Libro N° 4076. El Secreto Del Universo. Asimov, Isaac.
© Libro N° 4076. El Secreto Del Universo. Asimov, Isaac. Colección E.O. Agosto 19 de 2017.
Título
original: © El Secreto Del
Universo. Isaac Asimov
Versión Original: © El Secreto Del Universo.
Isaac Asimov
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Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL SECRETO DEL UNIVERSO
Isaac Asimov
EL SECRETO DEL UNIVERSO
Y
OTROS ENSAYOS
Los artículos de este volumen son reediciones de los publicados
en The Magazine of Fantasy and Science Fiction, aparecidos en los siguientes
números:
«El polvo de los siglos» (noviembre 1958); «La fracción
más pequeña del segundo» (septiembre 1959); «Un trozo de pi» (mayo 1960); «El
cielo en la Tierra» (mayo 1961); «El huevo y el infusorio» (junio 1962); «Usted
también puede hablar gaélico» (junio 1962); «El dedo que se mueve lentamente»
(febrero 1964); «¡Signo de exclamación!» (julio 1965); «Estoy buscando un
trébol de cuatro hojas» (septiembre 1966); «Doce coma tres seis nueve» (julio
1967); «¡Toca plástico!» (noviembre 1967); «Indecisa, coqueta y difícil de
complacer» (febrero 1969); «El muro de luxón» (diciembre 1969); «Pompeyo y
circunstancia» (mayo 1971); «Perdido en la no traducción» (marzo 1972); «Lo
antiguo y lo definitivo» (enero 1973); «Mirar a un mono largo rato» (septiembre
1974); «Algunos pensamientos sobre el pensamiento» (enero 1975); «A toda marcha
atrás» (noviembre 1975); «La diferencia más sutil» (octubre 1977); «El palacio
flotante de cristal» (abril 1978); «Ay, todos humanos» (junio 1979); «¡Millón!
Deberías vivir para ver esto» (agosto 1980); «Y tras muchos veranos, el protón
muere» (septiembre 1981); «El círculo de la Tierra» (febrero 1982); «¿Qué
camión?» (agosto 1983); «Más pensamientos sobre el pensamiento» (noviembre
1983); «Todo lo que alcanza a divisar el ojo del hombre» (noviembre 1984); «La
relatividad de los errores» (octubre 1986); «Un poeta sagrado» (septiembre
1987); «El río más largo» (julio 1988); «El secreto del Universo» (marzo 1989).
A la memoria de Robert Park Mills (1920-1986), que me
invitó a comenzar esta serie de artículos en 1958.
INTRODUCCIÓN
En 1958 Robert P. Mills, que entonces dirigía The Magazine
of Fantasy and Science Fiction, me preguntó si estaría dispuesto a escribir una
columna mensual sobre temas científicos para la revista. Las condiciones eran
que tenía que entregarla antes del cierre de la edición de cada mes, y a cambio
me pagarían una pequeña cantidad (que no era lo más importante) y disfrutaría
del privilegio de escribir sobre lo que quisiera, sin que el director hiciera
ninguna sugerencia u objeción (lo cual era de una importancia capital).
Acepté inmediatamente, sin disimular mí alegría. No podía
saber cuánto duraría este acuerdo; parecía bastante probable que después de un
periodo más bien corto de tiempo ocurriera algo que lo diera por terminado. La
revista podía dejar de publicarse, o podía llegar un nuevo director que no
quisiera mi columna científica, o que me quedaría sin temas, o que no tuviera
tiempo o salud para hacerlo. ¿Quién sabe?
Pero no ocurrió nada de eso. En el momento de escribir
estas páginas, estoy celebrando el trigésimo aniversario de mi columna
científica. No ha dejado de aparecer en ningún número. Ni Mills ni sus dos
sucesores, Avram Davidson y Edward L. Ferman, han hecho jamás ninguna
sugerencia u objeción, y tampoco han mostrado ni la más mínima intención de
dejar de publicarla.
Mi primer artículo para Fantasy and Science Fiction
apareció en el número de noviembre de 1958. Sólo tenia unas mil doscientas
palabras, porque ésta era la extensión que me habían marcado. Unos meses más
tarde me pidieron que alargara el artículo hasta cuatro mil palabras, lo que,
en mi opinión, era un cambio muy halagador.
Así era ese primer articulo, «El polvo de los siglos»: Uno
de los descubrimientos más descorazonadores que hacen las amas de casa al
principio de su carrera es que el polvo es invencible. Por muy limpia que se
mantenga una casa, por muy poca actividad que se permita en su interior, y por
muy a conciencia que se impida la entrada de los niños y otras sucias
criaturas, en cuanto se da uno la vuelta todo aparece cubierto de una fina capa
de polvo.
La atmósfera de la Tierra, sobre todo en las ciudades,
está llena de polvo, lo cual está muy bien, porque, de lo contrario, no habría
cielos azules y las sombras no estarían suavizadas.
Y el espacio también esta lleno de polvo, sobre todo entre
los sistemas solares. Está atestado de átomos individuales y de conglomerados
de átomos. Muchos de estos conglomerados alcanzan el tamaño aproximado de una
cabeza de alfiler: son los llamados «micrometeoros» que, a las velocidades a
las que se desplazan, son ¡o bastante grandes como para causar daños a una nave
espacial. (Una de las funciones de los satélites espaciales es medir la
cantidad de micrometeoros existente en el espacio que rodea a la Tierra.)
Esperamos que estas cantidades no sean lo bastante grandes
como para impedir los viajes espaciales, pero de todas maneras son elevadas.
Cada día la Tierra arrastra miles de millones de ellos, que arden en las capas
superiores de la atmósfera debido al calor generado por la fricción y se
mantienen siempre más allá de un radio de noventa kilómetros de la superficie
del planeta. (Los ocasionales meteoros de mayor tamaño que pesan varios kilos e
incluso toneladas son harina de otro costal.) Pero. ¿qué quiere decir que
«arden»?
Al arder, los átomos que forman los micrometeoros no
desaparecen, se limitan a evaporarse por el calor. Más tarde este vapor se
condensa, formando un polvo finísimo. Lentamente, este polvo se va depositando
sobre la Tierra.
Las medidas más recientes del polvo meteórico en la
atmósfera (que yo sepa) son las publicadas por Hans Petterson en el número del
1 de febrero de 1958 de la revista científica inglesa Nature. Petterson subió
hasta unos tres kilómetros sobre el nivel del mar, escalando las laderas del
Mauna Loa en Hawai (y de otra montaña en Kauai), y tamizó el aire, separando el
fino polvo para luego pesarlo y analizarlo. A una altitud de tres kilómetros,
en medio del océano Pacifico, es razonable suponer que el aire estará bastante
libre de polvo terrestre. Además, Petterson prestó especial atención al
contenido de cobalto del polvo, porque el polvo meteórico contiene mucho
cobalto y el terrestre muy poco.
Encontró 14.3 microgramos (un microgramo es la millonésima
parte de un gramo) de cobalto en el polvo filtrado de un total de mil metros
cúbicos de aire. Los meteoros contienen aproximadamente un 2,5 por 100 de
cobalto, así que Petterson calculó que la cantidad total de polvo de origen
meteórico presente en la atmósfera hasta una altura de noventa kilómetros es de
28.600.000 toneladas.
Este polvo no se limita a estar ahí. Se va depositando
lentamente sobre la Tierra, mientras su cantidad sigue aumentando debido a la
continua entrada de nuevos micrometeoros en la atmósfera. Si la cifra de
28.600.000 es constante, cada año se añade la misma cantidad de polvo que la
que se deposita; pero, ¿cuál es esa cantidad?
Petterson se remontó a los datos relativos a la explosión
del volcán Krakatoa en J883, en las Indias Orientales, en la que las capas
superiores de la atmósfera recibieron tremendas cantidades de polvo finísimo,
que durante algún tiempo hizo que las puestas de sol fueran extraordinariamente
hermosas en todo el mundo. Casi todo ese polvo había vuelto a depositarse en la
Tierra dos años más tarde. Si esta cifra de dos años para depositarse en la
Tierra también es válida para el polvo meteórico, entonces cada año se deposita
sobre la Tierra la mitad del total, 14.300.000 toneladas de polvo, y 14.300.000
toneladas de nuevo polvo entran en la atmósfera.
En este punto se acaban los cálculos de Petterson y
comienzan los míos, y las teorías resultantes tienen que ver con nuestra
civilización industrial v con el problema de llegar a la Luna.
Naturalmente, 14.300.000 toneladas de polvo al año parece
una cifra muy elevada, que haría entrar en razón a cualquier ama de casa. Sin
embargo, si lo repartimos por toda la Tierra, tampoco es para tanto. El área de
la superficie de la Tierra es de 510.230.000 kilómetros cuadrados, así que el
depósito anual de polvo por kilómetro cuadrado solo es de unos 65 kilos, lo que
no es nada comparado con el polvo que generan el carbón y el petróleo que
quemamos.
Si tenemos en cuenta que el polvo meteórico es en su mayor
parte hierro, 65 kilos equivalen a 8.537 centímetros cúbicos (un cubo de unos
20 cm de lado). Como un kilómetro cuadrado contiene 1010 centímetros cuadrados,
la acumulación de polvo durante un año, uniformemente extendido sobre un
kilómetro cuadrado, formaría una capa de polvo de un espesor aproximado de
0,00000008 centímetros, lo que no puede preocupar a nadie.
Desde luego, este proceso continúa año tras año, y la
Tierra existe como cuerpo sólido desde hace mucho tiempo, nada menos que 4.600
millones de años. Si el polvo meteórico se hubiera depositado en la Tierra al
ritmo actual durante todo ese tiempo, entonces ya habría formado, de no sufrir
ninguna alteración, una capa de tres metros y medio de polvo sobre toda la
Tierra.
Sin embargo, sí que sufre alteraciones. Cae en los
océanos. Es arrastrado de un sitio a otro. La lluvia arrecia sobre él. Es
pisoteado. Las hojas se depositan sobre él.
Y, sin embargo, este polvo no desaparece nunca, y podría
ser de la mayor importancia para nosotros. En comparación con la masa de la
Tierra, los 70.000 billones de toneladas de polvo acumulados en toda la
historia terrestre es una cantidad muy pequeña. No es más que una cienmilésima
parte de la masa terrestre. Pero este polvo es en su mayor parte hierro, y esto
hace que sea de una naturaleza bastante especial.
Sabemos que la Tierra está formada por dos capas, un
núcleo central de hierro y otros materiales solubles en él, y una corteza
exterior de silicatos y otros materiales solubles en ellos. Se supone que esta
configuración se remonta a la época en que la Tierra era líquida, y los dos
líquidos no miscibles se depositaron, el más denso debajo y el más ligero
arriba. Pero, en ese caso, ¿por qué hay tanto hierro en la corteza terrestre,
junto a los silicatos? De hecho, el hierro es el cuarto elemento más común en la
corteza terrestre.
¿Podría ser este hierro de la superficie una sustancia que
no procediera originalmente de la Tierra, sino, al menos en una parte
importante, de la acumulación del polvo meteórico de los siglos? Según mis
cálculos, el polvo podría explicar la existencia de todo el hierro en los
primeros 2,5 kilómetros de la corteza sólida terrestre, y sin duda explica
también el origen de todo el hierro que hemos conseguido extraer. ¿Es posible
entonces que la tecnología moderna de nuestra Edad del Acero esté totalmente basada
en el polvo acumulado del espacio, de la misma forma que las ballenas se
alimentan del plancton? Buena pregunta.
Pero, ¿y la Luna? Nuestro satélite se desplaza por el
espacio con nosotros, y aunque es más pequeño y su gravedad es más débil,
también tendría que arrastrar una respetable cantidad de micrometeoros.
Desde luego, la Luna no tiene una atmósfera que entre en
fricción con los micrometeoros. reduciéndolos a polvo, pero el hecho de
colisionar con la superficie lunar debería generar el suficiente calor como
para hacerlo.
Ahora bien, ya hemos reunido un gran número de pruebas de
que la Luna (o al menos sus partes bajas y llanas) está cubierta por una capa
de polvo. Sin embargo, nadie sabe con certeza cuál es el espesor de esta capa.
Se me ocurre que si este polvo es el procedente de los
micrometeoros, el espesor de la capa puede ser enorme. En la Luna no hay
océanos que se traguen el polvo, ni vientos que lo arrastren, ni formas de vida
que lo alboroten de algún modo. El polvo que se forme tiene que estar ahí
depositado, y si la Luna recibe una provisión parecida a la de la Tierra, puede
tener varios metros de espesor. De hecho, el polvo que golpee las paredes de
los cráteres es bastante probable que se deslice pendiente abajo hasta el
fondo, formando capas de quince o más metros de profundidad. ¿Por qué no? Por
tanto, me imagino la primera nave espacial eligiendo un buen lugar llano para
aterrizar, descendiendo lentamente con la parte trasera por delante, y
hundiéndose majestuosamente hasta desaparecer.
Nunca he incluido este artículo en mis recopilaciones, y
lo hago aquí, en la Introducción, por razones históricas. La verdad es que poco
tiempo después decidí que no me gustaba.
En primer lugar, sigo preguntándome hasta qué punto son
exactos los resultados de Petterson. En segundo lugar, he llegado a sentirme
terriblemente avergonzado de mi suposición de que los meteoros están compuestos
en su mayor parte de hierro, cuando en realidad los meteoros de hierro sólo
representan aproximadamente un 10 por 100 del total.
Por último, el aterrizaje en la Luna, ocurrido once años
después de escribir este artículo, descartó por completo la historia de la
existencia de espesas capas de polvo sobre nuestro satélite. Esa idea había
sido propuesta por Thomas Gold y resultaba plausible (si no yo no habría
picado), pero se trataba de un error. Lo que ocurre es que el polvo que se
deposita en la Luna lo hace sin presencia de aire. En el aire los átomos de
oxigeno nivelan la superficie y mantienen separadas las partículas de polvo. En
el vacío las partículas de polvo se mantienen unidas, formando una superficie
parecida a la nieve crujiente. Pero no se puede ganar siempre.
Como verán, no me he quedado sin ideas, y no creo que haya
muchas probabilidades de que eso ocurra. Tengo la intención de continuar
escribiendo estos artículos hasta que la revista o yo mismo nos extingamos.
Sin embargo, después de treinta años, me parece que ya es
hora de hacer un balance retrospectivo. Así que he elegido un artículo de cada
grupo de doce sucesivos y los he reunido en este volumen para festejar tanta
longevidad.
Doy las gracias a Fantasy and Science Fiction, a Doubleday
(que ya lleva publicados muchos libros con mis artículos) y a todos mis
editores y lectores.
LA FRACCIÓN MÁS PEQUEÑA DEL
SEGUNDO
De vez en cuando alguna novedad científica me da una idea;
no tiene por qué tratarse necesariamente de algo importante, por supuesto, pero
sí de algo que represente una novedad. Este capítulo está dedicado a una de
estas ideas.
Esta idea se me ocurrió hace algún tiempo, cuando se
anunció que una partícula subatómica llamada «xi-cero» había sido detectada por
primera vez. Como otras partículas de naturaleza parecida, es extrañamente
estable, y tiene una vida media de aproximadamente una diezmilmillonésima
(10-10) de segundo.
Puede que parezca que en la frase anterior hay una errata:
pueden pensar que lo que quería decir era «inestable». ¡Pues no! Una
diezmilmillonésima de segundo puede ser mucho tiempo; todo depende de la escala
de referencia.
Comparado con una cienmiltrillonésima (10-23) de segundo,
una diezmilmillonésima de segundo es un eón. La diferencia entre estos dos
intervalos de tiempo es la misma que existe entre un día y treinta mil millones
de años.
Es posible que, aun admitiendo esto, se sientan ustedes
mareados. El mundo de las fracciones de segundo y de las fracciones de
fracciones de fracciones de segundo resulta muy difícil de visualizar. Es fácil
decir «una sextillonésima de segundo»; tan fácil como decir «una
diezbillonésima de segundo»; pero, por muy fácilmente que juguemos con los
símbolos que representan estos intervalos de tiempo, es imposible (o parece
imposible) visualizar cualquiera de ellos.
Con mi idea pretendo facilitar la visualización de las
fracciones de segundo; se me ocurrió gracias al dispositivo utilizado para
realizar mediciones en un campo que también resulta grotesco y fuera del ámbito
de la experiencia común: el de las distancias astronómicas.
No hay nada de extraño en la afirmación: «Vega es una
estrella muy cercana. No está a mucho más de doscientos cuarenta billones (2,4
x 1014) de kilómetros de distancia.»
La mayoría de los lectores de ciencia-ficción estamos
acostumbrados a la idea de que doscientos cuarenta billones de kilómetros es
una distancia muy pequeña a escala cósmica. La mayor parte de las estrellas de
nuestra galaxia está a unos trescientos veinte mil billones (3,2 x 1017) de
kilómetros de distancia, y la galaxia más cercana está a más de dieciséis
trillones (1,6 x 1019) de kilómetros de distancia.
Millón, billón y trillón son palabras perfectamente
admisibles que representan números, y es fácil distinguir cuál es la mayor y en
qué medida es mayor que las otras, si lo único que se pretende es manipular los
símbolos. Pero otra cosa es visualizar su significado.
El truco está en utilizar la velocidad de la luz y reducir
los números a un tamaño de bolsillo. Esto no cambia en absoluto las distancias
reales, pero resulta más fácil hacerse un cuadro mental del asunto cuando no
nos abruman todos esos ceros de los «-illones».
La velocidad de la luz en el vacío es de 186.274 millas
por segundo o, en el sistema métrico decimal, de 299.779 kilómetros por
segundo.
Un «segundo-luz», por tanto, puede definirse como la
distancia recorrida por la luz (en el vacío) en un segundo, que es igual a
186.274 millas o 299.779 kilómetros.
No es difícil confeccionar unidades mayores en este
sistema. Un «minuto-luz» es igual a 60 segundos-luz; una «hora-luz» es igual a
60 minutos-luz, y así sucesivamente, hasta llegar al conocidísimo «año-luz»,
que es la distancia recorrida por la luz (en él vacío) en un año. Esta
distancia es igual a 5.890.000.000.000 millas, o a 9.460.000.000.000
kilómetros. Si les bastan los números redondos, pueden considerar que un
año-luz es igual a seis billones (6 x 1012) de millas, y a nueve billones y
medio (9,5 x 1012) de kilómetros.
Si quieren, pueden continuar con los «siglos-luz» y los
«milenios-luz», pero casi nadie lo hace. El año-luz es la unidad preferida para
las distancias astronómicas. (También está el «pársec», que es igual a 3,26
años-luz, o aproximadamente veinte billones de millas -32 billones de
kilómetros-, pero se trata de una unidad basada en un principio distinto, y no
es necesario que nos ocupemos de ella aquí.)
Utilizando el año-luz como unidad, podemos decir que Vega
está a 27 años-luz de distancia, y se trata de una distancia pequeña teniendo
en cuenta que la mayoría de las estrellas de nuestra galaxia están a 35.000
años-luz de distancia, y que la galaxia más cercana está a una distancia de
2.100.000 años-luz. La diferencia entre 27, 35.000 y 2.100.000, dado el alcance
de nuestra experiencia, es más fácil de visualizar que la existente entre
ciento cincuenta billones, doscientos mil billones y diez trillones, aunque en
ambos casos la relación sea la misma.
Además, utilizar la velocidad de la luz para definir
unidades de distancia tiene la ventaja de simplificar algunas de las relaciones
entre el tiempo y la distancia.
Por ejemplo, supongamos que una expedición a Ganímedes
está en un determinado momento a 500.000.000 millas (804.500.000 kilómetros) de
la Tierra. (La distancia, naturalmente, varia con el tiempo, ya que ambos
planetas van describiendo su órbita.) Esta distancia también puede expresarse
como 44,8 minutos-luz.
¿Qué ventajas tiene esta última expresión? En primer
lugar, 44,8 es un número más fácil de decir y manejar que 500.000.000. En
segundo lugar, supongamos que nuestra expedición se comunica por radio con la
Tierra. Un mensaje enviado desde Ganímedes a la Tierra (o viceversa) tardaría
en llegar 44,8 minutos. El uso de las unidades de luz expresa la distancia y la
velocidad de comunicación al mismo tiempo.
(En realidad, en un mundo en el que los viajes
interplanetarios fueran un hecho corriente, me pregunto si los astronautas no
se pondrían a medir la distancia en «minutos-radio» en lugar de en minutos-luz.
Es lo mismo, desde luego, pero más adecuado.)
Por tanto, cuando los viajes interestelares sean una
realidad, si lo son alguna vez, haciendo necesario el uso de velocidades
próximas a la de la luz, también se descubriría otra ventaja. Si la dilatación
del tiempo es un hecho, y la experiencia del mismo se hace más lenta a grandes
velocidades, un viaje a Vega puede dar la impresión de durar sólo un mes o una
semana. Sin embargo, para los que se hayan quedado en la Tierra, que
experimentan el «tiempo objetivo» (la clase de tiempo que se experimenta a bajas
velocidades: en sentido estricto, a la velocidad cero), el viaje a Vega, que
está a una distancia de 27 años-luz, no puede durar menos de 27 años. Uno de
estos viajeros, por muy corta que le haya parecido la duración del viaje,
encontraría a su vuelta a sus amigos de la Tierra 54 años más viejos como
mínimo. Del mismo modo, un viaje a la galaxia de Andrómeda no puede durar menos
de 2.100.000 años de tiempo objetivo, porque Andrómeda está a 2.100.000
años-luz de distancia. Una vez más, el tiempo y la distancia se expresan
simultáneamente.
Por consiguiente, mi idea es aplicar el mismo principio al
campo de los periodos de tiempo ultracortos.
En lugar de concentrarse en las distancias enormemente
grandes que la luz puede recorrer en las unidades de tiempo ordinarias, ¿por
qué no concentrarse en los intervalos de tiempo enormemente pequeños que tarda
la luz en recorrer las unidades de distancia ordinarias?
Si consideramos que un segundo-luz equivale a la distancia
recorrida por la luz (en el vacío) en un segundo, y fijamos su valor en 186.273
millas, ¿por qué no hablar de una «milla-luz» como el equivalente al tiempo
necesario para que la luz (en el vacío) recorra una distancia de una milla, y
fijar su valor en 1/186.273 segundos?
¿Por qué no? El único inconveniente es que 186.273 es un
número muy irregular. Pero, por una curiosa coincidencia que los inventores del
sistema métrico jamás habrían podido imaginar, la velocidad de la luz es de
casi 300.000 kilómetros por segundo, de manera que un «kilómetro-luz» es igual
a 1/300.000 segundos. Los números todavía son más redondos si observamos que 3
1/3 kilómetros-luz equivalen casi a 0,00001 ó 10-5 segundos.
Además, para llegar a unidades de tiempo aún más pequeñas,
basta considerar que la luz recorre distancias cada vez más pequeñas.
Así, un kilómetro (105 centímetros) es igual a un millón
de milímetros, y un milímetro (10-1 centímetros) es igual a un millón de
milimicras. Si descendemos un paso más, podemos decir que una milimicra (10-7
centímetros) es igual a un millón de fermis. (El nombre «fermi» ha sido
propuesto, pero, que yo sepa, todavía no se ha adoptado oficialmente como
unidad de longitud equivalente a la millonésima parte de una milimicra, o a
10-13 centímetros. Está tomado, por supuesto, del fallecido Enrico Fermi, y yo
he adoptado esta denominación para las explicaciones en este capítulo.)
Por tanto, podemos confeccionar una pequeña tabla de
unidades-luz para intervalos de tiempo ultracortos, empezando con un
kilómetro-luz, que equivale a sólo 1/300.000 segundos.
1 kilómetro-luz =1.000.000 milímetros-luz
1 milímetro-luz =1.000.000 milimicras-luz
1 milimicra-luz =1.000.000 fermis-luz
Para relacionar estas unidades con las unidades
convencionales de tiempo, sólo es necesario confeccionar otra pequeña tabla:
3 1/3 kilómetros-luz = 10-5 segundos (esto es, una
cienmilésima de segundo)
3 1/3 milímetros-luz = 10-11 segundos (esto es, una
cienmilmillonésima de segundo)
3 1/3 milimicras-luz = 10-17 segundos (esto es, una
cienmilbillonésima de segundo)
3 1/3 fermis-luz = 10-23 segundos (esto es, una
cienmiltrillonésima de segundo)
Pero ¿por qué hemos de detenernos en el fermi-luz?
Podemos seguir descendiendo, dividiendo indefinidamente
por un millón.
Volvamos a considerar qué es un fermi. Equivale a 10-13
centímetros, la diezbillonésima parte de un centímetro. Lo más interesante de
esta cifra en particular, que es la razón de que se haya propuesto el nombre de
un físico atómico para designarla, es que 10-13 centímetros es también el
diámetro aproximado de diversas partículas subatómicas.
Un fermi-luz, por tanto, es el tiempo necesario para que
un rayo de luz vaya de un extremo a otro de un protón. El fermi-luz es el
tiempo necesario para que el movimiento más rápido que conocemos recorra la
distancia tangible más pequeña que existe. Hasta que llegue el día en que se
descubra algo que se mueva a mayor velocidad que la luz o algo más pequeño que
las partículas subatómicas, no hay muchas probabilidades de que tengamos que
ocuparnos de un intervalo de tiempo menor que el fermi-luz. Por el momento, el
fermi-luz es la fracción más pequeña del segundo.
Naturalmente, se preguntarán qué es lo que puede ocurrir
en el espacio de un fermi-luz. Y si verdaderamente ocurriera algo en ese
intervalo increíblemente pequeño, ¿cómo podríamos saber que, en realidad, no ha
tenido lugar en un tiempo de una milimicra-luz, que también es un intervalo
increíblemente pequeño por mucho que equivalga a un millón de fermis-luz?
Pues bien, pensemos en las partículas híperenergéticas.
Estas partículas (si la energía es lo suficientemente grande) viajan casi a la
velocidad de la luz. Y cuando una de estas partículas se acerca a otra a esa
velocidad, a menudo se desencadena una reacción entre ellas, como resultado de
las «fuerzas nucleares» mutuas que intervienen.
Pero las fuerzas nucleares tienen muy poco alcance. Su
intensidad disminuye con la distancia con tanta rapidez que estas fuerzas sólo
son apreciables a una distancia de une o dos fermis de cualquier partícula.
Este es el caso, por tanto, de dos partículas que se
desplacen a la velocidad de la luz y que sólo puedan interactuar mientras se
encuentren a una distancia de un par de fermis. Sólo son necesarios un par de
fermis-luz para que entren y abandonen esa pequeña zona de interacción a la
tremenda velocidad a la que se mueven. ¡Y, sin embargo, sí que se producen
reacciones!
Las reacciones nucleares que tienen lugar en intervalos de
tiempo de fermis-luz se consideran «interacciones fuertes». Son el resultado de
las fuerzas que pueden hacer sentir su influencia en el intervalo más efímero
que cabe imaginar, y éstas son las fuerzas más potentes que conocemos. Las
fuerzas nucleares de este tipo son, de hecho, 135 veces más potentes que las
fuerzas electromagnéticas a las que estamos acostumbrados.
Los científicos se adaptaron a este hecho, y estaban
preparados para constatar que cualquier reacción nuclear en la que participen
partículas subatómicas tiene una duración de sólo unos cuantos fermis-luz de
tiempo.
Pero entonces surgieron las complicaciones. Cuando se hizo
chocar las partículas entre sí con la suficiente energía como para que se
produjeran interacciones fuertes, se detectó la presencia de nuevas partículas
nunca observadas hasta entonces y que se creaban durante este proceso.
Algunas de estas nuevas partículas (observadas por primera
vez en 1950) asombraron a los científicos al comprobar que tenían una gran
masa. De hecho, su masa era claramente mayor que la de los neutrones o los
protones, que hasta entonces eran las partículas con mayor masa que se
conocían.
Estas partículas supermasivas se llaman «hiperones».
Hay tres tipos de hiperones, que se designan con los
nombres de tres letras griegas. Están las partículas lambda, que son alrededor
de un 12 por 100 más pesadas que el protón; las partículas sigma, alrededor de
un 13 por 100 más pesadas, y las partículas xi, alrededor de un 14 por 100 más
pesadas.
Existían razones teóricas para sospechar que hay un par de
partículas lambda, tres pares de partículas sigma y dos pares de partículas xi.
Se diferencian unas de otras en la naturaleza de su carga eléctrica y en el
hecho de que una partícula de cada par es una «antipartícula». Uno tras otro,
cada uno de estos hiperones fue detectado en experimentos realizados en cámaras
de burbujas; la última fue la partícula xi-cero, detectada a principios de
1959. La lista de hiperones estaba completa.
Sin embargo, los hiperones en conjunto resultaron ser unas
pequeñas criaturas muy extrañas. No duraban mucho tiempo, sólo fracciones de
segundo increíblemente pequeñas. Pero los científicos consideraban esta
duración extremadamente larga, ya que en su descomposición intervenían fuerzas
nucleares y, por tanto, ésta tendría que producirse en un intervalo de tiempo
de algunos fermis-luz.
Pero no era así. Hasta el más inestable de los hiperones,
la partícula sigma-cero, dura al menos una trillonésima de segundo. Dicho así,
parece un periodo de tiempo bastante corto, o al menos, no lo bastante largo
como para que dé tiempo para aburrirse. Pero cuando expresamos este intervalo
de tiempo en unidades-luz en lugar de las unidades convencionales, descubrimos
que una trillonésima de segundo equivale a 30.000 fermis-luz.
¡Demasiado tiempo!
Y aun así, 30.000 fermis-luz es un tiempo de vida
extraordinariamente corto para un hiperón. El resto, incluyendo la partícula
xi-cero descubierta hace poco, tienen una vida media de alrededor de
30.000.000.000.000 fermis-luz, o 30 milímetros-luz.
Dado que las fuerzas nucleares que provocan la
descomposición de los hiperones tienen una duración al menos diez mil billones
de veces mayor que el intervalo de tiempo necesario para su formación, esas
fuerzas tienen que ser más débiles en esa misma medida que las que intervienen
en las interacciones fuertes. Naturalmente, se dice que estas nuevas fuerzas
intervienen en las interacciones débiles, y son verdaderamente débiles, hasta
casi un billón de veces más débiles que las fuerzas electromagnéticas.
En realidad, las nuevas partículas que tomaban parte en
las interacciones débiles fueron llamadas «partículas extrañas», en parte por
esta razón, y con ese nombre se han quedado. Ahora se atribuye a cada partícula
un «número de rareza», que puede ser + 1, 0, – 1 o -2.
A las partículas ordinarias, como el protón y el neutrón,
les corresponde el número 0; a las partículas lambda y sigma el número -1, a
las partículas xi el – 2, y así sucesivamente. Todavía no está claro del todo
cuál es el significado exacto del número de rareza; pero es posible utilizarlo
ahora e intentar descubrirlo más adelante.
Las trayectorias y actividades de los distintos hiperones
(y también del resto de las partículas subatómicas) producen determinados
efectos en las moléculas con las que entran en colisión. Por lo general, una
colisión de este tipo provoca el desprendimiento de uno o dos electrones de las
moléculas de aire. Lo que queda de la molécula después de la colisión es un ión
con carga eléctrica.
Un ión resulta un centro mucho más eficaz -alrededor del
cual se puede formar una gotita de agua- que la molécula original sin carga
eléctrica. Si una partícula en movimiento colisiona con las moléculas de una
muestra de aire saturada de vapor de agua (como ocurre en la cámara de
ionización de Wilson), cada ión producido se convierte inmediatamente en el
centro de una gotita de agua o de gas, respectivamente. La partícula en
movimiento, por tanto, va marcando su trayectoria con una delicada línea de gotas
de agua. Cuando la partícula se descompone en otras dos, que se alejan
siguiendo dos direcciones diferentes, la línea de agua lo revela al dividirse,
dibujando una Y.
Todo esto ocurre de manera instantánea desde el punto de
vista de la percepción humana. Pero una serie de fotografías de los recorridos
resultantes permitirá a los físicos nucleares deducir cuál es la cadena de
acontecimientos que produjeron los diferentes modelos de trayectorias.
Únicamente las partículas subatómicas con carga eléctrica
pueden golpear eficazmente un electrón y llevarlo fuera de los limites de la
molécula a la que pertenecía. Por esta razón sólo es posible seguir las
trayectorias de gotitas de agua de las partículas con carga eléctrica. Y
también por esta razón, en cualquier tipo de partículas, las variedades sin
carga eléctrica o neutras son siempre las últimas en ser detectadas.
Por ejemplo, el neutrón, que no tiene carga eléctrica, fue
descubierto dieciocho años después del descubrimiento del protón, una partícula
parecida, pero cargada eléctricamente. Y en el caso de los hiperones, el último
en ser descubierto fue el xi-cero, una de las variedades neutras. (El cero
significa «carga cero».)
Pero las partículas neutras pueden ser detectadas gracias
a la ausencia de rastros. Por ejemplo, la partícula xi-cero se formó a partir
de una partícula con carga eléctrica, y finalmente se descompone formando otro
tipo de partícula con carga eléctrica. En la fotografía que, por fin, dio en el
blanco (se examinaron unas setenta mil fotografías), había líneas de gotitas
separadas por una significativa brecha. Esa brecha no podía estar ocupada por
ninguna de las partículas sin carga eléctrica conocidas, porque todas ellas
habrían producido una brecha de un tipo diferente o una secuencia de
acontecimientos distinta al final de cada brecha. La única partícula que
encajaba era la xi-cero, y de esta manera tan negativa fue descubierta la
última partícula.
¿Y dónde encajan en todo esto las unidades-luz que he
propuesto? Pues bien, tengamos en cuenta que una partícula que se desplace a
casi la velocidad de la luz es capaz de recorrer, si su vida media es de unos
30 milímetros-luz, 30 milímetros antes de descomponerse.
Una cosa implica la otra. Utilizando las unidades
convencionales, se puede decir que una línea de gotitas de agua de una longitud
aproximada de 30 milímetros supone una vida media de aproximadamente una
billonésima de segundo (o viceversa), pero no existe una relación evidente
entre los dos valores numéricos. Decir que una trayectoria de 30 milímetros
implica una vida media de 30 milímetros-luz es igualmente cierto, y establece
una relación mucho más estrecha. Una vez más, igual que ocurre con las distancias
astronómicas, la utilización de la velocidad de la luz hace posible que un
número exprese al mismo tiempo la distancia y el tiempo.
Un grupo de partículas que hizo su aparición antes que los
hiperones es el de los «mesones». Se trata de partículas de peso medio, más
ligeras que los protones y neutrones, pero más pesadas que los electrones. (Y
de ahí su nombre, tomado de una palabra griega que significa «medio».)
También de estas partículas se conocen tres variedades.
Las dos variedades más ligeras también se distinguen con
diferentes letras griegas. Son los mesones mu, descubiertos en 1935, de masa
equivalente a unas 0,11 veces la del protón, y los mesones pi, descubiertos en
1947, de masa equivalente a unas 0,15 veces la del protón. Por último, a
principios de 1949 se descubrieron diversos tipos de mesones anormalmente
pesados, los mesones K, cuya masa equivale a unas 0,53 veces la del protón.
En conjunto, los mesones son menos inestables que los hiperones.
Sus vidas medias son más largas. Mientras que el más estable de los hiperones
tiene una vida media de sólo 30 milímetros-luz, las vidas medias de los mesones
oscilan normalmente entre ese valor y 8.000 milímetros-luz para los mesones pi
que tienen carga eléctrica, hasta 800.000 milímetros-luz para los mesones mu.
A estas alturas la cifra de 800.000 milímetros-luz ya debe
de darles la impresión de constituir una vida media verdaderamente muy larga,
así que me limitaré a recordarles que, en unidades convencionales, equivale a
1/400.000 de segundo.
Un intervalo de tiempo muy breve para nosotros, pero
larguísimo a escala nuclear.
Sólo el mesón K está clasificado como partícula extraña. A
los mesones K-plus y K-cero les corresponde el número de rareza + 1, y al mesón
K-menos el – 1.
Entre paréntesis, las interacciones débiles abrieron no
hace mucho la puerta a una nueva revolución en la física.
Aproximadamente durante los primeros ocho años después de
su descubrimiento, las interacciones débiles no parecían ser otra cosa que unos
desconcertantes estorbos. Pero en 1957, después de ciertas investigaciones
relacionadas con estas reacciones, se demostró que la «ley de conservación de
la paridad» es aplicable a todos los procesos que tienen lugar en la
naturaleza.
No voy a entrar en detalles; basta quizá con decir que
esta demostración dejó anonadados a los físicos; que los dos jóvenes
estudiantes chinos que dieron con ella (el mayor tenía treinta y tantos años)
fueron rápidamente
galardonados con el premio Nóbel, y que, aparentemente, se
están abriendo perspectivas totalmente nuevas en la teoría nuclear a
consecuencia de su descubrimiento.
Aparte de los mesones y los hiperones, sólo se conoce otra
partícula inestable: el neutrón. El neutrón es estable en el interior del
núcleo atómico; pero cuando se encuentra aislado, se descompone para formar un
protón, un electrón y un neutrino. (Por supuesto, las antipartículas como los
positrones y los antiprotones son inestables en el sentido de que reaccionan
con los electrones y los protones respectivamente. En circunstancias
ordinarias, esto ocurre en una millonésima de segundo aproximadamente. Sin embargo,
si estas antipartículas se encontraran aisladas, se mantendrían en su estado
actual eternamente, y eso es lo que significa estabilidad en este contexto.)
La duración media de la descomposición del neutrón es de
1.010 segundos (aproximadamente 17 minutos), y este tiempo es aproximadamente
mil millones de veces más largo que el de la duración media de descomposición
de cualquier otra partícula.
En unidades-luz, la vida media de un neutrón sería de
350.000.000 kilómetros-luz. Es decir, si cierto número de neutrones se movieran
a la velocidad de la luz, recorrerían 350.000.000 kilómetros (la órbita de la
Tierra de un extremo al otro y un poquito más) antes de que la mitad de ellos
se hubiera descompuesto.
Naturalmente los neutrones, tal como los utilizan los
científicos, no se desplazan ni mucho menos a la velocidad de la luz. De hecho,
los neutrones que resultan de especial utilidad para desencadenar la fisión del
uranio se mueven muy despacio; su velocidad de desplazamiento no es mayor que
la de las moléculas de aire. Su velocidad aproximada es de una milla por
segundo.
Incluso a una velocidad tan lenta, una corriente de
neutrones recorrerá mil millas (1.609 kilómetros) antes de que la mitad de
ellos se haya descompuesto. Y en esas mil millas pueden ocurrirles muchas otras
cosas. Por ejemplo, si se están desplazando a través de uranio o plutonio, es
posible que sean absorbidos por sus núcleos y que desencadenen la fisión. Y que
contribuyan a la creación del mundo en que vivimos hoy en día, desconcertante y
peligroso, pero también apasionante.
NOTA
Por supuesto, mis artículos científicos preferidos son
aquellos que se salen de lo corriente de una forma u otra. El hecho de informar
sencillamente sobre algún aspecto de la ciencia puede resultar útil e
interesante, y, en ocasiones, me contento con eso. Sin embargo, cuando puedo
presentar algo de una manera original -o que a mí me parece original-, me
siento mucho más realizado, como le pasaría a cualquiera, ¿no?
Como afirmaba en la primera frase del artículo anterior,
estaba presentando algo nuevo, un método para expresar períodos de tiempo
ultracortos de manera que fueran más comprensibles y útiles. Me sentía muy
orgulloso de mi mismo por ello, y en los treinta años transcurridos desde
entonces no he recibido ninguna carta para informarme que, en realidad, esta
idea ya había sido propuesta hacia muchos años. Así que sigo pensando que se
trata de algo original.
Pero durante estos últimos treinta años tampoco nadie ha
adoptado mi idea. Su utilidad sigue estando limitada al artículo que acaban de
leer. Una pena, ya que sigo considerándola una gran idea, y lo que más me
molesta es que un día de éstos se le volverá a ocurrir a alguien, y entonces
empezará a utilizarse y nadie se acordará de que a mí se me ocurrió primero.
Y a propósito, por supuesto mi explicación de las
partículas subatómicas ya está totalmente anticuada.
UN TROZO DE Pl
En un artículo titulado «Esas ideas disparatadas»
(aparecido en la revista Fact and Fancy), dejé caer descuidadamente una nota a
pie de página en la que afirmaba que epi = – 1.
Con el resultado de que gran parte de los comentarios que
recibí después de eso no se ocupaban del contenido del artículo, sino de esa
nota. (Un lector, más entristecido que enfadado, demostró esta igualdad, cosa
que yo había desdeñado hacer.)
Llegué a la conclusión de que algunos lectores sienten
interés por estos extraños símbolos. Como yo también lo siento (no obstante no
ser matemático, ni ninguna otra cosa), sentí el impulso irresistible de elegir
uno de ellos, por ejemplo p, y escribir sobre él.
En primer lugar, ¿qué es p? Bueno, se trata de la letra
griega pi, y representa la relación entre la longitud del perímetro de un
círculo y su diámetro. «Perímetro» viene del griego perimetron, que quiere
decir «la medida de alrededor», y «diámetro» viene del griego diametron, que
quiere decir «la medida a través». Por alguna oscura razón, mientras la palabra
«perímetro» se suele utilizar para los polígonos, cuando se trata de círculos
se suele utilizar la expresión latina «circunferencia». Supongo que esto es
correcto (no soy un purista), pero tiende a oscurecer la razón de la existencia
del símbolo p.
Alrededor del año 1600, el matemático inglés William
Oughtred, refiriéndose a la relación entre el perímetro del circulo y su
diámetro, utilizó la letra griega p para designar el perímetro, y la letra
griega d (delta) para designar el diámetro. Se trataba de las primeras letras
de perimetron y diametron, respectivamente.
Ahora bien, a menudo los matemáticos tienden a simplificar
las cosas. Fijando valores iguales a la unidad siempre que les es posible. Por
ejemplo, pueden hablar de un circulo cuyo diámetro es la unidad. En un circulo
tal, la longitud del perímetro tiene el mismo valor numérico que la relación
del perímetro con el diámetro. (Supongo que para algunos de ustedes esto
resulta obvio, y el resto puede fiarse de mi palabra.) Como en un círculo cuyo
diámetro sea la unidad el perímetro es igual a esta relación, ésta puede
representarse como p, el símbolo del perímetro. Y como los círculos cuyo
diámetro es la unidad se utilizan con mucha frecuencia, esta costumbre arraigó
rápidamente.
El primer hombre notable que utilizó p como símbolo de la
relación entre la longitud del perímetro de un círculo y la longitud de su
diámetro fue el matemático suizo Leonhard Euler, en 1737, y lo que era bastante
bueno para Euler lo era también para todos los demás.
Ahora puedo volver a designar la distancia que rodea a un
círculo con la palabra circunferencia.
Pero ¿cuál es la relación entre la circunferencia de un
circulo y su diámetro en números reales?
Parece ser que esta cuestión siempre preocupó a los
antiguos, mucho antes incluso de la invención de las matemáticas puras.
Cualquier tipo de construcción más elaborada que un gallinero requiere calcular
por adelantado todo tipo de medidas, a menos que se quiera estar perpetuamente
gritando a algún subordinado: «¡Imbécil, todas estas vigas son quince
centímetros demasiado cortas!» Para realizar estas mediciones, dada la
naturaleza del universo, siempre resulta necesario utilizar el valor de p en
las multiplicaciones. Incluso cuando no se está trabajando con círculos, sino
sólo con ángulos (y los ángulos resultan inevitables) es inevitable tropezarse
con el número p.
Probablemente las primeras personas que se dieron cuenta
de la importancia de esta relación al realizar estos cálculos empíricos
determinaron la misma dibujando un circulo y midiendo físicamente la longitud
del diámetro y de la circunferencia. Desde luego, la medición de la longitud de
la circunferencia es un problema difícil que no puede ser resuelto con la
típica regla de madera, demasiado rígida para este propósito.
Lo que probablemente hicieran los constructores de
pirámides y sus predecesores sería colocar un cordel de lino, siguiendo
cuidadosamente la línea de la circunferencia, hacer una pequeña marca en el
punto en el que se completaba la medida, y luego enderezar la cuerda y medirla
con el equivalente a una regla de madera. (Los matemáticos teóricos modernos
desaprueban este método y hacen comentarios altivos del tipo de «pero entonces
se está haciendo la arriesgada suposición de que la línea tiene la misma longitud
cuando es recta que cuando está curvada». Supongo que el honrado trabajador que
estuviera organizando la construcción del templo local y tuviera que
enfrentarse a una objeción de este tipo habría resuelto el asunto tirando al
Nilo a quien la hubiera formulado.)
En cualquier caso, a base de dibujar círculos de
diferentes tamaños y de realizar las medidas correspondientes, sin duda los
arquitectos y artesanos cayeron muy pronto en la cuenta de que la relación era
siempre la misma para todos los círculos. En otras palabras, si un circulo
tenia un diámetro el doble de largo o 15/8 más largo que el diámetro de un
segundo circulo, su circunferencia también era el doble de larga o 15/8 más
larga. Por tanto, el problema se reducía no a hallar la relación del círculo que
se fuera a utilizar en cada caso, sino a hallar una relación universal válida
para todos los circuios y de una vez por todas.
Cuando se tiene en mente el valor de p, no es necesario
volver a determinar esta relación para ningún circulo.
En cuanto al valor real de la relación determinada
mediante mediciones, ésta dependía, en los tiempos antiguos, del cuidado que
hubiera puesto la persona que realizara las mediciones y de la importancia que
tuviera para ella la exactitud como valor abstracto. Los antiguos hebreos, por
ejemplo, no eran grandes ingenieros de la construcción, y cuando les llegó el
momento de construir su edificio más importante (el templo de Salomón),
tuvieron que recurrir a un arquitecto fenicio.
Por tanto, es previsible que los hebreos se valieran sólo
de números redondos para su descripción del templo, sin que les parecieran
necesarias las estúpidas y fastidiosas fracciones, negándose a tener en cuenta
cuestiones tan nimias e insignificantes en lo referente a la Casa de Dios.
Así, en el capitulo 4 de Crónicas 2, describen un «mar de
metal fundido» que formaba parte del templo y que probablemente fuera alguna
clase de recipiente de forma circular. La descripción comienza en el segundo
versículo de este capitulo, y dice así: «E hizo también el mar de metal fundido
de diez codos de un borde al otro; redondo enteramente y de cinco codos de
altura, y ceñíalo alrededor un cordón de treinta codos.»
Como ven, los hebreos no se daban cuenta de que al dar el
diámetro de un círculo (diez codos o cualquier otra cosa) automáticamente
estaban dando también la medida de su circunferencia. Les parecía necesario
especificar que la circunferencia medía treinta codos, y al hacerlo nos revelan
que consideraban que p era exactamente igual a 3.
Existe siempre el peligro de que algunos individuos,
demasiado aferrados a las palabras literales de la Biblia, puedan considerar
que, por consiguiente, 3 es el valor establecido por la divinidad para p. Me
pregunto si no habrán sido éstos los motivos del alma sencilla que, en la
asamblea legislativa de cierto Estado, presentó hace algunos años un proyecto
de ley para que p fuera legalmente igual a 3 dentro de las fronteras de ese
Estado. Afortunadamente, el proyecto de ley no fue aprobado; de lo contrario todas
las ruedas de ese Estado (que, sin ninguna duda, habrían respetado las leyes de
sus augustos legisladores) se habrían vuelto hexagonales.
En cualquier caso, aquellos pueblos de la antigüedad que
conocían los refinamientos de la arquitectura sabían muy bien, gracias a sus
mediciones, que el valor de p era claramente mayor que 3. El valor más exacto
que manejaban era 22/7 (o 31/7, si quieren), que no está nada mal y que se
sigue utilizando en la actualidad cuando se quieren obtener con rapidez valores
aproximados.
Si sacamos decimales; 22/7 es aproximadamente igual a
3,142857…, mientras que -p es aproximadamente igual a 3,141592… Así, 22/7
sobrepasa este valor en sólo el 0,04 por 100, o una parte cada 2.500, y es lo
bastante bueno para la mayor parte de las aplicaciones prácticas.
Luego vinieron los griegos y desarrollaron un sistema
geométrico en el que no había lugar para ese lamentable tejemaneje de
coloca-un-cordel-y-mídelo-con-una-regla. Es obvio que con este método se
obtenían valores que no podían ser mejores que la regla y el cordel y el ojo
humano, todos ellos terriblemente imperfectos. En lugar de eso, los griegos se
dedicaron a deducir cuál sería el valor de p una vez que las líneas y las
curvas perfectas de la geometría plana ideal que habían inventado eran
debidamente tenidas en cuenta.
Arquímedes de Siracusa, por ejemplo, utilizaba el «método
exhaustivo» (un precursor del cálculo integral, que Arquímedes podría haber
inventado perfectamente dos mil años antes que Newton sólo con tal de que algún
amable benefactor de los siglos futuros le hubiera enviado los números árabes
por medio de una máquina del tiempo) para calcular el valor de p.
Para comprender en qué consistía este método, imaginemos
un triángulo equilátero con sus vértices en la circunferencia de un círculo de
diámetro uno. La geometría ordinaria nos basta para calcular el perímetro
exacto de dicho triángulo, que es, por si les interesa, 3Ö3/2, ó 2,598076… Este
perímetro tiene que ser menor que el del circulo (es decir, que el valor de p),
una vez más por razones geométricas elementales.
A continuación, imaginemos que dividimos en dos los arcos
comprendidos entre los vértices del triángulo, inscribiendo así un hexágono
regular (una figura de seis lados) en el circulo. Podemos determinar también su
perímetro (que es exactamente 3); este perímetro es mayor que el del triángulo,
pero sigue siendo menor que el del circulo. Si continuamos haciendo lo mismo
una y otra vez, podemos ir inscribiendo polígonos regulares de 12, 24, 48…
lados.
El espacio entre el polígono y los límites del círculo va
disminuyendo o «agotándose» de manera constante, y el polígono se va acercando
al circulo todo lo que se quiera, aunque nunca llega a alcanzarlo. Lo mismo
puede hacerse con una serie de polígonos equiláteros circunscritos al círculo
(que están por fuera de éste, es decir, con sus lados tangentes al círculo),
obteniendo una serie de valores decrecientes que se aproximan a la
circunferencia del círculo.
Lo que hizo Arquímedes fue básicamente atrapar la
circunferencia entre una serie de números que se aproximan a p desde abajo y
otra que se aproxima desde arriba.
De esta manera era posible determinar el valor de p con
cualquier grado de exactitud, siempre que se tuviera la suficiente paciencia
como para soportar el aburrimiento de trabajar con polígonos de un gran número
de lados.
Arquímedes tuvo el tiempo y la paciencia de trabajar con
polígonos de noventa y seis lados, y de esta forma pudo demostrar que el valor
de p era ligeramente menor que 22/7 y ligeramente mayor que la fracción 223/71,
algo más pequeña.
Ahora bien, la media de estas dos fracciones es 3.123/994,
y el equivalente decimal de esta fracción es 3,141851… Este valor sólo
sobrepasa el verdadero valor de p en un 0,0082 por 100, o una parte cada
12.500.
Hasta el siglo XVI no se obtuvo un valor más aproximado,
al menos en Europa. Fue entonces cuando se utilizó por primera vez la fracción
355/113 como valor aproximado de p. Se trata de la mejor aproximación de p que
puede expresarse en forma de una fracción razonablemente sencilla. El valor
decimal de 355/113 es 3,14159292…, mientras que el verdadero valor de p es
3,14159265… Como ven, 355/113 sobrepasa el verdadero valor de p en sólo un
0,000008 por 100, o una parte cada 12.500.000.
Para darles alguna idea de lo buena que es la aproximación
355/113, supongamos que la Tierra es una esfera perfecta con un diámetro de
8.000 millas (13.000 kilómetros) exactamente. Podríamos entonces calcular la
longitud del Ecuador multiplicando 8.000 por p. Si damos a p el valor
aproximado de 355/113, el resultado seria 25.132,7433… millas. Con el verdadero
valor de p el resultado seria 25.132,7412… millas. La diferencia sería de unos
tres metros. Y una diferencia de tres metros al calcular la circunferencia de
la Tierra bien puede considerarse despreciable. Hasta los satélites
artificiales que han contribuido a que nuestra geografía alcance mayores cotas
de precisión, no nos han proporcionado mediciones con ese grado de exactitud.
La consecuencia es que, para cualquiera que no sea
matemático, 355/113 se aproxima a p lo bastante como para adecuarse a cualquier
circunstancia que no sea verdaderamente excepcional. Y, sin embargo, los
matemáticos tienen su propio punto de vista. No pueden sentirse felices si no
encuentran el valor verdadero. En lo que a ellos respecta, un error, por
pequeño que sea, es tan grande como un mega pársec.
Francois Vieta, un matemático francés del siglo XVI, dio
el paso decisivo para encontrar el verdadero valor de p.
Se le considera el padre del álgebra, porque, entre otras
cosas, fue el primero en utilizar letras para simbolizar los valores
desconocidos: las famosas x e y, a las que la mayoría de nosotros nos hemos
tenido que enfrentar, turbados e indecisos, en algún momento de nuestras vidas.
Vieta confeccionó el equivalente algebraico del método
geométrico exhaustivo de Arquímedes. Es decir, en lugar de trazar una serie
infinita de polígonos cada vez más próximos a un círculo, dedujo una serie
infinita de fracciones que podían ser calculadas para dar un valor de p.
Cuantos más términos de la serie intervinieran en el
cálculo, más cerca se estaría del verdadero valor de p.
No voy a darles la serie de Vieta, porque está llena de
raíces cuadradas y raíces cuadradas de raíces cuadradas y raíces cuadradas de
raíces cuadradas de raíces cuadradas.
No hay por qué complicarse la vida con eso cuando otros
matemáticos dedujeron otras series de términos (se trata siempre de series
infinitas) para el cálculo de p que resultan mucho más fáciles de expresar.
Por ejemplo, en 1673 el matemático alemán Gottfried
Wilheim von Leibniz dedujo una serie que puede expresarse de la manera
siguiente:
p = 4/1 – 4/3 -+- 4/5-4/7 + 4/9- 4/11 + 4/13- 4/15…
Como yo no soy más que un ingenuo lego en cuestiones
matemáticas, sin prácticamente ninguna intuición matemática, cuando tuve la
idea de escribir este artículo pensé en utilizar la serie de Leibniz para
llegar rápidamente, mediante un sencillo cálculo, a demostrarles cómo se
obtenía fácilmente el valor de p con aproximadamente una docena de decimales.
Sin embargo, nada más empezar abandoné el intento.
Puede que me reprochen mi falta de perseverancia, pero
invito a cualquiera de ustedes a calcular el valor de la serie de Leibniz hasta
el punto en que la he seguido más arriba, es decir, hasta 4/15. Incluso pueden
enviarme una postal para comunicarme el resultado. Si cuando terminen se
sienten desilusionados al comprobar que su respuesta no se aproxima al valor de
p tanto como la fracción 355/113, no se den por vencidos. Sigan añadiendo
términos. Sumen 4/17 a su respuesta, luego resten 4/19, luego sumen 4/21 y
resten 4/23, y así sucesivamente. Pueden seguir así todo el tiempo que quieran,
y si alguno de ustedes descubre cuántos términos son necesarios para obtener un
resultado mejor que 355/113, escríbame también para decírmelo.
Es muy posible que todo esto les parezca decepcionante.
Efectivamente, la serie infinita es una representación matemática del valor
exacto y verdadero de p. Para un matemático, es una forma tan válida como
cualquier otra de expresar ese valor. Pero si lo que se quiere es tener ese
valor en forma de número real, ¿de qué puede servir? Ni siquiera resulta
práctico calcular un par de docenas de términos para cualquiera que quiera
vivir de una manera normal; ¿cómo entonces es posible calcular un número infinito
de términos?
Ah, pero es que los matemáticos no renuncian a sumar los
términos de una serie sólo porque el número de términos sea infinito. Por
ejemplo, la serie:
1/2 + 1/4 + 1/8 + 1/16 + 1/32 + 1/64… puede ser sumada
añadiendo un término a otro sucesivamente. Si lo hacen, descubrirán que cuantos
más términos utilicen, más se acercan a la unidad, y esto puede expresarse de
manera abreviada diciendo que la suma de ese número infinito de términos no es
más que 1, después de todo.
En realidad, existe una fórmula que puede utilizarse para
determinar la suma de los términos de cualquier progresión geométrica
decreciente, como la del ejemplo que acabamos de ver.
De esta forma, la serie:
3/10 + 3/100 + 3/1.000 + 3/10.000 + 3/100.000… no suma, a
pesar de toda su espléndida infinitud, más que 1/3, y la serie:
1/2 + 1/20 + 1/200 + 1/2.000 + 1/20.000… tiene un valor de
5/9.
Desde luego, las series desarrolladas para el cálculo de p
no son nunca progresiones geométricas decrecientes, y por tanto no es posible
utilizar la fórmula para calcular su suma. En realidad, nunca se ha encontrado
una fórmula para calcular la suma de los términos de la serie de Leibniz o de
cualquiera de las otras. No obstante, al principio no parecía haber ninguna
razón para suponer que no pudiera haber alguna manera de encontrar una
progresión geométrica decreciente, cuya suma fuera p. De ser así, entonces p
podría ser expresado en forma de fracción. Una fracción es, en realidad, la
relación entre dos números, y cualquier cosa que pueda expresarse mediante una
fracción, o relación, es un «número racional». La esperanza, por tanto, es que
p resultara ser un número racional.
Una de las maneras de probar que una cantidad es un número
racional es calcular su valor decimal todo lo que se pueda (añadiendo cada vez
más términos de una serie infinita, por ejemplo), para demostrar luego que se
trata de un «decimal periódico», es decir, un decimal en el que los dígitos o
algunos grupos de dígitos se repiten hasta el infinito.
Por ejemplo, el valor decimal de 1/3 es 0,33333333333…, y
el de 1/7 es 0,142857 142857 142857…, y así hasta el infinito. Hasta una
fracción como 1/8, que parece «caber justa», es, en realidad, un decimal
periódico si se cuentan los ceros, ya que su equivalente decimal es
0,125000000000… Es posible probar matemáticamente que cualquier fracción, por
complicada que sea, puede expresarse como un valor decimal que tarde o temprano
se hace periódico. Inversamente, cualquier decimal que acabe haciéndose periódico,
por muy complicado que sea el ciclo de repetición, puede expresarse como una
fracción exacta.
Si tomamos un decimal periódico cualquiera, por ejemplo
0,37373737373737…, es posible obtener a partir de él, en primer lugar, una
progresión geométrica decreciente, expresándolo de la siguiente forma:
37/100 + 37/10.000 + 37/1.000,000 + 37/100.000.000… y
luego se puede utilizar la fórmula para conocer el valor de la suma de sus
términos, que es 37/99. (Calculen el equivalente decimal de esta fracción, y ya
verán lo que obtienen.)
O si tenemos un número decimal que empieza siendo no
periódico y luego se hace periódico, como 15,21655555555555…, podemos
expresarlo así:
15 + 216/1,000 + 5/10.000 + 5/100.000 + 5/1.000.000…
A partir de 5/10.000 tenemos una progresión geométrica
decreciente, y la suma de sus términos resulta ser 5/90.000. Por tanto, se
trata de una serie finita compuesta únicamente de tres términos, que pueden
sumarse sin problemas:
15 + 216/1.000 + 5/90.000 = 136.949/9.000
Si quieren, pueden calcular el valor decimal 136.949/9.000
para comprobar el resultado.
Pues bien, si se hallara el equivalente decimal de p con
un cierto número de cifras decimales y se detectara alguna repetición, por muy
ligera o complicada que fuera, siempre que pudiera demostrarse que se repite
continuamente se podría expresar su valor exacto mediante una serie nueva.
Esta serie nueva acabaría con una progresión geométrica
decreciente, cuyos términos podrían sumarse. Se obtendría, por tanto, una serie
finita y se podría expresar el valor exacto de p no como una serie, sino como
un número real.
Los matemáticos se lanzaron en su busca. En 1593 el mismo
Vieta utilizó su propia serie para calcular el valor de p con diecisiete
decimales. Aquí lo tienen, por si quieren echarle un vistazo:
3,14159265358979323. Como ven, no parece haber ningún tipo de periodo.
Más tarde, en 1615 el matemático alemán Ludolf von Ceulen
utilizó una serie infinita para calcular p con treinta y cinco decimales.
Tampoco él encontró ninguna repetición. De todas formas, ésta era una hazaña
tan impresionante para la época que adquirió una cierta fama, a consecuencia de
la cual el número p es llamado a veces «el número de Ludolf», por lo menos en
los libros de texto alemanes.
Después, en 1717, el matemático inglés Abraham Sharp
aventajó en varios puestos a Ludolf al calcular el valor de p con setenta y dos
cifras decimales. Y seguía sin haber rastros de repeticiones.
Pero poco tiempo después se estropeó el juego, Para
demostrar que una cantidad es racional hay que dar con su fracción equivalente
y desarrollarla. Pero para probar que es irracional, no es imprescindible
calcular ni un solo decimal. Lo que hay que hacer es suponer que la cantidad
puede expresarse con una fracción, p/q, para luego demostrar que esto supone
una contradicción, como, por ejemplo, que p tendría que ser a la vez par e
impar.
Esto demostraría que ninguna fracción puede expresar esa
cantidad, que, por tanto, será irracional.
Esta prueba es exactamente la que desarrollaron los
antiguos griegos para demostrar que la raíz cuadrada de 2 era un número
irracional (el primero que se descubrió).
Este descubrimiento es atribuido a los pitagóricos, y se
dice que se sintieron tan horrorizados al descubrir que era posible que
existieran cantidades que no pudieran ponerse en forma de fracción, ni aun de
la más complicada, que juraron guardar el secreto y acordaron castigar con la
pena de muerte al que lo revelara. Pero al igual que todos los secretos
científicos, ya se trate de números irracionales o de bombas atómicas, la
información acabó por filtrarse.
Bien; en 1761 un físico y matemático alemán, Johann
Heinrich Lambert, demostró por fin que p es irracional.
Por tanto, no había que esperar encontrar alguna pauta, ni
siquiera la más insignificante, por muchos decimales que se calcularan. El
verdadero valor solo puede expresarse en forma de serie infinita.
¡Ay!
Pero no derramen sus lágrimas. Una vez demostrado que p es
un número irracional, los matemáticos se dieron por satisfechos. El problema
estaba resuelto. Y en cuanto a la aplicación de p a los fenómenos físicos, ese
problema también estaba resuelto de una vez por todas. Puede que piensen que a
veces podría ser necesario, en cálculos muy delicados, conocer el valor de p
con unas docenas e incluso con unos cientos de cifras decimales. ¡Pues no es
así! Las mediciones que realizan los científicos en la actualidad son
maravillosamente precisas, pero aun así muy pocas llegan más allá de, digamos,
una milmillonésima parte, y para un cálculo de esta precisión en el que se
utilice el valor de p bastaría con nueve o diez cifras decimales.
Por ejemplo, supongamos que trazamos un círculo de diez
mil millones de millas (dieciséis mil millones de kilómetros) de diámetro, con
el Sol en el centro, que encierre en su interior todo el sistema solar, y
supongamos que queremos calcular la longitud de la circunferencia de este
círculo (que mediría más de treinta y un mil millones de millas, o sesenta mil
millones de kilómetros), tomando 355/113 como valor aproximado de p. El error
sería de menos de tres mil millas (cinco mil kilómetros).
Pero supongamos ahora que fueran ustedes tan precisos y
maniáticos que un error de cinco mil kilómetros en sesenta mil millones les
resultara insoportable. Pueden entonces utilizar el valor de p dado por Ludolf,
con treinta y cinco cifras decimales. En ese caso el error seria de una
longitud equivalente a la millonésima parte del diámetro de un protón.
O, si no, tomemos un circulo grande, como, por ejemplo, la
circunferencia del universo conocido. Se espera que los grandes
radiotelescopios que están siendo construidos reciban señales desde distancias
tan enormes como 40.000.000.000 de años-luz. Un círculo alrededor de un
universo de ese radio tendría una longitud aproximada de
150.000.000.000.000.000.000.000 (ciento cincuenta mil trillones) de millas (240
mil trillones de kilómetros). Si se calculara la longitud de esta
circunferencia con el valor de p de Ludolf, de treinta y cinco cifras
decimales, el error no llegaría a la millonésima parte de una pulgada (2,5 cm).
¿Qué decir entonces del valor de p calculado por Sharpe,
con setenta y dos cifras decimales?
Es evidente que el valor de p que se conocía en la época
en que se demostró que era irracional ya era mucho más preciso de lo que la
ciencia podría jamás desear, en la actualidad o en el futuro.
Y, sin embargo, aunque los científicos ya no tenían
necesidad de conocer el valor de p más allá de lo calculado hasta entonces, los
cálculos prosiguieron durante la primera mitad del siglo XIX.
Un tal George Vega calculó 140 valores decimales de p;
otro llamado Zacarías Dase llegó hasta 200, y un tal Recher hasta los 500.
Por último, en 1873, William Shanks calculó el valor de p
con 707 cifras decimales, lo que estableció una marca hasta 1949, y no es
extraño: Shanks tardó quince años en hacer este cálculo, y, por si les
interesa, no encontró ninguna clase de repetición.
Cabe preguntarse qué motivo puede tener un hombre para
pasarse quince años dedicado a una tarea que no va a tener ninguna utilidad.
Quizá se trate de la misma actitud mental que empuja a alguien a sentarse sobre
el asta de una bandera o a tragarse peces de colores para «batir el record». O
quizá Shanks quería hacerse famoso.
Si es así, lo consiguió. La historia de las matemáticas,
llena de referencias a los trabajos de hombres como Arquímedes, Fermat, Newton,
Euler y Gauss, también incluye una línea en la que da cuenta de que William
Shanks se pasó los años anteriores a 1873 calculando el valor de p con 707
cifras decimales. así que al menos puede que no hubiera vivido en vano.
Pero, ¡ay de la vanidad humana!
En 1949 los ordenadores gigantes estaban empezando a ganar
terreno, y de vez en cuando los muchachos que los manejaban, llenos de vida. de
ganas de divertirse y de cerveza, tenían tiempo para jugar con ellos.
así que en una ocasión metieron una de estas series
interminables en un ordenador llamado ENIAC, y lo pusieron a calcular el valor
de p. Lo tuvieron trabajando setenta horas, al término de las cuales había
calculado el valor de p (¡el fantasma de Shanks!) con 2.035 valores decimales*.
Y para rematar al pobre Shanks y sus quince años
desperdiciados, se descubrió un error en el dígito quinientos y tantos del
valor calculado por él, de manera que todos los dígitos siguientes, bastante
más de cien, ¡estaban mal!
Y, por supuesto, por si se les ha ocurrido preguntárselo,
lo que no deberían hacer, les diré que los valores calculados por los
ordenadores no presentan tampoco rastro alguno de repeticiones.
NOTA
Como es natural, algunos de mis artículos se han ido
quedando más o menos anticuados. En la época en que escribí este articulo se
había calculado el valor de pi con 10.000 cifras decimales, como ya he dicho.
Pero los matemáticos no se contentaron con esto. En 1988
se disponía de ordenadores mucho más rápidos y más capaces que las tonterías de
finales de la década de los cincuenta. A principios de 1988, un informático
japonés de la Universidad de Tokio, llamado Yasumasa Kanada, tuvo a un
superordenador trabajando seis horas y obtuvo un valor de p con 201.326.000
cifras decimales.
¿Qué sentido tiene, si la expresión decimal de pi es
infinita y un mayor número de cifras decimales no aporta nada interesante desde
un punto de vista matemático?
Bien; en primer lugar, es una manera cómoda de poner a
prueba un nuevo ordenador o un nuevo programa. Una vez que se ha fijado este
valor de manera definitiva con un par de cientos de millones de cifras
decimales, se puede hacer que cualquier ordenador calcule el valor de pi con un
nuevo programa. Si comete el más mínimo error, es que hay algún fallo en sus
circuitos o en el programa.
EL CIELO EN LA TIERRA
Lo mejor que tiene escribir estos artículos es que me
obliga a ejercitar la mente constantemente. Tengo que estar con los ojos y los
oídos siempre abiertos, atento a cualquier cosa que haga saltar la chispa de un
tema que me parezca que puede ser de interés para el lector.
Por ejemplo, hoy me ha llegado una carta con una pregunta
sobre el sistema duodecimal, en el que se cuenta por docenas en lugar de por
decenas, y esto ha provocado una reacción mental en cadena que me ha llevado
hasta la astronomía y que además me ha dado una idea que, que yo sepa, no se le
había ocurrido a nadie antes que a mi.
Lo primero que se me ocurrió es que, después de todo, el
sistema duodecimal se utiliza para algunas cosas. Por ejemplo, decimos que doce
objetos constituyen una docena, y que doce docenas son una gruesa. Pero, que yo
sepa, doce no se ha utilizado nunca como base para un sistema numérico, excepto
en los juegos de los matemáticos.
Por otra parte, hay un número que se ha utilizado como
base para una notación formal posicional: el 60. Los antiguos babilonios
trabajaban en base 10, igual que nosotros, pero también utilizaban con
frecuencia el 60
como base alternativa. En un número en base 60, lo que
conocemos por escala de unidades contiene todos los números entre el 1 y el 59,
mientras que lo que conocemos por escala de decenas se convierte en escala de
«sesentenas», y nuestra escala de centenas (diez por diez) se convierte en la
escala de «tres mil seiscientos» (sesenta por sesenta).
así, al escribir un número, por ejemplo 123, en realidad
éste representa (1 x 102) + (2 x 101) + (3 x 100). Y como 102 es igual a 100,
101 es igual a 10 y 100 es igual a 1, el total es 100 +20+3, o, como hemos
dicho antes, 123.
Pero si los babilonios querían escribir el equivalente de
123 en base 60, esto seria (1 x 602) + (2 x 601) + (3 x 600). Y como 602 es
igual a 3.600, 601 es igual a 60 y 600 es igual a 1, el resultado es 3.600 +
120 + 3, ó 3.723 en nuestra notación decimal. Si utilizamos una notación
posicional de base 60, se trata de una «notación sexagesimal».
Como sugiere la palabra «sexagésimo», la notación
sexagesimal también puede expresarse con fracciones.
Nuestra notación decimal nos permite utilizar una cifra
como 0,156, que en realidad expresa 0 + 1/10 + 5/100 + 6/1.000. Como ven, los
denominadores siguen la escala de los múltiplos de 10. En la escala sexagesimal
los denominadores siguen la escala de los múltiplos de 60, y 0,156
representaría 0 + 1/60 + 5/3.600 + 6/216.000, ya que 3.600 es igual a 60 x 60,
216.000 es igual a 60 x 60 x 60, y así sucesivamente.
Aquellos de entre ustedes que conozcan bien la notación
exponencial, sin duda se sentirán muy satisfechos de saber que 1/10 puede
representarse como 10-1, 1/100 puede representarse como 10-2 y así
sucesivamente, y que 1/60 puede representarse 60-1, 1/3.600 como 60-2 y así
sucesivamente. Por tanto, un número entero en notación sexagesimal seria algo
así: (15) (45) (2), (17) (25) (59) ó (15 x 602) + (45 x 601) + (2 x 600), y si
quieren pasar el rato calculando cuál es su equivalente en la notación decimal
corriente, háganlo. Pero no cuenten conmigo.
Todo esto no tendría más que un interés puramente
académico si no fuera por el hecho de que seguimos utilizando la notación
sexagesimal en al menos dos cuestiones importantes, que datan de la época de
los griegos.
Los griegos tenían tendencia a utilizar la notación
babilónica en base 60 cuando se enfrentaban a cálculos complicados; como hay
tantos números divisibles por 60, las fracciones se evitaban siempre que era
posible (¿y quién no intentaría evitar las fracciones siempre que fuera
posible?).
Por ejemplo, hay una teoría que afirma que los griegos
dividían el radio de un circulo en 60 partes iguales, para que al trabajar con
medio radio, o un tercio o un cuarto o un quinto o un sexto o un décimo de
radio (y así sucesivamente), siempre les fuera posible expresarlo como un
número entero en base sexagesimal. Por tanto, como en la antigüedad el valor de
p (pi) a menudo se consideraba aproximadamente igual a 3, lo que facilitaba las
cosas, y como la longitud de la circunferencia de un circulo es igual a dos
veces p por el radio, la longitud de la circunferencia de un círculo es igual a
6 veces el radio o a 360 sexagésimas partes del radio. De ahí viene quizá la
costumbre de dividir un circulo en 360 partes iguales.
Otra posible razón para ello reside en el hecho de que el
Sol completa su recorrido en un poco más de 365 días, de manera que cada día
recorre alrededor de 1/365 de su camino por el firmamento. Ahora bien, los
antiguos no iban a hacerse los exigentes por unos cuantos días más o menos, y
es mucho más fácil trabajar con 360, así que dividieron el circuito celeste en
360 partes y consideraron que el Sol atraviesa una de estas divisiones (bueno,
más o menos) cada día.
La trescientos sesentava parte de un circulo se llama
«grado», del latín «peldaño hacia abajo». Si se considera que el Sol se
desplaza por una especie de escalera circular, cada día baja un peldaño (bueno,
más o menos) de esta escalera.
Siguiendo con el sistema sexagesimal, cada grado puede
dividirse en 60 partes más pequeñas, y cada una de éstas en otras 60 más
pequeñas aún, y así sucesivamente. La primera división se llamaba en latín pars
minuta prima (la primera parte pequeña), y la segunda pars minuta secunda (la
segunda parte pequeña), que, en forma abreviada, son los minutos y segundos de
nuestro idioma.
El símbolo del grado es un circulito (por supuesto), el
del minuto una raya simple y el del segundo una raya doble, de manera que
cuando decimos que la latitud de algún lugar determinado de la Tierra es 39°
17'42", lo que estamos diciendo es que está a una distancia del Ecuador de
39 grados más 17/60 de grado más 42/3.600 de grado, y ¿qué es eso sino el
sistema sexagesimal?
La segunda cuestión para la que se sigue utilizando el
sistema sexagesimal es la medida del tiempo (que en un principio estaba basada
en los movimientos de los cuerpos celestes). Así, dividimos la hora en minutos
y segundos, y cuando hablamos de un intervalo de tiempo de 1 hora, 44 minutos y
20 segundos, estamos hablando de una duración de 1 hora más 44/60 más 20/3.600
de hora.
Este sistema se puede seguir aplicando más allá del
segundo; en la Edad Media los astrónomos árabes lo hacían con frecuencia. Uno
de ellos batió una marca al dividir una fracción sexagesimal en otra y calcular
un cociente con 10 cifras sexagesimales, que equivalen a 17 cifras decimales.
Bien, olvidémonos por ahora de las fracciones
sexagesimales y vamos a concentrarnos en las consecuencias de dividir las
circunferencias de los círculos en un determinado número de partes. Y vamos a
concentrarnos especialmente en el círculo de la eclíptica a lo largo de la cual
el Sol, la Luna y los planetas recorren sus órbitas.
A fin de cuentas, ¿cómo demonios se las puede uno arreglar
para medir una distancia en el cielo? No con una cinta métrica, desde luego. En
esencia, el sistema consiste en trazar dos líneas imaginarias desde los
extremos del intervalo a medir que atraviesen la eclíptica (o cualquier otro
arco de circulo) y lleguen al centro del círculo, en el que situamos nuestro
punto de vista imaginario, y luego medir el ángulo que forman estas dos líneas.
Es difícil explicar la importancia de este sistema sin un
gráfico, pero voy a intentarlo, con mi acostumbrada temeridad (aunque les
recomiendo que vayan dibujándolo ustedes mientras leen mi explicación, no vaya
a ser que ésta resulte irremediablemente confusa).
Supongamos que tenemos un circulo con un diámetro de 115
metros, otro círculo con el mismo centro y un diámetro de 230 metros y otro más
también con el mismo centro y un diámetro de 345 metros. (Se trata de «círculos
concéntricos»; su aspecto recuerda el de una diana.)
La circunferencia del circulo más pequeño mediría unos 360
metros, la del intermedio unos 720 metros y la mayor unos 1.080 metros.
A continuación, marcamos 1/360 de la circunferencia del
círculo menor, un arco de un metro de largo, y trazamos dos líneas desde los
extremos del arco hasta el centro del circulo. Como 1/360 de la circunferencia
es un grado, también podemos considerar que el ángulo formado desde el centro
es un grado (sobre todo, teniendo en cuenta que 360 arcos iguales a éste
ocuparían toda la circunferencia y que por lo tanto 360 ángulos centrales
iguales a éste ocuparían todo el espacio alrededor del centro).
Si prolongamos hacia fuera el ángulo de un grado, de
manera que sus lados atraviesen los dos círculos mayores, éstos delimitarán un
arco de 2 metros en el círculo intermedio y otro de 3 metros en el círculo
mayor. Los lados divergen en la misma medida que la circunferencia aumenta de
diámetro. Las longitudes de los arcos varían, pero la fracción del circulo en
relación con su diámetro sigue siendo la misma. Un ángulo de un grado con
vértice en el centro de un circulo delimitará un arco de un grado en la circunferencia
de cualquier círculo, sea cual sea su diámetro, ya se trate del circulo que
marca los limites de un protón o del Universo (según la geometría euclidiana,
me apresuro a añadir). Esto se cumple para todos los ángulos de cualquier
medida.
Imaginemos que nuestro ojo está en el centro de un círculo
que tiene dos marcas, a una distancia de 1/6 de la circunferencia, es decir, a
360/6 ó 60 grados de arco. Si trazamos una línea imaginaria desde cada marca
hasta nuestro ojo, estas dos líneas forman un ángulo de 60 grados. Si miramos
primero a una marca y luego a la otra, estamos desplazando la vista en un
ángulo de 60 grados.
Y lo de menos es que el circulo esté a una milla o a un
trillón de millas de distancia. Si las dos marcas están separadas 1/6 de
circunferencia, tienen una separación de 60 grados, sea cual sea la distancia.
Es estupendo disponer de esta forma de medir, ya que no tenemos ni la más
ligera idea de la distancia a la que se encuentra el circulo.
De manera que, como durante la mayor parte de la historia
de la humanidad los astrónomos no conocían las distancias a las que se
encontraban los cuerpos celestes, la medición angular era exactamente lo que
necesitaban.
Y si no lo creen así, intenten utilizar la medición
lineal.
Normalmente, si le pedimos a alguien que haga una
estimación aproximada del diámetro (aparente) de la Luna, recurrirá casi
instintivamente a las medidas lineales.
Lo más probable es que su juiciosa respuesta sea: «Oh.
unos treinta centímetros.»
Pero al utilizar las medidas lineales está determinando
una distancia concreta, lo sepa o no. Para que un objeto de treinta centímetros
de diámetro parezca tan grande como la Luna llena, tiene que estar a una
distancia de 33 metros.
No creo que nadie, aunque piense que la Luna tiene un
diámetro de treinta centímetros, considere que se encuentra a una distancia de
menos de 33 metros.
Si nos atenemos a las mediciones angulares y afirmamos que
el diámetro medio de la Luna llena es 31' (minutos), no estamos haciendo
ninguna estimación de la distancia y nos mantenemos en terreno seguro.
Pero si insistimos en utilizar las mediciones angulares,
desconocidas para la mayoría de la población, entonces es necesario encontrar
la manera de que todo el mundo lo entienda. La forma más corriente de hacerlo,
y también de representarnos el tamaño de la Luna, por ejemplo, es tomar un
circulo que nos sea familiar y calcular la distancia a la que tiene que estar
para que parezca del mismo tamaño que la Luna.
Un círculo así es, por ejemplo, el de una moneda de
veinticinco centavos. Tiene un diámetro aproximado de 0,96 pulgadas (2,4 cm), y
podemos considerar que su diámetro es de 1 pulgada (2,5 cm) sin cometer un
error demasiado considerable. Si sostenemos la moneda a 9 pies (unos 3 m) de
distancia de nuestros ojos, forma un arco de 31' con centro en éstos, lo que
quiere decir que la veremos del mismo tamaño que la Luna llena, y si la
mantenemos a esta distancia entre nuestros ojos y la Luna llena, la tapará por completo.
Si nunca se les había ocurrido esta idea, seguramente les
parecerá sorprendente que una moneda de un cuarto de dólar a una distancia de 3
metros (que probablemente se imaginen que parecería muy pequeña) cubra por
completo la Luna llena (que probablemente consideren que es bastante grande).
Lo único que puedo decirles es: ¡hagan el experimento!
Bien, esto puede ser válido para el Sol y la Luna, pero
hay que tener en cuenta que son los cuerpos celestes más grandes a simple
vista. En realidad, son los únicos (a excepción de algún cometa ocasional) que
muestran un disco visible. El resto de los cuerpos celestes se mide en
fracciones de minuto, e incluso en fracciones de segundo.
No es difícil continuar con la analogía y decir que un
planeta o una estrella determinados tienen un diámetro aparente igual al de una
moneda de un cuarto de dólar vista desde una distancia de una o diez o cien
millas, y de hecho eso es lo que se suele hacer. ¿Pero qué utilidad puede
tener? A esas distancias es imposible ver la moneda o hacerse una idea de su
tamaño. Simplemente se ha sustituido una medida no apreciable a simple vista
por otra.
Tiene que haber una manera mejor de hacerlo.
Y en este punto de mi razonamiento, tuve esa idea original
(espero).
Supongamos que la Tierra tuviera exactamente su tamaño
real, pero que fuera una enorme esfera hueca, lisa y transparente. Supongamos
que estuviéramos mirando al cielo desde un punto situado exactamente en el
centro de la Tierra, y no en su superficie. En ese caso veríamos todos los
cuerpos celestes proyectados en la esfera terrestre.
En realidad, es como si el globo terrestre nos sirviera de
soporte para dibujar una réplica de la esfera celeste.
La importancia de esto reside en que el globo terrestre es
la única esfera sobre la que podemos representar sin dificultad las medidas
angulares, ya que todos hemos oído hablar de la latitud y la longitud, que son
medidas angulares. Un grado determina una longitud de 69 millas (111 Km.) sobre
la superficie de la Tierra (con algunas ligeras variaciones que podemos pasar
por alto, debidas al hecho de que la Tierra no es una esfera perfecta). Por
tanto, 1 minuto, que equivale a 1/60 de grado, es igual a 1,15 millas (1,8 Km.)
o a 6.060 pies (1.847 m), y un segundo, que equivale a 1/60 de minuto, es igual
a 101 pies (31 m).
Observarán, por tanto, que si conocemos el diámetro
angular aparente de un cuerpo celeste, sabemos cuál sería exactamente el
diámetro de su representación a escala sobre la superficie de la Tierra.
Por ejemplo, la Luna, con un diámetro angular medio de 31
minutos, tendría un diámetro de 36 millas (58 Km.) en su representación a
escala sobre la superficie de la Tierra.
Cubriría limpiamente toda la zona metropolitana de Nueva
York, o el espacio que hay entre Boston y Worcester.
Es posible que su primera reacción sea exclamar «¡COMO!»;
pero esta distancia no es tan grande como parece. Recuerden que este modelo a
escala es visto desde el centro de la Tierra, a cuatro mil millas (6.436 Km.)
de la superficie, y no tienen más que pensar en cuál sería el tamaño aparente
del área metropolitana de Nueva York visto desde esa distancia. O, si tienen un
globo terráqueo, dibujen un círculo cuyo diámetro se extienda desde Boston a
Worcester y se darán cuenta de que es verdaderamente muy pequeño en comparación
con la superficie total de la Tierra, lo mismo que la Luna es realmente muy
pequeña si la comparamos con la superficie total del cielo. (Por cierto, serían
necesarios 490.000 cuerpos del tamaño de la Luna para cubrir todo el cielo, y
490.000 cuerpos del tamaño de nuestra representación de la Luna para cubrir
toda la superficie terrestre.)
Pero esto al menos nos da una idea del efecto de aumento
de mi procedimiento, que resulta especialmente útil cuando trabajamos con
cuerpos más pequeños que el Sol o la Luna, en el momento exacto en que la idea
de la moneda de cuarto de dólar a una distancia de no sé cuántas millas deja de
ser de utilidad.
Por ejemplo, en la Tabla 1 doy los diámetros angulares
máximos de diferentes planetas, medidos en el momento en que más se aproximan a
la Tierra, y sus diámetros lineales a la escala en que se representarían en la
superficie de la Tierra.
No he incluido Plutón, porque no sabemos exactamente cuál
es su diámetro angular. Pero si suponemos que su tamaño es aproximadamente el
mismo que el de Marte, entonces en el punto más alejado de su órbita seguirá
teniendo un diámetro angular de 0,2 segundos, y puede representarse mediante un
círculo de 20 pies (6 m).
Podríamos dibujar cada planeta con sus satélites a escala
sin mayor problema. Por ejemplo, los cuatro satélites grandes de Júpiter
estarían representados por unos círculos de diámetros comprendidos entre 110 y
185 pies (33,5 y 56,4 m), a una distancia de Júpiter que oscilaría entre 3 y 14
millas (5 y 22,5 km.). Todo el sistema joviano, medido hasta la órbita del
satélite más alejado (Júpiter IX, un círculo de unos 13 cm de diámetro),
cubriría un circulo de unas 350 millas (563 km.) de diámetro.
Pero lo verdaderamente interesante de todo este sistema
serían las estrellas. Estas, como los planetas, no presentan un disco visible.
Pero, a diferencia de aquellos, ni siquiera presentan un disco visible al
observarlos con el telescopio más potente. Los planetas (todos, excepto Plutón)
se ven como discos incluso utilizando telescopios de tamaño mediano; no así las
estrellas.
Se ha determinado el diámetro angular aparente de algunas
estrellas por métodos indirectos. Por ejemplo, la estrella de mayor diámetro
angular es probablemente Betelgeuse, con un diámetro de 0,047 segundos. Ni
siquiera el enorme telescopio de 200 pulgadas es capaz de ampliar ese diámetro
más de mil veces, y a ese aumento la estrella más grande sigue midiendo
aparentemente menos de 1 minuto de arco; por tanto, no la vemos como un disco,
de igual manera que tampoco vemos así Júpiter al observarlo a simple vista. Y,
naturalmente, la mayoría de las estrellas son mucho más pequeñas en apariencia
que la enorme Betelgeuse. (Las estrellas que son, en realidad, más grandes que
Betelgeuse están tan lejos que parecen más pequeñas.)
Pero en mi escala terrestre, Betelgeuse, con su diámetro
aparente de 0,047 segundos de arco, se representaría mediante un círculo de
unos 4,7 pies (1,43 m). (Comparen este diámetro con los 20 pies -6 m- de
Plutón. que es el planeta más alejado.)
Sin embargo, es inútil tratar de obtener cifras reales a
partir de los diámetros angulares, porque sólo se han medido los de unas
cuantas estrellas. En lugar de eso, supongamos que todas las estrellas tienen
el mismo brillo intrínseco que el Sol. (Lo que, desde luego, no es cierto, pero
el Sol es una estrella mediana, y, por tanto, este supuesto no alteraría de
manera radical el aspecto del Universo.)
Ahora bien, el brillo aparente del Sol (o de cualquier
estrella) se mantiene constante en relación con el área, sea cual sea la
distancia. Si el Sol se encontrara al doble de su distancia actual, su brillo
aparente seria cuatro veces menor, pero lo mismo ocurriría con su superficie
aparente.
El área visible sería tan brillante como de costumbre,
sólo que menor.
Lo contrario también es cierto. Mercurio, en el momento en
que se encuentra más cerca del Sol, ve una estrella igual de brillante por
segundo cuadrado que la que vemos nosotros, pero es también una estrella que
ocupa diez veces más segundos cuadrados, y por tanto el Sol de Mercurio es diez
veces más brillante que el nuestro.
Bien, si todas las estrellas fueran tan luminosas como el
Sol, entonces la superficie aparente sería directamente proporcional a la
luminosidad aparente. Conocemos la magnitud del Sol (-26,72), y también las
magnitudes de algunas otras estrellas, y esto nos proporciona una escala de
luminosidad comparada de la que podemos deducir una escala de superficies
comparadas y, por tanto, de diámetros comparados. Lo que es más: como conocemos
la medida angular del Sol, podemos servirnos de los diámetros comparados para
calcular las medidas angulares comparadas que, naturalmente, podemos pasar a
diámetros lineales (a escala) sobre la Tierra.
Pero no se preocupen por los detalles (de todas formas, lo
más probable es que se hayan saltado el párrafo anterior); voy a dar los
resultados en la Tabla 2.
(El hecho de que Betelgeuse tenga un diámetro aparente de
0,047, y, sin embargo, sea menos brillante que Altaír, se debe a que
Betelgeuse, una gigante roja, está a una temperatura menor que la del Sol, y
por tanto su brillo por unidad de superficie es mucho más débil. Recuerden que
la Tabla 2 está basada en el supuesto de que todas las estrellas son tan
luminosas como el Sol.)
Así que ya ven lo que ocurre en cuanto salimos del sistema
solar. La representación a escala de los cuerpos que se encuentran dentro de
este sistema se mide en metros y kilómetros. Fuera del sistema solar, nos
encontramos con cuerpos que, a escala, no miden más que unos centímetros.
Si se imaginan unas zonas tan pequeñas de la superficie de
la Tierra vistas desde su centro, creo que se darán cuenta de lo pequeñas que
son en apariencia las estrellas, y de la razón por la que los telescopios no
pueden ampliarlas hasta el tamaño de discos visibles.
El número total de estrellas visibles sin ayuda del
telescopio es de unas 6.000, dos tercios de las cuales son estrellas de poco
brillo, de quinta o sexta magnitud. Por tanto, podemos imaginarnos la Tierra
cubierta por 6.000 estrellas, la mayoría de las cuales tienen un diámetro de
unos dos centímetros y medio. Las estrellas de mayor tamaño son verdaderamente
muy escasas, sólo veinte de entre ellas tendrían un diámetro de unos 30 cm.
La distancia media entre dos estrellas representadas sobre
la superficie de la Tierra sería de 180 millas (290 kilómetros). En el Estado
de Nueva York habría una estrella, o dos como mucho, y en el territorio de los
Estados Unidos (Alaska incluida) habría aproximadamente cien estrellas.
Como ven, el cielo está bastante poco habitado, a pesar de
las apariencias.
Por supuesto, estamos hablando únicamente de las estrellas
visibles. Con un telescopio es posible distinguir miríadas de estrellas cuyo
brillo es demasiado débil como para ser perceptible a simple vista, y el
telescopio de 200 pulgadas puede fotografiar estrellas de hasta vigésimosegunda
magnitud.
Una estrella de magnitud 22 dibujada a escala sobre la
Tierra, sólo tendría 0,0004 pulgadas (0,001 cm) de diámetro, más o menos el
tamaño de una bacteria. (Distinguir una bacteria brillante sobre la superficie
de la Tierra desde la privilegiada atalaya del centro de ésta, a más de 6.000
kilómetros de distancia, resulta una ilustración bastante impresionante del
poder de resolución de los telescopios modernos.)
El número de estrellas individuales visibles hasta la
magnitud 22 es aproximadamente de dos mil millones. (En nuestra galaxia hay por
lo menos cien mil millones de estrellas, pero casi todas se encuentran en el
núcleo galáctico, que está completamente oculto a nuestra vista por las nubes
de polvo estelar. Los dos mil millones que vemos no son más que unas cuantas
que se encuentran cerca de nosotros, en los brazos de la espiral.)
Siguiendo con nuestra escala sobre la Tierra, esto quiere
decir que entre los 6.000 círculos que ya hemos dibujado (la mayoría de dos
centímetros y medio de diámetro), hemos de espolvorear dos mil millones más de
puntitos, de entre los cuales sólo un pequeño porcentaje son bastante grandes
como para ser visibles; pero la mayoría tienen un tamaño microscópico.
La distancia media entre las estrellas, incluso después de
este numeroso espolvoreo, seguiría siendo, a la escala de la superficie
terrestre, de unos 500 metros.
Esto responde a una pregunta que, por lo menos, yo me
había hecho en más de una ocasión. Cuando alguien observa una fotografía que
muestra las miríadas de estrellas visibles con un telescopio grande, no puede
por menos de preguntarse cómo es posible ver más allá de todos esos polvos de
talco para observar las galaxias exteriores.
Bueno, lo que ocurre es que, a pesar del inmenso número de
estrellas, el espacio libre entre ellas sigue siendo comparativamente enorme.
De hecho, se ha calculado que toda la luz estelar que llega hasta nosotros
equivale al brillo de 1.100 estrellas de primera magnitud. Esto quiere decir
que, si se agruparan todas las estrellas visibles, ocuparían un círculo (en la
escala terrestre) de 18,5 pies (5,6 m) de diámetro.
Así que llegamos a la conclusión de que todas las
estrellas juntas ocupan menos espacio en nuestro cielo que el planeta Plutón.
En realidad, sólo la Luna cubre casi 300 veces más porción de firmamento que
todos los otros cuerpos celestes nocturnos, más que todos los planetas,
satélites, planetoides y estrellas juntos.
Observar el espacio exterior a nuestra galaxia no
presentaría ningún problema de no ser por las nubes de polvo, que son el único
obstáculo imposible de eliminar aun en el caso de que pudiera instalarse un
telescopio en el espacio.
Es una pena que el Universo no pueda proyectarse de verdad
sobre la superficie de la Tierra por algún tiempo, el bastante para enviar a
las siete Pléyades con siete fregonas y órdenes estrictas de quitarle
cuidadosamente el polvo al Universo.
¡Qué felices serían entonces los astrónomos!
NOTA
Resulta extraña la forma en que la imaginación a veces se
queda a mitad de camino. En el articulo precedente se me ocurrió la idea,
verdaderamente genial, de proyectar los cielos sobre la esfera terrestre para
poder visualizar de una manera nueva y sorprendente los tamaños aparentes de
los cuerpos celestes y compararlos entre sí. (Desde luego, nadie ha incluido
jamás esta idea en ningún libro de astronomía, que yo sepa: otra muestra más de
mi ingenio que no ha llegado al gran público.)
Por otra parte, acaba mi artículo quejándome de las nubes
de polvo y diciendo que nos impiden ver lo que hay más allá de ellas, y que
eran «imposibles de eliminar aun en el caso de que pudiera instalarse un
telescopio en el espacio».
Naturalmente, en 1961 ya había radiotelescopios, para los
cuales las nubes de polvo no representan ningún problema. Las microondas
atraviesan las nubes como si no estuvieran allí. Sin embargo, los
radiotelescopios de aquella época detectaban las cosas con mucha menor nitidez
que los telescopios ópticos.
Por desgracia, no fui capaz de darme cuenta de que un
cierto número de radiotelescopios muy separados y que se manejaran al unísono
mediante métodos computerizados actuarían básicamente como un solo disco
telescópico gigante que sería capaz de ver las cosas con mayor claridad y más
detalle que los telescopios ópticos. El resultado es que, por ejemplo, podemos
estudiar la actividad de las ondas de radio de nuestro centro galáctico con una
enorme precisión, a través de todas las nubes de polvo que se interponen en el
camino.
EL HUEVO Y EL INFUSORIO
De vez en cuando se leen comentarios que ponen de relieve
que el cerebro humano está mucho más condensado que cualquier ordenador
electrónico.
Es cierto que el cerebro humano es una maravilla de
condensación en comparación con las máquinas pensantes construidas por el
hombre, pero tengo la impresión de que esto no se debe a ninguna diferencia
fundamental entre la naturaleza del mecanismo del cerebro y la de los
mecanismos que activan los ordenadores. Más bien tengo la impresión de que la
diferencia reside en el tamaño de los componentes respectivos.
Se calcula que el córtex del cerebro humano está formado
por más de diez mil millones de células nerviosas, mientras que el primer
ordenador electrónico moderno, el ENIAC, tenía unos veinte mil conmutadores. No
sé cuántos tienen los ordenadores más modernos, pero sé con seguridad que no se
acercan ni con mucho a los diez mil millones.
Por tanto, lo más asombroso no es el cerebro, sino la
célula que no sólo es considerablemente más pequeña que cualquier unidad
constituyente de una máquina fabricada por el hombre, sino que, además, es
mucho más flexible.
Además de actuar como un conmutador o amplificador
electrónico (o lo que sea que haga en el interior del cerebro), actúa también
como una planta química completa.
Además, las células no necesitan agruparse en números
terriblemente grandes para constituir un organismo. Desde luego, un cuerpo
humano contiene aproximadamente 50.000.000.000.000 (cincuenta billones) de
células, y la ballena más grande nada menos que 100.000.000.000.000.000 (cien
mil billones), pero se trata de excepciones. La musaraña más pequeña contiene
sólo 7.000.000.000 de células, y los pequeños seres invertebrados un número aún
menor. Los invertebrados más pequeños están formados por unas cien células
solamente, y sin embargo realizan todas las funciones de los organismos vivos.
De hecho (y estoy seguro de que ustedes saben más que yo
de estas cuestiones), existen organismos vivos con capacidad para realizar
todas las funciones básicas de la vida pese a estar compuestos por una única
célula.
Por tanto, si vamos a ocuparnos de lo condensadas que
pueden llegar a estar las cosas, examinemos la célula y hagámonos las
preguntas: ¿hasta qué punto puede estar condensada una estructura viviente?
¿Hasta qué punto puede ser pequeño un objeto sin perder su condición de ser
vivo?
Para empezar, ¿qué tamaño tiene una célula?
No hay una respuesta única a esta pregunta, porque hay
células y células, y algunas son más grandes que otras.
Casi todas son microscópicas, pero algunas son tan grandes
que resultan claramente, incluso inevitablemente, visibles sin el microscopio.
En último extremo, es posible que una célula sea tan grande como una cabeza
humana.
Los gigantes del mundo celular son las diferentes células
huevo que producen los animales. La célula huevo humana (el óvulo), por
ejemplo, es la célula de mayor tamaño producida por el cuerpo humano (de los
dos sexos), y es visible a simple vista. Tiene el tamaño aproximado de una
cabeza de alfiler.
Para cuantificar el tamaño y comparar el óvulo humano de
forma razonable con otras células, tanto mayores como menores, vamos a elegir
una unidad de medida que nos resulte cómoda. El centímetro e incluso el
milímetro son unidades demasiado grandes para la mayoría de las células, si
exceptuamos determinadas células huevo. Por tanto, voy a utilizar la micra, que
es la milésima parte de un milímetro. Para las medidas de volumen utilizaremos
la micra cúbica, que es el volumen de un cubo de una micra de lado. Se trata de
una unidad de volumen muy pequeña, como comprenderán si piensan que un
centímetro cúbico (que resulta fácilmente visualizable) contiene
1.000.000.000.000 (un billón) de micras cúbicas.
En una pulgada cúbica (unos 16 centímetros cúbicos) hay un
número de micras cúbicas igual a la tercera parte de las células que hay en el
cuerpo humano. Esto, por si solo, nos indica que estamos manejando una unidad
de magnitud correcta para trabajar con volúmenes celulares.
Volvamos, pues, a las células huevo. El óvulo humano es
una pequeña esfera de unas 140 micras de diámetro, y por tanto de 70 micras de
radio. Elevando 70 al cubo y multiplicando el resultado por 4,18 (les ahorro
tanto la base lógica como los detalles de esta operación aritmética), tenemos
que el óvulo humano ocupa un volumen de un poco más de 1.400.000 micras
cúbicas.
Pero el óvulo humano no es muy grande para ser una célula
huevo. Los de los seres que ponen huevos, sobre todo las aves, son mucho
mayores, y los huevos de ave, por grandes que sean, son células aisladas (por
lo menos al principio).
El huevo de ave más grande del que se tienen noticias era
el del extinguido Aepyornis de Madagascar, también conocido como el ave
elefante, y que según se dice puede haber dado origen al mito del «pájaro roc»
de Las mil y una noches. El roc era un pájaro tan grande que podía volar con un
elefante en una de sus garras y un rinoceronte en la otra. Su huevo era tan
grande como una casa.
En realidad, el Aepyornis no era tan líricamente inmenso.
No podía salir volando con ningún animal, por pequeño que fuera, ya que era
totalmente incapaz de volar. Y su huevo era bastante más pequeño que una casa.
No obstante, tenía un diámetro de unos 24 cm y una longitud de unos 33 cm, con
un volumen de 9 litros, lo que ya resulta suficientemente tremendo si nos
atenemos a la insípida realidad.
No sólo se trata del huevo más grande jamás puesto por ave
alguna, sino posiblemente también del más grande jamás puesto por cualquier
criatura, incluyendo los grandes reptiles del mesozoico. En efecto, el huevo
del Aepyornis se acercaba al tamaño máximo que puede llegar a alcanzar un huevo
con una cáscara de carbonato cálcico y sin ningún dispositivo de agarre ni
tirante interno. Si admitimos que el huevo del Aepyornis es el más grande,
entonces es también la célula más grande de que se tiene noticia.
Volviendo al aquí y ahora, el huevo más grande (y, por
tanto, la célula) producido por una criatura viviente es el de avestruz. Mide
entre 15 y 18 cm y tiene de 10a 15 cm de diámetro, y, por si les interesa, un
huevo de avestruz tarda cuarenta minutos en cocerse. Un huevo de gallina grande
tiene un diámetro aproximado de 7,5 cm de longitud. El huevo de ave más pequeño
es el de una especie de colibrí que pone huevos de poco más de un centímetro de
longitud.
Ahora vamos a calcular el volumen aproximado de estos
valores:
Como ven, la escala de tamaños de los huevos es
enormemente amplia. Incluso el huevo de ave más pequeño tiene un volumen unas
300.000 veces mayor que el del óvulo humano, mientras que el huevo más grande
es casi 20.000 veces más grande que el menor.
En otras palabras, la relación entre el tamaño del huevo
del Aepyornis y el del colibrí es la misma que existe entre el tamaño de la
ballena más grande y el de un perro de tamaño mediano, y la relación entre el
tamaño del huevo de colibrí y el óvulo humano es igual a la relación entre el
tamaño de esa misma ballena y una rata grande.
Y, sin embargo, aunque el huevo está formado por una sola
célula, no es el tipo de célula que podríamos considerar típica. En primer
lugar, en su gran mayoría no se trata de materia viva. Es evidente que la
cáscara no está viva, y la clara es simplemente un almacén de agua. La
verdadera célula es, en realidad, la yema, e incluso ésta es casi en su
totalidad un almacén de alimentos.
Si queremos hacernos una idea más real del tamaño de las
células, concentrémonos en las que contienen un suministro de alimentos que
sólo cubre las necesidades diarias; es decir, células que son en su mayor parte
protoplasma.
Estas células sin yema tienen tamaños variables desde los
límites de su visibilidad hacia abajo, del mismo modo que las células huevo
tienen tamaños variables desde los límites de su visibilidad hacia arriba.
En realidad, estos grupos a veces se solapan. Por ejemplo,
la ameba, un organismo autónomo simple formado por una sola célula, tiene un
diámetro de unas doscientas micras y un volumen de 4.200.000 micras cúbicas,
tres veces mayor que el óvulo humano.
Sin embargo, las células que constituyen los organismos
multicelulares son considerablemente más pequeñas.
Los volúmenes de las diferentes células del cuerpo humano
oscilan entre 200 y 15.000 micras cúbicas. Una célula del hígado, por ejemplo,
ocupa un volumen de 1.750 micras cúbicas.
Si consideramos cuerpos semejantes a células que no son
células completas, los volúmenes se hacen menores.
Por ejemplo, el glóbulo rojo humano, que es una célula
incompleta al carecer de núcleo, es bastante más pequeño que las células
normales del cuerpo humano, con un volumen de sólo 90 micras cúbicas.
Por otra parte, mientras que el óvulo femenino es la
célula más grande que producen los seres humanos, el espermatozoide masculino
es la más pequeña. La mayor parte del espermatozoide es núcleo celular, en
realidad sólo medio núcleo, y su volumen es de unas 17 micras cúbicas.
Es posible que esto les lleve a creer que las células que
componen un organismo multicelular son demasiado pequeñas como para constituir
fragmentos vivos individuales e independientes, y que una célula tiene que ser
anormalmente grande para poder disfrutar de autonomía. Después de todo. una
ameba es 2.400 veces más grande que una célula del hígado, así que es posible
que ésta esté más allá del limite de compacidad necesario para que exista vida
independiente.
Pero no es así. No hay duda de que las células del cuerpo
humano no pueden funcionar como organismos autónomos, pero esto se debe
únicamente a que cumplen funciones demasiado especializadas y no a que sean
demasiado pequeñas. Existen células que constituyen organismos independientes
mucho más pequeños que la ameba, más pequeñas incluso que el espermatozoide
humano. Me refiero a las bacterias.
Las bacterias más grandes no sobrepasan siquiera un
volumen de 7 micras cúbicas, mientras que el volumen de las más pequeñas puede
llegar a ser de 0,02 micras cúbicas.
Podemos resumirlo así:
Una vez más nos encontramos con una gama muy amplia. La
relación entre el tamaño de un organismo unicelular grande, como la ameba, y
otro pequeño, como una minúscula bacteria, es la misma que la existente entre
el tamaño de la mayor ballena adulta y un ejemplar mediano de la variedad más
pequeña de musaraña. Y la diferencia de tamaños entre la bacteria más grande y
la más pequeña es la misma que hay entre un elefante grande y un niño pequeño.
Ahora bien, ¿cómo demonios es posible que toda la
complejidad de la vida quepa en una minúscula bacteria doscientos millones de
veces más pequeña que una simple ameba?
Una vez más, se trata de un problema relacionado con la
compacidad, y es necesario que hagamos una pausa para reflexionar sobre las
unidades. Cuando pensamos en el peso físico de un cerebro, éste no es más que
una pequeña cantidad de tejidos. Pero cuando pensamos en el número de células
que lo forman, se convierte en un complejo de pequeñas unidades tremendamente
complicado. Del mismo modo, al hablar de las células, vamos a olvidarnos de las
micras cúbicas y a empezar a pensar en términos de átomos y moléculas.
Una micra cúbica de protoplasma contiene unos
40.000.000.000 de moléculas. Teniendo esto en cuenta, podemos rehacer la última
tabla en términos moleculares:
En este punto resulta tentador afirmar que la molécula es
la unidad de la célula, de igual manera que la célula es la unidad de los
organismos multicelulares. De hacerlo, podríamos seguir con el razonamiento
afirmando que la ameba es diecisiete millones de veces más complicada, en
términos moleculares, que el cerebro humano en términos celulares. En ese caso
la compacidad de la ameba como recipiente de vida resultaría menos
sorprendente.
Pero este razonamiento oculta una trampa. Casi todas las
moléculas del protoplasma son moléculas de agua, simples combinaciones de H20.
Dios sabe que estas moléculas son esenciales para la vida, pero su función
principal es servir de base para el desarrollo de otros procesos.
No son las moléculas características de la vida. Las
moléculas que son verdaderamente características de la vida son las complejas
macromoléculas de nitrógeno y fósforo: las proteínas, los ácidos nucleicos y
los fosfolipidos. Todas ellas no representan más que una diezmilésima parte de
las moléculas de los tejidos vivos.
(Ahora bien, no estoy diciendo que estas macromoléculas
representen sólo 1/10.000 del peso de los tejidos vivos, sino del número de
moléculas. Las macromoléculas individuales son mucho más pesadas que las
moléculas de agua. Por ejemplo, una molécula de proteína es, por término medio,
dos mil veces más pesada que una molécula de agua. En un sistema que estuviera
compuesto por dos mil moléculas de agua y una molécula de proteína, el número
de moléculas de proteína sólo representaría 1/2.001 del total, pero el peso de
la proteína representaría 1/2 del total.)
Revisemos entonces la tabla una vez más:
Por tanto, podemos decir que la célula humana es, por lo
general, tan compleja, en términos moleculares, como el cerebro humano en
términos celulares. Sin embargo, las bacterias son considerablemente más
simples que el cerebro, mientras que la ameba es considerablemente más
compleja.
Aun así, hasta la bacteria más simple crece y se divide
con gran rapidez, y no hay nada menos simple, desde el punto de vista químico,
que los procesos de crecimiento y división. Esa bacteria tan simple, apenas
visible con la ayuda de un buen microscopio óptico, es un activo, complicado y
completo laboratorio químico.
Ahora bien, la mayoría de las 80.000 macromoléculas que
componen la bacteria más pequeña (digamos unas 50.000 poco más o menos) son
enzimas, cada uno de ellos capaz de catalizar una determinada reacción química.
Si en el interior de una célula se están produciendo continuamente 2.000
reacciones químicas distintas, cada una de ellas necesaria para el crecimiento
y la multiplicación (esto también es una conjetura), entonces en cada reacción
participan, por término medio, unos 25 enzimas.
Una fábrica en la que se llevaran a cabo 2.000 operaciones
distintas con máquinas, cada una de las cuales empleara a 25 hombres, seria
justamente considerada una estructura extremadamente compleja. Hasta la
bacteria más pequeña alcanza esta complejidad.
También podemos considerarlo desde otro punto de vista.
Alrededor del cambio de siglo, los bioquímicos empezaron a darse cuenta de que,
además de los elementos atómicos evidentemente presentes en los tejidos vivos
(como el carbono, el hidrógeno, el oxigeno, el nitrógeno, el azufre, el fósforo
y otros), el cuerpo necesitaba también determinados metales en muy pequeñas
cantidades.
Como ejemplo, pensemos en los dos últimos elementos que se
han incorporado a la lista de metales presentes en pequeñas cantidades en el
cuerpo humano, el molibdeno y el cobalto. En todo el cuerpo humano hay quizás
unos 18 miligramos de molibdeno y 12 miligramos de cobalto. Esta cantidad, no
obstante ser tan pequeña, resulta absolutamente esencial. El cuerpo no podría
existir sin ella.
Y, lo que es aún más extraordinario, todos estos minerales
presentes en pequeñas cantidades, incluyendo el molibdeno y el cobalto, parecen
ser esenciales para todas y cada una de las células. Si dividimos unos 15
miligramos de estos elementos entre los cincuenta billones de células del
cuerpo humano, ¡qué pequeñísima parte de otra pequeñísima parte le corresponde
a cada una! Parece evidente que las células podrían pasarse sin ella.
Pero sólo es así si persistimos en pensar en términos de
las unidades de peso corrientes, en lugar de pensar en términos de átomos. En
una célula cualquiera hay, aproximadamente, unos 40 átomos de molibdeno y de
cobalto por cada mil millones de moléculas. Por tanto, vamos a hacer otra tabla
más:
(Atención, las células que aparecen en la lista no son
necesariamente «comunes». Sé, con bastante seguridad, que una célula del hígado
contiene una cantidad mayor que la media de estos átomos, y que el glóbulo rojo
contiene una cantidad menor; del mismo modo, en la tabla anterior el
espermatozoide, desde luego, contiene una cantidad mayor que lo normal de
macromoléculas. Sin embargo, me niego rotundamente a andarme con sutilezas.)
Como ven, después de todo, los minerales presentes en
pequeñas cantidades tampoco son tan escasos. Una ameba contiene miles de
millones de átomos, y una célula del cuerpo humano, millones de éstos. Hasta
las bacterias más grandes contienen miles de ellos.
Pero las bacterias más pequeñas sólo tienen un par de
docenas de estos átomos, y esto concuerda con mi anterior conclusión de que las
bacterias más pequeñas pueden tener una media de 25 enzimas que intervienen en
cada reacción.
El cobalto y el molibdeno (y los otros metales presentes
en pequeñas cantidades) resultan esenciales, porque son claves para importantes
enzimas. Suponiendo que haya un átomo por cada molécula enzimática, en total
sólo hay un par de docenas de estas moléculas en la bacteria más pequeña.
Aquí es posible que nos parezca que nos acercamos al
limite mínimo. Es poco probable que el número de enzimas diferentes esté
distribuido regularmente. En algunos casos habrá más de un par de docenas, y en
otros menos. Es posible que sólo estén presentes uno o dos enzimas clave
determinados. Para una célula con un volumen de menos de 0,02 micras cúbicas,
las probabilidades de que algunos enzimas clave sean empujados fuera de ésta
son cada vez mayores; de ocurrir esto. la célula dejaría de crecer y de multiplicarse.
Por tanto, resulta razonable suponer que la bacteria más
pequeña visible con ayuda de un buen microscopio óptico es verdaderamente la
porción más pequeña de materia en la que es posible introducir todos los
procesos característicos de la vida. Visto de esta manera, esta bacteria
representa el limite de compacidad en lo que se refiere a los organismos vivos.
Pero, ¿y los organismos que son aún más pequeños que la
más pequeña bacteria y que, al carecer de algún enzima o enzimas esenciales, no
crecen ni se desarrollan en condiciones normales? ¿Podemos considerarlos como
organismos completamente inertes por el hecho de que no tienen una vida
autónoma?
Antes de responder, tengamos en cuenta que esos pequeños
organismos (que podemos llamar subcélulas) siguen siendo potencialmente capaces
de crecer y multiplicarse. Esta potencialidad puede traducirse en hechos si les
proporcionamos el enzima o enzimas necesarios para ello, y éstos sólo pueden
proceder de una célula viva completa.
Por tanto, una subcélula es un organismo que tiene la
capacidad de invadir una célula para crecer y multiplicarse en su interior,
utilizando la dotación enzimática de ésta para suplir sus deficiencias.
Las subcélulas más grandes que existen son las
rickettsias, que toman su nombre de un patólogo americano, Howard Taylor
Ricketts, quien en 1909 descubrió que los insectos eran los agentes
transmisores del tifus exantemático de las montañas Rocosas, enfermedad
producida por estas subcélulas. Murió al año siguiente de fiebre tifoidea, de
la que se había contagiado en el curso de sus investigaciones sobre esta
enfermedad, que también transmiten algunos insectos. Tenía treinta y nueve
años, y la recompensa que obtuvo por sacrificar su vida por el bien del género
humano fue, como ya pueden imaginarse, el olvido.
Las rickettsias más pequeñas se confunden con los virus
(no hay una divisoria claramente marcada), y los más pequeños de entre éstos
sobrepasan el tamaño de los genes, que se encuentran en el núcleo de las
células y que llevan en su estructura información genética parecida a la de los
virus.
Para seguir hablando de estas subcélulas, vamos a dejar de
utilizar la micra cúbica como unidad de volumen, porque de no hacerlo
tendríamos que trabajar con decimales pequeñísimos. En su lugar utilizaremos la
milimicra cúbica. Una milimicra es la milésima parte de una micra.
Por tanto, una milimicra cúbica es 1/1.000 por 1/1.000 por
1/1.000, o una milmillonésima parte de una micra cúbica. En otras palabras, el
volumen de la bacteria más pequeña, 0,02 micras cúbicas, es igual a 20.000.000
milimicras cúbicas. Ahora podemos presentar una tabla de volúmenes de las
subcélulas:
Las subcélulas presentan grandes diferencias de volumen.
La rickettsia más grande es tres veces mayor que la bacteria más pequeña. (No
es sólo el tamaño el que determina la condición de subcélula, sino la ausencia
de al menos un enzima esencial.) Por otra parte, la subcélula más pequeña tiene
un tamaño de sólo 1/3.500 del de la bacteria más pequeña. La relación de
tamaños entre la subcélula más grande y la más pequeña es la misma que hay
entre la ballena más grande y un perro de tamaño medio.
A medida que bajamos por la escala de subcélulas,
disminuye el número de moléculas. Naturalmente, las macromoléculas de
nitrógeno-fósforo no desaparecen por completo, ya que la vida, aunque sólo sea
una lejana posibilidad de vida, es imposible sin ellas (al menos la forma de
vida que conocemos). Las subcélulas más pequeñas están formadas únicamente por
una pequeñísima cantidad de estas macromoléculas, sólo por los elementos
imprescindibles para la vida, sin ningún elemento superfluo, por decirlo así.
Sin embargo, el número de átomos sigue siendo bastante
considerable. Una milimicra cúbica es capaz de contener varios cientos de
átomos si se agrupan con el mayor grado de compacidad posible, lo que desde
luego no ocurre en los tejidos vivos.
Así, el virus del mosaico del tabaco tiene un peso
molecular de 40.000.000, y los átomos de los tejidos vivos tienen un peso
molecular medio de 8 aproximadamente.
(Todos los átomos, excepto el de hidrógeno, tienen pesos
atómicos muy superiores a 8, pero el elevado número de átomos de hidrógeno,
cada uno con un peso atómico de 1, hace bajar la media.)
Esto quiere decir que en un virus del mosaico del tabaco
hay aproximadamente 5.000.000 de átomos, unos 100 átomos por milimicra cúbica.
Por tanto, podemos confeccionar una nueva versión de la tabla anterior:
Por tanto, parece ser que los elementos imprescindibles
para la vida pueden estar contenidos en sólo 70.000 átomos. Por debajo de este
nivel nos encontramos con moléculas de proteína ordinarias, evidentemente
inertes.
Algunas moléculas de proteína (evidentemente inertes)
llegan a tener más de 70.000 átomos, pero lo normal es que estas moléculas
contengan de 5.000 a 10.000 átomos.
Por consiguiente, vamos a considerar que 70.000 átomos es
la «unidad mínima de vida». Como una célula humana normal contiene
macromoléculas formadas por un número total de átomos al menos quinientos
millones de veces mayor que la unidad mínima de vida, y como la corteza
cerebral humana contiene diez mil millones de células, no es de extrañar que el
cerebro sea lo que es.
De hecho, lo que resulta pasmoso es que el género humano
se las haya arreglado, menos de diez mil años después de inventar la
civilización, para reunir unos cuantos miles de unidades tremendamente simples
y construir con ellas ordenadores con resultados tan satisfactorios.
Imagínense lo que podría ocurrir si fuéramos capaces de
construir unidades compuestas de quinientos millones de elementos, y luego
utilizáramos diez mil millones de estas unidades para diseñar un ordenador.
Vaya, es posible que se obtuviera algo que, en comparación, hiciera parecer al
cerebro humano un petardo mojado.
¡Mejorando lo presente, por supuesto!
NOTA
Me divierte hacer comparaciones y estudiar las propiedades
según las cuales aumentan y disminuyen las cantidades, recorriendo cada peldaño
hasta llegar a los extremos, como he hecho en los ensayos precedentes.
Finalmente, acabé por dedicar todo un libro a este
ejercicio, y lo titulé La medida del Universo (Measure of the Universe, Harper
Row, 1983). Empezaba con una medida ordinaria, por ejemplo un metro, e iba
subiendo peldaños de medio orden de magnitud cada uno. Después de 55 peldaños
llegaba a la circunferencia del Universo. Luego iba bajando los peldaños a
partir de un metro y, después de recorrer 27, llegaba al diámetro del protón.
También seguí este procedimiento para las medidas de
superficie, volumen, masa, densidad, presión, tiempo, velocidad y temperatura,
y me divertí más de lo que puedo expresar con palabras.
USTED TAMBIÉN PUEDE HABLAR
GAÉLICO
No resulta fácil demostrar al hombre de la calle que uno
es químico. Al menos, cuando se ejerce la química a mi manera (exclusivamente
desde mi butaca).
Si me muestran una prenda con una mancha de origen remoto,
cuya composición me es desconocida, me siento totalmente impotente. Digo: «¿Has
probado a llevarlo a la tintorería?», con un tono esperanzado que decepciona
inmediatamente a cualquiera que me oiga. No soy capaz de observar una pasta de
composición sospechosa y decir para qué sirve sólo por el olor, y no tengo ni
la más remota idea de cuáles pueden ser los componentes de un medicamento que
sólo conozco por su nombre comercial.
Por consiguiente, muy pronto mis interlocutores enarcan
las cejas, y empiezan a aparecer sonrisas maliciosas y a oírse roncos
murmullos: «¡Vaya químico! ¡Dios sabe en qué universidad de pacotilla habrá
estudiado!»
Lo único que puedo hacer es esperar. Tarde o temprano
aparece el nombre de un producto químico de dieciocho silabas, ya sea en una
caja de cereales, en un frasquito de pastillas o en una botella de loción.
Entonces, después de asegurarme de que se hace el silencio para que todo el
mundo me escuche, digo con aire casual: «Ah, sí», y pronuncio el nombre
rápidamente, como una ametralladora, y todo el mundo se queda con la boca
abierta en varias millas a la redonda.
Porque han de saber que, por muy incompetente que sea en
lo que se refiere a los aspectos prácticos de la química, puedo hablar su jerga
con toda soltura.
Pero también tengo que confesarles algo: no es nada
difícil hablar de química. Sólo lo parece, porque la química orgánica (la rama
de la química que cuenta con la mayor proporción de nombres enrevesados) estuvo
casi totalmente monopolizada por los alemanes durante el siglo XIX. Los
alemanes, por alguna extraña razón que sólo ellos conocen, tienen la costumbre
de juntar las palabras y de borrar cualquier rastro de estas uniones. Lo que
nosotros expresamos con una frase, ellos lo convierten en una única palabra
interminable. Eso es lo que hicieron con los nombres de los compuestos
orgánicos, que el inglés adoptó servilmente sin apenas alteraciones.
Por tanto, ésta es la razón de que uno pueda encontrarse
con un compuesto perfectamente respetable que, según todos los indicios, se
limita a estar allí, sin hacer daño a nadie, y encontrarse que tiene un nombre
como paradimetilaminobenzaldehído. (Y éste es bastante corto para lo que suelen
ser estos nombres.)
Una persona normal, acostumbrada a palabras de un tamaño
respetable, encuentra este conglomerado de letras ofensivo e irritante, pero lo
cierto es que no es más que cuestión de hacerle frente y de avanzar lentamente
hasta el final. Pronúncienlo así: PA-ra-di-ME-til-a-MI-no-ben-ZAL-de-hído. Si
acentúan ustedes las silabas que están en mayúscula, se darán cuenta de que
después de practicar un rato pueden decirlo rápidamente y sin problemas, lo que
impresionará enormemente a sus amigos*.
Lo que es más, ahora que pueden decir la palabra,
comprenderán mejor algo que me ocurrió en una ocasión.
Hace algunos años trabé conocimiento con este compuesto en
particular, porque disuelto en ácido clorhídrico se utiliza para detectar la
presencia de un compuesto llamado glucosamina, cosa que en aquella época yo
estaba ansioso por hacer.
así que me dirigí a la estantería de los reactivos y le
dije a la persona que estaba allí:
–¿Tenemos paradimetilaminobenzaldehido?
Y me contestó:
–Quieres decir PA-ra-di-ME-til-a-MI-no-ben-ZALde-hido.
Y lo hizo cantándolo al son de la melodía de La lavandera
irlandesa.
Si no conocen la melodía, sólo puedo decirles que se trata
de una giga irlandesa; en realidad, es la giga irlandesa: si la oyeran, la
reconocerían. Me atrevo a afirmar que, si sólo conocen una giga irlandesa, o si
intentan recordar alguna, se trata de ésta.
Es así: DAM-di-di-DAM-di-di-DAM-di-di-DAM-didi, y así casi
indefinidamente.
Por un momento me quedé sin habla, y luego, dándome cuenta
de la imposibilidad de permitir que alguien fantaseara a costa de mi
experimento, dije:
–¡Claro! Es un tetrámero dactílico.
–¿Qué? – dijo.
Se lo expliqué. Un dáctilo es un conjunto de tres sílabas
en el que la primera va acentuada y las dos siguientes no, y un verso es un
tetrámero dactílico cuando tiene cuatro de estos conjuntos de silabas.
Cualquier cosa que siga a este esquema puede cantarse con la melodía de La
lavandera irlandesa. Por ejemplo, la mayor parte del poema de Longfellow
Evangeline puede cantarse de esta forma, y me apresuré a ofrecerle un ejemplo a
mi compañero:
«ESte es el BOSque ancesTRAL. Los Alegres Pinos,
ciCUtas…», y así sucesivamente.
Para entonces ya estaba intentando alejarse de mi, pero le
seguí al trote corto. En realidad, proseguí, cualquier cosa que siga un esquema
yámbico puede cantarse con la música del Humoresque de Dvorak. (Ya saben a cuál
me refiero: di-DAM-di-DAM-di-DAM-di-DAM-di-DAM. y así continuamente.)
Por ejemplo, dije. se podría cantar el parlamento de
Porcia con la música del Humoresque de esta forma: «La CAliDAD en EL perDON no
ES forZAda, CAe COmo SUAve LLUvia CElesTIAL soBRE luGAres MAS baJOS.»
Por fin, consiguió librarse de mi y no volvió a aparecer
por el trabajo durante unos cuantos días, se lo tenía bien merecido.
Pero yo tampoco salí impune. Ni pensarlo. Me pasé varias
semanas obsesionado con estos repetitivos ritmos dactílicos.
PA-ra-di-ME-til-a-MI-no-ben-ZAL-de-hido-PAra-di-ME-til-a-MI-no…, resonaba una y
otra vez en mi cerebro. Me revolucionaba las ideas, no me dejaba dormir y me
redujo a un estado semidemencial, porque siempre estaba murmurando fieramente
entre dientes, ante la alarma de los eventuales espectadores.
Por fin, logré exorcizar esta obsesión, dándole la
siguiente forma. Me encontraba ante la mesa de una recepcionista, esperando la
oportunidad de darle mi nombre para poder entrar a ver a una persona. Era una
recepcionista irlandesa muy bonita, y por tanto yo no tenia ninguna prisa, ya
que el individuo al que tenia que ver era un tipo muy masculino, y me gustaba
más la recepcionista.
Así que aguardé pacientemente y le sonreí, y en ese
momento su aspecto irlandés me trajo a la mente el recuerdo de ese redoble de
tambor, así que me puse a cantar en voz baja (sin darme cuenta de lo que estaba
haciendo): PA-ra-di-ME-til-a-MI-no-ben-ZAL-de-hído…, repitiendo varias veces el
estribillo.
Y la recepcionista juntó las manos encantada y exclamó:
–¡Oh, vaya, se la sabe usted en gaélico original!
¿Qué podía hacer? Sonreí modestamente e hice que me anunciara
como Isaac O'Asimov.
Desde ese día no he vuelto a cantarlo, excepto cuando
cuento esta anécdota. La historia se acabó, porque después de todo, amigos, en
el fondo de mi corazón yo sé que no sé ni una palabra de gaélico.
¿Pero qué son estas sílabas que tanto se parecen al
gaélico? Vamos a rastrear el origen de cada una de ellas, y a intentar
comprender su sentido, si es posible. Quizá después se den cuenta de que
ustedes también pueden
hablar gaélico.
Comenzaremos por un árbol del sureste asiático, que crece
principalmente en Sumatra y en Java. Este árbol rezuma una resina marrón rojiza
que al quemarse produce un agradable aroma. En la época medieval los
comerciantes árabes habían explorado el océano Indico y los países costeros,
trayendo consigo esta resina, que llamaban «incienso javanés». Por supuesto, le
llamaban eso en árabe, así que su nombre era luban javi.
Para los europeos que adquirían esta esencia a los
comerciantes árabes, su nombre no era más que un conjunto de silabas sin
sentido. La primera sílaba, lu, podría ser un artículo definido (lo es «el» en
italiano; le y la son «el» y «la» en francés, y así sucesivamente). Por tanto,
los comerciantes europeos llamaban a esta sustancia «el banjavi» o simplemente
«banjavi».
Esto tampoco tenía sentido, y sufrió una serie de
transformaciones: desde «benjamín», por ejemplo (ya que ésta al menos era una
palabra conocida), hasta «benjoin», y, por último, hacia 1650, se llamó
«benzoin». En inglés esta resina se llama ahora gum benzoin (goma benjuí).
Alrededor de 1608, se consiguió aislar una sustancia ácida
a partir de esta resina, que acabó por conocerse por el nombre de «ácido
benzoico». Más adelante, en 1834, un químico alemán llamado Eilhart
Mitscherlich transformó el ácido benzoico (que contiene dos átomos de oxigeno
en su molécula) en un compuesto sin ningún átomo de oxigeno, formado sólo por
átomos de carbono e hidrógeno. A este nuevo compuesto le llamó «benzina»; la
primera silaba hace alusión a su origen.
Otro químico alemán, Justus Liebig, no estaba conforme con
el sufijo -ina, que afirmaba que se utilizaba solamente para compuestos que
contienen átomos de nitrógeno, cosa que no ocurría en el caso de la benzina de
Mitscherlich. Liebig tenía razón en este punto. Pero propuso el sufijo -oí, que
es «óleo» en alemán, porque este compuesto se mezclaba mejor con las grasas que
con el agua. Sin embargo, éste no es mejor que -ina, ya que, como explicaré
dentro de un instante, el sufijo -ol es utilizado por los químicos para otros
fines. Pero este nombre se popularizó en Alemania, donde el compuesto sigue
siendo conocido como «benzol».
En 1845, otro químico alemán más (ya les dije que la
química orgánica fue monopolio de los alemanes durante el siglo XIX), August W.
von Hofmann, propuso el nombre «benceno», que es el que se utiliza
correctamente en casi todo el mundo, incluidos los Estados Unidos. He dicho
correctamente porque la terminación -eno se suele utilizar para designar muchas
moléculas compuestas únicamente por átomos de hidrógeno y carbono
(hidrocarburos), y, por tanto, la terminación y el nombre resultan adecuados.
La molécula de benceno está formada por seis átomos de
carbono y seis átomos de hidrógeno. Los átomos de carbono están dispuestos
formando un hexágono, y cada uno de ellos está ligado a un átomo de hidrógeno.
Si recordamos esta estructura, basta con decir que la fórmula del benceno es
c6h6.
Quizá hayan advertido que, en el largo y tortuoso camino
recorrido desde la isla de Java a la molécula de benceno, las letras que
recuerdan su origen insular se han perdido por completo. En la palabra
«benceno» no hay ninguna «j», ninguna «a» ni ninguna «v».
No obstante, algo hemos conseguido. Si recuerdan el
compuesto de La lavandera irlandesa, el paradimetilaminobenzoaldehido, sin duda
advertirán la presencia de la silaba «benzo». Ahora ya conocen su origen.
Llegados a este punto, vamos a seguir un rastro totalmente
distinto.
Ya se sabe cómo son las mujeres (tres hurras): durante
muchos siglos se han pintado las pestañas, los párpados superiores y los
ángulos de los ojos con la intención de que dichos ojos parezcan grandes,
oscuros, misteriosos y seductores. En la antigüedad se servían de un pigmento
oscuro (a menudo un compuesto de antimonio) que se molía hasta conseguir un
fino polvo. Tenía que ser un polvo muy fino, por supuesto, porque una sombra de
ojos grumosa tendría un aspecto espantoso.
Los árabes, con admirable sencillez, llamaban a este
cosmético «el polvo finamente dividido». Pero, una vez más, lo hacían en árabe,
con lo que el nombre resultante era al-kuhl; la «h» se pronuncia de una manera
un tanto gutural que soy incapaz de reproducir, y «al» significa «el» en árabe.
Los árabes fueron los grandes alquimistas de la Alta Edad
Media, y cuando los europeos empezaron a dedicarse a la alquimia en la Baja
Edad Media, adoptaron muchos términos árabes. Los árabes habían empezado a
utilizar la denominación al-kuhl para cualquier polvo finamente dividido, sin
relación con sus funciones cosméticas, y los europeos les imitaron. Pero
pronunciaban y escribían la palabra de maneras muy diversas, hasta degenerar en
la forma «alcohol».
Se da la circunstancia de que los alquimistas siempre se
sintieron incómodos con los gases o vapores. No sabían qué hacer con ellos.
Tenían la vaga impresión de que los vapores no eran materiales en el mismo
sentido que los sólidos o los líquidos, y por tanto los llamaban «espíritus».
Les impresionaban de manera especial las sustancias que
desprendían espíritus incluso a temperaturas normales (y no sólo al
calentarlas), y de todas ellas, la más importante en la época medieval era el
vino, así que los alquimistas hablaban de «los espíritus del vino» para
referirse a los componentes volátiles de éste (y nosotros llamamos a veces a
las bebidas alcohólicas «espiritosas»).
Ahora bien, cuando un liquido se evapora, parece
pulverizarse hasta desvanecerse, así que los espíritus también fueron llamados
«alcohol», y los alquimistas hablaban del «alcohol del vino». Y ya en el siglo
XVII la, palabra «alcohol» se utilizaba únicamente para referirse a los vapores
emitidos por el vino.
A principios del siglo XIX se definió la estructura
molecular de estos vapores. Se descubrió que estas moléculas estaban formadas
por dos átomos de carbono y uno de oxígeno alineados. Al primer átomo de
carbono iban unidos tres átomos de hidrógeno, al segundo dos átomos de
hidrógeno y el átomo de oxigeno, y al átomo de oxigeno un átomo de hidrógeno.
Por consiguiente, su fórmula puede representarse como CH3CH2OH.
El grupo hidrógeno-oxigeno (-OH) se conoce de manera
abreviada como «grupo oxhidrilo». Los químicos empezaron a descubrir un gran
número de compuestos en los que existe un grupo oxhidrilo unido a un átomo de
carbono, como ocurre en el alcohol del vino. Todos estos compuestos acabaron
por ser conocidos por el nombre genérico de «alcoholes», y a cada uno se le dio
un nombre determinado.
Por ejemplo, el alcohol del vino tiene un grupo de dos
átomos de carbono al que están unidos un total de cinco átomos de hidrógeno. Se
encontró esta misma combinación en un compuesto aislado en 1540. Este compuesto
se evapora con mayor facilidad todavía que el alcohol, y el liquido desaparece
con tanta rapidez que da la impresión de estar terriblemente impaciente por
elevarse hacia su hogar en los cielos. Aristóteles había llamado a la materia
que compone los cielos «éter», así que en 1730 esta sustancia que se evaporaba
tan fácilmente fue bautizada con el nombre de spiritus aethereus, en castellano
«espíritu etéreo», que acabó por acortarse a «éter».
El grupo de dos carbonos y cinco hidrógenos del éter (hay
dos grupos así en cada molécula) fue llamado «grupo etílico», naturalmente, y
como este grupo está presente en el alcohol del vino, éste dio en llamarse
«alcohol etílico» alrededor de 1850.
Entonces sucedió que los químicos consideraron suficiente
añadir al nombre de un compuesto el sufijo -ol para indicar que se trataba de
un alcohol, con un grupo oxhidrilo. Esta es la razón de que se pusieran reparos
al nombre «benzol» para el compuesto c6h6. El benceno no tiene ningún grupo
oxhidrilo, no es un alcohol, y su nombre ha de ser «benceno» y no «benzol». ¿Me
han oído?
Es posible eliminar dos átomos de hidrógeno de un alcohol
quitando el átomo de hidrógeno que está unido al de oxígeno y uno de los dos
átomos de hidrógeno que están unidos al carbono. En ese caso la molécula
CH3CH2OH se transformaría en la molécula CH3CHO.
Liebíg (el responsable del horrible término «benzol») lo
consiguió en 1835, y fue el primero en aislar el CH3CHO.
Como la eliminación de átomos de hidrógeno se llama,
naturalmente, «deshidrogenación», Liebig sintetizó un alcohol deshidrogenado, y
así lo llamó. Pero como lo hizo en latín, el nombre era alcohol dehydrogenatus.
Este nombre resulta demasiado largo para un compuesto tan
sencillo, y los químicos, que al fin y al cabo son tan humanos como cualquiera
(¡de verdad!), tienen tendencia a acortar los nombres largos prescindiendo de
algunas silabas. Si cogemos la primera sílaba de alcohol y las dos primeras
silabas de dehydrogenatus y las colocamos juntas, tenemos la palabra
«aldehído».
De esta forma, la combinación de un átomo de carbono con
uno de hidrógeno y otro de oxígeno (-CHO), que constituye una parte tan
importante de la molécula de alcohol deshidrogenado, dio en llamarse «grupo
aldehído», y cualquier compuesto que lo contuviese era un aldehído.
Por ejemplo, volviendo al benceno, C6H6, imaginemos que
quitamos uno de sus átomos de hidrógeno y lo sustituimos por un grupo -CHO;
obtendríamos el compuesto C6H5CHO, que es el «bencenoaldehído», o, utilizando
la forma abreviada universalmente utilizada, «benzaldehído».
Remontémonos de nuevo a los antiguos egipcios. El dios
patrón de la ciudad egipcia de Tebas, en el Alto Nilo, se llamaba Amón. Cuando
Tebas se impuso sobre las demás ciudades egipcias, durante las dinastías XVIII
y XIX, la época de mayor poderío militar egipcio, Amón, como es natural, se
impuso sobre el resto de los dioses egipcios. Amón exigió la construcción de un
gran número de templos, entre ellos uno situado en un oasis del desierto
norteafricano, bastante al oeste del centro principal de la cultura egipcia.
Este dios era conocido por los griegos y más tarde por los romanos, que lo
llamaban Ammon.
Todas las zonas desérticas tienen el problema de la
obtención de combustibles. Uno de los combustibles que se utilizan en el norte
de África es el estiércol de camello. El hollín producido por el estiércol de
camello quemado, que dejó rastros en los muros y el techo del templo, contenía
cristales blancos parecidos a la sal, que los romanos llamaron «sal amónica»,
es decir, «la sal de Ammon». (La expresión «sal amónica» se sigue utilizando en
la jerga de los farmacéuticos, pero los químicos de hoy en día llaman a esta
sustancia «cloruro amónico».)
En 1774 el químico inglés Joseph Priestley descubrió que
al calentar la sal amónica se desprendía un gas de olor penetrante, y en 1782
el químico sueco Torbern Olof Bergmann propuso llamar «amoníaco» a este vapor.
Tres años más tarde, un químico francés, Claude Louis Berthollet, determinó la
estructura de la molécula de amoníaco.
Está formada por un átomo de nitrógeno al que están unidos
tres átomos de hidrógeno, así que su fórmula es NH3.
Con el paso del tiempo los químicos que estudiaban los
compuestos orgánicos (es decir, los compuestos que contienen átomos de carbono)
descubrieron que era frecuente que una combinación de un átomo de nitrógeno y
dos átomos de hidrógeno (-NH2) apareciera unida a uno de los átomos de carbono
de la molécula orgánica. Estaba clara la similitud de esta combinación con la
molécula de amoníaco, y ya en 1860 el grupo -NH2 era llamado «grupo amino» para
subrayar esta similitud.
Ahora bien, volviendo a nuestro benzaldehído, C6H5CHO, si
eliminamos un segundo átomo de hidrógeno del benceno original y lo sustituimos
por un grupo amino, obtendremos C6H4(CHO) (NH2), que es el «aminobenzaldehido».
Antes me he referido al alcohol del vino, CH3CH2OH, y lo
he llamado «alcohol etílico». También puede ser llamado (y lo es a menudo)
«alcohol de grano», porque se obtiene a partir de la fermentación del grano.
Pero, como ya apunté, no es el único alcohol que existe, ni mucho menos. Ya en
1661 el químico inglés Robert Boyle descubrió que al calentar madera en
ausencia de aire obtenía ciertos vapores, algunos de los cuales se condensaban
formando un liquido claro.
Detectó la presencia en este líquido de una sustancia muy
parecida al alcohol corriente, pero no exactamente igual. (Se evapora con más
facilidad que el alcohol corriente y es mucho más venenoso, por citar sólo dos
de las diferencias.) Este nuevo alcohol fue llamado «alcohol de madera».
Pero para que un nombre científico tenga la autoridad que
le corresponde siempre se buscan términos griegos o latinos. Vino, en griego,
es methy, y madera, yli. Para decir «vino de la madera» (esto es, «alcohol de
madera»), hay que unir las dos palabras griegas, y así obtenemos methyl.
El primero en hacerlo fue el químico suizo Jóns Jacob
Berzelius, alrededor de 1835, y desde entonces el alcohol de madera es, para
los químicos, «alcohol metílico».
En 1834 el químico francés Jean Baptiste André Dumas (que
yo sepa, no era pariente del novelista) determinó la fórmula del alcohol
metílico. Resultó ser más simple que la del alcohol etílico; sólo contiene un
átomo de carbono. La fórmula es CH3OH. Por esta razón, el grupo formado por un
átomo de carbono y tres átomos de hidrógeno (-CH3) pasó a ser conocido como
«grupo metílico».
El químico francés Charles Adolphe Wurtz (nacido en
Alsacia, lo cual explica su apellido alemán) descubrió en 1849 que uno de los
dos átomos de hidrógeno del grupo amino podía ser sustituido por el grupo
metílico, produciendo el compuesto -NHCH3. Naturalmente, se trata de un «grupo
metilamino». Si se sustituyeran los dos átomos de hidrógeno por grupos
metílicos, la fórmula sería -N(CH3) 2, y tendríamos un «grupo dimetilamino».
(El prefijo di- viene del griego dis, que significa «dos veces». Es decir, el
grupo metílico se suma dos veces al grupo amino.)
Podemos ahora volver a nuestro aminobenzaldehído,
C6H4(CHO) (NH2). Si en lugar de un grupo amino hubiéramos añadido un grupo
dimetilamino, la fórmula sería C6H4(CHO) (N(CH3)2), y se llamaría
«dimetilaminobenzaldehído».
Volvamos al benceno una vez más. Su molécula es un
hexágono compuesto por seis átomos de carbono, a cada uno de los cuales va
unido un átomo de hidrógeno. Hemos sustituido uno de los átomos de hidrógeno
por un grupo aldehído, y otro por un grupo dimetilamino, para formar
dimetilaminobenzaldehído; pero, ¿qué dos átomos de hidrógeno hemos sustituido?
En un hexágono perfectamente simétrico, como el que forma
la molécula de benceno, sólo existen tres maneras de seleccionar dos átomos de
hidrógeno. Podemos eliminar los átomos de hidrógeno de dos átomos de carbono
contiguos, o de dos átomos de carbono seleccionados de manera que entre ellos
permanezca intacto un grupo de carbono-hidrógeno, o podemos eliminarlos de
manera que entre ellos permanezcan intactos dos grupos de carbono-hidrógeno.
Si numeramos la secuencia de átomos de carbono del
hexágono del uno al seis, las tres combinaciones posibles afectan a los
carbonos 1 y 2, 1 y 3, y 1 y 4 respectivamente.
Si dibujan ustedes un diagrama (muy sencillo), verán que
no es posible ninguna otra combinación. Todas las combinaciones diferentes de
dos átomos de carbono del hexágono se reducen a uno u otro de estos tres casos.
Los químicos han dado un nombre a cada una de estas
combinaciones. La combinación 1,2 es ortho, de la palabra griega «derecho» o
«correcto», quizá porque es la más simple en apariencia, y, lo que parece
simple, también parece correcto.
El prefijo meta- viene de una palabra griega, que
significa «en medio de», pero que tiene también otro significado, «después del
siguiente»; por tanto, es un buen nombre para la combinación 1,3. Se sustituye
el hidrógeno del primer carbono, el siguiente se deja como está, y se vuelve a
sustituir el carbono «después del siguiente».
El prefijo para- viene de una palabra griega que significa
«al lado de», o «lado a lado». Si marcamos los ángulos 1 y 4 de un hexágono y
le damos la vuelta de manera que el 1 esté en el extremo izquierdo, entonces el
4 estará en el extremo derecho. Realmente están «lado a lado», y por tanto
para- se utiliza para la combinación 1,4.
Ahora ya sabemos por dónde andamos. Cuando decimos
«para-dimetilaminobenzaldehido», estamos diciendo que el grupo dimetilamino y
el grupo aldehído están unidos a los carbonos 1 y 4 respectivamente. Se
encuentran en los extremos opuestos del anillo de benceno, y su fórmula es
CHOC6H4N(CH3)2.
¿Lo ven?
Ahora que ya saben gaélico, ¿qué creen que son los siguientes
compuestos?
1) alfa-di-glucósido-beta-di-fructofuranosa;
2) dos, tres-dihidro-tres-oxobencenosulfonazolona;
3) delta-cuatro-pregnona-diecisiete-alfa, veintiuno,
diol-tres, once, veinte-triona;
4) clorhidrato de
dos-metil-cinco-cuatro-metil-betaoxietil-cloruro de
tiazolonio-metil-seis-amino-pirimidina.
Por si acaso su gaélico es todavía un poco elemental, les
daré las respuestas. Son:
1) azúcar de mesa;
2) sacarina;
3) cortisona;
4) vitamina B1.
¿No es sencillo?
NOTA
Soy químico de profesión, pero no suelo escribir
demasiados artículos sobre asuntos relacionados con la química.
Creo que es bastante comprensible. Me he pasado años y
años en los que me han llenado hasta aquí arriba -no, más arriba, hasta aquí
arriba- de química, y a veces me sorprendo a mi mismo evitándola de manera
inconsciente.
De todas formas, cuando soy capaz de encontrar algún
aspecto de la química que me parece divertido, resulta un placer hablar de
ello. ¿Y qué hay más enloquecedor para el lego que todos esos extraños nombres
de los productos químicos? Pero resulta que esos nombres tienen unos
entretenidos orígenes históricos, y por ello decidí escribir este artículo.
EL DEDO QUE SE MUEVE
LENTAMENTE
¡Ay de nosotros, rodeados de pruebas de la mortalidad de
todas las cosas! El otro día murió nuestro pequeño periquito. Por lo que
sabíamos, tenía poco más de cinco años, y siempre le habíamos cuidado lo mejor
que pudimos. Le alimentábamos, le dábamos agua, limpiábamos su jaula, le
dejábamos salir de la jaula y volar por la casa, le enseñamos algunas palabras,
pocas, pero escandalosas, le permitíamos subirse a nuestros hombros y comer lo
que quisiera de nuestros platos. En pocas palabras, intentábamos que se
sintiera como uno de nosotros, los humanos.
Pero, por desgracia, su proceso de envejecimiento siguió
siendo el de un periquito. En este último año cada vez se mostraba más hosco y
taciturno; no decía más que muy de vez en cuando sus palabras indecentes, y se
pasaba más tiempo andando que volando. Y, por último, se murió. Y,
naturalmente, en mi interior se está desarrollando un proceso similar.
Esta idea me pone de mal humor. Cada año bato mi marca
anterior y me adentro en tierras más altas en lo que se refiere a la edad, y
resulta un pobre consuelo pensar que a todo el mundo le está ocurriendo
exactamente lo mismo.
La verdad pura y dura es que no me gusta envejecer. En mis
buenos tiempos fui una especie de niño prodigio no demasiado espectacular: ya
saben, el tipo de niño que aprende a leer solo antes de los cinco años, que
ingresa en la universidad a los quince años y a los dieciocho escribe artículos
que son publicados y cosas así. Como se pueden imaginar, sufría frecuentes
exámenes por parte de los curiosos, como si fuera una especie de monstruo
absurdo; yo tomaba invariablemente estos exámenes por admiración, y me
encantaba.
Pero esta conducta lleva en sí su propio castigo, porque
el dedo que se mueve va escribiendo -como dijo Edward Fitzgerald que había
dicho Omar Khayyam-, y una vez que ha escrito, continúa moviéndose. Y eso
quiere decir que el brillante, joven, bullicioso y efervescente niño prodigio
se ha convertido en un nada prodigioso individuo fofo, panzudo, legañoso y de
edad mediana, y la edad se hace sentir doblemente en este tipo de personas.
Con bastante frecuencia me encuentro con algún tipo
grandote, robusto y vigoroso, con las mejillas erizadas por una barba de tres
días, que se me acerca y me dice con voz de bajo:
–He leído todo lo que ha escrito desde que aprendí a leer,
y he buscado todo lo que escribió antes de que aprendiera a leer, y también lo
he leído.
Entonces siento el impulso de atizarle un derechazo en la
mandíbula, y podría hacerlo si estuviera totalmente seguro de que iba a
respetar mis años y no me iba a devolver el golpe.
así que no se me ocurre otro remedio que encontrar una
manera de ver el lado bueno del asunto, si es que lo tiene…
A todo esto, ¿cuánto viven los organismos? Sólo podemos
hacer conjeturas. Las estadísticas sobre el tema se remontan únicamente a los
últimos cien años aproximadamente, y sólo para el Homo sapiens y en las zonas
del mundo más «avanzadas».
Así que gran parte de las consideraciones sobre la
longevidad se basan en cálculos bastante aproximados.
Pues bien: si todo el mundo se dedica a hacer conjeturas,
yo también puedo hacerlo, y pueden apostar a que lo haré tan alegremente como
cualquiera.
En primer lugar, ¿qué queremos decir con «duración de la
vida»? Hay varias maneras de considerarla, y una de ellas es tener en cuenta el
intervalo real de tiempo (por término medio) que viven los organismos reales en
condiciones reales. Es lo que se llama «esperanza de vida».
Una cosa de la que podemos estar seguros es que la
esperanza de vida es bastante insignificante para la mayor parte de las
criaturas. Si un bacalao o una ostra ponen millones de huevos, de los cuales
sólo uno o dos producen crías que sigan vivas al final del primer año, entonces
la esperanza de vida media de todas las crías de bacalao o de ostra puede
medirse en semanas o probablemente incluso en días. Me imagino que miles y
miles de ellas no viven más de unos minutos.
Las cosas no llegan a este extremo entre las aves y los
mamíferos, que cuidan hasta cierto punto de sus crías; pero apuesto a que son
relativamente pocas las crías que sobreviven un año siquiera.
Sin embargo, desde el frío punto de vista de la
supervivencia de las especies, esto resulta más que suficiente. Una vez que una
criatura ha alcanzado la madurez sexual y ha contribuido al nacimiento de una
camada de crías, de las que cuida hasta su pubertad o hasta un poco antes, ya
ha contribuido a la supervivencia de la especie y puede vivir su vida. Si
sobrevive y tiene más camadas, estupendo, pero no es necesario que lo haga,
Evidentemente, desde el punto de vista de la supervivencia resulta muy conveniente
alcanzar la madurez sexual lo más pronto posible, para que haya tiempo de
engendrar a la generación siguiente antes de que se extinga la anterior. Los
ratones de campo alcanzan la pubertad en tres semanas, y pueden tener su
primera camada seis semanas después de su nacimiento. Incluso animales tan
grandes como el caballo o la vaca llegan a la pubertad al año de vida, y las
ballenas más grandes a los dos años.
Algunos animales terrestres de gran tamaño pueden
permitirse el lujo de ser más lentos. Los osos llegan a la adolescencia a los
seis años, y los elefantes a los diez.
Los grandes carnívoros tienen una esperanza de vida de
varios años, aunque sólo sea porque tienen relativamente pocos enemigos
(siempre a excepción del hombre) y no es previsible que vayan a servir de
comida para otras criaturas. Los herbívoros más grandes, como los elefantes y
los hipopótamos, también están a salvo, y algunos más pequeños, como los
mandriles y los búfalos de agua, adquieren una relativa seguridad al
desplazarse en manadas.
El hombre primitivo entra dentro de esta categoría.
Vivía en pequeñas manadas y cuidaba de sus crías. En el
peor de los casos disponía de mazas primitivas, y acabó por aprender a servirse
del fuego. Por tanto, un hombre primitivo podía esperar vivir unos cuantos
años. Aun así, la desnutrición, las enfermedades, los peligros de la caza y la
crueldad del hombre con el hombre, acortaban mucho la vida en relación con
nuestros niveles modernos. Naturalmente, existía un límite de duración mínima
de la vida. Si los hombres no vivieran el tiempo suficiente por término medio
como para engendrar a otros hombres, la raza se extinguiría. Con todo, calculo
que en una sociedad primitiva una esperanza de vida de dieciocho años
garantizaría con creces la supervivencia de la especie. Y tengo la sospecha de
que la esperanza de vida real del hombre de la edad de piedra no era mucho
mayor.
Cuando el género humano empezó a desarrollar la
agricultura y a domesticar a los animales, aprendió a asegurar su provisión de
alimentos. Cuando aprendió a vivir en ciudades amuralladas y a regular con
leyes la vida social, pudo protegerse mejor de sus enemigos humanos del
interior y del exterior. Naturalmente, la esperanza de vida creció en alguna
medida. En realidad, se dobló.
Pero dudo que la esperanza de vida durante la antigüedad y
la época medieval llegara a los cuarenta años. Se calcula que en la Inglaterra
medieval la esperanza de vida era de treinta y cinco, de manera que quien
llegaba a los cuarenta era un sabio venerable. Y como la gente se casaba y
tenía hijos muy temprano, no hay ninguna duda de que también era ya abuelo.
Esta situación seguía estando vigente en el siglo XX en
algunos lugares del mundo. En la India, por ejemplo, en 1950 la esperanza de
vida era de unos 32 años; en Egipto era de 36 en 1938, y en México, de 38 en
1940.
El siguiente gran paso lo dieron los adelantos de la
medicina, que consiguieron controlar las infecciones y enfermedades. Veamos el
ejemplo de los Estados Unidos.
En 1850 la esperanza de vida de los hombres americanos
blancos era de 38,3 (no demasiado distinta de la situación de la Inglaterra
medieval o de la antigua Roma). Pero en 1900, después de los descubrimientos de
Pasteur y Koch, subió hasta 48,2, de ahí a 56,3 en 1920, 60,6 en 1930, 62,8 en
1940, 66,3 en 1950, 67,3 en 1959 y 67,8 en 1961.
Las mujeres siempre se han encontrado en una situación
ligeramente más favorable (ya que son el sexo fuerte).
En 1850 su esperanza de vida era de dos años más que la
del hombre, y en 1961 la diferencia era ya de casi siete años. Los habitantes
de los Estados Unidos que no son de raza blanca están ligeramente por debajo, y
estoy seguro de que esto no se debe a ninguna característica innata, sino a que
generalmente ocupan una posición inferior en la escala económica. Su esperanza
de vida es de unos siete años menos que la de los blancos. (Y si alguien se
asombra de que los negros se muestren tan inquietos últimamente, que piense que
pueden conseguir siete años de vida adicionales por cabeza, lo cual no está mal
para empezar.)
Aun limitándonos a los blancos, los Estados Unidos no
ocupan el primer lugar en cuanto a esperanza de vida. Más bien, creo que este
lugar le corresponde a Noruega y a Suecia. Las últimas cifras que he podido
encontrar (de mediados de los años cincuenta) dan a los hombres escandinavos
una esperanza de vida de 71 años, y a las mujeres de 74.
Este cambio en la esperanza de vida ha provocado
determinados cambios en las costumbres sociales. En los siglos pasados, un
viejo era un fenómeno poco frecuente, un extraordinario almacén de antiguos
recuerdos y una buena guía en lo referente a las tradiciones. La vejez era
respetada, y en algunas sociedades en las que la esperanza de vida sigue siendo
baja y los viejos siguen siendo poco frecuentes, la vejez sigue siendo muy
considerada.
También puede ser vista con temor. Hasta el siglo XIX el
nacimiento de los niños seguía estando rodeado de peligros, y pocas mujeres
sobrevivían al nacimiento de varios hijos (las fiebres puerperales y todas esas
cosas). Por tanto, había todavía menos viejas que viejos, y éstas se
consideraban un fenómeno extraño y aterrador, con sus mejillas arrugadas y sus
encías desdentadas. Es posible que el temor a las brujas de los primeros
tiempos de la edad moderna sea la última expresión de este fenómeno.
Hoy en día hay muchos hombres y mujeres viejos, y no se
les atribuye una maldad o bondad extremadas. Es posible que esto no cambie en
mucho su situación.
Podría suponerse, en vista del continuo incremento de la
esperanza de vida en los lugares más desarrollados del planeta, que no hay más
que esperar otro siglo para encontrar hombres que vivan como si tal cosa un
siglo y medio. Por desgracia no es así. A menos que se produzca un avance
biológico decisivo de la geriatría, ya hemos llegado todo lo lejos que es
posible en el aumento de la esperanza de vida.
En una ocasión leí una alegoría que me ha obsesionado
durante toda mi vida. No soy capaz de repetirla palabra por palabra, aunque me
gustaría. Pero es algo así: la Muerte es un arquero, y la vida es un puente.
Los niños empiezan a cruzar el puente alegremente, brincando y haciéndose
mayores, mientras la Muerte les dispara sus flechas. Al principio, tiene muy
mala puntería, y sólo muy de vez en cuando un niño es atravesado por una flecha
y cae del puente a las brumas y nieblas que hay debajo. Pero a medida que la
multitud avanza, la puntería de la Muerte va mejorando y aquélla va cayendo
cada vez en mayor número. Por último, cuando la Muerte apunta a los ancianos
que se tambalean cerca del final del puente, su puntería es perfecta y nunca
falla el blanco. Y ningún hombre logra jamás atravesar el puente para ver qué
es lo que hay al otro lado.
Esto sigue siendo cierto a pesar de todos los adelantos de
la estructura social y de la medicina a lo largo de la historia. Se logró
empeorar la puntería de la Muerte en la primera mitad de la vida, pero esas
últimas flechas perfectamente dirigidas son las flechas de la vejez, e incluso
ahora no fallan nunca el blanco. Todo lo que hemos hecho para erradicar la
guerra, el hambre y la enfermedad ha servido para dar a más personas la
oportunidad de llegar a la vejez. Cuando la esperanza de vida era de 35 años,
quizás una persona de cada cien llegaba a vieja; hoy en día lo consigue casi la
mitad de la población, pero la vejez sigue siendo la misma. La muerte nos
atrapa a todos con toda su antigua eficacia.
Para abreviar: dejando aparte la esperanza de vida, hay
una «edad específica» que señala el momento en que es más probable que muramos
desde nuestro interior, sin ningún tipo de ayuda exterior; la edad a la que
moriremos, incluso aunque no hayamos tenido ningún accidente ni sufrido ninguna
enfermedad, y aunque nos hayamos cuidado lo mejor posible.
Hace tres mil años, el autor de los Salmos dio fe de la
edad específica del hombre (Salmos, 90, 10) al decir: «Aunque uno viva setenta
años, y el más robusto hasta ochenta, su afán es fatiga inútil, porque pasan
aprisa y vuelan.»
Y así sigue siendo hoy; tres milenios de civilización y
tres siglos de ciencia no lo han cambiado en nada. La edad más frecuente de
muerte por vejez está entre los 70 y los 80 años.
Pero esa no es más que la edad más frecuente. No todos nos
morimos al cumplir los setenta y cinco; algunos resistimos más, y no hay duda
de que cada uno de nosotros alimenta la esperanza de que él, personalmente,
será uno de los que resistan más tiempo. así que en realidad a lo que le
tenemos echado el ojo no es a la edad especifica, sino a la edad máxima que
podemos alcanzar.
Cada especie de seres multicelulares tiene una edad
especifica y una edad máxima, y en las especies que han sido más o menos
estudiadas, parece ser que la edad máxima representa entre un 50 y un 100 por
100 más que la edad específica. Por tanto, se considera que la edad máxima del
hombre es de unos 115 años.
Desde luego, se sabe de hombres más viejos. El caso mas
famoso es el de Thomas Parr («el viejo Parr»), que se supone que nació en
Inglaterra en 1481 y que murió en 1635, con 154 años. La autenticidad de esta
historia se pone en duda (hay quien cree que fue un fraude cuidadosamente
preparado en el que intervinieron tres generaciones de la familia Parr), como
la de todas las historias de este tipo. La Unión Soviética afirma que en el
Cáucaso hay muchos casos de centenarios, pero todos ellos nacieron en una región
y en una época en las que no se llevaban registros de los nacimientos. Por
tanto, sólo tenemos la palabra del propio viejo en lo referente a su edad, y
todo el mundo sabe que los ancianos tienen tendencia a echarse años. De hecho,
se puede decir que es casi una regla la de que, cuanto más escasos son los
registros civiles referentes a estadísticas vitales de una región determinada,
más viejos afirman ser centenarios en esa región.
En 1948 una inglesa llamada Isabella Shepheard murió a la
edad comprobada de 115 años. Era la última superviviente en las Islas
Británicas de la época anterior al registro obligatorio de los nacimientos, así
que no podemos estar completamente seguros de su edad exacta. Aun así, como
mucho puede haber sido un par de años más joven. En 1814 murió un canadiense
francófono llamado Fierre Joubert, quien, por lo visto, tenia pruebas
fidedignas que demostraban que había nacido en 1701, así que murió a los 113 años.
Aceptemos, por tanto, 115 como la edad máxima del hombre,
y preguntémonos si tenemos alguna buena razón para quejarnos de ello. ¿En
cuánto sobrepasa esta cifra las edades máximas de otros tipos de organismos
vivos?
Si comparamos a las plantas con los animales, no cabe duda
de que la palma se la llevan las plantas. No todas las plantas en general,
desde luego. Citando la Biblia una vez más (Salmos, 103, 15-16): «Los días del
hombre duran lo que la hierba; florecen como flor del campo, que el viento la
roza y ya no existe; el terreno no volverá a verla.»
Este símil alusivo a la fugacidad de la vida humana
produce escalofríos en la espina dorsal; pero, ¿y si el autor de los Salmos
hubiera dicho que los días del hombre duran lo que el roble, o mejor aún lo que
la secoya gigante? Se cree que algunos ejemplares de este último árbol tienen
más de tres mil años, y no se conoce su edad máxima.
Pero no creo que ninguno de nosotros quiera conseguir una
larga vida a costa de convertirse en un árbol. Los árboles viven mucho tiempo,
pero viven lentamente, pasivamente, y de una manera horriblemente aburrida.
Veamos qué podemos hacer con respecto a los animales.
Los animales más simples tienen una vida sorprendentemente
larga; se sabe de anémonas marinas, corales y criaturas por el estilo que
tienen más de medio siglo, e incluso hay historias (aunque no muy dignas de
crédito) que afirman que entre ellas hay algunos ejemplares centenarios. Entre
los invertebrados más evolucionados, las langostas pueden llegar a los 50 años
y las almejas a los 30.
Pero creo que podemos olvidarnos también de los
invertebrados. No hay ninguna referencia digna de crédito de la existencia de
invertebrados evolucionados que vivan hasta los cien años, e incluso aunque los
calamares gigantes, por ejemplo, alcanzaran esa edad, nosotros no queremos ser
calamares gigantes.
¿Y los vertebrados? Aquí nos encontramos con algunas
leyendas, sobre todo referentes a los peces. Algunas afirman que los peces no
envejecen jamás, sino que viven y crecen eternamente y no mueren hasta que se
los mata. Se habla de casos de peces determinados que tienen varios siglos de
edad. Por desgracia, no es posible confirmar ninguna de estas historias. La
edad máxima alcanzada por un pez, según los informes de un observador
acreditado, es la de un esturión de cierto lago que, al parecer, tiene bastante
más de un siglo de edad, según el recuento de los anillos de la raya de púas de
su aleta pectoral.
Entre los anfibios, la marca la ostenta la salamandra
gigante, que puede llegar a los 50 años. Los reptiles duran más. Las serpientes
pueden llegar a los 30 años y los cocodrilos a los 60, pero las que ostentan la
mejor marca del reino animal son las tortugas. Hasta las tortugas más pequeñas
pueden llegar al siglo, y existe una razonable certeza de que al menos una gran
tortuga ha vivido 152 años. Es posible que las grandes tortugas de las islas
Galápagos lleguen a alcanzar los 200 años de edad.
Pero las tortugas también tienen un ritmo de vida lento y
aburrido. No tan lento como el de las plantas, pero demasiado lento para
nosotros. En realidad, sólo existen dos clases de seres vivos cuyas vidas sean
intensas y vividas al máximo en todo momento, gracias a su sangre caliente, y
son las aves y los mamíferos. (Algunos mamíferos hacen un poco de trampa e
hibernan durante el invierno, y probablemente prolongan su vida de esta
manera.) Podríamos sentir envidia de un tigre o de un águila si vivieran durante
mucho, mucho tiempo, e incluso, a medida que las sombras de la vejez se ciernen
sobre nosotros, podríamos desear cambiarnos por ellos. Pero ¿viven realmente
durante mucho, mucho tiempo?
De las dos clases de criaturas, en conjunto las aves
aventajan bastante a los mamíferos en lo que se refiere a la edad máxima. Una
paloma puede vivir tanto como un león, y una gaviota tanto como un hipopótamo.
De hecho, hay algunas leyendas referentes a la longevidad de determinados
pájaros, como los loros y los cisnes, que supuestamente superan con facilidad
la barrera de los cien años.
Cualquier aficionado a las historias del doctor Dolittle
(¿no lo eran ustedes?) se acordará de Polinesia, el loro, que tenia trescientos
y pico años. También está el poema de Tennyson Titán, que narra la historia de
ese mítico personaje al que le fue concedida la inmortalidad, pero que, por
descuido, no fue liberado de la maldición de la vejez, y se fue haciendo cada
vez más y más viejo hasta que fue compasivamente transformado en un
saltamontes. Tennyson le hace lamentarse de que la muerte le llegue a todo el
mundo menos a él. Empieza diciendo que los hombres y las plantas del campo
mueren, y el cuarto verso representa un primer momento culminante, al decir: «Y
después de incontables veranos muere el cisne.» En 1939 Aldous Huxley utilizó
este verso para dar titulo a un libro sobre la lucha por alcanzar la
inmortalidad física.
Pero, como de costumbre, estas historias no son más que
historias. La edad máxima confirmada alcanzada por un loro es de 73 años, y me
imagino que los cisnes no deben de vivir mucho más. Se ha hablado de casos de
cornejas negras y de algunos buitres que han llegado a los 115 años, pero no
han sido confirmados ni mucho menos.
Naturalmente, los que más nos interesan son los mamíferos,
ya que eso es lo que somos nosotros, así que incluyo una lista de las edades
máximas de algunos tipos de mamíferos. (Soy consciente, desde luego, de que las
palabras «rata» o «ciervo» se refieren a docenas de especies, cada una de ellas
con su propia pauta de envejecimiento, pero no puedo hacer nada. Consideremos
que los datos se refieren a la rata o al ciervo típicos.)
Hay que recordar que son excepcionales los casos en los
que se llega a la edad máxima. Por ejemplo, aunque algún conejo que otro puede
llegar a vivir 15 años, el conejo medio se morirá de viejo antes de cumplir los
10 y puede que tenga una esperanza de vida de sólo 2 ó 3 años.
Por lo general, dentro de un mismo grupo de organismos con
el mismo esquema o estructura, los más grandes viven más tiempo que los
pequeños. Entre las plantas, la secoya gigante vive más tiempo que la
margarita. Entre los animales, el esturión gigante vive más tiempo que el
arenque, la salamandra gigante más que la rana, el caimán gigante más que la
lagartija, el buitre más que el gorrión y el elefante más que la musaraña.
Parece ser que, sobre todo entre los mamíferos, hay una
estrecha relación entre la longevidad y el tamaño. Naturalmente, hay
excepciones, algunas sorprendentes. Por ejemplo, las ballenas tienen una vida
extraordinariamente corta para su tamaño. La edad de 60 años mencionada en la
tabla es bastante excepcional. La mayoría de los cetáceos pueden considerarse
afortunados si llegan a los 30 años. Es posible que sea debido a que la vida en
el agua, con la continua pérdida de calor y la permanente necesidad de nadar,
acorta su duración.
Pero el hecho más sorprendente es que el hombre sea el
mamífero de vida más larga, mucho más larga que la del elefante e incluso que
la de nuestro pariente cercano, el gorila. Cuando se muere un hombre
centenario, los únicos animales que siguen vivos de todos los que había en el
mundo en el momento de su nacimiento (que nosotros sepamos) son unas cuantas
flemáticas tortugas, algún anciano buitre o esturión y algunos otros hombres
centenarios. No queda ni uno solo de los mamíferos no humanos que nacieron al mismo
tiempo que él. Sin ninguna excepción (que nosotros sepamos), todos están
muertos.
Si esto les parece asombroso, ¡esperen! Es todavía más
asombroso de lo que se imaginan.
Cuanto más pequeño es un mamífero, más rápido es su
metabolismo: con mayor rapidez vive, por decirlo así.
Podríamos suponer que, aunque un mamífero pequeño no vive
tanto tiempo como uno grande, su vida es más veloz y más intensa. De acuerdo
con algún criterio subjetivo, podría considerarse que el mamífero pequeño tiene
la sensación de vivir tanto tiempo como el mamífero grande, más lento y perezoso.
Una de las pruebas concretas de estas diferencias del metabolismo en los
mamíferos es el pulso (la velocidad del latido del corazón). La siguiente tabla
incluye una lista de cifras aproximadas del número de latidos por minuto de
diferentes tipos de mamíferos.
Teniendo la frecuencia de latidos del corazón (aproximada)
y la edad máxima (aproximada) de los catorce tipos de animales de la lista, y
efectuando las multiplicaciones necesarias, es posible calcular la edad máxima
de cada tipo de criatura, no en años, sino en número total de latidos del
corazón. Estos son los resultados:
Teniendo en cuenta que mis cifras son aproximadas,
contemplo esta tabla final de lejos, guiñando los ojos, y llego a la siguiente
conclusión: un mamífero es capaz de vivir durante más o menos mil millones de
latidos del corazón, y cuando éstos se acaban, él también lo hace.
Pero habrán notado que no he incluido al hombre en esta
tabla. La razón es que quiero hacer con él un caso aparte. Su ritmo de vida es
el adecuado para su tamaño; el ritmo de su corazón es más o menos el mismo que
el de otros animales de un peso parecido, más rápido que el ritmo de los
latidos de los animales más grandes y más lento que el de los animales más
pequeños. Pero su edad máxima es 115 años, lo que quiere decir que el número
máximo de latidos del corazón es aproximadamente de 4.350.000.000.
¡Hay algunos hombres capaces de sobrevivir a más de cuatro
mil millones de latidos! En realidad, la esperanza de vida actual del hombre
americano medio es de 2.500 millones de latidos. El corazón de cualquier hombre
que sobrepase el límite del cuarto de siglo ya ha dado más de mil millones de
latidos y sigue siendo joven; todavía le queda lo mejor de la vida.
¿Por qué? No se trata sólo de que vivimos más tiempo que
el resto de los mamíferos. Si lo medimos en latidos, ¡vivimos cuatro veces más!
¿Por qué?
¿De qué carne se alimenta esta especie nuestra, que nos ha
hecho crecer hasta tal punto? Ni siquiera nuestros parientes no-humanos más
cercanos se aproximan a nosotros en este punto. Teniendo en cuenta que el
chimpancé tiene el mismo ritmo de latidos que nosotros y que el del gorila es
ligeramente más lento, sabemos que los dos viven como máximo durante
aproximadamente 1.500 millones de latidos, lo cual no se diferencia demasiado
de las cifras comunes entre los mamíferos. ¿Cómo es posible entonces que nosotros
lleguemos a los 4.000 millones?
¿Cuál es el secreto de nuestro corazón, que le hace
trabajar mucho mejor y durar mucho más que el corazón de cualquier otro
mamífero existente? ¿Por qué el dedo que se mueve lo hace tan lentamente para
nosotros, y sólo para nosotros?
Francamente, no lo sé, pero sea cual sea la respuesta, me
siento reconfortado. Si yo perteneciera a cualquier otra especie de mamíferos,
hace ya muchos años que mi corazón se habría parado, porque hace ya mucho
tiempo que cumplió mil millones de latidos. (Bueno, algún tiempo.)
Pero como soy un Homo sapiens, mi maravilloso corazón late
con regularidad, a pesar de todo su antiguo fuego, y sus latidos se aceleran
como es debido cada vez que deben acelerarse, con una energía y una eficacia
que encuentro de mi entera satisfacción.
Vaya, cuando me paro a pensarlo, soy un jovencito, un
niño, un niño prodigio. Formo parte de la especie más extraordinaria de la
Tierra, tanto por su longevidad como por su capacidad cerebral, y me río de los
cumpleaños.
(Vamos a ver un momento… ¿Cuántos años me quedan hasta los
115?)
NOTA
No me gustaría parecer morboso, pero este articulo fue
escrito hace veinticinco años.
El lado bueno es que sigo aquí, a pesar de que en este
cuarto de siglo transcurrido me he hecho uno o dos años más viejo. Y,
naturalmente, la esperanza de vida ha aumentado un poco.
El aspecto que puede ponerme un tanto nervioso es que he
añadido casi mil millones de latidos a mi expediente y también me las he
arreglado para resolver algunos fallos de corriente. Mis arterias coronarias se
empeñaron en atascarse y, por último, tuve que vérmelas con ellas en una
operación de bypass triple.
Pero, qué demonios, volvamos al lado bueno: sigo estando
aquí.
¡SIGNO DE EXCLAMACIÓN!
Resulta muy triste amar sin ser correspondido, se lo
aseguro a ustedes. Lo cierto es que yo amo las matemáticas, y las matemáticas
se muestran completamente indiferentes a mi persona.
Bueno, me las arreglo bien con los aspectos elementales de
las matemáticas, pero en el momento en que es necesario hacer gala de una sutil
intuición, se van a buscar a otro.
No están interesadas en mí.
Lo sé porque de vez en cuando me pongo a trabajar muy
afanoso con lápiz y papel, dispuesto a realizar algún asombroso descubrimiento
matemático, y hasta ahora sólo he obtenido dos tipos de resultado: 1)
descubrimientos absolutamente correctos y bastante antiguos, y 2)
descubrimientos absolutamente nuevos y bastante incorrectos, Por ejemplo, para
ilustrar el primer tipo de resultados, cuando era muy joven descubrí que las
sumas de los números impares sucesivos son cuadrados sucesivos. Es decir: 1 =
1; 1+3 = 4; 1 + 3 + 5 = 9; 1 + 3 + 5 + 7 = 16, y así sucesivamente. Por
desgracia, Pitágoras también sabía esto en el año 500 a. C., y tengo la
sospecha de que algún babilonio lo sabía en el 1.500 a.C.
Un ejemplo del segundo tipo de resultados está relacionado
con el último teorema de Fermat*. Hace un par de meses estaba pensando en él,
cuando de repente me sobrecogió una repentina intuición y una extraña
luminosidad empezó a irradiar del interior de mi cráneo. Podía demostrar la
validez del último teorema de Fermat de una manera muy sencilla.
Si les digo que los más grandes matemáticos de los últimos
tres siglos han intentado hincarle el diente al último teorema de Fermat con
herramientas matemáticas cada vez más sofisticadas y que todos han fracasado,
se darán cuenta del golpe de genio sin precedentes que representaba mi éxito,
conseguido únicamente por medio de razonamientos aritméticos corrientes.
Mi extático delirio no me ofuscó hasta el punto de hacerme
olvidar que mi demostración estaba basada en una suposición que podía comprobar
fácilmente con lápiz y papel. Subí a mi estudio con este propósito, andando con
mucho cuidado para no sacudir demasiado el resplandor que había en el interior
de mi cráneo.
Estoy seguro de que lo han adivinado. A los pocos minutos
comprobé que mi suposición era totalmente falsa.
Después de todo, no había probado el último teorema de
Fermat; mi resplandor se mitigó hasta confundirse con la vulgar luz del día, y
me quedé sentado junto a la mesa, triste y decepcionado.
Pero ahora que ya me he repuesto totalmente del golpe,
recuerdo ese episodio con cierta satisfacción. Después de todo, durante cinco
minutos estuve convencido de que pronto seria aclamado como el matemático vivo
más famoso del mundo, ¡y las palabras no son capaces de expresar lo maravilloso
que fue mientras duró!
Pero, por regla general, supongo que los descubrimientos
correctos y antiguos son mejores que los nuevos y falsos, por importantes que
éstos sean. así que espero que disfruten de este pequeño descubrimiento que
hice el otro día, pero que estoy seguro de que en realidad tiene más de tres
siglos de antigüedad.
Sin embargo, nunca lo he visto en ninguna parte, así que
hasta que algún amable lector me diga quién fue el primero en llamar la
atención sobre él y dónde, llamaré a este descubrimiento la Serie Asimov.
En primer lugar, permítanme que siente las bases.
Podemos comenzar por la siguiente expresión:
(1 + 1/n)n, en la que n puede ser cualquier número entero.
Vamos a hacer el ensayo con algunos números.
Si n = 1, la expresión será igual a (1 + 1/1)1 =2. Si n=2,
será igual a (1 + 1/2)2, ó (3/2)2, ó 9/4, ó 2,25. Si n = 3, la expresión será
igual a (1 + 1/3)3, ó (4/3)3, ó 64/27, o aproximadamente 2,3074.
Podemos confeccionar la Tabla 1 de valores de esta
expresión para determinados valores de n:
Como verán, cuanto más alto es el valor de n, más alto es
el valor de la expresión (1 + 1/n)n. Sin embargo, el valor de la expresión
aumenta cada vez más lentamente a medida que se incrementa el valor de n.
Cuando el valor de n pasa de 1 a 2, la expresión aumenta en sólo 0,25. Cuando
el valor de n pasa de 100 a 200, la expresión aumenta en sólo 0,0113.
Los valores sucesivos de la expresión forman una «serie
convergente», que tiende a un valor límite definido. Es decir, cuanto mayor es
el valor de n, más se acerca el valor de la expresión a un determinado valor
limite, sin llegar a alcanzarlo nunca (ni mucho menos sobrepasarlo).
El valor limite de la expresión (1 + l/n)n a medida que n
aumenta ilimitadamente es un decimal de infinitas cifras que se ha convenido en
representar con la letra e.
Da la casualidad que el número e es muy importante para
los matemáticos, que se han servido de ordenadores para calcular su valor con
miles de cifras decimales. ¿Nos conformaremos con 50? Muy bien. El valor de e
es:
2,71828182845904523536028747135266249775724709369995…
Es posible que se pregunten cómo calculan los matemáticos
el limite de esta expresión con tantas cifras decimales.
Incluso cuando di a n el valor de 200 y calculé el valor
de (1 + 1/200)200, sólo obtuve un valor de e con dos cifras decimales
correctas. Tampoco puedo hacer el cálculo para valores mayores de n. Resolví la
ecuación para n = 200, sirviéndome de tablas de logaritmos de cinco decimales
-las mejores de las que dispongo-, que en este caso no son lo bastante exactas
para calcular valores de la expresión en los que n es mayor que 200. La verdad
es que no me fío de mis cálculos para n = 200.
Por suerte, existen otros métodos para determinar el valor
de e. Observen la siguiente serie: 2 + 1/2 + 1/6 + 1/24 + 1/120 + 1/720…
Los seis términos que he dado de esta serie de números
tienen las siguientes sumas sucesivas:
En otras palabras, mediante la sencilla suma de seis
números, para lo cual no me hacen ninguna falta las tablas de logaritmos,
calculé el valor correcto de e con tres cifras decimales.
Si añadiera un séptimo término a la serie, y luego un
octavo, y así sucesivamente, podría obtener el valor correcto de e con un
número sorprendente de cifras decimales.
De hecho, el ordenador que calculó el valor de e con miles
de cifras decimales se sirvió de esta serie, a la que añadió miles de
fracciones.
Pero, ¿cómo se sabe cuál es la siguiente fracción de la
serie? En una serie matemática útil tiene que haber alguna manera de predecir
cuáles serán los siguientes términos a partir de los primeros. Si comienzo una
serie así, 1/2 + 1/3 + 1/4 + 1/5…, ustedes proseguirán sin problemas:… 1/6 +
1/7 + 1/8… Del mismo modo, si una serie comienza 1/2 + 1/4 + 1/8 + 1/16…,
ustedes continuarán sin dudarlo un instante:… 1/32 + 1/64 + 1/128…
Hasta se podría hacer un interesante juego de salón para
personas con facilidad para los números consistente en empezar una serie y
preguntar cuál sería el siguiente término. He aquí algunos ejemplos sencillos:
2, 3, 5, 7, 11…
2, 8, 18, 32, 50…
La primera serie es la lista de los números primos, y por
tanto el siguiente término es evidentemente 13. La segunda serie está formada
por números que son el doble de los cuadrados sucesivos, y por tanto el
siguiente término es 72.
¿Pero qué hacer con una serie como 2 + 1/2 + 1/6 + 1/24 +
1/120 + 1/720?… ¿Cuál es el siguiente término?
Si lo saben, la respuesta parece evidente, pero si no lo
hubieran sabido, ¿habrían sido capaces de verlo? Y si no lo saben, ¿son ustedes
capaces de averiguarlo?
Voy a pasar a un tema totalmente distinto por un momento.
¿Han leído ustedes la obra de Dorothy Sayers, Nine Tailors
(Nueve sastres)? Yo la leí hace muchos años. Es un libro de misterio en el que
hay un asesinato, pero no recuerdo nada sobre éste, ni sobre los personajes, ni
la acción ni nada en absoluto. Sólo recuerdo una cosa: esto tiene que ver con
«repicar las permutaciones».
Por lo visto (como fui advirtiendo poco a poco a medida
que leía el libro), para repicar las variaciones se comienza con una serie de
campanas, cada una de las cuales da una nota distinta y está manejada por un
hombre que tira de la cuerda. Se hacen sonar las campanas en orden: do, re, mi,
fa, etc. Luego se vuelven a hacer sonar siguiendo un orden distinto. De nuevo
se vuelven a tocar en otro orden distinto. Vuelven a ser tocadas de nuevo…
Y así continúan hasta que las campanas han sonado
siguiendo todos los órdenes (o permutaciones) posibles.
Para hacerlo, es necesario atenerse a determinadas reglas,
como, por ejemplo, que ninguna campana puede sonar saltándose más de un puesto
con respecto al que ocupaba en la permutación anterior. Existen diferentes
esquemas para cambiar el orden de los diferentes tipos de repique de campanas,
y estos esquemas son muy interesantes en sí mismos. Pero aquí sólo me interesa
el número total de permutaciones posibles en relación con un numero determinado
de campanas.
Vamos a designar a cada campana con un signo de
exclamación (!), que representa el badajo; así, una campana será 1!, dos
campanas 2!, y así sucesivamente.
Ninguna campana puede dejar de sonar así que 0! = 1.
Una campana (suponiendo que si las campanas existen tienen
que sonar) sólo puede sonar de una manera: bong; así que 1! = 1. Dos campanas,
a y b, evidentemente pueden sonar de dos maneras, ab y ba, así que 2! = 2.
Tres campanas, a, b y c, pueden sonar de seis maneras
distintas: abe, acb, bac, bca, cab y cba, y ni una más, así que 3! = 6. Cuatro
campanas, a, b, c y d, pueden sonar exactamente de veinticuatro maneras
distintas. No voy a enumerarlas todas, pero pueden empezar con abcd, abdc, acbd
y acdb, y comprobar cuántas permutaciones más son capaces de encontrar. Si son
capaces de encontrar veinticinco maneras claramente distintas de escribir
cuatro letras, habrán sacudido los mismos cimientos de las matemáticas, pero no
creo que puedan hacerlo. En cualquier caso, 4! = 24.
Del mismo modo (fíense de mi palabra, aunque sólo sea por
un momento), cinco campanas pueden sonar de 120 maneras diferentes y seis
campanas de 720, así que 5! = 120, y 6 = 720.
Supongo que ahora ya lo han comprendido. Volvamos a
observar la serie con la que obtenemos el valor de e: 2 + 1/2 + 1/6 + 1/24 +
1/120 + 1/720…, y escribámosla de esta forma: e = l/0! + 1/1! + 1/2! + 1/3! +
1/4! + 1/5! + 1/6!…
Ahora sabemos cómo calcular las siguientes fracciones.
Son… + 1/7! + 1/8! + 1/9!, y así sucesivamente hasta el infinito.
Para calcular el valor de fracciones como 1/7!, 1/8! Y
1/9!, es preciso conocer el valor de 7!, 8! y 9!, y para conocer estos valores
hay que calcular el número de permutaciones en un conjunto de siete campanas,
ocho campanas y nueve campanas.
Claro que si piensan ponerse a enumerar todas las
permutaciones posibles y a contarlas, se pueden pasar todo el día, y además
acabarán acalorados y aturdidos.
Por tanto, busquemos un método menos directo.
Empezaremos con cuatro campanas, porque un número menor de
campanas no presenta ningún problema. ¿Qué campana haremos sonar primero?
Cualquiera de las cuatro, por supuesto, así que para empezar tenemos cuatro
opciones. Para cada una de estas cuatro opciones podemos continuar eligiendo
entre tres campanas (es decir, cualquiera excepto la que ya ha sido elegida en
primer lugar), así que para los dos primeros lugares tenemos 4x3 posibilidades.
Para cada una de estas posibilidades podemos hacer sonar cualquiera de las dos
campanas que quedan en tercer lugar, así que para los tres primeros lugares
tenemos 4x3x2 posibilidades. Para cada una de estas posibilidades sólo queda
una campana que suene en cuarto lugar, así que para los cuatro lugares tenemos
4 x 3 x 2 x l disposiciones posibles.
Podemos decir, por tanto, que 4! = 4 x 3 x 2 x l = 24.
Si calculamos las variaciones para cualquier número de
campanas, llegaremos a la misma conclusión. Por ejemplo, para siete campanas el
número total de variaciones es 7x6x5x4x3x2x1= 5.040. Podemos decir, por tanto,
que 7! = 5.040.
(Normalmente se utilizan siete campanas para tocar las
variaciones, lo que se llama un «repique». Si todas las campanas suenan una vez
cada seis segundos, todas las permutaciones posibles -5.040 en total- tardarían
ocho horas, veinticuatro minutos y pico en sonar… E idealmente, no tiene que
haber ningún error. Repicar las permutaciones es un asunto muy serio.)
El símbolo! no quiere decir «campana» en realidad (no era
más que una ingeniosa treta que he utilizado para abordar el asunto). En este
caso representa la palabra «factorial». así, 4! es «factorial de cuatro», y 7!
es «factorial de siete».
Estos números no sólo representan las permutaciones con
que se puede repicar un conjunto de campanas, sino también el número de
ordenaciones posibles en que se pueden encontrar las cartas de una baraja, el
número de formas diferentes en que un número de personas puede sentarse a una
mesa, y así sucesivamente.
No he encontrado nunca una explicación del término
«factorial», pero creo que puedo hacer una razonable tentativa para explicarlo.
Como el número 5.040 es igual a 7x6x5x4x3x2x l, es divisible por cada uno de
los números del 1 al 7. Es decir, cada número del 1 al 7 es un factor de 5.040;
¿por qué no llamar entonces a 5.040 «factorial de siete»?
Y es posible generalizar. Todos los números enteros del 1
al n son factores de n!. ¿Por qué no llamar entonces a n! «factorial de n»?
Ahora podemos comprender por qué la serie utilizada para
determinar el valor de e resulta tan útil.
Los valores de los factoriales aumentan a un ritmo
vertiginoso, como se ve en la lista de la Tabla 2, en la que los valores sólo
llegan a 15!.
Como los valores de los factoriales aumentan
vertiginosamente, los valores de las fracciones con factoriales sucesivos en el
denominador tienen que disminuir vertiginosamente. Cuando llegamos a 1/6!, el
valor es sólo de 1/720, y cuando llegamos a 1/15!, el valor es bastante menor
que una billonésima.
Cada una de estas fracciones con factoriales en el
denominador es mayor que todo el resto de la serie después de ella. Así, 1/15!
es mayor que 1/16! + 1/17! + 1/18!… y así hasta el infinito, todos juntos. Y
esta preponderancia de una fracción dada sobre todas las fracciones
subsiguientes juntas aumenta a medida que avanzamos en la serie.
Supongamos, por tanto, que sumamos todos los términos de
la serie hasta 1/14!. El valor de esta suma tendrá un error de 1/15! + 1/16! +
1/17! + 1/18!, etc. Pero podemos decir que el valor hallado tiene un error de
1/15!, porque la
suma del resto de la serie es insignificante comparado con
el valor de 1/15!, que es de menos de una billonésima, es decir, de menos de
0,000000000001, y al sumar algo más de una docena de fracciones se obtiene un
valor de e correcto con once cifras decimales.
Supongamos que sumáramos todos los términos de la serie
hasta 1/999! (con un ordenador, por supuesto). Si lo hacemos, hallamos el
verdadero valor con un error de 1/1.000!. Para averiguar cuánto es eso, tenemos
que tener alguna idea de cuál es el valor de 1/1.000!, que podríamos determinar
calculando 1.000 x 999 x 998… y así sucesivamente. Pero no lo intenten.
Estarían haciéndolo eternamente.
Afortunadamente existen fórmulas para calcular el valor de
las fracciones complicadas (al menos aproximadamente), y tablas de los
logaritmos de esos grandes factoriales.
así, log l.000! = 2567,6046442, lo que quiere decir que
l.000! = 4.024 x 102.567, o (aproximadamente), un 4 seguido de 2.567 ceros. Si
calculamos la serie determinante de e hasta 1/999!, hallaremos su valor con un
error de sólo 1/(4 x l02.567), y obtendremos un valor correcto de e con 2.566
cifras decimales. (Que yo sepa, el valor más exacto de e jamás calculado tiene
no menos de 60.000 cifras decimales.)
Permítanme una nueva digresión para recordar una época en
la que utilicé personalmente factoriales de una envergadura moderadamente
grande. Cuando estuve en el ejército, pasé una temporada en la que me dedicaba
a jugar al bridge todo el santo día con otros tres compañeros de fatigas, hasta
que uno de ellos acabó con la historia tirando sus cartas sobre la mesa y
diciendo:
–Hemos jugado tantas veces que están empezando a repetirse
las mismas manos.
Yo me sentía terriblemente agradecido, porque su
observación me había proporcionado algo en qué pensar.
Cada ordenación de las cartas en una baraja de bridge
equivale a un conjunto de manos potencialmente distintas.
Como hay cincuenta y dos cartas, el número total de
ordenaciones posibles es de 52!. Pero, dentro de cada mano individual, el orden
no tiene importancia. Un determinado conjunto de trece cartas en posesión de un
determinado jugador sigue siendo la misma mano, se ordene como se ordene. El
número total de ordenaciones posibles de las trece cartas de una mano es de
13!, lo que es válido para cada una de las cuatro manos. Por tanto, el número
total de combinaciones de manos de bridge es igual al número total de
ordenaciones dividido por el número de estas ordenaciones que no se tienen en
cuenta, o 52!/(13!)4.
Como no tenía ninguna tabla a mano, lo calculé por el
método más largo, pero no me importaba. Me ayudaba a matar el tiempo y, para mi
gusto, era mucho mejor que una partida de bridge. Hace mucho que perdí las
cifras que calculé entonces, pero ahora puedo repetir la tarea con la ayuda de
las tablas.
El valor aproximado de 52! es 8,066 x 1067. El valor de
13! (como pueden comprobar en la tabla de factoriales que he dado más arriba)
es de aproximadamente 6,227 x 109, y la cuarta potencia de ese valor es
aproximadamente 1,5 x 1039. Si dividimos 8,066 x 1067 entre 1,5 x 1039, el
resultado es que el número total de juegos de bridge distintos posibles es
aproximadamente 5,4 x 1028, o 54.000.000.000.000.000.000.000.000.000, ó 54 mil
cuatrillones.
Se lo comuniqué a mis amigos. Les dije:
–No tenemos muchas probabilidades de estar repitiendo
juegos. Podríamos jugar un billón de juegos por segundo durante mil millones de
años sin repetir ni un solo juego.
Mi recompensa fue la más completa incredulidad. El que se
había quejado en primer lugar dijo amablemente:
–Pero, amigo, sólo hay cincuenta y dos cartas, ya lo
sabes.
Y me llevó a un tranquilo rincón del cuartel para que me
sentara y descansara un poco.
(En realidad, la serie utilizada para determinar el valor
de e no es más que un ejemplo particular de un caso general. Es posible
demostrar que:
Como x0 = 1 para cualquier valor de x, y 0! y 1! Son ambos
iguales a 1, por lo general se dice que la serie comienza: ex = 1 + x + x2/2! +
x3/3!…, pero yo prefiero la primera versión que he dado. Es más simétrica y más
bonita.
Ahora bien, e también puede expresarse como e1. En este
caso, la x de la serie general es igual a 1. Como 1 elevado a cualquier
potencia es igual a 1, entonces x2, x3, x4 y todas las demás potencias de x son
iguales a 1 y la serie queda:
e1 = l/0! + 1/1! + 1/2! + 1/3! + 1/4! + 1/5!…, que es
precisamente la serie con la que hemos estado trabajando antes.
Consideremos ahora el valor inverso de e, es decir, 1/e.
Su valor, con quince cifras decimales es 0,367879441171442…
Da la casualidad de que 1/e puede escribirse también e-1,
lo que quiere decir que en la fórmula general para ex, podemos sustituir x por
– 1.
Cuando – 1 se eleva a una potencia, el resultado es + 1 si
la potencia es par y – 1 si la potencia es impar. Es decir: (-1)0=1, (-1)1=-1,
(-1)2=+l, (-1)3=-1, (- 1)4= +1, y así hasta el infinito.
Por tanto, si en la serie general damos a x el valor – 1,
tendremos:
e-1=(-l)0/0!+ (-1)1/1!+(-1)2/2! +(-1)3/3!+ (-l)4/4!… o
e-1=1/0! + (-1)/1!+1/2!+ (-1)/3!+ 1/4!+ (-1)/5!… o e-1 = 1/0!– 1/1! + 1/2! –
1/3! + 1/4! – 1/5! + 1/6! – 1/7!.,.
Es decir, la serie para 1/e es exactamente igual que la
serie para e, con la única diferencia de que todos los términos pares pasan a
ser sustracciones en lugar de adiciones.
Además, como l/0! y 1/1! equivalen a 1, los dos primeros
términos de la serie para 1/e – l/0! – 1/1! equivalen a 1 -1=0. Por tanto,
pueden ser omitidos y podemos acabar diciendo que:
e-1= 1/2! – 1/3! + 1/4! – 1/5! + 1/6! – 1/7! + 1/8! – 1/9!
+ 1/10!, y así hasta el infinito.
¡Y por fin llegamos a mi descubrimiento personal!
Cuando estaba observando la serie que acabo de dar para e,
no pude por menos de pensar que la alternancia entre los signos más y menos
estropea un poco su belleza. ¿No sería posible encontrar una manera de
expresarla sólo con signos más o sólo con signos menos?
Dado que una expresión como – 1/3! + 1/4! puede
transformarse en – (1/3! – 1/4!), me pareció que podría escribir la siguiente
serie:
e-1=1/2! – (1/3! – 1/4!) -(1/5! – 1/6!) -(1/7! – 1/8!)… y
así sucesivamente.
Ahora sólo tenemos signos menos, pero, en cambio, tenemos
paréntesis, que también son un defecto estético.
Así que empecé a trabajar en el interior de los
paréntesis. El primero tiene 1/3! – 1/4!, que es igual a 1/(3 x 2 x 1) – l/(4 x
3 x 2 x 1). Esto es igual a (4 – 1)/(4 x 3 x 2 x 1), o a 3/4!. Del mismo modo,
1/5! – 1/6! = 5/6!; 1/7! – 1/8! = 7/8!, y así sucesivamente.
Me sentí asombrado y encantado, porque ya tenia la Serie
Asimov, que es la siguiente:
e-1 = 1/2! – 3/4! – 5/6! – 7/8! – 9/10!…, y así hasta el
infinito.
No me cabe ninguna duda de que esta serie resulta
inmediatamente evidente para cualquier auténtico matemático, y estoy seguro de
que hace trescientos años que aparece en los textos; pero yo nunca la he visto,
y, hasta que alguien no me lo impida, seguiré llamándola Serie Asimov.
La Serie Asimov no sólo contiene únicamente signos menos
(a excepción del primer signo positivo no escrito delante del primer término),
sino que contiene todos los dígitos ordenados. La verdad es que no se puede
pedir nada más hermoso. Vamos a terminar calculando unos cuantos términos de la
serie:
Como ven, basta con sumar cuatro términos de la serie para
obtener un resultado con un error de sólo 0,0000025, esto es, de una parte en
algo menos de 150.000 o, aproximadamente, 1/1.500 de un 1 por 100.
así que si creían que el «signo de exclamación» del título
sólo se refería al símbolo factorial, estaban equivocados. Es sobre todo una
expresión de mi alegría y mi asombro ante la Serie Asimov.
Posdata: algunos lectores han sugerido (después de que
este capitulo fuera publicado por primera vez), que, para evitar el primer
signo positivo no escrito de la Serie Asimov, ésta se escribiera: – (- 1)/0! –
1/2! – 3/4!… Es cierto que entonces todos los términos serían negativos,
incluso el primero, pero nos veríamos obligados a salir del dominio de los
números naturales para incluir el 0 y el – 1, lo que desvirtuaría un tanto la
austera belleza de esta serie.
Otra de las alternativas propuestas es: 0/1! + 2/3! + 4/5!
+ 6/7! + 8/9!…, que también expresa 1/e. En ella sólo hay signos positivos,
que, en mi opinión, son más bonitos que los negativos; pero, por otra parte,
incluye el 0.
Otro lector más propone una serie similar para el mismo e,
que sería como sigue: 2/1! + 4/3! + 6/5! + 8/7! + 10/9!… La inversión del orden
de los números naturales desvirtúa un poco la estética, pero también le da un
cierto toque de encanto, ¿no creen?
¡Oh, ojalá las matemáticas me quisieran como yo las quiero
a ellas!
NOTA
Me resulta difícil escribir artículos sobre temas matemáticos,
por la sencilla razón de que no soy matemático.
No quiero decir que mis conocimientos matemáticos sean
insuficientes (aunque esto también es cierto), sino que no tengo intuición para
las matemáticas. Es como ser incapaz de tocar un instrumento además de no tener
ningún sentido musical.
Y, sin embargo, por alguna oscura razón no puedo evitar
escribir sobre las matemáticas, y de vez en cuando consigo que se me ocurra
algo lo bastante sencillo como para poder escribir sobre el tema sin revelar mi
completa falta de talento.
De todos los artículos matemáticos que he escrito en los
últimos treinta años, éste es el que más me gusta. Casi parece como si supiera
de qué estoy hablando. Y el caso es que descubrí la Serie Asimov.
Como digo en el articulo, la Serie Asimov debe de ser
evidente para cualquier matemático de verdad, y probablemente es conocida desde
hace siglos. Por tanto, estaba seguro de que recibiría multitud de cartas para
ponerme al tanto de quien la descubrió y cuántos tratados han sido escritos
sobre ella y cuándo, y cosas así.
Pero lo cierto es que nunca llegó ninguna carta por el
estilo. Se diría que todos mis lectores se sonrieron con indulgencia y se
dijeron: «¡Oh, dejemos que Isaac se divierta!»
ESTOY BUSCANDO UN TRÉBOL DE
CUATRO HOJAS
La Historia está llena de historias apócrifas, historias
de gente que hace y dice cosas que nunca hicieron ni dijeron en realidad: como
la de que George Washington derribó a hachazos el cerezo o que Galileo estuvo
tirando pesos desde la torre inclinada de Pisa. Por desgracia, las historias
apócrifas son mucho más interesantes que la verdad, y es imposible acabar con
ellas. Y lo que me parece todavía más lamentable, desde mi particular punto de
vista, es que mi memoria es tan selectiva que nunca olvido una historia
apócrifa, aunque a menudo me cuesta trabajo recordar las cosas reales. Por
ejemplo, está la historia, probablemente apócrifa (o no la recordaría tan bien)
sobre san Agustín.
En una ocasión un escéptico le preguntó:
–¿Qué hacía Dios con su tiempo antes de crear el cielo y
la tierra?
Y san Agustín le respondió con un rugido y sin dudarlo un
instante:
–¡Creó el infierno para los que hacen preguntas como ésa!
Pero espero que san Agustín sólo estuviera bromeando,
porque tengo la intención de exponer mis teorías sobre el nacimiento y el
desarrollo del Universo a la luz de las leyes de la conservación, y para
hacerlo, me veré obligado (entre otras cosas) a formular esa pregunta
informulable: ¿qué había antes del principio?
Hay quien se imagina un Universo oscilante que primero se
expande, luego se contrae, vuelve a expandirse y luego a contraerse, y así una
y otra vez; cada ciclo de expansión y contracción dura unos ochenta mil
millones de años, y en el punto de máxima contracción de cada ciclo se produce
un «huevo cósmico» extraordinariamente denso.
Para seguir con el tema, empezaremos por preguntarnos si
todos los ciclos son idénticos o si se produce algún cambio de un ciclo a otro;
si no se producirá algún cambio constante en una dirección determinada.
Por ejemplo, podríamos sostener que, a medida que el
Universo se expande, irradia de manera constante partículas sin masa: fotones y
neutrinos. Podríamos decir que estos fotones y neutrinos se mueven hacia el
exterior del Universo y se pierden para siempre. Cuando el Universo vuelve a
contraerse, la masa que se reúne en el nuevo huevo cósmico es más pequeña,
debido a la pérdida del equivalente en masa de la energía que representa la
radiación perdida. Esto se repetiría en cada ciclo, y cada huevo cósmico tendría
menos masa que el anterior, hasta que, por último, se forme un huevo cósmico de
masa tan pequeña que no puede explotar adecuadamente. Cuando eso ocurriera,
todo el Universo estaría representado por una masa de materia condensada,
enormemente grande, pero que va muriendo lentamente.
En ese caso no sólo viviríamos en un Universo en
oscilación, sino en un Universo que se va agotando en esa oscilación. Desde ese
punto de vista, el Universo sería como una pelota que botara y que no fuera
demasiado elástica. Cada bote es más bajo que el anterior, y, por último, la
pelota deja de botar y se queda inmóvil.
Esta imagen es bastante elegante, porque nos proporciona
un final lógico, la clase de final que estamos acostumbrados a ver en la vida
corriente y que, por tanto, podemos aceptar con facilidad. Pero, ¿y si nos
remontamos en el tiempo? ¿Y el huevo cósmico que existía antes del primero, a
partir del cual se desencadenó el actual movimiento de expansión? Ese huevo
anterior debía de ser más grande que el nuestro, y el anterior a aquél debía de
ser aún mayor, y el anterior a este último más grande todavía.
Puede resultar un poco peliagudo remontarse hacia atrás en
el tiempo para encontrarnos con huevos cósmicos cada vez mayores que explotan
con una violencia siempre creciente, porque una masa eternamente creciente
puede resultar difícil de manejar. El Universo en oscilación decreciente nos
proporciona un final globalmente lógico, pero no un principio globalmente
lógico.
Por suerte, no hay necesidad de que nos compliquemos la
vida, imaginándonos esa oscilación decreciente. Los fotones y neutrinos no se
«pierden para siempre». Es cierto que se van alejando de su fuente de radiación
en «línea recta», pero ¿qué es lo que entendemos por «línea recta»?
Supongamos que dibujamos una línea recta sobre la
superficie de la Tierra. Es posible que creamos que si prolongamos la línea
manteniéndola perfectamente recta, ésta se prolongará por siempre jamás, y un
punto que se desplazara a lo largo de esta línea estaría «perdido para siempre»
desde el punto de vista de alguien que estuviera situado al principio de la
línea. Sin embargo, ustedes y yo sabemos que la superficie de la Tierra es
curva y que la «línea recta» acabaría por volver al lugar de origen (si suponemos
que la Tierra es una esfera perfecta).
Del mismo modo, los fotones y neutrinos que se desplazan
en «línea recta» según nuestra definición de nuestro sector local del Universo,
en realidad se desplazan siguiendo un enorme círculo y vuelven aproximadamente
al punto de partida. El Universo del «espacio curvo» tiene un volumen finito y
toda la materia y energía que contiene se encuentra necesariamente dentro de
sus límites.
Cuando el Universo se contrae, no sólo la materia, sino
también los fotones y neutrinos se ven obligados a apiñarse. Las partículas sin
masa siguen desplazándose en «líneas rectas», pero estas «líneas rectas» se
curvan cada vez más, y, por último, todo el contenido del antiguo huevo cósmico
vuelve a reunirse en un nuevo huevo cósmico, sin que se
haya perdido nada. Cada huevo cósmico es exactamente igual al anterior y al que
vendrá después de él, y no se va reduciendo gradualmente. En un Universo
estrictamente oscilante de este tipo no hay principio ni fin, y tampoco
ningún cambio global. Aunque esto nos obliga a
enfrentarnos al inquietante concepto de eternidad, al menos se trata de una
eternidad esencialmente inmutable.
Por supuesto, dentro de cada ciclo oscilatorio se comienza
por un huevo cósmico, se acaba en el siguiente huevo cósmico y en el intervalo
entre ambos se producen cambios espectaculares.
Pero, ¿cuál es la naturaleza del huevo cósmico? Depende de
la naturaleza del Universo. A escala subatómica nuestra porción de Universo
está formada en su mayor parte por seis tipos de partículas: protones,
electrones, neutrones, fotones, neutrinos y antineutrinos. El resto de las
partículas existentes están presentes por lo general en cantidades
increíblemente pequeñas y podemos pasarlas por alto.
Las partículas subatómicas se agrupan momentáneamente en
átomos, los cuales se agrupan para formar estrellas y galaxias. Podemos partir
de la base de que los seis tipos de partículas subatómicas que forman nuestra
porción del Universo son los únicos elementos presentes y que hasta la más
lejana galaxia es esencialmente parecida en su constitución fundamental a
nuestros propios cuerpos.
A medida que toda la masa y la energía del Universo se
apretuja en el huevo cósmico, los niveles de organización del Universo van
colapsándose uno por uno. Las galaxias y estrellas se agrupan en una masa en
contracción. Los átomos más complicados se descomponen en átomos de hidrógeno,
absorbiendo neutrinos y fotones en el proceso.
Los átomos de hidrógeno se descomponen en protones y
electrones, absorbiendo fotones en el proceso. Los protones y electrones se
combinan para formar neutrones, absorbiendo antineutrinos en el proceso.
Por último, el Universo queda transformado en un huevo
cósmico formado por una masa compacta de neutrones: una masa de «neutronio».
Este neutronio, cuando está bien condensado, tiene una
densidad de unos 400.000.000.000.000 gramos por centímetro cúbico, de forma que
si la masa solar se condensara en esta masa de neutronio formaría una esfera
con un radio de unos 10,6 Km.
Si consideramos que la masa de la galaxia de la Vía Láctea
es aproximadamente 135.000.000.000 de veces mayor que la del Sol, entonces la
totalidad de nuestra galaxia transformada en neutronio formaría una esfera con
un radio aproximado de 54.000 Km.
Si consideramos que el Universo tiene una masa
100.000.000.000 de veces mayor que la de nuestra galaxia, entonces el huevo
cósmico tendría un radio de 251.000.000 Km. Si hiciéramos coincidir el centro
de ese huevo cósmico con el centro de nuestro Sol, la superficie del huevo
cósmico coincidiría casi exactamente con la órbita de Marte. Y aun en el caso
de que la masa del Universo fuera veinte mil veces mayor que la masa a la que
me he referido, el huevo cósmico, de estar formado por neutronio puro y bien
compacto, no sería mayor que la órbita de Plutón.
¿Cómo encaja este huevo cósmico en el marco de las
conocidas leyes de la conservación de la materia y la energía?
Es fácil suponer que el momento del huevo cósmico en su
conjunto es cero si lo definimos como una masa inmóvil. Cuando hace explosión y
se expande, los momentos de las porciones individuales del huevo cósmico van en
una dirección u otra, pero la suma de todos ellos es igual a cero. Del mismo
modo, el momento angular del huevo cósmico puede considerarse igual a cero,
pues, a pesar de que las porciones del Universo en expansión tengan momentos
angulares individuales distintos de cero, éstos se anulan al sumarlos.
En pocas palabras, resulta tentador intentar establecer
una regla según la cual, dada cualquier cantidad conservada, el valor de esa
cantidad en el huevo cósmico es cero, o puede ser definido como igual a cero
sin ninguna dificultad lógica.
Como, que yo sepa, yo he sido el primero en formular esta
idea -sobre todo en la forma que tengo la intención de desarrollar a lo largo
de este articulo-, me olvidaré de la modestia y me referiré a ella como «el
Principio Cosmogónico de Asimov».
La manera más breve de expresar este principio es: «En el
Principio era la Nada.»
Por ejemplo, ¿qué ocurre con la conservación de la carga
eléctrica? De las seis partículas que componen el Universo, una de ellas (el
protón) está cargada positivamente y otra (el electrón) está cargada
negativamente.
Estas dos partículas no pueden combinarse y anular la
carga eléctrica en condiciones normales, pero durante la formación del huevo
cósmico las condiciones pueden llegar a ser lo bastante excepcionales como para
forzarlas a combinarse y formar neutrones. La carga eléctrica del huevo cósmico
es, por tanto, igual a cero. (En el principio era la No carga eléctrica.)
En el curso de la explosión y expansión del huevo cósmico,
naturalmente, aparece la carga eléctrica, pero con igual cantidad de carga
positiva y negativa, de manera que el total sigue siendo igual a cero.
¿Y qué ocurre con el número leptónico? De las seis
partículas que constituyen el Universo, tres son leptones.
El número leptónico del electrón y del neutrino es + 1, y
el del antineutrino es – 1. Al formarse los neutrones, estas tres partículas
desaparecen, y resulta razonable suponer que su desaparición se desarrolla de
tal manera que anula el número leptónico, con lo que el huevo cósmico tiene un
número leptónico de 0.
En general, es posible arreglárselas para demostrar que
los valores de todas las cantidades conservadas conocidas por los físicos,
excepto dos, son iguales a cero en el huevo cósmico, o pueden definirse
lógicamente como iguales a cero. Las dos excepciones son el número bariónico y
la energía.
Empecemos por el número bariónico.
Dos de las seis partículas que forman el Universo son
bariones: el protón y el neutrón. Cada una de ellas tiene un número bariónico
de + 1. Dado que entre las partículas constituyentes del Universo no hay
ninguna con un número bariónico de – 1, no hay ninguna posibilidad de anular el
número bariónico, y tampoco ninguna posibilidad (o eso parece por el momento)
dé que un huevo cósmico tenga un número bariónico igual a cero. En el proceso
de formación del huevo cósmico, naturalmente, los protones desaparecen, pero
por cada protón que desaparece se forma un neutrón, y el número bariónico sigue
siendo positivo.
De hecho, si el huevo cósmico contiene la masa de
100.000.000.000 de galaxias del tamaño de la nuestra, entonces está formado por
1,6 x 1079 bariones, y su número bariónico es +
6.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.
Este número está terriblemente alejado del cero y hace trizas el Principio
Cosmogónico de Asimov.
Pero tenemos una salida. Existen partículas con números
bariónicos negativos, aun cuando no parecen estar presentes más que en
cantidades pequeñísimas en nuestro rincón del Universo. El antineutrón, por
ejemplo, tiene un número bariónico de – 1. Bien, supongamos que el huevo
cósmico no está formado exclusivamente por neutrones, sino por neutrones y
antineutrones a partes iguales. Entonces el número bariónico sería cero, como
exige el principio.
La mitad compuesta por neutrones del huevo cósmico
explotaría y formaría protones y electrones que se combinarían para formar
átomos. La mitad compuesta por antineutrones explotaría y formaría antiprotones
y antielectrones (positrones), que se combinarían para formar antiátomos.
Resumiendo, hemos dado por válida la suposición de que el
Universo está formado por materia y antimateria a partes iguales; pero, ¿es
esto cierto? Es absolutamente inconcebible que el Universo esté constituido por
materia y antimateria mezcladas, pues de ser así éstas se combinarían
inmediatamente para formar fotones. (Que es exactamente lo que ocurre cuando
nosotros conseguimos, con un esfuerzo ímprobo, producir una cantidad
insignificante de antimateria en el laboratorio.) Un Universo constituido por materia
y antimateria a partes iguales estaría compuesto por una masa de fotones, que
no son ni materia ni antimateria. El huevo cósmico no sería otra cosa que
fotones condensados.
Pero el Universo no está compuesto únicamente de fotones.
Por tanto, si está compuesto por partes iguales de materia y antimateria, éstas
tienen que estar separadas -y de una manera eficaz- para que no se combinen y
formen fotones. La única distancia que las separaría lo bastante tendría que
producirse a escala galáctica. Es decir, es posible que haya galaxias
compuestas de materia y otras compuestas de antimateria. Galaxias y
antigalaxias, por decirlo así.
Por ahora nos resulta imposible determinar si el Universo
contiene realmente galaxias y antigalaxias. Si una galaxia y una antigalaxia se
encontraran, se producirían enormes cantidades de energía durante el proceso de
aniquilación de la materia y la antimateria. Hasta el momento no se ha
detectado ningún caso claro de un acontecimiento de este tipo, aunque si se
sabe de algunos casos que inducen a sospechas. En segundo lugar, las galaxias
producen enormes cantidades de neutrinos cuando los átomos de hidrógeno se
transforman en átomos de helio en las estrellas de su interior, y las
antigalaxias producen enormes cantidades de antineutrinos gracias a un proceso
análogo que tiene lugar en la antimateria. Cuando los astrónomos sean capaces
de detectar neutrinos y antineutrinos en las galaxias lejanas y de establecer
su origen sin lugar a dudas, es posible que lleguen a identificarse las
diferentes galaxias y antigalaxias.
En un Universo constituido por galaxias y antigalaxias
podemos representarnos el aplastamiento del huevo cósmico de un modo diferente.
Se formarían neutrones y antineutrones, que se anularían mutuamente para formar
fotones. El huevo cósmico estaría formado por «fotonio» en lugar de neutronio.
Lo que no soy capaz de imaginarme es qué clase de propiedades tendría el
fotonio.
Pero ¿cuál es la causa de que el fotonio se descomponga en
materia y antimateria de tal manera que haga posible la formación de galaxias
separadas de cada tipo? ¿Por qué no se descompone el fotonio en neutrones y
antineutrones tan bien combinados que se anulen inmediatamente entre sí?
Resumiendo: ¿por qué no es estable el fotonio? ¿Por qué no
sigue siendo fotonio?
Bueno, según algunas teorías, una antipartícula no es más
que una partícula que se mueve hacia atrás en el tiempo. Si se filma un
positrón en un campo magnético, por ejemplo, aquél parece curvarse hacia la
izquierda y no hacia la derecha, como haría un electrón en las mismas
condiciones. Pero si pasamos la película al revés, entonces el positrón se
mueve hacia la derecha como un electrón.
A escala subatómica, no tiene importancia que el tiempo se
mueva «hacia delante» o «hacia atrás» en lo que se refiere a las leyes de la
naturaleza, y es posible formular explicaciones lógicas de los acontecimientos
subatómicos según las cuales las partículas se mueven hacia delante en el
tiempo y las antipartículas hacia atrás.
¿Podría entonces ocurrir que el huevo cósmico de fotonio,
con un número bariónico igual a cero, se descompusiera en dos huevos más
pequeños, uno de neutronio y el otro de antineutronio, y que aquél se moviera
hacia delante en el tiempo y éste hacia atrás, de manera que se encuentren
fuera del alcance el uno del otro antes de tener oportunidad de interactuar?
Podemos llamar al huevo de neutronio con un número bariónico positivo «cosmón».
Y al huevo de antineutronio con un número bariónico negativo «anticosmón».
Podemos imaginarnos al cosmón y al anticosmón sufriendo un
proceso de expansión y separándose cada vez más a lo largo del eje temporal.
Comenzamos con unos pequeñísimos cosmón y anticosmón, ambos cerca del punto
cero del eje temporal. A medida que se desplazan, se van haciendo cada vez
mayores y cada vez se encuentran más separados*.
Concentrémonos de momento en el cosmón (nuestro Universo).
A medida que éste se expande, las diferentes formas de energía se despliegan en
su interior de manera cada vez más uniforme. Decimos entonces que aumenta la
entropía; en efecto, la entropía ha sido llamada en ocasiones «la flecha del
tiempo». Si aumenta la entropía, es señal de que el tiempo se mueve hacia
delante.
Pero cuando el cosmón comienza a contraerse, todos los
procesos atómicos y subatómicos ocurridos durante la expansión empiezan a
invertirse. Entonces la entropía comienza a disminuir y el tiempo empieza a
moverse hacia atrás.
En otras palabras, el cosmón se mueve hacia delante en el
tiempo cuando está en expansión y hacia atrás cuando se contrae. El anticosmón
(que funciona de manera simétrica) se mueve hacia atrás en el tiempo cuando
está en expansión y hacia delante cuando se contrae. Cada uno de ellos repite
este proceso una y otra vez.
En lugar de un Universo oscilante tenemos un doble
Universo oscilante, con las dos oscilaciones exactamente en fase y los dos
universos reuniéndose para formar conjuntamente un huevo cósmico de fotonio.
Pero aunque esta representación resuelve el problema del
número bariónico, no ocurre lo mismo con el problema de la energía.
La ley de conservación de la energía es la generalización
más fundamental que conocemos y, dejando aparte la compartimentación que he
hecho hasta ahora, el Universo, la combinación del cosmón y el anticosmón, está
formado por energía.
Si el cosmón está formado por 1,6 x 1079 neutrones y las
partículas producidas por ellos, y el anticosmón por 1,6 x 1079 antineutrones y
las partículas formadas por ellos, entonces el contenido total de energía del
huevo cósmico de fotonio formado por la reunión del cosmón y el anticosmón debe
de ser de alrededor de 4,8 x 1076 ergios.
Este contenido forzosamente ha de existir siempre, en
todas las fases de la separación, expansión, contracción y fusión del cosmón y
el anticosmón.
Este es el último obstáculo que tiene que superar el
Principio Cosmogónico de Asimov, ya que en el huevo cósmico de fotonio todas
las cantidades conservadas son iguales a cero excepto la energía.
¿Cómo haremos entonces para igualar también la energía a
cero? Para ello es necesario postular la existencia de lo que podríamos llamar
energía negativa.
No existe tal cosa, que nosotros sepamos. Jamás ha sido
observada. Sin embargo, el principio hace necesaria su existencia.
En un Universo compuesto únicamente por energía negativa,
todas las manifestaciones serían claramente idénticas a las de nuestro propio
Universo, compuesto por energía ordinaria. Sin embargo, si se reuniera una
porción de energía ordinaria con otra de energía negativa, se anularían entre
si y producirían la Nada.
Hay casos de cancelación parcial de las propiedades
físicas con los que todos estamos familiarizados. Dos bolas de billar que se
muevan en direcciones opuestas a la misma velocidad y cubiertas de cola para
que se queden pegadas al chocar, se quedarán completamente inmóviles si chocan
de frente. El momento habrá siendo anulado (pero la energía del movimiento de
las bolas de billar se transformará en calor). Dos ondas sonoras o luminosas
que estén exactamente en oposición de fase se combinarán dando lugar al silencio
o a la oscuridad (pero el contenido energético de las ondas se transformará en
calor).
En todos estos casos de anulación parcial, la energía -lo
más fundamental de todo- siempre sigue estando presente. Pues bien, en el caso
de la combinación de energía y energía negativa, la cancelación seria completa.
¡Sólo quedaría la Nada!
La energía negativa está formada por fotones negativos que
pueden descomponerse en neutrones negativos y antineutrones negativos. Los
neutrones negativos pueden descomponerse y formar materia negativa, que puede
acumularse y formar estrellas y galaxias negativas, constituyendo un cosmón
negativo. Los antineutrones negativos pueden descomponerse y formar antimateria
negativa, que, al acumularse, formará un anticosmón negativo.
Supongamos que un cosmón y un anticosmón se contraen y se
combinan, formando un huevo cósmico de fotonio. Un cosmón y un anticosmón
negativos pueden contraerse y formar un huevo cósmico de antifotonio.
¡Entonces los dos huevos cósmicos, el de fotonio y el de
antifotonio, pueden combinarse para formar la Nada!
¡Entonces no tendríamos ningún huevo cósmico! ¡Sólo
tendríamos la Nada!
En el principio era la Nada y esta Nada formó un huevo
cósmico de fotonio y otro huevo cósmico de antifotonio. El huevo cósmico de
fotonio actuó como ya hemos descrito, formando un cosmón que se movía hacia
delante en el tiempo y un anticosmón que se movía hacia atrás en el tiempo. El
huevo cósmico de antifotonio tiene que actuar de manera análoga, formando un
cosmón negativo que se mueva hacia delante en el tiempo y un anticosmón
negativo que se mueva hacia atrás en el tiempo.
Pero si tanto el cosmón como el cosmón negativo se mueven
hacia delante en el tiempo, ¿por qué no se combinan, anulándose y formando la
Nada? Tengo la impresión de que deben de permanecer separados, y que esta
separación posiblemente esté provocada por la repulsión gravitacional. Hasta el
momento sólo conocemos los efectos de la atracción gravitacional, y que
nosotros sepamos la repulsión gravitacional no existe. Pero si existe la
energía negativa, y si la materia negativa se forma a partir de ésta, es posible
que también exista la repulsión gravitacional y que ésta actúe entre la materia
y la materia negativa.
A medida que el cosmón y el cosmón negativo se expanden,
quizá la repulsión gravitacional los vaya alejando constantemente a lo largo
del espacio (véase Figura 1) a medida que ambos se desplazan por el eje del
tiempo. Del mismo modo, el anticosmón y el anticosmón negativo se van alejando
constantemente a lo largo del eje del espacio a medida que se desplazan hacia
abajo por el eje del tiempo.
Como muestra la Figura 1, el resultado de estos procesos
se parece mucho a un trébol de cuatro hojas (lo cual explica el título de este
capitulo, por si han estado preguntándoselo desde el principio).
Una vez que los diversos universos sobrepasan su límite
máximo de expansión y empiezan a contraerse de nuevo, es posible que no sólo se
invierta el tiempo, sino también el efecto gravitacional. Varios físicos
eminentes han propuesto teorías según las cuales es posible que la fuerza
gravitacional se debilite con el tiempo y, por tanto, ¿no sería posible que
alcanzara el cero en el limite de máxima expansión y que durante la contracción
la materia repeliera a la materia y la materia negativa repeliera a la materia
Tiempo (+)
Tiempo (-)
Figura 1- El Trébol de Cuatro Hojas
negativa, mientras que la materia atraería a la materia
negativa?
Puede que ustedes se apresuren a expresar sus reparos
preguntando, por ejemplo, cómo es posible que el cosmón se contraiga si todas
sus partes se repelen entre sí. A lo que mi respuesta es: ¿por qué no? En este
mismo instante el cosmón está en expansión, a pesar de que todas sus partes se
atraen entre sí. Quizá el cosmón y sus universos hermanos estén dispuestos de
tal modo que la gran expansión o contracción actúe siempre en oposición a la
fuerza de gravedad. La fuerza de gravedad es increíblemente débil y es posible
que su destino sea verse siempre dominada por otras fuerzas y efectos.
Sin embargo, es posible que durante el proceso de
contracción, la atracción gravitacional total entre el cosmón y el cosmón
negativo por una parte y el anticosmón y el anticosmón negativo por otra los
acerque entre si a lo largo del eje espacial de la misma forma que la inversión
del tiempo los acerca a lo largo del eje temporal.
Cuando se reúnen el cosmón, el anticosmón, el cosmón
negativo y el anticosmón negativo, producen… la Nada.
En el Principio era la Nada.
En el final era la Nada.
Pero si empezamos con Nada, ¿por qué no sigue siendo Nada?
¿Por qué habría de hacerlo? Podemos decir que 0+0=0, y que
+ 1 + (- 1) = 0. Tanto 0+0 como +1+(-1) son maneras equivalentes de decir
«cero», y ¿por qué habría de ser una de ellas más «real» o «natural» que la
otra? La situación puede pasar fácilmente de la Nada al Trébol de Cuatro Hojas,
ya que en esa transición no se ha producido ningún cambio esencial.
Pero ¿cuál es la razón de que este desplazamiento tenga
lugar en un momento determinado y no en otro? El simple hecho de que ocurra en
un momento determinado implica que algo ha obligado al desplazamiento.
¿De veras? ¿Qué significa un momento determinado? El
tiempo y el espacio sólo existen en relación con la expansión y contracción de
las hojas del Trébol de Cuatro Hojas.
Cuando no existen en las hojas, tampoco existen el tiempo
ni el espacio.
En el Principio era la Nada: no había siquiera tiempo ni
espacio.
El Trébol de Cuatro Hojas se forma en un momento y lugar
indeterminados. Cuando comienza a existir, existen también el tiempo y el
espacio en un ciclo de expansión y contracción que dura ochenta mil millones de
años. A continuación, hay un intervalo atemporal y aespacial y de nuevo una
expansión y una contracción. Como no es posible hacer nada con un intervalo
atemporal y aespacial, podemos eliminarlo y tener sólo en cuenta los ciclos de
expansión y contracción que se suceden el uno al otro.
Tenemos, por tanto, un Universo oscilatorio cuádruple, un
Trébol de Cuatro Hojas oscilatorio.
¿Y quién dice que sólo es necesario que exista uno? La
Nada no tiene limites, ni fronteras, ni finales, ni bordes.
Por tanto, es posible que exista un número infinito de Tréboles
de Cuatro Hojas oscilatorios separados por algo que no es ni tiempo ni espacio.
En este punto nuestra mente se enfrenta a cosas que es
incapaz de representarse. He llegado todo lo lejos que quería, y será el atento
lector el que vaya más allá si así lo desea. En cuanto a mí, ya tengo más que
suficiente.
NOTA
Este artículo se ha quedado bastante más anticuado que la
mayoría de los que he escrito. La cosmogonía (el estudio del origen del
Universo) ha progresado mucho en las dos últimas décadas, y yo no fui capaz de
prever prácticamente ninguno de los nuevos descubrimientos.
Sin embargo, hay algo que sí que comprendí por anticipado,
y esa es la razón de que haya seleccionado este artículo para el libro.
Ya estaba harto de oír preguntar a la gente: «Bueno, si el
Universo empezó por un huevo cósmico, ¿de dónde salió ese huevo cósmico?»
Estaba claro que pensaban que no podría contestar a esta pregunta sin recurrir
a la teología.
así que en este articulo encontrarán lo que yo denomine
«Principio Cosmogónico de Asimov», que formulé como sigue: «En el Principio era
la Nada.»
Y, efectivamente, en las nuevas teorías sobre el «Universo
inflacionario», formuladas una década después por verdaderos físicos teóricos,
se afirma que el Universo se formó a partir de la Nada. Admito que basé mi
teoría de que el Universo surgía de la Nada en la supuesta existencia de
«energía negativa», mientras que los teóricos del Universo inflacionario lo
explican como el resultado de una fluctuación cuántica; pero eso no es más que
un detalle.
Lo importante es que se parte de la Nada, y yo fui el
primero en pensar en ello.
DOCE COMA TRES SEIS NUEVE
En una ocasión mi profesor de inglés de la escuela
secundaria nos puso como tarea la lectura y comentario del poema de Leigh Hunt,
Abou ben Adhem. Es posible que ustedes lo recuerden.
Abou ben Adhem se despertó una noche de su profundo y
tranquilo sueño y vio a un ángel que estaba haciendo una lista de las personas
que amaban a Dios. Naturalmente, Ben Adhem le preguntó si estaba en la lista, y
el ángel le dijo que no. Humildemente solicitó ser incluido como alguien que,
al menos, amaba a su prójimo.
El ángel volvió a aparecer a la noche siguiente: «Y le
mostró los nombres que el amor de Dios había bendecido / ¡Y he aquí que el
nombre de Ben Adhem era el primero de la lista!»
Yo conocía el poema y me imaginaba bastante bien el curso
que tomaría la discusión en grupo que el profesor había fijado para el día
siguiente. Habría pequeñas homilías sobre cómo amar a Dios significa amar al
género humano y viceversa. Yo estaba de acuerdo, pero pensé que seria bastante
aburrido perder el tiempo dándole vueltas a una afirmación tan evidente. ¿No
podría tratar de extraer un mensaje alternativo al poema, tan tristemente
desprovisto de sutilezas? No pude encontrar ninguno.
Al día siguiente nuestro profesor de inglés preguntó,
sonriendo bondadosamente:
A ver, ¿quién me dice la razón de que el nombre de Abou
ben Adhem encabezara la lista?
De repente me vino la inspiración. Levanté la mano
violentamente y cuando el profesor me hizo seña de que hablara, dije, sonriendo
beatíficamente:
–¡Estaba en orden alfabético, señor!
La verdad es que no esperaba que se mostrara agradecido
por la nueva luz que había arrojado sobre el poema de Leígh Hunt así que no me
sorprendió que me señalara la puerta con el índice sin decir una palabra. Me
marché (conocía bien el camino, porque en varias ocasiones anteriores había
sido expulsado por mi conducta turbulenta) y la discusión continuó sin mi, Pero
más tarde me entere de que Abou ben Adhem había sido eficazmente saboteado y
que el profesor había pasado a otro tema, así que supongo que me apunté un
tanto.
Si me aburre la falta de sutileza de Abou ben Adhem,
pueden imaginarse lo que me desesperan las personas que afirman que todo el
Universo es igualmente poco sutil.
Como es natural, mi desesperación es mayor cuando esta
falta de sutileza es de una especie hacia la que yo mismo me siento
profundamente atraído (en secreto). Por ejemplo están los que. basándose en la
existencia de alguna simple y trillada relación numérica o geométrica suponen
inmediatamente que el diseño de la estructura del Universo no tiene otra
utilidad que la de hacer de escaparate para estas relaciones. (Y para mi
vergüenza, yo siempre me intereso por este tipo de cosas.)
Estoy seguro de que la culpa de tales ingenuidades es
achacable a la mística en todas las sociedades lo bastante complejas como para
haber inventado la aritmética, pero los mejores ejemplos que nos han llegado de
la autoridad son los que nos ofrecen los griegos.
Por ejemplo, alrededor del 525 a.C., Pitágoras de Samos
tiraba de cuerdas tensadas y escuchaba las notas así producidas Se dio cuenta
de que se producían combinaciones de notas que resultaban agradables al oído
cuando las longitudes de las cuerdas guardaban una simple relación aritmética
entre si: 1 a 2 o 3 a 4 a 5 Quizá fuera eso lo que alimentó en el y en sus
discípulos la creencia de que el mundo físico estaba gobernado por relaciones
numéricas, y además por relaciones numéricas sencillas.
Por supuesto, no hay duda de que las relaciones numéricas
son importantes en el Universo, pero, desde luego, no siempre son sencillas.
Por ejemplo, un hecho que en apariencia es de una importancia fundamental es
que la relación entre la masa del protón y la del electrón es de 1836,11. ¿Por
qué'1836, 11? No se sabe.
Pero no podemos culpar a los pitagóricos por su
desconocimiento de la física moderna. Asombrémonos más bien ante la perspicacia
de un discípulo de Pitágoras llamado Filolao de Tárento. Que nosotros sepamos,
fue el primer hombre en afirmar (alrededor del 480 a. C.) que la Tierra se
desplazaba en el espacio.
Vamos a intentar seguir su razonamiento. Los griegos veían
que el firmamento estrellado giraba alrededor de la Tierra. Pero había siete
cuerpos celestes en particular: el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte,
Júpiter y Saturno, que se movían con independencia de las estrellas fijas y de
los movimientos de los otros seis. Por tanto, se podría suponer que en el cielo
había ocho esferas concéntricas (y transparentes) que giraban alrededor de la
Tierra. La más cercana era la que tenia la Luna fijada a su superficie, la
siguiente a Mercurio, luego la de Venus, luego la del Sol y luego las de Marte,
Júpiter y Saturno. La octava y más alejada contenía todas las estrellas.
Filolao no se dio por satisfecho con esta explicación.
Afirmó que las ocho esferas no giraban alrededor de la
Tierra, sino alrededor de un «fuego central». Este fuego central era invisible,
aunque sí que era visible su reflejo, el Sol. Además, la Tierra también estaba
fijada a una esfera que giraba alrededor de este fuego central. Y. por
añadidura, había otro cuerpo más, la «contratierra», que no era posible ver
porque permanecía siempre al otro lado del Sol, y esa contratierra estaba fijada
a otra esfera más que giraba también alrededor del fuego central.
así que en el sistema de Filolao había en total diez
esferas en revolución: las ocho de siempre, una novena para la Tierra y una
décima para la contratierra.
¿Cómo se las arregló Filolao para llegar a esta
conclusión? Es cierto que, dos siglos más tarde, Aristarco de Samos también
afirmó que la Tierra se movía, pero según él, lo hacia alrededor del Sol. En su
época esto fue considerado absurdo, pero por lo menos Aristarco utilizó para su
explicación los cuerpos celestes perceptibles por los sentidos. ¿Por qué
inventó Filolao un fuego central y una contratierra invisibles? La respuesta
probablemente esté en el número de esferas. Si la Tierra girara alrededor del Sol,
habría que añadir una esfera para la Tierra, pero que eliminar otra, porque el
Sol estaría inmóvil, con lo que el número total de esferas seguiría siendo
ocho. En cambio, si se consideraba que tanto la Tierra como el Sol se mueven
alrededor de un centro invisible y se añadía una contratierra, habría diez
esferas.
¿Y por qué diez esferas? Bien, los pitagóricos creían que
el diez era un número particularmente satisfactorio porque 1+2+3+4=10, lo cual
se prestaba a unos complicados razonamientos, cuya conclusión es que diez es un
número perfecto. Por tanto, si mantenemos que el Universo es perfecto y que
este concepto de perfección tiene que corresponderse con el de los pitagóricos,
y si además se da por sentado que la única razón de la existencia del Universo
es la de manifestar esa perfección, entonces tiene que haber diez esferas en
total (aunque haya que mantener dos de estas esferas en secreto por alguna
oscura razón).
Por desgracia, el problema de todos estos argumentos
irrefutables basados en las propiedades místicas de los números es que no hay
dos personas que se pongan de acuerdo para creer en la misma mística. La idea
pitagórica fue desechada y los astrónomos se conformaron con ocho esferas. En
realidad, como la esfera de las estrellas no tenía otro papel que el de ser un
simple telón de fondo, el número mágico pasó a ser el siete.
Pero las discusiones acerca de la estructura del Universo,
basándose en la simple aritmética (y en cosas peores), no se acabaron ni mucho
menos con los griegos.
En 1610 Galileo descubrió con ayuda del telescopio que
Júpiter tenía cuatro cuerpos más pequeños que giraban a su alrededor. Por
tanto, había once cuerpos celestes (sin contar las estrellas fijas) que giraban
alrededor de la Tierra, según la antigua concepción griega; once cuerpos
girando alrededor del Sol, según el recién formulado sistema copernicano.
Este nuevo descubrimiento se encontró con una gran
oposición, y los argumentos utilizados en su contra por uno de sus adversarios
ocupan un lugar de honor en los anales de la locura humana.
Este instruido sabio afirmaba que no era necesario mirar
por el telescopio. Era imposible que los cuerpos recién descubiertos estuvieran
allí. ya que sólo podía haber siete cuerpos girando alrededor de la Tierra (o
del Sol), ni uno más. Si se veían otros cuerpos, esto se debía seguramente a
algún defecto del telescopio, pues era imposible que estuvieran allí.
¿Y cómo se podía estar tan seguro de que era imposible que
estuvieran allí? ¡Muy fácil! De la misma manera que en la cabeza hay siete
aberturas, dos ojos, dos orejas, dos agujeros de la nariz y una boca, en el
cielo ha de haber siete cuerpos planetarios.
Así, por lo visto era necesario ordenar todo el Universo
para que en el cielo se guardara una especie de registro permanente del número
de aberturas de la cabeza humana.
Como si Dios necesitara «chuletas» que le permitieran
acordarse de este número para no crear al hombre con un número de aberturas
incorrecto. (Si esto les parece blasfemo, lo lamento, porque no es esa mi
intención. La blasfemia es la de aquellos hombres del pasado y del presente que
intentan hacer de Dios una especie de niño de pecho que juega con bloques de
madera.)
Este tipo de locuras tardan en desaparecer. En realidad,
no desaparecen nunca.
Los astrónomos, una vez que aceptaron la idea copernicana
de que los cuerpos celestes giran alrededor del Sol y no alrededor de la
Tierra, distinguieron dos tipos de cuerpos celestes en el Sistema Solar.
Había cuerpos que giraban directamente alrededor del Sol:
los planetas, de los que seis eran conocidos en 1655: Mercurio, Venus, la
Tierra, Marte, Júpiter y Saturno.
Había otros cuerpos que no giraban directamente alrededor
del Sol, sino alrededor de alguno de los planetas. Eran los satélites, de los
que cinco eran conocidos en la época: nuestra Luna y los cuatro satélites de
Júpiter descubiertos por Galileo (Io, Europa, Ganímedes y Calixto).
Pero en 1655 el astrónomo holandés Christian Huygens
descubrió un satélite de Saturno al que llamó Titán. Por tanto, el Sistema
Solar estaba formado por seis planetas y seis satélites. Huygens era un gran
científico y una gran figura de la historia de la astronomía y de la física,
pero no era totalmente insensible a la simetría de seis y seis.
Proclamó que el Sistema Solar estaba completo; no quedaban
más cuerpos por descubrir.
Por desgracia, en 1671 el astrónomo ítalo francés Giovanni
D. Cassini descubrió otro satélite de Saturno, dando al traste con la simetría.
Y Huygens todavía vivía; en realidad, seguía viviendo cuando Cassini descubrió
tres satélites más de Saturno.
Después vino Johann Kepler, que no se contentaba con
calcular el número de cuerpos celestes basándose en la simple aritmética. El
fue más allá e intentó calcular la relación existente entre las distancias de
esos cuerpos al Sol mediante simples relaciones geométricas.
Existen cinco y sólo cinco sólidos regulares (cuerpos
sólidos con todas las caras y todos los ángulos iguales, como en el caso del
cubo, por ejemplo, que es el más conocido de los cinco).
¿Por qué no seguir entonces el siguiente razonamiento?
Los sólidos regulares son perfectos, igual que el
Universo.
Sólo hay cinco sólidos regulares; como hay seis planetas,
sólo hay cinco espacios interplanetarios.
Por tanto, Kepler intentó insertar los cinco sólidos
regulares de tal manera que los seis planetas recorrieran sus límites guardando
una adecuada relación de distancias.
Kepler se pasó mucho tiempo tratando de ajustar estos
sólidos, pero fracasó. (La prueba concluyente de que Kepler no era en absoluto
un chiflado es que tras su fracaso se olvidó rápidamente de la idea.)
No obstante, en la última semana de 1966 descubrí algo
acerca de Kepler que no había sabido hasta entonces.
Estaba en una reunión de la Sociedad Americana para el
Progreso de la Ciencia, escuchando algunas disertaciones sobre la historia de
la astronomía. En una de estas disertaciones, particularmente interesante, se
afirmaba que, en opinión de Kepler, el año tendría que tener sólo 360 días. La
Tierra giraba más deprisa de lo debido, y esa era la razón de que hubiera 365
días y 1/4 en el año. (Si cada día tuviera 24 horas y 21 minutos, el año sólo
tendría 360 días.)
Kepler opinaba que la rotación acelerada de la Tierra
ejercía algún tipo de influencia sobre la Luna, obligándola a girar un poco más
deprisa de lo normal alrededor de la Tierra. Es evidente que la Luna debería de
completar una vuelta alrededor de la Tierra en 1/12 exacto de año, es decir,
unos 302/5 días; en lugar de eso, sólo emplea 29 ½ días en cada revolución.
Sería de lo más práctico que la Tierra completara una
vuelta alrededor del Sol en 360 días de 24 1/3 cada uno (como es natural, se
alargarían ligeramente las horas y sus subdivisiones para que el día,
ligeramente más largo, tuviera exactamente 24 horas). Después de todo, 360 es
un número muy complaciente: es múltiplo de 2, 3, 4, 5, 6, 8, 9, 10, 12, 15, 18,
20, 24, 30, 36, 40, 45, 60, 72, 90, 120 y 180.
Es el único número de esa magnitud aproximada que es
múltiplo de tantos otros.
Y si cada mes lunar tuviera 30 días de poco más de 24
horas cada uno, habría exactamente 12 meses lunares en un año. El número 12 es
múltiplo de 2, 3, 4 y 6, y el 30 es múltiplo de 2, 3, 5, 6, 10 y 15.
No se trata de una simple cuestión de trucos numéricos.
Si cada mes lunar tuviera 30 días y cada año tuviera 12
meses lunares, seria posible diseñar un calendario hermosamente simple.
¿Y qué es lo que tenemos en cambio? Aproximadamente 29 1/2
días por mes lunar, aproximadamente 365 1/4 días al año y aproximadamente 123/8
meses lunares al año. ¿Y cuál es el resultado de este enorme fárrago de
fracciones?
Casi cinco mil años de buscarle las vueltas al calendario,
para acabar teniendo uno que sigue siendo poco práctico.
Es posible que mis pensamientos no hubieran ido más lejos,
pero el conferenciante de la reunión de la Sociedad Americana para el Progreso
de la Ciencia dio el número de meses lunares que hay en un año en forma decimal
y no en fracción. Dijo: «En lugar de doce meses lunares al año, hay 12,369»*.
Inmediatamente alcé las cejas asombrado. ¿De veras?
¿Es cierto que hay 12,369 meses lunares en el año? Empecé
a encajar unas ideas con otras y cuando acabó la conferencia levanté la mano
para hacer una pregunta. Quería saber si Kepler había intentado deducir
determinada conclusión, muy sencilla, a partir de esta cifra. No, dijo el
conferenciante, es algo que podría haber hecho, pero no fue así.
¡Estupendo! ¡Estupendo! Eso me dejaba las manos libres;
podía permitirme un poco de misticismo de mi propia cosecha. Después de todo,
todo el mundo sabe que estoy enamorado de los números, y no tendría ninguna
dificultad en configurar un diseño del Universo que me diera ocasión de exhibir
mis conocimientos de aritmética básica. Es más, da la casualidad de que la
Biblia es uno de los temas que me interesan, así que me pregunté por qué no
podría demostrar la relación entre el diseño del Universo y ciertas estadísticas
elementales en relación con la Biblia.
(No soy el primero en intentar algo parecido. Isaac Newton
era un incansable estudioso de la Biblia, cuyos estudios no dieron ningún fruto
digno de mención, y el matemático escocés John Napier, el primero en
desarrollar los logaritmos, desarrolló también un sistema completamente inútil
para interpretar los Libros Sagrados.)
Permítanme, por tanto, mostrarme de acuerdo con Kepler.
Supongamos que las velocidades de rotación de la Tierra alrededor de su eje, de
la revolución de la Luna alrededor de la Tierra y de la revolución del sistema
Tierra/ Luna alrededor del Sol estuvieran calculadas con el solo propósito de
ofrecer al género humano unos bonitos números y un calendario simétrico.
¿Qué es lo que salió mal entonces? No hay duda de que Dios
sabia lo que se traía entre manos y que no cometería un error por descuido. Si
el año tiene más de 360 días, tiene que haber alguna razón para ello; una razón
exacta. No habría tal error, sino algo hecho con la intención de instruir al
género humano a la manera ingenua que la mística parece considerar
característica de Dios.
Hay 365 1/4 días al año, así que para que hubiera 360 (el
número «correcto»), sobran 5 1/4 o, en forma decimal, 5,25. Ahora bien,
admitirán ustedes que 5,25 es un número interesante, puesto que 25 es el
cuadrado de 5.
Razonemos como lo haría un místico. ¿Es posible que 5,25
sea una coincidencia? Por supuesto que no. Tiene que significar algo, y ese
algo tiene que estar en la Biblia.
(Después de todo, Dios es el centro alrededor del cual
gira la Biblia, del mismo modo que el Sol es el centro alrededor del cual gira
la Tierra. Nada más natural entonces que encontrar en la Biblia las razones de
las características de la revolución de la Tierra.)
Según la tradición, el Antiguo Testamento está dividido en
tres partes: los libros de las Leyes, los libros de los Profetas y las
Escrituras. Todos ellos son sagrados y de inspiración divina, pero los libros
de la Ley son los más sagrados de todos, y son cinco: Génesis, Éxodo, Levítico,
Números y Deuteronomio.
¿Cuál es la razón, por tanto, de que haya cinco días más
de los «correctos» 360? Sin ninguna duda, esto es así con el propósito de
grabar los cinco libros de la ley en el movimiento mismo de la Tierra. ¿Y por
qué hay un cuarto de día más además de estos cinco? Bueno, para que el exceso
sobrante no sea simplemente 5, sino 5,25. Al elevar el 5 al cuadrado,
destacando de esta forma su importancia, se demuestra que la ley no sólo es
sagrada, sino especialmente sagrada.
Por supuesto, hay una pega. La verdad es que el año no
tiene exactamente 365,25 días. Le falta un poco para llegar a esta cifra; en
realidad, tiene 365, 2422 días. (Para ser más precisos, tiene 365,242197 días,
pero creo que nos bastará con 365,2422.)
¿Significa esto que mi idea no tiene fundamento? Si así lo
creen, no tienen ni idea de cómo funciona la mentalidad de un místico. La
Biblia es un libro tan grande y complejo que es posible dar un significado
bíblico a casi cualquier número imaginable. El único límite es el del ingenio
del cerebro humano.
Por ejemplo, echemos un vistazo a 365,2422. Hay 5,2422
días sobrantes en relación con el número «correcto» de días, 360. Las cifras
decimales pueden dividirse en 24 y 22, y su media es 23. ¿Cuál es, por tanto,
el significado del 23?
Ya hemos decidido que 5 representa a los cinco libros de
la Ley. Nos quedan los Profetas y las Escrituras. ¿Cuántos libros contienen
estas dos partes? La respuesta es 34 *.
Esto no parece llevarnos a ninguna parte; pero esperen un
momento. Doce de estos libros son obras de los profetas, relativamente cortas:
Oseas, Joel, Amos, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Ageo,
Zacarías y Malaquías. En la antigüedad, por razones prácticas, a menudo se
incluían en un solo rollo que era conocido como el Libro de los Doce.
Así, en el libro apócrifo del Eclesiastés (que los
católicos consideran canónico) el autor, que escribía alrededor del 180 a. C.,
enumera a los grandes hombres de la historia bíblica. Después de nombrar a los
grandes profetas uno por uno, agrupa en un solo bloque a todos los profetas
menores (Eclesiastés, 49, 10: «También los DOCE PROFETAS ¡revivan sus huesos en
la tumba!…»)
Ahora bien, si se considera que los doce profetas menores
forman un único libro -una práctica con amplios precedentes-, ¿cuántos libros
hay entonces en los Profetas y las Escrituras según la versión judía y
protestante?
Veintitrés, por supuesto.
Por tanto, podemos afirmar que, del número total de días
del año (365,2422), 360 días son la cifra «correcta», 5 días representan los
libros de la Ley y 0,2422 representa los libros de los Profetas y las
Escrituras. De esta forma los días del año se convierten en un monumento al
Antiguo Testamento.
Esto nos lleva al número de meses lunares que hay en un
año, que son exactamente 12,369, el número que me llamó la atención en primer
lugar.
Si los días del año representan el Antiguo Testamento, es
evidente que los meses lunares tienen que representar el Nuevo Testamento.
Cualquier místico les diría que no hay nada más obvio.
Bien, entonces, ¿cuál podríamos decir que es la diferencia
fundamental entre el Antiguo Testamento y el Nuevo?
Podríamos probar lo siguiente: en el Antiguo Testamento
Dios es considerado una entidad única, mientras que en el Nuevo Testamento se
revela como una Trinidad. Por consiguiente, si esto es así y si el número de
meses lunares del año representa el Nuevo Testamento, ese número ha de tener
alguna relación con el número 3.
Y si nos fijamos en 12,369, observamos que es múltiplo de
3. ¡Hurra! Vamos por el buen camino; cualquier idiota se daría cuenta (siempre
que sea realmente idiota, claro).
Dividamos entonces 12,369 entre 3: el resultado es 4,123.
No cabe duda de que este número ha de tener un significado muy importante, ya
que está formado por los cuatro primeros números enteros.
¿Y qué relación tienen los cuatro primeros números enteros
con el Nuevo Testamento? La respuesta es clara y nos viene en seguida a la
mente.
¡Los cuatro Evangelios, por supuesto! Las cuatro
biografías distintas de Jesús escritas por Mateo, Marcos, Lucas y Juan.
Da la casualidad de que los Evangelios 1, 2 y 3, los de
Mateo, Marcos y Lucas, ofrecen en esencia la misma imagen de Jesús. Hay muchos
incidentes, cuya relación aparece en las tres versiones, y la tendencia general
de los acontecimientos es casi idéntica. Son los «Evangelios Sinópticos»; la
palabra «sinóptico» significa «con un solo ojo». Los Evangelios 1, 2 y 3 ven a
Jesús con el mismo ojo, por decirlo así.
El Evangelio número 4, el de Juan, es bastante distinto
del resto; de hecho, difiere de éstos en todos los detalles, incluso en los más
básicos.
Por tanto, si el número de meses lunares del año
representa los Evangelios, ¿no sería correcto reunir los números 1, 2 y 3, y
mantener el 4 aparte? ¿Y no es exactamente eso lo que ocurre con el número
4,123?
Si no estaban totalmente seguros antes, ¿admiten ahora que
íbamos por el buen camino?
Podemos afirmar, por tanto, que del número de meses
lunares que hay en un año, 12,369, el 12 representa el Evangelio de Juan (4
veces 3, por la Trinidad) y 0,369 representa los Evangelios Sinópticos (123
veces 3).
Pero, ¿por qué el cuarto Evangelio está en primer lugar?
¿Por qué la tercera parte del número de meses lunares que hay en un año es
4,123 en lugar de 123,4?
Se trata de una buena pregunta, perfectamente admisible, y
tengo la respuesta. Si el hecho central del Nuevo Testamento es la Trinidad,
habrá que preguntarse cómo es abordado este tema en los distintos Evangelios.
La primera prueba de la existencia simultánea de los tres
aspectos de Dios es lo que ocurrió cuando Jesús fue bautizado por Juan el
Bautista (que, por supuesto, no es el Juan que escribió el cuarto Evangelio).
así es descrito el incidente en Marcos, el Evangelio más antiguo:
Marcos, 1, 10: «Y enseguida, mientras salía del agua, vio
rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hasta él como una paloma.»
Marcos, 1,11: «Se oyó una voz del cielo que dijo: Tú eres
mi Hijo, a quien yo quiero, mi predilecto.»
Aquí están presentes al mismo tiempo el Padre, el Hijo y
el Espíritu Santo. Pero no hay nada en este relato que nos lleve a pensar que
esta manifestación fuera evidente para nadie que no fueran los miembros de la
Trinidad. No hay nada que nos haga suponer, por ejemplo (ateniéndonos
únicamente a Marcos), que Juan el Bautista, que estaba presente, se diera
cuenta también del descenso del Espíritu o que oyera la voz que venia del
cielo.
En Mateo. 3, 16-17, y en Lucas, 3, 22, aparecen versiones
muy parecidas de este relato. En ninguno de los dos se afirma que alguien se
diera cuenta de lo que estaba ocurriendo.
Pero en el Evangelio de Juan, el cuarto, es Juan el
Bautista el que relata el descendimiento del Espíritu.
Juan, 1, 32: «Juan declaró además: He visto al Espíritu
bajar del cielo como una paloma y posarse sobre él.»
Como en el Evangelio 4 se describe la primera
manifestación de la Trinidad como algo claramente visible a los ojos del
hombre, lo que no ocurre en los Evangelios 1, 2 y 3, es evidente que el número
tiene que ser 4,123 y no 123.4.
¿Qué más se puede pedir?
Ahora me gustaría insistir sobre algo que espero que todo
el mundo haya comprendido con claridad. Lo único que he hecho ha sido jugar con
los números. Lo que he expuesto aquí relativo a los días y meses del año es
invención mía, y lo digo tan en serio como dije en su día el chiste sobre la
cualidad alfabética de Abou ben Adhem.
Y, sin embargo, no me sorprendería en absoluto descubrir
que algunas personas sienten la tentación de pensar que todas estas tonterías
tienen algo de cierto. Puede que se digan que he tropezado accidentalmente con
una gran verdad sin saberlo, incluso cuando pensaba que no estaba haciendo más
que jugar.
Y supongo que algunas personas (posiblemente incluso las
mismas) dirán: «Eh, apuesto a que el nombre de Abou ben Adhem llevó a todo lo
demás porque la lista estaba en orden alfabético.»
NOTA
Como estoy interesado en la Biblia y en los números -y
también en las teorías de los chiflados (hasta cierto punto) -, he leído
algunos artículos y libros en los que se interpreta la Biblia de mil formas
diferentes mediante una notablemente ingeniosa utilización de los números.
Siempre les digo a aquellos que se sienten impresionados
por estas cosas que, si se tiene tiempo para pensar, una concatenación de
números adecuada y cualquier texto lo bastante complejo, es posible probar
cualquier cosa. (Deberían intentar seguir los razonamientos matemáticos de
aquellos que creen que las obras de Shakespeare son un vasto criptograma en el
que se demuestra que el verdadero autor de éstas fue otra persona. No me cabe
ninguna duda de que se quedarían asombrados, siempre que no se les derritiera
antes el cerebro.)
En cualquier caso, siempre he creído que, con un poco de
tiempo, yo seria capaz de inventarme una tontería tan grande como cualquiera de
las obtenidas tras penosos esfuerzos por los pobres bobos que se toman en serio
estas cosas. La última parte de este articulo es un ejemplo de ello.
¡TOCA PLÁSTICO!
Una de mis anécdotas favoritas (que sin duda es apócrifa,
¿por qué otra razón la recordaría si no?) es la de la herradura que estaba
colgada de la pared sobre la mesa de trabajo del profesor Niels Bohr.
Un visitante se quedó mirándola asombrado, y por último no
pudo por menos de exclamar:
–Profesor Bohr, es usted uno de los más grandes
científicos del mundo. ¿No me dirá usted que cree que ese objeto le traerá
buena suerte?
–No, hombre -dijo Bohr sonriente-, por supuesto que no.
Cómo voy a creer en esas tonterías. Pero es que me han dicho que me traerá
buena suerte, lo crea o no.
Yo también tengo una simpática debilidad: tengo la manía
de tocar madera. Si cuando digo algo me parece que me he mostrado demasiado
suficiente o seguro de mi mismo, o que he alardeado demasiado de mi buena
suerte, miro febrilmente a mi alrededor buscando algo de madera que tocar.
Por supuesto, ni por un momento me creo realmente que
tocar madera mantendrá alejados a los celosos demonios que acechan al alma
incauta que se jacta de su buena suerte sin haberse congraciado antes con los
espíritus y demonios que gobiernan la buena y la mala suerte. Aun así… después
de todo… ya saben… ahora que lo pienso… ¿qué se puede perder?
Por tanto, el hecho de que la madera natural se utilice
cada vez menos en la edificación, de manera que cada vez es más difícil
encontrar madera en una emergencia, me hace sentirme un poco inquieto. En
realidad, hasta es posible que hubiera acabado por tener una crisis nerviosa de
no haber sido por un comentario casual hecho por un amigo mío.
Hace algún tiempo, dijo:
–Últimamente las cosas me van muy bien.
Después tocó el tablero de la mesa, y dijo tranquilamente:
–¡Toca plástico!
¡Dios mío! Que me hablen a mí de súbitas iluminaciones.
¡Pues claro! Los espíritus también se adaptan al mundo moderno. Las viejas
Dríades que vivían en los árboles y eran la causa de que los bosques sagrados
fueran sagrados, y a las que se remonta nuestra idea de tocar madera *, deben
de sufrir un alto índice de paro ahora que más de la mitad de los bosques del
mundo han sido reducidos a palillos para los dientes y periódicos. Sin duda en
la actualidad viven en contenedores de plástico polimerizado y responden
prestamente a la llamada de «¡Toca plástico!». Se la recomiendo a todos
ustedes.
Pero tocar madera no es más que un ejemplo de este tipo de
ideas, tan reconfortantes y tan capaces de producir una agradable sensación de
seguridad que los hombres se aterran a ellas a la más mínima provocación e
incluso sin mediar provocación alguna.
Los hombres se agarran como a un clavo ardiendo a
cualquier prueba que refuerce este tipo de «creencias de seguridad», por frágil
y absurda que pueda ser. Cualquier prueba que vaya en descrédito de una
creencia de seguridad, por muy lógica y concluyente que pueda ser, es
desechada. (De hecho, si las pruebas en contra de una creencia de seguridad son
bastante fuertes, aquellos que las han aducido corren el serio peligro de
sufrir violencia física.)
Por tanto, a la hora de sopesar los méritos de cualquier
opinión muy extendida es muy importante tener en cuenta si puede ser
considerada una creencia de seguridad. Si es así, entonces el hecho de que esté
tan extendida no tiene ningún valor, y hay que desconfiar de ella.
Desde luego, es posible que dicha opinión sea acertada.
Por ejemplo, los estadounidenses se sienten reconfortados
por la idea de que Estados Unidos es la nación más rica y poderosa del mundo.
Pero es cierto que lo es, y esta creencia de seguridad en particular está
justificada (para los estadounidenses).
No obstante, el Universo es un lugar verdaderamente muy
poco seguro, y por lo general hay muchas más probabilidades de que las
creencias de seguridad sean falsas que de que sean ciertas.
Por ejemplo, si se realizara una votación entre los
fumadores más empedernidos de todo el mundo, lo más probable es que ésta
mostrara que prácticamente todos ellos están firmemente convencidos de que los
argumentos que relacionan el tabaco con el cáncer de pulmón no son
concluyentes. Este mismo resultado por abrumadora mayoría se repetiría de
realizar la votación entre los miembros de las industrias tabaqueras. ¿Por qué
no? La creencia contraria les haría sentirse demasiado inseguros desde el punto
de vista médico o económico como para sentirse a gusto.
Y también, cuando era pequeño, recuerdo que los niños
creíamos firmemente que si se nos caía un trozo de caramelo en medio de la
increíble mugre de las calles de la ciudad sólo era necesario rozarlo con los
labios y luego agitarlo hacia el cielo («besándolo para Dios») para que
volviera a ser perfectamente inmaculado e higiénico. Lo creíamos a pesar de
todos los reparos sobre los gérmenes, porque, de no hacerlo creído, habríamos
tenido que renunciar a comernos ese trozo de caramelo y ver cómo se lo comía algún
otro que si creía en ello.
Naturalmente, cualquiera puede inventar las pruebas
necesarias a favor de una creencia de seguridad. «Mi abuelo se estuvo fumando
una cajetilla al día durante setenta años y cuando se murió lo último que le
fallaron fueron los pulmones.» O «Jerry besó un caramelo para Dios ayer y hoy
ha ganado la carrera de cuarenta metros».
Si el abuelo se hubiera muerto de cáncer de pulmón a los
treinta y seis años o si Jerry hubiera contraído el cólera, no habría ningún
problema: se citarían otros ejemplos.
Pero no caigamos en los casos particulares. Les presento a
continuación seis creencias de seguridad muy generales que, en mi opinión,
cubren todo el campo; aunque invito al amable lector a añadir una séptima si se
le ocurre alguna idea.
Creencia de seguridad número 1: Existen fuerzas
sobrenaturales a las que se puede inducir u obligar a proteger al género
humano.
Esta es la esencia de la superstición.
Cuando una sociedad primitiva de cazadores se encuentra
con que en ocasiones hay caza de sobra y en otras ocasiones no es así, y cuando
una sociedad agrícola primitiva observa que un año hay sequía y al siguiente
una inundación, parece natural suponer -a falta de algo mejor- que alguna
fuerza más que humana dispone las cosas de ese modo.
Como la naturaleza es caprichosa, parece natural que los
diversos dioses, espíritus y demonios (como quieran llamarlos), sean también
caprichosos. De una forma u otra han de ser inducidos u obligados a subordinar
sus salvajes impulsos a las necesidades de la humanidad.
¿Quién dice que esto sea fácil? Es evidente que requiere
de toda la habilidad de los hombres más sabios y experimentados de la sociedad.
De esta forma se desarrolla una clase especializada de manipuladores de
espíritus: una clase sacerdotal, utilizando el término en su sentido más
amplio.
La manipulación de los espíritus puede ser llamada con
toda justicia «magia». La palabra viene de magi, que era el nombre con que se
conocía a la clase sacerdotal de la Persia zoroástrica.
La popularidad de esta creencia de seguridad es casi
absoluta. Determinado personaje influyente de la ciencia ficción, que es muy
dado a adoptar este tipo de creencias de seguridad para luego fingirse miembro
de una minoría perseguida, me escribió en una ocasión: «Todas las sociedades
han creído en la magia excepto la nuestra. ¿Por qué hemos de ser tan arrogantes
y pensar que todo el mundo estaba equivocado excepto nosotros?»
Mi respuesta fue: «Todas las sociedades excepto la nuestra
han creído que el Sol giraba alrededor de la Tierra. ¿Le gustaría resolver este
asunto mediante el voto de la mayoría?»
En realidad, la situación es aún peor de lo que afirma el
mismo personaje influyente. Todas las sociedades, incluida la nuestra, creen en
la magia. No estoy diciendo que esta creencia esté restringida a los ingenuos y
a las personas sin educación. Los elementos más racionales de nuestra sociedad,
la gente bien educada, los científicos, siguen conservando restos de creencias
mágicas.
Una herradura colgada encima de la mesa de Bohr
(suponiendo que la historia sea verídica) es una salvaguarda mágica contra la
desgracia, que opera gracias al poder del «hierro frío» sobre un mundo de
espíritus que aún sigue en la edad del bronce. Cuando toco madera (o plástico)
también yo me estoy dedicando a manipular a los espíritus.
¿Pero podemos afirmar, como hace el personaje influyente,
que tiene que haber algo de cierto en la magia puesto que tanta gente cree en
ella?
No, claro que no. Resulta demasiado tentador como para
creérselo. ¿Puede haber algo más fácil que creer que es posible evitar el
infortunio por el simple procedimiento de tocar madera? Si no es cierto, no se
pierde nada. Si es cierto, se gana mucho. Verdaderamente hay que ser tan rígido
como un pedazo de madera para no probar suerte.
Aun así, si la magia no da resultado, ¿no acabará la gente
por reconocerlo y abandonarla?
¿Pero quién dice que no dé resultado? Claro que da
resultado, a juicio de los que creen en ella.
Imaginemos que se toca madera y no ocurre ninguna
desgracia. ¿Lo ven? Por supuesto, quizá fuera posible remontarse en el tiempo y
no tocar madera y descubrir que de todas formas sigue sin ocurrir ninguna
desgracia; pero ¿cómo se podría establecer un control de ese tipo?
O imaginemos que vemos un alfiler y lo recogemos durante
diez días seguidos, y en nueve de esos diez días no ocurre gran cosa digna de
mención, pero al décimo día se reciben buenas noticias por correo. Sólo se
tarda un instante en recordar ese décimo día y olvidar los otros nueve, ¿y qué
mejor prueba se puede desear, de todas formas?
O imaginemos que encendemos dos cigarrillos con una
cerilla y tres minutos después nos caemos y nos rompemos la pierna. Sin duda,
se puede aducir que, de haber encendido el tercer cigarrillo, nos habríamos
roto el cuello y no la pierna.
¡Es imposible perder! ¡Si se quiere, es posible creer!
Ciertamente la magia puede dar resultados reales. Un
equilibrista que camina sobre la cuerda floja después de haber frotado
subrepticiamente una pata de conejo por debajo del cinturón puede avanzar con
gran confianza y realizar una actuación impecable. Un actor que salga al
escenario inmediatamente después de que alguien haya silbado en su camerino
puede ponerse muy nervioso y actuar pésimamente. En otras palabras, aunque la
magia no funcione, la creencia en la magia sí que funciona.
Entonces, ¿por qué los científicos niegan la utilidad de
la magia? ¡No lo hacen! Les resultaría imposible. De todas formas, pocos de los
que creen en ella aceptarían esta refutación, si es que hay alguno que la haga.
Lo que hacen los científicos es trabajar partiendo de la
base de que la creencia de seguridad número 1 es falsa. No tienen en cuenta
ninguna fuerza caprichosa al analizar el Universo. Establecen un número mínimo
de generalizaciones (equivocadamente llamadas «leyes naturales») y dan por
sentado que nada que vaya contra estas leyes naturales puede ocurrir o ser
provocado. A medida que se adquieren más conocimientos, puede resultar
necesario modificar estas generalizaciones ocasionalmente, pero en ningún caso son
caprichosas.
Resulta bastante irónico que los científicos constituyan
la nueva clase sacerdotal. Algunos creyentes en la seguridad ven en el
científico al mago moderno. En la actualidad es el científico el que es capaz
de manipular el Universo mediante misteriosos ritos que sólo él comprende con
el propósito de garantizar la seguridad del hombre bajo cualquier
circunstancia. En mi opinión, esta creencia tiene tan poca base como la
precedente.
De nuevo, es posible modificar una creencia de seguridad
para darle un aire científico. De esta forma, donde antes había ángeles y
espíritus que bajaban a la tierra para intervenir en nuestros asuntos y hacer
justicia, ahora tenemos seres muy avanzados que descienden en sus platillos
volantes con el mismo propósito (según afirman algunos). En realidad, creo que
la popularidad de toda la mística del platillo volante se debe, en gran medida,
a que los extraterrestres pueden considerarse sin ningún problema una nueva
versión científica de los ángeles.
Creencia de seguridad número 2: En realidad, la muerte no
existe.
Que nosotros sepamos, la especie humana es la única capaz
de darse cuenta de que la muerte es inevitable. Cada hombre y cada mujer sabe
con toda seguridad que él o ella tiene que morir algún día, lo que no le ocurre
a ninguna otra criatura.
Esta información resulta absolutamente demoledora, y uno
no puede por menos que preguntarse en qué medida afecta este hecho a la
conducta humana, haciéndola fundamentalmente distinta de la conducta de los
demás animales.
O quizás afecta menos de lo que cabría esperar, dado que
el hombre se niega tan resuelta y unánimemente a pensar en ello. ¿Cuántas
personas viven como si esperaran continuar así eternamente? Me parece que casi
todos nosotros.
Una manera relativamente sensata de negar la muerte es la
de suponer que la verdadera entidad viviente es la familia, y que cada persona
individual no muere realmente mientras la familia viva. Esta es una de las
bases del culto a los antepasados, ya que el antepasado vive mientras algún
descendiente suyo le rinda culto.
Desde este punto de vista, por supuesto, la falta de hijos
(sobre todo hijos varones, ya que en la mayoría de las sociedades tribales las
mujeres no cuentan) se consideraba un terrible desastre. así ocurría en la
primitiva sociedad israelita, por ejemplo, como nos cuenta la Biblia. En ella
se dictan normas muy precisas que obligaban a los hombres a tomar como esposas
a las viudas de sus hermanos muertos sin descendencia, para que esas viudas
tuvieran hijos que pudieran ser considerados descendientes del muerto.
El pecado de Onán (onanismo) no es el que seguramente
ustedes creen que es, sino su negativa a hacerle este servicio a su hermano
muerto (véase Génesis, 38, 7-10).
También goza de gran popularidad una negación más literal
de la muerte. Casi todas las sociedades que conocemos alimentan alguna creencia
en «la otra vida». Existe un lugar al que puede ir la parte inmortal de cada
cuerpo humano. Esta sombra puede llevar una existencia gris y tenebrosa en un
lugar como el Hades o Sheol, pero vive.
En condiciones más imaginativas, la otra vida, o una parte
de ésta, puede convertirse en un estado de bienaventuranza, mientras que la
otra parte puede llegar a ser un continuo tormento. Así, es posible relacionar
la idea de inmortalidad con la idea de castigo y recompensa. Aquí también se
advierte cierta influencia de las creencias de seguridad, puesto que en las
condiciones más extremas de miseria y pobreza, el sentimiento de seguridad
aumenta al saber que una vez en el cielo se vivirá a cuerpo de rey, mientras
ese tipo tan rico de allí se irá derechito al infierno, ja, ja, y bien merecido
que se lo tiene.
De no creer en la otra vida en algún lugar más allá de la
Tierra, también existe la posibilidad de otra vida en la misma Tierra si se
cree en la reencarnación o en la trasmigración de las almas.
Aunque la reencarnación no es una de las creencias
religiosas dominantes en el mundo occidental, su contenido de creencias de
seguridad es tan alto que cualquier prueba en su favor se acepta de buen grado.
Cuando en 1950 se publicó un libro bastante tonto titulado The Search for
Bridey Murphy (La búsqueda de Bridey Murphy), que parecía indicar que la
reencarnación existía realmente, se convirtió inmediatamente en un éxito de
ventas. Por supuesto, carecía de todo fundamento.
Y, desde luego, toda la doctrina del espiritismo, toda esa
serie de médium y de golpes en la mesa y ectoplasmas y fantasmas y poltergeists
(fenómenos extraños) y un millón de cosas por el estilo están todas basadas en
la terca insistencia del género humano por negar la realidad de la muerte; por
afirmar que algo persiste, que la personalidad consciente es, en cierto modo,
inmortal.
¿Sirve entonces para algo intentar desacreditar el
espiritismo? Es imposible. Por muchos médium que resulten ser impostores, el
fervoroso creyente creerá en el próximo médium que conozca. Puede llegar
incluso más lejos. Puede denunciar la prueba del fraude como un fraude en sí
mismo y continuar teniendo fe en el impostor, por muy evidente que sea la
impostura.
La ciencia trabaja partiendo de la base de que la creencia
de seguridad número 2 también es falsa.
Pero los científicos también son humanos, y algunos de
entre ellos (a diferencia de la ciencia como entidad abstracta) anhelan
sentirse seguros. Sir Oliver J. Lodge, un científico de considerable
reputación, deprimido por la muerte de uno de sus hijos en la Primera Guerra
Mundial, intentó comunicarse con él mediante el espiritismo y se convirtió en
un devoto de la «investigación psíquica».
Mi amigo el personaje influyente cita con frecuencia a
Lodge y a otros como él como prueba del valor de la investigación psíquica. «Si
usted cree en las observaciones de Lodge sobre el electrón, ¿por qué no cree en
sus observaciones sobre los espíritus?»
La respuesta es, por supuesto, que Lodge no podía obtener
ninguna seguridad de un electrón, pero sí de los espíritus… Y los científicos
también son humanos.
Creencia de seguridad número 3: El Universo tiene algún
sentido.
Después de todo, si se está dispuesto a creer en toda una
serie de espíritus y demonios que rondan por el Universo, no es posible creer
que tanta actividad no tenga ningún propósito.
Los zoroástricos persas elaboraron una explicación del
Universo deliciosamente complicada. Imaginaban que todo lo que existe participa
en una guerra cósmica. Ahura Mazda, que dirigía a innumerables espíritus
agrupados bajo las banderas de la luz y el bien, se enfrenta a un ejército
igualmente poderoso a las órdenes de Arimán, el paladín de las Tinieblas y el
Mal. Las fuerzas estaban muy equilibradas, y cada hombre podía tener la
sensación de que de él dependía alterar este equilibrio. Si se esforzaba por
ser bueno estaba del «buen lado» en el conflicto más colosal que jamás se haya
imaginado.
Algunas de estas ideas se infiltraron en el judaísmo y el
cristianismo, y de ahí la historia de la guerra entre Dios y el Diablo. Pero en
la versión judeocristiana no hay duda de quién será el vencedor. Dios tiene que
vencer y vencerá.
Esto hace que el asunto sea menos emocionante.
La ciencia también da por sentado que esta creencia de
seguridad es falsa. La ciencia no se limita a ignorar la posibilidad de una
guerra cósmica en sus intentos por desentrañar los orígenes y el destino final
del Universo; ignora también la posibilidad de la existencia de cualquier
propósito deliberado.
Las generalizaciones más básicas de la ciencia (las leyes
de la termodinámica, por ejemplo, o la teoría cuántica) suponen que las
partículas se mueven al azar, que se producen colisiones al azar, que hay
transferencias de energía al azar y así sucesivamente. Basándose en los
cálculos de probabilidad, se puede suponer que, dado un gran número de
partículas y un intervalo de tiempo lo bastante largo, existe una certeza
razonable de que se producirán ciertos acontecimientos; pero cuando se trata de
partículas individuales e intervalos cortos de tiempo, no es posible predecir
nada.
Posiblemente sea ésta la opinión científica más impopular
entre los no científicos. Hace que todo parezca «desprovisto de sentido».
¿Pero es así realmente? Resulta absolutamente necesario
que todo el Universo o toda la vida tenga sentido. ¿No podríamos considerar que
lo que parece no tener sentido en un contexto lo tenga en otro? ¿Que un libro
escrito en chino que no tiene ningún sentido para mí sí que lo tiene para un
chino? ¿Y no podríamos considerar que cada uno de nosotros puede organizar su
propia vida de manera que esté llena de sentido para él y para aquellos sobre
los que influye? Y en esa circunstancia, ¿acaso no tendrá sentido para él toda
la vida y todo el Universo?
No cabe duda de que son aquellos que no le encuentran
ningún sentido esencial a sus vidas los que se esfuerzan por imponerle un
sentido al Universo para compensar sus carencias personales.
Creencia de seguridad número 4: Algunas personas tienen
poderes especiales que les permiten conseguir algo a cambio de nada.
«Si lo deseas, lo conseguirás», dice un verso de una
conocida canción, y hay que ver la de gente que se lo cree.
Es mucho más fácil desear, esperar y rezar que molestarse
en hacer algo.
Una vez escribí un libro en el que había un párrafo en el
que describía los peligros de la explosión demográfica y hablaba de la
necesidad del control de la natalidad. Un revisor que leyó el libro escribió al
margen: «Yo diría que eso es problema de Dios, ¿no cree?»
Era tan fácil como quitarle un caramelo a un niño; sólo
tuve que escribir debajo de su anotación: «Dios ayuda a quien se ayuda a sí
mismo.»
Pero consideren la popularidad de las historias en las que
los personajes pueden formular tres deseos, o tienen la facultad de convertir
en oro todo lo que tocan, o entran en posesión de una lanza que siempre da en
el blanco, o de una piedra preciosa que pierde el color cuando hay algún
peligro.
Imagínense que realmente tuviéramos poderes
extraordinarios y no lo supiéramos, como, por ejemplo, la telepatía. ¡Qué
ansiosos estamos de tenerla! (Todos hemos exclamado alguna vez ante alguna
coincidencia: «¡Telepatía!»)
Qué dispuestos estamos a creer en casos demostrados en
otros lugares, ya que eso aumentaría nuestras posibilidades de adquirir ese
mismo poder si practicamos lo bastante.
Algunos de esos extraños poderes confieren la capacidad de
adivinar el futuro: la clarividencia. O si no, es posible adquirir los
conocimientos que permitirán calcular el futuro mediante la astrología, la
numerología, la quiromancia, las hojas de té y otros mil viejos trucos.
Aquí nos acercamos a la creencia de seguridad número 1. Si
podemos predecir el futuro, tenemos la posibilidad de cambiarlo actuando de la
manera adecuada, y esto equivale casi a manipular a los espíritus.
En cierto modo, la ciencia ha hecho realidad los cuentos
de hadas. El avión a reacción va mucho más lejos y más deprisa que el caballo
alado y las botas de siete leguas de los autores de las fábulas de antaño.
Tenemos cohetes que van directos a su objetivo, como el martillo de Thor, y
mucho más dañinos. No tenemos piedras preciosas, pero sí placas que pierden el
color en presencia de una cantidad demasiado grande de radiación acumulada.
Pero estos aparatos no dan «algo por nada». No son
concedidos por mediación sobrenatural y no se portan de manera caprichosa. Son
el producto del esfuerzo realizado a partir de las generalizaciones relativas
al Universo establecidas por una ciencia que rechaza la mayor parte, si no
todas, de las creencias de seguridad.
Creencia de seguridad número 5: Yo soy mejor que mi
vecino.
Se trata de una creencia muy tentadora, pero a menudo
peligrosa. Si se lo dices a ese boxeador grandullón que tienes delante, es
posible que te rompa el cuello. Así que buscamos una manera de sustituirla:
nuestro padre es mejor que el suyo, nuestra universidad es mejor que la suya,
nuestro acento es mejor que el suyo, nuestro grupo cultural es mejor que el
suyo.
Como es natural, esta creencia se confunde con el racismo,
y no es en absoluto sorprendente que cuanto más baja es la posición social,
económica o personal de una persona, más probable es que sea víctima de la
tentación racista.
No es de extrañar que hasta los científicos, considerados
individualmente, tengan problemas con esta creencia.
Pueden racionalizarla y decir que, sin duda, tiene que ser
posible dividir al género humano en categorías, de la manera que algunas
categorías sean superiores a otras en ciertos aspectos. Algunos grupos son más
altos que otros, por ejemplo, debido a la dotación genética. ¿No seria posible
que algunos grupos fueran, por nacimiento y naturaleza, más inteligentes o más
honrados que otros?
Cierto premio Nóbel solicitó hace algún tiempo que los
científicos dejaran de darle largas al asunto, y que se esforzaran por
determinar si los habitantes de los barrios bajos (traducción al inglés:
negros) eran o no realmente «inferiores» a los no habitantes en los barrios
bajos, y si por tanto eran inútiles los esfuerzos por ayudarlos.
Cierto periódico me pidió que escribiera un articulo dando
mi opinión sobre el tema, pero les dije que consideraba mejor advertirles cuál
iba a ser mi opinión, para ahorrarme la molestia de escribir un artículo que no
iban a publicar.
Dije que, en primer lugar, era muy probable que aquellos
que defendían con más entusiasmo este tipo de investigación tuvieran plena
confianza en que los haremos que ellos mismos habían establecido probaran sin
lugar a dudas que los habitantes de los barrios bajos eran «inferiores». De
esta forma, los seres superiores que no vivían en los barrios bajos se verían
libres de toda responsabilidad hacia los habitantes de los barrios bajos y de
cualquier sentimiento de culpa que pudieran albergar.
Si estaba equivocado, proseguí, entonces me parecía que
los investigadores deberían de estar tan ansiosos por encontrar una minoría
superior como una inferior. Por ejemplo, tenia serias sospechas de que, según
los criterios de valoración predominantes en nuestra sociedad, resultara que
los unitarios y los episcopalistas tienen un coeficiente de inteligencia medio
más alto y un historial de rendimiento superior al de otros grupos religiosos.
Si esto resultaba ser cierto, yo proponía que los
unitarios y los episcopalistas llevaran alguna insignia distintiva, se les
hiciera pasar a la parte delantera del autobús, se les dieran las mejores
localidades de los teatros, se les permitiera utilizar los aseos más limpios y
así sucesivamente.
así que los del periódico dijeron: «¡Olvídelo!» Y es mejor
así. Nadie quiere buscar a personas superiores a uno mismo; sólo a inferiores.
Creencia de seguridad número 6: Si algo va mal, no es
culpa mía.
Casi todo el mundo sufre una ligera paranoia. Con un poco
de práctica, esto puede llevarnos fácilmente a aceptar alguna de las teorías de
conspiraciones que nos ofrece la historia.
Qué consolador resulta saber que si nos van mal los
negocios es por culpa de las prácticas criminales y poco honradas del búlgaro
que es el dueño de la tienda de la esquina; si nos duele algo, es a causa de la
conspiración de los médicos nigerianos que nos tienen rodeados; si tropezamos
cuando nos damos la vuelta para mirar a una chica, ha sido algún maldito
cingalés el que ha puesto ahí esa grieta en la acera.
Y es en esto en lo que, por fin, los científicos resultan
ser más vulnerables, porque esta creencia de seguridad puede volverse contra
ellos por haberse opuesto a todas las creencias de seguridad en general.
Cuando los creyentes se sienten irritados ante la
refutación de alguna de las locuras y mistificaciones en las que creen, ¿cuál
es su último y mejor argumento? Pues que existe una conspiración de científicos
contra ellos.
Yo mismo recibo constantes acusaciones de participar en
una conspiración de esta clase. Por ejemplo, en el correo de hoy he recibido
una carta escrita en un tono sumamente violento e indignado, de la que sólo
citaré un par de frases de entre las más benignas:
«No sólo nos toman el pelo los políticos… sino que ahora
esas tácticas también se han extendido a la ciencia.
Si tiene la intención de engañar al prójimo con algún
propósito, espero que con esto se dé por enterado de que no lo ha conseguido ni
en un uno por ciento.»
Leí toda la carta atentamente, y, al parecer, mi
corresponsal había leído algún artículo de una revista en el que se refutaba
alguna de sus creencias más queridas. Por tanto, inmediatamente se sintió
seguro, no de que él pudiera estar equivocado, sino de que había una
conspiración de científicos a las órdenes de la NASA, cuya misión consistía en
mentirle.
Lo malo es que se refería a un articulo que no había sido
escrito por mí, y yo no sabia de qué demonios me estaba hablando.
Sin embargo, estoy totalmente seguro de que las fuerzas de
la razón se alzarán triunfantes a pesar de los violentos ataques de los
creyentes en la seguridad y a pesar de cualquier cosa. (¡Toco plástico!)
NOTA
He perdido la cuenta de los artículos que he escrito en
los que dirigía mis sarcasmos contra las irracionalidades que tanta influencia
tienen sobre la mayoría de la gente.
Tengo la suerte de vivir en una sociedad en la que se
considera de mal gusto castigar con la tortura y la ejecución el crimen de
decir la verdad; si no, tendría graves problemas.
Por lo general, incluso en nuestra permisiva sociedad,
acostumbro a moderar un poco el tono a causa de mi natural deseo de evitar que
la gente se excite demasiado y de no recibir demasiadas cartas llenas de
injurias obscenas.
Pero al escribir esta serie de artículos estoy convencido
de que me dirijo a un público especialmente comprensivo que me permitirá
expresar mi opinión sin echar espuma por la boca, aunque no estén de acuerdo
conmigo.
Eso es lo que me permite escribir artículos como el
anterior, lo cual obra milagros en mi equilibrio psicológico y me ayuda a
seguir siendo una persona risueña y alegre.
INDECISA, COQUETA Y DIFÍCIL
DE COMPLACER
Entre unas cosas y otras, he leído bastantes obras de
Shakespeare y me he dado cuenta de un montón de cosas, entre ellas de la
siguiente: las heroínas románticas de Shakespeare por lo general superan a sus
héroes en inteligencia, carácter y fortaleza moral.
Julieta actúa con energía y sin arredrarse ante el peligro
mientras Romeo se limita a tirarse al suelo y llorar (Romeo y Julieta); Porcia
desempeña un papel difícil y activo mientras Bassanio no puede hacer otra cosa
que quedarse en un segundo plano retorciéndose las manos (El mercader
de Venecia); Benedick es un muchacho perspicaz, pero
Beatriz le da ciento y raya (Mucho ruido y pocas nueces).
Rosalía también supera con creces a Biron (Trabajos de
amor perdidos) y Rosalinda a Armando (Como gustéis).
En algunos casos las diferencias son abismales. Julia es
infinitamente superior a Proteo desde todos los puntos de vista (Dos caballeros
de Verana), y Elena a Bertram (Bien está lo que bien acaba).
La única obra en la que Shakespeare parece caer en el
machismo es La fierecilla domada, y habría buenas razones para criticar la
falta de sutileza de este argumento, en el que un hombre fuerte se impone sobre
una mujer igualmente fuerte; pero no voy a hablarles de eso aquí.
Y, sin embargo, a pesar de todo esto, nunca he oído que
nadie criticara a Shakespeare por dar una visión falsa de las mujeres. Nunca le
he oído decir a nadie: «Shakespeare está bien, pero no comprende a las
mujeres.» Al contrario, todo son elogios para sus heroínas.
¿Cómo es posible entonces que Shakespeare -el cual, según
la opinión unánime, supo ver la naturaleza humana al desnudo y sin artificio a
la luz inquisitiva e impersonal de su genio- nos presente a las mujeres como
superiores a los hombres en todos los aspectos importantes, y aun así tantos de
nosotros sigamos estando seguros de que las mujeres son inferiores a los
hombres? Digo «nosotros» sin distinción de género, porque por lo general las
mujeres aceptan su condición de inferiores.
Puede que les extrañe que me preocupe por este asunto.
Bueno, me preocupa (por dar la explicación más simple),
porque todo me preocupa. Me preocupa sobre todo en mi calidad de autor de
ciencia-ficción, porque ésta a menudo habla de sociedades futuras, las cuales
espero que traten de manera más razonable que nuestra sociedad actual al 51 por
100 de la raza humana.
Estoy convencido de que las sociedades futuras serán más
razonables en este punto, y me gustaría explicar las razones de esta creencia.
Me gustaría especular sobre la mujer del futuro a la luz de lo que le ocurría a
la mujer del pasado y de lo que le está ocurriendo a la mujer del presente.
Para empezar, admitiremos que existen determinadas
diferencias fisiológicas inevitables entre los hombres y las mujeres. (El
primero que grite Vive la différence! se marcha de la habitación.)
¿Pero hay alguna diferencia que sea de naturaleza
fundamentalmente no fisiológica? ¿Existen diferencias intelectuales,
emocionales o de temperamento de las que estemos totalmente seguros y que
puedan servir para diferenciar a los hombres de las mujeres de una manera
amplia y generalizada? Me refiero a diferencias que sean válidas para todas las
culturas, como ocurre con las diferencias fisiológicas, y que no sean
consecuencia de una temprana orientación educativa.
Por ejemplo, no me impresiona la afirmación de que «las
mujeres son más refinadas», pues todos sabemos que las madres empiezan pronto a
dar palmadas en las pequeñas manos de sus hijitas, mientras les recriminan:
«No, no, no, las niñas buenas no hacen eso.»
Por mi parte, sostengo la rígida opinión de que no es
posible estar seguros de la naturaleza de las influencias culturales, y de que
las únicas diferencias ciertas que podemos establecer entre los sexos son las
de orden fisiológico, de las cuales sólo admito dos:
1. La mayoría de los hombres son más grandes y más fuertes
físicamente que la mayoría de las mujeres.
2. Las mujeres se quedan embarazadas, tienen niños y los
amamantan. Los hombres, no.
¿Qué es lo que podemos deducir a partir exclusivamente de
estas dos diferencias? Me da la impresión de que bastan para comprender la
situación de clara desventaja de las mujeres con respecto a los hombres en una
sociedad de cazadores primitiva, que era el único tipo de sociedad existente
hasta, digamos, el 10.000 A. C.
No cabe duda de que las mujeres no estarían tan
capacitadas para los aspectos más duros de la caza, además de verse
perjudicadas por una cierta torpeza durante los embarazos y por determinadas
distracciones, mientras se hacían cargo de sus bebés. De darse una lucha por la
comida del tipo «que cada uno se las componga como pueda», ellas siempre serian
las últimas en llegar.
A una mujer no le vendría mal que algún hombre se ocupara
de proporcionarle algún muslo de carne después de la caza y que se preocupara
además de que ningún otro hombre se lo quitara. Es poco probable que un cazador
primitivo procediera de este modo movido por sus convicciones filosóficas
humanitarias; no habría más remedio que sobornarlo. Supongo que todos ustedes
se me han adelantado en la suposición de que el soborno más evidente es el
sexual.
Me imagino un tratado de asistencia mutua de la edad de
piedra entre hombres y mujeres: sexo a cambio de comida, y, como resultado de
este tipo de compañerismo, nacerían más niños y las generaciones se
sucederían*.
No me parece que alguna de las pasiones más nobles haya
podido tener algo que ver con esta transacción. Me parece improbable que algo
que pudiéramos identificar como «amor» estuviera presente en la edad de piedra,
ya que parece que el amor romántico fue una invención bastante tardía y poco
extendida, incluso en la actualidad.
(En una ocasión leí que la idea hollywoodense del amor
romántico fue inventada por los árabes en la Edad Media y fue difundida en
nuestra sociedad occidental por los trovadores provenzales.)
En cuanto a la natural preocupación de un padre por sus
hijos, olvídenlo. Hay señales inequívocas de que los hombres no comprendieron
la relación existente entre el trato sexual y los niños prácticamente hasta el
comienzo de la época histórica. Puede que existan razones fisiológicas para el
amor materno (el placer de dar de mamar al bebé, por ejemplo), pero tengo
serias sospechas de que el amor paterno, por auténtico que pueda ser, es de
origen cultural.
Aunque el convenio de sexo a cambio de comida parece un
toma y daca bastante razonable, no es así. Se trata de un convenio
terriblemente injusto, porque una de las partes podía violarlo impunemente y la
otra no. Si el castigo de una mujer consiste en negarse a tener trato sexual y
el de un hombre en negarse a compartir su comida, ¿cuál de los dos vencerá? A
pesar de lo que creen las mujeres de Lisístrata, una semana sin relaciones
sexuales es mucho más fácil de soportar que una semana sin comida. Además, un
hombre que se harte de esta huelga reciproca puede obtener lo que quiere por la
fuerza, y una mujer no.
Por tanto, tengo la impresión de que, por razones
fisiológicas muy concretas, la primitiva asociación entre hombres y mujeres era
rigurosamente desigual; el hombre desempeñaba el papel de amo y la mujer el de
esclavo.
Esto no quiere decir que una mujer inteligente no fuera
capaz, aun en los tiempos de la edad de piedra, de engatusar y camelar a un
hombre para conseguir lo que quería. Y todos sabemos que hoy en día no hay
ninguna duda de que así es, pero los halagos y la marrullería son las armas del
esclavo. Si usted, orgulloso lector, es un hombre y no está de acuerdo con este
punto, le sugiero que intente halagar y engatusar a su jefe para conseguir un
aumento de sueldo, o a un amigo para conseguir lo que quiere, y que observe qué
es lo que le ocurre a su dignidad.
En cualquier relación amo-esclavo, el amo sólo hace la
parte del trabajo que le apetece o que el esclavo no puede hacer, y éste hace
todo lo demás. Se trata de algo sólidamente establecido en las obligaciones del
esclavo, no sólo por la costumbre, sino también por las rígidas normas
sociales, según las cuales no es correcto que los hombres libres realicen las
tareas propias de los esclavos.
Vamos a dividir el trabajo en «de poco músculo» y «de
mucho músculo». Los hombres hacen el trabajo «de mucho músculo», porque se ven
obligados a ello, y las mujeres hacen el trabajo «de poco músculo». Reconozcámoslo:
por lo general (no siempre) los hombres hacen un buen trato, porque hay mucho
más trabajo «de poco músculo». («Los hombres trabajan de sol a sol; el trabajo
de las mujeres no se acaba nunca», según el viejo dicho.)
A veces incluso no hay ningún trabajo «de mucho músculo»
que hacer. En ese caso el guerrero indio se sienta por ahí y observa cómo
trabaja la squaw: una situación que también es cierta para muchos que no son
guerreros indios, pero que se sientan a observar cómo trabajan las squaws no
indias*. Por supuesto, tienen la excusa de que los orgullosos y maravillosos
seres del género masculino no han sido hechos para realizar «trabajos de
mujeres».
El arreglo social de hombre-amo y mujer-esclava fue
adoptado hasta en las culturas más admiradas de la antigüedad, que nunca lo
pusieron en cuestión. Los atenienses de la Edad de Oro consideraban a las
mujeres
criaturas inferiores, sólo superiores a los animales
domésticos (y eso con reservas) y desprovistas de cualquier clase de derechos
humanos. Al ateniense ilustrado le parecía evidente que la homosexualidad
masculina era la forma de amor más elevada, pues era la única manera de que un
ser humano (varón, naturalmente) pudiera amar a un igual.
Claro que si quería tener niños tenía que recurrir a una
mujer, pero y qué; si quería ir a alguna parte, recurría a su caballo.
En cuanto a otra gran cultura del pasado, la hebrea, es
obvio que la Biblia acepta la superioridad del varón como algo natural. Ni
siquiera se discute el tema en ningún momento.
Lo cierto es que la Biblia, con la historia de Adán y Eva,
ha contribuido a la desgraciada situación de la mujer más que ningún otro
libro. Esta historia ha permitido a docenas de generaciones de hombres echar la
culpa de todo a las mujeres. Ha hecho posible que un gran número de santos
hablaran de las mujeres en unos términos que un miserable pecador como yo
dudaría en emplear para referirse a un perro rabioso.
En los mismos diez mandamientos, las mujeres se mencionan
tranquilamente entre otras propiedades, animadas e inanimadas. En Éxodo, 20,
17, leemos: «No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de
tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que
sea suyo.»
El Nuevo Testamento no es mucho mejor. Podría elegir entre
varias citas, pero bastará con ésta sacada de Efesios, 5, 22-24: «Mujeres,
someteos a vuestros maridos como si fuera al Señor; porque el marido es cabeza
de la mujer, como el Mesías, salvador del cuerpo, es cabeza de la Iglesia. Como
la Iglesia es dócil al Mesías, así también las mujeres a sus maridos en todo.»
En mi opinión, se aspira a cambiar el convenio social
entre hombre y mujer, de amo/ esclavo a Dios / criatura.
No voy a negar que en muchas partes del Antiguo y el Nuevo
Testamento se alaba y se honra a las mujeres. (Por ejemplo, el Libro de Ruth.)
Pero el problema reside en que los textos de la Biblia que versan sobre la
maldad y la inferioridad femeninas influyeron mucho más que aquellos en la
historia social de nuestra especie. Al egoísmo que llevó a los hombres a
estrechar las cadenas que aprisionaban a las mujeres había que añadir el
formidable mandato religioso.
La situación no ha cambiado por completo en lo esencial,
ni siquiera en la actualidad. Las mujeres han conseguido una cierta igualdad
ante la ley; pero nunca antes de este siglo, incluso en los Estados Unidos.
Piensen en el vergonzoso hecho de que ninguna mujer, por muy inteligente y
educada que fuera, podía votar en las elecciones nacionales hasta 1920; a pesar
de que cualquier borracho y cualquier idiota disfrutaba del derecho a votar
libremente sólo por ser varón.
Pero aun así, aunque las mujeres pueden votar y tener
propiedades e incluso disponer de su propio cuerpo, todavía sigue vigente el
acuerdo social sobre su inferioridad.
Cualquier hombre les dirá que una mujer es más intuitiva
que lógica, más emocional que razonable, más melindrosa que creativa y más
refinada que vigorosa. No entienden de política, son incapaces de sumar una
columna de cifras, conducen mal. chillan aterrorizadas cuando ven un ratón, y
etcétera, etcétera, etcétera.
Como las mujeres son todas esas cosas, ¿cómo se les va a
permitir que intervengan en la misma medida que el hombre en las importantes
tareas de organizar la industria, el Gobierno y la sociedad?
Esta actitud tiende a crear su propia realidad.
Se comienza por enseñarle a un joven que es superior a las
mujeres, lo que es reconfortante. Esto le sitúa automáticamente entre la mitad
privilegiada de la raza humana, por muchos defectos que tenga. Cualquier cosa
que se oponga a esta idea, atentará no sólo contra su amor propio, sino contra
su misma virilidad.
Esto quiere decir que si resulta que una mujer es más
inteligente que determinado hombre por el que se siente interesada (por alguna
oscura razón), no habrá de revelar este hecho, aunque le vaya la vida en ello.
La atracción sexual, por fuerte que fuera, no podría hacer olvidar la herida
mortal que él recibiría en el mismo núcleo de su orgullo masculino, y ella le
perdería.
Por otra parte, un hombre encuentra algo infinitamente
tranquilizador en la presencia de una mujer que es manifiestamente inferior a
él. Esta es la razón de que una mujer tonta parezca «mona». Cuanto más
marcadamente machista es una sociedad, más se aprecia la estupidez en la mujer.
A lo largo de los siglos las mujeres se han visto
obligadas a atraer a los hombres de alguna manera, si querían tener alguna
oportunidad de conseguir seguridad económica y posición social, y, por tanto,
las que no eran tontas ni estúpidas por naturaleza tenían que cultivar
cuidadosamente la tontería y la estupidez hasta que se convertían en algo
natural en ellas, y se olvidaban de que alguna vez fueron inteligentes.
Tengo la impresión de que todas las diferencias
emocionales y de temperamento entre hombres y mujeres son diferencias
culturales que tenían la importante función de mantener el convenio hombre-amo/
mujer-esclava.
Me parece que basta con considerar la historia social con
un poco de lucidez para comprobarlo, y comprobar además que el «temperamento»
femenino hace lo imposible por adecuarse a las necesidades del hombre en
cualquier situación.
¿Qué puede haber habido de más femenino que la condición
de la mujer victoriana, tan delicada y modesta, siempre sonrojándose y
conteniendo el aliento, increíblemente refinada y que continuamente recurría a
sus sales para superar una lamentable tendencia a desmayarse?
¿Acaso ha habido nunca un juguete más estúpido que el
estereotipo de la mujer victoriana? ¿Acaso ha habido un insulto mayor para la
dignidad del Homo sapiens?
Pero se puede comprender la razón de que la mujer
victoriana (o algo más o menos parecido a ella) tuviera que existir a finales
del siglo XIX. Era una época en la que las mujeres de las clases acomodadas no
tenían que hacer ningún trabajo «de poco músculo», que era tarea de los
criados. O bien se les permitía emplear su tiempo libre en unirse a los hombres
en sus actividades, o se conseguía que no hicieran nada. El hombre se propuso
firmemente que no hicieran nada (excepto naderías para pasar el rato, como bordar
o tocar el piano de manera lamentable). Incluso se las animaba a llevar ropas
que estorbaban sus movimientos hasta el punto de que apenas podían andar ni
respirar.
Por consiguiente, no les quedaba otra cosa que hacer que
entregarse a un feroz aburrimiento que sacaba a relucir lo peor de la
naturaleza humana, y que hacía de ellas seres inadecuados incluso para el sexo;
se les inculcaba la creencia de que éste era algo sucio y pernicioso, para que
sus maridos pudieran ir a buscarse el placer a otra parte.
Pero en esta misma época a nadie se le ocurrió inculcarles
las mismas insípidas cualidades a las mujeres de las clases más bajas. Ellas
tenían trabajo «de poco músculo» de sobra, y como no tenían tiempo para
desmayos ni refinamientos, el temperamento femenino hizo los ajustes
necesarios, y se las arreglaron sin desmayos ni refinamientos.
Las mujeres pioneras del Oeste americano no sólo limpiaban
la casa, hacían la comida y tenían un bebé detrás de otro; además, cuando era
necesario, cogían un rifle para luchar contra los indios. Tengo la grave
sospecha de que también eran uncidas al arado cuando el caballo necesitaba
tomarse un respiro o cuando se estaba puliendo el tractor.
Y todo esto ocurría en la época victoriana.
Incluso ahora lo seguimos viendo por todas partes.
Uno de los artículos de fe es que las mujeres son
incapaces de entender siquiera las operaciones aritméticas más simples. Todos
sabemos que esas pequeñas monadas ni siquiera son capaces de llevar las cuentas
de un talonario de cheques. Cuando era pequeño todos los cajeros de banco eran
varones por esa misma razón. Pero luego empezó a resultar difícil contratar a
cajeros varones. En la actualidad, el 90 por 100 son mujeres, y parece ser que
después de todo si que saben sumar y llevar las cuentas de los talonarios.
Hubo una época en que sólo había enfermeros varones porque
todo el mundo sabia que las mujeres eran demasiado delicadas y refinadas para
este trabajo. Cuando las condiciones económicas impusieron la necesidad de
contratar a enfermeras, resultó que después de todo no eran tan delicadas ni
refinadas. (Ahora la enfermería es «trabajo de mujeres», indigno de un
orgulloso varón.)
Los médicos e ingenieros son casi siempre hombres; hasta
que sobrevenga algún tipo de crisis social o económica, momento en el que el
temperamento femenino sufrirá las alteraciones que sean necesarias y gran
número de mujeres se harán médicos e ingenieros, como ocurre en la Unión
Soviética.
Unos conocidos versos de sir Walter Scott expresan
magníficamente el significado de todo esto:
;0h, mujer!, en nuestras horas tranquilas,
indecisa, coqueta y difícil de complacer,
…
Cuando el dolor y la angustia fruncen el ceño,
¡tú eres el ángel que cuida de nosotros!
La mayoría de las mujeres parecen considerar estos versos
como un maravilloso y conmovedor tributo, pero yo creo que se trata de una
exposición bastante escueta del hecho de que cuando el hombre está relajado
quiere tener un juguete, y que cuando tiene problemas, quiere un esclavo, y que
la mujer ha de estar dispuesta a adoptar al instante cualquiera de los dos
papeles.
¿Y si el dolor y la angustia fruncen su ceño? ¿Quién es el
ángel que cuida de ella? Hombre, pues otra mujer contratada para la ocasión.
Pero no caigamos tampoco en el otro extremo. Durante la
lucha por el voto de las mujeres, los machistas decían que la nación iría al
desastre porque las mujeres no tienen sentido de la política y se dejarían
manipular por los hombres (o por los sacerdotes, o por cualquier charlatán con
la cabeza llena de rizos y la boca llena de dientes).
Por otra parte, las feministas decían que cuando las
mujeres entraran en las cabinas de votación con toda su suavidad y su
refinamiento y su honradez, se acabarían todas las guerras, los chanchullos y
la corrupción.
¿Saben lo que ocurrió cuando las mujeres consiguieron el
derecho al voto? Nada. Resultó que las mujeres no eran más tontas que los
hombres, ni tampoco más sabias.
¿Y qué hay del futuro? ¿Conseguirán las mujeres una
verdadera igualdad?
No, a menos que cambien las condiciones básicas que
imperan desde que el Homo sapiens apareció como especie.
Los hombres no renunciarán voluntariamente a sus ventajas;
los amos nunca lo hacen. A veces se ven obligados a hacerlo a causa de una
revolución violenta de un tipo u otro. A veces se ven obligados a hacerlo por
su prudencia, al prever una inminente revolución violenta.
Un individuo puede renunciar a una ventaja simplemente por
su sentido de la decencia, pero estos individuos son siempre una minoría, y un
grupo en su conjunto no lo hará jamás.
De hecho, en este caso son las mismas mujeres las más
ardientes defensoras del statu quo (por lo menos la mayoría). Llevan tanto
tiempo representando su papel que notarían la ausencia de las cadenas alrededor
de sus muñecas y tobillos. Y están tan acostumbradas a sus mezquinas
recompensas (el sombrero que se alza, el brazo que se ofrece, las sonrisas
afectadas y las miradas maliciosas y, sobre todo, la libertad de ser tontas),
que no están dispuestas a cambiarlas por la libertad. ¿Quiénes atacan con más
dureza a la mujer independiente que desafía las convenciones de las esclavas?
Otras mujeres, por supuesto, que actúan de agentes de los hombres.
Pero a pesar de todo, las cosas cambiarán, porque las
condiciones básicas que sustentaban la posición histórica de la mujer están
cambiando.
¿Cuál era la primera diferencia fundamental entre los
hombres y las mujeres?
1. La mayoría de los hombres son más grandes y más fuertes
físicamente que la mayoría de las mujeres.
¿Y bien? ¿Qué más da eso hoy en día? La violación es un
crimen, y por tanto se trata de un atentado físico criminal, aun cuando sólo
esté dirigido contra las mujeres.
Este hecho no basta para que estas cosas dejen de ocurrir
totalmente, pero impide que sigan siendo el juego universal para los varones
como lo fueron en su momento.
¿Y qué importancia tiene, desde el punto de vista
económico, que los hombres sean más grandes y más fuertes? ¿Es que las mujeres
son demasiado pequeñas y débiles para ganarse la vida? ¿Es que tienen que
arrastrarse bajo el brazo protector de un varón, por tonto o desagradable que
sea, para conseguir el equivalente de un muslo de la pieza cobrada?
¡Tonterías! Los trabajos «de mucho músculo» están
desapareciendo constantemente, y sólo quedan trabajos «de poco músculo». Ya no
cavamos zanjas: apretamos unos botones y las máquinas lo hacen. El mundo está
cada vez más informatizado, y una mujer es tan capaz de realizar correctamente
tareas como meter papel, ordenar tarjetas y girar los contactos como un hombre.
De hecho, la pequeñez puede llegar a estar muy solicitada.
Es posible que precisamente lo que haga falta sean dedos más pequeños y
delgados.
Gradualmente las mujeres se darán cuenta de que sólo
necesitan ofrecer sexo a cambio de sexo y amor a cambio de amor, y nunca más
sexo por comida. No se me ocurre nada mejor que este cambio para que el sexo
sea más digno y para acabar lo más rápidamente posible con la existencia del
degradante «doble baremo» de amos y esclavos.
Pero aún nos queda la segunda diferencia:
2. Las mujeres se quedan embarazadas, tienen niños y los
amamantan. Los hombres, no.
He oído decir muchas veces que las mujeres tienen el
instinto de «construir el nido», que verdaderamente quieren cuidar de un hombre
y sacrificarse por él. Es posible, en las condiciones que había en el pasado.
Pero ¿y ahora?
Con la explosión demográfica, que es cada vez más una
espada de Damocles para todo el género humano, o desarrollamos una nueva
actitud hacia los niños antes de fin de siglo o nuestra cultura morirá.
Llegará a ser totalmente correcto que una mujer no tenga
hijos. Se aliviará la sofocante presión social que obliga a la mujer a ser
«esposa y madre», lo que tendrá aún más importancia que el alivio de la presión
económica.
Gracias a la píldora, es posible librarse de la carga de
los niños sin renunciar al sexo.
Esto no quiere decir que las mujeres dejarán de tener
niños, sino que simplemente no tendrán que tener niños.
De hecho, tengo la impresión de que la esclavitud femenina
y la explosión demográfica van de la mano. Si se mantiene sometida a una mujer,
el hombre sólo se sentirá seguro si consigue tenerla «descalza y embarazada».
Si no tiene otra cosa que hacer más que tareas poco dignas y repetitivas, se
dedicará a tener un niño detrás de otro como única vía de escape.
Por otra parte, si las mujeres se sintieran realmente
libres, la explosión demográfica se detendría espontáneamente. Pocas mujeres
estarían dispuestas a sacrificar su libertad para tener un montón de hijos. Y
no se apresuren a decir «No»; la libertad femenina no ha sido ensayada nunca
verdaderamente, pero algo debe de significar el hecho de que el índice de
natalidad sea más alto en los lugares en que la mujer ocupa la posición social
más baja.
Por consiguiente, predigo que en el siglo XXI las mujeres
serán completamente libres por primera vez en la historia de la especie.
Tampoco me asusta la contrapredicción de que todas las
cosas son cíclicas y que la tendencia claramente visible hacia la emancipación
femenina dará paso a una vuelta al neovictorianismo.
Es cierto que los efectos pueden ser cíclicos; pero sólo
cuando las causas son cíclicas, y en este caso las causas básicas no son
cíclicas, si exceptuamos una posible guerra termonuclear que afectara al mundo
entero.
Para que el péndulo volviera a inclinarse hacia la
esclavitud femenina, tendría que darse un aumento de los trabajos «de mucho
músculo» que sólo pudieran hacer los hombres. Las mujeres volverían a temer
morirse de hambre si no tuvieran a un hombre que trabajara para ellas.
Bueno, ¿les parece que la actual tendencia hacia la
informatización y la seguridad social se invertiría en cuanto ocurriera una
catástrofe global? ¿En serio?
Para que el péndulo oscilara hacia atrás, tendría que
sustituir el deseo de formar grandes familias y tener muchos niños. Es la única
forma de tener a las mujeres satisfechas con su esclavitud a gran escala (o
demasiado ocupadas como para pensar en ello, lo que viene a ser lo mismo).
Teniendo en cuenta la actual explosión demográfica y la situación tal como será
en el año 2000, ¿esperan realmente que se pondrá a las mujeres a la tarea de
criar a un niño tras otro?
De modo que la tendencia hacia la liberación de la mujer
es irreversible, Ya ha comenzado, y se trata de un hecho sólidamente
establecido. ¿Creen acaso que la época actual, con su creciente permisividad
sexual (en casi todo el mundo) no es más que una decadencia temporal de nuestra
fibra moral y que con alguna pequeña acción por parte del Gobierno volveríamos
a las austeras virtudes de nuestros antepasados?
No lo crean. El sexo se ha separado del nacimiento de los
niños, y continuará estándolo, puesto que es imposible eliminarlo y es
imposible alentar el nacimiento de más bebés. Voten por quien les parezca, pero
la «revolución sexual» seguirá adelante.
O consideren, por ejemplo, algo tan trivial en apariencia
como la nueva moda del pelo largo en los hombres. (Yo mismo me he dejado crecer
un par de patillas absolutamente magnificas.) No cabe duda de que los detalles
cambiarán, pero lo que esto significa en realidad es el fin de las distinciones
superficiales entre los sexos.
Es precisamente esto lo que molesta a las personas
convencionales. Una y otra vez les oigo quejarse de que algún chico con el pelo
especialmente largo parece una chica. Y luego dicen: «¡Ya no se les puede
distinguir!»
Esto siempre me hace preguntarme cuál es la razón de que
sea tan importante distinguir a un chico de una chica a primera vista, a menos
que se tenga en la mente algún objetivo personal para el que la diferencia de
sexos sea relevante. No es posible saber a primera vista si una persona es
católica, protestante o judía; si él o ella toca el piano o juega al póquer, es
ingeniero o artista, inteligente o estúpido.
Después de todo, si fuera verdaderamente importante
distinguir el sexo de una persona a una distancia de varias manzanas con sólo
echar una ojeada, ¿por qué no servirse de las diferencias que nos ha dado la
naturaleza? Que no es el pelo largo, ya que en todas las culturas ambos sexos
tienen el pelo de una longitud aproximadamente igual. Por otra parte, los
hombres siempre tienen más pelo en la cara que las mujeres; en algunos casos la
diferencia es enorme.
(Mi mujer, la pobre, nunca podría tener patillas, aunque
lo intentara.)
Bueno, ¿tendrían entonces que dejarse barba todos los
hombres? Pero a las mismas personas convencionales a quienes no les gusta el
pelo largo en un hombre tampoco les gustan las barbas. Cualquier cambio les
inquieta, de manera que, cuando es necesario realizar algún cambio, hay que
ignorar a las gentes convencionales.
Pero, ¿por qué existe ese fetichismo de los hombres con
pelo corto y las mujeres con pelo largo, o, si vamos a eso, de los pantalones
para los hombres y las faldas para las mujeres, las camisas para los hombres y
las blusas para las mujeres? ¿Por qué este conjunto de diferencias artificiales
para exagerar las naturales? ¿Por qué esa inquietud cuando las diferencias se
desdibujan?
¿Es posible que la distinción vulgar y llamativa en el
atuendo y el peinado de los dos sexos sea otro signo de la relación
amo-esclavo? Ningún amo quiere ser confundido con un esclavo a cualquier
distancia, ni tampoco que se confunda a un esclavo con un amo. En las
sociedades en las que existe la esclavitud siempre se pone buen cuidado en
diferenciar a los esclavos (con una coleta cuando los manchús gobernaban China,
con una estrella de David amarilla cuando los nazis gobernaban en Alemania,
etc.).
Nosotros mismos tenemos tendencia a olvidarlo, puesto que
nuestros esclavos no femeninos más conspicuos tienen un color de piel que los
diferencia perfectamente y no tienen necesidad de mucho más para quedar
marcados.
Por tanto, en la futura sociedad sexualmente igualitaria
se producirá un desdibujamiento de las diferencias artificiales entre los
sexos, un desdibujamiento que ya ha comenzado. Pero, ¿y qué? Un chico
determinado sabrá quién es su chica y viceversa, y si otra persona no participa
de esta relación, ¿qué le importa a esa persona cuál es cuál?
Afirmo que no se puede ir contra corriente y que, por
consiguiente, debemos unirnos a ella. Afirmo que incluso es posible que sea la
cosa más maravillosa que le haya ocurrido nunca al género humano.
Creo que los griegos tenían razón en una cosa, que es
mucho mejor amar a un igual. Y si es así, ¿por qué no nos apresuramos a
acercarnos al momento en que los heterosexuales podremos amar en las mejores
condiciones?
NOTA
Me siento orgulloso de este artículo. En 1969 el
movimiento feminista estaba todavía en mantillas. El libro de Betty Friedan, La
mística de la feminidad, que fue uno de los factores principales de la
aceleración de su desarrollo, había sido publicado en 1963, sólo seis años
antes. Pero tampoco me habría hecho falta esperar a su publicación.
Siempre he estado del lado de los oprimidos, sea cual sea
su raza o sexo.
Por eso me sentí complacido al recibir una carta de una
mujer que decía que había leído el artículo con mucha desconfianza, esperando
que en cualquier momento me pusiera a matizar mis creencias, pero que se quedó
asombrada cuando vio que no era así.
En efecto, admiro mucho a las mujeres que en tiempos me
acusaron con frecuencia de tratarlas como objetos sexuales. Pero yo siempre
replico, con un temblor ofendido en la voz: «Bueno, que ellas me traten también
como un objeto sexual y entonces ya tendremos igualdad de sexos.»
Por cierto, no he recibido nunca ninguna carta protestando
porque mis artículos científicos trataran temas muy alejados de la ciencia,
como es el caso de éste; pero después de todo, la sociología es una ciencia,
¿no?
EL MURO DE LUXÓN
No les parece probable que mis artículos científicos sean
mencionados en Time, ¿verdad?* Bueno, pues así ha sido, y el artículo citado
era uno sobre la imposibilidad de alcanzar o sobrepasar la velocidad de la luz.
Después de la publicación del artículo se empezó a hablar mucho de algunas
partículas que se desplazan más rápidamente que la luz, y de repente aparecí
como un tonto anticuado que había quedado en ridículo ante los avances de la
física más allá de los límites que equivocadamente yo había considerado fijos.
Por lo menos eso es lo que me hicieron parecer los de
Time. Para empeorar aún más las cosas, citaban a mi viejo amigo Arthur C.
Clarke**, y su refutación, titulada Es posible, no hay más que hablar, de tal
manera que daba la impresión de que se consideraba que Arthur era más capaz de
predecir los acontecimientos futuros que yo.
Afortunadamente, soy un hombre tolerante al que no le
preocupan este tipo de cosas, y me olvidé del asunto con un encogimiento de
hombros. Cuando volví a ver a Arthur, seguíamos tan amigos como siempre, si no
tenemos en cuenta la patada que le di en la espinilla.
En cualquier caso, no soy un viejo chapado a la antigua y
ahora me dispongo a explicar la situación con más detalle para demostrarlo.
Empecemos con una ecuación que fue formulada por primera
vez por el Físico holandés Hendrik Antoon Lorentz en la década de 1890. Lorentz
pensaba que esta ecuación era expresamente aplicable a los cuerpos con carga
eléctrica, pero más adelante Einstein la incorporó a su Teoría Especial de la
Relatividad, demostrando que era aplicable a todos los cuerpos, tuvieran carga
eléctrica o no.
No voy a presentar la ecuación de Lorentz en su forma
habitual, sino con una pequeña alteración, cuya utilidad quedará clara más
adelante. Esta es mi versión de la ecuación:
M=k/Ö(1-(v/c)2) (Ecuación 1)***
En la ecuación 1, m representa la masa del cuerpo en
cuestión, v es la velocidad a la que éste se desplaza con respecto al
observador, c es la velocidad de la luz en el vacío y k es un valor constante
para el cuerpo en cuestión.
Supongamos ahora que el cuerpo se desplaza a la décima
parte de la velocidad de la luz. Esto quiere decir que v=0,l c. En ese caso, el
denominador de la fracción del término derecho de la ecuación será:
Ö(1 -(0,1 c/c)2) =Ö(1 -(0,1)2) =Ö(1 -0,01) =Ö0,99=0,995.
Por lo tanto, la
ecuación 1 queda m=k/0,995= 1,005 k.
Podemos realizar el mismo cálculo para el caso de que este
cuerpo se desplace a velocidades gradualmente crecientes, por ejemplo a velocidades
de 0,2 c, 0,3 c, 0,4 c, y así sucesivamente. No les aburriré con los cálculos;
los resultados son los siguientes:
Como ven, si la ecuación de Lorentz es correcta, nos
indica que la masa de cualquier objeto aumenta de manera constante (de hecho,
cada vez con mayor rapidez) a medida que aumenta la velocidad. Cuando esta
propiedad fue enunciada por primera vez parecía algo completamente disparatado,
porque nunca se había detectado un cambio así en la masa de un cuerpo.
Pero esta alteración no había sido detectada debido al
hecho de que el valor de c es muy alto según los criterios normales: 300.000
kilómetros por segundo. A una velocidad de sólo la décima parte de la velocidad
de la luz, la masa de un objeto aumenta en la mitad del uno por ciento de su
masa a, por ejemplo, cien kilómetros por hora, y en principio este aumento es
fácilmente detectable. Sin embargo, una velocidad de «sólo» la décima parte de
la velocidad de la luz (0,1 c) sigue siendo de 30.000 kilómetros por segundo,
más de 108 millones de kilómetros por hora. Es decir, para que las variaciones
de masa sean apreciables, es preciso alcanzar velocidades que escapaban por
completo a la experiencia de los científicos de 1890.
Pero unos años más tarde se detectaron partículas
subatómicas que se alejaban a gran velocidad de los núcleos atómicos
radioactivos, y en ocasiones alcanzaban velocidades equivalentes a fracciones
bastante considerables de la velocidad de la luz. Era posible medir sus masas a
diferentes velocidades con bastante precisión, y se descubrió que la ecuación
de Lorentz era válida y se ajustaba a la realidad con gran precisión. De hecho,
de momento no se ha descubierto ninguna violación de la ecuación de Lorentz para
ningún cuerpo que se desplace a una velocidad apreciable.
Por tanto, hemos de aceptar la validez de la ecuación de
Lorentz para representar la faceta del Universo que describe; por lo menos
hasta nuevo aviso.
Una vez aceptada la ecuación de Lorentz, hagámonos algunas
preguntas. En primer lugar, ¿,qué representa k?
Para responder a esta pregunta, consideremos un cuerpo
cualquiera con una masa determinada que está inmóvil respecto al observador. En
ese caso, su velocidad es cero, y como v=0, entonces v/c=0 y (v/c)2=0. Además,
Ö(1-(v/c)2) es, por tanto, Ö1-0 ó Ö1 ó 1.
Esto quiere decir que para un cuerpo inmóvil respecto al
espectador, la ecuación de Lorentz es m=k/1=k. En conclusión, k representa la
masa de un cuerpo inmóvil respecto al observador. Generalmente se conoce por
«masa en reposo» y se escribe m0. La ecuación de Lorentz tal como se da
normalmente es, por tanto:
m = m0/Ö(l – (v/c)2) (Ecuación 2)
La siguiente pregunta es qué es lo que ocurre cuando un
objeto se desplaza a velocidades mayores que la velocidad más alta que aparece
en la pequeña tabla que hemos dado antes. Supongamos que el objeto se moviera a
una velocidad de 1,0 c con respecto al observador; es decir, a la velocidad de
la luz.
En ese caso el denominador de la ecuación de Lorentz sería
Ö(1-(v/c)2) =Ö(1-(1)2)= Ö(1-1)= Ö0=0. Para un cuerpo que se mueva a la
velocidad de la luz, la ecuación de Lorentz queda m=m0/0, y si hay algo que no
se puede hacer en matemáticas es precisamente dividir por cero. La ecuación de
Lorentz deja de tener sentido, matemáticamente hablando, para un cuerpo con
masa que se desplace a la velocidad de la luz.
Bien, entonces acerquémonos sigilosamente a la velocidad
de la luz, y no tratemos de aterrizar derechitos sobre ella con un estampido.
A medida que aumentamos el valor de v en la ecuación 2,
partiendo de 0,9 c, pero manteniéndolo siempre menor que 1,0 c, el valor del
denominador se aproxima cada vez más a cero, y a medida que esto ocurre el
valor de m aumenta de manera ilimitada. Esto se cumple para cualquier valor de
m0, mientras se mantenga mayor que cero.
(Inténtenlo ustedes mismos, calculando m para valores de v
iguales a 0,99 c, 0,999 c, 0,9999 c, y así sucesivamente hasta que pierdan la
paciencia.)
En lenguaje matemático diríamos que en cualquier fracción
c= a/b, donde a es mayor que 0, a medida que b se acerca a cero c aumenta de
manera ilimitada. Una forma abreviada de expresarlo, que los matemáticos
estrictos no aprueban, es que a/0= ¥, donde ¥ representa el aumento sin limites
o «infinito».
así que podemos decir que. para cualquier objeto con masa
(por pequeña que sea), la masa tiende a valores infinitos a medida que su
velocidad con respecto al observador se acerca a la velocidad de la luz.
Esto quiere decir que el cuerpo no puede llegar a alcanzar
la velocidad de la luz (aunque puede acercarse infinitesimalmente a ella), y
que desde luego no puede sobrepasarla. Esto se puede demostrar por medio de dos
razonamientos distintos.
La única forma que conocemos mediante la cual es posible
imprimir a un objeto de una determinada masa una velocidad mayor que la que
posee consiste en aplicar una fuerza, produciendo una aceleración. Pero cuanto
mayor sea la masa, menor será la aceleración producida al aplicar una
determinada fuerza, y, por tanto, a medida que la masa aumenta, acercándose a
valores infinitos, la aceleración que puede alcanzar por acción de esta fuerza,
por muy grande que sea, tiende a cero. En consecuencia, no es posible imprimir
al objeto una velocidad mayor que aquélla para la que su masa se hace infinita.
El segundo razonamiento es el siguiente. Un cuerpo en
movimiento tiene una energía cinética que es igual a mv2/2, en donde m es su
masa y v su velocidad. Si se aplica una fuerza a este cuerpo, aumentando de
este modo su energía cinética, esa energía puede aumentar debido al aumento de
v, de m o de ambas. A velocidades comunes y corrientes sólo es posible apreciar
un aumento de la velocidad, por lo que suponemos (equivocadamente) que la masa
permanece constante bajo cualquier condición.
Sin embargo, lo cierto es que al aplicar una fuerza
aumentan tanto la masa como la velocidad, pero el aumento de la masa es tan
pequeño a velocidades normales que resulta imperceptible. Pero a medida que
aumenta la velocidad con respecto al observador, una parte cada vez más grande
de la energía añadida al aplicar una fuerza se traduce en un aumento de la
masa, y una parte cada vez más pequeña de esta energía se traduce en un
incremento de la velocidad. Cuando la velocidad se aproxima mucho a la de la luz,
prácticamente todo el incremento de energía se traduce en un aumento de la
masa, y prácticamente nada de esta energía se traduce en un aumento de la
velocidad.
Este cambio en el efecto de la energía añadida es tal que
la velocidad final nunca puede llegar a ser igual, ni mucho menos mayor, a la
de la luz.
Y no me pregunten por qué. Así es como está hecho el
Universo.
Sin embargo, espero que se hayan dado cuenta de que,
cuando hablaba del hecho de que la masa se hace infinita a la velocidad de la
luz, las realidades matemáticas de la vida me obligaron a añadir: «Esto ocurre
sea cual sea el valor de m0, mientras se mantenga mayor que cero.»
Por supuesto, todas las partículas que forman nuestros
cuerpos y nuestros aparatos, protones, electrones, neutrones. mesones,
hiperones, etc., etc., tienen masas en reposo mayores que cero, así que esta
restricción no parece demasiado restrictiva. De hecho, por lo general la gente
dice «es imposible alcanzar o sobrepasar la velocidad de la luz», sin
especificar que se refieren a objetos cuya masa en reposo es mayor que cero,
porque de todas maneras da la impresión de que en esta especificación está incluido
prácticamente todo.
Yo mismo no me preocupé de especificarlo en «imposible, no
hay más que hablar», y eso fue lo que me hizo vulnerable a la acusación de
anticuado. Si incluimos esta restricción, entonces todo lo que decía en ese
articulo es perfectamente válido.
Pasemos ahora a considerar los cuerpos cuya m0 no es mayor
que cero.
Pensemos en un fotón, por ejemplo, una «partícula» de las
radiaciones electromagnéticas: luz visible, microondas, rayos gamma, etc.
¿Qué sabemos de los fotones? En primer lugar, la energía
de un fotón es siempre finita, así que su contenido de energía está entre 0 e
¥. La energía, como demostró Einstein, equivale a la masa según una relación
que él expresó como e=mc2. Esto significa que a cualquier fotón se le puede
asignar una masa cuyo valor es posible calcular con esta ecuación, y que
también estará entre O e ¥.
También sabemos que los fotones se mueven (con respecto al
observador) a la velocidad de la luz. En realidad, la luz tiene esa velocidad
porque está formada por fotones.
Sabiendo estas dos cosas, vamos a dar otra forma
equivalente de la ecuación 2:
mÖ(1-(v/c)2)=m0 (Ecuación 3)
Para un fotón, v=c, y ya deberían saber al instante que
esto significa que, para un fotón, la ecuación 3 queda:
m x 0 = m0, (Ecuación 4)
Si un fotón fuera un objeto corriente con masa y se
desplazara a la velocidad de la luz, su masa (m) sería infinita. Por tanto, la
ecuación 4 quedaría ¥ x 0 = m0, y una ecuación así no está permitida en
matemáticas.
Pero es posible asignar a un fotón un valor de m entre 0 e
¥, aunque se desplace a la velocidad de la luz, y para cualquier valor entre 0
e ¥ que demos a m el valor de m0 en la ecuación 4 es igual a 0.
Esto quiere decir que la masa en reposo (m0) de un fotón
es igual a cero. Si la masa en reposo es cero, en otras palabras, ese objeto
puede moverse a la velocidad de la luz.
(Esto tendría que acabar con la eterna pregunta que me
hacen algunos corresponsales que creen haber descubierto un fallo en la lógica
de Einstein haciendo el siguiente razonamiento: «Si cualquier cosa que se mueva
a la velocidad de la luz tiene una masa infinita, ¿cómo es que los fotones no
tienen una masa infinita?» La respuesta es que hay que distinguir las
partículas con una masa en reposo igual a 0 de las partículas con una masa en
reposo mayor que 0. Pero no se preocupen. Los corresponsales seguirán haciendo
las mismas preguntas por muchas veces que las explique.)
Pero vamos a ir más lejos. Supongamos que un fotón se
desplazara a una velocidad menor que la de la luz. En ese caso la cantidad que
aparece debajo de la raíz cuadrada de la ecuación 3 seria mayor que cero y se
multiplicaría por m, que también tiene un valor mayor que cero. Si se
multiplican dos valores mayores que cero, el producto (en este caso m0) tiene
que ser mayor que cero.
Esto quiere decir que si un fotón se desplazara a una
velocidad menor que la de la luz (por muy infinitesimalmente menor que sea), ya
no tendría una masa en reposo igual a cero. Lo mismo ocurriría si se desplazara
a una velocidad mayor que la de la luz, por muy infinitesimalmente que
sobrepasara esta velocidad. (Como veremos enseguida, a la ecuación le ocurren
cosas muy extrañas a velocidades mayores que la de la luz, pero. a pesar de
todas las cosas raras, no hay ninguna duda de que la masa en reposo no es igual
a cero.)
Los físicos insisten en que la masa en reposo de un cuerpo
determinado ha de ser constante, ya que todos los fenómenos observados por
ellos sólo tienen sentido a condición de que esto ocurra. Para que la masa en
reposo de un fotón permanezca constante (es decir, para que sea siempre igual a
cero), el fotón tiene que moverse siempre a la velocidad de la luz, ni un
poquito más ni un poquito menos, siempre que se desplace en el vacío.
Cuando se forma un fotón, instantáneamente, sin que
transcurra ningún intervalo de tiempo apreciable, empieza a alejarse del lugar
de origen a 300.000 kilómetros por segundo. Puede que parezca paradójico,
porque para ello es necesario que exista una aceleración infinita, y, por
tanto, una fuerza infinita, pero…
La segunda ley de Newton, que relaciona la fuerza, la masa
y la aceleración, sólo es válida para cuerpos con una masa en reposo mayor que
cero. No es válida para cuerpos con una masa en reposo igual a cero.
Así, si se aplica energía a un cuerpo normal en
condiciones normales, aumenta su velocidad; si se le quita energía, su
velocidad disminuye. Si se aplica energía a un fotón, su frecuencia (y su masa)
aumentan, pero su velocidad permanece invariable; si se le quita energía, su
frecuencia (y su masa) disminuyen, pero su velocidad permanece invariable.
Pero si esto es así, no parece muy lógico hablar de «masa
en reposo» al referirse a los fotones, pues ésta se refiere a la masa que
tendría un fotón de estar en reposo, y un fotón nunca puede estar en reposo.
O. M. Bilaniuk y E. C. G. Sudarshan* han propuesto un
término alternativo: «masa correcta». La masa correcta de un objeto es un valor
de masa constante inherente a ese cuerpo y que no depende de la velocidad. En
el caso de los cuerpos corrientes, esta masa inherente es igual a la masa
medida cuando el cuerpo está en reposo. En el caso de los fotones, puede ser
calculada mediante deducciones y no mediante la medición directa.
El fotón no es el único cuerpo que puede y tiene que
desplazarse a la velocidad de la luz. Cualquier cuerpo con una masa correcta
igual a cero puede y debe hacer lo mismo. Además de los fotones, existen al
menos cinco clases distintas de partículas con una supuesta masa correcta igual
a cero.
Una de ellas es el hipotético gravitón, que es el vehículo
de la fuerza de gravedad y que posiblemente haya sido por fin detectado en
1969.
Las otras cuatro son los diferentes neutrinos: 1) el
neutrino, 2) el antineutrino, 3) el muón-neutrino y 4) el muón-antineutrino.
El gravitó y todos los neutrinos pueden y tienen que
desplazarse a la velocidad de la luz. Bilaniuk y Sudarshan proponen que se
reúnan todas estas partículas que se desplazan a la velocidad de la luz en el
grupo de los «luxones» (de la palabra latina lux. luz).
Todas las partículas con una masa correcta mayor que cero,
que por tanto no pueden alcanzar la velocidad de la luz y tienen que
desplazarse por siempre jamás a velocidades menores, formarían el grupo de los
«tardiones». Además, proponen que se diga que los tardiones se desplazan
siempre a velocidades «sublumínicas» («más lentas que la luz»).
Pero ¿y si pensáramos en lo impensable y consideramos que
hay partículas que se desplazan a velocidades «superlumínicas» («más rápidas
que la luz»)? Bilaniuk, Deshpande y Sudarshan fueron los primeros en hacerlo en
1962, ateniéndose estrictamente a los principios de la relatividad (en
contraste con las simples especulaciones de la ficción científica). Su trabajo
ocupó por fin los grandes titulares cuando Gerald Feinberg publicó un estudio
similar en 1967. (Fue el trabajo de Feinberg el que provocó el articulo en
Time.)
Supongamos que una partícula se desplaza a una velocidad
de 2 c, es decir, el doble de la velocidad de la luz.
En ese caso, v/c sería 2 c/c. ó 2, y (v/c)2 sería igual a
4. El término Ö(1 -(v/c)2) quedaría Ö(1 -4) ó Ö-3, ó Ö/3 Ö-1.
Como Ö -1 se suele representar con la letra i, y como Ö3
es aproximadamente 1,73, podemos decir que para una partícula que se desplace
al doble de la velocidad de la luz, la ecuación 3 queda:
1,73 mi=m0 (Ecuación 5)
Cualquier expresión en la que aparezca i (es decir, Ö-1)
se dice que es imaginaria; un mal nombre pero imposible de erradicar.
Como podrán comprobar por si mismos si toman algunos
ejemplos al azar, resulta que cualquier objeto que se desplace a velocidades
superlumínicas tiene una masa correcta imaginaria.
Una masa imaginaria no tiene ningún significado físico en
nuestro universo sublumínico, por lo que existe la costumbre, establecida desde
antiguo, de descartar inmediatamente las velocidades superlumínicas y afirmar
que es imposible que existan partículas que se desplacen a una velocidad mayor
que la de la luz porque es imposible que exista una masa imaginaria. Yo mismo
lo he dicho en mis tiempos.
¿Pero es cierto que una masa imaginaria no tiene ningún
significado? ¿O es mi simplemente una manera de expresar matemáticamente un
conjunto de reglas distintas de aquellas a las que estamos acostumbrados, pero
que siguen obedeciendo los dictados de la teoría de la relatividad especial de
Einstein?
Del mismo modo, en el caso de juegos como el béisbol, el
fútbol americano, el baloncesto, el fútbol, el hockey, etcétera, etcétera,
etcétera, el ganador es el participante que obtiene una puntuación más alta.
¿Pero se puede decir basándose en esto que es impensable que exista algún juego
en que gane el que obtenga la menor puntuación? ¿Y el golf? Lo esencial de
cualquier juego de habilidad es que el participante que realiza la tarea más
difícil, gana; por lo general, la tarea más difícil consiste en conseguir la
puntuación más alta, pero en el golf se trata de conseguir la más baja.
Del mismo modo, para obedecer la ley de la relatividad
especial, un objeto con una masa en reposo imaginaria ha de seguir unas pautas
de comportamiento que parecerán paradójicas a aquellos que están acostumbrados
al comportamiento de los objetos con masas en reposo reales.
Por ejemplo, es posible demostrar que si un objeto con una
masa en reposo imaginaria sufre un aumento de energía, su velocidad disminuye;
si sufre una disminución de energía, su velocidad aumenta. Es decir, un objeto
con una masa en reposo imaginaria sufrirá una desaceleración al aplicársele una
fuerza y una aceleración cuando encuentre alguna resistencia.
Además, cuando estas partículas reciben energía y reducen
su velocidad, no pueden reducirla hasta llegar a alcanzar la velocidad de la
luz. A la velocidad de la luz su masa se hace infinita. Pero cuando su energía
tiende a cero, su velocidad aumenta ilimitadamente. Un cuerpo con una masa en
reposo imaginaria y con energía cero tiene una velocidad infinita. Estas
partículas siempre se desplazan a mayor velocidad que la luz, y Feinberg ha
propuesto que se las llame «taquiones», de la palabra griega «rápido».
Bien, por tanto el universo tardiónico es sublumínico y
las velocidades posibles en él van de 0, cuando la energía es igual a cero, a c
cuando la energía es igual a infinito. El universo taquiónico es superlumínico,
y las velocidades posibles en él van de c, cuando la energía es infinita, a ¥
cuando la energía es cero. Entre estos dos universos está el universo luxónico.
cuya velocidad posible es únicamente c, ni más ni menos en ningún caso y sea
cual sea la energía.
Podemos imaginarnos que el Universo está dividido en dos
compartimientos separados por un muro infranqueable. De un lado, está el
universo tardiónico, del otro el universo taquiónico, y entre ellos, el muro de
luxón, infinitamente delgado, pero infinitamente rígido.
En el universo tardiónico la mayoría de los objetos tienen
poca energía cinética. Aquellos objetos que se desplazan a grandes velocidades
(como una partícula de rayos cósmicos) tienen una masa muy pequeña. Aquellos
objetos que tienen grandes masas (como una estrella) se desplazan a velocidades
muy bajas.
Es muy probable que ocurra lo mismo en el universo
taquiónico. Los objetos con unas velocidades relativamente bajas (sólo
ligeramente mayores que la de la luz) y, por tanto, con gran cantidad de
energía, tienen que tener una masa muy pequeña y no ser demasiado diferentes de
nuestras partículas de rayos cósmicos. Los objetos de gran masa tendrán muy
poca energía cinética y por tanto se desplazarán a velocidades vertiginosas.
Por ejemplo, una estrella taquiónica puede moverse a una velocidad billones de
veces mayor que la de la luz. Pero eso significaría que la masa de la estrella
se distribuiría a lo largo de enormes distancias durante pequeños intervalos de
tiempo, y, por tanto, sólo una pequeña cantidad de esta masa estaría presente
en un lugar determinado y en un momento determinado, por decirlo así.
Los dos universos sólo pueden entrar en contacto y ser
perceptibles el uno para el otro en un lugar; el muro de luxón en el que se
encuentran. (Ambos tienen en común los fotones, neutrinos y gravitones.)
Si un taquión tiene la suficiente energía y por tanto se
mueve con la suficiente lentitud, es posible que la energía sea la bastante
como para que se quede por ahí durante el tiempo suficiente como para producir
una emisión de fotones perceptible. Los científicos están a la espera de
detectar alguna de estas emisiones, pero la probabilidad de tener un
instrumento de detección exactamente en el lugar preciso en el que aparecerá
una de estas emisiones (que probablemente sean muy poco frecuentes) durante una
milmillonésima de segundo, o menos, no es muy grande.
Desde luego, cabe preguntarse si no existirá alguna
posibilidad de romper el muro de luxón por algún medio menos directo que
atravesarlo con la aceleración suficiente, lo cual es imposible (no hay más que
hablar). ¿Es posible transformar de alguna manera los tardiones en taquiones
(probablemente por medio de los fotones), de forma que nos podamos encontrar de
repente transportados de un lado al otro del muro sin haberlo atravesado en
ningún momento? (De la misma forma que es posible combinar tardiones para producir
fotones, con lo que un objeto empieza a moverse repentinamente a la velocidad
de la luz sin haber sufrido una aceleración.)
La conversión de tardiones en taquiones sería el
equivalente de la entrada en el «hiperespacio», un concepto muy estimado por
los autores de ciencia-ficción. Una vez en el universo taquiónico, una nave
espacial que dispusiera de la energía necesaria para desplazarse a una
velocidad mucho menor que la de la luz se desplazaría (con la misma energía) a
una velocidad muchas veces mayor que la de la luz. Podría llegar a una galaxia
lejana en tres segundos, por ejemplo, y luego volver a transformar automáticamente
los taquiones en tardiones y volver a estar en nuestro propio universo. Este
sería el equivalente del «salto» interestelar al que siempre me refiero en mis
novelas.
Pero tengo una idea relacionada con esto que, que yo sepa,
es completamente original. No está basada en ninguna consideración de las leyes
físicas; es puramente intuitiva y está basada únicamente en mi convicción de
que la característica dominante en el Universo es la simetría, y que su
principio dominante es la espantosa doctrina de «¡No puedes ganar!»
Creo que cada uno de los universos se considera a si mismo
el universo tardiónico y al otro el universo taquiónico, de manera que a un
observador imparcial (encaramado sobre el muro de luxón, por decirlo así) le
parecería que el muro de luxón marca la separación entre gemelos idénticos.
Si consiguiéramos transportar una nave espacial al
universo taquiónico, nos encontraríamos (según mi intuición) viajando todavía a
velocidades sublumínicas según nuestros nuevos patrones, y considerando que el
universo que acabamos de abandonar es el superlumínico.
Y si es así, entonces, hagamos lo que hagamos, hagamos lo
que hagamos, con taquiones o sin ellos, alcanzar o sobrepasar la velocidad de
la luz seguirá siendo imposible; no hay más que hablar.
NOTA
El articulo anterior me produce una cierta desazón. En la
introducción explicaba que lo escribí sobre todo porque mi buen amigo y
compañero Arthur Clarke me había hecho quedar como un conservador chapado a la
antigua.
Pues bien, no tendría que haber reaccionado así. No
tendría que haberme lanzado de estampida a escribir un articulo sobre los
taquiones con la única intención de demostrar que yo también estaba «en la
onda».
Tendría que haber hecho caso de mi intuición de que los
taquiones eran un mito matemático sin ninguna realidad física. Después de todo,
en los veinte años transcurridos desde que se admitió por primera vez la
posibilidad de su existencia, no ha aparecido ni una sola prueba que haya
acercado esta posibilidad a la realidad. Lo que es peor, su existencia
alteraría el principio de causalidad, y hay pocos científicos dispuestos a
admitir la posibilidad de la existencia de los taquiones, ni siquiera en teoría.
Pero me las arreglé para salvar una cosa. Acababa el
artículo con mi suposición de que si hay dos universos, uno tardiónico y otro
taquiónico, entonces cualquiera que sea el que se habite realmente, éste
parecerá ser el tardiónico.
Siempre será en el otro donde aparentemente será posible
desplazarse a mayor velocidad que la de la luz. Recibí una sorprendida carta
del inventor de la teoría taquiónica en la que me decía que, efectivamente, mi
intuición era acertada y que eso es exactamente lo que ocurriría.
POMPEYO Y CIRCUNSTANCIA
Los racionalistas no lo tienen fácil, porque la opinión
popular es que están obligados a «explicarlo» todo.
No es así. Los racionalistas sostienen que la manera
correcta de dar con una explicación es razonando; pero no hay ninguna garantía
de que un fenómeno determinado pueda ser explicado de esta forma en un momento
determinado de la Historia o a partir de un cierto número de observaciones*.
Y, sin embargo, con cuánta frecuencia, ante la presencia
de algún hecho extraño, yo (o cualquier racionalista) ha sido desafiado: «¿Cómo
te explicas esto?» Se da por supuesto que, si no doy instantáneamente una
explicación que satisfaga a quien ha formulado la pregunta, no hay ningún
inconveniente en echar por tierra toda la estructura científica.
Pero a mí también me ocurren cosas. Un día de abril de
1967 mi coche tuvo una avería y hubo que remolcarlo hasta un taller. Era la
primera vez en los diecisiete años que llevaba conduciendo que tenia que
soportar la humillación de ser remolcado.
¿Cuándo creen que fue la segunda vez?… Dos horas más
tarde, el mismo día y por una razón completamente diferente.
¡Diecisiete años sin ser remolcado, y de repente dos veces
en un mismo día! ¿Y cómo se explica eso, doctor Asimov? (¿Los gremlins? ¿Una
deidad vengativa? ¿Una conspiración de extraterrestres?)
En la segunda ocasión, de hecho le propuse estas tres
alternativas a mi imperturbable mecánico. Su teoría (él también era un
racionalista) fue que mi coche era tan viejo que se estaba cayendo a pedazos.
Así que me compré un coche nuevo.
¡Considerémoslo de esta manera! Todos los días le ocurren
un gran número de cosas, importantes, pequeñas e insignificantes, a cada uno de
los habitantes de este planeta. Cada uno de estos acontecimientos tiene una
determinada probabilidad de ocurrir, aunque no siempre es posible determinar la
probabilidad exacta en cada caso. Sin embargo, podemos imaginar que, por
término medio, uno de cada mil acontecimientos sólo tiene una probabilidad de
ocurrir de uno sobre mil; uno de cada millón de acontecimientos sólo tiene una
probabilidad de ocurrir de uno sobre un millón, y así sucesivamente.
Esto quiere decir que cada uno de nosotros vive
continuamente acontecimientos cuya probabilidad de ocurrencia es bastante baja.
Es el resultado normal de la casualidad. Si cualquiera de nosotros se pasara
una temporada bastante larga sin que le ocurriera nada fuera de lo normal, eso
sería muy poco corriente.
Y supongamos que no nos limitamos a considerar a una sola
persona, sino todas las vidas que han sido vividas alguna vez. Entonces el
número de acontecimientos se multiplica por unos sesenta mil millones, y
podemos suponer que en algún momento a alguien le ocurrirá algo que es sesenta
mil millones de veces más improbable que cualquier otra cosa que le pueda
ocurrir a un hombre determinado. Ni siquiera es necesario explicar un
acontecimiento así. Forma parte de la marcha normal de los asuntos en un Universo
normal.
¿Ejemplos? Todos hemos oído hablar de coincidencias muy
extrañas que le han ocurrido al primo segundo de alguien, extraños
acontecimientos que exigen una concatenación de circunstancias tan poco común
que sin duda tenemos que admitir la existencia de la telepatía o de los
platillos volantes o de Satán o de algo.
Permítanme que yo también les cuente una cosa. No algo que
le pasó a mi primo segundo, sino a una notable figura del pasado, cuya vida
está muy bien documentada.
Le ocurrió algo verdaderamente extraño, sobre lo que nunca
he visto que se llamara la atención en ninguna de mis variadas y diversas
lecturas históricas. Por tanto, tengo la intención de llamar su atención sobre
un hecho más extraordinario y sorprendente que cualquiera de los que yo mismo
he presenciado, y aun así, ni siquiera esto debilita mi creencia en la
superioridad de la concepción racional del Universo. Aquí lo tienen…
El hombre en cuestión era Gnaeus Pompeius, más conocido
como Pompeyo.
Pompeyo nació en el 106 a. C. y los primeros cuarenta y
dos años de su vida se caracterizaron por su continua buena suerte. Bueno, me
atrevo a suponer que de vez en cuando se daría un golpe en el dedo del pie y
que sufriría indigestiones en momentos inoportunos y que perdería dinero en las
apuestas de las peleas de gladiadores; pero en los aspectos fundamentales de la
vida siempre estuvo del lado de los ganadores.
Pompeyo nació en una época en la que Roma estaba
desgarrada por la guerra civil y el desorden social. Los aliados italianos que
no eran ciudadanos romanos se alzaron en rebelión contra una aristocracia
romana que se negaba a ampliar el derecho al voto. Las clases bajas, que
sufrían las consecuencias de una economía restrictiva, ahora que Roma había
terminado de saquear la mayor parte de los países mediterráneos, estaban en
lucha contra los senadores, quienes se habían quedado con la mayor parte del
botín.
Cuando Pompeyo era un adolescente su padre estaba haciendo
equilibrios sobre la cuerda floja. Era un general que fue nombrado cónsul en el
89 A. C. y que había vencido a los italianos no romanos, por lo que fue
agasajado con un triunfo. Pero no era aristócrata de nacimiento, e intentó
negociar con los radicales. Esto podría haberle traído serios problemas, ya que
se había colocado en una posición en la que ninguno de los dos bandos se fiaba
de él, pero murió en el 87 a. C., durante una epidemia que diezmó a su
ejército.
Pompeyo era un joven de diecinueve años, huérfano de padre
y heredero de sus enemigos en los dos bandos de la guerra civil.
Tenia que elegir, y elegir con cuidado. Los radicales
controlaban Roma, pero en Asia Menor estaba el general reaccionario Lucio
Cornelio Sulla, luchando contra los enemigos de Roma.
Pompeyo, que no estaba seguro de qué bando sería el
vencedor, escondió la cabeza y se quitó de en medio.
Cuando se enteró de que Sulla iba a regresar victorioso de
Asia Menor, tomó una decisión. Decidió que era muy probable que Sulla fuera el
vencedor. Inmediatamente se las arregló para reunir un ejército con los
soldados que habían luchado con su padre, proclamó públicamente su apoyo a
Sulla y se declaró en contra de los radicales.
Este fue su primer golpe de suerte. Había apoyado al
hombre adecuado. Sulla llegó a Italia en el 83 a.C., e inmediatamente empezó a
cosechar victorias. En el 82 a.C. había acabado con el último rastro de
oposición en Italia y se proclamó inmediatamente dictador. Durante tres años
fue el amo absoluto de Roma. Reorganizó la administración y controlaba firmemente
a los aristócratas del Senado.
Pompeyo se benefició de ello, porque Sulla se mostró
debidamente agradecido. Sulla envió a Pompeyo a Sicilia y después a África para
acabar con las desorganizadas fuerzas que seguían apoyando a los radicales
desde allí, y Pompeyo llevó a cabo estas tareas sin ningún problema.
Las victorias fueron fáciles y las tropas de Pompeyo se
sentían tan complacidas que le aclamaron como «el Grande», así que se convirtió
en Gnaeus Pompeius Magnus y en el único ciudadano romano en ostentar este
título, que era totalmente ajeno a la cultura romana. En relatos posteriores se
afirma que recibió este nombre por su asombroso parecido físico con Alejandro
Magno, pero es posible que este parecido sólo existiera en la imaginación de
Pompeyo.
Sulla ordenó a Pompeyo que disolviera su ejército después
de sus victorias en África, pero Pompeyo se negó, pues prefería estar rodeado
de sus leales. Normalmente nadie excitaba las iras de Sulla a la ligera, pues
éste no tenía ningún reparo en firmar unas cuantas docenas de órdenes de
ejecución antes del desayuno. Pero Pompeyo se casó con la hija de Sulla. Parece
ser que Sulla se sintió tan aplacado que no sólo aceptó que el joven disfrutara
del titulo de «el Grande», sino que le permitió celebrar un triunfo en el 79 a.
C., aunque no tenia la edad mínima requerida para ello.
Casi inmediatamente después. Sulla renunció a la
dictadura, considerando que ya había cumplido con su misión; pero la carrera de
Pompeyo no sufrió ni el más mínimo descalabro. Ya disfrutaba de una notable
reputación (basada en sus fáciles victorias). Además, estaba ansioso por
conseguir más victorias fáciles.
Por ejemplo: después de la muerte de Sulla, Marco Emilio
Lépido, un general romano, criticó la política de aquél. El reaccionario Senado
envió inmediatamente un ejército contra él. El ejército senatorial estaba a las
órdenes de Quinto Cátulo, y Pompeyo era el segundo oficial al mando. Pompeyo
había apoyado a Lépido, pero una vez más adivinó a tiempo qué bando se alzaría
con el triunfo.
Cátulo no tuvo problemas en derrotar a Lépido, y Pompeyo
se las ingenió para que el mérito de la victoria recayera en gran parte sobre
él.
En aquel momento había disturbios en España, que era el
último reducto del radicalismo. Allí había establecido su plaza fuerte un
general radical. Quinto Sertorio. Bajo su gobierno España era prácticamente
independiente de Roma y disfrutaba de un gobernador ilustrado, pues Sertorio
era un administrador liberal y eficaz. Trataba bien a los nativos, constituyó
un Senado del que éstos podían formar parte y fundó escuelas en las que se
educaba a los jóvenes al estilo romano.
Como es natural, los españoles, que durante siglos habían
disfrutado de la reputación de guerreros feroces y resueltos, lucharon con toda
el alma al lado de Sertorio.
Los ejércitos romanos que Sulla envió a España fueron
derrotados.
Y así, en el 77 a.C., Pompeyo. rodeado del aura de la
fácil victoria de Cátulo sobre Lépido, se ofreció a ir a España a luchar contra
Sertorio. El Senado se mostró de acuerdo y allá se fue Pompeyo con su ejército.
Al atravesar la Galia se encontró con lo que quedaba del abatido ejército de
Lépido. Lépido había muerto, pero los hombres que habían quedado estaban al
mando de Marco Bruto (cuyo hijo se convertiría más tarde en el famoso asesino).
El maltrecho ejército resultó fácil de dominar, y Pompeyo
se ofreció a perdonar la vida de Bruto si éste se rendía. Bruto se rindió y
Pompeyo lo ejecutó inmediatamente. Otra fácil victoria, rematada por una
traición, pero la buena reputación de Pompeyo aumentó todavía más.
Pompeyo se dirigió a España, donde un viejo y tenaz
general romano, Metelo Pío, intentaba sin éxito derrotar a Sertorio. Pompeyo
avanzó orgullosamente por su cuenta para encargarse de la tarea… y Sertorio,
que era el primer buen general con el que Pompeyo se había encontrado en su
vida, no tardó en propinarle una buena paliza. Es posible que la buena
reputación de Pompeyo se hubiera acabado aquí, de no ser porque Metelo llegó
con sus refuerzos en el momento oportuno, y Sertorio tuvo que batirse en retirada.
Por supuesto, Pompeyo se apresuró a proclamar su victoria y a atribuirse todo
el mérito. Su buena suerte continuaba.
Pompeyo se pasó cinco años en España, intentando derrotar
a Sertorio sin conseguirlo. Y entonces tuvo un golpe de suerte, de esa suerte
que nunca le fallaba: Sertorio fue asesinado. Con su muerte, el movimiento de
resistencia en España se vino abajo. Pompeyo pudo cobrarse inmediatamente otra
de sus victorias fáciles y regresó a Roma en el 71 a. C., afirmando que había
resuelto el embrollo español.
¿Pero es que Roma no se dio cuenta de que le había costado
cinco años?
No, no lo hizo, porque durante el tiempo que Pompeyo había
pasado en España, Italia había tenido graves problemas y no había podido
mantenerse al tanto de lo que estaba ocurriendo allí.
Un grupo de gladiadores, a las órdenes de Espartaco, se
había alzado en rebelión. Muchos desposeídos se unieron a ellos y Espartaco (un
hábil luchador) destrozó todos los ejércitos romanos que fueron enviados contra
él y mantuvo con el corazón en un puño a los aristócratas romanos. En el
momento culminante de la rebelión Espartaco tenia a 90.000 hombres a sus
órdenes y controlaba la mayor parte del sur de Italia.
En el 72 a. C. Espartaco se abrió paso hacia el norte
hasta llegar a los Alpes, con la intención de abandonar Italia y conquistar la
libertad definitiva en las regiones bárbaras del norte. Pero sus hombres,
confiados en sus anteriores victorias, prefirieron quedarse en Italia para
conseguir más botín. Espartaco volvió a dirigirse hacia el sur.
Los senadores pusieron un ejército a las órdenes de Marco
Licinio Craso, el comerciante más rico y corrompido de Roma. Craso consiguió
derrotar al ejército de gladiadores en sólo dos batallas, y Espartaco murió en
la segunda. Entonces, justo en el momento en que Craso había acabado con la
parte más difícil del trabajo, Pompeyo regresó a Roma con su ejército español y
se apresuró a acabar con lo que quedaba del desmoralizado ejército de
Espartaco. Inmediatamente se proclamó a si mismo, sin que nadie le contradijera,
como el hombre que había resuelto el problema de los gladiadores después de
haber resuelto el problema de España. En consecuencia, a Pompeyo le fue
concedido un triunfo y al pobre Craso, no.
Pero el Senado empezaba a sentirse inquieto. No estaban
seguros de si podían fiarse de Pompeyo. Había cosechado demasiadas victorias y
se estaba haciendo demasiado popular.
Tampoco les gustaba Craso (ni a nadie). A pesar de todas
sus riquezas. Craso no pertenecía a la aristocracia, y le irritó el desaire de
los senadores, socialmente superiores a él. Craso empezó a granjearse el favor
de la gente con donaciones filantrópicas bien meditadas. También empezó a
buscar el favor de Pompeyo.
Pompeyo era sensible a los halagos y, además, tenia un
olfato infalible para adivinar cuál sería el bando ganador.
En el 70 a.C. él y Craso se presentaron a las elecciones
para el Consulado (cada año eran elegidos dos cónsules) y las ganaron. Desde su
posición de cónsul, Craso comenzó a anular las reformas realizadas por Sulla
diez años atrás, con el propósito de debilitar la influencia de los
aristócratas del Senado sobre el Gobierno. Pompeyo, que había estado con Sulla
en cuerpo y alma cuando esto era lo más conveniente, cambió de dirección y
secundó a Craso, aunque no siempre de buena gana.
Pero los problemas de Roma no habían acabado. La parte
oeste del Imperio estaba en paz, pero ahora había disturbios en el mar. Las
conquistas romanas habían acabado con los antiguos y estables gobiernos del
este, sin que por el momento se hubiera conseguido sustituirlos por otros
igualmente estables. En consecuencia, el Mediterráneo oriental estaba plagado
de piratas. Era raro el barco que conseguía atravesarlo sin ser atacado, y el
suministro de grano a Roma había llegado a ser tan precario que los precios de
la comida subieron vertiginosamente.
Roma fracasó en sus intentos de limpiar el mar de piratas,
en parte debido a que nunca concedió plenos poderes a los generales enviados
con este propósito. En el 67 a. C. Pompeyo intrigó para conseguir que le
encargaran esta tarea, pero en condiciones favorables. El Senado, asustado por
la escasez de suministros, mordió el anzuelo inmediatamente.
Pompeyo recibió plenos poderes como dictador en toda la
costa mediterránea hasta una distancia de 80 kilómetros hacia el interior
durante tres años, y se puso a su disposición toda la flota romana para acabar
con los piratas. Era tanta la confianza que tenían los romanos en Pompeyo, que
los precios de los alimentos cayeron en picado en cuanto se hizo pública la
noticia de su nombramiento.
Pompeyo tuvo la suerte de disponer de aquello de lo que no
había dispuesto ningún romano antes que él: fuerzas y autoridad adecuadas. No
obstante, hay que admitir que cumplió bien su tarea. En tres meses, y no en
tres años, había limpiado el Mediterráneo de piratas.
Si antes había sido popular, ahora se convirtió en el
héroe de Roma.
El único lugar en el que Roma seguía teniendo problemas
era en la parte oriental de Asia Menor, donde el rey Ponto llevaba más de
veinte años luchando contra Roma, con éxito desigual. Sulla había obtenido
algunas victorias contra él cuando estuvo luchando en el este, pero Ponto
continuaba la guerra. En aquel momento un general romano, Lucio Licinio Lúculo,
estaba a punto de completar la tarea; pero era un capitán severo y riguroso y
sus hombres le odiaban.
En el 66 a. C., cuando el ejército de Lúculo empezaba a
amotinarse, en el momento en que bastaba con un nuevo ataque para acabar con
Ponto, Lúculo fue llamado de vuelta a Roma y el buen Pompeyo fue enviado al
este para sustituirlo. La reputación de Pompeyo le precedió: los hombres de
Lúculo le aclamaron como locos e hicieron por él lo que no habrían hecho por
Lúculo. Marcharon contra Ponto y le derrotaron. Pompeyo dio el último empujón,
y, como de costumbre, reclamó y se atribuyó el mérito de la victoria.
En aquel momento toda Asia Menor formaba parte del Imperio
romano o estaba gobernada por marionetas controladas por Roma. Por tanto,
Pompeyo decidió limpiar el este de enemigos. Marchó hacia el sur, y en los
alrededores de Antioquia encontró los últimos vestigios del Imperio de los
Seléucidas, establecido dos siglos y medio antes, tras la muerte de Alejandro
Magno. Entonces lo gobernaba un cero a la izquierda llamado Antíoco XIII.
Pompeyo lo depuso y se anexionó el Imperio en nombre de Roma; pasó a ser la provincia
de Siria.
Más hacia el sur estaba el reino de Judea. Este reino era
independiente desde hacía menos de un siglo, y estaba gobernado por una rama de
la familia macabea. En ese momento dos de los miembros de esta familia se
disputaban el trono, y uno de ellos pidió ayuda a Pompeyo.
Inmediatamente Pompeyo marchó sobre Judea y puso sitio a
Jerusalén. Normalmente, Jerusalén era un hueso duro de roer, ya que estaba
construida sobre una prominencia rocosa y contaba con un buen suministro de
agua; sus muros eran fuertes y habitualmente sus habitantes se defendían con
fanática energía.
Sin embargo, Pompeyo advirtió que una vez cada siete días
todo permanecía en silencio. Alguien le explicó que durante el Sabbath los
judíos no peleaban a menos que fueran atacados, y que aun en ese caso luchaban
sin verdadera convicción. Pompeyo debió de tardar un buen rato en convencerse
de una cosa tan ridícula; pero una vez convencido, se sirvió de unos cuantos
Sabbaths para acercar la maquinaria de sitio sin ser molestado, y por último
atacó en Sabbath. No hubo problemas.
Pompeyo acabó con el remado de los macabeos y anexionó
Judea al Imperio romano, permitiendo a los judíos conservar su libertad
religiosa, su templo, sus rabinos y su curioso y útil Sabbath.
Tenía entonces cuarenta y dos años, y el éxito le había
sonreído durante toda su vida. En este momento voy a saltarme un pequeño
acontecimiento de la vida de Pompeyo, que representaré con una línea de
asteriscos: una circunstancia en apariencia trivial.
***********************
Pompeyo regresó a Italia en el 61 a. C.; estaba en la cima
del mundo y se jactaba (con bastante exageración) de que lo que antes de él era
el límite oriental del Imperio constituía ahora su centro. Le ofrecieron el
triunfo más magnifico que Roma recordaba.
El Senado estaba aterrorizado ante la posibilidad de que
Pompeyo se proclamara dictador y se uniera a los radicales. Pero no lo hizo. En
una ocasión, hacia veinte años, cuando tenia un ejército, lo había conservado
aun a riesgo de incomodar a Sulla. Pero ahora algo le impulsó a renunciar a su
ejército, licenciarlo y establecerse como ciudadano privado. Quizás estuviera
convencido de que había llegado a un punto en el que bastaría con la magia de
su nombre para dominar a la República.
Pero lo que ocurrió fue que, por fin, le abandonó su
olfato para elegir siempre la línea de actuación correcta. Y una vez que le
hubo fallado, no volvió a recuperarlo.
Para empezar, Pompeyo pidió al Senado que aprobara todo lo
que había hecho en el este, sus victorias, sus tratados, sus destituciones de
reyes y su establecimiento de nuevas provincias. También solicitó al Senado que
distribuyera tierras entre sus soldados, ya que así se lo había prometido él
mismo. Estaba convencido de que no tenía más que pedir y de que todo le seria
concedido.
No fue así en absoluto. Pompeyo era ahora un hombre sin
ejército, y el Senado insistió en considerar cada cosa por separado y
escrupulosamente. Su solicitud de concesiones de tierras fue rechazada.
Además, Pompeyo descubrió que nadie en el gobierno estaba
de su parte.
De repente parecía que toda su enorme popularidad no
contaba en absoluto; todas las facciones se pusieron contra él sin ninguna
razón aparente. Lo que es más, Pompeyo no podía hacer nada para remediarlo.
Algo había ocurrido, y ya no era el Pompeyo astuto y mimado por todos que había
sido antes del 64 a. C. Ahora estaba débil, vacilante e inseguro.
Ni siquiera Craso estaba ya de su parte. Craso había
encontrado a otra persona: un individuo inteligente y encantador con un poco de
oro, además de hábil intrigante. Un hombre llamado Julio César. César era un
aristócrata juerguista, pero Craso pagó las enormes deudas del joven y César le
correspondió en buena ley.
Mientras Pompeyo discutía con el Senado, César estaba en
España, apuntándose algunas pequeñas victorias contra las tribus rebeldes y
reuniendo una fortuna mal adquirida (como solían hacer los generales romanos)
para pagar a Craso e independizarse. Cuando regresó a Italia y encontró a
Pompeyo furioso con el Senado, estableció una especie de alianza entre él.
Craso y Pompeyo: el «primer triunvirato».
Pero fue César quien se benefició de esta alianza, no
Pompeyo. Fue César quien se sirvió de la alianza para lograr ser elegido cónsul
en el 59 a. C. Desde su posición de cónsul, César controló el Senado con una
facilidad casi desdeñosa, ordenando el arresto domiciliario del otro cónsul, un
reaccionario.
César obligó a los aristócratas del Senado a aceptar todas
las exigencias de Pompeyo. Todas las acciones de éste fueron ratificadas y
obtuvo las tierras para sus soldados; sin embargo, no obtuvo ningún beneficio
de ello. De hecho, fue humillado, pues estaba bastante claro que era él el que
pedía con el sombrero en la mano, para recibir las graciosas dádivas que César
le otorgaba con liberalidad.
Pero Pompeyo no podía hacer nada, porque se había casado
con Julia, la hija de César. Era una mujer hermosa y encantadora, y Pompeyo
estaba loco por ella. Mientras la tuviera, no podía hacer nada que irritara a
César.
Para entonces César ya lo controlaba todo. En el 58 a. C.
propuso que Pompeyo y Craso tuvieran una provincia cada uno en la que pudieran
obtener victorias militares.
Pompeyo se iba a quedar con España, Craso con Siria y
César con el sur de la Galia, que entonces estaba en manos de los romanos. Cada
uno se encargaría de su provincia durante cinco años.
Pompeyo estaba encantado. En Siria, Craso tendría que
enfrentarse al formidable Reino de los Partos, y en la Galia, César tendría que
enfrentarse a los feroces bárbaros del norte. Con un poco de suerte, ambos
sufrirían un descalabro, ya que ninguno de los dos era hombre de armas con
tanta experiencia como él. En cuanto a Pompeyo, como España estaba en calma,
podría quedarse en Italia y controlar el gobierno. ¿Qué más se podía pedir?
Casi podría parecer que si Pompeyo razonaba de esta manera
era porque había recobrado su antiguo olfato para el éxito. En el 53 a. C. el
ejército de Craso fue destruido por los Partos al este de Siria, y Craso murió
en la batalla.
Pero, ¿y César? No, la suerte de Pompeyo no había
regresado. Ante el asombro de toda Roma, César, que hasta entonces era
considerado simplemente un juerguista y un intrigante, resultó ser un genio
militar de primera categoría cuando su vida ya estaba más que mediada (tenia
cuarenta y cuatro años cuando marchó a las Galias). Se pasó cinco años luchando
contra los galos, anexionándose el enorme territorio ocupado por éstos y
realizando incursiones en Alemania y Gran Bretaña. Escribió sus aventuras en
sus Comentarios para el público romano instruido, y de pronto Roma tenia otro
héroe militar. Y Pompeyo, sentado en Italia sin hacer nada, casi se muere de
envidia y frustración.
Pero Julia murió en el 54 a.C., y Pompeyo ya no tuvo que
ocultar su odio hacia César. Los aristócratas del Senado, que ahora temían
mucho más a César que a Pompeyo, se dedicaron a halagar a este último, quien se
apresuró a unirse a ellos y se casó con la hija de uno de los senadores más
importantes.
Cuando César volvió de la Galia en el 50 a.C., el Senado
le ordenó que disolviera su ejército y que entrara solo en Italia. Estaba claro
que, de hacerlo, sería arrestado y seguramente lo ejecutarían. ¿Y si desafiaba
al Senado y entraba con su ejército?
«No temáis», les tranquilizó Pompeyo. «sólo tengo que
golpear el suelo con el pie para que acudan legiones enteras a defendernos».
En el 49 a. C. César cruzó el río Rubicón, que era la
frontera de Italia, acompañado de su ejército. Pompeyo se apresuró a golpear
con el pie en el suelo, pero no pasó nada. En realidad, los soldados que
estaban acampados en Italia comenzaron a unirse a las tropas de César. Pompeyo
y sus aliados en el Senado, humillados, tuvieron que huir a Grecia.
César y su ejército les persiguieron inexorablemente.
En Grecia, Pompeyo se las arregló para reunir un ejército
bastante grande. Por otra parte, César sólo podía transportar por mar a algunos
hombres, y por tanto Pompeyo estaba en una situación ventajosa. Podría haber
aprovechado su superioridad numérica para aislar a César de su cuartel general
y luego sitiarlo cuidadosamente, sin arriesgarse a entablar batalla, hasta que
sus fuerzas y sus provisiones se agotaran.
Pero este plan tenia el inconveniente de que el humillado
Pompeyo, que seguía soñando con los viejos tiempos, estaba deseando derrotar a
César en campo abierto y demostrarle lo que era un general de verdad. Lo que es
más, el partido del Senado insistía en que se le presentara batalla. así que
Pompeyo se dejó convencer; después de todo, su ejército era dos veces más
numeroso que el de César.
La batalla se libró en Farsalia, en la Tesalia, el 29 de
junio del 48 a. C.
Pompeyo contaba sobre todo con su caballería, formada por
valerosos jóvenes de la aristocracia romana. Y, en efecto, al comienzo de la
batalla la caballería de Pompeyo cargó contra el flanco del ejército de César y
causó tantos estragos en la retaguardia que bien podría haberle costado a César
la batalla. Pero César había previsto esta eventualidad y había colocado a unos
cuantos hombres escogidos para hacer frente a la caballería, con órdenes de no
arrojar las lanzas sino clavarlas directamente en los rostros de los jinetes.
Tenia la impresión de que los aristócratas no se arriesgarían a quedar
desfigurados, y así fue. La caballería fue derrotada.
Una vez inutilizada la caballería de Pompeyo, la
endurecida infantería de César se abrió paso entre sus líneas, más numerosas,
pero mucho más débiles. Pompeyo, que no estaba acostumbrado a capitanear
ejércitos en apuros, huyó. Toda su reputación militar quedó destruida de un
solo golpe; no cabía lugar a dudas de que César, y no Pompeyo, era el verdadero
general.
Pompeyo huyó al único país mediterráneo que no estaba
todavía totalmente controlado por los romanos: Egipto. Pero en aquel momento
Egipto estaba en plena guerra civil. El niño-rey Tolomeo XII, que tenia trece
años, estaba en guerra con su hermana mayor, Cleopatra, y la llegada de Pompeyo
planteaba un problema. Los políticos que apoyaban al joven Tolomeo no se
atrevían a volverle la espalda a Pompeyo, granjeándose así la eterna enemistad
de un general romano que aún podía resultar vencedor. Por otra parte, tampoco
se atrevían a acogerle, arriesgándose así a que César apoyara a Cleopatra para
vengarse.
Así que dejaron entrar a Pompeyo y lo asesinaron.
Y así murió Pompeyo, a los cincuenta y seis años de edad.
Hasta los cuarenta y dos años había tenido éxito en todo;
nada de lo que hacía le salía mal. Desde los cuarenta y dos años en adelante
había fracasado en todo; nada de lo que hacía le salía bien.
¿Qué es lo que le ocurrió a los cuarenta y dos años?
¿Qué acontecimiento, ocurrido en el intervalo que antes
hemos representado con una línea de asteriscos, podría «explicarlo»? Bien,
retrocedamos en el tiempo para completar esa línea de asteriscos.
*****************************************
Estamos de nuevo en el 64 a. C.
Pompeyo está en Jerusalén y siente curiosidad por la
extraña religión de los judíos. ¿Qué extrañas cosas hacen además de celebrar el
Sabbath? Empieza a reunir información.
Estaba el templo, por ejemplo. Era bastante pequeño e
insignificante según el canon romano, pero los judíos manifestaban por él una
veneración sin limites, y se diferenciaba de todos los demás templos existentes
en que no albergaba ninguna estatua de dioses o diosas. Por lo visto, los
judíos adoraban a un dios invisible.
«¿De veras?», dijo Pompeyo, divertido.
Le informaron que existía un aposento interior en el
templo, oculto por un velo, que era el recinto más sagrado.
Este velo sólo podía ser atravesado por el sumo sacerdote
en el día de la expiación. Algunos decían que los judíos adoraban en secreto
una cabeza de asno que se encontraba allí; pero, naturalmente, los judíos
afirmaban que en aquel aposento no había otra cosa que la presencia invisible
de Dios.
Pompeyo, que no se dejaba impresionar por las
supersticiones, decidió que sólo había una manera de averiguarlo.
Entraría en este aposento secreto.
El sumo sacerdote se escandalizó, los judíos prorrumpieron
en angustiadas exclamaciones de consternación, pero Pompeyo se mostró
inflexible. Sentía curiosidad y estaba rodeado de su ejército. ¿Quién podría
detenerlo? así que entró en el recinto sagrado.
Sin duda, los judíos estaban seguros de que sería
fulminado por un rayo o destruido de cualquier otra manera por el Dios
ofendido, pero no fue así.
Volvió a salir sano y salvo. Aparentemente, no había visto
nada, y aparentemente no le había ocurrido nada*.
NOTA
Me encanta este articulo. En primer lugar, me permitió
hacer un atroz juego de palabras con el titulo, y no hay nada que me guste más
que los juegos de palabras atroces.
Bueno, casi nada.
En segundo lugar, me dio la oportunidad de satisfacer mi
inclinación por los temas históricos. Después de todo, he escrito más de una
docena de libros de historia, y muchos de mis libros sobre temas científicos
también tratan sobre los aspectos históricos.
Y, por último, me permitió satisfacer mi inclinación a
descubrir extrañas coincidencias históricas, y a insistir en que sólo son
coincidencias y no han de ser utilizadas como excusa para intentar encontrarles
alguna estúpida causa mística. Y el repentino cambio de suerte de Pompeyo es el
mejor ejemplo de coincidencia con el que me he encontrado en mi vida.
PERDIDO EN LA NO TRADUCCIÓN
En la Noreascon (la vigesimonovena Convención Mundial de
Ciencia-Ficción), celebrada en Boston durante el fin de semana del Día del
Trabajo* de 1971, me senté en el estrado, naturalmente, ya que mi posición de
Bob Hope de la ciencia-ficción conlleva la obligación de entregar los premios
Hugo. A mi izquierda estaba mi hija Robyn, de dieciséis años, rubia, de ojos
azules, bien proporcionada y hermosa.
(No, este último adjetivo no se debe a la típica
parcialidad del padre orgulloso. Pregúntenle a cualquiera.)
El invitado de honor era mi viejo amigo Clifford D. Simak,
quien comenzó su discurso presentando, con un orgullo plenamente justificado, a
sus dos hijos, que estaban entre el público. Inmediatamente Robyn me miró
alarmada.
–Papá -me dijo en un susurro apremiante, plenamente
consciente de mi capacidad para provocar situaciones embarazosas, ¿no irás a
presentarme a mí?
-¿Te molestaría, Robyn? – pregunté
–Si.
–Entonces no lo haré -dije, y le di una palmadita en la
mano para tranquilizarla.
Se quedó un rato pensando. Luego dijo:
–Claro que si te apetece mencionar de manera casual a tu
hermosa hija, no me importará.
Así que ya se pueden imaginar que eso fue lo que hice,
mientras ella bajaba los ojos con encantadora modestia.
Pero no pude por menos que ponerme a pensar en el
estereotipo de belleza nórdica, rubia y de ojos azules, que ha predominado en
la literatura occidental desde que las tribus germánicas, rubias y de ojos
azules, ocuparon la parte occidental del Imperio romano, hace quince siglos, y
se establecieron como la aristocracia gobernante.
… Y en la forma en que se ha utilizado este estereotipo
para subvertir una de las lecciones más claras e importantes de la Biblia; una
subversión que también aporta su granito de arena a la grave crisis a la que se
enfrenta hoy el mundo, y especialmente los Estados Unidos.
Siguiendo mi inclinación de empezar por el principio,
retrocedan conmigo al siglo VI a. C. Un grupo de judíos ha regresado del exilio
en Babilonia para reconstruir el templo de Jerusalén, destruido por
Nabucodonosor setenta años antes.
Durante el exilio, los judíos, guiados por el profeta
Ezequiel, han preservado firmemente su identidad nacional, modificando,
complicando e idealizando su culto a Yahvé hasta darle una forma que es el
antecedente directo del judaísmo actual. (De hecho, Ezequiel es llamado a veces
«el padre del judaísmo».)
Esto planteó un problema religioso a los exiliados a su
regreso a Jerusalén. Durante el exilio se había establecido un pueblo en la
antigua región de Judea; este pueblo adoraba a Yahvé según un ritual que ellos
consideraban el correcto y el consagrado por la costumbre. Como su ciudad más
importante (al estar Jerusalén destruida) era Samaria, los judíos que volvían
del exilio los llamaron samaritanos.
Los samaritanos rechazaron las modernas modificaciones
traídas por los judíos, y éstos aborrecían las anticuadas creencias de los
samaritanos. Entre ellos surgió una incansable hostilidad, el tipo de
hostilidad que se encona cada vez más porque las diferencias en sus creencias
son comparativamente pequeñas.
Además, por supuesto, también vivían en aquellas tierras
pueblos que adoraban a otros dioses: los amonitas, los edomitas, los filisteos,
etcétera.
Los judíos recién llegados no sufrían una presión militar,
ya que toda la zona estaba bajo la férula más o menos benéfica del Imperio
persa, sino social, que quizá por eso mismo era más agobiante. Resulta difícil
mantener un ritual estricto delante de las narices de un número abrumador de
incrédulos, y la tendencia a que se relajase el ritual era casi irresistible.
Además, los jóvenes recién llegados se sentían atraídos por las mujeres
disponibles, y había matrimonios mixtos. Como es natural, descuidaban aún más
el ritual para complacer a sus esposas.
Pero más tarde, posiblemente en el 400 a.C., un siglo
después de la construcción del segundo templo, Esdras llegó a Jerusalén.
Era un erudito de la ley mosaica, que había sido redactada
en su versión definitiva y publicada durante el exilio en Babilonia.
Horrorizado por esta recaída, utilizó toda su demagogia para provocar un
renacimiento del ritual. Reunía a la gente, les hacía recitar la ley y
comentarla, alentaba su fervor religioso y les instaba a confesar sus pecados y
renovar su fe.
Una de las cosas que exigía con el máximo rigor era que se
abandonara a todas las esposas no judías y a sus hijos. Según él, sólo así
podría mantenerse el carácter sagrado del judaísmo estricto. Según la Biblia
(cito de la reciente traducción de la Nueva Biblia Inglesa): «El sacerdote
Esdras se puso en pie y les dijo: "Habéis pecado al casaros con mujeres
extranjeras, agravando la culpa de Israel. Ahora, confesadlo al Señor, Dios de
vuestros padres, cumplid su voluntad y separaos de los pueblos paganos y de las
mujeres extranjeras." Toda la comunidad respondió en alta voz:
"Haremos lo que nos dices…"» (Esdras, 10, 10-12).
A partir de ese momento la comunidad judía empezó a poner
en práctica el exclusivismo, a separarse voluntariamente de los demás pueblos,
a multiplicar las costumbres extrañas que acentuaban aún más su separación:
todo ello les ayudó a mantener su identidad mientras soportaban todas las
miserias y catástrofes por venir, en todas las crisis, exilios y persecuciones
que los dispersaron por la faz de la Tierra.
Este exclusivismo, naturalmente, también tuvo el efecto de
hacerlos socialmente indigeribles y extremadamente notorios, lo cual contribuyó
a crear las condiciones que los convertían en objetos probables de exilio y
persecución.
No todos los judíos observaron esta política exclusivista.
Algunos creían que todos los hombres eran iguales a los ojos de Dios y que no
había que excluir a nadie de la comunidad basándose únicamente en la identidad
del grupo.
Y uno de los que creían en esto (pero que permanecerá
eternamente en el anonimato) intentó defender su causa escribiendo una pequeña
obra de ficción histórica. La heroína de este cuento del siglo IV a. C. era
Ruth, una mujer moabita. (La historia está ambientada en la época de los
Jueces, así que, según la tradición, fue escrita por el profeta Samuel en el
siglo XI a. C. En la actualidad, ningún estudioso de la Biblia cree en esta
versión.)
Por cierto, ¿por qué una mujer moabita?
Parece ser que los judíos, al volver del exilio,
conservaban ciertas tradiciones relativas al momento en que llegaron por
primera vez a las fronteras de Canaán, primero conducidos por Moisés y luego
por Josué, casi mil años antes. En aquella época la pequeña nación de Moab,
situada al este de la desembocadura del Jordán y del mar Muerto, sintiéndose
comprensiblemente alarmada por la incursión de estos endurecidos invasores del
desierto, se aprestó a resistir sus ataques. No sólo impidieron a los israelitas
atravesar su territorio, sino que, según cuenta la tradición, llamaron a un
vidente, Balaam, y le pidieron que utilizara sus poderes mágicos para provocar
la desgracia y la destrucción de los invasores.
Los intentos de Balaam fracasaron, y se supone que antes
de partir éste, aconsejó al rey de Moab que permitiera a las jóvenes moabitas
seducir con sus encantos a los invasores del desierto, que de esta manera quizá
dejaran de acometer sus tareas con un empeño tan implacable. La Biblia nos
cuenta: «Estando Israel en Acacias, el pueblo empezó a prostituirse con las
muchachas de Moab, que los invitaban a comer de los sacrificios a sus dioses y
a prosternarse ante ellos. Israel se emparejó con Baal Fegor, y la ira del
Señor se encendió contra Israel» (Números 25, 1-3).
En consecuencia, «las muchachas de Moab» se convirtieron
en la quintaesencia del tipo de influencia exterior que intentaba trastornar a
los devotos judíos mediante el anzuelo del sexo. De hecho, tanto Moab como el
reino de su frontera norte, Ammon, fueron singularizados en el código mosaico:
«No se admiten en la asamblea del Señor amonitas ni
moabitas; no se admiten en la asamblea del Señor ni aun en la décima
generación. Porque no te salieron al encuentro con pan y agua cuando ibas de
camino al salir de Egipto, y porque alquilaron para que te maldijera a Balaam…
No busques su paz ni su amistad mientras vivas» (Deuteronomio, 23, 3-4, 6).
Y, sin embargo, hubo una época anterior en la historia en
la que hubo amistad entre Moab y al menos algunos hombres de Israel,
posiblemente porque se unieron contra algún enemigo común.
Por ejemplo, un poco antes del 1.000 a. C., Israel estaba
gobernado por Saúl, que había detenido el avance de los filisteos, conquistado
a los amalequitas y había dado a Israel más poder que en ningún otro momento de
su historia anterior. Como es natural, Moab desconfiaba de su política
expansionista, y, por tanto, se aliaba con cualquiera que se rebelara contra
Saúl. Eso es lo que hizo el guerrero judío David, nacido en Belén. Cuando David
estaba siendo acosado por Saúl, se retiró a un refugio fortificado y su familia
se refugió en Moab.
«David… dijo al rey de Moab: "Permite a mis padres
vivir entre vosotros, hasta que vea qué quiere Dios de mi."
Se los presentó al rey de Moab, y se quedaron allí todo el
tiempo que David estuvo en el refugio» (I Samuel, 22, 3-4).
David acabó por vencer a Saúl, se convirtió en el primer
rey de Judea y más tarde de todo Israel, y construyó un imperio que abarcaba
toda la costa este del Mediterráneo, desde Egipto al Eufrates; las ciudades
fenicias conservaron su independencia a cambio de una alianza con él.
Posteriormente, los judíos siempre han considerado la
época de David y de su hijo Salomón como una edad de oro, y la posición de
David en la leyenda y el pensamiento judaicos era inatacable. David fundó una
dinastía que gobernó Judea durante cuatro siglos, y los judíos nunca dejaron de
creer que todavía estaba por volver algún descendiente de David que volvería a
reinar sobre ellos en alguna idealizada época futura.
Pero es posible que, basándose en estos versos que
describen cómo David refugió a su familia en Moab, se difundiera la historia de
que algunos de los antepasados de David fueron moabitas. Parece ser que el
autor del Libro de Ruth decidió servirse de esta historia para apoyar su
doctrina de no exclusivismo, utilizando a la tan odiada mujer moabita como
heroína de su historia.
El Libro de Ruth habla de una familia de Belén de Judea:
un hombre, su mujer y sus dos hijos, que acuden a Moab acuciados por el hambre.
Allí los dos hijos se casan con muchachas moabitas, pero después de algún
tiempo los tres hombres mueren, dejando solas a las tres mujeres: Noemí, la
suegra, y Ruth y Orfá, sus nueras.
En aquellos tiempos las mujeres eran consideradas como
bienes del hombre, y las mujeres que no estaban casadas, que no pertenecían a
ningún hombre que cuidara de ellas, sólo podían vivir de la caridad. (De ahí el
reiterado mandato bíblico de cuidar de las viudas y huérfanos.)
Noemí decidió volver a Belén, donde quizá sus parientes
pudieran ocuparse de ella, pero instó a Ruth y Orfá a que se quedaran en Moab.
No lo dice, pero podemos suponer que pensaba que las muchachas moabitas no
serían muy bien recibidas en Judea, donde se odiaba a los moabitas.
Orfá se queda en Moab, pero Ruth se niega a abandonar a
Noemí, diciendo: «No insistas en que te deje y me vuelva. A donde tú vayas, iré
yo; donde tú vivas, viviré yo: tu pueblo es el mío, tu Dios es mi Dios; donde
tú mueras, allí moriré y allí me enterrarán. Sólo la muerte podrá separarnos, y
si no, que el señor me castigue» (Ruth, 1, 16-17).
En Belén tuvieron que enfrentarse a la más absoluta
miseria, y Ruth se ofreció a mantenerlas a las dos trabajando como espigadora
en los campos. Era la época de la cosecha, y. según la costumbre, todas las
espigas de grano que cayeran al suelo durante la recolección y que quedaran
allí podían ser recogidas por los pobres. Era una especie de programa de
beneficencia para los pobres. Pero era un trabajo durísimo, y cualquier mujer
joven que se dedicara a hacerlo, sobre todo si era moabita, corría el riesgo
evidente de ser asaltada por los jóvenes y lascivos segadores. Ruth se había
ofrecido a hacer algo heroico.
Ruth se puso a trabajar de segadora en las tierras de un
rico granjero judío llamado Boaz, que al acercarse a vigilar las labores
observó que trabajaba sin descanso. Preguntó quién era, y sus segadores le
respondieron: «Es una muchacha moabita, la que vino con Noemí de la campiña de
Moab» (Ruth, 2, 6).
Boaz la trata con bondad, y Ruth dice: «Yo soy una
forastera, ¿por qué te he caído en gracia y te has interesado por mi?» (Ruth,
2, 10). Boaz explica que se ha enterado de cómo ha abandonado su tierra por
amor a Noemí y de cuánto tiene que trabajar para cuidar de ella.
Daba la casualidad de que Boaz era pariente del difunto
marido de Noemí, lo que debe haber contribuido a que le conmovieran el amor y
la fidelidad de Ruth. Al oír la historia, Noemí tuvo una idea. En aquella
época, si una mujer se quedaba viuda y no tenía hijos, tenía derecho a esperar
que el hermano de su difunto marido se casara con ella y le ofreciera su
protección. Si éste no tenía hermanos, algún otro pariente había de tomarla a
su cargo.
Noemí era demasiado vieja para tener hijos, así que no era
apta para el matrimonio, que en aquellos días giraba alrededor de la futura
descendencia; pero ¿y Ruth?
Claro que Ruth era una moabita y era muy posible que
ningún judío quisiera casarse con ella, pero Boaz se había portado con
benevolencia. Por tanto, Noemí instruyó a Ruth sobre la manera de acercarse a
Boaz una noche para suplicarle su protección, sin intentar seducirle
abiertamente.
Boaz, conmovido por la modestia y el desamparo de Ruth,
prometió cumplir con su deber, pero señaló que había un pariente más cercano
que él y que éste tenía prioridad sobre él.
Al día siguiente Boaz fue a ver a su pariente y le propuso
que comprara unas tierras que correspondían por derecho a Noemí y que aceptara
otra responsabilidad junto con las tierras. Boaz dijo: «Al comprarle esa tierra
a Noemí adquieres también a Ruth, la moabita, esposa del difunto…» (Ruth, 4,
5).
Es posible que Boaz pusiera especial énfasis en recalcar
el adjetivo «la moabita», porque el otro pariente se volvió atrás
inmediatamente. así que Boaz se casó con Ruth, que a su debido tiempo le dio un
hijo. La orgullosa y feliz Noemí puso al niño en su regazo, y sus amigas le
dijeron: «…Y el niño te será un descanso y una ayuda en tu vejez; pues te lo ha
dado a luz tu nuera, la que tanto te quiere, que te vale más que siete hijos»
(Ruth, 4, 15).
Al juzgar así las mujeres de Judea a Ruth, una mujer del
odiado país de Moab, al dictaminar que ella «te vale más que siete hijos» en
una sociedad que valoraba a los hijos infinitamente más que a las hijas, el
autor nos está presentando la moraleja de su historia: que en todos los pueblos
hay personas nobles y virtuosas, y que no hay que desdeñar a nadie por
adelantado basándose únicamente en que pertenece a tal o cual grupo.
Y para remachar su argumentación, en caso de que los
sentimientos nacionalistas de algunos judíos les hicieran insensibles al
idealismo, la historia concluye: «Las vecinas le buscaban un nombre, diciendo:
"¡Noemí ha tenido un niño!" Y le pusieron por nombre Obed. Fue el
padre de Jesé, padre de David» (Ruth, 4, 17).
¿Qué habría sido de Israel entonces, si hubiera habido un
Esdras que hubiera prohibido el matrimonio de Boaz con una «esposa extranjera»?
¿A dónde nos lleva esto? Nadie puede negar que el Libro de
Ruth es una historia agradable. Normalmente es calificada de «encantador
idilio» y cosas por el estilo. Es indiscutible que Ruth representa muy bien el
prototipo de mujer dulce y virtuosa.
En realidad, todo el mundo queda tan encantado con la
historia y con Ruth que se olvida de su intención principal.
Es, por derecho propio, una historia sobre la tolerancia
con los oprimidos, sobre el amor por los despreciados, sobre las recompensas de
la fraternidad entre los seres humanos. Al mezclar los genes y las razas se
engendran grandes hombres.
Los judíos incluyeron el Libro de Ruth en el canon, en
parte porque es una historia maravillosamente narrada, pero sospecho que sobre
todo porque incluye algunos datos sobre el linaje del gran David, un linaje que
no era conocido más allá del padre de David, Jesé, en los severos libros
históricos de la Biblia anteriores a aquél. Pero, por lo general, los judíos
siguieron siendo bastante exclusivistas y no se aplicaron la lección de
universalismo que predica el Libro de Ruth.
Y tampoco se han tomado esa historia muy en serio desde
entonces. ¿Por qué habrían de hacerlo, cuando no se ahorran esfuerzos para
desterrarla al olvido? La historia de Ruth ha vuelto a ser narrada en muchos
lugares, desde cuentos para niños hasta novelas serias; hasta se han hecho
películas con este argumento. La misma Ruth debe de haber sido representada en
cientos de ilustraciones. Y en todas las ilustraciones que yo he podido ver,
siempre se la representa como una hermosa rubia bien proporcionada y de ojos
azules: el perfecto estereotipo nórdico al que me refería al principio.
Por el amor de Dios, ¿cómo no iba a enamorarse Boaz de
ella? ¿Qué mérito tenia casarse con ella? Si una chica como ésa se hubiera
postrado a sus pies y le hubiera pedido humildemente que cumpliera con su deber
y fuera tan amable de casarse con ella, lo más probable es que no lo hubiera
dudado un instante.
Claro que se trataba de una moabita, pero ¿y qué? ¿Qué
quiere decir «moabita» para usted? ¿Le provoca alguna reacción violenta?
¿Conoce usted a muchos moabitas? ¿Se han visto sus hijos últimamente acosados
por alguna banda de asquerosos moabitas? ¿Se han dedicado los moabitas a
devaluar el valor de la propiedad en su vecindario? Dígame cuándo ha sido la
última vez que le ha oído decir a alguien: «Tenemos que echar de aquí a esos
malditos moabitas. No hacen más que engrosar las listas de la beneficencia.»
La verdad es que, a juzgar por las ilustraciones de Ruth,
los moabitas son aristócratas ingleses y su presencia incrementaría el valor de
las propiedades.
El problema es que la única palabra que no está traducida
del Libro de Ruth es la palabra clave, «moabita», y mientras no esté traducida,
se perderá el sentido de la historia; estará perdido en la no traducción.
La palabra «moabita» quiere decir, en realidad, «individuo
perteneciente a un grupo que no recibe de nosotros más que lo que se merece:
odio y desprecio». ¿Cómo podría traducirse esta palabra en un solo vocablo que
significara eso mismo en la actualidad para, por ejemplo, un gran número de
ciudadanos griegos?…Pues por «turco». ¿Y para muchos ciudadanos turcos?…Pues
por «griego». ¿Y para muchos estadounidenses blancos?…Pues por «negro».
Para poder apreciar en su justa medida el Libro de Ruth,
vamos a pensar que Ruth no es una moabita, sino una negra.
Relean la historia de Ruth y traduzcan «moabita» por
«negra» cada vez que aparezca. Noemí (imagínenselo) regresa a los Estados
Unidos con sus dos nueras negras.
No es extraño que intente convencerlas de que no la
acompañen. Es asombroso que Ruth quiera tanto a su suegra que esté dispuesta a
enfrentarse a una sociedad que la odia sin ningún motivo y que se arriesgue a
recolectar el trigo delante de las narices de impúdicos segadores que no tienen
ningún motivo para suponer que hayan de tratarla con alguna consideración
especial.
Y cuando Boaz preguntó quién era, en lugar de leer «Es una
muchacha moabita», pongan «Es una muchacha negra». En realidad, es más probable
que los segadores le dijeran algo equivalente a (y perdonen mi lenguaje): «Es
una asquerosa negra.»
Si lo consideran de esta manera, se darán cuenta de que
toda la intención de la historia está única y exclusivamente en la traducción.
El hecho de que Boaz esté dispuesto a casarse con ella, porque es una mujer
virtuosa (y no porque fuera una belleza nórdica) adquiere una cierta nobleza.
El veredicto de las vecinas, según el cual Ruth era mejor para Noemí que siete
hijos, se transforma en algo que sólo habrían dicho de tener muy buenas razones
para ello. Y el toque final de que de este cruce de razas naciera nada menos
que el gran David es algo que corta el aliento.
En el Nuevo Testamento tenemos un ejemplo parecido.
En una ocasión, un estudiante de la Ley le preguntó a
Jesús qué había que hacer para merecer la vida eterna, y respondió a su propia
pregunta diciendo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu
alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti
mismo» (Lucas, 10, 27).
Estas admoniciones están tomadas del Antiguo Testamento,
por supuesto. La última frase sobre el prójimo está tomada de un versículo que
dice: «No serás vengativo ni guardarás rencor a tus conciudadanos. Amarás a tu
prójimo como a un hombre igual a ti mismo» (Levítico. 19, 18).
(En este caso me gustan más las traducciones de la Nueva
Biblia Inglesa que la del rey Jaime: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.»
¿Quién es el santo capaz de sentir verdaderamente el dolor o el éxtasis de otro
de la misma forma que siente los suyos? No hay que pedir demasiado. Pero si nos
limitamos a admitir que otra persona es «un hombre igual a ti mismo», entonces
al menos podemos tratarlo decentemente. Cuando nos negamos a admitir incluso
esto y consideramos a los demás inferiores a nosotros, es cuando el desprecio y
la crueldad llegan a parecer naturales y hasta laudables.)
Jesús se muestra de acuerdo con la sentencia del hombre de
leyes y éste se apresura a preguntar: «Y, ¿quién es mi prójimo?» (Lucas, 10,
29). Después de todo, el versículo del Levítico habla en primer lugar de
guardarse de ser vengativo y rencoroso con los conciudadanos; ¿no podría ser
entonces que el concepto de «prójimo» se limitara a los conciudadanos, a los de
nuestra propia clase?
Jesús le responde con la que quizá sea su mejor parábola:
la del viajero que fue asaltado por los ladrones, que le apalearon y robaron,
dejándolo medio muerto en el camino. Jesús continúa: «Coincidió que bajaba un
sacerdote por aquel camino; al verlo, dio un rodeo y pasó de largo.
Lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio; al verlo
dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de viaje, llegó a
donde estaba el hombre, y, al verlo, le dio lástima, se acercó a él y le vendó
las heridas, echándoles aceite y vino; luego le montó en su propia cabalgadura,
le llevó a una posada y le cuidó» (Lucas, 10, 31-34).
Luego Jesús preguntó quién era el prójimo del viajero, y
el abogado no tuvo más remedio que responder: «El que tuvo compasión de él»
(Lucas, 10, 37).
Esta es la parábola del buen samaritano, aunque en la
parábola Jesús no se refiere a él como buen samaritano, sino simplemente como a
un samaritano.
La fuerza de la parábola queda completamente destruida al
utilizar la extendida frase «buen» samaritano, porque de esta manera se da una
falsa impresión de quiénes eran los samaritanos. Si se utilizara la palabra
«samaritano» en un test de libre asociación, todo el mundo respondería «bueno».
Tenemos tan grabado en la memoria que los samaritanos son buenos, que damos por
supuesto que un samaritano siempre actuaría así y nos asombramos de que Jesús
insista de esa manera en la historia.
¡Nos olvidamos de quiénes eran los samaritanos en la época
de Jesús!
Los judíos no los consideraban buenos. Eran herejes
odiados, despreciados y viles con los que ningún buen judío hubiera querido
mezclarse. De nuevo, el punto culminante es la no traducción.
Supongamos, en cambio, que es un viajero blanco en
Mississippi el que ha sido atacado y yace medio muerto. Y supongamos que los
que hubieran pasado de largo, negándose a «tener nada que ver», fueran un
sacerdote y un pastor actuales. Y supongamos que el que se paró y cuidó del
hombre fuera un aparcero negro.
Ahora pregúntense: ¿quién era el prójimo al que hay que
amar como si fuera un hombre igual a uno mismo para salvarse?
La parábola del buen samaritano nos demuestra claramente
que el concepto de «prójimo» no está restringido en absoluto a ningún grupo,
que no se puede ser bueno sólo con los del propio grupo o la propia clase. Todo
el género humano, hasta aquellos que son más despreciados, es nuestro prójimo.
Bien, así que en la Biblia tenemos dos ejemplos, en el
Libro de Ruth y en la parábola del buen samaritano, de enseñanzas que se
pierden en la no traducción y que, sin embargo, son terriblemente pertinentes
para nosotros en la actualidad.
A todo lo largo y ancho del mundo se producen
enfrentamientos entre diferentes grupos del género humano definidos por su
raza, su nacionalidad, su filosofía económica, su religión o su idioma, de
manera que un grupo no es el «prójimo» de ningún otro.
Estas diferencias más o menos arbitrarias entre los
pueblos que son miembros de una única especie biológica son tremendamente
peligrosas, y en ningún lugar lo son tanto como en los Estados Unidos, donde el
enfrentamiento más peligroso (no es necesario que se lo diga) es el que se
produce entre blancos y negros.
Hablando en general, después del problema de la explosión
demográfica, el mayor peligro al que se enfrenta el género humano es el de
estos enfrentamientos, sobre todo en los Estados Unidos.
Tengo la impresión de que cada año aumentan el odio y la
ira que hacen que los blancos y los negros se enfrenten violentamente. Esta
continua escalada de violencia no parece tener otra salida que la guerra civil.
Con toda probabilidad, esta guerra sería «ganada» por los
blancos, que están en ventaja numérica y en mayor ventaja aún en cuanto a
fuerzas organizadas. Pero esta victoria supondría un enorme coste material, y
sospecho que el coste espiritual resultaría fatal.
¿Y por qué? ¿Tan difícil es reconocer que, después de
todo, el prójimo somos todos? ¿No podríamos las dos partes -las dos partes-
aceptar la enseñanza de la Biblia?
O, si les parece que citar la Biblia es demasiado poco
comprometido y que repetir las palabras de Jesús es demasiada beatería,
digámoslo de otra manera, de una manera práctica:
¿Acaso el privilegio de sentir odio es una sensación tan
agradable que por ella merezca la pena pasar por el infierno material y
espiritual de una guerra civil entre blancos y negros?
Si verdaderamente la respuesta es «sí», entonces sólo me
queda dejarlo por imposible.
NOTA
Hoy en día resulta embarazoso hablar de temas como la
hermandad de la humanidad (esta expresión es más torpe, pero menos machista que
la de «la hermandad del hombre»).
Después de todo, en los años ochenta hemos descubierto que
es posible ganar elecciones denunciando que el adversario está corrompido por
«esa palabra que empieza por L» (es decir, «liberalismo», si me perdonan el
lenguaje).
Ahora ocurre que uno resulta sospechoso y es despreciado
si muestra compasión por los pobres, los necesitados, los oprimidos y los
miserables.
He intentado forzarme a cambiar. Me he dicho: «Sé un
ciudadano sólido. Simpatiza con los ricos y los avaros.
Admira a los yuppies y a los egoístas. Codéate con los
financieros de Wall Street y con los traficantes de influencias de Washington.
Estrecha la mano de los que saquean los fondos públicos a escondidas mientras
proclaman su patriotismo en voz alta.»
El problema es que no puedo. No sé cómo hacerlo.
Sigo siendo un L… El articulo anterior fue publicado en
1972, en el profundo fango de la época de Nixon, y ahora vuelvo a publicarlo.
LO ANTIGUO Y LO DEFINITIVO
Hace unas tres semanas (en el momento de escribir esto)
asistí a un seminario en un lugar al norte del Estado de Nueva York, un
seminario sobre las comunicaciones y la sociedad. Yo no tenía mucho que hacer,
pero estuve allí cuatro días, así que tuve la oportunidad de enterarme de las
actividades que se estaban desarrollando*.
La primera noche asistí a una conferencia excepcionalmente
buena dictada por un caballero extraordinariamente inteligente y encantador,
que trabaja en el campo de las cintas de vídeo. Con argumentos atractivos, y en
mi opinión irrefutables, afirmó que las cintas de video representaban la
tendencia del futuro en el campo de las comunicaciones, o al menos una de las
tendencias.
Señaló que los programas comerciales destinados a cubrir
los tremendos gastos de las cadenas de televisión y de los terriblemente ávidos
anunciantes no tenían más remedio que atraer a audiencias de decenas de
millones de espectadores.
Como todos sabemos, los únicos programas que tienen alguna
posibilidad de agradar a entre veinticinco y cincuenta millones de personas son
los que evitan cuidadosamente la posibilidad de ofender a nadie. Cualquier cosa
que pudiera darles un poco de sabor o de variedad ofendería a alguien y se
habría perdido la partida.
Así que sólo sobreviven las papillas insípidas, no porque
sean especialmente agradables, sino porque tienen buen cuidado de no resultar
desagradables para nadie.
(Bueno, a algunas personas, como a usted y a mí, por
ejemplo nos desagradan, pero cuando los magnates de la Unidad contabilizan el
número de ustedes y yoes, y de gente como nosotros, el resultado final les
provoca desdeñosas carcajadas.)
Pero las cintas de video, capaces de complacer a los
paladares más peculiares, solo venden contenido, y no tienen por que
enmascararlo con un barniz falso y costoso o con la presencia de alguna
renombrada estrella del espectáculo. Si se lanza una cinta sobre estrategias de
ajedrez con símbolos de las piezas de ajedrez moviéndose sobre un tablero, no
es necesario añadir nada más para vender un número x de copias a un número x de
fanáticos del ajedrez. Si cada cinta se vende a un precio que cubra los gastos
de su edición (más un honrado margen de beneficios) y si el número de ventas
está de acuerdo con lo fijado, entonces todo va bien. Es posible que alguna
cinta venda menos de lo previsto, pero también es posible que otra venda mucho
más de lo que se esperaba.
Para abreviar, el negocio de las cintas de vídeo sería
bastante parecido al de las editoriales.
El orador expuso este punto con toda claridad, y lo dijo:
«El manuscrito del futuro no será un fajo de papeles torpemente
mecanografiados, sino una secuencia de imágenes hábilmente fotografiada», no
pude evitar removerme inquieto en mi silla.
Es posible que al moverme llamara la atención sobre mi
persona ya que estaba sentado en la primera fila, porque el orador añadió acto
seguido: «Y los hombres como Isaac Asimov se quedarán anticuados y serán
sustituidos por otros»
Como es natural, di un brinco, y todo el mundo se rió
alegremente ante la ocurrencia de que yo pudiera quedarme anticuado y fuera
reemplazado por otro.
Dos días más tarde el orador que iba a hablar aquella
tarde llamó desde Londres para comunicar que le era imposible salir de la
ciudad, así que la encantadora dama que dirigía el seminario vino a verme y me
pidió dulcemente que lo sustituyera.
Como es natural, dije que no tenía nada preparado, y como
es natural ella dijo que todo el mundo sabía que no necesitaba prepararme para
dar una conferencia maravillosa, y como es natural, me ablandé ante los
cumplidos, y como es natural aquella tarde me levanté y como es natural di una
conferencia maravillosa *. Todo fue muy natural.
Me resulta imposible contarles qué es lo que dije
exactamente, porque, como todas mis charlas, fue improvisada; pero, por lo que
recuerdo, en esencia era algo así:
Como hacía dos días que un orador nos había hablado de las
cintas de vídeo, presentándonos la fascinante y deslumbrante imagen de un
futuro en el que las cintas de video y los satélites dominarían el panorama de
las comunicaciones, yo me disponía a servirme de mis conocimientos de
ciencia-ficción para explorar un futuro aún más lejano y hablaría de cómo
podrían fabricarse cintas de video con métodos mejores y más refinados,
haciéndolas aún más sofisticadas.
En primer lugar, el orador nos había mostrado que las
cintas tenían que ser decodificadas por un aparato bastante caro y voluminoso,
que transmitía las imágenes a una pantalla de televisión y el sonido a un
altavoz.
Evidentemente, todo el mundo esperaría que este equipo
auxiliar fuera haciéndose más pequeño, más ligero y transportable. En el fondo,
lo que se esperaría es que acabara por desaparecer y que se integrara a la
misma cinta.
En segundo lugar, para que la información contenida en la
cinta se transforme en imágenes y sonido es necesario un gasto de energía que
redunda en perjuicio del medio ambiente. (Como cualquier gasto de energía;
aunque su uso es inevitable, hay que evitar utilizarla más de lo estrictamente
necesario.)
Por consiguiente, es razonable esperar que disminuya la
cantidad de energía necesaria para decodificar las cintas.
En último término, esperaríamos que disminuyera tanto como
para llegar a desaparecer por completo.
Por tanto, podemos imaginarnos una cinta que fuera
completamente transportable y autónoma. Seria necesario emplear energía en su
fabricación, pero no en su utilización, y tampoco sería necesario un equipo
especial para su uso posterior. No sería necesario enchufarla en la pared ni
cambiarle las pilas, y podría ser transportada para ser vista en el lugar en
que cada uno encontrara más cómodo: en la cama, en el cuarto de baño, en un
árbol o en el ático.
Una cinta de video de estas características produce
sonidos, como es natural, y también desprende luz. Evidentemente su usuario
debe recibir con claridad las imágenes y el sonido, pero sería un inconveniente
que molestara a otras personas que posiblemente no estarían interesadas en su
contenido. Idealmente, esta cinta autónoma y transportable sólo tendría que ser
vista y oída por el usuario.
Por muy sofisticadas que sean las cintas existentes en la
actualidad en el mercado o previstas para un futuro próximo, siempre tienen
necesidad de controles. Tiene que haber una palanca o un interruptor para
encenderlas y apagarlas, y otros para controlar el color, el volumen, el
brillo, el contraste y todas esas cosas. Mi idea es que esos controles pudieran
ser manejados, en la medida de lo posible, por la voluntad.
Me imagino una cinta que deje de correr en el momento en
que se aparte la mirada. Permanece parada hasta que se le vuelve a prestar
atención, momento en el cual vuelve a ponerse en marcha inmediatamente. Me
imagino una cinta que corre más deprisa o más despacio, hacia adelante o hacia
atrás, a saltos o con repeticiones, dependiendo únicamente de la voluntad del
usuario.
Admitirán ustedes que una cinta de estas características
constituye un perfecto sueño futurista: autónoma, transportable, sin consumo de
energía, absolutamente privada y controlada en gran medida por la voluntad.
Ah, pero soñar no cuesta nada, así que seamos prácticos.
¿Es posible la existencia de una cinta así? Mi respuesta es: si, naturalmente.
La siguiente pregunta es: ¿cuántos años habrá que esperar
antes de conseguir una cinta tan increíblemente perfecta?
También tengo respuesta para eso, y una respuesta bastante
concreta. La conseguiremos dentro de menos de cinco mil años, porque lo que
acabo de describir (como es posible que hayan adivinado), ¡es el libro!
¿Estoy haciendo trampas? ¿Acaso usted opina, amable
lector, que el libro no es la cinta más refinada posible, ya que sólo ofrece
palabras y no imágenes, que las palabras sin imágenes son un tanto
unidimensionales y están divorciadas de la realidad, que es imposible que las
palabras por sí solas nos transmitan información relativa a un universo que se
manifiesta en imágenes?
Bien, vamos a considerar la cuestión. ¿La imagen es más
importante que la palabra?
No cabe duda de que si sólo tenemos en cuenta las
actividades puramente físicas del hombre, el sentido de la vista es con
diferencia la manera más importante que tenemos de reunir información sobre el
Universo. Si me dieran a elegir entre correr por un terreno escabroso con los
ojos vendados y un sentido del oído muy agudo o con los ojos abiertos y sin
poder oír nada, sin ninguna duda preferiría utilizar los ojos. De hecho, si
tuviera los ojos cerrados, pondría la máxima atención en cualquier movimiento
que realizara.
Pero el hombre inventó la palabra durante las primeras
fases de su desarrollo. Aprendió a modular el aliento al espirar, y a utilizar
distintas modulaciones del sonido como símbolos establecidos de objetos
materiales y de diferentes acciones y -lo que es mucho más importante- de
conceptos abstractos.
Por último, aprendió a codificar los sonidos modulados en
señales visibles que podían ser traducidas mentalmente a sus sonidos
correspondientes.
Un libro, no es necesario que lo diga, es un dispositivo
que contiene lo que podríamos llamar un «discurso almacenado».
El lenguaje constituye la diferencia fundamental entre el
hombre y los demás animales (excepto quizás el delfín, que posiblemente haya
desarrollado un lenguaje, pero no un sistema para almacenarlo).
El lenguaje y la capacidad potencial de almacenarlo no
sólo distinguen al hombre del resto de las especies vivas ahora o en el pasado;
además es algo que todos los hombres tienen en común. Todos los grupos
conocidos de seres humanos, por muy «primitivos» que sean, saben hablar y
utilizar un lenguaje. He oído decir que algunos pueblos «primitivos» utilizan
lenguajes muy complejos y sofisticados.
Lo que es más, todos los seres humanos con una mentalidad
incluso inferior a la normal aprenden a hablar a una edad temprana.
Como el lenguaje es el atributo universal de todo el
género humano, ocurre que nos llega más información, en nuestra calidad de
animales sociales, a través del lenguaje que a través de las imágenes.
Y no estoy hablando de cantidades ni siquiera similares.
El lenguaje y las formas de almacenarlo (la palabra escrita o impresa)
constituyen la fuente abrumadoramente mayoritaria de la información que
obtenemos, hasta tal punto que sin ella estaríamos indefensos.
Para poner un ejemplo, pensemos en un programa de
televisión, normalmente compuesto de imágenes y lenguaje, y vamos a
preguntarnos qué ocurre cuando prescindimos de aquéllas o de éste.
Supongamos que oscurecemos la imagen y dejamos puesto el
sonido. ¿No seguiremos teniendo una idea bastante aproximada de lo que está
ocurriendo? Es posible que en algunos momentos haya mucha acción y poco sonido,
dejándonos frustrados ante la pantalla oscura y en silencio, pero si se supiera
por anticipado que no se iba a ver la imagen, sería posible añadir algunos
comentarios, y nos enteraríamos de todo.
De hecho, la radio está basada únicamente en el sonido; se
servia del lenguaje y de «efectos sonoros». Es decir, en algunos momentos el
diálogo se servia de artificios para compensar la falta de imágenes: «ahí viene
Harry. Oh, no ha visto el plátano. Oh, ha pisado el plátano. Ahí va.» Pero, por
lo general, no era difícil enterarse. No creo que ningún oyente de la radio
echara realmente de menos la falta de imágenes.
Pero volvamos a la televisión. Quitemos ahora el sonido y
dejemos la imagen intacta: perfectamente enfocada y a todo color. ¿Qué es lo
que sacamos en limpio? Muy poco. Ni todas las expresiones de emoción de los
rostros, ni todos los gestos apasionados, ni todos los trucos de la cámara,
dirigiéndose aquí y allá, son capaces de transmitirnos más que una vaga idea de
lo que está ocurriendo.
Además de la radio, que utilizaba únicamente el lenguaje y
sonidos diversos, estaban las películas mudas, que eran sólo imágenes. Los
actores de estas películas, que no disponían del sonido ni del lenguaje, tenían
que «emocionar». Oh, los ojos relampagueantes; oh, las manos que se llevaban a
la garganta, que se agitaban en el aire, que se alzaban al cielo; oh, los dedos
que apuntaban confiadamente hacia el cielo, o firmemente hacia el suelo, o
airadamente hacia la puerta; oh, la cámara que se acercaba para enseñarnos la
piel de plátano en el suelo, el as en la manga, la mosca en la nariz. Y, con
todos los recursos de la inventiva visual en sus manifestaciones más
exageradas, ¿qué es lo que ocurría cada quince segundos? La acción se detenía
por completo y aparecían unas palabras en la pantalla.
Esto no quiere decir que no sea posible comunicarse, en
cierto modo, sirviéndose únicamente de los recursos visuales: utilizando
imágenes pictóricas. Un mimo hábil como Marcel Marceau o Charlie Chaplin o Red
Skelton es capaz de hacer maravillas; pero la razón de que les observemos y
aplaudamos es precisamente que sean capaces de comunicar tanto sirviéndose
únicamente de imágenes.
De hecho, nos divertimos jugando a las charadas,
intentando que otras personas adivinen una frase sencilla que nosotros
«representamos». No sería un juego tan popular si no exigiera mucho ingenio, y
aun así, los jugadores idean series de señales y estratagemas que (lo sepan o
no) se sirven de los mecanismos del lenguaje.
Dividen las palabras en sílabas, indican si una palabra es
larga o corta, utilizan sinónimos y sonidos similares. Al hacerlo, están
sirviéndose de imágenes visuales para hablar.
Sin valerse de ningún truco relacionado con alguna
propiedad del lenguaje, sirviéndose únicamente de los gestos y las acciones,
¿serían ustedes capaces de comunicar una frase tan sencilla como «Ayer hubo un
atardecer muy bonito, rosa y verde»?
Claro que ustedes podrían objetar que una cámara de cine
puede fotografiar una hermosa puesta de sol. Pero para ello es necesario
invertir una gran cantidad de tecnología, y no estoy seguro de que eso les
informara de que la puesta de sol fue así ayer (a menos que la película truque
el calendario, que también es una forma de lenguaje).
O piensen en esto: las obras de Shakespeare fueron
escritas para ser representadas. La imagen era parte esencial de ellas. Para
apreciar todo su sabor, hay que ver a los actores y observar sus acciones.
¿Cuánto dejarían de entender si asisten a una representación de Hamlet y
cierran los ojos, concentrándose únicamente en escuchar?
¿Cuánto dejarían de entender si se tapan los oídos y se
concentran únicamente en mirar?
Una vez que he expuesto claramente mi creencia de que un
libro, formado por palabras y no por imágenes, no pierde demasiado por esta
falta de imágenes y, por tanto, es más que razonable considerarlo como una
variante tremendamente sofisticada de una cinta de video, voy a cambiar de
terreno y a servirme de un argumento aún mejor.
Un libro no carece de imágenes en absoluto: tiene
imágenes. Lo que es más, imágenes mucho mejores -al ser personales- que
cualquiera de las que la televisión podría ofrecernos jamás.
¿Acaso no acuden imágenes a su mente cuando está leyendo
un libro interesante? ¿Acaso no ven mentalmente todo lo que está ocurriendo?
Esas imágenes son suyas. Le pertenecen a usted y sólo a
usted, y son infinitamente mejores para usted que aquellas que otros le
presentan sin que se lo pida.
Una vez vi a Gene Kelly en Los tres mosqueteros (la única
versión que he visto que se mantiene razonablemente fiel al libro). La pelea de
espadachines entre D'Artagnan, Athos, Porthos y Aramis, por un lado, y los
cinco hombres de la guardia del cardenal, por el otro, que ocurre casi al
principio de la película, era verdaderamente maravillosa.
Por supuesto, se trataba de un baile, y disfruté muchísimo
con él… Pero Gene Kelly, por mucho talento de bailarín que tenga, no encaja en
la imagen de D'Artagnan que yo tengo en la cabeza, y durante toda la película
me sentí a disgusto porque violentaba «mi» visión de Los tres mosqueteros.
Esto no quiere decir que, en ocasiones, no resulte que un
actor encaja exactamente con nuestra propia visión.
Resulta que para mí Sherlock Holmes es precisamente Basil
Rathbone. Pero es posible que para usted Sherlock Holmes no sea Basil Rathbone;
podría ser Dustin Hoffman. ¿Por qué tendrían todos nuestros millones de
Sherlock Holmes que encajar en un único Basil Rathbone?
Ya ven, por tanto, por qué un programa de televisión, por
maravilloso que sea, nunca podrá proporcionar tanto placer, ser tan absorbente
y ocupar un lugar tan importante en la vida de la imaginación como un libro.
Para ver el programa de televisión sólo tenemos que poner la mente en blanco y
sentarnos apáticamente mientras nos dejamos invadir por el despliegue de
imágenes y sonidos, sin que nuestra imaginación intervenga para nada. Si hay
otras personas viéndolo, también se dejan llenar hasta arriba exactamente de la
misma manera, todas ellas, y con exactamente las mismas imágenes sonoras.
En cambio, el libro exige la colaboración del lector.
Insiste en que tome parte en el proceso.
Al hacerlo, nos ofrece una interrelación de la que el
lector dispone a su gusto según sus necesidades, que se justa exactamente a sus
características y a su idiosincrasia.
Cuando leemos un libro, creamos nuestras propias imágenes,
los sonidos de las diferentes voces, los gestos, las expresiones y emociones.
Creamos todo excepto las mismas palabras. Y si la creación nos produce algún
placer, el libro nos ha dado algo que el programa de televisión es incapaz de
darnos.
Además, si diez mil personas leen el mismo libro al mismo
tiempo, no obstante cada una de ellas crea sus propias imágenes, sus propias
voces, sus propios gestos, expresiones y emociones. No será un solo libro, sino
diez mil libros. No será obra exclusivamente de su autor, sino el producto de
la interacción del autor con cada uno de los lectores por separado.
Por tanto, ¿qué es lo que podría sustituir al libro?
Admito que el libro puede sufrir alteraciones en algunos
aspectos secundarios. Hubo una época en que se escribía a mano; ahora se
imprime. La tecnología de la publicación de libros impresos ha progresado de
mil maneras, y es posible que en el futuro los libros puedan visualizarse
electrónicamente en la pantalla de televisión de nuestras casas.
Pero en último término, nos encontraremos a solas con la
palabra impresa, y ¿qué podría sustituirla?
¿No estaré tomando mis deseos por realidades? ¿No será que
como me gano la vida con los libros no quiero aceptar el hecho de que los
libros puedan ser reemplazados por otra cosa? ¿Me estaré limitando a inventar
argumentos ingeniosos para consolarme?
Nada de eso. Estoy seguro de que los libros no serán
sustituidos en el futuro, porque no lo han sido en el pasado.
Desde luego, hay muchos más espectadores de televisión que
lectores de libros, pero esto no es ninguna novedad. Los libros siempre han
sido una actividad minoritaria. Había muy poca gente que leyera antes de la
televisión y antes de la radio y antes de cualquier cosa que se les pueda
ocurrir.
Como he dicho, los libros son absorbentes y exigen una
cierta actividad creativa por parte del lector. No todo el mundo, en realidad
muy pocas personas, están dispuestas a dar lo que éstos requieren, así que no
leen ni leerán. No renuncian a ello porque el libro les decepcione de algún
modo, sino por naturaleza.
La verdad es que me gustaría insistir en que leer es
difícil, excesivamente difícil. No es como hablar, algo que hasta los niños que
no tienen una inteligencia normal aprenden sin necesidad de un programa de
enseñanza consciente. Basta con el impulso de imitación que se manifiesta a
partir del primer año.
Por el contrario, leer requiere un cuidadoso aprendizaje
que pocas veces tiene éxito.
El problema es que nos engañamos a nosotros mismos con
nuestro concepto de lo que es saber leer y escribir. Casi todo el mundo puede
aprender (si lo intenta con bastante interés y durante el tiempo suficiente) a
leer las señales de tráfico y comprender las instrucciones y los avisos y
carteles, y a descifrar los titulares de los periódicos. Siempre que el mensaje
impreso sea corto y razonablemente sencillo y que la motivación para leerlo sea
grande, casi todo el mundo sabe leer.
Y si esto es saber leer, entonces casi todos los
norteamericanos saben leer. Pero si luego nos preguntamos por la razón por la
que tan pocos norteamericanos leen libros (parece ser que el norteamericano
medio que ha completado los estudios primarios no lee ni siquiera un libro al
año), nos estamos engañando con nuestra interpretación de lo que es saber leer.
Pocas personas de las que saben leer, en el sentido de ser
capaces de leer un cartel de PROHIBIDO FUMAR, llegan a familiarizarse con la
palabra impresa y a realizar con facilidad el proceso de decodificar
rápidamente las pequeñas y complicadas formas que representan sonidos modulados
hasta el punto de estar dispuestos a emprender una lectura prolongada, como,
por ejemplo, la de abrirse camino por un marasmo de mil palabras consecutivas.
No creo que esto se deba únicamente a un fallo de nuestro
sistema educativo (aunque Dios sabe que es un fallo). No es de esperar que si,
por ejemplo, se enseña a todos los niños a jugar al béisbol, todos ellos
lleguen a ser jugadores de béisbol de primera clase, o que todos los niños que
aprenden a tocar el piano se conviertan en pianistas de talento. En casi todos
los campos del esfuerzo humano aceptamos la idea de que es necesaria la
existencia de un cierto talento que puede ser alentado y desarrollado, pero que
no es posible crear de la nada.
Bueno, en mi opinión la lectura también es un talento.
Se trata de una actividad muy difícil. Permítanme que les
cuente cómo la descubrí.
De adolescente leía de vez en cuando revistas de
historietas, y mi personaje preferido, si les interesa saberlo, era Scrooge
McDuck. En aquella época las revistas de historietas costaban diez centavos,
pero por supuesto yo las leía gratis porque las cogía del quiosco de mi padre.
Aunque siempre me asombraba de que alguien pudiera ser tan
tonto como para pagar diez centavos cuando bastaba con hojear la revista en el
quiosco durante un par de minutos para leérsela entera.
Después ocurrió que un día iba a la Universidad de
Columbia en el metro; estaba agarrado a mi correa en un vagón atestado de gente
y no tenía nada a mano para leer.
Afortunadamente, la chica que iba sentada frente a mí
estaba leyendo una revista de historietas. Era mejor que nada, así que me
coloqué de manera que pudiera ver las páginas y leerlas al mismo tiempo que
ella. (Afortunadamente, puedo leer al revés con tanta facilidad como al
derecho.)
Pasaron algunos segundos y pensé: ¿por qué no le da la
vuelta a la página?
Por fin, lo hizo. Tardaba varios minutos en acabar cada
doble página, y mientras estaba observando sus ojos que iban de una viñeta a la
siguiente y sus labios que murmuraban cuidadosamente cada palabra, tuve una
súbita revelación.
Estaba haciendo lo que yo haría si estuviera descifrando
palabras inglesas escritas en caracteres hebreos, griegos o cirílicos. Como no
conozco estos alfabetos más que por encima, primero tendría que reconocer cada
letra, recordar su sonido, luego unirlas y después reconocer la palabra.
Luego tendría que pasar a la siguiente palabra y hacer lo
mismo. Después de haber descifrado varias palabras de este modo, tendría que
volver atrás e intentar combinarlas.
Pueden apostar a que en esas circunstancias yo leería bien
poco. La única razón de que lea es que cuando miro una línea impresa
inmediatamente veo las palabras ya formadas.
Y la diferencia entre el lector y el no-lector se va
haciendo cada vez mayor con el paso de los años. Cuanto más lee un lector, más
información va acumulando, más amplía su vocabulario y más se va familiarizando
con las diversas alusiones literarias. Cada vez le resulta más fácil y más
divertido leer, mientras que al no-lector cada vez le resulta más difícil y
menos gratificante.
El resultado es que hay, y que siempre ha habido (sea cual
sea el supuesto nivel cultural de una sociedad determinada) lectores y
no-lectores; aquellos constituyen una pequeña minoría de, supongo, menos del
uno por ciento.
He calculado que unos cuatrocientos mil norteamericanos
han leído alguno de mis libros (de una población de doscientos millones), y yo
soy considerado, y yo mismo me considero, un autor de éxito. Si se vendieran
dos millones de ejemplares de un libro determinado en todas las ediciones
estadounidenses, seria un notable éxito de ventas, y esto sólo significaría que
un uno por ciento de la población de los Estados Unidos se habría animado a
comprarlo.
Además, estoy seguro de que al menos la mitad de los
compradores no conseguirían hacer otra cosa que recorrerlo a trompicones para
encontrar los pasajes subidos de tono.
Estas personas, estos no-lectores, estos receptores
pasivos de entretenimiento, son terriblemente volubles. Pasan de una cosa a
otra, buscando continuamente algún dispositivo que les dé el máximo posible y
les exija el mínimo esfuerzo.
De los juglares a los actores de teatro, del teatro a las
películas, de las películas mudas a las sonoras, del blanco y negro al color,
del tocadiscos a la radio y de nuevo al tocadiscos, de las películas a la
televisión y luego a la televisión en color y luego a las cintas de vídeo.
¿Qué importa?
Pero mientras tanto esa minoría de menos del uno por ciento
se mantiene fiel a los libros. Sólo la palabra impresa puede exigirles tanto,
sólo la palabra impresa puede obligarles a mostrarse creativos, sólo la palabra
impresa puede adaptarse a sus deseos y necesidades, sólo la palabra impresa
puede darles lo que no podría darles ninguna otra cosa.
Puede que el libro sea un invento antiguo, pero también es
definitivo y nada convencerá a los lectores de que lo abandonen. Se mantendrán
como minoría, pero se mantendrán.
Así que, a pesar de lo que dijo mi amigo en su conferencia
sobre las cintas de video, los autores de libros no se quedarán nunca pasados
de moda ni serán sustituidos. Puede que escribir no sea una buena manera de
hacerse rico (¡oh, bueno, y qué importa el dinero!), pero siempre existirá como
profesión.
NOTA
En ciertos aspectos, éste ha resultado ser el artículo que
más éxito ha tenido. Se ha reeditado más a menudo que ningún otro, y hasta se
han llegado a publicar frases escogidas en marcadores para libros, distribuidos
gratis por las bibliotecas.
Por supuesto, hay quien ha dicho que al defender el libro
obraba en interés propio, que estaba intentando fomentar el consumo de aquello
mediante lo cual me gano modestamente la vida.
Si es así, estoy demostrando que soy terriblemente poco
eficaz. Si lo único que me preocupara fuera hacerme rico, no intentaría hacerlo
pregonando las excelencias de los libros en un sesudo artículo. Escribiría
novelas llenas de sexo, violencia y perversión. Así me iría mucho mejor. O me
iría a California a escribir guiones, jugar al tenis y bañarme en la piscina.
así también me iría mucho mejor.
El hecho de que no haga esas cosas y que siga escribiendo
mis artículos aquí, en Nueva York, puede ser una señal de que efectivamente me
gustan los libros por si mismos, y de que me parece que tienen que ser leídos
en beneficio del lector mucho más que en beneficio del autor.
MIRAR A UN MONO LARGO RATO
Teniendo en cuenta el trabajo que me cuesta crearme una
reputación de persona alegremente pagada de sí misma, a veces soy absurdamente
susceptible al hecho de que de vez en cuando la gente que no me conoce me
confunda con mi personaje.
Hace poco un periodista me hizo una entrevista; era un
muchacho extremadamente agradable, pero estaba claro que sabia muy poco acerca
de mi. Así que sentí la curiosidad de preguntarle por qué había decidido
entrevistarme.
Me lo explicó sin dudarlo un instante.
–Mi jefe me pidió que le entrevistara -dijo.
Luego sonrió levemente, y añadió:
–Abriga sentimientos contradictorios sobre su persona.
–Quiere decir que le gusta cómo escribo, pero que cree que
soy un arrogante y un presuntuoso -comenté.
–Si -dijo, con evidente sorpresa-. ¿Cómo lo sabe?
–Una conjetura afortunada -dije suspirando.
Compréndanme, no se trata de arrogancia y presunción, sino
de alegre autoestima, y todos los que me conocen se dan cuenta claramente de la
diferencia.
Claro que me ahorraría todas estas molestias si escogiera
un personaje distinto, si prodigara las protestas de modestia y aprendiera a
mover los pies con embarazo y a ruborizarme como una damisela al más mínimo
elogio.
Pero no, gracias; yo escribo sobre cualquier tema y para
todas las edades, y si empezara a cultivar una encantadora timidez llegaría a
dudar de mi capacidad de hacerlo, y eso seria la ruina.
Así que seguiré el camino que he elegido y soportaré los
sentimientos encontrados que me salgan al paso, en beneficio de la seguridad en
mi mismo que me permite escribir mis artículos sobre temas diversos; como el
que me dispongo a escribir ahora sobre la evolución.
Tengo la sospecha de que si el hombre* no estuviera
implicado en la evolución biológica, no habría habido ningún problema en
aceptarla.
Por ejemplo, es evidente para cualquiera que algunos
animales se parecen mucho entre sí. ¿Quién negaría que un perro y un lobo se
parecen en aspectos muy importantes? ¿O un tigre y un leopardo? ¿O una langosta
y un cangrejo?
Hace veintitrés siglos, el filósofo griego Aristóteles
agrupó a diferentes tipos de especies y confeccionó una «escala de la vida» en
la que los clasificaba empezando por la planta más simple y subiendo escalones
hasta llegar a los animales más complejos, con el hombre en la posición más
elevada (como era de esperar).
Una vez hecho esto, en la actualidad podemos decir, con la
ventaja que nos da la visión retrospectiva, que era inevitable que la gente se
diera cuenta de que cada tipo de especie se había transformado a partir de
otra; que las especies más complejas se habían desarrollado a partir de las más
simples; que, en definitiva, no sólo existía una escala de la vida, sino
también un sistema mediante el cual las formas de vida iban subiendo por esa
escala.
¡Pues no señor! Ni Aristóteles ni aquellos que vinieron
después de él durante más de dos mil años consideraron jamás la escala de la
vida como algo no estático, sino dinámico y evolutivo.
Se creía que las diferentes especies eran permanentes.
Podían estar divididas en familias y jerarquías, pero las
formas de vida eran las mismas desde el primer momento.
Se aseguraba que las similitudes existían desde el
principio, y que ninguna especie evolucionaba hasta parecerse más -o menos- a
otra con el paso del tiempo.
Tengo la impresión de que esta insistencia en la
inmutabilidad de las especies se debía, al menos en parte, a la incómoda
sensación de que, si se admitía la posibilidad del cambio, el hombre ya no
podría considerarse como un caso único y se convertiría en «un animal más».
Con el dominio de la cristiandad sobre el mundo
occidental, las opiniones sobre la inmutabilidad de las especies se hicieron
aún más rígidas. El primer capitulo del Génesis describe la creación de las
distintas especies vivas, diferenciadas en sus formas definitivas desde el
principio; lo que es más, la creación del hombre se diferencia de la del resto
de los seres. «Y dijo Dios: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y
semejanza"…» (Génesis, 1, 26).
Ningún otro ser vivo fue hecho a imagen de Dios, lo que
establecía una barrera infranqueable entre el hombre y el resto de los seres
vivos. Cualquier opinión que llevara a suponer que las barreras entre las
especies eran permeables, podía debilitar la fundamental barrera protectora del
hombre.
Desde luego, habría estado muy bien que todas las otras
formas de vida sobre la Tierra fueran tan enormemente distintas del hombre como
para reflejar en el plano físico esta infranqueable barrera. Pero, por
desgracia, aun en la antigüedad el mundo mediterráneo sabía de la existencia de
unos animalitos llamados «monos».
Algunas de las especies de monos conocidas por los
antiguos tenían pequeños rostros arrugados como de hombrecillos; sus manos eran
a todas luces muy parecidas a las humanas y manipulaban las cosas con los dedos
igual que los seres humanos, mostrando claramente una viva curiosidad. Pero
tenían cola, y este hecho permitía a los hombres salvar el tipo. Es tan
evidente que el ser humano no tiene cola y que la mayoría de los animales que
conocemos sí, que esta diferencia parecía en sí misma el símbolo de la barrera
insuperable entre el hombre y el mono.
En realidad, hay animales sin cola o con una cola muy
corta, como las ranas, los conejillos de Indias y los osos; pero estos animales
no constituyen una amenaza para la posición del hombre. Y sin embargo…
En la Biblia hay una referencia a un mono, para el que los
traductores se sirvieron de una palabra determinada.
La mención aparece en una relación sobre las empresas
comerciales del rey Salomón: «…una vez cada tres años llegaba la flota de
Tarsis, cargada de oro, plata, marfil, simios y pavos reales» (Reyes I, 10,
22).
Tarsis ha sido identificada a menudo como Tartesos, una
ciudad de la costa española al oeste del estrecho de Gibraltar, que en época de
Salomón era un floreciente centro de comercio, destruido por los cartagineses
en el 480 a. C. Frente a las costas de Tartesos, en el noroeste de África,
existía (y existe) una especie de mono del grupo de los macacos. Este macaco es
el «simio» bíblico; posteriormente, cuando el noroeste de África formaba parte
de la Berbería, los europeos llamaron a este mono «simio berebere».
El simio berebere no tiene cola, y por tanto se parece más
al hombre que otros monos. En su escala de la vida, Aristóteles situó al simio
berebere en el punto más elevado del grupo de los monos, inmediatamente por
debajo del hombre. Galeno, el médico griego que vivió alrededor del 200 a. C.,
diseccionaba simios y demostró que su parecido con el hombre era también
interno y no sólo externo.
A los antiguos les divertía y les molestaba el parecido
del simio berebere con el hombre. Se dice que el poeta romano Ennio comentó:
«El simio, la más vil de las bestias, ¡cómo se parece a nosotros!» ¿Era
realmente el simio «la más vil de las bestias»? Objetivamente, desde luego que
no. Lo que le hacía parecer vil era su parecido con el hombre y la consiguiente
amenaza que suponía para el apreciado carácter único del
hombre.
En la época medieval, cuando el carácter único y la
supremacía del hombre se convirtieron en un dogma inatacable, la existencia del
simio resultaba aún más irritante. Se le identificaba con el Diablo. Después de
todo, el Diablo era un ángel caído y deformado, y bien podía el simio haber
sido creado a su imagen, de la misma manera que el hombre había sido creado a
la imagen de Dios.
Pero ninguna explicación lograba acabar con la inquietud
que despertaba. El dramaturgo inglés William Congreve escribió en 1695: «Nunca
podría mirar a un mono largo rato sin caer en humillantes reflexiones.» No es
muy difícil imaginar que esas «humillantes reflexiones» estaban relacionadas
con el hecho de que el hombre podría ser considerado una especie de simio
grande y algo más inteligente.
La Edad Moderna empeoró las cosas al dar la oportunidad al
orgulloso europeo hecho a imagen de Dios de trabar conocimiento con otros
animales, desconocidos hasta entonces, todavía más parecidos a él que el simio
berebere.
En 1641 se publicaba la descripción de un animal que había
sido traído de África y que se encontraba en Holanda, en un jardín zoológico
perteneciente al príncipe de Orange. Por la descripción parece ser que se
trataba de un chimpancé. También existían noticias sobre un gran animal
parecido al hombre y que vivía en Borneo, el que ahora conocemos como
orangután.
El chimpancé y el orangután eran también «simios» porque,
al igual que el simio berebere, no tenían cola. En años posteriores, cuando se
admitió que el chimpancé y el orangután se parecían más al hombre que a los
monos, pasaron a ser denominados simios «antropoides» (parecidos al hombre).
En 1758 el naturalista suizo Carolus Linneo realizó el
primer intento de clasificación cuidadosamente sistemática de todas las
especies. Creía firmemente en la inmutabilidad de las especies, y no le
preocupaba el hecho de que algunas especies animales fueran tan parecidas al
hombre: simplemente fueron creadas de esta manera.
Por tanto, no vaciló en situar en el mismo grupo a las
diversas especies de simios y monos, incluyendo también al hombre, y en llamar
a los componentes de ese grupo «primates», del latín «primero», ya que entre
ellos estaba el hombre. Este término se sigue utilizando.
Linneo clasificó a los monos y simios en general en un
subgrupo de los primates al que llamó Simia («simio»).
Para los seres humanos inventó el subgrupo Homo
(«hombre»), Linneo utilizaba un doble nombre para cada especie (lo que se
conoce por «nomenclatura binómica»; en primer lugar, viene el apellido, como
cuando se dice Smith, John, y Smith, William), así que los seres humanos
disfrutaban de la denominación Homo sapiens (sabio, hombre). Pero además Linneo
situó otro nombre en ese grupo. Tras leer la descripción del orangután de
Borneo, lo llamó Homo troglodytes (habitante de cavernas, hombre).
«Orangután» viene de una palabra malaya que quiere decir
«hombre de los bosques». La descripción de los malayos era más adecuada, ya que
el orangután es un habitante de los bosques y no de las cavernas, pero en
cualquier caso no puede ser considerado lo suficientemente próximo al hombre
como para justificar su inclusión en el grupo de los Homo.
El naturalista francés Georges de Buffon fue el primero en
describir a los gibones, a mediados del siglo XVIII. Se trata de un tercer tipo
de simio antropoide. Los diferentes gibones son los antropoides más pequeños y
menos parecidos al hombre. Por esa razón en ocasiones se dejan de lado,
mientras el resto de los antropoides son conocidos como los «grandes simios».
A medida que se fueron clasificando las especies con más
detalle, los naturalistas se sentían cada vez más tentados a romper las
barreras entre ellas. Algunas especies se parecían tanto a otras que no existía
ninguna seguridad de que pudiera definirse una separación entre ellas. Además,
cada vez había más indicios de que muchos animales se encontraban en pleno
cambio, por decirlo así.
Buffon observó que el caballo tenia dos «tablillas» a cada
lado de los huesos de las patas, lo que parecía ser una señal de que en alguna
época tuvo tres líneas de huesos y tres cascos en cada pata.
Buffon sostenía que si era posible que los cascos y los
huesos degeneraran, también podían hacerlo las especies en su totalidad. Quizá
Dios había creado sólo determinadas especies que habían degenerado hasta cierto
punto, dando lugar a otras especies adicionales. Si el caballo podía llegar a
perder parte de sus cascos, ¿por qué no podría ser que algunos de ellos
hubieran degenerado hasta transformarse en burros?
Como las especulaciones de Buffon se referían a lo que,
después de todo, era la parte más importante de la historia natural centrada en
el hombre, propuso la teoría de que los simios eran hombres que habían
degenerado.
Buffon fue el primero en hablar de la mutabilidad de las
especies. Pero evitó el peligro mayor: el de sugerir que el hombre, hecho a
imagen de Dios, había sido originalmente distinto, aunque si afirmó que el
hombre podría transformarse en algo distinto. Incluso eso resultó demasiado,
porque una vez que se traspasaban los límites en una dirección sería difícil
hacerlos infranqueables en la otra. Buffon fue presionado para que se
retractara, y así lo hizo.
Pero la idea de la mutabilidad de las especies no fue
abandonada. Un médico británico, Erasmus Darwin, tenia la costumbre de escribir
largos poemas de calidad mediocre en los que presentaba sus a menudo
interesantes teorías científicas. En su último libro, Zoonomía, publicado en
1796, ampliaba las ideas de Buffon y proponía la teoría de que las especies
sufrían cambios a consecuencia de la influencia directa que el medio ambiente
tenia sobre ellas.
El naturalista francés Jean Baptiste de Lamarck llevó aún
más lejos esta teoría. Con la publicación en 1809 de La filosofía zoológica se
convirtió en el primer científico importante que adelantó una teoría de la
evolución, describiendo con todo detalle cómo era posible, por ejemplo, que un
antílope llegara a cambiar poco a poco, a lo largo de generaciones, hasta
transformarse en una jirafa. (Darwin y Lamarck fueron víctimas del ostracismo
de las instituciones de la época, tanto científicas como no científicas, a
causa de sus opiniones.)
Lamarck se equivocaba en su concepción del mecanismo
evolutivo, pero su libro dio a conocer al mundo científico el concepto de
evolución, alentando a otros a descubrir un mecanismo que quizá fuera más
viable*.
El hombre que dio en el clavo fue el naturalista inglés
Charles Robert Darwin (nieto de Erasmus Darwin), que se pasó casi veinte años
recogiendo datos y dando forma a sus argumentaciones. Actuó así en primer lugar
porque era un hombre meticuloso, y en segundo lugar porque sabia el destino que
le esperaba a cualquiera que propusiera una teoría evolucionista, y quería
desarmar al enemigo presentando unos argumentos tan sólidos como el hierro.
En su libro Sobre el origen de las especies por medio de
la selección natural, publicado en 1859, evitó cuidadosamente toda mención al
ser humano. Por supuesto, no le sirvió de nada. Era una persona amable y
virtuosa, casi tan santo como cualquier clérigo del Reino, pero no habría
sufrido ataques más virulentos de haber matado a su madre a mordiscos.
Sin embargo, las pruebas a favor de la evolución han
seguido acumulándose. En 1847 el mayor simio antropoide existente, el gorila,
fue, por fin, presentado ante los ojos de los europeos, y es el simio más
impresionante de todos. Al menos, su tamaño contribuía a hacerle parecer más
humano que ningún otro; casi sobrehumano.
Y después, en 1856, se descubrieron en el valle de
Neander, en Alemania, los primeros restos fósiles de un organismo que era
evidentemente más avanzado que ninguno de los antropoides vivos y claramente
más primitivo que cualquier hombre viviente. Se trataba del «hombre de
Neandertal». No sólo el número de pruebas a favor de la evolución aumentaba
continuamente, sino que se descubrieron las primeras evidencias que confirmaban
que había habido una evolución del ser humano.
En 1863 el geólogo escocés Charles Lyell publicó La
antigüedad del hombre, en la que esgrimía las antiguas herramientas de piedra
como pruebas a favor de su teoría de que el género humano tenía mucho más de
los seis mil años de antigüedad que se le atribuían (y también al Universo) en
la Biblia. También se convirtió en un firme defensor de la teoría darwiniana de
la evolución.
Y, por Fin, en 1871, Darwin extendió su teoría al hombre
en su libro El origen del hombre.
Por supuesto, los antievolucionistas siguen acompañándonos
hasta hoy en día, defendiendo su causa con ardor y firmeza. Recibo de ellos más
cartas de las que en justicia me corresponden, así que conozco la naturaleza de
sus argumentos.
Se concentran única y exclusivamente en un punto: el
origen del hombre. No he recibido ni una sola carta en la que se defienda
acaloradamente que el castor no está emparentado con la rata o que la ballena
no desciende de un mamífero terrestre. A veces me da la impresión de que no se
dan cuenta de que la evolución es aplicable a todas las especies. Únicamente
insisten en que el hombre no, no, NO desciende de, ni está emparentado con, los
simios o los monos.
Algunos evolucionistas intentan contestarles diciendo que
Darwin no dijo nunca que el hombre descendiera de los monos; que ningún primate
vivo es antepasado del hombre. Pero eso no es más que un matiz sin ninguna
importancia. Según la teoría evolucionista, el hombre y los simios tienen algún
antepasado común que no ha sobrevivido hasta hoy en día, pero que era una
especie de simio primitivo. Si nos remontamos más en el tiempo, los diferentes
antepasados del hombre tenían un aspecto inequívocamente simiesco; al menos
para el lego en zoología.
Como evolucionista, prefiero enfrentarme a este hecho sin
tapujos. Estoy perfectamente dispuesto a defender que el hombre desciende de
los monos, que es la manera más simple de expresar lo que, en mi opinión, son
los hechos.
Y también tenemos que mantenernos fieles a los monos desde
otro punto de vista. Los evolucionistas pueden hablar de los «homínidos
primitivos», del Homo erectus, el Australopithecus y de todo lo que quieran.
Podemos utilizarlos como pruebas de la evolución del hombre y sobre la
naturaleza del organismo del que desciende.
Tengo la sospecha de que esto no convence a los
antievolucionistas y que ni siquiera les preocupa demasiado. Parecen creer que
el hecho de que un montón de descreídos que se llaman a si mismos científicos
encuentren un diente por aquí, un hueso de cadera por allá y un trozo de cráneo
más allá y los recompongan como un rompecabezas, construyendo una especie de
hombre-simio, no tiene ningún sentido.
Por las cartas que recibo y por los escritos que he leído,
me da la impresión de que el carácter emocional de los antievolucionistas se
reduce a la cuestión del hombre y el mono, y a ninguna otra cosa más.
Me da la impresión de que los antievolucionistas abordan
el tema hombre-mono de dos maneras. Pueden defender firmemente la Biblia,
declarando que está redactada por inspiración divina y que en ella se afirma
que el hombre fue creado por Dios a su imagen a partir del polvo de la Tierra
hace seis mil años, y que no hay más que hablar. Si adoptan esta postura, está
claro que sus opiniones son innegociables, y no tiene sentido intentar negociar
con ellos. Con una persona así podría hablar del tiempo, pero no de la
evolución.
Un segundo camino es el que siguen los antievolucionistas
que intentan encontrar alguna justificación racional para su postura; esto es,
una justificación que no esté basada en la autoridad, sino que sea observable o
comprobable experimentalmente y lógicamente argumentada. Por ejemplo, se puede
afirmar que las diferencias entre el hombre y los demás animales son tan
fundamentales que es impensable que puedan ser salvadas, y que es inconcebible
que un animal se desarrolle hasta llegar a ser un hombre mediante la exclusiva
actuación de las leyes de la naturaleza; que es necesaria una intervención
sobrenatural.
Un ejemplo de estas diferencias insalvables seria la
afirmación de que el hombre tiene alma y que los animales no, y que un alma no
puede desarrollarse mediante ningún proceso de evolución. Por desgracia, los
métodos conocidos por la ciencia no son capaces de medir o detectar la
presencia del alma. En realidad, ni siquiera es posible definir el alma a menos
que se haga basándose en algún tipo de autoridad mística. Por tanto, este
argumento no puede ser observado ni es comprobable experimentalmente.
En un plano menos exaltado, un antievolucionista puede
argumentar que el hombre tiene el sentido del bien y del mal; que aprecia el
valor de la justicia; que es, al fin y al cabo, un organismo moral y que los
animales no lo son ni pueden serlo.
En mi opinión, esto es discutible. Hay animales que actúan
como si amaran a sus crías y que llegan a dar su vida por ellas. Hay animales
que cooperan entre sí y se protegen en caso de peligro. Esta conducta obedece a
razones de supervivencia y es exactamente el tipo de actitud que los
evolucionistas consideran probable que se desarrolle poco a poco hasta llegar
al nivel que alcanza en el hombre.
Si se disponían a replicar que esta conducta aparentemente
«humana» de los animales es puramente mecánica y que es realizada sin
intervención del entendimiento, volveremos a una discusión basada en las
simples afirmaciones.
No sabemos qué es lo que ocurre en el interior del cerebro
de los animales y, si vamos a eso, no tenemos ninguna seguridad en absoluto de
que nuestra propia conducta no sea tan mecánica como la de los animales, sólo
que con un grado más de complicación y versatilidad.
Hubo un tiempo en que las cosas eran más fáciles que
ahora, cuando la anatomía comparada estaba en mantillas y cuando era posible
suponer que existía alguna enorme diferencia fisiológica que distinguía al
hombre del resto de los animales. En el siglo XVI! el filósofo francés Rene
Descartes creía que el alma estaba, localizada en la glándula pineal, ya que
aceptaba la idea, entonces bastante común, de que esta glándula no se
encontraba en ningún organismo excepto en el cuerpo humano.
Pero, ¡ay!, no es así. La glándula pineal está presente en
todos los vertebrados y alcanza su mayor desarrollo en un reptil primitivo
llamado tuatara. En realidad, ninguna parte de nuestro cuerpo es patrimonio del
ser humano con exclusión del resto de las especies.
Vamos a ser más sutiles y a considerar la naturaleza
bioquímica de los organismos. Aquí las diferencias son mucho menos marcadas que
en la forma física del cuerpo y de sus partes. De hecho, los procesos
bioquímicos de todos los organismos vivos presentan tantas similitudes, no sólo
si comparamos al hombre con el mono, sino incluso con las bacterias, que de no
ser por las ideas preconcebidas y el egocentrismo que define a nuestra especie,
la evolución sería considerada un hecho evidente.
Tenemos que ser realmente muy sutiles y ponernos a
estudiar los más finos entresijos de la estructura química de las omnipresentes
y casi infinitamente versátiles moléculas de proteínas para llegar a encontrar
algún rasgo que sea distintivo de cada especie. Después, gracias a las
minúsculas diferencias de esa estructura química, se puede llegar a saber
cuánto tiempo ha transcurrido aproximadamente desde que dos organismos se
ramificaron a partir de un antepasado común.
Al estudiar la estructura de las proteínas no encontramos
grandes brechas; las diferencias entre una especie y el resto no son tan
enormes como para indicar que no habría habido tiempo para que esa divergencia
se desarrollara a partir de un antepasado común a lo largo de toda la historia
de la Tierra. Si existiera una diferencia tan marcada entre una especie y las
demás, entonces esa especie en particular habría surgido de un glóbulo de vida
primordial distinto al que dio origen a todo el resto. Aun así, esta especie
habría evolucionado, descendería de otra especie más primitiva, pero no estaría
emparentada con ninguna otra forma de vida terrestre. Pero repito que no se ha
descubierto una diferencia tal y que no es probable que se descubra. Todas las
formas de vida terrestre están interrelacionadas.
Desde luego, el hombre no está separado de otras formas de
vida por alguna enorme diferencia bioquímica.
Bioquímicamente está dentro del grupo de los primates, y
sus diferencias no son más acusadas que las de los otros miembros del grupo. De
hecho, parece estar estrechamente emparentado con el chimpancé, cuya estructura
proteínica es más parecida a la humana que la del gorila o el orangután.
así que los antievolucionistas tienen que defendernos
sobre todo del chimpancé. No cabe duda de que si, como dijo Congreve, «miramos
a un mono largo rato», en este caso a un chimpancé, tendremos que admitir que
no existe ninguna diferencia vital entre él y nosotros, excepto el cerebro. ¡El
cerebro humano es cuatro veces mayor que el del chimpancé!
Incluso esta considerable diferencia de tamaño es
fácilmente explicable por la teoría del desarrollo evolutivo; sobre todo,
teniendo en cuenta que los fósiles de homínidos tienen cerebros cuyo tamaño
está a medio camino entre el del chimpancé y el del hombre moderno.
Pero es posible que un antievolucionista no considere
dignos de atención los fósiles de homínidos y continúe afirmando que lo que
cuenta no es el tamaño físico del cerebro, sino el tipo de inteligencia que
opera a través de él.
Podría argumentar que la inteligencia humana sobrepasa de
tal modo a la del chimpancé que cualquier posible relación entre las dos
especies está totalmente descartada.
Un chimpancé no sabe hablar, por ejemplo. Los esfuerzos
por enseñar a hablar a las crías de chimpancé no han tenido ningún éxito, por
muy pacientes, hábiles y prolongados que hayan sido. Y sin el lenguaje, el
chimpancé no es más que un animal; un animal inteligente, pero nada más que un
animal. Con el lenguaje el hombre se eleva a las cumbres de Platón, Shakespeare
y Einstein.
¿Pero no estaremos quizá confundiendo la comunicación con
el lenguaje? No cabe duda de que el lenguaje es la forma de comunicación más
exquisita y eficaz que existe.
(Nuestros dispositivos modernos, de los libros al aparato
de televisión, transmiten el lenguaje de diferentes formas, pero sigue siendo
lenguaje.)… ¿Pero acaso se trata de la única posibilidad?
El lenguaje humano está basado en la capacidad humana de
controlar los rápidos y delicados movimientos de la garganta, la boca, la
lengua y los labios, que. al parecer, están bajo el control de una porción del
cerebro llamada «circunvolución de Broca». Si la circunvolución de Broca
resulta dañada por un tumor o un golpe, el ser humano sufre afasia y es incapaz
de hablar y de comprender el lenguaje… Pero un ser humano que sufra de esta
enfermedad sigue siendo inteligente y puede hacerse entender por gestos, por
ejemplo.
La parte del cerebro del chimpancé equivalente a la
circunvolución de Broca no es suficientemente grande o suficientemente compleja
como para posibilitar la aparición de un lenguaje en el sentido humano. Pero,
¿y los gestos? Los chimpancés en estado salvaje se sirven de gestos para
comunicarse…
En junio de 1966 Beatrice y Allen Gardner, de la
Universidad de Nevada, escogieron un chimpancé hembra de un año y medio de edad
a la que llamaron Washoe, y decidieron intentar enseñarle el lenguaje de los
sordomudos. Los resultados les dejaron asombrados, a ellos y a todo el mundo.
Washoe aprendió con facilidad docenas de signos y los
utilizó adecuadamente para comunicar deseos y expresar conceptos abstractos.
Inventó modificaciones que también utilizó adecuadamente. Intentó enseñarle el
lenguaje a otros chimpancés, y estaba claro que disfrutaba con la comunicación.
Otros chimpancés han sido entrenados del mismo modo.
Algunos han aprendido a ordenar fichas imantadas sobre una pared de diferentes
maneras. En estos ejercicios demostraron que son capaces de tener en cuenta la
gramática, y cuando sus instructores construían deliberadamente frases sin
sentido no se dejaban engañar.
Tampoco se trata de reflejos condicionados. Todas las
pruebas indican que los chimpancés saben lo que están haciendo, del mismo modo
que los seres humanos saben lo que están haciendo cuando hablan.
Naturalmente, el lenguaje de los chimpancés es muy simple
comparado con el del hombre. El hombre sigue siendo el más inteligente con gran
diferencia. Pero la proeza de Washoe demuestra que nuestra capacidad de hablar
sólo se diferencia de la del chimpancé de manera cuantitativa y no cualitativa.
«Mirar a un mono largo rato.» No hay argumentos válidos,
excepto los basados en alguna autoridad mística, que puedan negar el parentesco
del chimpancé con el hombre o el desarrollo evolutivo del Homo sapiens a partir
del Homo no sapiens.
NOTA
Durante las últimas dos décadas me he preocupado mucho por
apoyar el punto de vista evolucionista de la vida y el Universo y por oponerme
a las ridículas afirmaciones de los que hablan de «creacionismo científico», un
respetable sinónimo (en su opinión) de lo que no es más que «mitología
religiosa».
Esto me ha convertido en uno de los principales blancos de
las denuncias de los fundamentalistas, sobre todo desde que soy presidente de
la Asociación Humanista Americana. Sin embargo, esta situación no me molesta.
Estoy orgulloso de la clase de acusaciones que me lanzan y
del tipo de denunciantes a los que atraigo.
Pero hay algo que me asombra. No creo que los
fundamentalistas piensen que nada que yo pueda escribir vaya a hacer
tambalearse su fe en la verdad literal del mito bíblico de la creación. Están
seguros de ser firmes como el acero, duros como el granito, fieles a su credo,
leales a sus creencias, inconmovibles ante la tormenta.
¿Y qué les hace creer que yo soy distinto? Algunos me
envían sus pequeños folletos y panfletos y homilías; parecen creer que sólo
necesito algunas frases primitivas para renunciar a tres siglos de cuidadosos y
racionales descubrimientos científicos así como así. ¿Acaso creen tener el
monopolio de las convicciones firmes?
ALGUNOS PENSAMIENTOS SOBRE
EL PENSAMIENTO
Acabo de volver de un viaje por Gran Bretaña. En vista de
la antipatía que siento por los viajes (que sigue inalterable), nunca creí que
llegaría a caminar por las calles de Londres o a ver las piedras de Stonehenge,
pero así ha sido. Por supuesto, hice el viaje de ida y el de vuelta en
trasatlántico, porque nunca voy en avión.
El viaje fue un éxito rotundo. Durante la travesía
oceánica hizo un tiempo estupendo; los del barco me dieron de comer todo lo que
quise (por desgracia); los británicos me trataron con impecable amabilidad,
aunque se quedaban mirando un poco mis ropas multicolores, y a menudo me
preguntaban qué es lo que eran mi corbatas chillonas.
Steve Odell fue especialmente agradable conmigo; es el
director de publicidad de Mensa, la organización de personas de elevado
coeficiente intelectual que patrocinaba en cierta medida mi visita. Steve me
acompañó a todas partes, me enseñó todos los monumentos de interés, evitó que
me cayera en las zanjas y debajo de los coches, y durante todo el tiempo
mantuvo lo que él llamaba su «tradicional reserva británica».
En general, me las arreglé para comprender casi todo lo
que me decían, a pesar de la extraña forma de hablar de los británicos. Pero
había una chica a la que de vez en cuando me resultaba imposible comprender, y
tuve que pedirle que hablara más despacio. Pareció divertirle que no pudiera
comprenderla, aunque yo, por supuesto, atribuí este hecho a su imperfecto
dominio del lenguaje.
–Usted -le señalé-, me comprende a mí.
-Claro que le comprendo -dijo-. Usted habla despacio,
babeando las palabras como hacen los yanquis.
Yo ya me había enjugado la barbilla a hurtadillas cuando
me di cuenta de que la pobrecita quería decir «arrastrando las palabras»*.
Pero supongo que lo más extraordinario del viaje (que
incluía tres conferencias, tres recepciones, incontables entrevistas con los
diferentes medios de comunicación y cinco horas firmando libros en cinco
librerías de Londres y Birmingham) es que me nombraron vicepresidente de Mensa
Internacional.
Di por sentado que me habían concedido ese honor debido a
mi notoria inteligencia, pero estuve pensando en ello durante los cinco días
del viaje de regreso en el Queen Elizabeth 2 y caí en la cuenta de que no sabia
demasiado sobre la inteligencia. Supongo que soy inteligente, ¿pero cómo puedo
saberlo?
así que creo que será mejor que piense en ello… ¿y dónde
mejor que aquí, acompañado por todos mis amables amigos y lectores?
La creencia general es que la inteligencia está
relacionada con (1) la fácil acumulación de conocimientos, (2) la retención de
esos conocimientos y (3) la capacidad de recordar rápidamente esos
conocimientos cuando es necesario.
Una persona normal que se encuentre con alguien como yo
(por ejemplo), poseedor de todas estas características en un grado abundante,
se apresurará a etiquetar a dicho poseedor como «inteligente», tanto más cuanto
más espectacular sea la exhibición de estas características.
Sin embargo, no cabe duda de que esto es un error.
Una persona puede reunir estas tres características y aun
así dar claras muestras de ser estúpida, y a la inversa, una persona puede ser
bastante poco extraordinaria en estos aspectos y sin embargo dar pruebas
indudables de lo que, sin duda, se consideraría como inteligencia.
En los años cincuenta el país estaba invadido por
programas de televisión en los que se pagaban grandes sumas de dinero a las
personas capaces de responder a rebuscadas preguntas (y en condiciones de gran
presión psicológica). Luego resultó que algunos de los programas no jugaban del
todo limpio, pero eso no viene al caso.
Millones de espectadores estaban convencidos de que estas
acrobacias mentales eran señal de inteligencia *. El concursante más notable
era un empleado de correos de San Luis que, en lugar de concentrarse en algún
tema que conociera bien, como hacían otros concursantes, era el rey absoluto
del mundo de los hechos probados. Exhibía sus abundantes habilidades y dejó
impresionada a toda la nación. De hecho, justo antes de que se pasara la moda
de los programas concurso, había planes para hacer un programa titulado Derrote
al genio, en el que este hombre seria el contrincante de todos los
concursantes.
¿Genio? ¡Pobre hombre! Era apenas lo bastante competente
como para ganarse modestamente la vida, y su habilidad para recordarlo todo le
era de menos utilidad que si hubiera sabido andar por la cuerda floja.
Pero no todo el mundo identifica la acumulación y rápida
reproducción mecánica de nombres, fechas y acontecimientos con la inteligencia.
En realidad, muy a menudo la falta de esta misma cualidad está asociada a la
inteligencia. ¿No han oído hablar nunca del profesor distraído?
Según cierto estereotipo popular, todos los profesores, y
todas las personas inteligentes en general, son distraídas y ni siquiera son
capaces de recordar su propio nombre sin hacer un terrible esfuerzo. ¿En qué
consiste entonces su inteligencia?
Supongo que la explicación debe ser que una persona muy
entendida dedica una parte tan grande de su intelecto a su propio campo de
conocimiento que le queda poco cerebro que dedicar al resto de las cosas. Por
tanto, al profesor distraído se le perdonan todos los despistes en
consideración a su habilidad en su especialidad.
Sin embargo, esto tampoco es completamente válido, porque
estamos jerarquizando las diferentes categorías del conocimiento y reservando
nuestra admiración únicamente para algunas de ellas; tachando a algunas de
puros juegos de malabares y a otras de las únicas verdaderamente
«inteligentes».
Podríamos imaginar a un joven que, por ejemplo, tuviera un
conocimiento enciclopédico de las reglas del béisbol, sus tácticas, sus marcas,
sus jugadores y que estuviera al tanto de todos los acontecimientos
relacionados con este deporte. Podría llegar a concentrarse tan completamente
en estos asuntos que se volviera terriblemente despistado en lo relativo a las
matemáticas, la gramática inglesa, la geografía y la historia. Entonces no se
le perdonarían sus carencias en algunos temas en consideración a sus éxitos en
otros; ¡seria tonto! Por otra parte, el mago de las matemáticas que es incapaz
de distinguir a un bateador de una carrera completa, incluso después de que se
lo hayan explicado, no obstante sigue siendo inteligente.
De alguna forma, en nuestros juicios, las matemáticas
están asociadas a la inteligencia, y el béisbol, no; lograr un modesto éxito en
la comprensión de aquéllas basta para merecer el apelativo de inteligente,
mientras que la posesión de tremendos conocimientos acerca de éste no hacen a
su poseedor merecedor de nada en este sentido (aunque quizá si de mucho en
otros sentidos).
De manera que el profesor distraído, siempre que lo único
que no recuerde sean cosas como su nombre, o qué día es, o si ha almorzado o
tiene alguna cita (y deberían de oír lo que cuentan de Norbert Wiener), sigue
siendo inteligente a condición de que aprenda, recuerde y disponga de una
apreciable cantidad de conocimientos relacionados con algún campo asociado a la
inteligencia.
¿Y cuáles son estos campos?
Podemos eliminar todos los campos en los que para destacar
sólo sea necesario un esfuerzo muscular o de coordinación. Un gran jugador de
béisbol o un gran nadador, pintor, escultor, flautista o concertista de
violonchelo puede ser admirable, tener éxito, ser famoso y adorado; pero la
perfección alcanzada en esos campos no es en si misma un signo de inteligencia.
La asociación con la inteligencia se produce más bien en
las categorías teóricas. Estudiar las técnicas de la carpintería y escribir un
tratado sobre sus diversos usos a lo largo de la Historia es una prueba
evidente de inteligencia, aunque el autor sea incapaz de clavar un clavo en un
madero sin aplastarse el pulgar.
Y dentro de la esfera del pensamiento, es evidente que
asociamos la inteligencia con algunos campos más que con otros. Es casi seguro
que un historiador nos inspirará más respeto que un cronista deportivo, un
filósofo más que un dibujante de historietas, y así sucesivamente.
En mi opinión, la conclusión inevitable es que hemos
heredado el concepto de inteligencia de la antigua Grecia, en la que las artes
manuales eran despreciadas y consideradas tarea de esclavos y artesanos, y sólo
se respetaban las artes «liberales» (del latín «hombres libres»), que no tenían
ninguna aplicación práctica y, por tanto, eran tareas adecuadas para los
hombres libres.
Nuestra valoración de la inteligencia es tan poco objetiva
que nuestros baremos cambian delante de nuestras mismas narices. Hasta hace
bien poco se consideraba que la educación más adecuada para un joven caballero
consistía en gran medida en inculcarle salvajemente (a golpes si era necesario)
las obras de los grandes autores latinos. No saber latín era un serio
inconveniente a la hora de ser admitido entre las filas de los inteligentes.
Desde luego, podemos objetar que existe una diferencia
entre «educado» e «inteligente», y que el estúpido exceso de declamación en
latín sólo sirvió para producir bobos educados; pero eso no son más que
teorías. La realidad es que un hombre inteligente y sin educación es
invariablemente despreciado y subestimado; en el mejor de los casos se reconoce
que tiene «talento natural» o «mucho sentido común». Y las mujeres no eran
educadas: su desconocimiento del latín se tomaba como prueba de su falta de
inteligencia, y ésta era la excusa para no educarlas. (Es evidente que es la
típica pescadilla que se muerde la cola, pero es el tipo de razonamiento
circular utilizado para justificar todas las grandes injusticias de la
Historia.)
Pero no hay más que ver cómo cambian las cosas.
Antes el distintivo de inteligencia era el latín; ahora es
la ciencia, y yo me beneficio de ello. No sé una palabra de latín, excepto lo
que mi mente ha ido cogiendo de aquí y de allá como un papel matamoscas, pero
sé mucho sobre ciencia; así que sin cambiarme ni una sola neurona, en 1775
sería un bobo y en 1975 soy increíblemente inteligente.
Se podría argumentar que lo que cuenta no es el
conocimiento en si mismo, ni siquiera la categoría de conocimiento de buen tono
en ese momento, sino el uso que se hace de este conocimiento. Lo que cuenta,
podrían ustedes decir, es la forma en que se manejan y se dispone de esos
conocimientos, el talento, la originalidad y la creatividad con que son
aplicados. Es evidente que ahí reside la medida de la inteligencia.
Y es evidente que aunque la enseñanza, la escritura y la
investigación científica son ejemplos de profesiones a menudo asociadas a la
inteligencia, todos sabemos que hay profesores, escritores e investigadores
bastante estúpidos.
Es posible que falte la creatividad o, si prefieren, la
inteligencia, y que aun así subsista una especie de aptitud mecánica.
Pero si lo que cuenta es la creatividad, no es menos
cierto que ésta sólo cuenta en los campos que se consideran apropiados. Un
músico sin instrucción ni educación, quizás incluso incapaz de leer música,
puede ser capaz de combinar notas y ritmos tan magistralmente que se convierte
en el brillante fundador de toda una nueva escuela de música. Pero con eso no
se hará acreedor al epíteto de «inteligencia». No es más que uno de esos
inexplicables «genios creativos» a los que se les ha concedido un «don del cielo».
Como no sabe cómo lo hace. y no puede explicar cómo lo ha hecho*, ¿cómo podría
considerársele inteligente?
El crítico que, después de producirse los hechos, se
dedica a estudiar la música, y haciendo un esfuerzo concluye que no se trata
simplemente de un ruido desagradable según las viejas reglas, sino de un
maravilloso logro de acuerdo con determinadas reglas nuevas…, ése sí que es
inteligente. (¿Pero a cuántos críticos cambiarían ustedes por un solo Louis
Armstrong?)
Pero en ese caso, ¿por qué se considera inteligente al
brillante genio científico? ¿Acaso suponen ustedes que sabe cómo se le ocurren
sus teorías o que es capaz de explicarles cómo ha ocurrido todo? ¿Es capaz un
gran escritor de explicar cómo escribe para que ustedes puedan hacer lo mismo
que él?
Yo no soy un gran escritor de acuerdo con ninguno de los
criterios que me merecen algún respeto, pero tengo mis convicciones y para esta
cuestión tengo un principio: que soy una persona, normalmente considerada
inteligente, a quien puedo observar desde dentro.
Bueno, la razón más clara y notoria por la que puedo ser
considerado inteligente es la naturaleza de mis escritos, el hecho de que
escribo un gran número de libros sobre un gran número de temas con una prosa
compleja y, sin embargo, clara, demostrando con ello un gran dominio de una
gran cantidad de conocimientos.
¿Y qué?
Nadie me ha enseñado a escribir. Yo descubrí los
principios básicos del arte de escribir a los once años. Y, desde luego, seria
incapaz de explicarle a nadie en qué consisten esos principios básicos.
Me atrevo a suponer que algún crítico que sepa mucho más
que yo sobre teoría literaria (o mucho más de lo que yo me tomaría la molestia
de aprender) podría, si así lo quisiera, analizar mi obra y explicar lo que
hago y por qué lo hago mucho mejor de lo que yo lo haría jamás. ¿Sería por ello
más inteligente que yo? Sospecho que para mucha gente es posible que sí.
Para abreviar, diré que no conozco ninguna manera de
definir la inteligencia que no dependa de criterios subjetivos y de las modas.
Pasemos ahora a la cuestión de las pruebas de
inteligencia, la determinación del «coeficiente de inteligencia» o «CI».
Si, como yo afirmo y creo firmemente, no existe una
definición objetiva de la inteligencia, y lo que llamamos inteligencia no es
más que el resultado de las modas culturales y los prejuicios subjetivos, ¿qué
demonios es lo que ponemos a prueba cuando utilizamos una prueba de
inteligencia?
Detesto tener que atacar las pruebas de inteligencia,
porque en ellas siempre salgo muy favorecido. Siempre obtengo una puntuación de
bastante más de 160, e incluso así siempre obtengo menos puntuación de la que
me merezco, porque casi siempre tardo menos tiempo del asignado para hacerlas.
De hecho, una vez me compré por curiosidad un libro de
bolsillo que incluía un número considerable de pruebas diferentes diseñadas
para medir el CI. Cada prueba tenia un límite de tiempo de media hora. Las hice
lo más honradamente que pude, respondiendo a algunas preguntas inmediatamente,
a otras después de pensar un poco, a otras basándome en conjeturas y dejando
otras sin responder…Y, como es natural, cometí algunos errores.
Cuando acabé, calculé los resultados siguiendo las
instrucciones y resultó que tenia un CI de 135… ¡Pero esperen! No había
aceptado el limite de media hora del que disponía, sino que había dejado cada
una de las secciones de la prueba a los quince minutos, pasando a la siguiente.
Por tanto, no estaba de acuerdo con mi puntuación y decidí
que tenía un CI de 270. (Estoy seguro de que no es correcto doblar la cifra,
pero esto estimula mi sentido de alegre autoestima, así que tengo la intención
de insistir en que ése es mi CI.)
Pero por mucho que todo esto halague mi vanidad, y mucho
que me guste ser el vicepresidente de Mensa, una organización que basa la
admisión de nuevos miembros en el CI, honradamente no me queda más remedio que
afirmar que éste no significa nada.
Después de todo, ¿qué es lo que mide una prueba de
inteligencia sino las capacidades que los individuos que han diseñado la prueba
relacionan con la inteligencia? Y estos individuos están sujetos a las
presiones y prejuicios culturales que obligan a dar una definición subjetiva de
la inteligencia.
así, una parte importante de cualquier prueba de
inteligencia mide la riqueza de vocabulario, pero las palabras que hay que
definir son justamente aquellas que es probable encontrar al leer acreditadas
obras de la literatura. No se pide la definición de «golpe de segunda base» o
de «ojos de serpiente» o de «riff», por la sencilla razón de que los
diseñadores de las pruebas no conocen estos términos o, si los conocen, se
sienten bastante avergonzados de si mismos *.
Lo mismo ocurre con las pruebas de conocimientos
matemáticos, de lógica, de visualización de formas y todo el resto. Las pruebas
están basadas en lo que se considera culturalmente adecuado, en lo que las
personas educadas consideran que son los criterios de la inteligencia; es
decir, en mentes como las suyas.
Se trata de un mecanismo que se perpetúa a si mismo.
Los hombres que controlan intelectualmente un sector
dominante de la sociedad se definen a si mismos como inteligentes, después
diseñan unas pruebas que no son más que una serie de ingeniosas puertecillas
que sólo se abren a mentes como las suyas, proporcionándoles de esta forma más
indicios de su «inteligencia» y más casos de «personas inteligentes», y por
tanto más razones para idear nuevas pruebas del mismo tipo. ¡Más razonamientos
circulares!
Y una vez que le han colgado a alguien el sambenito de
«inteligente» en base a estas pruebas y a estos criterios, ya no tienen
importancia las pruebas de estupidez que pueda llegar a dar. Lo que importa es
la etiqueta, no el hecho. No me gusta difamar a nadie, así que me limitaré a
ofrecerles dos ejemplos que dan buena prueba de mi propia estupidez (aunque
podría darles doscientos si les apetece):
1) Un domingo mi coche se estropeó y yo no sabía qué
hacer. Afortunadamente mi hermano pequeño, Stan, vivía cerca y, como es famoso
por su buen corazón, le llamé.
Vino inmediatamente, se hizo cargo de la situación y
empezó a mirar en las páginas amarillas y a hacer llamadas para intentar
ponerse en contacto con algún taller, mientras yo le miraba con la mandíbula
colgando. Por último, después de un buen rato de inútiles esfuerzos, Stan me
dijo con un tono sólo ligerísimamente irritado: «Con todo lo inteligente que
eres, Isaac, ¿cómo es que no has tenido el sentido común de hacerte de la AAA?»
A lo que yo le respondí: «Oh, pero si soy miembro de AAA», y saqué la tarjeta.
Se me quedó mirando un buen rato de una forma un poco rara, y llamó a la AAA.
Media hora después me habían arreglado el coche.
2) Hace poco, en una convención de ciencia-ficción, estaba
sentado en la habitación de Ben Bova esperando con bastante impaciencia a que
mi mujer se reuniera con nosotros. Por último, sonó el timbre de la puerta. Di
un salto mientras exclamaba: «¡Aquí está Janet!», y abrí una puerta de golpe,
precipitándome en el interior del ropero mientras Ben le abría a Janet la
puerta de la habitación.
A Stan y a Ben les encanta contar estas historias, que son
bastante inofensivas. Como estoy etiquetado como «inteligente», lo que en otro
caso seria una prueba inequívoca de estupidez se convierte en una excentricidad
adorable.
Esto nos lleva a una cuestión muy seria. En los últimos
años se ha hablado de diferencias raciales en el CI.
Hombres como William B. Shockley, que es premio Nóbel (de
física), han señalado que las pruebas demuestran que el CI medio de los negros
es considerablemente más bajo que el de los blancos, causando bastante revuelo.
Mucha gente que, por una u otra razón, ya había llegado a
la conclusión de que los negros son «inferiores», está encantada de tener
razones «científicas» para suponer que, después de todo, los negros se
encuentran en una situación desventajosa por su culpa.
Por supuesto, Shockley niega tener prejuicios raciales
(estoy seguro de que es sincero), e insiste en que no podremos ocuparnos
adecuadamente de los problemas raciales si decidimos ignorar por motivos
políticos un descubrimiento científico incuestionable; que es necesario
investigar a fondo el asunto y estudiar las desigualdades intelectuales de los
hombres. No es únicamente una cuestión de los negros contra los blancos; parece
ser que algunos grupos de blancos obtienen peores puntuaciones que otros, etcétera,
etcétera.
Pero en mi opinión todo este alboroto no es más que un
fraude colosal. Dado que la inteligencia es (en mi opinión) objeto de
definiciones subjetivas, y dado que los intelectuales que dominan el sector
dominante de la sociedad la han definido, como es natural, de manera ventajosa
para ellos, ¿qué es lo que estamos diciendo cuando decimos que los negros
tienen un CI medio más bajo que el de los blancos?
Lo que estamos diciendo es que la subcultura negra es
esencialmente distinta de la subcultura blanca dominante y que los valores de
los negros son bastante diferentes de los valores dominantes de los blancos
como para que sea inevitable que los negros obtengan peores resultados en las
pruebas de inteligencia cuidadosamente diseñadas por los blancos.
Para que los negros obtuvieran, por lo general, unos
resultados tan buenos como los de los blancos, tendrían que abandonar su propia
subcultura y adoptar la blanca, para así ajustarse mejor a la situación de
partida de las pruebas de CI. Es posible que no quieran hacerlo, y de quererlo,
las circunstancias dificultan la realización de ese deseo.
Para decirlo lo más brevemente posible: los negros de
América han vivido en una subcultura especialmente creada para ellos, sobre
todo por obra de los blancos, en la que se les ha confinado fundamentalmente
por obra de los blancos. Los valores de esa subcultura se consideran
inferiores, por definición, a los de la cultura dominante, de forma que está
previsto que el CI de los negros sea inferior; este CI inferior se utiliza
luego como excusa para perpetuar las mismas condiciones que lo han provocado.
¿Razonamiento en círculo? Por supuesto.
Pero tampoco quiero convertirme en un tirano intelectual
ni empeñarme en que todo lo que digo tiene que ser cierto.
Supongamos que estoy equivocado; que existe una definición
objetiva de la inteligencia, que es posible medirla con precisión y que los
negros efectivamente tienen coeficientes de inteligencia más bajos que los
blancos por término medio, y no a causa de las diferencias culturales, sino de
una inferioridad intelectual innata y biológica. Y ¿qué? ¿Cómo tendrían que
tratar los blancos a los negros?
Es una pregunta de difícil respuesta, pero quizá lleguemos
a algún lado si suponemos lo contrario. ¿Y si las pruebas demuestran, ante
nuestro mayor o menor asombro, que los negros tienen por término medio un CI
superior al de los blancos?
¿Cómo deberíamos tratarlos entonces? ¿Tendríamos que
concederles doble voto? ¿Darles un trato preferencial a la hora de ocupar
empleos, especialmente en el Gobierno?
¿Ofrecerles los mejores asientos en el autobús y en los
teatros? ¿Servicios más limpios que los de los blancos y sueldos medios más
elevados?
Estoy bastante seguro de que la respuesta a cada una de
estas propuestas y a otras similares seria una rotunda y enérgica negativa
seguida de un juramento. Tengo la impresión de que si se informara que los
negros tienen coeficientes más altos que los blancos, la mayoría de los blancos
sostendrían con considerable ardor que es imposible medir el CI con precisión y
que, de ser posible, eso no significaría nada, que una persona es una persona
sin importar la instrucción, la educación esmerada, las grandes palabras, y qué
demonios, en realidad lo único que hace falta es el vulgar sentido común, que
en los viejos Estados Unidos todos los hombres son iguales, y que esos malditos
profesores rojillos podían meterse sus coeficientes…
Bien, si estamos dispuestos a ignorar el CI cuando somos
nosotros los que estamos en el punto más bajo de la escala, ¿por qué prestarle
una atención tan religiosa cuando son ellos los que están allí?
Pero esperen un momento. Es posible que me vuelva a
equivocar. ¿Cómo podría yo saber cuál sería la reacción de las clases
dominantes ante una minoría de CI elevado?
Después de todo, nosotros respetamos a los intelectuales y
profesores hasta cierto punto, ¿verdad? Y además, estamos hablando de minorías
oprimidas, y una minoría con un CI alto en primer lugar no estaría oprimida, de
manera que la situación artificial creada por mi al imaginar qué ocurriría si
los negros obtuvieran una puntuación alta es totalmente inconsistente, y no
merece la pena rebatir mis argumentos.
¿De veras? Pensemos en los judíos, que llevan dos milenios
aguantando la lluvia de palos que les caía encima cada vez que los gentiles se
sentían aburridos. ¿Se debe esto a que los judíos, como grupo cultural, tienen
un CI bajo?…
La verdad es que nunca he oído a nadie defender ese punto
de vista, por muy antisemita que fuera.
Yo personalmente no creo que los judíos, considerados como
grupo, tengan un CI especialmente alto. A lo largo de mi vida he conocido a un
número enorme de judíos estúpidos. Pero los antisemitas no comparten esta
opinión; su estereotipo de los judíos incluye la posesión de una inteligencia
gigantesca y peligrosa. Aunque no lleguen ni al 0,5 por 100 de la población de
un país, siempre están a punto de «tomar el poder».
Claro que, ¿qué van a hacer, si tienen un CI alto? Oh, no,
porque su inteligencia no es más que «astucia», o «simple sagacidad» o «taimada
malicia», y lo que realmente importa es que carecen de virtudes cristianas, o
nórdicas, o teutónicas, o de cualesquiera otras virtudes del tipo que quieran.
Para abreviar: si estás del mal lado del juego de poder,
cualquier excusa es buena para mantenerte allí. Si se considera que tienes un
CI bajo eres despreciado y mantenido en tu lugar por ello. Si se considera que
tienes un CI alto eres temido y mantenido allí por ello.
Sea la que fuere la Habilidad del CI. por el momento no es
más que un arma en manos de los fanáticos.
Para terminar, permítanme que les dé mi opinión. Cada uno
de nosotros forma parte del número de grupos que se quiera, dependiendo del
número de criterios según los cuales se clasifique al género humano. Según cada
uno de estos criterios, un individuo determinado puede ser superior al resto de
los individuos del grupo, o inferior, o cualquiera de las dos cosas o las dos a
la vez, según las definiciones y las circunstancias.
Por ello, «superior» e «inferior» no tienen ningún sentido
práctico. Lo que si existe objetivamente es lo «diferente». Cada uno de
nosotros es diferente. Yo soy diferente, y usted es diferente, y usted, y
usted, y usted…
Estas diferencias son la gloria del Homo sapiens y la
mejor salvación posible, porque lo que unos no pueden hacer lo hacen otros, y
donde unos no pueden prosperar prosperarán otros, en una amplia gama de
condiciones.
Creo que deberíamos considerar estas diferencias como el
capital principal del género humano considerado como especie, y que no
deberíamos intentar utilizarlas nunca para ser más desgraciados como
individuos.
NOTA
En mi nota al artículo «Lo antiguo y lo definitivo»
señalaba que mi defensa de los libros y de la alfabetización podría ser
considerada interesada.
Por tanto, es un placer para mí señalar que en este
artículo es evidente que soy todo menos interesado. Llevo toda la vida
beneficiándome del sistema de CI, obteniendo altas puntuaciones en todas las
pruebas que he hecho, y mi mentalidad ha sido descrita con toda clase de
epítetos lisonjeros incluso cuando no era yo el autor de la descripción.
Y, sin embargo, siempre me he reído del sistema de CI y
siempre he negado qué tuviera alguna relevancia a la hora de medir la
inteligencia en abstracto. Sencillamente he conocido a demasiada gente con CI
alto que a mí me parecían unos burros, y a demasiada gente con un CI
aparentemente bajo que me han impresionado por su inteligencia. Y preferiría
mil veces relacionarme con éstos que con aquellos.
En realidad, a pesar del hecho de que sigo siendo el
vicepresidente de Mensa después de trece años, casi nunca asisto a sus
reuniones. Mientras algunos de sus miembros son seres maravillosos a los que
quiero con toda el alma, otros… bueno, puedo pasarme sin ellos.
A TODA MARCHA ATRÁS
En los momentos en que siento más compasión de mí mismo,
me parece que yo soy el único que defiende los baluartes de la ciencia de los
violentos ataques de los nuevos bárbaros. Por tanto, aunque es posible que
repita frases y fragmentos de aseveraciones hechas en artículos anteriores, me
gustaría dedicar éste enteramente a esta defensa, que les advierto que va a ser
totalmente intransigente.
Punto 1: Sería de esperar que en una publicación como el
New Scientist, un excelente semanario británico en el que se publican artículos
sobre los avances científicos, no se concediera espacio a afectadas estupideces
anticientíficas…
¡Pues no es así!
En el número del 16 de mayo de 1974, uno de los
colaboradores de la revista, tras hacer una defensa bastante incoherente de
Velikovsky, prosigue afirmando: «Los vuelos de la ciencia en los últimos
doscientos años han producido algún que otro truco ingenioso, como la comida
enlatada y los discos de larga duración, pero seamos sinceros, ¿qué más han
hecho que sea de alguna importancia para los setenta años de nuestra vida sobre
la Tierra?»
Me apresuré a escribir una carta en la que decía, entre
otras cosas: «…una de las cosas que podría considerar que tiene un valor
innegable son los setenta años de nuestra vida… Durante la mayor parte de la
historia de la humanidad eran más bien treinta. ¿Podríamos esperar de usted un
poco de gratitud por esos cuarenta años de vida adicionales que tiene la
oportunidad de disfrutar?»
La carta fue publicada y acto seguido, en el número del 11
de julio de 1974, apareció un ataque frontal de un caballero de Herefordshire
al que llamaré B. Parece ser que en su opinión el hecho de que viviéramos más
tiempo tenia sus desventajas, ya que entre otras cosas contribuía a provocar la
explosión demográfica, por ejemplo. También decía: «…aquellos tiempos oscuros
de los que habla Mr. Asimov y cuya esperanza de vida era bastante menor de
setenta años se las arreglaron a pesar de todo para producir cosas como
Chartres, Tintern, las obras de Rafael y de Shakespeare. ¿Cuáles son sus
equivalentes modernos?…¿Centre Point, Orly, Andy Warhol y la ciencia-ficción?»
En vista de la irónica alusión a la ciencia-ficción, me
pareció adivinar contra quién iba dirigido el golpe y me pareció justificado
quitarme los guantes de terciopelo. En mi respuesta decía entre otras cosas:
«B. prosigue diciendo que los hombres que vivían pocos años en los siglos
pasados crearon grandes obras del arte, la literatura y la arquitectura. ¿Acaso
B. lo considera una extraña coincidencia, o es que mantiene que los avances
culturales del pasado tuvieron lugar porque los hombres vivían poco tiempo?
»Si verdaderamente B. lamenta el aumento de la esperanza
de vida que la ciencia ha hecho posible, y le parece destructivo para la
humanidad, ¿qué solución nos propone? Después de todo, sería bien fácil
abandonar los progresos científicos, permitir que las aguas de desecho se
infiltraran en nuestros sistemas de abastecimiento de aguas, renunciar a la
antisepsia en la cirugía y a los antibióticos y luego observar cómo el índice
de mortalidad llega hasta un nivel que muy pronto produciría (según el insólito
argumento de B.) un genio como el de Shakespeare.
»¿Le agradaría esto realmente a B., aconsejaría él que los
beneficios de una tasa de mortalidad más alta se aplicaran únicamente a la
oscura barbarie que reina en otras latitudes, a las razas inferiores de color
más oscuro, que al elevar en picado su tasa de mortalidad harían que la vida
fuera más cómoda para los hombres de Herefordshire? ¿O quizá su estricto
sentido de la justicia le mueve a recomendar que todas las naciones, incluida
la suya, participen de esta noble empresa? ¿Tendrá en efecto la intención de
dar él mismo ejemplo, negándose resuelta y noblemente a permitir que la ciencia
prolongue su vida?
»¿No se le ha ocurrido pensar a B. que una de las
soluciones a la explosión demográfica provocada por los adelantos de la ciencia
y de la medicina es la disminución de la tasa de natalidad? ¿O es que acaso
esta disminución repugna a su sentido de la moralidad, prefiriendo con mucho
los encantos de las plagas y de la hambruna como remedio contra la
superpoblación?»
Esta carta también fue publicada, y no se recibió ninguna
respuesta.
Punto 2: De vez en cuando recibo noticias de particulares
que manifiestan su descontento con el mundo moderno de la ciencia y la
tecnología y abogan por una rápida retirada, a toda marcha atrás, hacia el
noble y feliz mundo preindustrial.
Por ejemplo, hace poco me llegó una carta de un profesor
de no sé qué que se había comprado una granja y se dedicaba a cultivar su
propia comida. Me hablaba con entusiasmo de lo estupendo que era y de lo feliz
y sano que se sentía ahora que se había librado de todas esas horribles
máquinas. Admitió que tenía un coche, por lo que pedía disculpas.
Pero no se disculpaba por haber utilizado una máquina de
escribir ni por el hecho de que su carta me hubiera llegado a través de los
modernos sistemas de transporte.
No se disculpaba por servirse de la luz eléctrica y del
teléfono, así que supongo que leía a la luz de un fuego de troncos y que
enviaba sus mensajes con banderas.
Me limité a enviarle una educada tarjeta deseándole toda
la felicidad de los campesinos medievales, a lo que me respondió con una
irritada misiva en la que incluía una critica desfavorable de mi libro El
paraíso perdido, anotado por Asimov. (Ah, si, ahora me acuerdo; era un
especialista en Milton y me parece que protestaba ante mi invasión del recinto
sagrado.)
Punto 3: En una ocasión, durante el debate que siguió a
una de mis charlas, un joven me preguntó si de verdad estaba convencido de que
la ciencia había contribuido en algo a la felicidad del hombre.
–¿Cree usted que hubiera sido igual de feliz de haber
vivido en la época de la antigua Grecia? – le pregunté.
–Sí -respondió con determinación.
–¿Le hubiera gustado ser un esclavo que trabajara en las
minas de plata atenienses? – le pregunté con mi mejor sonrisa, y se sentó para
meditar la cuestión.
O también está la persona que me dijo en una ocasión:
–Qué agradable sería que pudiéramos retroceder cien años
en el tiempo, cuando era tan fácil tener criados.
–Seria horrible -repliqué inmediatamente.
–¿Por qué? – fue la asombrada pregunta.
Y yo le respondí tranquilamente:
–Nosotros seríamos los criados.
A veces me pregunto si la gente que denuncia el mundo de
la ciencia y la tecnología modernas no será precisamente aquella que siempre ha
vivido cómodamente y sin estrecheces económicas y que da por supuesto que de no
existir las máquinas habría gente de sobra (otra gente) para reemplazarlas.
Es posible que sean aquellos que no han trabajado en su
vida los que estén totalmente dispuestos a sustituir la maquinaria por la
musculatura humana (no la suya, claro).
Sueñan con construir la catedral de Chartres… en el papel
de uno de los arquitectos, no como un campesino reclutado para arrastrar
piedras. Viven con su fantasía en la antigua Grecia… como Pericles y no como un
esclavo. Añoran la vieja Inglaterra y su cerveza color nuez… como un barón
normando, no como un siervo sajón.
La verdad es que no puedo por menos de preguntarme en qué
medida esta resistencia de las clases altas a la tecnología moderna no estará
provocada por la irritación que les produce el hecho de que tantas personas que
no son más que la escoria de la Tierra (como yo, por ejemplo) conduzcan sus
propios coches, tengan lavadoras automáticas y vean la televisión, reduciendo
de esta forma las diferencias entre la susodicha escoria y los aristócratas de
rica cultura que se lamentan de que la ciencia no ha hecho la felicidad de
nadie. Y, en efecto, ha socavado los cimientos de su autoestima.
Hace algunos años había una revista llamada Intellectual
Digest, llevada por una gente muy agradable, pero que por desgracia no
sobrevivió más que un par de años.
Habían publicado varios artículos en contra de la ciencia,
y pensaron que quizá deberían publicar alguno en su defensa, así que me
pidieron que lo escribiera.
Así lo hice, y me lo compraron y pagaron; pero jamás lo
publicaron. Tengo la sospecha (pero no estoy seguro) de que pensaron que
ofendería a sus lectores, que seguramente eran en su mayoría partidarios de ese
intelectualismo blando que considera de buen tono no saber una palabra sobre
ciencia.
Posiblemente a este público le impresionara un articulo de
Robert Graves que fue reproducido en el número de abril de 1972 de Intellectual
Digest y que, en apariencia, abogaba por el control de la ciencia por la
sociedad *.
Graves es un clasicista educado en la tradición de las
clases altas inglesas en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial. Estoy
seguro de que sabe mucho más sobre el helenismo precristiano, por ejemplo, que
sobre la ciencia posindustrial, lo cual hace de él una dudosa autoridad en lo
relativo a los descubrimientos científicos; pero éstas son sus palabras:
«En la antigüedad, la utilización de los descubrimientos
científicos estaba celosamente vigilada por motivos sociales; esta vigilancia
era ejercida por los mismos científicos o por sus gobernantes. Así, la máquina
de vapor inventada en el Egipto de Tolomeo para bombear el agua hasta la parte
más elevada del famoso faro de la isla de Faros pronto fue abandonada, parece
ser que porque fomentaba la pereza entre los esclavos que antes subían los
odres de agua por las escaleras del faro.»
Por supuesto, todo esto no son más que paparruchas.
La «máquina de vapor» inventada en el Egipto de Tolomeo
era un bonito juguete incapaz de bombear agua a más de treinta centímetros de
altura, y mucho menos hasta la cima de Faros.
Pero pasemos esto por alto. El relato aleccionador de
Graves es esencialmente cierto, aunque no lo sea en todos sus detalles. Es
cierto que la época helenística (323-30 a. C.) vio apuntar el nacimiento de una
especie de era industrial, y la súbita interrupción de estos progresos pudo
haberse debido, al menos en parte, a que la mano de obra esclava era tan fácil
de obtener que no había mucha demanda de maquinaria.
Es incluso posible alegar razones humanitarias contra la
industrialización, basándose en que si las máquinas sustituían a los esclavos,
¿qué se iba a hacer con el excedente de éstos? ¿Dejarlos morirse de hambre?
¿Matarlos? (¿Quién dijo que los aristócratas no son humanos?)
Por tanto, Graves y otros como él afirman que el control
de la ciencia por la sociedad en la antigüedad tenía el propósito de garantizar
la pervivencia de la esclavitud.
¿Es esto lo que verdaderamente queremos? ¿Tendrán que
presentar batalla todos los idealistas anticientíficos al grito de «Viva la
esclavitud»? O, dado que la mayoría de los idealistas anticientíficos se
consideran a sí mismos artistas, caballeros del campo, filósofos o lo que sea,
y nunca esclavos, ¿no deberían más bien gritar «Viva la esclavitud para los
demás»?
Claro que algún gran pensador podría refutar mi argumento
afirmando que el tipo de vida mecanizada que proporciona la tecnología moderna
no es mejor que la suerte de los esclavos de la antigüedad. Este tipo de
argumentos fue el utilizado antes de la guerra civil americana para denunciar
la hipocresía de los abolicionistas de los Estados libres, por ejemplo.
No es un argumento totalmente trivial, pero dudo mucho que
cualquier obrero de una fábrica de Massachussets consintiera voluntariamente en
ser un operario negro de una granja de Mississippi basándose en que las dos
profesiones son equivalentes. O que un operario negro de una granja de
Mississippi se negara a trabajar en una fábrica de Massachussets porque no le
pareciera una mejora de su condición de esclavo.
John Campbell, el antiguo director de Analog Science
Fiction, iba todavía más lejos. Creía (o fingía creer) que la esclavitud tenia
sus ventajas, y que en cualquier caso todo el mundo era un esclavo. Siempre
decía:
–Eres un esclavo de tu máquina de escribir, ¿verdad,
Isaac?
–Sí, John, lo soy -respondía yo- si utilizas el término
como una metáfora en mi caso y como una realidad en el caso de los negros que
trabajaban en los campos de algodón en 1850.
El decía:
–Tú trabajas tantas horas como los esclavos, y no te tomas
vacaciones.
Yo decía:
–Pero no hay un capataz con un látigo detrás de mi que se
encargue de que no me tome vacaciones.
Nunca le convencí, pero no cabe duda de que me convencí a
mi mismo.
Algunas personas sostienen que la ciencia es amoral, que
no hace juicios de valor, que no sólo pasa por alto las necesidades más
profundas del género humano, sino que las ignora totalmente.
Consideremos, por ejemplo, las opiniones de Arnold
Toynbee, que, como Graves, es un inglés de clase alta educado en los años
anteriores a la Primera Guerra Mundial.
En un articulo publicado en el número de diciembre de 1971
de Intellectual Digest, dice: «En mi opinión, la ciencia y la tecnología son
incapaces de satisfacer las necesidades espirituales que todas las religiones
intentan resolver.»
Les ruego que observen que Toynbee es lo bastante honrado
como para decir «intentan».
Pues bien, ¿qué es lo que preferirían ustedes: una
institución que no se ocupa de los problemas espirituales, pero que en
cualquier caso los resuelve, o una institución que habla continuamente de los
problemas espirituales, pero que no hace nunca nada por resolverlos? En otras
palabras, ¿qué prefieren: hechos o palabras?
Piensen en la cuestión de la esclavitud humana. No cabe
duda de que esta cuestión debería preocupar a aquellos que se sienten
interesados por las necesidades espirituales del género humano. ¿Es correcto,
es justo, es ético que un hombre sea amo y otro hombre esclavo? Es evidente que
no se trata de una pregunta a la que deban responder los científicos, ya que no
es algo que pueda resolverse estudiando reacciones en tubos de ensayo u
observando los movimientos de las agujas en las esferas de los espectrofotómetros.
Es una pregunta para los filósofos y teólogos, y todos sabemos que han tenido
tiempo de sobra para reflexionar sobre ella.
A lo largo de toda la historia de la civilización y hasta
la época moderna, la riqueza y prosperidad de un número relativamente pequeño
de personas ha estado basada en la brutal explotación y en las miserables
existencias de un enorme número de campesinos, siervos y esclavos. ¿Qué es lo
que tenían que decir nuestros líderes espirituales sobre esta cuestión?
La Biblia es la fuente principal de consuelo espiritual,
al menos en nuestra civilización occidental. Lean entonces la Biblia, desde el
primer versículo del Génesis hasta el último versículo del Apocalipsis; no
encontrarán ni una sola palabra condenando la esclavitud como institución. Hay
muchas generalizaciones sobre el amor y la caridad, pero ninguna propuesta
práctica relativa a la responsabilidad de los gobiernos para con los pobres y
desheredados.
Repasen todas las obras de los grandes filósofos de la
historia: no encontrarán ni el más leve susurro condenando la esclavitud como
institución. Aristóteles tenía bastante claro que algunas personas parecían
tener el temperamento adecuado para ser esclavos.
Lo cierto es que ocurría justamente lo contrario. Los
líderes espirituales se manifestaban con bastante frecuencia a favor de la
esclavitud como institución, ya fuera de manera directa o indirecta. No
faltaron quienes justificaban el secuestro por la fuerza de los negros
africanos para llevarlos a América como esclavos con el argumento de que de
esta manera eran convertidos al cristianismo, y que la salvación de sus almas
compensaba con creces la esclavitud de sus cuerpos.
Y cuando la religión atiende a las necesidades
espirituales de los esclavos y los siervos asegurándoles que su situación en la
tierra es la voluntad de Dios y prometiéndoles una vida de eterna
bienaventuranza después de la muerte si no cometen el pecado de rebelarse
contra la voluntad de Dios, ¿quién resulta más beneficiado? ¿El esclavo cuya
vida puede resultar más soportable por la perspectiva del paraíso futuro? ¿O el
amo que no tiene que preocuparse tanto por mejorar la triste suerte de los
oprimidos ni temer una posible revuelta?
¿Cuándo empezó entonces a admitirse que la esclavitud era
una injusticia cruel e intolerable? ¿Cuándo se acabó con la esclavitud?
Pues con el alborear de la revolución industrial, cuando
las máquinas empezaron a sustituir a los músculos.
Y si vamos a eso, ¿cuándo surgió la posibilidad de la
democracia a gran escala?
Cuando los medios de transporte y de comunicación de la
era industrial abrieron la posibilidad de desarrollar los mecanismos de una
legislatura representativa en amplias zonas, y cuando el flujo de mercancías
baratas de todas clases manufacturadas por las máquinas convirtió a las «clases
bajas» en valiosos clientes a los que había que mimar.
¿Y qué creen que ocurriría si ahora nos apartáramos de la
ciencia? ¿Si una noble generación de jóvenes renunciara al materialismo de una
industria que parece más preocupada por las cosas que por los ideales y optara,
a toda marcha atrás, por un mundo en el que todos se deshicieran en
lamentaciones sobre el amor y la caridad? Pues que, sin la maquinaria de
nuestra materialista industria, seria inevitable que volviéramos a caer en una
economía basada en la esclavitud, y podríamos servirnos del amor y la caridad
para mantener tranquilos a los esclavos.
¿Qué es lo mejor? ¿La ciencia amoral que acabó con la
esclavitud o la espiritualidad que no lo hizo a lo largo de miles de años de
cháchara?
Y la esclavitud no es la única cuestión sobre la que
podemos llamar la atención.
En la era preindustrial el género humano era victima de
los constantes ataques de las enfermedades infecciosas. Ni todo el amor
paterno, ni todas las oraciones de los feligreses ni todas las sublimes
generalizaciones de los filósofos eran capaces de impedir que un niño muriera
de difteria o que media nación sucumbiera en una plaga.
Fue la fría curiosidad de los hombres de ciencia, que
trabajaban sin hacer juicios de valor, la que amplió las formas de vida
invisibles a simple vista para estudiarlas, la que dio con las causas de las
enfermedades infecciosas, la que puso de relieve la importancia de la higiene,
de que la comida y el agua estuvieran limpios, de contar con sistemas de
alcantarillado eficaces. Fueron ellos los que elaboraron las vacunas, las
antitoxinas, los medicamentos químicos y los antibióticos. Fueron ellos los que
salvaron cientos de millones de vidas.
También fueron los científicos los que le ganaron la
batalla al dolor y los que descubrieron cómo calmar los tormentos físicos que
ni la oración ni la filosofía eran capaces de paliar. Pocos pacientes que vayan
a sufrir una operación preferirían el consuelo espiritual a la anestesia.
¿Es únicamente la ciencia la que es digna de elogio?
¿Quién puede negar los logros del arte, de la música y la literatura, que
existen desde mucho antes que la ciencia? ¿Y qué puede ofrecer la ciencia que
sea comparable a estas bellezas?
En primer lugar, podríamos señalar que la visión del
Universo que nos ha sido revelada gracias al cuidadoso esfuerzo de cuatro
siglos de científicos modernos supera con mucho en belleza y majestad (para los
que se tomen la molestia de contemplarla) a las creaciones de todos los
artistas de la humanidad juntos, y a todas las invenciones de los mitólogos, si
a eso vamos.
Aparte de esto, también es cierto que en las épocas
anteriores al advenimiento de la tecnología moderna, la plena floración de las
artes y del intelecto humano estaba reservada a las pocas personas adineradas y
pertenecientes a la aristocracia. Fueron la ciencia y la tecnología modernas
las que consiguieron que los libros fueran baratos y abundantes. Fueron la
ciencia y la tecnología modernas las que pusieron a disposición de todo el
mundo el arte, la música y la literatura, facilitando hasta a los más humildes
el acceso a las maravillas del espíritu humano.
¿Pero no nos han traído la ciencia y la tecnología toda
clase de efectos secundarios no deseados, desde el peligro de una guerra
nuclear hasta la contaminación sonora de la música de rock duro en la radio?
Sí, y no es nada nuevo. Cada avance tecnológico duradero,
por primitivo que fuera, ha producido también efectos no deseados. El hacha de
piedra proporcionó más alimentos al género humano… y agravó las consecuencias
de las guerras. El empleo del fuego proporcionó al género humano luz, calor y
más y mejor comida… y la posibilidad de los incendios provocados y de ser
quemado en la hoguera. El desarrollo del lenguaje humanizó al hombre… y al
mismo tiempo posibilitó la aparición de la mentira.
Pero es asunto del hombre elegir entre el bien y el mal…
En 1847 el químico italiano Ascanio Sobrero fabricó nitroglicerina
por primera vez. Calentó una gota, lo que provocó una estruendosa explosión.
Sobrero se dio cuenta, horrorizado, de sus posibles aplicaciones bélicas, e
inmediatamente dejó de investigar en aquella dirección.
Por supuesto, esto no sirvió de nada. Otros continuaron
sus investigaciones, y medio siglo más tarde la nitroglicerina, junto con otros
explosivos detonantes, era utilizada con fines bélicos.
¿Significa esto que los explosivos detonantes son
absolutamente nocivos? En 1866, el inventor sueco Alfred Bernhard Nóbel
descubrió que mezclando nitroglicerina con tierra fósil se conseguía una mezcla
que podía manejarse sin ningún peligro, a la que llamó «dinamita». Con la
dinamita se podía excavar la tierra mucho más rápidamente que con el pico y la
pala usados hasta entonces, y los hombres no se veían obligados a realizar ese
trabajo penoso y embrutecedor.
La dinamita contribuyó a abrir el camino a las vías de
ferrocarril construidas en las últimas décadas del siglo XIX, a construir
presas, ferrocarriles suburbanos, cimientos para los edificios, puentes y otras
mil obras a gran escala de la era industrial.
Después de todo, es el hombre el que decide utilizar los
explosivos para construir o destruir. Si elige esto último, no será culpa del
explosivo sino de la insensatez humana.
Claro que se podría objetar que por muy útiles que puedan
ser los explosivos, mayor aún es el daño que pueden hacer. Se puede objetar que
los hombres son incapaces de elegir el bien y evitar el mal, y que, por tanto,
hay que prohibirles totalmente el uso de explosivos, como si fueran un hatajo
de idiotas.
En ese caso, recordemos los avances médicos que comenzaron
con el descubrimiento de la vacuna hecho por Jenner en 1798, la enunciación de
la teoría de los gérmenes productores de enfermedades de Pasteur en 1860, y así
sucesivamente. Todos ellos han doblado la esperanza de vida del hombre, lo cual
es bueno, y han provocado la explosión demográfica, lo cual es malo.
Que yo sepa, casi nadie protesta contra los avances de la
medicina. Incluso hoy en día, cuando tanta gente se siente preocupada por los
peligros de los adelantos científicos y tecnológicos, no sé de nadie que
proteste por las investigaciones de las causas de la artritis, las enfermedades
vasculares, los defectos congénitos y el cáncer.
Y, sin embargo, la explosión demográfica es el peligro más
inmediato al que tiene que enfrentarse el género humano. Si evitamos el
desencadenamiento de una guerra nuclear, combatimos la polución, aprendemos a
economizar nuestros recursos naturales y progresamos en todos los campos de la
ciencia, aun así seremos destruidos en cuestión de algunas décadas si no
logramos poner freno a la explosión demográfica.
De todas las locuras humanas, la peor de todas es permitir
que la tasa de mortalidad descienda más rápidamente que la de natalidad.
Así que, ¿quién está a favor de la abolición de los
avances médicos y del retorno a una tasa de mortalidad alta? ¿Quién marchará al
grito de «¡Vivan las epidemias!»?
(Claro que es posible que consideren que las epidemias no
están mal si se producen en otro continente; pero tienen la mala costumbre de
propagarse.)
¿Optaremos entonces por hacer una selección? ¿Por
conservar los avances médicos y algunos otros nobles ejemplos de los progresos
científicos y abandonar el resto de la tecnología? ¿Por irnos a vivir a una
granja, en el inocente esplendor del campo, y olvidarnos de la malvada ciudad y
de sus máquinas?
Pero las granjas tampoco tienen que disponer de
maquinaria: nada de tractores a motor, nada de segadoras, gavilladoras y todo
eso. No deben utilizar fertilizantes y pesticidas sintéticos, producidos por
una tecnología avanzada. No han de utilizar maquinaria de riego, presas
modernas y esas cosas. Han de prescindir de las cepas mejoradas genéticamente
que necesitan una gran cantidad de fertilizantes y mucha irrigación. Tiene que
ser así o volveremos a vernos atrapados por todo el mecanismo de la industrialización.
Pero en ese caso toda la agricultura mundial no podría
abastecer más que a unos mil millones de personas, y resulta que en la
actualidad hay cuatro mil millones de personas sobre la Tierra.
Habría que eliminar al menos a tres mil millones de
personas de la superficie de la Tierra para que ésta se convirtiera en un
planeta de felices granjeros. ¿Algún voluntario? No vale ofrecer a otros como
voluntarios; ¿hay alguien que se ofrezca a ser eliminado él mismo?… Me lo
imaginaba.
En el articulo de Toynbee que he citado antes con
referencia a las necesidades espirituales, también decía: «La razón por la que
la ciencia consigue responder a estas preguntas es que estas preguntas no son
las más importantes. La ciencia no se ha ocupado de las preguntas fundamentales
de la religión, o, si se ha ocupado de ellas, no ha encontrado respuestas
genuinamente científicas.»
¿Qué es lo que quiere el profesor Toynbee? Gracias a los
progresos de la ciencia hemos acabado con la esclavitud; hemos proporcionado
más seguridad, salud y bienestar material a más gente de la que se podía soñar
en los siglos anteriores a la ciencia; hemos puesto el arte y el ocio a
disposición de cientos de millones de personas. Todo ello como resultado de
responder a preguntas que «no son las más importantes». Es posible que así sea,
profesor, pero yo soy una persona humilde y estas preguntas sin importancia me
parecen bastante buenas si esas son sus consecuencias.
¿Y cómo ha respondido la religión a sus «preguntas
fundamentales»? ¿Cuáles son sus respuestas? Cabría preguntarse si la mayoría de
la humanidad es más moral, más virtuosa, más honrada y bondadosa gracias a la
existencia de la religión, o si el estado de la humanidad no será más bien una
prueba del fracaso de miles de años de mera charla sobre la bondad y la virtud.
Cabría preguntarse si algún colectivo determinado de
personas seguidoras de una determinada religión ha dado pruebas de ser más
moral y virtuoso o más bondadoso que otros grupos de personas seguidores de
otras religiones o, si vamos a eso, que no sean seguidores de ninguna religión
determinada, ya sea ahora o en el pasado. Nunca he oído hablar de indicios de
este tipo. Si el historial de logros de la ciencia no fuera mejor que el que
puede presentar la religión, hace mucho que la ciencia habría desaparecido.
El emperador está desnudo, pero el temor supersticioso
parece impedir que se llame la atención sobre ello.
Resumamos, entonces…
Es posible que no les guste el camino que han tomado la
ciencia y la tecnología modernas, pero es el único posible.
Pueden nombrar cualquier problema de los que sufre el
mundo actual; puedo afirmar que, aunque es posible que la ciencia y la
tecnología no puedan solucionarlo, es seguro que ninguna otra cosa lo hará. así
que ustedes eligen: o la posible victoria con la ciencia y la tecnología, o la
derrota cierta sin ellas.
¿Qué es lo que prefieren?
NOTA
Últimamente resulta de buen tono culpar a la ciencia y a
los científicos de todos nuestros problemas. así, fueron los científicos los
que descubrieron la fisión nuclear, y, por tanto, ellos tienen la culpa de la
existencia de las bombas atómicas y de los peligros de una guerra nuclear.
Fueron los científicos los que sintetizaron los plásticos que no son
biodegradables, los gases venenosos y las sustancias tóxicas que contaminan el
mundo, etcétera, etcétera.
Sin embargo, fueron los científicos los que, a mediados de
1945, horrorizados por las bombas atómicas, rogaron que no se utilizaran contra
las ciudades, y fueron los políticos y generales los que insistieron en hacerlo
y los que se salieron con la suya. ¿Cuál es la razón entonces de que un cierto
número de científicos abandonara asqueado el campo de la física nuclear, y que
otros tuvieran que luchar contra sus impulsos suicidas, mientras que no he oído
hablar en mi vida de ningún político ni general que perdiera el sueño por esta
decisión? ¿Por qué los científicos son considerados unos malvados y los
políticos y generales unos héroes?
Claro que hay científicos que me parecen unos malvados, y
políticos y generales que me parecen unos héroes, pero en ambos casos no
representan más que una pequeña parte del total. Así que, si el tono de este
articulo les parece un poco amargo, espero que no les haya sorprendido.
LA DIFERENCIA MÁS SUTIL
Como en estos artículos hablo de muchos temas distintos, y
siempre me las doy de entendido y sabihondo de una manera insufrible,
probablemente mis amables lectores agradecerán que de vez en cuando les
confiese mi estupidez. Lo haré con mucho gusto, ya que puedo elegir entre un
montón de ejemplos.
Por ejemplo, hace unas dos semanas estaba escuchando una
conferencia de un detective privado sobre su profesión.
Era joven, atractivo, inteligente y muy buen orador. Era
un placer escucharlo.
Habló de cómo había contribuido a la liberación de un
destacado malhechor demostrando que la policía había realizado un registro
ilegal. Luego explicó que se sentía plenamente justificado al intentar liberar
a personas que eran criminales sin ningún asomo de duda porque (1) la
Constitución garantizaba su derecho a contar con la mejor defensa posible; (2)
si la acusación recurría a tácticas ilícitas, de todas formas los criminales
serian liberados tras la apelación, y (3) al insistir en que los procesos sean
legales hasta el último detalle, se protege a todo el mundo, incluso a nosotros
mismos, de un Gobierno que fácilmente podría caer en la tiranía de no estar
sometido a una continua vigilancia.
Yo asentí desde mi asiento. Bien dicho, pensé.
Luego se puso a contar anécdotas humorísticas. Una era
sobre un profesional liberal que se había separado de su mujer y vivía con su
secretaria. Como quería quitarse a la secretaria de encima, este hombre
contrató a un detective privado para que la siguiera y procurara que ella se
diera cuenta. Entonces la secretaria le diría a su amante que la estaban
siguiendo, y él diría: «Oh, Dios mío, mi mujer nos sigue la pista. Tenemos que
separarnos.»
Aunque el detective privado hizo todo lo que estuvo en su
mano para que le atraparan, la secretaria se negó a preocuparse por ello, y el
pequeño plan fracasó.
Entonces alcé la mano e hice una pregunta tonta por pura
estupidez. Dije:
–Comprendo las cuestiones constitucionales relacionadas
con ayudar a los criminales. Pero ¿cuál es la cuestión constitucional
relacionada con el hecho de ayudar a un tipo a engañar a una pobre mujer con un
truco sucio? ¿Por qué lo hizo?
El detective privado me miró asombrado, y respondió:
–Me pagó por ello.
Todo el mundo empezó a reírse disimuladamente y a darse
codazos, y me di cuenta de que era la única persona de todo el público tan
tonta como para necesitar que le explicaran eso.
En realidad, era tan evidente que se estaban riendo de mí
que no tuve el valor de hacer la siguiente pregunta, que hubiera sido, de
haberme atrevido a formularla:
–Pero si un detective privado está sujeto a la tentación
de hacer trabajos sucios por el dinero que gana con ellos, ¿por qué no elige
otra profesión?
Supongo que esta pregunta también tiene una respuesta
sencilla que yo soy demasiado tonto como para advertir.
Y ahora, tras ponerles en antecedentes sobre mi
incapacidad para entender las cosas más sencillas, voy a tratar sobre un tema
verdaderamente difícil: la cuestión de la vida y la muerte. Teniendo en cuenta
mi confesión, no es necesario que se tomen al pie de la letra nada de lo que
digo; basta con que lo consideren mi opinión. Por tanto, si su opinión es
distinta de la mía, espero que no tengan reparos en seguir manteniéndola.
¿Qué es la vida y qué es la muerte y cómo las
diferenciamos entre si?
Si comparamos a un ser humano vivo con una roca, no hay
ningún problema.
Un ser humano está formado por diferentes sustancias
químicas íntimamente asociadas a cosas vivas: las proteínas, los ácidos
nucleicos, etc., y una roca, no.
Además, en el ser humano se producen una serie de cambios
químicos que constituyen su «metabolismo», en los que los alimentos y el
oxigeno se transforman en energía, tejidos y sustancias de desecho. Gracias a
estas reacciones, el ser humano crece y es capaz de reproducirse, transformando
sustancias simples en complejas, en aparente contradicción con la segunda ley
de la termodinámica.
Una roca no es capaz de hacerlo.
Por último, el ser humano manifiesta una «conducta
adaptativa», al esforzarse por conservar la vida, evitar el peligro y buscar la
seguridad, tanto mediante el ejercicio consciente de su voluntad como gracias a
los mecanismos inconscientes de su constitución fisiológica y bioquímica.
Una roca no es capaz de hacer eso.
Pero el contraste entre el ser humano y la roca nos
proporciona una distinción demasiado simple entre la vida y la muerte, tan
trivial que no nos sirve de mucha ayuda.
Tenemos que buscar un ejemplo más complicado. Vamos a
observar las diferencias entre un ser humano vivo y otro muerto.
Para hacerlo más difícil todavía, vamos a preguntarnos
cuál es la diferencia esencial entre un ser humano un poco antes de su muerte y
ese mismo ser humano unos instantes después de su muerte; digamos cinco minutos
antes y cinco minutos después.
¿Qué cambios se producen en esos diez minutos?
Todas las moléculas siguen estando ahí: todas las
proteínas y todos los ácidos nucleicos. No obstante, hay algo que ya no está
ahí, ya que mientras los procesos del metabolismo y la conducta adaptativa
seguían desarrollándose (aunque muy débilmente) antes de la muerte, después de
ésta se detienen por completo.
Se ha desvanecido una chispa de vida. ¿Qué es exactamente?
Una de las primeras conjeturas que se hicieron sobre esta
cuestión la relacionaba con la sangre. Es fácil suponer que existe una relación
especial entre la sangre y la vida, una relación más estrecha e íntima que la
que existe entre ésta y otros tejidos. A fin de cuentas, cuando se pierde
sangre, el organismo se debilita cada vez más y acaba por morir. Es posible
entonces que la sangre sea la esencia de la vida; la vida misma, en realidad.
Hay vestigios de esta opinión en la Biblia, que en algunos
lugares llega a identificar vida con sangre.
Por ejemplo, después del diluvio Noé y su familia, los
únicos supervivientes de la gran catástrofe, reciben instrucciones divinas
sobre lo que pueden comer y lo que no pueden comer. En esta alocución dietética
Dios dice: «Sólo carne que contenga en si su vida, su sangre, no comeréis»
(Génesis, 9, 4).
En otro pasaje sobre la nutrición. Moisés afirma que Dios
se ha mostrado aún más explícito y ha llegado a decir:
«Sólo has de perseverar firme en abstenerte de la sangre,
pues la sangre es la vida, y no has de comer la vida con la carne»
(Deuteronomio, 12, 23). También se encuentran declaraciones parecidas en
Levítico, 17, 11, y Levítico. 17, 14.
Parece ser que la vida es el don de Dios y no puede ser
comida, pero una vez eliminada la sangre, el resto está muerto en esencia y
siempre ha estado muerto y puede ser comido.
Desde este punto de vista, las plantas no están
verdaderamente vivas, porque no tienen sangre. No viven; se limitan a vegetar y
a suministrar alimentos.
Por ejemplo, en Génesis, 1, 29-30, se citan las palabras
de Dios dirigidas a los seres humanos que acaba de crear:
«Mirad, os entrego todas las hierbas que portan semillas
sobre la faz de la tierra, y todos los árboles frutales que engendran semillas
os servirán de alimento, y a todas las bestias salvajes, todas las aves del
cielo y todo cuanto se arrastra sobre la tierra con aliento vital señalo de
comida toda hierba verde.»
Las plantas son las que «portan semilla» y «engendran
semilla», pero en los animales hay «aliento vital».
Desde luego, hoy en día no haríamos esta distinción.
Las plantas están tan vivas como los animales, y la savia
realiza la misma función que la sangre animal. Pero la teoría de la sangre no
se sostiene ni aun teniendo en cuenta únicamente el mundo animal. Aunque la
pérdida de sangre en cantidades apreciables conduce inevitablemente a la
pérdida de la vida, no sucede así al contrario. Es perfectamente posible morir
sin perder ni una sola gota de sangre; de hecho, ocurre con frecuencia.
Ya que la muerte puede producirse sin que en apariencia se
haya perdido nada desde el punto de vista material, habrá que buscar la chispa
de la vida en algo más sutil que la sangre.
¿Y la respiración? Todos los seres humanos y todos los
animales respiran.
Si pensamos en la respiración, nos daremos cuenta de que
es mucho más apropiada que la sangre como sustancia esencial de la vida.
Estamos constantemente expulsando aire y volviendo a inspirarlo. La incapacidad
de volver a inspirar produce invariablemente la muerte. Si una persona no puede
inspirar a causa de una presión ejercida sobre la tráquea, o de un hueso
alojado en la garganta o por estar sumergida en el agua, morirá. La pérdida de
la respiración es tan ineludiblemente mortal como la pérdida de la sangre, y
las consecuencias mortales de la pérdida de la respiración son más rápidas que
la de aquélla.
Además, mientras que en el caso de la sangre lo contrario
no es cierto (se puede morir sin que haya pérdida de sangre), si que lo es en
el caso del aire. La gente no puede morir sin que se produzca una pérdida de
aire.
Un ser humano vivo respira, por muy débilmente que lo haga
y por muy próximo que esté de la muerte; pero después de que ésta se produzca
ya no respira, en ningún caso.
Además, la respiración es un proceso muy sutil. Es
invisible, impalpable, y los antiguos creían que era inmaterial. Era
exactamente el tipo de sustancia que podría y debería representar la esencia de
la vida y, por tanto, la sutil diferencia entre la vida y la muerte.
así, en Génesis, 2, 7, se describe la creación de Adán
como sigue: «Entonces el Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo,
sopló en su nariz aliento de vida, y el hombre se convirtió en ser vivo.»
En hebreo, «aliento» es ruakh, que, por lo general, se
traduce por «espíritu».
Parecería que hay un largo trecho entre «aliento» y
«espíritu», pero no es así de ningún modo. Las dos palabras tienen el mismo
significado literal. La palabra latina espirare significa «respirar», y
spiritus significa «un aliento». La palabra griega pneuma, que significa
«aliento», también se utiliza con el significado de «espíritu». Y la palabra
«fantasma»* proviene de una palabra del inglés antiguo que significa «aliento».
No se conoce con certeza el origen de la palabra «alma», pero estoy bastante seguro
de que, de saberlo, comprobaríamos que también proviene en última instancia de
la palabra «aliento».
Como en la lengua inglesa tenemos tendencia a utilizar
palabras derivadas de términos griegos y latinos, y de olvidar cuál era el
significado de los términos clásicos, atribuimos a algunos conceptos una
grandiosidad que, en realidad, no les corresponde.
Hablamos de los «espíritus de los muertos». Si habláramos
del «aliento de los muertos», el significado sería el mismo, aunque resultaría
menos impresionante. Los términos «Espíritu Santo» y «Fantasma Santo»** son
completamente equivalentes y su significado es, esencialmente, «el aliento de
Dios».
Podría hacerse la lógica objeción de que el significado
literal de las palabras no tiene ninguna importancia, que los conceptos más
importantes y esotéricos tienen que ser expresados con palabras modestas, y que
estas palabras toman su significado del concepto y no al contrario.
Bueno, quizá se pueda aceptar eso en el caso de que uno
crea que el conocimiento se adquiere en su forma definitiva por revelación
sobrenatural, pero yo creo que el conocimiento opera de abajo arriba, que se
adquiere mediante la observación, mediante un proceso de pensamiento sencillo y
sin complicaciones que fija un concepto primitivo que se va haciendo
gradualmente más complejo y abstracto a medida que se van acumulando más
conocimientos. Por tanto, la etimología nos ofrece una indicación sobre el pensamiento
originario, ahora cubierto por miles de años de filosofías abstrusas. Creo que
la gente se dio cuenta de la relación existente entre el aliento y la vida de
una forma sencilla y directa, y que todos los sutiles conceptos filosóficos y
teológicos del espíritu y el alma vinieron después.
¿Es el espíritu humano tan amorfo e impersonal como el
aliento del que toma su nombre? ¿Es posible que los espíritus de todos los
seres humanos que han muerto se confundan en una masa homogénea de vida
generalizada?
Resulta difícil de creer. A fin de cuentas, cada ser
humano es distinto y diferente a cualquier otro de diversas maneras, más o
menos sutiles. Por tanto, parece natural suponer que la esencia de la vida de
cada uno ha de diferenciarse de la de los demás en algunos aspectos. Por
consiguiente, cada espíritu conservaría esa diferencia y guardaría una especie
de reminiscencia del cuerpo que habitó y al que confirió la cualidad y la
individualidad de la vida.
Y si cada espíritu conserva el sello que es el origen de
las propiedades características de cada cuerpo, resulta tentador suponer que el
espíritu conserve también, de alguna manera sutil, ligera y etérea, la forma y
el contorno del cuerpo humano que ocupó. Esta idea podría haber estado fundada
en el hecho de que no es raro ver en sueños a personas que han muerto como si
estuvieran vivas. En épocas primitivas era frecuente que se concediera gran
importancia a los sueños (y también en la época actual, si a eso vamos), que se
consideraban mensajes del otro mundo, por lo que estos sueños se tenían por
pruebas irrefutables de que los espíritus se parecen a los cuerpos que han
abandonado.
Aunque no sea más que por razones de pudor, por lo general
se representa a estos espíritus revestidos de amorfos ropajes blancos que
forman una especie de nube luminosa o de luz resplandeciente, y esa es la razón
de que en las historietas se represente a los fantasmas y espíritus cubiertos
por una sábana.
Es aun más natural suponer que el espíritu es inmortal.
¿Cómo podría morir la esencia misma de la vida? Un objeto
material puede estar vivo o muerto, dependiendo de que contenga o no la esencia
de la vida; pero ésta sólo puede estar viva.
Este razonamiento es análogo al de que una esponja puede
estar seca o mojada dependiendo de que contenga agua o no, pero el agua misma
sólo puede estar mojada, o el de que una habitación puede estar iluminada o a
oscuras, dependiendo de si los rayos del sol entran en ella o no, pero los
rayos del sol sólo pueden ser luz*.
Si existe una serie de espíritus o almas que están
eternamente vivos y que se introducen en un pedazo de materia en el momento del
nacimiento, infundiéndole vida, y que luego lo abandonan y lo dejan morir,
entonces debe de haber un número enorme de espíritus, uno por cada ser humano
que haya vivido alguna vez o que vaya a hacerlo en el futuro.
Este número puede ser aún mayor si también existen
espíritus para otras formas de vida. Es posible que sea menor si los espíritus
pueden reciclarse: es decir, si un espíritu se puede trasladar a un cuerpo que
acaba de nacer tras abandonar un cuerpo moribundo.
Estas dos últimas teorías tienen sus partidarios; a veces,
se encuentran combinadas, como en el caso de las personas que creen que la
trasmigración de las almas se produce de manera escalonada en el reino animal.
Un hombre que haya sido particularmente malo puede volver a nacer como una
cucaracha; mientras que, inversamente, una cucaracha puede volver a nacer con
forma humana si ha sido una cucaracha buena y noble.
Sea cual sea la interpretación que se haga de esta
cuestión, ya estén los espíritus limitados a los seres humanos o repartidos por
todo el reino animal, exista o no la trasmigración de las almas, tiene que
haber un gran número de espíritus disponibles para infundir y quitar la vida.
¿Dónde viven?
En otras palabras, si se acepta la existencia de los
espíritus, es necesario suponer la existencia de todo un mundo espiritual. Este
mundo espiritual puede estar bajo la tierra o a gran altura sobre su
superficie, en otro mundo o en otro «plano».
La suposición más sencilla es que los espíritus de los
muertos se encuentran amontonados bajo tierra, quizá debido a que la práctica
de enterrar a los muertos es muy antigua.
La residencia subterránea de los espíritus en su forma más
sencilla seria la de la morada gris del olvido, como el Hades griego o el Sheol
hebreo. Allí se está en un estado muy parecido al de hibernación perpetua. así
se describe Sheol en la Biblia: «Allí acaba el tumulto de los malvados, allí
reposan los que están rendidos, con ellos descansan los prisioneros sin oír la
voz del capataz; se confunden pequeños y grandes y el esclavo se libra de su
amo» (Job, 3, 17-19). Y Swinburne describe el Hades en El jardín de Proserpina,
que comienza:
Aquí, donde el mundo está en silencio,
Aquí, donde todos los cuidados parecen
Vientos muertos y tumultos de olas inútiles
En inciertos sueños de sueños.
Esta nada no satisface a mucha gente, a la que la amarga
certeza de la injusticia de la vida hace caer en la tentación de imaginarse un
lugar de tortura al que va la gente que no le gusta después de la muerte: el
Tártaro griego o el Infierno cristiano.
El principio de simetría exige que existan también moradas
de bienaventuranzas para la gente que le gusta: el Paraíso, las Islas de los
Bienaventurados, Avalón, los Alegres Campos de Caza o el Valhalla.
Toda esta vasta estructura escatológica está basada en el
hecho de que los vivos respiran y los muertos, no, y de que los vivos sienten
la desesperada necesidad de creer que no morirán verdaderamente.
Por supuesto, hoy en día sabemos que la respiración tiene
tan poco que ver con la esencia de la vida como la sangre; que, al igual que
ésta, está simplemente al servicio de la vida. Y además no es insustancial,
inmaterial y misteriosa. Es tan material como el resto del cuerpo y está
formada por átomos tan misteriosos como puedan serlo otros átomos cualesquiera.
Y, sin embargo, a pesar de ello, la gente sigue creyendo
en la vida después de la muerte; incluso la gente que tiene conocimientos sobre
los gases y los átomos y la función del oxígeno. ¿Por qué?
La razón fundamental es que, a pesar de todas las
evidencias o de la falta de éstas, la gente sigue queriendo creer. Y este deseo
se manifiesta en un poderoso impulso por creer, aunque sea de manera
irracional.
La Biblia habla de los espíritus y almas y de la vida
después de la muerte. En un pasaje, el rey Saúl llega incluso a pedir a un
brujo que traiga al espíritu de Samuel de Sheol (1 Samuel. 28, 7-20). Esto es
prueba suficiente para millones de personas, pero muchos de los miembros de
nuestra generación escéptica y secular no están dispuestos a aceptar
indiscriminadamente todas las afirmaciones que se hacen en esta recopilación de
antiguas leyendas y poemas de los judíos.
Desde luego, hay testigos visuales. Me pregunto cuántas
personas habrán declarado que han visto espíritus y fantasmas. Quizá millones.
Nadie puede dudar de la existencia de estas declaraciones; pero cualquiera
puede poner en duda que estos testigos hayan visto realmente lo que dicen haber
visto. Me resulta inimaginable que una persona racional acepte estas historias,
También está el culto al «espiritismo», que afirma la
capacidad de los médium para entrar en contacto con el mundo de los espíritus.
Este culto ha prosperado, atrayendo no sólo a las personas sin educación,
ignorantes y sencillas, sino, a pesar de los numerosos casos de evidentes
fraudes descubiertos, hasta a personas de tanta inteligencia y seriedad como A.
Conan Doyle y sir Oliver Lodge. Pero la inmensa mayoría de las personas
racionales no dan ningún crédito al espiritismo.
Tenemos también el caso de un libro publicado hace más de
veinte años, titulado La búsqueda de Bridey Murphy, en el que una mujer era
supuestamente poseída por el espíritu de una irlandesa muerta mucho tiempo
atrás, con la que era posible comunicarse hipnotizando a su anfitriona. Durante
una temporada esto se consideró una prueba de la existencia de la vida después
de la muerte, pero ya no es tomado en serio.
Ahora bien, ¿existe alguna prueba de la vida después de la
muerte que pueda considerarse científica y racional?
En la actualidad, hay quien sostiene que existen
evidencias científicas.
Una médico llamada Elisabeth Kübler-Ross ha presentado
declaraciones que afirma haber recibido de diferentes personas en su lecho de
muerte, que aparentemente indican que existe vida después de la muerte, y se ha
producido una auténtica eclosión de libros sobre el tema. Por supuesto, cada
uno de estos libros tiene garantizado un gran número de ventas entre los
crédulos.
Según estos informes de reciente publicación, algunas
personas que han estado «clínicamente muertas» durante algún tiempo se las han
arreglado para aferrarse a la vida y reponerse, para luego contar sus
experiencias de la «muerte».
Parece ser que seguían conscientes, se sentían felices y
tranquilas, veían su cuerpo desde arriba, atravesaban túneles oscuros, veían
los espíritus de parientes y amigos muertos, y en algunos casos se encontraban
con un amable y cariñoso espíritu resplandeciente que se disponía a guiarlos
hacia algún lugar.
¿Qué crédito puede darse a estas declaraciones?
Yo creo que ninguno en absoluto.
No es necesario suponer que estas personas «muertas» estén
mintiendo acerca de sus experiencias. La mente de una persona bastante cerca de
la muerte como para ser considerada «clínicamente muerta» deja de funcionar con
normalidad. En este caso la mente sufre alucinaciones muy parecidas a las que
sufriría si no estuviera funcionando normalmente por cualquier otra razón:
alcohol, LSD, falta de sueño, etcétera. La persona moribunda experimentaría lo
que él o ella hubiera esperado o querido experimentar.
(Por cierto, en ninguno de estos informes se habla del
Infierno o de los demonios.)
Los creyentes en la vida después de la muerte responden a
esto diciendo que estas historias han sido avaladas por personas de los más
diversos orígenes, incluyendo a indios no cristianos, lo que les induce a creer
que son objetivamente ciertas… Yo me niego a aceptar este argumento por dos
razones:
1. Las historias sobre la vida después de la muerte están
extendidas por todo el mundo. Casi todas las religiones hablan de una vida
después de la muerte, y los misioneros cristianos y los medios de comunicación
occidentales han difundido nuestras teorías sobre el tema por todas partes.
2. Por otra parte, una persona que ha sufrido
alucinaciones del tipo que sea, una vez recuperada, cuando quizá todavía se
siente débil y confusa, se ve obligada a describirlas, y qué fácil debe de
resultarle procurar que su descripción se ajuste a las expectativas de quien le
interrogue, que, por lo general, es un entusiasta de la vida después de la
muerte, deseoso de obtener la información adecuada.
La experiencia de innumerables casos de juicios
sumarísimos demuestra que un ser humano, aun estando bajo juramento y corriendo
el riesgo de ser castigado, confundirá los recuerdos, incurrirá en
contradicciones y testificará cosas absurdas. También sabemos que un abogado
astuto puede conseguir con sus preguntas casi cualquier testimonio de un
testigo, por muy honrado, sincero e inteligente que éste sea. Esa es la razón
de que el reglamento sobre los testimonios y los interrogatorios tenga que ser
tan estricto.
Por tanto, como es natural, tendría que encontrarme ante
una evidencia muy convincente para llegar a atribuir alguna importancia a las
declaraciones de una persona muy enferma que ha sido interrogada por un
creyente ansioso.
Pero, en ese caso, ¿a qué viene lo que he afirmado más
arriba: que tiene que haberse producido algún cambio en el tránsito de la vida
a la muerte, un cambio que determina una diferencia que no es una simple
cuestión de átomos y moléculas?
Esta diferencia no está relacionada con la sangre ni con
la respiración, pero tiene que estar relacionada con algo.
Y así es. Hay algo que estaba allí en la vida y que deja
de estarlo en la muerte, y ese algo es inmaterial y representa una sutil
diferencia: la diferencia más sutil posible.
El tejido vivo no está formado solamente por moléculas
complejas, sino por estas moléculas complejas dispuestas de manera compleja. Si
esa disposición empieza a ser alterada, el cuerpo enferma; si la alteración es
suficientemente grave, el cuerpo muere. Entonces se pierde la vida, aunque
todas las moléculas sigan estando allí y sigan intactas.
Lo explicaré con una analogía. Supongamos que levantamos
una complicada estructura con miles de pequeños ladrillos. Esta estructura
tiene la forma de un castillo medieval, con torres y almenas y rastrillos y
mazmorras y todas esas cosas. Quienquiera que observe la construcción
terminada, verá el castillo, aunque esté demasiado lejos como para ver los
ladrillos.
Imaginemos ahora que desciende una mano gigante y derriba
todos los ladrillos con los que está construido el castillo, reduciéndolo todo
a un montón de escombros. Los ladrillos siguen estando ahí, todos y cada uno de
ellos.
Todos ellos sin excepción siguen intactos.
Pero ¿dónde está el castillo?
El castillo no existía más que en virtud de la disposición
de los ladrillos, y al destruir esta disposición el castillo desaparece. El
castillo surgió de la nada al apilar los ladrillos y se desvanece en la nada
cuando se descompone la estructura formada por estos ladrillos.
Después de mi concepción, las moléculas de mi cuerpo se
sumaron a otras moléculas, disponiendo el conjunto de manera cada vez más
complicada y además única, distinta a la disposición de las moléculas de
cualquier otro ser vivo.
En este proceso poco a poco me fui desarrollando hasta
convertirme en un ente consciente al que llamo «yo» y que existe únicamente en
virtud de esta disposición. Cuando esta organización se pierde para siempre, en
el momento de mi muerte, ese «yo» también se perderá para siempre.
Y a mi me parece de lo más conveniente. Ninguna de las
concepciones del Cielo y el Infierno que conozco me han parecido adecuadas para
lugar de residencia de una mentalidad civilizada y racional: prefiero la nada.
NOTA
Hasta la estupidez parece estar gobernada por las modas.
En este articulo hablo de Elisabeth Kübler-Ross y de su pretensión de que las
personas moribundas experimentan sensaciones que pueden interpretarse como si
unos ángeles bajaran para conducirlas hasta el cielo, o algo así.
En aquel momento parecía que esta nueva estupidez sobre la
otra vida, fundamentada en algo que recordaba vagamente a un razonamiento
científico, podría llegar a hacer furor y a producir una oleada de misticismo
sobre el cielo y el infierno. Escribí este articulo para luchar contra esta
posibilidad, entre otras cosas.
No obstante, esta modalidad concreta de creencias
estúpidas parece haberse extinguido, lo cual es un alivio.
Pero la estupidez en general no se extingue así como así.
Casi parece como si existiera una ley de conservación de
la estupidez según la cual la estupidez no se destruye; sólo se transforma. Por
tanto, la estupidez de Kübler-Ross se ha limitado a cambiar de forma y,
¡abracadabra!, se ha transformado en las necesidades de Shirley MacLaine.
EL PALACIO FLOTANTE DE
CRISTAL
El mes pasado (en el momento de escribir esto) Janet, mi
mujer, y yo atravesamos el Atlántico en el Queen Elizabeth 2; pasamos un día en
Southampton y volvimos a atravesarlo en dirección opuesta.
Lo hicimos por varias razones. Di un par de charlas en
cada viaje, a Janet le encantan los barcos y ambos nos encontrábamos en un
remanso de paz, alejados de las preocupaciones diarias. (Tanto es así que
conseguí escribir un pequeño libro durante mi estancia a bordo; pero esa es
otra historia.)
Sin embargo, hubo algo en este viaje que fue una decepción
para mi. Yo siempre había creído que hay una palabra que es absolutamente tabú
en cualquier trasatlántico. Se puede decir que algo es «muy grande», «enorme»,
«monstruoso» o «gigantesco», pero nunca se puede decir que algo es… Bueno, un
adjetivo que empieza por «t».
Estaba equivocado. Una noche actuó un cómico en el barco,
y en un momento de la actuación dijo:
–Muchachos, espero que todos ustedes acudan al gran
banquete que se va a celebrar mañana. Vamos a celebrar el aniversario del
Titanic.
¡Me quedé de una pieza! Dios sabe que nunca me he
distinguido por el buen gusto de mi desenfadado humor, pero me pareció que
había ido demasiado lejos. De haber sabido lo que iba a decir, es muy posible
que hubiera intentado organizar un comité para procurar alimento a los pobres y
esforzados tiburones tirando al cómico por la borda.
¿Hubo alguien más que reaccionara igual que yo?
¡No señor! El chiste fue saludado con una carcajada
general; yo fui el único que me quedé callado (que yo sepa).
¿Por qué se reían? Me puse a pensar en ello y un articulo
empezó a tomar forma en mi mente. Aquí lo tienen.
Comenzaremos por San Brandan, un monje irlandés del siglo
VI.
En aquella época Irlanda podía enorgullecerse de ser la
nación más avanzada culturalmente del mundo occidental.
Las provincias romanas del oeste de Europa, abatidas y
decadentes, vivían una época de tinieblas, pero en Irlanda (que nunca formó
parte del Imperio romano) ardía la luz del conocimiento, y fue la única nación
occidental que conservó la sabiduría de los antiguos griegos. La isla disfrutó
de una edad de oro que duró tres siglos, hasta que las invasiones de los
vikingos y las posteriores incursiones de los ingleses extinguieron su luz.
De esta edad de oro datan una serie de expediciones
extraordinarias emprendidas por los irlandeses, que llegaron hasta Islandia y
posiblemente incluso más allá. (Es probable que durante un siglo existiera una
colonia irlandesa en Islandia, que ya había desaparecido cuando los vikingos
desembarcaron allí en el siglo IX.) Uno de los exploradores cuyo nombre
conocemos es San Brandan.
Hacia el 550 San Brandan se dirigió hacia el norte desde
la costa oeste de Irlanda, y parece ser que exploró las islas del norte de la
costa escocesa: las Hébridas, las Orcadas y las Shetland. Es posible que
llegara aún más al norte, hasta las islas Feroe, a unos 750 kilómetros al norte
del extremo septentrional de Irlanda. Es casi seguro que fue el primer
navegante en aventurarse tan al norte.
El viaje de San Brandan era bastante notable para la
época, pero en los años posteriores fue magnificado por la tradición. En el año
800 se escribió un relato de ficción basado en sus viajes que tuvo mucho éxito.
En cierto modo era una especie de relato de ciencia-ficción primitivo, porque
el autor recurrió a su fértil imaginación, aunque tuvo buen cuidado de utilizar
las historias contadas por el viajero como armazón de su relato (del mismo modo
que los autores modernos de ciencia-ficción utilizan las teorías científicas
para los mismos fines).
Por ejemplo, en la historia se cuenta que San Brandan vio
un «palacio flotante de cristal».
¿Hay algún elemento en la exploración de los océanos que
explique el origen de esta fantasía en concreto?
Desde luego. Un iceberg. Suponiendo que mi interpretación
sea correcta, se trata de la primera mención de un iceberg en la literatura
mundial.
En los siglos posteriores, cuando el mar del Norte fue
explorado sistemáticamente, los icebergs llegaron a ser un espectáculo
frecuente. ¿De dónde venían?
Como es natural, el mar tiende a congelarse cerca de los
polos, y en los meses de invierno el océano Ártico está cubierto de una capa de
hielo más o menos compacto. Pero este hielo marino no es demasiado espeso. El
espesor medio es de 1,5 metros, aunque en algunas partes puede llegar a tener
hasta 4 metros.
Es muy posible que algunos fragmentos de este hielo marino
se desprendan en primavera, cuando suben las temperaturas, y se dirijan
flotando hacia el Sur; pero estos fragmentos no son demasiado impresionantes.
Son grandes láminas de hielo que sobresalen unos 40 centímetros por encima del
nivel del mar.
No son nada en comparación con los icebergs del Ártico,
que alcanzan alturas de hasta 30 metros. Existen informes sobre un iceberg que
tenia una altura récord: 170 metros sobre el nivel del mar; casi la mitad de la
altura del Empire State Building. Si contamos la parte sumergida, ese pedazo de
hielo puede haber medido cerca de 1,6 kilómetros de un extremo al otro.
Un trozo de hielo tan enorme sólo pudo haberse formado en
tierra firme.
En el mar, el agua en estado líquido que hay por debajo de
la capa de hielo actúa como un sumidero de calor que impide que éste llegue a
tener demasiada densidad, incluso en el más crudo invierno polar. En tierra
firme, la superficie sólida, que tiene menos capacidad que el agua para
conservar el calor, y en la que no hay corrientes que traigan sustancias más
calientes de otros lugares, alcanza temperaturas muy bajas, por debajo de la de
congelación, y no se produce la fusión. La nieve se va acumulando de año en año
y puede formar capas de hielo de enorme espesor.
El hielo de larga duración se forma y se va espesando en
las cumbres montañosas de todo el mundo. También se forma a nivel del mar en
las regiones polares. Groenlandia es la mayor extensión de tierra del Ártico
dentro de los límites de la zona polar, y es en esta inmensa isla donde el
hielo es más espeso y ocupa mayor extensión.
La placa de hielo de Groenlandia ocupa todo el interior de
la isla y tiene unos 2.500 kilómetros de longitud de norte a sur, y unos 1.100
kilómetros de anchura, de este a oeste.
El área de la placa de hielo de Groenlandia es de un poco
más de 1.800.000 kilómetros cuadrados; es decir, se trata de un bloque de hielo
que tiene un área 2,6 veces mayor que la del Estado de Texas. El máximo espesor
de esta placa de hielo es de 3,3 kilómetros. Pero a lo largo de la mayor parte
de la costa groenlandesa existe una franja de tierra que en algunos lugares
tiene más de 300 kilómetros de anchura.
(Fue en esta franja de tierra del suroeste de Groenlandia
donde los testarudos vikingos se asentaron durante cuatro siglos, del 980 al
1380.)
Cada año se deposita más nieve en la placa de hielo de
Groenlandia, de la que apenas se funde nada durante los meses cálidos (y la
nieve fundida tiende a congelarse de nuevo al invierno siguiente); no obstante,
la placa de hielo no aumenta de espesor eternamente. La razón es que el hielo
cede al ser sometido a presiones.
A medida que la placa de hielo aumenta de espesor, su
propio peso tiende a aplastarla y extenderla. Las enormes presiones ejercidas
sobre el hielo lo fuerzan a desplazarse en forma de glaciares, una especie de
ríos sólidos que se arrastran lentamente por el lecho de los valles hasta
llegar al mar. Estos glaciares groenlandeses se mueven a una velocidad máxima
de 45 metros por día; una velocidad enorme si la comparamos con la de los
glaciares corrientes de montaña (empujados por fuerzas mucho menores).
Cuando los glaciares groenlandeses llegan al mar, el hielo
no se funde de manera perceptible. Ni el sol groenlandés ni los fríos mares que
rodean la isla desprenden calor suficiente como para tener efectos de
importancia. La punta del glaciar se parte («se desprende»), y grandes bloques
de hielo caen al mar. Estos bloques de hielo son los icebergs. (A propósito,
berg es «montaña» en alemán.)
En las aguas del Ártico se desprenden unos 16.000 icebergs
por año. Aproximadamente, el 90 por 100 se forman a partir de los glaciares
groenlandeses que desembocan en el mar en la bahía de Baffin, que baña la costa
oeste de la isla.
El glaciar más grande del mundo, el Humboldt, se encuentra
en el noroeste de Groenlandia, en la latitud 80° N. En el punto en que toca la
costa tiene 80 kilómetros de anchura, pero está demasiado frío como para
desprender icebergs a una velocidad récord. Más al sur, a unos dos tercios de
la longitud de la costa oeste de Groenlandia, el glaciar Jakobshavn desprende
1.400 icebergs al año.
Al tener una densidad de 0,9, la mayor parte de un iceberg
está por debajo de la superficie. La cantidad exacta de hielo sumergido depende
de su pureza. Por lo general, el hielo contiene una gran cantidad de burbujas
de aire que le dan un aspecto lechoso, mientras que el hielo puro es
transparente; estas burbujas reducen su densidad. Por otra parte, los
glaciares, en su camino hacia el mar, van reuniendo gravilla y fragmentos de
rocas que pueden quedarse en el interior de los icebergs desprendidos, aumentando
su densidad total. En general, entre el 80 y el 90 por 100 del iceberg está
sumergido.
Mientras los icebergs permanecen en aguas árticas no
sufren demasiados cambios. Las gélidas aguas del océano Ártico no funden el
hielo de manera perceptible. Los icebergs que se forman frente a la costa oeste
de Groenlandia se quedan en la bahía de Baffin durante mucho tiempo, pero
finalmente empiezan a desplazarse hacia el sur atravesando el estrecho de
Davis, y entran en las aguas del sur de Groenlandia y el este de la península
de Labrador.
Muchos icebergs quedan atrapados a lo largo de la desierta
costa de Labrador, donde se parten y se funden muy lentamente; pero algunos
siguen casi intactos en puntos tan al sur como la isla de Terranova, después de
haber recorrido 3.000 kilómetros en un período máximo de tres años.
Pero cuando un iceberg llega a Terranova su destino es
irrevocable. La corriente lo arrastra y pasa de largo por delante de esta isla,
hasta acabar en las cálidas aguas de la corriente del Golfo.
En un año cualquiera, aproximadamente 400 icebergs pasan
junto a Terranova y entran en las rutas navegables del Atlántico Norte. La
mayoría se funde en dos semanas al llegar a las cálidas aguas de la corriente
del Golfo, pero el 2 de junio de 1934 se avistaron los restos de un iceberg
gigante a la latitud récord de 30° N, la misma latitud del norte de la
península de Florida.
Pero al comenzar la última etapa de su viaje los icebergs
siguen siendo enormes y amenazadores, y mucho más peligrosos de lo que parecen,
ya que la mayor parte de su masa está sumergida y puede estar mucho más cerca
de la nave que se cruce con ellos que la porción superior y visible.
En los años anteriores a la invención de la radio, cuando
los barcos se encontraban verdaderamente aislados y no había manera de saber
qué había más allá del horizonte, los icebergs constituían un verdadero
peligro.
Por ejemplo, entre 1870 y 1890 catorce barcos se hundieron
y cuarenta sufrieron daños a causa de las colisiones con icebergs.
Luego vino el Titanic. En el momento de su botadura, en
1911, era el barco más grande del mundo. Tenía 270 metros de longitud y un
tonelaje bruto de 46.000 toneladas.
Su casco estaba dividido en dieciséis compartimientos
estancos, y el barco no se hundiría, aunque se abrieran violentamente cuatro de
ellos al mismo tiempo. De hecho, se creía que el Titanic era insumergible, y
así se proclamó a los cuatro vientos. En abril de 1912 partió en su viaje
inaugural desde Southampton hasta Nueva York, con un deslumbrante cargamento de
pasajeros ricos y socialmente prominentes.
En la noche del 14 al 15 de abril avistó un iceberg en un
punto situado a unos 500 kilómetros al sureste de Newfoundland. El barco había
ignorado hasta entonces la eventualidad de encontrarse con un iceberg y
navegaba a demasiada velocidad, ansioso por cruzar el Atlántico en un tiempo
récord. Por consiguiente, cuando el iceberg fue avistado, era demasiado tarde
para evitar la colisión.
Cuando se produjo el choque, se abrió una brecha de 90
metros en el costado de estribor del barco. La fatalidad quiso que cinco
compartimientos estanco se abrieran en dos, pero aun así el Titanic resistió
como un valiente.
Tardó casi tres horas en hundirse.
Ese tiempo podría haber bastado para salvar a los
pasajeros, pero no se habían hecho ensayos con los botes salvavidas, y aun de
haberse hecho, los botes disponibles sólo podían albergar a menos de la mitad
de las más de 2.200 personas que había a bordo.
En aquella época ya había radio en los barcos, y el
Titanic envió una señal de socorro. Otro barco, el California, que estaba
equipado para recibir la señal y que pasó la noche lo bastante cerca como para
acudir a toda prisa al rescate, sólo tenía un operador de radio, y un hombre
tiene que dormir de vez en cuando. Cuando se recibió la señal, no había nadie
junto a la radio.
Cuando el Titanic se hundió, se perdieron más de 1.500
vidas. A causa del dramático naufragio, del número de vidas que se perdieron y
de la posición social de muchas de las víctimas, este desastre revolucionó las
normas que regulaban los desplazamientos por mar. Después de la tragedia se
exigió que todos los barcos de pasajeros llevaran botes salvavidas con espacio
suficiente para todo el mundo a bordo, que se realizaran ensayos de salvamento
en todos los viajes, que los aparatos de radio funcionaran las veinticuatro
horas del día, estableciendo turnos de escucha, y así sucesivamente.
Además, en 1914 se fundó una Patrulla Internacional del
Hielo, que sigue existiendo en la actualidad, para controlar las posiciones de
estos gigantes inanimados de las profundidades. Está respaldada por diecinueve
países y dirigida por el Servicio de Guardacostas de los Estados Unidos. La
patrulla facilita continuamente información sobre todos los icebergs avistados
por debajo de la latitud 52° N, junto con un pronóstico de los movimientos de
cada uno de ellos en las doce horas siguientes.
Por último, la patrulla también dispone de medios de
vigilancia aérea y de detección por radar, y en los años transcurridos desde su
fundación ni un solo barco ha sido hundido por un iceberg en el área
controlada. Lo cierto es que los transatlánticos modernos se mantienen tan
apartados de los icebergs que los pasajeros ni siquiera los avistan en el
horizonte. Así que no es de extrañar que los pasajeros del Queen Elizabeth 2
pudieran permitirse el lujo de reírse de esa alusión de mal gusto al Titanic.
En los glaciares del oeste de Groenlandia se forman los
icebergs más peligrosos del mundo, pero no los mayores.
No sería lógico que lo fueran, ya que la placa de hielo de
Groenlandia, a pesar de ser la segunda en tamaño del mundo, es mucho más
pequeña que la que ocupa el primer lugar.
La mayor placa de hielo del mundo es la de la Antártida.
El hielo antártico es una masa casa circular, con un diámetro de unos 4.500
kilómetros y una línea costera de más de 20.000 kilómetros. Tiene una
superficie aproximada de 14.000.000 de kilómetros cuadrados, unas siete veces y
media más que la superficie de la placa de Groenlandia y una vez y media más
grande que la superficie de los Estados Unidos. El espesor medio de la placa de
hielo antártica es de casi 2 kilómetros, y el espesor máximo es de 4,3 kilómetros.
El volumen total de la placa de hielo antártica es de unos
30.000.000 kilómetros cúbicos, que constituye el 90 por 100 del volumen total
de hielo en el mundo.
En este continente más o menos circular hay dos profundas
muescas: el mar de Ross y el mar de Weddell.
Como la placa de hielo de la Antártida se aplasta y se
extiende hacia fuera a consecuencia de la presión, llega antes a estos dos
mares, pero no se desprende allí como en el caso de la placa de hielo del oeste
de Groenlandia. Es demasiado gruesa para ello, así que se adentra intacta en
estos mares, formando dos plataformas de hielo.
Estas plataformas de hielo permanecen intactas, hasta que
están a unos 1.300 kilómetros de la costa como máximo, y allí forman grandes
bloques de hielo de unos 800 metros de espesor en el punto más cercano al
continente, y de unos 250 metros de espesor en el extremo que se adentra en el
mar. La plataforma de hielo de Ross, la más grande de las dos, ocupa la misma
superficie que Francia.
Por supuesto, las plataformas de hielo no se desplazan
indefinidamente en dirección norte. Con el tiempo empiezan a desprenderse masas
de hielo del extremo más alejado de la costa, formando grandes «icebergs
tabulares», coronados por una superficie horizontal y con una altura máxima de
unos 100 metros por encima del nivel del mar, y longitudes del orden de cientos
de kilómetros.
En 1956 se avistó un iceberg tabular que tenía 330
kilómetros de longitud y 100 kilómetros de anchura: un único fragmento de hielo
flotando libremente, con una superficie equivalente a la de la mitad del estado
de Massachussets.
La mayor parte de los icebergs antárticos se desplazan a
la deriva por el océano Antártico y son arrastrados alrededor del continente
una y otra vez, avanzando lentamente hacia el norte, mientras se van deshelando
poco a poco. Aunque en total constituyen una masa de hielo mucho mayor que la
de los 400 icebergs de Groenlandia que pasan junto a la isla de Terranova cada
año, los icebergs de la Antártida pasan prácticamente desapercibidos para los
hombres, ya que se encuentran muy alejados de las principales rutas comerciales
oceánicas. En el hemisferio sur no hay ninguna ruta de navegación tan
frecuentada como las del Atlántico Norte.
De vez en cuando, un iceberg antártico se aleja bastante
hacia el norte en su deriva; en 1894 se divisaron los restos de uno de ellos al
oeste del Atlántico Sur, en la latitud 26° S, un poco al sur de Río de Janeiro,
Brasil.
Pero los icebergs también tienen su utilidad. La enorme
placa de hielo de la Antártida y los grandes icebergs que se desprenden de ella
cumplen la función de refrigerar el aire del planeta, y, al mantener las
profundidades oceánicas a baja temperatura, hacen posible el desarrollo de las
formas de vida marina.
¿Algo más? Bueno, vamos a cambiar un poco de tema.
El americano medio bebe ocho vasos de agua al día, lo que
representa 0,7 metros cúbicos al año. También necesita agua para su aseo, para
lavar los platos, regar el césped, etcétera, así que el americano medio consume
en el hogar 200 metros cúbicos de agua al año.
Pero los americanos también necesitan agua para sus
animales domésticos, los cultivos y la industria. Por ejemplo, para fabricar un
kilo de acero se necesitan 200 kilogramos de agua, y para cultivar un kilo de
trigo se necesitan 8.000 kilogramos de agua.
El consumo total de agua en los Estados Unidos es de 2.700
metros cúbicos por persona y año.
En aquellas regiones del planeta que apenas tienen
industria y en las que se utilizan métodos sencillos para los cultivos, la
demanda de agua puede cubrirse con 900 metros cúbicos por persona y año. La
demanda media planetaria puede ser de unos 1.500 metros cúbicos por persona y
año.
¿Qué representa esto en relación con las reservas de agua
mundiales?
Si se repartiera en partes iguales toda el agua del mundo
entre los cuatro mil millones de personas que habitan el planeta en este
momento, a cada persona le corresponderían 320.000.000 metros cúbicos. Esta
cantidad parece más que suficiente. Si este agua se recicla eficazmente,
bastaría para atender las necesidades de una población 210.000 veces mayor que
la actual.
¡Pero esperen! El 97,4 por 100 de toda el agua de la
Tierra es agua salada de los océanos, y los seres humanos no utilizan el agua
salada, ya sea para beber, lavar, la agricultura o la industria. Esos 1.500
metros cúbicos por persona y año sólo pueden ser de agua dulce.
Si se dividiera en partes iguales toda el agua dulce de la
Tierra entre los cuatro mil millones de personas que habitan el planeta en este
momento, a cada persona le corresponderían 8.300.000 metros cúbicos. Sigue sin
parecer nada terrible. Si este agua se recicla eficazmente, el suministro de
agua dulce podría mantener a una población 5.500 veces mayor que la actual
población mundial.
¡Pero esperen! El 98 por 100 de toda el agua dulce del
planeta se encuentra bloqueada en forma de hielo (sobre todo en la placa de
hielo antártica), y los seres humanos no pueden disponer de ella. Los seres
humanos sólo pueden servirse del agua dulce en estado líquido, que se encuentra
en los ríos, los estanques, los lagos y en los depósitos subterráneos,
continuamente reaprovisionados por la lluvia y la nieve fundida.
Si dividimos en partes iguales toda el agua dulce en
estado liquido entre los cuatro mil millones de personas que habitan el planeta
en este momento, a cada persona le corresponderían 160.000 metros cúbicos por
año. Sigue sin parecer fatal.
Si este agua se recicla eficazmente, bastaría para
mantener a una población cien veces mayor que la actual población mundial.
¡Pero esperen! El reciclaje no es cien por cien eficaz. No
podemos utilizar más agua dulce en estado liquido por año que la que nos
proporciona cada año la lluvia o la fracción de nieve caída que acaba por
fundirse. Si se reparte toda el agua dulce en estado líquido reunida en las
precipitaciones entre los cuatro mil millones de personas que habitan la Tierra
en este momento, a cada una le corresponderían 30.000 metros cúbicos al año.
Esta cantidad basta para mantener a una población 20 veces mayor que la actual
población mundial.
¡Pero esperen! El agua dulce en estado líquido no está
uniformemente repartida entre la población mundial. Y la lluvia tampoco cae de
manera uniforme, ya sea en el espacio o en el tiempo. En consecuencia, algunas
zonas del mundo tienen demasiada agua, y otras demasiada poca.
Hay selvas forestales y desiertos; a veces, se producen
inundaciones catastróficas y otras veces sequías no menos desastrosas.
Además, la mayor parte del agua dulce de la Tierra se abre
camino hasta el mar sin que los seres humanos tengan la más mínima oportunidad
de utilizarla, y una gran parte del agua dulce que podemos utilizar está cada
vez más contaminada. A consecuencia de todo esto, por asombrosa que resulte
esta afirmación en nuestro inundado planeta, nos encaminamos rápidamente hacia
una escasez de agua de dimensiones mundiales y consecuencias desastrosas.
¿Qué hemos de hacer entonces?
1. Obviamente, lo más importante es controlar la población
mundial. Si ésta se multiplica por veinte -lo que, de empeñarnos, podría
ocurrir en un plazo de 150 años-, nuestras necesidades superarán el suministro
total de agua de lluvia.
2. Hay que evitar destruir las reservas de agua dulce que
están a nuestro alcance. Tenemos que minimizar el impacto de la contaminación,
a la vez que evitar la destrucción del suelo mediante prácticas agrícolas
imprudentes que reducen su capacidad de almacenamiento de agua, con lo que se
fomenta así la propagación de los desiertos.
3. Tenemos que minimizar el derroche de agua y utilizar
más eficazmente nuestras reservas de agua dulce.
Por ejemplo, el río Amazonas, que es el mayor del mundo,
descarga en el mar 7.200 kilómetros cúbicos de agua al año, lo que bastaría
para suplir las necesidades de la actual población mundial indefinidamente;
pero el hombre no aprovecha prácticamente nada de este volumen de agua.
Por otra parte, tampoco debemos sobreexplotar las reservas
de agua dulce. Por ejemplo, no debemos extraer el agua subterránea a más
velocidad de la que tardan en reponerse sus reservas, porque la disminución del
nivel de agua subterránea o la penetración del agua salada en estas reservas
podría tener consecuencias catastróficas.
4. El agua tiene que considerarse como un recurso global,
y hay que esforzarse por trasladarla desde los lugares en los que hay exceso
hasta aquellos en que es escasa, como hacemos normalmente con la comida y el
combustible, por ejemplo.
Hasta aquí lo relativo a lo que podemos hacer con el agua
de que disponemos. ¿Hay alguna manera de aumentar las reservas? Bien…
a) Es posible minimizar las pérdidas de agua dulce debidas
a la evaporación, disponiendo finas películas unimoleculares de determinados
alcoholes sólidos o capas de bolitas de plástico sobre las superficies de agua
abierta.
Pero estas barreras contra la evaporación son de difícil
mantenimiento, porque el viento y las olas pueden romperlas. Y si se mantienen,
pueden dificultar la oxigenación del agua.
b) Toda la lluvia que cae sobre los mares se desperdicia
por completo. Sería preferible que cayera en tierra firme; en cualquier caso,
acabaría por volver al mar, pero podría aprovecharse por el camino. Cualquier
método que pudiéramos idear para controlar el clima de forma que la lluvia se
desviara desde el mar hacia el interior sería de gran utilidad.
c) Como en último término la lluvia procede de la
evaporación del agua del mar a causa del calor del sol, podemos reforzar este
proceso y obtener agua dulce desalinizando artificialmente el agua de los
mares. No se trata de un proyecto inviable, sino de algo que hoy en día se hace
de manera rutinaria. Los grandes barcos obtienen agua dulce mediante la
desalinización, y también los países ricos en energía y con escasas reservas de
agua, como Kuwait y Arabia Saudita, que tienen prevista la futura ampliación de
sus equipos. Pero en el proceso se consumen grandes cantidades de energía, y
por el momento no podemos permitirnos este gasto. ¿Hay alguna otra solución?
Bueno, como he dicho más arriba, el 98 por 100 de las
reservas de agua dulce de la Tierra se encuentran en forma de hielo, que no
necesita ser destilado; basta con deshelarlo. El proceso de deshielo consumiría
mucha menos energía que el de desalinización.
El principal problema es que este hielo se encuentra sobre
todo en Groenlandia y en la Antártida, y no es fácilmente accesible.
Pero parte de este hielo se encuentra flotando en los
mares. ¿Podrían arrastrarse los icebergs a los lugares en los que haya
necesidad de agua sin que los costes llegaran a ser prohibitivos?
Los icebergs del Ártico que salen al Atlántico Norte están
relativamente alejados de la mayor parte de las regiones de la Tierra más
necesitadas de agua. Por ejemplo, para llegar al Oriente Medio tendrían que ser
arrastrados alrededor de África, y para llegar al oeste de América tendrían que
rodear América del Sur.
Pero, ¿y los grandes icebergs tabulares del Antártico?
Estos podrían ser trasladados directamente hacia el norte,
hasta las zonas desecadas, sin necesidad de rodear grandes masas continentales.
E incluso uno de estos icebergs relativamente pequeño representaría 100.000.000
metros cúbicos de agua dulce, lo que equivale al suministro necesario para
abastecer a 67.000 personas durante un año.
Un iceberg de este tamaño tendría que ser remolcado
lentamente hacia el norte hasta el Oriente Medio, por ejemplo, atravesando las
cálidas aguas de los trópicos.
Seria necesario darle una forma parecida a la de un barco
para reducir la resistencia del agua, aislar sus lados y el fondo para reducir
el deshielo, y al llegar a las costas de Oriente Medio tendría que ser cortado
en grandes trozos que luego habría que deshelar para almacenar el agua.
¿Es posible hacer todo esto sin que el agua de los
icebergs resulte más cara que el agua desalinizada? Algunos expertos así lo
creen, y yo estoy deseando presenciar algún ensayo.
A fin de cuentas, ¿qué mejor manera podría haber de
tomarse la revancha por lo del Titanic que utilizar los icebergs para algo tan
vital?
NOTA
Estos artículos me brindan la oportunidad de disfrutar de
los más variados placeres.
Uno de ellos es comenzar por un hecho muy sencillo y
conocido, y llevarlo hasta sus últimas consecuencias, hasta acabar con alguna
cuestión sorprendente y actual; incluso relacionada con la ciencia-ficción.
Este artículo me gusta porque me proporcionó precisamente
este placer.
No obstante, he de admitir que últimamente no he oído gran
cosa sobre el proyecto de remolcar icebergs hacia el Ecuador para conseguir
agua dulce. Pero no olvidemos que los proyectos de ingeniería también están
sujetos a modas; van y vienen. Hace una generación se hablaba mucho del
proyecto de construir un túnel bajo el Canal de la Mancha.
Y después… nada. Y ahora se ha empezado a construir sin
demasiados aspavientos.
Otro ejemplo es todo el follón que se armó con la historia
de hacer perforaciones en la corteza terrestre hasta llegar al manto, para
obtener muestras directas de las capas más profundas de la Tierra. Más tarde se
decidió que era un proyecto demasiado caro y difícil, y cayó en el olvido. Pero
algún día (quién sabe) es posible que la idea se recupere y se lleve a cabo.
Y puede que algún día la gente beba icebergs.
AY, TODOS HUMANOS
Allá por la Edad Media, cuando estaba haciendo mi tesis
doctoral, tuve ocasión de familiarizarme con un invento innovador. El director
de mi tesis. Charles R. Dawson, había inventado un nuevo tipo de cuaderno de
datos que podía conseguirse en la librería de la universidad a cambio de una
considerable cantidad de monedas del reino.
Cada página estaba numerada y por duplicado. La primera
hoja de cada par era blanca y estaba bien cosida al lomo, y la otra era
amarilla y tenía perforaciones para que pudiera ser fácilmente arrancada.
Había que poner un pedazo de papel carbón entre la hoja
blanca y la amarilla al registrar los datos de los experimentos, y al final del
día teníamos que arrancar las páginas amarillas y entregárselas a Dawson.
Aproximadamente una vez a la semana él revisaba atentamente las páginas con
cada uno de nosotros.
De vez en cuando esta costumbre me hacia pasar un mal
rato, porque lo cierto es, amable lector, que soy muy torpe en el laboratorio.
Carezco de destreza manual.
Cuando estoy allí se caen los tubos de ensayo y los
reactivos se niegan a actuar como de costumbre. Esta es una de las razones por
las que, a su debido tiempo, no me resultó difícil inclinarme por la escritura
en lugar de la investigación.
Cuando comencé mis trabajos de investigación, una de las
primeras cosas que tenía que hacer era familiarizarme con las técnicas
experimentales relacionadas con las diversas investigaciones que mi grupo
estaba llevando a cabo.
Realicé un cierto número de observaciones en condiciones
variables y luego dibujé un gráfico con los resultados. En teoría, estos
valores tenían que formar una curva suavemente descendente. La realidad era que
había puntos dispersos por todo el gráfico, como si éste hubiera sido tiroteado
con una ametralladora. Dibujé sobre ese lío la curva teórica. Escribí debajo
«curva tiroteada» y entregué la copia.
Mi profesor sonrió cuando le entregué la hoja de papel,
prometiéndole que la próxima vez lo haría mejor.
Y cumplí mi promesa… en cierto modo. Pero vino la guerra y
pasaron cuatro años antes de que volviera al laboratorio. Y allí estaba el
profesor Dawson, que había guardado mi curva tiroteada para enseñársela a la
gente.
Le dije:
–Oiga, profesor Dawson, no debería reírse así de mi.
Y él me dijo muy serio:
–No me estoy riendo de ti, Isaac. Estoy alabando tu
honradez.
Me quedé desconcertado, y no fui capaz de decir más que
«gracias» y marcharme.
A partir de ese momento, más de una vez intenté comprender
a qué se refería. El había establecido el sistema de páginas duplicadas con la
intención de mantenerse al tanto de lo que hacíamos exactamente cada día, y si
resultaba que yo era irremediablemente inexperto en técnicas experimentales, no
tenia más remedio que revelarle el hecho al entregarle el duplicado al carbón.
Y de repente un día, nueve años después de haber terminado
el doctorado, me puse a pensarlo, se me ocurrió que no tenia por qué haber
registrado los datos directamente en el cuaderno. Podría haberlos apuntado en
cualquier trozo de papel y luego haber copiado las observaciones en las páginas
duplicadas, bien arregladas y ordenadas.
En ese caso podría haber omitido las observaciones que no
concordaran.
La verdad es que cuando llegué a este punto en mi tardío
análisis de la situación se me ocurrió que era incluso posible alterar los
datos para que tuvieran mejor aspecto, o inventarlos para probar una teoría y
luego pasarlos a las páginas duplicadas.
De repente me di cuenta de la razón por la que el profesor
Dawson había considerado el hecho de que le entregara la curva tiroteada como
una prueba de honradez, y me sentí terriblemente avergonzado.
Me gusta pensar que soy honrado, pero aquella curva
tiroteada no era una prueba de ello, sino en todo caso de mi falta de ingenio.
Tenia otra razón para avergonzarme. Me avergonzaba de
haberlo pensado. En todos los años transcurridos desde la curva tiroteada, la
posibilidad de alguna superchería científica me parecía literalmente
inconcebible, y ahora que se me había ocurrido me sentía un poco sucio por
ello. Lo cierto es que en ese momento estaba en pleno cambio de carrera;
acababa de empezar a dedicarme exclusivamente a escribir, y me sentí aliviado
por ello. Ahora que había pensado en la posibilidad de una superchería, no
estaba seguro de que pudiera volver a confiar en mí mismo.
Intenté exorcizar este sentimiento escribiendo mi primera
novela de misterio, en la que aparecía un aprendiz de investigador que
falsificaba los datos de sus experimentos, por lo que era asesinado. Se publicó
en edición de bolsillo, con el titulo de The Death-Dealers (Los comerciantes de
la muerte, Avon, 1958), y más adelante se reeditó en edición normal con mi
título original A Whiff of Death (Un solo mortal, Walker, 1967).
Y últimamente este tema ha vuelto a llamarme la atención…
La ciencia como concepto abstracto es un dispositivo de
búsqueda de la verdad que corrige sus eventuales errores durante el proceso. Es
posible caer en errores y equivocaciones si se manejan datos incompletos o
equivocados, pero el movimiento es siempre de menos a más verdadero *.
Pero los científicos no son la ciencia. Por muy gloriosa,
noble e inhumanamente insobornable que sea la ciencia, los científicos, ¡ay!,
son todos humanos.
Aunque resulte descortés suponer que un científico pueda
ser un tramposo, y por muy descorazonador que sea descubrir de vez en cuando a
uno que efectivamente lo es, no obstante es algo que hay que tener en cuenta.
Ninguna observación científica puede entrar en los libros
de cuentas de la ciencia hasta que no ha sido confirmada de manera
independiente. Esto se debe a que cualquier observador y cualquier instrumento
tiene defectos y prejuicios innatos, por lo que, aun suponiendo que la
observación se haya realizado con toda honradez, es posible que sea defectuosa.
Si otro observador con otro instrumento y con otros defectos y prejuicios
realiza la misma observación, se admite entonces que existe una posibilidad razonable
de que ésta sea objetivamente cierta.
Sin embargo, esta obligación de que la observación sea
confirmada independientemente también sirve para salir al paso de la
eventualidad de que el observador no sea tan honrado como se supone. Nos ayuda
a defendernos de los posibles fraudes científicos.
La falta de honradez científica puede tener distintos
grados de venalidad; en ocasiones, casi puede ser perdonable.
En los tiempos antiguos, una de las formas que podía tomar
la falta de honradez era la de fingir que el propio trabajo era, en realidad,
obra de alguna figura notable del pasado.
La razón es comprensible. Cuando la única posibilidad de
manufacturar y reproducir libros era la de copiarlos laboriosamente, no era
fácil disponer de todas las obras existentes. Es posible que la única forma de
presentar al público una obra fuera simular que había sido escrita por Moisés,
o por Aristóteles o Hipócrates.
Si la obra del simulador es inútil y sin fundamento, la
pretensión de que ha sido escrita por una gran figura del pasado sólo sirve
para desorientar a los estudiosos y mutilar la Historia hasta que se aclare el
asunto.
Pero más trágico aún es el caso del autor de una gran obra
que renuncia a que se reconozcan sus méritos por siempre jamás.
Por ejemplo, uno de los más grandes alquimistas de la
Historia fue un árabe llamado Abu Musa Jabir ibn Hayyan (721-815). Cuando se
tradujeron sus obras al latín, se transcribió su nombre como Geber, y éste es
el nombre por el que se le conoce generalmente.
Entre otras cosas, Geber sintetizó el blanco de plomo, el
ácido acético, el cloruro de amonio y el ácido nítrico débil. Y lo que es más
importante, describió cuidadosamente los procedimientos que utilizaba e
introdujo la costumbre (no siempre observada) de hacer posible que otras
personas repitieran sus investigaciones y comprobaran por sí mismas la validez
de sus observaciones.
Alrededor del 1300 otro alquimista realizó el
descubrimiento más importante de la alquimia. Fue el primero en describir el
procedimiento para sintetizar el ácido sulfúrico, que es el producto químico
más importante de los utilizados hoy en día en la industria que no se encuentra
en la naturaleza.
Este nuevo alquimista atribuyó su descubrimiento a Geber
para poder publicar su obra, que apareció bajo este nombre. ¿Cuál fue el
resultado? Que en la actualidad sólo podemos hablar del falso Geber; no
conocemos el nombre de la persona que hizo este gran descubrimiento, ni su
nacionalidad, ni siquiera su sexo; porque no es imposible que se tratara de una
mujer.
Pero mucho peor es el pecado contrario de atribuirse los
méritos ajenos.
Hay un caso clásico, en el que la victima fue Niccoló
Tartaglia (1500-1557), un matemático italiano que fue el primero en descubrir
un método general para resolver las ecuaciones cúbicas. En aquellos tiempos los
matemáticos se planteaban problemas entre si, y su reputación dependía de su
capacidad para resolverlos. Tartaglia era capaz de resolver problemas que
incluían ecuaciones cúbicas, y también de plantear otros que nadie era capaz de
resolver.
En aquella época era corriente mantener en secreto estos
descubrimientos.
Otro matemático italiano, Girolamo Cardano (15011576),
convenció a Tartaglia para que le revelara su método, bajo promesa solemne de
guardar el secreto… y lo publicó. Cardano llegó a admitir que lo había tomado
de Tartaglia, pero sin insistir mucho en ello, y hoy en día el método para
resolver las ecuaciones cúbicas se sigue conociendo como regla de Cardano.
En cierto modo, lo que hizo Cardano (que era un gran
matemático por derecho propio) está justificado. Los descubrimientos
científicos que se conocen y no se publican son inútiles para la ciencia
considerada en su conjunto.
Hoy en día, la publicación de estos descubrimientos se
considera de vital importancia, y generalmente se cree que el mérito es del
primero en publicarlos y no del primero en descubrirlos.
Esta regla no existía en la época de Cardano, pero,
considerándolo retrospectivamente, el mérito seria suyo en cualquier caso.
(Naturalmente, cuando la publicación se retrasa por
motivos ajenos a la voluntad del descubridor, puede darse el caso trágico de
que sus méritos no sean reconocidos; en la historia de la ciencia ha habido
varios casos. Pero se trata de un efecto secundario inevitable de una regla
que, por lo general, da buenos resultados.)
Es mucho más fácil justificar que Cardano publicara la
fórmula que el hecho de que rompiera su promesa. En otras palabras, puede
ocurrir que los científicos no estén haciendo nada poco honrado desde el punto
de vista científico y que aun así estén actuando de manera solapada en asuntos
relacionados con la ciencia.
El zoólogo inglés Richard Owen, por ejemplo, era
totalmente contrario a la teoría de la evolución de Darwin, sobre todo porque
Darwin postulaba la existencia de cambios aleatorios, lo que parecía poner en
entredicho la existencia de un propósito aparente en el Universo.
Owen estaba en su derecho a no mostrarse de acuerdo con
Darwin. También tenia derecho a escribir y hablar en contra de la teoría
darwiniana. Pero escribir artículos anónimos sobre el tema citando y elogiando
el propio trabajo con respeto y aprobación es un truco bastante sucio.
Desde luego, las citas de expertos en la materia siempre
hacen buen efecto. Pero el efecto es mucho peor cuando uno se cita a sí mismo.
No es honrado aparentar que se está haciendo lo primero cuando en realidad se
está haciendo lo segundo, ni aun cuando se es una autoridad reconocida en la
materia. Existe una diferencia psicológica.
Owen también alentaba a los demagogos a provocar
controversias antidarwinianas, consiguiendo así que publicaran argumentos poco
razonables o difamatorios que él mismo se habría avergonzado de utilizar.
El hecho de que los científicos muestren una marcada
tendencia a enamorarse de sus ideas plantea otro tipo de problemas. Siempre
resulta doloroso tener que admitir los propios errores. Por lo general, uno se
debate, se revuelve y forcejea, esforzándose por salvar su teoría, y se aferra
a ella mucho después de que el resto del mundo la haya abandonado.
Esta reacción es tan humana que apenas necesita
comentario, pero puede ser de particular importancia para la ciencia si el
científico en cuestión es un hombre viejo, famoso y respetado.
El ejemplo por excelencia es el del sueco Jöns Jacob
Berzelius (1779-1848), uno de los más grandes químicos de la Historia, que en
sus últimos años se convirtió en un poderoso aliado del conservadurismo
científico. Había elaborado una teoría de la estructura orgánica a la que no
estaba dispuesto a renunciar, y el resto de la comunidad mundial de químicos no
se atrevía a desviarse de ella por miedo a sus invectivas.
El químico francés Auguste Laurent (1807-1853) presentó en
1836 una teoría alternativa que ahora sabemos que se acercaba más a la verdad.
Laurent reunió pruebas incontestables a favor de su teoría y el químico francés
Jean Baptíste Dumas (1800-1884) fue uno de los que le apoyaron.
Berzelius contraatacó furiosamente, y Dumas no se atrevió
a oponerse al gran hombre y se desdijo de sus anteriores declaraciones. Pero
Laurent se mantuvo firme y continuó reuniendo pruebas. Su recompensa fue que le
negaron el acceso a los laboratorios más prestigiosos. Se supone que contrajo
la tuberculosis a causa de las deficientes instalaciones de calefacción de los
laboratorios de provincias en los que se veía obligado a trabajar, y murió
todavía joven.
Tras la muerte de Berzelius, las teorías de Laurent
empezaron a cobrar actualidad. Dumas recordó oportunamente que en un principio
las había respaldado e intentó atribuirse más méritos de los que le
correspondían, dando pruebas con ello de su falta de honradez tras haber dado
pruebas de su cobardía.
El establishment científico resulta con frecuencia tan
difícil de convencer del valor de las ideas nuevas que el físico Max Planck
(1858-1947) se quejó en una ocasión de que la única forma de conseguir avances
revolucionarios en las ciencias era esperando a que se murieran todos los
científicos viejos.
En otras ocasiones hay un deseo desmedido de realizar
algún descubrimiento. Hasta el científico más firmemente honrado puede sentir
la tentación.
Veamos el ejemplo del diamante. Tanto el grafito como el
diamante son formas de carbono puro. Si el grafito sufre una gran presión, sus
átomos se reordenan y adoptan la configuración del diamante. La presión no
tiene por qué ser tan alta si se eleva la temperatura, de manera que los átomos
puedan moverse y desplazarse más fácilmente. La cuestión es, por tanto, cómo
obtener la combinación adecuada de altas presiones y altas temperaturas.
El químico francés Ferdinand Frédéric Moissan (1852-1907)
emprendió esta tarea. Se le ocurrió que el carbono se disuelve hasta cierto
punto en el hierro líquido. Si el hierro fundido (a una temperatura bastante
alta, por supuesto) se solidifica, sufre una contracción. Al contraerse, el
hierro podría ejercer una gran presión sobre el carbono en disolución, y era
posible que esta combinación de altas temperaturas con altas presiones diera el
resultado deseado. Si después se disolvía el hierro, quizá se encontraran
pequeños diamantes entre los residuos.
En la actualidad, conocemos bien las condiciones en las
que se realiza esta transformación del grafito en diamante, y sabemos sin lugar
a dudas que las condiciones de los experimentos de Moissan no eran las
indicadas para su propósito; no tenía ninguna posibilidad de obtener diamantes.
Pero los consiguió.
En 1893 presentó públicamente una serie de pequeños
diamantes con impurezas y una astilla de diamante incoloro de más de medio
milímetro de longitud, que afirmó haber obtenido a partir de grafito.
¿Cómo era posible? ¿Acaso Moissan había mentido?
¿De qué le habría servido, teniendo en cuenta que nadie
habría podido reproducir su experimento y que él mismo sabría que no era
cierto?
Aun así es posible que el tema le sacara un poco de
quicio, pero la mayor parte de los historiadores científicos prefieren suponer
que uno de los ayudantes de Moissan introdujo los diamantes para gastarle una
broma a su jefe.
Moissan cayó en la trampa, anunció su éxito y el bromista
no pudo dar marcha atrás.
El caso del físico francés Rene Prosper Blondlot
(18491930) es todavía más extraño.
En 1895 el físico alemán Wilhelm Konrad Roentgen
(1845-1923) descubrió los rayos X, y en 1901 fue galardonado con el primer
premio Nóbel de física. En aquella época también se habían descubierto otras
radiaciones extrañas: los rayos catódicos, los haces de iones positivos y las
radiaciones radiactivas. Realizar un descubrimiento de este tipo suponía
alcanzar la gloria en el mundillo científico, y esa era la aspiración de
Blondlot, lo cual es bastante natural.
En 1903 anunció su descubrimiento de los «rayos N» (a los
que llamó así en honor de la Universidad de Nancy, donde trabajaba). Estas
radiaciones se producían al someter a tensión algunos sólidos, por ejemplo el
acero templado. Estos rayos podían detectarse y estudiarse gracias al hecho
(según Blondlot) de que iluminaban una pantalla de pintura fosforescente, que
ya de por sí despide una ligera luminosidad. Blondlot aseguraba que había visto
este resplandor, y otras personas también afirmaron lo mismo.
El principal problema era que en las fotografías no
resultaba perceptible este resplandor y que ningún instrumento más objetivo que
el impaciente ojo humano lo había registrado. Un día, un observador se metió
disimuladamente en el bolsillo una pieza indispensable del instrumento
utilizado por Blondlot. Este, sin advertir su falta, continuó viendo el
resplandor y «demostrando» su fenómeno. Por último, el observador sacó la pieza
y Blondlot, furioso, arremetió contra él. ¿Era Blondlot un estafador a sabiendas?
No sé por qué, pero yo creo que no. Simplemente deseaba desesperadamente creer
en algo… y así lo hizo.
El deseo desmedido de descubrir o demostrar algo puede
llevar incluso a falsificar los datos.
Veamos el caso del botánico austriaco Gregor Mendel
(1822-1884). Es el padre de la genética y fue el primero en formular, con
bastante acierto, las leyes básicas de la herencia. Lo consiguió cruzando
diferentes cepas de plantas del guisante verde y anotando el número de veces
que aparecían los diferentes rasgos en su descendencia. De esta forma
descubrió, por ejemplo, la relación de tres a uno, en la tercera generación del
cruce de un rasgo dominante con otro recesivo.
Pero a la luz de los descubrimientos posteriores, las
cifras que obtuvo dan la impresión de ser un poco demasiado perfectas. Tendría
que haber habido un poco más de dispersión. Por consiguiente, hay quien cree
que se buscó excusas para corregir los valores que se desviaban demasiado de
las reglas generales formuladas por él.
Esto no afecta a la importancia de sus descubrimientos,
pero la cuestión de la dotación hereditaria afecta muy indirectamente a los
seres humanos. Estamos mucho más interesados en las relaciones entre nosotros y
nuestros antepasados que en los diamantes, las radiaciones invisibles y la
estructura de los compuestos orgánicos.
así, hay gente que pretende atribuir a la herencia la
mayor parte de las características de los individuos y grupos de individuos,
mientras otras personas pretenden atribuirlas a la influencia del medio
ambiente. En general, los aristócratas y los conservadores se inclinan por la
teoría de la herencia, y los demócratas y radicales, por la del medio ambiente
*.
En este tema las emociones suelen jugar un papel muy
importante, hasta el punto de que se puede estar convencido de que uno de estos
dos puntos de vista tendría que ser el verdadero, lo sea en realidad o no. Al
parecer, es lamentablemente fácil, una vez que uno empieza a pensar de esta
manera, forzar un poquito los datos si éstos nos contradicen.
Supongamos que alguien es un ardiente defensor de la
teoría ambiental (mucho más que yo). La herencia llega a parecer una nadería.
Sea cual fuere nuestra herencia, la influencia del medio ambiente puede
cambiarla; nosotros se la transmitimos a nuestros hijos, quienes a su vez
pueden transformarla de nuevo, y así sucesivamente. Esta teoría, que postula la
extrema plasticidad de los organismos, se conoce como «transmisión de las
características adquiridas».
El biólogo austriaco Paul Kammerer (1880-1926) creía en la
transmisión de las características adquiridas. A partir de 1918 estuvo
experimentando con salamandras y sapos para intentar demostrarlo. Existen, por
ejemplo, algunas especies de sapos en las que el macho tiene las almohadillas
del pulgar de color oscuro. Hay una especie de sapo que no tiene esta
característica, y Kammerer trató de conseguir unas condiciones ambientales que
provocaran el desarrollo de estas almohadillas oscuras en esta especie, aunque
no las hubiera heredado.
Kammerer afirmaba haber conseguido algunos ejemplares, que
describía en sus informes, pero no consentía que otros científicos los
examinaran de cerca. Sin embargo, los científicos acabaron por conseguir
algunos de estos ejemplares, y se descubrió que las almohadillas de las patas
habían sido oscurecidas con tinta china. Es de suponer que Kammerer llegó a
estos extremos arrastrado por el fuerte deseo de «demostrar» su teoría. Al
verse descubierto se suicidó.
También hay quien siente un impulso igualmente apremiante
por demostrar lo contrario: que la inteligencia de un individuo, por ejemplo,
está determinada por la herencia, y que la educación y el trato civilizado poco
pueden hacer para despejar la inteligencia de un idiota.
Esta teoría tiende a perpetuar un esquema social muy
ventajoso para los que ocupan los peldaños superiores de la escala social y
económica. Las clases altas se sienten tranquilizadas al pensar que aquellos de
sus congéneres que viven en la miseria se encuentran en esta situación a causa
de sus propias carencias hereditarias, y que es inútil preocuparse demasiado
por ellos.
Cyril Lodowic Burt (1883-1971) era un psicólogo muy
influyente partidario de este punto de vista. Pertenecía a la clase alta
inglesa, estudió en Oxford y fue profesor en Oxford y en Cambridge, donde
estudió el coeficiente intelectual de los niños, relacionándolo con las
diferentes categorías profesionales de sus padres: profesional superior,
profesional medio, eclesiástico, obrero especializado, obrero semiespecializado
y obrero no cualificado.
Descubrió que el CI se ajustaba a la perfección a las
distintas categorías. Cuanto menor era la categoría social de los padres, menor
era también el Cl del niño. Parecía la demostración perfecta de que cada uno
tiene que saber estar en su sitio. Como Isaac Asimov es hijo de un tendero,
Isaac Asimov tiene que resignarse (por lo general) a ser también un tendero, y
no debe intentar competir con sus superiores.
Pero después de la muerte de Burt se plantearon algunas
dudas sobre la veracidad de sus datos. Sus estadísticas eran tan perfectas que
resultaban claramente sospechosas.
Las sospechas fueron creciendo, hasta que en el número de
Science, del 29 de septiembre de 1978, apareció un articulo titulado «La
polémica sobre Cyril Burt: nuevos descubrimientos», firmado, por D. D. Dorfman,
profesor de sicología de la Universidad de Iowa, con el siguiente
encabezamiento: «Demostrado sin ningún género de dudas que el eminente
científico británico inventó datos relativos al CI y las clases sociales.»
Y no hay más que hablar. Burt, como Kammerer, quería creer
en algo, así que inventó datos que lo probaran.
Al menos esa es la conclusión del profesor Dorfman.
Mucho antes de abrigar sospecha alguna sobre la honestidad
de Burt, yo había escrito un articulo titulado «Algunos pensamientos sobre el
pensamiento» en el que criticaba las pruebas de CI y me mostraba en desacuerdo
con los psicólogos que consideran que las pruebas de inteligencia son
concluyentes en la determinación de cosas como la inferioridad racial.
El hijo de uno de los psicólogos británicos al frente de
estas investigaciones le enseñó el articulo a su padre, que se puso furioso. El
25 de septiembre de 1978 me envió una carta en la que sostenía que las pruebas
de CI eran aceptables culturalmente y que los negros están doce puntos por
debajo de los blancos aun en las mismas condiciones ambientales y educativas.
Me aconsejaba que me limitara a hablar de los temas que conociera bien.
Cuando recibí la carta, ya había leído el articulo de
Dorfman en Science, y sabía que mi corresponsal había sido un enérgico defensor
de Burt, denunciando «la inmolación al estilo McCarthy» de la que, según él,
Burt era víctima. Parece ser que también le consideraba «un critico implacable
del trabajo de otras personas cuando éste se apartaba en lo más mínimo de la
más escrupulosa precisión y coherencia lógica», y que «era capaz de hacer
trizas cualquier argumento mal planteado o poco consistente».
En otras palabras, parece ser que Burt no sólo era un
tramposo, sino que además era un hipócrita en lo relativo a su misma falta de
honradez. (Una situación que me parece que se da con bastante frecuencia.)
Así que redacté una breve respuesta para X en la que le
preguntaba hasta qué punto había basado su trabajo en los descubrimientos de
Cyril Burt.
El 11 de octubre me envió otra carta. Esperaba otra fogosa
defensa de Burt, pero, al parecer, ahora era más prudente con respecto a él. Me
decía que la cuestión del trabajo de Burt no era pertinente; que había vuelto a
analizar todos los datos de los que disponía, sin tomar en consideración para
nada las contribuciones de Burt, y que su conclusión seguía siendo la misma.
En mi respuesta le explicaba que en mi opinión la obra de
Burt era totalmente pertinente, porque demostraba que en la controversia entre
herencia y medio ambiente los científicos estaban emocionalmente implicados
hasta tal punto que uno de ellos se había rebajado a falsificar los resultados
para demostrar que estaba en lo cierto.
Estaba claro que en esas condiciones cualquier resultado
favorable a las tesis del experimentador tenía que ser cuidadosamente sopesado.
Estoy seguro de que mi corresponsal es honrado, y por nada
del mundo pondría en duda su trabajo. Pero la cuestión de la inteligencia
humana y de las maneras de medirla sigue sin estar clara. Hay tantos puntos
oscuros que es muy posible que alguien absolutamente honrado e integro obtenga
resultados muy discutibles.
Sencillamente, no creo que sea razonable utilizar el CI
para obtener resultados, cuyo valor es discutible y que pueden ser utilizados
para que los racistas se sientan justificados, contribuyendo de esta forma a
desencadenar la clase de tragedias que ya hemos presenciado en este mismo
siglo.
Evidentemente, mis opiniones también pueden parecer
sospechosas. Es muy posible que yo tenga tanto interés en demostrar lo que
quiero como el mismo Burt, pero si tengo que arriesgarme (honradamente) a estar
equivocado, prefiero hacerlo desde la oposición al racismo.
Y no hay más que hablar.
NOTA
Como soy un decidido partidario de la ciencia y la
tecnología, mis argumentos en ese sentido pueden ser fácilmente considerados
sospechosos. Pienso en ello a menudo, y no puedo evitar cuestionarme mi
honradez.
¿Hasta qué punto tiendo a ignorar los informes que
contradicen mis firmes creencias? ¿Hasta qué punto estoy dispuesto a aceptar,
sin ponerla en duda, cualquier cosa que las confirme?
Alguien me preguntó en una ocasión qué haría si alguna vez
veía realmente un «platillo volante» y tenía la oportunidad de comprobar que
efectivamente se trataba de una nave extraterrestre. Respondí que
inmediatamente renunciaría a mi firme convicción de que los platillos volantes
son meras quimeras o, en ocasiones, engaños deliberados, y que aceptaría su
existencia real. Pero no pude resistirme a añadir: «Y el día que eso ocurra
también me iré a patinar al infierno, que para entonces se habrá helado.»
Pero llegué a sentirme tan inquieto que he intentado
exorcizar mis crecientes temores escribiendo este articulo, para hacerles
frente sin concesiones. He hablado de algunos casos en los que científicos de
renombre, a veces incluso geniales, permitieron que sus emociones fueran más
fuertes que sus razonamientos. ¡A veces ocurre!
También podría pasarme a mí, pero lucho continuamente
contra ello.
¡MILTON! DEBERÍAS VIVIR PARA
VER ESTO
Hace algún tiempo estuve firmando libros en los grandes
almacenes Bloomingdale's. Es una práctica que no recomiendo a nadie mínimamente
nervioso o sensible.
Para empezar, hay que sentarse ante una mesa improvisada
rodeado de montones de tus libros, en medio de enormes cantidades de ropa de
señora (esa era la sección junto a la que me colocaron). La gente pasa a tu
lado, con actitudes que oscilan entre la indiferencia más absoluta y una leve
hostilidad. A veces miran los libros con una expresión que podría interpretarse
como «¿Qué basura es ésta que ven mis ojos?», y luego pasan de largo.
Y, por supuesto, de vez en cuando alguien se acerca y
compra un libro, y tú se lo firmas por pura gratitud.
Afortunadamente, carezco totalmente de timidez y puedo
mirar a los ojos de cualquiera sin sonrojarme, pero me imagino que para otras
personas más sensibles que yo tiene que ser un tormento. Hasta yo me lo
quitaría de encima si no fuera porque mi editor organiza estas cosas y no
quiero dar la impresión de que soy un ser poco razonable que no está dispuesto
a cooperar en las medidas encaminadas a vender mis libros.
En cualquier caso, allí estaba yo cuando una mujer alta,
de treinta y tantos años (me pareció) y bastante atractiva, se acercó
rápidamente, sonriendo y con un ligero rubor que le favorecía mucho, y me dijo:
–Me alegro tanto de conocerle, es todo un honor.
–Bueno -dije yo, adoptando al instante una actitud
zalamera, como hago siempre en presencia de una mujer bonita-, eso no es nada
comparado con lo que yo me alegro de conocerla a usted.
-Gracias -dijo, y luego añadió:
–Quería decirle que acabo de ver Teibele y el demonio.
No parecía venir a cuento, pero le respondí:
–Espero que le haya gustado.
–Oh, ya lo creo. Me ha parecido maravillosa, y quería
decírselo.
En realidad, no había ninguna razón para que lo hiciera,
pero la cortesía ante todo.
–Es usted muy amable -dije.
–Y espero que gane millones de dólares con ella -añadió.
–Seria estupendo -admití, aunque en mi fuero interno no
creía que los autores de la obra se avinieran a compartir conmigo ni un solo
centavo de las ganancias.
Nos estrechamos la mano y se marchó, y yo no me tomé la
molestia de decirle que yo era Isaac Asimov y no Isaac Bashevis Singer. No
habría servido más que para hacerla sentirse avergonzada y para estropear el
efecto de sus buenos deseos.
Lo único que me preocupa es que algún día conozca a Isaac
Bashevis Singer, y le diga;
–¡Impostor! Conozco al verdadero Isaac Bashevis Singer y
es joven y guapo.
Por otra parte, a lo mejor no sería eso exactamente lo que
diría.
Pero lo cierto es que es fácil cometer equivocaciones.
Por ejemplo, la mayoría de la gente que ha oído hablar de
John Milton lo considera un poeta épico de genio y renombre sólo inferiores a
los de Shakespeare. Como prueba, se remiten a El paraíso perdido.
Pero yo siempre he pensado que Milton era algo más que
eso.
En 1802 el poeta William Wordsworth decidió en un momento
de abatimiento que Inglaterra era un pantano de aguas estancadas, y exclamó:
«¡Milton! Deberías vivir para ver esto.»
Bueno, Bill, si Milton estuviera vivo ahora, a finales del
siglo XX, estoy seguro de que se dedicaría en cuerpo y alma a esa cima de las
artes que es la ciencia-ficción. Como prueba, me remito a El paraíso perdido.
El paraíso perdido empieza en el momento en que Satán y su
grupo de ángeles rebeldes se están recuperando en el infierno de la derrota
sufrida en los cielos. Los maltrechos rebeldes se han pasado nueve días
inconscientes, pero en ese momento Satán empieza a darse cuenta poco a poco de
dónde está (si no les importa, voy a citar sin respetar la separación entre los
versos para ahorrar espacio):
«Al instante, su inteligencia angélica contempló su triste
situación en ese salvaje yermo, la horrible mazmorra, que todo a su alrededor
llameaba como un gran horno; mas esas llamas no arrojaban luz, sino oscuridad
visible que revelaba espectáculos de aflicción.»
Milton describe esencialmente un mundo extraterrestre.
(Como observó Carl Sagan, nuestra imagen actual del
planeta Venus no es muy diferente de la versión popular del infierno.)
La observación sobre la «oscuridad visible» seguramente
está tomada de la descripción de Sheol (la versión del infierno del Antiguo
Testamento) del Libro de Job: «El país de tinieblas y sombras, la tierra
lóbrega y opaca, de confusión y negrura, donde la misma claridad es sombra.»
Pero la expresión de Milton es más gráfica, y es un
concepto bastante audaz, que se adelanta en un siglo y medio a la ciencia;
porque lo que Milton está diciendo es que es posible que exista algún tipo de
radiación que no se ve como la luz ordinaria y que, sin embargo, pueda ser
utilizada para detectar objetos.
El paraíso perdido se publicó en 1667, y hubo que esperar
hasta el año 1800 para que el astrónomo anglo germano William Herschel
(1738-1822) demostrara que el espectro visible no incluía todas las radiaciones
existentes; que más allá de la banda del rojo estaban las radiaciones
«infrarrojas», invisibles, pero que podían detectarse mediante otros
procedimientos.
Es decir, Milton, dando muestras de una notable
presciencia, describió un infierno iluminado por llamas que despedían
radiaciones infrarrojas, pero no luz visible (por lo menos podemos interpretar
así este pasaje). Para la visión humana el infierno está envuelto en tinieblas,
pero la retina sobrehumana de Satán era capaz de detectar la radiación
infrarroja, que para él era «oscuridad visible».
¿Dónde está el infierno habitado por Satán y sus ángeles
caídos? Desde la antigüedad la teoría más popular es que se encuentra en algún
lugar de las profundidades de la Tierra. Supongo que el hecho de que los
cadáveres se entierren bajo tierra tiene mucho que ver con esta opinión.
La existencia de terremotos y volcanes confirma la teoría
de que en estas profundidades se registra una gran actividad, y que además es
un lugar de fuego y azufre. Dante situó su infierno en el centro de la Tierra,
y tengo la impresión de que los simples de nuestra época son de la misma
opinión.
No así Milton. Esta es su descripción del lugar en el que
está situado el infierno:
«Este lugar aprestó la Justicia Eterna para aquellos que
se rebelaran contra ella; ésta es la prisión que decretó, en la oscuridad
total, y así dispuso su suerte, tan apartados de Dios y de la luz del Paraíso
como tres veces del centro al polo más extremo.»
Es lógico suponer que el «centro» era el centro de la
Tierra, que en la concepción geocéntrica del Universo de los griegos se
consideraba el centro del Universo visible.
Esta concepción permaneció inmutable hasta 1543, fecha de
la publicación de la teoría heliocéntrica de Copérnico, que además no fue
inmediatamente aceptada. Los conservadores de la ciencia y la literatura se
aferraron a la antigua concepción griega. Hubo que esperar a las observaciones
telescópicas de Galileo, realizadas a partir de 1609, para confirmar la
posición central del Sol.
Pero aunque Milton escribe más de medio siglo después de
los descubrimientos de Galileo, fue incapaz de renunciar a la concepción
griega. A fin de cuentas, su historia estaba basada en la Biblia, y la
concepción bíblica del cosmos es la de un Universo geocéntrico.
Tampoco se trata de que Milton no estuviera al corriente
de los descubrimientos realizados con el telescopio.
Hasta visitó a Galileo en Italia en 1639, y habla de él en
El paraíso perdido. En un momento de la narración describe el escudo redondo y
reluciente de Satán. (Todos los personajes de El paraíso perdido hablan y
actúan esforzándose por imitar a los héroes homéricos lo mejor posible, y están
armados igual que Aquiles, como exigían las convenciones de la poesía épica.)
Milton dice que el escudo de Satán es como la Luna, «cuyo
orbe el artista toscano contempla a través de un cristal óptico… para divisar
nuevas tierras, ríos o montañas en su globo cubierto de manchas.» No cabe
ninguna duda de que el «artista toscano» es Galileo.
No obstante, Milton no quiere implicarse en controversias
astronómicas, y en el Libro VIII del poema pone en boca del arcángel Rafael la
siguiente respuesta a las preguntas de Adán sobre los mecanismos del Universo:
«No os culpo por preguntar e indagar, pues el Cielo es como el Libro de Dios
puesto ante vos, en el que habéis de saber de sus obras maravillosas e
ilustraros sobre sus estaciones, horas, o días, o meses, o años: para alcanzar
este saber no ha de importaros si es el Cielo o la Tierra el que se mueve, si
vuestras conjeturas son acertadas; el resto sabiamente ocultó el gran
Arquitecto a los hombres y los ángeles, sin divulgar los secretos que no han de
sondear aquellos que deberían más bien maravillarse ante ellos.»
Es decir, los seres humanos sólo necesitan la astronomía
como guía para confeccionar su calendario, y a esos efectos da igual que lo que
se mueva sea la Tierra o el Sol.
No puedo por menos de pensar que ésta es una evasiva muy
cobarde. Algunos de los beatos de la época estaban más que dispuestos a
denunciar, excomulgar y hasta condenar a la hoguera a los que sostenían que la
Tierra se movía… hasta que las pruebas de que la Tierra efectivamente se movía
empezaron a ser tan concluyentes que tuvieron que decir: «Oh, bueno, no tiene
importancia; ¿qué más da?» Si «no tiene importancia», ¿por qué montaron todo
ese jaleo?
así que el Universo de Milton sigue siendo geocéntrico, el
último Universo geocéntrico de importancia de la cultura occidental. El
«centro» al que se refiere Millón al hablar de la situación del infierno es el
centro de la Tierra.
La distancia desde el centro de la Tierra hasta el polo,
ya sea el Polo Norte o el Polo Sur, es de 4,000 millas (6.500 kilómetros), y
Milton conocía esta cifra. En su época ya se había dado la vuelta al mundo en
varias ocasiones, y su tamaño era bien conocido.
En ese caso, «tres veces» esa distancia serían 12.000
millas (19.500 kilómetros), y si interpretamos así «tres veces del centro al
polo más extremo», la conclusión es que el infierno estaba a 12.000 millas del
cielo.
Parece razonable suponer que la Tierra sea equidistante
del infierno y del cielo. Si, por tanto, el cielo estuviera a 2.000 millas
(3.250 kilómetros) de la Tierra en una dirección y el infierno a otras 2.000
millas de la Tierra en dirección contraria, el infierno estaría a 12.000 millas
del cielo, teniendo en cuenta que la Tierra tiene un diámetro de 8.000 millas
(13.000 kilómetros).
Pero esto es ridículo. Si el cielo y el infierno se
encontraran a 2.000 millas de distancia cada uno, no cabe duda de que los
veríamos. La Luna está a 240.000 millas (386.000 kilómetros) de distancia (como
sabían los griegos, y por tanto Milton) y la vemos sin ningún problema. Claro
que la Luna es un cuerpo de gran tamaño, pero seguramente el cielo y el
infierno también son bastante grandes.
Hay algo que no encaja. Volvamos a considerar la cuestión.
El verso de Milton dice: «tres veces del centro al polo
más extremo». ¿Cuál es el polo más extreme?. Sin duda, el polo celestial, el
punto del cielo que está directamente por encima de nosotros si nos situamos en
un polo terrestre.
En la época de Milton nadie sabía a qué distancia estaba
el polo celestial. Los astrónomos sabían que la Luna está a 386.000 kilómetros
de distancia, y la conjetura más aproximada que hicieron los griegos con
respecto a la distancia a la que se encuentra el Sol era de 5 millones de
millas (8 millones de kilómetros). Como el Sol era el planeta central de los
siete conocidos (en la cosmogonía griega, que los enumeraba en orden de menor a
mayor distancia: la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter y Saturno),
tendría sentido considerar que el planeta más alejado. Saturno, está a 10
millones de millas (16 millones de kilómetros) de distancia. La esfera celeste
con las estrellas pintadas en su superficie se encontraría inmediatamente
detrás de Saturno.
Por tanto, en la época de Milton habría sido razonable
conjeturar que el Universo es una gran esfera de unos 10 millones de millas (16
millones de kilómetros) de radio, y por tanto de 20 millones de millas (32
millones de kilómetros) de diámetro. Este tamaño podría ser admitido por los
astrónomos de la época, ya creyeran que el centro del Universo era la Tierra o
bien el Sol.
Por consiguiente, si nos imaginamos que el cielo se
encuentra fuera de la esfera celeste en una dirección y que el infierno se
encuentra también fuera en la dirección opuesta, tenemos una imagen de tres
universos separados, cada uno de ellos encerrado en un «cielo» esférico.
En el Libro II Milton habla de «este firmamento del
infierno», así que debía imaginar que el infierno tenía su propio cielo (me
pregunto si con planetas y estrellas propios). Es de suponer que en el Cielo
también ocurriría otro tanto.
Milton no precisa en ningún lugar del poema el tamaño que
cree que tiene la esfera celeste, ni el tamaño del cielo y el infierno, ni cuál
es exactamente la relación espacial que existe entre ellos. Supongo que la
estructura más sencilla seria la de imaginarlos situados en los vértices de un
triángulo equilátero de manera que, de centro a centro, cada una de las esferas
se encuentre a una distancia de 30 millones de millas (48 millones de
kilómetros) de las otras dos. Si todas son del mismo tamaño y cada una tiene 10
millones de millas de radio, entonces cada uno de sus firmamentos está a 10
millones de millas de distancia de los otros dos. Es una imagen muy poco
miltoniana, pero por lo menos es coherente con sus afirmaciones y con los
conocimientos de astronomía de la época.
Milton postula la existencia de tres universos separados,
cada uno de ellos rodeado por una delgada esfera de metal sólido, llamada
«firmamento». Esto nos lleva a preguntarnos: ¿qué es lo que hay más allá de
estos tres
universos? La ciencia moderna también se plantea una
pregunta similar, al considerar que el Universo se encuentra en expansión,
proceso que comenzó hace quince mil millones de años a partir de un pequeño
cuerpo condensado. La pregunta que se hacen los científicos es: ¿qué hay más
allá del volumen que ha ocupado hasta el momento en su expansión?
Los científicos pueden especular, pero no conocen la
respuesta, e incluso es posible que no den con ningún método viable para
encontrarla.
Milton fue más afortunado, porque él sabía la respuesta.
Más adelante, Milton dice por boca de Satán que la
tormenta ha terminado, que el ataque divino que expulsó a los ángeles rebeldes
de los cielos, precipitándolos en una larga, larga caída hasta el infierno, ya
ha cesado:
«Y el trueno, armado de rojos rayos y de impetuosa furia,
acaso ha agotado sus dardos, y deja ya de bramar por las vastas e ilimitadas
profundidades.»
En el relato bíblico de la creación se afirma que en el
principio «las tinieblas se cernían sobre la faz del abismo».
Al parecer, los autores bíblicos visualizaban el Universo
primordial como un torrente informe de agua que caía en la nada.
Milton tiene que aceptar esta versión porque no puede
contradecir a la Biblia, pero introduce en ella elementos de la tradición
griega. Los griegos creían que el Universo era originalmente un caos -es decir,
estaba en desorden- en el que se hallaban mezclados al azar todos sus elementos
constituyentes básicos (los «elementos»). En esta versión la creación divina no
consistía en la creación de la materia de la nada, sino en la separación de
estos elementos mezclados para crear el cosmos (el Universo ordenado) a partir
del caos.
En su poema Milton identifica el «abismo» bíblico con el
«caos» de los clásicos y lo califica de «ilimitado».
Es decir, según la concepción miltoniana, Dios, que es
eterno, existía en un principio, pero durante innumerables eones estuvo rodeado
de un infinito yermo sumido en el caos.
Se da por supuesto que en algún momento creó los cielos,
al mismo tiempo que las multitudes de ángeles encargadas de cantar las
alabanzas de su creador. Cuando algunos de los ángeles se cansaron de esta
tarea y se rebelaron, Dios creó el mundo paralelo del infierno y arrojó allí a
los rebeldes. Inmediatamente después creó una esfera celestial en la que
decidió llevar a cabo un nuevo experimento: la humanidad.
Por tanto, los tres universos están inmersos en un
infinito mar de caos en el que Dios podría crear, de quererlo así, nuevas
esferas celestes en número ilimitado, aunque Milton no lo diga en ningún sitio.
Milton continúa relatando cómo los Ángeles caídos, una vez
en su nuevo hogar, tan distinto del antiguo y mucho peor que éste, se esfuerzan
no obstante por habilitarlo lo mejor posible. «Muy pronto este grupo abrió una
amplia brecha en la colina, desenterrando nervaduras de oro.»
Aunque el oro es un metal absolutamente inadecuado para
sostener una estructura (es demasiado blando y demasiado denso), apreciado
únicamente por su belleza y su rareza, los seres humanos, tomando erróneamente
el valor subjetivo que se le asigna por la realidad, han dado muestras de su
falta de imaginación al soñar con edificios de oro y calles doradas (tachonadas
de piedras preciosas igualmente inadecuadas), considerándolos como el mayor
lujo imaginable. Han imaginado un cielo formado por estas estructuras, y parece
ser que los ángeles caídos quieren que su nueva morada se parezca lo más
posible a la antigua.
Construyeron una ciudad que llamaron Todos los Demonios,
dándole un toque de democracia que contrasta con la autocracia absoluta que
impera en el cielo. Por supuesto, el nombre está originalmente en griego, así
que la ciudad se llama Pandemónium. Como es allí donde se reúnen todos los
habitantes del infierno para conferenciar, este nombre se ha hecho de uso
corriente en inglés para designar los ruidos confusos y estridentes que, en
nuestra imaginación, caracterizarían a este tipo de reuniones infernales.
A continuación, se celebra una asamblea democrática en la
que Satán, que se ha rebelado contra la dictadura de Dios, invita a todos los
presentes a expresar sus opiniones.
Moloch, el rebelde menos resignado, se declara partidario
de reanudar la guerra, y aboga por enfrentarse a las armas divinas con un
arsenal preparado en el infierno… «Frente al ruido de su Fuerza Todopoderosa
escuchará el trueno del Infierno, y contra su rayo habrá de ver el fuego negro
y el horror disparado con igual furia entre sus ángeles, y su mismo trono lo
verá envuelto en azufre de Tartaria y en extraño fuego.»
El «fuego negro» es la «oscuridad visible» del infierno.
El «extraño fuego» es una expresión tomada de la Biblia.
Dos de los hijos de Aarón hicieron arder un «extraño fuego» en el altar, y
cayeron fulminados. La Biblia no explica en qué consistía este «extraño fuego».
Es posible que los desdichados no utilizaran el ritual adecuado al encender el
fuego al bendecirlo.
Pero, retrospectivamente, no podemos por menos de pensar
en lo que ahora sabemos sobre las radiaciones. Los rayos infrarrojos no son los
únicos que se salen del espectro visible. En el otro extremo del espectro están
las radiaciones ultravioleta, los rayos X y los rayos gamma.
¿Acaso lo que Moloch está proponiendo es que los demonios
se defiendan de los rayos divinos con radiaciones de energía (el fuego negro) y
con bombas atómicas (el extraño fuego)?
A fin de cuentas, no es posible que Milton estuviera
pensando simplemente en la pólvora cuando se refiere al extraño fuego. Como se
explica más adelante, los ángeles rebeldes utilizaron la pólvora en su primera
batalla, lo que no impidió que fueran derrotados. ¡Así que tiene que ser algo
más potente que la pólvora!
(Si Milton no hubiera nacido demasiado pronto, ¡qué
magnifico autor de ciencia-ficción habría sido!)
Una vez que todos los rebeldes han hablado, expresando
cada uno un punto de vista distinto. Satán toma una decisión. No es partidario
de la guerra total, ni tampoco de darse por vencido. Pero supongamos que
alguien se abriera paso hasta la esfera celeste de los humanos. Allí ese
alguien podría intentar corromper a los seres humanos recién creados, para
malograr al menos en parte los planes divinos.
No seria una tarea fácil. En primer lugar, el que lo
intentara tendría que atravesar el firmamento del infierno, que «nos envuelve
entre nueve muros, y las ardientes puertas adamantinas que nos cierran toda
salida».
Además, aun cuando alguien lograra atravesarlas, «le
estará esperando el profundo vacío de la Noche sin esencia».
Este verso es digno de atención. Veamos.
Las historias sobre viajes de la Tierra a la Luna existían
ya desde la antigüedad. En 1638 un clérigo inglés, Francis Godwin, escribió un
libro sobre un viaje de este tipo, El hombre en la Luna, que tuvo una gran
acogida. Es muy posible que Milton conociera esta obra, así que la idea de
viajar de un mundo a otro no era totalmente nueva.
Pero en todas las historias anteriores sobre viajes a la
Luna se daba por supuesto que el aire ocupaba todo el espacio del interior de
la esfera celeste. Los héroes de Godwin llegaron a la Luna enganchando unos
cisnes salvajes a un carro para que las aves volaran hasta allá.
Sin embargo, Milton no se refería a un viaje
interplanetario; ni siquiera a un viaje interestelar. El estaba hablando de
viajar de un universo a otro, y fue el primer autor en tratar el tema que se
dio cuenta de que el viaje no se realizaría a través del aire.
El físico italiano Evangelista Torricelli había conseguido
medir la presión del aire en 1643, demostrando que la atmósfera tenía que tener
una altura limitada y que en el espacio entre los mundos no había más que
vacío, pero durante mucho tiempo este pasmoso descubrimiento fue generalmente
ignorado por autores que, por otra parte, no carecían de imaginación (de la
misma forma que hoy en día hay tantos autores que hacen caso omiso del límite
impuesto por la velocidad de la luz).
Pero Milton se está refiriendo a esta idea cuando habla de
un «profundo vacío» y de «la Noche sin esencia».
Noche es sinónimo de caos («la oscuridad se cernía sobre
la faz del abismo») y «sin esencia» quiere decir desprovista de los elementos
fundamentales del Universo.
Y sin embargo, como ahora veremos, aunque Milton hace
referencia a esta idea, sólo la comprendió a medias.
Satán se niega a encargar la peligrosa tarea a otra
persona y es él mismo el que emprende el viaje. Se abre paso hasta las
fronteras del infierno, donde se encuentra con una bruja (el Pecado) y su
monstruoso hijo (la Muerte). Convence a la bruja, que es la guardiana de la
llave, de que abra la barrera. Es entonces cuando Satán contempla el «profundo
vacío».
Satán ve «una antigua profundidad, un oscuro océano
ilimitado y sin fronteras, sin dimensiones, en el que la longitud, la anchura y
la altura, y el tiempo y el espacio se pierden; en el que la más antigua de las
Noches y el Caos, los antepasados de la Naturaleza, viven en eterna anarquía,
entre el estruendo de guerras interminables, montando guardia junto a la
confusión. Pues aquí el calor, el frío, la humedad y la sequedad, los cuatro
paladines, luchan fieramente por hacerse con el poder, y a esa batalla aportan
sus átomos en embrión».
Lo que Satán está describiendo no es el vacío; se trata de
un concepto no menos audaz, pues la imaginativa descripción que hace Milton del
caos se parece mucho a la visión moderna del estado de máxima entropía.
Si todo se mezcla al azar y si no se registran diferencias
sustanciales en las propiedades que caracterizan a los distintos puntos del
espacio, es imposible realizar cualquier tipo de medición, porque no existe
ningún punto de referencia. La longitud, la anchura y la altura, las tres
dimensiones del espacio, ya no tienen ningún sentido.
Además, como el flujo del tiempo se mide en términos de
entropía creciente, cuando la entropía alcanza su punto máximo, ya no es
posible medirlo. El tiempo tiene entonces tan poco sentido como la posición:
«se pierden el tiempo y el espacio».
Los griegos dividieron la materia en cuatro elementos,
cada uno de ellos con sus rasgos característicos. La tierra era seca y fría, el
fuego era seco y caliente, el agua era húmeda y fría y el aire era húmedo y
caliente. En el caos estas propiedades están sumidas en la confusión más total,
y efectivamente el grado máximo de entropía equivale al desorden total.
Supongamos que el Universo se encontrara en estado de
máxima entropía, de manera que el caos existiera (según la concepción griega).
Dada una situación absolutamente aleatoria, existe la posibilidad de que los
continuos desplazamientos aleatorios de las propiedades, tras un intervalo de
tiempo increíblemente largo (aunque, dado que el tiempo no existe en el estado
de máxima entropía, un intervalo increíblemente largo también podría ser una
fracción infinitesimal de segundo, por lo que sabemos), produzcan un orden
determinado, con lo que el Universo volvería a existir. (Si volvemos a mezclar
las cartas de una baraja que ya ha sido barajada, es posible que en algún
momento todas las picas, los corazones, los tréboles y los diamantes acaben por
volver al orden inicial.) así, la tarea divina consistiría en acelerar el
advenimiento de este suceso aleatorio, que pasaría a ser seguro.
Sin embargo, cuando Milton describe el caos en términos de
la tradición griega, no por ello abandona la idea del vacío. Si toda la materia
se encuentra confundida en el caos, también tiene que haber fragmentos de
no-materia en medio de esa confusión, o no seria un caos verdadero. Por tanto,
de vez en cuando es probable que Satán se encuentre con un espacio vacío, del
mismo modo que un avión puede encontrarse con una bolsa de aire o un nadador
con una corriente de resaca.
Así, Satán encuentra «una vasta vacuidad: en vano agita
sus alas cuando de improviso cae como plomo a una profundidad de diez mil
brazas, y su caída aún seguiría en este instante, si la malhadada casualidad no
hubiera querido que fuera rechazado con vigor por una tumultuosa nube, toda de
fuego y salitre, que le arrastró velozmente en su subida durante muchas
millas».
Creo que se trata de la primera mención literaria al vacío
entre los mundos. (Es evidente que Milton no tenía una noción precisa de la
fuerza de la gravedad. Su obra está escrita veinte años antes de la publicación
del gran libro de Newton sobre el tema.)
Satán consigue su objetivo. Al final del Libro II de El
paraíso perdido llega a la Tierra, después de haber realizado un viaje tan
imaginativo y audaz como cualquiera de los descritos en la literatura de
ciencia-ficción.
Hay todavía otro pequeño detalle que me gustaría
mencionar. En el Libro VIII Adán le pregunta al arcángel Rafael cómo hacen el
amor los ángeles.
«A lo que el Ángel, con una sonrisa que resplandecía
celestialmente entre rosados rubores, el verdadero color del Amor, respondió:
"Habréis de daros por satisfecho con saber de nuestra felicidad, y sin
Amor no hay felicidad posible. Por muy puro que sea el placer de vuestro cuerpo
(pues puro fuisteis creado), nuestro placer es más elevado, sin encontrar
obstáculo alguno en las fuertes barreras de membrana, miembro o articulación:
más fácil que el aire con el aire es el abrazo de los Espíritus, su mezcla es total,
la unión de lo Puro con lo Puro en el deseo…"»
Cuando yo me propuse escribir acerca de otro universo y de
un grupo de organismos vivos totalmente distintos a nosotros, estaba buscando
algo verdaderamente extraño que me sirviera de núcleo alrededor del cual
construir todo el resto.
Decidí que mis organismos harían el amor de manera
absoluta y «sin encontrar obstáculo alguno». Además, inventé tres sexos para
añadir una diferencia más, y «su mezcla es total». Este fue el origen de la
segunda parte de mi novela Los propios dioses, que ganó el premio Hugo y el
Nébula de 1973; todo el mundo dijo que la segunda parte era la mejor.
así que, si quieren saber de dónde saco mis disparatadas
ideas, ya ven que, en ocasiones, las tomo de los mejores autores de
ciencia-ficción que puedo encontrar, como, por ejemplo, John Milton.
Y si por casualidad se sienten repentinamente interesados
en leer El paraíso perdido, les aconsejo que se compren un ejemplar de «El
paraíso perdido» anotado por Asimov.
Alguna gente lo considera bastante bueno; yo creo que es
increíblemente bueno.
NOTA
La gran ventaja de estar tan alegremente seguro de uno
mismo es que uno es capaz de escribir sobre casi cualquier cosa sin darle mayor
importancia. Rara vez me disuade de mi propósito el hecho de preguntarme a mí
mismo: «¿Pero sé algo sobre el tema?»; me limito a suponer que sé lo bastante.
De ahí que, como había escrito dos voluminosas obras sobre
la Biblia y sobre Shakespeare y me había divertido enormemente con ello, me
puse a buscar algo más que hacer que me resultara igualmente agradable. Así que
pensé: «¿Por qué no escribir las anotaciones a El paraíso perdido?»
Inmediatamente me puse a ello, y me divertí tanto que casi no me había tomado
un momento de descanso cuando me di cuenta de que había llegado al libro
decimosegundo y último, y de que había acabado también las notas a El paraíso recobrado.
Habría seguido con las anotaciones a Sansón agonista, pero me pareció que
Doubleday no iba a querer publicarme nada más.
Esta es la razón de que no vacilara un instante en
utilizar las habilidades recién adquiridas en mis empeños miltonianos para ir
aún más allá y escribir este articulo, en el que interpreto el poema de Milton
bajo una luz que (estoy seguro) es completamente revolucionaria. En pocas
palabras, lo que hice fue considerar a Milton un escritor de ciencia-ficción y,
sinceramente, creo que demostré que mi teoría era absolutamente acertada. ¿No
lo creen ustedes así?
Y TRAS MUCHOS VERANOS, EL
PROTÓN MUERE
Si alguno de ustedes aspira a alcanzar la categoría de
Persona Muy Importante (V1P), permítanme que les prevenga con tristeza de que
tiene sus inconvenientes. Por mi parte, hago todo lo que está en mi mano para
evitar esta calificación, intentando pasarme el mayor tiempo posible junto a mi
máquina de escribir, disfrutando de mi espléndido aislamiento. Y aun así, el
mundo viene a entrometerse.
De vez en cuando descubro que me han programado la
asistencia a alguna gran celebración en un lujoso hotel, con instrucciones de
llevar «pajarita negra», lo cual quiere decir que tengo que enfundarme el
esmoquin. La verdad es que no es demasiado difícil, y una vez que me encuentro
en su interior, con todos los lazos y botones bien abrochados, con el nudo de
la pajarita bien hecho y la faja de la cintura ajustada, no me siento demasiado
distinto. De eso se trata precisamente. A mí no me sienta bien el esmoquin,
sino la ropa vieja y deformada.
Precisamente la otra noche estaba previsto que hiciera
acto de presencia, ataviado con mi resplandeciente esmoquin, en el
Waldorf-Astoria. Había sido invitado, pero no había recibido las invitaciones.
así que le dije a Janet (que, en uno de esos diálogos
típicamente conyugales, había expresado su habitual deseo de coger las tijeras
del jardín y darle unos buenos cortes a mis exuberantes patillas, a lo que yo
me había negado, como de costumbre): «Oye, si cuando lleguemos no nos dejan
entrar sin invitaciones, no te preocupes. Dejamos los abrigos en el
guardarropa, bajamos tres pisos hasta el Peacock Alley, y cenamos allí.»
La verdad es que tenía la esperanza de que no nos dejaran
entrar. El Peacock Alley es el restaurante que más me gusta de todos los que
frecuento en Nueva York.
Cuanto más nos acercábamos al hotel, más agradable se me
hacia la imagen mental de los estragos que pensaba hacer en el generoso menú
del Peacock.
Por último, nos encontramos allí, frente a un grupo de
agradables personas que tenían instrucciones de impedir la entrada al gran
salón de baile a toda la chusma.
–Lo siento -dije con firmeza-, pero no tengo invitaciones.
A continuación, una joven murmuró audiblemente desde el
otro lado de la mesa:
–¡Oh, Dios mío! ¡Isaac Asimov!
Inmediatamente, Janet y yo fuimos arrastrados a toda prisa
a la sala de los VIPs y se desvanecieron todas mis esperanzas de cenar en el
Peacock Alley*.
Así que vamos a pasar, siguiendo el curso natural de mis
pensamientos, a ese VIP de las partículas subatómicas: el protón.
Los protones representan nada menos que el 90 por 100 de
la masa total de aquella parte del Universo cuya presencia es más evidente: las
estrellas. Por tanto, parece lógico afirmar que el protón es la materia misma
del Universo, y que no hay nada que se merezca más que él el apelativo de Muy
Importante.
Y, sin embargo, el orgulloso reinado del protón sobre el
mundo subatómico está empezando a tambalearse.
En primer lugar, existe la posibilidad de que la materia
constituyente del Universo no sea el protón, después de todo, sino el neutrino,
y que el protón sólo represente una parte considerable de la masa del Universo.
En segundo lugar, es posible que el protón ni siquiera sea
inmortal, como se ha creído durante mucho tiempo, y que tras incontables
veranos cada una de estas pequeñas partículas tenga que enfrentarse a la
decadencia y a la muerte como usted o como yo.
Pero empecemos por el principio.
Hasta la fecha, se cree que existen dos variedades
fundamentales de partículas: los leptones y los quarks.
Existen diferentes tipos de leptones. En primer lugar,
están el electrón, el muón y el tauón (o electrón tau). Luego están las
partículas complementarias de éstas: el antielectrón (o positrón), el antimuón
y el antitauón.
Luego hay un neutrino asociado a cada una de las
anteriores: el neutrino electrónico, el neutrino muónico y el neutrino
tauónico, y, por supuesto, un antineutrino para cada una de ellas.
Eso supone un total de doce leptones conocidos, pero
podemos simplificar un tanto el problema si dejamos de lado las antipartículas,
ya que lo que tenemos que decir sobre las partículas es igualmente cierto para
las antipartículas. Además, no vamos a tratar de hacer distinciones entre los
neutrinos, porque es probable que éstos oscilen e intercambien sus identidades
continuamente.
Vamos a hablar, por tanto, de cuatro leptones: el
electrón, el muón, el tauón y el neutrino.
Las distintas partículas tienen distintas masas en reposo.
Por ejemplo, si asignamos a la masa del electrón el valor de la unidad, la masa
en reposo del muón es aproximadamente de 207, y la del tauón es aproximadamente
de 3.600.
La masa representa una forma de energía muy concentrada, y
parece ser que las partículas normalmente tienden a transformarse
espontáneamente en otras de menor masa.
Así, los tauones tienden a separarse para formar muones,
electrones y neutrinos, y además muy rápidamente. La vida media de un tauón (el
período de tiempo en el cual se habrán descompuesto la mitad de ellos) es de
sólo unas cinco billonésimas de segundo (5 x 10-12 segundos).
A su vez, los muones se descomponen en electrones y
neutrinos, pero, dado que los muones tienen menos masa que los tauones, parece
ser que duran un poco más; sus vidas medias son de unas 2,2 millonésimas de
segundo (2,2 x 10-6 segundos).
Por tanto, podría suponerse que los electrones quizá vivan
un poco más aún, descomponiéndose a su vez en neutrinos, y que los neutrinos,
después de un periodo de vida considerable, quizá se desvanezcan en la no masa;
pero no es así como ocurren las cosas.
Los leptones no pueden desaparecer por completo, siempre
que estemos hablando de partículas aisladas o de antipartículas aisladas y no
de una combinación de ambas.
Un electrón y un antielectrón pueden combinarse y
aniquilarse mutuamente, transformándose en fotones de masa cero (que no son
leptones); pero ese es otro asunto del que no nos vamos a ocupar ahora.
Siempre que se trate sólo de partículas (o sólo de
antipartículas) los leptones tienen que seguir existiendo; pueden pasar de una
forma a otra, pero no pueden desaparecer por completo. Esta es la ley de la
conservación del número leptónico, que también implica que un leptón no puede
surgir a partir de un no-leptón. (Un leptón y su antileptón correspondiente
pueden surgir simultáneamente a partir de un no-leptón, pero esa es otra
cuestión.) Y no me pregunten por qué se conserva el número leptónico; simplemente
parece ser que el Universo funciona así.
La conservación del número leptónico exige que al menos el
neutrino tiene que ser inmortal y no descomponerse nunca, ya que no existe
ningún leptón con una masa aún menor en el que pueda transformarse. Esto se
ajusta a los hechos, al menos a los hechos conocidos.
¿Pero por qué tiene que ser estable el electrón, como
parece ser que ocurre? ¿Por qué no se descompone en neutrinos? Esta
descomposición no va contra la ley de la conservación del número leptónico.
Ah, pero es posible que los leptones tengan una
característica fácilmente ponderable: la carga eléctrica.
Algunos de estos leptones, los diferentes neutrinos y
antineutrinos, no tienen ningún tipo de carga eléctrica. Los otros, el
electrón, el muón y el tauón, tienen todos una carga eléctrica de la misma
magnitud, que por razones históricas se considera negativa y a la que
generalmente se le asigna el valor de la unidad. Cada electrón, muón y tauón
tiene una carga eléctrica de -1, mientras que cada antielectrón, antimuón y
antitauón tiene una carga eléctrica de +1. Pero resulta que también existe una
ley de la conservación de la carga eléctrica, lo que quiere decir que nunca se
ha observado que la carga eléctrica se desvanezca en la nada o aparezca a
partir de la nada. La descomposición de los leptones no puede afectar a la
carga eléctrica. (Naturalmente, es posible que un electrón y un antielectrón se
combinen y produzcan fotones, con lo que las cargas opuestas, +1 y – 1, se
anularán entre sí. Además, un leptón y un antileptón pueden formarse
simultáneamente, produciendo una carga +1 y otra -1 donde antes no existía
ninguna; pero no estamos discutiendo estas cuestiones; estamos hablando del
comportamiento de las partículas y antipartículas consideradas por separado.)
El electrón es el leptón con carga eléctrica de menor
masa. Esto quiere decir que aunque los leptones de masa mayor pueden
descomponerse fácilmente para formar electrones, el electrón no puede
descomponerse, porque no existe ninguna partícula con menos masa que pueda
llevar carga eléctrica, y ésta tiene que seguir existiendo.
Resumamos, entonces.
Los muones y los tauones pueden formarse si las
condiciones existentes son tales que provocan una alta concentración de energía
localizada; por ejemplo, en los procesos relacionados con los aceleradores de
partículas o con el bombardeo con rayos cósmicos; pero no pueden durar mucho
tiempo después de su formación. En condiciones ordinarias, en las que no se den
procesos que supongan una alta concentración de energía, no se encuentran ni
muones ni tauones, y los leptones presentes en el Universo son sólo los electrones
y los neutrinos. (Ni siquiera hay una cantidad significativa de
antielectrones.)
Pasemos ahora a la otra variedad básica de partículas, el
quark. Al igual, que los leptones, los quarks pueden ser de diferentes tipos,
pero existen ciertas diferencias de importancia.
Para empezar, los quarks tienen cargas eléctricas
fraccionadas, como, por ejemplo, +2/3 y +1/3. (Los antiquarks tienen cargas de
-2/3 y de – 1/3, por supuesto.)
Además, los quarks pueden entrar en «interacción fuerte»,
que es muchísimo más intensa que la «interacción débil» de los leptones. La
intensidad de la interacción fuerte hace muy improbable (puede que incluso
imposible) que se encuentren nunca aislados. Al parecer, sólo se encuentran en
grupos cuyas uniones operan de acuerdo con unas leyes formuladas recientemente
por los científicos. Uno de los agrupamientos más comunes es el de tres quarks
asociados, de tal forma que su carga eléctrica total es de 0, 1 ó 2 (positiva
en algunos casos y negativa en otros).
Estos grupos de tres quarks se llaman bariones, y existen
en grandes cantidades.
Pero, una vez más, los bariones con más masa se
descomponen rápidamente en otros de masa menor, que a su vez se descomponen en
otros de masa aún menor, y así sucesivamente. En este proceso se producen otras
partículas secundarias, los mesones, formados por sólo dos quarks. Los mesones
no son nunca estables; se descomponen con más o menos rapidez y forman
leptones, es decir, electrones y neutrinos.
Pero hay una ley de la conservación del número bariónico,
según la cual cada vez que se descompone un barión tiene que formarse otro
barión, aparte de las partículas secundarias producidas en el proceso. Como es
natural, cuando se llega al barión de menos masa el proceso se interrumpe.
Los dos bariones que tienen menos masa son el protón y el
neutrón, de manera que cualquier otro barión de las varias docenas que existen
desciende rápidamente por la escala de masas hasta transformarse en un protón o
en un neutrón. Estos son los dos únicos bariones que se encuentran en el
Universo en condiciones normales, y tienden a combinarse entre si de diferentes
maneras, formando los núcleos atómicos.
La diferencia más evidente entre el protón y el neutrón
estriba en que el protón tiene una carga eléctrica de + 1, y el neutrón de 0.
Naturalmente, los núcleos atómicos, formados por protones y neutrones, tienen
siempre una carga eléctrica de signo positivo y de magnitud igual al número de
protones presentes. (También existen antiprotones con una carga de – 1, y
antineutrones que se diferencian de los neutrones en sus propiedades
magnéticas; estas partículas pueden combinarse entre si y formar núcleos con carga
negativa y antimateria, pero eso no nos importa en este momento.)
Los núcleos con carga positiva atraen a los electrones con
carga negativa en número suficiente para neutralizar la carga específica de
cada núcleo; así se forman los distintos átomos que conocemos. Estos átomos
forman moléculas al cederse o compartir electrones.
Pero además el protón y el neutrón tienen masas
ligeramente distintas. Si tomamos la masa del electrón como unidad, la masa del
protón es 1,836 y la del neutrón, 1,838.
Cuando el protón y el neutrón se encuentran combinados en
los núcleos, tienden a equilibrar sus propiedades y llegan a convertirse en
partículas verdaderamente equivalentes. Por tanto, cuando están detrás del
núcleo pueden agruparse bajo la denominación común de nucleones. En esa
situación todo el núcleo es estable, aunque en algunos núcleos la unión de
protones y neutrones no ocurre en las proporciones adecuadas para que pueda
producirse esta equivalencia; éstos son los núcleos radiactivos; pero esa es
otra historia.
Sin embargo, cuando el neutrón se encuentra aislado no es
una partícula estable, sino que tiende a descomponerse en protones de masa
ligeramente menor. Al hacerlo emite un electrón, que lleva una carga negativa y
deja al antiguo neutrón con una carga positiva. (Esta formación simultánea de
una carga negativa y otra positiva no constituye una violación de la ley de la
conservación de la carga eléctrica.) También se forma un neutrino.
La diferencia de masas entre el protón y el neutrón es tan
pequeña que el neutrón no se descompone inmediatamente. La vida media de un
neutrón aislado es de unos doce minutos.
Esto quiere decir que el neutrón sólo puede existir
durante un intervalo de tiempo considerable cuando se encuentra en combinación
con los protones en el núcleo atómico. Sin embargo, el protón puede llevar una
existencia aislada durante periodos de tiempo indefinidos y puede formar él
solo un núcleo atómico, circundado por un solo electrón, formando el átomo de
hidrógeno ordinario.
Por tanto, el protón es el único barión verdaderamente
estable que existe. Junto con el electrón y el neutrino (además de algunos
neutrones que se encuentran en los núcleos atómicos) representa prácticamente
la totalidad de la masa en reposo del Universo. Y como los protones sobrepasan
en mucho al resto tanto en cantidad como en masa en reposo individual,
representan el 90 por 100 de la masa de, por ejemplo, las estrellas. (Es
posible que los neutrinos representen una masa total mayor que la de los protones,
pero se encuentran sobre todo en el espacio interestelar.)
Pero veamos qué ocurriría si invirtiéramos la situación y
fuera el neutrón el que tuviera una masa ligeramente menor que la del protón.
En ese caso, el protón sería inestable y se descompondría formando un neutrón,
y al desprenderse de su carga eléctrica emitiría un antielectrón con carga
positiva (y un neutrino). Estos antielectrones anularían todos los electrones
del Universo, además de la carga eléctrica de los dos tipos de partículas, y
sólo quedarían los neutrones y neutrinos. Los neutrones, sometidos a la
atracción de su campo gravitacional global, se agruparían en pequeñas estrellas
de neutrones, que serían las únicas estructuras de importancia presentes en el
Universo.
Por supuesto, la vida tal como la conocemos sería
totalmente imposible en un Universo dominado por los neutrones, y tenemos que
dar gracias a nuestra buena suerte por el hecho de que la masa del protón sea
ligeramente menor que la del neutrón y no al revés, pues gracias a ello tenemos
estrellas en expansión, y átomos… y vida.
Por tanto, todo depende de la estabilidad de los protones.
¿Hasta qué punto son estables? Las mediciones realizadas no muestran ningún
indicio de descomposición de protones, pero estas mediciones son de una
precisión y delicadeza limitadas. Es posible que esta descomposición sea
demasiado lenta y que escape al poder de detección de nuestros instrumentos.
En la actualidad, los físicos están desarrollando la
llamada Gran Teoría Unificada (GUT), con la intención de encontrar una
descripción general que englobe la interacción electromagnética (entre
partículas con carga eléctrica), la interacción débil (entre leptones) y la
interacción fuerte (entre quarks y agrupaciones de quarks como los mesones, los
bariones y los núcleos atómicos).
Según la GUT, cada una de estas tres interacciones se
realiza por mediación de las partículas de intercambio, cuyas propiedades
vienen definidas por la necesidad de ajustar la teoría a los hechos conocidos.
La partícula del intercambio electromagnético es el fotón, una partícula
conocida y muy bien estudiada. De hecho, la interacción electromagnética ha
sido perfectamente descrita por la electrodinámica cuántica, que es el modelo
para el resto de la GUT.
La interacción débil se realiza por mediación de tres
partículas, cuyos símbolos son W +, W – y Z°, que todavía no han sido
detectadas. La interacción fuerte se realiza por mediación de al menos ocho
«gluones», cuya existencia está suficientemente probada, aunque de manera
indirecta.
Cuanto mayor es la masa de una partícula de intercambio,
menor es su alcance. La masa en reposo del fotón es igual a cero, de manera que
la interacción electromagnética es de muy largo alcance, y sólo disminuye
proporcionalmente al cuadrado de la distancia. (Lo mismo ocurre con la
interacción gravitatoria, cuya partícula de intercambio es el gravitón, de masa
cero; pero la interacción gravitatoria por el momento ha resistido todos los
esfuerzos por integrarla con las otras tres.)
Las partículas de intercambio de la interacción débil y
los gluones tienen una masa considerable, y por tanto la intensidad de su
influencia disminuye tan rápidamente con la distancia que sólo es posible
medirla a distancias comparables a la del diámetro del núcleo atómico, es
decir, la
décima parte de una billonésima de centímetro (10-13
centímetros) aproximadamente.
Sin embargo, para que la GUT tenga validez parece
necesario que existan al menos doce partículas de intercambio más, de masa
mucho mayor que la del resto de estas partículas, y por tanto de vidas
extremadamente cortas y muy difíciles de observar. Si pudieran llegar a
observarse, su existencia constituiría un poderoso argumento a favor de la GUT.
Parece muy poco probable que estas partículas de
intercambio ultramasivas puedan ser detectadas en un futuro próximo, pero
bastaría con detectar sus efectos, si éstos fueran totalmente distintos de los
que produce cualquiera de las otras partículas de intercambio. Y efectivamente
existe un efecto con estas características (o, por lo menos, podría existir).
Si se diera el caso de que una de estas partículas de
intercambio hipermasivas fuera transferida de un quark a otro en el interior de
un protón, entonces se habría producido una transformación de un quark en un
leptón, con lo que se violarían tanto la ley de la conservación del número
bariónico como la ley de la conservación del número leptónico. Al perder uno de
sus quarks, el protón se transforma en un mesón con carga positiva que se
descompone rápidamente en antielectrones, neutrinos y fotones.
No obstante, las partículas de intercambio hipermasivas
tienen una masa tan grande que su radio de acción es de aproximadamente 10-29
centímetros, lo que representa tan sólo la décima parte de una milbillonésima
(10-16) del diámetro del núcleo atómico. Por tanto, los quarks del tamaño de un
punto pueden moverse por el interior de un protón durante muchísimo tiempo, sin
que nunca lleguen a estar bastante cerca como para intercambiar una partícula
que destruya el protón.
Para hacernos una idea de lo difícil que resulta que un
protón se descomponga, imaginémonos que el protón es una estructura hueca del
tamaño de la Tierra, y que en el interior de ese enorme vacío planetario hay
exactamente tres objetos, cada uno de ellos con un diámetro de una
cienmillonésima de centímetro; es decir, aproximadamente del tamaño real de un
átomo. Los diámetros de estos «átomos» representarían el radio de acción de las
partículas de intercambio hipermasivas.
Si estos «átomos» se movieran al azar por el interior de
este volumen del tamaño de la Tierra, tendrían que entrar en colisión para que
el protón comenzara a descomponerse. No es difícil darse cuenta de que es
probable que esta colisión tardara muchísimo tiempo en producirse.
Los cálculos realizados parecen indicar que la vida media
de un protón hasta el momento de su descomposición es de diez millones de
billones de billones de años (1031 años). Y tras muchos veranos, el protón
muere… pero, desde luego, es tras muchos, muchos, muchos veranos.
Para hacernos una idea de la duración de la vida media de
un protón, pensemos que generalmente se considera que el Universo existe desde
hace 15.000.000.000 años; en palabras, quince mil millones de años; en notación
exponencial, 1,5 x 1010
La duración previsible de la vida de un protón es de
aproximadamente 600 millones de billones (6 x 1020) de veces más.
Si consideramos que la extensa vida del Universo equivale
a un segundo, entonces la vida media previsible de un protón equivaldría a 200
billones de años. Es decir, para un protón toda la duración del Universo hasta
este momento representa mucho, mucho menos que un simple parpadeo.
Teniendo en cuenta la longevidad de los protones, no es de
extrañar que no se haya observado ningún signo de descomposición y que los
científicos no hayan detectado ningún caso de incumplimiento de las leyes de la
conservación de los números bariónico y leptónico, por lo que se las ha seguido
considerando leyes universales.
¿Y no es verdaderamente razonable ignorar la
descomposición de los protones? No cabe duda de que una vida media de 1031 años
se acerca tanto al infinito, a efectos prácticos, que más vale considerarla
igual a infinito y olvidarse del asunto.
Pero los Físicos no pueden proceder así. Tienen que
procurar por todos los medios medir la duración media de la descomposición de
los protones. Si efectivamente es igual a 1031 años, sería un poderoso
argumento a favor de la GUT, y si se descubre que el protón es verdaderamente
estable, entonces la GUT no es válida, o, al menos, tendría que sufrir
importantes alteraciones.
Una vida media de 1031 años no quiere decir que todos los
protones vayan a durar tanto tiempo y que, en el momento justo en que haya
transcurrido ese número de años, la mitad de ellos se descomponga
inmediatamente.
Estos objetos del tamaño de un átomo que se mueven por una
esfera hueca del tamaño de la Tierra bien pueden, en sus movimientos al azar,
entrar en colisión después de un solo año, e incluso de un solo segundo. Por
otra parte, es posible que se estén moviendo por el interior de la esfera
durante 10100 o incluso 101000 años sin entrar en colisión.
Pero estadísticamente, dado que hay muchísimos protones,
tienen que estarse produciendo descomposiciones continuamente. De hecho, si la
vida media del protón fuera de únicamente diez mil billones de años (1016
años), en el interior de nuestros cuerpos se produciría tal número de
descomposiciones de protones que la radiactividad nos mataría.
Incluso si la vida media tuviera realmente una duración de
1031 años, en este mismo momento se estarían descomponiendo unos treinta mil
billones de billones de billones de protones (3 x 1040) por segundo en el
Universo considerado en su totalidad, o trescientos mil billones de billones
(3x1029) por segundo sólo en nuestra galaxia, o tres millones de billones (3 x
1018) por segundo sólo en nuestro Sol, o tres mil billones (3xl015) por segundo
sólo en Júpiter, o tres mil millones (3 x 109) por segundo en los océanos
terrestres.
Quizás estas cifras estén empezando a resultar
incómodamente elevadas. ¿Tres mil millones de descomposiciones de protones por
segundo en nuestros océanos? ¿Cómo es posible, si su expectativa de vida es tan
larga que toda la duración del Universo es poco menos que nada en comparación?
Tenemos que tener en cuenta el pequeño tamaño de los
protones y el enorme tamaño del Universo. Incluso teniendo en cuenta las cifras
que he dado más arriba, resulta que en un intervalo de mil millones de años en
todo el Universo se descompone un número de protones equivalente a la masa de
una estrella como nuestro Sol. Esto significa que en todo el tiempo de
existencia de nuestro Universo, éste ha perdido una masa equivalente a la de
quince estrellas de la magnitud de nuestro Sol debido a las descomposiciones de
protones.
Como en el Universo hay en total
10.000.000.000.000.000.000.000 (diez mil millones de billones, o 1022) de
estrellas, la pérdida de la masa de quince de ellas debida a la descomposición
de los protones puede considerarse irrelevante.
Veámoslo de otro modo. En un segundo de la fusión del
hidrógeno necesaria para que sus radiaciones continúen teniendo la intensidad
actual, el Sol pierde seis veces más masa de la que ha perdido debido a la
descomposición de los protones durante todo el período de cinco mil millones de
años que lleva brillando.
La posibilidad de detectar estas descomposiciones está
basada en el hecho de que, a pesar de la enorme duración de la vida media de
los protones, éstos se descomponen continuamente y a un ritmo regular.
Da la impresión de que tres mil millones de
descomposiciones por segundo en nuestros océanos tendrían que ser detectables,
pero es imposible estudiar el océano en su totalidad con los instrumentos de
los que disponemos actualmente, y tampoco podemos aislar los océanos para que
otros fenómenos no puedan falsear nuestras observaciones.
No obstante, se han hecho pruebas con muestras
considerablemente más pequeñas que han permitido fijar la vida media de un
protón en no menos de 1029 años. Es decir, se han dirigido los experimentos de
tal forma que, si la vida media de los protones fuera de menos de 1029 años,
habría sido posible observar alguna descomposición protónica; y no fue así. Por
cierto que 1029 es un periodo de tiempo equivalente a sólo una centésima parte
de 1031 años.
Esto quiere decir que los instrumentos de detección más
precisos de que disponemos, en combinación con los procedimientos más
minuciosos, sólo tienen que ser cien veces más precisos y minuciosos para
lograr simplemente detectar la descomposición real de un protón, si es que la
GUT no anda desencaminada. Teniendo en cuenta los continuos avances de la
física subatómica a lo largo de este siglo, la situación es bastante
esperanzadora.
De hecho, se están realizando intentos. Los aparatos
necesarios están siendo puestos a punto en Ohio. Se van a acumular unas diez
mil toneladas de agua en una mina de sal situada a una profundidad suficiente
para que esté protegida de los rayos cósmicos (que podrían producir efectos
susceptibles de ser confundidos con los provocados por la descomposición de los
protones).
En estas condiciones se espera que se produzcan 100
descomposiciones al año, y es posible, sólo posible, que, gracias a una
prolongada y meticulosa observación, pueda confirmarse la Gran Teoría
Unificada, lo que supondría un gran paso adelante para la comprensión del
Universo.
NOTA
Por desgracia, en los siete años transcurridos desde la
redacción de este articulo no se ha detectado ninguna descomposición de
protones que pueda atribuirse a las condiciones descritas en la Gran Teoría
Unificada. Tengo la impresión de que esto ha descorazonado a los científicos,
que se han vuelto hacia otras teorías relacionadas con las «cuerdas» y las
«supercuerdas» y la «supersimetría», sobre las que es posible que escriba
alguna vez para esta serie de artículos; pero sólo después de que yo haya logrado
comprenderlas lo bastante.
Resulta muy molesto. Se han adelantado algunas hipótesis
audaces con las que no he simpatizado en ningún momento, como las de los
taquiones. Cuando estas hipótesis empiezan a perder popularidad y son
descartadas, no me molesta en absoluto. Más bien, me siento orgulloso de mi
intuición, que me permite saber al momento cuándo una cosa no va a funcionar.
Pero también hay hipótesis con las que sí simpatizo, y
cuando éstas empiezan a perder credibilidad mi labio inferior se pone a temblar
y me siento muy afligido.
Entonces tengo tendencia a aterrarme a ellas todo lo que
puedo, hasta el momento en que las observaciones demuestren su completa
inoperancia. Un ejemplo de una hipótesis que acepté al instante es la de la
posibilidad de la descomposición protónica.
Pero ¿por qué acepto inmediatamente algunas hipótesis y
descarto otras? Ah, eso si que no lo sé.
EL CÍRCULO DE LA TIERRA
En una ocasión, Janet y yo estábamos en una habitación de
hotel, en un lugar al que había ido a dictar unas conferencias, cuando una camarera
llamó a la puerta para preguntarnos si necesitábamos toallas. Yo creía que
teníamos toallas, así que le dije que no, que no las necesitábamos.
Acababa de cerrar la puerta cuando Janet me llamó desde el
baño para decirme que, efectivamente, si que necesitábamos toallas, y que
volviera a llamarla.
así que abrí la puerta, la volví a llamar y le dije:
–Señorita, la mujer que está conmigo en la habitación dice
que sí que necesitamos toallas. ¿Podría traerlas?
–Por supuesto -dijo, y se marchó.
Janet salió con esa expresión de exasperación que pone
siempre que no es capaz de comprender mi sentido del humor. Dijo:
–¿Se puede saber por qué has dicho eso?
–Es la verdad literal.
–Sabes muy bien que lo has dicho deliberadamente, para dar
a entender que no estamos casados. Cuando vuelva, haz el favor de decirle que
estamos casados, ¿me has oído?
La camarera volvió con las toallas, y yo le dije:
–Señorita, la mujer que está conmigo en esta habitación
quiere que le diga que estamos casados.
Y sobre la exclamación de Janet de «¡Oh, Isaac!», se oyó
la altiva respuesta de la camarera:
–¡Y a mí qué más me da!
Qué tiempos tan inmorales.
Me acordé de este incidente hace poco, cuando acababa de
escribir un articulo para Science Digest en el que decía de pasada que en la
Biblia se da por supuesto que la Tierra es plana.
Se sorprenderían al saber el número de cartas que recibí
de personas que se sentían indignadas y negaban categóricamente que en la
Biblia se dé por supuesto que la Tierra es plana.
¿Por qué? A fin de cuentas, la Biblia fue escrita en una
época en la que todo el mundo creía que la Tierra era plana.
Desde luego, en el momento de la redacción de los últimos
libros de la Biblia existían unos cuantos filósofos griegos que no eran de esa
opinión, pero ¿quién les hacia caso? Me pareció de lo más lógico que los
autores de los distintos libros de la Biblia tuvieran los mismos conocimientos
de astronomía que sus contemporáneos, y por tanto tenemos que mostrarnos
caritativos y comprensivos.
Pero los fundamentalistas no son como la camarera. En lo
que se refiere a la posibilidad de la presencia de una Tierra plana en la
Biblia, no podría darles más.
Tengan en cuenta que, según ellos, todo lo que dice la
Biblia es literalmente cierto, palabra por palabra, y lo que es más,
«infalible», es decir, que no puede equivocarse. (Se trata de una consecuencia
evidente de su creencia en que la Biblia está inspirada en la palabra de Dios,
que Dios lo sabe todo, y que, como George Washington, Dios es incapaz de decir
una mentira.)
En consecuencia, los fundamentalistas también niegan que
se haya producido una evolución, que la Tierra y la totalidad del Universo
tengan más de unos cuantos miles de años de antigüedad, y así sucesivamente.
Los científicos han probado cumplidamente que los
fundamentalistas se equivocan en estas cuestiones, y que sus ideas sobre la
cosmogonía tienen aproximadamente la misma base real que los cuentos de hadas,
pero ellos no están dispuestos a aceptarlo. Insisten en que sus absurdas
creencias son dignas de ser tomadas en cuenta, aunque para ello tengan que
rechazar algunos de los descubrimientos científicos y falsear otros, y llamen a
sus construcciones imaginarias «creacionismo científico».
Pero incluso ellos tienen sus limites. Hasta al
fundamentalista más fundamental de todos le resultaría un poco difícil sostener
que la Tierra es plana. A fin de cuentas, Colón no se cayó por el otro extremo
del mundo, y los astronautas han visto con sus propios ojos que la Tierra es
una esfera.
Por tanto, si los fundamentalistas admitieran que la
Biblia da por sentado que la Tierra es plana, todo su sistema, basado en la
infalibilidad de la Biblia, se vendría abajo. Y si la Biblia se equivoca en una
cuestión tan básica, también puede estar equivocada en cualquier otra, y más
les valdría renunciar a sus teorías.
Por consiguiente, la simple mención de la creencia bíblica
en una Tierra plana les produce convulsiones.
Mi carta preferida sobre este tema insistía en las tres
cuestiones siguientes:
1. En la Biblia se dice expresamente que la Tierra es
redonda (aquí se cita un versículo); pero, a pesar de esta afirmación bíblica,
los seres humanos se obstinaron en seguir creyendo que la Tierra era plana
durante doscientos años más.
2. Si ha habido algunos cristianos que persistieran en
esta creencia, se trataba únicamente de católicos, no de los cristianos que
leen la Biblia.
3. Es una pena que sólo leyeran la Biblia las personas
tolerantes. (Me pareció que esto era una amable alusión que quería dar a
entender que yo era un intolerante que no leía la Biblia y que no sabía de qué
estaba hablando.)
Da la casualidad de que mi cariñoso corresponsal estaba
total y auténticamente equivocado en las tres cuestiones.
El versículo que citaba era Isaías, 40, 22.
Dudo que mi corresponsal se diera cuenta de esto, o lo
creyera en caso de que se lo contaran, pero el cuadragésimo capitulo de Isaías
señala el comienzo de la parte de este libro conocida por «el Segundo Isaías»,
porque no fue escrita por la misma persona que escribió los primeros
treinta y nueve capítulos.
Es evidente que los primeros treinta y nueve capítulos
fueron escritos alrededor del 700 a. C., en la época de Ezequiel, rey de Judea,
cuando el monarca asirio Senaquerib amenazaba con invadir sus tierras. Pero al
comenzar el capítulo cuarenta, la situación que se nos presenta es la existente
hacia el año 540 a.C., en la época de la conquista del Imperio caldeo por el
rey Ciro de Persia.
Esto quiere decir que el Segundo Isaías, fuera quien
fuese, creció en Babilonia, en la época de la conquista de esta ciudad, y no
cabe duda de que conocía bien la cultura y la ciencia babilónicas.
Por tanto, el Segundo Isaías tiene una concepción del
Universo basada en la ciencia de los babilonios, y éstos creían que la Tierra
era plana.
Ahora bien, ¿qué es lo que se dice en Isaías, 40, 22? En
la versión autorizada (más conocida como «Biblia del rey Jaime»), que es la
Biblia de los fundamentalistas, de manera que hasta el último error de
traducción de esta versión es sagrado para ellos, el versículo, que forma parte
de una descripción de Dios que el Segundo Isaías intentó hacer, dice así:
«El es el que está sentado sobre el círculo de la tierra…»
Ahí lo tienen: «el circulo de la tierra». ¿No es acaso una
prueba clara de que la Tierra es «redonda»? ¿Por qué, pero por qué todos esos
fanáticos que no leen la Biblia se empeñan en creer que dice que la Tierra es
plana, cuando la palabra de Dios, tal como está contenida en la Biblia, se
refiere a la Tierra como un «círculo»?
Por supuesto, la trampa está en que se supone que tenemos
que leer la «Biblia del rey Jaime» como si hubiera sido redactada originalmente
en inglés. Si los fundamentalistas quieren sostener que cada palabra escrita en
la Biblia es cierta, entonces nada más justo que aceptar las traducciones al
inglés de esas palabras y no inventarse nuevos significados para forzar el
sentido de las afirmaciones bíblicas.
En inglés, un «circulo» es una figura de dos dimensiones,
y una «esfera» es una figura de tres dimensiones. La Tierra es casi esférica;
pero desde luego no es un círculo.
Un ejemplo de un circulo puede ser una moneda (si
imaginamos que su espesor es despreciable). Es decir, cuando el Segundo Isaías
habla de «el círculo de la tierra» se está refiriendo a una Tierra plana con un
contorno circular, a un disco, a un objeto con forma de moneda.
El mismo versículo citado por mi corresponsal como prueba
de que la Biblia consideraba que la Tierra es una esfera es precisamente el
versículo que demuestra de manera más concluyente que en la Biblia se daba por
supuesto que la Tierra es plana.
Si les interesa otro versículo del mismo tenor, observemos
cierto pasaje de los Proverbios, que forma parte de un himno de alabanzas a la
Sabiduría personificada como atributo divino.
«Cuando colocaba el cielo, allí estaba yo; cuando puso un
compás sobre la faz del océano» (Proverbios, 8, 27).
Todos sabemos que un compás traza círculos, así que
podemos imaginarnos a Dios resolviendo de este modo la construcción del disco
plano y circular de la Tierra.
William Blake, el artista y poeta inglés, pintó un famoso
cuadro en el que se ve a Dios trazando los límites de la Tierra con un compás.
Además, «compás» tampoco es la mejor traducción del término hebreo. La Versión
Revisada y Normalizada de la Biblia da esta versión del versículo: «Cuando
colocaba los cielos, allí estaba yo, y cuando trazó un circulo sobre la faz de
las profundidades.» Es una versión más clara y explícita.
Por tanto, si queremos dibujar un mapa esquemático del
mundo según la concepción de los babilonios y de los judíos del siglo VI a. C.
(la época del Segundo Isaías), obtendríamos la Figura 1. Aunque no esté dicho
expresamente en ningún lugar de la Biblia, los judíos del último período
bíblico creían que Jerusalén era el centro del «circulo de la tierra»; del
mismo modo que los griegos creían que el centro estaba en Delos. (Por supuesto,
una superficie esférica no tiene centro.)
TACA
Citemos ahora el versículo completo:
«El es el que está sentado sobre el circulo de la tierra,
y sus habitantes parecen saltamontes; el que tendió como toldo el cielo, y lo
despliega como tienda que se habita» (Isaías, 40, 22).
La referencia a que los habitantes de la Tierra son como
«saltamontes» no es más que una frase hecha de la Biblia que hace alusión a su
pequeñez e insignificancia. Así, cuando los israelitas vagaban por el desierto
y enviaron espías a la tierra de Canaán, esos espías regresaron contando
historias desalentadoras sobre la fuerza de aquellas gentes y de sus ciudades.
Los espías dijeron: «…parecíamos saltamontes a su lado, y
así nos veían ellos» (Números 13, 33).
Observemos, no obstante, que se compara el cielo con un
toldo y con una tienda. La imagen más habitual de una tienda es la de una
estructura que se monta y desmonta con facilidad: pieles, lienzos, seda o lona.
La tela se monta hacia fuera por encima y luego se extiende por los lados hasta
el suelo.
Una tienda no es una estructura esférica que rodea a otra
estructura esférica de menor tamaño. No ha existido nunca ninguna tienda así.
Esquemáticamente, se trata de una semiesfera que llega hasta el suelo, donde
dibuja un círculo. Y la tierra por debajo de la tienda es plana. Eso es cierto
en cualquiera de los casos.
En la Figura 2 he representado los cielos y la Tierra tal
como son descritos en este versículo. Los saltamontes de la humanidad habitan
en el interior de la tienda formada por los cielos y sobre la base de una
Tierra plana.
Se trata de un concepto que parecería razonable a las
personas que nunca se hubieran alejado mucho de su hogar, que no hubieran
navegado por los océanos, que no hubieran observado las posiciones variables de
las estrellas al viajar en dirección norte o sur, o lo que ocurre con los
barcos cuando se van acercando al horizonte; personas que se habían sentido tan
aterrorizadas por los eclipses que no se habían parado a observar atenta y
fríamente la sombra de la Tierra sobre la Luna.
Pero en los últimos veinticinco siglos hemos aprendido
muchas cosas sobre la Tierra y el Universo, y sabemos muy bien que la
comparación del Universo con la tela de una tienda de campaña tendida sobre un
disco plano no se corresponde con la realidad. Lo saben hasta los
fundamentalistas, y la única forma que tienen de evitar llegar a la conclusión
de que la Biblia estaba equivocada, es negar el significado literal de las
palabras.
Esto demuestra lo difícil que resulta poner limites a la
locura humana.
Si aceptamos la idea de que la Tierra es un disco plano
sobre el que se apoya la semiesfera celeste, no nos quedará más remedio que
preguntarnos sobre qué reposa ésta.
Los filósofos griegos hasta Aristóteles (384-322 a. C.),
que fueron los primeros en aceptar que la Tierra era esférica, también fueron
los primeros en no preocuparse de este problema. Se dieron cuenta de que la
gravedad era una fuerza que se dirigía al centro de la esfera terrestre, así
que imaginaron que la Tierra estaba suspendida en el centro de otra esfera
mayor, la de la totalidad del Universo.
Para los que vivieron en una época anterior a la de
Aristóteles, los que nunca oyeron hablar de él o no aceptaban sus ideas,
«abajo» era una dirección cósmica independiente de la Tierra. Lo cierto es que
esta idea es tan tentadora que es preciso convencer a cada generación de
jóvenes de lo contrario, ¿Quién no se ha preguntado de pequeño, al enterarse en
el colegio de que la Tierra es esférica, por qué la gente del otro lado, que va
andando cabeza abajo, no se cae?
Y si se cree, como hacían los autores de la Biblia, que la
Tierra es plana, hay que resolver la cuestión de qué es lo que impide que se
caiga todo este tinglado.
La conclusión inevitable a la que llegan aquellos que no
están dispuestos a creer que se trata de un milagro divino es que la Tierra
debe de apoyarse sobre algo, por ejemplo sobre unos pilares. A fin de cuentas,
¿no están apoyados sobre pilares los tejados de los templos?
Pero entonces hay que preguntarse sobre qué se apoyan
estos pilares. Los hindúes creen que se apoyan sobre unos elefantes gigantescos
que, a su vez, se apoyan sobre una tortuga supergigantesca, que a su vez nada
por la superficie de un mar infinito.
En último término siempre nos tropezamos con la divinidad
o con el infinito.
Carl Sagan cuenta la historia de una mujer que tenía una
solución más simple que la de los hindúes. Creía que la Tierra se apoyaba sobre
el lomo de una tortuga. Le preguntó:
–¿Y en qué está apoyada la tortuga?
–En otra tortuga -dijo con altivez.
–¿Y esa otra tortuga, en qué?…
La mujer le interrumpió:
–Ya sé a dónde quiere llegar, señor, pero es inútil. Hay
tortugas todo el rato.
¿Se aborda en la Biblia la cuestión de sobre qué reposa la
Tierra?… Si, pero muy de pasada.
Verán, el problema es que la Biblia no se preocupa por
detallar cuestiones que se supone que todo el mundo conoce. Por ejemplo, no se
dedica a describir a Adán en el momento de su creación. No dice expresamente
que Adán fue creado con dos piernas, dos brazos, una cabeza, sin cola, dos
ojos, dos orejas, una boca, etc. Todo esto se da por descontado.
Del mismo modo, no se preocupa de afirmar directamente «Y
la Tierra es plana», porque los autores de la Biblia nunca oyeron a nadie
sostener lo contrario. Sin embargo, es evidente que estaban convencidos de ello
por sus tranquilas descripciones de la Tierra como un disco con la tienda de
los cielos por encima.
Del mismo modo, sin afirmar explícitamente que la Tierra
plana se apoya en alguna otra cosa, porque todo el mundo sabía que era así, se
alude a esa otra cosa de pasada.
Por ejemplo, en el capítulo treinta y ocho del Libro de
Job, Dios responde a las lamentaciones de aquél sobre la injusticia y la maldad
del mundo, pero no explicándole cuál es la razón de todo esto, sino poniendo de
manifiesto la ignorancia del hombre, y negándole por lo tanto hasta el derecho
a hacerse preguntas (una manera arrogante y autocrática de eludir las preguntas
de Job, pero esa no es la cuestión). Estas son sus palabras:
«¿Dónde estabas cuando cimenté la tierra? Dímelo, si es
que sabes tanto. ¿Quién señaló sus dimensiones, si lo sabes, o quién le aplicó
la cinta de medir? ¿Dónde encaja su basamento o quién asentó su piedra
angular?…» (Job, 38, 4-6).
¿Qué son estos «cimientos»? Es difícil saberlo, porque la
Biblia no los describe expresamente.
Podríamos decir que los «cimientos» son las capas
inferiores de la Tierra, el manto y el núcleo de hierro líquido. Sin embargo,
los autores bíblicos no habían oído hablar de estas cosas, como tampoco habían
oído hablar de las bacterias: por eso se servían de objetos tan grandes como
los saltamontes para dar una imagen de la insignificancia. La Biblia no dice
nunca que las regiones que se encuentran bajo la superficie de la Tierra estén
formadas por rocas y metal, como veremos más adelante.
Se puede decir que la Biblia fue escrita con palabras que
tienen un doble significado; sus versículos tenían un sentido para las personas
sencillas contemporáneas de los autores bíblicos, pero tienen otro distinto
para los lectores más informados del siglo XX, y los lectores todavía más
informados del siglo XXXV les encontrarán otro sentido distinto.
Pero esta afirmación echa por tierra todas las teorías de
los fundamentalistas, ya que entonces todo lo que se dice en la Biblia puede
interpretarse para adaptarlo a un Universo de quince mil millones de años de
antigüedad, cosa que los fundamentalistas rechazan de plano.
De ahí que para rebatirlos tengamos que partir de la base
de que la «Biblia del rey Jaime» fue escrita en inglés, de manera que los
«cimientos» de la Tierra son los objetos sobre los que ésta se apoya.
En otra parte del Libro de Job, éste dice, al describir el
poder de Dios: «Las columnas del cielo tiemblan, asustadas, cuando El brama»
(Job, 26, 11).
Da la impresión de que estas columnas eran los «cimientos»
de la Tierra. Es posible que se encontraran por debajo de los bordes de ésta,
en el punto en que se une con el cielo, como muestra la Figura 3. Por tanto,
estas estructuras son, al mismo tiempo, los pilares del cielo y los cimientos
de la Tierra.
¿Y sobre qué están apoyados los pilares? ¿Sobre elefantes?
¿Sobre tortugas? ¿O acaso hay pilares «todo el rato»? ¿O se apoyan sobre las
espaldas de los ángeles que vuelan eternamente por el espacio? La Biblia no
aclara este punto.
¿Y qué es ese cielo que cubre la superficie de la Tierra
como una tienda?
En la historia de la creación de la Biblia, la Tierra era
en un principio un mar de aguas informes. En el primer día Dios creó la luz y
se las arregló de algún modo, pues el Sol todavía no existía, para que ésta
fuera intermitente, produciendo una sucesión de días y de noches.
Después, en el segundo día, colocó la tienda sobre las
aguas informes:
«Y dijo Dios: "Que exista un firmamento entre las
aguas, que separe aguas de aguas"» (Génesis. 1, 6).
La primera parte de la palabra «firmamento» es «firme», y
esa era la idea de los autores bíblicos. Esta palabra es una traducción del
término griego stereoma, que quiere decir «un objeto duro» y que es a su vez la
traducción del término hebreo rakia, que es «una delgada lámina de metal».
Es decir, el cielo se parece mucho a la cubierta metálica
semiesférica colocada sobre una fuente plana en nuestros restaurantes más
elegantes.
Según el relato, el Sol, la Luna y las estrellas fueron
creados en el cuarto día. Las estrellas eran chispas de luz pegadas al
firmamento, y el Sol y la Luna eran círculos de luz que lo atraviesan de este a
oeste, quizá justamente por debajo del firmamento.
Esta imagen de conjunto está descrita más explícitamente
en el Apocalipsis, escrito alrededor del año 100 de nuestra era y que contiene
una serie de visiones apocalípticas del fin del Universo. En cierto momento se
habla de un gran terremoto», a consecuencia del cual; «… las estrellas del
cielo cayeron a la tierra como caen los higos verdes de una higuera cuando la
sacude un huracán. Desapareció el cielo como un volumen que se enrolla…»
(Apocalipsis, 6, 13-14).
Es decir, las estrellas (esos pequeños puntos de luz) se
despegaron de la delgada estructura metálica del firmamento con el terremoto, y
la misma lámina de metal se enrolló sobre si misma como un rollo de pergamino.
El firmamento cumple la función de «separar las aguas de
las aguas». Parece ser que sobre la base plana de la estructura del mundo,
sobre la misma Tierra, hay agua, y que también hay agua por encima del
firmamento. Es de suponer que la lluvia procede de ese depósito elevado.
(¿Qué otra razón podría haber para que cayera agua del
cielo?)
Parece ser que existe algún tipo de aberturas que permiten
que la lluvia atraviese el firmamento y caiga sobre la Tierra, y cuando se
desea que caiga una lluvia especialmente copiosa estas aberturas se ensanchan.
así, en el caso del Diluvio universal: «…se abrieron las compuertas del cielo»
(Génesis, 1, 11).
En la época del Nuevo Testamento los sabios judíos ya
habían oído hablar de la teoría griega de las múltiples esferas que rodean la
Tierra, una por cada uno de los siete planetas y otra más externa para las
estrellas. Empezaron a tener la impresión de que era posible que no bastara con
un solo firmamento.
Así, san Pablo, en el primer siglo de nuestra era, cree
que existen varios cielos. Dice, por ejemplo:
«Yo sé de un cristiano que hace catorce años fue
arrebatado hasta el tercer cielo» (2 Corintios, 12, 2).
¿Qué es lo que hay por debajo del disco plano de la
Tierra? Desde luego, no se trata de un manto y un núcleo de hierro líquido del
tipo de los que hablan los geólogos de hoy en día; por lo menos no según la
Biblia. En su lugar, bajo la Tierra plana se encuentra la morada de los
muertos.
La primera mención que se encuentra es en la historia de
Córaj, Datan y Abirán, que se rebelaron contra el liderazgo de Moisés en la
época en que los judíos vagaban por el desierto:
«Apenas había terminado de hablar, cuando el suelo se
resquebrajó debajo de ellos, la tierra abrió la boca y se los tragó con todas
sus familias, y también a la gente de Córaj con sus posesiones. Ellos con todos
los suyos bajaron vivos al abismo; la tierra los cubrió y desaparecieron de la
asamblea» (Números, 16, 31-33).
El abismo o Sheol aparece a veces descrito en el Antiguo
Testamento de manera muy parecida al Hades griego: el reino de la oscuridad, la
confusión y el olvido.
Pero más adelante, quizá por influencia de las historias
sobre los ingeniosos tormentos que se infligían en el Tártaro, el lugar al que
los griegos imaginaban que iban a parar las sombras de los grandes pecadores,
Sheol se convirtió en el infierno. Así, en la famosa parábola de Lázaro y el
hombre rico, es patente la división entre los pecadores condenados al tormento
eterno y las personas bondadosas que alcanzan la bienaventuranza:
«Se murió el mendigo, y los ángeles lo pusieron a la mesa
al lado de Abraham. Se murió también el rico, y lo enterraron. Estando en el
abismo, en medio de los tormentos, levantó los ojos, vio de lejos a Abraham con
Lázaro echado a su lado, y gritó: "Padre Abraham, ten piedad de mi; manda
a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, que me
atormentan estas llamas"» (Lucas, 16, 22-24).
La Biblia no da una descripción de la forma del abismo,
pero seria interesante si ocupara la otra semiesfera celeste, como he
representado en la Figura 4.
Es posible que toda la estructura esférica flotara sobre
el infinito mar de aguas informes a partir del que fueron creados el cielo y la
Tierra, y que representa el caos primigenio, como indico en la Figura 4. En ese
caso, puede que los pilares del cielo no sean necesarios.
así, para formar las aguas del Diluvio no sólo se abrieron
las compuertas del cielo, sino que también: «… reventaron todas las fuentes del
océano…» (Génesis, 7, 11).
Es decir, las aguas del caos fluyeron hacia arriba y
estuvieron a punto de inundar toda la creación.
Naturalmente, si la imagen del Universo estuviera
realmente de acuerdo con las palabras literales de la Biblia, el sistema
heliocéntrico sería totalmente imposible. La Tierra no podría moverse en
absoluto (a menos que se considere que flota sin rumbo sobre el «gran abismo»),
y desde luego seria inconcebible que girara alrededor del Sol, que es un
pequeño círculo de luz sobre el firmamento sólido que circunda el disco plano
de la Tierra.
Sin embargo, me gustaría insistir en que yo no me tomo en
serio esta idea. No me siento obligado por las palabras de la Biblia a aceptar
esta imagen de la estructura de la Tierra y el cielo.
Casi todas las referencias bíblicas a la estructura del
Universo se encuentran en pasajes poéticos del Libro de Job, de los Salmos, de
Isaías, del Apocalipsis, etc. Estas referencias pueden considerarse imágenes
poéticas, como la metáfora y la alegoría. Y las historias sobre la creación del
principio del Génesis también tienen que ser tomadas como imágenes poéticas,
metáforas y alegorías.
Si es así, entonces no hay nada que nos obligue a
considerar que la Biblia entra en contradicción con la ciencia moderna.
Hay muchos judíos y cristianos que son sinceramente
religiosos y que consideran que la Biblia es exactamente eso, una guía
teológica y moral, una obra maestra de la poesía…, pero no un manual de
astronomía, geología o biología. No les resulta problemático aceptar tanto la
Biblia como la ciencia moderna, poniendo a cada una en su lugar, de manera que:
«…Pues entonces, lo que es del César devolvédselo al
César, y lo que es de Dios, a Dios» (Lucas, 20, 25).
Lo que yo discuto son las teorías de los fundamentalistas,
los creacionistas y los literalistas.
Si los fundamentalistas insisten en imponernos una
interpretación literal de la historia de la creación narrada en el Génesis; si
intentan obligarnos a aceptar una Tierra y un Universo de sólo unos cuantos
miles de años de antigüedad, y a que neguemos la evolución, entonces yo insisto
en que ellos acepten literalmente todas las palabras de la Biblia, y eso
incluye una Tierra plana y un delgado cielo metálico.
Y si esto no les gusta, ¿a mi qué más me da?
NOTA
Me imagino que a los creacionistas tiene que molestarles
mucho que esté tan familiarizado con la Biblia, y que pueda citarla con tanta
facilidad. Pero, ¿por qué no? Por algo soy el autor de La guía de la Biblia de
Asimov en dos volúmenes.
Por supuesto, no cabe ninguna duda de que la Biblia es tan
larga y compleja que es posible encontrar pasajes que corroboren prácticamente
cualquier teoría. La Historia está llena de violentos altercados, y de anatemas
que acabaron en la hoguera, e incluso de guerras en las que los dos bandos se
lanzaban textos bíblicos el uno al otro.
Como dice Shakespeare en El mercader de Venecia, «el mismo
diablo puede citar las Escrituras para sus propósitos», y sigo esperando que
alguno de mis adversarios utilice esto contra mí; pero nunca lo han hecho.
Verán, el inconveniente de esa cita en particular es que
no existe ninguna manera objetiva de decidir cuál de los dos bandos en
conflicto representa al diablo. En la historia de las disputas teológicas, cada
uno de los dos bandos ha insistido siempre en que el diablo es el otro.
así que tengo la intención de continuar citando la Biblia
para demostrar que en ella se dice que la Tierra es plana, y desafío a los
creacionistas a que encuentren una cita en cualquier lugar de la Biblia en la
que se diga que la Tierra es una esfera.
¿QUÉ CAMIÓN?
Yo no soy una persona demasiado observadora. Además, tengo
una vida interior muy animada y siempre hay cosas dando saltos en el interior
de mi cabeza, y eso me distrae.
Esa es la razón de que la gente se quede asombrada por las
cosas que no veo. Se cortan el pelo y no me doy cuenta. Llegan muebles nuevos a
mi casa y me siento en ellos sin hacer ningún comentario.
Pero en una ocasión me parece que batí la marca en estas
cuestiones. Iba andando por Lexington Avenue, charlando animadamente (como de
costumbre) con la persona que me acompañaba. Empecé a cruzar una calle sin
dejar de hablar, mientras mi acompañante cruzaba a mi lado, me pareció que un
tanto vacilante.
Cuando llegamos al otro lado, mi acompañante dijo:
–Ese camión nos ha pasado a dos centímetros.
Y yo dije inocentemente:
–¿Qué camión?
Así que tuve que escuchar un sermón bastante largo y
aburrido, que no sirvió para reformarme, pero que me hizo pensar en la
facilidad con que uno puede pasar por alto los camiones. Por ejemplo…
Hace algún tiempo un lector me envió un ejemplar del
número de octubre de 1903 de Munsey's Magazine, que examiné con mucho interés.
La enorme sección de publicidad era como una ventana a otro mundo. Pero lo más
fascinante de la revista, sobre lo que mi lector me llamaba la atención, era un
artículo titulado «¿Puede el hombre llegar a la Luna?», escrito por el doctor
Ernest Green Dodge.
Era la clase de artículo que muy bien podría haber escrito
yo mismo hace ochenta años.
Da la casualidad de que más de una vez me he preguntado si
mis tentativas de escribir sobre la tecnología del futuro no parecerán
retrospectivamente bastante menos geniales. Por lo general, tengo la penosa
impresión de que… de que a la larga resultará que había camiones que yo no fui
capaz de ver, o que vi camiones que no estaban realmente allí.
No es previsible que viva ochenta años más para
comprobarlo por mi mismo, pero ¿y si observara los comentarios que hice hace
ochenta años para ver qué impresión producen a la luz de lo que sabemos ahora?
El artículo de Mr. Dodge me proporciona la oportunidad
perfecta para hacerlo, porque es evidente que era una persona racional con
grandes conocimientos científicos, y con una imaginación poderosa, pero
disciplinada. En pocas palabras, era como a mí me gusta imaginarme que soy.
En algunos puntos da exactamente en el blanco. En relación
con un viaje a la Luna, dice: «… no se trata, como el movimiento perpetuo o la
cuadratura del círculo, de una imposibilidad lógica. Lo más que se puede decir
es que ahora nos parece una empresa tan difícil como debió de parecerle al
salvaje desnudo de las costas atlánticas la de cruzar el gran mar, sin más
embarcación que un árbol caído ni más fuerza impulsora que sus manos vacías. La
imposibilidad del salvaje se convirtió en el triunfo de Colón, y la ensoñación
del siglo XIX puede convertirse en la proeza incluso de este mismo siglo.»
¡Exactamente! Los seres humanos pisaron la Luna tan sólo
sesenta y seis años después de la publicación del articulo de Dodge.
Dodge continúa enumerando las dificultades de los viajes
espaciales, que, como él señala, se deben, en primer lugar, al hecho de que «el
espacio está realmente vacío, en un sentido que ningún vacío artificial puede
igualar… una porción del espacio exterior del tamaño de la Tierra no contiene
absolutamente nada, que nosotros sepamos, más que algunos minúsculos fragmentos
de meteoritos, con un peso total de unas diez o quince libras (de cuatro a
siete kilos)».
Dodge era un hombre cuidadoso. Aunque su observación
parecía irrefutable en 1903, añadió esa cautelosa frase, «que nosotros
sepamos», e hizo muy bien.
En 1903 empezaban a conocerse las primeras partículas
subatómicas. Hacía menos de una década que se habían descubierto los electrones
y la radiactividad. Sin embargo, se trataba de fenómenos limitados a nuestro
mundo; los rayos cósmicos no fueron descubiertos hasta 1911. Por tanto, Dodge
no podía saber que el espacio estaba ocupado por partículas cargadas con
energía eléctrica, de masa insignificante, pero de considerable importancia.
Basándose en los hechos conocidos por él en 1903, Dodge
enumera cuatro dificultades que podrían surgir en un viaje de la Tierra a la
Luna por el vacío del espacio exterior.
La primera, por supuesto, es que no se puede respirar.
Dodge desecha esta dificultad, y con razón, señalando que
una nave espacial podría ser hermética y llevar su propia atmósfera interna, de
la misma manera que llevaría reservas de comida y bebida. Por tanto, la
respiración no es un problema.
La segunda dificultad es la del «terrible frío» que reina
en el espacio exterior, y Dodge se la toma más en serio.
Sin embargo, se trata de un problema que tiende a ser
sobreestimado. Desde luego, cualquier fragmento de materia que se encuentre en
el espacio exterior y alejado de cualquier fuente de radiación se estabilizaría
a una temperatura de unos 3 grados absolutos, que puede considerarse «la
temperatura del espacio». Pero cualquier objeto que se desplace de la Tierra a
la Luna no se encuentra muy alejado de una fuente de radiación. Está muy cerca
del Sol, igual que la Tierra y la Luna, y es bañado por las radiaciones solares
durante todo el trayecto.
Lo que es más, el vacío del espacio resulta un excelente
aislante térmico. Este hecho era bien conocido en 1903, ya que James Dewar
había inventado el equivalente del termo once años antes de la redacción de
este articulo. Se puede contar con la presencia de calor interno en la nave
espacial, aunque sólo fuera el calor corporal de los mismos astronautas, que se
iría perdiendo muy lentamente a través de las radiaciones que se propagan en el
vacío. (Esta es la única manera en que se pierde calor en el espacio.)
Dodge cree que habría que proteger a las naves de la
pérdida de calor, «cubriendo las paredes… con un espeso forro acolchado».
También propone una fuente de calor en forma de «grandes espejos parabólicos
[que] dirigirían rayos de luz solar concentrada por las ventanas».
Dodge sobreestima considerablemente el problema, ya que
nada de esto es necesario. Hay que aislar el exterior de las naves, pero con el
propósito de evitar un incremento excesivo de la temperatura a su paso por la
atmósfera. La pérdida de calor no le preocupa a nadie.
La tercera dificultad consiste en que la nave estaría en
caída libre durante la mayor parte del trayecto de la Tierra a la Luna, de
manera que los astronautas no estarían sujetos a la atracción de la gravedad.
Muy acertadamente, Dodge se desentiende de este problema, indicando que «los
platos podrían fijarse a la mesa, y las personas podrían saltar y flotar,
aunque no pudieran caminar».
No entra en especulaciones sobre la posible aparición de
cambios fisiológicos nocivos para el organismo a consecuencia de la exposición
a la gravedad cero, lo que podría considerarse una falta de previsión por su
parte. Pero lo cierto es que esto no ha resultado ser un problema. En los
últimos años ha habido astronautas que han permanecido en condiciones de
gravedad cero durante más de medio año sin interrupción, sin sufrir en
apariencia ningún efecto nocivo permanente.
El cuarto y último peligro que Dodge toma en consideración
es el de la posibilidad de chocar con un meteoro, pero (a pesar de que los
autores de ciencia-ficción continuaron considerándolo uno de los peligros más
importantes durante medio siglo más) también acaba por descartarlo, por ser
poco significativo estadísticamente. Estaba en lo cierto.
Dodge no habla del quinto peligro, el de las radiaciones
cósmicas y otras partículas con carga eléctrica, ya que se trata de algo que
sencillamente no podía saber en 1903.
Después del descubrimiento de los cinturones radioactivos
en 1958 hubo alguna preocupación por el tema, pero los hechos han demostrado
que estas radiaciones no afectaron materialmente a la llegada del hombre a la
Luna.
así, Dodge llegó a la conclusión de que los peligros del
espacio no impedirían a los seres humanos llegar a la Luna, y tenía razón. La
única objeción es que sobreestimó el peligro del supuesto frío espacial.
La siguiente cuestión era la de cómo llegar exactamente a
salvar verdaderamente la distancia entre la Tierra y la Luna. A este respecto
describe cinco posibles «planes». (Da la impresión, aunque Dodge no llegue a
decirlo, de que estos cinco planes son los únicos concebibles.)
El plan más sencillo es el «plan de la Torre». Consistía
en la construcción de un objeto lo bastante alto como para alcanzar la Luna,
algo parecido al proyecto de los constructores de la torre de Babel. Dodge
habla de la Torre Eiffel, construida catorce años antes, y que, con una altura
de 300 metros, era la estructura más alta del mundo en el momento de la
redacción del articulo (y lo siguió siendo durante veintisiete años).
Dodge dice: «Las riquezas combinadas de todas las naciones
podrían abordar la construcción de un edificio de acero sólido de ocho o diez
millas de altura (doce a dieciséis kilómetros), pero no mucho más alto, por la
sencilla razón de que las partes inferiores de la estructura no serían lo
bastante fuertes como para soportar el peso que se apoyaría sobre ellas.» Para
llegar a la Luna, tendría que haber «un material de construcción unas
quinientas veces más resistente que cualquier blindaje conocido, y es posible
que no se descubra nunca un material así». (Observen el «es posible». Dodge es
un hombre prudente.)
El plan presenta otros muchos inconvenientes que Dodge no
menciona. Como la Luna tiene una órbita elíptica que forma un determinado
ángulo con el plano ecuatorial de la Tierra, no se acercaría a la parte
superior de la torre más que muy de vez en cuando, y cada vez que lo hiciera la
gravedad lunar ejercería una enorme tensión sobre ella. Sólo habría aire a la
altura de la parte inferior de la torre, gracias a la atracción gravitatoria
terrestre, y después de la construcción de la torre subsistiría el problema de
recorrer los aproximadamente 300.000 kilómetros que faltarían hasta la
distancia de perigeo de la Luna (y todavía resultaría más imposible recorrer
esta distancia durante el proceso de construcción de la torre). así que el
«plan de la Torre» queda descartado.
Dodge no habla de una posible variante de este plan, un
«gancho celeste» consistente en una larga estructura vertical situada entre la
Tierra y la Luna, de tal manera que la combinación de sus respectivas
atracciones gravitacionales la mantuviera en su sitio, y que podría ayudar a
franquear la distancia que las separa. Personalmente, tampoco creo que
resultara de ninguna utilidad práctica.
El segundo proyecto de Dodge es el «plan del Proyectil»,
que consiste en lanzar una nave con un cañón gigante que le diera bastante
impulso para llegar a la Luna (si se apuntara correctamente). Es el método
descrito por Julio Verne en De la Tierra a la Luna, publicada treinta y ocho
años antes, en 1865.
Dodge señala que, para llegar a la Luna, este proyectil
tendría que salir de la boca del cañón a una velocidad de 11,2 kilómetros por
segundo (la velocidad de escape necesaria para salir de la Tierra) más un poco
más para compensar las pérdidas a causa de la resistencia del aire al atravesar
la atmósfera. La nave tendría que acelerar desde cero hasta 11,2 kilómetros por
segundo en el tiempo que tardara en recorrer la longitud del cañón, y esta
aceleración aplastaría limpiamente a los pasajeros que hubiera a bordo, sin
dejarles un hueso sano.
Cuanto más largo fuera el cañón, menor tendría que ser la
aceleración, pero, según Dodge, «… aun cuando el cañón alcanzara la imposible
longitud de cuarenta millas (sesenta y cuatro kilómetros), el desdichado
pasajero estaría sometido durante once segundos a una presión equivalente a la
de cien hombres tumbados encima de él».
Pero supongamos que pudiéramos superar esta dificultad e
imaginémonos que de algún modo la nave saliera por la boca del cañón con sus
pasajeros sanos y salvos.
Entonces la nave seria un proyectil, que se movería
obedeciendo a la fuerza de la gravedad y a nada más. Sería tan incapaz de
alterar su trayectoria como cualquier bala de cañón.
Si la nave estuviera dirigida hacia la Luna y acabara por
aterrizar en ella, tendría que tocar su superficie a una velocidad no inferior
a 2,37 kilómetros por segundo (la velocidad de escape de la Luna). Y, por
supuesto, eso significaría la muerte instantánea de los astronautas. O, como
dice Dodge: «…a menos que nuestra nave-bala no lleve en el morro un montón de
almohadones de dos millas (tres kilómetros) de espesor que amortiguaran su
caída, ¡el aterrizaje sería peor que el despegue!»
Por supuesto, no es necesario que la nave aterrice en la
Luna. Dodge no sigue adelante con el plan, pero el cañón podría ser dirigido
con una puntería tan sobrehumana como para que la nave se acercara a la Luna
exactamente lo bastante y con exactamente la velocidad adecuada como para
entrar en órbita alrededor de ella para luego volver rápidamente a encontrarse
con la Tierra.
Si la nave cayera de lleno sobre la Tierra, en el momento
del impacto llevaría una velocidad mínima de 11,2 kilómetros por segundo, de
manera que los pasajeros se freirían al atravesar la atmósfera antes de tener
la posibilidad de estallar en pedazos en el momento de la colisión con la
tierra firme o (lo que no representaría mucha diferencia a esa velocidad) con
la superficie del océano. Y si la nave cayera sobre una ciudad, también mataría
a muchos miles de personas inocentes.
Es posible que la puntería sobrehumana fuera capaz de
traer la nave a la Tierra con la desviación suficiente para que quede atrapada
en el campo gravitatorio terrestre y entre en órbita en las capas superiores de
la atmósfera terrestre. La órbita iría declinando gradualmente. Además, en ese
momento podría ponerse en marcha algún dispositivo a base de paracaídas para
acelerar el declive de la órbita y hacer descender a la nave sana y salva.
Pero esperar que con la sola puntería se consiga todo esto
es esperar demasiado, aun en el caso de que la aceleración inicial no resultara
mortal. El «plan del Proyectil» queda descartado.
El tercer proyecto es el «plan del Retroceso».
Dodge señala que un arma de fuego puede ser disparada en
el vacío y experimentar un retroceso. Podríamos imaginarnos una nave que fuera
una especie de arma de fuego muy poderosa capaz de lanzar un proyectil hacia
abajo, de manera que ella experimentaría un retroceso hacia arriba. En el
momento del retroceso, dispararía otro proyectil hacia abajo para darse otro
impulso hacia arriba.
Si la nave disparara proyectiles con la suficiente
rapidez, iría retrocediendo hacia arriba cada vez más deprisa, recorriendo de
esta forma todo el trayecto hasta la Luna.
Pero Dodge sostiene que el retroceso es cada vez mayor
cuanto mayor sea la masa de la bala, y que «para que fuera eficaz su peso [en
realidad, su masa], tendría que ser igual o mayor que la de la propia arma».
Por tanto, tenemos que imaginarnos un objeto que disparara
la mitad de si mismo para que la otra mitad se desplazara hacia arriba, para
luego disparar la mitad de lo que le queda mientras sube, con lo que su
velocidad aumentaría, y que una vez más disparara la mitad de la parte
restante, y así sucesivamente hasta llegar a la Luna.
Pero, ¿cuál tendría que ser el tamaño inicial de la nave,
si tuviera que disparar la mitad de su masa, luego la mitad de la mitad y así
sucesivamente? Dodge dice: «El dispositivo original tendría que ser tan grande
como una cordillera para que fuera posible hacer aterrizar, aunque sólo fuera
una pequeña jaula sana y salva sobre la superficie lunar.»
Por tanto, en su opinión, el «plan del Retroceso» es
todavía menos factible que el «plan del Proyectil».
Pasemos al cuarto proyecto, el «plan de Levitación».
Consiste nada menos que en conseguir interponer una
pantalla que impida actuar a la fuerza de la gravedad.
Dodge admite que no se conoce nada que pudiera servir de
pantalla gravitatoria, pero supone que existe la posibilidad de que se descubra
algo en el futuro.
En cierto modo, un globo lleno de hidrógeno parece anular
la gravedad. En realidad, da la impresión de caer hacia arriba por la
atmósfera, levitando (del latín «ligero») más que gravitando (del latín
«pesado»).
Edgar Allan Poe, en su cuento La incomparable aventura de
un tal Hans Pfaall, publicado sesenta y ocho años antes, en 1835, utiliza un
globo para llegar hasta la Luna.
Pero un globo se limita a flotar en las capas más densas
de la atmósfera, y no llega a neutralizar verdaderamente la fuerza de la
gravedad. Cuando alcanza una altura en que la atmósfera, cada vez más tenue, no
es más densa que el gas del interior del globo, deja de elevarse. Poe se
imagina un gas mucho menos denso que el hidrógeno (algo que sabemos que ni
existe ni puede existir), pero incluso en ese caso el globo no habría podido
elevarse más que una fracción del uno por ciento de la distancia que hay hasta
la Luna. Dodge lo sabia y no menciona ningún globo en su plan.
Dodge se refiere a una auténtica neutralización de la
gravedad, como la que imaginaba H. G. Wells en su historia Los primeros hombres
sobre la Luna, publicada dos años antes, en 1901.
Evidentemente, si se neutralizara la fuerza de la gravedad
se anularía el peso, ¿pero bastaría con eso para llegar hasta la Luna? ¿No
estaría una nave de peso cero sometida al azar de cada ráfaga de aire? ¿Acaso
no se limitaría a vagar a la deriva, como una partícula sometida a los
movimientos brownianos? E incluso si finalmente (un finalmente que quizá
tardara mucho en llegar) alcanzara las capas superiores de la atmósfera y
siguiera más allá, ¿no tendería a alejarse de la Tierra en cualquier dirección
al azar, y sólo por una remotísima casualidad llegaría a acercarse a la Luna?
Pero Dodge tiene una idea mejor. Imagínense que están en
una nave espacial sobre el ecuador de la Tierra. La Tierra gira alrededor de su
eje de tal forma que cada punto del ecuador, con. la nave incluida, se mueve
alrededor de este eje a una velocidad de más o menos 0,46 kilómetros por
segundo. Se trata de una velocidad supersónica (de unos 1,5 mach), y si
intentáramos agarrarnos a un objeto ordinario que girara alrededor de nosotros
a esa velocidad, no lo conseguiríamos ni siquiera durante una fracción de segundo.
Pero la Tierra es muy grande, y en un segundo la
trayectoria se desvía tan poco de la línea recta que la aceleración interna es
bastante moderada. La fuerza que ejerce la gravedad sobre la nave es lo
bastante fuerte como para mantenerla sobre la superficie de la Tierra a pesar
de la velocidad a la que gira. (Tendría que girar alrededor de la Tierra a una
velocidad diecisiete veces mayor para vencer la atracción gravitatoria.)
Pero supongamos que la nave espacial llevara una pantalla
gravitatoria adherida a toda la superficie del casco, y que en un momento
determinado se activara esta pantalla. Como la gravitación no la mantendría en
tierra firme, la nave saldría despedida de la Tierra como un pegote de barro de
una rueda giratoria. Se movería en una línea recta tangente a la curvatura de
la Tierra. La superficie de la Tierra se iría quedando atrás, muy lentamente al
principio, pero cada vez más rápidamente, y si se cuidara de activar la
pantalla en el momento exacto, la trayectoria de la nave acabaría por cruzarse
con la superficie de la Luna.
Dodge no dice que la trayectoria curva de la Tierra
alrededor del Sol introduciría un segundo factor, y el movimiento del Sol por
el espacio un tercero. Pero estos factores sólo requerirían unos ajustes
comparativamente menores.
El aterrizaje en la Luna sería mejor que en los planes
precedentes, porque una nave que no fuera afectada por la gravedad lunar no
tendría que acercarse a ella a su velocidad de escape. Cuando la nave estuviera
a punto de tocar la superficie lunar podría desactivarse la pantalla de
gravedad y la nave, que se vería repentinamente afectada por la relativamente
débil gravedad lunar, podría caer unos cuantos metros, o centímetros, sin más
que una ligera sacudida.
Pero ¿y el viaje de regreso? La Luna gira muy lentamente
sobre su eje, y un punto de su ecuador se desplaza a 1/100 de la velocidad de
desplazamiento de un punto del ecuador de la Tierra. Si se utilizara la
pantalla de gravedad en la Luna, la nave sólo alcanzaría 1/100 de la velocidad
con que partió de la Tierra, así que tardaría 100 veces más en viajar de la
Luna a la Tierra que de la Tierra a la Luna.
Pero podemos descartar todo el proyecto. Albert Einstein
enunció su teoría general de la relatividad trece años después de la redacción
del articulo de Dodge, así que no podemos echarle la culpa de que no supiera
que una pantalla de gravedad es sencillamente imposible. El «plan de
Levitación» queda descartado.
Dodge se muestra más esperanzado con respecto a su quinto
proyecto, el «plan de Repulsión». En este caso no se trata de conseguir
neutralizar la gravedad, sino que confía en la acción de alguna clase de fuerza
de repulsión que desequilibre activamente la de la atracción gravitacional.
A fin de cuentas, hay dos tipos de carga eléctrica y dos
tipos de polos magnéticos, y tanto las dos cargas como los dos polos se repelen
mutuamente. ¿No es posible que, del mismo modo que existe una atracción
gravitatoria, exista también una repulsión gravitatoria, y no cabe la
posibilidad de que algún día las naves espaciales utilicen una combinación de
ambas, para alejarse de un cuerpo celeste unas veces y acercarse a él otras, y
no sería posible que esto pudiera ayudarnos a llegar a la Luna?
Dodge no dice expresamente que es posible que exista una
fuerza de repulsión gravitatoria, y hace bien en mostrarse tan prudente, ya
que, según las posteriores teorías de Einstein, la repulsión gravitatoria
parece imposible.
Sin embargo, Dodge menciona la presión de la luz,
señalando que, en algunos casos, puede contrarrestar la fuerza de la gravedad.
Pone como ejemplo las colas de los cometas. La fuerza de la gravedad tendría
que atraer la cola del cometa hacia el Sol, pero la presión de la luz solar es
más fuerte que la atracción gravitatoria y lo empuja en la dirección opuesta.
En realidad, en este punto está equivocado, porque resulta
que la presión de la luz es demasiado débil; es el viento solar el que vence al
tirón gravitatorio.
Desde luego, la presión de la luz podría utilizarse como
fuerza motora, pero seria demasiado débil como para oponerse al tirón
gravitatorio de algún cuerpo cercano de tamaño considerable, o incluso a la
resistencia del aire.
Para empezar, la nave espacial tendría que adentrarse
bastante en el espacio, y además tendría que llevar velas sumamente tenues y
con una superficie de muchos kilómetros cuadrados.
Como método para elevar una nave espacial desde la
superficie de la Tierra hacia la Luna, la presión de la luz, o cualquier fuerza
parecida, es totalmente inoperante. El «plan de Repulsión» queda descartado.
Y esto es todo, Dodge era un hombre inteligente y
entendido que evidentemente comprendía la ciencia (hasta el punto al que había
llegado en 1903); pero si observamos sus cinco planes tal como él los presenta,
ni uno solo tiene la más remota posibilidad de conseguir llevar al hombre a la
Luna.
¡Y, sin embargo, se ha conseguido! Mi padre estaba vivo
cuando fue escrito este artículo, y también cuando los primeros hombres
aterrizaron en la Luna.
¿Cómo es posible?
Bien, ¿han observado cuál es la palabra que Dodge no
menciona? ¿Se han dado cuenta de que no vio el camión?
¡No ha mencionado el cohete!
No existe ninguna razón para esta omisión. Los cohetes se
conocían desde hacía ocho siglos. Se habían utilizado en tiempos de paz y en
tiempos de guerra. En 1687 Newton explicó cabalmente el principio del cohete.
Incluso antes, en 1656, Cyrano de Bergerac, en su historia Un viaje a la Luna,
enumeraba siete modos de llegar a la Luna, e incluía entre sus métodos el del
cohete.
¿Cómo es posible entonces que Dodge lo dejara de lado? No
por falta de inteligencia. De hecho, era lo bastante sagaz como para prever al
final de su articulo, redactado en 1903, la posibilidad de utilizar la
superficie lunar para recoger la energía solar.
No; no mencionó el cohete porque hasta el mejor de entre
nosotros a veces no ve el camión. (Por ejemplo, me pregunto qué camiones no
estaremos viendo en este mismo momento.)
Dodge estuvo a punto de conseguirlo con su plan de
retroceso, pero cometió un viejo error. Supuso que para conseguir que la fuerza
de retroceso fuera lo bastante potente el arma tendría que disparar un
proyectil con una masa al menos igual a la suya, lo cual no es cierto.
Lo importante en el disparo y el retroceso, en la acción y
la reacción, es el momento. Si una bala sale de un arma con un determinado
momento, el arma tiene que alcanzar un momento de igual intensidad en la
dirección contraria, y el momento es igual a la masa por la velocidad. Es
decir, una masa pequeña provocará un retroceso suficiente si se mueve a la
velocidad suficiente.
En los cohetes los vapores calientes que son expulsados se
mueven hacia abajo a mucha velocidad y de manera continua, de forma que el
cuerpo del cohete se mueve hacia arriba con una aceleración sorprendente,
teniendo en cuenta la pequeña masa de vapor expulsada. Aun así, la masa
necesaria para enviar un objeto relativamente pequeño hasta la Luna sigue
siendo bastante considerable, pero la diferencia es muchísimo menor de lo que
se temía Dodge.
Además, el efecto de retroceso es continuo mientras siga
ardiendo combustible y se sigan expulsando vapores, lo que equivale a desplazar
un proyectil por un cañón durante cientos de kilómetros. La aceleración es
suficientemente pequeña como para ser soportable.
La existencia de una provisión de combustible de reserva
cuando el cohete se dirige ya hacia la Luna asegura su maniobrabilidad: es
posible frenar su descenso hasta la superficie lunar, puede volver a despegar
en dirección a la Tierra a voluntad y puede realizar las maniobras necesarias
para entrar en la atmósfera terrestre.
Y eso es todo en realidad, excepto por dos coincidencias,
una pequeña y otra increíble… y ya saben cuánto me gusta descubrir
coincidencias.
La pequeña coincidencia es la siguiente: en el mismo año
en que se escribió este artículo para Munsey 's Magazine, Konstantin
Tsiolkovsky empezó a escribir una serie de artículos para una revista de
aviación rusa que trataban sobre la teoría de los cohetes y sus aplicaciones a
los viajes espaciales. Se trataba del primer estudio científico de este tipo,
de manera que la astronáutica moderna comenzó precisamente en el momento en que
Dodge hacia especulaciones sobre todas las posibilidades excepto la del cohete.
La coincidencia enorme es la siguiente: inmediatamente
después del artículo de Dodge, en el que no mencionó la palabra «cohete» ni se
dio cuenta de que el cohete era la única posibilidad de que los seres humanos
se apuntaran el gran triunfo de llegar a la Luna, venia otro artículo, y ¿a que
no saben cuál era su título?
No se molesten en intentar adivinarlo; voy a decírselo.
El título era Rocket's Great Victory (La gran victoria del
cohete).
No, no se trata de otra persona que corrigiera la omisión
de Dodge. Se trata de un artículo de ficción subtitulado «La estratagema
mediante la cual Willie Fetherston consiguió ganar una carrera y una novia».
En esta historia, Rocket es el nombre de un caballo.
NOTA
Cuando llevaba aproximadamente un año escribiendo esta
serie de artículos, establecí la costumbre de empezar cada uno de ellos con una
anécdota personal, generalmente divertida. En parte lo hago porque quiero que
el lector se relaje antes de empezar a abrumarle con mis argumentos, y en parte
porque me gusta hablar de mí mismo.
A veces me han preguntado si me invento estas anécdotas.
La respuesta es (con la mano en el corazón) que no.
Cada una de ellas me ocurrió de una manera más o menos
parecida a la descrita. A veces, les doy una forma un poco más literaria,
retinando la materia prima, por decirlo así, pero nunca hasta el punto de
falsear los hechos en lo más mínimo.
Lo digo en este momento porque la gente no se cree que fui
capaz de cruzar la calle sin darme cuenta de que estuve a punto de ser atropellado
por un camión. Pero así es. Mi capacidad de concentración es así de
impresionante.
Por supuesto, entonces esa gente decide que no pueden
creer que con esa capacidad de concentración no haya sido aplastado por algún
vehículo hace muchos años. Bueno, me gustaría creer que tengo un hada madrina
que cuida de mi, pero como la verdad es que no me lo creo (y, créanme, no saben
cuánto lo siento), no puedo ofrecerles ninguna explicación.
MÁS PENSAMIENTOS SOBRE EL
PENSAMIENTO
En el artículo titulado «Algunos pensamientos sobre el
pensamiento» manifestaba mis objeciones a las pruebas de inteligencia y daba
las razones que tenía para ello. Aducía mis razones para suponer que la palabra
«inteligencia» se refiere a un concepto muy sutil que no puede ser medido con
una sola cifra, como, por ejemplo, la que representa el «coeficiente de
inteligencia» (CI).
Quedé muy contento de ese artículo, y con mayor motivo
cuando fue el blanco de los ataques de un psicólogo por cuyo trabajo siento muy
poco respeto (véase el artículo «Ay, todos humanos»).
No pensaba que alguna vez tuviera que retomar el tema. La
verdad es que más bien tenía la impresión de que me había vaciado de todas las
ideas que se me podían ocurrir sobre el asunto.
Pero no hace mucho me encontré en una cena en la que tenia
a Marvin Minsky del MIT (Instituto Tecnológico de Massachussets) a mi derecha y
a Heinz Pagels, de la Universidad Rockefeller, a mi izquierda.
Pagels estaba dando una serie de conferencia de tres días
sobre ordenadores, y ese mismo día había sido el moderador de un debate
titulado «¿Han contribuido las investigaciones sobre inteligencia artificial a
iluminar el proceso del pensamiento humano?».
Yo no había asistido al debate (me lo habían impedido
varios compromisos), pero sí mi querida esposa Janet, y por lo que me contó,
parece ser que Minsky, uno de los participantes, y John Searle, de la
Universidad de California, se enzarzaron en una discusión sobre la naturaleza
de la inteligencia artificial. Minsky, el principal defensor de esa línea de
investigación, no estaba de acuerdo con la opinión de Searle, según la cual la
conciencia es un fenómeno puramente biológico y es imposible que una máquina pueda
llegar a tener conciencia o inteligencia.
En la cena, Minsky siguió defendiendo la opinión de que la
inteligencia artificial no era un término contradictorio, y Pagels defendía la
legitimidad de los argumentos de Searle. Como yo estaba sentado entre los dos,
la educada pero acalorada discusión se desarrollaba por encima de mi cabeza,
tanto literal como figuradamente.
Yo escuchaba sus argumentos cada vez más preocupado,
porque hacia algunos meses había cometido la imprudencia de aceptar dar una
charla después de la cena de esa noche. Tenía la impresión de que toda la
atención de los dinámicos asistentes a la cena de esa noche estaba concentrada
en la discusión entre Minsky y Searle, y que la única oportunidad que tenia de
que me prestaran atención era que yo también hablara del tema.
Por tanto, tenía que volver a pensar sobre el pensamiento,
y me quedaba menos de media hora para hacerlo.
Por supuesto, conseguí arreglármelas; si no, no se lo
estaría contando ahora a ustedes. Incluso me dijeron que durante el resto del
congreso mi charla fue citada en alguna ocasión con aprobación.
No puedo transcribir mi charla palabra por palabra, ya que
siempre improviso, pero a continuación les ofrezco una reproducción bastante
aproximada.
Empecemos por la fácil asunción de que el Homo sapiens es
la especie más inteligente de la Tierra, incluyendo a las que existieron en el
pasado. Por tanto, no hay por qué admirarse de que el cerebro humano sea tan
grande.
Tenemos tendencia a asociar el cerebro con la inteligencia
y viceversa, y no nos falta razón.
El cerebro de un hombre adulto tiene una masa aproximada
de 1,4 kilos por término medio, y es mucho mayor que el cerebro de cualquier
animal no mamífero del presente o del pasado. Esto no es demasiado sorprendente
si tenemos en cuenta que los mamíferos son los organismos vivos más
inteligentes y con mayores cerebros de todos los seres vivos.
Dentro de los mamíferos, tampoco tiene nada de extraño que
cuanto mayor sea un organismo, mayor sea su cerebro, pero el cerebro humano se
desvía de esta regla general. Es más grande que el de otros mamíferos mucho
mayores que el hombre. El cerebro humano es más grande que el del caballo, el
del rinoceronte o el del gorila, por ejemplo.
Y, sin embargo, no es el cerebro más grande que existe.
El del elefante es mayor; se ha comprobado que los
cerebros más grandes de elefantes alcanzan masas de 6 kilos aproximadamente,
más o menos 4 1/4 veces más que el cerebro humano. Y los cerebros de las
grandes ballenas son todavía mayores. El récord lo ostenta el cerebro de un
cachalote, con una masa de unos 9,2 kilos, seis veces y media más que la del
cerebro humano.
Pero aunque los elefantes y las grandes ballenas son más
inteligentes que la mayoría de los animales, su inteligencia nunca se ha
considerado ni remotamente comparable a la de los seres humanos. Es evidente
que la masa cerebral no es el único factor a tener en cuenta en lo relativo a
la inteligencia.
El cerebro humano representa aproximadamente el 2 por 100
de la masa total del cuerpo humano. Pero un elefante con un cerebro de 6 kilos
pesa aproximadamente 5.000 kilos, así que su cerebro representa aproximadamente
sólo el 0,12 por 100 de su masa total. En cuanto al cachalote, que puede llegar
a pesar 65.000 kilos, su cerebro de 9,2 kilos sólo representa aproximadamente
el 0,014 por 100 de su masa total.
Es decir, la masa del cerebro humano por unidad de masa
corporal es 17 veces mayor que la del elefante y 140 veces mayor que la del
cachalote.
¿Es justo dar más importancia a la relación cerebro/
cuerpo que a la masa. cerebral sin más?
Bueno, aparentemente al menos nos proporciona una
respuesta veraz, ya que pone de relieve el hecho manifiestamente evidente de
que los seres humanos son más inteligentes que los elefantes y las ballenas,
cuyos cerebros son más grandes. Además, también podríamos hacer el razonamiento
de este modo (posiblemente un tanto simplista):
El cerebro controla el funcionamiento del cuerpo; aquellas
partes de éste que no se ocupan de estas tareas de control automático pueden
dedicarse a otras actividades como la imaginación, el razonamiento abstracto y
las fantasías creativas. Aunque los elefantes y las ballenas tienen grandes
cerebros, sus cuerpos son enormes, de tal manera que sus cerebros, a pesar de
su gran tamaño, están totalmente concentrados en las tareas rutinarias de mover
esas enormes masas, y no les queda mucho espacio para preocuparse por funciones
«más elevadas». Por tanto, los elefantes y las ballenas son menos inteligentes
que los seres humanos, a pesar del tamaño de sus cerebros.
(Y ésta es la razón de que por término medio los cerebros
de las mujeres sean un 10 por 100 más pequeños que los de los hombres sin que
esto implique que sean un 10 por 100 menos inteligentes. Sus cuerpos también
son más pequeños, y la relación masa cerebral / masa corporal es, en todo caso,
un poco mayor que la de los hombres.)
Sin embargo, la relación entre las masas del cerebro y el
cuerpo tampoco puede explicarlo todo. Todos los primates (los simios y monos)
tienen una relación masa cerebral / masa corporal bastante alta; en general,
cuanto menor es el primate más alta es esta relación. En algunos monos pequeños
el cerebro representa el 5,7 por 100 de la masa corporal, casi tres veces más
que en los seres humanos.
¿Por qué no son entonces estos pequeños monos más
inteligentes que los seres humanos? Es posible que la respuesta esté en que sus
cerebros son demasiado pequeños para ello.
Para alcanzar una inteligencia verdaderamente considerable
es necesario que el cerebro sea lo bastante grande como para proporcionar la
capacidad de pensamiento requerida, y que el cuerpo sea lo bastante pequeño
como para no acaparar todo el cerebro y dejar espacio para el pensamiento. Esta
combinación de un cerebro grande y un cuerpo pequeño parece encontrar el
equilibrio ideal en el ser humano.
¡Pero un momento! La relación cerebro / cuerpo tiende a
aumentar en los primates a medida que disminuye su tamaño, y lo mismo ocurre
con los cetáceos (la familia a la que pertenecen las ballenas). El delfín común
tiene aproximadamente la misma masa que un hombre, pero su cerebro tiene una
masa de unos 1,7 kilos, 1/5 más que el cerebro humano. La relación cerebro /
cuerpo es del 2,4 por 100.
En ese caso, ¿por qué el delfín no es más inteligente que
el ser humano? ¿Acaso existe alguna diferencia cualitativa entre las dos clases
de cerebro que condene al delfín a una estupidez relativa?
Por ejemplo, las células cerebrales efectivas se
encuentran en la superficie del encéfalo y constituyen la «materia gris». El
interior del cerebro está formado en gran parte por las prolongaciones de las
células envueltas en grasa; esta parte (debido al color de la grasa) se conoce
con el nombre de «materia blanca».
La materia gris está asociada a la inteligencia, y, por
tanto, la superficie del cerebro es más importante que su masa. Si observamos
distintas especies de seres vivos de inteligencia cada vez mayor, veremos que
la superficie del cerebro aumenta más rápidamente que la masa. Una de las
manifestaciones visibles de este fenómeno consiste en que la superficie aumenta
hasta tal punto que ya no puede extenderse uniformemente por encima del
interior del cerebro y se arruga formando circunvoluciones. Un cerebro con
circunvoluciones tiene una superficie mayor que un cerebro liso de igual masa.
Por tanto, asociamos las circunvoluciones a la
inteligencia y, efectivamente, los cerebros de los mamíferos presentan
circunvoluciones y los de los no mamíferos, no.
El cerebro de un mono tiene más circunvoluciones que el de
un gato. No es de extrañar que el cerebro humano presente más circunvoluciones
que el de cualquier otro mamífero terrestre, incluidos algunos relativamente
inteligentes como los chimpancés y los elefantes.
Y, sin embargo, el cerebro del delfín tiene una masa mayor
que el cerebro humano, la relación masa cerebral/ masa corporal es más alta y
además presenta más circunvoluciones que el cerebro humano.
Entonces, ¿por qué los delfines no son más inteligentes
que los seres humanos? Para explicarlo, tenemos que volver a la hipótesis de
que la estructura de las células cerebrales del delfín o su organización
cerebral presentan alguna deficiencia, y no tenemos ninguna prueba de que sea
así.
Pero permítanme adelantar una hipótesis alternativa.
¿Cómo sabemos que los delfines no son más inteligentes que
los seres humanos?
Claro que no han desarrollado ninguna tecnología, pero no
es de extrañar. Viven en el agua, donde es imposible hacer fuego, y la
tecnología humana está basada fundamentalmente en la utilización inteligente
del fuego.
Además, las formas aerodinámicas son esenciales para la
vida en el agua, así que los delfines no disponen de ningún equivalente de las
manos humanas, capaces de las manipulaciones más delicadas.
Pero ¿basta con la tecnología para medir la inteligencia?
Nosotros nos olvidamos de ella cuando más nos resulta conveniente. Pensemos en
las estructuras construidas por insectos que viven en sociedad, como, por
ejemplo, las abejas, las hormigas y las termitas, o el delicado diseño de la
tela de araña. ¿Son estas estructuras una prueba de que una abeja, una hormiga,
una termita o una araña son más inteligentes que el gorila, que construye su
tosco refugio en los árboles?
A esto respondemos que no sin dudarlo un instante.
Consideramos que las maravillosas realizaciones de los
animales inferiores son obra del instinto, que es inferior al pensamiento
consciente. Pero es posible que esto no sea más que una opinión interesada.
¿No es acaso posible que los delfines opinen
interesadamente que nuestra tecnología es el resultado de una forma inferior de
pensamiento y que la descarten como prueba de inteligencia?
Claro que los seres humanos tienen la facultad del
lenguaje. Nos servimos de complejas modulaciones de sonidos para expresar ideas
infinitamente sutiles, y no existe ninguna otra especie que tenga esta facultad
ni nada que se le parezca. (Y, que nosotros sepamos, tampoco pueden comunicarse
entre sí por otros medios que les permitan una complejidad, versatilidad y
sutileza comparables a las del lenguaje humano.)
Y, sin embargo, la ballena corcovada canta complejas
«canciones», y el delfín es capaz de emitir un número mayor de sonidos
diferenciados que nosotros. ¿Por qué estamos tan seguros de que los delfines no
son capaces de hablar?
Pero la inteligencia es algo tan evidente. Si los delfines
son tan inteligentes, ¿por qué no resulta obvio que lo son?
En «Algunos pensamientos sobre el pensamiento» yo sostenía
que los seres humanos tienen distintas clases de inteligencia y que por esa
razón las pruebas de CI resultan engañosas. Pero aunque así fuera, todas las
variedades inteligenciales (he tenido que inventarme esta palabra) del ser
humano pertenecen claramente al mismo género. Podemos reconocer estas
variedades a pesar de sus diferencias.
Nos damos cuenta de que Beethoven tenia un tipo de
inteligencia, Shakespeare otro, Newton otro más y Peter Piper (el experto en
selección de embutidos)* otro más aún, y comprendemos el valor de cada uno de
ellos.
¿Y si existiera una variedad inteligencial totalmente
distinta a la de los seres humanos? ¿Seriamos capaces siquiera de darnos cuenta
de que es una manifestación de inteligencia, por mucho que la estudiáramos?
Supongamos que el delfín, con su enorme cerebro lleno de
circunvoluciones y su enorme repertorio de sonidos armónicos, tuviera una mente
capaz de considerar ideas abstractas y un lenguaje capaz de expresarlas con
enorme sutileza. Pero supongamos que esas ideas y ese lenguaje fueran tan
distintos de todo aquello a lo que estamos acostumbrados que ni siquiera
pudiéramos advertir que se trata de ideas y lenguaje, y mucho menos comprender
su contenido.
Supongamos que una colonia de termitas tuviera un cerebro
comunal, cuyas reacciones fueran tan distintas de las nuestras que fuéramos
incapaces de advertir esta inteligencia comunitaria por muy manifiestamente
«evidente» que fuera.
Es posible que el problema sea, en parte, semántico.
Insistimos en definir el «pensamiento» de tal forma que
llegamos automáticamente a la conclusión de que sólo los seres humanos piensan.
(De hecho, a lo largo de la historia siempre ha habido fanáticos que han estado
seguros de que sólo las personas del género masculino y de aspecto bastante
parecido al suyo eran capaces de pensar, y que las mujeres y las «razas
inferiores» no lo eran. Las definiciones interesadas pueden llegar muy lejos.)
Supongamos que definiéramos el «pensamiento» como el tipo
de acciones emprendidas por una especie cuyo propósito es asegurar su propia
supervivencia. Según esta definición, todas las especies tienen algún tipo de
pensamiento, y el pensamiento humano no sería más que una variedad del
pensamiento, y no necesariamente mejor que todas las demás.
En realidad, si tenemos en cuenta que la especie humana,
dotada de la capacidad de previsión y sabiendo exactamente qué es lo que está
haciendo y lo que puede ocurrir, se enfrenta a pesar de ello a la posibilidad
de destruirse a si misma en un holocausto nuclear… entonces, según mi
definición, la única conclusión lógica a la que podemos llegar es que el Homo
sapiens piensa peor y es menos inteligente que cualquier otra especie que
exista o haya existido sobre la superficie de la Tierra.
Por tanto, es posible que de la misma manera que los
partidarios del CI llegan a sus conclusiones, teniendo buen cuidado de
establecer una definición de la inteligencia que haga de ellos y de sus iguales
personas «superiores», la humanidad considerada en su totalidad haga lo mismo
con su cuidadosa definición de en qué consiste el pensamiento.
Vamos a recurrir a una analogía para aclarar este punto.
Los seres humanos «caminan». Para ello suelen servirse de
sus dos piernas, y llevan, el cuerpo alzado de tal forma que la columna se
dobla hacia dentro en la región lumbar.
Podríamos definir «caminar» como el movimiento que se
realiza sobre dos piernas con el cuerpo en equilibrio sobre una columna
vertebral doblemente curvada. Según esta definición, caminar seria un atributo
exclusivo de los seres humanos, de lo que podríamos sentirnos justamente
orgullosos. Esta forma de caminar liberó a nuestros miembros anteriores de la
obligación de contribuir a nuestros desplazamientos (excepto en determinadas
situaciones de emergencia), permitiéndonos disponer continuamente de nuestras manos.
Este desarrollo de la postura erguida es anterior al desarrollo de la capacidad
craneana y es bastante posible que lo haya provocado.
Otros animales no caminan. Se desplazan sobre cuatro patas
o sobre seis, ocho, varias docenas o ninguna. O vuelan o nadan. Incluso los
cuadrúpedos que pueden alzarse sobre sus cuartos traseros (como los osos y los
simios) sólo lo hacen provisionalmente, y se encuentran más cómodos a cuatro
patas.
Hay animales exclusivamente bípedos, como los canguros y
las aves, pero a menudo brincan más que caminan.
Incluso las aves que caminan (como las palomas y los
pingüinos) son, en primer lugar, voladoras o nadadoras. Y las aves que sólo
caminan (o sus parientes más rápidas que sólo corren), como el avestruz, no
tienen una columna doblemente curvada.
Supongamos entonces que nos empeñáramos en que «caminar»
es una actividad absolutamente única, hasta el punto de que careciéramos de
términos para designar la manera de desplazarse de otras especies. Supongamos
que nos contentáramos con decir que los seres humanos son «caminadores» y que
el resto de las especies no lo son, y nos negáramos a extender nuestro
vocabulario más allá de este punto.
Si nos empeñáramos en ello con el bastante ardor, no
tendríamos por qué prestar ninguna atención a la hermosa eficacia con que
algunas especies brincan, saltan, corren, vuelan, navegan, se zambullen o se
deslizan. No habríamos inventado el término «locomoción animal» para describir
todas estas distintas maneras de desplazarse.
Y si nos limitáramos a calificar todas las formas de
locomoción animal excepto la nuestra de «no caminadoras», es posible que nunca
tuviéramos que reconocer que, en muchos aspectos, el medio de locomoción humano
es mucho menos elegante que el de un caballo o el de un halcón, y que de hecho
es una de las formas menos elegantes y admirables de locomoción animal.
Supongamos entonces que nos inventáramos una palabra que
designara todas las formas que adopta el comportamiento de los seres vivos a la
hora de responder a un estimulo o de favorecer la supervivencia. Digamos que
esta palabra es «zornar». El pensamiento humano podría ser una de las
variedades de zornar, y otras especies podrían manifestar otras variedades de
zornar.
Si consideráramos el zornar sin ideas preconcebidas, es
posible que nos diéramos cuenta de que pensar no siempre es la mejor manera de
zornar, y es posible que llegáramos a comprender un poco mejor la manera de
zornar de los delfines o de las comunidades de termitas.
O supongamos que nos planteamos la pregunta de si las
máquinas pueden pensar, de si un ordenador puede llegar a tener conciencia, de
si es posible que los robots experimenten emociones; en una palabra, en qué
momento del futuro lograremos crear una verdadera «inteligencia artificial».
¿Cómo podemos discutir sobre ello si no nos paramos antes
a pensar qué es exactamente la inteligencia? Si por definición se trata de algo
que sólo pueden tener los seres humanos, entonces es evidente que una máquina
no puede tenerla.
Pero todas las especies pueden zornar, y es posible que
los ordenadores también lleguen a ser capaces de hacerlo.
Es posible que no lo hagan de la misma forma que cualquier
especie biológica, así que también necesitaremos una palabra nueva para
designar lo que hacen. En mi charla improvisada sobre las facultades de los
ordenadores utilicé la palabra «tendar», que supongo que nos sirve tan bien
como cualquier otra.
Entre los seres humanos existe un número indefinido de
diferentes formas de zornar; estas formas son lo bastante parecidas como para
que las agrupemos bajo la denominación común de «pensamiento». Y es muy posible
que también entre los ordenadores existiera un número indefinido de diferentes
formas de zornar, tan distintas de las que comparten los seres humanos que
podríamos agruparlas bajo la denominación común de «tendamiento».
(Y además es posible que el resto de los animales zornen
de maneras diferentes, así que tendríamos que inventar docenas de palabras
diferentes para todas las variedades de zornar y organizarlas según una
compleja clasificación. Además, es posible que, a medida que se desarrollaran
los ordenadores, nos diéramos cuenta de que «tendar» no resultaba suficiente y
tuviéramos que inventar subdenominaciones… Pero ya lo dirá el futuro. Mi bola
de cristal no llega tan lejos.)
Como es natural, proyectamos nuestros ordenadores para que
sean capaces de resolver problemas que nos interesan, y por tanto tenemos la
impresión de que piensan.
Pero tenemos que reconocer que incluso cuando un ordenador
resuelve un problema que nosotros tendríamos que resolver de no existir éste,
los procesos para resolverlo son totalmente distintos. Los ordenadores tendan y
nosotros pensamos, y puede que sea inútil que nos sentemos a debatir si los
ordenadores piensan o no. Del mismo modo, los ordenadores podrían sentarse a
debatir si los seres humanos tendan o no.
Pero ¿resulta razonable suponer que los seres humanos son
capaces de crear una inteligencia artificial tan distinta de la inteligencia
humana como para que sea necesario reconocer que lo que hacen los ordenadores
es tendar, un proceso bien distinto del pensamiento humano?
¿Por qué no? No es la primera vez que ocurre. Durante
cientos de miles de años los seres humanos transportaron los objetos
poniéndoselos debajo del brazo o manteniéndolos en equilibrio sobre la cabeza.
De esta forma, sólo podían transportar una masa igual a la suya como máximo.
Si apilaban los objetos sobre los lomos de los burros,
caballos, bueyes, camellos o elefantes, podían transportar masas mayores. Pero
con ello sólo se sustituye el uso directo de músculos por el de otros músculos
mayores.
Pero a la larga los seres humanos inventaron un
dispositivo artificial que facilitaba el transporte de objetos.
¿De qué manera lo consiguió la máquina? ¿Desarrolló acaso
una forma artificial de caminar, correr, volar o nadar, o de cualquiera de las
innumerables formas de la locomoción animal?
No. En la remota prehistoria algún ser humano inventó la
rueda y el eje. Gracias a este invento fue posible cargar masas mucho mayores
en los carros, arrastrados por la fuerza humana o animal, que los que esta
fuerza era capaz de cargar por sí sola.
A mi manera de ver, la rueda y el eje son los inventos más
extraordinarios jamás realizados por los seres humanos. El descubrimiento del
fuego estuvo precedido al menos por la observación de los fuegos naturales
provocados por los rayos. Pero la rueda y el eje no tenían ningún precedente
natural; no han sido desarrollados por ninguna forma de vida hasta el momento.
De modo que la «locomoción asistida por máquinas» fue desde un principio
totalmente distinta a todos los medios de locomoción animal, y del mismo modo,
no sería de extrañar que el zornar mecánico no tuviera nada que ver con todas
las variedades del zornar biológico.
Claro que los primitivos carros no podían moverse por si
solos, pero con el tiempo se inventó la máquina de vapor, y más tarde el motor
de combustión interna y el cohete, ninguno de 1os cuales tiene un
funcionamiento parecido al de los músculos.
Por el momento, los ordenadores están en una fase
equivalente a la etapa anterior a la invención de la máquina de vapor. Los
ordenadores pueden funcionar, pero no pueden hacerlo «ellos solos». Con el
tiempo se desarrollará el equivalente a la máquina de vapor, y los ordenadores
podrán resolver problemas por si solos, pero el proceso de resolución seguirá
siendo totalmente distinto al utilizado por el cerebro humano. Seguirán
tendando y no pensando.
Esto parece descartar los temores de que los ordenadores
nos «sustituyan», o de que los seres humanos acaben resultando superfluos y
extinguiéndose.
A fin de cuentas, las ruedas no han hecho que las piernas
resulten superfluas. En muchos casos caminar es más cómodo y práctico que
rodar. Abrirse camino por un terreno accidentado es fácil si se está caminando,
pero muy difícil si se va en coche. Y para ir del dormitorio al cuarto de baño
no se me ocurriría jamás utilizar otra cosa que mis piernas.
Pero ¿y si a la larga los ordenadores son capaces de hacer
todo lo que hacen los seres humanos, aun cuando «tendan» en lugar de pensar? ¿Y
si acaban por «tendar» sinfonías, dramas, teorías científicas, amoríos…
cualquier cosa que se les ocurra?
Es posible. Algunas veces he visto una máquina cuya
función es alzar sus patas sobre los obstáculos, de manera que es una máquina
que camina. Pero es tan complicada y sus movimientos son tan poco airosos que
tengo la impresión de que nadie se va a tomar nunca las enormes molestias que
supondría producir y utilizar estos aparatos, como no sea para realizar un tour
de force (como el avión que atravesó el Canal de la Mancha con el mecanismo de
una bicicleta… y que nunca volverá a ser utilizado).
Sea lo que sea «tendar», es evidente que es el proceso
mejor adaptado para manipular con gran rapidez y sin cometer errores las
cantidades aritméticas. Hasta el más sencillo ordenador es capaz de «tendar»
multiplicaciones y divisiones de cantidades enormes mucho más rápidamente que
los seres humanos.
Esto no quiere decir que «tendar» sea superior a pensar,
sino simplemente que está mejor adaptado para este tipo de procesos. En cuanto
al pensamiento, está bien adaptado a procesos relacionados con la penetración
psicológica, la intuición y la combinación creativa de datos para producir
resultados inesperados.
Es posible que se puedan proyectar ordenadores capaces de
realizar estos procesos en cierto modo, de la misma forma que algunos genios de
las matemáticas pueden «tendar» en cierto modo… Pero en ambos casos se trata de
una pérdida de tiempo.
Dejemos que los pensadores y los «tendadores» se ocupen
cada uno de su especialidad y unamos los resultados alcanzados. Me imagino que
los seres humanos y los ordenadores pueden hacer mucho más trabajando juntos
que cada uno por su lado. El futuro estará conformado por la simbiosis de
ambos.
Una última cuestión: si «tendar» y pensar son dos cosas
tan diferentes, ¿es previsible que el estudio de los ordenadores pueda llegar a
arrojar alguna luz sobre el problema del pensamiento humano?
Volvamos al problema de la locomoción.
Una máquina de vapor puede impulsar a otras máquinas que
realizan tareas que originalmente requerían la fuerza muscular, y que llevan a
cabo estas tareas a pleno rendimiento e infatigablemente, pero la estructura de
la máquina de vapor no se parece en nada a la estructura muscular. En la
máquina de vapor el agua se calienta hasta evaporarse, y el vapor en expansión
empuja los pistones.
En el músculo, una delicada proteína llamada actomiosina
experimenta ciertas alteraciones moleculares que provocan la contracción del
músculo.
Me da la impresión de que, aunque nos pasáramos un millón
de años estudiando el agua en ebullición y el vapor en expansión, no podríamos
deducir absolutamente nada acerca de la naturaleza de la actomiosina. O, a la
inversa, aunque estudiáramos todos y cada uno de los cambios moleculares que
experimente la actomiosina no aprenderíamos nada sobre las causas de que el
agua se evapore.
Pero en 1824 un joven físico francés, Nicolás L. S. Carnot
(1796-1832), estudió la máquina de vapor para determinar los factores que
afectan a la eficacia de su funcionamiento. En el curso de estas
investigaciones empezó a desarrollar la línea de razonamiento que, a finales
del siglo pasado, resultó en la formulación de todas las leyes de la
termodinámica.
Estas leyes se encuentran entre las afirmaciones generales
más importantes de la física, y se descubrió que son perfectamente aplicables a
los sistemas vivos, y no sólo a objetos más sencillos como la máquina de vapor.
La acción muscular, por muy complicados que sean sus
mecanismos internos, tiene que obedecer las leyes de la termodinámica del mismo
modo que las máquinas de vapor, lo que nos proporciona datos de enorme
importancia sobre la naturaleza de los músculos. Y además estos datos los hemos
conseguido gracias a la máquina de vapor, y es posible que nunca los hubiéramos
deducido de habernos limitado a estudiar los músculos.
Del mismo modo es posible que el estudio de los
ordenadores no nos proporcione ninguna información directa sobre la estructura
profunda del cerebro humano o de las células nerviosas humanas. No obstante, el
estudio del «tendar» puede conducir a la formulación de las leyes básicas del
«zornar», y es posible que descubramos que estas leyes son tan aplicables al
«tendar» como al pensamiento.
Por tanto, existe la posibilidad de que, aun cuando los
ordenadores no guarden ningún parecido con el cerebro, nos enseñen algo acerca
de éste que puede que nunca descubriéramos mediante el solo estudio de este
órgano…
Así que resulta que, a fin de cuentas, estoy del lado de
Minsky.
NOTA
Tengo que admitir que en mis obras de ciencia-ficción no
siempre pongo en práctica lo que predico en mis ensayos científicos.
En éstos sostengo la firme convicción de que la velocidad
de la luz es una barrera definitiva imposible de franquear, pero en mis
historias de ciencia-ficción siempre hablo de viajes a velocidades mayores que
la de la luz.
También sostengo en mis artículos que a la larga la
«inteligencia artificial» robótica será muy distinta de la «inteligencia
natural», y que estos dos tipos de inteligencia se complementarán más que
entrar en conflicto.
Pero en mis historias de robots, que llevo más de medio
siglo escribiendo, éstos han experimentado una continua evolución, y cada vez
son más complejos, más competentes y más y más parecidos a los seres humanos.
Por último, mi suprema creación robótica, R. Daneel Olivaw, ha acabado por ser
totalmente idéntico a los seres humanos, tanto física como intelectualmente. En
realidad, lo único que delata su condición de robot es que es mucho más
inteligente, mucho más honrado, mucho más virtuoso y recto de lo que jamás
podría serlo un ser humano.
¿Significa esto que me contradigo? Sí.
TODO LO QUE ALCANZA A
DIVISAR EL OJO DEL HOMBRE
El otro día recibí una notificación de un departamento de
recaudación de impuestos. Estas notificaciones tienen dos características
invariables: en primer lugar, provocan sudores (¿que estarán tramando? ¿qué es
lo que he hecho mal?), y, en segundo lugar, están escritas en marciano arcaico.
Es sencillamente imposible interpretar su contenido.
Por lo que pude entender, había algún error en uno de los
impuestos secundarios que había pagado en 1979.
Debía 300 dólares más otros 122 de intereses, así que me
desplumaban por un total de 422 dólares. Entre toda esa densa y floreciente
verborrea me pareció distinguir una serie de palabras que parecían amenazarme
con colgarme del pulgar durante veinte años si no pagaba en los próximos cinco
minutos.
Llamé a mi contable, quien, como de costumbre, no se
alteró en lo más mínimo ante esta amenaza que se cernía sobre la vida de otra
persona.
–Envíamelo -dijo, ahogando un bostezo-. Le echaré un
vistazo.
–Me parece -dije con nerviosismo- que será mejor que lo
pague primero.
–Como quieras -dijo-, ya que puedes permitírtelo.
Y eso hice. Extendí el cheque, lo metí en un sobre y me
fui a toda prisa a la.oficina de correos para llegar a tiempo de salvar mi
pulgar.
Luego llevé el documento a mi contable, que se sirvió de
su lupa especial de contable para leer la letra pequeña.
Dijo, formulando su diagnóstico:
–Aquí dicen que ellos te deben dinero.
–Entonces, ¿por qué me cobran los intereses?
–Son los intereses que ellos te deben a ti.
-Pero me amenazan en el caso de que no pague.
–Ya lo sé, pero recaudar impuestos es un trabajo muy
aburrido y no puedes echarles la culpa de que se permitan alguna broma
inofensiva.
–Pero si ya he pagado.
–No importa. Les escribiré y les explicaré que han
aterrorizado a un ciudadano honrado, y acabarán por enviarte un cheque de 844
dólares que cubra la deuda que tienen contigo y tu innecesario pago.
Después añadió, con una alegre sonrisa:
–Pero ya puedes esperar sentado.
Eso me dio la oportunidad de decir la última palabra.
–Una persona acostumbrada a tratar con editores -dije
adustamente-, siempre espera sentada a que le paguen *.
Y ahora que ya he presentado mis credenciales de persona
de vista penetrante y previsora, vamos a hacer algunas penetrantes previsiones.
Supongamos que me adentro en el futuro todo lo que alcanza
a divisar el ojo del hombre (parafraseando una frase que Alfy Tennyson utilizó
en una ocasión). ¿En qué estado se encontraría la Tierra? Para empezar, vamos a
suponer que la Tierra está sola en el Universo, aunque conservando su edad y
estructura actuales.
Naturalmente, si está sola en el Universo no hay un Sol
que la ilumine y la caliente, así que su superficie está a oscuras y a una
temperatura cercana al cero absoluto. Por tanto, no hay vida en su superficie.
Pero su interior está caliente a causa de la energía
cinética de los cuerpos más pequeños que se fundieron entre sí para formarla
hace 4,6 eones (un eón equivale a 1.000.000.000 -mil millones- de años). El
calor interno e filtraría muy lentamente, atravesando la capa de rocas
aislantes de la corteza, y además se vería constantemente renovado por la
descomposición de los elementos radioactivos de la corteza terrestre, como, por
ejemplo, el uranio 238, el uranio 235, el torio 232, el potasio 40, etcétera.
(De todos ellos, el uranio 238 es el que aporta aproximadamente el 90 por 100
del calor.)
Por tanto, podríamos suponer que si la Tierra se
encontrara sola en el Universo, se mantendría durante mucho tiempo en estas
condiciones de frío exterior y calor interior. Pero el uranio 238 se va
descomponiendo lentamente; su vida media es de 4,5 eones. El resultado es que
ya ha desaparecido la mitad de la provisión de uranio original, y que la mitad
restante desaparecerá en los próximos 4,5 eones, y así sucesivamente. Dentro de
unos 30 eones, en la Tierra no quedará más que un 1 por 100 del uranio 238 existente
en la actualidad.
Por tanto, cabe esperar que con el tiempo el calor interno
de la Tierra se vaya agotando, y que el proceso de sustitución de éste por el
cada vez más reducido depósito de materiales radioactivos vaya perdiendo
eficacia. Cuando la Tierra tenga 30 eones más de antigüedad, su interior estará
solamente templado. Continuará perdiendo calor (a un ritmo cada vez más lento)
durante un período de tiempo indefinido, acercándose cada vez más al cero
absoluto, aunque, por supuesto, sin llegar a alcanzarlo jamás.
Pero la Tierra no es el único cuerpo existente en el
Universo. Sólo en nuestro Sistema Solar existen innumerables objetos de tamaño
planetario y subplanetario, desde el inmenso Júpiter hasta las pequeñas
partículas de polvo y otras aún más pequeñas, como los átomos individuales y
las partículas subatómicas. Es posible que existan agrupaciones similares de
objetos celestes alrededor de otras estrellas, por no hablar de los objetos que
deambulan por los espacios interestelares de nuestra galaxia. Supongamos entonces
que en toda la galaxia no existieran más que estos objetos sin brillo. ¿Cuál
sería su destino final?
Cuanto mayor es un cuerpo más alta es su temperatura
interna y mayor cantidad de calor se acumula en el proceso de su formación, y
por tanto, más tiempo tarda en enfriarse. Según mis cálculos aproximados,
Júpiter, cuya masa es un poco más de trescientas veces mayor que la de la
Tierra, tardaría en enfriarse por lo menos mil veces más que la Tierra: unos
30.000 eones.
Pero a lo largo de este período de tiempo tan dilatado
(que equivale a dos mil veces la edad actual del Universo) también ocurrirían
otras cosas de mayor importancia que el simple proceso de enfriamiento. Me
refiero a las colisiones entre distintos cuerpos. En los períodos de tiempo que
estamos acostumbrados a considerar estas colisiones no son demasiado
frecuentes, pero en un intervalo de 30.000 eones se producirían en gran número.
Algunas de estas colisiones provocarían disoluciones y desintegraciones de los
cuerpos celestes en otros más pequeños. Pero cuando un cuerpo pequeño entra en
colisión con otro mucho mayor que él, queda atrapado por éste y se integra en
él.
Así, la Tierra arrastra cada día billones de meteoritos y
micrometeoritos, con lo que su masa va aumentando de manera lenta pero
constante.
De hecho, podemos considerar que por regla general los
cuerpos de gran tamaño aumentan su masa a expensas de los cuerpos más pequeños,
de manera que con el tiempo éstos son cada vez menos frecuentes y los cuerpos
grandes son cada vez mayores.
Con cada colisión no sólo se produce un incremento de la
masa del cuerpo mayor, sino también de la energía cinética. Esta se transforma
en calor, lo que prolonga aún más el proceso de enfriamiento del cuerpo más
grande.
De hecho, los cuerpos especialmente grandes, que atraen a
una gran cantidad de cuerpos pequeños, adquieren energía a un ritmo tal que más
que enfriarse se calientan. El aumento de las temperaturas, unido al aumento de
la presión sobre el centro provocado por el incremento de la masa, acabarán por
provocar reacciones nucleares en el centro del cuerpo (cuando éste tiene una
masa al menos diez veces mayor que la de Júpiter). Es decir, el cuerpo
experimentará una «ignición nuclear», y su. temperatura global se elevará
todavía más, hasta que por último su superficie emite una débil luminosidad. El
planeta se habrá convertido en una débil estrella.
Por tanto, podemos representarnos nuestra galaxia como un
conjunto de cuerpos sin brillo, planetarios y subplanetarios, que en algunos
casos se van transformando gradualmente en débiles puntos luminosos. Pero sería
una representación inútil, porque lo cierto es que durante la formación de la
galaxia se condensaron algunos cuerpos lo bastante grandes como para entrar en
ignición nuclear desde el primer momento. La galaxia está formada por 300 mil
millones de estrellas, muchas de ellas bastante brillantes y unas cuantas de
entre ellas con un brillo miles de veces más intenso que el de nuestro Sol.
Por tanto, lo que tenemos que preguntarnos es qué será de
las estrellas, pues su destino es mucho más importante que nada de lo que pueda
ocurrirles a los cuerpos más pequeños y sin brillo, que en su mayor parte
describen órbitas alrededor de las distintas estrellas.
Los cuerpos no luminosos pueden existir durante períodos
de tiempo indefinidos sin experimentar cambios importantes (si exceptuamos el
proceso de enfriamiento y las ocasionales colisiones), porque su estructura
atómica resiste la atracción interna de la fuerza de la gravedad. Pero las
estrellas no se encuentran en la misma situación.
Como las estrellas tienen mucha más masa que los planetas,
sus campos gravitatorios son mucho más intensos y su estructura atómica se hace
pedazos a consecuencia de la atracción interna de esos campos. Si la gravedad
fuera el único factor a tener en cuenta, las estrellas se encogerían hasta
alcanzar el tamaño de planetas en el mismo momento de su formación. Sin
embargo, las enormes temperaturas y presiones existentes en el centro de estos
gigantescos objetos provocan la ignición nuclear, y el calor producido por las
reacciones nucleares que tienen lugar en el núcleo consigue mantener la
expansión del volumen de las estrellas a pesar de la enorme atracción de sus
campos gravitatorios.
Pero el calor estelar se desarrolla a expensas de los
procesos de fusión nuclear que transforman el hidrógeno en helio y, por último,
en núcleos todavía más complejos.
Como cualquier estrella dispone de una cantidad de
hidrógeno limitada, las reacciones nucleares sólo pueden producirse mientras
esta provisión no se agote. Tarde o temprano, cuando el contenido de
combustible nuclear empieza a disminuir, se produce una incapacidad gradual del
calor generado por las reacciones nucleares para mantener la expansión de las
estrellas frente a la inexorable y siempre presente atracción interna del campo
gravitatorio.
Llega un momento en que las estrellas que no son mucho
mayores que nuestro Sol han consumido tanto combustible nuclear que
experimentan forzosamente un colapso gravitacional relativamente tranquilo.
Entonces se contraen y se convierten en «enanas blancas», de un tamaño
aproximadamente igual al de la Tierra o incluso menor (aunque conservan
prácticamente toda su masa original). Las enanas blancas están formadas por
átomos descompuestos, pero los electrones libres se resisten a la compresión
porque se repelen entre si, de manera que una enana blanca, dejada a su propia
suerte, mantendrá inalterable su estructura indefinidamente.
Las estrellas de mayor masa que nuestro Sol sufren cambios
más radicales. Cuanto mayor es su masa, más violentos son estos cambios. Cuando
sobrepasan una determinada masa explotan y se convierten en «supernovas»,
capaces de emitir durante un breve espacio de tiempo tanta energía como 100 mil
millones de estrellas ordinarias. Una parte de la masa de la estrella en
explosión es arrojada al espacio, y el resto puede colapsarse y formar una
«estrella de neutrones». Para ello es necesario que la fuerza que impulsa a la
estrella a colapsarse y formar una estrella de neutrones se abra paso por entre
el mar de electrones que tienden a mantenerla en forma de enana blanca. Los
electrones se ven arrastrados a combinarse con los núcleos atómicos para formar
neutrones que, al no tener carga eléctrica, no se repelen sino que están
obligados a agruparse estrechamente.
Los neutrones son tan pequeños, incluso si los comparamos
con los átomos, que toda la masa solar podría apretujarse en una esfera- de
menos de 14 kilómetros de diámetro. Los neutrones ejercen una resistencia a la
descomposición, así que una estrella de neutrones abandonada a su propia suerte
mantendrá su estructura sin alteraciones indefinidamente.
Si la estrella es extraordinariamente grande, el colapso
será de tales dimensiones que ni siquiera los neutrones podrán resistirse a la
atracción interna del campo gravitatorio, y no se detendrá en la fase de la
estrella de neutrones.
Más allá de esta fase no hay nada que impida que la
estrella entre en un colapso indefinido hasta llegar a tener un volumen cero y
una densidad infinita, formando un «agujero negro».
El tiempo que tarda una estrella en agotar todo su
combustible y colapsarse depende de su masa. Cuanto mayor sea ésta, más
rápidamente se agotará su combustible. Las estrellas más grandes sólo pueden
mantener su volumen en expansión durante un millón de años, e incluso menos,
antes del colapso. Las estrellas del tamaño del Sol mantienen su volumen en
expansión durante un período que oscila entre 10 y 12 mil millones de años. Las
enanas rojas, que son las estrellas con menos masa, pueden llegar a brillar por
un periodo de hasta 200 mil millones de años antes del inevitable final.
La mayor parte de las estrellas de nuestra galaxia se
formaron poco después de la gran explosión, hace unos 15 mil millones de años,
pero desde entonces se han seguido formando otras estrellas nuevas (incluyendo
a nuestro Sol).
Algunas se están formando en este momento, y otras se
seguirán formando durante miles de millones de años. Pero el número de nuevas
estrellas que se formarán a partir de las nubes de polvo es limitado. Las nubes
de polvo de nuestra galaxia sólo representan el 10 por 100 de su masa total,
así que ya se ha formado el 90 por 100 de las estrellas que podían aparecer en
nuestra galaxia.
A la larga, estas estrellas nuevas también colapsarán, y
aunque las ocasionales supernovas producen más polvo interestelar, llegará un
momento en el que no se podrán formar más estrellas. Toda la masa de nuestra
galaxia acabará agrupándose en estrellas que sólo existirán en las tres
variedades de formas colapsadas: enanas blancas, estrellas de neutrones y
agujeros negros. También habrá algunos cuerpos opacos, planetarios y
subplanetarios.
Los agujeros negros aislados no emiten luz y son tan
opacos como los planetas. Las enanas blancas y las estrellas de neutrones
emiten radiaciones, entre ellas las de la luz visible; probablemente emiten más
radiaciones por unidad de superficie que las estrellas corrientes. Pero sus
superficies son tan pequeñas en comparación con las de éstas que el volumen
total de luz emitida resulta insignificante. Por tanto, una galaxia formada
únicamente por estrellas colapsadas y cuerpos planetarios será básicamente una
galaxia a oscuras. Transcurridos unos 100 eones (seis o siete veces la edad
actual de nuestra galaxia) no quedarán más que algunos destellos
insignificantes de radiaciones que alivien el frío y la oscuridad reinantes.
Además, estos pocos puntos de luz se irán debilitando
lentamente hasta extinguirse por completo. Las enanas blancas se irán
oscureciendo poco a poco hasta convertirse en enanas negras. Las estrellas de
neutrones aminorarán su velocidad de rotación, y sus emisiones de radiación
serán cada vez más débiles.
Pero estos cuerpos no estarán aislados. Seguirán
constituyendo una galaxia. Los 200 ó 300 mil millones de estrellas colapsadas
seguirán manteniendo la forma en espiral de la galaxia y girando
majestuosamente alrededor del centro.
Con el paso de los eones se irán produciendo colisiones.
Las estrellas colapsadas chocarán con fragmentos de polvo,
gravilla e incluso con cuerpos planetarios de tamaño considerable. A intervalos
muy largos se producirán además colisiones entre estrellas (que liberarán unas
cantidades de radiación enormes a escala humana, pero insignificantes en
comparación con la oscura masa galáctica). Por regla general, en estas
colisiones los cuerpos mayores aumentarán su masa a expensas de los más
pequeños.
Una enana blanca, cuya masa aumente, acabará por ser
demasiado grande como para seguir siendo una enana blanca, y llegará un momento
en el que se colapsará súbitamente y formará una estrella de neutrones. De la
misma forma una estrella -de neutrones acabará por colapsarse formando un
agujero negro. Los agujeros negros, que no pueden colapsarse, van incrementando
lentamente su masa.
Es posible que dentro de mil millones de eones (1018 años)
nuestra galaxia esté formada únicamente por agujeros negros de distintas masas
y por algunos objetos de otra naturaleza, desde estrellas de neutrones hasta
polvo estelar, que representarían una fracción muy pequeña de la masa total.
El mayor agujero negro sería el que se encontrara
originalmente en el centro de la galaxia, donde siempre ha habido una mayor
concentración de materia. De hecho, los astrónomos abrigan la sospecha de que
ya existe un enorme agujero negro en el centro de la galaxia, con una masa que
posiblemente sea equivalente a la de un millón de soles, y que crece
continuamente.
Los agujeros negros que formarían esta galaxia futura
girarían alrededor del agujero negro central describiendo órbitas de radios y
excentricidad variables, y de vez en cuando dos de ellos pasarían relativamente
cerca el uno del otro. Estas aproximaciones bien podrían provocar una
transferencia de los momentos angulares, de manera que uno de los agujeros
negros absorbería energía y describiría un arco que lo alejaría más del centro
galáctico, mientras que el otro perdería energía y seria arrastrado más cerca
de este centro.
Poco a poco, el gran agujero negro central iría
absorbiendo a un agujero negro tras otro, a medida que los agujeros más
pequeños fueran perdiendo energía y se acercaran demasiado a este centro.
Por último, después de mil billones de billones de eones
(1027 años), es posible que la galaxia esté básicamente formada por un «agujero
negro galáctico», rodeado de otros varios agujeros negros de menor tamaño, lo
bastante alejados del centro como para verse prácticamente libres de su
influencia gravitacional.
¿Cuál sería el tamaño de este agujero negro galáctico?
He visto unos cálculos según los cuales su masa
equivaldría a la de mil millones de soles, o un 1 por 100 de la masa total de
la galaxia. Los agujeros negros más pequeños representarían (casi) el 99 por
100 restante.
Pero yo no acabo de estar de acuerdo con esto. No puedo
presentar ninguna prueba, pero mi instinto me dice que el agujero negro
galáctico más bien tendría una masa equivalente a la de 100 mil millones de
soles, equivalente a la mitad de la masa galáctica, y que los agujeros negros
aislados representarían la otra mitad.
Pero nuestra galaxia no está aislada. Forma parte de un
cúmulo formado por unas dos docenas de galaxias, conocido como el «Grupo
Local». La mayor parte de los miembros del Grupo Local tiene una masa
considerablemente menor que la de nuestra galaxia, pero hay uno, la galaxia de
Andrómeda, que es mayor que la nuestra.
En el transcurso de los 1027 años que bastarían para
transformar nuestra galaxia en un agujero negro galáctico rodeado de otros más
pequeños, las otras galaxias del Grupo Local también experimentarían la misma
transformación. Como es natural, los distintos agujeros negros galácticos
tendrían masas variables, dependiendo de la masa original de la galaxia en la
que se formaran. Por tanto, el Grupo Local estaría formado por unas dos docenas
de agujeros negros galácticos; el mayor sería el de Andrómeda, seguido del
formado en nuestra Vía Láctea.
Todos estos agujeros negros galácticos girarían alrededor
del centro de gravedad del Grupo Local, y algunos de ellos se aproximarían lo
bastante como para dar lugar a una transferencia del momento angular. Una vez
más, algunos serían arrastrados lejos del centro de gravedad y otros se
acercarían más a él. Por último, se formaría un agujero negro supergaláctico
que podría llegar a tener una masa (según mis cálculos) que equivaldría a la de
500 mil millones de soles -una masa aproximadamente igual al doble de la de
nuestra galaxia- con otros agujeros negros galácticos y subgalácticos de menor
tamaño que describirían unas órbitas enormes alrededor del agujero negro
supergaláctico, o a la deriva por el espacio, totalmente independientes del
Grupo Local. Esta imagen describe mejor la situación que se producirá dentro de
1027 años que la anterior descripción, que sólo incluía a nuestra galaxia.
Además, en el Universo no sólo está el Grupo Local.
Existen otros cúmulos, puede que en un número de hasta mil millones, y algunos
de ellos son lo bastante grandes como para abarcar a mil galaxias individuales
e incluso más.
Pero el Universo está en expansión. Es decir, los cúmulos
de galaxias se alejan unos de otros a gran velocidad. Cuando hayan transcurrido
1027 años y el Universo esté formado por agujeros negros supergalácticos, éstos
estarán alejándose unos de otros a tal velocidad que no es probable que lleguen
a interactuar de manera significativa.
Además, los agujeros negros más pequeños que hayan
escapado de los cúmulos y que deambulen por los espacios entre estos cúmulos
tienen pocas probabilidades de encontrarse con otros agujeros negros de
importancia en el espacio en continua expansión por el que se desplazan.
Por tanto, podríamos llegar a la conclusión de que,
transcurridos estos 1027 años, no ocurre nada de importancia en el Universo.
Este estará formado simplemente por agujeros negros supergalácticos que se
alejan continuamente el uno del otro (suponiendo, como hacen la mayoría de los
astrónomos actuales, que vivimos en un «Universo abierto», es decir, un
Universo que continuará expandiéndose eternamente) y unos cuantos agujeros
negros más pequeños que se pasean por el espacio entre los cúmulos galácticos.
Y podría parecemos que no se producirá ningún cambio importante aparte de esta
expansión.
Si es así, probablemente nos equivocaríamos.
En un principio se tenia la impresión de que los agujeros
negros eran un auténtico callejón sin salida: todo entra en ellos y nada sale
de ellos.
Pero al parecer no es así. El físico inglés Stephen
William Hawking (nacido en 1942) ha demostrado, mediante la aplicación de los
principios de la mecánica cuántica a los agujeros negros, que éstos pueden
evaporarse. Cada agujero negro tiene lo que equivale a una determinada
temperatura. Cuanto menor es su masa, más alta es su temperatura y más
rápidamente se evapora.
De hecho, la velocidad de evaporación es inversamente
proporcional al cubo de la masa, de tal manera que si, por ejemplo, el agujero
negro A tiene diez. veces más masa que el agujero negro B, el agujero negro A
tardará mil veces más en evaporarse. Además, a medida que un agujero negro va
perdiendo masa al evaporarse, la evaporación es cada vez más rápida, y cuando
es bastante pequeño, se evapora con una explosión.
La temperatura de los agujeros negros de tamaño
considerable es del orden de una milmillonésima de milmillonésima de grado por
encima del cero absoluto, de manera que su evaporación es terriblemente lenta.
Incluso después de 1027 años el proceso no habrá hecho más que empezar. De
hecho, la poca evaporación que se produce es sobrepasada con mucho por la
absorción de materia al interior de los agujeros negros en sus oscilaciones por
el espacio. Pero con el tiempo ya no quedará casi materia que absorber, y poco
a poco la evaporación comenzará a imponerse.
Muy lentamente, a lo largo de eones y eones, los agujeros
negros se irán reduciendo de tamaño. Los más pequeños disminuyen con más
rapidez. Después, uno a uno, en orden inverso de tamaños, se irán consumiendo y
disolviéndose en la nada con una explosión. Los agujeros negros verdaderamente
grandes tardan l0100 e incluso 10110 años en desaparecer.
Al evaporarse, los agujeros negros producen radiaciones
electromagnéticas (fotones) y pares de neutrinos y antineutrinos. Estos no
poseen masa en reposo, sino sólo energía (que, desde luego, es una especie de
masa muy finamente repartida).
Aun cuando estas partículas permanezcan en el espacio,
esto no implica necesariamente que sean permanentes.
Los protones y neutrones representan la casi totalidad de
la masa del Universo, además de una pequeña porción de electrones. Hasta hace
poco se creía que los protones (que representan aproximadamente el 95 por 100
de la masa actual del Universo) eran totalmente estables siempre que se
encontraran aislados.
Pero, según la actual teoría, no es así. Parece ser que
los protones son capaces de desintegrarse espontáneamente, muy lentamente,
formando positrones, fotones y neutrinos.
La vida media aproximada de un protón es de 1031 años, lo
que representa un intervalo enorme; pero no lo bastante enorme. Cuando todos
los agujeros negros se hayan evaporado, habrá transcurrido mucho más tiempo del
necesario para que aproximadamente el 90 por 100 de todos los protones del
Universo se haya desintegrado. Cuando hayan transcurrido 1032 años, se habrán
desintegrado más del 99 por 100 de los protones, y es posible que los agujeros
negros también hayan desaparecido al aniquilarse aquellos.
Los neutrones, que son estables cuando están asociados a
los protones, se liberan cuando éstos se desintegran.
Entonces se vuelven inestables y en unos minutos se
descomponen en electrones y protones. A su vez, estos protones vuelven a
descomponerse en positrones y partículas sin masa.
Por tanto, las únicas partículas que quedarán en número
suficiente serán los electrones y los positrones, que con el tiempo chocarán y
se aniquilarán mutuamente, desprendiendo una lluvia de fotones.
Por tanto, cuando hayan transcurrido 10100 años los
agujeros negros habrán desaparecido de una manera u otra. El Universo será una
inmensa bola de fotones, neutrinos y antineutrinos, y nada más, en perpetua
expansión. Todo se irá extendiendo más y más, de manera que el espacio será
cada vez más parecido al vacío.
Una de las teorías actuales, conocida como «teoría del
Universo inflacionario», afirma que éste comienza por ser un vacío total, no
sólo desprovisto de materia, sino también de radiaciones. Según la teoría
cuántica, este vacío puede experimentar fluctuaciones al azar que produzcan
materia y antimateria en proporciones iguales o casi iguales. Por lo general,
estas materia y antimateria se anulan entre sí casi inmediatamente. Pero si se
espera el tiempo suficiente, es posible que se produzca una fluctuación en la
que se forme una cantidad enorme de materia y antimateria, con un desequilibrio
en sus proporciones que baste para crear un Universo de materia en medio de un
mar de radiaciones. Una expansión superrápida impediría entonces la
aniquilación, y se formaría un Universo lo bastante grande como para alojar a
las galaxias.
Es posible que entonces, cuando hayan transcurrido digamos
unos 10500 años, el Universo esté tan próximo al estado de vacío total como
para que sea posible que se produzcan otras fluctuaciones a gran escala.
Entonces, de entre las cenizas de un Universo muy, muy
viejo, podría surgir otro totalmente nuevo que se lanzara a una rápida
expansión, formando galaxias, y comenzando otra larga andadura. Según esta
teoría (que tengo que admitir que es de mi propia cosecha y no ha sido avanzada
por ningún astrónomo de prestigio del que yo haya oído hablar), el Universo en
perpetua expansión no sería necesariamente un Universo «irrepetible».
Es posible que fuera de nuestro Universo (si pudiéramos
alcanzar sus limites para observar qué es lo que hay) se encuentren los
sedimentos de otro universo tremendamente tenue y muchísimo más antiguo,
rodeándonos como un débil halo, y que en el exterior de éste haya otro aún más
tenue y todavía mucho más antiguo que abarque a los otros dos, y que más allá
de ese… y así por siempre jamás, interminablemente.
Pero, ¿y si resulta que vivimos en un «Universo cerrado»,
con una materia lo bastante densa como para producir la atracción gravitatoria
necesaria para que algún día la expansión toque a su fin y el Universo comience
a contraerse, a reunirse?
La opinión generalizada entre los astrónomos es que la
densidad de la materia en el Universo sólo representa una centésima parte del
mínimo necesario para cerrar el Universo, pero ¿y si los astrónomos están
equivocados? ¿Y si la densidad total de la materia del Universo es, en
realidad, el doble de este valor critico?
En ese caso se calcula que el Universo seguirá en
expansión hasta que tenga 60 eones de antigüedad (cuatro veces su edad actual),
en cuyo momento la velocidad decreciente de expansión habrá llegado al mínimo y
se detendrá. En ese momento el Universo habrá alcanzado su diámetro máximo, de
unos 40 mil millones de años-luz.
Después el Universo empezará a contraerse lentamente,
aumentando progresivamente la velocidad. Transcurridos otros 60 eones, se
apretujará en un gran apretón y, por último, desaparecerá en el vacío del que
surgió.
Después, tras un intervalo intemporal, otro Universo
similar se formará a partir del vacío, entrará en expansión, se contraerá… y
así una y otra vez, indefinidamente. O quizá los universos se forman en
sucesión, y algunos son abiertos y otros cerrados siguiendo un orden aleatorio.
Pero no importa cómo lo analicemos: si nos proyectamos lo
bastante en el futuro, podemos acabar con una teoría según la cual hay un
Universo detrás de otro, en número infinito y durante toda la eternidad… Y eso
es todo lo que alcanza a divisar el ojo del hombre.
NOTA
Siempre existe la posibilidad de que cometa un error
científico al escribir estos artículos, que lo pase por alto y que aparezca
publicado en Fantasy and Science Fiction.
Entonces, si tengo suerte -por lo general la tengo-,
algunos de mis lectores se dará cuenta y me lo hará saber, y así podré
arreglarlo antes de que aparezca publicado en alguno de mis libros de
recopilaciones de artículos.
En una ocasión, quien me llamó la atención sobre uno de
estos errores, aparecido en un articulo que no forma parte de esta
recopilación, fue nada menos que el famoso químico Linus Pauling. Me escribió
muy satisfecho para decirme que había cometido un error de 23 órdenes de
magnitud (con lo que obtenía una cifra cien mil trillones de veces demasiado
grande, o demasiado pequeña). No me decía dónde estaba el error, y tuve que
encontrarlo yo solo, absolutamente aterrorizado. (Lo encontré.)
Creí que nunca en mi vida volvería a cometer un error tan
egregio, pero estaba equivocado. Cuando este articulo fue publicado por primera
vez en la revista, cometí un error de más de 100 órdenes de magnitud. No
intentaré siquiera expresarlo en palabras. En esta ocasión fue mi amigo Harry
C. Stubbs (que escribe historias de ciencia ficción bajo el seudónimo de Hal
Clement) el que me lo señaló, y me dijo dónde estaba. Y yo lo corregí.
LA RELATIVIDAD DE LOS
ERRORES
El otro día recibí una carta de un lector. Estaba escrita
con una letra indescifrable, así que era muy difícil de leer. No obstante,
intenté descifrarla por si acaso era algo importante.
En la primera frase me decía que se estaba especializando
en literatura inglesa, pero que se sentía en la obligación de enseñarme algo
sobre la ciencia. (Suspiré levemente, porque no conozco a muchos especialistas
en literatura inglesa que sepan lo suficiente como para enseñarme algo sobre la
ciencia, pero soy muy consciente de mi inmensa ignorancia y estoy dispuesto a
aprender todo lo que pueda de cualquiera, por muy bajo que sea el lugar que
ocupe en la escala social; así que seguí leyendo.)
Al parecer, en uno de los incontables artículos que
publico aquí y en otros lugares, había expresado una cierta alegría por el
hecho de vivir en un siglo en el que, por fin, hemos comprendido los principios
básicos del Universo.
No entraba en detalles, pero lo que quería decir es que
ahora conocemos las reglas básicas que regulan el Universo, además de las
interrelaciones gravitatorias de sus elementos constituyentes, tal como vienen
expresadas por la teoría de la relatividad desarrollada entre 1905 y 1916.
También conocemos las reglas básicas a las que se atienen
las partículas subatómicas y sus interrelaciones, que fueron elegantemente
formuladas en la teoría cuántica, desarrollada entre 1900 y 1930. Además, hemos
observado que las galaxias y los cúmulos galácticos son las unidades básicas
del Universo Físico, como se descubrió entre 1920 y 1930.
Como verán, todos estos descubrimientos han sido
realizados en el siglo XX.
Después de citarme, el joven especialista en literatura
inglesa proseguía aleccionándome severamente, pues según él en todas las épocas
la gente ha creído comprender al fin el Universo, y siempre se ha demostrado
que estaban equivocados. Según esto, lo único que podemos decir de nuestros
conocimientos modernos es que están equivocados.
Después, el joven manifestaba su aprobación ante las
palabras que pronunció Sócrates al enterarse de que el oráculo de Delfos le
había calificado como el hombre más sabio de Grecia. «Si yo soy el hombre más
sabio», dijo Sócrates, «es porque soy el único en saber que no sé nada».
Con lo que daba a entender que yo era muy tonto porque
tenía la impresión de saber un montón de cosas.
Por desgracia, todo esto no era ninguna novedad para mí.
(Hay muy pocas cosas que me parezcan una novedad; me gustaría que mis
corresponsales se dieran cuenta de ello.) Esta misma teoría me fue propuesta
hace un cuarto de siglo por John Campbell, que se había especializado en
irritarme. También me dijo que con el tiempo todas las teorías resultan ser
falsas
Esto fue lo que le respondí:
–John, la gente estaba equivocada al creer que la Tierra
era plana. También se equivocaba al creer que la Tierra era una esfera. Pero si
crees que creer que la Tierra es esférica es tan erróneo como creer que la
Tierra es plana, entonces tu teoría es aún más errónea que las dos juntas.
Verán: el principal problema es que la gente piensa que
«correcto» e «incorrecto» son categorías absolutas, que todo lo que no sea
perfecta y completamente correcto es total y absolutamente incorrecto.
Pero yo no lo creo así. En mi opinión correcto y
equivocado son conceptos borrosos, y en este artículo voy a explicar mis
razones para creerlo así.
En primer lugar, permítanme despachar a Sócrates, porque
estoy harto y aburrido de esa afectación de que saber que no se sabe nada es un
signo de sabiduría.
Nadie sabe nada. En cuestión de días, los bebés aprenden a
reconocer a sus madres.
Por supuesto, Sócrates estaría de acuerdo y explicaría que
él no se refiere al conocimiento de trivialidades. Se refiere a que hay que
abordar las grandes abstracciones sobre las que discuten los seres humanos sin
ideas preconcebidas y no contrastadas, y que esto es lo único que sabemos.
(¡Qué afirmación tan increíblemente arrogante!)
Al discutir temas tales como «¿Qué es la justicia?» o
«¿Qué es la virtud?», su actitud era la del que no sabe nada y tiene que ser
aleccionado por los demás. (Es la llamada «ironía socrática», ya que Sócrates
sabia de sobra que él sabía mucho más que los pobres infelices en los que se
cebaba.) Al fingir ignorancia, Sócrates conseguía que los demás expusieran sus
puntos de vista sobre estos conceptos abstractos. Entonces planteaba una serie
de preguntas, aparentemente propias de un ignorante, con las que conseguía que
los otros se perdieran en un fárrago tal de contradicciones que acababan por
echarse a llorar y por admitir que no sabían de qué estaban hablando.
El hecho de que los atenientes permitieran que este juego
continuara durante décadas y que le aguantaran hasta los setenta años, momento
en el cual le obligaron a beberse el veneno, nos da una idea de su maravillosa
tolerancia.
Ahora bien, ¿de dónde sacamos la idea de que «correcto» e
«incorrecto» son conceptos absolutos? Tengo la impresión de que viene de los
primeros años de colegio, cuando los niños, que saben muy pocas cosas, caen en
manos de maestros que saben muy poco más que ellos.
Los niños pequeños aprenden ortografía y aritmética, por
ejemplo, donde tropezamos con valores aparentemente absolutos.
¿Cómo se escribe «azúcar»? Respuesta: a-z-ú-c-a-r. Eso es
lo correcto. Cualquier otra cosa es incorrecta.
¿Cuánto es 2 + 2? La respuesta es 4. Cualquier otra
respuesta es incorrecta.
El disponer de respuestas exactas y cosas absolutamente
correctas e incorrectas minimiza la necesidad de pensar, lo que agrada tanto a
los profesores como a los alumnos.
Esa es la razón de que tanto los profesores como los
alumnos prefieran los tests de respuestas cortas a los exámenes tipo ensayo,
los tests en que hay que elegir una respuesta entre varias a los tests de
respuestas cortas, y los tests de verdadero / falso a los tests con varias
respuestas posibles.
Pero, a mi modo de ver, los tests de respuestas cortas no
dan una buena medida de la comprensión de un tema por parte del alumno. Sólo
miden su eficacia a la hora de memorizar algo.
Comprenderán lo que quiero decir en cuanto admitan que
correcto e incorrecto son categorías relativas.
¿Cómo se escribe «azúcar»? Supongamos que Alicia lo
escribe p-q-z-z-a-f y que Genoveva lo escribe a-s-u-k-a-r.
Las dos están equivocadas, pero ¿no es evidente que Alicia
está más equivocada que Genoveva? Si vamos a eso, creo que se puede defender
que la forma en que Genoveva escribe la palabra es mejor que la forma
«correcta».
O supongamos que escribimos «azúcar» así: s-a-c-a-r-os-a,
o c12h22O11. En rigor, estas formas de escribirlo no son correctas, pero
estamos dando muestras de ciertos conocimientos sobre la materia, más allá de
la ortografía convencional.
Supongamos entonces que la pregunta del examen fuera ¿de
cuántas maneras distintas se puede escribir «azúcar»? Explicarlas.
Como es natural, el alumno tendría que pensar bastante y
pondría de manifiesto hasta dónde llegan sus conocimientos. El profesor también
tendría que pensar mucho para intentar evaluar los conocimientos del alumno.
Supongo que ambos se sentirían ultrajados.
¿Y cuánto es 2+2? Supongamos que Joseph dice: 2+2- morado,
y que Maxwell dice 2+2= 17. Los dos se equivocan, pero tendrán que admitir que
Joseph se equivoca más que Maxwell.
Supongamos que dijéramos 2 + 2 = un número entero.
Estaríamos en lo cierto, ¿no? O que dijéramos 2+2= un número entero par.
Acertaríamos aún más. O que dijéramos 2 + 2 = 3,999. ¿No habríamos casi
acertado?
Si el profesor sólo admite 4 como respuesta y no hace
distinciones entre los distintos errores, ¿no está acaso poniendo límites
innecesarios a la comprensión?
Supongamos que la pregunta es ¿cuánto es 9+ 5?, y que
nuestra respuesta es 2. Sin duda, seriamos mordazmente criticados y
ridiculizados, y nos harían saber que 9 + 5 = 14.
Si entonces nos dijeran que han pasado 9 horas desde la
medianoche y que, por tanto, son las 9 de la mañana, y nos preguntaran qué hora
seria dentro de 5 horas, y respondiéramos que las 14, ya que 9 + 5 = 14, sin
duda volveríamos a ser puestos en ridículo y nos harían saber que serían las 2
de la tarde. Parece ser que, después de todo, 9 + 5 = 2 en ese caso.
O supongamos que Richard dice 2+2=11, y antes de que el
profesor le diera tiempo a enviarle a casa con una nota para su madre,
añadiera: «En base 3, por supuesto.»
Estaría en lo cierto.
Un ejemplo más. El profesor pregunta «¿Quién es el
cuadragésimo Presidente de los Estados Unidos?», y Bárbara responde: «Nadie,
señor.»
«¡Incorrecto!», dice el profesor. «Ronald Reagan es el
cuadragésimo Presidente de los Estados Unidos.»
«Nada de eso», dice Bárbara. «Aquí tengo una lista de
todos los hombres que han sido presidentes de los Estados Unidos desde que se
promulgó la Constitución, desde George Washington a Ronald Reagan, y sólo hay
treinta y nueve, así que no hay un cuadragésimo presidente.»
«Ah», dice el profesor, «pero Grover Cleveland fue
Presidente durante dos mandatos no sucesivos, uno de 1885 a 1889 y otro de 1893
a 1897, así que cuenta dos veces, como vigésimo segundo y vigésimo cuarto
presidentes. Esa es la razón de que Ronald Reagan sea la trigésimo novena
persona en desempeñar el cargo de Presidente de los Estados Unidos, y, al mismo
tiempo, el cuadragésimo Presidente de los Estados Unidos».
¿No les parece ridículo? ¿Por qué hay que contar dos veces
a la misma persona si sus mandatos no fueron sucesivos, y sólo una si lo
fueron? ¡Puras convenciones!
Pero Bárbara obtiene una mala nota, tan mala como si
hubiera dicho que el cuadragésimo Presidente de los Estados Unidos es Fidel
Castro.
Por tanto, cuando mi amigo el especialista en literatura
inglesa me dice que en todas las épocas los científicos han creído que ya
habían descifrado el Universo y que siempre se han equivocado, mi pregunta es:
¿hasta qué punto se han equivocado? ¿Sus errores han sido siempre igualmente
graves? Veamos un ejemplo.
En los primeros tiempos de la civilización todo el mundo
creía que la Tierra era plana.
No lo creían porque fueran tontos o porque quisieran creer
en estupideces. Su impresión de que la Tierra era plana estaba basada en
pruebas bastante sólidas. No se trataba simplemente de una cuestión de «ese es
el aspecto que tiene», porque la Tierra no parece plana. Tiene un aspecto
caóticamente desigual, con colinas, valles, barrancos, acantilados, etcétera.
Desde luego también hay llanuras en las que la superficie
de la Tierra en un área limitada sí parece plana. Una de estas llanuras es la
de la cuenca del Tigris y el Eufrates, donde se desarrolló la primera
civilización (con escritura), la de los sumerios.
Es posible que el aspecto de esta llanura influyera en los
hábiles sumerios, que aceptaron la generalización de que la Tierra era plana;
de que si fuera posible nivelar todas las elevaciones y depresiones, toda la
superficie de la Tierra sería una gran llanura. El hecho de que las extensiones
de agua (lagos y estanques) fueran totalmente lisas en los días tranquilos pudo
haber contribuido a reforzar esta hipótesis.
Otra forma de considerar la cuestión es la de preguntarse
cuál es la «curvatura» de la superficie terrestre.
Cuánto se desvía esta superficie (por término medio) a lo
largo de una extensión de terreno de gran tamaño. Según la teoría de la Tierra
plana, parecería que no existe ni la más mínima desviación, que la curvatura es
de 0 por kilómetro.
Por supuesto, hoy sabemos que la teoría de la Tierra plana
estaba equivocada; que estaba terrible, total y absolutamente equivocada. Pero
no es así. La curvatura de la Tierra es de casi 0 por kilómetro, de manera que,
aunque la teoría de la Tierra plana es incorrecta, da la casualidad de que es
casi correcta. Esta es la razón de que se mantuviera durante tanto tiempo.
Naturalmente, había buenas razones para no darse por
contento con esta teoría, y alrededor del 350 a.C., el filósofo griego
Aristóteles las enumeró. En primer lugar, a medida que uno se desplaza hacia el
norte algunas estrellas desaparecen por detrás del horizonte meridional, y
cuando nos desplazamos hacia el sur otras estrellas desaparecen por detrás del
horizonte septentrional. En segundo lugar, la sombra de la Tierra sobre la Luna
en los eclipses lunares siempre describe un arco de circulo. En tercer lugar,
en la misma Tierra los barcos desaparecen paulatinamente por detrás del
horizonte, y lo primero en desaparecer es el casco, sea cual sea la dirección
en la que naveguen.
Estas tres características no tenían ninguna explicación
lógica si la superficie de la Tierra era plana, pero eran perfectamente
explicables si se suponía que la Tierra era una esfera.
Lo que es más: Aristóteles creía que toda la materia
sólida tiende a moverse en dirección a un centro común, de manera que acaba por
agruparse en una esfera. Un volumen determinado de materia está por término
medio más cerca de un centro común si es una esfera que si adopta cualquier
otra forma.
Aproximadamente un siglo después de Aristóteles, el
filósofo griego Eratóstenes observó que el Sol arroja sombras de diferentes
longitudes según la latitud (si la superficie de la Tierra fuera plana todas
las sombras tendrían la misma longitud). Calculó el tamaño de la esfera
terrestre a partir de las diferencias de longitud de las sombras, que resultó
ser de 25.000 millas (40.000 Km.) de circunferencia.
La curvatura de esta esfera es de aproximadamente 0,000126
por milla (0,000078 por Km.) una cantidad que, como ven, se aproxima mucho a 0
por milla, y es difícilmente medible con las técnicas de las que disponían los
antiguos. La pequeña diferencia entre 0 y 0,000126 explica el hecho de que se
tardara tanto en pasar de la teoría de la Tierra plana a la de la Tierra
esférica.
Cuidado; hasta una diferencia tan pequeña como ésta puede
ser de la mayor importancia. Esta diferencia va aumentando. Resulta
completamente imposible trazar mapas de grandes áreas de la Tierra sin tener en
cuenta esta diferencia y la esfericidad de la Tierra. No es posible emprender
largos viajes transoceánicos si no se dispone de un método fiable para
determinar la posición en el océano, a menos que se tenga en cuenta que la
Tierra es esférica y no plana.
Además, la teoría de la Tierra plana presupone que o bien
la Tierra es infinita o su superficie tiene un «fin». Por el contrario, la
teoría de la Tierra esférica postula que ésta es al mismo tiempo finita y sin
límites, lo que concuerda con todos los descubrimientos realizados
posteriormente.
Así que, a pesar de que la teoría de la Tierra plana sólo
es ligeramente incorrecta y aunque hay que reconocer el mérito de sus
inventores, es lo bastante incorrecta como para que se descarte en favor de la
teoría de la Tierra esférica.
Y, no obstante, ¿es la Tierra una esfera?
No, no es una esfera; no en el sentido estrictamente
matemático. Una esfera cumple determinadas propiedades matemáticas: por
ejemplo, todos sus diámetros (esto es, todas las líneas rectas que unen dos
puntos de su superficie pasando por el centro) son de la misma longitud.
Pero esto no ocurre con la Tierra. Varios de sus diámetros
tienen una longitud distinta.
¿Cómo se llegó a la idea de que la Tierra no era realmente
una esfera? Para empezar, los contornos del Sol y la Luna son círculos
perfectos, al menos para los sistemas de medida disponibles en la época de los
primeros telescopios. Esto confirma la suposición de que el Sol y la Luna son
esferas perfectas.
Pero cuando Júpiter y Saturno fueron vistos por primera
vez a través del telescopio, pronto fue evidente que los contornos de estos
planetas no son círculos, sino elipses bien definidas. Por tanto, Júpiter y
Saturno no eran esferas perfectas.
A finales del siglo XVII, Isaac Newton demostró que un
cuerpo de masa considerable puede formar una esfera al estar sometido a la
atracción de las fuerzas gravitatorias (que era exactamente el razonamiento de
Aristóteles), pero sólo a condición de que no gire sobre sí mismo. Si el cuerpo
se encuentra en rotación, la fuerza centrífuga produce el efecto de levantar la
masa del cuerpo en dirección opuesta a la atracción de la gravedad; este efecto
aumenta a medida que nos acercamos al Ecuador. También aumenta con la velocidad
de rotación del cuerpo, y las velocidades de rotación de Júpiter y Saturno son,
efectivamente, muy altas.
La rotación de la Tierra es mucho más lenta que la de
Júpiter o Saturno, de manera que el efecto no será tan acusado, pero no por
ello deja de producirse. En el siglo XVIII se realizaron mediciones de la
curvatura de la Tierra y se demostró que Newton estaba en lo cierto.
En otras palabras: la Tierra está abombada en el Ecuador y
achatada en los polos. Es un «esferoide» y no una esfera. Por tanto, los
diferentes diámetros de la Tierra tienen longitudes variables. Los más largos
son los que van de un punto del Ecuador al opuesto. Este «diámetro ecuatorial»
tiene 12.755 kilómetros (7.927 millas) de longitud. El diámetro más corto es el
que va del Polo Norte al Polo Sur; este «diámetro polar» tiene 12.711
kilómetros (7.900 millas) de longitud.
La diferencia entre el diámetro más corto y el más largo
es de 44 kilómetros (27 millas); por tanto, el «achatamiento» de la Tierra (la
medida en que se desvía de la esfericidad) es de 44/12.755, ó 0,0034. Esta
cantidad representa un tercio de un 1 por 100.
Digámoslo de otro modo: sobre una superficie plana, la
curvatura es de 0 por milla (o kilómetro) en todas partes.
En la superficie de una esfera perfecta del tamaño de la
Tierra la curvatura es de 0,000126 por milla en todas partes (u 8 pulgadas/20
cm por milla). En la superficie de la achatada esfera terrestre, la curvatura
oscila entre 7,972 pulgadas (20,24 cm) por milla y 8,027 pulgadas (20,38 cm)
por milla.
La corrección necesaria para pasar de la esfera al
esferoide achatado es mucho menor que la necesaria para pasar de la superficie
plana a la esfera. Por tanto, aunque en sentido estricto la teoría de que la
Tierra es esférica no es correcta, no es tan incorrecta como la teoría de la
Tierra plana.
En sentido estricto, incluso la teoría del esferoide
achatado es incorrecta. En 1958, cuando el satélite Vanguard I fue puesto en
órbita alrededor de la Tierra, pudo medir la atracción gravitatoria local de
nuestro planeta, y, por tanto, su forma, con una precisión sin precedentes. Se
descubrió que el abombamiento ecuatorial es ligeramente mayor al sur que al
norte del Ecuador, y que el nivel del mar está ligeramente más próximo al
centro de la Tierra en el Polo Sur que en el Polo Norte.
La única manera de describir este fenómeno parecía ser la
de decir que la Tierra tiene forma de pera, con lo que inmediatamente mucha
gente pensó que la Tierra no guardaba el más mínimo parecido con una esfera y
que era más bien una especie de pera limonera columpiándose por el espacio. La
verdad es que la desviación de la Tierra con respecto al esferoide achatado
perfecto se mide en metros y no en kilómetros, y las correcciones que se
hicieron en su curvatura eran del orden de las millonésimas de centímetros por
kilómetro.
Abreviando: mi amigo el especialista en literatura
inglesa, que habita un Universo mental de correctos e incorrectos absolutos,
puede creer que, como todas las teorías están equivocadas, puede que ahora se
crea que la Tierra es esférica y que el siglo que viene se crea que es cúbica,
al siguiente que es un icosaedro hueco, y al otro que tiene forma de «donut».
Lo que ocurre en realidad es que una vez que los
científicos dan con una buena teoría, se dedican a mejorarla y ampliarla con un
grado cada vez mayor de sutileza a medida que van disponiendo de mejores
instrumentos de medición. No es que las teorías sean incorrectas; más bien
están incompletas.
Esto es aplicable a muchos otros casos, no sólo a la forma
de la Tierra. Incluso cuando parece que una nueva teoría supone toda una
revolución, por lo general ha surgido a partir de pequeñas correcciones. Si
fuera necesario algo más que una pequeña corrección, entonces la vieja teoría
no habría durado tanto tiempo.
Copérnico pasó de un sistema planetario geocéntrico a otro
heliocéntrico. Al hacerlo pasó de algo que parecía obvio a otra cosa en
apariencia absurda. Pero sólo era cuestión de encontrar métodos mejores para
calcular el movimiento de los planetas en el cielo, y con el tiempo la teoría
geocéntrica fue descartada. Esta vieja teoría estuvo vigente durante tanto
tiempo precisamente porque, según los baremos de medida de entonces, ofrecía
resultados bastante aceptables.
Del mismo modo, como las formaciones geológicas de la
Tierra cambian tan lentamente y los seres que habitan sobre su superficie
evolucionan tan lentamente, en un primer momento parecía razonable suponer que
no se producían cambios y que la Tierra y la vida siempre habían sido como en
el momento presente. De ser así, no tendría importancia que la Tierra y la vida
tuvieran miles de millones de años de antigüedad o sólo unos cuantos miles.
Y los miles eran medidas más fáciles de abarcar.
Pero cuando las cuidadosas observaciones demostraron que
la Tierra y la vida sufrían cambios a una velocidad muy pequeña, pero no igual
a cero, se hizo evidente que ambas tenían que ser muy antiguas. así nació la
geología moderna, y también el concepto de evolución biológica.
Si estos cambios fueran más rápidos, la geología y la
evolución habrían llegado ya en la antigüedad al punto en que se encuentran
ahora. Sólo el hecho de que la diferencia entre la velocidad de los cambios en
un Universo estático y en un Universo evolutivo se encuentra entre el cero y
una cifra muy próxima al cero ha permitido a los creacionistas seguir
propagando sus insensateces.
¿Y qué decir de las dos grandes teorías del siglo XX: la
de la relatividad y la de la mecánica cuántica?
Las teorías de Newton sobre el movimiento y la gravitación
se acercaban mucho a la verdad, y si la velocidad de la luz fuera infinita
habría acertado por completo. Pero la velocidad de la luz es finita, y había
que tener en cuenta este hecho en las ecuaciones relativistas de Einstein, que
eran una ampliación y un perfeccionamiento de las ecuaciones de Newton.
Podrían ustedes objetar que la diferencia entre infinito y
finito es en sí misma infinita, así que ¿por qué las ecuaciones de Newton no
cayeron inmediatamente por su base? Considerémoslo de otra manera,
preguntándonos, en primer lugar, cuánto tarda la luz en recorrer una distancia
de un metro.
Si la luz se desplazara a una velocidad infinita, tardaría
0 segundos en recorrer un metro. Pero a la velocidad real de la luz, tarda
0,0000000033 segundos. Einstein corrigió esta diferencia entre 0 y
0,0000000033.
Conceptualmente; esta corrección era tan importante como
lo fue la de la curvatura de la Tierra de 0 a 20 cm por milla. Las partículas
subatómicas en movimiento no se comportarían como lo hacen sin esta corrección,
y los aceleradores de partículas tampoco funcionarían de la manera en que lo
hacen, ni explotarían las bombas atómicas, ni brillarían las estrellas. No
obstante, se trataba de una corrección minúscula, y no es de extrañar que
Newton no pudiera tomarla en consideración en su época, ya que sus observaciones
estaban limitadas a velocidades y distancias para las que esta corrección era
insignificante.
Del mismo modo, el principal fallo de la física
precuántica es que no tomaba en consideración la «granulación» del Universo. Se
creía que todas las formas de energía eran continuas y capaces de subdividirse
indefinidamente en cantidades cada vez más pequeñas.
Esto resultó no ser cierto. La energía se propaga en
cuantos, cuya magnitud depende de algo llamado la constante de Planck. Si la
constante de Planck fuera igual a 0 ergio-segundos, entonces la energía sería
continua y el Universo no presentaría esta granulación. Pero la constante de
Planck es igual a 0,0000000000000000000000000066 ergio-segundos. Una desviación
del cero verdaderamente pequeña, tan pequeña que no era necesaria tenerla en
cuenta para las cuestiones ordinarias relativas a la energía de la vida diaria.
Pero cuando se trabaja con partículas subatómicas, esta granulación es lo
bastante considerable en comparación como para que resulte imposible obtener
ningún resultado sin tener en cuenta las consideraciones cuánticas.
El hecho de que las correcciones a las teorías sean cada
vez menos importantes, indica que incluso las que son bastante antiguas tienen
que haber sido suficientemente correctas como para estar abiertas a nuevos
avances; avances que las correcciones posteriores no han suprimido.
Por ejemplo: los griegos introdujeron el concepto de
latitud y longitud, y confeccionaron mapas bastante correctos de la cuenca
mediterránea aun sin tener en cuenta la esfericidad de la Tierra, y en la
actualidad seguimos utilizando la latitud y la longitud.
Probablemente fueran los sumerios los primeros en
instituir el principio de que los movimientos de los planetas en el cielo
siguen pautas regulares y son predecibles, y en emprender la tarea de descubrir
maneras de realizar estas predicciones, aunque suponían que la Tierra era el
centro del Universo. Sus mediciones han sido tremendamente mejoradas, pero el
principio sigue siendo válido.
La teoría de la gravitación de Newton, aunque no cubre las
grandes distancias y velocidades, es perfectamente adecuada para el Sistema
Solar. El cometa Halley aparece puntualmente en los momentos previstos por la
teoría de la gravitación y las leyes del movimiento de Newton. Toda la ciencia
de los cohetes está basada en las teorías de Newton, y el Voyager II llegó a
Urano con un segundo de diferencia sobre el momento previsto. Ninguna de estas
cosas ha perdido su vigencia con la teoría de la relatividad.
En el siglo XIX, antes de que se soñara siquiera con la
teoría cuántica, fueron enunciadas las leyes de la termodinámica. La primera
ley es la de la conservación de la energía, y la segunda la del inevitable
aumento de la entropía. También se enunciaron otras leyes de la conservación,
como la del momento, la del momento angular y la de la carga eléctrica, así
como las leyes de Maxwell sobre el electromagnetismo. Todas estas leyes
siguieron firmemente arraigadas incluso después de la aparición de la teoría cuántica.
Como es natural, las teorías actuales pueden considerarse
incorrectas en el sentido simplista que da a la palabra mi corresponsal
especialista en literatura inglesa; pero, en un sentido mucho más verdadero y
sutil, sólo hay que considerarlas incompletas.
Por ejemplo: la teoría cuántica ha producido algo conocido
como «incongruencia cuántica», que pone seriamente en cuestión la naturaleza
misma de la realidad y que plantea acertijos filosóficos que los físicos
parecen sencillamente incapaces de admitir. Es posible que hayamos llegado a un
punto en el que el cerebro humano es simplemente incapaz de comprender los
hechos, y también es posible que la teoría cuántica esté incompleta, y que una
vez adecuadamente ampliada, desaparezcan todas las «incongruencias».
Del mismo modo, la teoría cuántica y la de la relatividad
son aparentemente independientes, de tal manera que, mientras según la teoría
cuántica parecería posible que tres de las cuatro interacciones que se conocen
puedan combinarse en un solo sistema matemático, la gravedad -el dominio de la
teoría de la relatividad- se ha resistido por el momento a todos los esfuerzos.
Si fuera posible combinar la teoría cuántica y la de la
relatividad, se abriría la posibilidad de formular una verdadera «teoría de
campos unificada».
Pero una vez conseguido todo esto, todavía quedaría una
corrección aun más sutil por hacer, que afectaría a las fronteras de nuestro
conocimiento: la naturaleza del Big Bang y de la creación del Universo, las
propiedades que rigen en el centro de los agujeros negros, algunas sutilezas
relativas a la evolución de las galaxias y de las supernovas, y así
sucesivamente.
Pero prácticamente todo lo que sabemos hoy en día
permanecerá sin alteraciones, y creo que tengo motivos para decir que me alegro
de vivir en un siglo en el que comprendemos los principios básicos del
Universo.
NOTA
En la introducción a este articulo me he referido a John
W. Campbell. Jr. (1910-1971), el mejor editor que ha existido y que es probable
que exista en esta profesión.
Nos conocimos en 1938. y nos hicimos muy amigos. Durante
años examinó atentamente mis escritos y discutió conmigo mis historias, y me
aconsejaba a la hora de revisar historias antiguas y de escribir otras nuevas.
El solo me enseñó más cosas sobre la ciencia-ficción que todas las que pueda
haber aprendido de otras personas, y siempre he mantenido que le debo mi
carrera.
También era importante para mi en otro aspecto del que no
hablo con tanta frecuencia. Quizá ya es hora de que lo mencione aquí. John
Campbell sabia todo lo que hay que saber sobre la ciencia-ficción, pero también
sabía todo lo que hay que saber sobre los errores de concepto y las
deformaciones relativas a la ciencia y a la sociedad.
Cuando no hablaba de ciencia-ficción. siempre estaba
equivocado…, pero era tan inteligente y persuasivo que resultaba casi imposible
probar que estaba equivocado, por muy ridículo que fuera su punto de vista.
Como siempre estaba intentando convencerle, adquirí
muchísima práctica en el arte de la discusión; él aguzó mi capacidad de aducir
argumentos lógicos casi hasta el infinito. Es posible que lo hiciera a
propósito.
UN POETA SAGRADO
Una vez oí decir que la oratoria de William Jennings
Bryan, el populista líder del Partido Demócrata de la primera década de este
siglo, era como el río North Platte de su Estado natal, Nebraska. Según decían,
su oratoria tenía «tres kilómetros de anchura y treinta centímetros de
profundidad».
Pues bien, anoche conocí a un caballero muy afable y
simpático que se ha pasado décadas investigando un tema determinado, con el
resultado de que, en mi opinión, sus conocimientos tienen tres kilómetros de
anchura, pero sólo treinta centímetros de profundidad.
Este caballero daba una charla, y en el tumo de preguntas
subsiguiente tuvimos una pequeña bronca. Por dos veces intenté expresar mi
punto de vista, y por dos veces él me envolvió en su charla trivial. Cuando lo
intenté por tercera vez, con un vibrante «No obstante», el moderador me
interrumpió, temiendo que me olvidara de mis buenos modales y ofendiera al
conferenciante.
Pero logré decir algunas cosas, entre ellas una cita del
poeta latino Horacio. No, no lo cité en latín, porque no soy esa clase de
erudito, sino en inglés, que me sirve de sobra para mis propósitos. La cita era
la siguiente:
«Muchos valientes hubo antes de Agamenón, pero todos ellos
están sepultados en la noche eterna, sin que nadie les llore, desconocidos,
porque no tuvieron un poeta sagrado.»
Con esta frase (que, por cierto, venía bastante a
propósito para mi argumentación), Horacio quería decir que, a pesar de todas
las hazañas y hechos heroicos y de su alta posición, Agamenón no habría
pervivido en la memoria de la humanidad si Homero no hubiera escrito La Ilíada.
Lo que vive en la memoria de la humanidad es la obra del poeta, y no la del
héroe.
Aunque no conseguí aclarar mi punto de vista como hubiera
querido, no me olvidé de la cita, y ella me ha dado la idea para este articulo,
que va a ser bastante distinto de los que les he ofrecido a lo largo de ¡oh,
tantos años!
Tengan paciencia conmigo, porque voy a hablarles de
poesía.
Pero primero quiero aclarar algunos extremos. No soy
ningún experto en poesía. Tengo una cierta facilidad para las parodias y los
chascarrillos, pero eso es todo.
Tampoco pretendo tener una gran capacidad para juzgar la
calidad de un poema. No soy capaz de distinguir un buen poema de uno malo, y
nunca he sentido la tentación de convertirme en un «critico».
Entonces, ¿de qué voy a hablar en este artículo? Pues de
algo para lo que no es necesario tener capacidad de juicio ni de comprensión de
la poesía, ni siquiera capacidad crítica (si es que existe tal cosa).
Voy a hablar del efecto de la poesía. Algunos poemas
tienen un efecto sobre el mundo, y otros, no. No tiene nada que ver con que
sean buenos o malos. Esta es una decisión subjetiva, que supongo que suscitará
diferencias de opinión por siempre jamás. Pero no puede haber ningún desacuerdo
en cuanto a la eficacia de un poema. Voy a darles un ejemplo.
En 1797 los recién nacidos Estados Unidos fabricaron sus
primeros barcos de guerra. Uno de ellos era el Constitution, construido en
Boston. Este barco tuvo una breve oportunidad de ser puesto a prueba en ocasión
de una pequeña guerra naval no declarada que enfrentó a los Estados Unidos con
Francia en 1798.
La verdadera prueba de fuego fue en 1812, cuando los
Estados Unidos entraron por segunda vez en guerra con Gran Bretaña. La guerra
comenzó con una humillación sufrida en tierra firme. El general William Hull,
un completo inútil, entregó Detroit a los británicos prácticamente sin
presentar batalla. (Hull fue sometido a consejo de guerra y condenado a muerte
por ello, pero le fue concedido el indulto por sus servicios en la Guerra de la
Revolución.)
Lo que mantuvo la moral de los estadounidenses en medio de
las dificultades de estos primeros meses fueron las proezas de nuestra Marina,
que desafió a los orgullosos guerreros británicos y les dio una buena paliza.
El Constitution estaba a las órdenes del hermano pequeño de William Hull, Isaac
Hull. El 18 de julio de 1812 el Constitution se encontró con el navío británico
Guerriére, y en dos horas y media lo acribilló como un queso Gruyere, hasta tal
punto que tuvo que ser hundido.
El 19 de diciembre el Constitution, a las órdenes de otro
capitán, destruyó otro barco de guerra británico frente a las costas de Brasil.
En esta segunda batalla las balas de los cañones británicos sacudieron las
curtidas cuadernas del casco del Constitution, sin producirle ningún daño, y la
tripulación prorrumpió en aclamaciones. Uno de ellos proclamó que el barco
tenía los costados de acero. Inmediatamente el barco fue bautizado «El Viejo
Costados de Acero», nombre por el que se le conoció desde entonces, hasta el
punto de que no creo que mucha gente recuerde su verdadero nombre.
Bueno, los barcos también envejecen, y en 1830 «El Viejo
Costados de Acero» ya estaba obsoleto. Había cumplido con su función e iba a
ser desguazado; la Marina no tenia ningún inconveniente, porque para entonces
ya contaba con barcos mucho mejores. El Congreso no estaba demasiado dispuesto
a gastar más dinero en el barco, así que el desguace parecía la mejor solución.
Algunos sentimentales opinaban que el barco tendría que ser conservado como un
tesoro nacional; pero quién va a hacer caso de unos cuantos bobos de corazón
tierno. Además, como dice el proverbio, no se puede luchar contra el municipio.
Pero he aquí que en Boston vivía un joven de veintiún años
llamado Oliver Wendell Holmes. Acababa de graduarse en Harvard, tenía la
intención de estudiar medicina y había garrapateado montones de poesías; tantas
que sus compañeros le nombraron «poeta de la clase».
así que Holmes escribió un poema titulado El Viejo
Costados de Acero. Es posible que lo conozcan. Aquí lo tienen:
¡Ay, arráncale su bandera hecha jirones!
Largo tiempo ondeó en lo alto,
y muchos ojos se alzaron a mirar
esa bandera en los cielos;
bajo ella resonaron los gritos de la batalla
y el estruendo de los cañones…
El meteoro de los vientos marinos
no volverá a surcar las nubes.
Su cubierta, otrora roja por la sangre de los héroes,
donde se arrodilló el enemigo derrotado.
cuando los vientos la empujaban sobre la pleamar,
sobre las blancas olas,,
no volverá a sentir los pasos del vencedor,
ni las rodillas del vencido…
¡Las arpías de la costa se cebarán
sobre el águila de los mares!
Oh, mejor sería que su destrozado casco
se hundiera bajo las olas;
que sus estampidos conmuevan las terribles profundidades,
y que allí sea enterrado.
Atad al mástil su santa bandera,
izad todas las raídas velas,
¡y entregádselo al dios de las tormentas,
del rayo y la tempestad!
El poema fue publicado el 14 de septiembre de 1830, y fue
rápidamente reproducido por todas partes.
¿Es un buen poema? No lo sé. Según tengo entendido, los
críticos lo consideran rancio y empalagoso, lleno de imágenes melodramáticas.
Es posible. Lo único que sé es que nunca he podido leerlo en voz alta con voz
serena, sobre todo cuando llego a lo de las arpías y a lo de las velas raídas.
Hasta cuando lo leo para mi, como acabo de hacer ahora, soy incapaz de
distinguir las letras y tengo que tragar saliva.
Es posible que los críticos se burlen de mi y me
desprecien por ello, pero el hecho es que yo no soy, ni he sido, el único. Allí
donde era publicado el poema, el público estallaba en espontáneas protestas.
Todo el mundo empezó a dar dinero para contribuir al salvamento de «El Viejo
Costados de Acero». Los colegiales llevaban sus centavos al colegio. Era un
movimiento imparable. La Marina y el Congreso se vieron de repente enfrentados
a un público indignado y descubrieron que no era «El Viejo Costados de Acero»
el que estaba luchando contra el dios de las tormentas, sino ellos.
Cedieron inmediatamente. «El Viejo Costados de Acero» no
fue desguazado. Nunca fue desguazado. Sigue varado en el puerto de Boston,
donde permanecerá indefinidamente.
«El Viejo Costados de Acero» no se salvó gracias a sus
antiguas hazañas bélicas. Se salvó porque tuvo un poeta sagrado. Bueno o malo,
el poema dio resultado.
A la guerra de 1812 le debemos un poema titulado La
defensa de Fort McHenry, publicado el 14 de septiembre de 1814 y rápidamente
rebautizado como La bandera sembrada de estrellas.
Ahora es nuestro himno nacional. Resulta difícil de cantar
(hasta los cantantes profesionales lo encuentran a veces difícil) y las
palabras no discurren con fluidez. La mayoría de los estadounidenses, por muy
patriotas que sean, sólo se saben el primer verso. (Yo estoy bastante orgulloso
de saberme las cuatro estrofas enteras, que además soy capaz de cantar sin
titubeos.)
¿Las cuatro estrofas enteras? The New York Times publica
cada 4 de julio la música y toda la letra del himno, y por mucho empeño que se
ponga en contarlas, no hay más que tres estrofas. ¿Por qué? Porque durante la
Segunda Guerra Mundial el Gobierno suprimió la tercera estrofa por considerarla
demasiado sanguinaria.
Recuerden que el poema fue escrito tras el bombardeo
británico de Fort McHenry en el puerto de Baltimore. Si los cañones del fuerte
hubieran sido inutilizados, los barcos británicos podrían haber desembarcado a
las tropas que transportaban. Estas tropas sin duda habrían tomado Baltimore,
dividiendo a la nación (que seguía pegada a la costa) en dos. Eran las mismas
tropas que habían saqueado Washington, que era una pequeña aldea sin
importancia.
Baltimore era un puerto importante.
Durante la noche los cañones de los barcos dejaron de
disparar, y Francis Scott Key, que se encontraba a bordo de uno de los barcos
británicos (intentando conseguir la liberación de un amigo), no sabia si lo que
había ocurrido era que los cañones estadounidenses habían sido inutilizados o
que los barcos británicos habían interrumpido el bombardeo. Al amanecer sabría
la respuesta; todo dependía de que la bandera que viera ondeando en el fuerte
fuera la estadounidense o la británica.
Por tanto, en la primera estrofa se pregunta si la bandera
estadounidense sigue ondeando. La segunda estrofa nos comunica que sigue
ondeando. La tercera estrofa es un insolente himno de alegría; aquí lo tienen:
¿Dónde está esa bandera que juró con jactancia
que los estragos de la guerra y la confusión
de la batalla nos dejarían sin hogar y sin nación?
Su sangre ha borrado la corrupción de sus sucias pisadas.
Ningún refugio seguro encontrarán el mercenario y el
esclavo
más que el terror de la huida y la melancolía de la tumba.
Y la bandera sembrada de estrellas ondea triunfal
sobre la tierra delios libres y el hogar de los valientes.
¿Buena poesía? ¿Quién sabe? ¿Qué más da? Si conocen la
música, cántenla. Procuren decir con el adecuado tono de desprecio lo de las
«sucias pisadas», con el adecuado tono de odio lo de «el mercenario y el
esclavo», con la adecuada complacencia sádica lo de «el terror de la huida y la
melancolía de la tumba», y se darán cuenta de que excita pasiones un poco
demasiado encendidas. Pero quién sabe, es posible que en alguna ocasión se
quieran despertar estas pasiones.
Tengo que señalar que la música también juega su papel. Si
un poema es cantado, su efecto se multiplica por mil.
Recordemos la Guerra-Civil americana. La Unión se pasó más
de dos años sufriendo una derrota tras otra en Virginia. Los inútiles que
comandaban el ejército de la Unión demostraron, uno después de otro, que no
estaban a la altura de Robert E. Lee y Thomas J. «Stonewall» Jackson. Estos
fueron los mejores soldados que han dado los Estados Unidos, y el destino quiso
que libraran sus más famosas batallas contra los Estados Unidos.
¿Por qué siguió luchando el Norte? El Sur estaba dispuesto
a abandonar la lucha en cualquier momento. El Norte sólo tenia que acceder a
dejar al Sur en paz para que la guerra terminara. Pero el Norte continuó
luchando y sufriendo una sangrienta derrota tras otra. Una de las razones de
esta actitud era el carácter del presidente Abraham Lincoln, que no estaba
dispuesto a renunciar bajo ninguna circunstancia… pero la otra es que el Norte
estaba movido por un fervor religioso.
Piensen en El himno de batalla de la República. Se trata
de una marcha, de acuerdo, pero no de una marcha de guerra. Es Dios el que
marcha, y no el hombre. La palabra clave es «himno» y no «batalla», y siempre
se canta (o debería cantarse) lentamente y con profunda emoción. Julia Ward
Howe, la autora de la letra (que se canta con la conocida melodía de John
Brown's Body), acababa de visitar los campamentos del ejército junto al Potomac
en 1862, y se sintió muy conmovida. No cabe duda de que el himno lograba
expresar los sentimientos de muchos de los partidarios del Norte. El poema
tiene cinco estrofas, y la mayoría de los estadounidenses de hoy en día apenas
se saben la primera, pero durante la Guerra Civil las cinco eran bien
conocidas. Esta es la quinta:
Cristo nació entre los hermosos lirios, al otro lado del
mar,
abrigando en su seno la gloria que nos transfigura a ti y
a mi:
igual que él murió para hacer santos a los hombres,
muramos
nosotros para hacerlos libres.
mientras Dios prosigue su marcha.
«¡Muramos nosotros para hacerlos libres!» No estoy
diciendo que toda la gente del Norte fuera tan fervorosa, pero si algunos, y
estas palabras pueden haber decidido a los indecisos. Después de todo, algo
hizo que los ejércitos del Norte continuaran luchando y sufriendo una derrota
tras otra, y no cabe duda de que El himno de batalla fue uno de los factores
determinantes.
Y si algunos de los yanquis consideraban la esclavitud
como un mal que había que combatir y destruir a toda costa, había otros para
quienes la Unión era algo beneficioso que había que defender y mantener a toda
costa, y también ellos tenían su canción.
La peor derrota de la Unión fue la de diciembre de 1862,
cuando el horrible general Ambrose Burnside, posiblemente el general más
incompetente que jamás haya conducido a un ejército americano a la batalla,
ordenó a sus soldados atacar un reducto inexpugnable, ocupado por una
guarnición del ejército confederado. El ejército de la Unión avanzó en una
oleada tras otra, y fue rechazado una y otra vez.
Fue después de esta batalla cuando Lincoln dijo: «Si
existe un lugar peor que el infierno, ahora estoy en él.» En otra ocasión
también comentó, a propósito de Burnside, que «era capaz de arrancar la derrota
de las mismas fauces de la victoria».
Pero, según la Historia, aquella noche, cuando los
ejércitos del Norte descansaban en su campamento, intentando recuperarse,
alguien empezó a tocar una nueva canción de George Frederick Root, que ya había
escrito ¡Tramp! ¡Tramp! ¡Tramp! Los muchachos marchan. Esta vez había compuesto
una canción llamada El grito de batalla de la libertad.
Esta es una de las estrofas:
Sí, muchachos, nos reuniremos junto a la bandera,
nos reuniremos de nuevo,
lanzando el grito de batalla de la libertad.
Nos reuniremos desde las colinas,
nos reuniremos desde las llanuras,
lanzando el grito de batalla de la libertad.
¡Larga vida a la Unión! ¡Hurra, muchachos, hurra!
¡Abajo los traidores y arriba la estrella!
Y nos reuniremos junio a la bandera, muchachos,
nos reuniremos de nuevo,
lanzando el grito de batalla de la libertad.
Incluso a mi, con mi mal oído, me parece sospechar que
ésta es una buena canción, pero no una gran poesía, ni siquiera una poesía
adecuada, pero (según la Historia) cuando un oficial confederado oyó los
lejanos acordes procedentes del derrotado ejército abandonó toda esperanza en
aquel mismo instante. Le pareció que un ejército derrotado que aún era capaz de
cantar esa canción deseándole «larga vida a la Unión» no se daría nunca por
vencido, que volvería a lanzarse al asalto una y otra vez, y no se rendiría
hasta que la Confederación acabara agotada e incapaz de proseguir la lucha. Y
tenía razón.
Hay algo sorprendente en el efecto que producen las
palabras acompañadas por la música.
Por ejemplo, hay un antiguo relato griego que bien pudiera
ser cierto (los griegos nunca echaban a perder sus historias por exceso de
atención a los hechos reales). Según esta historia, los atenienses, que temían
sufrir una derrota en una batalla que se avecinaba, pidieron consejo al oráculo
de Delfos. El oráculo les aconsejó que le pidieran prestado un soldado a los
espartanos.
Los espartanos no querían desafiar al oráculo, así que
prestaron un soldado a los atenienses; pero como no tenían muchas ganas de
ayudar a una ciudad rival a conseguir una victoria, no ofrecieron a Atenas un
general o un luchador de renombre, sino un lisiado músico de regimiento. Y
durante la batalla este músico espartano tocó y cantó una música tan
conmovedora que los atenienses avanzaron animosos contra el enemigo y arrasaron
el campo de batalla.
Además está la historia (que probablemente también sea
apócrifa) de algo que ocurrió en la Unión Soviética durante la invasión nazi.
Un grupo de soldados alemanes, cuidadosamente disfrazados con uniformes
soviéticos, entraron en territorio controlado por los soviéticos con órdenes de
llevar a cabo una importante misión de sabotaje. Un muchacho que los vio pasar
se apresuró a dirigirse al puesto más cercano del ejército soviético para
informar que había visto a un grupo de soldados alemanes vestidos con uniformes
soviéticos. Los nazis fueron acorralados y supongo que serían tratados como lo
son normalmente los espías.
Luego le preguntaron al muchacho: «¿Cómo supiste que eran
soldados alemanes y no soviéticos?» Y el muchacho respondió: «Porque no
cantaban.»
A propósito, ¿llegaron ustedes a ver a John Gilbert en The
Big Parade (El gran desfile), una película muda sobre la Primera Guerra
Mundial? Gilbert no tiene ninguna intención de dejarse llevar por la histeria
bélica y alistarse en el ejército, pero su coche es detenido por el paso de un
gran desfile: hombres de uniforme, la bandera ondeante y los instrumentos
resonando y golpeando.
Como es una película muda, no se oye ninguna palabra, ni
música (aparte del acostumbrado acompañamiento de piano) ni vítores. Sólo vemos
la cara de Gilbert al volante, con una expresión de cínica diversión. Pero
tiene que quedarse allí hasta que acabe el desfile, y un rato después está
llevando el ritmo con un pie, luego con los dos, luego empieza a parecer
emocionado e impaciente, y, por último, como es natural, sale del coche para
alistarse.
Aun sin oír un solo sonido resulta absolutamente
convincente. Así es como se provocan las reacciones de la gente.
También puedo contarles una experiencia personal.
Como probablemente ya hayan adivinado, no soy un
entusiasta especialista en la Guerra Civil, pero si tengo que pronunciarme, me
definiría como un fervoroso patriota del Norte. «Larga vida a la Unión» es mi
lema.
Pero en una ocasión en que me dirigía de Nueva York a
Boston e iba solo en el coche, me puse a escuchar por la radio una serie de
canciones de la Guerra Civil. Había una canción que no había oído nunca y que
no he vuelto a oír.
Era una canción confederada, de una época en que la marcha
de la guerra no era nada halagüeña, y suplicaba a los Estados del Sur que se
unieran e intentaran expulsar a los invasores yanquis con todas sus fuerzas.
Cuando acabó la canción, me sentía absolutamente desolado, sabiendo como sabia
que la guerra acabó hace más de un siglo y que no había ninguna oficina de
reclutamiento confederada a la que pudiera correr a presentarme voluntario.
Estas cosas tienen un poder insidioso.
Durante la Guerra de Crimea, cuando el Reino Unido y
Francia luchaban contra Rusia, el general en jefe británico, Barón Raglán, dio
una orden tan ambigua, acompañada de un gesto tan poco definido, que nadie se
enteró de lo que quería decir exactamente. Como nadie se atrevía a decir «Eso
es una locura», la orden acabó con 607 jinetes de la Brigada Ligera, cargando
atropelladamente contra el grueso del ejército ruso. Veinte minutos más tarde
la mitad de los hombres y de los caballos habían caído, y, por supuesto, no se
consiguió nada.
El comandante en jefe del contingente francés. Pierre
Bosquet, se quedó mirando con incredulidad cómo los jinetes se lanzaban sobre
las bocas de los cañones, y dijo:
C'est magnifique, mais ce n'est pas la guerre. Traduciré
libremente sus palabras: «Estupendo, pero así no se hace la guerra.»
Pero Alfred, Lord Tennyson, escribió un poema sobre este
episodio, que empieza con los conocidos versos:
Media legua, media legua
media legua avanzaban:
en el valle de la Muerte
los seiscientos cabalgaban.
Escribió cincuenta y cinco versos con un ritmo que imita
perfectamente el sonido de los caballos al galope. Si se lee como es debido, se
tiene la impresión de ser uno de los caballeros avanzando a trompicones en esa
tonta carga.
Tennyson no oculta el hecho de que se trató de un error.
Dice:
¡Adelante la Brigada Ligera!
¿Acaso retrocedió algún hombre?
No, aunque los soldados sabían
que alguien se había precipitado:
no les corresponde a ellos replicar.
No les corresponde a ellos razonar.
A ellos les corresponde actuar y morir:
en el valle de la Muerte
los seiscientos cabalgaban.
Gracias a este poema, todo el mundo considera el aspecto
heroico de la carga, y a nadie se le ocurre considerarla un ejemplo de la
ineptitud criminal de un general.
En ocasiones, un poema distorsiona completamente la
Historia y consagra esta distorsión.
En 1775 los británicos controlaban la ciudad de Boston, y
los colonos disidentes se habían concentrado en Concord. El general Cage, al
mando de las tropas británicas, envió a un contingente de soldados a confiscar
las armas y la pólvora almacenadas en Concord y a arrestar a Samuel Adams y a
John Hancock, los cabecillas de la rebelión.
Por aquel entonces los secretos no estaban muy bien
guardados, y los simpatizantes de los colonos de Boston partieron en plena
noche a lomos de sus caballos para avisar a Adams y a Hancock que se esfumaran
y prevenir a la gente de Concord para que ocultaran las armas y la pólvora. Dos
de estos jinetes eran Paul Revere y William Dawes. Tomaron distintos caminos y
llegaron a Lexington, donde estaban Adams y Hancock, que al enterarse de las
noticias se apresuraron a salir de la ciudad.
Después Revere y Dawes se dirigieron a Concord, pero
fueron detenidos y arrestados por una patrulla británica. A los dos les ocurrió
lo mismo. Ninguno de los dos pudo llegar a Concord. Ninguno de los dos pudo
prevenir a los hombres de Concord.
Sin embargo, en Lexington se había unido a ellos un joven
doctor llamado Samuel Preston, que estaba despierto porque había estado con una
mujer, haciendo lo que supongo que es natural que hagan un hombre y una mujer
cuando están solos de noche.
Se abrochó los pantalones y se unió a los dos jinetes. El
logró evitar a la patrulla británica y llegar a Concord. El alertó a los
habitantes de Concord, que se repartieron las armas para defenderse.
Al día siguiente, cuando los británicos pasaron como una
furia por Lexington y llegaron a Concord, los «hombres del minuto»* estaban
esperándoles detrás de los árboles, con las pistolas amartilladas. Los
británicos consiguieron regresar a Boston a duras penas, y así empezó la Guerra
de la Independencia americana.
Lexington y Concord son famosas desde entonces, pero de
alguna manera se silenció la historia de los jinetes que corrieron a avisar a
sus habitantes. Nadie sabía una palabra.
Pero en 1863 la Guerra Civil estaba en su momento más
critico y el Norte seguía buscando la gran victoria que marcara el cambio del
curso de los acontecimientos (que llegó en julio de ese año, en Gettysburg).
Henry Wadsworth Longfellow sintió la necesidad de escribir una balada
patriótica para infundir ánimos a los partidarios de la Unión, así que
desenterró esta vieja historia que nadie recordaba y escribió un poema sobre
aquella cabalgata nocturna.
Y su poema acababa con una evocación mística del fantasma
de ese jinete:
Y siempre, hasta el fin de la Historia,
en la hora oscura del peligro y la adversidad,
la gente se despertará y escuchará atenta
el rápido golpeteo de los cascos de aquel corcel,
y el mensaje nocturno de Paul Revere.
El poema alcanzó una tremenda popularidad, y sus lectores
hallaron en él nuevas fuerzas, pues daba a entender que los fantasmas del
pasado luchaban del lado de la Unión.
Pero el poema tenia un defecto importante. Longfellow sólo
mencionaba a Paul Revere, quien, a fin de cuentas, no logró completar su tarea.
Fue Preston el que puso sobre aviso a Concord.
¿Y han oído ustedes hablar de Preston alguna vez? ¿Ha oído
alguien hablar de Preston? Claro que no. Pero la hazaña de Preston no es ningún
secreto. Cualquier libro de Historia razonable y cualquier enciclopedia decente
les informarán de ella.
Pero la gente no conoce la Historia ni lo que dicen las
enciclopedias, sino
Escuchad, niños, y oiréis el relato
de la cabalgata nocturna de Paul Revere…
Hasta ese punto puede influir un poema, ¡hasta (si me
perdonan mi mal oído y me permiten dar mi opinión) un poema tan malo como La
cabalgata de Paul Revere!
NOTA
En los treinta años que llevo redactando mi columna
científica para Fantasy and Science Fiction, he escrito, como es natural, 360
artículos, uno al mes. Si me preguntaran cuál es mi preferido, no lo dudaría un
instante. Es éste: mi disertación sobre la eficacia de la poesía.
Es extraño que sea así, porque la poesía no es mi fuerte,
y reconozco alegremente que no sé una palabra sobre el tema.
Pero una noche en la que no me podía dormir (toda la vida
he dormido muy mal… odio dormir), empecé a pensar en El Viejo Costados de
Acero, que de joven me sabía de memoria, y de ahí pasé a otros poemas que
conocía bien (prácticamente todos eran versos de poetas románticos del siglo
XIX) y por la mañana me sentía agotado por las variadas emociones que había
experimentado.
Estaba claro que no iba a dejar de escribir un artículo
sobre el tema. Nunca había utilizado el espacio de mi columna para algo tan
alejado del campo de la ciencia como este artículo, y tenia la impresión de
que, por primera vez, la revista no estaría de acuerdo con una de mis columnas.
Pero Ed Ferman, el director, me sorprendió al tomarse la molestia de decirme
que le había gustado mucho.
Luego pensé que los lectores manifestarían su descontento.
No lo hicieron. Lo cierto es que este articulo provocó una cantidad de cartas,
y de cartas de aprobación, mayor que cualquier otro que haya publicado en mi
vida.
¡Quién lo iba a decir!
EL RÍO MÁS LARGO
Una de las maneras de ser creativo es considerar algo
desde un ángulo inopinado.
Así, desde hace miles de años el ojo de la aguja se
encontraba en el extremo menos afilado, de manera que el hilo iba detrás de la
aguja cuando ésta entraba en la tela, como una especie de larga cola. Pero
cuando la gente quiso inventar una máquina de coser, no consiguieron ningún
resultado hasta que Elias Howe tuvo la brillante idea de darle la vuelta al
mecanismo y poner el agujero junto a la punta de la aguja.
Los autores de ciencia-ficción necesitamos especialmente
esta facultad de considerar las cosas de otro modo, porque nos ocupamos de
sociedades distintas a las existentes. Una sociedad que considere todas las
cosas de la misma manera que nosotros no es una sociedad distinta.
Por tanto, después de más de medio siglo de escribir obras
de ciencia-ficción, esa especie de mirada de soslayo se ha convertido en mi
segunda naturaleza.
Por ejemplo, hace un par de semanas yo estaba presidiendo
una reunión, y uno de los participantes se levantó para presentar a sus dos
invitados.
Dijo: «Permítanme que les presente en primer lugar a Mr.
John Doe, un excelente abogado y un gran maestro del bridge. Permítanme que les
presente también a Mr. Richard Roe, un excelente psiquiatra y un antiguo
maestro del póquer.» Luego sonrió con timidez, y añadió: «así que ya ven cuáles
son mis intereses.»
A lo que yo repliqué automáticamente: «Si, fomentar los
procesos judiciales contra los sicóticos.» Y todo el mundo estalló en
carcajadas.
Pero vayamos al grano…
Hace más de veinte años escribí un articulo sobre los
grandes ríos del mundo («Old Man River», Fantasy and Science Fiction, noviembre
1966)*. Desde entonces me ha rondado la idea de dedicarle todo un artículo a un
solo río.
Naturalmente, tendría que ser el río mayor de todos, el
que riegue el mayor territorio, el que desagüe una mayor cantidad de agua al
mar, un río tan enorme que, a su lado, los demás parezcan meros riachuelos. Por
supuesto, estoy hablando del Amazonas.
Ahora ha llegado el momento, e incluso en esta hora,
cuando me siento con satisfacción a escribir este artículo, el calidoscopio de
mi mente se agita y se sacude repentinamente, cambiando de formas. Pienso: ¿por
qué tendría que impresionarme únicamente el tamaño, el gigantismo? ¿Por qué no
escribo algo sobre el río que más ha hecho por la humanidad?
Y ese no es otro que el Nilo.
El Nilo también es en cierto modo un ejemplo de
gigantismo. Es mucho más pequeño que el Amazonas en el sentido de que desagua
mucha menos agua en el mar, pero es más largo que el Amazonas. En realidad, es
el río más largo del mundo, con 6.736 kilómetros de longitud; mientras que el
Amazonas, el segundo río más largo, tiene 6.400 kilómetros de longitud.
La diferencia entre los dos es que el Amazonas fluye de
oeste a este a lo largo del ecuador, atravesando la mayor selva tropical del
mundo. La lluvia cae continuamente sobre él, y además tiene una docena de
afluentes que son grandes ríos por derecho propio. Por tanto, al llegar al
Atlántico desagua unos 200.000 metros cúbicos de agua por segundo, y este
caudal es detectable a más de 300 kilómetros de la costa. El Nilo, por el
contrario, fluye de sur a norte; nace en el África tropical, pero la mitad norte
atraviesa el Sahara sin recibir el caudal de ningún afluente, de manera que su
caudal disminuye un tanto por la evaporación y no recibe ninguna contribución.
No es de extrañar que acabe desaguando en el Mediterráneo sólo una pequeña
fracción del caudal que desagua el inmenso Amazonas.
Pero el Sahara no siempre fue una región desértica.
Hace veinte mil años los glaciares cubrían una gran parte
de Europa, y los vientos fríos arrastraban la humedad hasta el norte de África.
El desierto actual era entonces una hermosa tierra con ríos y lagos, bosques y
praderas. Los seres humanos, aun sin civilizar, vagaban por la zona, como lo
demuestran las herramientas de piedra encontradas.
Pero poco a poco, a medida que los glaciares se retiraban
y los vientos fríos derivaban más y más hacia el norte cada año, el clima del
norte de África fue haciéndose más cálido y seco. Llegaron las primeras
sequías, que poco a poco fueron siendo más severas. Las plantas murieron y los
animales se retiraron a las regiones que seguían siendo bastante húmedas como
para permitir la vida. Los seres humanos también se retiraron; muchos de ellos
se dirigieron al Nilo que, en aquella lejana época, era un río más ancho que
serpenteaba indolente entre grandes zonas de marismas y pantanos, y desaguaba
mucha más agua en el Mediterráneo. La verdad es que el valle del Nilo no fue en
absoluto un lugar atractivo para los humanos hasta que no se secó un tanto.
Cuando el Nilo todavía era demasiado húmedo y pantanoso
como para resultar demasiado tentador, existía un lago al oeste del río, a unos
200 kilómetros al sur del Mediterráneo. En épocas posteriores los griegos lo
llamaron lago Moeris. Era el último vestigio de un África del Norte que una vez
tuvo una provisión de agua mucho más abundante que en épocas posteriores. En el
lago Moeris había hipopótamos y otros animales de caza más pequeños. Del 4.500
al 4.000 a.C. florecieron en sus orillas muchos pueblos de la edad de piedra
tardía.
Pero el lago sufría con el continuo proceso de
desertización de la tierra. A medida que su nivel bajaba y que la vida animal
se iba haciendo más escasa, las aldeas que poblaban sus costas fueron
decayendo. Pero al mismo tiempo las poblaciones de las orillas del Nilo
empezaron a crecer, pues éste ya era más habitable.
En el 3.000 a.C. el lago Moeris sólo podía subsistir y
conservar un tamaño considerable si se lograba conectarlo de alguna manera con
el Nilo, para llevar a él las aguas de este río. Pero cada vez costaba más
trabajo mantener la acequia que los unía en buen estado de drenaje y
funcionamiento.
Por último, se perdió la batalla, y en la actualidad el
lago prácticamente ha desaparecido. En su lugar existe actualmente una
depresión casi totalmente seca, en cuyo fondo hay una laguna poco profunda, que
ahora se llama Birket Qarun. Tiene una longitud aproximada de 50 kilómetros de
oeste a este, y de 8 kilómetros de norte a sur. Junto a las orillas de este
último vestigio del lago Moeris está la ciudad de El Fayum, que da nombre a
toda la depresión.
Antes de pasar al siguiente punto es necesario hacer una
pequeña digresión…
En el 8.000 a. C. todos los seres humanos que había sobre
la Tierra eran cazadores y recolectores, y lo habían sido durante siglos. La
población total de la Tierra puede haber sido de unos ocho millones de
individuos, más o menos la población actual de Nueva York.
Pero en esa época algunas personas establecidas en lo que
ahora se conoce como Oriente Medio aprendieron a planificar el futuro en lo
relativo a los alimentos.
En lugar de cazar animales y matarlos inmediatamente,
estos seres humanos mantenían vivos a algunos de ellos, los cuidaban,
procuraban que tuvieran crías y mataban a unos cuantos de vez en cuando para
comérselos. También aprovechaban su leche, sus huevos, su lana, sus pieles e
incluso su trabajo.
Del mismo modo, en lugar de limitarse a recolectar los
alimentos vegetales que se encontraran, los seres humanos aprendieron a sembrar
las plantas y a cuidarlas, para luego poder recoger la cosecha y alimentarse de
ella. Era evidente que podían sembrar plantas comestibles de manera mucho más
concentrada que las que podían encontrarse en estado natural.
Al reunir en manadas a los animales y cultivar las
plantas, estos grupos de seres humanos aumentaron enormemente sus reservas de
alimentos, y sus poblaciones crecieron rápidamente. Este aumento de la
población trajo consigo un aumento de las superficies cultivadas y del número
de ganado criado, así que, en general, había un exceso de comida, algo nunca
visto (excepto durante los breves periodos después de una gran cacería) en los
viejos tiempos de la caza y la recolección.
Esto quería decir que no todo el mundo tenia que trabajar
en la obtención de comida. Algunos podían dedicarse a la alfarería y cambiar
sus productos por comida.
Otros podían trabajar el metal. Otros podían ser
narradores de historias. Es decir, la gente podía empezar a especializarse, y
la sociedad empezó a ser más variada y sofisticada.
Claro que la agricultura también tenia sus inconvenientes.
Mientras uno se dedicara simplemente a cazar y recolectar, era posible evitar
los conflictos. Si un grupo más fuerte invadía el territorio de una tribu, ésta
podía retirarse prudentemente a un lugar más seguro. No se perdía demasiado.
Las únicas posesiones de la tribu eran las que podían llevarse con ellos, y eso
es lo que hacían.
Pero los granjeros poseían tierras que no podían llevarse
consigo. Si las bandas de intrusos se lanzaban sobre ellos con la intención de
robarles sus depósitos de comida, no les quedaba más remedio que defenderse. Si
se retiraban y abandonaban sus granjas, estaban condenados a morir de hambre,
porque ya eran demasiados como para mantenerse por otros medios.
así que los granjeros tenían que aliarse, porque la unión
hace la fuerza. Construían sus casas agrupadas. Para ello elegían algún
emplazamiento en el que estuviera asegurado el suministro de agua natural, y
luego rodeaban sus casas con un muro protector. Así se formaba lo que hoy en
día llamaríamos una «ciudad» (del latín civis). Los habitantes de las ciudades
son los «ciudadanos», y el sistema social formado alrededor de las ciudades es
la «civilización».
En una ciudad en la que vivían agrupados cientos, y más
tarde miles, de seres humanos, era fácil que se produjeran abusos. Había que
establecer reglas de convivencia. Había que nombrar sacerdotes encargados de
dictar esas leyes, y reyes que se encargaran de que fueran respetadas. Había
que entrenar a los soldados que ahuyentarían a los intrusos. (Adviertan la
facilidad con que reconocemos el advenimiento de la civilización.)
Es difícil saber el lugar exacto en el que empezó a
desarrollarse la agricultura. Probablemente fuera en las fronteras de lo que
hoy en día son Irán e Irak (la misma frontera en la cual ambas naciones han
mantenido una guerra inútil durante ocho años).
Una de las razones por las que se supone que fue en esta
zona donde comenzó la agricultura es que en ella crecían espontáneamente el
trigo y la cebada, y que son precisamente éstas las plantas que más se prestan
al cultivo sistemático.
En el norte de Irak hay un lugar llamado Jarmo,
descubierto en 1948. Allí se encontraron restos de una antigua ciudad y se
desenterraron los cimientos de casas de delgados muros de barro amasado,
divididas en pequeños aposentos. La ciudad debió de haber tenido una población
de entre cien y trescientas personas. En la capa más profunda y antigua, que
data del 8.000 a.C., se descubrieron indicios de tempranas prácticas agrícolas.
Por supuesto, estas técnicas se fueron difundiendo
lentamente a partir de su lugar de origen.
La primera condición necesaria para el desarrollo de la
agricultura es la presencia de agua. Jarmo se encuentra en las estribaciones de
una cadena montañosa, en la que el aire se enfría al subir, con lo que su
contenido de vapor de agua se condensa y cae en forma de lluvia. Pero la lluvia
es imprevisible, y si hay un año de sequía la cosecha será escasa y la
población pasará hambre.
Los ríos garantizan un suministro de agua más seguro que
el de la lluvia. Esa es, precisamente, la razón de que las granjas y las
ciudades se extendieran a lo largo de las riberas de los ríos, donde empezó a
instalarse la civilización.
Los ríos más próximos a las comunidades originales de
granjeros son el Tigris y el Eufrates, en el moderno Irak, y por tanto es
posible que fuera en este lugar donde se estableciera la primera civilización a
gran escala. Pero muy pronto se extendió hacia el oeste, hacia el Nilo, y en el
5.000 a. C. ambas civilizaciones estaban en pleno florecimiento. (La
agricultura también se extendió hacia el Indo.
Varios miles de años más tarde surgió de manera autónoma
en la región del Hwang-ho, al norte de China. Después de varios miles de años
más, empezó a desarrollarse entre los mayas de América del Norte y los incas de
América del Sur.)
Fueron los sumerios, que habitaban en la cuenca inferior
del valle del Tigris y el Eufrates, quienes, un poco antes del 3.000 a. C.,
descubrieron algo de vital importancia: la escritura. Como ésta marca la
frontera entre la prehistoria y la historia, los sumerios fueron los primeros
en tener historia. Pero los egipcios aprendieron rápidamente esta técnica.
Puede que vivir a las orillas de un río garantice un
suministro inagotable de agua, llueva o no; pero ésta no irá por si sola al
encuentro del granjero. Es necesario traerla hasta la granja. Evidentemente,
traerla en baldes no sería un método eficaz, así que hay que excavar un canal
por el que pueda entrar el río y cuidarlo, evitando que quede obstruido por los
sedimentos. A la larga habrá que establecer toda una red de canales de
irrigación, y construir diques a lo largo de los canales y también del río en
prevención de las inundaciones.
El cuidado de esta red de canales exige un esfuerzo
comunitario concienzudo y bien coordinado. Este factor estimula el buen
gobierno y una dirección eficaz. También estimula la cooperación entre las
distintas ciudades establecidas a las orillas de un río, pues si una ciudad
situada corriente arriba gasta demasiada agua, o la ensucia, o no evita una
inundación, todas las ciudades que se encuentren corriente abajo se verán
perjudicadas. Por tanto, hay una cierta necesidad de crear un gobierno que
controle todo el río, o lo que llamaríamos una nación.
La primera nación de la historia fue Egipto, y ello se
debe al Nilo.
El Nilo es un río apacible, nada dado a humores violentos.
Por consiguiente, incluso las embarcaciones primitivas, mal diseñadas y de
estructura frágil, podían navegar por el río sin problemas. No había peligro de
que estallara una tormenta.
Además, el agua fluye hacia el norte y el viento
normalmente sopla hacia el sur. así que basta con izar una simple vela para ser
arrastrado río arriba (hacia el sur), y luego arriarla para que la corriente
arrastre a la embarcación río abajo (hacia el norte). Por tanto, gracias a las
características del Nilo las personas y las mercancías podían desplazarse
tranquilamente de una ciudad a otra.
Estos desplazamientos a lo largo del río garantizaban que
las ciudades-Estado compartieran un mismo lenguaje y una misma cultura, además
de una cierta interdependencia económica y la comprensión entre las distintas
comunidades.
Los sumerios, por su parte, tenían dos ríos. El Tigris era
demasiado turbulento para poder navegarlo con medios sencillos (de ahí su
nombre «tigre»). El Eufrates era más fácil de manejar, y por tanto las ciudades
sumerias más importantes se alineaban a lo largo de sus orillas. Pero no era en
absoluto una tranquila vía de navegación, como el Nilo, y las ciudades sumerias
se sentían más aisladas que las egipcias, y por tanto menos inclinadas a
cooperar entre sí.
Además, mientras que a ambos lados del Nilo se extendía el
desierto, que mantenía a raya a los intrusos, el Eufrates no estaba tan bien
protegido y era más susceptible de sufrir incursiones de los pueblos
circundantes, que también tendían a instalarse en sus orillas. Así que el valle
del Tigris y el Eufrates estaba también habitado por los acadios, los arameos y
otros pueblos de lengua y cultura diferentes a las de los sumerios. En cambio,
la población de las orillas del Nilo era mucho más uniforme.
Por consiguiente, no es de extrañar que Egipto estuviera
unificado antes que los pueblos del Tigris y el Eufrates.
Alrededor del 2.850 a.C., un cabecilla llamado Narmer (los
griegos le conocían por el nombre de Menes) puso a todas las ciudades del Nilo
bajo su férula y fundó la nación egipcia. No conocemos los detalles de este
proceso, pero al parecer fue relativamente pacifico.
Pero las ciudades sumerias luchaban encarnizadamente entre
sí, y la región no fue unificada hasta el 2.360 a.C., cinco siglos después que
los egipcios. Y además, las ciudades sumerias estaban tan debilitadas por las
continuas guerras que la unión fue impulsada por un gobernante que no era
sumerio, Sargón de Agade. Impuso su dominio tras violentas guerras de
conquista, uniendo bajo su bandera distintas culturas con diferentes lenguajes,
de manera que el reino unificado de Sargón era más un imperio que una nación.
Un imperio suele ser menos estable que una nación, ya que
los grupos étnicos sojuzgados se sienten resentidos con sus conquistadores. así
que el valle del Tigris y el Eufrates fue el escenario de una sucesión de
revueltas en las que un grupo tras otro iba adquiriendo el predominio sobre el
resto, y de luchas contra los invasores extranjeros que se aprovechaban de las
disensiones internas para instalarse en el valle. La sociedad egipcia, por el
contrario, fue extraordinariamente estable durante los primeros doce siglos de
su existencia como nación.
Luego está la cuestión del calendario.
Los pueblos primitivos se servían de las fases lunares
para fijar sus calendarios, ya que éstas se repiten cada 29 días y medio. Este
período es lo bastante corto como para ser manejable y lo bastante largo como
para resultar útil. Es el origen del «mes lunar», que puede durar 29 y 30 días
alternativamente.
Con el tiempo se observó que el ciclo de las estaciones se
repetía aproximadamente cada 12 meses. Es decir, doce meses lunares después de
la época de la siembra volvía a ser época de sembrar. Claro que las estaciones
no son tan regulares como las fases de la Luna. La primavera puede ser fría y
tardía o suave y temprana. Pero a la larga fue evidente que 12 meses lunares
(que representan un total de 354 días) era un periodo demasiado corto para
marcar el ciclo de las estaciones. Después de dos o tres años el calendario
lunar fijaría la época de la siembra mucho antes de lo debido, provocando un
desastre.
Esa es la razón de que de vez en cuando hubiera que añadir
un decimotercer mes al año si se quería mantener la concordancia entre el
calendario lunar y el ciclo de las estaciones. Por último, se estableció un
ciclo de 19 años, 12 de los cuales tenían 12 meses lunares cada uno, o 354
días, en un orden prefijado, y los otros siete años 13 meses lunares, o 383
días. Por tanto, un año tenía por término medio 365 días.
Este calendario era terriblemente complicado, pero
funcionaba, así que fue adoptado por otros pueblos, entre ellos los griegos y
los judíos. El calendario litúrgico hebreo que ha subsistido hasta hoy en día
es el mismo que desarrollaron los pueblos del Tigris y el Eufrates.
Los antiguos egipcios conocían y utilizaban los meses
lunares, pero también habían observado otro hecho. El Nilo (como sabemos
nosotros, pero no ellos) nace entre las montañas del África centrooriental.
Cuando llega la estación de las lluvias a aquella lejana región, el agua cae en
grandes cantidades sobre los lagos y los ríos, precipitándose Nilo abajo. El
nivel del río crece y se desborda, inundando sus riberas durante cierto tiempo
y dejando un rico depósito de materiales de aluvión al retirarse. La crecida
del Nilo asegura las buenas cosechas, y los egipcios la esperaban con
impaciencia, ya que cuando se retrasaba o era escasa, o ambas cosas, se
avecinaban tiempos difíciles para ellos.
Gracias a la cuidadosa atención que prestaban a las
crecidas del Nilo se dieron cuenta de que éstas se producían aproximadamente
cada 365 días, así que este período de tiempo tenia una importancia fundamental
para ellos.
Por tanto, adoptaron un calendario solar. Fijaron la
duración de cada mes en 30 días, de manera que doce meses equivalían a 360
días, y añadieron cinco días sueltos de festividades al final de cada ciclo de
doce meses. De esta forma los meses eran «meses civiles», que no concordaban
con las fases de la Luna, pero sí con las estaciones.
La verdad es que tampoco concordaban tanto con las
estaciones. El año no tiene 365 días, sino 365 1/4. Los egipcios no podían por
menos de darse cuenta de ello, porque la crecida del río se retrasaba seis
horas cada año (por término medio) según el calendario egipcio. Por tanto, la
fecha en que se producía la crecida recorría todo el calendario, volviendo al
punto de partida después de 365 x 4 ó 1.460 años.
Esto podría haberse evitado añadiendo un día más a un año
de cada cuatro, pero los egipcios no se tomaron esta molestia. Pero cuando los
romanos adoptaron por fin el calendario egipcio, en el 46 a.C., repartieron
esos cinco días de más por todo el año, haciendo algunos meses de 31 días, y
añadieron un día más a un año de cada cuatro.
Este (sin apenas modificaciones) es el calendario usado
por todo el mundo en la actualidad… al menos para usos seculares.
A veces, la crecida del Nilo arrastraba las señales que
marcaban los limites entre las propiedades de una familia y la familia vecina.
Por tanto, era necesario idear métodos para volver a trazar estos limites. Se
cree que fue así como se fueron inventando gradualmente los métodos de cálculo
que llamamos «geometría» (del griego «medir la Tierra»).
Estas crecidas eran las que aseguraban a Egipto el
suministro de comida, en tal cantidad que podía permitirse el lujo de vender
los excedentes a los pueblos vecinos que no contaban con la bendición del Nilo,
adquiriendo a cambio artesanía de estos pueblos. De esta forma el Nilo
fomentaba el comercio internacional.
Y lo que es más: el enorme excedente de provisiones hacia
innecesario que todas las manos se dedicaran a cultivar los alimentos. había
una gran cantidad de mano de obra que podía dedicarse a otras tareas, a lo que
hoy en día llamaríamos «obras públicas». El ejemplo por excelencia, por
supuesto, es el de la construcción de las pirámides entre el 2.600 y el 2.450
a. C.
Es posible que las pirámides fueran el ejemplo que inspiró
el gigantismo arquitectónico del mundo occidental, cuya manifestación más
reciente es visible desde las ventanas de mi apartamento: la total
transformación de Manhattan en un conjunto de rascacielos que obstaculizan el
paso de la luz.
En resumidas cuentas, considero que debemos al Nilo las
dos civilizaciones más antiguas, la primera nación, el calendario solar, la
geometría, el comercio internacional y las obras públicas. También le debemos
un misterio que hace miles de años que despierta la curiosidad de los seres
humanos. ¿Dónde nace el Nilo? ¿Cuál es su fuente?
Los pueblos antiguos del Asia occidental y la cuenca del
Mediterráneo conocían siete ríos de un mínimo de 1.900 kilómetros de longitud.
Aparte del Nilo, éstos son los otros seis y sus longitudes respectivas:
Eufrates: 3.600 kilómetros.
Indo: 2.900 kilómetros.
Danubio: 2.850 kilómetros.
Oxus: 2.540 kilómetros.
Jaxartes: 2.200 kilómetros.
Tigris: 1.900 kilómetros.
El Imperio persa abarcaba la totalidad del Tigris y el
Eufrates. El Oxus y el Indo estaban en el extremo oriental de ese Imperio, y el
Jaxartes estaba justo al otro lado de su frontera septentrional. El Danubio
marcaba la frontera septentrional de gran parte de los territorios europeos del
Imperio romano. El origen de todos estos ríos era, o bien del dominio público,
o se sabía de ellos por los relatos de los viajeros, como en el caso del Oxus y
del Jaxartes.
Sólo quedaba el Nilo. Desde el principio había sido el
corazón de Egipto, más tarde formó parte del Imperio persa, y mucho más tarde
aún perteneció al Imperio romano. Pero el Nilo era dos veces más largo (ahora
lo sabemos) que el más largo de estos ríos, y se extendía más allá de los
límites de la civilización incluso en la época moderna; así que en aquella
época nadie sabia dónde estaban sus fuentes.
Los egipcios fueron los primeros en preguntárselo. Hacia
el 1.678 a. C. el país fue invadido por los asiáticos, que utilizaban el carro
y el caballo para hacer la guerra, cosas nunca vistas hasta entonces en Egipto.
Por último, hacia el 1.570 a.C., lograron expulsarlos de su territorio.
En revancha se lanzaron a la invasión de Asia, fundando el
Imperio egipcio. Durante casi cuatro siglos Egipto fue la mayor potencia
mundial.
En los tiempos del Imperio los egipcios también se
abrieron paso Nilo arriba. El río presenta algunos tramos de aguas turbulentas
(«cataratas»), numerados de norte a sur. La Primera Catarata se encuentra en la
ciudad que los griegos llamaban Syene, y que hoy en día conocemos por el nombre
de Asuán. Está a 885 kilómetros al sur del Mediterráneo. Esto suponía un
problema para la navegación, y el Egipto propiamente dicho no se extendía más
al sur de la Primera Catarata. Incluso en la actualidad Egipto sólo se extiende
unos 225 kilómetros al sur de esta catarata.
Al sur de la Primera Catarata estaba el país de Nubia, el
actual Sudán. Los monarcas egipcios más poderosos habían intentado en algunas
ocasiones extender sus dominios más allá de la Primera Catarata, y este
esfuerzo llegó al máximo en la época imperial. Hacia el 1.460 a.C. el
conquistador más famoso del imperio, Thutmosis III, llegó hasta la Cuarta
Catarata, donde estaba Napata, la capital de Nubia.
Napata se encuentra a unos 2.000 kilómetros de la
desembocadura del Nilo, y el río sigue teniendo un fuerte y poderoso caudal,
sin ningún indicio de disminuir al acercarse a su fuente.
Los posteriores conquistadores de Egipto, los Tolomeos,
los romanos y los musulmanes, no intentaron extender su control al sur de la
Primera Catarata. Si algún explorador se aventuró más al sur, no se conserva
ningún relato coherente de sus viajes.
El primer europeo que se aventuró al sur de Asuán en la
edad moderna fue un explorador escocés, James Bruce (1730-1794). En 1770 llegó
a Jartum (la actual capital de Sudán), que se encuentra a unos 640 kilómetros
río arriba desde las ruinas de Napata. Allí se unen dos ríos que forman el
Nilo. Uno de ellos (el Nilo Azul) viene del sureste, y el otro (el Nilo Blanco)
del suroeste.
Bruce remontó la corriente del Nilo Azul durante unos
1.300 kilómetros, hasta llegar al lago Tana, al noroeste de Etiopía. Creyó que
este lago era la fuente del Nilo, pero se equivocaba. El Nilo Azul es un simple
afluente; la corriente principal es la del Nilo Blanco.
Los comerciantes árabes habían traído confusas historias
sobre la existencia de grandes lagos en el África oriental, y algunos
exploradores europeos pensaron que era posible que alguno de ellos fuera la
fuente del Nilo Blanco. Dos exploradores ingleses, Richard Francis Burton
(1821-1890) y John Hanning Speke (1827-1864), salieron de Zanzíbar, en la costa
oriental africana, en 1857, y en febrero de 1858 llegaron al lago Tanganika,
una extensión de agua larga y estrecha a 1.000 kilómetros de distancia de la costa
africana.
Entonces Burton abandonó la empresa. Pero Speke se dirigió
solo hacia el norte, y el 30 de julio de 1858 llegó al lago Victoria. Este lago
tiene una superficie de 69.500 kilómetros cuadrados, un poco mayor que la de
Virginia del Oeste. Es el lago más grande de África, y sólo hay un lago de agua
dulce en el mundo mayor que él, el Superior, con una superficie que sobrepasa
en un quinto la del lago Victoria.
Una gota de agua que partiera de la cabecera del Luvironza
llegaría al lago Victoria, pasando luego al Nilo Blanco y de allí al
Mediterráneo, completando un recorrido de 6.726 kilómetros.
Por tanto, las fuentes del Luvironza son también las
fuentes del Nilo, y se encuentran en lo que hoy en día es Burundi, a unos 55
kilómetros al este del lago Tanganika.
Cuando Burton abandonó, estaba a punto de llegar a las
fuentes del Nilo.
Pero ¿cómo iba a saberlo?
NOTA
Este artículo es bastante tranquilo y poco problemático,
pero aborda la Historia desde mi punto de vista, más bien poco común.
Como las matemáticas, la Historia no corresponde al amor
que le profeso. Lo cierto es que en la universidad estuve dudando entre
especializarme en historia o en química. Decidí estudiar química porque me
pareció que si me hacia historiador, estaría condenado a la vida académica,
mientras que, si me hacía químico, podría trabajar en la industria o en la
investigación.
Fue una increíble estupidez por mi parte, porque cuando,
por último, me gradué en química, me di cuenta de que la industria no era lo
mío, y no me alejé del mundo académico.
Pero nunca he abandonado la Historia; he escrito muchos
libros de Historia, así como muchos libros científicos, y hasta cuando hablo de
ciencia tengo tendencia a considerarla desde un punto de vista histórico. Les
estoy muy agradecido a mis editores por seguirme la corriente y publicar
cualquier cosa que escriba, permitiéndome así seguir todas mis distintas
inclinaciones: la química y la Historia (y también cualquier otra cosa que me
llame la atención).
EL SECRETO DEL UNIVERSO
Siempre me han irritado las paradojas; me refiero a las
afirmaciones contradictorias. Estoy convencido de que el Universo funciona de
tal manera que no incurre en contradicciones. Por tanto, si nos encontramos con
una aparente paradoja, sólo se debe a que nos hemos empeñado maliciosamente en
decir algo indebido.
Voy a darles un ejemplo de paradoja. Supongamos que en
determinado pueblo hay un solo barbero, que afeita a todos los hombres del
pueblo excepto a los que se afeitan solos. La pregunta es: ¿Quién afeita al
barbero?
El barbero no puede afeitarse él solo porque únicamente
afeita a aquellos que no se afeitan solos. Por otra parte, si no se afeita
solo, las condiciones del problema le obligan a afeitarse a si mismo.
Pero las paradojas sólo surgen cuando insistimos en hacer
afirmaciones que contienen en si mismas la semilla de la contradicción. La
manera correcta de definir sensatamente esta situación, es decir: «El barbero
se afeita solo, y además afeita a todos los otros hombres del pueblo excepto a
aquellos que se afeitan solos.» Entonces no hay ninguna paradoja.
Aquí tienen otra. Cierto monarca despótico decreta que
todo el que cruce determinado puente tiene que declarar a dónde va y para qué.
Si miente, será colgado. Si dice la verdad, le dejarán marchar en paz.
Un hombre cruza el puente, le preguntan a dónde va y para
qué, y responde: «Voy a la horca para ser colgado.»
Ahora bien, si entonces le cuelgan, resultará que había
dicho la verdad y tendrían que haberle dejado en paz. Pero si le dejan en paz,
lo que ha dicho es mentira y tendría que haber sido colgado.
También aquí hay que prevenir esta posibilidad y excluirla
para que el decreto tenga sentido. (En la vida real me imagino que el monarca
despótico diría: «Que le cuelguen por pasarse de listo», o «No ha dicho la
verdad hasta que no sea colgado, así que podéis dejar su cadáver en paz.»)
En matemáticas se tiende a evitar las posibles fuentes de
paradojas. Por ejemplo, si fuera posible dividir por cero, seria fácil
demostrar que todos los números, sean del tipo que fueren, son iguales. Para
evitarlo, los matemáticos prohíben la división por cero, y no hay más que
hablar.
Otras paradojas matemáticas más sutiles tienen su
utilidad, ya que estimulan el pensamiento y fomentan el aumento del rigor
matemático. Por ejemplo, en el 450 a. C. el filósofo griego Zenón de Elea
propuso cuatro paradojas que parecían demostrar que el movimiento, tal como es
percibido, es imposible.
La más conocida es la paradoja de «Aquiles y la tortuga».
Aquí la tienen:
Supongamos que Aquiles (el más veloz de todos los héroes
griegos que sitiaron Troya) puede correr diez veces más deprisa que una
tortuga, y supongamos que ambos toman parte en una carrera, con una ventaja
inicial de diez metros para la tortuga.
En ese caso se puede afirmar que es imposible que Aquiles
adelante a la tortuga, porque cuando Aquiles haya recorrido los diez metros que
le separan de la posición de partida de la tortuga ésta ya habrá avanzado un
metro.
Cuando Aquiles recorre este metro, la tortuga ha avanzado
la décima parte de un metro, y cuando Aquiles recorre esta distancia, la
tortuga ha avanzado una centésima de metro, y así hasta el infinito. Aquiles se
aproxima cada vez más, pero no puede alcanzarla nunca del todo.
El razonamiento es impecable, pero todos sabemos que, en
realidad, Aquiles no tardaría mucho en adelantar a la tortuga. Lo cierto es
que. si dos personas A y B disputan una carrera, y si A es más veloz que B, por
muy pequeña que sea la diferencia, A acabará por adelantar a B, aunque B salga
con una ventaja de partida muy grande (pero finita), siempre que las dos partes
se desplacen constantemente a la velocidad máxima que pueden alcanzar durante
un período de tiempo indefinidamente prolongado.
Esa es la paradoja. Según el razonamiento lógico Aquiles
no puede adelantar a la tortuga, pero la observación de la realidad nos dice
que puede hacerlo y lo hace.
Esta paradoja dejó perplejos a los matemáticos durante dos
mil años, en parte debido a que parecía darse por supuesto que, dada una serie
de números infinita, como, por ejemplo, 10 + 1 + 1/10 + 1/100… su suma tiene
que ser infinita, y que el tiempo que se tarda en recorrer la distancia
representada por estos números también tiene que ser infinito.
Pero con el tiempo los matemáticos se dieron cuenta de que
esta suposición tan obvia en apariencia -que la suma de un conjunto infinito de
números, por pequeños que sean, tiene que ser infinita- sencillamente no era
cierta.
Normalmente se atribuye la demostración de este hecho,
realizada hacia 1670, al matemático escocés James Gregory (1638-1675).
Retrospectivamente es una demostración sorprendentemente
sencilla. En la serie 10+1+1/10+1/100…, si sumamos 10 y 1 tenemos 11; si a esto
le sumamos 1/10, tenemos 11,1; si a esto le sumamos 1/100, tenemos 11,11; si a
esto le sumamos 1/1.000, tenemos 11,111. Si añadimos un número infinito de
términos, tendremos 11,111111… Pero este número decimal infinito no es más que
11 1/9 en fracciones.
Por consiguiente, el conjunto de números infinitamente
decrecientes que representa la ventaja de la tortuga sobre Aquiles suma en total
111/9 metros, y Aquiles adelanta a la tortuga en el tiempo que tarde en
recorrer 111/9 metros.
Una serie infinita, cuya suma es finita, es una «serie
convergente», y el ejemplo más sencillo es, a mi juicio, 1 + 1/2 + 1/4 + 1/8…,
en la que cada término es la mitad del anterior. Si se ponen a sumar los
términos de esta serie, pronto se convencerán de que la suma de toda esta
sucesión infinita es sencillamente 2.
Una serie infinita, cuya suma es infinita, es una «serie
divergente». así, la serie 1 + 2 +4+8… evidentemente crece ilimitadamente, así
que se puede decir que su suma es infinita.
No siempre es fácil saber si una serie es divergente o
convergente. Por ejemplo, la serie 1 + 1/2+ 1/3+ 1/4+ 1/5… es divergente. Si se
suman sus términos, el resultado crece constantemente. Por supuesto, el
incremento del valor de la suma es cada vez más pequeño, pero tomando un número
suficiente de términos, se puede obtener un valor de su suma igual a 2, 3 ó 4,
o cualquier número más elevado que se les ocurra.
Creo que esta serie es la más suavemente divergente que
existe.
Si no recuerdo mal, me enteré de la existencia de las
series convergentes cuando estudié álgebra intermedia en la escuela secundaria,
a los catorce años, y el descubrimiento me dejó totalmente estupefacto.
Por desgracia, no soy un matemático nato. Ha habido
hombres que incluso en los años de su juventud eran capaces de comprender
relaciones matemáticas verdaderamente sutiles; hombres como Galois, Clairaut,
Pascal, Gauss y otros; pero yo estoy a años-luz de ellos.
Luché con las series convergentes y conseguí vislumbrar
algo de una manera confusa y asistemática, y ahora, casi medio siglo después,
con mucha más experiencia, puedo presentarles estas meditaciones adolescentes
de una manera mucho más sensata.
Consideremos, por ejemplo, la serie 1 + 1/2 + 1/4 + 1/8 +
1/16… e intentemos hallar un modo de representarla que sea fácilmente
visualizable. Imaginémonos, por ejemplo, una serie de cuadrados; el primero de
un centímetro de lado, el segundo de 1/2 centímetro, el tercero de ¼
centímetro, el cuarto de 1/8 centímetro, etc. Imaginemos que los colocamos uno
pegado al otro, con el mayor a la izquierda, el segundo más grande a la derecha
de aquél, luego el tercero en tamaño, luego el cuarto y así sucesivamente. así
tenemos una línea de infinitos cuadrados cada vez más pequeños, uno al lado del
otro.
Todos ellos juntos, todos ellos, ocuparían en total una
longitud de dos centímetros. El primero ocuparía la mitad de la longitud total,
el siguiente la mitad del resto, el siguiente la mitad de lo que quede, y así
hasta el infinito.
Claro que los cuadrados se hacen extremadamente pequeños
con mucha rapidez. El vigésimo séptimo cuadrado tiene aproximadamente el tamaño
de un átomo, y una vez que ocupa su puesto en la fila, todo lo que queda del
total de dos centímetros es un espacio de una anchura aproximadamente igual a
la de un átomo. Pero en este espacio se amontona un número infinito de
cuadrados que siguen disminuyendo rápidamente de tamaño.
El vigesimoséptimo cuadrado tiene aproximadamente
1/100.000.000 de centímetro de lado, así que vamos a imaginarnos que ampliamos
cien millones de veces este cuadrado y todos los subsiguientes. Entonces el
cuadrado vigesimoséptimo parece tener un centímetro de lado, el siguiente 1/2
centímetro de lado, el siguiente 1/4 centímetro de lado, y así sucesivamente.
Es decir, de esta ampliación resultaría una serie
exactamente igual, tanto en tamaño como en número de cuadrados, a la serie
original.
Y además, el quincuagésimo primer cuadrado es tan pequeño
que tiene el tamaño de un protón. No obstante, si este cuadrado se ampliara
hasta tener un centímetro de lado, tendría una cola de cuadrados todavía más
pequeños, exactamente iguales, tanto en tamaño como en número, a la serie de la
que partimos.
Podríamos seguir así eternamente y nunca acabaríamos.
Por muy lejos que llegáramos, hasta contar millones de
cuadrados cada vez más pequeños, trillones, quintillones, seguiríamos teniendo
una cola totalmente similar a la serie original. Esta situación se conoce como
«autosemejanza».
Y toda ella, toda ella, ocupa una extensión de dos
centímetros. Y tampoco es que haya ninguna magia en esta cifra. También se
podría haber encajado en una extensión de un centímetro, o de 1/10 centímetro,
o en una extensión igual a la de un protón, si a eso vamos.
Es inútil intentar «comprender» esto en el sentido en que
comprendemos que un metro tiene cien centímetros.
Nuestra experiencia de las cantidades infinitas no es, ni
puede ser, directa. Sólo podemos intentar imaginar las consecuencias derivadas
de la existencia de estas cantidades, y estas consecuencias son tan
radicalmente distintas a todo lo que podemos experimentar que «no tienen
sentido».
Por ejemplo, el número de puntos que hay en una línea es
un infinito de orden mayor que el de la serie infinita de los números enteros.
No es posible concebir ningún método para emparejar estos puntos con números.
Si intentáramos disponer los puntos de manera que fuera posible alinearlos con
números, invariablemente descubriríamos que algunos puntos no están emparejados
con ningún número. Lo cierto es que un número infinito de puntos no estaría
emparejado con números.
Por otra parte, es posible emparejar los puntos de una
línea de un centímetro con los de otra línea de dos centímetros, lo que nos
lleva a la conclusión de que la línea más corta tiene tantos puntos como la más
larga. En realidad, una línea de un centímetro tiene tantos puntos como los que
caben en todo el universo tridimensional.
¿Quieren una explicación? No seré yo quien se la dé, ni
nadie. Este hecho puede probarse, pero es imposible que «tenga sentido» según
los razonamientos corrientes.
Volvamos a la autosemejanza. Es posible detectarla no sólo
en las series de números, sino también en las formas geométricas. Por ejemplo,
en 1906 un matemático sueco, Helge von Kock (1870-1924), inventó una especie de
supercopo de nieve. Veamos cómo lo consiguió.
Tomamos un triángulo equilátero (con todos los lados
iguales), dividimos cada lado en tres partes y construimos otro triángulo
equilátero más pequeño en el tercio medio de cada lado. así obtenemos una
estrella de seis puntas. Luego dividimos cada uno de los lados de los seis
triángulos equiláteros de la estrella en tres partes iguales y trazamos otro
triángulo equilátero más pequeño todavía en el tercio medio de cada lado. Ahora
tenemos una figura bordeada por dieciocho triángulos equiláteros. A continuación,
dividimos los lados de estos dieciocho triángulos en tres partes iguales… y así
una y otra vez, eternamente.
Naturalmente, por muy grande que sea el triángulo de
partida y por muy meticulosamente que hagamos el dibujo, los triángulos
sucesivos disminuyen de tamaño tan rápidamente que resulta imposible
dibujarlos. Hay que dibujarlos mentalmente e intentar deducir las
consecuencias.
Si, por ejemplo, siguiéramos construyendo eternamente el
supercopo de nieve, las longitudes del perímetro de este copo en cada fase
forman una serie divergente. Por tanto, en último término la longitud del
perímetro del copo de nieve es infinita.
Por otra parte, las áreas del copo de nieve en cada fase
forman una serie convergente, y su suma es un número finito. Esto quiere decir
que incluso en último término, cuando el perímetro es infinito, el área del
copo de nieve no es más de 1,6 veces mayor que la del triángulo equilátero de
partida.
Supongamos ahora que estudiamos uno de los triángulos,
relativamente grandes, que se encuentra en uno de los lados del triángulo de
partida. Es un triángulo infinitamente complejo del que brotan
interminablemente triángulos cada vez más pequeños. Pero si tomamos uno de
estos triángulos más pequeños, tan pequeño que sólo sea visible al microscopio,
y lo ampliamos imaginariamente para poder verlo fácilmente, resulta que es
igual de complejo que el triángulo de partida. Si observáramos uno aún más
pequeño, y otro todavía más pequeño que el anterior, y así indefinidamente,
veríamos que su complejidad no disminuye. El supercopo de nieve muestra signos
de autosemejanza.
Aquí tienen otro ejemplo. Imagínense un árbol con un
tronco dividido en tres ramas. Cada una de estas ramas se divide en otras tres
ramas más pequeñas, y cada una de estas ramas más pequeñas se divide en otras
tres más pequeñas todavía. No es difícil imaginarse un árbol de verdad con las
ramas dispuestas de esta forma.
Pero para que éste sea un superárbol matemático tenemos
que imaginarnos que todas las ramas se dividen en otras tres ramas más
pequeñas, y que cada una de éstas se divide a su vez en otras tres más pequeñas
aún. y cada una de éstas en ramas todavía más pequeñas, eternamente. Este
superárbol también muestra signos de autosemejanza, y cada rama, por pequeña
que sea, es tan compleja como todo el árbol.
En un primer momento estas curvas y figuras geométricas se
llamaron «monstruosas», porque no cumplen las sencillas reglas que rigen para
los polígonos, los círculos, las esferas y los cilindros de la geometría
ordinaria.
Pero en 1977 un matemático franco americano, Benoit
Mandelbrot, emprendió el estudio sistemático de estas curvas monstruosas y
demostró que ni siquiera cumplen las propiedades fundamentales de las figuras
geométricas.
Cuando aprendemos las primeras nociones de geometría nos
enteramos de que el punto no tiene dimensiones, que la línea es unidimensional,
el plano bidimensional y los sólidos tridimensionales. Por último, si
consideramos que un sólido tiene una cierta duración y existe en el tiempo, es
tetradimensional. Incluso puede que nos enteremos de que, en ocasiones, los
geómetras manejan todavía más dimensiones como si tal cosa.
Pero todas estas dimensiones son números enteros: 0, 1, 2,
3, etc. ¿Cómo podría ser de otro modo?
Sin embargo, Mandelbrot demostró que el límite del
supercopo de nieve es tan borroso y presenta unos cambios de dirección tan
bruscos en cada punto que no podía ser considerado una línea en el sentido
normal, sino algo que no es exactamente una línea, pero tampoco un plano. Su
dimensión ocupa un lugar intermedio entre 1 y 2. Lo cierto es que demostró que
era congruente considerar que su dimensión era igual al logaritmo de 4 dividido
por el logaritmo de 3, aproximadamente igual a 1,26186. así, el límite del supercopo
de nieve tiene una dimensión de un poco más de 1 1/4.
Otras de estas figuras también tienen dimensiones
fraccionarias, y ésta es la razón de que se les diera el nombre de «fractales».
Resultó que los fractales no eran ejemplos monstruosos de
formas geométricas fruto de la imaginación calenturienta de los matemáticos. En
realidad, se parecen más a los objetos del mundo real que las curvas y planos
simples y uniformes de la geometría idealizada. Estos últimos sí que son
productos de la imaginación.
Por consiguiente, los trabajos de Mandelbrot fueron
adquiriendo cada vez más importancia.
Vamos a desviarnos un poco del tema. Hace algunos años yo
tenía la oportunidad de pasarme por la Universidad Rockefeller de vez en
cuando; allí conocí a Heinz Pagels. Era un tipo alto con el pelo blanco y un
rostro terso y sin arrugas. También era extremadamente agradable e inteligente.
Pagels era físico, y sabía mucha más física que yo. No es
que esto fuera una sorpresa. Todo el mundo sabe más que yo sobre una u otra
cosa. También me dio la impresión de que era más inteligente que yo.
Si ustedes comparten la opinión general de que tengo un
ego gigantesco, es posible que crean que odio a la gente que es más inteligente
que yo; pero no es así. Me he dado cuenta de que la gente más inteligente que
yo (y Heinz es la tercera persona que conozco que lo es) es extremadamente
amable y agradable, y además he descubierto que si los escucho con atención sus
palabras me estimulan a elaborar nuevas ideas de interés, y, al fin y al cabo,
yo vivo de las ideas.
Recuerdo que en nuestra primera conversación Heinz habló
del «Universo inflacionario», una nueva idea según la cual el Universo se
expandió a una velocidad vertiginosa en el instante mismo que siguió a su
formación. Esta teoría aclaraba algunos puntos que los astrónomos no habían
podido explicar partiendo de la base de que los primeros instantes de la gran
explosión no eran inflacionarios.
Lo que más me interesó es que Heinz me dijo que, según
esta teoría, el Universo comenzó como una fluctuación cuántica del vacío, así
que se creó a partir de la nada.
Esto me hizo sentirme emocionado, porque en el número de
Fantasy and Science Fiction de septiembre de 1966, años antes de que se
formulara la teoría del Universo inflacionario, yo publiqué un articulo
titulado «Estoy buscando un trébol de cuatro hojas» en el que proponía una
teoría según la cual el Universo se creó en la gran explosión a partir de la
nada. De hecho, una de las afirmaciones clave del artículo era lo que yo llamé
el Principio Cosmogónico de Asimov, según el cual «En el principio era la Nada».
Esto no quiere decir que yo me anticipara a la teoría del
Universo inflacionario. Simplemente tengo estas súbitas intuiciones, pero
carezco de la capacidad para recorrer el camino que me marcan. Del mismo modo
que a los catorce años tuve la confusa intuición de la autosemejanza en
relación con las series convergentes, aunque ni entonces ni en ningún otro
momento habría sido capaz de llegar a las conclusiones de Mandelbrot. Y aunque
yo había tenido la idea de la creación a partir de la nada, ni en un millón de
años habría sido capaz de elaborar en detalle la teoría del Universo
inflacionario. (No obstante, no soy un completo fracaso. Muy pronto me di
cuenta de que con mis intuiciones podía dedicarme a escribir ciencia-ficción.)
A partir de ese momento, veía a Heinz con regularidad, y
mucho más desde que le nombraron director de la Academia de Ciencias de Nueva
York.
En una ocasión varios de nosotros estábamos sentados
charlando de esto y aquello, y Heinz planteó una cuestión interesante.
Dijo: «¿Creéis que es posible que algún día se responda a
todas las preguntas de la ciencia y no haya nada más que hacer? ¿O es imposible
encontrar todas las respuestas?
¿Hay algún modo de que podamos saber ahora mismo cuál de
estas dos situaciones es la correcta?»
Fui el primero en hablar. Dije: «Creo que podemos saberlo
ahora mismo, Heinz, y sin ningún problema.»
Heinz se volvió hacia mí y me preguntó: «¿Y cómo, Isaac?»
Y yo contesté: «Creo que, esencialmente, el Universo
presenta propiedades fractales muy complejas, y que la actividad científica
participa de estas propiedades. Por consiguiente, cualquier aspecto del
Universo que no se comprenda todavía y cualquier aspecto de la investigación
científica que no se haya resuelto todavía, por muy pequeños que sean en
comparación con lo que ya está comprendido y resuelto, es de una naturaleza tan
compleja como la del Universo original. Así que nunca terminaremos. Por muy lejos
que lleguemos, el camino que nos quedará por recorrer será tan largo como al
principio; ese es el secreto del Universo.»
Le conté esta conversación a mi querida esposa, Janet, que
me miró pensativa, y dijo: «Deberías escribir esa idea.»
«¿Por qué?», pregunté. «No es más que una idea.»
Ella dijo: «Puede que Heinz la utilice.»
«Espero que lo haga», dije. «Yo no sé la suficiente física
como para sacar algo en limpio de ella, y él sí.»
«Pero puede olvidarse de que fuiste tú quien se la diste.»
«¿Y qué? Las ideas no cuestan nada. Lo que importa es lo
que se haga con ellas.»
Algún tiempo después, el 22 de julio de 1988, Janet y yo
nos dirigimos al Instituto Rensselaerville, al norte de Nueva York, para
dirigir nuestro decimosexto seminario anual, que en esa ocasión iba a estar
dedicado a la biogenética y sus posibles efectos secundarios, tanto científicos
como económicos y políticos.
Pero también había algo más. Mark Chartrand (a quien
conocí hace años, cuando era el director del Planetario Hayden de Nueva York)
siempre forma parte del profesorado de estos seminarios, y se había traído una
cinta de video de treinta minutos sobre los fractales.
Hace ya algunos años que los ordenadores son bastante
potentes como para producir una figura fractal y expandirla millones y millones
de veces. Pueden hacerlo con fractales muy complejos, y no simplemente cosas
tan sencillas (y, por tanto, carentes de interés) como los supercopos de nieve
y los superárboles. Y además, resulta más espectacular al añadirle colores.
Empezamos a ver la cinta el lunes 25 de julio de 1988 a la
1:30 p.m.
Empezamos con un cardioide (figura en forma de corazón) de
color oscuro, rodeado de pequeñas figuras subsidiarias, que poco a poco fue
creciendo en la pantalla. Entonces se enfocaba a una de las figuras
subsidiarias, que iba haciéndose más grande hasta llenar la pantalla y revelar
que ella también estaba rodeada de figuras subsidiarias.
Parecía como si te fueras sumergiendo lentamente en una
complejidad que nunca dejaba de ser compleja. Pequeños objetos que parecían
puntos diminutos eran ampliados, revelando su complejidad, mientras se formaban
otros pequeños objetos similares. No se acababa nunca.
Nos pasamos media hora observando cómo distintas partes de
la figura se expandían, ofreciendo nuevas visiones de una belleza inagotable.
Era un espectáculo absolutamente hipnótico. Yo miraba y
miraba, y después de un rato me resultaba sencillamente imposible dejar de
concentrar mi atención en aquello. Era lo más cercano a una experiencia de la
infinitud que yo había sentido o podría sentir jamás, en contraste con las
simples palabras o imágenes mentales.
Cuando se acabó, la vuelta al mundo real me resultó muy
dolorosa.
Después le dije a Janet, con aire soñador: «Estoy seguro
de que lo que le dije a Heinz aquella vez es cierto. así son el Universo y la
ciencia: interminables… interminables… interminables. La ciencia siempre tendrá
nuevas tareas que realizar, hundiéndose más y más en una complejidad
interminable.»
Janet frunció el ceño. «Pero todavía no has escrito nada
sobre esa idea, ¿verdad?»
Y yo contesté: «No, todavía no.»
Durante nuestra estancia en el Instituto estábamos
aislados del mundo. No había periódicos, ni radio, ni televisión, y estábamos
demasiado ocupados organizando el seminario como para pensar en ello.
No me enteré de lo que había pasado hasta el 27, cuando
volvimos a casa y me puse a hojear los periódicos acumulados.
Mientras nosotros estábamos en Rensselaerville, Heinz
Pagels asistía a un congreso de física en Colorado. Pagels también era un
entusiasta del montañismo, y durante el fin de semana de descanso, el domingo
24 de julio, subió al Pyramid Peak, de mil cuatrocientos pies de altura (426
metros) con un compañero. Comieron allí, y a la 1:30 p.m. (exactamente
veinticuatro horas antes de que me pusiera a ver la cinta de video) decidió
empezar a bajar la montaña.
Pisó una roca que estaba floja; ésta osciló y él perdió el
equilibrio. Cayó rodando por la ladera de la montaña y se mató. Tenia cuarenta
y nueve años.
Yo estaba totalmente desprevenido cuando pasé a una de las
páginas de necrológicas y vi el espantoso titular. Fue una conmoción terrible e
inesperada, y me temo que debí soltar un grito de consternación, porque Janet
vino corriendo y leyó la necrológica por encima de mi hombro.
La miré con tristeza y dije: «Ahora ya no tendrá
oportunidad de utilizar mi idea.»
Así que, por fin, he escrito algo sobre ella. En parte, lo
hice para poder decir algo sobre Heinz, a quien tanto admiraba. Y en parte
también porque quería poner la idea sobre el papel por si (a lo mejor) alguien
-si no puede ser Heinz, alguien- puede utilizarla y hacer algo con ella.
Al fin y al cabo, yo soy incapaz. Mi capacidad no va más
allá de tener la idea; es todo lo que puedo hacer.
NOTA
He incluido un trigésimo primer artículo basándome en el
principio de «la docena del fraile»: añadir uno más para asegurarme de que no
me quedo corto. Además, este artículo fue escrito a raíz de la muerte de un
amigo, y se refiere a esta pequeña contribución mía a la filosofía de la
ciencia, más que a la ciencia misma, y me gusta bastante.
Pero en estas líneas finales quiero decir algo sobre el
conjunto de mis artículos.
De todo lo que escribo, quizá lo peor pagado sean los
artículos de esta serie. Es comprensible. Fantasy and Science Fiction no es una
revista que disponga de un gran capital, y yo lo sabía desde el principio.
Pero, de todas las cosas que escribo, lo que más me
divierte son los artículos de esta serie, y esto me recompensa con creces del
hecho de no recibir una espléndida compensación monetaria por ellos. Le he
dicho a Ed Ferman una y otra vez, y no me importa decirlo aquí públicamente,
que, si llegara el caso de que no pudiera pagarme un céntimo por mis artículos,
no dudaría en seguir escribiéndolos gratis. Pero él me ha asegurado que no
llegaremos a ese punto.
También sé que no puedo vivir eternamente, y que no es
probable que me las arregle para escribir otros 360 artículos. Algún día
escribiré mi último articulo, y no sé hasta qué número habré llegado entonces.
Pero cuando llegue ese día, supongo que pocas cosas me producirán tanto pesar
al dejar esta vida como el hecho de no poder seguir escribiendo estos artículos
eternamente.
* En 1955 un ordenador más rápido había calculado 10.017
valores decimales de p en treinta y tres horas, y la verdad es que el estudio
de los dígitos de p si que plantea cuestiones matemáticas de interés.
* Esta seria la pronunciación inglesa, que no se
corresponde con la castellana. (N. de la T.)
* No voy a describirlo aquí. Baste con decir que es el
problema sin resolver más famoso de las matemáticas.
* Desde la primera publicación de este articulo he
descubierto que F. R. Stannard, del University College de Londres, ha formulado
algunas teorías sobre la existencia de este tipo de Universo de «tiempo
negativo», sobre una base más rigurosa que cualquiera de las que están a mi
alcance.
* En realidad, creo que se trata de una equivocación.
Según las cifras más fiables de que dispongo, el número de meses lunares que
hay en un año está más cerca de 12.368. Para ser exactos, es de 12.36827. Pero
no quiero echar a perder el articulo.
* Al menos según los judíos y los protestantes. La versión
católica romana de la Biblia incluye ocho libros más, que aquellos consideran
apócrifos.
* Hay quien dice que tocar madera simboliza el gesto de
tocar la verdadera Cruz. pero yo no me lo creo. Estoy seguro de que esta
costumbre es anterior al cristianismo.
* Después de la publicación de este articulo, una
antropóloga llamada Charlotte O. Kursh me envió una extensa carta que encontré
fascinante y en la que quedaba meridianamente claro que había simplificado
espantosamente la situación aquí descrita, que la caza no era la única fuente
de alimentos y que las cuestiones de prestigio eran aún más importantes que el
sexo. Si se sustituía «sexo por comida», poniendo en su lugar «prestigio por
comida», por lo demás se mostraba bastante de acuerdo con el resto.
así que, después de hacer esta advertencia, y con el
debido respeto a la antropología, continuemos.
* Claro que, si son demasiado caballerosos como para
quedarse mirando cómo una mujer hace todo el trabajo, siempre pueden cerrar los
ojos. De esta forma, hasta es posible que puedan echarse una siestecita.
* Ahora que lo pienso, ¿por qué no?
** Es tres años mayor que yo. Pensé que no estaría mal
mencionarlo de pasada.
*** Utilicé el símbolo Ö como raíz cuadrada. Todo lo que
está contenido originalmente debajo de la raíz lo he encerrado entre paréntesis
en la fórmula (Nota del escaneador).
* En un artículo titulado «Las partículas más allá del
limite de la luz» (Particles Beyond the Light Barrier), Physics Today, mayo
1969, para aquellos de ustedes que desean que dé alguna referencia de vez en
cuando.
* En realidad, son los místicos los que están obligados a
explicarlo todo, pues sólo necesitan imaginación y palabras: palabras
cualesquiera, elegidas al azar.
* Si creen que yo también me estoy volviendo místico,
hagan el favor de volver a leer la introducción a este capítulo.
* El primer lunes de septiembre. (N. de la T.)
* Por si han pensado que violé mis principios y me tomé
unas vacaciones, más vale que les diga que me llevé mi máquina de escribir
portátil, y que además hice uso de ella.
* Bueno, eso fue lo que dijo todo el mundo.
* Los que leen mis articules con regularidad saben que
estoy a favor de la liberación de la mujer, pero también amo la lengua inglesa.
Cuando quiero decir «ser humano», siempre busco algún circunloquio para no
decir «hombre», pero en ocasiones la cadena hablada se resiente por ello.
Hagan el favor de aceptar que en este articulo utilice la
palabra «hombre» en su sentido general, comprendiendo a la «mujer». (Si, sé qué
es lo que acabo de decir.)
* Los antievolucionistas suelen denunciar la evolución
como «una simple teoría» y citan algunos detalles dudosos, que son admitidos
como tales por los biólogos. Con ello los antievolucionistas demuestran tener
las ideas muy poco claras. Que ha habido una evolución es un hecho tan probado
como pueda estarlo cualquier hecho no trivial. Pero los detalles exactos del
mecanismo por el que actúa la evolución siguen estando en el plano de lo
teórico en muchos aspectos. Sin embargo, el mecanismo no es la cosa en si. De la
misma manera, muy poca gente comprende el mecanismo que permite que un coche se
desplace, pero no por no conocer bien el mecanismo se llega a la conclusión de
que los coches no existen.
* Juego de palabras intraducible; ella pronuncia drawl
(arrastrar) como druol (babear) para un oído americano. (N. de la T.)
* Una vez me pidieron que fuera a uno de estos programas y
me negué, porque me parecía que no ganaría nada si realizaba una buena
exhibición de trivial pirotecnia mental, y que seria innecesariamente humillado
si resultaba ser lo bastante humano como para fallar en alguna pregunta.
* Se cuenta que en una ocasión se le pidió al gran
trompetista Louis Armstrong que explicara algo acerca del jazz, a lo que
replicó (traducido a un inglés convencional): «Si tienes que preguntar, no lo
entenderás nunca.» Estas palabras merecerían ser labradas en jade con letras de
oro
* «Ojos de serpiente» es un término coloquial que designa
el doble as en el juego de dados; «riff» es una frase o tema que se repite
continuamente como fondo musical a un solo de jazz
* Yo también, siempre que los que ejerzan ese control
tengan algún conocimiento científico
* Ghost, en inglés. (N. de la T.)
** Holy Ghost y Holy Spirit se utilizan indistintamente en
inglés para designar al Espíritu Santo. (N. de la T.)
* Ambos argumentos son rebatibles, alegando, por ejemplo,
que el agua a una temperatura lo bastante baja como para evitar el deshielo o
el agua en forma de vapor no es húmeda, y que algunos rayos del sol, como los
ultravioleta o los infrarrojos, aparentemente no son luminosos. Pero estoy
intentando razonar como lo haría un filósofo y no un científico; al menos en
este párrafo.
* Para que nadie me pregunte «¿Qué es la verdad?»,
definiré el grado de «verdad» como el grado de concordancia de una idea, una
teoría o una ley natural con los fenómenos naturales observados
* Como yo nunca he pretendido ser divinamente objetivo, me
apresuro a comunicarles que, por mi parte, me inclino por la teoría del medio
ambiente
* No me importó. Fue un banquete estupendo y lo pasé muy
bien
* Alusión a un conocido trabalenguas infantil. (N. de la
T.)
* Por cierto, la gente de la oficina de impuestos me
devolvió el cheque diez días después, con una carta en la que afirmaban no
tener derecho a ese dinero.
* Nombre con el que se conocía a los milicianos americanos
durante la Guerra de la Independencia, por su disposición a tomar las armas en
cualquier momento. (N. de la T.)
* Véase mi libro La ciencia, los números y yo (Doubleday.
1968).

