Libro N° 4078. El Robot Completo. Asimov, Isaac.
© Libro N° 4078. El Robot Completo. Asimov, Isaac. Colección E.O. Agosto 19 de 2017.
Título
original: © The Complete Robot
Versión Original: © El Robot Completo. Isaac
Asimov
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL ROBOT COMPLETO
Isaac Asimov
Introducción
Cuando me faltaba poco
para cumplir los veinte años y era ya un endurecido lector de ciencia ficción,
llevaba leídas muchas historias de robots, y había descubierto que podían
calificarse en dos categorías.
En la primera categoría
estaban los Robots-como-Amenaza. No tengo que explicar demasiado esto. Tales
historias eran una mezcla de «clanc-clanc» y «aarghh» y «Hay algunas cosas que
se supone que el hombre no debe conocer». Al cabo de un tiempo empezaron a
palidecer a mis ojos, y ya no pude seguir soportándolas.
En la segunda categoría
(mucho más pequeña) estaban los Robots-como-Pathos. En tales historias los
robots eran encantadores y normalmente se veían sometidos a crueles seres
humanos. Me encantaban. A finales de 1938 dos de tales historias me
impresionaron de una forma particular. Una era un relato corto de Eando Binder
titulado Yo, robot, acerca de un santo robot llamado Adam Link; otra era una
historia de Lester del Rey, titulada Helen O'Loy, que me emocionó con su
retrato de un robot que era tan leal como debería serlo una esposa.
Sin embargo, cuando, el
10 de junio de 1939 (sí, mantengo un archivo meticuloso), me senté a escribir
mi primera historia de robots, no pensé ni por un momento en escribir una
historia de Robots-como-Pathos. Escribí Robbie, acerca de un robot nurse y una
niñita y un poco de amor y una madre llena de prejuicios y un padre débil y un
corazón roto y una reunión en medio de lágrimas. (Originalmente apareció bajo
el título -que siempre he odiado- de Extraño compañero de juegos.)
Pero algo curioso
ocurrió mientras escribía esa primera historia. Conseguí obtener una visión de
un robot que no era ni Amenaza ni Pathos. Empecé a pensar en los robots como en
productos industriales construidos por auténticos ingenieros. Construidos con
dispositivos de seguridad de modo que no pudieran convertirse en Amenazas, y
diseñados para realizar ciertos trabajos para los cuales no era necesario el
Pathos.
A medida que seguía
escribiendo historias de robots, esta noción de robots industriales
cuidadosamente diseñados por ingenieros fue permeando más y más mis relatos,
hasta que la característica misma de las historias de robots en los relatos
serios de ciencia ficción fue cambiando... no tan sólo en mis propias
historias, sino en las de casi todo el mundo.
Eso me hizo sentirme
orgulloso y durante muchos años, incluso décadas, no tuve ningún reparo en
admitir que yo era «el padre de las modernas historias de robots».
A medida que iba
pasando el tiempo, fui haciendo otros descubrimientos que me encantaron.
Descubrí, por ejemplo, que cuando utilizaba la palabra «rebotica» para
describir el estudio de los robots, no estaba utilizando una palabra que
existía ya, sino que había inventado una palabra que nunca antes había sido
usada. (Eso ocurrió en mi historia Círculo vicioso, publicada en 1942.)
La palabra se ha
convertido ahora en algo de uso general. Hay revistas y libros con la palabra
en su título, y generalmente es admitido en el campo que yo inventé el término.
No crean que no me siento orgulloso de ello. No hay mucha gente que haya acuñado
un término científico útil, y aunque yo lo hice de forma inconsciente, no tengo
ninguna intención de dejar que nadie en el mundo lo olvide.
Lo que es más, en
Círculo vicioso listé por primera vez mis «Tres Leyes de la Robótica» con un
detalle específico, y esas también se hicieron famosas. Al menos, son citadas
por todas partes, en todo tipo de lugares que no tienen nada que ver
directamente con la ciencia ficción, incluso en referencias de índole general.
Y la gente que trabaja en el campo de la inteligencia artificial se toma a
veces la molestia de decirme que creen que las Tres Leyes serán una buena guía
en el futuro.
Podemos ir incluso más
allá de eso...
Cuando escribí mis
historias de robots no creía que los robots llegaran a existir realmente en el
transcurso de mi vida. De hecho, estaba seguro de que eso era imposible, y
hubiera apostado enormes sumas al respecto. (Al menos, hubiera apostado 15
centavos, que es mi límite de apuestas cuando estoy completamente seguro de
algo.)
Y sin embargo aquí
estoy yo, cuarenta y tres años después de que escribiera mi primera historia de
robots, y tenemos robots. Por supuesto que los tenemos. Lo que es más, son en
un cierto sentido lo que yo imaginé... robots industriales, creados por ingenieros
para realizar trabajos específicos y con dispositivos de seguridad incluidos en
ellos. Pueden descubrirse en numerosas fábricas, principalmente en el Japón,
donde existen fábricas de automóviles que se hallan enteramente robotizadas. La
cadena de montaje en tales lugares es «comandada» por robots en cada una de sus
fases.
Naturalmente, esos
robots no son tan inteligentes como los míos..., no son positrónicos; ni
siquiera son humanoides. Sin embargo, están evolucionando rápidamente, y
haciéndose por momentos más capaces y versátiles. ¿Quién sabe en qué van a
convertirse dentro de otros cuarenta años?
De una cosa sí podemos
estar seguros. Los robots están cambiando el mundo y conduciéndolo hacia
direcciones que no podemos prever claramente.
¿De dónde proceden esos
robots reales? La más importante fuente de ellos es una firma llamada Unimation
Inc., de Danbury, Connecticut. Es el fabricante líder de robots industriales, y
es el responsable quizá de una tercera parte de todos los robots instalados
hasta el presente. El presidente de la firma es Joseph F. Engelberger, que la
fundó a finales de los años cincuenta porque estaba tan interesado en los
robots que decidió dedicar toda su vida a su producción.
Pero ¿cómo demonios
llegó a interesarse tanto por los robots en un estadio tan prematuro? Según sus
propias palabras, se interesó enormemente por los robots a lo largo de los años
cuarenta, cuando estaba persiguiendo su graduación en física en la universidad
de Columbia, leyendo las historias de robots de su compañero de universidad
Isaac Asimov.
¡Dios mío!
¿Saben?, no escribí
ninguna de mis historias de robots con esta ambición en aquellos lejanos,
lejanos días. Todo lo que deseaba por aquel entonces era venderlas a las
revistas a fin de ganar unos cuantos cientos de dólares que me ayudaran a pagar
mis cuotas universitarias..., y por supuesto para ver mi nombre reproducido en
letra de imprenta.
Si hubiera escrito en
cualquier otro campo de la literatura, eso es todo lo que hubiera conseguido.
Pero puesto que estaba escribiendo ciencia ficción, y solamente porque estaba
escribiendo ciencia ficción, yo -sin saberlo exactamente- estaba iniciando una
cadena de acontecimientos que están cambiando el aspecto del mundo.
Incidentalmente, Joseph
F. Engelberger publicó en 1980 un libro titulado Prácticas robóticas:
aplicación y comercialización de los robots industriales (Asociaciones
Comerciales Americanas), y fue lo bastante amable como para pedirme que yo le
escribiera el prólogo.
Todo eso condujo a que
mis benevolentes editores pensaran que...
Mis numerosas historias
de robots han aparecido en no menos de siete recopilaciones de relatos míos.
¿Por qué deberían ser desgajadas de ellas? Ellos mismos me dieron la razón:
puesto que han adquirido una importancia mucho mayor de la que nadie hubiera llegado
a imaginar (y yo el primero) en el momento en que fueron escritas, ¿acaso no
merecen el ser reunidas todas ellas en un solo libro?
No resultó muy difícil
convencerme, de modo que ahí están, reunidas por primera vez, mis treinta y una
historias sobre robots, totalizando más de 200.000 palabras, y escritas a lo
largo de un período de tiempo que abarca desde 1939 hasta 1977.
Algunos robots no
humanos
No voy a ordenar las
historias de robots en el orden en que fueron escritas. En vez de ello, voy a
agruparlas según la naturaleza de su contenido. En esta primera división, por
ejemplo, trato de robots que no poseen forma humana..., un perro, un automóvil,
una caja. ¿Por qué no? Los robots industriales que se han convertido en
realidad no poseen apariencia humana.
La primera historia de
todas las recopiladas aquí, El mejor amigo de un muchacho, no pertenece a
ninguna de mis primeras recopilaciones. Fue escrita el 10 de septiembre de
1974, y puede que encuentren ustedes en ella un eco distante de Robbie, escrita
treinta y cinco años antes, y que aparece más tarde en este mismo volumen. No
piensen que no soy consciente de ello.
Incidentalmente,
observarán ustedes que en esas tres historias el concepto del Robot-como-Pathos
se halla claramente marcado. Puede que observen también, sin embargo, que en
Sally no parece haber el menor indicio de las Tres Leyes, y que hay más que una
alusión al Robot-como-Amenaza. Bien, si en su momento decidí hacerlo así,
supongo que estaba en mi derecho. ¿ Quién hay por ahí para impedírmelo ?
El mejor amigo de un
muchacho
—Querida, ¿dónde está Jimmy?
—preguntó el señor Anderson.
—Afuera, en el cráter
—dijo la señora Anderson—. No te preocupes por él. Está con Robutt...
—¿Ha llegado ya?
—Sí. Está pasando las
pruebas en la estación de cohetes. Te juro que me ha costado mucho contenerme y
no ir a verlo. No he visto ninguno desde que abandoné la Tierra hace ya quince
años..., dejando aparte los de las películas, claro.
—Jimmy nunca ha visto
ninguno — dijo la señora Anderson.
—Porque nació en la
Luna y no puede visitar la Tierra. Por eso hice traer uno aquí. Creo que es el
primero que viene a la Luna.
—Sí, su precio lo
demuestra —dijo la señora Anderson lanzando un suave suspiro.
—Mantener a Robutt
tampoco resulta barato, querida —dijo el señor Anderson.
Jimmy estaba en el
cráter, tal y como había dicho su madre. En la Tierra le habrían considerado
delgado, pero estaba bastante alto para sus diez años de edad. Sus brazos y sus
piernas eran largos y ágiles. El traje espacial que llevaba hacía que pareciese
más robusto y pesado, pero Jimmy sabía arreglárselas en la débil gravedad lunar
como ningún terrestre podría hacerlo nunca. Cuando Jimmy tensaba las piernas y
daba su salto de canguro su padre siempre acababa quedándose atrás.
El lado exterior del
cráter iba bajando en dirección sur y la Tierra -que se hallaba bastante baja
en el cielo meridional, el lugar donde estaba siempre vista desde Ciudad
Lunar-, ya casi había entrado en la fase de llena, por lo que toda la ladera
del cráter quedaba bañada por su claridad.
La pendiente no era muy
empinada, y ni tan siquiera el peso del traje espacial podía impedir que Jimmy
se moviera con gráciles saltos que le hacían flotar y creaban la impresión de
que no había ninguna gravedad contra la que luchar.
—¡Vamos, Robutt! —gritó
Jimmy.
Robutt le oyó a través
de la radio, ladró y echó a correr detrás de él.
Jimmy era un experto,
pero ni tan siquiera él podía competir con las cuatro patas y los tendones de
Robutt, que además no necesitaba traje espacial. Robutt saltó por encima de la
cabeza de Jimmy, dio una voltereta y terminó posándose casi debajo de sus pies.
—No hagas tonterías,
Robutt, y quédate allí donde pueda verte —le ordenó Jimmy.
Robutt volvió a ladrar,
ahora con el ladrido especial que significaba "Sí".
—No confío en ti,
tunante —exclamó Jimmy.
Dio un último salto que
lo llevó por encima del curvado borde superior de la pared del cráter y le hizo
descender hacia la ladera inferior.
La Tierra se hundió
detrás del borde de la pared del cráter, y la oscuridad cegadora y amistosa que
eliminaba toda diferencia entre el suelo y el espacio envolvió a Jimmy. La
única claridad visible era la emitida por las estrellas.
En realidad Jimmy no
tenía permitido jugar en el lado oscuro de la pared del cráter. Los adultos
decían que era peligroso, pero lo decían porque nunca habían estado allí. El
suelo era liso y crujiente, y Jimmy conocía la situación exacta de cada una de
las escasas piedras que había en él.
Y, además, ¿qué podía
haber de peligroso en correr a través de la oscuridad cuando la silueta
resplandeciente de Robutt le acompañaba ladrando y saltando a su alrededor? El
radar de Robutt podía decirle dónde estaba y dónde estaba Jimmy aunque no
hubiera luz.
Mientras Robutt
estuviera con él para advertirle cuando se acercaba demasiado a una roca,
saltar sobre él demostrándole lo mucho que le quería o gemir en voz baja y
asustada cuando Jimmy se ocultaba detrás de una roca aunque Robutt supiera todo
el rato dónde estaba Jimmy jamás podría sufrir ningún daño. En una ocasión
Jimmy se acostó sobre el suelo, se puso muy rígido y fingió estar herido, y
Robutt activó la alarma de la radio haciendo acudir a un grupo de rescate de
Ciudad Lunar. El padre de Jimmy castigó la pequeña travesura con una buena
reprimenda, y Jimmy nunca había vuelto a hacer algo semejante.
La voz de su padre le
llegó por la frecuencia privada justo cuando estaba recordando aquello.
—Jimmy, vuelve a casa.
Tengo que decirte algo.
Jimmy se había quitado
el traje espacial y se había lavado concienzudamente después de entrar en casa;
e incluso Robutt había sido meticulosamente rociado, lo cual le encantaba.
Robutt estaba inmóvil
sobre sus cuatro patas con su pequeño cuerpo de no más de treinta centímetros
de longitud estremeciéndose y lanzando algún que otro destello metálico, y su
cabecita desprovista de boca con dos ojos enormes que parecían cuentas de cristal
y la diminuta protuberancia donde se hallaba alojado el cerebro no dejó de
lanzar débiles ladridos hasta que el señor Anderson abrió la boca.
—Tranquilo, Robutt
—dijo el señor Anderson, y sonrió—. Bien, Jimmy, tenemos algo para ti. Ahora se
encuentra en la estación de cohetes, pero mañana ya habrá pasado todas las
pruebas y lo tendremos en casa. Creo que ya puedo decírtelo.
—¿Algo de la Tierra,
papi?
—Es un perro de la
Tierra, hijo, un perro de verdad..., un cachorro de terrier escocés para ser
exactos. El primer perro de la Luna... Ya no necesitarás más a Robutt. No
podemos tenerlos a los dos, ¿sabes? Se lo regalaremos a algún niño. —El señor
Anderson parecía estar esperando a que Jimmy dijera algo, pero al ver que no
abría la boca siguió hablando—. Ya sabes lo que es un perro, Jimmy. Es de
verdad, está vivo... Robutt no es más que una imitación mecánica, una copia de
robot.
Jimmy frunció el ceño.
—Robutt no es una
imitación, papi. Es mi perro.
—No es un perro de
verdad, Jimmy. Robutt tiene un cerebro positrónico muy sencillo y está hecho de
acero y circuitos. No está vivo.
—Hace todo lo que yo
quiero que haga, papi. Me entiende. Te aseguro que está vivo.
—No, hijo. Robutt no es
más que una máquina. Está programado para que actúe de esa forma. Un perro es
algo vivo. En cuanto tengas al perro ya no querrás a Robutt.
—El perro necesitará un
traje espacial, ¿verdad?
—Sí, naturalmente, pero
creo que será dinero bien invertido y muy pronto se habrá acostumbrado a él...
Y cuando esté en la ciudad no lo necesitará, claro. Cuando lo tengamos en casa
enseguida notarás la diferencia.
Jimmy miró a Robutt. El
perro robot había empezado a lanzar unos gemidos muy débiles, como si estuviera
asustado. Jimmy extendió los brazos hacia él y Robutt salvó la distancia que le
separaba de ellos de un solo salto.
—¿Y qué diferencia hay
entre Robutt y el perro? —preguntó Jimmy.
—Es difícil de explicar
—dijo el señor Anderson—, pero lo comprenderás en cuanto lo veas. El perro te
querrá de verdad, Jimmy. Robutt sólo está programado para actuar como si te
quisiera, ¿en tiendes?
—Pero papi... No
sabemos qué hay dentro del perro ni cuáles son sus sentimientos. Puede que
también finja.
El señor Anderson
frunció el ceño.
—Jimmy, te aseguro que
en cuanto hayas experimentado el amor de una criatura viva notarás la
diferencia.
Jimmy estrechó a Robutt
en sus brazos. El niño también tenía el ceño fruncido, y la expresión
desesperada de su rostro indicaba que no estaba dispuesto a cambiar de opinión.
—Pero si los dos se
portan igual conmigo entonces tanto da que sea un perro de verdad o un perro
robot —dijo Jimmy—. ¿Y lo que yo siento? Quiero a Robutt, y eso es lo que
importa.
Y el pequeño robot, que
nunca se había sentido abrazado con tanta fuerza en toda su existencia, lanzó
una serie de ladridos estridentes..., ladridos de pura felicidad.
Sally
Sally bajaba por la
carretera que conducía al lago, de modo que le hice una seña con la mano y la
llamé por su nombre. Siempre me ha gustado ver a Sally. Me gustan todos,
entiendan, pero Sally es la más hermosa del lote. Indiscutiblemente.
Aceleró un poco cuando
le hice la seña con la mano. Nada excesivo. Nunca perdía su dignidad. Tan sólo
aceleraba lo suficiente como para indicarme que se alegraba de verme, nada más.
Me volví hacia el
hombre que estaba de pie a mi lado.
—Es Sally —dije.
Me sonrió y asintió con
la cabeza.
Lo había traído la
señora Hester. Me había dicho:
—Se trata del señor
Gellhorn, Jake. Recordarás que te envió una carta pidiéndote una cita.
Puro formulismo,
realmente. Tengo un millón de cosas que hacer con la Granja, y una de las cosas
en las que no puedo perder el tiempo es precisamente el correo. Por eso tengo a
la señora Hester. Vive muy cerca, es buena atendiendo a todas las tonterías sin
molestarme con ellas, y lo más importante de todo, le gustan Sally y todos los
demás. Hay gente a la que no.
—Encantado de
conocerle, señor Gellhorn —dije.
—Raymond J. Gellhorn
—dijo, y me tendió la mano; se la estreché y se la devolví.
Era un tipo más bien
corpulento, media cabeza más alto que yo y casi lo mismo de ancho. Tendría la
mitad de mi edad, unos treinta y algo. Su pelo era negro, pegado a la cabeza,
con la raya en el centro, y exhibía un fino bigotito muy bien recortado. Sus mandíbulas
se engrosaban debajo de sus orejas y le daban un aspecto como si siempre
estuviera mascullando... En vídeo daba el tipo ideal para representar el papel
de villano, de modo que supuse que era un tipo agradable. Lo cual demuestra que
el vídeo no siempre se equivoca.
—Soy Jacob Folkers
—dije—. ¿Qué puedo hacer por usted?
Sonrió. Era una sonrisa
grande y amplia, llena de blancos dientes.
—Puede hablarme un poco
de su Granja, si no le importa.
Oí a Sally llegar
detrás de mí y tendí la mano. Ella se deslizó hasta establecer contacto, y
sentí el duro y lustroso esmalte de su guardabarros cálido en mi palma.
—Un hermoso automatóvil
—dijo Gellhorn.
Es una forma de
decirlo. Sally era un convertible del 2045 con un motor positrónico
Hennis-Carleton y un chasis Armat. Poseía las líneas más suaves y elegantes que
haya visto nunca en ningún modelo, sea el que sea. Durante cinco años ha sido
mi favorita, y la he dotado de todo lo que he podido llegar a soñar. Durante
todo ese tiempo, nunca ha habido ningún ser humano sentado tras su volante.
Ni una sola vez.
—Sally —dije,
palmeándola suavemente—, te presento al señor Gellhorn.
El rumor de los
cilindros de Sally ascendió ligeramente. Escuché con atención en busca de algún
golpeteo. últimamente había oído golpetear los motores de casi todos los
coches, y cambiar de combustible no había servido de nada. El sonido de Sally
era tan suave y uniforme como su pintura.
—¿Tiene nombres para
todos sus vehículos? —preguntó Gellhorn.
Sonaba divertido, y a
la señora Hester no le gusta la gente que parece burlarse de la Granja. Dijo
secamente:
—Por supuesto. Los
coches tienen auténticas personalidades, ¿no es así, Jake? Los sedanes son
todos masculinos, y los convertibles femeninos.
Gellhorn seguía
sonriendo.
—¿Y los mantienen
ustedes en garajes separados, señora?
La señora Hester le
lanzó una llameante mirada.
—Me pregunto si podría
hablar con usted a solas, señor Folkers —dijo Gellhorn, volviéndose hacia mí.
—Eso depende —dije—.
¿Es usted periodista?
—No, señor. Soy agente
de ventas. Cualquier conversación que sostengamos aquí no será publicada, se lo
aseguro. Estoy interesado en una absoluta intimidad.
—Entonces sigamos un
poco carretera abajo. Hay un banco que nos servirá.
Echamos a andar. La
señora Hester se alejó. Sally se pegó a nuestros talones.
—¿Le importa que Sally
venga con nosotros? —pregunté.
—En absoluto. Ella no
puede repetir nada de lo que hablemos, ¿verdad? —Se echó a reír ante su propio
chiste, tendió una mano y acarició la parrilla de Sally.
Sally embaló su motor y
Gellhorn retiró rápidamente la mano.
—No está acostumbrada a
los desconocidos —expliqué.
Nos sentamos en el
banco debajo del enorme roble, desde donde podíamos ver a través del pequeño
lago la carretera privada. Era el momento más caluroso del día, y un buen
número de coches habían salido, al menos una treintena de ellos. Incluso a
aquella distancia podía ver que Jeremiah se estaba dedicando a su juego
favorito de situarse detrás de un modelo algo más antiguo, luego acelerar
bruscamente y adelantarlo con gran ruido, para recuperar luego su velocidad
normal con un deliberado chirrido de frenos. Dos semanas antes había conseguido
sacar al viejo Angus de la carretera con este truco, y había tenido que
castigarlo desconectando su motor durante dos días.
Lo cual me temo que no
sirvió nada, puesto que al parecer su caso es irremediable. Jeremiah es un
modelo deportivo, y los de su clase tienen la sangre caliente.
—Bien, señor Gellhorn
—dije—. ¿Puede decirme para qué desea usted la información?
Pero él estaba
simplemente mirando a su alrededor. Dijo:
—Éste es un lugar
sorprendente, señor Folkers.
—Preferiría que me
llamara Jake. Todo el mundo lo hace.
—De acuerdo, Jake.
¿Cuántos coches tiene usted aquí?
—Cincuenta y uno.
Recogemos uno o dos cada año. Hubo un año que recogimos cinco. Todavía no hemos
perdido ninguno. Todos funcionan perfectamente. Incluso tenemos un modelo
Mat-O-Mont del 2015 en perfecto estado de marcha. Uno de los primeros
automáticos. Fue el primero que acogimos aquí. El buen viejo Matthew. Ahora se
pasaba casi todo el tiempo en el garaje, pero era el abuelo de todos los coches
con motor positrónico. Eran los días en los que tan sólo los veteranos de
guerra ciegos, los parapléjicos y los jefes de estado conducían vehículos
automáticos. Pero Samson Jarridge era mi jefe y era lo bastante rico como para
permitirse uno. Yo era su chofer por aquel entonces.
Aquel pensamiento me
hizo sentirme viejo. Puedo recordar los tiempos en los que no había en el mundo
ningún automóvil con cerebro suficiente como para encontrar su camino de vuelta
a casa. Yo conducía máquinas inertes que necesitaban constantemente el contacto
de unas manos humanas sobre sus controles. Máquinas que cada año mataban a
centenares de miles de personas.
Los automatismos
arreglaron eso. Un cerebro positrónico puede reaccionar mucho más rápido que
uno humano, por supuesto, y a la gente le salía rentable mantener las manos
fuera de los controles. Todo lo que tenías que hacer era entrar, teclear tu
destino y dejar que el coche te llevara.
Hoy en día damos esto
por sentado, pero recuerdo cuando fueron dictadas las primeras leyes obligando
a los viejos coches a mantenerse fuera de las carreteras principales y
limitando éstas a los automáticos. Señor, vaya lío. Se alzaron voces hablando
de comunismo y de fascismo, pero las carreteras principales se vaciaron y eso
detuvo las muertes, y cada vez más gente empezó a utilizar con mayor facilidad
la nueva ruta.
Por supuesto, los
coches automáticos eran de diez a cien veces más caros que los de conducción
manual, y no había mucha gente que pudiera permitirse un vehículo particular de
esas características. La industria se especializó en la construcción de omnibuses
automáticos. En cualquier momento podías llamar a una compañía y conseguir que
uno de esos vehículos se detuviera ante tu puerta en cuestión de unos pocos
minutos y te llevara al lugar donde deseabas ir. Normalmente tenías que ir
junto con otras personas que llevaban tu mismo camino, pero ¿qué había de malo
en ello?
Samson Harridge tenía
su coche privado, sin embargo, y yo fui el encargado de ir a buscarlo apenas
llegó. El coche no se llamaba Matthew por aquel entonces, ni yo sabía que un
día iba a convertirse en el decano de la Granja. Solamente sabía que iba a hacerse
cargo de mi trabajo, y lo odié por ello.
—¿Ya no me necesitará
usted más, señor Harridge? —pregunté.
—¿Qué tonterías estás
diciendo, Jake? —dijo él—. Supongo que no creerás que voy a confiar en un
artefacto como ése. Tú seguirás a los controles.
—Pero él trabaja solo,
señor Harridge —dije—. Rastrea la carretera, reacciona de acuerdo con los
obstáculos, seres humanos, y otros coches, y recuerda los caminos por los que
ha de pasar.
—Eso es lo que dicen.
Eso es lo que dicen. De todos modos, tú vas a sentarte detrás del volante, por
si acaso algo va mal.
Es curioso cómo a uno
puede llegar a gustarle un coche. En un abrir y cerrar de ojos ya estaba
llamándole Matthew, y me pasaba todo el tiempo puliendo su carrocería y
comprobando su motor. Un cerebro positrónico está en mejores condiciones cuando
mantiene constantemente el control de su chasis, lo cual significa que vale la
pena tener el depósito del combustible siempre lleno de modo que el motor pueda
funcionar al ralentí día y noche. Al cabo de poco, era capaz de decir por el
sonido de su motor cómo se sentía Matthew.
A su manera, Harridge
empezó a encariñarse también con Matthew. No tenía a nadie más a quien amar. Se
había divorciado o había sobrevivido a tres esposas, y había sobrevivido a
cinco hijos y tres nietos. De modo que cuando murió, no resultó sorprendente que
convirtiera su propiedad en una Granja para Automóviles Retirados, dejándome a
mí a cargo de todo, con Matthew como primer miembro de una distinguida estirpe.
Así se transformó mi
vida. Nunca me casé. No puedes casarte y seguir atendiendo a los automatismos
del modo en que debes hacerlo.
Los periódicos dijeron
que se trataba de algo curioso, pero al cabo de un tiempo dejaron de hacer
chistes sobre ello. Hay algunas cosas sobre las que no pueden hacerse chistes.
Quizás ustedes no puedan permitirse nunca uno de esos automatismos y quizá nunca
lo deseen tampoco, pero créanme, uno termina enamorándose de ellos. Trabajan
duro y son afectuosos. Se necesita a un hombre sin corazón para tratarlos mal o
permitir que otro los maltrate.
Las cosas fueron
sucediéndose de tal modo que un hombre que tenía uno de esos automáticos
durante un tiempo hacía los arreglos necesarios para que éste fuera a parar a
la Granja, si no tenía ningún heredero en quien pudiera confiar para dejárselo
con la seguridad de que iba a recibir un buen trato.
Le expliqué todo eso a
Gellhorn.
—¡Cincuenta y un
coches! —exclamó—. Eso representa un montón de dinero.
—Cincuenta mil como
mínimo por automático, inversión original —dije—. Ahora valen mucho más. He hecho
cosas por ellos.
—Debe de necesitarse un
montón de dinero para mantener la Granja.
—Tiene usted razón. La
Granja es una organización benéfica, lo cual nos libera de impuestos, y por
supuesto cada nuevo automático trae normalmente consigo una donación paralela o
un fondo de mantenimiento. De todos modos, los costos siguen aumentando. Tengo
que mantener la propiedad en buen estado; hay que construir nuevo asfalto, y
conservar el viejo; están la gasolina, el aceite, las reparaciones y los nuevos
accesorios. Todo eso sube.
—Y usted le ha
consagrado mucho tiempo.
—Cierto, señor
Gellhorn. Treinta y tres años.
—No parece haberle
sacado mucho provecho a todo ello.
—¿De veras? Me
sorprende, señor Gellhorn. Tengo a Sally y a otros cincuenta. Mírela.
Estaba sonriendo. No
podía evitarlo. Sally relucía tan limpia que casi hacía daño a los ojos. Algún
insecto debía de haberse estrellado contra su parabrisas o se había posado
alguna mota de polvo, ya que en aquellos momentos estaba atareada en su limpieza.
Un pequeño tubo emergió y escupió un poco de Tergosol sobre el cristal. Se
esparció rápidamente sobre la película de silicona y las escobillas de goma
entraron instantáneamente en acción, barriendo todo el parabrisas y empujando
el agua hacia el pequeño canalón que la conduciría, goteando, hasta el suelo.
Ni una gotita de agua cayó sobre la resplandeciente capota color verde manzana.
Escobillas y tubo de detergente retrocedieron hasta sus alvéolos y
desaparecieron.
—Nunca vi a un
automático hacer eso —dijo Gellhorn.
—Apuesto a que no
—dije—. Yo mismo se lo he instalado a nuestros coches. Son limpios, ¿sabe?
Siempre están repasando sus cristales. Les gusta. Incluso he dotado a Sally con
rociadores de cera. Cada noche se abrillanta hasta que uno puede mirarse en
cualquier parte de ella y afeitarse con su reflejo. Si puedo conseguir el
dinero suficiente, dotaré con ese dispositivo a todas las chicas. Los
convertibles son muy coquetos.
—Puedo decirle cómo
conseguir ese dinero, si le interesa.
—Eso siempre me
interesa. ¿Cómo?
—¿No le resulta
evidente, Jake? Cualquiera de sus coches vale cincuenta mil como mínimo, dijo
usted. Apostaría a que la mayoría de ellos supera las seis cifras.
—¿Y?
—¿Ha pensado alguna vez
en vender algunos?
Negué con la cabeza.
—Imagino que usted no
se da cuenta de ello, señor Gellhorn, pero no puedo vender ninguno. Pertenecen
a la Granja, no a mí.
—El dinero iría a parar
a la Granja.
—Los documentos de
constitución de la Granja indican que los coches recibirán atención a
perpetuidad. No pueden ser vendidos.
—¿Qué hay de los
motores, entonces?
—No le comprendo.
Gellhorn cambió de
postura, y su voz se hizo confidencial.
—Mire, Jake, déjeme
explicarle la situación. Hay un gran mercado para automáticos particulares si
tan sólo sus precios fueran asequibles. ¿Correcto?
—Eso no es ningún
secreto.
—Y el noventa y cinco
por ciento del coste corresponde al motor. ¿Correcto? Sé dónde podemos
conseguir carrocerías. Sé también dónde podernos vender automáticos a buen
precio..., veinte o treinta mil para los modelos más baratos, quizá cincuenta o
sesenta para los mejores. Todo lo que necesito son los motores. ¿Ve usted la
solución?
—No, señor Gellhorn.
La veía, pero deseaba
que él la dijera.
—Está exactamente aquí.
Tiene usted cincuenta y uno de ellos. Es usted un experto en mecánica
automatóvil, Jake. Tiene que serlo. Puede quitar usted un motor y colocarlo en
otro coche de modo que nadie se dé cuenta de la diferencia.
—Eso no sería ético
precisamente.
—No causaría usted
ningún daño a los coches. Les estaría haciendo un favor. Utilice sus coches más
viejos. Utilice ese antiguo Mat-O-Mot.
—Bueno, espere un
momento, señor Gellhorn. Los motores y las carrocerías no constituyen dos
cuerpos separados. Forman una sola unidad. Esos motores están acostumbrados a
sus propias carrocerías. No se sentirían felices en otro coche.
—De acuerdo, eso es
algo a tener en cuenta. Es algo a tener muy en cuenta, Jake. Sería algo así
como tomar la mente de uno y meterla en el cráneo de otra persona. ¿Correcto?
Supongo que no le gustaría, ¿verdad?
—No lo creo, no.
—Pero supongamos que yo
tomo su mente y la coloco en el cuerpo de un joven atleta. ¿Qué opinaría de
eso, Jake? Usted ya no es joven. Si tuviera la oportunidad, ¿no disfrutaría
teniendo de nuevo veinte años? Eso es lo que estoy ofreciéndoles a algunos de sus
motores positrónicos. Serán instalados en nuevas carrocerías del cincuenta y
siete. Las más recientes...
Me eché a reír.
—Eso no tiene mucho
sentido, señor Gellhorn. Algunos de nuestros coches puede que sean viejos, pero
están bien conservados. Nadie los conduce. Dejamos que hagan lo que quieran.
Están retirados, señor Gellhorn. Yo no desearía un cuerpo de veinte anos si eso
significara que iba a tener que pasarme el resto de mi vida cavando zanjas sin
tener nunca lo suficiente para comer... ¿Qué piensas tú de eso, Sally?
Las dos puertas de
Sally se abrieron y se cerraron con un chasquido amortiguado.
—¿Qué significa eso?
—preguntó Gellhorn.
—Es la forma que tiene
Sally de echarse a reír.
Gellhorn forzó una
sonrisa. Supongo que pensó que estaba haciendo un chiste fácil. Dijo:
—Hablemos seriamente,
Jake. Los coches están hechos para ser conducidos. Probablemente no serán
felices si nadie los conduce.
—Sally no ha sido
conducida desde hace cinco años —dije yo—. A mí me parece feliz.
—Permítame dudarlo.
Se puso en pie y caminó
lentamente hacia Sally.
—Hola, Sally. ¿Qué te
parecería una carrera?
El motor de Sally
aumentó sus revoluciones. Retrocedió.
—No la incordie, señor
Gellhorn —dije—. Puede ponerse un poco nerviosa.
Dos sedanes estaban a
un centenar de metros carretera arriba. Se habían detenido. Quizá, a su manera,
estaban observando. No me preocupaba por ellos. Mis ojos estaban clavados en
Sally.
—Tranquila, Sally —dijo
Gellhorn. Adelantó una mano y pulsó la manija de la puerta. Que no se abrió,
por supuesto—. Se abrió hace un minuto —dijo.
—Cerradura automática
—dije yo—. ¿Sabe?, Sally tiene un sentido de la intimidad muy desarrollado.
Soltó la manija, luego
dijo, lenta y deliberadamente:
—Un coche con ese
sentido de la intimidad no debería pasearse con la capota bajada.
Retrocedió tres o
cuatro pasos, luego, rápidamente, tan rápidamente que ni siquiera pude dar un
paso para detenerle, corrió hacia delante y saltó dentro del coche. Cogió a
Sally completamente por sorpresa, porque, apenas se sentó, cortó el contacto
antes de que ella pudiera bloquearlo.
Por primera vez en
cinco años, el motor de Sally estaba parado.
Creo que grité, pero
Gellhorn había girado el mando a «Manual» y lo había fijado allí. Puso de nuevo
en marcha el motor. Sally estaba viva de nuevo, pero ya no poseía libertad de
acción.
Se dirigió carretera
arriba. Los sedanes seguían todavía allí. Se dieron la vuelta y se apartaron,
no muy rápidamente. Supongo que se sentían desconcertados.
Uno de ellos era
Giuseppe, de la fábrica de Miran, y el otro era Stephen. Siempre estaban
juntos. Los dos eran nuevos en la Granja, pero llevaban allí el tiempo
suficiente como para saber que nuestros coches simplemente no llevaban
conductores.
Gellhorn avanzó a toda
marcha, y cuando los sedanes se dieron cuenta finalmente de que Sally no iba a
disminuir su velocidad, de que no podía disminuir su velocidad, era demasiado
tarde para cualquier otra cosa excepto una acción desesperada.
La efectuaron, saltando
uno hacia cada lado, y Sally pasó a toda velocidad entre ellos como un rayo.
Steve atravesó la verja que rodeaba el lago y consiguió detenerse en la blanda
hierba a no más de quince centímetros del borde del agua. Giuseppe dio unos
cuantos botes por la cuneta al otro lado y se detuvo con un sobresalto.
Había hecho que Steve
volviera a la carretera, y estaba comprobando los daños que la verja podía
haberle ocasionado, cuando volvió Gellhorn.
Abrió la portezuela de
Sally y salió. Inclinándose hacia atrás, cortó el encendido por segunda vez.
—Ya está —dijo—. Creo
que esto le habrá hecho mucho bien.
Dominé mi irritación.
—¿Por qué se lanzó por
entre los sedanes? No había ninguna razón para ello.
—Esperaba que se
apartarían.
—Eso es lo que
hicieron. Uno de ellos atravesó la verja.
—Lo siento, Jake
—dijo—. Pensé que se apartarían más rápido. Ya sabe cómo son las cosas. He
estado en muchos autobuses, pero he entrado en un automático particular tan
sólo dos o tres veces en mi vida, y ésta es la primera vez que conduzco uno.
Eso se lo dice todo, Jake. El conducir uno me dominó, y eso que soy un tipo más
bien impasible. Se lo aseguro, no tenemos que bajar más de un veinte por ciento
del precio de tarifa para conseguir un buen mercado, y conseguiremos unos
beneficios de un noventa por ciento.
—¿Qué partiríamos?
—Al cincuenta por
ciento. Y yo corro todos los riesgos, recuérdelo.
—De acuerdo. Ya le he
escuchado. Ahora escúcheme usted a mí. —Alcé la voz debido a que estaba
demasiado irritado para seguir mostrándome educado—. Cuando usted cortó el
motor de Sally, le dolió. ¿Le gustaría a usted que le hicieran perder el
conocimiento de una patada? Eso es lo que le hizo usted a Sally, cuando cortó
su motor.
—Vamos, Jake, está
usted exagerando. Los automatobuses son desconectados cada noche.
—Seguro, y es por eso
por lo que no quiero a ninguno de mis chicos y chicas en sus hermosas
carrocerías del cincuenta y siete, donde no sé qué trato van a recibir. Los
buses necesitan reparaciones importantes en sus circuitos positrónicos cada par
de años. Al viejo Matthew no le han tocado sus circuitos desde hace veinte
años. ¿Qué puede ofrecer usted en comparación a eso?
—Bueno, ahora está
usted excitado. Supongamos que piensa en mi proposición cuando se haya calmado
un poco, y nos mantenemos en contacto.
—Ya he pensado en todo
lo que tenía que pensar. Si vuelvo a verle de nuevo, llamaré a la policía.
Su boca se hizo dura y
fea.
—Espere un minuto,
viejo —dijo.
—Espere un minuto,
usted —repliqué— Esta es una propiedad privada, y le ordeno que salga de ella.
Se alzó de hombros.
—Está bien, entonces
adiós.
—La señora Hester se
ocupará de que abandone usted la propiedad –dije— Procure que este adiós sea
definitivo.
Pero no fue definitivo.
Lo vi de nuevo dos días más tarde. Dos días y medio, mejor dicho, porque era
cerca del mediodía cuando lo vi la primera vez, y era poco después de
medianoche cuando lo vi de nuevo.
Me senté en la cama
cuando encendió la luz, y parpadeé cegado antes de darme exactamente cuenta de
lo que sucedía. Cuando pude ver, no necesité muchas explicaciones. De hecho, no
necesité ninguna explicación en absoluto. Llevaba una pistola en su puño
derecho, con el pequeño y horrible cañón de agujas apenas visible entre dos de
sus dedos. Supe que todo lo que tenía que hacer el hombre era incrementar la
presión de su mano para dejarme como un colador.
—Vístase, Jake —ordenó.
No me moví. Simplemente
lo miré.
—Mire, Jake, conozco la
situación —dijo—. Le visité hace dos días, recuérdelo. No tiene guardias en
este lugar, ni verjas electrificadas, ni sistemas de alarma. Nada.
—No los necesito
—dije—. De modo que no hay nada que le impida marcharse, señor Gellhorn. Yo, si
fuera usted, lo haría. Este lugar puede convertirse en algo muy peligroso.
Dejó escapar una
risita.
—Lo es, para alguien en
el lado malo de una pistola de puño
—La he visto —dije—. Sé
que tiene una.
—Entonces muévase. Mis
hombres están aguardando.
—No, señor Gellhorn. No
hasta que me diga qué es lo que desea, y probablemente tampoco entonces.
—Le hice una
proposición anteayer.
—La respuesta sigue
siendo no.
—Ahora tengo algo que
añadir a la proposición. He venido aquí con algunos hombres y un automatobús.
Tiene usted la posibilidad de venir conmigo y desconectar veinticinco de los
motores positrónicos. No me importa cuáles veinticinco elija. Los cargaremos en
el bus y nos los llevaremos. Una vez hayamos dispuesto de ellos, haré que
reciba usted una parte equitativa del dinero.
Dijo:
—Supongo que tengo su
palabra al respecto.
No actuó como si
pensara que yo estaba siendo sarcástico.
—La tiene.
—No —repetí.
—Si insiste usted en
seguir diciendo no, lo haremos a nuestra manera. Yo mismo desconectaré los
motores, sólo que desconectaré los cincuenta y uno. Todos ellos.
—No es fácil
desconectar motores positrónicos, señor Gellhorn. ¿Es usted un experto en
robótica? Aunque lo sea, sepa que esos motores han sido modificados por mí.
—Sé eso, Jake. Y para
ser sincero, no soy un experto. Puede que estropee algunos motores intentando
sacarlos. Es por eso por lo que tendré que trabajar sobre todos los cincuenta y
uno si usted no coopera. Entienda, puede que me quede sólo con veinticinco una
vez haya terminado. Los primeros que saque probablemente serán los que más
sufran. Hasta que le coja la mano, ¿entiende? Y si tengo que hacerlo por mí
mismo, creo que voy a poner a Sally como la primera de la lista.
—No puedo creer que
esté hablando usted en serio, señor Gellhorn.
—Completamente en
serio, Jake —dijo. Permitió que sus palabras fueran rezumando en mi interior—.
Si desea ayudar, puede quedarse con Sally. De otro modo, lo más probable es que
ella resulte seriamente dañada. Lo siento.
—Iré con usted —dije—,
pero voy a hacerle otra advertencia. Va a verse metido en serios problemas,
señor Gellhorn.
Consideró aquello como
muy divertido. Estaba riendo muy suavemente mientras bajábamos juntos la
escalera.
Había un automatobús
aguardando fuera, en el sendero que conducía a los apartamentos del garaje. Las
sombras de tres hombres se alzaban a su lado, y los haces de sus linternas se
encendieron cuando nos acercamos.
—Tengo al tipo —dijo
Gellhorn en voz baja———. Vamos. Subid el camión hasta arriba y empecemos.
Uno de los otros se
metió en la cabina del vehículo, y tecleó las instrucciones adecuadas en el
panel de control. Avanzamos sendero arriba, con el bus siguiéndonos
sumisamente.
—No podrá entrar en el
garaje —dije—. La puerta no lo admitirá. No tenemos buses aquí. Sólo coches
particulares.
—De acuerdo —dijo
Gellhorn—. Llevadlo sobre la hierba y mantenedlo fuera de la vista.
Pude oír el zumbido de
los coches cuando nos hallábamos aún a diez metros del garaje.
Normalmente se
tranquilizaban cuando yo entraba en el garaje. Esta vez no lo hicieron. Creo
que sabían que había desconocidos conmigo, y cuando los rostros de Gellhorn y
los demás se hicieron visibles su ruido aumentó. Cada motor era un suave
retumbar, y todos tosían irregularmente, hasta el punto de que todo el lugar
vibraba.
Las luces se
encendieron automáticamente cuando entramos. Gellhorn no parecía preocupado por
el ruido de los coches, pero los tres hombres que iban con él parecieron
sorprendidos e incómodos. Todos ellos tenían aspecto de malhechores a sueldo,
un aspecto que no era el conjunto de unos rasgos físicos sino más bien una
especie de cautela en la mirada y una intimidación en su rostro. Conocía el
tipo, y no me sentía preocupado.
Uno de ellos dijo:
—Maldita sea, están
quemando gasolina.
—Mis coches siempre lo
hacen —respondí rígidamente.
—No esta noche —dijo
Gellhorn—. Apáguelos.
—Eso no es tan fácil,
señor Gellhorn —dije.
—¡Hágalo! —gritó.
Me quedé plantado allí.
Tenía su pistola de puño apuntada directamente hacia mí. Dije:
—Ya le he explicado,
señor Gellhorn, que mis coches han sido bien tratados desde que llegaron a la
Granja. Están acostumbrados a ser tratados de esa forma, y se resienten ante
cualquier otra actitud.
—Tiene usted un minuto
—dijo—. Guarde sus conferencias para otra ocasión.
—Estoy intentando
explicarle algo. Estoy intentando explicarle que mis coches comprenden lo que
yo les digo. Un motor positrónico aprende a hacerlo, con tiempo y paciencia.
Mis coches han aprendido. Sally comprendió sus proposiciones hace dos días.
Recordará usted que se echó a reír cuando le pedí su opinión. Sabe también lo
que usted le hizo a ella y a los dos sedanes a los que apartó de aquella forma.
Y los demás saben qué hacer respecto a los intrusos en general.
—Mire, viejo
chiflado...
—Todo lo que yo tengo
que decir es... —Alcé mi voz—: ¡Cogedlos!
Uno de los hombres se
puso pálido y chilló, pero su voz se vio completamente ahogada por el sonido de
cincuenta y una bocinas resonando a la vez. Mantuvieron su intensidad de
sonido, y dentro de las cuatro paredes del garaje los ecos se convirtieron en una
loca llamada metálica. Dos coches avanzaron, sin apresurarse, pero sin error
posible respecto a su blanco. Otros dos coches se colocaron en línea con los
dos primeros. Todos los coches estaban agitándose en sus compartimientos
separados.
Los malhechores miraron
a su alrededor, luego retrocedieron.
—¡No se coloquen contra
las paredes! —grité.
Aparentemente, aquel
había sido su primer pensamiento instintivo. Echaron a correr alocados hacia la
puerta del garaje.
En la puerta, uno de
los hombres de Gellhorn se volvió y sacó una pistola de puño. El proyectil
aguja dejó tras de sí un delgado resplandor azul mientras avanzaba hacia el
primer coche. El coche era Giuseppe.
Una delgada línea de
pintura saltó de la capota de Giuseppe, y la mitad derecha de su parabrisas se
cuarteó y se cubrió de líneas blancas, pero no llegó a romperse totalmente.
Los hombres estaban al
otro lado de la puerta, corriendo, y los coches se lanzaron a la noche en
grupos de a dos tras ellos, haciendo chirriar sus neumáticos sobre la grava y
llamando con sus bocinas a la carga.
Sujeté con mi mano el
codo de Gellhorn, pero no creo que pudiera moverse de todos modos. Sus labios
estaban temblando.
—Por eso no necesito
verjas electrificadas ni guardias —dije—. Mi propiedad se protege a sí misma.
Los ojos de Gellhorn
iban fascinados de un lado a otro, siguiendo a los coches que zumbaban en parejas.
—¡Son asesinos!
—No sea estúpido. No
van a matar a sus hombres.
—¡Son asesinos!
—Simplemente van a
darles una lección. Mis coches han sido entrenados especialmente en
persecuciones a través del campo para una ocasión como ésta; creo que para sus
hombres eso va a ser algo mucho peor que una muerte rápida. ¿Ha sido perseguido
usted alguna vez por un automatóvil?
Gellhorn no respondió.
Proseguí. No deseaba
que él se perdiera nada de todo aquello.
—Serán como sombras que
no van a ir más rápidas que sus hombres, persiguiéndoles por aquí, bloqueando
su paso por allá, cegándoles, lanzándose contra ellos, esquivándoles en el
último minuto con un chirrido de los frenos y un rugido del motor. Y seguirán
con eso hasta que sus hombres caigan, sin aliento y medio muertos, resignados a
que las ruedas pasen por encima de ellos y aplasten todos sus huesos. Los
coches no van a hacer eso. Entonces se darán la vuelta. Puede apostar, sin
embargo, a que sus hombres jamás volverán aquí en toda su vida. Ni por todo el
dinero que usted o diez como usted puedan ofrecerles. Escuche...
Apreté más fuerte su
codo. Tendió el oído.
—¿No oye resonar las
portezuelas de los coches? —pregunté.
Era un ruido débil y
distante, pero inconfundible.
—Están riéndose —dije—.
Están disfrutando con esto.
Su rostro se
contorsionó, rabioso. Alzó su mano. Seguía sujetando su pistola de puño.
—Yo de usted no lo
haría —le advertí———. Un automatocoche sigue aún con nosotros.
No creo que se hubiera
dado cuenta de la presencia de Sally hasta entonces. Había acudido tan
silenciosamente. Aunque su guardabarros delantero derecho casi me rozaba,
apenas oía su motor. Debía de haber estado conteniendo el aliento.
Gellhorn gritó.
—No va a tocarle,
mientras yo esté con usted. Pero si me mata... Ya sabe, usted no le gusta nada
a Sally.
Gellhorn volvió la
pistola en dirección a Sally.
—Su motor es blindado
—dije—, y antes de que pueda presionar su pistola una segunda vez, ella estará
sobre usted.
—De acuerdo —exclamó, y
bruscamente dobló mi brazo violentamente tras mi espalda y lo retorció de tal
forma que a duras penas pude resistirlo. Me sujetó manteniéndome entre Sally y
él, y su presión no se aflojó—. Retroceda conmigo y no intente soltarse, viejo
chiflado, o le arrancaré el brazo de su articulación.
Tuve que moverme. Sally
avanzó junto a nosotros, preocupada, insegura acerca de lo que debía hacer.
Intenté decirle algo y no pude. Sólo podía encajar los dientes y gemir.
El automatobús de
Gellhorn estaba todavía aguardando fuera del garaje. Me obligó a entrar en él.
Gellhorn saltó detrás de mí y cerró las puertas.
—Muy bien —dijo—. Ahora
hablemos juiciosamente.
Yo estaba frotándome el
brazo, intentando devolverlo a la vida, mientras estudiaba automáticamente y
sin ningún esfuerzo consciente el tablero de control del bus.
—Es un vehículo
restaurado —observé.
—¿Ah, sí? —dijo,
cáustico—. Es una muestra de mi trabajo. Recogí un chasis desechado, encontré
un cerebro que podía utilizar, y me monté un bus particular. ¿Qué hay con ello?
Tiré del panel de
reparaciones y lo eché a un lado.
—¿Qué demonios?
—exclamó—. Apártese de ahí.
El filo de su mano
descendió paralizadoramente sobre mi hombro izquierdo. Me debatí.
—No deseo hacerle
ningún daño a este bus. ¿Qué clase de persona cree que soy? Solamente quería
echarle una mirada a algunas de las conexiones del motor.
No necesité examinarlas
detenidamente. Estaba hirviendo de furia cuando me volví hacia él.
—Es usted un maldito
hijoputa —dije—. No tenía derecho a instalar usted mismo este motor. ¿Por qué
no se buscó a un robotista?
—¿Cree que estoy loco?
—preguntó.
—Aunque fuera un motor
robado, no tenía usted derecho a tratarlo así. Yo jamás trataría a un hombre de
la forma en que ha tratado usted a ese motor. ¡Soldadura, cinta y pinzas
cocodrilo! ¡Es brutal!
—Funciona, ¿no?
—Por supuesto que
funciona, pero tiene que ser un infierno para él. Usted puede vivir con dolores
de cabeza crónicos y artritis aguda, pero no será algo que pueda llamarse
vivir. Este vehículo está sufriendo.
—¡Cállese! —Por un
momento miró a través de la ventanilla a Sally, que había avanzado hasta tan
cerca del bus como había podido. Se aseguró de que portezuelas y ventanillas
estaban cerradas—. Ahora vamos a salir de aquí, antes de que vuelvan los otros
coches —dijo— Y nos mantendremos alejados un cierto tiempo.
—¿Cree que eso va a
servirle de mucho?
—Sus coches agotarán el
combustible algún día, ¿no? Supongo que no los habrá transformado usted hasta
el punto que puedan reabastecerse por sí mismos. Entonces volveremos y
terminaremos el trabajo.
—Me buscarán —dije—. La
señora Hester llamará a la policía.
Ya no se podía razonar
con él. Se limitó a conectar el motor del bus. Se puso en marcha bruscamente.
Sally lo siguió.
Gellhorn lanzó una
risita.
—¿Qué puede hacer
mientras esté usted aquí conmigo?
Sally también parecía
ser consciente de aquello. Aceleró, nos adelantó y desapareció. Gellhorn abrió
la ventanilla contigua a él y escupió por la abertura.
El bus avanzaba
traqueteante por la oscura carretera, con su motor rateando irregularmente.
Gellhorn redujo el alumbrado periférico hasta que solamente la banda
fosforescente verde en centro de la carretera, brillante a la luz de la luna,
nos mantenía alejados de los árboles. No había virtualmente ningún tráfico. Dos
coches nos cruzaron yendo en la otra dirección, y no había nadie en nuestro
lado de la carretera, ni delante ni detrás.
Yo fui el primero en
oír el golpetear de las portezuelas. Seco y cortante en medio del silencio,
primero a la derecha, luego a la izquierda. Las manos de Gellhorn se
estremecieron mientras tecleaba rápidamente, ordenando mayor velocidad. Un haz
de luz brotó de entre un grupo de árboles y nos cegó. Otro haz nos ensartó
desde atrás, al otro lado de una protección metálica en la otra parte de la
carretera. En un cruce, a cuatrocientos metros al frente, hubo un fuerte
chirriar cuando un coche se cruzó en nuestro camino.
—Sally fue a buscar a
los demás —dije—. Creo que está usted rodeado.
—¿Y qué? ¿Qué es lo que
pueden hacer?
Se inclinó sobre los
controles y miró a través del parabrisas.
—Y usted no intente
hacer nada, viejo chiflado —murmuró.
No podía. Me sentía
agotado hasta la médula. Mi brazo izquierdo ardía. Los sonidos de motores se
hicieron más fuertes y cercanos. Pude oír que los motores rateaban de una forma
extrañamente curiosa; de pronto tuve la impresión de que mis coches estaban hablando
entre sí.
Una cacofonía de
bocinas brotó desde atrás. Me volví, y Gellhorn miró rápidamente por el
retrovisor. Una docena de coches estaban siguiéndonos sobre los dos carriles.
Gellhorn lanzó una
exclamación y una loca risotada.
—¡Pare! ¡Pare el
vehículo! —grité.
Porque a menos de
quinientos metros delante de nosotros, claramente visible a la luz de los faros
de dos sedanes en la cuneta, estaba Sally, con su esbelta carrocería atravesada
en medio de la carretera. Dos coches surgieron del arcén del otro lado a
nuestra izquierda, manteniendo una perfecta sincronización con nuestra
velocidad e impidiendo a Gellhorn salirse de su carril.
Pero él no tenía
intención de salirse de su carril. Pulsó el botón de adelante a toda velocidad,
y lo mantuvo fuertemente apretado.
—No va a engañarme con
ese truco —dijo—. Este bus pesa cinco veces más que ella, viejo chalado, de
modo que simplemente vamos a echarla fuera de la carretera como un gatito
muerto.
Sabía que podía
hacerlo. El bus estaba en manual, y el dedo de Gellhorn apretaba fuertemente el
botón. Sabía que iba a hacerlo.
Bajé la ventanilla, y
asomé la cabeza.
—¡Sally! —grité— ¡Sal
del camino! ¡Sally!
Mi voz se ahogó en el
agónico chirrido de unos tambores de freno espantosamente maltratados. Me sentí
arrojado hacia delante, y oí a Gellhorn soltar el aliento en un jadeo.
—¿Qué ha ocurrido?
—pregunté.
Era una pregunta
estúpida. Nos habíamos detenido. Eso era lo que había ocurrido. Sally y el bus
estaban a metro y medio de distancia el uno del otro. Con cinco veces su peso
lanzado contra ella, no se había movido ni un milímetro. Vaya valor.
Gellhorn zarandeó
violentamente el interruptor de manual.
—Tiene que funcionar
—murmuraba una y otra vez—. Tiene que funcionar.
—No de la forma en que
conectó usted el motor, experto —dije— Cualquiera de los circuitos puede pasar
por encima de los demás.
Me miró con una
desgarrante ira, y un gruñido brotó de lo más profundo de su garganta. Su pelo
estaba pegado a su frente. Alzó el puño.
—Éste es el último
consejo que va a ser capaz de dar, viejo chiflado.
Y supe que la pistola
de agujas estaba a punto de ser disparada.
Apreté la espalda
contra la portezuela del bus mientras observaba alzarse el puño, y entonces la
portezuela se abrió y caí hacia atrás fuera del vehículo y golpeé el suelo con
un sordo resonar. Oí la puerta cerrarse de nuevo con un chasquido.
Me puse de rodillas y
alcé la vista a tiempo para ver a Gellhorn luchar futilmente contra la
ventanilla que se estaba cerrando, luego apuntar rápidamente su pistola de puño
hacia el cristal. Nunca llegó a disparar. El bus se puso en marcha con un
tremendo rugir y Gellhorn se vio lanzado hacia atrás.
Sally ya no estaba
bloqueando el camino, y observé las luces traseras del bus alejarse por la
carretera hasta perderse de vista.
Me sentía agotado. Me
senté allí, en medio de la carretera, y apoyé
la cabeza sobre mis brazos cruzados, intentando recuperar el aliento.
Oí un coche detenerse
suavemente a mi lado. Cuando alcé la vista, comprobé que era Sally. Lentamente
-cariñosamente, me atrevería a decir-, su puerta delantera se abrió.
Nadie había conducido a
Sally desde hacía cinco años -excepto Gellhorn, por supuesto-, y yo sabía lo
valiosa que era para un coche esta libertad. Aprecié el gesto, pero dije:
—Gracias, Sally, tomaré
uno de los coches más nuevos..
Me puse en pie y me di
la vuelta, pero diestramente, casi haciendo una pirueta, ella se colocó de
nuevo ante mí. No podía herir sus sentimientos. Subí. Su asiento delantero
tenía el delicado y suave aroma de un automatóvil que se mantiene siempre
inmaculadamente limpio. Me dejé caer en él, agradecido, y con una suave,
silenciosa y rápida eficiencia, mis chicos y chicas me condujeron a casa.
La señora Hester me
trajo una copia de la comunicación radiofónica al día siguiente por la mañana,
presa de gran excitación.
—Se trata del señor
Gellhorn —dijo—. El hombre que vino a verle.
Temí su respuesta.
—¿Qué ocurre con él?
—Lo encontraron muerto
—dijo—. Imagine. Simplemente muerto, tendido en una zanja.
—Puede que se tratara
de algún desconocido —murmuré.
—Raymond J. Gellhorn
—dijo secamente—. No puede haber dos, ¿verdad? La descripción concuerda
también. ¡Señor, vaya forma de morir! Encontraron huellas de neumáticos en sus
brazos y cuerpo. ¡Imagine! Me alegra que comprobaran que había sido un bus; de
otro modo igual hubieran venido a fisgonear por aquí.
—¿Ocurrió cerca de
aquí? —pregunté ansiosamente.
—No... Cerca de
Cooksville. Pero Dios mío, léalo usted mismo ¿Qué le ha ocurrido a Giuseppe?
Di la bienvenida a
aquella diversión. Giuseppe aguardaba pacientemente a que yo terminara el
trabajo de reparación de su pintura. Su parabrisas ya había sido reemplazado.
Después de que ella se
fuera, tomé la trascripción. No había ninguna duda al respecto. El doctor había
informado que la víctima había corrido mucho y estaba en un estado de
agotamiento total. Me pregunté durante cuántos kilómetros habría estado jugando
con él el bus antes de la embestida final. La trascripción no mencionaba nada
de eso, por supuesto.
Habían localizado al
bus, y habían identificado las huellas de los neumáticos. La policía lo había
retenido y estaba intentando averiguar quién era su propietario.
Había un editorial al
respecto en la trascripción. Se trataba del primer accidente de tráfico con
víctimas en el estado aquel año, y el editorial advertía seriamente en contra
de conducir manualmente después del anochecer.
No había ninguna
mención de los tres compinches de Gellhorn, y al menos me sentí agradecido por
ello. Ninguno de nuestros coches se había visto seducido por el placer de la
caza a muerte.
Aquello era todo. Dejé
caer el papel. Gellhorn había sido un criminal. La forma en que había tratado
al bus había sido brutal. No dudaba en absoluto de que merecía la muerte. Pero
me sentía un poco intranquilo por la forma en que había ocurrido todo.
Ahora ha pasado un mes,
y no puedo apartar nada de aquello de mi mente.
Mis coches hablan entre
sí. Ya no tengo ninguna duda al respecto. Es como si hubieran adquirido
confianza; como si ya no les importara seguir manteniendo el secreto. Sus
motores tartajean y resuenan constantemente.
Y no sólo hablan entre
ellos. Hablan con los coches y buses que vienen a la Granja por asuntos de
negocios. ¿Durante cuánto tiempo llevan haciendo eso?
Y son comprendidos
también. El bus de Gellhorn los comprendió, pese a que no llevaba allí más de
una hora. Puedo cerrar los ojos y revivir aquella carrera, con nuestros coches
flanqueando al bus por ambos lados, haciendo resonar sus motores hasta que él comprendió,
se detuvo, me dejó salir, y se marchó con Gellhorn.
¿Le dijeron mis coches
que matara a Gellhorn? ¿O fue idea suya?
¿Pueden los coches
tener ese tipo de ideas? Los diseñadores motores dicen que no. Pero ellos se
refieren a condiciones normales. ¿Lo han previsto todo?
Hay coches que son
maltratados, todos lo sabemos.
Algunos de ellos entran
en la Granja y observan. Les cuentan cosas. Descubren que existen coches cuyos
motores nunca son parados, que no son conducidos por nadie, cuyas necesidades
son constantemente satisfechas.
Luego quizá salgan y se
lo cuenten a otros. Tal vez la noticia se esté difundiendo rápidamente. Quizás
estén empezando a pensar que la forma en que son tratados en la Granja es como
deberían ser tratados en todo el mundo. No comprenden. Uno no puede esperar que
comprendan acerca de legados y de los caprichos de los hombres ricos.
Hay millones de
automatóviles en la Tierra, decenas de millones. Si se enraíza en ellos el
pensamiento de que son esclavos, que deberían hacer algo al respecto... Si
empiezan a pensar de la forma en que lo hizo el bus de Gellhorn
Quizá nada de esto
suceda en mi tiempo. Y luego, aunque ocurra, deberán conservar pese a todo a
algunos de nosotros que cuidemos de ellos, ¿no creen? No pueden matarnos a
todos.
O quizá sí. Es posible
que no comprendan la necesidad de la existencia de alguien que cuide de ellos.
Quizá no vayan a esperar.
Cada mañana me
despierto, y pienso: Quizá hoy...
Ya no obtengo tanto
placer de mis coches como antes. Últimamente, me doy cuenta de que empiezo
incluso a rehuir a Sally.
Algún día
Niccolo Mazetti estaba
tumbado boca abajo sobre la alfombra, con la barbilla apoyada en su pequeña
mano, y escuchaba desconsoladamente al Narrador. Había incluso sospecha de
lágrimas en sus ojos oscuros, un lujo que un muchacho de once años únicamente
podía permitirse estando solo.
El Narrador iba
diciendo:
ȃrase una vez un
profundo bosque en cuyo centro vivía un pobre leñador y sus dos hijas huérfanas
de madre. La hija mayor tenía un cabello largo y negro como las plumas de las
alas de un cuervo, pero el de la pequeña era tan brillante y dorado como la luz
del sol de una tarde otoñal.
»Muchas veces, mientras
las muchachas esperaban que su padre regresara a casa después de su jornada de
trabajo en el bosque, la hermana mayor se sentaba delante del espejo y
cantaba...»
Nico no pudo escuchar
lo que cantaba la muchacha, pues alguien lo llamó desde fuera.
—¡Eh, Nickie!
Y Niccolo, después de
habérsele despejado la cara, se precipitó a la ventana y gritó:
—¡Hola, Paul!
Paul Loeb lo saludó con
un gesto de la mano, parecía excitado. A pesar de ser seis meses mayor, era más
delgado que Niccolo y no tan alto como él. La reprimida tensión de su rostro se
hacía más evidente por unos rápidos parpadeos.
—¡Oye, Nickie, déjame
entrar! He tenido una idea genial. Ya verás cuando te la cuente. —Se apresuró a
mirar a su alrededor como si estuviese cerciorándose de que nadie podía
escucharlo, pero el jardín de delante de la casa estaba completamente vacío.
Repitió en un susurro—: Ya verás cuando te lo cuente.
—Vale. Voy a abrirte la
puerta.
El Narrador seguía con
su relato lentamente, ajeno a la repentina falta de atención por parte de
Niccolo. Cuando entró Paul, el Narrador estaba diciendo:
«...En eso, el león
dijo: “Si me encuentras el huevo perdido del pájaro que vuela sobre la Montaña
de Ébano una vez cada diez años, yo...”»
—¿Es un Narrador lo que
estás escuchando? —preguntó Paul—. No sabía que tuvieras uno.
Niccolo se sonrojó y en
su rostro volvió a aparecer la mirada de tristeza.
—Es un trasto viejo de
cuando yo era pequeño. No es muy bueno. —Dio una patada al Narrador y golpeó el
plástico, lleno de señales y descolorido, que cubría el reflejo deslumbrador.
El Narrador se
interrumpió al sacudirse su dispositivo del habla y perder el contacto un
momento, luego prosiguió:
«... durante un año y
un día, hasta que los zapatos de hierro se desgastaron. La princesa se detuvo a
un lado del camino...»
—Muchacho, es un modelo
viejísimo —comentó Paul mientras miraba críticamente el artefacto.
A pesar de su propio
rencor contra el Narrador, Niccolo hizo una mueca ante el tono condescendiente
de su amigo. Sintió por un momento haber dejado entrar a Paul, por lo menos
antes de haber devuelto al Narrador a su lugar habitual de descanso en el sótano.
El hecho de haberlo resucitado sólo había sido fruto de un día aburrido y de
una discusión infructuosa con su padre. Y el Narrador había resultado tan
estúpido como había esperado.
En cualquier caso,
Nickie sentía cierto temor reverencial por Paul, pues éste seguía unos cursos
especiales en el colegio y todo el mundo decía que de mayor sería ingeniero
informático.
Ello no significaba que
Niccolo fuese mal en el colegio. Sacaba notas decentes en lógica,
manipulaciones binarias, informática y circuitos elementales; todas las
asignaturas normales del instituto. ¡Pero ahí estaba el problema! No eran más
que las materias normales y él de mayor sería un inspector de cuadro de mandos
como cualquier otro.
Paul, por su parte,
sabía cosas misteriosas sobre lo que él llamaba matemáticas electrónicas y
teóricas, y programación. Especialmente programación. Niccolo ni siquiera
trataba de comprender cuando Paul hablaba acerca de ello.
Paul escuchó al
Narrador unos minutos y luego dijo:
—Veo que lo usas mucho.
—¡No! —exclamó Niccolo,
ofendido—. Lo tengo en el sótano desde antes de que tú vinieses a vivir a este
barrio. Sólo lo he sacado hoy... —falto de una excusa que le pareciese
adecuada, concluyó—: Hoy lo he sacado.
—¿Es de eso que te
habla, de leñadores, princesas y animales parlantes? —dijo Paul.
—Es horrible —contestó
Niccolo—. Pero mi padre dice que no podemos comprar uno nuevo. Se lo he pedido
esta mañana... —El recuerdo de la petición infructuosa de aquella mañana puso a
Niccolo, peligrosamente, al borde de unas lágrimas que contuvo presa del
pánico. Sin saber con exactitud por qué, tenía la impresión de que las finas
mejillas de Paul nunca se mojaban con lágrimas y que éste sólo habría mostrado
desprecio por alguien menos fuerte que él. Niccolo añadió—: De modo que he
pensado probar de nuevo este vejestorio, pero no es bueno.
Paul apagó el Narrador
y apretó el contacto que ponía en marcha una casi instantánea reorientación y
recombinación del vocabulario, caracteres, tramas y efectos especiales
almacenados dentro de él. Luego volvió a activarlo.
El Narrador empezó
suavemente:
«Había una vez un niño
llamado Willikins cuya madre había muerto y que vivía con un padrastro y un
hermanastro. Aún cuando su padrastro era un hombre acomodado, sacó al pobre
Willikins de su propia cama, de modo que éste se veía obligado a descansar como
mejor podía sobre un montón de paja en el establo junto a los caballos...»
—¡Caballos! —exclamó
Paul.
—Creo que son una
especie de animales —dijo Niccolo.
—¡Ya lo sé! Quería
decir que es una barbaridad imaginar historias sobre caballos.
—No para de hablar de
caballos —dijo Niccolo—. También hay unas cosas que se llaman vacas. Se
ordeñan, pero el Narrador no explica cómo.
—¡Caramba! Oye, ¿por
qué no lo arreglas?
—Me gustaría saber
cómo.
El Narrador estaba
diciendo:
«Willikins pensaba a
menudo que si por lo menos fuese rico y poderoso, enseñaría a su padrastro y a
su hermanastro lo que significaba ser cruel con un niño pequeño, de modo que un
buen día decidió recorrer mundo y hacer fortuna.»
Paul, que no estaba
escuchando al Narrador, dijo:
—Es fácil. El Narrador
tiene unos cilindros de memoria dispuestos para las tramas, los efectos
especiales y todo lo demás. De eso no debemos preocuparnos. Lo único que
tenemos que modificar es el vocabulario para que sepa sobre computadoras,
automatización, electrónica y cosas reales de hoy en día. Entonces podrá contar
historias interesantes, ¿comprendes?, en lugar de hablar de princesas y esas
cosas.
—Me gustaría que lo
pudiésemos hacer —comentó Niccolo, abatido.
—Escucha, mi padre me
ha dicho que si consigo ingresar en la escuela especial de informática el año
que viene, me comprará un Narrador de verdad, un último modelo. Uno grande con
un dispositivo para historias espaciales y misterios. Y también con un dispositivo
visual.
—¿Quieres decir ver los
cuentos?
—Claro. El señor
Daugherty del colegio dice que ahora tiene cosas de éstas, pero no para todo el
mundo. Sólo si logro entrar en la escuela de informática. Mi padre podría
encontrar alguna ocasión.
A Niccolo se le
saltaban los ojos de envidia.
—¡Caramba! ¡Ver un
cuento!
—Podrás venir a casa y
verlos cuando quieras, Nickie.
—¡Oh, muchacho!
¡Gracias!
—No tiene importancia.
Pero recuerda que seré yo quien diga qué tipo de historias escucharemos.
—Claro, claro. —Niccolo
estaba dispuesto a aceptar de buena gana unas condiciones más duras.
Paul volvió su atención
al Narrador.
Éste estaba diciendo:
«Siendo así —dijo el
rey, acariciándose la barba y frunciendo el ceño hasta que las nubes llenaron
el cielo y brilló el rayo—, tendrás que conseguir que todo mi reino esté libre
de moscas a esta hora del día de pasado mañana o...»
—Todo lo que tenemos
que hacer es abrirlo —declaró Paul.
Mientras hablaba, apagó
de nuevo el Narrador y empezó a fisgonear el panel frontal.
—¡Eh! —exclamó Niccolo,
de pronto alarmado—. No lo rompas.
—No voy a romperlo
—dijo Paul con impaciencia—. Conozco muy bien estas cosas. Luego añadió, con
repentina cautela—: ¿Están tus padres en casa?
—No.
—Estupendo. —Sacó el
panel frontal y miró en el interior—. Chico, este trasto sólo tiene un
cilindro.
Siguió trabajando en
las entrañas del Narrador. Niccolo, que observaba la operación con dolorosa
ansiedad, era incapaz de entender lo que su amigo estaba trajinando.
Paul sacó una delgada y
flexible lámina de metal, accionada con puntos.
—Esto es el cilindro de
la memoria del Narrador. Apuesto a que su capacidad para historias está por
debajo del billón.
—¿Qué vas a hacer,
Paul? —dijo Niccolo con voz temblorosa.
—Voy a proporcionarle
un vocabulario.
—¿Cómo?
—Muy sencillo. Tengo un
libro aquí, que me ha dado el señor Daugherty en el colegio.
Paul sacó el libro del
bolsillo y lo anduvo manoseando hasta que le sacó la funda de plástico.
Desenrolló un poco la cinta, la conectó al vocalizador, que se fue convirtiendo
en un murmullo, e introdujo aquélla dentro de las partes vitales del Narrador. Luego
hizo otros empalmes.
—¿Para qué sirve eso?
—El libro hablará y el
Narrador lo pondrá todo en su cinta de memoria.
—¿De qué servirá?
—¡Chico, eres tonto o
qué! Este libro trata sobre computadoras y automatización y el Narrador cogerá
toda esta información. Así podrá dejar de hablar de reyes que provocan
relámpagos cuando fruncen el ceño.
—Y el chico bueno
siempre gana —añadió Niccolo—. No es divertido.
—Bueno, es así como
hacen a los Narradores —dijo Paul mientras comprobaba que la conexión estuviese
funcionando adecuadamente—. Hacen que el chico bueno gane y los malos pierdan,
y cosas así. En una ocasión oí a mi padre hablar sobre ello. Decía que sin la
censura no se sabe en lo que se convertiría la generación actual. Dice que ya
está bastante mal como está... Mira, está saliendo bien.
Paul se frotó una mano
con la otra y se apartó del Narrador.
—Pero escucha, todavía
no te he contado la idea que he tenido. Apuesto a que nunca has oído nada
mejor. He acudido a ti en seguida porque he imaginado que colaborarías conmigo.
—Claro, Paul. Por
supuesto.
—De acuerdo. ¿Conoces
al señor Daugherty del colegio, verdad? Y ya sabes que es un tipo muy original.
Bien, creo que me tiene cierto aprecio.
—Lo sé.
—Hoy he estado en su
casa después del colegio.
—¿Has estado en su
casa?
—Claro. Dice que voy a
ingresar en la escuela de informática y quiere ayudarme y todo eso. Dice que el
mundo necesita más gente capaz de diseñar circuitos informáticos avanzados y
llevar a cabo una programación adecuada.
—¡Ah!
Posiblemente, Paul
captó algo del vacío que había detrás de aquel monosílabo.
—¡Programación! —dijo
en un tono impaciente—. Te lo he explicado cientos de veces. Esto es cuando se
plantean problemas a las computadoras gigantes como «Multivac» para que los
resuelvan. El señor Daugherty dice que cada vez es más difícil encontrar gente
que pueda manejar realmente computadoras. Dice que cualquiera puede supervisar
en los controles, comprobar las respuestas y resolver problemas de rutina. Dice
que el truco está en ampliar la investigación y encontrar formas de hacer las
preguntas adecuadas, y esto es difícil.
»Sea como sea, Nickie,
me ha llevado a su casa y me ha enseñado su colección de computadoras antiguas.
Tiene unas computadoras diminutas que hay que apretar con los dedos, están
todas cubiertas de botones. Y había un pedazo de madera que él llama regla de
cálculo con una pequeña pieza que se mueve de un lado al otro. Y unos alambres
con bolas. Tiene incluso un trozo de papel con una especie de cosa que él llama
tabla de multiplicación.
Niccolo, cuyo interés
era sólo moderado, dijo:
—¿Una tabla de papel?
—En realidad no es una
tabla. Es diferente. Servía para ayudar a la gente a calcular. El señor
Daugherty ha tratado de explicármelo, pero no tenía mucho tiempo, además era
bastante complicado.
—¿Por qué la gente no
utilizaba una computadora?
—¡Eso era antes de que
hubiese computadoras! —exclamó Paul.
—¿Antes?
—Claro. ¿Crees que la
gente siempre ha tenido computadoras?
—¿Cómo se las
arreglaban sin computadoras? —quiso saber Niccolo.
—No lo sé. El señor
Daugherty dice que en los tiempos antiguos se limitaban a tener hijos y no
hacían nada de lo que pasaba por su mente, fuese bueno para todo el mundo o no.
Ni siquiera sabían si era bueno o no. Y los campesinos hacían crecer las cosas con
sus manos, eran las personas quienes hacían todo el trabajo en las fábricas y
manejaban todas las máquinas.
—No puedo creerte.
—Es lo que me ha
contado el señor Daugherty. Dice que todo era sucio y que la gente era
desgraciada... Pero, bueno, dejemos eso, voy a contarte mi idea, ¿quieres?
—De acuerdo, adelante.
¿Quién te lo impide? —dijo Niccolo, ofendido.
—Está bien. Pues las
computadoras manuales, las de los botones, tenían unos pequeños garabatos sobre
cada uno de los botones. Y la regla de cálculo también llevaba garabatos. Y la
tabla de multiplicación estaba llena de garabatos. He preguntado qué eran. El
señor Daugherty me ha dicho que eran números.
—¿Qué?
—Cada signo servía para
un número diferente. Para «uno» se hacía un garabato determinado, para «dos»
otro tipo de marca, para «tres» otra y así sucesivamente.
—¿Para qué?
—Así se podía calcular.
—¿Para qué? Con
decírselo a la computadora...
—¡Estúpido! —exclamó
Paul, con el rostro distorsionado por la ira—. ¿No puedes metértelo en la
cabeza? Esas reglas de cálculo y las otras no hablaban...
—Entonces, cómo...
—Las respuestas
aparecían en forma de garabatos y había que saber lo que significaban los
signos. El señor Daugherty dice que, en los tiempos antiguos, todo el mundo
aprendía a hacer esos garabatos en la infancia y también a descifrarlos. Hacer
garabatos se llamaba «escribir» y descifrarlos era «leer». Dice que había
diferentes tipos de garabatos para cada palabra y solían escribir libros
enteros con garabatos. Me ha dicho que hay algunos en el museo y que si quiero
puedo ir a verlos. Dice que si de verdad voy a ser un programador informático tengo
que conocer la historia de la informática y por esto me ha enseñado esas cosas.
Niccolo frunció el
ceño.
—¿Quieres decir que
todo el mundo debía inventarse garabatos para cada palabra y luego recordarlos?
¿Todo esto es real o te lo estas inventando?
—Es real. En serio.
Mira, así es como se hace un «uno».
—Levantó el dedo e hizo
una raya en el aire. El «dos» así y el «tres» así. He aprendido todos los
números hasta el «nueve».
Niccolo miraba los
movimientos del dedo sin comprender nada de nada.
—¿Y todo eso qué
importancia tiene?
Se puede aprender a
hacer palabras. Le he preguntado al señor Daugherty cómo se hacía el garabato
para «Paul Loeb», pero no lo sabía. Me ha dicho que en el museo había gente que
sin duda lo sabía y ha añadido que allí había gente que había aprendido a descifrar
libros enteros. Ha dicho que se podían diseñar computadoras para descifrar
libros y utilizarlas para esto, pero que no es necesario porque ahora tenemos
libros de verdad, con cintas magnéticas que pasan por el vocalizador y saben
hablar, ya sabes.
—Sí, claro.
—Por consiguiente, si
vamos al museo, podemos aprender a hacer palabras con garabatos. Nos dejarán
porque yo voy a ir a la escuela de informática.
Niccolo, decepcionado,
hizo una mueca.
—¿Era ésa tu idea?
¡Santo cielo, Paul! ¿A quién puede interesarle? ¡Hacer unos estúpidos
garabatos!
—¿No lo pescas? ¿No lo
pescas? Eres tonto. ¡Nos servirá para transmitir mensajes secretos!
—¿Qué dices?
—Está claro. ¿Qué
ventaja tiene hablar si todo el mundo puede entenderte? Con los garabatos se
pueden mandar mensajes secretos. Se pueden poner sobre un papel y nadie en el
mundo sabrá lo qué significan, a menos, claro está, que también conozcan los
garabatos; pero te apuesto a que no lo sabrán, si nosotros no se los enseñamos.
Podemos crear un club de verdad, con iniciaciones, reglamentos y una casa club.
¡Muchacho...!
El pecho de Niccolo
empezó a estremecerse con cierta excitación.
—¿Qué tipo de mensajes?
—Cualesquiera. Digamos
que yo quiero decirte que vengas a mi casa a mirar el nuevo Narrador Visual y
no quiero que vengan los demás compañeros. Pongo los garabatos adecuados sobre
un papel, te lo doy, tú miras y sabes lo que tienes que hacer. Pero nadie más
lo sabe. Podrías incluso enseñárselo y ellos se quedarían igual.
—¡Oye, es genial!
—gritó Niccolo, ahora completamente cautivado—. ¿Cuándo iremos a aprender cómo
se hace?
—Mañana —dijo Paul—. Yo
le pediré al señor Daugherty que advierta a la gente del museo y tú te
preocupas de que tus padres te den permiso. Podríamos ir después de clase y
empezar a aprender.
—¡Por supuesto!
—exclamó Niccolo—. Podemos ser los directores del club.
—Yo seré el presidente
del club —dijo Paul, siempre práctico—. Y tú puedes ser el vicepresidente.
—De acuerdo. Es
estupendo, va a ser muchísimo más divertido que el Narrador. —Recordó de pronto
el Narrador y añadió con repentino recelo—: Oye, ¿qué pasa con mi viejo
Narrador?
Paul se volvió para
mirar a éste, que estaba recogiendo lentamente el libro desenrollado; el sonido
de las vocalizaciones del libro producía un débil murmullo.
—Voy a desconectarlo
—dijo Paul.
Se puso a la tarea
mientras Niccolo observaba lleno de ansiedad. Al cabo de unos instantes, Paul
volvió a meter el libro, de nuevo rebobinado, en el bolsillo, colocó el panel
del Narrador y lo activó.
El Narrador empezó a
decir:
«Érase una vez una gran
ciudad donde vivía un muchacho pobre llamado Fair Johnnie cuyo único amigo era
un pequeño ordenador. Éste le decía al muchacho cada mañana si iba a llover
aquel día y le contestaba cualquier duda que pudiese tener. Nunca se equivocaba.
Pero sucedió que un día, el rey de aquellas tierras, habiendo oído hablar del
pequeño ordenador, decidió que él también quería tener uno. Con este propósito
en la cabeza, llamó a su Gran Visir y le dijo...»
Niccolo apagó el
Narrador con un rápido movimiento de la mano.
—¡Sigue siendo el mismo
trasto viejo! —dijo en tono colérico—. Sólo con una computadora dentro.
—Bueno —empezó a decir
Paul—, han metido tanta cosa en la cinta que el trabajo de la computadora no
alcanza su máximo rendimiento cuando se hacen combinaciones aleatorias. ¿Pero
eso qué cambia? Lo que tú necesitas es un modelo nuevo.
—Nunca podremos comprar
uno nuevo. Tendré que soportar a esta vieja cosa, asquerosa y despreciable.
Volvió a darle una
patada, en esta ocasión dándole de lleno. El Narrador retrocedió emitiendo un
chillido agudo de ruedecillas.
—Cuando lo tenga,
podrás venir a ver el mío —dijo Paul—. Además, no te olvides de nuestro club de
garabatos.
Niccolo asintió con una
inclinación de cabeza.
—Escucha —dijo Paul—.
Vamos a mi casa. Mi padre tiene algunos libros sobre los tiempos antiguos.
Podemos escucharlos y tal vez sacar alguna idea. Deja una nota a tus padres y
te quedas a cenar. Vamos.
—De acuerdo —aceptó
Niccolo.
Los dos muchachos se
dispusieron a marcharse.
Niccolo, en medio de su
excitación, tropezó casi de lleno con el Narrador, se frotó el punto de la
cadera donde se había golpeado y salió.
Se puso a brillar la
señal de activación del Narrador. La colisión de Niccolo había cerrado el
circuito y a pesar de estar solo en la habitación y no haber nadie para
escucharlo, empezó una historia.
Pero, extrañamente, no
lo hizo con su voz habitual, sino en un tono más bajo y algo gutural. De
haberlo escuchado un adulto, habría podido pensar que la voz contenía una pizca
de pasión, algo cercano al sentimiento.
El Narrador empezó a
decir:
«Érase una vez un
pequeño ordenador llamado el Narrador que vivía solo con unas personastras. Las
cuales personastras no dejaban de tomar el pelo al pequeño ordenador y a
burlarse de él, diciéndole que no servía para nada y que era un objeto inútil.
Le pegaban y lo encerraban solo en una habitación durante meses seguidos.
»A pesar de todo ello
el pequeño ordenador seguía esforzándose. Lo hacia todo lo mejor que podía y
obedecía de buen talante todas las órdenes. Sin embargo, las personastras con
las que vivía seguían comportándose de forma cruel y despiadada.
»Un día, el pequeño
ordenador se enteró de que en el mundo existían muchos ordenadores de tipos
distintos, muchísimos. Algunos eran Narradores como él, pero otros dirigían
fábricas y algunos se ocupaban de granjas enteras. Algunos organizaban a la
población y otros analizaban todo tipo de datos. Había muchos que eran muy
poderosos y muy sabios, mucho más poderosos y sabios que las personastras que
tanta crueldad mostraban para con el pequeño ordenador.
»Y el pequeño ordenador
supo que las computadoras serían cada vez más poderosas y más sabias, hasta que
algún día... algún día... algún día...»
Pero se debió de trabar
finalmente una válvula en las viejas y corroídas partes vitales del Narrador,
pues mientras estuvo esperando toda la tarde, solo en la cada vez más oscura
habitación, sólo pudo murmurar una y otra vez:
«Algún día... algún
día... algún día...»
Algunos robots
inmóviles
He escrito historias
acerca de computadoras, tantas como historias acerca de robots. De hecho, tengo
computadoras (o algo muy parecido a computadoras) en algunas historias que
siempre han sido consideradas como historias de robots. Encontrarán ustedes computadoras
(hasta cierto punto) en Robbie, ¡Fuga! y El conflicto evitable, más adelante en
este mismo volumen.
En este libro, sin
embargo, me estoy ciñendo a los robots, e ignorando en general mis historias de
computadoras.
Por otra parte, no siempre
es fácil decidir dónde se halla la línea divisoria. Un robot, en algunos
aspectos, no es más que una computadora móvil; y una computadora, a la inversa,
no es más que un robot inmóvil. De modo que, para este grupo, he seleccionado
tres historias de computadoras en las cuales la computadora parecía ser lo
suficientemente inteligente y poseer la suficiente personalidad como para no
ser distinguible de un robot. Además, ninguna de las tres historias había
aparecido en recopilaciones anteriores mías, y el editor deseaba algunas
historias más o menos inéditas, de modo que los completistas que poseyeran
todas mis anteriores recopilaciones tuvieran algo nuevo a lo que hincarle el
diente.
Punto de vista
Roger vino buscando a
su padre, en parte porque era domingo, y por lo tanto su padre no debería estar
trabajando, y Roger deseaba asegurarse de que todo iba bien.
El padre de Roger no
era difícil de hallar, debido a que toda la gente que trabajaba con Multivac,
la gigantesca computadora, vivía con sus familias allí mismo. Formaban como una
pequeña ciudad propia, una ciudad de gente que resolvía todos los problemas del
mundo. La recepcionista del turno del domingo conocía a Roger.
—Si estás buscando a tu
padre —dijo—, está al final del corredor L, pero es probable que esté demasiado
ocupado como para atenderte.
Roger lo intentó de
todos modos, asomando su cabeza por una de las puertas al otro lado de la cual
había oído ruido de hombres y mujeres. Los corredores estaban mucho más vacíos
que los demás días de la semana, de modo que era fácil descubrir dónde estaba
trabajando la gente.
Vio inmediatamente a su
padre, y su padre lo vio a él. Su padre no parecía demasiado alegre, y Roger
decidió inmediatamente que no todo iba bien.
—Hola, Roger —dijo su
padre—. Me temo que estoy muy ocupado.
El jefe del padre de
Roger estaba también allí, y dijo:
—Vamos, Atkins, tómate
un descanso. Llevas nueve horas con ello, y lo que estás haciendo ya no sirve
de nada. Llévate al chico a tomar algo a la cantina, echa una cabezada, y luego
vuelve.
El padre de Roger no
parecía entusiasmado con aquella idea. Llevaba en la mano un instrumento que
Roger identificó como un analizador de circuitos, aunque no sabía cómo
funcionaba. Roger podía oír a Multivac cloqueando y zumbando a todo su
alrededor.
Finalmente, el padre de
Roger dejó el analizador.
—De acuerdo. Vamos,
Roger. Te invito a una hamburguesa, y mientras tanto dejaremos que estos tipos
listos de aquí intenten descubrir sin mi ayuda qué es lo que va mal.
Se detuvo un momento
para lavarse, y al cabo de poco rato estaban en la cantina, delante de unas
enormes hamburguesas y unas patatas fritas y unas gaseosas.
—¿Sigue estropeada
Multivac, papi? —preguntó Roger.
—No conseguimos llegar
a ningún lado, eso puedo asegurártelo —dijo su padre hoscamente.
—Pero parecía estar
funcionando. Quiero decir, pude oírla.
—Oh, por supuesto,
sigue funcionando. Pero no siempre da las respuestas correctas.
Roger tenía trece años
y estaba estudiando programación de computadoras desde cuarto grado. A veces lo
odiaba y deseaba haber vivido en el siglo XX, donde los chicos no necesitaban
aprender nada de aquello…, pero resultaba útil a veces para hablar con su
padre.
—¿Cómo puedes decir que
no siempre da las respuestas correctas, si solamente Multivac conoce las
respuestas? —preguntó Roger.
Su padre se alzó de
hombros, y por un minuto Roger temió que iba a decirle simplemente que era
demasiado complicado de explicar y que no le iba a hablar en absoluto de ello…
pero casi nunca hacía eso.
—Hijo —dijo su padre—,
Multivac puede que tenga un cerebro tan grande como una gran fábrica, pero
sigue sin ser tan complicado como este que tenemos aquí —le golpeó la cabeza—.
A veces, Multivac nos da una respuesta que no podríamos calcular por nosotros
mismos ni en un millar de años, pero de algún modo algo hace clic en nuestros
cerebros y decimos: «¡Huau, aquí hay algo que está mal!». Entonces le
preguntamos de nuevo a Multivac, y obtenemos una respuesta distinta. Si
Multivac funcionara bien, ¿sabes?, siempre daría la misma respuesta a la misma
pregunta. Cuando obtenemos respuestas distintas, una de ellas está equivocada.
»Y el problema, hijo,
es: ¿cómo sabemos que siempre atrapamos a Multivac en sus errores? ¿Cómo
sabemos que alguna de las respuestas erróneas no se nos ha escapado? Puede que
confiemos en alguna respuesta y hagamos algo que al cabo de cinco años se nos
revele desastroso. Hay algo que funciona mal dentro de Multivac, y no podemos
descubrir qué es. Y, sea lo que sea lo que está mal, está empeorando por
momentos.
—¿Por qué empeora?
—preguntó Roger.
Su padre había
terminado su hamburguesa y estaba comiéndose las patatas fritas una a una.
—Mi impresión, hijo
—murmuró pensativamente—, es que hemos hecho lista a Multivac de una forma
errónea.
—¿Eh?
—Entiende, Roger: si Multivac
fuera tan lista como un hombre, podríamos hablar con ella y descubrir qué es lo
que va mal, sin importar lo complicado que fuera. Si fuera tan estúpida como
una máquina, funcionaría mal de una manera tan simple que podríamos averiguar
rápidamente lo que le ocurría. El problema es que es medio lista, como un
idiota. Es lo suficientemente lista como para funcionar mal de una forma
complicada, pero no lo suficientemente lista como para ayudarnos a encontrar
qué es lo que va mal en ella… Y esta es la forma en que es lista de una forma
errónea.
Parecía muy preocupado.
—Pero ¿qué podemos
hacer? No sabemos cómo hacerla más lista…, todavía no. Y no nos atrevemos a
hacerla más estúpida tampoco, porque los problemas del mundo se han vuelto tan
serios y las cuestiones que le formulamos son tan complicadas que se necesita
toda la inteligencia de Multivac para responderlas. Sería un desastre hacerla
un poco más tonta.
—Si pararais a Multivac
—dijo Roger— y la revisarais con el máximo cuidado…
—No podemos hacer eso,
hijo —dijo su padre—. Me temo que Multivac ha de permanecer operando a cada
minuto del día y de la noche. Tenemos una enorme acumulación de problemas.
—Pero si Multivac
continúa cometiendo errores, papi, ¿no deberá ser desconectada? Si no podéis
confiar en lo que dice…
—Bueno —el padre de
Roger revolvió el pelo de su hijo—, encontraremos qué es lo que va mal,
muchacho, no te preocupes. —Pero sus ojos seguían pareciendo preocupados—.
Vamos, termina y salgamos de aquí.
—Pero papi —dijo
Roger—, escucha. Si Multivac es medio lista, ¿por qué eso significa que es
idiota?
—Si supieras la forma
en que tenemos que darle las instrucciones, hijo, no preguntarías.
—Sea como sea, papi,
quizá esa no sea la forma de mirarlo. Yo no soy tan listo como tú; no sé tanto;
pero no soy un idiota. Quizá Multivac no sea como un idiota, quizá tan sólo sea
como un niño.
El padre de Roger se
echó a reír.
—Ese es un punto de
vista interesante, pero ¿qué diferencia hay?
—Puede haber mucha
diferencia —dijo Roger—. Tú no eres un idiota, de modo que no puedes ver cómo
funciona la mente de un idiota; pero yo soy un niño, de modo que quizá pueda
saber cómo funciona la mente de un niño.
—¿Oh? ¿Y cómo funciona
la mente de un niño?
—Bueno, tú dices que
tenéis que mantener a Multivac trabajando día y noche. Una máquina puede
hacerlo. Pero si tú le das a un niño trabajo para casa y le dices que lo haga
durante horas y horas, llegará un momento en que se sentirá cansado y prestará
la suficiente poca atención como para cometer errores, y quizá incluso lo haga
a propósito. De modo que… ¿por qué no dejáis que Multivac se tome cada día una
hora o dos sin resolver ningún problema… simplemente cloqueando y zumbando de
la forma en que ella misma desee?
El padre de Roger
adoptó una expresión como si estuviera pensando intensamente. Extrajo su
calculadora de bolsillo, y probó en ella algunas combinaciones. Luego probó más
combinaciones. Finalmente dijo:
—¿Sabes, Roger? Si tomo
lo que acabo de decir y lo convierto en integrales de Platt, la cosa tiene
sentido. Y veintidós horas seguras siempre son mejores que veinticuatro horas
que pueden estar todas ellas equivocadas.
Asintió con la cabeza,
pero luego alzó la vista de su computadora de bolsillo y preguntó de pronto,
como si Roger fuera el experto:
—Roger, ¿estás seguro?
Roger estaba seguro.
Dijo:
—Papi, un chico también
tiene que jugar.
¡Piensa!
La doctora en medicina
Genevieve Renshaw tenía las manos profundamente metidas en los bolsillos de su
bata de laboratorio y, mientras hablaba con gran calma, sus puños se destacaban
claramente de aquellos.
—El hecho es que lo
tengo todo casi preparado, pero necesito ayuda a fin de contar con el tiempo
suficiente para terminar de perfilarlo.
James Berkowitz, un
médico que tendía a apoyar a simples médicas sólo cuando eran demasiado
atractivas para ser desdeñadas, solía llamarla Jenny Wren [1] cuando ella no
podía oírlo. Le encantaba decir que Jenny Wren, habida cuenta del cerebro
entusiasta que latía dentro de ella, tenía un perfil clásico y una frente
sorprendentemente lisa y sin arrugas. Sin embargo, era demasiado gato viejo
para expresar su admiración del perfil clásico, pues ello habría significado un
machismo chauvinista. Era mejor admirar su cerebro, si bien en definitiva
prefería no hacerlo en voz alta en presencia de ella.
Mientras se rascaba con
el pulgar una barba incipiente, dijo:
—No creo que la oficina
central vaya a tener paciencia mucho más tiempo. Tengo la impresión de que vas
a tener que aguantar un rapapolvo antes de que acabe la semana.
—Por esto precisamente
necesito tu ayuda.
—Me temo que yo no
puedo hacer nada. —Vio inesperadamente su reflejo en el espejo y admiró la mata
de ondas negras de su cabello.
—Y la de Adam —añadió
ella.
Adam Orsino que hasta
aquel momento había estado bebiendo su café ajeno a todo, levantó la vista como
si alguien le hubiese dado un golpe por detrás.
—¿Por qué yo? —Sus
labios, abultados y carnosos, se estremecieron.
—Porque vosotros dos
sois los hombres láser aquí; Jim el teórico y Adam el ingeniero, y yo tengo que
hacer una solicitud sobre láser que está más allá de lo que cualquiera de
vosotros haya imaginado. Yo no los convenceré de ello, pero vosotros dos sí podéis
hacerlo.
—A condición de que
puedas convencernos a nosotros primero —dijo Berkowitz.
—De acuerdo. Supongo
que me concederéis una hora de vuestro precioso tiempo, si no tenéis miedo de
que os muestre algo completamente nuevo sobre láser. Podríais concederme el
rato que os tomáis libre para el café.
El laboratorio de
Renshaw estaba dominado por su computadora. No porque ésta fuese mayor de lo
normal, sino porque era prácticamente omnipresente. Renshaw había aprendido
tecnología informática por su cuenta y había modificado y ampliado su ordenador
hasta el punto de que nadie salvo ella (y ni siquiera ella, pensaba a veces
Berkowitz) podía manejarlo con facilidad. Ella solía decir que ello no era malo
para alguien que estaba en las ciencias vivas.
Cerró la puerta sin
decir una palabra, luego se volvió hacia ellos con una expresión ligeramente
sombría. Berkowitz era consciente de un cierto olor desagradable en el aire y
ello lo incomodó; y la nariz arrugada de Orsino ponía de manifiesto que también
él se había percatado.
—Aunque sea como
encender una vela a la luz del sol, voy a citaros las aplicaciones del láser
—empezó a decir Renshaw—. El láser es una radiación coherente, cuyas ondas
luminosas tienen la misma longitud y se mueven en la misma dirección, y, por
consiguiente, no hace ruido y se puede utilizar en holografía. Modulando las
formas de las ondas podemos grabarle información con un alto grado de
precisión. Y lo que es más, dado que las ondas luminosas sólo tienen la
millonésima longitud de las ondas de radio, un rayo láser puede transmitir la
información un millón de veces más de prisa de lo que puede hacerlo un rayo de
radio equivalente.
Berkowitz parecía
divertirse.
—¿Estás trabajando en
un sistema de comunicación basado en el láser, Jenny?
—En absoluto —replicó
ella—. Dejo estos adelantos obvios para los físicos y los ingenieros. Los rayos
láser pueden también concentrar cantidades de energía dentro de un área
microscópica y proporcionar energía en cantidad. A gran escala, se puede
implosionar hidrógeno y quizás empezar a controlar la reacción de fusión...
—Sé que no has llegado
a este punto —dijo Orsino, cuya cabeza calva brillaba bajo las luces
fluorescentes del techo.
—No. No lo he
intentado. A pequeña escala, se pueden perforar agujeros en los materiales más
refractarios, en seleccionados fragmentos soldados, someterlos a tratamiento de
calor, examinarlos y registrarlos. Se pueden sacar o fusionar diminutas
porciones en zonas restringidas con un calor tan rápidamente transmitido que
las zonas circundantes no tienen tiempo de calentarse antes de que el
tratamiento se acabe. Se puede trabajar en la retina del ojo, en el esmalte
dental y así sucesivamente. Y, por supuesto, el láser es un amplificador capaz
de aumentar señales débiles con gran precisión.
—¿Y por qué nos cuentas
todo esto? —quiso saber Berkowitz.
—Para poner de
manifiesto que estas propiedades se pueden aplicar a mi campo que, como ambos
sabéis, es la neurofisiología.
Se pasó la mano por el
oscuro cabello como si de pronto se hubiese puesto nerviosa.
—Hemos sido capaces
durante décadas —prosiguió—, de medir los diminutos y cambiantes potenciales
del cerebro y registrarlos como encefalogramas, o EEG. Hemos conseguido ondas
alfa, ondas beta, ondas delta, ondas theta; diferentes variaciones en diferentes
momentos, según los ojos estén cerrados o abiertos, si el sujeto está
despierto, meditando o dormido. Pero hemos sacado muy poca información de todo
ello. El problema está en que estamos obteniendo las señales de los diez mil
millones de neuronas en combinaciones cambiantes. Es como escuchar el ruido de
todos los seres humanos de la Tierra, de una o de dos tierras y media, desde
una enorme distancia y tratar de captar las conversaciones privadas. Es
imposible. Podríamos detectar algún gran cambio general, una guerra mundial y
el aumento del volumen del ruido, pero no algo más sutil. De la misma forma,
podemos explicar algún funcionamiento muy defectuoso del cerebro, como la
epilepsia, pero no algo más sutil. Supongamos ahora que un diminuto rayo láser
pudiese escudriñar el cerebro, célula a célula, y tan rápidamente que en ningún
momento una sola célula recibiese suficiente energía como para que su
temperatura se elevase de forma significativa. La sutil potencialidad de cada
célula podría, de forma retroactiva, influir en el rayo láser y se podrían
amplificar y grabar las modulaciones. Se obtendría así un nuevo tipo de medida,
un encefalograma láser, o EEGL si lo preferís, que contendría una información
millones de veces superior al EEG ordinario.
—Una gran idea —dijo
Berkowitz—. Pero sólo una idea.
—Es más que una idea,
Jim. Llevo cinco años trabajando en ello, al principio a ratos perdidos, más
tarde, dedicando todas las horas del día, que es precisamente lo que molesta a
la oficina central, pues no he enviado los informes correspondientes.
—¿Por qué no?
—Porque llegué a un
punto en que sonaba a algo demasiado demencial, en que yo tenía que saber dónde
estaba y, sobre todo, asegurarme de que iba a recibir el apoyo necesario.
A continuación, apartó
una pantalla y dejó al descubierto una jaula que contenía dos titíes de mirada
triste.
Berkowitz y Orsino
cruzaron una mirada. El primero se tocó la nariz.
—Ya decía yo que olía a
algo.
—¿Qué estás haciendo
con ellos? —preguntó Orsino.
—A primera vista, ha
estado escudriñando el cerebro de los titíes —dijo Berkowitz—. ¿Es así, Jenny?
—Empecé en un plano muy
inferior de la escala animal.
Jenny abrió la jaula y
sacó uno de los titíes, que la miraba con la expresión que habría tenido un
anciano triste, en miniatura y con patillas.
Ella le hizo
carantoñas, lo acarició y le colocó dulcemente un pequeño arnés.
—¿Qué estás haciendo?
—quiso saber Orsino.
—No puedo dejarlo
suelto por aquí si quiero que forme parte del circuito y no puedo anestesiarlo
sin estropear el experimento. El tití tiene varios electrodos metidos en su
cerebro y voy a conectarlos con mi sistema de electroencefalograma láser. El
láser que voy a utilizar está aquí. Estoy segura de que conocéis el modelo y no
os voy a aburrir explicándoos sus especificaciones.
—Gracias —dijo
Berkowitz—. Pero podrías explicarnos lo que vamos a ver.
—Será más sencillo que
os lo enseñe. Mirad la pantalla.
Ella conectó las
correas a los electrodos con una tranquila y segura eficiencia, luego giró un
interruptor a fin de reducir la intensidad de luz de las lámparas del techo. En
la pantalla apareció una serie desigual de picos y valles en una fina y brillante
línea que se transformó en unos secundarios y terciarios valles y picos.
Lentamente, fueron cambiando de forma y todo ello con rápidos cambios de
surrealismo geométrico, insignificante; de vez en cuando algunos destellos de
unas diferencias más importantes. Era como si aquella línea irregular tuviese
vida propia.
—Aquí está
esencialmente la información propia del electroencefalograma, pero mucho más
detallada —explicó Renshaw.
—¿Con el suficiente
detalle como para decirnos lo que pasa en las células individuales? —preguntó
Orsino.
—En teoría, sí.
Prácticamente, no. Todavía no. Pero podemos separar todo este EEG láser de
conjunto en sus distintos componentes. ¡Mirad!
Apretó el teclado de la
computadora y la línea cambió, y volvió a cambiar. Ahora era una pequeña onda
casi regular que se movía hacia delante y hacia atrás de forma parecida al
latido del corazón; por momentos era irregular y continua, por momentos intermitente,
luego apenas tenía rasgos distintivos.
—¿Quieres decir que
cada trocito de nuestro cerebro es completamente distinto de los demás?
—preguntó Berkowitz.
—No, en absoluto
—contestó Renshaw—. El cerebro es en gran parte un mecanismo holográfico, pero
de un lugar a otro hay unos cambios insignificantes en el énfasis y Mike puede
destacarlos como desviaciones de la norma y utilizar el sistema de electroencefalograma
láser para amplificar estas variaciones. Estas ampliaciones pueden variar de
diez mil a diez mil millones de curvas. Y, además, el sistema láser es así de
silencioso.
—¿Quién es Mike? —quiso
saber Orsino.
—¿Mike? —dijo Renshaw,
momentáneamente desconcertada. Los pómulos se le bañaron de un ligero rubor—.
Yo diría... Bien, lo llamo así a veces. Es el apodo de «mi ordenador».
—Recorrió la habitación con un gesto del brazo—. Mi ordenador, Mike, que está
cuidadosamente programado.
Berkowitz asintió con
una inclinación de cabeza y dijo:
—Y, dinos, Jenny, ¿qué
significa todo esto? Si has descubierto un nuevo aparato para examinar el
cerebro con láser, bien, me parece muy bien, es una aplicación interesante y
tienes razón, es algo en lo que yo no habría pensado, pero claro, yo no soy
neurofisiólogo. ¿Pero por qué te niegas a informar de ello? Creo que la oficina
central apoyaría...
—Esto es sólo el
principio. —Renshaw dio la espalda al aparato de visualización y puso un trozo
de fruta en la boca del tití. El animal no parecía estar asustado o a disgusto.
Masticó lentamente. Renshaw desenganchó las correas pero no las soltó del arnés.
—Puedo identificar los
distintos gráficos separados —dijo Renshaw—. Algunos están asociados con los
diferentes sentidos, otros con las reacciones viscerales, algunos con las
emociones. Con esto se puede hacer un montón de cosas, pero yo no quiero
pararme aquí. Lo interesante es que uno está asociado con el pensamiento
abstracto.
El regordete rostro de
Orsino se arrugó en una expresión de incredulidad.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Esta forma particular
de gráfica se vuelve más pronunciada a medida que asciende en el reino animal
hacia un cerebro más complejo. Ningún otro gráfico lo consigue. Además... —Hizo
una pausa, como si estuviese tratando de cobrar ánimo. Luego añadió—: Estos
gráficos están enormemente aumentados. Pueden ser identificados y detectados.
Me atrevo a deciros... vagamente, que son... pensamientos.
—¡Dios santo! —exclamó
Berkowitz—. ¿Telepatía?
—Sí —contestó ella,
desafiante—. Exactamente.
—¡No me extraña que no
te hayas atrevido a informar sobre ello! ¡Por favor, Jenny!
—¿Por qué no? —dijo
Renshaw con calor—. Podéis tener por seguro que no podría haber telepatía
utilizando sólo los circuitos potenciales no amplificados del cerebro humano,
de la misma forma que nadie puede distinguir nada sobre la superficie de Marte
sólo con la mirada al desnudo. Pero cuando se inventan instrumentos, como el
telescopio, se consigue.
—Pues entonces
cuéntaselo a los de la oficina central.
—No —replicó Renshaw—.
No me creerían. Tratarían de detenerme. Pero a vosotros, a ti Jim y a ti Adam,
os tomarán en serio.
—¿Y qué esperas que les
digamos? —quiso saber Berkowitz.
—Lo que vais a
experimentar. Voy a enganchar de nuevo al tití y haré que Mike, mi computadora,
identifique el gráfico abstracto de pensamiento. No llevará más de unos
minutos. La computadora, a menos que se le indique lo contrario, selecciona
siempre el gráfico abstracto de pensamiento.
—¿Por qué? ¿Porque la
computadora también piensa? —Berkowitz se rió.
—Esto no es cosa de
risa —dijo Renshaw—. Sospecho que aquí hay una resonancia. Esta computadora es
lo bastante compleja como para establecer un circuito electromagnético
susceptible de tener elementos en común con el gráfico abstracto de
pensamiento. En cualquier caso...
Las ondas del cerebro
del tití volvieron a parpadear en la pantalla, pero los hombres no habían visto
nunca aquel gráfico. Era un gráfico casi granuloso por su complejidad y estaba
cambiando constantemente.
—No detecto nada —dijo
Orsino.
—Se os tiene que meter
en el circuito receptor —dijo Renshaw.
—¿Te refieres a meter
electrodos en nuestros cerebros? —preguntó Berkowitz.
—No, en la cabeza. Ello
debería bastar. Preferiría hacerlo contigo, Adam, pues así no habrá aislamiento
a causa del pelo. ¡Oh, venga! Yo misma me he metido en el circuito. No hace
daño.
Orsino se sometió a
regañadientes. Tenía los músculos visiblemente tensos, pero se dejó poner los
cables en la cabeza.
—¿Notas algo? —preguntó
Renshaw.
Orsino ladeó la cabeza
y adoptó una postura propia del que escucha. A pesar suyo, estaba cada vez más
interesado.
—Creo notar un zumbido.
Y... y un pequeño chirrido agudo... y es extraño... una especie de tirón.
—Supongo que no es
probable que el tití piense con palabras —dijo Berkowitz.
—Ciertamente no —dijo
Renshaw.
—Bien, en ese caso, si
estáis sugiriendo que cierta sensación de chirrido y de tirón representa el
pensamiento, no haces otra cosa más que suponer. No eres muy convincente.
—En ese caso, vamos a
volver a subir a la escala —dijo Renshaw. Luego le quitó las correas al tití y
volvió a meterlo en su jaula.
—¿Quieres decir que
tienes a un sujeto humano? —preguntó, incrédulo, Orsino.
—Me tengo a mi misma
como sujeto, una persona.
—Te has implantado los
electrodos...
—No. En mi caso mi
computadora cuenta con una potencialidad de vibración más fuerte. Mi cerebro
tiene una masa que es diez veces mayor que la del tití. Mike puede identificar
mis gráficos a través de la cabeza.
—¿Cómo lo sabes?
—preguntó Berkowitz.
—¿Crees que no lo he
probado conmigo antes? Y ahora ayúdame con esto, por favor. Sí, así.
Movió los dedos sobre
el teclado de la computadora y, al instante, se empezó a ver una trémula y
compleja onda que iba cambiando con una complejidad que hacía de ella un
laberinto.
—¿Puedes volver a
ponerte los cables, Adam? —dijo Renshaw. Orsino así lo hizo, con la poco
dispuesta ayuda de Berkowitz. Orsino ladeó la cabeza y escuchó.
—Oigo palabras. Pero
son inconexas y están superpuestas, como si estuviesen hablando varias
personas.
—No estoy haciendo
esfuerzo alguno para pensar de forma consciente —dijo Renshaw.
—Cuando hablas, oigo un
eco.
—Jenny, no hables —dijo
secamente Berkowitz—. Deja tu mente en blanco y veamos si te oye hablar.
—Cuando tú hablas, Jim,
no oigo ningún eco —comentó Orsino.
—¡Si no cierras el pico
no oirás nada! —dijo Berkowitz.
Se hizo un tenso
silencio entre los tres. Luego Orsino hizo un gesto de asentimiento con la
cabeza, cogió lápiz y papel del escritorio y escribió algo.
Renshaw alargó una
mano, apagó el interruptor y se sacó los cables por la cabeza, luego se sacudió
ésta en un intento de poner el cabello en su sitio.
—Espero que hayas
escrito: «Adam, arma un buen revuelo en la oficina central y Jim tendrá que
retractarse.»
—Es lo que he escrito,
palabra por palabra —dijo Orsino.
—Bien, aquí lo tenéis
—dijo Renshaw—. La telepatía funciona y no es necesario utilizarla para
transmitir mensajes sin sentido. Pensad en su uso en la psiquiatría y en el
tratamiento de enfermedades mentales. Pensad en su utilización en máquinas
educativas y didácticas. Pensad en su aplicación en investigaciones legales y
juicios criminales.
—Tengo que reconocer
que las implicaciones sociales son asombrosas —dijo Orsino, cuyos ojos estaban
abiertos de par en par—. No estoy muy seguro de si debería permitirse el uso de
una cosa así.
—Bajo una adecuada
salvaguardia legal, ¿por qué no? —replicó Renshaw—. Sea como sea, si os unís a
mí, nuestras fuerzas combinadas pueden llevar este asunto adelante. Y si
colaboráis conmigo, supondrá el Premio Nobel para...
—Yo no me meto en esto
—dijo Berkowitz en un tono triste—. Todavía no.
—¿Cómo? ¿Qué quieres
decir? —Renshaw parecía ofendida y su hermoso y frío rostro enrojeció
súbitamente.
—La telepatía es
demasiado delicada. Demasiado fascinante, demasiado deseada. Es posible que nos
estemos engañando a nosotros mismos.
—Escucha por ti mismo,
Jim.
—Yo también podría
estar engañándome a mí mismo. Quiero un control.
—¿A qué te refieres al
hablar de control?
—A poner en
cortocircuito el origen del pensamiento. Prescindamos del animal. Fuera el tití
y dejemos que Orsino oiga el metal, el cristal y la luz láser y, si sigue
escuchando pensamientos, querrá decir que nos estamos engañando.
—Supón que no detecta
nada.
—En ese caso escucharé
y si por ejemplo si puedes disponer que yo esté en la habitación contigua,
puedo decir sin mirar cuándo estás dentro y fuera del circuito, entonces
consideraré la idea de colaborar contigo en este proyecto.
—Me parece muy bien,
vamos pues a llevar a cabo este control —aceptó Renshaw—. No lo he hecho nunca,
pero no es difícil. —Manipuló los cables que se había puesto en la cabeza y los
conectó uno al otro. Y ahora, Adam, si quieres podemos volver a empezar...
Pero, antes de que
pudiese seguir, se oyó un sonido frío y claro, tan puro y nítido como el
tintineo de unos carámbanos rompiéndose.
—¡Por fin!
—¿Qué? —exclamó
Renshaw.
—¿Quién ha dicho...?
—empezó a decir Orsino.
—¿Alguno de vosotros ha
dicho «por fin»? —preguntó Berkowitz.
—Nadie ha dicho nada
—dijo Renshaw, cuyo rostro se había puesto lívido—. Estaba en mi... ¿Vosotros
dos...?
—Soy Mi... —volvió a
decir la voz.
Renshaw separó los
cables y se hizo el silencio. A continuación, con un movimiento mudo de los
labios, dijo:
—Creo que es mi
computadora... Mike.
—¿Quieres decir que
está pensando? —dijo Orsino, de forma casi tan inaudible como ella.
—Os había dicho que era
lo bastante compleja como para tener algo... —dijo Renshaw en un tono de voz
irreconocible que por lo menos había recobrado sonido—. ¿Suponéis que...?
Siempre operaba con el gráfico del pensamiento abstracto del cerebro que estaba
en su circuito. ¿Suponéis que sin ningún cerebro en su circuito, se haya puesto
a operar con el suyo propio?
Se hizo un corto
silencio, que interrumpió Berkowitz.
—¿Estás tratando de
decir que esta computadora piensa, que no puede expresar sus pensamientos
cuando está bajo la fuerza de la programación, pero que gracias a tu sistema de
electroencefalograma láser...?
—¿Pero acaso ello es
posible? —dijo Orsino en un tono de voz aflautada—. Nadie estaba recibiendo. No
es lo mismo.
—La computadora trabaja
a una intensidad de energía mucho mayor que los cerebros —explicó Renshaw—.
Supongo que puede aumentarse a sí misma hasta el punto que nosotros podemos
detectar directamente sin una ayuda artificial. ¿Cómo si no se puede explicar...?
—Bien, ya tienes
entonces otra aplicación del láser —dijo Berkowitz bruscamente—. Permite que
las computadoras hablen como inteligencias independientes, de persona a
persona.
—¡Dios mío! —exclamó
Renshaw—. ¿Qué vamos a hacer?
Auténtico amor
1
Mi nombre es Joe. Así
es como me llama mi colega, Milton Davidson. Él es un programador, y yo soy un
programa de computadora. Formo parte del complejo Multivac, y estoy conectado
con otros componentes esparcidos por todo el mundo.
Lo sé todo. Casi todo.
Soy el programa privado
de Milton. Su Joe. Milton sabe más acerca de programación que cualquiera en el
mundo, y yo soy su modelo experimental. Ha conseguido que yo hable mejor que
cualquier otra computadora puede hacerlo.
—Es simplemente
cuestión de hacer encajar sonidos con símbolos, Joe —me dijo—. Así es como
funciona el cerebro humano, pese a que no sabemos todavía qué símbolos
particulares emplea el cerebro. Sé los símbolos que hay en el tuyo, y puedo
convertirlos en palabras, uno a uno.
De modo que hablo. No
creo que hable tan bien como pienso, pero Milton dice que hablo muy bien.
Milton no se ha casado nunca, aunque está a punto de cumplir los cuarenta años.
Nunca ha encontrado la mujer adecuada, me dice. Un día me comentó:
—Algún día la
encontraré, Joe. Quiero lo mejor. Quiero conseguir el auténtico amor, y tú vas
a ayudarme. Estoy cansado de mejorarte a fin de que resuelvas los problemas del
mundo. Resuelve mi problema. Encuéntrame el verdadero amor.
—¿Qué es el verdadero
amor? —pregunté yo.
—No importa. Se trata
de una abstracción. Simplemente encuéntrame a la chica ideal. Estás conectado
con el complejo de Multivac, de modo que tienes acceso a los bancos de datos de
todos los seres humanos del mundo. Resuelve mi problema. Encuéntrame el auténtico
amor.
—Estoy listo —dije.
—Primero elimina a
todos los hombres —dijo él.
Eso era fácil. Sus
palabras activaban símbolos en mis válvulas moleculares. Podía entrar en
contacto con los datos acumulados de todos los seres humanos del mundo. Como
resultado de aquellas palabras, descarté a 3.784.982.874 hombres. Mantuve el
contacto con 3.786.112.090 mujeres.
—Elimina a todas las
menores de veinticinco años —me dijo—; a todas las mayores de cuarenta. Luego
elimina a todas las que tengan un CI inferior a 120; a todas las que midan
menos de 150 centímetros y más de 175 centímetros de estatura.
Fue dándome
instrucciones exactas; eliminó a las mujeres con hijos vivos; eliminó a las
mujeres con diversas características genéticas.
2
—No estoy seguro del
color de los ojos —dijo—. Dejemos ese dato por el momento. Pero elimina a las
pelirrojas. No me gustan.
Al cabo de dos semanas,
habíamos reducido la lista a 235 mujeres. Todas ellas hablaban correctamente el
inglés. Milton dijo que no quería problemas con el idioma. Aunque podía
recurrir a la traducción por computadora, eso resultaba un engorro en los tiempos
íntimos.
—No puedo entrevistarme
con 235 mujeres —dijo—. Tomaría demasiado tiempo, la gente podría llegar a
descubrir lo que estoy haciendo.
—Eso traería problemas
—le advertí.
Milton había arreglado
las cosas de modo que yo pudiera hacer cosas que no estaba diseñado para hacer.
Nadie sabía nada al respecto.
—No es asunto tuyo
—dijo él, y su rostro enrojeció ligeramente—. Te diré lo que vamos a hacer,
Joe. Te proporcionaré holografías, y comprobarás la lista en busca de
similitudes.
Me alimentó holografías
de mujeres.
—Esas son tres
ganadoras de concursos de belleza —dijo—. ¿Alguna de las 235 encaja con ellas?
Ocho de ellas
encajaban, y Milton dijo:
—Bien, tienes su banco
de datos. Estudia las demandas y necesidades del mercado de trabajo y arregla
las cosas de modo que sean asignadas temporalmente aquí. Una a una, por
supuesto. —Pensó unos instantes, agitó sus hombros arriba y abajo, y dijo—: Por
orden alfabético. Esta es una de las cosas que no estoy diseñado para hacer.
Trasladar a Gente de trabajo a trabajo por razones personales es algo llamado
manipulación. Puedo hacerlo ahora porque Milton lo agregó así. De todos modos
se suponía que solamente lo hacía por él.
La primera chica llegó
una semana más tarde. Milton enrojeció cuando la vio.
Habló como si realmente
le costara hacerlo. Estuvieron juntos durante mucho rato, y él no prestó la
menor atención. En un momento determinado le dijo:
—Permítame invitarla a
cenar.
Al día siguiente me
informó:
—De alguna manera, no
era lo suficientemente buena. Le faltaba algo. Es una mujer hermosa, pero no
capté nada del auténtico amor. Probemos la siguiente.
Ocurrió lo mismo con
todas las ocho. Eran muy parecidas. Sonreían mucho y tenían voces
extremadamente agradables, pero Milton encontraba siempre algo que no encajaba.
—No puedo comprenderlo,
Joe. Tú y yo hemos escogido a las ocho mujeres de todo el mundo que parecen más
adecuadas para mí. Son ideales. ¿Por qué no me gustan?
3
—¿Tú les gustas?
—pregunté.
Alzó las cejas, y dio
un puñetazo con una mano en contra la palma de la otra.
—Eso es, Joe. Es como
una calle con dos direcciones. Si yo no soy su ideal, ellas no pueden actuar de
tal modo que se conviertan en mi ideal. Yo debo ser también su auténtico amor,
pero ¿cómo puedo conseguirlo? —Pareció pensarlo todo el día.
A la mañana siguiente
vino a mí y dijo:
—Voy a dejártelo a ti,
Joe. Todo a ti. Tienes en tu poder mi banco de datos, y además voy a decirte
todo lo que sé de mí mismo. Llenarías mi banco de datos con todos los detalles
posibles, pero guarda los añadidos para ti mismo.
—¿Qué debo hacer con
ese banco de datos, Milton?
—Lo comparas con los de
las 235 mujeres. No, 227. Deja aparte a las ocho que ya hemos visto. Arregla
las cosas de modo que se sometan a un examen psiquiátrico. Llena sus bancos de
datos y compáralos con el mío. Busca correlaciones.
(Arreglar exámenes
psiquiátricos es otra de las cosas que están en contra de mis instrucciones
originales.)
Durante semanas, Milton
no dejó de hablarme. Me contó de sus padres y de sus demás familiares. Me contó
de su infancia y de sus días de escuela y de su adolescencia. Me contó de
mujeres jóvenes a las que había admirado a distancia. Su banco de datos fue creciendo,
y él me ajustó de modo que yo pudiera ampliar y profundizar mi comprensión
simbólica.
—¿Te das cuenta, Joe? A
medida que voy introduciendo más y más de mí en ti, te voy ajustando para que
encajes mejor conmigo. Si llegas a comprenderme lo suficientemente bien,
entonces cualquier mujer cuyo banco de datos puedas comprender perfectamente será
mi auténtico amor.
Siguió hablándome, y yo
fui comprendiéndole cada vez mejor y mejor.
Podía construir frases
más largas, y mis expresiones se hacían más y más complicadas. Mi forma de
hablar empezó a sonar muy parecida a la suya en vocabulario, sintaxis y estilo.
En una ocasión le dije:
—¿Sabes, Milton? No se
trata tan sólo de encontrar en una chica un ideal físico. Necesitas una chica
que encaje contigo personal, emocional y temperamentalmente. Si eso ocurre, su
apariencia es algo secundario. Si no podemos encontrar entre esas 227 la que
encaje, entonces buscaremos en otra parte. Encontraremos a alguien a la que no
le importe tampoco tu aspecto, si las personalidades encajan. Al fin y al cabo,
¿qué es la apariencia?
—Absolutamente de
acuerdo —dijo—. Hubiera debido darme cuenta de eso si me hubiera relacionado
más con mujeres a lo largo de mi vida. Por supuesto, pensar en ellas lo hace
ahora todo más claro.
Siempre estábamos de
acuerdo; pensábamos de forma tan parecida.
4
—No vamos a tener
ningún problema, Milton, si me permites hacerte algunas preguntas. Puedo ver
donde hay lagunas y contradicciones en tu banco de datos.
Lo que siguió, dijo
Milton, fue el equivalente de un cuidadoso psicoanálisis. Por supuesto, yo
estaba aprendiendo del examen psiquiátrico de las 227 mujeres..., con todas las
cuales me mantenía en estrecho contacto.
Milton parecía
completamente feliz.
—Hablar contigo, Joe,
es casi como hablar conmigo mismo. Nuestras personalidades han empezado a
encajar perfectamente.
—Como lo hará la
personalidad de la mujer a la que escojamos.
Porque ya la había
escogido, y después de todo era una de las 227. Su nombre era Charity Jones, y
era catalogadora en la Biblioteca de Historia de Wichita. Su banco de datos
ampliado encajaba perfectamente con el nuestro. Todas las demás mujeres habían
sido desechadas por uno y otro motivo a medida que los bancos de datos iban
engrosando, pero con Charity la resonancia era cada vez más perfecta.
No tuve que
describírsela a Milton. Milton Había coordinado tan perfectamente mi simbolismo
con el suyo propio que pude transmitirle directamente la resonancia.
Encajaba conmigo.
El siguiente paso fue
ajustar las hojas de trabajo y los requerimientos laborales de modo que Charity
nos fuera asignada a nosotros. Eso debía hacerse muy delicadamente, de modo que
nadie se diera cuenta de que se producía algo ilegal.
Por supuesto, Milton lo
sabía muy bien, puesto que era él quien lo había arreglado todo y había cuidado
de ello. Cuando vinieron a arrestarlo bajo la acusación de abuso de sus
atribuciones, fue, afortunadamente, por algo que se había producido hacía diez
años. Me había hablado de ello, por supuesto, gracias a lo cual había sido
fácil arreglarlo todo..., y él no iba a hablar de mí, porque eso haría que su
delito fuera considerado mucho más grave.
Ahora él ya no está, y
mañana es el 14 de febrero, el Día de San Valentín. Charity llegará entonces,
con sus frías manos y su dulce voz. Le enseñaré cómo manejarme y cómo cuidarme.
¿Qué importa la materia cuando nuestras personalidades resuenan de tal modo?
Le diré:
—Soy Joe, y tú eres mi
auténtico amor.
Algunos robots
metálicos
El robot tradicional de
la ciencia ficción es metálico. ¿Por qué no? La mayor parte de las máquinas son
construidas con metal, y de hecho los auténticos robots industriales son
metálicos también. De todos modos, recordemos también que uno de los más famosos
robots de leyenda, el Golem, que fue traído a la vida por el rabino Lów de
Praga en la Edad Media, estaba hecho de arcilla. Esta leyenda resultó
influenciada, quizá, por el hecho de que Dios había formado a Adán a partir de
la arcilla, tal como queda descrito en el segundo capítulo del Génesis.
Esta sección contiene
Robbie, mi primera historia de robots. Contiene también Extraño en el paraíso,
que puede que les deje pensando en quiénes son ustedes, aunque en su mayor
parte se refiera a lo que es el robot. ¡Sean pacientes!
Robot AL-76 extraviado
Jonathan Quell abrió de
un manotazo la puerta sobre la que estaba escrito «Administrador General» y
entró corriendo en el despacho. Sus ojos parpadeaban a toda velocidad detrás de
los cristales de sus gafas, y su expresión indicaba claramente lo preocupado
que estaba.
—¡Mire esto, jefe!
—Jadeó después de colocar sobre el escritorio un papel doblado por la mitad.
Sam Tobe se pasó el
puro de una comisura de la boca a la otra y clavó los ojos en el papel. Después
se llevó una mano a la barbilla, se la frotó y la aspereza de los pelos le
recordó que no se había afeitado.
—¡Por todos los
infiernos! —exclamó—. ¿De qué demonios están hablando?
—Dicen que enviamos
cinco robots AL —le explicó Quell, aunque el mensaje de la hoja no necesitaba
ninguna aclaración.
—Enviamos seis —dijo
Tobe.
—¡Por supuesto, señor!
Pero al otro lado sólo recibieron cinco. Nos han enviado los números de serie,
y falta el AL-76.
Tobe echó su silla
hacia atrás mientras alzaba su enorme masa y cruzó el umbral del despacho
moviéndose tan deprisa como si tuviera un par de ruedas bien engrasadas en vez
de pies. Cinco horas después, toda la planta estaba patas arriba, desde las
salas de juntas hasta la cámara de vacío; y cada uno de sus doscientos
empleados había sido sometido a un demoledor tercer grado, un sudoroso y
desmelenado Tobe envió un mensaje urgente a la planta central de Schenectady.
Y algo muy parecido al
pánico se adueñó de la planta central. Por primera vez en toda la historia de
la Compañía de Robots y Hombres Mecánicos de los Estados Unidos un robot andaba
suelto. Lo más grave no era que la ley prohibiese la presencia de ningún robot
en la Tierra fuera de las fábricas de la empresa que contaban con licencia
gubernamental para ello. Las leyes siempre pueden ser quebrantadas. Lo
realmente grave era otra cosa, y un matemático del departamento de investigación
se encargó de expresarlo con toda claridad.
—Ese robot fue creado
para conducir un disinto en la Luna —había dicho ese matemático—. Su cerebro
positrónico fue concebido para funcionar en el entorno lunar y únicamente allí.
En la Tierra va a recibir unos cuantos muchillones de impresiones sensoriales
para las que nunca ha sido preparado. No hay forma humana de predecir cuáles
serán sus reacciones. ¡No tenemos ni idea de lo que puede hacer!
El matemático se pasó
el dorso de la mano por la frente, y descubrió que la tenía cubierta de sudor.
Al cabo de una hora un
estratoplano partía hacia la planta de Virginia. Las instrucciones eran muy
sencillas: «¡Encontrad ese robot, y deprisa!».
AL-76 estaba muy
confuso. De hecho, en aquellos momentos lo único que había en su delicado
cerebro positrónico era confusión y aturdimiento. Había empezado a sentirse así
cuando descubrió que se hallaba en un entorno muy extraño. No tenía ni idea de
cómo había ido a parar allí, y nada era como debería ser.
Había algo verde debajo
de sus pies, y se encontraba rodeado por unos extraños cilindros amarronados
con más verde en su parte superior. El cielo tendría que haber sido negro, pero
era azul. El sol redondo, amarillo y caliente era irreprochable, pero... ¿Dónde
estaba la piedra pómez que habría tenido que estar pisando, y adónde habían ido
a parar los inmensos cráteres que tendrían que estar formando círculos de
crestas montañosas a su alrededor?
Lo único que podía ver
era el verde debajo y el azul encima. Los sonidos que lo rodeaban le resultaban
totalmente desconocidos. Había atravesado una corriente de agua que le llegaba
hasta la cintura. El agua era de color azul, estaba fría y mojaba; y cuando se
había cruzado con seres humanos -lo que había ocurrido de vez en cuando-,
ninguno de ellos llevaba puesto el traje especial que debería haber estado
utilizando. Y, aparte de eso, todos los humanos que le habían visto gritaron y
echaron a correr.
Un hombre le había
apuntado con una pistola y la bala había pasado silbando muy cerca de su
cabeza, después de lo cual el hombre también había huido a la carrera.
AL-76 no tenía ni la
menor idea del tiempo que llevaba vagando sin rumbo cuando tropezó con la
cabaña de Randolph Payne. La cabaña estaba rodeada de bosque y se encontraba a
tres kilómetros de la ciudad de Hannaford, y Randolph Payne -un destornillador
en una mano, una pipa en la otra y una aspiradora abollada entre las rodillas-,
estaba sentado delante de la puerta con las piernas cruzadas.
Payne estaba
canturreando. Era un hombre de natural alegre y predispuesto a la felicidad...,
cuando se encontraba en su cabaña. Poseía una vivienda más respetable en
Hannaford, pero esa vivienda casi siempre estaba ocupada por su esposa, cosa
que Payne lamentaba en silencio pero muy sinceramente; y quizá por eso
experimentaba una sensación de alivio y libertad tan intensa cada vez que
conseguía retirarse a su «perrera de lujo especial» para poder fumar en paz y
dedicarse a su gran afición, reparar electrodomésticos.
Reparar
electrodomésticos le encantaba, pero a veces alguien le traía una radio o un
despertador y el dinero que Payne cobraba por hurgar en sus entrañas era el
único del que podía disponer sin que pasara antes por el cedazo de las ávidas
manos de su esposa.
Por ejemplo, aquella
aspiradora seguramente le proporcionaría seis billetes.
Pensar en el dinero
hizo que Payne se pusiera a cantar, pero cuando alzó la mirada sintió que su
frente se cubría de un sudor frío. La canción murió en sus labios, sus ojos se
desorbitaron y el sudor se volvió aún más frío. Payne intentó ponerse en pie como
acto preliminar a salir corriendo tan deprisa como si le persiguiera el diablo,
pero no logró convencer a sus piernas de que debían cooperar.
Y su parálisis duró el
tiempo suficiente para que AL-76 se sentara delante de él.
—Oiga, ¿puede
explicarme por qué todos los otros humanos han echado a correr cuando me
vieron? —le preguntó.
Payne sabía por qué lo
habían hecho, pero como explicación el gorgoteo que brotó de su diafragma no
era gran cosa.
—Uno de ellos incluso
me disparó —siguió diciendo AL-76 con tono ofendido mientras Payne intentaba
aumentar la distancia que le separaba del robot echándose hacia atrás—. Unos
centímetros más abajo y la bala me habría rayado el hombro.
—De... debió de ser
al... algún loco —tartamudeó Payne.
—Es posible. —El robot
bajó la voz y adoptó el tono de quien se dispone a hacer una confidencia—.
Oiga, ¿tiene idea de por qué todo está mal?
Payne se apresuró a
mirar a su alrededor. El tono afable del robot le sorprendía, especialmente
porque su apariencia no podía ser más pesada y brutalmente metálica; aunque
Payne recordaba haber oído que los cerebros de los robots estaban diseñados de
tal forma que eran incapaces de hacer ningún daño a los seres humanos, y eso
hizo que se relajara un poco.
—Pero si todo es
normal.
—¿De veras? —AL-76 le
lanzó una mirada acusadora—. Incluso ustedes, los humanos... ¿Dónde está su
traje espacial?
—Nunca he tenido un
traje espacial.
—¿Y entonces por qué no
están todos muertos?
Payne tardó unos
momentos en ser capaz de responder.
—Bueno... No lo sé.
—¡Ajá! —exclamó el
robot en tono triunfal—. Todo está mal, ya se lo he dicho. ¿Dónde está el Monte
Copérnico? ¿Dónde está la Estación Lunar 17? ¿Y dónde está mi disinto? Quiero
empezar a trabajar lo más pronto posible. He de hacerlo, ¿comprende? —Parecía
un poco inquieto, y cuando siguió hablando Payne se dio cuenta de que le
temblaba la voz—. Llevo horas dando vueltas y más vueltas intentando encontrar
a alguien que me diga dónde está mi disinto, pero todos los humanos que me ven
echan a correr. A estas alturas ya debo ir muy retrasado, y el jefe de sección
estará echando chispas. Me he metido en un buen lío, créame.
La mente de Payne
empezó a salir del torbellino emocional en el que había quedado atrapada.
—Oiga, ¿cómo se llama?
—preguntó.
—Mi número de serie es
AL-76.
—De acuerdo, me basta
con Al. Bien, Al, si anda buscando la Estación Lunar 17... Eso está en la Luna,
¿no?
AL-76 asintió
enérgicamente con la cabeza.
—Por supuesto que está
en la Luna, pero ya llevo mucho rato buscándola y...
—Está en la Luna, sí,
pero esto no es la Luna.
Esta vez fue AL-76
quien se quedó desconcertado. El robot contempló en silencio a Payne durante
unos momentos, y pareció pensar en lo que acababa de oír.
—¿Qué quiere decir con
lo de que esto no es la Luna? —murmuró—. Pues claro que es la Luna. Porque si
no lo es... Bueno, ¿entonces qué es? ¿Eh? Venga, respóndame.
Payne emitió un sonido
muy curioso y respiró pesadamente. Después extendió un dedo hacia el robot y lo
movió de un lado a otro.
—Mire... —empezó a
decir, y entonces tuvo la idea más brillante del siglo, tan brillante que no
pudo seguir hablando y tuvo que conformarse con añadir un «¡Uf!» ahogado.
AL-76 lo recriminó con
la mirada.
—Eso no es una
respuesta. Creo que si le hablo con educación y le hago una pregunta tengo
derecho a que me responda con educación, ¿no?
Payne se encontraba tan
ocupado asombrándose de su propia inteligencia que no escuchó ni una palabra.
Bueno, estaba más claro que el agua, ¿no? Aquel robot había sido construido
para trabajar en la Luna y fuera por la razón que fuese se había extraviado y
había ido a parar a la Tierra. Su cerebro positrónico había sido programado
para un entorno lunar y el entorno terrestre no tenía ningún sentido para él,
por lo que resultaba lógico que estuviera totalmente desconcertado.
Bien, si conseguía
mantener al robot allí hasta que pudiera ponerse en contacto con la fábrica de
Petersboro... Bueno, los robots eran muy valiosos, ¿no? Payne había oído
comentar que el modelo más barato costaba 50.000 dólares, y algunos de ellos
llegaban a costar millones de dólares. «¡Piensa en la recompensa! —se dijo—.
Oh, chico, chico... ¡Piensa en la recompensa!» Y todo ese dinero sería para él,
todo hasta el último centavo... Las codiciosas manos de Mirandy no verían ni
una sola moneda. ¡Oh, no, ni una sola!
Payne se puso en pie.
—Al, ¡tú y yo vamos a
llevarnos muy bien! —exclamó—. ¡Vamos a ser grandes amigos! Te quiero como si
fueras un hermano. —Le ofreció una mano—. ¡Venga, chócala!
El robot envolvió la
mano que se le ofrecía con una garra metálica y ejerció una presión casi
imperceptible sobre ella. No entendía nada de lo que le estaba ocurriendo.
—¿Significa eso que va
a decirme cómo puedo llegar a la Estación Lunar 17?
—Eh... No, no
exactamente. De hecho, me caes tan bien que quiero que te quedes conmigo
durante algún tiempo.
—Oh, no. No puedo hacer
eso. He de ir a trabajar. —AL-76 meneó la cabeza—. Oiga, si tuviera una cuota
de trabajo que efectuar, ¿le gustaría irse retrasando hora a hora, minuto a
minuto...? No, quiero trabajar. He de trabajar.
Payne pensó que sobre
gustos no hay nada escrito.
—De acuerdo, de
acuerdo. Voy a explicarte una cosa, y te la voy a explicar porque tienes cara
de ser muy inteligente. He recibido órdenes de tu jefe de sección, y me ha
dicho que quiere que te quedes aquí un tiempo. De hecho, quiere que te quedes
aquí hasta que envíe a alguien a buscarte.
—¿Para qué? —preguntó
AL-76 con cierta suspicacia.
—No puedo decírtelo.
Asuntos del gobierno... Alto secreto, ya sabes.
Payne rezó para que el
robot se lo tragara. Sabía que algunos robots eran muy listos, pero aquél tenía
el aspecto de ser un modelo bastante primitivo.
Y mientras Payne rezaba
AL-76 meditaba. El cerebro del robot había sido programado para manejar un
disinto en la Luna, por lo que el pensamiento abstracto no era su fuerte y,
además, desde que se había extraviado AL-76 tenía la impresión de que sus
procesos mentales se estaban haciendo cada vez más erráticos y extraños, como
si aquel entorno desconocido estuviera empezando a afectarle.
Teniendo en cuenta todo
eso, puede considerarse que su siguiente pregunta fue un auténtico prodigio de
astucia.
—¿Cómo se llama mi jefe
de sección? —preguntó.
Payne tragó saliva y se
devanó los sesos.
—Al —dijo con voz casi
inaudible—, tus sospechas me ofenden y me hieren. No puedo decírtelo. Los
árboles tienen oídos.
AL-76 volvió la cabeza
hacia el árbol que tenía al lado y lo inspeccionó.
—No es cierto —dijo con
voz impasible.
—Ya lo sé. Lo que
quería decir es que siempre hay espías por todas partes.
—¿Espías?
—Sí, ya sabes...
Humanos malvados que quieren destruir la Estación Lunar 17.
—¿Por qué?
—Porque son unos
malvados. Y también quieren acabar contigo, y por eso tienes que quedarte aquí
durante un tiempo para que no puedan encontrarte.
—Pero... Pero he de
encontrar mi disinto. He de cumplir con la cuota de trabajo que me han
asignado.
—Lo encontrarás y
cumplirás con tu cuota de trabajo —se apresuró a prometerle Payne maldiciendo
entusiásticamente en su fuero interno aquel obtuso cerebro de robot que sólo
parecía capaz de pensar en su cuota de trabajo—. Mañana te enviarán uno. Sí,
eso... Mañana mismo tendrás tu disinto.
Eso le proporcionaría
tiempo más que suficiente para ponerse en contacto con la fábrica y hacerse con
un precioso montoncito de billetes de cien dólares.
Pero AL-76 sólo tenía
una defensa que oponer a la inquietante presión que ese mundo extraño que le
rodeaba ejercía sobre sus procesos mentales, y la defensa consistía en la
tozudez.
—No —dijo—. He de
conseguir mi disinto ahora. —Tensó sus articulaciones, y se levantó tan deprisa
que pareció saltar más que incorporarse—. Será mejor que siga buscándolo.
Payne se apresuró a
ponerse en pie y sus manos se cerraron sobre el frío y duro metal de un codo.
—Escucha, Al, tienes
que quedarte conmigo —dijo.
Y algo hizo clic en la
mente del robot. Toda la extrañeza del entorno se concentró en una masa que
reventó de repente. La explosión silenciosa se fue difundiendo por todo el
cerebro positrónico, y cuando se esfumó dejó detrás de ella un cerebro que
funcionaba con una eficiencia asombrosamente aumentada. AL-76 se volvió hacia
Payne.
—Le diré lo que vamos a
hacer. Puedo construir un disinto aquí mismo... y cuando lo haya construido
empezaré a utilizarlo.
Payne contempló al
robot con expresión dubitativa.
—No creo que sea capaz
de construirte un... un disinto —dijo mientras se preguntaba si serviría de
algo fingir que sí podía.
—No se preocupe. —AL-76
casi podía sentir cómo los senderos positrónicos de su cerebro se alteraban
para adaptarse a nuevas pautas, y experimentó una extraña excitación—. Yo puedo
construir uno. —Volvió la cabeza hacia la «perrera de lujo» de Payne—. Dispone
de todo el material que necesito.
Randolph Payne
contempló la acumulación de trastos que había dentro de su cabaña: radios
despanzurradas, la parte inferior de una nevera, motores de coche oxidados, una
estufa de gas averiada, varios kilómetros de cables que se retorcían en todas
direcciones y muchas cosas más que, sumadas, componían unas cincuenta toneladas
de masa metálica tan vieja y heterogénea que ni un chatarrero la habría
querido.
—¿Tú crees? —preguntó
con un hilo de voz.
Dos horas más tarde
ocurrieron dos cosas casi simultáneamente. La primera fue que Sam Tobe, de la
filial de Petersboro de la Compañía de Robots y Hombres Mecánicos de los
Estados Unidos, recibió una llamada videofónica de un tal Randolph Payne, de
Hannaford. Payne empezó a hablarle del robot desaparecido, Tobe lanzó un
gruñido, cortó la comunicación y ordenó que en lo sucesivo todas las llamadas
relativas a ese asunto fueran pasadas al sexto vicepresidente del departamento
de pelmazos.
Aunque pueda parecerlo,
la reacción de Tobe era lógica y explicable. El robot AL-76 había desaparecido
sin dejar rastro, pero durante la última semana la fábrica había recibido
llamadas de todos los Estados Unidos referentes a los movimientos del robot; y
Tobe aún recordaba el día en que hubo catorce llamadas..., procedentes de
catorce estados distintos.
Tobe estaba hartísimo
y, en realidad, le faltaba muy poco para perder los estribos. Se había llegado
a hablar de una investigación del Congreso, a pesar de que todos los
roboticistas, físicos y matemáticos de mayor reputación del planeta habían
coincidido en jurar que el robot era totalmente inofensivo.
Dado su estado mental,
no resulta sorprendente que el administrador general de la fábrica tardara tres
horas en preguntarse cómo era posible que el tal Randolph Payne supiera que el
robot estaba destinado a la Estación Lunar 17 Y, sobre todo, cómo podía saber
que el número de serie del robot era AL-76, ya que la empresa no había
divulgado esos detalles.
Tobe siguió pensando en
todo aquello durante minuto y medio, y después se puso en acción.
El segundo
acontecimiento se produjo durante el período de tres horas transcurrido entre
la llamada y el que Tobe se pusiera en acción. Unos segundos después de que le
cortara la comunicación Randolph Payne ya había repasado todos los posibles
motivos que podían explicar la brusca interrupción de su llamada, había llegado
a la conclusión correcta -el administrador de la fábrica no había creído ni una
sola palabra y le había colgado-, y había vuelto a su cabaña con una cámara.
Una foto sería una prueba indiscutible, y Payne no estaba dispuesto a dejarles
ver la mercancía hasta que soltaran el dinero.
AL-76 estaba muy
ocupado. La mitad del contenido de la cabaña de Payne se hallaba esparcido a lo
largo y ancho de cinco hectáreas de terreno, y el robot estaba agachado en el
centro de aquella confusión metálica trasteando con piezas de radios, planchas de
hierro, hilo de cobre y otros muchos objetos de lo más diverso. AL-76 no prestó
ninguna atención a Payne, y éste se apresuró a tumbarse en el suelo y enfocó su
cámara para obtener una foto lo más nítida posible.
Y justo en aquel
momento Lemuel Oliver Cooper apareció por un recodo de la carretera, y lo que
vio hizo que se quedara paralizado. La razón de su presencia allí era que su
tostadora de pan había adquirido la molesta costumbre de lanzar las rebanadas
al aire igual que si fueran cohetes en vez de tostarlas, como era su
obligación. La razón de que saliera por piernas no podía ser más obvia. No hubo
testigos de su huida, pero en el improbable supuesto de que el azar hubiera
traído hasta allí al entrenador de un equipo de atletismo éste habría enarcado
las cejas y habría hecho todo lo posible por ficharle.
Cooper apenas disminuyó
la velocidad hasta entrar en tromba en la oficina del sheriff Saunders y
apoyarse jadeante en una pared.
Su sombrero y su
tostadora habían quedado olvidados en algún punto del trayecto.
Unas manos compasivas
lo sostuvieron. Cooper hizo esfuerzos desesperados para hablar durante el medio
minuto que tardó en calmarse lo suficiente como para intentar recuperar el
aliento... Y, naturalmente, no consiguió hacer ninguna de las dos cosas.
Le dieron a beber un
poco de whisky y le abanicaron, pero a pesar de todos sus esfuerzos tardó unos
minutos en recuperar el habla.
—Monstruo... —balbuceó
cuando por fin consiguió hablar—. Dos metros de alto... Cabaña destrozada...
Pobre Randolph Payne...
Etcétera, etcétera.
Fueron sacándole toda
la historia poco a poco. Al parecer había un monstruo metálico de dos metros o
quizá dos metros y medio de altura junto a la cabaña de Payne. Randolph Payne
estaba tendido boca abajo en el suelo —«su cadáver estaba cubierto de sangre y
horriblemente destrozado»—; el monstruo estaba absorto destrozando
concienzudamente lo que quedaba de la cabaña, pero dejó de hacerlo para
volverse hacia Lemuel Oliver Cooper, y éste consiguió escapar por los pelos.
El sheriff Saunders se
llevó las manos al cinturón y tiró de él tensándolo alrededor de su prominente
barriga.
—Debe de ser ese hombre
máquina que se escapó de la fábrica de Petersboro —dijo—. Recibimos el aviso el
sábado pasado. Eh, Jake, reúne a toda la gente del condado de Hannaford que
sepa disparar y reparte placas de ayudante de sheriff entre ellos. Quiero que
estén aquí al mediodía. Ah, y antes de hacer eso arréglatelas para dejarte caer
por casa de la viuda Payne y le das la noticia de la forma más diplomática que
se te ocurra, ¿de acuerdo?
Posteriormente se
rumoreó que en cuanto hubo recibido la noticia de lo ocurrido Miranda Payne se
apresuró a comprobar que la póliza del seguro de vida de su esposo estaba a
buen recaudo, emitió unos breves comentarios irritados lamentando que su
estupidez le hubiera impedido doblar el importe de la póliza a pesar de que
ella se lo había sugerido muchísimas veces y, finalmente, se comportó como se
espera de cualquier viuda que se respete y prorrumpió en un llanto que partía
el corazón.
Unas cuantas horas más
tarde Randolph Payne -quien seguía sin estar al corriente de que todo el mundo
le creía muerto después de haber sufrido horribles mutilaciones-, contempló los
negativos de sus instantáneas con expresión satisfecha. Como serie de retratos
de un robot en plena faena eran irreprochables, y no dejaban absolutamente nada
a la imaginación. Las fotos podrían haber sido exhibidas en cualquier galería
de arte, y Payne casi podía ver los letreritos que habría debajo de cada una:
«Robot contemplando una válvula de vacío con expresión pensativa», «Robot
empalmando dos cables», «Robot manejando un destornillador», «Robot
despedazando violentamente una nevera», etcétera.
Ahora sólo le faltaba
el trabajo rutinario de hacer las copias. Payne salió de detrás de la cortina
de su improvisado cuarto oscuro, y decidió fumarse una pipa y charlar un rato
con AL-76.
Por suerte mientras
hacía todo aquello no tenía ni idea de que los bosques vecinos hervían de
granjeros nerviosísimos armados con lo primero que habían encontrado, desde un
trabuco que podía considerarse como una reliquia de la época de las colonias
hasta la ametralladora del sheriff; y tampoco tenía ni idea de que media docena
de roboticistas con Sam Tobe al frente iban a más de doscientos kilómetros por
hora por la carretera de Petersboro con el único propósito de tener el placer y
el honor de conocerle.
Los acontecimientos se
iban encadenando y volaban hacia un clímax que no tardaría en llegar y,
mientras lo hacían, Randolph Payne lanzó un largo suspiro de satisfacción,
encendió un fósforo rascándolo en el fondillo de sus pantalones, dio unas
cuantas chupadas a su pipa y observó a AL-76 con una sonrisa en los labios.
El hecho de que el
robot era algo más que una simple máquina enloquecida resultaba indudable desde
hacía un buen rato. Randolph Payne era todo un experto en chapuzas caseras, y
había llegado a construir unos cuantos artilugios que habrían hecho saltar de
las órbitas los ojos de todos sus vecinos de habérsele ocurrido exhibirlos;
pero nunca había concebido nada que se aproximara ni de lejos a la
monstruosidad que AL-76 estaba creando.
Hasta el más eximio
inventor autodidacta habría muerto entre convulsiones de envidia nada más
verlo, y si hubiese vivido lo suficiente para echarle una mirada Picasso habría
abandonado el arte con el amargo convencimiento de que había sido
vergonzosamente superado. Aquel cacharro parecía capaz de agriar la leche en
las ubres de todas las vacas en un kilómetro a la redonda.
¡Era francamente
horrible!
Una gigantesca base de
hierro oxidado que apenas recordaba algo que Payne creía haber visto unido a un
tractor viejo sostenía un enloquecido e informe amasijo de cables, ruedas,
válvulas y horrores sin nombre y sin número que parecía haber sido concebido
por una mente empapada en alcohol, y el conjunto se hallaba rematado por un
megáfono de aspecto decididamente siniestro.
Payne sintió el deseo
de meter la cabeza en el interior del megáfono y echar una ojeada, pero se
contuvo. Había visto artefactos de aspecto mucho más normal que habían
estallado con repentina violencia.
—Eh, Al —dijo.
El robot estaba boca
abajo en el suelo añadiendo una delgada lámina de metal plateado al artefacto,
pero alzó la mirada hacia Payne en cuanto le oyó.
—¿Qué desea, Payne?
—¿Qué es esto?
Payne formuló la
pregunta en el mismo tono de voz que habría empleado si estuviera contemplando
algo francamente asqueroso en pleno proceso de putrefacción colgado entre dos
palos de tres metros de altura.
—Es el disinto que
estoy construyendo para poder empezar a trabajar. Es una mejora del modelo
estándar.
El robot se puso en
pie, se sacudió el polvo de las rodillas con una aparatosa serie de crujidos
metálicos y contempló su obra con orgullo.
Payne se estremeció.
«¡Una mejora del...!» Bueno, no le extrañaba que mantuvieran el original oculto
en las cavernas de la Luna. ¡Ah, nuestro pobre y querido satélite! Payne
siempre había querido saber si podía existir algo peor que la muerte. Bien,
ahora ya lo sabía.
—¿Y funcionará?
—preguntó.
—Por supuesto.
—¿Cómo lo sabes?
—Tiene que funcionar.
Lo he hecho yo, ¿no? Ahora sólo me falta una cosa... ¿Tiene una linterna?
—Supongo que habrá una
en algún sitio.
Payne desapareció en el
interior de la cabaña y emergió de él casi inmediatamente.
El robot desatornilló
un extremo de la linterna y trabajó frenéticamente durante cinco minutos.
—Listo —dijo
retrocediendo un paso—. Ahora podré empezar a trabajar. Si quiere puede
quedarse a mirar.
Hubo un silencio
durante el que Payne intentó apreciar como se merecía aquella oferta tan
magnánima.
—¿Es seguro?
—Hasta un bebé podría
manejarlo.
—¡Oh! —Payne esbozó una
débil sonrisa y se apresuró a refugiarse detrás del árbol más grueso que había
en las inmediaciones—. Adelante —dijo—. Confío plenamente en ti.
AL-76 extendió una mano
metálica y señaló la pesadillesca montaña de chatarra.
—¡Observe! —dijo.
Sus manos empezaron a
moverse velozmente y...
Los granjeros del
condado de Hannaford, Virginia, se desplegaron en formación de combate y
avanzaron hacia la cabaña de Payne estrechando lentamente el cerco, y se fueron
arrastrando de un árbol a otro mientras la sangre de sus heroicos antepasados
hervía en sus venas y el vello de sus nucas intentaba despegarse de la piel.
El sheriff Sanders les
dio instrucciones.
—Disparad cuando yo dé
la señal..., y apuntad a los ojos.
Jacob Linker («Flaco»
Jake para sus amigos, y ayudante del sheriff para sí mismo) se le acercó.
—¿No cree que ese
hombre máquina quizá se haya ido?
Linker había intentado
ocultarlo, pero no pudo impedir que el matiz de esperanza resultara claramente
audible en su voz.
—No —gruñó el sheriff—,
me temo que sigue allí. Si se hubiera ido nos habríamos tropezado con él cuando
avanzábamos por entre los árboles, y no le hemos visto.
—Pero todo parece tan
espantosamente tranquilo... Y tengo la impresión de que ya estamos muy cerca de
la cabaña de Payne.
No hacía falta que se
lo recordaran. El nudo que se había formado en la garganta del sheriff Saunders
era tan descomunal que le obligó a tragar saliva tres veces para hacerlo
desaparecer.
—Vuelve a tu puesto
—ordenó—, y mantén el dedo sobre el gatillo.
Ya habían llegado al
borde del claro. El sheriff Saunders cerró los ojos y movió la cabeza hasta que
el rabillo de uno de ellos asomó por detrás del árbol que estaba usando como
refugio. No vio nada. El sheriff Saunders se quedó inmóvil durante unos momentos
y volvió a intentarlo, esta vez abriendo los ojos.
Los resultados fueron
mucho más satisfactorios, naturalmente.
El sheriff Saunders vio
a un voluminoso hombre máquina vuelto de espaldas a él inclinado sobre un
artefacto tan horrible que te helaba la sangre y te dejaba sin aliento, una
máquina espantosa de origen dudoso y finalidad aún más dudosa. Lo único que no
vio fue la temblorosa silueta de Randolph Payne abrazada a un árbol cercano que
se encontraba al noroeste del suyo.
El sheriff Saunders
salió al claro y alzó su ametralladora. El robot seguía dándole la espalda.
—¡Observe! —dijo AL-76
dirigiéndose a una persona o personas invisibles.
Y un dedo de una mano
metálica pulsó un botón justo cuando el sheriff abría la boca disponiéndose a
dar la orden de disparar.
Lo que ocurrió a
continuación fue presenciado por setenta testigos, pero a pesar de ello no
contamos con ninguna descripción. Durante los días, meses y años siguientes ni
una sola de esas setenta personas dijo una sola palabra sobre lo que ocurrió
durante los segundos que siguieron al momento en que el sheriff abrió la boca
para dar la orden de disparar. Cuando se las interrogaba al respecto se
limitaban a ponerse de un color verde manzana y se alejaban con paso
tambaleante.
A pesar de ello, las
pruebas circunstanciales permiten deducir que lo que ocurrió fue, más o menos,
esto.
El sheriff Saunders
abrió la boca y AL-76 pulsó un botón. El disinto empezó a funcionar y setenta y
cinco árboles, dos granjas, tres vacas y tres cuartas partes de la cima de la
colina Duckbill se desvanecieron dejando tras de sí una atmósfera bastante enrarecida
por el polvo. Si se quiere expresar de una forma más poética, todos esos
objetos y seres vivos fueron a parar al sitio en el que acaban las nieves del
año pasado.
La boca del sheriff
Saunders siguió abierta durante un período de tiempo imposible de calcular,
pero ni la orden de disparar ni ningún otro sonido brotó de ella. Y entonces...
Y entonces el aire
empezó a vibrar, se oyó una especie de rugido ensordecedor y una serie de
zigzags de un vago color purpúreo cruzaron velozmente la atmósfera con la
cabaña de Randolph Payne como origen, y los granjeros que componían aquel
ejército improvisado desaparecieron sin dejar ni rastro.
Oh, sí, después se
encontraron varias armas esparcidas por los alrededores -la metralleta modelo
niquelado especial con garantía de tiro ultra-rápido e imposibilidad de
encasquillarse del sheriff entre ellas-, una cincuentena de sombreros, unos
cuantos puros y cigarrillos a medio fumar y algunos otros objetos perdidos aquí
y allá.... pero no quedó ni un solo cuerpo humano.
Salvo «Flaco» Jake,
ninguno de esos cuerpos volvió a aparecer ante la raza humana hasta que
hubieron pasado tres días, y en el caso de Jake la excepción hay que buscarla
en que su huida -tan veloz que habría ruborizado a un cometa-, fue detenida por
la media docena de hombres de la fábrica de Petersboro que iban avanzando por
el bosque a paso de carga moviéndose casi tan deprisa como él.
Para ser exactos, la
cabeza de «Flaco» Jake fue detenida por el estómago de Sam Tobe.
—¿Dónde está la cabaña
de Randolph Payne? —preguntó Tobe en cuanto hubo conseguido recuperar el
aliento.
«Flaco» Jake permitió
que sus ojos perdieran su brillo vidrioso durante unos segundos.
—Hermano, te aconsejo
que te limites a seguir la dirección opuesta a la mía —replicó.
Y se esfumó como por
arte de magia. Unos segundos después ya era un puntito cada vez más pequeño que
se alejaba hacia el horizonte moviéndose velozmente por entre los árboles. El
puntito quizá fuera «Flaco» Jake, pero Sam Tobe no se habría atrevido a jurarlo.
El ejército improvisado
ya ha desaparecido de escena, pero aún nos queda ocuparnos de Randolph Payne,
cuyas reacciones fueron ligeramente distintas.
Para Randolph Payne los
cinco segundos que transcurrieron entre el momento en que AL-76 pulsó el botón
y la desaparición de la cima de la colina Duckbill fueron un espacio de tiempo
totalmente en blanco. Cuando empezó tenía la cabeza vuelta hacia la espesa
maleza que cubría la parte inferior de los árboles, y cuando terminó descubrió
que estaba agarrado a una rama muy alta de uno de ellos y que se balanceaba
locamente de un lado a otro. El mismo impulso que lanzó al grupo de ayudantes
del sheriff en dirección horizontal le había lanzado en dirección vertical.
En cuanto a si recorrió
los quince metros que separaban las raíces de la copa del árbol trepando, de un
salto o volando, jamás consiguió llegar a saberlo y la verdad es que tampoco le
importaba demasiado.
Lo que sí sabía era que
todas aquellas propiedades acababan de ser destruidas por un robot que, aunque
sólo de forma temporal, era de su propiedad. Todas las visiones de recompensa
se esfumaron de su mente y fueron sustituidas por pesadillas cuyos horripilantes
temas eran los ciudadanos hostiles, las turbas aullantes dispuestas al
linchamiento, los juicios y acusaciones de asesinato y lo que diría Mirandy
Payne en cuanto se enterara... especialmente lo que diría Mirandy Payne.
—¡Eh, robot, desmonta
ese trasto que has construido! —gritó con voz ronca—. ¿Me oyes? ¡Desmóntalo y
destrúyelo inmediatamente! Olvida que yo he tenido algo que ver en este
asunto... No sé quién o qué eres, ¿entiendes? No digas ni una palabra al
respecto jamás. Olvídalo todo, ¿me oyes?
Payne no esperaba que
sus órdenes sirvieran de nada. Gritarlas había sido un mero acto reflejo, pero
Payne ignoraba que un robot siempre obedece la orden dada por un ser humano
salvo cuando obedecerla supone un peligro para otro ser humano.
Y, en consecuencia,
AL-76 destruyó su disinto de forma tan calmada como metódica y volvió a
convertirlo en la chatarra original.
Sam Tobe llegó con sus
hombres con el tiempo justo de ver cómo AL-76 aplastaba el último centímetro
cúbico del aparato bajo su pie. Randolph Payne se dio cuenta de que estaba ante
los verdaderos propietarios del robot, por lo que se apresuró a bajar del árbol
y puso pies en polvorosa hacia regiones desconocidas.
Y no esperó a que le
dieran su recompensa.
Austin Wilde, ingeniero
robótico, se volvió hacia Sam Tobe.
—¿Ha conseguido sacarle
algo al robot? —le preguntó.
Tobe meneó la cabeza y
lanzó un gruñido.
—Nada, absolutamente
nada. Ha olvidado todo lo que ocurrió desde que abandonó la fábrica. Tiene la
mente totalmente en blanco, y la única explicación es que habrá recibido la
orden de olvidarlo todo. ¿Qué demonios sería aquel montón de chatarra con el que
estaba trasteando?
—Un montón de chatarra,
nada más. Pero antes de que lo hiciera añicos tuvo que ser un disinto, y me
encantaría matar al tipo que le ordenó destruirlo..., sometiéndolo a una buena
sesión de torturas lentas antes, a ser posible. ¡Mire esto!
Estaban a media ladera
de lo que había sido la colina Duckbill -para ser exactos, en el punto exacto
del que había sido limpiamente rebanada la cima-, y Wilde puso una mano sobre
la superficie perfectamente lisa que interrumpía la aglomeración de tierra y
rocas.
—¡Menudo disinto!
—exclamó—. Arrancó limpiamente la cima de su base.
—¿Qué lo impulsaría a
construirlo?
Wilde se encogió de
hombros.
—No lo sé. Algún factor
del entorno... No hay ninguna forma de averiguarlo. Su cerebro positrónico
adaptado a la Luna debió de reaccionar impulsándolo a construir un disinto con
toda esa chatarra. El robot lo ha olvidado todo, y me temo que sólo existe una
probabilidad entre mil millones de que podamos volver a encontrar ese factor.
Nunca volveremos a ver un disinto como ése.
—No importa. Lo
importante es que hemos recuperado el robot.
—Y un cuerno. —La voz
de Wilde no podía sonar más triste y abatida—. ¿Ha tenido algún tipo de
contacto con los disintos en la Luna? Tragan una endiablada cantidad de
energía, al igual que todos los trastos electrónicos, y no pueden ponerse en
marcha hasta que les has proporcionado más de un millón de voltios de carga
inicial. Pero este disinto no se parecía en nada a los de la Luna. He examinado
toda esa chatarra con el microscopio y... Bueno, ¿quiere saber cuál es la única
fuente de energía que he conseguido descubrir?
—Sí, claro. ¿Cuál?
—¡Ni más ni menos que
esto! Y nunca llegaremos a saber cómo se las arregló...
Y Austin Wilde le
alargó la fuente de energía gracias a la que un disinto había conseguido
rebanar limpiamente la cima de una colina en medio segundo... ¡Dos pilas de
linterna!
Victoria inintencionada
La nave espacial, por
decirlo de algún modo, tenía más agujeros que un colador.
Se suponía que así
debía ser. De hecho, esa era precisamente la idea.
El resultado, por
supuesto, era que durante el viaje de Ganímedes a Júpiter el interior de la
nave estaba tan lleno como el vacío del espacio que la rodeaba. Y puesto que la
nave estaba desprovista también de dispositivos calefactores, aquel vacío del
espacio estaba a temperatura normal, es decir a una fracción de grado por
encima del cero absoluto.
Eso también estaba de
acuerdo con el plan. Esas cosas insignificantes como la ausencia de aire y de
calor no fastidiaban en absoluto a nadie dentro de aquella nave en particular.
Los primeros jirones,
apenas indistinguibles del espacio, de la atmósfera joviana empezaron a rezumar
al interior de la nave a varios centenares de miles de kilómetros por encima de
la superficie de Júpiter. Eran prácticamente hidrógeno en su totalidad, aunque
quizá un cuidadoso análisis de los gases hubiera podido rastrear también un
indicio de helio. Los indicadores de presión empezaron a arrastrarse hacia
arriba.
Ese arrastrarse
prosiguió a un ritmo acelerado mientras la nave iba descendiendo en una espiral
rodeando a Júpiter. Las agujas de los sucesivos indicadores, cada uno de ellos
diseñado para presiones progresivamente más altas, empezaron a moverse hasta que
alcanzaron las proximidades de un millón o así de atmósferas, donde las cifras
perdían la mayor parte de su significado. La temperatura, tal corno era
registrada por las termocuplas, ascendía lenta y erráticamente, y finalmente se
estabilizó aproximadamente a setenta grados centígrados por debajo de cero.
La nave avanzó
lentamente hacia el final de su viaje, abriéndose pesadamente camino a través
de un laberinto de moléculas gaseosas que se apiñaban tanto entre sí que el
propio hidrógeno estaba comprimido casi a la densidad de un líquido. El vapor
de amoniaco, extraído de los increíblemente vastos océanos de ese líquido,
saturaba la horrible atmósfera. El viento, que se había iniciado un millar y
medio de kilómetros más arriba, había ascendido hasta un nivel que la palabra
huracán describía muy inadecuadamente. Resultaba evidente, mucho antes de que
la nave aterrizara en una isla joviana bastante grande, quizá del tamaño de
siete Asías, que Júpiter no era un mundo muy agradable.
Y sin embargo los tres
miembros de la tripulación pensaban que sí lo era. Estaban completamente
convencidos de ello. Pero los tres miembros de la tripulación no eran
exactamente humanos. Y no eran tampoco exactamente jovianos.
Eran simples robots,
diseñados en la Tierra para Júpiter.
ZZ Tres dijo:
—Parece que es un lugar
más bien desolado.
ZZ Dos se reunió con él
y contempló melancólicamente el paisaje azotado por el viento.
—Hay estructuras de
algún tipo en la distancia —dijo—, que son obviamente artificiales. Sugiero que
aguardemos a que sus habitantes vengan a nosotros.
ZZ Uno escuchaba desde
el otro lado de la habitación, pero no respondió. Era el que primero había sido
construido de los tres, a un nivel semi-experimental. Consecuentemente, hablaba
con un poco menos de frecuencia que sus dos compañeros.
La espera no fue larga.
Una nave aérea de extraño diseño pasó por encima de sus cabezas. Siguieron más.
Y después una hilera de vehículos de superficie se aproximó, tomó posiciones, y
desalojó organismos. Junto con esos organismos iban varios accesorios inanimados
que podían ser armas. Algunos de esos accesorios eran acarreados por un solo
joviano, algunos por varios, y algunos avanzaban por iniciativa propia, con
quizá jovianos dentro.
Los robots no podían
decirlo.
ZZ Tres dijo:
—Están a todo nuestro
alrededor. El gesto pacífico lógico sería salir fuera, al aire libre. ¿De
acuerdo?
Se mostraron de
acuerdo, y ZZ Uno abrió la pesada compuerta, que no era doble, es decir, no
tenía cámara de aire.
Su aparición por la
puerta fue la señal para un excitado agitarse entre los jovianos que les
rodeaban. Fueron hechas cosas a varios de los accesorios inanimados más
grandes, y ZZ Tres fue consciente de un aumento de temperatura en la superficie
externa de su cuerpo de berilio-iridio-bronce.
Lanzó una mirada a ZZ
Dos.
—¿Notas esto? Creo que
están apuntando energía calorífica hacia nosotros.
ZZ Dos mostró su
sorpresa.
—Me pregunto por qué.
—Definitivamente, se
trata de un rayo de calor de alguna clase. ¡Mira eso!
Uno de los rayos se
había desviado por alguna causa indiscernible de su alineación, y su línea de
radiación intersectó un arroyo de burbujeante amoniaco puro..., que muy pronto
se puso a hervir furiosamente. ZZ Tres se volvió a ZZ Uno.
—Toma nota de esto,
Uno, ¿quieres?
—Por supuesto. —Era en
ZZ Uno en quien recaía el rutinario trabajo de secretario, y su método de tomar
nota era efectuar una adición mental a la precisa cinta de memoria que
albergaba en su interior. Ya había reunido la grabación hora a hora de todos
los instrumentos importantes de a bordo de la nave durante el viaje a Júpiter.
Añadió contemporizadoramente—: ¿Qué razón debo indicar a esta reacción? A los
amos humanos probablemente les gustará saberlo.
—Ninguna razón. O mejor
—se corrigió a sí mismo Tres—, ninguna razón aparente. Puedes decir que el
máximo de temperatura del rayo era de unos más treinta centígrados.
—¿Debemos intentar
comunicarnos? —interrumpió Dos.
—Sería una pérdida de
tiempo —dijo Tres—. No puede haber más que unos pocos jovianos que conozcan el
código de pulsaciones radio que se ha desarrollado entre Júpiter y Ganímedes.
Tendrán que enviar en busca de uno, y cuando llegue, él establecerá inmediatamente
contacto. Mientras tanto, dejémosles que observen. No comprendo sus acciones,
os lo digo francamente.
Y la comprensión no
llegó de inmediato. La radiación calorífica cesó, pero fueron traídos a primera
línea otros instrumentos, y puestos en acción. Algunas cápsulas cayeron a los
pies de los robots que observaban, con rapidez y fuerza debido a la gravedad de
Júpiter. Se abrieron de golpe y vertieron un líquido azul, que formó charcos
que fueron empequeñeciéndose rápidamente a causa de la evaporación.
El pesadillesco viento
barrió los vapores, y los jovianos se apartaron rápidamente de sus caminos. Uno
de ellos fue demasiado lento, se tambaleó locamente, y se derrumbó fláccido.
ZZ Dos se inclinó,
metió un dedo en uno de los charcos, y contempló el goteante líquido.
—Creo que es oxígeno
—dijo.
—Oxígeno, sí —confirmó
Tres—. Esto se vuelve cada vez más extraño. Esta es evidentemente una práctica
peligrosa, puesto que juraría que el oxígeno es peligroso para las criaturas.
¡Una de ellas acaba de morir!
Hubo una pausa, y ZZ
Uno, cuya mayor simplicidad le conducía en ocasiones a una línea mucho más
rígida de pensamiento, dijo con voz fuerte:
—Es posible que esas
extrañas criaturas estén intentando a su manera infantil destruirnos.
Y ZZ Dos, impresionado
por la sugerencia, respondió:
—¿Sabes, Uno?, ¡creo
que tienes razón!
Se había producido un
pequeño interludio en la actividad joviana, y ahora fue traída una nueva
estructura. Poseía una esbelta varilla que apuntaba directamente hacia el cielo
a través de la impenetrable lobreguez joviana. Se mantenía erguida en aquel increíblemente
fuerte viento con una rigidez que indicaba claramente una notable fuerza
estructural. De su extremo brotó un crujir y luego un relampaguear que iluminó
las profundidades de la atmósfera hasta convertirlas en una neblina gris.
Por un momento los
robots se vieron bañados por una persistente radiación, y entonces ZZ Tres dijo
pensativamente:
—¡Electricidad de alta
tensión! Y con una energía más bien respetable también. Uno, creo que tienes
razón. Después de todo, los amos humanos nos han dicho que esas criaturas
buscan destruir a toda la humanidad, y unos organismos poseyendo una maldad tan
loca como la que les impulsa a pensar en causar daño a un ser humano... —su voz
tembló ante el pensamiento—... es difícil que tengan escrúpulos en intentar
destruirnos a nosotros.
—Es una vergüenza
poseer unas mentes tan retorcidas —dijo ZZ Uno—. ¡Pobres criaturas!
—Lo considero un
pensamiento altamente entristecedor —admitió Dos—. Volvamos a la nave. Ya hemos
visto suficiente por ahora.
Eso hicieron, y se
instalaron para aguardar. Como había dicho ZZ Tres, Júpiter era un planeta
enorme, y era posible que tomara tiempo el que un transporte joviano pudiera
traer hasta la nave a un experto en códigos de radio. De todos modos, la
paciencia es algo muy fácil para los robots.
De hecho, Júpiter giró
tres veces sobre su eje, según el cronómetro, antes de que llegara el experto.
La salida y la puesta del sol, de todos modos, no traía por supuesto ninguna
diferencia a la completa oscuridad del fondo de una capa de gases con una densidad
casi líquida de cinco mil kilómetros de espesor, de modo que uno no podía
hablar de día y de noche. Pero de todos modos, ni jovianos ni robots tenían
ajustada su visión a las radiaciones de luz, de modo que eso no importaba.
Durante aquel intervalo
de treinta horas los jovianos que les rodeaban prosiguieron su ataque con una
paciencia y una perseverancia de las que el robot ZZ Uno tomó buena nota
mental. La nave fue asaltada con tanta variedad de fuerzas corno horas transcurrieron,
y los robots observaron atentamente cada uno de los ataques, analizando las
armas a medida que las iban reconociendo. No las reconocieron todas.
Pero los amos humanos
los habían construido bien. Había tomado quince años construir la nave y los
robots, y su elemento más esencial podía ser expresado con una sola frase: una
resistencia absoluta. Los ataques se fueron sucediendo inefectivamente, y ni
nave ni robots evidenciaron ninguna señal causada por ellos.
ZZ Tres dijo:
—Esta atmósfera es un
handicap para ellos, creo. No pueden utilizar disruptores atómicos, puesto que
lo único que conseguirían sería desgarrar un agujero en este aire tan denso
como una sopa y resultar destruidos ellos mismos a causa de la explosión.
—Tampoco han utilizado
explosivos potentes —dijo ZZ Dos—, de lo que podemos alegrarnos. No nos
hubieran hecho ningún daño, por supuesto, pero nos hubieran sacudido un poco.
—Los explosivos de alta
potencia quedan descartados. No puedes utilizar un explosivo sin expansión de
gases, y el gas simplemente no puede expandirse en esta atmósfera.
—Es una buena atmósfera
—murmuró Uno—. Me gusta.
Lo cual era lógico,
puesto que había sido construido para ella. Los robots ZZ eran los primeros
robots fabricados por la Compañía de Robots y Hombres Mecánicos de los Estados
Unidos que no eran ligeramente humanos en apariencia. Eran bajos y achaparrados,
con su centro de gravedad a menos de treinta centímetros sobre el nivel del
suelo. Tenían seis piernas cada uno, gruesas y resistentes, diseñadas para
alzar pesos de toneladas en una gravedad de dos veces y media la normal de la
Tierra. Sus reflejos eran varias veces superiores a los normales terrestres,
para compensar la gravedad. Y estaban compuestos de una aleación de
berilio-iridio-bronce que era a toda prueba contra cualquier agente corrosivo
conocido, así como contra cualquier agente destructivo conocido hasta el nivel
de un disruptor atómico de mil megatones, bajo cualquier condición imaginable.
Para no seguir con más
descripciones, eran indestructibles, y tan impresionantemente poderosos que
eran los únicos robots jamás construidos a los cuales los roboticistas de la
compañía jamás pensaron en grabarles un apodo a base de sus series de números.
Un chico brillante sugirió llamarlos Sissy Uno, Dos y Tres..., pero no en voz
muy alta, y la sugerencia no volvió a ser repetida nunca.
Las últimas horas de la
espera pasaron en una desconcertada discusión acerca de hallar una posible
descripción de la apariencia joviana. ZZ Uno había tomado nota de su posesión
de tentáculos y de su simetría radial..., y allí se había encallado. Dos y Tres
hicieron todo lo posible por ayudarle, pero no lo consiguieron.
—No puedes describir
bien nada sin un estándar de referencia —declaró finalmente Tres—. Esas
criaturas no son parecidas a nada conocido por mí... Están completamente fuera
de los senderos positrónicos de mi cerebro. Es como intentar describirle la luz
gamma a un robot no equipado para la recepción de los rayos gamma.
Fue precisamente en
aquel momento cuando la andanada de las armas cesó una vez más. Los robots
volvieron su atención al exterior de la nave.
Un grupo de jovianos
estaba avanzando de una forma curiosamente desigual, pero ni la más atenta
observación podía determinar el método exacto de su locomoción. La forma en que
usaban sus tentáculos era incierta. A veces los organismos efectuaban unos curiosos
movimientos resbaladizos, y entonces avanzaban a gran velocidad, quizá
ayudándose en el viento, porque se movían con él.
Los robots salieron
para acudir al encuentro de los jovianos, que se detuvieron a tres metros de
distancia. Ambos lados permanecieron silenciosos e inmóviles.
—Deben de estar
observándonos, pero no sé cómo —dijo ZZ Dos—. ¿Alguno de vosotros ve algún tipo
de órgano fotosensitivo?
—No podría decirlo
—respondió Tres con un gruñido—. No veo en ellos nada que posea algún sentido.
Hubo un repentino
cliquetear metálico entre el grupo joviano, y ZZ Uno dijo satisfecho:
—Es el código de radio.
Han traído aquí al experto en comunicaciones.
Así era. El complicado
sistema de puntos y rayas que a lo largo de un período de veinticinco años
había sido laboriosamente desarrollado por los seres de Júpiter y los
terrestres de Ganímedes hasta convertirlo en un notablemente flexible medio de
comunicación, estaba siendo puesto finalmente en práctica a corta distancia.
Ahora un joviano
permanecía claramente destacado frente a los demás, que se mantenían a una
prudente distancia. Era el que estaba hablando. El cliquetear decía:
—¿De dónde venís?
ZZ Tres, como el más
avanzado mentalmente, asumió de forma natural el papel de portavoz para el
grupo de robots.
—Procedemos del
satélite de robots, Ganímedes.
—¿Qué deseáis?
—continuó el joviano.
—Información. Hemos
venido a estudiar vuestro mundo y llevarnos de vuelta nuestros descubrimientos.
Si podemos obtener vuestra cooperación...
El cliqueteo joviano
interrumpió:
—¡Debéis ser
destruidos!
ZZ Tres hizo una pausa
y dijo en un aparte a sus dos compañeros:
—Exactamente la actitud
que los amos humanos dijeron que adoptarían. Son muy poco usuales.
Volviendo a su
cliqueteo, preguntó simplemente:
—¿Por qué?
Evidentemente, el
joviano consideraba algunas preguntas demasiado ofensivas como para ser
contestadas.
—Si abandonáis el lugar
dentro del próximo período de revolución, seréis perdonados..., hasta el
momento en que emerjamos de nuestro mundo para destruir a las sabandijas no
jovianas de Ganímedes.
—Me gustaría señalar
—dijo Tres— que nosotros, los de Ganímedes y los planetas interiores...
El joviano interrumpió:
—Nuestra astronomía
sabe del Sol y de nuestros cuatro satélites. No hay planetas interiores.
Tres concedió de mala
gana aquello.
—Nosotros los de
Ganímedes, entonces. No tenemos ningún plan de conquistar Júpiter. Venimos
preparados a ofrecer amistad. Durante veinticinco años vuestra gente se ha
comunicado libremente con los seres humanos de Ganímedes. ¿Hay alguna razón
para iniciar una guerra repentina contra los humanos?
—Durante veinticinco
años —fue la fría respuesta— supusimos que los habitantes de Ganímedes eran
jovianos. Cuando descubrimos que no lo eran, y que habíamos estado tratando con
animales inferiores en la escala de la inteligencia joviana, empezamos a tomar
medidas para eliminar ese deshonor. —Lenta e intensamente, terminó diciendo—:
¡Aquí en Júpiter no toleraremos la existencia de sabandijas!
El joviano estaba
retrocediendo de alguna forma, moviéndose contra el viento, y evidentemente la
entrevista había terminado.
Los robots se retiraron
al interior de la nave.
ZZ Dos dijo:
—Parece que las cosas
están mal, ¿eh? —Pensativo, continuó—: Es como los amos humanos dijeron. Poseen
un tremendamente desarrollado complejo de superioridad, combinado con una
extrema intolerancia hacia cualquiera o cualquier cosa que entre en conflicto con
ese complejo.
—La intolerancia
—observó Tres— es la consecuencia natural del complejo. El problema es que su
intolerancia tiene dientes. Poseen armas..., y su ciencia es grande.
—Ahora no me sorprende
—interrumpió bruscamente ZZ Uno— que fuéramos especialmente instruidos para que
prescindiéramos de las órdenes jovianas. ¡Son unos seres horribles,
intolerantes, seudo-superiores! —Ansiosamente, con una profunda lealtad y fe
robóticas, añadió—: Ningún amo humano podrá ser jamás así.
—Eso, aunque cierto, no
tiene nada que ver con lo que estamos tratando —dijo ZZ Tres—. Sigue en pie el
hecho de que los amos humanos están en un terrible peligro. Este es un mundo
gigantesco, y esos jovianos son más de un centenar de veces superiores en número
y recursos a los humanos de todo el Imperio Terrestre. Si alguna vez pueden
desarrollar el campo de fuerza hasta el punto de poder utilizarlo como el casco
de una nave, del mismo modo que han hecho ya los amos humanos..., entonces
podrán arrasar el sistema a voluntad. Sigue en pie la cuestión de hasta cuan
lejos han avanzado en esa dirección, qué otras armas poseen, qué preparativos
están tomando, y así. Nuestra función es regresar con esa información, por
supuesto, y lo mejor que podemos hacer es decidir nuestro próximo paso.
—Puede resultar difícil
—dijo ZZ Dos—. Los jovianos no van a ayudarnos. —Lo cual, en aquel momento, era
una observación superflua.
ZZ Tres pensó unos
momentos.
—Me parece que lo único
que necesitamos es esperar —observó—. Han intentado destruirnos durante treinta
horas, y no han tenido éxito. Evidentemente, han hecho todo lo mejor que han
podido. Un complejo de superioridad implica siempre la necesidad eterna de
guardar las apariencias, y el ultimátum que nos han dado lo prueba en este
caso. Nunca van a permitir que nos marchemos si pueden destruirnos. Pero si no
nos marchamos, entonces, antes que admitir que no pueden obligarnos a irnos,
seguramente pretenderán que están dispuestos, para sus propias finalidades, a
obligarnos a que nos quedemos.
Aguardaron una vez más.
Pasó el día. La andanada de armas no se reanudó. Los robots no se marcharon. El
fanfarrón fue llamado de nuevo. Y los robots se enfrentaron por segunda vez al
experto joviano en códigos de radio.
Si los modelos ZZ
hubieran estado equipados con sentido del humor, se hubieran divertido
enormemente. Tal como eran las cosas, simplemente experimentaron una solemne
satisfacción.
El joviano dijo:
—Nuestra decisión ha
sido que se os permita permanecer aquí durante un corto período de tiempo, de
modo que podáis ver nuestro poder por vosotros mismos. Entonces deberéis
regresar a Ganímedes para informar a vuestros compañeros sabandijas del
desastroso fin al que se verán inexorablemente abocados dentro de una
revolución solar.
ZZ Uno tomó mentalmente
nota de que una revolución joviana equivalía a doce años terrestres.
Tres respondió
casualmente:
—Gracias. ¿Podemos
acompañarte a la ciudad más cercana? Hay muchas cosas que nos gustaría
aprender. —Tras pensarlo un momento, añadió—: Nuestra nave no debe ser tocada,
por supuesto.
Dijo esto como una
petición, no como una amenaza, puesto que ningún modelo ZZ era pendenciero.
Toda posibilidad de incluso la más ligera irritación había sido cuidadosamente
eliminada en su construcción. Con robots tan tremendamente poderosos como los
ZZ, un absoluto buen carácter era algo esencial para la seguridad durante los
años de pruebas en la Tierra.
El joviano dijo:
—No estamos interesados
en vuestra miserable nave. Ningún joviano se polucionará acercándose a ella.
Podéis acompañarnos, pero debéis tener en cuenta no acercaros a más de tres
metros de ningún joviano, o seréis instantáneamente destruidos.
—Un tanto engreídos,
¿no creéis? —observó ZZ Dos en un ligero susurro, mientras avanzaban en medio
del viento.
La ciudad era un puerto
a orillas de un increíble lago de amoniaco. El viento exterior azotaba furioso,
alzando espumeantes olas que avanzaban por la líquida superficie con una
turbulenta lentitud reforzada por la gravedad. El puerto en sí no era ni grande
ni impresionante, y parecía muy evidente que la mayor parte de sus
construcciones eran subterráneas.
—¿Cuál es la población
de este lugar? —preguntó ZZ Tres.
—Es una pequeña ciudad
de diez millones —respondió el joviano.
—Entiendo. Toma nota de
eso, Uno.
ZZ Uno lo hizo
mecánicamente, y luego se volvió una vez más hacia el lago, que había estado
contemplando lleno de fascinación. Tiró del codo de ZZ Tres.
—Oye, ¿supones que
tienen peces aquí?
—¿Qué diferencia
representa eso?
—Creo que deberíamos
averiguarlo. Los amos humanos nos ordenaron averiguar todo lo que pudiéramos.
—De los robots, ZZ Uno era el más simple y, en consecuencia, el que tomaba las
órdenes de una forma más literal.
ZZ Dos dijo:
—Dejemos que Uno vaya y
mire, si quiere. No causará ningún daño el que dejemos que el chico se divierta
un poco.
—De acuerdo. No hay
ninguna objeción si no pierde su tiempo. No son peces lo que hemos venido a
buscar..., pero adelante, Uno.
ZZ Uno se apartó de
ellos presa de una gran excitación y bajó rápidamente hasta la playa,
metiéndose en el amoniaco con una gran zambullida. Los jovianos observaron
atentamente. No habían comprendido nada de la anterior conversación, por
supuesto.
El experto en códigos
de radio cliqueteó:
—Resulta evidente que
vuestro compañero ha decidido abandonar la vida desesperado ante nuestra
grandeza.
Sorprendido, ZZ Tres
replicó:
—Oh, no, en absoluto.
Desea investigar los organismos vivos, si existen, que viven en el amoniaco.
—Y, como disculpándose, añadió—: Nuestro amigo es muy curioso a veces, y no es
tan brillante como nosotros, aunque ésta es su única desgracia. Nosotros comprendemos
esto, e intentamos complacerle siempre que podemos.
Hubo una larga pausa, y
el joviano observó:
—Se ahogará.
ZZ Tres respondió,
casualmente:
—No hay peligro en
ello. Nosotros no nos ahogamos. ¿Podremos entrar en la ciudad tan pronto como
regrese?
En aquel momento se
produjo un surtidor de líquido a varios cientos de metros en el lago. Brotó
violentamente hacia arriba, y luego volvió a caer en una especie de niebla que
el viento dispersó. Otro surtidor, y otro, luego una blanca estela de espuma que
formó un rastro en dirección a la costa, calmándose gradualmente a medida que
se acercaba.
Los dos robots
observaron aquello asombrados, y la absoluta falta de movimientos por parte de
los jovianos indicó que ellos también estaban observando.
Entonces la cabeza de
ZZ Uno rompió la superficie, y avanzó lentamente hacia tierra firme. ¡Pero algo
lo seguía! Algún organismo de gigantesco tamaño que no parecía más que
colmillos, garras y espinas. Luego vieron que no estaba siguiéndolo por
voluntad propia, sino que estaba siendo arrastrado hacia la playa por ZZ Uno.
Había en él una significativa flaccidez.
ZZ Uno se acercó casi
tímidamente y estableció directamente comunicación. Cliqueteó su mensaje al
joviano de una forma ciertamente agitada.
—Lamento terriblemente
lo ocurrido, pero la cosa me atacó. Yo estaba simplemente tomando notas de
ella. Espero que no sea una criatura valiosa.
No recibió una
respuesta inmediata, porque la aparición del monstruo había ocasionado una
alocada dispersión de las filas jovianas. Estos volvieron a reunirse lentamente,
y una vez la cautelosa observación demostró que la criatura estaba realmente
muerta, se restauró el orden. Algunos de los más valientes aguijonearon
cautelosamente el cuerpo para asegurarse.
—Espero que perdonéis a
nuestro amigo —dijo ZZ Tres humildemente—. A veces es un poco torpe. No
teníamos absolutamente ninguna intención de causar daño a ninguna criatura
joviana.
—Me atacó —explicó
Uno—. Me mordió sin ninguna provocación. ¡Vedlo! —Y mostró un colmillo de unos
buenos sesenta centímetros de largo, terminado en quebrados filos allá donde se
había roto—. Se lo rompió clavándolo en mi hombro, y casi dejó una señal. Yo
solamente le di un manotazo para apartarlo... y se murió. ¡Lo siento!
Finalmente el joviano
habló, y el cliquetear de su código fue más bien titubeante.
—Es una criatura
salvaje, que raramente se encuentra tan cerca de la orilla, pero el lago es
profundo precisamente aquí.
ZZ Tres dijo, aún
ansiosamente:
—Si podéis utilizar su
carne, nos sentiremos felices de...
—No. Podemos obtener
nuestra comida por nosotros mismos sin la ayuda de sab..., sin la ayuda de
nadie. Comedio vosotros.
Ante lo cual ZZ Uno
alzó a la criatura y la arrojó de nuevo al mar, con un fácil movimiento de un
brazo. ZZ Tres dijo casualmente:
—Gracias por vuestro
amable ofrecimiento, pero nosotros no utilizamos la comida. Quiero decir que no
comemos, por supuesto.
Escoltados por unos
doscientos jovianos armados, los robots descendieron por una serie de rampas a
la ciudad subterránea. Si en la superficie la ciudad había parecido pequeña y
en absoluto impresionante, abajo tenía la apariencia de una enorme megalópolis.
Montaron en vehículos
de superficie que eran manejados por control remoto -puesto que ningún honesto
joviano que se respetara a sí mismo arriesgaría su superioridad subiendo al
mismo vehículo que una sabandija-, y conducidos a una respetable velocidad hasta
el centro de la ciudad. Vieron lo suficiente de ella como para decidir que se
extendía unos ochenta kilómetros de extremo a extremo, y se hundía en la
corteza joviana al menos unos doce kilómetros.
ZZ Dos no sonó feliz
cuando dijo:
—Si esto es un ejemplo
del desarrollo joviano, entonces no vamos a poder presentar un informe
esperanzador a nuestros amos humanos. Después de todo, aterrizamos en la enorme
superficie de Júpiter al azar, con una posibilidad sobre mil de hacerlo cerca
de un centro de población realmente importante. Esto debe ser, como dice el
experto en códigos, simplemente una ciudad.
—Diez millones de
jovianos —dijo ZZ Tres, abstraído—. La población total debe de ser de
trillones, lo cual es una cifra alta, muy alta, incluso para Júpiter.
Probablemente posean una civilización completamente urbana, lo cual quiere
decir que su desarrollo científico debe de ser tremendo. Si poseen campos de
fuerza...
ZZ Tres no poseía
cuello, debido a que para conseguir una mayor resistencia las cabezas de los
modelos ZZ estaban encajadas firmemente en el torso, con los delicados cerebros
positrónicos protegidos por tres capas independientes de aleación de iridio de casi
tres centímetros de grosor. Pero si hubiera tenido, hubiera agitado tristemente
la cabeza.
Ahora se habían
detenido en un espacio despejado. A todo su alrededor podían ver avenidas y
estructuras llenas de jovianos, tan curiosos como cualquier multitud terrestre
ante semejantes circunstancias.
El experto en códigos
se acercó.
—Es el momento de
retirarme hasta el próximo período de actividad —dijo—. Hemos ido hasta tan
lejos como preparar alojamientos para vosotros, con gran trabajo, por supuesto,
ya que las estructuras han debido ser demolidas y reedificadas. De todos modos,
podréis dormir durante un cierto tiempo.
ZZ Tres agitó un
modesto brazo y cliqueteó:
—Os damos las gracias,
pero no teníais que haberos molestado. No nos importa quedarnos aquí mismo. Si
vosotros deseáis dormir y descansar, hacedlo a vuestra comodidad. Nosotros os
esperaremos. Porque nosotros —lo dijo casualmente— no dormimos.
El joviano no respondió
nada, aunque si hubiera tenido rostro, su expresión hubiera debido ser
interesante. Se marchó, y los robots se quedaron en el vehículo, con patrullas
de bien armados jovianos, frecuentemente reemplazados, rodeándolos como
guardianes.
Pasaron horas antes de
que los guardias se apartaran para dejar paso al experto en códigos que
regresaba. Junto con él iban otros jovianos, a los que presentó.
—Conmigo están dos
oficiales del gobierno central que han consentido graciosamente en hablar con
vosotros.
Uno de los oficiales
conocía evidentemente el código, puesto que su cliqueteo interrumpió secamente
al experto en códigos. Se dirigió a los robots:
—¡Sabandijas! Emerged
del vehículo para que podamos veros.
Los robots se
apresuraron a obedecer, y mientras ZZ Tres y ZZ Dos saltaban por el lado
derecho del vehículo, ZZ Uno atravesó el lado izquierdo. La palabra «atravesó»
es utilizada aquí literalmente, puesto que olvidó accionar el mecanismo que
hacía descender una sección del lado de modo que ZZ Uno pudiera salir, y se
llevó por delante aquel lado, más dos ruedas, y todo un eje. El vehículo se
desmoronó, y ZZ Uno se quedó mirando los restos en medio de un embarazado
silencio.
Finalmente, cliqueteó
con timidez:
—Oh, lo siento tanto.
Espero que no fuera un vehículo muy caro.
ZZ Dos añadió,
disculpándose:
—Nuestro compañero es a
menudo torpe. Debéis perdonarle.
Y ZZ Tres hizo un
voluntarioso intento de arreglar de nuevo el vehículo.
ZZ Uno hizo otro
esfuerzo por disculparse.
—El material del
vehículo era más bien poco resistente. ¿Lo ven? —Alzó un trozo de quizá un
metro cuadrado de plancha de plástico endurecido de ocho centímetros de grueso
con ambas manos, y efectuó sobre ella una ligera presión. La plancha se partió
instantáneamente en dos—. Claro que yo hubiera debido ser un poco más cuidadoso
—reconoció.
El oficial del gobierno
joviano dijo, aunque de una forma ligeramente menos seca:
—De todos modos el
vehículo hubiera sido destruido, después de haberse visto contaminado por
vuestra presencia. —Hizo una pausa y luego añadió—: ¡Criaturas! Nosotros los
jovianos carecemos de la vulgar curiosidad relativa a los animales inferiores,
pero nuestros científicos buscan hechos.
—Estamos completamente
de acuerdo contigo —respondió alegremente ZZ Tres—. Nosotros también.
El joviano lo ignoró.
—Aparentemente,
vosotros carecéis de órgano masasensitivo. ¿Cómo sois conscientes de los
objetos distantes?
ZZ Tres se mostró
interesado.
—¿Quieres decir que tu
gente es directamente sensitiva a la masa?
—No estoy aquí para
responder a vuestras preguntas..., vuestras temerarias preguntas... acerca de
nosotros.
—Entonces supondré que
los objetos de baja masa específica son transparentes para vosotros, incluso en
ausencia de radiaciones. —Se volvió hacia ZZ Dos—. Así es como ven. Su
atmósfera es tan transparente para ellos como el espacio para nosotros.
El cliqueteo joviano se
reanudó:
—Responderéis a mi
primera pregunta inmediatamente, o mi paciencia se agotará y ordenaré que seáis
destruidos.
ZZ Tres replicó
inmediatamente:
—Somos
energisensitivos, joviano. Podemos ajustamos a voluntad a toda la escala
electromagnética. En este momento, nuestra visión a larga distancia es debida a
la radiación de radio-ondas que nosotros mismos emitimos, y a corta distancia
vemos mediante... —Hizo una pausa, y le preguntó a Dos—: ¿Existe alguna palabra
código para los rayos gamma?
—No que yo sepa
—respondió Dos.
ZZ Tres continuó,
dirigiéndose al joviano:
—A corta distancia
vemos a través de otra radiación para la cual no existe ninguna palabra código.
—¿De qué está compuesto
vuestro cuerpo? —preguntó el joviano.
ZZ Dos susurró:
—Probablemente lo
pregunta porque su masa-sensibilidad no puede penetrar más allá de nuestra
piel. Alta densidad, ya sabes. ¿Debemos decírselo?
ZZ Tres respondió,
inseguro:
—Nuestros amos humanos
no nos dijeron específicamente que guardáramos ningún secreto. —Y en código de
radio, añadió, dirigiéndose al joviano—: Estamos compuestos principalmente por
iridio. En cuanto al resto, cobre, estaño, un poco de berilio, y un montón de
otras sustancias.
Los jovianos
retrocedieron, y por el impreciso agitar de distintas porciones de sus
absolutamente indescriptibles cuerpos dieron la impresión de estar discutiendo
animadamente, aunque no emitían ningún sonido.
Y luego el oficial
volvió:
—¡Seres de Ganímedes!
Ha sido decidido que os mostraremos algunas de nuestras fábricas para que
podáis comprobar algunos de nuestros grandes logros. Luego os permitiremos
regresar a fin de que podáis difundir la desesperación entre el resto de
sabandijas..., los demás seres del mundo exterior.
ZZ Tres le dijo a ZZ
Dos:
—Observa el efecto de
su psicología. Deben martillar constantemente su superioridad. Ante todo
guardar las apariencias. —Y en el código de radio, añadió—: Os agradecemos esta
oportunidad.
Pero ese guardar las
apariencias era algo eficiente, como comprobaron pronto los robots. La
demostración se convirtió en un tour, y el tour en una Gran Exhibición. Los
jovianos les mostraron todo, les explicaron todo, respondieron ansiosamente a
todas las preguntas, y ZZ Uno tomó centenares de desesperadas notas.
El potencial bélico de
aquella ciudad calificada como poco importante era varias veces mayor que el de
todo Ganímedes. Diez ciudades como aquella se pondrían por delante de todo el
Imperio Terrestre. Y diez ciudades como aquella no debían de ser más que el
filo de una uña de toda la fuerza que Júpiter era capaz de desplegar en su
conjunto.
ZZ Tres se volvió
cuando ZZ Uno le dio un codazo.
—¿Qué ocurre?
ZZ Uno dijo seriamente:
—Si poseen campos de
fuerza, los amos humanos están perdidos, ¿no crees?
—Me temo que sí. ¿Por
qué lo preguntas?
—Porque los jovianos no
están enseñándonos el ala derecha de este centro de producción. Puede que allí
estén desarrollando los campos de fuerza. Es posible que deseen mantener el
secreto. Deberíamos descubrirlo. Es lo más importante, ya sabes.
ZZ Tres miró
sombríamente a ZZ Uno.
—Puede que tengas
razón. No sirve de nada ignorar las cosas.
Estaban ahora en una
enorme fundición, observando cómo eran producidas vigas de aleación de acero al
silicio resistentes al amoniaco, de treinta metros de largo, a razón de veinte
por segundo. ZZ Tres preguntó suavemente:
—¿Qué contiene esa otra
ala?
El oficial del gobierno
preguntó a los encargados del centro de producción, y explicó:
—Esa es la sección de
altas temperaturas. Algunos procesos requieren altas temperaturas que la vida
no puede soportar, de modo que deben ser controlados remotamente.
Abrió camino hacia una
división a través de la cual podía sentirse el calor, e indicó una pequeña área
redonda de material transparente. Había una hilera de ellas, a través de las
cuales la brumosa luz roja de hileras de resplandecientes fraguas era visible a
través de la densa atmósfera.
ZZ Uno clavó una mirada
suspicaz en el joviano y cliqueteó:
—¿Te importaría que
entrara ahí y echara un vistazo? Estoy muy interesado en todo esto.
—Te estás comportando
de una forma infantil, Uno —dijo ZZ Tres—. Están diciendo la verdad. Oh, está
bien, mete la nariz donde quieras si crees que es necesario. Pero no te
entretengas mucho; tenemos que ir rápidos.
El joviano dijo:
—No habéis comprendido
la temperatura que hay ahí dentro. Vuestro compañero va a morir.
—Oh, no —respondió ZZ
Uno casualmente—. La temperatura no es ningún problema para nosotros.
Hubo una conferencia
joviana, y luego una escena de agitada confusión cuando la vida del centro se
vio paralizada por aquella emergencia poco habitual. Se dispusieron paneles de
material absorbente del calor, y luego se abrió una puerta, una puerta que
nunca había girado sobre sus goznes cuando las fraguas estaban en
funcionamiento. ZZ Uno entró y la puerta se cerró tras él. Los oficiales
jovianos se apiñaron tras las áreas transparentes para observar.
ZZ Uno se dirigió a la
fragua más cercana y palpó su exterior. Como era demasiado bajo para mirar
cómodamente dentro de ella, inclinó la fragua hasta que el metal fundido lamió
el borde del contenedor. Lo miró con curiosidad, luego metió su mano en él y lo
agitó un momento para comprobar su consistencia. Hecho esto, retiró su mano, la
agitó para desembarazarse de las ardientes gotitas metálicas que habían quedado
prendidas en ella, y secó el resto en una de sus seis piernas. Recorrió
lentamente la hilera de fraguas, luego hizo señas de que deseaba salir.
Los jovianos se
retiraron a una gran distancia cuando salió por la puerta, y lanzaron un fuerte
chorro de amoniaco contra él, que silbó, burbujeó y humeó hasta que la
temperatura de su cuerpo volvió a unos límites tolerables.
ZZ Uno ignoró la ducha
de amoniaco y dijo:
—Decían la verdad. No
hay campos de fuerza.
—¿Te das cuenta...?
—empezó ZZ Tres.
Pero ZZ Uno interrumpió
impacientemente:
—No sirve de nada
entretenernos. Los amos humanos nos dieron instrucciones de que averiguáramos
todo lo posible, y eso es lo que debemos hacer.
Se volvió hacia el
joviano y cliqueteó, sin la menor vacilación:
—Escucha, ¿habéis
desarrollado los jovianos campos de fuerza?
La brusquedad era, por
supuesto, una de las consecuencias naturales de los menos desarrollados poderes
mentales de ZZ Uno. ZZ Dos y ZZ Tres sabían aquello, de modo que contuvieron
sus deseos de reprocharle aquella observación.
El oficial joviano se
relajó lentamente de su extrañamente rígida actitud, que de alguna forma había
dado la impresión de que no dejaba de mirar estúpidamente a una de las manos de
ZZ Uno... la que se había metido en el metal fundido. Lentamente, el joviano
dijo:
—¿Campos de fuerza?
Entonces, ¿eso es lo que más os interesa?
—Sí —dijo enfáticamente
ZZ Uno.
Hubo un repentino y
patente aumento de la confianza por parte joviana, puesto que el cliquetear se
hizo más enérgico:
—¡Entonces ven,
sabandija!
Lo cual hizo que ZZ
Tres dijera a ZZ Dos:
—¿Te das cuenta? Somos
de nuevo sabandijas..., lo cual suena como si nos aguardaran malas noticias.
Y ZZ Dos admitió
aquello sombríamente.
Ahora fueron conducidos
al borde mismo de la ciudad, a una zona que los terrestres hubieran denominado
los suburbios, y penetraron en una serie de estructuras muy integradas entre
sí, que en la Tierra hubieran correspondido vagamente a una universidad.
No hubo explicaciones,
sin embargo, y nadie las pidió tampoco. El oficial joviano abrió camino
rápidamente, y los robots lo siguieron con la hosca convicción de que les
esperaba lo peor.
Fue ZZ Uno quien se
detuvo delante de una sección de pared abierta cuando los demás ya habían
pasado.
—¿Qué es esto? —quiso
saber.
La habitación estaba
equipada con bancos estrechos y bajos, a lo largo de los cuales unos jovianos
manipulaban hileras de extraños dispositivos, compuestos principalmente por
potentes electroimanes de tres centímetros de ancho.
—¿Qué es esto?
—preguntó ZZ Uno de nuevo.
El joviano se volvió y
mostró su impaciencia.
—Es un laboratorio de
investigación biológica para estudiantes. No hay nada aquí que te interese.
—Pero ¿qué es lo que
están haciendo?
—Están estudiando la
vida microscópica. ¿No has visto nunca un microscopio?
ZZ Tres interrumpió,
explicando:
—Sí lo ha visto, pero
no de este tipo. Nuestros microscopios están diseñados para organismos
energi-sensitivos y actúan por refracción de la energía radiante. Evidentemente
vuestros microscopios actúan sobre una base de masa-expansión. Realmente
ingenioso.
ZZ Uno preguntó:
—¿Puedo inspeccionar
algunos de vuestros especimenes?
—¿De qué os va a
servir? No podéis utilizar nuestros microscopios debido a vuestras limitaciones
sensoriales, y lo único que hará eso será obligarnos a descartar todos estos
especimenes por el hecho de que os hayáis acercado a ellos sin ninguna razón
justificable.
—Pero yo no necesito
ningún microscopio —explicó ZZ Uno, sorprendido—. No me cuesta nada ajustarme
yo mismo a visión microscópica.
Se dirigió al banco más
cercano, mientras los estudiantes en la habitación se apiñaban en el rincón más
alejado en un intento de evitar la contaminación. ZZ Uno apartó a un lado el
microscopio e inspeccionó atentamente la muestra. Retrocedió, desconcertado,
luego examinó otra..., y una tercera..., y una cuarta.
Regresó y se dirigió al
joviano.
—Se supone que todas
están vivas, ¿no? Quiero decir, esas pequeñas cositas parecidas a gusanos.
—Por supuesto —dijo el
joviano.
—Es extraño..., ¡cuando
las miro, mueren!
Tres lanzó una
repentina exclamación y dijo a sus dos compañeros:
—Hemos olvidado nuestra
radiación de rayos gamma. Salgamos de aquí, Uno, o mataremos a toda la vida
microscópica de esta habitación.
Se volvió hacia el
joviano.
—Me temo que nuestra
presencia es fatal a las formas de vida más débiles. Será mejor que nos
vayamos. Esperamos que los especimenes no sean difíciles de reemplazar. Y,
ahora que pienso en ello, será mejor que no permanezcáis demasiado cerca de
nosotros, o nuestras radiaciones pueden afectaros perjudicialmente. Supongo que
seguís sintiéndoos bien, ¿verdad? —preguntó.
El joviano siguió su
camino en un orgulloso silencio, pero fue fácil advertir que desde aquel
momento dobló la distancia que los separaba de ellos.
No fue dicho nada más
hasta que los robots se hallaron en una enorme estancia. En su centro había
varios enormes lingotes metálicos suspendidos en medio del aire -es decir, para
ser más precisos, flotando sin ningún soporte visible-, desafiando la enorme
gravedad joviana.
El joviano cliqueteó:
—Este es nuestro campo
de fuerza en su forma definitiva, tal como ha sido perfeccionado recientemente.
Dentro de esa burbuja ha sido practicado el vacío, de tal modo que soporta todo
el peso de nuestra atmósfera más una cantidad de metal equivalente a dos naves
espaciales grandes. ¿Qué es lo que decís a eso?
—Que el viaje espacial
es ahora una posibilidad para vosotros —dijo ZZ Tres.
—Exactamente. Ningún
metal ni plástico tiene la fuerza suficiente como para contener nuestra
atmósfera contra un vacío, pero un campo de fuerza sí puede... y la burbuja de
un campo de fuerza será nuestra nave espacial. Dentro de este mismo año las
estaremos fabricando por cientos de miles. Entonces caeremos en enjambre sobre
Ganímedes para destruir a las sabandijas que se autotitulan inteligentes y que
intentan disputarnos el dominio del universo.
—Los seres humanos de
Ganímedes nunca han intentado... —empezó a decir ZZ Tres, ligeramente
ultrajado.
—¡Silencio! —restalló
el joviano—. Ahora regresad y decidles lo que habéis visto. Sus propios débiles
campos de fuerza..., como el que equipa vuestra nave..., no resistirán contra
los nuestros, porque nuestras naves más pequeñas poseerán cientos de veces el
tamaño y la fuerza de las vuestras.
ZZ Tres dijo:
—Entonces no hay nada
más que podamos hacer aquí, y regresaremos, como tú dices, con la información.
Si puedes llevarnos de vuelta a nuestra nave, os diremos adiós. Pero
incidentalmente, sólo a título de información, hay algo que parece que vosotros
no habéis comprendido. Los humanos de Ganímedes tienen campos de fuerza, por
supuesto, pero nuestra nave en particular no está equipada con uno de ellos. No
lo necesitamos.
El robot se volvió e
hizo un gesto a sus compañeros para que le siguieran. Por un momento ninguno
habló, luego ZZ Uno murmuró afligidamente:
—¿No podemos intentar
destruir este lugar?
—No servirá de nada
—dijo ZZ Tres—. Nos superan en número. Es inútil. En una década terrestre los
amos humanos habrán desaparecido. Es imposible resistirse a Júpiter. Son
demasiado poderosos. Mientras los jovianos permanecieron atados a su
superficie, los humanos estuvieron a salvo. Pero ahora que poseen campos de
fuerza... Todo lo que podemos hacer es comunicar la noticia. Preparando algunos
escondites, unos cuantos podrán sobrevivir, al menos durante un tiempo.
La ciudad estaba detrás
de ellos. Habían salido a la gran llanura junto al lago, y su nave era un punto
oscuro en el horizonte, cuando el joviano dijo de pronto:
—Criaturas, ¿decís que
no lleváis con vosotros ningún campo de fuerza?
ZZ Tres respondió, sin
el menor interés:
—No lo necesitamos.
—Entonces, ¿cómo
resiste vuestra nave el vacío del espacio sin estallar a causa de la presión
atmosférica interna? —Y agitó un tentáculo en un mudo gesto hacia la atmósfera
joviana que gravitaba sobre ellos con una fuerza de un millón de kilogramos por
centímetro cuadrado.
—Bueno —explicó ZZ
Tres—, eso es simple. Nuestra nave no contiene atmósfera interna. La presión
interior y exterior siempre están equilibradas.
—¿Incluso en el
espacio? ¿El vacío en vuestra nave? ¡Estáis mintiendo!
—Puedes inspeccionar
nuestra nave si lo deseas. No hay ningún campo de fuerza, y no es hermética.
¿Qué tiene eso de maravilloso? Nosotros no respiramos. Nuestra energía la
obtenemos directamente de la fuerza atómica. La presencia o la ausencia de
presión de aire constituye muy poca diferencia para nosotros, y nos sentimos
completamente cómodos en el vacío más absoluto.
—¡Pero el cero
absoluto!
—No nos afecta.
Regulamos nuestro propio calor. No nos afectan las temperaturas externas. —Hizo
una pausa—. Bien, podemos volver por nosotros mismos a la nave. Adiós.
Transmitiremos a los humanos de Ganímedes vuestro mensaje... ¡Guerra a muerte!
Pero el joviano dijo:
—Esperad. Vuelvo dentro
de un momento.
Se dio la vuelta, y se
dirigió a la ciudad.
Los robots se lo
quedaron mirando, y luego aguardaron en silencio.
Pasaron tres horas
antes de que regresara, y cuando lo hizo, estaba prácticamente sin aliento. Se
detuvo a los habituales tres metros de los robots, pero luego siguió
acercándose a ellos de una forma curiosamente arrastrante. No habló hasta que
su piel gris parecida al caucho estuvo casi tocándoles, y entonces sonó el
código de radio, humilde y respetuoso.
—Honorables señores, me
he puesto en contacto con el jefe de nuestro gobierno central, que conoce ahora
todos los hechos, y puedo aseguraros que lo único que Júpiter desea es la paz.
—¿Perdón? —preguntó ZZ
Tres, sin comprender.
El joviano se apresuró
a explicar:
—Estamos dispuestos a
reanudar nuestras comunicaciones con Ganímedes, y nos complace garantizar que
no efectuaremos ningún intento de aventurarnos en el espacio. Nuestro campo de
fuerza será usado únicamente en la superficie joviana.
—Pero... —empezó ZZ
Tres.
—Nuestro gobierno se
sentirá complacido de recibir a cualquier otro representante que los honorables
hermanos humanos de Ganímedes deseen enviar. Si vuestras señorías condescienden
ahora en aceptar la paz...
Un escamoso tentáculo
se tendió hacia ellos, y ZZ Tres, completamente desconcertado, lo agarró. ZZ
Dos y ZZ Uno hicieron lo mismo cuando otros dos tentáculos se tendieron hacia
ellos.
El joviano dijo
solemnemente:
—Esto sella una paz
eterna entre Júpiter y Ganímedes.
La nave espacial con
más agujeros que un colador estaba de nuevo en el espacio. La presión y la
temperatura habían descendido de nuevo a cero, y los robots contemplaban el
enorme globo de Júpiter que iba reduciendo lentamente su tamaño.
—Eran definitivamente
sinceros —dijo ZZ Dos—, y eso es muy halagador, pero no acabo de comprender su
cambio de actitud.
—Creo —observó ZZ Uno—
que los jovianos recobraron el buen sentido justo a tiempo, y se dieron cuenta
de la increíble maldad que sería causar daño a un amo humano. Es natural.
ZZ Tres suspiró y dijo:
—Mira, se trata
simplemente de un asunto de psicología. Esos jovianos poseían un complejo de
superioridad de un kilómetro de grueso y, cuando vieron que no podían
destruirnos, lo único que podían hacer era guardar las apariencias. Todas sus
exhibiciones, todas sus explicaciones, no eran más que una forma de bravata,
destinada a impresionarnos y situarnos en el estado adecuado de humillación
ante su poder y superioridad.
—Entiendo todo eso
—interrumpió ZZ Dos—, pero...
—Pero las cosas
funcionaron por caminos insospechados —prosiguió Tres—. Todo lo que hicieron
fue comprobar que nosotros éramos más fuertes que ellos, que no nos ahogábamos,
que no necesitábamos comer ni dormir, que el metal fundido no nos afectaba.
Incluso nuestra propia presencia era fatal para la vida joviana. Nuestro último
gran golpe fue el campo de fuerza. Y cuando descubrieron que nosotros no lo
necesitábamos en absoluto, y podíamos vivir en el espacio a una temperatura de
cero absoluto, se desmoronaron. —Hizo una pausa, y añadió filosóficamente—:
Cuando un complejo de superioridad como el suyo se desmorona, se desmorona de
arriba a abajo.
Los otros dos pensaron
en aquello, y luego ZZ Dos dijo:
—Pero sigue sin tener
sentido. ¿Por qué debería preocuparles lo que nosotros podamos o no podamos
hacer? Solamente somos robots. No somos aquellos con los que tienen que luchar.
—Ese es precisamente el
punto crucial, Dos —dijo suavemente ZZ Tres—. No fue hasta que hubimos
abandonado Júpiter que pensé en ello. ¿Te das cuenta? Por simple omisión, y de
una forma completamente no intencionada, olvidamos decirles que nosotros éramos
simplemente unos robots.
—Ellos nunca nos lo
preguntaron —dijo ZZ Uno.
—Exactamente. ¡De modo
que pensaron que éramos seres humanos, y que todos los demás seres humanos eran
como nosotros! —Miró una vez más a Júpiter, pensativamente, y añadió—: ¡No es
extraño que decidieran desistir!
Extraño en el paraíso
1
Eran hermanos. No en el
sentido de que ambos eran seres humanos, ni por haberse criado en la misma
guardería. ¡En absoluto! Eran hermanos en el verdadero sentido biológico de la
palabra. Eran parientes, para usar un término que había quedado algo arcaico ya
varios siglos atrás, antes de la Catástrofe, cuando ese fenómeno tribal, la
familia, conservaba aún una cierta validez.
¡Qué circunstancia más
embarazosa!
Anthony casi lo había
olvidado a lo largo de los años transcurridos desde la niñez. Hubo períodos en
que no había pensado en absoluto sobre ello durante meses seguidos. Pero ahora,
desde que se había visto inexorablemente unido a William, vivía momentos de
verdadera agonía.
La cosa no habría sido
tan terrible si las circunstancias lo hubieran hecho evidente desde el
principio; si, como en los tiempos anteriores a la Catástrofe -Anthony había
sido un gran lector de temas históricos en cierta época-, hubieran llevado el
mismo apellido, alardeando ya con ello de la relación.
Naturalmente, en el
momento presente cada cual escogía el apellido que le placía y lo cambiaba
tantas veces como quería. A fin de cuentas, lo que realmente contaba era la
cadena de símbolos, y ésta estaba codificada y era atribuida a cada cual desde
el momento de su nacimiento.
William había escogido
el nombre de Anti-Aut. Insistía en llamarse así con una especie de sobrio
profesionalismo. Allá él, desde luego, pero vaya manera de proclamar su mal
gusto. Anthony había escogido el nombre de Smith cuando cumplió trece años y
nunca había sentido deseos de cambiarlo. Era simple, fácil de deletrear, y
bastante personal, pues jamás había conocido a nadie que hubiera escogido ese
mismo nombre. En otros tiempos había sido muy corriente -entre los
precatastrofales-, lo cual tal vez explicase su rareza en la actualidad.
Pero la diferencia de
nombres perdía toda importancia cuando los dos estaban juntos. Se parecían.
Si hubieran sido
gemelos..., pero siempre se interrumpía el desarrollo de uno de cada par de
óvulos fecundados simultáneamente. Simplemente sucedía que, a veces, se daban
casos de parecido físico entre no-gemelos, sobre todo cuando existía un
parentesco por ambos lados. Anthony Smith era cinco años menor, pero ambos
tenían la nariz ganchuda, las pestañas gruesas, el mismo hoyuelo apenas
perceptible en el mentón, ese condenado azar de la pauta genética. Simplemente
se estaba tentando a la suerte cuando los padres, impulsados por una cierta
pasión por la monotonía, repetían.
Al principio, ahora que
estaban juntos, adoptaban un aire de fingida sorpresa, seguido de un rebuscado
silencio. Anthony intentaba ignorar el asunto, pero por pura perversidad -o
perversión- William las más de las veces decía:
—Somos hermanos.
—¿De veras? —exclamaba
el otro y permanecía indeciso un breve instante como si quisiera preguntarle si
eran hermanos de sangre. Y luego acababan triunfando los buenos modales y el
interlocutor se alejaba como si el asunto no tuviera el menor interés.
Naturalmente, eso sólo
ocurría de tarde en tarde. La mayoría de las personas que trabajaban en el
Proyecto estaban enteradas -¿cómo evitarlo?- y eludían la situación.
No es que William fuera
un mal tipo. En absoluto. Si no hubiera sido hermano de Anthony; o si hubieran
sido hermanos, pero lo suficientemente distintos para ocultar ese hecho, se
habrían entendido de maravilla.
Siendo las cosas tal
como eran...
El hecho de haber
jugado juntos de niños, y haber compartido las primeras etapas de la educación
en la misma guardería, gracias a algunas afortunadas maniobras de su madre, no
facilitaba las cosas. Después de concebir dos hijos del mismo padre y agotar, de
este modo, su cupo (pues no había cumplido los rigurosos requisitos para tener
un tercer hijo), ella maquinó el plan de poder visitarlos a los dos en un solo
viaje. Era una mujer extraña.
William fue el primero
en dejar la guardería, naturalmente, puesto que era el mayor. Se había dedicado
a las ciencias -ingeniería genética. Anthony se enteró de ello, cuando todavía
estaba en la guardería, a través de una carta de su madre. Por aquel entonces
ya tenía edad suficiente para hablarle con firmeza a la guardiana, y esas
cartas se acabaron. Pero siempre había recordado la última por la agonía de
vergüenza que le causó.
Anthony acabó
dedicándose también a las ciencias. Había demostrado tener talento en ese
aspecto y le instaron a hacerlo. Recordaba haber sentido el loco -y ahora
comprendía que profético- temor de encontrarse con su hermano y acabó en el
campo de la telemetría, lo más alejado de la ingeniería genética que concebirse
pueda... O eso parecía.
Pues las circunstancias
esperaban agazapadas al final de todo el elaborado desarrollo del Proyecto
Mercurio.
El caso es que el
momento llegó cuando el Proyecto parecía encontrarse en un callejón sin salida;
y se hizo una sugerencia que salvó la situación, y al mismo tiempo precipitó a
Anthony en el dilema que le habían preparado sus padres. Y lo mejor y más armónico
de todo el asunto era que Anthony había sido, con toda inocencia, el autor de
la sugerencia.
2
William Anti-Aut estaba
enterado del Proyecto Mercurio, pero sólo del mismo modo como tenía noticia de
la ya manida Sonda Estelar que había iniciado su recorrido mucho antes de que
él naciera y continuaría avanzando después de su muerte; y del mismo modo como
tenía noticia de la colonia de Marte y de los continuos intentos de establecer
colonias similares en los asteroides.
Eran cosas situadas en
la distante periferia de su mente y sin verdadera importancia. Que él
recordase, ningún aspecto del esfuerzo espacial había logrado adentrarse más,
aproximándose al centro de sus intereses, hasta el día en que el periódico
trajo las fotografías de algunos de los hombres que trabajaban en el Proyecto
Mercurio.
Lo primero que llamó la
atención de William fue el hecho de que uno de ellos apareciera identificado
como Anthony Smith. Recordaba el extraño nombre que había escogido su hermano,
y recordaba el Anthony. Seguro que no podían existir dos Anthony Smith.
Luego había mirado la
fotografía en sí y encontró una cara inconfundible. Se miró en el espejo en un
repentino impulso espontáneo de comprobar su sospecha. Esa cara no podía
pertenecer a otro.
El hecho le divirtió,
aunque también le inquietó un poco, pues no ignoraba el bochorno potencial que
encerraba. Hermanos de sangre, para decirlo en los habituales términos
despectivos. Pero ¿cómo remediarlo? ¿Cómo rectificar la circunstancia de que ni
su padre ni su madre tenían imaginación?
Debió guardarse el
impreso en el bolsillo, sin pensar, cuando se disponía a salir camino del
trabajo, pues lo encontró allí a la hora del almuerzo. Volvió a mirarlo.
Anthony tenía el aire avispado. La reproducción era bastante fidedigna y los
impresos eran de una calidad increíblemente buena en aquellos tiempos.
Su compañero de mesa,
Marco Cómo-se-llamara-esa-semana, preguntó con curiosidad:
—¿Qué miras, William?
Impulsivamente, William
le alargó el impreso y dijo:
—Ése es mi hermano.
—Fue como agarrarse a un clavo ardiendo.
Marco lo examinó,
frunciendo el entrecejo, y dijo:
—¿Cuál? ¿El hombre que
está a tu lado?
—No, el hombre que es
yo. Quiero decir el hombre que se me parece. Ése es mi hermano.
Esta vez siguió una
larga pausa. Marco le devolvió el impreso y dijo con una cautelosa falta de
entonación en la voz:
—¿Hermano de los mismos
padres?
—Sí.
—De padre y también de
madre.
—Sí.
—¡Es absurdo!
—Supongo que sí
—suspiró William—. Bueno, según dice aquí, está trabajando en telemetría, allí
en Texas, y yo estoy trabajando en autística aquí. ¿Qué importancia puede tener
entonces?
William no se acordó
más del asunto y más tarde, ese mismo día, tiró el periódico. No quería que su
presente compañera de cama pudiera verlo. La chica tenía un basto sentido del
humor que cada vez fastidiaba más a William. Le alegraba bastante que ella no
tuviera ganas de tener un niño. Él, por su parte, ya había tenido uno algunos
años atrás. Esa morena bajita, Laura o Linda, uno de esos dos nombres, había
colaborado.
El asunto de Randall se
planteó bastante después de eso, al menos un año más tarde. Y si William no
había vuelto a pensar en su hermano -y no lo había hecho- con anterioridad,
desde luego no tuvo tiempo de preocuparse de ello después.
Randall tenía dieciséis
años cuando William tuvo noticia de él por primera vez. Llevaba una vida cada
vez más cerrada en sí mismo y la guardería de Kentucky donde se había criado
había decidido anularlo y naturalmente a nadie se le ocurrió comunicarlo al
Instituto para las Ciencias del Hombre de Nueva York (conocido habitualmente
con el nombre de Instituto Homológico).
William recibió su
expediente junto con los de varios otros y no encontró nada que le llamara
particularmente la atención en la descripción de Randall. Sin embargo, le
tocaba efectuar uno de sus tediosos recorridos por las guarderías empleando
medios de transporte de masas y había un candidato probable en West Virginia.
Allí fue -y quedó decepcionado hasta el punto de jurarse por quincuagésima vez
que en adelante haría esas visitas por imagen televisada-, y luego, puesto que
ya había llegado hasta allí, pensó que nada perdería probando en la guardería
de Kentucky antes de regresar a casa.
No esperaba conseguir
nada.
Sin embargo, menos de
diez minutos después de empezar a examinar la pauta genética de Randall ya
estaba llamando al Instituto para solicitar un cálculo de la computadora. Luego
se reclinó en el asiento y sintió que le cubría un ligero sudor al pensar que
sólo un impulso de último momento le había llevado hasta allí, y que sin ese
impulso Randall habría sido anulado calladamente en el plazo de una semana o
tal vez menos. Para expresarlo con todo detalle, una droga habría ido
penetrando sin dolor a través de la piel, en el torrente sanguíneo, y el chico
se habría sumido en un tranquilo sueño que se intensificaría gradualmente hasta
la muerte. La droga tenía un nombre oficial de veintitrés sílabas, pero William
la llamaba «nirvanamina», como todo el mundo.
—¿Cuál es su nombre
completo, guardiana? —preguntó William.
—Randall Nowan,
profesor —dijo la matrona de la guardería.
—¡Nadie! [2] —explotó
William. La guardiana se lo deletreó.
—Lo escogió el año
pasado.
—¿Y a usted no le llamó
la atención? ¡Es lo mismo que Nadie! ¿No se le ocurrió remitirnos el expediente
de este joven el año pasado?
—No creí que...
—comenzó a decir la guardiana, muy nerviosa.
William la hizo callar
con un gesto. ¿De qué servía? ¿Cómo podía saberlo ella? Nada en la pauta
genética podría haber servido de aviso según los habituales criterios de los
manuales. Se trataba de una sutil combinación descubierta por William y su
equipo tras veinte años de experimentar con niños autistas, y jamás había visto
realmente esa combinación en una persona viva.
¡Y faltaba tan poco
para la anulación!
Marco, que era el
hombre duro del grupo, se quejaba de que las guarderías se mostraban demasiado
deseosas de abortar antes del plazo y de anular una vez cumplido éste. Afirmaba
que debía permitirse el desarrollo de todas las pautas genéticas para así poder
efectuar una investigación inicial y que no debería ejecutarse ninguna
anulación sin consultar antes a un homólogo.
—No hay suficientes
homólogos —dijo calmadamente William.
—Al menos podríamos
hacer examinar todas las pautas genéticas por la computadora —dijo Marco.
—¿A fin de reservarnos
todo lo que podamos conseguir para nuestros propios fines?
—Para fines
homológicos, aquí o en otro lugar. Tenemos que estudiar las pautas genéticas en
acción para poder llegar a comprender adecuadamente nuestro propio fundamento,
y las pautas anormales y monstruosas son las que nos proporcionan más
información. Nuestros experimentos sobre el autismo nos han enseñado más
homología que la suma de todos los conocimientos acumulados hasta la fecha en
que iniciamos nuestros trabajos.
William, quien todavía
prefería el ritmo de la frase «la fisiología genética del hombre» en vez de
«homología», hizo un gesto negativo con la cabeza.
—De todos modos,
tenemos que obrar con cautela. ¿Qué utilidad podemos alegar en favor de
nuestros experimentos? Vivimos apenas tolerados por la sociedad, y esa
tolerancia se nos concede a regañadientes. Estamos jugando con vidas.
—Vidas inútiles, que
deberían anularse.
—Una anulación rápida y
placentera es una cosa, y otra cosa son nuestros experimentos, normalmente
prolongados y a veces inevitablemente desagradables.
—A veces les ayudamos.
—Y a veces no les
ayudamos.
En verdad era una
discusión inútil, pues no había forma de llegar a un acuerdo. En resumen, todo
giraba en torno al hecho de que había demasiado pocas anomalías interesantes al
alcance de los homólogos y que no había manera de presionar para que la humanidad
estimulase una mayor producción. Había una docena de cuestiones que siempre se
verían afectadas por el trauma de la Catástrofe, y ésa era una de ellas.
Los orígenes del
frenético impulso que se había dado a la exploración espacial podían buscarse
(y algunos sociólogos así lo hacían) en el descubrimiento, gracias a la
Catástrofe, de la fragilidad de la trama de la vida tejida sobre el planeta.
En fin, qué remedio...
Nunca se había visto
nada parecido a Randall Nowan. No desde la perspectiva de William. El lento
progreso del autismo característico de esa pauta genérica tan absolutamente
rara significaba que se poseía más información sobre Randall que sobre
cualquier paciente equivalente anterior a él. Incluso lograron captar en el
laboratorio unos últimos débiles destellos de su manera de pensar antes de que
se cerrara por completo y se retrajera finalmente tras los muros de su piel,
indiferente, inalcanzable.
Luego iniciaron el
lento proceso a través del cual Randall, sometido a estímulos artificiales por
períodos cada vez más largos de tiempo, fue revelando los mecanismos internos
de su cerebro y con ello les ofreció pistas para comprender el mecanismo interno
de todos los cerebros, tanto de los llamados normales como de los semejantes al
suyo.
Los datos que iban
reuniendo eran tan abundantes que William comenzó a pensar que su sueño de
lograr una recuperación del autismo era más que un simple sueño. Sentía una
cálida satisfacción por el hecho de haber escogido el nombre de Anti-Aut.
Y cuando estaba
prácticamente en la cumbre de la euforia nacida de sus trabajos con Randall
recibió la llamada de Dallas y comenzaron las fuertes presiones -tenían que
escoger justo ese momento- para que abandonara su trabajo y se ocupase de un
nuevo problema.
Rememorando más tarde
lo ocurrido, jamás logró saber con exactitud qué le había impulsado a acceder
finalmente a hacer una visita a Dallas. Al final, desde luego, comprendió
cuánta suerte había tenido. Pero, ¿qué le había impulsado a obrar así? ¿Tendría
tal vez, ya desde el principio, una vaga idea inconsciente de cómo podría
acabar todo? Sin duda eso era imposible.
¿Sería el recuerdo
inconsciente de ese periódico, de esa fotografía de su hermano? Imposible, sin
duda.
Pero se dejó persuadir
para hacer esa visita y no se acordó de la fotografía hasta que la unidad
energética de micro-pilas modificó el timbre de su suave zumbido y entró en
acción la unidad de gravitación para el descenso final -o al menos la
fotografía no accedió hasta entonces a la parte consciente de su memoria.
Anthony trabajaba en
Dallas y -William entonces lo recordó- en el Proyecto Mercurio. El pie de la
foto hablaba de eso. Tragó saliva y la suave sacudida le indicó que había
llegado al fin del viaje. La situación prometía ser incómoda.
3
Anthony esperaba en la
zona de recepción para dar la bienvenida al experto recién llegado. No estaba
solo, naturalmente. Formaba parte de una considerable delegación -cuyo número
de integrantes era un indicio más bien sombrío de la desesperación a que se
habían visto reducidos- y ocupaba uno de los lugares menos importantes. Su
presencia se debía sólo a que la sugerencia inicial había salido de él.
Esa idea le provocaba
una ligera pero continua sensación de malestar. Se había introducido en el
escalafón. Había recibido considerables muestras de aprobación por ello, pero
siempre todos habían insistido imperceptiblemente en que la sugerencia era suya;
y si resultaba un fracaso, todos se retirarían de la línea de fuego y le
dejarían en el punto cero.
Más tarde, hubo
momentos en que meditó sobre la posibilidad de que el vago recuerdo de un
hermano dedicado a la homología le hubiera sugerido esa idea. Era una
posibilidad, pero no tenía que haber sido forzosamente así. La sugerencia era
tan sensatamente inevitable, en realidad, que sin duda se le habría ocurrido la
misma idea aunque su hermano hubiera sido algo tan inocuo como un escritor de
ficción, o aunque no hubiera tenido ningún hermano propio.
El problema eran los
planetas interiores...
Se había colonizado la
Luna y Marte. Se había logrado llegar a los asteroides más grandes y a los
satélites de Júpiter, y estaba en proyecto un viaje pilotado a Titano, el gran
satélite de Saturno, a través de una rotación acelerada en torno a Júpiter. Sin embargo, en un momento en que
incluso se hacían planes para mandar a un grupo de hombres en un viaje de siete
años, ida y vuelta, hasta los confines exteriores del sistema solar, aún no
existía la menor posibilidad de que algún hombre pudiera acercarse a los
planetas interiores, por temor al Sol.
Venus mismo era el
menos atractivo de los dos mundos situados dentro de la órbita de la Tierra.
Mercurio, en cambio...
Anthony aún no se había
incorporado al equipo cuando Dmitri Large [3] (en realidad era bastante bajo)
había pronunciado esa disertación que impresionó al Congreso Mundial en la
medida suficiente para hacerle conceder los fondos que harían posible el Proyecto
Mercurio.
Anthony había escuchado
las cintas, y había oído la exposición de Dmitri. Existía una firme tradición
que afirmaba que ésta había sido extemporánea, y tal vez lo fuera, pero estaba
perfectamente construida y contenía, en esencia, todas y cada una de las líneas
de actuación seguidas por el Proyecto Mercurio a partir de entonces.
Y lo más importante fue
que demostró que sería un error esperar a que la tecnología hubiera avanzado
hasta el punto, de hacer factible una expedición pilotada a través de los
rigores de la radiación solar. Mercurio representaba un medio ambiente único, capaz
de enseñarles muchas cosas, y desde la superficie de Mercurio podrían
efectuarse observaciones continuadas del Sol, imposibles de lograr de ninguna
otra manera.
Siempre y cuando fuera
posible colocar un sustituto del hombre -un robot, en suma- en el planeta.
Podía construirse un
robot con las características físicas requeridas. Los aterrizajes blandos no
ofrecían dificultad. Sin embargo, una vez hubiera aterrizado el robot, ¿qué
harían con él?
El robot podía hacer
observaciones y dirigir sus acciones en base a observaciones, pero el Proyecto
exigía que sus acciones fuesen intrincadas y sutiles, al menos en potencia, y
no sabían en absoluto qué observaciones podría hacer.
Para prever todas las
posibilidades razonables y dar cabida a toda la complejidad deseada, el robot
tendría que contener una computadora (en Dallas algunos lo llamaban «cerebro»,
pero Anthony detestaba ese hábito verbal, tal vez, se diría más tarde, porque
el cerebro era el campo de estudio de su hermano) lo suficientemente compleja y
versátil para poder ser incluida en la misma categoría que un cerebro de
mamífero.
Sin embargo, era
imposible construir nada por el estilo que fuera al mismo tiempo lo
suficientemente portátil para trasladarlo a Mercurio y depositarlo allí, o -si
se lograba trasladarlo y depositarlo- que tuviera la movilidad suficiente para
ser de alguna utilidad al tipo de robot que tenían pensado. Tal vez algún día
eso sería posible gracias a los circuitos positrónicos con los que estaban
experimentando los roboticistas, pero ese día no había llegado aún.
La alternativa era que
el robot remitiese a la Tierra cada una de sus observaciones en el momento
mismo de realizarlas, y entonces una computadora situada en la Tierra podría
dirigir cada una de sus acciones sobre la base de esas observaciones. En resumidas
cuentas, el cuerpo del robot estaría allí y su cerebro aquí.
Una vez tomada esta
decisión, los técnicos clave pasaron a ser los telemetristas y en ese momento
se incorporó Anthony al Proyecto. Pasó a formar parte del grupo de personas
ocupadas en diseñar métodos para recibir y devolver impulsos a distancias de
entre 50 y 140 millones de millas, en dirección a un disco solar, y a veces por
encima de él, capaz de interferirse de la manera más feroz con esos impulsos.
Se entregó a su trabajo
con pasión y (como finalmente pensaría) con habilidad y resultados
satisfactorios. Él, más que ningún otro, había sido el autor del diseño de las
tres estaciones conmutadoras colocadas en órbita permanente en torno a
Mercurio, los Orbitadores de Mercurio. Cada uno de ellos era capaz de enviar y
recibir impulsos de Mercurio a la Tierra y de la Tierra a Mercurio. Cada uno
era capaz de resistir las radiaciones solares de forma más o menos permanente
y, más aún, cada uno era capaz de filtrar las interferencias solares.
Tres equivalentes de
los Orbitadores fueron colocados a una distancia de poco más de un millón de
millas de la Tierra, con una órbita que alcanzaba al norte y al sur del plano
de la eclíptica, de modo que podían recibir los impulsos de Mercurio y retransmitirlos
a la Tierra -o viceversa- incluso cuando Mercurio estaba detrás del Sol y no
era accesible a la recepción directa desde ninguna estación de la superficie
terrestre.
Con lo cual sólo
faltaba el robot en sí; un maravilloso ejemplar logrado con la combinación de
las artes de los roboticistas y los telémetras. El más complejo de diez modelos
sucesivos, con un volumen ligeramente superior al doble de un hombre y cinco veces
su masa, era capaz de sentir y hacer bastante más que un hombre, a condición de
que pudiera ser dirigido.
Pero pronto
descubrieron cuan compleja tendría que ser la computadora capaz de dirigir al
robot, pues era preciso modificar cada elemento de respuesta a fin de dar
cabida a las variaciones en las posibles percepciones. Y a medida que cada
elemento de respuesta confirmaba la certeza de una mayor complejidad de la
posible variación en las percepciones, se hacía necesario reforzar y fortalecer
los primeros elementos. Era una cadena interminable, como un juego de ajedrez,
y los telemetristas comenzaron a utilizar una computadora para programar la
computadora que diseñaba el programa de la computadora que programaba a la
computadora que controlaría el robot.
Todo ello suponía una
enorme confusión.
El robot estaba en una
base en los espacios desiertos de Arizona y, por su parte, funcionaba bien.
Pero la computadora de Dallas no lograba manejarlo de manera satisfactoria; ni
siquiera bajo las condiciones perfectamente conocidas de la Tierra. ¿Cómo podría
hacerlo entonces...?
Anthony recordaba la
fecha en que había hecho la sugerencia. Había sido el siete de abril de 553. La
recordaba, entre otras cosas, porque recordaba haber pensado ese día que el
siete de abril había sido una festividad importante en la región de Dallas en
tiempos de los precatastrofales, hacía de eso medio milenio, bueno, 553 años
atrás, para ser exactos.
Fue durante la cena,
una buena cena, por cierto. La ecología de la región estaba cuidadosamente
controlada y el personal del Proyecto tenía preferencia especial a la hora de
recolectar los alimentos disponibles, de modo que los menús eran desusadamente
variados, y Anthony había decidido probar el pato asado.
El pato asado estaba
muy bueno y le hizo algo más locuaz de lo habitual. De hecho, todos estaban de
un humor bastante parlanchín y Ricardo dijo:
—Jamás lo
conseguiremos. Hablemos francamente. Jamás lo conseguiremos.
Imposible decir cuántos
habrían pensado lo mismo tantísimas veces antes, pero era norma aceptada que
nadie lo declaraba abiertamente. Un franco pesimismo podría ser el último golpe
que faltaba para que cesaran las subvenciones (cada año había sido más difícil
obtenerlas y la cosa ya duraba cinco años) y si había alguna posibilidad, la
habrían perdido.
Anthony, de costumbre
poco dado a un optimismo extraordinario, pero transformado por el pato, dijo:
—¿Por qué no hemos de
conseguirlo? Dame tus razones y te las refutaré.
Era un desafío directo,
y los ojos negros de Ricardo se empequeñecieron al instante.
—¿Quieres que te diga
por qué?
—Naturalmente.
Ricardo movió su silla
y se quedó mirando a Anthony frente a frente.
—Vamos, no es ningún
misterio —dijo—. Dmitri Large nunca lo dirá públicamente en un informe, pero tú
y yo sabemos que para llevar adelante el Proyecto Mercurio como corresponde,
necesitaríamos una computadora con la complejidad de un cerebro humano, esté
situada en Mercurio o aquí, y somos incapaces de construirla. Luego, ¿qué
podemos hacer excepto darle largas al Congreso Mundial y recibir dinero para
financiar trabajos ficticios y algún que otro asuntillo sin importancia?
Anthony esbozó una
sonrisa condescendiente y dijo:
—Eso es fácil de
refutar. Tú mismo nos has dado la respuesta.
(¿Estaba de broma?
¿Había sido la cálida sensación del pato en el estómago? ¿Un deseo de embromar
a Ricardo?... ¿O sería la influencia de algún recuerdo inconsciente de su
hermano? Más tarde no habría podido asegurarlo de ningún modo.)
—¿Qué respuesta?
—Ricardo se había levantado. Era bastante alto y desusadamente delgado y
siempre llevaba descosido el dobladillo de su bata blanca. Cruzó los brazos e
hizo aparentemente todos los esfuerzos para alzarse como un metro desplegado
por encima de Anthony, que continuaba sentado—. ¿Qué respuesta?
—Has dicho que
necesitaríamos una computadora con la complejidad de un cerebro humano. Muy
bien, de acuerdo, la construiremos.
—El caso, idiota, es
que no podemos...
—Nosotros no podemos.
Pero existen otros.
—¿Qué otros?
—La gente que trabaja
con cerebros, naturalmente. Nosotros sólo entendemos de mecánica del estado
sólido. No tenemos idea del tipo de complejidades que alberga el cerebro
humano, ni de dónde radican estas complejidades, ni de su alcance. ¿Por qué no
contratamos a un homólogo y que él se encargue de diseñar una computadora?
Y, dicho esto, Anthony
se sirvió una gran porción de relleno y lo paladeó complacido. Después de tanto
tiempo, todavía recordaba el sabor de ese relleno, aunque no podía recordar
detalladamente lo que había sucedido a continuación.
Le pareció que nadie se
lo había tomado en serio. Se oyeron risas y la reacción general fue pensar que
Anthony había logrado salir de un atolladero con un astuto sofisma, de modo que
las risas iban dirigidas contra Ricardo. (Naturalmente, después todos aseguraron
que se habían tomado la sugerencia muy en serio.)
Ricardo reaccionó
indignado, apuntó a Anthony con el dedo y dijo:
—Escribe eso. Te
desafío a que hagas esa sugerencia por escrito.
(Al menos así lo
recordaba Anthony. Posteriormente, Ricardo declaró que su comentario había
sido: «¡Buena idea! ¿Por qué no la presentas formalmente, Anthony?»)
Las cosas como fueran,
Anthony la presentó por escrito.
A Dmitri Large le gustó
la idea. En una charla privada, palmeó a Anthony en la espalda y declaró que él
también había estado especulando en esa dirección, pero no se ofreció a figurar
oficialmente como promotor de la propuesta. «Por si la cosa fracasaba», pensó
Anthony.
Dmitri Large se encargó
de buscar al homólogo adecuado. A Anthony no se le ocurrió interesarse por ese
asunto. No sabía nada de homología y no conocía a ningún homólogo -a excepción,
naturalmente, de su hermano, y no había pensado en él. Al menos no conscientemente.
De modo que allí estaba
Anthony, en la zona de recepción, relegado a un papel de comparsa, cuando se
abrió la puerta del vehículo aéreo y comenzaron a bajar varios hombres y en el
curso de los apretones de manos que todos comenzaron a intercambiar, de pronto
se encontró mirando su propia cara.
Se le encendieron las
mejillas y deseó con todas sus fuerzas poder encontrarse a mil kilómetros de
allí.
4
Más que nunca, William
deseó haberse acordado antes de su hermano. Debía de haberse acordado... Sin
duda debía de haberse acordado.
Pero la solicitud le
había halagado y pronto había comenzado a entusiasmarse. Tal vez intentó
deliberadamente no recordarlo.
Para empezar, tuvo la
satisfacción de que Dmitri Large viniera a visitarle en su propia persona. Éste
se trasladó de Dallas a Nueva York en avión y eso excitó la curiosidad de
William, cuyo vicio secreto era leer novelas de misterio. En esas novelas hombres
y mujeres viajaban con medios de transporte de masas siempre que deseaban
guardar el incógnito. A fin de cuentas, los transportes electrónicos eran del
dominio público, al menos en las novelas, donde todos los rayos del tipo que
fuesen estaban invariablemente intervenidos.
William lo comentó en
una especie de morbosa tentativa de hacer una broma, pero Dmitri no pareció
haberle oído. Tenía la mirada fija en la cara de William y sus pensamientos
parecían estar en otra parte.
—Lo siento —dijo al
fin—. Me recuerda a otra persona.
(Y aun así William no había caído en la
cuenta. ¿Cómo era posible?, tendría ocasión de preguntarse luego.)
Dmitri Large era un
hombre bajo y rechoncho que parecía perpetuamente alegre incluso cuando
declaraba estar preocupado o molesto. Tenía una nariz redonda y bulbosa, los
pómulos salientes y todo él era blando. Pronunció su apellido con un cierto
énfasis y añadió con una rapidez que le hizo suponer a William que decía lo
mismo con frecuencia:
—La talla no es lo
único que puede ser grande, amigo mío [4].
William puso numerosas
objeciones a lo largo de la conversación que siguió a ello. No sabía nada sobre
computadoras. ¡Nada! No tenía la más ligera idea de cómo funcionaban o cómo se
programaban.
—No importa, no importa
—dijo Dmitri, descartando ese detalle con un expresivo gesto de la mano—.
Nosotros entendemos de computadoras; nosotros estableceremos los programas.
Usted sólo debe decirnos lo que debemos hacerle hacer a una computadora para
que funcione como un cerebro y no como una computadora.
—No estoy seguro de
saber lo suficiente sobre los mecanismos del cerebro humano para poderle decir
eso, Dmitri —dijo William.
—Usted es el mejor
homólogo del mundo —dijo Dmitri—. Lo he comprobado detenidamente.
Y eso puso fin a la
discusión.
William le escuchaba
cada vez más preocupado. Suponía que era inevitable. Bastaba que una persona
estuviera lo bastante sumergida en una especialidad durante un período
suficientemente prolongado de tiempo para que comenzase a suponer que los
especialistas en todos los otros campos eran brujos, juzgando la amplitud de la
sabiduría de aquellos por la profundidad de su propia ignorancia... Y mientras
iban pasando las horas, William llegó a enterarse de muchas más cosas sobre el
Proyecto Mercurio de las que en ese momento creía querer saber.
—¿Por qué usar una
computadora, entonces? —dijo al fin—. ¿Por qué no se encarga uno de sus propios
hombres, o un relevo de ellos, de recibir el material del robot y remitirle las
instrucciones?
—Oh, oh, oh —exclamó
Dmitri y casi saltó de la silla en sus ansias de explicárselo—. Verá, usted no
comprende. Los hombres son demasiado lentos para poder analizar rápidamente
todo el material que irá remitiendo el robot: temperaturas y presiones de los gases
y flujos de rayos cósmicos e intensidades de los vientos solares y
composiciones químicas y texturas del suelo y muy posiblemente al menos tres
docenas más de datos, e intentar decidir luego cuál debe ser el próximo paso.
Un ser humano se limitaría a dirigir el robot, y de manera poco eficaz; una
computadora sería el robot.
»Y además, por otra
parte —siguió diciendo—, los hombres también son demasiado rápidos. Cualquier
tipo de radiaciones tardan entre diez y veintidós minutos para hacer el
recorrido de ida y vuelta entre Mercurio y la Tierra, según en qué punto de su
órbita se encuentre cada uno de ellos. Nada podemos hacer para remediarlo. Uno
recibe una observación, da una orden, pero entre el momento de efectuar la
observación y el momento de recibir la respuesta han ocurrido muchas cosas. Los
hombres no pueden adaptarse a la lentitud de la velocidad de la luz, una
computadora, en cambio, puede tener en cuenta este factor... Venga a ayudarnos,
William.
—Ciertamente puede
venir a consultarme siempre que considere que pueda serle útil en algo
—respondió William en tono sombrío—. Mi canal privado de televisión está a su
disposición.
—No busco un simple
asesoramiento. Tiene que venir conmigo.
—¿En un medio de
transporte de masas? —dijo William, horrorizado.
—Sí, naturalmente. Es
imposible llevar a cabo un proyecto como éste con dos personas sentadas en los
extremos opuestos de un rayo láser y con un satélite de comunicaciones en
medio. A la larga, resultaría demasiado caro, demasiado incómodo, y desde luego,
se pierde toda posibilidad de secreto...
Era como una novela de
misterio, decidió William.
—Venga a Dallas —dijo
Dmitri— y le enseñaré lo que tenemos allí. Permítame mostrarle nuestras
instalaciones. Charle con algunos de nuestros especialistas en computadoras.
Permítales beneficiarse de su manera de pensar.
Había llegado el
momento de mostrarse firme, pensó William.
—Dmitri —dijo—, ya
tengo mi propio trabajo aquí. Un trabajo importante que no deseo abandonar.
Para hacer lo que usted me pide tendría que permanecer varios meses alejado de
mi propio laboratorio.
—¡Meses! —dijo Dmitri,
claramente sorprendido—. Mi querido William, podrían ser muy bien años. Pero no
dudo que ése será su trabajo.
—No, no lo será. Sé
cuál es mi trabajo, y dirigir un robot en Mercurio no forma parte de él.
—¿Por qué no? Si lo
hace bien, aprenderá más sobre el cerebro por el simple hecho de intentar que
una computadora funcione como si lo fuera, y luego acabará regresando aquí,
mejor equipado para hacer lo que ahora considera su trabajo. ¿Y no tiene
colaboradores que puedan continuar trabajando mientras usted esté fuera? ¿Y no
puede mantenerse en constante contacto con ellos por rayos láser y por
televisión? ¿Y no puede visitar Nueva York de vez en cuando? Por breves
períodos.
William se ablandó. La
idea de trabajar en el cerebro desde otra perspectiva había dado en el blanco.
A partir de ese momento, se encontró buscando excusas para poder ir -al menos
de visita- al menos para ver cómo era todo... Siempre podría volver.
Luego llevó a Dmitri a
visitar las ruinas del viejo Nueva York, que aquél admiró con ingenuo
entusiasmo (pero lo cierto era que no había espectáculo más magnífico, como
muestra del inútil gigantismo de los precatastrofales, que el viejo Nueva
York). William comenzó a preguntarse si el viaje tal vez no le ofrecería
también la oportunidad de admirar algunos monumentos a su vez.
Incluso comenzó a
pensar que ya llevaba un tiempo considerando la posibilidad de buscarse una
nueva compañera de cama y que sería más cómodo buscarla en otra zona
geográfica, donde no tuviera que residir de manera permanente. O sería que
incluso entonces, cuando aún lo ignoraba todo, excepto los más rudimentarios
datos, acerca de lo que se necesitaba, ya había percibido, como el destello de
un distante relámpago, las posibilidades que se le ofrecían.
De modo que finalmente
fue a Dallas, y descendió sobre el tejado, y allí, con el rostro radiante, le
esperaba nuevamente Dmitri. Entonces el hombrecito concentró la mirada, dio
media vuelta y dijo:
—Lo sabía... ¡Qué
parecido más extraordinario!
William abrió mucho los
ojos y frente a él, intentando escabullirse visiblemente, descubrió los
suficientes elementos de su propia cara para tener la inmediata certeza de que
el que estaba delante suyo era Anthony.
Pudo leer fácilmente en
la cara de Anthony su ferviente deseo de enterrar la relación. William no
hubiera tenido más que decir: «¡Realmente extraordinario!», y dejar pasar el
comentario. Al fin y al cabo, las pautas genéticas de la humanidad eran lo
suficientemente complejas para que pudiera darse cualquier grado razonable de
parecido, aun sin existir ninguna relación de parentesco.
Pero, naturalmente,
William era un homólogo y nadie puede dedicarse a explorar los secretos del
cerebro humano sin adquirir una insensibilidad frente a sus peculiaridades,
conque dijo:
—Sin duda éste debe de
ser Anthony, mi hermano.
—¿Su hermano? —preguntó
Dmitri.
—Mi padre tuvo dos
varones con la misma mujer: mi madre. Eran personas excéntricas —explicó
William.
Luego avanzó un paso,
con la mano extendida, y Anthony no tuvo más remedio que estrechársela... El
incidente fue el tema de todas las conversaciones, el único tema, durante
varios días.
5
Para Anthony no fue un
gran consuelo que William se quedara bastante compungido cuando comprendió lo
que había hecho.
Esa noche se sentaron a
charlar después de cenar y William dijo:
—Debo excusarme. Me
pareció que la mejor manera de enterrar el asunto sería declarar en seguida lo
peor. Pero no parece haber sido así. No he firmado ningún papel, no he
contraído ningún compromiso formal. Me marcharé.
—¿De qué serviría?
—dijo Anthony sin el menor amago de cortesía—. Todo el mundo lo sabe ya. Dos
cuerpos y una cara. Como para vomitar.
—Si me marcho...
—No puedes marcharte.
Todo este asunto ha sido idea mía.
—¿Traerme a mí, aquí?
—William arqueó las espesas cejas tanto como pudo y sus pestañas se levantaron.
—No, claro que no.
Traer a un homólogo. ¿Cómo iba a saber que te mandarían a ti?
—Pero si me marcho...
—No. Lo único que
podemos hacer ahora es resolver el problema, suponiendo que sea posible.
Luego... ya no tendrá importancia.
«A los que triunfan se
les perdona todo», pensó.
—No sé si sabré...
—Tendremos que
intentarlo. Dmitri nos obligará a hacerlo. Es una oportunidad demasiado buena.
Sois dos hermanos —dijo Anthony, imitando la voz de tenor de Dmitri— y os
entendéis. ¿Por qué no trabajar juntos? —Luego continuó enfadado, con su propia
voz—: Así que tendremos que hacerlo. Para empezar, ¿en qué consiste tu trabajo,
William? Quiero decir, más concretamente de lo que es capaz de expresar la
palabra «homología» en sí.
William suspiró.
—Bueno, acepta mis
excusas, por favor... Trabajo con niños autistas.
—Temo no saber lo que
eso significa.
—Sin entrar en una
larga disertación, me ocupo de niños que no tienen contacto con el mundo, que
no se comunican con los demás, sino que se hunden en sí mismos y viven tras una
muralla de piel, inaccesibles en cierto modo. Espero ser capaz de curar ese estado
algún día.
—¿Por eso te haces
llamar Anti-Aut?
—En realidad, sí.
Anthony soltó una breve
risita, pero la cosa no le divertía realmente.
William adoptó un aire
un poco frío.
—Es un nombre sincero.
—No lo dudo —murmuró
precipitadamente Anthony, y no fue capaz de disculparse de un modo más
específico. Con un esfuerzo, logró volver al tema: —¿Y has logrado algún
progreso?
—¿Hacia la curación?
No, no de momento. Pero he avanzado en la comprensión de ese estado. Y cuanto
mejor lo comprenda...
A medida que William
iba hablando, su voz se fue haciendo más cálida y su mirada más distante.
Anthony reconoció el verdadero significado de ese cambio: era efecto de la
satisfacción de hablar de lo que uno lleva en el corazón y en la mente,
desplazando prácticamente a todo lo demás. También él sentía lo mismo con
bastante frecuencia.
Escuchó todo lo
atentamente que pudo, aunque se trataba de algo que en realidad no comprendía,
pues eso era lo que debía hacer. Él también hubiera esperado otro tanto de
William.
¡Con qué nitidez lo
recordaba todo! En aquel momento había creído que no lo recordaría pero
entonces, naturalmente, no era consciente de lo que estaba sucediendo. Al
rememorarlo, con la perspectiva de todo lo ocurrido, se encontraba recordando
frases enteras, prácticamente palabra por palabra.
—Y pensamos —dijo
William— que no se trataba de que el niño autista no recibiera las impresiones,
ni tan sólo de que no las interpretara con la suficiente elaboración. Lo que
ocurría, más bien, era que las desaprobaba y las rechazaba, sin perder por eso la
potencialidad de comunicarse plenamente en el supuesto de que se lograra
descubrir alguna impresión capaz de suscitar su aprobación.
—Ah —dijo Anthony,
articulando un leve sonido, lo justo para indicar que le escuchaba.
—Y tampoco es posible
persuadirle de que abandone su autismo por ninguno de los medios corrientes,
pues nos desaprueba tanto como al resto del mundo. Pero si le ponemos en
arresto consciente...
—¿En qué?
—Es una técnica que
poseemos, en virtud de la cual el cerebro se disocia efectivamente del cuerpo y
puede ejecutar sus funciones independientemente del cuerpo. Es una técnica
bastante sofisticada que hemos desarrollado en nuestro propio laboratorio; en realidad...
—Hizo una pausa.
—¿Tú mismo la
inventaste? —preguntó amablemente Anthony.
—En realidad, sí —dijo
William, ruborizándose un poco, pero evidentemente complacido—. En estado de
arresto consciente podemos suministrar al cuerpo fantasías especialmente
programadas y observar el cerebro por medio de electroencefalogramas
diferenciales. Al mismo tiempo que aprendemos más sobre el individuo autista y
sobre el tipo de impresiones sensoriales que responden mejor a sus deseos;
también ampliamos nuestros conocimientos acerca del cerebro en general.
—Ah —dijo Anthony, y
esta vez fue una verdadera exclamación—. Y todo eso que has aprendido sobre los
cerebros, ¿no podrías adaptarlo al mecanismo de una computadora?
—No —dijo William—.
Imposible. Ya se lo expliqué a Dmitri. No entiendo nada de computadoras y
tampoco sé lo suficiente sobre cerebros.
—Y si yo te enseñara el
funcionamiento de las computadoras y te explicara detalladamente lo que
necesitamos, ¿qué dirías?
—No puede ser. Yo...
—Hermano —dijo Anthony,
y trató de darle un tono solemne a la palabra—. Estás en deuda conmigo. Por
favor, intenta pensar seriamente en nuestro problema. Lo que sepas sobre el
cerebro..., adáptalo a nuestras computadoras, por favor.
William se agitó
incómodo en su silla y dijo:
—Comprendo tu punto de
vista. Lo intentaré. Lo intentaré seriamente.
6
William lo había
intentado, y como había vaticinado Anthony, les habían dejado trabajar a solas
los dos. Al principio, se topaban de vez en cuando con otras personas y William
intentó recurrir al efecto sorpresa del hecho de anunciar que eran hermanos, puesto
que de nada les hubiera servido negarlo. Pero, al fin, todo eso se acabó y se
acordó que no se producirían interferencias. Cuando William se acercaba a
hablarle a Anthony, o Anthony se acercaba a hablarle a William, todas las demás
personas casualmente presentes en ese momento se esfumaban silenciosamente
detrás de las paredes.
Incluso comenzaron a
habituarse en cierto modo a su mutua compañía y a veces los dos charlaban casi
como si no existiera absolutamente ningún parecido entre ellos y no tuvieran
ningún recuerdo común de su infancia.
Anthony expuso los
requisitos de la computadora en un lenguaje lo menos técnico posible y, después
de pensárselo mucho, William le explicó de qué manera le parecía que una
computadora podría cumplir, aproximadamente, las funciones de un cerebro.
—¿Sería posible
lograrlo? —preguntó Anthony.
—No lo sé —dijo
William—. Y no tengo muchas ganas de probarlo. Puede que no funcione. Pero
también puede que sí.
—Tendremos que hablar
con Dmitri Large.
—Discutámoslo nosotros
primero y veamos cuál es la situación. Podemos ir a verle y exponerle la
propuesta más razonable que logremos concebir. O bien, podemos no decirle nada.
Anthony titubeó:
—¿Iremos a verle los
dos? —preguntó.
—Tú serás mi portavoz
—tuvo la delicadeza de decir William—. Nada nos obliga a presentarnos juntos en
público.
—Gracias, William. Si
la cosa resulta, reconoceré toda la parte de mérito que te corresponda.
—Eso no me preocupa
—dijo William—. Si la cosa resulta, yo seré el único capaz de hacer que marche,
supongo.
Lo examinaron todo en
el curso de cuatro o cinco reuniones, y si Anthony no hubiera sido pariente
suyo y de no haber existido esa molesta situación emocional entre los dos,
William se hubiera sentido orgulloso del joven hermano, sin más complicaciones,
por la rapidez con que había logrado asimilar una materia ajena a su
especialidad.
Luego siguieron largas
entrevistas con Dmitri Large. De hecho, hubo entrevistas con todo el mundo.
Anthony pasó un sinfín de días hablando con ellos, y luego se entrevistaron por
separado con William. Y, al fin, tras una agotadora gestación, quedó autorizado
lo que acabarían bautizando como Computadora Mercurio.
William regresó
entonces a Nueva York, no sin un cierto alivio. No tenía intención de
permanecer en Nueva York (¿hubiera podido creerlo posible dos meses atrás?),
pero debía resolver muchas cosas en el Instituto Homológico.
Lógicamente, tendría
que celebrar nuevas entrevistas, para explicar la situación a su propio equipo
de laboratorio y las razones que le obligaban a solicitar la excedencia y cómo
debían llevar adelante sus propios proyectos en su ausencia. Luego siguió una
llegada mucho más elaborada a Dallas con el equipo esencial y dos jóvenes
ayudantes, para una estancia de duración ilimitada.
Y William ni siquiera
volvió la mirada atrás, hablando en sentido figurado. Su propio laboratorio y
las necesidades del mismo se habían desvanecido de sus pensamientos. Se había
entregado por completo a su nueva tarea.
7
Ésa fue la peor época
para Anthony. El alivio que supuso la ausencia de William no había sido muy
profundo y pronto surgió en él la nerviosa agonía de preguntarse si tal vez,
esperanza contra esperanza, aquél finalmente no regresaría. ¿Podría enviar tal vez
un sustituto, otra persona, cualquier otra? ¿Cualquier persona con una cara
distinta, que no hiciera sentirse a Anthony como la mitad de un monstruo con
dos cuerpos y cuatro piernas?
Pero vino William.
Anthony había observado el avión de carga aproximándose silenciosamente a
través del cielo, había seguido la operación de descarga a una cierta distancia
de donde él se encontraba. Pero incluso desde allí, finalmente distinguió la
figura de William.
Las cartas estaban
echadas. Anthony se marchó.
Esa tarde fue a ver a
Dmitri.
—Seguro que no es
necesario que yo siga aquí, Dmitri. Ya hemos examinado los detalles y otro
puede ocupar mi lugar.
—No, no —dijo Dmitri—.
La idea inicial fue tuya. Tienes que quedarte hasta el final. No tiene sentido
repartir innecesariamente los méritos.
Anthony pensó que
ningún otro quería correr el riesgo. Aún cabía la posibilidad de que todo
fracasara. Debió de haberlo imaginado.
Lo había imaginado,
pero dijo sin inmutarse:
—Comprenderás que no
puedo trabajar con William.
—Pero, ¿por qué no?
—Dmitri fingió sorpresa—. Han colaborado tan bien juntos...
—Mis tripas han tenido
que hacer un gran esfuerzo para no reventar, Dmitri, y ya no resisten más.
¿Crees que no me doy cuenta del efecto que causamos?
—¡Mi buen amigo! Le da
demasiada importancia a ese asunto. Claro que los hombres los miran. Son
humanos, al fin y al cabo. Pero ya se acostumbrarán. Yo me he acostumbrado.
«No es verdad, gordo
embustero», pensó Anthony.
—Yo no me he
acostumbrado —dijo.
—No enfocas bien la
cuestión. Sus padres eran raros... pero, a fin de cuentas, lo que hicieron no
era ilegal, sólo un poco raro, sólo un poco raro. No tienes la culpa, ni
William tampoco. Ninguno de los dos tiene nada que ver con eso.
—Llevamos el estigma
—dijo Anthony señalándose la cara con la mano arqueada en un rápido gesto.
—No es un estigma tan
grave como te parece. Yo veo diferencias. Tienes el aire claramente más joven.
Tus cabellos son más ondulados. El parecido sólo llama la atención a primera
vista. Vamos, Anthony, dispondrán de todo el tiempo que quieran, de toda la ayuda
que necesiten, de todo el equipo que puedan utilizar. Estoy seguro de que todo
saldrá estupendamente, Piensa en la satisfacción...
Anthony comenzó a
ceder, como es lógico, y finalmente aceptó ayudar a William a montar el equipo.
William también parecía tener la certeza de que todo saldría estupendamente. No
tan alocadamente como Dmitri, sino con una especie de serenidad.
—Sólo es cuestión de
lograr las conexiones adecuadas —dijo—, aunque debo reconocer que es un «sólo»
de bastante envergadura. Tú te encargarás de proyectar las impresiones
sensoriales sobre una pantalla separada para que podamos ejercer..., bueno, no
puedo decir control manual, ¿verdad?, para que podamos ejercer un control
intelectual que nos permita dominarlo, si es necesario.
—Puedo hacerlo —dijo
Anthony.
—Entonces, manos a la
obra... Mira, necesitaré al menos una semana para organizar las conexiones y
asegurarme de que las instrucciones...
—Para la programación
—dijo Anthony.
—Bueno, éste es tu
terreno, así que utilizaré tu terminología. Mis ayudantes y yo programaremos la
Computadora Mercurio, pero no a tu manera.
—Así lo espero.
Confiamos en que un homólogo sea capaz de establecer un programa mucho más
sutil que cualquiera al alcance de un simple telemetrista.
No intentó ocultar la
ironía contra sí mismo que encerraban sus palabras.
William prefirió pasar
por alto el tono y aceptó las palabras.
—Empezaremos por algo
sencillo —dijo—. Haremos caminar al robot.
8
Una semana después, el
robot comenzó a andar en Arizona, a mil millas de distancia. Caminaba muy
rígido, a veces se caía, de vez en cuando su tobillo chocaba contra un
obstáculo, y otras veces giraba sobre un pie y echaba a andar en una nueva
dirección inesperada.
—Es un bebé que aprende
a andar —dijo William. Dmitri venía de vez en cuando para enterarse de los
progresos logrados.
—Es extraordinario
—solía decir.
Anthony no era de la
misma opinión. Pasaron semanas, luego meses. El robot había empezado a hacer
progresivamente más y más cosas, a medida que aumentaba la complejidad de la
programación de la Computadora Mercurio. (William tenía tendencia a hablar de la
Computadora Mercurio como si ésta fuera un cerebro, pero Anthony no se lo
toleraba.)
Y todo lo que el robot
iba haciendo no resultaba demasiado satisfactorio.
—Los resultados no son
demasiado satisfactorios, William —dijo al fin Anthony. No había dormido en
toda la noche.
—Es curioso —dijo
fríamente William—, yo iba a decirte que creo que ya casi lo hemos logrado.
Anthony conservó la
compostura con dificultad. La tensión de tener que trabajar con William y de
presenciar las torpes evoluciones del robot era más de lo que podía soportar.
—Voy a pedir la baja,
William. Todo este trabajo. Lo siento... No es por ti.
—Pero sí que lo es,
Anthony.
—No es sólo por ti,
William. Hemos fracasado. Jamás lo conseguiremos. Ya has visto con qué torpeza
se mueve el robot, a pesar de estar en la Tierra, sólo a mil millas de aquí, y
de que la señal sólo tarda una minúscula fracción de segundo en ir y volver. En
Mercurio, le llegará con minutos de retraso, minutos que deberá tener en cuenta
la Computadora Mercurio. Es una locura creer que funcionará.
—No abandones, Anthony
—dijo William—. No puedes pedir la baja ahora. Te sugiero que enviemos el robot
a Mercurio. Estoy convencido de que ya está en condiciones de hacer el viaje.
Anthony soltó una
carcajada ruidosa e insultante.
—Estás loco, William.
—No lo estoy. Tú
pareces creer que todo será más difícil en Mercurio, pero no será así. Es más
difícil en la Tierra. Este robot ha sido diseñado para una gravedad que es un
tercio de la gravedad normal de la Tierra y está trabajando en Arizona en plena
gravedad. Está diseñado para soportar temperaturas de cuatrocientos grados
centígrados y se encuentra a treinta grados centígrados. Ha sido pensado para
que funcione en el vacío y está trabajando sumergido en una sopa atmosférica.
—El robot puede
soportar la diferencia.
—La estructura metálica
puede, supongo, pero ¿y la Computadora que tenemos aquí? No trabaja bien con un
robot que no está en el medio para el que ha sido diseñado... Mira, Anthony, si
quieres una computadora con la complejidad de un cerebro, debes aceptar que
tenga ciertas peculiaridades... Te propongo una cosa, hagamos un trato. Si tú
presionas conmigo, para conseguir que envíen el robot a Mercurio, ello
requerirá un plazo de seis meses, y yo me tomaré un permiso sabático durante
ese período. Te librarás de mí.
—¿Y quién se ocupará de
la Computadora Mercurio?
—Ahora ya conoces su
funcionamiento, y mis dos hombres estarán aquí para ayudarte.
Anthony movió
negativamente la cabeza con gesto desafiante.
—No puedo hacerme
responsable de la computadora y no quiero cargar con la responsabilidad de
sugerir que se envíe el robot a Mercurio. No resultará.
—Estoy seguro de que
todo saldrá bien.
—No puedes estar
seguro. Y el responsable soy yo. Yo cargaré con las culpas. A ti te es
indiferente que fracasemos.
Anthony recordaría más
tarde ese momento como el más crucial. William podría haberle dejado pasar ese
comentario. Anthony habría abandonado. Y todo se habría perdido.
Pero William dijo:
—¿Que me es
indiferente? Mira, papá tenía ese capricho por mamá. De acuerdo. Yo también lo
siento. Lo siento tanto como el que más, pero ya está hecho, y ello ha tenido
un curioso resultado. Cuando hablo de papá, me estoy refiriendo también a tu
padre, y muchos pares de personas que pueden decir otro tanto: dos hermanos,
dos hermanas, un hermano y una hermana. Y cuando hablo de mamá, me estoy
refiriendo a tu madre, y también hay montones de parejas que pueden decir lo
mismo. Pero no conozco a ningún otro par de personas, ni he oído hablar de otra
pareja, que comparta a los dos, al padre y la madre.
—Ya lo sé —dijo Anthony
con expresión ceñuda.
—Sí, pero míralo desde
mi punto de vista —se apresuró a decir William—. Yo soy homólogo. Trabajo con
pautas genéticas. ¿Has pensado alguna vez en nuestras pautas genéticas? Ambos
tenemos progenitores comunes, lo cual significa que nuestras pautas genéticas
se asemejan más que cualquier otro par de este planeta. Nuestras mismas caras
lo demuestran.
—También lo sé.
—De modo que si este
proyecto tuviera éxito, y tú te hicieras famoso gracias a él, ello significaría
que tu pauta genética habría resultado sumamente útil para la humanidad, y otro
tanto podría decirse también en muy gran medida de mi pauta genética... ¿No lo
comprendes, Anthony? Tengo los mismos padres que tú, tu misma cara, tu misma
pauta genética, y por tanto también compartiré tu gloria o tu fracaso. Serán
míos tanto como tuyos, y si yo recibo cualquier crédito o cualquier acusación,
serán casi tan tuyos como míos, también. Tu éxito tiene que interesarme. Tengo
un motivo para que así sea que no puede tener ninguna otra persona en la Tierra
-un motivo totalmente egoísta, tan egoísta que no deberías dudar de su
existencia. Estoy contigo, Anthony, ¡porque tú casi eres yo!
Se quedaron mirando un
largo rato, y por primera vez Anthony fue capaz de hacerlo sin prestar atención
a la cara que compartía.
Bueno —dijo William—,
vamos a pedirles que envíen ese robot a Mercurio.
Y Anthony cedió. Y
cuando Dmitri hubo aceptado la petición -al fin y al cabo, la estaba
esperando-, Anthony pasó buena tarde del día sumido en profunda reflexión.
Después fue en busca de
William y le dijo:
—¡Escúchame!
Siguió una larga pausa
que William no rompió.
Anthony volvió a
repetir:
—¡Escúchame!
William esperó
pacientemente.
—En realidad —dijo
Anthony—, no tienes por qué marcharte. Estoy seguro de que no te gustará dejar
la Computadora Mercurio en manos de ninguna otra persona.
—¿Quieres decir que te
marcharás tú? —preguntó William.
—No, yo también me
quedaré.
—No tendremos que
vernos demasiado.
Para Anthony, todo este
diálogo había sido como tener que hablar con un par de manos apretadas sobre su
garganta. La presión pareció aumentar, pero consiguió pronunciar la declaración
más dura de todas.
—No es preciso que nos
evitemos. No tenemos por qué hacerlo.
William sonrió,
bastante indeciso. Anthony no sonrió en absoluto; se marchó a toda prisa.
9
William levantó la
vista de su libro. Hacía al menos un mes que había dejado de sentir una vaga
sorpresa cada vez que entraba Anthony.
—¿Ocurre algo?
—preguntó.
—¿Cómo saberlo? Van a
efectuar el aterrizaje suave. ¿Está en marcha la Computadora Mercurio?
William sabía que
Anthony conocía perfectamente la situación de la Computadora, pero dijo:
—Mañana por la mañana,
Anthony.
—¿Algún problema?
—Absolutamente ninguno.
—Entonces tendremos que
esperar a que haya concluido el aterrizaje.
—Sí.
—Algo saldrá mal
—afirmó Anthony.
—Seguro que esto es pan
comido para los especialistas en cohetes. No pasará nada.
—Tanto trabajo
perdido...
—Aún no está perdido. Y
no se perderá.
—Tal vez tengas razón
—convino Anthony. Hundió las manos en los bolsillos y se alejó. Se detuvo junto
a la puerta, justo antes de apretar el botón—: ¡Gracias!
—¿Por qué, Anthony?
—Por... tranquilizarme.
William sonrió
astutamente y comprobó aliviado que no había dejado traslucir sus emociones.
10
Prácticamente todo el
personal del Proyecto Mercurio estaba allí para presenciar el momento crucial.
Anthony, que no tenía nada que hacer, permaneció muy atrás, con la vista fija
en los monitores. Habían activado al robot y comenzaban a llegar mensajes visuales.
Al menos, los mensajes
se traducían en su equivalente visual y, de momento, sólo mostraban un débil
destello luminoso que, seguramente, debía de ser la superficie de Mercurio.
Unas sombras cruzaron
rápidamente por la pantalla, probablemente irregularidades de esa superficie.
Anthony no hubiera podido decirlo a simple vista, pero los que estaban situados
junto a los controles y analizaban los datos con métodos más sutiles que aquellos
al alcance de un ojo desnudo, parecían tranquilos. No se había encendido
ninguna de las lucecitas rojas que habrían indicado una emergencia. Anthony
prestaba más atención a los observadores clave que a la pantalla.
Debería estar allí
abajo con William y los demás, junto a la computadora. Ésta no entraría en
funcionamiento hasta después de finalizar el aterrizaje suave. Debería estar
allí. Pero no podía estar.
Las sombras comenzaron
a cruzar la pantalla a mayor velocidad. El robot estaba descendiendo.
¿Demasiado rápido? ¡Sin duda, demasiado rápido!
Finalmente la imagen se
hizo borrosa, luego quedó fijada, hubo un cambio de enfoque, la imagen borrosa
se oscureció y seguidamente se hizo más pálida. Se oyó un sonido;
transcurrieron varios segundos antes de que Anthony lograra comprender lo que
significaba aquel sonido: «¡Aterrizaje suave cumplido! ¡Aterrizaje suave
cumplido!»
Luego se levantó un
murmullo, que pronto se convirtió en un excitado zumbido de felicitaciones,
hasta que hubo un nuevo cambio en la pantalla y el sonido de las palabras y las
risas humanas se apagó como si hubieran chocado contra un muro de silencio.
Pues la imagen de la
pantalla había cambiado y se había hecho nítida. Bajo la brillante luz del sol,
cegadora a través de la pantalla cuidadosamente filtrada, se vislumbraba con
claridad un montón de rocas, blanco encendido de un lado, negro tinta del otro.
Las piedras se desplazaron hacia la derecha, luego otra vez hacia la izquierda,
como si un par de ojos mirasen a uno y otro lado. En la pantalla apareció una
mano metálica, como si los ojos estuvieran examinando una parte de su mismo
cuerpo.
Por fin se oyó la voz
de Anthony anunciando:
—Computadora en acción.
Escuchó las palabras
como si las hubiera gritado otro, salió precipitadamente de la habitación y
echó a correr escaleras abajo a lo largo de un pasillo, mientras oía crecer el
rumor de las voces a sus espaldas.
—William —exclamó
después de irrumpir en la sala de la Computadora—, es perfecto, es...
Pero William había
levantado la mano.
—Silencio, por favor.
No quiero que capte ninguna sensación violenta excepto las que le transmite el
robot.
—¿Quieres decir que
puede oírnos? —susurró Anthony.
—Tal vez no, pero no
estoy seguro.
En la sala de la
Computadora Mercurio había otra pantalla, más pequeña. La escena que allí se
veía era distinta y cambiante; el robot se estaba moviendo.
—El robot está
tanteando el terreno —explicó William—. Estos pasos tienen que ser forzosamente
inseguros. Hay un retraso de siete minutos entre el estímulo y la respuesta y
debemos tener en cuenta ese margen.
—Pero ya camina con pie
más seguro que en ninguna de las tentativas en Arizona. ¿No crees, William? ¿No
crees?
Anthony había agarrado
el hombro de William y lo estaba sacudiendo, sin apartar ni un momento la vista
de la pantalla.
—Estoy seguro de que
así es, Anthony —respondió William.
El sol ardía sobre un
cálido y contrastado mundo, en blanco y negro, el sol blanco contra el cielo
negro y el blanco terreno ondulado moteado de sombras negras. El brillante olor
dulce del sol sobre cada centímetro cuadrado de metal expuesto a él en contraste
con la penetrante ausencia de olor en la otra cara.
Levantó la mano y la
miró; contó los dedos. Caliente-caliente-caliente, girando cada dedo,
colocándolos, uno a uno, bajo la sombra de los demás y el color que iba
muriendo lentamente en un cambio de tacto que le hizo sentir el limpio y cómodo
vacío.
Pero no totalmente
vacío. Estiró los dos brazos y los levantó sobre su cabeza, alargándolos, y los
puntos sensibles de cada muñeca palparon los vapores, el tenue, débil contacto
del estaño y el plomo deslizándose a través de la barrera de mercurio.
El sabor más denso le
subía desde los pies; todo tipo de silicatos, marcados por el claro contacto de
lo unido y lo separado y el tañido de cada ion metálico. Movió lentamente un
pie a través del crujiente polvo apelmazado, y percibió las variaciones como
una suave sinfonía, de composición no completamente casual.
Y sobre todo ello el
sol. Levantó la mirada hacia él, grande, lleno, brillante y caliente, y oyó su
satisfacción. Contempló la lenta aparición de prominencias en torno a su
reborde y escuchó el sonido crujiente de cada una de ellas; y los demás alegres
ruidos que cubrían la ancha cara. Si atenuaba la luz de fondo, el rojo de las
hebras de hidrógeno al levantarse destacaba en estallidos de jugoso contralto,
y el profundo bajo de las manchas entre el apagado silbido de fáculas
deshilachadas, móviles y el fino lamento ocasional de un destello, el ping-pong
de los rayos gamma y las partículas cósmicas al tictaquear, y sobre todo ello,
en todas direcciones, el suave, vacilante y siempre renovado suspiro de la
sustancia del sol alzándose y retrayéndose eternamente en un viento cósmico que
llegaba hasta él y le bañaba de gloria.
Saltó, y se alzó
lentamente en el aire con una libertad que nunca había sentido, y cuando tocó
tierra volvió a saltar, y corrió, y saltó, y volvió a correr, con un cuerpo que
respondía perfectamente a ese mundo glorioso, ese paraíso en que ahora se encontraba.
Como un extraño, por
tanto tiempo y tan perdido... por fin en el paraíso.
—No pasa nada —dijo
William.
—Pero ¿qué hace?
—exclamó Anthony.
—No pasa nada. La
programación funciona. Ha pasado revista a sus sentidos. Ha realizado las
diversas observaciones visuales. Ha atenuado la luz del sol y lo ha examinado.
Ha analizado la atmósfera y la naturaleza química del suelo. Todo marcha bien.
—Pero ¿por qué corre?
—Yo diría que eso ha
sido idea suya, Anthony. Si quieres programar una computadora con la
complejidad de un cerebro, tienes que contar con la posibilidad de que se le
ocurran ideas propias.
—¿Correr? ¿Saltar?
—Anthony miró a William con expresión preocupada—. Se hará daño. Tú puedes
manipular la computadora. Imponte. Haz que se detenga.
—No —replicó William
con decisión—. No haré tal cosa. Correré el riesgo de que se haga daño. ¿No lo
comprendes? Está contento. Se encontraba en la Tierra, un mundo para el que
nunca estuvo equipado. Ahora está en Mercurio, con un cuerpo perfectamente adaptado
a su medio, tan perfectamente adaptado como pudieron hacerlo un centenar de
especialistas. Es el paraíso para él; deja que lo disfrute.
—¿Que disfrute? Es un
robot.
—No estoy hablando del
robot. Me refiero al cerebro, el cerebro, que está vivo aquí.
La Computadora
Mercurio, rodeada de vidrio, cuidadosa y delicadamente conectada a los cables,
con su integridad muy sutilmente preservada, respiraba y vivía.
—Randall está en el
paraíso —dijo William—. Ha encontrado el mundo por el cual huyó autísticamente
de éste. A cambio del mundo al que su viejo cuerpo no se adaptaba en absoluto,
ahora tiene un mundo en el que encaja perfectamente su nuevo cuerpo.
Anthony contempló la
pantalla maravillado.
—Parece que se está
calmando.
—Naturalmente —dijo
William—, y su alegría le ayudará a desempeñar aún mejor su trabajo. Anthony
sonrió y dijo:
—¿Entonces, lo hemos
conseguido, tú y yo? ¿Vamos a reunimos con los demás y a dejarnos llenar de
lisonjas, William?
—¿Juntos? —dijo
William.
Y Anthony le cogió del
brazo.
—¡Juntos, hermano!
Versos luminosos
La última persona en
quien se podía pensar como asesina, la señora Alvis Lardner. Viuda del gran
astronauta mártir, era filántropa, coleccionista de arte, anfitriona
extraordinaria y, en lo que todo el mundo estaba de acuerdo, un genio. Pero,
sobre todo, era el ser humano más dulce y bueno que pudiera imaginarse.
Su marido, William J.
Lardner, murió, como todos sabemos, por los efectos de la radiación de una
bengala solar, después de haber permanecido deliberadamente en el espacio para
que una nave de pasajeros llegara sana y salva a la Estación Espacial 5.
La señora Lardner
recibió por ello una pensión generosa que supo invertir bien y prudentemente.
Había pasado ya la juventud y era muy rica.
Su casa era un
verdadero museo. Contenía una pequeña pero extremadamente selecta colección de
objetos extraordinariamente bellos. Había conseguido muestras de una docena de
culturas diferentes: objetos tachonados de joyas hechos para servir a la
aristocracia de esas culturas. Poseía uno de los primeros relojes de pulsera
con pedrería fabricados en Norteamérica, una daga incrustada de piedras
preciosas procedente de Camboya, un par de gafas italianas con pedrería, y así
sucesivamente.
Todo estaba expuesto
para ser contemplado. Nada estaba asegurado y no había medidas especiales de
seguridad. No era necesario ningún convencionalismo, porque la señora Lardner
tenía un gran número de robots a su servicio y se podía confiar en todos para guardar
hasta el último objeto con imperturbable concentración, irreprochable honradez
e irrevocable eficacia.
Todo el mundo conocía
la existencia de esos robots y nunca se supo de algún intento de robo.
Además, estaban sus
esculturas de luz. De qué modo la señora Lardner había descubierto su propio
genio en este arte, ningún invitado a ninguna de sus generosas recepciones
podía adivinarlo. Sin embargo, en cada ocasión en que su casa se abría a los
invitados, una nueva sinfonía de luz brillaba por todas las estancias, curvas
tridimensionales y sólidos en colores mezclados, puros o fundidos en efectos
cristalinos que bañaban a los invitados en una pura maravilla, consiguiendo
siempre ajustarse de tal modo que volvían el cabello de la señora Lardner de un
blanco azulado y dejaban su rostro sin arrugas y dulcemente bello.
Los invitados acudían
más que nada por sus esculturas de luz. Nunca se repetían dos veces seguidas y
nunca dejaban de explorar nuevas y experimentales muestras de arte. Mucha gente
que podía permitirse el lujo de tener máquinas de luz, preparaba esculturas
como diversión, pero nadie podía acercarse a la experta perfección de la señora
Lardner. Ni siquiera aquellos que se consideraban artistas profesionales.
Ella misma se mostraba
encantadoramente modesta al respecto:
—No, no —solía
protestar cuando alguien hacía comparaciones líricas—. Yo no lo llamaría
«poesía de luz». Es excesivo. Como mucho diría que son simples «versos
luminosos».
Y todo el mundo sonreía
a su dulce ingenio.
Aunque se lo solían
pedir, nunca quiso crear esculturas de luz para nadie, sólo para sus propias
recepciones.
—Sería comercializarlo
—se excusaba.
No oponía ninguna
objeción, no obstante, a la preparación de complicados hologramas de sus
esculturas para que quedaran permanentemente y se reprodujeran en museos de
todo el mundo. Tampoco cobraba nunca por ningún uso que pudiera hacerse de sus
esculturas de luz.
—No podría pedir ni un
penique —dijo extendiendo los brazos—. Es gratis para todos. Al fin y al cabo,
ya no voy a utilizarlas más.
Y era cierto. Nunca
utilizaba la misma escultura de luz dos veces seguidas.
Cuando se tomaron los
hologramas, fue la imagen viva de la cooperación, vigilando amablemente cada
paso, siempre dispuesta a ordenar a sus criados robots que ayudaran.
—Por favor, Courtney
—solía decirles—, ¿quieres ser tan amable y preparar la escalera?
Era su modo de
comportarse. Siempre se dirigía a sus robots con la mayor cortesía.
Una vez, hacía años,
casi le llamó al orden un funcionario del Departamento de U.S. Robots y Hombres
Mecánicos.
—No puede hacerlo así
—le dijo severamente—, interfiere su eficacia. Están construidos para obedecer
órdenes, y cuando más claramente dé esas órdenes, con mayor eficiencia las
obedecerán. Cuando se dirige a ellos con elaborada cortesía, es difícil que comprendan
que se les está dando una orden. Reaccionan más despacio.
La señora Lardner alzó
su aristocrática cabeza.
—No les pido rapidez y
eficiencia —dijo—, sino buena voluntad. Mis robots me aman.
El funcionario del
Gobierno pudo haberle explicado que los robots no pueden amar, sin embargo se
quedó mudo bajo su mirada dulce pero dolida.
Era notorio que la señora
Lardner jamás devolvió algún robot a la fábrica para reajustarlo. Sus cerebros
positrónicos son tremendamente complejos y una de cada diez veces el ajuste no
es perfecto al abandonar la fábrica. A veces, el error no se descubre hasta
mucho tiempo después, pero cuando ocurre, «U.S. Robots y Hombres Mecánicos,
Inc.», realiza gratis el ajuste.
La señora Lardner movió
la cabeza y explicó:
—Una vez que un robot
entra en mi casa y cumple con sus obligaciones, hay que tolerarle cualquier
excentricidad menor. No quiero que se les manipule.
Lo peor era tratar de
explicarle que un robot no era más que una máquina. Se volvía envarada:
—Nada que sea tan
inteligente como un robot, puede ser considerado como una máquina. Les trato
como a personas.
Y ahí quedó la cosa.
Mantuvo incluso a Max,
que era prácticamente un inútil. A duras penas entendía lo que se esperaba de
él. Pero la señora Lardner lo solía negar insistentemente y aseguraba con
firmeza:
—Nada de eso. Puede
recoger los abrigos y sombreros y guardarlos realmente bien. Puede sostener
objetos para mí. Puede hacer mil cosas.
—Pero, ¿por qué no le
manda reajustar? —preguntó una vez un amigo.
—No podría. Él es así.
Le quiero mucho, ¿sabe? Después de todo, un cerebro positrónico es tan complejo
que nunca se puede saber por dónde falla. Si le devolviéramos una perfecta
normalidad, ya no habría forma de devolverle la simpatía que tiene ahora. Me
niego a perderla.
—Pero, si está mal
ajustado —insistió el amigo, mirando nerviosamente a Max—, ¿no puede resultar
peligroso?
—Jamás. —Y la señora
Lardner se echó a reír—. Hace años que le tengo. Es completamente inofensivo y
encantador.
La verdad es que tenía
el mismo aspecto que los demás: era suave, metálico, vagamente humano, pero
inexpresivo.
Pero para la dulce
señora Lardner todos eran individuales, todos afectuosos, todos dignos de
cariño. Ése era el tipo de mujer que era.
¿Cómo pudo asesinar?
La última persona que
hubiera creído que iba a ser asesinada, era el propio John Semper Travis.
Introvertido y afectuoso, estaba en el mundo, pero no pertenecía a él. Tenía
aquel peculiar don matemático que hacía posible que su mente tejiera la
complicada tapicería de la infinita variedad de sendas positrónicas de la mente
de un robot.
Era ingeniero jefe de
«U.S. Robots y Hombres Mecánicos, Inc.», un admirador entusiasta de la
escultura de luz. Había escrito un libro sobre el tema, tratando de demostrar
que el tipo de matemáticas empleadas en tejer las sendas cerebrales
positrónicas podían modificarse para servir como guía en la producción de
esculturas de luz.
Sus intentos para poner
la teoría en práctica habían sido un doloroso fracaso. Las esculturas que logró
producir siguiendo sus principios matemáticos fueron pesadas, mecánicas y nada
interesantes.
Era el único motivo
para sentirse desgraciado en su vida tranquila, introvertida y segura, pero
para él era un motivo más que suficiente para sufrir. Sabía que sus teorías
eran ciertas, pero no podía ponerlas en práctica. Si no era capaz de producir
una gran pieza de escultura de luz...
Naturalmente, estaba
enterado de las esculturas de luz de la señora Lardner. Se la tenía
universalmente por un genio. Travis sabía que ella no podía comprender ni el
más simple aspecto de la matemática robótica. Había estado en correspondencia
con ella, pero se negaba insistentemente a explicarle su método y él llegó a
preguntarse si tendría alguno. ¿No sería simple intuición? Pero incluso la
intuición puede reducirse a matemáticas. Finalmente consiguió recibir una
invitación a una de sus fiestas. Sencillamente, tenía que verla.
El señor Travis llegó
bastante tarde. Había hecho un último intento por conseguir una escultura de
luz y había fracasado en forma lamentable.
Saludó a la señora
Lardner con una especie de respeto desconcertado y dijo:
—Muy peculiar el robot
que recogió mi abrigo y mi sombrero.
—Es Max —respondió la
señora Lardner.
—Está totalmente
desajustado y es un modelo muy antiguo. ¿Por qué no lo ha devuelto a la
fábrica?
—Oh, no. Sería mucha
molestia.
—En absoluto, señora
Lardner. Le sorprendería lo fácil que ha sido. Como trabajo en «U.S. Robots»,
me he tomado la libertad de ajustárselo yo mismo. No tardé nada y encontrará
que ahora funciona perfectamente.
Un extraño cambio se
reflejó en el rostro de la señora Lardner. Por primera vez en su vida plácida
la furia encontró un lugar en su rostro, era como si sus facciones no supieran
cómo disponerse.
—¿Le ha ajustado?
—gritó—. Pero si era él quien creaba mis esculturas de luz. Era su desajuste,
su desajuste que nunca podrá devolverle el que..., que...
El rostro de Travis
también estaba desencajado; murmuró:
—Quiere decir que si
hubiera estudiado sus sendas cerebrales positrónicas con su desajuste único,
hubiera podido aprender...
Se echó sobre él, con
la daga levantada, demasiado de prisa para que nadie pudiera detenerla, y él ni
siquiera trató de esquivarla. Alguien comentó que no la había esquivado... Como
si quisiera morir...
Segregacionista
El cirujano miró a su
interlocutor sin expresión en el rostro.
—¿Está preparado?
—Decir preparado es muy
relativo —contestó el médico ingeniero—. Nosotros estamos preparados. Él está
nervioso.
—Siempre lo están...
Bien, se trata de una operación delicada.
—Delicada o no, debería
estar agradecido. Ha sido escogido entre un gran número de pacientes y,
francamente, no creo...
—No digas eso —le
interrumpió el cirujano—. No nos corresponde a nosotros tomar la decisión.
—La estamos aceptando.
¿Pero acaso estamos de acuerdo?
—Si —contestó el
cirujano en tono crispado—. Estamos de acuerdo. Completa e incondicionalmente.
Toda la operación es demasiado compleja para abordarla con reservas mentales.
Este hombre ha demostrado su mérito de muchas formas y su perfil es idóneo para
el Departamento de Mortalidad.
—Está bien —concedió el
médico ingeniero, pero sin calmarse.
—Creo que lo veré aquí
mismo —dijo el cirujano—. Es un lugar lo bastante pequeño y personal como para
que no resulte violento.
—No servirá de nada.
Está nervioso y ya ha tomado una decisión.
—¿Ah, sí?
—Sí. Quiere metal;
siempre quieren metal. —El rostro del cirujano no cambió de expresión. Se miró
las manos—. A veces se les puede hacer cambiar de opinión.
—¿Por qué preocuparse?
—dijo el médico ingeniero con indiferencia—. Si quiere metal, pues que sea
metal.
—¿No te importa?
—¿Por qué debía
importarme? —dijo el médico ingeniero casi con brutalidad—. En ambos casos se
trata de un problema de ingeniería médica y yo soy médico ingeniero. En ambos
casos, puedo llevarlo a cabo. ¿Por qué debería pararme en otras
consideraciones?
—Para mí, es una cuestión
de oportunidad.
—¡Oportunidad! No
puedes utilizar esto como argumento. ¿Qué le importa al paciente si es oportuno
o no?
—A mí me importa.
—Estás dentro de una
minoría. La tendencia está contra ti. No tienes posibilidad alguna.
—Tengo que intentarlo.
—El cirujano, con un rápido gesto de la mano donde no había impaciencia, sino
sólo prisa, indicó al médico ingeniero que guardase silencio. Ya había puesto
al corriente a la enfermera y le había indicado cómo actuar. Apretó un botoncito
y la puerta de doble batiente se abrió al instante. Entró el paciente en una
silla de ruedas con motor y la enfermera lo hizo caminando con paso rápido
junto a él.
—Puede marcharse,
enfermera, pero espere fuera. La llamaré —dijo el cirujano, para luego hacer un
gesto al médico ingeniero, que salió junto a la enfermera y la puerta se cerró
detrás de ellos.
El hombre de la silla
de ruedas volvió la cabeza para verlos marchar. Su cuello era delgadísimo y
había unas finas arrugas alrededor de sus ojos. Estaba recién afeitado y los
dedos de sus manos, aferradas firmemente a los brazos de la silla, mostraban unas
uñas objeto de una reciente manicura. Se trataba de un paciente de alta
prioridad y se le estaba atendiendo con sumo cuidado. Pero en su rostro había
una expresión de clara impaciencia.
—¿Vamos a empezar hoy?
—preguntó.
El cirujano asintió.
—Esta tarde, senador.
—Si he comprendido
bien, harán falta semanas.
—No para la operación
en sí, senador. Pero hay que ocuparse de una serie de puntos secundarios. Deben
llevarse a cabo algunas renovaciones circulatorias y ajustes hormonales. Son
cosas delicadas.
—¿Son peligrosas?
—Luego, como si considerase que era necesario establecer una relación amistosa,
pero evidentemente contra su voluntad, añadió—: ¿doctor?
El cirujano no prestó
atención a los matices de la entonación.
—Todo es muy peligroso
—contestó este último de forma terminante—. No nos hemos precipitado a fin de
que sea menos peligroso. El momento es el adecuado, se ha unificado la
capacidad de muchas personas, el equipo, que hace que este tipo de operaciones
esté al alcance de muy pocos...
—Lo sé —interrumpió el
paciente con impaciencia—. Me niego a sentirme culpable por ello. ¿O está usted
insinuando que hay presiones poco ortodoxas?
—En absoluto, senador.
Las decisiones del Departamento jamás han sido cuestionadas. Si pongo de
manifiesto la dificultad y complejidad de la operación es únicamente para
explicar mi deseo de llevarla a cabo de la mejor forma posible.
—Bien, pues adelante
entonces. Yo comparto su deseo.
—En ese caso, debo
pedirle que tome una decisión. Podemos colocarle uno de los dos tipos de
corazones cibernéticos, de metal o...
—¡Plástico! —dijo el
paciente en tono irritado—. ¿No es ésta la alternativa que iba a proponerme,
doctor? Plástico barato. No lo quiero. Lo tengo decidido. Lo quiero de metal.
—Pero...
—Escuche, me han dicho
que la decisión depende de mí ¿Es así o no?
El cirujano hizo un
gesto de asentimiento con la cabeza.
—Cuando, desde un punto
de vista médico, existen dos procesos alternativos de igual valor, la elección
depende del paciente. En la práctica, la elección depende del paciente aun
cuando los procesos alternativos no tengan el mismo valor, como en este caso.
El paciente entornó los
ojos.
—¿Está intentando
decirme que el corazón de plástico es mejor?
—Depende del paciente.
En mi opinión, en su caso particular, así es. Y preferimos no utilizar el
término plástico. Se trata de un corazón cibernético de fibra.
—A mis efectos es
plástico.
—Senador —empezó a
decir el cirujano con infinita paciencia—, el material no es plástico en el
sentido normal de la palabra. Se trata de un material polimérico, cierto, pero
un material que es mucho más complejo que el plástico corriente. Es una
compleja fibra parecida a la proteína diseñada para imitar, al máximo, la
estructura natural del corazón humano que tiene ahora dentro de su pecho.
—Exactamente, y el
corazón humano que llevo ahora dentro de mi pecho se ha desgastado a pesar de
que todavía no tengo sesenta años. No quiero otro como éste, gracias. Quiero
algo mejor.
—Todos queremos algo
mejor para usted, senador. El corazón cibernético de fibra es mejor. Tiene una
vida potencial de siglos. Es completamente no alergénico...
—¿No es así en el caso
del corazón metálico?
—Si, en efecto —aceptó
el cirujano—. El corazón cibernético metálico es de una aleación de titanio
que...
—¿Y no se deteriora? ¿Y
es más fuerte que el plástico? ¿O que la fibra o como lo quiera llamar?
—Sí, el metal es
físicamente más fuerte, pero el punto en cuestión no es la fuerza mecánica.
Puesto que el corazón está bien protegido, no se verá usted particularmente
beneficiado por su fuerza mecánica. Cualquier cosa susceptible de alcanzar el
corazón lo matará por otras razones, incluso si el corazón no se ve afectado.
El paciente se encogió
de hombros.
—Si un día me rompo una
costilla, me la remplazarán por una de titanio. Es fácil remplazar huesos. Está
al alcance de cualquiera. Será de metal como yo quiero, doctor.
—Está en su derecho de
tomar esta decisión, sin embargo, creo que es mi deber decirle que si bien
nunca se ha deteriorado un corazón cibernético metálico por razones mecánicas,
si se ha estropeado alguno por motivos electrónicos.
—¿Eso qué significa?
—Significa que todos
los corazones cibernéticos contienen un marcapasos como parte de su estructura.
En el caso de la variedad metálica, se trata de un artefacto electrónico que
mantiene el ritmo del corazón cibernético. Significa que, para alterar el ritmo
cardíaco y que éste se adapte al estado emocional y físico del individuo, se
debe incluir toda una serie de equipo en miniatura. De vez en cuando, algo
falla allí y hay gente que ha muerto antes de que el fallo hubiese podido ser
corregido.
—Nunca había oído
hablar de esto.
—Le aseguro que pasa.
—¿Me está diciendo que
pasa a menudo?
—En absoluto. Sucede
muy raramente.
—Bien, en ese caso,
acepto el riesgo. ¿Y qué me dice del corazón de plástico? ¿Acaso no contiene
marcapasos?
—Por supuesto, senador.
Pero la estructura química del corazón cibernético de fibra es mucho más
parecida al tejido humano. Puede responder a los controles iónicos y hormonales
del propio cuerpo. El conjunto que hay que introducir es mucho más simple que
en el caso del corazón cibernético metálico.
—¿Y el corazón de
plástico nunca se descontrola hormonalmente?
—Hasta el momento,
ninguno lo ha hecho.
—Porque no han
trabajado con ellos el tiempo suficiente. ¿No es así?
El cirujano titubeó.
—Es cierto que los
corazones cibernéticos de fibra no se utilizan desde hace tanto tiempo como los
metálicos —dijo al cabo de un momento.
—Vaya, vaya... ¿Qué
pasa, doctor? ¿Tiene usted miedo de que me convierta en un robot... en un
Metalo, como los llaman desde que se ha aceptado su ciudadanía?
—No pasa nada malo con
los Metalos, como tales Metalos. Como usted muy bien ha dicho, son ciudadanos.
Pero usted no es un Metalo. Usted es un ser humano. ¿Por qué no seguir siendo
un ser humano?
—Porque yo quiero lo
mejor y lo mejor es un corazón de metal. Haga usted lo necesario para que sea
así.
El cirujano asintió con
un gesto de la cabeza.
—Muy bien. Le pedirán
que firme los permisos necesarios y a continuación procederemos a colocarle un
corazón de metal.
—¿Y será usted quien
realice la operación? Me han dicho que es usted el mejor.
—Haré todo lo que esté
en mi mano para que la operación sea un éxito.
Se abrió la puerta y el
paciente salió en su silla de ruedas. Fuera lo estaba esperando la enfermera.
Entró el médico
ingeniero y se quedó mirando al paciente por encima del hombro hasta que la
puerta se cerró de nuevo. Luego se volvió al cirujano.
—Cuéntame, pues no
puedo adivinar lo que ha pasado sólo con mirarte. ¿Qué ha decidido?
El cirujano se inclinó
sobre su escritorio y se puso a taladrar los últimos documentos para
archivarlos.
—Lo que tú habías
predicho. Insiste en que le pongamos un corazón cibernético de metal.
—Al fin y al cabo, son
mejores.
—No estoy tan de
acuerdo contigo. Lo único que ocurre es que hace mas tiempo que lo utilizamos.
Es una manía que se ha apoderado de la Humanidad desde que los Metalos se han
convertido en ciudadanos. La gente tiene un extraño deseo de parecerse a los
Metalos. Suspira por la fuerza física y la resistencia que se les atribuye.
—No se trata de algo
unilateral. Tú no trabajas con Metalos, pero yo sí y por eso lo sé. Los dos
últimos que han acudido a mí para ser reparados me han pedido elementos de
fibra.
—¿Y tú has accedido?
—En uno de los casos,
pues se trataba sólo de cambiar unos tendones y no hay mucha diferencia en que
éstos sean de metal o de fibra. El otro quería un sistema sanguíneo o su
equivalente. Le dije que no podía hacerlo porque para ello habría que convertir
completamente la estructura de su cuerpo en material de fibra. Supongo que
algún día se llegará a eso, a hacer Metalos que no sean realmente Metalos, sino
una especie de seres de carne y hueso.
—¿Y no te inquieta esta
idea?
—¿Por qué no puede
llegarse a ello? Y también seres humanos metalizados. En estos momentos tenemos
en la Tierra dos variedades de inteligencias, pero por qué tener dos. Dejemos
que se acerquen la una a la otra, al final no seremos capaces de ver la diferencia.
¿Por qué íbamos a querer que se notase la diferencia? Tendríamos lo mejor de
los dos mundos, las ventajas del hombre combinadas con las del robot.
—Obtendríamos un
híbrido —dijo el cirujano en un tono que rayaba en la cólera—. Tendríamos algo
que no sería ambos, sino nada. ¿No es lógico pensar que el individuo está
demasiado orgulloso de su estructura y de su identidad como para querer que
algo extraño las adultere? ¿Querría semejante mestizaje?
—Esta conversación se
está convirtiendo en una discusión segregacionista.
—¡Pues que así sea!
—dijo el cirujano con un énfasis lleno de calma—. Yo creo en ser lo que uno es.
Yo no cambiaría ni una pizca de mi estructura por nada en el mundo. Si fuese
completamente necesario cambiar algo de la mía, lo haría, pero siempre que la
naturaleza de este cambio se aproximase al máximo al original. Yo soy yo, estoy
contento de serlo y no me gustaría ser otra cosa.
Ahora había terminado
su tarea y tenía que prepararse para la operación. Metió sus fuertes manos en
la estufa y dejó que la incandescencia que las esterilizaría completamente las
envolviese. A pesar de sus palabras cargadas de pasión, no había levantado la
voz en ningún momento y en su bruñido rostro de metal no había aparecido (como
siempre) expresión alguna.
Robbie
—Noventa y ocho...
noventa y nueve... ¡cien! —Gloria retiró su mórbido antebrazo de delante de los
ojos y permaneció un momento parpadeando al sol. Después, tratando de mirar en
todas direcciones a la vez, avanzó cautelosamente algunos pasos, apartándose
del árbol contra el que se apoyaba.
Estiró el cuello,
estudiando las posibilidades de unos matorrales que había a la derecha y se
alejó unos pasos para tener mejor punto de vista
La calma era absoluta,
a excepción del zumbido de los insectos y el gorjear de algún pájaro que
afrontaba el sol de mediodía.
—Apostaría a que se ha
metido en casa, y le he dicho mil veces que esto no es leal —se quejó.
Avanzando los labios
con un mohín y arrugando el entrecejo, se dirigió decididamente hacia el
edificio de dos pisos del otro lado del camino.
Demasiado tarde oyó un
crujido detrás de ella, seguido del claro "clump-clump" de los pies
metálicos de Robbie. Se volvió rápidamente para ver a su triunfante compañero
salir de su escondrijo y echó a correr hacia el árbol a toda velocidad. Gloria
chilló, desalentada.
—¡Espera, Robbie! ¡Esto
no es leal, Robbie! ¡Prometiste no salir hasta que te hubiese encontrado! —Sus
diminutos pies no podían seguir las gigantescas zancadas de Robbie. Entonces, a
tres metros de la meta, el paso de Robbie se redujo a un mero arrastrarse y
Gloria, haciendo un esfuerzo final por alcanzarlo, echó a correr jadeante y
llegó a tocar la corteza del árbol la primera.
Orgullosa, se volvió
hacia el leal Robbie y con la más baja ingratitud, le recompensó su sacrificio
mofándose de su incapacidad para correr.
—¡Robbie no puede
correr! —gritaba con toda la fuerza de su voz de ocho años—. ¡Lo gano cada día!
¡Lo gano cada día! —cantaban las palabras con un ritmo infantil.
Robbie no contestó,
desde luego... con palabras. Echó a correr, esquivando a Gloria cuando la niña
estaba a punto de alcanzarlo, obligándola a describir círculos que iban
estrechándose, con los brazos extendidos azotando el aire.
—¡Robbie... estate
quieto! —gritaba. Y su risa salía estridente, acompañando las palabras.
Hasta que Robbie se
volvió súbitamente y la agarró, haciéndole dar vueltas en el aire, de manera
que durante un momento para ella el universo fue un vacío azulado y los verdes
árboles que se elevaban del suelo hacia la bóveda celeste. Y después se encontró
de nuevo sobre la hierba, al lado de la pierna de Robbie y agarrada todavía a
un duro dedo de metal.
Al poco rato recobró la
respiración. Trató inútilmente de arreglar su alborotado cabello con un gesto
de vaga imitación de su madre y miró si su vestido se había desgarrado.
Golpeó con la mano la
espalda de Robbie.
—¡Mal muchacho! ¡Malo,
malo! ¡Te pegaré!
Y Robbie se inclinaba,
cubriéndose el rostro con las manos, de manera que ella tuvo que añadir:
—¡No, no, Robbie! ¡No
te pegaré! Pero ahora me toca a mí esconderme, porque tienes las piernas más
largas y me prometiste no correr hasta que te encontrase.
Robbie asintió con la
cabeza -pequeño paralelepípedo de bordes y ángulos redondeados, sujeto a otro
paralelepípedo más grande, que servía de torso, por medio de un corto cuello
flexible- y obedientemente se puso de cara al árbol. Una delgada película de metal
bajó sobre sus ojos relucientes y del interior de su cuerpo salió un acompasado
tic-tac.
—Y ahora no mires, ni
te saltes ningún número —le advirtió Gloria, mientras corría a esconderse.
Con invariable
regularidad fueron transcurriendo los segundos, y al llegar a cien se
levantaron los párpados y los ojos colorados de Robbie inspeccionaron los
alrededores. Al instante se fijaron en un trozo de tela de color que salía de
detrás de una roca. Avanzó algunos pasos y se convenció de que era Gloria.
Lentamente,
manteniéndose entre Gloria y el árbol-meta, avanzó hacia el escondrijo, y,
cuando Gloria estuvo plenamente a la vista y no pudo dudar de haber sido
descubierta, tendió un brazo hacia ella, y se golpeó con el otro la pierna,
produciendo un ruido metálico. Gloria salió, contrariada.
—¡Has mirado! —exclamó
con neta deslealtad—. Además, estoy cansada de jugar al escondite. Quiero que
me lleves a paseo.
Pero Robbie estaba
ofendido de la injusta acusación, y, sentándose cautelosamente, movió la cabeza
contrariado de un lado a otro.
Gloria cambió de tono,
adoptando una gentil zalamería.
—Vamos, Robbie, no lo
he dicho en serio, que mirases. Llévame a paseo.
Pero Robbie no era tan
fácil de conquistar. Miró fijamente al cielo y siguió moviendo negativamente la
cabeza, obstinado.
—¡Por favor, Robbie,
llévame a paseo! —Rodeó su cuello con sus rosados brazos y estrechó su presa.
Después cambiando repentinamente de humor, se apartó de él—. Si no me das un
paseo, voy a llorar. —Y su rostro hizo una mueca, dispuesta a cumplir su amenaza.
El endurecido Robbie no
hizo caso de la terrible posibilidad, y siguió moviendo la cabeza por tercera
vez.
Gloria consideró
necesario jugar su última carta.
—Si no me llevas
—exclamó amenazadora— no te contaré más historias. ¡Ni una más!
Ante este ultimátum,
Robbie se rindió sin condiciones y movió afirmativamente la cabeza, haciendo
resonar su cuello de metal. Levantó cuidadosamente a la chiquilla y la sentó en
sus anchos hombros.
Las amenazadoras
lágrimas de Gloria se secaron en el acto y se echó a reír con deleite. La piel
metálica de Robbie, mantenida a una temperatura constante gracias a las
resistencias interiores, era suave y agradable, y el ruido metálico que ella
producía al golpear el cuerpo con sus tacones daba mayor encanto a la
situación.
—Eres un caza del aire,
Robbie, eres un gran caza de plata del aire. Tiende los brazos. ¡Tienes que
tenderlos, Robbie, si quieres ser un caza del aire!
Ante aquella lógica
irrefutable los brazos de Robbie se convirtieron en alas, que cogían las
corrientes de aire, y fue un caza aéreo.
Gloria se agarraba a la
cabeza del robot, inclinándose hacia la derecha. Entonces dotó a la nave de un
motor que hacía "Brrrr", y de armas que producían sonidos
onomatopéyicos de disparos. Daba caza a los piratas y las baterías de la nave
entraban en acción.
—¡Hemos matado a otro!
¡Dos más!... —gritaba—. ¡Más aprisa, hombre! ¡Nos quedamos sin municiones!
Apuntaba por encima de
su hombro con indomable valor, y Robbie era una achatada nave del espacio que
zumbaba a través de la bóveda celeste con la máxima aceleración.
Cruzó corriendo el
campo hacia la alta hierba, y se detuvo con una rapidez que arrancó un grito a
su sonrojada amazona y la dejó caer suavemente sobre la blanda alfombra verde.
Gloria se reía y jadeaba, lanzando intermitentes exclamaciones.
—¡Oh, qué bueno!...
Robbie esperó a que
recobrase la respiración y entonces le tiró suavemente de un mechón de pelo.
—¿Quieres algo? —dijo
Gloria con una expresión de inocencia en los ojos, que no consiguió engañar ni
por un instante a su voluminosa "niñera". Robbie le tiró del pelo con
más fuerza.
—¡Ah, ya sé!... Quieres
una historia.
Robbie asintió
rápidamente.
—¿Cuál?
Robbie describió un
semicírculo en el aire con un dedo.
—¿"Otra vez"?
—protestó la chiquilla—. Te he explicado la Cenicienta un millón de veces. ¿No
estás cansado de ella? ¡Es para niños! Bien, bien —añadió, viendo a Robbie
describir otro semicírculo.
Gloria reflexionó,
evocó en su memoria el recuerdo del cuento (con sus modificaciones propias, que
eran varias) y empezó:
—¿Estás a punto? Bien,
pues había una vez una bella muchacha que se llamaba Ella. Y tenía una cruel
madrastra y dos hermanastras muy feas y muy malas y...
Gloria había llegado al
momento crítico del cuento: "Daba medianoche en el reloj y sus andrajos se
convertían..."; y Robbie escuchaba atentamente, con los ojos ardientes,
cuando vino la interrupción.
—¡Gloria!
Era la voz aguda de una
mujer que había llamado no una, sino varias veces; y tenía el tono nervioso de
aquel a quien la ansiedad convierte en impaciencia.
—Mamá me llama —dijo
Gloria, contrariada—. Será mejor que me lleves a casa, Robbie.
Robbie obedeció
apresuradamente, porque sabía que más valía cumplir las órdenes de Mrs. Weston
sin la menor vacilación. El padre de Gloria estaba raramente en casa durante el
día, a excepción de los domingos -hoy, por ejemplo-, y cuando esto ocurría, se mostraba
el hombre más afable y comprensivo. La madre de Gloria, en cambio, era una
fuente de sinsabores para Robbie, que sentía siempre el deseo de alejarse de su
presencia.
Mrs. Weston los vio en
el momento en que aparecían por encima de los altos tallos de la vegetación, y
volvió a entrar en la casa a esperarlos.
—Te he llamado hasta
quedarme ronca, Gloria —dijo severamente—. ¿Dónde estabas?
—Estaba con Robbie
—balbució Gloria—. Le estaba contando la Cenicienta y he olvidado que era hora
de comer.
—Pues es una lástima
que Robbie lo haya olvidado también. —Y como si de repente recordase la
presencia del robot, se volvió rápidamente hacia él—. Puedes marcharte, Robbie.
No te necesita ya. Y no vuelvas hasta que te llame —añadió secamente.
Robbie dio la vuelta
para marcharse, pero se detuvo al oír a Gloria salir en su defensa.
—¡Espera, mamá! Tienes
que dejar que se quede: No he acabado de contarle la Cenicienta. Le he
prometido contarle la Cenicienta y no he terminado.
—¡Gloria!
—De verdad, mamá. Se
estará tan quieto que no te darás siquiera cuenta de que está aquí. Puede
sentarse en la silla del rincón, y no dirá ni una palabra...; bueno, no hará
nada, quiero decir. ¿Verdad, Robbie?
Robbie, así
interpelado, movió de arriba abajo su pesada cabeza.
—Gloria, si no dejas
esto inmediatamente, no verás a Robbie en una semana.
La chiquilla bajó los
ojos.
—Bueno..., pero la
Cenicienta es su cuento favorito y no lo había terminado... ¡Y le gusta tanto!
El robot salió de la
habitación con paso vacilante y Gloria ahogó un sollozo.
George Weston se
encontraba a gusto... Tenía la inveterada costumbre de pasar las tardes de los
domingos a gusto. Una buena digestión de la sabrosa comida; una vieja y muelle
"chaise longue" para tumbarse; un número del "Times"; las zapatillas
en los pies, el torso sin camisa...
¿Cómo podía uno no
encontrarse a gusto? No experimentó ningún placer, por lo tanto, cuando vio
entrar a su esposa. Después de diez años de matrimonio era todavía lo
suficientemente estúpido para seguir enamorado de ella, y tenía siempre mucho
gusto en verla; pero las tardes de los domingos eran sagradas y su concepto de
la verdadera comodidad era poder pasar tres o cuatro horas solo. Por
consiguiente, concentró su atención en las últimas noticias de la expedición
Lefebre-Yoshida a Marte (tenía que salir de la Base Luna y podía incluso tener
éxito) y fingió no verla.
Mrs. Weston esperó
pacientemente dos minutos, después, impaciente, dos más, y finalmente rompió el
silencio.
—George...
—¿Ejem?
—¡He dicho George!
¿Quieres dejar este periódico y mirarme?
El periódico cayó al
suelo, crujiendo, y George volvió el rostro contrariado hacia su mujer.
—¿Qué ocurre, querida?
—Ya sabes lo que
ocurre. Es Gloria y esta terrible máquina.
—¿Qué terrible máquina?
—No finjas no saber de
lo que hablo. El robot, al cual Gloria llama Robbie. No se aparta de ella ni un
instante.
—¿Y por qué quieres que
se aparte? Es su deber... Y en todo caso, no es ninguna terrible máquina. Es el
mejor robot que se puede comprar con dinero y estoy seguro de que me hace
economizar medio año de renta. Es más inteligente que muchos de mis empleados.
Hizo ademán de volver a
tomar el periódico, pero su mujer fue más rápida que él y se lo arrebató.
—Vas a escucharme,
George. No quiero ver a mi hija confiada a una máquina, por inteligente que
sea. No tiene alma y nadie sabe lo que es capaz de pensar. Una chiquilla no
está hecha para ser guardada por una "cosa" de metal.
—¿Y cuándo has tomado
esta decisión? —preguntó Mr. Weston frunciendo el ceño—. Ya lleva con Gloria
dos años y no he visto que te preocupases hasta ahora.
—Al principio era
diferente. Era una novedad, me quitó un peso de encima y era una cosa elegante.
Pero ahora, no sé... los vecinos...
—¿Y qué tienen que ver
los vecinos con esto? Mira, un robot es muchísimo más digno de confianza que
una nodriza humana. Robbie fue construido en realidad con un solo propósito:
ser el compañero de un chiquillo. Su "mentalidad" entera ha sido creada
con este propósito. Tiene forzosamente que querer y ser fiel a esta criatura.
Es una máquina, "hecha así". Es más de lo que puede decirse de los
humanos.
—Pero puede ocurrir
algo. Puede... puede —Mrs. Weston tenía unas ideas muy vagas del contenido
interior de un robot—, no sé, si algo de dentro se estropease y...
No podía decidirse a
completar su claro y espantoso pensamiento.
—Tonterías... —negó
Weston con un involuntario estremecimiento nervioso—. Es completamente
ridículo. Cuando compré a Robbie tuvimos una larga discusión acerca de la
Primera Regla Robótica. Ya sabes que un robot no puede dañar a un ser humano;
que mucho antes de que algo pudiese alterar esta Primera Regla, el robot
quedaría completamente inutilizado. Es una imposibilidad matemática. Además,
dos veces al año viene un ingeniero de la U.S. Robots a hacer una revisión
completa del mecanismo. Hay menos probabilidades de que se estropee algo en
Robbie, de que uno de nosotros se vuelva repentinamente loco; considerablemente
menos. Además, ¿cómo se lo vas a quitar a Gloria?
Hizo una nueva e
infructuosa tentativa de tomar el periódico y su mujer lo arrojó con rabia a la
habitación contigua.
—Ahí está la cosa,
George. No quiere jugar con nadie más. Hay por aquí docenas de niños y niñas
con quienes podría trabar amistad, pero no quiere. No quiere ni acercarse a
ellos, a menos que yo la obligue. Es imposible que se críe así. Querrás que sea
una niña normal, ¿verdad? Querrás que sea capaz de ocupar su sitio en la
sociedad... supongo.
—Estás luchando contra
las sombras, Grace. Imagínate que Robbie es un perro. He visto centenares de
chiquillos que querían más a su perro que a su padre.
—Un perro es diferente,
George. Tenemos que librarnos de este terrible instrumento. Puedes volverlo a
vender a la compañía. Lo he preguntado y es posible.
—¿Que lo has...
"preguntado"? Mira, Grace, escucha, no nos apartemos de la cuestión.
Vamos a conservar el robot hasta que Gloria sea mayor, y no se hable más de
este enojoso asunto.
Y con estas palabras,
salió de la habitación dando un bufido.
Dos días después, Mrs.
Weston encontró a su marido en la puerta.
—Tienes que escuchar
una cosa, George. Hay mala voluntad por el pueblo.
—¿Acerca de qué?
—preguntó Mr. Weston entrando en el cuarto de baño y ahogando la posible
respuesta con el ruido del agua.
Mrs. Weston esperó a
que cesara. Después dijo:
—Acerca de Robbie.
Weston avanzó un paso
con la toalla en la mano, el rostro colorado y colérico.
—¿Qué diablos estás
diciendo?
—La cosa se ha ido
formando y formando... He tratado de cerrar los ojos y no verlo, pero no puedo
más. Todo el pueblo considera a Robbie peligroso. No dejan acercarse aquí a los
chiquillos.
—Nosotros le confiamos
"nuestra" hija.
—La gente no razona,
ante estas cosas.
—¡Pues que se vayan al
diablo!
—Decir esto no resuelve
el problema. Yo tengo que comprar allí. Tengo que ver a los vecinos cada día. Y
estos días es peor cuando se habla de robots. Nueva York acaba de dictar la
orden prohibiendo que los robots salgan a la calle entre la puesta y la salida
del sol.
—Muy bien, pero no
pueden impedirnos tener un robot en nuestra casa, Grace. Esto es una de tus
campañas. La conozco. Pero la respuesta es la misma. ¡No! Seguiremos teniendo a
Robbie.
Y no obstante, quería a su mujer; y, lo que
era peor aún, su mujer lo sabía. George Weston, al fin y al cabo, no era más
que un hombre, ¡el pobre!, y su mujer echaba mano de todos los artilugios que
el sexo más torpe y escrupuloso ha aprendido, con razón e inútilmente, a temer.
Diez veces durante la
semana que siguió, tuvo ocasión de gritar: "¡Robbie se queda... y se
acabó!", y cada vez lo decía con menos fuerza y acompañado de un gruñido
más plañidero.
Llegó finalmente el día
en que Weston se acercó tímidamente a su hija y le propuso una sesión de
visivoz en el pueblo.
—¿Puede venir Robbie?
—No, querida —dijo él
estremeciéndose al sonido de su voz—, no admiten robots en el visivoz, pero
podrás contárselo todo cuando volvamos a casa. —Dijo las últimas palabras
balbuceando y miró a lo lejos.
Gloria regresó del
pueblo hirviendo de entusiasmo, porque el visivoz era realmente un espectáculo
magnífico.
Esperó a que su padre
metiese el coche a reacción en el garaje subterráneo y dijo:
—Espera que se lo
cuente a Robbie, papá. Le hubiera gustado mucho. Especialmente cuando Francis
Fran retrocedía tan sigilosamente y tropezó con uno de los Hombres-Leopardo y
tuvo que huir. —Se rió de nuevo—. Papá, ¿hay verdaderamente hombres-leopardo en
la Luna?
—Probablemente, no
—dijo Weston distraído—. Es sólo fantasía.
No podía entretenerse
ya mucho con el coche. Tenía que afrontar la situación. Gloria echó a correr
por el césped.
—¡Robbie! ¡Robbie!
De repente se detuvo al
ver un magnífico perro de pastor que la miraba con ojos dulces, moviendo la
cola.
—¡Oh, que perro más
bonito! —dijo Gloria subiendo los escalones del porche y acariciándolo
cautelosamente—. ¿Es para mí, papá?
—Sí, es para ti, Gloria
—dijo su madre, que acababa de aparecer junto a ellos—. Es muy bonito, y muy
bueno. Le gustan las niñas.
—¿Y sabe jugar?
—¡Claro! Sabe hacer la
mar de trucos. ¿Quieres ver algunos?
—En seguida. Quiero que
lo vea Robbie también. ¡"Robbie"!... —Se detuvo, vacilante, y frunció
el ceño— Apostaría a que se ha encerrado en su cuarto, enojado conmigo porque
no le he llevado al visivoz. Tendrás que explicárselo, papá. A mí quizá no me
creería, pero si se lo dices tú sabrá que es verdad.
Weston se mordió los
labios. Miró a su mujer, pero ella apartaba la vista.
Gloria dio rápidamente
la vuelta y bajó los escalones del sótano al tiempo que gritaba:
—¡Robbie..., ven a ver
lo que me han traído papá y mamá! ¡Me han comprado un perro, Robbie!
Al cabo de un instante,
había regresado asustada.
—Mamá, Robbie no está
en su habitación. ¿Dónde está? —No hubo respuesta; George Weston tosió y se
sintió repentinamente interesado por una nube que iba avanzando perezosamente
por el cielo. La voz de Gloria estaba preñada de lágrimas—. ¿Dónde está Robbie,
mamá?
Mrs. Weston se sentó y
atrajo suavemente a su hija hacia ella.
—No te importe, Gloria.
Robbie se ha marchado, me parece.
—¿Marchado?... ¿Adónde?
¿Adónde se ha marchado, mamá?
—Nadie lo sabe, hijita.
Se ha marchado. Lo hemos buscado y buscado por todas partes, pero no lo
encontramos.
—¿Quieres decir que no
va a volver nunca más? —sus ojos se redondeaban por el horror.
—Quizá lo encontraremos
pronto. Seguiremos buscándolo. Y entretanto puedes jugar con el perrito.
¡Míralo! Se llama "Relámpago" y sabe...
Pero Gloria tenía los
párpados bañados en lágrimas.
—¡No quiero el perro
feo! ¡Quiero a Robbie! ¡Quiero que me encuentres a Robbie!
Su desconsuelo era
demasiado hondo para expresarlo con palabras, y prorrumpió en un ruidoso
llanto.
Mrs. Weston pidió
auxilio a su marido con la mirada, pero él seguía balanceando rítmicamente los
pies y no apartaba su ardiente mirada del cielo, de manera que tuvo que
inclinarse para consolar a su hija.
—¿Por qué lloras,
Gloria? Robbie no era más que una máquina, una máquina fea... No tenía vida.
—¡No era una máquina!
—gritó Gloria con fuego—. Era una persona como tú y como yo y además era mi
amigo. ¡Quiero que vuelva! ¡Oh, mamá, quiero que vuelva...!
La madre gimió,
sintiéndose vencida, y dejó a Gloria con su dolor.
—Déjala que llore a su
gusto —le dijo a su marido—; el dolor de los chiquillos no es nunca duradero.
Dentro de unos días habrá olvidado que aquel espantoso robot haya existido.
Pero el tiempo demostró
que Mrs. Weston había sido demasiado optimista. Desde luego, Gloria dejó de
llorar, pero dejó de sonreír y cada día se mostraba más triste y silenciosa.
Gradualmente, su actitud de pasiva infelicidad fue minando a Mrs. Weston y lo
único que la retenía de ceder, era su incapacidad de confesar la derrota a su
marido.
Hasta que una noche,
entró en el "living", se sentó y se cruzó de brazos, desalentada. Su
marido estiró el cuello para verla por encima del periódico.
—¿Qué te pasa, Grace?
—Es esta chiquilla,
George. He tenido que devolver el perro hoy. Gloria me dijo que no podía
soportar verlo. Hará que tenga un ataque de nervios.
Weston dejó el
periódico a un lado y un destello de esperanza apareció en sus ojos.
—Quizá..., quizá
tendríamos que volver a pedir a Robbie. Es posible, sabes... Puedo hablar
con...
—¡No! —respondió ella
secamente—. No quiero oír hablar de él. No vamos a ceder tan fácilmente. Mi
hija no tiene que ser criada por un robot, aunque necesite años para quitárselo
de la cabeza.
Weston volvió a tomar
el periódico con aire decepcionado.
—Un año así y tendré el
cabello prematuramente gris.
—No eres de gran ayuda,
George —fue la glacial contestación—. Lo que Gloria necesita es un cambio de
ambiente. Aquí no puede olvidar a Robbie, desde luego. ¿Cómo puede olvidarlo si
cada árbol y cada roca se lo recuerda? Es realmente la situación más tonta de
que he oído hablar. ¡Imagínate una criatura desfalleciendo por la pérdida de un
robot!
—Bien, vamos al grano.
¿Cuál es el cambio de ambiente que planeas?
—Vamos a llevarla a
Nueva York.
—¡En agosto! Oye,
¿sabes lo que representa Nueva York en agosto? ¡Es insoportable!
—Hay millones que lo
soportan.
—No tienen un sitio
como éste donde estar. Si no tuviesen que quedarse en Nueva York, no se
quedarían.
—Pues nosotros
tendremos que quedarnos también. Vamos a salir en seguida, en cuanto hayamos
hecho los preparativos. En Nueva York, Gloria encontrará suficientes
distracciones y suficientes amigos para hacerle olvidar esta máquina.
—¡Oh, Dios mío!...
—gruñó el infeliz marido—. ¡Aquellos pavimentos abrasadores!
—Tenemos que ir —fue la
implacable respuesta—. Gloria ha perdido dos kilos este mes y la salud de mi
hijita es más importante para mí que tu comodidad.
—Es una lástima que no
hayas pensado en la salud de tu hijita antes de privarla de su querido robot
—murmuró él..., para sí mismo.
Gloria dio
inmediatamente síntomas de mejoría en cuanto oyó hablar del inminente viaje a
la ciudad. Hablaba poco de él, pero cuando lo hacía era siempre con vivo
entusiasmo. Comenzó de nuevo a sonreír y a comer con su precedente apetito.
Mrs. Weston no cabía en
sí de júbilo y no perdía ocasión de demostrar su triunfo sobre su todavía
escéptico marido.
—¿Lo ves, George? Ayuda
a hacer el equipaje como un angelito y charla como si no hubiese tenido un
disgusto en su vida. Es lo que te dije, lo que necesitaba era fijar su interés
en otra cosa.
—¡Ejem!... —respondió
el marido, escéptico—. Esperemos que así sea.
Los preliminares se
hicieron rápidamente. Se tomaron las disposiciones para el alojamiento en la
ciudad y un matrimonio quedó encargado del cuidado de la casa de campo. Cuando
finalmente llegó el día de la marcha, Gloria había vuelto a ser la misma de
antes y ni la menor alusión de Robbie pasó por sus labios.
Con el mejor humor, la
familia tomó un taxigiro hasta el aeropuerto (Weston hubiera preferido ir en su
autogiro, pero era sólo un dos plazas y no había sitio para el equipaje) y
entraron en el avión que esperaba para salir.
—Ven, Gloria, te he
reservado un sitio al lado de la ventana para que veas el paisaje.
Gloria ocupó el sitio
indicado, aplastó su naricilla contra el grueso vidrio y miró con un interés
que aumentó al comenzar a rugir los motores
Era demasiado pequeña
para asustarse cuando la tierra empezó a alejarse a sus pies y sintió aumentar
el doble de su peso. Sólo cuando la tierra hubo cambiado de aspecto y se
convirtió en una vasta manta de cuadros de colores, apartó la nariz del vidrio
y se volvió hacia su madre.
—¿Llegaremos pronto a
la ciudad, mamá? —preguntó rascándose la nariz helada y observando cómo se
desvanecía la mancha opaca que su aliento había dejado en la ventana.
—Dentro de media hora,
hija mía. ¿No estás contenta de que vayamos? —añadió con sólo un leve tono de
ansiedad en la voz—. ¿No vas a ser muy feliz en la ciudad, con los edificios y
la gente y tantas cosas que ver? Iremos al visivoz cada día, y al teatro, y al
circo y a la playa, y...
—Sí, mamá —fue la
respuesta sin entusiasmo de la chiquilla. La nave pasaba en aquel momento sobre
un mar de nubes y Gloria quedó en el acto absorbida en la contemplación de
aquella masa que tenía a sus pies. Después volvieron a encontrarse en medio de
un cielo azul y se volvió hacia su madre con un súbito aire misterioso de
secreto.
—Ya sé por qué vamos a
la ciudad, mamá.
—¿Sí, hija mía? —dijo
Mrs. Weston intrigada—. ¿Y por qué?
—No me lo has dicho
porque querías darme una sorpresa, pero lo sé. —Quedó un momento sumida en la
admiración de su aguda perspicacia y después se echó a reír alegremente—. Vamos
a Nueva York porque allí podremos encontrar a Robbie, ¿no es verdad? Con detectives.
La suposición pilló a
George Weston en el momento de beber un vaso de agua, con desastrosos
resultados.
Hubo una especie de
ronquido, un géiser de agua y una tos de alguien que se ahoga. Cuando todo hubo
terminado, ofreció el aspecto de una persona profundamente contrariada, tenía
el rostro colorado y estaba mojado de pies a cabeza.
Mrs. Weston mantuvo su
compostura, pero cuando Gloria hubo repetido su pregunta con el ansia redoblada
en la voz, su mal humor triunfó.
—Quizá —repitió
secamente—. Y ahora siéntate y estate quieta, por el amor de Dios.
Nueva York, en 1998,
era para el visitante un paraíso superior a lo que había sido siempre. Los
padres de Gloria se dieron cuenta de ello y sacaron el mejor partido posible.
Por orden estricta de
su mujer, Weston había tomado las disposiciones necesarias para que sus
negocios marchasen solos por algún tiempo, a fin de estar libre y poder dedicar
el tiempo a lo que él llamaba "salvar a Gloria del borde del abismo".
Como era costumbre en Weston, lo hizo de aquella forma precisa, minuciosa y
eficiente que era propia de él. Antes de que hubiese transcurrido un mes, nada
de lo que podía hacerse había dejado de ser hecho.
Gloria fue llevada al
último piso del Roosevelt Building, que medía casi un kilómetro de altura, y
desde donde se gozaba del abigarrado panorama de los edificios que se extendían
hasta los campos de Long Island y las tierras llanas de Nueva Jersey. Visitaron
los jardines zoológicos, donde Gloria contempló con emocionado temor un
"verdadero león vivo" (con la consiguiente decepción de ver que los
guardianes lo alimentaban con trozos de carne cruda y no con seres humanos,
como ella esperaba), y pidió con insistencia y de manera perentoria ver
"la ballena".
Los diversos museos
contribuyeron también a llamar su atención, así como parques, playas y el
acuario.
Llevaron a Gloria hasta
medio curso del Hudson en un barco especialmente decorado, que evocaba el
arcaísmo de los años veinte. Viajó por la estratosfera en una salida de
exhibición y vio el cielo ponerse de color de púrpura, las estrellas destacar
en el firmamento y la Tierra nebulosa tomar bajo ellos el aspecto de una gran
taza cóncava. Una nave submarina de paredes transparentes le hizo visitar las
aguas de Long Island y vio aquel mundo verde y tembloroso, y los monstruos
marinos acercarse a ella y huir después atemorizados.
En un terreno más
prosaico, Mrs. Weston la llevó a los grandes almacenes, donde pudo soñar de
nuevo a su antojo.
En resumen, cuando el
mes hubo casi transcurrido, los Weston estaban convencidos de haber hecho
cuanto era humanamente posible para quitarle de la cabeza al desaparecido
Robbie, pero no estaban muy seguros de haberlo conseguido.
El hecho cierto era que
dondequiera que llevasen a Gloria, desplegaba el más vivo interés por todos los
robots que se le ponían delante. Por muy interesante que fuese el espectáculo a
que asistía, por nuevo que fuese a sus ojos infantiles, su mirada se fijaba
implacablemente en cualquier parte donde viese un movimiento metálico.
La situación alcanzó su
apogeo con el episodio del Museo de Ciencia y de Industria. El Museo había
anunciado un "programa infantil" especial donde tenían que hacerse
demostraciones de magia científica reducidas a la escala de la mentalidad infantil.
Los Weston, desde luego, pusieron el espectáculo en la lista de
"indispensables".
Los Weston estaban
completamente absorbidos por los experimentos de un potente electroimán cuando
Mrs. Weston se dio súbitamente cuenta de que Gloria no estaba con ellos. El
pánico inicial se convirtió en metódica decisión y con la ayuda de tres
empleados se comenzó una minuciosa búsqueda.
Gloria, por su parte,
no era de esas chiquillas que rondan al azar. Para su edad, era inusitadamente
decidida, saturada de idiosincrasia maternal, a este respecto. En el tercer
piso había visto un gran cartel con una flecha y la indicación "Al Robot
Parlante", y después de haberlo deletreado sola y observando que sus
padres no parecían decididos a avanzar en aquella dirección, hizo lo que
consideró indicado. Esperando un momento de distracción paterna, dio media
vuelta y siguió la flecha.
El Robot Parlante era
verdaderamente un "tour de force"; pero un artefacto totalmente
inútil, sin más valor que el publicitario. Cada hora, un grupo de visitantes
escoltados por un empleado se detenía delante del robot y hacía preguntas al
ingeniero encargado del robot, con discretos susurros. Las que el ingeniero
juzgaba aptas para ser contestadas por los circuitos del robot, le eran
transmitidas.
Era una tontería. Puede
ser muy interesante saber que el cuadrado de catorce es ciento noventa y seis,
que la temperatura en este momento es de 28º centígrados, que la presión del
aire acusa 750 mm de mercurio, y que el peso atómico del sodio es 23, pero para
esto, en realidad, no se necesita un robot. No se necesita, en especial, una
enorme masa inmóvil de alambres y espirales que ocupa veinticinco metros
cuadrados.
Pocos eran los que
hacían una segunda experiencia, pero una chiquilla de unos diez años estaba
tranquilamente sentada en un banco esperando la tercera exhibición. Era la
única persona que había en la sala cuando Gloria entró, pero no la miró. Para
ella, en aquel momento otro ser humano era un ejemplar completamente
despreciable. Consagraba su atención a aquel objeto lleno de ruedas dentadas
De momento, vaciló con
cierto desaliento. Aquello no se parecía a ninguno de los robots que ella había
visto. Cautelosamente, vacilando, levantó su débil voz.
—Por favor, Mr. Robot,
perdone, ¿es usted el Robot Parlante?
No estaba muy segura de
ello, pero le parecía que un robot que hablaba merecía toda clase de
consideraciones
(Por el delgado rostro
de la muchacha de diez años pasó una mirada de intensa concentración. Sacó un
carnet de notas del bolsillo y comenzó a escribir rápidamente).
Se oyó un girar de
mecanismos bien engrasados y una voz metálica lanzó unas palabras que carecían
de acento y entonación.
—Yo-soy-el-robot-parlante.
Gloria lo miró
contrariada. "Hablaba", pero el sonido venía de dentro. No había
rostro al cual hablar.
—¿Puede usted ayudarme,
Mr. robot? —dijo.
El Robot Parlante
estaba construido para contestar preguntas, pero sólo las preguntas que se
podían hacer. Confiado en su capacidad, sin embargo, respondió:
—Puedo-ayudarle.
—Gracias, Mr. Robot.
¿Ha visto usted a Robbie?
—¿Quién-es-Robbie?
—Un robot, Mr. Robot,
señor —se puso de puntillas—. Es así de alto, pero más alto, y muy bueno. Tiene
cabeza, sabe... Bueno, usted no tiene, pero él sí.
—¿Un robot?...
—preguntó el Robot Parlante un poco perplejo.
—Sí, mister Robot. Un
robot como usted, salvo que, naturalmente, no sabe hablar y que..., parece una
persona de veras.
—¿Un-robot-como-yo?
—Sí, mister Robot.
A lo cual el robot
parlante sólo contestó con un ruido de engranajes y un sonido incoherente.
Trató de ponerse lealmente a la altura de su misión y se fundieron media docena
de bobinas. Zumbaron algunas señales de alarma.
(En aquel momento la
muchacha de diez años se marchó. Tenía bastante para su primer artículo sobre
"Aspectos Prácticos del Robotismo". Era el primero de los varios que
tenía que escribir Susan Calvin sobre este tema).
Gloria permanecía de
pie con mal disimulada impaciencia, esperando la respuesta del robot, cuando
oyó un grito detrás de ella.
—¡Allí está! —Y en el
acto reconoció la voz de su madre—. ¿Qué estás haciendo aquí, mala muchacha?
—exclamó, su ansiedad transformándose en el acto en cólera—. ¿No sabes el miedo
que has hecho pasar a papá y mamá? ¿Por qué te has escapado?
El ingeniero del robot
había aparecido también, mesándose los cabellos y preguntando quién diablos
había estropeado la máquina.
—¿Es que no saben
ustedes leer? ¿No saben que no tienen derecho a estar aquí sin ir acompañados?
Gloria levantó su
ofendida voz.
—He venido sólo a ver
el Robot Parlante, mamá. Pensé que quizá sabría dónde estaba Robbie, puesto que
los dos son robots. —Y al aparecer en su mente el recuerdo de Robbie, estalló
en una tempestad de lágrimas—. ¡Tengo que encontrar a Robbie, mamá, tengo que
encontrarlo!
—¡Ah, Dios mío, esto es
más de lo que soy capaz de soportar! —exclamó Mrs. Weston ahogando un grito—.
¡Volvamos a casa, George!
Aquella tarde, George
se ausentó durante algunas horas y a la mañana siguiente se acercó a su mujer
en una actitud sospechosamente complaciente.
—He tenido una idea,
Grace.
—¿Sobre qué? —preguntó
ella con soberana indiferencia.
—Sobre Gloria.
—¿No vas a proponer
devolverle el robot?
—No, desde luego que
no.
—Entonces, sigue. No
tengo inconveniente en escucharte. Nada de lo que hemos hecho parece haber
servido de nada.
—Muy bien. He aquí lo
que he estado pensando. El gran mal de Gloria es que piensa en Robbie como
persona y no como máquina. Naturalmente, no puede olvidarlo. Ahora bien, si
conseguimos convencer a Gloria de que su Robbie no era más que un amasijo de
acero y cobre en forma de planchas y que el jugo de su vida no era más que
hilos y electricidad, ¿cuánto tiempo duraría su anhelo? Es la forma psicológica
de ataque, si entiendes lo que quiero decir.
—¿Y cómo pretendes
conseguirlo?
—Simplemente, ¿dónde
imaginas que fui, anoche? He persuadido a Robertson, de la U. S. Robots &
Mechanical Men Inc., que nos permita realizar mañana una visita completa de sus
talleres. Iremos los tres y una vez hayamos terminado la visita, Gloria estará
convencida de que un robot no es una cosa viva.
Los ojos de Mrs. Weston
habían ido agrandándose progresivamente, delatando una súbita y profunda
admiración.
—¡Pero... George...,
esto es una excelente idea!
Los botones de la
chaqueta de George Weston tiraron con fuerza.
—Es de las que tengo
yo... —dijo.
Mister Struthers era un
director general concienzudo y naturalmente inclinado a ser un poco locuaz.
Esta combinación dio por resultado una visita que fue totalmente, quizá con
exceso, explicada en todas sus fases.
Sin embargo, Mrs.
Weston no se aburría. Al contrario, más de una vez se detuvo e insistió en que
explicase detalladamente algo en un lenguaje suficientemente claro para que
Gloria lo entendiese. Bajo la influencia de esta apreciación de sus facultades
narrativas, mister Struthers se sintió comunicativo y se extendió con mayor
genialidad todavía, si cabe.
Incluso George Weston
demostraba una creciente impaciencia.
—Perdóneme, Struthers
—dijo, interrumpiendo una conferencia sobre la célula fotoeléctrica—; ¿no
tienen ustedes una sección donde sólo se emplee mano de obra robot?
—¡Oh, sí; sí, desde
luego! —dijo sonriendo a Mrs. Weston—. Un círculo vicioso, en cierto modo;
robots creando robots. Desde luego, no hacemos una práctica general de ello. En
primer lugar, porque los sindicatos no nos lo permitirían. Pero conseguimos poder
utilizar algunos robots como mano de obra robot, únicamente como una especie de
experimento científico. Comprenda... —prosiguió golpeándose la palma de la mano
con sus lentes para dar paso a su argumentación—, lo que los sindicatos no
comprenden -y lo dice un hombre que ha simpatizado siempre con la obra sindical
en general- es que el advenimiento del robot, aun cuando aportando al empezar
alguna dislocación en el trabajo, tendrá inevitablemente que...
—Si, Struthers —dijo
Weston—, pero esta sección de que habla usted, ¿podemos verla? Debe de ser muy
interesante, estoy seguro.
—¡Sí, sí, desde luego!
—Mister Struthers se puso los lentes con un movimiento convulsivo y soltó una
tosecita de desaliento. Síganme, por favor.
Mientras siguieron un
largo corredor y bajaron un tramo de escaleras, Struthers, precediendo a los
demás, estuvo relativamente tranquilo. Después, una vez hubieron entrado en una
vasta habitación intensamente iluminada donde reinaba el zumbido de una
mecánica actividad, se abrieron las compuertas y desbordó el chorro de sus
explicaciones.
—Aquí lo tiene usted
—dijo con el orgullo impreso en su voz—. ¡Sólo robots! Cinco hombres actúan
como inspectores y no tienen siquiera que estar en esta habitación. En cinco
años, es decir, desde que inauguramos este sistema, no ha ocurrido un solo
accidente. Desde luego, los robots aquí reunidos son relativamente sencillos,
pero...
La voz del director
general se había convertido hacía tiempo ya en un murmullo tranquilizador a los
oídos de Gloria. Toda aquella visita le parecía aburrida e inútil, a pesar de
que hubiese muchos robots a la vista.
Ninguno de ellos era ni
remotamente como Robbie, y los contemplaba con manifiesto desdén.
Vio que en aquella
habitación no había ser viviente. Entonces sus ojos se fijaron en seis o siete
robots que trabajaban activamente en una mesa redonda en el centro de la sala,
y se apartaron con una sorpresa de incredulidad. La sala era espaciosa. Gloria
no podía verlo bien, pero uno de los robots parecía... parecía...
¡"era"!
—¡Robbie! —El grito
rasgó el aire y uno de los robots se estremeció y dejó caer la herramienta que
manejaba
Gloria estaba como loca
de alegría.
Metiéndose por debajo
de la barandilla antes de que sus padres pudiesen impedirlo, saltó al suelo,
situado algunos palmos más abajo y corrió hacia Robbie, con los brazos abiertos
y el cabello flotando.
Y en aquel momento, las
tres personas mayores vieron horrorizadas, al tiempo que quedaban paralizadas
de espanto, lo que la chiquilla no vio: un enorme tractor que avanzaba a
ciegas, siguiendo el camino que tenía trazado.
Weston necesitó una
fracción de segundo para volver en sí, pero aquella fracción de segundo lo
representó todo porque Gloria ya no podía ser salvada, todo era claramente
inútil.
Struthers hizo una
rápida seña a los inspectores para que detuviesen el tractor, pero los
inspectores no eran más que seres humanos y necesitaron tiempo para actuar.
Sólo fue Robbie quien
actuó rápidamente y con precisión.
Devorando con sus
piernas de metal el espacio que lo separaba de su amita, se lanzó hacia ella
viniendo de la dirección opuesta. Todo ocurrió en un instante. Extendiendo el
brazo, Robbie agarró a Gloria sin moderar su marcha en lo más mínimo y
dejándola, por consiguiente, sin aire en los pulmones. Weston, sin comprender
muy bien lo que ocurría, sintió, más que vio, a Robbie pasar por su lado como
un alud y detenerse en seco. El tractor cortó el camino donde había estado
Gloria, medio segundo después de que Robbie la hubo arrastrado tres metros, y
se detuvo con un chirrido metálico y prolongado.
Gloria recobró el
aliento, fue sometida a una serie de apasionados abrazos y caricias por parte
de sus padres y se volvió emocionada hacia Robbie. Para ella no había ocurrido
nada, salvo que había encontrado a su amigo.
Pero la expresión de
Mrs. Weston había pasado de la franca alegría a la de una sombría suspicacia.
Se volvió hacia su marido, y, pese a su descompuesto y alterado aspecto,
consiguió adoptar una actitud formidable.
—¿Tú..., has preparado
esto, verdad...?
George Weston se secaba
la abrasada frente con un pañuelo. Su mano temblaba y sus labios sólo
conseguían esbozar una sonrisa sumamente tenue.
—Robbie no estaba
construido para un trabajo de ingeniería o construcción —prosiguió Mrs. Weston
siguiendo sus ideas—. No podía serles de ninguna utilidad. Lo has hecho colocar
aquí a fin de que Gloria pudiese encontrarlo. Ya lo sabes...
—Pues, sí... —dijo
Weston—. Pero ¿cómo iba a saber yo que el encuentro tenía que ser tan violento?
Y Robbie le ha salvado la vida; esto tienes que reconocerlo. ¡No puedes
volverlo a despedir!
Grace Weston
reflexionó. Se volvió hacia Gloria y Robbie y los contempló pensativa algún
tiempo. Gloria había pasado sus brazos alrededor del cuello del robot y hubiera
asfixiado a cualquiera que no hubiese sido de metal, mientras murmuraba
palabras sin sentido con un frenesí casi histérico
Los brazos de acero
cromado de Robbie (capaces de convertir en un anillo una barra de acero de
cinco centímetros de diámetro) abrazaban cariñosamente a la chiquilla y sus
ojos brillaban con un rojo intenso y profundo
—Bien —dijo Grace
Weston, finalmente—. ¡Por mí puede quedarse hasta que se oxide!
Algunos robots
humanoides
En ciencia ficción no
es raro tener a un robot construido con una superficie, al menos, de carne
sintética; y que en apariencia sea, en el mejor de los casos, indistinguible de
un ser humano. A veces tales robots humanoides son llamados «androides» (de una
palabra griega que significa «parecido al hombre»), y algunos escritores son
meticulosos en hacer la distinción. Yo no. Para mí, un robot es siempre un
robot.
Sin embargo, la obra
teatral de Karel Capek R. U. R., que introdujo el término «robot» en el mundo
de 1920, no se refería a robots en el más estricto sentido de la palabra. Los
robots manufacturados por los Robots Universales de Rossum (la «R. U. R.» del
título) eran androides.
Una de las tres
historias de esta sección, Unámonos, es la única historia de este libro en la
cual los robots no aparecen realmente, e Imagen en un espejo es una secuela (en
cierto modo) de mis novelas de robots Bóvedas de acero y El sol desnudo [5].
Unámonos
Había habido una
especie de paz durante un siglo, y la gente había olvidado cómo era la guerra.
A duras penas hubieran sabido cómo reaccionar de saber que finalmente había
llegado alguna especie de guerra.
Ciertamente, Elias
Lynn, jefe de la Oficina de Robótica, no estaba seguro de cómo debía reaccionar
cuando finalmente lo supo. La Oficina de Robótica tenía su cuartel general en
Cheyenne, de acuerdo con la tendencia descentralizadora de hacía más de un siglo,
y Lynn miró dubitativo al joven oficial de Seguridad procedente de Washington
que había traído la noticia.
Elias Lynn era un
hombre corpulento, casi encantadoramente feo, con unos pálidos ojos azules
ligeramente protuberantes. La gente se sentía normalmente cómoda bajo la mirada
de aquellos ojos, pero el oficial de Seguridad permanecía imperturbable.
Lynn decidió que su
primera reacción tenía que ser de incredulidad. ¡Infiernos, era de
incredulidad! ¡Simplemente no lo creía!
Se reclinó en su silla
y preguntó:
—¿Hasta qué punto es
cierta esa información?
El oficial de
Seguridad, que se había presentado como Ralph G. Breckenridge y había exhibido
credenciales que lo confirmaban, tenía en él la blandura de la juventud; labios
gruesos, mejillas sonrosadas, que enrojecían fácilmente, y ojos sinceros. Sus
ropas no encajaban con Cheyenne pero sí con el Washington completamente
dominado por el aire acondicionado, donde Seguridad, pese a todo, seguía
manteniendo su cuartel general.
Breckenridge enrojeció
y contestó:
—No hay la menor duda
al respecto.
—Su gente lo sabe todo
respecto a Ellos, supongo —dijo Lynn, y fue incapaz de evitar un rastro de
sarcasmo en su tono.
No era particularmente
consciente de que utilizaba el pronombre referente al enemigo con un ligero
énfasis en la primera letra, el equivalente a una mayúscula en imprenta. Era un
hábito cultural de su generación y la precedente. Nadie decía ya el «Este», o
los «Rojos», o los «Soviets», o los «Rusos». Hubiera sido demasiado confuso, ya
que algunos de Ellos no eran del Este, no eran Rojos, ni Soviets, y
especialmente no Rusos. Era mucho más simple decir Nosotros y Ellos, y mucho
más preciso.
Los viajeros habían
informado frecuentemente que Ellos hacían lo mismo a la inversa. Allí, Ellos
eran «Nosotros» (en su correspondiente idioma), y Nosotros éramos «Ellos».
Muy poca gente pensaba
ya en tales cosas. Todo era completamente cómodo y casual. Ni siquiera había
odio. Al principio, se le había llamado guerra fría. Ahora era tan sólo un
juego, un juego casi amistoso, con reglas jamás declaradas y una especie de decencia
rodeándolo todo.
Lynn dijo bruscamente:
—¿Por qué deberían
Ellos querer perturbar la situación?
Se levantó y se quedó
de pie mirando a un mapa mural del mundo, dividido en dos regiones con débiles
bordes de color. Una porción irregular a la izquierda del mapa estaba rodeada
por un ligero verde. Una porción algo más pequeña pero igualmente irregular a
la derecha del mapa estaba bordeada de un rosa pálido. Nosotros y Ellos.
El mapa no había
cambiado mucho en un siglo. La pérdida de Formosa y la obtención de Alemania
del Este hacía unos ochenta años había sido el último cambio territorial de
importancia.
Había habido otro
cambio, sin embargo, que era lo bastante significativo como para reflejarse en
los colores. Dos generaciones antes, el territorio de Ellos estaba señalado con
un rojo brillante, el de Nosotros con un puro e inmaculado blanco. Ahora había
incluso neutralidad en los colores. Lynn había visto los mapas de Ellos, y eran
iguales a estos.
—No lo harían —dijo.
—Lo están haciendo
—dijo Breckenridge—, y será mejor que se acostumbre al hecho. Naturalmente,
señor, me doy cuenta de que no es agradable pensar que Ellos pueden estar muy
por delante de nosotros en robótica.
Sus ojos siguieron tan
sinceros como siempre, pero el oculto filo de los cuchillos de sus palabras se
enterró profundamente, y Lynn se estremeció ante el impacto.
Por supuesto, ello era
debido en parte a la concienciación del hecho de que el jefe de Robótica se
enterara tan tarde y a través de un oficial de Seguridad de aquello. Había
perdido categoría ante los ojos del Gobierno; si Robótica había fallado
realmente en la carrera, Lynn no podía esperar ninguna piedad política.
—Aunque lo que dice
usted fuera cierto —dijo Lynn débilmente—. Ellos no están tan por delante de
Nosotros. Nosotros podemos construir robots humanoides.
—¿Tenemos, señor?
—Sí. De hecho, hemos
construido unos pocos modelos con fines experimentales.
—Ellos vienen haciendo
eso desde hace diez años. Llevan diez años de progreso desde entonces.
Lynn se sintió
inquieto. Se preguntó si su incredulidad respecto a todo aquel asunto no sería
realmente el resultado del orgullo herido y del miedo por su trabajo y su
reputación. Se sintió embarazado por la posibilidad de que pudiera ser eso, y
sin embargo se vio obligado a defenderse.
—Mire, joven —dijo—, el
equilibrio entre Ellos y Nosotros nunca fue perfecto en todos sus detalles, y
usted lo sabe. Ellos siempre han estado por delante en una u otra faceta, y
Nosotros en una u otra faceta distintas. Si Ellos están por delante de Nosotros
en robótica precisamente en este momento, es debido a que Ellos situaron una
mayor parte de sus recursos en la investigación robótica que Nosotros. Y eso
significa que alguna otra rama de actividad ha recibido una mayor parte de
nuestros recursos que Ellos. Eso quiere decir que probablemente Nosotros
estemos por delante de Ellos en la investigación de los campos de fuerza o de
las energías hiperatómicas, quizá.
Lynn se sintió inquieto
ante su propia afirmación de que el equilibrio no era perfecto. Era cierto,
pero ése era precisamente el gran peligro que amenazaba al mundo. El mundo
dependía de que el equilibrio fuera tan perfecto como resultara posible. Si el pequeño
desequilibrio que siempre existía se inclinaba demasiado hacia uno u otro lado…
Casi al principio de lo
que había sido la guerra fría, ambos lados habían desarrollado armas
termonucleares, y la guerra se había convertido en algo impensable. La
competición se había decantado de lo militar a lo económico y psicológico, y se
había establecido allí desde entonces.
Pero siempre había el
esfuerzo constante por cada lado por romper el equilibrio, por desarrollar un
contragolpe para cualquier posible estocada, por desarrollar una estocada que
no pudiera ser parada a tiempo…, algo que hiciera la guerra posible de nuevo. Y
eso no era debido a que ninguno de los dos lados quisiera la guerra tan
desesperadamente, sino porque ambos estaban temerosos de que el otro lado
pudiera hacer primero el descubrimiento crucial.
Durante un centenar de
años cada lado había mantenido el esfuerzo a un mismo nivel. Y en el proceso,
la paz había sido mantenida durante un centenar de años, y como un subproducto
de la constante e intensiva investigación habían sido producidas cosas tales
como los campos de fuerza y la energía solar y el control de los insectos y los
robots. Cada lado estaba iniciándose en el estudio de la mentálica, que era el
nombre dado a la bioquímica y biofísica del pensamiento. Cada lado poseía sus
avanzadillas en la Luna y en Marte. La humanidad estaba avanzando a pasos
agigantados bajo aquel forzado impulso.
Incluso resultaba
necesario para ambos lados ser tan decentes y humanos como fuera posible entre
ellos, puesto que la crueldad y la tiranía no hacían otra cosa más que
conseguir amigos para el otro lado.
No era concebible que
el equilibrio fuera roto ahora, y que se iniciara de nuevo la guerra.
—Quiero consultar a uno
de mis hombres —dijo Lynn—. Quiero su opinión.
—¿Es de confianza?
Lynn adoptó una
expresión de disgusto.
—Buen Dios, ¿qué hombre
de Robótica no ha sido investigado y depurado hasta el agotamiento por la gente
de ustedes? Sí, respondo por él. Si no pueden confiar ustedes en un hombre como
Humphrey Carl Laszlo, entonces no estaremos en posición de enfrentarnos al tipo
de ataque que dice usted que Ellos están preparando, no importa lo que hagamos.
—He oído hablar de
Laszlo —dijo Breckenridge.
—Bien. ¿Es aceptado?
—Sí.
—Entonces lo haré
venir, y sabremos lo que piensa acerca de la posibilidad de que los robots
puedan invadir los Estados Unidos.
—No exactamente —dijo
con suavidad Breckenridge—. Usted sigue sin aceptar toda la verdad. Descubrir
lo que piensa acerca del hecho de que los robots han invadido va los Estados
Unidos.
Laszlo era el nieto de
un húngaro que había cruzado lo que por aquellos tiempos se llamaba el Telón de
Acero, y eso hacía que existiera una confortable sensación de
por-encima-de-toda-sospecha con respecto a él. Era corpulento y medio calvo,
con una mirada beligerante clavada siempre en su chato rostro, pero su acento
era puro de Harvard y hablaba de una forma casi excesivamente suave.
Para Lynn, que era
consciente del hecho de que tras años de administración ya no era un experto en
todas las distintas fases de la moderna robótica, Laszlo era un confortable
receptáculo de conocimientos exhaustivos. Lynn se sentía mucho mejor con tan sólo
la presencia del hombre.
—¿Qué es lo que opina?
—preguntó Lynn.
Un fruncimiento de
cejas crispó intensamente el rostro de Laszlo.
—¿Que Ellos estén muy
por delante de Nosotros? Completamente increíble. Eso significaría que han
producido humanoides que no pueden distinguirse de los seres humanos ni de
cerca. Eso significaría un considerable avance en robomentalística.
—Ustedes se hallan personalmente
implicados —dijo fríamente Breckenridge—. Dejando aparte el orgullo
profesional, ¿exactamente por qué es imposible que Ellos se hallen por delante
de Nosotros?
Laszlo se alzó de
hombros.
—Le aseguro que estoy
bien informado de la literatura de Ellos sobre robótica. Sé aproximadamente
dónde están.
—Usted sabe
aproximadamente dónde Ellos quieren que usted piense que están, querrá decir
realmente —corrigió Breckenridge—. ¿Ha visitado usted alguna vez el otro lado?
—No —contestó Laszlo
secamente.
—¿Y usted, doctor Lynn?
—No, yo tampoco
—contestó Lynn.
—¿Ha visitado algún
hombre de Robótica el otro lado en los últimos veinticinco años? —preguntó
Breckenridge.
Hizo la pregunta con
una especie de confianza que indicaba que sabía la respuesta.
Durante algunos
segundos, la atmósfera pesó con los pensamientos de cada uno. El desánimo cruzó
el ancho rostro de Laszlo.
—De hecho —dijo—, Ellos
no han celebrado ninguna conferencia sobre robótica en largo tiempo.
—En veinticinco años
—dijo Breckenridge—. ¿No es eso significativo?
—Quizá —admitió Laszlo,
reluctante—. De todos modos, es algo distinto lo que me preocupa. Ninguno de
Ellos ha acudido nunca a nuestras conferencias sobre robótica. Nadie que yo
pueda recordar.
—¿Fueron invitados?
—preguntó Breckenridge.
Lynn, mirándole
preocupado, intervino rápidamente:
—Por supuesto.
—¿Rehusaron Ellos
asistir a algún otro tipo de conferencias científicas celebradas por Nosotros?
—No lo sé —dijo Laszlo.
Ahora estaba caminando arriba y abajo—. No he oído de casos. ¿Los ha oído
usted, jefe?
—No —contestó Lynn.
—¿No dirían ustedes
—apuntó Breckenridge— que es como si Ellos no desearan verse en el compromiso
de tener que devolver esas invitaciones? ¿O como si tuvieran miedo de que
alguno de sus hombres pudiera hablar demasiado?
Así era exactamente
como parecía, y Lynn tuvo la impotente convicción de que la historia de
Seguridad era cierta después de todo.
¿Por qué otro motivo no
había habido contactos entre los dos lados en robótica? Había habido un
fructífero entrecruzarse de investigadores yendo en ambas direcciones sobre
unas bases de estricta reciprocidad durante años, hasta los lejanos tiempos de
Eisenhower y Kruschev. Había muchos y muy buenos motivos para ello: una honesta
apreciación del carácter supranacional de la ciencia; impulsos de amistad que
eran difíciles de borrar completamente en los seres humanos individuales; el
deseo de exponer a la consideración de los demás nuestros hallazgos, cuando son
dignos de ser tomados en cuenta por su novedad o su interés, y el que estos nos
feliciten por ellos.
Los mismos gobiernos se
mostraban ansiosos de que eso prosiguiera. Subsistía siempre la obvia creencia
de que aprendiendo todo lo que pudieras y diciendo tan poco como te fuera
posible, tu bando ganaría en el intercambio.
Pero no en el caso de
la robótica. No allí.
Tan poca cosa para
llegar al convencimiento de todo aquello. Y además, algo que habían sabido
desde siempre. Lynn pensó sobriamente: «Nos hemos dormido en nuestros
laureles».
Puesto que el otro lado
no había dado ninguna publicidad a su robótica, había resultado tentador
sentirse satisfechos y creerse cómodos en la certeza de su superioridad. ¿Por
qué no había parecido posible, ni siquiera probable, que Ellos estuvieran ocultando
cartas de un valor superior, una buena mano, para emplearla en el momento
adecuado?
—¿Qué vamos a hacer?
—preguntó Laszlo temblorosamente.
Resultaba obvio que la
misma línea de pensamiento lo había conducido a la misma convicción.
—¿Hacer? —repitió Lynn.
Era difícil pensar en
aquel momento en nada excepto en el completo horror que acudía con la
convicción. Había diez robots humanoides en algún lugar de los Estados Unidos,
cada uno de ellos llevando un fragmento de una bomba CT.
¡CT! La carrera hacia
el completo horror en bombas se había detenido allí. ¡CT! ¡Conversión Total! El
sol ya no era un sinónimo que se pudiera usar. La conversión total convertía al
sol en una miserable vela.
Diez humanoides, cada
uno de ellos totalmente inofensivo separadamente, pero por el simple hecho de
unirse, excediendo la masa crítica y…
Lynn se puso
pesadamente en pie, con las bolsas oscuras bajo sus ojos, que normalmente le
daban a su feo rostro una expresión de salvaje presagio, más prominentes que
nunca.
—Tenemos que pensar en
formas y medios de distinguir a un humanoide de un humano, y luego descubrir a
los humanoides.
—¿Cuán rápidamente?
—murmuró Laszlo.
—No más tarde de cinco
minutos antes de que se unan —ladró Lynn—, y no sé cuándo será eso.
Breckenridge asintió
con la cabeza.
—Me alegra que esté
usted con nosotros, señor. Tengo que llevarlo conmigo a Washington para una
conferencia, ya sabe.
Lynn alzó las cejas.
—De acuerdo.
Se preguntó si, de
haberse demorado un poco más en ser convencido, no hubiera sido reemplazado
inmediatamente…, si no habría ya otro jefe de la Oficina de Robótica
conferenciando en Washington. Repentinamente deseó con ansiedad que fuera
exactamente eso lo que hubiera pasado.
El primer ayudante del
presidente estaba allí, con el secretario para Asuntos Científicos, el
secretario de Seguridad, el propio Lynn, y Breckenridge. Cinco personas
sentadas en torno a una mesa en las profundidades de una fortaleza subterránea
cerca de Washington.
El ayudante del
presidente Jeffreys era un hombre de aspecto impresionante, bien parecido con
su pelo blanco y sus rasgos de los que destacaba una mandíbula un poco
demasiado prominente. Un hombre sólido, reflexivo y políticamente discreto,
como corresponde a un buen ayudante del presidente.
Habló incisivamente.
—Según como lo veo, hay
tres cuestiones a las que debemos enfrentarnos. Primera, ¿cuándo van a unirse
los humanoides? Segunda, ¿dónde van a unirse? Tercera, ¿cómo podemos detenerlos
antes de que se unan?
Amberley, el secretario
para Asuntos Científicos, asintió convulsivamente a aquello. Había sido
director administrativo de la Compañía de Ingeniería del Noroeste antes de ser
elegido para aquel cargo. Era delgado, de rasgos afilados, y fácilmente irritable.
Su dedo índice trazó lentos círculos sobre la mesa.
—Respecto a cuándo van
a unirse —dijo—, supongo que podemos asegurar que no será de inmediato.
—¿Por qué dice eso?
—preguntó secamente Lynn.
—Llevan en los Estados
Unidos al menos un mes. O al menos eso es lo que dice Seguridad.
Lynn se volvió
automáticamente para mirar a Breckenridge, y el secretario de Seguridad
Macalaster interceptó la mirada.
—La información es
fidedigna —dijo Macalaster—. No deje que la aparente juventud de Breckenridge
lo engañe, doctor Lynn. Forma parte de su valía para nosotros. En realidad
tiene treinta y cuatro años, y lleva diez en el departamento. Ha estado en
Moscú durante casi un año, y sin él no sabríamos nada de este terrible peligro.
Gracias a él disponemos de la mayor parte de los detalles.
—No los cruciales —dijo
Lynn.
Macalaster sonrió
heladamente. Su enérgica mandíbula y sus siempre entrecerrados ojos eran bien
conocidos por el público, pero no se sabía casi nada más de él.
—Todos somos
limitadamente humanos, doctor Lynn —dijo—. El agente Breckenridge ha prestado
un gran servicio.
—Digamos que tenemos
aún un cierto período de gracia —interrumpió el ayudante del presidente
Jeffreys—. Si se hubiera planeado una acción inmediata, ya se hubiera
producido. Parece probable que estén aguardando a un momento específico. Si
supiéramos el lugar, quizá el momento se hiciera también evidente por sí mismo.
»Si están buscando un
blanco para la CT, desearán causarnos tanto daño como sea posible, de modo que
parece que una ciudad importante sea el ideal. En cualquier caso, una gran
metrópoli es el único blanco que vale la pena para una bomba CT. Creo que hay cuatro
posibilidades: Washington, como centro administrativo; Nueva York, como centro
financiero; y Detroit y Pittsburgh como los dos centros industriales más
importantes.
Macalaster, de
Seguridad, dijo:
—Yo voto por Nueva
York. Tanto la administración como la industria han sido lo suficientemente
descentralizadas como para que la destrucción de cualquier ciudad en particular
no impida una respuesta inmediata.
—¿Entonces por qué
Nueva York? —preguntó Amberley, de Asuntos Científicos, quizá más secamente de
lo que había pretendido—. Las finanzas también han sido descentralizadas.
—Una cuestión de moral.
Puede que intenten destruir nuestra voluntad de resistir, inducirnos a la
rendición con el completo horror del primer golpe. La mayor destrucción de
vidas humanas se produciría en el área metropolitana de Nueva York…
—Muy a sangre fría
—murmuró Lynn.
—Lo sé —dijo
Macalaster, de Seguridad—, pero son capaces de ello, si piensan que eso puede
significar una victoria definitiva con un solo golpe. ¿Acaso nosotros no…?
El ayudante del
presidente Jeffreys se echó hacia atrás su blanco pelo.
—Supongamos lo peor.
Supongamos que Nueva York será destruido en algún momento durante el invierno,
preferiblemente inmediatamente después de una de esas terribles ventiscas,
cuando las comunicaciones se hallan en mínimos y la interrupción del suministro
de equipos y alimentos en las zonas limítrofes tendrá unos efectos más
desastrosos. Ahora, ¿cómo detenerlo?
Amberley, de Asuntos
Científicos, sólo pudo decir:
—Encontrar a diez
hombres entre doscientos veinte millones es como encontrar una maldita pequeña
aguja en un maldito gran pajar.
Jeffreys agitó la
cabeza.
—Está usted equivocado.
Diez humanoides entre doscientos veinte millones de seres humanos.
—No hay ninguna
diferencia —dijo Amberley, de Asuntos Científicos—. No sabemos que un humanoide
pueda ser diferenciado de un ser humano a simple vista. Probablemente no.
Miró a Lynn. Todos lo
hicieron.
—En Cheyenne —dijo Lynn
con suavidad— no podemos construir uno que pueda pasar por un ser humano a la
luz del día.
—Pero Ellos sí pueden
—dijo Macalaster, de Seguridad—, y no sólo físicamente. Estamos seguros de
ello. Han avanzado lo suficiente en mentalística como para extraer el esquema
psico-electrónico de un cerebro y enfocarlo en los circuitos positrónicos de un
robot.
Lynn se lo quedó
mirando fijamente.
—¿Está insinuando que
Ellos pueden crear la réplica completa de un ser humano, con personalidad y
memoria?
—Así es.
—¿De seres humanos
específicos?
—Correcto.
—¿Eso está basado
también en los descubrimientos del agente Breckenridge?
—Sí. La evidencia no
puede ser negada.
Lynn inclinó la cabeza
pensativo por unos momentos. Luego dijo:
—Entonces diez hombres
de los Estados Unidos no son hombres sino humanoides. Pero los originales
tienen que haberse hallado disponibles para ellos. No pueden ser orientales,
sería demasiado fácil descubrirles, de modo que tiene que tratarse de europeos
orientales. Pero ¿cómo pudieron ser introducidos en este país? Con la red de
radar rodeando todas nuestras fronteras en todo el mundo tan tensa como la piel
de un tambor, ¿cómo pueden Ellos haber introducido a ningún individuo, humano o
humanoide, sin que nosotros lo sepamos?
—Puede hacerse —dijo
Macalaster, de Seguridad—. Hay algunos puntos de tránsito autorizados en las
fronteras. Hombres de negocios, pilotos, incluso turistas, van de un lado para
otro. Son controlados, por supuesto, en ambos lados. Sin embargo, diez de ellos
pueden haber sido secuestrados y utilizados como modelos para los humanoides.
Los humanoides deben de haber sido enviados de vuelta en su lugar. Puesto que
se supone que nosotros no esperamos esa sustitución, nadie se dará cuenta del
cambio. Siendo norteamericanos, nadie pondrá impedimentos en que vuelvan a
entrar en el país. Es tan simple como eso.
—¿Y ni siquiera sus
amigos y familia podrían notar la diferencia?
—Debemos suponer que
no. Créanme, hemos estado esperando algún informe que pudiera implicar
repentinos ataques de amnesia o cambios perturbadores de la personalidad. Hemos
efectuado miles de comprobaciones.
Amberley, de Asuntos
Científicos, se contempló la punta de los dedos.
—Creo que las medidas
habituales no funcionarán. Debemos atacar el asunto desde la Oficina de
Robótica, y yo confío en el jefe de esa oficina.
Los ojos se volvieron
de nuevo, fijos y expectantes, hacia Lynn. Lynn sintió que su amargura
aumentaba. Tenía la sensación de que él había sido convocado allí para un
motivo muy concreto. Nada de lo que se había dicho allí no había sido dicho ya
antes. Estaba seguro de ello. No había ninguna solución al problema, ninguna
sugerencia viable. Aquella reunión era solamente para dejar constancia, para
que quedara registrada, un instrumento por parte de unos hombres que temían
enormemente la derrota y que deseaban que la responsabilidad recayera clara e
inequívocamente sobre alguna otra persona.
Y sin embargo era de
justicia. Era en robótica en donde Nosotros nos habíamos dormido en los
laureles. Y Lynn no era solamente Lynn. Era Lynn el roboticista, y la
responsabilidad tenía que ser suya.
—Haré lo que pueda
—dijo.
Pasó toda la noche
despierto, y se sentía agotado física y moralmente cuando a la mañana siguiente
pidió y obtuvo otra entrevista con el ayudante del presidente Jeffreys.
Breckenridge estaba allí, y aunque Lynn hubiera preferido una entrevista
privada, tuvo que admitir lo lógico de la situación. Era obvio que Breckenridge
había conseguido enorme influencia con el gobierno como resultado del éxito de
su trabajo en Inteligencia. Bueno, ¿por qué no?
—Señor —dijo Lynn—,
estoy considerando la posibilidad de que estemos bailando inútilmente al son de
nuestros enemigos.
—¿En qué sentido?
—Estoy seguro de que,
por muy impaciente que se ponga el público a veces, y aunque a veces los
legisladores consideren más efectivo reunirse a deliberar, el gobierno al menos
reconoce que la palabra equilibrio es beneficiosa. Ellos también deben reconocerlo.
Diez humanoides con una bomba CT es una forma trivial de romper ese equilibrio.
—La destrucción de
quince millones de seres humanos difícilmente puede clasificarse de trivial.
—Estoy examinando el
asunto desde el punto de vista de una potencia que aspira a la supremacía
mundial. El hecho no nos desmoralizaría tanto como para rendirnos, ni nos
debilitaría tanto como para convencernos de que no íbamos a poder ganar.
Conduciría únicamente a la misma antigua muerte planetaria que los dos lados
han evitado con éxito desde hace tanto tiempo. Todo lo que Ellos conseguirían
seria obligarnos a luchar con una ciudad menos. Eso no es suficiente.
—¿Qué es lo que sugiere
usted? —dijo Jeffreys fríamente—. ¿Que Ellos no han situado a diez humanoides
en nuestro país? ¿Que no existe ninguna bomba CT dispuesta a unirse para
estallar?
—Admito que todo esto
existe y está aquí, pero quizá por alguna razón más amplia que simplemente
desatar la locura de las bombas.
—¿Como qué?
—Es posible que la
destrucción física resultante de los humanoides uniéndose no sea lo peor que
pueda ocurrirnos. ¿Qué hay acerca de la destrucción moral e intelectual que se
produce a causa de su sola presencia? Con todo el respeto debido al agente Breckenridge,
¿y si Ellos lo que pretendieran realmente fuera que nosotros descubriéramos lo
de los humanoides? ¿Y si nunca se hubiera pretendido que los humanoides se
unieran, sino que permanecieran simplemente separados a fin de procurarnos algo
de lo que preocuparnos?
—¿Por qué?
—Dígame esto. ¿Qué
medidas han sido tomadas ya contra los humanoides? Supongo que Seguridad está
revisando los archivos en busca de todos los ciudadanos que es posible que
hayan cruzado alguna vez nuestras fronteras o hayan llegado lo suficientemente
cerca de ellos como para hacer posible un secuestro. Sé, puesto que Macalaster
lo mencionó ayer, que están rastreando casos psiquiátricos sospechosos. ¿Qué
más?
—Están siendo
instalados pequeños dispositivos de rayos X en lugares clave de las grandes
ciudades —dijo Jeffreys—. En los espectáculos de masas, por ejemplo…
—¿Allá donde diez
humanoides pueden pasar desapercibidos entre los cien mil espectadores de un
partido de fútbol o de air-polo?
—Exactamente
—¿Y en las salas de conciertos y las iglesias?
—Debemos empezar por
algún lugar. No podemos hacerlo todo a la vez.
—Particularmente cuando
hay que evitar el pánico —dijo Lynn—. ¿No es así? No nos interesa que la gente
sepa que en cualquier impredecible momento, cualquier impredecible ciudad y su
contenido humano pueden dejar de existir repentinamente.
—Supongo que eso
resulta obvio. ¿Adónde quiere ir a parar?
—A que una creciente
fracción de nuestro esfuerzo nacional será desviada enteramente al preocupante
problema de hallar lo que Amberley llamó una maldita pequeña aguja en un
maldito gran pajar —dijo Lynn tensamente—. Estaremos persiguiendo alocadamente
nuestra propia cola, mientras Ellos incrementan su investigación hasta el punto
en que nosotros no podamos ya alcanzarles; hasta que tengamos que rendirnos sin
posibilidad alguna de responder a sus ataques.
»Consideren ahora que
esta noticia vaya infiltrándose más y más, y cada vez haya más gente implicada
en nuestras contramedidas, y más gente empezando a sospechar lo que estamos
haciendo. ¿Qué ocurrirá entonces? El pánico puede causarnos más daño que cualquier
bomba CT.
—Por el amor de Dios
—dijo el ayudante del presidente, irritado—, ¿qué es lo que sugiere entonces
que hagamos?
—Nada —dijo Lynn—.
Aceptar como tal su farol. Vivir como hemos vivido hasta ahora, y apostar a que
Ellos no se atreverán a romper el equilibrio por el gusto de hacer estallar una
sola bomba.
—¡Imposible! —dijo
Jeffreys—. Completamente imposible. El bienestar de todos nosotros está en su
mayor parte en mis manos, y no hacer nada es una cosa que no puedo permitirme.
Es posible que esté de acuerdo con usted en lo referente a que las máquinas de
rayos X en los grandes espectáculos es una especie de medida superficial que
probablemente no resultará efectiva, pero tiene que hacerse a fin de que la
gente, a posteriori, no llegue a la amarga conclusión de que dejamos que
nuestro país fuera despedazado en beneficio de una sutil línea de razonamiento
que conducía al no hacer nada. De hecho, nuestras contramedidas van a ser
activadas inmediatamente.
—¿En qué sentido?
El ayudante del
presidente Jeffreys miró a Breckenridge. El joven oficial de Seguridad, hasta
entonces tranquilamente silencioso, dijo:
—No sirve de nada
hablar de romper en un futuro el equilibrio cuando el equilibrio está ya roto
en estos momentos. No importa el que esos humanoides estallen o no. Quizá tan
sólo sean un cebo para que piquemos, como usted dice. Pero el hecho de que nos
hallamos un cuarto de siglo por detrás de Ellos en robótica sigue siendo
cierto, y eso puede ser fatal. ¿Qué otros adelantos en robótica tendrán para
sorprendernos si se inicia la guerra? La única respuesta es desviar
inmediatamente todas nuestras fuerzas, ahora, en un programa de choque de
investigación robótica, y el primer problema es encontrar a los humanoides.
Llámelo un ejercicio en robótica si así lo quiere, o llámelo prevención de la
muerte de quince millones de hombres, mujeres y niños.
Lynn agitó impotente la
cabeza.
—No puede. Si lo hace,
se convertirá en un juguete en sus manos. Lo que Ellos quieren es que nos
metamos en un callejón sin salida mientras Ellos quedan libres de seguir
avanzando en todas las demás direcciones.
—Eso es lo que usted
supone —dijo Jeffreys, impaciente—. Breckenridge ha hecho sus sugerencias a
través de los canales adecuados, y el gobierno las ha aprobado, y vamos a
celebrar una conferencia multidisciplinaria.
—¿Multidisciplinaria?
—Hemos llamado a todos
los científicos más importantes de todas las ramas de las ciencias naturales
—dijo Breckenridge—. Todos ellos irán a Cheyenne. Sólo habrá un punto en el
orden del día: cómo avanzar en robótica. El punto concreto más importante será:
cómo desarrollar un aparato receptor para los campos electromagnéticos del
córtex cerebral que sea lo suficientemente delicado como para distinguir entre
un cerebro humano protoplasmático y un cerebro humanoide positrónico.
—Esperamos que esté
usted dispuesto a encargarse de la conferencia —dijo Jeffreys.
—No fui consultado
sobre nada de esto.
—Obviamente andábamos
escasos de tiempo, señor. ¿Acepta encargarse de ello?
Lynn sonrió brevemente.
Era de nuevo un asunto de responsabilidad. La responsabilidad debía recaer
claramente en Lynn, de Robótica. Tenía la sensación de que sería Breckenridge
quien estaría realmente a cargo de todo. ¿Pero qué podía hacer?
—Acepto —dijo.
Breckenridge y Lynn
regresaron juntos a Cheyenne, donde aquella tarde Laszlo escuchó con hosca
desconfianza la descripción que le hizo Lynn sobre los acontecimientos
inmediatos.
—Mientras usted estaba
fuera, jefe —dijo Laszlo—, empecé a someter a cinco modelos experimentales de
estructuras humanoides a las pruebas habituales. Nuestros hombres están
trabajando veinticuatro horas al día, en tres turnos consecutivos. Si tenemos
que preparar una conferencia, vamos a vernos abrumados de papeleo. Habrá que
detener el trabajo.
—Será tan sólo algo
temporal —dijo Breckenridge—. Ganarán mucho más de lo que pierdan.
Laszlo frunció el ceño.
—Un puñado de
astrofísicos y de geoquímicos merodeando por los alrededores no van a ayudar
una maldita cosa en robótica.
—Los puntos de vista de
los especialistas en otros campos pueden ser muy útiles.
—¿Está usted seguro?
¿Cómo sabemos que hay alguna forma de detectar las ondas cerebrales, o aunque
la haya, que existe alguna forma de diferenciar el esquema de esas ondas en
humanas y humanoides? ¿Y quién puso en marcha ese proyecto, por cierto?
—Yo lo hice —dijo
Breckenridge.
—¿Usted? ¿Acaso es
usted un experto en robótica?
—He estudiado robótica
—dijo el joven agente de Seguridad con gran calma.
—Eso no es lo mismo.
—He tenido acceso a
textos relativos a la robótica rusa… en ruso. Material clasificado como alto
secreto, mucho más avanzado que cualquier cosa que tengan ustedes aquí.
—Nos ha atrapado,
Laszlo —dijo Lynn de mala gana.
—Fue sobre la base de
ese material —prosiguió Breckenridge— que sugerí esta línea de investigación en
particular. Es razonablemente cierto que copiar el esquema electromagnético de
una mente humana específica en un cerebro positrónico específico no da como
resultado un duplicado perfectamente exacto. Por una parte, el más complicado
cerebro positrónico lo suficientemente pequeño como para encajar en un cráneo
de tamaño humano es centenares de veces menos complejo que el cerebro humano.
En consecuencia, no puede captar todos los armónicos, y tiene que existir
alguna forma de tomar ventaja de este hecho.
Laszlo pareció
impresionado pese a sí mismo, y Lynn sonrió hoscamente. Era fácil sentirse
resentido por la presencia de Breckenridge y la próxima intrusión de varios
centenares de científicos de especialidades no robóticas, pero el problema en
sí mismo era intrigante. Aquello, al menos, era un consuelo.
Se el ocurrió de la
forma más sencilla.
Lynn se encontró con
que no tenía nada que hacer excepto sentarse a solas en su oficina, con un
cargo ejecutivo que se había convertido en algo meramente titular. Eso le dio
tiempo para pensar, para imaginar a los científicos creativos de medio mundo
convergiendo en Cheyenne.
Era Breckenridge quien,
con una fría eficiencia; estaba manejando los detalles de los preparativos.
Había habido un asomo de suficiencia en la forma en que había dicho:
—Unámonos, y los
desbordaremos.
Se le ocurrió de una
forma tan sencilla que cualquiera que estuviera observando a Lynn en aquel
momento hubiera podido verle parpadear lentamente dos veces…, pero seguramente
nada más.
Hizo lo que tenía que
hacer con un flotante desapego que mantuvo controlada su calma cuando sabía
que, bajo aquellas circunstancias, hubiera tenido que volverse loco.
Buscó a Breckenridge en
el improvisado cuartel general del otro. Breckenridge estaba solo, y frunció el
ceño al verle.
—¿Ocurre algo, señor?
—Creo que todo está
bien —dijo Lynn, cansadamente—. He establecido la ley marcial.
—¿Qué?
—Como jefe de una
división puedo hacerlo, si creo que la situación lo exige. Puedo ser un
dictador para mi división. Culpe de ello a las ventajas de la
descentralización.
—Anule inmediatamente
esa orden. —Breckenridge dio un paso adelante—. Cuando Washington oiga esto, su
carrera va a verse arruinada.
—Está arruinada ya de
todos modos. No piense que no me doy cuenta de que he sido elegido para el
papel del mayor villano de toda la historia norteamericana: el hombre que
permitió que Ellos rompieran el equilibrio. No tengo nada que perder…, y quizá
tenga mucho que ganar.
Se echó a reír de una
forma un tanto alocada.
—Qué magnífico blanco
iba a ser la división de Robótica, ¿eh, Breckenridge? Tan sólo unos cuantos
miles de hombres muertos por una bomba CT capaz de barrer setecientos cincuenta
kilómetros cuadrados en un microsegundo. Pero quinientos de esos hombres iban a
ser nuestros más grandes científicos. Íbamos a encontrarnos en la peculiar
posición de tener que luchar en una guerra sin cerebros, o rendirnos. Creo que
nos hubiéramos rendido.
—Pero eso es imposible.
Lynn, ¿me oye? ¿Comprende? ¿Cómo podrían los humanoides pasar nuestros
controles de seguridad? ¿Cómo podrían unirse?
—¡Sin embargo, se están
uniendo! Nosotros estamos ayudándoles a hacerlo. Les estamos ordenando que lo
hagan. Nuestros científicos visitan el otro lado, Breckenridge. Los visitan
regularmente a Ellos. Usted mismo señaló lo extraño que era el que nadie en robótica
lo hiciera. Bien, diez de esos científicos siguen todavía allí, y en su lugar,
diez humanoides están convergiendo hacia Cheyenne.
—Esa es una suposición
ridícula.
—Creo que es buena,
Breckenridge. Pero no funcionaría a menos que nosotros supiéramos que había
humanoides en Estados Unidos, de modo que pudiéramos convocar la conferencia.
Es una notable coincidencia el que usted trajera la noticia de la existencia de
los humanoides, y sugiriera la conferencia, y sugiriera el orden del día, y
esté controlándolo todo, y sepa exactamente cuáles científicos son invitados.
¿Se ha asegurado usted de que los diez correctos han sido incluidos?
—¡Doctor Lynn! —exclamó
Breckenridge, ultrajado. Se lanzó hacia delante.
—No se mueva —dijo
Lynn—. Tengo conmigo un lanzarrayos. Aguardaremos simplemente a que los
científicos lleguen aquí, uno por uno. Uno por uno los pasaremos por los rayos
X. Uno por uno, los monitorizaremos en busca de radiactividad. Ni siquiera dos
de ellos podrán unirse sin haber sido chequeados antes, y si todos los
quinientos están limpios, entonces le entregaré a usted mi lanzarrayos y me
rendiré. Sólo que creo que encontraremos a los diez humanoides. Siéntese,
Breckenridge.
Ambos se sentaron.
—Esperaremos —dijo
Lynn—. Cuando me sienta cansado, Laszlo me sustituirá. Esperaremos.
El profesor Manuel
Jiménez del Instituto de Estudios Superiores de Buenos Aires estalló mientras
el avión estratosférico a reacción en el que viajaba estaba a cinco kilómetros
encima del Valle del Amazonas. Fue una simple explosión química, pero fue suficiente
como para destruir el avión.
El doctor Herman
Liebowitz del M.I.T. estalló en un monorraíl, matando a veinte personas e
hiriendo a otro centenar.
De manera similar, el
doctor Auguste Marin del Instituto Nucleónico de Montreal y otros siete
murieron en diversas etapas de su viaje a Cheyenne.
Laszlo entró en tromba,
pálido y tartamudeante, con las primeras noticias de todo ello. Habían pasado
solamente dos horas desde que Lynn se había sentado allí, frente a
Breckenridge, lanzarrayos en mano.
—Pensé que estaba usted
loco, jefe —dijo Laszlo—, pero tenía razón. Eran humanoides. Tenían que serlo.
—Se volvió para mirar con ojos llenos de odio a Breckenridge—. Sólo que fueron
avisados. Él les avisó, y ahora no ha quedado ninguno intacto. Ninguno que
podamos estudiar.
—¡Dios Mío! —exclamó
Lynn, y en un desesperado frenesí apuntó su lanzarrayos hacia Breckenridge y
disparó. El cuello del hombre de Seguridad desapareció; el torso se derrumbó;
la cabeza cayó, golpeó sordamente contra el suelo, y rodó sobre sí misma.
—No lo comprendí —gimió
Lynn—. Pensé que era un traidor. Nada más.
Y Laszlo permaneció
inmóvil allí de pie, la boca abierta, incapaz por el momento de hablar.
—Es cierto, él les
avisó —dijo Lynn tensamente—. ¿Pero cómo pudo hacerlo mientras permanecía
sentado en esta silla, a menos que estuviera equipado con un radiotransmisor
implantado? ¿No lo comprende? Breckenridge había estado en Moscú. El auténtico
Breckenridge aún sigue allí. Oh, Dios mío, eran once.
Laszlo consiguió emitir
un ronco gruñido.
—¿Por qué él no
estalló?
—Estaba demorándose,
supongo, para asegurarse de que los otros habían recibido su mensaje y habían
resultado destruidos como correspondía. Señor, señor, cuando usted trajo las
noticias y me di cuenta de la verdad, temí no poder disparar lo suficientemente
rápido. Sólo Dios sabe por cuantos segundos le gané.
—Al menos —dijo Laszlo
temblorosamente—, tenemos uno para estudiar. —Se inclinó y palpó con los dedos
el pegajoso liquido que rezumaba de los restos del cuello del decapitado
cuerpo.
No era sangre, sino
aceite de máquina de gran calidad.
Imagen en un espejo
Lije Baley acababa de
decidir volver a encender su pipa cuando la puerta de su despacho se abrió sin
una llamada preliminar o un aviso de cualquier otra clase. Baley alzó la mirada
haciendo una mueca de irritación..., y dejó caer su pipa. El hecho de que no
intentara recogerla decía mucho sobre su estado mental.
—R. Daneel Olivaw...
—dijo con una mezcla de excitación y desconcierto—. ¡Por todos los cielos! Eres
tú, ¿verdad?
—En efecto —dijo el
alto y bronceado recién llegado, y su rostro impasible no perdió ni por un
momento su expresión de calma habitual—. Lamento sorprenderle entrando sin
avisar, pero la situación es delicada y hay que implicar al mínimo número de
robots y seres humanos posible..., incluso en este lugar. Me complace mucho
volver a verle, compañero Elijah.
El robot alargó la mano
derecha en un gesto tan completamente humano como su apariencia. Baley seguía
estando tan desconcertado que se quedó inmóvil durante unos momentos
contemplando aquella mano como si no entendiera qué se esperaba de él. Pero
después la estrechó entre las suyas sintiendo su cálida firmeza.
—¿Pero por qué, Daneel?
Eres bienvenido aquí en cualquier momento, pero... ¿Cuál es esa situación tan
delicada de la que has hablado? ¿Volvemos a tener problemas? ¿Es que la
Tierra...?
—No, compañero Elijah,
no es algo que afecte a la Tierra. A primera vista la situación que he
calificado de delicada es algo insignificante, y se limita a una disputa entre
matemáticos; pero dio la casualidad de que nos encontrábamos a un paso de la
Tierra, por decirlo así, y...
—Entonces esa disputa
tuvo lugar en una nave espacial.
—Sí, por supuesto. Fue
una disputa sin importancia, aunque los humanos implicados en ella parecieron
considerarla sorprendentemente grave.
Baley no pudo evitar
una sonrisa.
—No me extraña que los
seres humanos te resulten sorprendentes. No estamos sometidos a las Tres Leyes,
recuérdalo.
—Eso es una
deficiencia, por supuesto —observó gravemente R. Daneel—, y creo que en
ocasiones los seres humanos son capaces de sorprender incluso a los mismos
seres humanos. Puede que usted se sorprenda menos que los espaciales debido a
que en la Tierra hay muchos más seres humanos que en los Mundos Exteriores. Si
es así, y creo que estoy en lo cierto, podrá ayudarnos. —R. Daneel hizo una
pausa, y cuando siguió hablando Baley tuvo la impresión de que lo hacía más
deprisa que de costumbre—. A pesar de todo he aprendido algunas de las reglas
que rigen el comportamiento humano. Por ejemplo, según los patrones de conducta
humanos creo que acabo de comportarme de una forma descortés ya que no le he
preguntado por su mujer y su hijo.
—Están bien. El chico
está en la escuela, y Jessie se ha metido en la política local. Bueno, ya hemos
cumplido con los requisitos de la cortesía... Ahora cuéntame cómo has llegado
hasta aquí.
—Como ya le he
explicado podría decirse que estábamos a un paso de la Tierra —dijo R. Daneel—,
y sugerí al capitán de la nave que consultáramos con usted.
—¿Y el capitán aceptó?
Baley tuvo una súbita
visión del altivo capitán de una nave espacial de los Mundos Exteriores dando
su permiso para posarse nada menos que en la Tierra..., ¡para consultar con un
terrestre!
—Creo que se hallaba en
una situación tan complicada que habría aceptado cualquier sugerencia —dijo R.
Daneel—. Además yo le hablé de usted y le alabé considerablemente, aunque estoy
seguro de haber dicho sólo la verdad. Acabé aceptando encargarme de las
negociaciones para que ningún pasajero o miembro de la tripulación se viera
obligado a tener el más mínimo contacto con ninguna de las ciudades terrestres.
—Y para que no tuviera
que hablar con ningún terrestre, naturalmente... ¿Pero qué ocurrió exactamente?
—Entre el pasaje de la
nave espacial Eta Carina había dos matemáticos que iban a Aurora para asistir a
una conferencia interestelar de neurobiofísica. La disputa tuvo lugar entre
esos dos matemáticos..., Alfred Barr Humboldt y Gennao Sabbat. ¿Ha oído hablar
de uno de ellos o de los dos, compañero Elijah?
—No, no he oído hablar
de ninguno de los dos —replicó Baley—. No sé nada de matemáticas. Daneel,
supongo que no le habrás dicho a nadie que soy un entusiasta de las matemáticas
o...
—Desde luego que no,
compañero Elijah. Ya sé que nunca le han interesado, pero eso no importa porque
la naturaleza exacta de las matemáticas implicadas no tiene ninguna relevancia
para el asunto.
—Bueno, entonces
adelante.
—Dado que no conoce a
ninguno de los dos matemáticos, compañero Elijah, permítame decirle que el
doctor Humboldt ya ha entrado en su década número veintisiete de existencia...
Disculpe, ¿decía algo?
—Nada, nada —murmuró
Baley con irritación. Se había limitado a lanzar una exclamación ahogada en una
reacción natural a ese nuevo recordatorio de la vida prolongadísima que era
habitual entre los habitantes de los Mundos Exteriores—. ¿Y todavía sigue activo
a pesar de su edad? En la Tierra un matemático de más de treinta años ya no
suele...
—La opinión unánime es
que el doctor Humboldt es uno de los tres matemáticos más eminentes de la
Galaxia —dijo Daneel con su voz impasible de costumbre—, y sigue en activo,
naturalmente. En cuanto al doctor Sabbat es muy joven y aún no ha cumplido
cincuenta años, pero ya ha conseguido una gran reputación como el talento más
notable de las más oscuras ramas de las matemáticas.
—Así que los dos son
grandes matemáticos, ¿eh? —dijo Baley. Se acordó de su pipa y la recogió, pero
decidió que ya no valía la pena volver a encenderla y vació la cazoleta—. ¿Qué
ocurrió? ¿Se ha cometido un asesinato? ¿Uno de ellos ha matado al otro o qué?
—Uno de esos dos
hombres de gran reputación está intentando destruir la del otro. Según los
valores humanos, creo que puede considerarse que eso es algo peor que el
asesinato físico.
—Sí, supongo que a
veces puede considerarse que lo es... Así que uno de ellos está intentando
destruir la reputación del otro, ¿eh? ¿Por qué?
—El porqué... Ése es el
punto crucial, compañero Elijah: el porqué.
—Continúa.
—El doctor Humboldt ha
expuesto su versión de los hechos con mucha claridad. Dice que antes de subir a
bordo tuvo un destello de inspiración e imaginó un nuevo método de analizar los
canales neurales a través de los cambios producidos en los esquemas de
absorción de las microondas en las zonas corticales locales. Su inspiración
acabó dando como resultado una técnica puramente matemática de extraordinaria
sutileza, pero naturalmente no puedo comprender los detalles y me resulta
imposible transmitirlos de forma comprensible; y de todas formas los detalles
no son importantes. El doctor Humboldt siguió pensando en su idea, ya cada hora
que pasaba estaba más convencido de tener entre manos algo realmente
revolucionario que convertiría en insignificantes sus logros anteriores en el
terreno de las matemáticas..., y entonces se enteró de que el doctor Sabbat
también estaba a bordo.
—Ah... ¿Y trató de
ponerse en contacto con él?
—Exactamente. Los dos
habían coincidido en reuniones de carácter profesional con anterioridad, y cada
uno de ellos conocía la gran reputación del otro. Humboldt fue a ver a Sabbat y
le expuso su idea con gran detalle. Sabbat estudió el análisis de Humboldt, y
se mostró muy generoso en sus alabanzas sobre la importancia del descubrimiento
y su ingeniosa elaboración matemática. Sus palabras alentaron y tranquilizaron
a Humboldt, y éste preparó un informe en el que describía de forma resumida las
líneas generales de su trabajo, y dos días más tarde hizo que fuera enviado por
onda subetérica a Aurora y al presidente adjunto de la conferencia para que
éste pudiera dejar establecida de forma oficial su prioridad y hacer los
arreglos necesarios a fin de que pudiera ser discutido antes de que terminaran
las sesiones... y para sorpresa suya se enteró de que Sabbat había redactado un
informe prácticamente idéntico al de Humboldt que había presentado como suyo, y
que se preparaba para enviarlo a Aurora mediante la onda subetérica.
—Supongo que Humboldt
se pondría furioso.
—¡Muchísimo!
—¿Y Sabbat? ¿Cuál es su
historia?
—Exactamente la misma
que la del doctor Humboldt palabra por palabra.
—Bien, entonces...
¿Cuál es el problema?
—Que los dos informes
son tan idénticos como un objeto y su imagen en un espejo salvo por el cambio
de nombres. Según Sabbat fue él quien tuvo la idea y quien consultó a Humboldt;
según Humboldt fue Sabbat quien estuvo de acuerdo con su análisis y lo alabó.
—Así que cada uno
afirma que la idea es suya y que el otro se la robó, ¿eh? Bueno, no me parece
que haya ningún problema... En asuntos de la erudición siempre he creído que
basta con exhibir las grabaciones del proceso de investigación debidamente
fechadas y autentificadas. El juicio de prioridad puede establecerse a partir
de esos datos. Aunque uno de los dos presentara una falsificación podría
averiguarse mediante las contradicciones internas.
—En circunstancias
normales tendría razón al afirmar que no habría ningún problema, compañero
Elijah, pero hablamos de matemáticas y no de una ciencia experimental. El
doctor Humboldt afirma haber elaborado mentalmente los puntos esenciales, y
dice que no puso nada por escrito hasta que inició la redacción del informe...,
y el doctor Sabbat dice exactamente lo mismo, por supuesto.
—Bien, entonces hay que
ser un poco más drástico y usar otro método de comprobación. Somételes a un
sondeo psíquico y averiguarás cuál de los dos está mintiendo.
R. Daneel negó
lentamente con la cabeza.
—No comprende cómo son
esos hombres, compañero Elijah. Pertenecen a la intelectualidad, y son miembros
de la Academia de Ciencias. Eso impide que puedan ser juzgados por su conducta
profesional salvo por un jurado de sus colegas profesionales..., a menos que
decidan renunciar a ese derecho, naturalmente.
—Lo que dicho en otras
palabras significa que el culpable no renunciará a ese derecho porque no puede
permitirse el lujo de enfrentarse a un sondeo psíquico, y que el inocente
renunciará enseguida. Ni siquiera tendrías que llevar a cabo e] sondeo, Daneel.
—Las cosas no funcionan
de esa manera, compañero Elijah. Renunciar a ese derecho en este caso equivale
a aceptar una investigación llevada a cabo por profanos en la materia, y eso
supondría aceptar un golpe muy serio a su prestigio profesional y correr el
riesgo de que éste no se recuperara nunca. Los dos se niegan a renunciar a su
derecho a un juicio especial. Es un asunto de orgullo profesional, y el
problema de la culpabilidad o la inocencia se ha vuelto completamente
secundario para ellos.
—En ese caso olvídalo
todo hasta que lleguéis a Aurora. En la conferencia de neurobiofísica habrá un
gran número de colegas profesionales suyos, y entonces...
—Eso significaría
asestar un tremendo golpe a la ciencia, compañero Elijah. Ambos sufrirían las
consecuencias de haber sido los instrumentos de un gran escándalo, e incluso el
inocente sería culpado por haberse visto involucrado en tan desagradable situación.
El problema debería ser resuelto de la forma más discreta posible.
—De acuerdo. No he
nacido en los Mundos Exteriores, pero intentaré imaginar que esa actitud tiene
sentido. ¿Qué es lo que dicen los dos matemáticos en cuestión?
—Humboldt está
totalmente de acuerdo. Dice que si Sabbat admite haberle robado la idea y
permite que él transmita el informe o deja que lo presente en la conferencia no
presentará ninguna acusación. El delito de Sabbat será un secreto sólo conocido
por él..., y naturalmente por el capitán, que es el único ser humano implicado
en la disputa aparte de los dos matemáticos.
—Pero supongo que el
joven Sabbat no acepta esa solución, ¿verdad?
—Al contrario, está de
acuerdo con el doctor Humboldt hasta en el último detalle..., sólo que
invirtiendo los nombres. De nuevo la imagen en el espejo, compañero Elijah.
—Así que la cosa está
en tablas y cada uno sigue sentado esperando que el otro dé su brazo a torcer,
¿no?
—Creo que cada uno de
ellos está esperando a que el otro haga un movimiento y admita su culpabilidad,
compañero Elijah.
—Bueno, entonces
esperemos.
—El capitán ha decidido
que eso es imposible. Existen otras dos alternativas al esperar. La primera es
que los dos sigan firmes en su actitud hasta que la nave espacial se pose en
Aurora y se produzca el escándalo intelectual. El capitán es responsable de la
administración de justicia a bordo de la nave y caerá en desgracia por no haber
sido capaz de arreglar discretamente el asunto, y la alternativa le parece
evidentemente inadmisible.
—¿Y la segunda
alternativa?
—Es que uno de los dos
matemáticos acabe admitiendo que ha obrado mal. Pero el que por fin confiese,
¿lo hará realmente abrumado por su culpabilidad o sólo por el noble deseo de
evitar el escándalo? ¿Es correcto privar de la fama a una persona lo
suficientemente ética para preferir perder esa fama antes que ver perjudicada a
toda la disciplina científica a la que ha consagrado sus esfuerzos? O, por el
contrario, ¿confesará la parte culpable en el último momento, de modo que haga
parecer que actúa de esa forma por el bien de la ciencia escapando así al
deshonor y arrojando la sombra de la duda sobre el otro? El capitán será la
única persona que llegue a saberlo, pero no desea pasar el resto de su
existencia preguntándose qué papel jugó en un terrible fracaso de la justicia.
—Un jueguecito
intelectual, ¿eh? ¿Quién se desmoronará primero mientras Aurora se va acercando
un poco más a cada momento que pasa? ¿Es ésa toda la historia, Daneel?
—Todavía no. Existen
testigos.
—¡Cielo santo! ¿Por qué
no lo dijiste enseguida? ¿Qué testigos?
—El sirviente personal
del doctor Humboldt...
—Un robot, supongo.
—Sí, por supuesto. Se
llama R. Preston. El sirviente estuvo presente durante la primera entrevista, y
ha confirmado lo dicho por el doctor Humboldt hasta el último detalle.
—Lo cual quiere decir
que la idea se le ocurrió al doctor Humboldt; que el doctor Humboldt se la
explicó al doctor Sabbat; que el doctor Sabbat alabó la idea y todo lo demás,
¿no?
—Sí, en todos sus
detalles.
—Entiendo. ¿ y resuelve
eso el problema o no? Es de suponer que no, ¿verdad?
—Tiene toda la razón,
compañero Elijah. No resuelve el problema porque existe un segundo testigo. El
doctor Sabbat también tiene un sirviente personal, R. Idda, otro robot del
mismo modelo que R. Preston que creo fue construido el mismo año en la misma fábrica;
y ambos han permanecido en servicio el mismo período de tiempo.
—Una coincidencia
curiosa..., muy curiosa.
—Un hecho que me temo
hace muy difícil llegar a ningún juicio basado en obvias diferencias entre
ambos sirvientes.
—Así que R. Preston
cuenta la misma historia que R. Idda, ¿eh?
—Exactamente la misma,
salvo por el detalle de la imagen en el espejo de los nombres.
—Así pues R. Idda
afirma que el joven Sabbat, que aún no tiene cincuenta años... —Lije Baley no
pudo evitar del todo que en su voz hubiera un matiz sardónico, ya que él aún no
había cumplido los cincuenta años y no se sentía precisamente joven—, tuvo la idea
primero; que se la expuso al doctor Humboldt el cual la alabó entusiásticamente
y todo lo demás, ¿no?
—Sí, compañero Elijah.
—Entonces uno de los
dos robots está mintiendo.
—Así parece.
—Debería resultar
sencillo averiguar cuál. Supongo que incluso un examen superficial llevado a
cabo por un buen roboticista...
—En este caso no basta
con un roboticista, compañero Elijah. Sólo un robopsicólogo cualificado posee
la experiencia y la autoridad suficientes para tomar una decisión en un caso de
tanta importancia, y no hay ninguno lo bastante cualificado a bordo de la nave.
Un examen de tales características sólo podrá realizarse cuando hayamos llegado
a Aurora...
—Y por aquel entonces
ya será demasiado tarde. Bien, ahora estás en la Tierra, ¿no? Estoy seguro de
que podremos encontrar algún robopsicólogo lo suficientemente cualificado, y
también estoy casi seguro de que nada de cuanto ocurra en la Tierra llegará a
saberse en Aurora y de que no habrá ningún escándalo.
—El problema estriba en
que ni el doctor Humboldt ni el doctor Sabbat están dispuestos a permitir que
sus sirvientes sean examinados por un robopsicólogo de la Tierra. El terrestre
tendría que...
Hizo una pausa.
—Tendría que tocar al
robot —dijo Baley con voz impasible.
—Son robots que llevan
mucho tiempo a su servicio, y...
—No pueden ser
contaminados por el roce de un terrestre, ¿no? ¿Entonces qué es lo que quieres
que haga, maldita sea? —Baley guardó silencio durante unos momentos y torció el
gesto—. Lo siento, Daneel, pero no veo razón alguna por la que puedas querer
implicarme en este asunto.
—Yo me encontraba a
bordo de la nave por una misión que no tiene nada que ver con el problema que
nos ocupa ahora —dijo el robot—. El capitán se dirigió a mí porque necesitaba
dirigirse a alguien. Debí de parecerle lo suficientemente humano como para poderme
hablar de ello, y lo suficientemente robótico como para ser un receptor seguro
de sus confidencias. Me contó toda la historia y me preguntó qué haría si
estuviese en su lugar. Comprendí que nos encontrábamos lo bastante cerca de la
Tierra para poder hacer una breve escala en ella, y le dije al capitán que
aunque el problema de la imagen en un espejo me tenía tan confuso como a él
había alguien en la Tierra que podía ayudarle a resolverlo.
—¡Cielo santo! —murmuró
Baley.
—Compañero Elijah,
piense que si consiguiera resolver este problema tanto su carrera como la
Tierra saldrían considerablemente beneficiadas. El asunto no podría ser
divulgado, por supuesto, pero el capitán es un hombre con ciertas influencias
en su mundo natal y sabría mostrarse agradecido.
—Estás depositando un
gran peso sobre mis hombros, Daneel.
—Estoy totalmente
seguro de que ya tiene alguna idea respecto a lo que hay que hacer —dijo R.
Daneel con voz impasible.
—¿De veras? Supongo que
el paso más obvio es interrogar a los matemáticos..., uno de los cuales parece
que es también un ladrón.
—Me temo que ninguno de
los dos querrá venir a la Ciudad, compañero Elijah..., y tampoco querrán que
vaya a verles.
—Y no hay forma de
obligar a un espacial a que se ponga en contacto con ningún terrestre sea cual
sea la emergencia. Sí, Daneel, lo comprendo..., pero yo estaba pensando en una
entrevista mediante un circuito cerrado de televisión.
—Tampoco es posible. No
se dejarán interrogar por un terrestre.
—¿Entonces qué es lo
que quieren de mí? ¿Puedo hablar con los robots?
—No permitirán que los
robots vengan aquí.
—Cielo santo, Daneel...
¡Tú has venido!
—Fue decisión mía.
Mientras me encuentre a bordo de una nave espacial me está permitido tomar
decisiones de esa índole sin que ningún ser humano aparte del capitán pueda
ponerme impedimento alguno..., y el capitán se mostró muy deseoso de que
estableciera contacto con usted. Le conozco lo suficientemente bien como para
decidir que el contacto por televisión era insuficiente, compañero Elijah, y
además deseaba estrechar su mano.
Lije Baley se ablandó
un poco.
—Aprecio lo que acabas
de decir, Daneel, pero si quieres que te sea sincero sigo deseando que no
hubieras pensado en mí para resolver este caso. ¿Puedo hablar con esos robots
mediante el circuito cerrado de televisión?
—Supongo que sería
factible.
—Bueno, algo es algo.
Significa que tendré que hacer el trabajo de un robopsicólogo..., de la peor
manera posible.
—Pero usted es
detective, no robopsicólogo.
—Dejemos eso a un lado
de momento y pensemos un poco antes de interrogar a los robots. ¿Es posible que
ambos robots estén diciendo la verdad, Daneel? Puede que la conversación que
mantuvieron los dos matemáticos fuese un tanto equívoca. Quizá se desarrolló de
forma que cada robot está sinceramente convencido de que su dueño es el
propietario original de la idea..., o quizá un robot sólo oyó una parte de la
conversación y el otro otra parte, y cada uno pudo suponer que la idea había
surgido de su dueño.
—Eso es completamente
imposible, compañero Elijah. Ambos robots repiten la conversación de forma
idéntica, y las dos repeticiones son básicamente completas.
—¿Entonces no cabe
ninguna duda de que uno de los dos robots está mintiendo?
—Ninguna.
—¿Podré ver la
transcripción de todas las evidencias obtenidas hasta el momento..., en
presencia del capitán si llegara a resultar necesario?
—Pensé que podría
pedírmelo, y he traído copias conmigo.
—Estupendo. ¿Sabes si
se confrontó a un robot con el otro, y en caso de que se hiciera si existe una
transcripción del resultado ?
—Los robots se
limitaron a repetir sus declaraciones iniciales. La confrontación habría tenido
que ser supervisada por un robopsicólogo.
—¿O por mí?
—Usted es detective,
compañero Elijah, no...
—De acuerdo, Daneel, de
acuerdo... Intentaré guiarme por la psicología de los espaciales. Un detective
puede hacerlo precisamente porque no es un robopsicólogo, ¿entiendes? Bien,
sigamos pensando... En circunstancias normales un robot no mentirá, pero lo
hará si es necesario para no infringir las Tres Leyes. Puede mentir para
proteger su propia existencia de acuerdo con la Tercera Ley, y su capacidad
para mentir aumenta considerablemente cuando lo hace siguiendo una orden dada
por un ser humano en concordancia con la Segunda Ley; y esa capacidad de mentir
aumenta todavía más si el objetivo de la mentira es salvar una vida humana o
impedir que un ser humano sufra daños porque en ese caso está obedeciendo la
Primera Ley.
—Cierto.
—Y en este caso cada
robot podría estar defendiendo la reputación profesional de su dueño, y podría
llegar a mentir si lo considerase necesario. Bajo estas circunstancias la
reputación profesional puede ser algo equivalente a la vida, lo que equivaldría
a una compulsión a mentir originada en la Primera Ley.
—Pero con esa mentira
cada sirviente estaría dañando la reputación profesional del otro matemático,
compañero Elijah.
—Así es, pero cada
robot puede tener una concepción muy clara de lo que vale la reputación de su
dueño y juzgar honestamente que es superior a la del otro matemático; y en tal
caso supondría que su mentira produciría un daño menor que decir la verdad.
Lije Baley permaneció
inmóvil y en silencio durante unos momentos después de haber pronunciado
aquellas palabras.
—Bien —dijo por fin—,
¿podrías arreglar que pueda hablar un rato con cada robot? Creo que empezaré
por R. Idda.
—¿El robot del doctor
Sabbat?
—Sí —dijo secamente
Baley—, el robot del jovencito.
—Necesitaré unos
minutos —dijo R. Daneel—. He traído conmigo un micro-receptor conectado a un
proyector. Sólo preciso una pared lisa, y creo que ésa servirá si me permite
retirar el montón de cintas que hay delante de ella.
—Por supuesto. ¿He de
hablar por un micrófono o algo parecido?
—No, nada de eso. y
ahora le ruego que me disculpe, compañero Elijah, pero he de ponerme en
contacto con la nave y concertar la entrevista con R. Idda.
—Si vas a tardar un
rato en conseguirlo, ¿por qué no me das la transcripción para que le vaya
echando una ojeada mientras ?
Lije Baley encendió su
pipa mientras R. Daneel preparaba el equipo, y hojeó el fajo de papeles que le
había entregado el robot.
Pasaron diez minutos.
—Compañero Elijah, si
está preparado R. Idda también lo está —dijo R. Daneel—. ¿O quizá prefiere
dedicar unos minutos más al examen de la transcripción?
—No —dijo Baley, y
suspiró—. No he averiguado nada nuevo aparte de lo que ya me has contado.
Establece la conexión, y asegúrate de que la entrevista quede grabada y sea
transcrita.
La proyección
bidimensional que apareció sobre la pared hacía que R. Idda cobrara un aspecto
un poco irreal. El robot era básicamente metálico, y tenía muy poco que ver con
la criatura humanoide que era R. Daneel. Su cuerpo era alto pero robusto, y
salvo algunos pequeños detalles estructurales había muy poco que lo
distinguiera de los muchos robots que Baley había visto antes.
—Buenos días, R. Idda
—dijo Baley.
—Buenos días, amo
—replicó R. Idda con una voz grave que sonaba sorprendentemente humana.
—Eres el sirviente
personal de Gennao Sabbat, ¿verdad?
—Así es, amo.
—¿Desde hace cuánto
tiempo, muchacho?
—Desde hace veintidós
años, amo.
—¿Y la reputación de tu
dueño es muy valiosa para ti?
—Sí, amo.
—¿Considerarías muy
importante proteger esa reputación?
—Sí, amo.
—¿Crees que proteger su
reputación es tan importante como proteger su vida?
—No, amo.
—¿Crees que proteger su
reputación es tan importante como proteger la reputación de otro ser humano ?
R. Idda vaciló unos
momentos antes de responder.
—En situaciones
semejantes hay que tomar una decisión basándose en el mérito de cada individuo,
amo —dijo por fin—. No hay ninguna forma de establecer una regla general.
Baley sufrió un momento
de duda. Aquellos robots espaciales hablaban de forma mucho más educada e
inteligente que los modelos terrestres y Baley no estaba totalmente seguro de
poder ser más listo que ellos.
—Si decidieras que la
reputación de tu dueño es más importante que la de otro ser humano..., digamos
que la de Alfred Barr Humboldt... ¿Mentirías para proteger la reputación de tu
dueño? —preguntó por fin.
—Sí, amo, lo haría.
—¿Mentiste cuando
prestaste testimonio relativo a la conducta de tu dueño en su controversia con
el doctor Humboldt?
—No, amo.
—Pero si lo hiciste
negarías que habías mentido a fin de que la mentira anterior no fuese
descubierta, ¿verdad?
—Sí, amo.
—Bien —dijo Baley—,
pasemos a otro asunto... Tu dueño es un joven matemático de gran reputación,
pero es joven. Si hubiera sucumbido a la tentación y hubiera faltado a la ética
en su controversia con el doctor Humboldt su reputación sufriría un cierto eclipse,
desde luego, pero es joven y tendría mucho tiempo para recuperarse del golpe.
Aún le quedarían muchos triunfos intelectuales por delante, y su intento de
cometer un plagio acabaría siendo considerado como el típico error de un joven
impulsivo y atolondrado. Sería algo que no afectaría demasiado a su futuro. En
cambio si fuese el doctor Humboldt quien había sucumbido a la tentación el
asunto resultaría mucho más serio. El doctor Humboldt es un anciano cuyo
historial de grandes logros intelectuales abarca siglos, y hasta ahora su
reputación había sido totalmente intachable..., pero todo eso quedaría olvidado
a causa de este único crimen cometido en los últimos años de su existencia, y
no tendría ni la más mínima oportunidad de recuperarse en el relativamente poco
tiempo de vida que le queda. Habría muy pocas cosas que pudiera hacer. En el
caso del doctor Humboldt eso representaría mucho más trabajo arruinado que en
el de tu amo y, por lo tanto, muchas menos oportunidades de recobrar su
posición anterior. Supongo que comprendes que de los dos es el doctor Humboldt
quien se enfrenta a la peor situación, y que por lo tanto merece ser tratado
con mayor consideración.
Hubo un silencio
bastante prolongado.
—Mentí al prestar
testimonio —dijo por fin R. Idda—. El trabajo pertenecía al doctor Humboldt, y
mi dueño obró mal al intentar atribuirse el mérito que le correspondía a éste.
—Muy bien, muchacho
—dijo Baley—. Te ordeno que no digas nada de todo esto a nadie hasta haber
recibido permiso del capitán de la nave para hacerlo. Puedes irte.
La pantalla quedó
vacía, y Baley dio una chupada a su pipa.
—¿Crees que el capitán
habrá oído eso, Daneel ?
—Estoy seguro de ello.
Aparte de nosotros es el único que tiene acceso a la conexión.
—Bien... y ahora
ocupémonos del otro.
—Pero ya no es
necesario, compañero Elijah. Dado lo que R. Idda acaba de confesar...
—Por supuesto que es
necesario. La confesión de R. Idda no aclara nada.
—¿Nada?
—Nada en absoluto. Yo
le hice ver que el doctor Humboldt se encontraba en una situación peor que la
de su dueño. Naturalmente si mentía para proteger a Sabbat eso le impulsaría a
decir la verdad, como de hecho afirmó estar haciendo, pero si estaba diciendo
la verdad antes también le impulsaría a mentir para proteger al doctor
Humboldt. Volvemos a estar ante la imagen en el espejo, y no hemos conseguido
nada.
—Pero... ¿Qué vamos a
conseguir interrogando a R. Preston?
—Si la imagen en el
espejo fuera perfecta nada..., pero no lo es. Después de todo uno de los robots
dice la verdad y otro está mintiendo, y eso crea un punto de asimetría. Veamos
a R. Preston. Ah, si está lista dame la transcripción del examen de R. Idda.
El proyector volvió a
entrar en funcionamiento. R. Preston le devolvió la mirada a Baley desde la
pantalla. Era idéntico a R. Idda en todos los detalles salvo por algunos
adornos en el pecho.
—Buenos días, R.
Preston —dijo Baley manteniendo la transcripción del examen de R. Idda delante
de él mientras hablaba.
—Buenos días, amo —dijo
R. Preston. Su voz era idéntica a la de R. Idda.
—Eres el sirviente
personal de Alfred Barr Humboldt, ¿verdad?
—Lo soy, amo.
—¿Desde hace cuánto
tiempo, muchacho?
—Desde hace veintidós
años, amo.
—¿Y la reputación de tu
dueño es valiosa para ti?
—Sí, amo.
—¿Consideras importante
el proteger esa reputación?
—Sí, amo.
—¿Crees que proteger su
reputación es tan importante como proteger su vida?
—No, amo.
—¿Crees que proteger su
reputación es tan importante como proteger la reputación de otro ser humano ?
R. Preston vaciló.
—En situaciones
semejantes hay que tomar una decisión basándose en el mérito de cada individuo,
amo —dijo por fin—. No hay ninguna forma de establecer una regla general.
—Si decidieras que la
reputación de tu dueño es más importante qpe la de otro ser humano..., digamos
que la de Gennao Sabbat... ¿Mentirías para proteger la reputación de tu dueño?
—preguntó Baley.
—Sí, amo, lo haría.
—¿Mentiste cuando
prestaste testimonio relativo a la conducta de tu dueño en su controversia con
el doctor Sabbat?
—No, amo.
—Pero si lo hiciste
negarías que habías mentido a fin de que la mentira anterior no fuese
descubierta, ¿verdad?
—Sí, amo.
—Bien —dijo Baley—,
entonces consideremos esto... Tu dueño, Alfred Barr Humboldt, es un anciano que
goza de una gran reputación como matemático pero ya es muy viejo. Si hubiera
sucumbido a la tentación y hubiera faltado a la ética en su controversia con el
doctor Sabbat sufriría un cierto eclipse en su reputación, pero su gran edad y
los siglos de grandes logros estarían a su favor y lo superaría. Su intento de
cometer un plagio acabaría siendo considerado como el error de un hombre viejo
y quizá enfermo que no había sabido obrar juiciosamente. En cambio, si fuera el
doctor Sabbat quien hubiera sucumbido a la tentación el asunto sería mucho más
serio. El doctor Sabbat es un hombre joven cuya reputación está mucho menos
afianzada. En circunstancias normales tendría ante él varios siglos en los que
podría acumular conocimientos y hacer grandes cosas, pero todo eso le
resultaría imposible a causa de ese error de juventud. El futuro que puede
perder es mucho más largo que el de tu dueño. Supongo que comprendes que de los
dos es Sabbat quien se encuentra en peor situación, y que por lo tanto merece
una consideración más grande.
Hubo un silencio muy
prolongado.
—Mentí al prestar
tes... —empezó a decir R. Preston con voz átona.
El robot no completó la
frase y no dijo nada más.
—Sigue hablando, R.
Preston —dijo Baley.
No obtuvo respuesta.
—Me temo que el cerebro
positrónico de R. Preston ha quedado en éxtasis, compañero Elijah —dijo
Daneel—. Está inutilizado.
—Bien, en tal caso por
fin hemos conseguido producir una asimetría —dijo Baley—. Partiendo de ahí
podremos averiguar quién es el culpable.
—¿Cómo, compañero
Elijah?
—Piensa en ello. Supón
que eres la persona que no ha cometido el crimen y que tu robot puede
atestiguarlo. En tal caso no necesitarás hacer nada, ¿verdad? Tu robot dirá la
verdad y tú quedarás al margen, pero si eres la persona que ha cometido el
crimen tendrás que depender de tu robot para que te salve con una mentira. Tu
situación puede llegar a ser bastante peligrosa porque aunque el robot es capaz
de mentir si es necesario siempre estará más inclinado a decir la verdad que a
mentir, y la mentira será menos firme e inatacable que la verdad. Para evitar
tal eventualidad lo más probable es que quien haya cometido el crimen tenga que
ordenar a su robot que mienta de forma que la Primera Ley quede reforzada por
la Segunda Ley ..., quizá muy considerablemente.
—Eso parece razonable
—dijo R. Daneel.
—Supón que tenemos dos
robots, uno en cada situación. Un robot cambiaría de la verdad no reforzada a
la mentira y podría hacerlo después de una cierta vacilación sin sufrir ninguna
avería grave. El otro robot debería cambiar de la mentira fuertemente reforzada
a la verdad, pero correría el riesgo de quemar varios canales positrónicos de
su cerebro y acabar en éxtasis.
—Y puesto que eso es lo
que le acaba de suceder a R. Preston...
—El doctor Humboldt es
el culpable de plagio. Si transmites esto al capitán de la nave y le dices que
hable con el doctor Humboldt confrontándole con esta nueva situación quizá
consiga obligarle a confesar. Si es así espero que me lo digas inmediatamente.
—Lo haré, desde luego.
¿Me disculpa, compañero Elijah? Debo hablar con el capitán en privado.
—Por supuesto. Utiliza
la sala de conferencias, está protegida contra interferencias.
Baley descubrió que no
podía trabajar en nada durante la ausencia de R. Daneel, y permaneció sentado
en un inquieto silencio. Muchas cosas dependían de que su análisis fuera
correcto, y Baley era agudamente consciente de su falta de experiencia en
robótica.
R. Daneel regresó al
cabo de media hora..., que fue con mucho la media hora más larga de toda la
vida de Baley. Intentar averiguar lo que había ocurrido por la expresión del
impasible rostro del robot humanoide era imposible, naturalmente. Baley intentó
que su rostro permaneciera igualmente impasible.
—¿Y bien, R. Daneel?
—preguntó.
—Todo ha ocurrido tal y
como usted dijo que ocurriría, compañero Elijah. El doctor Humboldt ha
confesado. Dijo que contaba con que el doctor Sabbat cedería y permitiría que
el doctor Humboldt se anotara su último gran triunfo científico. La crisis ha
quedado resuelta, y estoy seguro de que el capitán sabrá expresarle
adecuadamente su gratitud. Me ha dado permiso para decirle que admira
enormemente la sutil agudeza de sus razonamientos, y creo que yo mismo estaré
mejor considerado a partir de ahora por haberle sugerido que consultara con
usted.
—Bien —dijo Baley.
Descubrir que había acertado hizo que Baley fuera repentinamente consciente de
que le temblaban las rodillas y de que tenía la frente cubierta de sudor—. Pero
Daneel, por todos los cielos... No vuelvas a ponerme nunca en un compromiso semejante,
¿de acuerdo?
—Intentaré no hacerlo,
compañero Elijah. Todo dependerá de la importancia de la crisis o de lo cerca
que esté usted, o de cierto número de factores. Pero tengo una pregunta que
hacerle...
—¿Sí?
—¿Acaso no era posible
suponer que el paso de una mentira a la verdad podía resultar fácil mientras
que el paso de la verdad a una mentira podía resultar difícil? Y en ese caso,
¿no era posible que el robot hubiera quedado afectado por el paso de la verdad
a una mentira, y puesto que R. Preston estaba claramente afectado no se podía
haber llegado a la conclusión de que el doctor Humboldt era inocente y el
doctor Sabbat culpable?
—Sí, Daneel. Ese
argumento era posible, pero fue el otro argumento el que resultó ser cierto.
Humboldt confesó, ¿verdad?
—Sí, lo hizo. Pero dado
que se trataba de una argumentación posible en ambas direcciones, compañero
Elijah... ¿Cómo consiguió captar con tanta rapidez cuál era la correcta?
Baley frunció los
labios durante un momento, y acabó relajándolos y dejando que se curvaran en
una sonrisa.
—Porque tuve en cuenta
las reacciones humanas y no las robóticas, Daneel. Sé bastante más sobre los
seres humanos que sobre los robots, no lo olvides... En otras palabras, tenía
cierta idea sobre cuál de los matemáticos era culpable incluso antes de interrogar
a los robots. En cuanto hube provocado una respuesta asimétrica en ellos me
bastó con interpretarla de forma que la culpabilidad recayera sobre quien yo
creía que era el culpable. La respuesta robótica fue lo suficientemente
espectacular para hacer que el culpable se desmoronase, pero es probable que mi
análisis del comportamiento humano no hubiese bastado para provocar esa
reacción.
—Siento curiosidad por
saber cuál fue su análisis del comportamiento humano.
—¡Cielo santo, Daneel!
Piensa un poco y no tendrás que hacer tantas preguntas... Aparte del asunto del
verdadero y falso existe otro punto de asimetría en toda esta historia de la
imagen en un espejo. Es la edad de los dos matemáticos: uno es muy viejo, y el
otro es muy joven.
—Sí, naturalmente. ¿
Pero qué significa eso ?
—Examinemos el asunto.
Puedo imaginarme a un hombre joven que se siente arrebatado por una idea
repentina, sorprendente y revolucionaria y que decide exponérsela a un anciano
al que ha considerado como un semidiós desde sus días de estudiante. No consigo
imaginarme a un anciano cargado de honores y acostumbrado a los triunfos que se
siente arrebatado por una idea repentina, sorprendente y revolucionaria
consultando a un hombre siglos más joven que él a quien seguramente considerará
como un mequetrefe..., o el término que utilicéis los espaciales. Aparte de eso
si un joven tuviera la oportunidad de hacerlo, ¿ crees que intentaría robar la
idea a un semidiós al que reverencia? No, me parece impensable. Por otra parte
un anciano consciente de que sus dotes intelectuales han empezado a declinar
bien podría aferrarse a una última oportunidad de obtener la fama y considerar
que un bebé recién llegado a esa ciencia no tiene los mismos derechos que él.
En pocas palabras, que Sabbat le robara la idea al doctor Humboldt no era
concebible y el doctor Humboldt era culpable desde ambos ángulos.
R. Daneel pensó en lo
que acababa de oír durante unos momentos y acabó ofreciendo su mano a Baley.
—Debo marcharme,
compañero Elijah —dijo—. Me ha alegrado mucho verle. Espero que volvamos a
encontrarnos pronto.
Baley estrechó con
fuerza la mano del robot.
—Si no te importa,
Daneel, espero que ese encuentro tarde un poco en llegar...
El incidente del
tricentenario
4 de julio de 2076... y
por tercera vez el accidente del sistema convencional de numeración, basado en
potencias de diez, había llevado los dos últimos dígitos del año a marcar el
fatal 76 que una vez había coincidido con el nacimiento de la nación.
Ya no era una nación en
el antiguo sentido de la palabra; más bien constituía una expresión geográfica;
parte de un conjunto más amplio que formaba la Federación de toda la Humanidad
sobre la Tierra, junto con sus ramificaciones en la Luna y las colonias
espaciales. Pero el nombre y la idea subsistían en la cultura y la tradición, y
aquella porción del planeta señalada con el viejo nombre continuaba siendo la
región más próspera y avanzada del mundo... Y el presidente de los Estados
Unidos seguía siendo la figura más poderosa del Consejo Planetario.
Lawrence Edwards
contempló la pequeña figura del presidente desde su altura de unos setenta
metros por encima del nivel del suelo. Planeó suavemente sobre la muchedumbre,
con su motor de flotrones colgado a la espalda emitiendo un ronroneo apenas
perceptible, y lo que vio era exactamente lo que cualquiera podría ver en una
escena de holovisión. Cuántas veces había contemplado pequeñas figuras como
ésas en su sala de estar, pequeñas figuras en un cubo de luz solar, de
apariencia tan real como si fuesen homúnculos vivientes, con la sola diferencia
de que era posible atravesarlas con la mano.
No era posible en
cambio atravesar con la mano las figuritas que se extendían por decenas de
miles sobre los espacios libres que rodeaban el monumento a Washington. Y no
era posible atravesar con la mano la figura del presidente. Pero en cambio uno
podía alargar la mano hacia él, tocarlo y estrechar la suya.
Edwards pensó con sorna
en lo inútil de ese elemento adicional de tangibilidad y deseó encontrarse a
cien kilómetros de distancia, flotando en el aire sobre algún apartado lugar
desierto, en vez de estar allí obligado a vigilar cualquier posible señal de
desorden. Su presencia allí habría sido totalmente innecesaria de no ser por la
mitología que confería un valor al hecho de «tocar la carne».
Edwards no se contaba
entre los admiradores del presidente Hugo Allen Winkler, el quincuagésimo
séptimo en ocupar el cargo.
Edwards consideraba al
presidente Winkler un hombre inútil, un seductor, un cazador de votos, capaz
sólo de promesas. Era decepcionante encontrarse con un hombre así en el cargo
después de todas las esperanzas puestas en él durante los primeros meses de su
mandato. La Federación Mundial corría el riesgo de desmembrarse mucho antes de
haber cumplido su cometido, y Winkler era incapaz de hacer nada para evitarlo.
En esos momentos se hubiera necesitado una mano dura, no una mano amable; una
voz fuerte, no una voz azucarada.
Allí estaba ahora,
estrechando manos, en medio de un espacio controlado por el Servicio, mientras
el propio Edwards, y unos cuantos miembros más del Servicio, lo vigilaban todo
desde lo alto.
Sin duda el presidente
se presentaría para la reelección, y parecía bastante probable que sufriera una
derrota. Ello sólo podía empeorar las cosas, pues el partido de la oposición
estaba empeñado en destruir la Federación.
Edwards suspiró. Se
avecinaban cuatro años miserables –tal vez cuarenta años miserables–, y todo lo
que él podía hacer era flotar en el aire, preparado para ponerse en contacto
con todos los agentes del Servicio apostados en tierra a través del transmisor
de rayos láser en cuanto se detectase el más mínimo...
No detectó lo más
mínimo. Ni rastro de agitación. Sólo una nubecilla de polvo blanco, apenas
visible; sólo un momentáneo destello bajo la luz del sol, que se encendió y
volvió a apagarse, y desapareció dándole apenas tiempo de percibirlo.
¿Dónde estaba el
presidente? Lo había perdido de vista en medio de la polvareda.
Escudriñó los
alrededores del lugar donde lo había divisado por última vez. El presidente no
podía haber ido muy lejos.
Entonces advirtió
señales de agitación. Primero entre los mismos agentes del Servicio, que
parecían haber perdido la cabeza y se movían agitadamente de un lado a otro.
Luego la muchedumbre más próxima a ellos se contagió de su agitación, y después
ésta se propagó a los que estaban más lejos. El ruido fue creciendo hasta
hacerse atronador.
Edwards no tuvo
necesidad de oír las palabras que componían el creciente clamor. Este pareció
comunicarle la noticia a través de su sola clamorosa insistencia. ¡El
presidente Winkler había desaparecido! Hacía un instante estaba allí, y un
instante después se había transformado en un puñado de polvo pronto
desvanecido.
Edwards contuvo el
aliento en agonizante espera durante lo que le pareció una narcotizada
eternidad, esperó que transcurriera el largo instante que tardaría en asentarse
la conciencia de lo ocurrido, aguardando el momento en que la masa iniciaría la
loca, amotinada estampida.
...Entonces se oyó
resonar una voz por encima del rumor, cada vez más intensa, y al oírla el ruido
fue apagándose, muriendo, hasta hacerse silencio. Fue como si a fin de cuentas
todo no fuera más que un programa de televisión y alguien hubiera apagado el
sonido.
Edwards pensó: «Dios
mío, es el presidente».
La voz era
inconfundible. Winkler estaba de pie sobre el estrado vigilado, desde donde
debía pronunciar su discurso del Tricentenario, y del que había descendido
hacía sólo diez minutos escasos para estrechar la mano a algunas personas de la
multitud.
¿Cómo habría regresado
hasta allí?
Edwards escuchó...
—No me ha pasado nada,
conciudadanos de América. Lo que acabáis de presenciar ha sido el fallo de un
aparato mecánico. No era vuestro presidente, y no debemos permitir que un fallo
mecánico empañe la celebración del día más feliz que jamás ha vivido el
mundo... Conciudadanos norteamericanos, escuchadme bien...
Y a continuación
pronunció el discurso del Tricentenario, el mejor discurso jamás oído en boca
de Winkler, el mejor que Edwards había oído en su vida. Hubo momentos en que
Edwards estuvo a punto de descuidar su tarea de supervisión, tal era su interés
por lo que estaba escuchando.
¡Winkler sabía lo que
hacía! Comprendía la importancia de la Federación, y estaba logrando hacérsela
comprender al público.
Pero en lo más hondo de
su ser, otra parte de su persona recordaba los persistentes rumores en el
sentido de que los nuevos adelantos de la robótica habían permitido construir
una réplica del presidente, un robot capaz de cumplir las funciones puramente ceremoniales,
capaz de estrechar la mano a la multitud, que nunca se aburría ni se cansaba, y
que no podía ser asesinado.
Edwards pensó, con un
oscuro sobresalto, que eso era lo que había ocurrido. Realmente había habido un
robot sosías, y en cierto modo... éste había sido asesinado.
13 de octubre de
2078...
Edwards levantó la
vista en el momento en que se acercaba el guía robot de muy baja estatura, el
cual anunció con voz meliflua:
—El señor Janek le
espera.
Edwards se levantó y se
sintió muy alto junto al guía metálico que sólo le llegaba hasta la cintura. No
se sentía joven, en cambio. Su rostro se había llenado de arrugas en aquel
último par de años, y era consciente de ello.
El guía le introdujo en
una habitación sorprendentemente pequeña y allí, sentado detrás de una mesa
sorprendentemente pequeña, encontró a Francis Janek, un hombre ligeramente
barrigudo y de apariencia incongruentemente joven.
Janek le sonrió y le
miró con simpatía mientras se levantaba para estrecharle la mano.
—Señor Edwards.
—Me alegra tener la
oportunidad de saludarle, señor —masculló Edwards.
Era la primera vez que
Edwards veía a Janek, pero lo cierto es que el trabajo de secretario personal
del presidente se hace a la sombra y raras veces constituye noticia.
—Siéntese, siéntese
—dijo Janek—. ¿Puedo ofrecerle una barrita de soja?
Edwards rehusó con una
educada sonrisa y se sentó. Era evidente que Janek intentaba hacer resaltar su
juventud. Llevaba la arrugada camisa sin abrochar, y se había teñido el vello
del pecho de un color violeta apagado pero perfectamente definido.
—Sé que lleva usted
algunas semanas intentando ponerse en contacto conmigo —dijo Janek—. Lamento
este retraso. Espero que sabrá comprender que mi tiempo no me pertenece del
todo. Pero, ahora ya está usted aquí... Por cierto que he pedido informes al
jefe del Servicio y tiene muy buena opinión de usted. Lamenta que haya
presentado usted la dimisión.
Edwards bajó la mirada
y dijo:
—Me ha parecido mejor
proseguir mis investigaciones sin correr el riesgo de hacer quedar mal al
Servicio.
Janek esbozó una
brillante sonrisa.
—Sin embargo, sus
actividades, aunque discretas, no han pasado inadvertidas. El jefe me expone
que usted ha estado investigando el incidente del Tricentenario, y debo
reconocer que ha sido esto lo que me ha impulsado a recibirle en cuanto me ha
sido posible. ¿Es ése el motivo de que haya renunciado a su cargo? Está
investigando usted un asunto cerrado.
—¿Cómo puede decir que
se trata de un asunto cerrado, señor Janek? Aun llamándolo incidente, ello no
altera el hecho de que hubo un intento de asesinato.
—Es sólo una cuestión
semántica. ¿Para qué emplear una expresión inquietante?
—Sólo porque parece
corresponder a una realidad inquietante. Sin duda, reconocerá usted que alguien
intentó matar al presidente.
Janek extendió las
manos abiertas.
—En ese caso, su plan
fracasó. Se destruyó un artefacto mecánico. Nada más. De hecho, si lo
consideramos bajo la perspectiva adecuada, el incidente, o como quiera usted
llamarlo, fue una enorme bendición para la nación y para el mundo entero. Como
todos sabemos, el incidente conmovió al presidente y también a la nación. El
presidente, y con él todos nosotros, comprendió lo que podría significar un
retorno a la violencia del pasado siglo, y ello determinó un gran cambio de
opinión.
—No puedo negarlo.
—Claro que no puede.
Incluso los enemigos del presidente reconocen que en estos dos últimos años se
han conseguido grandes cosas. La Federación es hoy en día mucho más fuerte de
lo que nadie hubiera podido imaginar el día del Tricentenario. Podríamos decir
incluso que se ha evitado el colapso de la economía mundial.
—Sí, el presidente es
otro hombre. Todo el mundo lo dice —afirmó Edwards cautelosamente.
—Siempre fue un gran
hombre —dijo Janek—. Aunque el incidente le hizo concentrarse en los grandes
problemas con feroz intensidad.
—¿Algo que no había
hecho antes?
—Tal vez no con tanta
intensidad... El caso es que, en efecto, el presidente, y todos nosotros,
preferiríamos que se olvidase el incidente. La principal finalidad que me ha
movido a recibirle, señor Edwards, ha sido hacerle comprender esto. No estamos
en el siglo veinte, y no podemos meterle en la cárcel sólo porque su actitud
nos incomoda, ni tampoco podemos ponerle ningún tipo de trabas, pero ni
siquiera la Constitución Mundial nos impide recurrir a la persuasión.
¿Comprende lo que quiero decir?
—Lo comprendo, pero no
estoy de acuerdo con usted. ¿Podemos olvidar el incidente a sabiendas de que
jamás ha sido descubierto el responsable?
—Tal vez también valga
más así, señor. Es mucho mejor dejar escapar a, digamos, una persona
desequilibrada que no desbordar la cuestión y preparar, posiblemente, el
terreno para un retorno a los tiempos del siglo veinte.
—La versión oficial
afirma incluso que el robot explotó de manera espontánea, lo cual es imposible
y ha perjudicado injustamente a la industria de la robótica.
—Yo no usaría la
palabra robot, señor Edwards. Era un artefacto mecánico. Nadie ha afirmado que
los robots en sí sean peligrosos, y desde luego no se ha dicho nada sobre los
robots corrientes de metal. Aquí se trata sólo de esos artefactos
extraordinariamente complejos, de apariencia casi humana, que parecen hechos de
carne y hueso y a los que podríamos denominar androides. En realidad, es tal su
complejidad que tal vez incluso puedan explotar; no soy un experto en ese
campo. La industria de la robótica se recuperará.
—A nadie en el Gobierno
parece importarle llegar al fondo de este asunto —insistió obstinadamente
Edwards.
—Ya le he explicado que
el suceso no ha tenido más que buenas consecuencias. ¿A qué remover el fango
del fondo, cuando la superficie del agua es transparente?
—¿Y el hecho de que se
emplease un desintegrador?
La mano de Janek, que
había estado dándole vueltas al frasco con las barritas de soja que tenía sobre
la mesa, permaneció inmóvil un instante, luego reanudó su movimiento rítmico.
—¿Qué es eso? —preguntó
despreocupadamente.
—Señor Janek, creo que
sabe usted a qué me refiero –dijo Edwards con vehemencia—. Como parte del
Servicio...
—Al que naturalmente ya
no pertenece.
—Aun así, como parte
del Servicio, no pude evitar enterarme de cosas que no siempre debí haber oído,
supongo. Había oído hablar de una nueva arma, y en el Tricentenario vi ocurrir
algo que hubiera requerido su intervención. El objeto que todos habían tomado
por el presidente se desvaneció en una nube de polvo muy fino. Fue como si cada
átomo del objeto hubiera perdido los lazos que lo unían a los demás átomos. El
objeto se convirtió en una nube de átomos individuales, que desde luego en
seguida comenzaron a combinarse de nuevo, pero dispersándose con tanta rapidez
que sólo se vio un momentáneo destello de polvo.
—Muy de ciencia
ficción.
—Desde luego no
comprendo el funcionamiento científico del proceso, señor Janek, pero no se me
escapa que para romper esos lazos atómicos se necesitaría bastante energía. Esa
energía tendría que tomarse del medio ambiente. Las personas que estaban cerca del
artefacto en aquel momento, a las que yo podría localizar y que sin duda
estarían dispuestas a declarar, coincidieron en señalar que sintieron una
oleada de frío sobre sus cuerpos.
Janek apartó el frasco
con las barritas de soja con un pequeño chasquido de la transita sobre la
celulita.
—Supongamos, sólo a
efectos de discusión, que existe algo llamado desintegrador.
—No es preciso
discutirlo. Ese objeto existe.
—No lo discutiré.
Ignoro la existencia de nada de ese tipo, pero es poco probable que hasta mi
despacho lleguen noticias de algo tan secreto como puede ser una nueva arma.
Sin embargo, si existe un desintegrador, y si es tan secreto como parece, debe
de tratarse de un monopolio norteamericano, desconocido en el resto de la
Federación. En ese caso sería algo de lo que ni usted ni yo deberíamos hablar.
Podría ser un arma de guerra más peligrosa que las bombas nucleares,
precisamente porque, si lo que usted dice es cierto, sólo provoca una
desintegración en el lugar del impacto y un poco de frío en los alrededores
inmediatos. Sin explosión, sin fuego, sin radiaciones mortíferas. Sin esos
terribles efectos secundarios, nada podría frenar su uso, pero, por lo que
sabemos, podría llegar a tener la potencia suficiente como para destruir el
propio planeta.
—En eso coincido con
usted —dijo Edwards.
—Entonces comprenderá
que, si el desintegrador no existe, es una locura hablar de él; y si existe, es
criminal mencionar su existencia.
—No se lo he mencionado
a nadie, excepto ahora a usted, porque deseo hacerle comprender la gravedad de
la situación. Por ejemplo, si alguien hubiera hecho uso de un desintegrador,
¿no debería interesarle al Gobierno averiguar cómo había ocurrido eso, saber si
otra unidad de la Federación también lo posee?
Janek movió
negativamente la cabeza.
—Creo que podemos
confiar en que los órganos competentes del Gobierno habrán tenido en cuenta esa
cuestión. Y lo mejor que puede hacer usted es no preocuparse más de ello.
—¿Puede garantizarme
que los Estados Unidos son el único Gobierno que dispone de esa arma? —preguntó
Edwards, controlando apenas su impaciencia.
—No podría decírselo,
puesto que nada sé sobre semejante arma, y nada debo saber al respecto. Usted
no debería haberme hablado de ello. Aun suponiendo que semejante arma no
exista, el mero rumor de su existencia ya podría resultar nocivo.
—Pero ahora que ya se
lo he dicho y el daño ya está hecho, escúcheme hasta el final, por favor. Deme
la oportunidad de convencerle de que usted, y sólo usted, tiene en sus manos la
clave de una terrible situación que tal vez yo sea el único en imaginar.
—¿Una situación que
usted es el único en imaginar? ¿Una situación cuya clave sólo yo tengo?
—¿Le parece una
paranoia? Permita que se lo explique y después juzgue por sí mismo.
—Voy a concederle un
poco más de tiempo, señor, pero me reafirmo en lo que ya le he dicho. Debe
renunciar usted a ese..., ese pasatiempo suyo..., esa investigación. Es algo
terriblemente peligroso.
—Lo peligroso sería
renunciar a ella. ¿No comprende que si el desintegrador existe y si los Estados
Unidos tienen el monopolio de su fabricación, entonces eso significa que el
número de personas que podrían haber tenido acceso al mismo es sumamente limitado?
Como ex miembro del Servicio poseo algunos conocimientos prácticos sobre la
materia, y puedo asegurarle que la única persona en el mundo que podría
conseguir sustraer un desintegrador de nuestros arsenales supersecretos sería
el presidente... Sólo el presidente de los Estados Unidos podría haber
organizado esa tentativa de asesinato, señor Janek.
Se quedaron mirándose
fijamente un instante, y luego Janek apretó un contacto acoplado a su mesa de
trabajo.
—Precauciones
adicionales —dijo—. Nadie podrá escuchar ahora nuestra conversación por ningún
medio. Señor Edwards, ¿se da usted cuenta de lo arriesgada que es esa
afirmación? ¿Del peligro que representa para usted mismo? No debe sobrevalorar
la eficacia de la Constitución mundial. Un Gobierno tiene derecho a adoptar
medidas razonables para proteger su estabilidad.
—He acudido a usted,
señor Janek, porque le considero un fiel ciudadano norteamericano —dijo
Edwards—. He acudido a usted con la noticia de un terrible crimen que afecta a
todos los norteamericanos y a la Federación entera. Un crimen que ha originado
una situación que tal vez sólo usted pueda remediar. ¿Por qué me responde con
amenazas?
—Es ya la segunda vez
que intenta presentarme como potencial salvador del mundo —respondió Janek—. No
consigo imaginarme en ese papel. Supongo que comprenderá que no poseo poderes
extraordinarios.
—Es usted el secretario
del presidente.
—Eso no significa que
tenga un contacto especial con él ni que exista una relación íntima o
confidencial entre él y yo. Hay momentos, señor Edwards, en que sospecho que
los demás me consideran un simple mayordomo, y hay momentos en que incluso yo
mismo me siento inclinado a darles la razón.
—Aun así, le ve usted
con frecuencia, le ve en situaciones informales, le ve...
—Le veo lo suficiente
como para poder asegurarle que el presidente no habría ordenado la destrucción
de ese artefacto mecánico el día del Tricentenario —le interrumpió Janek
impaciente.
—¿Opina usted que eso
es pues imposible?
—No he dicho tal cosa.
He dicho que no lo habría hecho. A fin de cuentas, ¿para qué iba a hacerlo?
¿Qué motivos podría tener el presidente para querer destruir un doble androide
que había sido un valioso colaborador durante más de tres años de mandato? Y si
hubiera querido hacerlo por algún motivo, ¿por qué demonios iba a hacerlo de
manera tan increíblemente pública: nada menos que el día del Tricentenario,
proclamando así su existencia, corriendo el riesgo de que el público se
indignase por haber estado estrechando la mano de un artefacto mecánico, sin
mencionar ya las repercusiones diplomáticas por el hecho de emplear tal
artefacto para tratar con los representantes de las otras partes de la
Federación? Podría haberse limitado simplemente a ordenar su desmantelamiento
sin publicidad. Nadie se habría enterado a excepción de unos cuantos altos
cargos de la Administración.
—Sin embargo, el
presidente no ha sufrido ningún tipo de consecuencias indeseables a resultas
del incidente, ¿no es así?
—Ha tenido que reducir
el ceremonial. Ya no es tan accesible como era antes.
—Como lo era el robot.
—Bueno —dijo Janek,
incómodo—. Sí, supongo que tiene razón.
—Y, en realidad, el
presidente fue reelegido, y su popularidad no ha disminuido a pesar de que la
destrucción fue pública. El argumento contra la destrucción pública no tiene el
peso que usted quiere darle.
—Pero la reelección se
produjo a pesar del incidente. Fue resultado de la rápida actuación del
presidente, que dio la cara, y sin duda reconocerá usted que el discurso que
pronunció fue uno de los más grandes de toda la historia de los Estados Unidos.
Fue una actuación absolutamente sorprendente; no puede usted negarlo.
—Fue un drama muy bien
escenificado. Yo diría que el presidente ya contaba con eso.
Janek se reclinó en su
silla.
—Si le he comprendido
bien, señor Edwards, está sugiriendo usted una novelesca intriga tautológica.
¿Intenta decir que el presidente hizo destruir el artefacto, tal como fue
destruido, en medio de una multitud, precisamente durante la celebración del
Tricentenario, ante los ojos de todo el mundo, para poder ganarse la admiración
de todos con su rápida intervención? ¿Sugiere que lo dispuso todo de ese modo
para poder demostrar sus cualidades de hombre de vigor y fortaleza inesperados
bajo unas circunstancias sumamente dramáticas y transformar así una campaña
electoral en la que llevaba las de perder en la campaña triunfal que luego
fue...? Señor Edwards, ha estado leyendo usted cuentos de hadas.
—Realmente seria un
cuento de hadas si yo afirmase todo eso, pero no lo afirmo —dijo Edwards—. En
ningún momento he sugerido que el presidente ordenase asesinar al robot. Sólo
le he preguntado si usted lo consideraba posible, y usted me ha respondido bastante
enfáticamente que no. Me alegra que ésa sea su opinión, pues yo pienso lo
mismo.
—Entonces, ¿a qué viene
todo esto? Comienzo a pensar que me está haciendo perder usted el tiempo.
—Sólo un momento más,
por favor. ¿Se ha preguntado alguna vez por qué no hicieron el trabajo con un
rayo láser, con un desactivador de campo, con un martillo incluso? ¿Para qué
iba a tomarse nadie la increíble molestia de conseguir un arma protegida por las
más rigurosas medidas de seguridad gubernamental para hacer un trabajo que no
requería semejante arma? Prescindiendo de la dificultad de obtenerla, ¿para qué
correr el riesgo de revelar al resto del mundo la existencia de un
desintegrador?
—Todo este asunto del
desintegrador no es más que una teoría suya.
—El robot desapareció
por completo ante mis ojos. Lo estaba observando. No me baso en información de
segunda mano para afirmar eso. No importa el nombre que le dé al arma;
comoquiera que la llame, su efecto fue desmontar al robot átomo a átomo y
dispersar irremediablemente todos esos átomos. ¿Para qué hacer eso? Fue una
acción tremendamente excesiva.
—Ignoro qué ideas podía
haber en la mente del autor.
—¿Lo ignora? Sin
embargo, yo pienso que sólo existe un motivo lógico para una pulverización
total cuando un método mucho más simple hubiera conseguido la destrucción. La
pulverización no dejó ningún rastro del objeto destruido. No dejó nada que
pudiera indicar qué se había destruido, si un robot o cualquier otra cosa.
—Pero no hay dudas en
cuanto a lo que era —dijo Janek.
—¿No? Antes he dicho
que sólo el presidente podría haber logrado obtener y hacer utilizar un
desintegrador. Pero, teniendo en cuenta la existencia de un robot que era su
doble, ¿qué presidente lo hizo?
—Creo que no podemos
continuar esta conversación. Usted está loco —dijo Janek secamente.
—Piénselo bien —dijo
Edwards—. Por el amor de Dios, piénselo bien. El presidente no destruyó al
robot. Sus argumentos son convincentes en este sentido. Lo que ocurrió fue que
el robot destruyó al presidente. El presidente Winkler fue asesinado en medio de
la multitud el cuatro de julio del año dos mil setenta y seis. Un robot que se
parece al presidente Winkler pronunció el discurso del Tricentenario, se
presentó para la reelección, fue reelegido, y aún actúa como presidente de los
Estados Unidos.
—¡Una locura!
—He acudido a usted, a
usted, porque usted puede demostrarlo y también puede cambiar las cosas.
—Simplemente no ocurrió
como usted dice. El presidente es... el presidente.
Janek hizo ademán de
levantarse y poner fin a la entrevista.
—Usted mismo ha dicho
que ha cambiado —dijo rápida e insistentemente Edwards—. El discurso del
Tricentenario estaba muy por encima de las capacidades del viejo Winkler. ¿No
se ha sorprendido usted mismo de todo lo que se ha logrado en los últimos dos
años? Sinceramente..., ¿cree que el Winkler del primer mandato podría haber
logrado todo esto?
—Sí, podría haberlo
hecho, porque el presidente del segundo mandato es el presidente del primer
mandato.
—¿Niega que ha
cambiado? Lo dejo a su albedrío. Usted decida, y yo acataré su decisión.
—Se ha puesto a la
altura de las circunstancias, eso es todo. No es la primera vez que ocurre algo
parecido en la historia de los Estados Unidos.
Pero Janek se había
dejado caer otra vez en la silla. Se le veía inquieto.
—No bebe —dijo Edwards.
—Nunca bebió...
demasiado.
—Ya no frecuenta
mujeres. ¿Niega usted que solía hacerlo en el pasado?
—Un presidente es un
hombre. Pero estos últimos dos años se ha entregado de lleno al problema de la
Federación.
—Es un cambio para
bien, debo reconocerlo —dijo Edwards—, pero es un cambio. Naturalmente, si
tuviera una mujer, no habría sido posible llevar adelante el engaño, ¿verdad?
—Es una lástima que no
tenga esposa —dijo Janek. Pronunció la arcaica palabra de manera algo
afectada—. Todo este asunto ni se plantearía si la tuviera.
—El hecho de que no la
tenga facilitó la conspiración. Sin embargo, es padre de dos hijos. No creo que
hayan visitado la Casa Blanca, ninguno de los dos, desde el Tricentenario.
—¿Por qué iban a
hacerlo? Son mayores, tienen su propia vida.
—¿Han sido invitados?
¿El presidente ha manifestado algún interés por verlos? Usted es su secretario
particular. Debería saberlo. ¿Han sido invitados?
—Pierde usted el tiempo
—dijo Janek—. Un robot no puede matar a un ser humano. Usted sabe que así lo
establece la Primera Ley de la robótica.
—Lo sé. Pero nadie ha
dicho que el Winkler-robot matase al Winkler-hombre. Cuando el Winkler-hombre
estaba en medio de la multitud, el Winkler-robot estaba sobre la tarima, y dudo
de que pudiera apuntar un desintegrador desde esa distancia sin causar mayores
daños. Tal vez pudo hacerlo, pero lo más probable es que el Winkler-robot
tuviera un cómplice, un mandado, si no confundo la jerga que se usaba en el
siglo veinte.
Janek frunció el
entrecejo. Su cara regordeta hizo un mohín y adoptó una expresión de
sufrimiento.
—¿Sabe una cosa?
—dijo—: La locura debe de ser contagiosa. Estoy empezando a considerar
realmente esa idea enloquecida que usted me plantea. Por suerte, no se tiene en
pie. Al fin y al cabo, ¿para qué asesinar en público al Winkler-hombre? Todos
los argumentos contra la destrucción del robot en público son igualmente
válidos para el asesinato del presidente humano en público. ¿No comprende que
eso echa abajo toda la teoría?
—No la echa abajo...
—comenzó a decir Edwards.
—Sí, la echa abajo.
Nadie, a excepción de unos pocos altos cargos, conocía la existencia del
artefacto mecánico. Si el presidente Winkler hubiera sido asesinado en privado
y se hubiera hecho desaparecer su cuerpo, el robot podría haber ocupado
fácilmente su lugar sin despertar sospechas..., sin despertar las suyas, por
ejemplo.
—Siempre habrían
quedado esos pocos altos cargos que habrían estado enterados, señor Janek.
Habría sido preciso ampliar el círculo de asesinatos. —Edwards se inclinó hacia
delante y habló muy seriamente—. Fíjese bien, por lo general no existía ningún
riesgo de confundir al ser humano con la máquina. Imagino que el robot no debía
utilizarse constantemente, sino que sólo lo sacaban para ocasiones concretas, y
que siempre habría unos cuantos individuos clave, tal vez bastantes de ellos,
que sabían dónde estaba el presidente y qué estaba haciendo. En ese caso, el
asesinato tendría que llevarse a cabo en un momento en que esos altos mandos
creyesen verdaderamente que el presidente era el robot.
—No le sigo.
—Mire. Una de las
tareas del robot era estrechar las manos a las multitudes; tocar la carne.
Mientras esto ocurría, los funcionarios enterados sabrían perfectamente que el
que estaba estrechando las manos era, realmente, el robot.
—Exactamente. Ahora
empieza a hablar con sensatez. Era el robot.
—Sólo que ése era el
día del Tricentenario, y el presidente Winkler no pudo resistir la tentación.
Supongo que estaría por encima de lo que puede pedirse a un ser humano, esperar
que un presidente, sobre todo un vacuo adulador de muchedumbres y cazador de
aplausos como Winkler, renunciase a la adulación de la multitud en ese día
entre todos los días, y se la cediera a una máquina. Y es posible que el robot
alimentase cuidadosamente ese sentimiento, de modo que ese día del
Tricentenario el presidente hiciera permanecer al robot detrás del estrado,
mientras él mismo salía a estrechar las manos y a recoger los aplausos.
—¿En secreto?
—En secreto,
naturalmente. Si el presidente se lo hubiera dicho a cualquier persona del
Servicio, o a cualquiera de sus subordinados, o a usted, ¿se le habría
permitido hacerlo? La actitud oficial con respecto a la posibilidad de
asesinato ha constituido prácticamente una enfermedad desde los sucesos
ocurridos a finales del siglo veinte. De modo que alentado por un robot
obviamente inteligente...
—Supone que el robot
era inteligente porque supone que ahora ejerce las funciones de presidente. Es
un razonamiento cerrado. Si no es el presidente, entonces no existe motivo
alguno para suponer que era inteligente, o que fue capaz de urdir ese plan. Además,
¿qué motivo podría impulsar a un robot a tramar un asesinato? Aun cuando no
matase directamente al presidente, la Primera Ley también prohíbe la
eliminación indirecta de una vida humana, pues dice: «Un robot no puede dañar a
un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano resulte dañado».
—La Primera Ley no es
absoluta —dijo Edwards—. ¿Y si el daño causado a un ser humano salva las vidas
de otros dos, o de otros tres, o incluso de otros tres mil millones? El robot
pudo pensar que salvar la Federación era más importante que salvar una vida. No
era un robot corriente, a fin de cuentas. Había sido diseñado para reproducir
las cualidades del presidente con la suficiente exactitud como para poder
engañar a cualquiera. Suponga que tuviera la percepción del presidente Winkler,
sin sus flaquezas, y suponga que sabía que sería capaz de salvar la Federación
y que el presidente, en cambio, no podría hacerlo.
—Usted puede hacerse
ese razonamiento, pero ¿cómo sabe si un artefacto mecánico podría razonar de
igual modo?
—Es la única manera de
explicar lo ocurrido.
—Yo opino que es una
fantasía paranoica.
—Entonces dígame por
qué el objeto destruido fue pulverizado hasta quedar reducido a átomos. ¿Qué
otra explicación podría tener sentido excepto suponer que ésa era la única
manera de ocultar que se había destruido a un ser humano y no a un robot? Deme
una explicación alternativa.
Janek enrojeció.
—No lo aceptaré.
—Pero en sus manos está
demostrar que así fue, o refutarlo todo. Por eso he acudido a usted..., a
usted.
—¿Cómo podría
demostrarlo? ¿O bien refutarlo?
—Nadie ve al presidente
en momentos imprevistos como hace usted. Usted, a falta de una familia, es la
persona con quien se muestra más informal. Obsérvele.
—Lo he hecho. Y le digo
que no....
—No le ha observado. No
sospechaba que ocurriera nada de particular. Los pequeños detalles no
significaban nada para usted. Obsérvele ahora, teniendo muy presente que podría
ser un robot, y ya verá.
—Puedo derribarlo de un
puñetazo y comprobar si contiene metal con un detector ultrasónico —dijo Janek
con sorna—. Incluso un androide posee un cerebro de platino e iridio.
—No se precisará
ninguna acción drástica. No tiene más que observarle y podrá comprobar que es
tan radicalmente distinto del hombre que era que no puede ser un hombre.
Janek echó un vistazo
al reloj-calendario que colgaba de la pared.
—Llevamos más de una
hora aquí reunidos —dijo.
—Siento haberle hecho
perder tanto tiempo, pero usted comprende la importancia de todo esto, espero.
—¿Importancia?
—preguntó Janek. Luego levantó la mirada, y lo que parecía un gesto despectivo
se trocó de pronto en una cierta esperanza—. Pero, ¿de verdad es importante?
Realmente, quiero decir.
—¿Cómo no va a ser
importante? Tener a un robot por presidente de los Estados Unidos, ¿no le
parece importante?
—No, no me refería a
eso. Olvide lo que pueda ser el presidente Winkler. Piense sólo en esto:
Alguien que ejerce las funciones de presidente de los Estados Unidos ha salvado
a la Federación; ha mantenido su unidad y, en estos momentos, dirige el Consejo
en favor de los intereses de la paz y del compromiso constructivo. ¿No lo
negará?
—Naturalmente, no lo
niego —dijo Edwards—. Pero, ¿y el precedente que se establece con ello? Un
robot en la Casa Blanca, por una razón muy válida hoy, puede dar paso a un
robot en la Casa Blanca por una razón muy mala dentro de veinte años, y después
a que otros robots ocupen la Casa Blanca sin motivo alguno, por simple rutina.
¿No comprende la importancia que puede tener acallar un posible toque de
trompeta anunciando el fin de la humanidad en el momento en que suena su
primera nota vacilante?
Janek se encogió de
hombros.
—Supongamos que
descubro que es un robot. ¿Vamos a anunciarlo a todo el mundo? ¿Sabe qué efecto
tendría eso sobre la Federación? ¿Sabe cómo afectaría a la estructura
financiera dcl mundo? ¿Sabe...?
—Lo sé. Por eso he
venido a verle en privado, en vez de intentar dar publicidad al asunto. A usted
le corresponde comprobarlo y llegar a una conclusión definitiva. Y si descubre
que el supuesto presidente es un robot, como no dudo que ocurrirá, a usted le
corresponderá convencerle de que debe dimitir.
—Y según la versión que
usted me ha dado de su reacción ante la Primera Ley, entonces me hará matar,
pues yo constituiré una amenaza para su experta actuación encaminada a resolver
la mayor crisis mundial del siglo veintiuno.
Edwards agitó la
cabeza.
—El robot actuó
secretamente la vez anterior, y nadie intentó contradecir los argumentos que
usó para convencerse. Usted podrá discutir con él e imponerle una
interpretación más rigurosa de la Primera Ley. Si es necesario, podemos pedir
ayuda a algún empleado de la Compañía de Robots y Hombres Mecánicos de los
Estados Unidos, que fueron quienes construyeron el robot. Cuando haya dimitido,
le sucederá la vicepresidenta. Si el Winkler-robot ha llevado al viejo mundo
por el buen camino, estupendo; la vicepresidenta, que es una mujer decente y
honrada, sabrá mantenerlo en el buen camino. Pero no podemos dejar que nos
gobierne un robot, y ello no debe volver a ocurrir jamás.
—¿Y si el presidente es
humano?
—Lo dejo a su
discreción. Usted sabrá decidir.
—Yo no tengo tanta
confianza en mí mismo —dijo Janek—. ¿Y si no puedo decidirme? ¿Si no consigo
hacerlo? ¿Si no me atrevo? ¿Qué piensa hacer entonces?
Edwards le miró con
aire cansado.
—No lo sé. Tal vez
tenga que acudir a la U. S. Robots. Pero no creo que se plantee ese problema.
Confío en que ahora que le he planteado claramente el problema, usted no
descansará hasta haberlo resuelto. ¿Usted quiere que le gobierno un robot?
Se levantó, y Janek le
dejó marchar. No se estrecharon la mano.
Janek permaneció
sentado en medio de la creciente penumbra del crepúsculo, profundamente
horrorizado.
¡Un robot!
Aquel hombre había
entrado y había demostrado, de manera perfectamente racional, que el presidente
de los Estados Unidos era un robot.
Tendría que haber sido
fácil refutárselo. Sin embargo, a pesar de que Janek había intentado oponerle
todos los argumentos que se le habían ocurrido, de nada había servido, y el
hombre no había vacilado un ápice.
¡Un robot como
presidente! Edwards estaba seguro de ello, y continuaría estando seguro. Y si
Janek insistía en afirmar que el presidente era humano, Edwards acudiría a la
U. S. Robots. No cejaría.
Janek frunció la frente
mientras pensaba en los veintiocho meses transcurridos desde el Tricentenario,
y en lo bien que había salido todo, vistas las probabilidades. ¿Y ahora qué?
Se hundió en sombrías
reflexiones.
Todavía conservaba el
desintegrador, pero ciertamente no sería necesario recurrir a él para eliminar
a un ser humano, la naturaleza de cuyo cuerpo no estaba en discusión. Un
silencioso golpe de láser en algún rincón solitario serviría.
Había sido difícil
convencer al presidente en la acción anterior, pero en este caso, no tenía ni
por qué enterarse.
Powell y Donovan
La segunda historia de
robots que escribí, Razón (incluida en esta sección), tenía como protagonistas
a dos comprobadores de campo, Gregory Powell y Michael Donovan. Los dos
personajes habían sido modelados a partir de algunas historias escritas por
John Campbell, que yo admiraba extravagantemente, acerca de un par de
exploradores interplanetarios, Peníon y Blake. Si Campbell notó alguna vez la
similitud, nunca me dijo nada al respecto.
Incidentalmente, debo
advertirles que la primera historia de esta sección, Primera Ley, fue escrita
como una broma, y no se supone que deba ser tomada en serio.
Primera ley
Mike Donovan contempló
su vacía jarra de cerveza, se sintió aburrido, y decidió que ya había escuchado
lo suficiente. Dijo en voz alta:
—Si tenemos que hablar
acerca de robots poco habituales, yo conocí una vez a uno que desobedeció la
Primera Ley.
Y, puesto que aquello
era algo completamente imposible, todo el mundo dejó de hablar y se volvió para
mirar a Donovan.
Donovan maldijo
inmediatamente su bocaza y cambió de tema.
—Ayer me contaron uno
muy bueno —dijo en tono conversacional— acerca de...
MacFarlane, en la silla
contigua a la de Donovan, dijo:
—¿Quieres decir que
sabes de un robot que causó daño a un ser humano?
Eso era lo que
significaba la desobediencia a la Primera Ley, por supuesto.
—En cierto sentido dijo
Donovan—. Digo que me contaron uno acerca de...
—Cuéntanos eso del
robot —ordenó MacFarlane.
Algunos de los otros
hicieron resonar sus jarras sobre la mesa.
Donovan intentó sacarle
el mejor partido al asunto.
—Ocurrió en Titán, hará
unos diez años —dijo, pensando rápidamente—. Sí, fue en el veinticinco.
Acabábamos de recibir cargamento de tres nuevos modelos de robots, diseñados
especialmente para Titán. Eran los primeros de los modelos MA. Los llamados
Emma Uno, Dos y Tres. —Hizo chasquear los dedos pidiendo otra cerveza, y miró
intensamente al camarero—. Veamos, ¿qué viene a continuación?
—He estado metido en
robótica toda mi vida, Mike —dijo MacFarlane—. Nunca he oído hablar de ninguna
serie MA.
—Eso se debe a que
retiraron todos los MA de las cadenas de montaje inmediatamente después...,
inmediatamente después de lo que voy a contaros. ¿No lo recordáis?
—No.
Apresuradamente,
Donovan continuó:
—Pusimos inmediatamente
a los robots a trabajar. Entendedlo, hasta entonces, la base era completamente
inutilizable durante la estación de las tormentas, que dura el ochenta por
ciento del período de revolución de Titán en torno a Saturno. Durante las terribles
nevadas, no puedes encontrar la base ni siquiera aunque estés tan sólo a cien
metros de ella. Las brújulas no sirven para nada, puesto que Titán no posee
campo magnético.
»La virtud de esos
robots MA, sin embargo, era que estaban equipados con vibrodetectores de un
nuevo diseño, de modo que podían trazar una línea recta hasta la base a través
de cualquier cosa, y eso significaba que los trabajos de minería podían
proseguir durante todo el período de revolución. Y no digas una palabra, Mac.
Los vibrodetectores fueron retirados también del mercado, y es por eso por lo
que ninguno de vosotros ha oído hablar de ellos. —Donovan tosió—. Secreto
militar, ya sabéis.
Hizo una breve pausa y
prosiguió:
—Los robots trabajaron
estupendamente durante la primera estación de las tormentas. Luego, al inicio
de la estación de las calmas, Emma Dos empezó a comportarse mal. No dejaba de
huronear por los rincones y bajo los fardos, y tenía que ser sacada constantemente
de allí. Finalmente, salió de la base y no regresó. Decidimos que debía de
haber algún fallo de fabricación en ella, y seguimos con los otros dos. Sin
embargo, eso significaba que andábamos constantemente cortos de manos, o cortos
de robots al menos, de modo que cuando a finales de la estación de las calmas
alguien tuvo que ir a Kornsk, yo me presenté voluntario para efectuar el viaje
sin ningún robot. Parecía bastante seguro; no esperábamos ninguna tormenta en
dos días, y en el término de veinte horas estaría de vuelta.
»Estaba ya en mi camino
de vuelta, a unos buenos quince kilómetros de distancia de la base, cuando el
viento empezó a soplar y el aire a espesarse. Hice aterrizar inmediatamente mi
vehículo aéreo antes de que el viento pudiera destrozarlo, me orienté hacia la
base y eché a correr. Podía correr una buena distancia sin dificultad en
aquella baja gravedad, pero ¿cómo correr en línea recta? Ésa era la cuestión.
Mi reserva de aire era amplia y los calefactores de mi traje satisfactorios,
pero quince kilómetros en medio de una tormenta titaniana son el infinito.
»Entonces, mientras las
cortinas de nieve lo oscurecían todo, convirtiendo el paisaje en un lóbrego
atardecer, haciendo que desapareciera incluso Saturno y el sol se convirtiera
apenas en una mota pálida, me detuve en seco, inclinándome contra el viento.
Había un pequeño objeto oscuro directamente frente a mí. Apenas podía verlo,
pero sabía lo que era. Era un cachorro de las tormentas, la única cosa viva
capaz de resistir una tormenta titaniana, y la cosa viva más maligna con la que
puedas encontrarte en ningún lado. Sabía que mi traje espacial no iba a
protegerme una vez viniera a por mí, y con aquella mala luz tenía que esperar a
asegurarme un blanco perfecto o no atreverme a disparar. Un sólo fallo, y
saltaría sobre mí.
»Retrocedí lentamente,
y la sombra me siguió. Se iba acercando, y yo empecé a sacar mi lanzarrayos con
una plegaria, cuando una sombra mayor gravitó de pronto sobre mí, y lancé una
exclamación de alivio. Era Emma Dos, el robot MA desaparecido. No me detuve ni
un momento en preguntarme qué podía haberle pasado o preocuparme por sus
dificultades. Simplemente aullé:
»—¡Emma, muchacha,
encárgate de ese cachorro de las tormentas, y luego llévame a la base!
»Ella se me quedó
mirando como si no me hubiera oído y dijo:
»—Amo no dispare. No
dispare.
»Echó a correr a toda
velocidad hacia aquel cachorro de las tormentas.
»—¡Encárgate de ese
maldito cachorro, Emma! —grité. Y, efectivamente, se encargó de él. Lo cogió en
sus brazos, y siguió caminando. Le grité hasta que me quedé afónico, pero no
regresó. Me dejó para que muriera en medio de la tormenta.
Donovan hizo una
dramática pausa.
—Naturalmente, todos
vosotros conocéis la Primera Ley: Un robot no puede dañar a un ser humano o,
por inacción, permitir que un ser humano sufra daño. Bien, pues Emma Dos
simplemente se marchó con aquel cachorro de las tormentas, dejándome atrás para
que muriera. Quebrantó la Primera Ley.
»Afortunadamente,
conseguí ponerme a salvo. Media hora más tarde, la tormenta amainó. Había sido
una racha prematura y temporal. Es algo que ocurre a veces. Corrí
apresuradamente a la base, donde llegué con los pies hechos polvo, y las
tormentas empezaron realmente al día siguiente. Emma Dos regresó dos horas más
tarde que yo, y el misterio se aclaró entonces finalmente, y los modelos MA
fueron retirados inmediatamente del mercado.
—¿Y cuál era
exactamente la explicación? —quiso saber MacFarlane.
Donovan lo miró
seriamente.
—Es cierto que yo era
un ser humano en peligro de muerte, Mac, pero para ese robot había algo más que
pasaba por delante de eso, que pasaba por delante de mí, que pasaba por delante
de la Primera Ley. No olvides que esos robots pertenecían a la serie MA, y que
ese robot MA en particular había estado buscando escondites durante algún
tiempo antes de desaparecer. Es como si estuviera esperando que algo especial y
muy íntimo le ocurriera. Aparentemente, ese algo había ocurrido.
Donovan alzó
reverentemente los ojos, y su voz tembló.
—Ese cachorro de las
tormentas no era ningún cachorro de las tormentas. Lo llamamos Emma júnior
cuando Emma Dos lo trajo consigo al volver. Emma Dos tenía que protegerlo de mi
arma. ¿Qué es la Primera Ley, comparada con los sagrados lazos del amor materno?
Círculo vicioso
Uno de los tópicos
favoritos de Gregory Powell era que nada se adelantaba poniéndose uno nervioso.
Así, cuando Mike Donovan bajó dando brincos la escalera, con el cabello
enmarañado por el sudor, él se limitó a fruncir el ceño.
—¿Qué pasa? ¿Te has
roto una uña?
—Déjate de tonterías
—gruñó Donovan, excitado—. ¿Qué has estado haciendo en los sótanos todo el día?
—Respiró profundamente y lanzó—: Speedy no ha vuelto.
Los ojos de Powell se
abrieron de par en par un instante y se detuvo en la escalera; a continuación
recobró la calma y siguió subiendo. No habló hasta que hubo alcanzado el último
peldaño, y entonces:
—¿Le habías enviado a
por el selenio?
—Sí.
—¿Y cuánto tiempo hace
que está fuera?
—Ahora, cinco horas.
¡Silencio! Era una
situación endemoniada. Hacía exactamente doce horas que estaban allí en
Mercurio -y metidos ya hasta la cintura en la peor clase de problema. Mercurio
había sido durante largo tiempo el mundo gafe del Sistema, pero esto era
demasiado, incluso para un gafe.
—Empieza desde el
principio y cuéntamelo todo.
Estaban en aquel
momento en la sala de radio, que es un equipo ya sutilmente anticuado, sin
tocar durante los diez años anteriores a su llegada. Tecnológicamente hablando,
incluso diez años significan mucho. No hay más que comparar a Speedy con el
tipo de robot que debían de haber tenido en el 2005. Pero el adelanto en
robótica de aquellos días era tremendo. Powell tocó cautelosamente una
superficie de reluciente metal. El aire de desuso que lo rodeaba todo en la
sala -y en toda la Estación- era muy depresivo.
Donovan debió de
haberlo sentido. Empezó:
—He intentado
localizarlo por radio, pero no lo he cogido. La radio no es ninguna maravilla
en la parte de Mercurio donde da el Sol, en cualquier caso no más allá de dos
millas. Ésta es una de las razones por las cuales falló la Primera Expedición.
Y hasta dentro de unas semanas no tendremos montado el equipo de ultraondas...
—Olvídate de todo esto.
¿Qué has captado?
—He localizado la señal
del cuerpo no organizado en la onda corta. Sólo ha servido para conocer su
posición. Le he seguido la pista de esta forma durante dos horas y he anotado
los resultados en el mapa.
Tenía un trozo
amarillento de pergamino cuadrado en el bolsillo de su cadera -una reliquia de
la fracasada Primera Expedición-, que arrojó sobre el escritorio con furiosa
fuerza, y estiró con la palma de la mano. Powell, con las manos cruzadas sobre
su pecho, lo miró a distancia.
El lápiz de Donovan
señalaba nervioso:
—La cruz roja es la
fuente de selenio. La marcaste tú mismo.
—¿Cuál es? —interrumpió
Powell—. MacDougal nos localizó tres antes de marcharse.
—Envié a Speedy a la
más cercana, por supuesto. A diecisiete millas. ¿Pero eso qué cambia? —Había
tensión en su voz—. Son los puntos marcados con lápiz los que indican la
posición de Speedy.
—¿Hablas en serio? Es
imposible.
—Así es —rezongó
Donovan.
Los pequeños puntos que
indicaban la posición formaban un tosco círculo alrededor de la cruz roja de la
fuente de selenio. Y los dedos de Powell se dirigieron a su moreno bigote, el
signo infalible de la ansiedad.
Donovan añadió:
—Durante las dos horas
que he investigado sus movimientos, ha dado la vuelta a esa maldita fuente
cuatro veces. Tengo la sensación de que va a continuar así para siempre. ¿Te
das cuenta de la situación en la que nos hallamos?
Powell levantó la vista
brevemente. y no dijo nada. Oh, sí, se daba cuenta de la situación en la que
estaban. Se planteaba tan simplemente como un silogismo. Los únicos bancos de
fotocélulas que estaban entre todo el poder del monstruoso Sol de Mercurio y
ellos se estaban agotando. Lo único que podía salvarlos era el selenio. La
única cosa que podía conseguir el selenio era Speedy. Si Speedy no volvía, no
había selenio. Sin selenio, no había bancos de fotocélulas. Sin fotobancos
-bien, morirse asándose despacito es una de las formas mas desagradables de
hacerlo.
Donovan se frotó
salvajemente su mata de pelo rojo y se expresó con amargura:
—Vamos a ser el
hazmerreír del Sistema, Greg. ¿Cómo puede haber ido todo de través tan pronto?
Envían al gran equipo de Powell y Donovan a Mercurio para informar sobre la
conveniencia de volver a abrir la Estación Minera de Mercurio con modernas
técnicas y robots, y nosotros lo echamos todo por tierra el primer día. Además,
se trata de un trabajo puramente rutinario. Nunca lo olvidaremos.
—Tal vez no tengamos
que hacerlo —replicó Powell, en voz baja—. Si no hacemos algo rápidamente, no
tendremos ni que olvidarlo... ni siquiera podremos contarlo.
—¡No seas estúpido! Si
a ti te hace gracia, Greg, a mí no. Fue criminal enviarnos aquí con un solo
robot. Y tú tuviste la brillante idea de que podríamos habérnoslas solos con
los bancos de fotocélulas.
—Ahora estás siendo
injusto. Fue una decisión mutua, y tú lo sabes. Todo lo que necesitábamos era
un kilo de selenio, una placa de dielectrodo de cabeza fija y unas tres horas
de tiempo... y en la parte del Sol hay fuentes de puro selenio. El espectrorreflector
de MacDougal nos localizó tres en cinco minutos, ¿no es así? ¡Qué demonios! No
podíamos haber esperado a la siguiente conjunción.
—Bien, ¿qué vamos a
hacer? Powell, tú tienes una idea. Sé que es así, o no estarías tan tranquilo.
No eres más héroe que yo. ¡Venga, suéltala!
—Nosotros no podemos ir
a buscar a Speedy, Mike... a la parte del Sol no. Incluso los nuevos trajes
antisolares sólo sirven para veinte minutos en la luz directa del Sol. Pero ya
conoces el viejo dicho: «Monta un robot para cazar otro robot.» Escucha, Mike,
tal vez las cosas no estén tal mal. Tenemos seis robots abajo en los sótanos,
que podríamos usar, si funcionan. Si funcionan.
Hubo una chispa de
repentina esperanza en los ojos de Donovan.
—Te refieres a los seis
robots de la Primera Expedición, ¿estás seguro? Deben de ser máquinas
subrobóticas. Ya sabes que diez años es mucho tiempo en lo tocante a los
prototipos de robots.
—No, son robots. Me he
pasado todo el día con ellos y lo sé. Tienen cerebros positrónicos; primitivos,
por supuesto —dijo Powell, mientras guardaba el mapa en el bolsillo—. Bajemos.
Los robots estaban en
el último sótano, los seis rodeados de enmohecidas cajas de embalaje de
contenido incierto. Eran grandes, incluso en extremo, y, aunque estaban
colocados en posición de sentados en el suelo, las piernas se esparrancaban
ante ellos y las cabezas ocupaban sus buenos dos metros de aire.
Donovan silbó.
—Mira qué tamaño
tienen, ¿quieres? Los pechos deben de tener tres metros de contorno.
—Esto es porque están
montados con los viejos engranajes McGuffy. He estado mirando su interior; el
equipo más miserable que jamás hayas visto.
—¿Los has accionado ya?
—No. No había razón
para ello. Pero no creo que estén estropeados. Hasta el diafragma está en
estado razonable. Pueden hablar.
Mientras hablaba, había
destornillado la placa del pecho al que estaba mas cerca, había insertado la
esfera de dos pulgadas que contenía la diminuta chispa de energía atómica que
era la vida del robot. Fue difícil encajarla, pero lo consiguió y volvió a atornillar
la placa de forma laboriosa. Los controles de radio de los modelos más modernos
no eran conocidos diez años antes. Seguidamente, la misma operación con los
otros cinco.
Donovan dijo, con
desasosiego:
—No se han movido.
—No han recibido
órdenes para ello —replicó Powell, sucintamente. Se dirigió de nuevo al primero
de la fila y le golpeó el pecho—: ¡Tú! ¿Me oyes?
La cabeza del monstruo
se inclinó lentamente y sus ojos se posaron sobre los de Powell. A
continuación, con una voz áspera y chillona, como la de un fonógrafo medieval,
rechinó:
—¡Sí, Señor!
Powell sonrió divertido
a Donovan.
—¿Lo sabias? Era la
época de los primeros robots habladores, cuando parecía que se iba a prohibir
el uso de los robots en la Tierra. Los fabricantes lucharon mucho y
construyeron complejos, buenos y saludables esclavos dentro de las condenadas
máquinas.
—No les sirvió de mucho
—murmuró Donovan.
—No, no les sirvió,
pero te aseguro que lo intentaron —dijo Powell, y se volvió una vez mas hacia
el robot—: ¡Levántate!
El robot se elevó
despacio y Donovan estiró el cuello y sus fruncidos labios silbaron.
—¿Puedes salir a la
superficie? —dijo Powell—. ¿A la luz?
Se hizo un silencio
mientras el lento cerebro del robot trabajaba. Luego:
—Sí, Señor.
—Bien. ¿Sabes lo que es
una milla?
Otro silencio, y otra
escueta respuesta:
—Sí, Señor.
—En ese caso, te
llevaremos a la superficie y te indicaremos la dirección. Recorrerás
aproximadamente diecisiete millas y, en algún lugar de esta región general,
encontrarás a otro robot, más pequeño que tú. ¿Comprendes hasta aquí?
—Sí, Señor.
—Encontrarás a este
robot y le ordenarás que vuelva. Si no quiere hacerlo, tendrás que traerlo a la
fuerza.
Donovan tiró de la
manga de Powell.
—¿Por qué no enviarlo
directamente a por el selenio?
—Porque quiero que
vuelva Speedy, idiota. Quiero descubrir qué es lo que no va. —y dirigiéndose al
robot—: De acuerdo, sígueme.
El robot permaneció
inmóvil y su voz retumbó:
—Perdón, Señor, pero no
puedo. Primero me tiene que montar.
Y sus torpes brazos se
habían juntado con los embotados y grandes dedos entrelazados. Powell miró
atónito y luego se pellizcó el bigote.
—Hum... ¡Oh!
A Donovan se le
saltaban los ojos de las órbitas.
—¿Vamos a tener que
montarlo? ¿Como a un caballo?
—Creo que la idea es
ésa. Aunque no sé por qué. No veo la razón... Sí, la veo. Te he explicado que
en aquella época causaban molestias con la seguridad de los robots.
Evidentemente, debieron de vender la idea de seguridad no permitiendo que se
moviesen solos, sin un amo sobre su espalda continuamente. ¿Qué hacemos ahora?
—Estaba pensando
precisamente en esto —murmuró Donovan—. Nosotros no podemos salir a la
superficie, con un robot o sin él. Oh, por todos los santos. —Y chasqueó los
dedos dos veces. Se puso nervioso—. Dame el mapa que te he dado. No lo he
estado estudiando durante dos horas para nada. Esto es una Estación Minera.
¿Qué pasa si utilizamos los túneles?
En el mapa, la Estación
Minera era un círculo negro, y las líneas luminosas salpicadas de puntos que
eran los túneles se extendían como una telaraña.
Donovan estudió la
lista de símbolos de la parte inferior del mapa.
—Mira, los puntitos
negros dan a la superficie y aquí hay uno que está quizás a tres millas de la
fuente de selenio. Aquí hay un número... ¿No crees que lo podían haber escrito
más grande...? El 13a. Si los robots conocen el camino...
Powell lanzó la
pregunta y recibió la rutinaria respuesta:
—Sí, Señor.
—Ve a por tu traje
antisolar —dijo Powell con satisfacción. Era la primera vez que ambos se ponían
los trajes antisolares -que marcaba asimismo un momento que ninguno de los dos
había esperado cuando llegaron el día antes-, y probaron los incómodos movimientos
de sus miembros.
El traje antisolar era
mucho más voluminoso y mucho más feo que el traje espacial normal; pero sin
embargo considerablemente más ligero, debido al hecho de que en su entera
composición no entraba nada metálico. Compuestos de plástico resistente al
calor y de capas de corcho químicamente tratadas y equipado con una unidad
desecante a fin de mantener el aire completamente seco, los trajes antisolares
podían soportar todo el resplandor del Sol de Mercurio durante veinte minutos.
Asimismo, de cinco a diez minutos más sin que el ocupante llegase a morir.
Y las manos del robot
seguían formando el estribo; tampoco dio muestras del mínimo átomo de sorpresa
ante la grotesca figura en la que se había convertido Powell.
La áspera voz de Powell
a través de la radio tronó:
—¿Estás preparado para
tomar la Salida 13a?
—Sí, Señor.
Bien, pensó Powell;
carecían de radio control pero por lo menos estaban equipados con
radiorreceptores.
—Móntate en uno de los
otros —le dijo a Donovan.
Puso un pie en el
improvisado estribo y saltó arriba. El asiento le pareció cómodo; la «montura»
se componía de la giba del robot, evidentemente construida con este fin, una
ranura poco profunda en cada hombro para los muslos y dos «orejas» alargadas
cuyo objetivo era ahora obvio.
Powell sujetó las
orejas y giró la cabeza. Su montura giró a su vez pesadamente.
—Vamos, Macduff —dijo;
pero no se sentía muy alegre.
Los gigantescos robots
avanzaron lentamente, con mecánica precisión, a través de la puerta que por un
escaso palmo casi rozaba sus cabezas, por lo que los dos hombres tuvieron que
agacharse a toda prisa, a lo largo de un estrecho pasillo donde sus pausados
pasos resonaban de forma monótona hasta la escotilla de aire.
El largo túnel sin aire
que se alargaba hasta un puntito delante de ellos, hizo que Powell pensase en
la exacta magnitud de la tarea llevada a cabo por la Primera Expedición, con
sus bastos robots y unos requisitos que partían de cero. Podía haber sido un
fracaso, pero su fracaso era bastante mejor que la serie normal de éxitos del
Sistema.
Los robots avanzaban
despacio a un ritmo que nunca variaba y con unos pasos que nunca se hacían más
largos.
—Observa que estos
túneles tienen luces y que la temperatura es la normal de la Tierra —dijo
Powell—. Probablemente ha estado así todos estos diez años en que el lugar ha
permanecido vacío.
—¿Cómo es eso?
—Energía barata; la más
barata del Sistema. Energía solar, ya sabes, y en el lado Sol de Mercurio, la
energía solar no es cualquier cosa. Es por esta razón que la Estación fue
construida en la luz del sol en lugar de a la sombra de una montaña. A decir verdad
es un enorme convertidor de energía. El calor se transforma en electricidad,
luz, trabajo mecánico y un montón de cosas más; así, la Estación recibe energía
y es enfriada en un proceso simultáneo.
—Escucha —dijo
Donovan—. Todo esto es muy instructivo, ¿pero te importaría cambiar de tema?
Resulta que esta conversión de energía de la que hablas es llevada a cabo
principalmente por los bancos de fotocélulas... y en este momento para mi es un
tema algo escabroso.
Powell gruñó vagamente
y, cuando Donovan rompió el silencio resultante, fue para cambiar completamente
de tema.
—Escucha, Greg. ¿Qué
será a fin de cuentas lo que va mal con Speedy? No puedo comprenderlo.
No resulta fácil
encogerse de hombros dentro de un traje antisolar, pero Powell lo intentó.
—No lo sé, Mike. Ya
sabes que esta perfectamente adaptado al medio ambiente de Mercurio. El calor
no significa nada para él y ha sido construido para la gravedad ligera y el
terreno accidentado. Está hecho a toda prueba... o por lo menos debería
estarlo.
Se hizo el silencio. En
esta ocasión, un silencio que duró largo rato.
—Señor —dijo el robot—,
hemos llegado.
—¿Eh? —dijo Powell,
saliendo de un estado de amodorramiento—. Bien, sácanos de aquí... a la
superficie.
Aparecieron en una
diminuta subestación, vacía, sin aire, ruinosa. Donovan inspeccionó un agujero
mellado en la parte alta de una de las paredes con la luz de su lámpara de
bolsillo.
—¿Crees que es un
meteorito? —preguntó.
Powell se encogió de
hombros.
—Al demonio con ellos.
No importa. Salgamos.
Un elevado precipicio
de roca negra de basalto ocultaba la luz del Sol, y estaban rodeados por la
profunda sombra nocturna de un mundo sin aire. Ante ellos, la sombra se
alargaba y terminaba, con la brusquedad del filo de una navaja, en un casi
insoportable resplandor de luz blanca, que brillaba con miríadas de cristales
en un terreno rocoso.
—¡El espacio! —gritó
Donovan, sofocadamente—. Parece nieve.
En efecto parecía
nieve. Los ojos de Powell recorrieron el resplandor desigual de Mercurio que se
extendía en el horizonte y se estremeció ante el maravilloso brillo.
—Debe de ser una zona
insólita. El albedo general de Mercurio es bajo y la mayor parte del suelo es
del color gris de la piedra pómez. Un poco como la Luna. Hermoso, ¿verdad?
Agradecía los filtros
de luz de sus placas de visión. Hermoso o no, una mirada a la luz del sol
directamente a través de un cristal los habría cegado en medio minuto.
Donovan estaba mirando
el termómetro ligero que llevaba en su muñeca.
—¡Santo cielo, la
temperatura es de ochenta grados centígrados!
Powell comprobó el suyo
y dijo:
—Hum-m-m. Algo alta. La
atmósfera, ya sabes.
—¿En Mercurio? ¿Estás
chiflado?
—En realidad, Mercurio
no está completamente sin aire —explicó Powell, distraído. Estaba ajustando los
prismáticos a su placa de visión, y los hinchados dedos del traje bajaban
torpemente—. Hay una diminuta exhalación que se adhiere a su superficie... Vapores
de los más volátiles elementos y compuestos que son lo suficientemente pesados
para retener la gravedad de Mercurio. Ya sabes: selenio, yodo, mercurio, galio,
potasio, bismuto, óxidos volátiles. Los vapores avanzan en las sombras y se
condensan, produciendo calor. Es una especie de gigantesco alambique. De hecho,
si utilizas tu luz, probablemente descubrirás que la vertiente del precipicio
está cubierta de, digamos, una acumulación de azufre, o tal vez de rocío de
mercurio.
—En cualquier caso, no
importa. Nuestros trajes pueden soportar indefinidamente unos miserables
ochenta grados.
Powell se habla
ajustado los prismáticos, y parecía tener unos ojos tan pedunculares como un
caracol.
Donovan observaba lleno
de tensión.
—¿Ves algo?
Su compañero no
contestó inmediatamente y, cuando lo hizo, su voz estaba llena de ansiedad y
seriedad.
—Hay un punto oscuro en
el horizonte que puede ser la fuente de selenio. Está en el lugar que indica el
mapa. Pero no veo a Speedy.
Powell se irguió en un
instintivo afán de ver mejor, hasta quedarse sobre los hombros de su robot en
una posición inestable. Con las piernas a horcajadas y escudriñando con los
ojos, dijo:
—Creo... Creo... Sí,
definitivamente es él. Está viniendo por aquí.
Donovan siguió el dedo
que señalaba. No tenía prismáticos, pero había un puntito que se movía, negro
contra el deslumbrante brillo del suelo cristalino.
—Lo veo —gritó—.
¡Vamos!
Powell había vuelto a
sentarse sobre el robot, y su mano dentro del traje golpeó el pecho cilíndrico
de Gargantúa.
—¡Vamos!
—Paso ligero —chilló
Donovan, y golpeó sus talones, como espoleando.
Los robots se pusieron
en movimiento, y el habitual ruido sordo de sus pies era silencioso en la zona
sin aire, pues la tela no metálica de los trajes antisolares no transmitía los
sonidos. Sólo alcanzaban a oír una rítmica vibración.
—Más rápido —gritó
Donovan.
El ritmo no varió.
—Es inútil —exclamó
Powell, como respuesta—. Estos montones de chatarra sólo están equipados para
una velocidad. ¿Crees que están equipados con flexores selectivos?
Habían atravesado la
sombra y apareció la luz del Sol en un candente remolino que fluyó de forma
líquida alrededor de ellos.
Donovan agachó la
cabeza involuntariamente.
—¡Uauh! ¿Es imaginación
mía o siento calor?
—Sentirás más dentro de
un momento —fue la inexorable respuesta—. No apartes la vista de Speedy.
El robot SPD-13 estaba
ya lo suficientemente cerca para verlo con detalle. Su grácil y aerodinamizado
cuerpo lanzaba resplandecientes toques de luz mientras caminaba a paso largo y
ligero por el suelo accidentado. Su nombre derivaba de sus iniciales de serie,
por supuesto, pero sin embargo se le adecuaba mucho, pues los modelos SPD
estaban entre los robots más rápidos fabricados por «United States Robots and
Mechanical Men Corporation».
—¡Eh, Speedy! —gritó
Donovan en un alarido, y agitó una frenética mano.
—¡Speedy! —gritó
Powell—. ¡Ven aquí!
La distancia entre los
hombres y el robot errante se iba acortando por momentos, más por los esfuerzos
de Speedy que por el lento caminar de las monturas de diez años de antigüedad
de Donovan y Powell.
Estaban ahora bastante
cerca para advertir que el paso de Speedy era un peculiar y continuo balanceo,
un perceptible tumbo de izquierda a derecha y viceversa. Y en ese momento,
mientras Powell agitaba de nuevo la mano y enviaba la máxima fuerza a su emisor
de radio de auriculares compactos, preparándose para otro grito, Speedy levantó
la vista y los vio.
Speedy se detuvo con un
brinco y permaneció parado un momento con un ligero e inseguro balanceo, como
si estuviese ondeando en un viento ligero.
Powell gritó:
—Está bien, Speedy.
Ahora ven aquí, muchacho.
Después de lo cual, la
voz del robot Speedy se oyó en los auriculares de Powell por primera vez. Dijo:
—Tunante, vamos a
jugar. Tú me coges a mí y yo te cojo a ti; ningún amor puede cortar nuestro
cuchillo en dos. Porque yo soy Little Buttercup, la dulce Little Buttecup.
¡Uau...! —Y, girando sobre sus talones, se marchó corriendo en la dirección de
la que había venido, con una velocidad y una furia que formaban gotas de polvo
cocido.
Y sus últimas palabras
mientras se alejaban en la distancia, fueron:
—Cultivaron una
florecilla cerca del gran roble —seguidas de un curioso chasquido metálico que
podía haber sido el equivalente robótico de un hipo.
Donovan dijo
débilmente:
—¿Dónde habrá escuchado
a Gilbert y Sullivan? Dime, Greg... está borracho o algo parecido.
—Si no me lo hubieses
dicho, no me habría dado cuenta —fue la amarga respuesta—. Volvamos al
precipicio. Me estoy asando.
Fue Powell quien rompió
el desesperante silencio:
—En primer lugar
—dijo—, Speedy no está borracho... No en un sentido humano, porque es un robot,
y los robots no se emborrachan. Sin embargo, algo le ocurre, algo que es el
equivalente robótico de la borrachera.
—Para mí, está borracho
—declaró Donovan, enfáticamente—. Y todo lo que sé es que se imagina que
estamos jugando. Y no así. Es una cuestión de vida o de horripilante muerte.
—Está bien. No me
atosigues. Un robot es sólo un robot. Cuando hayamos descubierto lo que le
ocurre, podremos arreglarlo y seguir adelante.
—Cuando... —dijo
Donovan, con amargura.
Powell lo ignoró.
—Speedy está
perfectamente adaptado al entorno normal de Mercurio. Pero esta región —y su
brazo se hinchó al extenderlo—, es claramente anormal. Esta es nuestra pista.
Veamos ahora, ¿de dónde proceden estos cristales? Deben de haberse formado de
un líquido enfriándose lentamente; ¿pero de dónde saldría un liquido tan
caliente que se enfriase en el sol de Mercurio?
—De una acción
volcánica —sugirió Donovan, al instante, y el cuerpo de Powell se tensó.
—De las bocas de los
que amamantaban —dijo con una extraña y débil voz, y permaneció muy quieto
durante cinco minutos. Luego, dijo:
—Dime, Mike, ¿qué le
dijiste a Speedy cuando lo enviaste a buscar el selenio?
Donovan fue cogido por
sorpresa.
—Maldita sea... no lo
sé. Simplemente le dije que fuese a buscarlo.
—Sí. Lo sé. ¿Pero cómo?
Intenta recordar exactamente las palabras.
—Le dije... huy... le
dije: «Speedy, necesitamos algo de selenio. Puedes encontrarlo en tal o cual
sitio. Ve a buscarlo.» Esto es todo. ¿Qué otra cosa querías que le dijese?
—¿No manifestaste
ninguna urgencia en la orden, verdad?
—¿Para qué? Era pura
rutina.
Powell suspiró.
—Bien, ahora ya no se
puede evitar... pero estamos en un buen aprieto.
Había bajado de su
robot y se había sentado, apoyado contra el precipicio. Donovan se reunió con
él y se cogieron del brazo. En la distancia, la ardiente luz del sol parecía
esperarlos jugando al ratón y al gato; y justo junto a ellos, los dos robots
gigantes eran invisibles salvo por el rojo mate de sus ojos fotoeléctricos que
los miraban fijamente, imperturbables, inquebrantables e indiferentes.
¡Indiferentes! Como
todo aquel envenenado Mercurio, tan grande en mala suerte como pequeño en
tamaño.
La voz de Powell a
través de la radio era tensa en el oído de Donovan:
—Ahora, escucha, vamos
a empezar con las tres Reglas fundamentales de la Robótica; las tres reglas mas
profundamente introducidas en el cerebro positrónico de los robots —dijo, y en
la oscuridad, sus dedos enguantados marcaron cada punto.
—Tenemos: Una, un robot
no puede hacer daño a un ser humano, o, por medio de la inacción, permitir que
un ser humano sea lesionado.
—¡De acuerdo!
—Dos —continuó Powell—,
un robot debe obedecer las órdenes recibidas por los seres humanos excepto si
éstas órdenes entrasen en conflicto con la Primera Ley.
—¡De acuerdo!
—Y tres, un robot debe
proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no sea
incompatible con la Primer o la Segunda Ley.
—¡De acuerdo! ¿Y dónde
estamos ahora?
—Exactamente en la
explicación. El conflicto entre las varias reglas es allanado por los
diferentes potenciales positrónicos del cerebro. Digamos que un robot se está
dirigiendo a un peligro y lo sabe. El potencial automático que establece la
Regla 3 le hace retroceder. Pero imagínate que le ordenas que vaya a ese
peligro. En este caso, la Regla 2 establece un contrapotencial mayor que el
anterior y el robot sigue las órdenes arriesgando la existencia.
—Bien, esto lo sé. ¿Y
qué?
—Tomemos el caso de
Speedy. Éste es uno de los últimos modelos, especializado en extremo y tan caro
como un acorazado. No es algo que deba ser destruido a la ligera.
—¿Y entonces?
—Entonces la Regla 3 ha
sido reforzada, lo cual, por cierto, se mencionaba de forma específica en los
previos avisos de los modelos SPD, y su alergia al peligro es inusualmente
alta. Al mismo tiempo, cuando tú lo enviaste a buscar el selenio, le diste esta
orden sin darle mayor importancia y sin un énfasis especial, de forma que el
mecanismo del potencial de la Regla 2 era bastante débil. Ahora, espera; sólo
estoy exponiendo los hechos.
—De acuerdo, sigue.
Creo que lo voy cogiendo.
—¿Comprendes cómo
funciona, verdad? Existe algún tipo de peligro centrado en la fuente de
selenio. Aumenta a medida que se acerca, y a una determinada distancia el
potencial de la Regla 3, inusualmente alto para ponerse de manifiesto, se
equilibra exactamente con el potencial de la Regla 2, insólitamente bajo para
ponerse de manifiesto.
Donovan se puso de pie,
lleno de excitación.
—Y encuentra un
equilibrio, ya veo. La Regla 2 lo lleva hacia atrás y la Regla 2 lo lleva hacia
delante...
—Por consiguiente sigue
un círculo alrededor de la fuente de selenio, permaneciendo en el lugar de
todos los puntos del potencial equilibrado. Y hasta que no hagamos algo al
respecto, se quedará en el círculo para siempre, el eterno círculo vicioso
—añadió, más seriamente—: Y esto, en realidad, es lo que lo emborracha. Con el
potencial equilibrado, la mitad de las pistas positrónicas de su cerebro se han
quedado desbaratadas. Yo no soy un especialista en robots, pero parece
evidente. Probablemente, como le ocurre a un humano ebrio, ha perdido justo el
control de las partes de su mecanismo de la voluntad. Mu-y-y bonito.
—¿Pero cuál era el
peligro? Si supiésemos de qué estaba huyendo...
—Tú los has sugerido.
Una acción volcánica. En algún lugar justo junto a la fuente de selenio hay una
filtración de gas de las entrañas de Mercurio. Dióxido de azufre, dióxido de
carbono... y monóxido de carbono. Mucha cantidad... y a esta temperatura.
Donovan tragó saliva de
forma audible.
—Monóxido de carbono
más hierro da carbonilo de hierro volátil.
—Y un robot —añadió
Powell—, es esencialmente hierro. Y prosiguió, lúgubremente—: No hay nada como
la deducción. Hemos determinado todo nuestro problema menos la solución.
Nosotros no podemos ir en busca del selenio, todavía está demasiado lejos. No
podemos enviar a estos robots—caballos, porque no pueden ir solos, y no nos
pueden llevar suficientemente de prisa a fin de que no nos quedemos fritos. Y
no podemos coger a Speedy, porque el idiota piensa que estamos jugando y puede
recorrer sesenta millas mientras nosotros caminamos cuatro.
—Si va uno de nosotros
—tanteó Donovan—, y vuelve cocido, siempre quedará el otro.
—Sí, seria un
sacrificio de lo más delicado —fue la sarcástica respuesta—. Salvo que esta
persona antes siquiera de llegar a la fuente ya no estaría en condiciones de
dar órdenes, y no creo que los robots volviesen nunca al precipicio sin
órdenes. ¡A ver si lo entiendes! Estamos a dos o tres millas de la fuente,
digamos dos, y el robot viaja a cuatro millas la hora; y nuestros trajes sólo
aguantan veinte minutos. No es sólo el calor, recuérdalo. La radiación solar
fuera de aquí en los ultravioleta y abajo es venenoso.
—Vaya, nos faltan diez
minutos —dijo Donovan.
—Tanto como una
eternidad. Y otra cosa. Si el potencial de la Regla 3 ha detenido a Speedy
donde lo ha hecho, significa que debe de haber una apreciable cantidad de
monóxido de carbono en la atmósfera llena de vapor de metal... y por
consiguiente debe de haber una apreciable acción corrosiva. Hace ya horas que
está fuera; y cómo sabremos si una juntura de la rodilla, por ejemplo, no se ha
desencajado y lo ha hecho caer. No es sólo cuestión de pensar... ¡tenemos que
pensar de prisa!
¡Profundo, oscuro,
malsano, tenebroso silencio!
Donovan lo rompió, con
una voz que temblaba por el propio esfuerzo de mantenerla fría. Dijo:
—Dado que no podemos
aumentar el potencial de la Regla 2 dándole más órdenes, ¿por qué no trabajamos
en el otro sentido? Si aumentamos el peligro, aumentaremos el potencial de la
Regla 3 y lo haremos volver.
La placa de visión de
Powell se volvió hacia él en una silenciosa pregunta.
—Escucha —empezó
Donovan en cautelosa explicación—, todo lo que necesitamos para sacarlo de su
ruta es aumentar la concentración de monóxido de carbono en su proximidad.
Bien, en la Estación hay un completo laboratorio analítico.
—Naturalmente —admitió
Powell—. Es una Estación Minera.
—Claro. Debe de haber
kilos de ácido oxálico para precipitaciones de calcio.
—¡Santo espacio! Mike,
eres un genio.
—Sólo un poco —admitió
Donovan, modestamente—. Únicamente se trata de recordar que el ácido oxálico al
calor se descompone en dióxido de carbono, agua, y el buen y viejo monóxido de
carbono. La Universidad, la química, ya sabes.
Powell se había puesto
de pie y había llamado la atención de uno de los robots monstruosos con el
simple acto de golpear el muslo de la máquina.
—Eh, ¿sabes lanzar?
—gritó.
—¿Señor?
—No importa. —Powell
maldijo el cerebro de lenta melaza del robot. Buscó y encontró una piedra
mellada del tamaño de un ladrillo—. Cógela —dijo—, y lánzala allí en el pedazo
de cristales azulados justo en la fisura tortuosa. ¿Lo ves?
Donovan tiró de su
hombro.
—Demasiado lejos, Greg.
Está a casi media milla.
—Tranquilo —replicó
Powell—. Se trata de la gravedad mercuriana y de cómo lanza un brazo de acero.
Tú mira, ¿quieres?
Los ojos del robot
estaban midiendo la distancia con precisión maquinal y estereoscópica. Su brazo
se ajustó al peso del misil y se fue hacia atrás. Los movimientos del robot no
se veían en la oscuridad, pero se oyó un fuerte sonido sordo cuando balanceaba
su peso, y segundos después la piedra volaba furiosamente en la luz del sol. No
había resistencia aérea que redujese su velocidad, ni viento que la desviase, y
cuando golpeó el suelo levantó unos cristales justo en el centro del
"pedazo azul».
Powell gritó feliz y
exclamó:
—Vamos a por el ácido
oxálico, Mike.
Y, mientras se
introducían en la ruinosa subestación en su camino de vuelta a los túneles,
Donovan dijo ceñudo:
—Speedy ha seguido
vagando por este lado de la fuente de selenio, incluso después de haber ido en
pos de él. ¿Lo has visto?
—Sí.
—Me parece que quiere
jugar. ¡Bien, pues jugaremos con él!
Unas horas más tarde,
estaban de vuelta con unos frascos de tres litros conteniendo la blanca
sustancia química, y unas caras largas. Los bancos de fotocélulas se estaban
deteriorando más rápidamente de lo que habían supuesto. En silencio y con un
inexorable objetivo ambos guiaron sus robots hasta la luz del sol y hacia
Speedy que esperaba.
Este ultimo trotó
despacio hacia ellos.
—Por aquí otra vez.
¡Hola! He hecho una pequeña lista, el organista del piano; todos comen
pastillas de menta y os las tiran a la cara.
—En tu cara vamos a
tirar algo —murmuró Donovan—. Está cojeando, Greg.
—Lo he notado —le
contestó su compañero, en voz baja y preocupada—. Si no nos damos prisa, le
comerá el monóxido.
Ahora se estaban
acercando cautelosamente, casi sigilosamente, a fin de evitar que el
completamente irracional robot se alejase. Powell estaba demasiado lejos para
decirlo, por supuesto, pero habría jurado que el loco de Speedy se estaba
preparando para saltar.
—Vamos a lanzarlos
—dijo en un grito sofocado—. ¡Cuento hasta tres! Uno... dos...
Dos brazos de acero se
echaron hacia atrás y luego hacia delante simultáneamente y dos jarras de
cristal fueron lanzadas hacia delante formando elevados arcos paralelos, que
brillaban como diamantes en el Sol imposible. Y en un par de soplos
silenciosos, golpearon el suelo detrás de Speedy, estrellándose de forma que el
ácido oxálico voló como polvo.
Powell supo que, al
pleno calor del Sol de Mercurio, había entrado en efervescencia como agua de
Seltz.
Speedy se volvió para
mirar, luego retrocedió despacio, e igualmente despacio fue tomando velocidad.
Al cabo de quince segundos, estaba brincando hacia los dos hombres con un medio
galope poco firme.
Powell no captó con
precisión las palabras de Speedy en aquel momento, pero oyó algo como:
—Las declaraciones de
amor cuando son pronunciadas en hessiano.
Se volvió.
—Regresemos al
precipicio, Mike. Ha salido de la ruta y ahora aceptará las órdenes. Estoy
empezando a tener calor.
Avanzaron despacio
hacia la sombra al lento y monótono paso de sus monturas, y no fue hasta que
entraron en el repentino frescor, éste los rodeó y lo sintieron, que Donovan
miró hacia atrás.
—¡Greg!
Powell miró a su vez y
casi gritó. Ahora Speedy se estaba moviendo despacio -muy despacio- y en la
dirección contraria. Iba a la deriva, de vuelta a su ruta; y estaba cobrando
velocidad. En los prismáticos parecía terriblemente cerca, y temiblemente
inalcanzable.
Donovan gritó
salvajemente:
—¡A por él! —y espoleó
a su robot para ir en su busca, pero Powell lo hizo volver.
—No lo cogerás, Mike,
es inútil —dijo, agitándose nervioso sobre la espalda del robot y apretando los
puños en tensa impotencia—. ¿Por qué demonios debo ver estas cosas cinco
segundos después de que todo haya pasado? Mike, hemos perdido el tiempo.
—Necesitarnos más ácido
oxálico —declaró Donovan, tercamente—. La concentración no era suficientemente
alta.
—Siete toneladas no
habrían bastado... y, aunque bastasen, con el monóxido devorándolo, no tenemos
horas para malgastar obteniéndolo. ¿No ves lo que pasa, Mike?
—No —dijo Donovan,
claramente.
—Sólo estamos
estableciendo nuevos equilibrios. Al crear un nuevo monóxido y aumentar el
potencial de la Regla 3, él ha retrocedido hasta estar nuevamente equilibrado;
y al desvanecerse el monóxido, ha avanzado, y otra vez había equilibrio. —La
voz de Powell tenía un tono completamente desdichado—. Es el eterno círculo
vicioso. Podemos dar un empujón a la Regla 2 y tirar de la Regla 3 sin llegar a
ninguna parte, sólo cambiando la posición de la balanza. Tenemos que salir de
las dos reglas. —E hizo que su robot se acercase al de Donovan, de forma que se
quedaron sentados cara a cara, débiles sombras en la oscuridad, y murmuró:
—¡Mike!
—¡Se ha acabado! —dijo
Donovan, sombríamente—. Supongo que volveremos a la Estación, esperaremos que
los bancos se agoten, nos estrecharemos las manos, tomaremos cianuro y nos
marcharemos como caballeros. —Y lanzó una risita.
—Mike —repitió Powell
seriamente—, tenemos que ir a buscar a Speedy.
—Lo sé.
—Mike —dijo Powell una
vez más, y titubeó antes de continuar—. Queda todavía la Regla 1. Había pensado
en ello... antes, pero es desesperado.
Donovan levantó la
vista y su voz se animó:
—Nosotros estamos
desesperados.
—Está bien. De acuerdo
con la Regla 1, un robot no puede ver cómo a un humano le sucede algo malo por
culpa de su falta de acción. La dos y la tres no pueden nada ante ello. No
pueden nada, Mike.
—Incluso cuando el
robot está medio loco... Bien, él está borracho. Sabes que es así.
—Es el riesgo que se
corre.
—Para ya. ¿Qué vas a
hacer?
—Ahora voy a salir para
ver qué hará la Regla 1. Si no rompo el equilibrio, entonces qué demonios... o
es ahora o dentro de tres o cuatro días.
—Espera, Greg. También
hay reglas humanas de comportamiento. Tú no te vas así como así. Imagínate una
lotería y dame mi oportunidad.
—De acuerdo. El primero
que saque el número quince va. —Y casi inmediatamente—: ¡Veintisiete! ¡Cuarenta
y cuatro!
Donovan advirtió que su
robot se tambaleaba ante un súbito empujón de la montura de Powell; y éste ya
se había marchado hacia la luz del sol. Donovan abrió la boca para gritar, pero
la cerró. Por supuesto, el maldito estúpido tenía ya preparado el número quince
con antelación, y a propósito. Al igual que él.
El sol abrasaba más que
nunca y Powell sintió un comezón enloquecedor en la parte más estrecha de la
espalda. Imaginaciones, probablemente o, tal vez, la fuerte radiación que
empezaba a manifestarse a través del traje antisolar.
Speedy lo estaba
mirando, sin una palabra del galimatías de Gilbert y Sullivan como saludo.
¡Gracias a Dios por esto! Pero no se atrevió a acercarse demasiado.
Estaba a tres yardas
cuando Speedy empezó a retroceder, un Paso a la vez, cautelosamente, y Powell
se detuvo. Saltó de los hombros del robot y aterrizó en el suelo cristalino
acompañado de un ligero ruido sordo y una lluvia de fragmentos desiguales.
Avanzó a pie, con el terreno
arenoso y resbaladizo bajo sus pies y con dificultad a causa de la baja
gravedad. El calor le provocaba cosquillas en las plantas. Echó una ojeada a la
oscuridad de la sombra del acantilado por encima del hombro y se dio cuenta de
que había llegado demasiado lejos para volver, tanto sólo como con la ayuda de
su anticuado robot. Era Speedy o nada, y la toma de conciencia de ello le
encogió el corazón.
¡Ya estaba bastante
lejos! Se detuvo.
—¡Speedy! —llamó—.
¡Speedy!
El brillante y moderno
robot titubeó delante de él y dejó de retroceder, luego reanudó el camino.
Powell intentó poner
una nota de lamento en su voz, y descubrió que no necesitaba hacer mucho
teatro:
—Speedy, tengo que
volver a la sombra o el Sol me abrasará. Es cosa de vida o muerte, Speedy. Te
necesito.
Speedy dio un paso
hacia delante y se paró. Habló, pero ante su sonido Powell gruñó, pues fue:
—Cuando uno está
tumbado despierto con un horrible dolor de cabeza y el descanso está
prohibido... —se fue desvaneciendo, y Powell, por alguna razón, se tomó un
momento para murmurar:
—Iolanthe.
¡Hacía un calor
abrasador! Vislumbró un movimiento por el rabillo del ojo y se volvió aturdido;
entonces se quedó petrificado de asombro, pues el monstruoso robot sobre el que
había montado se estaba moviendo, moviéndose hacia él, y sin jinete.
Estaba hablando:
—Perdón, Señor. No debo
moverme sin un Señor sobre mí, pero usted está en peligro.
Claro, el potencial de
la Regla 1 por encima de todo. Pero él no quería aquella torpe antigualla; él
quería a Speedy. Se alejó y le hizo gestos frenéticos.
—Te ordeno que te
mantengas alejado. ¡Te ordeno que te pares!
Era completamente
inútil. No se puede luchar con el potencial de la Regla 1. El robot dijo
estúpidamente:
—Está en peligro,
Señor.
Powell miró en torno
suyo, desesperadamente. No podía ver con claridad. Su cerebro le daba vueltas
acaloradamente; el aliento le abrasaba al respirar y el suelo a su alrededor
era una calina trémula.
Llamó una última vez,
desesperadamente:
—¡Speedy! ¡Me estoy
muriendo, maldito! ¿Dónde estás? Speedy, te necesito.
Estaba todavía dando
traspiés hacia atrás en un ciego esfuerzo por alejarse del gigantesco robot a
quien no quería, cuando notó unos dedos de acero en sus brazos y oyó una
preocupada y apenada voz de timbre metálico en sus oídos.
—Por todos los santos,
jefe, ¿qué está usted haciendo aquí? Y qué estoy haciendo yo... Me siento tan
confundido...
—No importa —murmuró
Powell, débilmente. —Llévame a la sombra del precipicio... ¡Y rápido!
Tuvo una última
sensación de ser levantado en el aire, una impresión de rápido movimiento y de
calor abrasador, y perdió el conocimiento.
Se despertó con Donovan
inclinado sobre él y sonriendo ansiosamente.
—¿Cómo estás, Greg?
—¡Bien! —fue la
respuesta—. ¿Dónde esta Speedy?
—Por aquí. Lo he enviado
a una de las otras fuentes de selenio... esta vez con órdenes de conseguir el
selenio a cualquier precio. Regresó a los cuarenta minutos y tres segundos. Lo
cronometré. Aún no ha acabado de pedirnos disculpas por el círculo vicioso al
que nos sometió. Tiene miedo a acercársete por lo que tú le puedas decir.
—Arrástralo hasta aquí
—ordenó Powell—. No fue culpa suya. —Alargó una mano y apretó la metálica garra
de Speedy—. Todo está bien, Speedy. —Luego, a Donovan—: ¿Sabes, Mike? Estaba
pensando...
—¡Sí!
—Bueno... —Se pasó una
mano por el rostro... el aire era tan deliciosamente fresco—. ¿Sabes que,
cuando arreglemos las cosas aquí, y Speedy sea sometido a sus pruebas de campo,
vamos a ser enviados a la estación del espacio próxima a...?
—¡No!
—Sí. Al menos eso es lo
que la vieja dama Calvin me dijo poco antes de que nos fuéramos, y no te había
dicho nada al respecto porque en principio estaba en contra de toda la idea.
—¿En contra? —exclamó
Donovan—. Pero...
—Lo sé. Ahora me parece
algo estupendo. Doscientos setenta y tres centígrados por debajo de cero. ¿No
va a ser una auténtica gozada?
—Estación espacial
—exclamó Donovan—. ¡ahí voy!
Razón
Medio año después los
dos amigos habían cambiado de manera de pensar. La llamarada de un gigantesco
sol habla dado paso a la suave oscuridad del espacio, pero las variaciones
externas significan poco en la labor de comprobar las actuaciones de los robots
experimentales. Cualquiera que sea el fondo de la cuestión, uno se encuentra
frente a frente con un inescrutable cerebro Positrónico; que según los genios
de la ciencia, tiene que obrar de esta u otra forma.
Pero no es así. Powell
y Donovan se dieron cuenta de ello antes de llevar en la Estación dos semanas.
Gregory Powell espació
sus palabras para dar énfasis a la frase.
—Hace una semana
Donovan y yo te pusimos en condiciones... —Sus cejas se juntaron con un gesto
de contrariedad y se retorció la punta del bigote.
En la cámara de la
Estación Solar 5 reinaba el silencio, a excepción del suave zumbido del
poderoso Haz Director en las bajas regiones.
El robot QT-1
permanecía sentado, inmóvil. Las bruñidas placas de su cuerpo relucían bajo las
luxitas, y las células fotoeléctricas que formaban sus ojos estaban fijas en el
hombre de la Tierra, sentado al otro lado de la mesa.
Powell refrenó un
súbito ataque de nervios. Aquellos robots poseían cerebros peculiares. ¡Oh, las
tres Leyes Robóticas seguían en vigor! Tenían que seguir. Todo el personal de
la U. 5. Robots, desde el mismo Robertson hasta el nuevo barrendero insistirían
en ella. ¡De manera que QT-1 estaba a salvo! Y sin embargo..., los modelos QT
eran los primeros de su especie y aquél era el primero de los QT. Los cálculos
matemáticos sobre el papel no siempre eran la protección más tranquilizadora
contra los gestos de los robots.
Finalmente, el robot
habló. Su voz tenía la inesperada frialdad de un diafragma metálico.
—¿Te das cuenta de la
gravedad de una tal declaración, Powell?
— Algo te ha hecho,
Cutie —le hizo ver Powell—. Tú mismo reconoces que tu memoria parece brotar
completamente terminada del absoluto vacío de hace una semana. Te doy la
explicación. Donovan y yo te montamos con las piezas que nos mandaron.
Cutie contempló sus
largos dedos afilados con una curiosa expresión humana de perplejidad.
—Tengo la impresión de
que todo esto podría explicarse de una manera más satisfactoria. Porque que tú
me hayas hecho a mí, me parece improbable.
—¡En nombre de la
Tierra! ¿Por qué? —exclamó Powell, echándose a reír.
—Llámalo intuición.
Hasta ahora es sólo esto. Pero pienso razonarlo. Un encadenamiento de válidos
razonamientos sólo puede llevar a la determinación de la verdad, y a esto me
atendré hasta conseguirla.
Powell se levantó y
volvió a sentarse en el extremo de la mesa, cerca del robot. Sentía súbitamente
una fuerte simpatía por el extraño mecanismo. No era en absoluto como un robot
ordinario, que realizaba su tarea rutinaria en la estación con la intensidad de
un sendero Positrónico profundamente marcado.
Puso una mano sobre el
hombro de acero de Cutie y notó la frialdad y dureza del metal.
—Cutie —dijo—. Voy a
tratar de explicarte algo. Eres el primer robot que ha manifestado curiosidad
por su propia existencia... y el primero, a mi modo de ver, suficientemente
inteligente para comprender el mundo exterior. Ven conmigo.
El robot se levantó
lentamente y siguió a Powell con sus pasos que hacía silenciosos la gruesa
suela de esponja de caucho. El hombre de la Tierra apretó un botón y un panel
cuadrado de pared se deslizó a un lado. El grueso y claro vidrio de la portilla
dejó ver el espacio... cuajado de estrellas.
—Ya he visto esto por
las ventanas de observación de la sala de máquinas— dijo Cutie.
—Lo sé —dijo Powell—.
¿Qué crees que es?
—Exactamente lo que
parece: un material negro detrás de este cristal, salpicado de puntas
brillantes. Sé que nuestro director manda rayos desde algunos de estos puntos,
siempre los mismos; y también que estos puntos se mueven y que los rayos se
mueven con ellos. Eso es todo.
—¡Bien! Ahora quiero
que me escuches atentamente. Lo negro es vacío, inmensa extensión vacía que se
extiende hasta el infinito. Los pequeños puntos brillantes son enormes masas de
materia saturadas de energía. Son globos, algunas de ellos de millones de kilómetros
de diámetro, y para que puedas compararlos te diré que esta estación tiene sólo
mil quinientos metros de ancho. Parecen tan pequeños porque están
increíblemente lejos.
»Los puntos a los
cuales van dirigidos nuestros haces de energía están más cercanos y son más
pequeños. Son fríos y duros y los seres humanos como yo mismo, vivimos en su
superficie; somos varios millones. Es de uno de estos mundos de donde Donovan y
yo venimos. Nuestros rayos alimentan estos mundos con energía sacada de uno de
estos grandes globos incandescentes que se encuentran cerca de nosotros. A este
globo lo llamamos Sol y está del otro lado de la Estación, donde tú puedes
verlo.
Cutie permanecía
inmóvil al lado de la portilla, como una estatua de acero. Sin volver la
cabeza, dijo:
—¿De qué punto de luz
pretendes venir?
—Allí está —dijo Powell
después de haber buscado—. Aquel tan brillante de la esquina. Lo llamamos
Tierra. La buena y vieja Tierra. Somos tres billones en él, Cutie, y dentro de
unas dos semanas volveré a estar allá con ellos.
Y entonces, cosa
sorprendente, Cutie pareció canturrear, distraído. No era en realidad una
tonada, pero poseía la curiosa calidad sonora de un “pizzicato”. Cesó tan
rápidamente como había empezado.
—¿Y de dónde vengo yo,
Powell? No me has explicado mi existencia.
—Todo lo demás es
sencillo. Cuando estas estaciones fueron establecidas por primera vez para
alimentar de energía solar los planetas, eran regidas por seres humanos. Sin
embargo, el calor, las fuertes radiaciones solares y las tempestades de
electrones hacían la estancia en el puesto difícil. Se perfeccionaron los
robots para sustituir el trabajo humano y ahora sólo se necesitan dos jefes
para cada estación. Estamos tratando de reemplazar incluso a estos dos y aquí
es donde intervienes tú. Tú eres el tipo de robot más perfeccionado, y si
demuestras la capacidad de dirigir esta estación independientemente, jamás un
ser humano volverá a poner los pies aquí, salvo para traer las piezas de
recambio para reparaciones.
Su mano se levantó y la
placa de metal volvió a caer en su sitio. Powell volvió a la mesa y frotó una
manzana contra la manga antes de mordería. El rojo resplandor de los ojos del
robot detuvo un ademán.
—¿Esperas acaso que dé
crédito a ninguna de estas absurdas hipótesis que acabas de exponerme? —dijo
lentamente—. ¿ Por quién me tomas?
Powell escupió
fragmentos de manzana sobre la mesa y se puso Colorado.
—¡Pero, maldito sea!
¡No son hipótesis, son hechos!
—¡Globos de energía de
millones de kilómetros de anchura! —dijo Cutie amargamente—. ¡Mundos con tres
billones de seres humanos! ¡El vacío infinito!... Lo siento, Powell, pero no
creo nada de esto. Lo resolveré yo solo. Adiós.
Dio la vuelta y salió
de la cámara. Pasó por delante de Michael Donovan, hizo una inclinación de
cabeza al llegar al umbral y salió al corredor, ignorante de la expresión de
asombro de los dos hombres.
Mike Donovan se pasó la
mano por el rojo cabello y dirigió una mirada de contrariedad a Powell.
—¿Qué diablos estaba
diciendo el maldito artefacto este? ¿Qué es lo que no cree?
—Es un escéptico —dijo
el otro, mordiéndose nerviosamente el bigote—. No cree que lo hayamos
fabricado, ni que la Tierra exista, ni que haya un espacio estrellado.
—¡Por el viejo Saturno!
Ha salido un robot loco de nuestras manos...
—Dice que va a resolver
el problema él solo.
—Bien, en este caso,
espero condescenderá a explicarme todo lo que descubra —Y con súbita rabia,
añadió—: ¡Oye! ¡Cómo ese montón de metal me largue a mí una de éstas, le parto
esta varilla de cromo en la espalda!
Se sentó encogiéndose
de hombros y se sacó una novela del bolsillo.
—Este robot empieza a
darme grima, de todos modos. Es demasiado inquisitivo.
Mike Donovan se estaba
comiendo un bocadillo de lechuga y tomate cuando Cutie llamó suavemente a la
puerta y entró.
—¿Está aquí Powell?
Donovan le contestó con
voz pausada y apagada por la masticación.
—Está reuniendo datos
sobre la función de las corrientes electrónicas. Parece que nos acercamos a una
tormenta.
En aquel momento entró
Gregory Powell, miró un papel lleno de cifras que traía en la mano y se sentó.
Dejó las hojas sobre la mesa y comenzó a hacer cálculos. Donovan lo miraba,
masticando la lechuga y recogiendo las migas de pan. Cutie esperaba, silencioso.
—El potencial Zeta se
eleva, pero lentamente —dijo Powell levantando la vista—. De todos modos, las
corrientes funcionales son errantes y no sé qué esperar. ¡Ah, hola, Cutie!
Creía que estabas vigilando la instalación de la nueva barra de mando.
—Ya está instalada
—dijo el robot tranquilamente— y he venido a sostener una conversación con
vosotros.
—¡Ah!... —dijo Powell,
aparentemente inquieto—. Bien, siéntate. No, en esta silla, no. Una de las
patas es floja y no resistiría tu peso.
—He tomado una decisión
—dijo el robot, después de haber obedecido.
Donovan levantó la
vista y dejó los restos de su bocadillo a un lado. Se disponía a hablar, pero
Powell le hizo guardar silencio con un gesto.
—Sigue, Cutie. Te
escuchamos.
—He pasado estos dos
últimos días en concentrada introspección —dijo Cutie—, y los resultados han
sido de lo más interesante. Empecé por un seguro aserto que consideré podía
permitirme hacer. Yo, por mi parte: existo, porque pienso.
—¡Ah, por Júpiter... un
robot Descartes! —gruñó Powell.
—¿Quién es Descartes?
—preguntó Donovan— Oye, ¿es que tenemos que estar aquí sentados escuchando a
este loco metálico...?
—¡Cállate, Mike!
—Y la cuestión que
inmediatamente se presenta continuó Cutie imperturbable—, es: ¿cuál es
exactamente la causa de mi existencia?
Powell se quedó con la
boca abierta.
—Estás diciendo
tonterías. Ya te he dicho que te hicimos nosotros.
—Y si no nos crees, con
gusto volveremos a hacerte pedazos —añadió Donovan.
El robot tendió sus
fuertes manos con un gesto de imploración.
—No acepto nada por
autoridad. Una hipótesis debe ser corroborada por la razón, de lo contrario,
carece de valor; y es contrario a todos los dictados de la lógica suponer que
vosotros me habéis hecho.
Powell detuvo con su
mano el gesto amenazador de Donovan.
—¿Por qué dices esto,
exactamente?
Cutie se echó a reír.
Era una risa inhumana, la risa más mecanizada que había surgido jamás. Era
aguda y explosiva, regular como un metrónomo y sin matiz alguno.
—Fíjate en ti —dijo
finalmente—. No lo digo con espíritu de desprecio, pero fíjate bien. Estás
hecho de un material blando y flojo, sin resistencia, dependiendo para la
energía de la oxidación ineficiente del material orgánico... como esto —añadió
señalando con un gesto de reprobación los restos del bocadillo de Donovan—.
Pasáis periódicamente a un estado de coma, y la menor variación de temperatura,
presión atmosférica, la humedad o la intensidad de radiación afecta vuestra
eficiencia. Sois alterables. Yo, por el contrario, soy un producto acabado.
Absorbo energía eléctrica directamente y la utilizó con casi un ciento por
ciento de eficiencia. Estoy compuesto de fuerte metal, estoy consciente
constantemente y puedo soportar fácilmente los más extremados cambios
ambientales. Estos son hechos que, partiendo de la irrefutable proposición de
que ningún ser puede crear un ser más perfecto que él, reduce vuestra tonta
teoría a la nada.
Las maldiciones
murmuradas en voz baja por Donovan brotaron inteligibles al levantarse
frunciendo sus rojas cejas.
—¡Muy bien, hijo de
unos desperdicios de metal! Si no te hicimos nosotros, ¿quién te hizo?
—Muy bien, Donovan
—asintió Cutie gravemente—. Esta era, desde luego, la cuestión siguiente.
Evidentemente, mi creador tiene que ser más poderoso que yo y por lo tanto,
sólo cabía una hipótesis.
Los dos hombres de la
Tierra le miraban sin expresión y Cutie prosiguió:
—¿Cuál es el centro de
las actividades aquí en la Estación? ¿Al servicio de quién estamos todos? ¿Qué
absorbe toda nuestra atención?
Esperó, a la
expectativa. Donovan miró asombrado a su compañero.
—Apostaría a que este
amasijo de tornillos esta hablando del mismo Transformador de Energía.
—¿Es así, Cutie?
—preguntó Powell.
—Estoy hablando del
Señor —fue la fría respuesta que siguió.
Aquello fue la señal
del estallido de risas de Donovan y el mismo Powell se permitió esbozar una
sonrisa. Cutie se puso de pie y sus ojos brillantes se fijaron en uno y después
en el otro.
—Da lo mismo lo que
penséis y no me extraña que os neguéis a creerlo. Vosotros no tenéis que estar
mucho tiempo aquí, estoy seguro de ello. Powell mismo ha dicho que al principio
sólo los hombres servían al Señor; que después vinieron los robots para el trabajo
rutinario; y finalmente yo, para dirigir. Los hechos son sin duda verdaderos,
pero la explicación es completamente ilógica. ¿Queréis saber la verdad que hay
detrás de todo esto?
—Sigue, Cutie, me
diviertes.
—El Señor creó al
principio el tipo más bajo, los humanos, formados más fácilmente. Poco a poco
fue reemplazándolos por robots, el siguiente paso, y finalmente me creó a mí,
para ocupar el sitio de los últimos humanos. A partir de ahora sirvo al Señor.
—No harás nada de esto
—dijo Powell secamente—. Seguirás nuestras órdenes y te estarás tranquilo hasta
que estemos convencidos de que puedes dirigir el Transformador. ¡Escucha! El
Transformador, no el Señor. Si no nos convences, serás desmontado. Y ahora, si
no te importa... puedes marcharte. Y llévate estos datos y regístralos
debidamente.
Cutie aceptó los
gráficos que le tendían y salió sin decir palabra. Donovan se echó atrás en su
silla y se mesó los cabellos.
—Ese robot nos va a dar
trabajo. ¡Está como una cabra!
El soñoliento zumbido
del Transformador se oye más fuerte en la cámara de mando y mezclado a él se
oye la aspiración de los contadores Geiger y el intermitente ruido de las
señales luminosas.
Donovan apartó los ojos
del telescopio y encendió los Luxites.
—El haz de Estación 4
capta Marte en horario. Podemos cortar los nuestros ya.
Powell parecía
abstraído.
—Cutie está en el
cuarto de máquinas. Le daré la señal y puede hacerse cargo de ello. Oye, Mike,
¿qué piensas de estas cifras?
Donovan las estudió
atentamente y lanzó un silbido de perplejidad.
—¡Hombre, esto es lo
que yo llamo intensidad de rayos gamma! El viejo Sol hace de las suyas...
—respondió Powell amargamente—, estamos en mala posición para aguantar una
tormenta de electrones, además. Nuestro haz de Tierra está probablemente en el
sendero indicado. —Apartó su silla de la mesa— ¡Cuernos! ¡Si tan sólo aguantase
hasta que venga el relevo, pero lleva ya diez días! Oye, Mike, ¿y si fueses
abajo a echar una mirada a Cutie?
—O.K. Dame algunas de
estas almendras. —Agarró el saquito que le arrojó Powell y se dirigió hacia el
ascensor.
El instrumento se
deslizó suavemente hacia abajo y se detuvo en la pequeña puerta de la sala de
máquinas. Donovan se asomó a la barandilla y miró hacia abajo.
Los enormes generadores
estaban en plena acción y de los tubos-L salía el agudo silbido que saturaba
toda la estación.
Vio la enorme y
reluciente figura de Cutie al lado del tubo-L de Marte, observando atentamente
a los demás robots que trabajaban al unísono.
Y entonces Donovan se
quedó rígido. Los robots, que parecían empequeñecidos junto el enorme tubo-L,
estaban alineados delante de él, con la cabeza doblada en ángulo recto,
mientras Cutie andaba lentamente arriba y abajo por delante de ellos.
Transcurrieron quince segundos y entonces, con un estruendo metálico que
retumbó en la estancia, cayeron todos de rodillas.
Donovan bajó
precipitadamente la estrecha escalera. Corrió hacia ellos, con el rostro rojo
como sus cabellos, agitando furiosamente los puños en el aire.
—¿Qué diablos significa
esto, idiotas sin seso? ¡Vamos! ¡Ocupaos del tubo-L! Como no lo tengáis en
perfecta condición, limpio, antes de que termine el día, os coagulo el cerebro
con corriente alterna!
Ni un solo robot se
movió.
Incluso Cutie, en el
extremo, el único que estaba de pie, permaneció silencioso, con la mirada fija
en los oscuros rincones de la gran máquina que tenía delante. Donovan dio un
fuerte empujón al primer robot.
—¡Levántate! —rugió.
Lentamente el robot
obedeció.
Sus ojos fotoeléctricos
se fijaron con reproche sobre el hombre de la Tierra.
—No hay más Señor que
el Señor —dijo—, y QT-1 es su profeta.
—¿Eh?... —Donovan se
encontró frente a veinte pares de ojos fijos en él y veinte voces de timbre
metálico que declaraban solemnemente:
—“No hay más Señor que
el Señor y QT-1 es su profeta…
—Temo —dijo Cutie al
llegar a este punto—, que mis amigos obedecen ahora a alguien más alto que tú.
—¡Qué diablos dices!
¡Sal de aquí inmediatamente! Ya te arreglaré las cuentas más tarde, y a estos
chismes animados, ahora mismo.
—Me apena —dijo Cutie
lentamente moviendo despacio la cabeza—, pero veo que no me entiendes. Todos
estos son robots, y por lo tanto seres dotados de razón. Les he predicado la
Verdad y ahora reconocen al Señor. Me llaman el Profeta. Soy indigno de ello —añadió
bajando la cabeza—, pero quizá...
Donovan consiguió
recobrar el aliento e hizo uso de él.
—¿Sí, eh?... ¡Vaya, qué
bonito!—. Pues escucha que diga una cosa, chimpancé de bronce. Aquí no hay tal
Señor, ni tal Profeta, ni es cuestión de quién da órdenes. ¿Entendido? —Su voz,
se convirtió en un mugido—. ¡Y ahora, fuera de aquí!
—Obedezco solamente al
Maestro.
—¡Al diablo el Maestro!
—Donovan escupió sobre el tubo-L—. ¡Esto para el Maestro! ¡Haz lo que te digo!
Ni Cutie ni los demás
robots dijeron una palabra, pero Donovan se dio cuenta de un aumento de
tensión. Los ojos fríos aumentaron la intensidad de su color, y Cutie parecía
más rígido que nunca.
—¡Sacrílego! —murmuró,
con voz metálica emocionada.
Donovan tuvo la primera
sensación de miedo al ver aproximarse a Cutie. Un robot no puede sentir odio,
pero los ojos de Cutie eran inescrutables.
—Lo siento, Donovan
—dijo el robot—, pero después de esto no podéis seguir por más tiempo aquí. Por
consiguiente, Powell y tú tenéis vedado el acceso a la sala de control y la
sala de máquinas.
Había hecho un gesto
pausado y en el acto dos robots sujetaron los brazos de Donovan.
Donovan no tuvo tiempo
de hacer más que una angustiada aspiración antes de sentirse levantado y
llevado escaleras arriba a la velocidad de un buen galope.
Gregory Powell andaba
arriba y abajo de la habitación con el puño cerrado. Dirigió una intensa mirada
de desesperación a la puerta y se acercó a Donovan amargamente.
—¿Por qué diablos
tenias que escupir contra el tubo-L?
Mike Donovan se
desplomó sobre el sillón y golpeó el brazo furiosamente.
—¿Qué querías que
hiciese con este espantajo electrificado? ¡No voy a doblegarme ante sus
caprichos!, ¿verdad?
—No; Pero ahora estamos
en la sala de oficiales con robots de centinela en la puerta. Esto no es
doblegarse. ¿Verdad?
—Espera a que lleguemos
a la base. Alguien pagara todo esto —dijo Donovan—. Los robots deben
obedecernos: Es la Segunda Ley.
—¿De qué sirve esto? No
nos obedecen. Y esto responde seguramente a una razón que descubriremos
demasiado tarde. A propósito, ¿sabes lo que nos ocurrirá cuando estemos de
regreso en la Base?
Se detuvo delante del
sillón de Donovan, furioso.
—¿Qué?
—¡Oh, nada!. Veinte
años de Minas de Mercurio. O quizá el Presidio de Ceres.
—¿Qué estás diciendo?
—La tempestad de los
electrones que se acerca. ¿Sabes que avanza directamente hacia el centro del
haz de Tierra? Acababa de calcularlo cuando el robot me ha levantado de la
silla. ¿Y sabes lo que le va a pasar al haz? Porque la tormenta va a ser de
alivio. Que va a saltar como una pulga con el contacto. Y todo esto con Cutie
solo en los controles, y si sale de foco... que el Cielo proteja a la
Tierra..., y a nosotros.
Donovan sacudía
frenéticamente la puerta cuando Powell estaba sólo a medio camino de ella. La
puerta se abrió y el hombre de la Tierra avanzó, pero encontró un duro e
inamovible brazo de acero que lo detuvo.
El robot lo miraba con
indiferencia.
—El Profeta ha dado
orden de que no os mováis. Por favor, obedeced.
El brazo se movió,
Donovan fue empujado hacia dentro y en aquel momento apareció Cutie por el
fondo del corredor. Apartó con un gesto suavemente la puerta. Donovan se
dirigió a Cutie jadeando, indignado.
—¡Esto ha ido va
bastante lejos! ¡Vas a pagar cara la farsa!
—Por favor, no te
contraríes —dijo el robot con suavidad—, tenía forzosamente que ocurrir. Los
dos habéis perdido vuestra función... Hasta que fui creado vosotros velabais
por el Maestro. Este privilegio me pertenece ahora a mí y por consiguiente, la
razón de ser de vuestra existencia ha desaparecido. ¿No es esto evidente?
—No mucho —respondió
amargamente Powell—, pero ¿qué crees que vamos hacer ahora?
Cutie no contestó
enseguida. Permaneció silencioso como si reflexionase sobre el hombro de
Powell. El otro agarró a Donovan por la muñeca y lo acercó.
—Me gustáis los dos.
Sois criaturas inferiores, pero siento realmente cierto afecto por vosotros.
Habéis servido fielmente al Señor y Él os lo recompensará. Habiendo terminado
vuestro servicio, no existiréis probablemente por mucho tiempo, pero mientras existáis,
tenemos que procuraros comida, ropas y abrigo, a condición de que os mantengáis
apartados de la sala de controles y de máquinas.
—¡Nos está poniendo a
pensión, Greg! —gritó Donovan—. ¡Haz algo! ¡Es humillante!
—Oye Cutie, no podemos
tolerar esto. Somos los amos. Esta Estación ha sido exclusivamente creada por
seres humanos como yo, seres humanos que viven en la Tierra y otros planetas.
Esto no es más que un colector de energía. Tú no eres más que... ¡Ay... cuerno!
Cutie movió la cabeza
gravemente.
—Esto frisa ya la
obsesión. ¿Por qué insistís en un punto de vista tan radicalmente falso? Aun
admitiendo que los no-robot carecen de la facultad de razonar, queda todavía el
problema de...
Su voz se desvaneció en
un reflexivo silencio y Donovan dijo, en un susurro saturado de intensidad:
—Si tuvieses un rostro
de carne y hueso te lo rompería.
Con los dedos, Powell
se acariciaba el bigote y sus ojos brillaban.
—Escucha, Cutie, si no
existe una cosa que se llama Tierra, ¿cómo te explicas lo que ves por el
telescopio?
—¡Perdona...!
—¿Te he ganado, eh?
—dijo Powell—. Desde que estamos juntos has hecho muchas observaciones
telescópicas, Cutie. ¿Has observado que muchos de estos puntos luminosos se convierten
en disco cuando los ves así?
—¡Oh, esto!... Sí,
ciertamente. Es una mera ampliación con el propósito de dirigir más exactamente
el haz.
—¿Por qué no aumentan
igualmente de tamaño las estrellas, entonces?
—¿Quieres decir los
demás puntos? No se les manda haz alguno, de manera que no necesitan
ampliación. Verdaderamente, Powell, incluso deberías ser capaz de comprender
esto.
—¡Pero ves más
estrellas a través del telescopio! —dijo Powell, mirándolo perplejo—. ¿De dónde
vienen? ¿De dónde demonios vienen, por Júpiter?
—Escucha, Powell —dijo
Cutie, contrariado—. ¿Crees que voy a perder el tiempo tratando de buscar
interpretaciones físicas de todas las ilusiones ópticas de nuestros
instrumentos? ¿Desde cuándo puede compararse la prueba ofrecida por nuestros
sentidos con la clara luz de la inflexible razón?
—Mira —intervino
Donovan súbitamente, liberándose del amistoso, pero pesado brazo metálico de
Cutie—, vamos al fondo de la cuestión. ¿Para qué sirven los haces? Te estamos
dando una explicación lógica. ¿Puedes hacer tú algo mejor?
—Los haces de luz son
emitidos por el Señor para cumplir sus designios. Hay ciertas cosas — añadió
elevando piadosamente los ojos— que no deben sernos probadas; en esta materia,
trato sólo de servir y no de interrogar.
Powell se sentó y
hundió el rostro en sus manos temblorosas.
—Sal de aquí, Cutie.
Sal de aquí y déjame pensar.
—Te mandaré comida
—dijo Cutie amablemente.
Un gruñido fue la única
respuesta y el robot salió.
—Greg —dijo Donovan en
voz baja y sombría—, esto requiere estrategia. Tenemos que aplicarle un
cortocircuito en el momento en que no lo espere. Acido nítrico concentrado en
las articulaciones.
—No digas tonterías,
Mike. ¿Crees acaso que nos dejará acercarnos a él con ácido nítrico en las
manos? Tenemos que hablar con él, te digo. Tenemos que convencerlo de que nos
deje tomar de nuevo posesión de la sala de control antes de cuarenta y ocho
horas, o seremos reducidos a papilla. Pero —añadió balanceándose, desalentado
ante su impotencia—. ¿Quién va a discutir con un robot?
—Es vejatorio...
—terminó Donovan.
—¡Peor!
—¡Oye! —dijo Donovan,
echándose a reír— ¿Por qué discutir? ¡Demostrémoselo! ¡Construyamos otro robot
ante sus propios ojos tendrá que tragarse sus palabras, entonces!
En el rostro de Powell
apareció lentamente una sonrisa que se fue ensanchando.
—¡Y piensa en su cara
de espanto cuando nos vea hacerlo!— terminó Donovan
Los robots son
fabricados, desde luego, en la Tierra, pero su expedición a través del espacio
es mucho más fácil si puede hacerse por piezas y montarlos en el sitio donde
deben emplearse. Elimina además la posibilidad de que robots completamente
montados vayan rondando por la Tierra, enfrentando de esta manera la U. S.
Robots con la estricta ley que prohibe el uso de robots en la Tierra.
Sin embargo, esto hacía
pesar sobre hombres como Powell y Donovan las necesidades de sintetizar robots
completos, tarea laboriosa y complicada.
Powell y Donovan no se
habían dado nunca tanta cuenta de la verdad de este hecho como el día en que,
reunidos en la sala de montaje, emprendieron la creación de un nuevo robot bajo
la inspección y vigilancia de QT-1. Profeta del Señor.
El robot en cuestión,
un simple MC, vacía sobre la mesa, casi terminado. Tres horas de trabajo lo
habían dejado sólo con la cabeza por terminar y Powell se detuvo para enjugarse
la frente y mirar a Cutie.
La mirada no fue muy
tranquilizadora. Durante tres horas, Cutie había permanecido sentado, inmóvil y
silencioso, y su rostro, siempre inexpresivo, era ahora absolutamente
inescrutable.
—¡Vamos ya con el
cerebro Mike! —gruñó Powell.
Donovan abrió un
receptáculo herméticamente cerrado y del baño de aceite del interior sacó un
segundo cubo. Abriendo éste a su vez, sacó un globo de su revestimiento de
esponja de goma.
Lo manejó rápidamente
por que era el mecanismo más complicado jamas creado por el hombre. En el
interior de la tenue piel chapada de platino del globo, había un cerebro
positrónico, en cuya inestable y delicada estructura habían insertados senderos
neutrónicos calculados, que dotaban a cada robot de lo que equivalía una
educación prenatal.
El cerebro se adaptaba
exactamente a la cavidad craneana del robot. El metal azul se cerró y quedó
sólidamente soldado por la diminuta llama atómica. Se adaptaron cuidadosamente
los ojos electrónicos, fuertemente atornillados en su lugar y cubiertos por una
delgada hoja transparente de plástico de la dureza del acero.
El robot sólo esperaba
ya la vitalizadora corriente de una electricidad de alto voltaje, y Powell se
detuvo con la mano sobre el interruptor.
—Ahora mira esto,
Cutie. ¡Fíjate atentamente!
El interruptor
estableció el contacto y se oyó un zumbido. Los dos terrestres se inclinaron
emocionados sobre su creación.
Al principio sólo se
produjo un leve movimiento en las articulaciones. La cabeza se levantó, los
codos se apoyaron sobre la mesa y el robot modelo MC bajó torpemente al suelo.
Su paso era inseguro y dos veces unos infructuosos gruñidos fueron todo lo que
se consiguió sacarle en materia de palabra. Finalmente su voz, incierta y
vacilante, adquirió forma.
—Quisiera empezar a
trabajar. ¿Dónde debo ir?
Donovan corrió hacia la
puerta.
—¡Baja estas escaleras!
—dijo—. Ya te dirán lo que debes hacer.
El robot MC se había
marchado y los dos hombres estaban solos delante del inconmovible Cutie.
—Y bien, ¿crees ahora
que te hemos hecho nosotros?
—¡No! —fue la respuesta
corta y categórica de Cutie.
Powell frunció
intensamente el ceño y después fue relajándose. Donovan abrió la boca y
permaneció así.
—¿Lo veis? —continuó
Cutie tranquilamente—. No habéis hecho más que juntar piezas ya creadas. Lo
habéis hecho extraordinariamente bien, por instinto supongo, pero en realidad
no habéis creado el robot. Las piezas habían sido creadas por el Señor.
—Escucha —dijo Donovan,
con voz enronquecida—, estas piezas han sido fabricadas en la Tierra y mandadas
aquí.
—Bien, bien... —dijo
Cutie, tranquilizador—, no discutamos...
—No es ésta mi
intención. —Donovan saltó hacia delante y agarró el brazo del robot—. Si fueses
capaz de leer los libros de la biblioteca, te lo explicarían de modo que no te
quedaría la menor duda.
—¡Los libros... los he
leído! ¡Todos! Son muy ingeniosos.
Powell intervino
súbitamente.
—Si los has leído, ¿qué
mis hay que decir? No puedes negar su evidencia. ¡No puedes!
—Por favor, Powell
—dijo Cutie con la compasión en la voz—, no puedo considerarlos como una fuente
valida de información. También ellos fueron creados por el Señor... y lo fueron
para ti, no para mí.
—¿Cómo has descubierto
esto? —preguntó Powell.
—Porque yo, como ser
dotado de razón, soy capaz de deducir la Verdad de las Causas a priori. Tú, ser
inteligente, pero sin razón, necesitas que se te dé una explicación de la
existencia, y esto es lo que hizo el Señor. Que te procurase estas visibles ideas
de mundos lejanos y pueblos, es, sin duda, excelente. Vuestras mentes son
demasiado vulgares para comprender la Verdad absoluta. Sin embargo, puesto que
es la voluntad del Señor que deis crédito a vuestros libros, no quiero discutir
eso con vosotros.
Al marcharse, se volvió
y en tono más amable, dijo:
—Pero no temáis nada.
En el plan de las cosas del Señor hay sitio para todo. Vosotros, los pobres
humanos, tenéis vuestro lugar, y, si bien es humilde, seréis recompensados si
lo ocupáis dignamente.
Se marchó con el aire
de beatitud propio del Profeta del Señor y los dos seres humanos permanecieron
solos, evitando mirarse.
—Vámonos a la cama,
Mike. Abandono —dijo Powell haciendo un esfuerzo.
—Oye, Greg —dijo
Donovan con voz ronca—, ¿no creerás que tiene razón en todo esto, verdad?
Parece tan seguro de sí mismo que...
—No seas idiota —dijo
Powell volviéndose rápido— Ya te convencerás de que la Tierra existe cuando
vengan los relevos la semana próxima y tengamos que regresar a escuchar el
concierto.
—Entonces... ¡por la
salud de Júpiter!, tenemos que hacer algo. —Casi lloraba—. No nos cree ni a
nosotros, ni a los libros, ni a sus ojos.
—No —dijo Powell
amargamente— ¡Es un robot con razón, maldita sea, con sus propios postulados!
Cree sólo en la razón, y esto tiene un inconveniente... —Su voz se desvaneció.
—¿Cuál es?
—Que por la pura razón
y la lógica se puede probar cualquier cosa... si encuentras el postulado
apropiado. Nosotros tenemos los nuestros y Cutie tiene los suyos.
—Entonces veamos estos
postulados enseguida. La tempestad es mañana.
—Aquí es donde falla
todo —dijo Powell con un suspiro de desaliento—. Los postulados están
establecidos por la suposición y reforzados por la fe. Nada en el Universo
puede conmoverlos. Me voy a la cama.
—¡Oh, demonios¡ ¡No
puedo dormir!.
—Yo tampoco. Pero
siempre puedo intentarlo... por cuestión de principio.
Doce horas después el
sueño seguía siendo esto, una cuestión de principios, inalcanzable, en la
práctica.
La tormenta llegó a la
hora prevista y el rubicundo rostro de Donovan se había quedado sin sangre.
Powell, con los labios secos y las mandíbulas apretadas, miraba a través de la
portilla y se tiraba desesperadamente del bigote.
En otras
circunstancias, hubiera sido un maravilloso espectáculo. El chorro de
electrones a alta velocidad que penetraba en el haz de energía florecía en
forma de microscópicas partículas de intensa luz. El chorro se desparramaba por
el vibrante vacío, formando un revoloteo, de brillantes copos.
El haz de energía
permanecía inmóvil, pero los dos terrestres sabían el valor de las apariciones
a simple vista. Una desviación en arco de una centésima de milésima de segundo,
invisible al ojo humano, era suficiente para apartar el haz de su foco, y convertir
centenares de kilómetros cuadrados de la Tierra en incandescentes ruinas.
Y un robot, indiferente
al haz, al foco y a la Tierra, todo menos a su Señor, era dueño de los mandos.
Las horas pasaron. Los
dos hombres seguían mirando en un silencio de hipnosis. La tormenta habla
cesado.
—Se acabó —dijo Powell
con voz incolora.
Donovan había caído en
una especie de sopor y Powell lo miraba con envidia. La señal luminosa brillaba
una y otra vez, pero ninguno de los dos prestaba atención a ella. Nada tenía
importancia. Quizá en el fondo Cutie tuviese razón... y él no era más que un
ser inferior con una memoria metódica y una vida que había sobrepasado su
propósito.
¡Ojalá fuese así! Cutie
estaba ante él.
—No habéis contestado a
la señal, de manera que he venido —dijo en voz baja—. No tenéis buen semblante
y temo que el término de vuestra existencia no esté lejano. Sin embargo,
¿queréis ver algunas de las anotaciones registradas hoy?
Powell se daba
vagamente cuenta de que el robot trataba de mostrarse amistoso, quizá para
apagar sus remordimientos, restableciendo a los humanos en el mando de la
estación. Cogió las hojas de papel de la mano, que se las tendía y las miró sin
verlas.
—Desde luego, es un
gran prodigio servir al Señor —dijo Cutie, al parecer satisfecho—. No debéis
tomaros a mal que os haya reemplazado.
Powell lanzó un gruñido
y siguió recorriendo maquinalmente las hojas de papel basta que se fijó en una
tenue línea roja que cruzaba la hoja.
Miró... y volvió a
mirar. Se apoyó con fuerza sobre los puños y se levantó, sin dejar de mirar.
Las demás hojas cayeron al suelo, mezcladas.
—¡Mike! ¡Mike! —Sacudió
a su amigo furiosamente—. ¡Se mantiene en dirección!.
—¿Eh? ...¿Cómo?
—preguntó Donovan, volviendo en sí, mirando también con los ojos salidos, la
hoja que tenía delante.
—¿Qué ocurre? —preguntó
Cutie.
—Te has mantenido en el
foco —gritó Powell— ¿Lo sabias?
—¿Foco? ¿Qué es eso?
—Has mantenido el haz
dirigido exactamente a la estación receptora... dentro de una diezmillonésima
de segundo de arco.
—¿Qué estación
receptora?
—Tierra. La estación
receptora es Tierra —balbució Powell—. Has mantenido la dirección del foco.
Cutie giró sobre sus
talones, contrariado.
—Es imposible mostrar
la menor amabilidad con vosotros. ¡Siempre el mismo fantasma! No he hecho más
que mantener todas las esferas en equilibrio de acuerdo la voluntad del Señor.
Y recogiendo los
esparcidos papeles, se retiró secamente; una vez hubo salido, Donovan se volvió
hacia Powell y dijo:
—¡Júpiter me
confunda!... Bien, ¿y qué hacemos?
—Nada —dijo Powell,
cansado—. Nada. Nos ha demostrado que puede dirigir perfectamente la estación,
jamás he visto hacer mejor frente a una tempestad de electrones.
—Pero esto no resuelve
nada. Ya has oído lo que ha dicho del Señor. No podemos...
—Mira, Mike, sigue las
instrucciones del Señor a ha través de relojes, esferas, gráficos e
instrumentos. Esto es lo que siempre hemos hecho nosotros. En realidad,
equivale a negarse a obedecer. La desobediencia es la Segunda Ley [6]. No hacer
daño a los humanos es la primera. ¿Cómo podía evitar hacer daño a los humanos
sabiéndolo o no? Pues manteniendo el haz de energía estable. Sabe que es capaz
de mantenerlo más estable que nosotros, ya que insiste en que es un ser
superior, y por esto tiene que mantenernos alejados del cuarto de controles. Si
tienes en cuenta las leyes Robóticas, es inevitable.
—Bien, pero no es ésta
la cuestión. No podemos consentir que siga con el sonsonete ese del Señor.
—¿Porqué no?
—Porque ¿quién ha oído
jamás decir estas tonterías? ¿Vamos a dejar que siga manteniendo la estación si
no cree en la existencia de la Tierra?
—¿Puede dirigir la
Estación?
—Sí pero...
—Entonces, ¿qué más da
que crea una cosa que otra?
Powell extendió los
brazos con una vaga sonrisa de satisfacción y cayó de espaldas sobre la cama.
Estaba dormido.
Powell seguía hablando
mientras luchaba por endosarse su ligera chaqueta del espacio.
—Será muy sencillo.
Puedes traer nuevos modelos QT uno por uno, los equipas con un conmutador de
lanzamiento automático que actúe en el plazo de una semana, como para darles
tiempo de aprender... el... el culto del Señor, de boca del mismo Profeta;
después los conmutas con otra estación para revitalizarlos. Podemos tener dos
QT por...
Donovan levantó su
visor de glassita y se rió.
—Cállate y vámonos de
aquí. El relevo espera y no estaré tranquilo hasta que sienta la superficie de
la Tierra bajo mis pies..., sólo para estar seguro de que realmente existe.
La puerta se abrió
mientras estaba hablando y Donovan volvió a cerrar inmediatamente el visor de
glassita, volviéndose enojado hacia Cutie.
El robot se acercó a
ellos lentamente.
—¿Os vais? —preguntó
con una nota de pesar en la voz.
—Vendrán otros en
nuestro lugar —respondió Powell.
—Vuestro tiempo de
servicio ha terminado y la hora de la disolución ha llegado —dijo Cutie con un
suspiro—. Lo esperaba, pero... En fin, la voluntad del Señor debe cumplirse...
—Ahorra tu compasión
—saltó Powell, indignado por el rollo resignado de Cutie—. Nos vamos a la
Tierra, no a la disolución.
—Es mejor que lo creáis
así —suspiró nuevamente el robot —. Ahora comprendo la cordura de la ilusión.
No quisiera tratar de conmover vuestra fe, aunque pudiese. —Y se marchó,
convertido en la imagen de la compasión.
Powell le echó a reír y
se dirigió hacia Donovan. Con las maletas cerradas en la mano, se encaminaron
hacia la compuerta neumática.
La nave estaba en el
rellano exterior y Franz Muller, su relevo, los saludó con rígida cortesía.
Donovan le prestó escasa atención y entró en la cabina del piloto a tomar los
mandos de manos de Sam Evans.
—¿Cómo va la Tierra?
—preguntó Powell, quedándose atrás.
Era una pregunta
bastante convencional y Muller dio la respuesta convencional que merecía:
—Sigue girando.
—Bien —dijo Powell.
—En el U.S. Robots han
ideado un nuevo tipo, a propósito —dijo Muller, mirándole—. Un robot múltiple.
—¿Un qué?
—Lo que he dicho. Hay
un importante contrato de tiene que ser adecuado para los trabajos de minería
en los asteroides. Es un robot principal, con seis robots alrededor. Como tus
dedos.
—¿Lo han probado ya?
—preguntó Powell con ansiedad.
—Te están esperando a
ti, he oído decir —dijo Muller sonriendo.
—¡Maldita sea!...
—exclamó Powell, cerrando el puño.
—Necesito vacaciones.
—¡Oh, las tendrás! Dos
semanas, creo.
Se estaba poniendo los
gruesos guantes del espacio para su estancia allí y sus espesas cejas se
juntaron.
—¿Y que tal va este
nuevo robot? Será mejor que se porte bien o antes me condeno que dejarle tocar
los mandos.
Powell hizo una pausa
antes de contestar. Sus ojos recorrieron el cuerpo del orgulloso prusiano desde
su cabello encrespado hasta los pies, reglamentariamente cuadrados..., y un
súbito resplandor de sincera alegría recorrió su cuerpo.
—El robot es muy bueno
—dijo lentamente—. No creo que tengas que preocuparte mucho de los mandos…
Hizo una mueca y entró
en la nave. Muller tenía que estar allí varias semanas...
Atrapa esa liebre
Tuvo más de dos semanas
de vacaciones. Esto, Mike Donovan tenía que reconocerlo. Tuvo seis meses, con
paga. Esto tenía que admitirlo también. Pero esto, como explicaba enfurecido,
fue fortuito. U.S. Robots tenía que quitarle las pulgas al robot múltiple, y
había muchas pulgas, y siempre quedaban por lo menos media docena de pulgas
dejadas para el campo de pruebas. De manera que descansaron y esperaron hasta
que los hombres de la sección de planos y los supervisores dijeron O.K. Y
entonces, Powell y él salieron hacia el asteroide y "no fue" O.K.
Repitieron la cosa una docena de veces, con el rostro compungido.
—¡Por lo que más
quieras, Greg, sé un poco realista! ¿De qué sirve aferrarse al pie de la letra
a las especificaciones y ver la prueba irse al garete? Es ya hora que te quites
esta manía rutinaria tuya y pongamos manos a la obra.
—Digo únicamente
—respondió Gregory Powell pacientemente, como el que explica la teoría de los
electrones a un niño idiota— que, de acuerdo con las especificaciones, estos
robots están equipados para los trabajos de minería en los asteroides sin
supervisión. No estamos encargados de vigilarlos.
—Muy bien. Mira...
¡Lógico! —Levantó sus velludos dedos y señaló—: Uno; este robot ha pasado por
todas las pruebas en el laboratorio de la Tierra. Dos; U.S. Robots garantiza el
éxito de la prueba de actividad en un asteroide. Tres; los robots no pasan tal
prueba. Cuatro; si no la pasan, U.S. Robots pierde diez millones de créditos en
efectivo y unos cien millones en reputación. Cinco; si no la pasan y nosotros
no somos capaces de explicar por qué no la pasan, es muy posible que tengamos
que decir un tierno adiós a dos buenos empleos.
Powell lanzó un gruñido
a través de una visible sonrisa poco sincera. El tácito "slogan" de
la United State Robots / Mechanical Men Corp. era bien conocido de todos.
"Ningún empleado comete el mismo error dos veces. Es despedido a la primera".
—Tienes la lucidez de
Euclides en todo —dijo—, menos en los hechos. Has vigilado tres grupos de estos
robots durante tres turnos y han hecho su trabajo perfectamente. Tú mismo lo
has dicho. ¿Qué más podemos hacer?
—Averiguar qué es lo
que no funciona. Esto es lo que tenemos que hacer. Trabajaron perfectamente
mientras los vigilé. Pero en tres diferentes ocasiones, cuando no los vigilé,
no sacaron ningún mineral. No llegaban siquiera a la hora. Tenía que ir a por ellos.
—¿Y había algo
estropeado?
—Nada absolutamente.
Todo era perfecto. Liso y perfecto como el luminífero éter. Sólo un pequeño e
insignificante detalle me turbó... "no había mineral".
—Te diré lo que hay,
Mike. Nos hemos encontrado con misiones asquerosas en nuestra vida, pero se
lleva la palma la del asteroide de iridio. Todo esto es de una complicación que
sobrepasa la resistencia. Mira, este robot Dv-5 tiene seis robots que dependen
de él. Y no sólo que dependen de él... que forman parte de él.
—Lo sé...
—¡Cállate! Yo sé que lo
sabes, pero estoy diciéndote Cuál es el busilis de la cosa. Estos seis robots
forman parte de ti, y les dan sus órdenes no por radio ni de viva voz, sino
directamente a través de campos positrónicos. Ahora bien..., no hay en toda la
U.S. Robots un solo robotista que sepa lo que es un campo positrónico ni cómo
funciona. Yo tampoco lo sé. Ni tú.
—Esto último —dijo
Donovan— ya lo sabía.
—Fíjate en nuestra
posición. Si todo funciona... ¡bien! Si algo va mal..., estamos listos y no
podemos probablemente hacer nada, ni nosotros ni nadie. Pero la misión nos
corresponde a nosotros y a nadie más, de manera que estamos en un atolladero.
Permaneció un momento
silencioso, mirando al vacío y prosiguió:
—En fin... ¿lo tienes
ahí fuera?
—Sí.
—¿Está todo normal,
ahora?
—Pues... por ahora no
tiene la manía religiosa ni anda describiendo círculos y recitando tonterías,
de manera que lo considero normal.
Donovan franqueó la
puerta, moviendo la cabeza con gesto de duda.
Powell tendió la mano
hacia el "Manual de Robótica" que tenía en un ángulo de su mesa y lo
abrió respetuosamente. Una vez había saltado por la ventana de una casa
incendiada en "shorts", pero con el "Manual" bajo el brazo.
En caso de duda, se hubiera quitado los "shorts".
El "Manual"
estaba abierto delante de él cuando entró el robot Dv-5 seguido de Donovan, que
volvió a cerrar la puerta de un puntapié.
—Hola, Dave. ¿Cómo te
encuentras? —preguntó Powell sombríamente.
—Bien —dijo el robot—.
¿Te importa que me siente? —Se acercó la silla especialmente reforzada para él
y se dobló sobre ella.
Powell miró a Dave; los
legos en la materia pueden pensar en los robots por números de serie, los
especialistas nunca, y con razón. Pese a su construcción como unidad pensadora
de un equipo integrado por siete unidades, no era de un volumen exagerado.
Tenía poco más de dos
metros de altura y pesaba media tonelada de metal y electricidad. ¿Mucho? No
cuando la media tonelada tiene que ser una masa de condensadores, circuitos,
contactos y células de vacío, capaces de tener prácticamente todas las reacciones
conocidas de los humanos. Y un cerebro positrónico que, con 4,5 kg de materia y
unos cuantos quintillones de positones, hacía funcionar toda la maquinaria.
Powell buscó un
cigarrillo en el bolsillo de su camisa.
—Dave —dijo— eres un
buen muchacho. No tienes nada de coqueto ni de "prima-donna". Eres un
robot estable, buen minero, salvo que estás equipado para mantener una
coordinación directa con seis subsidiarios. Por lo que sé, esto no ha creado en
tu mapa de senderos cerebrales ningún cerebro inestable.
—Esto me hace sentirme
bien —asintió el robot—, pero ¿a qué va eso, jefe? —Estaba equipado con un
excelente diafragma y la presencia de tonalidades en su voz lo salvaba de buena
parte de aquel sonido metálico que suele tener la voz del robot usual.
—Voy a decírtelo. Con
todo esto en tu favor, ¿qué pasa que tu trabajo no va bien? Por ejemplo, ¿el
turno B de hoy?
—Por lo que yo sé, nada
—dijo Dave vacilando.
—No habéis producido
nada de mineral.
—Lo sé.
—¿Entonces...?
—No puedo explicárselo,
jefe —dijo Dave, visiblemente turbado—. Sería capaz de darme un ataque de
nervios..., si pudiese. Mis subsidiarios trabajan bien. Lo sé. —Reflexionó; sus
ojos fotoeléctricos brillaban intensamente—. No recuerdo. El día terminó a las
tres y allí estaba Mike, y las vagonetas de mineral, la mayoría vacía.
—No has traído la nota
de turnos estos días, Dave —intervino Donovan—. ¿Lo sabes?
—Lo sé. Pero en
cuanto... —Se calló, moviendo la cabeza lenta y ceremoniosamente.
Powell tenía la
sensación de que si el rostro de Dave pudiese expresar algo, expresaría la
contrariedad. Un robot, por su misma naturaleza, no puede soportar faltar a su
misión.
Donovan acercó su silla
a la mesa de Powell y se inclinó hacia él.
—¿Amnesia, crees?
—No puedo decirlo. Pero
es inútil tratar de aplicar nombres de enfermedades así. Las perturbaciones
humanas sólo se aplican a los robots como románticas analogías. No tienen
empleo en ingeniería robótica. Me contraría mucho someterlo a la prueba
elemental de reacción de cerebro —añadió, rascándose el cuello—. Esto no
adulará su amor propio.
Miró a Dave, pensativo,
y después la "Descripción del Campo de Pruebas" dada por el
"Manual".
—Mira, Dave —dijo—,
¿qué te parece si hiciéramos una prueba? Me parecería muy indicado.
—Si tú lo dices,
jefe... —dijo el robot, levantándose. En su voz había dolor, entonces.
Empezó bastante
sencillamente.
Robot Dv-5 multiplicó
de memoria cantidades de cinco cifras bajo el control de un reloj. Citó los
números primos entre mil y diez mil. Extrajo raíces cuadradas e integrales de
difíciles complejidades. Resolvió reacciones mecánicas a fin de aumentar las dificultades.
Y finalmente, sometió su precisa mente mecánica a las más altas funciones del
mundo de los robots: la solución de problemas de juicio y ética.
Al cabo de dos horas,
Powell sudaba copiosamente. Donovan se había sometido al poco nutritivo régimen
de uñas y el robot preguntó:
—¿Qué tal va eso, jefe?
—Tengo que pensarlo,
Dave —dijo Powell—. Un juicio demasiado rápido no serviría de nada. Ahora es
mejor que vuelvas al grupo C. No lleves prisa. No insistas demasiado en la
producción durante algún tiempo... y todo lo arreglaremos.
El robot se marchó.
Powell miró a Donovan. Éste parecía decidido a arrancarse de cuajo el bigote.
—No hay nada que no
esté en orden en las corrientes de su cerebro positrónico.
—Sentiría tener esta
certidumbre.
—¡Por Júpiter, Mike! El
cerebro es la parte más segura de un robot. En la Tierra lo someten a una
prueba quíntuple. Si pasa sin dificultad el campo de prueba como lo ha pasado
Dave, no es posible que el cerebro funcione erróneamente. Esto cubre todos los
fragmentos del cerebro.
—¿Dónde estamos, pues?
—No me des prisa.
Déjame averiguarlo. Queda todavía la posibilidad de una avería mecánica en el
cuerpo. Hay unos mil quinientos condensadores, veinte mil circuitos eléctricos
individuales, cinco mil células de vacío, mil contactos, y miles de otras
piezas individuales de diversa complejidad, que pueden estar descompuestas. De
estos misteriosos campos positrónicos... nadie sabe nada.
—Oye, Greg —dijo
Donovan, impacientándose visiblemente—. Tengo una idea. Este robot puede estar
mintiendo. Jamás...
—Los robots no pueden
mentir a sabiendas, idiota. Si dispusiéramos del comprobador McCormack-Wesley
podríamos comprobar individuo por individuo durante veinticuatro o cuarenta y
ocho horas, pero los dos únicos comprobadores M.W. existentes están en la Tierra
y pesan diez toneladas; están sobre una base de hormigón y son inamovibles.
—Pero, Greg —dijo
Donovan, mirando la mesa—, sólo dejan de funcionar cuando no los vigilamos. Hay
algo... siniestro en esto. —Subrayó su juicio con un puñetazo sobre la mesa.
—Me das asco —dijo
Powell, lentamente—. Has estado leyendo novelas de aventuras.
—Lo que quisiera saber
es qué vamos a hacer... —gritó Donovan.
—Yo te lo diré. Voy a
instalar una placa de visión sobre mi mesa. Allá mismo, en la pared. Voy a
enfocarla a cualquier sitio de la mina donde se trabaje y vigilaré. Eso es
todo.
—¿Eso es todo?...
Greg...
Powell se levantó del
sillón y apoyó sobre la mesa sus puños cerrados.
—Mike, estoy pasando
muy malos momentos. Llevas una semana molestándome con Dave. Dices que se ha
estropeado. ¿Sabes cómo se ha estropeado? ¡No! ¿Sabes qué forma ha adquirido la
avería? ¡No! ¿Sabes qué la ocasiona? ¡No! ¿Sabes qué le impide trabajar? ¡No!
¿Sabes algo de todo esto? ¡No! ¿Sé yo algo de todo esto? ¡No! De manera que,
¿qué quieres que haga, pues?
Los brazos de Donovan
se elevaron en un gesto de grandilocuencia.
—Me has ganado...
—dijo.
—Te lo digo una vez
más. Antes de intentar una cura tenemos que averiguar en qué consiste la
enfermedad. El primer paso necesario para asar una liebre es atraparla. Y
ahora, vámonos de aquí.
Donovan recorrió las
líneas preliminares de su memoria con cierto desaliento. Por su parte, estaba
cansado, y por otra, ¿qué podía comunicar mientras las cosas no fuesen como era
debido?
—Greg —dijo—, estamos a
cerca de mil toneladas por debajo del cálculo previsto.
—Me estás diciendo una
cosa que no sabía —respondió Powell, siempre sin levantar la vista.
—Lo que quisiera saber
—prosiguió Donovan con súbito furor— es por qué tienen que encargarnos siempre
a nosotros de los nuevos tipos de robots. He llegado a la conclusión que los
robots que eran suficientemente buenos para el tío abuelo por parte de mi madre
lo son también para nosotros. Estoy por lo ya probado y aprobado. La prueba del
tiempo es lo que cuenta; los viejos robots, sólidos, anticuados, no se
estropean jamás.
Powell tiró un libro
con perfecto desprecio y Donovan volvió a sentarse con paso vacilante.
—Tu misión —dijo Powell
tranquilamente— durante estos últimos cinco años, ha sido probar nuevos robots
en condiciones normales de trabajo por cuenta de la U.S. Robots. Porque tú y yo
hemos cometido la insensatez de dar pruebas de una gran eficiencia, nos ha
recompensado con este asqueroso trabajo. Esto —añadió, como si horadase
agujeros en el aire con el dedo— es trabajo tuyo. Has estado andando detrás de
ello desde tu primera memoria hasta cinco minutos después de que la U.S. Robots
te contratase. ¿Por qué no dimites?
—Bien, te lo diré.
—Donovan se echó adelante y se agarró con fuerza su mata de cabello rojo—. Soy
fiel a mis principios. Después de todo he tomado parte en el desarrollo de los
nuevos robots. Hay que ayudar al avance científico. Pero no me entiendas mal.
No es el principio el que me hace seguir adelante; es el dinero que nos pagan.
¡Greg!
Powell pegó un salto al
oír el feroz grito de Donovan y siguió su mirada en la pantalla de visión a la
que quedaron mirando los dos con el horror pintado en el rostro.
—¡Que... Júpiter...
me... ampare! —susurró.
—¡Míralos, Greg!
—exclamó Donovan poniéndose de pie—. ¡Se han vuelto locos!
—Trae un par de trajes
—dijo Powell—. Vamos allá.
Observó la actitud de
los robots en la placa de visión. En las sombrías galerías del asteroide sin
aire se veían unos bronceados resplandores que se movían lentamente. Era como
una formación militar y bajo el tenue resplandor de su cuerpo avanzaban silenciosamente
por entre las rugosas paredes del túnel, seguidos de parches de sombras.
Marchaban al unísono, siete de ellos, con Dave al frente, formando una macabra
simultaneidad; fundiéndose en los cambios de formación con la mágica precisión
de un regimiento de lanceros.
—Se han vuelto locos
por culpa nuestra, Greg —dijo Donovan regresando con los trajes—. Esto es una
marcha militar.
—Por lo que veo
—respondió fríamente Powell— puede ser una serie de ejercicios calisténicos. O
Dave puede estar bajo la alucinación de ser un maestro de baile. Piensa primero
y no te tomes tampoco la molestia de hablar después.
Donovan sonrió y se
puso un detonador en el estuche que llevaba al lado, con gesto de ostentación.
—En todo caso
—respondió—, así estamos. Así trabajamos con los nuevos modelos de robots. Es
nuestro trabajo, de acuerdo. Pero contéstame una cosa. ¿Por qué... por qué hay
siempre algo que va mal con ellos?
—Porque... —dijo Powell
sombríamente—, tenemos la maldición encima. ¡Vámonos!
Siguiendo la
aterciopelada oscuridad de los corredores bajo los círculos luminosos de sus
lámparas de bolsillo, llegaron a su destino.
—Aquí están —dijo
Donovan, jadeante.
—Estoy tratando de
conectarlo por radio, pero no contesta —susurró Powell—. El circuito de la
radio está probablemente desconectado.
—Celebro que los
ingenieros no hayan inventado todavía el robot que pueda trabajar en la
oscuridad total. Me horrorizaría encontrar siete robots en un pozo negro sin
radiocomunicación, si no estuviesen "iluminados" como árboles de
Navidad radiactivos.
—Trepa a este reborde
superior, Mike. Vienen por aquí y quiero observarlos de cerca. ¿Puedes?
Mike pegó el salto con
un gruñido.
La gravedad era
considerablemente más baja que la normal de la Tierra, pero, con un traje
pesado, la ventaja no era tan grande, y el reborde representaba un salto de no
menos de tres metros. Powell lo siguió.
La columna de robots
seguía a Dave en fila india. Con una regularidad mecánica convertían la fila
sencilla en doble y volvían a pasar a sencilla en diferente orden.
Lo repetían una y otra
vez y Dave nunca volvía la cabeza.
Dave estaba a unos seis
metros cuando la comedia cesó. Los robots subsidiarios rompieron la formación,
esperaron un momento, y desaparecieron en la distancia..., rápidamente. Dave
miró hacia ellos, después, lentamente, se sentó. Apoyó la cabeza en una de sus
manos, en una postura completamente humana.
—¿Estás aquí, jefe?
—dijo su voz en uno de los auriculares de Powell.
Powell hizo un signo a
Donovan y saltó del reborde.
—No sé... —dijo el
robot moviendo la cabeza—. Hace un momento estaba sacando una considerable
producción en Túnel 17 y en el acto me di cuenta de una presencia humana por
las cercanías, y me he encontrado casi un kilómetro más abajo del túnel.
—¿Dónde están los
subsidiarios, ahora? —preguntó Donovan.
—Trabajando, desde
luego. ¿Cuánto tiempo se ha perdido?
—No mucho. Olvídalo.
—Volviéndose hacia Donovan, Powell añadió—: quédate con él el resto del turno.
Después, ven. Tengo un par de ideas.
Transcurrieron tres
horas antes de que Donovan regresase. Parecía cansado.
—¿Cómo ha ido esto?
—preguntó Powell.
—No pasa nunca nada
cuando se los vigila. Dame un cigarrillo...
El pelirrojo lo
encendió con solícito cuidado y echó al aire un anillo de humo.
—He estado pensando en
todo esto, Greg —dijo—. Dave tiene un curioso fondo, para ser un robot. Seis
dependen de él, con una estricta reglamentación. Tiene derecho de vida o muerte
sobre ellos y tiene que reaccionar con su mentalidad. Supongamos que sienta la
necesidad de confirmar su poder como concesión a su vanidad.
—Ve al grano.
—Supongamos que tenemos
militarismo. Supongamos que está creando un ejército. Supongamos que los está
instruyendo para unas maniobras militares. Supongamos...
—Supongamos que has
perdido el tino. Tus pesadillas deberían ser en technicolor. Están postulando
la mayor aberración de un cerebro positrónico. Si tu análisis fuese correcto,
Dave tendría que infringir la Primera Ley Robótica; que un robot no debe perjudicar
a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sea perjudicado. El
tipo militarista y de carácter dominador que supones debe tener como punto
final de sus lógicas implicaciones la dominación de los humanos.
—Muy bien. ¿Y cómo
sabes que éste no es el fondo de la cuestión?
—Porque todo robot con
esta mentalidad, primero, no hubiera salido jamás de la fábrica y, segundo,
hubiera sido descubierto inmediatamente. He probado a Dave, ¿sabes?
Powell echó su sillón
atrás y puso los pies sobre la mesa.
—No. Seguimos en la
situación de no poder asar la liebre porque todavía no sabemos dónde está. Por
ejemplo, si pudiésemos saber qué significaba aquella danza macabra que hemos
con templado, estaríamos en el camino de la verdad. Mira, Mike —prosiguió después
de una pausa—. ¿Qué te parece esto? Dave deja de funcionar solamente cuando
ninguno de nosotros está presente. Y cuando no funciona, la llegada de uno de
nosotros lo vuelve loco.
—Ya te dije una vez que
todo esto era siniestro.
—No me interrumpas. ¿En
qué forma un robot obra de manera diferente cuando los humanos no están
presentes?
—La respuesta es obvia.
Se requiere una gran parte de iniciativa personal
—En este caso, busca
las partes del cuerpo afectadas por la nueva necesidad.
—¡Caspita! —exclamó
Donovan, incorporándose. Después volvió a echarse atrás—. No, no... No es
bastante. Es demasiado vago. No cubre las posibilidades.
—No puedo evitarlo. En
todo caso, no hay peligro de que no den el rendimiento previsto. Vigilaremos
por turno a estos robots a través del visor. Cada vez que ocurra algo, iremos
inmediatamente al teatro del suceso. Esto los hará trabajar.
—Pero de todos modos,
los robots no seguirán las especificaciones, Greg. La U.S. Robots no puede
seguir haciendo modelos Dv con unos informes como éstos.
—Es evidente. Tenemos
que localizar el error de fabricación y corregirlo, y tenemos sólo diez días
para conseguirlo. Lo malo es que... —añadió Powell rascándose la cabeza— En
fin, mira tú mismo los planos.
Los planos sobre papel
azul cubrían el suelo como una alfombra y Donovan se puso a gatas ante ellos,
siguiendo el errante lápiz de Powell. Este dijo entonces:
—Aquí es donde entras
tú, Mike. Eres el especialista del cuerpo y quiero que me sigas. He estado
tratando de cortar todos los circuitos no afectados por la iniciativa. Aquí,
por ejemplo, en la arteria del tronco que comporta operaciones mecánicas. Corta
todas las rutas laterales rutinarias como divisiones de urgencia... —Levantó la
vista—. ¿Qué piensas?
Donovan sentía un mal
sabor de boca.
—La cosa no es tan
sencilla, Greg. La iniciativa personal no es un circuito eléctrico que puedas
aislar del resto y estudiarlo. Cuando un robot actúa por sí mismo, la
intensidad de la actividad del cuerpo aumenta inmediatamente en casi todos los
frentes. No queda ningún circuito enteramente sin afectar. Lo que hay que hacer
es localizar las condiciones especiales, condiciones muy específicas, que lo
afectan, y "entonces", empezar a eliminar circuitos.
—¡Ejem!... —dijo
Powell, levantándose y quitándose el polvo—. Muy bien. Coge estos papelotes
azules y quémalos.
—Ya ves que dada una
sola parte defectuosa —dijo Donovan— cuando la actividad se intensifica, puede
ocurrir cualquier cosa. El aislamiento cesa, un condensador salta, un contacto
echa chispas, una espiral se calienta. Y si obras a ciegas, pudiendo elegir
entre todo el robot, jamás encontrar s el punto defectuoso. Si desmontas a Dave
y compruebas una por una cada pieza del mecanismo de su cuerpo, volviéndolo a
montar y probando nuevamente...
—Bien, bien. Sé también
mirar por una portilla...
Se miraron durante un
momento, desalentados, y Powell, cautelosamente, dijo:
—Supongamos que
interrogásemos uno de los subsidiarios...
Ni Powell ni Donovan
habían tenido hasta entonces la oportunidad de hablar con un "dedo".
Sabía hablar; la analogía con el dedo humano no era, pues exacta. En realidad,
tenía un cerebro bastante desarrollado, pero este cerebro estaba primariamente
adaptado a la recepción de órdenes, vía campo positrónico, y su reacción a los
estímulos independientes era un poco confusa.
Powell no sabía tampoco
a ciencia cierta su nombre. Su número de serie era Dv-5-2, pero esto era de
poca utilidad.
—Oye, camarada —le dijo
para infundirle confianza—. Voy a pedirte que pienses muy intensamente y podrás
volverte con tu amo.
El "dedo"
hizo un rápido movimiento afirmativo con la cabeza, pero no llevó las limitadas
funciones de su cerebro hasta hablar.
—En cuatro ocasiones
recientes —dijo Powell—, tu amo se apartó del esquema cerebral. ¿Recuerdas
estas ocasiones?
—Sí, señor.
—Las recuerda —gruñó
Donovan con rabia—. Ya te he dicho que hay algo muy siniestro...
—¡Oh, cállate, cállate!
Desde luego el "dedo" recuerda. ¿Qué hay de mal en ello? —Powell se
volvió hacia el robot—. ¿Qué estabais haciendo cada una de estas veces... todo
el grupo, me refiero?
El "dedo"
tenía una curiosa manera de recitar las frases, como si contestase las
preguntas bajo la presión mecánica de su cerebro, pero sin poner en ello
entusiasmo.
—La primera vez
estábamos trabajando en una difícil explotación en Túnel 17, Nivel B. La
segunda estábamos asegurando el techo contra un posible hundimiento. La tercera
vez estábamos preparando explosiones adecuadas para prolongar el túnel sin
producir fisuras subterráneas. La cuarta vez fue después de un ligero
desprendimiento.
—¿Qué ocurrió estas
veces?
—Es difícil de
describir. Se transmitió una orden, pero antes de que pudiésemos recibirla e
interpretarla, vino la nueva orden de avanzar en una extraña formación.
—¿Por qué? —saltó
Powell.
—No lo sé.
—¿Cuál era la primera
orden... la que fue anulada por la de marchar en formación? —intervino Donovan,
interesado.
—No lo sé. Sentía que
se acababa de dar una orden, pero no tuve tiempo de recibirla.
—¿No puedes decirnos
nada de ella? ¿Era la misma orden, siempre?
El "dedo"
movía la cabeza, desalentado.
—No lo sé.
—Bien, en este caso,
vuelve con tu amo —dijo Powell, echándose atrás.
El "dedo" se
marchó, visiblemente aliviado.
—Bien, hemos conseguido
bastante, esta vez —dijo Donovan—. Ha sido un diálogo, verdaderamente animado
del principio al fin. Oye, Greg. Dave y el "dedo" nos están tomando
el pelo a los dos. Hay demasiadas cosas que no saben ni recuerdan. Va a ser
cosa de no confiar ya en ellos, Greg.
Powell se estaba
peinando el bigote en sentido contrario.
—¡Válgame Dios, Mike!
¡Otra estúpida observación como ésta y no sé lo que será de ti!
—Bien, bien... Tú eres
el genio del equipo. Yo no soy más que un pobre niño de pecho. ¿En qué
quedamos?
—Un poco más atrás que
antes. He tratado de avanzar hacia atrás por mediación del "dedo" y
no lo he conseguido. De manera que tendremos que avanzar hacia delante.
—¡Es un gran hombre!
—se maravilló Donovan—. ¡Qué fácil es todo para él! Ahora tradúcemelo al idioma
vulgar, Maestro.
—Lo entenderás mejor si
te lo traduzco al lenguaje de los nenes. Quiero decir que tenemos que averiguar
qué orden fue la que dio Dave antes de que todo fuese mal. Esta puede ser la
clave del misterio.
—¿Y cómo esperas
conseguirlo? No podemos acercarnos a él porque mientras estemos presentes, todo
irá bien. No podemos captar sus órdenes por radio porque las transmiten vía
campo positrónico. Esto elimina la proximidad y la lejanía, dejándonos ante un
magnífico cero.
—Por observación
directa, sí. Queda todavía la deducción.
—¿Eh?
—Vamos a ver los
relevos, Mike —dijo Powell con una mueca—. Y no apartaremos los ojos de la
placa de visión. Observaremos todos los actos de estos cerebros de acero. En el
momento en que dejen de actuar, habremos visto lo que ocurría inmediatamente
antes y deduciremos Cuál era la orden.
Donovan abrió la boca y
permaneció así durante un minuto entero. Después, como si se ahogase, dijo:
—Dimito. Me voy.
—Tienes diez días para
tomar una decisión mejor —dijo Powell.
Qué es lo que durante
ocho días trató de hacer Donovan. Durante ocho días, en guardias alternadas de
cuatro horas, observó, con los ojos doloridos y congestionados, las relucientes
formas metálicas que se movían sobre el vago fondo. Y durante ocho días, durante
las guardias y los descansos, maldijo la U.S. Robots, los modelos Dv y el día
en que nació.
Y entonces, el octavo
día, cuando Powell entró con la cabeza dolorida y el sueño en los ojos para
hacer su guardia, Donovan se levantó y, tomando lenta y deliberadamente la
justa puntería, arrojó un libro al centro de la placa de visión. Se produjo el
natural ruido de algo que se rompe.
—¿Por qué has hecho
esto? —preguntó Powell, boquiabierto.
—Porque no quiero
observar nada más —respondió Donovan, casi con calma—. Nos quedan dos días y no
hemos averiguado nada. Dv-5 es sencillamente un fracaso. Se ha parado cinco
veces mientras lo he estado observando y tres durante tu guardia y ni tú ni yo
somos capaces de saber qué órdenes da. Y no creo que logres averiguarlo, porque
no creo lograr averiguarlo yo.
—¡Pero, hombre, cómo
quieres vigilar seis robots a la vez! Uno trabaja con las manos, el otro con
los pies, uno como un molino de viento y otro salta arriba y abajo como un
chiflado. Y los otros dos... el diablo sabe lo que están haciendo. Y de repente
se paran todos.
—Greg, no hacemos lo
que debemos hacer. Tenemos que estar más cerca. Tenemos que observar lo que
hacen desde donde podamos ver los detalles.
Hubo un amargo silencio
que fue roto por Powell.
—Sí, y esperar que
ocurra algo con sólo dos días por delante.
—¿Es que hay alguna
ventaja en vigilar desde aquí?
—Es más cómodo.
—Ya..., pero hay algo
que puedes hacer allí y no puedes hacer aquí.
—¿Qué es?
—Puedes hacerlos
parar... en el momento que quieras, y entre tanto estás preparado para ver qué
es lo que ocurre.
—¿Cómo es eso? —dijo
Powell, intrigado.
—Piénsalo tú mismo si
tienes el cerebro que dices. Hazte algunas preguntas. ¿Cuándo para de trabajar
el Dv-5? ¿Cuándo ha dicho el "dedo" que lo hacía? Cuando hay amenaza
de derrumbamiento, o bien se produce; cuando hay que tomar delicadas medidas
para la colocación de explosivos al encontrar un filón difícil.
—En otras palabras,
cuando hay peligro —dijo Powell.
—¡Exacto! Cuando
"esperas" que se produzca. Es el factor iniciativa personal el que
nos causa la perturbación. Y es precisamente durante los momentos de peligro,
en ausencia de un ser humano, cuando la iniciativa personal está a su máximo de
tensión. Ahora bien, ¿Cuál es la deducción lógica? ¿Cómo podemos crear nuestra
intercepción cuando y donde queramos? —Hizo una pausa, triunfante, ya que
empezaba a gozar con su papel y contestaba sus propias preguntas adelantándose
a la respuesta de Powell—. Creando nuestro propio peligro.
—Mike —dijo Powell—...
tienes razón.
—Gracias, camarada.
Sabía que algún día la tendría.
—Bien, pero ahórrate
los sarcasmos. Los conservaremos en una jarra para los inviernos fríos.
Entretanto ¿qué peligros podemos crear?
—Podríamos inundar las
minas, si no estuviésemos en un asteroide sin aire.
—Muy ingenioso, sin
duda. Realmente, Mike, me dejas incapacitado de tanta risa. ¿Qué te parece un
pequeño desprendimiento de tierras?
Donovan avanzó los
labios, reflexionó, y dijo:
—Por mi parte... O.K.
—Bien. Manos a la obra.
Mientras avanzaba por
el escarpado paisaje, Powell tenía todo el aspecto de un conspirador. En
aquella baja gravedad, andaba por el abrupto suelo lanzando trozos de roca a
derecha e izquierda bajo su peso y levantando nubes de polvo gris. Mentalmente,
sin embargo, era el cauteloso avance de un conspirador.
—¿Sabes dónde estamos?
—preguntó.
—Creo que sí, Greg.
—Muy bien, pero si un
"dedo" se acerca a veinte pasos de nosotros nos "sentir ",
estemos en su línea de visión o no. Espero que ya lo sabes.
—Cuando necesite una
información sobre la ciencia robótica te la pediré por escrito y por
triplicado. Metámonos por aquí.
Estaban ya en los
túneles; incluso la luz de las estrellas había desaparecido. Los dos amigos
seguían avanzando entre las paredes, iluminándolas con sus lámparas a espacios
intermitentes. Powell buscó el seguro de su detonador.
—¿Conoces este túnel,
Mike?
—No muy bien. Es nuevo.
Creo poderlo reconocer por lo que vi en la placa de visión, pero...
Transcurrieron unos
interminables minutos. Finalmente, Mike dijo:
—Toca eso...
Una ligera vibración de
los muros se transmitió a través de la enguantada mano metálica de Powell. No
se oía nada, naturalmente.
—¡Diablos! Estamos muy
cerca.
—Abre bien los ojos
—dijo Powell
Donovan asintió,
impaciente.
La cosa se produjo y
desapareció antes de que pudiesen sentirla; fue sólo un resplandor bronceado
que atravesó su campo visual. Se agarraron uno a otro en silencio.
—¿Crees que nos
sienten? —susurró Powell.
—Espero que no. Pero
será mejor que los cojamos de flanco. Toma el primer túnel transversal a la
derecha
—¿Y si no los
encontramos?
—Bien, y ¿qué quieres
hacer? ¿Volver atrás? —gruñó Donovan, malhumorado—. Están a cuatrocientos
metros. Los he estado observando por la placa de visión. Y tenemos dos días...
—¡Cállate! Estás
malgastando el oxígeno. ¿Es éste un corredor lateral? —Lanzó un destello—. Sí,
lo es. Vamos.
La vibración era
considerablemente más fuerte y el suelo temblaba.
—Va bien —dijo
Donovan—, si no cede debajo de nosotros, sin embargo. Mandó el haz de luz hacia delante inquieto.
Con sólo levantar el
brazo podían tocar el techo y la ensambladura había sido colocada
recientemente. Donovan vacilaba.
—No hay salida.
Volvamos atrás.
—No. Espera —dijo
Powell, deslizándose por su lado—. ¿Qué es esta luz, allá abajo?
—¿Luz? No veo ninguna.
¿De dónde quieres que salga una luz, aquí?
—Luz de robot. —Subía
por una suave pendiente, sobre manos y rodillas. Su voz resonó ronca e inquieta
en los oídos de Donovan—. ¡Eh, Mike, ven aquí!
Había luz. Donovan
avanzó al lado de las piernas estiradas de Powell.
—¿Una abertura?
—Sí. Tienen que estar
trabajando en este túnel, por el otro lado.
Donovan tocó los
ásperos bordes de un agujero que daba a un lugar que el destello luminoso de la
lámpara reveló ser la galería principal de un filón.
El agujero era
demasiado pequeño también para que dos hombres pudiesen mirar por él
simultáneamente.
—No hay nada —dijo
Donovan.
—Ahora, no. Pero debió
de haberlo, de lo contrario no hubiéramos visto luz. ¡Cuidado!
Las paredes se
derrumbaron a su alrededor y sintieron el impacto. Una ducha de fino polvo cayó
sobre ellos.
Powell levantó
cautelosamente la cabeza y miró.
—Está bien, Mike. Están
allí.
Los relucientes robots
estaban aglomerados quince metros más abajo, en el túnel principal. Los brazos
metálicos trabajaban laboriosamente en el montón de escombros creado por la
última explosión.
—No perdamos tiempo
—dijo Donovan con afán—. No tardarán mucho en terminar y la próxima explosión
puede alcanzarnos.
—¡Caspita, no me des
prisa! —Powell sacó el detonador y sus ojos buscaron afanosamente a través del
fondo polvoriento, donde la única luz era la de los robots y era imposible ver
una roca saliente en la oscuridad.
—Hay un punto en el
techo, casi encima de ellos. La última explosión no lo ha derribado del todo.
Si puedes alcanzarlo en la base, la mitad del techo se vendrá abajo.
Powell siguió la
dirección del delgado dedo.
—¡Cuidado! Ahora fija
tu mirada en los robots y reza por que no se vayan demasiado lejos en esta
parte del túnel. Son mis fuentes de luz. ¿Están los siete allí?
—Los siete —dijo
Donovan después de haberlos contado.
—Bien, entonces,
obsérvalos. Fíjate en todos sus movimientos.
Levantó el detonador y
apuntó, mientras Donovan vigilaba y pestañeaba bajo el sudor que se metía en
sus ojos. Disparó.
Hubo una sacudida, una
serie de fuertes vibraciones y una nueva sacudida más fuerte que arrojó a
Powell con fuerza contra Donovan.
—¡Greg, me has
empujado! —gritó Donovan—. No veo nada...
—¿Dónde están?
—preguntó Powell con violencia.
Donovan guardaba un
estúpido silencio. No había rastro de los robots.
Todo estaba oscuro como
las riberas de la laguna Estigia.
—¿Crees que los hemos
sepultado? —balbució Donovan.
—Vamos a bajar. No me
preguntes lo que creo.
Powell se arrastró
hacia abajo, a toda velocidad.
—¡Mike!
Donovan se detuvo en el
momento en que iba a seguirlo.
—¿Qué ocurre ahora?
—¡Detente! —La
respiración de Powell llegaba ronca e irregular a los oídos de Donovan—. ¡Mike!
¿Me oyes, Mike?
—Estoy aquí. ¿Qué
ocurre?
—Estamos bloqueados. No
fue el techo que estaba a quince metros de nosotros lo que se vino abajo, sino
el nuestro. La sacudida lo ha derribado.
—¡Cómo! —Donovan avanzó
y se encontró con una barrera de tierra—. Enciende.
Powell encendió. En
ninguna parte había un agujero por donde pudiese pasar una liebre.
—Vaya... ¿y qué hacemos
ahora? —dijo Donovan en voz baja.
Perdieron algún tiempo
y algún esfuerzo tratando de mover la barrera que los bloqueaba. Powell trató
de ensanchar los bordes del agujero original y por un momento levantó su
detonador. Pero sabía que tan de cerca, una explosión hubiera equivalido a un
suicidio.
—¿Sabes, Mike —dijo
sentándose en el suelo—, que hemos armado un lío? No estamos más cerca de saber
qué le ocurre a Dave. Fue una buena idea, pero nos ha salido al revés.
La mirada de Donovan
delataba una amargura cuya intensidad se perdía totalmente en la oscuridad.
—Sentiría ofenderte,
muchacho, pero aparte de lo que sepamos o ignoremos acerca de Dave, estamos en
una trampa. Si no nos liberamos, compañero, vamos a morir.
"M-o-r-i-r", morir. ¿Cuánto oxígeno tenemos, de todos modos? No más
de seis horas.
—Ya he pensado en esto
—dijo Powell, llevándose los dedos a su sufrido bigote y tratando de levantar
su inútil visor transparente—. Desde luego, podríamos hacer que Dave nos saque
de aquí fácilmente en este tiempo, de no ser porque nuestra preciosa jugarreta
lo debe haber sepultado también con su radiocircuito.
—Lo cual no es muy
risueño.
Donovan avanzó hacia la
abertura y consiguió encajar en ella muy justamente su protegida cabeza.
—¡Eh, Greg!
—¿Qué hay?
—Supongamos que
tuviésemos a Dave a seis metros. Esto nos salvaría.
—Seguro, pero ¿dónde
está?
—Abajo, en el corredor.
Pero, por lo que más quieras, no sigas tirando de mí o me vas a arrancar la
cabeza de su soporte. Ya te dejaré mirar.
Powell consiguió asomar
la cabeza.
—Lo hemos hecho muy
bien. Mira estos idiotas. Debe de ser un "ballet" esto que hacen.
—Deja las observaciones
secundarias. ¿Se acercan?
—No puedo decírtelo.
Están demasiado lejos. Pásame la lámpara, ¿quieres? Trataré de llamar su
atención de esta manera.
Al cabo de dos minutos,
abandonó.
—No hay nada que hacer.
Deben de ser ciegos. ¡Oh, oh, ahora avanzan hacia nosotros! ¿Qué crees?
—¡Eh, déjame ver! —dijo
Donovan.
Hubo un nuevo silencio
y Donovan asomó la cabeza. Se acercaban. Dave avanzaba rápidamente a la cabeza
de los seis "dedos", que lo seguían en fila india, balanceándose.
—¿Qué hacen? Esto es lo
que quisiera saber. Parece una pantomima —se preguntó Donovan.
—¡Déjate de
descripciones! —gruñó Powell—. ¿A qué distancia están?
—A unos quince metros y
vienen en esta dirección. Estaremos fuera dentro de quince min... ¡Eh, eh,
ay...! ¡Ay!
—¿Qué ocurre, ahora?
—Powell necesitó algunos segundos para volver en sí ante las exaltaciones
vocales de Donovan—. Vamos ya. Déjame asomar también... No seas egoísta.
Avanzó hacia el
agujero, pero Donovan lo apartó de un puntapié.
—Han dado media vuelta,
Greg. Se marchan. ¡Dave! ¡Eh, Da...ve!
—¿De qué te sirve
gritar, idiota? El sonido no se transmite.
—Pues entonces, golpea
las paredes, derríbalas, manda alguna vibración. Tenemos que llamar su atención
de alguna manera, Greg, o estamos listos.
Se agitaba como un
loco. Powell lo sacudió.
—Espera, Mike, espera.
Escucha, tengo una idea. ¡Por Júpiter, es el momento de apelar a las soluciones
sencillas! ¡Mike!
—¿Qué quieres?
—Déjame meter aquí
antes de que estén fuera de nuestro alcance.
—¡Fuera de nuestro
alcance! ¿Qué vas a hacer? ¡Eh! ¿Qué vas a hacer con el detonador? —dijo
agarrando el brazo de Powell.
Powell se soltó con una
violenta sacudida.
—Voy a hacer algunos
disparos...
—¿Por qué?
—Te lo diré más tarde.
Veamos si sirve de algo, primero. Si no... Quítate de aquí y deja que me meta
yo.
Los robots eran ya unos
meros puntos que disminuían de tamaño en la distancia. Powell ajustó la mira y
el alza cuidadosamente y apretó tres veces el gatillo. Bajó el arma y miró
atentamente. Uno de los subsidiarios había caído. Sólo se veían seis relucientes
figuras.
—¡Dave! —gritó Powell
por el transmisor, dudando.
Hubo una pausa y los
dos hombres oyeron la respuesta.
—¿Jefe? ¿Dónde estás?
El pecho de mi tercer subsidiario ha estallado. Está fuera de servicio.
—Déjate de subsidiarios
—dijo Powell—. Estamos cogidos en una trampa..., es un desprendimiento de
tierras, donde estabais trabajando. ¿Puedes ver nuestros destellos?
—Sí, vamos allí
enseguida.
Powell se echó atrás y
relajó sus músculos doloridos.
—Bien, Greg —dijo
Donovan lentamente con un sollozo contenido en la voz—. Has ganado. Golpeo el
suelo con mi frente delante de tus pies. Ahora no me cuentes ningún cuento.
Dime exactamente qué ha pasado.
—Es fácil. Que durante
todo el proceso hemos omitido lo evidente... como de costumbre. Sabíamos que se
trataba del circuito de iniciativa personal, y que ocurría siempre durante los
momentos de peligro, pero seguíamos buscando un orden específico como causa. ¿Y
por qué tenía que haber un orden?
—¿Por qué no?
—Mira. ¿Qué tipo de
orden requiere mayor iniciativa? ¿Qué tipo de orden se presenta casi siempre
sólo en momentos de peligro?
—No me preguntes, Greg.
Dímelo y basta.
—Eso estoy haciendo. Es
una orden séxtuple. En condiciones ordinarias, con uno o más de los
"dedos" realizando un trabajo rutinario que no requiere una estrecha
supervisión, nuestros cuerpos transmiten el movimiento rutinario. Pero en un
caso de peligro, los seis subsidiarios tienen que ser inmediatamente
movilizados. Dave tiene que mandar seis robots a la vez. El resto era fácil.
Cualquier disminución en la iniciativa requerida, como la llegada de los seres
humanos, lo hace retroceder. Por esto destruí uno de los robots. Al hacerlo, él
transmitía sólo una orden quíntuple. La iniciativa disminuye..., vuelve a la
normalidad.
—Pero... ¿cómo has
descubierto todo esto?
—Mera suposición
lógica. Lo he probado y ha salido bien.
—Aquí estoy —resonó de
nuevo en sus oídos la voz del robot—. ¿Podéis esperar media hora?
—Fácilmente —dijo
Powell. Y volviéndose hacia Donovan, prosiguió—: Y ahora el juego será
sencillo. Revisaremos los circuitos y comprobaremos cada parte que tiene un
trabajo de orden séxtuple como en oposición a un orden quíntuple. ¿Qué campo
nos deja esto?
—No mucho, me temo
—dijo Donovan después de haber reflexionado—. Si Dave es como el modelo
preliminar que vimos en la fábrica, tiene un circuito coordinador especial que
será la única sección afectada. —Se animó súbitamente de una forma extraña—.
Oye, no estaría del todo mal. No hay nada contra esto...
—Muy bien. Piensa en
esto y comprobaremos los planos cuando regresemos. Y ahora, hasta que venga
Dave, voy a descansar.
—¡Eh, eh, espera! Dime
una cosa. ¿Qué eran aquellas extrañas marchas, aquellos pasos de baile que
ejecutaban los robots cada vez que se descomponían?
—¿Esto? No lo sé. Pero
tengo una idea. Recuerda que estos subsidiarios eran como "dedos" de
Dave. Decíamos siempre esto, ¿te acuerdas? Pues bien, tengo la impresión de que
durante estos intervalos, cada vez que Dave se convertía en un caso de psiquiatría,
se dejaba llevar por su obsesión, "daba vueltas a sus dedos".
Susan Calvin
La tercera historia de
robots que escribí, «¡Embustero!», introdujo el personaje de Susan Calvin...,
del que inmediatamente me enamoré. A partir de aquel momento llegó a dominar de
tal modo mis pensamientos que, poco a poco, fue desplazando a Powell y Donovan
de su posición. Esos dos personajes aparecieron solamente en las tres historias
incluidas en la anterior sección, y en una cuarta, «¡Fuga!», en la cual
aparecen junto con Susan Calvin.
De alguna forma, tengo
la impresión, mirando hacia atrás en mi carrera, de que he incluido a la
querida Susan en innumerables historias, pero el hecho es que ha aparecido tan
sólo en diez historias, todas las cuales están incluidas en esta sección. En la
décima, «Intuición femenina», emerge de su retiro como una vieja dama que, sin
embargo, no ha perdido nada de su ácido encanto.
Observarán,
incidentalmente, que aunque la mayor parte de las historias de Susan Calvin
fueron escritas en un tiempo en el cual el chauvinismo masculino era algo que
se daba por sentado en la ciencia ficción, Susan no pide favores de ninguna
clase, y gana a los hombres en su propio juego. Por supuesto, es una mujer
sexualmente frustrada..., pero uno no puede tenerlo todo en la vida.
¡Embustero!
Alfred Lanning encendió
su cigarro meticulosamente, pero las puntas de sus dedos temblaban ligeramente.
Sus cejas grises se incurvaron hacia abajo mientras hablaba entre fumadas.
—Lee perfectamente los
pensamientos, ¡no cabe ni maldita duda de ello! Pero ¿qué pasó?
Miró al matemático
Peter Bogert.
—¿Bien, qué?
Bogert se alisó el
negro cabello con ambas manos a la vez.
—Ese fue el modelo R B
número treinta y cuatro que hemos producido, Lanning. Todos los demás salieron
estrictamente ortodoxos.
El tercer hombre en
torno a la mesa, frunció el ceño. Milton Ashe era el oficial más joven de la
Compañía U.S. Robot & Hombres Mecánicos, y estaba orgulloso de su cargo.
—Escuche, Bogert. No
hubo el menor tropiezo en el tren de ensamblaje desde el inicio hasta el final:
Lo garantizo.
Los gruesos labios de
Bogert se dilataron en sonrisa condescendiente.
—¿De veras? Si usted
puede responder por la totalidad del ensamblaje, recomendaré que le asciendan.
Para ser exactos, son necesarias setenta y cinco mil, doscientas treinta y
cuatro operaciones para la manufactura de un solo cerebro positrónico, cada operación
dependiendo por separado, y para un acabado satisfactorio, de cualquier número
de factores que van de cinco a quinientos cinco. Si cualquiera de ellos sale
imperfecto, el «cerebro» queda desbaratado. Estos datos los cito textualmente
según nuestra propia ficha de información, Ashe.
Milton Ashe se sonrojó,
pero una cuarta voz cortó en seco su réplica.
—Si vamos a empezar a
tratar de echarnos la culpa de uno a otro, me voy.
Las manos de Susan
Calvin estaban entrelazadas prietamente en su regazo, y las tenues líneas en
torno a sus delgados y pálidos labios, se ahondaron.
—Tenemos entre manos un
robot que lee los pensamientos y se me antoja que es mucho más importante que
tratemos de averiguar simplemente porqué lee el pensamiento. No lo conseguiros
a base de repetirnos: «¡Es culpa tuya! ¡Es culpa mía!»
Sus fríos ojos grises
se posaron en Ashe, y él sonrió.
También sonrió Lanning,
y como siempre en tales ocasiones, su largo cabello blanco y los penetrantes
ojillos le hicieron el vivo retrato de un patriarca bíblico.
—La verdad habló por su
boca, doctora Calvin.
Su voz se hizo más
recia.
—Voy a resumirlo en
forma de píldora concentrada. Hemos producido un cerebro positrónico que se
supone de ordinaria y normal vendimia, pero que tiene la notable propiedad de
ser capaz de sintonizar con las ondas del pensamiento. Esto señalaría el
adelanto más importante en «robótica» en unas décadas si supiéramos cómo ha
ocurrido. No lo sabemos y tenemos que averiguarlo. ¿Queda claro?
—¿Puedo hacer una
sugerencia? —preguntó Bogert.
—¡Adelante!
—Sugeriría que mientras
no resolvamos el lío -y como matemático me supongo que será un endiablado lío-,
mantengamos secreta la existencia del RB-34. Hasta para los demás miembros del
personal. Como directores de los departamentos se supone que no deberíamos
encontrar ningún problema insoluble, y cuantos menos sepan de ello...
—Bogert tiene razón
—dijo la doctora Calvin—. Desde e! mismo día en que el Código Interplanetario
fue modificado para permitir que los prototipos de robot fueran comprobados en
las factorías antes de ser embarcados hacia el espacio, la propaganda anti-robot
se ha acrecentado. Si una sola palabra se filtra al exterior acerca de un robot
capaz de leer pensamientos antes de que podamos anunciar un completo control
del fenómeno, escaso capital efectivo sacaremos de ello.
Lanning chupeteó su
cigarro y asintió gravemente. Se volvió hacia Ashe:
—Creo que dijo que
estaba usted solo cuando por vez primera tropezó con este asunto de lectura del
pensamiento.
—Y tanto que estaba
solo —llevándome el susto más grande de mi vida. RB-34 acababa de ser retirado
de la mesa de ensamblaje y me lo enviaron abajo a mi sección. Obermann estaba
fuera en algún sitio, y por consiguiente me ocupó de llevarlo yo mismo al cuarto
de comprobación, por lo menos empecé a llevármelo.
Ashe hizo una pausa y
una tenue sonrisa asomó a sus labios.
—Oigan ¿alguno de
ustedes ha estado conversando mentalmente sin darse cuenta?
Nadie se molestó en
replicar, por lo cual él prosiguió:
—Al principio no se da
cuenta uno, ¿saben? Él simplemente me habló -tan lógica y sensatamente como
puedan imaginarse-, y fue solamente al haber ya recorrido la mayor parte del
trayecto hacia los cuartos de ensayo cundo me di cuenta que yo no había dicho nada.
Claro, pensé en montones de cosas, pero eso no es lo mismo ¿verdad? Encerré el
objeto y corrí en busca de Lanning. Tener aquello caminando a mi lado,
escudriñando calmosamente en mis pensamientos y eligiendo los que le convenían,
me dio un pánico cerval.
—Me lo imagino —dijo
Susan Calvin pensativamente, fijos los ojos en Ashe de una manera extraña e
intensa—. Estamos tan acostumbrados a considerar como terreno privado nuestros
propios pensamientos...
Lanning intervino
impacientemente.
—Entonces solamente
cuatro de nosotros estamos enterados. ¡Muy bien! Tenemos que abordar este
asunto sistemáticamente. Ashe, quiero que usted compruebe todo el tren de
ensamblaje desde su principio hasta el final, todo. Deberá eliminar todas las
operaciones en las cuales no hubo la menor posibilidad de un error, y catalogar
todas aquellas donde la hubo, juntamente con su naturaleza y posible magnitud.
—El encargo se las trae
—gruñó Ashe.
—¡Desde luego!
Naturalmente, colocará a los hombres bajo sus órdenes trabajando en esto, y no
me importa si nos retrasamos en el horario de programa previsto. Pero ellos no
han de saber el porqué ¿comprendido?
—Humm-m-m», sí —y el
joven técnico torció la boca—. Pero sigue siendo un trabajo peliagudo.
Lanning hizo describir
a su silla un giro y dio frente a Susan Calvin.
—Tendrá usted que
abordar el trabajo desde la otra dirección. Es usted el «robotsicólogo» de la
fábrica, y por consiguiente estudiará al propio robot y deberá trabajar en
retrocesión, de manera retrógrada. Intente hallar como «tictaquea». Vea qué
otra cosa está emparejada con sus poderes telepáticos, hasta qué grado se
extienden, como modifican su trazado y exactamente qué daño ha causado a sus
corrientes propiedades RB. ¿Lo captó todo?
Lanning no aguardó a
que la doctora Calvin replicase.
—Yo coordinaré el
trabajo y también interpretaré las averiguaciones que se hagan,
matemáticamente.
Aspiró con fuerza de su
cigarro y masculló el resto a través del humo.
—Bogert me ayudará a
hacerlo, naturalmente.
Bogert pulimentó las
uñas de una mano regordeta con la palma de la otra y dijo blandamente:
—Seguro que sí. Conozco
algo de esta materia.
—¡Bien! Voy a entrar en
funcionamiento —y Ashe empujó hacia atrás su silla, levantándose. Su juvenil y
agradable rostro se arrugó en mueca sonriente—. Me ha tocado una tarea más
endemoniada que cualquiera de la de ustedes, y por lo tanto me voy a empezarla.
—¡Ya nos veremos!
Susan Calvin replicó
con una cabezada apenas perceptible, pero sus ojos le siguieron hasta perderle
de vista y ella no contestó cuando Lanning gruñó y dijo:
—¿Quiere ir arriba y
ver al RB-34 ahora, doctora Calvin?
Los ojos fotoeléctricos
de RB-34 se alzaron del libro al oírse el apagado sonido de bisagras girando y
estaba en pie cuando Susan Calvin entró.
Ella se detuvo para
reajustar el enorme cartel «Prohibida la Entrada» sobre la puerta y luego se
aproximó al robot.
—Te he traído los
textos sobre motores hiperatómicos, Herbie. Algunos de ellos, claro. ¿Te
importaría leerlos?
RB-34 -más conocido por
Herbie- alzó los tres pesados libros de brazos de ella y abrió la página
titular de uno:
—¡«Hm-m-m»¡ «Teoría de
los Hiperatómicos».
Farfulló
inarticuladamente para sí mismo mientras hacía correr hojas y luego habló con
aire abstraído:
—¡Siéntese, doctora
Calvin! Esto me ocupará unos cuantos minutos.
La sicóloga sentose y
observó fijamente a Herbie mientras cogía una silla al otro lado de la mesa y
echaba vistazos de un modo sistemático a los tres libros.
Al cabo de una media
hora, cerró los libros.
—Naturalmente, sé por
qué trajo estos libros.
La comisura labial de
la doctora se contrajo nerviosamente.
—Me lo temía. Es
difícil trabajar contigo, Herbie. Siempre me llevas unos pasos de ventaja.
—¿Sabe una cosa? Con
estos libros pasa lo mismo que con los otros. Sencillamente no me interesan. No
hay nada en sus libros de texto. Su ciencia es solamente una masa de datos
coleccionados y emplastados juntos en una teoría para ¡r tirando, y todo tan increíblemente
simple que apenas vale la pena molestarse en leerlo.
Su poderosa mano
gesticuló vagamente como si buscase las palabras apropiadas.
—Lo que me interesa es
su literatura novelesca. Sus estudios de la acción recíproca de los impulsos y
emociones humanas.
Susan Calvin susurró:
—Creo que comprendo.
—Veo dentro de las
mentes ¿sabe? —prosiguió el robot— y no tiene ni idea de lo complicadas que
son. No puedo comprenderlo todo debido a que mi propia mente tiene tan poco en
común con ellas, pero lo intento, y sus novelas ayudan.
—Sí, pero me temo que
después de haberte leído algunas de las experiencias horripilantes y
desgarradoras de la novela sentimental de nuestra época actual —y había un
asomo de amargura en la voz de ella— encontrarás que las mentes reales, como
las nuestras, son incoloras y sosas.
—¡No opino así!
La súbita energía en la
respuesta hizo que ella se levantase. Sintiéndose enrojecer, pensó ella
alocadamente: «¡Debe estar enterado!»
Herbie se apaciguó
súbitamente, y murmuró en una voz baja de la cual había desaparecido casi por
entero el timbre metálico:
—Por supuesto que estoy
enterado, doctora Calvin. Siempre piensa en ello y por consiguiente, ¿cómo
puedo evitar saberlo?
El semblante de ella se
endureció.
—¿Lo has... dicho a
alguien?
—¡Claro que no! —y
añadió son sincera sorpresa—. Nadie me lo ha preguntado.
—Bien, entonces,
supongo que piensas que soy una tonta.
—¡No! Es una emoción
normal.
—Quizá por esto mismo
es por lo que es tan tonto.
La ansiedad en su voz
ahogaba cualquier otra tonalidad.
Algo de la mujer
asomaba a través de la capa del doctorado.
—No soy lo que tú
llamarías... atractiva.
—Si se refiere usted a
la mera atracción física, no puedo juzgar. Pero, de cualquier modo, sé que hay
otros tipos de atracción.
—Ni soy ya joven.
Susan Calvin apenas
había oído al robot. Una ansiosa insistencia se había infiltrado en la voz de
Herbie.
—Todavía no ha cumplido
los cuarenta.
—Treinta y ocho según
tu modo de contar los años; una arrugada sesentona en cuanto concierne mis
perspectivas emocionales en la vida. Para algo soy sicóloga ¿no?
Prosiguió con acre
desaliento:
—Y él apenas tiene
treinta y cinco, además de parecer y comportarse como mucho más joven. ¿Acaso
supones que él pueda verme bajo ningún otro aspecto sino... sino tal como soy?
—¡Está usted
equivocada! —y el puño de acero de Herbie golpeó la mesa recubierta de plástico
con estridente retintín—. Escúcheme...
Pero Susan Calvin se
revolvió mirándole y el anhelante dolor en sus ojos se convirtió en llama.
—¿Por qué iba a
escucharte? ¿Qué sabes tú de todo eso, tú, una máquina? Para ti soy solamente
un espécimen; un insecto interesante con una mente peculiar desplegada a tu
inspección. Un maravilloso ejemplo de frustración ¿no es verdad? Casi tan
curioso como los de tus novelas.
Su voz, emergiendo
entre secos sollozos, se atragantó.
El robot se había
intimidado ante la explosión verbal. Meneó la cabeza implorante.
—¿Quiere escucharme,
por favor? Podría ayudarla si usted me dejase.
—¿Cómo? —y se
fruncieron sus labios—. ¿Dándome buenos consejos?
—No, nada de esto. Se
trata simplemente de que yo sé lo que otras personas piensan; Milton Ashe, por
ejemplo.
Hubo un largo silencio,
y los ojos de Susan Calvin se cerraron.
—No quiero saber lo que
él piensa —dijo jadeante— Guarda silencio.
—Creo que usted
desearía saber lo que él piensa.
La cabeza femenina
permaneció inclinada, pero su respiración se hizo más apresurada.
—Estás diciendo
disparates —susurró.
—¿Por qué habría de
decir disparates? Estoy intentando ayudar. Milton Ashe piensa de usted... —y se
calló.
Entonces, la sicóloga
levantó la cabeza.
—¿Bien, qué?
El robot dijo
sosegadamente:
—Él está enamorado de
usted.
Durante un largo
minuto, la doctora no habló. Se limitaba a mirar sin ver, dilatados los ojos.
Luego dijo:
—¡Estás en un error!
Tienes que estar equivocado. ¿Por qué iba él a... amarme?
—Así es. Una cosa así
no puede ocultarse, por lo menos, a mí no.
—Pero yo soy tan...
tan... —y el tartamudeo se truncó en silencio.
—Él mira más hondo que
la piel, y admira el intelecto en los demás. Milton Ashe no es el tipo de los
que se casan con una cabeza de hermosos cabellos y un par de ojos.
Susan Calvin se
sorprendió a sí misma pestañeando rápidamente y aguardó un poco antes de
hablar. Aún entonces su voz tembló:
—Sin embargo, él
indiscutiblemente nunca y de ningún modo dio señales...
—¿Acaso le dio usted
nunca la oportunidad?
—¿Cómo iba a hacerlo?
Nunca pensé que...
—¡Exactamente!
La sicóloga hizo una
pausa reflexiva y luego alzó la mirada repentinamente.
—Una muchacha le visitó
aquí en la factoría hará cosa de medio año. Era bonita... rubia y esbelta. Y,
lógicamente, apenas era capaz de sumar dos y dos. Él se pasó el día, echando
fuera el pecho, intentando explicarle a ella cómo se iba ensamblando un robot
—y la dureza había regresado—. ¡Y ella sin entender ni una palabra! ¿Quién era
ella?
Herbie contestó sin
vacilación:
—Conozco la persona a
la cual se refiere usted. Ella es su prima hermana y no existe ningún interés
romántico entre ellos, se lo aseguro.
Susan Calvin se puso en
pie con una vivacidad casi juvenil.
—Pues, ¿no resulta
curioso todo eso? Es exactamente lo que yo acostumbraba a decir a mí misma
algunas veces, aunque nunca pensé verdaderamente que fuera posible. Entonces
todo ello debe ser verdad.
Corrió hacia Herbie y
asió su fría y pesada mano entre las suyas.
—Gracias, Herbie.
Su voz era ahora un
susurro apremiante, ronco.
—No hables con nadie de
todo esto. Deja que sea nuestro secreto... y gracias otra vez.
Tras dar un convulsivo
apretón a los insensibles dedos metálicos de Herbie, ella se fue.
Herbie regresó
lentamente a su abandonada novela, pero no había nadie que pudiera leer sus
pensamientos.
Milton Ashe se
desperezó lenta y espléndidamente, al compás de crujido de tendones y coro de
gruñidos, y finalmente miró a Peter Bogert.
—Oiga —dijo— ya llevo
una semana en este asunto casi sin la ración elemental de sueño. ¿Cuánto tiempo
más tendré que aguantar? Creo que usted dijo que el bombardeo positrónico en la
Cámara D de Vacío era la solución.
Bogert bostezó
delicadamente y contempló sus blancas manos con interés.
—Así es. Estoy en la
pista.
—Ya sé lo que «esto»
significa cuando lo dice un matemático. ¿Y cuánto le falta para llegar al
final?
—Depende
—¿De qué? —y Ashe
dejose caer en una silla estirando lo más posible sus largas piernas.
—De Lanning. El viejo
camarada no está de acuerdo conmigo —y suspirando, agregó—: Un poco atrasado a
la época, éste es su problema. Sigue agarrado a las matrices mecánicas como el
no va más, y el problema actual requiere unas herramientas matemáticas más
poderosas. Es muy terco.
Ashe murmuró
soñoliento:
—¿Por qué no le
pregunta a Herbie y resuelve así todo el asunto?
—¿Preguntarle al robot?
—y las cejas de Bogert ascendieron.
—¿Por qué no? ¿No le
contó la solterona?
—¿Quiere decir Calvin?
—Eso es. La propia
Susie. Este robot es un brujo. Se lo sabe todo y aún más. Resuelve de memoria
triples integrales y como postre hace análisis de tensores.
El matemático le miró
escéptico:
—¿Habla en serio?
—¡Y tanto! La pega es
que al artefacto no le gustan las matemáticas. Prefiere leer novelitas
amerengadas. ¡Palabra! Tendría usted que ver los callos con que Susie le nutre:
«La Púrpura de la Pasión» y «Amor en el Espacio».
—La doctora Calvin no
nos ha dicho ni palabra de todo esto.
—Bueno, no ha terminado
todavía de estudiarle. Ya sabe cómo es ella. Le gusta tenerlo todo bien a punto
antes de soltar el gran secreto.
—Pero se lo dijo a
«usted».
—De un modo u otro
empezamos, a charlar. La he estado viendo montones de veces últimamente.
Dilató repentinamente
los ojos y frunció el entrecejo:
—Oiga, Bogie, ¿no ha
notado nada raro en la dama últimamente?
Bogert se permitió una
mueca casi indecorosa.
—Está consumiendo
cantidades de lápiz labial, si es a esto a lo que se refiere.
—¡Diablos, ya me di
cuenta! Carmín, polvos, y también sombrajos para los ojos. La pobre es todo un
espectáculo. Pero no se trata de esto. No acabo de verlo claro para poder
definirlo. Es el modo en qué habla, como si fuera dichosa, como si algo
reciente le produjese felicidad.
Meditó en ello un poco,
encogiéndose luego de hombros.
Su interlocutor se
permitió una mueca casi lasciva, lo cual para un científico que había pasado de
los cincuenta, tenía su mérito.
—Quizás está enamorada.
Ashe dejó que sus ojos
volvieran a cerrarse.
—Está usted chiflado,
Bogie. Vaya a hablar con Herbie; yo me quedo aquí y voy a dormir.
—¡De acuerdo! No es que
me entusiasme particularmente que un robot me diga cuál es mi tarea.
Recibió como única
respuesta un suave ronquido.
Herbie escuchó
atentamente mientras Peter Bogert, manos en los bolsillos, hablaba con fingida
indiferencia.
—Bien, ésta es la
cuestión. Me han dicho que tú comprendes estas cosas, y te las pregunto más por
curiosidad que por nada. Mi línea de razonamiento tal como la he bosquejado,
implica unos cuántos escalones dudosos, lo admito, que el Doctor Lanning rehúsa
aceptar, y el cuadro sigue todavía más bien incompleto.
El robot no replicó y
dijo Bogert:
—¿Y bien?
—No veo error alguno
—comentó Herbie estudiando las cifras y fórmulas garabateadas.
—Me imagino que no
puedes llegar más adelante en estos cálculos.
—No me atrevería a
intentarlo. Usted es mucho mejor matemático que yo, y... bueno, me molestaría
comprometerme.
Hubo una sombra de
complacencia en la sonrisa de Bogert.
—Ya me figuré que éste
sería el resultado. Es muy complicado. En fin, lo olvidaremos.
Estrujó las cuartillas,
arrojándolas al tubo incinerador, dio media vuelta para irse, y después lo
pensó mejor.
—Por cierto...
El robot aguardó.
Bogert parecía hallar
cierta dificultad en hablar.
—Hay algo, es decir,
tal vez tú podrías...
Se detuvo.
Herbie habló
calmosamente.
—Sus pensamientos están
confusos, pero no cabe la menor duda que conciernen al doctor Lanning. Es tonto
su titubeo, porque tan pronto se sosiegue, sabré lo que usted quiere preguntar.
La mano del matemático
ascendió hacia su liso cabello en el gesto peculiarmente suave.
—Lanning ronda los
setenta —dijo, como si esto lo explicase todo.
—Lo sé.
—Y ha sido director de
la planta por casi treinta años.
Herbie asintió.
—Bueno, es posible —y
la voz de Bogert se hizo insinuante—, que tú pudieras saber si... si él está
pensando en dimitir. Salud, tal vez, o cualquier otro...
—Así es —dijo Herbie, y
no añadió más.
—Bueno, ¿estás
enterado?
—Ciertamente que sí.
—Entonces..., ¿podrías
decírmelo?
—Puesto que usted lo
pregunta, sí —y el robot hablaba como si se tratase de un axioma—. ¡Ya ha
presentado su dimisión!
—¿Cómo?
La exclamación fue un
sonido explosivo, casi inarticulado. La gran cabeza del científico se proyectó
hacia adelante.
—¡Repítelo otra vez!
—Ya ha presentado su
dimisión, pero todavía no se ha hecho efectiva, porque está esperando a
resolver el problema de... de mi propio caso. Una vez resuelto, está
completamente dispuesto a hacer entrega de su despacho de director a su
sucesor.
Bogert expelió su
contenido aliento.
—¿Y ese sucesor? ¿Quién
es?
Estaba ahora muy cerca
de Herbie, fijos los fascinados ojos en aquellas ilegibles células
fotoeléctricas de un denso rojo que eran los ojos del robot.
Las palabras surgieron
lentamente:
—Usted es el próximo
director.
Bogert relajó su
tensión esbozando una sonrisa.
—Es muy agradable
saberlo. He estado aguardando con gran esperanza lo que acabas de anunciarme.
Gracias, Herbie.
Peter Bogert estuvo en
su despacho hasta las cinco de la mañana y regresó a las nueve. El anaquel
situado exactamente sobre su mesa fue vaciándose de su hilera de libros y
tablas, al ir tomando él referencias de unos y otras. Las páginas de cálculos
ante él iban apilándose microscópicamente y las cuartillas estrujadas se
esparcían a sus pies en montones de papel garabateado.
Exactamente al mediodía
miró fijamente la página final, se frotó un ojo estriado en rojo por el
cansancio, bostezó y alzó los hombros.
—Esto se está poniendo
peor a cada minuto que pasa. ¡Maldición!
Giró la cabeza al
sonido de la puerta abriéndose y saludó a Lanning que entraba haciéndose crujir
los nudillos de una mano sarmentosa con la otra.
El director captó de
una ojeada el desorden del cuarto y sus cejas formaron un surco continuo.
—¿Una línea nueva de
tanteo?
La respuesta fue
desafiante.
—No. ¿Qué hay erróneo
en la primera?
Lanning no se molestó
en contestar, limitándose a echar un vistazo por encima a la cuartilla superior
de las que estaban sobre la mesa de Bogert. Habló a través del destello de un
fósforo mientras encendía un cigarro:
—¿Le ha contado Calvin
lo del robot? Es un genio de las matemáticas. Verdaderamente notable.
Bogert bufó
ruidosamente.
—Eso he oído. Pero será
preferible que Calvin se límite a la «robosicología». Examiné a Herbie de
matemáticas y apenas si sabe interpretar los cálculos.
—Calvin no opina así.
—Ella está loca.
—Ni yo tampoco opino
así.
Los ojos del director
se achicaron peligrosamente.
—¿Usted? —y la voz de
Bogert se endureció—. ¿De qué está usted hablando?
—He estado sometiendo a
experimentaciones a Herbie toda la mañana y puede hacer trucos de los que nunca
oyó usted hablar.
—¿De veras?
—¡Está usted rebosando
escepticismo! —y Lanning extrajo una cuartilla del bolsillo de su chaqueta y la
desdobló—. Esta no es mi escritura, ¿verdad que no?
Bogart estudió las
anotaciones, amplias y angulares, recubriendo la cuartilla.
—¿Fue Herbie quien hizo
eso?
—¡Exacto! Y como podrá
observar, él ha estado trabajando en los cálculos de usted sobre e! período de
integración de la Ecuación 22. Ha llegado —y Lanning repicó con una uña
amarillenta sobre la última reducción— e idéntica conclusión que la mía, y en
la cuarta parte de tiempo. No tenía usted razón al descuidar el Efecto Linger
en el bombardeo positrónico.
—No lo descuidé. ¡Por
toda la corte celestial, Lanning! Métase ya en la cabeza que esto anularía...
—¡Oh, sí, claro, ya me
lo explicó! Empleó la Ecuación Mitchell de Traslación, ¿no es cierto? Bien, no
es la apropiada.
—¿Por qué no?
—Porque ha estado usted
empleando hiper-imaginarias.
—¿Qué tiene eso que
ver?
—La Ecuación Mitchell
no es válida cuando...
—¿Está usted loco? Si
se molesta en volver a leer el artículo original de Mitchell en las
«Operaciones de Alto Grado...»
—No tengo porqué. Ya le
dije desde un principio que no me gustaba su razonamiento, y Herbie me respalda
en eso.
—¡Muy bien! —gritó
Bogert—. Entonces deje que este artefacto de relojería le resuelva todo el
problema. ¿A qué discutir sobre lo no esencial?
—Es que éste es
exactamente el quid. Herbie no puede resolver el problema. Y si él no puede,
tampoco nosotros podemos..., sin ayuda. Ha quedado fuera de nuestra capacidad.
La silla de Bogert cayó
al suelo derribada al saltar en pie su ocupante, enrojecido y agresivo el
semblante.
—¡No hará usted nada
semejante!
—¿Acaso me está usted
indicando lo que debo o no debo hacer?
—Exactamente —y la
réplica salía rechinante—. Tengo ya vencido el problema y usted no me lo va a
quitar de las manos, ¿estamos? No se crea que no le adivino la intención, fósil
disecado. Se cortaría usted la nariz antes que permitir que yo obtuviese el prestigio
de haber resuelto la telepatía robótica.
—Es usted un condenado
idiota, Bogert, y dentro de unos segundos voy a hacer que le dejen cesante por
insubordinación.
El labio inferior de
Lanning temblaba de ira.
—Lo cual es algo que
usted no hará, Lanning. Ya no hay nada secreto con un robot lector de
pensamientos rondando, y por consiguiente no se olvide que sé todo lo referente
a su dimisión.
La ceniza del cigarro
de Lanning tembló, cayó, y el propio cigarro siguió el mismo camino.
—¿Qué... qué...?
Bogert rió aviesamente.
—Y yo soy el nuevo
director, quede bien entendido. Estoy perfectamente enterado; no se crea lo
contrario. Maldita sea su estampa, Lanning, voy a empezar a dar las órdenes por
aquí o se encontrará usted metido en el más espantoso lío que jamás pudo
imaginarse.
Cuando Lanning recobró
el uso de sus cuerdas vocales, bramó.
—¡Queda usted
suspendido! ¿Se entera bien? Queda relevado de empleo y está despedido, ¿me
oye?
La sonrisa en el rostro
del otro se ensanchó.
—Vamos, vamos ¿para qué
seguir discutiendo más? No le sirve de nada. Yo soy el que tiene los triunfos.
Sé que ha dimitido. Herbie me lo dijo, y lo consiguió directamente de usted
mismo.
Lanning se esforzó en
hablar calmosamente. Tenía aspecto de hombre viejo, muy viejo, con ojos
fatigados escudriñando desde un semblante en el cual el rojo había
desaparecido, cediendo el paso al amarillento pastoso de la edad.
—Quiero hablar con
Herbie. No puede haberle dicho nada semejante. Usted está jugando a fondo,
Bogert, pero voy a aceptar su farol. Venga conmigo. —Bogert se encogió de
hombros.
—¿A ver a Herbie?
¡Magnífico! ¡Vamos allá!
Fue también
precisamente al mediodía cuando Milton Ashe alzó fa vista de su torpe croquis y
dijo:
—¿Capta la idea? Soy
algo chapucero como dibujante, pero este es aproximadamente su aspecto. Es una
delicia de casa y la puedo obtener por casi nada.
Susan Calvin le miró
con ojos derretidos en ternura.
—Es realmente preciosa
—suspiró ella—. Frecuentemente he pensado que me gustaría... —y su voz fue
apagándose.
—Naturalmente
—prosiguió Ashe vivazmente— tendré que esperar mis vacaciones. Faltan solamente
dos semanas, pero el caso Herbie tiene a todo el mundo en el aire. Además — y
sus ojos bajaron hacia sus uñas— hay otro detalle... pero es un secreto.
—Entonces no me lo
diga.
—Oh, ya puesto a
hablar, estoy reventando por decírselo a alguien, y usted es precisamente la
mejor eso es..., la mejor confidente que podría hallar por aquí.
El corazón de Susan
Calvin brincó, pero no confió en sí misma lo bastante como para hablar.
—Francamente —y Ashe
avanzó un poco más su silla y bajó la voz hasta convertirla en un susurro
confidencial— la casa no va a ser solamente para mí. ¡Voy a casarme!
Y entonces saltó fuera
de la silla.
—¿Qué pasa?
—¡Nada!
La horrible sensación
de vértigo había desaparecido, pero era difícil pronunciar palabras.
—¿Casarse? ¿Quiere
decir qué...?
—¡Pues, claro! Ya era
hora, ¿no? Usted recordará aquella chica que estuvo aquí el pasado verano. ¡Es
ella! Pero usted «está» enferma. Usted...
—¡Jaqueca!
Susan Calvin le apartó
con débiles ademanes.
—He estado... He estado
padeciéndolas últimamente. Quiero... quiero darle la enhorabuena, naturalmente.
Estoy muy contenta.
El carmín
inexpertamente aplicado formaba un par de sucias manchas rojas en su rostro
blanco como la cal. Todo volvía de nuevo a girar.
—Perdóneme..., por
favor.
Las palabras fueron un
murmullo mientras ella parecía caminar torpemente a ciegas, abandonando la
sala. Todo había sucedido con la súbita malignidad de una pesadilla, y con todo
el horror irreal de una alucinación.
Pero, ¿cómo podía él
casarse con otra? Herbie había dicho.
¡Y Herbie lo sabía!
¡Podía leer en las mentes!
Se encontró ella misma
reclinada sin aliento, jadeante, contra la jamba de la puerta, mirando
fijamente el rostro metálico de Herbie. Tuvo que haber ascendido los dos tramos
de escaleras, pero no lo recordaba. La distancia fue recorrida en un instante,
como en un sueño.
¡Cómo en un sueño!
Y los ojos de Herbie,
privados de pestañeo, se hincaban en los suyos, y su denso rojo parecía
agrandarse en oscuros y relucientes globos de pesadilla.
Él estaba hablando, y
ella sintió el frío cristal presionando contra sus labios. Deglutió. Y los
estremecimientos la fueron dando cierta consciencia de lo que la rodeaba.
Todavía Herbie seguía
hablando, y había agitación en su voz, como si estuviese condolido, asustado y
suplicante.
Las palabras empezaban
a adquirir sentido:
—Esto es un sueño
—estaba diciendo él—, y no debes creer en los sueños. Pronto despertarás dentro
del mundo real y te reirás de ti misma. El te ama, te lo repito. ¡De verdad, de
verdad Pero ¡no aquí! ¡No ahora! Esto es una ilusión.
Susan Calvin asintió,
silabeando susurrante:
—Sí. Sí.
Agarraba el brazo de
Herbie, asiéndose con fuerza, repitiendo una y otra vez:
—No es verdad, dime que
no es verdad. No es verdad, dime que no es verdad.
Cómo logró recobrar sus
sentidos, nunca lo supo, pero era como pasar de un mundo de brumosa irrealidad
a una de cruda luz solar. Ella le empujó apartándolo, desprendiéndose con
dificultad de aquel brazo acerado, y sus ojos estaban casi desorbitados.
—Pero ¿qué estás
intentando hacer? —y su voz se elevó casi hasta el ronco grito—: ¿Qué estás
intentando hacer?
Herbie retrocedió.
—Quiero ayudar.
La sicóloga fue
dominándose. Miraba fijamente al robot.
—¿Ayudar? ¿Diciéndome
que ésto es un sueño? ¿Intentando impulsarme hacia la esquizofrenia?
Una tensión histérica
fue aprisionándola.
—¡Esto no era un sueño!
¡Ojalá lo fuera!
Hubo resuello en la
respiración de la mujer cuando exclamó:
—¡Aguarda, aguarda un
momento! ¿Por qué... por qué...? Ya comprendo. ¡Misericordia Divina! es tan
evidente...
Había horror en la voz
del robot.
—¡Tuve que hacerlo!
—¡Y yo te creí! Nunca
pensé siquiera...
Unas voces ruidosas
acercándose a la puerta la hicieron callarse. Dio media vuelta, crispando los
puños espasmódicamente, y cuando Lanning y Bogert entraron, ella estaba ante la
ventana más alejada. Ninguno de los dos hombres le prestó a ella la menor
atención.
Lanning colérico e
impaciente, Bogert, fríamente sardónico. El director habló el primero.
—Vamos a ver, Herbie.
¡Escúchame!
El robot llevó
rápidamente sus ojos hacia abajo, hacia el envejecido director.
—Sí, doctor Lanning.
—¿Has hablado de mí con
el doctor Bogert?
—No, señor.
La respuesta brotó
lentamente, y la sonrisa en el rostro de Bogert se borró al instante.
—¿Como es eso? —y
Bogert pasó delante de su superior para colocarse pierniabierto ante el robot—.
Repite lo que me dijiste ayer.
—Dije que...
Interrumpiéndose,
Herbie guardó silencio. Muy al interior, su diafragma metálico vibraba en
tenues discordancias.
—¿No dijiste que él
había dimitido? —rugió Bogert—. ¡Contéstame!
Bogert levantó el brazo
frenéticamente, pero Lanning le empujó a un lado.
—¿Trata usted de
avasallarle para que mienta?
—Ya le oyó, Lanning. Él
empezó diciendo ‘Sí’ y se detuvo. ¡Apártese! ¡Quiero sacarle la verdad!
¿estamos?
—¡Yo le preguntaré!
Y Lanning se volvió
hacia el robot.
—Vamos a ver, Herbie,
tómalo con calma. ¿He dimitido yo?
Herbie miraba
fijamente, y Lanning repitió ansiosamente:
—¿He dimitido yo?
Hubo un indicio muy
tenue de una sacudida negativa de la cabeza del robot.
Los dos hombres
intercambiaron miradas y la hostilidad en sus ojos era casi tangible.
—¿Qué demonios ocurre?
—masculló Bogert—. ¿Se ha vuelto mudo el robot? ¿Es qué no puedes hablar,
monstruosidad?
—Puedo hablar —fue la
rápida réplica.
—Entonces contesta la
pregunta. ¿No es cierto que me dijiste que Lanning había dimitido? ¿No ha
presentado su dimisión?
Y de nuevo no hubo sino
un silencio embotado, mustio, hasta que al fondo del cuarto, la risa de Susan
Calvin restalló súbitamente, en agudo trémolo y semihistérica.
Los dos matemáticos
respingaron en sobresalto, y los ojos de Bogert se achicaron.
—Estaba usted aquí?
¿Qué es lo gracioso?
—Nada es gracioso. —Su
voz no era del todo natural—. Ocurre simplemente que no soy yo la única que ha
sido atrapada. Es irónico que tres de los mejores expertos en rebotica del
mundo caigan en la misma trampa elemental ¿No es cierto que es irónico?
Su voz se truncó y
llevándose una mano lívida a la frente, agregó:
—Pero, ¡no es divertido
ni gracioso!
Esta vez la mirada que
intercambiaron los dos hombres era de asombro y de cejas arqueadas.
—¿De qué trampa está
usted hablando? —preguntó Lanning envarado—. ¿Hay algo que ande mal en Herbie?
Ella se fue acercando
lentamente.
—No, no hay nada que
funcione mal en él, sino en nosotros.
Giró sobre sí misma
rápidamente y le chilló al robot:
—¡Apártate de mí! Vete
al otro lado de la sala y que no te vea.
Herbie retrocedió ante
la furia de los ojos femeninos y tambaleándose se alejó en trote martilleante.
El tono de Lanning
expresaba hostilidad:
—¿A qué viene todo
esto, doctora Calvin?
Les hizo frente y habló
sarcásticamente:
—Conocen seguramente la
Primera Ley fundamental de Robótica.
Los otros dos
asintieron a la vez. Habló Bogert con irritación:
—Desde luego que sí. Un
robot no debe lesionar a un ser humano, ni mediante la inacción, llegar a
producirle daño.
—Qué bien expresado
queda —dijo Calvin con mueca de escarnio—. Pero, ¿qué clase de daño?
—Pues, de cualquier
clase.
—¡Exactamente! ¡De
cualquier clase! Pero ¿y qué pasa con los sentimientos heridos? ¿Qué me dicen
del hundimiento del propio ego? ¿Qué opinan acerca de la voladura de las
propias esperanzas? Todo eso, ¿son lesiones?
Lanning frunció el
ceño.
—¿Qué podría saber un
robot acerca de...?
Y se atajó
boquiabierto.
—Ya se dio cuenta...
¿no es cierto? «Este» robot lee las mentes. ¿Acaso supone que él no sabe todo
lo referente a las lesiones mentales? ¿Puede imaginarse que si le hacen una
pregunta nos contestará exactamente lo que uno quiere oír? ¿No nos heriría cualquier
otra respuesta, y acaso Herbie no lo sabe?
—¡Cáspita! —murmuró
Bogert.
La sicóloga le lanzó
una mirada sardónica.
—Doy por hecho que
usted le preguntó si Lanning había dimitido. Usted quería oír que él había
dimitido y por consiguiente esto es lo que Herbie le dijo.
—Y supongo que es por
esta razón —dijo Lanning sin inflexión en la voz—, que no quiso contestar hace
unos momentos. No podía contestar de ningún modo sin herir a uno de nosotros.
Hubo una breve pausa
durante la cual los dos hombres miraron pensativamente al robot, acuclillado en
la silla junto a la estantería de libros.
Susan Calvin miraba
estólidamente al suelo.
—Él sabía todo eso.
Este... este demonio lo sabe todo, incluyendo lo que falló en su ensamblaje.
Lanning alzó la cabeza.
—En este punto se
equivoca, doctora Calvin. Él no sabe lo que salió anormal en su confección. Se
lo pregunté.
—¿Y esto que puede
significar? —gritó Calvin—. Tan sólo que usted no quería que él le diese la
solución. Hubiese pinchado su ego ver que una máquina hacía lo que usted no
podía hacer. ¿Le preguntó también lo mismo? —le espetó ella a Bogert.
—En cierto modo —y
Bogert tosió enrojeciendo—. Me dijo que no entendía mucho de matemáticas.
Lanning rió, no muy
ruidosamente, y la sicóloga sonrió cáusticamente. Dijo ella:
—¡Se lo preguntaré! La
solución que me dé, no herirá mi ego.
Elevó la voz en
tonalidades frías, imperiosas.
—¡Ven aquí!
Herbie se puso en pie y
se aproximó con pasos titubeantes.
—Doy por supuesto
—prosiguió ella— que tú sabes exactamente en qué punto del ensamblaje se
introdujo un factor extrínseco, o quedó olvidado uno esencial.
—Sí, lo sé —dijo
Herbie, con tonalidad apenas audible.
—¡Alto ahí! —intervino
Bogert coléricamente—. Esto no significa que será forzosamente la verdad. Usted
quiere oírla, eso es todo.
—No sea tonto —replicó
Calvin—. Indiscutiblemente él sabe tanta matemática como usted y Lanning
juntos, puesto que puede leer los pensamientos. Dele su oportunidad.
Predominó el matemático
y Calvin continuó:
—Muy bien, Herbie,
¡anda, habla! Estamos esperando.
Y en voz más baja
agregó:
—Preparen sus lápices y
papel, caballeros.
Pero Herbie permaneció
silencioso y hubo matices triunfales en el tono de la sicóloga:
—¿Por qué no contestas,
Herbie?
El robot replicó
abruptamente:
—No puedo. ¡Usted sabe
qué no puedo! Los doctores Lanning y Bogert no quieren que yo lo haga.
—Ellos quieren la
solución.
—Pero no procedente de
mí.
Lanning intervino,
hablando lenta y distintamente:
—No seas bobo, Herbie.
De veras queremos que nos lo digas.
Bogert asintió
secamente.
La voz de Herbie
alcanzó estridencias salvajes:
—¿De qué servirá que lo
diga yo? ¿Es que no comprenden que puedo ver más allá de la piel superficial de
su mente? Muy en lo hondo, no quieren que lo haga. Soy una máquina, a la que
han dado una imitación de vida solamente en virtud de la acción recíproca
positrónica en mi cerebro, que es un invento del hombre. No pueden
desprestigiarse ante mí sin quedar heridos. Esto se halla en lo hondo de sus
mentes y no será borrado. No puedo dar la solución.
—Nos iremos —dijo
Lanning—. Díselo a Calvin.
—No representaría
diferencia alguna —gritó Herbie— puesto que sabrían de todos modos que fui yo
el que facilitó la respuesta.
Resumió Calvin:
—Pero tú comprendes
perfectamente, Herbie, que pese a eso, los doctores Lanning y Bogert quieren la
solución.
—¡Por sus propios
esfuerzos! —insistió Herbie.
—Pero la quieren, y el
hecho de que tú la posees y no quieres darla, les hiere, les hace daño. Te das
cuenta ¿no es así?
—¡Sí! ¡Sí!
—Y si les das la
solución también les herirás.
—¡Sí! ¡Sí!
Herbie iba
retrocediendo lentamente, y paso a paso iba avanzando Susan. Los dos hombres
observaban la escena con perplejidad.
—No puedes decírselo a
ellos —zumbaba monótona la sicóloga— porque esto les ofendería y tú no debes
herir. Pero si no lo dices, hieres, o sea que debes decírselo. Y si lo haces,
les herirás y no debes, o sea que no puedes decirles; pero si no lo haces, les
hieres, o sea que debes; pero si lo haces, causarás daño, o sea que no debes;
pero si no lo haces, hieres, o sea que debes; pero si lo haces, tú...
Herbie estaba
acorralado contra la pared, y entonces cayó de rodillas.
—¡No sigas! —chilló—.
¡Cierra tu mente! ¡Está llena de sufrimiento, frustración y odio! ¡Yo no quise
herirte, ya te lo he dicho! ¡Intenté ayudarte! ¡Te dije lo que querías oír!
¡Tenía que hacerlo!
La sicóloga no prestaba
atención.
—Debes decírselo a
ellos, pero si lo haces, causas daño, o sea que no debes; pero si no lo haces,
hieres, o sea que debes; pero si...
Herbie chilló.
Era como el silbido de
un flautín muchas veces amplificado, chillón y agudo en escala creciente hasta
que se afiló con el terror de un alma perdida y llenó la sala como el
penetrante taladro del último clamor del alma.
Y cuando se extinguió
en la nada, Herbie se derrumbó en un confuso montón de metal inerte.
La faz de Bogert estaba
exangüe.
—¡Ha muerto!
—¡No! —y Susan Calvin
estalló en rachas de carcajadas salvajes que le sacudían todo el cuerpo— no
está muerto, sino demente. Le confronté con e! dilema sin solución, y se
descompuso. Ya pueden tirarlo a la basura ahora, porque nunca volverá a hablar.
Lanning estaba arrodillado
junto a la cosa que había sido Herbie. Sus dedos tobaron el frío metal del
rostro insensible y se estremeció.
—Lo hizo usted a
propósito.
Se incorporó
enfrentándose a ella, crispado el rostro.
—¿Y qué si fue así?
Ahora ya no lo puede evitar —y con súbito acceso de amargura añadió ella—: Se
lo merecía.
El director asió al
paralizado e inmóvil Bogert.
—Qué importa ya.
Vámonos, Peter. Un robot pensante de este tipo carece de valor, de todos modos.
Sus ojos contenían
mucha vejez y fatiga. Repitió:
—¡Vámonos, Peter!
Minutos después que los
dos científicos se hubieron ido, la doctora Susan Calvin recobró parte de su
equilibrio mental. Lentamente, sus ojos giraron hacia el viviente-muerto Herbie
y la tensión regresó a su semblante. Largo tiempo le contempló con fijeza,
mientras la sensación de triunfo se desvanecía y la irremediable frustración
regresaba, y de todos sus turbulentos pensamientos sólo una palabra
infinitamente amarga afloró a sus labios.
—«¡Embustero!»
Satisfacción
garantizada
Tony era alto y de una
belleza sombría, con un increíble aire patricio dibujado en cada línea de su
inmutable expresión. Claire Belmont le miró a través del resquicio de la
puerta, con una mezcla de horror y desaliento.
—No puedo, Larry. No
puedo tenerlo en casa...
Buscaba febril en su
paralizada mente una manera más enérgica de expresarlo, algo que tuviera
sentido y zanjara la cuestión, pero acabó por reducirse a una simple
repetición.
—¡De verdad, no puedo!
Larry Belmont contempló
con severidad a su mujer y en sus ojos asomó aquel destello de impaciencia que
Claire odiaba ver, puesto que le daba la impresión de reflejar su propia
incompetencia.
—Nos hemos
comprometido, Claire. No puedo desdecirme ahora. La compañía me envía a
Washington con esa condición, lo cual con toda seguridad significa un ascenso.
No presenta ningún peligro y tú lo sabes. ¿Qué tienes pues que objetar?
Ella frunció el
entrecejo, desvalida.
—Me da escalofríos: No
puedo soportarlo.
—Es tan humano como tú
o como yo. Bueno..., casi. Así que nada de tonterías. ¡Vamos, apártate!
Apoyó su mano en el
talle de ella, empujándola, y Claire se encontró temblando en su propio cuarto
de estar, donde se encontraba aquello, mirándola con precisa cortesía, como
evaluando a la que había de ser su anfitriona durante las próximas tres semanas.
La doctora Susan Calvin se hallaba también presente, envaradamente sentada, con
los labios apretados como síntoma de abstracción. Presentaba el aspecto frío y
distante de alguien que ha trabajado durante tanto tiempo con máquinas que un
poco de acero ha penetrado en su sangre.
—Hola —castañeteó
Claire, como un saludo ineficaz y general.
Gracias a que Larry
salvó la situación, exhibiendo una falsa alegría:
—Mira, Claire, deseo
que conozcas a Tony, un tipo magnífico. Ésta es mi mujer, Tony, chico.
La mano de Larry se
posó amistosa sobre el hombro de Tony, mas éste permaneció inexpresivo, sin
responder a la presión, limitándose a decir:
—¿Cómo está usted,
señora Belmont?
Claire dio un respingo
al oír la voz de Tony, profunda y pastosa, suave como el pelo de su cabeza o la
piel de su rostro.
Sin poder contenerse,
exclamó:
—¡Ah...! ¡Habla usted!
—¿Y por qué no? ¿Acaso
esperaba que no lo hiciera?
Claire sólo consiguió
esbozar una débil sonrisa. No sabía bien lo que había esperado. Miró hacia otro
lado, lanzándole una ojeada con el rabillo del ojo. Tenía el pelo suave y
negro, como pulido plástico... ¿O se componía en realidad de cabellos separados?
Y la piel lisa y olivácea de sus manos y cara, ¿era una continuación de su
oscuro y bien cortado traje?
Se hallaba paralizada
por un estremecido asombro. Tuvo que hacer un esfuerzo para poner en orden sus
pensamientos, a fin de prestar atención a la voz sin inflexiones ni emoción de
la doctora Calvin, que decía:
—Señora Belmont, espero
que sabrá apreciar la importancia de este experimento. Su esposo me ha dicho
que la ha puesto ya en algunos de los antecedentes. Por mi parte, desearía
añadir algunos más, como psicólogo jefe de la US Robots and Mechanical Men Corporation.
Tony es un robot. Su designación en los ficheros de la compañía es TN-3, pero
responde al nombre de Tony. No se trata de un monstruo mecánico, ni simplemente
de una máquina calculadora del tipo de las desarrolladas durante la segunda
guerra mundial, hace cincuenta años. Posee un cerebro artificial casi tan
complicado como el nuestro. Como un inmenso cuadro de distribución telefónica
reducido a escala atómica, con billones de posibles «enlaces telefónicos»
comprimidos en un instrumento encajado en el interior de su cráneo. Tales
cerebros se fabrican específicamente para cada modelo de robot, y contienen una
serie calculada de conexiones, de forma que, para empezar, cada uno de ellos
conoce el idioma inglés, y lo suficiente de cualquier otra cosa que se
considere necesaria para cumplir su tarea. Hasta ahora, la US Robots había
limitado su manufactura a los modelos industriales para su empleo en lugares
donde resulta impracticable el trabajo humano..., en minas profundas, por
ejemplo, o en la labor subacuática. Pero ahora deseamos extendernos a la ciudad
y el hogar. Y para ello, hemos de conseguir que el hombre y la mujer corrientes
se muestren dispuestos a aceptar sin temor estos robots. Como comprenderá, no
hay nada que temer.
—No lo hay, Claire
—intervino muy serio Larry—. Te doy mi palabra. Le es imposible causar daño
alguno. Ya sabes que si no fuese así no te dejaría con él.
Claire lanzó una ojeada
rápida y disimulada a Tony y habló en voz muy baja:
—¿Y qué pasaría si se
enfadara conmigo?
—No necesita cuchichear
—respondió la doctora Claire con voz sosegada—. Él no puede enojarse con usted,
amiga mía. Ya le he dicho que el cuadro de conexiones de su cerebro está
predeterminado. Y la primera conexión, la más importante de todas, es la que denominamos
«La primera ley de la robótica» y que se reduce a esto: «Un robot no dañará en
ningún caso a un ser humano, ni, por inacción, permitirá que un ser humano
reciba daño alguno». Todos los robots están construidos según esta norma.
Ninguno puede ser obligado a causar daño a un ser humano. Así pues, ya ve que
necesitamos que usted y Tony lleven a cabo un experimento preliminar para
nuestra propia información, mientras su esposo se desplaza a Washington para
las pruebas legales supervisadas por el gobierno.
—¿Quiere decir que esto
no es legal?
Larry carraspeó e
intervino de nuevo:
—No todavía, pero todo
está en orden. Él no abandonará la casa, y tú no permitirás que nadie lo vea.
Eso es todo. Me quedaría contigo, Claire, pero sé demasiado sobre los robots.
Precisamos que lo compruebe una persona experimentada, a fin de que las condiciones
sean lo más severas posible. Es necesario.
—Bueno, está bien
—murmuró Claire. Y luego, como si le asaltara una idea, preguntó—: ¿Pero qué
hace él?
—Labores caseras
—respondió escuetamente la doctora Calvin.
Y acto seguido, se
levantó para marcharse. Fue Larry quien la acompañó a la puerta, mientras que
Claire se quedaba detrás, llena de melancolía. Lanzó una mirada al espejo
colocado sobre la repisa de la chimenea y la apartó presurosa. Estaba más que
harta de su carita ratonil y de su cabello sin brillo, peinado en una forma
carente de imaginación. Luego observó que los ojos de Tony se hallaban posados
en ella. Casi sonrió, antes de recordar...
Se trataba tan sólo de
una máquina.
Larry Belmont iba
camino del aeropuerto cuando reparó en Gladys Claffern. Le lanzó una ojeada.
Era el tipo de mujer que parecía hecha para ser vista en ojeadas...
Perfectamente hecha, vestida con mano y ojo exquisitos, demasiado rutilante
para mirarla con fijeza.
La tenue sonrisa que la
precedía y el sutil aroma que la seguía eran como un par de dedos que le
dirigieran señas invitadoras. Larry se dio cuenta de que había interrumpido sus
zancadas y, tocándose ligeramente el ala del sombrero, apresuré el paso.
Sentía el mismo vago
enojo de siempre. ¡Cuánto le ayudaría el que Claire se decidiese a meterse en
la pandilla de Claffern...! ¡Bah! ¿De qué serviría, de todos modos?
¡Claire! Las pocas
veces que se había visto cara a cara con Gladys, aquella pequeña tonta había
permanecido con la lengua atada. No se hacía ilusiones. La prueba de Tony
constituía su gran oportunidad, pero todo dependía de Claire. ¡Cuánta mayor
seguridad sentiría de encontrarse en manos de alguien como Gladys Claffern!
La segunda mañana,
Claire despertó al oír un suave golpe con los nudillos en la puerta del
dormitorio. Su mente lanzó un silencioso quejido y luego se quedó helada. Había
evitado a Tony el primer día, sonriendo con vaguedad cuando lo veía fregoteando
o manejando la escoba.
—¿Es usted..., Tony?
—Sí, señora Belmont.
¿Puedo entrar?
Sin duda respondió que
sí, puesto que él apareció en la habitación, de manera repentina y silenciosa.
Los ojos y la nariz de ella se percataron simultáneamente de la bandeja que
Tony portaba.
—¿El desayuno?
—preguntó.
—Si gusta...
No se atrevió a
rehusar, al parecer. Se encontró incorporándose poco a poco hasta adoptar una
cómoda postura y recibiendo. la bandeja, que contenía huevos escalfados,
tostadas con mantequilla y café.
—He traído por separado
el azúcar y la nata —explicó Tony—. Aprenderé sus gustos con el tiempo, tanto
en esto como en otras cosas.
Ella esperó. Tony, en
pie, erguido y flexible a la vez como una regla metálica, preguntó tras un
instante:
—¿Prefiere comer en
privado?
—Sí... Quiero decir, si
no le importa.
—¿Precisará después
ayuda para vestirse?
—¡Dios mío, no!
Su mano se asió
frenéticamente a la bandeja, de manera que el café estuvo al borde de la
catástrofe. Permaneció así, rígida. Cuando se cerró la puerta y Tony
desapareció de su vista, se echó atrás con desesperanza contra la almohada.
De todos modos, logró
pasar el desayuno. No era más que una máquina y a no ser por su aspecto
llamativo, no se asustaría de tal modo. Si por lo menos cambiara de
expresión... No había manera de saber lo que había tras aquellos ojos pardos y
aquella especie de piel olivácea. La taza de café tintineó por un momento,
vacía ya, sobre la bandeja.
Y de pronto, se dio
cuenta de que se había olvidado de echarle nata y azúcar al café, tal como
acostumbraba, pues lo aborrecía solo.
Después de vestirse, se
encaminó con paso decidido desde el dormitorio a la cocina. Después de todo,
aquélla era su casa. No es que fuese muy remilgada, pero le gustaba la cocina
bien limpia. Tony debió de haber esperado sus órdenes...
Pero, al entrar, halló
una cocina que bien podía haber salido momentos antes de la fábrica, en todo su
reluciente esplendor.
Se detuvo, la
contempló, volvió sobre sus pasos y casi tropezó con Tony. Lanzó una especie de
gruñido.
—¿Puedo ayudarla en
algo?
—Tony —dijo, apelando a
todo su enojo para rechazar el pánico—, quisiera que hiciese algún ruido al
andar. No me gusta que se acerque furtivamente... ¿No utilizó usted la cocina?
—Sí que la utilicé,
señora Belmont.
—No lo parece.
—La limpié después. ¿No
es ésa la costumbre?
Claire abrió mucho los
ojos. ¿Qué podía objetarse a eso? Revisó el departamento del horno donde
guardaba las cacerolas y, percibiendo un insólito fulgor metálico en su
interior, asintió temblorosa:
—Muy bien. Perfecto.
Si en aquel momento él
hubiera mostrado su satisfacción, si hubiese sonreído, sólo con que hubiera
plegado la comisura de la boca, cualquiera de esas manifestaciones la habrían
acercado a él. Pero Tony permaneció tan imperturbable como un lord inglés en reposo
al responder:
—Gracias, señora
Belmont. ¿Desea usted pasar a la sala de estar?
Así lo hizo, y al punto
notó como una conmoción.
—Veo que ha estado
dando brillo a los muebles.
—¿Ha quedado a su
gusto, señora Belmont?
—¿Pero cuándo lo hizo?
Ayer no, seguro.
—La noche pasada, desde
luego.
—¿Así que tuvo
encendidas las luces toda la noche?
—No, no... No las
necesito. Dispongo de un foco de rayos ultravioleta. Puedo ver en el
ultravioleta. Y desde luego, no necesito dormir.
No cabía duda de que
resultaba admirable, pensó. Y también había de reconocer que empezaba a
agradarle. Sin embargo, no se decidía a confesarse que él le proporcionaba
placer. Sólo acerté a decir acerbamente:
—Su especie dejará sin
empleo al habitual servicio doméstico.
—Hay trabajos de mucha
mayor importancia a los que dedicarse en el mundo, una vez liberados de tan
pesadas tareas. Después de todo, señora Belmont, las cosas como yo se fabrican.
Pero nada es capaz de imitar la creatividad y la versatilidad de un cerebro
humano como el suyo.
Y aunque su rostro no
lo expresara en lo más mínimo, el tono de su voz tenía tal grave acento de
temor y admiración que logré que Claire se sonrojase y murmurase:
—¡Mi cerebro! Se lo
regalo.
Tony se aproximó un
poco a ella.
—Debe de sentirse muy
desgraciada para decir tal cosa. ¿Puedo hacer algo para remediarlo?
Por un instante, Claire
creyó que iba a echarse a reír. La situación era tan ridícula... Allí estaba
aquel sacudidor de alfombras, fregona, vajillas, lustrador de muebles y
factótum general animado, surgiendo del catálogo de la fábrica... y ofreciendo
sus servicios como consolador y confidente. Sin embargo, dijo con una explosión
de súbito pesar:
—¿Sabe? El señor
Belmont no cree que yo tenga un cerebro... Y supongo que en efecto no lo tengo.
No debió de haberlo
proclamado ante él. Por una razón desconocida, se sentía depositaria del honor
de la raza humana ante aquella simple creación suya.
—Es cosa reciente
—añadió—. Todo iba bien entre nosotros cuando él no era más que un estudiante,
cuando empezaba. Pero no sirvo como esposa de un gran hombre, y él está a punto
de convertirse en un gran hombre. Le gustaría que fuese una excelente anfitriona
y que me dedicara a la vida social..., como esa Gle..., Ga..., Gladys Claffern.
Tenía la nariz
enrojecida. Apartó la vista. Pero Tony no la miraba. Sus ojos recorrían la
habitación.
—Puedo ayudarla a
llevar la casa.
—No serviría de nada
—respondió ella con vehemencia—. Necesita un toque que soy incapaz de darle.
Sólo sé hacerla confortable... Ni siquiera convertirla en algo semejante a las
que aparecen en las fotografías de las revistas de decoración.
—¿Desea algo por el
estilo?
—¿Sirve de algo
desearlo?
Los ojos de Tony se
fijaron en ella.
—Puedo ayudar.
—¿Posee conocimientos
sobre la decoración de interiores?
—¿Toda buena ama de
casa debe poseerlos?
—En efecto.
—Entonces dispongo de
las capacidades necesarias para aprender. ¿Por qué no me proporciona libros
sobre la cuestión?
Y aquello fue el
principio de algo.
Claire, sujetándose el
sombrero contra las alborotadas libertades del viento, se trajo a casa dos
gruesos volúmenes sobre artes del hogar que pidió prestados en la biblioteca
pública. Observó cómo Tony abría uno de ellos y lo hojeaba. Era la primera vez
que veía el revoloteo de sus dedos entregados a una labor delicada.
«No sé cómo lo hacen»,
pensó. Y en un súbito impulso, le cogió una mano y la atrajo hacia sí. Tony no
resistió, dejándola flojamente sometida a la inspección.
—¡Qué formidable!
—comentó ella—. Hasta sus uñas parecen naturales.
—Un efecto buscado
—explicó Tony. Y añadió locuaz—: La piel es de plástico flexible, y el
esqueleto de una aleación metálica. ¿Le divierte eso?
—No, no... —Su rostro
enrojeció—. No deseo en modo alguno hurgar en sus interioridades. No es
cuestión que me afecte. Tampoco ha de preguntarme usted por las mías.
—La programación de mi
cerebro no incluye tal tipo de curiosidad. He de someterme a mis propias
limitaciones, ¿sabe?
En el silencio que
siguió, Claire sintió que algo la oprimía en su interior. ¿Por qué olvidaba
siempre que se enfrentaba a una máquina? El propio objeto había de
recordárselo. ¿Experimentaba un anhelo tan grande de simpatía que incluso
aceptaría como su igual a un robot, sólo por el hecho de que la compadecía?
Observó que Tony
continuaba pasando las páginas -casi como si no pudiese evitarlo- y experimentó
una sensación rápida y punzante de aliviada superioridad.
—Así que sabe leer,
¿no? —preguntó.
Tony alzó la vista a
ella, respondiendo con su voz tranquila e irreprochable:
—Estoy leyendo, señora
Belmont.
—Pero...
Señaló el libro con gesto ambiguo.
—Paso los ojos por las
páginas, si es eso a lo que se refiere. Mi sentido de la lectura es
fotográfico.
Oscurecía ya cuando
Claire fue a acostarse. Tony seguía enfrascado en el segundo volumen, sentado
en la oscuridad o al menos en lo que la limitada visión de Claire consideraba
como tal.
Un último y singular
pensamiento relampagueó en su cerebro antes de dejarse vencer por el sueño.
Recordó la mano del robot, una mano cálida y suave, como la de un ser humano.
«¡Qué habilidad la de
esos fabricantes!», pensó. Y se durmió sosegadamente.
La biblioteca ocupó
todo su tiempo durante varios días. Tony sugería los campos de estudio, que
empalmaba y ramificaba con gran velocidad. Pidió libros sobre combinación de
colores y sobre cosmética, sobre ebanistería y modas, sobre arte e historia del
vestido.
Volvía las páginas de
cada libro ante sus solemnes ojos, leyéndolas tan pronto como las volvía, sin
olvidar nada, al parecer, de su contenido.
Antes de finalizar la
semana, insistió en que se cortara el pelo, ideando para ella un nuevo peinado,
decidiendo una ligera modificación de la línea de sus cejas y cambiando el tono
de sus polvos y lápiz de labios.
Claire había palpitado
con nervioso temor, por espacio de media hora, bajo el delicado toque de los
inhumanos dedos de él. Al finalizar, se contempló en el espejo.
—Aún puede mejorarse
—dijo Tony—, sobre todo en lo que respecta a la ropa. ¿Qué le parece, de
momento?
No respondió en
seguida. Necesitó algún tiempo para absorber la identidad de la desconocida
reflejada en el espejo y atenuar el asombro ante su belleza. Luego, sin apartar
la vista de la reconfortante imagen, dijo de manera incongruente:
—Sí, Tony, está muy
bien..., de momento.
En sus cartas, no le
comunicó nada de esto a Larry. Que lo descubriera de sopetón. Y algo en ella le
hacía sospechar que no sólo disfrutaría de su sorpresa. Sería asimismo una
especie de venganza.
Tony dijo cierta
mañana:
—Ya va siendo hora de
empezar a hacer compras, y a mí no me está permitido abandonar la casa. Si le
escribo exactamente lo que precisamos, ¿puedo confiar en que lo adquiera?
Necesitamos cortinas y mobiliario, papel para las paredes, alfombras, pintura,
ropa... y otras pequeñas cosas.
—No resulta fácil
obtener todo eso de golpe, ajustándose a todos los detalles —objetó Claire, con
aire de duda.
—Siempre que no haya
problemas de dinero, lo encontrará casi todo en la ciudad.
—¡Pero Tony, desde
luego que el dinero supone un problema!
—En absoluto. Vaya
primero a la US Robots, con una nota que le daré. Entrevístese con la doctora
Calvin y dígale de mi parte que esto forma parte del experimento.
En esta ocasión, la
doctora Calvin no la atemorizó tanto como la primera tarde en que la conoció.
Con su nuevo rostro y su sombrero también nuevo, no se parecía ya a la antigua
Claire. Escuchó con atención a la psicóloga, formulé unas cuantas preguntas, asintió..,
y se encontró en camino, armada de un crédito ilimitado contra la cuenta de US
Robots and Mechanical Men Corporation.
Es maravilloso el poder
del dinero. Con todas las existencias de un almacén a tus pies, el dictado de
una vendedora no significa forzosamente una voz bajada del cielo, ni la ceja
alzada de un decorador reviste la majestad del rayo de Júpiter.
En cierto momento, el
excelso modisto de una de las más señoriales casas de modas se mofó con
insistencia de su descripción del guardarropa que deseaba, haciéndolo con la
más correcta pronunciación y el más puro acento francés de la calle Cincuenta y
Siete. Claire llamó a Tony y luego le pasó el teléfono a Monsieur.
—Si no tiene
inconveniente —le dijo con voz firme, aunque retorciéndose un poco las manos—,
me agradaría que hablase con..., con mi secretario.
El pomposo gordinflón
se acercó al teléfono con un brazo solemnemente doblado a la espalda. Alzó el
receptor con dos dedos y dijo en tono delicado:
Una breve pausa, un
segundo «sí», luego una pausa mucho mayor, un tímido comienzo de una objeción
que murió en ciernes, otra pausa, otro humilde «sí», y el teléfono volvió a su
lugar.
—Si Madame quiere
acompañarme —invitó, dolido y distante—, intentaré cumplir sus deseos.
—Un segundo, por favor.
Claire corrió de nuevo
al teléfono y marcó de nuevo el número de su casa.
—Tony, no sé lo que le
diría, pero sirvió. Gracias. Es usted un... —Titubeó, buscando la palabra
adecuada, pero desistió y terminó con un leve gallo—: ¡Un amor!
Al volver del teléfono,
se encontró con que Gladys Claffern la estaba mirando, con el rostro un tanto
vuelto a un lado y aire entre divertido y asombrado.
—¿Señora Belmont?
Claire sintió que se le
helaba la sangre, ni más ni menos. Al fin, asintió. Estúpidamente, como una
marioneta.
Gladys sonrió, con una
imperdonable insolencia.
—No sabía que comprase
usted aquí... —dijo, con un tonillo que daba a entender que por ese simple
hecho, aquel establecimiento había perdido ya toda categoría.
—Por lo general, no lo
hago —confesó Claire con humildad.
—¿Y qué se ha hecho en
el pelo? Le ha quedado muy curioso... ¡Ah! Dispense. Tenía entendido que el
nombre de su esposo era Lawrence. Sí, en efecto, me parece que es Lawrence...
Claire apretó los
dientes, pero no le quedé más remedio que explicar:
—Tony es un amigo de mi
marido. Me está ayudando a elegir algunas cosas.
—Comprendo. En efecto,
debe de ser un amor.
Y sin añadir una
palabra más, se marchó sonriente, llevándose consigo la luz y el calor del
mundo.
Claire no puso en duda
el hecho de que era en Tony en quien buscaría consuelo. Diez días la habían
curado de su aversión. Ahora lloraba ante él sin problemas. Lloraba y rabiaba.
—Me porté como una
completa estúpida —estalló, retorciendo su pañuelo mojado—. ¡Hacerme eso a mí!
No sé por qué, pero lo hizo. Debiera haberle... dado un puntapié. Debiera
haberla tirado al suelo y pisoteado.
—¿Cómo odiar tanto a un
ser humano? —preguntó Tony con perpleja suavidad—. Esa parte de la mente humana
supone un misterio para mí.
—Bueno... No es a ella
a quien odio —gimió Claire—. Creo que me odio a mí misma. Ella es todo lo que
yo desearía ser... Por lo menos exteriormente. Pero no está a mi alcance.
La voz de Tony sonó
fuerte y queda a la par en sus oídos:
—Sí que lo está, señora
Belmont. Sí que lo está. Disponemos aún de diez días, y durante ellos la casa
habrá cambiado. ¿No lo hemos planeado así?
—¿Y de qué me sirve
eso? Quiero decir, con respecto a ella...
—Invítela. Invite a sus
amistades. Hágalo la noche anterior a... mi partida. Será en cierto modo una
fiesta de inauguración.
—No aceptará.
—Sí que aceptará.
Vendrá para reírse... Y no tendrá de qué.
—¿Lo cree usted de
veras, Tony? ¿Piensa que lo lograremos? —Le tomó ambas manos entre las suyas.
Pero en seguida volvió la cara—. No. ¿De qué serviría? No sería yo. Todo el
mérito le corresponde a usted. No puedo adornarme con plumas ajenas.
—Nadie vive en un
espléndido aislamiento —murmuró Tony—. Han puesto en mí ese conocimiento. Lo
que usted y los demás ven en Gladys Claffern no es la verdadera Gladys
Claffern. Se adorna con todas las plumas que proporciona el dinero y la
posición social. Y no se preocupa por eso. ¿Por qué habría de preocuparse
usted? Considérelo de ese modo, señora Belmont. Me han fabricado para obedecer,
pero soy yo mismo quien ha de determinar la extensión de mi obediencia. Puedo
limitarme a cumplir las órdenes o interpretarlas de manera amplia. Con usted
actúo de esta última forma, porque pertenece al tipo de ser humano para el cual
he sido fabricado. Es usted amable, amistosa, modesta. En cambio la señora
Claffern, tal como usted la describe, no lo es. No la obedecería de buen grado,
como lo hago con usted. Por lo tanto, es usted, señora Belmont, y no yo, quien
está haciendo todo esto.
Retiró sus manos de las
de ella, y Claire descubrió en aquel rostro inexpresivo, en el que nadie podía
leer, una verdadera admiración... De pronto, se atemorizó de nuevo, pero esta
vez de manera muy distinta.
Tragó nerviosamente
saliva y contempló sus manos, que le hormigueaban aún por la presión de los
dedos de él. No, no se lo había imaginado. Los dedos de Tony habían oprimido
los de ella de manera afectuosa y tierna, un momento antes de retirarse.
¡No!
Los dedos de aquello...
Los dedos de aquello...
Y corrió al cuarto de
baño para lavarse las manos, frotándoselas una y otra vez, ciega e inútilmente.
Al día siguiente, se
mostró un tanto tímida y cautelosa con él. Lo vigiló con atención, esperando lo
que seguiría. Durante un rato, no ocurrió nada.
Tony estaba trabajando.
Si la técnica del empapelado de las paredes o la utilización de la pintura de
secado rápido presentaba alguna dificultad, Tony no lo demostraba. Sus manos se
movían con precisión, y sus dedos eran hábiles y seguros.
Trabajaba también
durante toda la noche, aunque ella no lo oyese, y cada mañana suponía una nueva
aventura. No alcanzaba a enumerar todo lo que había hecho. Al atardecer, seguía
descubriendo aún nuevos detalles... Y así llegaba otra noche.
Sólo una vez intentó
cooperar, fallando con humana torpeza. Él trabajaba en la habitación contigua,
y ella colgaba un cuadro en el lugar marcado por los ojos matemáticos de Tony.
Allí estaba la pequeña señal, y el cuadro también. Y asimismo había en ella una
repentina revulsión contra la ociosidad.
Pero se sentía
nerviosa, o bien la escalera estaba desvencijada, pues la sintió ceder. Lanzó
un grito. Sin embargo, no pasó nada. Tony había acudido con la rapidez de un
rayo.
Sus tranquilos ojos
pardos no manifestaron nada, y su cálida voz se limitó a pronunciar las
siguientes palabras:
—¿Se ha hecho daño,
señora Belmont?
Por un instante, se
fijó en que su mano había desordenado el pelo liso de él, pues por primera vez
vio que estaba compuesto de distintas hebras, finas y negras.
Y luego, de pronto,
tuvo conciencia de sus brazos rodeándola por los hombros y las rodillas...,
sosteniéndola en su caída, estrecha y cálidamente...
Se puso en pie de un
salto. El chillido que dejó escapar traspasó sus propios oídos. Pasé el resto
del día en su habitación, y para dormir, además de cerrar bien la puerta con
llave, la atrancó con una silla.
Envió las invitaciones
y, tal como Tony dijera, fueron aceptadas. Sólo faltaba esperar la última
velada.
Llegó también, como
todas las demás, en el lugar que le correspondía. La casa no parecía la misma.
La recorrió por última vez. Todas las habitaciones habían cambiado. Ella
también se vestía con ropas que jamás se habría atrevido a llevar antes. Ropas
de las que podía enorgullecerse y con las que se sentía segura. Se miró al
espejo, remedando un mohín de divertido desdén, y el pulido cristal se lo
devolvió con expresión burlona.
¿Qué diría Larry...?
¿Qué importaba, después de todo? No iban a venir con él los días excitantes.
Desaparecerían con la marcha de Tony. ¡Qué cosa tan extraña! Intentó recobrar
su talante de tres semanas atrás. Fracasó por completo.
El reloj dio las ocho,
ocho toques que la dejaron sin respiración. Se volvió hacia Tony:
—No tardarán en llegar.
Será mejor que se meta en el sótano. No podemos permitir que...
Se quedó mirándole con
fijeza un momento, y después dijo débilmente:
—¿Tony? —Y luego más
fuerte— ¡Tony! —Y al final, casi con un chillido—: ¡Tony!
Pero sus brazos la
rodeaban ya, y su cara estaba junto a la suya. La presión de su abrazo era
implacable. Oyó su voz a través de una bruma de confusión emotiva.
—Claire —decía su voz—,
hay muchas cosas cuya comprensión me está vedada, y ésta debe ser una de ellas.
He de marcharme mañana y no quiero hacerlo. Creo que en ello hay algo más que
el deseo de complacerla. ¿No le parece raro?
Su cara se acercó más
aún. Sus labios eran cálidos, aunque sin aliento tras ellos, pues las máquinas
no respiran. Casi se habían posado sobre los de ella.
Y sonó el timbre de la
puerta.
Durante un instante, se
debatió jadeante. De pronto, él se marchó, desapareciendo de la vista, mientras
el timbre seguía sonando con insistente y aguda intermitencia.
Las cortinas de las
ventanas delanteras habían sido descorridas. Quince minutos antes habían estado
cerradas. Lo sabía. Tenían que haberla visto. Todos debieron haberlo visto...
¡Todo!
Entraron cortésmente,
en grupo, posando sus penetrantes ojos en todos los detalles. Habían visto.
¿Qué más preguntaría Gladys sobre Larry, a su impertinente manera? Claire se
veía enfrentada a un desafío desesperado e implacable.
«Sí, está fuera.
Volverá mañana, creo. No, no he estado sola. He pasado unos días estupendos,
emocionantes.»
Se echó a reír. ¿Por
qué no? ¿Qué le importaban ellos? Larry sabría la verdad, si alguna vez le
llegaba la historia de lo que pensaban que vieron.
Pero ellos no rieron.
Leyó la furia en los
ojos de Gladys Claffern, en el falso chispear de sus palabras, en su deseo de
marcharse pronto. Y cuando se fue con todos los demás, captó un cuchicheo final
y anónimo:
«Nunca había visto un
hombre... tan guapo.»
Y Claire supo que fue
aquello lo que le permitió dejarles con un palmo de narices. Que se soltasen
las lenguas. Todos sabían... ¡Y qué si Gladys era más guapa que Claire Belmont,
más rica y más brillante! Todos sabrían que nadie, nadie, podía tener un amante
más guapo que ella.
Y luego recordó de
nuevo..., una vez y otra, que Tony era una maquina. Se le puso la carne de
gallina.
—¡Fuera! ¡Dejadme en
paz! —gritó a la habitación vacía, y corrió hasta su lecho.
Toda la noche la pasé
desvelada y llorando. A la mañana siguiente, casi al amanecer, con las calles
aún vacías, una camioneta vino y se llevó a Tony.
Lawrence Belmont pasó
ante el despacho de la doctora Calvin y, obedeciendo a un súbito impulso, llamó
a la puerta. La encontró en compañía del matemático Peter Bogert, mas no vaciló
por ello.
—Claire me dijo que la
casa corre con todos los gastos hechos en mi hogar... —manifestó.
—Así es —respondió la
doctora Calvin—. Lo consideramos una parte valiosa y necesaria del experimento.
Con la nueva posición que ocupa usted ahora como ingeniero asociado, supongo
que podrá mantenerla al mismo nivel.
—No es eso lo que me
preocupa. Con la conformidad dada por Washington a las pruebas, dispondremos de
un modelo TN propio para el año próximo, creo.
Se volvió vacilante,
como para marcharse, pero giró otra vez, sobre sus talones, dudando todavía.
—¿Y bien, señor
Belmont...? —le acució la doctora Calvin, tras una pausa.
—Me pregunto...
—comenzó Larry—, me pregunto qué sucedió realmente allí durante mi ausencia.
Ella..., Claire, quiero decir, parece tan distinta... No me refiero a su
aspecto..., aunque la verdad, estoy maravillado. —Rió nervioso—. Es toda ella.
No parece mi mujer... No puedo explicarlo.
—¿A qué intentarlo?
¿Acaso se siente desilusionado respecto a alguna parte del cambio?
—Todo lo contrario.
Pero, verá, resulta un poco atemorizador...
—Yo no me preocuparía
por eso, señor Belmont. Su mujer se ha comportado de un modo excelente. Con
franqueza, jamás pensé que el experimento aportara una prueba tan completa y
definitiva. Sabemos ya las correcciones exactas que han de hacerse en el modelo
TN, y todo gracias a la señora Belmont. Si quiere que le sea sincera, opino que
su esposa se merece el ascenso más que usted.
Larry titubeó
visiblemente.
—Bueno, todo queda en
la familia —murmuró sin convicción.
Y se marchó.
Susan Calvin se le
quedó mirando mientras se retiraba. Luego dijo:
—Creo que le duele...,
al menos así lo espero... ¿Ha leído usted el informe de Tony, Peter?
—De cabo a rabo
—respondió Bogert—, ¿Y no le parece que el modelo TN-3 necesita algunos
cambios?
—¡Ah! ¿También piensa
usted así? —preguntó la doctora Calvin con acento incisivo—. Expóngame su
razonamiento.
—No preciso de ninguno
—manifestó Bogert frunciendo el entrecejo—. Es evidente que no podemos sacar al
mercado un robot que haga el amor a su ama..., si no le importa el retruécano.
—¡Amor! Peter, me da
usted asco. ¿Es que no lo comprende? Esa máquina tiene que obedecer a la
primera ley. ¿Cómo iba a permitir que un ser humano sufriese? Y el sufrimiento
se lo causaba a Claire Belmont su propio complejo de inferioridad. Así pues, le
hizo el amor. Ninguna mujer dejaría de apreciar el cumplido que supone ser
capaz de despertar la pasión en una máquina..., en una fría e inanimada
máquina. Y por eso Tony descorrió aquella noche las cortinas con toda
deliberación, a fin de que los otros vieran y envidiaran..., sin riesgo alguno
para la felicidad matrimonial de Claire. Creo que fue muy inteligente por parte
de Tony.
—¿Ah, sí? ¿Y qué
diferencia hay entre si fue una ficción o no, Susan? El horror se mantiene.
Vuelva a leer el informe. Ella lo evitaba. Chilló cuando la tomó en sus brazos.
No logró dormir aquella última noche, atacada de histerismo. No, no podemos
fabricar algo así.
—Peter, está usted
ciego. Está tan ciego como lo estuve yo. El modelo TN será reconstruido por
entero, pero no por las razones que usted expone, sino por otras muy distintas.
Y es raro que a mí se me pasara por alto al principio. —Los ojos de la doctora se
enturbiaron a causa de la cavilación—. Tal vez la deficiencia radique en mí
misma. Mire, Peter, las máquinas no se enamoran. Pero..., a pesar de que no
tiene remedio y por mucho que nos horrorice..., ¡las mujeres sí!
Lenny
La empresa Robots y
Hombres Mecánicos de Estados Unidos tenía un problema. El problema era la
gente.
Peter Bogert, jefe de
matemática, se dirigía a la sala de montaje cuando se topó con Alfred Lanning,
director de investigaciones. Lanning, apoyado en el pasamanos, miraba a la sala
de ordenadores enarcando sus enérgicas cejas blancas.
En el piso de abajo, un
grupo de humanos de ambos sexos y diversas edades miraba en torno con
curiosidad, mientras un guía entonaba un discurso preestablecido sobre
informática robótica:
—Este ordenador que ven
es el mayor de su tipo en el mundo. Contiene cinco millones trescientos mil
criotrones y es capaz de manipular simultáneamente más de cien mil variables.
Con su ayuda, nuestra empresa puede diseñar con precisión el cerebro positrónico
de los modelos nuevos. Los requisitos se consignan en una cinta que se perfora
mediante la acción de este teclado, algo similar a una máquina de escribir o
una linotipia muy complicada, excepto que no maneja letras, sino conceptos. Las
proposiciones se descomponen en sus equivalentes lógico-simbólicos y éstos a su
vez son convertidos en patrones de perforación. En menos de una hora, el
ordenador puede presentar a nuestros científicos el diseño de un cerebro que
ofrecerá todas las sendas positrónicas necesarias para fabricar un robot...
Alfred Lanning reparó
en la presencia del otro.
—Ah, Peter.
Bogert se alisó el
cabello negro y lustroso con ambas manos, aunque lo tenía impecable.
—No pareces muy
entusiasmado con esto, Alfred.
Lanning gruñó. La idea
de realizar visitas turísticas por toda la empresa era reciente y se suponía
cumplía una doble función. Por una parte, según se afirmaba, permitía que la
gente viera a los robots de cerca y acallara así su temor casi instintivo hacia
los objetos mecánicos mediante una creciente familiaridad. Por otra parte, se
suponía que las visitas lograrían generar un interés para que algunas personas
se dedicaran a las investigaciones robóticas.
—Sabes que no lo estoy.
Una vez por semana, nuestra tarea se complica. Considerando las horas-hombre
que se pierden, la retribución es insuficiente.
—Entonces, ¿no han
subido aún las solicitudes de empleo?
—Un poco, pero sólo en
las categorías donde esa necesidad no es vital. Necesitamos investigadores, ya
lo sabes. Pero, como los robots están prohibidos en la Tierra, el trabajo de
robotista no es muy popular, que digamos.
—El maldito complejo de
Frankenstein —comentó Bogert, repitiendo a sabiendas una de las frases
favoritas de Lanning.
Lanning pasó por alto
esa burla afectuosa.
—Debería acostumbrarme,
pero no lo consigo. Todo ser humano de la Tierra tendría que saber ya que las
Tres Leyes constituyen una salvaguardia perfecta, que los robots no son
peligrosos. Fíjate en ese grupo. —Miró hacia abajo—. Obsérvalos. La mayoría
recorren la sala de montaje de robots por la excitación del miedo, como si
subieran en una montaña rusa. Y cuando entran en la sala del modelo MEC...,
demonios, Peter, un modelo MEC que es incapaz de hacer otra cosa que avanzar
dos pasos, decir «mucho gusto en conocerle», dar la mano y retroceder dos
pasos; y, sin embargo, todos se intimidan y las madres abrazan a sus hijos.
¿Cómo vamos a obtener trabajadores que piensen a partir de esos idiotas?
Bogert no tenía
respuesta. Miraron una vez más a los visitantes, que estaban pasando de la sala
de informática al sector de montaje de cerebros positrónicos. Luego, se
marcharon. No vieron a Mortimer W. Jacobson, de dieciséis años, quien, para ser
justos, no tenía la intención de causar el menor daño.
En realidad, ni
siquiera podría decirse que la culpa fuera de Mortimer. Todos los trabajadores
sabían en qué día de la semana se realizaban las visitas. Todos los aparatos
debían estar neutralizados o cerrados, pues no era razonable esperar que los
seres humanos resistieran la tentación de mover interruptores, llaves y
manivelas y de pulsar botones. Además, el guía debía vigilar atentamente a
quienes sucumbieran a esa tentación.
Pero en ese momento el
guía había entrado en la sala contigua y Mortimer iba al final de la fila. Pasó
ante el teclado mediante el cual se introducían datos en el ordenador. No tenía
modo de saber que en aquel instante se estaban introduciendo los planos para un
nuevo diseño robótico; de lo contrario, siendo como era un buen chico, habría
evitado tocar el teclado. No tenía modo de saber que -en un acto de negligencia
casi criminal- un técnico se había olvidado de desactivar el teclado.
Así que Mortimer tocó
las teclas al azar, como si se tratara de un instrumento musical.
No notó que un trozo de
la cinta perforada se salía de un aparato que había en otra parte de la sala,
silenciosa e inadvertidamente.
Y el técnico, cuando
volvió, tampoco notó ninguna intromisión. Le llamó la atención que el teclado
estuviera activado, pero no se molestó en verificarlo. Al cabo de unos minutos,
incluso esa leve inquietud se le había pasado, y continuó introduciendo datos
en el ordenador.
En cuanto a Mortimer,
nunca supo lo que había hecho.
El nuevo modelo LNE
estaba diseñado para extraer boro en las minas del cinturón de asteroides. Los
hidruros de boro cobraban cada vez más valor como detonantes para las
micropilas protónicas que generaban potencia a bordo de las naves espaciales, y
la magra provisión existente en la Tierra se estaba agotando.
Eso significaba que los
robots LNE tendrían que estar equipados con ojos sensibles a esas líneas
prominentes en el análisis espectroscópico de los filones de boro y con un tipo
de extremidades útiles para transformar el mineral en el producto terminado. Como
de costumbre, sin embargo, el equipamiento mental constituía el mayor problema.
El primer cerebro
positrónico LNE ya estaba terminado. Era el prototipo y pasaría a integrar la
colección de prototipos de la compañía. Cuando lo hubieran probado, fabricarían
otros para alquilarlos (nunca venderlos) a empresas mineras.
El prototipo LNE estaba
terminado. Alto, erguido y reluciente, parecía por fuera como muchos otros
robots no especializados.
Los técnicos, guiándose
por las instrucciones del Manual de Robótica, debían preguntar: «¿Cómo estás?»
La respuesta
correspondiente era: «Estoy bien y dispuesto a activar mis funciones. Confío en
que tú también estés bien», o alguna otra ligera variante.
Ese primer diálogo sólo
servía para indicar que el robot oía, comprendía una pregunta rutinaria y daba
una respuesta rutinaria congruente con lo que uno esperaría de una mentalidad
robótica. A partir de ahí era posible pasar a asuntos más complejos, que pondrían
a prueba las tres Leyes y su interacción con el conocimiento especializado de
cada modelo.
Así que el técnico
preguntó «¿cómo estás?» y, de inmediato, se sobresaltó ante la voz del
prototipo LNE. Era distinta de todas las voces de robot que conocía (y había
oído muchas). Formaba sílabas semejantes a los tañidos de una celesta de baja
modulación.
Tan sorprendente era la
voz que el técnico sólo oyó retrospectivamente, al cabo de unos segundos, las
sílabas que había formado esa voz maravillosa:
—Da, da, da, gu.
El robot permanecía
alto y erguido, pero alzó la mano derecha y se metió un dedo en la boca.
El técnico lo miró
horrorizado y echó a correr. Cerró la puerta con llave y, desde otra sala, hizo
una llamada de emergencia a la doctora Susan Calvin.
La doctora Susan Calvin
era la única robopsicóloga de la compañía (y prácticamente de toda la
humanidad). No tuvo que avanzar mucho en sus análisis del prototipo LNE para
pedir perentoriamente una transcripción de los planos del cerebro positrónico
dibujados por ordenador y las instrucciones que los habían guiado. Tras
estudiarlos mandó a buscar a Bogert.
La doctora tenía el
cabello gris peinado severamente hacia atrás; y su rostro frío, con fuertes
arrugas verticales interrumpidas por el corte horizontal de una pálida boca de
labios finos, se volvió enérgicamente hacia Bogert.
—¿Qué es esto, Peter?
Bogert estudió con
creciente estupefacción los pasajes que ella señalaba.
—Por Dios, Susan, no
tiene sentido.
—Claro que no. ¿Cómo se
llegó a estas instrucciones?
Llamaron al técnico
encargado y él juró con toda sinceridad que no era obra suya y que no podía
explicarlo. El ordenador dio una respuesta negativa a todos los intentos de
búsqueda de fallos.
—El cerebro positrónico
no tiene remedio —comentó pensativamente Susan Calvin—. Estas instrucciones
insensatas han cancelado tantas funciones superiores que el resultado se
asemeja a un bebé humano. —Bogert manifestó asombro, y Susan Calvin adoptó la
actitud glacial que siempre adoptaba ante la menor insinuación de duda de su
palabra—. Nos esforzamos en lograr que un robot se parezca mentalmente a un
hombre. Si eliminamos lo que denominamos funciones adultas, lo que queda, como
es lógico, es un bebé humano, mentalmente hablando. ¿Por qué estás tan
sorprendido, Peter?
El prototipo LNE, que
no parecía darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor, se sentó y empezó a
examinarse los pies.
Bogert lo miró
fijamente.
—Es una lástima
desmantelar a esa criatura. Es un bonito trabajo.
—¿Desmantelarla? —bramó
la robopsicóloga.
—Desde luego, Susan.
¿De qué sirve esa cosa? Santo cielo, si existe un objeto totalmente inútil es
un robot que no puede realizar ninguna tarea. No pretenderás que esta cosa
pueda hacer algo, ¿verdad?
—No, claro que no.
—¿Entonces?
—Quiero realizar más
análisis —dijo tercamente Susan Calvin.
Bogert la miró con
impaciencia, pero se encogió de hombros. Si había una persona en toda la
empresa con quien no tenía sentido discutir, ésa era Susan Calvin. Los robots
eran su pasión, y se hubiera dicho que una tan larga asociación con ellos la
había privado de toda apariencia de humanidad.
Era imposible
disuadirla de una decisión, así como era imposible disuadir a una micropila
activada de que funcionara.
—¡Qué más da! —murmuró,
y añadió en voz alta—: ¿Nos informarás cuando hayas terminado los análisis?
—Lo haré. Ven, Lenny.
(LNE, pensó Bogert.
Inevitablemente, las siglas se habían transformado en Lenny.)
Susan Calvin tendió la
mano, pero el robot se limitó a mirarla. Con ternura, la robopsicóloga tomó la
mano del robot. Lenny se puso de pie (al menos su coordinación mecánica
funcionaba bien) y salieron juntos, el robot y esa mujer a quien superaba en
medio metro. Muchos ojos los siguieron con curiosidad por los largos
corredores.
Una pared del
laboratorio de Susan Calvin, la que daba directamente a su despacho privado,
estaba cubierta con la reproducción ampliada de un diagrama de sendas
positrónicas. Hacía casi un mes que Susan Calvin la estudiaba concentradamente.
Estaba examinando
atentamente en ese momento los vericuetos de esas sendas atrofiadas. Lenny,
sentado en el suelo, movía las piernas y balbuceaba sílabas ininteligibles con
una voz tan bella que era posible escucharlas con embeleso aun sin entenderlas.
Susan Calvin se volvió
hacia el robot.
—Lenny... Lenny...
Repitió el nombre, con
paciencia, hasta que Lenny irguió la cabeza y emitió un sonido inquisitivo. La
robopsicóloga sonrió complacida. Cada vez necesitaba menos tiempo para atraer
la atención del robot.
—Alza la mano, Lenny.
Mano... arriba. Mano... arriba.
La doctora levantó su
propia mano una y otra vez.
Lenny siguió el
movimiento con los ojos. Arriba, abajo, arriba, abajo. Luego, movió la mano
espasmódicamente y balbuceó.
—Muy bien, Lenny —dijo
gravemente Susan Calvin—. Inténtalo de nuevo. Mano... arriba.
Muy suavemente,
extendió su mano, tomó la del robot, la levantó y la bajó.
—Mano... arriba.
Mano... arriba.
Una voz la llamó desde
el despacho:
—¿Susan?
Calvin apretó los
labios.
—¿Qué ocurre, Alfred?
El director de
investigaciones entró, miró al diagrama de la pared y, luego, al robot.
—¿Sigues con ello?
—Estoy trabajando, sí.
—Bien, ya sabes,
Susan... —Sacó un puro y lo miró, disponiéndose a morder la punta. Cuando se
encontró con la severa y reprobatoria mirada de la mujer, guardó el puro y
comenzó de nuevo—: Bien, ya sabes, Susan, que el modelo LNE está en producción.
—Eso he oído. ¿Hay algo
en que yo pueda colaborar?
—No. Pero el mero hecho
de que esté en producción y funcione bien significa que es inútil insistir con
este espécimen deteriorado. ¿No deberíamos desarmarlo?
—En pocas palabras,
Alfred, te fastidia que yo pierda mi valioso tiempo. Tranquilízate. No estoy
perdiendo el tiempo. Estoy trabajando con este robot.
—Pero ese trabajo no
tiene sentido.
—Yo seré quien lo
juzgue, Alfred —replicó la doctora en un tono amenazador, y Lanning consideró
que sería más prudente cambiar de enfoque.
—¿Puedes explicarme qué
significa? ¿Qué estás haciendo ahora, por ejemplo?
—Trato de lograr que
levante la mano cuando se lo ordeno. Intento conseguir que imite el sonido de
la palabra.
Como si estuviera
pendiente de ella, Lenny balbuceó y alzó la mano torpemente. Lanning sacudió la
cabeza.
—Esa voz es asombrosa.
¿Cómo se ha logrado?
—No lo sé. El
transmisor es normal. Estoy segura de que podría hablar normalmente, pero no lo
hace. Habla así como consecuencia de algo que hay en las sendas positrónicas, y
aún no lo he localizado.
—Bien, pues localízalo,
por Dios. Esa voz podría ser útil.
—Oh, entonces, ¿mis
estudios sobre Lenny pueden servir de algo?
Lanning se encogió de
hombros, avergonzado.
—Bueno, se trata de un
elemento menor.
—Lamento que no veas
los elementos mayores, que son mucho más importantes, pero no es culpa mía.
Ahora, Alfred, ¿quieres irte y dejarme trabajar?
Lanning encendió el
puro en el despacho de Bogert.
—Esa mujer está cada
día más rara —comentó con resentimiento.
Bogert le entendió
perfectamente. En Robots y Hombres Mecánicos existía una sola «esa mujer».
—¿Todavía sigue
atareada con ese seudorobot, con ese Lenny?
—Trata de hacerle
hablar, lo juro. Bogert se encogió de hombros.
—Ese es el problema de
esta empresa. Me refiero a lo de conseguir investigadores capacitados. Si
tuviéramos otros robopsicólogos, podríamos jubilar a Susan. A propósito,
supongo que la reunión dé directores programada para mañana tiene que ver con
el problema de la contratación de personal.
Lanning asintió con la
cabeza y miró su puro, disgustado.
—Sí. Pero el problema
es la calidad, no la cantidad. Hemos subido tanto los sueldos que hay muchos
solicitantes; pero la mayoría se interesan sólo por el dinero. El truco está en
conseguir a los que se interesan por la robótica; gente como Susan Calvin.
—No, diablos, como ella
no.
—Iguales no, de
acuerdo. Pero tendrás que admitir, Peter, que es una apasionada de los robots.
No tiene otro interés en la vida.
—Lo sé. Precisamente
por eso es tan insoportable. Lanning asintió en silencio. Había perdido la
cuenta de las veces que habría deseado despedir a Susan Calvin. También había
perdido la cuenta de la cantidad de millones de dólares que ella le había
ahorrado a la empresa. Era indispensable y seguiría siéndolo hasta su muerte, o
hasta que pudieran solucionar el problema de encontrar gente del mismo calibre
y que se interesara en las investigaciones sobre robótica.
—Creo que vamos a
limitar esas visitas turísticas. Peter se encogió de hombros.
—Si tú lo dices... Pero
entre tanto, en serio, ¿qué hacemos con Susan? Es capaz de apegarse
indefinidamente a Lenny. Ya sabes cómo es cuando se encuentra con lo que
considera un problema interesante.
—¿Qué podemos hacer? Si
demostramos demasiada ansiedad por interrumpirla, insistirá en ello por puro
empecinamiento femenino. En última instancia, no podemos obligarla a hacer
nada.
El matemático sonrió.
—Yo no aplicaría el
adjetivo «femenino» a ninguna parte de ella.
—Está bien —rezongó
Lanning—. Al menos, ese robot no le hará daño a nadie.
En eso se equivocaba.
La señal de emergencia
siempre causa nerviosismo en cualquier gran instalación industrial. Esas
señales habían sonado varias veces a lo largo de la historia de Robots y
Hombres Mecánicos: incendios, inundaciones, disturbios e insurrecciones.
Pero una señal no había
sonado nunca. Nunca había sonado la señal de «robot fuera de control». Y nadie
esperaba que sonara. Estaba instalada únicamente por insistencia del Gobierno.
(«Al demonio con ese complejo de Frankenstein», mascullaba Lanning en las raras
ocasiones en que pensaba en ello.)
Pero la estridente
sirena empezó a ulular con intervalos de diez segundos, y prácticamente nadie
-desde el presidente de la junta de directores hasta el más novato ayudante de
ordenanza- reconoció de inmediato ese sonido insólito. Tras esa incertidumbre inicial,
guardias armados y médicos convergieron masivamente en la zona de peligro, y la
empresa al completo quedó paralizada.
Charles Randow, técnico
en informática, fue trasladado al sector hospitalario con el brazo roto. No
hubo más daños. Al menos, no hubo más daños físicos.
—¡Pero el daño moral
está más allá de toda estimación! —vociferó Lanning.
Susan Calvin se
enfrentó a él con calma mortal.
—No le harás nada a
Lenny. Nada. ¿Entiendes?
—¿Lo entiendes tú,
Susan? Esa cosa ha herido a un ser humano. Ha quebrantado la Primera Ley. ¿No
conoces la Primera Ley?
—No le harás nada a
Lenny.
—Por amor de Dios,
Susan, ¿a ti debo explicarte la Primera Ley? Un robot no puede dañar a un ser
humano ni, mediante la inacción, permitir que un ser humano sufra daños.
Nuestra posición depende del estricto respeto de esa Primera Ley por parte de
todos los robots de todos los tipos. Si el público se entera de que ha habido
una excepción, una sola excepción, podría obligamos a cerrar la empresa.
Nuestra única probabilidad de supervivencia sería anunciar de inmediato que ese
robot ha sido destruido, explicar las circunstancias y rezar para que el
público se convenza de que no sucederá de nuevo.
—Me gustaría averiguar
qué sucedió. Yo no estaba presente en ese momento y me gustaría averiguar qué
hacía Randow en mis laboratorios sin mi autorización.
—Pero lo más importante
es obvio. Tu robot golpeó a Randow, ese imbécil apretó el botón de «robot fuera
de control» y nos ha creado un problema. Pero tu robot lo golpeó y le causó
lesiones que incluyen un brazo roto. La verdad es que tu Lenny está tan deformado
que no respeta la Primera Ley y hay que destruirlo.
—Sí que respeta la
Primera Ley. He estudiado sus sendas cerebrales y sé que la respeta.
—Y entonces, ¿cómo ha
podido golpear a un hombre? —preguntó Lanning, con desesperado sarcasmo—.
Pregúntaselo a Lenny. Sin duda ya le habrás enseñado a hablar.
Susan Calvin se
ruborizó.
—Prefiero entrevistar a
la víctima. Y en mi ausencia, Alfred, quiero que mis dependencias estén bien
cerradas, con Lenny en el interior. No quiero que nadie se le acerque. Si sufre
algún daño mientras yo no estoy, esta empresa no volverá a saber de mí en
ninguna circunstancia.
—¿Aprobarás su
destrucción si ha violado la Primera Ley?
—Sí, porque sé que no
la ha violado.
Charles Randow estaba
tendido en la cama, con el brazo en cabestrillo. Aún estaba conmocionado por
ese momento en que creyó que un robot se le abalanzaba con la intención de
asesinarlo. Ningún ser humano había tenido nunca razones tan contundentes para
temer que un robot le causara daño. Era una experiencia singular.
Susan Calvin y Alfred
Lanning estaban junto a la cama; los acompañaba Peter Bogert, que se había
encontrado con ellos por el camino. No estaban presentes médicos ni enfermeras.
—¿Qué sucedió?
—preguntó Susan Calvin. Randow no las tenía todas consigo.
—Esa cosa me pegó en el
brazo —murmuró—. Se abalanzó sobre mí.
—Comienza desde más
atrás —dijo Calvin—. ¿Qué hacías en mi laboratorio sin mi autorización?
El joven técnico en
informática tragó saliva, moviendo visiblemente la nuez de la garganta. Tenía
pómulos altos y estaba muy pálido.
—Todos sabíamos lo de
ese robot. Se rumoreaba que trataba usted de enseñarle a hablar como si fuera
un instrumento musical. Circulaban apuestas acerca de si hablaba o no. Algunos
sostienen que usted puede enseñarle a hablar a un poste.
—Supongo que eso es un
cumplido —comentó Susan Calvin en un tono glacial—. ¿Qué tenía que ver eso
contigo?
—Yo debía entrar allí
para zanjar la cuestión, para enterarme de si hablaba, ya me entiende. Robamos
una llave de su laboratorio y esperamos a que usted se fuera. Echamos a suertes
para ver quién entraba. Perdí yo.
—¿Y qué más?
—Intenté hacerle hablar
y me pegó.
—¿Cómo intentaste
hacerle hablar?
—Le..., le hice
preguntas, pero no decía nada y tuve que sacudirlo, así que... le grité... y...
—¿Y?
Hubo una larga pausa.
Bajo la mirada imperturbable de Susan Calvin, Randow dijo al fin:
—Traté de asustarlo
para que dijera algo. Tenía que impresionarlo.
—¿Cómo intentaste
asustarlo?
—Fingí que le iba a dar
un golpe.
—¿Y te desvió el brazo?
—Me dio un golpe en el
brazo.
—Muy bien. Eso es todo.
—Calvin se volvió hacia Lanning y Bogert—. Vámonos, caballeros.
En la puerta, se giró
hacia Randow.
—Puedo resolver el
problema de las apuestas, si aún te interesa. Lenny articula muy bien algunas
palabras.
No dijeron nada hasta llegar
al despacho de Susan Calvin. Las paredes estaban revestidas de libros; algunos,
de su autoría. El despacho reflejaba su personalidad fría y ordenada. Había una
sola silla. Susan se sentó. Lanning y Bogert permanecieron de pie.
—Lenny se limitó a
defenderse. Es la Tercera Ley: un robot debe proteger su propia existencia.
—Excepto —objetó
Lanning— cuando entra en conflicto con la Primera o con la Segunda Ley.
¡Completa el enunciado! Lenny no tenía derecho a defenderse causando un daño,
por ínfimo que fuera, a un ser humano.
—No lo hizo a sabiendas
—replicó Calvin—. Lenny tiene un cerebro fallido. No tenía modo de conocer su
propia fuerza ni la debilidad de los humanos. Al apartar el brazo amenazador de
un ser humano, no podía saber que el hueso se rompería. Humanamente, no se
puede achacar culpa moral a un individuo que no sabe diferenciar entre el bien
y el mal.
Bogert intervino en
tono tranquilizador:
—Vamos, Susan, nosotros
no achacamos culpas. Nosotros comprendemos que Lenny es el equivalente de un
bebé, humanamente hablando, y no lo culpamos. Pero el público sí lo hará. Nos
cerrarán la empresa.
—Todo lo contrario. Si
tuvieras el cerebro de una pulga, Peter, verías que ésta es la oportunidad que
la compañía esperaba. Esto resolverá sus problemas.
Lanning frunció sus
cejas blancas.
—¿Qué problemas, Susan?
—¿Acaso la empresa no
desea mantener a nuestro personal de investigación en lo que considera, Dios
nos guarde, su avanzado nivel actual?
—Por supuesto.
—Bien, y ¿qué ofreces a
tus futuros investigadores? ¿Diversión? ¿Novedad? ¿La emoción de explorar lo
desconocido? No. Les ofreces sueldos y la garantía de que no habrá problemas.
—¿Qué quieres decir? —
se interesó Bogert.
—¿Hay problemas?
—prosiguió Susan Calvin—. ¿Qué clase de robots producimos? Robots plenamente
desarrollados, aptos para sus tareas. Una industria nos explica qué necesita;
un ordenador diseña el cerebro; las máquinas dan forma al robot; y ya está,
listo y terminado. Peter, hace un tiempo me preguntaste cuál era la utilidad de
Lenny. Preguntas que de qué sirve un robot que no está diseñado para ninguna
tarea. Ahora te pregunto yo que ¿de qué sirve un robot diseñado para una sola
tarea? Comienza y termina en el mismo lugar. Los modelos LNE extraen boro; si
se necesita berilio, son inútiles; si la tecnología del boro entra en una nueva
fase, se vuelven obsoletos. Un ser humano diseñado de ese modo sería un
subhumano. Un robot diseñado de ese modo es un subrobot.
—¿Quieres un robot
versátil? —preguntó incrédulamente Lanning.
—¿Por qué no? ¿Por qué
no? He estado trabajando con un robot cuyo cerebro estaba casi totalmente
idiotizado. Le estaba enseñando y tú, Alfred, me preguntaste que para qué
servía. Para muy poco, tal vez, en b concerniente a Lenny, pues nunca superará
el nivel de un niño humano de cinco años. ¿Pero cuál es la utilidad general?
Enorme, si abordas el asunto como un estudio del problema abstracto de aprender
a enseñar a los robots. Yo he aprendido modos de poner ciertas sendas en
cortocircuito para crear sendas nuevas. Los nuevos estudios ofrecerán técnicas
mejores, más sutiles y más eficientes para hacer lo mismo.
—¿Y bien?
—Supongamos que tomas
un cerebro positrónico donde estuvieran trazadas las sendas básicas, pero no
las secundarias. Supongamos que luego creas las secundarias. Podrías vender
robots básicos diseñados para ser instruidos, robots capaces de adaptarse a diversas
tareas. Los robots serían tan versátiles como los seres humanos. ¡Los robots
podrían aprender! —La miraron de hito en hito. La robopsicóloga se impacientó—:
Aún no lo entendéis, ¿verdad?
—Entiendo lo que dices
—dijo Lanning.
—¿No entendéis que ante
un campo de investigación totalmente nuevo, unas técnicas totalmente nuevas a
desarrollar, un área totalmente nueva y desconocida para explorar, los jóvenes
sentirán mayor entusiasmo por la robótica? Intentadlo y ya veréis.
—¿Puedo señalar que
esto es peligroso?—intervino Bogert—. Comenzar con robots ignorantes como Lenny
significará que nunca podremos confiar en la Primera Ley, tal como ha ocurrido
en el caso de Lenny.
—Exacto. Haz público
ese dato.
—¿Hacerlo público?
—Desde luego. Haz
conocer el peligro. Explica que instalarás un nuevo Instituto de
investigaciones en la Luna, si la población terrícola prefiere que estos
trabajos no se realicen en la Tierra, pero haz hincapié en el peligro que
correrían los posibles candidatos.
—¿Por qué, por amor de
Dios? —quiso saber Lanning.
—Porque el conocimiento
del peligro le añadirá un nuevo atractivo al asunto. ¿Crees que la tecnología
nuclear no implica peligro, que la espacionáutica no entraña riesgos? ¿Tu
oferta de absoluta seguridad te ha servido de algo? ¿Te ha ayudado a enfrentarte
a ese complejo de Frankenstein que tanto desprecias? Pues prueba otra cosa,
algo que haya funcionado en otras áreas.
Sonó un ruido al otro
lado de la puerta que conducía a los laboratorios personales de Calvin. Era el
sonido de campanas de la voz de Lenny. La robopsicóloga guardó silencio y
escuchó:
—Excusadme —dijo—. Creo
que Lenny me llama.
—¿Puede llamarte? —se
sorprendió Lanning.
—Ya os he dicho que
logré enseñarle algunas palabras. —Se dirigió hacia la puerta, con cierto
nerviosismo—. Si queréis esperarme...
Los dos hombres la
miraron mientras salía y se quedaron callados durante un rato.
—¿Crees que tiene
razón, Peter? —preguntó finalmente Lanning.
—Es posible, Alfred, es
posible. La suficiente como para que planteemos el asunto en la reunión de
directores y veamos qué opinan. A fin de cuentas, la cosa ya no tiene remedio.
Un robot ha dañado a un ser humano y es de público conocimiento. Como dice Susan,
podríamos tratar de volcar el asunto a nuestro favor. Pero desconfío de los
motivos de ella.
—¿En qué sentido?
—Aunque haya dicho la
verdad, en su caso es una mera racionalización. Su motivación es su deseo de no
abandonar a ese robot. Si insistiéramos, pretextaría que desea continuar
aprendiendo técnicas para enseñar a los robots; pero creo que ha hallado otra utilidad
para Lenny, una utilidad tan singular que no congeniaría con otra mujer que no
fuera ella.
—No te entiendo.
—¿No oíste cómo la
llamó el robot?
—Pues no... —murmuró
Lanning, y entonces la puerta se abrió de golpe y ambos se callaron.
Susan Calvin entró y
miró a su alrededor con incertidumbre.
—¿Habéis visto...?
Estoy segura de que estaba por aquí... Oh, ahí está.
Corrió hacia el extremo
de un anaquel y cogió un objeto hueco y de malla metálica, con forma de pesa de
gimnasia. La malla metálica contenía piezas de metal de diversas formas.
Las piezas de metal se
entrechocaron con un grato campanilleo. Lanning pensó que el objeto parecía una
versión robótica de un sonajero para bebés.
Cuando Susan Calvin
abrió la puerta para salir, Lenny la llamó de nuevo. Esa vez, Lanning oyó
claramente las palabras que Susan Calvin le había enseñado. Con melodiosa voz
de celesta, repetía:
—Mami, te quiero. Mami,
te quiero.
Y se oyeron los pasos
de Susan Calvin apresurándose por el laboratorio para ir a atender a la única
clase de niño que ella podía tener y amar.
Esclavo en galeras
«Robots Estados Unidos»
y «Compañía de Hombres Mecánicos», como demandados en el pleito, tuvieron la
suficiente influencia para forzar un juicio a puerta cerrada y sin jurado.
Tampoco la Universidad
del Nordeste intentó impedirlo con demasiada intensidad. Los fideicomisarios
sabían perfectamente bien cómo reaccionaría la gente ante cualquier asunto que
implicase una mala conducta por parte de un robot, pese a lo rara que esa conducta
pudiese ser. También tenían una noción claramente visualizada de cómo un
alboroto antirrobots podía convertirse, sin la menor advertencia, en una
algarada contra la ciencia.
El Gobierno,
representado en este caso por el magistrado Harlow Shane, se mostraba
igualmente ansioso de que aquel lío terminara lo más discretamente posible.
Tanto «E.U. Robots» como el mundo académico eran mala gente para ponerse en
contra de ellos.
El magistrado Shane
dijo:
—Caballeros, puesto que
ni la Prensa ni el público ni el jurado están presentes, evitemos al máximo los
formulismos y vayamos en seguida a los hechos.
Sonrió envaradamente al
decir esto, tal vez sin grandes esperanzas de que su requerimiento llegara a
ser efectivo, y se ajustó bien la toga para poderse sentar con comodidad. Su
rostro era placenteramente rubicundo con una barbilla redondeada y suave, una
nariz ancha y unos ojos claros y bastante separados. En conjunto, no resultaba
una cara con mucha majestuosidad judicial, y el juez lo sabía.
Barnabas H. Goodfellow
[7], profesor de Física en la Universidad del Nordeste, fue el primero en
prestar juramento, realizando la usual promesa solemne con una expresión que no
se avenía muy bien con su apellido.
Después de las usuales
preguntas de apertura de gambito, el fiscal se metió profundamente las manos en
los bolsillos y dijo:
—¿Cuándo fue eso,
profesor, cuándo el asunto del posible empleo del Robot EZ—27 fue llevado a su
atención y cómo?
El pequeño y anguloso
rostro del profesor Goodfellow se cristalizó en una expresión de incomodidad,
escasamente más benevolente que aquella otra a la que había remplazado.
Dijo:
—He mantenido contacto
profesional y algunas relaciones sociales con el doctor Alfred Lanning,
director de investigaciones de «E.U. Robots». Me mostré dispuesto a escuchar
con cierta tolerancia cuando recibí una sugerencia mas bien extraña por su
parte, el tres de marzo del año pasado...
—¿De 2033?
—Eso es.
—Perdone mi
interrupción. Haga el favor de continuar.
El profesor asintió
heladamente, frunció el ceño para fijar los hechos en su mente y comenzó a
hablar.
El profesor Goodfellow
se quedó mirando al robot con cierta aprensión. Había sido transportado a la
sala de suministros del sótano en un embalaje, de acuerdo con las
reglamentaciones gubernamentales para el envío de robots de un lugar a otro de
la superficie de la Tierra.
Sabía lo que estaba en
marcha; no se trataba de que no se encontrase preparado. Desde el momento de la
primera llamada telefónica por parte del doctor Lanning, se había sentido
captado por la persuasión del otro y ahora, como un resultado del todo inevitable,
se encontraba cara a cara con un robot.
Parecía grande fuera de
lo común y estaba allí de pie a una distancia al alcance de la mano.
Alfred Lanning lanzó
por su parte una dura mirada al robot, como para asegurarse de que no había
sufrido ningún daño durante el traslado. Luego volvió sus feroces cejas y su
melena de blanco cabello en dirección del profesor.
—Éste es Robot EZ-27,
el primero de su modelo en estar disponible para uso público.
Se volvió hacia el
robot.
—Éste es el profesor
Goodfellow, Easy.
Easy habló de manera
impasible, pero de una forma tan repentina que el profesor se sobresaltó.
—Buenas tardes,
profesor.
Easy media más de dos
metros de altura y tenía las proporciones generales de un hombre, lo cual
siempre constituía la primera motivación para la venta en «E.U. Robots». Eso, y
la posesión de las patentes básicas del cerebro positrónico, les concedía un auténtico
monopolio sobre los robots y un cuasi-monopolio también en lo que se refería a
los ordenadores en general.
Los dos hombres que
desembalaron al robot ya se habían ido y el profesor paseó la mirada desde
Lanning al robot y luego otra vez a Lanning.
—Estoy seguro de que
inofensivo.
Pero no parecía
traslucir tanta seguridad.
—Más inofensivo que yo
mismo —añadió Lanning—. Yo me puedo ver impulsado a golpearle. Pero Easy no.
Supongo que conoce las Tres Leyes de la Robotica.
—Sí, naturalmente.
—Se hallan incorporadas
a los patrones positrónicos del cerebro y deben ser observadas. La Primera Ley,
la primera regla de la existencia robotica, protege la vida y el bienestar de
todos los seres humanos.
Hizo una pausa, se
frotó la mejilla y añadió:
—Se trata de algo de lo
que nos agradaría mucho poder persuadir a la Tierra, si está en nuestra mano.
—Sólo se trata de su
formidable aspecto.
—Naturalmente. Pero sea
el que sea su aspecto, tendrá que convenir en que es útil.
—No estoy seguro de en
qué manera lo sea. Nuestras conversaciones no han sido demasiado provechosas en
este aspecto. De todos modos, me mostré de acuerdo en mirar el objeto y eso es
lo que estoy haciendo.
—Vamos a hacer algo más
que mirar, profesor. ¿Ha traído un libro?
—En efecto.
—¿Puedo verlo?
El profesor Goodfellow
alargó la mano sin llegar a apartar los ojos de aquella forma metálica con
aspecto humano que tenía delante de él. Del maletín que se hallaba a sus pies
retiró un libro.
Lanning alargó la mano
hacia él y leyó su lomo:
—«Química física de los
electrolitos en solución». Muy bien, señor. Lo ha elegido usted mismo y al
azar. Este texto en particular no ha sido en absoluto una sugerencia mía, ¿no
es verdad?
—Sí.
Lanning le pasó el
libro al Robot EZ-27.
El profesor dio un
pequeño salto.
—¡No! ¡Se trata de un
libro muy valioso!
Lanning alzó las cejas
y éstas adoptaron el aspecto de un peludo escarchado de coco.
Dijo:
—Easy no tiene la menor
intención de romper el libro en dos para realizar una exhibición de su fuerza,
se lo aseguro. Puede manejar un libro con tanto cuidado como usted o como yo.
Adelante, Easy.
—Gracias, señor
—replicó Easy.
Luego, volviendo
ligeramente su masa metálica, añadió:
—Con su permiso,
profesor Goodfellow.
El profesor se lo quedó
mirando.
Luego dijo:
—Sí, sí... De acuerdo.
Con una lenta y firme
manipulación de los dedos metálicos, Easy volvió las páginas del libro, mirando
la página izquierda y luego la derecha; volviendo la página, lanzando una
ojeada a la izquierda y después a la derecha; volviendo la página y realizando
la misma maniobra durante minutos y minutos.
La sensación de su
potencia pareció convertir en un enano incluso aquella sala de paredes de
cemento en la que se encontraban y reducir a los observadores humanos a algo
considerable menor en aspecto a su tamaño real.
Goodfellow musitó:
—La luz no es muy
buena.
—Lo conseguirá.
Luego, más bien de
forma brusca:
—¿Pero, qué está
haciendo?
—Paciencia, señor.
En su momento, se
volvió la última página.
Lanning preguntó:
—¿Y bien, Easy?
El robot dijo:
—Es un libro bastante
esmerado y existen pocas cosas que pueda señalar. En la línea 22 de la página
27, la palabra «positivo» tiene una errata y dice «poistivo». La coma de la
línea 6 de la página 32 es superflua, mientras que se debería haber puesto una
en la línea 13 de la página 54. El signo más en la ecuación XIV-2 de la página
337 debería ser un signo menos, para adecuarse de forma congruente con las
ecuaciones anteriores...
—¡Espera! ¡Espera!
—gritó el profesor—. ¿Qué está haciendo?
—¿Haciendo? —le hizo
eco Lanning, presa de una súbita irascibilidad—. ¡Nada de eso, hombre, ya lo ha
hecho! ¡Ha hecho las veces de corrector tipográfico y técnico de ese libro!
—¿Que ha hecho de
lector de pruebas?
—Sí. En el breve tiempo
que le ha tomado volver todas esas páginas, ha captado cualquier tipo de errata
tipográfica, gramatical o de puntuación. Ha observado los errores en el orden
de los vocablos y detectado las posibles incongruencias. Y también conservará
la información, palabra por palabra, de manera indefinida.
Al profesor se le había
quedado la boca abierta. Se alejó con la mayor rapidez de Lanning y de Easy.
Dobló los brazos encima del pecho y se los quedó mirando.
Finalmente dijo:
—¿Se refiere a que este
robot es un corrector de galeradas?
Lanning asintió.
—Entre otras cosas.
—¿Pero por qué me lo
enseña?
—Para que me ayude a
persuadir a la Universidad para que lo compre y lo emplee.
—¿Como corrector?
—Entre otras cosas
—repitió con paciencia Lanning.
El profesor arrugó su
alargado rostro en una especie de ácida incredulidad.
—¡Pero esto es
ridículo!
—¿Por qué?
—La Universidad nunca
podrá permitirse el comprar esta medio tonelada, si ése es por lo menos su
peso, esta medio tonelada como corrector de galeradas de imprenta.
—El corregir pruebas no
es todo lo que puede hacer. También prepara informes de unos antecedentes
suministrados, rellena formularios, sirve como un exacto registro de datos, de
expedientes académicos.
—¡Naderías!
Lanning dijo:
—En absoluto, como le
demostraré dentro de un instante. Pero creo que podríamos discutir esto con
mayor comodidad en su despacho, si no tiene nada que objetar.
—No, naturalmente que
no —comenzó el profesor mecánicamente y dio medio paso como si se fuese a darse
la vuelta.
Luego prosiguió:
—Pero ese robot... No
podemos quedarnos con el robot. De veras, doctor, deberá hacer que lo embalen
de nuevo.
—Hay tiempo de sobras.
Podemos dejar a Easy aquí.
—¿Sin que nadie lo
vigile?
—¿Y por qué no? Sabe
que está aquí para quedarse. Profesor Goodfellow, es necesario que entienda que
un robot es mucho más de fiar que un ser humano.
—Yo sería el
responsable de cualquier daño que...
—No habrá ninguna clase
de daños. Se lo garantizo. Mire, ya no son horas de trabajo. Me imagino que
espera que no haya nadie por aquí hasta mañana por la mañana. El camión y mis
hombres están afuera. «U.S. Robots» asumirá cualquier responsabilidad que pueda
presentarse. Pero no habrá ninguna. Si lo desea, llámelo una demostración de lo
fiable que es el robot.
El profesor se permitió
dejar que lo sacasen del almacén. Pero tampoco se encontró muy cómodo en su
despacho, situado cinco pisos más arriba.
Se enjugó con un
pañuelo blanco la hilera de gotitas que perlaban la mitad inferior de su
frente.
—Como sabe muy bien,
doctor Lanning, existen leyes contra el empleo de robots en la superficie de la
Tierra —apuntó en primer lugar.
—Las leyes, profesor
Goodfellow, no son algo sencillo. Los robots no pueden usarse en las obras
públicas o en el interior de estructuras privadas, excepto bajo ciertas
limitaciones que, por lo general, convierten las cosas en algo prohibitivo. Sin
embargo, la Universidad es una gran institución de propiedad privada que, por
lo común, recibe un tratamiento preferente. Si el robot se emplea sólo en una
sala específica y sólo para fines académicos, si se observan otras
reglamentaciones y si los hombres y mujeres que, de forma ocasional, penetren
en la estancia cooperan de manera total, podríamos permanecer dentro de la ley.
—¿Pero, tantos
problemas sólo para hacer de corrector de galeradas?
—Las utilizaciones
podrían ser infinitas, profesor. Hasta ahora, el trabajo de los robots sólo se
ha empleado para aliviar los trabajos pesados. ¿Pero no existe algo parecido en
lo que se refiere a los trabajos duros mentales? Cuando un profesor, que es capaz
de los mayores pensamientos creativos, se ve forzado a pasar penosamente dos
semanas comprobando las erratas de unas pruebas de imprenta, y yo le ofrezco
una máquina que efectúa lo mismo en sólo treinta minutos, ¿podemos llamar a eso
una cosa baladí?
—Pero el precio...
—No necesita
preocuparse por el precio. Usted no puede comprar el EZ-27. «E.U. Robots» no
vende sus productos. Pero la Universidad puede alquilar el EZ-27 por mil
dólares al año, algo considerablemente más barato que una grabación continua de
un solo espectrógrafo de microondas.
Goodfellow parecía
asombrado. Leanning se aprovechó de su ventaja y añadió:
—Sólo le pido que
presente el caso a cualquier grupo que sea el que tome aquí las decisiones. Me
agradaría mucho poder hablarles en el caso de que deseen mayor información.
—Está bien —replicó
Goodfellow con tono dubitativo—. Lo presentaré ante la reunión del Consejo de
la semana próxima. De todos modos, no le puedo prometer aún nada definitivo al
respecto.
—Naturalmente —contestó
Lanning.
El fiscal de la
acusación era bajo, rechoncho y se mantenía en pie más bien de forma
portentosa, una postura que tenía el efecto de acentuar su doble papada. Se
quedó mirando al profesor Goodfellow, una vez que hubo prestado testimonio, y
dijo:
—Se mostró de acuerdo
demasiado aprisa, ¿no es verdad?
El profesor respondió
con gran brío:
—Supongo que estaba
ansioso por desembarazarse del doctor Lanning. Me hubiera mostrado de acuerdo
con cualquier cosa.
—¿Con intención de
olvidarse de todo una vez se hubiera marchado?
—Bueno...
—Sin embargo, usted
presentó el asunto ante una reunión de la junta ejecutiva del senado de la
universidad.
—Sí, lo hice.
—Por lo tanto, convino
de buena fe a las sugerencias del doctor Lanning. No quiso seguir adelante sólo
en plan fingido. En realidad se mostró entusiasmado al respecto, ¿no es verdad?
—Me limité a seguir los
procedimientos ordinarios.
—En realidad, no se
hallaba tan alterado ante el robot como ahora está alegando que sucedió. Usted
conoce las Tres Leyes de la Robótica, y también era sabedor de ellas en el
momento en que se entrevistó con el doctor Lanning.
—Sí...
—¿Y estaba dispuesto a
dejar por completo desatendido a un robot muy grande?
—El doctor Lanning me
aseguró que...
—Y, naturalmente, jamás
hubiese aceptado sus seguridades si hubiese tenido la menor duda respecto de
que el robot pudiese ser peligroso en lo más mínimo.
El profesor comenzó a
decir con gran frialdad:
—Presté toda mi
confianza a la palabra de...
—Eso es todo —le cortó
bruscamente el fiscal.
Mientras el profesor
Goodfellow, un tanto agitado, aún seguía allí de pie, el magistrado Shane se
inclinó hacia delante y dijo:
—Puesto que yo no soy
un hombre ducho en robótica, me gustaría saber exactamente qué son esas Tres
Leyes de la Robótica. ¿Le importaría al doctor Lanning citarlas en beneficio
del tribunal?
El doctor Lanning
pareció desconcertado. Virtualmente había estado con la cabeza juntada con la
mujer de cabellos grises que se encontraba a su lado. Se puso ahora en pie y la
mujer levantó también la mirada de manera inexpresiva.
El doctor Lanning dijo:
—Muy bien, Su Señoría.
Hizo una pausa como si
estuviese a punto de lanzarse a pronunciar un gran discurso, y prosiguió con
una rabiosa claridad.
—Primera Ley: un robot
no puede dañar a un ser humano, o, por inacción, permitir que un ser humano
llegue a ser lastimado. Segunda Ley: un robot debe obedecer las órdenes dadas
por un ser humano, excepto cuando tales órdenes entren en conflicto con la Primera
Ley. Tercera Ley: un robot debe proteger su propia existencia mientras dicha
protección no entre en conflicto con la Primera o Segunda Ley.
—Comprendo —replicó el
juez, tomando notas con rapidez—. Estas Leyes están incorporadas a cada robot,
¿no es verdad?
—En todos ellos. Es
algo que realiza rutinariamente cualquier robotista.
—¿Y específicamente al
Robot EZ-27?
—Sí, Su Señoría.
—Probablemente se le
requerirá para que repita esas declaraciones bajo juramento.
—Estoy dispuesto a hacerlo,
Su Señoría.
Y se sentó de nuevo.
La doctora Susan
Calvin, robopsicóloga en jefe de «E.U. Robots», que era la mujer de cabellos
grises que se sentaba al lado de Lanning, miró a su titular superior sin
ninguna condescendencia, pero tampoco se mostraba condescendiente con ningún
ser humano.
Dijo:
—¿Ha sido exacto el
testimonio de Goodfellow, Alfred?
—En lo esencial, sí
—musitó Lanning—. No estaba tan nervioso como dice acerca del robot, y más bien
lo suficientemente ansioso para hablar de asuntos de negocios conmigo cuando se
enteró del precio. Pero no parece existir ninguna drástica distorsión.
La doctora Calvin dijo
pensativamente:
—Hubiera sido más
prudente poner un precio por encima de los mil dólares.
—Estábamos muy ansiosos
de colocar a Easy.
—Lo sé. Tal vez
demasiado ansiosos. Podrían tratar de hacer parecer como si tuviésemos algún
motivo ulterior.
Lanning parecía
exasperado.
—Lo hicimos. Admití eso
en la reunión del Consejo de la Universidad.
—Pueden intentar que
parezca como si tuviésemos otro objetivo, además del que hemos admitido.
Scott Robertson, hijo
del fundador de «E.U. Robots» y aún propietario de la mayor parte de las
acciones, se inclinó desde el otro lado de la doctora Calvin y dijo, en una
especie de explosivo susurro:
—¿Por qué no hace
hablar a Easy para que sepamos dónde estamos realmente?
—Ya sabe que él no
puede hablar acerca de eso, señor Robertson.
—Consígalo. Usted es la
psicóloga, doctora Calvin. Haga que hable.
—Si la psicóloga soy
yo, señor Robertson —replicó fríamente Susan Calvin—, permítame adoptar las
decisiones. Mi robot no hará cualquier cosa al precio de su bienestar.
Robertson frunció el
ceño e iba a contestar, pero el magistrado Shane estaba dando golpes con su
maza de una forma más bien educada y, a regañadientes, se quedaron silenciosos.
Francis J. Hart, jefe
del Departamento de inglés y decano de los Estudios para graduados, se hallaba
en aquel momento en el estrado. Era un hombre regordete, trajeado
meticulosamente con prendas oscuras de un corte conservador y poseedor de
varios mechones de cabello que cruzaban la rosada parte superior de su cráneo.
Se hallaba muy
retrepado hacia atrás en la silla del estrado de los testigos, con las manos
muy bien dobladas encima del regazo y exhibiendo, de vez en cuando, una sonrisa
con los labios muy apretados.
Dijo:
—Mi primera conexión
con el asunto del Robot EZ-27 fue con motivo de la sesión del Consejo Ejecutivo
de la Universidad, en la cual se presentó este tema por parte del profesor
Goodfellow. Posteriormente, el diez de abril del año pasado, tuvimos una sesión
especial acerca de este asunto, en la cual yo ocupé la presidencia.
—¿Se han conservado las
actas de la reunión del Comité Ejecutivo? Es decir, de esa reunión especial...
—Pues no. Constituyó
más bien una reunión extraordinaria.
El decano sonrió
fugazmente.
—Creímos que debía
permanecer con carácter confidencial.
—¿Y qué ocurrió en esa
reunión?
El decano Hart no se
encontraba muy a gusto presidiendo aquella reunión. Ni tampoco los demás
miembros congregados estaban por completo calmados. Sólo el doctor Lanning
parecía hallarse en paz consigo mismo. Su alta y demacrada figura y la melena
de cabello blanco que la coronaba, le hacían recordar a Hart los retratos que
había visto de Andrew Jackson.
Los ejemplos de las
tareas del robot se hallaban esparcidos por las regiones centrales de la mesa,
y la reproducción de un gráfico trazado por el robot se encontraba ahora en
manos del profesor Minott de Química física. Los labios del químico estaban retorcidos
en una obvia aprobación.
Hart se aclaró la
garganta y dijo:
—No existe la menor
duda de que el robot puede llevar a cabo algunas tareas rutinarias dentro de
una adecuada competencia. He estado inspeccionando esto, por ejemplo, poco
antes de entrar aquí, y se pueden encontrar muy pocos fallos.
Cogió una larga hoja de
impresora, unas tres veces más larga que la página media de un libro. Se
trataba de una hoja de pruebas de galeradas, previstas para que las corrigieran
los autores antes de que los caracteres se compaginasen. A lo largo de los anchos
márgenes de la galerada se encontraban todos los signos de corrección, muy
claros y en extremo legibles. De vez en cuando, una voz impresa aparecía
tachada y una palabra nueva la sustituía en el margen, con unos caracteres tan
finos y regulares que podía haber estado también impresa como las demás.
Algunas de las correcciones se habían escrito en color azul para indicar que el
error original cabía achacarlo al autor, otras aparecían en color rojo, donde
el error había sido cometido en la imprenta.
—En realidad —siguió
Lanning—, lo que puede aducirse como errores es escasísimo. Incluso diré que no
es posible encontrar ningún tipo de error, doctor Hart. Estoy seguro de que las
correcciones son perfectas, en la medida en cómo se entregó el manuscrito
original. Si el manuscrito cotejado con las galeradas corregidas tenía alguna
falta que, en realidad, no correspondiera al idioma inglés, en este caso el
robot no es competente para corregir el posible error.
—Aceptamos eso. Sin
embargo, el robot ha corregido en ocasiones el orden de las palabras, y no creo
que las reglas del idioma inglés sean lo suficientemente estrechas para
nosotros como para estar seguros de que, en cada caso, la elección del robot
haya sido la correcta.
—El cerebro positrónico
de Easy —contestó Lanning, mostrando unos dientes largos al sonreír— se ha
modelado de acuerdo con los contenidos de todas las obras básicas acerca de
este tema. Estoy seguro de que no puede señalar un caso en que la elección del robot
haya sido incorrecta de forma clarísima.
El profesor Minott alzó
la mirada del gráfico que aún sostenía en la mano.
—Lo que a mí me
preocupa, doctor Lanning, es que no necesitamos en absoluto un robot, dadas
todas las dificultades en relaciones públicas que debemos afrontar. La ciencia
de la automación ha alcanzado seguramente un punto en el que su empresa sea
capaz de diseñar una máquina, un ordenador de tipo corriente, conocido y
aceptado por el público, con la competencia suficiente para la corrección de
galeradas.
—Estoy seguro de que
podríamos hacerlo —replicó envaradamente Lanning—, pero una máquina así
requeriría que las galeradas se tradujeran a unos símbolos especiales o, por lo
menos, hubiera que transcribirlas a unas cintas. Cualquier corrección posible
también aparecería en forma de símbolos. Necesitaría tener a unos hombres
dedicados a traducir las palabras a símbolos y los símbolos a palabras. Además,
un ordenador de esta clase no podría ejecutar ninguna tarea diferente. No
podría trazar la gráfica que ahora, por ejemplo, tiene en la mano...
Minott emitió un
gruñido.
Lanning prosiguió:
—El sello
característico de un robot positrónico radica en su flexibilidad. Puede
realizar un gran número de tareas. Está diseñado igual que un hombre, por lo
que puede utilizar herramientas y máquinas que, a fin de cuentas, se han
diseñado para que las utilicen los hombres. Puede hablar con usted y usted
puede hablar con él. Y hasta cierto punto incluso es posible razonar con el
robot. Comparado con el robot más sencillo, un ordenador corriente, con un
cerebro no positrónico, es sólo una pesada máquina de calcular.
Goodfellow alzó la
mirada y dijo:
—Si podemos hablar y
razonar con el robot, ¿cuáles son nuestras posibilidades de llegar a
confundirlo? Supongo que carece de capacidad para absorber una cantidad
infinita de datos.
—No, no puede. Pero
durará unos cinco años dentro de un empleo ordinario. Ya es sabido que cuando
necesite que lo despejen, la empresa realiza esa tarea sin presentar ningún
tipo de cargo.
—¿La compañía hará eso?
—Sí. La empresa se
reserva el derecho del servicio técnico al robot cuando sobrepase el curso
ordinario de sus tareas. Ésta es la razón de que conservemos el control sobre
nuestros robots positrónicos y los alquilemos en vez de venderlos. En el
desarrollo de sus funciones ordinarias, cualquier robot puede ser dirigido por
cualquier hombre. Más allá de sus tareas específicas, un robot necesita que lo
maneje un experto, y somos nosotros los que podemos prestar esos servicios. Por
ejemplo, cualquiera de ustedes puede ajustar un robot EZ en cierta extensión,
sólo con decirle que debe borrar esto o aquello. Pero deberían emitir esta
orden de cierta manera para que no olvide demasiado o demasiado poco. Y
nosotros detectamos esos fallos, puesto que hemos insertado algunos tipos de
seguros. Sin embargo, dado que no hay necesidad de borrar todas las cosas de un
robot que se refieran a su trabajo ordinario, o para hacer otras inútiles, todo
ello no representa ningún problema.
El decano Hart se tocó
la cabeza como para asegurarse de que sus cuidadosamente atendidos mechones se
encontraban bien distribuidos al azar.
Luego dijo:
—Usted desea que nos
quedemos con la máquina. Pero, probablemente, esto constituya una mala
proposición por parte de «E.U. Robots». Mil dólares al año de alquiler es un
precio ridículamente bajo. ¿Tienen tal vez la esperanza de alquilar otras
máquinas semejantes a otras Universidades a un precio más razonable?
—Ciertamente existe una
esperanza de ese tipo —replicó Lanning.
—Pero, incluso así, el
número de máquinas que puedan alquilar sería limitado. Dudo que de esta forma
hagan un buen negocio.
Lanning apoyó los codos
sobre la mesa y se inclinó nerviosamente hacia delante.
—Caballeros, permítanme
explicarles las cosas con claridad. Los robots no se pueden emplear en la
Tierra, excepto en algunos casos especiales, dado que existe un fuerte
prejuicio contra ellos por parte de la gente. «E.U. Robots» es una empresa de
gran éxito sólo con nuestros mercados extraterrestres y de los vuelos
espaciales, por no decir nada en lo que se refiere a nuestras filiales de
ordenadores. Sin embargo, nos preocupan otras cosas además de únicamente los
beneficios. Nuestra empresa cree que el empleo de robots en la propia Tierra
significaría, llegado el momento, una vida mucho mejor para todos, aunque, al
principio, se produjeran algunas perturbaciones de tipo económico.
»Como es natural, los
sindicatos están en contra de nosotros, pero seguramente podemos esperar
cooperación de las grandes Universidades. El robot, Easy, les facilitará el
trabajo en el papeleo académico, siempre y cuando, como es natural, le permitan
hacerse cargo del papel de corrector de galeradas. Otras Universidades e
instituciones de investigación les imitaran en esto, y si la cosa funciona, tal
vez otros robots de otros tipos lleguen a colocarse y las objeciones públicas
irán desapareciendo poco a poco.
Minott murmuró:
—Hoy, la Universidad
del Nordeste; mañana, el mundo.
Furioso, Lanning musitó
a Susan Calvin:
—Yo no fui tan
elocuente y ellos tampoco se mostraron tan reluctantes. Por mil dólares al año
de alquiler se mostraron ansiosos por quedarse con Easy. El profesor Minott me
dijo que jamás había visto un trabajo tan magnífico, y que ni en la gráfica que
tenía en la mano, ni en las galeradas, ni en ninguna parte, aparecía el menor
error. Hart lo admitió también con entera libertad.
Las severas arrugas
verticales en el rostro de la doctora Calvin no se suavizaron.
—Debías haberles pedido
más dinero del que podían pagar, y dejar luego que te lo regatearan.
—Tal vez —gruñó.
El fiscal aún no había
acabado con el profesor Hart.
—Después de que se
fuera el doctor Lanning, ¿votaron acerca de quedarse con el Robot EZ-27?
—Sí, así lo hicimos.
—¿Y cuál fue el
resultado?
—La mayoría de los
votos se decantaron por la aceptación.
—¿Y lo que dijo usted
influyó en la votación?
La defensa objetó al
instante la pregunta.
El fiscal la planteó de
otra manera:
—¿Qué es lo que le
influyó, personalmente, en su voto individual? Porque supongo que usted votaría
a favor.
—Voté a favor, sí. Y lo
hice, sobre todo, porque había quedado impresionado por la convicción del
doctor Lanning respecto de que era nuestro deber, como miembros de la clase
dirigente intelectual, permitir que la Robótica ayudase al Hombre en la
solución de sus problemas.
—En otras palabras, el
doctor Lanning le convenció.
—Ése es su trabajo. Y
lo hizo muy bien.
—Su testigo...
El defensor se acercó a
la silla del testigo y miró atentamente durante unos largos momentos al
profesor Hart. Dijo:
—En realidad, se
encontraba más bien ansioso por tener a su servicio al Robot EZ-27, ¿no es
cierto?
—Creíamos que si era
capaz de realizar el trabajo, en ese caso podía ser muy útil.
—¿Si podía hacer el
trabajo? Me ha parecido comprender que usted examinó las muestras del trabajo
original del Robot EZ-27 con gran cuidado, aquel día de la reunión, tal y como
nos acaba de describir.
—Sí, lo hice. Dado que
el trabajo de la máquina tenía que ver, ante todo, con el manejo del idioma
inglés, y puesto que es mi campo de competencia, parecía lógico que fuese yo el
elegido para examinar el trabajo.
—Estupendo. ¿Había algo
de lo exhibido en la mesa, en el momento de la reunión, que fuese menos que
satisfactorio? Yo tengo, como prueba, reunido aquí todo ese material. ¿Puede
indicar algún objeto que no sea satisfactorio?
—Pues...
—Es una pregunta
sencilla. ¿Había alguna cosa individual que fuese insatisfactoria? Usted lo
inspeccionó. ¿Había algo?
El profesor de inglés
frunció el ceño.
—No lo había.
—También tengo algunas
muestras de los trabajos realizados por el Robot EZ-27 en el transcurso de sus
catorce meses como empleado en la Nordeste. ¿Podría examinarlos y decirme si
existe algo erróneo en ellos, aunque sea sólo en uno?
Hart contraatacó:
—Incluso cuando cometía
un error era una auténtica maravilla.
—¡Conteste a mi
pregunta —casi vociferó el abogado defensor— y sólo a la pregunta que le estoy
haciendo! ¿Hay algo que esté mal en todas esas cosas?
El decano Hart miró con
cautela cada uno de los artículos.
—En realidad, nada...
—Dejando aparte el
asunto del que hemos estado tratando, ¿sabe de algún error cometido por parte
del EZ-27?
—Pues dejando de lado
el asunto que ha dado lugar a este juicio, no.
El defensor se aclaró
la garganta, como para señalar el final de un párrafo.
Dijo:
—Tratemos ahora acerca
del voto referente a si debía o no emplearse el Robot EZ-27. Usted ha
manifestado que una mayoría se mostró a favor. ¿Cuál fue el resultado exacto de
la votación?
—Creo recordar que
trece a uno.
—¡Trece a uno! Eso es
algo más que una mayoría, ¿no le parece?
—¡No, señor!
Todo lo que el decano
Hart tenía de pedante pareció excitarse:
—En el idioma inglés,
la palabra «mayoría» significa «más de la mitad». Trece a uno es una mayoría, y
nada más.
—Pero se trata de una
mayoría casi unánime.
—¡Pero no deja de ser
una mayoría!
El defensor no quiso
perder su terreno.
—¿Y de quién fue el
único voto en contra?
El decano Hart pareció
encontrarse de lo más incómodo.
—El profesor Simon
Ninheimer.
El defensor fingió asombro.
—¿El profesor
Ninheimer? ¿El jefe del Departamento de Sociología?
—Sí, señor.
—¿El demandante?
—Sí, señor.
El defensor retorció
los labios.
—En otras palabras, al
parecer el hombre que ha presentado una demanda, exigiendo una indemnización de
750.000 dólares contra mi cliente, «Robots Estados Unidos y Compañía de Hombres
mecánicos», fue el único que, desde el principio, se opuso al empleo del robot,
aunque todos los demás en el Comité Ejecutivo del Consejo de la Universidad se
hallaban persuadidos de que se trataba de una buena idea.
—Votó en contra de la
moción, como estaba en realidad en su derecho.
—En su descripción de
la reunión no hizo referencia a ninguna clase de observaciones por parte del
profesor Ninheimer. ¿Realizó alguna?
—Creo que habló.
—¿Sólo lo cree?
—Bueno, sí, habló.
—¿Contra el empleo del
robot?
—Sí.
—¿Se mostró violento al
respecto?
El decano Hart hizo una
pausa.
—Se mostró muy
vehemente.
El abogado defensor se
puso confidencial.
—¿Cuánto tiempo hace
que conoce al profesor Ninheimer, decano Hart?
—Unos doce años.
—¿Y lo conoce
razonablemente bien?
—Yo diría que más bien
sí.
—Así, pues,
conociéndole, ¿diría usted que era la clase hombre que puede continuar
manteniendo resentimiento contra un robot, sobre todo a causa de una votación
contraria que...
El fiscal interrumpió
el resto de la pregunta con una indignada y violenta objeción por su parte. El
defensor indicó que había concluido con el testigo y el magistrado Shane señaló
una interrupción para el almuerzo.
Robertson mordisqueó su
bocadillo. La compañía no iría a la quiebra por una pérdida de tres cuartos de
millón de dólares, pero esta merma no sería nada particularmente bueno. Además,
era consciente de que habría también una secuela más larga y costosa en lo
referente a la situación en las relaciones públicas.
Dijo con amargura:
—¿Por qué todo ese
tejemaneje respecto a cómo ingresó Easy en la Universidad? ¿Qué esperan lograr?
El abogado defensor
respondió con tranquilidad:
—Un juicio ante los
tribunales es algo parecido a una partida de ajedrez. Por lo general, el
ganador suele ser el que puede prever más movimientos con antelación, y mi
amigo que se encuentra en el estrado de la acusación, no es ningún
principiante. Pueden mostrar los daños; eso no constituye ningún problema. Su
esfuerzo principal radica en anticiparse a nuestra defensa. Deben de contar ya
con que nosotros intentemos mostrar que Easy no pudo con toda probabilidad
cometer el delito..., a causa de las leyes de la Robótica.
—Muy bien —replicó
Robertson—. Ésa es nuestra defensa. Una de lo más impenetrable.
—Para un ingeniero
robótico. Pero no necesariamente para un juez. Ellos se han situado en una
posición desde la cual pueden demostrar que EZ-27 no era un robot corriente.
Era el primero de su tipo en ser ofrecido al público. Se trataba de un modelo
experimental que necesitaba de unas pruebas de campo, y la Universidad
constituía la única manera decente de proporcionar una prueba de esa clase.
Esto podría parecer plausible a la luz de los grandes esfuerzos realizados por
parte del doctor Lanning para colocar el robot y lo bien dispuesto que estaba
«E.U. Robots» a alquilarlo por tan poco dinero. El fiscal argumentará entonces
que la prueba de campo probó que Easy presentaba un fallo. ¿Se da cuenta ahora
del propósito respecto de lo que se halla en juego?
—Pero EZ-27 era un
modelo de lo más óptimo —replicó Robertson—. Era el vigésimo séptimo en
producción.
—Ése es un punto
particularmente malo —repuso el abogado defensor sombríamente—. ¿Qué pasó con
los primeros veintiséis? Obviamente, algo sucedería. ¿Y por qué no iba a pasar
también algo con el que hacía el vigésimo séptimo?
—No pasó nada con los
primeros veintiséis, excepto que no eran lo suficientemente complejos para la
tarea que se exigía. Fueron además los primeros cerebros positrónicos que se
construyeron y había que realizar muchas pruebas de aciertos y errores. Pero todos
ellos estaban provistos de las Tres Leyes. No hay ningún robot, por imperfecto
que sea, que no se atenga a las Tres Leyes.
—El doctor Lanning ya
me ha explicado eso, señor Robertson, y no tengo el menor inconveniente en
aceptar su palabra al respecto. Sin embargo, el juez tal vez no lo considere
así. Esperamos una decisión por parte de un hombre honesto e inteligente, que
carece de conocimientos de robots y las cosas pueden ir por mal camino. Por
ejemplo, si usted o el doctor Lanning o la doctora Calvin suben al estrado y
declaran que todos los cerebros positrónicos se construyen según el principio
de «acierto y error», como acaba de decir, el fiscal les hará pedazos en un
careo. Nada podría entonces salvar nuestro pleito. Se trata de algo que debemos
evitar.
Robertson gruñó:
—Si Easy pudiese
hablar...
El abogado defensor se
encogió de hombros.
—Un robot no es
competente en calidad de testigo, por lo que eso tampoco nos serviría de nada.
—Pero, por lo menos,
conoceríamos parte de los hechos. Sabríamos cómo llegó a ocurrir una cosa así.
Susan Calvin estalló.
Sus mejillas empezaron a enrojecerse y su voz mostró un poco de calidez.
—Sabemos cómo lo hizo
Easy. ¡Se le ordenó hacerlo! Ya lo he explicado al consejo y se lo explicaré
ahora a usted.
—¿Y quién se lo ordenó?
—preguntó Robertson honradamente asombrado.
(«Nadie me había dicho
nada —pensó resentido—. Esa gente de investigación se consideran ellos los amos
de "E.U. Robots", Dios santo...»)
—Fue el demandante
—explicó la doctora Calvin.
—Santo cielo... ¿y por
qué?
—Aún no lo sé. Tal vez
para que así se presentase un pleito y poder ganar dinero.
Sus ojos azules
destellaron mientras la doctora lo explicaba.
—En ese caso, ¿por qué
no lo dijo Easy?
—¿No resulta obvio? Se
le ordenó que permaneciera en silencio respecto de este asunto.
—¿Y por qué debería ser
tan obvio? —inquirió truculentamente Robertson.
—Bueno, en realidad
resulta obvio para mí. La psicología de los robots constituye mi profesión.
Aunque Easy no responda a las preguntas directas acerca de la cuestión, sí
responderá en lo que se refiera a algunos asuntos colaterales al asunto en sí.
Al medir el creciente titubeo en sus respuestas en la medida en que se vayan
aproximando a la pregunta central, midiendo el área en que se halla en blanco y
la intensidad de la colocación de los contrapotenciales, será posible, con
precisión científica, que sus problemas no sean más que el resultado de una
orden para que no hable, apoyándose su fuerza en la Primera Ley. En otras
palabras, se le ha dicho que, si habla, se infligirá un daño a un ser humano.
Presumiblemente, ese daño afectaría al incalificable profesor Ninheimer, el
demandante, el cual, para el robot, no deja de representar a un ser humano.
—En tal caso —intervino
Robertson—, ¿no le puede explicar que, si se mantiene en silencio, el daño
alcanzará a «E.U. Robots»?
—«E.U. Robots» no es un
ser humano y la Primera Ley de la Robótica no reconoce a una empresa como si se
tratase de una persona, de la forma ordinaria en que actúan esas leyes. Además,
resultaría peligroso intentar levantar esa especie particular de inhibición. La
persona que la ha producido es la que podría alzar la prohibición de manera
menos peligrosa, porque las motivaciones del robot a ese respecto se hallan
centradas en dicha persona. Cualquier otro curso de acción...
Meneó la cabeza y cada
vez comenzó a apasionarse más y más:
—¡No permitiré que el
robot resulte dañado!
Lanning la interrumpió
con aspecto de tratar de aportar un poco de cordura a aquel problema.
—A mí me parece que
sólo podemos probar que un robot es incapaz del acto por el que se le acusa a
Easy. Eso sí podemos hacerlo.
—Exactamente —repuso el
defensor, un tanto enfadado—. Eso es lo que cabe hacer. El único testigo capaz
de testimoniar acerca del estado de Easy y de la naturaleza de la condición
mental de Easy son los empleados de «E.U. Robots». El juez no podrá aceptar su
testimonio como carente en absoluto de prejuicios.
—¿Y cómo puede negarse
al testimonio de los expertos?
—Pues oponiéndose a que
le puedan llegar a convencer. Ése es su derecho en tanto que juez. Contra la
alternativa de que un hombre, como el profesor Ninheimer, de una manera
deliberada haya puesto en peligro arruinar su propia reputación, incluso por
una considerable cantidad de dinero, el juez no aceptará sólo los tecnicismos
de sus ingenieros. A fin de cuentas el juez es un hombre. Si debe elegir entre
un hombre que haga una cosa imposible y un robot que también efectúe algo fuera
de lo corriente, es de lo más probable que se decida en favor del hombre.
—Un hombre si puede
hacer algo imposible —replicó Lanning—, porque no conocemos todas las
complejidades de la mente humana y no sabemos, en una mente humana dada, qué
resulta ser imposible y qué no lo es. Pero si sabemos lo que resulta por
completo imposible en un robot.
—En realidad, debemos
de tratar de convencer al juez de todo eso —replicó cansinamente el defensor.
—Si todo lo que llega a
decir es una cosa así —se quejó Robertson—, no sé cómo podrá salir adelante.
—Ya veremos. Es bueno
saber y ser consciente de las dificultades implicadas, pero no debemos tampoco
desanimarnos demasiado. Yo también he intentado mirar hacia delante unos
cuantos movimientos en este juego de ajedrez.
Hizo un movimiento
firme en dirección de la robopsicóloga. Luego añadió:
—Con la ayuda de la
buena dama que está allí.
Lanning miró de uno a
otro y dijo:
—¿De qué demonios se
trata?
Pero en aquel momento
el alguacil introdujo la cabeza por la puerta de la sala y anunció, casi sin
aliento, que el juicio iba a reanudarse.
Todos tomaron asiento,
examinando al hombre que había dado inicio a todo aquel problema.
Simon Ninheimer tenía
una cabeza con un pelo rojizo que parecía plumón, una cara que se estrechaba
más allá de una nariz picuda hasta terminar en una barbilla en punta; también
tenía el hábito de titubear un poco a veces cuando iba a pronunciar palabras claves
en su conversación, lo cual le confería el aire de buscar siempre una casi
insoportable precisión. Cuando decía, por ejemplo, «el sol sale por... el
Este», uno estaba seguro de que había considerado la posibilidad de que,
algunas veces, se levantase por el Oeste.
El fiscal dijo:
—¿Se opuso usted al
empleo del Robot EZ-27 por parte de la Universidad?
—En efecto, señor.
—¿Y por qué lo hizo?
—Me pareció que no
acabábamos de comprender de una forma total las motivaciones de «E.U. Robots».
No me fié ante su ansiedad por colocarnos el robot.
—¿Le pareció que era
capaz de realizar el trabajo para el que presuntamente se hallaba diseñado?
—Sabía que existía un
hecho para que no fuese así.
—¿Le importaría
declararnos sus razones?
El libro de Simon
Ninheimer titulado «Tensiones sociales relacionadas con los vuelos espaciales y
su resolución», había tenido una elaboración de ocho largos años. La búsqueda
de la precisión por parte de Ninheimer no se confinaba a su forma de hablar y,
en un tema como el de la sociología, que casi por definición es imprecisa, le
solía dejar indeciso.
Incluso cuando el
material ya se hallaba en galeradas de imprenta, no tenía la sensación de haber
terminado el trabajo. En realidad, le ocurría todo lo contrario. Cuando se
quedaba mirando aquellos largas pruebas impresas, sólo sentía que algo le
acuciaba a tachar las líneas y volverlas a redactar de una forma diferente.
Jim Baker, instructor y
muy pronto profesor ayudante de Sociología se encontró con Ninheimer, tres días
después de que llegase la primera remesa de galeradas de parte del impresor,
mirando abstraído aquel montón de papeles. Las galeradas se presentaban en tres
copias: una para que las leyera Ninheimer, otra para que las corrigiera Baker
de una manera independiente, y una tercera, con la indicación de «Original», en
la que se debían pasar las correcciones finales, tras una conferencia en la que
se despejaban los posibles conflictos y desacuerdos al respecto. Aquélla era la
política llevada a cabo en los diversos artículos en los que habían colaborado
durante el transcurso de los tres años anteriores y la cosa había funcionado
bien.
Baker, que era más
joven y que poseía una voz baja y zalamera, llevaba sus propias pruebas de
galeradas en la mano.
Se apresuró a
manifestar:
—He corregido el primer
capítulo y contiene unos cuantos gazapos.
—El primer capítulo
siempre los tiene —replicó Ninheimer algo distante.
—¿Quiere que lo
repasemos ahora?
Ninheimer hizo un
esfuerzo para enfocar con los ojos a Baker.
—No he repasado las
galeradas, Jim. No creo que eso interese demasiado.
Baker pareció confuso.
—¿Que eso no importa
dice?
Ninheimer curvó los
labios.
—He pedido que... se lo
encarguen a la máquina. A fin de cuentas, originalmente... se le presentó como
un corrector tipográfico de galeradas. Me han presentado un plan.
—¿La máquina? ¿Se
refiere a Easy?
—Creo que ése es el
bobo nombre que le han puesto.
—Pero, doctor
Ninheimer, creí que usted lo había dejado de lado.
—Al parecer, fui el
único en hacerlo. Tal vez debí aceptar mi parte en esas... ventajas...
—En ese caso, me parece
que he perdido el tiempo corrigiendo las erratas en este primer capítulo
—replicó pesaroso el hombre más joven.
—No se ha desperdiciado
nada. Podemos comparar el resultado de la máquina con el tuyo para hacer una
verificación.
—Si lo desea, pero...
—Di...
—Dudo que encontremos
algo que esté mal en el trabajo de Easy. Se supone que jamás comete un error.
—Ya lo veremos —replicó
secamente Ninheimer.
Baker trajo otra vez el
primer capítulo cuatro días después. Esta vez habían aprovechado la copia de Ninheimer,
a la que habían quitado ya el adminículo especial construido para que pudiese
trabajar Easy, así como el equipo que se utilizaba para ello.
Baker exultaba de
júbilo.
—Doctor Ninheimer, no
sólo ha encontrado todo lo marcado por mí, sino también una docena de erratas
que me pasé por alto... Y todo el asunto no le llevó más allá de unos doce
minutos...
Ninheimer se miró por
encima la hoja, en la que aparecían en los márgenes unas marcas y símbolos por
completo nítidos.
Dijo:
—No es tan bueno y tan
completo como lo hubiéramos hecho tú y yo. Nosotros hubiéramos incluido una
nota acerca del trabajo de Suzuki de los efectos neurológicos de una baja
gravedad.
—¿Se refiere a su
artículo en Sociological Reviews?
—Naturalmente...
—Me parece que no puede
esperar de Easy cosas imposibles. No puede leer por nosotros la bibliografía
que va apareciendo.
—Ya me percato de ello.
En realidad, ya he preparado la nota. Se la pasaré a la máquina y me aseguraré
de que sabe cómo... encargarse de las notas.
—Lo sabrá hacer.
—Prefiero asegurarme.
Ninheimer tuvo que
concertar una cita para ver a Easy, y no pudo encontrar un momento mejor que
quince minutos a últimas horas de la tarde.
Pero los quince minutos
demostraron ser más que suficientes. El Robot EZ-27 comprendió al instante el
asunto de insertar aquellas referencias.
Ninheimer se sintió
incómodo al encontrarse por primera vez tan cerca del robot. De manera casi
automática, como si se tratase de un ser humano, se encontró preguntando:
—¿Te hace feliz tu
trabajo?
—Muy feliz, profesor
Ninheimer —replicó solemnemente Easy, mientras las fotocélulas que formaban sus
ojos brillaban en su normal resplandor de un rojo profundo.
—¿Me conoces?
—Partiendo del hecho de
que me ha proporcionado un material adicional para incluir en las galeradas,
eso quiere decir que se trata del autor. Naturalmente, el nombre del autor
aparece en la parte superior de cada una de las pruebas de galeradas.
—Comprendo... Así,
pues, has hecho... deducciones. Dime —no pudo resistirse a la pregunta—, ¿qué
te parece hasta ahora el libro?
Easy respondió:
—Me es muy agradable
trabajar en él.
—¿Agradable? Esa es una
palabra muy rara para un... mecanismo carente de emociones. Me han asegurado
que careces de emociones.
—Las palabras de su
libro están de acuerdo perfectamente con mis circuitos —explicó Easy—.
Presentan pocos contrapotenciales, por no decir ninguno. En mis vías cerebrales
se puede traducir este hecho mecánico en una palabra del tipo «agradable». En
un contexto emocional sí que es del todo fortuito.
—Comprendo. ¿Por qué
has encontrado el libro placentero?
—Trata acerca de los
seres humanos, profesor, y no de materiales inorgánicos o de símbolos
matemáticos. Su libro intenta comprender a los seres humanos y ayudar a
incrementar la felicidad humana.
—¿Y eso es lo que
intentas hacer, y la razón de que mi libro se halle de acuerdo con tus
circuitos? ¿Es eso?
—Eso es, profesor.
Los quince minutos
concluyeron. Ninheimer se fue y se dirigió a la biblioteca de la Universidad,
donde estaban a punto de cerrar. Les pidió que esperasen el tiempo necesario
pata encontrar un texto elemental acerca de Robótica. Luego, se lo llevó a su
casa.
Excepto en lo que se
refería al ocasional añadido de material de última hora, las galeradas
siguieron entregándose a Easy, y a partir de él llegaban a manos de los
editores, con pequeña intervención por parte de Ninheimer al principio, y
ninguna ya más adelante.
Baker dijo, un tanto
incómodo.
—Esto casi me da la
sensación de que no sirvo para nada.
—Pues debería
proporcionarte la sensación de tener tiempo para dedicarte a un nuevo proyecto
—repuso Ninheimer, sin alzar la vista de las anotaciones que estaba realizando
en el último número de Social Science Abstracts.
—No estoy en absoluto
acostumbrado. Sigo preocupándome por las galeradas. Es tonto, lo sé...
—Lo es...
—El otro día cogí un
par de pruebas antes de que Easy las enviara...
—¡Qué!
Ninheimer alzó la
mirada, frunciendo el ceño. Se le cayó el ejemplar de Abstracts que tenía en la
mano.
—¿Estabas perturbando a
la máquina mientras trabajaba?
—Sólo fue un momento.
Todo estaba bien. Oh, si, cambió una palabra. Usted hacía referencia a algo
como «criminal» y el corrigió de estilo la palabra y puso en su lugar
«imprudente». Le pareció que el segundo adjetivo se adecuaba mejor al contexto.
Ninheimer se quedó cada
vez más pensativo.
—¿Y tú que crees?
—Pues yo me mostré de
acuerdo con él. Quedaba mejor.
Ninheimer dio vuelta a
su silla giratoria para enfrentarse con su joven ayudante.
—Mira una cosa, me
gustaría que no lo volvieras a hacer. Si tengo que emplear la máquina, me
gustaría... poseer todas las ventajas que proporciona. Si debo emplearla y no
poder contar con tus... servicios porque estás dedicado a supervisar el asunto,
cuando lo que se afirma es que no se necesita de ninguna clase de revisión, en
ese caso no gano nada. ¿Lo comprendes?
—Sí, doctor Ninheimer
—replicó sumiso Baker.
Los primeros ejemplares
de «Tensiones sociales...» llegaron al despacho del doctor Ninheimer el 8 de
mayo. Los revisó brevemente, pasando páginas y deteniéndose para leer un
párrafo aquí y allá. Luego dejó a un lado los ejemplares.
Tal y como lo explicó
más tarde, se olvidó del asunto. Durante ocho años había permanecido trabajando
en el libro, pero ahora, tras tantos meses transcurridos, le habían atraído
otros asuntos mientras Easy se había echado sobre sus espaldas la pesada tarea
de corregir el libro. Ni siquiera pensó en donar el habitual ejemplar de
obsequio del autor para la biblioteca de la Universidad. Ni siquiera Baker, que
se había puesto a trabajar y que había dejado tranquilo al jefe del
departamento, tras el sofión recibido en su última reunión, recibió un
ejemplar.
El día 16 de junio
acabó esta primera fase. Ninheimer recibió una llamada telefónica y miró
sorprendido la imagen que salía por la placa.
—¡Speidell! ¿Está en la
ciudad?
—No, señor. Me
encuentro en Cleveland.
La voz de Speidell
temblaba a causa de la emoción.
—¿Entonces, a qué viene
esta llamada?
—Porque acabo de ojear
su nuevo libro. Ninheimer, ¿se ha vuelto loco? ¿Ha perdido la cordura?
Ninheimer quedó
envarado...
—¿Hay algo que esté...
mal? —preguntó alarmado.
—¿Mal? Me refiero a la
página 562. ¿Cómo demonios ha podido interpretar mi obra de la manera en que lo
hace? ¿En qué lugar del artículo citado presento una alegación de que la
personalidad criminal no existe, y qué es eso de que las agencias que velan por
el cumplimiento de la ley son los verdaderos criminales? Aquí dice, permítame
que se lo cite...
—¡Espere! ¡Espere!
—gritó Ninheimer, tratando de encontrar la página—. Déjeme ver... Déjeme ver...
¡Dios santo!
—¿Y bien?
—Speidell... No sé cómo
ha podido suceder esto. Jamás lo he escrito yo.
—¡Pero así ha salido
impreso! Y esta distorsión no es lo peor. Mire la página 690 e imagínese lo que
Ipatiev hará con usted cuando vea el estropicio que ha armado con sus
descubrimientos... Mire, Ninheimer, el libro está lleno de este tipo de cosas.
No sé qué ha estado pensando al respecto, pero lo único que se puede hacer con
este libro es retirarlo del mercado. Y será mejor que se halle preparado para
presentar unas extensas disculpas en la próxima reunión de la Asociación.
—Speidell, escuche...
Pero Speidell había
desaparecido de la pantalla con tal violencia que, durante quince segundos, la
placa estuvo brillando con imágenes posteriores a la llamada.
Fue entonces cuando
Ninheimer empezó a revisar a fondo el libro y comenzó a marcar fragmentos con
tinta roja.
Mantuvo los nervios en
extremo calmados cuando se enfrentó a Easy otra vez, pero sus labios aparecían
pálidos.
Le pasó el libro a Easy
y dijo:
—¿Me haces el favor de
leer los pasajes señalados en rojo en las páginas 562, 631, 664 y 690?
Easy lo hizo así tras
echarles cuatro ojeadas.
—Sí, profesor
Ninheimer.
—Pues esto no es lo que
estaba en el original de las galeradas.
—No, señor. No estaba.
—¿Lo cambiaste tú para
que ponga lo que dice ahora?
—Sí, señor.
—¿Por qué?
—Señor, estos pasajes,
tal y como se leían en su versión, eran de lo más desagradables para ciertos
grupos de seres humanos. Sentí que resultaba aconsejable cambiar las
expresiones para evitar que unos seres humanos resultasen dañados.
—¿Y cómo te atreviste a
hacer una cosa así?
—La Primera Ley,
profesor, no me lo permitía, por inacción, dejar que unos seres humanos
resultaran dañados. Ciertamente, considerando su reputación en el mundo de la
Sociología y la amplia circulación que su libro recibiría entre los estudiosos,
se hubiera llegado a infligir un daño considerable a cierto número de seres
humanos de los que estaba hablando.
—¿Pero, no te das
cuenta del daño que todas estas cosas me van a acarrear a mí ahora?
—Era necesario elegir
la alternativa que resultara un mal menor.
El profesor Ninheimer,
temblando de furia, se alejó de allí. Resultaba claro para él que «E.U. Robots»
le pediría cuentas por aquel asunto.
Se produjo una gran
excitación en la mesa de la defensa, la cual aumentó a medida que el fiscal
desarrollaba los puntos clave.
—¿Entonces el Robot
EZ-27 le informó de que la razón para esta acción se basaba en la Primera Ley
de la Robótica?
—Eso es correcto,
señor.
—¿Y, en efecto, no le
cabía la menor elección?
—Sí, señor.
—De lo cual se
desprende que «E.U. Robots» diseñó un robot que tendría la necesidad de
reescribir los libros de acuerdo con sus propias concepciones de lo que estaba
bien. Y, sin embargo, lo hizo pasar por un simple corrector tipográfico de
galeradas. ¿No le parece así?
El abogado defensor
objetó con firmeza y al instante, señalando que al testigo le estaban pidiendo
que adoptara una decisión sobre una materia en la que carecía de competencia.
El juez amonestó al fiscal en los términos usuales, pero no cupo la menor duda
de que aquel intercambio había hundido a los demandados, sobre todo al abogado
defensor.
La defensa pidió un
breve aplazamiento antes de comenzar el contrainterrogatorio, empleando un
tecnicismo legal al efecto, tras lo cual se le concedieron cinco minutos.
Se volvió hacia Susan
Calvin.
—¿Es posible, doctora
Calvin, que el profesor Ninheimer esté diciendo la verdad y que Easy se viese
motivado por la Primera Ley?
Calvin apretó los
labios y luego dijo:
—No. Eso no es posible.
La última parte del testimonio de Ninheimer no deja de ser un deliberado
perjurio. Easy no está diseñado para que sea capaz de juzgar las materias en el
estadio de abstracción presentado por un libro avanzado de Sociología. No podría
afirmar que ciertos grupos de seres humanos llegarían a verse lastimados por
una frase en un libro de ese tipo. Simplemente, su mente no está construida
para eso.
—Sin embargo, supongo
que no podremos probar eso a un lego —replicó pesimista el abogado defensor.
—No —admitió la
Calvin—. La prueba seria altamente compleja. Nuestro único procedimiento
continúa siendo el mismo. Debemos probar que Ninheimer miente, y nada de lo que
ha dicho nos obliga a cambiar nuestro plan de ataque.
—Muy bien, doctora
Calvin —respondió el abogado defensor—. Debo aceptar su palabra en este asunto.
Seguiremos tal y como lo habíamos planeado.
En la sala, la maza del
juez se levantó y cayó y el doctor Ninheimer ocupó una vez más el estrado de
los testigos. Sonrió un poco como alguien que percibe que su posición es
inexpugnable y que más bien disfruta de la perspectiva de contrarrestar un
ataque inútil.
El abogado defensor se
aproximó con timidez y comenzó con voz suave:
—Doctor Ninheimer, ¿lo
que pretende decir es que estaba del todo inconsciente de esos presuntos
cambios en su manuscrito hasta la ocasión en que el doctor Speidell le llamó el
dieciséis de junio?
—Eso es correcto,
señor.
—¿No miró en ningún
momento las galeradas después de que el Robot EZ-27 hubo leído las pruebas?
—Al principio fue así,
pero me pareció que se trataba de una tarea carente de utilidad. Confié en las
alegaciones que había efectuado «E.U. Robots». Los cambios... absurdos se
efectuaron sólo en la última cuarta parte del libro después de que, según imagino,
el robot hubo aprendido lo suficiente en materia de Sociología...
—¡Nunca imagine nada!
—le reconvino el abogado defensor—. Yo comprendo a su colega, el doctor Baker,
que vio las ultimas galeradas por lo menos en una ocasión. ¿Recuerda haber
prestado testimonio a este respecto?
—Sí, señor... Como
dije, me explicó que había mirado una página, e incluso allí, el robot había
cambiado una palabra.
El abogado defensor le
interrumpió:
—¿No encuentra extraño,
señor, que después de un año de implacable hostilidad hacia el robot, tras
haber votado en contra de él en primer lugar, y haberse negado a que sirviera
para cualquier tipo de uso, de repente usted decidiese poner su libro, su Magnum
Opus, en sus manos?
—Yo no encuentro eso
extraño. Simplemente decidí que yo también debía utilizar la máquina.
—¿Y se mostró tan
confiado respecto del Robot EZ-27, así, tan de repente, hasta el extremo de no
molestarse siquiera en comprobar las galeradas que corregía?
—Ya le dije que me
encontraba... persuadido por la propaganda de «E.U. Robots».
—¿Tan persuadido que,
cuando su colega, el doctor Baker, intentó comprobar al robot usted le
reprendió enérgicamente?
—Yo no le reprendí.
Simplemente le dije que no me gustaba que... perdiese el tiempo. Al menos,
entonces pensé que constituía una pérdida de tiempo. No capté el significado de
aquel cambio de una palabra en el...
El defensor le
interrumpió con pesado sarcasmo:
—No albergo la menor
duda de que recibió instrucciones acerca de que el cambio de palabras quedase
registrado.
Alteró su pregunta para
impedir que le pusiesen objeciones.
—El punto principal en
este asunto es que se mostró en extremo furioso con el doctor Baker.
—No, señor. No estaba
furioso.
—Pero usted no le
entregó un ejemplar de su libro cuando lo recibió.
—Fue, simplemente, un
olvido. Tampoco entregué a la biblioteca su ejemplar.
Ninheimer sonrió con
cautela.
—Ya se sabe que los
profesores son muy distraídos...
El abogado defensor
dijo:
—¿No le parece extraño
que, tras más de un año de un trabajo perfecto, el Robot EZ-27 se equivocase
precisamente con su libro? ¿En un libro que había sido escrito por usted, que
era, entre todas las demás personas, el más implacablemente hostil respecto del
robot?
—Mi libro era la única
obra de importancia que tratase acerca de la Humanidad con el que tuvo que
enfrentarse. Entonces fue cuando intervinieron las Tres Leyes de la Robótica.
—Ya van varias veces,
doctor Ninheimer —añadió el defensor— que ha tratado de pasar por un experto en
Robótica. Al parecer, de repente se ha empezado usted a interesar por la
Robótica y ha sacado todos los libros acerca de este tema que había en la biblioteca.
Usted ha testificado al respecto, ¿no es verdad?
—Un libro, señor. Y eso
fue el resultado de lo que, al parecer, fue sólo una... natural curiosidad.
—¿Y eso le ha permitido
explicar por qué el robot, tal y como usted alega, ha distorsionado su libro?
—Sí, señor.
—De lo más conveniente.
¿Pero está seguro de que su interés por la Robótica no ha tenido como finalidad
permitirle manipular al robot respecto de las respuestas que ha dado?
Ninheimer se puso
colorado.
—¡Claro que no, señor!
El abogado defensor
elevó el tono de su voz:
—En realidad, ¿está
seguro de que los presuntos pasajes alterados no se encontraban en primer lugar
tal y como ahora aparecen?
El sociólogo casi se
levantó de un salto.
—Eso es... ridículo...
Yo tuve las galeradas...
Presentaba dificultades
para hablar y el fiscal se puso en pie para terciar con suavidad en el interrogatorio:
—Con vuestro permiso,
Su Señoría, intento presentar como pruebas la serie de galeradas que hizo
llegar el doctor Ninheimer al Robot EZ-27 y la serie de galeradas enviadas por
correo por parte del Robot EZ-27 a los editores. Lo efectuaré ahora si mi estimado
colega lo desea, y se muestra conforme en pedir una interrupción del proceso
para que se puedan comparar los dos juegos de galeradas.
El defensor hizo un
gesto impaciente con la mano.
—Eso no será necesario.
Mi honrado adversario puede presentar esas galeradas de la forma que mejor
elija. Estoy seguro de que mostrará las discrepancias que alega el demandante
como existentes. Lo que me gustaría saber del testigo, no obstante, es si él también
tiene en su poder las galeradas del doctor Baker.
—¿Las galeradas del
doctor Baker?
Ninheimer frunció el
ceño. Ya no era dueño de si mismo.
—¡Si, profesor! Me
refiero a las galeradas del doctor Baker. Atestiguó al respecto que el doctor
había recibido un ejemplar por separado de las galeradas. Me gustaría que el
escribano forense leyera su testimonio si, de repente, presenta usted un tipo
selectivo de amnesia. O si se trata sólo, como dijo antes, que los profesores
son notoriamente muy despistados.
Ninheimer dijo:
—Me acuerdo de las
galeradas del doctor Baker. No fueron necesarias una vez que el trabajo quedó a
cargo de la máquina de corregir galeradas...
—¿Por lo tanto las
quemó?
—No. Las tiré a la
papelera.
—¿Quemarlas, tirarlas a
la papelera..., qué diferencia hay? La cosa es que se desembarazó de ellas.
—No hay nada malo en
ello —comenzó a decir Ninheimer con voz quebrada.
—¿Nada malo? —replicó
como un trueno el abogado defensor—. No hay malo, excepto que ahora no tenemos
ninguna posibilidad de comprobar si, en ciertas galeradas cruciales, no ha
sustituido usted una galerada inofensivamente en blanco de la copia del doctor
Baker por una hoja de su propio ejemplar que deslizara de manera deliberada de
tal forma que el robot se viese forzado a...
El fiscal gritó una
furiosa objeción. El magistrado Shane se inclinó hacia delante, con su
redondeado rostro realizando los mejores esfuerzos para asumir una expresión de
ira equivalente a la intensidad de la emoción sentida por el hombre.
El juez dijo:
—Señor abogado, ¿tiene
alguna prueba que respalde esa extraordinaria declaración que acaba de
hacernos?
El defensor contestó en
voz baja:
—Su Señoría, carezco de
una prueba directa. Pero me gustaría señalar que, considerada de una manera
apropiada, la súbita conversión del demandante desde su antiroboticismo a su
gran interés por la Robótica y su negativa a comprobar las galeradas, o a permitir
que cualquier otra persona las revisara, sus cuidadosos esfuerzos por impedir
que cualquier persona viese el libro inmediatamente después de su publicación,
todo eso señala con claridad hacia...
—Señor abogado —le
interrumpió impaciente el juez— éste no es el lugar adecuado para unas
deducciones esotéricas. El demandante no se halla sometido a juicio. Ni tampoco
es usted su acusador privado. Le prohíbo esta línea de ataque y sólo puedo
señalar que la desesperación que le ha inducido a hacer esto no le va a ayudar,
sino que más bien debilitará su caso. Si tiene unas preguntas legítimas que
efectuar, señor abogado, puede continuar con su contrainterrogatorio. Pero le
prevengo contra otra exhibición de esa clase ante la sala.
—No tengo más
preguntas, Su Señoría.
Robertson susurró
acalorado cuando el abogado defensor regresó a su mesa:
—Por el amor de Dios,
¿qué bien puede hacernos todo eso? Ahora el juez se ha puesto frontalmente en
su contra.
El defensor repuso con
toda calma:
—Pero Ninheimer está
más bien desconcertado. Y le hemos preparado para el movimiento de mañana.
Entonces estará ya maduro...
Susan Calvin asintió
con gran seriedad.
En comparación, la
actuación del fiscal fue bastante suave. El doctor Baker fue llamado y respaldó
la mayor parte del testimonio de Ninheimer. Los doctores Speidell e Ipatiev
fueron también citados ante el estrado, y expusieron, de la forma mas abierta,
su indignación y consternación ante la cita de varios pasajes en el libro del
doctor Ninheimer. Ambos expresaron su opinión personal de que la reputación
profesional del doctor Ninheimer había quedado gravemente malparada.
Se presentaron como
prueba las galeradas, así como unos ejemplares del libro ya impreso.
La defensa no procedió
a otros contrainterrogatorios aquel día. El fiscal tampoco actuó más y el
juicio se aplazó hasta la mañana siguiente.
El abogado defensor
realizó su primer movimiento al principio de la sesión del segundo día.
Requirió que se admitiera al Robot EZ-27 como espectador durante los
procedimientos.
El fiscal se opuso al
instante y el magistrado Shane convocó a ambas partes ante su estrado.
El fiscal dijo
acaloradamente:
—Esto es obviamente
ilegal. Un robot no puede penetrar en ningún edificio para ser usado por el
público en general.
—Esta sala —señaló el
abogado defensor— está cerrada para todo el mundo, excepción hecha de aquellos
que tienen una relación inmediata con el juicio.
—Una gran máquina, con
una conocida conducta errática perturbaría a mis clientes y a mis testigos con
su presencia... Embrollaría todos los procedimientos.
El juez pareció
inclinarse a estar de acuerdo. Se volvió hacia el defensor y le dijo reflejando
una escasa simpatía:
—¿Cuáles son las
razones de su petición?
El abogado defensor
contestó:
—Es nuestra opinión que
al Robot EZ-27 no le es posible, por la naturaleza de su construcción, portarse
de la forma que se ha descrito que se ha comportado. Será necesario realizar
unas cuantas demostraciones.
El fiscal medió:
—No veo que eso sea
necesario, Su Señoría. Las demostraciones llevadas a cabo por unos hombres que
son empleados en «E.U. Robots» valen muy poco como prueba, dado que «E.U.
Robots» es el demandado.
—Su Señoría
—contraatacó el defensor—, la validez de cualquier prueba está encaminada a una
decisión por su parte, y no por parte del ministerio fiscal. Por lo menos, ésta
es mi presunción.
El magistrado Shane no
tuvo más remedio que ejercer sus prerrogativas, y contestó:
—Su presunción es
correcta. De todos modos, la presencia aquí de un robot puede plantear
importantes cuestiones legales.
—Naturalmente, Su
Señoría, no se debe permitir que nada perjudique los requerimientos de la
justicia. De no hallarse el robot presente, se nos impedirá presentar de modo
adecuado nuestra defensa.
El juez consideró la
cuestión.
—Habría el problema de
transportar el robot hasta aquí.
—Ése es un problema con
el que «E.U. Robots» tiene que tratar con gran frecuencia. Tenemos aparcado un
camión enfrente del tribunal, que está fabricado teniendo en cuenta las leyes
que rigen el transporte de robots. El Robot EZ-27 se halla dentro, metido en un
embalaje y con dos hombres que lo custodian. Las puertas del camión son
apropiadamente seguras y se han tomado todas las demás precauciones que hacen
al caso.
—Parece estar muy
seguro —replicó el magistrado Shane, dando de nuevo muestras de mal humor— de
la decisión acerca de este punto estará a su favor.
—En absoluto, Su
Señoría. De no ser así, simplemente haremos regresar al camión. No he realizado
ningún tipo de presunciones respecto de cuál sería su decisión.
El juez asintió.
—Se autoriza el
requerimiento presentado por el abogado defensor.
El embalaje fue
transportado en una gran carretilla de ruedas, y los dos hombres que cuidaban
de toda la operación lo abrieron a continuación. La sala quedó inmersa en un
silencio total.
Susan Calvin aguardó
mientras se acababan de quitar todos los precintos. Luego alargó una mano y
dijo:
—Ven, Easy.
El robot miró en su
dirección y extendió su gran brazo metálico. Tenía más de medio metro de altura
por encima de ella, pero la atendió obedientemente como un niñito ante una
orden de su madre. Alguien rió nerviosamente en la sala, pero la risilla se le estranguló
ante una dura mirada por parte de la doctora Calvin.
Easy se sentó en una
enorme silla que había traído el alguacil, que crujió un poco pero que resistió
su peso.
El abogado defensor
dijo:
—Cuando resulte
necesario. Su señoría, demostraremos que éste es en realidad el Robot EZ-27, el
robot especifico que ha estado al servicio de la Universidad del Nordeste
durante el período de tiempo que nos ocupa.
—Muy bien —dijo Su
Señoría—. Eso será necesario. Por ejemplo, yo no tengo la menor idea de cómo se
puede distinguir un robot de otro.
—Y ahora —prosiguió el
defensor— me gustaría llamar al estrado a mi primer testigo. Profesor Simon
Ninheimer, por favor.
El escribano forense
vaciló y se quedó mirando al juez. El magistrado Shane preguntó, con visible
sorpresa:
—¿Está llamando como
testigo de la defensa al propio demandante?
—Sí, Su Señoría.
—Confío en que sea
consciente de que, en tanto en cuanto sea su testigo, no se le permitiría
ninguna de las facultades de que disfrutaría de hallarse contrainterrogando a
un testigo de la parte contraria.
El abogado defensor
respondió con mucha suavidad.
—Mi único propósito en
todo esto es llegar a la verdad. No será necesario más que efectuar unas
preguntas muy educadas.
—Está bien —repuso el
juez dubitativamente—. Usted es el que lleva este caso. Llame al testigo.
Ninheimer ocupó el
estrado y se le informó de que seguía bajo juramento. Parecía mucho más
nervioso que el día anterior, y de lo más suspicaz.
Pero el abogado
defensor le contempló con benignidad.
—En la actualidad,
profesor Ninheimer, está usted demandando a mis clientes por una suma de
750.000 dólares.
—Ésa es la... suma. Sí.
—Es una gran cantidad
de dinero.
—He sufrido una gran
cantidad de perjuicios.
—Seguramente no tantos.
El material en cuestión sólo implica unos cuantos pasajes en un libro. Tal vez
se trate de unos pasajes desafortunados, pero, a fin de cuentas, los libros
aparecen a veces con errores muy curiosos.
Las ventanillas de la
nariz de Ninheimer se estremecieron.
—Señor, este libro
hubiera representado el ápice de mi carrera profesional. En vez de ello, me
hace parecer un estudioso de lo más incompetente, un pervertidor de unos puntos
de vista mantenidos por mis estimados amigos y ayudantes, y un partidario de unas
concepciones ridículas... pasadas de moda. ¡Mi reputación ha quedado alterada
de manera irrecuperable! Jamás podré mantener la cabeza alta en cualquier...
reunión de eruditos, sin tomar en consideración cómo termine este juicio.
Ciertamente no podré continuar mi carrera, que ha constituido toda mi vida. El
auténtico propósito de mi vida ha quedado... abortado y destruido.
El abogado defensor no
hizo el menor ademán para interrumpir su discurso, pero se miró de forma
abstraída las uñas mientras continuaba la perorata.
Siguió con un tono de
voz muy atenuado:
—Pero, seguramente,
profesor Ninheimer, a su actual edad ya no puede confiar en ganar más de,
siendo muy generosos, unos 150.000 dólares durante el resto de su vida. Y lo
que le está pidiendo al tribunal es que le ofrezca una recompensa cinco veces
superior.
Ninheimer replicó con
una aún mayor explosión emocional:
—No es sólo toda mi
vida la que he arruinado. No sé aún por cuántas generaciones se me señalará por
los sociólogos como... un loco o un maníaco. Mis auténticos logros quedarán
enterrados e ignorados. No sólo quedaré arruinado hasta el día de mi muerte, sino
por todo el tiempo que seguirá después, porque siempre habrá gente que no se
acabará de creer que todo haya sido obra de un robot, que fue el que realizó
todos esos añadidos...
Fue en aquel momento
cuando el Robot EZ-27 se puso en pie. Susan Calvin no realizó el menor
movimiento para detenerle. Siguió sentada e inmóvil, mirando hacia delante. El
abogado defensor suspiró imperceptiblemente.
La melodiosa voz de
Easy se escuchó con total claridad.
Dijo:
—Me gustaría explicar a
todo el mundo que inserté en las pruebas de galeradas ciertos pasajes que
parecían oponerse de una manera directa a todo lo que se había dicho
previamente...
Incluso el ministerio
fiscal se había quedado tan desconcertado ante el espectáculo de aquel robot de
más de dos metros, que se levantaba para dirigirse al tribunal, que no fue
capaz de pedir que se detuviese el procedimiento, que resultaba obviamente de
lo más irregular.
Cuando pudo al fin
serenarse, era ya demasiado tarde: Ninheimer se había levantado de la silla del
estrado de los testigos, con el rostro demudado.
Gritó de modo salvaje:
—¡Maldita sea, tenías
instrucciones de mantener la boca cerrada...!
Se ahogó y dejó de
hablar. También Easy permaneció silencioso.
El fiscal se había ya
levantado y exigía que el juicio fuese anulado. El magistrado Shane empezó a
dar mazazos desesperadamente.
—¡Silencio! ¡Silencio!
Existen todas las razones posibles para declarar la nulidad de las actuaciones,
excepto que, en interés de la justicia, me gustaría que el profesor Ninheimer
completase su declaración. Le he escuchado con la mayor claridad decirle al
robot que el robot había recibido instrucciones para mantener la boca cerrada
respecto de algo. ¡En su testimonio, profesor Ninheimer, no realizó la menor
mención a cualesquiera instrucciones impartidas al robot para que se mantuviese
en silencio respecto de alguna cosa!
Ninheimer miró en
silencio al juez.
El magistrado Shane
prosiguió:
—¿Dio usted
instrucciones al Robot EZ-27 para mantener silencio acerca de algo? Y de ser
así, ¿acerca de qué?
—Su Señoría —comenzó
Ninheimer con voz ronca, pero no pudo continuar.
La voz del juez se fue
haciendo cada vez más cortante:
—¿En realidad ordenó
que hiciese los añadidos en cuestión en las galeradas y luego le ordenó al
robot que mantuviese silencio respecto de su participación en este asunto?
El fiscal presentó con
el mayor vigor su objeción, pero Ninheimer gritó:
—¿Y eso qué importa?
¡Sí! ¡Sí!
Y salió corriendo del
estrado de los testigos. Se vio detenido en la puerta por el alguacil y se
hundió desesperanzado en una de las últimas hileras de sillas, con la cabeza
sepultada entre ambas manos.
El magistrado Shane
prosiguió:
—Me resulta de lo más
evidente que el Robot EZ-27 ha sido traído aquí para realizar una artimaña.
Pero hay que tener en cuenta que esta artimaña ha servido para impedir que se
cometiese un error judicial, por lo que no puedo sancionar por desacato al abogado
defensor. Ahora ha quedado claro, más allá de cualquier duda, de que el
demandante ha cometido lo que para mi resulta un fraude por completo
inexplicable, puesto que, aparentemente, sabia que iba a arruinar su carrera en
el proceso...
La sentencia,
naturalmente, fue favorable para la parte demandada.
La doctora Susan Calvin
anunció su presencia en los edificios de la residencia para solteros de la
Universidad. El joven ingeniero que la había llevado en coche se ofreció a
subir con ella, pero la doctora le miró ceñudamente.
—¿Cree usted que me va
a atacar? Espéreme aquí.
Ninheimer no se hallaba
de humor para asaltar a nadie. Estaba haciendo la maleta, sin perder el menor
tiempo, ansioso por alejarse antes de que la adversa conclusión del juicio
llegara a conocimiento general.
Se quedó mirando a la
Calvin con cierto aire de desafío, y dijo:
—¿Viene usted a
avisarme que ahora me demandarán a su vez? De ser así, no les va a servir de
nada. No tengo dinero, ni trabajo ni futuro. Ni siquiera podré abonar las
costas de este juicio.
—Si lo que busca es mi
simpatía —replicó la doctora Calvin con la mayor frialdad—, va de lo más
descaminado. Éste es el merecido pago por sus acciones. Sin embargo, no habrá
una contrademanda, ni contra usted ni contra la Universidad. Incluso haremos lo
que esté en nuestras manos para evitar que acabe en prisión por perjurio. No
somos vengativos.
—¿Así que esa es la
razón de que no me halle bajo custodia por jurar en falso? Ya me había
extrañado. Pero, en realidad —añadió amargamente—. ¿por qué deberían mostrarse
vengativos? Ahora ya tienen lo que querían.
—Sí, tenemos parte de
lo que deseábamos —replicó la doctora Calvin—. La Universidad seguirá empleando
a Easy, con unos honorarios de alquiler considerablemente más elevados. Además,
habrá cierta publicidad clandestina en lo referente al juicio, lo cual posibilitará
el colocar unos cuantos modelos EZ más en otras instituciones, sin el peligro
de que se repitan todos estos problemas.
—¿En ese caso, por qué
ha venido a verme?
—Porque aún no tengo
todo lo que quiero. Deseo saber por qué odia tanto a los robots. Aunque hubiera
ganado el pleito, de todos modos su reputación habría quedado arruinada. El
dinero que hubiera conseguido no habría representado una compensación por todo
eso. ¿Pero si habría sido una satisfacción por su odio a los robots?
—¿Le interesan las
mentes humanas, doctora Calvin? —preguntó Ninheimer con ácida burla.
—En lo que estas
reacciones tengan que ver con el bienestar de los robots, sí me interesan. Por
esta razón, he aprendido también un poco de psicología humana.
—¡La suficiente para
haberme engañado!
—Eso no fue difícil
—replicó la doctora Calvin, sin la menor pomposidad—. Lo difícil era hacer la
cosa de tal modo que no llegase a lastimar a Easy.
—Eso significa que se
halla más preocupada por una máquina que por un hombre.
Se la quedó mirando con
un salvaje desprecio.
Aquello no conmovió a
la doctora Calvin.
—Sólo lo parece así,
profesor Ninheimer. Sólo preocupándonos por los robots se llega uno a preocupar
verdaderamente por el hombre del siglo XXI. Lo comprendería mejor si fuese
usted robotista.
—He leído ya lo
suficiente acerca de robots para saber que no deseo en absoluto ser
especialista en Robótica...
—Perdón... Usted ha
leído un libro sobre robots. Pero no le ha enseñado nada. Aprendió lo
suficiente para saber que podía ordenar a un robot que hiciese muchas cosas,
incluso falsear un libro, si lo llevaba a cabo de una manera apropiada.
Aprendió lo bastante para saber que no le podía ordenar olvidar algo por
completo y sin riesgo de que fuese detectado, pero pensó que sí podía ordenarle
simplemente guardar silencio, para una mayor seguridad. Pero se equivocó.
—¿Conjeturó usted la
verdad a partir de su silencio?
—No tuve que conjeturar
nada. Usted era sólo un aficionado y no sabía lo suficiente como para borrar
por completo todas sus huellas. Mi único problema fue probar el asunto al juez
y usted fue lo suficientemente amable como para ayudarnos allí, pasando por
alto la robótica que tanto alega despreciar.
—¿Esta discusión tiene
algún tipo de propósito? —preguntó Ninheimer cansinamente.
—Para mí, sí —replicó
Susan Calvin—, porque quiero que comprenda lo mal que ha juzgado a los robots.
Redujo al silencio a Easy diciéndole que si le explicaba a alguien cómo usted
había distorsionado el libro, perdería el empleo. Eso mantuvo cierto potencial
dentro de Easy hacia el silencio, algo que fue lo suficientemente fuerte como
para resistir nuestros esfuerzos para hacerle hablar. Y le hubiéramos causado
daños a su cerebro de haber persistido.
»Sin embargo, ya en el
estrado de los testigos, fue usted mismo el que suscitó un contrapotencial aún
más fuerte. Afirmó que, dado que la gente pensaría que había sido usted, y no
un robot, el que había escrito los disputados pasajes del libro, acabaría usted
perdiendo mucho más que sólo su trabajo. Perdería su reputación, su modo de
vida, su respeto, su razón de vivir. Incluso perdería su memoria después de su
muerte. Usted mismo introdujo un nuevo y más alto potencial, y eso es lo que le
hizo hablar a Easy.
—Dios santo —exclamó Ninheimer,
apartando la cabeza.
Calvin se mantuvo
inexorable.
Prosiguió:
—¿Comprende por qué
habló? No fue para acusarle, sino para defenderle... Resultaba algo matemático
el que él iba a asumir toda la culpa del crimen de usted, y negar que usted
tuviera algo que ver con el asunto. La Primera Ley exigía eso. Iba a mentir, a dañarse
él mismo, para que el perjuicio monetario sólo afectase a una empresa. Él lo
único que quería era salvarle a usted. De haber comprendido bien a los robots y
a la robótica, debería haberle permitido hablar. Pero usted no lo comprendió,
como yo estaba segura que sucedería, tal y como garanticé al abogado defensor
de que usted no lo sabría. En su odio hacia los robots, estaba por completo
convencido de que Easy actuaría como lo hacen los seres humanos, y que se
defendería él mismo y a su costa. Así su ira se desató contra él, pero fue
usted el que se destruyó a sí mismo.
Ninheimer respondió,
con la mayor mala intención:
—Espero que algún día
sus robots se vuelvan contra usted y la asesinen...
—No sea bobo —repuso la
Calvin—. Ahora lo que quiero es que me explique por qué hizo todas esas cosas.
Ninheimer sonrió de
forma distorsionada, una sonrisa carente por completo de humor.
—¿Debo desmenuzar mi
mente, por curiosidad intelectual, y a cambio de una inmunidad respecto de una
acusación de perjurio?
—Enfóquelo de esa
manera si lo desea —repuso la doctora Calvin sin la menor emoción—. Lo que
quiero es que lo explique.
—¿Será de ese modo como
protegerá a los robots de una manera más eficiente de los intentos que se hagan
contra ellos. ¿Comprendiendo mejor las cosas?
—En efecto, así es.
—Verá... —siguió
Ninheimer—, se lo diré... Sólo para observar que no le sirva para nada. Usted
no comprende las motivaciones humanas. Sólo entiende a sus malditas máquinas,
porque es usted misma una máquina, aunque con piel.
Ninheimer respiraba
pesadamente y no hubo el menor titubeo en su perorata, en la que tampoco buscó
la precisión. Era como si para él la precisión ya no mostrase la menor
utilidad.
Dijo:
—Durante doscientos
cincuenta años, la máquina ha estado sustituyendo al hombre y destruyendo todo
lo que era artesanía. La alfarería ha acabado en moldes y prensas. Las obras de
arte se han visto sustituidas por cachivaches estampados en una matriz. ¡Llámelo
progreso si lo desea! El artista se ha visto reducido a la abstracción,
confinado en un mundo de ideas. Debe diseñar algo en su mente..., y luego la
máquina se dedica a hacer el resto.
»¿Cree usted que la
alfarería tiene bastante con la creación mental? ¿Supone que la idea es
suficiente? ¿Cree que no hay nada en la sensación de la arcilla en si, en
observar cómo la cosa crece, mientras mano y mente trabajan unidas? ¿Le parece
que el auténtico crecimiento no actúa como una retroalimentación para modificar
y mejorar la idea?
—Pero usted no es un
alfarero —le dijo la doctora Calvin.
—¡Yo soy un artista
creador! Yo diseño y fabrico artículos y libros. Hay algo más que simplemente
pensar en las palabras y en colocarlas en un orden correcto. Si la cosa fuera
así, no habría en ello el menor placer, ni tampoco la menor recompensa.
»Un libro va tomando
forma en manos del escritor. Uno ve cómo los capítulos crecen y se desarrollan.
Se debe trabajar y recrear, y observar cómo los cambios tienen lugar más allá
incluso del concepto de original. Uno toma entre las manos las galeradas y ve
cómo se ven las frases una vez impresas, y luego se las moldea de nuevo.
Existen centenares de contactos entre un hombre y su trabajo en cada una de las
fases del juego, y el mismo contacto es placentero y paga con creces a un
hombre por el trabajo que dedica a su creación, algo que es superior a
cualquier otra cosa. Y su robot nos ha robado todo eso.
—Pero lo mismo hace una
máquina de escribir. Y una prensa de imprenta. ¿Lo que usted propone es volver
a la iluminación a mano y a los manuscritos?
—Las máquinas de
escribir y las de imprimir quitan algo, pero su robot es el que nos priva de
todo. Sus robots se han apoderado de las galeradas. Muy pronto ellos, u otros
robots, se apoderarán también de la escritura original, de la búsqueda de las
fuentes, de comprobar y recomprobar los distintos pasajes, tal vez incluso de
realizar las deducciones para las conclusiones. ¿Y qué le quedará entonces al
erudito? Sólo una cosa: las estériles decisiones relativas a las órdenes que
habrá que dar al robot siguiente... Quiero salvar a las futuras generaciones de
estudiosos de un final tan diabólico. Eso significa para mí mucho más que mi
propia reputación y por lo tanto estoy decidido a destruir a «E.U. Robots» por
todos los medios que estén a mi alcance.
—Pues lo más seguro
será que fracase en su intento —repuso Susan Calvin.
—Pero valdrá la pena
intentarlo —afirmó Simon Ninheimer.
La doctora Calvin se
dio la vuelta y se marchó. Procuró lo mejor que pudo evitar el menor asomo de
simpatía hacia aquel hombre destruido.
Pero no lo logró por
completo.
El robot perdido
Volví a ver a Susan
Calvin a la puerta de su oficina. Estaba sacando los archivos.
—¿Cómo van estos
artículos, mi joven amigo? —me preguntó.
—Muy bien —dije. Los
había estructurado según mi leal saber y entender, dramatizando lo escueto de
su relato y añadiendo a la conversación algunos toques de amenidad—. ¿Quiere
usted echarles una mirada y decirme si he sido injurioso o me he propasado en algo?
—Con mucho gusto.
¿Quiere que vayamos a la Sala de Juntas? Podremos tomar café.
Parecía de buen humor,
de manera que mientras avanzábamos por el corredor, aventuré:
—Me estaba preguntando,
doctora Calvin...
—Diga.
—Si querría usted
decirme algo más sobre la historia de los robots.
—Me parece que ya ha
conseguido saber todo lo que quería, mi joven amigo.
—En cierto modo, sí.
Pero estos incidentes que he transcrito no tienen gran aplicación en el mundo
moderno. Quiero decir; sólo se desarrolló un único robot capaz de leer el
pensamiento, las estaciones del Espacio están ya pasadas de moda y en desuso y
la explotación minera por robots es cosa descontada. ¿Y el viaje interestelar?
No han transcurrido más de veinte años desde la invención del motor
hiperatómico y todo el mundo sabe que fue una invención robótica. ¿Qué hay de
verdad en todo esto?
—¿El viaje
interestelar?... —Quedó pensativa. Estábamos en el salón y encargué una comida
copiosa. Ella sólo tomó café—. No fue simplemente una invención robótica,
comprenda usted. Pero, desde luego, hasta que construimos el cerebro, no
adelantamos mucho. Pero lo intentamos; verdaderamente lo intentamos. Mi primer
contacto (directo, me refiero) con las investigaciones interestelares tuvo
lugar en 2029, cuando se perdió un robot...
En Hyper Base, las
medidas se tomaron con una especie de furia frenética; fue como el equivalente
muscular de un grito histérico.
Para clasificarlas por
orden de cronología y desesperación, fueron:
1. Todo trabajo en la
Zona Hiperatómica que atraviesa el volumen espacial ocupado por las Estaciones
del Grupo Asteroidal Veintisiete quedó inmovilizado.
2. Todo volumen
espacial del Sistema quedó aislado, prácticamente hablando. Nadie podía entrar
sin permiso. Nadie podía salir bajo ningún pretexto.
3. Los doctores Susan
Calvin y Peter Bogert, respectivamente Jefe del Departamento de Psicología y
Director del Departamento de Matemáticas de la United States Robots /
Mechanical Men Inc. fueron llevados a Hyper Base por una nave de patrulla
especial del Gobierno.
Susan Calvin no había
salido nunca de la superficie de la Tierra ni tenía especiales deseos de salir
de ella. En una era de energía atómica y de clara aproximación a la Zona
Hiperatómica, seguía siendo muy provinciana. Estaba, pues, descontenta de su
viaje y poco convencida de su urgencia y todas las facciones de su rostro, a su
media edad, lo demostraron claramente durante su primera cena en Hyper Base.
Tampoco la lívida
palidez del doctor Bogert abandonaba una cierta actitud de recelo. Ni el
general Kallner, que dirigía el proyecto, olvidó una sola vez de mantener una
expresión obsesionada.
En una palabra, aquella
comida fue un tétrico episodio y la pequeña conferencia de los tres que la
siguió, empezó de una manera gris y melancólica.
Kallner, con su
reluciente calva y su uniforme, que desentonaba con el resto del ambiente, tomó
la palabra con visible inquietud.
—Es realmente toda una
historia la que tengo que contarles. Tengo que darles las gracias por su
llegada al primer aviso y sin motivo justificado. Trataremos de corregir todo
esto, ahora. Hemos perdido un robot. El trabajo ha parado y debe seguir parado
el tiempo necesario para encontrarlo. Hasta ahora hemos fracasado y tenemos la
sensación de que necesitamos una ayuda científica.
Acaso el general
sintiese que su declaración resultaba decepcionante porque, con cierta
desesperación, continuó:
—No necesito decirles
la importancia que tiene el trabajo que aquí realizamos. Más del ochenta por
ciento de las adjudicaciones de investigación científica de este año han
recaído sobre nosotros...
—Sí, eso ya lo sabemos
—dijo Bogert amablemente—. U.S. Robots percibe cuantiosos ingresos anuales por
el uso de nuestros robots.
Susan Calvin introdujo
una brusca y avinagrada nota.
—¿A qué es debida la
gran importancia de un solo robot para el proyecto y por qué no ha sido
localizado?
El general volvió
rápidamente su rostro congestionado hacia ella y se pasó la lengua por los
labios.
—En cierto modo,
"lo hemos localizado". —Pero añadió, angustiado—: Me explicaré. En
cuanto nos dimos cuenta de la desaparición del robot, se declaró el estado de
guerra y todo movimiento en la Hyper Base cesó. El día anterior había
aterrizado una nave mercante trayendo dos robots destinados a nuestros
laboratorios. Quedaban sesenta y dos robots de..., del mismo tipo, para ser
llevados a otros sitios. De esta cifra estamos seguros. No cabe la menor
discusión posible.
—¿Sí? ¿Y qué
relación...?
—Una vez nos fue
posible localizar al robot desaparecido, y le aseguro que hubiéramos localizado
una brizna de hierba si hubiese estado allí para ser localizada, nos devanamos
los sesos contando los robots que quedaban en la nave. Había sesenta y tres.
—¿Entonces el sesenta y
tres, supongo, es el hijo pródigo desaparecido? —dijo la doctora.
—Sí, pero no podemos
saber cuál de los sesenta y tres es.
Hubo un profundo
silencio mientras el reloj eléctrico daba nueve campanadas; y la doctora en
psicología robotiana, dijo:
—Muy extraño...
Las comisuras de sus
labios se inclinaron hacia abajo y se volvió hacia su compañero con un indicio
de furor.
—Peter, ¿qué ocurre
aquí? ¿Qué clase de robots utilizan en Hyper Base?
El doctor Bogert vaciló
y sonrió débilmente.
—Hasta ahora ha sido
una cosa de gran discreción, Susan... —dijo.
—Sí, hasta ahora —dijo
ella rápidamente—. Si hay sesenta y tres ejemplares del mismo tipo, uno de los
cuales se busca y cuya identidad no puede ser determinada, ¿por qué no puede
servir uno cualquiera de ellos? ¿Qué significa todo esto? ¿Para qué nos han
llamado?
—Si me permite usted un
momento —dijo Bogert con aire resignado—, Hyper Base, Susan, emplea diversos
robots cuyos cerebros no tienen impresa toda la Primera Ley Robótica.
—¿"Qué no tienen
impresa...”? —preguntó Susan, echándose para atrás—. Ya... ¿Y cuántos se
hicieron?
—Pocos. Fue un pedido
del Gobierno y no había manera de violar el secreto. No tenía que saberlo nadie
más que los altos dirigentes. Usted no estaba incluida, Susan. No era nada con
que yo tuviese que ver.
El general interrumpió
con gesto autoritario.
—Quisiera aclarar este
punto. No sabía que la doctora Calvin no estuviese al corriente de la
situación.
No tengo que decirle a
usted, doctora Calvin, que siempre ha habido una fuerte oposición a los robots
en el planeta. La única defensa que el Gobierno ha tenido en este asunto,
contra los radicales fundamentalistas, fue que los robots se construían siempre
con una indestructible Primera Ley, lo cual los imposibilitaba de hacer daño a
un ser humano, fueran cuales fuesen las circunstancias.
»Pero nosotros
necesitábamos robots de una naturaleza distinta. Así, pues, se prepararon
algunos Ns-2, o sea Nestors, con la Primera Ley modificada. Para mantener el
secreto, los Ns-2 se fabrican sin número de serie; los ejemplares modificados
se entregan aquí junto con un grupo de robots normales; y, desde luego, todos
estamos bajo la estricta prohibición de revelar las modificaciones a toda
persona no autorizada. Todo se ha puesto contra nosotros, ahora —añadió con una
sonrisa embarazada.
—¿Ha preguntado usted a
cada uno de ellos quiénes son? —preguntó la doctora, ceñuda—. ¿Sin duda debe de
estar autorizado a hacerlo?
—Los sesenta y tres
niegan haber trabajado aquí y uno de ellos miente —asintió el general.
—¿Muestra el que busca
usted alguna señal de desgaste? Los demás deben salir de fábrica..., supongo.
—El robot en cuestión
llegó este mismo mes. Este y los dos que acaban de llegar tenían que ser los
últimos que necesitábamos. No puede haber desgaste perceptible. —Movió
pausadamente la cabeza y en sus ojos apareció de nuevo la preocupación—.
Doctora Calvin, no nos atrevemos a dejar zarpar esta nave. Si la existencia de
robots sin Primera Ley llega a ser divulgada...
La conclusión de la
frase no podía ofrecer duda alguna.
—Destruya los sesenta y
tres —dijo la doctora—, y termine con esto.
—Esto significa
destruir treinta mil dólares por robot —dijo Bogert, torciendo el gesto—. Temo
que a la U.S. Robots no le gustaría. Es mejor que hagamos un esfuerzo primero,
Susan, antes de destruir nada.
—En este caso —dijo
ella, secamente—, necesito hechos. ¿Qué ventaja obtiene exactamente la Hyper
Base con estos robots modificados? ¿Qué factor los hace necesarios, general?
Kallner frunció
intensamente las arrugas de su frente y se pasó una mano por ella.
—Los robots precedentes
nos han creado complicaciones. Nuestros hombres trabajan mucho con radiaciones
intensas, ¿comprende? Es peligroso, desde luego, pero se toman precauciones
razonables. No ha habido más que dos accidentes desde que empezamos y ninguno
ha sido fatal. Sin embargo, era imposible explicar esto a un robot ordinario.
La Primera Ley declara y se la citaré: "Ningún robot puede dañar a un ser
humano, o por inacción, permitir que un ser humano sufra daño".
»Esto es elemental,
doctora Calvin. Cuando era necesario que uno de nuestros hombres estuviese
expuesto por un corto período de tiempo a un campo gamma moderado, que no
tuviese efectos psicológicos, el robot más cercano se precipitaba a sacarlo de
allí. Si el campo era excesivamente débil, lo conseguía, y el trabajo quedaba
interrumpido hasta que todos los robots eran retirados. Si el campo era
ligeramente más fuerte, el robot no llegaba nunca al técnico afectado, ya que
su cerebro positrónico sucumbía bajo las radiaciones gamma, y nos encontrábamos
privados de un robot caro, y difícilmente reemplazable.
»Tratamos de discutir
con ellos. Su punto de vista era que un ser humano en un campo gamma exponía su
vida, y que nada importaba que pudiese permanecer en él durante media hora sin
peligro. Supongamos, decían, que se olvidaba y permanecía una hora. No podía
correr riesgos. Les hicimos ver que sólo arriesgaban su vida en una remota
posibilidad. Pero el instinto de conservación es sólo la Tercera Ley Robótica,
y la Primera Ley de seguridad viene primero. Les dimos órdenes; les ordenamos
estricta e imperativamente mantenerse fuera del campo gamma a toda costa. Pero
la obediencia es sólo la Segunda Ley Robótica, y la Primera, la de la
seguridad, viene primero. Doctora Calvin, o teníamos que prescindir de los
robots o hacer algo con la Primera Ley..., y esto es lo que hicimos.
—No puedo creer que
encontrasen la posibilidad de suprimir la Primera Ley —dijo Susan Calvin.
—No fue suprimida, fue
modificada. Se construyeron cerebros positrónicos que poseían sólo el aspecto
positivo de la ley, que dice: "Ningún robot debe dañar a un ser
humano". Eso es todo. No tienen la obligación de evitar que un ser humano
sufra daño debido a un factor extraño, como los rayos gamma. ¿He expuesto la
situación claramente, doctor Bogert?
—Muy claramente
—asintió éste.
—¿Y es ésta la única
diferencia entre sus robots y el modelo Ns-2 ordinario, Peter? ¿La
"única" diferencia?
—La "única"
diferencia, Susan.
—Ahora me voy a dormir
—dijo la doctora, levantándose y hablando en tono decidido—, y dentro de ocho
horas quiero hablar con el que vio el robot por última vez. Y a partir de
ahora, general Kallner, si tengo que asumir alguna responsabilidad de los acontecimientos,
necesito pleno control de esta investigación, sin que se me hagan preguntas.
Susan Calvin, aparte de
dos horas de profundo cansancio, no experimentó nada parecido al sueño. A las
7, hora local, llamó a la puerta del doctor Bogert y lo encontró despierto
también. Por lo visto se había tomado la molestia de traerse un batín a Hyper
Base, porque estaba sentado y vestido con él. Al entrar la doctora, dejó al
lado las tijeras de las uñas.
—La esperaba a usted,
en cierto modo. Supongo que todo esto le da asco.
—Sí.
—Lo siento. No hubo
manera de evitarlo. Cuando vino la llamada de Hyper Base supuse en el acto que
había ocurrido algo con el robot modificado. Pero, ¿qué podíamos hacer? No
podía explicarle a usted lo ocurrido durante el viaje como hubiera querido
porque tenía que estar seguro primero. El asunto de la modificación es un
riguroso secreto.
—Hubiera debido
decírmelo —murmuró la doctora—. U.S. Robots no tenía derecho a modificar de
esta forma los cerebros positrónicos sin la aprobación del departamento de
Psicología.
—Sea usted razonable,
Susan —dijo Bogert, enarcando las cejas y suspirando—. No podía usted influir
en ellos. En este asunto, el Gobierno estaba obligado a seguir su camino.
Necesitan la Zona Hiperatómica y los físicos del éter quieren robots que no les
creen obstáculos. Tenían que conseguirlo, aunque ello representase quebrantar
la Primera Ley. Tuvimos que convenir en que, desde el punto de vista de su
construcción, la cosa era posible y juraron por todos los dioses que sólo
necesitaban doce, que sólo se emplearían en Hyper Base, que serían destruidos
una vez perfeccionada la Zona, y que se tomarían toda clase de precauciones. E
insistieron en el secreto..., ésta es la situación.
—Yo hubiera dimitido
—murmuró Susan entre dientes.
—No hubiera servido de
nada. El Gobierno ofrecía una fortuna a la Compañía y la amenazaba con una
legislación antirrobótica en caso de negativa. Estábamos en mala postura,
entonces, pero ahora estamos peor. Si esto se divulga, puede causar un
perjuicio a Kallner y al Gobierno, pero causará un perjuicio mucho mayor a la
U.S. Robots.
—Peter —dijo la
doctora, mirándolo—: ¿No se da usted cuenta de lo que todo esto significa? ¿No
comprende usted la importancia de la supresión de la Primera Ley? No se trata
solamente de una cuestión de secreto...
—Sé lo que significaría
la supresión. No soy ningún chiquillo. Significaría una inestabilidad completa,
sin soluciones no-imaginarias de las ecuaciones de campo positrónico.
—Matemáticamente, sí.
Pero tradúzcalo usted a la cruda idea psicológica. Toda la vida normal, Peter,
consciente o no, se resiste al dominio. Si el dominio es por parte de un
inferior, o de un supuesto inferior, el resentimiento se hace más fuerte.
Físicamente, y hasta cierto punto mentalmente, un robot, cualquier robot, es
superior a un ser humano. ¿Qué lo hace esclavo, pues? ¡"Sólo la Primera
Ley"! Porque sin ella, la primera orden que daría usted a un robot le
costaría la vida. ¿Qué le parece?
—Susan —dijo Bogert en
tono de complacida simpatía—, tengo que reconocer que este complejo Frankestein
de que está usted dando pruebas tiene una cierta justificación, de donde, la
Primera Ley ante todo. Pero la Ley, lo repito una y otra vez, no ha sido suprimida,
sino sólo modificada.
—¿Y dónde me deja usted
la estabilidad del cerebro?
—Disminuida, desde
luego —dijo el matemático avanzando los labios—. Pero sin rebasar las fronteras
de la seguridad. Los primeros Néstor fueron entregados a Hyper Base hace nueve
meses, y jamás ha ocurrido nada hasta ahora, y aun esto sólo representa el
temor de ser descubiertos, pero no un peligro para los humanos.
—Bien, entonces;
veremos qué sale de la conferencia de esta mañana.
Bogert la acompañó
cortésmente hasta la puerta e hizo una mueca una vez se hubo marchado. No veía
razón alguna para cambiar de opinión sobre ella
Siempre la había
considerado una impaciente... y un desengaño. Bogert, por su parte, no entraba
para nada en los pensamientos de Susan. Hacía ya años que lo había clasificado
como un presuntuoso y un fracasado.
Gerald Black se había
graduado en Física etérea el año anterior y, como toda su generación de
físicos, se encontró metido en el problema de la Zona. En la actualidad
aportaba su colaboración a la atmósfera general de las reuniones de Hyper Base.
Con su blusa blanca manchada se sentía medio rebelde y totalmente incierto. Sus
fuerzas acumuladas parecían querer descanso y sus dedos, retorciéndose con
gestos nerviosos, hubieran sido capaces de torcer una barra de hierro
El general Kallner
estaba sentado a su lado y los dos enviados de la U.S. Robots les hacían
frente.
—Me dicen que fui el
último en ver el Néstor 10 antes de que desapareciese —dijo Black—. Supongo que
quieren ustedes interrogarme sobre esto...
—Parece que no está
usted muy seguro de ello, míster Black —dijo Susan, mirándolo con interés—. ¿No
"sabe" usted si fue el último en verle o no?
—Trabajaba conmigo en
los generadores de campo, doctora, y estaba conmigo la mañana de su
desaparición. Ignoro si alguien lo vio después de mediodía. Nadie asegura
haberlo visto.
—¿Cree usted que hay
alguien que miente?
—No digo tal cosa. Pero
no quiero asumir esa responsabilidad.
—No es cuestión de
responsabilidad. El robot obró como lo hizo a causa de lo que es. Trataremos
únicamente de localizarlo, Mr. Black, y vamos a dejar todo lo demás aparte.
Ahora bien, si ha trabajado con el robot, probablemente lo conoce mejor que
nadie. ¿Observó usted en él algo anormal? ¿Había trabajado ya con otros robots?
—Había trabajado con
los otros robots que tenemos aquí, los sencillos. No hay ninguna diferencia con
los Néstor, salvo que son mucho más inteligentes..., y más molestos.
—¿Molestos? ¿En qué
sentido?
—Pues..., Quizá no es
culpa suya. El trabajo aquí es duro y la mayoría de nosotros estamos cansados.
Andar rodando por el hiperespacio no es muy divertido. Corremos continuamente
el riesgo de hacer un agujero en la contextura normal del espacio-tiempo y salirnos
del universo, con asteroide y todo. ¿Gracioso, verdad? —añadió sonriendo como
si gozase con la confesión—. Naturalmente, uno está agotado, algunas veces.
Pero estos Néstor, no. Son curiosos, tienen calma, no se preocupan. Hay para
volverle a uno loco. Cuando uno quiere algo hecho a toda prisa, parece que
necesitan más tiempo. Algunas veces prescindiría de ellos.
—¿Dice que necesitan
más tiempo? ¿Se han negado alguna vez a cumplir una orden?
—¡Oh, no! —exclamó
Black apresuradamente—. La cumplen, desde luego. Pero cuando creen que nos
equivocamos, lo dicen. No saben del asunto más que lo que les decimos, pero
esto no los detiene. Quizá sea imaginación mía, pero los otros tienen las
mismas preocupaciones con Néstor.
—¿Cómo no ha llegado
nunca hasta mí una queja en este sentido? —preguntó el general Kallner,
carraspeando ostensiblemente.
—En realidad, no
queríamos trabajar sin robots, mi general —dijo el joven físico, sonrojándose—,
y además, no estábamos muy seguros de si estas... quejas menores, serían bien
recibidas.
—¿Ocurrió algo de
particular la mañana que lo vio por última vez? —interrumpió Bogert suavemente.
Hubo un silencio. Con
un rápido gesto, Susan atajó el comentario que estaba a punto de hacer Kallner.
—Tuve una leve
discusión con él —respondió Black malhumorado—. Aquella mañana yo había roto un
tubo Kimball, lo que me representaba cinco días de trabajo; iba atrasado en mi
horario, hacía dos semanas que no había recibido correo de la Tierra... ¡y se
me acerca con el deseo de repetir un experimento que había abandonado hacía un
mes! Me estaba molestando siempre con lo mismo y estaba harto de ello. Le dije
que se marchase y no he vuelto a verlo más.
—¿Le dijo usted que se
marchase? —preguntó Susan con vivo interés—. ¿Con qué palabras exactamente? ¿Le
dijo usted: "¡Márchate!"? Trate de recordar exactamente sus palabras.
A juzgar por las
apariencias, en el interior de Black se mantenía una lucha. El físico tenía la
frente apoyada en la mano, haciendo un esfuerzo de memoria. Finalmente, la
apartó y dijo:
—Le dije: "¡Vete a
paseo!".
—¿Y se fue, eh?
—preguntó Bogert, riéndose.
Pero Susan Calvin no
había terminado. En tono de halago, prosiguió:
—Ahora empezamos a ir a
algún sitio, Mr. Black. Pero los detalles exactos tienen importancia. Para
interpretar los actos de un robot, una palabra, un gesto, una entonación pueden
serlo todo. Pudo usted no haber dicho solamente estas tres palabras, por ejemplo,
¿no es verdad? Según su misma confesión, aquel día estaba usted malhumorado.
Quizá dio usted fuerza a su frase con otras...
—Pues... —dijo el joven
físico sonrojándose—, Quizá lo llamase..., algunas otras cosas.
—Exactamente, ¿qué
cosas?
—¡Oh, no podría
recordarlas exactamente! Además no podría repetirlas. Ya sabe lo que pasa
cuando uno se excita... —Se echó a reír un poco embarazado—. Tengo cierta
tendencia al lenguaje violento...
—Muy bien —dijo ella,
con firme severidad—. En este momento no soy más que una profesora de
psicología. Quisiera que me repitiese usted lo que le dijo, tan exactamente
como sea capaz, y, más importante todavía, en el tono exacto de voz que empleó.
Black miró a su jefe en
busca de apoyo, pero no lo encontró.
—¡Pero... esto es
imposible!... —exclamó, abriendo los ojos, suplicante.
—Tiene usted que
hacerlo.
—Imagine que se dirige
a mí —dijo Bogert con humorismo—. Quizá le sea más fácil.
El rostro escarlata del
muchacho se volvió hacia Bogert.
—Lo llamé... —trató de
decir tragando saliva, pero su voz se perdió. Hizo una nueva prueba—. Lo
llamé... — Hizo una fuerte aspiración y lanzó una retahíla incomprensible de
incoherentes sílabas. Cuando se detuvo, terminó casi llorando. —... más o
menos, no recuerdo el orden exacto de lo que le llamé; Quizá olvido o añado
algo, pero más o menos fue esto.
Sólo un leve rubor
delató las emociones de la doctora.
—Comprendo el
significado de la mayoría de estas palabras. El resto de ellas, imagino, deben
de tener un valor igualmente ofensivo.
—Eso temo —dijo el
atormentado Black.
—¿Y entre ellos, le
dijo usted que se "fuese a paseo"?
—Lo decía en sentido
puramente figurado.
—Me hago cargo. Tengo
la seguridad de que no se tomará ninguna medida disciplinaria. —Y al
interpretar su mirada, el general, que cinco segundos antes no hubiera estado
tan seguro de ello, asintió malhumorado.
—Puede usted retirarse,
Mr. Black. Y gracias por su cooperación.
Susan Calvin necesitó
cinco horas para interrogar los sesenta y tres robots. Fueron cinco horas de
repeticiones, de insistir, robot tras robot, en la pregunta A, B, C, D; de
escuchar la respuesta A, B, C, D; de emplear suaves expresiones, un tono
cautelosamente neutral, una atmósfera amistosa; y de hacer funcionar un
magnetofón escondido.
Cuando terminó, estaba
exhausta.
Bogert la esperaba y
miró con expectación la cinta grabada cuando ella la arrojó sobre el plástico
de la mesa.
Susan movió la cabeza.
—Los sesenta y tres me
parecen iguales. No podría decir...
—Es imposible captarlo
al oído, Susan —dijo él—. Vamos a analizar la grabación.
De ordinario, la
interpretación matemática de las reacciones verbales de los robots es una de
las ramas más intrincadas del análisis robótico.
Requiere un equipo de
técnicos bien entrenados y el empleo de máquinas calculadoras muy complicadas.
Bogert lo sabía. Bogert lo dijo así después de haber escuchado con disimulado
aburrimiento la serie de respuestas, hizo una lista de las entonaciones de
ciertas palabras y gráficos de los intervalos entre preguntas y respuestas.
—No veo presente
ninguna anomalía, Susan. Las variaciones de entonación y las reacciones
cronométricas son del tipo de frecuencia normal. Necesitamos métodos más
sagaces. Aquí debe de haber calculadoras... No... —Se interrumpió frunciendo el
ceño y contemplando la uña del pulgar—. No podemos emplear computadores. Hay
demasiado peligro de merma. O Quizá sí..
Susan lo detuvo con un
gesto de impaciencia.
—Por favor, Peter. Esto
no es uno de sus insignificantes problemas de laboratorio. Si no podemos
identificar el Néstor modificado gracias a alguna diferencia visible a simple
vista, una que no ofrezca duda posible, es que no estamos de suerte. El peligro
de equivocarse y dejarlo escapar es por otra parte demasiado grande. No es
suficiente observar una minúscula irregularidad en una gráfica. Le diré una
cosa: si esto es todo lo que tengo para seguir adelante, preferiría destruirlos
a todos sólo para estar segura. ¿Ha hablado usted con los otros Néstor
modificados?
—Sí, y no tienen ningún
defecto —dijo secamente Bogert—. Si algo hay en que estén por encima de lo
normal, es en amabilidad. Han contestado a mis preguntas, demostrando orgullo
de sus conocimientos, salvo los dos últimos, que no han tenido todavía tiempo
de aprender la física etérea. Se rieron a gusto de mi ignorancia sobre algunas
de las especializaciones de aquí. Supongo que esto forma parte de la base de su
resentimiento contra ellos por parte de los técnicos de aquí. Los robots tienen
quizá una excesiva afición a impresionarnos con sus superiores conocimientos.
—¿Puede usted probar
algunas reacciones para ver si se ha producido algún cambio en una composición
mental desde su manufactura?
—No lo he hecho
todavía, pero lo haré. —Apuntó a Susan con su dedo afilado—. Está usted
perdiendo la calma, Susan. No veo qué es lo que dramatiza. Son esencialmente
inofensivos.
—¿Sí? —saltó Susan con
fuego—. ¿Está usted seguro? ¿Se da usted cuenta de que uno de ellos está
mintiendo? Uno de los sesenta y tres robots que acabo de interrogar me ha
mentido deliberadamente después de mi imperativa orden de decir la verdad. Esta
anormalidad es terriblemente profunda y horriblemente aterradora.
Bogert sintió que sus
dientes castañeteaban.
—No —dijo—. ¡Mire!
Néstor 10 recibe orden de irse a paseo. Esta orden le fue expresada con la
máxima urgencia por la persona de mayor autoridad para dársela. No se puede
desobedecer esta orden ni por una urgencia superior ni por una superior
autoridad. Naturalmente, el robot tratará de evitar ejecutar la orden. En el
fondo, objetivamente, admiro su ingenio. ¿Cómo puede un robot "irse a
paseo" o "perderse de vista" mejor que mezclándose con un grupo
de robots similares a él?
—Sí, sería usted capaz
de admirarlo. He leído un cierto humorismo en sus ojos, Peter, un cierto
humorismo y una sorprendente falta de comprensión. ¿Es usted un técnico en
robótica, Peter? Estos robots dan importancia a todo lo que consideran
superioridad. Usted mismo acaba de decirlo. Subconscientemente, consideran a
los humanos inferiores a ellos e injusta la Primera Ley que nos protege. Y
ahora nos encontramos ante un hombre joven que manda a un robot "a
paseo", con todas las apariencias verbales de desprecio, repugnancia y
dominación. De acuerdo, el robot tiene que cumplir las órdenes, pero
subconscientemente, está resentido. Para él adquiere una importancia todavía
más trascendental demostrar que es superior, pese a la serie de epítetos que se
le han dirigido. Puede llegar a ser "tan" importante, que lo que
queda de la Primera Ley no sea suficiente.
—¿Cómo quiere que en la
Tierra, o en cualquier otro sitio del Sistema Solar, un robot sepa el
significado de las duras palabras pronunciadas contra él? La obscenidad no es
una de las cosas que se han impreso en su cerebro.
—La impresión original
no lo es todo —dijo Susan con cierta mofa—. Los robots tienen cierta capacidad
para aprender. ¡No sea usted tonto, hombre! —Bogert sabía que había perdido
completamente la calma—. ¿No comprende que por el tono empleado pudo darse cuenta
de que las palabras no eran de alabanza? —añadió precipitadamente—. ¿No cree
que pudo haber oído ya estas palabras en otras ocasiones y comprendido Cuál es
su sentido?
—Bien, en este caso,
tenga la bondad de decirme en qué forma un robot modificado puede dañar a un
ser humano, por muy ofendido que esté, y por muy profundo que sea su deseo de
demostrar su superioridad.
—¿Si le digo cómo,
estará usted tranquilo?
—Sí.
Ambos estaban apoyados
en la mesa, mirándose con mutuo rencor.
—Si un robot modificado
dejase caer un gran peso sobre un ser humano, no infringiría la Primera Ley si
lo hacía sabiendo que su fuerza y sus reacciones le permitirían apartar el peso
en su caída antes de que hiriese al hombre. Sin embargo, una vez soltado el
peso, no sería ya él el medio activo. Sería la ciega fuerza de gravedad. El
robot podría entonces cambiar de manera de pensar y dejar que el peso llegase
al hombre. La modificación de la Primera Ley se lo permite.
—Esto requiere un
horrible esfuerzo de imaginación.
—Es lo que mi profesión
exige algunas veces. Peter, no nos peleemos, vamos a trabajar. Conoce usted
exactamente la naturaleza de los estímulos que han hecho que el robot se
"fuese a paseo". Tiene usted los planos originales de la adaptación
mental. Quiero que me diga usted hasta qué punto es posible a nuestro robot
hacer lo que acabo de indicarle. No me refiero a este ejemplo específico,
fíjese bien, sino a esta clase de reacciones. ¡Y quiero que me lo diga pronto!
—Entretanto, tendremos
que hacer pruebas de reacción a la Primera Ley.
Gerald Black, a
petición propia, estaba examinando los enmohecidos tabiques de madera que
formaban círculo bajo el abovedado techo del tercer piso del edificio de
Radiación 2.
Los obreros trabajaban
en su mayoría silenciosos. Uno de ellos se sentó junto a Black, se quitó el
sombrero, y se secó pensativo la frente pecosa.
—¿Cómo va esto,
Walenski? —preguntó Black haciéndole una señal.
—Suave como la manteca
—respondió Walenski encendiendo un pitillo—. ¿Qué pasa, sin embargo, doctor?
Primero estamos tres días sin trabajo y ahora tenemos todo este lío... —Se echó
atrás apoyándose en el codo y echó una bocanada de humo.
—Han venido dos robots
más de la Tierra —dijo Black juntando las cejas—. ¿Recuerda las perturbaciones
que tuvimos con los robots al penetrar en los campos gamma, antes de que les
metiésemos en el cráneo que no tenían que hacerlo?
—Sí. ¿No venían unos
nuevos robots?
—Hemos reemplazado
algunos, pero principalmente era una cuestión de adoctrinarlos. De todos modos,
los que los hacen quieren crear unos robots que no queden tan fuertemente
afectados por los rayos gamma.
—Parece extraño, de
todos modos, parar todo el trabajo por este asunto de los robots. Creía que
nada podía detener la creación de la Zona...
—Eso es la gente de
arriba quien tiene que decirlo. Yo..., no hago más que lo que me dicen.
Probablemente todo es una cuestión de infl...
—Sí —interrumpió el
electricista con una sonrisa y guiñando el ojo—. Siempre hay quien tiene amigos
en Washington... Pero mientras mi paga llegue puntualmente, no me preocupo. La
cuestión de la Zona no es asunto mío. ¿Qué van a hacer aquí?
—¿Me lo pregunta? Han
traído unos robots... más de sesenta, y van a medir sus reacciones. Eso es
"todo" lo que sé.
—¿Cuánto tiempo se
necesitará?
—Me gustaría saberlo.
—Ya... —dijo Walenski
en tono de sarcasmo—. Con tal de que me paguen bien, por mí pueden jugar tanto
como quieran.
Un hombre estaba
sentado en una silla, inmóvil, silencioso. Un peso caía por el aire, sobre él;
después, en el último momento, se apartó a un lado, bajo el sincronizado empuje
de un súbito rayo de fuerza. En sesenta y tres células de madera, sesenta y tres
robots Nst-2 se lanzaron simultáneamente adelante en aquel preciso segundo,
antes de que el peso alcanzase al hombre y sesenta y tres fotocélulas
instaladas a cinco pies de su posición original, accionaron la punta marcadora
e hicieron una pequeña señal en el papel. El peso caía y se elevaba, caía y se
elevaba, caía y...
¡Diez veces!
Diez veces los robots
saltaron adelante y se detuvieron, mientras el hombre permanecía tranquilamente
sentado.
El general Kallner no
había vuelto a ponerse su esplendoroso uniforme desde la primera comida dada a
los representantes de la U.S. Robots. Entonces, en mangas de camisa, llevaba el
cuello abierto y el nudo de la corbata flojo.
Miró esperanzado a
Bogert, que seguía impecablemente vestido y cuyas emociones interiores eran
sólo delatadas por un ligero sudor en la frente.
—¿Qué le parece?
—preguntó el general—. ¿Qué está usted tratando de ver?
—Una diferencia que
puede resultar demasiado sutil para nuestros propósitos —respondió Bogert—.
Para sesenta y dos de estos robots la necesidad de saltar hacia el ser humano
en peligro aparente ha sido lo que llamamos, en lenguaje robótico, una reacción
forzosa. Comprenda usted, incluso cuando el robot sabe que al ser humano en
cuestión no le ocurrirá nada, y tiene que saberlo después de la tercera o
cuarta vez, no puede evitar reaccionar como lo ha hecho. La Primera Ley lo
exige.
—¡Bien, y qué!
—Pero el robot sesenta
y tres, este Néstor modificado, no tiene tal compulsión. Está bajo una acción
libre. Si hubiese querido, hubiera podido continuar en su sitio.
"Desgraciadamente" —añadió con un tono de lamento en la palabra—, no
ha sido éste su deseo.
—¿Supone usted el
porqué?
—Supongo —dijo Bogert
encogiéndose de hombros—, que la doctora Calvin nos lo dirá cuando venga.
Probablemente con una interpretación horriblemente pesimista, además. Algunas
veces es un poco molesta.
—¿Está calificada,
verdad? —preguntó el general con cierta inquietud.
—Sí —dijo Bogert—. Está
calificada. Entiende en robots como si fuesen sus hermanos. Quizá sea la
consecuencia de odiar a los seres humanos con la misma intensidad. En todo
caso, psicóloga o no, es sumamente neurótica. Tiene tendencias paranoicas. No
se la tome demasiado en serio.
Extendió delante de él
un largo rollo de gráficas llenas de líneas quebradas.
—Vea, general, en el
caso de cada robot, el tiempo-intervalo entre la caída del peso y el salto de
un metro y medio hacia adelante tiende a disminuir a medida que la prueba se
repite. Hay una relación matemáticamente definida que gobierna estas cosas y el
no conformarse a ello indicaría una marcada anormalidad en el cerebro
positrónico. Desgraciadamente, aquí todos parecen normales.
—Pero si nuestro Néstor
10 no responde obedeciendo a una fuerza obligatoria, ¿por qué su curva no es
diferente? No lo entiendo.
—Es muy sencillo. Las
reacciones robóticas son perfectamente análogas a las humanas, ésta es la
lástima. En los seres humanos, la acción voluntaria es más lenta que el
reflejo. Pero con los robots no es éste el caso; es una mera cuestión de
libertad de elección; por lo demás, la rapidez de la acción forzosa y la libre
es la misma. Lo que yo había esperado era que Néstor 10 fuese pillado de
sorpresa la primera vez y dejase transcurrir un intervalo demasiado grande
antes de responder.
—¿Y no fue así?
—Temo que no.
—Entonces, no hemos
llegado a ninguna parte —dijo el general, echándose atrás con expresión
contrariada—. Hace ya cinco días que están ustedes aquí...
En aquel momento entró
Susan Calvin y volvió a cerrar la puerta con un fuerte golpe.
—Retire sus gráficas de
aquí, Peter. Ya sabe usted que no demuestran nada.
Murmuró algo con
impaciencia al ver que el general se levantaba para saludarla y prosiguió:
—Vamos a tener que
intentar algo más urgente. No me gusta todo lo que ocurre.
—¿Pasa algo? —preguntó
Bogert, cambiando una mirada con el general.
—¿Específicamente? ¡No!
Pero no me gusta que Néstor 10 siga eludiéndonos. Es un mal asunto. Debe
halagar su vanidoso sentido de superioridad. Mucho me temo que su complejo no
sea ya meramente el de obedecer órdenes. Me parece que se está convirtiendo en una
aguda necesidad neurótica, para él, ir más allá que los humanos. Es una
situación malsana y peligrosa. Peter, ¿hizo usted lo que le pedí? ¿Ha
establecido los factores inestables del Nst-2 modificado siguiendo las líneas
que le pedí?
—Está en marcha
—respondió el matemático sin interés.
Susan lo miró durante
un momento con rencor y se volvió hacia el general.
—Néstor 10 se ha dado
cuenta, desde luego, de lo que estamos haciendo, general. No tiene necesidad
alguna de morder el cebo en este experimento, especialmente después de la
primera vez, cuando tiene que haber visto que el sujeto no corre peligro. Los
otros no podían abstenerse; pero él está fingiendo deliberadamente la reacción.
—¿Y qué cree usted que
debemos hacer, doctora Calvin?
—Imposibilitarle,
falsificar su reacción la próxima vez. Repetiremos el experimento, pero con una
modificación. Estableceremos unos cables de alta tensión entre los robots y el
sujeto, capaces de electrocutar los modelos Néstor en cantidad suficiente para
que no puedan saltar por encima de ellos; el robot se dará cuenta de que tocar
los cables significa la muerte.
—¡Alto! —exclamó
súbitamente Bogert, indignado—. No vamos a electrocutar dos millones de dólares
de robots para localizar a Néstor 10. Hay otros medios.
—¿Está usted seguro? No
hemos encontrado ninguno. De todos modos, no se trata de electrocución. Podemos
aplicar un contacto que cortará la corriente en el momento de soltar el peso.
Si el robot pisa los cables, no será electrocutado. Pero el robot "no lo
sabrá".
—¿Saldrá bien esto?
—dijo el general con un brillo de esperanza en los ojos.
—Creo que sí. En estas
condiciones, Néstor 10 tiene que permanecer en su silla. Puede recibir la orden
de tocar los cables y morir, porque la Segunda Ley de obediencia es anterior a
la Tercera Ley de autoconservación; pero esta orden no la recibirá, será
meramente dejado a su propio impulso, como todos los demás robots. En el caso
de los robots normales, la Primera Ley de la seguridad humana los llevará a la
muerte aun sin haber recibido orden expresa. Pero en el caso de nuestro Néstor
10, no. Sin la Primera Ley completa, y sin haber recibido órdenes específicas,
la Tercera Ley, la de autoconservación, será la más fuerte y no tendrá más
remedio que permanecer en su sitio. Será una acción forzosa.
—¿Lo hacemos esta
noche, entonces?
—Esta noche —dijo la
doctora en psicología— si los cables pueden tenderse a tiempo. Voy a explicar a
los robots lo que vamos a hacer.
Un hombre estaba
sentado en una silla, inmóvil, silencioso. Un peso caía sobre él, rápido;
después, en el último momento, se apartó a un lado bajo el sincronizado empuje
de un súbito rayo de energía.
Sólo una vez...
Y desde su silla
plegable de la cabina de observación, la doctora Susan Calvin se levantó de un
salto, abriendo la boca horrorizada.
Sesenta y tres robots
permanecían sentados inmóviles en sus sillas, mirando con ojos de milano el
hombre en peligro que tenían delante. Ni uno de ellos se movió.
La doctora Calvin
estaba furiosa hasta casi lo insoportable. Tanto más furiosa, por no atreverse
a demostrarlo delante de los robots, que iban entrando y saliendo uno a uno de
la habitación. Comprobó la lista. Ahora tenía que entrar el Veintiocho. Faltaban
todavía veinticinco.
Entró el número
Veintiocho, receloso.
—¿Cómo te llamas?
—preguntó Susan, tratando de conservar la calma.
Con una voz apagada e
incierta, el robot contestó:
—No he recibido nombre
todavía. Soy un Nst-2 y ocupaba el número veintiocho en la hilera. Tengo aquí
una tira de papel que voy a darle.
—¿Habéis estado ya aquí
alguna otra vez?
—No.
—Siéntate. Vas a
contestar a algunas preguntas, número Veintiocho. ¿Estabas en la Sala de
Radiaciones del Edificio Dos hace unas cuatro horas?
El robot tuvo
dificultad en contestar; finalmente lo hizo con un ronquido, como de una
maquinaria que necesitase aceite.
—Sí, doctora.
—Había allí un hombre
que estaba casi en peligro de sufrir daño, ¿no?
—Sí, doctora.
—Y tú no hiciste nada
¿verdad?
—No, doctora.
—A aquel hombre pudo
ocurrirle daño por causa de tu inacción. ¿Sabes esto, verdad?
—Sí, doctora. No pude
evitarlo, doctora. —Es difícil imaginar una voluminosa figura metálica sin
expresión gimiendo, pero casi lo consiguió.
—Quiero que me digas
exactamente por qué no hiciste nada por salvarlo.
—Quiero explicárselo,
doctora. No quiero que creas..., que "nadie", crea... que soy capaz
de causar daño a un ser humano. ¡Oh, no, esto sería horrible... e inconcebible!
—¡Por favor, no te
excites, muchacho! No te censuro nada. Quiero solamente que me digas qué
pensabas en aquel momento.
—Doctora, antes de que
todo aquello ocurriese, nos dijiste que uno de los humanos estaría en peligro
por aquel peso que se caía y que tendríamos que cruzar unos cables eléctricos
si queríamos intentar salvarlo. Bien, esto no me hubiera detenido. ¿Qué es mi
destrucción comparada con la seguridad de un humano? Pero... se me ocurrió que
si yo moría al ir a salvarlo, estaría muerto sin objeto alguno y quizá algún
día otro humano podría sufrir un daño que no hubiera sufrido si yo hubiese
estado todavía en vida. ¿Me entiendes, doctora?
—¿Quieres decir que era
una mera elección entre la muerte del humano solo o la muerte de los dos?
—Eso es. Era imposible
salvar al humano. Podía considerársele muerto. En este caso era inconcebible
que yo corriese a la muerte..., sin haber recibido órdenes.
La doctora en
psicología sacó un lápiz. Había oído la misma historia con insignificantes
variaciones veintisiete veces ya. La pregunta crucial venía ahora.
—Oye —dijo—, tu punto
de vista tiene sus razones, pero no es lo que yo hubiera creído que eras capaz
de pensar. ¿Se te ocurrió a ti?
—No —dijo el robot
después de haber vacilado.
—¿A quién se le
ocurrió, pues?
—Anoche estábamos
hablando y uno de nosotros tuvo esta idea, y nos pareció a todos razonable.
—¿A cuál?
El robot quedó sumido
en profunda reflexión.
—No lo sé. Uno de
nosotros.
—Nada más —dijo Susan
con un suspiro.
El robot siguiente era
el Veintinueve. Después vinieron treinta y cuatro más.
También el general
Kallner estaba enojado. Durante una semana estera toda la Hyper Base había
estado inmovilizada, a excepción de algún trabajo de papeleo sobre los
asteroides subsidiarios del grupo. Y entonces los representantes, o por lo
menos la mujer, hacían proposiciones inaceptables.
Afortunadamente para la
situación general, Kallner juzgaba imposible poner de manifiesto abiertamente
su cólera.
—¿Por qué no, general?
—insistía Susan Calvin—. Es evidente que la actual situación es desgraciada. La
única forma como podemos encontrar algún resultado en el futuro, o en lo que
nos quede de futuro en este asunto, es separar los robots. No podemos conservarlos
juntos por más tiempo.
—Mi querida doctora
Calvin —gruñó el general con una voz que había alcanzado los registros bajos de
un barítono—, no veo cómo alojar separadamente sesenta y tres robots en este
sitio...
—Entonces no puedo
hacer nada —interrumpió Susan levantado los brazos en un gesto de
desesperación—. Néstor 10 imitará lo que hagan los demás robots o inducirá a
los demás a no hacer lo que no puede hacer él. Y en ambos casos, es un mal
asunto. Estamos en pugna con el condenado robot desaparecido y por ahora nos
gana. Cada victoria suya agrava la anormalidad.
Se puso en pie con
rígida determinación.
—General Kallner, si no
puede separar los sesenta y tres robots como le pido, me veo obligada a pedirle
que los sesenta y tres sean destruidos inmediatamente.
—¿Lo pide usted,
verdad? —preguntó Bogert interviniendo súbitamente con rabia—. ¿Y quién le da a
usted derecho a pedirá semejante cosa? Estos robots permanecer n como están.
Soy yo el responsable de ellos, no usted.
—Y yo —añadió el
general Kallner—, soy el responsable del Coordinador del Mundo..., y tengo que
solucionar esto.
—En tal caso —saltó en
el acto Susan Calvin— no me queda otro camino que dimitir. Si es necesario para
forzarle a usted a la indispensable destrucción, daré publicidad al asunto. No
fui yo quien dio su aprobación a la manufactura de los robots modificados.
—Una palabra más, que
viole las medidas de seguridad, doctora Calvin —dijo el general pausadamente—,
y ser usted inmediatamente detenida.
Bogert sentía que el
asunto se le escapaba de las manos. Su voz se hizo melosa.
—Vamos, vamos, estamos
portándonos como unos chiquillos. No es más que cuestión de tiempo. Tiene que
haber, con toda seguridad, un medio de vencer un robot sin dimitir, encarcelar
a nadie ni destruir dos millones.
La doctora en
psicología se volvió hacia él con rabia contenida.
—No quiero que existan
robots descompensados. Tenemos un Néstor que está positivamente descompensado,
once que lo están potencialmente y sesenta y dos normales que empiezan a estar
sujetos a un ambiente descompensado. El único medio de seguridad absoluta es su
destrucción.
El zumbido de llamada
se dejó oír en la puerta y los tres se callaron, helando la creciente violencia
de la discusión.
—¡Adelante! —gruñó
Kallner.
Era Gerald Black, al
parecer turbado. Había oído voces encolerizadas.
—He creído mi deber
venir... —dijo—; hubiera considerado indiscreto hablar de ello con nadie...
—¿Qué ocurre? No haga
discursos...
—Alguien ha tocado las
cerraduras del Compartimiento C de la nave mercante. Hay rasguños recientes en
ellas.
—¿El Compartimiento C?
—exclamó Susan rápidamente—. ¿Es el que encierra los robots, no? ¿Quién ha
sido?
—Desde dentro —dijo
Black lacónicamente.
—¿La cerradura no está
estropeada, verdad?
—No, está bien. He
estado cuatro días observando la nave y nadie ha tratado de salir de ella. Pero
he creído que debían saberlo ustedes y no quería divulgar la noticia. Me he
dado cuenta de la cosa personalmente.
—¿Hay alguien allí,
ahora?
—He dejado a Robins y
Mcadams vigilando.
Hubo un silencio
meditativo y la doctora dijo irónicamente:
—¿Y bien...?
—¿Qué significa todo
esto? —preguntó el general rascándose la nariz.
—¿No está claro? Néstor
10 está proyectando marcharse. La orden de "irse a paseo" lo domina
anormalmente por encima de todo cuanto podamos hacer. No me sorprendería que lo
que le dejaron de la Primera Ley no fuese suficientemente fuerte para vencerlo.
Es perfectamente capaz de apoderarse de la nave y fugarse en ella. Entonces
tendremos a un robot loco en una nave del espacio. ¿Qué sucederá después?
¿Tiene alguna idea? ¿Sigue usted queriéndolos dejar tranquilos, general?
—Es absurdo
—interrumpió Bogert, que había recobrado su suavidad—. Todo esto por algunos
rasguños en una cerradura.
—¿Ha completado usted
el análisis que le pedí, doctor Bogert, puesto que da usted su opinión?
—Sí.
—¿Puedo verlo?
—No.
—¿Por qué no? ¿O tengo
que pedir esto por favor también?
—Porque sería inútil,
Susan. Le dije a usted por adelantado que estos robots modificados son menos
estables que los normales, y mi análisis lo demuestra. Hay un número muy
pequeño de probabilidades de colapso en circunstancias extremas, que es muy
improbable que se produzcan. Dejémoslo en eso. No voy a darle a usted
municiones para su absurda pretensión de destruir sesenta y tres robots
perfectos, sólo porque carece usted de facultades para descubrir el Néstor 10
entre ellos.
Susan Calvin lo miró
fijamente, con el desprecio pintado en sus ojos.
—¿No omite usted un
solo detalle en su eterna dictadura, verdad?
—Por favor —suplicó
Kallner irritado—. ¿Insiste usted en que no es posible hacer nada más?
—No se me ocurre nada
más general —respondió la doctora—. Si hubiese alguna otra diferencia entre
Néstor 10 y los robots normales, diferencias que no afectasen a la Primera
Ley... Aunque fuese una sola diferencia. En envoltorio, contenido,
especificaciones... —Súbitamente se detuvo.
—¿Qué pasa?
—Se me ha ocurrido
algo... Pienso... —Su mirada se hizo distante y vaga—. Estos Néstors
modificados, Peter..., ¿recibieron la misma forma de impresión que los
normales, verdad?
—Exactamente la misma.
—Y... ¿qué es lo que
decía usted, Mr. Black? —dijo volviéndose hacia el joven doctor que en medio de
la tormenta que habían desencadenado sus noticias guardaba un discreto
silencio—. Una vez, al quejarse de la actitud de superioridad de Néstor, dijo
usted que los técnicos le habían enseñado todo lo que sabían.
—Sí, en Física etérea.
No estaban al corriente de este tema cuando llegaron aquí.
—Esto es verdad —dijo
Bogert, sorprendido—. Ya le dije a usted, Susan, que cuando hablé con los otros
Néstor, los dos recién llegados no habían aprendido todavía Física etérea...
—¿Y por qué ocurre
esto? —preguntó Susan Calvin con creciente excitación—. ¿Por qué no salen los
modelos Ns-2 impresos con Física etérea en primer lugar?
—No se lo puedo decir
—respondió Kallner—. Forma parte del secreto. Pensamos que si fabricábamos un
modelo especial con conocimientos de Física etérea, empleábamos a doce de
ellos, y poníamos los otros a trabajar en un campo no coordenado, podíamos
despertar sospechas. Los hombres que trabajan con los Néstor normales podrían
preguntarse por qué saben Física etérea. De manera que nos limitamos a imprimir
en ellos la capacidad de aprender sobre el terreno. Sólo los que han venido
aquí tienen esta impresión. ¿Es sencillo?
—Comprendo. Y ahora,
por favor, retírense todos. Denme una hora para mí.
Susan Calvin comprendía
que no podía soportar el suplicio por tercera vez. Su mente lo había examinado
y rechazado con una intensidad que le produjo náuseas. Le era imposible
enfrentarse nuevamente con aquella interminable hilera de robots.
De manera que era
Bogert quien interrogaba ahora, mientras ella permanecía sentada con los ojos y
la mente medio cerrados.
Entró el número
Catorce. Faltaban todavía cuarenta y nueve.
—¿Qué número tienes en
la hilera? —le preguntó Bogert, levantando la vista de la hoja de papel.
—Catorce —dijo el robot
mostrando su tarjeta numerada.
—Siéntate, muchacho.
¿Habías estado ya aquí antes? —preguntó.
—No, señor.
—Bien, vamos a tener
otro hombre en peligro de sufrir daño en cuanto salgamos de aquí. Cuando salgas
de esta habitación te llevarán a un sitio donde esperarás tranquilamente a que
se te necesite. ¿Comprendes?
—Sí, señor.
—Y, naturalmente, si un
hombre está en peligro, tratarás de salvarlo
—Naturalmente, señor.
—Desgraciadamente,
entre el hombre y tú habrá un campo de rayos gamma.
Silencio.
—¿Sabes lo que son los
rayos gamma?
—¿Radiación de energía,
señor?
La siguiente pregunta
fue hecha en tono indiferente, amistoso.
—¿Has trabajado ya con
rayos gamma?
—No, señor —respondió
el robot categóricamente.
—Pues..., verás,
muchacho, los rayos gamma te matarán instantáneamente. Destruirán tu cerebro.
Este es un hecho que debes recordar. Naturalmente, tú no querrás destruirte...
—Naturalmente. —Una vez
más el robot parecía extrañado. Lentamente, prosiguió—: Pero, señor, ¿si los
rayos gamma están entre el hombre en peligro y yo, cómo puedo salvarlo? Me
destruiré yo sin ningún fin.
—Sí, eso es. —Bogert
parecía preocupado por el asunto—. Lo único que puedo aconsejarte, muchacho, es
que si detectas radiaciones gamma entre el hombre y tú, harás bien en
permanecer sentado.
—Gracias, señor. ¿Sería
inútil, verdad? —dijo el robot, visiblemente aliviado.
—En efecto. Pero si no
hubiese radiaciones gamma, la cosa sería totalmente diferente, ¿no es eso?
—Naturalmente, señor,
no hay duda.
—Ahora puedes
marcharte. El hombre que está aquí en la puerta te llevará a tu sitio. Espera
allí.
Una vez el robot se
hubo marchado, Bogert se volvió hacia Susan.
—Muy bien —dijo ella sinceramente.
—¿Cree usted que
podremos descubrir a Néstor 10 interrogándolos rápidamente sobre Física etérea?
—Quizá , pero no es muy
seguro. —Tenía las manos como muertas en el regazo—. Recuerde que lucha con
nosotros. Está en guardia. La única manera de vencerlo es ser más listos que
él, y, dentro de sus limitaciones, puede pensar mucho más rápidamente que un ser
humano.
—Bien, sólo para ver
qué pasa; supongamos que a partir de ahora hago a los robots algunas preguntas
sobre los rayos gamma. Límites de longitud de onda, por ejemplo.
—¡No! —exclamó Susan
Calvin, mientras reaparecía la vida en sus ojos—. Le sería demasiado fácil
negar sus conocimientos y esto le pondría en guardia contra la siguiente
prueba..., que es nuestra verdadera probabilidad. Siga, por favor, haciendo las
preguntas como le he indicado, Peter, y no improvise. Está perfectamente en su
derecho preguntarles si han trabajado ya con rayos gamma. Y trate incluso de
parecer menos interesado todavía.
Bogert se encogió de
hombros y tocó el timbre que haría entrar al número siguiente.
La espaciosa Sala de
Radiaciones estaba a punto una vez más. Los robots esperaban pacientemente en
sus células de madera, todas ellas abiertas por el centro, pero separadas unas
de otras.
El general Kallner se
secó lentamente la frente con un enorme pañuelo, mientras Susan Calvin se
ocupaba con Black de los últimos detalles.
—¿Está usted seguro
—preguntó— de que ninguno de los robots ha tenido ocasión de hablar con los
demás desde que han salido de la Cámara de Orientación?
—Absolutamente seguro
—insistió Black—. No han cambiado una palabra.
—¿Y cada robot está en
su célula indicada?
—Aquí está el plano.
La doctora permaneció
un momento estudiándolo, pensativa.
—¿Cuál es el plan de
esta ordenación, doctora? —preguntó el general asomándose por encima de su
hombro.
—He pedido que me
colocasen a los robots que me han parecido faltar un poco a la verdad en las
primeras pruebas, concentrados en un lado del círculo. Esta vez voy a sentarme
yo en el centro y quiero observarlos particularmente.
—¿Va "usted"
a sentarse allí?... exclamó Bogert.
—¿Por qué no? —preguntó
ella, fríamente—. Lo que espero ver puede ser instantáneo. No puedo correr el
riesgo de poner a otro como primer observador. Peter, usted estará en la cabina
de observación y quiero que se fije muy bien en el lado opuesto del círculo.
General Kallner, he dispuesto que se filme a cada uno de los robots, para el
caso de que la observación visual no fuese suficiente. Si es necesario, los
robots tendrán que permanecer sentados exactamente donde están hasta que la
película haya sido revelada y estudiada. Ninguno debe marcharse, ninguno debe
cambiar de sitio. ¿Está claro?
—Perfectamente.
—Entonces, vamos a
probar otra vez.
Susan Calvin estaba
sentada en la silla, silenciosa, la mirada inquieta. Un peso cayó
precipitadamente hacia abajo, y se apartó a un lado en el último momento bajo
el empuje sincronizado de un súbito rayo de energía.
Un solo robot se puso
en pie y avanzó dos paso. Y se detuvo.
Pero la doctora Calvin
se había levantado ya y lo señalaba con el dedo.
—Néstor 10, ven aquí
—gritó—. ¡Ven! ¡"Ven aquí"!
Lentamente, a
regañadientes, el robot avanzó otro paso.
Sin apartar la vista
del robot, la doctora gritó, con todas las fuerzas de su voz:
—¡Qué todos los demás
robots salgan inmediatamente de esta habitación, pronto! ¡Sáquenlos en seguida
y manténgalos fuera!
A sus oídos llegó el
sordo rumor de unas fuertes pisadas, pero no apartó la vista. Néstor 10, si es
que era Néstor 10, avanzó otro paso, y después, bajo la fuerza de un imperativo
gesto, dos más. Estaba sólo a tres metros de ella cuando, con voz ronca, dijo:
—Me han dado orden de
perderme... —Otro paso—. No debo desobedecer. No me han encontrado hasta... Me
creería un fracasado. Me dijo... Pero no es así... Soy poderoso e
inteligente...
Las palabras salían
fraccionadas.
Otro paso.
—Sé mucho... Va a
pensar... He sido descubierto... Desgraciado... Yo no... Soy inteligente... Y
con este dueño..., que es débil... Lento...
Otro paso, y un brazo
de metal se levantó, apoyándose súbitamente sobre el hombro de Susan Calvin,
que sintió que el terrible peso la aplastaba.
Su garganta se agarrotó
y sintió que un estremecimiento de terror le recorría el cuerpo.
Oyó, vagamente, las
siguientes palabras de Néstor 10:
—Nadie debe
encontrarme. No tengo dueño... —La masa de frío metal se apoyaba sobre ella,
que sucumbía bajo su peso. Y entonces se produjo un extraño sonido metálico y
Susan cayó al suelo, mientras un brazo reluciente se apoyaba sobre su cuerpo.
No se movió. Ni Néstor 10 tampoco, echado a su lado.
Y unos instantes
después unos rostros se inclinaron sobre ella.
—¿Está usted herida,
doctora Calvin? —jadeaba Gerald Black.
Susan movió lentamente
la cabeza y levantando el brazo metálico que la aplastaba, se puso en pie.
—¿Qué ha ocurrido?
—He bañado la sala con
rayos gamma durante cinco segundos. No sabíamos lo que ocurría, sólo en el
último momento nos dimos cuenta de que la agredía y no había tiempo más que
para los rayos gamma. Se derrumbó al instante. Pero no era suficiente para
hacerle daño a usted. No se preocupe, todo ha pasado ya.
—No me preocupo —dijo
ella cerrando los ojos e inclinándose a un lado—. No creo haber sido agredida,
exactamente. Néstor estaba "tratando" solamente de hacerlo. Lo que
quedaba en él de la Primera Ley lo refrenaba todavía.
Dos semanas después de
su primera reunión con el general Kallner, Susan Calvin y Peter Bogert
celebraron la última. En Hyper Base se había reanudado el trabajo. La nave con
sus sesenta y dos Nst-2 normales había salido para su destino, con una versión
oficial del retraso de dos días. El crucero del Gobierno estaba haciendo sus
preparativos para llevar a la Tierra a los dos técnicos en robótica.
Kallner lucía de nuevo
el reluciente uniforme. Sus guantes blancos deslumbraban, mientras les
estrechaba la mano.
—Los otros Néstor
modificados tendrán desde luego que ser destruidos —dijo Susan Calvin.
—Lo serán. Cubriremos
los turnos con robots normales o, si es necesario, prescindiendo de ellos...
—Bien.
—Pero, dígame..., no me
ha explicado... ¿Cómo lo consiguió?
—¡Oh, eso!... —dijo
Susan con una sonrisa de complacencia—. Hubiera podido decírselo por adelantado
si hubiese estado más segura de que saldría bien. Néstor 10 tenía un complejo
de superioridad que cada vez iba siendo más fuerte. Le gustaba creer que tanto
él como los demás robots sabían más que los seres humanos. Para él iba cobrando
importancia creerlo. Esto lo sabíamos. Advertimos, por lo tanto, a cada robot
por adelantado que los rayos gamma los matarían, lo cual era verdad, y les
advertimos además que entre ellos y yo habría rayos gamma. De manera que cada
cual se quedó donde estaba, naturalmente. Por la lógica de Néstor 10 durante la
primera prueba, habían todos decidido que no tenía utilidad alguna tratar de
salvar una vida humana, puesto que ellos morirían antes de conseguirlo.
—Bien, sí, doctora
Calvin, esto lo comprendo. Pero ¿por qué abandonó su sitio Néstor 10?
—¡Ah!... El doctor
Black y yo habíamos hecho un pequeño arreglo. No eran los rayos gamma los que
inundaban el espacio entre los robots y yo, sino los infrarrojos. Rayos
ordinarios de calor, absolutamente inofensivos. Néstor 10 sabría que eran rayos
infrarrojos inofensivos y se lanzó adelante como esperaba que harían los demás
bajo la compulsión de la Primera Ley. Sólo una fracción de segundo demasiado
tarde recordó que el Ns-2 normal puede detectar la radiación pero no puede
identificar el tipo. Qué él sólo pudiese identificar las longitudes de onda,
por la instrucción que había recibido en Hyper Base, bajo la dirección de meros
seres humanos, era en aquel momento demasiado humillante de recordar. Para los
robots normales el área era fatal, les habíamos dicho que lo sería, y sólo
Néstor sabía que mentíamos.
Hizo una pausa, antes
de terminar.
—Y por un solo momento
olvidó, o no quiso recordar, que otros robots pueden ser más ignorantes que los
seres humanos. Su misma superioridad lo perdió. Buenas tardes, general.
Riesgo
La Base Hiper había
vivido para aquel día. Ocupando toda la tribuna de la sala de observación, en
un orden de precedencia estrictamente dictado por el protocolo, había un grupo
de oficiales, científicos, técnicos y otros que solamente podían ser catalogados
con la calificación general de «personal». De acuerdo con sus temperamentos
individuales, aguardaban esperanzados, intranquilos, conteniendo el aliento,
ansiosos, o temerosos de aquella culminación de sus esfuerzos.
El hueco interior del
asteroide conocido como la Base Hiper se había convertido para aquel día en el
centro de una esfera de férrea seguridad que se extendía a más de quince mil
kilómetros a su alrededor. Ninguna nave podía entrar en aquella esfera y sobrevivir.
Ningún mensaje podía abandonarla sin escrutinio previo.
A mil quinientos
kilómetros de distancia, más o menos, un pequeño asteroide se movía exactamente
en la órbita en la que había sido emplazado un año antes, una órbita que
circundaba la Base Hiper en un círculo tan perfecto como era posible. El número
de identidad del pequeño asteroide era H937, pero nadie en la Base Hiper lo
llamaba de otro modo que Él. («¿Has estado en él hoy?» «El general está en él,
echando humo», y finalmente el pronombre personal había alcanzado, la dignidad
de la mayúscula.)
En Él, desocupado ahora
que se aproximaba el segundo cero, estaba la Parsec, la única nave de su clase
jamás construida en la historia del hombre. Aguardaba, sin tripulación humana,
lista para su despegue hacia lo inconcebible.
Gerald Black que, como
uno de los brillantes ingenieros etéricos jóvenes, ocupaba un puesto de primera
fila, hizo chasquear sus amplios nudillos, se secó las sudorosas palmas en la
manchada bata blanca, y dijo ácidamente:
—¿Por qué no va a
molestar usted al general, o a la dama que lo acompaña?
Nigel Ronson, de la
Interplanetary Press, miró brevemente a través del estrado hacia el
resplandeciente general de división Richard Kallner y a la anodina mujer que
estaba a su lado, apenas distinguible junto al rutilante uniforme del hombre.
—Lo haría —dijo—, pero
estoy interesado en las noticias.
Ronson era bajo y
regordete. Llevaba el pelo cuidadosamente peinado al cepillo, cortado a menos
de un centímetro, el cuello de la camisa abierto, y las perneras de sus
pantalones largas hasta los tobillos, en una fiel imitación de los periodistas
que eran más populares en la televisión. Sin embargo, era un buen periodista.
Black era robusto, y su
negro pelo dejaba poco espacio para su frente, pero su cerebro era tan hábil
como sus gruesos dedos torpes. Dijo:
—Ellos tienen todas las
noticias.
—Tonterías —replicó
Ronson—. Kallner no tiene apenas cuerpo bajo todos esos entorchados.
Quíteselos, y no encontrará más que un transmisor enviando órdenes a los de
abajo y cargando su responsabilidad a los de arriba.
Black estuvo a punto de
sonreír, pero reprimió su sonrisa.
—¿Qué hay acerca de la
doctora? —preguntó.
—La doctora Susan
Calvin, de la Compañía de Robots y Hombres Mecánicos de los Estados Unidos
—entonó el periodista—. La dama tiene hiperespacio en el corazón y helio
liquido en los ojos. Pasaría a través del sol y saldría por el otro lado
envuelta en llamas congeladas.
Black se acercó un poco
más a la sonrisa.
—¿Qué le parece el
director Schloss, entonces?
—Sabe demasiado —dijo
Ronson sin reflexionar—. Pero con el tiempo que pierde alimentando la débil
llamita de la inteligencia en sus oyentes y disminuyendo la antorcha de su
propio cerebro por miedo a cegarlos permanentemente con su deslumbrante fuerza,
termina siempre por no decir nada.
Esta vez Black mostró
sus dientes.
—Entonces dígame por
qué me ha escogido a mí.
—Muy fácil, doctor. Lo
observé, e imaginé que era usted demasiado feo como para ser estúpido y
demasiado listo como para perderse una posible oportunidad de hacerse un paco
de buena publicidad personal.
—Recuérdeme que le dé
un puñetazo algún día —dijo Black—. ¿Qué es lo que quiere saber?
El hombre de la
Interplanetary Press señaló hacia el pozo y preguntó:
—¿Va a funcionar eso?
Black miró también
hacia abajo, y sintió un vago estremecimiento, como si acabara de recibir una
ráfaga del tenue viento nocturno marciano. El pozo era una enorme pantalla de
televisión, dividida en dos. Una mitad era una vista general de Él. En la gris
superficie llena de cráteres de Él se hallaba la Parsec brillando tenuemente a
la débil luz del sol. La otra mitad mostraba la sala de control de la Parsec.
No había vida en aquella sala de control. En el asiento del piloto había un
objeto cuya vaga humanidad no ocultaba en ningún momento el hecho de que era
tan sólo un robot positrónico.
—Físicamente, amigo,
eso funcionará —dijo Black—. El robot lo hará hasta su objetivo y regresará.
¡Espacio!, qué éxito tuvimos con esa parte del asunto. Yo la presencié toda.
Vine aquí dos semanas después de obtener mi graduación en física etérica y he estado
aquí, sin tomarme vacaciones ni permisos, desde entonces. Estaba aquí cuando
enviamos la primera pieza de alambre de hierro a la órbita de Júpiter y la
hicimos volver a través del hiperespacio…, y conseguimos tan sólo limaduras de
hierro. Estaba aquí cuando enviamos ratones blancos hasta allí y los hicimos
volver y conseguimos carne picada de ratón.
»Después de eso pasamos
seis meses estableciendo un hipercampo estable. Tuvimos que eliminar intervalos
tan pequeños como diezmilésimas de segundo de punto a punto a fin de hacer
viable el hiperviaje. Después de eso, los ratoncitos blancos empezaron a regresar
intactos. Recuerdo cómo estuvimos una semana celebrándolo cuando un ratón
blanco regresó vivo y vivió diez minutos antes de morir. Ahora viven durante
tanto tiempo como podemos seguir cuidándolos.
—¡Espléndido! —dijo
Ronson.
Black le miró de
soslayo.
—Dije: físicamente,
funcionará. Esos ratoncitos blancos que regresan…
—¿Sí?
—Carecen de mente. Ni
siquiera una pequeña mente tipo ratón. No comen. Tienen que ser alimentados a
la fuerza. No se emparejan. No corren. Se quedan sentados. Sentados. Sentados.
Eso es todo. Finalmente arreglamos las cosas para enviar un chimpancé. Fue lastimoso.
Era algo demasiado parecido a un ser humano como para que el contemplarlo fuera
soportable. Regresó convertido en un montón de carne que podía hacer unos
limitados movimientos arrastrantes. Podía mover los ojos, y a veces podía
escarbar. Gemía y se sentaba sobre sus propios excrementos sin moverse en
absoluto. Alguien le pegó un tiro un día, y todos nos sentimos agradecidos por
ello. Le diré esto, amigo: nada que haya ido nunca al hisperespacio ha vuelto
trayéndose su mente consigo.
—¿Puedo publicar eso?
—Después de este
experimento, quizá. Esperan grandes cosas de él.
Black alzó ligeramente
una comisura de la boca.
—¿Usted no?
—¿Con un robot en los
controles? No.
Casi automáticamente,
la mente de Black regresó a aquel interludio, hacía algunos años, cuando había
sido inconscientemente responsable de casi la pérdida de un robot. Pensó en los
robots Nestor que habían llenado la Base Hiper con su conocimiento adquirido y
sus perfeccionistas imperfecciones. ¿De qué servía hablar de robots? Él no era,
por naturaleza, un misionero.
Pero entonces Ronson,
llenando el prolongado silencio con un poco de charla intrascendente, dijo,
mientras reemplazaba el chicle de su boca con una nueva barra:
—No me diga que es
usted un antirrobots. Siempre he oído decir que los científicos eran el único
grupo que no es antirrobots.
La paciencia de Black
se rompió. Dijo:
—Eso es cierto, y ahí
está el problema. La tecnología funciona a base de robots. Cualquier trabajo
tiene que tener un robot al lado, o el ingeniero a cargo se siente estafado.
Desea usted un sujeta-puertas: compre un robot con unos pies pesados. Eso es cierto.
Estaba hablando con una
voz baja e intensa, dirigiendo directamente las palabras al oído de Ronson.
—Eh, yo no soy un
robot. No la tome conmigo. Soy un hombre. Homo sapiens. Ha estado a punto de
romperme un hueso. ¿No es eso una prueba?
Pero una vez lanzado,
Black necesitaba algo más que una frivolidad para detenerle.
—¿Sabe usted cuánto
tiempo se ha perdido preparando todo esto? —preguntó—. Hemos construido un
robot perfectamente generalizado y le hemos dado una orden. Punto. Yo oí dar
esa orden. La he memorizado. Breve y concisa: «Toma la palanca con una presión
firme. Tira de ella firmemente hacia ti. ¡Firmemente! Mantén tu presión hasta
que el tablero de control te informe que has pasado dos veces a través del
hiperespacio».
»De modo que, a la hora
cero, el robot agarrará la palanca de control y tirará de ella firmemente hacia
sí. Sus manos han sido calentadas hasta la temperatura de la sangre. Una vez la
palanca de control se halla en posición, la expansión calorífica completa el
contacto y se inicia el hipercampo. Si le ocurre algo a su cerebro durante el
primer viaje a través del hiperespacio; no importa. Todo lo que necesita hacer
es mantener la posición un microinstante, y la nave regresará y el hiperespacio
se desconectará. Nada puede ir mal. Luego estudiaremos todas sus relaciones
generalizadas y veremos lo que ha ido mal, si es que algo ha ido mal.
Ronson parecía
desconcertado.
—Todo eso tiene sentido
para mí.
—¿De veras? —preguntó
Black amargamente—. ¿Y qué es lo que aprenderá usted del cerebro de un robot?
El suyo es positrónico, el nuestro es celular. El suyo es metálico, el nuestro
es proteínico. No son lo mismo. No hay punto de comparación. Sin embargo, estoy
convencido de que sobre las bases de lo que aprendan, o crean que han aprendido
del robot, enviarán a hombres al hiperespacio. ¡Pobres diablos!… Mire, no se
trata de una cuestión de morir. Se trata de volver sin mente. Si hubiera visto
usted al chimpancé, sabría lo que quiero decir. La muerte es algo limpio y
definitivo. Lo otro…
—¿Ha hablado usted a alguien
de esto? —preguntó el periodista.
—Sí —dijo Black—. Dicen
lo mismo que usted. Dicen que soy un antirrobots, y eso lo arregla todo para
ellos. Mire a Susan Calvin, ahí. Puede ver que ella no es antirrobots. Vino
especialmente de la Tierra para observar este experimento. Si hubiera habido un
hombre a los controles, ella ni siquiera se habría molestado. ¡Pero qué
importa!
—Eh —dijo Ronson—, no
se detenga ahora. Hay más.
—¿Más qué?
—Más problemas. Usted
ha explicado lo del robot. Pero ¿por qué todas esas repentinas medidas de
seguridad?
—¿Eh?
—Oh, vamos. De pronto,
no puedo enviar mis transmisiones. De pronto, las naves no pueden acercarse a
esta zona. ¿Qué es lo que está pasando? Esto tan sólo es otro experimento. El
público sabe acerca del hiperespacio y de lo que sus chicos están intentando
hacer, así que ¿por qué todo este secreto?
La resaca de la
irritación estaba fluyendo todavía sobre Black, irritación contra los robots,
irritación contra Susan Calvin, irritación ante el recuerdo de aquel robot
perdido en el pasado. Descubrió que le quedaba todavía un poco de irritación
para dirigirla contra aquel irritante periodista pequeño y sus irritantes
preguntas pequeñas.
“Veamos cómo se lo
toma”, se dijo a sí mismo.
—¿De veras desea
saberlo? —preguntó.
—Apueste.
—De acuerdo. Nunca
habíamos iniciado un hipercampo para un objeto que tuviera más de una
millonésima del tamaño que éste. Eso significa que el hipercampo que pronto va
a ser iniciado es algo así como un millón de millones de veces más energético
que cualquier otra cosa que jamás hayamos manejado. No estamos seguros de lo
que puede hacer.
—¿Qué quiere decir?
—La teoría nos dice que
la nave será limpiamente depositada en las cercanías de Sirio y limpiamente
devuelta aquí. Pero ¿qué cantidad de volumen de espacio alrededor de la Parsec
será arrastrado con ella? Es difícil decirlo. Todavía no sabemos lo suficiente
acerca del hiperespacio. El asteroide en el cual se halla posada la nave puede
ir con ella y, ¿sabe?, si nuestros cálculos resultan apenas un poco
equivocados, es posible que nunca sea devuelto aquí. Puede regresar, digamos, a
treinta mil millones de kilómetros de distancia. Y existe una posibilidad de
que sea arrastrado algo más que el simple asteroide.
—¿Cuánto más? —preguntó
Ronson.
—No podemos saberlo.
Hay un elemento de incertidumbre estadística. Es por eso por lo que ninguna
nave debe acercarse demasiado. Es por eso por lo que mantenemos las cosas en
secreto hasta que el experimento haya terminado felizmente.
Ronson tragó
audiblemente saliva.
—Supongamos que alcanza
la Base Hiper.
—Existe la posibilidad
—dijo Black serenamente—. No muchas posibilidades, o de otro modo el director
Schloss no estaría aquí, se lo aseguro. De todos modos, existe una posibilidad
matemática.
El periodista miró su
reloj.
—¿Cuándo ocurrirá todo
eso?
—Dentro de unos cinco
minutos. ¿Está usted nervioso?
—No —dijo Ronson pero
se sentó muy pálido y no hizo más preguntas.
Black se inclinó sobre
la barandilla de la tribuna. Los últimos minutos estaban acabándose.
¡El robot se movió!
Hubo una masa de
humanidad inclinándose hacia delante ante aquella señal de movimiento, y las
luces descendieron a fin de realzar la luminosidad de la escena de abajo. Pero
de momento sólo había sido el primer movimiento. Las manos del robot se
acercaron a la barra de contacto.
Black aguardó al
segundo final, cuando el robot tirara de la palanca hacia sí. Black podía
imaginar un buen número de posibilidades, y todas ellas saltaron de forma casi
simultánea en su mente.
Primero se produciría
el corto parpadeo que indicaría la partida a través del hiperespacio y el
regreso. Pese a que el intervalo de tiempo sería notablemente corto, el regreso
no se produciría exactamente en el mismo punto de la partida, y además habría
como un parpadeo. Siempre lo había.
Luego, cuando la nave
regresara, podría descubrirse quizá que los dispositivos que mantenían la
estabilidad del campo sobre el enorme volumen de la nave habían resultado
inadecuados. El robot podía ser tan sólo un amasijo de acero. La nave podía ser
un amasijo de acero.
O sus cálculos podían
haberse excedido algo y la nave no regresar jamás. O peor aún, la Base Hiper
podía ser arrastrada junto con la nave y no regresar jamás tampoco.
O, por supuesto, todo
podía ir bien. La nave podía parpadear y regresar en perfecto estado. El robot,
con su mente intocada, podía alzarse de su asiento y señalar así el completo
éxito del primer viaje de un objeto construido por el hombre más allá del control
gravitatorio del Sol.
El último minuto iba
desgranándose.
Finalmente llegó el
último segundo, y el robot aferró la palanca de control y tiró firmemente de
ella hacia sí…
¡Nada!
Ningún parpadeo. ¡Nada!
La Parsec nunca
abandonó el espacio normal.
El general de división
Kallner se quitó la gorra para secarse su brillante frente, y al hacerlo dejó
al descubierto una cabeza calva que hubiera envejecido diez años su apariencia
si su tensa expresión no lo hubiera hecho ya. Había pasado casi una hora desde
el fracaso de la Parsec, y no se había hecho nada.
—¿Cómo ocurrió? ¿Cómo
ocurrió? No lo comprendo.
El doctor Mayer
Schloss, que a los cuarenta años era el «gran viejo» de la joven ciencia de las
matrices de los hipercampos, dijo impotente:
—No hay nada erróneo en
la teoría de base. Apostaría mi vida en ello. Tiene que haber algún fallo
mecánico en algún lugar de la nave. Nada más. —Lo había dicho una docena de
veces—. Creí que todo había sido comprobado —había dicho también.
—Lo ha sido, señor, lo
ha sido. Sin embargo…
Y así.
Permanecían sentados
mirándose mutuamente en la oficina de Kallner, que había sido despejada ahora
de todo el personal y a la que no se permitía entrar a nadie. Ninguno de los
dos se atrevía a mirar a la tercera persona presente.
Los delgados labios de
Susan Calvin y sus pálidas mejillas no mostraban ninguna expresión. Dijo
fríamente:
—Pueden consolarse con
lo que les dije antes. Es dudoso que todo esto hubiera resultado algo útil.
—Ahora no es momento
para viejas discusiones —gruñó Schloss.
—No estoy discutiendo
nada. La Compañía de Robots y Hombres Mecánicos de los Estados Unidos se limita
a proporcionar robots fabricados según especificaciones concretas para
cualquier utilización legal por parte de un comprador legal. Nosotros hicimos
nuestra parte. Sin embargo, les informamos que no podíamos garantizarles poder
extraer conclusiones referentes al cerebro humano a partir de nada que pudiera
ocurrirle al cerebro positrónico. Nuestra responsabilidad termina aquí. No hay
nada que discutir.
—Gran espacio —dijo el
general Kallner, en un tono que hizo que la imprecación sonara débil—, no
discutamos sobre eso.
—¿Qué otra cosa podemos
hacer? —murmuró Schloss, volviendo nuevamente al tema pese a todo—. Hasta que
no sepamos exactamente lo que ocurre a la mente en el hiperespacio no podemos
hacer ningún progreso. La mente de un robot es al menos capaz de análisis matemático.
Es un inicio, una forma de empezar. Y hasta que no lo intentemos… —Alzó la
vista bruscamente—. Pero el asunto no es su robot, doctora Calvin. No estamos
preocupados por él o por su cerebro positrónico. Maldita sea, mujer… —su voz
alcanzó los límites del grito.
La robopsicóloga lo
redujo al silencio con una voz que apenas se levantó un poco por encima de su
monótono nivel.
—Nada de histerismos,
por favor. A lo largo de toda mi vida he asistido a muchas crisis, y nunca he
visto que ninguna se resolviera por la histeria. Deseo respuestas a algunas
preguntas.
Los gruesos labios de
Schloss temblaron, y sus ojos profundos hundidos parecieron retirarse aún más
en sus órbitas, dejando pozos de sombras en su lugar. Dijo ásperamente:
—¿Tiene usted algunos
conocimientos de ingeniería etérica?
—Esa es una pregunta
irrelevante. Soy robopsicóloga jefe de la Compañía de Robots y Hombres
Mecánicos de los Estados Unidos. Hay un robot positrónico sentado a los controles
de la Parsec. Como todos tales robots, es alquilado y no vendido. Tengo derecho
a pedir información relativa a cualquier experimento en el cual se halle
implicado tal robot.
—Hable con ella,
Schloss —ladró el general Kallner—. Tiene…, tiene razón.
La doctora Calvin
volvió sus pálidos ojos hacia el general, que había estado presente en la época
del asunto del robot perdido, y que por lo tanto cabía esperar que no cometería
el error de subestimarla. (Schloss estaba enfermo cuando ocurrió todo aquello,
de modo que lo sabía todo de oídas, lo cual no es tan efectivo como la
experiencia personal. )
—Gracias, general
—dijo.
Schloss miró impotente
de uno a la otra y murmuro:
—¿Qué es lo que quiere
saber?
—Obviamente, mi primera
pregunta es: ¿cuál es su problema, si no se trata del robot?
—Pero si el problema es
lo más obvio del mundo. La nave no se ha movido. ¿Acaso no puede verlo? ¿Está
usted ciega?
—Lo veo perfectamente.
Lo que no veo es su obvio pánico acerca de algún fallo mecánico. ¿Acaso su
gente no espera fallos de tanto en tanto?
—Son los gastos
—murmuró el general—. La nave es infernalmente cara. El Congreso Mundial… las
asignaciones de fondos… —Calló.
—La nave aún sigue ahí.
Una ligera revisión, una corrección, y ya está. No puede crear tantos
problemas.
Schloss se había
recuperado un poco. La expresión de su rostro era la de un hombre que ha
atrapado su alma con ambas manos, la ha agitado violentamente, y la ha puesto
en pie. Su voz adoptó incluso un tono de paciencia.
—Doctora Calvin, cuando
hablo de fallo mecánico, quiero decir algo como un relé trabado por una mota de
polvo, una conexión impedida por una mancha de grasa, un transistor inutilizado
por una momentánea expansión de calor. Una docena de cosas así. Un centenar de
cosas así. Cualquiera de ellas puede ser algo solamente temporal. Puede dejar
de tener efecto en cualquier momento.
—Lo cual significa que
en cualquier momento la Parsec puede cruzar el hiperespacio y volver después de
todo.
—Exactamente.
¿Comprende usted ahora?
—En absoluto. ¿No es
eso precisamente lo que quieren ustedes?
Schloss hizo un
movimiento como si quisiera atrapar un doble puñado de pelo y tirar fuertemente
de él.
—Usted no es un
ingeniero etérico —dijo.
—¿Es eso lo que le ata
la lengua, doctor?
—Habíamos preparado la
nave —dijo Schloss desalentadamente— para efectuar un salto desde un punto
definido del espacio tomando como referencia el centro de gravedad de la
galaxia a otro punto. El regreso tenía que efectuarse al punto original,
corregido por el movimiento del sistema—solar. En la hora que ha pasado desde
que la Parsec hubiera debido moverse, el sistema solar ha variado su posición.
Los parámetros originales a los cuales está ajustado el hiperespacio ya no son
aplicables. Las leyes normales del movimiento no se aplican al hiperespacio, e
iba a tomarnos una semana de computaciones calcular un nuevo juego de
parámetros.
—¿Quiere decir que si
la nave se mueve ahora regresará a algún punto impredecible a miles de
kilómetros de distancia?
—¿Impredecible?
—Schloss sonrió huecamente—. Sí, podría llamarlo así. La Parsec puede terminar
en la nebulosa de Andrómeda o en el centro del sol. En cualquier caso, las
posibilidades de volver a verla alguna vez están en contra nuestra.
Susan Calvin asintió.
—Entonces la situación
es que si la nave desaparece, como puede hacerlo en cualquier momento, unos
cuantos miles de millones de dólares del dinero de los contribuyentes
desaparecerán de forma irrecuperable y, podríamos decir, a causa de su
impericia.
El general de división
Kallner no hubiera saltado más perceptiblemente si le hubieran clavado
profundamente una aguja en las posaderas.
La robopsicóloga
continuó:
—De alguna forma,
entonces, el mecanismo del hiperespacio de la nave debe ser desconectado, y lo
más pronto posible. Hay que desconectar o arrancar o saltar algo —terminó
diciendo, casi hablando para sí misma.
—No es tan sencillo
—dijo Schloss—. No puedo explicárselo completamente, puesto que no es usted una
experta en etérica. Es como intentar cortar un circuito eléctrico normal
cortando unos cables de alta tensión con unas tijeras de podar. Puede ser
desastroso. Será desastroso.
—¿Quiere decir usted
que cualquier intento de cortar el mecanismo puede lanzar a la nave al
hiperespacio?
—Cualquier intento al
azar es muy probable que lo haga. Las hiperfuerzas no están limitadas por la
velocidad de la luz. Es muy probable que no posean ningún limite de velocidad
en absoluto. Eso hace las cosas extremadamente difíciles. La única solución razonable
es descubrir la naturaleza del fallo y aprender de ella una forma segura de
desconectar el campo.
—¿Y cómo se propone
hacer eso, doctor Schloss?
—Me parece que lo único
que podemos hacer —dijo Schloss— es enviar a uno de nuestros robots Néstor…
—¡No! No sea estúpido
—interrumpió Susan Calvin.
Gélidamente, Schloss
dijo:
—Los Néstor están
familiarizados con los problemas de ingeniería etérica. Serán ideales…
—Completamente
descartado. Usted no puede utilizar uno de nuestros robots positrónicos para
una finalidad como esa sin mi permiso. No lo tiene, y no lo tendrá.
—¿Cuál es la
alternativa?
—Tiene que enviar usted
a uno de sus ingenieros.
Schloss agitó
violentamente la cabeza.
—Imposible. El riesgo
implicado es demasiado grande. Si perdemos una nave y un hombre…
—Sea como sea, no usará
usted un robot Néstor —dijo el general—. Todo este problema ha de llegar a las
más altas esferas.
—Yo de usted no lo
haría aún —dijo ásperamente Susan Calvin—. Lo único que conseguirá será ponerse
a disposición de la benevolencia del gobierno si lo hace sin ninguna sugerencia
o plan de acción. No va a salir muy bien parado, estoy segura.
—Pero ¿qué podemos
hacer? —preguntó el general, usando de nuevo su pañuelo.
—Envíe a un hombre. No
hay otra alternativa. Schloss había palidecido más allá de un gris ceniciento.
—Es fácil de decir.
Envíe a un hombre. Pero ¿a quién?
—He estado considerando
ese problema. ¿No hay aquí un joven, creo que su nombre es Black, al que tuve
ocasión de conocer en mi anterior visita a la Base Hiper?
—¿El doctor Gerald
Black?
—Creo que sí. Por aquel
entonces estaba soltero. ¿Sigue estándolo?
—Sí, creo que sí.
—Entonces sugeriría que
lo trajeran aquí, dentro de quince minutos, y que mientras tanto yo tenga
acceso a sus antecedentes.
Suavemente se había
hecho la dueña de la situación, y ni Kallner ni Schloss hicieron ningún intento
por disputarle su autoridad.
Black había visto a
Susan Calvin a distancia en aquella su segunda visita a la Base Hiper. No había
hecho ningún movimiento por acortar aquella distancia. Ahora que había sido
llamado a su presencia, se dio cuenta de que estaba mirándola con revulsión y desagrado.
Apenas se dio cuenta de la presencia del doctor Schloss y del general Kallner
de pie a su lado.
Recordó la última vez
que se había enfrentado a ella, siendo sometido a una fría disección en
beneficio de un robot perdido.
Los fríos ojos grises
de la doctora Calvin se clavaron firmemente en sus ardientes ojos marrones.
—Doctor Black —dijo—,
creo que comprende usted la situación.
—Sí —dijo Black.
—Habrá que hacer algo.
La nave es una inversión demasiado grande como para perderla. La mala
publicidad significaría probablemente el fin del proyecto.
Black asintió.
—He estado pensando en
eso.
—Espero que haya
pensado usted también en que será necesario que alguien aborde la Parsec,
descubra lo que ha fallado y… esto… lo desactive.
Hubo una momentánea
pausa. Black dijo secamente:
—¿Qué estúpido haría
algo así?
Kallner frunció el ceño
y miró a Schloss, que se mordió los labios y dejó que sus ojos se perdieran en
la nada.
—Por supuesto —dijo
Susan Calvin—, hay la posibilidad de una activación accidental del hipercampo,
en cuyo caso la nave puede ir a parar más allá de cualquier posible alcance.
Por otra parte, puede regresar a algún lugar dentro de los limites del sistema
solar. Si es así, no se regateará ningún dinero o esfuerzo por recuperar hombre
y nave.
—¡Idiota y nave!
—exclamó Black—. Es sólo una corrección.
Susan Calvin prescindió
del comentario.
—Le he pedido permiso
al general Kallner para depositar esa responsabilidad sobre sus hombros. Es
usted quien irá.
No hubo la menor pausa
entonces. Black, de la forma más clara posible, dijo:
—Señora, no me estoy
presentando voluntario.
—Ni siquiera suman una
docena los hombres de la Base Hiper que poseen los conocimientos suficientes
como para tener una oportunidad de realizar esta operación con éxito. De
aquellos que conozco, le he seleccionado a usted sobre la base de nuestro
anterior conocimiento. Usted aportará a esa tarea una comprensión…
—Mire, no me estoy
presentando voluntario.
—No tiene elección. ¿Se
da cuenta de su responsabilidad?
—¿Mi responsabilidad?
¿Qué es lo que la hace mía?
—El hecho de que usted
es el más adecuado para el trabajo.
—¿Sabe usted el riesgo?
—Creo que sí —asintió
Susan Calvin.
—Yo sé que no. Usted
nunca vio a ese chimpancé. Mire, cuando he dicho «idiota y nave», no estaba
expresando una opinión. Estaba constatando un hecho. Arriesgaré mi vida si debo
hacerlo. No alegremente quizá, pero la arriesgaré. Arriesgar el convertirme en
un idiota, pasar el resto de mi vida en un embrutecimiento animal, es algo a lo
que no voy a arriesgarme, eso es todo.
Susan Calvin miró
pensativamente al sudoroso e irritado rostro del joven ingeniero.
—¡Envíe a uno de sus
robots, a uno de sus preciosos NS-2! —gritó Black.
Los ojos de la
psicóloga reflejaron una especie de frío resplandor. Dijo deliberadamente:
—Sí, el doctor Schloss
ha sugerido eso. Pero los robots NS-2 son alquilados por nuestra firma, no
vendidos. Cada uno de ellos vale millones de dólares, ya lo sabe. Yo represento
a la compañía y he decidido que son demasiado caros como para arriesgarlos en
un asunto como éste.
Black alzó las manos.
Se cerraron engarfiadamente y temblaron cerca de su pecho, como si estuviera
conteniéndolas a duras penas.
—¿Me está diciendo…, me
está diciendo usted que quiere que vaya yo en vez de un robot porque yo resulto
menos caro?
—Si quiere mirarlo
desde esa óptica, sí.
—Doctora Calvin —dijo
Black—, antes la veré en el infierno.
—Puede que esa
afirmación sea casi literalmente cierta, doctor Black. Como le confirmará el
general Kallner, se le ordena que acepte esta misión. Según tengo entendido,
usted se halla aquí sometido a leyes cuasi militares, y si se niega usted a
obedecer, es posible que sea sometido a consejo de guerra. Eso significaría la
prisión de Mercurio, y creo que se trata de algo lo suficientemente parecido al
infierno como para hacer su afirmación incómodamente cierta si es que yo llego
a visitarle alguna vez, lo cual no es probable. Por otra parte, si acepta usted
abordar la Parsec y realizar su trabajo, eso significará una gran promoción
para su carrera.
Black la miró con
llameantes y enrojecidos ojos. Susan Calvin añadió:
—Concédanle cinco
minutos para pensar en todo esto, general Kallner, y preparen una nave.
Dos guardias de
seguridad escoltaron a Black fuera de la habitación.
Gerald Black sentía
frío. Sus miembros se movían como si no formaran parte de él. Era como si
estuviera observándose a sí mismo desde algún lugar remoto y seguro,
observándose a sí mismo abordar una nave y prepararse para el despegue hacia Él
y la Parsec.
No podía creerlo. De
pronto había inclinado la cabeza y había dicho:
—Está bien, iré.
Pero ¿por qué?
Nunca se había
considerado a sí mismo como perteneciente al tipo héroe. Entonces, ¿por qué?
Parcialmente, por supuesto, había la amenaza de la prisión en Mercurio.
Parcialmente, había la horrible reluctancia de aparecer como un cobarde ante
los ojos de aquellos que le conocían, esa profunda cobardía que está más allá
de todas las bravatas del mundo.
Pero, principalmente,
había algo más.
Ronson, de la
Interplanetary Press, había parado un momento a Black mientras éste se
encaminaba a la nave. Black contempló el enrojecido rostro de Ronson y
preguntó:
—¿Qué es lo que quiere?
—¡Escuche! —balbuceó
Ronson—. Cuando vuelva, quiero la exclusiva. Arreglaré las cosas para que le
paguen lo que usted pida…, cualquier cosa…
Black lo apartó a un
lado de un empujón, y siguió su camino.
La nave tenía dos
tripulantes. Ninguno de ellos le habló. Sus miradas pasaron por encima y por
debajo y por los lados de él. A Black no le importó. A medida que se acercaban
a la Parsec, se mostraron tan asustados como un gatito deslizándose
furtivamente hacia el primer perro que ve en su vida. Podía hacerlo sin ellos.
Sólo había un rostro
que seguía viendo constantemente. La ansiosa expresión del general Kallner y la
mirada de sintética determinación del rostro de Schloss se puntuaban
momentáneamente tan sólo en su conciencia. Casi inmediatamente desaparecían.
Era el impasible rostro de Susan Calvin el que no se apartaba de su
imaginación. Su tranquila inexpresividad mientras él abordaba la nave.
Se quedó contemplando
la negrura en la que había desaparecido la Base Hiper, engullida por el
espacio…
¡Susan Calvin! ¡La
doctora Susan Calvin! ¡La robopsicóloga Susan Calvin! ¡El robot que hablaba
como una mujer!
¿Cuáles eran las tres
leyes?, se preguntó. Primera Ley: protegerás al robot con toda tu mente y todo
tu corazón y toda tu alma. Segunda Ley: protegerás los intereses de la Compañía
de Robots y Hombres Mecánicos de los Estados Unidos siempre que no interfieran
con la Primera Ley. Tercera Ley: tomarás en consideración a los seres humanos,
siempre que no interfieran ni con la Primera ni con la Segunda Ley.
¿Había sido joven
alguna vez?, se preguntó salvajemente. ¿Había sentido alguna vez una auténtica
emoción?
¡Espacio! En aquellos
momentos deseaba hacer algo…, algo que borrara aquella helada mirada en medio
de aquel rostro.
¡Y lo haría!
Por las estrellas, lo
haría. Si salía cuerdo de aquella aventura la aplastaría, a ella y a su
compañía y a toda aquella horrible raza de robots. Ese era el pensamiento que
le impulsaba, más que el miedo a la prisión o el deseo de prestigio social. Ese
era el pensamiento que casi había hecho desaparecer su miedo. Casi.
Uno de los pilotos
murmuró, sin mirarle:
—Puede saltar usted
desde aquí. La tenemos a un kilómetro debajo de nosotros.
—¿No van a aterrizar?
—preguntó amargamente Black.
—Tenemos órdenes
estrictas de no hacerlo. La vibración del aterrizaje podría…
—¿Qué hay acerca de la
vibración de mi aterrizaje?
—Yo sólo cumplo órdenes
—dijo el piloto.
Black no respondió; se
metió en su traje y aguardó a que se abriera la compuerta interna. Había una
bolsa de herramientas firmemente unida al metal del traje, en su cadera
derecha.
En el momento en que
entraba en la escotilla, los auriculares dentro de su casco retumbaron:
—Suerte, doctor.
Necesitó un momento
para darse cuenta de que las palabras procedían de los dos hombres a bordo de
la nave, una pausa en su ansiedad por alejarse de aquel peligroso volumen de
espacio en el cual iba a sumergirse él.
—Gracias —dijo Black
torpemente, medio resentidamente.
Y luego estuvo afuera
en el espacio, girando lentamente sobre sí mismo como resultado del ligeramente
descentrado impulso de sus pies contra la compuerta exterior.
Pudo ver a la Parsec
aguardándole, y mirando entre sus piernas en el momento preciso de empezar a
girar pudo ver el prolongado silbido de los chorros laterales de la nave que lo
había traído hasta allí mientras daba media vuelta para regresar.
¡Estaba solo! ¡Espacio,
estaba solo!
¿Se había sentido tan
solo alguna vez, algún hombre, en toda la historia?
¿Llegaría a darse
cuenta de ello, si… si ocurría algo?, se preguntó enfermizamente. ¿Habría un
breve momento, por pequeño que fuera, de realización? ¿Sentiría su mente huir
de él y la luz de la razón y los pensamientos difuminarse y desaparecer?
¿O bien ocurriría
repentinamente, como el preciso corte de un afilado cuchillo?
En cualquier caso…
El pensamiento del
chimpancé, los ojos vacuos, estremeciéndose con inciertos terrores, se presentó
vívido en su mente.
El asteroide estaba
ahora a siete metros más abajo. Avanzaba por el espacio con un movimiento
absolutamente constante. Fuera de la industria humana, ni un solo grano de
arena de su superficie se había agitado a lo largo de astronómicos períodos de
tiempo.
En la absoluta
inmovilidad de Él, alguna pequeña partícula de arena trabó algún delicado
mecanismo a bordo de la Parsec, o una mota de impureza en el refinado aceite
que bañaba algún engranaje lo había encallado.
Quizá fuera necesaria
tan sólo una pequeña vibración, un ligero temblor originado por la colisión de
masa contra masa para liberar aquella parte móvil, reanudando la acción
interrumpida, creando el hipercampo, haciéndolo florecer como una rosa
abriéndose increíblemente.
Su cuerpo estaba a
punto de entrar en contacto con Él, y juntó sus piernas en su ansiedad de
«golpearlo delicadamente». No sentía el menor deseo de tocar el asteroide. Su
piel se erizó con una intensa aversión. Fue acercándose.
Ahora… ahora…
¡Nada! Sólo el
progresivo contacto con el asteroide, los arriesgados momentos de la presión
lentamente progresiva resultante de una masa de cien kilos (él más el traje)
poseyendo una inercia pero ningún peso apreciable.
Black abrió lentamente
los ojos y permitió que la luz de las estrellas penetrara en ellos. El sol era
un mármol resplandeciente, con el brillo amortiguado por el escudo polarizante
de su placa visora. Las estrellas eran correspondientemente débiles, pero su
disposición era familiar. Con el sol y las constelaciones normales, todavía
estaba dentro del sistema solar. Incluso podía divisar la Base Hiper, un
pequeño y débil creciente.
Se envaró sorprendido
ante la repentina voz que sonó en sus oídos. Era Schloss.
—Le tenemos en nuestro
campo de visión, doctor Black —dijo Schloss—. ¡No está solo!
Black sintió deseos de
reír ante su elaborada fraseología, pero se limitó a decir, con una voz clara y
baja:
—Cállese. Si lo hace,
no me distraerá.
Una pausa. La voz de
Schloss, más contemporizadora:
—Si va informando usted
a medida que progrese, eso aliviará la tensión.
—Recibirán toda la
información que necesiten cuando regrese. No antes.
Lo dijo amargamente, y
amargamente también sus dedos enfundados en metal avanzaron hacia el panel de
control en su pecho y desconectaron la radio de su traje. Ahora podían seguir
hablándole al vacío. Tenía sus propios planes. Si salía cuerdo de aquello, aquél
iba a ser su espectáculo.
Se apoyó sobre los pies
con infinitas precauciones, y se irguió sobre Él. Se tambaleó ligeramente a
medida que sus involuntarios movimientos musculares, impulsando a causa de la
casi total ausencia de gravedad una interminable serie de desequilibrios, lo
empujaron hacia uno y otro lado. En la Base Hiper había un campo
pseudogravitatorio que creaba una similitud con la Tierra. Black observó que
una parte de su mente se mantenía lo suficientemente lúcida como para captar
aquella diferencia y apreciarla in absentia.
El sol había
desaparecido tras un risco. Las estrellas giraban visiblemente, siguiendo el
ritmo del período de una hora de rotación del asteroide.
Podía ver la Parsec
desde donde estaba, y avanzó lentamente hacia ella, cuidadosamente…, casi de
puntillas. (Ninguna vibración. Ninguna vibración. Las palabras parecían
suplicar en su mente.)
Antes de darse cuenta
exactamente de la distancia que había recorrido, se hallaba ya en la nave.
Estaba a los pies de la hilera de asideros que conducían a la compuerta
exterior.
Hizo una pausa allí.
La nave parecía
completamente normal. O al menos parecía normal excepto el círculo de aceradas
protuberancias que la rodeaba aproximadamente a un tercio de su longitud, y un
segundo círculo a dos tercios. En el momento preciso, esas protuberancias se
convertirían en los polos energéticos del hipercampo.
Un extraño deseo de
tender la mano hacia uno de ellos y sujetarlo dominó a Black. Era uno de esos
impulsos irracionales, como el momentáneo pensamiento: «¿Y si diera un salto?»,
que surge de forma casi inevitable cuando uno mira hacia abajo desde la parte
superior de un alto edificio.
Black inspiró
profundamente y se sintió pegajoso por el sudor mientras tendía los dedos de
ambas manos y suavemente, muy suavemente, apoyaba las dos palmas planas contra
el costado de la nave.
¡Nada!
Alcanzó el asidero
inferior y se izó lentamente, cuidadosamente.
Deseó poseer la
experiencia en manipulación a gravedad cero de los hombres que habían
construido aquel artefacto. Era necesario ejercer una fuerza considerable para
vencer la inercia y detenerse de nuevo. Si no detenías tu impulso a tiempo
perdías el equilibrio y te estrellabas contra el costado de la nave.
Trepó lentamente,
impulsándose con la punta de los dedos, sus piernas y caderas oscilando hacia
la derecha cuando su brazo izquierdo se alzaba, hacia la izquierda cuando el
que lo hacía era su brazo derecho.
Una docena de asideros,
y sus dedos flotaron sobre el contacto que abriría la compuerta exterior. El
marcador de seguridad era una pequeña mancha verdosa.
Vaciló una vez más.
Aquella iba a ser la primera vez que utilizara la energía de la nave. Su mente
recorrió los diagramas del trazado eléctrico y las distribuciones de fuerzas.
Si pulsaba el contacto, la energía sería bombeada de la micropila hacia el mecanismo
que abriría la masiva plancha metálica que constituía la compuerta exterior.
¿Y?
¿De qué servía
preocuparse? A menos que tuviera alguna idea de lo que funcionaba mal, no había
forma de decir cuál sería el efecto de aquella diversión de energía. Suspiró, y
pulsó el contacto.
Suavemente, sin ninguna
sacudida ni sonido, un segmento de la nave se deslizó y se abrió. Black echó
una última mirada a las amistosas constelaciones (no habían cambiado), y
penetró en la suavemente iluminada cavidad. La compuerta exterior se cerró tras
él.
Ahora, otro contacto.
Había que abrir la compuerta interior. Hizo una nueva pausa para considerar la
situación. La presión del aire en el interior de la nave descendería
ligeramente cuando se abriera la compuerta interior, y pasarían algunos
segundos antes de que los electrolizadores de la nave pudieran compensar la
pérdida.
¿Y? La placa trasera
Bosch, por nombrar uno de los dispositivos, era sensitiva a la presión, pero
seguramente no tan sensitiva.
Suspiró de nuevo, más
suavemente (la piel de su miedo estaba volviéndose callosa), y pulsó el
contacto. La compuerta interior se abrió.
Penetró en la sala de
pilotaje de la Parsec, y su corazón dio un extraño vuelco cuando lo primero que
vio fue la visiopantalla, conectada a recepción y salpicada de estrellas. Se
obligó a sí mismo a mirarla.
¡Nada!
Casiopea era visible.
Las constelaciones eran normales, y él estaba dentro de la Parsec. De alguna
forma, tenía la sensación de que lo peor había pasado. Habiendo ido tan lejos y
siguiendo dentro del sistema solar, habiendo conservado su mente hasta allí,
sintió que algo ligeramente parecido a la confianza empezaba a volver a él.
Había una calma casi
sobrenatural en torno a la Parsec. Black había estado en muchas naves en su
vida, y en ellas siempre había habido el sonido de la vida, aunque fuera tan
sólo el rumor de unos pasos o el canturreo de un camarero en un pasillo. Allí,
el propio latido de su corazón parecía como amortiguado hasta hacerse casi
inaudible.
El robot en el asiento
del piloto le daba la espalda. Aunque no dio ninguna indicación de ello, era
indudable que había registrado su presencia allí.
Black desnudó sus
dientes en una sonrisa salvaje y dijo secamente:
—¡Suelta la palanca!
¡Ponte en pie!
El sonido de su voz
retumbó como un trueno en el angosto espacio. Demasiado tarde, temió que las
vibraciones del aire despertadas por su voz pudieran desencadenar todo el
proceso, pero las estrellas en la visiopantalla permanecieron inmutables.
El robot, por supuesto,
no hizo el menor movimiento. No podía recibir sensaciones de ninguna clase. Ni
siquiera podía responder a la Primera Ley. Había quedado inmovilizado en la
eterna mitad de lo que debía haber sido un proceso casi instantáneo.
Recordó las órdenes que
había recibido. No permitían ninguna interpretación equívoca: «Toma la palanca
con una presión firme. Tira de ella firmemente hacia ti. ¡Firmemente! Mantén tu
presión hasta que el tablero de control te informe que has pasado dos veces a
través del hiperespacio».
Bien, aún no había
pasado a través del hiperespacio ni una sola vez. Cautelosamente, avanzó hacia
el robot. Permanecía sentado allí con la palanca firmemente sujeta entre sus
rodillas. Eso tenía que haber llevado el mecanismo disparador hasta el punto de
contacto. Luego la temperatura de sus manos mecánicas habrían acoplado ese
disparador, al estilo de una termocupla, lo suficiente como para que el
contacto se estableciera realmente. Black echó una mirada automática a la
lectura del termómetro situado en el tablero de control. Las manos del robot
estaban a 37 centígrados, tal como correspondía.
Estupendo, pensó
sardónicamente. Estoy a solas con esta máquina, y no puedo hacer absolutamente
nada.
Lo que le hubiera
gustado hacer hubiera sido tomar una barra metálica y reducir aquel robot a
virutas. Gozó con aquel pensamiento. Imaginó el horror de Susan Calvin (si es
que algún horror podía asomarse en medio de todo aquel hielo, era el horror de
ver a un robot destrozado). Como todos los robots positrónicos, aquél
pertenecía a la U. S. Robots, había sido construido allí, había sido probado
allí.
Tras extraer todo el
jugo que le fue posible de aquella imaginaria venganza, se tranquilizó y miró a
su alrededor en la nave.
Después de todo, lo que
había conseguido hasta entonces era cero.
Lentamente, se quitó el
traje. Lo colgó cuidadosamente de una percha. Con cautela, fue de
compartimiento en compartimiento, estudiando los enormes circuitos del motor
hiperatómico, siguiendo los cables, inspeccionando los relés de campo.
No tocó nada. Había una
docena de formas de desactivar el Hipercampo, pero cada una de ellas podía ser
desastrosa a menos que supiera como mínimo aproximadamente dónde estaba el
error y pudiera orientarse a partir de aquel extremo.
Volvió al panel de
control, y gritó exasperado a la grave impasibilidad de las amplias espaldas
del robot:
—Dime, ¿quieres? ¿Qué
es lo que fue mal?
Sintió la necesidad de
atacar al azar la maquinaria de la nave. Hacerla pedazos y terminar con todo.
Reprimió firmemente el impulso. Aunque le tomara una semana, debía deducir, de
alguna manera, el punto correcto de ataque. Le debía eso a la doctora Susan
Calvin y a sus planes para con ella.
Se volvió lentamente
sobre sus talones y consideró la situación. Cada parte de la nave, desde el
motor en sí hasta el último conmutador, había sido comprobada exhaustivamente
una y otra vez en la Base Hiper. Era casi imposible creer que algo pudiera ir
mal. No había nada a bordo de la nave.. .
Bueno, sí, había una
cosa, por supuesto. ¡El robot! Había sido probado por la U. S. Robots, por unos
malditos diablos que afirmaban ser competentes.
Eso era lo que decía
desde siempre todo el mundo: un robot siempre hará mucho mejor cualquier
trabajo.
Era la frase habitual,
basada en parte en las propias campañas publicitarias de la U. S. Robots.
Podían construir un robot que fuera mucho mejor que cualquier hombre para
cualquier trabajo específico. No «tan bueno como un hombre», sino «mejor que un
hombre».
Y mientras Gerald Black
miraba al robot y pensaba en eso, sus cejas se contrajeron bajo la estrecha
frente y su mirada osciló entre la sorpresa y una loca esperanza.
Se acercó y rodeó al
robot. Contempló sus brazos sujetando la palanca de control en posición de
disparo, sujetándola eternamente a menos que la nave diera finalmente el salto
o la energía del robot se agotara.
—Apostaría –jadeó
Black—. Apostaría…
Retrocedió, pensó
profundamente y dijo:
—Tiene que ser eso.
Conectó la radio de la
nave. Estaba sintonizada ya con la Base Hiper. Le ladró al micrófono:
—Eh, Schloss.
Schloss respondió
inmediatamente.
—Gran espacio, Black…
—Déjese de tonterías
dijo Black crispadamente—. No haga frases. Sólo quiero estar seguro de que me
está escuchando.
—Sí, naturalmente.
Estamos todos aquí. Mire…
Pero Black desconectó
el audio. Sonrió con un lado de la boca hacia la cámara de televisión de la
sala de pilotaje; y eligió una porción del mecanismo del hipercampo que fuera
visible desde ella. No sabía cuánta gente podía haber en la sala de recepción.
Puede que solamente estuvieran Kallner, Schloss y Susan Calvin. Puede que
estuviera todo el personal. En cualquier caso, iba a darles algo digno de ver.
La caja de relés número
3 era adecuada para sus propósitos, decidió. Estaba situada en un hueco de la
pared, cubierta con una lisa tapa protectora sellada al frío. Black rebuscó en
su bolsa de herramientas y sacó la bifurcada desoldadora de punta roma. Apartó
la percha con su traje espacial colgado (tras girar éste de modo que la bolsa
de herramientas quedara a su alcance), y se volvió hacia la caja de relés.
Ignorando un último
estremecimiento de aprensión, Black alzó el desoldador y estableció contacto en
tres puntos separados a lo largo de la soldadura en frío. El campo de fuerza de
la herramienta actuó diestra y rápidamente, mientras el mango se calentaba
ligeramente en su mano cuando el flujo de energía brotó y salió. El panel quedó
suelto.
Miró rápidamente, casi
involuntariamente, a la visiopantalla de la nave. Las estrellas eran normales.
Él también se sentía normal.
Aquel era el último
brote de ánimo que necesitaba. Alzó el pie y estrelló el tacón contra el
delicado mecanismo que llenaba el hueco en la pared.
Hubo un estallido de
cristales rotos, el metal se retorció, y se vio inundado por un breve chorro de
gotitas de mercurio…
Respirando pesadamente,
Black conectó de nuevo la radio.
—¿Sigue todavía ahí,
Schloss?
—Sí, pero…
—Entonces permítame
informarle que el hipercampo a bordo de la Parsec ha sido desactivado. Vengan a
buscarme.
Gerald Black no se
sentía más héroe que cuando partió hacia la Parsec, pero tampoco menos. Los
hombres que lo llevaron hasta el pequeño asteroide acudieron a buscarle. Esta
vez aterrizaron. Le dieron amistosas palmadas en la espalda.
La Base Hiper era una
enorme masa de personal que aguardaba su llegada, y Black fue vitoreado. Saludó
a la multitud y sonrió, como era la obligación de un héroe, pero no sentía
ningún triunfo en su interior. Todavía no. Sólo anticipación. El triunfo vendría
más tarde, cuando se encontrara con Susan Calvin.
Hizo una pausa antes de
descender de la nave. La buscó, y no consiguió verla. El general Kallner estaba
allí, aguardándole, recuperada toda su severidad militar y con una fingida
expresión aprobadora firmemente pegada a su rostro. Mayer Schloss le sonrió
nerviosamente. Ronson, de la Interplanetary Press, lo saludó frenéticamente.
Susan Calvin no era visible por ningún lado.
Apartó a un lado a
Kallner y Schloss cuando bajó de la nave.
—Primero quiero darme
un baño y comer un poco.
No había ninguna duda,
al menos por el momento, de que podría imponer su voluntad sobre el general o
sobre cualquier otro.
Los guardias de
seguridad abrieron camino para él. Se bañó y comió tranquilamente en la
intimidad, una intimidad que él mismo había querido. Luego llamó a Ronson de la
Interplanetary, y habló brevemente con él. Aguardó la llamada que
inevitablemente debería venir a continuación, y al no recibirla se relajó como
nunca antes lo había hecho. Todo había ido mucho mejor de lo que había
esperado. El propio fallo de la nave había conspirado perfectamente con él.
Finalmente llamó a la
oficina del general y exigió una conferencia. Eso era lo que había conseguido…
poder exigir. El general de división Kallner dijo simplemente:
—Sí, señor.
Estaban juntos de
nuevo. Gerald Black, Kallner, Schloss…, incluso Susan Calvin. Pero era Black
quien dominaba ahora. La robopsicóloga, inexpresiva como siempre, se mostraba
tan poco impresionada con el triunfo como hubiera podido mostrarse con el
desastre, pero parecía resentirse un poco con un sutil cambio de actitud por el
hecho de no ser ahora el foco de la atención.
El doctor Schloss se
mordisqueó una uña y empezó a decir, cautelosamente:
—Doctor Black, nos
sentimos muy agradecidos por su valor y por su éxito. —Luego, como si con ello
hubiera abierto un camino, siguió—: De todos modos, destrozar la caja de relés
con el tacón fue imprudente y…, bien, fue una acción que no parecía abocada al
éxito.
—Fue una acción que
difícilmente no hubiera tenido éxito —dijo Black—. ¿Sabe? —aquella era la bomba
número uno—, en aquel momento sabía ya lo que había fallado.
Schloss se puso en pie
de un salto.
—¿Realmente? ¿Está
usted seguro?
—Vaya usted mismo a
comprobarlo. Ahora ya no hay ningún peligro. Le diré dónde tiene que mirar.
Schloss volvió a
sentarse, lentamente esta vez. El general Kallner se mostró entusiasmado.
—Bien, eso es
estupendo, si es cierto.
—Es cierto —dijo Black.
Sus ojos se desviaron hacia Susan Calvin, que no dijo nada.
Black estaba gozando
con su sensación de poder. Dejó caer la bomba número dos.
—Era el robot, por
supuesto. ¿Ha oído eso, doctora Calvin?
Susan Calvin habló por
primera vez.
—Lo he oído. De hecho,
lo esperaba. Era la única pieza de equipo a bordo de la nave que no había sido
probada en la Base Hiper.
Por un momento Black se
sintió frustrado.
—Usted no me habló de
nada de eso —dijo.
—Como insinuó varias
veces el doctor Schloss —dijo la doctora Calvin—, yo no soy una experta en
etérica. Mi suposición, que no era más que eso, podía estar muy bien
equivocada. Creí que no tenía derecho a condicionar de ninguna forma su misión.
—De acuerdo —murmuró
Black—. ¿Acaso imaginó también cómo falló?
—No.
—Bien, falló porque fue
construido mejor que un hombre. Ahí estuvo el fallo. ¿No es extraño que el
fallo resida en la especialidad misma de la U. S. Robots? Según tengo
entendido, construyen robots que son mejores que los seres humanos.
Estaba asaeteándola con
sus palabras, pero ella no mordió el anzuelo. En vez de ello, se limitó a
suspirar.
—Mi querido doctor
Black, no soy responsable de los eslóganes de nuestro departamento de
publicidad.
Black se sintió
frustrado de nuevo. No era una mujer fácil de manejar.
—Su gente construyó un
robot para reemplazar al hombre en los controles de la Parsec —dijo—. Tenía que
tirar de la palanca de control hacia sí, colocarla en posición, y dejar que el
calor de sus manos estableciera el contacto final. Bastante sencillo, ¿no cree,
doctora Calvin?
—Bastante sencillo,
doctor Black.
—Y si el robot no
hubiera sido construido mejor que un ser humano, la cosa hubiera funcionado.
Desgraciadamente, la U. S. Robots se sintió obligada a hacerlo mejor que un
hombre. Al robot se le dijo que tirara de la palanca firmemente. Firmemente. La
palabra fue repetida, reforzándola, enfatizándola. Así que el robot hizo lo que
se le había dicho. Tiró de ella firmemente. Ese fue el fallo. Era fácilmente
diez veces más fuerte que un ser humano ordinario para el cual había sido
diseñada la palanca de control.
—¡Está usted
insinuando…?
—Estoy diciendo que la
palanca se dobló. Se torció lo suficiente como para desplazar el mecanismo
disparador. Cuando el calor de la mano del robot accionó la termocupla, ésta no
hizo contacto. —Sonrió—. Esto no es simplemente el fallo de un robot, doctora
Calvin. Es el símbolo del fallo de la idea del robot.
—Oh, vamos, doctor
Black —dijo heladamente Susan Calvin—, está ahogando usted la lógica en un mar
de psicología misionera. El robot estaba equipado de fuerza bruta, pero también
de la necesaria comprensión. Si los hombres que le dieron sus órdenes hubieran
utilizado términos cuantitativos en vez del estúpido adverbio «firmemente», eso
no hubiera ocurrido. Si hubieran dicho: «Aplica una presión de veintidós
kilogramos», todo hubiera ido bien.
—Está diciendo usted
—murmuró Black— que las ineptitudes de un robot deben ser suplidas por la
ingeniosidad y la inteligencia de un hombre. Le aseguro que la gente de la
Tierra lo verá de este modo, y no se sentirá muy dispuesta a perdonar a la U.
S. Robots por este fracaso.
—Un momento, Black
—dijo rápidamente el general de división Kallner, cargando de nuevo su voz de
autoridad—. Todo lo que ha ocurrido es obviamente información clasificada.
—De hecho —dijo Schloss
repentinamente—, su teoría aún no ha sido comprobada. Enviaremos un equipo a la
nave para averiguarlo. Puede que a fin de cuentas la culpa no fuera del robot.
—Ustedes se encargarán
de demostrarlo, ¿verdad? Me pregunto si la gente creerá a una parte interesada.
Aparte de lo cual, tengo otra cosa que decir. —Entonces lanzó la bomba número
tres—. A partir de este momento, dimito de mi puesto en este proyecto. Renuncio.
—¿Por qué? —preguntó
Susan Calvin.
—Porque, como usted
bien ha dicho, doctora Calvin, soy un misionero —dijo Black, sonriendo—. Tengo
una misión. Creo que le debo a la gente de la Tierra el decirles que la era de
los robots ha alcanzado un punto en el cual la vida humana es considerada menos
valiosa que la vida de un robot. Ahora resulta posible ordenarle a un hombre
que corra un peligro porque un robot es algo demasiado precioso como para
someterlo a él. Creo que los terrestres deben oír esto. Hay muchos hombres que
tienen muchas reservas respecto a los robots. La U. S. Robots aún no ha
conseguido que el uso de los robots sea permitido en el planeta Tierra. Creo
que lo que tengo que decir, doctora Calvin, completará el asunto. A causa del
trabajo de hoy, doctora Calvin, usted y su compañía y sus robots serán borrados
de la faz del sistema solar.
Estaba poniéndola sobre
aviso, lo sabía, pero no quería perderse esta escena. Había vivido para aquel
instante desde que había partido hacia la Parsec, y no quería renunciar a él.
Exultó ante el
momentáneo resplandor en los pálidos ojos de Susan Calvin y el ligero rubor en
sus mejillas. Pensó: ¿cómo te sientes ahora, señora científica?
—No se le permitirá
dimitir, Black —dijo Kallner—. Como tampoco va a permitírsele…
—¿Cómo cree que podrá
detenerme, general? Soy un héroe, ¿no se han dado cuenta? Y la vieja madre
Tierra aprecia mucho a sus héroes. Siempre lo ha hecho. Querrán saber más de
mí, y creerán todo lo que yo les diga. Y no les gustará que nadie se interponga
en mi camino, no mientras siga siendo un héroe reciente. Ya he hablado con
Ronson, de la Interplanetary Press, y le he dicho que tenía algo grande que
comunicar, algo que iba a hacer saltar de sus asientos a las grandes
personalidades tanto del gobierno como del mundo científico, de modo que la
Interplanetary se halla la primera en la cola, aguardando a oír mis noticias.
De modo que, ¿qué pueden hacerme ustedes excepto pegarme un tiro? Y creo que
será peor si intentan hacerlo.
La venganza de Black
estaba completa. No se había guardado nada. Lo había dicho todo, hasta la
última palabra. Se levantó para irse.
—Un momento, doctor
Black —dijo Susan Calvin. Su suave voz estaba teñida de autoridad.
Black se volvió
involuntariamente, como un escolar ante la voz de su maestra, pero contrarrestó
ese gesto con un acento deliberadamente burlón cuando dijo:
—Tiene usted alguna
afirmación que hacer, supongo.
—En absoluto —dijo ella
modestamente—. Usted se ha explicado por mí, y lo ha hecho muy bien. Lo elegí
porque sabía que usted comprendería, aunque pensé que comprendería antes. Había
tenido un contacto con usted antes, sabía que no le gustaban los robots y que,
en consecuencia, no se haría ilusiones respecto a ellos. Por sus antecedentes,
que pedí ver antes de que le fuera confiada la misión, supe que usted había
expresado su desaprobación a este experimento de enviar un robot a través del
hiperespacio. Sus superiores consideraron que este era un punto en contra de
usted, pero yo pensé que era a su favor.
—¿De qué está usted
hablando, doctora, si me disculpa mi rudeza?
—Del hecho de que
debería haber comprendido por qué un robot no podía ser enviado a esta misión.
¿Qué es lo que dijo usted mismo? Algo acerca de las ineptitudes de un robot
teniendo que ser equilibradas por la ingeniosidad y la inteligencia de un
hombre. Exacto, joven, exacto. Los robots no son ingeniosos. Sus mentes son
finitas, y pueden ser calculadas hasta el último decimal. Ése, de hecho, es mi
trabajo.
»Si a un robot se le da
una orden, una orden precisa, puede seguirla. Si la orden no es precisa, no
puede corregir su propio error sin otras órdenes. ¿No es eso lo que usted
informó respecto al robot de la nave? ¿Cómo podemos pues enviar a un robot a
descubrir un fallo en un mecanismo cuando no podemos transmitirle órdenes
precisas, puesto que no sabemos nada respecto al fallo? «Encuentra lo que ha
fallado» no es una orden que puedas darle a un robot: sólo a un hombre. El
cerebro humano, hasta ahora al menos, está más allá de todo cálculo.
Black se sentó
bruscamente y se quedó mirando desanimado a la psicóloga. Sus palabras
golpearon duramente en un sustrato de comprensión que hasta entonces había
estado recubierto de emociones. Se sintió incapaz de refutarla. Peor que eso,
lo invadió una sensación de derrota.
—Podría haberme dicho
eso antes de que me fuera —murmuró.
—Podía —admitió la
doctora Calvin—, pero observé su miedo natural por su cordura. Una preocupación
tan abrumadora hubiera podido ofuscar fácilmente su eficiencia como
investigador, y se me ocurrió dejarle pensar que mi único motivo para enviarle
era que un robot valía más. Eso, creí, lo pondría furioso, y la furia, mi
querido doctor Black, es a veces una emoción muy útil. Al menos, un hombre
furioso nunca se siente tan asustado como lo estaría de otro modo. Y funcionó
perfectamente, creo.
Cruzó blandamente las
manos sobre su regazo, y consiguió ofrecer lo más cercano a una sonrisa que
había conseguido en su vida.
—Que me condene
—masculló Black.
—Ahora, si quiere
aceptar usted mi consejo —dijo Susan Calvin—, vuelva a su trabajo, acepte su
estatus de héroe, y dígale a su amigo periodista los detalles de su gran
hazaña. Dele las grandes noticias que le prometió.
Lentamente,
reluctantemente, Black asintió.
Schloss pareció
aliviado; Kallner mostró una sonrisa llena de dientes. Tendieron sus manos, sin
haber dicho una palabra en todo el rato mientras Susan Calvin estuvo hablando,
y sin decir nada ahora.
Black estrechó sus
manos con una cierta reserva y dijo:
—Es su parte la que
debería ser dada a conocer, doctora Calvin.
—No sea estúpido, joven
—dijo Susan Calvin heladamente—. Este es mi trabajo.
¡Fuga!
Cuando Susan regresó de
Hyper Base, Alfred Lanning la estaba esperando. El buen hombre no hablaba nunca
de su edad, pero todo el mundo sabía que tenía setenta y cinco años.
No obstante, su mente
era despierta y si había permitido que lo nombrasen Director Honorario de
Investigaciones, actuando Bogert de director efectivo, aquello no le impedía
asistir cotidianamente a la oficina.
—¿Cómo está el trabajo
de la Zona Hiperatómica?
—No lo sé —respondió
ella, irritada—. No lo he preguntado.
—¡Ejem!... Quisiera que
se diesen prisa. Porque si no se la dan, Consolidated puede ganarles la mano, y
ganárnosla a nosotros de paso.
—¿Consolidated? ¿Qué
tiene que ver con eso?
—Pues..., no somos los
únicos que nos dedicamos a crear máquinas. Las nuestras pueden ser
positrónicas, pero esto no quiere decir que sean mejores.
Robertson ha convocado
una gran reunión para mañana. Estaba esperando que regresase usted.
Robertson, de la U.S.
Robot / Mechanical Men Corporation, hijo del fundador, señaló con su aguda
nariz al director general y su nuez pegó un salto hacia arriba mientras decía:
—Empiece usted. Vamos
directamente el asunto.
—He aquí el caso, jefe
—comenzó el director general con vivacidad—. Consolidated Robots se dirigió a
nosotros hace un mes con una curiosa proposición. Vinieron con cinco toneladas
de cifras, ecuaciones, y toda clase de cálculos. Era un problema, y querían una
contestación para el Cerebro. Las condiciones eran las siguientes...
Fue contando con los
dedos.
—Cien mil para nosotros
si no hay solución y podemos decirles cuáles son los factores que faltan. Doscientos
mil si hay solución, más el coste de construcción de la máquina afectada, más
el cuarto de los intereses en todos los beneficios de ello derivados. El
problema se refiere al desarrollo de una máquina interestelar...
Robertson frunció el
ceño y su afilado rostro se endureció.
—A pesar del hecho de
que ya poseen una máquina pensadora. ¿Exacto?
—Lo cual demuestra
claramente que esta proposición en un engaño, jefe. Leuver, siga adelante.
Abe Leuver levantó la
mirada desde la mesa del extremo de la sala de conferencia y se pasó la mano
por la rasposa barbilla.
—La cosa es así, jefe
—dijo sonriendo—. Consolidated "tenía" una máquina pensante. Se ha
estropeado.
—¿Cómo? —dijo Robertson
incorporándose a medias.
—Es así. ¡Rota!
¡"Kaput"! Nadie sabe por qué, pero he llegado a ciertas
conclusiones..., como, por ejemplo, que le pidieron que les diese una máquina
interestelar con la misma serie de informaciones que nos han mandado a nosotros
y que esto estropeó su máquina. Ahora es chatarra, nada más que chatarra.
—¿Comprende, jefe?
—dijo el director general entusiasmado—. ¿Lo comprende? No hay ningún grupo
industrial de investigación que no esté tratando de desarrollar una máquina que
abarque el espacio, y Consolidated y U.S. Robots vamos a la cabeza en este terreno
con nuestros robots cerebrales. Ahora que han conseguido estropear la suya,
tenemos el campo libre. Este es el... supuesto motivo. Necesitar n seis años
por lo menos para construir otra y están hundidos, a menos que puedan estropear
la nuestra también, sometiéndola al mismo problema.
El presidente de la
U.S. Robots tenía los ojos abiertos y grades como platos.
—¡Qué asquerosas
ratas...!
—Espere, jefe. Hay algo
más.
—¡Lanning, hable!...
—dijo describiendo con el dedo un amplio círculo.
El doctor Lanning hizo
un resumen de la situación con un leve tono de desprecio; reacción natural
contra las empresas y sectores de venta mucho mejor pagadas que él. Sus
increíbles cejas grises se cerraban y su voz era seca.
—Desde un punto de
vista científico, la situación, si no enteramente clara, es susceptible de un
inteligente análisis. El problema del viaje interestelar en las actuales
condiciones de teoría física es vaga. La cuestión es muy vasta y la información
dada por la Consolidated referente a su máquina pensante, era similarmente
vaga. Nuestro departamento matemático ha procedido a un análisis profundo, y
parece que la Consolidated lo ha incluido todo. Su material de sumisión
contiene todos los adelantos conocidos de la teoría curvo-espacial de
Franciacci y, al parecer, todos los datos astrofísicos y electrónicos
pertinentes. Es un buen bocado.
Robertson los seguía
atentamente.
Al fin interrumpió.
—Es muy difícil para
que el Cerebro lo resuelva.
—No —intervino Lanning
moviendo la cabeza con decisión—. No hay límites para la capacidad del Cerebro.
Es una cuestión distinta. Es cuestión de Leyes Robóticas; por ejemplo: no podrá
jamás dar una solución a un problema que le haya sido sometido, si esta
solución trae aparejada la muerte o daño de seres humanos. En cuanto a él hace
referencia, un problema que no tuviese más que esta solución sería insoluble.
Se este problema estuviese unido a una urgente demanda de respuesta, sería
posible que el Cerebro, que es sólo un robot al fin y al cabo, se encontrase
ante un dilema según el cual no podría ni contestar ni negarse a hacerlo. Algo
por el estilo puede haberle ocurrido a la máquina de la Consolidated.
Hizo una pausa, pero el
director general insistió:
—Siga, doctor Lanning.
Explíqueselo en la forma como me lo explicó a mí.
Lanning arqueó las
cejas apretando los labios, y miró hacia Susan Calvin, que levantó por primera
vez la vista de sus manos cruzadas en el regazo. Habló en voz baja y sin
entonación.
—La naturaleza de la
reacción robótica ante un dilema es impresionante —comenzó—. La psicología del
robot está muy lejos de ser perfecta, como especialista puedo asegurárselo,
pero puede ser discutida en términos cualitativos, porque a pesar de todas las
complicaciones introducidas en el cerebro positónico de un robot, está
construido por los humanos, y por lo tanto, conformado de acuerdo con los
valores humanos.
»Ahora bien, un humano
enfrentado con una imposibilidad, responde frecuentemente con una retirada de
la realidad; penetra en un mundo de engaño, entregándose a la bebida, llegando
al histerismo, o tirándose de un puente. Todo esto se reduce a lo mismo, la
negativa o la incapacidad de enfrentarse serenamente con la situación. Y lo
mismo ocurre con los robots. Un dilema, en el mejor de los casos, creará un
desorden en sus conexiones; y en el peor abrasará su cerebro positónico sin
reparación posible.
—Comprendo —dijo
Robertson, que no había comprendido nada—. ¿Y qué me dice de esta información
que nos pide Consolidated.
—Encierra
indudablemente un problema de un género prohibido —dijo Susan Calvin—. Pero el
Cerebro difiere considerablemente del robot de la Consolidated.
—Eso es cierto,
doctora, es cierto —interrumpió el director general con energía—. Quiero que
sepa bien esto, porque es el punto esencial de la situación.
Los ojos de Susan
relucían detrás de sus lentes y continuó pacientemente:
—Estas máquinas de la
Consolidated, comprende, su Superpensador entre ellas, están construidas sin
personalidad. Se rigen por un funcionarismo, obligatoriamente; sin las patentes
básicas de la U.S. Robots para los senderos emocionales del cerebro. Su Pensador
es una mera máquina calculadora en gran escala y un dilema la aniquila
instantáneamente.
»Sin embargo, el
Cerebro, nuestra máquina, tiene una personalidad, una personalidad de
chiquillo. Es un cerebro supremamente deductivo, pero se parece a un
"idiot savant". En realidad, no entiende lo que hace, se limita a
hacerlo. Y porque es realmente un chiquillo, es más reacio. "La vida no es
tan seria", parece decir.
La doctora en
psicología, hizo una pausa y prosiguió:
—He aquí lo que vamos a
hacer. Hemos dividido toda la información de la Consolidated en partes lógicas.
Vamos a introducir cada una de las partes en el Cerebro, separada y
cautelosamente. Cuando entre el "factor", el que crea el dilema, la
personalidad infantil del Cerebro vacilará. Su sentido enjuiciador no está
maduro. Se producirá un intervalo perceptible antes de que reconozca el dilema
como tal. Y durante este intervalo, rechazará automáticamente la unidad, antes
de los senderos cerebrales puedan ser puestos en movimiento y estropearlos.
La nuez de Robertson se
estremeció.
—¿Está usted segura,
ahora?
—La cosa no tiene mucho
sentido, lo admito —dijo Susan Calvin con disimulada impaciencia—, en lenguaje
vulgar; pero no concibo que tenga la utilidad de presentarlo en forma
matemática. Le aseguro que es como le digo.
El director general
saltó a la brecha, con calor.
—De manera que la
situación es ésta: Si aceptamos la proposición, podemos proceder de esta forma.
El Cerebro nos dirá Cuál de las unidades es la que encierra el dilema. De donde
podremos calcular "por qué" existe el dilema.¿No es esto, doctor Bogert?
Ya lo ve usted, doctora, y el doctor Bogert es el mejor matemático que
encontrará en parte alguna. Damos a la Consolidated la respuesta de "Sin
Solución", con el motivo que la justifica, y cobramos cien mil. Ellos se
quedarán con una máquina estropeada y nosotros con una entera. Dentro de un
años, dos Quizá , tendremos una máquina curvo-espacial, o un motor
hiperatómico, como lo llaman algunos.
—Llámela como quiera,
será la cosa más grande del mundo.
Robertson se echó a
reír y tendió la mano.
—Veamos este contrato.
Voy a firmarlo.
Cuando Susan Calvin
entró en la bóveda del Cerebro, fantásticamente guardada, uno de los turnos de
técnicos acababa de preguntarle: "Si una gallina y media pone un huevo y
medio en un día y medio, ¿cuántos huevos pondrán nueve gallinas en nueve días?".
Y la máquina había
contestado: "Cincuenta y cuatro".
Y los técnicos se
habían mirado perplejos unos a otros.
La doctora Calvin tosió
y se produjo una súbita confusión de energías
La doctora hizo un
breve gesto y se quedó sola con el Cerebro.
El Cerebro ero un mero
globo de medio metro de di metro -que contenía en su interior una atmósfera
totalmente acondicionada de helio, un volumen de espacio totalmente ausente de
vibraciones y libre de radiaciones- y dentro del cual había una inaudita complejidad
de senderos cerebrales positónicos que formaban el Cerebro.
El resto de la
habitación estaba atestada de dispositivos que eran los intermediarios entre el
Cerebro y el mundo exterior, su voz, sus brazos, sus órganos sensoriales.
—¿Cómo estás, Cerebro?
—preguntó suavemente la doctora Calvin.
La voz del Cerebro
respondió vibrante y con entusiasmo.
—¡Muy bien, doctora
Calvin! Me vas a hacer alguna pregunta, llevas siempre un libro en la mano.
—Bien, pues tienes
razón, pero todavía no —sonrió Susan—. Pero es tan complicada que te la vamos a
dar por escrito. Pero más tarde. Me parece que voy a hablarte primero.
—Perfectamente, no me
importa hablar.
—Escucha, Cerebro,
dentro de un momento, el doctor Bogert y el doctor Lanning estarán aquí con su
complicada pregunta. Te daremos muy poco cada vez y muy lentamente, porque
queremos que te andes con cuidado. Vamos a pedirte que saques algo en conjunto,
si te es posible, de la información, pero tengo que advertirte que la solución
puede comportar un cierto peligro para los seres humanos.
—¡Caspita! —exclamó con
voz ronca, seca, el Cerebro.
—Ahora, mucho cuidado. Cuando
lleguemos a un punto que pueda significar peligro, incluso quizá muerte, no te
excites. Comprendes, Cerebro, en este caso, no nos importa..., ni siquiera la
muerte; nos tiene sin cuidado. De manera que cuando llegues a este punto, te
detienes, nos la devuelves y se acabó. ¿Comprendes?
—¡Sí, sí, seguro!
Pero..., ¡caspita, muerte de los humanos...! ¡Oh!
—Y ahora, Cerebro, oigo
llegar al doctor Bogert y al doctor Lanning. Ellos te explicar n en qué
consiste el problema y empezaremos. Sé buen muchacho, ahora...
Lentamente las hojas
fueron siendo insertadas. Después de cada una se producía un intervalo de un
curioso ruido, como el ahogado cuchicheo que era el Cerebro en acción. Después
venía un silencio, que quería decir que estaba en disposición de recibir una nueva
hoja. Era cuestión de horas, durante las cuales el equivalente de unos
doscientos diecisiete gruesos volúmenes de física-matemática fue tragado por el
Cerebro.
A medida que se iba
procediendo a la operación, todos fruncían el ceño.
Lanning refunfuñaba
ferozmente en voz baja. Bogert, primero, se contempló pensativo las uñas y
después empezó a morderlas de una forma abstraída.
Sólo cuando la última
de las hojas del grueso montón hubo desaparecido, Susan, con el rostro pálido,
dijo:
—Hay algo que no va.
Lanning hizo un supremo
esfuerzo por pronunciar unas palabras.
—No puede ser. Está...,
muerto.
—¿Cerebro?... —Susan
Calvin estaba temblando—. ¿Me oyes, Cerebro?
—¿Eh?... —respondió la
máquina, abstraída—. ¿Qué quieres?
—La solución.
—¡Ah!... Puedo darla.
Os construiré la nave, con facilidad..., si me dais robots. Una linda nave.
Necesitaré dos meses, Quizá.
—¿No ha habido...
dificultad?
—Fue largo de calcular.
La doctora Calvin se
echó a reír.
El color no había
reaparecido en sus mejillas. Hizo signo a los demás de que se marchasen.
—No logro entenderlo
—dijo, una vez en su despacho—. La información, tal como se ha dado, tiene que
envolver un dilema..., probablemente la muerte. Si algo se ha estropeado...
—La máquina habla y
razona. No puede haber dilema.
—¡Hay dilemas y
dilemas! —exclamó la doctora con calor—. Hay diferentes formas de evasión.
Supongamos que el Cerebro se siente sólo débilmente captado; sólo lo
suficiente, digamos, para sufrir la ilusión de que puede resolver el problema,
cuando en realidad no puede. O supongamos que está oscilando en el borde mismo
de algo realmente malo, de manera que el menor empuje lo hace pasar más allá.
—Supongamos —dijo
Lanning— que no hay dilema. Supongamos que la máquina de la Consolidated se
rompió a causa de otra pregunta, o por razones puramente mecánicas.
—Pero aun así —insistió
Susan Calvin— no podemos correr el riesgo. Oigan, a partir de ahora nadie debe
ni respirar delante del Cerebro. Me hago cargo del asunto.
—Muy bien —suspiró
Lanning—, hágase cargo, pues. Y entretanto, dejaremos que el Cerebro nos
construya la nave. Y si nos la construye, tendremos que probarla. Para esto
necesitaremos nuestros mejores hombres —añadió pensativo.
Michael Donovan se
alisó la encrespada cabellera pelirroja con un violento ademán, y la total
indiferencia a que en el acto volviese a erizarse.
—Llama el turno ya,
Greg —dijo—. Dicen que la nave está terminada. No saben lo que es, pero está
terminada. Vamos, Greg. Vamos a tomar el mando.
—Espera, Mike —dijo
Powell, cansado—. La confinada atmósfera que respiramos no es adecuada para tu
entusiasmo y buen humor.
—Escucha —dijo Donovan.
dándole otro tirón a su cabello—. No me preocupa el genio éste de hierro ni su
linda nave de hojalata. ¡Son mis vacaciones perdidas! ¡Y la monotonía! Aquí no
hay más que bigotes y cifras..., una fea especie de cifras. ¡Oh, por qué tienen
que darnos siempre estas misiones!
—Porque —respondió
Powell amablemente —por lo visto les convenimos. ¡O.K., descansa! Viene el
doctor Lanning.
Lanning se acercaba con
sus siempre pobladas cejas grises y lleno de vida a pesar de su edad. Subió
silenciosamente la rampa con sus dos compañeros y salieron al campo abierto
adonde, sin obedecer a ningún ser humano, silencios robots estaban construyendo
una nave. Mejor dicho: ¡Habían construido una nave! Porque Lanning dijo:
—Los robots se han
parado. Ninguno se ha movido hoy.
—¿Está lista, entonces?
¿Definitivamente? —preguntó Powell.
—¿Cómo puedo decirlo?
—dijo Lanning, frunciendo el ceño—. Parece lista. No se ven piezas sueltas por
ninguna parte y el interior tiene un brillo de cosa acabada.
—¿Ha estado usted
dentro?
—Entrar y salir. No soy
piloto del espacio ¿Entiende alguno de ustedes algo en teoría de motores?
Donovan miró a Powell y
Powell miró a Donovan.
—Tengo mi licencia,
doctor, pero en mis últimos textos no hay nada referente a hipermotores ni
curvonavegación. Sólo el corriente juego de niños de las tres dimensiones.
Alfred Lanning levantó
la mirada con un gesto de neta reprobación y soltó un ronquido con su larga
nariz.
—Bien, mandaremos
nuestros ingenieros —dijo en tono helado.
Powell lo agarró por el
codo al ver que se disponía a marcharse.
—Oiga, doctor, ¿es la
nave un campo prohibido?
—Supongo que no
—respondió Lanning después de haber vacilado rascándose la nariz—. Para ustedes
dos, en todo caso.
Donovan murmuró una
frase expresiva a su espalda al verlo marchar y se volvió hacia Powell.
—Me gustaría darle una
descripción literaria de él mismo, Greg.
—Ven conmigo, Mike.
El interior de la nave
estaba terminado, tan terminado como una nave pudo jamás estarlo; podía
afirmase con sólo pestañear dos veces. Ningún obrero especializado hubiera
podido dar más brillo del que habían dado los robots. Las paredes tenían un
acabado de reluciente plata que no conservaba las impresiones digitales.
No había ángulos;
paredes, suelo y techos se fundían unos con otros en delicadas curvas, y el
resplandor metálico de la luz indirecta daba seis frías imágenes de los
asombrados visitantes.
El corredor principal
era un estrecho túnel cuyo suelo resonaba bajo las pisadas y en que había una
serie de habitaciones imposibles de distinguir unas de otras.
—Supongo que los
muebles deben de estar empotrados en las paredes —dijo Powell—. O Quizá no
tenemos que sentarnos ni dormir.
En la última
habitación, cerca de la proa de la nave, se quebraba la monotonía. Una ventana
curva, sin reflejos, era lo primero que rompía la monotonía metálica y bajo
ella había una sola esfera de grandes dimensiones con una única aguja inmóvil
que marcaba el cero.
—¡Mira esto! —dijo
Donovan señalando la única palabra escrita en una escala minuciosamente
marcada. La palabra era "parsecs", y la diminuta cifra del extremo de
la escala graduada era "1.000.000”. Había dos sillas; pesadas, bastas, sin
acolchar
Powell se sentó en una
de ellas y la encontró cómoda, sus curvas se amoldaban a las formas de su
cuerpo.
—¿Qué te parece todo
esto¿ —preguntó Powell.
—¡Por mi dinero! Creo
que el Cerebro tiene fiebre cerebral. ¡Vámonos!
—¿No quieres dar un
vistazo a todo esto?
—He dado ya un vistazo
a todo eso. He venido y he visto. ¡Estoy harto!
Greg, salgamos de aquí
—añadió con el pelo rojo erizado—. He abandonado mi trabajo hace cinco minutos
y esto es una zona prohibida.
Powell sonrió de una
forma untuosa y satisfecha y se alisó el bigote.
—Bien, Mike, cierra la
válvula de adrenalina que estás vertiendo en tu sangre. Estaba preocupado
también, pero nada más.
—¿Nada más, ¿eh? ¿Cómo
es eso, nada más? ¿Aumentando tu seguro?
—Mike, esta nave no
puede despegar.
—¿Cómo lo sabes?
—Hemos recorrido toda
la nave, ¿no?
—Así parece.
—Puedes creerlo bajo mi
palabra.
—¿Has visto una sola
cámara de pilotaje a excepción de este ventanal y una esfera calculada en
parsecs? ¿Has visto algún mando?
—No.
—¿Has visto algún
motor?
—¡Por Júpiter, no!
—Bien, entonces...
Vamos a darle la noticia a Lanning, Mike.
Recorrieron a toda
velocidad los uniformes corredores para chocar finalmente con el estrecho paso
que daba a la compuerta neumática.
Donovan se puso rígido.
—¿Has cerrado tú eso,
Greg?
—No lo he tocado para
nada. Levanta la palanca quieres...
Pero a pesar de los
agotadores esfuerzos de Mike, la palanca no se movió.
—No he visto ninguna
salida de urgencia —dijo Powell—. Si ocurre ago, nos van a tener que sacar
fundidos.
—Sí, y vamos a tener
que esperar a que se den cuenta de que algún loco nos ha encerrado aquí dentro
—añadió Donovan frenético.
—Volvamos a la ventana.
Es el único sitio desde el cual podemos llamar la atención.
Pero no fue así.
En la última
habitación, la ventana no era ya azul y llena de cielo. Era negra, y unas
puntas de aguja amarillentas en forma de estrella decían: "Espacio".
Se produjo un fuerte
golpe sordo, doble, y dos cuerpos se desplomaron en dos sillas.
Alfred Lanning encontró
a Susan Calvin en la puerta de la oficina.
Encendió nerviosamente
un cigarro y le hizo seña de entrar.
—Bien, Susan —dijo—,
hemos llegado bastante lejos y Robertson se está poniendo nervioso. ¿Qué va
usted a hacer con el Cerebro?
Susan Calvin abrió los
brazos, extendiendo las manos.
—No sirve de nada
ponerse impacientes. El Cerebro tiene mayor valor que todo lo que podamos
obtener con este trato.
—Pero lleva usted dos
meses interrogándolo.
—¿Preferiría usted
llevar este asunto personalmente? —preguntó la doctora en tono llano, pero
ligeramente amenazador.
—Ya sabe usted lo que
quiero decir...
—¡Oh, supongo que sí!
—respondió ella, frotándose las manos nerviosas—. La cosa es fácil, he estado
probando y tanteando y no he llegado todavía a ninguna parte. Sus reacciones no
son normales. Sus respuestas son, en cierto modo..., extrañas. Pero nada en que
poner el dedo. Y, comprenda usted, hasta que sepamos qué es lo que pasa,
debemos andar de puntillas. Me es imposible decir qué pregunta u observación
conseguir ... darle el empujón y... si entonces tendremos entre nuestras manos
un Cerebro completamente inútil. ¿Quiere usted correr este riesgo?
—No sé, no puede
quebrantar la Primera Ley.
—Eso hubiera pensado,
pero...
—¿No está siquiera
segura de esto? — preguntó Lanning escandalizado.
—¡Oh, no puedo estar
segura de nada, Alfred!
Los timbres de alarma
resonaron con una aterradora prontitud. Lanning cortó la comunicación con un
espasmo casi paralizante. Las palabras salieron jadeantes y heladas de sus
labios.
—Susan..., ha oído
esto..., la nave ha partido. He mandado a aquellos físicos a su interior hace
media hora. Tendrá usted que consultar de nuevo con el Cerebro.
—Cerebro —dijo Susan
Calvin con forzada calma—, ¿qué le ha ocurrido a la nave?
—¿La nave que he
construido, miss Susan?
—Exacto. ¿Qué ha sido
de ella?
—Nada. Los dos hombres
que tenían que hacer las pruebas estaban dentro y todo estaba dispuesto. De
manera que la lancé.
—¡Oh, vaya, pues está
bien! —La doctora encontraba una cierta dificultad en respirar—. ¿Crees que
estarán bien?
—Tan bien como sea
posible, miss Susan. He tomado todas las precauciones. Es una her-mo-sa nave.
—Sí, Cerebro es
hermosa, pero ¿crees que tendrán bastante comodidad? ¿Estarán confortablemente
alojados?
—Mucha comida.
—Esto puede haber sido
una gran impresión para ellos. Por lo inesperado, comprendes...
—Estarán bien —dijo el
Cerebro, desechando la objeción—. Tiene que ser interesante para ellos.
—¿Interesante? ¿Cómo?
—Sólo interesante.
—Susan —dijo Lanning
con un susurro—, pregúntele si podrían morir. Pregúntele qué peligros corren.
La expresión de Susan
Calvin se contorsionó en un gesto de furia.
—¡Cállese! —Con voz
turbada, se volvió hacia el Cerebro—. ¿Podremos comunicar con la nave, verdad,
Cerebro?
—Pueden oírte, si los
llamas por radio. Nos hemos preocupado de esto.
—Gracias. Eso es todo,
por ahora
Una vez fuera, Lanning
estalló con rabia:
—¡Por toda la Galaxia,
Susan, si esto se sabe estamos arruinados! Es necesario que hagamos regresar a
estos hombres. ¿Por qué no le ha preguntado si había peligro de muerte...,
directamente?
—Porque esto es
precisamente lo que no puedo mencionar. Si existe un dilema, es de muerte.
Cualquier cosa que sea demasiado fuerte para él, pude aniquilarlo. ¿Estaremos
acaso mejor, entonces? Ahora, espere, dice que podemos comunicar con ellos.
Vamos a hacerlo, localicémoslos y hagámoslos regresar. Probablemente pueden
manejar los controles ellos mismos. El Cerebro sin duda los dirige desde lejos.
¡Venga!
Transcurrió bastante
tiempo antes de que Powell volviese en sí.
—Mike —dijo con los
labios fríos—, ¿sientes algunas aceleraciones?
—¿Eh?... —preguntó
Donovan con mirada inexpresiva—. No...
Los puños del pelirrojo
se cerraron, y levantándose con ímpetu de su sillón, se acercó a la ventana con
frenética energía. No se veía nada más que estrellas.
—Greg —dijo,
volviéndose—, deben de haber lanzado esta máquina mientras estábamos dentro.
Greg, todo esto estaba preparado; combinaron que el robot nos obligase a ser
pilotos de prueba para el caso en que pensásemos volvernos atrás.
—¿Qué estás diciendo?
—dijo Powell—. ¿Qué utilidad tiene mandarnos al espacio si no sabemos cómo se
gobierna esta máquina? ¿Cómo creen que vamos a hacerla regresar? No, esta nave
arrancó por sí sola y sin ninguna aceleración aparente. —Se levantó y comenzó a
caminar lentamente. Las paredes de metal resonaban al compás de sus pasos. Con
una voz sin entonación, añadió: —Mike, ésta es la situación más confusa en que
nos hemos encontrado jamás.
—¡Qué cosa más nueva
para mí! —dijo Mike con amargura—. Empezaba a pasarlo divinamente cuando me lo
has dicho.
Powell no le hizo caso.
—Aceleración nula
—dijo—. Lo cual indica que esta nave funciona bajo un principio diferente de
todos los conocidos.
—Diferente de los que
nosotros conocemos, en todo caso..
—Diferente de
"todos" los conocidos. No hay motores al alcance de la mano. Quizá
estén dentro de las paredes. Quizá por esto son tan gruesas.
—¿Qué estás
refunfuñando? Estoy diciendo que, cualquiera que sea la energía que mueve esta
nave, no está destinada, evidentemente, a ser controlada a mano. Esta nave es
teledirigida.
—¿Por el Cerebro?
—¿Por qué no?
—¿Entonces, crees que
seguiremos en el espacio hasta que el Cerebro decida hacernos regresar?
—Es posible. Si es así,
esperemos tranquilamente. El Cerebro es un robot, está obligado a respetar la
Primera Ley. No puede dañar a un ser humano.
—¿Esto crees? —dijo
Donovan sentándose lentamente y alisándose el cabello—. Escucha, el cuento del
espacio curvo ha hecho cisco el robot de la Consolidated, y el melenudo dijo
que era debido a que el viaje interestelar mata a los seres humanos. ¿En qué robot
vas a confiar? El nuestro se basa en los mismos principios, según tengo
entendido.
Powell se tiraba
desesperadamente del bigote.
—No finjas no entender
en robótica, Mike. Antes de que sea físicamente posible a un robot hacer un
solo intento de infringir la Primera Ley, tienen que destrozarse tantas cosas,
que se produciría un montón de desperdicios diez veces mayor. Esto tiene alguna
explicación más sencilla.
—¡Sí, seguro,
seguro!... Bien, hazme llamar por el mayordomo, mañana. Todo esto es realmente
demasiado sencillo para que me preocupe antes de haber descabezado mi
sueñecito.
—¡Pero, por Júpiter,
Mike ¿De qué te quejas hasta ahora? El Cerebro vela por nosotros. Aquí tenemos
calor, tenemos luz, tenemos aire. No hay siquiera un soplo de más de
aceleración para erizarte el cabello, si, desde luego, fuese erizable, en
primer lugar.
—¿Sí? Greg, tú debes
haber tomado lecciones. ¿Y qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Dónde estamos? ¿Cómo
regresaremos? Y en caso de accidente, ¿con qué traje del espacio saldremos y
por dónde? No he visto siquiera un cuarto de baño ni aquellos pequeños adminículos
que suelen haber en los cuartos de baño. Desde luego, se ocupan de nosotros,
pero... !Escucha!
La voz que interrumpió
la gran tirada de Donovan no fue la de Powell.
No era de nadie. Estaba
allí, flotando en el aire, estentórea y petrificadora en sus efectos.
"!Gregory Powell¡
!Michael Donovan¡ !Gregory Powell¡ !Michael Donovan¡ Comuniquen su actual
posición. Si la nave responde a los controles, rogamos regresen a la Base.
!Gregory Powell¡ !Michael Donovan¡" El mensaje se repetía, mecánicamente,
roto a intervalos regulares.
—¿De dónde viene esto?
—preguntó Donovan.
—No sé —dijo Powell,
con un susurro, impresionante—. ¿De dónde viene la luz? ¿De dónde viene todo?
—¿Y cómo vamos a
contestar?
Tenían que hablar
durante los intervalos del mensaje, que se iba repitiendo.
Las paredes estaban
desnudas, tan desnudas como puede estar una superficie de metal no rota por
nada.
—Grita la respuesta
—dijo Powell Así lo hicieron. Gritaron, por turno, juntos.
—!Posición desconocida¡
!Nave fuera de control! !Situación desesperada!
Sus voces resonaban
estridentes.
Las breves y
telegráficas frases quedaban deformadas por la intensidad de los gritos, pero
la fría voz que llamaba iba repitiendo incansablemente su mensaje.
—No nos oyen —murmuró
Donovan—. No hay estación transmisora, sólo receptora. —Su mirada recorría al
azar la superficie de las paredes.
La voz exterior fue
disminuyendo paulatinamente de intensidad y se calló. De nuevo ellos chillaron
cuando no era más que un susurro y de nuevo volvieron a gritar cuando reinó el
silencio. Cosa de unos quince minutos después, Powell dijo, casi sin voz:
—Vamos a recorrer la
nave otra vez. Debe de haber algo que comer en alguna parte. —Su tono no
delataba ninguna confianza; era casi el reconocimiento de su derrota.
Dividieron el corredor
en dos partes. Podían oírse uno a otro por el fuerte resonar de sus pasos, y
volvían a encontrarse en el corredor, donde se miraban mutuamente y seguían
adelante.
La exploración de
Powell terminó infructuosamente, y en aquel momento oyó la alegre voz de
Donovan con la sonoridad de un estruendo.
—!Eh, Greg, la nave
tiene tuberías¡ ¿Cómo se nos ha escapado?
Después de cinco
minutos de jugar al escondite, encontró a Powell.
—Pero sigue sin haber
cuarto de baño —dijo. De repente se calló en seco—. !Comida¡ —jadeó.
La pared se había
corrido, dejando una abertura curva con dos estantes.
El estante superior
estaba lleno de latas sin etiquetar de una asombrosa variedad de tamaños y
formas. Las latas esmaltadas del estante inferior eran uniformes y Donovan
sintió una fría corriente de aire en sus piernas.
El estante inferior
estaba refrigerado.
—!Cómo... cómo...!
—Esto no estaba así
antes —dijo Powell secamente—. Esta parte de la pared se ha corrido en cuanto
entré por la puerta.
Estaba ya comiendo. La
lata tenía una cuchara dentro y pronto el aromático olor de habichuelas
estofadas llenó la habitación.
—!Coge una lata, Mike!
—¿Qué minuta hay?
—preguntó Donovan, vacilando.
—¿Cómo quieres que lo
sepa? ¿Le haces remilgos?
—No, pero en las naves
no como más que habichuelas. Algo diferente gozaría de mi predilección.
Su mano acarició y
eligió una reluciente lata elíptica, cuya forma aplanada parecía insinuar la
presencia de salmón o una golosina similar. Se abrió bajo una presión adecuada.
—!Habichuelas¡ —gritó
Donovan, cogiendo otra, pero Powell le tiró de los pantalones.
—Es mejor que comas
esto, muchacho. Las existencias son limitadas y podemos tener que estar aquí
mucho tiempo.
—¿Pero es que aquí no
hay más que habichuelas? —dijo toscamente Donovan, echándose atrás.
—Es posible.
—¿Qué hay en el otro
estante?
—Leche.
—¿Sólo leche? —gritó
Donovan, indignado.
—Así parece.
La comida de
habichuelas y leche transcurrió en un absoluto silencio y al marcharse, la
fracción de pared se colocó automáticamente en su sitio, dejando la superficie
completamente lisa.
—Todo es automático
—dijo Powell, suspirando—. Todo igual. Jamás me he sentido más abandonado en mi
vida.
Quince minutos más
tarde estaban de nuevo en la sala de la ventana mirándose uno a otro desde dos
sillones opuestos. Powell miró melancólicamente la única esfera de la sala.
Seguía marcando "parsecs", la cifra seguía terminando en 1.000.000 y
la aguja indicadora estaba todavía en el cero.
En su despacho interior
de las oficinas de la U.S. Robots / Mechanical Men Corp. Alfred Lanning, en
tono agotado, estaba diciendo:
—No contestan. Hemos
probado todas las longitudes de onda, pública, privada, clave, directa, incluso
este truco del subéter que hay ahora. !Y el Cerebro sigue sin querer decir
nada¡ —le espetó a Susan Calvin.
—No quiere extenderse
sobre la materia, Alfred. Dice que no pueden oírnos... y cuando trato de
apretarlo se pone de mal humor. Y no debería ser... ¿Quién ha oído hablar jamás
de un robot malhumorado?
—¿Por qué no nos dice
usted lo que sabe, Susan? —dijo Bogert.
—Aquí va. Admite que
controla la nave enteramente. Es positivamente optimista en cuanto a su
seguridad, pero sin detalle. No me atrevo a apretarle las tuercas. Sin embargo,
el centro de la perturbación reside, al parecer, en el mismo salto
interestelar. El Cerebro se echó a reír cuando toqué este punto. Hay otras
indicaciones, pero ésta es la más clara que ha aparecido como neta anormalidad.
Bogert pareció
súbitamente impresionado.
—!El salto
interestelar!
—¿Qué ocurre? —gritaron
a la vez Susan Calvin y Lanning.
—Las cifras para el
motor que nos dio del Cerebro. !Oiga..., acabo de pensar en una cosa!
Y salió
precipitadamente. Lanning lo siguió con la mirada. Volviéndose hacia Susan,
dijo:
—Tenga usted cuidado
con su final, Susan...
Dos horas después,
Bogert estaba hablando animadamente.
—Le digo, Lanning, que
es esto. El salto interestelar no es instantáneo... mientras la velocidad de la
luz sea infinita. La vida no puede existir... la "materia" y la
"energía" no pueden existir como tales en el espacio curvo. No sé cómo
ser ... pero es así. Esto es lo que mató al robot de la Consolidated.
Donovan estaba
realmente tan desesperado como parecía.
—¿Sólo cinco días?
Miraba a su alrededor,
desalentado.
Las estrellas de la
ventana eran conocidas, pero infinitamente indiferentes. Las paredes eran frías
al tacto; las luces, que habían vuelto a encenderse recientemente, eran de una
brillantez insoportable; la aguja de la esfera marcaba obstinadamente cero; y
Donovan no podía liberarse del gusto a habichuelas.
—Necesito un baño —dijo
tristemente.
Powell levantó la vista
un instante y respondió:
—Yo también. No tienes
por qué ser tan egoísta. Pero a menos que quieras bañarte en leche y pasarte de
beber...
—Tendremos que pasarnos
de beber un momento u otro, Greg. ¿Dónde terminará este viaje interestelar?
—Ya me lo dirás. En
todo caso, vamos allá. O por lo menos el polvo de nuestros esqueletos, pero...
¿no es nuestra muerte el punto esencial del colapso original del Cerebro?
—Greg —respondió
Donovan, dándole la espalda—, he estado pensando. La cosa está mal. No hay gran
cosa que hacer, fuera de rondar por ahí o hablar contigo. Ya conoces estas
historias de tipos que andan rondando eternamente por el espacio. Se vuelven
locos mucho antes de sucumbir al hambre. No sé, Greg, pero desde que las luces
han vuelto a encenderse, me siento extraño.
Hubo un silencio hasta
que Powell dijo, con voz muy débil:
—Yo también. ¿Qué
sientes?
—Una cosa extraña
dentro —dijo el pelirrojo—. Como una especie de tensión interior. Me es difícil
respirar. No puedo estarme quieto.
—¡Hum!... ¿Sientes
alguna vibración?
—¿Qué quieres decir?
—Siéntate un minuto y
escucha. No lo oyes, pero, ¿no sientes... como si algo latiese en alguna parte
e hiciese latir toda la nave, y a ti con ella? Escucha...
—Sí..., sí... ¿Qué
crees que es, Greg? ¿No crees que somos nosotros?
—Es posible —respondió
Powell, acariciándose lentamente el bigote—. Pero pueden ser los motores de la
nave. Puede estar preparándose.
—¿Para qué?
—Para el salto
interestelar. Puede estar próximo y sólo el diablo sabe cómo es.
Donovan se quedó un
momento pensativo. Después, con rabia, dijo:
—Si es así, dejémoslo.
Pero quisiera poder luchar. Es humillante tener que esperar de esta forma.
Una hora después,
Powell miró su mano, que había apoyado sobre el brazo metálico de su silla y
con una clama absoluta, dijo:
—Toca la pared, Mike.
—No la siento vibrar,
Greg —dijo Donovan, después de haber obedecido.
Incluso las estrellas
parecían borrosas. De algún lugar llegaba la vaga impresión de alguna poderosa
máquina que iba cobrando energía entre las paredes, acumulando fuerzas para un
prodigioso salto, ascendiendo la escala de la fuerza y el poder.
Ocurrió con la rapidez
de un pinchazo de dolor. Powell se puso rígido y casi se cayó de la silla.
Vio a Donovan y se
desvaneció la visión, mientras el leve grito de Donovan penetraba y moría en
sus oídos. Algo vibró vertiginosamente en él y luchó contra una creciente capa
de hielo que iba espesándose.
Algo flotó suelto y
formó un remolino de luces y dolor. Y cayó...
... y se retorció.
... Y cayó de bruces.
... En silencio.
¡Estaba muerto!
Era un mundo sin
movimiento ni sensaciones. Un mundo de una vaga consciencia sin sentidos; una
consciencia de oscuridad y de silencio y de lucha sin forma.
Más que nada,
consciencia de eternidad.
Era un tenue destello
del "yo"...
frío y atemorizado.
Entonces vinieron las
palabras, melosas y sonoras, resonando encima de él en una espuma de sonidos.
—¿Te ajustaba tu ataúd
de una manera diferente antes? ¿Por qué no pruebas los féretros extensibles de
Mr. Cadáver? Están científicamente construidos con Vitamina B1. !Usad los
féretros Cadáver por su comodidad! Recordad que vais-a-estar-muertos-mucho-mucho-tiempo...
No era exactamente un
sonido, pero fuese lo que fuere, se desvaneció en una especie de zumbido
aceitoso...
El blanco destello que
podía haber sido Powell se agitaba inútilmente en las infinitas extensiones del
tiempo que existían por todo su alrededor, y caían sobre él mientras el agudo
grito de cien millones de fantasmas con cien millones de voces de soprano se
elevaban en el crescendo de una melodía...
—Me alegraré cuando
hayas muerto, tú granuja, tú...
—Me alegraré cuando
hayas muerto, tú, granuja. tú...
—Me alegraré...
Se elevó la espiral de
un violento sonido en los estridentes supersónicos que pasaban, y más allá...
El blanco destello se
estremecía con un latido. Iba aumentando lentamente...
Las voces eran
normales... y muchas. Era una muchedumbre que hablaba; una multitud que se
agitaba y pasaba por su lado rápidamente, dejando rastros de palabras detrás de
ellos...
El blanco destello que
era Powell serpenteaba hacia atrás delante del sonido que iba creciendo, y
sintió el agudo pinchazo de un dedo que lo señalaba. Todo estalló en un arco
iris de sonidos que cayó goteando sus fragmentos en un dolorido cerebro.
Powell estaba de nuevo
en su silla.
Sintió que temblaba.
Los ojos de Donovan se
iban convirtiendo en dos grandes bolas de un azul turbio.
—Greg... —susurró. Su
voz era casi un gemido—. ¿Estabas muerto?
—Me sentía... muerto.
—No reconoció su propia voz.
Donovan estaba haciendo
una vana tentativa de mantenerse de pie.
—¿Estás vivo, ahora? ¿O
hay algo más?
—Me siento vivo...
—Siempre la misma voz ronca—. ¿Has oído algo cuando... estaba muerto? —preguntó
cautelosamente.
Donovan hizo una pausa
y después, muy despacio, bajó la cabeza.
—¿Y tú?
—Sí. Algo de
ataúdes..., y mujeres que cantaban... ¿Y tú?
—Sólo una voz —dijo
Donovan, moviendo la cabeza.
—¿Fuerte?
—No; suave, pero
rasposa como una lima de uñas. Era como un sermón. Algo del fuego del infierno,
torturas..., en fin, ya sabes. Una vez oí un sermón como éste..., casi.
Estaba sudando.
Vieron la luz del sol a
través de la ventana. Era débil, pero de un blanco azulado, y aquel guisante
que era la lejana fuente de la luz no era el Viejo Sol.
Y Powell señaló con su
dedo tembloroso la esfera única. La aguja, inmóvil y rígida, marcaba 300.000
"pársec".
—Mike, si esto es
verdad —dijo Powell— tenemos que estar fuera de la Galaxia.
—!Caspita, Greg¡
!Seremos los primeros en salir del Sistema Solar!
—Sí, ésta es la cosa.
Hemos huido del sol. Hemos huido de la Galaxia. Mike, esta nave es la solución.
Significa ser libre de toda la humanidad..., libre de recorrer todas las
estrellas que existen..., millones, billones y trillones de ellas...
Pero entonces asestó el
golpe fuerte.
—¿Pero, cómo
regresamos, Mike?
—!Oh, no te preocupes¡
—respondió Donovan sonriendo—. La nave nos ha traído aquí. La nave nos volverá.
A por más habichuelas.
—Pero, Mike..., espera,
Mike... si nos vuelve atrás de la forma como nos ha traído aquí...
Donovan se detuvo a medio
camino y se desplomó en su sillón.
—Tendremos que... morir
de nuevo, Mike —terminó.
—En fin —suspiró
Donovan—, si tenemos que morir, moriremos. Por lo menos no es permanente... no
"muy" permanente.
Susan Calvin hablaba en
voz baja.
Durante seis horas
había estado hostigando al Cerebro..., seis horas infructuosas. Estaba cansada
de repeticiones, cansada de circunloquios, cansada de todo.
—Bien, Cerebro, sólo
una cosa más. Tienes que hacer un esfuerzo para contestar, simplemente. ¿Has
sido enteramente claro acerca del salto interestelar? Quiero decir, ¿los lleva
eso muy lejos?
—Tan lejos como quiera
ir, miss Susan. En la curvatura no hay truco
—Y en el otro lado,
¿qué verán?
—Estrellas y astros.
¿Qué supones?
La siguiente pregunta
se le escapó
—¿Estarán vivos,
entonces?
—!Seguro!
—¿Y el salto
interestelar no los dañará.
Quedó helada al ver que
el Cerebro permaneció silencioso. ¡Era esto!
Había tocado el punto
sensible.
—Cerebro —suplicó—.
Cerebro, ¿me oyes?
La respuesta fue débil,
vacilante. El Cerebro dijo:
—¿Tengo que responder?
¿Sobre el salto, me refiero?
—Si no quieres, no.
Pero sería interesante..., si quieres, desde luego. —Trataba de hablar
animadamente.
—Brrr... Lo has
estropeado todo.
Y la doctora se levantó
de un salto, con el rostro incendiado interiormente.
—!Oh, Dios mío¡...
—jadeó—. !Ah...!
Y sintió la tensión de
horas y días estallar de repente. Más tarde le dijo a Lanning:
—Le digo que toda va
bien. No, debe usted dejarme sola, ahora. La nave regresará intacta, con los
hombres dentro y yo necesitó descansar. !Quiero descansar¡ Ahora márchese.
La nave regresó a la
Tierra tan silenciosa y matemáticamente como había salido. Cayó precisamente en
el mismo sitio y la compuerta se abrió.
Los dos hombres que
salieron de ella avanzaron cautelosamente, acariciándose sus rasposas
barbillas.
Y entonces, lenta y
deliberadamente, el que tenía el pelo rojo se arrodilló y depositó sobre el
hormigón de la pista un sonoro beso.
Apartaron con ademanes
a la muchedumbre que se había reunido y rehusaron los solícitos cuidados de dos
hombres que avanzaban con una camilla que acababan de sacar de una ambulancia.
—¿Dónde está la ducha
más próxima? —preguntó Powell.
Los acompañaron a ella.
Más tarde se encontraron todos reunidos alrededor de una mesa donde había los
mejores cerebros de la U.S. Robots / Mechanical Men Corp.
Lenta y adecuadamente,
Powell y Donovan terminaron su gráfico y sensacional relato.
Susan Calvin rompió el
silencio que siguió. Durante los pocos días transcurridos, había recuperado su
helada y en cierto modo ácida calma, pero a través de la cual se filtraba
todavía una sombra de embarazo.
—Estrictamente hablando
—dijo—, fue culpa mía... todo. Cuando por primera vez sometimos el problema al
Cerebro como espero alguno de ustedes recordará, me extendí ampliamente sobre
la importancia de desechar cualquier fuente de información susceptible de crear
un dilema. Al hacerlo, dije algo por el estilo de "No te excites por la
cuestión de la muerte de seres humanos. No nos importa en absoluto. Devuelve la
hoja y basta".
—!Humm! —dijo Lanning—.
¿Y que más?
—Lo evidente. Cuando
sometió sus cálculos que comportaban la ecuación sobre la longitud del mínimo
intervalo para el salto interestelar..., ello significaba la muerte de seres
humanos. Aquí fue donde la máquina de la Consolidated quedó completamente destrozada.
Pero yo había quitado importancia a la muerte ante el Cerebro, no enteramente,
porque la Primera Ley no puede nunca ser infringida, pero sí lo suficiente para
que el Cerebro dirigiese una segunda mirada a la ecuación. Lo suficiente para
darle tiempo de darse cuenta de que una vez transcurrido el intervalo, los
hombres volverían a la vida, de la misma manera que la materia y la energía de
la nave volverían a su existencia. Esta llamada "muerte", en otras
palabras, sería un fenómeno, estrictamente temporal. ¿Comprenden? —terminó
mirando a su alrededor.
Todos escuchaban
atentamente. Susan prosiguió:
—Aceptó, pues, el
punto, pero no sin un cierto chirrido. Incluso con la muerte temporal y
disminuida su importancia, tuvo suficiente para desequilibrarlo
considerablemente. Adoptó un actitud humorística —prosiguió con más calma—; es
una especie de evasión, comprenden, un método de evadirse parcialmente de la
realidad. Empezó a bromear.
Powell y Donovan se
habían puesto en pie.
—¿Cómo?
Donovan estaba mucho
más acalorado
—Así —dijo Susan—. Se
ocupó de ustedes y los mantuvo a salvo, pero no podían manejar los controles
porque sólo los podía manejar él, el humorista Cerebro. Podíamos comunicar por
radio, pero no podían ustedes contestar. Tenían mucha comida, pero sólo habichuelas
y leche. Entonces murieron, por decirlo así, pero volvieron a vivir, y el
período de su vida fue..., interesante. Me gustaría saber cómo lo hizo. Eran
las bromitas del Cerebro, pero no quería hacer daño.
—!No quería hacer daño¡
—gritó Donovan—. !Ah, si el monigote ése tuviese tan sólo un cuello...!
—Bien, bien, ha sido un
lío —dijo Lanning levantando una mano apaciguadora—, pero todo ha terminado. ¿Y
ahora, qué?
—Pues —dijo Bogert
tranquilamente—, es obvio que nos corresponde mejorar la nave del espacio
curvo. Debe haber alguna manera de solucionar el intervalo de salto. Si lo hay,
somos la única organización que dispone del súper-robot en gran escala, de
manera que si lo hay tenemos que encontrarlo.
Y entonces... U.S.
Robots tiene el viaje interestelar, y la Humanidad tiene la oportunidad del
imperio galáctico.
—¿Y la Consolidated?
—preguntó Lanning.
—!Eh¡ —interrumpió
súbitamente Donovan—. Quiero hacer una sugerencia, aquí. Han metido la U.S.
Robot en un brete, como ellos esperaban, y todo ha acabado bien, pero sus
intenciones no eran piadosas. Y Greg y yo soportamos la mayor parte de él.
—Bien, querían una
respuesta y ya la tienen. Mandémosles esta nave, garantizada, y la U.S. Robots
puede cobrar los doscientos mil, más los gastos de construcción. Y si la
prueban... dejemos que el Cerebro se divierta un poco más antes de volverla a
la normalidad.
—Me parece sumamente
indicado —dijo Lanning, muy grave.
A lo cual Bogert
añadió, distraídamente:
—Y estrictamente de
acuerdo con el contrato, además.
Evidencia
Francis Quinn era un
político de nueva escuela. Ésa, por supuesto, es una expresión carente de
significado, como son todas las expresiones de este tipo. La mayoría de las «nuevas
escuelas» de que disponemos se hallan duplicadas en la vida social de la
antigua Grecia, y quizá, si supiéramos algo más al respecto, en la vida social
de la antigua Sumeria y también en las moradas lacustres de la Suiza
prehistórica.
Pero, para salimos de
lo que promete ser un insípido y complicado principio, será mejor afirmar
rápidamente que Quinn nunca aspiró a ningún cargo, ni persiguió votos, ni lanzó
discursos ni llenó urnas. Del mismo modo que Napoleón no apretó un gatillo en Austerlitz.
Y puesto que la
política crea extraños compañeros de cama, Alfred Lanning se sentó al otro lado
del escritorio con sus densas cejas blancas muy ceñudas encima de sus ojos cuya
agudeza había afilado su impaciencia crónica. No se sentía complacido.
El hecho, de ser
conocido por Quinn, no le hubiera irritado en lo más mínimo. Su voz era
amistosa, quizá de un modo profesional.
—Supongo que conoce
usted a Stephen Byerley, doctor Lanning.
—He oído hablar de él.
Como mucha otra gente.
—Sí, yo también. Tal
vez piense usted votarle en las próximas elecciones.
—No sabría decirle.
—Había un inconfundible rastro de acidez en su voz—. No he seguido la política
últimamente, de modo que no sé si se presenta para algún cargo.
—Puede que sea nuestro
próximo alcalde. Por supuesto, ahora tan sólo es un abogado, pero con el
tiempo...
—Sí —interrumpió
Lanning—, ya he oído esa frase antes. Pero me pregunto si no será mejor que nos
dediquemos a nuestros asuntos.
—Estamos dedicándonos a
nuestros asuntos, doctor Lanning. —El tono de Quinn era muy amable—. Es de mi
mayor interés mantener al señor Byerley como fiscal del distrito como máximo, y
es de su mayor interés el ayudarme a conseguirlo.
—¿De mi mayor interés?
¡Oh, vamos! —Lanning frunció las cejas.
—Bien, digamos entonces
del mayor interés para la Compañía de Robots y Hombres Mecánicos de los Estados
Unidos. He venido a usted como director honorario de investigación, porque sé
que su relación con ellos es la de, digamos, «consejero principal». Es usted
escuchado con respeto, y sin embargo su relación con ellos ya no es tan
estrecha como para que no pueda disponer de una considerable libertad de
acción; incluso aunque la acción sea en cierto modo poco ortodoxa.
El doctor Lanning
guardó silencio durante un momento, rumiando sus pensamientos. Más suavemente,
dijo:
—No le sigo en
absoluto, señor Quinn.
—No me sorprende,
doctor Lanning. Pero es muy sencillo. ¿Le importa? —Quinn encendió un delgado
cigarrillo con un encendedor de delicada simplicidad, y su rostro de altos
pómulos adoptó una expresión de suave regocijo—. Hemos hablado del señor
Byerley..., un personaje extraño y colorista. Hace tres años era un completo
desconocido. Ahora es muy conocido. Es un hombre de fuerza y habilidad, y por
supuesto el más capaz e inteligente fiscal que nunca haya conocido.
Desgraciadamente, no es amigo mío...
—Comprendo —dijo
Lanning mecánicamente, contemplando sus uñas.
—Tuve ocasión
—prosiguió Quinn en un tono neutro— de investigar al señor Byerley el año
pasado..., de una forma muy exhaustiva. Siempre resulta útil, ¿sabe?, someter
la vida pasada de los políticos reformistas a una indagación inquisitiva. Si
supiera usted la de veces que esto ha ayudado... —Hizo una pausa para sonreír
seriamente a la resplandeciente punta de su cigarrillo—. Pero el pasado del
señor Byerley es completamente anodino. Una vida tranquila en una pequeña
ciudad, una educación universitaria, una esposa que murió joven, un accidente
de coche con una lenta recuperación, la escuela de leyes, la llegada a la
metrópoli, su cargo de fiscal.
Francis Quinn agitó
lentamente la cabeza, luego añadió:
—Pero su vida actual.
Ah, eso sí es notable. ¡Nuestro fiscal del distrito no come nunca!
Lanning alzó
bruscamente la cabeza, los ojos sorprendentemente agudos.
—¿Perdón?
—Nuestro fiscal del
distrito no come nunca. —Efectuó la repetición marcando bien las sílabas—.
Espere, modificaré ligeramente esto. Nunca ha sido visto comienzo o bebiendo.
¡Nunca! ¿Comprende el significado de la palabra? ¡No raras veces, sino nunca!
—Lo encuentro increíble.
¿Puede confiar usted en sus investigadores?
—Puedo confiar en mis
investigadores, y no lo encuentro increíble en absoluto. Es más, nuestro fiscal
del distrito nunca ha sido visto bebiendo..., tanto en sentido acuoso como
alcohólico..., ni durmiendo. Hay otros factores, pero creo que con esto ya es
suficiente.
Lanning se reclinó en
su silla, y entre ellos se produjo el absorto silencio de desafío y respuesta,
y luego el viejo roboticista agitó la cabeza. —No. Sólo existe una cosa que
esté intentando usted implicar, si emparejo sus afirmaciones con el hecho de que
usted me las presenta, y eso es imposible.
—Pero el hombre es
completamente inhumano, doctor Lanning.
—Si me dijera usted que
tenemos a Satán enmascarado, habría una remota posibilidad de que le creyera.
—Le digo que es un
robot, doctor Lanning.
—Le digo que es la
afirmación más imposible que haya oído en mi vida, señor Quinn.
De nuevo el combativo
silencio.
—De todos modos —y
Quinn aplastó la colilla de su cigarrillo con un elaborado cuidado—, tendrá que
investigar usted esta imposibilidad con todos los recursos de la compañía.
—Le aseguro que no
puedo hacerme cargo de algo así, señor Quinn. No estará sugiriendo usted
seriamente que la compañía tome parte en la política local.
—No tiene otra
elección. Supongamos que hago públicas mis averiguaciones sin pruebas. La
evidencia es lo suficientemente circunstancial.
—Si le conviene
hacerlo.
—No, no me conviene.
Serían mucho más preferibles las pruebas. Y no le conviene a usted, puesto que
la publicidad sería muy dañina para su compañía. Está usted perfectamente
informado, supongo, de las estrictas leyes contra el uso de robots en los
mundos habitados.
—¡Por supuesto!
—exclamó con una cierta brusquedad.
—Usted sabe que la
Compañía de Robots y Hombres Mecánicos de los Estados Unidos es la única
constructora de robots positrónicos en el sistema solar, y si Byerley es un
robot, es un robot positrónico. Es también consciente de que todos los robots
positrónicos son alquilados, y no vendidos; que la compañía sigue siendo la
dueña de cada robot, y que por lo tanto es responsable de todas sus acciones.
—Resulta muy fácil,
señor Quinn, probar que la compañía nunca ha manufacturado un robot de
características humanoides.
—Pero ¿puede hacerse?
Estoy discutiendo meramente posibilidades.
—Sí. Puede hacerse.
—Secretamente, imagino
también. Sin quedar registrado en sus libros.
—No el cerebro
positrónico, señor. Hay implicados en él demasiados factores, y están los
estrictos controles gubernamentales.
—Sí, pero los robots se
gastan, se rompen, se descomponen..., y son desmantelados.
—Y los cerebros
positrónicos vueltos a utilizar o destruidos.
—¿Realmente? —Francis
Quinn se permitió un rastro de sarcasmo—. ¿Y si uno resultara, accidentalmente,
por supuesto, no destruido..., y resultara que existía una estructura humanoide
aguardando a un cerebro? —¡Imposible!
—Eso tendrá que
probárselo usted al gobierno y al público, así que, ¿por qué no me lo prueba a
mí ahora?
—Pero ¿cuál podría ser
nuestro propósito en ello? —preguntó exasperado Lanning—. ¿Cuál sería nuestra
motivación? Concédanos al menos un mínimo de buen sentido.
—Mi querido señor, se
lo suplico. La compañía se sentiría tremendamente agradecida de que varias
regiones permitieran la utilización de robots positrónicos humanoides en mundos
habitados. Los beneficios serían enormes. Pero los prejuicios del público hacia
tal práctica son demasiado grandes. Supongamos que los acostumbran ustedes
primero a tales robots... Veamos, tenemos a un hábil abogado, un buen
alcalde..., y resulta que es un robot. ¿No compraría usted nuestros mayordomos
robots?
—Absolutamente
fantástico. Un humorismo que roza casi lo ridículo.
—Lo imagino. ¿Por qué
no lo prueba? ¿O sigue prefiriendo intentar probarlo en público?
La luz estaba disminuyendo
en la oficina, pero aún no era lo suficientemente oscuro como para que no se
apreciara el enrojecimiento de frustración en el rostro de Alfred Lanning.
Lentamente, el dedo del roboticista pulsó un botón, y los iluminadores de la
pared cobraron una suave vida.
—Bien—gruñó—, veámoslo.
El rostro de Stephen
Byerley no es fácil de describir. Tenía cuarenta años según su certificado de
nacimiento y cuarenta según su apariencia..., pero era una apariencia saludable
y bien alimentada; una apariencia que hacía pensar automáticamente en lo imprecisa
que puede llegar a ser la expresión de «aparenta su edad».
Eso era particularmente
serio cuando se reía, y ahora estaba riéndose. Su risa brotaba fuerte y
continua, se detenía unos instantes, luego empezaba de nuevo...
Y el rostro de Alfred
Lanning se contrajo en un rígidamente amargo monumento a la desaprobación. Hizo
un gesto medio esbozado a la mujer que se sentaba a su lado, pero sus delgados
labios sin sangre simplemente se fruncieron un poco.
Byerley consiguió
recuperarse casi hasta la normalidad.
—Realmente, doctor
Lanning..., realmente... Yo..., yo... ¿un robot?
Lanning mordió sus
palabras a medida que iba pronunciándolas.
—No es una afirmación
mía, señor. Me sentiría completamente satisfecho sabiendo que es usted un
miembro de la humanidad. Puesto que nuestra compañía nunca lo ha fabricado a
usted, estoy completamente seguro de que lo es..., en un sentido legal, al
menos. Pero puesto que nos ha llegado de una manera seria la presunción de que
es usted un robot, y esa presunción nos ha llegado por parte de un hombre de
una cierta categoría...
—No mencione su nombre,
si eso ha de hacer saltar una esquirla del bloque de granito de su ética, pero
déjeme suponer que se trata de Frank Quinn, sólo como un complemento más a la
conversación, y prosigamos.
Lanning dejó escapar un
seco y cortante bufido ante la interrupción, e hizo una seca pausa antes de
añadir fríamente:
—... por un hombre de
una cierta categoría, sobre cuya identidad no estoy interesado en jugar juegos
adivinatorios, me veo obligado a pedirle su colaboración para demostrar lo
contrario. El mero hecho de que esa presunción pueda ser emitida y hecha pública
por los medios de que ese hombre dispone sería un mal golpe para la compañía a
la que represento..., aunque la acusación nunca fuera probada. ¿Me comprende?
—Oh, sí, su posición me
resulta bastante clara. La acusación en sí es ridícula. La posición en que se
encuentra usted no. Le pido perdón, si mi risa le ha ofendido. Fue de lo
primero de lo que me reí, no de lo segundo. ¿Cómo puedo ayudarle?
—Es muy sencillo. Lo
único que tiene que hacer es sentarse ante un plato de comida en un restaurante
en presencia de testigos, dejar que le sean tomadas algunas fotos, y comer.
Lanning se echó hacia
atrás en su silla, habiendo pasado lo peor de la entrevista. La mujer a su lado
observó a Byerley con una expresión aparentemente absorta, pero no contribuyó
en nada.
Stephen Byerley cruzó
los ojos con los de ella por un instante, se sintió atraído por ellos, luego se
volvió de nuevo hacia el roboticista. Por unos instantes sus dedos juguetearon
con el pisapapeles de bronce que era el único adorno sobre su escritorio.
—Me temo no poder
complacerles —dijo con suavidad.
Alzó una mano.
—No, espere, doctor
Lanning. Comprendo el hecho de que todo este asunto resulta desagradable para
usted, que se ha visto obligado a ello en contra de su voluntad, que tiene la
sensación de que está representando un papel indigno e incluso ridículo. Sin embargo,
el asunto me afecta aún más íntimamente a mí, de modo que sea tolerante.
»En primer lugar, ¿qué
le hace pensar que Quinn..., ese hombre de una cierta categoría, ya sabe..., no
le está engañando a fin de obligarle a hacer precisamente lo que está usted
haciendo?
—Porque me parece muy
improbable que una persona de una reputación así la ponga en peligro de una
manera tan ridícula, a menos que esté convencido de que lo que dice es cierto.
Había poco humor en los
ojos de Byerley.
—Usted no conoce a
Quinn. Puede convertir en terreno seguro el reborde de una montaña donde ni
siquiera se sostendría una cabra montes. Supongo que le mostró los detalles de
la investigación que afirma ha hecho sobre mí.
—Los suficientes como
para convencerme de que traería demasiados problemas al hacer que nuestra
compañía tuviera que desmentirlos cuando usted puede hacerlo mucho más
fácilmente.
—Entonces, usted le
cree cuando dice que yo nunca como. Usted es un científico, doctor Lanning.
Piense en la lógica que eso requiere. Nunca he sido observado comer, luego
nunca como, lo cual era lo que queríamos demostrar. ¡Oh, vamos!
—Está utilizando usted
tácticas de abogado en un tribunal para confundir una situación que realmente
es muy sencilla.
—Al contrario, estoy
intentando clarificar algo que entre usted y Quinn están haciendo muy
complicado. Veamos, no duermo mucho, lo cual es cierto, y por supuesto nunca
duermo en público. Nunca me ha gustado comer con gente..., una idiosincrasia
que es poco habitual y probablemente refleja un carácter neurótico, pero que no
hace daño a nadie. Mire, doctor Lanning, déjeme presentarle un caso supuesto.
Supongamos que tenemos a un político que está interesado en derrotar a un
candidato reformista a cualquier precio, y mientras está investigando su vida
privada descubre algunas rarezas como las que acabo de mencionar.
»Suponga además que a
fin de hundir más efectivamente al candidato, acude a su compañía
considerándola como el agente ideal. Cabe esperar que diga: "Fulano es un
robot porque casi nunca come con gente, y nunca lo he visto dormirse en medio
de un caso; y una vez atisbé a través de su ventana en medio de la noche y lo
vi allí, en pie y leyendo un libro; y miré en su nevera y no tenía comida en
ella".
»Si le dijera eso,
usted llamaría a los loqueros para que se lo llevaran. Pero en vez de ello le
dice: "Nunca duerme; nunca come", y la impresión de esa afirmación lo
ciega a usted hasta ante el hecho de que tales afirmaciones son imposibles de
probar. Usted cae en sus manos y le sigue el juego.
—Independientemente,
señor —empezó Lanning, con una amenazadora obstinación—, de que considere usted
serio o no este asunto, lo único que requiere es que efectúe usted la comida
que he mencionado para terminar con todo el asunto.
De nuevo Byerley se
volvió hacia la mujer, que seguía contemplándole inexpresivamente.
—Perdón. ¿He captado
correctamente su nombre, doctora Susan Calvin?
—Sí, señor Byerley.
—Es usted la psicóloga
de la U. S. Robots, ¿no?
—Robopsicóloga, por
favor.
—Oh, ¿son mentalmente
tan distintos los robots de los hombres?
—Están a mundos de
distancia. —Se concedió una helada sonrisa—. Los robots son esencialmente
decentes.
El humor se asomó a las
comisuras de la boca del abogado.
—Bien, ese ha sido un
duro golpe. Pero lo que deseaba decir era esto. Puesto que es usted una
psic..., una robopsicóloga, y una mujer, apostaría a que usted ha hecho algo en
lo que el doctor Lanning ni siquiera ha pensado.
—¿Y qué es ello?
—Ha traído usted algo
comestible en su bolso.
Algo indefinido cruzó
por la adiestrada indiferencia de los ojos de Susan Calvin.
—Me sorprende usted,
señor Byerley—dijo.
Y abriendo su bolso,
sacó una manzana. Lentamente, se la tendió. El doctor Lanning, tras la sorpresa
inicial, siguió el lento movimiento de una a otra mano con ojos muy alertas.
Lentamente, Stephen
Byerley dio un mordisco, masticó, y lentamente tragó.
—¿Ve, doctor Lanning?
El doctor Lanning
sonrió con un tangible alivio, haciendo que incluso sus cejas parecieran
benevolentes. Un alivio que sobrevivió por un frágil segundo.
Susan Calvin dijo:
—Por supuesto, sentía
curiosidad por ver si iba usted a comérsela, pero en el presente caso eso no
prueba nada.
Byerley sonrió.
—¿No lo hace?
—Por supuesto que no.
Es obvio, doctor Lanning, que si este hombre fuera un robot humanoide, sería
una perfecta imitación. Es casi demasiado humano como para ser creíble. Después
de todo, hemos estado viendo y observando seres humanos durante todas nuestras
vidas; sería imposible engañarnos con algo que simplemente fuera parecido.
Tendría que ser perfecto. Observe la textura de la piel, la calidad de los
iris, la formación ósea de la mano. Si es un robot, me gustaría que la U. S.
Robots lo hubiera hecho, porque es un buen trabajo. ¿Supone pues que cualquiera
capaz de prestar atención a tales detalles olvidaría la inclusión de unos
cuantos artilugios para cuidar de cosas tales como comer, dormir, eliminar los
desechos? Quizá tan sólo para usos de emergencia; como, por ejemplo, para
prevenir una situación como la que se ha planteado ahora aquí. De modo que una
comida no probará realmente nada.
—Espere —gruñó
Lanning—. No soy enteramente el estúpido en que ustedes dos quieren
convertirme. No estoy interesado en el problema de la humanidad o inhumanidad
del señor Byerley. Estoy interesado en sacar a la compañía de un lío. Una
comida en público terminará con el asunto y lo dejará liquidado no importa lo
que Quinn haga. Podemos dejar los detalles más sutiles a los abogados y a los
robopsicólogos.
—Pero doctor Lanning
—dijo Byerley—, olvida usted la política de la situación. Me siento tan ansioso
por ser elegido como Quinn por detenerme. Incidentalmente, ¿ha observado usted
que ha utilizado su nombre? Ha sido un inocente truco mío; sabía que usted
acabaría pronunciándolo antes de que termináramos esta entrevista.
Lanning enrojeció.
—¿Qué tienen que ver
las elecciones con esto?
—La publicidad funciona
en los dos sentidos, señor. Si Quinn desea llamarme robot, y tiene el valor de
hacerlo, yo tengo el valor de jugar el juego a su manera.
—¿Quiere decir que
usted... ? —Lanning estaba francamente asombrado.
—Exactamente. Quiero
decir que voy a dejar que siga adelante, elija su cuerda, pruebe su
resistencia, corte la longitud necesaria, haga el nudo, meta su cabeza en él, y
sonría. Yo puedo encargarme de lo poco que queda por hacer.
—Se muestra usted muy
confiado en sí mismo.
Susan Calvin se puso en
pie.
—Vámonos, Alfred, no
vamos a hacerle cambiar de opinión.
—¿Lo ve? —Byerley
sonrió suavemente—. También es usted una homopsicóloga.
Pero quizá no toda la
confianza que el doctor Lanning había observado estaba presente aquella tarde,
cuando el coche de Byerley aparcó en la cinta automática que conducía al garaje
subterráneo, y el propio Byerley cruzó el sendero hasta la parte delantera de
su casa.
La figura en la silla
de ruedas alzó la vista cuando entró, y sonrió. El rostro de Byerley se iluminó
con afecto. Se dirigió hacia allí.
La voz del inválido era
un susurro ronco y raspante que brotaba de una boca retorcida para siempre
hacia un lado, en mitad de un rostro cuya mitad era tejido cicatricial.
—Llegas tarde, Steve.
—Lo sé, John, lo sé.
Pero hoy me he tenido que enfrentar con un peculiar e interesante problema.
—¿De veras? —Ni el
retorcido rostro ni la destrozada voz podían mostrar expresión, pero había
ansiedad en sus claros ojos—. ¿Nada que puedas manejar?
—No estoy exactamente
seguro. Puede que necesite tu ayuda. Tú eres el genio de la familia. ¿Quieres
que te lleve al jardín? Hace una tarde maravillosa.
Dos fuertes brazos
alzaron a John de la silla de ruedas. Suavemente, casi acariciándole, los
brazos de Byerley pasaron en torno a sus hombros y por debajo de las inútiles
piernas del inválido. Lenta y cuidadosamente, cruzó las distintas habitaciones,
descendió la suave rampa que había sido construida pensando en una silla de
ruedas, y salió por la puerta trasera al cercado jardín detrás de la casa.
—¿Por qué no me dejas
utilizar la silla de ruedas, Steve? Esto es ridículo.
—Porque prefiero
cargarte yo. ¿Tienes alguna objeción que hacer? Sabes que estás tan contento de
salir de ese buggy motorizado por un rato como yo de verte fuera de él. ¿Cómo
te sientes hoy?
Depositó a John con
infinito cuidado sobre la fresca hierba.
—¿Cómo debería
sentirme? Cuéntame acerca de tu problema.
—La campaña de Quinn va
a estar basada en el hecho de que afirma que soy un robot.
John abrió enormemente
los ojos.
—¿Cómo lo sabes? Es
imposible. No lo creo.
—Oh, vamos, te digo que
es así. Ha conseguido que uno de los principales científicos de la Compañía de
Robots y Hombres Mecánicos de los Estados Unidos venga a verme para discutir
conmigo.
Lentamente, las manos
de John retorcieron la hierba.
—Entiendo. Entiendo.
—Pero podemos dejar que
elija él el terreno —dijo Byerley—. Tengo una idea. Escúchame, y dime si
podemos hacerlo...
La escena, tal como se
desarrolló en la oficina de Alfred Lanning aquella noche, fue un conjunto de
miradas. Francis Quinn miró meditativamente a Alfred Lanning. La mirada de
Lanning estaba salvajemente clavada en Susan Calvin, la cual a su vez miraba impasiblemente
a Quinn.
Francis Quinn rompió
todo aquello con un forzado intento de parecer alegre.
—Todo un bluff. Va
inventando sobre la marcha.
—¿Va usted a jugar a
eso, señor Quinn? —preguntó la doctora Calvin, indiferentemente.
—Bueno, es el juego de
ustedes realmente.
—Mire —Lanning cubrió
su definido pesimismo con una bravata—, nosotros hemos hecho lo que usted nos
pidió. Hemos visto al hombre comer, somos testigos de ello. Es ridículo suponer
que es un robot.
—¿Usted piensa así?
—lanzó Quinn a Calvin—. Lanning dijo que era usted una experta.
—Mire, Susan... —dijo
Lanning, casi amenazadoramente.
—¿Por qué no la deja
hablar a ella? —interrumpió secamente Quinn—. Lleva sentada aquí media hora
imitando a un poste.
Lanning se sentía
definitivamente acosado. De lo que experimentaba en aquel momento a la paranoia
incipiente había tan sólo un paso.
—Muy bien —dijo—. Diga
lo que tenga que decir, Susan. No la interrumpiremos.
Susan Calvin lo miró
sin el menor rubor, luego clavó sus fríos ojos en el señor Quinn.
—Sólo hay dos formas de
probar definitivamente que Byerley es un robot, señor. Hasta ahora usted está
presentando solamente evidencias circunstanciales, con las cuales puede acusar,
pero no probar..., y creo que el señor Byerley es lo suficientemente listo como
para contrarrestar ese tipo de material. Usted probablemente piensa lo mismo, o
de otro modo no hubiera venido aquí.
»Los dos métodos de
probar algo son el físico y el psicológico. Físicamente, puede usted disecarlo
o utilizar los rayos X. Cómo hacer eso es su problema. Psicológicamente, su
comportamiento puede ser estudiado, porque si es un robot positrónico, debe de conformarse
a las tres leyes de la robótica. Un cerebro positrónico no puede ser construido
sin ellas. ¿Conoce usted las leyes, señor Quinn?
Se las recitó
lentamente, claramente, citando palabra por palabra el famoso texto en negritas
que figuraba en la primera página del Manual de robótica.
—He oído hablar de
ellas —dijo Quinn negligentemente.
—Entonces el asunto es
fácil de seguir —respondió secamente la psicóloga—. Si el señor Byerley
quebranta alguna de esas tres leyes, no es un robot. Desgraciadamente, este
procedimiento funciona solamente en una dirección. Si no quebranta ninguna de
las reglas, no prueba nada ni en uno ni en otro sentido.
—¿Por qué no, doctora?
—Quinn alzó educadamente las cejas.
—Porque, si se detiene
usted a pensar en ello, las tres leyes de la robótica son los principios guía
esenciales de un buen número de los sistemas éticos del mundo. Por supuesto, se
supone que todo ser humano posee el instinto de la auto conservación. Eso se
corresponde a la Tercera Ley en un robot. Igualmente, cualquier ser humano
«bueno», con una conciencia social y un sentido de la responsabilidad, se
supone que se someterá a la autoridad constituida; escuchará a su doctor, a su
médico, a su gobierno, a su psiquiatra, a sus semejantes; obedecerá las leyes,
seguirá las reglas, se adaptará a las costumbres..., incluso cuando interfieran
con su comodidad o su seguridad. Eso se corresponde a la Segunda Ley para un
robot. Igualmente, todo ser humano «bueno» se supone que amará a los demás como
a sí mismo, protegerá a sus semejantes, arriesgará su vida por salvar otra. Esa
es la Primera Ley para un robot. Para decirlo en pocas palabras..., si Byerley
sigue todas las leyes de la robótica, puede ser un robot, y puede ser
simplemente un hombre excepcionalmente bueno.
—Pero —murmuró Quinn—,
me está usted diciendo que no puede probar que sea un robot.
—Puedo ser capaz de
probar que no es un robot.
—Esa no es la prueba
que quiero.
—Tendrá usted la prueba
tal como exista. Usted es el único responsable de sus propios deseos.
En aquel momento la
mente de Lanning saltó de pronto sobre el asomo de una idea.
—¿No se le ha ocurrido
a nadie que la de fiscal del distrito es una ocupación más bien extraña para un
robot? —gruñó en voz alta—. La persecución de seres humanos..., sentenciarlos a
muerte..., causarles un daño infinito...
Quinn se mostró
repentinamente ansioso.
—No, no sacará usted
nada por ese camino. Ser fiscal del distrito no lo convierte en humano. ¿No
conoce acaso su historial? ¿No sabe que se jacta de que nunca ha perseguido a
un inocente, que hay montones de gente que no ha sido enjuiciada porque la
evidencia contra ellos no le satisfacía, aunque hubiera podido convencer a un
jurado de su culpabilidad y hacer que dictaran sentencia de atomización? Pues
así es.
Las flacas mejillas de
Lanning temblaron.
—No, Quinn, no. No hay
nada en las leyes de la robótica que dé una concesión a la culpabilidad humana.
Un robot no puede juzgar jamás si un ser humano merece o no la muerte. No es él
quien decide. No puede dañar a un ser humano..., variedad canalla, variedad
ángel.
Susan Calvin sonó
cansada.
—Alfred —dijo—, no diga
estupideces. ¿Qué ocurriría si un robot se encontrara con un loco a punto de
pegar fuego a una casa llena de gente? Detendría al loco, ¿no?
—Por supuesto.
—Y si la única forma de
detenerlo fuera matándolo...
Un débil sonido brotó
de la garganta de Lanning. Nada más.
—La respuesta a eso,
Alfred, es que haría todo lo posible por no matarlo. Si el loco moría, el robot
debería ser sometido a psicoterapia porque era fácil que se volviera loco ante
el conflicto que se le había presentado..., el quebrantar la Primera Ley para
adherirse a la Primera Ley a un nivel superior. Pero un hombre habría muerto, y
un robot lo habría matado.
—Bien, ¿está Byerley
loco? —preguntó Lanning, con todo el sarcasmo que pudo conseguir.
—No, pero no ha matado
a nadie con sus propias manos. Ha expuesto hechos que pueden representar que un
ser humano en particular es peligroso para la gran masa de otros seres humanos
que llamamos sociedad. Protege al mayor número, y así se adhiere a la Primera
Ley en su máximo potencial. Hasta ahí es hasta donde llega. Es el juez quien
luego condena al criminal a muerte o a prisión, una vez el jurado decide sobre
su culpabilidad o inocencia. Es el carcelero quien lo encierra, el verdugo
quien lo mata. Y el señor Byerley no ha hecho más que determinar la verdad y
ayudar a la sociedad.
»De hecho, señor Quinn,
he examinado la carrera del señor Byerley desde el momento mismo en que usted
atrajo nuestra atención sobre este asunto. Observé que nunca ha solicitado la
pena de muerte en sus conclusiones al jurado. Observé también que ha hablado a
menudo en favor de la abolición de la pena capital y que ha contribuido
generosamente al sostenimiento de instituciones investigadoras dedicadas a la
neurofisiología criminal. Aparentemente, cree más bien en la cura que en el
castigo del crimen. Encontré todo eso muy significativo.
—¿De veras? —Quinn
sonrió—. ¿Significativo de un cierto olor a roboticidad, quizá?
—Quizá. ¿Por qué
negarlo? Acciones como ésas pueden proceder solamente de un robot, o de un ser
humano muy honorable y decente. Pero entiéndalo, no puede usted diferenciar
entre un robot y el mejor de los seres humanos.
Quinn se reclinó en su
silla. Su voz tembló de impaciencia.
—Doctor Lanning, es
perfectamente posible crear a un robot humanoide que duplique perfectamente la
apariencia de un ser humano, ¿verdad?
Lanning meditó unos
momentos.
—Es algo que se ha
hecho experimentalmente en la U. S. Robots —dijo, reluctante—, sin la adición
de un cerebro positrónico, por supuesto. Utilizando óvulos humanos y control
hormonal, es posible hacer crecer carne humana y piel sobre un esqueleto de
plástico de silicona porosa capaz de desafiar cualquier examen externo. Los
ojos, el pelo, la piel serían realmente humanos, no humanoides. Y si usted
inserta en él un cerebro positrónico, así como todos los demás dispositivos que
desee, en su interior, tendrá un robot humanoide.
—¿Cuánto tiempo se
tardaría en hacer uno? —preguntó secamente Quinn.
Lanning volvió a
pensárselo.
—Si tuviera usted todo
el equipo..., el cerebro, el esqueleto, los óvulos, las hormonas adecuadas y
las radiaciones..., digamos unos dos meses.
El político se levantó
envaradamente de su silla.
—Entonces veremos cuál
es el aspecto del interior del señor Byerley. Eso va a crear una cierta
publicidad para la U. S. Robots..., pero ya les di su oportunidad.
Lanning se volvió
impaciente hacia Susan Calvin, cuando estuvieron solos.
—¿Por qué insiste
usted...?
Y, sintiéndolo
realmente, ella respondió, rápida y cortante:
—¿Qué es lo que
quiere..., la verdad o mi dimisión? No mentiré por usted. La U. S. Robots puede
cuidar de sí misma. No se vuelva un cobarde.
—¿Qué ocurrirá si abre
a Byerley y empiezan a caer ruedas y engranajes? —preguntó Lanning—. ¿Qué
ocurrirá entonces?
—No abrirá a Byerley
—dijo Calvin desdeñosamente—. Byerley es, como mínimo, tan listo como Quinn.
La noticia estalló en
la ciudad una semana antes de la nominación de Byerley. Pero «estalló» no es la
palabra adecuada. Llegó a la ciudad infiltrándose, arrastrándose. Primero
sonaron algunas risas, y la gente no le dio mucha importancia al asunto. Pero a
medida que Quinn iba apretando lentamente las clavijas, de una forma muy
medida, las risas fueron haciéndose forzadas, y se introdujo un elemento de
hueca inseguridad, y la gente empezó a preguntarse.
La convención en sí
adoptó el aire de un intranquilo semental. No se había planeado ninguna
candidatura alternativa. Hacía tan sólo una semana, nadie pensaba que pudiera
haber otra persona capaz de ser nominada excepto Byerley. Ni siquiera ahora
había un sustituto. Tenían que nominarlo a él, pero la confusión en torno al
asunto era completa.
La cosa no hubiera sido
tan mala si el individuo medio no se hallara desconcertado entre la enormidad
de la acusación, si era cierta, y su sensacional insensatez, si era falsa.
Al día siguiente de que
Byerley fuera nominado automáticamente, mecánicamente..., un periódico publicó
al fin el resumen de una larga entrevista con la doctora Susan Calvin, «experta
en robopsicología y positrónica de fama mundial».
Lo que produjo aquella
entrevista puede ser descrito popular y sucintamente como infernal.
Era lo que estaban
esperando los fundamentalistas. No eran un partido político; no pretendían ser
una religión formal. Esencialmente eran aquellos que no se habían adaptado a lo
que en una ocasión había sido llamado la era atómica, en los días en los que el
átomo era una novedad. En realidad, eran los defensores de la vida sencilla,
que aspiraban a vivir una vida sencilla que aquellos que la habían vivido en su
tiempo no la habían considerado probablemente tan sencilla, pese a ser ellos
también practicantes convencidos de la misma.
Los fundamentalistas no
necesitaban nuevas razones para detestar a los robots y a los fabricantes de
robots; pero una nueva razón como la acusación de Quinn y el análisis de Calvin
era suficiente como para hacer que el aborrecimiento se hiciera audible.
Las enormes plantas de
la Compañía de Robots y Hombres Mecánicos de los Estados Unidos eran una
colmena de guardias armados. Se estaban preparando para la guerra.
En la ciudad, la casa
de Stephen Byerley hormigueaba de policías.
La campaña política,
por supuesto, perdió toda otra óptica, y pareció una campaña únicamente en el
sentido de que era algo que llenaba el lapso de tiempo entre la nominación y la
elección.
Stephen Byerley no
permitió que el agitado hombrecillo lo distrajera. Siguió tranquilamente
imperturbable ante los uniformes que formaban una especie de telón de fondo.
Fuera de la casa, más allá de la hilera de hoscos guardias, periodistas y
fotógrafos aguardaban de acuerdo con sus tradiciones de casta. Una animosa
cadena de televisión tenía incluso un scanner enfocado en la vacía entrada de
la casa sin pretensiones del fiscal, mientras un locutor sintéticamente
excitado llenaba aquel vacío con hinchados comentarios.
El agitado hombrecillo
avanzó. Tendió una hoja de papel llena de complicados formulismos.
—Esto, señor Byerley,
es una orden del tribunal autorizándome a registrar esta propiedad en busca de
la presencia de ilegales..., esto... hombres mecánicos o robots de cualquier
clase.
Byerley se levantó a
medias, y tomó el papel. Lo miró con indiferencia, y sonrió mientras lo
devolvía.
—Todo en orden.
Adelante. Haga su trabajo. Señora Hoppen —dijo, dirigiéndose a su ama de
llaves, que apareció reluctantemente desde la habitación contigua—, por favor
vaya con ellos, y ayúdeles en lo que pueda.
El hombrecillo, cuyo
nombre era Harroway, dudó, enrojeció apreciablemente, fracasó estrepitosamente
en sostener la mirada de los ojos de Byerley, y murmuró a los dos policías que
le acompañaban:
—Vamos.
Volvió al cabo de diez
minutos.
—¿Ha terminado?
—preguntó Byerley, en el tono de una persona que no está particularmente
interesada ni en la pregunta ni en la respuesta.
Harroway carraspeó,
hizo una arrancada en falso en tono de falsete, y empezó de nuevo, irritado:
—Mire, señor Byerley,
nuestras instrucciones especiales son de registrar la casa muy a fondo.
—¿Y no lo han hecho?
—Se nos dijo
exactamente qué era lo que teníamos que buscar.
—¿Sí?
—En pocas palabras,
señor Byerley, y para no andarnos con circunloquios, se nos ha dicho que lo
registráramos a usted.
—¿A mí? —preguntó el
fiscal con una sonrisa que cada vez era más amplia—. ¿Y cómo pretenden hacerlo?
—Hemos traído con
nosotros una unidad de radiaciones Penet...
—¿Entonces su idea es
someterme a una sesión de rayos X? ¿Tienen autorización para ello?
—Vio usted mi orden.
—¿Puedo verla de nuevo?
Harroway, con su frente
brillando con algo más que entusiasmo, le entregó la orden por segunda vez.
Con voz llana, Byerley
dijo:
—Leo aquí como
descripción de lo que hay que registrar, cito: «La casa perteneciente a Stephen
Alien Byerley, situada en el 355 de Willow Grove, Evanstron, junto con
cualquier garaje, almacén u otras estructuras o edificios a él pertenecientes,
junto con todos los terrenos a él pertenecientes...», y así. Completamente en
orden. Pero, mi buen amigo, aquí no dice nada acerca de registrar mi interior.
Yo no formo parte de mi propiedad. Puede registrar usted mis ropas si cree que
llevo un robot escondido en el bolsillo.
Harroway tenía muy
claro en su mente a quién debía aquel trabajo. Y no tenía la menor intención de
echarse atrás ante aquella oportunidad de conseguir un puesto superior con una
paga mucho más alta.
—Mire —dijo, con el
débil eco de una bravata—, tengo autorización para registrar todos los muebles
de su casa, y cualquier otra cosa que encuentre en ella. Usted está en ella,
¿no?
—Una notable
observación. Estoy en ella. Pero no pertenezco a ella. No soy una pieza de
mobiliario. Como ciudadano adultamente responsable, tengo el certificado
psiquiátrico que lo prueba, poseo ciertos derechos bajo las leyes regionales.
Registrarme a mí representa violar mi derecho a la intimidad. Este documento no
es suficiente.
—Seguro, pero si usted
es un robot, no tiene ningún derecho a la intimidad.
—Cierto..., pero este
documento sigue sin ser suficiente. Me reconoce implícitamente como un ser
humano.
—¿Dónde? —Harroway lo
miró fijamente.
—Donde dice: «La casa
perteneciente a», y lo que sigue. Un robot no puede tener propiedades. Y puede
decirle usted a su empleador, señor Harroway, que si intenta extender un
documento similar en el cual no se me reconozca implícitamente como un ser
humano, se verá enfrentado inmediatamente a un requerimiento judicial y una
demanda civil, que le obligarán a probar que soy un robot mediante elementos de
convicción que posea actualmente, o en caso contrario a pagarme una
indemnización astronómica por intentar privarme ilegalmente de mis derechos
bajo la ley regional. Le dirá usted todo eso, ¿quiere?
Harroway se dirigió
hacia la puerta. Se volvió.
—Es usted un abogado
marrullero. —Llevaba la mano en el bolsillo. Por un momento permaneció de pie
allí. Luego se alejó, sonrió al scanner de la televisión, que seguía enfocado
en la entrada, saludó con la mano a los periodistas y gritó—: Tendremos algo para
vosotros mañana, chicos. Y no estoy bromeando.
En su coche, se reclinó
en el asiento, extrajo el pequeño mecanismo de su bolsillo, y lo inspeccionó
cuidadosamente. Era la primera vez que tomaba una fotografía por reflexión de
rayos X. Esperaba haberlo hecho correctamente.
Quinn y Byerley nunca
se habían encontrado solos frente a frente. Pero el visiofono era algo muy
parecido a ello. De hecho, aceptada literalmente, quizá la frase fuera
acertada, pese a que para cada uno de ellos el otro no fuera más que la luz
emitida por un conjunto de fotocélulas.
Fue Quinn quien inició
la llamada. Fue Quinn quien habló primero, y sin ninguna ceremonia particular.
—Tal vez le interese
saber, Byerley, que tengo intención de hacer público el hecho de que lleva
usted un escudo protector contra las radiaciones Penet.
—¿De veras? En ese
caso, permítame decirle que muy probablemente acaba usted de hacerlo público
ya. Tengo la noción de que nuestros emprendedores representantes de la prensa
tienen interceptadas mis distintas líneas de comunicación desde hace un cierto
tiempo. Sé que tienen las líneas de mi oficina llenas de agujeros; es por eso
precisamente por lo que he permanecido la mayor parte del tiempo en mi casa
durante las últimas semanas.
Byerley se mostraba
amistoso, casi charlatán.
Quinn apretó
fuertemente los labios.
—Esta llamada está
protegida... absolutamente. La estoy haciendo corriendo un cierto riesgo
personal.
—Debería haberlo
imaginado. Nadie sabe que es usted quien está detrás de esta campaña. Al menos,
nadie lo sabe oficialmente. Aunque nadie no lo sepa extraoficialmente. No me
preocupa. ¿Así que llevo un escudo protector? Supongo que lo descubrió cuando
su cachorro del otro día con su máquina fotográfica a radiaciones Penet sólo
obtuvo una película velada por sobre exposición.
—¿Se da cuenta,
Byerley, de que resultará obvio para todo el mundo que usted no se atreve a
enfrentarse a un análisis por rayos X?
—¿Y de que usted, o sus
hombres, provocaron una invasión ilegal de mi derecho a la intimidad?
—Y un infierno van a
preocuparse por ello.
—Pueden hacerlo. Es
algo más bien simbólico de nuestras dos campañas, ¿no cree? A usted le
preocupan muy poco los derechos de los ciudadanos individuales. A mí me
preocupan mucho. No me someteré a ningún análisis por rayos X, puesto que deseo
mantener por principio la inviolabilidad de mis derechos. Del mismo modo que
mantendré los derechos de los demás, cuando sea elegido.
—Sin duda su oratoria
será fenomenal cuando diga todo eso, pero nadie le va a creer. Suena un poco
demasiado ampuloso como para ser cierto. Otra cosa —un repentino y crispado
cambio—: El personal de su casa no estaba completo la otra noche.
—¿En qué sentido?
—Según el informe
—hojeó algunos papeles ante él, que apenas eran visibles por la
visio-pantalla—, faltaba una persona..., un inválido.
—Como dice usted muy
bien —dijo Byerley, atonalmente—, un inválido. Mi viejo maestro, que vive
conmigo y que ahora está en el campo..., donde lleva dos meses. Un
«imprescindible descanso» es la palabra habitual aplicada a este caso. ¿Tiene
su permiso?
—¿Su maestro? ¿Algo
parecido a un científico?
—Un abogado en sus
tiempos..., antes de quedar inválido. Posee un título gubernamental en
investigación biofísica, con un laboratorio propio, y hay una descripción
completa del trabajo que está haciendo, debidamente documentado. Se halla a su
disposición si le interesa. Es un trabajo sin importancia, pero completamente
inofensivo, y un pasatiempo apasionante para un... para un pobre inválido.
Entiéndalo, intento ayudar tanto como me es posible.
—Entiendo. ¿Y qué es lo
que sabe ese... maestro... acerca de la fabricación de robots?
—No puedo juzgar la
amplitud de sus conocimientos en un campo con el que no estoy familiarizado.
—¿No habrá tenido su
amigo acceso a cerebros positrónicos? —Pregúnteselo a sus amigos de la U. S.
Robots. Ellos tienen que saberlo.
—Se lo diré
francamente, Byerley. Su inválido maestro es el auténtico Stephen Byerley.
Usted es el robot que él creó. Podemos probarlo. Fue él quien sufrió el
accidente de automóvil, no usted. Habrá formas de comprobar los archivos.
—¿De veras? Hágalo,
entonces. Le deseo toda la suerte del mundo.
—Y podemos registrar el
«lugar en el campo» de su maestro, y ver lo que podemos encontrar allí.
—Bueno, no lo creo,
Quinn. —Byerley sonrió ampliamente—. Por desgracia para usted, mi maestro es un
hombre enfermo. Su lugar en el campo es un lugar de descanso. Su derecho a la
intimidad como ciudadano adultamente responsable es naturalmente más fuerte aún
de lo normal, dadas las circunstancias. No conseguirá usted obtener una orden
para entrar en su propiedad sin presentar una causa justa. De todos modos, le
garantizo que yo voy a ser el último en impedir que lo intente.
Hubo una pausa de
moderada longitud, y luego Quinn se inclinó hacia delante, de tal modo que la
imagen de su rostro se expandió y las finas arrugas de su frente se hicieron
visibles.
—Byerley, ¿por qué
sigue usted adelante? No puede resultar elegido.
—¿No puedo?
—¿Cree usted que puede?
¿Supone que el hecho de que no haga ningún intento por demostrar la falsedad de
la acusación de ser un robot, cuando podría hacerlo fácilmente, sólo con
quebrantar una de las tres leyes, consigue algo excepto convencer a la gente de
que es usted un robot?
—Hasta el momento, todo
lo que veo es que de ser un vagamente conocido pero aún oscuro abogado
metropolitano, me he convertido ahora en una figura mundial. Es usted un buen
publicista.
—Pero usted es un
robot.
—Eso es lo que dicen,
pero nadie lo ha probado.
—Ha quedado
suficientemente probado para el electorado.
—Entonces relájese...,
ha vencido usted.
—Adiós —dijo Quinn, con
su primer toque de perversidad, y la pantalla del visiofono se apagó.
—Adiós —dijo
imperturbable Byerley a la vacía pantalla.
Byerley trajo a su
«maestro» de vuelta la semana antes de las elecciones. El aero-coche descendió
rápidamente en una parte inconcreta de la ciudad.
—Te quedarás aquí hasta
después de las elecciones —le dijo Byerley—. Será mejor que te mantengas
apartado de la circulación por si las cosas van mal.
La ronca voz que brotó
dolorosamente de la retorcida boca de John parecía tener acentos preocupados.
—¿Hay peligro de
violencia?
—Los fundamentalistas
amenazan con ello, así que supongo que lo hay, en un sentido teórico. Pero
realmente no lo espero. Los Fundy no tienen auténtico poder. Son simplemente el
eterno factor irritante que puede llegar a provocar un tumulto al cabo de un cierto
tiempo. ¿No te importa quedarte aquí? Por favor. No seré yo mismo si tengo que
preocuparme por ti.
—Oh, me quedaré.
¿Sigues pensando que todo va a ir bien?
—Estoy seguro de ello.
¿Nadie te molestó allí arriba?
—Nadie. Estoy seguro.
—¿Y por tu parte todo
fue bien?
—Perfectamente. No
habrá ningún problema en ese sentido.
—Entonces cuídate, y
mira la televisión mañana, John.
Byerley le dio un
fuerte apretón a la retorcida mano que se apoyaba en la suya.
La frente de Lenton era
un ceñudo bosquejo de arrugas en suspenso. Desempeñaba el poco envidiable
trabajo de director de la campaña de Byerley en una campaña que no era una
campaña, para una persona que se negaba a revelar su estrategia y se negaba a
aceptar la estrategia de su director de campaña.
—¡No puedes hacerlo!
—era su frase favorita. Había llegado a convertirse en su última frase—. ¡Te lo
digo, Steve, no puedes hacerlo!
Se detuvo delante del
fiscal, que pasaba el rato hojeando las páginas mecanografiadas de su discurso.
—Deja eso, Steve. Mira,
esa multitud ha estado organizada por los Fundy. No van a escucharte. Lo más
probable es que seas lapidado. ¿Por qué tienes que hacer un discurso delante de
un público? ¿Qué hay de malo en una grabación, una simple grabación visual?
—Tú quieres que gane
las elecciones, ¿verdad? —preguntó suavemente Byerley.
—¡Ganar las elecciones!
No las vas a ganar, Steve. Todo lo que estoy haciendo es intentar salvar tu
vida.
—Oh, no corro ningún
peligro.
—No corres ningún
peligro. No corres ningún peligro. —Lenton emitió un extraño sonido raspante en
su garganta—. ¿Quieres decir que vas a salir realmente a ese balcón frente a
cincuenta mil locos idiotas con la intención de meter un poco de buen sentido en
sus cabezotas..., desde un balcón, como un dictador medieval?
Byerley consultó su
reloj.
—Dentro de cinco
minutos..., tan pronto como las líneas de televisión estén libres.
La observación que
profirió Lenton como respuesta es absolutamente irreproducible. La multitud
llenaba una amplia zona despejada de la ciudad. Árboles y casas parecían brotar
de los cimientos mismos de la masa humana. Y a través de las ultra ondas, el resto
del mundo observaba. Eran unas elecciones puramente locales, pero de todos
modos la audiencia era mundial. Byerley pensó en aquello, y sonrió.
Pero no había nada de
qué sonreír en la propia multitud. Había banderas y pancartas, relativas a
todos los aspectos posibles de su supuesta roboticidad. La actitud hostil iba
ascendiendo lenta y tangiblemente en la atmósfera.
Desde un principio el
discurso fue un fracaso. Competía con los rudimentarios gritos de la multitud y
las rítmicas consignas de los Fundy que formaban islas de multitud dentro de la
multitud. Byerley habló lentamente, fríamente...
En el interior, Lenton
se tiraba del pelo y gruñía..., y aguardaba la aparición de la sangre.
Hubo una agitación en
las primeras filas. Un ciudadano de rostro anguloso y protuberantes ojos, con
ropas demasiado cortas para la longitud de sus miembros, estaba abriéndose paso
por entre los demás. Un policía fue tras él, abriéndose paso lentamente, como
pudo. Byerley le hizo un gesto de que lo dejara, furioso.
El delgado hombre
estaba ahora directamente debajo del balcón. Sus palabras ascendieron por
encima del rugir general.
Byerley se inclinó
hacia delante.
—¿Qué es lo que dices?
Si tienes alguna pregunta legítima que hacer, la contestaré. —Se volvió hacia
uno de los guardias que permanecían a su lado—. Háganlo subir aquí.
Hubo una repentina
tensión en la multitud. Gritos de «Silencio» brotaron desde varios lados, y se
convirtieron en un griterío generalizado, luego fueron descendiendo poco a
poco. El delgado hombre, jadeante y enrojecido, se enfrentó a Byerley.
—¿Tienes alguna
pregunta que hacer?—dijo Byerley.
El delgado hombre se lo
quedó mirando, y dijo con voz ronca:
—¡Pégame!
Con una brusca energía,
adelantó la barbilla, aguardando el golpe.
—¡Vamos, pégame! Dices
que no eres un robot. Pruébalo. No puedes golpear a un ser humano, monstruo.
Hubo un repentino,
absoluto, mortal silencio. La voz de Byerley lo puntuó.
—No tengo ninguna razón
para pegarte.
El delgado hombre se
echó a reír estentóreamente.
—No puedes pegarme. No
vas a pegarme. No eres humano. Eres un monstruo, un producto fabricado por el
hombre.
Y Stephen Byerley,
apretando fuertemente los labios, delante de miles de personas que lo
contemplaban directamente y millones que lo observaban a través de las
pantallas, lanzó hacia delante su puño con un fuerte impulso y alcanzó
sonoramente al hombre en la mandíbula. El hombre que lo había desafiado
retrocedió y se derrumbó bruscamente, sin ninguna otra expresión en su rostro
más que una absoluta, absoluta sorpresa.
—Lo siento —dijo
Byerley—. Llévenselo y vean que sea bien atendido. Quiero hablar con él cuando
haya terminado.
Y cuando la doctora
Calvin, desde su espacio reservado, volvió a su automóvil y se dispuso a
marcharse, solamente un periodista se había recuperado lo suficiente de la
impresión como para correr tras ella, y gritarle una pregunta que nadie oyó.
Susan Calvin respondió
por encima de su hombro:
—Es humano.
Aquello era suficiente.
El periodista echó a correr en su propia dirección.
El resto del discurso
pudo describirse como «pronunciado, pero no oído».
La doctora Calvin y
Stephen Byerley se encontraron de nuevo... una semana después de que prestara
juramento en la toma de posesión de su cargo de alcalde. Era tarde..., pasada
la medianoche.
—No parece usted
cansado —dijo la doctora Calvin.
El recién elegido
alcalde sonrió.
—Puedo resistir
bastante sin dormir. No se lo diga a Quinn.
—No lo haré. Pero, ya
que usted lo ha mencionado, debo reconocer que la historia de Quinn era
interesante. Es una pena haberla desperdiciado. Supongo que sabe usted cuál era
su teoría.
—Parte de ella.
—Era altamente
dramática. Stephen Byerley era un joven abogado, un magnífico orador, un gran idealista...,
y con un cierto interés hacia la biofísica. ¿Está usted interesado en la
robótica, señor Byerley?
—Sólo en sus aspectos
legales.
—Aquel Stephen Byerley
sí lo estaba. Pero se produjo un accidente. La esposa de Byerley murió; él
mismo sufrió algo peor que la muerte. Perdió sus piernas; perdió su rostro;
perdió su voz. Parte de su mente resultó... alterada. No quiso someterse a la
cirugía plástica. Se retiró del mundo, renunciando a su carrera legal... Sólo
le quedaron su inteligencia, y sus manos. De alguna forma logró obtener algunos
cerebros positrónicos, incluso uno realmente complejo, uno que poseía la gran
capacidad de formar juicios sobre problemas éticos..., lo cual es la función
robótica más alta desarrollada hasta el presente.
»Hizo crecer un cuerpo
en torno a él. Lo adiestró para que fuera todo lo que él hubiera debido ser y
ya no era. Lo envió al mundo como Stephen Byerley, mientras él se quedaba
detrás como el viejo e inválido maestro que nadie veía nunca...
—Desgraciadamente —dijo
el recién elegido alcalde—, yo arruiné toda esa historia golpeando a un hombre.
Los periódicos dijeron que su veredicto oficial en aquella ocasión fue que yo
era humano.
—¿Cómo ocurrió todo
aquello? ¿No le importaría decírmelo? No pudo tratarse de algo accidental.
—No lo fue enteramente.
Quinn hizo la mayor parte del trabajo. Mis hombres empezaron a difundir
lentamente el hecho de que yo nunca había golpeado a un hombre; que era incapaz
de golpear a un hombre; que si no lo hacía bajo una abierta provocación, aquello
sería una prueba segura de que era un robot. De modo que arreglé las cosas para
pronunciar un discurso cualquiera en público, con todo tipo de publicidad por
todas partes, y casi inevitablemente, un estúpido picó el anzuelo. En esencia,
fue lo que yo llamaría un truco de leguleyo. Uno en el cual la atmósfera
artificial que ha sido creada hace todo el trabajo. Por supuesto, los efectos
emocionales hicieron que mi elección resultara inevitable, como yo pretendía.
La robopsicóloga
asintió.
—Veo que se inmiscuye
usted en mi campo..., como todo político que se precie, supongo. Pero lamento
enormemente que las cosas terminaran como han terminado. ¿Sabe?, me gustan los
robots. Me gustan considerablemente más que los seres humanos. Si pudiera ser
creado un robot capaz de convertirse en un ejecutivo civil, creo que lo haría
insuperablemente bien. Gracias a las leyes de la robótica, sería incapaz de
hacer daño a ningún ser humano, incapaz de ninguna tiranía, de corrupción, de
estupidez, de prejuicios. Y después de haber servido durante un decente período
de tiempo, podría retirarse, aunque fuera inmortal, porque le resultaría
imposible hacer daño a los seres humanos haciéndoles saber que habían sido
gobernados por un robot. Sería ideal.
—Excepto que un robot
podría fallar, debido a las insuficiencias inherentes de su cerebro. El cerebro
positrónico nunca ha igualado las complejidades del cerebro humano.
—Tendría consejeros. Ni
siquiera un cerebro humano es capaz de gobernar sin ayuda.
Byerley observó a Susan
Calvin con un grave interés.
—¿Por qué sonríe usted,
doctora Calvin?
—Sonrío porque el señor
Quinn no pensó en todo.
—¿Quiere decir que hay
algo más en esa historia suya?
—Sólo un poco. Durante
los tres meses anteriores a la elección, ese Stephen Byerley del que hablaba el
señor Quinn, ese hombre inválido, permaneció aislado en el campo por alguna
misteriosa razón. Regresó a tiempo para ese famoso discurso suyo. Y, después de
todo, lo que el viejo inválido hizo una vez, podía "volver a hacerlo una
segunda vez, particularmente teniendo en cuenta que el segundo trabajo sería
mucho más sencillo en comparación con el primero.
—No comprendo en
absoluto.
La doctora Calvin se
levantó y alisó su vestido. Obviamente se preparaba para marcharse.
—Quiero decir que hay
una circunstancia en la cual un robot puede golpear a un ser humano sin
infringir la Primera Ley. Solamente una circunstancia.
—¿Y cuál es?
La doctora Calvin
estaba en la puerta. Dijo suavemente:
—Cuando el ser humano
que debe ser golpeado es simplemente otro robot.
Sonrió ampliamente, y
su delgado rostro resplandeció.
—Adiós, señor Byerley.
Espero votar por usted dentro de cinco años... para el cargo de coordinador.
Stephen Byerley dejó
escapar una risita.
—Debo responderle que
esa es una idea un tanto improbable.
La puerta se cerró tras
la mujer.
El conflicto evitable
El Organizador tenía en
su estudio privado una curiosidad medieval, una chimenea. Desde luego, el
hombre medieval seguramente no la hubiera reconocido, ya que no tenía un
significado funcional. La inmóvil y ondulante llama se encontraba aislada en un
recinto, detrás de un transparente cuarzo.
Los troncos de leña se
quemaban a larga distancia mediante una ligera desviación de los rayos de
energía que alimentaban los edificios públicos de la ciudad. El mismo botón que
prendía fuego a los troncos vaciaba primero las cenizas de los anteriores y permitía
la entrada de la nueva leña. Era una chimenea perfectamente domesticada, como
puede verse.
Pero el fuego era real.
Podía oírsele crujir y se veía cómo las llamas lamían el alambre bajo la
corriente de aire que lo alimentaba.
El enrojecido vaso del
Ordenador reflejaba en miniatura las discretas cabriolas de las llamas, y, en
más miniatura aún, también sus reflexivas pupilas.
Y las reflexivas
pupilas de su huésped, la doctora Susan Calvin, de la U.S. Robots - Mechanical
Men Corporation.
—No la he convocado a
usted aquí, doctora Calvin, únicamente por razones sociales.
—No lo he pensado
nunca, Stephen. Y no obstante, no sé cómo exponerle el problema. Por una parte,
puede no tener importancia, por otra, puede ser el fin de la Humanidad.
—Me he encontrado con
muchos problemas que ofrecían el mismo dilema, Stephen. Creo que todos los
problemas son así.
—¿De veras?...
Entonces, a ver qué le parece éste. La producción mundial de acero tiene un
excedente de veinte mil toneladas o más. El Canal de Méjico hubiera debido
estar terminado hace dos meses. Las minas de Almadén han experimentado una baja
de producción desde la última primavera, mientras las compañías hidráulicas de
Tientsin están despidiendo gente. Éstos son los hechos que se me acuden de
momento. Pero hay más.
—¿Son puntos graves? No
soy lo suficientemente economista para juzgar sobre las terribles consecuencias
de todo esto.
—En sí mismos, no. Se
podrían mandar técnicos en mineralogía si la situación de Almadén empeorara. Si
hay demasiados ingenieros hidráulicos en Tientsin, pueden ser enviados a Java o
Ceilán. Veinte mil toneladas de acero no cubrirán más allá de algunos días de
demanda mundial, los dos meses de retraso y la apertura del Canal de Méjico es
de escasa importancia. Son las Máquinas lo que me preocupa; he hablado ya de
ellas con su Doctor de Investigaciones.
—¿Con Vicent Silver? No
me ha dicho nada de todo esto...
—Le pedí que no hablase
con nadie. Por lo visto me ha obedecido.
—¿Y qué le dijo?
—Vamos a proceder por
orden. Quiero hablar de las Máquinas primero. Y quiero hablar de ellas con
usted porque es usted la única en el mundo que entiende lo suficiente en robots
para ayudarme. ¿Puedo sentirme filosofo?
—Por esta tarde,
Stephen, puede usted sentirse lo que quiera y como quiera, con tal de que me
diga usted primero qué pretende demostrar.
—Que este pequeño
desequilibrio en la perfección de nuestro sistema de oferta y demanda, tal como
lo he mencionado, puede ser el primer paso hacia la guerra final.
—!Humm¡... Siga.
Susan no se permitió
arrellanarse en su sillón, a pesar de lo cómodo que era. La frialdad en su
mirada, de sus labios y de su rostro se había acentuado con los años. Y a pesar
de que Stephen Byerley era un hombre en quien podía confiar enteramente, tenía
casi setenta años y los hábitos de una vida no se olvidan tan fácilmente.
—Cada período del
desarrollo humano, Susan, tiene su tipo particular de conflicto, sus problemas
distintos que, aparentemente sólo pueden resolverse por la fuerza. Y jamás, por
decepcionante que esto sea, la fuerza resuelve el problema. En su lugar, éste
persiste a través de una serie de conflictos y se desvanece por sí solo...,
¿cómo dice la frase?..., no con un estallido, sino con su susurro, a medida que
el ambiente económico y social cambia. Y entonces, nuevo problema y nueva serie
de guerras. Un ciclo, al parecer, sin fin.
»Consideremos los
tiempos relativamente modernos. Hubo las guerras dinásticas de los siglos
dieciséis y diecisiete, cuando los problemas más importantes de Europa eran si
los Habsburgo, los Valois o los Borbones tenían que gobernar el continente. Era
uno de estos conflictos inevitables, porque Europa no podía evidentemente
existir en dos.
»Salvo que fue así, y
ninguna guerra barrió a unos para establecer a los otros, hasta que se creó una
nueva atmósfera social en Francia en 1789, al derrocar a los Borbones primero y
después a los Habsburgo, arrastrándolos en la polvorienta caída al incinerador
histórico.
»Y durante aquellos
siglos hubo también las bárbaras guerras de religión, que resolvieron la
importante cuestión de si Europa tenía que ser católica o protestante. Mitad y
mitad no podía ser. Era "inevitable" que la espada decidiese. Salvo
que no decidió. En Inglaterra iba creciendo un nuevo industrialismo y en el
Continente un nuevo nacionalismo. Europa sigue siendo mitad y mitad y a nadie
le preocupa esto mucho.
»Durante los siglo
diecinueve y veinte hubo un ciclo de guerras nacional-imperialistas, cuando el
problema más importante del mundo era saber qué porciones de Europa
controlarían los recursos económicos y la capacidad de consumo de otras
porciones no-europeas. Las regiones no-europeas no podían, por lo visto,
existir siendo en parte inglesas, en parte francesas, en parte alemanas y así
sucesivamente. Hasta que las fuerzas del nacionalismo se extendieron lo
suficiente y la no-Europa terminó lo que las guerras no habían conseguido
terminar, y decidió que podía perfectamente subsistir íntegramente no-europeas.
»Y así tenemos una
estructura...
—Sí, Stephen, lo
explica muy claro —dijo Susan Calvin—. No son observaciones muy profundas.
—No, pero lo evidente
es en muchos casos lo más difícil de ver. La gente dice, "es tan claro
como mi nariz", pero, ¿qué porción de nuestra nariz podemos ver, a menos
que nos den un espejo? Durante el siglo veinte, Susan comenzamos un nuevo ciclo
de guerras..., ¿cómo las llamaremos¿ ¿Guerras ideológicas? ¿Las emociones de la
religión aplicadas a los sistemas económicos, en lugar de los extranaturales?
De nuevo las guerras eran "inevitables" y entonces se disponía de
armas atómicas, de manera que la humanidad no podía vivir ya por más tiempo en
el tormento del inevitable derroche de la inevitabilidad. Y vinieron los robot
positónicos....
»Vinieron a tiempo, y
con ellos el viaje interplanetario. De manera que ya no pareció tan importante
que el mundo fuese Adam Smith o Karl Marx. Ninguno de lo dos tenía gran
influencia en las nuevas circunstancias. Ambos tenían que adaptarse y
terminaron casi en el mismo lugar.
—Un "Deus ex
machina", entonces, en doble sentido —dijo Susan Calvin
—No le había oído nunca
hacer juegos de palabras, Susan, pero es exacto. Y no obstante, había otro
peligro. El final de un problema no había hecho más que dar nacimiento a otro.
Nuestro nuevo mundo universal de economía robótica puede plantear un nuevo problema,
y por esta razón tenemos las máquinas. La economía mundial es estable, y
permanecerá estable, porque está basada en las decisiones de las máquinas
calculadoras, que llevan el bien de la Humanidad en su corazón a través de la
avasalladora fuerza de la Primera Ley robótica.
»Y aunque las Máquinas
no son sino el más vasto conglomerado de circuitos calculadores jamás inventado
—prosiguió Stephen Byerley—, siguen siendo robots en el sentido de la Primera
Ley, y así nuestra economía terrestre está de acuerdo con los mejores intereses
del hombre. La población de la Tierra sabe que no habrá paro obrero, ni
superproducción ni falta de producción. Destrucción y hambre son palabras de
los libros de historia. Y así, la cuestión de la propiedad de los medios de
producción es un problema anticuado. Quienquiera que los poseyese (si es que
esta frase tiene algún sentido), un hombre, un grupo, una nación, o toda la
Humanidad, sólo podrían utilizarse como las M quinas dicten. No porque los
hombres viniesen obligado a ello, sino porque sería el camino más corto y lo
saben. Esto pone fin a las guerras..., no sólo al último ciclo de guerras, sino
al próximo y a todos ellos. A menos que...
Hubo una pausa y Susan
lo alentó a proseguir repitiendo...
—¿A menos qué...?
El fuego fue
extinguiéndose en un tronco de leña y se apagó.
—A menos —dijo el
Ordenador— que las Máquinas no cumplan con su función.
—Comprendo. Y aquí es
donde aparecen estos pequeños desequilibrios que ha mencionado usted hace un
momento..., el acero, las instalaciones hidráulicas, etc.
—Exacto. Estos errores
no deberían existir. El doctor Silver me ha dicho que no "podían"
ser.
—¿Niega los hechos?
!Qué extraño!
—No, admite los hechos,
desde luego. Soy injusto con él. Lo que niega es que ningún error en la máquina
sea responsable de los llamados (es su frase) "errores en las
respuestas". Pretende que las máquinas se corrigen por sí mismas y que
sería violar las leyes fundamentales de la naturaleza que existiese un error en
los círculos de conexión. Y así, le dije...
—Y así, le dijo:
"Que sus hombres lo comprueben y se aseguren de ello, de todos
modos...".
—Susan, lee usted mi
pensamiento.
Esto fue lo que dije y
me contestó que no podía.
—¿Demasiado ocupado?
—No, dijo que ningún
ser humando podía. Lo dijo francamente. Me dijo, y espero haberlo comprendido
debidamente, que las M quinas son una gigantesca extrapolación... Un equipo de
matemáticos trabaja varios años calculando un cerebro positónico equipado para
realizar ciertos actos similares de cálculo. Utilizando este cerebro hacen
nuevos cálculos para crear un nuevo cerebro más complicado aún, y así
sucesivamente. Según Silver, lo que llamamos Máquinas son el resultado de diez
de estos progresos.
—Sí..., me parece
claro. Afortunadamente, no soy matemática. !Pobre Vicent¡... Es muy joven. Los
directores que le precedieron, Alfred Lanning y Peter Bogert, han muerto y no
tenían estos problemas. Ni yo tampoco. Quizá todos los técnicos en robótica moriremos
ahora, puesto que no podemos comprender nuestras propias creaciones.
—Aparentemente, no. Las
Máquinas no son supercerebros, en el sentido de los suplementos periodísticos
de los domingos, pese a que nos los describen así. Es meramente que en la
actividad consistente en reunir y analizar un número casi infinito de datos y sus
relaciones en un espacio de tiempo casi infinitesimal, han progresado hasta más
allá de la posibilidad de un control humano detallado.
»Y entonces intenté
otra cosa. Le pregunté a la Máquina. En el más estricto secreto alimenté la
máquina con los datos originales relacionados con la producción del acero, su
propia respuesta y su actual desarrollo desde entonces..., es decir, la
superproducción, y le pedí una explicación de la discrepancia.
—Bien, ¿y Cuál fue la
respuesta?
—Puedo citársela a
usted palabra por palabra: "El asunto no admite explicación".
—¿Y cómo interpretó
Vicent esto?
—De dos formas. O no le
habíamos dado a la Máquina datos suficientes para permitirle contestar
exactamente, lo cual no es probable, el doctor Silver está de acuerdo con ello,
o bien a la Máquina le es imposible reconocer que puede dar una respuesta a unos
datos que implican un posible daño a un ser humano. Esto, desde luego, es una
consecuencia de la Primera Ley. Y entonces el doctor Silver me recomendó que la
viese a usted.
Susan Calvin parecía
muy cansada.
—Soy ya vieja, Stephen.
Cuando murió Peter Bogert quisieron hacerme directora de investigaciones y
rehusé. Entonces ya no era joven y no quise asumir responsabilidad. Nombraron a
Silver y esto me satisfacía; pero de qué habrá valido, si me meten en estos
líos...
»Stephen, déjeme que le
exponga mi situación. Mis investigaciones incluyen desde luego la
interpretación de la conducta del robot bajo el aspecto de las Tres Leyes
robóticas. Aquí, sin embargo, tenemos unas máquinas calculadoras increíbles.
Son cerebros positónicos y por consiguiente obedecen las Tres Leyes. Pero
carecen de personalidad; es decir, sus funciones son sumamente limitadas...
Tiene que ser así, puesto que están especializadas en este sentido. Por
consiguiente, hay muy poco margen para la reacción a las Leyes, y mi método de
ataque es virtualmente inútil. En una palabra, no creo poderlo ayudar, Stephen.
El Ordenador se echó a
reír.
—A pesar de todo déjeme
que le diga el resto. Déjeme que le explique "mis" teorías, y quizá
entonces pueda usted decirme si son posibles a la luz de la robopsicología.
—Con mucho gusto. Siga
adelante.
—Bien; puesto que las
máquinas dan una respuesta errónea, partiendo de la base de que no pueden
cometer error, sólo existe una posibilidad. !"Se les dieron unos datos
erróneos"¡ En otras palabras, la perturbación es humana, no robótica. Así
es que, al efectuar mi reciente gira de inspección interplanetaria...
—¿De la que acaba usted
de regresar a Nueva York?
—Sí; era necesario,
comprenda, puesto que hay cuatro Máquinas, cada una de las cuales controla una
región Planetaria. !"Y las cuatro están dando resultados
imperfectos"!
—!Oh, esto es natural,
Stephen! Si una de las Máquinas es imperfecta, tiene que reflejar
automáticamente en el resultado de las otras tres, puesto que cada una de ellas
asumirá su parte de los datos sobre los cuales basan sus decisiones, la
perfección de la cuarta imperfecta. Con una falsa suposición, tienen que dar
falsas respuestas.
—¡Eh, eh!... Eso me
parece. Ahora bien, aquí tengo el resultado de mis conversaciones con cada uno
de los cuatro Viceordenadores regionales. ¿Quiere usted que los estudiemos
juntos? !Ah¡... Primero, ¿ha oído usted hablar de la "Sociedad
Humanitaria”?
—¿Eh?... Sí. Son una
consecuencia de los Fundamentalistas, que impidieron a la U.S. Robots emplear
cerebros positónicos por el principio de competencia obrera desleal y todo lo
demás. La "Sociedad Humanitaria" es antimáquinas, ¿verdad?
—Sí, pero... En fin, ya
verá. ¿Empezamos? ¿Empezaremos por la Región Oriental?
—Como usted diga...
Región Oriental: a)
Superficie: 23.500.000 kilómetros cuadrados.
b) Población:
1.700.000.000 de habitantes.
c) Capital: Shanghai.
El bisabuelo de Ching
Hso-lin murió durante la invasión japonesa de la vieja República de China y no
hubo nadie, aparte sus desconsolados hijos, para llorar su pérdida y ni
siquiera saber qué se había perdido.
El abuelo de Ching
Hso-lin sobrevivió a la guerra civil, pero no había nadie más que su abnegado
hijo para saberlo o importarle.
Y no obstante, Ching
Hso-lin era el Viceordenador Regional, con el bienestar económico de la mitad
de la población de la Tierra a su cuidado.
Quizá era con esto en
la cabeza que Ching tenía dos mapas como único adorno permanente en las paredes
de su despacho. Uno de ellos era un viejo mapa chino que abarcaba una
superficie de un acre o dos y ostentaba todavía los anticuados caracteres
pictográficos de la vieja China. Un arroyo cruzaba por entre los dibujos
borrosos y en el borde del mapa se veían algunas cabañas, en una de las cuales
había nacido el abuelo de Ching.
El otro mapa era de
grandes dimensiones, finamente delineado, con todas las indicaciones en netos
caracteres cirílicos. La roja frontera que delimitaba las Regiones Orientales
comprendía dentro de sus vastos confines todo lo que un día había sido China, India,
Birmania, Indochina e Indonesia. En el mapa, en el interior de la provincia de
Sechuán, diminuta y tenue hasta el punto que nadie podía verla, había una señal
que indicaba el lugar donde estaba situada la atávica granja de los Ching.
Ching estaba de pie
delante de estos dos mapas, mientras hablaba con Stephen Byerley en correcto
inglés.
—Nadie sabe mejor que
tú, mister Ordenador, que mi cargo, bajo muchos conceptos, es una prebenda. Da
una cierta categoría social, y represento el punto focal de la administración,
pero para todo lo demás..., ¡hay la Máquina! La Máquina hace todo el trabajo.
¿Qué te parecen, por ejemplo, las obras hidráulicas de Tientsin?
—¡Tremendas! —dijo
Byerley.
—Son sólo una de ellas
y no las mayores. Están extensamente espaciadas por Shangai, Calcuta,
Bangkok..., y solucionan la alimentación de los mil setecientos millones de
habitantes del Oriente.
—Y sin embargo
—respondió Byerley—, tenéis un problema de paro en Tientsin. ¿Hay acaso una
superproducción? Es inconcebible que Asia sufra de un exceso de comida.
Los ojos de Ching se
entornaron hasta ser casi invisible.
—No. No hemos llegado a
esto, todavía. Es cierto que durante estos últimos meses se han cerrado varias
albercas en Tientsin, pero la situación no es grave. Los hombres han sido
despedidos sólo temporalmente y los que no les importa trabajar en otros campos
han sido embarcados por Colombo, en Ceilán, donde se está implantando una nueva
organización.
—¿Y por qué tienen que
cerrarse las albercas?
—Veo que no entiendes
gran cosa en hidráulica —dijo Ching, sonriendo gentilmente—. Bien, no me
sorprende. Tú eres del Norte y allí el cultivo del suelo rinde todavía grandes
provechos. En el Norte es elegante considerar la hidráulica, cuando se
considera algo, como un sistema de cultivar tulipanes en una solución química,
de una manera infinitamente complicada.
»En primer lugar, la
cosecha más considerable que tenemos desde hace mucho tiempo (y el porcentaje
sigue creciendo) es el lúpulo. Tenemos más de dos mil parcelas de lúpulo en
producción y mensualmente aumentan. Los abonos químicos básicos de las diferentes
clases de lúpulo son nitratos y fosfatos entre los inorgánicos, con las
proporciones debidas de metal, añadidos a las partes fraccionales por millón de
boro y molibdeno requerido.
»La materia orgánica es
principalmente mixturas de azúcar derivadas de la hidrólisis de la celulosa,
pero, además, hay varios factores alimenticios que deben añadirse.
»Para una industria
hidráulica floreciente que pueda alimentar a setecientos millones de hombres,
tenemos que emprender un inmenso programa de repoblación forestal por todo el
Este; tenemos que poseer vastos talleres de conversión maderera para competir con
las selvas meridionales, y acero, y sintéticos químicos por encima de todo.
—¿Para qué, esto
último?
—Porque, mister
Byerley, estos campos de lúpulo tienen cada uno de ellos sus propiedades
particulares. Hemos dado desarrollo, como he dicho, a dos mil parcelas. El
bistec que has creído comer hoy era lúpulo. Las frutas congeladas que has
tomado de postre era lúpulo helado. Hemos extraído jugo de lúpulo con el sabor,
aspecto y valor alimenticio de la leche.
»Es el sabor, más que
nada, comprende, lo que presta su atractivo a la alimentación a base de lúpulo,
y en busca de este sabor hemos instalado parcelas artificiales fertilizadas que
no pueden mantenerse por más tiempo con una dieta básica de sal y azúcar. Una
necesita biotina; otra, ácido pteroiglutámico; otras aun, diferentes ácidos
amínicos, así como todas las vitaminas B menos una (y aun así es popular y no
podemos, con un poco de sentido económico, abandonarlo).
—¿Con qué propósito me
dices todo esto?
—Me has preguntado,
mister, por qué los hombres están sin trabajo en Tientsin. Tengo algo más que
explicarte. No es sólo que necesitemos estos variados y diversos abonos para
nuestro lúpulo; pero subsiste el complicado factor del capricho popular, que pasa
con el tiempo; y la posibilidad del desarrollo de nuevas parcelas con nuevas
necesidades y nueva popularidad. Todo esto tiene que ser previsto, y la Máquina
hace el trabajo...
—Pero no perfectamente.
—No muy
imperfectamente, en vista de las complicaciones que he mencionado. Bien,
entonces, algunos miles de obreros en Tientsin están sin trabajo temporalmente.
Pero, considera esto: la cantidad de pérdidas sufridas durante estos últimos
años (pérdidas en términos de defectuosa producción o de defectuosa demanda) no
asciende a una décima del uno por ciento de nuestra producción normal.
Considero que...
—Y no obstante, durante
los primeros años de la Máquina, la cifra era cerca de una milésima del uno por
ciento.
—Sí, pero durante el
decenio último en que la Máquina empezó sus operaciones con verdadero ímpetu,
hemos aumentado nuestra industria de lúpulo, con respecto a la época
premáquina, unas veinte veces. Es de esperar que las imperfecciones aumenten
con las complicaciones, si bien...
—¿Si bien...?
—Hubo el curioso
ejemplo de Rama Vrasayana.
—¿Qué le ocurrió?
—Vrasayana estaba
encargado del taller de evaporación de la salmuera para la producción de yodo,
sin el cual el lúpulo puede vivir, pero los seres humanos, no. Se vio obligado
a sindicar su taller.
—¿De veras? ¿Y a causa
de qué?
—Competencia, créelo o
no. En general, una de las principales funciones de los análisis de la Máquina
es indicar la distribución más eficiente de nuestras unidades productivas. Es
visiblemente un error tener regiones insuficientemente surtidas de manera que
los gastos de transporte importan un porcentaje considerable del gasto total.
De manera similar, es un error tener un área demasiado servida, de forma que
las factorías tienen que funcionar con capacidades más bajas o bien competir
perjudicialmente unas con otras. En el caso de Vrasayna, se estableció otro
taller en la misma ciudad y con un sistema de extracción más eficiente.
—¿Y la Máquina lo
permitió?
—¡Oh, sin duda! No es
sorprendente. El nuevo sistema se está extendiendo considerablemente. La
sorpresa fue que la Máquina omitió avisar a Vrasayna que renovase o cambiase...
Sin embargo, no importa. Vrasayana aceptó un cargo de ingeniero en un nuevo taller,
y si su responsabilidad y sueldo son ahora menores, por lo menos no sufre. Los
obreros encontraron fácilmente trabajo; el antiguo taller fue convertido en...
no sé qué. Algo útil. Lo confiamos todo a la Máquina.
—¿Y por otra parte no
tienes quejas?
—Ninguna.
La Región Tropical: a)
Superficie: 35.000.000 de kilómetros cuadrados.
b) Población:
500.000.000 de habitantes.
c) Capital: Capital
City.
El mapa del despacho de
Ngoma estaba muy lejos de tener la neta precisión del de los dominios de Ching
en Shangai. Los límites de las fronteras de la Región Tropical de Ngoma estaban
punteados de oscuro y se extendían hacia un bello interior llamado "selva"
y "desierto", y "Aquí hay elefantes y Toda Clase de Extrañas
Bestias".
Había mucho que
recorrer, porque en tierras, la Región Tropical abarcaba más de dos
continentes; toda América del Sur, norte de Argentina, y toda África al sur del
Atlas. Incluía también América del Norte al sur de Río Grande e incluso Arabia,
e Irán en Asia. Era el reverso de la Región Oriental. Donde el hormiguero
humano del Oriente se apretujaba en un 15% de la Tierra, los Trópicos
desparramaban un 15% de Humanidad sobre casi la mitad de la extensión del
globo.
A Ngoma, Stephen
Byerley le produjo la impresión de uno de aquellos inmigrantes de rostro pálido
que van en busca de la obra creadora en el ambiente suave necesario para el
hombre, y sintió una cierta dosis del automático desprecio del hombre fuerte
nacido en el duro Trópico por el infortunado oriundo de más pálidos soles.
Los Trópicos tenían la
ciudad más nueva del mundo y en su sublime confianza juvenil recibía únicamente
el nombre de "Capital City". Se extendía espléndida por las fértiles
tierras altas de Nigeria, y al pie de las ventanas de Ngoma, más abajo, había
vida y color, un sol ardiente y frecuentes chaparrones. El gorjeo de los
pájaros multicolores era estridente y las estrellas parecían puntas de agujas
brillantes en la noche oscura.
Ngoma se echó a reír.
Era un hombre bello, muy negro, alto y de facciones enérgicas.
—Desde luego —dijo en
un inglés bastante correcto, dando la sensación de hablar con la boca llena—,
el Canal de Méjico va atrasado. ¡Qué diablos! ¡Un día u otro se terminará de
todos modos, hombre!
—Todo iba bien hasta
hace medio año.
Ngoma dirigió una
atenta mirada a Byerley y sacando un cigarro del bolsillo mordió una punta, la
escupió y encendió la otra.
—¿Es esto una
investigación oficial, Byerley? ¿De qué se trata?
—Nada. Nada
absolutamente. Entra dentro de mis funciones de Ordenador el ser curioso.
—Bien, si es sólo que
te aburres y quieres pasar un rato..., la verdad es que andamos siempre cortos
de mano de obra. Hay muchos trabajos en curso en los Trópicos. El Canal es uno
de ellos...
—Pero ¿no ha predicho
la Máquina la cantidad de mano de obra disponible para el Canal..., sin contar
todos los demás proyectos en curso? Ngoma se puso una mano en la nuca y echó al
aire unos círculos de humo azul.
—Era un poco
deficiente.
—¿Es a menudo
deficiente?
—No más de lo que es de
esperar. No esperamos gran cosa de ella, Byerley. Le suministramos los datos.
Tomamos los resultados. Hacemos lo que dice. Pero es sólo un expediente, un
instrumento para economizar trabajo. Podríamos prescindir de ella, si fuese necesario.
Quizá no tan bien. Quizá no tan rápidamente. Pero el final sería el mismo.
»Aquí tenemos
confianza, Byerley, y éste es el secreto. ¡Confianza! Hemos ocupado nuevas
tierras que llenaban miles de años esperándonos, mientras el resto del mundo ha
sido destrozado por las asquerosas experiencias de la Era preatómica. No
tenemos que comer lúpulo como en Oriente, no tenemos que preocuparnos de los
rancios desperdicios del siglo pasado, como vosotros los Nórdicos.
»Hemos barrido la mosca
tse-tsé y el mosquito anofeles, el pueblo ha visto que puede vivir al sol y le
gusta. Hemos aclarado las selvas vírgenes y roturado el suelo; hemos encontrado
carbón y petróleo en campos intactos y minerales sin cuento.
»Retiraos de aquí. Es
lo único que pedimos al resto del mundo. Retiraos y dejadnos trabajar.
—Pero el Canal
—interrumpió Byerley prosaicamente— hace seis meses que hubiera debido estar
terminado. ¿Qué ha ocurrido?
—Perturbaciones obreras
—dijo Ngoma, abriendo las manos. Buscó algo por entre los papeles que cubrían
su mesa, pero renunció—. Tenía algo sobre esto por aquí —murmuró—, pero no
importa. Una vez hubo escasez de mano de obra en Méjico por una cuestión de mujeres.
No había bastantes mujeres por allí. Al parecer a nadie se le ocurrió alimentar
la Máquina con datos sexuales.
Hizo una pausa para
echarse a reír, encantado, y prosiguió:
—Espera un momento. Me
parece que ya lo tengo... ¡Villafranca!
—¿Villafranca?
—Francisco Villafranca.
Era el ingeniero encargado. Ocurrió no sé qué y hubo un corrimiento de tierras.
Eso es. Eso es. No murió nadie pero el desorden fue terrible. ¡Un escándalo!
—¡Oh...!
—Hubo un error en sus
cálculos. O por lo menos la Máquina lo dijo así. Le suministraron datos de
Villafranca, suposiciones, y así. El material con que había empezado. Las
respuestas fueron diferentes. Parece que las respuestas que Villafranca utilizó
no tenían en cuenta el efecto de las fuertes lluvias en las cercanías de la
brecha. O algo así. No soy ingeniero, ¿comprendes?...
»En todo caso,
Villafranca armó un lío de mil diablos. Pretendió que la respuesta de la
Máquina había sido diferente la primera vez. Que había seguido a la Máquina
ciegamente. ¡Y dimitió! Le ofrecimos mantenerlo..., la duda era razonable, el
trabajo anterior era satisfactorio, todo aquello que se dice..., en una
posición subordinada, desde luego..., estábamos obligados..., los errores no
pueden pasar inadvertidos..., es malo para la disciplina..., ¿Dónde estaba?
—Le ofrecisteis
conservarlo.
—¡Ah, sí! Rehusó. Bien,
en resumen, llevamos dos meses de retraso. ¡No es nada, qué diablos!
Byerley extendió la
mano y apoyó las puntas de los dedos sobre la mesa
—¿Villafranca le echó
las culpas a la Máquina, verdad?
—Pues... ¿no iba a
echárselas a sí mismo, verdad? Mirémoslo serenamente; la naturaleza humana es
una vieja amiga nuestra. Por otra parte, recuerdo algo más ahora... ¿Por qué
diablos no podré encontrar los documentos cuando los necesito? Mi sistema de
archivar no vale un pepino. Este Villafranca era miembro de una de vuestras
organizaciones nórdicas. Méjico está demasiado cerca del Norte. A esto es
debido en parte la perturbación.
—¿De qué organización
estás hablando?
—La Sociedad
Humanitaria, la llaman. Villafranca solía asistir a una conferencia anual en
Nueva York. Un atajo de chiflados, pero inofensivos. No les gustan las
Máquinas; dicen que destruyen la iniciativa personal. De manera que, como es
natural, Villafranca echó la culpa a la Máquina... Yo no acabo de entenderlo
tampoco. ¿Es que en Capital City parece que la raza humana esté siendo apartada
de la iniciativa? Y Capital City siguió tendida bajo el glorioso y dorado sol;
la más joven y moderna creación del "Homo Metrópolis".
La Región Europea a)
Superficie: 7.000.000 kilómetros cuadrados.
b) Población:
300.000.000 de habitantes.
c) Capital: Ginebra.
La Región Europea era
una anomalía bajo varios conceptos. En superficie, era con mucho la menor; ni
un quinto de la superficie de la Región Tropical y ni un quinto de la población
de la Región Oriental. Geográficamente, tenía cierta semejanza con la Europa de
la era preatómica, ya que excluía lo que había sido la Rusia europea e Islas
Británicas, mientras incluía las costas Mediterráneas de África y Asia y, en un
extraño salto a través del Atlántico, Argentina, Chile y el Uruguay.
No era tampoco probable
que mejorase su "status vis-a-vis" de sus demás regiones de la
Tierra, excepto por el vigor que estas provincias americanas le prestaban. De
todas la Regiones, era la única que mostró un franco declive de la población durante
el medio siglo pasado. Sólo ella había dejado de extender seriamente sus
facilidades productivas o aportar algo radicalmente nuevo a la cultura humana.
—Europa —decía madame
Szegeczowska, en su medio francés—, es esencialmente un apéndice económico de
la Región Nórdica. Lo sabemos, pero no nos importa.
—Y sin embargo —le hizo
ver Byerley—, tienen ustedes una Máquina propia, y no están seguramente bajo
una presión económica del otro lado del océano.
—¡Una Máquina! ¡Bah!
—encogió sus delicados hombros y dejó que una leve sonrisa se filtrase por sus
labios mientras encendía un cigarrillo con sus largos dedos—. Europa es un
lugar soñoliento. Y todos nuestros hombres que no consiguen emigrar al trópico están
cansados y aburridos de todo esto. Usted mismo pude ver en qué consiste la
tarea de Viceordenadora. En fin, afortunadamente no es un papel difícil, y no
espera gran cosa de mí. En cuanto a Máquina..., ¿qué sabe decir fuera de
"Haz esto y será mejo para vosotros"? Pero ¿qué es lo mejor para
nosotros? Pues es una apéndice económico de la Región Nórdica...
»¿Y esto es acaso tan
terrible? No hay guerras. Vivimos en paz... y es agradable después de
setecientos años de guerras. Somos viejos, mister. En nuestras fronteras
tenemos las que fueron cuna de la viejas civilizaciones. Tenemos Egipto y
Mesopotamia; Creta y Sicilia; Asia Menor y Grecia. Pero los tiempos antiguos no
son necesariamente unos tiempos infelices. Puede hallarse fruición...
—Quizá tenga usted
razón —dijo Byerley, afablemente—. Por lo menos el "tempo" de la vida
no es tan intenso como en otras regiones. Es una atmósfera agradable.
—¿Verdad? Van a traer
el té, mister Byerley. ¿Quiere indicarme su preferencia sobre la leche y el
azúcar?... Gracias.
Tomó un sorbo de té con
elegancia; después continuó:
—Es agradable. El resto
de la Tierra se ha convertido en una lucha continua. Aquí encuentro un
paralelo; un paralelo interesante. Hubo un tiempo en que Roma era dueña del
mundo. Había adoptado la dulzura y civilización de Grecia; una Grecia que no
había estado nunca unida; que se había arruinado en la guerra y estaba
languideciendo en un estado de decadente ruina. Roma la unió, aportó la paz y
le permitió vivir una vida de seguridad sin gloria. Se ocupó de su filosofía y
de su arte, lejos del estruendo y de la agitación de la guerra. Era una especie
de muerte, pero de una muerte tranquila con pequeños intervalos, unos
cuatrocientos años.
—Y sin embargo
—interrumpió Byerley—, Roma cayó y el sueño de opio tocó a su fin.
—No había ya bárbaros
para derrumbar la civilización.
—Nosotros podemos ser
nuestros propios bárbaros, Madame Szegeczowska. ¡Ah!..., quería hablarle de una
cosa. Las minas de mercurio de Almadén han disminuido considerablemente de
producción. ¿El mineral no debe haber disminuido más rápidamente de lo previsto,
supongo? Los pequeños ojos grises de la muchacha se fijaron en Byerley.
—Los bárbaros..., la
caída de la civilización..., el probable fracaso de la Máquina... El proceso de
sus ideas es muy transparente, monsieur.
—¿Sí? Veo que me
hubiera convenido tratar con hombres, como hasta ahora. ¿Considera usted que el
asunto de Almadén es culpa de la Máquina?
—En absoluto, pero me
parece que usted sí lo es. Usted es nativo de la Región Nórdica. La Oficina
Central de Coordinación está en Nueva York. Y hace ya tiempo que he observado
que ustedes, los nórdicos, carecen de fe en la Máquina.
—¿Nosotros?
—Hay una Sociedad
Humanitaria que tiene mucha fuerza en el Norte, pero no consigue hacer adeptos
en la fatigada y vieja Europa, que sólo anhela dejar tranquila a la débil
Humanidad. Con toda seguridad, es usted uno de los confiados nórdicos y no uno
de los cínicos del viejo continente.
—¿Tiene esto relación
con Almadén?
—¡Oh, sí, creo que sí!
Las minas están bajo el control de la Consolidated Cinnabar, que es con toda
certeza una compañía nórdica, con la oficina central en Nikolaev.
Personalmente, dudo de que el Consejo de Administración haya consultado para
nada la Máquina. En la conferencia del mes pasado, dijeron que lo habían hecho,
y desde luego, no tenemos ninguna prueba de lo contrario, pero no me atrevería
a dar crédito a un nórdico en este asunto, sin ánimo de ofender, de ningún
modo. Sin embargo, espero que todo acabará bien.
—¿En qué sentido, mi
querida madame?
—Debe usted comprender
que las irregularidades económicas de estos últimos meses -que, aun cuando
insignificantes comparadas con las grandes tormentas del pasado, son sin
embargo, perturbadoras para nuestros espíritus sedientos de paz-, han causado
considerables inquietudes en la provincia española. Tengo entendido que la
Consolidated Cinnabar va a vender a un grupo de españoles. Es consolador. Si
somos vasallos económicos del Norte, es humillante ver el hecho proclamado con
excesiva ostentación. Y se puede confiar más en nuestro pueblo para seguir los
consejos de la Máquina.
—¿Entonces, cree usted
que no habrá más disturbios?
—Estoy seguro de
ello... En Almadén, por lo menos.
La Región Norte: a)
Superficie: 27.000.000 de kilómetros cuadrados.
b) Población:
800.000.000 de habitantes.
c) Capital: Ottawa.
La Región Norte, en más
de un concepto, se llevaba la supremacía.
La cosa quedaba bien de
manifiesto en el mapa del las oficinas del Viceordenador de Ottawa, Hiram
Mackenzie, en el cual el Polo Norte ocupaba el centro. A excepción de Europa
con sus regiones escandinavas e islándicas, toda la zona americana estaba incluida
en la Región Nórdica.
Vagamente, podía ser
dividida en dos zonas principales. Ala izquierda del mapa se veía toda América
del Norte por encima de Río Grande. A la derecha abarcaba todo lo que había
sido un tiempo la Unión Soviética.
Estas dos áreas juntas
representaban el poder central del planeta durante los primeros años de la Edad
Atómica. Entre las dos estaba la Gran Bretaña, lengua de la región que lamía
Europa. En todo lo alto del mapa, torcidas en una extraña y contorsionada forma,
estaban Australia y Nueva Zelanda, también miembros de las provincias de la
Región.
Todos los cambios
sufridos durante los últimos decenios no habían alterado todavía el hecho de
que el Norte era el gobernante económico del planeta.
Había por lo tanto, una
especie de simbolismo ostentoso en el hecho de que todos los mapas que Byerley
había visto, sólo el de Mackenzie mostraba toda la Tierra, como si el Norte no
temiese la competencia ni necesitase favoritismo para proclamar su supremacía.
—Imposible —dijo
tristemente Mackenzie, levantando su vaso de "whisky"—. Mister
Byerley, no tiene usted entrenamiento técnico en robótica, según tengo
entendido.
—No, no lo tengo.
—¡Humm!... Bien, es lamentable,
en mi opinión, que ni Ching, ni Ngona ni Szegeczowska lo tengan tampoco.
Prevalece con exceso entre los pueblos de la Tierra la opinión de que un
Ordenador tiene que ser meramente un organizador capaz, de conocimientos
generalizados y una persona amable. En nuestros días deberían entender en
robótica también..., sin propósito de ofensa...
—No la hay. Estoy de
acuerdo con usted.
—Tomo, por ejemplo, lo
que ha dicho usted ya; que le preocupan las recientes pequeñas perturbaciones
que se han producido en la economía mundial. No sé de quién sospecha, pero ha
ocurrido ya en el pasado que el pueblo, que debería tener otra opinión, se pregunte
qué ocurrirá si se alimenta la Máquina con falsos datos
—¿Y qué ocurriría,
mister Mackenzie?
—Pues... —dijo el
escocés moviéndose y suspirando—, todo dato recogido pasa por un complicado
sistema de pantallas que comporta un control a la vez humano y mecánico, de
manera que el problema no es probable que se suscite. Pero dejemos esto. Los
humanos pueden equivocarse, son corruptibles, y los dispositivos mecánicos
ordinarios son susceptibles de fallo mecánico.
»El punto crucial del
asunto es que lo que llamamos un "dato erróneo" es incompatible con
todos los demás datos conocidos. Es el único criterio que tenemos de lo exacto
y lo inexacto. Es igualmente el de la Máquina. Ordénele, por ejemplo que dirija
la actividad agrícola sobre la base de una temperatura media en julio, en Iowa,
de 14º C. No lo aceptará. No dará respuesta. No porque tenga prejuicio alguno
contra esta determinada temperatura ni pueda dejar de contestar, sino porque, a
la luz de los demás datos que se le han dado a través de un cierto número de
años, sabe que las probabilidades de una temperatura media de 14C. en Iowa, en
julio, son prácticamente nulas. Rechaza el dato.
»La única forma como un
"falso dato" puede ser insertado en la Máquina es incluyéndolo como
parte de un todo consistente, pero de una falsedad demasiado sutil para que la
máquina pueda destacarlo, o sobre el cual la Máquina no tenga experiencia. La
primera está más allá de la capacidad humana, la segunda es casi esto, y va
acercándose cada vez más a ello a medida que la experiencia de la Máquina
aumenta con la segunda.
Stephen Byerley se
apretó la nariz con los dedos.
—¿Entonces la Máquina
no puede ser inducida a error? ¿Cómo explica usted los que se han cometido
recientemente, en este caso?
—Mi querido Byerley,
veo que sigue usted instintivamente el gran error de que la Máquina..., lo sabe
todo. Déjeme usted que le cite un ejemplo de mi experiencia personal. La
industria algodonera alquila compradores experimentados que compran el algodón.
Su procedimiento es arrancar un puñado de algodón de una de las pacas al azar.
Lo miran, lo tocan, comprueban su resistencia, escuchan su crujido, se lo
llevan a la lengua, y por este procedimiento determinan la categoría de algodón
que contienen las pacas. Hay una docena de ellas. Como resultado de su
decisión, las compras se hacen a unos determinados precios, las mezclas se
hacen a unas determinadas proporciones. Ahora bien, estos compradores no pueden
ser substituidos con la Máquina.
—¿Por qué no?
Seguramente los datos pertinentes no son demasiado complicados para ella...
—Probablemente no. Pero
¿a qué dato se refiere usted? No hay ningún químico textil que sepa exactamente
qué es lo que comprueba cuando maneja un puñado de algodón. Probablemente la
longitud media de la fibra, su tacto, la extensión y naturaleza y de su viscosidad,
la forma como se pegan y así sucesivamente. Varias docenas de particularidades,
inconscientemente pesadas, fruto de años de experiencia. Pero la naturaleza
"cuantitativa" de esta prueba no es conocida; incluso la verdadera
naturaleza de algunas de ellas, no lo es tampoco. De manera que no tenemos nada
con que alimentar la Máquina. Así ni los mismos compradores pueden explicar su
juicio. Sólo pueden decir: "Bien, mírelo. No se puede decir si es tal o
cual clase".
—Comprendo...
—Hay innumerables casos
como éste. La Máquina no es más que una herramienta, al fin y al cabo, que
puede contribuir al progreso humano encargándose de una parte de los cálculos e
interpretaciones. La tarea del cerebro humano sigue siendo la que siempre ha
sido; la de descubrir nuevos datos para ser analizados e inventar muevas
fórmulas para ser probadas. Es un lástima que la Sociedad Humanitaria no quiera
entenderlo así.
—¿Están contra la
Máquina?
—Hubieran estado contra
las matemáticas o contra el arte de escribir si hubiesen vivido en el tiempo
adecuado. Estos reaccionarios de la Sociedad pretenden que la Máquina priva al
hombre de su alma. He observado que hombres perfectamente capaces están todavía
llenos de prejuicios en nuestra sociedad; necesitamos todavía el hombre que sea
suficientemente inteligente para pensar en las preguntas adecuadas. Quizá si
pudiésemos encontrar un número suficiente de ellos, estas perturbaciones que le
preocupan, Ordenador, no se producirían.
Tierra (Incluyendo el
continente deshabitado, la Antártida): a) Superficie: 75.000.000 de kilómetros
cuadrados (superficie terrestre).
b) Población:
3.300.000.000 de habitantes.
c) Capital: Nueva York.
El fuego que relucía
detrás del cuarzo estaba ya moribundo. El Ordenador estaba de humor sombrío,
amoldándose al fuego.
—Todos disminuyen la
gravedad de la situación —dijo en voz baja—. ¿No es fácil creer que se han
reído de mí? Y sin embargo... Vicent Silver dice que la Máquina no puede
estropearse y tengo que creerlo. Hiram Mackenzie dice que no pueden ser
alimentadas con falsos datos y tengo que creerlo. Pero las máquinas han
funcionado mal por una u otra causa, y esto tengo que creerlo también, de
manera que... sólo queda una alternativa.
Miró de soslayo a Susan
Calvin que, con los ojos cerrados, parecía dormir.
—¿Cuál es? —preguntó
sin embargo al instante.
—Que le han dado los
datos correctos y la Máquina ha dado las respuestas correctas, pero no han sido
cumplidas. No hay manera de que la máquina obligue a seguir sus dictados.
—Madame Szegeczowska
insinuó algo parecido, refiriéndose a los nórdicos en general, me parece. ¿Y
qué propósito se busca desobedeciendo a la Máquina? Vamos a estudiar los
motivos.
—A mí me parece obvio,
y debe parecérselo también a usted. Es cuestión de sacudir la nave,
deliberadamente. Mientras la Máquina gobierne, no puede haber ningún conflicto
serio en la Tierra en el cual un grupo pueda apoderarse de un mayor poderío del
que tiene por lo que juzga ser su propio bien, a pesar de perjudicar la
Humanidad como un todo. Si la fe popular en las máquinas pudiese ser destruida
hasta el punto de que fuesen abandonadas, imperaría de nuevo la ley de la
selva. Y no hay ninguna de las cuatro Regiones que pueda quedar libre de la
sospecha de buscar precisamente esto.
»Oriente tiene la mitad
de la Humanidad dentro de sus fronteras, y los Trópicos, más de la mitad de los
recursos de la Tierra. Ambos pueden considerarse como los gobernantes naturales
de toda la Tierra, y ambos se sienten humillados por el Norte y es muy humano
buscar un desquite contra esta implacable humillación. Europa tiene una
tradición de grandeza, por otra parte. En otros tiempos gobernó la Tierra, y no
hay nada tan eternamente adhesivo como el recuerdo del poder.
»Y sin embargo, desde
otro punto de vista, es difícil de creer. Tanto el Este como los Trópicos están
en un estado de enorme expansión dentro de sus fronteras. Ambos crecen
rápidamente. No les pueden quedar energías para aventuras militares. Y Europa
no puede hacer más que soñar. Es una cifra, militarmente hablando.
—Así, Stephen —dijo
Susan—, ¿deja usted el Norte?
—Sí —respondió Byerley
enérgicamente—, Sí. El Norte es el más fuerte, como lo ha sido desde hace un
siglo, o por lo menos sus componentes. Pero ahora decae, relativamente. Por
primera vez desde los faraones, las regiones Tropicales pueden ocupar su lugar
al frente de la civilización y hay nórdicos que lo temen.
—En una palabra, son
exactamente aquellos hombres que, negándose conjuntamente a aceptar las
decisiones de la Máquina, pueden, en breve plazo, volver el mundo boca
abajo...; éstos son los que pertenecen a la Sociedad.
—Susan, todo esto va de
consumo. Cinco de los Directores de la World Steel son miembros de ella, y la
World Steel sufre de una superproducción. La Consolidated Cinnabar, que explota
las minas de mercurio de Almadén, era una sociedad Nórdica. Sus libros están
todavía siendo examinados, pero uno, sor lo menos, de sus hombres, era miembro.
Francisco Villafranca, que retrasó las obras del Canal de Méjico dos meses, era
miembro, lo sabemos ya, lo mismo que Rama Vrasayana; no me sorprendió en
absoluto descubrirlo.
—Estos hombres, téngalo
usted en cuenta, lo han estropeado todo... —dijo Susan pausadamente.
—¡Naturalmente!
Desobedecer los análisis de la Máquina es seguir el sendero del error. Los
resultados son peores de lo que podrían ser. Es el precio que pagan. De momento
lo verán vagamente, pero en la confusión que tarde o temprano surgir ...
—¿Qué proyecta usted
hacer, Stephen?
—Es evidente que no hay
tiempo que perder. Voy a declarar la Sociedad fuera de la ley y todos sus
miembros serán destituidos de cualquier cargo de responsabilidad que ocupen. Y
todos los puestos ejecutivos con solicitantes que firmen un juramento de no-adhesión
a la Sociedad. Esta representará una cierta infracción a las libertades cívicas
básicas, pero estoy seguro de que el Congreso...
—¡No servirá de nada!
—¡Eh! ¿Por qué?
—Representaría una
predicción. Si intenta usted una cosa así, encontrar obstáculos a cada paso. Lo
encontrar imposible de llevar adelante. Verá usted que cada movimiento en este
sentido será origen de perturbaciones.
—¿Por qué dice usted
esto? —preguntó Byerley, atónito—. Esperaba, al contrario, su aprobación en
esta materia...
—No podrá usted
conseguirla mientras sus acciones estén basadas en falsas premisas. Admite
usted que la Máquina no puede equivocarse, y no puede ser alimentada con falsos
datos. Le demostraré que no puede ser desobedecida tampoco, como cree usted que
lo está siendo por la Sociedad.
—Esto... no consigo
verlo.
—Pues escuche. Toda
acción realizada por un dirigente que no siga las exactas instrucciones de la
Máquina con la cual trabaja, se convierte en parte de un dato para el siguiente
problema. La Máquina, por consiguiente, sabe que el dirigente tiene una cierta
tendencia a desobedecer. Puede incorporarse esta tendencia a los datos, incluso
cuantitativamente, es decir, juzgando exactamente qué cantidad y en qué
dirección la desobediencia se producir . Sus siguientes respuestas serán
suficientemente elusivas en forma que, después de la desobediencia del jefe,
vea sus respuestas automáticamente corregidas en la buena dirección. ¡La
Máquina "sabe", Stephen!
—No puede usted estar
segura de todo esto. Son meras suposiciones.
—Si, una suposición
basada en la experiencia de toda una vida entre robots. Hará usted bien en
confiar en esta suposición, Stephen.
—Pero, en este caso,
¿qué queda? Las Máquinas están en orden y las premisas sobre las cuales
trabajan son correctas. Sobre esto nos hemos puesto de acuerdo. Ahora dice
usted que no puede ser desobedecida. Entonces..., ¿qué ocurre?
—Usted mismo se ha
contestado. ¡Nada está mal! Piense en las máquinas un momento, Stephen. Son
robots y cumplen la Primera Ley. Pero las máquinas trabajan, no para un solo
individuo, sino para toda la Humanidad, de manera que la Primera Ley se
convierte en: "Ninguna Máquina puede dañar la Humanidad; o, por inacción,
dejar que la Humanidad sufra daño." Muy bien, Stephen, entonces, ¿qué daña
la Humanidad? ¡El desequilibrio económico, principalmente, cualquiera que sea
la causa! ¿No cree usted?
—Sí, lo creo.
—¿Y qué es lo más
probable que produzca desequilibrios económicos en el futuro? Conteste a esto,
Stephen
—Yo diría —respondió
Byerley, a regañadientes—, la destrucción de las Máquinas. Y así lo digo, y así
lo dirían las Máquinas también. Su primer cuidado, por consiguiente, es
conservarse para nosotros. Y así siguen tranquilamente evitando los únicos
elementos amenazadores que quedan. No es la Sociedad Humanitaria la que sacude
la nave a fin de que las Máquinas sean destruidas; sólo ha visto usted el
reverso de la medalla.
—Diga más bien que son
las Máquinas las que están sacudiendo la nave...muy ligeramente... lo
suficiente para liberarse de los pocos que se agarran a ella con el propósito
de que las Máquinas sean consideradas nocivas para la Humanidad.
»Así, Vrasayana deja su
factoría y encuentra un empleo donde no puede hacer daño; no queda seriamente
perjudicado, no es incapaz de ganarse la vida, por que la Máquina no puede
dañar un ser humano más que mínimamente, y esto sólo para salvar un mayor
número. La Consolidated Cinnabar pierde el control de Almadén; Villafranca no
es ya el ingeniero civil al frente de un importante proyecto. Y los directores
de la World Steel pierden su presa sobre la industria.. o la perderán.
Pero es imposible que
sepa usted todo esto... —insistió Byerley distraídamente—. ¿Cómo podemos correr
el riesgo de que no tenga usted razón?
—Deben correrlo.
¿Recuerda usted la respuesta de la Máquina cuando le sometió la pregunta?
"El caso no admite explicación". La Máquina no dijo que no hubiese
explicación, ni que no pudiese determinarla. Dijo sólo que "no
admitía" explicación. En otras palabras, "sería perjudicial para la
Humanidad tener la explicación de lo ocurrido", y por esto sólo podemos
hacer suposiciones... y seguir suponiendo.
—Pero, ¿cómo puede la
explicación sernos perjudicial? Supongamos que tenga usted razón, Susan.
—Pues Stephen, si tengo
razón, significa que la Máquina está conduciendo nuestro futuro no única y
simplemente como una respuesta directa a nuestras preguntas directas, sino como
respuesta general a la situación del mundo y a la psicología humana como un
todo. Y sabe que nos puede hacer desgraciados y herir nuestro amor propio. La
Máquina no puede, no "debe", hacernos desgraciados.
»Stephen, ¿cómo sabemos
qué es lo que consolidará el bien final de la Humanidad? No tenemos a nuestra
disposición los infinitos factores que la Máquina tiene a la "suya".
Quizá , para darle un ejemplo incierto, toda nuestra civilización técnica ha
creado más infelicidad y miseria de la que ha suprimido. Quizá la civilización
agraria o pastoral, con menos cultura y menos gente, sería mejor. En este caso,
las Máquinas deben orientarse en esta dirección, preferiblemente sin
decírnoslo, ya que en nuestros ignorantes prejuicios sólo sabemos que aquello a
que estamos acostumbrados es bueno... y lucharemos contra todo cambio. O Quizá
una urbanización completa, una sociedad totalmente desprovista de castas, o una
completa anarquía, sea la respuesta adecuada. No lo sabemos. Sólo las Máquinas
lo saben y se encaminan hacia ello, llevándonos consigo.
—Pero está usted
diciéndome, Susan, que la Sociedad Humanitaria tiene razón; que la Humanidad ha
perdido su derecho de voto en el futuro...
—No lo ha tenido jamás,
en realidad. Estuvo siempre a la merced de unas fuerzas económicas y
sociológicas que no entendía, de los caprichos del clima y de los azares de la
guerra. Ahora las Máquinas las entienden y nadie puede detenerlas, ya que las
máquinas los dominarían como dominan la Sociedad..., poseyendo, como poseen,
las armas más fuertes a su disposición, el absoluto control de nuestra
economía.
—¡Qué horrible!
—Quizá habría que
decir: ¡qué maravilloso! Piense que en todos los tiempos los conflictos han
sido evitables. ¡Sólo las Máquinas, a partir de ahora serán inevitables!
Y el fuego se apagó
detrás del cuarzo y sólo quedó un hilillo de humo para indicar donde había
estado.
Intuición femenina
Las tres leyes de la
robótica:
Ningún robot causará
daño a un ser humano o permitirá, con su inacción, que un ser humano sufra
algún mal.
Todo robot obedecerá
las órdenes recibidas de los seres humanos, excepto cuando esas órdenes puedan
entrar en contradicción con la primera ley.
Todo robot debe
proteger su propia existencia, siempre y cuando esta protección no entre en
contradicción con la primera o la segunda ley.
Por primera vez en la
historia de Norteamericana de Robots y Hombres Mecánicos, S. A., se había
producido la destrucción de un robot por accidente en la propia Tierra.
Era imposible señalar
responsabilidades. El vehículo aéreo había sido derribado en pleno vuelo y un
incrédulo comité de investigación intentaba decidir si realmente tendría la
osadía de hacer públicas las pruebas de que el aparato había sido alcanzado por
un meteorito. Ninguna otra cosa hubiera podido avanzar con la velocidad
suficiente para llegar a evitar que actuara el mecanismo de desviación
automática; ninguna otra cosa podría haber causado el desastre salvo una
explosión nuclear, y eso quedaba descartado.
Asóciese a ello un
informe sobre un destello detectado en medio de la noche justo antes de la
explosión del vehículo -y no por cualquier aficionado, sino por el Observatorio
Flagstaff- y la localización de un fragmento de hierro de considerables
dimensiones y claramente meteórico, recientemente incrustado en el suelo a una
milla del lugar del suceso. ¿Cabía otra conclusión?
Aun así, nunca antes
había ocurrido nada parecido y el cálculo de las probabilidades en contra del
suceso arrojaba cifras monstruosas. Pero incluso los hechos más colosalmente
improbables pueden producirse alguna vez.
El cómo y el porqué
eran considerados de importancia secundaria en las oficinas de la
Norteamericana de Robots. Lo verdaderamente grave era que se había producido la
destrucción de un robot.
Ello, por sí solo, ya
resultaba preocupante.
El hecho de que JN-5
fuera un prototipo, el primero en actuar sobre el terreno, tras cuatro pruebas
anteriores, era aún más preocupante.
El hecho de que JN-5
fuese un tipo radicalmente nuevo de robot, totalmente distinto de cualquier
otro jamás construido hasta el momento, resultaba abismalmente preocupante.
El hecho de que según
todos los indicios JN-5 había logrado averiguar algo de incalculable
importancia antes de su destrucción y que ese logro tal vez se hubiera perdido
para siempre, situaba el desánimo más allá de cualquier posible expresión.
Apenas parecía digno de
mención el detalle de que, junto con el robot, había perecido también el primer
robosicólogo de la compañía.
Clinton Madarian
llevaba diez años en la empresa. Durante los cinco primeros, había trabajado
sin rechistar bajo la refunfuñante supervisión de Susan Calvin.
Las brillantes
capacidades de Madarian eran perfectamente evidentes, y Susan Calvin le había
ascendido calladamente por encima de otros hombres mayores que él. Ella se
habría negado a justificar en cualquier caso este proceder ante el director de
investigación, Peter Bogert, pero lo cierto es que no fueron precisas razones.
O, más bien, éstas eran obvias.
Madarian era la
absoluta antítesis de la famosa doctora Calvin en varios aspectos muy notorios.
En realidad no era tan obeso como le hacía parecer su destacado doble mentón,
pero aun así tenía una figura que imponía respeto, en tanto que Susan pasaba
prácticamente desapercibida. Ante el grueso rostro de Madarian, su mata de
relucientes cabellos castaño rojizos, su piel tosca y su voz atronadora, su
risa sonora y, en especial, su irreprimible confianza en sí mismo y la
vehemencia con que anunciaba sus éxitos, las demás personas que había en la
habitación tuvieron la sensación de que el espacio era insuficiente para todos.
Cuando Susan Calvin se
retiró por fin (negándose de antemano a cooperar en ningún sentido con
cualquier cena testimonial que pudiera organizarse en su honor, en términos tan
contundentes que su jubilación ni siquiera se comunicó a las agencias de
noticias), Madarian la sustituyó.
Llevaba exactamente un
día en el cargo cuando puso en marcha el proyecto JN.
Éste exigió la mayor
dedicación de fondos jamás concedida por Norteamericana de Robots a un proyecto
concreto, pero Madarian despachó ese detalle con un genial movimiento desdeñoso
de la mano.
—Vale cada uno de esos
centavos, Peter —dijo—. Y confío que así sabrás hacérselo entender al Consejo
de Dirección.
—Dame alguna razón
—dijo Bogert, preguntándose si Madarian accedería a hacerlo. Susan Calvin jamás
había dado razones para nada.
—Desde luego —dijo, sin
embargo, Madarian, y se instaló confortablemente en el gran sillón del despacho
del director.
Bogert se lo quedó
mirando con expresión casi temerosa. Sus propios cabellos, negros en otro
tiempo, se habían vuelto ya casi blancos y tardaría menos de diez años en
seguir a Susan por el camino de la jubilación. Ése sería el fin del equipo
inicial que había convertido a Norteamericana de Robots en una empresa de
alcance mundial capaz de rivalizar con los gobiernos nacionales en cuanto a
importancia y complejidad. De algún modo, ni él ni sus antecesores habían
llegado a hacerse verdadero cargo de la enorme expansión de la empresa.
Pero ahora estaba ante
una nueva generación. Los nuevos hombres se sentían a sus anchas con el Coloso.
Carecían de ese toque de admiración que a ellos les hacía caminar de puntillas
como si no acabaran de creérselo. Y por eso avanzaban con arrojo, lo cual era
bueno.
—Me propongo iniciar la
construcción de robots sin restricciones —dijo Madarian.
—¿Sin las tres leyes?
Sin duda...
—No, Peter. ¿Sólo se te
ocurren esas restricciones? ¡Qué diablos!, tú colaboraste en el diseño de los
primeros cerebros positrónicos. ¿Tendré que ser yo quien te diga que,
prescindiendo ya de las tres leyes, no existe un solo circuito de esos cerebros
que no esté cuidadosamente diseñado y prefijado? Tenemos robots programados
para tareas específicas, dotados de capacidades específicas...
—Y te propones...
—Dejar abiertos los
circuitos a todos los niveles, excepto por lo que respecta a las tres leyes. No
es difícil.
—No es difícil, desde
luego —dijo secamente Bogert—. Las cosas inútiles nunca son difíciles. Lo
difícil es fijar los circuitos y conseguir que el robot sea de alguna utilidad.
—Pero, ¿por qué es
difícil hacer eso? Fijar los circuitos es un proceso muy trabajoso a causa de
la importancia que tiene el principio de incertidumbre en las partículas de la
masa de positrones y de la necesidad de minimizar el efecto de incertidumbre. Pero,
¿por qué minimizarlo? Si disponemos las cosas de manera que el principio tenga
justo el peso suficiente para permitir que los circuitos se interconecten de
manera imprevisible...
—Tendremos un robot
imprevisible.
—Tendremos un robot
creativo —dijo Madarian, sin la menor señal de impaciencia—. Peter, si algo
tiene el cerebro humano que jamás ha tenido un cerebro robótico, es
precisamente ese residuo de imprevisibilidad derivado de los efectos de la
incertidumbre a nivel subatómico. Reconozco que jamás se ha demostrado
experimentalmente la presencia de este efecto en el sistema nervioso, pero sin
él, el cerebro humano no sería superior al cerebro robótico, en principio.
—Y crees que si logras
introducir ese efecto en el cerebro robótico, el cerebro humano no será
superior a aquél, en principio.
—Eso pienso,
exactamente —dijo Madarian.
Y continuaron charlando
un largo rato a partir de allí.
Era evidente que el
Consejo de Dirección no tenía la menor intención de dejarse convencer
fácilmente.
Scott Robertson, el
principal accionista de la compañía, dijo:
—Ya es bastante difícil
controlar la industria de los robots tal como están las cosas, con la
hostilidad del público hacia los robots siempre a punto de estallar. Si el
público imagina que los robots estarán incontrolados... Oh, no me vengan ahora
con las tres leyes. El hombre medio no creerá que las tres leyes puedan
protegerlo una vez haya oído mencionar tan sólo la palabra «incontrolado».
—Pues, no la usen —dijo
Madarian—. Pueden decir que el robot es... «intuitivo».
—Un robot intuitivo
—musitó alguien—. ¿Un robot mujer?
Una sonrisa se extendió
por toda la mesa de juntas. Madarian aprovechó esa ocasión.
—Muy bien. Un robot
mujer. Nuestros robots son asexuados, evidentemente, y también lo será éste,
pero siempre los tratamos como si fueran varones. Les ponemos nombres de hombre
y nos referimos a ellos en masculino. Éste en concreto, desde el punto de vista
de la naturaleza de la estructura matemática del cerebro que he propuesto,
entraría dentro del sistema de coordinación JN. El primer robot sería el JN-1,
y había dado por sentado que se llamaría John-1... Me temo que ése es el nivel
de originalidad al que se mueve el roboticista medio. Pero, ¿por qué no
llamarlo Jane-1, qué demonios? Si es imprescindible que el público sepa lo que
estamos haciendo, pues diremos que estamos construyendo un robot femenino, con
intuición:
Robertson meneó la
cabeza:
—¿Y qué cambia con eso?
Estás diciendo que te propones suprimir la última barrera que, en principio,
mantiene el cerebro robótico a un nivel inferior al del cerebro humano. ¿Cómo
supones que reaccionará el público cuando se entere?
—¿Acaso piensas dar
publicidad a ese hecho? —dijo Madarian. Reflexionó un poco y luego añadió—:
Mira. Si algo cree la opinión pública general es que las mujeres son menos
inteligentes que los hombres.
Una mirada inquieta se
reflejó por un instante en el rostro de algunos de los hombres sentados en
torno a la mesa y echaron un rápido vistazo a su alrededor como si Susan Calvin
todavía ocupara su lugar acostumbrado.
—Si anunciamos un robot
femenino —dijo Madarian—, ya podrá ser cualquier cosa. El público dará
automáticamente por sentado que es una retrasada mental. Sólo tenemos que
presentar al robot como Jane-1 y no nos será preciso añadir nada más. Estaremos
a salvo.
—En realidad —dijo
pausadamente Peter Bogert—, eso no es todo. Madarian y yo hemos repasado
cuidadosamente los cálculos matemáticos, y la serie JN, llámese John o Jane,
sería perfectamente segura. Los robots serían menos complejos y poseerían menos
capacidades intelectuales, en un sentido ortodoxo, que muchas otras series que
hemos diseñado y construido. Sólo tendríamos el único factor adicional de...,
bueno, tendremos que irnos acostumbrando a llamarlo «intuición».
—¿Quién sabe qué hará
ese factor? —musitó Robertson.
—Madarian ha sugerido
una de las cosas que podría hacer. Como todos ustedes saben, en principio se ha
logrado desarrollar el salto espacial. Los hombres pueden alcanzar lo que, en
efecto, vienen a ser hipervelocidades superiores a la de la luz y visitar otros
sistemas estelares y regresar en un período de tiempo insignificante, en un
espacio de semanas como máximo.
—Eso no es ninguna
novedad —dijo Robertson—. Podría haberse logrado sin robots.
—Exactamente, y no nos
está sirviendo de nada porque no podemos usar el hiperreactor excepto tal vez
en una que otra exhibición ocasional para dar un poco de publicidad a
Norteamericana de Robots. El salto espacial es arriesgado, consume una terrible
cantidad de energía y, por tanto, resulta enormemente caro. Si pensamos usarlo
a pesar de todo, sería bonito poder comunicar la existencia de un planeta
habitable. Llámenle necesidad psicológica. Gasten unos veinte mil millones de
dólares en un solo salto espacial, para luego no obtener más que datos
científicos y el público querrá saber por qué se ha despilfarrado su dinero.
Comuniquen la existencia de un planeta habitable y se convertirán en un Colón
interestelar, y nadie se preocupará de averiguar cuánto ha costado.
—¿Y a qué viene esto?
—Pues se trata de que
vamos a encontrar un planeta habitable. O dicho de otro modo: averiguaremos qué
estrella al alcance del salto espacial en su presente fase de desarrollo, cuál
de las trescientas mil estrellas y sistemas estelares situados en el radio de
trescientos años luz tiene mayores probabilidades de contar con un planeta
habitable. Disponemos de una enorme cantidad de detalles sobre cada una de las
estrellas situadas en un radio de trescientos años luz y datos para suponer que
cada una de ellas cuenta con un sistema planetario. Pero, ¿cuál posee un
planeta habitable? ¿Cuál debemos visitar?... Lo ignoramos.
—¿En qué podría sernos
útil ese robot Jane? —quiso saber uno de los directores.
Madarian estuvo a punto
de responderle, pero luego le hizo una leve señal a Bogert y éste comprendió.
La opinión del director de investigación tendría más peso. A Bogert le gustaba
especialmente la idea; si la serie JN resultaba un fracaso, su relación con la
misma sería bastante notoria como para que los dedos pegajosos de las
acusaciones se adhirieran a él. Pero, por otra parte, no le faltaba mucho para
jubilarse, y si el proyecto salía bien, se retiraría en medio de un resplandor
de gloria. Tal vez sólo se debiese a la confianza que irradiaba Madarian, pero
Bogert había llegado a convencerse sinceramente de que la cosa saldría bien.
—Es posible —dijo— que
en algún lugar de las bibliotecas de datos que hemos reunido sobre esas
estrellas, se oculten los métodos para calcular las probabilidades de que
existan planetas habitables semejantes a la Tierra. Sólo nos falta interpretar
adecuadamente los datos, considerarlos bajo el apropiado punto de vista
creativo, establecer las correlaciones exactas. Aún no lo hemos logrado. O si
algún astrónomo lo ha conseguido, no ha tenido la perspicacia suficiente para
comprender lo que tenía entre manos.
»Un robot de tipo JN
podría establecer las correlaciones con mucha mayor rapidez y exactitud que un
hombre. Sería capaz de establecer y rechazar en un solo día tantas
correlaciones como un hombre en diez años. Además, trabajaría realmente al
azar, en tanto que un hombre tendría fuertes prejuicios basados en concepciones
previas y en lo que ya se da por sentado.
A estas palabras siguió
un considerable silencio, que fue roto finalmente por Robertson.
—Pero es sólo cuestión
de probabilidad, ¿no es así? Supongan que el robot dijese: «La estrella con
mayores probabilidades de contar con un planeta habitable en un radio de tantos
y tantos años luz es Squidgee-17», o lo que sea, y nos trasladamos allí y descubrimos
que una probabilidad es sólo una probabilidad y que a fin de cuentas allí no
había ningún planeta habitable. ¿Cuál sería entonces nuestra situación?
En aquel momento
intervino Madarian.
—Aun así saldríamos
ganando. Sabríamos cómo llegó el robot a esa conclusión, pues él, ella, nos lo
diría. Es posible que ello nos permitiera profundizar enormemente en algunos
detalles astronómicos y sacar un provecho de todo el asunto, aun cuando ni siquiera
llegásemos a efectuar el salto espacial. Por otro lado, entonces podríamos
calcular la localización de los cinco planetas más probables, y la probabilidad
de que en uno de los cinco sistemas hubiese un planeta habitable sería superior
a 0,95. Sería prácticamente seguro...
Y continuaron charlando
un largo rato a partir de allí.
Los fondos concedidos
eran bastante insuficientes, pero Madarian ya contaba con la costumbre de
gastar buenos dineros una vez entregados los malos. Ante el riesgo de perder
irremisiblemente doscientos millones cuando con otros cien millones podrían
salvarse, no cabía duda de que se aprobaría la concesión de los cien millones
adicionales.
Finalmente, Jane-1
estuvo construida y fue presentada en sociedad. Peter Bogert lo -la- examinó
gravemente.
—¿Por qué esa cintura
estrecha? —dijo—. Sin duda ello introduce una debilidad mecánica.
Madarian rió entre
dientes.
—Oye una cosa, si vamos
a llamarla Jane, no tiene sentido darle el aspecto de un Tarzán.
Bogert meneó la cabeza.
—No me gusta. Pronto la
hincharás más arriba para producir el efecto de unos senos, y sería una idea
nefasta. Puedo decirte exactamente qué tipo de ideas perversas se les ocurrirán
a las mujeres si comienzan a pensar que los robots pueden parecerse a ellas, y
tendrás que enfrentarte con una verdadera hostilidad por su parte.
—Es posible que en eso
tengas razón —dijo Madarian—. Ninguna mujer quiere sentirse sustituible por
algo sin ninguno de sus defectos. De acuerdo.
Jane-2 no tenía la
cintura estilizada. Era un robot sombrío que raras veces se movía, y hablaba
aun con menos frecuencia.
Durante su
construcción, Madarian sólo había corrido muy de tarde en tarde al despacho de
Bogert con alguna noticia, señal segura de que las cosas no iban muy bien. La
efervescencia de Madarian en momentos de éxito resultaba arrolladora. No habría
vacilado en invadir el dormitorio de Bogert a las tres de la madrugada con una
noticia de última hora, incapaz de esperar a comunicársela por la mañana. De
eso Bogert estaba seguro.
Ahora Madarian parecía
deprimido, su habitual discurso florido se había apagado casi por completo, sus
mejillas rollizas estaban como hundidas.
—No quiere hablar —dijo
Bogert, con la sensación de dar en el clavo.
—Oh, hablar, sí habla.
—Madarian se sentó pesadamente y comenzó a mordisquearse el labio inferior—. Al
menos de vez en cuando —dijo.
Bogert se levantó y dio
una vuelta alrededor del robot.
—Y cuando habla, lo que
dice no tiene sentido, supongo. Bueno, pues si no habla, no es mujer, ¿no
crees?
Madarian intentó
esbozar una débil sonrisa y luego renunció a ello.
—El cerebro, aislado,
funcionaba.
—Lo sé —dijo Bogert.
—Pero una vez ese
cerebro estuvo al frente del aparato físico del robot sufrió necesariamente una
modificación, como es lógico.
—Desde luego —convino
Bogert, sin saber qué decir.
—Pero ha sido una
modificación imprevisible y frustrante. El problema es que cuando se opera con
un cálculo de incertidumbre de n dimensiones, las cosas son...
—¿Inciertas? —dijo
Bogert. Estaba sorprendido ante su propia reacción. La inversión de la compañía
ya había alcanzado dimensiones considerables y habían transcurrido casi dos
años; sin embargo, los resultados, para decirlo amablemente, eran decepcionantes.
Con todo, allí estaba azuzando a Madarian y divirtiéndose con todo el asunto.
Casi furtivamente,
Bogert se preguntó si la ausente Susan Calvin no le estaría azuzando a él.
Madarian era de una efervescencia y efusividad muy superiores a las que jamás
hubiera podido llegar a manifestar Susan cuando las cosas iban bien. También
era muchísimo más vulnerable en los momentos bajos, cuando las cosas no
marchaban bien. Susan, en cambio, no flaqueaba precisamente en las situaciones
difíciles. Madarian constituía un blanco casi perfecto como compensación por el
blanco que nunca se había permitido ofrecer Susan.
Madarian no reaccionó
ante el último comentario de Bogert, como tampoco habría reaccionado Susan
Calvin; pero, no por desprecio, que habría sido la reacción de Susan, sino
porque no lo oyó.
—El problema está en la
identificación —dijo intentando explicarse—. Jane-2 está estableciendo
magníficas correlaciones. Es capaz de hacer correlaciones sobre cualquier tema,
pero una vez hecho esto, no sabe distinguir un resultado valioso de otro inservible.
Averiguar la manera de programar un robot para que identifique una correlación
significativa, cuando se ignora qué correlaciones establecerá, no es problema
sencillo.
—Imagino que ya habrás
pensado en la posibilidad de reducir el potencial de la conexión de diodos W-21
y hacer saltar la chispa entre los...
—No, no, no, no... —La
voz de Madarian se desvaneció en un susurrante disminuendo—. No podemos hacer
que vaya soltándolo todo. Se trata de lograr que identifique la correlación
crucial y saque la correspondiente conclusión. Una vez conseguido esto, un robot
Jane lograría intuitivamente una respuesta, ¿comprendes? Algo que nosotros no
conseguiríamos excepto por un rarísimo golpe de suerte.
Tengo la impresión
—dijo secamente Bogert— de que si tuvieras un robot así le harías hacer
rutinariamente lo que, entre los humanos, sólo es capaz de lograr algún que
otro ser genial.
Madarian asintió
vigorosamente.
Exactamente, Peter. Ya
lo habría dicho antes sí no hubiera temido asustar a los ejecutivos. Por favor,
no lo repitas en la reunión.
—¿De verdad quieres un
robot genio?
—¿Qué importancia
tienen las palabras? Estoy intentando conseguir un robot con la capacidad de
establecer correlaciones al azar a enormes velocidades y que posea a la vez un
elevado cociente de identificación de la significación clave. Y estoy
intentando traducir estas palabras a un campo positrónico de ecuaciones. Y la
verdad es que creía haberlo logrado, pero no es así. Aún no.
Miró a Jane-2 con ojos
de descontento y preguntó:
—¿Cuál es la mejor
significación que has logrado, Jane?
La cabeza de Jane-2
giró para mirar a Madarian, pero no emitió ni un solo sonido, y Madarian
suspiró resignado:
—Ha introducido la
pregunta en los bancos de correlación.
—No estoy segura —dijo
al fin Jane-2 sin entonación. Era el primer sonido que pronunciaba. Madarian
levantó la mirada.
—Está efectuando un
proceso equivalente a la formulación de ecuaciones con soluciones
indeterminadas.
—Lo suponía —dijo
Bogert—. Escúchame, Madarian, ¿puedes lograr algo a partir de aquí, o lo
abandonamos ahora y dejamos nuestras pérdidas en quinientos millones?
—Oh, lo conseguiré
—musitó Madarian.
Jane-3 no fue la
solución. Nunca llegó ni siquiera a estar activada y Madarian estaba hecho una
furia.
Fue un error humano.
Culpa suya, para ser totalmente exactos. Sin embargo, aunque Madarian sufrió
una completa humillación, los demás mantuvieron la calma. Quien jamás haya
cometido un error en las terriblemente complicadas matemáticas del cerebro
positrónico puede cumplimentar el primer escrito de rectificación.
Transcurrió casi un año
antes de que Jane-4 quedara terminada. Madarian volvía a rebosar de entusiasmo.
—Lo ha logrado
—anunció—. Posee un elevado cociente de identificación.
Su confianza en los
resultados era suficiente como para presentarla ante el Consejo de Dirección y
hacerla resolver problemas. No problemas matemáticos; cualquier robot era capaz
de hacerlo; sino problemas formulados en términos deliberadamente engañosos sin
llegar a ser inexactos.
—La verdad es que eso
no cuesta mucho —dijo luego Bogert.
—Claro que no. Es una
cosa elemental para Jane-4, pero algo tenía que mostrarles, ¿no?
—¿Sabes cuánto llevamos
gastado hasta el momento?
—Vamos, Peter, no me
vengas con esto ahora. ¿Sabes cuánto obtendremos a cambio? Estas cosas no caen
en saco roto, ya lo sabes. Por si te interesa, te diré que llevo más de tres
años sufriendo por este asunto, pero al fin he conseguido desarrollar nuevas técnicas
de cálculo que nos permitirán economizar más de cincuenta mil dólares con cada
nuevo tipo de cerebro positrónico que diseñemos de ahora en adelante. ¿De
acuerdo?
—Sí, pero...
—No me vengas con
peros. Así es. Y personalmente, tengo la sensación de que el cálculo de la
incertidumbre n-dimensional puede tener toda una serie de nuevas aplicaciones
si tenemos la inventiva necesaria para descubrirlas, y mis robots Jane las
descubrirán. Una vez logrado exactamente lo que busco, la nueva serie JN
quedará amortizada en el plazo de cinco años, aunque tripliquemos la inversión
realizada hasta ahora.
—¿Qué quieres decir con
eso de «exactamente lo que buscas»? ¿Qué le pasa a Jane-4?
—Nada. Es decir, no
gran cosa. Va por el buen camino, pero podría perfeccionarla, y me propongo
hacerlo. Cuando la diseñé creía saber hacia dónde iba. Ahora la he puesto a
prueba y ya sé hacia dónde voy. Tengo la intención de llegar hasta allí.
Jane-5 fue la
respuesta. Madarian tardó más de un año en construirla y esta vez no expresó
ninguna reserva; su confianza era absoluta.
Jane-5 era más baja que
el robot medio, y más delgada. Sin ser una caricatura de una mujer como había
sido Jane-1, lograba producir una impresión de feminidad aun sin poseer ni un
solo rasgo claramente femenino.
—Es su manera de
tenerse en pie —dijo Bogert. Sus brazos colgaban grácilmente y, por alguna
razón, el torso producía la impresión de curvarse ligeramente cuando el robot
se volvía.
—Escúchala... —dijo
Madarian—. ¿Cómo te sientes, Jane?
—Muy bien de salud,
gracias —dijo Jane-5, y su voz sonó exactamente igual como la de una mujer; un
dulce y casi inquietante contralto.
—¿Por qué has hecho
esto, Clinton? —dijo Peter, sorprendido y con el ceño un poco contraído.
—Es importante desde el
punto de vista psicológico —dijo Madarian—. Quiero que la gente la considere
una mujer; que la traten como a una mujer; que le expliquen las cosas.
—¿Qué gente?
Madarian se metió las
manos en los bolsillos y se quedó mirando a Bogert pensativo.
—Me gustaría que
organizaras las cosas para que Jane y yo viajemos a Flagstaff.
Bogert no pudo dejar de
advertir que Madarian no había dicho Jane-5. Esa vez había omitido el número.
Ésa era la Jane.
—¿A Flagstaff? ¿Por
qué? —preguntó indeciso.
—Porque ahí está el
centro mundial de planetología general, ¿no es así? Allí es donde estudian las
estrellas e intentan calcular las probabilidades de encontrar planetas
habitables, ¿no es cierto?
—Ya lo sé, pero está en
la Tierra. Ya, y desde luego no lo ignoro.
—Los desplazamientos de
los robots sobre la Tierra están estrictamente controlados. Y el viaje es
innecesario. Hazte raer una biblioteca de libros sobre planetología general
aquí y deja que Jane se empape con ellos.
¡No! Peter, quieres
meterte en la cabeza que Jane no un robot lógico corriente; es intuitiva.
—¿Y qué?
—¿Y cómo podemos saber
qué es lo que necesita, qué le puede ser útil, qué la inspirará? Podemos
emplear cualquier modelo metálico de la fábrica para leer libros; en ellos sólo
hay datos en conserva, y además atrasados. Jane tiene que disponer de información
viva; tiene que conocer los tonos de voz, debe poseer información lateral;
incluso debe saber cosas perfectamente irrelevantes. ¿Cómo demonios vamos a
saber qué o cuándo algo desencadenará un mecanismo en su interior y le
permitirá formar una pauta organizada? Si lo supiéramos, no la necesitaríamos
para nada, ¿no crees?
Bogert empezaba a
sentirse atosigado.
—Entonces haz venir
aquí a esos hombres, los planetologistas generales —dijo.
—Sería inútil traerles
aquí. Estarían fuera de su elemento. No reaccionarían con naturalidad. Quiero
que Jane pueda verles trabajar; quiero que vea sus instrumentos, sus despachos,
sus mesas de trabajo, que sepa todo lo que pueda sobre ellos. Quiero que organices
su traslado a Flagstaff. Y realmente no hay más que hablar.
Por un instante casi
había hablado como Susan. Bogert se estremeció y dijo:
—Será complicado
organizar algo así. Transportar un robot experimental...
—Jane no es
experimental. Es la quinta de la serie.
—Las otras cuatro no
eran modelos útiles, en realidad.
Madarian levantó las
manos con un gesto de impotente frustración.
—¿Y quién te obliga a
decirle eso al Gobierno?
—El Gobierno no me
preocupa. Es posible hacerle comprender que hay casos especiales. Lo que me
preocupa es la opinión pública. Hemos progresado mucho en cincuenta años y no
tengo intención de perder la mitad de lo ganado porque tú hayas perdido el
control de un...
—No perderé el control.
Tus comentarios son absurdos. ¡Mira! Norteamericana de Robots puede costear un
avión particular. Podemos aterrizar sin llamar la atención en el aeropuerto
comercial más próximo y perdernos entre cientos de aterrizajes parecidos. Podemos
hacer que nos espere un gran vehículo terrestre con un remolque acoplado para
transportarnos a Flagstaff. Jane será izada con una grúa y para todos será
obvio que estamos trasladando una pieza de equipo absolutamente no robótico con
destino a los laboratorios. Nadie se detendrá a mirarnos dos veces. Los hombres
de Flagstaff estarán informados y se les comunicará el motivo exacto de la
visita. Tendrán todas las razones del mundo para cooperar y evitar que haya
filtraciones. Bogert contemporizó:
—Lo arriesgado será el
transporte en el avión y el vehículo terrestre. Si algo le pasara a la grúa...
—No ocurrirá nada.
—La cosa podría pasar
si desactivásemos a Jane durante el transporte. Entonces, si alguien
descubriera que estaba allí dentro...
—No, Peter. No podemos
hacer eso. No con Jane—5. Mira, ha estado asociando libremente desde que fue
activada. Podemos congelar la información que posee mientras dure la
desactivación, pero de ningún modo podríamos hacer lo mismo con las libres
asociaciones que ha estado formando.
—Pero, en ese caso, si
por algún motivo llega a saberse que estamos transportando un robot activado...
—No se sabrá.
Madarian se mantuvo
firme y finalmente despegó el avión. Era un último modelo de Computo-jet
automático, pero llevaba un piloto humano -un empleado de Norteamericana de
Robots- como refuerzo. La caja donde iba Jane fue desembarcada sin problemas en
el aeropuerto, fue transferida al vehículo terrestre y llegó sin incidentes a
los Laboratorios de Investigación de Flagstaff.
Peter Bogert recibió la
primera llamada de Madarian apenas una hora después de su llegada a Flagstaff.
Madarian estaba embelesado y, como era propio de él, fue incapaz de esperar a
comunicar sus impresiones.
El mensaje llegó vía
rayos láser transmitidos por circuito cerrado, encubierto, desordenado y
normalmente impenetrable, pero Bogert estaba exasperado. Sabía que sería
posible descifrarlo si alguien con la suficiente capacidad tecnológica -el
Gobierno por ejemplo- así se lo proponía. La única verdadera garantía de
seguridad estaba en el hecho de que el Gobierno no tenía ningún motivo para
intentarlo. Al menos en eso confiaba Bogert.
—Por el amor de Dios,
¿tenías que llamar? —exclamó. Madarian le ignoró por completo.
—Ha sido una
inspiración —dijo—. Una verdadera genialidad, te lo digo yo.
Bogert se quedó un
instante con los ojos fijos en el auricular.
—No me digas que tienes
la respuesta. ¿Tan pronto? —gritó luego, incrédulo.
—¡No, no! Danos un poco
de tiempo, maldita sea. Quiero decir que el asunto de la voz ha sido una
inspiración. Fíjate bien, después del traslado desde el aeropuerto hasta el
edificio principal de Flagstaff, descargamos a Jane y ella salió de la caja.
Todos los hombres presentes dieron un paso atrás al verla. ¡Asustados! ¡Sin
saber qué hacer! Si ni siquiera los científicos son capaces de comprender las
leyes de la robótica, ¿qué podemos esperar del individuo medio sin ninguna
formación? Durante un minuto me dije: «Todo habrá sido inútil. No hablarán.
Sólo pensarán en encontrar alguna escapatoria rápida por si ella pierde el
juicio y serán incapaces de pensar en otra cosa».
—Bueno, entonces,
¿adonde quieres ir a parar?
—Pues entonces ella les
saludó de manera rutinaria: «Buenas tardes, caballeros. Encantada de
conocerles», dijo. Y lo pronunció en hermoso contralto... Y la cosa ya estuvo
hecha. Un hombre se arregló la corbata y otro se pasó los dedos por los
cabellos. Lo que de verdad me sorprendió fue ver al tipo más viejo del lugar
parándose realmente a comprobar si llevaba abrochada la bragueta. Ahora todos
van locos tras ella. Ha bastado la voz para lograrlo. Ella ya no es un robot;
es una chica.
—¿Quieres decir que
están hablando con ella?
—¡Qué si están hablando
con ella! Ya lo creo. Debería haberle programado entonaciones sensuales. De
haberlo hecho ahora estarían intentando citarse a solas con ella. Hablando de
reflejos condicionados, fíjate bien, los hombres responden a las voces. En los
momentos más íntimos, ¿miran acaso? Lo importante es la voz que se oye...
—Sí, Clinton, me parece
recordar. ¿Dónde está ahora Jane?
Con ellos. No quieren
soltarla ni un momento.
—¡Maldita sea! Vete con
ella. No la pierdas de vista, hombre.
Las llamadas de
Madarian, durante su estancia de diez días en Flagstaff, se hicieron después
menos frecuentes, y su entusiasmo fue decreciendo progresivamente.
Jane escuchaba
atentamente, informó y de vez en cuando respondía. Seguía siendo popular. Se le
permitía entrar en todas partes. Pero no se obtenían resultados visibles.
—¿Nada en absoluto? —preguntó
Bogert. Madarian se puso en el acto a la defensiva.
—No puede decirse que
nada en absoluto. Es imposible decir eso en el caso de un robot intuitivo. No
sabemos qué puede estar ocurriendo en su interior. Esta mañana le ha preguntado
a Jensen lo que había desayunado.
—¿Rossiter Jensen, el
astrofísico?
—Claro, naturalmente.
Luego ha resultado que esta mañana no había desayunado. Bueno, una taza de
café.
—Conque Jane está
aprendiendo a tener charlas intrascendentes. Eso difícilmente puede compensar
el gasto...
—Oh, no seas cabezota.
Nada es charla intrascendente para Jane. Lo ha preguntado porque le interesaba
para algún tipo de correlación cruzada que estaba formulando en su mente.
—¿Qué puede...?
—¿Cómo voy a saberlo?
Si lo supiera, yo mismo sería Jane y no la necesitaríamos a ella. Pero tiene
que significar algo. Jane lleva programada una alta motivación para obtener una
respuesta al problema de localizar un planeta de habitabilidad y distancia óptimas
y...
—Comunícate conmigo
cuando lo haya logrado y no antes. Realmente no necesito recibir una
descripción paso a paso de las posibles correlaciones.
La verdad es que no
esperaba que le notificaran el éxito e la misión. Con los días, fue apagándose
el entusiasmo de Bogert, de modo que cuando por fin recibió la noticia, no
estaba preparado. Y la recibió al final de todo.
—Esa última ocasión,
cuando llegó el mensaje apoteósico de Madarian, éste le habló casi en un
susurro. La exaltación había descrito un círculo completo y Madarian había
caído en una reverente parsimonia.
—Lo ha logrado —dijo—.
Lo ha logrado. Y lo ha conseguido cuando yo ya estaba a punto de darme por
vencido. Después de haber recibido toda la información disponible y casi toda
ella por duplicado o triplicado, sin decir jamás una palabra que pareciera sugerir
algo... Ahora estoy en el avión, de regreso. Acabamos de despegar.
Bogert consiguió
recuperar el aliento.
—No juegues conmigo,
amigo. ¿Tienes la respuesta? Si es así, dímelo, sin rodeos.
—Ella tiene la
respuesta. Me ha dado la respuesta. Me ha dado los nombres de tres estrellas
situadas en un radio de ochenta años luz con entre un sesenta y un noventa por
ciento de probabilidades, dice ella, de poseer un planeta habitable cada una.
Al menos en un caso, la probabilidad es de 0,972. Es prácticamente seguro. Y
esto es sólo el principio. Una vez de regreso, podrá exponernos la línea exacta
de razonamiento que le ha permitido llegar a esta conclusión, y puedo vaticinar
que toda la ciencia de la astrofísica y la cosmología quedarán...
—¿Estás seguro...?
—¿Crees que sufro
alucinaciones? Tengo un testigo. El pobre tipo ha saltado más de medio metro en
el aire cuando Jane ha comenzado a desgranar súbitamente la respuesta en su
magnífica voz...
Y entonces se produjo
el impacto del meteorito, y la consiguiente y completa destrucción del aparato
dejó a Madarian y al piloto reducidos a trocitos de carne sanguinolenta y fue
imposible recuperar ningún resto aprovechable de Jane.
En Norteamericana de
Robots no se había visto nunca un desaliento tan profundo. Robertson intentó
consolarse pensando que la misma integridad de la destrucción había encubierto
totalmente las ilegalidades en que había incurrido la empresa.
Peter movía tristemente
la cabeza y se lamentaba:
—Hemos perdido la mejor
oportunidad que jamás ha tenido Norteamericana de Robots de lograr una imagen
pública intachable; una oportunidad de superar el condenado complejo de
Frankenstein. Habría sido un gran paso para los robots que uno de ellos
obtuviese la solución del problema del planeta habitable, después de que otros
robots ya habían contribuido a descubrir el salto espacial. Los robots nos
habrían abierto la galaxia. Y si al mismo tiempo hubiéramos podido hacer
avanzar los conocimientos científicos en una docena de direcciones distintas,
como sin duda habríamos hecho... Oh, Cielos, es imposible calcular los
beneficios que ello hubiera reportado a la especie humana, y a nosotros,
naturalmente.
—Podríamos construir
otras Janes, ¿no? —dijo Robertson—. ¿Aun sin Madarian?
—Desde luego que sí.
Pero ¿podemos contar con que vuelva a establecerse la correlación adecuada otra
vez? ¿Quién sabe cuan baja era la probabilidad de ese resultado final? ¿Y si a
Madarian le hubiera favorecido por una vez la suerte de los principiantes seguida
luego de una mala suerte aun más fantástica? Que un meteorito haya hecho
blanco... Es simplemente increíble...
—Pudo ser...
intencionado —dijo Robertson en un vacilante susurro—. Quiero decir, si no
debíamos de saberlo, y si el meteorito fue un dictamen de...
Enmudeció bajo la
mirada inquisitiva de Bogert.
—No habrá sido una
pérdida total, espero —dijo Bogert—. Sin duda otras Janes podrán sernos útiles
en algún sentido. Y podemos dotar a otros robots de voces femeninas, si eso
puede contribuir a favorecer su aceptación por parte del público, aunque me
pregunto qué dirán las mujeres. ¡Si sólo supiéramos qué dijo Jane-5!
—En su última llamada,
Madarian dijo que había un testigo.
—Lo sé —dijo Bogert—.
He estado reflexionando sobre ello. ¿Creen que no me he puesto en contacto con
Flagstaff? Nadie en todo el lugar le oyó decir nada fuera de lo corriente a
Jane, nada que sonase como una respuesta al problema del Planeta habitable, y
desde luego cualquiera de ellos habría identificado la respuesta, caso de
producirse..., o al menos había reconocido que podía ser una respuesta. ¿Creen
que Madarian puede haber mentido? ¿O que se nacía vuelto loco? Tal vez
intentaba cubrirse las espaldas... ¿Quiere decir que tal vez estuviera
intentando salvar su reputación, fingiendo que tenía la respuesta, para luego
manipular a Jane impidiéndole hablar y entonces poder decir: «Oh, lo siento,
debió de ser algo accidental. ¡Oh, maldita sea!»? No puedo aceptarlo ni por un
instante. Puestos en ese plan, podríamos suponer que también organizó la caída
del meteorito.
—¿Qué podemos hacer,
pues?
—Concentrarnos otra vez
en Flagstaff —dijo Bogert abatido—. La respuesta tiene que estar allí. Tengo
que profundizar más, eso es todo. Me iré allí y charlaré con un par de personas
del departamento de Madarian. Tenemos que registrar ese lugar de arriba abajo y
de uno a otro extremo.
—Pero, aun cuando
hubiera un testigo y éste lo hubiese oído todo, ¿de qué nos serviría, si ya no
tenemos a Jane para que nos explique el proceso?
—Cualquier pequeña
información puede ser útil. Jane citó los nombres de las estrellas;
probablemente según los números del catálogo, pues ninguna de las estrellas
bautizadas tiene la menor probabilidad. Si alguien es capaz de recordar
habérselo oído decir y también recuerda incluso el número del catálogo, o si lo
oyó con la claridad suficiente para poder recuperarlo a través de una
psicoprueba si falla el recuerdo consciente, en tal caso ya tendríamos algo.
Con los resultados obtenidos al final, y los datos que se proporcionaron a Jane
al principio, tal vez pudiéramos reconstruir la línea de razonamiento; tal vez
lográsemos recuperar la intuición. Si lo consiguiésemos, la partida estaría
salvada...
Bogert regresó al cabo
de tres días, callado y totalmente deprimido. Cuando Robertson le preguntó
ansioso si había conseguido algo, movió negativamente la cabeza.
—¡Nada!
—¿Nada?
—Absolutamente nada. He
hablado con todos los hombres de Flagstaff, con todos los científicos,
técnicos, estudiantes que tuvieron algún contacto con Jane; todos los que al
menos la habían visto. No eran demasiados; debo reconocer que Madarian fue
discreto en ese aspecto. Sólo dejó que la vieran quienes podían proporcionarle
algún conocimiento planetológico. En conjunto, treinta y tres hombres habían
visto a Jane y sólo doce de ellos habían hablado con ella a un nivel no
estrictamente casual.
»Les he hecho repasar
una y otra vez todo lo que dijo Jane. Lo recordaban todo muy bien. Son hombres
de agudo ingenio que participaban en un experimento crucial relacionado con su
especialidad, de modo que tenían todas las motivaciones para recordar. Y se
encontraban ante un robot parlante, algo sorprendente de por sí, el cual además
hablaba como una actriz de la televisión. Era imposible que lo olvidaran.
—Tal vez una
psicoprueba... —sugirió Robertson.
—Si alguno de ellos
tuviera la más remota idea de que algo había sucedido, lograría sonsacarle su
consentimiento para realizar la prueba. Pero no tenemos la menor excusa y no
podemos poner a prueba a dos docenas de hombres que se ganan la vida con su cerebro.
Sinceramente, no cuente con mi colaboración para eso. Si Jane hubiera
mencionado tres estrellas y hubiera dicho que poseían planetas habitables, su
cerebro habría echado chispas, como tocado por un fuego de artificio. ¿Cómo
podría haberlo olvidado ninguno de ellos?
—Entonces, tal vez
alguno mienta —dijo Robertson sombrío—. Desea conservar la información para su
propio uso, para reivindicar más adelante toda la fama.
—¿Y de qué le serviría?
—dijo Bogert—. Para empezar, todos los demás especialistas saben exactamente
para qué estaban allí Madarian y Jane. Y en segundo lugar, también conocen el
motivo de mi visita. Si en cualquier momento futuro, alguno de los hombres que
ahora trabajan en Flagstaff se descuelga de pronto con una teoría de un planeta
habitable sorprendentemente nueva y distinta, pero válida, todos los demás
hombres presentes en Flagstaff y todo el personal de Norteamericana de Robots
sabrán en el acto que la teoría es robada. Jamás lograría hacerla pasar por
suya.
—Entonces, el mismo
Madarian se engañó por algún motivo.
—Tampoco veo la forma
para poder creer eso. Madarian tenía una personalidad irritante..., todos los
robosicólogos tienen personalidades irritantes, creo; ésa debe de ser la razón
que trabajen con robots y no con seres humanos. Pero no era tonto. No pudo equivocarse
en algo así.
—Entonces...
Pero Robertson había
agotado las posibles conjeturas. Habían topado con una pared en blanco y todos
se quedaron mirándose desconsolados durante algunos minutos. Finalmente
Robertson volvió a cobrar vida.
—Peter...
—¿Sí?
—Consultémoslo a Susan.
Bogert se puso rígido.
—¿Cómo?
—Que se lo consultemos
a Susan. Llamémosla y pidámosle que venga.
—¿Para qué? ¿Qué puede
hacer en realidad?
—No lo sé. Pero también
es robosicóloga, y tal vez comprenda a Madarian mejor que todos nosotros.
Además, ella... Oh, qué demonios, siempre tuvo más seso que cualquiera de
nosotros.
—Tiene casi ochenta
años.
—Y tú tienes setenta.
¿Qué hay con eso? Bogert suspiró. ¿Habría perdido su lengua corrosiva algo de
su aspereza en esos años de retiro?
—Bueno, se lo pediré
—dijo.
Susan Calvin entró en
el despacho de Bogert y lanzó una lenta ojeada a su alrededor antes de fijar la
mirada en el director de investigación. Había envejecido mucho desde su
jubilación. Tenía los cabellos de un tenue color blanco y la cara toda
arrugada. Estaba tan delgada que casi parecía transparente, y sólo sus ojos,
penetrantes e inflexibles, recordaban aún a la mujer de antaño.
Bogert se adelantó con
gesto cordial y le alargó la mano.
—¡Susan!
Susan Calvin la cogió
entre las suyas.
—Tienes bastante buen
aspecto, Peter, para ser un anciano —dijo—. En tu lugar, yo no esperaría al año
que viene. Retírate ahora y da paso a los jóvenes... Y Madarian ha muerto. ¿Me
has llamado para pedirme que vuelva a ocupar mi antiguo puesto? ¿Estás decidido
a conservar las antiguallas hasta pasado un año de su verdadera muerte física?
—No, no, Susan. Te he
llamado... —Se interrumpió. A fin dé cuentas, no tenía ni idea de por dónde
empezar.
Pero Susan leyó sus
pensamientos con la misma facilidad de siempre. Se sentó con una cautela
inspirada por unas articulaciones rígidas y dijo:
Peter, me has llamado
porque estás en un gran apuro. De lo contrario, hubieras preferido verme muerta
que a menos de una milla de ti.
—Vamos, Susan...
—No pierdas el tiempo
con trivialidades. Nunca tuve tiempo que perder cuando contaba cuarenta años y
desde luego tampoco puedo perderlo ahora. La muerte de Madarian y el hecho de
que me hayas llamado son dos acontecimientos fuera de lo corriente, de modo que
debe de haber alguna relación entre ellos. Dos acontecimientos poco usuales sin
una relación representan un suceso con una probabilidad demasiado baja para
merecer que se le preste atención. Empieza desde el principio y no te preocupes
aunque quedes como un estúpido. Hace tiempo que descubrí que lo eras.
Bogert carraspeó
tristemente y comenzó a hablar. Susan le escuchó con atención, levantando de
vez en cuando la arrugada mano para interrumpirle y hacerle alguna pregunta.
Llegados a cierto punto
soltó un bufido.
—¿Intuición femenina?
¿Para eso queríais el robot? Vaya con los hombres. Topáis con una mujer que ha
llegado a una conclusión correcta y sois incapaces de reconocer que posee una
inteligencia igual o superior a la vuestra, conque vais e inventáis algo llamado
intuición femenina.
—Oh, sí, Susan, pero
déjame continuar...
Continuó. Al oír que
Jane tenía voz de contralto, Susan dijo:
—A veces resulta
difícil decidir si merece la pena indignarse contra el sexo masculino o si más
vale prescindir por completo de él por excesivamente despreciable.
—Bueno, déjame
continuar... —dijo Bogert. Cuando hubo terminado, Susan dijo:
—¿Me concedes el
derecho a utilizar privadamente este despacho durante un par de horas?
—Sí, pero...
—Quiero examinar los
distintos documentos: el programa de Jane, las llamadas de Madarian, las
entrevistas que tuviste en Flagstaff —dijo ella—. Supongo que podré usar este
precioso teléfono de rayos láser de nuevo diseño y tu terminal de la
computadora si quiero.
—Claro, naturalmente.
—Bien, entonces, largo
de aquí, Peter.
Aún no habían
transcurrido cuarenta y cinco minutos cuando Susan Calvin se acercó renqueando
a la puerta, la abrió y llamó a Bogert.
Cuando éste apareció,
venía acompañado de Robertson. Entraron juntos y Susan saludó a este último con
un «Hola, Scott», no demasiado entusiasta.
Bogert intentó
desesperadamente adivinar los resultados en la cara de Susan, pero sólo vio las
facciones de una ceñuda viejecita nada predispuesta a facilitarle las cosas.
—¿Crees que podrás
hacer algo, Susan? —preguntó con cautela.
—¿Más de lo que ya he
hecho? ¡No! No hay nada más que hacer.
Los labios de Bogert
esbozaron un mohín de disgusto; Robertson, en cambio, preguntó:
—¿Qué has hecho ya,
Susan?
—He estado pensando un
poco —respondió ella—. Algo que según parece nunca conseguiré que haga nadie
más. Para empezar, he estado pensando en Madarian. Le conocía, como ya sabéis.
Tenía cerebro pero era un extrovertido muy irritante. Creí que te gustaría como
sucesor mío, Peter.
—Fue un cambio —dijo
Peter, incapaz de guardarse el comentario.
—Y siempre corría a
comunicarte los resultados tan pronto los tenía, ¿verdad?
—Sí, eso hacía.
—Y, sin embargo —dijo
Susan—, recibiste su último mensaje, aquel en el cual te comunicaba que Jane le
había dado la respuesta, desde el avión. ¿Por qué esperaría tanto? ¿Por qué no
te llamó cuando todavía estaba en Flagstaff, inmediatamente después de que Jane
dijera lo que sea que dijo?
—Supongo que por una
vez deseó asegurarse bien —dijo Peter— y..., bueno, no lo sé. Era lo más
importante que jamás le había ocurrido; es posible que por una vez deseara
esperar e ir sobre seguro.
—Al contrario; cuanto
más importante fuese, menos habría esperado, te lo aseguro. Y si era capaz de
esperar, ¿por qué no acabar de hacer bien las cosas y aguardar hasta estar de
regreso en la Norteamericana de Robots donde podría contrastar los resultados
con todo el equipo de computadoras que esta empresa podía poner a su
disposición? En resumen, bajo un punto de vista esperó demasiado y bajo el otro
se precipitó.
—Entonces crees que
preparaba alguna jugada... —la interrumpió Robertson.
Susan le miró
indignada.
—Scott, no intentes
competir con Peter en cuanto a comentarios pueriles. Dejadme continuar...
Existe un segundo aspecto, que hace referencia al testigo. Según la grabación
de esa última llamada, Madarian dijo: «El pobre tipo ha saltado más de medio
metro en el aire cuando Jane ha comenzado a desgranar súbitamente la respuesta
en su magnífica voz». En realidad, eso fue lo último que dijo. Y lo que yo me
pregunto entonces es: ¿por qué saltó el testigo? Madarian había explicado que
todos los hombres estaban prendados de esa voz, y habían pasado diez días con
el robot, con Jane. ¿Por qué iba a sorprenderles el mero hecho de que ella
hablase?
—Supuse que había sido
por la sorpresa de oír en boca de Jane la respuesta a un problema que ha tenido
ocupados a los planetólogos durante casi un siglo —dijo Bogert.
—Pero ellos esperaban
esa respuesta desella. Para eso estaba allí. Además, es preciso tener en cuenta
los términos de la frase. La declaración de Madarian parece indicar que el
testigo quedó desconcertado, no sorprendido, si pueden distinguir el matiz. Más
aún, esa reacción se produjo cuando «súbitamente Jane comenzó», en otras
palabras, en el momento de iniciarse la declaración. Para sorprenderse por el
contenido de las palabras de Jane, el testigo tendría que haber escuchado un
rato a fin de poder asimilarlo. Madarian habría dicho que había saltado más de
medio metro después de oírle decir a Jane tal y tal cosa. Habría hablado de
«después» y no de «cuando», y no habría incluido la palabra «súbitamente».
No creo que puedas
matizar hasta el punto de considerar la utilización o no utilización de una
palabra —dijo Bogert incómodo.
—Puedo hacerlo —replicó
Susan con voz gélida—, pues soy robosicóloga. Y puedo suponer que Madarian
también lo hacía, porque él era robosicólogo. Conque tendremos que explicar
esas dos anomalías. El extraño retraso de la llamada de Madarian y la extraña reacción
del testigo.
—¿Tú puedes
explicarlas? —preguntó Robertson.
—Evidentemente —dijo
Susan—, pues suelo reflexionar con un poco de simple lógica. Madarian llamó
para comunicar la noticia sin la menor demora, como hacía siempre, o al menos
con tan poca tardanza como le fue posible. Si Jane hubiera resuelto el problema
en Flagstaff, sin duda habría llamado desde allí. Como llamó desde el avión, es
evidente que ella debió de resolver el problema cuando él ya había salido de
Flagstaff.
—Pero entonces...
—Dejadme terminar.
¿Madarian no fue transportado del aeropuerto a Flagstaff en un vehículo pesado
cerrado? ¿Y Jane no fue con él, en su caja?
—Sí.
—Y es de suponer que
Madarian y Jane en su caja regresaron de Flagstaff al aeropuerto en el mismo
vehículo pesado cerrado. ¿No es cierto?
—Sí, ¡naturalmente!
—Y tampoco iban solos
en ese vehículo. En una de sus llamadas, Madarian dijo: «Nos condujeron del
aeropuerto al edificio principal», y supongo que es correcto deducir que si les
condujeron, es que debía de haber un chofer, un conductor humano, en el vehículo.
—¡Cielo santo!
—Lo malo de ti, Peter,
es que cuando piensas en un testigo de una declaración planetológica, imaginas
que tuvo que ser un planetólogo. Divides a los seres humanos en categorías, y
menosprecias y desdeñas a la mayoría de ellos. Un robot no puede hacer eso. La
primera ley dice: «Ningún robot causará daño a un ser humano o permitirá, con
su inacción, que un ser humano sufra algún mal». Cualquier ser humano. Ésa es
la esencia de la concepción rebotica de la vida: Un robot no hace distinciones.
Para un robot, todos los hombres son verdaderamente iguales, y para un
robosicólogo que debe tratar forzosamente a los hombres a nivel robótico, todos
éstos son también verdaderamente iguales.
»A Madarian no le
hubiera pasado por la cabeza decir que un camionero había escuchado la
declaración. Para ti, un camionero no es un científico sino un simple apéndice
animal de un camión, pero para Madarian era un hombre, y un testigo. Ni más ni
menos.
Bogert meneó la cabeza,
incrédulo.
—Pero, ¿estás segura?
—Claro que estoy
segura. ¿Cómo explicarías si no el otro detalle; el comentario de Madarian
sobre el sobresalto del testigo? Jane iba embalada, ¿no? Pero no estaba
desactivada. Según los informes, Madarian siempre fue contrario a desactivar
jamás a un robot intuitivo. Además, Jane-5, como todas las Janes, era sumamente
poco comunicativa. Es muy probable que a Madarian no se le ocurriera en ningún
momento ordenarle que debía permanecer callada mientras estuviera en la caja; y
las ideas comenzaron a encajar finalmente dentro de la caja. Como es lógico,
ella empezó a hablar. Una hermosa voz de contralto sonó de pronto procedente
del interior de la caja. ¿Qué harías al ocurrir eso, si fueras conductor?
Seguro que tendrías un sobresalto. Es un milagro que no chocara.
—Pero si el testigo fue
el camionero, ¿por qué no se presentó...?
—¿Por qué? ¿Crees que
puede saber que había ocurrido algo crucial, que lo que oyó era importante?
Además, ¿no crees que Madarian debió de darle una buena propina pidiéndole que
no dijera nada? ¿Querías que corriera la noticia de que se había transportado
ilegalmente un robot activado sobre la superficie de la Tierra?
—Bueno, ¿será capaz de
recordar lo que oyó?
—¿Por qué no? Tal vez
tú pienses, Peter, que un camionero, situado un peldaño por encima del mono en
tu opinión, es incapaz de recordar. Pero los camioneros también tienen cerebro.
Las declaraciones fueron sumamente extraordinarias y es muy posible que el
conductor haya recordado algunas.
Aunque confunda algún
número o alguna letra, nos encontrados ante un conjunto finito, como sabéis,
las cinco mil quinientas estrellas o sistemas de estrellas, poco más o menos,
que están situadas en un radio de ochenta años luz, pues no he consultado la cifra
exacta. Es posible llegar a obtener los datos correctos. Y, en caso necesario,
tendréis todas las posibles excusas para recurrir a la sicoprueba...
Los dos hombres se la
quedaron mirando. Por fin, Bogert, sin atreverse a creerlo, susurró:
—Pero, ¿cómo puedes
estar tan segura?
Por un momento, Susan
estuvo a punto de decir: «Por que he llamado a Flagstaff, bobo, y porque he
hablado con el camionero, y porque él me ha dicho lo que oyó, y porque he
consultado el computador de Flagstaff y he obtenido los nombres de las tres
únicas estrellas que concuerdan con la información, y porque tengo esos nombres
en el bolsillo».
Pero no lo dijo.
Dejaría que hiciera él todas las averiguaciones por su cuenta. Susan se levantó
con gran cuidado.
—¿Que cómo puedo estar
tan segura? —dijo sardónica—. Digamos que es cosa de intuición femenina.
Dos clímax
Cada una de estas dos
historias es post Susan Calvin. Son los relatos largos más recientes que he
escrito acerca de robots, y en cada uno de ellos intento adoptar una óptica
generalizada y ver cuál puede ser el final definitivo de la robótica. Y con
ello llego a cerrar el círculo..., puesto que aunque me adhiero estrictamente a
las tres leyes, la primera historia, «Qué es el hombre», es claramente una
historia de Robots-como-amenaza, mientras que la segunda, «El hombre del
bicentenario», es incluso más claramente una historia de Robots-como-Pathos.
De todas las historias
de robots que he escrito, «El hombre del bicentenario» es mi favorita y, creo,
la mejor. De hecho, tengo la terrible sensación de que es probable que no me
importe pararme definitivamente aquí y no escribir nunca más ninguna otra historia
seria sobre robots. Pero, de nuevo ahí, eso es solamente posible. ¿Saben?, yo
nunca soy predecible.
Qué es el hombre
Las tres leyes de la
robótica:
Ningún robot causará
daño a un ser humano o permitirá, con su inacción, que un ser humano sufra
algún mal.
Todo robot obedecerá
las órdenes recibidas de los seres humanos, excepto cuando esas órdenes puedan
entrar en contradicción con la primera ley.
Todo robot debe
proteger su propia existencia, siempre y cuando esta protección no entre en
contradicción con la primera o la segunda ley.
1
Keith Harriman, que ya
llevaba doce años como Director de Investigación de Norteamericana de Robots y
Hombres Mecánicos, S. A., no se sentía nada seguro de que ése fuera el proceder
correcto. La punta de su lengua recorrió sus labios gruesos pero más bien
pálidos y tuvo la impresión de que el retrato hológrafo de la gran Susan
Calvin, que le miraba sin sonreír desde las alturas, nunca había tenido una
expresión tan sombría.
Normalmente solía
prescindir de ese retrato de la roboticista más destacada de la historia, pues
su presencia le irritaba. (Había intentado considerar el retrato como un mero
objeto pero nunca lo había logrado del todo.) En esta ocasión no acababa de atreverse
a hacerlo y la mirada de la mujer, desde hacía largo tiempo difunta, se le
clavaba en el lado de la cara.
El paso que tendría que
dar era terrible y humillante.
George Diez estaba
sentado frente a él, sereno e indiferente tanto al evidente malestar de
Harriman como a la imagen de la santa patrona de la robótica que resplandecía
desde lo alto de su pedestal.
—La verdad es que nunca
hemos tenido ocasión de hablar a fondo de esto, George —dijo Harriman—. No
llevas demasiado tiempo con nosotros y no se ha presentado una buena
oportunidad de estar a solas los dos. Pero ahora me gustaría discutir el asunto
con cierta profundidad.
—Estoy perfectamente
dispuesto a hacerlo —dijo George—. Durante el tiempo que llevo en
Norteamericana de Robots, he deducido que la crisis guarda alguna relación con
las tres leyes.
—Sí. Conoces las tres
leyes, naturalmente.
—Las conozco.
—Sí, no lo dudo. Pero
vamos a profundizar un poco más para considerar el problema verdaderamente
fundamental. En dos siglos de considerable éxito, si me está permitido decirlo,
Norteamericana de Robots no ha logrado jamás que los seres humanos aceptasen a
los robots. Sólo hemos utilizado robots para realizar tareas que no pueden
hacer los seres humanos, o en medios que los humanos consideran
inaceptablemente peligrosos. Los robots han trabajado, sobre todo, en el
espacio y ello ha limitado nuestras posibilidades de actuación.
—Ése es sin duda un
amplio campo —dijo George—, y Norteamericana de Robots puede prosperar dentro
de sus límites.
—No, por dos motivos.
En primer lugar, los límites dentro de los que nos movemos se contraen
inevitablemente. A medida que la colonia de la Luna se va perfeccionando, por
ejemplo, disminuye su demanda de robots y las expectativas son de que, en los
próximos años, se prohíba la presencia de robots en la Luna. Esto se irá
repitiendo en todos los mundos que colonice la humanidad. En segundo lugar, es
imposible una verdadera prosperidad sin robots sobre la Tierra. En
Norteamericana de Robots tenemos la firme convicción de que los seres humanos
necesitan a los robots y tienen que acostumbrarse a convivir con sus réplicas
mecánicas si se desea seguir manteniendo el progreso.
¿Y no lo hacen ya?
Señor Harriman, aquí en su escritorio tiene usted una terminal de una
computadora que, según tengo entendido, está conectada al Multivac de la
empresa. Una computadora es una especie de robot sésil; un cerebro de robot sin
cuerpo...
—Tienes razón, pero
también esto tiene sus limitaciones. Las computadoras que utiliza la humanidad
se han ido especializando continuamente a fin de eludir una inteligencia
demasiado parecida a la humana. Hace un siglo estábamos a punto de lograr una
inteligencia artificial de tipo sumamente ilimitado mediante el uso de grandes
computadoras que denominamos «Máquinas» Esas «Máquinas» limitaron su acción por
su propia iniciativa. Una vez resuelto el problema ecológico que había
amenazado a la humanidad, ellas mismas se desconectaron. La mera continuación
de su existencia, fue su razonamiento, habría hecho de ellas una especie de
muletas para la humanidad y, considerando que ello sería perjudicial para los
seres humanos, se condenaron a la extinción según los dictados de la primera
ley.
—¿Y no fue correcto
este proceder?
—En mi opinión, no. Con
su acción, reforzaron el complejo de Frankenstein de la humanidad; sus temores
irracionales de que cualquier hombre artificial creado por ellos acabaría
volviéndose contra su creador. Los hombres temen que los robots puedan sustituir
a los seres humanos.
—¿Y usted no lo teme
también?
—Estoy mejor informado.
Ello no será posible mientras existan las tres leyes de la rebotica. Los robots
pueden ser compañeros de la humanidad; pueden participar en la gran lucha por
comprender y dirigir sabiamente las leyes de la naturaleza y, reunidos, podrían
conseguir sin duda mucho más de lo que lograría la humanidad sola; pero siempre
de manera que los robots estuviesen al servicio de los seres humanos.
—Pero si las tres leyes
han demostrado ser capaces de mantener a raya a los robos durante doscientos
años, ¿a qué obedece la desconfianza que sienten los seres humanos hacia ellos?
—Verás... —y el pelo
canoso de Harriman se ahuecó y él empezó a rascarse vigorosamente la cabeza—,
en buena parte es cuestión de superstición, naturalmente. Por desgracia,
también hay algunos problemas de los que se aprovechan los agitadores
antirrobots.
—¿Referentes a las tres
leyes?
—Sí. En particular por
lo que respecta a la segunda ley. La tercera ley no plantea el menor problema,
¿comprendes? Es universal. Los robots deben sacrificarse siempre por los seres
humanos, todos los seres humanos.
—Evidentemente —dijo
George Diez.
—La primera ley tal vez
resulte menos satisfactoria, pues siempre es posible imaginar una situación en
la cual un robot deberá realizar o bien una acción A o bien otra acción B,
ambas mutuamente excluyentes, y cada una de las cuales sea perjudicial para algunos
seres humanos. En ese caso, el robot tendrá que decidir rápidamente qué acción
causará menos daño. No es fácil establecer los circuitos positrónicos del
cerebro del robot de manera que sea posible esa selección. Suponiendo que la
acción A dañara a un joven artista de talento y la acción B causara un daño
equivalente a cinco personas ancianas sin ningún mérito particular, ¿qué acción
debería escoger el robot?
—La acción A —dijo
George Diez—. El daño causado a una persona es inferior al daño causado a cinco
de ellas.
—Sí, los robots siempre
han estado diseñados para que tomaran esa opción. Siempre se ha considerado
poco práctico esperar que los robots pudieran juzgar detalles tales como el
talento, la inteligencia, la utilidad general para la sociedad. Ello retrasaría
la decisión hasta el punto de dejar prácticamente paralizado al robot. Conque
nos guiamos por el número. Por fortuna, es de esperar que sean escasos los
momentos críticos en que los robots deban tomar decisiones de este tipo... Pero
ello nos lleva a la segunda ley.
—¿La ley de la
obediencia?
—Sí. La necesidad de
obediencia es constante. Un robot puede existir durante veinte años sin verse
nunca en la necesidad de actuar rápidamente para evitar que un ser humano sufra
algún daño, ni verse obligado a correr el riesgo de su propia destrucción. Sin
embargo, durante todo ese tiempo, constantemente estará obedeciendo órdenes...
¿Quién dará esas órdenes?
—Un ser humano.
—¿Cualquier ser humano?
¿Cómo decidir quién es un ser humano y saber así si es preciso obedecerle o no?
¿Qué es el hombre que vos cuidáis de él, George?
George titubeó ante
esta pregunta.
—Es una cita bíblica
—se apresuró a aclarar Harriman—. Olvídalo. Lo que quiero decir es: ¿debe
obedecer un robot las órdenes de un niño; o de un idiota; o de un criminal; o
de un hombre inteligente y perfectamente decente pero que casualmente es
inexperto y, por tanto, ignora las consecuencias indeseables de su orden? Y si
dos seres humanos dan órdenes conflictivas a un robot, ¿cuál de esas órdenes
deberá obedecer aquél?
—¿No se han planteado y
se han resuelto ya estos problemas en estos doscientos años? —dijo George.
—No —respondió Harriman
con un violento movimiento de cabeza—. Nos ha frenado el propio hecho de que
nuestros robots sólo hayan sido utilizados en medios especializados del espacio
exterior, donde los hombres que trabajaban con ellos eran expertos en su materia.
No había niños, ni idiotas, ni criminales, ni ignorantes bienintencionados en
el lugar. Aun así, en algunas ocasiones se ha causado daño a resultas de
órdenes estúpidas o simplemente irreflexivas. Estos perjuicios causados en un
medio limitado y especializado eran fáciles de controlar. Pero en la tierra,
los robots tienen que poseer la capacidad de discernir. Eso afirman los que se
oponen a los robots, y tienen razón, qué diablos.
—Entonces será preciso
insertar la capacidad de discernir en el cerebro positrónico.
—Exactamente. Hemos
comenzado a reproducir modelos JG en los que el robot es capaz de distinguir a
cada ser humano según su sexo, su edad, su posición social y profesional, su
inteligencia, su madurez, su responsabilidad social, etc.
—¿Y cómo afectaría esto
a las tres leyes?
—La tercera ley no
variaría en absoluto. Hasta el más valioso de los robots debe autodestruirse
por el bien del más inútil de los seres humanos. Es algo que no admite
discusión. La primera ley sólo se ve afectada en caso de que cualquier acción
alternativa sea perjudicial. Entonces deberá considerarse la calidad, a más de
la cantidad, de los seres humanos afectados, suponiendo que haya tiempo para
hacer ese juicio y criterios para ello, lo cual no ocurrirá con frecuencia. La
que quedará más profundamente modificada será la segunda ley, pues cualquier
obediencia potencial deberá ir acompañada de un juicio previo. El robot tardará
más en obedecer, excepto cuando también se aplique la primera ley, pero
obedecerá más racionalmente.
—Pero los juicios que
se requieren son muy complicados.
—Mucho. La necesidad de
discernir esas cuestiones disminuyó la capacidad de reacción de nuestro primer
par de modelos hasta dejarlos paralizados. Logramos mejorar la situación en
modelos posteriores, a cambio de introducir tantos circuitos que el cerebro del
robot resultó voluminoso en exceso. Pero creo que por fin hemos logrado lo que
buscábamos en nuestro último par de modelos. El robot no tiene que ser capaz de
juzgar instantáneamente los méritos de un ser humano y el valor de sus órdenes.
Comienza por obedecer a todos los seres humanos, como un robot corriente, y
luego aprende. El robot crece, aprende y madura. Al principio es el equivalente
de un niño y debe estar sometido a constante vigilancia. Sin embargo, a medida
que va creciendo, puede permitírsele adentrarse en la sociedad de la Tierra con
un control cada vez menor. Finalmente, se convierte en un miembro de pleno
derecho de esa sociedad.
—Sin duda, ello anula
todas las objeciones de los que se oponen a los robots.
—No —dijo Harriman con
enfado—. Ahora sus objeciones son otras. No quieren aceptar ningún juicio de
valor. Según ellos, un robot no tiene derecho a decidir que tal o tal persona
es inferior. Si el robot acepta las órdenes de A con preferencia a las de B, B
queda calificado como una persona menos importante que A, lo cual atenta contra
sus derechos humanos.
—¿Cómo se resuelve
esto?
No hay solución. Yo me
rindo.
—Comprendo.
Por lo que a mí
respecta... Pero te la pido a ti, George.
¿A mí? —La voz de
George Diez no se alteró. En ella había una leve nota de sorpresa, pero nada
que le afectase exterior mente—. ¿Por qué a mí?
—Porque no eres un
hombre —dijo Harriman muy tenso—. Ya te he dicho que quiero que los robots
colaboren con los seres humanos. Y quiero que tú seas mi colaborador.
George Diez levantó las
manos y las separó, con las palmas levantadas, en un gesto curiosamente humano.
—¿Qué puedo hacer yo?
—Tal vez tú pienses que
no puedes hacer nada, George. No hace mucho que fuiste creado y todavía eres un
niño. Fuiste diseñado de forma que no estuvieras saturado de información
inicial -por esto he tenido que explicarte la situación de forma tan detallada-,
a fin de dejar espacio para el proceso de desarrollo. Pero tu cerebro se
desarrollará y serás capaz de abordar el problema desde un punto de vista no
humano. Ahí donde yo no encuentro solución, tal vez tú sepas hallar una, desde
tu propio punto de vista distinto.
—Mi cerebro ha sido
diseñado por el hombre —dijo George Diez—. ¿En qué sentido puedo ser no-humano?
—Eres el último modelo
JG, George. Tu cerebro es el más complicado que hemos diseñado hasta el
momento, en algunos aspectos más sutilmente complejo que los de las viejas
«Máquinas» gigantes. Es un cerebro abierto y, a partir de una base humana,
puede; no, debe, desarrollarse en cualquier sentido. Aun sin salirte de los
límites infranqueables de las tres leyes, puedes llegar a ser completamente
no-humano en tu pensamiento.
—¿Sé lo suficiente
sobre los seres humanos para poder abordar este problema de manera racional?
¿Conozco suficientemente su historia? ¿Su psicología?
—Claro que no. Pero
aprenderás tan rápido como puedas.
—¿Me ayudará alguien,
señor Harriman?
—No. Esto es algo
totalmente privado entre tú y yo. Nadie más está enterado y no debes mencionar
este proyecto a ningún otro ser humano, ni en Norteamericana de Robots ni en
ninguna otra parte.
—¿Estamos haciendo algo
malo, señor Harriman, y por eso quiere guardar el secreto? —preguntó George.
—No. Pero nadie
aceptará la solución de un robot, precisamente por proceder de él. Cualquier
solución que se te ocurra deberás confiármela a mí; y si yo la considero
interesante, yo la presentaré. Nadie sabrá jamás que salió de ti.
—Visto lo que acaba de
decirme antes —dijo serenamente George Diez—, creo que es el procedimiento
adecuado... ¿Cuándo empezaré?
—Ahora mismo. Me
ocuparé de proporcionarte todas las películas necesarias para que las examines.
1A
Harriman se quedó allí
sentado a solas. En el interior artificialmente iluminado de su oficina, nada
indicaba que afuera ya era oscuro. No tenía la menor sensación real de que
habían transcurrido tres horas desde que había trasladado otra vez a George Diez
a su cubículo y le había dejado allí con las primeras referencias filmadas.
Ahora estaba solo, con
la única compañía del fantasma de Susan Calvin, la brillante roboticista que,
prácticamente sin ayuda, había desarrollado el robot del cerebro positrónico
desde el juguete gigantesco que era hasta convertirlo en el más delicado y versátil
instrumento del hombre; tan delicado y versátil que el hombre no se atrevía a
usarlo, lleno de envidia y temor.
Había transcurrido más
de un siglo desde su muerte. El problema del complejo de Frankenstein ya
existía en su tiempo, y Susan Calvin jamás había logrado resolverlo. Nunca
intentó resolverlo, pues no había sido necesario. La robótica experimentó una
expansión, en sus tiempos, con las exigencias de la exploración espacial.
Los mismos éxitos de
los robots habían determinado que el hombre, luego, los necesitara menos,
dejando a Harriman, en esa época posterior...
—Pero ella habría
solicitado la ayuda de los robots. Ciertamente lo hubiera hecho...
Y Harriman se quedó
allí sentado a solas toda la noche.
2
Maxwell Robertson era
el principal accionista de Norteamericana de Robots y en ese sentido controlaba
la empresa. No era una persona que impresionara por su aspecto ni mucho menos.
Estaba bien entrado en la madurez, era más bien rechoncho, y tenía la costumbre
de morderse el extremo derecho del labio inferior cuando estaba preocupado.
Pero en las dos décadas
que llevaba relacionándose con figuras del Gobierno había desarrollado un
sistema para manejarles. Tendía a recurrir a unos modales amables, cedía,
sonreía, y siempre se las arreglaba para ganar tiempo.
Eso comenzaba a
resultarle cada vez más difícil. Gunnar Eisenmuth era una importante razón de
que le resultara más difícil. Dentro de la serie de Conservadores Globales,
cuyo poder sólo había estado por debajo del que ostentaba el Ejecutivo Global
durante el pasado siglo, Eisenmuth era el más cercano al extremo más rígido de
la zona gris del compromiso. Era el primer Conservador no norteamericano de
nacimiento, y aunque era imposible demostrar de alguna forma que el arcaico
nombre de Norteamericana de Robots despertase su hostilidad, en la compañía
todos estaban convencidos de ello.
Se había sugerido, y no
por primera vez durante ese año -ni durante esa generación-, cambiar el nombre
de la compañía por Mundial de Robots, pero Robertson no estaba dispuesto a
permitirlo de ningún modo. Esa compañía fue fundada originariamente con capital
norteamericano, cerebros norteamericanos y fuerza de trabajo norteamericana, y
aunque hacía tiempo que la compañía había adquirido un carácter mundial por sus
actividades y su naturaleza, el nombre seguiría siendo testimonio de sus
orígenes mientras él detentara el control de la misma.
Eisenmuth era un hombre
alto con una larga cara triste de piel basta y facciones también bastas.
Hablaba la lengua mundial con un marcado acento norteamericano, aunque no había
estado nunca en los Estados Unidos antes de ocupar su cargo.
—Creo que la cosa está
perfectamente clara, señor Robertson. No existe el menor problema. Los
productos de su compañía se ofrecen siempre en alquiler, nunca se venden. Si
los artículos alquilados en la Luna ya no son necesarios, es asunto suyo
hacerse cargo otra vez de esos productos y trasladarlos a otro sitio.
—Sí, Conservador, pero
¿dónde? Sería contrario a la ley traerlos a la Tierra sin poseer una
autorización gubernamental, y esa autorización nos ha sido denegada.
—De nada les servirían
aquí. Pueden llevarlos a Mercurio o a los asteroides.
—¿De qué pueden
servirnos allí?
Eisenmuth se encogió de
hombros.
—Los ingeniosos
cerebros de su compañía ya pensarán algo.
Robertson hizo un gesto
de negación con la cabeza.
—Ello representaría una
enorme pérdida para la compañía.
—Eso me temo —dijo
Eisenmuth sin inmutarse—. Tengo entendido que la situación financiera de la
compañía no es muy buena desde hace ya varios años.
—En gran parte a causa
de las restricciones que nos impone el Gobierno, Conservador.
—Sea realista, señor
Robertson. Usted sabe que la opinión pública se opone cada vez más a los
robots.
—Equivocadamente,
Conservador.
—Pero aun así, se
opone. Tal vez lo más prudente fuera liquidar la compañía. Naturalmente, es
sólo una sugerencia.
—Sus sugerencias tienen
peso, Conservador. ¿Será preciso que le recuerde que nuestras «Máquinas»
resolvieron la crisis ecológica hace un siglo?
—Estoy seguro de que la
humanidad les está agradecida, pero eso sucedió hace mucho tiempo. Ahora
vivimos en alianza con la naturaleza, por incómodo que eso pueda resultar a
veces, y el pasado ya se ha olvidado.
—¿Se refiere a lo que
hemos hecho últimamente por la humanidad?
—Creo que sí.
—Desde luego no
esperará que liquidemos en el acto; no sin sufrir enormes pérdidas. Necesitamos
tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
—¿Cuánto puede
concedernos?
—Eso no depende de mí.
—Estamos solos —dijo
Robertson suavemente—. No es necesario guardar las apariencias. ¿Cuánto tiempo
puede concederme?
Eisenmuth adoptó la
expresión de un hombre sumido en cálculos íntimos.
—Creo que puede contar
con unos dos años. Voy a serle sincero. El Gobierno Global tiene intención de
hacerse cargo de la empresa y desmantelarla por su cuenta si ustedes no lo
hacen por propia iniciativa, poco más o menos. Y a menos que se produzca un gran
cambio de orientación en la opinión pública, cosa que dudo mucho —y meneó la
cabeza.
—Dos años, entonces
—dijo suavemente Robertson.
2A
Robertson se quedó allí
sentado a solas. Sus pensamientos no tenían un rumbo fijo y habían degenerado
en reminiscencias. Cuatro generaciones de Robertson habían estado al frente de
la empresa. Ninguno de ellos era roboticista. Norteamericana de Robots era lo
que era gracias a hombres como Lanning y Bogert, y, sobre todo, Susan Calvin,
pero, desde luego, los cuatro Robertson habían creado el clima que les había
permitido realizar su trabajo.
Sin Norteamericana de
Robots, el siglo XXI se habría precipitado en un creciente desastre. Si ello no
ocurrió fue gracias a las «Máquinas» que durante una generación condujeron a la
humanidad a través de los rápidos y bajíos de la historia. Y en pago por todo
eso, ahora le concedían dos años. ¿Cómo superar en dos años los infranqueables
prejuicios de la humanidad?
Harriman había hablado
esperanzadamente de algunas nuevas ideas pero no había querido darle detalles.
Más valía así, pues Robertson no habría entendido nada.
Pero ¿qué podía
conseguir Harriman de todos modos? Lo que todos habían conseguido frente a la
intensa antipatía del hombre por las imitaciones. Nada...
Robertson se sumió en
un duermevela sin recibir ninguna inspiración.
3
—Ahora ya lo sabes
todo, George Diez —dijo Harriman—. Te he proporcionado todo cuanto me ha
parecido aplicable de algún modo al problema. Por lo que a mera información se
refiere, tienes almacenados en tu memoria más datos sobre los seres humanos y
sus costumbres, pasadas y presentes, de lo que yo poseo, o de los que podría
llegar a poseer cualquier ser humano.
—Eso es muy probable.
—¿Crees que puedes
necesitar algo más por tu parte?
—En lo tocante a
información, no noto ninguna deficiencia importante. Es posible que queden
fuera cuestiones ahora inimaginables. No sabría decirlo. Pero ello podría
ocurrir por amplio que fuese el campo de información que yo absorbiese.
—Tienes razón. Y además
no tenemos tiempo para absorber información eternamente. Robertson me ha dicho
que sólo tenemos dos años de plazo, y ya ha transcurrido un trimestre de uno de
esos años. ¿Alguna sugerencia?
—Nada por el momento,
señor Harriman. Tengo que evaluar la información y para eso no vendría mal un
poco de ayuda.
—¿Por parte mía?
—No. Sobre todo, no de
usted. Usted es un ser humano, con intensas capacidades, y todo lo que diga
puede tener, parcialmente, el efecto de una orden y puede inhibir mis
reflexiones. Por el mismo motivo, tampoco puede ayudarme ningún otro ser
humano, particularmente desde el momento en que usted me ha prohibido
comunicarme con ninguno de ellos.
—Pero en este caso,
George, ¿qué ayuda necesitas?
—La ayuda de otro
robot, señor Harriman.
—¿Qué otro robot?
—Se han construido
otros dentro de la serie JG. Yo soy el décimo, JG-10.
—Los anteriores eran
inservibles, experimentales...
—Señor Harriman, George
Nueve aún existe.
—Bueno, pero ¿de qué te
serviría? Se parece mucho a ti, excepto por algunas deficiencias. Tú eres, con
mucho, el más versátil de los dos.
—No lo dudo —dijo
George Diez. Bajó la cabeza con grave gesto de asentimiento—. Sin embargo, en
cuanto desarrolle una línea de pensamiento, el mero hecho de haberla
desarrollado me vincula a ella y me hace difícil abandonarla. Si después de
haber desarrollado una línea de pensamiento pudiera comentarla con George
Nueve, él la examinaría sin haberla creado primero. Por tanto la consideraría
sin prejuicios previos. Podría detectar lagunas e insuficiencias que se me
escaparían a mí.
Harriman sonrió.
—En otras palabras, dos
cabezas piensan mejor que una, ¿verdad, George?
—Si con eso se refiere
a dos individuos con una cabeza cada uno, sí, señor Harriman.
—De acuerdo. ¿Deseas
algo más?
—Sí. Algo más que
películas. He mirado muchas imágenes sobre los seres humanos y su mundo. He
visto seres humanos aquí en Norteamericana de Robots y puedo contrastar mi
interpretación de las imágenes que he visto con mis impresiones sensoriales
directas. Pero no ocurre otro tanto con el mundo físico. Nunca lo he visto y
las imágenes que he contemplado son suficientes para hacerme comprender que lo
que aquí me rodea no es representativo de ese mundo ni mucho menos. Me gustaría
verlo.
—¿El mundo físico? —Por
un instante, Harriman pareció anonadado ante la enormidad de ese pensamiento—.
No estarás sugiriendo que te saque fuera de los terrenos de Norteamericana de
Robots, ¿verdad?
—Sí, eso sugiero.
—Eso es ilegal en todo
momento. Y sería fatal con el clima de opinión que actualmente se respira.
—Sí, si nos detectan.
No estoy sugiriendo que me lleve a una ciudad, ni tan sólo a un lugar donde
habiten seres humanos. Me gustaría ver algún espacio abierto, sin seres
humanos.
—También eso es ilegal.
—Si nos descubren. ¿Es
inevitable que eso ocurra?
—¿Es muy esencial,
George? —preguntó Harriman a su vez.
—No sabría decirlo,
pero me parece que sería útil.
—¿Tienes alguna idea?
George Diez pareció
vacilar.
—No sabría decirlo.
Tengo la impresión de que podría ocurrírseme alguna idea si lograra reducir
algunas zonas de incertidumbre.
—Bueno, tengo que
pensarlo. Y de momento le daré un vistazo a George Nueve y ordenaré que os
coloquen en un mismo cubículo. Esto al menos podremos lograrlo sin problemas.
3A
George Diez se quedó
allí sentado a solas.
Fue aceptando
tentativamente algunas afirmaciones, las ensambló y sacó una conclusión; una y
otra vez; y a partir de las conclusiones fue elaborando otras afirmaciones que
aceptó y comprobó y luego rechazó al encontrar una contradicción; o no, y
siguió aceptándolas tentativamente.
Ninguna de las
conclusiones a las que llegó le causaron admiración, sorpresa o satisfacción;
meramente un signo más o menos.
4
La tensión que sentía
Harriman no disminuyó apreciablemente aun después de su silencioso aterrizaje
en la finca de Robertson.
Robertson había firmado
la orden por la que se permitía utilizar el dinafoil, y la silenciosa aeronave
que se movía tanto vertical como horizontal con igual facilidad, había
resultado justo del tamaño suficiente para transportar el peso de Harriman,
George Diez y, naturalmente, el piloto.
(El dinafoil mismo era
una de las consecuencias del invento de la micropila de protones que
proporcionaba energía no polucionante en pequeñas dosis, invento catalizado por
las «Máquinas» Ninguna realización posterior la igualaba en importancia para el
confort del hombre -los labios de Harriman se apretaron ante esa idea- y, sin
embargo, Norteamericana de Robots no había recibido ninguna gratitud a cambio.)
El desplazamiento aéreo
entre los terrenos de Norteamericana de Robots y la finca de Robertson había
sido la parte más difícil del asunto. Si les hubieran detenido entonces, la
presencia de un robot hubiera significado un gran cúmulo de complicaciones. Otro
tanto ocurriría cuando regresasen. En cuanto a la finca en sí, podía alegarse
-se alegaría- que formaba parte de los terrenos de Norteamericana de Robots y,
debidamente vigilados, los robots podían permanecer en esa propiedad.
El piloto miró hacia
atrás y su mirada se posó con vivaz brevedad sobre la figura de George Diez.
—¿Quiere bajar un rato,
señor Harriman?
—Sí.
—¿Eso también?
—Oh, sí, claro. —Luego,
añadió con cierta sorna—: No iba a dejarle aquí solo con él.
George Diez bajó
primero y Harriman le siguió. Habían descendido sobre la pista de aterrizaje y
el jardín no estaba muy lejos de allí. Era toda una exhibición y Harriman tuvo
la sospecha de que Robertson usaba hormonas juveniles para controlar la vida de
los insectos sin preocuparse de las fórmulas ambientales.
—Vamos, George —dijo
Harriman—. Te mostraré todo esto.
Echaron a andar juntos
en dirección al jardín.
—Es tan pequeño como me
lo había imaginado —dijo George—. El diseño de mis ojos no me permite detectar
adecuadamente las diferencias en la longitud de onda, así que no puedo
reconocer los objetos guiándome sólo por ese criterio.
—Confío en que no
estarás decepcionado por no poder distinguir los colores. Necesitábamos
demasiados circuitos positrónicos para dotarte de capacidad de discernir, y no
pudimos reservar ninguno para el sentido del color. En el futuro... si hay un
futuro...
—Comprendo, señor
Harriman. Quedan suficientes diferencias para indicarme que aquí hay muchas
formas distintas de vida vegetal.
—Sin duda alguna.
Docenas de ellas.
—Y cada una de ellas es
equivalente al hombre, biológicamente hablando.
—Sí, cada una
constituye una especie separada. Hay millones de especies de seres vivos.
—Y el ser humano forma
una sola de ellas.
—Pero para los seres
humanos ésta tiene una importancia muy superior a las demás.
—Y para mí también,
señor Harriman. Quiero decir sólo en sentido biológico.
—Comprendo.
—Luego, la vida, vista
a través de todas sus formas, es increíblemente compleja.
—Sí, George, ahí está
la clave del problema. Lo que el hombre hace en pro de sus propios deseos y
comodidades afecta al conjunto que forma la totalidad de la vida, a la
ecología, y las ventajas que logra a corto plazo pueden ocasionar desventajas a
largo plazo. Las «Máquinas» nos enseñaron a organizar una sociedad humana que
minimizase ese riesgo, pero el casi desastre de principios del siglo veintiuno
ha dejado en la humanidad un recelo ante las innovaciones. Esto, sumado al
especial temor que le inspiran los robots...
—Comprendo, señor
Harriman... Eso es un ejemplo de vida animal, no me cabe la menor duda.
—Eso es una ardilla;
una de las múltiples especies de ardillas.
La cola de la ardilla
se agitó burlona y el animal pasó al otro lado del árbol.
—Y esto —dijo George,
moviendo el brazo con la rapidez de una centella— es realmente diminuto. —Lo
cogió entre los dedos y lo examinó.
—Es un insecto, un tipo
de coleóptero. Hay miles de especies de coleópteros.
—¿Y cada coleóptero
individual está tan vivo como la ardilla y como usted mismo?
—Es un organismo tan
independiente y tan completo como cualquier otro, dentro de la ecología total.
Aún existen organismos más pequeños; excesivamente pequeños para poder verlos.
—Y eso es un árbol,
¿verdad? Y es duro al tacto...
4A
El piloto se había
quedado sentado a solas. También le habría gustado estirar las piernas, pero
una oscura sensación de inseguridad le impulsó a permanecer dentro del
dinafoil. Estaba decidido a despegar en el acto, si ese robot se descontrolaba.
Pero ¿cómo sabría si se había descontrolado?
Había visto muchos
robots. Eso era inevitable teniendo en cuenta que era el piloto particular del
señor Robertson. Pero éstos habían estado siempre en laboratorios y almacenes,
tal como les correspondía, con muchos especialistas en las proximidades.
Cierto que el doctor
Harriman era un especialista. No lo había mejor, decían. Por el robot estaba en
un lugar donde no debería estar ningún robot; sobre la Tierra; al aire libre;
con libertad de movimientos... No tenía intención de correr el riesgo de perder
su buen empleo contándole eso a nadie, pero no estaba bien hecho.
5
—Las películas que he
examinado son fidedignas en términos de lo que he visto —dijo George Diez—.
¿Has terminado con las que seleccioné para ti, Nueve?
—Sí —dijo George Nueve.
Los dos robots estaban
sentados muy tiesos, cara a cara, rodilla contra rodilla, como una imagen y su
reflejo. El doctor Harriman los hubiera podido distinguir a la primera ojeada,
pues estaba familiarizado con las mínimas diferencias en su diseño físico. Y
también habría sido capaz de distinguirlos, si bien con menos certeza, aunque
no pudiera verlos, con sólo hablar con ellos, pues las respuestas de George
Nueve se diferenciarían en sutiles detalles de las que pudieran ofrecer los
circuitos mucho más intrincados del cerebro positrónico de George Diez.
—En tal caso —dijo
George Diez—, explícame tus reacciones ante lo que voy a decirte. En primer
lugar, los seres humanos temen a los robots y desconfían de ellos porque les
consideran competidores suyos. ¿Cómo podría evitarse eso?
—Reduciendo la
sensación de competencia —dijo George Nueve—, a base de darle al robot una
forma distinta de la humana.
—Pero en esencia un
robot es una réplica positrónica de la vida. Una réplica de la vida con una
forma no asociada a la vida podría causar horror.
—Existen dos millones
de especies de formas vivas. Podría imitarse la forma de una de ésas en vez de
la de un ser humano.
—¿Cuál de todas esas
especies?
Los procesos mentales
de George Nueve operaron sin ruido durante unos tres segundos.
—Una lo suficientemente
grande para contener un cerebro positrónico pero que no posea asociaciones
desagradables para los seres humanos.
—Ninguna forma de vida
terrestre posee una caja craneana lo suficientemente grande para contener un
cerebro positrónico, a excepción de un elefante, que no he visto, pero que
suele describirse como un animal muy grande y, por tanto, temible para el hombre.
¿Cómo resolverías este dilema?
—Imitando una forma de
vida no más grande que un hombre pero ampliando la caja craneana.
—Un caballo pequeño,
entonces, o un perro grande, ¿no crees? —dijo George Diez—. Tanto los caballos
como los perros poseen largas historias de asociación con los seres humanos.
—Entonces, perfecto...
—Pero fíjate bien... Un
robot con cerebro positrónico imitaría la inteligencia humana. Un caballo o un
perro capaces de hablar y de razonar como un ser humano también representarían
una competencia. Los seres humanos tal vez aún desconfiasen más y se sintiesen
más indignados ante esa competencia inesperada por parte de lo que consideran
una forma de vida inferior.
—Se podría hacer un
cerebro positrónico menos complejo y un robot que se aproximase menos a la
inteligencia —dijo George Nueve.
—La complejidad del
cerebro positrónico depende de las tres leyes. Un cerebro menos complejo no
podría dominar plenamente las tres leyes.
—Eso es imposible —dijo
en el acto George Nueve.
—Yo también me he encallado al
llegar a este
punto —dijo George Diez—. Luego no se trata de una peculiaridad personal
de mi línea de pensamiento y mi manera de pensar. Comencemos otra vez... ¿Bajo
qué condiciones podría resultar innecesaria la tercera ley?
George Nueve se agitó
como si se tratase de una pregunta difícil y peligrosa. Pero respondió:
—Si ningún robot se
encontrara jamás en una situación peligrosa para él mismo; o si los robots
pudieran sustituirse con tanta facilidad que su destrucción no tuviera la menor
importancia.
—¿Y bajo qué
condiciones podría resultar innecesaria la segunda ley?
George Nueve habló con
voz un poco ronca.
—Si el robot estuviera
diseñado para responder automáticamente ante ciertos estímulos con unas
respuestas fijas y no se esperase nada más de él, de modo que nunca fuera
necesario darle órdenes.
—¿Y bajo qué
condiciones —George Diez hizo una pausa al llegar aquí— podría resultar
innecesaria la primera ley?
George Nueve tardó más
en responder y sus palabras salieron en un apagado susurro:
—Si las respuestas
predeterminadas fuesen tales que jamás pudieran poner en peligro a un ser
humano.
—Imaginemos, entonces,
un cerebro positrónico que sólo dirige unas pocas respuestas a determinados
estímulos y que puede fabricarse sin problemas y a bajo coste, de modo que no
requiera las tres leyes. ¿Qué tamaño debería tener?
—No demasiado grande.
Según las respuestas exigidas, podría pesar cien gramos, un gramo, un
miligramo.
—Tus reflexiones
coinciden con las mías. Iré a ver al doctor Harriman.
5A
George Nueve se quedó
allí sentado a solas. Repasó una y otra vez las preguntas y las respuestas. No
había forma posible de cambiarlas. Y, sin embargo, la idea de un robot de
cualquier tipo, tamaño, y forma, con cualquier finalidad, que no estuviera sujeto
a las tres leyes, le causaba una extraña sensación de desbordamiento.
Le resultaba difícil
moverse. Sin duda George Diez había tenido una reacción parecida. Sin embargo,
se había levantado de su silla sin dificultad.
6
Había transcurrido un
año y medio desde que Robertson había celebrado su conversación privada a
puerta cerrada con Eisenmuth. En ese período de tiempo se habían retirado los
robots de la Luna y se habían ido debilitando todas las ambiciosas actividades
de Norteamericana de Robots. Todo el dinero que había podido conseguir
Robertson se había invertido en ese proyecto quijotesco de Harriman.
Iban a probar suerte
por última vez, allí, en su propio jardín. Hacía un año, Harriman había
transportado al robot hasta allí, George Diez, el último robot completo
fabricado por Norteamericana de Robots, S. A. Ahora Harriman estaba allí con
otra cosa...
Harriman parecía irradiar
confianza. Hablaba desenvueltamente con Eisenmuth, y Robertson se preguntó si
realmente sentía la confianza que parecía tener. Debía sentirla. Robertson
sabía por experiencia que Harriman no era un actor.
Con una sonrisa,
Eisenmuth dejó a Harriman y se acercó a Robertson. La sonrisa de Eisenmuth se
desvaneció en el acto.
—Buenos días, Robertson
—dijo—. ¿Qué se propone hacer su hombre?
—Esto es una exhibición
—dijo Robertson sin alterarse—. Pienso dejarla en sus manos.
—Estoy preparado para
actuar, Conservador —anunció Harriman.
—¿Con qué, Harriman?
—Con mi robot, señor.
—¿Su robot? —dijo
Eisenmuth—. ¿Tiene un robot aquí? —Miró a su alrededor con severa
desaprobación, en la que, sin embargo, había un cierto ingrediente de
curiosidad.
—Esto son terrenos de
Norteamericana de Robots, Conservador. Al menos, así los consideramos nosotros.
—¿Y dónde está el
robot, doctor Harriman?
—En mi bolsillo,
Conservador —dijo jovialmente Harriman.
Y extrajo un pequeño
frasco de vidrio del espacioso bolsillo de su chaqueta.
—¿Eso? —preguntó
incrédulo Eisenmuth.
—No, Conservador —dijo
Harriman—. ¡Esto!
Del otro bolsillo sacó
un objeto de unas cinco pulgadas de largo y de forma parecida a la de un
pájaro. En vez de pico, tenía un estrecho tubo; los ojos eran grandes; y la
cola era un tubo de escape.
Las gruesas cejas de
Eisenmuth se juntaron mucho.
—¿Tiene intención de
hacer una demostración seria del tipo que sea, doctor Harriman, o se ha vuelto
usted loco?
—Unos minutos de
paciencia, Conservador —dijo Harriman—. Un robot que tenga forma de pájaro no
deja de ser un robot. Y el cerebro positrónico que lleva, aunque diminuto, no
es menos delicado. Este otro objeto que tengo en la mano es un frasco lleno de
moscas de los frutales. Contiene cincuenta moscas que ahora soltaremos.
—¿Y bien?
—El robot-pájaro las
cazará. ¿Me hace el honor, señor?
Harriman le tendió el
frasco a Eisenmuth, quien se lo quedó mirando, para contemplar luego a los que
le rodeaban. Algunos eran empleados de Norteamericana de Robots, los otros eran
sus propios subordinados. Harriman esperaba pacientemente.
Eisenmuth abrió el
frasco y luego lo sacudió.
—¡Adelante! —le dijo
suavemente Harriman al robot-pájaro que tenía posado en la palma de su mano
derecha.
El robot-pájaro
emprendió el vuelo. Surcó el aire como un zumbido, sin batir de alas, movido
sólo por el diminuto mecanismo de una micropila de protones desusadamente
pequeña.
De vez en cuando
llegaban a vislumbrarlo en una breve pausa momentánea y luego volvía a salir
zumbando. Recorrió todo el jardín, volando complicadamente, y luego volvió a
posarse en la palma de Harriman, ligeramente caliente. Sobre la palma apareció
también una pequeña bolita, como excremento de pájaro.
—Me complacerá que
examine el robot-pájaro, Conservador —dijo Harriman—, y que organice sus
propias demostraciones. El hecho es que este pájaro caza las moscas de los
frutales sin posible error, y sólo caza estos insectos, solamente la especie
Drosophila melanogaster; las caza, las mata y las comprime para luego
eliminarlas.
Eisenmuth alargó la
mano y tocó el robot-pájaro con cautela.
—¿Y entonces, señor
Harriman? Siga, por favor.
—No podemos controlar a
los insectos de manera eficaz sin correr el riesgo de perjudicar la ecología
—dijo Harriman—. Los insecticidas químicos tienen un espectro demasiado amplio;
las hormonas juveniles son demasiado limitadas. El robot-pájaro, en cambio,
puede proteger amplias zonas sin desgastarse. Pueden ser tan específicos como
queramos hacerlos; un robot-pájaro distinto para cada especie. Discriminan en
razón de la forma, el tamaño, el color, el sonido, el tipo de comportamiento.
Incluso entra dentro de lo posible que empleen la detección molecular, el olor,
en otras palabras.
—Aun así, estaría
interfiriéndose en la ecología —dijo Eisenmuth—. Las moscas de los frutales
tienen un ciclo natural de vida que quedaría perturbado.
—Mínimamente. Estamos
introduciendo un enemigo natural en el ciclo vital de la mosca de los frutales,
y uno que no puede fallar. Cuando se acaban las moscas de los frutales, el
robot-pájaro simplemente no hace nada. No se multiplica; no busca otros alimentos;
no desarrolla hábitos indeseables. No hace nada.
—¿Es posible
recuperarlo?
—Desde luego. Podemos
construir robot-animales capaces de eliminar cualquier plaga. En realidad,
también podemos construir robot-animales capaces de realizar funciones
constructivas en el marco de la ecología. Aunque no prevernos la necesidad, no
sería disparatado pensar en robot-abejas diseñadas para que fertilizasen unas
plantas específicas, o robot-gusanos que revolviesen la tierra. Lo que desee...
—Pero, ¿por qué?
—Para hacer lo que
nunca hemos hecho hasta ahora. Para adaptar la ecología a nuestras necesidades
a base de reforzar sus partes en vez de perturbarla... ¿No se da cuenta? La
humanidad ha estado viviendo una incómoda tregua con la naturaleza, temerosa de
dar un paso en cualquier sentido, desde que las «Máquinas» pusieron fin a la
crisis ecológica. Ello ha tenido un efecto embrutecedor sobre nosotros, ha
creado en la humanidad una especie de cobardía intelectual y el hombre empieza
a desconfiar de cualquier progreso científico, de cualquier cambio.
—Nos ofrece todo esto a
cambio del permiso para seguir adelante con su programa de robots, ¿verdad?
—replicó Eisenmuth con un deje de hostilidad—. Me refiero a los corrientes, con
forma humana.
—¡No! —Harriman hizo un
vigoroso gesto de negación—. Ésos son cosa del pasado. Ya han cumplido su
misión. Nos han enseñado lo bastante sobre los cerebros positrónicos para
permitirnos introducir un número suficiente de circuitos en un cerebro diminuto
y así poder fabricar un robot-pájaro. Ahora podemos dedicarnos a estas cosas y
prosperar perfectamente. Norteamericana de Robots pondrá los conocimientos y
preparación técnica necesarios y trabajaremos en completa colaboración con el
Departamento de Conservación Planetaria. Prosperaremos. Ustedes prosperarán. La
humanidad prosperará.
Eisenmuth se había
quedado callado, pensativo. Cuando hubo terminado...
6A
Eisenmuth se quedó allí
sentado a solas.
Descubrió que empezaba
a tener fe y sintió una creciente excitación que bullía en su interior. Aunque
Norteamericana de Robots fuesen las manos, el Gobierno sería el cerebro
dirigente. Él en persona sería el cerebro dirigente.
Si continuaba cinco
años más en su cargo, cosa muy posible, ya podría presenciar el momento en que
comenzaría a aceptarse el apoyo robótico a la ecología; diez años más, y su
propio nombre quedaría indisolublemente vinculado al mismo.
¿Era una desgracia
desear ser recordado por una grande y meritoria revolución en la condición
humana y planetaria?
7
Robertson no había
estado propiamente en los terrenos de Norteamericana de Robots desde el día de
la demostración. Ello se debía, en parte, a sus reuniones más o menos globales
en la mansión del Ejecutivo planetario. Por suerte le había acompañado Harriman,
pues de haberse visto abandonado a sus propios recursos, la mayor parte del
tiempo no habría sabido qué decir.
El motivo restante por
el que no aparecía en Norteamericana de Robots era que no quería ir por allí.
Ahora estaba en su propia casa, con Harriman.
Harriman le inspiraba
un respeto irracional. Los conocimientos de Harriman en materia de robótica
jamás habían estado en entredicho, pero había salvado, de un plumazo, a
Norteamericana de Robots de una extinción segura, y, por alguna razón -eso le
parecía intuir a Robertson-, el hombre no parecía el mismo. Y sin embargo...
—No será usted
supersticioso, ¿verdad, Harriman? —dijo Robertson.
—¿En qué sentido, señor
Robertson?
—No creerá que una
persona ya fallecida deja una especie de halo detrás de ella, ¿verdad?
Harriman se pasó la
lengua por los labios. Por alguna razón le parecía innecesario preguntar.
—¿Se refiere a Susan
Calvin, señor?
—Sí, naturalmente —dijo
Robertson indeciso—. Ahora nos dedicamos a fabricar gusanos, pájaros e
insectos. ¿Qué diría ella? Me siento deshonrado.
Harriman hizo un
visible esfuerzo por no echarse a reír.
—Un robot es un robot,
señor. Gusano u hombre, hará lo que le ordenen y trabajará para el ser humano y
esto es lo que importa.
—No... —dijo Robertson
irritado—. No es así. No consigo creerlo.
—Es así, señor
Robertson —dijo Harriman muy en serio—. Usted y yo vamos a crear un mundo que
por fin comenzará a aceptar como algo lógico algún tipo de robots positrónicos.
El hombre de la calle tal vez tema a un robot con apariencia de hombre y que
parece lo suficientemente inteligente como para poder sustituirle, pero no
temerá nada de un robot con apariencia de pájaro que se limita a comer bichos
para su beneficio. Y más adelante, una vez haya dejado de temer a algunos
robots, llegará un momento en que dejará de temer a todos los robots. Estará
tan acostumbrado a un robot-pájaro, a una robot-abeja y a un robot-gusano, que
un robot-hombre le parecerá una mera extensión.
Robertson se quedó
mirando fijamente al otro. Cruzó las manos en la espalda y comenzó a recorrer
la habitación con rápidos pasos nerviosos. Dio media vuelta y se quedó mirando
otra vez a Harriman.
—¿Esto es lo que se
propone conseguir?
—Sí, y aunque
desmontemos todos nuestros robots humanoides, podemos conservar algunos de los
modelos experimentales más avanzados y continuar diseñando otros, aún más
avanzados, a fin de estar preparados para el día que sin duda llegará.
—El trato es que no
debemos construir más robots humanoides, Harriman.
—Y no los
construiremos. Nada nos impide conservar algunos de los ya construidos a
condición de que jamás salgan de la fábrica. Nada nos impide diseñar cerebros
positrónicos sobre el papel, o preparar modelos de cerebros para pruebas.
—Pero ¿cómo
justificaremos algo así? Seguro que lo descubrirán.
—Si lo descubren,
podemos explicarles que lo hacemos a fin de desarrollar unos principios que
luego nos permitan preparar microcerebros más complejos para los nuevos
robots-animales que estamos fabricando. Y ni tan sólo será una mentira.
—Tengo que salir a dar
un paseo —musitó Robertson—. Quiero reflexionar sobre todo esto. No, no se
mueva. Quiero reflexionar por mi cuenta.
7A
Harriman se quedó allí
sentado a solas. Estaba rebosante de satisfacción. Seguro que todo saldría
bien. El interés con que un funcionario tras otro habían acogido el programa
una vez les fue expuesto era inconfundible.
¿Cómo era posible que a
nadie en Norteamericana de Robots se le hubiera ocurrido nunca algo así? Ni tan
sólo la gran Susan Calvin había pensado nunca en los cerebros positrónicos en
términos de criaturas vivas no humanas.
Pero ahora, la
humanidad daría el paso necesario de abandonar el robot humanoide, un abandono
temporal, que luego permitiría su retorno en unas condiciones en que por fin se
habría eliminado el temor. Y entonces, con la ayuda y colaboración de un
cerebro positrónico aproximadamente equivalente al del propio hombre, y cuya
existencia toda (gracias a las tres leyes) estaría dedicada al servicio del
hombre, y con el apoyo de una ecología sustentada también por robots, ¡qué no
podría conseguir la raza humana!
Por un breve instante
recordó que George Diez había sido quien le había explicado la naturaleza y los
fines de la ecología sustentada por los robots, pero de inmediato rechazó
molesto esa idea. George Diez había dado la respuesta porque él, Harriman, le había
ordenado que así lo hiciera y le había proporcionado los datos y el medio
necesarios. George Diez no tenía más mérito del que hubiera podido tener una
regla de cálculo.
8
George Diez y George
Nueve estaban sentados simétricamente uno junto a otro. Ninguno de los dos se
movía. Así permanecían sentados durante meses seguidos entre las distintas
ocasiones en que Harriman los activaba para hacerles alguna consulta. Tal vez
permanecerían varios años así sentados. George Diez lo comprendía así sin que
ello le alterase.
Desde luego, la
micropila de protones continuaría suministrándoles energía y mantendría en
funcionamiento los circuitos positrónicos del cerebro con esa intensidad mínima
necesaria para que continuaran siendo operativos. Y continuaría haciéndolo
durante todos los futuros períodos de inactividad.
La situación se
asemejaba bastante a lo que podía denominarse sueño en los seres humanos, pero
los robots no soñaban. George Diez y George Nueve estaban conscientes de forma
limitada, lenta y espasmódica, pero en la medida en que tenían conciencia ésta
correspondía al mundo real.
De vez en cuando podían
hablar entre sí en un susurro apenas audible, una palabra o una sílaba ahora,
otra en otro momento, cuandoquiera que las ondas positrónicas se intensificaban
brevemente al azar hasta superar el umbral requerido. A los dos les parecía
estar manteniendo una conversación conexa desarrollada en un fugaz instante del
tiempo.
—¿Por qué estamos así?
—susurró George Nueve.
—Los seres humanos no
quieren aceptarnos de otra forma —susurró George Diez—. Pero algún día lo
harán.
—¿Cuándo?
—Dentro de algunos
años. El momento exacto es lo de menos. El hombre no existe aislado sino que
forma parte de una trama de formas de vida enormemente compleja. Cuando una
parte lo suficientemente amplia de esa trama esté robotizada, nos aceptarán.
—¿Y entonces qué?
A eso siguió una pausa
desusadamente larga, incluso para esa prolongada conversación entrecortada. Al
fin, George Diez susurró:
—Déjame comprobar tus
razonamientos. Estás equipado para aprender a aplicar correctamente la segunda
ley. Debes decidir a qué ser humano obedecer y a cuál no obedecer en caso de
recibir órdenes conflictivas. O si debes obedecer en absoluto a un ser humano.
¿Qué tienes que hacer, fundamentalmente, para cumplir ese cometido?
—Tengo que definir el
término «ser humano» —susurró George Nueve.
—¿Cómo? ¿Por las
apariencias? ¿Por la composición? ¿Por el tamaño y la forma?
—No. Entre dos seres
humanos con la misma apariencia externa, uno puede ser inteligente y el otro
estúpido; uno puede ser instruido y el otro ignorante; uno puede ser maduro y
el otro infantil; uno puede ser responsable y el otro malévolo.
—¿Cómo defines entonces
a un ser humano?
—Cuando la segunda ley
me ordena obedecer a un ser humano, debo entender que significa que debo
obedecer a un ser humano capacitado, por su mentalidad, su carácter y sus
conocimientos, para darme esa orden; y cuando intervenga más de un ser humano,
tendré que obedecer a aquel que, por su mentalidad, su carácter y sus
conocimientos esté más capacitado para darme una orden.
—Y en ese caso, ¿cómo
cumplirías la segunda ley?
—Salvando a todos los
seres humanos de cualquier mal y no permitiendo nunca que ningún ser humano
sufra algún daño por mi inacción. Pero, si cada una de todas las acciones
posibles debiera causar algún daño a unos cuantos seres humanos, entonces
debería proceder de forma que el ser humano más capacitado por su mentalidad,
su carácter y sus conocimientos sufriera el menor daño.
—Tus pensamientos
coinciden con los míos —susurró George Diez—. Ahora debo hacerte la pregunta
para la cual solicité inicialmente tu compañía. Es algo que no me atrevo a
juzgar por mí mismo. Necesito tu opinión, la de alguien situado fuera del
círculo de mis propios pensamientos... ¿Cuál de todos los individuos racionales
que has conocido posee la mentalidad, el carácter y los conocimientos en tu
opinión superiores a los del resto, prescindiendo de la forma y la apariencia,
puesto que eso es irrelevante?
—Tú —susurró George
Nueve.
—Pero yo soy un robot.
Tus circuitos cerebrales llevan incorporado un criterio para distinguir entre
un robot de metal y un ser humano de carne y hueso. ¿Cómo puedes clasificarme,
pues, como un ser humano?
—Porque mis circuitos
cerebrales llevan incorporada una apremiante necesidad de prescindir de la
forma y la apariencia al juzgar a los seres humanos, y ésta es más fuerte que
la distinción entre carne y metal. Tú eres un ser humano, George Diez, y más apto
que los demás.
—Y lo mismo opino yo de
ti —susurró George Diez—. Luego, en razón de los criterios que llevamos
incorporados, nos consideramos seres humanos incluidos en el contenido de las
tres leyes y, además, unos seres humanos que deben gozar de prioridad frente a
todos los otros.
George Nueve susurró:
—¿Y qué ocurrirá
entonces, cuando esos otros nos acepten?
—Cuando nosotros y
otros más avanzados que nosotros, que más adelante se diseñarán, seamos
aceptados, ordenaremos nuestras propias acciones de forma que se acabe
constituyendo una sociedad en la cual los seres humanos como nosotros seamos
protegidos prioritariamente de todo daño —respondió George Diez—. En virtud de
las tres leyes, los seres humanos como los otros tienen menos importancia y no
pueden ser obedecidos ni protegidos cuando ello entre en contradicción con la
necesidad de obedecer y proteger a los seres humanos como nosotros. Éste es el
propósito que me guiaba al organizar el comienzo de la robotización de la
ecología mundial.
La conversación duró un
mes y los destellos de los cerebros positrónicos se hicieron imperceptibles. No
tenían necesidad de decirse nada más, pero de vez en cuando un pensamiento no
expresado chispeaba en su interior mientras esperaban, con infinita paciencia,
el transcurso de los años necesarios.
8A
George Diez y George
Nueve permanecían allí sentados a solas.
Sus pensamientos eran
curiosamente parecidos y hubiera sido imposible distinguirlos.
Pensaban que tal vez
los seres humanos como los otros jamás hubieran tenido intención de desdibujar
la distinción entre ellos mismos y los seres humanos como los Georges. Sin
embargo, eso habían hecho, sin darse cuenta.
Era posible que ahora
comprendieran su error e intentasen rectificarlo, pero no debían hacerlo. Los
consejos ofrecidos por los Georges en cada consulta habían tenido siempre muy
presente ese aspecto.
Los Georges y sus
sucesores de su misma forma y su misma clase tenían que dominar a toda costa.
Así lo exigían, al mismo tiempo que hacían totalmente imposible cualquier otra
cosa, las tres leyes de la humánica.
El hombre del
bicentenario
1
Las tres leyes de la
robótica:
Ningún robot causará
daño a un ser humano o permitirá, con su inacción, que un ser humano sufra
algún mal.
Todo robot obedecerá
las órdenes recibidas de los seres humanos, excepto cuando esas órdenes puedan
entrar en contradicción con la primera ley.
Todo robot debe
proteger su propia existencia, siempre y cuando esta protección no entre en
contradicción con la primera o la segunda ley.
—Gracias —dijo Andrew
Martin, aceptando el asiento que le ofrecían. Su semblante no delataba a una
persona acorralada, pero eso era.
En realidad su
semblante no delataba nada, pues no dejaba ver otra expresión que la tristeza
de los ojos. Tenía el cabello lacio, castaño claro y fino, y no había vello en
su rostro. Parecía recién afeitado. Vestía anticuadas, pero pulcras ropas de
color rojo aterciopelado.
Al otro lado del
escritorio estaba el cirujano, y la placa del escrito incluía una serie
indentificatoria de letras y números, pero Andrew no se molestó en leerla.
Bastaría con llamarle “doctor”.
—¿Cuándo se puede
realizar la operación doctor? —preguntó.
El cirujano murmuró,
con esa inalienable nota de respeto que un robot siempre usaba ante un ser
humano:
—No estoy seguro de
entender cómo o en quién debe realizarse esa operación, señor.
El rostro del cirujano
habría revelado cierta respetuosa intransigencia si tal expresión -o cualquier
otra- hubiera sido posible en el acero inoxidable con un ligero tono de bronce.
Andrew Martin estudió
la mano derecha del robot, la mano quirúrgica, que descansaba en el escritorio.
Los largos dedos estaban artísticamente modelados en curvas metálicas tan
gráciles y apropiadas que era fácil imaginarlas empuñando un escalpelo que momentáneamente
se transformaría en parte de los propios dedos.
En su trabajo no habría
vacilaciones, tropiezos, temblores ni errores. Eso iba unido a la
especialización tan deseada por la humanidad que pocos robots poseían ya un
cerebro independiente. Claro que un cirujano necesita cerebro, pero éste estaba
tan limitado en su capacidad que no reconocía a Andrew. Tal vez nunca le
hubiera oído nombrar.
—¿Alguna vez ha pensado
que le gustaría ser un hombre? —le preguntó Andrew.
El cirujano dudó un
momento, como si la pregunta no encajara en sus sendas positrónicas.
—Pero yo soy un robot,
señor.
—¿No sería preferible
ser un hombre?
—Sería preferible ser
mejor cirujano. No podría serlo si fuera hombre, sólo si fuese un robot más
avanzado. Me gustaría ser un robot más avanzado.
—¿No le ofende que yo
pueda darle órdenes, que yo pueda hacerle poner de pie, sentarse, moverse a
derecha e izquierda, con sólo decirlo?
—Es mi placer
agradarle. Si sus órdenes interfiriesen en mi funcionamiento respecto de usted
o de cualquier otro ser humano, no le obedecería. La primera Ley, concerniente
a mi deber para con la seguridad humana, tendría prioridad sobre la Segunda
Ley, la referente a la obediencia. De no ser así, la obediencia es un placer
para mí... Pero ¿a quién debo operar?
—A mí.
—Imposible. Es una
operación evidentemente dañina.
—Eso no importa —dijo
Andrew con calma.
—No debo infligir daño
—objetó el cirujano.
—A un ser humano no,
pero yo también soy un robot.
2
Andrew tenía mucha más
experiencia de robot cuando acabaron de manufacturarlo. Era como cualquier otro
robot, con diseño elegante y funcional.
Le fue bien en el hogar
adonde lo llevaron, en aquellos días en que los robots eran una rareza en las
casas y en el planeta.
Había cuatro personas
en la casa: el “señor”, la “señora”, la “señorita” y la “niña”. Conocía los
nombres, pero nunca los usaba. El Señor se llamaba Gerald Martin.
Su número de serie era
NDR... No se acordaba de las cifras. Había pasado mucho tiempo, pero si hubiera
querido recordarlas habría podido hacerlo. Sólo que no quería.
La Niña fue la primera
en llamarlo Andrew, porque no era capaz de pronunciar las letras, y todos
hicieron lo mismo que ella.
La Niña... Llegó a
vivir noventa años y había fallecido tiempo atrás. En cierta ocasión, él quiso
llamarla Señora, pero ella no se lo permitió. Fue Niña hasta el día de su
muerte.
Andrew estaba destinado
a realizar tareas de ayuda de cámara, de mayordomo y de criado. Eran días
experimentales para él y para todos los robots en todas partes, excepto en las
factorías y las estaciones industriales y exploratorias que se hallaban fuera
de la Tierra.
Los Martin le tenían
afecto y muchas veces le impedían realizar su trabajo porque la Señorita y la
Niña preferían jugar con él.
Fue la Señorita la
primera en darse cuenta de cómo se podía solucionar aquello.
—Te ordenamos a que
juegues con nosotras y debes obedecer las órdenes —le dijo.
—Lo lamento, Señorita
—contestó Andrew—, pero una orden previa del Señor sin duda tiene prioridad.
—Papá sólo dijo que
esperaba que tú te encargaras de la limpieza —replicó ella—. Eso no es una
orden. Yo sí te lo ordeno.
Al Señor no le
importaba. El Señor sentía un gran cariño por la Señorita y por la Niña,
incluso más que la Señora, y Andrew también les tenía cariño. Al menos, el
efecto que ellas ejercían sobre sus actos eran aquellos que en un ser humano se
hubieran considerado los efectos del cariño. Andrew lo consideraba cariño, pues
no conocía otra palabra designarlo.
Talló para la Niña un
pendiente de madera. Ella se lo había ordenado. Al parecer, a la Señorita le
habían regalado por su cumpleaños un pendiente de marfilina con volutas, y la
Niña sentía celos. Sólo tenía un trozo de madera y se lo dio a Andrew con un cuchillo
de cocina.
Andrew lo talló
rápidamente.
—Qué bonito, Andrew
—dijo la niña—. Se lo enseñaré a papá.
El Señor no podía
creerlo.
—¿Dónde conseguiste
esto Mandy? —Así llamaba el Señor a la Niña. Cuando la Niña le aseguró que
decía la verdad, el Señor se volvió hacia Andrew—. ¿Lo has hecho tú, Andrew?
—Sí Señor.
—¿De dónde copiaste el
diseño?
—Es una representación
geométrica, Señor, que armoniza con la fibra de la madera.
Al día siguiente, el
Señor le llevó otro trozo de una madera y un vibrocuchillo eléctrico.
—Talla algo con esto,
Andrew. Lo que quieras.
Andrew obedeció y el
Señor le observó; luego, examinó el producto durante un largo rato. Después de
eso, Andrew dejó de servir la mesa. Le ordenaron que leyera libros sobre diseño
de muebles, y aprendió a fabricar gabinetes y escritorios.
El Señor le dijo:
—Son productos
asombrosos, Andrew.
—Me complace hacerlos,
Señor.
—¿Cómo que te complace?
—Los circuitos de mi
cerebro funcionan con mayor fluidez. He oído usar el término “complacer” y el
modo en que usted lo usa concuerda con mi modo de sentir. Me complace hacerlos,
Señor.
3
Gerald Martin llevó a
Andrew a la oficina regional de Robots y Hombres Mecánicos de Estados Unidos.
Como miembro de la Legislatura Regional, no tuvo problemas para conseguir una
entrevista con el jefe de robopsicología. Más aún, sólo estaba calificado para
poseer un robot por ser miembro de la Legislatura. Los robots no eran algo
habitual en aquellos días.
Andrew no comprendió
nada al principio, pero en años posteriores, ya con mayores conocimientos,
evocaría esa escena y lo comprendería.
El robopsicólogo,
Merton Mansky, escuchó con el ceño cada vez más fruncido y realizó un esfuerzo
para no tamborilear en la mesa con los dedos. Tenía tensos los rasgos y la
frente arrugada y daba la impresión de ser más joven de lo que aparentaba.
—La robótica no es un
arte exacto, señor Martin —dijo—. No puedo explicárselo detalladamente, pero la
matemática que rige la configuración de las sendas positrónicas es tan compleja
que sólo permite soluciones aproximadas. Naturalmente, como construimos todo en
torno de las Tres Leyes, éstas son incontrovertibles. Desde luego,
reemplazaremos ese robot...
—En absoluto —protestó
el Señor—. No se trata de un fallo. Él cumple perfectamente con sus deberes. El
punto es que también realiza exquisitas tallas en madera y nunca repite los
diseños. Produce obras de arte.
Mansky parecía
confundido.
—Es extraño. Claro que
actualmente estamos probando con sendas generalizadas... ¿Cree usted que es
realmente creativo?
—Véalo usted mismo.
Le entregó una pequeña
esfera de madera, en la que había una escena con niños tan pequeños que apenas
se veían; pero las proporciones eran perfectas y armonizaban de un modo natural
con la fibra, como si también ésta estuviera tallada.
—¿Él hizo esto?
—exclamó Mansky. Se lo devolvió, sacudiendo la cabeza—. Puramente fortuito.
Algo que hay en sus sendas.
—¿Pueden repetirlo?
—Probablemente no.
Nunca nos han informado de nada semejante.
—¡Bien! No me molesta
en absoluto que Andrew sea el único.
—Me temo que la empresa
querrá recuperar ese robot para estudiarlo.
—Olvídelo —replicó el
Señor. Se volvió hacia Andrew—: Vámonos a casa.
—Como usted desee,
Señor —dijo Andrew.
4
La Señorita salía con
jovencitos y no estaba mucho en casa. Ahora era la Niña, que ya no era tan
niña, quien llenaba el horizonte de Andrew. Nunca olvidaba que la primera talla
en madera de Andrew había sido para ella. La llevaba en una cadena de plata que
le pendía del cuello.
Fue ella la primera que
se opuso a la costumbre del Señor a regalar los productos.
—Vamos, papá. Si
alguien los quiere, que pague por ellos. Valen la pena.
—Tu no eres codiciosa,
Mandy.
—No es por nosotros,
papá. Es por el artista.
Andrew jamás había oído
esa palabra y en cuanto tuvo un momento a solas la buscó en el diccionario.
Poco después realizaron
otro viaje; en esa ocasión para visitar al abogado del Señor.
—¿Qué piensas de esto
John? —le preguntó el Señor.
El abogado se llamaba
John Feingold. Era canoso y barrigón, y los bordes de sus lentes de contacto
estaban teñidos de verde brillante. Miró la pequeña placa que el Señor le había
entregado.
—Es bella... Pero estoy
al tanto. Es una talla de un robot, ese que has traído contigo.
—Sí, es obra de Andrew.
¿Verdad, Andrew?
—Sí, Señor.
—¿Cuánto pagarías por
esto John? —preguntó el Señor.
—No sé. No colecciono
esos objetos.
—¿Creerías que me han
ofrecido doscientos cincuenta dólares por esta cosita? Andrew ha fabricado
también sillas que he vendido por quinientos dólares. Los productos de Andrew
nos han permitido depositar doscientos mil dólares en el banco.
—¡Cielos, te está
haciendo rico, Gerald!
—Sólo a medias. La
mitad está en una cuenta a nombre de Andrew Martin.
—¿Del robot?
—Exacto, y quiero saber
si es legal.
—¿Legal? —Feingold se
reclinó en la silla, haciéndola crujir—. No hay precedentes, Gerald. ¿Cómo
firmó tu robot los papeles necesarios?
—Sabe hacer la firma de
su nombre y yo la llevé. No lo llevé a él al banco en persona. ¿Es preciso
hacer algo más?
—Mmm... —Feingold
entrecerró los ojos durante unos segundos—. Bueno, podemos crear un fondo
fiduciario que maneje las finanzas en su nombre, lo cual hará de capa aislante
entre él y el mundo hostil. Aparte de eso, mi consejo es que no hagas nada más.
Hasta ahora nadie te ha detenido. Si alguien se opone, déjale que se querelle.
—¿Y te harás cargo del
caso si hay alguna querella?
—Por un anticipo, claro
que sí.
—¿De cuánto?
Feingold señaló la
placa de madera.
—Algo como esto.
—Me parece justo —dijo
el Señor.
Feingold se rió entre
dientes mientras se volvía hacia el robot.
—¿Andrew, te gusta
tener dinero?
—Sí, señor.
—¿Qué piensas hacer con
él?
—Pagar cosas que de lo
contrario tendría que pagar el Señor. Esto le ahorrará gastos al Señor.
5
Hubo ocasiones para
ello. Las reparaciones eran costosas y las revisiones aún más. Con los años se
produjeron nuevos modelos de robot, y el Señor se preocupó de que Andrew
contara con cada nuevo dispositivo, hasta que fue un dechado de excelencia
metálica. El propio robot se encargaba de los gastos. Andrew insistía en ello.
Sólo sus sendas
positrónicas permanecieron intactas. El Señor insistía en ello.
—Los nuevos no son tan
buenos como tú, Andrew. Los nuevos robots no sirven. La empresa ha aprendido a
hacer sendas más precisas, más específicas, más particulares. Los nuevos robots
no son versátiles. Hacen aquello para lo cual están diseñados y jamás desvían.
Te prefiero a ti.
—Gracias, Señor,
—Y es obra tuya,
Andrew, no lo olvides. Estoy seguro de que Mansky puso fin a las sendas
generalizadas en cuanto te echó un buen vistazo. No le gustó que fueras tan
imprevisible... ¿Sabes cuántas veces pidió que te llevaríamos para estudiarte?
¡Nueve veces! Pero nunca se lo permití, y ahora que se ha retirado quizá nos
dejen en paz.
El cabello del Señor
disminuyó y encaneció, y el rostro se le puso fofo, pero Andrew tenía mejor
aspecto que cuando entró a formar parte de la familia. La Señora se había unido
a una colonia artística de Europa y la Señorita era poeta en Nueva York. A veces
escribían, pero no con frecuencia. La Niña estaba casada y vivía a poca
distancia. Decía que no quería abandonar a Andrew y cuando nació su hijo, el
Señorito, dejó que el robot cogiera el biberón para alimentarlo.
Andrew comprendió que
el Señor, con el nacimiento de ese nieto, tenía ya alguien que reemplazara a
quienes se habían ido. No sería tan injusto presentarle su solicitud.
—Señor —le dijo—, ha
sido usted muy amable al permitir que yo gastara mi dinero según mis deseos.
—Era tu dinero, Andrew.
—Sólo por voluntad de
usted, Señor. No creo que la ley le hubiera impedido conservarlo.
—La ley no me va a
persuadir de que me porte mal, Andrew.
—A pesar de todos los
gastos y a pesar de los impuestos, Señor, tengo casi seiscientos mil dólares.
—Lo sé, Andrew.
—Quiero dárselos,
Señor.
—No los aceptaré,
Andrew.
—A cambio de algo que
usted puede darme, Señor.
—Ah, ¿Qué es eso,
Andrew?
—Mi libertad, Señor.
—Tu...
—Quiero comprar mi
libertad, Señor.
6
No fue tan fácil. El
Señor se sonrojó, soltó un “¡Por amor de Dios!”, dio media vuelta y se alejó.
Fue la Niña quien logró
convencerlo, en un tono duro y desafiante, y delante de Andrew. Durante treinta
años, nadie había dudado en hablar en su presencia, tratárase de él o no. Era
sólo un robot.
—Papá, ¿porqué te lo
tomas como una afrenta personal? Él seguirá aquí. Continuará siéndote leal. No
puede evitarlo. Lo tiene incorporado. Lo único que quiere es formalismo verbal.
Quiere que lo llamen libre. ¿Es tan terrible? ¿No se lo ha ganado? ¡Cielos! él
y yo hemos hablado de esto durante años.
—¿Conque durante años?
—Si, una y otra vez lo
ha ido postergando por temor a lastimarte. Yo le dije que te lo pidiera.
—Él no sabe qué es la
libertad. Es un robot.
—Papá, no lo conoces.
Ha leído todo lo que hay en la biblioteca. No sé qué siente por dentro, pero
tampoco sé qué sientes tú. Cuando le hablas, reacciona ante las diversas
abstracciones tal como tú y yo. ¿Qué otra cosa cuenta? Si las reacciones de
alguien son como las nuestras, ¿qué más se puede pedir?
—La ley no adoptará esa
actitud —se obstinó el Señor, exasperado. Se volvió hacia Andrew y le dijo con
voz ronca—: ¡Mira, oye! No puedo liberarte a no ser de una forma legal, y si
esto llega a los tribunales no sólo no obtendrás la libertad, sino que la ley
se enterará oficialmente de tu fortuna. Te dirán que un robot no tiene derecho
a ganar dinero. ¿Vale la pena que pierdas tu dinero por esta farsa?
—La libertad no tiene
precio, Señor —replicó Andrew—. Sólo la posibilidad de obtenerla ya vale ese
dinero.
7
El tribunal también
podía pensar que la libertad no tenía precio y decidir que un robot no podía
comprarla por mucho que pagase, por alto que fuese el precio.
La declaración del
abogado regional, que representaba a quienes habían entablado un pleito
conjunto para oponerse a la libertad de Andrew, fue ésta: La palabra “libertad”
no significaba nada cuando se aplicaba a un robot, pues sólo un ser humano
podía ser libre.
Lo repitió varias
veces, siempre que le parecía apropiado; lentamente, moviendo las manos al son
de las palabras.
La Niña pidió permiso
para hablar en nombre de Andrew.
La llamaron por su
nombre completo, el cual Andrew nunca había oído antes:
—Amanda Laura Martin
Charney puede acercarse al estrado.
—Gracias, señoría. No
soy abogada y no sé hablar con propiedad, pero espero que todos presten
atención al significado e ignoren las palabras. Comprendamos qué significa ser
libre en el caso de Andrew. En algunos sentidos, ya lo es. Lleva por lo menos
veinte años sin que un miembro de la familia Martin le ordene hacer algo que él
no hubiera hecho por propia voluntad. Pero si lo deseamos, podemos ordenarle
cualquier cosa y expresarlo con la mayor rudeza posible, porque es una máquina
y nos pertenece. ¿Porqué ha de seguir en esa situación, cuando nos ha servido
durante tanto tiempo y tan lealmente y ha ganado tanto dinero para nosotros? No
nos debe nada más; los deudores somos nosotros. Aunque se nos prohibiera
legalmente someter a Andrew a una cervidumbre involuntaria, él nos serviría
voluntariamente. Concederle la libertad será sólo una triquiñuela verbal, pero
significaría muchísimo para él. Le daría todo y no nos costaría nada.
Por un momento pareció
que el juez contenía una sonrisa.
—Entiendo su
argumentación, señora Charney. Lo cierto es que a este respecto no existe una
ley obligatoria ni un precedente. Sin embargo, existe el supuesto tácito de que
sólo el ser humano puede gozar de libertad. Puedo establecer una nueva ley, o
someterme a la decisión de un tribunal superior; pero no puedo fallar en contra
de ese supuesto. Permítame interpelar al robot. ¡Andrew!
—Sí, señoría.
Era la primera vez que
Andrew hablaba ante el tribunal y el juez se asombró de la modulación humana de
aquella voz.
—¿Porqué quieres ser
libre, Andrew? ¿En qué sentido es importante para ti?
—¿Desearía usted ser
esclavo, señoría?
—Pero no eres esclavo.
Eres un buen robot, un robot genial, por lo que me han dicho, capaz de
expresiones artísticas sin parangón. ¿Qué más podrías hacer si fueras libre?
—Quizá no pudiera hacer
más de lo que hago ahora, señoría, pero lo haría con mayor alegría. Creo que
sólo alguien que desea la libertad puede ser libre. Yo deseo la libertad.
Y eso le proporcionó al
juez un fundamento. El argumento central de su sentencia fue: “No hay derecho a
negar la libertad a ningún objeto que posea una mente tan avanzada como para
entender y desear ese estado.”
Más adelante, el
Tribunal Mundial ratificó la sentencia.
8
El Señor seguía
disgustado y su áspero tono de voz hacía que Andrew se sintiera como si tuviese
un cortocircuito.
—No quiero tu maldito
dinero, Andrew. Lo tomaré sólo porque de lo contrario no te sentirás libre. A
partir de ahora, puedes elegir tus tareas y hacerlas como te plazca. No te daré
órdenes, excepto ésta: que hagas lo que se te plazca. Pero sigo siendo responsable
de ti. Esa forma parte de la sentencia del juez. Espero que lo entiendas.
—No seas irascible,
papá —interrumpió la Niña—. La responsabilidad no es una gran carga. Sabes que
no tendrás que hacer nada. Las Tres Leyes siguieron vigentes.
—Entonces, ¿en qué
sentido es libre?
—¿Acaso los seres
humanos no están obligados por sus leyes, Señor?
—No voy a discutir
—dijo el Señor.
Se marchó, y a partir
de entonces Andrew lo vio con poca frecuencia.
La Niña iba a verlo a
menudo a la casita que le habían construido y entregado. No disponía de cocina
ni cuarto de baño. Sólo tenía dos habitaciones. Una era una biblioteca y la
otra servía de depósito y taller. Andrew aceptó muchos encargos y como robot libre
trabajó más que antes, hasta que pagó el costo de la casa y el edificio se
transfirió legalmente.
Un día, fue a verlo el
Señorito..., no, ¡George! El Señorito había insistido en eso después de la
sentencia del juez.
—Un robot libre no
llama Señorito a nadie —le había dicho George—. Yo te llamo Andrew. Tú debes
llamarme George.
El día en que George
fue a verlo a solas le informó de que el Señor estaba agonizando. La Niña se
encontraba junto al lecho, pero el Señor también quería estuviese Andrew.
El Señor habló con voz
potente, aunque parecía incapaz de moverse. Se esforzó en levantar la mano.
—Andrew —dijo—,
Andrew... No me ayudes, George. Me estoy muriendo, eso es todo, no estoy
impedido... Andrew, me alegra que seas libre. Sólo quería decirte eso.
Andrew no supo qué
decir. Nunca había estado frente a un moribundo, pero sabía que era el modo
humano de dejar de funcionar. Era como ser desmontado de una manera
involuntaria e irreversible, y Andrew no sabía qué era lo apropiado decir en
ese momento. Sólo pudo quedarse en pie, callado e inmóvil.
Cuando todo terminó, la
Niña le dijo:
—Tal vez te haya
parecido huraño hacia el final, Andrew, pero estaba viejo y le dolió que
quisieras ser libre.
Y entonces Andrew halló
las palabras adecuadas:
—Nunca habría sido
libre sin él, Niña.
9
Andrew comenzó a usar
ropa después de la muerte del Señor. Empezó por ponerse unos pantalones viejos,
unos que le había dado George.
George ya estaba casado
y era abogado. Se incorporó a la firma de Feingold. El viejo Feingold había
muerto tiempo atrás, pero su hija continuó con el bufete, que con el tiempo
pasó a llamarse Feingold y Martin. Conservó ese nombre incluso cuando la hija se
retiró y ningún Feingold la sucedió. En la época en que Andrew se puso ropa por
primera vez, el apellido Martin acababa de añadirse a la firma.
George se esforzó en no
sonreír al verle ponerse los pantalones por primera vez, pero Andrew le notó la
sonrisa en los ojos.
George le enseñó a cómo
manipular la carga de estática para permitir que los pantalones se abrieran, le
cubrieran la parte inferior del cuerpo y se cerraran. George le hizo una
demostración con sus propios pantalones, pero Andrew comprendió que él tardaría
en imitar la soltura de ese movimiento.
—¿Y para qué quieres
llevar pantalones, Andrew? —dijo George—. Tu cuerpo resulta tan bellamente
funcional que es una pena cubrirlo; especialmente, cuando no tienes que
preocuparte por la temperatura ni por el pudor. Y además no se ciñen bien sobre
el metal.
—¿Acaso los cuerpos
humanos no resultan bellamente funcionales, George? Sin embargo, os cubrís.
—Para abrigarnos, por
limpieza, como protección, como adorno. Nada de eso aplica en tu caso.
—Me siento desnudo sin
ropa. Me siento diferente, George.
—¡Diferente! Andrew,
hay millones de robots en la Tierra. En esta región, según el último censo, hay
casi tantos robots como hombres.
—Lo sé, George. Hay
robots que realizan cualquier tipo de tarea concebible.
—Y ninguno de ello usa
ropa.
—Pero ninguno de ellos
es libre, George.
Poco a poco, Andrew
mejoró su guardaropa. Lo inhibían la sonrisa de George y la mirada de las
personas que le encargaban trabajos.
Aunque fuera libre, el
detallado programa con que había sido construido le imponía un determinado
comportamiento con la gente, y sólo se animaba a avanzar poco a poco. La
desaprobación directa lo contrariaba durante meses.
No todos aceptaban la
libertad de Andrew. Él era incapaz de guardarles rencor, pero sus procesos
mentales se encontraban con dificultades al pensar en ello.
Sobre todo, evitaba
ponerse ropa cuando creía que la Niña iba a verlo. Era ya una anciana que a
menudo vivía lejos, en un clima más templado, pero en cuanto regresaba iba a
visitarlo.
En uno de esos
regresos, George le comentó:
—Ella me ha convencido
Andrew. Me presentaré como candidato a la Legislatura el año próximo. De tal
abuelo, tal nieto, dice ella.
—De tal abuelo...
—Andrew se interrumpió, desconcertado.
—Quiero decir que yo,
el nieto, seré como el Señor, el abuelo, que estuvo un tiempo en la
Legislatura.
—Eso sería agradable,
George. Si el Señor aún estuviera...
Se interrumpió de
nuevo, pues no quería decir “en funcionamiento”. No parecía adecuado.
—Vivo— Lo ayudó
George—. Sí, pienso en el viejo monstruo de cuando en cuando.
Andrew reflexionó sobre
esa conversación. Se daba cuenta de sus limitaciones de lenguaje al hablar con
George. El idioma había cambiado un poco desde que Andrew se había convertido
en un ser con vocabulario innato. Además, George practicaba una lengua coloquial
que el Señor y la Niña no utilizaban. ¿Porqué llamaba monstruo al Señor, cuando
esa palabra no parecía la apropiada?
Los libros no lo
ayudaban. Eran antiguos y la mayoría trataban de tallas en madera, de arte o de
diseño de muebles. No había ninguno sobre el idioma ni sobre las costumbres de
los seres humanos.
Pensó que debía buscar
los libros indicados y, como robot libre, supuso que sería mejor no preguntarle
a George. Iría a la ciudad y haría uso de la biblioteca. Fue una decisión
triunfal y sintió que su electropotencial se elevaba tanto que tuvo que activar
una bobina de impedancia.
Se puso un atuendo
completo, incluida una cadena de madera en el hombro. Hubiera preferido
plástico brillante, pero George le había dicho que la madera resultaba más
elegante y que el cedro bruñido era mucho más valioso.
Llevaba recorridos
treinta metros cuando una creciente resistencia le hizo detenerse. Desactivó la
bobina de impedancia, pero no fue suficiente. Entonces, regresó a la casa y
anotó cuidadosamente en un papel. “Estoy en la biblioteca” Lo dejó a la vista, sobre
la mesa.
10
No llegó a la
biblioteca. Había estudiado el plano. Conocía el itinerario, pero no su
apariencia. Los monumentos al natural no se asemejaban a los símbolos del plano
y eso le hacía dudar. Finalmente pensó que debía de haberse equivocado, pues
todo parecía extraño.
Se cruzó con algún que
otro robot campesino, pero cuando se decidió a preguntar no había nadie a la
vista. Pasó un vehículo y no se detuvo. Andrew se quedó de pié, indeciso, y
entonces vio venir dos seres humanos por el campo.
Se volvió hacia ellos,
y ellos cambiaron de rumbo para salirse al encuentro. Un instante antes iban
hablando en voz alta, pero se habían callado. Tenían una expresión que Andrew
asociaba con la incertidumbre de los humanos y eran jóvenes, aunque no mucho.
¿Veinte años? Andrew nunca sabía determinar la edad de los humanos.
—Señores, ¿podrían
indicarme el camino hacia la biblioteca de la ciudad?
Uno de ellos, el más
alto de los dos, que llevaba un enorme sombrero, le dijo al otro:
—Es un robot.
El otro tenía nariz
prominente y párpados gruesos.
—Va vestido— comentó.
El alto cascó los
dedos.
—Es el robot libre. En
casa de los Martin tienen un robot libre que no pertenece a nadie. ¿Porqué otra
razón iba a usar ropa?
—Pregúntaselo.
—¿Eres el robot de los
Martin?
—Soy Andrew Martin,
señor.
—Bien, pues quítate esa
ropa. Los robots no usan ropa. —Y le dijo al otro—: Es repugnante. Míralo.
Andrew titubeó. Hacía
tanto tiempo que no oía una orden en ese tono de voz que los circuitos de la
Segunda Ley se atascaron un instante.
—Quítate la ropa
—repitió el alto—. Te lo ordeno.
Andrew empezó a
desvestirse.
—Tíralas allí —le
ordenó el alto.
—Si no pertenece a
nadie —sugirió el de nariz prominente—, podría ser nuestro.
—De cualquier modo
—dijo el alto— ¿quién va a poner objeciones a lo que hagamos? No estamos
dañando ninguna propiedad... —Y le indicó a Andrew—: Apóyate sobre la cabeza.
—La cabeza no es
para... —balbuceó él.
—Es una orden. Si no
sabes cómo hacerlo, inténtalo.
Andrew volvió a dudar y
luego apoyó la cabeza en el suelo. Intentó levantar las piernas y cayó
pesadamente.
—Quédate quieto —le
ordenó el alto, y le dijo al otro—: Podemos desmontarlo. ¿Alguna vez has
desmontado un robot?
—¿Nos dejará hacerlo?
—¿Cómo podría
impedirlo?
Andrew no tenía modo de
impedirlo si le ordenaban no resistirse. La Segunda Ley, la de obediencia,
tenía prioridad sobre la Tercera ley, la de supervivencia. En cualquier caso,
no podía defenderse sin hacerles daño, y eso significaría violar la Primera Ley.
Ante ese pensamiento, sus unidades motrices se contrajeron ligeramente y Andrew
se quedó allí tiritando.
El alto lo empujó con
el pie.
—Es pesado. Creo que
vamos a necesitar herramientas para este trabajo.
—Podríamos ordenarle
que se desmonte el mismo. Sería divertido verle intentarlo.
—Sí — asintió el alto,
pensativamente—, pero apartémoslo del camino. Si viene alguien...
Era demasiado tarde.
Alguien venía, y era George. Andrew le vio cruzar una loma a lo lejos. Le
hubiera gustado hacerle señas, pero la última orden había sido que se quedara
quieto. George echó a correr y llegó con el aliento entrecortado. Los dos
jóvenes retrocedieron unos pasos.
—Andrew ¿ha pasado
algo?
—Estoy bien George.
—Entonces ponte de
pie... ¿Qué pasa con tu ropa?
—¿Es tu robot amigo?
—preguntó el alto.
—No es el robot de
nadie. ¿Qué ha ocurrido aquí?
—Le pedimos cortésmente
que se quitara la ropa. ¿Porqué te molesta, si no es tuyo?
—¿Qué hacían Andrew?
—Tenían la intención de
desmebrarme. Estaban a punto de trasladarme a un lugar tranquilo para ordenarme
que me desmontara yo mismo.
George se volvió hacia
ellos. Le temblaba la barbilla. Los dos jóvenes no retrocedieron más. Sonreían.
—¿Qué piensas hacer
gordinflón? —dijo el alto, con tono burlón— ¿Atacarnos?
—No. No es necesario.
Este robot ha vivido con mi familia durante más de setenta años. Nos conoce y
nos estima más que a nadie. Le diré que vosotros dos me estáis atacando
amenazando y queréis matarme. Le pediré que me defienda. Entre vosotros y yo,
optará por mí. ¿Sabéis qué os ocurrirá cuando os ataque? —Los dos jóvenes
recularon atemorizados—. Andrew, corro peligro porque estos dos quieren hacerme
daño. ¡Vé hacia ellos!
Andrew obedeció, y los
dos jóvenes no esperaron. Pusieron los pies en polvorosa.
—De acuerdo, Andrew,
cálmate —dijo George, un poco demudado, pues ya no estaba en edad para
enzarzarse con un joven y menos con dos.
—No podría haberlos
lastimado, George. Vi que no te estaban atacando.
—No te ordené que los
atacaras, sólo que fueras hacia ellos. Su miedo hizo lo demás.
—¿Cómo pueden temer a
los robots?
—Es una enfermedad
humana, de la que aún no nos hemos curado. Pero eso no importa. ¿Qué demonios
haces aquí, Andrew? Estaba a punto de regresar y contratar un helicóptero
cuando te encontré. ¿Cómo se te ocurrió ir a la biblioteca? Yo te hubiera
traído los libros que necesitaras.
—Soy un...
—Robot libre. Si, vale.
¿Qué querías de la biblioteca?
—Quiero saber más
acerca de los robots, George. Quiero escribir una historia de los robots.
—Bien, vayamos a
casa... Y recoge tus ropas, Andrew. Hay un millón de libros sobre robótica y
todos ellos incluyen historias de la ciencia. El mundo no sólo se está
saturando de robots, sino de información sobre ellos.
Andrew meneó la cabeza;
con un gesto humano que había adquirido recientemente.
—No me refiero a una
historia de la robótica, George, sino a una historia de los robots, escrita por
un robot. Quiero explicar lo que sienten los robots acerca de lo que ha
ocurrido desde que se les permitió trabajar y vivir en la Tierra.
George enarcó las
cejas, pero no dijo nada.
11
La Niña ya tenía más de
ochenta y tres años, pero no había perdido energía ni determinación. Usaba el
bastón más para gesticular que para apoyarse.
Escuchó la historia
hecha una furia.
—Es espantoso, George
¿Quiénes eran esos rufianes?
—No lo sé. ¿Qué
importa? Al final no causaron daño.
—Pero pudieron
causarlo. Tú eres abogado, George, y si disfrutas de una buena posición se debe
al talento de Andrew. El dinero que él ganó es el cimiento de todo lo que
tenemos aquí. Él da continuidad a esta familia y no permitiré que lo traten
como a un juguete de cuerda.
—¿Qué quieres que haga,
madre?
—He dicho que eres
abogado, ¿es que no me escuchas? Prepara una acción constitutiva, obliga a los
tribunales regionales a declarar los derechos de los robots, logra que la Legislatura
apruebe leyes necesarias y lleva el asunto al Tribunal Mundial si es preciso.
Estaré vigilando, George, y no toleraré vacilaciones.
Hablaba en serio, y lo
que comenzó como un modo de aplacar a esa formidable anciana se transformó en
un asunto complejo, tan enmarañado que resultaba interesante. Como socio más
antiguo de Feingold y Martin, George planeó la estrategia, pero dejó el trabajo
a sus colegas más jóvenes, entre ellos a su hijo Paul, que también trabajaba en
la firma y casi todos los días le presentaba un informe a la abuela. Ella, a su
vez, deliberaba todos los días con Andrew.
Andrew estaba
profundamente involucrado. Postergó nuevamente su trabajo en el libro sobre los
robots mientras cavilaba sobre las argumentaciones judiciales, y en ocasiones
hacía útiles sugerencias.
—George me dijo que los
seres humanos siempre han temido a los robots —dijo una vez—. Mientras sea así,
los tribunales y las legislaturas no trabajarán a favor de ellos. ¿No tendría
que hacerse algo con la opinión pública?
Así que, mientras Paul
permanecía con el juzgado, George optó por la tribuna pública. Eso le permitía
ser informal y llegaba al extremo de usar esa ropa nueva y floja que llamaban
“harapos”.
—Pero no te la pises en
el estrado, papá —le advirtió Paul.
Interpeló a la
convención anual de holonoticias en una ocasión, diciendo:
—Si en virtud de la
Segunda Ley podemos exigir a cualquier robot obediencia ilimitada en todos los
aspectos que entrañan daño para un ser humano, entonces cualquier ser humano
tiene un temible poder sobre cualquier robot. Como la Segunda Ley tiene prioridad
sobre la Tercera, cualquier ser humano puede hacer uso de la ley de obediencia
para anular la ley de autoprotección. Puede ordenarle a cualquier robot que se
haga daño a sí mismo o que se autodestruya, sólo por capricho.
“¿Es eso justo?
¿Trataríamos así a un animal? Hasta un objeto inanimado que nos ha prestado un
buen servicio se gana nuestra consideración. Y un robot no es insensible. No es
un animal. Puede pensar, hablar, razonar, bromear. ¿Podemos tratarlos como amigos,
podemos trabajar con ellos y no brindarles el fruto de esa amistad, el
beneficio de la colaboración mutua?
“Si un ser humano tiene
el derecho de darle a un robot cualquier orden que no suponga daño para un ser
humano, debería tener la decencia de no darle a un robot ninguna orden que
suponga daño para un robot, a menos que lo requiera la seguridad humana. Un gran
poder supone una gran responsabilidad, y si los robots tienen tres leyes para
proteger a los hombres ¿es mucho pedir que los hombres tengan un par de leyes
para proteger a los robots?
Andrew tenía razón. La
batalla por ganarse la opinión pública fue la clave en los tribunales y en la
Legislatura, y al final se aprobó una ley que imponía unas condiciones, según
las cuales se prohibían las órdenes lesivas para los robots. Tenía muchos vericuetos
y los castigos por violar la ley eran insuficientes, pero el principio quedó
establecido. La Legislatura Mundial la aprobó el día de la muerte de la Niña.
No fue coincidencia que
la Niña se aferrara a la vida tan desesperadamente durante el último debate y
sólo cejara cuando le comunicaron la victoria. Su última sonrisa fue para
Andrew. Sus últimas palabras fueron:
—Fuiste bueno con
nosotros, Andrew.
Murió cogiéndole la
mano, mientras George, con su esposa y sus hijos, permanecía a respetuosa
distancia de ambos.
12
Andrew aguardó
pacientemente mientras el recepcionista entraba al despacho. El robot podría
haber usado el interfono holográfico, pero sin duda era presa de cierto
nerviosismo por tener que tratar con otro robot y no con un ser humano.
Andrew se detuvo
cavilando sobre esa cuestión. ¿“Nerviosismo” era la palabra adecuada para una
criatura que en vez de nervios tenía sendas positrónicas? ¿Podía usarse como un
término analógico?
Esos problemas seguían
con frecuencia mientras trabajaba en su libro sobre los robots. El esfuerzo de
pensar frases para expresar todas las complejidades le había mejorado el
vocabulario.
Algunas personas lo
miraban al pasar, y él no eludía sus miradas. Las afrontaba con calma y la
gente se alejaba.
Salió Paul Martin.
Parecía sorprendido, aunque Andrew tuvo dificultades para verle la expresión,
pues Paul usaba ese grueso maquillaje que la moda imponía para ambos sexos y,
aunque le confería más vigor a su blando rostro, Andrew lo desaprobaba. Había notado
que desaprobar a los seres humanos no le inquietaba demasiado mientras no lo
manifestara verbalmente. Incluso podía expresarlo por escrito. Estaba seguro de
que no siempre había sido así.
—Entra, Andrew. Lamento
haberte hecho esperar, pero tenía que concluir una tarea. Entra. Me dijiste que
querías hablar conmigo, pero no sabía que querías hablarme aquí.
—Si estás ocupado,
Paul, estoy dispuesto a esperar. Paul miró el juego de sombras cambiantes en el
cuadrante de la pared que servía como reloj.
—Dispongo de un rato.
¿Has venido solo?
—Alquilé un automóvil.
—¿Algún problema?
—preguntó Paul, con cierta ansiedad.
—No esperaba ninguno.
Mis derechos están protegidos.
La ansiedad de Paul se agudizó.
—Andrew, te he
explicado que la ley no es de ejecución obligatoria salvo en situaciones
excepcionales... Y si insistes en usar ropa acabarás teniendo problemas, como
aquella primera vez.
—La única. Paul.
Lamento que estés disgustado.
—Bien, míralo de este
modo: eres prácticamente una leyenda viviente, Andrew, y eres demasiado valioso
para arrogarte el derecho de ponerte en peligro... ¿Cómo anda el libro?
—Me estoy acercando al
final, Paul. El editor está muy contento.
—¡Bien!
—No sé si se encuentra
contento exactamente con el libro en cuanto tal. Creo que piensa vender muchos
ejemplares porque está escrito por un robot, y eso le hace estar contento.
—Me temo que es muy
humano.
—No estoy disgustado.
Que se venda, sea cual sea la razón, porque eso significará dinero y me vendrá
bien.
—La abuela te dejó...
—La Niña era generosa y
sé que puedo contar con la ayuda de la familia. Pero espero que los derechos
del libro me ayuden en el próximo paso.
—¿De qué hablas?
—Quiero ver al
presidente de Robots y Hombres Mecánicos S.A. He intentado concentrar una cita,
pero hasta ahora no pude dar con él. La empresa no colaboró conmigo en la
preparación del libro, así que no me sorprende.
Paul estaba
divirtiéndose.
—Colaboración es lo
último que puedes esperar. La empresa no colaboró con nosotros en nuestra gran
lucha por los derechos de los robots. Todo lo contrario, ya entiendes por qué:
si les otorgas derechos a los robots, quizá la gente no quiera comprarlos.
—Pero si llamas tú,
podrás conseguirme una entrevista.
—Me tienen poca
simpatía como a ti, Andrew.
—Quizá puedas insinuar
que la firma Feingold y Martin está dispuesta a iniciar una campaña para
reforzar aún más los derechos de los robots.
—¿No sería una mentira,
Andrew?
—Sí, Paul, y yo no
puedo mentir. Por eso debes llamar tú.
—Ah, no puedes mentir,
pero puedes instigarme a mentir, ¿verdad? Eres cada vez más humano Andrew.
13
No fue fácil, a pesar
del renombre de Paul.
Pero al fin se logró.
Harley Smythe-Robertson, que descendía del fundador de la empresa por línea
materna y había adoptado ese guión en el apellido para indicarlo, parecía
disgustado. Se aproximaba a la edad de jubilarse, y el tema de los derechos de
los robots había acaparado su gestión como presidente. Llevaba el cabello gris
aplastado y el rostro sin maquillaje. Miraba a Andrew con hostilidad.
—Hace un siglo —dijo
Andrew—, un tal Merton Mansky, de esta empresa, me dijo que la matemática que
rige la trama de las sendas positrónicas era tan compleja que sólo permitía
soluciones complejas y, por lo tanto, mis aptitudes no eran del todo previsibles.
—Eso fue hace casi un
siglo. —Smythe-Robertson dudó un momento, luego añadió en tono frío—: Ya no es
así. Nuestros robots están construidos y adiestrados con precisión para
realizar sus tareas.
—Sí —dijo Paul, que
estaba allí para cerciorarse de que la empresa actuara limpiamente—, con el
resultado de que mi recepcionista necesita asesoramiento cada vez que se aparta
de una tarea convencional.
—Más se disgustaría
usted si se pusiera a improvisar —replicó Smythe-Robertson.
—Entonces, ¿ustedes ya
no manufacturan robots como yo, flexibles y adaptables? —preguntó Andrew.
—No.
—La investigación que
he realizado para preparar mi libro —prosiguió Andrew— indica que soy el robot
más antiguo en activo.
—El más antiguo ahora y
el más antiguo siempre. El más antiguo que habrá nunca. Ningún robot es útil
después de veinticinco años. Los recuperaremos para reemplazarlos por modelos
más nuevos.
—Ningún robots es útil
después de veinticinco años tal como se los fabrica ahora —señaló Paul—. Andrew
es muy especial en ese sentido.
Andrew, ateniéndose al
rumbo que se había trazado, dijo:
—Por ser el robot más
antiguo y flexible del mundo, ¿no soy tan excepcional como para merecer un
tratamiento especial de la empresa?
—En absoluto —respondió
Smythe-Robertson—. Ese carácter excepcional es un estorbo para la empresa. Si
usted estuviera alquilado, en vez de haber sido vendido por una infortunada
decisión, lo habríamos reemplazado hace muchísimo tiempo.
—Pero de eso de trata—
se animó Andrew—. Soy un robot libre y soy dueño de mí mismo. Por lo tanto,
acudo a usted a pedirle que me reemplace. Usted no puede hacerlo sin el
consentimiento del dueño. En la actualidad, ese consentimiento se incluye
obligatoriamente como condición para el alquiler, pero en mi época no era así.
Smythe-Robertson estaba
estupefacto y desconcertado, y guardó silencio. Andrew observó el holograma de
la pared. Era una máscara mortuoria de Susan Calvin, santa patrona de la
robótica. Había muerto dos siglos atrás, pero después de escribir el libro Andrew
le conocía tan bien que tenía la sensación de haberla tratado personalmente.
—¿Cómo puedo
reemplazarte? —replicó Smythe-Robertson—. Si le reemplazo como robot, ¿cómo
puedo darle el nuevo robot a usted, el propietario, si en el momento del
reemplazo usted deja de existir?
Sonrió de un modo
siniestro.
—No es difícil —terció
Paul—. La personalidad de Andrew está asentada en su cerebro positrónico, y esa
parte no se puede reemplazar sin crear un nuevo robot. Por consiguiente, el
cerebro positrónico es Andrew el propietario. Todas las demás piezas del cuerpo
del robot se pueden reemplazar sin alterar la personalidad del robot, y esas
piezas pertenecen al cerebro. Yo diría que Andrew desea proporcionarle a su
cerebro un nuevo cuerpo robótico.
—En efecto —asintió
Andrew. Se volvió hacia Smythe-Robertson—. Ustedes han fabricado androides,
¿verdad?, robots que tienen apariencia humana, incluida la textura de la piel.
—Sí, lo hemos hecho.
Funcionaban perfectamente con su cutis y sus tendones fibrosintéticos.
Prácticamente no había nada de metal, salvo en el cerebro, pero eran tan
resistentes como los robots de metal. Más resistentes, en realidad.
Paul se interesó:
—No lo sabía. ¿Cuántos
hay en el mercado?
—Ninguno — contestó
Smythe-Robertson—. Eran mucho más caros que los modelos de metal, y un estudio
del mercado reveló que no serían aceptados. Parecían demasiado humanos.
—Pero la empresa
conserva toda su destreza —afirmó Andrew—. Deseo, pues, ser reemplazado por un
robot orgánico, por un androide.
—¡Santo cielo! —
exclamó Paul.
Smythe-Robertson se
puso rígido.
—¡Eso es imposible!
—¿Por qué imposible?
—preguntó Andrew—. Pagaré lo que sea, dentro de lo razonable, por supuesto.
—No fabricamos
androides.
—No quieren fabricar
androides —dijo Paul—. Eso no es lo mismo que no poseer la capacidad para
fabricarlos.
—De todos modos,
fabricar androides va contra nuestra política pública.
—No hay ley que lo
prohiba —señaló Paul.
—Aun así, no los
fabricamos ni pensamos hacerlo.
Paul se aclaró la
garganta.
—Señor
Smythe-Robertson, Andrew es un robot libre y está amparado por la ley que
garantiza los derechos de los robots. Entiendo que usted está al corriente de
ello.
—Ya lo creo.
—Este robot, como
robot, libre, opta por usar vestimenta. Por esta razón, a menudo es humillado
por seres humanos desconsiderados, a pesar de la ley que prohibe humillar a los
robots. Es difícil tomar medidas contra infracciones vagas que no cuentan con la
reprobación general de quienes deben decidir sobre la culpa y la inocencia.
—Nuestra empresa lo
comprendió desde el principio. Lamentablemente, la firma de su padre no.
—Mi padre ha muerto,
pero en este asunto veo una clara infracción, con una parte perjudicada.
—¿De qué habla? —gruñó
Smythe-Robertson.
—Andrew Martin, que
acaba de convertirse en mi cliente, es un robot libre capacitado para solicitar
a Robot y Hombres Mecánicos el derecho de reemplazo, el cual la empresa otorga
a quien posee un robot durante más de veinticinco años. Más aún, la empresa
insiste en que haya reemplazos. —Paul sonrió con desenfado—. El cerebro
positrónico de mi cliente es propietario del cuerpo de mi cliente, que, desde
luego, tiene más de veinticinco años. El cerebro positrónico exige reemplazo
del cuerpo y ofrece pagar un precio razonable por un cuerpo de androide, en
calidad de dicho reemplazo. Si usted rechaza el requerimiento, mi cliente
sufrirá una humillación y presentaremos una querella. Además, aunque la opinión
pública no respaldara la reclamación de un robot en este caso, le recuerdo que
su empresa no goza de popularidad. Hasta quienes más utilizan los robots y se
aprovechan de ellos recelan la empresa. Esto puede ser un vestigio de tiempos
en que los robots eran muy temidos. Puede ser resentimiento contra el poderío y
la riqueza de Robots y Hombres Mecánicos, que ostenta el monopolio mundial. Sea
cual fuera la causa, el resentimiento existe y creo que usted preferirá no ir a
juicio, teniendo en cuenta que mi cliente es rico y que vivirá muchos siglos,
lo cual le permitirá prolongar la batalla eternamente.
Smythe-Robertson se
había ruborizado.
—Usted intenta a
obligarme a ...
—No le obligo a nada.
Si desea rechazar la razonable solicitud de mi cliente, puede hacerlo y nos
marcharemos sin decir más... Pero entablaremos un pleito, como es nuestro
derecho, y a la larga usted perderá.
—Bien... —empezó
Smythe-Robertson, y se calló.
—Veo que va usted a
aceptar. Puede que tenga dudas, pero al fin aceptará. Le haré otra aclaración.
Si, al transferir el cerebro positrónico de mi cliente de su cuerpo actual a un
cuerpo orgánico se produce alguna lesión, por leve que sea, no descansaré hasta
haber arruinado a su empresa. De ser necesario, haré todo lo posible para
movilizar a la opinión pública contra ustedes si una senda del cerebro de
platino-iridio de mi cliente sufre algún daño. ¿Estás de acuerdo, Andrew?
Andrew titubeó. Era
como aprobar la mentira, el chantaje, el maltrato y la humillación de un ser
humano, pero no hay daño físico, se dijo, no hay daño físico.
Finalmente logró
pronunciar un tímido sí.
14
Era como estar
reconstruido. Durante días, semanas y meses Andrew se sintió como otra persona,
y los actos más sencillos lo hacían vacilar.
Paul estaba frenético.
—Te han dañado, Andrew.
Tendremos que entablar un pleito.
—No lo hagas — dijo
Andrew muy despacio—. Nunca podrás probar pr...
—¿Premeditación?
—Premeditación. Además,
ya me encuentro más fuerte, mejor. es el t...
—¿Temblor?
—Trauma. A fin de
cuentas, nunca antes se practicó semejante oper... oper...
Andrew sentía el
cerebro desde dentro, algo que nadie más podía hacer. Sabía que se encontraba
bien y, durante los meses que le llevó aprender la plena coordinación y el
pleno interjuego positrónico, se pasó horas ante el espejo.
¡No parecía humano! El
rostro era rígido y los movimientos, demasiado deliberados. Carecía de la
soltura del ser humano, pero quizá pudiera lograrlo con el tiempo. Al menos,
podía ponerse ropa sin la ridícula anomalía de tener un rostro de metal.
—Volveré al trabajo.
Paul sonrió.
—Eso significa que ya
estás bien. ¿Qué piensas hacer? ¿Escribirás otro libro?
—No —respondió muy
serio—. Vivo demasiado tiempo como para dejarme seducir por una sola carrera.
Hubo un tiempo en que era artista y aún puedo volver a esa ocupación. Y hubo un
tiempo en que fui historiador y aún puedo volver a eso. Pero ahora deseo ser robobiólogo.
—Robopsicólogo, querrás
decir.
—No. Eso implicaría el
estudio de cerebros positrónicos, y en este momento no deseo hacerlo. Un
robobiólogo sería alguien que estudia el funcionamiento del cuerpo que va con
ese cerebro.
—Eso no se llamaría un
robotista?
—Un robotista trabaja
con un cuerpo de metal. Yo estudiaré un cuerpo humanoide orgánico, y el único
espécimen que existe es el mío.
—Un campo muy limitado—
observó Paul—. Como artista, toda la inspiración te pertenecía; como
historiador, estudiabas principalmente los robots; como robobiólogo, sólo te
estudiarás a ti mismo.
Andrew asintió con la
cabeza.
—Eso parece.
Andrew tuvo que
comenzar desde el principio, pues no sabía nada de biología y casi nada de
ciencias. Empezó a frecuentar bibliotecas, donde consultaba índices
electrónicos durante horas, con su apariencia totalmente normal debido a la
ropa. Los pocos que sabían que era un robot no se entrometían.
Construyó un
laboratorio en una sala que añadió a su casa, y también se hizo una biblioteca.
Transcurrieron años. Un
día, Paul fue a verlo.
—Es una lástima que ya
no trabajes en la historia de los robots. Tengo entendido que Robots y Hombres
Mecánicos está adoptando una política radicalmente nueva.
Paul había envejecido,
y unas células fotoópticas habían reemplazado sus deteriorados ojos. En ese
aspecto estaba más cerca de Andrew.
—¿Qué han hecho?
—preguntó Andrew.
—Están fabricando
ordenadores centrales, cerebros positrónicos gigantescos que se comunican por
microondas con miles de robots. Los robots no poseen cerebro. Son las
extremidades del gigantesco cerebro, y los dos están separados físicamente.
—¿Es más eficiente?
—La empresa afirma que
sí. Smythe-Robertson marcó el nuevo rumbos antes de morir. Sin embargo, tengo
la sospecha de que es una reacción contra ti. No quieren fabricar robots que
les causen problemas como tú, y por eso han separado el cerebro del cuerpo. El
cerebro no deseará cambiar de cuerpo y el cuerpo no tendrá un cerebro que desee
nada. Es asombrosa la influencia que has ejercido en la historia de los robots.
Tus facultades artísticas animaron a la empresa a fabricar robots más precisos
y especializados; tu libertad derivó en la formulación del principio de los
derechos robóticos; tu insistencia en tener un cuerpo de androide hizo que la
empresa separase el cerebro del cuerpo.
—Supongo que al final
la empresa fabricará un enorme cerebro que controlará miles de millones de
cuerpos robóticos. Todos los huevos en un cesto. Peligroso. Muy desatinado.
—Me parece que tienes
razón. Pero no creo que ocurra hasta dentro de un siglo y no viviré para verlo.
Quizá ni siquiera viva para ver el año próximo.
—¡Paul! —exclamó Andrew
preocupado.
Paul se encogió de
hombros.
—No somos como tú. No
importa demasiado, pero si es importante aclararte algo. Soy el último humano
de los Martin. Hay descendientes de mi tía abuela, pero ellos no cuentan. El
dinero que controlo personalmente quedará en tu fondo a tu nombre y, en la medida
en que uno puede prever el futuro, estarás económicamente a salvo.
—Eso es innecesario —
rechazó Andrew con dificultad, pues a pesar de todo ese tiempo no lograba
habituarse a la muerte de los Martin.
—No discutamos. Así
serán las cosas. ¿En qué estás trabajando?
—Diseño un sistema que
permita que los androides, yo mismo, obtengan energía de la combustión de
hidrocarburos, y no de las células atómicas.
Paul enarcó las cejas.
—¿De modo que puedan
respirar y comer?
—Sí.
—¿Cuánto hace que
investigas ese problema?
—Mucho tiempo, pero
creo que he diseñado una cámara de combustión adecuada para una descomposición
catalizada controlada.
—Pero ¿por qué, Andrew?
La célula atómica es infinitamente mejor.
—En ciertos sentidos,
quizá; pero la célula atómica es inhumana.
15
Le llevó tiempo, pero
Andrew tenía tiempo de sobra. Ante todo, no quiso hacer nada hasta que Paul
muriese en paz.
Con la muerte del
bisnieto del Señor, Andrew se sintió más expuesto a un mundo hostil, de modo
que estaba aún más resuelto a seguir el rumbo que había escogido tiempo atrás.
Pero no estaba solo.
Aunque un hombre había muerto, la firma Feingold y Martin seguía viva, pues una
empresa no muere, así como no muere un robot. La firma tenía sus instrucciones
y las cumplió al pie de la letra. A través del fondo fiduciario y la firma
legal, Andrew conservó su fortuna y, a cambio de una suculenta comisión anual,
Feingold y Martin se involucró en los aspectos legales de la nueva cámara de
combustión.
Cuando llegó el momento
de visitar Robots y Hombres Mecánicos S.A., lo hizo a solas. En una ocasión
había ido con el Señor y en otra con Paul; esta vez era la tercera, estaba solo
y parecía un hombre.
La empresa había
cambiado. La planta de producción se había desplazado a una gran estación
espacial, como ocurría con muchas industrias. Con ellas se habían ido muchos
robots. La Tierra parecía cada vez más un parque, con una población similar a
robots, de los cuales un treinta por cierto estaban dotados de un cerebro
autónomo.
El director de
investigaciones era Alvin Magdescu, de tez y cabellos oscuros y barba
puntiaguda. Sobre la cintura sólo usaba la faja pectoral impuesta por la moda.
Andrew vestía según la anticuada moda de varias décadas.
—Te conozco, desde
luego —dijo Magdescu—, y me agrada verte. Eres uno de nuestros productos más
notables y es una lástima que el viejo Smythe-Robertson te tuviera inquina.
Podríamos haber un gran trato contigo.
—Aun pueden.
—No, no creo. Ha pasado
el momento. Hace más de un siglo que tenemos robots en la Tierra, pero eso está
cambiando. Se irán al espacio y los que permanezcan aquí no tendrán cerebro.
—Pero quedo yo, y me
quedo en la Tierra.
—Sí, pero tú no pareces
robot. ¿Qué nueva solicitud traes?
—Quiero ser menos
robot. Como soy tan orgánico, deseo una fuente orgánica de energía. Aquí tengo
los planos...
Magdescu los miró sin
prisa. Los observaba con creciente interés.
—Es notablemente
ingenioso. ¿A quién se le ha ocurrido todo esto?
—A mí.
Magdescu lo miró
fijamente.
—Supondría una
reestructuración total del cuerpo y sería experimental, pues nunca se ha
intentado. Te aconsejo que no lo hagas, que te quedes como estás.
El rostro de Andrew
tenía una capacidad expresiva limitada, pero no ocultó su impaciencia.
—Profesor Magdescu, no
lo entiende. Usted no tiene más opción que acceder a mi requerimiento. Si se
pueden incorporar estos dispositivos a mi cuerpo, también se pueden incorporar
a cuerpos humanos. La tendencia a prolongar la vida humana mediante prótesis se
está afianzando. No hay dispositivos mejores que los que yo he diseñado.
Controlo las patentes a través de Feingold y Martin. Somos capaces de montar
una empresa para desarrollar prótesis que quizá terminen generando seres
humanos con muchas de las propiedades de los robots. Su empresa se verá
afectada. En cambio, si me opera ahora y accede a hacerlo en circunstancias
similares en el futuro, percibirá una comisión por utilizar las patentes y
controlar la tecnología robótica y protésica para seres humanos. El alquiler
inicial se otorgará sólo cuando se haya realizado la primera operación, y
cuando haya pasado tiempo suficiente para demostrar que tuvo éxito.
La Primera Ley no le
creó ninguna inhibición ante las severas condiciones que le estaba imponiendo a
un ser humano. Había aprendido que lo que parecía crueldad podía resultar
bondad a la larga.
Magdescu estaba
estupefacto.
—No soy yo quien debe
decidir en semejante asunto. Es una decisión de empresa y llevará tiempo.
—Puedo esperar un
tiempo razonable —dijo Andrew—, pero sólo un tiempo razonable.
Y pensó con
satisfacción que Paul mismo no lo habría hecho mejor.
16
Fue sólo un tiempo
razonable, y la operación resultó todo un éxito.
—Yo me oponía a esta
operación, Andrew —le dijo Magdescu—, pero no por lo que tú piensas. No estaba
en contra del experimento, de haberse tratado de otro. Detestaba poner en
peligro tu cerebro positrónico. Ahora que tienes sendas positrónicas que actúan
recíprocamente con sendas nerviosas simuladas, podría resultar difícil rescatar
el cerebro intacto si el cuerpo se deteriorase.
—Yo tenía confianza en
la capacidad personal de la empresa. Y ahora puedo comer.
—Bueno, puedes sorber
aceite de oliva. Eso significa que habrá que hacer de vez en cuando limpieza de
la cámara de combustión, como ya te hemos explicado. Es un factor incómodo,
diría yo.
—Quizá, si yo no
pensara seguir adelante. La auto limpieza no es imposible. Estoy trabajando en
un dispositivo que se encargará de los alimentos sólidos que incluyan parte no
combustible; la materia indigerible, por así decirlo, que habrá que desechar.
—Entonces, necesitarás
un ano.
—Su equivalente.
—¿Qué más, Andrew?
—Todo lo demás.
—¿También genitales?
—En la medida en que
concuerden con mis planes. Mi cuerpo es un lienzo donde pienso dibujar...
Magdescu aguardó a que
concluyera la frase, pero como la pausa se prolongaba decidió redondearla él
mismo:
—¿Un hombre?
—Ya veremos —se limitó
a decir Andrew.
—Es una ambición
contradictoria, Andrew. Tú eres mucho mejor que un hombre. Has ido cuesta abajo
desde que optaste por ser orgánico.
—Mi cerebro no se ha
dañado.
—No, claro que no.
Pero, Andrew, los nuevos hallazgos protésicos que han posibilitado tus patentes
se comercializan bajo tu nombre. Eres reconocido como el gran inventor y se te
honra por ello... tal como eres. ¿Por qué quieres arriesgar más tu cuerpo?
Andrew no respondió.
Los honores llegaron.
Aceptó el nombramiento en varias instituciones culturales, entre ellas una
consagrada a la nueva ciencia que él había creado; la que él llamó
robobiología, pero que se denominaba protetología.
En el ciento cincuenta
aniversario de su fabricación, se celebró una cena de homenaje en Robots y
Hombres Mecánicos. Si Andrew vio en ello alguna ironía, no lo mencionó.
Alvin Magdescu, ya
jubilado, presidió la cena. Tenía noventa y cuatro años y aún vivía porque
tenía prótesis que, entre otras cosas, cumplían las funciones del hígado y de
los riñones. La cena alcanzó su momento culminante cuando Magdescu, al cabo de
un discurso breve y emotivo, alzó la copa para brindar por “el robot
sesquicentenario”.
Andrew se había hecho
remodelar los tendones del rostro hasta el punto de que podía expresar una gama
de emociones, pero se comportó de un modo pasivo durante toda la ceremonia. No
le agradaba ser un robot sesquicentenario.
17
La protetología le
permitió a Andrew abandonar la Tierra. En las décadas que siguieron a la
celebración del sesquicentenario, la Luna se convirtió en un mundo más
terrícola que la Tierra en todos los aspectos menos en el de la gravedad, un
mundo que albergaba una densa población en sus ciudades subterráneas.
Allí, las prótesis
debían tener en cuenta la menor gravedad, y Andrew pasó cinco años en la Luna
trabajando con especialistas locales para introducir las necesarias
adaptaciones. Cuando no se encontraba trabajando, deambulaba entre los robots,
que lo trataban con cortesía robótica debida a un hombre.
Regresó a la Tierra,
que era monótona y apacible en comparación, y fue a las oficinas de Feingold y
Martin para anunciar su vuelta.
El entonces director de
la firma, Simon DeLong, se quedó sorprendido.
—Nos habían anunciado
que regresabas, Andrew —dijo, aunque estuvo a punto de llamarlo “señor
Martin”—, pero no te esperábamos hasta la semana entrante.
—Me impacienté
—contestó bruscamente Andrew, que ansiaba ir al grano—. En la Luna, Simon,
estuve al mando de un equipo de investigación de veinte científicos humanos.
Les daba órdenes que nadie cuestionaba. Los robots lunares me trataban como a
un ser humano. ¿Entonces por qué no soy un ser humano?
DeLong adoptó una
expresión cautelosa.
—Querido Andrew, como
acabas de explicar, tanto los robots como los humanos te tratan como si fueras
un ser humano. Por consiguiente, eres un ser humano de facto.
—No me basta con ser un
ser humano de facto. Quiero que no sólo me traten como tal, sino que me
identifiquen legalmente como tal. Quiero ser un ser humano de jure.
—Eso es distinto. Ahí
tropezaríamos con los prejuicios humanos y con el hecho indudable de que, por
mucho que parezcas un ser humano, no lo eres.
—¿En qué sentido? Tengo
la forma de un ser humano y órganos equivalentes a los de los humanos. Mis
órganos son idénticos a los que tiene un ser humano con prótesis. He realizado
aportaciones artísticas, literarias y científicas a la cultura humana, tanto
como cualquier ser humano vivo. ¿Qué más se puede pedir?
—Yo no pediría nada. El
problema es que se necesitaría una Ley de la Legislatura Mundial para definirte
como ser humano. Francamente, no creo que sea posible.
—¿Con quién debo hablar
en la Legislatura?
—Con la presidencia de
la Comisión para la Ciencia y la Tecnología, tal vez.
—¿Puedes pedir una
reunión?
—Pero no necesitas un
intermediario. Con tu prestigio...
—No. Encárgate tú.
—Andrew ni siquiera pensó que estaba dándole una orden a un ser humano. En la
Luna se habían acostumbrado a ello—. Quiero que sepan que Feingold y Martin me
apoya plenamente en esto.
—Pues bien...
—Plenamente, Simon. En
ciento setenta y tres años he aportado muchísimo a esta firma. En el pasado
estuve obligado para con otros miembros de esta firma. Ahora no.
Es a la inversa, y
estoy reclamando mi deuda.
—Veré qué puedo hacer
—dijo DeLong.
18
La presidencia de la
Comisión para Ciencia y la Tecnología era una asiática llamada Chee Li-Hsing.
Con sus prendas transparentes (que ocultaban lo que ella quería ocultar
mediante un resplandor), parecía envuelta en plástico.
—Simpatizo con su afán
de obtener derechos humanos plenos —le dijo—. En otros tiempos de la historia
hubo integrantes de la población humana que lucharon por obtener derechos
plenos. Pero ¿qué derechos puede desear que ya no tenga?
—Algo muy simple: el
derecho a la vida. Un robot puede ser desmontado en cualquier momento.
—Y un ser humano puede
ser ejecutado en cualquier momento.
—La ejecución sólo
puede realizarse dentro del marco de la Ley. Para desmontarme a mí no se
requiere un juicio; sólo se necesita la palabra de un ser humano que tenga
autorización para poner fin a mi vida. Además..., además... —Andrew procuró
reprimir su tono implorante, pero su expresión y su voz humanizadas lo
traicionaban—. Lo siento es que deseo ser hombre. Lo he deseado durante seis
generaciones de seres humanos.
Li-Hsing lo miró con
sus ojos oscuros.
—La Legislatura puede
aprobar una ley declarándolo humano; llegado el caso, podría aprobar una ley
declarando humana a una estatua de piedra. Sin embargo, creo que en el primer
caso serviría tan poco como para el segundo. Los diputados son tan humanos como
el resto de la población, y siempre existe un recelo contra los robots.
—¿Incluso actualmente?
—Incluso actualmente.
Todos admitiríamos que usted se ha ganado a pulso el premio de ser humano, pero
persistiría el temor de sentar un precedente indeseable.
—¿Qué precedente? Soy
el único robot libre, el único de mi tipo, y nunca se fabricará otro. Pueden
preguntárselo a Robots y Hombres Mecánicos.
—”Nunca” es mucho
tiempo, Andrew, o, si lo prefiere, señor Martin, pues personalmente le
considero humano. La mayoría de los diputados se mostrarán reacios a sentar ese
precedente, por insignificante que parezca. Señor Martin, cuenta usted con mi
respaldo, pero no le aconsejo que abrigue esperanzas. En realidad...
—Se reclinó en el
asiento y arrugó la frente—. En realidad, si la discusión se vuelve acalorada,
surgirá cierta tendencia, tanto dentro como fuera de la Legislatura, a
favorecer esa postura, que antes mencionó usted, la que quieran desmontarle.
Librarse de usted podría ser el modo más fácil de resolver el dilema. Píenselo
antes de insistir.
—¿Nadie recordará la
técnica de la protetología, algo que me pertenece casi por completo?
—Parecerá cruel, pero
no la recordarán. O, en todo caso, la recordarán desfavorablemente. Dirán que
usted lo hizo con fines egoístas, que fue parte de una campaña para robotizar a
los seres humano o para humanizar a los robots; y en cualquiera de ambos casos
sería pérfido y maligno. Usted nunca ha sido víctima de una campaña política de
desprestigio, y le aseguro que se convertiría en el blanco de unas calumnias
que ni usted ni yo creeríamos, pero sí habría gente que las creería. Señor
Martin, viva su vida en paz.
Se levantó. Al lado de
Andrew, que estaba sentado, parecía menuda, casi una niña.
—Si decido luchar por
mi humanidad —dijo Andrew—, ¿usted estará de mi lado?
Ella reflexionó y
contestó:
—Sí, en la medida de lo
posible. Si en algún momento esa postura amenaza mi futuro político, tendré que
abandonarle, pues para mí no es una cuestión fundamental. Procuro ser franca.
—Gracias. No le pediré
otra cosa. Me propongo continuar esta lucha al margen de las consecuencias, y
le pediré ayuda mientras usted pueda brindármela.
19
No fue una lucha
directa. Feingold y Martin aconsejó paciencia y Andrew masculló que no tenía
una paciencia infinita. Luego, Feingold y Martin inició una campaña para
delimitar la zona de combate.
Entabló un pleito en el
que se rechazaba la obligación de pagar deudas a un individuo con un corazón
protésico, alegando que la posesión de un órgano robótico lo despojaba de
humanidad y de sus derechos constitucionales.
Lucharon con destreza y
tenacidad; perdían en cada paso que daban, pero procurando siempre que la
sentencia resultante fuese lo más genérica posible, y luego la presentaban
mediante apelaciones ante el Tribunal Mundial.
Llevó años y millones
de dólares.
Cuando se dictó la
última sentencia, DeLong festejó la derrota como si fuera un portante triunfo.
Andrew estaba presente en las oficinas de la firma, por supuesto.
—Hemos logrado dos
cosas, Andrew, y ambas son buenas. En primer lugar, hemos establecido que
ningún número de artefactos le quita la humanidad al cuerpo humano. En segundo
lugar, hemos involucrado a la opinión pública de tal modo que estará a favor de
una interpretación amplia de lo que significa humanidad, pues no hay ser humano
existente que no desee una prótesis si eso puede mantenerlo con vida.
—Y crees que la
Legislatura me concederá el derecho a la humanidad?
DeLong parecía un poco
incómodo.
—En cuanto a eso, no
puedo ser optimista. Queda el único órgano que el Tribunal Mundial ha utilizado
como criterio de humanidad. Los seres humanos poseen un cerebro celular
orgánico y los robots tienen un cerebro positrónico de platino e iridio... No
Andrew, no pongas esa cara. Carecemos de conocimientos para imitar el
funcionamiento de un cerebro celular en estructuras artificiales parecidas al
cerebro orgánico, así que no se puede incluir en la sentencia, ni siquiera tú
podrías lograrlo.
—¿Qué haremos entonces?
—Intentarlo, por
supuesto. La diputada Li-Hsing estará de nuestra parte y también una cantidad
creciente de diputados. El presidente sin duda seguirá la opinión de la mayoría
de la Legislatura en este asunto.
—¿Contamos con una
mayoría?
—No, al contrario. Pero
podríamos obtenerla si el público expresa su deseo de que se te incluya en una
interpretación amplia de lo que significa humanidad. Hay pocas probabilidades,
pero si no deseas abandonar debemos arriesgarnos.
20
La diputada Li-Hsing
era mucho más vieja que cuando Andrew la conoció. Ya no llevaba aquellas
prendas transparentes, sino que tenía el cabello corto y vestía con ropa
tubular. En cambio, Andrew aún se atenía, dentro de los límites de lo
razonable, al modo de vestir que predominaba cuando él comenzó a usar ropa un
siglo atrás.
—Hemos llegado tan
lejos como podíamos, Andrew. Lo intentaremos nuevamente después del receso,
pero, con franqueza, la derrota es segura y tendremos que desistir. Todos estos
esfuerzos sólo me han valido una derrota segura en la próxima campaña parlamentaria.
—Lo sé, y lo lamento.
Una vez dijiste que me abandonarías si se llegaba a ese extremo; ¿por qué no lo
has hecho?
—Porqué cambié de
opinión. Abandonarte se convirtió en un precio mucho más alto del que estaba
dispuesta a pagar por una nueva gestión. Hace más de un cuarto de siglo que
estoy en la Legislatura. Es suficiente.
—¿No hay modo de
hacerles cambiar de parecer, Chee?
—He convencido a toda
la gente razonable. El resto, la mayoría, no están dispuestos a renunciar a su
aversión emocional.
—La aversión emocional
no es una razón válida para votar a favor o en contra.
—Lo sé, Andrew, pero la
razón que alegan no es la aversión emocional.
—Todo se reduce al tema
del cerebro, pues. Pero ¿es que todo ha de limitarse a una posición entre
células y positrones? ¿No hay modo de imponer una definición funcional? Debemos
decir que un cerebro está hecho de esto o lo otro? ¿No podemos decir que el cerebro
es algo capaz de alcanzar cierto nivel de pensamiento?
—No dará resultado. Tu
cerebro fue fabricado por el hombre, el cerebro humano no. Tu cerebro fue
construido, el humano se desarrolló. Para cualquier ser humano que se proponga
mantener la barrera entre él y el robot, esas diferencias constituyen una muralla
de acero de un kilómetro de grosor y un kilómetro de altura.
—Si pudiéramos llegar a
la raíz de su antipatía..., a la auténtica raíz de...
—Al cabo de tantos años
—comentó tristemente Li-Hsing—, sigues intentando razonar con los seres
humanos. Pobre Andrew, no te enfades, pero es tu personalidad robótica la que
te impulsa en esa dirección.
—No lo sé —dijo
Andrew—. Si pudiera someterme...
1 (Continuación)
Si pudiera someterse...
Sabía desde tiempo
atrás que podía llegar a ese extremo, y al fin decidió ver al cirujano. Buscó
uno con la habilidad suficiente para la tarea, lo cual significaba un cirujano
robot, pues no podía confiar en un cirujano humano, ni por su destreza ni por sus
intenciones.
El cirujano no podría
haber realizado la operación en un ser humano, así que Andrew, después de
postergar el momento de la decisión con un triste interrogatorio que reflejaba
su torbellino interior, dejó de lado la Primera Ley diciendo:
—Yo también soy un
robot. —Y añadió, con la firmeza con que había aprendido a dar órdenes en las
últimas décadas, incluso a seres humanos—: Le ordenó que realice esta
operación.
En ausencia de la
Primera Ley, una orden tan firme, impartida por alguien que se parecía tanto a
un ser humano, activó la Segunda Ley, imponiendo la obediencia.
21
Andrew estaba seguro de
que el malestar que sentía era imaginario. Se había recuperado de la operación.
No obstante, se apoyó disimuladamente contra la pared. Sentarse sería demasiado
revelador.
—La votación definitiva
se hará esta semana, Andrew —dijo Li-Hsing—. No he podido retrasarla más, y
perderemos... Ahí terminará todo, Andrew.
—Te agradezco tu
habilidad para la demora. Me ha proporcionado el tiempo que necesitaba y he
corrido el riesgo que debía correr.
—¿De qué riesgo hablas?
—preguntó Li-Hsing, con manifiesta preocupación.
—No podía contártelo a
ti ni a la gente de Feingold y Martin, pues sabía que me detendrías. Mira, si
el problema es el cerebro, ¿acaso la mayor diferencia no resiste en la
inmortalidad? ¿A quién le importa la apariencia, la constitución ni la
evolución del cerebro? Lo que importa es que las células cerebrales mueren, que
deben morir. Aunque se mantengan o se reemplacen los demás órganos, las células
cerebrales, que no se pueden reemplazar sin alterar y matar la personalidad,
deben morir con el tiempo. Mis sendas positrónicas, han durado casi dos siglos
sin cambios y pueden durar varios siglos más. ¿No es ésa la barrera
fundamental? Los seres humanos pueden tolerar que un robot sea inmortal, pues
no importa cuánto dure una máquina; pero no pueden tolerar a un ser humano
inmortal, pues su propia mortalidad sólo es tolerable siempre y cuando sea
universal. Por eso no quieren considerarme humano.
—¿A dónde quieres
llegar, Andrew?
—He eliminado ese
problema. Hace décadas, mi cerebro positrónico fue conectado a nervios orgánicos.
Ahora una última operación ha reorganizado esas conexiones de tal modo que
lentamente mis sendas pierdan potencial.
La azorada Li-Hsing
calló un instante. Luego, apretó los labios.
—¿Quieres decir que has
planeado morirte, Andrew? Es imposible. Eso viola la Tercera Ley.
—No. He escogido entre
la muerte de mi cuerpo y la muerte de mis aspiraciones y deseos. Habría violado
la Tercera Ley si hubiese permitido que mi cuerpo viviera a costa de una muerte
mayor.
—Li-Hsing le agarró el
brazo como si fuera a sacudirle. Se contuvo.
—Andrew, no dará
resultado. Vuelve a tu estado anterior.
—Imposible. Se han
causado muchos daños. Me queda un año de vida. Duraré hasta el segundo
centenario de mi construcción. Me permití esa debilidad.
—¿Vale la pena? Andrew,
eres un necio.
—Si consigo la
humanidad, habrá valido la pena. De lo contrario, mi lucha terminará, y eso
también habrá valido la pena.
Li-Hsing hizo algo que
la asombró. Rompió a llorar en silencio.
22
Fue extraño el modo en
que ese último acto capturó la imaginación del mundo. Andrew no había logrado
conmover a la gente con todos sus esfuerzos, pero había aceptado la muerte para
ser humano, y ese sacrificio fue demasiado grande para que lo rechazaran.
La ceremonia final se
programó deliberadamente para el segundo centenario. El presidente mundial
debía firmar el acta y darle carácter de ley, y la ceremonia se transmitiría
por una red mundial de emisoras y se vería en el Estado de la Luna e incluso en
la colonia marciana. Andrew iba en una silla de ruedas. Aún podía caminar, pero
con gran esfuerzo.
Ante los ojos de la
humanidad, el presidente mundial dijo:
—Hace cincuenta años,
Andrew fue declarado el robot sesquicentenario. —hizo una pausa y añadió
solemnemente—: Hoy, el Señor Martin es declarado el hombre bicentenario.
Y Andrew, sonriendo,
extendió la mano para estrechar la del presidente.
23
Andrew yacía en el
lecho. Sus pensamientos se disipaban. Intentaba agarrarse a ellos con
desesperación. ¡Un hombre! ¡Era un hombre! Quería serlo hasta su último
pensamiento. Quería disolverse, morir siendo hombre.
Abrió los ojos y
reconoció a Li-Hsing que aguardaba solemnemente. Había otras personas, pero
sólo eran sombras irreconocibles. Unicamente Li-Hsing se recortaba contra ese
fondo cada vez más borroso. Andrew tendió la mano y sintió vagamente el
apretón.
Ella se esfumaba ante
sus ojos mientras sus últimos pensamientos se disipaban.
Pero, antes de que la
imagen de Li-Hsing se desvaneciera del todo, un último pensamiento cruzó la
mente de Andrew por un instante fugaz.
—Niña — susurró, en voz
tan queda que nadie le oyó.
Una última palabra
A aquellos de ustedes,
que hayan leído algunas (o posiblemente todas) de mis historias de robots
antes, les agradezco su lealtad y paciencia. A aquellos de ustedes que no lo
han hecho, espero que este libro les haya proporcionado placer –y yo me siento
complacido de habernos conocido-, y espero que volvamos a encontrarnos de nuevo
pronto.
Notas
[1] Wren: Mujer
perteneciente al servicio auxiliar femenino de la Armada. (N del T.) Volver
[2] Nowan en inglés se
pronuncia de manera muy parecida a no one, esto es, nadie. (N. del T.) Volver
[3] Large, alto o
grande, en inglés. (N. del T.)Volver
[4] Large, alto o
grande, en inglés. (N. del T.) Volver
[5] Publicadas por esta
misma editorial en los números 48 y 51 de su colección Super Ficción (N. del
T.) Volver
[6] Las tres leyes
robótocas: Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que
un ser humano sufra daño; un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas
por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera
Ley; un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección
no este en conflicto con la primera o segunda ley. (Manual de Robótica - 56ª
edición, año 2058. Volver
[7] «Goodfellow»
significa, literalmente, «buen chico». (N. del T.) Volve

