusanos a la ballena más grande, no pueden vivir sin
alimentos, y los alimentos; en esencia, son plantas. Todos nosotros, desde
trillones de insectos hasta miles de millones de seres humanos, nos tragamos de
una forma interminable y sin remordimientos todo el mundo de las plantas, o
animales que han comido plantas; o animales que han comido animales que han
comido plantas, o…
Investiguemos las cadenas alimenticias de los animales, y
en sus extremos siempre encontraremos plantas.
Sin embargo, el mundo vegetal no disminuye. Las plantas
continúan creciendo indefinidamente y sin remordimientos a medida que son
comidas pero, por lo que podemos ver por la simple observación no científica,
ellas mismas no comen. Sin duda requieren agua, y a veces tienen que ser
ayudadas abonando cuidadosamente el suelo con algo como excrementos de
animales; pero no nos atrevemos a considerar eso «comer».
En los tiempos precientíficos pareció tener sentido el
suponer que las plantas eran un orden de objetos, completamente diferente a los
animales. Por supuesto, las plantas crecían lo mismo que los animales, y
provenían de semillas como algunos animales provenían de huevos, pero esto no
parecía otra cosa que similitudes superficiales.
Los animales se movían independientemente, respiraban y
comían… Las plantas no hacían ninguna de estas cosas, como tampoco, por
ejemplo, lo hacían las rocas. El movimiento independiente, en particular
parecía una propiedad esencial de la vida, por lo que mientras todos los
animales parecían vivos de una forma evidente, las plantas (como las rocas),
no.
Esto es al parecer el punto de vista de la Biblia. Cuando
la tierra seca apareció en el tercer día del relato que el Génesis hace de la
creación, se describe a Dios diciendo: «Haga brotar la tierra hierba verde,
hierba con semilla y árboles que den frutos según su especie y tengan su
simiente sobre la tierra.» (Génesis, 1, 11.)
No se hace la menor mención de que la vida sea una
característica del mundo de las plantas.
No es hasta el quinto día cuando se menciona la vida.
Entonces Dios dice: «Pululen las aguas con un pulular de seres vivientes… Y
creó Dios los grandes monstruos marinos y todos los animales vivos que se
deslizan…» (Génesis, 1, 20-21.)
Los animales se caracterizan como móviles y vivos,
implicando cada término, aparentemente, el otro. Pero las plantas no son
ninguna de las dos cosas.
Dios dijo: «…y a todas las bestias de la Tierra y a todas
las aves del cielo, a todo lo que se arrastra sobre la tierra y que tiene alma
viviente, le doy toda la hierba verde para comida…» (Génesis 1, 30.) En otras
palabras, los animales se mueven y están vivos, y las plantas, que no se
mueven, son meramente alimentos que proporciona para ellos la gracia de Dios.
El ser herbívoro es claramente considerado como lo ideal.
El ser carnívoro no se menciona en la Biblia hasta después del Diluvio, cuando
Dios dice a Noé y a sus hijos: «Todo cuanto vive y se mueve os servirá de
alimento, al igual que la hierba verde; os lo entrego todo.» (Génesis, 9, 3.)
En general, el pensamiento occidental ha seguido las
palabras de la Biblia (como no podía dejar de ser, dado que la Biblia era
considerada la palabra inspirada de Dios). El suelo viviente, no alimenticio,
fue en cierta forma convertido en plantas no vivientes pero alimenticias, que
podían servir como alimento para los animales vivientes. La semilla, al ser
sembrada, servia como agente desencadenante de la conversión del suelo en
plantas.
La primera persona que comprobó esta teoría del
crecimiento de las plantas fue un médico flamenco, Jan Baptista van Helmont
(1580-1644). Plantó un sauce joven que pesaba cinco libras en una maceta que
contenía 200 libras de tierra. Durante cinco años dejó crecer el sauce,
regándolo con regularidad y cubriendo la tierra con cuidado entre los riegos
para que no pudiese caer en ella ninguna materia extraña que confundiese los
resultados.
Al cabo de cinco años, retiró el ahora mucho más grande
sauce de la maceta y, con cuidado, le quitó toda la tierra que estaba adherida
a las raíces. El sauce pesaba 169 libras, habiendo ganado, pues, 164 libras. La
tierra había perdido como mucho la octava parte de una libra.
Éste fue el primer experimento bioquímico cuantitativo que
conocemos, y fue de crucial importancia por ello, por lo menos. Además, mostró
de manera concluyente que la tierra no se convertía, todo lo más en un grado
muy pequeño, en tejido de la planta.
Helmont razonó que, si el único material que había entrado
en el sistema había sido el agua, el sauce, y presumiblemente las plantas en
general, se formaban a partir del agua.
El razonamiento parecía a prueba de bombas, especialmente
dado que se había conocido bien desde los primeros tiempos el que las plantas
no podían crecer si se las privaba de agua.
Y, sin embargo, ese razonamiento era erróneo, porque el
agua no era el único material, aparte de la tierra, que había tocado el sauce.
El árbol había sido tocado también por el aire, y Helmont hubiera reconocido al
instante ese hecho si se le hubiese señalado. Al ser el aire invisible,
impalpable y, aparentemente, inmaterial, era fácil no hacerle caso. Helmont
tenía también otras razones para hacerlo así.
En la época de Helmont, el aire y las sustancias asociadas
estaban empezando a ser estudiadas científicamente por primera vez. En
realidad, fue el propio Helmont quien inició el proceso.
Así, los anteriores experimentadores químicos habían
observado e informado que se formaban vapores en sus mezclas y que subían en
forma de burbujas, pero los habían descartado considerándolos variedades del
aire.
Helmont fue el primero en estudiar esos «aires» y en darse
cuenta de que, algunas veces, tenían propiedades por completo distintas de las
del aire ordinario. Por ejemplo, algunos de esos vapores eran inflamables,
mientras que el aire ordinario no lo era. Helmont observó que cuando esos
vapores inflamables ardían, se formaban a veces gotitas de agua.
Por supuesto, en la actualidad sabemos que cuando el
hidrógeno arde se forma agua, y podemos estar seguros de que fue eso lo que
observó Helmont. Este, al no tener la ventaja de nuestra brillante perspicacia
llegó a la más bien simple conclusión de que ese vapor inflamable (por tanto,
todos los vapores, incluso el mismo aire ordinario) era una forma de agua. Por
lo tanto, naturalmente descartó el aire como fuente de la sustancia del sauce.
Era el agua lo que constituía la fuente, ya fuese en forma líquida o de vapor.
Helmont observó que el agua líquida tenía un volumen
definido, mientras que en los vapores no era así. Los vapores se expandían para
llenar los espacios, interpenetrándolo todo. Parecían carecer de orden, ser
sustancias que se hallaban en completo desorden.
Los griegos creían que el Universo comenzó como una
especie de sustancia que se hallaba en total desorden. El término griego para
esta sustancia original y desordenada fue «caos». Helmont llamó a los vapores
con dicho término, empleando su pronunciación flamenca, que, al deletrearlo
fonéticamente, produjo la voz de «gas». Hasta hoy, llamamos al aire un gas, y
aplicamos esa palabra a cualquier vapor o sustancia parecida al aire.
Helmont estudió las propiedades del caos: es decir, las
propiedades de los gases. Produjo un gas quemando madera que no era inflamable,
y que tendía a disolverse en el agua (algo que Helmont interpretaría,
naturalmente, como que se convertía en agua). Lo llamó «gas silvestre» («gas de
madera») y es el gas que conocemos hoy como anhídrido carbónico. Es una lástima
que Helmont no tuviese manera de conocer la importancia de ese descubrimiento
en relación con su investigación del problema del crecimiento de las plantas.
El estudio de los gases dio otro paso adelante cuando un
botánico inglés, Stephen Hales (1677-1761), aprendió a reunirlos con razonable eficiencia.
En vez de, simplemente, dejarlos escapar en el aire, y
verse obligado a estudiarlos al vuelo, por así decirlo, produjo sus gases en
una vasija de reacción con un largo cuello que se curvaba hacia abajo y hacia
arriba de nuevo. Este largo cuello podía insertarse en una cubeta de agua, y la
abertura del cuello podía cubrirse con un vaso picudo invertido, también lleno
de agua.
Cuando se formaba un gas particular como resultado de los
cambios químicos que tenían lugar en la vasija de reacción, burbujeaba hacia la
superficie de los materiales en reacción, llenaba el espacio de aire de encima,
se expandía a través del curvado y largo cuello hasta el vaso picudo invertido.
El gas recogido en el vaso picudo se quedaba allí, y las propiedades de un caos
particular podían estudiarse a placer.
Hales preparó y estudió de esta forma cierto número de
gases, incluyendo aquellos que ahora llamamos hidrógeno bióxido de azufre,
metano, monóxido de carbono y anhídrido carbónico. Sin embargo, no sacó
suficiente jugo de todo ello, puesto que siguió pensando que se trataba de
variedades del aire ordinario.
Asimismo, resultaba imposible trabajar con dichos gases,
sin llegar finalmente, a la conclusión de que el aire no era una sustancia
simple, sino una mezcla de diferentes gases.
Un químico escocés, Joseph Black (1728-1799), se interesó
por el anhídrido carbónico y descubrió, en 1756, que si se ponía en contacto
con la sustancia sólida común llamada cal (óxido cálcico) se convertía en
piedra caliza (carbonato cálcico).
Entonces observó un hecho crucial. No tenía que emplear
anhídrido carbónico laboriosamente preparado para este propósito. Tan sólo
tenía que poner la cal en contacto con el aire ordinario. La piedra caliza se
formaría de modo espontáneo, aunque mucho más despacio que si emplease
anhídrido carbónico. La conclusión de Black fue que el aire contenía anhídrido
carbónico en pequeñas cantidades, y en esto estuvo del todo en lo cierto.
En 1772, otro químico escocés, Daniel Rutherford
(1749-1819), un estudiante de Black, dejó arder unas velas en un contenedor de
aire cerrado. Pasado un tiempo, la vela ya no ardía, y lo que es más, ninguna
otra sustancia se quemaba en aquel aire. Tampoco podía vivir allí un ratón.
En aquella época ya se sabia que una vela que ardía
producía anhídrido carbónico, por lo que resultó fácil sacar la conclusión de
que todo el aire normal que permitía arder había sido reemplazado por el
anhídrido carbónico, que se sabía que no dejaba arder.
Por otra parte, se sabía también que el anhídrido
carbónico era absorbido por ciertos productos químicos (como la cal). El aíre
en que la vela había ardido se pasó a través de esos productos químicos y,
realmente, sacó anhídrido carbónico. Sin embargo, la mayor parte del aire
permaneció intacto, y lo que quedó, aunque no era anhídrido carbónico, tampoco
permitía la combustión. Lo que Rutherford había aislado era el gas que en la
actualidad conocemos como nitrógeno.
Un químico inglés, Joseph Priestley (1733-1804), también
estudió los gases, en particular, el gas que se formaba al fermentar cereales
(vivía al lado de una fábrica de cerveza), y descubrió que se trataba de
anhídrido carbónico. Estudió sus propiedades, sobre todo la manera en que se
disolvía en el agua, y descubrió que una solución de anhídrido carbónico
producía lo que consideró (pero yo no) una bebida agradable y ácida.
(Cuando yo era joven, esa agua carbonatada se llamaba
seltz y se podía comprar a un centavo el vaso. En la actualidad se la llama
«Perrier» y se puede comprar, según creo, a un dólar el vaso. En mi juventud me
negué a invertir un centavo en esa ácida bebida, y hoy me niego por partida
doble a invertir un dólar.)
Priestley fue el primero en hacer pasar gases a través de
mercurio en vez de a través de agua, y así pudo recoger algunos gases que se
hubiesen disuelto al instante en agua, empleando el método de Hales. De este
modo, Priestley aisló y estudió gases como el cloruro de hidrógeno y el
amoníaco.
Su descubrimiento más importante tuvo lugar en 1774.
Cuando el mercurio se calienta mucho en el aire, se forma en su superficie un
polvo rojizo. Esto es el resultado de combinarse el mercurio (con cierta
dificultad) con una porción del aire. Si el polvo rojizo se recoge y se
calienta de nuevo, la combinación mercurio-aire se rompe y el componente del
aire es liberado como gas.
Priestley descubrió que este componente del aire ayudaba
con facilidad a la combustión. Una astilla ardiendo en rescoldo entraba en fase
de llama activa si se colocaba en un vaso picudo que contuviera este gas. Los
ratones encerrados en un recipiente con este gas se comportaban de una forma
desacostumbradamente vivaracha y, cuando Priestley respiró un poco del gas, le
hizo sentirse «alegre y a gusto». Se trata del gas que en la actualidad
llamamos «oxígeno».
Fue el químico francés Antoine Laurent Lavoisier
(1743-1794), según la opinión general el mayor químico de todos los tiempos,
quien dio sentido a todo esto. Sus cuidadosos experimentos le mostraron, hacia
1775, que el aire consistía en una mezcla de dos gases, nitrógeno y oxígeno, en
una proporción aproximada de 4 a 1 por volumen. (Sabemos ahora que hay un
número de constituyentes menores en el aire seco, que forman más o menos el 1%
del total, con un porcentaje del 0,03 de anhídrido carbónico incluido.)
Lavoisier demostró que la combustión es el resultado de la
combinación química de sustancias con el oxígeno del aire. Por ejemplo, al
quemar carbón, que es casi carbón puro, es su combinación con el oxígeno lo que
forma anhídrido carbónico. Cuando el hidrógeno arde, se combina con el oxígeno
para formar agua, que consiste así en una combinación química de esos dos
gases.
Lavoisier sugirió correctamente que los alimentos que
comemos y el aire que respirarnos se combinan uno con otro de modo que la
respiración es una forma de combustión lenta. Esto significa que los seres
humanos inhalamos aire que es, comparativamente, rico en oxígeno, pero
exhalamos aire que, comparativamente, ha agotado ese gas y se ha enriquecido en
anhídrido carbónico. Unos cuidadosos análisis químicos de aire exhalado
demostraron que esto es cierto.
Existía entonces una explicación satisfactoria para el
hecho de que una vela que ardía en un contenedor cerrado, con el tiempo se
apagara, de que un ratón vivo en una cámara de este tipo al final se muriese, y
de que el aire que quedaba en estas cámaras no permitiera la combustión de
ninguna vela más ni la respiración de ningún otro ratón.
Lo que ocurría era que tanto el arder como la respiración
consumían gradualmente el contenido de oxígeno del aire y lo reemplazaba por
anhídrido carbónico, dejando intacto el nitrógeno. El aire compuesto por una
mezcla de nitrógeno y anhídrido carbónico no permitía la combustión ni la
respiración.
Esto planteo un interesante problema. Todo animal vivo
respira ininterrumpidamente, inhala aire que tiene un 21% de oxigeno, y
constantemente también expira aire que sólo tiene un 16% de oxígeno. Sin duda
llegaría un momento en que el contenido de oxígeno de la atmósfera de la
Tierra, en conjunto, se agotaría hasta el punto de que la vida resultaría
imposible.
Esto habría sucedido en un tiempo menor que el que abarca
la historia conocida de la civilización, por lo que únicamente podemos llegar a
la conclusión de que algo reemplaza el oxígeno con tanta rapidez como se
consume. ¿Pero de qué se trata?
El primer indicio de una respuesta al problema llegó de
Priestley, incluso antes de que descubriese el oxígeno.
Priestley había introducido un ratón en un recipiente de
aire cerrado y, con el tiempo, el ratón murió. El aire como estaba entonces no
permitía que viviera en él ningún animal más, y Priestley se preguntó si
mataría también las plantas. Si era así, ello demostraría que las plantas eran
asimismo una forma de vida, lo cual constituiría una conclusión interesante
pero antibíblica. (Este antibiblicismo no hubiera preocupado a Priestley, que
era Unitario y, por lo tanto, radical en religión, y también un radical social,
digamos de paso.)
En 1771, Priestley colocó un ramito de menta en un vaso de
agua, y lo metió en un contenedor de aire en que había vivido y muerto un
ratón. La planta no murió. Creció durante meses y pareció medrar. Y lo que es
más, pasado este tiempo pudo colocarse un ratón en el aire encerrado y vivió
durante una temporada bastante larga, y una vela metida en el recipiente
continuó ardiendo durante un tiempo.
En resumen, la planta pareció haber revitalizado el aire
que el animal había consumido.
En términos modernos, podríamos decir que, mientras los
animales consumen oxígeno, las plantas lo producen. La combinación de ambos
procesos deja inmutable el porcentaje total de oxígeno en la atmósfera.
De este modo, las plantas llevan a cabo el doble servicio
de proporcionar a la vida animal su inagotable suministro de oxígeno, así como
de alimentos, por lo que, aunque los animales (incluyéndole a usted y a mí)
respiran y comen constantemente, siempre existe más oxigeno y alimentos para
respirar y para comer.
Una vez Lavoisier explicó la combustión y colocó los
modernos cimientos de la Química, el asunto de la actividad de las plantas
suscitó un particular interés.
Un botánico holandés, Jan Ingenhousz (1730-1799), se
enteró del experimento de Priestley y decidió profundizar más en este asunto.
En 1779 realizó numerosos experimentos ideados para estudiar la manera en que
las plantas revitalizaban el aire consumido, y descubrió que las plantas
producían su oxígeno sólo en presencia de la luz. Esto lo hacían durante el
día, pero no durante la noche.
Un botánico suizo, Jean Senebier (1742-1809), confirmó en
1782 los descubrimientos de Ingenhousz y fue más lejos. Mostró que era
necesario algo más para que las plantas produjeran oxígeno: debían también
estar expuestas al anhídrido carbónico.
Era el momento adecuado para repetir el experimento de
Helmont de un siglo y medio antes, a la luz de los nuevos conocimientos. Esto
fue realizado por otro botánico suizo, Nicolas Théodore de Saussure
(1767-1845). Dejó que las plantas creciesen en un contenedor cerrado con una
atmósfera que contenía anhídrido Carbónico, y midió cuidadosamente cuánto
anhídrido carbónico Consumía la planta y cuánto peso de tejido se ganaba. La
ganancia en peso de tejido fue considerablemente mayor que el peso del anhídrido
carbónico consumido, y De Saussure mostró de una forma del todo convincente que
la única posible fuente del peso restante era el agua: Helmont había tenido en
parte razón.
Para entonces se conocía lo suficiente para dejar claro
que las plantas estaban vivas igual que los animales, y para hacerse una idea
de cómo se equilibraban mutuamente las dos grandes ramas de la vida.
Los alimentos, ya sean de tejido vegetal o animal, son
ricos en átomos de hidrógeno y carbono, C y H. (La teoría atómica se estableció
en 1803 y fue adoptada con bastante rapidez por los químicos.) Cuando el
alimento se combinaba con oxígeno, formaba anhídrido carbónico (C02) y agua
(H20).
La combinación de sustancias que contienen átomos de
hidrógeno y carbono con átomos de oxígeno liberan por lo general, energía. La
energía química de las sustancias de carbono-hidrógeno se convierte en el
cuerpo en energía cinética, como cuando los músculos se contraen, o en energía
eléctrica, como cuando los nervios dirigen los impulsos, etcétera. Por lo
tanto, podríamos escribir:
alimento + oxígeno Þ anhídrido carbónico + agua + energía
cinética (etc.)
Con las plantas se produce en sentido inverso:
luz + anhídrido carbónico + agua Þ alimento + oxígeno
Lo que esto quiere decir es que plantas y animales, al
actuar juntos, mantienen los alimentos y el oxígeno, por un lado, y el
anhídrido carbónico y el agua por el otro, en equilibrio, de modo que, en
conjunto, las cuatro cosas permanecen en cantidad constante, sin aumentar ni
disminuir.
El único cambio irreversible es la conversión de energía
luminosa en energía cinética, etc. Así ha sido desde que existe la vida y puede
continuar de este modo sobre la Tierra mientras el Sol continúe irradiando luz,
aproximadamente de la forma actual. Esto fue reconocido y declarado por primera
vez en 1845 por el físico alemán Julius Robert von Mayer (1814-1878).
¿Cómo llegó a desarrollarse este equilibrio en dos
sentidos? Podemos especular sobre el tema.
En un principio, fue la luz ultravioleta del Sol la que,
con probabilidad, suministró la energía para formar moléculas relativamente
grandes a partir de las más pequeñas de las aguas sin vida del mar primitivo.
(La conversión de pequeñas moléculas en otras grandes, por lo general, implica
una entrada de energía; lo contrario normalmente también implica una salida de
energía.)
Cuando por fin se formaron moléculas lo suficientemente
grandes y complejas para poseer las propiedades de la vida, éstas pudieron
emplear (como alimento) moléculas de moléculas intermedias (lo suficientemente
complejas para producir energía al descomponerse, pero no lo suficientemente
complejas para ser vivas y capaces de contraatacar).
La energía del Sol, que actúa sobre una base de todo o
nada, se formaba, sin embargo, sólo en la forma de moléculas intermedias, y
éstas podían mantener por si solas bastante vida.
Por lo tanto, correspondió a los sistemas vivos el
constituir membranas por si mismas (convirtiéndose en células), que podrían
permitir que pasasen pequeñas moléculas hacia adentro. Si los sistemas vivos
poseyeran mecanismos que usaran la energía solar para la formación de moléculas
esas pequeñas moléculas formarían otras más grandes antes de que tuviesen una
oportunidad de salir de nuevo, y las grandes, una vez formadas, tampoco podrían
salir.
De esa manera, esas células (los prototipos de las
plantas) vivirían en un microambiente rico en alimentos y florecerían en un
grado mucho mayor que las formas de vida precelulares que carecían de capacidad
para dirigir la fabricación de alimentos a través del empleo de la energía
solar.
Por otra parte, las células que carecen de capacidad para
usar la energía solar para constituir alimentos pueden aún crecer si
desarrollan medios de hurtar el contenido alimenticio de células que sí pueden
hacerlo. Estos rateros fueron los prototipos de los animales.
Pero ¿son esos rateros unos parásitos y nada más?
Tal vez no. Si las plantas existiesen solas concentrarían
todas las pequeñas moléculas disponibles en sus propios tejidos y después el
crecimiento y el desarrollo serían lentos. Los animales sirven para descomponer
una razonable proporción del complejo contenido de las células vegetales y
permitir así el crecimiento continuado de la planta, su desarrollo y la
evolución en una proporción mayor de lo que seria posible de otro modo.
Las moléculas alimenticias son mucho más grandes y más
complejas que las moléculas de anhídrido carbónico y agua. Las dos últimas
poseen moléculas compuestas por tres átomos cada una, mientras que las
moléculas características de los alimentos están compuestas por entre una
docena y un millón de átomos.
La formación de moléculas grandes a partir de otras más
pequeñas es denominada «síntesis» por los químicos, según las palabras griegas
que significan «unir». Mientras que de una forma característica los animales
descomponen las moléculas alimenticias combinándolas con oxígeno para formar
anhídrido carbónico y agua, las plantas, de una forma también característica,
sintetizan esas moléculas a partir del anhídrido carbónico y el agua.
Las plantas tienen que emplear la energía de la luz. Por
lo tanto, esa clase particular de síntesis se denomina «fotosíntesis», y el
prefijo «foto» procede de la palabra griega que significa «luz». ¿No les había
dicho que les explicaría esa palabra?
Pero hay unas cuantas cosas más que puedo explicar también
al respecto, pero eso será en el capitulo siguiente.
X. VERDE, VERDE, VERDE ES EL COLOR…
Cuando estaba comprando la máquina de escribir eléctrica
en la que estoy escribiendo el primer borrador de este capítulo (la copia final
la haré con mi procesador de texto), el vendedor me planteó su última pregunta:
—¿Y de qué color le gustaría? —y me mostró una página en
la que se ilustraban varios colores de la forma más viva posible.
Para mí fue una pregunta incómoda, porque no me siento
inclinado hacia lo visual y, por lo general, no me preocupa el color que puedan
tener las cosas. Mientras miraba pensativamente aquellas muestras, me percaté
de que había tenido una máquina de cada uno de los colores indicados menos el
verde. Por lo tanto, pedí el color verde y en su momento, me llegó la máquina
de escribir.
Entonces, Janet (mi querida esposa) mostró su asombro:
—¿Por qué escogiste el color verde? — me preguntó.
Se lo expliqué.
Y me contestó:
—Pero si tu alfombra es azul. ¿O no te has dado cuenta?
Miré la alfombra, que sólo hacia siete años que la tenía
y, Dios bendito, mi mujer tenía razón.
Respondí:
—¿Y eso qué importa?
—La mayoría de la gente —me explicó —cree que el verde y
el azul no combinan.
Pensé en ello y repuse:
—La hierba es verde y el cielo es azul, la gente siempre
está hablando de las bellezas de la Naturaleza.
Por una vez la había atrapado. Se echó a reír y nunca más
me dijo nada acerca de mi máquina de escribir verde.
Sin embargo, yo, por mi parte, tengo intención de hablar
un poco acerca del verde.
En el capítulo anterior he explicado que los animales
combinan las complejas moléculas del alimento con el oxígeno del aire, y al
hacerlo descomponen esas moléculas complejas en las relativamente simples de
anhídrido carbónico y agua. La energía liberada por estos medios es utilizada
por el cuerpo animal en todo el proceso consumidor de energía característico de
la vida: contracción muscular, impulso nervioso, secreción glandular, acción
renal, etcétera.
Por otra parte, las plantas emplean la energía del Sol
para invertir el proceso anterior (fotosíntesis), combinando anhídrido
carbónico y agua para formar las moléculas complejas del tipo que se encuentra
en los alimentos, y liberando oxígeno al hacerlo.
Plantas y animales, todos juntos, intervienen en un
proceso químico cíclico que mantiene las moléculas complejas, el oxígeno, el
agua y el anhídrido carbónico en un estado de equilibrio. El único cambio
permanente es el de la conversión de la energía solar en energía química.
La pregunta es: ¿Qué hace tan diferentes a las plantas y a
los animales? ¿Qué hay en las plantas que les permite fotosintetizar, empleando
la energía del Sol para ello; y qué hay en los animales que les imposibilita
realizar lo mismo? Antes de que nos sumerjamos en las profundidades de las
células y moléculas en búsqueda de algo muy sutil y delicado, podríamos volver
atrás y ver si, por alguna casualidad, existe algo muy evidente que nos
responda esa pregunta.
Podría parecer que no tenemos muchas posibilidades de
encontrar algo inmediatamente en la superficie, dado que la Madre Naturaleza
tiende a mantener sus pequeños trucos ocultos bajo el sombrero, pero, en este
caso, un punto muy evidente se nos muestra al instante.
Algo que salta a la vista es que todas las plantas, o por
lo menos las partes más importantes de las plantas, son verdes. Y lo que es
más, mientras los animales pueden exhibir una gran variedad de colores, el
verde brilla por su ausencia.
Ninguna afirmación es por completo universal (y es mejor
que lo diga antes de que algún lector lo haga). Existen cosas vivas que parecen
plantas en diversos aspectos crecen en el suelo, poseen celulosa, y muestran
otras diversas propiedades físicas y químicas asociadas con las plantas y que,
sin embargo, no son verdes.
Los ejemplos más familiares son las setas, y esas plantas
no verdes se agrupan como «hongos», término que deriva de una palabra latina
para designar las setas.
De la misma manera, existen los loros que, aunque
indudablemente son animales, poseen unos plumajes de un chillón color verde.
(Sin embargo, no existe ningún parecido químico entre el verde de las plumas de
los loros y el verde de la hierba.)
Semejantes excepciones son triviales y no quitan
importancia a la generalización de que las plantas son verdes y los animales no
lo son.
Sin embargo, tal vez se trate de una coincidencia, y a lo
mejor los dos contrastes —verde contra no verde, y fotosíntesis contra no
fotosíntesis —no tengan nada que ver lo uno con lo otro.
¡No es así! En las plantas que son en parte verdes y en
parte no verdes, es invariablemente en la proporción verde donde tiene lugar la
fotosíntesis. Así, en un árbol, es en las hojas verdes donde encontramos la
fotosíntesis, y no en el tronco marrón o en las flores de diversos colores. Y,
en los hongos, que son plantas sin partes verdes, tampoco hay fotosíntesis. Los
hongos, al igual que los animales, pueden crecer sólo si, de una forma u otra,
pueden ya disponer de moléculas complejas.
Por esa razón, a menudo hablamos de fotosíntesis como de
algo que tiene lugar no en las plantas, sino en las plantas verdes,
asegurándonos así de que no generalizamos demasiado.
¿Y por qué el color debería tener algo que ver con la
fotosíntesis? Recuerden que ese proceso requiere el empleo de energía solar.
Si la luz del Sol traspasase una planta, no podría
emplearse en absoluto para suministrar la energía necesaria. Lo mismo ocurriría
si la luz del Sol se reflejase por entero. En el primer caso, la planta seria
transparente, y en el segundo seria blanca, y en ninguno de los dos casos
habría fotosíntesis.
Para que la fotosíntesis tenga lugar, la luz solar debe
ser detenida y absorbida por la planta. Si toda la luz del Sol fuese absorbida,
la planta sería negra, pero no es necesaria la absorción total.
La luz solar es una mezcla de un enorme número de
diferentes longitudes de ondas de luz, y cada una de estas longitudes de onda
está compuesta por cuantos que poseen un contenido energético específico.
(Cuanto más larga sea la longitud de onda, más pequeño será el contenido de
energía de los cuantos.)
Para que tenga lugar un cambio químico determinado, debe
suministrarse una cantidad determinada de energía, y esos cuantos trabajan
mejor si se emplea la cantidad correcta. En el caso de la fotosíntesis, es la
luz roja la que actúa mejor, y esto constituye algo bueno. La luz roja posee
las más largas longitudes de onda de la luz visible, y puede traspasar la
niebla y las nubes un poco mejor que las demás formas de luz visible, y se
dispersa menos cuando el Sol está bajo en el horizonte. Por lo tanto, las plantas
hacen bien en depender de la luz roja y no de cualquier otra forma de luz
visible.
En ese caso, ¿por qué molestarse en desarrollar un sistema
fotosintético que absorba algo más que la luz roja? Absorber longitudes de onda
más cortas no serviría de nada, requeriría la evolución de compuestos
especiales con la capacidad necesaria y elevaría innecesariamente la
temperatura de las plantas.
Por lo tanto, las plantas poseen un sistema fotosintético
que tiende a absorber la porción roja de la luz solar y a reflejar el resto. La
luz solar reflejada menos la porción roja que se absorbe es de color verde, por
lo que las plantas que fotosintetizan son verdes de modo natural, y cabe
esperar que las plantas que son verdes sean capaces de efectuar la
fotosíntesis. Las dos cosas, el color verde y la fotosíntesis, tienen una
relación lógica, y el hecho de que una vaya acompañada de la otra no constituye
una coincidencia.
Sin embargo, tenemos que ir más allá del simple color
verde.
Si un fragmento de tejido vegetal es verde, esto sólo se
debe a que algún producto químico específico dentro del tejido absorbe la luz
roja, reflejando el resto, y ese producto químico específico es por sí mismo
verde.
Dos químicos franceses, Pierre Joseph Pelletier
(1788-1842) y Joseph Bienaimé Caventou (1795-1877) estaban particularmente
interesados en aislar de las plantas, productos químicos de importancia
biológica. Entre los productos químicos que se aislaron primero, entre 1818 y
1821, se encontraban alcaloides como la estricnina, la quinina y la cafeína.
Pero incluso antes de eso, en 1817, habían extraído materiales que contenía la
materia colorante verde de las plantas, y fueron los primeros en dar un nombre a
esta sustancia. La llamaron «clorofila», que procede de las palabras griegas
que significan «hoja verde».
Este adelanto fue algo importante, pero es sólo el
principio. Pelletier y Caventou miraron una solución verde en un tubo de ensayo
y le dieron un nombre, pero ¿qué es la clorofila?
En 1817 la teoría atómica sólo tenía, más o menos, una
década de antigüedad, y los químicos no tenían modo de precisar la disposición
de los átomos dentro de una molécula complicada. Hasta 1906 no se realizó un
ataque importante a la estructura atómica de la clorofila, y lo hizo el químico
alemán Richard Willstatter (1872-1942).
Fue el primero en preparar clorofila en forma
razonablemente pura, y descubrió que no se trataba de uno, sino de dos
productos químicos muy relacionados, a los que llamó «clorofila-a» y
«clorofila-b», difiriendo ambos levemente en sus pautas de absorción de la luz.
El primero era el más común, formando alrededor de las tres cuartas partes de
la combinación.
Teniendo los productos químicos puros, fue capaz de
estudiar los diferentes elementos que estaban presentes, con bastante seguridad
de que dichos elementos demostrarían ser, en realidad, parte de las moléculas
de clorofila, y no parte de cualesquiera impurezas que también pudiesen estar
presentes. La clorofila contiene átomos de carbono, de hidrógeno, oxígeno y
nitrógeno, pero eso no constituyó ninguna sorpresa. En la época de Willstatter
se sabía que prácticamente todas las moléculas complejas de los organismos
vivos (las llamadas moléculas orgánicas) contenían átomos de carbono, hidrógeno
y oxígeno, y que un buen porcentaje de las mismas contenía asimismo átomos de
nitrógeno.
Sin embargo, Willstatter descubrió que la clorofila
contenía también átomos de magnesio. Fue la primera molécula orgánica
descubierta que contenía dicho elemento.
En la actualidad, sabemos que cada molécula de clorofila-a
contiene 137 átomos, mientras que cada molécula de clorofila-b contiene 136
átomos.
Hoy se sabe que una molécula de clorofila-a tiene 72
átomos de hidrógeno, 55 átomos de carbono, 5 átomos de oxígeno, 4 átomos de
nitrógeno y 1 átomo de magnesio. Una molécula de clorofila-b tiene dos átomos
menos de hidrógeno y un átomo más de oxígeno.
Si se conoce el número total de átomos de una molécula, y
cuántos de cada variedad están presentes, esto aún significa muy poco. Lo que
cuenta es la disposición de esos átomos y 136 ó 137 átomos de cinco clases
diferentes pueden ordenarse en un número astronómico de maneras diferentes.
Una forma de conseguir algún indicio de la disposición
consiste en descomponer las moléculas complejas, de algún modo, en fragmentos
más simples que luego se pueden estudiar. Un fragmento determinado podría
contener no más de aproximadamente una docena de átomos de tres clases
diferentes, y podría encajar razonablemente bien en sólo dos o tres formas
distintas. Incluso podría ser que la experiencia química llevara a suponer que
la probabilidad de una disposición determinada de esos pocos átomos es mucho
mayor que cualquier otra.
Así pues, para aclarar el asunto, los químicos podían
realmente sintetizar varias moléculas que contenían el número requerido de
diferentes tipos de átomos en cada una de las distintas disposiciones
probables, comparándolas con el fragmento obtenido de la molécula de clorofila.
Cuando aparece una identidad de propiedades, se sabe que el fragmento es
equivalente al compuesto sintético con el que concuerda.
De este modo, Willstatter descubrió que, entre los
fragmentos de las moléculas de clorofila, debían encontrarse pequeñas moléculas
que contuviesen cuatro átomos de carbono y un átomo de nitrógeno, estando esos
cinco átomos dispuestos en forma de anillo. El anillo más simple de éstos tenía
un átomo de hidrógeno unido a cada uno de los cinco átomos del anillo. A este
compuesto le llamó «pirrol» el químico alemán Friedlieb Ferdinand Runge
(1795-1867), que fue el primero que lo aisló, en 1834. El nombre procede de una
voz griega que designa un rojo vivo, puesto que cuando se trata el pirrol con
ciertos ácidos, se forma una brillante sustancia roja.
Por lo tanto, parecía lógico suponer que la clorofila
consistía en anillos de pirrol dispuestos de tal forma que producía una pauta
aún más complicada. En 1912, un químico llamado William Kúster propuso que
cuatro anillos de pirrol podían formar un anillo más grande, estando conectado
cada par de pirroles por un puente consistente en un sólo átomo de carbono.
Un compuesto constituido por un anillo así de anillos de
pirrol se denomina «porfirina», un término empleado por primera vez por el
bioquímico alemán Félix Hoppe-Seyler (1825-1895), hacia el año 1860. Porfirina
deriva de una voz griega para designar «púrpura», dado que muchas porfirinas
son de este color.
Así, pues en la época en que se realizó el trabajo de
Willstatter, parecía del todo seguro que la clorofila poseía una molécula que
tenía un anillo de porfirina en el centro, pero quedaban aún muchos detalles
que tenían que ser dilucidados.
El anillo de anillos de porfirina posee muchas simetrías
en la disposición de los átomos, y dichas simetrías contribuyen a la
estabilidad de la molécula. (El químico estadounidense Linus Pauling (n. 1901)
demostró este tipo de cosas en su revolucionaria aplicación de la mecánica de
los cuantos a la estructura molecular, hace cincuenta años.) Por consiguiente,
la estructura de la porfirina, con su esqueleto de anillo compuesto por 20
átomos de carbono y 4 átomos de nitrógeno, se encuentra comúnmente en la vida y
está incluida en diversos componentes esenciales, tanto de las plantas como de
los animales, y no sólo en la clorofila.
Así, en muchos animales (incluyendo a los seres humanos)
existe una porfirina púrpura, el «heme». Este heme, cuando se une a una
proteína adecuada, forma hemoglobina, la sustancia roja que absorbe oxígeno en
los pulmones, o branquias, y lo pasa a las células del tejido. En combinación
con otras proteínas, el heme forma enzimas implicadas en el manejo del oxígeno
por las células, y éstas se encuentran universalmente en todas las células que
usan oxigeno, tanto en las plantas como en los animales.
Constituye un ejemplo de la economía de la Naturaleza el
que el mismo anillo de anillos estable pueda, con leves modificaciones,
producir la clorofila verde, tan esencial para las plantas, y el heme, tan útil
para los animales. (Mientras que en la clorofila el color verde es algo
esencial, en el heme el color púrpura es un mero resultado secundario y no
desempeña ningún papel en su funcionamiento.)
Pero ¿cómo se modifica el anillo de porfirina para formar
éste o aquél compuesto?
Los cuatro anillos de pirrol están dispuestos con los
átomos de nitrógeno señalando hacia el centro. Los dos átomos de carbono que
están al lado del átomo de nitrógeno en cada anillo de pirrol intervienen en la
formación del anillo grande (estos átomos de carbono son aquellos con los que
los anillos de pirrol «se dan la mano»).
Esto deja libres a los dos átomos de carbono en el extremo
más alejado del anillo de pirrol. Estos ocho átomos de carbono (dos en cada uno
de los anillos de pirrol) pueden estar unidos a una cadena lateral de uno o más
átomos de carbono a la cual, a su vez, pueden estar unidos aún otros átomos.
Así pues, ¿qué cadenas laterales concretas se hallan implicadas, y dónde enlaza
cada cadena lateral en el anillo de porfirina?
El problema fue abordado por el químico alemán Hans
Fischer
(1881-1945) en los años veinte. Trabajó con heme y, tras
separar las cadenas laterales, estudió y analizó la mezcla resultante. Demostró
que cada molécula de heme posee cuatro cadenas laterales formadas por 1 átomo
de carbono y 3 átomos de hidrógeno (un «grupo metilo»); otras dos se hallaban
formadas por 2 átomos de carbono y 3 átomos de hidrógeno (un «grupo vinilo»), y
dos cadenas laterales que consistían en 3 átomos de carbono, 5 átomos de
hidrógeno y 2 átomos de oxígeno (un «grupo de ácido propiónico»).
Esos ocho grupos de tres variedades diferentes pueden
ordenarse de quince formas distintas en el esqueleto del anillo de porfirina.
¿Y qué forma es la correcta?
Fischer había desarrollado métodos para sintetizar
moléculas de porfirina completas con las cadenas laterales, y por tanto adoptó
una estrategia de asalto en masa. Pidió a cada uno de quince estudiantes
graduados que sintetizasen una molécula diferente de porfirina con las cadenas
laterales dispuestas de una manera concreta, para que pudiesen producirse las
quince. En 1929 mostró que una en particular de las quince era la correcta. La
disposición de la cadena lateral, al dar la vuelta al anillo de porfirina,
resultó ser metilo, vinilo, metilo, vinilo, metilo, ácido propiónico, ácido
propiónico, metilo.
A continuación, Fischer se ocupó de la clorofila.
Obviamente tenían que existir diferencias, siendo la más importante de ellas
que el heme poseía un átomo de hierro en el centro del anillo de porfirina,
mientras que la clorofila tenía un átomo de magnesio. Sin embargo, si se
separaba el átomo de hierro del primero y el átomo de magnesio del segundo, lo
que quedaba en ambos casos tampoco era idéntico. Había también otras
diferencias.
Para empezar, los cuatro grupos metilo se encuentran en el
mismo lugar en la clorofila-porfirina y en el heme-porfirina. Lo mismo ocurre
con los dos grupos vinilo, excepto que en el segundo hay dos átomos adicionales
de hidrógeno para formar un «grupo etilo». Los grupos de ácido propiónico están
en el mismo lugar que en el heme, pero considerablemente modificados. Uno de
los grupos de ácido propiónico se enrosca para combinarse con el anillo de
pirrol adyacente para formar un quinto anillo, y se añade un átomo adicional de
carbono. En el caso del otro, queda libre, pero lleva unida a él una larga
cadena de veinte carbonos (el «grupo fitilo»)
Al menos esto es la clorofila-a. En la clorofila-b, una de
las cadenas laterales de metilo se convierte en un «grupo aldehído», compuesto
por un átomo de carbono, uno de hidrógeno y uno de oxigeno.
Esta descripción de la estructura de la clorofila fue
deducida de los análisis de fragmentos de Fischer, pero la confirmación final
no podía lograrse hasta que se construyera una estructura de clorofila en el
laboratorio, que encajase con la estructura sugerida. Si se demostraba que la
molécula sintética era idéntica en todas las propiedades a la natural, la
estructura quedaría demostrada sin lugar a dudas.
La clorofila tiene una estructura más complicada que el
heme, no obstante, y Fischer no logró su síntesis. No se consiguió con éxito
hasta 1960, cuando el químico estadounidense Robert Burns Woodward (1917-1979)
llevó a cabo la tarea, y se confirmó la estructura.
Una vez tenemos la clorofila, e incluso podemos
sintetizarla, ¿existe la posibilidad de que podamos cortocircuitar el mundo de
las plantas? Tal vez pudiésemos aislar la clorofila y hacerla funcionar en
grandes instalaciones químicas. Aplicando luz sobre ella y proporcionándole
condiciones favorables, ¿podríamos lograr convertir anhídrido carbónico y agua
en sustancias alimenticias con gran eficacia y sin precisar su esfuerzo para
satisfacer las necesidades de la estructura y funcionamiento de la planta?
¡No! Si ponemos clorofila en un tubo de ensayo y la
exponemos a la luz, no fotosintetiza. Aunque se extraigan otros compuestos
también presentes en las células de las plantas y se añadan a la clorofila, no
tendrá lugar la fotosíntesis. Al parecer, dentro de las células de la planta,
la clorofila constituye una parte de un intrincado y bien organizado sistema
que actúa como un todo, que trabaja con suavidad, para desarrollar el proceso
de fotosíntesis que incluye muchos pasos. La clorofila hace posible el paso
clave, y sin ella no puede suceder nada, pero ese paso clave no es por si mismo
suficiente.
Un organismo está compuesto por células, pero cada célula
no es una gota de protoplasma desorganizada. Más bien, dentro de cada célula
existen estructuras aún más pequeñas denominadas organelas, estando cada una de
ellas altamente organizada. Como ejemplo, un tipo importante de organelas
presente prácticamente en todas las células son los cromosomas, que contienen
la maquinaria genética que hace posible la reproducción. Otro ejemplo lo
constituyen los mitocondrios, que son las centrales eléctricas de la célula y
que contienen un complejo sistema de enzimas tan organizado, que hace posible
el combinar alimentos y oxígeno de manera que se produzca energía de una forma
controlada y útil.
En el interior de las células de las plantas, la clorofila
resulta que está también confinada en ciertas organelas. Esto fue demostrado
por primera vez en 1865, por el fisiólogo botánico alemán Julius von Sachs
(1832-1897). Esas organelas recibieron el nombre de cloroplastos.
Los cloroplastos son organelas grandes dos o tres veces
más grandes y más gruesas que las mitocondrias, por ejemplo, y no resulta
sorprendente que la estructura de los cloroplastos sea, en consecuencia, el más
complejo de los dos.
El interior del cloroplasto está compuesto por numerosas
membranas delgadas que se extienden en todo lo ancho de la organela. Son las
lamelas. En la mayoría de tipos de cloroplastos, esas lamelas se hacen más
gruesas y se oscurecen en ciertos lugares para formar condensaciones llamadas
grana. Las moléculas de clorofila se encuentran en los grana.
Si los grana se estudian bajo el microscopio electrónico,
a su vez parecen estar formados por diminutas unidades, apenas visibles, que
tienen el aspecto de las baldosas bien puestas del suelo de un cuarto de baño.
Cada uno de esos objetos puede ser una unidad fotosintetizadora que contiene de
250 a 300 moléculas de clorofila.
Los cloroplastos son mucho más difíciles de manejar que
las mitocondrias, ya que a su mayor complejidad estructural, al parecer, se
añade una mayor fragilidad. Cuando las células se descomponen, por ejemplo, los
mitocondrios pueden ser aislados, intactos, con relativa facilidad, e incluso
puede hacerse que sigan llevando a cabo su función.
No ocurre así con los cloroplastos. Incluso los métodos
más delicados de extraerlos de células fragmentadas los destruyen. Aun cuando
parezcan intactos, no lo están, puesto que no fotosintetizarán.
Hasta 1954 no se consiguieron unos cloroplastos lo
suficientemente intactos para llevar a cabo la completa reacción fotosintética,
gracias al fisiólogo botánico polaco-norteamericano Daniel Israel Arnon (n.
1910), trabajando con células desbaratadas de hojas de espinaca.
Entonces, ¿es ésa la respuesta? ¿Podemos aislar
cloroplastos en vez de clorofila y ponerlos a trabajar en el laboratorio, en
condiciones óptimas, para que elaboren para nosotros almidón, grasas y
proteínas?
Teóricamente, sí, pero en la práctica, no. En primer
lugar, tendríamos que depender del mundo vegetal para abastecernos de
cloroplastos. En segundo lugar, los cloroplastos son tan frágiles, que
continuamente tendríamos que estar renovando los suministros. Sería muchísimo
más barato y más eficaz a la larga, continuar empleando los cloroplastos donde
pueden conservarse y reproducirse con facilidad: en el interior de la célula
vegetal intacta y viva.
Pero ¿por qué hemos de tratar de reproducir la
fotosíntesis en los términos de las plantas? ¿No podríamos encontrar un
sustituto?
El paso clave en la fotosíntesis es la descomposición de
la molécula de agua en hidrógeno y oxígeno. Los químicos pueden llevar a cabo
eso con facilidad, pero sólo con un gran gasto de energía. Pueden realizarlo
calentando fuertemente las moléculas de agua, lo suficiente para que vibren y
se rompan en pedazos, o haciendo pasar una corriente eléctrica a través de una
solución diluida de ácido sulfúrico, para que las cargas eléctricas separen las
moléculas. Tanto el calor como la electricidad, sin embargo, representan un
enorme gasto de energía. El hidrógeno que aislásemos de este modo podría,
cuando se recombinase con oxígeno, liberar una energía considerable que
podríamos utilizar; pero la energía liberada no seria tanta como la que
gastaríamos para romper la molécula de agua y obtener en primer lugar el
hidrógeno.
Sin embargo, supongamos que pudiésemos descomponer la
molécula de agua empleando la luz solar, como hacen las plantas. Naturalmente,
la energía de la luz del Sol sería mayor que!a energía que obtendríamos luego
combinando el hidrógeno liberado con oxígeno, pero no tendríamos que invertir
nada para producir la luz solar. Esta está siempre ahí, y se desperdiciaría si
no la utilizáramos.
Las plantas realizan esto a través de sus cloroplastos;
pero ¿podríamos nosotros hacerlo a través de un sistema más simple, estable y
eficaz, y que trabajase incansablemente bajo nuestra dirección?
El hidrógeno y el oxigeno que formásemos del agua podrían
recombinarse para producir energía que seria más concentrada y útil que la luz
solar original. Con eso volverían a formarse moléculas de agua. No se
consumiría agua, ni hidrógeno, ni oxígeno, y el único cambio permanente sería
la conversión de la luz solar diluida en energía química concentrada. El
proceso continuaría mientras el Sol brillase en su forma actual.
Y lo que es más, una vez se formase el hidrógeno,
podríamos elaborar métodos para combinarlo con anhídrido carbónico para formar
alimentos. De este modo, podríamos mirar hacia un futuro en el que los seres
humanos, a voluntad podrían vivir sin el mundo vegetal. Conseguiríamos
alimentos y combustible a expensas de la luz solar.
Naturalmente, no estoy abogando por la eliminación del
mundo vegetal, pero puede que haya épocas en que, de modo temporal, debamos
pasar sin él: en viajes largos a través del espacio en naves no lo
suficientemente grandes para tener un equilibrio ecológico natural, por
ejemplo.
En ese caso, sería útil que pudiésemos establecer un
sistema artificial para resolver el problema.
Y los químicos están en ello. El bioquímico estadounidense
Melvin Calvin (n. 1911), que, en 1961, obtuvo un premio Nobel por su trabajo al
descifrar los detalles de la reacción fotosintética, está empleando compuestos
sintéticos con metales ideados para imitar la actividad de la clorofila.
Y otros están trabajando asimismo en este campo.
Hasta ahora, nadie ha creado por completo el equivalente
de una célula vegetal artificial, pero no existe razón para que con el tiempo
no se consiga y que ello haga posible que los seres humanos complementen sus
suministros de alimentos y de combustibles de esta forma, e incluso, si es
necesario, que funcionen durante períodos largos en una situación en que ellos
mismos (más sus parásitos internos) sean los únicos organismos vivos.
Cuarta parte
BIOLOGÍA
XI. MAS PENSAMIENTOS ACERCA DEL PENSAMIENTO
En mi libro The Planet that wasn’t (Doubleday, 1976), se
encuentra un ensayo mío que lleva el título de «Pensamientos acerca del
pensamiento». En él expresaba mi insatisfacción con las pruebas de inteligencia
y daba mis razones al respecto. Presentaba argumentos para suponer que la
palabra «inteligencia» implicaba un concepto sutil que no podía medirse con un
simple número, tal y como se representa en el «cociente de inteligencia» (CI).
Quedé muy complacido con el artículo, sobre todo porque
fui atacado por un psicólogo por cuyo trabajo yo tenía muy poco respeto (véase
el artículo «Por desgracia, todo es humano», en El sol brilla luminoso,
publicado en esta colección), tampoco creí que jamás tuviera que añadir nada.
En realidad, más bien sospechaba que había expuesto todas las posibles ideas
que pudiese tener respecto al tema de la inteligencia.
Y luego, no mucho antes de escribir esto, me encontré
sentado a la mesa en una cena con Marvin Minsky, del M.I.T., a mi derecha, y
con Heinz Pagels, de la Universidad Rockefeller, a mi izquierda.
Pagels estaba dirigiendo una conferencia de tres días
acerca de ordenadores, y a primera hora de aquel mismo día había hecho de
moderador en una discusión profesional titulada «¿Ha iluminado la investigación
de la inteligencia artificial el pensamiento humano?»
Yo no asistí a esta discusión de expertos (varios
compromisos ineludibles me lo impidieron), pero mi querida esposa, Janet, si lo
hizo y. según me contó, al parecer Minsky, uno de los expertos. y John Searle,
de la Universidad de California, se habían enzarzado en una discusión acerca de
la naturaleza de la inteligencia artificial. Minsky, uno de los más destacados
en este campo de investigación. se oponía al punto de vista de Searle de que la
conciencia era un fenómeno puramente biológico y que ninguna máquina podría
tener nunca conciencia o inteligencia.
Durante la cena, Minskv continuó manteniendo su parecer de
que la inteligencia artificial no era una contradicción conceptual mientras que
Pagels apoyaba la legitimidad del punto de vista de Searle. Dado que yo estaba
sentado entre ambos, el educado pero intenso debate se realizaba por encima de
mi cabeza, tanto literal como figuradamente.
Yo escuchaba los razonamientos con creciente ansiedad,
puesto que, despreocupadamente, había aceptado, meses atrás, dar una charla
aquella noche después de la cena. Y ahora me parecía que el debate
Minsky-Searle constituía el único tema en la mente colectiva de los asistentes
a aquella cena, y que sería absolutamente necesario por mi parte hablar de
aquel tema, si quería tener alguna probabilidad de captar su atención.
Ello significaba que debía volver a pensar acerca del
pensamiento. y que tenía menos de media hora para hacerlo. Naturalmente, salí
del apuro, de lo contrario no les estaría contando esto. En realidad, me
dijeron que, durante el resto de la conferencia, fui de vez en cuando citado
con aprobación.
No puedo repetir mi charla palabra por palabra, dado que
hablé de forma improvisada, como siempre hago, pero he aquí un razonable
facsímil.
Supongamos que comenzamos con la fácil suposición de que
el Homo sapiens es la especie más inteligente de la Tierra, que viva hoy o lo
haya hecho en el pasado. Por lo tanto, no debería sorprender que el cerebro
humano sea tan grande. Tenemos la tendencia con bastante razón, de asociar el
cerebro con la inteligencia, y viceversa.
El cerebro del humano adulto del sexo masculino tiene una
masa de, aproximadamente, 1,4 kilogramos, como promedio, y es con mucho más
grande que cualquier cerebro que no sea de mamífero, pasado o actual. Esto no
resulta sorprendente, considerando que los mamíferos son una clase que tiene el
cerebro más grande y son más inteligentes que cualquier otro tipo de organismos
vivos.
Entre los mismos mamíferos, tampoco resulta sorprendente
que cuanto mayor es el organismo en conjunto, mayor es el cerebro, pero el
cerebro humano se aparta de esta norma. Es más grande que el de aquellos
mamíferos que son mucho más voluminosos que los humanos. El cerebro del hombre
es más grande que el del caballo, el rinoceronte, o el gorila, por ejemplo.
Y, sin embargo, el cerebro humano no es el más grande que
existe. El cerebro de los elefantes es mayor. Se ha encontrado que los cerebros
de elefante más grandes poseen masas de unos 6 kilogramos, más o menos 4 1/4
veces la del cerebro humano. Y lo que es más, se ha comprobado que los cerebros
de las grandes ballenas son aún más voluminosos. El cerebro de mayor masa jamás
medido fue el de un cachalote, que poseía una masa de 9,2 kilogramos, es decir,
6,5 veces la del cerebro humano.
Sin embargo, nunca se ha pensado que los elefantes y las
ballenas grandes, aunque sean más inteligentes que la mayoría de los animales,
pudiesen ni remotamente compararse con los seres humanos en cuanto a
inteligencia. En resumen: la masa cerebral no es lo único que hay que tener en
cuenta en lo que a la inteligencia se refiere.
El cerebro humano constituye, más o menos, el 2% de la
masa total del cuerpo humano. No obstante, un elefante con un cerebro de 6
kilogramos tendría una masa de 5.000 kilogramos, de modo que su cerebro
constituiría sólo el 0,12% de la masa de su cuerpo. En cuanto al cachalote, que
puede alcanzar una masa de 65.000 kilogramos su cerebro de 9,2 kilogramos
representaría sólo el 0,014% de la masa de su cuerpo.
En otras palabras, por unidad de masa corporal, el cerebro
humano es 17 veces mayor que el del elefante, y 140 veces más grande que el del
cachalote.
¿Es razonable poner en relación cerebro/cuerpo por delante
de la simple masa cerebral?
Bueno, al parecer nos da una respuesta verdadera, puesto
que señala el hecho aparentemente obvio de que los seres humanos son más
inteligentes que los elefantes y las ballenas, que tienen cerebros más grandes.
Además, podríamos argumentar (probablemente de una manera simplista) de esta
manera:
El cerebro controla las funciones del cuerpo, y lo que
queda después de esas actividades de bajo control de pensamiento puede
reservarse para actividades tales como la imaginación, el razonamiento
abstracto y las fantasías creativas. Aunque los cerebros de los elefantes y
ballenas son más grandes, los cuerpos de esos mamíferos son enormes, por lo que
sus cerebros. por muy grandes que sean, están totalmente ocupados con toda la
rutina de hacer funcionar esas vastas masas, y les queda muy poco para funciones
«más elevadas». Elefantes y ballenas son, pues, menos inteligentes que los
seres humanos, a pesar del tamaño de sus cerebros.
(Y ésa es la razón de que la mujer posea un cerebro con un
10% menos de masa que el del hombre, como promedio, y no sea un 10% menos
inteligente. Su cuerpo es también más pequeño, y su relación de masa
cerebro/cuerpo es, en todo caso, un poco más elevada que la del hombre.)
De todos modos, la relación de masa cerebro/cuerpo tampoco
puede serlo todo. Los primates (simios y monos) tienen relaciones elevadas de
cerebro/cuerpo y, en conjunto, cuanto más pequeño es el primate, más elevada es
la relación. En algunos monos pequeños, el cerebro constituye el 5,7 % de la
masa corporal, y eso es casi tres veces la proporción que se da en los seres
humanos.
¿Por qué, pues, esos pequeños monos no son más
inteligentes que los seres humanos? Aquí la respuesta puede ser que sus
cerebros son demasiado pequeños para servir a ese propósito.
Para tener una inteligencia realmente elevada, se necesita
un cerebro lo suficientemente grande para proporcionar el poder de pensamiento
necesario, y un cuerpo lo suficientemente pequeño para no emplear todo el
cerebro no dejando nada para el pensamiento. Esta combinación de cerebro grande
y cuerpo pequeño parece encontrar su mejor equilibrio en el ser humano.
¡Pero esperen! Igual que los primates tienden a poseer una
proporción cerebro/cuerpo más elevada a medida que se hacen más pequeños, lo
mismo hacen los cetáceos (la familia de las ballenas). El delfín común no es
más voluminoso que un hombre, en conjunto, pero tiene un cerebro que posee unos
1,7 kilogramos de masa, o 1/5 más masa que el cerebro humano. La proporción
cerebro/cuerpo es del 2,4 %.
En ese caso, ¿por qué no es el delfín más inteligente que
el ser humano? ¿Puede existir alguna diferencia cualitativa entre las dos
clases de cerebros que condene a los delfines a una relativa estupidez?
Por ejemplo, las células cerebrales propiamente dichas
están situadas en la superficie del cerebro y constituyen la «materia gris». El
interior del cerebro está compuesto. en gran parte por las protuberancias
recubiertas de grasa que se extienden desde las células y (gracias al color de
las grasas) constituye la «materia blanca».
Es la materia gris la que se asocia con la inteligencia y.
por tanto, el área superficial del cerebro es más importante que su masa.
Cuando consideramos las especies en orden de inteligencia creciente, hallamos
que el área superficial del cerebro aumenta con mayor rapidez que la masa. Una
manera en que esto se hace aparente es que el área superficial aumenta hasta el
punto en que no puede esparcirse de forma llana por el interior del cerebro,
sino que se retuerce formando circunvoluciones. Un cerebro con circunvoluciones
tendría una mayor área superficial que un cerebro liso de la misma masa.
Por lo tanto, asociamos las circunvoluciones con la
inteligencia y, con seguridad, los cerebros de los mamíferos poseen
circunvoluciones mientras que los cerebros de los no mamíferos no las tienen.
El cerebro de un mono posee más circunvoluciones que el cerebro de un gato. No
resulta sorprendente que un cerebro humano tenga más circunvoluciones que el de
cualquier otro mamífero terrestre, incluyendo incluso a los relativamente
inteligentes como los chimpancés y los elefantes.
Y, sin embargo, el cerebro del delfín tiene más masa que
el cerebro humano, posee una mayor proporción masa de cerebro/cuerpo y, además,
tiene más circunvoluciones que el cerebro humano.
Entonces, ¿por qué los delfines no son más inteligentes
que los seres humanos? Para explicarlo, debemos volver a la suposición de que
existe algún defecto en la estructura de las células del cerebro del delfín, o
en su organización cerebral, puntos respecto de los cuales no existe ninguna
evidencia.
No obstante, permítanme sugerir un punto de vista
alternativo. ¿Cómo sabemos que los delfines no son más inteligentes que los
seres humanos?
Sin duda, no poseen tecnología, pero esto no es
sorprendente. Viven en el agua, donde el fuego resulta imposible, y el hábil
empleo del fuego constituye la base fundamental de la tecnología humana. Y lo
que es más, la vida en el mar hace esencial el ser aerodinámico, por lo que los
delfines carecen del equivalente de las manos delicadamente manipuladoras que
poseen los seres humanos.
¿Pero es la tecnología sola una medida suficiente de la
inteligencia? Cuando nos interesa, dejamos de lado la tecnología. Consideremos
las estructuras construidas por algunos insectos sociales, tales como abejas,
hormigas y termitas. o la delicada tracería de la tela de las arañas. ¿Todas
esas realizaciones hacen a la abeja, la hormiga, la termita o la araña más
inteligentes que el gorila, que construye un tosco nido en un árbol?
Decimos «no» sin titubear un momento. Consideramos que los
animales inferiores, por maravillosos que sean sus logros, actúan sólo por
instinto. y que esto es inferior al pensamiento consciente. Sin embargo, puede
que esto sólo sea nuestra opinión personal.
¿No podría ser concebible que los delfines considerasen
nuestra tecnología el resultado de una forma inferior del pensamiento. y no
aceptarlo como una prueba de inteligencia, según un juicio propio sólo de
ellos?
Naturalmente, los seres humanos tienen la facultad del
habla. Empleamos complejas modulaciones del sonido para expresar ideas
infinitamente sutiles. y ninguna otra especie de seres vivos lo hace o llega
siquiera a algo parecido. (Tampoco pueden comunicarse con la equivalente
complejidad, versatilidad y sutileza por ningún otro medio, por lo que sabemos
hasta ahora.)
Sin embargo, la ballena de joroba canta complejas
«canciones» mientras que el delfín es capaz de producir una mayor variedad de
sonidos diferentes que nosotros. ¿Qué nos hace estar tan seguros de que los
delfines no pueden hablar?
Pero la inteligencia es algo que se percibe. Si los
delfines son tan listos, ¿por qué no resulta obvio que lo son?
En «Pensamientos acerca del pensamiento» mantenía que
existen diferentes clases de inteligencia entre los seres humanos, y que las
pruebas de CI son equivocadas por esta razón. No obstante, aunque fuese así,
todas las variedades inteligenciales humanas (tengo que inventar esta palabra)
pertenecen claramente al mismo género. Nos es posible reconocer estas
variedades, aunque sean del todo diferentes. Podemos ver que Beethoven tenía
una clase de inteligencia y Shakespeare otra, Newton otra aún, y Peter Piper (el
experto en elegir adobos) tiene otra, y podemos comprender el valor de cada una
de ellas.
Y. sin embargo, ¿qué podemos decir de una variedad
inteligencial diferente de las que poseen los seres humanos? ¿También la
reconoceríamos como inteligencia, sin importar cómo la estudiásemos?
Imaginemos que un delfín, con su enorme y
circunvolucionado cerebro y su amplio repertorio de sonidos, tuviera una mente
que pudiera considerar ideas complejas y un lenguaje que pudiera expresarlas
con infinita sutileza. Pero supongamos que esas ideas y ese lenguaje fueran tan
diferentes de todo a lo que estuviéramos acostumbrados, que no pudiéramos
siquiera captar el hecho de que eran ideas y lenguaje, y mucho menos entender
su contenido.
Supongamos que una colonia de termitas, todas juntas,
poseyeran un cerebro comunitario que pudiera reaccionar de una forma tan
diferente a las de nuestras individualidades, que no viéramos la inteligencia
comunitaria, por muy notoriamente «obvia» que pudiera ser.
El problema puede ser parcialmente semántico. Insistimos
en definir el «pensamiento» de tal manera que llegamos a la conclusión
automática de que sólo los seres humanos piensan. (En realidad los fanáticos a
través de toda la historia, han estado seguros de que sólo los seres masculinos
similares en apariencia a ellos podían pensar, y que las mujeres y «razas
inferiores» no podían hacerlo. Las definiciones que benefician a uno pueden
servir de mucho.)
Supongamos que definimos el «pensamiento» como ese tipo de
acción que lleva a una especie a tomar las medidas que aseguren mejor su
supervivencia. Según esta definición, todas las especies piensan, de algún
modo. El pensamiento humano no es sino una variedad más, y no necesariamente
mejor que las otras.
En realidad, si consideramos que la especie humana, con
plena capacidad para la premeditación, y conociendo exactamente lo que hace y
lo que puede suceder, de todos modos tiene grandes probabilidades de destruirse
a sí misma en un holocausto nuclear, la única conclusión lógica a la que
podemos llegar, según mi definición, es que el Homo sapiens piensa más
pobremente, y es menos inteligente, que cualquier otra especie que viva, o haya
vivido en la Tierra.
Por lo tanto, es posible que, así como los que analizan el
Cl logran sus resultados definiendo cuidadosamente la inteligencia de un modo
que hace que ellos mismos y la gente como ellos, sean «superiores», del mismo
modo la Humanidad, en conjunto, realiza algo parecido con su cuidadosa
definición de lo que constituye el pensamiento.
Para hacerlo más sencillo, consideremos una analogía.
Los seres humanos «andan». Lo hacen sobre dos piernas con
su cuerpo de mamífero erguido, produciendo una inclinación hacia atrás en su
columna vertebral. en la región lumbar.
Podríamos definir el «andar» como el movimiento sobre dos
piernas con el cuerpo en equilibrio sobre una columna curvada.
Según esta definición, andar sería algo único de los seres
humanos y podríamos estar muy orgullosos de este hecho, y con razón. Esta
manera de andar liberó a nuestros miembros superiores de toda necesidad de
ayudarnos a movernos (excepción hecha de ciertas situaciones de emergencia), y
nos permitió tener las manos permanentemente disponibles. Este desarrollo de la
posición erguida precedió al desarrollo de nuestro gran cerebro y puede que, en
realidad, nos llevara a ello.
Otros animales no andan. Se mueven sobre cuatro patas o
sobre seis, ocho, docenas, o ninguna. O vuelan, o nadan. Incluso esos
cuadrúpedos que pueden erguirse sobre sus patas traseras (como los osos y los
simios) lo hacen sólo temporalmente, y están más cómodos sobre sus cuatro
patas.
Existen animales que son estrictamente bípedos, como los
canguros y las aves, pero a menudo saltan más que andan. Incluso las aves que
andan (como las palomas y los pingüinos) son principalmente voladoras o
nadadoras. Y las aves que no hacen nunca otra cosa excepto andar (o, su primo
más rápido, correr) como el avestruz, carecen de una columna vertebral curvada.
Así pues, supongamos que insistiéramos en hacer del
«andar» algo por completo único, hasta el punto de que careciéramos de palabras
para las maneras en que otras especies avanzan. Supongamos que nos
contentásemos con decir que los seres humanos fuesen «andantes» y que las demás
especies no, y nos negásemos a ampliar nuestro vocabulario.
Si insistiésemos en hacerlo con suficiente fervor, no
necesitaríamos prestar atención a la bella eficiencia con que algunas especies
botan, o saltan, o corren, o vuelan, o planean, o se zambullen, o se deslizan.
No desarrollaríamos ninguna frase del tipo «locomoción animal» para cubrir
todas esas variedades de modos de avanzar.
Y si dejásemos de lado todas las formas de locomoción
animal, menos las nuestras, como simplemente «no andantes», nunca tendríamos
que enfrentarnos con el hecho de que la locomoción humana es, en muchas formas,
no tan grácil como la de un caballo o un halcón y que es incluso una de las
menos gráciles y admirables formas de locomoción animal.
Supongamos, pues, que inventamos una palabra para designar
todas las formas en que las cosas vivas podrían comportarse para hacer frente a
un desafío o para promover la supervivencia. Llamémoslo «zorquear». El pensar,
en el sentido humano, podría ser una manera de zorquear, mientras que otras
especies de cosas vivas podrían mostrar otras formas de zorquear.
Si abordamos el zorqueo sin ninguna clase de juicio
preconcebido, podríamos descubrir que el pensar no es siempre la manera mejor
de zorquear. y podríamos tener una posibilidad ligeramente mayor de comprender
el zorqueo de los delfines o de las comunidades de termitas.
O supongamos que consideramos el problema de si las
máquinas pueden pensar, si un ordenador puede llegar a tener conciencia; si es
posible que los robots sientan emociones, dónde, en resumen, conseguiremos, en
el futuro, una cosa tan auténtica como la «inteligencia artificial».
¿Cómo podemos discutir una cosa así, sin detenernos
primero a considerar qué podría ser la inteligencia? Si es algo que sólo un ser
humano pueda tener por definición, en ese caso, naturalmente, una máquina no
puede tenerla.
Pero cualquier especie puede zorquear, y es posible que
los ordenadores también sean capaces de hacerlo. Tal vez los ordenadores no
zorqueen de la forma en que lo haga cualquier especie biológica, por lo que
también necesitamos una nueva palabra para lo que hacen. En mi improvisada
charla acerca de la fuerza del ordenador, empleé la palabra «groquear», y me
parece que servirá igual que cualquier otra.
Entre los seres humano existe un número indefinido de
maneras diferentes de zorquear; distintas que son suficientemente parecidas
para que se incluyan bajo el titulo general de «pensar». Y, asimismo, entre los
ordenadores es seguro que existe un número indefinido de diferentes formas de
zorquear, pero unas formas tan diferentes de las encontradas en los seres
humanos, como para incluirlas bajo el título general del «groquear».
(Y los animales no humanos pueden zorquear también de
diferentes maneras. de modo que tendríamos que inventarnos docenas de
diferentes palabras para las variedades de zorquear y clasificarlas de un modo
complicado. Y lo que es más. a medida que se desarrollaran los ordenadores,
podríamos encontrar que groquear no era suficiente, por lo que deberíamos
elaborar más subtítulos. Pero todo esto corresponde al futuro. Mi bola de
cristal no es infinitamente clara.)
En realidad, diseñamos nuestros ordenadores de tal modo
que pueden resolver problemas que nos son de interés y, por lo tanto, tenemos
la impresión de que piensan. Sin embargo, debemos reconocer que, aunque un
ordenador resuelva un problema que nosotros mismos tendríamos que resolver sin
él, él y nosotros lo solucionamos a través de unos procesos por completo
diferentes. Ellos groquean y nosotros pensamos, y es inútil darle vueltas y
discutir de si los ordenadores piensan. Los ordenadores también podrían darle
vueltas y discutir silos seres humanos groquean.
Pero, ¿es razonable suponer que los seres humanos crearían
una inteligencia artificial tan diferente de la inteligencia humana que
requiriese un reconocimiento del groqueo del ordenador como algo independiente
del pensamiento humano?
¿Por qué no? Ya ha sucedido antes. Durante incontables
millares de años, los seres humanos han transportado objetos poniéndoselos
debajo del brazo o manteniéndolos en equilibrio sobre la cabeza. Al hacerlo,
sólo podían transportar como mucho su masa.
Si los seres humanos apilaban objetos a lomos de asnos,
caballos, bueyes, camellos o elefantes, podían transportar masas mayores. Esto,
sin embargo, es sólo la sustitución del empleo directo de unos músculos más
grandes en vez de otros más pequeños.
Sin embargo, finalmente, los seres humanos inventaron un
mecanismo artificial que hacía más fácil el transporte. ¿Y cómo realizaba esto
la máquina? ¿Lo realizaba produciendo un andar artificial, una carrera o un
vuelo, o cualquiera de la minada de otras formas de locomoción animal?
No. Algunos seres humanos, en los oscuros días de la
prehistoria, inventaron la rueda y el eje. Como resultado de ello, pudo
colocarse una masa mucho más grande en un carro, y ser arrastrado por músculos
humanos o animales que la que podía transportarse directamente con esos
músculos.
La rueda y el eje trasero constituyen el más asombroso
invento jamás realizado por los seres humanos, en mi opinión. El empleo humano
del fuego fue, por lo menos, precedido de la observación de los incendios
naturales producidos por el rayo. Pero la rueda y el eje no tenían ningún
antepasado natural. No existen en la Naturaleza; ninguna forma de vida los ha
desarrollado hasta hoy. Así la «locomoción con ayuda de máquinas» fue, desde su
concepción, algo completamente diferente de todas las formas de locomoción
humana y, del mismo modo, no resultaría sorprendente que el zorqueo mecánico
fuese distinto de todas las formas de zorqueo biológico.
Naturalmente, los carros primitivos no podían moverse por
sí mismos, pero, con el tiempo se inventó la máquina de vapor, y más tarde el
motor de combustión interna y el cohete, ninguna de estas cosas se comporta de
forma parecida a los músculos.
Los ordenadores se encuentran, sin embargo, en la
actualidad, en el período anterior a la máquina de vapor. Los ordenadores
pueden realizar sus funciones, pero no lo hacen «por sí mismos». Con el tiempo
se desarrollará el equivalente de una máquina de vapor y los ordenadores serán
capaces de resolver los problemas por sí mismos, pero, de todos modos, a través
de un proceso totalmente diferente al del cerebro humano. Lo harán groqueando
más que pensando.
Todo esto parece descartar el miedo a que los ordenadores
«nos reemplazarán», o que los seres humanos se harán superfluos y
desaparecerán.
A fin de cuentas, las ruedas no han hecho superfluas las
piernas. Hay ocasiones en que andar resulta más conveniente y más útil que ir
sobre ruedas. Abrirse camino por un terreno accidentado es fácil andando, y muy
difícil en automóvil. Y no imagino ningún modo de ir de mi dormitorio al cuarto
de baño que no sea andando.
Pero ¿no podrían los ordenadores llegar a hacer todo lo
que los seres humanos pueden realizar, aunque groqueen en vez de pensar? ¿No
podrían los ordenadores groquear sinfonías, dramas, teorías científicas,
asuntos amorosos, cualquier cosa que se quiera imaginar?
Tal vez. De vez en cuando veo una máquina diseñada para
levantar las piernas por encima de obstáculos, para que camine. Sin embargo, la
máquina es tan complicada y el movimiento tan poco grácil, que no me sorprende
que nadie llegue a tomarse la enorme molestia de tratar de producir y emplear
semejantes cosas como algo más que un tour de force (como el aeroplano que voló
sobre el canal de la Mancha impulsado por la fuerza de una bicicleta, y que ya
no volvió a usarse más).
Resulta obvio que groquear, sea lo que fuere, está mejor
adaptado a la manipulación increíblemente rápida e infalible de cantidades
aritméticas. Incluso el ordenador más simple puede groquear la multiplicación y
división de cifras enormes mucho más deprisa de lo que los seres humanos pueden
pensar la solución
Esto no significa que groquear sea superior a pensar.
Simplemente, significa que groquear está mejor adaptado a ese proceso
particular. En cuanto a pensar, está bien adaptado al proceso que implica
intuición, previsión y la combinación creativa de datos para la producción de
resultados inesperados.
Los ordenadores pueden tal vez estar diseñados para hacer
cosas así hasta cierto punto, al igual que los prodigios matemáticos pueden
groquear en cierto modo, pero tanto una cosa como la otra constituye una
pérdida de tiempo.
Dejemos que los pensadores y los groqueadores desarrollen
sus especialidades y guarden sus resultados. Me imagino que los seres humanos y
los ordenadores, trabajando juntos, pueden hacer mucho más que cualquiera de
ellos por separado. Es la simbiosis de ambos lo que representa los perfiles del
futuro.
Una cosa más. Si el groquear y el pensar son cosas muy
diferentes, ¿se puede esperar que el estudio de los ordenadores llegue a
esclarecer el problema del pensamiento humano?
Volvamos al problema de la locomoción.
Una máquina de vapor puede propulsar las máquinas para que
realicen el trabajo que ordinariamente llevan a cabo los músculos, y lo hacen
con mayor intensidad y sin esfuerzo, pero esa máquina de vapor tiene una
estructura que no se parece en nada al músculo. En la máquina de vapor, el agua
se calienta hasta el punto de ebullición y la fuerza del vapor mueve los
pistones. En el músculo, una delicada proteína llamada actomiosina experimenta
cambios moleculares que hacen que el músculo se contraiga.
Parece pues que uno puede estudiar agua hirviendo y el
vapor que sale durante un millón de años y, sin embargo, no ser capaz de
deducir de ello la menor cosa acerca de la actomiosina. O, a la inversa, uno
podría estudiar todos los cambios moleculares que sufre la actomiosina y, sin
embargo, no aprender lo más mínimo acerca de qué es lo que hace hervir el agua.
No obstante, en 1824, un joven físico francés, Nicolás L.
S. Carnot (1796-1832), estudió la máquina de vapor a fin de determinar qué
factores regulaban la eficacia con que funciona. Al hacerlo, fue el primero en
iniciar una serie de pruebas que, a fines de siglo, le habían hecho desarrollar
por completo las leyes de la termodinámica.
Esas leyes se encuentran entre las más importantes
generalizaciones en física. y se descubrió que eran aplicables con pleno rigor
tanto a los sistemas vivos como a cosas más simples como las máquinas de vapor.
La acción muscular, pese a lo complicado de sus más
íntimas funciones, debe actuar impulsada por las leyes de la termodinámica,
igual que deben hacerlo las máquinas de vapor, y esto nos dice algo acerca de
los músculos que resulta de la mayor importancia. Y lo que es más, lo hemos
aprendido a partir de las máquinas de vapor y nunca lo hubiéramos sabido a
través, únicamente, del estudio de los músculos.
De manera similar, el estudio de los ordenadores tal vez
nunca llegue a decirnos, directamente, nada acerca de la estructura íntima del
cerebro humano, o de las células del cerebro humano. Sin embargo, el estudio
del groqueo nos puede llevar a la determinación de las leyes básicas del
zorqueo, y puede que averigüemos que esas leyes del zorqueo son aplicables
tanto al pensar como al groquear.
Así pues, es posible que, aunque los ordenadores no se
parezcan en nada al cerebro, nos enseñen cosas acerca de los cerebros que nunca
descubriríamos estudiando sólo éstos. Por ello, en último análisis, estoy del
lado de Minsky.
XII. VOLVIENDO AL PUNTO DE PARTIDA
Durante el otoño de 1983, me fascinaron las cada vez más
populares operaciones de bypass, y por una buena razón. Mi angina de pecho, que
había sido de poca importancia y estable durante seis años, de repente se había
desencadenado. Me hicieron unas pruebas y, cuando me expusieron cuidadosamente
los resultados de dichas pruebas, me percaté de que tenía la más interesante de
las alternativas: ninguna.
Iba a necesitar un triple bypass.
Por lo tanto, hablé con mis diversos médicos y parecía
haber una pregunta que no me oían plantear. Por lo menos, siempre se lanzaban a
darme otras respuestas.
Finalmente, acorralé a mi anestesista.
Le dije:
—Hay una cosa que no comprendo. Si van a insertar una
arteria o vena en mi aorta y en mis arterias coronarias, para que la sangre
circule alrededor del punto de estrangulamiento, ¿cómo lo harán? A menos que
recurran a la cuarta dimensión, deberán cortar en la aorta, por ejemplo, y
hacer un agujero redondo en el que puedan acoplar el nuevo vaso.
—Pues sí.
—Y al primer corte —proseguí —la sangre brotará con una
fuerza enorme, y me moriré.
—Oh, no —replicó. —¿No se lo ha explicado nadie? Una vez
tengamos su corazón al descubierto, lo pararemos.
Sentí que me ponía ligeramente verde.
—¿Que lo pararán?
—Sí, le daremos una fuerte dosis de ion potasio y lo
enfriaremos, y dejará de latir.
—Pero eso me dejará a cinco minutos de la muerte cerebral.
—No, no es así. Será usted conectado a una máquina
corazón-pulmón que le mantendrá vivo durante horas, si es necesario.
—Pero ¿ y si se avería?
—No puede averiarse. Y aunque se produzca un corte de
corriente en todo el Nordeste, nosotros continuaremos con nuestros generadores
de emergencia.
Me sentí un poco mejor, y pregunté:
—¿Y cuándo pondrán de nuevo en marcha mi corazón? ¿Y si no
funciona?
—Eso no puede suceder —respondió con seguridad. —El
corazón no desea otra cosa que funcionar. Tenemos que trabajar mucho para
mantenerlo inmóvil. En cuanto dejamos que salga el potasio, comienza a
funcionar de nuevo, especialmente si está en tan buena forma como el suyo.
Tenía razón, la operación de triple bypass se realizó el
14 de diciembre de 1983, y el 2 de enero de 1984 celebraré mi 1.000.000º
cumpleaños (en la escala binaria), y el 8 de enero de 1984 empiezo otro ensayo.
¿Y de qué iba a hablar sino del corazón y de los vasos sanguíneos?
Aristóteles (384-322 a. de C.) creía que el corazón era la
sede de la inteligencia. Esto no resultaba tan irrazonable como hoy parece. A
fin de cuentas, es un órgano que constantemente se halla en movimiento y que se
acelera cuando se está excitado, se hace más lento en los períodos de calma, es
tumultuoso cuando se trata de afectos, etcétera. Cualquiera que observe esto, y
luego se percate de que el cerebro, simplemente, se limita a estar allí, sin
hacer nada, es probable que deje de lado el cerebro y lo considere, todo lo
más, un órgano auxiliar.
Aristóteles creía que era simplemente un agente enfriante
para el corazón, el cual, de otro modo, se sobrecalentaría. El enfriamiento se
llevaba a cabo mediante un fluido parecido a la saliva, al que los griegos
llamaban pituita (que ha dado origen también a la palabra esputar). Existe un
pequeño órgano en la base del cerebro al que denominamos glándula pituitaria,
que es en extremo importante (tal vez esto dé origen, en su día, a otro
ensayo), pero no tiene nada que ver con esputar.
Aristóteles no distinguía entre venas, arterias, nervios y
tendones.
No obstante, poco después de la muerte de Aristóteles se
produjo un breve período de inteligentes disecciones en Alejandría, Egipto, y
las cosas comenzaron a ponerse un poco en orden.
Por ejemplo, las arterias estaban claramente conectadas al
corazón. Pero, en los cadáveres las arterias grandes parecían vacías. (Las
últimas pulsaciones las habían vaciado de sangre.) Praxágoras (340—? a. de C.)
hizo la lógica sugerencia, por lo tanto, de que transportaban aire. En
realidad, la palabra «arteria» procede de una voz griega que significa conducto
de aire.
Herófilo (320—? a. de C.), un estudiante de Praxágoras,
observó que las arterias latían y que las venas no lo hacían. Al parecer, creyó
que las arterias llevaban sangre, pero conservó el nombre que les había dado su
maestro.
El discípulo de Herófilo, Erasistrato (304-250 a. de C.),
creyó que venas, arterias y nervios eran tubos huecos que transportaban algún
fluido u otro a las diversas partes del cuerpo; que se dividían y subdividían
hasta hacerse demasiado pequeños para poder verse. En todo esto se hallaba
notablemente cerca, puesto que incluso los nervios transportan un impulso
eléctrico, que puede considerarse como una sutil clase de fluido.
Todos estaban de acuerdo en que las venas transportaban
sangre. («Vena» procede de la idéntica palabra latina. La voz griega es phleb,
y por ello a la inflamación de las venas se le denomina flebitis.)
Algunos creían que las arterias contenían una mezcla de
sangre y aire, o de sangre y algún «espíritu vital», y si pensamos que las
arterias transportaban sangre oxigenada, como así es en efecto, descubrimos que
los antiguos griegos no hacían conjeturas descabelladas.
Sin embargo, seguían existiendo cosas confusas, y pasaron
siglos antes de que los médicos comprendieran con claridad que los nervios y
tendones no tenían nada que ver con el corazón y no eran vasos sanguíneos de
ningún tipo. Tampoco veían con claridad la diferencia entre venas y arterias.
Galeno, el más famoso de los médicos antiguos, un griego
de la época romana (130-200), creía que las arterias tenían su origen en el
corazón y llegaban hasta los diversos tejidos. Pensaba que las venas se
originaban en el hígado, iban de allí al corazón desde donde, de nuevo, se
dirigían a los diferentes tejidos. (En realidad, una suposición razonable. El
hígado es un órgano grande que está lleno de vasos sanguíneos y mientras las
arteria laten cuando el corazón lo hace, las venas siguen inmóviles al igual que
el hígado.)
Galeno creía que la sangre fluía desde el corazón a través
de las arterias y venas por igual, y que era consumida por los tejidos.
Continuamente se fabricaba sangre nueva, pensaba él, en el hígado (suponía que
a partir de los alimentos), tan deprisa como era consumida por los tejidos. La
sangre se consumía en los tejidos igual que lo haría la madera en una chimenea.
El aire que respiramos alimentaba el proceso, y el aire que exhalamos era
análogo al humo de una hoguera.
Sin embargo, aquí había una trampa. El corazón no es
simplemente una bomba. En realidad son dos bombas, dado que está dividido en
dos cámaras principales: el ventrículo izquierdo y el ventrículo derecho.
(«Ventrículo» procede de la voz latina para designar «pequeña bolsa».)
Cada ventrículo de paredes gruesas tiene una antecámara de
paredes más delgadas, llamada «aurícula izquierda» y «aurícula derecha»,
respectivamente, por lo que, en conjunto, el corazón posee cuatro cámaras.
Existe un paso claro entre cada aurícula y cada
ventrículo, pero no hay ninguno entre las dos series de aurículas-ventrículos.
El ventrículo izquierdo (muy musculoso) conduce a la mayor arteria del cuerpo,
la aorta (nombre de origen incierto), mientras que el ventrículo derecho (menos
musculoso) conduce a la arteria pulmonar. Cada ventrículo posee asimismo sus
propias venas.
Podría parecer que cada ventrículo envía sangre y que no
existe una conexión obvia entre las dos corrientes sanguíneas. Sin embargo,
Galeno no pudo ver por qué debería haber dos corrientes sanguíneas, y decidió
que aquello carecía de sentido. Debía haber una conexión, y si no era obvia,
tendría que estar oculta.
La pared entre ambos ventrículos es gruesa y musculosa y,
según todas las apariencias, está por completo intacta. Sin embargo, razonó
Galeno, debían existir pequeños agujeros, agujeros demasiado diminutos para
verlos, a través de los cuales la sangre era enviada y recibida de uno a otro
ventrículo, permitiendo así que existiera una sola corriente sanguínea.
Durante unos catorce siglos, los médicos creyeron
fielmente en los poros interventriculares, aunque nadie los había visto, y
aunque, en realidad, no existen. Pero no se rían demasiado. Aquello tenía
sentido en el sistema de Galeno, y aunque se demostró que era erróneo, el
sistema correcto, cuando se descubrió, también dependía de unos pasos
invisibles.
Sin embargo, no hubo la menor posibilidad de efectuar
progresos, en el asunto del corazón y los vasos sanguíneos, hasta que la
anatomía humana se estableció como una firme disciplina médica. Esto resultó
difícil puesto que muchas personas consideraban la disección de los cadáveres
(no estoy hablando de la vivisección de cuerpos vivos) algo blasfemo. Los
egipcios, judíos y, finalmente, los cristianos, se horrorizaban ante tal
práctica, y la anatomía desapareció a partir del año 200 a. de C. y quedó restringida
a los animales durante un millar de años.
Las primeras grandes escuelas modernas de medicina en
Europa se fundaron en la Italia renacentista, y fueron las que dirigieron el
mundo occidental durante tres siglos. En la Universidad de Bolonia, Mondino de
Luzzi (1275-1326) fue el primero en llevar a cabo disecciones sistemáticas. En
1316 publicó el primer libro de la historia dedicado enteramente a la anatomía.
Por desgracia, tenía ayudantes para realizar las disecciones, mientras él daba
las conferencias (sin mirar) siguiendo los principios galénicos. Por lo tanto,
cometió egregios errores, pero durante dos siglos y medio su libro fue el mejor
de que se disponía.
(Diré de paso, que el aumento del interés por el arte
naturalista en la Italia del Renacimiento convirtió la anatomía en una
necesidad artística, lo mismo que le ocurriera a la geometría proyectiva. De
este modo, el arte contribuyó a la medicina y a las matemáticas, mientras cada
una de éstas, a su vez, también contribuyó al arte. En la historia existen en
todas partes conexiones entre lo intelectual y la tecnología. Leonardo da Vinci
(1452-1519) diseccionó treinta cadáveres en el transcurso de su vida.)
Finalmente, apareció d primer gran anatomista moderno, un flamenco
llamado Andreas Vesalio (1514-1564). Estudió en las facultades médicas
italianas y quedó fascinado por la anatomía. Consiguió causar sensación, por
ejemplo, al mostrar que el hombre y las mujeres poseen igual número de
costillas, veinticuatro cada uno, distribuidas en doce pares.
A fin de cuentas, la Biblia explicaba que Eva fue creada
de una costilla sacada de Adán, de lo que se dedujo que tenía que faltar una,
no sólo a Adán, sino a todos los hombres. Todo el mundo «sabía» eso sin tener
que mirarlo, hasta que Vesalio lo miró, y lo que fue peor, las contó.
Como resultado de sus investigaciones, Vesalio escribió
uno de los mayores clásicos en la historia científica, la obra Acerca de la
estructura del cuerpo humano. Se publicó en 1543, cuando él tenía veintinueve
años, y fue el mismo año en que Copérnico publicó el libro en el que explicaba
que la Tierra giraba en tomo del Sol, y no al revés. Constituyó un doble éxito
para la ciencia griega.
El libro de Vesalio fue el primero relativamente exacto
acerca de anatomía, y se imprimió. Esto significó que pudo tener ilustraciones
que se podían reproducir con exactitud un gran número de veces, y Vesalio
consiguió un artista de primera clase para que las hiciese, un tal Jan Stephen
van Calcar (1499-1550), discípulo de Ticiano (1477-1576). Las ilustraciones
eran naturalistas, y las de los músculos en particular nunca se habían hecho
mejor.
Otros anatomistas, más ancianos y conservadores,
combatieron con fuerza el libro, simplemente porque no podían apartarse de
Galeno. Veinte años después, consiguieron que Vesalio fuese acusado de herejía,
de destrozar cadáveres y de efectuar disecciones. Se vio obligado a realizar
una peregrinación a Tierra Santa como penitencia, y murió en el transcurso de
una tormenta.
No obstante ni siquiera Vesalio abandonó a Galeno. Estaba
a favor de Galeno y en contra de Aristóteles, en lo de preferir el cerebro al
corazón como sede de la inteligencia; y desde entonces nadie ha tenido la menor
duda al respecto.
Además, en sus investigaciones anatómicas, Vesalio no
encontró el modo de explicar la naturaleza de bomba doble del corazón, excepto
de la misma forma en que lo hiciera Galeno. Por lo tanto, aceptó los poros
invisibles en la pared interventricular del corazón, aunque se supone que al
final de su vida empezó a tener dudas al respecto.
A pesar de los problemas de Vesalio con los poderes
establecidos de su tiempo, revolucionó la anatomía. Después de él, los
anatomistas diseccionaron con cuidado y estudiaron con detalle todo cuanto
veían.
Uno de ellos fue Girolamo Fabrici (1537-1619), conocido
usualmente como Fabricius ab Aquapendente. En 1574, estudió las venas de las
piernas y observó que tenían pequeñas válvulas en toda su longitud. Otros
anatomistas de su época informaron acerca de ellas. y se produjeron fuertes
discusiones acerca de la prioridad.
Sin embargo, Fabrici llevó a cabo el estudio más cuidadoso
y total, y permitió a uno de sus estudiantes publicar ilustraciones de esas
válvulas en 1585, y por ello generalmente se ha atribuido a Fabrici ese
descubrimiento.
No obstante, Fabrici no interpretó correctamente su
función. Seguía esclavo de la noción galénica de los poros interventriculares
que permitían que una sola corriente sanguínea se moviera centrífugamente desde
el corazón hasta los tejidos, donde se consumía.
Quedaba claro que las válvulas impedían que la sangre
fluyese hacia abajo en las venas. La acción muscular, al andar y al realizar
otros movimientos, oprimía las venas de las piernas y otras venas de la parte
baja del cuerpo, y obligaba a la sangre a ir hacia arriba porque era la única
dirección en la que podía circular. Si trataba de ir hacia abajo, en la
dirección de la atracción gravitacional, las válvulas se lo impedían.
Esto significaba que la sangre de las venas y,
posiblemente, en todas las venas, podía moverse sólo en dirección al corazón.
Pero Fabrici no podía aceptarlo, a pesar del hecho de que
(ahora lo sabemos) sencillamente era así. Dio por supuesto que las válvulas tan
sólo retardaban e igualaban el flujo sanguíneo que iba hacia abajo, para que
todas las partes del cuerpo recibiesen su ración. Con esto, Fabrici salvaba la
teoría galénica de la acción del corazón, pero perdió la inmortalidad.
¿Nadie puso en tela de juicio los poros galénicos?
Algunos lo hicieron, ciertamente, pero el primero no fue
un europeo, sino un estudioso árabe, Ibn al-Nafis (1210-1288), nacido cerca de
Damasco.
En 1242 escribió un libro que trataba de cirugía, y en el
mismo negaba específicamente la existencia de los poros de Galeno. Afirmó que
la pared interventricular era gruesa y sólida, y que no había modo de que la
sangre la atravesase.
Y, sin embargo, la sangre tenía que ir de un lado de la
pared al otro de alguna forma. Una bomba doble no tenía sentido.
Al-Nafis sugirió que la sangre del ventrículo derecho era
bombeada en la arteria pulmonar que la llevaba a los pulmones. Allí, en los
pulmones, se dividía en vasos cada vez más pequeños. dentro de los cuales la
sangre tomaba aire de los pulmones. Esos vasos eran luego reunidos en otros
cada vez más grandes, hasta que se vaciaban en las venas pulmonares que llevaba
la sangre, junto con su mezcla de aire, a la aurícula derecha, y de ahí hasta
el ventrículo izquierdo y a la aorta.
De este modo, al-Nafis descubrió la «circulación menor» de
la sangre, y la descripción era muy interesante. La sangre (creada tal vez en
el hígado, como Galeno creía) se vertía en la aurícula derecha y en el
ventrículo derecho, luego viajaba hasta la aurícula izquierda y el ventrículo
izquierdo a través de los pulmones. A continuación, aireada, iba hasta los
tejidos en general.
De este modo, se eliminaban los poros galénicos y se
explicaba la razón de la bomba doble. Era una manera de asegurar que la sangre
cogía aire antes de dirigirse a todos los tejidos.
Pero había dos trampas en las teorías de al-Nafis. En
primer lugar, no existían signos de vasos sanguíneos continuos en los pulmones.
La arteria pulmonar se dividía y subdividía hasta desaparecer, mientras las
venas pulmonares se formaban, aparentemente, de la nada. Era justo suponer que
la subdivisión final se hacía demasiado pequeña para verla, y que las arterias
y venas más pequeñas se conectaban de esta manera. Sin embargo, en este caso,
unos vasos invisibles sustituían a unos poros invisibles. ¿Constituía esto
realmente un progreso?
La segunda trampa es que el libro de al-Nafis no se
conoció en Occidente hasta 1924 (!) y, por lo tanto, no tuvo la menor
influencia en el desarrollo de la moderna teoría médica.
Europa tardó más de trescientos años en captar la
inspiración de al-Nafis, y el que lo hizo fue un médico español llamado Miguel
Servet (1511-1553).
Era la época de la reforma protestante, y toda Europa se
hallaba convulsionada con las discusiones teológicas. Servet desarrolló unas
ideas radicales que incluso hoy se describirían como unitarias. Las expuso sin
el menor cuidado, con lo que enfureció tanto a los católicos como a los
protestantes, dado que ambos estaban comprometidos con la divinidad de Jesús.
En 1536, Servet conoció a Juan Calvino en París. Juan Calvino era uno de los
más destacados de los primeros protestantes, un firme y terco doctrinario.
Cuando Servet envió a Calvino un ejemplar que contenía sus puntos de vista,
Calvino quedó horrorizado e interrumpió la correspondencia, pero no se olvidó
del asunto.
En 1553, Servet publicó anónimamente sus ideas teológicas,
pero Calvino conocía aquellos puntos de vista y reconoció al autor. Lo comunicó
a las autoridades francesas, que arrestaron a Servet. Este consiguió escaparse
tres días después y se dirigió a Italia.
Sin darse cuenta, pasó cerca de Ginebra, que entonces se
hallaba bajo el estricto control del sombrío y amargado Calvino, quien había
fundado una de las más notables teocracias de la Europa moderna. Servet no era
súbdito ni residente de Ginebra. y no había cometido ningún delito en esa
ciudad, por el que pudiese ser retenido legalmente. No obstante, Calvino
insistió en que se le condenara a muerte, por lo que Servet proclamando hasta
el fin su doctrina unitaria fue quemado en la hoguera.
Calvino no quedó satisfecho quemando el cuerpo de Servet.
Le pareció necesario quemar también su mente. Persiguió todos los ejemplares
que pudo del libro de Servet y los quemó también. No fue hasta 1694, un siglo y
medio después de la muerte de Servet, cuando se descubrieron algunos ejemplares
que permanecieron sin quemar, y los eruditos europeos tuvieron la posibilidad
de leer sus puntos de vista unitarios.
Eso hicieron y, tal vez ante su asombro, descubrieron que
también había descrito en el libro la circulación menor (exactamente como había
hecho al-Nafis, si Europa lo hubiera conocido.)
Servet perdió el crédito del descubrimiento, excepto
retrospectivamente, pues en 1559 un anatomista italiano, Realdo Colombo
(1516-1559), había publicado un libro que describía la circulación menor
exactamente como habían hecho al-Nafis y Servet, y esta obra sobrevivió. Por lo
general, se atribuye a Colombo el mérito del descubrimiento, pero su trabajo
fue más detallado y cuidadoso que el de los otros dos y, dadas las
circunstancias, fue la obra de Colombo la que influyó en los avances
posteriores, por lo que tiene bien merecida su fama.
Luego apareció el médico inglés William Harvey
(1578-1657).
Era hijo de un comerciante acomodado, y el mayor de nueve
hijos. Recibió su graduación en Cambridge en 1597, y luego se fue a Italia a
estudiar medicina. Fabrici fue uno de sus maestros.
Harvey regresó a Inglaterra y tuvo un gran éxito
profesional, pues fue médico de la Corte tanto del rey Jacobo I como de Carlos
I.
Harvey era un experimentador. Para él, el corazón era un
músculo que sin cesar se contraía y expulsaba sangre, y debía investigarse
sobre esta base y no otra.
Mediante la disección, estudió las válvulas entre las dos
aurículas y los dos ventrículos de forma cuidadosa, y observó que eran de una
sola dirección. La sangre podía viajar desde la aurícula izquierda al
ventrículo izquierdo y desde la aurícula derecha al ventrículo derecho, pero no
a la inversa.
Y lo que es más, naturalmente Harvey conocía las válvulas
venosas, según le había enseñado el viejo maestro Fabrici. Con el concepto de
las válvulas de una dirección muy claro en su mente, evitó el error de Fabrici.
En las venas, la sangre iba sólo en una dirección hacia el corazón. Incluso
experimentó ligando venas en el transcurso de sus experimentos con animales. De
una forma inevitable, la sangre llenaba y abultaba la vena en el lado alejado
del corazón, mientras trataba de fluir hacia éste y no podía hacerlo. La
situación era precisamente inversa cuando ligaba una arteria, que al instante
se llenaba de sangre y abultaba en el lado hacia el corazón.
En 1615, para Harvey el asunto estaba claro. Finalmente
conocía las diferencias fisiológicas entre arterias y venas. La sangre salía
del corazón a través de las arterias, y luego regresaba al mismo gracias a las
venas. La circulación menor de la que había hablado Colombo era sólo la menor.
Desde el ventrículo izquierdo, la sangre era bombeada a la aorta y luego se
dirigía a los tejidos corporales en general, regresando por las venas a la
aurícula derecha y al ventrículo derecho, desde donde era bombeada a los
pulmones para volver a la aurícula y ventrículo derechos.
En otras palabras; la sangre está, constantemente,
volviendo al punto de partida. «Circula».
Harvey hizo algunos cálculos sencillos que podría haber
hecho Galeno, si la idea de la medición relacionada con la biología hubiera
sido algo claro para los griegos. Harvey mostró que, en una hora, el corazón
bombeaba una cantidad de sangre que era tres veces el peso de un hombre.
Parecía inconcebible que la sangre se formase y consumiese en esa proporción,
por lo que la noción de la circulación de la sangre pareció una necesidad tanto
biológica como experimental.
Harvey, que no era polemista, comenzó a dar conferencias
acerca de la circulación de la sangre en 1616, pero no vertió sus conocimientos
en un libro hasta 1628. Era un ejemplar de 72 páginas, miserablemente impreso
en los Países Bajos, con un papel delgado y barato, y lleno de erratas
tipográficas. Sin embargo, los experimentos en él descritos estaban claros,
eran concisos y elegantes, y las conclusiones resultaban incontrovertibles. El
libro, llamado Acerca de los movimientos del corazón y de la sangre, se
convirtió en uno de los grandes clásicos científicos.
Inevitablemente, el libro de Harvey al principio fue
atacado, pero él vivió lo suficiente para ver que la circulación de la sangre
era aceptada de modo general por la medicina europea. Fue su libro el que
terminó de una vez para siempre con la fisiología galénica.
Y, sin embargo, también aquí había una trampa. La sangre
salía del corazón a través de las arterias y volvía por las venas, pero no
había conexiones visibles entre ambas. Se tenía que dar por supuesto que
existían unas conexiones invisibles: unos tubitos demasiado pequeños para poder
verse, como los poros galénicos invisibles en el músculo interventricular.
Mientras dependamos de la invisibilidad, no podemos estar
seguros.
Ah, pero, ahora había una diferencia. Durante la última
década de la vida de Harvey, los fisiólogos estaban comenzando a emplear
microscopios, muy imperfectos, pero que podían ampliar los objetos que, de
ordinario, eran demasiado pequeños para ser vistos, haciéndolos visibles con
cierto detalle.
El primero en aparecer por un tiempo en este campo fue el
fisiólogo italiano Marcello Malpighi (1628-1694), que había aprendido medicina
en la Universidad de Bolonia y que con el tiempo, aunque a desgana, acabó
convirtiéndose en el médico privado del papa Inocencio XII.
Malpighi comenzó su trabajo con el microscopio en los años
1650, cuando investigaba los pulmones de las ranas. Empezó por ver pequeños
vasos sanguíneos parecidos a cabellos, que no podía percibir sin el
microscopio. Al observar las membranas de las alas de los murciélagos al
microscopio, en 1661, pudo ver realmente pequeñas arterias y venas conectadas
con estos vasos parecidos a cabellos. Los llamó capilares, de las palabras
latinas que significan «parecido a cabello».
El descubrimiento, que completó e hizo perfecto el
concepto de la circulación de la sangre, se efectuó, por desgracia, cuatro años
después de la muerte de Harvey. Pero estoy seguro de que Harvey confiaba en que
los capilares existían y que llegarían a descubrirse.
Un último punto. Cuando el ventrículo izquierdo del
corazón bombea su sangre en la gran aorta, aparecen casi inmediatamente tres
arterias pequeñas, que llevan la sangre más recientemente oxigenada al —¿dónde
si no? —mismo músculo cardiaco. El corazón se sirve el primero y con la mayor
abundancia. ¿Y por qué no? Se lo merece.
Esos vasos son las «arterias coronarias» (porque rodean el
corazón como una corona). Incluso más que las arterias ordinarias, las
coronarias tienen tendencia a obstruirse con el colesterol, si uno come y vive
de forma alocada.
La obstrucción, por lo general tiene lugar donde las
arterias se separan de la aorta, y las pruebas mostraron que mis coronarias (en
orden de tamaño decreciente) se hallaban obstruidas en un 85%, un 70% y un
100%.
Me hicieron un bypass en la coronaria más grande con una
arteria cercana (afortunadamente en perfecto estado). En las dos más pequeñas
me lo hicieron con una vena sacada de mi pierna izquierda.
Estoy asustado y no completamente curado, pero mi corazón
está consiguiendo toda la sangre que necesita; me estoy reponiendo con rapidez
y, con mucho lo más importante, aún puedo escribir estos capítulos.
Quinta parte
TECNOLOGÍA
XIII. ¿QUÉ CAMIÓN?
No soy una persona visual. Y lo que es más, poseo una vida
interior muy intensa, por lo que siempre hay cosas dando saltos en el interior
de mi cráneo, y eso me distrae. Las demás personas se quedan atónitas ante las
cosas que no veo. La gente cambia de peinado y no me doy cuenta de ello. Entran
muebles nuevos en casa, y los utilizo sin hacer el menor comentario.
Sin embargo, en una ocasión, parece que batí el récord al
respecto. Iba caminando por Lexington Avenue, hablando animadamente (como suelo
hacer) con alguien que paseaba conmigo. Crucé la calzada, sin dejar de hablar,
mientras mi acompañante cruzaba también pero con lo que parecía cierta
reluctancia.
Al llegar al otro lado, mi compañero confesó:
—Ese camión no nos ha arrollado por milímetros. —Y yo
respondí, con la mayor inocencia:
—¿Qué camión?
Así que recibí una regañina más bien floja, que no me
reformó, pero que me hizo pensar acerca de la facilidad con que uno puede dejar
de ver los camiones.
Por ejemplo…
Hace algún tiempo, un lector me envió un ejemplar del
número de octubre de 1903 del Munsey´s Magazine, y lo miré con considerable
interés. La enorme sección de anuncios parecía una ventana a otro mundo. Sin
embargo, lo que había causado una particular fascinación al lector, y sobre lo
que quería llamar mi atención, era un articulo titulado «¿Pueden los hombres
visitar la Luna?», de Ernest Creen Dodge, licenciado en Letras.
Era la clase de articulo que yo mismo podía haber escrito
ochenta años atrás.
En realidad, he tenido a menudo la ocasión de preguntarme
si mis propios intentos por escribir acerca de la tecnología del futuro podrían
parecer menos que inspirados a la luz brillante de la visión retrospectiva. Con
frecuencia, he sentido, con bastante tristeza, que sería así, que resultaría
que habría camiones que no había visto, o camiones que había visto y que
realmente no estaban allí.
No puedo esperar vivir ochenta años más y comprobarlo yo
mismo, pero ¿qué pasaría si mirase las observaciones que pudiera haber hecho
ochenta años atrás, y comprobar qué tal sonarían a la luz de lo que ahora
sabemos?
El artículo de Mr. Dodge es la forma perfecta de hacer
esto, puesto que era un hombre claramente racional, con un buen conocimiento de
la ciencia y con una fuerte pero disciplinada imaginación. En resumen, era como
me gusta imaginar que soy yo.
En ciertos aspectos da exactamente en el blanco.
Referente a un viaje a la Luna, dice «… no es, como el
movimiento perpetuo o la cuadratura del círculo, una imposibilidad lógica. Lo
peor que puede decirse es que ahora nos parece tan difícil como debió de
parecerle en otro tiempo el cruzar el gran Atlántico al desnudo salvaje de sus
riberas, sin más navío que un tronco derribado, y sin más remos que sus simples
manos. La imposibilidad del salvaje se convirtió en el triunfo de Colón, y el
sueño imposible del siglo XIX puede convertirse en el logro incluso del siglo
XX».
¡Exactamente! Los seres humanos pisaron la Luna sólo
sesenta y seis años después de que apareciese el artículo de Dodge.
Dodge prosigue con la lista de dificultades del viaje
espacial que, según señala, surgen de forma primaria del hecho de que «el
espacio está en realidad vacío, en un sentido al que ningún vacío artificial se
puede aproximar… una porción del espacio exterior del tamaño de la tierra no
contiene absolutamente nada, por lo que sabemos, excepto unos cuantos granos
flotantes de piedras meteóricas, con un peso tal vez de diez o quince libras en
total».
Dodge es un hombre cuidadoso. Aunque la afirmación parecía
irrefutable en 1903, inserta la cautelosa frase «por lo que sabemos» y estuvo
muy acertado al hacerlo.
En 1903, las partículas subatómicas comenzaban sólo a
conocerse. Los electrones y las radiaciones radiactivas se habían descubierto
menos de una década antes. Sin embargo, se trataba sólo de fenómenos
terrestres, y los rayos cósmicos no se descubrieron hasta 1911. Dodge por lo
tanto, no podía saber que el espacio estaba lleno de partículas energéticas
cargadas eléctricamente de una masa insignificante, pero de una importancia
considerable.
Sobre la base de lo que conocía en 1903, Dodge da la lista
de cuatro dificultades que podrían surgir al viajar desde la Tierra a la Luna a
través del vacío del espacio exterior.
Naturalmente, la primera es que no existe nada para
respirar. De una forma casi correcta, dejó esto de lado señalando que la nave
espacial sería hermética y que transportaría su propia atmósfera interna, igual
que llevaría provisiones de alimentos y bebidas. Por lo tanto, respirar no es
un problema.
La segunda dificultad es la del «terrible frío» del
espacio exterior. Esto Dodge se lo tomo mas en serio.
Sin embargo, es un problema que tiende a ser
sobreestimado. Con seguridad, cualquier trozo de materia que se encuentre en el
espacio profundo y lejos de cualquier fuente de radiación, alcanzaría una
temperatura equilibrada de unos tres grados absolutos, de modo que ésta puede
considerarse «la temperatura del espacio». Cualquier cosa que viaje desde la
Tierra a la Luna, sin embargo, no se encuentra alejada de una fuente de
radiación. Se halla cerca del Sol, como lo están la Tierra y la Luna, y bañada
durante todo el trayecto por la radiación solar.
Y lo que es más, el vacío del espacio es un excelente
aislante del calor. Esto era bien conocido en 1903, puesto que James Dewar
había inventado el equivalente del termo once años antes de que se escribiese
el artículo. Es seguro que existirá calor interior en la nave, aunque sólo sea
por el calor corporal de los mismos astronautas, y se perdería con mucha
lentitud por la radiación a través del vacío. (Es la única forma de perder
calor en el espacio.)
Dodge cree que las naves tendrían que estar protegidas
contra la pérdida de calor con «unas paredes… muy bien acolchadas». También
sugiere el suministro de calor en forma de «grandes espejos parabólicos en el
exterior [que] arrojarían rayos de la luz solar concentrados a través de la
ventana».
Esto es una estimación excesiva, puesto que nada parecido
es necesario. El aislamiento debe colocarse en el exterior de las naves, pero
esto se hace con el propósito de evitar la ganancia de demasiado calor durante
el paso por la atmósfera. La pérdida de calor no preocupa a nadie.
La tercera dificultad deriva del hecho de que la nave se
hallaría en caída libre durante la mayor parte, o la totalidad del viaje de la
Tierra a la Luna, por lo que los astronautas no experimentarán atracción
gravitatoria. A esto Dodge le quita importancia. señalando que «los platos
podrían sujetarse a la mesa. y las personas podrían saltar y flotar, aunque no
pudieran andar».
No especula acerca de posibles cambios fisiológicos
deletéreos, surgidos de la exposición a una gravedad cero, y esto podría
considerarse falta de visión. Una vez más, este punto ha demostrado no ser un
problema. En años recientes, ha habido personas que han permanecido en
condiciones de gravedad cero sin cesar durante más de medio año y.
aparentemente, no han mostrado efectos nocivos permanentes.
El cuarto y último peligro que Dodge considera es la
posibilidad de colisiones meteóricas, pero (a pesar del hecho de que los
escritores de ciencia-ficción siguieron viéndolo como el mayor peligro durante
otro medio siglo) Dodge también rechazó esto, como estadísticamente
insignificante. Y estuvo en lo correcto al hacerlo.
No menciona el quinto peligro, el de los rayos cósmicos y
otras partículas cargadas eléctricamente, algo que, simplemente, no podía saber
en 1903. Hubo algunos recelos en este aspecto después del descubrimiento de los
cinturones de radiación en 1958, pero, como se demostró, no impidieron que la
Humanidad llegase a la Luna.
Así pues, Dodge decidió que no existían peligros en el
espacio que impidiesen a los seres humanos alcanzar la Luna, y estaba en lo
cierto. En todo caso, sobreestimó el peligro del supuesto frío espacial.
La siguiente cuestión era cómo recorrer realmente la
distancia entre la Tierra y la Luna. En este sentido, menciona cinco posibles
«planes». (A uno le da la impresión, aunque en realidad Dodge no lo diga, que
esos cinco planes son los únicos concebibles.)
El más simple es el «Plan de la Torre». Esto implicaría la
construcción de un objeto lo suficientemente alto para alcanzar la Luna, algo
parecido al plan de los constructores de la bíblica torre de Babel. Dodge
menciona la torre Eiffel, que se había construido catorce años antes, y que con
una altura de 300 metros era la estructura más elevada del mundo en la época en
que se escribió el artículo (y siguió siéndolo durante veintisiete años más).
Dice: «juntando la riqueza de todas las naciones se podría
construir un edificio de sólido acero de ocho o diez millas de altura, pero no
mucho más, por la simple razón de que las partes inferiores no podrían ser lo
suficientemente fuertes para soportar el peso que descansaría sobre ellas».
Para llegar a la Luna, se necesitaría «un material de construcción unas
quinientas veces más fuerte que el cemento armado, y eso tal vez no se
descubrirá nunca». (Nótese por ese «tal vez» que Dodge es un hombre cauteloso.)
Existen en el plan otras muchas deficiencias que Dodge no
menciona. La Luna, al tener una órbita elíptica en un ángulo respecto del plano
ecuatorial de la Tierra se aproximaría a la cumbre de la torre sólo en una
ocasión de vez en cuando, y cuando lo hiciera, la gravedad lunar produciría una
gran tensión sobre ella. El aire permanecería sólo en la parte baja de la
torre, gracias a la atracción de la gravedad terrestre, y existiría aún el
problema de atravesar los más o menos 300.000 kilómetros de distancia del
perigeo de la Luna, después de que se construyese la torre (dejando aparte el
atravesarlo al construir la misma). Hay que tachar el «Plan de la Torre».
Dodge no menciona la posibilidad de un «rascacielos de
gancho», una larga estructura vertical en una posición tal entre la Tierra y la
Luna, que la atracción gravitatoria de ambas la mantuviese en su sitio, y que
se podría utilizar para facilitar la travesía de la Tierra a la Luna.
Personalmente, no creo que esto fuese tampoco en absoluto práctico.
El segundo plan de Dodge es el «Plan del Proyectil». Esto
implica el disparar una nave con un cañón gigantesco y hacerlo salir con la
velocidad suficiente para alcanzar la Luna (una vez correctamente apuntado). Es
el método empleado por Julio Verne en su obra De la Tierra a la Luna, que se
publicó treinta y ocho años antes, 1865.
Dodge señala que, para llegar a la Luna, el proyectil debe
salir por la boca del Cañón a la velocidad de 11,2 kilómetros por segundo (la
velocidad de escape de la Tierra), más un poco más para compensar las pérdidas
producidas por la resistencia del aire al pasar a través de la atmósfera. La
nave espacial tendría que acelerar, pasando del estado de reposo a 11,2
kilómetros por segundo, en la longitud del ánima del cañón, y esto aplastaría
por completo a los pasajeros que estuviesen a bordo, sin dejarles ni un solo
hueso entero.
Cuanto más largo fuese el cañón, más baja sería la
aceleración, pero, dice Dodge, «aunque el anima del cañón tuviese la imposible
longitud de 60 kilómetros, los pobres pasajeros se verían sujetos durante once
segundos a un presión equivalente a cien hombres tumbados encima».
Pero supongamos que pudiéramos superar esta dificultad, e
imaginemos que la nave espacial sale por la boca del cañón con los pasajeros
aún vivos. La nave sería un proyectil, moviéndose en respuesta a la fuerza de
la gravedad y nada más. Sería incapaz de alterar su recorrido, como no puede
hacerlo ninguna bala de cañón.
Si la nave estuviese apuntada a la Luna, y finalmente,
aterrizase en ella, chocaría contra la misma a una velocidad de no menos de
2,37 kilómetros por segundo (la velocidad de escape de la Luna). Y esto, como
es natural, significaría la muerte instantánea. O, como dice Dodge, «… a menos
que nuestra nave-obús pudiese llevar en su morro una pila de cojines de 3
kilómetros de altura con los que protegerse, el aterrizaje aún sería peor que
el despegue…».
Naturalmente, la nave no precisaría aterrizar en la Luna.
Dodge no prosigue con este plan, pero el cañón podría apuntarse con sobrehumana
precisión para esquivar la Luna, lo necesario y a la velocidad exacta para
hacer que girase en torno de ella obedeciendo a la gravedad lunar, y volviese
de nuevo a la Tierra.
Si entonces la nave chocase de frente con la Tierra, lo
haría a una velocidad de no menos de 11,2 kilómetros por segundo, con lo que
los pasajeros quedarían abrasados por completo al pasar a través de la
atmósfera de la Tierra, antes de morir destrozados en la colisión con el sólido
suelo o (muy poco mejor a semejante velocidad), el océano. Y si la nave
espacial alcanzase una ciudad, mataría a muchos millares de inocentes también.
La puntería sobrehumana del principio podría traer la nave
de regreso a la Tierra justo lo suficientemente descentrada para atraparla en
la gravedad de la Tierra y ponerla en una trayectoria orbital dentro de las
capas superiores de la atmósfera terrestre. La órbita decaería gradualmente.
Además, podría disponerse algún paracaídas que se abriese y acelerase ese
decaimiento e hiciese descender sana y salva la nave.
Pero esperar todo eso de la puntería es esperar demasiado,
aunque la aceleración inicial no resultase mortífera. Hay que tachar el Plan
del Proyectil.
El tercer plan es el «Plan del Retroceso».
Dodge señala que un cañón puede disparar en un vacío y, al
hacerlo, experimentar un retroceso. Podemos imaginarnos una nave espacial que
fuese una especie de poderoso cañón que lanzase un proyectil hacia abajo, de
modo que el retroceso se produjese hacia arriba. Al retroceder, podría lanzar a
otro proyectil hacia abajo y se daría así un nuevo impulso hacia arriba.
Si la nave disparase proyectiles con la suficiente
rapidez, retrocedería hacia arriba cada vez más aprisa y, de hecho, iría
retrocediendo hasta llegar a la Luna.
Sin embargo, Dodge aduce que el retroceso es cada vez más
grande a medida que la masa del obús aumenta, y que «para ser efectivo, su peso
[realmente, masa] debería ser igual o superior al del mismo cañón».
Así pues, debemos imaginar un objeto que disparase la
mitad de sí mismo, dejando a la otra mitad desplazarse hacia arriba y disparar
la mitad de lo que le quedase a medida que ascendiese, moviéndose así hacia
arriba más deprisa y luego disparar la mitad de lo que ahora restase de si
mismo, y así sucesivamente, hasta que llegara a la Luna.
Pero ¿cómo habría de ser de grande una nave espacial, al
principio, si tiene que disparar la mitad de si misma, luego la mitad de lo que
queda, luego la mitad de lo que queda, y así sucesivamente? Dodge dice: «Sería
necesario un artefacto original del tamaño de una cadena de montañas para hacer
aterrizar simplemente una pequeña caja en la superficie lunar sin que sufriera
daños.» Por lo tanto, opina que el Plan del Retroceso es, aun menos práctico
que el Plan del Proyectil.
Llegamos al cuarto plan: «El Plan de la Levitación».
Este implica nada menos que protegerse, de alguna manera,
de la fuerza de la gravedad. Dodge admite que no se conoce ninguna pantalla
contra la gravedad, pero supone que tal vez sería posible descubrirla en alguna
época futura.
En cierto modo, un globo lleno de hidrógeno parece anular
la gravedad. Realmente parece «caer» hacia arriba a través de la atmósfera y
presentar levitación (de una palabra latina que significa «ligero»), en vez de
gravitación (de una voz latina que significa «pesado»).
En su relato La aventura sin paralelo de un tal Hans
Pfaall, publicado sesenta y ocho años antes, en 1835, Edgar Allan Poe emplea un
globo para viajar a la Luna. Sin embargo, un globo simplemente flota en las
capas más densas de la atmósfera, y no neutraliza realmente la gravedad. Cuando
se eleva hasta una altura en que la atmósfera no es más densa que el gas
contenido en el globo, ya no asciende más. Poe imaginó un gas mucho menos denso
que el hidrógeno (algo que ahora sabemos que no existe, y que no puede
existir), pero ni siquiera eso habría elevado un globo más que una fracción del
1% de la distancia entre la Tierra y la Luna. Dodge lo sabía y por eso no
menciona los globos.
Lo que Dodge quería decir era una verdadera neutralización
de la gravedad, tal y como H. G. Wells empleó en su obra Los primeros hombres
en la Luna, publicado dos años antes, en 1901.
Naturalmente, si se neutralizara la gravedad se tendría un
peso cero, pero ¿eso por sí solo nos llevaría a la Luna? ¿No estaría una nave
espacial con un peso cero meramente sujeta a los caprichos del viento? ¿No iría
simplemente a la deriva de esta manera, y en una especie de movimiento
browniano, y aun cuando finalmente (un finalmente muy alejado, tal vez),
llegara a la parte superior de la atmósfera y siguiera más allá, no podría
entonces estar apartándose de la Tierra en una dirección al azar que sólo llegaría
a las cercanías de la Luna como resultado de una muy poco probable
coincidencia?
No obstante, Dodge tenía una noción mejor de todo ello.
Imagínense que están ustedes en una nave espacial en reposo en el ecuador de la
Tierra. La Tierra gira sobre su eje, de modo que cada punto en el ecuador,
incluyendo la nave espacial, se mueve sobre el eje a una velocidad de unos 0,46
kilómetros por segundo. Ésta es una velocidad supersónica (unos 1,5 Mach), y si
intentasen ustedes agarrarse a un objeto corriente que estuviese girando a su
alrededor a semejante velocidad, no podrían sujetarse durante la más pequeña
fracción de segundo.
Sin embargo, la Tierra es muy grande, y el cambio de
dirección de la línea recta en el tiempo de un segundo es tan pequeño, que la
aceleración interior es bastante moderada. La fuerza de la gravedad en la nave
es lo suficientemente fuerte para retenerla en la superficie de la Tierra, a
pesar de la velocidad con que la hace girar. (Tendría que dar vueltas alrededor
de la Tierra a diecisiete veces esta velocidad antes de que la gravedad cesase
de ser lo suficientemente fuerte para retenerla.)
Pero supongamos que la nave espacial posee una pantalla
antigravedad que protege todo su casco, y en un momento determinado se activa.
Ahora, sin gravedad que tire de ella es soltada de la Tierra como un terrón de
fango de un volante que gira. Se movería en una línea recta tangente a la curva
de la Tierra. La superficie de la tierra descendería bajo ella, con lentitud al
principio, pero cada vez más aprisa, y si se tuviese cuidado de activar la
pantalla justo en el momento oportuno, el vuelo de la nave cortaría finalmente
la superficie de la Luna.
Dodge no menciona que el movimiento curvo de la Tierra
alrededor del sol introduciría un segundo factor, y que el movimiento del Sol
entre las estrellas añadiría un tercer componente. Eso representaría, no
obstante, unos ajustes comparativamente menores.
El aterrizaje en la Luna sería mejor que en los planes
anteriores, ya que una nave espacial no afectada por la gravedad de la Luna no
tendría que aproximarse a la misma a la velocidad de escape. Una vez la nave
estuviese casi tocando la Luna, la pantalla antigravedad se desconectaría y la
nave, sujeta de repente a la relativamente débil gravedad de la Luna, caería
desde unos pocos centímetros, con una leve sacudida.
Pero ¿qué pasaría con el regreso? La Luna gira sobre su
eje muy lentamente, y un punto en su ecuador viaja a una velocidad de 1/100 de
un punto en el ecuador terrestre. El empleo de la pantalla antigravedad en la
Luna daría a la nave espacial sólo 1/100 de la velocidad que tenía al abandonar
la Tierra, por lo que el viaje desde la Luna a la Tierra sería 100 veces más
largo que desde la Tierra a la Luna.
No obstante, podemos descartar todo esto. Albert Einstein
promulgó su teoría general de la relatividad trece años después de que se
escribiese el artículo de Dodge, por lo que no se puede culpar a éste de no
saber que esa pantalla antigravedad es algo simplemente imposible. Hay que
tachar el Plan de la Levitación.
Dodge tiene más esperanzas en su quinto plan, «El plan de
la Repulsión». Aquí no confía sólo en algo que le permita neutralizar la
gravedad, sino en alguna clase de fuerza repulsiva que, de un modo activo,
desequilibre la atracción gravitatoria.
A fin de cuentas, existen dos clases de carga eléctrica y
dos clases de polo magnético, y, en cualquier caso, tanto las cargas como los
polos se repelen mutuamente. ¿No podría haber una repulsión gravitatoria igual
que hay una atracción gravitatoria, y no sería posible que las naves espaciales
empleasen algún día una combinación de ambas, unas veces alejándose de un
cuerpo astronómico y otras siendo atraídas hacia él, y no podría esto ayudarnos
a llegar a la Luna?
Dodge, realmente, no dice que pueda existir algo como la
repulsión gravitatoria, y su prudencia es buena, puesto que, según el posterior
punto de vista einsteiniano, la repulsión gravitatoria es imposible.
Sin embargo, Dodge menciona la presión de la luz,
señalando que, en algunos casos, puede contrarrestar la fuerza de la gravedad.
Emplea como ejemplo las colas de los cometas. Cabría esperar que la gravedad
atrae las colas hacia el Sol, pero la presión de la luz solar las empuja en
dirección opuesta, venciendo así la gravitación.
En realidad, aquí se equivoca, puesto que resulta que la
presión de la luz solar es demasiado débil para realizar eso. Es el viento
solar el que lo efectúa.
La presión de la luz podría emplearse como una fuerza
motivadora, seguramente, pero sería demasiado débil para actuar contra la
cercana atracción de un cuerpo de cierto tamaño o, en lo que se refiere a eso,
contra la resistencia del aire. En primer lugar, una nave espacial tendría que
encontrarse en pleno espacio profundo, y debería tener velas que fuesen
sumamente sutiles y de un área de muchos kilómetros cuadrados.
Elevar una nave espacial desde la superficie de la Tierra
hacia la Luna por la presión de la luz, o cualquier cosa de este tipo, resulta
imposible. Hay que tachar el Plan de la Repulsión.
Y esto es todo. Dodge era un hombre inteligente y con
conocimientos, que comprendía con claridad la ciencia (la de 1903); sin
embargo, si consideramos sólo sus cinco planes tal y como los describe, ninguno
de ellos tiene la más mínima posibilidad de permitir a los seres humanos viajar
de la Tierra a la Luna.
¡Y, sin embargo, se ha hecho! Mi padre estaba vivo cuando
se escribió ese artículo, y vivió para ver a los seres humanos pisar la Luna.
¿Cómo es esto posible?
¿Ya se han percatado de la palabra que Dodge omitió? ¿Se
han dado cuenta de que no vio el camión? ¡No mencionó el cohete!
No había ninguna razón para que lo omitiera. Los cohetes
se conocían desde hacía ocho siglos. Se habían empleado en la paz y en la
guerra. En 1687, Newton había explicado a fondo el principio del cohete.
Incluso antes, en 1656, Cyrano de Bergerac, en su relato Un viaje a la Luna
hizo una lista de siete maneras de llegar a la Luna, e incluyó a los cohetes
como uno de los métodos.
Así pues ¿cómo es que Dodge lo excluyó? No porque no fuese
un hombre agudo. En realidad, al final de su artículo fue lo suficientemente
brillante para ver algo, en 1903, por lo que yo he estado trabajando como un
loco para que la gente lo comprendiera ahora, ocho décadas después. (Hablaré de
ello en el capítulo siguiente.)
No, no mencionó los cohetes porque los mejores de nosotros
en ocasiones no vemos el camión. (Me pregunto, por ejemplo, qué camiones
estamos dejando de ver ahora mismo.)
Dodge casi lo consiguió con su plan del retroceso, pero
sólo porque cometió un disparate. Pensó que, para conseguir un retroceso
decente, el cañón debía disparar un obús que tuviese una masa por lo menos
igual a sí mismo, y eso es un error.
Lo que cuenta en el disparo y en el retroceso, en la
acción y en la reacción, es el momento. Cuando una bala sale de un arma con
cierto momento, esta última debe ganar un momento igual en la dirección
opuesta, y el momento es igual a la masa multiplicada por la velocidad. En
otras palabras, una masa pequeña produciría el suficiente retroceso si se
moviese a suficiente velocidad.
En los cohetes, los vapores calientes expelidos se mueven
hacia abajo a gran velocidad, y lo hacen continuamente, por lo que el cuerpo
del cohete se impulsa hacia arriba con sorprendente aceleración, considerando
la pequeña masa del vapor expulsado. Aún sigue haciendo falta una gran masa
para hacer llegar a la Luna un objeto comparativamente pequeño, pero la
diferencia se halla muy lejos de lo que Dodge temía.
Además, el efecto de retroceso es continuo durante tanto
tiempo como esté ardiendo el combustible y los vapores se expulsen, y esto es
equivalente a un proyectil que es desplazado centenares de kilómetros a lo
largo de un cañón. La aceleración se hace lo suficientemente pequeña para ser
soportable.
La posesión de un depósito de reserva de combustible, una
vez el cohete se encuentra ya camino de la Luna, significa que el cohete se
puede maniobrar; se puede frenar su descenso a la Luna; puede despegar de nuevo
hacia la Tierra a voluntad; y puede maniobrar de modo apropiado para entrar en
la atmósfera terrestre.
Y esto es todo realmente, excepto por dos coincidencias,
una moderada y la otra disparatada, y ya saben lo que me gustan las
coincidencias.
La coincidencia moderada es ésta: El mismo año en que se
escribió ese artículo para el Munsey's Magazine, Konstantin Tsiolkovski
comenzaba una serie de artículos en una revista de aviación rusa, que trataban
de la teoría de los cohetes aplicada, específicamente, a los viajes espaciales.
Fue el primer estudio científico de esta clase, de modo que la moderna
cohetería astronáutica empezó exactamente en la época en que Dodge especulaba
acerca de todo menos de los cohetes.
La coincidencia disparatada es ésta: Inmediatamente
después del articulo de Dodge, en el que no mencionaba la palabra «cohete» ni
se daba cuenta de que era el cohete, y sólo el cohete, lo que permitiría que
los seres humanos lograsen la gran victoria de llegar a la Luna, apareció,
naturalmente, otro artículo, ¿y cuál creen que era el título de este artículo?
No se molesten en adivinarlo. Se lo diré.
Se titulaba La gran victoria del cohete.
No, no es que alguien corrigiese la omisión de Dodge. Sólo
es un relato de ficción, con el subtítulo: «La estratagema con la que Willie
Fetherston ganó una carrera y una novia».
Y en esta historia, El cohete es el nombre de un caballo.
XIV. DONDE TODO EL CIELO ES RESPLANDOR
Un amigo mío, que es editor (casi todos mis amigos parecen
ser escritores, editores, o directores de publicaciones, lo cual es muy raro…,
o tal vez no sea tan raro), me pidió que escribiese un libro de quintillas
humorísticas para niños.
—Que sean sencillas —me pidió con gravedad, habiéndose
enterado de algunas de mis hazañas previas en esta dirección—. Es decir, si
sabes hacer ese tipo de cosas.
—Naturalmente que sé hacerlas —respondí, en el tono
agraviado que empleo cuando alguien sugiere que existe algún estilo en el que
no sé escribir si me lo propongo.
—Muy bien, pues. Quiero cincuenta.
Así que, una semana después, le entregué mis quintillas,
él me preguntó:
—¿Estás seguro de que has hecho cincuenta?
No podía creerlo. En realidad me había dado pie para
aquello que más había soñado. No obstante, disimulándolo, le pregunté de una
forma desenvuelta:
—¿Puedo leerte mi última quintilla?
Y lo hice:
50. FINAL
Algunos dicen que mis rimas son una birria,
otros que tengo a la poesía tirria.
Pero no lo tomo en cuenta,
pues ahora que la ocasión se presenta,
las he acabado. Contadlas. ¡Son cincuenta!
Quedó perplejo.
—No te creo —dijo —Estás improvisando. Déjame ver eso.
Le mostré la página. Estaba todo allí.
—¿Cómo sabías que dudaría del número? —pregunto.
—¿Y lo preguntas? ¿Tú con tu desagradable y suspicaz
naturaleza?
(No es así, por favor compréndalo. Se trata de una persona
deliciosa, como lo son todos mis amigos escritores/editores/directores de
publicaciones, para mi infinita dicha.)
Lo mejor de la situación es que mi amigo quedó tan
superaterrado por lo apropiado de mi última quintilla, que aceptó las cincuenta
sin pedir una sola revisión o sustitución. Ello prueba el poder de un final
fuerte, y esto me hace volver al artículo de 1903. en el Munsey's Magazine, del
que he hablado en el capítulo anterior.
Si lo recuerdan, el artículo de Ernest Green Dodge,
licenciado en Letras, titulado ¿Pueden los hombres visitar la Luna?, daba una
lista de cinco maneras posibles por las que se podría visitar la Luna, cada una
de las cuales era por completo imposible, aunque había omitido un método el de
los cohetes, que era en realidad posible, y que fue el que se usó finalmente.
Sin embargo, en la última sección del artículo,
consideraba brevemente esta pregunta: «¿Qué utilidad tiene la Luna, en el caso
de que el hombre consiga llegar hasta ella?»
Señalaba que carece de vida, de aire y de agua, y que es
«inenarrablemente fría» durante su larga noche. En esto tiene razón, pero luego
continúa y comete el curioso error de decir que la temperatura en la Luna «está
por debajo del punto de congelación incluso a mediodía».
En realidad, pasaría otro cuarto de siglo antes que se
llevasen a cabo delicadas mediciones de la temperatura de la superficie lunar.
De todos modos, considerando que los rayos del Sol alcanzan la superficie de la
Luna de una manera tan concentrada como cuando llegan a la Tierra, y que en la
Luna no existen corrientes de aire ni agua que alejen el calor y lo dispersen
de una forma más o menos al azar por todo el Globo, y que en la Luna el
resplandor del Sol se mantiene sin interrupción durante catorce días en un solo
lugar, resultaba razonable (y de hecho inevitable), incluso en 1903, llegar a
la conclusión que, durante el día lunar se alcanzaban elevadas temperaturas.
En realidad, la temperatura de la Luna en su ecuador, a
mediodía, se encuentra un poco por encima del punto de ebullición del agua.
De todos modos, aunque Dodge se equivocase en la letra,
estaba acertado en el espíritu, puesto que una temperatura tan elevada aún
haría que la Luna fuese menos agradable que otra que estuviera por debajo del
punto de congelación.
Dodge señala que, a pesar de esto, «los hombres podrían
habitar allí, durante algún tiempo, en unas casas de paredes gruesas,
herméticas, y podrían salir al exterior con ayuda de unos trajes también
herméticos». Ahora los llamamos trajes espaciales, y los astronautas vivirán
bajo tierra, con mayor probabilidad que en «casas», pero la pregunta sigue en
pie: ¿Para qué pasar por tantos problemas?
Dodge da cinco respuestas que, en mi opinión, consiguen
tocar todos los puntos. Consideremos, por turno, cada una de ellas.
1) «Los científicos encontrarían en los eriales lunares un
campo nuevo para la exploración.»
Naturalmente. en el año 1903 se hallaba en todo su apogeo
la exploración polar. Hombres intrépidos se encaminaban tanto al Polo Norte
como al Polo Sur con gran determinación. Robert E. Peary alcanzó el primero en
1909, y Roald Amundsen el segundo en 1911.
Es posible que Dodge tuviese en mente ese tipo de
exploración, y, de ser así, no contó lo suficiente con los avances técnicos.
Satélites colocados en órbita en la Luna enviaron miles de fotografías a la
Tierra y a partir de ellas se pudo elaborar un mapa completo de la Luna sin que
ningún ser humano tuviese que abandonar la Tierra. Esto prácticamente no dejó
nada que hacer a los exploradores de tipo clásico como Peary/Amundsen.
Sin embargo, la afirmación sigue siendo correcta. Los
científicos encontrarían en la Luna un campo para la exploración, si hablamos
de la búsqueda de sutiles fragmentos de pruebas geológicas, físicas y químicas
que arrojarían luz sobre la pasada historia de la Luna (y, asimismo, del Sol.
la Tierra y del Sistema Solar en general). Esto va se está haciendo con las
rocas lunares traídas por los astronautas del Apolo, pero podría realizarse de
una forma más efectiva y con mayores detalles si existiera una base permanente
en la Luna.
2) «Los astrónomos podrían plantar allí sus telescopios,
libres de su más serio inconveniente: la atmósfera terrestre.»
Aquí no hay nada que discutir. Estamos planeando poner
telescopios de un tamaño mediano en órbita en torno de la Tierra, por lo que se
podría suponer que la Luna no se necesita realmente. ¿Y si suponemos, sin
embargo, que deseamos emplear un sistema de radiotelescopio realmente grande
fuera de la creciente interferencia de las ondas de radio emitidas por la cada
vez más potente tecnología terrestre? La plataforma que nos proporcionaría el
lado más alejado de la Luna. con más de 3.000 kilómetros de rocas protegiéndola
de la Tierra, sería algo que no tendría paralelo. (En el tiempo en que Dodge
escribía, la proeza de Guglielmo Marconi de enviar ondas de radio a través del
Atlántico se había producido menos de dos años atrás. No podemos culpar a Dodge
por no soñar en algo parecido a la radioastronomía. ¿Quién lo hubiera hecho
entonces?)
3) «Los turistas de la clase adinerada y aventurera no
dejarían de visitar el satélite, y podrían mantenerse costosos hoteles para
acomodarlos.»
Recuerden que esto era en 1903, cuando se esperaba de los
retoños de las familias dirigentes británicas que fuesen a África o la India
para ayudar a la construcción del Imperio, y donde las clases superiores,
privadas de un honesto trabajo, se veían forzados a ocuparse en frivolidades
tales como el alpinismo y la caza mayor. (¿Se notan mis prejuicios?) Sin
embargo, estoy seguro de que llegará a haber turismo lunar, pero confío en que
ello será, en el mayor grado posible, para todas las «clases».
4) «Es muy probable que se descubran vetas de metales
preciosos, yacimientos de diamantes y una gran abundancia de azufre, en un
mundo que tiene un carácter tan altamente volcánico.»
Es indudable que Dodge creía que la Luna era de naturaleza
«altamente volcánica» porque daba por supuesto que los cráteres eran producto
de volcanes activos en otro tiempo. En la actualidad está bastante claro que
los cráteres son el resultado del bombardeo meteórico en los primeros estadios
de la formación del Sistema Solar, cuando había aún fragmentos de materia
uniéndose para formar mundos. De todos modos, esos grandes choques podrían
haber roto la corteza y permitido que brotara el magma para formar los mares
lunares. Así que dejaremos esto.
Pero ¿y lo de «vetas de metales preciosos, yacimientos de
diamantes»? Sabemos ahora que no existen minas de plata, oro, platino o
diamantes, pero demos por supuesto que Dodge no podía saberlo en 1903.
Incluso así, supongamos que se encontrasen en gran
abundancia en la Luna esos metales preciosos y diamantes. ¿Y qué? La tarea de
ir hasta allí para obtenerlos. y luego traerlos, aumentaría tanto su coste que
resultaría más barato seguir hurgando en la agotada corteza terrestre.
Aun cuando, de alguna manera, el avance tecnológico
hiciera posible traer todas esas cosas «preciosas» de un modo barato, no
tendría ninguna utilidad. Dodge cometió el error de confundir objetos costosos
con objetos valiosos. El oro, la plata, el platino y los diamantes son caros y
codiciados porque son raros. Los diamantes pueden usarse en la industria como
abrasivos. el platino para objetos de laboratorio, el oro para empastes en
odontología. y la plata en películas fotográficas, pero si todos esos materiales
fuesen tan comunes como el hierro, los usos que pudiéramos imaginar para ellos
resultarían insuficientes para consumir más de una pequeña fracción de la
cantidad de la que se dispondría.
Quedaría su empleo como adornos, puesto que estas cosas,
el oro y los diamantes en particular, son innegablemente bellos. No obstante,
si fuesen tan corrientes que estuviesen al alcance de todos, ya no serían
codiciados. No creo necesario discutir sobre este punto.
De ello se deduce, pues, que carece de importancia el que
haya o no en la Luna metales preciosos o gemas. Lo que necesitamos para que
merezca la pena ir a la Luna es que haya algún producto valioso, más bien que
costoso, y que pueda usarse en la Luna o en el espacio cercano.
Dodge se acerca más al blanco al mencionar el azufre. El
azufre no es una sustancia bella, ni una cosa que sea codiciada por sí misma.
Sin embargo, constituye la base del ácido sulfúrico que, dejando aparte
materias básicas tales como la energía, el aire, el agua y la sal, es la
sustancia individual más útil en las industrias químicas.
Pero aunque Dodge se equivoque en sus ejemplos, tiene
razón en el fondo, puesto que la corteza lunar puede emplearse como fuente de
diversos metales estructurales, de arcilla, de suelo, de cemento, de vidrio, de
oxigeno, todo lo cual constituye materias primas para la construcción de
estructuras en el espacio. En realidad, si vamos a tener una tecnología
espacial, ésta estará apoyada, principalmente, por la explotación en la Luna.
A continuación Dodge entra en su punto final. y llegamos
al final fuerte del que he hablado en la introducción de este capítulo. Dice:
«La población mundial es capaz de un gran crecimiento… Y las necesidades
mundiales de fuerza motriz [energía] está creciendo mucho más rápidamente que
la población.»
En esto Dodge está totalmente acertado, pero resulta obvio
que cualquier persona que pensara lo hubiera visto, incluso en 1903, de haberse
molestado en pensar en esa dirección. No obstante, supongo que muy pocas
personas, en 1903, hubieran sentido alarma alguna en lo referente a este
asunto. La Humanidad occidental estaba aún en la cresta de la ola del optimismo
del siglo XIX, y todavía faltaban once años para que la Primera Guerra Mundial
hiciese añicos todo esto.
Sin embargo. Dodge prosiguió y puso el dedo en algo que le
señaló como un hombre dos generaciones por delante de su tiempo. Dice:
«Nuestros abastecimientos de carbón y madera son limitados, y muy pronto
quedarán agotados».
En tiempos de Dodge, ya se utilizaban fracciones del
petróleo como combustible, pero aún en muy pequeña escala. Dodge no previó que
la proliferación de los motores de combustión interna en todo, desde coches a
aviones, haría que el petróleo. en el transcurso de medio siglo, alcanzase la
condición de principal combustible de la Humanidad, dejando al «carbón y a la
madera» en la sombra.
No obstante esto no afecta a lo bien fundado de su
observación, puesto que el petróleo se halla en cantidad más limitada que el
carbón, y. a diferencia de la madera, no es renovable. En resumen, el carbón y
el petróleo es probable que algún día se agoten el petróleo mucho antes que el
carbón, y la madera sola no podrá sustentar nuestra actual población y
tecnología. Entonces ¿qué podemos hacer?
Dodge conoce fuentes alternativas de energía. Dice: «Los
saltos de agua pueden hacer mucho. Los molinos de viento pueden hacer no poco.»
La implicación es clara en cuanto a que. de todos modos, por si mismos no
pueden ser suficientes. Existen otras fuentes alternativas que no menciona: la
energía de las olas, las corrientes oceánicas, mareas, diferencias de
temperatura entre la superficie y las profundidades tanto de la tierra como del
mar, etcétera. Todos ellos son, o pueden ser útiles, pero tal vez todos juntos
aún no resulten suficientes.
No menciona (ni siquiera soñaba con ello, supongo) la
energía nuclear, aunque su existencia había sido descubierta unos pocos años
antes, y H. G. Wells había especulado sobre el asunto ya en 1901. De todos
modos, en 1903 era aún un poco pronto y no voy a regañar a Dodge por haberlo
pasado por alto.
Sin embargo. Dodge sigue diciendo: «Las maquinas solares
con espejos cóncavos para reunir los rayos del Sol se han puesto últimamente en
práctica. y en el futuro llegaran a realizar maravillas, aunque sus recursos,
en nuestra atmósfera pesada y nubosa, no son ilimitados. Pero las máquinas
solares funcionarán con mayor ventaja en la Luna que en la Tierra.»
Encuentro esto notable. Estaba pronosticando las centrales
de energía solar en el espacio cuarenta años antes de que yo especulase acerca
de ello en mi relato Razón, y sesenta años antes de que los científicos
comenzasen a pensar seriamente en ellas. Me pregunto si ésta no podría ser la
primera mención razonable de una cosa así. (Si alguno de mis Gentiles Lectores
sabe de un caso anterior, científico o de ciencia-ficción, me gustaría
conocerlo).
En realidad, Dodge piensa en la energía solar en términos
de una concentración de los rayos del Sol. una concentración que daría más
calor en un pequeño lugar de lo que ocurriría de otra forma. Los grandes
espejos concentrarían la luz sobre un depósito de agua, haciéndola hervir y
produciendo así vapor. De este modo tendríamos una máquina de vapor, ocupando
la luz solar el lugar del carbón como productor del vapor. Esto tendría la
ventaja de que el Sol, a diferencia del carbón, no se agotaría nunca o, por lo
menos, no lo haría en miles de millones de años.
Dodge, al explicar las ventajas de la Luna, muestra con
claridad que está pensando en una máquina de vapor, puesto que dice que la
máquina lunar trabajaría mejor «debido, en parte, a la ausencia de nubes y
neblinas, pero principalmente por la baja temperatura a la que los vapores
condensados se descargarían desde los cilindros». (Aquí, una vez más, Dodge
actúa creyendo que la superficie lunar sería muy fría incluso bajo un sol
esplendoroso.)
Sin embargo, en 1903. un empleo crecientemente importante
de las máquinas de vapor consistía en hacer girar un generador para producir
corriente eléctrica. Ese uso se fue haciendo cada vez más importante en las
décadas que siguieron, pero, incluso en 1903, hubiera sido posible preguntarse
si la luz del Sol en la Luna no podría convertirse directamente en
electricidad, en lugar de tener que hacerlo mediante la máquina de vapor. A fin
de cuentas, esa conversión directa («fotoelectricidad») ya se conocía.
En 1840, el físico francés Alexandre Edmond Becquerel
mostró que la luz podía producir ciertos cambios químicos que, a su vez, podían
producir corrientes eléctricas. Esto no era por completo una conversión directa
de la luz en electricidad, pero presentaba una relación.
Algo más directo implicaba el elemento selenio, que, junto
con su gemelo el telurio, se parece mucho al azufre en sus propiedades
químicas. De ambos, el telurio, aunque es el menos común, fue el primero en
descubrirse.
El telurio fue descubierto en 1783 por un mineralogista
austríaco, Franz Joseph Muller. El descubrimiento fue confirmado en 1798 por el
químico alemán Martin Heinrich Klaproth, que cuidó de conceder todo el crédito
a Müller. Fue Klaproth quien dio al nuevo elemento su nombre, telurio, de la
voz latina que designa la Tierra. Al parecer eligió este nombre porque había
descubierto anteriormente un elemento al que había denominado uranio, según el
recién descubierto planeta Urano, que, a su vez, había sido llamado así por el
dios griego de los cielos. Así, los dos elementos llevaban el nombre de la
Tierra y el cielo.
En 1817, el químico sueco Jöns Jakob Berzelius descubrió
unas trazas de una sustancia desconocida en el ácido sulfúrico, algo que él
tomó por un compuesto del telurio. Tras examinarlo más detenidamente, decidió,
en 1818, que lo que había encontrado era una sustancia que no contenía telurio,
sino un elemento extraño similar al mismo en sus propiedades. Quiso equilibrar
la «Tierra» que el telurio presentaba, y dado que «cielo» ya se había usado,
eligió «Luna», y llamó al nuevo elemento selenio, según la diosa griega de la
Luna.
El selenio existe en diferentes formas, dependiendo de la
disposición de sus átomos. Una de esas formas es de un color gris plateado que,
en ocasiones se llama «selenio gris». Éste muestra ciertas propiedades
metálicas y posee, por ejemplo, una leve tendencia a conducir una corriente
eléctrica, aunque otras formas del elemento no lo hacen.
La tendencia es muy pequeña, pero, en 1873, Willoughby
Smith observó que, cuando el selenio gris se expone a la luz solar, la
conductividad eléctrica del elemento aumenta marcadamente. En la oscuridad, la
conductividad disminuye, tras un breve intervalo, hasta alcanzar de nuevo el
bajo nivel original. El descubrimiento no suscitó gran interés en la época,
pero fue la primera demostración de una conversión directa de la luz en
electricidad.
Luego, en 1888, el físico alemán Heinrich Rudolf Hertz
estaba experimentando con corrientes eléctricas obligadas a saltar a través de
un entrehierro (experimentos que dieron como resultado el descubrimiento de las
ondas radio). Vio que, cuando brillaba la luz ultravioleta en el lado cargado
negativamente del entrehierro, la corriente eléctrica lo saltaba con mayor
facilidad que al contrario. Esta vez el mundo de la ciencia escuchó, y suele
atribuirse a Hertz el mérito del descubrimiento del efecto fotoeléctrico aunque
existía ya en el hallazgo, por parte de Smith, de la conducta del selenio,
quince años antes.
El efecto fotoeléctrico se produce porque la luz puede
hacer salir los electrones de los átomos, si se dan las apropiadas longitudes
de onda y los átomos apropiados. Los físicos no tuvieron explicación para los
detalles exactos del efecto hasta 1905, cuando Albert Einstein aplicó al
problema la entonces nueva teoría del cuanto, y consiguió con ello el premio
Nobel.
Sin embargo, la aplicación práctica de un fenómeno
observado no tiene por qué esperar a la explicación científica apropiada.
Por ejemplo, en 1889, sólo un año después de la
demostración de Hertz del efecto fotoeléctrico, dos físicos alemanes, Johann P.
L. J. Elster y Hans Friedrich Geitel, estaban trabajando juntos sobre este
fenómeno.
Pudieron demostrar que algunos metales presentaban el
efecto fotoeléctrico con mayor facilidad que otros. (Es decir, que los
electrones eran más fácilmente liberados de algunos tipos de átomos que de
otros.) Los metales álcali eran más sensibles al efecto, y los metales álcalis
más comunes eran el sodio y el potasio. Por tanto, Elster y Geitel trabajaron
con una aleación de sodio y potasio, y descubrieron que una corriente podía ser
forzada a través de ellos y por un entrehierro sin dificultad en presencia de
luz visible, pero no en la oscuridad.
Esta fue la primera «célula fotoeléctrica», o
«fotocélula», y se emplea para medir la intensidad de la luz. A mayor
intensidad, mayor corriente eléctrica, y mientras la primera era difícil de
medir directamente, la segunda resultaba muy fácil de medir.
Aunque los científicos podían. y lo hicieron, emplear la
fotocélula de sodio-potasio con fines científicos, resultaba muy poco práctica
para la vida cotidiana. El sodio y el potasio son sustancias sumamente activas
y peligrosas. y requieren el mayor de los cuidados en su manipulación.
Aproximadamente en la misma época en que Elster y Geitel
producían su fotocélula. un inventor estadounidense, Charles Fritts, utilizaba
la rara propiedad del selenio gris que Smith había observado con anterioridad.
Fritts preparó pequeñas obleas de selenio, revestidas con una delgada capa de
oro. Las incorporó a un circuito eléctrico de tal forma que una corriente sólo
fluía cuando las obleas de selenio (otro tipo de fotocélula) estaban
iluminadas.
Así pues, las fotocélulas existían va desde hacía unos
cuatro años cuando Dodge escribió su articulo en Munseys Magazine. Sin embargo,
eran unos objetos raros, y no puedo culpar a Dodge si no había oído hablar de
ellos. Y lo que es más, aunque las conociese, apenas parecían ser, en aquel
tiempo, más que pequeños artilugios condenados para siempre a usos menores, y
ciertamente no candidatos a la conversión en gran escala de la luz solar en
energía útil. En realidad, a pesar de las grandilocuentes alegaciones de
Fritts, la fotocélula de selenio convertía en electricidad menos del 1% de la
luz que caía sobre ella, una eficacia espantosamente baja.
De todos modos, las fotocélulas de selenio podrían
utilizarse para unos interesantes propósitos menores. El más familiar de ellos
para el público en general es el «ojo eléctrico».
Supongamos que una puerta está equipada con algún
dispositivo que puede mantenerla abierta si se deja que funcione sin
impedimentos. Supongamos, además, que una pequeña corriente eléctrica puede
accionar un relé que active otro mayor que sirva para cerrar la puerta. La
pequeña corriente eléctrica pasa a través de un circuito que incorpora una
fotocélula de selenio.
Imaginemos a continuación una pequeña fuente de luz en un
lado de la puerta que envía un débil rayo a través de ésta hasta la fotocélula
de selenio que se halla en el otro lado. Mientras ese pequeño rayo existe, la
fotocélula de selenio permite el paso de la pequeña corriente que activa el
relé y mantiene las puertas cerradas.
Si, en cualquier momento, se produce una interrupción del
rayo de luz, incluso durante muy poco tiempo, la fotocélula de selenio,
momentáneamente en la oscuridad, se resiste a permitir que pase la corriente.
La débil corriente falla, el relé no es activado, y ya no hay nada que mantenga
las puertas cerradas. Por lo tanto, la puerta se queda abierta hasta que la luz
funciona de nuevo y entonces se cierra.
Una persona que se aproxime a la puerta bloquea la luz con
su cuerpo apenas llega allí. La puerta se abre «por si misma» un momento para
permitirle pasar, y luego se cierra otra vez.
(Siempre he creído que si alguien no supiera nada acerca
de ojos eléctricos, se podría hacer que le observara a uno acercarse a la
puerta y entonces gritar: «¡Ábrete, Sésamo!» Durante un desconcertante momento.
el observador creería encontrarse en el cuento de Alí Babá de Las mil y una
noches. Eso es lo que Arthur C. Clarke intenta decir cuando afirma que la
tecnología avanzada equivale a la magia para un no iniciado.)
La fotocélula de selenio, y las fotocélulas en general, no
fueron mejoradas de forma perceptible hasta mediado el siglo XX. En 1948, los
científicos de Bell Telephone inventaron el transistor (véase X representa lo
desconocido, del mismo autor), y eso lo cambió todo. El transistor funciona
porque pueden liberarse electrones de átomos como los del silicio o el
germanio. Por lo tanto, la investigación en el campo de los transistores
significa investigar algo que podría presentar un efecto fotoeléctrico.
Esto, en realidad, no resultó inmediatamente obvio, y
cuando Darryl Chapin, de Bell Telephone, estaba buscando alguna fuente de
electricidad que pudiese emplearse para los sistemas telefónicos en áreas
aisladas (algo que mantuviese en funcionamiento los sistemas si fallaban las
fuentes tradicionales), probó las fotocélulas de selenio. No funcionó. No podía
convertirse en electricidad una cantidad suficiente de luz solar para hacerlo
de uso práctico.
No obstante, en otra sección de Bell Telephone, Calvin
Fuller estaba trabajando con la clase de obleas de silicio empleadas en los
transistores y halló, más o menos accidentalmente, que la luz solar producía en
ellas una corriente eléctrica. Fuller y Chapin se unieron y produjeron la
primera célula solar práctica.
Las primeras células solares tenían una eficacia del 4%, y
con el tiempo consiguieron llegar al 16%.
A partir de este punto fue posible soñar con la energía
solar de una manera mucho más sofisticada que los espejos cóncavos que
imaginara Dodge. Supongamos que hubiera varios kilómetros cuadrados de células
solares instaladas en alguna zona desértica, donde la luz solar fuera
relativamente estable. ¿ No producirían una corriente continua de electricidad,
no contaminada e interminable, en grandes cantidades?
El inconveniente es que una célula solar, aunque
individualmente sea poco cara, en las enormes cantidades necesarias para
revestir una gran zona del espacio de la Tierra resultaría prohibitivamente
costosa. Y añádase a esto los elevados gastos para un mantenimiento apropiado
después de la instalación.
No obstante, las células solares se han empleado para
fines menores, como para propulsar los satélites en órbita, y han demostrado
funcionar allí perfectamente. (Yo utilizo una calculadora de bolsillo
alimentada por células solares, por lo que carece de pilas y no las necesitará
nunca.)
Lo que debemos lograr es que las células solares sean más
baratas, más eficaces y más fiables. En vez de tener que emplear grandes
cristales únicos de silicio, de los que pueden desprenderse pequeñas astillas,
podría llegar a ser posible utilizar silicio amorfo compuesto por diminutos
cristales trabados, cuya producción sería mucho más barata.
Y en vez de instalar células solares campo sobre campo,
cubriendo vastas extensiones de tierras desérticas, donde el aire no es
perfectamente transparente (especialmente cuando el Sol está bajo), podríamos
instalarías en la Luna, donde durante dos semanas seguidas todo el cielo es
resplandor y no hay aire que interfiera; o incluso en el espacio, donde casi
nunca es de noche y todo el firmamento está lleno de luz solar casi siempre.
De este modo, el sueño romántico de Dodge podría,
finalmente, hacerse realidad.
XV. ¡ARRIBA!
La semana pasada me encontraba en Boston para la
inauguración de un nuevo edificio en el Centro Médico de la Universidad de
Boston. A fin de cuentas, soy profesor de Bioquímica allí, y debo hacer algo
para demostrarlo de vez en cuando.
Di una charla en el almuerzo, y antes me entrevistaron y
me dijeron que dicha entrevista aparecería al día siguiente en el USA Today,
pero yo no lo vi. (A pesar de la reputación de que poseo un ego monstruoso, por
lo general consigo no verme en los periódicos o en la televisión. Me pregunto
el porqué. ¿Será porque no tengo un ego monstruoso?)
Alguien me dijo, un par de días después:
—Ayer salió una entrevista suya en el USA Today.
—¿De veras? —exclamé. —No la vi. ¿Era interesante? —Decían
que usted no va en avión —fue la respuesta.
¡Gran noticia! Cada vez que me entrevistan aparece esto.
Ningún entrevistador, durante un número considerable de años, ha dejado de
preguntarme por qué no voy en avión. Naturalmente, la respuesta es que tengo
miedo a volar, y no tengo el menor interés en corregir ese temor. Pero ¿por
qué? ¿Por qué eso ha de salir siempre en los titulares?
Cuando sugiero que carece de importancia el que no vaya en
avión, el entrevistador siempre se siente obligado a reflexionar sobre el hecho
curioso de que, en mi imaginación, recorro el Universo de una punta a otra y.
sin embargo, no vuelo en la vida real.
¿Por qué, pregunto una vez más? También escribo novelas
policíacas y nunca he matado a nadie, o escribo cosas fantásticas, sin realizar
encantamientos en la vida real.
Me cansa un poco el ser una fuente constante de asombro
para todos simplemente porque no voy en avión, y a veces pienso que me hubiera
librado de este problema si jamás se hubiera pensado en todo este asunto del
volar.
Así que vamos a considerar los orígenes de eso de ascender
a los cielos. y planteémonos una pregunta: ¿Cómo se llamaba el primer
aeronauta? No, la respuesta no es Orville Wright.
La gente siempre ha querido volar. Supongo que lo que les
dio esta idea, en primer lugar, fue el hecho de que existían algunos seres
vivos que lo hacían. Existen en la actualidad tres grupos de animales que han
desarrollado el vuelo verdadero: insectos, aves y murciélagos. (También existe
un cuarto grupo: los reptiles voladores del mesozoico, en la actualidad
extintos, pero su existencia fue desconocida para los seres humanos hasta el
siglo XIX.)
Todos los organismos voladores tienen algo en común: alas
que baten contra el aire. Sin embargo, cada variedad posee alas de un tipo
característico. Los seres humanos han atribuido a cada tipo de alas unos
caracteres míticos adecuados, y han conseguido de este modo dejar muy clara la
relativa popularidad de las tres. Así, demonios y dragones tienen alas de
murciélago; las hadas, diáfanas alas de mariposa, y los ángeles están equipados
con grandes alas de pájaro.
Cuando los seres humanos soñaron con volar, recurrieron a
cosas mágicas: alfombras que volaban al oír una palabra mágica, caballos de
madera que volaban al darle vueltas a una clavija mágica, etcétera. Cuando se
pedía cierto realismo, se imaginaba que la criatura voladora poseía alas. El
ejemplo más famoso es Pegaso, el caballo alado.
Entre los antiguos nadie pareció percatarse de que todos
los organismos que volaban eran pequeños. Los insectos son diminutos, los
murciélagos, por lo general, tienen el tamaño de un ratón, e incluso las más
grandes aves voladoras son mucho más pequeñas que muchos de los animales que no
vuelan (o incluso que aves no voladoras como los avestruces). Si se hubieran
percatado de ello, la gente tal vez habría deducido que no había modo razonable
de que unas criaturas auténticamente grandes pudiesen volar. No podía haber
pitones con alas (dragones), ni caballos alados, ni hombres con alas.
Si la gente ignoraba esta obvia (retrospectivamente)
deducción tal vez era porque les parecía que había algo, aparte de la pequeñez,
que constituía la clave del volar. Las aves eran las criaturas voladoras por
excelencia, y lo que tenían que no poseían las no aves era: plumas.
Y lo que es más: las plumas son fáciles de asociar con el
vuelo. Son tan ligeras que se han convertido en imagen de esa cualidad. El
cliché es: «Ligero como una pluma». Una pequeña pluma cubierta de pelusa
flotará en el aire, elevándose con cada soplo de viento casi como si tratase de
volar por sí misma, incluso sin el impulso de una vida interior.
Así pues, parecía natural suponer que, si un hombre
tuviese que volar, no debería proveérsele de alas sino de plumas.
Así, cuando Dédalo en el mito griego, quiso huir de Creta,
se fabricó unas alas pegando plumas con cera. Él y su hijo Icaro, equipados con
esos conglomerados de plumas en forma de alas, pudieron volar, no gracias a
algo siquiera vagamente aerodinámico, sino gracias a las propiedades
aeronáuticas de las plumas. Cuando Icaro voló demasiado alto y, por lo tanto,
demasiado cerca del Sol, la cera se derritió, las plumas se separaron y él se
precipitó al suelo y se mató.
En realidad, sólo las aves vuelan gracias a las plumas, y
ningún ser humano o artefacto construido por él ha volado nunca batiendo unas
alas, estuviesen éstas provistas o no de plumas. Cuando se logró la propulsión
activa a través del aire, fue por unas hélices que giraban o por los tubos de
escape de un reactor, método que no emplea ningún organismo que vuele de modo
natural.
Sin embargo, no es necesario volar para viajar a través
del aire y ser aeronauta. Es decir, no es necesario moverse independientemente
del viento. Basta moverse con el viento y aprovechar las corrientes ascendentes
para no descender bajo la atracción inexorable de la gravedad; por lo menos,
durante algún tiempo. Ese movimiento con el viento se llama «planeo».
Algunas veces, aunque pueden volar perfectamente, de vez
en cuando planean durante considerables períodos de tiempo, con las alas
extendidas y mantenidas firmes. Cualquiera que observe a un ave que haga esto
tendrá la impresión de que planear es más divertido que volar. El vuelo
requiere un esfuerzo constante y enérgico, mientras que el planear es reposado.
Algunos animales (tales como las ardillas voladoras, el
lemur volador, los falangeros voladores y otros) que no pueden volar, pueden,
no obstante planear. Sus «vuelos» son naturalmente, muy limitados cuando los
comparamos con los de los voladores auténticos. Los planeadores son más pasivos
que activos: se mueven bajo el control del aire y no bajo el de su voluntad.
No obstante, es mucho más sencillo emular el planeo que el
vuelo. Cualquier cosa ligera y plana, que presente una gran superficie al aire,
puede llegar a deslizarse a través de éste. Si se construye un objeto planeador
lo suficientemente ligero y lo bastante grande y se idea una forma de hacerlo
maniobrar desde el suelo, aprovechando las corrientes ascendentes, se tiene una
cometa, algo que se ha usado como juguete en el Asia oriental desde los tiempos
antiguos.
Cuanto mayor es la cometa, cuanto mayor es su área
superficial en comparación con su peso total, mayor sería el peso ajeno que
llevara. Si se hace una cometa lo suficientemente grande (y, sin embargo, lo
bastante fuerte), puede llevar a un ser humano. Esto es así particularmente si
se desarrolla la ciencia aerodinámica y si una gran cometa (o «planeador»)
tiene una forma con la que se incremente su eficacia. En 1891, el aeronauta
alemán Otto Lilienthal (1848-1896) construyó el primer planeador capaz de llevar
a un ser humano, y navegó por los aires con él. (Por desgracia, cinco años
después Lilienthal murió al estrellarse su planeador.)
Todos sabemos que los planeadores tienen el aspecto de
frágiles aviones sin motores o hélices. En realidad, en 1903, cuando los
hermanos Wilbur Wright (1867-1912) y Orville Wright (1871-1948) inventaron el
aeroplano, lo hicieron añadiéndole un motor y una hélice a un planeador que
habían mejorado de varias formas.
Así pues, ¿podemos decir que Otto Lilienthal fue el primer
aeronauta? No, si lo hiciéramos nos equivocaríamos, pues Lilienthal no fue el
primero por más de un siglo. Al parecer, existe una tercera manera de viajar
provechosamente a través del aire [5]: no se trata de volar, ni de planear,
sino de flotar.
Desde los más remotos inicios del pensamiento humano, la
gente debió de notar que el humo de una fogata se eleva en el aire y que, cerca
de un fuego, los objetos ligeros como fragmentos de ceniza, de hollín, de
plumas u hojas se elevan con el humo.
Indudablemente, ni uno entre un millón de aquellos que
observaron esto pensó en ello en absoluto. Sin embargo, los filósofos griegos
lo hicieron, puesto que su oficio consistía en darle sentido al Universo.
Aristóteles, en su resumen de la ciencia de su tiempo, elaboró esto hacia el
año 340 a. de J.C.
Existen cinco sustancias básicas que forman el Universo:
tierra, agua, aire, fuego y éter. Estas están dispuestas en capas concéntricas.
La tierra se halla en el centro, es una esfera sólida. Alrededor se encuentra
una capa de agua (no suficiente para formar una capa completa, y por ello
aparecen expuestos los continentes). En torno de la tierra y del agua hay una
capa de aire, y a su alrededor una capa de fuego (normalmente invisible, pero
que puede verse alguna vez como el destello de un relámpago). En el auténtico
exterior se halla el éter, que compone los cuerpos celestes.
Cada sustancia tenía su lugar y, cuando por alguna razón
salía de ésta, se apresuraba a regresar. De este modo, cualquier objeto sólido
suspendido en el aire caía hacia la tierra en cuanto se le soltaba. Por otra
parte, el agua o el aire atrapados bajo tierra tenderán a elevarse si se les
suelta. En particular, un fuego, una vez iniciado se esforzará por alcanzar su
lugar por encima del aire. Ésta es la razón de que las llamas se eleven. El
humo, que contiene muchas partículas ardientes, también se desplaza hacia
arriba a través del aire, y con tanta fuerza que puede llevar consigo
partículas ligeras no flamígeras por lo menos durante algún tiempo.
Esta era una explicación muy razonable, dados los
conocimientos de la época, y el asunto ya no se puso más en tela de juicio.
Naturalmente, existían problemas en esta explicación. Una
piedra soltada en la superficie de una charca se hunde en el agua y, al final,
reposa en el fondo de tierra, como cabría esperar según la teoría de
Aristóteles. Sin embargo, la madera, que al igual que una piedra es sólida y,
por tanto, se pensaría que es una forma de tierra, si se suelta en la
superficie de una charca se quedaría allí, flotando indefinidamente en el agua.
Una explicación aristotélica podría ser que la madera
contiene una mezcla de partículas de aire que imparten suficiente movimiento
ascendente natural para hacerla flotar, y esto tampoco es un mal intento de
explicación.
El matemático griego Arquímedes (287-212 a. de J.C.), no
obstante, elaboró el principio de la flotabilidad. Esta explicaba la flotación
comparando las densidades de los objetos sólidos con el agua. Un sólido que
fuera menos denso que el agua flotaría en ella. La flotación fue, de este modo,
tratada en términos cuantitativos, y no meramente cualitativos. Midiendo la
densidad no sólo se podía predecir que una sustancia flotaría, sino también
exactamente hasta dónde se hundiría en el agua antes de empezar a flotar.
También explicaba por qué un objeto que no flotaba reducía, sin embargo, su
peso cuando se le sumergía en agua, y exactamente en cuánto se reduciría su
peso.
En resumen, la explicación de Arquímedes era mucho más
satisfactoria que la de Aristóteles.
De esto se dedujo que el principio de flotabilidad podría
aplicarse también al aire. Algo menos denso que el aire se elevaría en éste,
exactamente igual que algo menos denso que el agua ascendería si se sumergiese
en agua. Sin embargo, esta analogía no se le ocurrió a nadie hasta dieciocho
siglos después de la época de Arquímedes, simplemente porque nadie pensó en el
aire de ninguna manera análoga al agua. En realidad, el aire no era reconocido
como sustancia.
El punto decisivo se presentó en 1643, cuando el físico
italiano Evangelista Torricelli (1608-1647) demostró que la atmósfera (y, por
lo tanto, cualquier muestra de aire) poseía un peso mensurable. En realidad,
podía aguantar una columna de mercurio de 76 centímetros de altura (una columna
así constituyó el primer barómetro). De esta forma, se reconoció finalmente el
aire como materia, una materia muy atenuada, pero materia al fin y al cabo.
A partir del descubrimiento de Torricelli, se podía
razonar que, si un volumen dado de cualquier sustancia pesaba menos que el
mismo volumen de aire, esa sustancia sería menos densa que el aire y se
elevaría.
Luego, en 1648, el matemático francés Blaise Pascal
(1623-1662) persuadió a su cuñado para que subiera a una montaña local con dos
barómetros y demostrase que el peso de la atmósfera se reducía con la altura.
En realidad, el peso bajó de tal manera, que resultó evidente que la densidad
del aire decrecía con la altitud.
Esto significaba que una sustancia menos densa que el aire
se elevaría hasta alcanzar una altura en la que su densidad fuera igual a la
del aire más sutil. Entonces no se elevaría más.
Hasta aquí todo bien, pero no había ninguna sustancia
conocida que fuera menos densa que el aire. Incluso el menos denso de los
líquidos y sólidos ordinarios que conocían los seres humanos de aquella época
era centenares de veces más denso que el aire.
Pero, ¿qué cabe decir de ninguna sustancia en absoluto?
¿Qué pasa con la nada?
Cuando Torricelli construyó su barómetro, había un espacio
por encima de la parte superior de la columna de mercurio que no contenía más
que trazas de vapor de mercurio. Constituyó el primer vacío creado por seres
humanos, y un vacío es, ciertamente, menos denso que el aire.
Y lo que es más, en 1650, un físico alemán, Otto von
Guericke (1602-1686), inventó una bomba de aire que, por primera vez, podía
(con arduos esfuerzos) producir un volumen considerable de vacío.
Así pues, hacia 1670. un físico italiano, Francesco de
Lana (1631-1687), se convirtió en el primero en sugerir la construcción de algo
que flotase en el aire. Señaló que si se vaciara una delgada esfera de cobre,
en ese caso el peso total del cobre alcanzaría un promedio superior al volumen
de la esfera (sin aire dentro que añadir al peso) y sería menor que el de un
volumen igual de aire. Semejante esfera vaciada se elevaría. Si la esfera se
fabricase lo suficientemente grande, y si gran parte de ella se uniese a alguna
clase de barquilla ligera, el conjunto se elevaría en el aire llevando a un
hombre.
En realidad, el proyecto no era práctico. Si una esfera de
cobre fuera lo suficientemente delgada para alzarse tras ser vaciada el cobre
sería demasiado delgado para resistir la presión del aire a la que se vería
expuesto. Se derrumbaría si se la vaciase. Si la esfera fuese lo bastante
gruesa para soportar la presión del aire, sería demasiado gruesa para tener
como promedio menos de la densidad del aire en cualesquiera circunstancias
prácticas. Sin embargo, De Lana fue el primero en prever la creación de un
«globo».
No obstante, la noción de De Lana de emplear un vacío para
la flotabilidad, no constituyó el final. En los años 1620, el químico flamenco
Jan Baptista van Helmont fue el primero en reconocer que existían diferentes
gases (también fue el primero en emplear esta palabra), y que el aire no era
único. En particular, fue el primero en estudiar lo que ahora llamamos
anhídrido carbónico (véase capítulo IX).
Era posible que existiese un gas que fuese menos denso que
el aire y que, por lo tanto, flotase en el aire, pero en ese caso no se
trataría del anhídrido carbónico, puesto que éste es 1,5 veces más denso que el
aire. Sin embargo, no hubo nadie hasta los años 1760 que midiese las densidades
de gases concretos, por lo que hasta entonces nadie pudo especular de modo
razonable con globos llenos de gas.
En 1766, el químico inglés Henry Cavendish (1731-1810)
consiguió un gas por medio de la acción de ácidos sobre metales. Descubrió que
era muy inflamable y, por lo tanto, lo llamó «gas de fuego». Midió su densidad
y vio que era sólo 0,07 veces la del aire. Esto constituyó un récord de la baja
densidad de las sustancias normales en las condiciones de la superficie de la
Tierra que ha perdurado hasta hoy.
En 1784, Cavendish descubrió que el hidrógeno, al arder,
formaba agua, por lo que el químico francés Antoine Laurent Lavoisier
(1743-1794) lo llamó «hidrógeno» (de las voces griegas que significan
«productor de agua»).
Supongamos ahora que tenemos un volumen de aire que pese 1
kilogramo. Ese mismo volumen de vacío pesaría 0 kilogramos, y si podemos
imaginarnos colgando pesos en ese volumen de vacío, podríamos colgar 1
kilogramo para que pesase igual que el mismo volumen de aire (y eso elevaría la
densidad media del sistema hasta la del aire). Así se evitaría que el vacío
ascendiera.
Si en vez de esto tomásemos el mismo volumen de hidrógeno,
que tendría un peso de 0,07 kilogramos deberíamos tener un peso de 0,93
kilogramos en él para que su peso fuera igual al del mismo volumen de aire y
evitar que ascendiera. En otras palabras, el hidrógeno tendría un sorprendente
93% de la flotabilidad del vacío, y es muchísimo más fácil llenar un contenedor
con hidrógeno que tener que vaciarlo.
Y lo que es más, el hidrógeno, en condiciones normales,
tendría el mismo número de moléculas por unidad de volumen que el aire. Aunque
las moléculas de hidrógeno son más ligeras que las de aire, las moléculas de
hidrógeno se mueven más deprisa y, al final, el momento de las moléculas (y por
lo tanto la presión) es el mismo en ambos casos.
Esto significa que mientras el vacío, cuando se usa por su
efecto de flotabilidad, debe estar contenido en un metal lo suficientemente
grueso para resistir la presión del aire, lo cual añade al sistema un peso
prohibitivo, la situación es del todo diferente con el hidrógeno. La presión
del hidrógeno dentro del contenedor equilibraría la presión del aire exterior,
de modo que el contenedor mismo sería tan fino y ligero como fuese posible,
mientras fuese razonablemente hermético y no permitiese que el hidrógeno se
difundiese hacia afuera, o que el aire se difundiese hacia dentro.
Cabria pensar, pues, que en cuanto Cavendish hubo
descubierto la baja densidad del hidrógeno él, o posiblemente alguna otra
persona, habría pensado en su efecto de flotabilidad y se habría dedicado a
confeccionar un globo. Pero no fue así.
Por clara que pueda ser la visión retrospectiva, la
previsión puede ser notablemente baja incluso para un científico de primera
clase como Cavendish.
En realidad, el hidrógeno acabó no teniendo nada que ver
con la invención del globo.
Esto nos hace retroceder a la cuestión anterior del humo
que asciende. ¿Por qué asciende el humo, cuando está compuesto por partículas
que, individualmente, son más densas que el aire y contiene gases, como el
anhídrido carbónico, que también son más densas que el aire?
La clave de la respuesta llegó en 1676, cuando un físico
francés, Edmé Mariotte (1620-1684), observó que el aire se expande cuando se
calienta. Si una cantidad dada de aire se expande, su cantidad fija de masa se
extiende en un volumen más grande, lo cual es otra forma de decir que su
densidad disminuye. En otras palabras, el aire caliente es menos denso que el
aire frío, y posee un efecto flotabilidad. Cuanto más cálido sea el aire, mayor
será el efecto de flotabilidad. Esto se hizo patente en 1699 mediante los
estudios acerca de los gases realizados por un físico francés, Guillaume
Amontons (1663-1705).
Una fogata ordinaria de madera calienta el aire a su
alrededor a una temperatura de hasta 700ºC, y la densidad del aire a dicha
temperatura es de sólo la mitad de la del aire ordinario. Este aire caliente
posee la mitad del efecto de flotabilidad del hidrógeno (o del vacío, pongamos
por caso). La columna de aire caliente se eleva vigorosamente y lleva consigo
otros gases y los materiales ligeros que constituyen el humo.
Existen ventajas del aire caliente sobre el hidrógeno que
compensan el que aquél no tenga tanta flotabilidad. El aire caliente se obtiene
con facilidad, todo lo que se necesita es fuego. Por otra parte, el hidrógeno
es comparativamente difícil de reunir en cantidad. Además, el aire caliente no
es inflamable, mientras que el hidrógeno es en realidad explosivo. Por otro
lado, la flotabilidad del hidrógeno es permanente, mientras que el aire
caliente pierde flotabilidad con rapidez al enfriarse, por lo que no simplemente
se ha de tener fuego al principio, sino que hay que mantenerlo mientras se
desee permanecer en el aire.
Uno podría suponer que, tan pronto como se conoció la baja
densidad y por lo tanto, la flotabilidad del aire calentado, alguien pensaría
en un globo y trataría de construirlo, pero esto es visión retrospectiva. Pasó
un siglo antes de que esta idea se le ocurriera a alguien.
Los hermanos Joseph Michel Montgolfier (1740-1810) y
Jacques Étienne Montgolfier (1745-1799) fueron dos de los dieciséis hijos de un
acaudalado fabricante de papel. Uno de sus antepasados (según la tradición
familiar) había aprendido la técnica de la fabricación del papel en una prisión
de Damasco en la época de las cruzadas, y la había traído de Oriente.
Los hermanos habían observado cómo se elevaban objetos en
el aire caliente producido por los fuegos, y el hermano mayor había estado
leyendo cosas acerca de los nuevos descubrimientos de los gases y, de alguna
forma, tuvo la idea del globo lleno de aire caliente.
Primero lo intentaron en casa. En noviembre de 1782,
quemaron papel debajo de una bolsa de seda con una abertura en la parte
inferior. El aire del interior de la bolsa se calentó y ésta se elevó hasta el
techo. Repitieron el experimento al aire libre, y la bolsa subió hasta una
altura de 20 metros (es decir, la altura de una casa de seis pisos). Lo
intentaron con bolsas cada vez más grandes y, finalmente, decidieron hacer una
demostración pública.
El 5 de junio de 1783, en la plaza del mercado de su
ciudad natal, los hermanos emplearon una gran bolsa de lino, de 10,5 metros de
diámetro, y la llenaron con aire caliente. Habían invitado a todos los de la
ciudad a presenciar el experimento, y la multitud vio cómo el globo se elevaba
2 kilómetros en el aire y permanecía en el mismo por espacio de diez minutos,
durante los cuales descendió con lentitud a medida que el aire contenido se
enfriaba. Recorrió 2,5 kilómetros durante su descenso. Fue una demostración
electrizante y creó una auténtica sensación.
La noticia viajó hasta París, y allí un físico francés,
Jacques Alexandre César Charles (1746-1823), se enteró de ello. Al instante
pensó en el hidrógeno.
El 27 de agosto de 1783, preparó una demostración propia
en París. Empleó 225 kilogramos de ácido y 450 kilogramos de bolitas de hierro
para producir el hidrógeno. El gas brotó y entró por la abertura de la bolsa
que había encima, desplazando la mayor parte del aire. Cuando se soltó el
globo, se elevó 1 kilómetro en el aire. El hidrógeno fue saliendo lentamente de
la bolsa, pero mientras perdía altura viajó 25 kilómetros en 45 minutos antes
de alcanzar el suelo.
Cuando lo hizo, los campesinos de los alrededores, que no
sabían nada acerca de globos, y que sólo podían suponer que se trataba de un
vehículo que volaba a través del aire (hoy lo llamaríamos un ovni)
transportando invasores de algún otro mundo, lo atacaron valientemente con
guadañas y horcas y lo destruyeron.
Esos globos eran simples bolsas. No obstante, quedó claro
que se podían colgar pesos en los globos, que harían más lenta su ascensión y
limitarían su altura, pero que, de todos modos, no destruirían el efecto de
flotabilidad. Los Montgolfier, que ya tenían esto en mente, planearon la
demostración más sensacional ante la Corte francesa en Versalles.
El 19 de setiembre de 1783, emplearon un globo de un
tamaño récord, pues tenía un diámetro de 13 metros. Bajo el mismo había una
cesta de mimbre en donde se había colocado un gallo, un pato y una oveja. La
cestilla también contenía un brasero de metal donde se alojaba el combustible.
Este se encendió y el globo se llenó de aire caliente. Lo soltaron y se elevó
en el aire ante los ojos de una multitud de 300.000 personas (entre las que se
incluían el rey y la reina de Francia y Benjamín Franklin). El globo, con su
carga de animales, recorrió tres kilómetros antes de caer una vez consumido el
combustible y enfriado su contenido de aire. La primera persona presente cuando
el globo aterrizó fue un joven físico francés, Jean Francois Pilátre de Rozier
(1756-1785).
Los animales no sufrieron el menor daño, y fueron los
primeros seres vivos transportados por el aire gracias a un mecanismo realizado
por el hombre.
Pero si lo había hecho una oveja, ¿por qué no también un
hombre? Este era claramente el siguiente paso. El rey Luis XVI, que había
quedado fascinado por la demostración, se mostró inquieto acerca de los vuelos
tripulados. Parecía algo demasiado peligroso, y sugirió que se podía pedir a
los criminales condenados que se presentasen voluntarios para ello, con la
promesa del perdón si sobrevivían.
Sin embarco, Pilátre de Rozier pidió este honor. Él y un
noble francés, Francois Laurent, marqués de Arlandes, discutieron su caso con
la reina Maria Antonieta, la convencieron y ella convenció al rey.
El 20 de noviembre de 1783, Pilátre de Rozier y el marqués
de Arlandes subieron a una cesta de mimbre y ascendieron en un globo lleno de
aire caliente. Fueron transportados 8 kilómetros en 23 minutos, y aterrizaron
sanos y salvos.
Ellos fueron los primeros aeronautas,120 años antes de los
hermanos Wright y 108 años antes de Lilienthal.
Pilátre de Rozier fue otra vez el primero en realizar algo
notable un año y medio después.
El 7 de enero de 1785, se cruzó el canal de la Mancha por
primera vez en globo. A bordo iban un francés Jean Pierre Francois Blanchard
(1750-1809), que fue el inventor del paracaídas, y un norteamericano, John
Jeffries (1744-1819).
El 15 de junio de 1785, Pilátre de Rozier y otro francés,
Jules Romain, trataron de repetir la proeza en sentido contrario. Sin embargo,
el fuego empleado para calentar el aire del globo prendió en el tejido del
globo, incendiándolo, y los dos aeronautas murieron tras caer desde 1.500
metros de altura.
Así que el primer aeronauta, como una especie de Icaro
real, murió en el primer desastre aeronáutico.
Sexta parte
CRONOLOGÍA
XVI. LOS DIFERENTES AÑOS DEL TIEMPO
Una anécdota más acerca de mi operación de bypass y no
volveré a hablar de ella. (Por lo menos, lo intentaré.)
Cuando me enteré de que, durante un período de tiempo,
estaría conectado a una máquina corazón-pulmón, me inquietaba el hecho de si el
anestesista tendría el debido cuidado de que mi cerebro, en particular,
recibiese un abundante suministro de oxígeno. El cerebro consume una cuarta
parte del oxígeno que usa el cuerpo, y me pareció que si le faltaba, aunque
fuese por poco tiempo, podría resultar dañado.
Yo no deseaba que sufriera ningún daño, ni siquiera el más
marginal. Había logrado una vida muy agradable aprovechando mi excelentemente
aguzado cerebro, y no deseaba que éste se embotase.
Expresé mis temores al internista de mi familia, el bueno
de Paul, el médico más atento del mundo.
—No te preocupes, Isaac —me dijo. —Cuidaré de que todos
comprendan la situación, y yo mismo haré pruebas.
Y así lo hizo. No lo recuerdo, pero me contó lo sucedido.
Aunque realmente no recobré del todo el conocimiento hasta las diez de la
mañana siguiente, me revolví de vez en cuando ya desde los primeros momentos,
de modo que hubo conatos de respuesta, seguidos de un regreso al semicoma
provocado por la anestesia.
A las diez de la mañana, unas horas después de que se
terminara la operación, mis ojos al fin se abrieron y Paul estaba allí de pie.
—Hola, Paul… —susurré roncamente, según me contó. Se
inclinó hacia mí.
—Hola, Isaac. Inventa una quintilla que hable de mí.
Parpadeé un par de veces, susurré:
Una vez había un viejo doctor llamado Pablito
Con un pene sobremanera pequeñito…
A lo cual, Paul respondió con austeridad:
—No sigas. Isaac. Estás bien.
Cuando me lo contó al día siguiente, quedé en extremo
aliviado, puesto que ello significaba que podría continuar escribiendo. Y aquí
está…
Probablemente, se habrán encontrado varias veces con un
pequeño instrumento pedagógico que permite que la historia de la Tierra se
comprima en un año, y luego indique en qué momento del año han tenido lugar los
distintos acontecimientos ocurridos en la historia de la Tierra. Esto da una
visión más fácil de captar del paso del tiempo y de la relativa posición
cronológica de los diferentes fragmentos y aspectos del mismo.
Naturalmente, se descubre que la Humanidad nació bastante
tarde, el último día del año, y se comprende nuestra insignificancia en la
cronología del planeta.
Esto no es una peculiaridad sólo de la historia de la
Tierra, sino de todas las facetas de cualquier clase de historia. Siempre vemos
las cosas cercanas a nosotros con gran detalle, mientras que cuanto más lejos
miramos, más borrosas vemos las cosas y con menos interés. Los tiempos
contemporáneos siempre parecen muy largos y detallados, mientras que los
lejanos tiempos pasados nos parecen breves y poco interesantes.
Por ejemplo, cojamos una historia escolar de los Estados
Unidos que trate del periodo de tiempo que va desde el viaje de Colón, en 1492
hasta la actualidad. Dividamos el libro en la Declaración de Independencia y
observemos cuántas páginas se dedican a los períodos de exploraciones y
coloniales, y cuántas páginas se destinan al periodo de los Estados Unidos como
nación independiente. No tengo un libro así para comprobarlo, pero supongo que
se dividiría en una proporción de 1 a 6.
Esto parece correcto por un buen número de razones y no lo
discuto, pero el escolar medio (o el adulto, pongamos por caso) que hojee un
libro así, no podría evitar el tener la vaga noción que la división
estrictamente cronológica es similar: que los Estados Unidos como nación
independiente ha durado mucho más que el relativamente breve período colonial
que le precedió.
Para ver cuál era realmente la situación, empleemos el
truco de comprimir un período de tiempo en un año arbitrario, y comprimamos
también la cronología, sin distorsión, en los días de ese año.
Así, el primer asentamiento permanente de los ingleses en
lo que ahora es el territorio de los Estados Unidos tuvo lugar en Jamestown,
Virginia, el 14 de mayo de 1607. Llamémosle a eso Minuto del Nuevo Año: 12:01,1
de enero. Llamemos al momento actual Minuto del Viejo Año: 11:59, 31 de
diciembre. El tiempo transcurrido desde el establecimiento de Jamestown hasta
ahora (en el momento en que escribo) es de 377 años. Esto significa que cada
día de nuestro «Año Estados Unidos» es igual a 1,03 años reales.
1. AÑO DE ESTADOS UNIDOS
Establecimiento de Jamestown
01 de enero
Desembarco en Plymouth Rock
13 de enero
Toma de Nueva Amsterdam por los británicos
25 de febrero
Fundación de Filadelfia
02 de marzo
Fundación de Georgia
(la última de las 13 colonias)
03 de mayo
Expulsión de los franceses de Norteamérica
01 de junio
Declaración de Independencia
14 de junio
Los británicos reconocen la independencia de Estados
Unidos
21 de junio
Compra de Luisiana
10 de julio
Compromiso de Missouri
01 de Agosto
Descubrimientos de oro en California
22 de agosto
Comienza la guerra civil
04 de septiembre
Estados Unidos entra en la Primera Guerra Mundial
26 de octubre
Quiebra de la bolsa
09 de noviembre
Pearl Harbor
21 de noviembre
Día V-J
25 de noviembre
Asesinato de Kennedy
12 de diciembre
Dimisión de Nixon
23 de diciembre
Estados Unidos conquista Granada
31 de diciembre
Si estudian esta tabla, puede sorprenderles el que durante
casi la mitad del tiempo en que los descendientes de los ingleses vivieron en
lo que es ahora territorio estadounidense no existieran los Estados Unidos. No
fue hasta casi la mitad del año cuando los Estados Unidos fueron legalmente
independientes por un tratado con Gran Bretaña.
Sin embargo, lo que encuentro más sorprendente es que
cuando llegó el día V-J aún no era diciembre. A fin de cuentas, yo recuerdo el
día V-J como si hubiese sido ayer. ¿Cómo puede haber pasado todo un Mes de
Estados Unidos desde entonces? Bueno, así es. Han pasado ahora casi treinta y
nueve años desde el día V-J, y esto es casi una quinta parte de la duración
total de la independencia estadounidense.
Casi me hace sentirme viejo.
Podemos hacer esto en una escala cada vez mayor.
Supongamos, por ejemplo, que comenzamos con el desembarco de Colón en San
Salvador el 12 de octubre de 1492.
Esto incluiría toda la extensión de tiempo en la que
Norteamérica fue penetrada, explorada y ocupada por las potencias europeas. Si
lo comprimimos en el «Año de Norteamérica», descubrimos que abarcamos un
período igual a 492 años, de modo que el Día de Norteamérica tiene una duración
de 1,34 años reales.
2. EL AÑO DE NORTEAMÉRICA
Desembarco de Colón en San Salvador
01 de enero
Ponce de León descubre Florida
16 de enero
Cortés conquista México
20 de enero
De Soto avista el río Mississippi
06 de febrero
Drake navega por la costa de California
05 de marzo
Fundación de Jamestown
26 de marzo
Declaración de Independencia
30 de julio
Comienza la guerra civil
27 de septiembre
Pearl Harbor
29 de noviembre
Asesinato de Kennedy
15 de diciembre
Estados Unidos conquista Granada
31 de diciembre
Obsérvese que, durante el primer tercio de todo el tiempo
en que los europeos rondaron por nuestras costas y por el interior del
continente norteamericano, esos europeos eran casi todos españoles. No fue
hasta el 25 de marzo cuando los ingleses llegaron a Norteamérica para quedarse.
Y durante los 5/9 del tiempo en que los europeos de
cualquier clase estuvieron en Norteamérica, no existían los Estados Unidos.
Naturalmente, hubo Historia antes de los Estados Unidos e
incluso antes de la Norteamérica europea. Muchísima. La Historia de este tipo
se suele dividir en Edad Antigua, Edad Media (o Medievo) y Edad Moderna.
Sospecho que la mayoría de la gente supone que esos tres períodos tienen
aproximadamente la misma duración. Todo lo más, podrían imaginar que los
tiempos modernos constituyen el periodo más largo, porque es el que ocupa más
espacio en nuestros libros de Historia.
Veamos, entonces. La Historia comienza con la escritura.
La escritura hace posible registrar crónicas, dar nombres, fechas, lugares. Sin
la escritura, debemos inferir las cosas a partir de los objetos, y nunca
podemos determinar el tipo de detalle que hace de la Historia lo que es.
Según sabemos ahora, la primera escritura la inventaron
los sumerios, posiblemente ya en 3200 a. de J.C. Por lo tanto, empecemos el
«Año de la Historia» con el 3200 a. de J.C. como 1 de enero. Eso nos da una
extensión de 5,l84 años hasta la actualidad, por lo que cada Día de la Historia
equivale a 14,2 años reales.
3. AÑO DE LA HISTORIA
Invención de la escritura
01 de enero
Construcción de la primera pirámide de Egipto
01 de febrero
Sargón establece el primer imperio en Asia
02 de marzo
Código de Hammurabi
16 de abril
Máximo esplendor del imperio egipcio
07 de mayo
Guerra de Troya
21 de mayo
David se convierte en rey de Israel
04 de junio
Homero compone la Ilíada
18 de junio
Fundación de Roma
21 de junio
Máximo esplendor del imperio asirio
26 de junio
Nabucodonosor destruye el templo de Salomón
04 de julio
Ciro funda el imperio persa
07 de julio
Batalla de Maratón
10 de julio
Atenas en su edad de Oro
13 de julio
Alejandro Magno conquista Persia
21 de julio
Roma derrota a Cartago y domina
el Mediterráneo
31 de julio
Asesinato de Julio César
11 de agosto
Crucifixión de Jesús
16 de agosto
Máxima extensión del Imperio Romano
22 de agosto
Constantino funda Constantinopla
06 de septiembre
Fin del Imperio Romano de Occidente
y de la Edad Antigua
16 de septiembre
Carlomagno coronado emperador
09 de octubre
Guillermo de Normandía conquista Inglaterra
28 de octubre
Comienzo de las cruzadas
30 de octubre
Carta Magna
07 de noviembre
La peste negra asola Europa
17 de noviembre
Caída de Constantinopla
24 de noviembre
Descubrimiento de América y fin de la Edad Media
27 de noviembre
Comienzo de la reforma protestante
29 de noviembre
La «Revolución gloriosa» inglesa de 1688
09 de diciembre
Declaración de Independencia
17 de diciembre
Toma de la Bastilla
18 de diciembre
El ser humano aterriza en la Luna
31 de diciembre
Observen que, cuando ya ha pasado la primera mitad del Año
de la Historia, los grandes días de Grecia aún no han empezado. Nosotros, al
igual que los antiguos griegos, somos un producto de la segunda mitad de la
Historia.
Toda la primera parte del Año de la Historia está dominada
por los reinos asiáticos. Grecia ocupa el Mes de la Historia de julio. Roma el
de agosto. El 70% del Año de la Historia ha transcurrido ya antes de que la
Edad Antigua llegue a su fin. En otras palabras, los tiempos antiguos (aunque
se les conceda menos atención en los libros modernos) duran dos veces más que
los tiempos medievales y la edad moderna juntos.
Mientras la Edad Antigua dura 8,5 Meses de la Historia, la
Edad Media dura sólo 2 Meses de la Historia y la Edad Moderna sólo ha durado 1
Mes de la Historia.
En el Año de la Historia menciono la Revolución inglesa de
1688, la Revolución americana de 1776 y la Revolución francesa de 1789. Cada
una de ellas contribuyó a la norma moderna del liberalismo y de los derechos
humanos. Pero observen que no se estableció hasta la segunda mitad de diciembre
del Año de la Historia, y que incluso así sólo en una pequeña parte del mundo.
y aún precariamente.
Uno no puede más que suspirar.
En realidad, la civilización es anterior a la escritura.
La palabra «civilización» procede de la voz latina que designa «ciudadano», es
decir, «habitante de la ciudad». Datemos, pues, la civilización desde la
fundación de las primeras pequeñas ciudades (como, por ejemplo, Jericó, en
Palestina).
El principio de la civilización puede establecerse (un
poco arbitrariamente) hacia el año 8.000 a. de J.C., o hacia el 10.000 A. P.
(«Antes del Presente»). Hacia aquella época, grupos de personas en el Asia
occidental aprendieron a domesticar plantas y animales. Pasaron de ser
recolectores de alimentos a agricultores y ganaderos. Esto permitió una mayor
concentración de gente en un área dada, y condujo de modo inevitable a la
fundación de ciudades.
Si comenzamos «El Año de la Civilización» en 8000 a. de
J.C., esto nos da una duración de 9.984 años y hace que cada Día de la
Civilización tenga 27,35 años reales de duración.
4. EL AÑO DE LA CIVILIZACIÓN
Fundación de las primeras ciudades
01 de enero
Primeras muestras de cerámica conocidas
06 de febrero
La agricultura llega a la Europa sudoriental
14 de marzo
Agricultura en el valle del Nilo
20 de abril
Inicio del empleo de los metales
08 de mayo
Fecha tradicional de la creación bíblica
26 de mayo
Invención de la escritura
25 de junio
Comienzo de la Edad del Bronce
02 de julio
Construcción de la Gran Pirámide
20 de julio
Comienzo de la Edad del Hierro
12 de septiembre
Salomón construye el templo en Jerusalén
25 de septiembre
Crucifixión de Jesús
21 de octubre
Fin de la Edad Antigua
06 de noviembre
Fin de la Edad Media
13 de diciembre
Declaración de la Independencia
23 de diciembre
Asesinato de Kennedy
31 de diciembre
18:00 horas
La fecha tradicional de la creación bíblica a la que alude
el Año de la civilización es 4004 a. de J.C., tal y como determinó el arzobispo
Ussher, y aún aparece en la mayoría de las ediciones de la Biblia del rey
Jacobo. Sin embargo, en aquel tiempo la Civilización ya había durado las dos
quintas partes de su extensión total.
Más de la mitad del período de civilización transcurrió
antes que se construyera la Gran Pirámide. Creemos que el lapso de tiempo desde
nuestras vidas hasta las pirámides constituye algo enorme, pero antes había
transcurrido un periodo aún mayor de civilización sin pirámides. No sólo era
una civilización sin pirámides, sino completamente analfabeta.
En realidad, esta primera mitad de la civilización, sin
escritura ni pirámides, era imperfecta y rudimentaria según nuestras pautas y
existió sólo en una pequeña parte del mundo, pero no debemos despreciarla.
Somos lo que somos hoy porque nos hemos basado en los logros de esos
analfabetos. Una valoración imparcial de lo que hicieron nos llevaría a la
conclusión de que ellos tuvieron que realizar una tarea mucho más dura que la
nuestra, y que lograron mucho más si tenemos en cuenta con qué tuvieron que trabajar.
En realidad, incluso antes de que hubiese ciudades y
agricultura, los seres humanos efectuaron grandes progresos y, de modo notable,
mostraron que eran grandes artistas e ingeniosos cazadores y fabricantes de
utensilios. El Homo sapiens sapiens («el hombre moderno») demostró a través de
su existencia mucho ingenio y adaptabilidad, y es sumamente arbitrario definir
la civilización en términos de un avance particular como la construcción de
ciudades. La historia del «hombre moderno» constituye un avance firme y
continuado.
Así pues, ¿qué podemos decir del «Año Humano»? Supongamos
que empezamos en el año 35.000 a. de J.C. (37.000 A. P.), época en la que el
«hombre moderno» era el único homínido que vivía en la Tierra, aunque sólo en
los continentes de África y Eurasia. La duración total de 36.984 años significa
que cada Día Humano tiene una duración real de 101,3 años.
5.EL AÑO HUMANO
El Homo sapiens comienza la dominación de la Tierra
01 de enero
Comienzos de la representación artística
09 de abril
Los seres humanos emigran a Australia y América
28 de mayo
Las pinturas rupestres en pleno apogeo
10 de agosto
Los seres humanos completan la colonización de las
Américas
14 de septiembre
Comienza la civilización
24 de septiembre
Construcción de la Gran Pirámide
17 de noviembre
Fin de la Edad Antigua
16 de diciembre
Fin de la Edad Media
26 de diciembre
Declaración de la Independencia
29 de diciembre
Pearl Harbor
31 de diciembre
10:00 horas
Más de la mitad de la duración del Año Humano transcurrió
antes de que apareciese el arte rupestre, y pasaron casi tres cuartas partes de
dicha duración antes de que comenzase lo que llamamos civilización. Sólo la
última cuarta parte de la historia del «hombre moderno» ha mostrado
civilización en alguna parte.
Los Estados Unidos han existido durante sólo dos Días
Humanos.
Naturalmente, existieron homínidos antes del hombre
moderno. En realidad, el Homo sapiens existió antes del hombre moderno. Los
llamados hombres de Neanderthal (Homo sapiens neanderthalensis) fueron de la
misma especie que nosotros y pudieron (y presumiblemente lo hicieron) cruzarse
con nuestros antepasados. Sus genes pueden hallarse entre nosotros.
Y antes de los Neanderthales existieron otras especies más
pequeñas, con menor cerebro que el género Homo, y antes que ellos hubo
criaturas con cerebros aún más pequeños que no eran Homo, pero que aún
pertenecían a los homínidos, y que caminaban erguidos, poseían manos como las
nuestras y, en general, estaban más cercanos de nosotros en detalles anatómicos
que de los monos.
Los primeros homínidos de los que podemos estar seguros
fueron los australopitecinos, que vivieron en el sudeste y este de Africa, no
más grandes que los niños de nuestra propia especie, pero que caminaban
erguidos como nosotros hacemos y que tenían las manos libres para explorar y
manipular el Universo.
Puede que hicieran su aparición hace unos 4.000.000 de
años y, aunque se habla de otros homínidos aún anteriores, comenzaré «el Año
Homínido» en 4.000.000 a. de J.C. Esto significaría que cada Día Homínido
tendría una duración de 10.920 años reales.
6. EL AÑO HOMÍNIDO
Aparición de los australopitecinos
01 de enero
Aparición del género Homo (Homo habilis)
02 de julio
Aparición del Homo erectus (hombre de Pekín)
15 de agosto
Se empieza a usar el fuego
15 de noviembre
Aparición del Homo sapiens (hombre de Neandertal)
18 de diciembre
Aparición del «hombre moderno»
26 de diciembre
El «hombre moderno», el único homínido sobre la Tierra
28 de diciembre
Comienza la civilización
31 de diciembre
2:00 horas
Comienza la historia
31 de diciembre
mediodía
Durante la primera mitad del Año Homínido, los
australopitecinos fueron los únicos homínidos existentes. Sólo después de haber
transcurrido el 95% del Año Homínido hizo su aparición el Homo sapiens. El
«hombre moderno» es una criatura sólo de la última semana. y toda la
civilización se apretuja en el último día.
Inmediatamente, durante los siete octavos del tiempo en
que los homínidos existieron sobre la Tierra, lo hicieron sin emplear el fuego.
El desarrollo de este uso fue el mayor logro de los tiempos del presapiens.
Este fue un logro del Homo erectus, pues se han encontrado restos de fogatas de
campamento en las cavernas que albergaron los huesos del hombre de Pekín.
Los homínidos no son los únicos organismos que han dejado
restos fósiles a través de los cuales podemos rastrear la historia
paleontológica. Antes de los homínidos existieron unos primates anteriores y
otros mamíferos antes de ellos, y también no mamíferos e invertebrados. Un rico
registro de fósiles se remonta unos 600.000.000 de años.
Establezcamos el «Año Fósil» y comencemos en el
600.000.000 a. de J.C. Cada Día Fósil tendría así una duración de 1.644.000
años reales.
7. EL AÑO FÓSIL
Aparición de fósiles, todos invertebrados
01 de enero
Aparición de los primeros vertebrados
01 de marzo
Aparición de las primeras plantas terrestres
12 de abril
Aparición del primer pez que respira aire
30 de abril
Aparición de los primeros bosques
04 de mayo
Aparición de los primeros vertebrados terrestres
(anfibios)
12 de mayo
Aparición de los primeros reptiles
01 de julio
Aparición de los primeros dinosaurios
30 de agosto
Aparición de los primeros mamíferos
05 de septiembre
Aparición de las primeras aves
29 de septiembre
Aparición de plantas con flores
30 de octubre
Extinción de los dinosasurios
21 de noviembre
Los grandes mamíferos dominan la Tierra
28 de noviembre
Aparición de los primeros homínidos
27 de diciembre
Empieza a usarse el fuego
31 de diciembre
16:00 horas
Aparición del hombre de Neandertal
31 de diciembre
22:00 horas
Aparición del «hombre moderno»
31 de diciembre
23:15 horas
Comienza la civilización
31 de diciembre
23:50 horas
Como ven, en el primer cuarto del Año Fósil no existió
vida terrestre, y no hubo vertebrados terrestres durante las tres octavas
partes del Año Fósil.
Los reptiles aparecieron sólo cuando había transcurrido
más de la mitad del Año Fósil. y los dinosaurios dominaron el otoño Fósil. Los
homínidos son criaturas de los cuatro últimos Días
Fósiles, el hombre moderno pertenece a los últimos 45
Minutos Fósiles, y toda la historia se amontona en los últimos 10 Minutos
Fósiles.
Pero hubo vida antes de los fósiles. La única razón de que
los fósiles apareciesen tan repentinamente hace 600.000.000 de años es que hubo
un anterior florecimiento evolutivo que produjo conchas y otras partes duras de
unos organismos cada vez más complejos. y fueron esas partes las que se
fosilizaron con facilidad.
Antes de esos animales complejos existieron otros
organismos pequeños, de cuerpo blando, que no se fosilizaban bien, y antes de
ellos, organismos microscópicos que pudieron dejar sólo los rastros más
inapreciables.
Sin embargo, se han encontrado esos rastros, y los paleontólogos
han seguido la vida remontándose casi hasta el principio de la existencia de la
Tierra.
Por lo tanto, vamos a establecer el «Año Terrestre» y
comenzarlo hace 4.600.000.000 de años, época en la que la Tierra adoptó, más o
menos, su forma actual (al igual que el Sol, y todo el Sistema Solar en
general). Cada Día Terrestre tiene, pues, una duración de 12.600.000 años
reales.
8. EL AÑO TERRESTRE
La Tierra toma su forma actual
01 de enero
Se desarrollan las bacterias primitivas
01 de abril
Comienza la fotosíntesis en las algas cianofíceas
21 de mayo
Se desarrollan los organismos multicelulares con células
simples
24 de julio
Se desarrollan las células con núcleos (eucariotas)
11 de octubre
Se desarrollan los verdaderos animales
27 de octubre
Comienza el registro de fósiles rico
26 de noviembre
Aparece la vida terrestre (plantas)
26 de noviembre
Aparición de los primeros dinosaurios
14 de diciembre
Extinción de los dinosaurios
26 de diciembre
Aparición de los primeros homínidos
31 de diciembre
16:30 horas
Como ven, si tomamos la Tierra como un todo, ésta pasó tal
vez una cuarta parte de su existencia como un Globo carente de vida. Durante
los nueve décimos de su existencia. la tierra permaneció sin vida. Testimonio
de la dificultad de la tierra árida como vehículo para la vida es el hecho de
que esa vida terrestre sea un producto de sólo el último Mes Terrestre.
Los dinosaurios son criaturas únicamente de mediados de
diciembre en la Tierra, y la duración de la existencia homínida es sólo
cuestión de las 7 1/2 últimas Horas Terrestres. El hombre moderno ha estado
sobre la Tierra sólo durante los 5 3/4 Minutos Terrestres, y la Historia es
algo más o menos sólo de los últimos 35 Segundos Terrestres.
Pero aún no hemos acabado. Dedicaré el último capítulo a
lapsos de tiempo aún mayores.
XVII. LOS DIFERENTES AÑOS DEL UNIVERSO
Voy a contarles la única vez en que, durante una cálida
amistad de cuarenta y cinco años con mi colega escritor Lester del Rey, le dejé
cortado.
No resulta fácil. Nunca permite ningún ataque verbal sin
un contraataque inmediato, siempre encuentra la réplica apropiada, y jamás
vacila en darla, excepto en mi caso, aquella vez.
Él, yo y otros dos amigos íbamos en un taxi, y por alguna
razón yo estaba hablando de mi patriarcal padre y de las incontables
amonestaciones morales que me hacía, puesto que había creído siempre que sólo
sometiéndome eternamente, en mi impresionable infancia, a las enseñanzas de los
grandes sabios judíos, podría impedir que me extraviara en los vericuetos de la
inmoralidad y del vicio.
—Recuerda, Isaac —me decía, con aquel sonsonete melodioso
con que se inculcaban las lecciones morales judías —que si vas por ahí con bums
(esta palabra era siempre pronunciada con gran énfasis, para indicar el más
inenarrable desprecio y revulsión moral) puedes pensar que los cambiarás y
convertirás en personas decentes, pero no será así. ¡No! ¡Nunca! En vez de
ello, si vas con bums, serán ellos los que te convertirán a ti en un bum.
A lo cual interpuso Lester al instante:
—Entonces ¿por qué sigues yendo aún con bums, Isaac?
Y yo respondí sin la menor vacilación:
—Porque te quiero, Lester, ésa es la razón.
Esa fue la primera y única vez, en mi larga experiencia
con él, que Lester estalló en carcajadas, tan fuertes que se vio incapaz de
responder. Y lo que es más, tuve a los otros dos tipos del taxi (que,
naturalmente, también se reían) como testigos.
Pensé en esto hace unos días. cuando estaba siendo
entrevistado por alguien que me preguntó:
—Doctor Asimov, de todos los diferentes tipos de escritos
que usted hace ¿con cuál disfruta usted más?
Ya me habían preguntado esto muchas veces anteriormente
(los entrevistadores me lo han preguntado todo muchísimas veces), así que no
tuve que pensar lo más mínimo. Respondí:
—Con lo que disfruto más es con mis ensayos mensuales para
la revista Fantasy and Science Fiction… Hace más de un cuarto de siglo que los
escribo sin haber fallado una sola vez.
El entrevistador pareció dudar.
—¿Y eso es porque le pagan bien?
No respondí. En realidad el precio de esos ensayos es más
bajo que el de cualquier otra cosa que escriba, pero los haría por nada, si
tuviese que hacerlo.
—¿Pero por qué?
Y la respuesta llegó sin el menor titubeo por mi parte:
—Porque los quiero, señor, ésa es la razón.
Y así es. Tal vez exista por ahí algún Gentil Lector que,
en secreto, crea que nadie en el mundo disfruta más con esos ensayos que él (o
ella). En tal caso, el Gentil Lector(a) está equivocado(a). Soy yo el que más
disfruto.
Dicho esto, continuaremos en el punto en que nos quedamos
en el capítulo anterior.
En el capítulo precedente, elegí varios espacios de tiempo
significativos —Historia de los Estados Unidos, Historia de la civilización,
Historia de los Homínidos, etc., comprimiéndolos en un año y señalando los
acontecimientos más importantes (sin distorsión relativa) a lo largo de todo el
año. Eso nos daba, con más exactitud que el modo corriente de tratar con las
fechas, lo que me parecía una noción dramática de lo que había sucedido.
La última compresión que llevé a cabo fue la de la
historia de 4,6 mil millones de años del planeta, es decir, de la Tierra,
formando de este modo el «Año Terrestre». Esto mostraba, por ejemplo, que si la
Tierra había tomado su forma actual al principio del 1 de enero, el registro
fósil en los tiempos de las rocas cámbricas no apareció hasta el 12 de
noviembre, los dinosaurios se extinguieron el 26 de diciembre y los primeros
homínidos aparecieron a las 17.30 del 31 de diciembre, mientras que nuestros registros
históricos no cubrían más que los últimos cuarenta y cinco segundos del Año
Terrestre.
¿Hay algo que podamos hacer para cubrir un lapso de tiempo
aún mayor?
Obviamente todo el Universo tuvo un principio. en el
instante de la gran explosión (Big Bang). El momento en que ocurrió ese Big
Bang no puede determinarse con tanta facilidad o tan exactamente como el
momento en que la Tierra y el resto del Sistema Solar tomaron su forma actual,
y existe una controversia entre los astrónomos al respecto. Sin embargo, 15 mil
millones de años es una cifra plausible y es la que, hasta que exista alguna
buena prueba de lo contrario, empleo por lo general en mis escritos.
Así pues, podemos tomar esa fecha de l5.000.000.000 de
años A. P. (antes del presente) como el inicio del Universo, y lo llamaré
Minuto del Año Nuevo: el momento exacto de la medianoche que desemboca en el 1
de enero. El momento actual es el instante preciso de la medianoche que pone
fin al siguiente 31 de diciembre. Para cubrir todo ese espacio vital del
Universo en un solo e imaginario «Año del Universo», cada día de ese año
imaginario (cada «Día del Universo»), debe tener una extensión de 41.000.000 de
años auténticos.
En realidad, un número enorme de acontecimientos
vitalmente importantes que moldearon la naturaleza del Universo tuvo lugar en
los primeros segundos después del Big Bang, incluso en los primeros
microsegundos después del Big Bang. Como resultado de ello, sería inevitable
pasar por alto muchas cosas si tratásemos de describirlo todo en un año medido
de la forma aritmética Corriente. Lo que se necesita realmente es una escala
logarítmica, e hice algo así en mi obra Contando los eones.
No obstante, seguiré utilizando una escala aritmética
ordinaria para el Año del Universo, como he hecho en los diversos «años» del
capítulo precedente. y mostraré lo que me sea posible de esta manera.
(Proseguiré la numeración de las diferentes tablas donde la he dejado en el
capítulo precedente.)
9. EL AÑO DEL UNIVERSO
El Big Bang
01 de enero
00:00 horas
Formación de las partículas subatómicas
01 de enero
00:00:13 horas
Formación de los átomos de hidrógeno y helio
01 de enero
00:10 a 10:00 horas
Los átomos forman nubes de gases
03 de enero
Formación de la Vía Láctea
18 de febrero
Formación del Sistema Solar
09 de septiembre
Comienza la vida sobre la Tierra
06 de octubre
Primera vida terrestre
20 de diciembre
Aparecen los primeros homínidos
31 de diciembre
21:40 horas
Comienza la historia
31 de diciembre
23:59:50
Como ven, el Universo atravesó la primera octava parte de
su historia sin nuestra galaxia, y tal vez sin ninguna clase de galaxia.
(Inicialmente, esto depende de cuál de las versiones actuales del Big Bang sea
la exacta. Algunas recientes postulan un «universo inflacionario», en el que,
después del Big Bang, tuvo lugar una repentina e increíblemente rápida
expansión, y esto puede significar que las galaxias existieron casi desde el
principio. Por desgracia, no estoy seguro. Aún no he conseguido entender ese
Universo inflacionario.)
En cualquier caso, no hay duda de que el Universo existió
durante largo tiempo, probablemente los siete décimos de su existencia, sin
nuestro Sistema Solar. Si es cierto, como algunos mantienen (aunque yo no acabo
de creérmelo), que la vida en la Tierra es la única vida en el Universo, en ese
caso el Universo pasó las tres cuartas partes de su existencia como una vasta
esterilidad, carente incluso de la vida más simple. (¿Cómo puede ser esto
creíble?)
No obstante, lo que más me sorprende es que la vasta
duración no reduzca algo tan insignificante como la historia humana a la
inconmensurabilidad. ¡En absoluto! El período durante el cual los seres humanos
han escrito crónicas de alguna clase u otra ocupa, en realidad, diez Segundos
del Universo. (Naturalmente, los diez últimos.)
Podría pensarse que, al considerar la vida del Universo,
he agotado todas las tablas útiles. ¿A qué puedo apelar que sea más extenso y
mayor que la vida total en todo el Universo?
Verán, la extensión no lo es todo. Podemos buscar algo
útil en otras direcciones. Por ejemplo…
El Sol, con su familia de planetas, viaja constantemente
por el centro de la galaxia de la Vía Láctea en una órbita casi circular, y
completa una revolución en unos 200.000.000 de años.
Supongamos que damos por sentado que la órbita del Sol ha
sido estable, que no se ha visto seriamente afectada por perturbaciones
estelares durante su existencia. No tenemos ninguna prueba de este supuesto,
pero tampoco existe razón para suponer que la órbita haya sufrido graves
cambios en algún momento. Y si no existen pruebas de lo uno ni de lo otro,
parece acertado quedamos con la suposición razonable más simple, y optaremos
por la estabilidad.
En ese caso, significaría que en los 4.600.000.000 de años
de la historia del Sistema Solar ha habido tiempo para que el Sol y los
planetas hayan orbitado en torno del centro galáctico 23 veces.
A continuación, imaginémonos a un observador en un punto
fijo de la galaxia (en relación con su centro), desde el que viese al Sol
encenderse y empezar a brillar exactamente en el momento de pasar delante de
él. ¿Qué vería si permaneciese allí y estudiase la Tierra cada vez que el Sol
regresase después de un intervalo de 200.000.000 de años?
Si comprimimos la vida del Sistema Solar en un solo «Año
del Sistema Solar», cada órbita del Sistema Solar en torno del centro galáctico
duraría 15,87 días del Sistema Solar, y cada uno de esos días representaría
548.000 años reales. Podríamos preparar una tabla que dé a la formación de la
Tierra el número 0, y luego numerar cada giro a lo largo de su senda orbital
del 1 al 23. El resultado sería el siguiente:
10. AÑO DEL SISTEMA SOLAR
La Tierra toma su forma actual
00 - 01 de enero
Evolución química
01 - 16 de enero
Evolución química
02 - 01 de febrero
Evolución química
03 - 17 de febrero
Evolución química
04 - 03 de marzo
Evolución química
05 - 19 de marzo
Aparecen las bacterias (procariotas)
06 - 04 de abril
Bacterias
07 - 20 de abril
Bacterias
08 - 05 de mayo
Aparecen algas cianofíceas (procariotas)
09 - 21 de mayo
Bacterias y algas cianofíceas
10 - 06 de junio
Bacterias y algas cianofíceas
11 - 22 de junio
Bacterias y algas cianofíceas
12 - 08 de julio
Aparecen procariotas multicelulares
13 - 24 de julio
Procariotas multicelulares
14 - 09 de agosto
Procariotas multicelulares
15 - 25 de agosto
Procariotas multicelulares
16 - 09 de septiembre
Procariotas multicelulares
17 - 25 de septiembre
Se desarrollan las células eucariotas
18 - 11 de octubre
Eucariotas multicelulares (plantas y animales)
19 - 27 de octubre
Crustáceos. Comienza el rico registro de fósiles
20 - 12 de noviembr3
Aparece la vida terrestre
21 - 28 de noviembre
Aparecen los dinosaurios
22 - 14 de diciembre
El Homo Sapiens domina la Tierra
23 - 31 de diciembre
Déjenme explicarles brevemente algunos puntos. Por
«evolución química» me refiero a la construcción gradual de moléculas complejas
a partir de otras simples, a expensas de varias fuentes de energía tales como
rayos solares ultravioleta, relámpagos y calor interior de la Tierra.
Los procariotas (a los que he mencionado brevemente en el
capítulo anterior) son células simples considerablemente más pequeñas que las
de nuestros cuerpos, y que carecen de complejidad interna. Carecen, por
ejemplo, de un núcleo, y su equipo genético está distribuido de modo general
por la célula. Los procariotas que aún florecen hoy son bacterias y algas
cianofíceas. Ambas son muy parecidas, con la diferencia de que las cianofíceas
(que, dicho sea de paso, no son realmente algas) pueden fotosintetizar, y las
bacterias no.
Los eucariotas son células mucho más grandes, con una
considerable organización interna, incluyendo (en particular) un núcleo.
«Eucariota» deriva de una voz griega y significa «buen núcleo», mientras que
procariota significa «antes del núcleo». Los protozoos y las verdaderas algas
son células eucariotas simples, animales y plantas respectivamente. Todos los
organismos multicelulares que hay en la Tierra en la actualidad (incluyéndonos
a nosotros mismos, como es natural) están formados por células eucariotas.
Los procariotas multicelulares son poco más que colonias
de bacterias, y constituyeron un callejón sin salida. Si las bacterias y las
cianofíceas sobreviven aún hoy, a pesar de la competencia, es porque ocupan
toda clase de nichos que nada más puede o quiere ocupar. y porque son
increíblemente fecundas.
Al mirar la Tierra con intervalos fijos, se puede hacer
uno una buena idea de la aceleración del índice de evolución. Durante las
primeras cinco vueltas en torno del centro galáctico, la Tierra carecía de
vida. Durante las siguientes doce vueltas, no llevaba encima nada más avanzado
que las células procariotas.
No fue hasta finalizada la decimoctava vuelta, momento en
el que ya se habían alcanzado las tres cuartas partes de la edad actual de la
Tierra, cuando comenzaron a desarrollarse células procariotas.
Pero luego las cosas se aceleraron. A la vuelta siguiente
conseguimos el potencial de un buen registro fósil para ayudarnos. gracias a la
aparición de organismos multicelulares complejos con partes que se fosilizaban
con facilidad. Otra vuelta y se colonizó la tierra. Otra más. y aparecieron los
dinosaurios.
Y luego se produjo toda la dramática historia de la
ascensión y caída de los dinosaurios, el ascenso de los mamíferos y la llegada
de los homínidos y del hombre moderno, todo ello comprimido en la vuelta más
reciente del Sistema Solar en torno del centro galáctico.
Sólo cabe preguntarnos qué podrá verse en la siguiente
vuelta, dentro de 200.000.000 de años.
Hasta ahora hemos considerado la evolución de la Tierra
desde un punto de vista del Universo, hablando del Big Bang y de revoluciones
galácticas, y ha llegado el momento de justificar el título de este ensayo,
abandonando la Tierra, y vamos a considerar la evolución de las estrellas —el
Sol en particular, —en vez de la vida terrestre.
Hace casi cinco mil millones de años, el Sistema Solar
existía como una gran nube de polvo y gas, una nube que tal vez había existido
desde que la galaxia se formase, miles de millones de años antes. Algún impulso
tal vez la explosión de una supernova cercana hizo contraerse la nube de gases
del Sistema Solar. Como resultado de ello su intensidad gravitatoria creció, y
la contracción se activó aún más. Finalmente, al cabo de diez o veinte millones
de años, el centro de la nube se había contraído hasta una densidad y
temperatura suficientes para iniciar la fusión del hidrógeno. El centro de la
condensación «se encendió» y se convirtió en una estrella, aunque en las
regiones exteriores unos cuerpos más pequeños y, por tanto, con superficies
frías (los planetas) se estaban formando.
Después de esto, el Sol mantuvo su producción de energía
mediante una constante fusión del hidrógeno, que constituía con mucho la mayor
parte de su contenido, en un helio en cierta medida más complejo. El helio, más
denso que el hidrógeno, se reunió en el centro solar y este núcleo de helio se
fue haciendo cada vez más grande, mientras se formaba más helio y se vertía
para unirse a él.
A medida que el núcleo de helio adquiría más masa. su
propia intensidad gravitatoria le hizo condensarse en una mayor densidad y
temperatura. Para cuando el Sol haya usado el 10 % de su hidrógeno original
total algo que aún tardará en suceder varios miles de millones de años, el
núcleo de helio se habrá hecho lo suficientemente denso y caliente para que
tenga lugar la fusión del helio en carbono.
Entre el momento en que se inició la fusión del hidrógeno
y el momento en que empezó la fusión del helio, la producción de radiación del
Sol fue razonablemente constante, como ocurriría con cualquier estrella.
Durante este período de tiempo, el Sol, o cualquier otra estrella, se dice que
permanece en la «secuencia principal».
En el caso del Sol, se estima que permanecerá en su
secuencia principal durante 10 mil millones de años.
Una vez el helio comienza a arder, el núcleo de helio se
calienta tremendamente y se expande. También calienta la envoltura de hidrógeno
exterior. que asimismo se expande. El Sol se hace cada vez más grande y su
superficie más exterior en expansión se hace gradualmente más fría hasta el
simple calor rojo, aunque la superficie en expansión le proporciona un calor
total que aumenta constantemente. a pesar del enfriamiento de las partes.
El Sol alcanzaría su volumen máximo como «gigante roja»
tal vez 1.5 mil millones de años después de haber empezado a arder el helio,
por lo que su existencia total desde la ignición hasta ser gigante roja sería
de 11,5 mil millones de años. (Naturalmente. el Sol continuará existiendo y
desarrollándose después de haberse convertido en una gigante roja totalmente
formada, pero en este capítulo no iremos más allá.)
Otras estrellas experimentan los mismos cambios, aunque no
necesariamente con la misma velocidad. Las estrellas con más masa que el Sol lo
hacen todo con mayor rapidez. Al tener más masa, tienen un campo gravitatorio
más intenso y se contraen más rápidamente. se hacen más densas y más calientes
también más rápidamente, y llegan antes a la ignición. Después de ésta, funden
su hidrógeno con mayor rapidez, y llegan al estadio de gigante roja también con
más rapidez y. en realidad, se convierten en una gigante roja más grande.
Cuanto más masa tiene una estrella, más hidrógeno contiene para la fusión, pero
el índice de fusión aumenta considerablemente más deprisa que la masa de la
estrella, por lo que cuanto mayor sea la estrella, más breve será la
permanencia en la secuencia principal.
Una estrella con tres veces más masa que el Sol, por
ejemplo, completará su contracción en tal vez 3 millones de años, en vez de los
20 millones que parece que ha tardado el Sol. Permanecerá en la secuencia
principal sólo durante una cuarta parte de mil millones de años y será una
gigante roja plenamente desarrollada unos cuantos millones de años después de
eso. Así pues, supongamos que preparamos un «Año Solar» en el que la existencia
del Sol, desde la ignición hasta el pleno desarrollo de estrella roja, se
comprime en un año. Dado que el Año Solar tendría una duración de 11,5 mil
millones de años reales, cada Día Solar comprendería 31.500.000 años reales. De
ese modo podemos elaborar una tabla de la vida de las estrellas con más masa.
11. EL AÑO SOLAR
Ignición del Sol
01 de enero
00:00 horas
Las estrellas con más masa se convierten en gigantes rojas
01 de enero
00:45 horas
Una estrella como Beta del Centauro se convierte en
gigante roja
01 de enero
07:30 horas
Una estrella como Achernar se convierte en gigante roja
03 de enero
04:00 horas
Una estrella como Sirio se convierte en gigante roja
16 de enero
Una estrella como Altair se convierte en gigante roja
01 de febrero
Una estrella como Canope se convierte en gigante roja
03 de marzo
Una estrella como Proción se convierte en gigante roja
05 de mayo
El Sol en su presente estadio
25 de mayo
Comienza a arder helio en el Sol
12 de noviembre
El Sol se convierte en una gigante roja plenamente
desarrollada
31 de diciembre
Como ven, el Sol está todavía en su vigorosa mediana edad,
sin que haya transcurrido la mitad de su vida útil. No hay ninguna necesidad de
preocuparse por el hecho de que, inexorablemente, después de que comience a
arder el helio, el Sol se hará cada vez más caliente, con lo que la vida en la
Tierra será imposible. En realidad, cuando el Sol sea una gigante roja
desarrollada se expandirá hasta estar lo bastante cerca de la Tierra para
calentarla hasta convertirla en cenizas. Incluso puede que llegue a absorberla.
Sin embargo, deberán transcurrir al menos cinco mil o seis
mil millones de años antes de que ese calor realmente se produzca y habría que
tener un optimismo incurable para suponer que no habremos conseguido encontrar
algo diferente como medio de eliminarnos nosotros mismos. No tendremos que
esperar a que el Sol nos abrase.
Aun cuando sobrevivamos, para el tiempo en que el helio
comience a arder, habremos evolucionado hacia algo del todo irreconocible como
humano (aunque siempre podemos, de algún modo, confiar en que sea algo mejor
que lo humano).
Si nosotros, o una especie sucesora, existimos cuando el
Sol se encuentre en la ignición del helio, es inconcebible que nuestro nivel
técnico no haya alcanzado el punto en que nos permita abandonar la Tierra con
facilidad y retirarnos al sistema extrasolar, donde el nuevo y enorme calor
total del Sol será algo beneficioso en lugar de todo lo contrario. En realidad,
podemos estar seguros de que, mucho antes de que el calor del Sol se convierta
en un problema, la Humanidad o sus descendientes habrán trasladado los
escenarios de su actividad a planetas que giren en torno a otras estrellas más
jóvenes, o a mundos artificiales independientes.
A propósito, se les podría ocurrir que, si una estrella
como Beta del Centauro se abre camino a través de su secuencia principal en
sólo cinco Horas Solares y media y desaparece, por así decirlo, antes de la
salida del Sol del primer día del año, ¿cómo puede Beta del Centauro brillar
serenamente en los cielos del hemisferio meridional exactamente ahora mismo?
Ah… La Tabla 11 se basa en la suposición de que todo un
grupo de estrellas de diversas masas (pero todas con más masa que el Sol)
entrara en ignición al mismo tiempo. Este no es el caso de las estrellas reales
de la galaxia en la que nos encontramos. Beta del Centauro tiene una vida total
en la secuencia principal de no más de 10 millones de años. y brilla ahora en
el firmamento porque se formó hace menos de 10 millones de años.
Todas las estrellas con más masa que el Sol son unos
relativos recién llegados a escena. De otro modo, todas se habrían convertido
ya en gigantes rojas y se encontrarían en la actualidad en estado de colapso.
Numerosas galaxias en espiral (incluida la Vía Láctea) están aún sembradas de
nubes de polvo y gas, y éstas pueden, en las condiciones apropiadas,
condensarse en muchedumbres de estrellas. Existen extensiones pequeñas e
intensamente oscuras, llamadas «glóbulos Bok» (por el astrónomo Bart J. Bok, que
fue el primero en llamar la atención sobre ellas. y pueden ser estrellas que se
encuentren en proceso de formación mientras las observamos.
Igual que existen estrellas con más masa que el Sol, y
que, por lo tanto, son más grandes, más luminosas, más calientes y de vida más
breve, también existen estrellas con menos masa que el Sol y que, por tanto,
son más pequeñas, menos luminosas y de vida más larga.
Las estrellas pequeñas no salpican mucho el firmamento,
nos damos mucha más cuenta de las más grandes y brillantes. Sin embargo, en el
caso de las estrellas, como en casi cualquier grupo grande de sustancias
similares, ya sean galaxias, guijarros o insectos, las más pequeñas son más
numerosas que las más grandes. Por cada estrella con tanta masa como, o incluso
con más masa que el Sol, existen seis o siete estrellas que tienen menos masa
que el Sol.
Las estrellas más pequeñas son lo suficientemente frías
para estar sólo al rojo vivo. A diferencia de las gigantes rojas, las estrellas
pequeñas no tienen el suficiente tamaño para compensar la oscuridad de sus
partes. Las estrellas pequeñas son, por tanto, apagadas, tan apagadas que, por
cerca que se encuentren de nosotros, incluso en este caso sólo pueden verse con
telescopio.
Esas estrellas pequeñas se denominan enanas rojas. y son
tan tacañas con su energía. que duran sorprendentemente mucho tiempo. Una enana
roja muy pequeña, una sólo lo bastante grande para mantener una débil fusión
nuclear, puede conseguir que su relativamente escaso suministro de combustible
le dure 200 mil millones de años en la secuencia principal. Esto significa que
ninguna enana roja ha abandonado nunca la secuencia principal. El Universo,
simplemente, no es lo bastante viejo para que alguna de ellas haya dejado de
existir.
Vamos a establecer ahora un «Año de Enana roja», con lo
que quiero decir 200 mil millones de años comprimidos en un solo año (lo cual
nos da una cifra mayor que toda la vida presente del Universo, mucho mayor), y
veremos qué aspecto tienen las estrellas desde este punto de observación. Cada
Día de Enana Roja, con este sistema, tendría una duración de 548.000.000 de
años.
12. EL AÑO DE LA ENANA ROJA
Ignición de la estrella
01 de enero
Una estrella como Sirio se convierte en gigante roja
01 de enero
22:00 horas
Una estrella como Altair se convierte en gigante roja
02 de enero
20:00 horas
Una estrella como Canope se convierte en gigante roja
03 de enero
15:00 horas
Una estrella como Proción se convierte en gigante roja
07 de enero
07:00 horas
Una estrella como el Sol se convierte en gigante roja
21 de enero
Una estrella como Alfa del Centauro B se convierte en
gigante roja
24 de febrero
Una estrella como Alfa del Centauro C se convierte en
gigante roja
31 de diciembre
Si pudiéramos imaginar que una enana roja tiene conciencia
y observa el Universo, ésta vería, más bien sardónicamente, que todos los
grandes petardos, van y vienen con rápidos destellos, mientras que ella y sus
compañeras enanas rojas arden constantemente en su forma apagada y tranquila.
Con seguridad, surgirían nuevos petardos, pero es del todo
probable que las enanas rojas continuarían brillando después de ellos también.
En realidad, cuando el gas y el polvo de esas diversas galaxias que poseen
tales nubes (muchas galaxias están exentas de polvo) hayan llegado a
consumirse, y todas las estrellas brillantes hayan pasado al estadio de gigante
roja y se hayan derrumbado y apagado, entonces el Universo brillará débilmente
a la luz de las únicas estrellas normales que queden, es decir, las enanas
rojas.
Pero finalmente, si el Universo es abierto y se sigue
expandiendo eternamente, la última enana roja también se apagará. y no quedará
absolutamente ninguna estrella en su secuencia principal.
Notas
[1] Estoy resistiéndome al impulso de explicar las distintas
unidades eléctricas. Eso quedará para otro ensayo en otra ocasión. <<
[2] Nunca he negado dicho permiso. ¡Sería descortés!
<<
[3] Adrastea es el nombre de una ninfa que cuidó a Zeus
niño, junto con Amaltea. Tebes era una niña que fue hija de un dios-río y, como
ya han adivinado ustedes, Zeus la vio una vez y lo que siguió era inevitable.
Metis es la más interesante de las tres, puesto que fue una titanesa,
perteneciente a la generación más antigua de deidades y que, según su nombre,
personificaba la sabiduría. Se la considera la primera esposa de Zeus, pero
Zeus temió que pudiese alumbrar a un hijo que le derrocase, igual que él había
hecho con su padre, Cronos. Por lo tanto, Zeus se tragó a Metis, que desde
entonces le aconsejó desde su estómago (una forma de conseguir educación).
Nueve meses después irrumpió Atenea por la cabeza de Júpiter, armada por
completo y profiriendo su grito de guerra.<<
[4] Los nombres de los satélites saturnianos figuran y se
explican en «Rolicall» en Of time and Space and Other things (Doubleday, 1965).
Los nombres de los satélites de los planetas más allá de Saturno se dan también
allí con una excepción.<<
[5] Descartemos el caer o saltar de un acantilado, ser
llevado por un tornado u otros sucesos destructivos de este tipo.<<

