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Libro N° 4077. El Nacimiento De Los Estados Unidos. 1763 – 1816. Asimov, Isaac

Guillermo Molina Miranda mayo 03, 2025

 


© Libro N° 4077. El Nacimiento De Los Estados Unidos. 1763 – 1816. Asimov, Isaac. Colección E.O. Agosto 19 de 2017.

Título original: © 

 

Versión Original: © El Nacimiento De Los Estados Unidos. 1763 – 1816. Isaac Asimov

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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EL NACIMIENTO DE LOS ESTADOS UNIDOS

1763 – 1816

Isaac Asimov

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Índice

Capítulo 1 - La Cólera Creciente

Las consecuencias de la victoria

Las trece colonias en 1763

El nuevo rey

La Ley de Timbres (The Stamp Act)

¡Resistencia!

Capítulo 2 - El camino a la revolución

El segundo asalto

La primera sangre

Sam Adams y el té

Capítulo 3 - El camino hacia la independencia

Comienza la revolución

De Concord a Bunker Hill

Boston liberada

La Declaración de la Independencia

Capítulo 4 - Howe contra Washington

La ayuda extranjera

La lucha por Nueva York

La retirada a través de Nueva Jersey

Contraataque a través del río Delaware

Capítulo 5 - El viraje decisivo

La invasión de Burgoyne

La rendición de Burgoyne

La alianza francesa

La guerra en la frontera

Capítulo 6  - El camino hacia la victoria

Francia interviene

Cobardía y traición

Los americanos resisten

Decisión en Virginia.

Capítulo 7 - Hacia la creación de una nación

Después de la guerra

La Confederación se esfuma

La convención constitucional

La adopción de la Constitución

Capítulo 8 - La organización de la nación

El nuevo gobierno

Las nuevas finanzas

Los nuevos Estados

Los indios

Capítulo 9  - La dominación federalista

La fijación de los límites

La Revolución Francesa

Hamilton y Adams

Crisis con Francia

Capítulo 10 - La lucha por la paz

El empate presidencial

La nación se duplica

Jueces y traidores

Atrapado entre los gigantes

Capítulo 11  - La entrada en la guerra

El comienzo del cambio

Recurso a las armas

Desastre y triunfo

En los Grandes Lagos

Capítulo 12 - A salvo después de la prueba

Batalla en el norte

Batalla en el centro

Batalla en el sur

Las consecuencias de la paz

Cronología

 

 

 

 

Título original: The Birth of the United States 1763-1816

Traductor: Néstor Mínguez

 

Primera edición en «El Libro de Bolsillo»: 1983

Tercera reimpresión en «El Libro de Bolsillo»: 1994

 

© 1974 by Isaac Asimov

© Ed. cast.: Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1983, 1984, 1990, 1994

Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15; 28027 Madrid. Teléf 741 66 00

I.S.B.N.: 84-206-1964-7 (obra completa)

I.S.B.N,; 84-206-9968-3 (Tomo XII)

Depósito legal: M. 17.381/1994

Compuesto e impreso en Fernández Ciudad, S. L. Catalina Suárez, 19. 28007 Madrid

Printed in Spain

 

 

 

Capítulo 1 - La Cólera Creciente

 

LAS CONSECUENCIAS DE LA VICTORIA

 

 

 En el año de 1763, el Tratado de París puso fin a una larga serie de guerras con los franceses que habían abrumado a los colonos británicos de la costa marítima oriental del continente durante tres cuartos de siglo. Dichas guerras terminaron con una total victoria británica.

 Los franceses fueron expulsados del continente. Toda América del Norte, desde la bahía de Hudson hasta el golfo de México y desde el río Misisipí hasta el océano Atlántico, era británico. Al oeste del Misisipí y al sur, América del Norte aún era española, pero España era, desde hacía más de un siglo, una potencia en declive y causó pocos problemas a los británicos y a los colonos. Esto era particularmente así desde que los españoles se habían visto obligados a abandonar Florida, que había sido su bastión durante casi dos siglos, fortaleza desde la que habían hostigado a las colonias sureñas.

 Los grandes tramos noroccidentales del continente todavía no habían sido reclamados por nadie, pero una tercera potencia, Rusia, buscaba pieles en lo que es ahora Alaska. Pero no era de ninguna importancia para los colonos del Este, por entonces.

 Sin embargo, esa victoria total marcó el comienzo de nuevos problemas para Gran Bretaña. La derrota de sus enemigos inició una cadena de sucesos que condujo a la mayor derrota que Gran Bretaña sufriría en tiempos modernos, y al nacimiento de una nueva nación destinada, en el curso de dos siglos, a convertirse en la más poderosa de la historia. De esta historia se ocupa este libro[1].

 El problema básico era que los colonos británicos estaban llegando a la mayoría de edad y obteniendo una confianza en sí mismos que los británicos y su gobierno pasaban por alto y no reconocían.

 Las partes habitadas de las trece colonias cubrían una superficie de unos 650.000 kilómetros cuadrados, casi tres veces la superficie de la isla de Gran Bretaña. En 1763, había un millón y cuarto de colonos de origen europeo en esas colonias, a los que se añadía la mano de obra no pagada de más de un cuarto de millón de esclavos negros. La población de Gran Bretaña, a la sazón, no era superior a los siete millones, de modo que la población colonial, también a este respecto, era una parte respetable de los británicos.

 Más aún, la sociedad colonial había llegado a ser distintivamente diferente de la británica. La población colonial ya estaba totalmente mezclada y, además de los hombres de ascendencia inglesa, había también cantidades considerables de personas cuya cultura originaria era escocesa, irlandesa, neerlandesa, alemana o escandinava. Las presiones de las fronteras hicieron a la sociedad colonial mucho más igualitaria que la británica, y había un difundido desprecio en las colonias por los títulos británicos y hacia la sumisión británica.

 

 

 

LAS TRECE COLONIAS EN 1763

 

 

 

 En grado creciente, los colonos se consideraron como ingleses transplantados, por ascendencia o por adopción, sino como americanos. Y con este nombre me re refiere a ellos en lo sucesivo.

 La reciente asociación de británicos y americanos como aliados en la guerra contra Francia tampoco contribuye en nada a acercar a los dos pueblos. La familiaridad llevó al mutuo desprecio de ambas partes.

 Los funcionarios británicos consideraban a los americanos como una población ruda e ignorante, indisciplinada, no fiable y bárbara, totalmente dispuesta a negociar con el enemigo en busca de beneficios. Y puesto que los americanos no tenían un ejército profesional entrenado y generalmente luchaban a la manera de las guerrillas, adecuada a los bosques pero no a los cultivados campos de batalla de Europa, eran considerados cobardes por los británicos.

A los americanos, por su parte, los británicos les parecían autoritarios, esnobs y tiránicos.

 Cada una de las partes pensaba que había ganado la guerra contra los franceses sin mucha ayuda de la otra y hasta pese al obstáculo decidido de la otra. Para los británicos, la guerra la había ganado el ejército regular en la decisiva batalla de Quebec de 1759. Para los americanos, había sido ganada en interminables batallas contra los indios interminables pequeñas escaramuzas y el sufrimiento de una cantidad de matanzas de mujeres y niños. Había sido una guerra en la que habían conquistado heroicamente Louisburg sólo para que los británicos la devolviesen pusilánimemente. Una guerra en la que los británicos habían sido vergonzosamente derrotados en Fort Duquesne y fueron salvados de su completa aniquilación por los americanos[2].

 Hasta 1763, por supuesto, los americanos no podían permitirse libremente presentar quejas contra los británicos. Los franceses eran el enemigo y se necesitaba la potencia de Gran Bretaña. Pero ahora los franceses se habían marchado y los americanos, seguros en su tierra, se sintieron en condiciones de enfrentarse con los británicos, finalmente.

 Esto era tanto más cierto cuanto que los americanos preveían un brillante futuro. Eliminada Francia, toda la tierra al oeste, hasta el lejano Misisipí, estaba abierta a la colonización americana, pensaban, y las colonias seguirían creciendo en superficie y población hasta constituir una gran potencia sobre la Tierra. ¿Quién los detendría?

 Pero, ¡ay!, las nuevas tierras no estaban vacías. Los franceses se habían marchado, pero los indios no.

 Tampoco agradaba a los indios el acuerdo de 1763. Los británicos no estaban tan dispuestos como los franceses a recibir a los indios en los fuertes en un pie de igualdad, sino que habían hecho desagradablemente obvio su sentimiento europeo de superioridad. No juzgaban conveniente apaciguar la dignidad india con palabras amables y regalos, sino que en cierto modo esperaban que los indios reconociesen su inferioridad y se colocasen en su lugar.

 Más aún, los británicos no estaban interesados principalmente en pieles. Eran los colonos de la costa quienes deseaban tierras, querían hacer a un lado a los indios y convertir las soledades en granjas. Y los franceses, cuando se dispusieron a partir, susurraron todo esto al oído de los indios y no tuvieron escrúpulos en estimularlos a resistir, con vagas promesas de ayuda futura.

 Un jefe indio llamado Pontiac, que había nacido en lo que es ahora el noroeste de Ohio y había luchado con los franceses, pasó a primer plano. Formó una confederación de las tribus indias que vivían entre los Montes Apalaches y el río Misisipí, y organizó ataques sorpresivos contra varios puestos occidentales avanzados en mayo de 1763, apenas tres meses después de firmarse el Tratado de París e implantarse, en apariencia, la paz.

 El plan tuvo éxitos iniciales. Ocho fuertes de la región de los Grandes Lagos fueron tomados y sus guarniciones aniquiladas. Pero Detroit resistió un ataque conducido por el mismo Pontiac.

 Fort Pitt (donde está la moderna Pittsburgh) también resistió un asedio indio y acudió en su socorro una compañía de 500 soldados regulares británicos comandados por el coronel Henry Bouquet. El 2 de agosto de 1763, los británicos chocaron con una fuerza india en Bushy Run, a cuarenta kilómetros al este de Fuerte Pitt. Bouquet derrotó a los indios en una lucha de dos días y, aunque también los británicos sufrieron fuertes pérdidas, el combate marcó un giro decisivo. Fuerte Pitt fue socorrido el 10 de agosto y Pontiac se vio obligado a levantar el sitio de Detroit en noviembre.

 Poco a poco, la coalición de Pontiac se deshizo. Las tribus lo abandonaron y Pontiac se vio obligado a aceptar la paz, el 24 de julio de 1766. En lo sucesivo, mantuvo la paz con los británicos, pero fue muerto en Cahokia, Illinois, en 1769, por un indio de una tribu enemiga de la suya que había sido sobornado a tal fin por un negociante inglés.

 Pero fue una paz de compromiso. Los británicos no deseaban entregarse a guerras interminables contra los indios y a sufrir una constante efusión de sangre y dinero en lugares desérticos situados a cinco mil kilómetros de su hogar. Tampoco tenían muchos deseos de ver crecer sin límite a las irritantes colonias. Por ello, convinieron, por su parte, respetar las tierras de caza de los indios situadas al oeste de los Montes Apalaches.

 El 7 de octubre de 1763, una proclama real estableció una frontera occidental a lo largo de las cadenas de los Apalaches más allá de la cual no podían crearse colonias. Fue esto, más que cualquier otra cosa, lo que rompió la coalición de Pontiac y trajo la paz.

 Mas para los americanos, la «Línea de la Proclama» era algo abominable. Su efecto era confinarlos a la llanura costera, exactamente donde habían estado confinados antes de 1763 por los franceses. ¿De qué servía (pensaban los americanos) la derrota de los franceses?

 Incansablemente, los americanos presionaron contra la Línea de la Proclama y aprendieron a ignorar, y por ende a despreciar, las leyes promulgadas en Gran Bretaña. Los colonos occidentales, los especuladores con tierras, los tramperos que negociaban con pieles, todos aprendieron a ver en el gobierno británico a un enemigo que se ponía de lado de los indios.

 En Virginia, la más antigua y populosa de las colonias, el hambre de tierras de los grandes propietarios de plantaciones era particularmente marcada. Habían deseado colonizar el valle del Ohio que fue la causa inmediata de la última guerra con los franceses, y muchos de ellos, pese a sus vínculos con la cultura inglesa, se volvieron cada vez más antibritánicos.

 Pero los americanos más prósperos e influyentes eran los comerciantes de las ciudades costeras y particular mente de Nueva Inglaterra, hombres que habían hecho fortuna con el comercio marítimo con las Antillas y con Europa. Si Gran Bretaña hubiese conseguido mantener su lealtad, el descontento podía haberse conservado dentro de ciertos límites. Los americanos más conservadores podían haber mantenido a raya a los granjeros y hombres de la frontera mal organizados.

 El fracaso en conseguirlo fue el mayor error táctico de Inglaterra.

 Durante cien años, Gran Bretaña había tratado de regular el comercio americano de tal modo que los manufactureros y terratenientes británicos pudiesen beneficiar se con él. (Según las normas de la época, esto parecía racional a los británicos. El territorio en el que vivían los americanos había sido ocupado y colonizado por iniciativa británica. Había sido la armada británica y la fuerza de las armas británicas las que los habían protegido continuamente, primero contra los neerlandeses y los españoles, y luego contra los franceses. Puesto que los americanos existían y prosperaban gracias a la generosidad de Gran Bretaña, ¿por qué no debían ofrecer alguna compensación a cambio?

 Era casi como si Gran Bretaña considerase que los americanos habían alquilado su vasto territorio a la madre patria, y esperase de ellos que pagasen gustosamente el alquiler.

 Para los americanos, desde luego, las cosas eran diferentes. Las colonias habían sido creadas por hombres que habían llevado a cabo la tarea con muy escasa ayuda del gobierno británico, y en algunos casos porque habían sido expulsados de sus hogares por la persecución religiosa.

 También pensaban los americanos que habían defendido sus tierras contra los indios, los neerlandeses, los españoles y los franceses sin mucha ayuda de la madre patria. Sólo en la última guerra Gran Bretaña, viendo amenazados sus intereses en Europa y Asia, se había decidido a intervenir de manera vigorosa, y aun entonces los americanos habían ayudado enormemente.

 Por ello, cuando los británicos trataron de controlar la industria y el comercio americanos de modo tal que el dinero fuese a parar a los bolsillos de los comerciantes y terratenientes británicos, los americanos pensaron que esto era injusto.

 Los comerciantes americanos respondieron efectuando un comercio ilegal con otros países, o realizando el comercio sin pagar derechos de aduana o hurtando de otros modos a Gran Bretaña el dinero que trataba de recaudar. Los americanos no consideraban que violaban la ley, sino que ignoraban restricciones injustas y tiránicas.

 Fue a causa de las restricciones al comercio y el contrabando por lo que los comerciantes de Nueva Inglaterra y las ciudades marítimas se volvieron cada vez más antibritánicas.

 

EL NUEVO REY

 

 

 Retrospectivamente, vemos que los británicos podían haber manejado las cosas más sabiamente. Si se hubiese permitido a los americanos autogobernarse en cierta medida y si se hubiera permitido que los americanos más influyentes compartiesen los beneficios, por su propio acuerdo los americanos habrían entregado a los británicos más dinero del que Gran Bretaña podía obtener mediante la coerción.

 A las circunstancias que contribuyeron al fracaso británico en comprender esto se agregó el hecho de que subiese al trono un nuevo rey, un rey que, por desgracia, no estaba precisamente a la altura de los tiempos.

 El 25 de octubre de 1760, el rey británico, Jorge II, murió después de un reinado de treinta y tres años durante los cuales los dominios británicos de ultramar aumentaron mucho. En verdad, sólo a partir de este reinado podemos hablar verdaderamente del «Imperio Británico».

 Su hijo Federico, que hubiera sido el heredero al trono, había muerto en 1751. Fue el hijo de Federico, quien tenía veintidós años en el momento de la muerte de su abuelo, quien sucedió a éste con el nombre de Jorge III.

 El nuevo rey no era muy brillante. No aprendió a leer hasta los once años y, más tarde, se volvió loco. Nunca tuvo realmente confianza en sí mismo y, como sucede a veces, convirtió esto en obstinación. Nunca pudo admitir que estaba equivocado, de modo que persistía en su modo de actuar hasta mucho después de que fuese claro para todo el mundo que lo que hacía producía el efecto contrario de los resultados que buscaba.

 Jorge III no era un tirano. Era un hombre moral, que amaba a su familia y llevaba una vida en un todo respetable, con su esposa y sus hijos. Hasta era amable en ciertos aspectos y, ciertamente, como ser humano era mucho mejor que los dos Jorges anteriores.

 Pero vivía en una época en que, en otras partes de Europa, los reyes eran absolutos. Por ejemplo, el rey Luis XV de Francia, que gobernaba ya desde hacía casi medio siglo cuando Jorge III subió al trono, hacía lo que quería. No tenía ningún parlamento que le pusiese obstáculos, ningún primer ministro que gobernase el país sin control, ni elecciones que decidiesen sobre la politica, ni partidos que riñesen unos con otros ni político con libertad de atacar al rey.

 Era humillante para Jorge que sólo él, de todos los monarcas europeos, fuese controlado y acosado por los caballeros terratenientes que dominaban el Parlamento. Su bisabuelo, Jorge I y su abuelo, Jorge II, no se habían preocupado por ello. Habían sido alemanes de nacimiento y habían gobernado la tierra alemana de Hannover. Les interesaba mucho más Hannover que Gran Bretaña y se sentían muy gustosos de dejar que el primer ministro gobernase como quisiese. Los Primeros Jorges, en efecto, apenas hablaban inglés.

 Pero Jorge III pensaba de otro modo. Aunque aún gobernaba Hannover, había nacido y se había criado en Inglaterra. Hablaba inglés y se sentía inglés, y tenía un intenso deseo de gobernar a Gran Bretaña.

 Durante su adolescencia, cuando era heredero al trono su madre viuda (a quien adoraba) constantemente lo urgía a que asumiese los deberes y los poderes que antaño pertenecían a la corona. «¡Sé un rey!», decía a su hijo con lo cual quería significar un rey a la manera de los monarcas absolutos de otras partes de Europa

 Jorge trató de ser un rey. No podía abolir los poderes del Parlamento y convertirse en un monarca absoluto. Si hubiese intentado hacerlo, seguramente habría sido derrocado de inmediato por una nación que desde hacía largo tiempo había puesto límites estrictos a los poderes regios. Lo que hizo, pues, fue tratar de gobernar mediante el Parlamento, eligiendo a políticos que estuviesen a su lado y actuasen en su nombre. De este modo, hizo todo lo posible para poner al Parlamento bajo su control.

 Le disgustaba William Pitt, por ejemplo. Pitt (el ministro que había asumido la dirección de la política británica en los oscuros días en que los franceses parecían a punto de obtener la victoria, y había conducido a Gran Bretaña a la recuperación y el triunfo) era la encamación misma de todo lo que Jorge III detestaba. Pitt era un político poderoso y resuelto que se comportaba como si él fuese el rey.

 Después de un año de haber subido al trono, Jorge halló medios para obligar a renunciar a Pitt, en octubre de 1761. Pudo hacerlo sin problemas, desde luego, porque para entonces la victoria británica era segura. Desplazado Pitt, el Tratado de París de 1763 lanzó un destello de gloria sobre Jorge III. Estaba en el trono a la sazón y recibió el mérito de la victoria, aunque ésta se hallaba asegurada ya antes de que él subiese al trono.

 Era en las colonias americanas donde Jorge III podía tener más éxito en su ambición de «ser un rey». En las colonias, no había parlamento alguno que le disputase el control. Allí, al menos, podía gobernar a su gusto, nombrando y destituyendo a funcionarios, estableciendo la política y ajustando los tornillos a los transgresores. Había legislaturas coloniales, sin duda, pero en conjunto tenían escaso poder contra el rey.

 Jorge III no ejerció su poder en las colonias de mala manera, pues no era un hombre malo. La queja americana era sencillamente que lo pudiera ejercer, para bien o para mal, sin consultar a los mismos americanos.

 Los choques empezaron casi tan pronto como Jorge III subió al trono, y concernían al problema del contrabando. Este era siempre un mal para los británicos, pero durante la Guerra contra Franceses e Indios, pareció absolutamente insoportable. Al menos parte del comercio ilegal americano se realizaba con el enemigo, con lo que apoyaba a los franceses y contribuía a la muerte de soldados británicos (y de soldados americanos también).

 Los británicos se sintieron totalmente justificados en hacer esfuerzos especiales para poner fin al contrabando y aplicar las leyes que el Parlamento había aprobado regulando el tráfico y el comercio americanos. Esto había sido decidido por Pitt en 1760, por la época en que Jorge III subió al trono, y en este caso Jorge III estuvo de acuerdo con Pitt.

 Pero poner en práctica las leyes sobre el comercio a un gran territorio escasamente poblado y situado a cinco mil kilómetros de distancia, donde la población, en general, no estaba dispuesta a admitir que se aplicaran, era más fácil de planear que de lograr. La búsqueda de artículos de contrabando y probar, una vez hallados, que habían entrado de contrabando eran cosas casi imposibles sin la cooperación de la gente del lugar.

 Por esta razón, el gobierno británico decidió promulgar «mandatos de asistencia». Estas eran órdenes de búsqueda generalizada. Un funcionario de aduanas, provisto de un mandato de asistencia, tenía derecho de entrar en cualquier lugar en busca de artículos. No era necesario especificar el lugar particular o la naturaleza de los artículos buscados.

 Tales mandatos de asistencia no eran algo nuevo. Habían sido expedidos ya en 1751. Pero en 1761, cuando salieron los nuevos mandatos, los americanos ya no temían a los franceses ni dependían de la ayuda militar británica. Eran más conscientes de sus derechos y más dispuestos a hacerlos valer.

 No estaba en discusión lo bueno o lo malo del contrabando (¿quién podía defender honestamente el comercio con el enemigo?). La cuestión era si tales mandatos de asistencia eran legales. Esas órdenes de búsqueda generalizadas eran ilegales en Gran Bretaña, donde un axioma de la ley era que «la casa de un hombre es su castillo». Por humilde o desvencijada que fuese la casa de un hombre, en ella no podían entrar el rey ni sus representantes sin un proceso judicial en regla concerniente a una casa específica y para un fin específico.

 ¿Por qué, pues, en las colonias la casa de un hombre no era su castillo?

 En Massachusetts, particularmente, donde el contrabando era desenfrenado, se levantó una enorme oposición y se puso en tela de juicio la legalidad de los mandatos.

 Contra los mandatos se levantó James Otis (nacido en West Barnstable, Massachusetts, el 5 de febrero de 1725), hijo de uno de los más respetados jueces de la colonia. Su argumento, expuesto con la mayor elocuencia, era que los derechos poseídos por los ingleses, como consecuencia del «derecho natural», no podían ser violados por decretos del rey ni por edictos del Parlamento. Había una «constitución» básica que, aunque no estuviese escrita, encarnaba esos derechos naturales, y «un decreto contra la constitución es vacío», decía.

 Otis sostenía, en efecto, que el gobierno británico, al promulgar mandatos de asistencia, era subversivo, y los americanos, al negarse a obedecer a esa ley particular, defendían los principios básicos del derecho. (Predicaba lo que hoy llamamos «desobediencia civil».)

 Los británicos no se inmutaron por ese argumento y prosiguieron su política de expedir mandatos de asistencia. Mas para muchos americanos, Otis había encendido un faro que iba a guiarlos en adelante y a justificarlos en su rebelión contra la ley británica en nombre de una ley superior.

 Un suceso similar tuvo lugar en Virginia un poco más tarde.

 En Virginia, era costumbre desde 1662 pagar a los clérigos en tabaco. El dinero en efectivo era escaso, y el tabaco era una mercancía valiosa.

 El problema era que el valor del tabaco fluctuaba.

 Aunque su precio era generalmente de dos peniques la libra, hubo una serie de años malos en los que la cosecha de tabaco fue escasa por la sequía y el precio subió a seis peniques la libra. Esto significaba que, si el clero recibía su asignación habitual de tabaco (17.000 libras el año), su salario se triplicaba.

 La legislatura de Virginia, la Casa de los Burgesses, que estaba dominada por los plantadores de tabaco, abandonó el pago en tabaco, en 1755, y estableció en cambio un pago en dinero a una tasa de dos peniques la libra.

 El clero, por supuesto, se opuso, y llevó el caso ante el gobierno británico. El 10 de agosto de 1759, cuando Jorge II todavía era rey, el gobierno británico anuló la ley de Virginia y restableció el pago en tabaco.

 Los virginianos ignoraron el fallo británico y, final mente, un clérigo llevó el caso ante los tribunales de Virginia a fines de 1763. Fue llamado el «caso Parsons».

 En contra del clérigo y en defensa de la ley aprobada por la Casa de los Burgesses, actuó Patrick Henry (nacido en el condado de Hanover, Virginia, el 29 de mayo de 1736), hijo de un inmigrante escocés. Había tenido poca instrucción y no pudo abrirse camino como tendero o como granjero. Sólo cuando ensayó la abogacía encontró su vocación, pues demostró ser un notable orador.

 En su discurso contra el pleito del clérigo, pronunciado el 1 de diciembre de 1763, Henry no se ocupó de si la ley aprobada por la Casa de los Burgesses era juiciosa o absurda, humanitaria o cruel. La cuestión era si el gobierno británico podía, a su voluntad, anular una ley aprobada por la Casa de los Burgesses. Henry arguyo que no podía; que, nuevamente, el «derecho natural» había sido violado por esa arbitraria acción británica y que, por tanto, tal acción carecía de validez.

 El jurado se sintió suficientemente conmovido por la elocuencia de Henry como para otorgar al clérigo solamente un penique por daños y perjuicios.

 La noción de «derecho natural» era atractiva para los intelectuales de la época.

 Cien años antes, el gran científico ingles Isaac Newton había hallado las leyes del movimiento y de la gravitación universal, y había mostrado cómo el funcionamiento del Universo podía expresarse en esas leyes, que podían ser enunciadas sencillamente e interpretadas con claridad.

 Así surgió el entusiasmo de la llamada «Edad de la Razón», en la que muchos pensaron, con exceso de optimismo, que todo en el Universo podía ser reducido a leyes tan generales, tan poderosas y tan sencillamente formuladas como las de Newton. Algunos pensaron que leyes semejantes gobernaban la sociedad, leyes tan naturales e inevitables como las del movimiento y esencialmente inviolables por los gobiernos.

 El más explícito y elocuente de los que creían en este «derecho natural» de la sociedad era un autor suizo francés llamado Jean Jacques Rousseau, que ejerció una extraordinaria influencia en su época sobre los intelectuales de Europa y América. En 1762, publico su libro El contrato social, en el que sostenía que los gobiernos se instituían con el consentimiento de los gobernados para alcanzar ciertos fines deseables más eficientemente que lo que sería posible sin gobierno. Cuando un gobierno se mostraba por alguna razón incapaz de lograr esos fines deseables o no deseaba hacerlo, rompía el contrato. Entonces, era derecho de los gobernados reorganizar o reemplazar el gobierno.

 Era este tipo de ideas lo que tenían en la mente hombres como Otis y Henry, pero el rey británico y su Parlamento, totalmente ajenos a las ideas de Rousseau, siguieron su camino.

 

LA LEY DE TIMBRES (THE STAMP ACT)

 

 

 Como para hacer frente a las crecientes muestras de cólera en las colonias, el gobierno británico apostó soldados británicos permanentemente en las colonias.

 Antes de la Guerra contra Franceses e Indios, cuando las colonias eran amenazadas por indios, neerlandeses, españoles y franceses, los soldados británicos habían estado en otras partes. Pero ahora que todo peligro había pasado, el Parlamento votó, después del Tratado de París, la instalación permanente de una fuerza de 10.000 soldados regulares británicos en las colonias.

 Eso era claramente más de lo necesario; y más de lo que los generales británicos de América pedían. Además, los soldados británicos no fueron ubicados en puestos fronterizos, donde, podía argüirse, se los necesitaba contra los levantamientos indios o las incursiones españolas. ¡En absoluto! Se los apostó en las ciudades más grande y confortables.

 Los americanos podían argüir, y lo hicieron, con considerable justificación, que los soldados eran apostados en América para dar empleo a aquellos oficiales del ejército que, de lo contrario, tenían que retirarse con la mitad de la paga al terminar la guerra; y que se los ubicaba allí para ser usados contra los americanos descontentos, y no contra otros enemigos de Gran Bretaña.

 El gobierno británico fue sordo a esas quejas. Tenía problemas que, para él, eran mucho más importantes, problemas financieros.

 En abril de 1763, George Grenville fue nombrado primer ministro y se halló frente a un problema insoluble. La deuda nacional británica ascendía a 136 millones de libras, como resultado de la guerra contra Francia. Era una cifra enorme para esos tiempos, y los gastos cotidianos del gobierno también habían aumentado.

 Era absolutamente necesario poner nuevos impuestos, medida que nunca es popular. Los esfuerzos de Grenville para establecer uno u otro impuesto fueron anulados por un Parlamento hostil (respaldado por un público británico igualmente hostil).

 Finalmente, se le ocurrió al desesperado Grenville que, en cambio, se podían crear impuestos en las colonias. Después de todo, la deuda nacional había sido originada por una guerra librada, en gran medida, en interés de las colonias; había sido de su umbral de donde había sido eliminada la amenaza francesa. Y los americanos habían florecido y prosperado durante la guerra, en gran parte gracias al contrabando, que les había brindado beneficios a expensas de los británicos.

 ¿Por qué, pues, los americanos no habrían de sufragar ahora una parte justa del coste de la guerra? En 1764, Grenville hizo que el Parlamento aprobase una «Ley del Azúcar», que elevaba los aranceles aduaneros sobre el azúcar, el vino, el café y los textiles. Eran «impuestos indirectos» pagados por los importadores, que luego pasaban el gasto al consumidor. Pero pese a todo lo que pudieran hacer los británicos, esos impuestos indirectos se recaudaron con dificultad, y el contrabando siguió creando un abismo grande entre el dinero que se debía recibir y el que realmente se recibía.

 Grenville también aprobó leyes prohibiendo a las colonias emitir papel moneda. El papel moneda valía menos, en general, que su valor nominal en oro. Por ello, era conveniente para los deudores pagar sus deudas en papel moneda. Puesto que los americanos eran en gran medida deudores de los británicos, el papel moneda redundaba en ventaja para las colonias y en desventaja para los comerciantes británicos.

 Pero lo que se necesitaba realmente era algo más: un «impuesto directo». Tenía que hacerse pagar al consumidor individual alguna suma en ocasiones específicas y en condiciones tales que el pago fuese inevitable.

 Surgió la excitante idea de hacer ilegales todos los papeles oficiales que no llevasen un timbre especial y luego cobrar dinero por este timbre; así, ese dinero iría a manos del gobierno británico. Los timbres podían ser emitidos con diversos valores, desde medio penique hasta diez libras, y toda transacción oficial exigiría un timbre a un precio proporcionado al caso.

 Todo el que acudiera a los tribunales tendría que llenar innumerables papeles y en cada uno poner un timbre de valor de tres chelines. Todo el que obtuviese un diploma tendría que pagar dos libras para colocarlo en él o de lo contrario no obtendría el diploma. Diversas licencias necesitarían timbres, como las notas de venta, los periódicos, los anuncios, los juegos de cartas, los almanaques y los dados.

 Debía ser un impuesto lucrativo, pues no habría manera de evitarlo, ya que las transacciones serían simplemente ilegales sin un timbre. Si además de eso se imponían severas multas por las violaciones, se calculaba que el impuesto podía rendir 150.000 libras al año.

 El Parlamento pareció satisfecho con la idea. La «Ley de Timbres» [«Stamp Act»] fue aprobada el 22 de marzo de 1765 e iba a entrar en vigor el 1 de noviembre de ese año. Luego, el 15 de mayo de 1765, el Parlamento aprobó la «Ley de Acuartelamiento». Esta ley establecía que los soldados británicos podían ser alojados en casas privadas, si era necesario.

 La excusa para esto era que no había suficientes cuarteles en las colonias para alojar adecuadamente a los soldados. Pero era muy obvio que los soldados alojados en una casa contra la voluntad de los dueños de casa podían ser huéspedes incómodos, y que si se seleccionaban cuidadosamente a las casas de familia, la obligación de alojar soldados podía ser usada como un modo de castigar a los individuos que incurrían en el disgusto del gobierno. Aunque no tenía ninguna relación con la Ley de Timbres, los americanos tenían la certeza de que la Ley de Acuartelamiento había sido aprobada como un modo de sofocar las protestas contra los timbres colocando soldados en casa de los protestadores más eminentes.

 Si la Ley de Acuartelamiento pretendía mantener en calma a los americanos en lo concerniente a la Ley de Timbres, no tuvo tal efecto. De hecho, es difícil imaginar que se pudiese concebir un impuesto más odioso para los americanos.

 En primer lugar, la Ley de Timbres era el primer impuesto directo que establecía en las colonias el gobierno británico. Era la primera vez que los americanos tenían que extraer de su bolsillo personal un dinero que iba directamente a manos del rey británico. El hecho de que el impuesto afectase a su bolsillo ya era bastante malo; y que fuese una novedad era mucho peor.

 Además, afectaba de manera específica a grupos que eran particularmente articulados e influyentes: abogados que ahora tenían que poner timbres en todos los papeles legales y editores de periódicos que también necesitaban timbres para sus productos. (Por entonces había veinticinco periódicos en las colonias, que eran muy leídos.)

 Más aún, la Ley de Timbres era universal pues afectaba a todas las colonias por igual, con lo que los británicos no podían beneficiarse poniendo a un sector contra otro. Y llegaba en un período postbélico de depresión económica. Todo se sumaba para hacer la Ley de Timbres completamente inaceptable para los americanos.

 En primer lugar, los americanos no admitían la justicia del impuesto. Los británicos habían tenido enormes gastos en una guerra (sostenían) que se había librado principalmente al servicio de los intereses británicos en Europa y Asia. En la parte de la guerra que se libró en el continente americano, los americanos habían contribuido con hombres y dinero de manera totalmente desproporcionada con respecto a su población.

 Además, aunque el impuesto fuese justo, no era aceptable en principio porque se había establecido sin su consentimiento, y esto iba contra el «derecho natural» y los derechos de los americanos como súbditos libres de la corona.

 James Otis halló una frase afortunada que tuvo gran difusión en las colonias y fue un grito de combate para todos los que, de manera creciente, se resistieron contra el gobierno británico en la década siguiente. Decía Otis: «El impuesto sin representación es tiranía».

 En otras palabras, un Parlamento americano podía promulgar una ley como la de Timbres y dar los ingresos a Gran Bretaña; ésta sería una acción legal. O delegados americanos podían sentarse en el Parlamento británico y oponerse a la Ley de Timbres, la cual podía ser aprobada pese a su oposición, y ésta también sería una acción legal. Pero aprobar tal ley sin dar a ningún americano ni siquiera la posibilidad de discutirla o tratar de volver al Parlamento contra ella, no era legal, sino el ejercicio de la tiranía.

 Los británicos no eran de esta opinión. Por aquel entonces, sólo la gente que poseía cierta cantidad de propiedad podía votar representantes al Parlamento. La mayoría de la población británica no tenía voto y no estaba representada, pese a lo cual el Parlamento podía ponerle impuestos, y de hecho lo hacía.

 Para los americanos, ésta era una falsa analogía. El individuo sin propiedad en Gran Bretaña, aunque careciese de voto, podía fácilmente hacer sentir su presencia. Podía gritar, hacer demostraciones y motines, y si una ley era impopular, la agitación a que daba lugar podía hacer reflexionar al Parlamento sobre todo después dela experiencia, en el siglo anterior, con el rey Carlos I, que fue ejecutado, y el rey Jacobo II, que fue exiliado.

 En cambio, ¿quién, en el Parlamento, se preocuparía en lo más mínimo por protestas y motines que tuviese; lugar en tierras situadas a cinco mil kilómetros de distancia, del otro lado de un océano?

 Y, en verdad, cuando el Parlamento aprobó la Ley de Timbres, no vio ningún motivo para preocuparse por una agitación tan lejana. Correspondía a los americanos hallar maneras de obligarlo a preocuparse.

 

¡RESISTENCIA!

 

 

 La cólera popular en las colonias aumentó constantemente en los meses siguientes a la aprobación de la Ley de Timbres.

 En Virginia, Patrick Henry, que acababa de ser elegido miembro de la Casa de Burgesses (principalmente por la fáma que había obtenido en el caso Parson), se levantó el 29 de mayo de 1765 para oponerse a la Ley de Timbres y apoyar ciertas resoluciones en defensa del derecho de Virginia a elaborar leyes para ella.

 Henry no vaciló en señalar lo que les había sucedido a los gobernantes del pasado que habían pasado por alto los derechos del pueblo y habían encontrado la muerte a manos de quienes no habían hallado reparación legal.

 Dijo solemnemente: «César tuvo su Bruto, Carlos I su Cromwell y Jorge III...»

 Sonaba como si estuviera amenazando al rey con asesinarlo o ejecutarlo, y algunos de los burgesses conmocionados y horrorizados gritaron: «¡Traición! ¡Traición!»

 Pero Henry terminó su frase de manera muy diferente, diciendo: «...puede beneficiarse con su ejemplo».

 Dicho de otro modo, de las lecciones de la historia Jorge III podía aprender a no ser un tirano, en cuyo caso podía gobernar con el amor de su pueblo. Henry terminó irónicamente: «Si esto es traición, sacad el mayor provecho de ello», y salió de la sala.

 La Casa de los Burgesses no aprobó las resoluciones, pero se publicaron en los periódicos para que todos las viesen.

 Ya antes de que la Ley de Timbres entrara en vigencia, los discursos fueron traducidos a la acción. Hubo tumultos en las grandes ciudades; los funcionarios del gobierno fueron colgados en efigie; y todo el que pareciese dispuesto a asumir la tarea de agente de timbres fue amenazado, y en algunos casos recibió una paliza. Antes de que llegase la ocasión de usar legalmente los timbres, todos los agentes americanos renunciaron aterrorizados y se destruyeron grandes cantidades de timbres.

 En el otoño de 1765, casi mil comerciantes de Boston, Nueva York y Filadelfia se unieron y organizaron el boicot de productos británicos para castigar aún más a los británicos, hasta reduciendo los derechos de aduana. Los tribunales anunciaron planes para cerrar antes que usar los timbres en documentos legales. Se convirtió en una cuestión de patriotismo el consumir bebidas alcohólicas domésticas, vestidos domésticos y objetos manufacturados domésticos de todo género, aunque no fuesen tan buenos como los que se podía importar.

 El furor de América no dejó de tener efecto sobre el Parlamento. Ya desde el comienzo, un quinto de los representantes habían votado contra la Ley de Timbres. Muchos se oponían sinceramente a la política de poner impuestos en las colonias sin su consentimiento y otros hablaban a favor de los americanos como una manera de dejar sentada su oposición al rey.

 William Pitt, hostigado por la gota, ya que, en general, tenía mala salud, apoyó vigorosamente la causa americana. Lo mismo Edmund Burke, que iba a convertirse en un parlamentario particularmente renombrado.

 Isaac Barré adquirió notoriedad a este respecto, al menos en las colonias americanas. Había nacido en Dublín, Irlanda, y era de ascendencia francesa, pero había luchado lealmente del lado británico contra Francia y había sido herido en la campaña de Quebec.

 Al defender a los americanos en el Parlamento, se refirió a ellos, emotivamente, como «hijos de la libertad», y los americanos no lo olvidaron. Una ciudad del noreste de Pensilvania, fundada en 1769, fue llamada Wilkes Barre en su honor y en el de John Wilkes, otro parlamentario opositor a Jorge III. Barre, de Vermont, que fue fundada justamente por aquel entonces, también fue así llamada en su honor.

 La furiosa oposición a la Ley de Timbres alentó la aparición de puntos de vista aún más radicales entre los americanos. En Massachusetts, dos hombres, Samuel Adams y John Adams (eran primos segundos), se destacaron.

 John Adams, el más joven de los dos (nacido en Quincy, Massachusetts, el 30 de octubre de 1735), era un brillante abogado, de características poco amables y sin ninguna capacidad para hacerse popular. Aunque era un hombre de estricta integridad y rara inteligencia, su vanidad era su rasgo más notable. Escribió eruditos y eficaces artículos contra la Ley de Timbres, pero Sam Adams siguió otro camino.

 La vida de Samuel Adams (nacido en Boston el 27 de septiembre de 1722) había sido un fracaso. Fracasó en la abogacía, en los negocios y en todo lo que intentó, hasta que halló la labor de su vida el año de la Ley de Timbres. Descubrió a la sazón que era un agitador, y muy eficiente como tal. Entró en la política e hizo de ella toda su vida, colocándose siempre del lado de la acción radical. Fue el primer americano que se declaró abiertamente por la independencia. No deseaba que Gran Bretaña enmendase sus actitudes; quería que se marchase totalmente, y a este fin dirigió sus esfuerzos.

 Sam Adams no solamente organizó tumultos contra la Ley de Timbres, sino que también fundó la organización llamada «Hijos de la Libertad», nombre que se inspiraba en la frase de Barré.

 Los Hijos de la Libertad han sido idealizados en la leyenda americana, pero en realidad su conducta estaba muy cerca de la que hoy llamaríamos propia de tropas de asalto. Amenazaron a todo el que comprase timbres o comerciase con Inglaterra, y a veces cumplieron sus amenazas hasta el punto de destrozar negocios y untar con alquitrán y pegar plumas a algunas personas. Hostigaron a los coleccionistas de sellos y a funcionarios públicos, hasta el punto de que ni siquiera el gobernador estaba seguro. La casa del principal magistrado de la colonia fue saqueada, mientras que la de Thomas Hutchinson, un miembro del consejo del gobernador, fue incendiada porque se creía (erróneamente) que había aprobado la Ley de Timbres.

 Tampoco James Otis permaneció ocioso. Pensó que era un caso apropiado para la cooperación colonial. El 8 de junio envió cartas a todas las colonias proponiendo efectuar una reunión en Nueva York para emprender una acción común contra la Ley de Timbres.

 La respuesta fue entusiasta, y del 7 al 25 de octubre de 1765 se reunión en la ciudad de Nueva York el «Congreso de la Ley de Timbres». Nueve colonias estuvieron representadas por delegados, y las cuatro restantes estuvieron ausentes por falta de oportunidad para designar delegado, no por falta de simpatía. Una figura destacada entre los delegados fue John Dickinson de Pensilvania (nacido en Talbot, Maryland, el 8 de noviembre de 1732). Fue él quien redactó una declaración, aprobada por el Congreso, para ser presentada al rey y al Parlamento, negando el derecho a establecer ningún impuesto sin el consentimiento de las legislaturas coloniales.

 Cuando llegó el 1 de noviembre y entró en vigencia la Ley de Timbres, ya estaba claro que éste era un completo fracaso. Tampoco en los meses siguientes hubo una mejora. Los inútiles esfuerzos dirigidos a poner en práctica la ley costaron mucho más dinero que el recaudado, de modo que el resultado fueron gastos, no ingresos.

 Además, también los comerciantes británicos estaban empezando a padecer el hosco boicot americano, y en enero de 1766, ellos mismos pidieron al Parlamento la anulación de la Ley de Timbres. Los opositores parlamentarios eran cada vez más firmes en su oposición, y Pitt, en particular, pronunciaba discursos tremendamente efectivos contra ella y en apoyo del punto de vista americano.

 El ministerio de Grenville había terminado en el desorden, en octubre de 1765, y el nuevo primer ministro, Charles Watson-Wentworth, segundo marqués de Rockingham, estaba más dispuesto a apoyar la revocación de la ley.

 Benjamin Franklin estaba en Londres a la sazón[3]. Había llegado a Gran Bretaña en diciembre de 1764, con la esperanza de persuadir al gobierno británico de que arrancara Pensilvania de la garra reaccionaria de la familia Penn, que por entonces la poseía como una especie de patrimonio de familia, y a que la convirtiese en una colonia de la corona, sometida al gobierno británico. Llegó a tiempo para hablar contra la Ley de Timbres, pero, cuando fue aprobada por el Parlamento, pensó que era la ley, por injusta que fuese, y por ende debía ser obedecida.

 Por un tiempo, esto lo hizo sumamente impopular en las colonias. Fue prácticamente la única vez en su vida que estimó erróneamente el sentimiento popular de América, quizá porque estaba a cinco mil kilómetros de distancia. Cambiando rápidamente de posición, empezó a presionar para que se revocase la Ley de Timbres.

 El 13 de febrero de 1766, fue interrogado sobre el tema por una comisión parlamentaria y habló elocuentemente a favor de la revocación, justamente por la época en que llegaba la declaración del Congreso de la Ley de Timbres. Detalló las grandes contribuciones hechas por los americanos en la guerra reciente y advirtió del peligro de una rebelión abierta si el Parlamento persistía en su actitud. Cuando las acciones de Franklin fueron conocidas en las colonias, recuperó el favor de los americanos.

 El Parlamento se inclinó ante lo inevitable y revocó la Ley de Timbres. Jorge III firmó la revocación el 18 de marzo de 1766.

 Cuando la noticia llegó a América, hubo una explosión de alegría y se dieron todas las expresiones posibles de lealtad y gratitud al gobierno británico. Dos meses más tarde, se celebró delirantemente el cumpleaños de Jorge III y se le erigieron estatuas.

 Podía parecer que todo estaba bien nuevamente, pero lo que pocos americanos observaron fue que, si bien el Parlamento había revocado la Ley de Timbres, no había renunciado al derecho de establecer impuestos en las colonias sin el consentimiento de éstas. De hecho, el mismo día en que se aprobó la revocación mantuvo específicamente ese derecho.

 Todo lo que el Parlamento había hecho era admitir que la Ley de Timbres era una manera equivocada de actuar. Ahora buscaría otros modos.

 

 

 

Capítulo 2 - El camino a la revolución

 

EL SEGUNDO ASALTO

 

 

 En julio de 1766, Rockingham, bajo cuyo gobierno fue revocada la Ley de Timbres, fue destituido por Jorge, por razones que no tenían nada que ver con las colonias. Desde entonces, Rockingham y sus seguidores continuaron siendo favorables a la causa americana, pero también permanecieron fuera del poder.

 Jorge III, que se había visto obligado a retroceder ensayó la formación de un ministerio que representase una amplia variedad de concepciones, y eligió para que lo encabezase nada menos que a William Pitt. Si éste hubiera sido un hombre más joven o de mejor salud podía haber habido alguna posibilidad de conciliación pero los azares de la historia dieron otro dictamen.

 Nunca realmente sano, Pitt, aunque sólo se hallaba a fines de su cincuentena, era un hombre quebrantado. Aceptó un earldom [título nobiliario típicamente ingles de rango similar al de un conde; n. del t.] y se convirtió en el primer Earl de Chatham. Esto lo apartó de la Cámará de los Comunes y lo colocó en la atmósfera más cómoda de la Cámara de los Lores. Se retiró cada vez más de la conducción activa y durante algunos años ni siquiera apareció en el Parlamento. El duque de Grafton, que le sucedió, no tenía ninguna capacidad, y el ministerio que encabezó, por tanto, estuvo realmente dirigido por el hombre más fuerte que había en él. Este era Charles Townshend, hombre agudo y que podía hablar con elocuencia, particularmente cuando estaba ligeramente bajo los efectos del alcohol. Pero de lo que carecía era de juicio.

 Townshend era Chancellor of the Exchequer (cargo similar al norteamericano actual de secretario del Tesoro o al de ministro de Hacienda de otros países), y su deber era hallar el dinero necesario para sustentar al gobierno. Se trataba de una tarea ingrata, sobre todo en ese momento, cuando las colonias tenían plena conciencia de su éxito al haber forzado la revocación de la Ley de Timbres. A Townshend, ni a ningún miembro del gobierno, no se le ocurrió explorar la posibilidad de que las mismas asambleas coloniales pusiesen impuestos a los americanos. Esto habría sido considerado como una intolerable admisión de derrota y habría sentado un precedente que hubiese conducido de modo inevitable a la total pérdida por Gran Bretaña del control sobre las colonias. No, los líderes parlamentarios opinaban que era la misma Gran Bretaña la que debía establecer impuestos en las colonias.

 Pero, ¿cómo?

 El 8 de mayo de 1767, Townshend se bebió una gran cantidad de champán, y luego, lleno de exaltación, pronunció el que más tarde fue llamado «discurso del champán». En él, burbujeó con tanta efervescencia como el champán y ridiculizó a sus opositores, en particular, a Grenville, que estaba abrumado todavía por la vergüenza de haber aprobado la desdichada Ley de Timbres.

 Acuciado a responder, Grenville vociferó que las palabras de Townshend eran muy valientes pero no se atrevía a poner impuestos a los americanos.

 Acalorado, Townshend rechazó la acusación y juró que pondría impuestos a los americanos, y procedió hacerlo.

 Eludió el impuesto directo y volvió al impuesto indirecto sobre las importaciones americanas. Los americanos nunca habían objetado oficialmente el derecho británico a controlar el comercio y pagaban los aranceles regularmente... cuando eran atrapados, cosa que no sucedía a menudo. Townshend pensó, entonces, que solo era cuestión de poner nuevos aranceles sobre nuevas mercancías, elevar los aranceles ya existentes y mejorar la recaudación.

 El 29 de junio, hizo aprobar por el Parlamento leyes que ponían aranceles sobre el té, el vidrio, el papel tintes, que entrarían en vigencia el 20 de noviembre de 1767. Se iban a emitir mandatos de asistencia y se darían amplios poderes a los funcionarios de aduanas para que pusiesen fin al contrabando. De este modo, se esperaba recaudar 40.000 libras por año, que podían ser usadas, en parte, para pagar a los gobernadores y jueces de las colonias. Esto tendría el efecto de poner los ejecutivos y las magistraturas coloniales bajo control parlamentario, ya que sería el Parlamento el que les pagaría y ya no las legislaturas coloniales.

 Las llamadas «Leyes de Townshend» eran un milagro de torpeza. Su aprobación sin consultar a las colonias, la manera proyectada de recaudación y el propósito anunciado, todo se sumó para exasperar a los americanos Dado el humor reinante en las colonias, esas leyes eran meras incitaciones a nuevos desórdenes y el avispero se agitó nuevamente.

 En verdad, el avispero no había dejado de agitarse y no necesitaba de la adicional irritación de los impuestos para que provocaran problemas. La Ley de Timbres había sido anulada, pero la Ley de Acuartelamiento no, y cualquier americano en cualquier momento podía ser obligado a convertirse en anfitrión involuntario de uno o de varios soldados, si el comandante en jefe de las tropas británicas en América juzgaba conveniente ubicarlos allí. El comandante en jefe era Thomas Gage, que no se caracterizaba por su tacto o su capacidad. Había llegado a América en 1755 con Braddock, había conducido la vanguardia en la derrota de Fort Duquesne (véase La formación de América del Norte) y había conseguido sobrevivir. Prestó servicios, en el curso posterior de la guerra, sin distinguirse particularmente y, en 1763, con el rango de general de división se convirtió en comandante en jefe de todas las fuerzas británicas en América. Fue él quien pidió al Parlamento que aprobase la Ley de Acuartelamiento, que no aumentó su popularidad entre los americanos. El cuartel general de Gage estaba en Nueva York y le irritaba que las autoridades coloniales interfiriesen continuamente en sus esfuerzos para ubicar a sus oficiales y soldados en lugares confortables. Enfurecido, exigió que la Asamblea de Nueva York ordenase la aplicación de la Ley de Acuartelamiento. La Asamblea se negó resuelta mente a hacerlo, y Gage presionó al gobernador de Nueva York para que disolviese el organismo.

 Esto se hizo el 1 de diciembre de 1766, y posteriormente el Parlamento confirmó la decisión. Se eligió entonces una asamblea nueva y más conservadora, que permitió el acuartelamiento. Logrado esto, en Nueva York y en otras partes, aumentó el odio popular hacia los soldados. El término «capote rojo» [«redcoat»] se convirtió en una expresión de insulto y cólera entre los americanos.

 Las noticias de las Leyes de Townshend y de los problemas con la Asamblea de Nueva York se difundieron por las colonias. Era claro que, no sólo el gobierno británico no tenía intenciones de actuar mediante las asambleas coloniales, sino que no permitiría más que las asambleas que fuesen de gusto del Parlamento. A ese paso, pronto los americanos no tendrían ninguna autonomía y estarían sujetos a un puro despotismo parlamentario.

 La situación venía como anillo al dedo a Samuel Adams, quien inmediatamente empezó a batir tambores para lograr una renovación del boicot que tanto había contribuido a la revocación de la Ley de Timbres. En septiembre de 1767, aún antes de que las Leyes de Townshend entrasen en vigor, se realizaron en Boston reuniones públicas en las que se acordó suspender las importaciones. Adams escribió también a líderes radicales de otras colonias para difundir la consigna; los Hijos de la Libertad empezaron en todas partes a hostigar a los funcionarios de aduanas.

 Adams era un brillante agitador y sabía aprovechar al máximo las oportunidades, pero no hubiera podido hacer nada sin la colaboración de la locura británica. Tan extremista era Adams en sus opiniones que la mayoría de los líderes americanos seguramente se habrían vuelto contra él, si hubiesen tenido posibilidad de hacerlo. Los líderes americanos de la época eran tan aristocráticos en sus inclinaciones como los británicos, tan aferrados como éstos a la creencia de que el gobierno debía estar en manos de los hombres de las mejores familias que también tuviesen propiedades, igualmente temerosos de lo que llamamos «democracia» y que ellos habrían considerado como «el gobierno del populacho».

 Si los británicos hubiesen aceptado a los líderes americanos como sus iguales, es muy probable que aún habría hoy una relación política entre los Estados Unidos y Gran Bretaña (como entre Canadá y Gran Bretaña). Fue porque Gran Bretaña no se avino a ello y persistió en una línea dura por lo que muchos conservadores americanos se vieron obligados a echarse en brazos de radicales como Adams, Otis y Henry.

 Un ejemplo de esto fue John Dickinson, que había tenido una actuación destacada en el Congreso de la Ley de Timbres. Pertenecía a una familia acomodada, era un gran terrateniente, había estudiado derecho en Filadelfia y en Inglaterra y era un hombre conservador totalmente probritánico en sus sentimientos. Sin embargo, no podía estar de acuerdo en que los británicos tenían el derecho de hacer leyes para los americanos sin ninguna consideración por lo que los americanos pudieran decir en la materia.

 Después de la promulgación de las Leyes de Townshend, Dickinson tomó la pluma y, a partir del 2 de diciembre, escribió las Cartas de un Granjero. En total, fueron catorce cartas, que aparecieron en muchos periódicos americanos en el invierno de 1767-1768, y luego fueron publicadas en forma de folleto.

 En las Cartas, Dickinson protestaba de su lealtad a Gran Bretaña, reconocía el derecho de los británicos a regular el comercio americano, instaba a los americanos a no participar en demostraciones violentas y rechazaba la apelación a la doctrina de los «derechos humanos».

 No obstante, Dickinson se manifestó vigorosamente contra las leyes de Townshend y contra la anulación de la asamblea de Nueva York, como un despojo a los americanos de sus derechos como ingleses. (No era de sus «derechos naturales» de lo que se les despojaba, en su opinión, sino de sus derechos específicos con respecto a la ley británica.) Lo que Dickinson deseaba, aparentemente, era una autonomía limitada para América, el tipo de relación que un Estado americano tiene con el gobierno central en la actualidad.

 Un sistema como el que Dickinson imaginaba oscuramente y como el que posteriormente (pero sólo con grandes dificultades) funcionaría en los Estados Unidos era totalmente sin precedentes por la época. El Parlamento británico no podía concebirlo. Jorge III no quería ningún compromiso y la mayoría parlamentaria estaba firmemente a favor de una política de «mantenimiento de la ley y el orden». A los americanos se debía hacerles comprender quiénes eran los amos.

 

LA PRIMERA SANGRE

 

 

 El centro del sentimiento antibritánico radical era Boston. Allí Samuel Adams mantenía en ascenso la histeria. El 11 de febrero de 1768, él y James Otis persuadieron a la Asamblea de Massachusetts a que diera su aprobación a una circular a todas las colonias que ellos prepararon.

 El lenguaje de la carta era bastante suave, pero llamaba a una acción común por parte de las colonias en defensa de sus libertades, y los británicos lo consideraron sedicioso. Cuando la Asamblea de Massachusetts se negó a desautorizarla, fue disuelta, el 1 de julio, por Hutchinson, cuya casa había sido incendiada durante los desórdenes de la Ley de Timbres, y que era ahora gobernador de la colonia.

 Por entonces, también John Hancock (nacido en Braintree, Massachusetts, el 12 de enero de 1737) estuvo de actualidad. Había heredado una gran fortuna y un próspero negocio de un tío que había muerto en 1764 y era ahora uno de los hombres más ricos de América. Gran parte de la riqueza que había heredado provenía del contrabando, de modo que, naturalmente, estaba en un todo contra la regulación británica del comercio y proporcionaba gran parte del dinero que mantenía la acción de los Hijos de la Libertad.

 Esto hacía de Hancock un hombre notorio para los funcionarios de aduanas, y el 10 de junio de 1768 se incautaron de uno de sus barcos con la acusación de que contenía artículos de contrabando. Probablemente era así, pero lo mismo era un acto poco juicioso, pues Hancock apeló a los Hijos de la Libertad y en Boston se montó el espectáculo de un disturbio grave. El barco fue rescatado y los funcionarios de aduanas lograron escapar por un pelo.

 Gran Bretaña respondió ordenando que dos regimientos de tropas británicas fuesen de Halifax a Boston. Llegaron el 1 de octubre de 1768, y de inmediato comenzó una guerra fría entre los ciudadanos de Boston y los capotes rojos.

 Pero aunque Boston era el sitio donde más intensamente se manifestaba el sentimiento antibritánico, ciertamente no era el único. El espíritu rebelde cundía por todas partes, y si bien los agitadores de Boston contribuían a estimularlo, no era creación suya.

 En Virginia, la Casa de Burgesses adoptó resoluciones antibritánicas elaboradas por George Mason (nacido en el condado de Fairfax, Virginia, en 1725), un plantador que fue uno de los grandes pensadores liberales de la época. Las resoluciones fueron presentadas por el amigo y vecino de Mason, George Washington[4], el más distinguido soldado americano, quien de este modo se colocó del lado antibritánico. La Casa de los Burgesses fue inmediatamente disuelta por el gobernador, pero se reunió de manera no oficial y organizó un boicot comercial contra Gran Bretaña.

 Y en la ciudad de Nueva York las pasiones eran tan extremas como en Boston.

 Era costumbre del sector más radical de la población elevar un «asta de la libertad» en algún lugar conspicuo de la ciudad. Allí los Hijos de la Libertad podían reunirse, perorar, beber y, en general, adquirir notoriedad. La política habitual de los británicos era hacer la vista gorda, y en verdad ésta era la política más juiciosa, ya que, al permitir desahogarse a los radicales, se disminuían las presiones revolucionarias.

 Pero de tanto en tanto, algún oficial británico decidía que lo que necesitaba el populacho era una lección. Por ejemplo, soldados británicos habían echado abajo un asta de la libertad en Nueva York en 1766, durante el alboroto producido por la Ley de Acuartelamiento, y esto parecía haber dado algunos resultados. El 19 de enero de 1770, algún comandante local se sintió irritado por otra demostración de este género.

 Un destacamento de soldados derribó el Asta de la Libertad de Nueva York, la cortó en pedazos y apiló éstos , frente a la sede de los Hijos de la Libertad, en una deliberada provocación.

 Naturalmente, se produjo un alboroto y varios neoyorquinos fueron acuchillados por las bayonetas británicas. Inmediatamente, los heridos fueron convertidos en mártires y, mientras circulaban relatos sobre el derrame de sangre americana por los capotes rojos, los no comprometidos se transformaban en nuevos radicales.

 Pero los peores incidentes de este período ocurrieron en Boston, donde el conflicto entre ciudadanos y soldados fue más agudo. Los Hijos de la Libertad hicieron todo lo posible para hostigar a los soldados directamente y, además, amenazar y poner en insegura posición a todo bostoniano que mostrase signos de fraternizar con los capotes rojos.

 El resultado fue que los soldados británicos, quienes, a fin de cuentas, no estaban allí voluntariamente y, por cierto, no querían problemas, se hallaron en una posición insostenible. Tenían órdenes estrictas de no disparar sobre los ciudadanos, pero estos ciudadanos no tenían ningún remordimiento en arrojar piedras a los soldados.

 El 5 de marzo de 1770, un grupo de ociosos decidió que sería divertido arrojar bolas de nieve a un soldado británico que estaba de centinela. El soldado hizo lo posible para esquivar las bolas de nieve y pidió ayuda. Un destacamento de veinte soldados acudió en su socorro, con las bayonetas caladas, mas para entonces los bostonianos sumaban cientos de personas.

 Como los soldados tenían, claramente, orden de no responder, la multitud, en la que se destacaba un negro llamado Crispus Attucks, se hizo más audaz. Después de los insultos y las bolas de nieve, llegaron las piedras y los palos. Uno de los soldados, atormentado más allá de lo tolerable, finalmente disparó. Otros lo siguieron. La muchedumbre huyó rápidamente, dejando detrás tres muertos y dos heridos. Uno de los muertos era Attucks, que, por ello, es llamado a veces la primera baja de la revolución.

 Samuel Adams estaba listo. El suceso fue llamado «La Matanza de Boston», y se difundieron relatos ficticios sobre él. Se describió a los soldados como habiendo disparado sin provocación a multitudes de ciudadanos pacíficos y respetables, y matado sin ningún remordimiento. La ira de los bostonianos ante esos coloridos cuentos se hizo tan intensa que el gobernador Hutchinson, para impedir un derramamiento de sangre mucho peor, tuvo que ordenar a los regimientos británicos que se retirasen de la ciudad y los colocó en islas, hasta que la situación se enfriase.

 Que el incidente no fue realmente una matanza se demuestra por el hecho de que los soldados fuesen llevados a juicio y de que el mismo John Adams (contra cuya lealtad americana no había ninguna sombra de duda) optase por defenderlos. Los defendió tan bien y los hechos reales se hicieron tan evidentes que se absolvió a los soldados de la acusación de asesinato. Dos fueron acusados de homicidio involuntario y recibieron una pena leve, más como concesión a la multitud que a la verdad.

 Pero no fueron los gritos y la violencia lo que más persuadió al Parlamento de que estaba fracasando. Fue el boicot. Nuevamente, como en la época de la Ley de Timbres, industriales y expedidores británicos fueron muy perjudicados cuando el comercio americano declinó en un 40 por 100 entre 1767 y 1769. La presión empezó a aumentar otra vez, y se pidió al Parlamento que abandonase su política fiscal.

 Townshend no estaba allí para presenciar el fracaso de su política. Había muerto, repentinamente, el 4 de septiembre de 1767, antes de que sus leyes entrasen en vigor. Fue sucedido como Chancellor del Exchequer por Frederick, lord North, quien era y siguió siendo un favorito de Jorge III.

 El 31 de enero de 1770, cuando el duque de Grafton renunció, lord North fue elegido como primer ministro por Jorge III y, por fin, el rey tuvo un primer ministro en el que confiaba y de quien podía estar seguro de que sería un fiel reflejo de las opiniones reales. Lord North permanecería en el cargo durante doce años y, entre su incapacidad y la testadurez regia, Gran Bretaña iba a perder Norteamérica.

 Sin embargo, las primeras medidas de North fueron conciliatorias. Al mes de la matanza de Boston (y sin ninguna relación con ella), el nuevo gabinete decidió dejar que la Ley de Acuartelamiento expirase sin ser renovada y anuló los impuestos creados por Townshend, con una excepción.

 Cautelosamente, lord North mantuvo el impuesto sobre el té. No lo hizo para recaudar rentas, en particular, sino simplemente como un modo de conservar el principio de que el Parlamento británico podía establecer impuestos en las colonias sin su consentimiento. Se esperaba que, desaparecidos la mayor parte de los impuestos, las colonias aceptarían la aparente victoria y olvidarían el principio. Luego, presumiblemente, en algún momento futuro menos agitado, Gran Bretaña podría poner impuestos mayores.

 En cierta medida, el plan tuvo éxito. Los conservadores acomodados que había entre los americanos, para quienes era incómodo estar del mismo lado que los Hijos de la Libertad, aceptaron gustosos la acción de lord North como un gesto de paz y conciliación.

 No hubo ningún júbilo extendido como después de la revocación de la Ley de Timbres. Esta había demostrado ser solamente el preludio para un segundo asalto, y aquélla podía ser el preludio para un tercero. Sin embargo, Sam Adam se halló súbitamente solo, a medida que las pasiones se apaciguaban entre sus compatriotas. Se puso fin al boicot, las colonias se calmaron y parecía que la crisis había pasado.

 

SAM ADAMS Y EL TÉ

 

 

 Sam Adams tuvo que esperar a que se produjesen nuevos incidentes, y por un momento pareció que tendría que esperar en vano. Transcurrieron dos años en una profunda calma y parecía que los americanos habían ganado victorias inmediatas y se habían avenido a una con fortable aquiesciencia a la política británica.

 A principios de 1772, por ejemplo, se anunció que el gobernador de Massachusetts y los jueces de esta colonia sería pagados con fondos reales, haciéndolos de este modo independientes de la legislatura colonial, pero esto apenas causó un murmullo fuera de Massachusetts.

 Pero luego se produjo un dramático incidente.

 Los diversos puertos americanos eran patrullados por pequeñas naves británicas para impedir el contrabando.

 Naturalmente, eran impopulares entre los contrabandistas y entre los que eran antibritánicos por cualquier razón. Una de esas naves, el Gaspée, era particularmente eficiente en su labor mientras patrullaba la bahía de Narragansett, en la colonia de Rhode Island, por lo que era particularmente detestada por la población de las ciudades costeras de la región.

 Luego, en la noche del 9 de junio de 1772, el Gaspée, mientras perseguía a un contrabandista, encalló desafortunadamente en un banco de arena, sin poder salir de allí.

 La noticia se difundió, y muchos habitantes de Rhode Island quedaron pasmados de este golpe de suerte y emprendieron una acción inmediata. Antes de que terminase la noche, se reunió una muchedumbre que abordó el barco, maltrató a los hombres de a bordo, los envió a la costa y luego incendió la nave.

 Cuando las noticias llegaron a Gran Bretaña, el gobierno se enfureció. La flota británica protegía a la metrópoli y sus vastos intereses en el exterior, y no se podía permitir ningún atropello contra ningún barco que formase parte de su armada, aunque sólo fuese un pequeño guardacostas.

 Se ofreció una recompensa de 500 libras (una suma enorme para aquellos días) para quien identificase a cual quiera de los que habían cometido el atropello, y se anunció que quien fuese capturado sería sometido a juicio en Gran Bretaña.

 Los británicos, por supuesto, tenían buenas razones para sospechar que nadie que cometiese un acto en defensa del derecho a contrabandear sería condenado en un tribunal colonial, pero fue un serio error anunciar que a tales malhechores se los juzgaría en Gran Bretaña.

 En primer lugar, no sirvió de nada, pues pese a la recompensa ofrecida no se presentó ni una sola persona.

 En cambio, la amenaza de un juicio por traición en Gran Bretaña fue execrada en todas partes. Para cualquier habitante de las colonias, era fácil creer que ningún americano acusado de traición podía recibir un juicio justo en Gran Bretaña. El acusado estaría lejos de su país y estaría rodeado por hombres extraños a él y llenos de prejuicios antiamericanos.

 ¿Quién podía sentirse seguro? Muchos americanos que eran completamente leales a Gran Bretaña habían, sin embargo, hecho afirmaciones apresuradas en lo peor de la colérica reacción contra la Ley de Timbres y las Leyes de Townshend. Si eran llamados a dar cuenta de ello y enviados a Gran Bretaña para ser juzgados, ¿qué ocurriría? Y a la luz de esto, el pago de los jueces de Massachusetts por las arcas reales empezó a parecer un intento de hacer de los jueces coloniales criaturas del gobierno británico.

 El grito contra la «tiranía» británica empezó a tener connotaciones de terror personal.

 Sam Adams, desde luego, no se durmió. Halló un espíritu afín a él en un brillante y elocuente médico, Joseph Warren (nacido en Roxbury, Massachusetts, el 30 de mayo de 1741), quien había llamado la atención de los radicales por un encendido y eficaz discurso pronunciado en ocasión del segundo aniversario de la Matanza de Boston.

 El 2 de noviembre de 1772, Adams y Warren pusieron a toda marcha su máquina propagandística. Adams hacía tiempo que enviaba cartas a todos los puntos de las colonias, siempre urgiendo a la acción unida, pero ahora él y Warren formaron «comités de correspondencia» para utilizar al por mayor el recurso de las cartas y formar una red de propaganda que ayudase a unir las colonias a favor de la causa radical[5].

 En los tres meses siguientes, ochenta de tales comités se formaron en diversas ciudades de Massachusetts, y otras colonias empezaron a hacerlo. En Virginia, por ejemplo, la Cámara de los Burgesses creó oficialmente un comité de correspondencia, el 12 de marzo de 1773. Entre los miembros de este grupo estaba Patrick Henry, desde luego. También estaba Thomas Jefferson (nacido en Shadwell, Virginia, el 13 de abril de 1743) y Richard Henry Lee (nacido en Stratford, Virginia, el 20 de enero de 1732). George Washington, que era antibritánico pero no tan radicalmente, no figuraba entre ellos.

 Sam Adams, con una organización multicolonial a su disposición, esperó su próxima oportunidad. Esta llegó desde una dirección inesperada e involucró al pequeño impuesto sobre las importaciones de té que era un residuo de las Leyes de Townshend.

 Ese impuesto sobre el té se había mantenido, y, en general, Sam Adams, pese a todos sus esfuerzos, no había logrado despertar resistencia contra ese pequeño impuesto ni convencer a la gente de que debían luchar por principio, cuando la situación, en conjunto, era próspera y tranquila. Si Gran Bretaña hubiera dejado las cosas donde estaban, todo se habría calmado.

 Pero, desgraciadamente, la Compañía de las Indias Orientales estaba en apuros.

 La Compañía de las Indias Orientales era una empresa privada formada en 1600 para competir con la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales en el comercio con el Lejano Oriente. En su variada historia, la Compañía de las Indias Orientales llegó al pináculo de su fama cuando creó lo que prácticamente era un imperio propio en la India, a mediados del siglo XVIII.

 Pero en 1773, la Compañía de las Indias Orientales tenía problemas financieros por el té. La India era una gran productora de té y la Compañía de las Indias Orientales tenía a su disposición millones de toneladas de té para las que no habría ningún mercado.

 En el curso ordinario de las cosas, la Compañía de las Indias Orientales habría tenido que poner el té en su basta en Gran Bretaña y haberlo adjudicado a precios baratísimos a los comerciantes ingleses, que probable mente se las habrían arreglado para venderlo aquí y allá con un beneficio.

 El gobierno británico, ansioso de salvar a la Compañía, le concedió el derecho de venderlo a las colonias británicas directamente y sin tener que pagar los impuestos sobre el té. Esto significaba que la Compañía de las Indias Orientales podía vender el té a los americanos a un precio considerablemente mayor del que habría obtenido en subasta, pero, por la supresión de los impuestos, menor del que los americanos podían conseguir en otras partes. El té era una bebida popular en las colonias y la Compañía de las Indias Orientales estaba segura de poder vender lo suficiente como para salir de apuros.

 Pero ya no se trataba de un mero impuesto al té. Varios comerciantes en té de las colonias se arruinarían, pues la Compañía de las Indias Orientales usaría sus propios agentes, en un esfuerzo para reducir aún más los costes a expensas de las pérdidas de los intermediarios. Muchos contrabandistas de té también perderían mucho, pues ni siquiera por medio del contrabando podían competir.

 Además de eso, hasta para los que no eran directa mente perjudicados, la mera idea de que los americanos podían ser utilizados para suministrar el dinero necesario a fin de sacar de apuros a una compañía británica era humillante. Esta vez podía no ser perjudicial, pero se establecería un peligroso precedente.

 Los comités de correspondencia de Sam Adams empezaron a trabajar de inmediato y no hallaron dificultad alguna para levantar una tormenta de indignación contra el nuevo estado de cosas. Se hicieron planes para hacer el boicot al té y hasta para impedir el desembarco de los cargamentos de té.

 La Compañía de las Indias Orientales, ignorante de los disturbios, embarcó medio millón de libras de té para Piladelfia, Nueva York, Charleston y Boston. Pero no se vendió ni una libra. En Charleston, el té fue descargado, almacenado en sótanos húmedos y nunca fue comprado o utilizado. En Filadelfia y Nueva York ni siquiera se llegó a eso. No se permitió a los barcos descargar, y se vieron obligados a volver a Gran Bretaña con el té todavía en sus bodegas.

 Pero en Boston, como era de predecir, la situación fue peor. Allí los barcos que transportaban el té no pudieron descargar, pero se negaron a marcharse. Permanecieron en el puerto, en parte porque dos hijos y un sobrino del gobernador Hutchinson habían sido nombrados agentes de la Compañía de las Indias Orientales y esperaban hacer una buena cantidad de dinero, si podían desembarcar y vender el té.

 Los barcos permanecieron en el puerto de Boston durante tres semanas, mientras el gobernador Hutchinson trataba de lograr que la colonia pagase el arancel y aceptase el cargamento. Luego, Sam Adams inició la acción directa.

 El 16 de diciembre de 1773, un grupo de Hijos de la Libertad disfrazados con ropas mohawks abordaron los buques y arrojaron 342 cajas de té al agua. Ninguna otra cosa a bordo de los barcos fue dañada. Esto fue llamado la «Reunión de Té de Boston». Boston asediada

 Finalmente, Sam Adams logró su propósito. Durante una década, en todo momento de vigilia, había tratado, de todos los modos que pudo, de provocar al gobierno británico para que hiciese algo que le enemistase con suficientes americanos como para hacer inevitable el conflicto. Hasta entonces, los británicos nunca llegaron a atravesar la línea de la que no hay retorno, pero esta vez lo hicieron.

 La destrucción de las cajas de té inspiraron al rey y sus adeptos una rabia ciega. Para ellos era el colmo. Les parecía que la colonia de Massachusetts, y la ciudad de Boston en particular, era el centro de todos los problemas de la década pasada (y, en gran medida, tenían razón en pensar así).

 Sin duda, deben de haber pensado, era tiempo de tomar medidas firmes contra la contumaz ciudad, aplastarla y dar así una buena lección. Una vez que Boston fuera acobardada y se le hiciese comprender quién era el amo, no habría problemas con el resto de las colonias. Al menos, así razonaba el partido del rey.

 El 7 de marzo de 1774, pues, el Parlamento se reunió para considerar la situación colonial. Fue guiado por el colerizado rey Jorge, y aprobó una tras otra una serie de leyes destinadas a refrenar u obligar a Boston a observar mejor conducta. William Pitt y Edmund Burke se opusieron a esas «Leyes Coercitivas», pero la apisonadora parlamentaria pasó sobre ellos.

 La primera de las Leyes Coercitivas fue el «Proyecto de Ley del Puerto de Boston», aprobado el 31 de marzo y que debía entrar en vigor el 1 de junio de 1774. Equivalía nada menos que a cerrar el puerto de Boston hasta que se pagase a la Compañía de las Indias Orientales el té que había sido destruido. No podían llegar ni partir barcos a menos que llevasen suministros militares para los británicos o alimentos y combustibles vitales, en cargamentos que debían ser autorizados por los funcionarios de aduanas. Para toda otra cosa, había que usar el puerto de Salem. Esto estaba, obviamente, dirigido a destruir la prosperidad de Boston, que dependía casi totalmente del comercio marítimo y, literalmente, obligar a la ciudad a someterse por hambre.

 La «Ley del Gobierno de Massachusetts», que debía entrar en vigencia el 1 de agosto de 1774, prácticamente despojaba a Massachusetts de toda autonomía. Todos los funcionarios que antes eran elegidos ahora debían ser nombrados por el gobernador, quien a su vez era designado por el rey. Ni siquiera podían efectuarse reuniones en la ciudad sin autorización del gobernador. Más aún, el gobernador ya no sería Thomas Hutchinson, quien, aunque conservador, era americano y civil.

 En cambio, gobernaría Massachusetts el general Gage, un militar británico; el 13 de mayo de 1774, trasladó su cuartel general de Nueva York a Boston. Los dos regimientos de Massachusetts fueron aumentados a cinco, mientras se instaló en el puerto de Boston una escuadra de barcos británicos. El 20 de mayo, fue anulada la carta de Massachusetts, con lo que quedó claro que las Leyes Coercitivas habían reducido a Massachusetts a la condición de un territorio bajo ocupación militar.

 Y, para desalentar la resistencia, una «Ley de Administración de Justicia» dispuso que los juicios por traición se realizasen en Gran Bretaña, cuando se juzgase inseguro efectuarlos en Massachusetts.

 Seguramente, ni en sus más desenfrenadas fantasías Sam Adams podía haber pedido más. Las Leyes Coercitivas hicieron en un momento lo que él no había podido conseguir en diez años. Convirtieron a Massachusetts en el héroe y mártir colectivo de todas las colonias.

 Massachusetts, y particularmente Boston, y muy particularmente Sam Adams, nunca habían sido muy populares en el resto de las colonias. Había cierto fariseísmo y una tendencia a la intolerancia en la religión de Massachusetts, una calculadora y ávida inescrupulosidad en los negociantes y comerciantes de Massachusetts y una violencia en la política de esta colonia que irritaba a los que dirigían la opinión pública en las otras colonias.

 Indudablemente, muchos americanos influyentes pensaban que Boston era más responsable que los británicos de los conflictos de la década anterior y que si los bostonianos abandonasen su actitud provocativa y dejasen de crear problemas, las cosas irían mejor con los británicos.

 Pero las Leyes Coercitivas cambiaron todo eso. La respuesta a la Reunión de Té de Boston fue tan desmesurada que, en un abrir y cerrar de ojos, Boston pasó de ser una ciudad pendenciera y alborotadora a ser una mártir postrada. Las que los británicos llamaban Leyes Coercitivas en América fueron llamadas en todas partes las «Leyes Intolerables».

 Y el gobierno británico, como en una deliberada locura, pasó a llevar a cabo otros actos que sólo podían estar destinados a encolerizar aún más a las otras colonias, aparte de Massachusetts. El 2 de junio de 1774 se revivió la Ley de Acuartelamiento, no sólo para Massachusetts, lo cual ya habría sido bastante malo, sino también para todas las colonias.

 Además, en una acción que no tenía nada que ver con las Leyes Coercitivas, el 22 de junio los británicos eligieron ese momento para reorganizar el gobierno de Quebec, la provincia canadiense capturada quince años antes por los británicos, pero aún ocupada principalmente por católicos franceses. El Parlamento británico puso a Quebec bajo un gobierno centralizado. Los franceses de Quebec estaban habituados a este tipo de gobierno distante y despótico, pero los colonos británicos lo consideraron como un precedente peligroso para ellos. Se concedió plena tolerancia a la religión católica y hasta se le reconocieron sus comunes privilegios sobre otras religiones, algo que los protestantes americanos hallaron detestable.

 Finalmente, y esto fue lo peor de todo, los límites de la provincia fueron extendidos al sur del río Ohio. Esta había sido la situación de los días del dominio francés, y la Guerra contra Franceses e Indios, librada sangrientamente de 1754 a 1763, se había desencadenado para expulsar a los franceses de esa región. Ahora los británicos la devolvían a los franceses.

 Esto era tanto más grave cuanto que algunas de las colonias reclamaban el territorio para ellas, por los términos de sus viejas cartas. Así, partes de ese territorio eran reclamadas por Massachusetts y Connectitcut.

 El gobierno británico podía ignorar las reclamaciones de Nueva Inglaterra ahora que Massachusetts estaba siendo aplastada, pero también Virginia tenía sus reclamaciones sobre el territorio. Había sido su interés por el territorio lo que había desatado la Guerra contra Franceses e Indios (véase La formación de América del Norte) y no estaba dispuesta a abandonar sus pretensiones. La Ley de Quebec disgustó a la poderosa colonia de Virginia más que todo lo que el gobierno británico hizo a Massachusetts.

 Sam Adams, mientras tanto, estaba trabajando tan afanosamente como el Parlamento. Azuzó a la opinión pública de Massachusetts con tanta eficacia que el general Gage sólo controlaba el terreno que pisaban sus soldados. Fuera de Boston, Massachusetts era prácticamente una colonia en rebelión, que se autogobernaba en desafío al Parlamento.

 El comité de correspondencia de Adams escribió interminablemente a todos los puntos de las otras colonias, llamando a la acción unida y a realizar demostraciones abiertas de apoyo a Massachusetts.

 Tales demostraciones se produjeron. Aportes de alimentos y dinero empezaron a llegar a Boston de todas partes, y Boston se volvió tanto más intransigente cuanto que se sentía a la cabeza de una coalición colonial.

 En verdad, tan claramente estaban las colonias unidas contra las Leyes Coercitivas que pareció natural convocar a una reunión de delegados de todas las colonias, como en los días de la Ley de Timbres. La primera medida en esa dirección la tomó Virginia.

 El 24 de mayo de 1774, cuando llegó la noticia de que el Proyecto de Ley del Puerto de Boston se había convertido en ley, la Cámara de Burgesses de Virginia, bajo el liderazgo de Patrick Henry, denunció inmediatamente la ley, diciendo que ponía a Massachusetts bajo una «invasión hostil». Designaron el 1 de junio, el día en que entraría en vigor la Ley del Puerto de Boston, como día de plegaria.

 El gobernador de Virginia, que era John Murray, cuarto Earl de Dunmore, inmediatamente disolvió la Cámara de los Burgesses, puso fin a sus reuniones y mandó a sus miembros a su casa. Pero antes de marcharse, sus miembros radicales instruyeron a sus comisiones de congresos para que sondeasen a las otras colonias en lo concerniente a una posible reunión de delegados de todas las colonias.

 Sam Adams se adhirió a esta idea inmediatamente, por supuesto, y se convocó a tal reunión. Para destacar el hecho de que estaban representadas colonias de todo el continente norteamericano, se lo llamó espectacularmente un «congreso continental». Habitualmente es conocido en la historia como el «Primer Congreso Continental».

 Doce de las trece colonias (Georgia era la excepción) enviaron delegados, y cincuenta y seis hombres se reunieron en Filadelfia el 5 de septiembre de 1774. Peyton Randolph de Virginia (nacido alrededor de 1721) fue elegido presidente del Congreso (y desde entonces los términos «presidente» y «congreso» han formado parte de la política americana).

 En el Primer Congreso Continental hubo muchos hombres distinguidos. Algunos eran radicales, como John Adams y Sam Adams de Massachusetts, y Patrick Henry, Thomas Jefferson y Richard Henry Lee de Virginia.

 Pero también había conservadores, como Joseph Galloway de Pensilvania (nacido en West River, Maryland, alrededor de 1731) y James Duane de Nueva York (nacido en 1733).

 Inmediatamente se produjo una división entre los radicales y los conservadores. Patrick Henry quería que cada colonia contase con un número de votos proporcional a su población. Esto habría dado un peso preponderante a las colonias de Massachusetts y Virginia, ambas populosas y radicales. Pero las colonias menores insistieron en que sólo hubiese un voto por colonia, independientemente de la población. Para evitar la disolución del Congreso, los radicales cedieron.

 Luego se planteó la cuestión de qué hacer frente a las Leyes Coercitivas. Galloway de Pensilvania instó a adoptar una acción moderada y propició una actitud conciliadora hacia Gran Bretaña. Sugirió que se crease una especie de parlamento americano y que las leyes referidas a las colonias tuviesen que ser aprobadas por ambos parlamentos, el americano y el británico.

 Mientras tanto, en el condado de Suffolk, Massachusetts (que incluía la ciudad de Boston), Joseph Warren estaba en acción. Preparó lo que llamó las «Resoluciones de Suffolk». Estas declaraban inconstitucionales las Leyes Coercitivas, de modo que los ciudadanos de Massachusetts no estaban obligados a obedecerlas. Aconsejó al pueblo de Massachusetts formar su propio gobierno, recaudar sus propios impuestos y también armarse, formando una «milicia» civil. Finalmente, las colonias debían establecer nuevamente un boicot a todo comercio con Gran Bretaña.

 Las Resoluciones de Suffolk fueron aprobadas en una reunión de radicales de Massachusetts y luego fueron confiadas a Paul Revere (nacido en Boston el 1 de enero de 1735), un habilidoso platero que había tomado parte en la Reunión de Té de Boston y estaba de todo corazón con la causa radical.

 Hincando las espuelas, Revere llevó una copia de las Resoluciones a través de los quinientos kilómetros que separaban Boston de Filadelfia. Los delegados de Massachusetts rápidamente empezaron a presionar al Congreso para que las aprobase.

 El Primer Congreso Continental suscribió las Resoluciones de Suffolk el 17 de septiembre de 1774, y luego, el 28 de septiembre, rechazó el Plan de Galloway por el estrecho margen de 6 a 5 votos. Galloway señaló con malhumor que, en su opinión, esa votación equivalía a una declaración de guerra a Gran Bretaña.

 Finalmente, el Congreso terminó redactando una petición que fue enviada al rey Jorge el 26 de octubre. Se envió otra petición al pueblo de Gran Bretaña. Al Parlamento no se le envió nada, para mostrar que las colonias pensaban que el rey había sido extraviado por malos consejeros y respondería favorablemente si se llegaba a él pasando por encima del Parlamento.

 La petición denunciaba todos los males infligidos a las colonias desde 1763 y se declaraba a favor de que se considerase a todos los colonos como poseedores de los diversos derechos naturales de los ingleses. Por otro lado, el Congreso no negó el derecho del Parlamento a regular el comercio americano. El Congreso también empezó a organizar un boicot de los productos ingleses, como manera de dar fuerza a su petición. Luego, el 26 de octubre, suspendió sus sesiones, pero no de modo permanente. Un «Segundo Congreso Continental» se reuniría el 10 de mayo de 1775, si para entonces las quejas americanas no habían sido es cuchadas. En general, la opinión de Galloway de que las actas del Primer Congreso Continental equivalían a una declaración de guerra a Gran Bretaña era correcta, al menos en Massachusetts. El general Gage así lo interpretó, mas para entonces ya esperaba lo peor desde hacía algún tiempo. El 1 de septiembre de 1774, ya antes de que se convocase el Primer Congreso Continental, hizo todo lo posible por confiscar las provisiones de pólvora que los americanos pudiesen almacenar para usarla más adelante. Envió soldados a Cambridge y Charleston, dos ciudades situadas inmediatamente del otro lado del río desde Boston, y se apoderó de pólvora y cañones. Colonos armados acudieron a Cambridge, pero nadie realmente se atrevió a disparar sobre los soldados británicos.

 En aquellos días, Boston estaba situada en una península conectada con la tierra firme sólo por una estrecha franja. (Desde entonces, los ríos de ambos lados han sido parcialmente rellenados, y lo que es ahora el «centro de Boston» está unido con las partes exteriores de la ciudad por una ancha franja de tierra.) El general Gage se puso a fortificar esa franja estrecha, y era claro que se preparaba para un asedio.

 En cuanto a los colonos, organizaron un gobierno propio encabezado por John Hancock y, de acuerdo con las Resoluciones de Suffolk, empezaron a formar una milicia. Grupos especiales de la milicia iban a mantenerse listos para la acción en cualquier minuto en que pudieran ser llamados, por lo que se los llamó los «minutemen» («hombres del minuto»).

 A fines de 1774, ambas partes estaban claramente listas para la guerra abierta. Sólo se necesitaba una chispa —unos pocos disparos— para iniciarla.

 

 

 

Capítulo 3 - El camino hacia la independencia

 

COMIENZA LA REVOLUCIÓN

 

 

 El hecho de que la disposición colonial a la resistencia estaba aumentando era cada día más claro. Cuando se supo, el 13 de diciembre de 1774, que Gage iba a apostar hombres en Portsmouth, New Hampshire, Paul Revere galopó hacia el norte con las noticias, y el 14 de diciembre los colonos de allí irrumpieron en un fuerte local y se llevaron armas y pólvora. Pero no hubo bajas, y el hecho no supuso realmente la guerra.

 A comienzos de 1775, el Parlamento tuvo que considerar las acciones del Primer Congreso Continental y sopesar la reacción americana a las Leyes Coercitivas. No faltaron voces que señalaran la clara lógica de la situación. Hombres como Pitt y Burke subrayaron que era inútil continuar con el uso de la fuerza, que a la larga las colonias no podían ser obligadas a aceptar un gobierno que no querían, que era erróneo tratar de imponérselo.

 Todo chocó contra la roca de la intransigencia del rey y de su primer ministro, lord North. Lo único que lord North estaba dispuesto a hacer a modo de compromiso era ofrecer no poner impuestos a toda colonia que entregase dinero voluntariamente en la medida deseada por el Parlamento. (Para las colonias, esto era como si un bandido ofreciese a alguien no atracarlo si le entregaba voluntariamente su cartera.) Y aun esto sólo obtuvo del rey un consentimiento a regañadientes.

 En verdad, lord North presentó una nueva Ley Coercitiva ante el Parlamento, el 27 de febrero de 1775. De acuerdo con dicha ley, se prohibía a las cuatro colonias de Nueva Inglaterra comerciar con ninguna nación que no fuese Gran Bretaña y las Antillas Británicas. Los habitantes de Nueva Inglaterra tampoco podían comerciar con las otras colonias ni hacer uso de las pesquerías atlánticas, que eran de fundamental importancia para la población.

 Era claro que Gran Bretaña respondía a todos los pedidos de moderación con un mayor endurecimiento de sus exigencias, de modo que los colonos de Massachusetts siguieron preparándose para la guerra.

 Y el general Gage siguió tratando de despojarlos de los medios para hacerlo. El 26 de febrero de 1775, Gage envió a sus soldados a Salem a recoger unos suministros militares que había allí, pero la ciudad estaba llena de colonos coléricos, y los soldados se volvieron.

 Nuevamente, no se disparó ningún tiro, no se dio ningún golpe. Pero sólo era cuestión de tiempo. Hasta en la distante Virginia los hombres esperaban con el aliento contenido las noticias del norte, esperando con cada correo que llegaba recibir la nueva de que había comenzado el fuego.

 El 23 de marzo de 1775, Patrick Henry se levantó en la Cámara de los Burgesses para afirmar la necesidad de formar una milicia armada en Virginia. Sostuvo vigorosamente que la guerra estaba por empezar. «El próximo vendaval que venga del Norte traerá a nuestros oídos el resonar de las armas. ¡Nuestros hermanos ya están en el campo de batalla! ¿Por qué esperar aquí, ociosos?

 ¿Qué es lo que desean los caballeros? ¿Qué quieren?

 ¿Son la vida o la paz tan dulces como para ser comparadas al precio de las cadenas o la esclavitud? ¡Impídelo, Señor Todopoderoso! No sé qué elegirán otros, pero en cuanto a mí, dadme la libertad o la muerte!»

 Estas palabras resonaron a través de las colonias mientras, durante tres semanas más, la situación estuvo pendiente de un hilo. Después de todo, la perspectiva no era la de una mera rebelión, sino la de una guerra civil del mundo de habla inglesa. Las colonias tenían considerables dimensiones. Su población era ahora de unos dos millones y medio, alrededor de un tercio de la de Gran Bretaña. La mayor ciudad colonial, Filadelfia, con una población de cuarenta mil habitantes, era la segunda ciudad de habla inglesa del mundo. Sólo Londres era mayor.

 Entonces ocurrió...

 El general Gage decidió aumentar sus esfuerzos para desarmar a los colonos de Massachusetts. El centro de la resistencia colonial era la ciudad de Concord, a treinta kilómetros al noroeste de Boston. Allí los Congresos Provinciales ilegales se reunieron para reclutar gente y organizar la resistencia. Allí se encontraban los dos líderes radicales, Sam Adams y John Hancock. Y allí se había acumulado una gran provisión de pertrechos militares.

 Gage decidió enviar 700 soldados británicos a Concord, donde debían apoderarse de los depósitos militares o destruirlos, y arrestar a Adams y Hancock. Pero entre las tropas británicas las medidas de seguridad eran escasas, y había pocas decisiones tomadas por Gage de las que los colonos no obtuvieran pronto información.

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 Paul Revere y William Dawes (nacido en Boston, en 1745) partieron en la tarde del 18 de abril de 1755, para prevenir a la región rural. Llegaron a Lexington, ciudad situada a diecisiete kilómetros al noroeste de Boston en la ruta a Concord. Ocurrió que Adams y Hancock estaban durmiendo allí. Despertados y alertados a tiempo, partieron a toda prisa.

 En Lexington, se unió a Revere y Dawes un joven médico, Samuel Prescott (nacido en Concord en 1751) Todos se dirigieron a Concord, pero fueron detenidos por una patrulla británica. Revere fue arrestado y llevado de vuelta a Lexington, donde fue puesto en libertad Dawe escapo, pero volvió. Sólo Prescott siguió a Concorc cumpliendo con la vital misión de alertar al centro colonial.[6]

 La alerta fue eficaz. Cuando los 700 británicos llegaron a Lexington, al alba del 19 de abril de 1755 hallaron a un puñado de minutemen, quizá no más de cuarenta, que se enfrentaron con ellos. El comandante John Pitcairn que condujo el avance del contingente inglés grito a los minutemen que se dispersasen.

 Los minutemen debían haberlo hecho, y probablemente lo hubiesen hecho, pues eran superados en número casi veinte a uno Pero desde detrás de un muro de piedra llego un balazo. Quién disparó nadie lo sabe hasta hoy pero fue suficiente. Los nerviosos soldados británicos, sin recibir ordenes, dispararon a boca de jarro sobre lo minutemen, mataron a ocho y dejaron a diez más heridos. Los minutemen respondieron al fuego brevemente, y luego huyeron. Los británicos avanzaron, con un solo herido como única baja. En ese momento, la acción debe de haberles parecido meramente como hacer a un lado una mosca, pero fue la primera sangre derramada en batalla en el curso de lo que llego a llamarse «La Guerra de la Revolución Americana o, mas brevemente, «La Guerra Revolucionaria»[7]. Sam Adams, al menos, comprendió cabalmente el suceso. Mientras huía de Lexington, se afirma que dijo, exultante: «Este es un día glorioso para América.»

 Los británicos llegaron a Concord y destruyeron los depósitos que pudieron hallar (la mayor parte había sido quitada para entonces), pero a su alrededor se estaba reuniendo la milicia de Massachusetts. En North Bridge, en Concord, los británicos se hallaron frente a una multitud de granjeros armados. Hubo una dura pelea y los británicos sufrieron catorce bajas. Ya no se trataba de hacer a un lado una mosca[8].

 A mediodía, los británicos ya estaban hartos y se dispusieron a regresar a Boston. Pero entonces llegó lo peor. La milicia encolerizada pululaba por todo el campo; había cuatro mil hombres, según algunas estimaciones. Detrás de cada árbol y cada roca, al parecer, brillaba un fusil y salía disparada una bala. En cambio, raramente se presentaba algún blanco fácil y las desconcertadas tropas británicas se tambaleaban, a medida que un soldado tras otro recibía un impacto. Hubieran muerto todos antes de llegar a Boston, de no haber sido por un fuerte contingente enviado en su socorro.

 El viaje a Concord dio como resultado 99 soldados británicos muertos y desaparecidos y 174 heridos, un 40 por 100 del total de la fuerza, mientras que las bajas americanas fueron 93.

 Fue una pequeña batalla, con bajas relativamente escasas, para lo que suelen ser las batallas, pero difícilmente habrá habido una batalla más importante en la historia, pues señaló el nacimiento de los Estados Unidos.

 Se trataba ya de una guerra abierta, pues se había librado la primera batalla y habían caído las primeras bajas. Los radicales de Massachusetts hicieron todo lo posible en Lexington para demostrar que había sido provocada por los británicos. También explotaron al máximo la imagen de los soldados británicos escapando inútilmente por el camino a Boston bajo el demoledor fuego americano, de modo que la moral de los americanos subió alto.

 La retirada de Concord no fue resultado solamente de la ineptitud británica, por supuesto, sino también de una diferencia en las armas que tuvo una influencia importante, y hasta decisiva, en los sucesos.

 A fines de la Guerra contra Franceses e Indios, apareció una nueva arma en la frontera de Pensilvania y al sur. Fue llamada el «rifle de Kentucky» y había sido introducida por los neerlandeses de Pensilvania, quienes modificaron una versión europea de ella para hacerla más ligera y más fácil de cargar. Se cargaba con una bala más pequeña que el alma, de modo que se usaba un parche engrasado para mantenerla ajustada. Un cañón rayado «rifled» (esto es, con estrías en espiral en su superficie interna) hacía girar la bala y le imprimía una trayectoria más recta y más precisa que los mosquetes de alma lisa usados por los ejércitos regulares de las potencias europeas.

 Este primitivo rifle americano, adecuadamente manejado, podía acertar en un blanco del tamaño de la cabeza de un hombre a 70 metros. Tenía la desventaja de que para cargarlo se necesitaba el triple de tiempo que con el mosquete, por lo que no era apto para las andana das rápidas que se efectuaban en las batallas formales de la época. En cambio, en manos de un guerrillero, seguro detrás de un árbol o una roca, el rifle de Kentucky era un arma mortal. Esto hizo que, si bien los soldados americanos, que carecían de entrenamiento y experiencia, perdieron la mayor parte de las batallas campales que libraron, mantuvieran pese a todo el dominio de las zonas rurales, y raramente los británicos pudieron controlar un territorio mayor que aquel en el cual estaba su ejército.

 

DE CONCORD A BUNKER HILL

 

 

 Los radicales de Massachusetts no querían dejar que las cosas se enfriasen. El Congreso Provincial se dispuso inmediatamente a poner sitio a Boston. El 23 de abril había autorizado el reclutamiento de un ejército de 13.000 hombres, que puso bajo el mando de Artemas Ward (nacido en Shrewsbury, Massachusetts, en 1727). Había combatido en la Guerra contra Franceses e Indios y era lo más parecido a un soldado profesional que tenía Massachusetts en ese momento.

 Las otras colonias de Nueva Inglaterra rápidamente enviaron contingentes a unirse a las fuerzas de Ward en Cambridge, al otro lado del río desde Boston, de manera que la guerra ahora había arrastrado a toda Nueva Inglaterra. Las noticias de la batalla y sus consecuencias se difundieron por todas las colonias. Una partida de cazadores acampados en las soledades de Ohio oyeron las noticias y pusieron a su campamento un nombre que era un homenaje. Alrededor de él creció la actual ciudad de Lexington de Kentucky.

 Pero si las fuerzas coloniales querían tener alguna esperanza de tomar Boston realmente, necesitaban artillería, y no la tenían. Lo que tenían que hacer era tomarla de los ingleses, y el lugar más cercano donde tenían alguna posibilidad de hacerlo era en Fort Ticonderoga, sobre el lago Champlain, escenario de muchos combates durante la Guerra contra Franceses e Indios.

 La captura del fuerte fue sugerida por Benedict Arnold (nacido en Norwich, Connecticut, el 14 de enero de 1741). Se había incorporado a la milicia de Massachusetts tan pronto como ésta se formó, y tenía ahora el rango de capitán. Su plan fue aprobado, él fue ascendido al rango de coronel, el 3 de mayo, y se le envió a que emprendiese la aventura.

 En esto, como en toda otra cosa, sin embargo, Arnold tuvo la suerte contra él. Demostró ser uno de los mejores soldados de América, pero nada le salía bien. Con respecto a Ticonderoga, por ejemplo, se le adelantó alguien que estaba más cerca de ese lugar.

 Fort Ticonderoga estaba unos 270 kilómetros al noroeste de Boston. Al este, del otro lado del lago Champlain, estaba la región de las Montañas Verdes (ahora llamada Vermont, de palabras francesas que significan «montañas verdes»). Allí vivía Ethan Alien (nacido en Lichfield, Connectitcut, el 21 de enero de 1738). Había luchado en la Guerra contra Franceses e Indios y llegado a la región de las Montañas Verdes en 1769. Allí formó un grupo de milicianos que se llamaron a sí mismos los «Muchachos de las Montañas Verdes» y cuyo principal objetivo era vigilar para que la colonia de Nueva York no lograse establecer su dominación sobre esa región.

 Cuando le llegaron las noticias concernientes a Lexington y Concord, pensó que sería una buena idea tomar Fort Ticonderoga, que estaba inmediatamente del otro lado del lago. Benedict Arnold se abalanzó al oeste para tratar de ocupar el lugar, pero Allen no lo permitió. Frustrado (como lo estaría en muchas ocasiones) Arnold acompañó a la partida, sin embargo; ochenta y tres hombres cruzaron a remo el lago Champlain el 9 de mayo de 1755. Lograron una sorpresa total. La guarnición inglesa fue incapaz de resistir la repentina invasión de los rústicos y se rindieron el 10 de mayo. Dos días más tarde, Crown Point, a quince kilómetros al norte, también fue tomado.

 El 10 de mayo, el mismo día en que fue tomado Fort Ticonderoga, el Segundo Congreso Continental se reunió en Filadelfia, según lo planeado, y se vio obligado a abordar el tema de la guerra en curso, al menos en Nueva Inglaterra.

 Nuevamente, fue elegido presidente Peyton Randolph, pero murió casi inmediatamente, y John Hancock fue puesto en su lugar, indicio de la creciente radicalización del organismo. Muchos de los delegados del Primer Congreso Continental estuvieron también en el Segundo, además de otros hombres de prestigio. Benjamin Franklin y George Washington, que no estuvieron en el Primero, asistieron al Segundo.

 John Adams fue la principal fuerza radical del Segundo Congreso Continental y trabajó afanosamente para que las colonias que no formaban parte de Nueva Inglaterra hiciesen causa común con Massachusetts. Quería que la milicia de Nueva Inglaterra que estaba asediando a Boston fuese reconocida como un ejército intercolonial, un «ejército continental», para usar el mismo enfoque por el que la reunión era llamada un congreso continental.

 Adams sabía que esto no sería aceptado si Massachusetts insistía en comandar el ejército e insinuó claramente que el delegado de Virginia, el coronel Washington, sería aceptable para Massachusetts como comandante en jefe, y que la milicia de Nueva Inglaterra gustosamente prestaría servicios bajo su mando.

 Fue un golpe brillante. George Washington había combatido en las primeras batallas de la Guerra contra Franceses e Indios, pero había sido frustrado en su intento de desempeñar un papel más importante por los prejuicios británicos anticoloniales. Y ahora estaba ansioso por demostrar de lo que era capaz. Más aún, era un rico plantador que prestaría sus servicios sin paga, y un hombre enormemente respetado de carácter conservador y conocida integridad. Los hombres que no habrían confiado en los agitadores de Massachusetts confiarían en George Washington.

 Así, el Congreso aceptó. El Ejército Continental fue creado el 14 de junio de 1775, y George Washington fue nombrado su comandante en jefe el 15 de junio.

 Bajo su mando hubo cuatro generales, uno de los cuales era Artemas Ward. Otro era Israel Putnam de Connecticut (nacido en Danvers, Massachusetts, en 1718), quien, en un arranque patriótico, acudió a tomar parte en el sitio de Boston en el mismo momento en que se enteró de los sucesos de Lexington y Concord, aunque estaba cerca de los sesenta años. Los otros eran Philip Schuyler de Nueva York (nacido en Albany en 1733), un rico terrateniente tan respetado y conservador como Washington, y Charles Lee de Virginia, un oficial nacido en Gran Bretaña. Los cuatro generales habían actuado en la Guerra contra Franceses e Indios, pero ninguno de los cuatro había demostrado tener mucho talento militar.

 Pero, apenas formado, el Ejército Continental se vio ante un momento decisivo en Boston. Los británicos no tenían ninguna intención de ceder y desembarcaron más tropas en Boston el 28 de mayo.

 El 12 de junio el general Gage se sintió suficientemente confiado en la fuerza de sus tropas como para poner oficialmente a Boston bajo la ley marcial y declarar rebelde o traidor a todo americano que portase armas o prestase ayuda a otro que las portase. Pero, como gesto conciliador, ofreció el perdón a todo rebelde o traidor que depusiese las armas, con excepción de Sam Adams y John Hancock.

 La respuesta americana fue hacer preparativos para ocupar y fortificar el terreno elevado de Charlestown, inmediatamente al norte del río Charles e inmediatamente al otro lado del río desde Boston. Como Boston, Charlestown estaba situada por entonces en una península unida a tierra firme por una estrecha franja de tierra. Había dos colinas en Charlestown, Bunker Hill y Breed’s Hill, y cualquiera de ellas ofrecía una posición dominante para colocar la artillería que, se esperaba, llegase de Ticonderoga. En un principio, se pensó en fortificar Bunker Hill solamente, pero Breed’s Hill estaba más cerca de Boston y el plan fue ampliado para incluirla.

 En el alba del 17 de junio de 1775, 1.600 americanos estuvieron en Breed’s Hill. Gage podía haber cercado la península de Charlestown colocando hombres en la franja terrestre, y luego haber bombardeado la colina desde los barcos del puerto. Si lo hubiese hecho, los americanos no habría podido resistir por mucho tiempo. Pero Gage probablemente estaba todavía irritado por la vergüenza de la retirada de Concord. Pensaba que los americanos necesitaban una lección y que se debía demostrar claramente su total inferioridad frente a los soldados regulares británicos.

 Por ello, ordenó tomar por asalto las fortificaciones de la colina de Charlestown y, para tal fin, envió 2.400 hombres a través del río Charles, durante el mediodía del 17 de junio. Las tropas estaban al mando de William Howe, quien había llegado con el grupo más reciente de refuerzos.

 Para los británicos, era una mala situación militar. Tenían que trepar por una colina expuestos al fuego de un enemigo protegido detrás de murallas en la cima[9]. La única razón posible de que un jefe británico ordenase tal asalto era la idea de que la milicia americana flaquearía a la vista de soldados regulares británicos marchando hacia ellos y simplemente huirían.

 Howe, pues, ordenó a un contingente de sus hombres que subiese por la colina en un perfecto orden cerrado, llevando pesadas mochilas y con sus uniformes escarlatas brillando al sol. Detrás de sus defensas esperaban los americanos, en perfecta posición, excepto por el hecho de que prácticamente no tenían pólvora.

 Su comandante, el coronel William Prescott (nacido en Groton, Massachusetts, en 1726), no permitió que esa preciosa pólvora se desperdiciara. Toda bala debía dar en el blanco, lo cual significaba que sus hombres debían permitir a los británicos acercarse mucho, por atemorizadora que fuese su cercanía para muchachos granjeros no entrenados.

 «No disparéis —ordenó— hasta que veáis el blanco de sus ojos.»

 El contingente británico subió por la colina, tanto más confiado cuanto que la falta de disparos parecía indicar temor por parte de los americanos. En el momento apropiado, éstos, que se habían abstenido de hacer fuego hasta que los soldados estuvieron casi sobre ellos, lanzaron una andanada en la que casi toda bala dio en el blanco. La línea británica se derrumbo, y los sobrevivientes descendieron tambaleándose por la colina, dejando el terreno frente al reducto americano rojo de sangre y uniformes.

 Por segunda vez, Howe envió un contingente por la colina que hallo la misma suerte que el primero. Ya no quedaba mas remedio que continuar el mismo juego estúpido, pues marcharse habría sido un golpe tremendo para el prestigio británico.

 Así, Howe envió un tercer contingente, y dice mucho de la disciplina británica el hecho de que los soldados se movieran. Lo que mantuvo con vida a los soldados del contingente fue que los americanos habían agotado sus municiones. El tercer contingente de tropas británicas llego a la cima de las colinas, calo sus bayonetas y cargó. Los americanos, que tampoco tenían bayonetas, no tuvieron mas opción que marcharse. Lo mas rápidamente que pudieron, abandonaron Charlestown.

 Los británicos retuvieron el terreno, por lo que proclamaron su victoria, pero estaban demasiado maltrechos para tratar de perseguir a los americanos mas allá de Charlestown. Sus perdidas habían sido enormes, 1.054 soldados muertos o heridos, entre ellos 89 oficiales. Uno de los oficiales muertos era el comandante Pitcairn, quien había conducido la vanguardia del ataque en el que se derramó sangre por primera vez, en Lexington. Las bajas americanas fueron de solo 450, pero uno de ellos era Joseph Warren, quien había elaborado las Resoluciones de Suffolk el año anterior.

 Los británicos quedaron muy desalentados por esa «victoria» demasiado costosa y parecían haber caído en el letargo. Después de tomar las colinas de Charlestown, debían haber ocupado las alturas de Dorchester, inmediatamente mas allá de la franja de tierra que unía a Boston con tierra firme. Si lo hubiesen hecho, no habría quedado ningún lugar desde el cual la artillería americana pudiese dominar el puerto de Boston.

 Antes de la batalla de Bunker Hill, esa había sido la intención de Gage. Pero después de la batalla, Gage, aturdido, no hizo nada. Estaba apabullado, y lo único que se podía hacer era relevarlo del mando. Fue enviado de vuelta a Gran Bretaña el 10 de octubre de 1775, y William Howe fue puesto al frente de las fuerzas británicas en las colonias.

 Esto también fue un error. Howe se mostraría, de manera creciente, incapaz de actuar de forma decisiva contra los americanos. Una explicación de esto es que nunca se sintió a gusto en una guerra que consideraba insensata e injusta, pero otra es que nunca se recupero de la horrible conmoción que le produjo la sangría de Breed’s Hill.

 Dos semanas después de la batalla, George Washington llego a Cambridge y asumió el mando de un ejercito que se consideraba vencedor de la batalla de Bunker Hill. No eran los británicos, sino su falta de pólvora, lo que les había derrotado. Quienes habían sido destrozados no eran ellos, sino los británicos.

 

BOSTON LIBERADA

 

 

 Fuera de Nueva Inglaterra, aun había una vaga esperanza de que se pudiese detener la guerra, que en verdad se estaba ahondando. El Segundo Congreso Continental aun no sonaba con la independencia y cundía la fría convicción de que los británicos finalmente triunfarían y los líderes coloniales serían ahorcados por traición. Por ello, se hizo un ultimo esfuerzo para lograr la paz. Dickinson de Pensilvania redacto una «Petición de Paz» que el Congreso firmo el 8 de julio de 1775 y la envió al rey Jorge. Reafirmaba la lealtad de las colonias y le pedía algunas concesiones que pusiesen fin a las hostilidades.

 Pero esa petición no tenía ninguna probabilidad de ser escuchada. El 23 de agosto el Parlamento proclamo oficialmente que se había producido una rebelión general, y el 1 de septiembre, cuando se presento la petición al rey Jorge, éste la rechazó arguyendo que no aceptaba comunicaciones de rebeldes. Estaba claro que los británicos iban a someter a las colonias por la fuerza y no admitirían compromisos.

 De todos modos, en Nueva Inglaterra no había sentimientos a favor de la paz. La euforia que siguió a la batalla de Bunker Hill era tal que las colonias de Nueva Inglaterra empezaron a pensar en acciones ofensivas. Se rumoreaba que los británicos iban a reclutar canadienses para combatir con los americanos, y se pensó que un audaz ataque contra Montreal y Quebec no sólo pondría fin a eso, sino que arrastraría a los franceses a la lucha contra su vieja enemiga, Gran Bretaña, con la esperanza de recuperar el Canadá.

 La expedición fue puesta en un comienzo bajo el mando de Schuyler, pero su mala salud lo excluyó temporalmente y se puso en su lugar a otro neoyorquino, Richard Montgomery (nacido en Irlanda en 1736), quien había prestado servicios en el ejército británico. Montgomery condujo a su pequeño contingente hacia el norte mientras empeoraba el tiempo de otoño, y, cuando se aproximó a Montreal, el comandante británico, sir Guy Carleton, efectuó una retirada estratégica a Quebec. Montgomery tomó la ciudad indefensa el 13 de noviembre de 1775.

 Mientras tanto, Benedict Arnold, que había sido defraudado al no obtener el mando de la expedición contra Fort Ticonderoga, estaba ansioso de tomar parte en esa nueva aventura. Con el permiso de Washington, reclutó 1.100 hombres y marchó hacia el norte, a través de Maine, hasta Quebec. Allí esperó a que Montgomery descendiese por el río desde Montreal para unirse a él. En el momento del encuentro, se había producido un considerable desgaste de hombres, y juntos tenían bajo su mando menos de mil hombres. Quebec estaba defendido por un número de hombres que duplicaba esa cantidad.

 El 31 de diciembre de 1775, aventuraron un asalto en medio de una tormenta de nieve que terminó en el fracaso. La mitad de los hombres fueron muertos, heridos o tomados prisioneros. Montgomery fue muerto y Arnold herido. Arnold y los pocos cientos de hombres que quedaban permanecieron cerca de Quebec, pero no tenían esperanzas, y después de perder en otra escaramuza se retiraron, en junio.

 El fracaso fue deprimente para los americanos y se convirtió en una excelente arma de propaganda en manos de los británicos. Los colonos habían proclamado que ellos sólo luchaban en defensa de sus derechos, pero ahora podía replicarse que los americanos habían atacado a una provincia pacífica sin provocación alguna.

 El conflicto se agudizó aún más. Georgia se incorporó al Segundo Congreso Continental en septiembre de 1775, de modo que por primera vez estuvieron representadas las trece colonias[10].

 Frente a una Gran Bretaña intransigente, el Congreso, ahora aumentado, tomó con renuencia medidas adicionales dirigidas a una expansión de la guerra. El 13 de octubre de 1775, autorizó la formación de una armada. Sus barcos no podían ser buques de guerra desde el principio, por supuesto, pero podían armarse y llevar a cabo incursiones contra las naves británicas.

 En respuesta, los británicos anunciaron, el 23 de diciembre, que todos los puertos americanos estarían cerrados al comercio desde el 1 de marzo de 1776. Las colonias, en efecto, fueron sometidas a un bloqueo.

 A fines de 1775, pues, la guerra era abierta, y sin embargo los portavoces de las colonias, en general, proclamaban su lealtad a Gran Bretaña. Sólo Sam Adams y unos pocos ultraradicales como él osaban hablar de «independencia».

 Pero esto cambió gracias a la labor de Thomas Paine, quien, después de Sam Adams, tiene derecho a ser considerado el apóstol de la independencia americana.

 Thomas Paine nació en Inglaterra, el 29 de enero de 1739. Era hijo de un cuáquero y fue durante toda su vida un hombre muy humanitario, que no sólo simpatizaba con los necesitados y esclavizados, sino hasta con el oprimido sexo femenino. En noviembre de 1774, llevando una recomendación de Benjamin Franklin, llegó a Pensilvania.

 Una vez allí, publicó el Pennsylvania Magazine y pronto llegó a la conclusión de que la independencia era necesaria para las colonias. En primer lugar, era la única manera en que las colonias podían crear una república y liberarse de la tiranía del gobierno de un solo hombre y del despilfarro de una aristocracia hereditaria. Además, razonaba, sólo declarando que luchaban por su independencia podían obtener ayuda extranjera.

 Paine se hizo con muchos amigos influyentes en las colonias, entre ellos el doctor Benjamin Rush (nacido cerca de Filadelfia, en 1745). Rush también era de una familia cuáquera y un hombre humanitario interesado por las mismas causas que movían a Paine. Rush alentó a Paine a publicar sus ideas en un folleto, que salió el 10 de enero de 1776. Llevaba el título de Sentido común y pasaba revista a todas las razones a favor de la independencia. Paine no vaciló en dejar de lado toda reverencia irracional y en echar toda la culpa de la política represiva británica sobre el mismo Jorge III.

 El Sentido común resultó ser un best-seller. Su estilo sencillo, directo y muy dramático le ganó una enorme popularidad. Más que cualquier otro factor, produjo un necesario cambio en el pensamiento popular y convirtió la independencia en algo exigido por una cantidad suficiente de americanos como para hacerla posible políticamente. Entre otras cosas, ganó a George Washington para su causa.

 Por supuesto, la cuestión era si la independencia sería posible militarmente. Esto dependía casi totalmente de George Washington, quien estaba esperando lo único que permitiría avanzar: los cañones de Ticonderoga.

 Había puesto la responsabilidad de llevar esos cañones sobre los hombres de Henry Knox (nacido en Boston el 25 de julio de 1750). Knox era librero de profesión y había aprendido mucho sobre el aspecto técnico de la artillería en los libros con que comerciaba. Había estado presente en la matanza de Boston, se había incorporado a la milicia, cuando ésta se formó, estaba ahora en el Ejército Continental y llegó a ser uno de los más íntimos amigos de Washington.

 Era lo más cercano a un experto en artillería que había en el ejército, por lo que Washington lo envió a Ticonderoga a por esos cañones. La distancia era de 270 kilómetros en línea recta, pero de 500 kilómetros por caminos transitables.

 Mientras esperaba, Washington recibió el nuevo año de 1776 desplegando una nueva bandera sobre su cuartel general. Llevaba las trece franjas rojas y blancas que hoy nos son familiares, una por cada colonia. Pero en la parte superior izquierda aún estaba la Unión Jack (la bandera del Reino Unido), formada por las cruces de San Jorge y San Andrés, los santos patronos de Inglaterra y Escocia, respectivamente, y el conocido símbolo de Gran Bretaña.

 En el invierno (y ayudado, más que obstaculizado, por la nieve) Knox arrastró esos cañones. El 24 de enero de 1776, cincuenta y cinco piezas de artillería, con un peso medio por pieza de más de una tonelada, lograron entrar en las líneas americanas.

 El 4 de marzo, Washington colocó esas piezas de artillería en las alturas de Dorchester, que Howe había dejado, imprudentemente, sin ocupar. Desde esa ventajosa posición, los americanos podían bombardear cualquier punto de Boston y casi cualquier barco que estuviese en el puerto.

 Howe se percató del peligro y, no habiendo sido capaz de prevenirlo, planeó ahora un asalto contra la artillería. Fue retrasado por fuertes lluvias y, cuando el tiempo se despejó, los americanos parecían demasiado bien atrincherados y Howe había tenido tiempo de acordarse de Bunker Hill.

 Decidió que Boston se había vuelto demasiado peligrosa para permanecer en ella y, el 17 de marzo, evacuó la ciudad, llevando a todos los soldados a los barcos del puerto. Luego zarpó para Halifax, en Nueva Escocia, el 26 de marzo.

 En poco menos de un año desde los días de Lexington y Concord, los británicos habían perdido Nueva Inglaterra, y de manera permanente. Después de la partida de Howe, los británicos nunca volvieron, y desde ese día hasta hoy Massachusetts nunca oyó el paso de un ejército hostil.

 La evacuación de Boston fue justamente considerada una gran victoria para los americanos, pero en definitiva constituyó una medida juiciosa por parte de los británicos.

 Nueva Inglaterra era la parte más densamente poblada y más rabiosamente radical de las colonias, y todo intento de tomarla por la acción militar directa habría sido costoso y difícil. Había estrategias mejores. Por ejemplo, Nueva Inglaterra podía ser aislada de las otras colonias y luego ser sometida por hambre. En las colonias que no formaban parte de Nueva Inglaterra los sentimientos de rebelión eran mucho más débiles y éstos, posiblemente, podían ser sofocados, para luego golpear a gusto a Nueva Inglaterra.

 Los americanos probritánicos eran llamados «leales» por los británicos y por sí mismos, y se los encontraba principalmente (aunque no exclusivamente) entre las clases propietarias. Según algunos cálculos, un tercio de la población americana era leal, mientras que otro tercio era indiferente a las cuestiones políticas y solamente trataba de vivir lo mejor posible. Sólo el tercio restante lo constituían los «rebeldes» activamente empeñados en el conflicto con Gran Bretaña. En realidad, en las colonias medias, los leales eran mayoría.

 Para sí mismos, por supuesto, los rebeldes eran «patriotas», mientras que los leales eran «tories», nombre dado al partido británico que defendía los poderes y las prerrogativas del Rey.

 La Guerra Revolucionaria, pues, fue tanto una guerra civil como una guerra de liberación nacional. Hasta en Nueva Inglaterra había leales, y miles de ellos fueron llevados de Boston cuando la evacuación británica. Temían por sus vidas si permanecían en la ciudad, y tal temor probablemente era justificado.

 Los leales fueron muy útiles para los británicos durante toda la guerra. Muchos de ellos servían como agentes de espionaje entre los americanos. Otros, hasta unos 30.000, servían en las filas británicas. Su ayuda podía haber sido decisiva, pero los británicos siempre vacilaron en utilizar sus servicios a fondo. Si los británicos hubiesen aplastado las rebeliones con la importante ayuda de los leales, éstos, una vez hechos con el dominio de las colonias, podían haber pedido, como recompensa, esas mismas concesiones que los británicos negaban a los americanos en armas contra ellos.

 

LA DECLARACIÓN DE LA INDEPENDENCIA

 

 

 La evacuación británica de Boston no hizo pensar a Washington erróneamente que la guerra había terminado. No hacía falta mucha penetración para percatarse de que los británicos, derrotados en un punto, harían intentos en otro, y de que el punto débil de las colonias era la región media, entre la radical Nueva Inglaterra y la radical Virginia. Por ello, Washington condujo la parte principal de su ejército al sudoeste y llegó a Nueva York el 13 de abril de 1776, con 9.000 hombres.

 Mientras tanto, entre el Sentido común de Paine y la excitación de la evacuación británica de Boston, el sentimiento favorable a la independencia llegó a récords de altura y los delegados del Segundo Congreso Continental podían sentirlo en cada mensaje.

 Extrañamente, fue Carolina del Norte la que estuvo en el primer plano de la lucha. Ya el 31 de mayo de 1775, poco después de los sucesos de Lexington y Concord, los habitantes del condado de Mecklenburg, cerca de lo que era entonces la frontera occidental del Estado, elaboraron las «Resoluciones de Mecklenburg», en la que todas las leyes británicas eran declaradas nulas y vacías, e inútiles todos los despachos británicos. Las resoluciones declaraban la intención de los firmantes de lograr el autogobierno, pero no se hacía uso en realidad de la palabra «independencia». Sin embargo, el suceso dio origen a la leyenda de una «Declaración de la Independencia de Mecklenburg».

 Un año más tarde, el Congreso Provincial de Carolina del Norte, el 12 de abril de 1776, instruyó oficialmente a sus delegados al Congreso Continental para que abogasen por la independencia. Fue la primera colonia que lo hizo de manera formal. Virginia la siguió, el 15 de mayo, y se dio por sentado que harían lo mismo las cuatro colonias de Nueva Inglaterra. Pero lo que se necesitaba para obtener la independencia era unanimidad. Sin ella, no se la alcanzaría. (Un delegado del Congreso dijo nerviosamente: «Debemos permanecer unidos.» Benjamin Franklin respondió secamente: «Sí, o con toda seguridad nos colgarán separadamente.»)[11]

 El 7 de junio de 1776, Richard Henry Lee de Virginia puso la cuestión a prueba. Se levantó y propuso que se aprobase una resolución en el sentido de que las colonias «son, y por derecho deben ser, Estados libres e independientes»[12].

 La resolución era todavía demasiado difícil de abordar, y el Congreso postergó la votación designando a varios de sus miembros para que preparasen una formal Declaración de Independencia. Los designados para esto fueron Jefferson, Franklin y John Adams, junto con Robert Livingston de Nueva York (nacido en la ciudad de Nueva York el 27 de noviembre de 1746) y Roger Sherman de Connecticut (nacido en Newton, Massachusetts, el 19 de abril de 1721).

 Fue Thomas Jefferson quien hizo lo principal de la tarea de preparar la Declaración, y obviamente fue influido por Rousseau y la doctrina del derecho natural. Escribió que las colonias debían asumir «la posición separada e igual a la que las Leyes de la Naturaleza y el Dios de la Naturaleza les daban derecho». También decía: «Sostenemos que son evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales, que están dotados por su creador de ciertos derechos inalienables, entre ellos el de la Vida, el de la Libertad y el de la búsqueda de la Felicidad. Que para asegurar estos derechos se instituyen entre los hombres gobiernos, cuyos poderes derivan justamente del consentimiento de los gobernados. Que cuando cualquier forma de gobierno se vuelve destructora de estos fines, es derecho del pueblo alterarla o aboliría e instituir un nuevo gobierno que se funde en tales principios y organice sus poderes de la forma en que se considera más probable el logro de la Seguridad y la Felicidad». Jefferson luego hizo una larga lista de los males infligidos a las colonias por Gran Bretaña, atribuyéndolos todos, clara y específicamente, a Jorge III; no mencionaba. al Parlamento. Esto era necesario, desde luego. Ningún americano sentía lealtad mística alguna hacia un cuerpo legislativo, sino sólo al rey; y era del rey de quien debían ser apartados los sentimientos americanos. Uno de los males registrados por Jefferson fue quitado por insistencia de aquellos que no lo consideraban un mal. Jefferson acusaba al rey de impedir que Virginia tratase de regular el comercio de esclavos africanos. Los delegados de Carolina del Sur se negaron a permitir toda mención acusatoria de la esclavitud, y ese punto fue suprimido.

 El 28 de junio de 1776 se presentó al Congreso la Declaración de Independencia. Fue difícil hacerla aceptar. Algunos, como Galloway, estaban horrorizados. «La independencia —decía— significa la ruina. Si Inglaterra la niega, nos arruinará; si la otorga, nos arruinaremos nosotros mismos.» Galloway era absolutamente leal a Gran Bretaña, quizá el hombre leal más importante de las colonias. Más tarde, se unió al ejército de Howe y finalmente abandonó América, en 1778. Vivió los últimos quince años de su vida en Gran Bretaña.

 Algunos delegados que no eran «leales» y que estaban ardientemente a favor de los derechos americanos y de su autogobierno, sin embargo, pensaban que buscar la independencia efectiva era poco juicioso, que no era un objetivo práctico. El más destacado de ellos era Dickinson.

 Pero una colonia tras otra fue ganada para una votación a favor de la Declaración. El voto de Carolina del Sur fue conseguido eliminando la referencia a la esclavitud. Dickinson y otro delegado de Pensilvania fueron persuadidos a que se abstuvieran, para que los delegados restantes pudiesen dar el voto de Pensilvania a favor. Había dos delegados de Delaware que estaban en posiciones opuestas en la cuestión, pero en el último minuto apareció un tercer delegado que se levantó de su lecho de enfermo, Caesar Rodney (nacido cerca de Dover, Delaware, en 1728), y dio su decisivo voto por la independencia. Sólo Nueva York no votó, pues sus delegados habían recibido instrucciones de no participar en el debate. Así, aunque la votación fue unánime, sólo fue de 12 a O, y la moción por la independencia fue aprobada el 2 de julio de 1776.

 John Adams previo que en el futuro indefinido los americanos celebrarían el 2 de julio como el «Día de la Independencia». Tenía razón en esencia, pero se equivocó en cuanto a la fecha. Dos días más tarde, el 4 de julio de 1776, la Declaración de la Independencia fue firmada por John Hancock, presidente del Congreso Continental, y es este día el que hoy se conmemora.

 La Declaración de la Independencia fue leída públicamente por primera vez en Filadelfia, el 8 de julio. El 9 de julio fue leída en Nueva York al general Washington y sus tropas, y la Legislatura de Nueva York, presumiblemente avergonzada de su intento de eludir el problema, votó la aceptación de la Declaración, con lo que se llegó a la totalidad de los 13 votos.

 El 19 de julio el Congreso votó la redacción de la Declaración de la Independencia en una hermosa copia sobre pergamino (copia que aún existe como valioso le gado de la historia americana) que firmaron todos los delegados. En el curso del verano y el otoño de 1776, cincuenta y cinco firmas se añadieron a la de John Hancock. Esa acción de firmar estableció realmente la línea demarcatoria, pues todo el que ponía su firma en el documento dejaba una prueba escrita de que era un traidor (si los británicos ganaban). Consciente de esto, John Hancock firmó con letra clara y firme, «para que el rey Jorge pueda leerla sin sus gafas», lo que convirtió su nombre en un término del slang americano para «firma». Cuando Charles Carroll de Maryland (nacido en Annapolis el 19 de septiembre de 1737) puso su firma, alguien comentó que la mano le temblaba. Carroll, para demostrar que no era por temor, añadió el nombre de su finca, para que pudiese ser identificado más fácilmente.

 Aparece como «Charles Carroll de Carrollton» en el documento. Entre los firmantes también estaban Samuel Adams, John Adams, Richard Henry Lee, Thomas Jefferson, Benjamin Rush y Benjamin Franklin.

 Todos los firmantes son los «Padres Fundadores» de la nación, y por esta razón son semideifícados, aunque algunos de ellos son totalmente oscuros y sólo se los conoce por ese acto. El primero de ellos que murió fue Button Gwinnet de Georgia (nacido en Inglaterra en 1735). Murió en 1777, y su firma (valiosa porque era un firmante de la Declaración de la Independencia) es tan rara que su valor es muy elevado entre los coleccionistas de cosas semejantes.

 De los cincuenta y seis firmantes, treinta y nueve era de ascendencia inglesa, y todos tenían al menos un progenitor que descendía de antepasados de algún lugar de las Islas Británicas. Treinta de ellos eran episcopalistas (Iglesia de Inglaterra) y doce eran congregacionalistas. Había tres unitarios (entre ellos Thomas Jefferson y John Adams). Benjamin Franklin, quien se negó a identificarse con ninguna secta, se llamó a sí mismo un «deísta». Charles Carroll de Carrollton fue el único católico romano que había entre los firmantes.

 

 

 

Capítulo 4 - Howe contra Washington

 

LA AYUDA EXTRANJERA

 

 

 El 4 de julio de 1776 es celebrado por los americanos como la fecha en que se estableció la independencia de los Estados Unidos, la fecha en la que comienza nuestra historia como nación; y, por esta razón, su aniversario es celebrado triunfalmente todos los años. Pero la verdad es que la Declaración de la Independencia no fundó, ni siquiera en teoría, una nación nueva e independiente. Fundó trece naciones separadas nuevas e independientes, naciones con fronteras inciertas y con mucha hostilidad entre ellas. Durante 1776, diversos Estados adoptaron constituciones escritas, que delineaban su forma de gobierno, eligieron «presidentes», etcétera. Algunos hasta lo hicieron antes de la Declaración de la Independencia, y el primero de ellos fue New Hampshire, el 5 de enero de 1776. La más importante de las constituciones de los Estados fue la de Virginia, adoptada el 29 de junio, cinco días antes de que Hancock firmase la Declaración de la Independencia. Incluía una declaración de derechos que el gobierno del Estado no podía violar, entre ellos la libertad de prensa y de religión, el derecho a un juicio por jurados, el derecho a no ser obligado a testimoniar en contra de sí mismo, etcétera. Este Proyecto de Declaración de Derechos, esbozado por George Mason, influyó en la elaboración por Jefferson de la Declaración de la Independencia y fue el modelo de documentos similares de otras constituciones, en los Estados Unidos y en Francia. La preocupación americana por las libertades civiles como derechos legales proviene de este documento.

 Las diversas ex colonias, ahora afanosamente dedicadas a organizarse como naciones, eran celosas de su propia identidad y cada una tenía toda la intención de gobernarse a sí misma sin interferencia de ninguna de las otras ex colonias. Sólo el hecho de que estaban unidas en la guerra contra Gran Bretaña permitía alguna cooperación, aunque a regañadientes.

 Y la cooperación era insuficiente. El Congreso Continental no tenía ningún poder para establecer impuestos, ningún poder para aprobar leyes. Sólo podía pedir, con la esperanza de que los Estados independientes optasen por dar.

 Los Estados nunca daban bastante. El Ejército Continental estaba constantemente necesitado de alimentos, ropas y municiones, mientras que los británicos, por supuesto, siempre tenían bastante. De hecho, los granjeros americanos preferían vender a los británicos, que pagaban en dinero contante y sonante, y no a los harapientos continentales, que no tenían dinero sino trozos de papel que representaban promesas de un futuro pago en oro, si la rebelión tenía éxito. (En inglés americano aún se usa la expresión: «No vale un continental», con referencia al papel moneda que el Congreso Continental había empezado a emitir ya en junio de 1775.)

 En estas condiciones, los americanos podían mantener una guerra de guerrillas por largo tiempo, pero no había esperanza de victoria mientras Gran Bretaña se mantuviera firme. Lo que se necesitaba imperiosamente era apoyo extranjero; suministros, dinero y ayuda naval, si era posible, para romper el bloqueo británico.

 Sólo había una nación a la que los americanos podían recurrir, que era Francia. Era una decisión difícil, pues durante casi un siglo Francia había sido la enemiga. Apelar a ella ahora contra Gran Bretaña era sumamente desagradable, pero tenía que hacerse. Sólo Francia podía proporcionar ayuda, sólo Francia estaría dispuesta a ayudar y sólo Francia tenía fuerza suficiente para desafiar a Gran Bretaña.

 Pero Francia no estaba ansiosa de ayudar. Quería ayudar, no por generosidad, sino por el deseo de debilitar a Gran Bretaña. Francia no había olvidado la pérdida de sus posesiones norteamericanas, menos de veinte años antes, y deseaba hacer algo para perjudicar el dominio inglés, ya que esto le brindaría, quizá, la oportunidad para recuperar lo que había perdido; o, al menos, impedir que Gran Bretaña se hiciese demasiado peligrosamente poderosa.

 Por otro lado, el gobierno francés de Luis XVI (quien había subido al trono en 1774, a la muerte de su abuelo Luis XV) era un monarca absoluto que no sentía ninguna simpatía por el tipo de gobierno representativo al que los británicos y los americanos estaban acostumbrados. En verdad, el gobierno francés se enfrentaba con la bancarrota y la creciente oposición de su propio pueblo y, en vez de enredarse en aventuras extranjeras, habría debido, si hubiese tenido sensatez (que no tenía), efectuar reformas internas profundas y drásticas. También surgía la consideración de que una América independiente podía ser (si se hacía demasiado fuerte) tan peligrosa para los sueños imperiales de Francia como una Gran Bretaña fuerte, mientras que, si América perdía la guerra, una Gran Bretaña enfurecida podía volverse contra Francia.

 Por consiguiente, Francia vacilaba.

 Un factor que favorecía a los americanos era el hecho de que el ministro de Relaciones Exteriores de Francia, Charles Gravier de Vergennes, odiaba ardientemente a Gran Bretaña y siempre se hallaba dispuesto a arriesgarse un poco ayudando a los americanos en rebelión. Un autor francés de obras de teatro, Pierre Augustin Carón de Beaumarchais, famoso a la sazón por su obra El barbero de Sevilla, era un entusiasta defensor de los americanos[13] e hizo todo lo posible para persuadir a Vergennes a que asumiese ese riesgo. El 10 de junio de 1776, aun antes de firmarse la Declaración de la Independencia, Beaumarchais había persuadido a Vergennes a que concediese un préstamo secreto a los americanos. España, también ansiosa de debilitar el dominio de Gran Bretaña sobre América del Norte, concedió un préstamo igual.

 Naturalmente, los americanos querían cada vez más ayuda, una ayuda ilimitada, en verdad, de Francia. Para defender su causa, el Congreso, el 3 de marzo de 1776, cuatro meses antes de la Declaración de la Independencia, había enviado un representante a Francia. Este representante, el primer diplomático americano, era Silas Deane (nacido en Groton, Connecticut, el 24 de diciembre de 1737). Por desgracia, era un hombre incompetente. Su mejor amigo era un espía británico, y Deane nunca lo supo. De todo lo que hacía, pues, era inmediatamente informado el gobierno británico.

 Pero pese a todos los apremios de Deane y los impulsos de Vergennes, Francia seguía corriendo los menores riesgos posibles. Se formó un círculo vicioso. Los franceses no ayudarían realmente hasta estar seguros de que los americanos ganarían. Los americanos, por otro lado, difícilmente podían ganar sin ayuda francesa.

 Extrañamente, también los británicos necesitaban ayuda extranjera, pero en otro aspecto.

 La guerra no era popular en Gran Bretaña. Jorge III se enfrentaba con una gran oposición dentro de la nación, y aunque era suficientemente poderoso para mantener en su cargo a los ministros que favorecía por mucho que careciesen de un fuerte apoyo nacional, no lo era para hacer popular la guerra. Los británicos no acudían en masa a alistarse para ser enviados a cinco mil kilómetros para matar a quienes muchos en Gran Bretaña aún consideraban como otros súbditos británicos. En verdad, había cierta sensación de que si Jorge III derrotaba a los americanos, establecería en América un género de absolutismo que podía ser usado como antecedente para imponerlo también en la isla metropolitana.

 Por consiguiente, Jorge III se vio obligado a buscar mercenarios extranjeros para engrosar sus ejércitos. Comenzó a hacerlo inmediatamente después de la batalla de Bunker Hill, y los halló principalmente en los dos pequeños Estados alemanes de Hesse-Cassel y Hesse-Darmstadt. Los gobernantes de estos dos minúsculos países tenían poderes absolutos. Como se hallaban en dificultades financieras, sencillamente enviaron a miles de sus súbditos a prestar servicios con los británicos a cambio de generosos pagos que, claro está, iban a manos de los gobernantes, no de los soldados, aunque éstos recibían una paga regular de los británicos una vez incorporados.

 En total, quizá unos 30.000 hessianos (como se los llamaba) prestaron servicios en los ejércitos británicos. Los americanos aprovecharon su presencia en las fuerzas británicas para despertar la indignación en su propio pueblo. Fue una de las quejas contra Jorge III mencionada en la Declaración de la Independencia, por ejemplo. Y, en verdad, aumentó el reclutamiento, pues los americanos se incorporaron para luchar, indignados contra los mercenarios extranjeros.

 Debe decirse que los hessianos eran buenos soldados, y no cometieron particulares atrocidades; tampoco fueron maltradados cuando se los tomó prisioneros. En verdad, muchos de ellos permanecieron en el país, una vez terminada la guerra, y se convirtieron en ciudadanos americanos.

 

LA LUCHA POR NUEVA YORK

 

 

 El general Washington, en Nueva York, tenía poco tiempo para discutir cuestiones como la ayuda extranjera a la independencia. Esperaba al ejército británico que, estaba seguro, debía llegar.

 Y llegó. Tres meses después de la evacuación de Boston, Howe llevó su ejército a las cercanías de Nueva York, donde podía esperar que hubiera un menor sentimiento antibritánico entre la población que en Boston.

 El 2 de julio de 1776, mientras el Congreso aprobaba la Declaración de la Independencia, Howe desembarcó 10.000 hombres en Staten Island sin hallar oposición alguna. El hermano de Howe, el almirante Richard Howe, llegó diez días más tarde con un fuerte contingente de barcos. Además, el 1 de agosto llegaron refuerzos de Charleston (donde habían atacado la ciudad sin ningún éxito) bajo el mando de Henry Clinton y Charles Cornwallis.

 En agosto, pues, Howe tenía bajo su mando a 32.000 soldados entrenados, entre ellos 9.000 hessianos. Washington sólo tenía 18.000 hombres, en su mayoría soldados mal preparados y por un período breve. (Los americanos, no acostumbrados a largas campañas y muy preocupados por sus granjas y familias, sólo se alistaban por unos pocos meses. Para el momento en que se les había enseñado los rudimentos del entrenamiento, su plazo ya expiraba. El cambio era terrorífico, y Washington nunca tuvo, en realidad, tantos hombres como parecía tener en el papel.)

 Washington comprendió que Nueva York debía ser entregada si Howe se apoderaba de las alturas de Brooklyn, inmediatamente al otro lado del río East. Por ello, colocó un tercio de sus tropas del otro lado del río para tratar de rechazar a los británicos.

 Entre el 22 y el 25 de agosto, Howe desembarcó 20.000 hombres en los estrechos de lo que hoy llamamos el barrio de Brooklyn. (La batalla que se libraría es llamada comúnmente la «batalla de Long Island», y hablando estrictamente se produjo en Long Island. Pero se libró en la parte más occidental de la isla, donde está ahora Brooklyn. Sería más claro para oídos modernos si la llamásemos la «batalla de Brooklyn.)

 Con poco tino, los americanos colocaron fuerzas al sur de las fortificaciones de las alturas de Brooklyn, con lo cual invitaron a una lucha en campo abierto que no tenían ninguna posibilidad de ganar. Los británicos los atacaron el 27 de agosto. Se combatió duramente en las colinas boscosas de Flatbush, cuando un contingente británico que había sido enviado al Este llegó para aplastar a la retaguardia de las fuerzas americanas, que se vieron obligadas a retirarse a las alturas de Brooklyn. Ambas partes perdieron unos 400 hombres entre muertos y heridos, pero los británicos tomaron 1.200 prisioneros y sólo la mitad de las tropas americanas lograron volver a la seguridad de las alturas.

 El paso siguiente, de ordinario, habría sido que Howe atacase las alturas. Una victoria aplastante probablemente habría destruido la moral de las fuerzas de Washington y hecho un daño terrible a la causa americana.

 Pero surgió el fantasma de Bunker Hill. Howe no podía decidirse a enviar a sus hombres laderas arriba frente al fuego americano. Otra vez no. En cambio, se preparó para poner sitio a las alturas y rendir por hambre a los americanos.

 Pero Washington pensó que ya había obtenido todo lo que podía en Brooklyn. Sus hombres habían luchado contra un enemigo que los superaba numéricamente de la mejor manera posible y era inútil pedirles más sacrificios. Que Howe no atacase las alturas ya era una especie de victoria en sí mismo. Demostraba que ahora los británicos respetaban a los americanos, lo que no ocurría antes de Bunker Hill, y eso era suficiente.

 Por supuesto, la pérdida de las alturas de Brooklyn significaba que no podía retenerse Nueva York, mas por un momento Howe se abstuvo de atacar la isla de Manhattan, pues esperaba aun entonces, dos meses después de la Declaración de la Independencia, un acuerdo pacífico.

 Había tomado prisionero al general John Sullivan (nacido en Somersworth, New Hampshire, el 17 de febrero de 1740) durante la batalla de Brooklyn y lo utilizó como emisario. Sullivan marchó a Filadelfia con un mensaje de Howe proponiendo una conferencia de paz.

 El Congreso aceptó. Tres firmantes de la Declaración de la Independencia, Benjamin Franklin, John Adams y Edward Rutledge (nacido en Charleston, Carolina del Sur, el 23 de noviembre de 1749) convinieron en arriesgarse a ir a Staten Island y ponerse en manos de un general británico para quien ellos sólo podían ser traidores. El 6 de septiembre se reunieron con Howe, que fue sumamente cortés. Pero no se llegó a nada. Howe explicó que no podía haber discusiones hasta que los americanos no admitiesen revocar la Declaración de la Independencia. Era demasiado tarde para esto. No se podía renunciar a la independencia. Howe, defraudado, hizo preparativos para la ocupación de Nueva York. El 15 de septiembre envió sus tropas a través del río East hasta Kip’s Bay, sobre la costa oriental de Manhattan, muy al norte de la ciudad, que por entonces sólo ocupaba la punta meridional de la isla. Esperaba atrapar al ejército americano al sur y obligarlo a rendirse.

 Pero no tuvo éxito. Aunque Washington no tenía fuerzas suficientes para ganar victorias y aunque no era un gran general, sí era un hombre astuto y cauto, y esto a veces es casi tan bueno como ser grande. Previo la acción británica, hizo evacuar la ciudad y se retiró a la parte norte de la isla, donde fortificó las alturas de Harlem.

 Howe lo persiguió, pero, nuevamente, después de una escaramuza indecisa, optó por no llevar un asalto directo.

 Otra vez surgió el recuerdo de Bunker Hill .

 Durante un mes, Washington permaneció en las alturas de Harlem, tratando de adivinar cuál sería el siguiente paso británico, y durante un mes Howe permaneció en Nueva York tratando de llegar a una decisión.

 Fue en ese intervalo cuando se produjo un incidente, poco importante en sí mismo, que ha logrado un lugar sacrosanto en el folklore americano. Concernía a Nathan Hale (nacido en Coventry, Connecticut, el 6 de junio de 1755), un maestro de escuela que había luchado en el asedio de Boston y había alcanzado el grado de capitán. Ahora se ofreció voluntariamente para actuar como espía detrás de las líneas británicas. Fue descubierto, capturado y condenado a la horca el 22 de septiembre de 1776.

 Hale era graduado de Yale y quizá en el Catón de Joseph Addison (publicado sesenta años antes), acerca de un patriota romano que murió luchando tenazmente por las libertades de su ciudad, Addison le hace decir: «¡Lástima que sólo podamos morir una vez para salvar a nuestra patria!» En el patíbulo, sus últimas palabras fueron: «Lo único que lamento es tener solamente una vida que perder por mi país.»

 Otra cosa estaba ocurriendo mientras Howe esperaba, irresoluto, en Nueva York, algo mucho menos dramático, pero de decisiva importancia.

 El Congreso decidió reforzar su representación en Francia y envió a Arthur Lee (nacido en Strattford, Virginia, el 21 de diciembre de 1740) y a Benjamin Franklin para que se unieran a Silas Deane. Lee era tan incompetente como Deane, y los dos se pelearon e intrigaron uno contra el otro, haciendo más daño que bien a la causa americana. Pero Franklin compensó esta situación, pues era ideal para el puesto. Era renombrado en Europa como científico y como inventor del pararrayos. Era conocido por sus escritos y admirado por su aguda filosofía. Se convirtió en el fervor de la aristocracia francesa y, adulándola con todas sus fuerzas por si eso servía de algo, despertó simpatías en toda Francia por la causa americana.

 

LA RETIRADA A TRAVÉS DE NUEVA JERSEY

 

 

 Las dilaciones de Howe arruinaron toda la estrategia británica. Si hubiese actuado rápidamente después de ocupar Nueva York, si hubiese atacado con la decisión y energía de un gran general, o al menos de un general audaz, fácilmente podía haber aplastado al pequeño ejército de jóvenes granjeros de Washington, y luego haber efectuado un avance aguas arriba del río Hudson hasta Albany.

 Las fuerzas británicas de Canadá, que ya habían derrotado a un contingente americano el invierno anterior, podían haber avanzado hacia el sur para unirse con Howe y aislar a Nueva Inglaterra del resto de las colonias. Muy probablemente, esto habría obligado a los americanos a llegar a algún género de compromiso que habría excluido la independencia.

 En verdad, las fuerzas británicas ya estaban avanzando hacia el sur desde Canadá. Sir Huy Carleton, que había defendido con éxito Quebec el invierno anterior, estaba reuniendo barcos para llevar a sus hombres al sur del lago Champlain. Frente a él estaba Benedict Arnold, que aún se aferraba a su plan de conquista del Canadá. Pero entre el 11 y el 13 de octubre, la flota de Carleton aplastó a los barcos apresuradamente reunidos y tripulados por hombres reclutados al azar, y luego bajó por el lago hasta Crown Point, en su extremo meridional.

 Pero Carleton no recibió ninguna noticia de Howe que le hiciese pensar que podía esperar cooperación de él. No deseaba tener que pasar un penoso invierno en Adirondack sin la esperanza de una unión de las fuerzas. Por ello, el 3 de noviembre se retiró a Canadá y Gran Bretaña perdió una oportunidad.

 Sólo el 12 de octubre, Howe se decidió a moverse, pero sus objetivos eran limitados. Envió su ejército aguas arriba del río East y lo hizo desembarcar en Pell’s Poit, en el norte de Bronx. Su plan era pasar al Hudson y aislar a Washington en el norte de Manhattan.

 Este intento de derrotar a Washington mediante maniobras solamente fracasó, pues Washington le llevaba mucha ventaja. Dejando un contingente en Fort Washington, en el extremo septentrional de Manhattan, llevó su ejército a Westchester y marchó hacia White Plains. Howe lo siguió y en White Plains se dio una pequeña batalla el 28 de octubre en la que los británicos expulsaron a Washington de una colina estratégica, pero en la que perdieron 300 hombres y los americanos 200.

 Howe se detuvo nuevamente ante la imposibilidad de soportar las pérdidas, y esperó la llegada de refuerzos. Washington de inmediato se deslizó a North Castle, a ocho kilómetros al norte, donde el 1 de noviembre se atrincheró en una posición aún más fuerte.

 Howe decidió no perseguir al escurridizo Washington y, después de otro día de dilación, se volvió contra la fuerza americana que estaba en Fort Washington. Este y Fort Lee, inmediatamente del otro lado del río, sobre la costa de Nueva Jersey, estaban bajo el mando de Nathaniel Greene (nacido en Potowomut, Rhode Island, el 7 de agosto de 1742). Washington había aconsejado la evacuación de ambos puestos mientras era tiempo, pero Greene, con poco tino, pensó que podía resistir a los británicos.

 El 16 de noviembre, Howe envió 13.000 hombres (principalmente hessianos, bajo el mando de un comandante hessiano) contra Fort Washington y lo obligó a rendirse. El 19 de noviembre sacó provecho de esta victoria enviando tropas bajo el mando de Cornwallis a través del Hudson.

 Fort Lee también fue tomado, pero al menos aquí no hubo rendición. Greene consiguió sacar del fuerte a sus hombres, pero se vio obligado a abandonar valiosos suministros.

 La pérdida de Fort Washington y Fort Lee fue un duro golpe para Washington, pero temía que todavía habría algo peor. El cruce del Hudson significaba que Howe podía avanzar sobre Filadelfia. A ciento cuarenta kilómetros al sudoeste de Nueva York, Filadelfia era la mayor ciudad americana y la sede del Congreso, por lo que en cierto modo podía ser considerada como la capital de los Estados Unidos. Washington pensaba que no se podía ceder Filadelfia sin luchar, costase lo que costase.

 Por ello, Washington dejó 7.000 hombres en North Castle al mando de Charles Lee y él se llevó 5.000 más al norte, a Peekskill. Allí, durante la noche del 10 de noviembre, atravesó el Hudson y se lanzó al sur para cubrir la ruta a Filadelfia. Washington unió sus fuerzas con las del derrotado Greene en Hackensack, Nueva Jersey, poco después de la pérdida de los fuertes.

 Cornwallis avanzó sobre ellos, y lo único que podían hacer era retirarse. Washington envió mensajes urgentes a Charles Lee, en North Castle para que cruzara el Hudson con sus hombres y se le uniera. Si se iba a librar una batalla con los británicos, Washington necesitaría todos los hombres que pudiese obtener.

 Pero Charles Lee valoraba poco a Washington y mucho a sí mismo. Su intención era obtener algún éxito notable que, contrastado con las continuas retiradas de Washington, le ganase el cargo de comandante en jefe. Por ello, pasó fríamente por alto las órdenes de Washington. Sólo el 2 de diciembre, cuando se convenció de que no iba a suceder nada en North Castle y que toda la lucha sería en Nueva Jersey, cruzó el Hudson con sus hombres.

 Para entonces, Washington y Greene habían sido rechazados a New Brunswick y aún estaban retirándose rápidamente. Lograron llegar al río Raritan y atravesarlo, mientras los lentos británicos perdían la oportunidad de apoderarse ellos de un puente fundamental y atrapar a los americanos. (En verdad, Howe usó parte de su ejército en una acción totalmente secundaria, pues la envió a capturar Newport, en Rhode Island. El ejército cumplió con esta misión el 8 de diciembre, pero fue un esfuerzo desperdiciado, pues el objetivo de Howe debía ser la destrucción del ejército de Washington. Debía haber postergado toda otra cosa.)

 Washington y Greene llegaron a Trenton, Nueva Jersey, el 11 de diciembre, y cruzaron el río Delaware para entrar en Pensilvania, justo delante de los ingleses. Cornwallis, tomando una decisión digna de Howe, optó por suspender la persecución esta vez. Colocó a sus hombres en Trenton y algunas de las ciudades circundantes y se dispuso a esperar el invierno.

 Charles Lee aún estaba perdiendo el tiempo en Nueva Jersey, pero el 13 de diciembre fue capturado por una patrulla británica y puesto fuera de acción. Era lo mejor que podía haber sucedido para la causa americana. Sullivan, que había sido tomado prisionero en Brooklyn, fue cambiado por otro y ahora tomó el mando en reemplazo de Lee. Llevó a los soldados a Pensilvania, el 20 de diciembre, y se unió a las fuerzas de Washington.

 El medio año transcurrido desde que Howe había llegado a Nueva York había sido un período de prueba para los americanos. Después de todos los éxitos americanos en Nueva Inglaterra, Washington había perdido Nueva York, había sido expulsado de un punto tras otro y había tenido que escabullirse por Nueva Jersey. Ahora la misma Filadelfia estaba en peligro, tan claramente en peligro, en efecto, que el Congreso Continental salió apresuradamente de Filadelfia y se instaló en Baltimore, poniendo todos los poderes en manos de Washington.

 Thomas Paine, quien prestaba servicios en el ejército bajo las órdenes de Nathaniel Greene, publicó una serie de folletos llamados La Crisis Americana, en los que trataba de levantar el ánimo caído de los americanos, instando a sus compatriotas a ver las cosas más allá de los días oscuros.

 El primer número fue publicado el 23 de diciembre de 1776, y empezaba diciendo:

 «Estos son los tiempos que ponen a prueba el alma de los hombres. El soldado de verano y el patriota de tiempos tranquilos se abstendrán en esta crisis de prestar servicios a su país; pero el que puede resistir ahora merece el amor y el agradecimiento de hombres y mujeres, La tiranía, como el infierno, no es fácil de vencer; pero tenemos este consuelo: que cuanto más duro es el conflicto, tanto más glorioso es el triunfo. Lo que nos cuesta poco, lo estimamos también en poco: es sólo lo que nos cuesta lo que da a cada cosa su valor. El Cielo sabe cómo poner un justo precio a sus bienes; y sería extraño, en verdad, que un artículo tan celestial como la Libertad no fuese altamente valorado.»

 

CONTRAATAQUE A TRAVÉS DEL RÍO DELAWARE

 

 

 Cuando 1776 se acercaba a su fin, la situación no era tan mala como podría parecer. Gracias a la lentitud de Howe y a su estilo de lucha en un todo carente de imaginación, y gracias a las hábiles retiradas de Washington, el ejército americano permanecía en pie y su moral no había sido destruida por ninguna derrota catastrófica. En verdad, en los combates que se habían producido, los americanos se habían desempeñado dignamente, y había sido el predominio británico en número y suministros el causante de las derrotas americanas, más que falta de espíritu en ellos. (Aunque debe admitirse que los americanos no habrían podido salir bien parados sin la ayuda que les proporcionó la incompetencia de Howe.) Y ahora Howe, inerte como de costumbre, se retiró a cuarteles de invierno. Llevó la mayor parte del ejército a Nueva York, pero dejó guarniciones a lo largo del Delaware, particularmente en Trenton, para vigilar a Washington. Howe se dispuso a descansar durante el invierno, seguro de que los americanos de la parte occidental del río Delaware harían lo mismo. Washington estaba decidido a que los americanos no hiciesen lo mismo. Era necesario que el ejército americano se demostrase a sí mismo que seguía existiendo y poseía espíritu ofensivo pese a su larga retirada. Así, planeó atacar a su vez.

 Para tal fin, eligió la noche de la Navidad. En Trenton, había 1.400 hessianos que seguramente estarían durmiendo la mona después de la celebración de la Noche Buena. Sería posible cogerlos por sorpresa.

 A las 7 de la tarde del 25 de diciembre, pues, Washington, con 2.400 hombres, atravesó el peligroso río Délaware obstruido por los hielos, en un punto situado a trece kilómetros al norte de Trenton[14]. Se suponía que otras dos partidas más pequeñas cruzarían más al sur, pero no lo hicieron.

 En la orilla oriental a las 3 de la madrugada del 26, el ejército de Washington se dividió en dos columnas, una bajo el mando de Greene y la otra bajo el de Sullivan. Ambas se dirigieron apresuradamente hacia Trenton por diferentes caminos.

 Mientras ocurría esto, el comandante hessiano de Trenton, beatíficamente ignorante de que sucediese nada peligroso, pasaba la noche bebiendo y jugando a las cartas. Se cuenta que un espía leal quiso informar del inminente ataque americano, pero no se le permitió la entrada. Entonces envió una nota, que el comandante se metió en un bolsillo y olvidó. (Puesto que historias casi idénticas se cuentan de otros ataques por sorpresa en la historia, este relato puede no ser verdadero.)

 A las 8 de la mañana las columnas americanas se reunieron en Trenton y atacaron con la artillería de Knox retumbando incesantemente. Los hessianos, que se levantaban tambaleando de la cama, no tenían posibilidad alguna. Su comandante fue muerto, junto con otros treinta, y fueron capturados más de 900 hessianos. Las fuerzas americanas sufrieron solamente cinco bajas en total. Washington condujo su ejército de vuelta a la orilla occidental del río, pero, como los británicos no reaccionaron inmediatamente, cruzó nuevamente el Delaware y, el 30 de diciembre de 1776, ocupó Trenton.

 No fue propiamente una batalla, pero significó que Washington y su ejército estaban bien vivos. Todos los patriotas americanos se regocijaron ante las noticias y los reclutas afluyeron en cantidad al ejército de Washington.

 Howe se percató del golpe que se había asestado al prestigio británico y comprendió que podía ser restablecido si se podía atrapar al ejército de Washington en Trenton. Por ello, el 1 de enero de 1777 se lanzó a una insólita actividad y envió a Cornwallis con 7.000 soldados para que se dirigiera apresuradamente hacia el sur y cogiera la presa. El 2 de enero Cornwallis llegó donde estaba el ejército de Washington y acampó al este de Trenton. Pero ya era tarde, y Cornwallis pensó que tendría tiempo suficiente al día siguiente para realizar la tarea, «para cazar al viejo zorro», como él decía.

 El viejo zorro no era tan fácil de cazar. Dejó los hombres necesarios para hacer los ruidos que cabría esperar de un campamento ocupado y el resto del ejército se escabulló antes del alba. Cuando Cornwallis se despertó, Washington estaba cerca de Princeton.

 En Princeton Washington derrotó a una fuerza británica y luego marchó al norte hasta Morristown, Nueva Jersey, adonde llegó el 7 de enero. Allí, finalmente, instaló sus cuarteles de invierno. Pensó que había hecho bastante. Los ingleses también. Cornwallis instaló sus cuarteles de invierno en New Brunswick, a treinta kilómetros al sur de Morristown.

 Un resultado del éxito de Washington fue que el 4 de marzo de 1777 el Congreso retornó a Filadelfia, desde Baltimore. Su preocupación aún consistía principalmente en obtener ayuda extranjera. Aunque a gran escala ésta tendría que esperar un éxito más sólido que el obtenido por Washington en Trenton, los voluntarios individuales empezaron a llegar a América.

 Uno de ellos, con mucho el más importante, fue Marie Joseph de Motier, marqués de Lafayette. Nacido el 6 de septiembre de 1757, sólo tenía diecinueve años cuando, en diciembre de 1776, decidió ir a América para alistarse en su ejército. Era rico, había hecho un feliz matrimonio y tenía todas las oportunidades de llevar la vida dorada de un cortesano francés. Pero no lo deseaba. Era un joven idealista, rebosante de ideas de gloria militar y con las ideas teóricas sobre la libertad de los intelectuales franceses.

 Logró de los representantes americanos en París que le concediesen el rango de general de división y se marchó, aunque su suegro y rey, Luis XVI, desaprobaba la idea. Los americanos tampoco se regocijaron de su llegada, pensando que sería un francés refinado que exigiría un trato especial y despreciaría a los rústicos que lo rodeaban.

 Muy por el contrario. Lafayette tenía intención de utilizar solamente sus propios recursos. El barco en que llegó era suyo. No quería paga ni pidió mando alguno. Sólo quería prestar servicios. Más aún, conoció a Washington y ambos simpatizaron instantáneamente. Trabaron una amistad de toda la vida, casi tan estrecha como entre un padre y un hijo (Washington tenía veinticinco años más que Lafayette).

 La mera presencia de Lafayette hizo maravillas sobre la moral de los hombres. De alguna manera representaba el interés de Francia por la nueva nación, y el aire modesto y los leales servicios de Lafayette dieron una buena imagen de Francia. Ningún otro extranjero ha sido tan reverenciado en los corazones y la leyenda americanos como Lafayette.

 También llegaron otros notables voluntarios extranjeros. Entre ellos estaba Johann Kalb, un alemán de origen campesino (nacido el 29 de junio de 1721), que insistía en hacerse llamar barón de Kalb. Era un guerrero con muchos años de experiencia y moriría en acción, luchando por la causa americana.

 También estaba un soldado prusiano, Frederick William von Steuben (nacido el 17 de septiembre de 1750), quien se había distinguido luchando bajo el mando de Federico II de Prusia. Fue a América, en parte, porque tenía dificultades financieras (una situación crónica en él). El francés pagó su parte.

 Un voluntario polaco, Tadeusz Kosciusko (nacido el 4 de febrero de 1746) fue uno de los primeros en llegar. Ayudó a fortificar Filadelfia, mientras el ejército de Washington se retiraba a través de Nueva Jersey y cuando parecía que Filadelfia iba a ser atacada pronto.

 Otro voluntario polaco fue Casimir Pulaski (nacido el 4 de marzo de 1747), quien había combatido contra Rusia en defensa de su patria con coraje y tenacidad. Pero Polonia fue derrotada, y Pulaski se marchó a América para librar otra batalla por la libertad. Como De Kalb, Pulaski moriría en acción.

 En el nuevo año, aparecieron nuevas pruebas de un renovado optimismo cuando, el 14 de junio de 1777, el Congreso resolvió adoptar una bandera nacional con trece franjas rojas y blancas alternantes, al igual que en 1 la bandera del Ejército Continental. Pero en la unión (el rectángulo de la parte superior izquierda), iba a haber, en lugar de la Unión Jack, trece estrellas, una por cada Estado. No se especificó cómo debían estar dispuestas las trece estrellas, pero luego se adoptó un modelo circular.

 Esa fue la primera bandera nacional, que iba a ser conservada desde entonces con cambios secundarios en lo concerniente al número de franjas y de estrellas. Desde entonces, el 14 de junio ha sido celebrado, de modo no oficial, como el «Día de la Bandera».

 Hay una leyenda cara a los corazones de los escolares y sus maestros según la cual cierta Betsy Ross (nacida en Filadelfia en 1752) hizo la primera bandera y hasta determinó las estrellas como de cinco puntas, mostrando cuan fácilmente podía hacerse una estrella de cinco puntas, plegando adecuadamente la tela y luego haciendo un solo corte. Pero esta historia fue contada por primera vez en 1870, un siglo después del presunto suceso, y no hay ningún indicio contemporáneo de que haya ocurrido.

 

 

 

Capítulo 5 - El viraje decisivo

 

LA INVASIÓN DE BURGOYNE

 

 

 En Gran Bretaña, el general John Burgoyne estaba planeando la victoria británica para 1777. Había estado en Boston bajo las órdenes de Howe, y luego con Carleton, cuando éste realizó su abortado avance por el lago Champlain.

 Burgoyne se sentía muy disgustado por la manera como esta campaña había sido conducida. Pensaba que era la clave para aplastar la rebelión americana, el medio para separar a los dos centros rebeldes, Nueva Inglaterra y Virginia. Tal avance aguas abajo y arriba del Hudson debía ser llevado a cabo a toda costa, en su opinión, y no debía haber sido abandonado tan a la ligera.

 Presentó su plan al gobierno británico. El mismo, según su plan, llevaría un fuerte ejército desde Canadá al sur, por el lago Champlain y el río Hudson, mientras Howe llevaría su ejército de Nueva York al norte. Se unirían en la vecindad de Albany, mientras un tercer ejército proveniente del este, del lago Ontario, también se les uniría. Todo Nueva York estaría bajo efectivo control británico y Nueva Inglaterra quedaría aislada.

 El gobierno británico aceptó el plan, pero, como de costumbre en tales casos, concedió a Burgoyne sólo la mitad del número de hombres que éste juzgaba necesario para la tarea. Burgoyne decidió conformarse.

 El 1 de junio de 1777, con 4.000 soldados británicos, 3.000 hessianos y 1.000 canadienses, partió hacia el Sur. El descenso por el lago Champlain era fácil, y el 1 de julio llegó a Fort Ticonderoga, que había estado en manos americanas desde la hazaña de Ethan Alien, dos años antes. No había ninguna posibilidad de que los americanos pudiesen retenerlo contra el ejército de Burgoyne, por lo que la guarnición se retiró juiciosamente, Burgoyne tomó el fuerte el 6 de julio y luego se dirigió a Skenesboro, en el extremo meridional del lago.

 Ahora sólo tenía que avanzar ciento diez kilómetros, pero eran unos ciento diez kilómetros duros, porque eran por tierra y a través de una región de espesos bosques. Peor aún, a medida que los americanos se retiraban, destruían puentes y cortaban árboles para bloquear el camino. El ritmo de avance de Burgoyne quedó reducido a alrededor de un kilómetro y medio por día, en parte porque se empeñaba en arrastrar un enorme tren de suministros. Con todo, el 29 de julio estaba en Fort Edward, a sólo sesenta y cinco kilómetros de Albany.

 La situación americana era grave, pero aun con Burgoyne a punto de penetrar en el Estado de Nueva York, los americanos hallaban tiempo y ocasión para reñir por el mando.

 Puesto que la campaña se realizaba en Nueva York, parecía natural que el oficial neoyorquino de más alto rango, Philip Schuyler, comandase las fuerzas americanas. Por otro lado, Benedict Arnold, aún en busca de un puesto a la medida de sus méritos, quería el mando. Había estado luchando gallardamente a lo largo de la frontera canadiense durante un año y medio, y, aunque había sido derrotado, había conducido muy bien a sus pequeñas e inadecuadas fuerzas.

 Pero las rivalidades entre los Estados eran decisivas. Para que Arnold condujese el ejército, tenía que ser hecho general de división, y ya no había más cabida para generales de división de Nueva Inglaterra. De otra parte, las tropas de Nueva Inglaterra se negaban rotundamente a servir a las órdenes de Schuyler. No solamente era un aristócrata sin capacidad para impresionar al soldado común, sino que la mayoría de los combatientes de Nueva Inglaterra eran de las Montañas Verdes y consideraban a Nueva York un enemigo tan peligroso como Gran Bretaña.

 En un intento de llegar a un compromiso, Schuyler y Arnold fueron dejados de lado y, el 4 de agosto, se dio el mando a Horatio Gates (nacido en Inglaterra alrededor de 1727). En 1772, había emigrado a América y se había establecido en Virginia occidental. Se incorporó al Ejército Continental y tomó parte en la retirada de Canadá, en 1776.

 No había mostrado signos de especial capacidad, pero al menos los hombres de Nueva Inglaterra estaban dispuestos a servir bajo sus órdenes. Arnold no tuvo más opción que ponerse bajo su mando, pero la negativa del Congreso a otorgarle el mando que merecía, lo llenó de rencor. No olvidaría.

 Lo que impidió que los americanos perdieran la campaña mientras reñían fue el hecho de que el lento progreso de Burgoyne le estaba causando serias dificultades, pues se había quedado casi sin alimentos. Los campos estaban vacíos de ellos, y tenía que hacer algo.

 Esperaba que llegasen suministros con el coronel Barry Saint Leger, quien condujo a su contingente aguas arriba del río San Lorenzo hasta el lago Ontario y luego al este, a lo ancho de Nueva York, para reunirse con Burgoyne. Era un camino tortuoso, pero, en teoría, permitiría rebasar a las fuerzas americanas que se enfrentaban con Burgoyne y se encontrarían repentinamente atacadas por un flanco y por la retaguardia. Esto era muy fácil de hacer en el mapa, pero con cientos de kilómetros de soledades que recorrer y un campo posiblemente hostil por el cual abrirse camino, el asunto era discutible.

 Saint Leger llegó al lago Ontario y desembarcó en Oswego, Nueva York, el 25 de julio, aproximadamente cuando Burgoyne se acercaba a Fort Edward. Con una fuerza total de 1.700 hombres, Saint Leger se dirigió hacia el este a través del lago Oneida.

 Estaba atravesando territorio iroqués. Los iroqueses, durante más de un siglo y medio habían estado firmemente del lado británico contra los neerlandeses y franceses (véase La formación de América del Norte). Nunca fueron un pueblo numeroso, pero siempre compensaron su escasez numérica con osadía y habilidad en la lucha de guerrillas.

 Pero a través de todo el siglo XVIII, mientras se desangraban en las guerras y apenas podían mantener su fuerza, los colonos se habían multiplicado y expandido a su alrededor. Por la época de la Guerra Revolucionaria, los iroqueses ya no podían dominar la región. Y por si esto fuera poco, por primera vez en su historia reciente estaban desunidos. Algunas de las tribus iroquesas estaban a favor de los colonos americanos, otras del ejército británico. Pero en ninguna de ambas partes las opiniones eran entusiastas.

 Era leal al ejército británico el jefe mohawk Joseph Brant, quien estaba junto a Saint Leger. El 3 de agosto de 1777, las fuerzas británicas llegaron a Fort Stanwix, a unos 110 kilómetros al este del lago Ontario y aún a 160 kilómetros del lugar donde esperaba Burgoyne, al sur del lago Champlain. La guarnición que defendía Fort Stanwix se negó a rendirse y Saint Leger se dispuso a ponerle sitio.

 Pero en la vecindad había colonos que se estaban reuniendo para luchar contra los invasores. Bajo el mando del general Nicholas Herkimer (nacido cerca de lo que es hoy Herkimer, Nueva York, en 1728), 800 de ellos avanzaron en socorro del fuerte. Fueron cogidos en una trampa por los mohawks de Brant en Oriskany, a dieciséis kilómetros al norte de su objetivo y fueron destrozados; el mismo Herkimer cayó mortalmente herido. Pero la lucha fue fiera y los indios no salieron indemnes. Pensando que ya habían hecho lo suficiente y que sería juicioso conservar sus hombres para otro día, los mohawks desaparecieron gradualmente en el bosque.

 Benedict Arnold, al frente de otra pequeña fuerza de unos 1.000 hombres, marchó al oeste siguiendo las huellas de Herkimer. Deliberadamente, hizo difundir el rumor de que su ejército era mucho mayor de lo que realmente era. Saint Leger, sin sus indios, no se atrevió a presentar batalla. El 23 de agosto abandonó el asedio de Fort Stanwix y retrocedió apresuradamente por el camino por el que había llegado.

 Así, Burgoyne fue abandonado en las soledades del norte de Albany sin ninguna posibilidad de recibir ayuda y suministros de Saint Leger. Tampoco había ninguna esperanza de que la marcha victoriosa de un ejército británico desde el oeste lograse que los iroqueses y los leales de la región se le uniesen para luchar contra los americanos rebeldes.

 Mientras Saint Leger estaba detenido ante Fort Stanwix, el problema de los alimentos obligó a Burgoyne a enviar una tropa de hombres al este con instrucciones de saquear el campo de Nueva Inglaterra y llevarse caballos, ganado y cereales. Unos 700 hombres, la mitad de ellos hessianos, la otra mitad canadienses e indios, fueron destacados para este fin.

 Su primer objetivo fue Bennington, en la región de las Montañas Verdes, y allí estaban esperando los Muchachos de las Montañas Verdes, en número de 2.600, bajo el mando del general de brigada John Stark (nacido en Nutfield, New Hampshire, el 28 de agosto de 1728). Stark había tomado parte en casi todos los combates importantes librados hasta entonces en la Guerra Revolucionaria, pues había luchado en Bunker Hill, en Quebec, y había estado con Washington durante la retirada a través de Nueva Jersey.

 El 16 de agosto de 1777, Stark se enfrentó con los invasores en Bennington y condujo a sus hombres en una salvaje carga contra ellos, gritando que la victoria sería suya «o Molly Stark sería viuda». La victoria fue suya. Los invasores, sorprendidos y superados en número, fueron muertos o capturados (excepto unos pocos indios que lograron escapar). Una brigada de refuerzo enviada, demasiado tarde, por Burgoyne, fue rechazada perdiendo la tercera parte de sus efectivos.

 La batalla de Bennington fue una terrible derrota para Burgoyne, más allá del número de hombres perdidos. Significó que no iba a obtener alimentos y suministros. Además, la noticia de la victoria hizo que grandes cantidades de hombres afluyeran a unirse a la bandera americana, de modo que Burgoyne se halló rodeado por fuerzas crecientes.

 Iba a tener que luchar o morir de hambre, y cada día que pasaba aumentaba las probabilidades en contra suya.

 

LA RENDICIÓN DE BURGOYNE

 

 

 Pero, mientras tanto, ¿dónde estaba el general Howe, quien, según el plan de Burgoyne, se suponía que llevaría su ejército aguas arriba del río Hudson y, así, atraparían a los americanos en las destructivas mandíbulas de un cascanueces?

 Increíblemente, Howe había decidido avanzar en otra dirección totalmente distinta. Aun tratándose de Howe, esto es inimaginable.

 Hay una leyenda que culpa a lord George Germain, el miembro del gabinete británico a cargo de las colonias, quien dirigía la estrategia global de la guerra. Había aceptado el plan de Burgoyne y se suponía que había informado a Howe exactamente de cuál era su parte. Pero, se dice, se marchó para pasar fuera un largo fin de semana y, en su prisa, metió el mensaje a Howe en una casilla, pensando enviarlo al retornar. Pero, cuando volvió, se olvidó de todo.

 Esto parece improbable. Si bien es muy posible que un miembro del gabinete (o cualquiera) sea descuidado aun en el asunto más importante, Howe debía saber, hasta sin instrucciones, que tenía que marchar al norte para reunirse con Burgoyne.

 Aparentemente, Howe comprendía esto, pero había algo más en su pensamiento. Sabía muy bien que su manejo de la guerra, hasta entonces, había sido abismalmente malo. Bunker Hill fue una continua pesadilla para él, y ahora su campaña de 1776 en Nueva York y Nueva Jersey era otra pesadilla. Aunque había tomado Nueva York y había infligido varias derrotas a Washington, estas derrotas no eran decisivas. Washington se había escapado de su puño una y otra vez, y lo había puesto totalmente en ridículo con el golpe de Trenton.

 Howe quería compensar sus errores pasados con algún brillante golpe militar que aplastase a Washington. Si se unía con Burgoyne podía terminar la guerra, pero el mérito sería atribuido a Burgoyne. Howe parece haber estado convencido de que, si tomaba Filadelfia, podía imponer la capitulación a los americanos, y todo el mérito sería suyo; sobre todo puesto que él tomaría Filadelfia y luego correría hacia el norte para unirse a Burgoyne. Howe consiguió de algún modo convencer a lord Germain, y este tonto, después de haber dicho a Burgoyne que Howe iría al norte para encontrarse con él, luego le dio permiso a Howe para marcharse a otra parte.

 Así, el 23 de julio de 1777, mientras Burgoyne se abría camino de manera penosa y jadeante por los bosques al sur del lago Champlain, Howe, quien debía estar subiendo por el río Hudson, tranquilamente embarcó 18.000 hombres en los barcos y navegó hacia el Sur. No tenía ninguna intención de tomar la ruta terrestre a través de Nueva Jersey, donde Washington estaba esperándolo. En cambio, se dirigió por mar hacia el sur, hasta la bahía de Chesapeake, y luego hacia arriba, a través de la bahía, para desembarcar a unos pocos kilómetros al sur de Filadelfia y tomarla por sorpresa.

 Por supuesto, no había nada que lo detuviera por mar, y el 25 de agosto de 1777 (después de que la batalla de Bennington y la retirada de Saint Leger dejasen a Burgoyne en una situación desesperada), Howe colocó su ejército en la costa de lo que es ahora Elkton, Maryland, a unos setenta y cinco kilómetros al sur de Filadelfia.

 Washington, quien naturalmente esperaba que Howe marchase hacia Albany (¿quién podía prever toda la medida de la estupidez de Howe?), se había dirigido hacia el norte, pero al recibir noticias de la llegada de Howe a la punta de la bahía de Chesapeake, marchó rápidamente hacia el sur con su ejército de 12.000 hombres. Puesto que Howe se movía tan lentamente como siempre, Washington alcanzó a los británicos en Brandywine Creek, a mitad de camino entre Elkton y Filadelfia.

 El 11 de septiembre de 1777 se libró la batalla de Brandywine Creek, y Howe, que combatía con el mayor cuidado (pues ahora era la ambición de su vida aplastar a Washington), ejecutó excelentes maniobras de flanqueo. Dirigió contra el ejército americano un ataque frontal y luego envió columnas a ambos lados. Washington no tenía el tipo de preparación militar que le permitiese contrarrestar maniobras enemigas bien ejecutadas, y fue completamente superado. Perdió unos mil hombres y tuvo que retirarse lo más rápidamente que pudo a Filadelfia. El general Greene mantuvo en orden la retirada y evitó un desastre peor.

 Ahora no había nada que impidiera a Howe marchar sobre Filadelfia. Una vez más, el Congreso abandonó la ciudad apresuradamente. El 19 de septiembre, sus miembros se reunieron en Lancaster, Pensilvania, a cien kilómetros al oeste de Filadelfia, y al día siguiente se trasladaron a Nueva York, a veinticinco kilómetros más al oeste.

 El 26 de septiembre de 1777 Howe tomó Filadelfia y, con el sentimiento de victoria que lo invadió, volvió a ser el viejo Howe. No hizo ningún intento de perseguir a Washington.

 Washington, por su parte, pensó que era imposible permitir a Howe mantener el dominio de Filadelfia sin hacer algún intento de desalojarlo. El principal campamento de Howe estaba en Germantown, a once kilómetros al norte de Filadelfia, y, el 3 de octubre, Washington lo atacó de una manera muy complicada. El asalto involucraba a columnas que atacaban desde diferentes direcciones y acudían al apoyo unas de otras, en una maniobra muy intrincada.

 Desgraciadamente, las tropas no preparadas de Washington no podían hacer marchas y contramarchas con la precisión adecuada. Además, la mañana en la cual la maniobra iba a llegar a su culminación fue brumosa y algunos destacamentos americanos, irremediablemente perdidos, dispararon sobre su propio bando.

 Washington terminó perdiendo casi otros mil hombres y tuvo que retirarse nuevamente, mientras Greene, una vez más, hacía su tarea admirablemente.

 Después de esto, Howe se estableció en Filadelfia para pasar el invierno. La región había sido despejada y Washington no osaría molestarlo. La sociedad de Filadelfia lo acogió gratamente; los soldados británicos nunca se habían sentido tan cómodos en América antes.

 Sin duda, Burgoyne estaba dando sus últimas boqueadas lejos, en el norte. ¿Se preocupó Howe por esto o sintió un acceso de remordimiento por no hacer al menos un gesto de marchar en su ayuda? Quizá no. Había restablecido su reputación, ante sus propios ojos al menos, derrotando a Washington diestramente en dos batallas y ocupando la capital rebelde. Hasta podía hacerse la ilusión de creer que, estando él mismo cómodamente instalado en Filadelfia, los americanos pedirían la paz.

 Ciertamente, por la situación del ejército de Washington, habría parecido que Howe tenía razón. Después de la doble pérdida en Bradywine y Germantown, Washington instaló sus cuarteles de invierno en Valley Forge, Pensilvania, a treinta y dos kilómetros de Filadelfia. Así, su ejército estaba entre los británicos de Filadelfia y el Congreso en York.

 Para los americanos, el invierno fue horrible. Fue excepcionalmente frío, con nieves tempranas. El campo estaba pelado y los granjeros no vendían nada al pequeño ejército americano que sólo tenía el dinero «continental» sin valor para pagar. En cambio, los granjeros vendieron a los pudientes británicos de Filadelfia.

 Los harapientos soldados se congelaron durante el invierno, con escasos alimentos, prácticamente sin ropa de abrigo y hasta con escasez de zapatos. Unos tres mil murieron por las privaciones y otros desertaron. El hecho de que el evanescente espectro del ejército se mantuviese unido y permaneciese en pie se debía, casi totalmente, a la dominante presencia de Washington.

 Pero al menos el ejército americano, aunque sufrió mucho, permaneció en pie. El ejército de Burgoyne, en el norte, estaba en peor situación. Perdida la batalla de Bennington, mientras los americanos acudían en cantidad al ejército de Gates, Burgoyne sin embargo se abrió camino. Logró llegar a Saratoga y pasarla. Gates había fortificado las alturas de Bemis, a veintisiete kilómetros al sur de Saratoga y a sólo cuarenta kilómetros al norte de Albany, y ahora se enfrentó con el ejército que se acercaba de Burgoyne.

 Gates tenía 7.000 hombres, y el 19 de septiembre (ocho días después de que Washington perdiese la batalla de Brandywine Creek) envió a 3.000 de ellos adelante, al encuentro de las fuerzas de Burgoyne. Se hallaban bajo el mando de Benedict Arnold y Daniel Morgan. Morgan (nacido en Hunterdon County, Nueva Jersey, en 1736) había estado con Arnold en Quebec, donde combatió bien.

 El combate de Freeman’s Farm, a un kilómetro y medio al norte de las alturas fortificadas, no fue particularmente científico. Ambas partes sencillamente arremetieron hacia adelante. Los tiradores de primera de Morgan hicieron estragos entre los británicos, pero los americanos eran superados en número y Gates, aunque sus fuerzas crecían rápidamente, se negó a enviar refuerzos.

 Los americanos retrocedieron y Burgoyne mantuvo el terreno, que luego fortificó. Técnicamente, fue una victoria británica, pero los británicos habían tenido mayores pérdidas, y las fuerzas de Burgoyne disminuían con la deserción de los indios, mientras que las de Gates seguían aumentando.

 Para entonces, simplemente tenia que hacerse algo desde Nueva York. Howe no había dejado la ciudad enteramente desprotegida, sino que había mantenido allí una pequeña fuerza comandada por Clinton. En esas circunstancias, Clinton llevó a algunos hombres aguas arriba del Hudson, y el 6 de octubre logró tomar dos fuertes al norte de Peekskill.

 Burgoyne, que aún esperaba en Freeman’s Farm, sabía que no podía quedarse allí sentado esperando la llegada de Clinton. Tenía que retirarse o atacar, y si atacaba, tenía que ser de inmediato. Las fuerzas americanas ascendían entonces a 11.000 y seguían aumentando.

 Mientras tanto, los oficiales de Gates se enfurecían calladamente ante el hecho de que Gates no atacaba. Su falta de coraje les había hecho perder una aplastante victoria en Freeman’s Farm. Además, en sus informes mostró una callada mezquindad al omitir mencionar a Arnold, que era sin duda el oficial más brillante del ejército. Cuando Arnold protestó, recibió el habitual trato injusto que recibía siempre, pues Gates lo relevó del mando.

 El 7 de octubre, Burgoyne inició su avance con una fuerza de reconocimiento cuya misión era ubicar exactamente la situación de las tropas americanas. El combate comenzó, pero bajo el mando de Gates los americanos avanzaron cautamente.

 Arnold, condenado a permanecer fuera de la lucha, no pudo resistir más. Echando pestes, tomó el mando del centro, de modo totalmente ilegal, y ordenó la carga. Él cargó con la tropa y recibió una herida en el muslo izquierdo que le rompió el hueso. Pero la batalla de las alturas de Bemis terminó con una aplastante derrota británica, gracias a la iniciativa de Arnold, y ahora Burgoyne tuvo que retirarse tambaleando a Saratoga.

 No había esperanza para él. Cada día llegaban más americanos que se unían a las fuerzas que lo rodeaban. el 15 de octubre Clinton llegó a Kingston, a unos ciento treinta kilómetros al sur de Saratoga y, al hallar resistencia, abandonó y volvió a Nueva York. Aunque hubiera seguido marchando hacia el norte, no habría llegado a tiempo; y aunque hubiese llegado a tiempo, las fuerzas que llevaba consigo no habrían sido suficientes para modificar el resultado.

 El 17 de octubre de 1777 Burgoyne finalmente cedió. Ahora estaba rodeado por 20.000 hombres, que lo superaban de cuatro a uno, de modo que se rindió. Trescientos oficiales (incluidos seis generales) y 5.500 hombres convinieron en deponer sus armas, marchar a Boston, volver a Gran Bretaña y no tomar parte nuevamente en la guerra.

 Este suceso, que se produjo dos semanas después de la derrota de Washington en Germantown, anuló con creces la campaña victoriosa de Howe. Aunque Howe había derrotado a Washington, éste había salvado a su ejército una vez más y aún rondaba por Pensilvania. Burgoyne, en cambio, se había rendido.

 La rendición de un ejército británico en el campo de batalla era un hecho muy poco común aun en las mejores condiciones, pero la rendición a un puñado de rústicos, tan profundamente despreciados por los soldados regulares británicos, era escasamente concebible. Fue una pasmosa humillación para Gran Bretaña, ante los ojos de todo el mundo.

 

LA ALIANZA FRANCESA

 

 

 Benjamin Franklin había cautivado a la sociedad francesa, cuando llegó a Francia en diciembre de 1776. Cuatro años antes, había sido elegido miembro de la Academia Francesa de Ciencias, y ahora los sabios franceses se apresuraron a reunirse con el anciano filósofo del Oeste.

 Franklin, deliberadamente, se vestía de un modo muy sencillo, como un cuáquero. No usaba peluca, ni polvos ni espada; en cambio, llevaba un sólido bastón. Los aristócratas franceses estaban encantados de esta sencillez. Franklin, quien siempre se había sentido atraído por las damas (y sabía cómo abordarlas), supo muy bien encantar a las bellezas de moda de la sociedad francesa.

 Gracias a Franklin, la aristocracia francesa de la corte de Luis XVI estaba totalmente a favor de la ayuda a los americanos, y este favorable clima de opinión hizo posible que el gobierno francés enviase suministros a los americanos de manera discreta. Francia también permitió a los barcos americanos usar puertos franceses en el curso de sus incursiones contra la flota británica. Pero Francia se había abstenido cuidadosamente de ir demasiado adelante en esta dirección como para provocar una colérica reacción británica.

 Pero luego, el 7 de diciembre de 1777, llegaron a París las noticias de la rendición de Burgoyne.

 El gobierno francés se puso en actividad cuando, por vez primera, pensó que los americanos podían realmente derrotar a Gran Bretaña. Si era así, no iba a dejar que obtuvieran su independencia sin sentir un adecuado agradecimiento a Francia. Sería muy útil para Francia tener un aliado en el continente americano. Si podía convertirse a la nueva nación en una ayuda para Francia, aún podía lograrse el empate con Gran Bretaña.

 Además, si los franceses no se movían rápidamente, la rendición de Burgoyne podía llevar a Gran Bretaña a hacer concesiones que los americanos aceptarían. El Imperio Británico en América del Norte se reconstituiría y los británicos y los americanos podían entonces celebrar su reconciliación volviéndose contra un enemigo común, que sólo podía ser Francia.

 (De hecho, los británicos hicieron concesiones a los americanos después de la rendición de Burgoyne. Apresurada y casi abyectamente, cedieron en todas las demandas de los americanos excepto una: no concedían la independencia. Si hubieran tomado esta actitud tres años antes, no habría habido guerra y hoy el mundo sería totalmente diferente. Pero los británicos no podían hacer que el reloj marchase para atrás. Ahora los americanos estaban resueltos a mantener su independencia. Y puesto que Gran Bretaña no podía avenirse a aceptarla, la guerra continuó.)

 Los franceses, ansiosos de estimular a los americanos a resistir las rumoreadas ofertas británicas, ahora concedieron una alianza abierta.

 El 6 de febrero de 1778 se selló oficialmente la alianza entre Francia y América. Se establecieron generosos acuerdos comerciales. Francia reconoció la independencia de América y se intercambiaron representantes diplomáticos oficiales. Franklin dejó de ser el jefe de una comisión no oficial; se convirtió en el ministro americano ante Francia.

 Tal alianza significaba la guerra entre Francia y Gran Bretaña, por supuesto, y Francia se resignó a ella. El 17 de junio de 1778 hubo un enfrentamiento entre barcos de las dos naciones, y la guerra entre ellas se convirtió en un hecho.

 Uno de los primeros frutos de la alianza con Francia fue que los suministros empezaron a llegar al helado ejército de Washington en Valley Forge. El barón von Steuben, el voluntario prusiano que servía en las fuerzas americanas, llegó a Valley Forge el 23 de febrero de 1778 y empezó a entrenar al ejército al estilo prusiano. No fue tarea fácil, y von Steuben tuvo que apelar a toda su reserva de invectivas alemanas para decir a los torpes americanos lo que pensaba de ellos. Se cuenta que, cuando finalmente quedó agotado, ordenó a un ayudante que soltase tacos a los soldados en inglés.

 Pero cuando llegó el tiempo cálido, el ejército americano estaba en mejor forma y se parecía más a una fuerza de combate profesional que nunca antes.

 Washington tuvo que capear otra dificultad, después de la rendición de Burgoyne. A algunos americanos les parecía que Gates era un gran general que había destruido a un ejército británico. (En realidad, Gates no había hecho nada, y si había que asignar el mérito a una persona ésa era Benedict Arnold, quien fue nuevamente ignorado, como parecía ser su destino inevitable.) En contraste con él, Washington parecía un fracaso, y en el Congreso cundía la propensión a reemplazar a Washington por Gates como comandante en jefe.

 Ha circulado una leyenda de que había una verdadera conspiración a tal efecto encabezada por Thomas Conway, un soldado irlandés que había prestado servicios en el ejército francés y había llegado a los Estados Unidos sólo en 1777. Contra la recomendación de Washington, había sido designado inspector general del Ejército Continental.

 Si realmente hubo tal «conjura de Conway», fue extraordinariamente inepta. Gates carecía de coraje en la lucha política tanto como en cuestiones militares y, cuando fue presionado por Washington, que hervía de indignación, rápida y cobardemente negó toda participación en el asunto. Resultó que, pese a los sucesos de Saratoga y Filadelfia, la popularidad de Washington entre sus oficiales, soldados y los americanos en general era imbatible. El Congreso se vio obligado a apoyarlo, pero lo hizo de la manera más tibia posible. Conway renunció y fue reemplazado como inspector general por el barón von Steuben.

 Si los antecedentes y la personalidad de Washington lo mantuvieron en su cargo, ciertamente no sucedió lo mismo con Howe.

 En la primavera de 1778, el gobernador británico decidió que estaba hasta las narices de William Howe. Para entonces, era totalmente claro que su acción en Filadelfia había sido un colosal error. Ni siquiera había logrado destruir el ejército de Washington ni había hecho ningún intento de destruirlo cuando se hallaba reducido a la piel y los huesos en Valley Forge. Su hoja de servicios mostraba tal ineptitud que es difícil evitar la conclusión de que hizo más por la causa americana que cualquier general, con excepción de Washington.

 El 8 de mayo de 1778 Howe fue relevado del mando y reemplazado por Clinton, quien al menos había hecho el esfuerzo de remontar el valle del Hudson y socorrer a Burgoyne.

 Clinton se encontró frente a una seria escalada de la guerra. Francia ahora estaba en ella, y Francia tenía una flota. Los buques franceses siempre habían sido derrotados por los británicos en el curso de la Guerra contra Franceses e Indios, pero no era prudente dar por descontado que los británicos obtendrían batallas navales. Había informes de que una flota francesa estaba cruzando el Atlántico, y Clinton no se atrevió a permitir que sus fuerzas se dispersaran.

 Por ello, se dispuso a evacuar Filadelfia (por la cual Howe había arruinado a Burgoyne) y a concentrar sus fuerzas en Nueva York. El 18 de junio los británicos abandonaron Filadelfia e iniciaron la marcha al noreste a través de Nueva Jersey. (El 2 de julio el Congreso retornó nuevamente a Filadelfia después de una. ausenda de casi nueve meses.)

 Washington no era Howe. Inmediatamente levantó el campamento de Valley Forge y se dispuso a perseguir a los británicos. Era su intención atacar a los británicos en la marcha, mientras tenían sus filas extendidas, y envió un destacamento de 6.400 hombres bajo el mando de Charles Lee, para que siguiesen el rastro y atrapasen a los británicos.

 Era el mismo Charles Lee que se había insubordinado en la época de la retirada de Washington de Nueva York. Había sido tomado prisionero por entonces, pero, por una colosal mala suerte para los americanos, había sido cambiado por otros prisioneros y vuelto a tomar parte en la guerra. Washington cometió uno de sus raros errores de juicio al confiarle el mando.

 Lee aparentemente pensaba que se trataba del mismo ejército que había dado vueltas por Nueva Jersey casi dos años antes y no apreciaba para nada el nuevo profesionalismo que había entrado en sus filas. Estaba seguro de que todo ataque de los americanos llevaría sencillamente a la derrota. Por ello, el 28 de junio de 1778, cuando finalmente alcanzó a los británicos dispersos en Monmouth Court House, Nueva Jersey, a unos ochenta kilómetros al noreste de Filadelfia, sólo atacó cautelosamente. Sus órdenes eran confusas, como si estuviese tratando de que cualquier infortunio que aconteciese fuese atribuido a la incapacidad de sus subordinados, no a él.

 Luego, cuando Clinton inició una rápida concentración de sus fuerzas, Lee ordenó apresuradamente la retirada. Para entonces llegó Washington con el ejército principal. Horrorizado ante la vista de los americanos en retirada sin ningún signo de haber presentado una adecuada batalla, Washington le hizo saber claramente a Lee lo que pensaba. Los que sólo conocían su majestuosa reserva y su calma caballeresca le oyeron con espanto proferir toda clase de improperios. (Lee fue llevado ante un tribunal marcial el 4 de julio, y condenado el 12 de agosto. Su carrera militar terminó, y ahora se sabe que, en realidad, era un traidor que había estado trabajando secretamente para los británicos.)

 Washington ordenó detener la retirada y el enérgico von Steuben reformó las columnas y las envió nuevamente adelante, pero la oportunidad de asestar un golpe apabullante a una parte del ejército británico y de hacer cundir el pánico en el resto había desaparecido. Ahora se entabló una lucha cabal entre los dos ejércitos principales, aproximadamente iguales en número.

 Los americanos demostraron su temple resistiendo los ataques británicos y manteniéndose firmes. Ninguna de las partes fue expulsada del campo de batalla y las pérdidas fueron iguales, unas 350 bajas cada uno.

 Durante la noche, fueron los británicos los que se escabulleron, por lo que podría ser considerada como una victoria americana. Sin embargo, los británicos estaban tratando de llegar a Nueva York, y lo lograron sin serias pérdidas pese a los esfuerzos de Washington, por lo que podría ser considerada como una victoria táctica británica. La mejor solución sería considerar la batalla de Monmouth como un empate.

 Washington sólo pudo conducir su ejército hasta White Plains («Llanuras Blancas») que había dejado dos años antes, y desde allí vigilar a los británicos instalados en Nueva York. Carecía de la fuerza suficiente para atacarlos.

 

LA GUERRA EN LA FRONTERA

 

 

 Durante la mayor parte de los tres años transcurridos desde abril de 1775 hasta junio de 1778, las batallas principales habían sido libradas cerca de las grandes ciudades de Nueva Inglaterra y los Estados intermedios: Boston, Nueva York y Filadelfia. Pero también la guerra se libraba en la frontera occidental.

 La frontera bullía de colonias, y la hostilidad de los indios era grande. Durante todas las disputas crecientes entre americanos y británicos, y pese a la Proclama de 1763, el avance al oeste se había mantenido. Si hubo; un hombre del que pueda decirse que encarnó este hecho, ése fue Daniel Boone (nacido cerca de lo que es: ahora Reading, Pensilvania, el 2 de noviembre de 1734).

 Cuando Boone todavía era joven, su familia se trasladó a los límites occidentales de Carolina del Norte. Desde 1767, Boone puso trampas y cazó más allá de los Alleghenies, y el 1 de abril de 1775 fundó un fuerte que llamó Boonesboro, en lo que es ahora Kentucky central. Llevó allí a su mujer y su hija, que fueron las primeras mujeres americanas que vivieron en Kentucky.

 El camino abierto por Boone fue seguido por otros. Los especuladores en bienes raíces hasta trataron de formar nuevas colonias a lo largo de los bordes occidentales. Una colonia llamada «Vandalia» se formó en 1769 (y fue aprobada por el rey Jorge en 1775), en la región que es ahora Virginia occidental. En 1774, la mayor parte de la zona de Kentucky fue organizada con el nombre de «Transylvania» por Richard Henderson (nacido en el condado de Hanover, Virginia, en 1735).

 Estas colonias nacieron muertas. Las colonias más viejas no permitirían su existencia. Virginia sostenía que todo el territorio en el que fueron organizadas Vandalia y Transylvania (y más allá) le pertenecía.

 Pero, perteneciese o no a las colonias marítimas, la tierra de los Montes Apalaches y al oeste de éstos, estaba siendo colonizada. Se estima que, por la época de la Guerra Revolucionaria, había 250.000 colonos en las regiones del interior.

 El avance hacia el oeste no dejó de hallar la resistencia de los indios. La tribu shawnee, cuyo centro estaba en lo que ahora llamamos el Estado de Ohio, consideraba parte de sus terrenos de caza a las tierras situadas al sur del río Ohio.

 Lord Dunmore, gobernador de Virginia, envió partidas armadas en 1774 contra los shawnees, en lo que fue llamado la «Guerra de lord Dunmore». Después de que una de esas partidas cayera en una emboscada tendida por los shawnees, lord Dunmore reunió a 1.500 colonos de la frontera occidental de Virginia, los puso bajo el mando del coronel Andrew Lewis (nacido en Irlanda en 1720) y los envió al río Ohio. Lewis encontró fuerzas indias en Point Pleasant (nombre dado al lugar en 1770 por George Washington) en el río Ohio, a unos 260 kilómetros al sudoeste de Pittsburgh y sobre la frontera occidental de lo que es hoy el Estado de Virginia.

 Allí Lewis derrotó a los shawnees, el 6 de octubre de 1774, poniendo fin a la Guerra de lord Dunmore y convirtiendo la región situada al sur del río Ohio en un sitio suficientemente seguro para la colonización. Fue la última guerra colonial contra los indios. Antes de un año más tarde, lord Dunmore se vio obligado a huir de Virginia y la colonia se convirtió en un Estado independiente.

 Pero la Guerra Revolucionaria provocó un aumento de los problemas con los indios; esto fue muy peligroso, en verdad, pues los británicos formaron alianzas con las tribus indias y las estimularon a realizar incursiones en las que se mataba indiscriminadamente a no combatientes. De hecho, algunos «leales» americanos fueron peores a este respecto que los británicos.

 Un notorio ejemplo fue el de John Butler (nacido en New London, Connecticut, en 1728). En 1777 reclutó «leales» e indios y formó una alianza con el jefe mohawk Joseph Brant. El 4 de julio de 1778 los «Comandos de Butler», como se los llamó, derrotaron a un grupo de colonos conducido por Zebulon Butler (nacido en Ipswich, Massachusetts, en 1731, y que no era pariente del anterior) en el valle de Wyoming de Pensilvania. Siguió una matanza indiscriminada. La pequeña ciudad de Wilkes-Barre fue totalmente incendiada y los indios reunieron 227 cueros cabelludos.

 El 11 de noviembre de ese año, una matanza similar fue llevada a cabo por Butler y Brant en Cherry Valley, Nueva York, a unos cien kilómetros al oeste de Albany Allí fueron reunidos cuarenta cueros cabelludos, tomados de colonos que ya se habían rendido.

 Más al oeste, en Fort Detroit, el comandante británico Henry Hamilton suministró a los indios de los alrededores cuchillos y pagó primas por cueros cabelludos americanos. Por ello, se lo llamó «El Comprador de Cabello».

 Los americanos, al dirigir la fuerza de que disponían contra los británicos, parecían incapaces de contrarrestar estas incursiones en el oeste, pero George Rogers Clark (nacido en el condado de Albemarle, Virginia, el 19 de noviembre de 1752) elaboró un plan. Había combatido en la Guerra de lord Dunmore y participado en la exploración y colonización de Kentucky.

 Propuso conducir una fuerza para tomar puestos avanzados en el territorio de Ohio, puestos que habían pertenecido a los franceses veinte años antes y que ahora ocupaban colonos franceses bajo el mando de oficiales británicos. Argumentaba que los colonos franceses no tenían mucho apego a sus amos británicos y que, al estar Francia aliada a los Estados Unidos, los franceses del territorio de Ohio estarían dispuestos a cambiar de bando. En tal caso, sería suficiente una pequeña fuerza americana para catalizar ese cambio.

 Patrick Henry, a la sazón gobernador de Virginia, aprobó el plan y dio a Clark el rango de teniente coronel. Clark reunió 175 hombres y partió aguas abajo del río Ohio el 12 de mayo de 1778. A comienzos de julio estaba en el Misisipí superior y tomó las colonias de Kaskaskia y Cahokia sin problemas, pues los franceses, en efecto, cambiaron de bando. El fuerte de Vincennes, a 160 kilómetros al este del Misisipí, también desertó de los británicos y reconoció la soberanía de Virginia. (La soberanía de Virginia, no la americana, pues Clark luchaba en nombre de su Estado.)

 Hamilton el Comprador de Cabello reaccionó. Se lanzó desde Detroit con 500 hombres (la mitad de ellos indios) y el 17 de diciembre de 1778 tomó Vincennes.

 Clark condujo su pequeña fuerza desde Kaskaskia a Vincennes en febrero de 1779, a través de lo que es hoy el sur de Illinois, abriéndose camino a través de tierras bajas inundadas con un tiempo helado. Avanzaron tiritando y el 25 de febrero de 1779 atacaron Vincennes. Los británicos, tomados totalmente por sorpresa, cedieron.

 Lo que hizo Clark con un puñado de hombres fue de la mayor importancia. Mientras los británicos luchaban por una franja de costa marítima, Clark aseguró el dominio americano sobre vastas regiones del interior. América crecía con más rapidez que la que los británicos ponían en someterla.

 Y mientras los americanos conquistaban las lejanas tierras del interior, también efectuaban terribles daños en otra frontera, en el mar. Había una Flota Continental, como había un Ejército Continental. Los barcos americanos no podían abrigar la esperanza de derrotar a la armada británica, pero podían atacar el comercio británico y lo hicieron. Fueron tomados cientos de barcos mercantes británicos.

 El de más éxito de los capitanes marinos americanos fue John Paul Jones, quien había nacido en Escocia el 6 de julio de 1747 y llegado a los Estados Unidos después de iniciada la Guerra Revolucionaria. Había estado en el mar desde los nueve años, y su experiencia le aseguró una rápida promoción en la Flota Continental. El 8 de agosto de 1778 obtuvo el rango de capitán.

 Capturó barcos mercantes con gratificante regularidad y fue él quien llevó las noticias oficiales de la rendición de Burgoyne a Francia. (Aunque las noticias llegaron de manera no oficial antes.) A su llegada, en esta ocasión, recibió un saludo de los barcos franceses, el 14 de febrero de 1778. Esto era un homenaje a la bandera de los Estados Unidos, que su barco hizo flamear; fue la primera demostración de reconocimiento de los Estados Unidos como nación independiente fuera de los mismos Estados Unidos.

 En la primavera de 1778, Jones recorrió las aguas que rodean a las Islas Británicas, haciendo estragos en todos los barcos que pudo hallar, desembarcando en la costa escocesa y, el 24 de abril, tomando un barco de guerra británico llamado Drake, en honor al gran marino británico de dos siglos antes y que había sido el John Paul Jones de su época (véase La formación de América del Norte).

 En el verano de 1779, Jones estaba al frente de una pequeña flota de la que él ocupaba el buque insignia, el Bon Homme Richard (un viejo barco restaurado y así llamado en homenaje a Benjamin Franklin, quien había usado como seudónimo «Poor Richard» —o «Bon Homme Richard», en francés). Nuevamente, zarpó hacia las aguas británicas.

 El 23 de septiembre, Jones encontró una escuadra de barcos mercantes británicos custodiados por barcos de guerra, el mayor de los cuales era el Serapis.

 Contando con la superioridad del fuego de sus pequeñas armas, Jones puso al Bon Homme Richard junto al Serapis y los amarró. Durante tres horas, en una noche iluminada por la luna, los dos barcos combatieron cañón con cañón.

 El Bon Homme Richard sufrió serios daños, y desde el Serapis gritaron. «¿Os rendís?»

 John Paul Jones, según una historia contada cuarenta y cinco años más tarde, respondió resueltamente: «¿Rendirnos? Pero si todavía no hemos empezado a luchar.»

 Y fue el Serapis el que se rindió, aunque el Bon Homme Richard se estaba hundiendo y su tripulación tuvo que ser trasladada al barco británico.

 Las depredaciones de Jones no dañaron seriamente la economía británica y por sí solas no podían derrotar a Gran Bretaña. Sin embargo, sus hazañas humillaron a los británicos. Era de su armada de lo que los británicos estaban más orgullosos, y he aquí que un marino americano merodeaba por sus aguas a su antojo, tomaba barcos de guerra y, lo peor de todo, se mostraba más valiente que los lobos de mar británicos.

 El pueblo británico quizá no se inmutaba por una lucha que se libraba a cinco mil kilómetros de su patria, pero con Jones a sus puertas podían ver que la guerra no marchaba bien. Lo mismo otras potencias europeas, las cuales, al descubrir que los americanos no temían el poder marítimo británico, empezaron a preguntarse por qué debían temerlo ellas.

 

 

 

Capítulo 6  - El camino hacia la victoria

 

FRANCIA INTERVIENE

 

 

 Pese a las brillantes perspectivas en el oeste y en el mar, Washington sabía que no era probable que la guerra terminase sin una derrota efectiva de los británicos en la costa marítima. Para esto, sus fuerzas eran insuficientes.

 En 1778, los británicos tenían firmemente en sus manos los puertos de la ciudad de Nueva York y de Newport, en Rhode Island. Mientras dominasen el mar, podían reforzar sus ejércitos en ambas ciudades a su gusto y desde ellas como bases atacar cualquier punto de la costa. Si Washington podía romper la línea de barcos británicos, cualquiera de las dos ciudades, o ambas, podía ser asediada y obligada a rendirse por hambre, y los británicos muy probablemente tendrían que renunciar a la guerra.

 Pero la destrucción de la flota británica sólo podía ser obra, si es que era posible, por la flota francesa, y los franceses consideraban esta posibilidad. Poco después de que se ratificase la alianza con América, Francia envió una escuadra de diecisiete barcos al oeste, bajo el mando de Charles Héctor D’Estaing. Estos buques llegaron a las cercanías de Nueva York el 8 de julio de 1778.

 Mas para entonces los británicos habían evacuado Filadelfia (precisamente porque habían recibido noticia de que estaba en marcha una escuadra francesa) y se concentraron en Nueva York. La flota británica estaba en el puerto esperando, y la cuestión era si los barcos franceses navegarían a través de los estrechos para hacerle frente.

 Quizá D’Estaing estaba deseoso de hacerlo, pero sus oficiales y los pilotos locales no. Estaban seguros de que navegar hasta los cañones británicos era suicida. Por ello, la escuadra francesa cambió de rumbo y trató, en cambio, de obtener el premio menor de Newport.

 En Newport, estaban a punto de desembarcar, el 29 de julio, cuando se levantó una tormenta. Los barcos franceses se alejaron para eludir las grandes olas y hallaron que una escuadra británica, con refuerzos recientemente llegados, los estaba esperando. Podía haberse producido una batalla, pero la tormenta empeoró y por un momento pareció que ambas flotas serían imparcialmente destruidas. Cuando terminó, los barcos británicos volvieron maltrechos a Nueva York, mientras los barcos franceses se dirigieron con dificultad a Boston y luego a las Antillas para pasar el invierno.

 Washington no pudo hacer más que rechinar los dientes. Cualquiera que fuese el valor de la alianza con Francia, la flota francesa, en todo caso, no había logrado nada.

 En cuanto a Clinton, con su cuartel general en Nueva York, pensó que, inalterado su dominio de los puertos de mar, podía atacar en otra dirección. Hasta entonces, la cota meridional no había sido tocada por la guerra. Clinton sabía que el sentimiento leal a Gran Bretaña era particularmente fuerte en Georgia y si podía atacar allí, podía establecer una base valiosa desde la cual operar contra el norte.

 Por ello, el 25 de noviembre envió al sur a 3.500 hombres bajo el mando del teniente coronel Archibald Campbell, por el océano, que aún estaba firmemente en manos del poder marítimo británico. Se dirigieron a Savannah, Georgia, el puerto americano más meridional. Desde Florida (en poder de los británicos desde 1763), mil hombres comandados por Augustine Prevost marcharon hacia el norte.

 El plan fue cumplido a la perfección. El 29 de diciembre de 1778, Savannah fue tomada por los británicos con escasas dificultades. Una fuerza americana de menos de mil hombres fue sencillamente barrida. Desde Savannah, Campbell avanzó al norte, a Augusta, que fue tomada el 29 de enero de 1779.

 Los americanos contraatacaron lo mejor que pudieron ganando algunas batallas menores en los lindes (útiles desde el punto de vista moral), pero ni Augusta ni Savannah pudieron ser retomadas. El principal esfuerzo se efectuó el 3 de septiembre de 1779, cuando D’Estaing llevó la flota francesa a Savannah desde las Antillas. Disponía de treinta y cinco barcos y 4.000 soldados. En Savannah, defendiendo la ciudad, estaba Prevost, con sólo 3.000 soldados.

 La situación parecía favorable a los americanos. Algunos barcos británicos fueron tomados cerca de Savannah, y se puso sitio a esta ciudad. Alrededor de 1.500 soldados americanos al mando de Benjamin Lincoln (nacido en Hingham, Massachusetts, en 1733), quien había prestado buenos servicios en Saratoga, bloquearon los accesos terrestres y, por supuesto, los barcos franceses bloquearon la ciudad por mar.

 Pero la estación estaba avanzada y había posibilidades de tormentas a medida que el otoño se acercaba a su fin. D’Estaing pensó que sus buques estaban peligrosamente expuestos y se puso cada día más intranquilo. El 9 de octubre pensó que era necesario intentar un asalto directo contra las posiciones fortificadas británicas, pero fue como Bunker Hill al revés.

 La fuerza atacante fue barrida. D’Estaing quedó herido y Casimir Pulaski, que cargó temerariamente a la cabeza de sus hombres, recibió la muerte. Fue el primero de los voluntarios extranjeros importantes que murió por la causa americana. Había combatido bien en Brandywine y Germantown, y había estado con el ejército en Valley Forge.

 D’Estaing, totalmente desalentado, llevó de vuelta su flota a Francia. Había estado frente a la costa americana durante más de un año y no había logrado nada, aunque, para hacerle justicia, había hecho todo lo que pudo.

 A fines de 1779, toda Georgia estaba en manos británicas y, después de cuatro años y medio de lucha, los británicos podían decir que habían sometido al menos a una de sus antiguas colonias.

 Contrarrestaban la pérdida de Georgia algunos éxitos americanos en el Norte. Clinton había expandido cautamente su dominio de las regiones que rodeaban a Nueva York. Hizo incursiones por la costa de Connecticut y llevó sus fuerzas aguas arriba del río Hudson. El 31 de mayo de 1779 tomó un fuerte americano sin terminar en Stony Point, a cincuenta kilómetros al norte de Nueva York. Colocó 1.700 hombres en el fuerte como guarnición.

 La acción siguiente fue emprendida por el general Anthony Wayne (nacido en Waynesboro, Pensilvania, el 1 de enero de 1745), quien había estado con Arnold en la retirada de Quebec, había luchado en Brandywine y Germantown y había padecido en Valley Forge. Se había desempeñado particularmente bien en Monmouth, donde su conducción tuvo un papel importante en hacer que la batalla terminase en un empate después de que Charles Lee hubiese desaprovechado la ocasión.

 Ahora su intención era atacar Stony Point con 1.500 hombres. Un desertor que abandonó el ejército para no participar en tal temeraria operación llamó loco a Wayne por soñar siquiera en tal acción. Wayne no sólo la soñó: sino que la llevó a cabo. El 16 de julio de 1779, a la medianoche, lanzó una carga salvaje. Los británicos, demasiado confiados, estaban durmiendo, y toda la guarnición, junto con quince cañones y algunos valiosos suministros, fue tomada a costa de sólo un puñado de bajas de los americanos. El resultado de esta carga supuestamente loca fue que Wayne ha sido conocido desde entonces por los historiadores como el «Loco Anthony».

 En el interior del Estado, John Sullivan, que había combatido en Brooklyn y en Trenton, condujo fuerzas americanas contra los leales a los británicos y los indios, quienes habían efectuado matanzas como las de Wyoming Valley y Cherry Valley. Llevó a sus hombres al noroeste desde WiIkes-Barre y se le unió otra fuerza proveniente del suroeste, de Albany. Un total de 2.700 hombres se desplazaron hacia el oeste, a lo que es ahora Elmira, Nueva York. Allí, el 29 de agosto de 1779, los Comandos de Butler y sus aliados iroqueses al mando de Joseph Brant fueron rotundamente derrotados.

 Luego las fuerzas americanas procedieron torvamente a acabar con los iroqueses. Los asentamientos indios fueron sistemáticamente destruidos, los huertos segados y los campos de cereales arrasados. La destrucción fue total y el poder iroques quedó destruido para siempre.

 De allende los mares llegaron noticias de una nueva ayuda.

 España había combatido con Gran Bretaña, intermitentemente, durante dos siglos, y estaba tan ansiosa como Francia de debilitar a su gran enemiga.

 Sin embargo, era más renuente que Francia a hacerlo mediante la ayuda a los americanos. España, como Francia, era una monarquía absoluta. Y a diferencia de Francia, España no tenía un conjunto vigoroso de intelectuales izquierdistas. No había ningún deseo en España de acudir en ayuda de un grupo de bribones que hablaban de libertad y democracia.

 Mas si era derrotada Gran Bretaña, España podía adueñarse del territorio situado al este del Misisipí, territorio que, sumado a sus posesiones al oeste del río, habría puesto todo ese rico valle bajo su dominio.

 Además, tenía internamene mayores quejas contra Gran Bretaña. Gibraltar, punto fuerte de la costa meridional de España, había sido tomado por Gran Bretaña en 1704 y lo había retenido contra todos los intentos de España para recuperarlo.

 El 3 de abril de 1779 España juzgó que Gran Bretaña tenía suficientes problemas como para poder hacerle un pequeño chantaje. Pidió a Gran Bretaña que le devolviera Gibraltar, y la amenazó con la guerra si se negaba ello. Los británicos se negaron. España llegó a un acuerdo con Francia, pues, y el 21 de junio de 1779 declaró formalmente la guerra a Gran Bretaña.

 España era débil y, por sí sola, no constituía una amenaza para Gran Bretaña. Pero tenía una flota que, suma da a la francesa, aumentaba las probabilidades de que Gran Bretaña perdiera el dominio del Atlántico. Si esto ocurría, aunque fuese temporalmente, Gran Bretaña podía perder la guerra en América del Norte. El 27 de septiembre de 1779, el Congreso designó a John Jay (nacido en la ciudad de Nueva York el 12 de diciembre de 1745 ministro en España. Hijo de un próspero comerciante Jay había sido miembro de ambos Congresos Continentales, Pero había sido elegido también para la Legislatura de Nueva York y optó por asistir a las sesiones de ésta de modo que se perdió la oportunidad de firmar la Declaración de la Independencia. El 7 de diciembre d 1778 volvió al Congreso y fue elegido su presidente.

 En España, la principal tarea de Jay era persuadir esta nación a que reconociese la independencia americana. En esto, fracasó. Después de todo, España también tenía colonias y no deseaba sentar ningún precedente que pudiese alentar los intentos de lograr la independencia d sus propias colonias. En cambio, abogó por una paz d compromiso por la que Gran Bretaña quedaría debilitada pero los americanos permanecerían bajo la férula británica, objetivo casi imposible de lograr.

 La entrada de España en la guerra alentó a América a creer que Gran Bretaña podría estar dispuesta a aceptar términos de paz sobre la base del reconocimiento de la independencia americana. Pero Gran Bretaña, estimulada por los sucesos de Georgia, permaneció intransigente, y la guerra continuó.

 

COBARDÍA Y TRAICIÓN

 

 

 Pese a las victorias aisladas de Stony Point, en el territorio indio, y en el mar, y pese a la entrada de España en la guerra, el invierno de 1779-1780 parecía sombrío, en verdad.

 Georgia había sido separada y la flota francesa había resultado inútil en todo momento. El ejército de Washington, en sus cuarteles de invierno de Morristown, Nueva Jersey, donde había estado tres inviernos antes, estaba nuevamente en mala situación. Los suministros llegaban con lentitud y la paga se efectuaba con papel moneda emitido por el Congreso, con el cual no se podía comprar nada. Las raciones tuvieron que ser reducidas, y en la primavera partes del ejército estaban al borde del amotinamiento.

 Y lo peor aún estaba por llegar, pues Clinton se dispuso a ampliar las victorias británicas en el sur. A ciento treinta kilómetros al noreste de Savannah estaba Charleston, la metrópoli de Carolina del Sur y el más ferviente centro del radicalismo al sur de Virginia. El 28 de junio de 1776 había rechazado a una fuerza británica enviada para tomarla, fuerza comandada por Clinton y Cornwallis.

 En enero de 1780, Clinton y Cornwallis condujeron una flota desde Nueva York para borrar esa mancha de su hoja de servicios. Llevaron consigo 8.500 hombres, un tercio de los cuales eran leales americanos a Gran Bretaña. Prevost marchó con su ejército británico por tierra desde Savannah para unirse a ellos (había tratado de tomar Charleston sin apoyo naval, la primavera anterior, pero había fracasado).

 Era políticamente imposible abandonar Charleston sin combatir, y Benjamin Lincoln, que había intentado valientemente expulsar a los británicos de Georgia, ahora encabezó una fuerza de más de 5.000 hombres y la introdujo en la ciudad.

 Pero las posibilidades de Lincoln eran nulas. El 11 de abril de 1780, 14.000 británicos rodearon la ciudad por tierra y por mar. El 12 de mayo Lincoln comprendió que no tenía otra opción y se rindió. Unos 5.400 americanos fueron capturados en total, entre ellos siete generales, además de cuatro barcos y muchos suministros militares. Fue la más costosa derrota americana de la guerra.

 Muy satisfecho, Clinton retornó a Nueva York, dejando a Cornwallis a cargo de la campaña meridional con una fuerza que estaba formada principalmente por leales. El segundo en el mando era sir Banastre Tarleton, quien cultivó deliberadamente una reputación de crueldad y permitió a sus soldados matar prisioneros.

 A los pocos meses de la caída de Charleston, prácticamente toda Carolina del Sur estaba en manos británicas, con lo que éstos recuperaron a una segunda colonia rebelde.

 Hubo lucha de guerrillas, sin duda, que acosaron a los británicos. Una banda guerrillera estaba bajo el mando de Francis Marión (nacido en el condado de Berkeley, Carolina del Sur, en 1732). Logró escapar de Charleston después de su caída y, ocultándose en las ciénagas, hostigó interminablemente a los británicos. Fue llamado el «Zorro de las Ciénagas». Otros jefes guerrilleros eran Andrew Pickens (nacido cerca de Paxtang, Pensilvania, en 1739) y Thomas Sumter (nacido cerca de Charlottesville, Virginia, en 1734).

 Sus hazañas sirvieron para levantar la moral, pero no pudieron debilitar el dominio británico. Tampoco sirvió de mucho que una fuerza española tomase Mobile, sobre la costa del golfo, el 14 de marzo de 1780. (De hecho, esto empeoraba las cosas, en cierto modo, pues era improbable que todo territorio tomado por los españoles volviese a formar parte de territorio americano después de la guerra, aunque Gran Bretaña fuese derrotada.)

 Para restaurar el derrumbe del espíritu americano, era menester enviar un nuevo ejército para reemplazar al perdido en Charleston y compensar esta derrota con victorias.

 En abril de 1780, Washington envió un destacamento al sur bajo el mando del barón de Kalb. Pero el Congreso, contra el consejo de Washington, designó a Gates para que comandase esa fuerza y lo puso por encima de Kalb. Todavía lo rodeaba la aureola de la victoria sobre Burgoyne en Saratoga.

 Gates tomó el mando del ejército cerca de Hilisboro, en la parte septentrional de Carolina del Norte, y decidió marchar a Camden, en Carolina del Sur (a 190 kilómetros al norte de Charleston), donde Cornwallis había establecido una avanzada fortificada.

 La marcha fue difícil, y lo había sido desde la salida del cuartel general de Washington. Los suministros tardaban en llegar,, y los soldados padecían hambre. Cuando el ejército llegó a Camden, había menos de 3.000 hombres capaces de combatir y sólo 1.000 de ellos eran veteranos del ejército de Washington.

 Cornwallis, que fue quizá el mejor general británico de la Guerra Revolucionaria, esperaba a Gates con menos hombres, pero mejor entrenados y en mejores condiciones.

 El 16 de agosto de 1780 se libró la batalla de Camden. La brigada de Tarleton cargó y, al aproximarse el bosque de bayonetas, los americanos rompieron filas y huyeron. De Kalb y su contingente hicieron lo que pudieron para resistir a los británicos, pero fracasaron. De Kalb fue muerto.

 En cuanto a Gates, tomó parte en la retirada. En verdad, su caballo tenía fama de ser el más veloz de América, y él lo lanzó a todo galope. Siguió retirándose, en un pánico absoluto, a lo largo de todo el camino hasta Charlotte, en Carolina del Norte, a cien kilómetros al norte de Camden. Sólo 700 soldados llegaron allí con él.

 Esto puso fin a la carrera de Gates, pero la pérdida de un segundo ejército en una deshonrosa derrota era pagar un precio demasiado alto por librarse de un cobarde incapaz.

 El destino del «héroe» de Saratoga, sin embargo, fue mejor que el del héroe real, pues ahora, en ese negro año de 1780, Benedict Arnold añadió el capítulo más negro de todos.

 Pocos habían contribuido tanto a la causa americana como Arnold, que recibió muy poco a cambio. No obtuvo promoción ni reconocimiento, sino sólo heridas. En el verano de 1778 no estaba apto para el servicio activo a causa de su pierna despedazada y se le dio el fácil cargo de comandar las fuerzas americanas de Filadelfia. Allí vivió bien, resarciéndose de la dureza de sus campañas.

 Arnold nunca había sido popular entre los oficiales que poseían menos bríos y capacidad que él, y ahora sus extravagancias en Filadelfia le ganaron una total impopularidad. Fue acusado de violar varias reglas militares y tuvo que pedir un tribunal militar para probar su inocencia. El tribunal se reunió en diciembre de 1779 y fue convicto de un par de cargos menores y sentenciado a recibir una reprimenda de Washington.

 Washington, que apreciaba los servicios de Arnold, había hecho lo posible para apoyarlo y a veces había impedido que renunciase encolerizado, en el pasado. Ahora hizo lo posible por salvar el orgullo de Arnold reprimiéndolo tan suavemente que puede decirse que no fue una reprimenda.

 Sin embargo, el orgullo de Arnold estaba herido más de lo que podía soportar. Había quedado viudo en 1775, y en la primavera de 1779 se había casado con una bella joven de Filadelfia cuyas simpatías iban hacia los «leales». Fue fácil para ella persuadirlo de que debía hacer algo contra la ingratitud americana, y Arnold comenzó a sondear a los británicos sobre la posibilidad de venderles información por dinero.

 Después del juicio del tribunal militar y de su condena, fue más allá. Pidió a Washington el mando de West Point, una importante fortificación a orillas del río Hudson, a unos sesenta y cinco kilómetros al norte de Nueva York. Washington, ansioso de complacer al desaprovechado general, se lo concedió. En la primavera de 1780, Arnold empezó a negociar la rendición del fuerte a los británicos a cambio de veinte mil libras.

 El oficial británico que trató con Arnold era el comandante John André. Este había luchado junto a Howe en la campaña que terminó con la captura de Filadelfia y, después del retiro de Howe, fue ayudante de campo del general Clinton a cargo del servicio de inteligencia. Había estado en el asedio y la captura de Charleston y, cuando volvió a Nueva York, en junio de 1780, le esperaba la oferta de Arnold de entregar West Point.

 El 21 de septiembre de 1780, André remontó el Hudson con una bandera de tregua y convino los términos finales del acuerdo. Arnold recibiría veinte mil libras si la entrega de West Point se hacía con éxito, y diez mil si lo intentaba, fracasaba y tenía que huir al campo británico. El barco que había llevado a André aguas arriba del Hudson había sido atacado y tuvo que retirarse, por lo que André permaneció allí durante la noche y luego trató de volver a las líneas británicas por tierra.

 No parecía aconsejable tratar de hacerlo con el conspicuo uniforme rojo de los soldados británicos, por lo que se puso ropas civiles. Pero desde ese momento se convirtió en un espía, en términos de derecho militar. Con el uniforme podía ser un prisionero de guerra, si lo capturaban; pero sin él, podía ser ahorcado.

 Ocurrió que en su viaje al sur fue detenido e investigado por soldados americanos. En su bota fueron encontrados papeles concernientes a West Point que fueron enviados inmediatamente a Arnold, quien parecía la autoridad apropiada. Arnold sabía que su traición pronto sería descubierta y escapó inmediatamente a las líneas británicas, dejando a André como cabeza de turco.

 Evidentemente, el verdadero reo era Arnold y, cuando André fue condenado a muerte por un tribunal militar, Washington ofreció entregarlo a los británicos a cambio de Arnold. Clinton podía haberse sentido tentado a aceptar, pero había dado su palabra a Arnold y su honor exigía que se negase, de modo que André fue ahorcado el 2 de octubre de 1780.

 Benedict Arnold no fue colgado, pero habría sido mejor para él que lo fuese. Cualquiera que fuese el motivo de su resentimiento, su traición era inexcusable. En primer lugar, había sido apoyado y apreciado por Washington al menos, y su respuesta había sido usar la simpatía de Washington como medio para montar la traición. Además, no lo hizo por convicción. Se puede perdonar a un hombre por cambiar de lado si realmente ha llegado a creer que la justicia y el honor están del nuevo bando adoptado. Pero éste no era el caso de Arnold. No abrigaba ninguna convicción sobre la justicia de la causa británica; no pensaba que había combatido por la parte equivocada. Sencillamente se había vendido por dinero.

 No es de extrañarse, pues, de que, pese a todos los servicios que prestó a la causa americana, haya pasado a la historia como un redomado villano, cuyo nombre, para oídos americanos, ha sido desde entonces sinónimo de «traidor».

 Tampoco le fue bien con los británicos. Los oficiales británicos podían, por necesidad militar, estar dispuestos a tratar con un traidor que se vendía por dinero, pero no tenían por qué tener trato social con él después. Además, era considerado moralmente un cobarde por haber permitido que André muriese por él. Aunque Arnold combatió del lado británico por el resto de la guerra y recibió más de 6.000 libras, tierras en Canadá y el rango de general de brigada, su carrera declinó constantemente. Abandonó América un año después de su traición y nunca retornó, viviendo amargado y taciturno los últimos veinte años de su vida, con el sentimiento de haber fracasado en todo.

 Sin embargo, lo que fue Arnold antes de su traición no se olvidó enteramente. Un siglo después de la batalla de Saratoga, se erigió un monumento en el lugar. Se construyeron cuatro hornacinas y en tres de ellas se colocaron estatuas de Gates, Schuyler y Morgan. La cuarta quedó vacía, pues hubiera contenido una estatua de Arnold, si éste no hubiese caído en la traición.

 Y en otra parte del campo de batalla, en el lugar donde Arnold cayó herido, hay un monumento con la escultura de una bota: un recuerdo de la pierna herida por la causa americana. El monumento habla de «el soldado más brillante del Ejército Continental», pero no menciona su nombre.

 

LOS AMERICANOS RESISTEN

 

 

 Los americanos tenían mucho que lamentar en 1780. Después del triunfo de la rendición de Burgoyne y la alianza francesa, habían transcurrido tres años de amarga decepción. Habían pasado por las frustraciones de Monmouth, de la flota francesa, de la pérdida de dos Estados sureños, de la vergonzosa huida de Gates y de la traición de Arnold. Hasta una nueva acción naval de Francia (iniciada por Lafayette, quien había visitado Francia en 1779 para urgir a que se emprendiese alguna acción enérgica) había dado muy pocos resultados.

 El 2 de mayo de 1780 Francia envió cerca de 7.000 soldados a través del Atlántico, en una poderosa flotilla comandada por Jean Baptiste de Rochambeau. Los barcos llegaron a Newport, Rhode Island, el 11 de julio y las tropas desembarcaron. Pero casi inmediatamente llegó la flota británica y estableció un bloqueo. Los barcos franceses quedaron acorralados en Newport durante un año.

 Rochambeau podía haber dejado sus barcos en Newport y marchado hacia el oeste para unirse a Washington. Pero no deseaba abandonar sus barcos, y Washington, a decir verdad, no lo quería sin esos barcos.

 Desde que los británicos habían evacuado Filadelfia a causa de la temida llegada de barcos franceses, Washington sentía un saludable respeto por el poder marítimo. En lo sucesivo, mantuvo en un mínimo la lucha por tierra; añadir soldados franceses a los suyos no habría servido de nada y, quizá, sólo habría dado origen a fricciones entre los franceses y los americanos. Washington estaba decidido a esperar hasta que los franceses pudieran poner una flota a su disposición, tanto como hombres.

 Sin embargo, hubo algunos destellos de luz, uno de ellos en el sur, donde la situación parecía más sombría.

 Allí, terminada la batalla de Camden y con Georgia y Carolina del Sur firmemente en la férula británica, Cornwallis empezó a desplazarse al norte, hacia Carolina del Norte. También al norte y siguiendo una ruta paralela, iban unos 1.400 «leales» conducidos por el comandante Patrick Ferguson. Contra él, acudieron en enjambre los rústicos colonos, cada uno con su largo rifle.

 Ferguson decidió detenerse en King’s Mountain, en el oeste de Carolina del Sur y a dos kilómetros y medio del límite con Carolina del Norte. El 7 de octubre de 1780, 900 americanos treparon por la montaña para llegar hasta Ferguson. Normalmente, tendría que haber sido un Bunker Hill, pero los americanos no avanzaron alineados con uniformes escarlatas, como habían hecho los británicos en aquella batalla. En cambio, subieron de roca en roca y de árbol en árbol.

 Cuando aparecía un soldado enemigo aislado, era eliminado con los rifles de mortal eficacia. Cuando las fuerzas de Ferguson atacaron, los americanos se esfumaron ante las bayonetas, y luego empezaron a eliminarlos nuevamente. Ferguson fue muerto, y con él pereció la mitad de las fuerzas «leales». Los restantes se rindieron. Los americanos sólo tuvieron 90 bajas.

 Como la batalla de Trenton después de la retirada a través de Nueva Jersey, la batalla de King’s Mountain levantó la moral americana y contribuyó mucho a neutralizar la vergüenza de Camden. Persuadió a Cornwallis a postergar el avance hacia el norte para el año siguiente.

 El 14 de octubre, una semana después de la batalla, Cornwallis llegó a sus cuarteles de invierno, en Winnsboro, Carolina del Sur, a sesenta y cinco kilómetros al oeste de Camden. El mismo día, el general Nathaniel Greene, quien se había retirado por Nueva Jersey con Washington cuatro años antes, fue puesto al mando del ejército del sur.

 Menos vistosos y espectaculares que la victoria de King’s Mountain fueron otros avances hechos por los americanos, económicos y políticos.

 Económicamente, la causa americana se hallaba con abismales dificultades a inicios de 1781. Los soldados americanos eran pagados con dinero continental, que no valía nada, y aun esa paga se atrasaba. Cuando se difundió el rumor de que los reclutas eran sobornados con moneda contante y sonante para que se incorporasen al ejército, algunas de las tropas de Pensilvania del campamento de invierno de Washington en Morristown se rebelaron y exigieron que también se les pagase con dinero fuerte. Se hicieron concesiones, pero muchos soldados se marcharon coléricos lo mismo. Otras rebeliones de tropas de Pensilvania y Nueva Jersey sólo pudieron ser sofocadas después de fusilar a algunos hombres.

 El 20 de febrero de 1781, el Congreso, desesperado por el problema del dinero, nombró a Robert Morris superintendente de finanzas. (Hoy lo llamaríamos el «Ministerio de Hacienda».) Morris, nacido en Liverpool, Inglaterra, el 31 de enero de 1734, llegó a Maryland cuando era un muchacho de catorce años y luego se incorporó a un próspero establecimiento comercial de Filadelfia. Sólo con renuencia llegó a aceptar la idea de la independencia, pero fue uno de los firmantes de la Declaración.

 Hizo todo lo que pudo para mantener en equilibrio las finanzas, pero sólo después de que le dieron los poderes necesarios, en 1781, logró finalmente poner un poco de orden en la economía americana, con ayuda de préstamos de Francia, España y los Países Bajos. También usó su crédito personal para dar apoyo al ejército de Washington, sin el cual éste no habría podido librar las decisivas batallas de 1781.

 Otro financiero que fue de gran ayuda a la causa americana, aunque en una posición menos oficial, fue Haym Solomon (nacido en Polonia alrededor de 1740), uno de los varios miles de judíos que vivían en América en la época de la Revolución y que era un incondicional adepto del bando americano. En total, adelantó 700.000 dólares, una suma principesca por aquellos días, al Ejército Continental. Nunca se le devolvió nada, y murió en 1785 prácticamente en la pobreza.

 Políticamente, los trece Estados, cada uno celosamente orgulloso de su independencia, lograron alcanzar cierto tipo de unión.

 Ya antes de firmarse la Declaración de la Independencia, el hecho de la guerra había dictado algún género de cooperación entre los Estados. Sencillamente, no podían luchar contra Gran Bretaña como trece naciones separadas que tomasen trece conjuntos distintos de decisiones.

 El 12 de junio de 1776 John Dickinson fue encargado de elaborar los detalles de tal unión, y el Congreso adoptó el esquema que él preparó el 15 de noviembre de 1977, un año y medio más tarde.

 La naturaleza de la unión, escrita en un documento llamado «Los artículos de la Confederación», era débil, en verdad. Los Estados particulares retenían la mayor parte de los poderes, incluido el poder —de suprema importancia— de establecer impuestos, de modo que el Congreso sólo podía obtener el dinero que los Estados quisieran darle. Esta fue una de las principales razones de que el dinero continental careciese de valor.

 Entre las facultades del Congreso estaban el conducir la política exterior y los asuntos indios, regular la acuñación, establecer un sistema postal, pedir préstamos y dirimir disputas entre Estados. Pero aun en aquellos ámbitos en los que podía tomar decisiones, el Congreso no disponía de ningún medio para ponerlas en práctica. El Congreso sólo podía pedir a los Estados que hiciesen lo necesario para ponerlas en práctica, y los Estados, por supuesto, podían optar por no hacerlo.

 No había ningún poder ejecutivo. Cada Estado enviaba delegados al Congreso, pero, independientemente del tamaño de la delegación, cada Estado tenía un voto.

 Por más de tres años después de que el Congreso aceptase los artículos de la Confederación, éstos, sin embargo, siguieron siendo no oficiales, pues carecían de la aprobación de los trece Estados. La dificultad residía en la cuestión de las tierras occidentales.

 Cuando se crearon las colonias, las cartas reales concedidas habían sido muy vagas en cuanto a los límites (por la falta de conocimiento del interior continental) y también muy generosas. En varios casos, se concedía a las colonias una indefinida jurisdicción al oeste. Por ello, varios Estados reclamaban tierras al oeste de su zona colonizada y, en algunos casos, las reclamaciones de diferentes Estados entraban en conflicto. Ocurría esto, particularmente, con las tierras situadas al norte del río Ohio, que eran reclamadas en su totalidad por Virginia y parcialmente por Pensilvania, Connecticut, Massachusetts y Nueva York.

 Por otro lado, algunos de los Estados, por la manera como se habían formado y por su situación geográfica, no hacían en absoluto reclamaciones al oeste y tenían límites fijos y definidos. Eran Rhode Island, Nueva Jersey, Delaware y Maryland.

 Los Estados que no presentaban reclamaciones eran pequeños en un principio, y parecían destinados a hacerse más pequeños, comparativamente, a medida que los otros Estados engullían más tierras occidentales. Uno de ellos, Maryland, decidió, pues, no firmar los Artículos de la Confederación hasta que llegase el momento en que los diversos Estados renunciasen a sus pretensiones de tierras occidentales. Adhirió tenazmente a esta resolución por más de tres años, pese a todas las presiones de la guerra y pese al hecho de que los otros doce Estados, incluidos los pequeños, habían firmado los artículos.

 Todos los americanos deben estar agradecidos a Maryland por esa resolución. Si hubieran subsistido las reclamaciones sobre el oeste, la historia de los Estados americanos habría sido la historia del intento de los Estados más grandes por adueñarse de tierras, y de interminables querellas entre ellos por cuestiones de límites. Finalmente, no habría habido unión alguna, sino sólo diversos Estados independientes tan mutuamente hostiles como las varias naciones de Europa.

 Ante la insistencia de Maryland, uno tras otro, los Estados renunciaron con renuencia a sus pretensiones sobre las tierras occidentales y convinieron en que esas regiones no colonizadas fuesen consideradas como propiedad de la unión de los Estados, en conjunto. Connecticut lo, admitió el 10 de octubre de 1780; Virginia, el 2 de enero de 1781; Nueva York, el 1 de marzo de 1781.

 Con la admisión por Nueva York, Maryland finalmente se consideró satisfecha, y el 1 de marzo de 1781 firmó los Artículos de la Confederación. Sólo entonces éstos entraron legalmente en vigor. El 4 de julio de 1776 los Estados individualmente se hicieron independientes, pero el 1 de marzo de 1781 empezaron a existir legalmente los Estados Unidos de América, y el Congreso Continental se convirtió en el «Congreso de los Estados Unidos».

 Y mientras la situación financiera y política de América mostraba síntomas de mejora, los problemas de Gran Bretaña en Europa seguían aumentado. Durante más de un siglo, desde que había derrotado a las flotas neerlandesas en el decenio de 1660-1669, Gran Bretaña había dominado los mares. Este dominio le había dado poder, un imperio y prosperidad. Naturalmente, esto había causado envidia y recelos en otras naciones.

 Ahora Gran Bretaña estaba atascada en una guerra aparentemente interminable con sus antiguas colonias, con su propia gente inquieta y dividida, mientras Francia y España se incorporaban a la guerra contra ella. Otras naciones se sintieron alentadas y adoptaron cada vez más una postura antibritánica.

 La primera de ellas fue Rusia. Estaba bajo el gobierno de Catalina II, una mujer capaz interesada en las ideas izquierdistas de los intelectuales franceses. Cuando Gran Bretaña trató de imponer un bloqueo contra Francia y España, Rusia anunció, el 28 de febrero de 1780, que no lo admitía y que los barcos rusos protegerían los derechos de los comerciantes rusos a navegar por donde lo deseasen. Llamó a la formación de una «Liga de Neutralidad Armada», a la que se incorporaron otras naciones. Casi todas las potencias marítimas europeas neutrales se incorporaron a ella en 1780 y 1781.

 La Liga de Neutralidad Armada no pudo hacer mucho en el momento decisivo. El 20 de diciembre de 1780 Gran Bretaña declaró la guerra a los Países Bajos, que llevaba un vasto comercio con los Estados Unidos. Este comercio fue reducido drásticamente, y, aunque los Países Bajos eran un miembro de la Liga de Neutralidad Armada, los otros miembros no hicieron nada.

 Sin embargo, Gran Bretaña se encontró aislada. La necesidad de vigilar a todas las flotas de Europa obstaculizó las operaciones navales de los británicos contra los americanos; la aversión a la guerra aumentó constantemente entre el pueblo británico.

 

DECISIÓN EN VIRGINIA.

 

 

 A comienzos de 1781, los ejércitos británicos todavía dominaban Georgia y Carolina del Sur y aún estaban dispuestos a avanzar al norte. La batalla de King’s Mountain había retrasado este avance, pero no lo había detenido. Era tarea del general Greene hacer este avance lo más difícil posible.

 Tan pronto como Greene tomó el mando, penetró en Carolina del Sur. No era bastante fuerte para atacar a Cornwallis, pero destacó a 800 hombres comandados por Morgan (quien se había distinguido en Saratoga) para limpiar de británicos el oeste de Carolina del Sur.

 Cornwallis envió a Tarleton en persecución de Morgan, quien estaba muy dispuesto a dejarse atrapar, siempre que fuese en un terreno de su elección. Esto ocurrió en Cowpens, en la parte más septentrional de Carolina del Sur. El 17 de enero de 1781 Morgan ubicó cuidadosa mente a sus hombres, cuyo número ahora había aumentado a mil, en tres líneas, con la caballería oculta detrás de una colina. Todos tenían sus instrucciones.

 Tarleton se acercó con un número igual de hombres y atacó inmediatamente. La primera línea de fusileros americanos apuntaron con sus mortíferos rifles y mataron o hirieron a varias docenas de los soldados que avanzaban, retrocediendo luego rápidamente. La segunda línea hizo lo mismo.

 Los británicos soportaron el castigo y, pensando que la doble retirada significaba que los americanos no resistirían su asalto, cargaron en un total desorden. Pero la primera y la segunda línea sólo se habían retirado para unirse a la tercera, y la línea unificada resistió firmemente mientras la caballería americana cargaba desde atrás de la colina.

 Los británicos quedaron atrapados. Sufrieron 329 bajas y todos los supervivientes se rindieron. Los hombres de Morgan tuvieron menos de setenta y cinco bajas. Fue una segunda King’s Moutain.

 Encolerizado, Cornwallis condujo su ejército tras los americanos. Rápidamente, Morgan y Greene se retiraron, logrando unir sus fuerzas en el centro de Carolina del Norte, para luego seguir desplazándose al norte. Parecía como si abandonasen Carolina del Norte, un tercer Estado, a los británicos, y buscasen presurosamente refugio en Virginia, que estaba pasando por serias dificultades, Allí, Benedict Arnold, ahora convertido en oficial británico, estaba acosando la zona rural. El 5 de enero, doce días antes de la batalla de Cowpens, había saqueado e incendiado Richmond, que había sido elegida capital de Virginia sólo dos años antes.

 Pero, en realidad, Greene había logrado llevar a las fuerzas de Cornwallis a realizar una persecución fatigosa e inútil. Cuando Cornwallis llegó a Virginia central-meridional, sin haber atrapado a los americanos, tuvo que volver para permitir descansar a sus hombres y reunir suministros. Se retiró a Hilisboro, en Carolina del Norte.

 Pero Greene no pensaba concederle ningún reposo. Recibió refuerzos y se dirigió hacia el sur nuevamente. Cornwallis se vio obligado a tratar de detenerlo y, el 15 de marzo de 1781, los dos ejércitos se encontraron en Guilford Courthouse, a ochenta kilómetros al oeste de Hilisboro.

 Allí, Greene colocó a sus hombres como lo había hecho Morgan en Cowpens. Más aún, Cornwallis arrojó a sus hombres contra los americanos en un furioso asalto frontal, exactamente como había hecho Tarleton en Cowpens.

 Pero esta vez las cosas no sucedieron como antes. Los americanos no constituían la fuerza escogida que había seguido a Morgan. Algunos se llenaron de pánico ante el asalto. Greene, comprendiendo que el ejército podía quedar en peligro si permanecía allí, retiró a sus hombres. Esto convirtió el combate, técnicamente, en una victoria británica, pero los soldados americanos que no se habían dejado arrastrar por el pánico dispararon bien, de modo que las pérdidas británicas fueron grandes, considerablemente mayores de lo que Cornwallis podía permitirse.

 El 28 de marzo de 1781, Cornwallis llevó a sus hombres a Wilmington, en Carolina del Norte, una ciudad costera en la cual podía asegurarse los suministros mientras los británicos dominasen el mar. Allí esperó refuerzos.

 Greene ahora ignoró a Cornwallis y marchó al sur nuevamente, entrando en Carolina del Sur. Allí no ganó ninguna asombrosa victoria, pero logró restablecer la dominación americana del Estado, confinando a los británicos a la ciudad de Charleston y sus vecindades.

 Así como la guerra en el norte finalmente sólo había dado a los británicos el puerto marítimo de Nueva York, así también la guerra en el sur, después de casi tres años, había dejado a los británicos solamente en posesión de los puertos marítimos de Savannah, Charleston y Wilmington.

 Cornwallis decidió hacer otra jugada. Georgia y las Carolinas habían sido suficientemente vapuleadas como para ser incapaces de resistir sin ayuda del norte. Por ello, decidió atacar a Virginia, la más grande de las colonias rebeldes y la base de los suministros del ejército americano del sur. Si lograba tomarla, los americanos tendrían que abandonar toda la mitad meridional del país.

 El 25 de abril de 1781 abandonó Wilmington y avanzó rápidamente hacia el norte. El 20 de mayo se unió a las fuerzas de Benedict Arnold en Petersburg, Virginia, a unos cincuenta kilómetros al sur de Richmond.

 En Virginia, realizó vastas incursiones. Tarleton condujo tropas a Charlottesville, a unos cien kilómetros al noroeste de Richmond, donde se reunía el gobierno del Estado de Virginia después de haber huido de la capital. Allí estuvo a punto de atrapar al gobernador Thomas Jefferson y a la Legislatura. Los hombres que conducía Cornwallis ahora ascendían a 7.500, pero las pequeñas fuerzas americanas que conducía Lafayette y se le oponían también estaban aumentando, y los franceses las conducían muy bien.

 A medida que pasaba el verano, Cornwallis pensó nuevamente que haría mejor en volver a la costa y asegurarse los suministros y refuerzos. Esta vez decidió establecerse en Yorktown, una ciudad costera situada a cien kilómetros al sudeste de Richmond y cerca de la bahía de Chesapeake. Llegó allí el 1 de agosto de 1781.

 Pero con el verano también había llegado el momento de que Washington se moviese. La flota francesa de las Antillas estaba ahora al mando del almirante Francois de Grasse, quien obtuvo allí algunas victorias menores sobre los británicos. Esto hizo que pudiera trasladarse a la costa americana si lo deseaba.

 En la esperanza de que pudiese hacerlo, Washington decidió que podía utilizar a esos soldados franceses. Se reunió con Rochambeau (cuyos hombres aún estaban en Newport, Rhode Island) en Connecticut y lo persuadió de que uniese sus hombres a las fuerzas americanas cerca de Nueva York. El encuentro se efectuó el 5 de julio.

 El 14 de agosto finalmente llegaron a Washington noticias de la flota francesa. De Grasse tenía la opción de bloquear a Clinton en Nueva York o a Cornwallis en Yorktown. Eligió Yorktown porque estaba más cerca de su puerto en las Antillas. Hizo saber que podía estar frente a la costa americana sólo hasta mediados de octubre.

 De inmediato Washington llevó sus tropas a Staten Island, como si planease un ataque a Nueva York. Cuando los británicos hicieron entrar sus tropas para efectuar la defensa, Washington rápidamente cambió de rumbo y se dirigió al sur con rapidez, demasiado rápidamente para que los británicos tratasen de interceptarlo.

 El 30 de agosto de 1781, la flota de De Grasse llegó frente a Yorktown, y Cornwallis contempló espantado un mar en el que los barcos que se aproximaban eran los del enemigo. Fue la primera vez en la guerra que el mar no era un amigo y un aliado de los británicos; la primera vez que una fuerza británica en una ciudad costera fue rodeada, pues Cornwallis estaba frente a De Grasse por mar y a Lafayette por tierra.

 Los barcos británicos llegaron casi en seguida, desde luego, para hacer frente a De Grasse. Pero el 5 de septiembre de 1781 De Grasse condujo sus barcos contra los británicos con bastante éxito, pues infligió considerablemente más daños de los que recibió. Cuando llegaron refuerzos para los franceses, los barcos británicos se vieron obligados a alejarse y abandonar a Cornwallis.

 De Grasse era partidario de efectuar un ataque inmediato contra Cornwallis, ya que De Grasse no abrigaba ilusiones de poder mantener el dominio del mar por mucho tiempo contra los británicos. Pero Lafayette insistía en que debían esperar la llegada de Washington. Sencillamente, Washington debía participar en la cacería, y el leal Lafayette no tenía ningún deseo de arrebatársela para él.

 A fines de septiembre, llegó al escenario de la lucha el cuerpo principal del ejército de Washington, con su contingente francés al mando de Rochambeau, y se montó el asedio en regla de Yorktown.

 La posición de Cornwallis era desesperada. El 17 de octubre no vio más alternativa que rendirse. Ofreció su rendición a Rochambeau, pero el francés la rechazó. Cornwallis tenía que rendirse al comandante en jefe americano. El 18, Cornwallis cedió también en esto, y el 19, cerca de 8.000 soldados británicos depusieron sus armas. La espada de Cornwallis fue entregada al general Lincoln, quien un año antes había tenido que rendir Charleston.

 Clinton acudió con barcos y hombres al auxilio de Cornwallis, pero llegó una semana más tarde y, al hallar que los americanos estaban en posesión de Yorktown, se apresuró a volver a Nueva York.

 Washington habría seguido y lanzado el mismo género de ataque por tierra y por mar contra Nueva York que había tenido éxito con Yorktown, pero De Grasse no quería saber nada de ello. Hasta entonces había tenido suerte al desafiar a los británicos, pero no quería seguir tentando esta suerte. Era tiempo para él de volver a las Antillas, y hacia ellas se dirigió. (En la primavera siguiente, fue derrotado y capturado por una flota británica, con lo que terminó el año del predominio francés en el mar, pero éste había sido suficientemente largo y se había producido en el momento oportuno.)

 Clinton aún estaba seguro en Nueva York, pues, pero esto realmente no importaba. Las noticias de la rendición de otro ejército británico finalmente convencieron hasta al más tozudo halcón de los legisladores británicos de que la guerra era un completo fracaso.

 Cuando lord North recibió la noticia de la rendición de Cornwallis, exclamó: «¡Oh, Dios, todo ha terminado!» Y así fue. El 20 de marzo de 1782, después de haber persuadido con lágrimas a Jorge III de que firmase la paz, aun a costa de conceder la independencia americana, renunció como primer ministro. Fue sucedido por lord Rockingham, el mismo que había subido al poder en la época de la revocación de la Ley de Timbres, y se suponía que la tarea de Rockingham era otorgar la independencia a América y hacer la paz.

 El 4 de abril Clinton fue relevado como comandante en jefe de las fuerzas británicas en América y fue sucedido por Carleton (quien cinco años y medio antes había defendido Canadá contra Montgomery y Arnold). La tarea de Carleton era sencillamente hacerse cargo de las tropas británicas hasta que se sellara la paz. Por eso, llevó todas las tropas a Nueva York. Wilmington, Savannah y hasta Charleston fueron evacuadas antes de fines de 1782.

 Pero Yorktown no significó la paz para las regiones rurales. Los «leales» y los indios continuaron sus incursiones en las zonas apartadas. Todavía fue necesario luchar contra ellos. Por ello, siguieron las batallas menores, y la última de importancia se libró en el oeste. George Rogers Clark, que había expulsado a los británicos del territorio de Ohio tres años y medios antes, ahora reunió fuerzas y, el 10 de noviembre de 1782, derrotó a los indios shawnees en lo que es ahora el sur de Ohio.

 Mas para entonces estaban en su apogeo las negociaciones de paz. Benjamin Franklin, John Jay y John Adams estaban en París, conversando de manera no oficial con representantes del gobierno británico. El 19 de septiembre de 1782 las conversaciones se hicieron oficiales cuando el representante británico recibió la autorización adecuada para tratar con los americanos. En esta autorización se hacía referencia a los «Trece Estados Unidos», lo cual equivalía a un reconocimiento oficial de la independencia americana.

 Los negociadores americanos no tuvieron una tarea fácil. Aunque los británicos estaban tan cansados de la guerra que deseaban darle fin casi a toda costa, los americanos pusieron pegas en puntos menores y corrieron el riesgo de agotar la paciencia de los británicos. La posición británica en el mar se hacía cada vez más fuerte, y hay límites para todo. Además, los franceses y los españoles tampoco estaban ansiosos de que la nueva nación se hiciese demasiado fuerte e hicieron todo lo posible por alinearse calmosamente con los británicos contra las exigencias americanas más extremas.

 Pero los americanos se mantuvieron firmes en un punto, además de la independencia, y era que su tierra se extendería hasta el Misisipí e incluiría todo el territorio situado al sur de los Grandes Lagos que había sido británico desde 1763. Francia habría querido que los Estados Unidos quedasen limitados a la franja costera al este de los Apalaches, pero los Estados Unidos no querían saber nada de esto, y ganaron. El territorio fue concedido en un tratado de paz preliminar firmado en París el 30 de noviembre de 1782. (Sin duda, los españoles habían tomado la costa del golfo de Gran Bretaña en el último par de años e insistían en conservarla y en tomar Florida, que había sido suya durante dos siglos y medio antes de 1763. Pero España era aliada de América, y Gran Bretaña estaba deseosa de que los Estados Unidos se hiciesen cargo de esta nación por su cuenta.)

 La paz preliminar se haría efectiva cuando Gran Bretaña llegase a un acuerdo con Francia. Este se alcanzó finalmente (pese al fastidio de Francia hacia los negociadores americanos, por tratar de obtener los términos más ventajosos para ellos, y más favorables de lo que hubiese preferido Francia), el 20 de enero de 1783.

 El 19 de abril, el Congreso, que eligió deliberadamante el octavo aniversario del tiroteo de Lexington para tal fin, proclamó el fin de la guerra. Por último, terminaron las formalidades finales y el Tratado de París entró en vigor el 3 de septiembre de 1783.

 La guerra había terminado y los Estados Unidos habían obtenido su independencia.

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