Libro N° 4075. Alrededor De La Luna. Verne, Julio.
© Libro N° 4075. Alrededor De La Luna. Verne, Julio. Colección E.O. Agosto 19 de 2017.
Título
original: © Autour de la Lune
Versión Original: © Alrededor De La Luna. Julio
Verne
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
ALREDEDOR DE LA LUNA
Julio Verne
Año de publicación: 1870
Sinopsis: Este viaje Alrededor de la Luna, continuación
del relato titulado De la Tierra a la Luna, es la prolongación novelada del
Verne que sabe combinar, con el artificio del narrador vigoroso, los mitos
lunares imaginados por el hombre desde los inicios de la humanidad con los
conocimientos científicos del siglo XIX.
Verne narra con lujo de detalles cómo sería el viaje de
dos estadounidenses y un francés dentro de una bala gigante hacia la Luna.
Mientras en De la Tierra a la Luna se dedica a explicar minuciosamente cómo
unos emprendedores planean y ejecutan todos los preparativos para un viaje
hacia la Luna en una bala de cañón, en Alrededor de la Luna describe el
transcurso de ese viaje.
El viaje se realiza durante la luna llena y, aunque la
idea de los tripulantes era aterrizar en el satélite, pronto se dan cuenta de
que están atrapados orbitando alrededor de él. Hacen conjeturas sobre la
posibilidad de vida selenita, y después de comprobar que en el lado de la Luna
que siempre mira a la Tierra, ampliamente explorado por los telescopios de la
época, no hay indicio de vida, se internan en el otro lado. Como todo esto
transcurre durante la luna llena, el lado oculto se encuentra absolutamente a
oscuras. Sin embargo, estalla un bólido que hace posible, apenas por unos
instantes, ver bien la superficie lunar de cerca, y los personajes se dan
cuenta de que, en el pasado, la Luna tuvo continentes, ciudades y vida selenita
que luego sería destruida.
Introducción
Al correr el año 186… sorprendió al mundo entero la
noticia de una tentativa científica sin ejemplo en los anales de la ciencia.
Los miembros del «Gun-Club», círculo de artilleros fundado en Baltimore durante
la guerra de Secesión, concibieron el propósito de ponerse en comunicación nada
menos que con la Luna, enviando hasta dicho satélite una bala de cañón. El
presidente Barbicane, promotor del proyecto, después de consultar a los
astrónomos del observatorio de Cambridge, tomó las medidas necesarias para el
éxito de aquella empresa extraordinaria, que la mayor parte de las personas
componentes declararon realizable, y después de abrir una suscripción pública
que produjo cerca de treinta millones de francos, dio principio a su tarea
gigantesca.
Según la nota redactada por los individuos del
observatorio, el cañón destinado a lanzar el proyectil debía colocarse en un
país situado entre los 0° y 28° de latitud Norte o Sur, con objeto de apuntar a
la Luna en el cenit. La bala debía recibir el impulso capaz de comunicarle una
velocidad de doce mil yardas por segundo; de manera que, lanzada por ejemplo,
el 10 de diciembre, a las once menos trece minutos y veinte segundos de la
noche, llegase a la Luna a los cuatro días de su salida, o sea el 5 de diciembre,
a las once en punto de la noche, en el momento en que el satélite se hallara en
su perigeo, es decir, a su menor distancia de la Tierra, o sean ochenta y seis
mil cuatrocientas diez leguas justas.
Los principales individuos del «Gun-Club», el presidente
Barbicane, el comandante Elphiston, el secretario J. T. Maston y otros hombres
de ciencia celebraron repetidas sesiones en que se discutió la forma y
composición de la bala, la disposición y naturaleza del cañón, y por último, la
calidad y cantidad de la pólvora que había de emplearse. De estas discusiones
salieron los siguientes acuerdos:
1. Que el proyectil fuese una bala de aluminio de ciento
ocho pulgadas de diámetro y sus paredes de doce pulgadas de espesor, con un
peso de diecinueve mil doscientas cincuenta libras.
2. Que el cañón tenía que ser un columbiad de hierro
fundido, de novecientos pies de largo y vaciado directamente en el suelo.
3. Que la carga se haría con cuatrocientas mil libras de
algodón pólvora, las cuales, produciendo seis millones de litros de gas bajo el
proyectil, podrían lanzarlo fácilmente hasta el astro de la noche.
Una vez resueltas estas cuestiones, el presidente
Barbicane, auxiliado por el ingeniero Murchison, eligió un punto situado en la
Florida a los 27° 7' de latitud Norte y 5° 7' de longitud Este, en donde
después de maravillosos trabajos, quedó fundido el cañón con toda felicidad.
Así se hallaban las cosas, cuando ocurrió un incidente que
vino a aumentar de un modo extraordinario el interés de aquella gigantesca
empresa.
Un francés, un parisiense caprichoso, artista de talento y
audacia, manifestó el deseo resuelto de encerrarse en el proyectil a fin de
llegar a la Luna y practicar un reconocimiento del satélite de la Tierra. Ese
intrépido aventurero se llamaba Miguel Ardán; llegó a América, fue recibido con
entusiasmo, celebró reuniones públicas, se vio aclamado triunfalmente,
consiguió reconciliar al presidente Barbicane y al capitán Nicholl, que eran
enemigos mortales y, en prueba de reconciliación, los decidió a embarcarse
juntos en el proyectil.
Entonces se modificó la forma del proyectil, que en vez de
ser esférico, fue cilindrocónico. Se colocaron en aquella especie de vagón
aéreo muelles de gran resistencia y tabiques móviles que amortiguasen el golpe
de la salida. Sé les proveyó de víveres para un año, de agua para unos cuantos
meses y de gas para algunos días. Un aparato automático elaboraba y producía el
aire necesario para la respiración de los tres viajeros. Al mismo tiempo, el
«Gun-Club» mandaba construir por su cuenta, en una de las más altas cumbres de
las Montañas Rocosas, un telescopio gigantesco, por medio del cual se podría
observar la marcha del proyectil a través del espacio.
El día 30 de noviembre, a la hora anunciada, y en medio de
extraordinaria concurrencia de espectadores, se efectuó la salida, y por
primera vez tres seres humanos abandonaron el globo terrestre, lanzándose a los
espacios interplanetarios, casi con la seguridad de llegar a su destino.
Los audaces viajeros, Miguel Ardán, el presidente
Barbicane y el capitán Nicholl debían recorrer su camino en noventa y siete
horas, trece minutos y veinte segundos. Por consiguiente su llegada a la
superficie del disco lunar no podía efectuarse hasta el 5 de diciembre, a
medianoche, en el momento mismo de ocurrir el plenilunio, y no el 4, como lo
habían anunciado algunos periódicos mal informados.
Pero ocurrió algo inesperado: la detonación del columbiad
produjo una alteración en la atmósfera terrestre acumulando en ella gran
cantidad de vapores. Este fenómeno llenó de despecho a todo el mundo, porque la
Luna estuvo cubierta unas cuantas noches a los ojos de los que la examinaban.
El digno J. T. Maston, el más valiente amigo de los
viajeros, se encaminó a las Montañas Rocosas, acompañado del respetable.
Belfast, director del observatorio de Cambridge, y llegó a la estación de
Long's Peak, donde se alzaba el telescopio que acercaba la Luna hasta la
distancia de dos leguas. El secretario del «Gun-Club» quería observar por sí
mismo la marcha del vehículo que conducía a sus amigos.
La acumulación de nubes en la atmósfera impidió toda
observación durante los días 5, 6, 7, 8, 9 y 10 de diciembre. Hasta se creyó
que se habían de aplazar las observaciones hasta el 3 de enero siguiente;
porque como el 11 de diciembre entraba la Luna en cuarto menguante, lo
presentaría ya más que una porción cada día menor de su disco, insuficiente
para poder examinar la marcha del proyectil.
Mas al fin, con gran alegría de todos, una fuerte
tempestad despejó la atmósfera en la noche del 11 al 12 de diciembre, y la
Luna, iluminada en su mitad, se dejó ver perfectamente sobre el fondo negro del
cielo.
Aquella misma noche, los señores Maston y Belfast enviaron
un cablegrama desde la estación de Long's Peak a los individuos del
observatorio de Cambridge en el que comunicaban que el día 11 de diciembre, a
las ocho y cuarenta y siete minutos de la noche, habían distinguido el
proyectil lanzado por el columbiad de Stone's Hill; que la bala, desviada de la
dirección por una causa desconocida, no había llegado a su término, si bien
había pasado bastante cerca para ser detenida por la atracción lunar y en su
movimiento circular, empezando a recorrer una órbita elíptica alrededor del
astro de la noche, convirtiéndose en satélite suyo.
Añadía el mensaje que los elementos de este nuevo astro no
habían podido calcularse todavía; y, en efecto, para determinarlos se
necesitaban tres observaciones hechas hallándose el astro en tres posiciones
diferentes. Después indicaban que la distancia entre el proyectil y la
superficie lunar «podía» evaluarse en unas dos mil ochocientas treinta y tres
millas, o sea unas mil cien leguas.
Finalmente, terminaba emitiendo estas dos hipótesis: o la
atracción lunar vencería y los viajeros llegarían a su destino, o el proyectil,
detenido en una órbita inmutable, gravitaría en torno del disco lunar hasta la
consumación de los siglos.
¿Cuál podría ser la suerte de los viajeros en este último
caso? Verdad es que tenían víveres para cierto tiempo. Pero aun en el caso de
que su empresa tuviera el mejor éxito, ¿cómo volverían? ¿Podrían acaso volver?
¿Habría noticias suyas? Todas estas cuestiones, debatidas por plumas
competentes, interesaban en alto grado a la opinión pública.
No estaría de más hacer aquí una observación que deben de
tener en cuenta los impacientes. Cuando un sabio anuncia al público un
descubrimiento puramente especulativo ha de proceder con mucha prudencia. Nadie
está obligado a destruir un planeta, ni un cometa, ni un satélite, y el que se
equivoca en casos semejantes se expone a las burlas de la multitud. Por lo
tanto, es preferible esperar y esto es lo que hubiera debido hacer el
impaciente J. T. Maston, antes de enviar aquel cablegrama que, según él, decidía
ya el resultado definitivo de aquella empresa.
En efecto, había en él errores de dos clases, como se
demostró después en primer lugar, errores de observaciones respecto a la
distancia entre el proyectil y la superficie lunar; porque en la fecha del 11
de diciembre, era imposible verlo; y lo que J. T. Maston había creído ver no
podía en manera alguna ser la bala del columbiad. En segundo lugar, erró la
teoría acerca de la suerte que podría correr el citado proyectil; porque al
suponerlo convertido en satélite de la Luna era ponerse en contradicción con las
leyes de la mecánica racional.
No podía realizarse más que una sola hipótesis de los
observadores del Long's Peak: la que preveía el caso en que los viajeros, si
vivían, combinaran sus esfuerzos con la atracción lunar a fin de llegar a la
superficie del astro.
Pues bien, aquellos hombres tan inteligentes como
atrevidos habían sobrevivido al terrible golpe que determinó la salida, y vamos
a referir su viaje dentro del proyectil vagón, con todos sus dramáticos y
singulares pormenores. Esté relato destruirá muchas ilusiones y muchas
previsiones; pero dará una idea exacta de las peripecias reservadas a semejante
empresa y pondrá en evidencia los instintos científicos de Barbicane, los
recursos del ingenioso Nicholl y la audacia humorística de Miguel Ardán.
Demostrará también que su digno amigo J. T. Maston perdía
lastimosamente el tiempo cuando, inclinado sobre su gigantesco telescopio,
observaba la marcha de la Luna por los espacios estelares a la busca del famoso
proyectil.
Capítulo I. Tomando posiciones
Al oír que daban las diez, Miguel Ardán, Barbicane y
Nicholl se despidieron de la multitud de amigos que habían ido a despedirles.
Los dos perros destinados a aclimatar la raza canina en los continentes lunares
estaban ya encerrados en el proyectil. Los tres viajeros se acercaron a la boca
del enorme tubo de hierro fundido y una grúa volante los descolgó hasta el
vértice del proyectil.
Una abertura practicada en este punto les permitió entrar
en el vagón de aluminio. No bien estuvieron fuera los aparejos de la grúa, se
desmontaron apresuradamente los andamios que rodeaban la boca del columbiad.
En cuanto Nicholl se vio con sus compañeros en el
proyectil, se apresuró a cerrar la abertura por medio de una gran placa sujeta
interiormente con fuertes tornillos a presión. Otras placas, sólidamente
adaptadas, cubrían los cristales lenticulares de los tragaluces. Los viajeros,
encerrados herméticamente en su prisión metálica, se hallaban sumidos en la más
profunda oscuridad.
—Y ahora, queridos compañeros —dijo Miguel Ardán—,
procedamos como si estuviéramos en nuestra casa; yo soy un hombre muy casero, y
mi fuerte es el arreglo de las habitaciones. Hay que sacar el mejor partido de
nuestra vivencia y encontrar comodidades en ella. ¡Ante todo, tengamos luz!
¡Qué diablo! El gas no se ha hecho para los topos.
Y, al pronunciar estas palabras, el alegre mozo encendió
un fósforo y lo acercó a la llave de un recipiente lleno de hidrógeno carbonado
a elevada presión y en cantidad suficiente para suministrar luz y calor por
espacio de ciento cuarenta y ocho horas, o sean seis días con seis noches.
Se encendió el gas; y el proyectil, así iluminado,
presentaba el aspecto de una habitación bastante decente, con las paredes
cubiertas de un tapiz acolchado, divanes circulares alrededor y techo
abovedado.
Las armas, las herramientas, los instrumentos y demás
objetos que contenía, iban sujetos al tapiz acolchado y podían sufrir sin
riesgo el choque de la salida. Se habían tomado, en fin, todas las precauciones
humanamente posibles para llevar a feliz término tan temeraria tentativa.
Miguel Ardán lo examinó y pareció muy satisfecho de su posición.
—Es una cárcel —dijo—, pero una cárcel que viaja, y, con
tal de poder asomar la nariz a la ventana, no tendré inconveniente en hacer el
contrato de arrendamiento por cien años. ¿Por qué te ríes, Barbicane? ¿Qué
piensas? ¿Que esta prisión puede ser nuestro sepulcro? Enhorabuena, pero yo no
la cambiaría por el de Mahoma, que flota en el aire y no se mueve.
En tanto hablaba en estos términos, Miguel Ardán,
Barbicane y Nicholl hacían los últimos preparativos. Eran, en el cronómetro de
Nicholl, las diez y veinte minutos de la noche cuando los tres viajeros se
encerraron definitivamente en el proyectil. Aquel cronómetro estaba puesto a la
décima de segundo con el del ingeniero Murchison. Barbicane le consultó.
—Amigo —dijo—, son las diez y veinte. A las diez y
cuarenta y siete Murchison lanzará la chispa eléctrica por el alambre que
comunica con la carga del columbiad, y en ese momento abandonaremos nuestro
planeta; nos quedan veintisiete minutos de permanencia en la Tierra.
—Veintiséis minutos y trece segundos —respondió metódico
Nicholl.
—¡Pues bien! —exclamó Miguel Ardán, en un tono alegre—, en
veintiséis minutos se pueden hacer muchas cosas. Se pueden discutir las más
graves cuestiones de moral y de política y hasta resolverlas. Veintiséis
minutos bien empleados, valen mucho más que veintiséis años sin hacer nada.
Unos cuantos segundos de Pascal o Newton son más preciosos que toda la
existencia de esa multitud de imbéciles…
—¿Y qué deduces de eso, charlatán sempiterno? —preguntó el
prudente Barbicane.
—Deduzco que tenemos veintiséis minutos —respondió Ardán.
—Veinticuatro solamente —rectificó Nicholl.
—Veinticuatro si te empeñas, querido capitán —dijo Ardán—;
veinticuatro minutos, durante los cuales se podría profundizar…
—Miguel —replicó Barbicane—, durante la travesía que hemos
de hacer tendremos tiempo de sobra para profundizar las cuestiones más arduas.
Ahora ocupémonos en lo relativo a nuestra partida.
—¿No estamos ya listos?
—Sin duda; pero hay que tomar todavía algunas
precauciones, a fin de atenuar en lo posible el efecto del primer choque.
—¿No tenemos esos almohadones de agua dispuestos entre las
paredes móviles y cuya elasticidad nos protegerá lo bastantes?
—Así, lo espero, Miguel —respondió Barbicane—; pero no
estoy del todo, seguro.
—¡Ah, farsante! —exclamó Miguel Ardán—. Aguardar el
momento en que estamos encerrados para hacer esta lastimosa confesión. Yo
quiero marcharme.
—¿Y cómo? —preguntó Barbicane.
En efecto —dijo Miguel Ardán—, es difícil. Estamos en el
tren y el silbato del conductor va a sonar —antes de veinticuatro minutos.
—Veinte —dijo Nicholl.
Los viajeros se miraron unos a otros por algunos
instantes. Después se pusieron a examinar los objetos encerrados con ellos.
—Todo está en su sitio —dijo Barbicane—; ahora hay que
pensar cómo nos colocaremos para sufrir mejor el primer choque. La posición que
adoptemos es cosa de gran importancia, pues es necesario evitar en lo posible
el que nos afluya la sangre a la cabeza.
—Es verdad —confirmó Nicholl.
—Entonces —dijo. Miguel Ardán, disponiéndose a hacer lo
que decía pongámonos cabeza abajo, como los payasos.
—No —repuso Barbicane—, vale más que nos tendamos de lado,
así es como mejor resistiremos el choque; debéis tener presente que en el
momento de partir el proyectil, el hallarnos dentro de él viene a ser poco más
o menos lo mismo que si estuviéramos situados delante.
—El «poco más o menos» es lo que me tranquiliza.
—¿Aprobáis mi idea, Nicholl? —preguntó Barbicane.
—Enteramente —respondió el capitán—, todavía faltan trece
minutos y medio.
—Nicholl no es hombre —dijo Miguel—, es un cronómetro de
segundos, con escape y ocho centros sobre…
Pero sus compañeros no le escuchaban, y tomaban sus
últimas disposiciones con admirable sangre fría. Parecían dos viajeros
metódicos, que se encuentran en un coche ordinario y procuran acomodarse lo
mejor posible. No se comprende, en efecto, de qué materia están hechos esos
corazones americanos, que no dan una pulsación más de lo corriente ante un
peligro espantoso.
Dentro del proyectil se habían instalado tres camas
blandas y sólidamente aseguradas, como todo lo que iba allí. Nicholl y
Barbicane se colocaron en el centro del disco que formaba el piso móvil; en
ellas debían acostarse los viajeros pocos momentos antes de partir. .
Entretanto, Ardán, que no podía estarse quieto, daba
vueltas a su estrecha prisión, como una fiera enjaulada, hablando con sus
amigos o con los perros, Diana y Satélite, a los cuales, como se ve, había dado
nombres significativos y en armonía con la expedición de que formaban parte.
—¡Hola Diana! ¡Hola, Satélite! Vamos a ver si enseñáis a
los perros selenitas los buenos modales de los perros terrestres! Esto hará
honor a la raza canina. ¡Por Dios! Si alguna vez volvemos a la Tierra quiero
traer un tipo cruzado de moon-dogs y estoy seguro de que causará sensación.
—Si es que hay perros en la Luna —dijo Barbicane.
—Los hay, sin duda —aseguró Miguel Ardán—, como hay
caballos, vacas, asnos y gallinas. Apuesto a que encontramos gallinas.
—Cien dólares a que no las encontramos —dijo Nicholl.
—Apostados, capitán —respondió Ardán, apretando las manos
de Nicholl—. Y, a propósito, tú has perdido ya tres apuestas con nuestro
presidente; ya que se han reunido los fondos necesarios para la empresa que se
ha hecho bien la fundición y, en fin, que el columbiad ha sido cargado sin
accidente; total, seis mil dólares.
—Sí —respondió Nicholl—; las diez y treinta y siete
minutos y seis segundos.
—Corriente, capitán; pues antes de un cuarto de hora
tendrás que dar nueve mil dólares más al presidente, cuatro más porque el
columbiad no reventará, y cinco mil porque el proyectil se elevará a más de
seis millas.
—Tengo el dinero —respondió Nicholl, golpeándose con la
mano el bolsillo de su levita—, y no deseo sino pagar.
—Vamos, Nicholl, ya veo que eres un hombre ordenado, cosa
que yo nunca he podido ser. Pero en resumidas cuentas, me permitirás decirte
que has hecho una serie de apuestas poco ventajosas para ti.
—¿Y por qué? —preguntó Nicholl.
—Porque si ganas la primera es señal de que habrá
reventado el columbiad y con él la bala y Barbicane no estará en condición de
pagarte.
—Mi apuesta se halla depositada en el Banco de Baltimore
—respondió simplemente Barbicane—; y a falta de Nicholl serán sus herederos los
que la perciban.
—¡Ah, hombres prácticos! —exclamó Miguel Ardán; ¡espíritus
positivos! Os admiro, aunque no os comprenda.
—¡Las diez y cuarenta y dos! —exclamó Nicholl.
—¡Sólo faltan cinco minutos! —respondió Barbicane.
—¡Sí, cinco pequeños minutos! —replicó Miguel Ardán—. ¡Y
estamos encerrados en una bala, y en el fondo de un cañón de 900 pies! ¡Y
debajo de esa bala hay cuatrocientas mil libras de pólvora común! Y el amigo
Murchison, con el cronómetro en la mano, la vista fija en la aguja y el dedo en
el aparato eléctrico, cuenta los segundos y va a lanzarnos a los espacios
interplanetarios.
—¡Basta, Miguel, basta! —dijo gravemente Barbicane—.
Preparémonos; sólo nos faltan unos cuantos instantes para el momento supremo;
vengan esas manos, amigos míos.
—¡Sí! —exclamó Ardán, más conmovido de lo que aparentaba.
Y los tres animosos compañeros se abrazaron estrechamente.
—¡Dios nos asista! —dijo el religioso Barbicane.
Miguel Ardán y Nicholl se tendieron en las camas
dispuestas en el centro del disco.
—¡Las diez y cuarenta y siete! —murmuró el capitán.
¡Veinte segundos todavía! Barbicane apagó rápidamente el
gas y se tendió junto a sus compañeros.
Al momento reinó un silencio profundo, interrumpido
únicamente por las pulsaciones del cronómetro que marcaba los segundos.
De repente hubo un choque espantoso, y el proyectil,
impulsado por seis mil millones de litros de gas, producidos por la
deflagración de la piroxilina, se elevó en el espacio.
Capítulo II. La primera media hora
¿Qué había sucedido? ¿Cuál fue el efecto de la terrible
sacudida? ¿Había tenido feliz resultado el ingenio de los constructores del
proyectil? ¿Se había logrado amortiguar el choque por medio de muelles, de los
obturadores, de las almohadillas de agua Y los tabiques elásticos? ¿Se había
conseguido dominar el terrible impulso de aquella velocidad inicial de 11,000
metros, suficiente para llegar a París o Nueva York en un segundo? Esto era,
indudablemente, lo que se preguntaban los testigos de la asombrosa escena,
olvidando por un momento el objetivo del viaje, para no pensar más que en los
viajeros. Y si alguno de ellos, por ejemplo J. T. Maston hubiera podido mirar
al interior del proyectil, ¿qué habría visto?
Por el pronto, nada. La oscuridad era completa dentro del
proyectil, cuyas paredes habían resistido perfectamente, sin producirse en
ellas la más simple abertura, flexión o deformación. El magnífico proyectil no
se había alterado en nada, a pesar de la intensa deflagración de la pólvora, ni
fundido, como algunos temían, produciendo una lluvia de aluminio líquido.
Respecto a los objetos que encerraba, alguno que otro
había sido aplastado contra el suelo; pero la mayoría había resistido
perfectamente el choque; sus asideros se hallaban intactos.
En el disco movible, que había descendido hasta el fondo,
por haber cedido los tabiques elásticos y salida del agua, yacían tres cuerpos
sin movimiento. ¿Respiraban todavía Barbicane, Nicholl y Miguel Ardán, o aquel
proyectil no era ya más que un sepulcro de metal que llevaba tres cadáveres a
través del espacio?
Pocos minutos después de la salida, uno de los tres
cuerpos se movió, agitó los brazos, levantó la cabeza y, por fin, se puso de
rodillas. Era Miguel Ardán, el cual, después de palparse y lanzar un suspiro
estrepitoso, dijo:
—Miguel Ardán está completo; vamos a ver los demás.
Y el decidido francés quiso levantarse, pero no pudo
tenerse en pie; su cabeza vacilaba y sus ojos, inyectados en sangre, no veían;
parecía, un hombre embriagado.
—¡Demonio! —exclamó—. Esto me hace el mismo efecto que dos
botellas de «Cordon»; pero me es menos agradable al paladar.
Pasándose luego la mano por la frente y frotándose las
sienes, gritó con fuerza:
—¡Nicholl! ¡Barbicane!
Aguardó un rato con ansiedad y no obtuvo respuesta, ni
siquiera un suspiro que indicara que el corazón de sus amigos seguía latiendo,
volvió a llamarlos y continuó el mismo silencio.
—¡Cáspita! —dijo—. Parece que han caído de cabeza de un
quinto piso! ¡Vaya! —añadió, con su imperturbable confianza—. Si un francés ha
podido ponerse de rodillas, dos americanos bien podrán ponerse en pie. Pero
ante todo veamos lo que hacemos.
Notaba Ardán que iba recobrando la vida por momentos, su
sangre se calmaba y recobraba su circulación acostumbrada. Haciendo nuevos
esfuerzos consiguió mantenerse en equilibrio; se levantó, encendió una cerilla
y, acercándola al mechero, lo encendió. Entonces pudo cerciorarse de que el
recipiente no había sufrido desperfecto alguno, ni el gas se había salido; lo
cual, además; ya se lo hubiese revelado el olfato, y tampoco habría podido
encender la luz impunemente en semejante caso; porque el gas, mezclado con el
aire hubiera formado una mezcla detonante cuya explosión habría acabado lo que
tal vez había empezado a hacer la sacudida.
Así que tuvo encendida la luz se acercó Ardán a sus
compañeros, cuyos cuerpos estaban uno sobre otro, como masas inertes; Nicholl
encima y Barbicane debajo.
Ardán cogió a Nicholl, lo incorporó, le recostó contra un
diván y empezó a darle friegas vigorosamente. Por este medio practicado con
inteligencia, consiguió reanimar al capitán, abrió los ojos, recobró
instantáneamente su sangre fría, tomó la mano de Ardán y, mirando luego en
torno suyo preguntó:
—¿Y Barbicane?
—Ya le llegará el turno —respondió tranquilamente Miguel
Ardán—; he empezado por ti que estabas encima, vamos ahora con él, a
resucitarle.
Y así diciendo, Ardán y Nicholl levantaron al presidente
del «Gun-Club» y le colocaron en el diván. Barbicane no parecía haber sufrido
más que —sus compañeros; se veía que había vertido sangre, pero pronto Nicholl
se convenció de que aquella enorme hemorragia provenía de una herida en el
hombro. Barbicane, sin embargo, tardó algún tiempo en volver en sí, lo cual no
dejó de sobresaltar a sus compañeros, que continuaban dándole friegas sin
cesar.
—Sin embargo, respira —decía Nicholl, acercando el oído al
pecho del presidente.
—Sí —respondió Ardán—, respira como quien tiene costumbre
de hacerlo todos los días; frotemos, Nicholl, frotemos, sin parar.
Y los improvisados enfermeros lo hicieron tan bien, que
Barbicane recobró el sentido, abrió los ojos, tomó la mano a sus amigos, y
preguntó ante todo:
—¿Caminamos, Nicholl?
Nicholl y Ardán se miraron, recordando que no habían
pensado en el proyectil, porque su primer cuidado había sido los viajeros y no
el vehículo.
—¡Dice bien! ¿Marchamos? —repitió Miguel Ardán.
—¿O reposamos tranquilamente sobre la tierra de la
Florida? —le preguntó Nicholl.
—¿O en el fondo del golfo de Méjico? —añadió Miguel Ardán.
—¡Qué ocurrencia! —exclamó el presidente Barbicane.
Y aquella doble opinión de sus compañeros le devolvió
inmediatamente el sentido.
Como quiera que sea, no podían afirmar nada acerca de la
situación del proyectil; su aparente inmovilidad, la falta de comunicación con
el exterior, no permitían resolver la dificultad. Tal vez el proyectil desarrollaba
su trayectoria por el espacio; acaso, después de una corta ascensión, hubiera
vuelto a caer en tierra o en el golfo de Méjico, lo cual no era imposible dada
la poca anchura de la península de la Florida.
El caso era grave y el problema interesante; y urgía
resolverlo. Barbicane, sobreexcitado y venciendo con la energía moral la
debilidad física, se levantó y escuchó; nada se oía por fuera. Pero el grueso
tapiz que por dentro cubría las paredes bastaba para interceptar todos los
ruidos terrestres. No obstante, una circunstancia sorprendió a Barbicane. La
temperatura del interior del proyectil se había elevado notablemente; el
presidente sacó de su estuche un termómetro y lo consultó; el preciso instrumento
marcaba cuarenta y cinco grados centígrados.
—¡Oh —exclamó—, entonces marchamos! ¡Ya lo creo! Este
calor sofocante que atraviesa las paredes del proyectil es producido por su
rozamiento con las capas atmosféricas. Pero pronto disminuirá, porque ya
flotamos en el vacío, y después de haber estado a punto de ahogarnos vamos a
padecer intensos fríos.
—Pues ¿qué? —preguntó Miguel Ardán—. ¿Supones que debemos
hallarnos ya fuera de los límites de la atmósfera terrestre?
—Sin duda alguna, querido Miguel, escucha: son las diez y
cincuenta y cinco minutos; hace aproximadamente ocho minutos que hemos partido.
Ahora bien, si nuestra velocidad inicial no hubiera disminuido por efecto del
rozamiento, nos habrían bastado seis segundos para atravesar las dieciséis
leguas de atmósfera que rodean el esferoide.
—Muy bien —respondió Nicholl—, pero ¿en qué proporción
calculáis que ha disminuido esa velocidad por efecto del rozamiento?
—En la proporción de un tercio —respondió Barbicane—, que
es una gran disminución, pero exacta, según mis cálculos. Así, pues, si hemos
tenido una velocidad inicial de once mil metros al salir de la atmósfera, esa
velocidad ha de haberse reducido a siete mil trescientos treinta y dos metros.
Pero sea como quiera, hemos atravesado ya ese espacio…
—Y en ese caso —dijo Miguel Ardán—, el amigo Nicholl ha
perdido sus dos apuestas: cuatro mil dólares por no haberse reventado el
columbiad; y cinco mil porque el proyectil se ha elevado a una altura superior
a seis millas; conque, paga, Nicholl.
—Demostremos primero —replicó el capitán— y luego
pagaremos; es muy posible que sean exactos los razonamientos de Barbicane y que
yo haya perdido mis nueve mil dólares; pero se me ocurre una nueva hipótesis
que anulará la apuesta.
—¿Qué hipótesis? —preguntó vivamente Barbicane.
—La de que, por una causa cualquiera, no haya ardido la
pólvora y no hayamos partido.
—¡Par Dios, amigo mío —exclamó Miguel Ardán—, vaya una
hipótesis digna de haber nacido en tu cerebro! ¡No puedes decir eso
formalmente! ¿Pues no hemos sido casi aplastados por la sacudida? ¿No te he
hecho yo recobrar el conocimiento? ¿No está ahí patente la herida del hombro
del presidente por el golpe que ha sufrido?
—Es verdad, Miguel —replicó Nicholl—; pero se me permitirá
hacer una pregunta.
—¡Venga!
—¿Has oído la detonación, que sin duda alguna habrá sido
formidable?
—No —respondió Miguel Ardán, sorprendido—; verdad es que
no he oído la detonación.
—¿Y vos, Barbicane?
—Tampoco.
—¿Y entonces? —dijo Nicholl.
—Es verdad —murmuró el presidente—, ¿por qué no hemos oído
la detonación?
Los tres amigos se miraron, algo desconcertados, porque se
presentaba un fenómeno inexplicable. El proyectil había partido, luego la
detonación debía de haber sonado.
—Sepamos primero dónde estamos —dijo Barbicane— y abramos
las escotillas.
Al punto se efectuó esa operación, sumamente sencilla. Las
tuercas que sujetaban los pasadores sobre las planchas externas de la derecha
cedieron la presión de una llave inglesa. Los pasadores fueron empujados hacia
fuera y los agujeros que les daban paso fueron tapados con obturadores forrados
de caucho. Inmediatamente la placa exterior giró sobre su charnela como una
ventanilla y apareció el cristal lenticular que cerraba la lumbrera. En la
parte opuesta del proyectil había otra lumbrera idéntica y otras dos más en el
vértice y en el fondo, con lo cual se podía observar en cuatro direcciones
distintas el firmamento por los cristales laterales y más directamente la
Tierra y la Luna por las aberturas superior e inferior.
Barbicane y sus compañeros corrieron al instante hacia el
cristal descubierto, por el cual no penetraba el más leve rayo luminoso. Una
profunda oscuridad reinaba en torno del proyectil; la cual no impedía que el
presidente Barbicane gritara:
—¡No, queridos amigos, no hemos caído a la Tierra; no nos
hemos sumergido en el golfo de Méjico! Continuamos remontándonos en el espacio.
Mirad esas estrellas que brillan en las sombras de la noche y esa impenetrable
oscuridad que se extiende entre la Tierra y nosotros.
—¡Hurra! ¡Hurra! —exclamaron todos.
En efecto, aquellas espesas tinieblas probaban que el
proyectil había dejado la tierra porque de no ser así los viajeros hubieran
visto el suelo iluminado por la Luna. Aquella oscuridad mostraba igualmente que
el proyectil había pasado de la última capa atmosférica; de lo contrario la luz
difusa esparcida en el aire se habría reflejado en las paredes metálicas de
aquél y sería visible por el cristal de la lumbrera. No había dudas, pues; los
viajeros habían dejado la Tierra.
—He perdido —dijo Nicholl.
—Y te doy por ello la enhorabuena —respondió Ardán.
—Ahí están los nueve mil dólares —añadió el capitán,
sacando un fajo de gruesos billetes.
—¿Queréis recibo? —preguntó Barbicane, tomando el dinero.
—Si no os causa molestia —respondió Nicholl—, siempre es
una formalidad.
Y con el ademán más serio y flemático, ni más ni menos que
si se encontrara ante su caja, el presidente Barbicane sacó la cartera, arrancó
una hoja, extendió con el lápiz un recibo en toda regla, lo fechó y firmó y se
lo entregó al capitán, quien, a su vez, se lo guardó cuidadosamente en la
cartera.
Miguel Ardán se quitó la gorra y se inclinó, sin decir una
palabra, ante sus compañeros. Tantas formalidades en aquellas circunstancias le
dejaban mudo de admiración; jamás había visto nada tan americano.
Terminada la operación, Barbicane y Nicholl volvieron a
colocarse junto al cristal y a mirar las constelaciones. Las estrellas
descollaban como puntos brillantes sobre el fondo negro del cielo. Pero por
aquella parte no se veía el astro de la noche, que se elevaba hacia el cenit.
Así que su ausencia provocó una reflexión de Ardán.
—¿Y la Luna? —dijo—. ¿Se atrevería a faltar a nuestra
cita?
—Pierde cuidado —respondió Barbicane—. Nuestro futuro
esferoide se halla en su puesto; pero no lo podemos ver por este lado; vamos a
abrir la lumbrera opuesta.
Al ir Barbicane a separarse del cristal para abrir la
lumbrera del otro lado, le llamó la atención un objeto brillante.
Era un disco enorme cuyas colosales dimensiones no podían
apreciarse bien. La parte que miraba a la Tierra se hallaba vivamente
iluminada; una Luna pequeña que reflejaba la de la Luna grande. Se adelantaba
con prodigiosa velocidad y parecía describir alrededor de la Tierra una órbita
que cortaba la trayectoria del proyectil. A su movimiento de traslación se
agregaba otro de rotación sobre sí mismo, pareciéndose en esto a todos los
cuerpos celestes abandonados en el espacio.
—¡Oh! —exclamó Miguel Ardán—, ¿qué es eso? ¿Otro
proyectil?
No respondió Barbicane; pero le inquietaba la aparición de
aquel enorme cuerpo; porque era posible un encuentro con él y los resultados
serían funestos, ya porque el proyectil sufriera una desviación, ya porque un
choque, rompiendo su impulso, le precipitase de nuevo hacia la Tierra; ya, en
fin, porque se viera arrastrado irresistiblemente por la potencia atractiva de
aquel esferoide.
El presidente Barbicane había calculado rápidamente las
consecuencias de las tres hipótesis, que de una o de otra manera harían
fracasar su tentativa. Sus compañeros, sin decir palabra, contemplaban el
espacio. El objeto aumentaba prodigiosamente de volumen, a medida que se
acercaba, y, por efecto de una ilusión de óptica, parecía que el proyectil iba
a su encuentro.
Se echaron instintivamente atrás los viajeros, y su
espanto fue grande, pero duró sólo unos segundos. El esferoide pasó a unos
centenares de metros del proyectil y desapareció, no tanto por la rapidez de su
carrera como porque la cara opuesta de la Luna, y que, por consiguiente, estaba
en la sombra, se confundió con la oscuridad del espacio.
—¡Buen viaje! —exclamó Miguel Ardán, exhalando un suspiro
de satisfacción—. ¡Vaya por Dios! ¿Conque es decir que el infinito no es
bastante grande para que una miserable bala de cañón pueda pasearse por él a
sus anchas? ¿Y quién es ese globo presuntuoso que ha estado a punto de darnos
un empujón?
—Yo lo sé —respondió Barbicane.
—¡Naturalmente! Tú lo sabes todo.
—Es un simple bólido —dijo Barbicane—; pero un bólido
enorme, que la atracción de la Tierra ha mantenido en estado de satélite.
—¡Es posible! —exclamó Miguel Ardán—. ¿De modo que la
Tierra tiene dos Lunas, como Neptuno?
—Sí, amigo mío, dos Lunas, aun cuando generalmente se cree
que no tiene más que una. Pero esta otra Luna es tan pequeña, y su velocidad
tan grande, que los habitantes de la Tierra no pueden distinguirla. Sólo
teniendo en cuenta ciertas perturbaciones ha podido un astrónomo francés, el
señor Petit, determinar la existencia de este segundo satélite y calcular sus
elementos. Según sus observaciones, este bólido hace su revolución alrededor de
la Tierra en tres horas y veinte minutos, lo cual supone una velocidad
extraordinaria.
—¿Admiten todos los astrónomos la existencia de este
satélite? —pregunto Nicholl.
—No —respondió Barbicane—; pero si se hubieran encontrado
con él, cómo nosotros, no podrían dudar.
—Después de todo creo que ese bólido, que nos pudiera
haber hecho un flaco servicio, nos permite fijar nuestra situación en el
espacio.
—¿Cómo? —preguntó Ardán.
—Porque su distancia es conocida y en el punto en que lo
hemos encontrado, nos hallábamos exactamente a ocho mil ciento cuarenta
kilómetros de la superficie del globo terrestre.
—¡Más de dos mil leguas! —exclamó Miguel Ardán—. ¡Qué
atrás deja esto a todos los trenes especiales de ese pobre globo que se llama
Tierra!
—Ya lo creo —respondió Nicholl, consultando su
cronómetro—; son las once, y no hace por lo tanto más que trece minutos que
hemos salido del continente americano.
—¿Trece minutos? —preguntó Barbicane.
—Sí —respondió Nicholl—, y si nuestra velocidad inicial de
once kilómetros fuera constante, andaríamos cerca de diez mil leguas por hora.
—Todo esto está muy bien, amigos míos —dijo el
presidente—; pero siempre sigue en pie una cuestión: ¿por qué no hemos oído la
detonación del columbiad?
No encontrando respuesta que dar, la conversación se
detuvo, y mientras reflexionaba, Barbicane se ocupó en levantar la tapa de la
segunda lumbrera lateral. Su operación se efectuó felizmente, y a través del
cristal descubierto penetraron los rayos de la Luna en el interior del
proyectil.
Nicholl, como hombre económico, apagó el gas, que era
enteramente inútil y cuyo resplandor estorbaba para observar los espacios
interplanetarios.
A la sazón el disco lunar brillaba en toda su pureza. Sus
rayos, no enturbiados por la vaporosa atmósfera de nuestro Globo, atravesaban
el cristal y llenaban el interior del proyectil con sus plateados reflejos. La
negra cortina del firmamento duplicaba el brillo de la Luna, la cual, en aquel
vacío de éter, impropio para la difusión, no eclipsaba a las estrellas vecinas.
El cielo, visto de aquel modo, presentaba un aspecto enteramente nuevo, que los
ojos humanos no podían sospechar.
Inútil es decir el interés con que los audaces viajeros
contemplarían el astro de la noche, término presunto de su viaje. El satélite
de la Tierra, en su movimiento de traslación, se acercaba insensiblemente al
cenit, punto matemático a donde debían llegar unas ochenta y seis horas
después. Sus montañas, sus llanuras, toda su superficie se presentaba lo mismo
que si se observase desde un punto cualquiera de la Tierra; pero su luz se
desarrollaba en el vacío con una gran intensidad.
El disco resplandecía como un espejo de platino. Los
viajeros se habían olvidado ya de la Tierra, que tenían a sus pies.
El capitán Nicholl fue el primero que llamó la atención
sobre el Globo abandonado.
—¡Es verdad! —respondió Miguel Ardán—, no seamos ingratos
con él; puesto que dejamos nuestro país, que sean para él nuestras postreras
miradas. Quiero ver la Tierra antes que se eclipse enteramente a mi vista.
Barbicane, para satisfacer los deseos de su compañero, se
cuidó de descubrir la ventana del fondo del proyectil por donde se podía
observar directamente la Tierra; no sin trabajo se logró desmontar el disco que
la fuerza de proyección había hundido en el fondo.
Sus fragmentos colocados cuidadosamente junto a las
paredes, podían volver a servir en caso necesario. Entonces apareció una
abertura circular de cincuenta centímetros de ancho, practicada en la parte
inferior del proyectil, y cerrada por un cristal de quince centímetros de
espesor reforzado con una armadura de cobre. Por una placa de aluminio sujeta
con pasadores la parte exterior se abría, como en las demás, a tornillo, los
cuales se soltaron y descubrieron el cristal.
Miguel Ardán se arrodilló sobre el cristal, que aparecía
oscuro como si fuera opaco.
—¡Hombre! —exclamó—. Pues, ¿y la Tierra?
—¡La Tierra! —dijo Barbicane—. Allí está.
—¡Cómo! —dijo Ardán—. ¿Aquella línea tan delgada en forma
de media luna?
—La misma, Miguel. Dentro de cuatro días, cuando la Luna
esté llena, que será en el momento de llegar nosotros, la Tierra estará nueva,
o sea, en el primer día del primer cuarto. Hoy ya no la vemos sino bajo la
forma de ese delgado segmento que no tardará en desaparecer, y entonces quedará
en sombra unos cuantos días, ni más ni menos que la Luna desde la Tierra.
—¡Eso es la Tierra! —repetía Miguel Ardán, mirando
ávidamente aquel delgado trozo de su planeta natal.
La explicación dada por el presidente Barbicane era
exacta; la Tierra, con relación al proyectil, entraba en la última fase. Se
hallaba en su octante, y no presentaba más que una delgada media luna, que
sobresalía como un inmenso arco de luz azulada sobre el fondo negro del
firmamento. En él se veían algunos puntos de luz más viva que indicaban las
montañas, así como algunas manchas móviles producidas por los anillos de nubes
que rodeaban el esferoide terrestre, manchas que nunca se ven en el disco lunar.
Pero por un fenómeno natural idéntico al que se produce en
la Luna cuando se halla en sus octantes, se percibía todo el contorno del globo
terrestre. Su disco entero se distinguía bastante visiblemente por un efecto de
luz cenicienta menos perceptible que la luz cenicienta de la Luna, y la razón
de esta menor intensidad es fácil de comprender. Cuando este reflejo se produce
en la Luna es debido a los rayos solares que la Tierra refleja sobre su
satélite; mientras aquí, por un efecto inverso, era debido a los rayos solares
reflejados en la Luna hacia la Tierra. Ahora bien, la luz terrestre es unas
trece veces más intensa que la luz lunar, la cual depende de la diferencia de
volumen de ambos cuerpos. De aquí la consecuencia de que en el fenómeno de la
luz cenicienta, la parte oscura del disco de la Tierra se dibuje con menos
claridad que la del disco de la Luna, puesto que la intensidad del fenómeno, es
proporcional a la potencia luminosa de los dos astros. Hay que añadir que el
astro luminoso terrestre parecía formar una curva más prolongada que la del
disco; puro efecto de la irradiación.
Mientras se esforzaban los viajeros en penetrar las
profundas tinieblas del espacio, apareció a su vista un haz de estrellas
fugaces. Centenares de bólidos, inflamados al contacto de la atmósfera,
trazaron líneas luminosas en la sombra, surcando con su luz la parte cenicienta
del disco terrestre. En aquel momento la Tierra estaba en su perihelio, y el
mes de diciembre es tan propicio a la aparición de estrellas fugaces que
algunos astrónomos han contado en él hasta veinticuatro mil por hora. Pero
Miguel Ardán, desdeñando los razonamientos científicos, se empeñó en creer que
la Tierra saludaba con fuegos artificiales la partida de tres de sus hijos.
Esto era en suma cuanto veían de este esferoide perdido en
las tinieblas; astro inferior del mundo solar, que para los demás planetas sale
o se pone como una insignificante estrella matutina o vespertina. Aquel globo
en que dejaban todos sus efectos no era más que un arco de círculo fugitivo, un
punto imperceptible en el espacio.
Los tres amigos siguieron largo rato mirando, sin despegar
los labios; pero con el mismo pensamiento, mientras el proyectil se alejaba con
una velocidad uniformemente decreciente. Poco a Poco se apoderó de sus cerebros
una somnolencia irresistible; reacción inevitable después de la sobreexcitación
de las últimas horas pasadas en la Tierra.
—Vaya —dijo Miguel—, puesto que el sueño es necesario,
vamos a dormir.
Y tendiéndose en sus camillas no tardaron los tres en
quedarse profundamente dormidos. Pero apenas habría pasado un cuarto de hora
cuando Barbicane se enderezó de improviso y despertó a sus compañeros, gritando
con voz atronadora:
—¡Ya lo sé!
—¿Qué sabes? —preguntó Miguel Ardán, saltando de la cama.
—El motivo de que no hayamos oído la detonación del
columbiad.
—¿Y cuál es? —dijo Nicholl.
—Que nuestro proyectil caminaba más aprisa que el sonido.
Capítulo III. Instalación
Después de tan curiosa y exacta explicación, los tres
amigos volvieron a dormir profundamente. ¿En qué lugar podían encontrar
dormitorio más tranquilo y sosegado? En la Tierra, en las casas de las
ciudades, como en las cabañas de los campos, sienten necesariamente todas las
sacudidas que sufre la corteza del Globo. En el mar, el buque mecido por las
olas se halla en continuo choque y movimiento. En el aire, el globo aerostático
oscila sin cesar sobre capas elásticas de diferentes densidades. Sólo aquel proyectil
flotando en el vacío absoluto, en medio de un absoluto silencio, podía ofrecer
reposo a sus huéspedes.
Por lo tanto, el sueño de los viajeros se hubiera
prolongado indefinidamente, de no despertarles un ruido inesperado a eso de las
siete de la mañana del día 2.
Aquel ruido era un ladrido perfectamente claro.
—¡Los perros! ¡Son los perros! —exclamó Miguel Ardán,
incorporándose al punto.
—Tienen hambre —dijo Nicholl.
—¡Naturalmente! —respondió Miguel—. Nos habíamos olvidado
de ellos.
—¿Dónde están? —preguntó Barbicane.
Los buscaron y encontraron al uno escondido bajo el diván.
Espantado y anonadado por el choque inicial, había permanecido en aquel
escondrijo hasta que recobró la voz y el hambre.
Era la pobre Diana, bastante acobardada aún y que salía de
su escondite, no sin hacerse rogar a pesar de que Miguel Ardán la animaba con
sus caricias.
—Ven, Diana —le decía—, ven, hija mía; tú, cuyos destinos
formarán época en los anales cinegéticos; tú, a quien los paganos hubieran
hecho compañero del dios Anubis y los cristianos de San Roque; tú, que eres
digna de ser vaciada en bronce por el rey de los infiernos, como aquel faldero
que Júpiter regaló a la bella Europa a cambio de un beso; tú, que has de
eclipsar la celebridad de los héroes de Montargis y del monte de San Bernardo;
tú, que al lanzarte por los espacios interplanetarios vas tal vez a ser la Eva
de los perros selenitas, tú, que justificarás ese pensamiento elevado de
Toussenel: «En el principio creó Dios al hombre, y al verle débil, le dio el
perro». ¡Ven acá, Diana, ven!
Diana, contenta o no, se acercó poco a poco, con quejidos
lastimeros.
—Bueno —dijo Barbicane—, ya veo a Eva, pero ¿dónde está
Adán?
—¡Adán! —respondió Miguel Ardán—. No debe de estar lejos,
ahí estará, en cualquier parte; le llamaremos. ¡Satélite! ¡Toma, Satélite!
Pero Satélite no aparecía, y Diana continuaba quejándose.
Sin embargo, vieron que no estaba herida y le sirvieron una torta apetitosa que
puso fin sus ayes.
Satélite parecía perdido, y fue necesario buscarlo largo
rato, hasta que se le encontró en uno de los compartimentos superiores del
proyectil, a donde había sido lanzado por el choque. El pobre animal se hallaba
en un estado lastimoso.
—¡Diablos! —dijo Miguel—; ya está comprometida nuestra
aclimatación.
Bajaron con cuidado al infeliz perro, que se había roto la
cabeza contra la bóveda, y que parecía difícil que pudiera curarse. No
obstante, le tendieron con cuidado sobre un almohadón y allí exhaló un suspiro.
—Nosotros te cuidaremos —dijo Miguel—. Somos responsables
de tu existencia; más quisiera yo perder un brazo mío que una pata de mi pobre
Satélite.
Y al punto dio un trago de agua al herido, que la bebió
con avidez.
Después los viajeros observaron atentamente la Tierra y la
Luna. La Tierra no aparecía ya sino como un disco ceniciento que terminaba en
un arco luminoso más estrecho que la víspera; pero su volumen era todavía
enorme, comparado con el de la Luna, que se acercaba cada vez más a un círculo
perfecto.
—¡Caramba! —dijo entonces Miguel Ardán—, siento no haber
partido en el momento de haber Luna llena, es decir, cuando nuestro Globo se
hallase en posición con el Sol.
—¿Por qué? —preguntó Nicholl.
—Porque hubiésemos visto bajo un aspecto nuevo nuestros
continentes y nuestros mares, éstos resplandecientes bajo la proyección de los
rayos solares; aquéllos más sombríos y como se ven reproducidos en algunos
mapas. Me gustaría haber visto esos polos de la Tierra a donde no ha llegado la
mirada del hombre.
—Por supuesto —respondió Barbicane—; pero habiendo Tierra
llena, habría Luna nueva, es decir, invisible en medio de la luz del Sol. Y más
necesitábamos ver el punto de llegada que el de partida.
—Tenéis razón, Barbicane —respondió el capitán Nicholl—, y
además, cuando hayamos llegado a la Luna tendremos tiempo, durante sus largas
noches, de contemplar a nuestro gusto ese Globo en que hormiguean nuestros
semejantes.
—¡Nuestros semejantes! —exclamó Miguel Ardán—; lo que es
ahora ya no son tan semejantes nuestros como los de la Luna. Nosotros habitamos
un mundo poblado por nosotros solos: el proyectil. Yo soy semejante a
Barbicane, y Barbicane lo es de Nicholl. Más allá de nosotros, fuera de
nosotros, concluye la Humanidad, y nosotros somos las únicas poblaciones de
este macrocosmos, hasta el momento en que nos convirtamos en simples selenitas.
—Que será dentro de ochenta y ocho horas, poco más o menos
—replicó el capitán.
—¿Lo cual quiere decir…? —preguntó Miguel Ardán.
—Que son las ocho y media —respondió Nicholl.
—Pues bien —replicó Miguel—, no comprendo por qué razón no
hemos de almorzar en seguida. Es preciso conservarnos.
En efecto, los habitantes de aquel nuevo astro no podían
vivir en él sin comer y su estómago sufría las imperiosas leyes del hambre.
Miguel Ardán como francés se erigió en jefe de la cocina, cargo importante que
no le suscitó competencia. El gas produjo el calor suficiente para las
operaciones culinarias, y el arca de las provisiones ofreció los elementos del
festín.
Empezó la comida por tres tazas de excelente caldo, que se
preparó disolviendo en agua caliente unas cuantas de las exquisitas pastillas
de Liebig, preparadas con los mejores trozos de los rumiantes de las Pampas. Al
caldo de vaca sucedieron algunos pedazos de bistec comprimidos en la prensa
hidráulica, tan tiernos, tan suculentos como si salieran de las cocinas del
«Café Inglés». Miguel, que era hombre de imaginación, aseguró que echaban
sangre.
Diversas legumbres en conserva y «más frescas que en su
tiempo», según afirmaba también Miguel, siguieron al plato de carne, y terminó
la comida con té y tostadas de manteca a la americana. El té, que pareció
exquisito, era de primera y regalo del emperador de Rusia, que había enviado
unas cuantas cajas a los viajeros.
Por último, Ardán descorchó una botella de «Nuits», que
por casualidad había en el departamento de las provisiones, y los tres amigos
bebieron brindando por la unión de la Tierra y su satélite.
Y cual si no bastase la compañía de aquel excelente vino
que había sido destilado en las laderas de Borgoña, el Sol quiso honrar también
el festín con su presencia. El proyectil salía, en aquel momento, del cono de
sombra proyectado por el globo terrestre y los rayos del astro brillante fueron
a dar directamente en el disco inferior del proyectil.
—¡El Sol! —exclamó Miguel Ardán.
—Sin duda —respondió Barbicane—; ya lo esperaba.
—Sin embargo —dijo Miguel—, ¿el cono de sombra que la
Tierra proyectaba en el espacio no se extiende más allá de la Luna?
—Sí, mucho más allá, si no se tiene en cuenta la
refracción atmosférica —dijo Barbicane—; pero cuando la Luna está envuelta en
esta sombra es porque los centros de los tres astros: Sol, Tierra y Luna, están
en línea recta. Entonces los nodos coinciden con las fases de la luna llena, y
se verifica el eclipse. Si hubiéramos salido en el momento de un eclipse la
Luna, toda nuestra travesía se hubiera verificado en la sombra, lo cual hubiera
sido cosa desagradable.
—¿Por qué?
—Porque aun cuando flotemos en el vacío, nuestro
proyectil, bañado por los rayos solares, recogerá su luz y su calor, lo cual,
entre otras cosas, nos proporcionará economía de gas que es de gran
importancia.
En efecto, bajo la influencia de aquellos rayos, cuya
temperatura y cuyo brillo no templaba ninguna atmósfera, el proyectil se
iluminaba y recibía su calor, como si huera pasado súbitamente del invierno al
verano. La Luna por un lado, el Sol, por otro, lo inundaban con sus
resplandores.
—¡Qué bien se está aquí! —dijo Nicholl.
—¡Ya lo creo! —exclamó Miguel Ardán—. Con un poco de
tierra vegetal extendida sobre nuestro planeta de aluminio, haríamos nacer
guisantes en veinticuatro horas. Sólo temo una cosa, y es que lleguen a entrar
en fusión las paredes del proyectil.
—No tengas cuidado, amigo mío —respondió Barbicane—. El
proyectil ha sufrido una temperatura mucho más elevada, mientras atravesaba las
capas atmosféricas. Nada me extrañaría que haya parecido un bólido candente a
los espectadores de la Florida.
—¡Entonces J. T. Maston debe de creernos asados!
—Lo que me choca —respondió Barbicane— es que no lo
hayamos sido. Es un peligro que no habíamos previsto.
—Yo si lo temía —respondió simplemente Nicholl.
—¡Y nada nos había dicho, sublime capitán! —dijo Miguel
Ardán, estrechando la mano de su compañero.
Barbicane, entretanto, se entretenía en arreglar el
interior del proyectil, como si nunca debiera salir de él. Se recordará que
aquel vagón aéreo presentaba en su base una superficie de cincuenta y cuatro
pies cuadrados. Tenía dos pies de altura hasta el vértice de su bóveda, se
hallaba distribuido hábilmente en todo su interior y los instrumentos y
utensilios de viaje perfectamente acomodados cada uno en su sitio especial, de
manera que los tres viajeros podían moverse allí dentro con perfecto desahogo.
El grueso cristal fijo en una parte del fondo podía sostener, sin peligro, un
gran peso. Así Barbicane y sus compañeros andaban sobre él como sobre un suelo
sólido. A todo esto, el Sol, que lo atacaba con sus rayos directos, iluminando
por bajo el interior, producía efectos de luz muy singulares.
Comenzaron por examinar el depósito de agua y la caja de
los víveres.
Estos dos recipientes se hallaban en buen estado, sin
haber sufrido desperfecto alguno, merced a las disposiciones tomadas para
amortiguar el choque. Los víveres eran abundantes y podrían alimentar a los
viajeros durante todo un año. Barbicane había querido precaverse para el caso
de que el proyectil llega a un punto de la Luna completamente estéril. En
cuanto al y a la provisión de aguardiente, que llegaba a cincuenta galones,
había sólo para dos meses. Pero a juzgar por las últimas observaciones de los
astrónomos, la Luna conservaba una atmósfera baja, densa, pesada, a lo menos en
los valles profundos, y allí no podía menos de haber arroyos y manantiales.
Así, pues, ni en la travesía ni en el primer año de su permanencia en el
continente lunar debían sufrir hambre ni sed los atrevidos exploradores.
Quedaba la cuestión del aire en el interior del proyectil;
pero también estaba resuelta. El aparato de Reiset y Regnault, destinado a
producir oxígeno, era alimentado por clorato de potasa y había para dos meses.
Es verdad que consumía necesariamente cierta cantidad de gas, porque debía
mantener a más de cuatrocientos grados la materia productiva; pero tampoco
había nada que temer en este punto. Por lo demás el aparato no exigía sino un
poco de vigilancia, porque funcionaba automáticamente. A aquella elevada
temperatura el clorato de potasa se transformaba en cloruro potásico y
abandonaba todo su oxígeno; y descomponiendo dieciocho libras de clorato de
potasa se obtendrían las siete libras de oxígeno necesarias para el consumo
diario de los viajeros del proyectil.
Más no bastaba renovar el oxígeno gastado; era también
necesario absorber el ácido carbónico producido por la respiración. En efecto,
al cabo de doce horas la atmósfera del proyectil se había cargado de este gas
deletéreo, producto de la combustión de los elementos de la sangre por el
oxígeno aspirado. Nicholl conoció aquel estado del aire al ver a Diana respirar
fatigosa, y era, efectivamente, porque el ácido carbónico, a causa de su
gravedad específica, se iba acumulando en el fondo del proyectil, como en la
famosa Gruta del Perro, en Nápoles. La pobre perra, con la cabeza baja, sufría
ya la influencia perniciosa de aquel gas; pero el capitán Nicholl se apresuró a
remediar el mal, disponiendo en el fondo del proyectil varios recipientes que
contenían potasa cáustica, sustancia que, por ser muy ávida de ácido carbónico,
lo absorbió en poco tiempo y purificó el aire.
Se procedió luego al inventario de los instrumentos. Los
termómetros y barómetros habían resistido, salvo un termómetro de mínimas, que
se había roto. Un excelente aneroide, que iba dentro de un estuche
almohadillado, fue colgado en la pared; como es fácil de comprender, no sufría
ni marcaba más que la presión de aire contenido en el proyectil. Pero indicaba
también la cantidad de vapor de agua que encerraba. En aquel momento oscilaba
su aguja entre 730 y 760 milímetros, lo cual significaba «buen tiempo».
También disponía Barbicane de varias brújulas que seguían
intactas y que no marcaban dirección alguna, porque a la distancia en que el
proyectil se encontraba de la Tierra el polo magnético no podía ejercer acción
sensible en el aparato. Pero aquellas brújulas, transportadas al disco lunar,
tal vez revelarían allí fenómenos particulares; y como quiera que fuese era de
gran interés averiguar si el satélite de la Tierra se hallaba, como ésta sujeto
a la influencia magnética.
Se examinó igualmente el estado en que se hallaban un
hipsómetro para medir la altura de las montañas lunares, un sextante destinado
a tomar la altura del Sol, un teodolito, instrumento de geodesia que sirve para
levantar planos y reducir los ángulos en el horizonte, y varios anteojos de
grandísima utilidad para cuando se hallasen cerca de la Luna. Todos estos
instrumentos estaban intactos a pesar de la violencia de la sacudida inicial.
En cuanto a los utensilios: picos, azadones y útiles de
que Nicholl había hecho selecta provisión, los sacos de semillas variadas y los
arbustos que Miguel Ardán pensaba trasplantar a las tierras selenitas,
continuaban en sus puestos respectivos, en la parte alta del proyectil. Allí
había una especie de desván lleno de objetos que el pródigo francés había
amontonado y que no se sabía a punto fijo cuáles fueran. De cuando en cuando se
encaramaba hasta allí, asiéndose a los ganchos fijos en las paredes; volvía y
revolvía, arreglaba y registraba, tarareando en falsete alguna canción francesa
que divertía a la reunión.
Barbicane comprobó minuciosamente que sus cohetes y demás
artificios no habían sufrido desperfectos. Aquellas importantes piezas,
fuertemente cargadas, debían servir para retardar la caída del proyectil
cuando, arrebatado por la atracción lunar, después de pasar al punto de
equilibrio, fuera a caer sobre la superficie del satélite. Esta caída, por lo
demás, debía ser seis veces menos rápida que lo hubiera sido sobre la
superficie de la Tierra, debido a la diferencia de masa en ambos astros.
La inspección se terminó, pues, a satisfacción de todos; y
cada cual volvió luego a observar el espacio por las ventanas laterales y a
través del cristal inferior.
El espectáculo seguía siendo el mismo: toda la extensión
de la esfera terrestre estaba cuajada de estrellas y constelaciones de un
brillo maravilloso que hubiera vuelto loco de júbilo a un astrónomo. Por un
lado el Sol, como la boca de un horno encendido, presentaba un disco
deslumbrador sin aureola y resaltando en el fondo negro del cielo. Por el otro
la Luna le enviaba sus rayos reflejados, y aparecía como inmóvil en medio del
mundo estelar. Después, una mancha bastante oscura que parecía un agujero hecho
en el firmamento, y que se hallaba rodeada de un semicírculo plateado, indicaba
el emplazamiento de la Tierra. Aquí y allí se veían nebulosas amontonadas como
copos de nieve sideral, y del cenit al nadir se extendía como un inmenso anillo
de la Vía Láctea, en medio de la cual el Sol no figura sino como estrella de
cuarta magnitud.
Los observadores no podían apartar las miradas de aquel
espectáculo tan nuevo e imposible de describir. ¡Qué de reflexiones les
sugirió! ¡Cuántas emociones desconocidas despertó en su alma! Barbicane quiso
comenzar la relación de su viaje bajo el efecto de aquellas impresiones, y
anotó hora por hora todos los hechos que marcaban el principio de su empresa,
escribiendo tranquilamente con letra grande y estilo un poco comercial.
Mientras tanto, el calculador Nicholl revisaba sus
fórmulas de trayecto y manejaba las cifras con sin igual destreza. Miguel Ardán
charlaba, ora con Barbicane, que apenas respondía, ora con Nicholl, que ni
siquiera le oía, o con Diana que no entendía sus proyectos, y por fin consigo
mismo, preguntándose y respondiéndose, yendo, viniendo, ocupándose en mil
menudencias, ya inclinado sobre el cristal del fondo, ya encaramado en alto del
proyectil, y siempre canturreando entre dientes. En una palabra, representaba
detrás de aquel macrocosmos la agitación y la locuacidad francesas, y las
representaba Miquel Ardán dignamente.
El día, más propiamente dicho, el transcurso de doce horas
que constituye el día en la Tierra, terminó con una cena abundante y delicada.
No había ocurrido ningún incidente capaz de alterar la confianza de los
viajeros, los cuales, llenos de esperanza y seguros del éxito, se durmieron
tranquilamente, mientras el proyectil cruzaba los espacios celestes a una
velocidad uniformemente decreciente.
Capítulo IV. Un poco de álgebra
Transcurrió la noche sin ningún incidente digno de
mención, entendiendo siempre que la palabra noche es impropia, porque la
posición del proyectil no variaba con relación al Sol, y astronómicamente, era
dé día en la parte inferior del proyectil y de noche en la superior. Así, pues,
en el presente relato estas dos palabras no expresan sino el tiempo
transcurrido entre el orto y el ocaso del Sol en la Tierra.
Tanto más tranquilo fue el sueño de los viajeros cuanto
que el proyectil, a pesar de su gran velocidad, parecía hallarse enteramente
inmóvil. Ningún movimiento revelaba su marcha a través del espacio. La
traslación, por muy rápida que sea, no puede producir efecto sensible en el
organismo, si se verifica en el vacío o si la masa de aire circula con el
cuerpo arrastrado. ¿Qué habitante de la Tierra percibe su velocidad, que sin
embargo le hace andar a razón de noventa mil kilómetros por hora? El movimiento
en tales condiciones no se siente más que el reposo. Así todo cuerpo es
indiferente a ellos; si se halla en reposo permanecerá en tal estado hasta que
una fuerza externa le obligue a moverse, y si está en movimiento no se detendrá
hasta que un obstáculo interrumpa su marcha. Esta indiferencia por el
movimiento Y el reposo es la inercia.
Barbicane y sus compañeros podían creerse en reposo
absoluto, encerrados en el proyectil, y el efecto hubiera sido el mismo aunque
se hallaran en lo exterior. A no ser por la Luna, que aumentaba en volumen
delante de ellos, y por la Tierra, que disminuía detrás, podían jurar que
flotaban en la inmovilidad más completa.
Por la mañana del 3 de diciembre les despertó un ruido
alegre, pero inesperado: era el canto de un gallo que resonó dentro del vagón.
Miguel Ardán, que fue el primero en despertarse, trepó hasta lo alto del
proyectil, y cerrando una caja que estaba entreabierta, dijo en voz baja:
—¿Quieres callar? ¡Este animal va a hacer fracasar mis
proyectos!
Entretanto, Nicholl y Barbicane se habían despertado
también.
—¿Qué es eso? ¿Un gallo aquí? —se preguntó Nicholl.
—No, amigos míos —respondió Miguel—, soy yo que he querido
despertarlos con ese canto campestre.
Y lanzó un sonoro quiquiriquí digno del más arrogante
gallo.
Los dos americanos no pudieron menos de reír.
—Vaya una habilidad —dijo Nicholl, mirando a su compañero
con aire perspicaz.
—Sí —respondió Miguel—, es una broma muy usual en mi país;
allí se hace el gallo en las reuniones más distinguidas.
Y variando en seguida de conversación, añadió:
—¿Sabes, Barbicane, en qué he estado pensando toda la
noche?
—No —respondió el presidente.
—En nuestros amigos de Cambridge; ya puedes haber
observado que soy completamente ignorante en las cosas matemáticas, por lo cual
me es imposible adivinar cómo vuestros sabios del observatorio han podido
calcular la velocidad inicial que debería llevar el proyectil al salir del
columbiad para dirigirse a la Luna.
—Querrás decir —replicó Barbicane— para llegar a ese punto
en que se equilibran las atracciones terrestres y lunares porque desde ese
punto situado aproximadamente a las nueve décimas del trayecto, el proyectil
caerá por sí solo en la Luna simplemente en virtud de la gravedad.
—Enhorabuena —respondió Miguel—; pero, lo repito, ¿cómo se
ha podido calcular la velocidad inicial?
—Nada más fácil —respondió Barbicane.
—¿Habrías podido tú hacer el cálculo? —preguntó Miguel
Ardán.
—Seguramente; Nicholl y yo lo hubiéramos resuelto si la
nota del observatorio no nos hubiera quitado ese trabajo.
—Pues bien, amigo Barbicane —respondió Miguel—, antes me
hubiera cortado la cabeza, empezando por los pies, que hacerme— resolver ese
problema.
—Porque no sabes álgebra —replicó tranquilamente
Barbicane.
—¡Ah! Así son ustedes, devoradores de "X",
Siempre lo mismo; todo lo quieren componer con el álgebra.
—Perdóname, Miguel —replicó Barbicane—, ¿crees que se
puede forjar sin martillo o labrar sin arado?
—No es fácil.
—Pues bien, el álgebra es una herramienta como el arado o
el martillo, y una buena herramienta para el que sabe hacer uso de ella.
—¿De veras?
—¡Y tan de veras!
—¿Y podrías manejar esa herramienta en mi presencia?
—Si tienes interés en ello, no hay inconveniente.
—¿Y demostrarme cómo se ha calculado la velocidad inicial
del vagón?
—Sí, amigo mío; teniendo en cuenta todos los elementos del
problema, la distancia del centro de la Tierra al centro de la Luna, el radio
de la Tierra y la masa de la Luna, puedo demostrar exactamente cuál ha debido
de ser la velocidad inicial del proyectil, por medio de una simple fórmula.
—Veamos la fórmula.
—Ya lo verás, pero no te daré la curva trazada realmente
por la bala entre la Luna y la Tierra atendiendo a su movimiento de traslación
alrededor del Sol, sino que consideraré estos dos astros como inmóviles, lo
cual nos basta.
—¿Y por qué?
—Porque sería buscar la solución de ese problema llamado
«problema de los tres cuerpos» y que el cálculo integral no ha podido resolver
todavía.
—¡Toma! —dijo Miguel, en su tono burlón—. ¿Conque es decir
que las matemáticas no han dicho todavía su última palabra?
—Ciertamente que no —respondió Barbicane.
—¡Bueno! Acaso los selenitas hayan adelantado más que
nosotros en el cálculo, integral. Y a propósito, ¿qué es el cálculo integral?
—Es lo inverso del cálculo diferencial —respondió
seriamente Barbicane.
—Muchas gracias.
—En otros términos, es un cálculo por medio del cual se
buscan las cantidades infinitas cuya diferencia se conoce.
—Vamos, eso ya es más claro —respondió Miguel con aire muy
satisfecho.
—Y ahora —replicó Barbicane—, venga papel y lápiz y antes
de media hora encontraré la fórmula perdida.
No había pasado media hora cuando Barbicane alzó la cabeza
y enseñó a Miguel Ardán una cuartilla cubierta de signos algebraicos, en medio
de los cuales sobresalía una fórmula general.
—¿Y qué significa eso? —preguntó Miguel.
—Significa —respondió Nicholl— que un medio de v elevado
al cuadrado menos v subcero elevado al cuadrado es igual a rg multiplicado por
rx menos 1, más m' partido por m multiplicado por r partido por d menos x menos
r partido por dr.
—¿x sobre y montado sobre z y a caballo sobre p…? —exclamó
Miguel Ardán soltando la carcajada—. ¿Y tú entiendes eso, capitán?
—No puede ser más claro.
—¡Ya lo creo! Es cosa que salta a la vista —replicó
Miguel.
—¡Eterno guasón! —replicó Barbicane—. ¿No querías álgebra?
¡Pues ahora vas a tener álgebra hasta la coronilla!
—¡Prefiero, que me ahorquen!
—En efecto —respondió Nicholl, que examinaba la fórmula
como inteligente; me parece perfectamente resuelto, Barbicane. Es la integral
de las fuerzas vivas, y no dudo que nos dará el resultado apetecido.
—¡Pero yo quisiera comprender! —exclamó Miguel—. ¡Daría
diez años de la vida de Nicholl por comprender!
—Escucha, pues —replicó Barbicane—. La mitad de v elevada
al cuadrado menos v subcero elevado al cuadrado es la fórmula que nos da la
semivariación de la fuerza viva.
—Bueno; y Nicholl, ¿sabe lo que eso significa?
—Sin duda —respondió el capitán—. Todos esos signos que te
parecen cabalísticos forman, sin embargo, el lenguaje más claro y más lógico
para quien sabe leerlo.
—¿Y tú pretendes, Nicholl —preguntó Miguel—, encontrar,
por medio de esos jeroglíficos, más incomprensibles que los ibis egipcios, la
velocidad inicial que se debía imprimir al proyectil?
—Indudablemente —respondió Nicholl—, y aun por medio de
esta fórmula podría decirte siempre cuál es la velocidad en un punto cualquiera
de su trayecto.
—¿Palabra de honor?
—Palabra de honor.
—Entonces eres tan sabio como nuestro presidente.
—No, Miguel; lo difícil es lo que ha hecho Barbicane;
plantear una ecuación con todas las condiciones del problema. El resto no es
más que un problema de aritmética y no exige más conocimientos que los de las
cuatro reglas.
—¡Eso ya me gusta más! —respondió Miguel Ardán, que en
toda su vida no había podido hacer una suma exacta y que definía esa regla
diciendo: «Es un rompecabezas chino que permite obtener totales indefinidamente
variados».
Por su parte, Barbicane aseguraba que Nicholl, fijándose
en ello, habría obtenido también la fórmula.
—No lo sé —decía Nicholl—; porque cuanto más la estudio,
mejor planteado me parece.
—Ahora escucha —dijo Barbicane a su ignorante compañero—,
y te convencerás de que todas estas letras tienen una significación.
—Ya escucho —dijo Miguel, con aire resignado.
—d —dijo Barbicane— es la distancia del centro de la
Tierra al centro de la Luna; porque hay que tomar los centros para calcular las
atracciones.
—Comprendo.
—r es el radio de la Tierra.
—r, radio, corriente.
—m es la masa de la Tierra y m' la masa de la Luna;
porque, en efecto, es preciso tomar en cuenta la masa de los cuerpos atrayentes
supuesto que la atracción es proporcional a las masas.
—Entendido.
—g representa la gravedad, la velocidad que adquiere en un
segundo cualquier cuerpo que cae a la superficie de la Tierra. ¿Está claro
esto?
—¡Como el agua! —respondió Miguel.
—Ahora representa por la x la distancia variable que
separa al proyectil del centro de la Tierra, y por la v la velocidad que lleva
dicho proyectil a aquella distancia.
—Muy bien.
—Finalmente, la expresión v subcero que figura en la
ecuación anterior es la velocidad que posee el proyectil al salir de la
atmósfera.
—En efecto —dijo Nicholl—, en ese punto es donde hay que
calcular la velocidad puesto que ya sabemos que la velocidad al partir vale una
vez y media la velocidad al, salir de la atmósfera.
—¡Yo no comprendo! —dijo Miguel.
—Pues es muy sencillo —replicó Barbicane.
—No tanto como parece —se defendió Miguel.
—Eso quiere decir que cuando nuestro proyectil ha llegado
al límite de la atmósfera terrestre ha perdido ya una tercera parte de su
velocidad inicial.
—¿Tanto?
—Sí, amigo mío, nada más que por su rozamiento con las
capas atmosféricas. Comprendes muy bien que cuanto más rápidamente marche, más
resistencia encontrará en el aire.
—Eso lo admito —respondió Miguel— y lo comprendo, por más
que tus v subcero y tus v elevadas al cuadrado me hagan en la cabeza el mismo
efecto que los clavos en un saco.
—Primer efecto del álgebra —replicó Barbicane—. Y ahora,
para concluir, vamos a plantear inmediatamente estas expresiones, es decir,
vamos a numerar su valor.
—¡Gracias a Dios! —exclamó Miguel.
—De estas expresiones —dijo Barbicane—, unas son conocidas
y otras hay que calcularlas.
—Yo me encargo de estas últimas —dijo Nicholl.
—Veamos —continuó Barbicane—; r es el radio terrestre que
en la latitud de la Florida, donde partimos, es igual a seis millones
trescientos setenta milímetros; d, es decir, la distancia del centro de la
Tierra al centro de la Luna, vale cincuenta y seis radios terrestres, o sea…
Nicholl multiplicó rápidamente.
—O sea —dijo—, trescientos cincuenta y seis millones
trescientos veinte metros, en el momento de hallarse la Luna en su perigeo, es
decir, a su menor distancia de la Tierra.
—Bien —dijo Barbicane—; ahora m' partido por m, es decir,
la relación de la masa de la Luna a la de la Tierra es igual a un
ochentaiunavo.
—Perfectamente.
—g, la gravedad es en la Florida de nueve metros y ochenta
y un centímetros. De donde resulta gr igual…
—A sesenta y dos millones cuatrocientos veintiséis mil
metros cuadrados —respondió Nicholl.
—¿Y ahora? —preguntó Miguel Ardán.
—Ahora que ya están en números las expresiones —respondió
Barbicane—, voy a buscar la velocidad v subcero, es decir, la que debe tener el
proyectil al salir de la atmósfera para llegar al punto de atracción igual con
una velocidad nula. Puesto que en este instante la velocidad será nula, digo
que igualará a cero, y que x, o sea la distancia a que se encuentra ese punto
neutral, estará representada por las nueve décimas de d, es decir, la distancia
que separa los dos centros.
—Tengo una idea vaga de que debe ser así —dijo Miguel.
—Tendremos, pues: x igual a nueve décimas de d, y v igual
a cero, y la fórmula será…
Y escribió rápidamente.
Nicholl leyó con avidez.
—¡Eso es! ¡Eso es! —exclamó.
—¿Está claro? —preguntó Barbicane.
—¡Escrito en letras de fuego! —respondió Nicholl.
—¡Pobres hombres! —murmuraba Miguel.
—¿Has comprendido por fin? —le preguntó Barbicane.
—¡Que si he comprendido! —exclamó Miguel—. Lo que pasa es
que se me va la cabeza.
—Pues significa —siguió Barbicane— que v subcero al
cuadrado es igual a dos gr multiplicado por uno menos diez r partido por 9d
menos un ochentaiunavo multiplicado por 10r partido por d menos r.
—Y ahora —dijo Nicholl—, para obtener la velocidad del
proyectil al salir de la atmósfera, no hay más que calcular.
Y el capitán, como acostumbrado a toda clase de
dificultades, se puso a hacer números con asombrosa rapidez. Barbicane le
seguía con la vista mientras Miguel Ardán se apretaba las sienes con las manos
para librarse de la jaqueca.
—¿Qué resultado? —preguntó Barbicane, después de unos
cuantos minutos de silencio.
—Hecho el cálculo —respondió Nicholl—, resulta que v
subcero, es decir, la velocidad del proyectil al salir de la atmósfera para
llegar al punto de igual atracción, ha debido ser…
—¿Cuánto?
—Once mil cincuenta y un metros en el primer segundo.
—¿Cómo? —dijo Barbicane, dando un salto—. ¿Qué habéis
dicho?
—Once mil cincuenta y un metros.
—¡Maldición! —exclamó el presidente haciendo un ademán
desesperado.
—¿Qué tienes? —preguntó Miguel Ardán, sorprendido.
—¿Qué tengo? Que si en este momento la velocidad había
disminuido en una tercera parte por el rozamiento, la velocidad inicial debía
de ser…
—Dieciséis mil quinientos setenta y seis metros —respondió
Nicholl.
—Y el observatorio de Cambridge ha declarado que bastaban
once mil metros en el punto de partida, y el proyectil ha partido sólo con esta
velocidad recomendada.
—¿Y qué? —preguntó Nicholl.
—¡Toma! Que será insuficiente.
—¡Bueno!
—¡Y que no llegaremos al punto de equilibrio!
—¡Cielos!
—Ni siquiera a mitad del camino.
—¡Canastos! —exclamó Miguel Ardán, saltando como si el
proyectil estuviese a punto de chocar con el globo terrestre.
—¡Y caeremos otra vez a la Tierra!
Capítulo V. Los fríos del espacio
Esta revelación cayó como una bomba. ¿Quién había de
esperar semejante error de cálculo? Barbicane no quería creerlo. Nicholl revisó
sus números y comprobó que eran exactos. En cuanto a la fórmula que los había
determinado, no se podía dudar de su exactitud, y hecha la comprobación, se
demostró de un modo indudable que para llegar al punto de equilibrio se
necesitaba una velocidad inicial de dieciséis mil quinientos setenta y seis
metros en el primer segundo.
Los tres amigos se miraron, silenciosos. Nadie pensaba en
almorzar. Barbicane, con los dientes apretados, contraídas las cejas y los
puños crispados convulsivamente, observaba al través del cristal. Nicholl,
cruzado de brazos, repasaba sus cálculos. Miguel Ardán murmuraba:
—¡Véase lo que son los sabios! ¡Siempre hacen lo mismo!
¡Daría veinte pesos por caer sobre el observatorio de Cambridge y aplastar en
él a todos esos emborronadores de papel!
De repente el capitán hizo una reflexión que se dirigía a
Barbicane.
—¡Sin embargo! —dijo—, son las siete de la mañana; hace
treinta y dos horas que hemos partido; hemos recorrido más de la mitad de
nuestro trayecto y no caemos, que yo sepa!
Barbicane no respondió; pero después de echar una mirada
rápida al capitán, tomó un compás que le servía para medir la distancia angular
del globo terrestre; luego, por el cristal inferior, hizo una observación muy
exacta, en atención a la inmovilidad aparente del proyectil. Levantándose
entonces y secándose el sudor que le bañaba la frente, trazó algunas cifras en
el papel. Nicholl comprendía que el presidente quería deducir de la medida del
diámetro terrestre la distancia del proyectil a la Tierra, y le miraba con viva
ansiedad.
—No —gruñó Barbicane, al cabo de algunos instantes—, no
caemos. Nos hallamos a más de cincuenta mil leguas de la Tierra. Hemos pasado
ya del punto en que debía detenerse el proyectil, si su velocidad no hubiera
sido más que de once mil metros en el momento de salir. Seguimos subiendo.
—Es indudable —respondió Nicholl—, y de ahí debemos
deducir que nuestra velocidad inicial, bajo el impulso de las cuatrocientas mil
libras de algodón pólvora, ha excedido de los ocho mil metros necesarios. Ahora
comprendo cómo hemos encontrado a los trece minutos el segundo satélite que
gravita a dos mil leguas de la Tierra.
—Y esa explicación es tanto más fundada —añadió Barbicane—
cuanto que al arrojar el agua contenida entre los tabiques elásticos, el
proyectil se ha encontrado repentinamente aligerado de un peso enorme.
—¡Justo! —dijo Nicholl.
—¡Ah, mi buen Nicholl! —exclamó Barbicane—. Nos hemos
salvado.
—Pues bien —respondió tranquilamente Miguel Ardán—, si nos
hemos salvado, almorcemos.
En efecto, Nicholl no se engañaba: la velocidad inicial
había sido afortunadamente superior a la indicada por el observatorio de
Cambridge, pero lo cierto es que el observatorio de Cambridge se había
equivocado.
Los viajeros, repuestos de aquel falso motivo de alarma,
se sentaron a la mesa y almorzaron alegremente; y si comieron mucho, no
hablaron menos; la confianza era mayor aún que antes del «incidente del
álgebra».
—¿Por qué no hemos de seguir adelante? —decía Miguel
Ardán—. ¿Por qué no hemos de llegar? ¡Nos hemos lanzado; no tenemos obstáculos
delante; el camino está expedito, sin piedras en que tropezar; marchamos con
más libertad que el barco por el mar y el globo por el aire! Pues bien, si un
barco llega a donde quiere y un globo sube tanto como le parece, ¿por qué
nuestro proyectil no ha de llegar al punto a donde ha sido dirigido?
—Llegará —aseguró Barbicane.
—Aunque sólo fuera por honrar al pueblo americano —añadió
Miguel Ardán—, al único pueblo capaz de llevar a feliz término una empresa
semejante, al único capaz de producir un presidente Barbicane. ¡Ah! Se me
ocurre una idea; ahora que estamos descuidados, ¿qué va a ser de nosotros?
¡Vamos a aburrirnos soberanamente!
Barbicane y Nicholl hicieron un ademán negativo.
—Pero yo he previsto el caso, amigos míos —añadió Miguel
Ardán—. No hay más que hablar; tengo a vuestra disposición ajedrez, damas,
naipes y dominó; sólo me falta una mesa de billar.
—¡Cómo! —preguntó Barbicane—. ¿Has traído todos esos
trastos?
—Como lo oyes —respondió Miguel, y no tan sólo para
distraernos, sino también con la sana intención de regalarlos a los cafetines
selenitas.
—Amigo mío —dijo Barbicane—, si la Luna está habitada, sus
habitantes han aparecido muchos miles de años antes que los de la Tierra,
porque no se puede dudar de que aquel astro es más viejo que el nuestro. Por
consiguiente, si los selenitas existen desde hace centenares de miles de años,
si su cerebro se halla organizado como el cerebro humano, es indudable que han
inventado ya no solamente cuanto hemos inventado nosotros, sino lo que
inventaremos en muchos siglos. Así que nada podremos enseñarles, mientras que
ellos podrán enseñarnos mucho.
—¡Cómo! —respondió Miguel—. ¿Crees que habrán tenido ya
artistas como Fidias, Miguel Ángel o Rafael?
—Sí.
—¿Y poetas como Homero, Virgilio, Milton, Lamartine y
Víctor Hugo?
—Estoy seguro.
—¿Filósofos como Platón, Aristóteles, Descartes y Kant?
—No lo dudo.
—¿Sabios como Arquímedes, Euclides, Pascal y Newton?
—Lo juraría.
—¿Cómicos como Arnal y fotógrafos como Nadar?
—Me atrevo a apostarlo.
—Entonces, amigo Barbicane, si están tan adelantados como
nosotros o más estos selenitas, ¿por qué no han pretendido comunicar con la
Tierra? ¿Por qué no han lanzado un proyectil lunar hasta las regiones
terrestres?
—¿Y quién te dice que no lo hayan hecho? —respondió muy
seriamente, Barbicane.
—En efecto —añadió Nicholl—, les era más fácil que a
nosotros, y por dos razones: la primera porque la atracción es seis veces menor
en la superficie de la Luna que en la de la Tierra, lo cual permite a un
proyectil elevarse más fácilmente; y la segunda, porque bastaba enviar ese
proyectil a ocho mil leguas en lugar de ochenta mil; lo cual no exigía más que
una fuerza de proyección diez veces menor que la empleada por nosotros.
—Entonces —insistió Miguel—, lo repito: ¿por qué no lo ha
hecho?
—Y yo —replicó Barbicane— repito también: ¿quién dice que
no lo hayan hecho?
—¿Cuándo?
—Hace muchos miles de años, antes de aparecer el hombre
sobre la Tierra.
—¿Y dónde está el proyectil? ¡Yo quiero ver ese proyectil!
—Amigo mío —respondió Barbicane—, el mar cubre las cinco
sextas partes de nuestro Globo; lo cual son, por lo menos, cinco buenas razones
para suponer que si el proyectil lunar fue lanzado, puede hallarse a estas
horas en el fondo del Atlántico o del Pacífico. A no ser que se sepultara en
alguna hendidura en la época en que la corteza terrestre no se había formado
del todo.
—Querido Barbicane —respondió Miguel Ardán—, para todo
tienes respuestas y me, inclino ante tu sabiduría. Sin embargo, hay una
hipótesis que me halagaría más que las otras; y es que los selenitas, a pesar
de ser más viejos que nosotros, sean más prudentes, y no hayan inventado la
pólvora.
En aquel momento, Diana se mezcló en la conversación,
lanzando un sonoro ladrido; la pobre pedía su almuerzo.
—¡Ah! —dijo Miguel Ardán—, con las discusiones nos
olvidamos de Diana y de Satélite.
Al instante ofrecieron una excelente torta a la perra, que
la devoró con gran apetito.
—Ahora pienso, amigo Barbicane —decía Miguel—, que
debiéramos haber hecho de este proyectil una segunda arca de Noé y llevar a la
Luna una pareja de cada especie de animales domésticos.
—Sin duda —replicó Barbicane—, pero hubiera faltado
espacio.
—¡Bah! —dijo el otro—. Estrechándose un poco…
—La verdad es —respondió Nicholl— que el buey, la vaca, el
toro, el caballo, todos estos animales nos hubieran sido muy útiles en el
continente lunar. Por desgracia, este vagón no podía convertirse en cuadra ni
establo.
—Pero, por lo menos, podíamos haber traído un asno,
siquiera un asno pequeño, animal valeroso y sufrido que gustaba montar al viejo
Sileno. Yo tengo mucho cariño a los asnos, porque son los animales menos
favorecidos de la Creación. No sólo se les apalea en vida, sino también después
de muertos.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Barbicane.
—¡Nada! Que con su piel fabrican tambores.
Barbicane y Nicholl soltaron la carcajada al oír esta
salida; pero les cortó la risa un grito de su festivo compañero que se había
inclinado hacia el rincón donde estaba Satélite, y se levantó, diciendo:
—Pues, señor, Satélite ya no está enfermo.
—¡Ah! —exclamó Nicholl.
—No —prosiguió Miguel—, está muerto. He ahí —añadió en
tono compungido— un gran contratiempo. Ya voy temiendo que la pobre Diana no
tenga prole en las regiones lunares.
En efecto, el pobre perro no había podido sobrevivir a sus
heridas; estaba muerto y bien muerto. Miguel Ardán miraba, desconcertado, a sus
amigos.
—Ahora veo un inconveniente —dijo Barbicane—. No podemos
tener aquí el cadáver de ese perro durante cuarenta y ocho horas.
—Seguramente —respondió Nicholl—, pero las lumbreras
tienen bisagras de manera que se pueden abrir. Abriremos una y arrojaremos el
cadáver al espacio.
El presidente reflexionó un instante sobre la decisión a
tomar, y aclaró:
—Sí, eso habrá que hacer, aunque tomando precauciones.
—¿Por qué? —preguntó Miguel.
—Por dos razones que comprenderás —respondió Barbicane—.
La primera es el aire del proyectil, que es preciso tener cuidado de no
perderlo.
—¿Qué importa, si lo rehacemos?
—No lo rehacemos sino en parte; rehacemos solamente el
oxígeno, amigo Miguel; y a propósito, hay que cuidar mucho que el aparato no
produzca una cantidad excesiva, porque esto podía ocasionar trastornos
fisiológicos de gravedad. Pero si rehacemos el oxígeno no rehacemos el
nitrógeno, vehículo que los pulmones no absorben y que debe quedar intacto,
pues este nitrógeno se escaparía con rapidez por la abertura de las lumbreras.
—¡Oh! ¿Tanto tiempo se necesita para arrojar a ese pobre
Satélite? —preguntó Miguel.
—No mucho, pero de todos modos es preciso hacerlo con la
mayor rapidez posible.
—¿Y la otra razón? —preguntó Miguel.
—La otra razón es que no conviene dejar penetrar en el
interior del proyectil los fríos exteriores, que son excesivos, so pena de
exponernos a quedar helados.
—Sin embargo, el Sol…
—El Sol calienta nuestro proyectil, que absorbe sus rayos,
pero no calienta el vacío en que flotamos. Donde no hay aire, no hay calor ni
luz difusa, y así como reina oscuridad, reina frío, allí donde no llegan
directamente los rayos del Sol. Esta temperatura no es sino la producida por la
estelar, es decir, la que sufriría el globo terrestre si el Sol se apagara un
día.
—Lo cual no es de temer —respondió Nicholl.
—¿Quién sabe…? —añadió Miguel Ardán—. Además, aun
admitiendo que el Sol no se apague, ¿no puede suceder que la Tierra se aleje de
él?
—¡Vaya! —exclamó Barbicane—. Ya sale Miguel con sus
ocurrencias.
—¡Eh! —replicó Miguel—. ¿Pues no sabemos todos que la
Tierra ha atravesado la cola de un cometa en 1861? Supongamos, pues, que
aparece otro cometa de fuerza atractiva superior a la atracción solar. La
órbita de la tierra se inclinaría hacia el astro errante, con lo cual nuestro
Globo, convertido en satélite de aquél, se vería arrastrado a una distancia tal
que los rayos del Sol no tendrían acción alguna en su superficie.
—Pudiera suceder, en efecto —respondió Barbicane—; pero
las consecuencias de ese cambio podrían ser mucho más temibles de lo que tú
supones.
—¿Y por qué?
—Porque el frío y el calor seguirían equilibrándose en
nuestro Globo. Se ha calculado que si la Tierra se hubiera visto arrastrada por
el cometa de 1861, habría sentido, en su mayor distancia del Sol, un calor que
no hubiera llegado a dieciséis veces el de la Luna, calor que, concentrado en
las lentes más fuertes, no produce efecto sensible.
—¿Y qué? —dijo Miguel.
—Aguarda —respondió Barbicane—; se ha calculado también
que en su perihelio o distancia más corta del Sol, la Tierra hubiera sufrido un
calor igual a veintiocho mil veces el del estío. Pero aquel vapor, capaz de
vivificar las materias terrestres y de vaporizar las aguas, hubiera formado un
anillo de nubes que habría templado esa temperatura excesiva. De ahí la
compensación entre los fríos del afelio y los calores del perihelio, cuyo
resultado habría sido una temperatura media probablemente soportable.
—¿Pero en cuántos grados se calcula la temperatura de los
espacios planetarios? —preguntó Nicholl.
—En la Antigüedad se creía —respondió Barbicane— que esa
temperatura era sumamente baja, llegándose a fijarla en millones de grados bajo
cero. Pero un compatriota de Miguel, el ilustre Fourier, de la Academia de
Ciencias, ha hecho cálculos incontestables, de los cuales se deduce que esa
temperatura no baja de sesenta grados bajo cero, que es, con poca diferencia,
la temperatura observada en las regiones polares, en la isla Melville o en el
fuerte Reliance; cincuenta y seis grados bajo cero.
—Falta probar —notó Nicholl— que Fourier no se haya
equivocado en sus apreciaciones. Si no me engaño, otro sabio francés, Rouilet,
calcula la temperatura del espacio en ciento sesenta grados bajo cero; esto es
lo que nosotros comprobaremos.
—Más no ahora —respondió Barbicane—, porque los rayos
solares, que atacan directamente nuestro termómetro, nos darían una temperatura
muy elevada. Pero cuando hayamos llegado a la Luna, durante las noches de
quince días que tiene cada una de sus fases alternativamente, podremos hacer el
experimento porque nuestro satélite se mueve en el vacío.
—¿Pero qué entiendes por vacío? —preguntó Miguel—. ¿El
vacío absoluto?
—El vacío privado absolutamente de aire.
—¿Y en el que nada reemplaza al aire?
—Sí, el éter —respondió Barbicane.
—¡Ah! ¿Y qué es el éter?
—El éter, amigo mío, es una aglomeración de átomos
imponderables que en relación con sus dimensiones, dicen las obras de física
molecular, se hallan entre sí tan distantes como los cuerpos celestes del
espacio. Y, sin embargo, su distancia es menos de tres millonésimas partes del
milímetro. Estos átomos, que por sus movimientos vibratorios producen la luz y
el calor, hacen cada segundo cuatrocientos treinta millones de ondulaciones, y
no tienen sino de cuatro a seis diezmillonésimas de milímetro de amplitud.
—¡Millones de millones! —exclamó Miguel Ardán—. ¡Es decir,
que se han contado y medido esas oscilaciones! Todo eso, amigo Barbicane, son
cifras con que los sabios asustan el oído, pero que nada dicen a la
inteligencia.
—Sin embargo, es menester emplearlas.
—No, por cierto; vale más comparar. Un trillón nada
significa; un objeto de comparación lo dice todo. Por ejemplo: cuando tú me
hayas repetido que el volumen de Urano es setenta y seis veces mayor que el de
la Tierra, el volumen de Saturno novecientas veces mayor, el del Sol un millón
trescientas mil, me encontraré tan adelantado como ahora. Por eso prefiero esas
antiguas comparaciones del Double Liegeos, que nos dice simplemente: el Sol es
una calabaza de dos pies de diámetro. Júpiter una naranja. Saturno una manzana.
Neptuno una guinda. Urano una cereza gorda. La Tierra un garbanzo. Venus un
guisante. Marte una cabeza de alfiler gordo. Mercurio un grano de mostaza, y
Juno, Ceres, Vesta y Palas simples granos de arena. ¡Así, a lo menos se forma
una idea aproximada!
Después de esta salida de Miguel Ardán contra los sabios y
los enormes guarismos que amontonan, se procedió al entierro de Satélite; se
trataba simplemente de lanzarlo al espacio de la misma manera que los marinos
echan un cadáver al mar cuando se hallan en plena navegación.
Pero, como lo había recomendado el presidente Barbicane,
fue preciso operar con rapidez, a fin de perder la menor cantidad posible de
aquel aire cuya elasticidad habría lanzado en un momento al vacío. Se
destornillaron con cuidado los pasadores de la lumbrera de la derecha, cuya
abertura medía unos treinta centímetros de diámetro, se levantó el cristal por
medio de una palanca, para vencer la presión del aire interior; y, apenas hubo
espacio suficiente para ella, y Miguel arrojó su perro al espacio.
La pérdida de aire fue tan escasa y la operación se hizo
tan bien, que Barbicane se atrevió más adelante a deshacerse del mismo modo de
restos y desperdicios inútiles que estorbaban en el vagón.
Transcurrió el día 3 sin ningún suceso digno de ser
mencionado, y Barbicane pudo convencerse de que el proyectil continuaba con
velocidad decreciente su marcha hacia el disco lunar.
Capítulo VI. Preguntas y respuestas
El 4 de diciembre se despertaron los viajeros después de
cincuenta y cuatro horas de viaje, y cuando los relojes marcaban las cuatro de
la mañana terrestre. No habían pasado más de cinco horas y cuarenta minutos de
la mitad de la duración calculada a su permanencia en el proyectil; pero habían
recorrido ya casi las siete décimas partes de la travesía. Esta particularidad
se debía al decrecimiento de su velocidad.
Al observar la Tierra por el cristal inferior, les pareció
una mancha oscura en medio de los rayos solares; ya no presentaba ni círculo
luminoso, ni luz cenicienta; a las once de la noche siguiente debía estar
nueva, en el momento mismo en que la Luna estaría llena. Encima de ellos el
astro de la noche se acercaba cada vez más a la línea seguida por el proyectil,
de manera que debía de encontrarse con él a la hora indicada. En torno suyo, la
bóveda negra se hallaba tachonada de brillantes estrellas que parecían moverse
lentamente. Pero a causa de la inmensa distancia a que estaban, su tamaño
aparente no parecía haber sufrido modificación. El Sol y las estrellas
aparecían lo mismo que se les ve desde la Tierra. En cuanto a la Luna, había
aumentado considerablemente; pero los anteojos de los viajeros, que no eran de
gran potencia, no permitían hacer observaciones útiles en su superficie ni
reconocer su disposición topográfica y geológica.
Pasaban el tiempo en conversaciones interminables, cuyo
tema principal era, naturalmente, la Luna, y cada cual ofrecía el contingente
de particulares conocimientos: Barbicane y Nicholl siempre serios; Miguel Ardán
siempre con sus raras bromas. Mientras almorzaban se le ocurrió a este último
una pregunta acerca del proyectil que provocó una curiosa respuesta de
Barbicane digna de referirse.
Suponiendo que el proyectil se hubiera visto detenido
súbitamente cuando se hallaba todavía animado de su velocidad inicial,
pretendía Miguel Ardán saber qué consecuencia hubiera tenido aquella repentina
detención.
—Pero yo no sé —respondió Barbicane— cómo podría detenerse
el proyectil.
—Supongámoslo —respondió Miguel.
—Pero si no se puede suponer —replicó el práctico
Barbicane—, a no ser faltándole la fuerza impulsiva, y entonces su velocidad
habría disminuido poco a poco, y no de repente.
—Supongamos que hubiera tropezado con algún cuerpo en el
espacio.
—¿Con cuál?
—Con el enorme bólido que hemos encontrado, por ejemplo.
—En ese caso —dijo Nicholl— el proyectil se hubiera hecho
mil pedazos y nosotros con él.
—Algo más que eso —añadió Barbicane—: nos hubiéramos
abrasado vivos.
—¡Abrasado! —exclamó Miguel—. ¡Por Dios! Casi siento que
no haya ocurrido el caso, para verlo.
—Ya lo hubieras visto —respondió Barbicane—. Hoy se sabe
que el calor no es más que una modificación del movimiento. Cuando se calienta
agua, es decir, cuando se le añade calor, se da movimiento a una molécula.
—¡Hombre! —exclamó Miguel—. ¡Curiosa teoría!
—Y exacta; amigo mío; porque explica todos los fenómenos
del calórico. El calor no es sino un movimiento molecular, una simple
oscilación de las partículas de un cuerpo. Cuando se aprieta el freno de un
tren, el tren se para. ¿Y qué es del movimiento que le anima? Se transforma en
calor, y el tren se calienta. ¿Por qué se untan con grasa los ejes de las
ruedas? Para impedir que se caliente, porque este calor se convertiría en un
movimiento rápido por transformación. ¿Comprendes?
—¡Sí, comprendo! —repuso Miguel—. Perfectamente. Así, por
ejemplo, cuando yo he corrido largo rato y estoy nadando en sudor, ¿por qué me
veo obligado a detenerme? ¡Es muy sencillo, porque mi movimiento se ha
transformado en calor!
Barbicane no pudo menos de sonreír al escuchar aquella ocurrencia
de Miguel Ardán. Continuando su teoría, siguió diciendo:
—Eso hubiera sucedido a nuestro proyectil en caso de un
choque, como a la bala que cae ardiente después de haber dado en la plancha
metálica; y es porque su movimiento se ha convertido en calor. En consecuencia,
afirmo que si nuestro proyectil hubiera tropezado con el bólido, su velocidad
destruida de súbito, hubiera determinado un calor capaz de volatilizarse
instantáneamente.
—Entonces —preguntó Nicholl—, ¿qué sucedería a la Tierra
si se viera detenida de repente en un movimiento de traslación?
—Que su temperatura se elevaría hasta un grado tal que el
Globo entero se reduciría a vapores.
—Bueno —dijo Miguel—, ved ahí el modo de acabarse el mundo
que simplificaría muchas cosas.
—¿Y si la Tierra cayera en el Sol? —dijo Nicholl.
—Según los cálculos —respondió Barbicane—, aquella caída
desarrollaría un calor igual al producido por un millón seiscientos globos de
carbón iguales en volumen al globo terrestre.
—Buen aumento de temperatura para el Sol —dijo Miguel
Ardán—, y que vendría muy bien a los habitantes de Urano y de Neptuno, que
deben morirse de frío en sus planetas.
—Así, pues, amigos míos —prosiguió Barbicane—, todo
movimiento repentinamente detenido produce calor; y esta teoría ha permitido
admitir que el calor del disco solar se halla alimentado por una, lluvia de
bólidos que caen sin cesar en su superficie. Se ha calculado…
—¡Cuidado! —murmuró Miguel—, que van a empezar otra vez
los números.
—Se ha calculado —siguió diciendo impasible Barbicane— que
el choque de cada bólido sobre el Sol debe producir un calor igual al de cuatro
mil masas de igual volumen.
—¿Y qué proporciones tiene ese calor? —preguntó Miguel.
—Es igual al que produciría la combustión de una capa de
carbón que rodeara al Sol con un espesor de veinticuatro kilómetros.
—Y ese calor…
—Sería capaz de hervir en una hora dos mil novecientos
millones de miriámetros cúbicos de agua.
—¿Y cómo es que no nos tuesta? —preguntó Miguel.
—Porque la atmósfera terrestre absorbe cuatro décimas
partes de calor solar. Y además, la cantidad de calor interceptada por la
Tierra no es más que dos mil millonésimas partes de la irradiación total.
—Ya veo que todo está perfectamente dispuesto —replicó
Miguel— y que esta atmósfera es una invención útil porque no sólo nos permite
respirar, sino que nos impide ser asados.
—Sí —dijo Nicholl—; pero desgraciadamente no sucederá lo
mismo en la Luna.
—¡Bah! —repuso Miguel, siempre confiado—. Si hay allí
habitantes respirarán; si no los hay, habrán dejado bastante oxígeno para tres
personas, aunque sólo sea en el fondo de los barrancos donde su peso lo haya
acumulado. Quiero decir que lo subiremos a las montañas, y así se arregla todo.
Y levantándose, se puso a contemplar la Luna, que brillaba
con irresistible resplandor.
—¡Cáspita! —dijo—. ¡Y qué calor debe hacer allí!
—Y ten presente —respondió Nicholl— que el día dura allí
trescientas sesenta horas.
—En cambio —dijo Barbicane— las noches duran otro tanto, y
como el calor es restituido por radiación, su temperatura no será mayor, que la
de los espacios planetarios.
—¡Bello país! —dijo Miguel—. Pero no importa; quisiera
estar ya en él. ¡Ah, camaradas, qué curioso sería tener la Tierra por Luna,
verla alzarse en el horizonte, reconocer la configuración de sus continentes y
decir: allí está Europa; allí América; y seguirla después, cuando va a perderse
en los rayos del Sol! A propósito, amigo Barbicane, ¿tienen eclipses los
selenitas?
—Sí, eclipses de Sol —respondió Barbicane—, cuando los
centros de los tres astros se encuentran en la misma línea, hallándose la
Tierra en medio. Pero son eclipses anulares, durante los cuales la Tierra,
proyectándose como una pantalla sobre el disco solar, deja ver a su alrededor
gran parte de éste.
—¿Y por qué —preguntó Nicholl— no hay eclipse total?
¿Acaso no se extiende más allá de la Luna el cono de sombra que la Tierra
proyecta?
—Sí, no teniendo en cuenta la refracción producida por la
atmósfera terrestre; no, sí se cuenta con esa refracción. Así, por ejemplo,
llamemos delta prima a la pareja horizontal, y p prima al semidiámetro
aparente…
—¡Adiós! —exclamó Miguel—. Ya tenemos otra vez el v
subcero elevado cuadrado; hable un idioma que todos comprendamos y deja esa
endemoniada álgebra de una vez.
—Pues bien, en lengua vulgar —respondió Barbicane—, siendo
la distancia media de la Luna a la Tierra 60 radios terrestres, la longitud del
cono de sombra pura, y que el Sol envía, no sólo los rayos de su
circunferencia, sino también los de su centro.
—Entonces —dijo Miguel, en tono burlón—, ¿cómo hay
eclipse, puesto que no debe haberlo?
—Únicamente porque estos rayos solares quedan debilitados
por la refracción, y la atmósfera que atraviesa apaga la mayor parte.
—Me satisface esa razón —respondió Miguel—, además de que
ya lo veremos mejor cuando estemos allí.
—Ahora bien, Barbicane; ¿crees que la Luna pueda ser un
antiguo cometa?
—¡Vaya una idea!
—Si —replicó Miguel, con cierta presunción benévola—;
tengo algunas ideas por el estilo y…
—No es tuya esa idea, Miguel —respondió Nicholl.
—¡Bueno! ¿Es decir que soy un plagiario?
—¡Ya lo creo! —respondió Nicholl—. Según antiguas
tradiciones, los de Arcadia aseguraban que sus antepasados habían habitado la
Tierra antes que hubiese Luna. Y de ahí han deducido algunos sabios que nuestro
satélite fue en otros tiempos un cometa cuya órbita pasaba tan cerca de la
Tierra que una vez el astro errante fue capturado por la atracción terrestre, y
mantenido en la órbita que desde entonces recorre.
—¿Y qué hay de cierto en esa hipótesis? —preguntó Miguel.
—Absolutamente nada —respondió Barbicane— y la prueba es
que la una no ha conservado restos de la envoltura gaseosa que acompaña siempre
a los cometas.
—Pero —replicó Nicholl—, ¿no ha podido suceder que la
Luna, antes de ser satélite de la Tierra, y en el momento de hallarse en su
perihelio, pasase tan cerca del Sol que dejara en él por evaporación todas esas
sustancias gaseosas?
—No sería imposible, amigo Nicholl, pero no es probable.
—¿Por qué?
—El por qué… no te lo podré decir a punto fijo.
—¡Ah! —exclamó Miguel—. ¡Cuántos centenares de libros se
podrían escribir con todo lo que no se sabe!
—Hablando de otra cosa, ¿qué hora es?
—Las tres —respondió Nicholl.
—¡Qué de prisa pasa el tiempo en las conversaciones de
sabios como nosotros! —exclamó Miguel Ardán—. ¡Qué instruido me voy volviendo!
Poco a poco me convierto en un pozo de ciencia.
Y mientras así hablaba se encaramó hasta la bóveda del
proyectil «para observar mejor la Luna», según decía. Entretanto, sus
compañeros examinaban el espacio por el cristal inferior, sin advertir nada
digno de notarse. Cuando Miguel bajó de sus alturas se acercó a la lumbrera
lateral y, de repente, profirió una exclamación de sorpresa.
—¿Qué pasa? —preguntó Barbicane.
El presidente se acercó al cristal y vio una especie de
saco aplanado que flotaba delante a pocos metros del proyectil. Parecía que
estaba inmóvil, como éste, y, por consiguiente, debía suponerse que se hallaba
animado del mismo movimiento ascensional.
—¿Qué bulto será ése? —decía Miguel Ardán—. ¿Será algún
corpúsculo de esos que vagan por el espacio, retenido por la atracción de
nuestro proyectil y que irá a acompañarle hasta la Luna?
—Lo que no comprendo —respondió Nicholl— es cómo el peso
específico de ese cuerpo, que seguramente es muy inferior al del proyectil, le
permite sostenerse a su mismo nivel.
—Querido Nicholl —respondió Barbicane, después de
reflexionar un instante—; no sé qué objeto es ése, pero sé perfectamente porqué
se mantiene al lado del proyectil.
—¿Por qué?
—Pues simplemente, querido capitán, porque flotamos en el
vacío, donde los cuerpos caen o se mueven, que es lo mismo, con velocidad igual
cualesquiera que sea su forma y volumen. El aire es el que por su resistencia
da origen a las diferencias de peso. Cuando por medio de la máquina neumática
se hace el vacío en un tubo, los objetos que se han puesto dentro, pajas o
plomos, caen todos con igual rapidez. Aquí, en el espacio, la misma causa
produce idéntico efecto.
—Es verdad —dijo Nicholl—, todo cuanto arrojemos fuera del
proyectil le acompañará en su viaje a la Luna.
—¡Ah, qué tontos somos! —exclamó Miguel.
—¿Por qué nos aplicas ese calificativo? —preguntó
Barbicane.
—Porque podíamos haber llenado el proyectil de objetos
útiles, como libros, instrumentos, herramientas, etc. ¡Lo hubiéramos echado
fuera, y todo nos hubiera seguido! Pero ahora se me ocurre otra cosa. ¿No
podríamos salir nosotros también y lanzarnos al espacio por una de las
lumbreras? ¡Qué placer tan nuevo debe ser encontrarse suspendido en el éter,
mucho más cómodamente que un ave, que necesita batir las alas para moverse!
—Es verdad —dijo Barbicane—, pero ¿cómo nos arreglaríamos
para respirar?
—¡Maldito aire, que falta en tan buena ocasión!
—Y si no faltara, amigo Miguel, como tu densidad es
inferior a la del proyectil, te quedarás atrás en un momento.
—¿De modo que esto es un círculo vicioso?
—Todo lo vicioso que quieras.
—¿Y es forzoso permanecer encerrados en el vagón?
—No hay más remedio.
—¡Ah! —exclamó Miguel, con un gran grito.
—¿Qué te pasa? —preguntó Nicholl.
—Ya sé lo que es ese supuesto bulto. ¡No es esferoide ni
fragmento de planeta!
—¿Pues qué es? —preguntó Barbicane.
—¡Nuestro pobre perro, el marido de Diana!
En efecto, aquel objeto deforme imposible de conocer,
reducido a la nada, era el cadáver de Satélite, aplastado como un odre vacío, y
que subía por el espacio obedeciendo el movimiento del proyectil.
Capítulo VII. Un momento de embriaguez
Así, pues, se verificaba en tan singulares condiciones un
fenómeno curioso y extraño, pero no menos lógico y perfectamente explicable.
Todo objeto lanzado a la parte exterior del proyectil tenía que seguir la misma
trayectoria y no detenerse sino con él. Esto dio motivo a una conversación que
no concluyó en toda la noche. Por otra parte, la emoción de los viajeros iba en
aumento a medida que se acercaban al término del viaje. Esperaban lo
imprevisto, fenómenos enteramente nuevos y nada les hubiera sorprendido en la
disposición de ánimo en que se hallaban. Su imaginación sobreexcitada se
adelantaba al proyectil, cuya velocidad disminuía notablemente sin que ellos lo
advirtieran. Pero la Luna crecía ante sus ojos, y creían que les bastaba
alargar la mano para cogerla.
Al día siguiente, 5 de diciembre, estaban los tres en pie
a las cinco de la mañana. Aquel día debía ser el último de su viaje, si no
fallaban los cálculos. Aquella misma noche, a las doce, o sea dieciocho horas
después, en el momento mismo del plenilunio, debían llegar a tocar el disco
resplandeciente del satélite de la Tierra, tocando a su término el viaje más
extraordinario de los tiempos modernos. Por lo tanto, desde la mañana, y a
través de las lumbreras plateadas con sus rayos, saludaron al astro de la noche
con una aclamación de alegría y confianza.
La Luna marchaba majestuosamente por el firmamento
estrellado, faltándole ya muy pocos grados que recorrer para llegar al punto
preciso del espacio en que debía encontrarla el proyectil. Según sus propias
observaciones, Barbicane calculó que la alcanzaría por su hemisferio boreal,
donde se extienden llanuras inmensas y escasean las montañas. Circunstancia
favorable si, como sospechaba, la atmósfera lunar se hallaba acumulada en las
partes bajas.
—Además —añadió Miguel Ardán—, una llanura es un sitio de
desembarco mucho más a propósito que una montaña, Un selenita que al llegar a
la Tierra encontrara la cumbre del Montblanc o del Himalaya podría decirse que
no había llegado.
—Además —añadió el capitán Nicholl— en terreno llano, el
proyectil quedará inmóvil en cuanto llegue en cambio en una pendiente, rodaría
como un alud, y como nosotros no somos ardillas, dudo que saliéramos sanos y
salvos. De manera que todo va a pedir de boca.
En efecto, no parecía dudoso el éxito de la audaz
tentativa; sin embargo, una reflexión preocupaba a Barbicane, quien no
obstante, la calló, para no inquietar a sus compañeros.
La dirección del proyectil hacia el hemisferio Norte de la
Luna probaba que su trayectoria había sufrido cierta modificación. El tiro,
matemáticamente calculado, debía llevar la bala al centro mismo del disco
lunar. Si no llegaba allí era señal de que había desviación. ¿Qué causa la
había producido? Barbicane no podía adivinarlo ni determinar la importancia de
esa desviación, porque le faltaban los puntos de mira. Esperaba les llevase
hasta el borde superior de la Luna, región más favorable para la llegada.
Sin comunicar sus temores a sus amigos, se limitó
Barbicane a observar frecuentemente la Luna, procurando ver la dirección del
proyectil si modificaba. Porque la situación sería desesperada si el proyectil,
errando el blanco y pasando del disco lunar, se lanzaba a los espacios
interplanetarios.
En aquel instante la Luna, en vez de parecer plana, dejaba
ya ver su convexidad. Si el Sol la hubiera herido oblicuamente, habrían podido
distinguirse muy bien las sombras proyectadas, sus elevadas montañas, así como
bocas de sus cráteres y las caprichosas fallas que surcan sus extensas
llanuras. Apenas si divisaban esas grandes manchas que dan a la Luna el aspecto
de un rostro humano.
—Rostro, pase —decía Miguel Ardán—, pero lo siento por la
amable hermana de Apolo que tiene la cara llena de viruelas.
Entretanto los viajeros, tan cerca ya de su objetó, no se
cansaban de observar aquel nuevo mundo. Su imaginación los conducía a comarcas
desconocidas; ya creían trepar a picos elevados, ya descender a extensos
circos. Se figuraban ver acá y acullá mares inmensos contenidos apenas por una
atmósfera enrarecida y ríos que les llevaban su tributo desde las montañas.
Inclinados sobre el abismo esperaban sorprender los sonidos de aquel astro,
eternamente mudo en las soledades del vacío.
Aquel mismo día les dio recuerdos palpitantes y anotaron
hasta los más insignificantes pormenores. A medida que se acercaban al término
se apoderaba de ellos una vaga inquietud, que hubiera sido mucho mayor, de
saber ellos cuán escasa era su velocidad, la cual, sin duda, les pareció
suficiente para llegar al punto deseado. Y era porque entonces casi no pesaba
ya el proyectil. Su peso disminuía continuamente y debía reducirse a la nada en
aquella línea en que, neutralizándose las dos atracciones, terrestres lunar,
habían de producir efectos sorprendentes.
Sin embargo, y a pesar de sus cuidados, Miguel Ardán no se
olvidó de preparar el almuerzo con su habitual puntualidad. Comieron con buen
apetito aquel excelente caldo preparado a la llama del gas y aquellas carnes en
conserva, rociadas con buenos tragos de vino de Francia. A propósito de esto
dijo Miguel que los viñedos lunares, calentados al sol ardiente, debían de
producir vinos generosos, dado que existieran, por supuesto. De todos modos el
previsor francés no se había olvidado de llevar entre sus paquetes unas cuantas
de aquellas preciosas cepas de Medoc y de la Cote-d'Or, que pensaba aclimatar
en la Luna.
El aparato de Reiset y Regnault seguía funcionando con su
exquisita precisión. El aire se mantenía en estado de pureza perfecta; ninguna
molécula de ácido carbónico resistía a la potasa; y en cuanto al oxígeno, decía
el capitán Nicholl, «era seguramente de primera calidad». El poco vapor de agua
encerrado en el proyectil templaba la sequedad del aire y, muchas habitaciones
de París, Londres y Nueva York y muchos teatros no se encontraban en tan buenas
condiciones higiénicas.
Mas para que el aparato funcionase con regularidad, era
preciso cuidar de que se mantuviera en buen estado; por eso todas las mañanas
examinaba Miguel Ardán los reguladores de salida, probaba las llaves y regulaba
en el pirómetro el calor del gas. Todo marchaba bien hasta entonces y los
viajeros, imitando al digno J. T. Maston, empezaron a adquirir cierta redondez,
que los hubiera puesto desconocidos al cabo de unos cuantos meses de encierro.
En una palabra, hacían lo que los pollos hacen cuando están enjaulados:
engordaban.
Mirando por las lumbreras, divisó Barbicane el espectro
del perro y los diversos objetos arrojados fuera del proyectil, que les
acompañaban obstinadamente. Diana exhalaba melancólicos aullidos al ver los
restos de Satélite, que permanecían tan inmóviles como si descansara en tierra.
—¿Saben, amigos míos —decía Miguel Ardán—, que si uno de
nosotros hubiera sucumbido al golpe de la salida los demás se hubieran visto
apurados para enterrarle, o más bien «eterarle», puesto que aquí el éter
reemplaza a la tierra? ¡Su cadáver acusador nos habría seguido por el espacio
como un remordimiento!
—¡Triste cosa seria! —dijo Nicholl.
—¡Ah! —respondió Miguel—. Lo que yo siento es no poder dar
un —paseo por fuera. ¡Qué placer sería flotar en ese éter radiante, bañarse,
revolcarse en esos rayos puros de sol! Si Barbicane se hubiera acordado de
traer una escafandra y una bomba de aire, me habría aventurado a salir y
hubiera tomado actitudes de quimera y de hipogrifo en lo alto del proyectil.
—Pues bien, querido Miguel —respondió Barbicane—, no
hubieras hecho mucho tiempo el hipogrifo, porque a pesar de tu traje de buzo,
el aire contenido en tu cuerpo te habría hecho reventar como una bomba o como
un globo que se eleva demasiado en el aire. Así, pues, no sientas nada, y ten
presente que mientras flotemos en el vacío has de privarte de todo paseo
sentimental fuera del proyectil.
Miguel Ardán se dejó convencer hasta cierto punto,
conviniendo que la cosa era difícil, pero no imposible, palabra que jamás
pronunciaba.
Se varió la conversación, pero sin que ésta decayera; los
amigos advertían que en aquellas condiciones brotaban las ideas en los cerebros
como las hojas en los árboles al primer calor de la primavera.
Entre las preguntas y respuestas que se cruzaban, planteó
Nicholl una cuestión que no podía resolverse fácilmente.
—Hasta ahora —dijo— no hemos tratado sino de ir a la Luna,
lo cual está y bien; pero ¿cómo volveremos?
Se quedaron sorprendidos sus compañeros; hubieran dicho
que aquella dificultad se presentaba por primera vez.
—¿Qué quieres decir, Nicholl? —preguntó gravemente
Barbicane.
—Me parece inoportuno —dijo Miguel— pensar volver de un
país cuando aún no se ha llegado a él.
—No es que yo quiera volver atrás —replicó Nicholl—; pero
repito mi pregunta. ¿Cuándo volveremos?
—No lo sé —respondió Barbicane.
—Y yo —dijo Miguel—, si hubiera sabido cómo iba a volver,
no hubiera ido.
—Eso es responder —exclamó Nicholl.
—Apruebo las palabras de Miguel y añadiré que la cuestión
no tiene interés por ahora. Más adelante, cuando sea necesario, trataremos de
eso. Si no tenemos el columbiad, tenemos el proyectil.
—¡Buen negocio es! ¡Una bala sin fusil!
—¡El fusil —respondió Barbicane— se puede hacer, así como
la pólvora! Supongo que no faltarán metales, nitro ni carbón en las entrañas de
la Luna. Además, para volver, no hay que vencer más que la atracción lunar, y
basta sólo andar ocho mil leguas para caer en el globo terrestre, en virtud las
leyes de gravedad.
—¡Basta! —dijo Miguel—. ¡No hablemos más de volver!
Demasiado hemos hablado ya. En cuanto a comunicar con nuestros antiguos colegas
de la Tierra no será cosa difícil.
—¿Y cómo?
—Por medio de bólidos lanzados por los volcanes lunares.
—Bien pensado, Miguel —respondió Barbicane, con tono de
convicción—. Laplace ha calculado que bastaría una fuerza once veces superior a
la de nuestros cañones para enviar un bólido de la Luna a la Tierra. Ahora
bien, no hay volcán que no tenga una potencia impulsiva superior a ésta.
—¡Magnífico! —exclamó Miguel—. Vean ahí unos factores
cómodos y que costarán nada. ¡Cómo vamos a reírnos de la Administración de
Correos! Pero ahora se me ocurre…
—¿Qué se te ocurre?
—¡Una idea soberbia! ¿Por qué no hemos enganchado un
alambre a nuestro proyectil? ¡Ahora podríamos cambiar telegramas con la Tierra!
—¡Por Dios! —replicó Nicholl—. ¿Y el peso de un alambre,
hilo de ochenta seis mil leguas, no lo cuentas?
—No. ¡Se hubiera triplicado la carga del columbiad!
¡Cuadruplicado, quintuplicado! —exclamó Miguel, cuya locuacidad tomó una
entonación cada vez más violenta.
—¡No hay que hacer más que una leve objeción a tu
proyecto! —respondió Barbicane—; y es que durante el movimiento de rotación del
proyectil nuestro alambre se hubiera arrollado a él, como una cadena al
cabrestante y nos habría arrastrado de nuevo a la Tierra.
—¡Por las treinta y nueve estrellas de la Unión! —exclamó
Miguel—. ¡Hoy no tengo más que ideas impracticables! ¡Ideas dignas de J. T.
Maston! Pero creo que si nosotros no volvemos a la Tierra, J. T. Maston es
capaz de venir a buscarnos.
—¡Oh, sí, vendría! —replicó Barbicane—. Es un digno y
valeroso compañero. Además, no hay cosa más fácil. ¿No está el columbiad ahí
abierto en el suelo de la Florida? ¿Faltan algodón y ácido nítrico para
fabricar el piróxilo? ¿No ha de volver la Luna a pasar por el cenit —de la
Florida? ¿En el transcurso de dieciocho años no ocupará el mismo sitio que
ocupa hoy?
—Si —repitió Miguel—, sí; Maston vendría, y con él
nuestros amigos Elphiston y Blonisberry, todos los individuos del «Gun-Club», y
serían bien recibidos. Y más adelante se establecerán trenes proyectiles entre
la Tierra y la Luna. ¡Viva J. T. Maston!
Probablemente si el respetable J. T. Maston no oía las
exclamaciones hechas en su honor, por lo menos le zumbaban los oídos. ¿Qué
haría en aquellos momentos? Sin duda, apostado en las Montañas Rocosas, en la
estación de Long's Peak, trataba de descubrir el invisible proyectil que
gravitaba en el espacio. Si pensaba en sus compañeros, hay que convenir en que
éstos le correspondían, y así, bajo la influencia de una exaltación particular,
le dedicaban sus mejores y más cariñosos pensamientos.
Pero, ¿de dónde procedía aquella animación creciente de
los viajeros del proyectil? No podía dudarse de su sobriedad. ¿Debía atribuirse
aquel extraño cretinismo del cerebro a las circunstancias excepcionales en que
se encontraban, a la proximidad del astro de la noche, que sólo distaba unas
cuantas horas, o a alguna influencia secreta de la Luna que obraba sobre su
sistema nervioso? Se les encendían los rostros como si se hallaran a la boca de
un horno; su respiración era agitada y ruidosa; sus ojos brillaban con un fuego
extraordinario; sus voces resonaban con acento formidable, lanzando palabras a
borbotones; sus ademanes y movimientos eran tan agitados que les faltaba
espacio para ellos; y, sin embargo, no parecía que ellos advirtieran todo ese
cambio.
—Pues ahora —dijo Nicholl en tono imperativo—, ahora que
no sé si volveremos de la Luna, quiero saber qué vamos a hacer si nos quedamos
en ella.
—¿Qué vamos a hacer? —dijo Miguel, dando una voz que
resonó estrepitosamente en aquel estrecho recinto.
—¡No, no lo sé, ni me importa! —replicó Barbicane,
gritando tanto como su compañero.
—Dilo pues —gritó Nicholl que tampoco podía contenerse.
—Lo diré si se me antoja —repuso Miguel, asiendo con
violencia el brazo su compañero.
—Pues es menester que se te antoje —dijo Barbicane,
echando llamas por sus ojos y alzando la mano—. ¡Tú has sido el que nos ha
arrastrado a este peligroso viaje y queremos saber para qué!
—¡Sí! —dijo el capitán—. ¡Ya que no sé adónde voy, quiero
saber a qué voy!
—¿A qué? —repitió Miguel dando un salto de un metro—. ¿A
qué? ¡A tomar posesión de la Luna en nombre de los Estados Unidos! ¡A añadir un
Estado más a los treinta y nueve de la Unión! ¡A colonizar las regiones
lunares, a cultivarlas, a poblarlas, a transportar a ellas todas las maravillas
del arte, de las ciencias y de la industria! ¡A civilizar a los selenitas, si
es que no están más civilizados que nosotros, y a constituirlos en República si
no tienen ya esta forma de gobierno!
—¿Y si no hay selenitas? —replicó Nicholl, que bajo la
influencia de aquella embriaguez inexplicable se volvía terco y pendenciero.
—¿Quién dice que no hay selenitas? —exclamó Miguel, en
tono de amenaza.
—¡Yo! —gritó Nicholl.
—Capitán —dijo Miguel—, no repitas esa insolencia, o te la
hago tragar con los dientes.
Los dos adversarios iban a lanzarse uno contra otro, y
aquella discusión se iba a convertir en pelea, cuando Barbicane se plantó entre
ambos de un salto.
—¡Deténganse, desdichados! —dijo volviendo a sus
compañeros de espaldas uno al otro—. Si no hay selenitas nos pasaremos sin
ellos.
—Sí —respondió Miguel, que no era más testarudo—. ¡No nos
hacen falta los selenitas! ¡Abajo los selenitas!
—Para nosotros el imperio de la Luna —dijo Nicholl—.
Nosotros tres constituiremos la República.
—¡Yo seré el Congreso! —gritó Miguel.
—¡Y yo el Senado! —añadió Nicholl.
—¡Y Barbicane el presidente! —vociferó Miguel.
—¡Nada de presidente nombrado por la nación! —respondió
Barbicane.
—¡Pues bien, le nombrará el Congreso —exclamó Miguel—, y
como soy el Congreso le nombro por unanimidad!
—¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra por el presidente Barbicane!
—exclamó Nicholl llevado por su entusiasmo creciente.
—¡Hip! ¡Hip! ¡Hip! —gritó Miguel.
Y al momento, el presidente y el Senado entonaron con voz
terrible el popular Yankee doodle, mientras el Congreso hacía resonar los
varoniles versos de La Marsellesa.
Comenzó un baile desordenado con ademanes descompuestos,
patadas y cabriolas propias de dementes. Diana tomó parte en la fiesta,
aullando y saltando hacia la bóveda del proyectil. Se oyeron entonces fuertes
aletazos, gritos penetrantes de gallos y de gallinas; cinco o seis de éstas
salieron volando y tropezando por las paredes, como murciélagos a la luz del
día…
Y luego, los tres compañeros de viaje, cuyos pulmones
parecían desorganizados bajo una influencia desconocida, embriagados o más bien
abrasados por el aire que les incendiaba el aparato respiratorio, cayeron sin
movimiento al fondo del proyectil.
Capítulo VIII. A setenta y ocho mil ciento catorce leguas
¿Qué había ocurrido? ¿A qué era debida aquella singular
embriaguez, cuyas consecuencias podían ser tan funestas a causa de una simple
ligereza de Miguel, que felizmente pudo Nicholl remediar a tiempo?
Tras un verdadero desmayo que duró pocos minutos, el
capitán fue el primero en recobrar el conocimiento.
Aunque había almorzado dos horas antes, sentía un hambre
terrible que le atormentaba como si no hubiera comido en dos días. Su estómago,
como su cerebro, se hallaba extraordinariamente excitado.
Se levantó, pues, y pidió a Miguel una comida
suplementaria, pero Miguel, que estaba como un tronco, no respondió. Entonces
Nicholl quiso preparar alguna taza de té para tomar tostadas, y lo primero que
hizo fue encender un fósforo.
¿Y cuál no sería su sorpresa al ver que la llama de la
cerilla producía una luz insufrible a la vista y que, aplicada al mechero de
gas, lanzó unos resplandores como los del Sol mismo?
Al punto se le ocurrió una idea que explicaba juntamente
la intensidad de la luz y las perturbaciones fisiológicas que habían sufrido y
la sobreexcitación de sus facultades morales y pasionales.
—¡Es el oxígeno! —exclamó.
Y acercándose al aparato, vio que la llave dejaba salir en
excesiva abundancia aquel gas incoloro, inodoro e insípido, eminentemente
vital, pero que, en estado puro, produce las más graves perturbaciones en el
organismo. En un momento de distracción, Miguel, había dejado enteramente
abierta la llave del aparato. Se apresuró Nicholl a contener aquel escape de
oxígeno que saturaba la atmósfera y que podía ocasionarles la muerte, no por
asfixia, sino por combustión.
Una hora después, el aire, menos cargado, permitía a los
pulmones respirar en su estado normal. Poco a poco volvieron de su embriaguez
los tres hombres; pero tuvieron que dormir la borrachera de oxígeno como duerme
la del vino el beodo.
Al enterarse Miguel de la responsabilidad que, le cabía en
aquel suceso, no manifestó arrepentimiento. Al contrario, aquella embriaguez
inesperada rompía un poco de monotonía del viaje. Muchas tonterías se dijeron
bajo su influencia, pero todas estaban ya olvidadas.
—Y además —añadió el joven francés—, no me pesa haber
saboreado un poco ese gas embriagador. ¡Sepan, amigos míos, que podría fundarse
un establecimiento curioso, con gabinete de oxígeno, donde las personas de
organismo débil podrían dar mayor actividad a su vida durante algunas horas!
¡Supongan una reunión en que el aire se hallase saturado de este fluido
heroico, teatros en que la administración lo mandase preparar en gran cantidad,
y figúrense qué pasión habría en el ánimo de los actores y de los espectadores,
qué fuego, qué entusiasmo! Y si en lugar de una simple reunión, se pudiera
saturar a todo un pueblo, qué actividad, qué exuberancia de vida recibiría! ¡De
una nación degenerada se podría hacer una nación grande y poderosa, y conozco
más de un Estado de nuestra vieja Europa que debería someterse al régimen del
oxígeno, por interés de su salud!
Miguel hablaba y se animaba, en términos que parecía estar
todavía abierta la llave. Pero Barbicane apagó su entusiasmo.
—Todo eso está muy bien, amigo Miguel —le dijo—; pero ¿no
nos dirás de dónde vienen esas gallinas que se han mezclado en nuestro
concierto?
—¿Esas gallinas?
—Sí.
Y en efecto, media docena de gallinas y un gallo magnífico
andaban de un lado para otro, revoloteando y cacareando.
—¡Ah, torpes! —exclamó Miguel—. El oxígeno las ha
sublevado.
—Pero ¿qué vas a hacer con esas gallinas? —preguntó
Barbicane.
—¡Aclimatarlas en la Luna, por Dios!
—Entonces, ¿por qué las escondías?
—¡Era una sorpresa que os reservaba, mi digno presidente,
pero que ha fracasado, como veis de un modo lastimoso! ¡Quería soltarlas en la
Luna sin deciros nada! ¡Cuánto os hubiera sorprendido ver a esos volátiles
terrestres picoteando en los campos lunares!
—¡Ah, tunante, eterno y sempiterno! —respondió Barbicane—.
¡Tú no necesitas oxígeno para perder la cabeza! ¡Siempre estás como estábamos
hace un rato bajo la influencia del gas! ¡Loco de remate!
—¡Bah! ¿Y quién te ha dicho que no estábamos en aquel
momento cuerdos y muy cuerdos? —replicó Miguel Ardán.
Tras esa reflexión filosófica, los tres amigos repararon
el desorden del proyectil. Las gallinas y el gallo fueron encerrados otra vez
en su jaula. Pero al efectuar esta operación, Barbicane y sus dos compañeros
advirtieron muy marcadamente un nuevo fenómeno.
Desde el momento en que salieron de la Tierra, su propio
peso, así como el de todos los objetos que encerraba el proyectil y el de éste
mismo, había sufrido una considerable disminución. Si no podían apreciar esta
disminución respecto del proyectil, debía llegar un instante en que sería
sensible respecto de ellos y de los utensilios e instrumentos de que se valían.
Inútil es decir que una balanza no habría apreciado esta
pérdida de peso, porque las pesas la hubieran sufrido igual; pero una balanza
de resorte, por ejemplo, cuya tensión es independiente de la fuerza de
atracción, hubiera demostrado con exactitud la pérdida sufrida.
Ya sabemos que la atracción, llamada por otro nombre
gravedad, es proporcional a las masas y está en razón inversa del cuadrado de
las distancias. De aquí se deduce esta consecuencia: si la Tierra hubiera
estado la en el espacio; si los demás cuerpos celestes hubieran desaparecido
súbitamente, el proyectil, según la ley de Newton, hubiera pesado tanto menos
cuanto más se hubiera alejado de la Tierra, aunque sin perder nunca enteramente
su peso, porque la atracción terrestre se habría sentido siempre a cualquier
distancia.
Pero en aquellas circunstancias tenía que llegar un
momento en que el proyectil no se hallase en modo alguno sometido a las leyes
de la gravedad, haciendo abstracción de los demás cuerpos celestes, cuyo efecto
podía considerarse como nulo.
En efecto, la trayectoria del proyectil se trazaba entre
la Tierra y la Luna. A medida que se alejaba de la Tierra la atracción
terrestre disminuía en razón inversa del cuadrado de las distancias, pero
también la atracción lunar aumentaba en la misma proporción. Así, pues,
neutralizándose ambas atracciones, el proyectil no pesaría nada. Si las masas
de la Luna y de la Tierra hubieran sido iguales, este punto se habría
encontrado a igual distancia de ambos astros. Pero teniendo en cuenta la
diferencia de masas, era fácil calcular que aquel punto estaría situado a los
cuarenta y siete cincuentaidosavos del viaje, o sea a setenta y ocho mil ciento
catorce leguas de la Tierra.
En aquel punto, cualquier cuerpo que no llevase en sí un
principio de velocidad de traslación, permanecería eternamente inmóvil, siendo
igualmente atraído por los dos astros y no habiendo otra fuerza que le
impulsase hacia cualquiera de los dos.
Ahora bien; si se había calculado exactamente la fuerza
impulsiva, el proyectil debía llevar a aquel punto con una velocidad nula,
habiendo perdido todo inicio de gravedad, como igualmente los objetos que
encerraba. ¿Qué sucedería entonces? Tres hipótesis se presentaban que debían
producir consecuencias muy diferentes.
O el proyectil habría conservado cierta velocidad, y
pasando del punto de la atracción igual, caería en la Luna en virtud de la
atracción lunar.
O faltándole la velocidad para llegar al punto de
atracción igual, caería a la Tierra, en virtud de la atracción terrestre.
O finalmente, animado por una velocidad suficiente para
llegar al punto neutral, pero insuficiente para pasar de él, permanecería
eternamente suspendido en aquel sitio, como el supuesto sepulcro de Mahoma,
entre el cenit y el nadir.
Tal era la situación, y Barbicane explicó claramente sus
consecuencias a sus compañeros de viaje, a quienes el asunto interesaba en el
más alto grado. Ahora bien, ¿cómo podrían conocer que el proyectil había
llegado al punto neutral situado a: sesenta y ocho mil ciento catorce leguas de
la Tierra? Precisamente cuando ni ellos ni los objetos encerrados en el
proyectil se sintieran sometidos a las leyes de la gravedad.
Hasta entonces los viajeros, si bien advertían que esta
acción disminuía cada vez más, no habían reconocido que, faltase totalmente.
Pero aquel mismo día, a eso de las once de la mañana, un vaso que tenía en la
mano Nicholl, y que soltó inadvertidamente, se quedó en el aire en vez de caer
al suelo.
—¡Bola! —exclamó Miguel—. ¡Vamos a tener un poco de física
recreativa!
Y en efecto, en el mismo instante varios objetos, armas,
botellas, abandonados a sí mismos, se sostuvieron como por milagro. La perra
Diana, colocada por Miguel en el espacio, reprodujo, aunque sin secreto alguno,
la suspensión maravillosa, operada por los Caston, los Roberts-Haudin y otros.
La perra, por su parte, no parecía advertir que se hallaba en el aire.
Estaban sorprendidos y estupefactos, a pesar de las
razones que tenían para explicar que faltaba a su cuerpo gravedad. Si extendían
sus brazos, se quedaban de este modo, sin bajarlos; su cabeza no se inclinaba a
ningún lado, y sus pies no tocaban al fondo del proyectil. Parecían hombres
ebrios a quienes faltaba la estabilidad. La imaginación ha creado hombres
invisibles o sin sombra. Pero allí la realidad, sólo por la neutralización de
las fuerzas atractivas, hacía hombres que no pesaban.
Súbitamente, Miguel, tomando impulso, se desprendió del
fondo y quedó suspendido en el aire, como el fraile de la Cocina de los
Ángeles, de Murillo. Sus dos amigos se le reunieron al momento, y juntos los
tres en el centro del proyectil, figuraban una asombrosa ascensión milagrosa.
—¿Esto es creíble? ¿Es verosímil? ¿Es posible? —exclamó
Miguel—. ¡No, y sin embargo, es cierto! ¡Ah! Si Rafael nos hubiera visto así,
¡qué Ascensión hubiera trazado en el lienzo!
—La ascensión no puede durar —respondió Barbicane—. Si el
proyectil pasa del punto neutral, la atracción de la Luna nos llevará hacia
ella.
—Entonces nuestros pies descansarán en la bóveda del
proyectil —respondió Miguel.
—No tal —dijo Barbicane—; el proyectil tiene su centro de
gravedad abajo; y se volverá poco a poco.
—Entonces todo el moblaje va a verse revuelto en un
momento.
—No tengas cuidado, Miguel —respondió Nicholl—. No habrá
trastorno alguno; ningún objeto se moverá, porque la evolución del proyectil se
hará insensiblemente.
—En efecto —añadió Barbicane—, y cuando haya pasado el
punto de atracción, su fondo relativamente más pesado lo arrastrará en
dirección perpendicular a la Luna. Pero para que este fenómeno se produzca, es
menester que hayamos pasado la línea neutral.
—¡Pasar la línea neutral! —exclamó Miguel—. Entonces
hagamos como los marinos cuando pasan el Ecuador: ¡mojemos nuestro paso!
Con un ligero movimiento de lado, se acercó Miguel a la
pared; tomó allí una botella y vasos, los colocó en el espacio, delante de sus compañeros,
y bebiendo alegremente, saludaron a la línea con una triple inclinación.
Aquella influencia de la atracción duró una hora escasa.
Los viajeros se sintieron poco a poco atraídos al fondo del proyectil, mientras
el extremo superior de éste, según las observaciones de Barbicane, se apartaba
poco a poco de la dirección de la Luna, y por un movimiento inverso, se
acercaba a ella la parte inferior. La atracción lunar reemplazaba, pues, a la
atracción terrestre. Por consiguiente empezaba la caída hacia la Luna, aunque
casi insensible todavía; puesto que no debía ser más que un milímetro y un
tercio en el primer segundo, o sean quinientas noventa milésimas de línea. Poco
a poco iba aumentándose la fuerza atractiva, la caída sería más marcada, el
proyectil presentaría su cono superior a la Tierra y caería con una velocidad
creciente hasta la superficie del continente selenita. El objeto, pues, iba a
conseguirse, sin que nada pudiera impedir el buen éxito de empresa; y así
Nicholl y Miguel Ardán participaban de la alegría de Barbicane.
Hablaron luego de todos aquellos fenómenos que les
maravillaban uno tras otro, y especialmente aquella neutralización de las leyes
de la gravedad. Miguel Ardán, siempre entusiasta, quería deducir de ellos
consecuencias que no eran sino puro capricho.
—¡Ah, mis dignos amigos! ¡Qué progreso tan grande si
pudiésemos librarnos tan fácilmente de esa gravedad, de esa cadena que nos
sujeta a ella! ¡Sería la libertad del prisionero! ¡No más cansancio de brazos
ni de piernas! Y si es verdad que para volar en la superficie de la Tierra,
para sostenerse en el aire por el solo ejercicio de los músculos, se necesita
una fuerza ciento cincuenta veces superior a la que poseemos, un simple acto de
voluntad, un capricho, nos transportaría al espacio, si no existiera la tracción.
—En efecto —dijo riendo, Nicholl—. Si se llegara a
suprimir la gravedad como se suprime el dolor por la anestesia, ved ahí una
cosa que sembraría la paz en las sociedades modernas.
—Sí —respondió Miguel, fijo en su idea—: destruyamos la
gravedad y se acabaron las cargas. No más grúas, no más gatos, no más
cabrestantes, ni tornos, ni máquina alguna, que ya no serían necesarias.
—Muy bien dicho —contestó Barbicane—. Pero si se
suprimiera la gravedad ningún objeto permanecería en su sitio, ni tu sombrero
en tu cabeza, ni tu casa, cuyas piedras se mantienen juntas por su peso. No
podría haber arcos, porque si se sostienen sobre las aguas, es sólo por la
gravedad. No habría océano, puesto que sus olas no estarían contenidas por la
atracción terrestre; en fin, tampoco habría atmósfera, porque sus moléculas, al
no ser retenidas por la gravedad, se dispersarían en el espacio.
—¡Triste es eso! —replicó Miguel—. No hay como esta gente
positiva para volverle a uno bruscamente a la realidad.
—Pero consuélate, Miguel —añadió Barbicane—, porque si no
hay astro alguno en que no existen las leyes de la gravedad, por lo menos vas a
visitar uno en que aquélla es mucho menos que en la Tierra.
—¿La Luna?
—Sí, la Luna. Como su masa no es más que la sexta parte de
la del globo terrestre y la gravedad es proporcional a las masas, los objetos
pesan allí seis veces menos.
—¿Y lo advertiremos nosotros? —preguntó Miguel.
—Indudablemente, supuesto que 200 kilogramos no pesan más
que 30 en la superficie de la Luna.
—¿Y no disminuirá nuestra fuerza muscular?
—De ningún modo; en lugar de elevarte a un metro,
saltando, te elevarás a dieciocho pies de altura.
—¡Entonces seremos Hércules en la Luna! —exclamó Miguel.
—Seguramente —respondió Nicholl—; tanto más cuanto que si
la estatura de los selenitas es proporcionada a la masa de su globo, tendrán
apenas un pie de altura.
—¡Liliputienses! —replicó Miguel—. ¡Voy a hacer, pues, el
papel de Gulliver! ¡Vamos a realizar la fábula de los gigantes! Ved ahí la
ventaja de abandonar el planeta propio y recorrer el mundo solar.
—Escucha un momento, Miguel —respondió Barbicane—; si
quieres hacer de Gulliver, no visites más que los planetas inferiores, como
Mercurio, Venus o Marte, cuya masa es menor que la de la Tierra. Pero no te
arriesgues a visitar los planetas grandes, como Júpiter, Saturno, Urano o
Neptuno, porque entonces se trocarían los papeles, y serías, tú el
liliputiense. En el Sol, si su densidad es cuatro veces menor que la de la
Tierra; su volumen es unas trescientas veinticinco mil veces mayor y la
atracción veinticinco veces más fuerte que en la superficie de nuestro globo.
De manera que guardadas todas las proporciones, los habitantes deberían tener,
por término medio, doscientos pies de altura.
—¡Demonio! —exclamó Miguel—. Allá no sería yo más que un
pigmeo.
—Gulliver entre los gigantes —dijo Nicholl.
—Cabalmente —dijo Barbicane.
—Y no sería inútil llevar piezas de artillería para
defenderse.
—¡Bah! —replicó Barbicane—. Tus balas no harían efecto
alguno en el Sol y caerían al suelo a los pocos metros.
—¡Qué cosa más rara! Se me antoja una fantasía.
—Pero cierta —respondió Barbicane—. La atracción es tan
grande en aquel astro enorme, que un objeto de peso de 70 kilogramos en la
Tierra, pesaría 1.930 en la superficie del Sol. Un sombrero, 10 kilogramos, tu
cigarro media libra y en fin, si tú cayeras al suelo en el continente solar, no
podríamos levantarte, porque tu peso sería de 2.500 kilogramos.
—¡Diablo! —exclamó Miguel—. Sería menester entonces llevar
consigo una cabria. Pues bien, amigos míos, contentémonos por hoy con la Luna
allí a lo menos haremos un buen papel. Más adelante veremos si nos conviene ir
al Sol, donde no puede uno beber sin el auxilio de un cabrestante para llevarse
la copa a los labios.
Capítulo IX. Consecuencias de una desviación
Ya estaba tranquilo Barbicane, si no por el éxito del
viaje, a lo menos por la fuerza impulsiva del proyectil. Su velocidad virtual
le arrastraba más allá de la línea neutral; por consiguiente, ni volvía a la
Tierra, ni se quedaba inmóvil en el punto de atracción. Una sola hipótesis
faltaba realizar: la llegada del proyectil a su blanco, bajo la acción de la
atracción lunar.
En realidad era una caída de 8.296 leguas sobre un astro
en que seguramente la gravedad no es sino la sexta parte de la Tierra, sin
embargo, una caída formidable, contra la cual convenía tomar toda clase de
precauciones.
Estas precauciones podían ser de dos clases: unas debían
amortiguar el golpe en el momento en que el proyectil tocase el suelo lunar; y
las otras habían de retardar su caída, haciéndola, por consiguiente, menos
violenta.
Era una lástima que Barbicane no hubiera podido emplear
para amortiguar el golpe los medios que tan bien habían atenuado el choque de
salida, es decir, el agua empleada como muelle, y los tabiques movibles. Los
tabiques resistían, pero faltaba el agua, ya que no se podía emplear en aquella
mole la que quedaba, ya que era indispensable para el caso que les faltase en
los primeros días de estancia en el suelo lunar.
Es más, aquel repuesto habría sido insuficiente para
servir de muelle; porque la capa de agua encerrada en el proyectil al tiempo de
su partida y en que descansaba el disco impermeable, no ocupaba menos de tres
pies de altura en una superficie de cincuenta pies cuadrados; medía seis metros
cúbicos de volumen y pesaba cinco mil setecientos cincuenta kilogramos;
mientras que los recipientes no contenían ni la quinta parte. Por consiguiente,
había que renunciar a este medio de amortiguar el choque de llegada.
Por fortuna, Barbicane, no contento con emplear el agua,
había provisto al disco movible de topes de muelle destinados a debilitar el
choque contra el fondo cuando desaparecieron los tabiques horizontales. Estos
topes existían todavía, y bastaba apretarlos y colocar en su sitio el disco
movible. Todas aquellas piezas, fáciles de manejar, porque su peso era apenas
sensible, podían volver a montarse rápidamente.
Así se hizo; las diversas piezas se reunieron sin
dificultad por medio de pasadores y tuercas. En un momento se halló el disco
descansando en sus topes de acero, como una mesa en sus pies. La colocación del
disco tenía un inconveniente, que era el quedar cubierto el disco inferior, con
lo cual los viajeros se veían en la imposibilidad de observar la Luna por
aquella obertura, cuando fueran precipitados perpendicularmente hacia ella.
Pero tenían que resignarse; además, por las aberturas laterales también se podían
examinar en gran parte las vastas regiones lunares como se ve en la Tierra
desde la barquilla de un globo aerostático.
La disposición del disco exigió una hora de trabajo; así
que eran más de las doce del día cuando se terminaron los preparativos.
Barbicane hizo nuevas observaciones sobre la inclinación del proyectil pero con
gran disgusto suyo, éste no se había vuelto lo suficiente para una caída y más
bien parecía seguir una curva paralela al disco lunar. El astro de la noche
brillaba espléndidamente en el espacio mientras del lado opuesto el astro del
día lo incendiaba con sus fuegos.
No dejaba de ser alarmante la situación.
—¿Llegaremos? —preguntó Nicholl.
—Hagamos como si hubiéramos de llegar —respondió
Barbicane.
—Son ustedes unos agonizantes —replicó Miguel Ardán—.
Llegaremos, y más prisa de lo que quisiéramos.
Esta respuesta impulsó a Barbicane a volver a su trabajo
preparatorio y dedicó a disponer los aparatos necesarios para retardar la
caída.
No se habrá olvidado el altercado del mitin celebrado en
Tampa Town, en la Florida, cuando el capitán Nicholl se presentó como enemigo
de Barbicane y adversario de Miguel Ardán. A las afirmaciones del capitán
Nicholl, que se empeñaba en sostener que el proyectil se haría pedazos,
contestaba Miguel que retardaría su caída por medio de cohetes convenientemente
dispuestos.
Y en efecto, era fácil comprender que disparando en la
parte exterior del fondo del proyectil cohetes de gran potencia, no podían
menos de producir un movimiento de retroceso que disminuyera considerablemente
la velocidad de aquél. Dichos cohetes debían arder en el vacío, pero no les
faltaba oxígeno, porque habían de producirlo ellos mismos como volcanes
lunares, cuya deflagración nunca ha dejado de verificarse por falta de
atmósfera en la Luna.
Así, pues, Barbicane se había provisto de cohetes de esta
especie encerrados en cañoncitos de acero en forma de rosca, que podían
atornillarse en el fondo del proyectil; por la parte interior no sobresalían de
este fondo; por la exterior sobresalían medio pie. Se colocaron veinte, y una
abertura practicada al efecto en el disco permitía encender la mecha de que
cada cual iba provisto, produciéndose así todo el efecto por la parte de
afuera. Las mechas inflamables se habían puesto de antemano muy forzadas en
cada cañón. No faltaba, pues, sino quitar los obturadores mecánicos ajustados
en el fondo y reemplazarlos por los cañoncitos, que ajustaban también
exactamente.
Esta nueva operación se concluyó a eso de las tres; y
tomadas estas precauciones, ya sólo quedaba esperar.
Mientras tanto, el proyectil se acercaba visiblemente a la
Luna, cuya influencia sentía en cierta proporción; pero su propia velocidad le
arrastraba también en línea oblicua. La resultante de estas dos influencias era
una línea que podía convertirse en una tangente. Pero no cabía duda de que el
proyectil no caía normalmente en la superficie de la Luna, porque su parte
inferior, en razón de su mismo peso, debía hallarse vuelta hacia ella.
Se aumentaba la inquietud de Barbicane al ver que el
proyectil resistía a las influencias de la gravitación. El sabio, que creía
haber previsto todas las hipótesis posibles, la vuelta a la Tierra, la caída a
la Luna y la detención en la línea neutral se hallaba de improviso con una
cuarta nueva hipótesis, preñada de terrores, porque era lo desconocido, lo
infinito. Para pensarlo, sin acobardarse, precisaba ser un flemático como
Nicholl o un aventurero audaz como Miguel Ardán.
Hablaron de este asunto. Otros hombres cualesquiera,
hubieran considerado la cuestión desde el punto de vista más práctico, tratando
de averiguar a dónde les conducía el proyectil. Pero ellos no lo hicieron así;
lo primero de que trataron fue de la causa que habría producido aquel efecto.
—¿Es decir que hemos descarrilado? —preguntó Miguel—. Pero
¿por qué?
—Mucho me temo —respondió Nicholl— que a pesar de todas
las precauciones tomadas, el columbiad no haya sido bien apuntalado. Un error
por pequeño que sea, basta para lanzarnos fuera de la atracción lunar.
—¿Conque habrán apuntado mal? —preguntó Miguel.
—No lo creo —respondió Barbicane—. La perpendicular del
cañón era perfecta y su dirección al cenit de aquel sitio completamente exacta.
Pues bien, pasando la Luna por el cenit, debíamos llegar a ella de lleno. Hay
alguna otra razón, pero no doy con ella.
—Llegaremos quizá demasiado tarde —indicó Nicholl.
—¿Demasiado tarde? —dijo Barbicane.
—Sí —respondió Nicholl—. La nota del observatorio de
Cambridge expresa que la travesía debe realizarse en noventa y siete horas,
trece minutos y veinte segundos. Lo cual quiere decir que la Luna, no habría
llegado antes al punto indicado, y más tarde habría pasado ya. ¿No crees que es
así?
—Conforme —respondió Barbicane—; pero salimos, el primero
de diciembre a las 11 menos 3 minutos y 20 segundos de la noche, y debemos
llegar el 5, a las doce en punto de la noche en el momento de estar la Luna
llena. Ahora bien, son las tres y media de la tarde, y ocho horas y media
debían bastar para conducirnos al, punto de destino; ¿por qué no hemos de
llegar?
—¿No será un exceso de velocidad? —respondió Nicholl—.
Porque la velocidad inicial ha sido mayor de lo que suponía.
—¡No y cien veces no! —replicó Barbicane—. Un exceso de
velocidad, si la dirección del proyectil hubiera sido buena no nos habría
impedido llegar a la Luna.
—¿Por quién y por qué? —preguntó Nicholl.
—No puedo decirlo —respondió Barbicane.
—Pues bien, Barbicane —dijo entonces Miguel—, ¿quieres
saber lo que pienso acerca del motivo de esta desviación?
—Habla.
—¡No daría medio dólar por saberlo! ¡Nos hemos desviado,
ésa es la cosa! ¿A dónde vamos? ¡No me importa! Ya lo veremos. ¡Qué diablo!
Puesto que vamos atravesando el espacio, acabaremos por caer en un centro
cualquiera de atracción.
Esa indiferencia de Miguel Ardán no podía satisfacer a
Barbicane; y no porque le inquietara lo porvenir, sino porque a toda costa
quería saber por qué se había desviado el proyectil.
Entretanto, éste seguía marchando en sentido lateral a la
Luna, y con él todos los objetos arrojados al exterior. Barbicane, tomando
puntos de mira en la Luna, cuya distancia era inferior a dos mil leguas, pudo
cerciorarse de que su velocidad era uniforme. Nueva prueba de que no habría
caída.
Los tres amigos, no teniendo otra cosa que hacer,
continuaron sus observaciones. Pero aún no podían determinar las disposiciones
topográficas satélite. Todas las desigualdades se nivelaban bajo la protección
de los rayos solares.
Así estuvieron observando por los cristales laterales
hasta las ocho de la noche. La Luna había aumentado de tal manera, que cubría
la mitad del firmamento. El Sol por un lado y el astro de la noche por otro,
inundaban de luz el proyectil.
En aquel momento Barbicane creyó poder apreciar en
setecientas leguas solamente la distancia que los separaba de su objeto. La
velocidad del proyectil parecía ser de unos doscientos metros por segundo, o
sea poco más o menos ciento setenta leguas por hora. El fondo del proyectil se
inclinaba hacia la Luna obedeciendo a la fuerza centrípeta; pero la fuerza
centrífuga dominaba siempre, siendo por tanto probable que la trayectoria
rectilínea se trocara en una curva cualquiera, cuya naturaleza no era posible
determinar, desde luego.
Barbicane continuaba buscando la solución de su
irresoluble problema: las horas pasaban sin resultado, el proyectil se acercaba
visiblemente a la Luna; pero era también visible que no llegaría a ella. En
cuanto a la distancia más corta a que llegaría, debía ser la resultante de las
dos fuerzas atractiva y repulsiva que solicitaban el móvil.
—Yo sólo pido una cosa —decía Miguel—: pasar lo bastante
cerca de la Luna para penetrar sus secretos.
—Maldita sea entonces —exclamó Nicholl— la causa que ha
hecho desviar nuestro proyectil.
—Maldito sea también —respondió Barbicane, como se le
ocurriera de repente— aquel bólido que nos hemos encontrado en el camino.
—¡Eh! —dijo Miguel.
—Quiero decir —respondió Barbicane, con acento de
convicción— que nuestra desviación se debe únicamente al encuentro de aquel
cuerpo errante.
—Pero si no nos ha tocado —respondió Miguel.
—¿Y qué importa? Su masa, comparada con la de nuestro
proyectil, era enorme, y su atracción ha bastado para influir en nuestra
dirección.
—¿Tan poca cosa? —exclamó Nicholl.
—Sí, amigo Nicholl; pero por poco que fuera, en una
distancia de ochenta y cuatro mil leguas, no hacía falta más para apartarnos de
nuestro camino.
Capítulo X. Los observadores de la Luna
Sin duda había comprendido Barbicane la verdadera causa de
aquella desviación; por pequeña que fuera, bastante para modificar la
trayectoria del proyectil. Era una lástima; la tenaz tentativa abortada por una
circunstancia enteramente casual, y de no sobrevenir acontecimientos
excepcionales no podían llegar al disco lunar los viajeros. ¿Pasarían, sin
embargo, lo bastante cerca para poder resolver ciertos problemas de física o de
geología, no resueltos aún? Esto era lo único que preocupaba ya a los atrevidos
viajeros. En cuanto a la suerte que lo por venir les reservaba, ni siquiera
querían pensar en ella. No obstante, ¿qué sería de ellos en medio de aquellas
soledades infinitas, cuándo el aire iba a faltarles de un momento a otro? Al
cabo de unos cuantos días era posible que cayeran asfixiados en aquel proyectil
errante a la ventura. Pero aquellos pocos días eran dignos para hombres tan
intrépidos como ellos, que consagraban todos sus instantes a observar la Luna,
ya que no esperaban llegar a ella.
La distancia que a la sazón separaba al proyectil del
satélite fue calculada en doscientas leguas aproximadamente. En estas
condiciones no eran, sin embargo, los detalles de la Luna tan visibles para
ellos como lo son para los habitantes de la Tierra provistos de telescopios
potentes.
En efecto, el instrumento montado por John Rosse en
Parsonton, y que aumentaba el tamaño de los objetos seis mil quinientas veces,
acerca la Luna a la distancia de dieciséis leguas; además, con el potente
aparato establecido en Long's Park el astro de la noche, aumentado hasta
cuarenta y ocho mil veces, se acercaba hasta menos de dos leguas, pudiéndose
distinguir perfectamente los objetos de diez metros de diámetro.
Por lo tanto, a la distancia que se hallaban, los detalles
topográficos dé la Luna observados sin anteojos no estaban determinados
sensiblemente. La vista abarcaba el extenso contorno de aquellas inmensas
depresiones llamadas impropiamente mares, pero no se podía reconocer su
naturaleza. La prominencia de las montañas desaparecía en la espléndida
irradiación producida por la reflexión de los rayos solares, y que deslumbraba
la vista hasta el punto de no poderla resistir.
Sin embargo, ya se distinguía la forma oblonga del astro,
que parecía un huevo gigantesco, cuyo extremo más agudo miraba a la Tierra. En
efecto, la Luna, líquida o maleable en los primeros días de su formación, tenía
la forma de una esfera perfecta; pero al poco tiempo, solicitada por el centro
de atracción de la Tierra, se prolongó por la influencia de la gravedad. Al
convertirse en satélite, perdió la pureza nativa de sus formas, su centro de
gravedad se adelantó al centro de la figura; y de esta disposición dedujeron
algunos sabios la consecuencia de que el aire y el agua podría haberse
refugiado en la cara opuesta de la Luna, que nunca es visible desde la Tierra.
Esta alteración de las formas primitivas del satélite no
fue sensible sino durante unos cuantos minutos. La distancia del proyectil a la
Luna disminuía con gran rapidez, por efecto de su velocidad, que, si bien
inferior en mucho a la inicial, era ocho o nueve veces superior a la que
llevaban los trenes especiales de los ferrocarriles. La dirección oblicua del
proyectil por razón de esta misma oblicuidad, dejaba todavía a Miguel Ardán
alguna esperanza de tropezar con un punto cualquiera del disco lunar. No podía
creer que no hubiera de llegar, y así lo repetía a cada momento, pero
Barbicane, mejor juez en la materia, no cesaba de repetirle con implacable
lógica.
—No, Miguel; no podemos llegar a la Luna sino por una
caída, y no caemos. La fuerza centrípeta nos mantiene bajo la influencia lunar,
pero la centrífuga nos aleja irresistiblemente.
Esto fue dicho a Miguel en un tono que hizo perder al
mismo sus últimas esperanzas.
La parte de la Luna a donde se acercaba el proyectil era
el hemisferio boreal; el que los mapas selenográficos colocan en la parte
inferior; porque estos mapas están generalmente formados con arreglo a las
imágenes que dan los anteojos, los cuales, como es sabido, invierten la
dirección de los objetos. Tal era el Mappa selenographica que consultaba
Barbicane. Este hemisferio septentrional presentaba extensas llanuras sembradas
de montañas aisladas.
A las doce de la noche, la Luna estaba llena; en aquel
momento hubieran debido poner el pie en ella los viajeros si el maldito bólido
no les hubiera desviado en su dirección. El astro llegaba, pues, en las
condiciones rigurosamente determinadas por el observatorio de Cambridge; se
hallaba matemáticamente en su perigeo y en el cenit del 28 paralelo. Un
observador colocado en el fondo del enorme columbiad asestado
perpendicularmente al horizonte hubiera visto la Luna en la boca del cañón; una
línea recta trazada desde el eje de la pieza habría atravesado el centro del
astro de la noche.
Creemos inútil decir que en toda aquella noche del 5 al 6
de diciembre, no descansaron un instante los viajeros. ¿Habrían podido cerrar
los ojos tan cerca de aquel nuevo mundo? No. Todos sus sentimientos se
concentraban en un solo pensamiento: ¡Ver! Como representantes de la Tierra, de
la Humanidad pasada y presente, que resumían en sí la raza humana, miraban por
sus ojos aquellas regiones lunares cuyos secretos intentaban penetrar. Se
hallaban poseídos de una profunda emoción y no hacían más que ir de un cristal
a otro.
Sus observaciones, reproducidas por Barbicane, fueron
rigurosamente determinadas. Para hacerlas, disponían de anteojos; para
comprobarlas, tenían mapas.
El primer observador de la Luna fue Galileo. Su
insuficiente anteojo sólo aumentaba treinta veces el tamaño del astro. Sin
embargo, en las manchas que salpicaban el disco lunar «como los ojos que marcan
la cola de un pavo real» fue el primero que reconoció montañas y aun midió la
altura de algunas, a las cuales atribuyó exageradamente una elevación casi
igual a la vigésima parte del diámetro del disco, o sea ocho mil ochocientos
metros. Galileo no trazó ningún mapa que reprodujera sus observaciones.
Años después, un astrónomo de Dantzig, Hevelius, empleando
procedimientos que sólo eran exactos dos veces al mes, en la primera y segunda
cuadratura, redujo las alturas halladas por Galileo a sólo una vigésima sexta
parte del diámetro lunar, lo cual era también una exageración aunque en otro
sentido. Pero a aquel sabio se debe el primer mapa de la Luna. Las manchas
claras y redondas forman en él las montañas circulares, y las manchas oscuras,
mares extensos, que en realidad no son sino llanuras. A aquellas montañas y a
aquellas tablas de agua les dio denominaciones terrestres.
Así se ve figurar en su mapa un Sinaí en medio de una
Arabia, un Etna en el centro de una Sicilia, Alpes, Apeninos, Cárpatos, el
Mediterráneo, el Palus Meotides, el Ponto Euxino y el mar Caspio; nombres por
lo demás, mal aplicados, porque ni aquellas montañas ni aquellos mares
presentan la configuración de sus homónimos en la Tierra. Difícilmente podría
reconocerse en una gran mancha blanca unida por el sur a extensos continentes y
acabada en punta, la imagen invertida de la península india del golfo de Bengala
y de la Conchinchina. Así, estos nombres no se conservaron. Otro cartógrafo,
más conocedor del corazón humano, propuso una nueva nomenclatura, que la
vanidad de los hombres se apresuró a adoptar.
Fue este observador el padre Riccioli, contemporáneo de
Hevelius, quien trazó un mapa grosero y plagado de errores; pero puso a las
montañas de la Luna los nombres de diferentes personajes célebres de la
Antigüedad y de sabios de su época, uso muy admitido después.
En el siglo XVII, Domingo Cassini formó un tercer mapa de
la Luna, superior al de Riccioli en la ejecución, aunque inexacto en las
medidas. Se publicaron de él varias ediciones; pero las planchas, conservadas
largo tiempo en la Imprenta Real de París, se vendieron al fin como cobre
viejo.
La Hire, célebre matemático y dibujante, trazó un mapa de
la Luna de cuatro metros de alto, que nunca fue grabado.
Después de él un astrónomo alemán, Tobías Mayer,
emprendió, a mediados del siglo XVIII, la publicación de un magnífico mapa
selenográfico, arreglado a las medidas lunares rigurosamente rectificadas por
él; pero su muerte, acaecida en 1762, le impidió terminar tan excelente obra.
Vienen luego Schroeter de Lilienthal, que bosquejó
diferentes mapas de la Luna, y un tal Lohrinann, de Dresde, a quien se debe una
lámina divina en veinticinco secciones, cuatro de las cuales se grabaron.
En 1830, Beer y Moedler compusieron su célebre Mappa
selenographica siguiendo una proyección ortográfica. Este mapa reproduce
exactamente el disco solar, tal y como aparece; únicamente la configuración de
las montañas y de las llanuras es exacta sólo en su parte central; en todo lo
demás, en las partes centrales y meridionales, orientales u occidentales,
aquellas configuraciones presentadas en reducción, no pueden compararse a las
del centro. Este mapa topográfico, que tiene noventa y cinco centímetros de altura
y se halla dividido en cuatro partes, es la obra maestra de la cartografía
lunar.
A más de las obras de estos sabios, se citan los relieves
selenográficos del astrónomo alemán Julio Schinidt, los trabajos topográficos
del padre Secchi, las magníficas pruebas del aficionado inglés Waren de la Due,
y, finalmente, un mapa sobre proyección ortográfica de los señores Lecouturier
y Chapuis, hermoso modelo trazado en 1860, de dibujo exactísimo y muy clara
disposición.
Tal es el catálogo de los diferentes mapas relativos al
mundo lunar, Barbicane poseía dos, el de Beer y Moedler, y el de Chapuis y
Lecouturier; con el auxilio de ambos debía facilitarse sus trabajos de
observador.
En cuanto a los instrumentos de óptica de que disponían,
eran excelentes anteojos marinos, preparados especialmente para aquel viaje. Su
fuerza llegaba a aumentar cien veces el tamaño de los objetos, lo que equivale
a decir que hubiera hecho ver en la Tierra a la Luna a distancia de unas mil
leguas. Pero entonces hallándose los observadores a cosa de las tres de la
madrugada, a menos de ciento veinte kilómetros del astro, y sin el intermedio
de atmósfera alguna que les perjudicara la visión, los instrumentos debían
acercar la superficie lunar a unos mil quinientos metros de distancia.
Capítulo XI. Fantasía y realidad
—¿Has visto alguna vez la Luna? —preguntaba irónicamente
un profesor a su discípulo.
—No, señor —replicó éste, más irónicamente aún—, pero debo
confesarle que he oído hablar de ella alguna vez.
La mayor parte de los seres sublunares podían dar
formalmente esta respuesta. ¡Cuántas personas han oído hablar de la Luna sin
haberla visto nunca, por lo menos a través de un telescopio! ¡Cuántos no han
visto jamás un mapa de su satélite!
Si se mira un mapa selenográfico, una cosa llama la
atención ante todo. Al revés de lo que sucede en la Tierra o en Marte, los
continentes ocupan más particularmente el hemisferio Sur del globo lunar; y no
se presentan esas líneas terminales, tan claras y tan regulares, que dibujan la
América Meridional, el África y la península india. Sus costas angulosas,
caprichosas y profundamente festoneadas, abundan en golfos y penínsulas,
presentando con bastante analogía el aspecto confuso de las islas de la Sonda, donde
las tierras se hallaban excesivamente divididas. Si alguna vez ha habido
navegación en la superficie de la Luna debió de ser muy difícil y peligrosa, y
hay que compadecer a los marinos y a los hidrógrafos selenitas; a los unos
cuando hubieran de acercarse a tan peligrosos fondeaderos, a los otros cuando
tuvieron que levantar los planos de tan irregulares costas.
También se verá que en el esferoide lunar el Polo Sur es
mucho más continental que el Polo Norte. En este último no existe más que un
ligero casquete de tierras, separadas de los otros continentes por mares
extensos. Hacia el Sur los continentes cubren casi todo el hemisferio; es, pues
posible que los selenitas hayan plantado ya su pabellón en uno de los polos,
mientras que los Franklin, los Rosse, y los Kane, los Dumont d'Urville, los
Lambert y tantos otros se han esforzado inútilmente en encontrar ese punto
desconocido de nuestro globo terrestre.
Por lo que se refiere a las islas, abundan muchísimo en la
superficie lunar. Casi todas tienen figura oblonga o circular, como si
estuvieran trazadas a compás, y forman como un gran archipiélago que sólo puede
compararse con ese grupo encantador esparcido entre Grecia y el Asia Menor y
que la mitología animó en tiempos antiguos con sus interesantes leyendas.
Acuden, sin querer, a la memoria los nombres de Naxos, Tenedos, Cárpatos, y los
ojos buscan el navío de Ulises o el clipper de los Argonautas. Esto es, por lo
menos, lo que pedía Miguel Ardán, porque veía un archipiélago griego en el
mapa. A los ojos de sus compañeros, no tan entusiastas como él, el aspecto de
aquellas costas recordaba más bien a las tierras fraccionadas de Nueva
Brunswick y de la Nueva Escocia; y donde el francés encuentra la huella de los
héroes fabulosos, los americanos marcaban sitios a propósito para el
establecimiento de factorías beneficiosas al comercio y a la industria lunares.
Para terminar la descripción de la parte continental de la
Luna bastarán algunas palabras sobre su disposición orográfica. Se distinguen
con mucha claridad en ella las cordilleras, las montañas aisladas, los circos y
las fallas. Todo el relieve lunar se halla comprendido en esta división, y es
sumamente quebrado, pudiéndose comparar con una Suiza dilatada o una Noruega
continua, formada totalmente por la acción plutónica. Aquella superficie, tan
profundamente desigual, es el resultado de las continuas contracciones de la
corteza, en la época en que el astro se hallaba en vías de formación. El disco
lunar es a propósito para el estudio de los grandes fenómenos geológicos. Como
lo hacen notar algunos astrónomos, su superficie, aunque más antigua que la de
la Tierra, se ha conservado más nueva. Allí no hay aguas que deterioren el
relieve primitivo, y cuya acción creciente produzca una especie de nivelación
general, ni aire cuya actividad disgregadora modifique los perfiles
orográficos, Allí el trabajo plutónico, no alterado por las fuerzas
neptunianas, se halla en toda su pureza nativa. Como en la Tierra tal y como
debía de ser antes de que las mareas y las corrientes la hubieran cubierto de
capas sedimentarias.
Después de recorrer aquellos vastos continentes la mirada
se fija en los mares, más extensos aún. No sólo su conformación, su situación y
su aspecto, recuerdan al de los océanos terrestres, sino que, además, como
sucede en la Tierra, dichos mares ocupan la mayor parte del globo, y sin
embargo, no son espacios líquidos sino llanuras, cuya naturaleza esperaban los
viajeros determinar muy pronto.
Los astrónomos han adornado a esos supuestos mares con
nombres de los más extraños, y que la ciencia, sin embargo, ha respetado hasta
hoy. Miguel Ardán tenía razón al comparar aquel mapa con un «mapa de la
Ternura» como pudieran haberlo formado la Scudery o Cyrano de Bergerac.
—Sólo que —añadía— éste ya no es el mapa del sentimiento
como en el siglo diecisiete; es el mapa de la Vida, perfectamente dividido en
dos partes, la una femenina, masculina la otra. A las mujeres, el hemisferio de
la derecha, a los hombres, el de la izquierda.
Los compañeros de Miguel se encogían de hombros, porque
consideraban el mapa lunar desde un punto de vista muy distinto que su poético
amigo; y sin embargo, éste no dejaba de tener razón, como puede juzgarse.
En el hemisferio de la izquierda se extiende el Mar de los
Nublados, en que tantas veces va a ahogarse la razón humana. No lejos de allí
aparece el Mar de las Lluvias, alimentado por todas las agitaciones de la vida.
Más allá se abre el Mar de las Tempestades, en que el hombre lucha sin cesar
contra sus pasiones, las más de las veces victoriosas. Después, consumido por
los desengaños, las traiciones, las infidelidades, y toda la serie de
penalidades terrestres, ¿qué encuentra al fin de su carrera?, ese vasto Mar de
los Humores, dulcificados apenas por algunas gotas de agua del Golfo del Rocío.
Nubes, lluvias, tempestades, humores; ¿contiene otra cosa la vida del hombre, y
no se resume en esas cuatro palabras?
El hemisferio de la derecha dedicado a las mujeres,
encierra mares más reducidos, cuyos significativos nombres expresan todos los
incidentes de una existencia femenina. El Mar de la Serenidad es aquel en que
se mira la joven, y el Lago de los Sueños, es el que le refleja a un porvenir
sonriente. Vienen luego el Mar del Néctar con sus oleadas de ternura y sus
brisas de amor. El Mar de la Fecundidad, el Mar de las Crisis, el Mar de los
Vapores, cuyas dimensiones son demasiado reducidas quizá; y por fin, el extenso
Mar de la Tranquilidad, donde son absorbidas todas las falsas pasiones, todos
los sueños inútiles, todos los deseos no satisfechos, y cuyos torrentes se
derraman por último en el Lago de la Muerte.
¡Qué extraña sucesión de nombres! ¡Qué singular división
la de estos dos hemisferios de la Luna, unidos uno a otro como el hombre y la
mujer, y formando esa esfera de vida transportada al espacio! ¿No tenía el
poético Miguel sobrada razón para interpretar así toda aquella fantástica
poesía de los antiguos astrónomos?
Pero mientras su imaginación recorría de este modo los
mares, sus graves compañeros consideraban las cosas más geográficamente,
aprendían de memoria aquel nuevo mundo, y medían sus ángulos y sus diámetros.
Para Barbicane y Nicholl, el Mar de los Nublados era una
inmensa depresión del terreno, sembrado de cierto número de montañas
circulares, que cubría una gran porción de la parte occidental del hemisferio
Sur, ocupando ciento ochenta y cuatro mil ochocientas leguas cuadradas, y
teniendo su centro en los 15° de latitud Sur y 20° de longitud Oeste. El Océano
de las Tempestades, Oceanus Procellarum, la llanura más extensa del disco
lunar, ocupaba una superficie de trescientas veintiocho mil trescientas leguas
cuadradas, hallándose situado su centro en los 10° de latitud Norte y 45° de
longitud Este. De su seno se alzaban las admirables montañas radiantes del Mar
de los Nublados por altas cordilleras, se extendía el Mar de las Lluvias, Mare
Imbrium, con su punto céntrico a los 35° de latitud septentrional y 20° de
longitud oriental; era de forma casi circular, y cubría un espacio de ciento
noventa y tres mil leguas cuadradas. No lejos de él el Mar de los Humores, Mare
Humorum, pequeña cavidad de cuarenta y cuatro mil doscientas leguas cuadradas,
se hallaba situado a los 25° de latitud Sur y 40° de longitud Este. Por último
en el mismo litoral de aquel hemisferio se dibujaban tres golfos más, el golfo
Tórrido, el golfo del Rocío, el golfo de los Lirios, llanuras de poca extensión
encerradas entre elevadas cordilleras.
El hemisferio femenino, naturalmente más caprichoso, se
distinguía por sus mares más pequeños y en mayor número. Eran éstos, hacia el
Norte, el, mar del Frío, Mare Frigoyis, hacia los 50° de latitud y 0° de
longitud, con una superficie de setenta y seis mil leguas cuadradas, que
confinaba con el lago de la Muerte y también con el lago de los Sueños; el mar
de la Serenidad, Mare Serenitatis, a los 25° de latitud Norte y 20° de longitud
Oeste, con una superficie de ochenta y seis mil leguas cuadradas; el mar de las
Crisis, Mare Crisium, perfectamente limitado y muy redondo, que comprendía los
17° de latitud Norte y los 55° de latitud Este; una superficie de cuarenta mil
leguas cuadradas, verdadero Caspio sepultado en medio de un anfiteatro de
montañas. Después, en el Ecuador, a los 5° de latitud Norte y 25° de longitud
Oeste, aparecía el mar de la Tranquilidad, Mare Tranquilitatis, con una
superficie de ciento veintiuna mil quinientas nueve leguas cuadradas. Este mar
comunica por el Sur con el mar del Néctar, Mare Nectaris, extensión de
veintiocho mil ochocientas leguas cuadradas a los 15° de latitud y 25° de
longitud Oeste; y por el Este con el mar de la Fecundidad, Mare Fecunditatis,
el más extenso de aquel hemisferio, puesto que ocupa doscientas diecinueve mil
trescientas leguas cuadradas, a los 3° de latitud Sur y 50° de longitud Oeste.
Finalmente, al Norte y al Sur se distinguían, además; otros dos mares, el mar
de Humboldt, Mare Humboldtianum, de superficie de seis mil leguas cuadradas, y
el mar Austral, Mare Australe, con una superficie de veintiséis mil.
En el centro del disco lunar y cabalgando sobre el Ecuador
y el meridiano cero, se abría el golfo del Centro, Sinus Medu, especie de lazo
de unión entre ambos hemisferios.
De este modo se descomponía a los ojos de Barbicane y de
Nicholl la superficie siempre visible del satélite de la Tierra. Cuando
reunieron aquellas medidas, calcularon que la superficie de aquel hemisferio
era de cuatro millones setecientas treinta y ocho mil ciento sesenta leguas
cuadradas, de las cuales tres millones trescientas diecisiete mil seiscientas
las componían los volcanes, las cordilleras, los circos, las islas, en una
palabra cuanto parecía formar la parte sólida de la Luna; y un millón cuatrocientas
diez mil cuatrocientas leguas los mares, lagos, pantanos, lo que parecía
constituir la parte líquida. Todo lo cual era completamente indiferente al
bueno de Miguel.
Vemos, pues, que ese hemisferio es tres veces y media más
pequeño que el hemisferio terrestre; y sin embargo, los selenógrafos han
contado ya en él más de cincuenta mil cráteres. Es, por tanto, una superficie
aburbujada, resquebrajada, una criba o espumadera en toda la extensión de la
palabra, y digna de la calificación poco poética que le han dado los ingleses,
de green cheese, que quiere decir «queso verde».
—¡Véase —dijo Ardán— cómo tratan los anglosajones del
siglo XIX a la rubia Febe, a la amable Isis, a la hechicera Astarté, a la reina
de la noche, a la hija de Latona y de Júpiter, a la hermana menor del radiante
Apolo!
Capítulo XII. Detalles orográficos
Como ya hemos hecho observar, la trayectoria que seguía el
proyectil los arrastraba hacia el hemisferio septentrional de la Luna. Los
viajeros se hallaban lejos de aquel punto central en que hubieran tenido que
caer, si su trayectoria no hubiese sufrido una desviación irremediable.
Eran las doce y media de la noche. Barbicane calculé
entonces su distancia en cuatrocientos kilómetros, distancia algo mayor que la
extensión del radio lunar y que debía disminuir a medida que avanzaran hacia el
Polo Norte. A la sazón el proyectil no se encontraba a la altura del Ecuador,
sino a la del décimo paralelo, y desde aquella latitud, cuidadosamente tomada
en el mapa, hasta el polo, Barbicane y sus dos compañeros pudieron observar la
Luna en las mejores condiciones.
En efecto, con el auxilio de los anteojos, aquella
distancia de mil cuatrocientos kilómetros quedaba reducida a catorce, o sea a
cuatro leguas y media. El telescopio de las Montañas Rocosas acercaba más la
Luna; pero la atmósfera terrestre disminuía considerablemente su potencia
óptica. Así Barbicane, desde su proyectil, con el anteojo en la mano, veía ya
ciertos detalles casi imposibles de apreciar por los observadores de la Tierra.
—Amigos míos —dijo entonces con gravé acento el
presidente—, no sé dónde vamos ni si volveremos jamás a ver el globo terrestre.
Sin embargo, procedamos como si nuestros estudios debieran servir algún día a
nuestros semejantes. Procuremos tener el ánimo libre de todo cuidado. Somos
astrónomos. Este proyectil es un gabinete del observatorio de Cambridge
transportado al espacio; observemos.
Dicho esto empezaron a trabajar con una atención y
precisión extremadas, y reprodujeron fielmente los diversos aspectos de la Luna
a las distintas variables que el proyectil ocupaba respecto al astro.
Al mismo tiempo que el proyectil se hallaba a la altura
del décimo paralelo Norte, parecía seguir rigurosamente la dirección del
vigésimo grado de longitud Este.
Conviene hacer aquí una observación importante respecto
del mapa que servía para las observaciones. En los mapas selenográficos, que a
causa de la inversión de los objetos producidos por los anteojos presentan el
Sur arriba y el Norte abajo, parecía natural que a consecuencia de esa
inversión el Este se hallase situado a la izquierda y el Oeste a la derecha.
Sin embargo, no es así. Si se volviera el mapa y presentase a la Luna tal como
aparece a simple vista, el Este se hallaría a la izquierda y el Oeste a la
derecha, contrario de los mapas terrestres. La causa de esta anomalía es la
siguiente: los observadores colocados en el hemisferio boreal, en Europa por
ejemplo, ven la Luna en el Sur con relación a ellos. Cuando la observan vuelven
la espalda al Norte, posición inversa de cuando examinan un mapa terrestre; y
si dan la espalda al Norte, el Este se encuentra a su izquierda y el Oeste a su
derecha. En cambio, el observador situado en el hemisferio austral, por
ejemplo, en la Patagonia, tendrá a su izquierda el Oeste de la Luna y a su
derecha el Este, puesto que se hallaban de espaldas al Sur.
He ahí la causa de esa aparente inversión de los dos
puntos cardinales, y debe tenerse en cuenta para seguir las observaciones del
presidente Barbicane.
Con ayuda del Mappa selenographica de Beer y Moedler los
viajeros procedían a reconocer en detalle la porción del disco que abarcaba su
anteojo.
—¿Qué vemos en este instante? —preguntó Miguel.
—La parte septentrional del Mar de los Nublados —respondió
Barbicane—. Estamos demasiado lejos para poder reconocer su naturaleza. Esas
llanuras se componen sólo de arenas áridas, como lo han supuesto los primeros
astrónomos, o son bosques inmensos, según la opinión de Waren de la Rue que
atribuye a la Luna una atmósfera muy baja, pero muy densa. Esto lo sabremos más
adelante; no afirmemos mientras no tengamos en qué fundar la afirmación.
El mar de los Nublados no está limitado con precisión
exacta en los mapas. Se supone que esa inmensa llanura se halla sembrada de
bloques de lava arrojados por volcanes inmediatos a su derecha como Tolomeo,
Purbach y Arzachel. Pero el proyectil avanzaba y se acercaba sensiblemente, y
pronto se distinguieron las cumbres que cierran aquel mar por su límite
septentrional. Delante se alzaba una montaña magnífica cuya cima parecía
perdida entre una erupción de rayos solares.
—¿Qué monte es ése? —preguntó Miguel.
—Copérnico —respondió Barbicane.
—Veamos a Copérnico.
Este monte, situado a los 9° de latitud Norte y 20° de
longitud Este, se eleva a una altura de 3,438 metros sobre el nivel de la
superficie de la Luna. Es muy visible desde la Tierra y los astrónomos lo
pueden estudiar perfectamente, sobre todo durante la f ase comprendida entre el
último cuarto y el novilunio; porque entonces las sombras se proyectan
extensamente del Este al Oeste y permiten medir las alturas.
Copérnico forma el sistema radiado más importante del
disco, después de Tycho, situado en el hemisferio meridional; y se alza
aisladamente, como un faro gigantesco, en aquella porción del mar de los
Nublados que confina en el mar de las Tempestades, e ilumina con su brillante
irradiación dos océanos a la vez. Es un espectáculo sin igual al de aquellas
largas ráfagas luminosas, tan deslumbradoras en el plenilunio, y que, pasando
por el Norte, más allá de las cordilleras limítrofes, van a extinguirse en el
mar de las Lluvias. A la una de la mañana terrestre el proyectil, como un globo
arrastrado en el espacio, dominaba aquella soberbia montaña.
Barbicane pudo reconocer exactamente sus disposiciones
principales. Copérnico se halla comprendido en la serie de montañas anulares de
primer orden en la división de los grandes circos. Al igual que Kepler y
Aristarco., que domina el océano de las Tempestades, se presenta a veces como
un punto brillante a través de una luz cenicienta y en algún tiempo se creyó
que era un volcán en erupción, Pero no es más que un volcán apagado, como todos
los de aquella faz de la Luna. Su circunferencia presentaba un diámetro como de
veintidós leguas. El anteojo descubría en él indicios de estratificaciones
producidas por las erupciones sucesivas, y sus cercanías aparecían sembradas de
fragmentos volcánicos, algunos de los cuales se mostraban todavía en el
interior del cráter.
—En la superficie de la Luna —dijo Barbicane— hay varias
clases de circos, y es fácil ver que Copérnico pertenece al género radiado. Si
estuviéramos más cerca distinguiríamos los conos que la erizan por el interior
y que en tiempos antiguos fueron otras tantas bocas ignígenas. Una
circunstancia curiosa y constante del disco lunar es que la superficie interior
de estos circos es notablemente más baja que la llanura exterior, al revés de
la forma que presentan los cráteres terrestres. De lo que se deduce que la
curvatura general del fondo de estos circos da una esfera de un diámetro
inferior al de la Luna.
—¿Y a qué se atribuye esa disposición especial? —preguntó
Nicholl.
—No se sabe —respondió Barbicane.
—¡Qué irradiación tan brillante! —repetía Miguel—. ¡Dudo
que pueda verse un espectáculo más bello!
—¿Qué dirás, pues —respondió Barbicane—, si los azares de
nuestro viaje nos arrastran al hemisferio meridional?
—¡Toma! ¡Diré que es más bello todavía! —contestó Miguel
Ardán.
En aquel momento el proyectil dominaba el circo
perpendicularmente. El contorno de Copérnico formaba un círculo casi perfecto,
y sus picos escarpados se destacaban con la mayor claridad, distinguiéndose un
doble recinto angular. Alrededor se extendía una llanura gris, de aspecto
salvaje, cuyas prominencias sobresalían en forma de puntos amarillos. En el
fondo del circo, y como encerrados en un estuche, centellearon un momento dos o
tres conos eruptivos, como grandes joyas deslumbradoras. Hacia el Norte las rocas
presentaban una depresión, que sin duda en otro tiempo más que remoto, daba
paso al interior del cráter.
Al pasar por encima de la llanura inmediata pudo notar
Barbicane un gran número de montañas poco importantes, y entre otras una forma
anular denominada Gay-Lussac, que mide veintitrés kilómetros de ancho. Hacia el
Sur, la llanura se mostraba muy plana, sin prominencias ni desigualdades. En
cambio, por el Norte, y hasta el sitio en que confinaba con el Océano de las
Tempestades, tenía el aspecto de una superficie líquida agitada por un huracán
y cuyas olas se hubieran solidificado súbitamente. Sobre todo el conjunto y en
todas direcciones se extendían las ráfagas luminosas que partían de la cumbre
de Copérnico. Algunas presentaban una anchura de treinta kilómetros y una
longitud incalculable.
Los viajeros discutían el origen de aquellos extraños
rayos, y cómo los observadores terrestres, no podían determinar su naturaleza.
—Pero ¿por qué —decía Nicholl— no han de ser esos rayos
simplemente los estribos de las montañas, que reflejan con más viveza la luz
del Sol?
—No —respondió Barbicane—; porque si así fuese, en ciertas
condiciones de la Luna, esos picos proyectarían sombras, y no las proyectan.
En efecto, semejantes rayos no aparecen sino en la época
en que el astro del día se halla en oposición con la Luna, y desaparecen en
cuanto sus rayos se hacen oblicuos.
—Pero ¿cómo explicarnos esas ráfagas de luz? —preguntó
Miguel—. Porque no creo que los sabios dejen nunca de dar explicaciones.
—Sí —respondió Barbicane—, Herschel ha formulado una
opinión, pero no me atrevo a afirmarla.
—No importa. ¿Qué opinión es ésa?
—Creía que esos rayos debían ser corrientes de lava
solidificada, que brillaban cuando el Sol las atacaba directamente; esto es
posible, pero no seguro. Por lo demás, si pasamos cerca de Tycho, nos
encontraremos en posición más conveniente para reconocer la causa de esa
irradiación.
—¿Sabéis, amigos míos, a qué se parece esa llanura, vista
desde la elevación en que estamos? —dijo Miguel.
—No —respondió Nicholl.
—Pues bien, con todos esos montones de lava largos como
husos, parece un gran juego de palillos tirados unos sobre otros; no falta más
que un gancho para ir cogiéndolos uno a uno.
—¡Nunca tendrás formalidad! —dijo Barbicane.
—Pues hablemos formalmente —repitió Miguel—, y en lugar de
juncos, supongamos que son osamentas. En ese caso, la planicie no sería sino un
osario inmenso en que reposarían los despojos mortales de mil generaciones
extinguidas; ¿prefieres esta comparación de gran efecto?
—Tanto vale una como otra —respondió Barbicane.
—¡Diablo, qué delicado eres! —respondió Miguel.
—Amigo mío —siguió diciendo el positivo Barbicane—, poco
importa saber a qué se parece eso, mientras no sepamos lo que es de veras.
—¡Muy bien dicho! —exclamó Miguel—. Eso me enseñará a
discutir con los sabios.
Mientras tanto, el proyectil marchaba con una velocidad
casi uniforme, a lo largo del disco lunar. Los viajeros, como fácilmente se
comprende, no pensaban en descansar ni un momento. A cada instante se les
presentaba un paisaje nuevo, que desaparecía luego de su vista. A eso de la una
y media de la mañana, divisaron las cumbres de otra montaña; Barbicane,
consultando el mapa, reconoció a Eratóstenes.
Era una montaña anular de cuatro mil quinientos metros de
altura, y formaba uno de los circos más abundantes del satélite. A propósito de
esto, Barbicane refirió a sus amigos la singular opinión de Képler sobre la
formación de dichos circos. Según el célebre matemático, aquellas cavidades
crateriformes debieron de ser abiertas por la mano del hombre.
—¿Y con qué objeto? —preguntó Nicholl.
—¡Con uno muy natural! —respondió Barbicane—. Los
selenitas abrirían esos grandes agujeros con el objeto de refugiarse en ellos y
guarecerse de los rayos solares, que les hieren durante quince días
consecutivos.
—¡No son tontos los selenitas! —dijo Miguel.
—¡Vaya una idea! —respondió Nicholl—. Pero es probable que
Képler no conociera las verdaderas dimensiones de esos circos; porque el
abrirlos habría sido una obra de gigantes, impracticable para los selenitas.
—¿Por qué, si la gravedad en la superficie de la Luna es
seis veces menos que en la Tierra? —dijo Miguel.
—¿Pero y sí los selenitas son seis veces más pequeños?
—replicó Nicholl.
—¿Y si no hay selenitas? —añadió Barbicane.
Estas palabras terminaron el debate.
No tardó en desaparecer Eratóstenes bajo el horizonte, sin
que el proyectil se hubiera cerrado lo suficiente para permitir una observación
rigurosa. Aquella montaña separaba por completo los Apeninos de los Cárpatos.
En la orografía lunar se han distinguido varias
cordilleras que se hallaban distribuidas principalmente en el hemisferio
septentrional. Algunas, sin embargo, ocupan ciertas porciones del hemisferio
sur.
Véase la tabla de estas diferentes cordilleras, indicadas
al Sur y al Norte, con sus latitudes y sus alturas tomadas de las cimas de
mayor elevación:
Monte Doerfel 84° 7.603 metros
Monte Leibniz 65° 7.600 metros
Monte Rok 20° a 30° 1.600 metros
Monte Altail 17° a 28° 4.047 metros
Monte Cordilleras 10° a 20° 3.398 metros
Monte Pirineos 8° a 10° 3.632 metros
Monte Ural 5° a 14° 838 metros
Monte Alembert 4° a 10° 5.847 metros
Monte Hoemus 8° a 21° 2.021 metros
Monte Cárpatos 15° a 19° 1.939 metros
Monte Apeninos 14° a 27° 5.501 metros
Monte Tauro 21° a 28° 2.746 metros
Monte Rifeos 25° a 33° 4.171 metros
Monte Hercinios 17° a 29° 1.170 metros
Monte Cáucaso 32° a 41° 5.567 metros
Monte Alpes 42° a 49° 3.617 metros
De esas cordilleras, la más importante es la de los
Apeninos, cuyo desarrollo es de ciento cincuenta leguas, desarrollo inferior,
sin embargo, al de los grandes movimientos orográficos de la Tierra. Los
Apeninos guarnecen la orilla oriental del mar de las Lluvias, y se continúan al
Norte por los Cárpatos, cuyo perfil mide unas cien leguas.
Los viajeros no pudieron hacer más que vislumbrar la
cumbre de los Apeninos, que se dibuja desde los 16° de longitud Oeste a los 16°
de longitud Este; pero la cordillera de los Cárpatos se extendió bajo sus
miradas desde los 18° a los 39° de longitud oriental, y pudieron determinar su
distribución. Hicieron una hipótesis muy Justificada. Al ver que aquella
cordillera de los Cárpatos tomaba aquí y allí formas circulares y era dominada
por picos, dedujeron que en otro tiempo formaba circos importantes. Aquellos
anillos montañosos debieron de haber sido rotos en parte por la vasta expansión
a que se debe el mar de las Lluvias. Los Cárpatos presentaban entonces el
aspecto que habían presentado los circos de Purbach, Arzachel y Tolomeo, si un
cataclismo derribase sus escarpadas de la izquierda, y los transformara en
cordillera continua. Su altura media es de 3,200 metros, altura comparable a la
de doscientos puntos de los Pirineos; sus pendientes meridionales se deprimen
de repente hacia el inmenso mar de las Lluvias.
Hacia las dos de la mañana se encontraba Barbicane a la
altura del vigésimo paralelo lunar, no lejos de la montaña llamada Pytheas, de
1,559 metros de altura. La distancia del proyectil a la Luna no era ya más que
de 1,200 kilómetros, reducida a dos leguas y media con los anteojos.
El Mare Imbrium se extendía a la vista de los viajeros
como una inmensa depresión cuyos detalles eran todavía poco perceptibles. Cerca
de ellos a la izquierda, se alzaba el monte Lambert, cuya altura está calculada
en 1,813 metros, y más allá, en el límite del océano de las Tempestades, a los
23° de latitud Norte y 29° de longitud Este, resplandecía la montaña radiada de
Euler.
—Esta montaña, que sólo se eleva 1,815 metros sobre la
superficie lunar, había sido objeto de un interesante estudio del sabio
astrónomo Schroeter, quien, tratando de reconocer el origen de las montañas de
la Luna, dudaba de si el volumen del cráter se mostraba siempre aparentemente
igual al volumen de las escarpas que lo formaban. En general, esta relación
existía efectivamente y de ella deducía Schroeter que una sola erupción de
materias volcánicas había bastado para romper aquellas escarpas; porque, de verificarse
varias erupciones sucesivas, se hubiera alterado la relación. Sólo el monte
Euler desmentía esta ley general, y había necesitado para su formación varias
erupciones sucesivas, puesto que el volumen de su cavidad era el doble de su
recinto.
Semejantes hipótesis estaban justificadas por observadores
terrestres a quienes sus instrumentos no servían sino de un modo imperfecto.
Pero Barbicane no quería contentarse con esto, y al ver que su proyectil se
acercaba con regularidad al disco lunar, no desesperaba, si no de llegar a él,
de sorprender cuando menos los secretos de su formación y darlos a conocer con
el tiempo.
Capítulo XIII. Paisajes lunares
A las dos y media de la mañana, el proyectil se encontraba
a la altura del trigésimo paralelo lunar y a una distancia efectiva de 1,000
kilómetros, reducida a 10 por los instrumentos de óptica. Seguía pareciendo
imposible que llegase a tocar en ningún punto del disco; y su velocidad de
traslación relativamente mediana, era explicable para el presidente Barbicane;
porque a la distancia en que se hallaba de la Luna debía haber sido
considerable para neutralizar la fuerza de la atracción. Había, pues, un fenómeno
que no acertaba a explicarse y, además faltaba tiempo para indagar la causa. La
superficie lunar pasaba rápidamente a la vista de los viajeros, que no querían
perder ni el menor detalle.
El disco se presentaba, pues, en los anteojos, a la
distancia de dos leguas y media. Un aeronauta, transportado a esta distancia de
la Tierra, ¿qué distinguía en su superficie? Nadie puede decirlo, ya que las
mayores ascensiones han pasado de ocho mil metros.
Veamos, sin embargo, una descripción exacta de lo que
Barbicane y sus compañeros veían desde aquella altura.
En primer lugar veían en el disco manchas extensas de
colores variados. Los selenógrafos no están acordes, acerca de la naturaleza de
estas coloraciones que son perfectamente distintas unas de otras. Julio Schmidt
supone que si los océanos terrestres quedasen secos, un observador selenita no
distinguiría sobre el globo, entre los océanos y las llanuras continentales,
matices tan diversos como los que se manifiestan en la Luna a un observador
terrestre. Según él, el color común de las extensas llanuras conocidas con el
nombre de «mares», es el gris oscuro mezclado con verde o pardo. Algunos
grandes cráteres tienen también esta coloración tan especial.
Barbicane conocía esta opinión del selenógrafo alemán,
opinión de que participaban Beer y Moedler; y pudo convencerse de que la
observación les daba la razón contra ciertos astrónomos que no admiten sino el
color gris en la superficie de la Luna. En ciertos espacios resaltaba con
viveza el color verde, tal como resulta, según Julio Schmidt, en los mares de
la Serenidad y de los Humores. Barbicane observó asimismo ambos cráteres,
desprovistos de conos exteriores, que despedían un color azulado, análogo a los
reflejos de una plancha de acero recién pulimentada. Estas coloraciones
pertenecían efectivamente, al disco lunar, y no procedían, como han supuesto
algunos astrónomos, de la interposición de la atmósfera terrestre. Para
Barbicane, no había duda en este punto. Observaba a través del vacío y no podía
cometer error alguno de óptica; así, consideró el hecho de las diversas
coloraciones como conquista definitiva de la ciencia. Ahora bien, ¿eran debidos
aquellos matices verdes a una vegetación tropical, sostenida por una atmósfera
densa y baja? Esto es lo que no se atrevía a asegurar.
Más allá vio un matiz rojizo, también muy marcado,
semejante a otro observado anteriormente en el fondo de un recinto aislado, que
se llama circo de Lichtenberg, al borde de la Luna. Más no pudo reconocer su
naturaleza.
No estuvo más afortunado con otra particularidad del
disco, porque no pudo determinar exactamente la causa. Véase lo que era esta
particularidad.
Estaba Miguel Ardán en observación cerca del presidente,
cuando divisó largas líneas blancas, vivamente iluminadas por los rayos
directos del Sol. Era una serie de surcos luminosos muy diferentes de la
irradiación que presentaba Copérnico y que se prolongaban paralelos unos a
otros.
Con su habitual ligereza, exclamó inmediatamente Miguel:
—¡Hombre, campos cultivados!
—¿Campos cultivados? —dijo Nicholl, encogiéndose de
hombros.
—Por lo menos labrados —añadió Miguel Ardán—. Pero qué
buenos labradores deben de ser esos selenitas y qué bueyes tan gigantescos
engancharán a sus arados para abrir tales surcos!
—No son surcos —dijo Barbicane—, son fallas.
—Vaya por las fallas —respondió con docilidad, Miguel—;
falta ahora saber qué se entiende por fallas en el mundo científico.
Barbicane explicó a su compañero lo que sabía de las
fallas lunares. Sabía que eran surcos observados en todas las partes no
montañosas del disco; que estos surcos, por lo general aislados, miden de
cuatro a cincuenta leguas de extensión; que su anchura varía de mil a mil
quinientos metros, y que sus bordes son rigurosamente paralelos. Pero no sabía
más sobre su formación ni su naturaleza.
Armado del anteojo observó Barbicane aquellas fallas con
la mayor atención y advirtió que sus bordes estaban formados por pendientes
sumamente escarpadas y constituían una especie de parapetos paralelos, que la
imaginación se figuraba como líneas de fortificación elevadas por los
ingenieros selenitas.
De estas diferentes fallas, unas eran enteramente rectas,
como tiradas a cordel; otras presentaban una ligera curva, aunque conservando
en sus bordes el paralelismo; aquéllas se entrecruzaban; éstas cortaban los
cráteres; aquí surcaban cavidades tales como Posidonio o Petavio; allí
serpenteaban los mares, tales como el mar de la Serenidad.
Estos accidentes naturales debieron de excitar
necesariamente la imaginación de los astrónomos terrestres. Las primeras
observaciones no habían descubierto las fallas. Ni Hevelius ni Cassini ni La
Hire ni Herschel parecían haberlas conocido. El primero que las señaló a la
atención de los sabios fue Schroeter en 1789. Después las estudiaron otros,
entre ellos Pastoff, Gruithuysen, Beer y Moedler. Hoy su número se eleva a
setenta; pero si han sido contadas, en cambio no se ha determinado su
naturaleza. Está demostrado, sin embargo, que no son fortificaciones, ni lechos
de antiguos ríos hoy secos; porque por una parte, las aguas, tan ligeras en la
superficie de la Luna, no hubieran podido abrir tales cauces, y por otra,
aquellos surcos atraviesan muchas veces cráteres situados a gran elevación.
No obstante hay que reconocer que Miguel Ardán tuvo una
idea algo fundada, y que, sin saberlo él, era la misma de Julio Schmidt.
—¿Por qué razón —decía— esas inexplicables apariencias no
han de ser fenómenos de vegetación?
—¿Y en qué te fundas para sospecharlo? —preguntó
Barbicane.
—No te alteres, dignísimo presidente —respondió Miguel—.
¿No podría suceder que esas líneas oscuras, que parecen formar espaldones,
fuesen hileras de árboles dispuestos con regularidad?
—¿Te has empeñado en ver vegetación? —dijo Barbicane.
—No tal —replicó Miguel Ardán—; no pretendo sino explicar
lo que no explicáis los sabios. Mi hipótesis, cuando menos, tiene la ventaja de
indicar por qué desaparecen o parecen desaparecer esas fallas en épocas
determinadas y periódicas.
—¿Por qué lo dices?
—Porque esos árboles se hacen invisibles cuando se quedan
sin hojas, y vuelven a ser visibles cuándo las echan de nuevo.
—Ingeniosa es tu explicación, querido compañero, pero
inadmisible.
—¿Por qué?
—Porque en la superficie de la Luna puede decirse que no
hay estaciones y, por consiguiente, no pueden verificarse los fenómenos de
vegetación de que hablas.
En efecto, la escasa oblicuidad del eje lunar mantiene
allí al sol a una altura casi igual en cada latitud. En las regiones
ecuatoriales, el astro radiante ocupa casi invariablemente el cenit, y apenas
pasa del horizonte en las regiones polares. De manera que según se halla
situada cada región, así vive en invierno, primavera, estío u otoño perpetuo,
lo mismo que en el planeta Júpiter, cuyo eje se halla igualmente poco inclinado
sobre su órbita.
—¿Qué origen tienen, pues, estas fallas? He ahí una
cuestión difícil de resolver. Seguramente serían posteriores a la formación de
los cráteres y los circos, porque algunas han cortado el recinto de éstos Es
posible que habiéndose formado en las últimas épocas geológicas, sean debidas
simplemente a la expansión de las fuerzas naturales.
A todo esto, el proyectil había llegado a la altura del
grado 40 de latitud lunar, a una distancia de la superficie del astro no
superior, sin duda, a ochocientos kilómetros. Los objetos se dibujaban en los
anteojos como si sólo distaran dos leguas. En aquel punto, a los pies de los
observadores, se hallaba el Helicón, de quinientos cinco metros de alto, y a la
izquierda se perfilaban en redondo esas medianas alturas que encierran una,
corta porción del mar de las Lluvias, con el nombre de golfo de los Lirios.
La atmósfera terrestre habría de ser ciento setenta veces
más transparente de lo que es para que los astrónomos pudieran hacer, a través
de ella, observaciones completas en la superficie lunar. Pero en el vacío en
que flotaba el proyectil no se interponía fluido alguno entre el ojo del
observador y el objeto observado. Además Barbicane se hallaba a una distancia
que no habían alcanzado nunca los más potentes telescopios, ni el de John
Rosse, ni el de las Montañas Rocosas. Estaba, pues, en condiciones sumamente
favorables para resolver la importante cuestión de la habitabilidad de la Luna.
Así y todo, esta solución se le escapaba todavía; no distinguía más el lecho
desierto de las grandes llanuras, y hacia el Norte montañas áridas; pero
ninguna obra que revelase la mano del hombre, ni la ruina que revelara su paso.
Tampoco se veía aglomeración de animales que indicase allí el desarrollo de la
vida, ni aun en escala inferior. En ninguna parte se percibían movimientos, ni
aparecía vegetación. De los tres reinos que formaban el globo terrestre, uno
solo estaba en el globo lunar: el mineral.
—¡Ah! —exclamó un tanto consternado Miguel—. ¿Conque no
hay nadie?
—No —respondió Nicholl—, a lo menos hasta ahora. Ni un
hombre ni un animal, ni un árbol. Después de todo, si la atmósfera se ha
refugiado en el fondo de las cavidades, dentro de los circos o en la superficie
opuesta de la Luna, nada podemos prejuzgar.
—Esto aparte —añadió Barbicane—, un hombre no es visible
ni aun para la vista más perspicaz a la distancia de siete kilómetros. Si hay,
pues, selenitas, ellos pueden ver nuestro proyectil, pero nosotros no podemos
verlos a ellos.
Hacia las cuatro de la mañana, y a la altura del cincuenta
paralelo, la distancia se había reducido a seiscientos kilómetros. A la
izquierda se extendía una línea de montañas de caprichosos contornos y
dibujadas en plena luz. Hacia la derecha, por el contrario, se abría un agujero
negro, como un gran pozo insondable y oscuro perforado en el suelo lunar.
Aquel agujero era el lago Negro, era Platón, circo
profundo, que se puede estudiar cómodamente desde la Tierra, entre el último
cuarto y la Luna nueva, cuando las sombras se proyectan del oeste al este.
Esta coloración negra se encuentra rara vez en la
superficie del satélite. Hasta ahora no se ha reconocido sino en las
profundidades del circo de Endimion, al este del mar del Frío, en el hemisferio
norte y en el fondo del circo de Grimaldi, en el Ecuador, hacia el borde
oriental del astro.
Platón era una montaña circular situada a los 51° de
latitud norte y 9° de longitud este. Su circo tiene 92 kilómetros de largo y 61
de ancho. Barbicane sintió mucho no pasar perpendicularmente por encima de su
extensa abertura, en la que había un abismo que sondear y quizás algún fenómeno
misterioso que sorprender. Pero no podía modificarse la marcha del proyectil, y
era forzoso aceptarlo tal como era. Si no se saben dirigir los globos, menos
aún los proyectiles, cuando uno va encerrado dentro de las paredes.
A cosa de las cinco de la mañana se había pasado el límite
septentrional del mar de las Lluvias. Los montes La Condamine y Fontenelle
quedaban uno a la izquierda y otro a la derecha. Aquella parte del disco, desde
los 60°, se volvía enteramente montañosa. Los anteojos lo acercaban a una
legua, distancia inferior a la que separaba la cumbre del Monte Blanco del
nivel del mar. Toda aquella región estaba erizada de pozos y circos. Hacia los
60° dominaba Filofao, de tres mil setecientos metros de altura, con un cráter
elíptico de dieciséis leguas de largo y cuatro de ancho.
Entonces el disco, visto desde aquella distancia, ofrecía
un aspecto sumamente raro. Los paisajes presentaban condiciones muy diferentes
de los de la Tierra, pero también inferiores.
Como la Luna no tiene atmósfera, esta ausencia de
envoltura gaseosa produce consecuencias ya demostradas. No hay crepúsculo en la
superficie, sino que la noche sucede al día y el día a la noche de repente,
como una luz que se enciende o se apaga en medio de una oscuridad profunda.
Tampoco hay transición desde el frío al calor, sino que la temperatura pasa en
un momento desde el grado de la ebullición del agua a los más absolutamente
fríos del espacio.
Otra consecuencia de la falta de aire es el que reinan
tinieblas completas allí donde no llegan los rayos del Sol. Lo que en la Tierra
se llama luz difusa, materia luminosa que el aire mantiene en suspensión, que
crea los crepúsculos y las auroras, que produce las sombras, las penumbras y
toda esa magia de claroscuros, no existe en la Luna. De ahí resulta una dureza
de contraste que no admite sino dos colores: el blanco y el negro. Si un
selenita se preserva la vista de los rayos solares, el cielo le parece
enteramente negro y las estrellas brillan a sus ojos como en la más oscura
noche.
Júzguese la impresión que tan extraño aspecto produciría
en Barbicane y en sus amigos. Sus ojos se desorientaban y no podían apreciar
las distancias de los diferentes términos entre sí. Un paisaje lunar, que no se
halla suavizado por el fenómeno del claroscuro, no podría ser reproducido por
un paisajista de la Tierra; todo se reduciría a manchas negras sobre un fondo
blanco.
Este aspecto no se modificó ni aun cuando el proyectil, a
la altura de los 80° se halló separado de la Luna sólo por una distancia de
cien kilómetros; ni tampoco cuando, a las cinco de la mañana, pasó a menos de
cincuenta kilómetros de la montaña de Gioja, distancia que los anteojos
reducían a medio cuarto de legua. Creían tocar la Luna con la mano; y les
parecía imposible que el proyectil no la tropezase de un momento a otro, aunque
no fuera más que por el Polo Norte, cuya cumbre brillante se dibujaba violentamente
sobre el fondo negro del cielo.
Miguel Ardán quería abrir una lumbrera y precipitarse a la
superficie lunar, sin espantarse a la idea de una caída de doce leguas. La
tentativa hubiera sido inútil, porque si el proyectil no debía llegar a ningún
punto del satélite, Miguel, arrastrado por un movimiento, no llegaría tampoco.
En aquel momento eran las seis; aparecía el polo lunar. El
disco no presentaba a las miradas de los viajeros más que una mitad fuertemente
iluminada, mientras la otra desaparecía en las tinieblas.
De repente, el proyectil pasó la línea que dividía la luz
intensa de la sombra absoluta y quedó súbitamente sumido en una profunda
oscuridad.
Capítulo XIV. La noche de trescientas cincuenta y cuatro
horas
Al producirse tan súbitamente aquel fenómeno, el proyectil
pasaba a menos de 50 kilómetros del Polo Norte de la Luna. Le habían bastado
unos cuantos segundos para sepultarse en las tinieblas absolutas del espacio.
La transición se había operado tan rápidamente, tan sin degradación de luz, que
no parecía sino que el astro de la noche se hubiera apagado a impulsos de un
gigantesco soplo.
—¡Se ha fundido, ha desaparecido la Luna! —exclamó Miguel
Ardán, estupefacto.
En efecto, no se veía un reflejo, ni una sombra, ni nada
de aquel disco tan deslumbrador momentos antes. La oscuridad era completa y aún
la hacía mayor el brillo de las estrellas; tenía ese color negro propio de las
noches lunares, que duran trescientas cincuenta y cuatro horas y media en cada
lugar del disco, noche inmensa que proviene de la igualdad entre los
movimientos de traslación y rotación de la Luna sobre sí misma y alrededor de
la Tierra. El proyectil, sumergido en el cono de sombra del satélite, no sufría
ya la acción de los rayos solares, lo mismo que los puntos de la parte
invisible de éste.
Reinaba completa oscuridad en lo interior; no se veía
nada; así que, por más deseoso que estuviera Barbicane de economizar el gas
encerrado en el depósito, no hubo más remedio que hacer este gasto para disipar
las tinieblas en que les había sumido la desaparición del Sol.
—¡Vaya al diablo el astro radiante! —exclamó Miguel
Ardán—; va a obligarnos a consumir gas, cuando podía suministrarnos gratis sus
rayos.
—No acusemos al Sol —replicó Nicholl—; no tiene él la
culpa, sino la Luna, que se pone en medio como una pantalla.
—¡Es el Sol! —insistía Miguel.
—¡Es la Luna! —repetía Nicholl.
Disputa excusada que Barbicane terminó, exclamando:
—Amigos míos, no tienen la culpa el Sol ni la Luna, sino
el proyectil, que en vez de seguir vigorosamente su trayectoria ha cometido la
torpeza de separarse de ella. Y para hablar con justicia, la culpa es del
malhadado bólido que lamentablemente ha desviado nuestra dirección primitiva.
—¡Bien! —respondió Miguel Ardán—. Pues entonces, ya que
está arreglado, vamos a almorzar. Después de una noche entera de observaciones
conviene reponerse un poco.
Esta proposición no encontró oposición alguna.
En pocos minutos preparó Miguel el almuerzo; pero comieron
por comer y bebieron sin echar brindis ni proferir exclamaciones. Al verse
arrastrados a aquellos espacios, sin su comportamiento habitual de
resplandores, sentían que una vaga inquietud se apoderaba de sus corazones.
Hablaron, sin embargo, de aquella interminable noche de
trescientas cincuenta y cuatro horas, o sea cerca de quince días, que las leyes
físicas han impuesto a los habitantes de la Luna. Barbicane dio a sus amigos
algunas explicaciones de tan curioso fenómeno.
—Curioso, sin duda alguna —dijo—, porque si cada
hemisferio de la Luna está privado de luz solar durante quince días, ésta,
sobre la que pasamos ahora, no goza siquiera durante su larga noche el
espectáculo de la Tierra espléndidamente iluminada. En una palabra, no hay
Luna, tomando por tal a nuestro esferoide, sino a un lado del disco. Ahora
bien, si sucediese así en la Tierra; si, por ejemplo, Europa no viera nunca la
Luna, y ésta no fuera visible para los antípodas, figuraos cuán asombrado se
quedaría un europeo la primera vez que visitara Australia.
—¡Se haría el viaje sólo para ver la Luna! —respondió
Miguel.
—Pues bien, esa admiración puede experimentarla el que
habite la parte de la Luna opuesta a la Tierra, parte invisible para nosotros,
compatriotas del globo terrestre.
—Y que nosotros habríamos visto, —añadió Nicholl— si
hubiéramos llegado en la época de la luna nueva, es decir, quince días después.
—En cambio diré —prosiguió Barbicane— que el habitante de
la parte visible está muy favorecido por la Naturaleza en perjuicio de sus
hermanos de la parte invisible. Esta última, como veis, tiene noches profundas
de trescientas cincuenta y cuatro horas, sin que ningún rayo de luz interrumpa
su completa oscuridad. La otra, por el contrario, cuando ve desaparecer bajo el
horizonte al Sol que la ha iluminado durante quince días, ve alzarse por el
horizonte opuesto otro brillante astro, que es la Tierra, de tamaño tres veces
mayor que el de esa Luna que nosotros conocemos; la Tierra, que ocupa un
diámetro de dos grados, que le envía una luz trece vez más intensa y en nada
disminuida, puesto que no hay por medio capa atmosférica alguna, y que no
desaparece del horizonte hasta que el Sol vuelve a salir.
—¡Bello discurso! —dijo Miguel Ardán—. Quizás un poco
académico.
—De lo que se deduce —siguió diciendo Barbicane, sin
pestañear— que esta cara visible del disco debe ser muy agradable de habitar,
puesto que tiene delante al Sol en los plenilunios y a la Tierra en los
novilunios.
—Pero esta ventaja —dijo Nicholl— se hallará
desgraciadamente compensada por el insoportable calor que la luz lleva consigo.
—Este inconveniente existe en ambas caras, porque la luz
reflejada por la Tierra indudablemente se halla desprovista de calor. Sin
embargo, esta cara está más expuesta al calor que la visible. Y esto lo digo
para vos, Nicholl, porque Miguel probablemente no lo comprenderá.
—Gracias —dijo Miguel.
—En efecto —prosiguió Barbicane—, cuando esta cara
invisible recibe a un mismo tiempo la luz y el calor solares, es porque hay
luna nueva, o se halla en conjunción, es decir, entre el Sol y la Tierra. Se
encuentra pocas veces con relación al sitio que ocupa en posición cuando está
llena más cerca del Sol en un doble de su distancia a la Tierra. Ahora bien,
esta distancia puede apreciarse en dos centésimas partes de la que separa al
Sol de la Tierra, o sea, en números, 200.000 leguas más cerca del Sol cuando
recibe sus rayos.
—Justamente —respondió Nicholl.
—Por el contrario… —prosiguió Barbicane.
—Un momento —dijo Miguel interrumpiendo a su compañero.
—¿Qué quieres?
—Continuar la explicación.
—¿Para qué?
—Para probar que he comprendido.
—Habla —dijo Barbicane, sonriendo.
—Por el contrario —dijo Miguel, imitando el tono y los
ademanes del presidente Barbicane— cuando la cara visible de la Luna se halla
iluminada por el Sol, o lo que es lo mismo, hay Luna llena, ésta se halla
situada enfrente del Sol, con la Tierra por medio. Entonces la distancia que la
separa del astro radiante se ha aumentado en 200 leguas y, por consiguiente, el
calor que recibe habrá sufrido alguna disminución.
—¡Muy bien dicho! —exclamó Barbicane—. ¿Sabes, Miguel, que
para ser artista tienes mucho talento?
—Sí —dijo Miguel con indiferencia—; así somos todos en el
bulevar de los italianos.
Barbicane estrechó con gravedad la mano a su amable
compañero, y continuó enumerando varias ventajas de que gozaban los habitantes
de la cara visible de la Luna. Citó, entre otras, la observación de los
eclipses de Sol, que no pueden hacerse sino en este lado del disco lunar;
puesto que para producirse tales eclipses es preciso que la Luna esté en
oposición. Estos eclipses, provocados por la interposición de la Tierra entre
la Luna y el Sol, pueden durar dos horas, durante las cuales el globo
terrestre, a causa de la refracción de los rayos solares en su atmósfera, debe
parecer desde la Luna un punto negro marcado en el Sol.
—De modo —dijo Nicholl— que ese pobre hemisferio no ha
sido muy favorecido por la naturaleza.
—Así es —respondió Barbicane—, aunque no todo el
hemisferio; porque en virtud de cierto movimiento de libración, de cierto
balanceó sobre su centro, la Luna presenta a la Tierra algo más de la mitad de
su disco. Es como un péndulo cuyo centro de gravedad se halla vuelto hacia el
globo terrestre y que oscila con regularidad. ¿De dónde procede esta
oscilación? De que su movimiento de rotación sobre su eje se halla animado de
una velocidad uniforme, mientras el de traslación, que sigue una órbita
elíptica alrededor de la Tierra, no lo está. En el perigeo predomina la
velocidad de traslación, y la Luna presenta cierta porción de su borde
occidental. En el apogeo, la velocidad de rotación es la que domina, y aparece
un trozo de su orilla oriental. Es un segmento de unos ocho grados que se
presenta ya por Oriente, ya por Occidente. De lo cual resulta que si
consideramos a la Luna como dividida en mil partes, vemos de ellas quinientas
setenta y nueve.
—Entendido —respondió Miguel—; pero si alguna vez llegamos
a ser selenitas, yo quiero habitar en la cara visible; no hay nada que me guste
tanto como la luz.
—A no ser —añadió Nicholl— que la atmósfera se halle
condensada en la otra, como lo aseguran varios astrónomos.
—No deja de ser una opinión —respondió simplemente Miguel
Ardán.
Entretanto había terminado el desayuno, y los observadores
habían vuelto a ocupar sus puestos. Intentaban ver algo a través de las oscuras
lumbreras apagando la luz interior; pero no distinguían ni un átomo luminoso en
medio de aquella oscuridad.
Un hecho inexplicable ocupaba el pensamiento de Barbicane.
¿Cómo se concebía que habiendo pasado el proyectil a la corta distancia de 50
kilómetros de la Luna, no hubiera caído en ella? Si su velocidad hubiera sido
muy grande se comprendería que no hubiera caído; pero con una velocidad
relativamente mediana, era incomprensible aquella resistencia a la atracción
lunar. ¿Se hallaba sometido el proyectil a alguna otra influencia? ¿Había algún
cuerpo que lo mantuviera en el éter? Era ya indudable que no tocaría en ningún
punto de la Luna. Pero ¿dónde iba? ¿Se alejaba del disco o se acercaba a él?
¿Iba arrastrado en profundas tinieblas a través del infinito? ¿Cómo saberlo?
¿Cómo calcularlo en medio de la oscuridad? Todas estas cuestiones inquietaban a
Barbicane, pero no podía resolverlas.
En efecto, el astro invisible estaba allí a pocas leguas,
quizás a pocas millas, pero ni sus compañeros ni él lo distinguían ya. Si se
producía algún ruido en su superficie no podían oírlo; el aire, el vehículo del
sonido, faltaba allí para transmitir los gemidos de aquella Luna a quien las
leyes árabes designan como un hombre ya medio convertido en granito, pero que
todavía siente.
Aquello era para aburrir a los observadores más pacientes.
Aquel hemisferio desconocido, era precisamente el que se ocultaba a sus ojos.
Aquella cara, que quince días antes o quince días después había estado y
estaría espléndidamente iluminada por los rayos solares, se perdía entonces en
una completa oscuridad. ¿Dónde estaría el proyectil quince días después? ¿Quién
podría decir a donde los habrían conducido las atracciones?
Es opinión generalmente admitida, con arreglo a las
observaciones selenográficas, que el hemisferio invisible de la Luna tiene la
misma constitución que el hemisferio visible. En los movimientos de libración
de que había hablado Barbicane se descubría, en efecto, como una séptima parte
de aquel hemisferio, y en aquellas montañas y llanuras, circos y cráteres
análogos a los indicados ya en los mapas. Así, pues, podía suponerse la misma
naturaleza, el mismo mundo, árido y muerto. Y sin embargo, podía suceder que la
atmósfera le hubiera dado vida a aquellos continentes produciendo no sólo la
vida vegetal, sino hasta la animal y la del hombre. ¡Cuántos problemas de
interés había que resolver! ¡Cuántas soluciones podían obtenerse contemplando
aquel hemisferio! ¡Qué encanto hubiera, sido echar una mirada sobre aquel mundo
nunca visto por ojos humanos!
Se comprenderá, por consiguiente, la contrariedad de los
viajeros al encontrarse envueltos en aquella negra oscuridad. Imposible les era
verificar la menor observación del disco lunar. En cambio, las constelaciones
parecían solicitar sus miradas, y hay que convenir en que jamás astrónomo
alguno, ni los Faye, ni los Chacornac, ni los Secchi, se habían visto en
condiciones tan favorables para observarlas con todos sus detalles.
En efecto, nada hay que iguale al esplendor de aquel
paisaje sideral bañado en el límpido éter. Aquellos diamantes incrustados en la
bóveda celeste despedían soberbios destellos. La vista abarcaba el firmamento
desde la cruz del Sur hasta la estrella del Norte, constelaciones que dentro de
doce mil años, y por efecto de la sucesión de los equinoccios, cederán su papel
de estrellas polares, la una a Canopus del hemisferio austral, y la otra a Vega
del boreal. La imaginación se perdía en aquel infinito sublime, en medio del
cual gravitaba el proyectil como un nuevo astro creado por la mano del hombre.
Por un efecto natural, aquellas constelaciones brillaban con suavidad y no
centelleaban, porque faltaba la atmósfera, que es la que produce el centelleo,
por la interposición de sus capas de diferente densidad y humedad. Parecían
otros tantos ojos que miraban dulcemente en aquella noche profunda y en medio
del silencio absoluto del espacio.
Los viajeros contemplaron mudos largo rato el firmamento
estrellado en el cual formaba la Luna una especie de cavidad negra muy extensa.
Pero una sensación muy penosa les sacó pronto de su contemplación; y era un
frío sumamente vivo que en un instante cubrió los cristales de las lumbreras de
una espesa capa de hielo. En efecto, éste perdía poco a poco el calor acumulado
en sus paredes, sintiéndose por lo tanto un gran descenso de temperatura que
convirtió en hielo la humedad interior en contacto con los cristales,
impidiendo toda observación.
Miró Nicholl el termómetro y vio que había bajado a 17°
centígrados bajo cero. Así, pues, a pesar de todos los propósitos económicos de
Barbicane, no sólo tuvo que emplear el gas para tener luz, sino también para
calentarse. La temperatura del proyectil no era soportable y, sus pasajeros se
hubieran helado vivos.
—No nos quejaremos, ciertamente —observó Miguel Ardán—, de
la monotonía del viaje. ¡Qué variedad, a lo menos en la temperatura! Tan pronto
nos vemos abrumados de luz y de calor como los indios de las Pampas, como
sumidas en las más profundas tinieblas y en medio de un frío boreal como los
esquimales del Polo. No, no podemos quejarnos, la Naturaleza nos hace
perfectamente los honores.
—Pero —preguntó Nicholl—, ¿qué temperatura es la del
exterior?
—Precisamente la de los espacios planetarios —respondió
Barbicane.
—Entonces —dijo Miguel Ardán—, ¿no sería el momento a
propósito para hacer el experimento que no hemos podido intentar cuando
estábamos inundados de rayos solares?
—Sí, ahora o nunca —respondió Barbicane—, porque estamos
muy bien situados para comprobar la temperatura del espacio y ver si son
exactos los cálculos de Fourier o Pouillet.
—El caso es que hace frío —respondió Miguel.
—La humedad interior se condensa en los cristales; y si
continúa el descenso pronto vamos a ver que nuestro aliento cae al suelo
convertido en nieve.
—Preparemos un termómetro —dijo Barbicane.
—Claro es que un termómetro ordinario, no hubiera dado
resultado alguno en las circunstancias en que iba a usarse. El mercurio se
hubiese solidificado en la probeta puesto que para ello sólo necesita 42° bajo
cero. Pero Barbicane se había provisto de un termómetro del sistema Walferdin,
que da fracciones de temperatura sumamente baja.
Antes de empezar el experimento, se comparó aquel
termómetro con otro de las condiciones ordinarias, y Barbicane se dispuso a
hacer uso de él.
—¿Cómo nos arreglaremos? —preguntó Nicholl.
—Nada más fácil —respondió Miguel Ardán, que nunca se apuraba—.
Se abre rápidamente la lumbrera, se lanza el instrumento, que seguirá
dócilmente al proyectil, y al cabo de un cuarto de hora se le retira…
—¿Con la mano? —preguntó Barbicane.
—Con la mano —respondió Miguel.
—Pues bien, amigo mío; no te expongas a tal cosa
—respondió Barbicane—; porque la mano que saques para hacerlo se quedaría hecha
un muñón helado y deforme por esos fríos espantosos.
—¿De veras?
—Tendrías la sensación de una quemadura terrible, como si
te acercara un hierro candente; porque, lo mismo que el calor, el frío entra en
gran cantidad en nuestra carne o sale de ella. Además tampoco estoy seguro de
que ahora nos sigan los objetos que hemos arrojado fuera.
—¿Por qué? —preguntó Nicholl.
—Porque si atravesamos una atmósfera, aunque sea muy poco
densa, esos objetos se moverán ya con más dificultad y se quedarán atrás. La
oscuridad nos impide ver si todavía nos siguen; así, pues, para no exponernos a
perder el termómetro, le sujetaremos de modo que podamos retirarlo fácilmente
cuando nos convenga.
Se siguieron los consejos de Barbicane; se abrió
rápidamente la lumbrera y Nicholl arrojó al espacio el termómetro, al cual se
había atado una cuerda corta con el fin de poderlo retirar rápidamente. La
lumbrera estuvo abierta a lo sumo un segundo, y, sin embargo, bastó para que
penetrara en el proyectil un frío violento.
—¡Demonio! —exclamó Miguel Ardán—. Hace un frío capaz de
helar a los osos blancos.
Barbicane aguardó a que pasara una media hora, tiempo más
que suficiente para que el instrumento pudiera descender hasta la temperatura
del espacio. Luego retiraron el termómetro tan rápidamente como lo habían
sacado.
Barbicane calculó la cantidad de mercurio pasada a la
ampollita soldada a la parte inferior del instrumento.
—Ciento cuarenta grados centígrados bajo cero —exclamó.
Pouillet tenía razón contra Fourier. Ésta era la horrible
temperatura de los espacios siderales. Ésta quizá la de los continentes lunares
cuando el astro de la noche ha perdido por irradiación el calor recibido en los
quince días del Sol.
Capítulo XV. Hipérbola y parábola
Acaso sorprenda al lector ver a Barbicane y a sus
compañeros tan poco preocupados del porvenir que les aguardaba en aquella
prisión de metal arrastrados por los espacios infinitos del éter. En lugar de
pensar a dónde iban, pasaban el tiempo haciendo experimentos, como si se
encontraran en su gabinete de estudio.
A esto podríamos responder que hombres de un temple tan
superior no se tomaban tales cuidados ni se apuraban por tan poca cosa, sino
que pensaban en otras de más importancia para ellos que su suerte futura.
Verdad es que no eran dueños de su proyectil ni podían
variar la marcha ni su dirección. Un marino varía a su antojo el rumbo de su
barco; y un aeronauta puede imprimir a su globo movimientos verticales. En
cambio, ellos no tenían acción alguna sobre su vehículo; toda maniobra les
resultaba imposible y por lo tanto lo dejaban correr.
¿Dónde se encontraban en aquel momento que equivalía en la
Tierra a las ocho de la mañana del 6 de diciembre? Seguramente muy cerca de la
Luna, lo bastante para que les pareciera una inmensa pantalla negra extendida
en el firmamento. En cuanto a la distancia que de ella los separaba era
imposible calcularla. El proyectil, sostenido por fuerzas inexplicables, había
pasado rasando el Polo Norte del satélite a menos de 50 kilómetros. Pero en las
dos horas que llevaba en el cono de sombra, ¿se había aumentado o se había
disminuido esta distancia? No había punto de mira para apreciar la dirección y
velocidad del proyectil. Quizá se alejase rápidamente del disco, en términos de
salir muy pronto de la sombra pura; tal vez, al contrario, se acercaba a él
sensiblemente, hasta el punto de tropezar con algún pico elevado del hemisferio
invisible; lo cual hubiera terminado el viaje probablemente con perjuicio de
los viajeros.
Se discutió este punto, y Miguel Ardán, siempre rico en
explicaciones, fue de la opinión que el proyectil, retenido por la atracción
lunar, caería al fin como, cae un aerolito en la superficie del globo
terrestre.
—En primer lugar, querido compañero —le respondió
Barbicane—, no todos los aerolitos caen a la Tierra; al contrario, son los
menos. Así, pues, aunque pasásemos al estado de aerolito, no se deduce de esto
que cayéramos a la superficie de la Luna.
—Sin embargo —replicó Miguel—, si nos acercáramos
bastante…
—No importa —replicó Barbicane—. ¿No han visto en ciertas
épocas atravesar el cielo a millares las estrellas fugaces?
—Sí.
—Pues bien, esas estrellas, o mejor dicho, esos
cuerpecillos, no brillan sino porque se ponen candentes al rozar las capas
atmosféricas; es señal de que pasan a menos de 15 leguas del Globo, a pesar de
lo cual rara vez caen. Lo mismo le debe ocurrir a nuestro proyectil; puede
acercarse mucho a la Luna y, sin embargo, no caer finalmente en ella.
—Pues entonces —dijo Miguel—, quisiera yo saber qué hará
en el espacio nuestro vehículo errante.
—Sólo veo dos hipótesis —respondió Barbicane, al cabo de
unos instantes de reflexión.
—¿Cuáles?
—El proyectil tiene que elegir entre dos curvas
matemáticas y seguirá una u otra, según la velocidad de que esté animado, y que
no puedo apreciar en este momento.
—Sí —dijo Nicholl—, seguirá una parábola o una hipérbola.
—En efecto —respondió Barbicane—; con cierta velocidad
seguirá la parábola, y con una velocidad mayor la hipérbola.
—Mucho me gustan las palabras retumbantes —respondió
Miguel Ardán—; en seguida se sabe lo que quieren decir. ¿Tenéis la bondad de
explicarme qué es vuestra parábola?
—Amigo mío —respondió el capitán—, la parábola es una
línea curva de segundo orden que resulta de la sección de un cono cortado por
un plano, paralelamente a uno de sus lados.
—¡Ah, ah! —dijo Miguel, satisfecho.
—Es poco más o menos la trayectoria que describe una bomba
lanzada por un mortero.
—Perfectamente. ¿Y la hipérbola? —preguntó Miguel.
—La hipérbola es una curva de segundo orden producida por
la intersección de una superficie cónica y de un plano paralelo a sus dos
generatrices y que constituye dos ramas separadas una de otra y se extiende
indefinidamente.
—¿Es posible? —exclamó Miguel Ardán con la mayor seriedad,
y como si le contaran algún suceso grave—. Entonces, fíjate bien en esto,
querido capitán; tu definición de la hipérbola es para mí todavía más
incomprensible que la palabra misma.
Poco caso hacían Nicholl y Barbicane de las cuchufletas de
Miguel Ardán, empeñados como estaban en un debate científico. Lo que les
inquietaba era saber qué curva seguiría el proyectil; uno decía que la
hipérbola, otro sostenía que la parábola; se daban mutuamente razones plagadas
de x. Sus argumentos se formulaban en un lenguaje que atacaba los nervios a
Miguel. La discusión era viva y ninguno de los dos adversarios quería
sacrificar su curva predilecta. Aquella discusión científica se prolongó tanto
que acabó por impacientar a Miguel.
—¡Vaya, señores de los cosenos! —dijo—. ¿Cuándo acabaran
de arrojarse parábolas e hipérbolas a la cabeza? Yo quiero saber lo único
interesante de este asunto; convenimos en que seguiremos una u otra de vuestras
curvas; pero ¿a dónde nos conducirán?
—A ninguna parte —respondió Nicholl.
—¿Cómo que a ninguna parte?
—Sin duda —respondió Barbicane—; son curvas abiertas que
se prolongan hasta lo infinito.
—¡Ah, sabios, sabios! —exclamó Miguel—. Os tengo clavados
en el corazón. ¿Qué nos importa vuestra parábola o vuestra hipérbola, si una y
otra nos elevan al infinito en el espacio?
Barbicane y Nicholl no pudieron menos de sonreír. Acababan
de hacer arte, por el placer del arte mismo. Nunca se había presentado cuestión
más intempestiva en momento más inoportuno. La terrible verdad era que,
arrastrado el proyectil hiperbólica o parabólicamente, no habría de encontrar
jamás a la Tierra ni a la Luna.
¿Qué sucedería, pues, a aquellos atrevidos viajeros en un
plazo no muy lejano? Si no morían de hambre, si no morían de sed, morirían a
los pocos días por falta de aire, cuando se les concluyera el gas, si el frío
no había concluido antes con ellos.
Más por importante que les fuera ahorrar gas, el excesivo
descenso de la temperatura atmosférica les obligó a consumir cierta cantidad de
éste. En rigor podían pasarse sin luz, pero no sin calor. Por fortuna, el
calórico desarrollado por el aparato Reiset y Regnault, elevaba algo la
temperatura interior del proyectil y podía mantenerse sin gran gasto, en un
grado soportable.
Mientras tanto, las observaciones a través de las lentes
se habían hecho muy difíciles. La humedad interior del proyectil se condensaba
en los cristales y se congelaba inmediatamente. Había que quitar la opacidad
del cristal por medio de continuos frotamientos. A pesar de estos obstáculos se
pudieron observar fenómenos del más alto interés.
Efectivamente; si aquel disco invisible hubiera tenido su
atmósfera, ¿no debieran haber visto las estrellas errantes cruzando con sus
trayectorias? Si el proyectil mismo atravesaba estas capas fluidas, ¿río podría
percibirse algún ruido repercutido por los ecos lunares, los rugidos de una
tempestad, por ejemplo, los estallidos de un alud, las detonaciones de un
volcán en actividad? Y si alguna montaña en ignición se coronaba de un penacho
de resplandores, ¿no se hubieran podido distinguir sus intensas fulguraciones?
Hechos semejantes, minuciosamente comprobados, les hubiesen aclarado mucho el
oscuro problema de la constitución lunar. Por este motivo Barbicane y Nicholl,
colocados en sus lentes, como astrónomos, observaban con escrupulosa paciencia,
pero hasta entonces el disco permanecía mudo y sombrío, y no contestaba a nada
de las múltiples preguntas que le dirigían aquellos hombres. Este silencio
provocó la siguiente reflexión de Ardán, bastante justa al parecer.
—Si otra vez hacemos este viaje, haremos bien en escoger
la época de la Luna nueva.
—En efecto —respondió Nicholl—, esa circunstancia sería
más favorable. Convengo en que la Luna sumergida en los rayos solares no sería
visible durante el trayecto; pero, en cambio, se distinguiría la Tierra, que
estaría en pleno. Además, si fuéramos atraídos alrededor de la Luna como ahora
sucede, tendríamos al menos la ventaja de ver su disco, actualmente invisible,
magníficamente iluminado.
—Bien dicho, Nicholl —contestó Miguel Ardán—. ¿Qué piensas
tú de todo ello, Barbicane?
—Pienso —respondió el grave presidente— que si volvemos a
emprender este viaje, partiremos en la misma época y en las mismas condiciones.
Supongamos que hubiésemos logrado nuestro objetivo; ¿no hubiera valido más
encontrar continentes llenos de luz que una región sumergida en una noche
oscura? ¿No se habría efectuado en las mejores circunstancias nuestra primera
instalación? Evidentemente sí. En cuanto a este lado invisible, lo hubiéramos
visitado en nuestros viajes de investigación sobre el globo lunar. Por lo
tanto, la época del plenilunio estaba perfectamente escogida. Era necesario
llegar al fin de nuestro camino, y para esto, no desviarse en él.
—Nada se puede objetar a eso —dijo Miguel Ardán—. ¡He
aquí, sin embargo, una buena ocasión perdida de observar el otro lado de la
Luna! ¡Quién sabe si los habitantes de los otros planetas están a la misma
altura que los sabios de la Tierra en cuanto al conocimiento de sus satélites!
A esta observación de Miguel Ardán se hubiera podido
contestar fácilmente de este modo: si otros satélites han podido ser estudiados
con más exactitud el por su mayor proximidad. Los habitantes de Saturno, de
Júpiter y de Urano, si existen, han podido establecer comunicaciones más
fáciles con sus Lunas. Los cuatro satélites de Júpiter gravitan a una distancia
de ciento ocho mil doscientas sesenta leguas; ciento setenta y dos mil
doscientas leguas; doscientas setenta y cuatro mil doscientas leguas, y cuatrocientas
ochenta mil ciento treinta leguas, respectivamente. Pero estas distancias están
contadas desde el centro del planeta y deduciendo la longitud del radio que es
de diecisiete a dieciocho mil leguas, se ve que el primer satélite no se halla
tan lejos de la superficie de Júpiter como la Luna de la superficie de la
Tierra. De las ocho Lunas de Saturno, cuatro están igualmente más próximas;
Diana a ochenta y cuatro mil seiscientas leguas; Thetys a sesenta y dos mil
novecientas sesenta leguas; encerrado a cuarenta y ocho mil noventa y una
leguas y, finalmente, Mimas a una distancia media de treinta y cuatro mil
quinientas únicamente. De los ocho satélites de Urano, el primero, Ariel, no
está más que a cincuenta y una mil ciento veinte leguas del planeta.
Un experimento análogo del presidente Barbicane en la
superficie de estos tres astros hubiera presentado, por lo tanto, menores
dificultades. Si sus habitantes han intentado hacerlo, tal vez hayan examinado
la constitución de la mitad de este disco, que su satélite oculta eternamente a
sus ojos. Pero si no han abandonado nunca su planeta no estarán más adelantados
que los astrónomos de la Tierra.
Entretanto, el proyectil describía en la sombra aquella
incalculable trayectoria que ningún punto de partida podía determinar. ¿Se
había modificado su dirección, ya por la influencia de la atracción lunar, ya
por la influencia de un astro desconocido? Barbicane no podía decirlo; pero se
había operado un cambio en la posición relativa del vehículo, y Barbicane lo
demostró a eso de las cuatro de la mañana aproximadamente.
Este cambio consistía en que la base del proyectil se
había inclinado hacia la superficie de la Luna y se mantenía en la dirección de
una perpendicular que pasaba por su eje. La atracción, es decir, la gravedad,
había producido esta modificación. La parte más pesada del proyectil se
inclinaba hacia el disco invisible, exactamente como si hubiera caído hacia él.
¿Caería, en efecto? ¿Irían a alcanzar por fin los viajeros
su tan deseado objeto? No. Y la observación de un punto de mira bastante
explicable por otra parte vino a demostrar a Barbicane que su proyectil no se
aproximaba a la Luna, y que se separaba siguiendo una curva casi concéntrica.
Dicho punto de mira fue un rayo de luz que Nicholl señaló
de repente sobre el límite del horizonte, formado por el disco negro, y que no
podía confundirse con una estrella. Era una incandescencia rojiza que aumentaba
de volumen poco a poco, prueba incontestable de que el proyectil se aproximaba
a él y no caía normalmente en la superficie del astro.
—¡Un volcán! Es un volcán en actividad —exclamó Nicholl—;
un derrame de los fuegos interiores de la Luna. Este mundo no está aún
completamente muerto.
—¡Sí, una erupción! —dijo Barbicane, que observaba
cuidadosamente el fenómeno con el anteojo de la noche.
¿Qué podría ser, si no fuera un volcán?
—En este caso —dijo Miguel Ardán— es necesario aire para
mantener esta combustión. Por lo tanto hay una atmósfera que rodea esta parte
de la Luna.
—Es posible —notó Barbicane—, pero no absolutamente
necesario. El volcán puede suministrarse el oxígeno por la descomposición de
ciertas materias y lanzar así sus llamas en el vacío. Hasta me parece que esta
deflagración tiene la intensidad y el resplandor de los objetos cuya combustión
se produce el oxígeno puro. No nos apresuremos, pues, afirmando la existencia
de una atmósfera lunar.
La montaña en ignición debía estar situada aproximadamente
hacia el grado cuarenta y cinco de latitud Sur de la parte invisible del disco.
Pero, con gran disgusto de Barbicane, la curva que describía el proyectil le
arrastraba lejos del punto señalado por la erupción, no siendo posible por lo
tanto determinar su naturaleza. Media hora después de haberlo visto,
desaparecía este punto luminoso detrás del sombrío horizonte. Sin embargo, la
comprobación del fenómeno era un hecho de suma importancia en los estudios
selenográficos. Probaba que no había desaparecido aún todo el calor de las
entrañas de ese globo, y allí donde existe el calor, ¿quién podría afirmar que
no habían sentido hasta entonces los reinos vegetal y animal las influencias
destructoras? La existencia de aquel volcán en erupción indiscutiblemente
comprobada por los sabios de la Tierra, hubiera originado sin duda muchas
teorías favorables a la grave cuestión de la habitabilidad de la Luna.
Se dejaba arrastrar Barbicane por sus reflexiones y se
olvidaba de sí mismo en una muda contemplación en que se agitaban los
misteriosos destinos del mundo lunar. Buscaba el lazo que había de unir los
hechos observados hasta entonces, cuando un nuevo incidente le volvió
bruscamente a la realidad.
Este incidente, más que un fenómeno cósmico, era un
peligro amenazador, cuyas consecuencias podían ser desastrosas.
En medio del éter y entre sus tinieblas profundas había
aparecido de repente una masa enorme. Era como una luna, pero incandescente, y
de un brillo tanto más insoportable cuanto que rompía fuertemente la profunda
oscuridad del espacio. Aquélla masa, de forma circular, despedía una luz tal
que inundaba completamente el proyectil. Las caras de Barbicane, de Nicholl, de
Miguel Ardán, violentamente iluminadas con sus blancas ráfagas, tomaban esta
apariencia especial lívida, cadavérica, que los físicos producen con la luz
artificial del alcohol impregnado de sal.
—¡Diablo! —gritó Miguel Ardán—. ¡Estoy horrorizado! ¿Qué
inesperada Luna es ésta?
—Un bólido —contestó Barbicane.
—¿Un bólido inflamado en el vacío?
—Sí.
Aquel globo de fuego era efectivamente un bólido.
Barbicane no se engañaba. Si estos meteoros cósmicos no presentan generalmente,
cuando se observan desde la Tierra, más que una luz algo menor que la de la
Luna, allí, en aquel sombrío éter, brillan extraordinariamente. Estos cuerpos
errantes llevan en sí mismos el principio de su incandescencia. El aire
ambiente no les es necesario para su deflagración. En efecto, si algunos de
ellos atraviesan las capas atmosféricas a dos o tres leguas de la Tierra, otros,
por el contrario, describen una trayectoria a una distancia que no llega a la
atmósfera. Ejemplo: los bólidos como el de 27 de octubre de 1884, qué apareció
a una altura de 128 leguas, y el de 18 de agosto de 1741, que desapareció a una
distancia de 182 leguas. Algunos de estos meteoros tienen tres o cuatro
kilómetros de anchura y poseen una velocidad que puede llegar hasta 75
kilómetros por segundo, siguiendo una dirección inversa a la del movimiento de
la Tierra. Este globo errante, repentinamente aparecido en la sombra a una
distancia de 100 leguas por lo menos, debía medir, según cálculo de Barbicane,
un diámetro de 2,000 metros. Avanzaba con una velocidad de dos kilómetros por
segundo aproximadamente, o sea, de 30 leguas por minuto. Cortaba el camino del
proyectil y debía alcanzarle a los pocos minutos. Al acercarse, aumentaba su
volumen en una proporción enorme.
Imagínense, si pueden, la situación de los viajeros. Era
imposible describirla. A pesar de su valor, sangre fría e indiferencia ante el
peligro, estaban mudos, petrificados, con los miembros crispados y sobrecogidos
por un asombro terrible. Su proyectil, cuya marcha no podían desviar, corría
derecho hacia la masa ígnea, más intensa que la boca encendida de un horno de
reverbero. Parecía que se precipitaba hacia un abismo de fuego. Barbicane había
cogido las manos de sus compañeros, y todos miraban al revés de sus párpados
medio cerrados al esferoide caldeado al rojo blanco. Si el pensamiento no
estaba extinguido en ellos, si su cerebro funcionaba aún en medio de, su
espanto, debían creerse perdidos.
A los dos minutos de la súbita aparición del bólido, ¡dos
siglos de angustia!, con el proyectil próximo a chocar con él, estalló como una
bomba el globo de fuego, pero sin producir ningún ruido en medio de aquel
vacío, en donde el sonido, que no es más que la agitación de las capas de aire,
no podía, por tanto, producirse.
Nicholl profirió un grito: sus compañeros y él se
precipitaron al cristal de las lumbreras.
¡Qué espectáculo! ¿Qué pluma podría describirlo, qué
paleta podría ser tan rica de colores para reproducirlo?
Era algo así como la boca de un cráter, como el
esparcimiento de un incendio inmenso. Millares de fragmentos luminosos
alumbraban y cortaban el espacio con sus resplandores. Todos los tamaños, todos
los matices, todos los colores estaban mezclados, formando irradiaciones
amarillas, amarillentas, rojas, verdes, grises, una corona, en fin, multicolor
de fuegos artificiales. Del terrible y enorme globo no quedaban más que pedazos
lanzados en todas las direcciones, convertidos a su vez en asteroides, unos flameantes
como espadas, otros rodeados de una nube blanquecina y otros que dejaban en pos
de sí señales brillantes de polvo cósmico.
Aquellos fragmentos incandescentes se cruzaban y chocaban,
fraccionándose en pedazos más pequeños, algunos de los cuales chocaron con el
proyectil. El cristal de la izquierda llegó a quebrarse por el golpe violento
de uno de ellos. Parecía que flotaba el proyectil entre una granizada de
bombas, de las cuales la menor podría aniquilarle en un momento.
La luz que satura el éter se desarrollaba en incomparable
intensidad, porque los asteroides la difundían en todas sus direcciones. Hubo
un momento en que fue tan viva, que Miguel Ardán llevó hacia su lente a
Barbicane y Nicholl, gritando: «¡Por fin vemos la Luna, hasta ahora
invisible!».
Y al través de un efluvio luminoso de algunos segundos,
divisaron todos aquel disco misterioso que la vista del hombre contemplaba por
primera vez.
¿Qué distinguieron a aquella distancia que no podían
calcular? Algunas zonas prolongadas sobre el disco, verdaderas nubes formadas
en un medio atmosférico muy reducido, en el que aparecían no solamente todas
las montañas, sino también los relieves de menor importancia, los circos, los
cráteres abiertos y caprichosamente dispuestos, tal como existen en la
superficie visible. Después, espacios inmensos, no ya áridas llanuras, sino
verdaderos océanos abundantemente distribuidos, que reflejaban sobre su líquido
espejo toda la magia deslumbradora de los fuegos del espacio. Finalmente en la
superficie de los continentes, extensas masas sombrías, que semejaban selvas
inmensas al rápido fulgor del relámpago.
¿Era una ilusión, un error de la vista, un espejismo por
decirlo así? Podían dar una afirmación científica a una observación tan
superficialmente obtenida. ¿Se atrevían a decidir sobre el problema de su
habitabilidad, con la ligera ojeada del disco invisible? Nuestros tres
atrevidos viajeros se hallaban sumidos en un mar de confusiones.
Entretanto, las fulguraciones del espacio se apagaron poco
a poco; su resplandor accidental se disminuyó, los asteroides se alejaron con
diversas trayectorias y se apagaron a lo lejos. El éter volvió a habituales
tinieblas; las estrellas, un momento eclipsadas, brillaron en el firmamento, y
el disco apenas entrevisto, se ocultó de nuevo en la impenetrable noche.
Capítulo XVI. El hemisferio meridional
Acababa de librarse el proyectil de un peligro tan
terrible como imprevisto; porque, ¿quién podía figurarse el encuentro de
bólidos? Estos cuerpos errantes podían suscitar a los viajeros nuevos y graves
peligros. Eran para ellos otros tantos escollos sembrados en aquel mar de éter
y que, menos afortunados que los navegantes, no podían evitar. Pero, ¿se
quejaban por ello los aventureros del espacio? Todo lo contrario; puesto que la
Naturaleza les había dado el espléndido espectáculo de un meteoro cósmico, estallando
con una expansión formidable y, además, tan incomparable fuego artificial,
inimitable para cualquier Duggieri, había iluminado por espacio de algunos
segundos el mundo invisible de la Luna, Durante esta rápida iluminación, se les
habían mostrado los continentes, los mares y las selvas. ¿Llevaba, pues, la
atmósfera sus moléculas vivificadoras a esa cosa desconocida? ¡Problemas
insolubles planteados a la curiosidad humana!
Eran entonces las tres y media de la tarde. El proyectil
seguía su dirección curvilínea alrededor de la Luna. ¿Había sido modificada
otra vez su trayectoria por el meteoro? Era de temer. No obstante, el proyectil
debía describir una curva imperturbablemente determinada por las leyes de la
mecánica racional. Barbicane se inclinaba a creer que esta curva sería más bien
una parábola que una hipérbola. Sin embargo, admitida la parábola, debería
salir el proyectil con bastante rapidez del cono de sombra proyectado en el
espacio al lado opuesto del Sol. Éste era, efectivamente, muy estrecho; tan
pequeño es el diámetro angular de la Luna, si se le compara con el diámetro del
astro del día. Pero hasta entonces flotaba el proyectil en esta profunda
sombra. Cualquiera que hubiese sido su velocidad, que no había podido ser sino
muy mediana, continuaba su período de ocultación. Esto era evidente y no
hubiera debido ser así en el caso propuesto de una trayectoria parabólica.
Nuevo problema que atormentaba el cerebro de Barbicane, verdaderamente
aprisionado en el círculo de incógnitas que no podía descifrar.
Ninguno de los viajeros pensaba en descansar un momento.
Todos acechaban algún hecho inesperado que arrojase nueva luz sobre sus
estudios uranográficos. A cosa de las cinco distribuyó Miguel Ardán, con el
nombre de comida, algunos pedazos de pan y de carne fiambre, que fueron
rápidamente devorados, sin que nadie abandonase su lumbrera, cuyos cristales se
llenaban continuamente de costras por la condensación de los vapores.
A eso de las cinco y cuarenta y cinco minutos de la tarde,
Nicholl, provisto de su anteojo, señaló hacia el borde meridional de la Luna y
en la dirección que seguía el proyectil, algunos puntos brillantes que
resaltaban en el fondo sombrío del cielo. Hubieran podido compararse a una
serie de agudos picos, que se perfilaban como una línea recortada. Estos puntos
se iluminaban con bastante intensidad. Así aparecía el último término lineal de
la Luna, cuando se presentaba en una de sus fases.
No cabía equivocación. No se trataba de un simple meteoro
cuya arista luminosa no tenía color ni movilidad y menos aún, de un volcán en
erupción, por lo cual Barbicane no tardó en decidirse.
—¡El Sol! —exclamó.
—¿Cómo, el Sol? —dijeron Nicholl y Miguel Ardán.
—Sí, amigos míos, es el astro radiante que ilumina la cima
de estas montañas, situadas en el borde meridional de la Luna. ¡Nos acercamos
al Polo Sur!
—Después de haber pasado por el Polo Norte —contestó
Miguel—. ¡Luego hemos dado la vuelta a nuestro satélite!
—Sí, querido Miguel.
—Entonces, nada de hipérbola, ni curvas abiertas que
temer.
—No, sino una curva cerrada.
—Que se llama…
—Una elipse. En vez de marchar a abismarse en los espacios
interplanetarios, es probable que el proyectil vaya a describir una órbita
elíptica alrededor de la Luna.
—Es cierto.
—Y se hará su satélite.
—Luna de la Luna —exclamó Miguel Ardán.
—Únicamente te haré observar, mi digno amigo —repuso
Barbicane—, que no por eso estaremos menos perdidos.
—Sí, pero de otra manera y mucho más divertida —respondió
él imperturbable con su amable sonrisa.
Tenía razón el presidente Barbicane. Al describir el
proyectil esta órbita elíptica iba a gravitar eternamente alrededor de la Luna
como un subsatélite.
Era un nuevo astro añadido al mundo solar, un macrocosmos
poblado por tres habitantes, que morirían por falta de aire dentro de poco
tiempo. Barbicane no podía alegrarse, pues, de esta situación definitiva,
impuesta al proyectil por la doble influencia de las fuerzas centrípeta y
centrífuga. Él y sus compañeros iban a ver de nuevo la cara iluminada del disco
lunar., Acaso se prolongaría su existencia lo bastante para que pudiesen ver
por última vez toda la Tierra, soberbiamente iluminada por los rayos del Sol.
Acaso podría dirigir una última despedida a este globo que ya no volverían a
ver. Después, el proyectil no sería más que una masa sin vida, semejante a esos
asteroides inertes que circulan por el éter. Sólo tenían un consuelo: el de
abandonar por fin aquellas insondables tinieblas y volver a la luz, entrando en
las zonas bañadas por la irradiación solar.
Mientras tanto, las montañas descubiertas por Barbicane se
separaban cada vez más de la masa sombría. Eran los montes Doerfel y Leibnitz,
que erizaban al Sur la región circumpolar de la Luna.
Todas las montañas del hemisferio visible han sido medidas
con una completa exactitud. Quizás extrañe esta perfección, y sin embargo, son
en extremo exactos estos métodos hipsométricos. Puede afirmarse que la
elevación de las montañas de la Luna está determinada con la misma exactitud
que la de las montañas de la Tierra.
El procedimiento más generalmente empleado es el que mide
la sombra proyectada por las montañas, teniendo en cuenta la altura del Sol en
el momento de la observación. Esta medida se obtiene fácilmente con un anteojo
provisto de un retículo con dos hilos paralelos, y admitiendo corno base, que
es exactamente conocida, el diámetro real del disco lunar. Este método permite
igualmente calcular la profundidad de los cráteres y de las cavidades de la
Luna. Galileo se sirvió de dicho aparato, y después lo han empleado Beer y
Moedler, con el mejor resultado.
El segundo método, llamado de los rayos tangentes, puede
también aplicarse para medir los relieves lunares. Se emplea en el momento en
que las montañas se presentan como puntos luminosos apartados de la línea de
división de la sombra y de la luz, que brillan sobre la parte oscura del disco.
Esto puntos luminosos son producidos por los rayos solares
superiores a los que determinan el límite de la fase. Por tanto la medida del
intervalo oscuro, que deja entre si el punto luminoso y la parte luminosa más
próxima indica exactamente la elevación de este punto. Pero se comprende que
este procedimiento no puede aplicarse más que a las montañas que están cercanas
a la línea de separación de la sombra y la luz.
Hay un tercer método que consiste en medir con el
micrómetro el perfil de las montañas lunares que se dibujan en el fondo; pero
no es aplicable más que a las elevaciones próximas al borde del astro.
Como quiera que sea, hay que tener presente que esta
medida de los intervalos, sombras o perfiles, no puede realizarse sino cuando
los rayos solares tocan oblicuamente a la Luna, con relación al observador.
Cuando la tocan directamente; en una palabra, cuando es Luna llena, toda sombra
es fuertemente difuminada en su disco, y la observación se hace imposible.
Galileo fue el primero que, después de haber determinado
la existencia de las montañas lunares, empleó el método de las sombras
proyectadas, para calcular sus elevaciones. Les calculó, como ya queda dicho,
una elevación media de 4,500 toesas. Hevelius rebajó notablemente estas cifras,
que, en cambio, duplicó Riccioli. Estas medidas eran exageradas por ambas
partes. Provisto Herschel de instrumentos perfeccionados, se aproximó más a la
verdad hipsométrica; pero es necesario, finalmente, buscarla en las relaciones
de los observadores modernos.
Beer y Moedler, los mejores selenógrafos del mundo, han
medido mil noventa y cinco montañas lunares. De sus cálculos resulta que seis
de estas montañas se elevan a más de 5.800 metros, y veintidós a más de 4.800.
La cima más alta de la Luna mide 7.603 metros; es, pues, inferior a las de la
Tierra, algunas de las cuáles la sobrepujan en 500 o 600 toesas; pero hay que
hacer una advertencia: si se comparan las montañas con los volúmenes
respectivos de los dos astros, son relativamente más elevados las de la Luna
que las de la Tierra. Las primeras forman 1/470 del diámetro de la Luna y las
segundas, 1/440 del diámetro de la Tierra. Para que una montaña alcance las
proporciones relativas de una montaña lunar sería necesario que su elevación
perpendicular fuese de seis leguas y media, y resulta que la más elevada no
tiene nueve kilómetros.
Por consiguiente, y procediendo por comparación, la
cordillera del Himalaya tiene tres cimas superiores a las cimas lunares; el
monte Everest, de 8.137 metros de elevación; el Kunchinjuga, de 8.100 metros, y
el Dwalagiri, de 8.007 metros. Los montes Doerfel y Leibniz de la Luna tienen
una altura igual a la de Jewahir de la misma cordillera, o sea 7.603 metros.
Blancanus, Endytnion las cimas principales del Cáucaso y de los Apeninos son
superiores al monte Blanco, que mide 4.810 metros. Son iguales al Monte Blanco,
Moret, Teófilo, Catharina; al Monte Rosa, o sea 4.636, Piccolomini, Werner,
Harpalus; al monte Cervino, de 4.522 metros de elevación, Macribio,
Eratóstenes, Albateque, Delambre; al Pico de Tenerife de 3.710 metros, Bacon,
Cysatus, Philolaus y los picos de los Alpes; al Monte Perdido, de los Pirineos,
de 3.351 metros, Roemer y Bogulawski; al Etna, de 3.227 metros, Hércules,
Atlas, Fumerius.
Esos son los puntos de comparación que permiten apreciar
la elevación de las montañas lunares. Precisamente la trayectoria seguida por
el proyectil era hacia esta región montañosa del hemisferio Sur, en donde se
alzan los mayores ejemplares de la orografía lunar.
Capítulo XVII. Tycho
A las seis de la tarde pasaba el proyectil por el Polo
Sur, a menos de 60 kilómetros, igual distancia a que se había aproximado del
Polo Norte. La curva elíptica se dibujaba, pues, con toda visibilidad.
Se hallaban a la sazón los viajeros en ese bienhechor
efluvio de los rayos solares, volvían a ver esas estrellas que se movían con
lentitud de Oriente a Occidente. El astro radiante fue saludado con un triple
hurra. Con su luz enviaba su calor, que transpiró bien pronto a través de las
paredes de metal. Los cristales volvieron a tomar su primitiva transparencia.
La capa de hielo que los cubría se derritió como por encanto. Inmediatamente
después se disminuyó el gas por medida de economía, dejando el aparato de aire
con su consumo habitual.
—¡Ah! —exclamó Nicholl—, ¡qué buenos son estos rayos
caloríficos! ¡Con cuánta impaciencia deben esperar los selenitas la reaparición
del astro del día, después de una noche tan larga!
—Sí —contestó Miguel, aspirando, por decirlo así, aquel
éter brillante—; luz y calor constituyen toda la vida.
En el mismo instante, se advirtió la tendencia de la base
del proyectil a separarse ligeramente de la superficie lunar, siguiendo una
órbita elíptica bastante alargada. Si desde ese momento hubiera sido visible
toda la Tierra, hubiesen podido volver a ver a Barbicane y sus compañeros. Pero
sumergida en la irradiación del Sol, permanecía absolutamente invisible. Otro
espectáculo les llamaba la atención, y era el que presentaba la región austral
de la Luna, aproximada por sus anteojos a medio cuarto de legua. No abandonaban
todos los detalles del extraño continente.
Los montes Doerfel y Leibniz forman dos grupos separados
que se desenvuelven próximamente en el Polo Sur. El primer cuarto se extiende
desde el Polo Sur hasta el paralelo ochenta y cuatro en la parte oriental del
astro; el segundo, que se presenta hacia el borde oriental, ya del grado
setenta y cinco de latitud al polo.
Aparecen sobre su arista, caprichosamente contorneada,
resplandecientes planicies, tales como las ha señalado el padre Secchi,
Barbicane pudo estudiar su naturaleza con más certidumbre que el ilustre
astrónomo romano.
—Eso son nieves —exclamó Miguel.
—¿Nieves? —repitió Nicholl.
—¡Sí, Nicholl! Nieves cuya superficie está profundamente
helada. Ved cómo reflejan los rayos luminosos. Lavas petrificadas no
producirían una refracción tan intensa. Hay, pues, agua y aire en la Luna; será
en poca cantidad si se quiere, pero el hecho es innegable.
Así era, en efecto. Y si Barbicane volvía a la Tierra
confirmarían sus notas, este hecho de tanta importancia en las observaciones
selenográficas.
Los montes Doerfel y Leibniz se elevan en medio de
llanuras de mediana extensión limitadas por una serie indefinida de circos y de
murallas anulares. Estas dos cordilleras son las únicas que hoy se encuentran
en la región de los circos. Pero quebradas relativamente, proyectan en varias
direcciones algunos picos agudos, cuya cumbre más elevada mide 7.603 metros.
Pero el proyectil dominaba todo este conjunto y el relieve
desaparecía en el intenso resplandor del disco. Volvía a presentarse a los ojos
de los viajeros el aspecto arcaico de los paisajes lunares faltos de tono, sin
gradación en el colorido, sin matices de sombras, rudamente blancos y negros,
por la falta de luz difusa; era indiscutible.
No obstante, la vista de ese mundo desolado no dejaba de
ser curiosa por lo extraña que era. Se paseaban por encima de aquella caótica
región, como arrastrados por el soplo del huracán, viendo desfilar las cimas
bajo sus pies, observando las fallas con ojos atentos, analizando los pliegues,
ojeando las cavidades, subiendo a las murallas, sondeando aquellas simas
misteriosas nivelando todas las desigualdades, pero sin encontrar vestigios de
vegetación ni de población, y sí únicamente estratificaciones, arroyos de lava,
derrames pulimentados como inmensos espejos que reflejaban los rayos solares
con un brillo irresistible; todo estaba muerto y allí los aludes rodaban desde
la cima de las montañas para caer sin ruido en el fondo de los abismos. Tenían
el movimiento, pero les faltaba aún el ruido.
Con repetidas observaciones, demostró Barbicane que los
relieves de los bordes del gran disco, aunque sometidos a fuerzas diferentes de
la región central, presentaban una conformación uniforme. La misma agregación
circular y las mismas desigualdades del terreno. Podía presumirse, sin embargo,
que sus disposiciones no debían de ser análogas. En efecto, la corteza, aun
maleable, de la Luna ha estado sometida a la doble atracción de la Luna y de la
Tierra obrando en sentido inverso y siguiendo un radio prolongado de una a
otra. Por el contrario, sobre los bordes del disco, la atracción lunar ha sido
perpendicular, por decirlo así, a la atracción terrestre. Parece, pues, que los
relieves del suelo producidos en estas condiciones hubieran debido tomar una
forma diferente, pero no sucedía así. La Luna había encontrado en sí misma el
principio de su formación y constitución.
No debía nada a fuerzas extrañas. Esto justificaba la
notable proposición de Arago: «Ninguna acción exterior de la Luna ha
contribuido a la formación de su aspecto». Como quiera que sea, en su estado
actual era una muda imagen de la muerte, sin que fuese posible decir que alguna
vez le hubiese animado la vida.
Con todo, Miguel Ardán creyó distinguir una aglomeración
de ruinas que señaló a la atención de Barbicane, situada hacia el paralelo 93
de longitud. Aquella aglomeración de piedras colocadas con bastante
regularidad, semejaba una vasta fortaleza, que dominaba una de las vastas
fallas que había servido de lecho a los ríos de los tiempos prehistóricos. No
muy lejos se elevaba, a una altura de 5.616 metros, la montaña anular de Short,
igual al Cáucaso asiático. Miguel Ardán, con su pasión acostumbrada, sostenía
«la evidencia de una fortaleza». Por debajo se distinguían las murallas
desmanteladas de una ciudad; más allá la bóveda aún intacta de un pórtico; aquí
dos o tres columnas inclinadas sobre su basamento; allí una sucesión de cintras
que debieron sostener los canales de un acueducto; más allá los pilares
hundidos de un frente gigantesco construido sobre el espesor de una hendidura.
Miguel Ardán veía todo eso con tanta alucinación en la mirada, a través de su
fantástico anteojo, que no podía menos que desconfiarse de sus observaciones.
Y, sin embargo, ¿quién podría asegurar, quién osaría decir que el simpático
joven no había visto realmente lo que sus dos compañeros no querían ver?
Los momentos eran demasiado preciosos para sacrificarlos a
una discusión ociosa. La ciudad selenita, real o supuesta, había desaparecido
ya a lo lejos. La distancia del proyectil al disco lunar empezaba a aumentarse,
y los detalles del suelo le perdían, confundiéndose. Únicamente los relieves,
los circos, los cráteres, las llanuras, seguían viéndose con claridad.
En aquel momento se dibujaba hacia la izquierda uno de los
más bellos circos de la orografía lunar, que era sin duda lo más curioso de
aquel continente. Era el Newton, que Barbicane reconoció sin dificultad,
consultando su Mappa Selenographica.
Newton se halla situado exactamente a los 77° de latitud
sur y 16° de longitud este, y forma un cráter anular, cuyas paredes, de 7.264
metros de altura, parecían imposibles de pasar.
Barbicane hizo observar a sus compañeros que la altura de
aquella montaña sobre la llanura vecina distaba mucho de igualar a la
profundidad de su cráter. Este enorme orificio era imposible de medir, y
formaba un abismo sombrío, cuyo fondo no llegaban a iluminar jamás los rayos
solares. Allí, según Humboldt, reina tan absoluta oscuridad, que ni la luz del
Sol ni la de la Tierra pueden interrumpir. Los mitólogos hubieran tenido razón
en poner allí la boca del infierno.
—Newton —dijo Barbicane— es el tipo más perfecto de esas
montañas anulares, que en la Tierra no se ve. Su existencia en la Luna prueba
que la formación de aquel planeta por enfriamiento se debió a causas violentas;
porque, mientras al impulso de los fuegos interiores, los relieves adquirían
grandes alturas, el fondo se retiraba mucho más abajo del nivel lunar.
—No digo lo contrario —respondió Miguel Ardán.
A los pocos minutos de pasar sobre Newton, el proyectil se
hallaba directamente encima de la montaña anular de Moret. Siguió de bastante
lejos las cumbres de Blancanus, y a eso de las siete y media de la noche
llegaba al circo de Clavio.
Este circo, uno de los más notables del disco, se halla
situado a los 58°de latitud Sur y 15° de longitud Este. Su altura se calcula en
unos 7.091 metros. Los viajeros, distantes 400 kilómetros, que se reducían a 4
en los anteojos, pudieron admirar el conjunto de aquel extenso cráter.
—Los volcanes terrestres —dijo Barbicane—, no son más que
ratoneras comparados con los de la Luna. Midiendo los antiguos cráteres
formados por las primeras erupciones del Vesubio y del Etna, apenas cuentan
seis mil metros de anchura, en Francia, el circo de Cantal mide 10 kilómetros;
en Ceilán, el circo de la isla 70 kilómetros, y se le considera como el más
ancho del Globo. ¿Qué valen estos diámetros comparados con el Clavio, que
dominamos en este momento?
—¿Qué anchura tiene, pues? —preguntó Nicholl.
—Doscientos veintiséis kilómetros —respondió Barbicane—.
Verdad es que ese circo es el más importante de la Luna, pero otros muchos
miden 200, 150 o 100 kilómetros.
—¡Ah, amigos míos! —exclamó Miguel—. Me imagino lo que
sería ese apacible astro de la noche, cuando esos cráteres, henchidos de
truenos, vomitaban torrentes de lava, granizadas de piedra, nubes de humo y
masas de llamas, ¡y qué decadencia ahora! Esa Luna no es ya más que la seca
armazón de un fuego artificial, cuyos cohetes, petardos, serpentinas y soles,
después de brillar resplandecientes, no han dejado más que cortaduras de
carbón. ¿Quién podrá decir la causa, la razón y la justificación de los abismos?
Barbicane no escuchaba a Miguel Ardán; contemplaba el
recinto de Clavio formado por anchas montañas, una de algunas leguas. En el
fondo de su inmensa cavidad se veían un centenar de cráteres pequeños,
apagados, y que agujereaban el suelo convirtiéndose en una verdadera
espumadera, sobre un pozo de unos 5.000 metros.
La llanura circundante presentaba un aspecto de desolación
completa. Nada tan árido como aquellos relieves, ni tan triste como aquellas
montañas; y si vale expresarse as!, como aquellos restos de picos y montes que
cubrían el suelo. No parecía sino que el satélite había levantado por aquel
sitio.
El proyectil seguía avanzando y aquel caos no se
modificaba. Los circos y las montañas desplomadas se sucedían sin interrupción;
nada de llanuras, ni de mares; aquello era una Suiza o una Noruega
interminable. En el centro de tan sinuosa región, en su punto culminante,
aparecía la montaña más espléndida del disco lunar, la deslumbradora Tycho, a
la que la posteridad conservará para siempre el nombre del ilustre astrónomo
danés.
Al contemplar la Luna llena en un cielo despejado, no hay
quien haya dejado de ver ese punto brillante del hemisferio Sur. Miguel Ardán,
para calificarle, empleó todas las metáforas que le sugirió su imaginación.
Para él, Tycho era un ardiente foco de luz, un centro de irradiación, un cráter
que vomitaba rayos luminosos. ¡Era el eje de una rueda brillante, una arteria
que abarcaba el disco entre sus tentáculos, un eje inmenso lleno de llamas, un
nimbo tallado para la cabeza de Plutón! Era, en fin, como una estrella lanzada
por la mano del Creador, y aplastada contra la faz de la Luna.
Tycho forma una concentración luminosa tan intensa, que
los habitantes de la Tierra pueden verla sin anteojos por más que se hallen a
100.000 leguas de distancia. Imagínese cuál sería su intensidad a los ojos de
los observadores situados a 150 leguas solamente. A través de aquel puro éter
era tan deslumbrante su brillo, que Barbicane y sus amigos tuvieron que ahumar
los cristales de sus anteojos con humo de gas, para poder sufrirlo. Después
siguieron mirando, contemplando, mudos, absortos, y lanzando de cuando en
cuando exclamaciones de admiración. Todos sus asentimientos, sus impresiones
todas, se concentraron en la mirada, como la vida, bajo la impresión de una
emoción violenta, se concentra entera en el corazón.
Tycho pertenece al sistema de las montañas radiadas, como
Aristarco y Copérnico. Pero entre todas ellas es la más completa, la más
acentuada, y prueba de un modo irrecusable esa tremenda acción volcánica a que
le debe la formación de la Luna.
Tycho está situada a los 43° de latitud meridional y 12°
de longitud Este. Su centro lo ocupaba un cráter de ochenta y siete kilómetros
de anchura. Afecta una forma casi elíptica y la rodea una cintura de colinas
anulares que al este y al oeste dominan la llanura exterior a una altura de
5.000 metros. Es una agregación de Montes Blancos, dispuestos en derredor de un
centro común y coronados de una cabellera radiada.
Ni siquiera la fotografía ha podido nunca representar esta
montaña incomparable, tal como es, con el conjunto de relieves que convergen
hacia ella y las prominencias interiores de su cráter. En efecto, Tycho se
manifiesta en todo su esplendor solamente durante el plenilunio; pero entonces
faltan las sombras, los esbozos de la perspectiva desaparecen y las pruebas
resultan blancas; circunstancia lamentable, porque sería interesante reproducir
aquella extraña región con la exactitud fotográfica. Lo que se ve es una
aglomeración de agujeros, cráteres, de circos, un cruzamiento vertiginoso de
alturas, y en todo lo que la vista puede abarcar, una red volcánica tendida
sobre un suelo pustuloso. Entonces se comprende que los chorros de la erupción
central hayan conservado su forma primera. Cristalizados por el enfriamiento,
han estereotipado ese aspecto que presentó en otro tiempo la Luna por la
influencia de las fuerzas plutónicas.
La distancia que separaba a los viajeros de las cimas
anulares de Tycho no era tan grande que no pudieran aquéllos apreciar los
principales detalles. Sobre el terraplén que constituía el circuito de Tycho,
se apoyaban las montañas formando taludes interiores y exteriores a manera dé
gigantescos terrados y parecían elevarse 300 o 400 pies más al este que al
oeste. Ningún sistema de fortificaciones terrestres podía compararse a aquella
fortaleza. Una ciudad edificada en el fondo de aquella cavidad circular hubiera
sido absolutamente inaccesible.
—Pero la Naturaleza no había dejado llano y vacío el fondo
de aquel cráter que, por el contrario, poseía su orografía especial y un
sistema montañoso que hacía de él una especie de mundo aparte. Los viajeros
distinguieron perfectamente conos, colinas centrales, movimientos notables de
terreno dispuestos naturalmente para recibir las obras maestras de la
arquitectura selenita. Allí se dibujaba el sitio ocupado por un templo, aquí el
de un foro, en algún lugar los cimientos de un palacio, en otro la explanada de
una ciudadela. ¡Y todo ello se hallaba dominado por una montaña central de
1.500 pies, vasto circuito en que la antigua Roma hubiera cabido entera diez
veces!
—¡Ah! —exclamó Miguel Ardán entusiasmado ante aquella
perspectiva—. ¡Qué grandiosa ciudad podría construirse en ese anillo de
montañas! ¡Ciudad tranquila, refugio apacible, puesto fuera del alcance de
todas las miserias humanas! ¡Cómo vivirían ahí tranquilos y aislados, todos
esos misántropos, todos esos que detestan a la Humanidad y repugnan en absoluto
la vida social!
Capítulo XVIII. Cuestiones graves
A todo esto el proyectil había pasado el recinto de Tycho.
Barbicane y sus amigos observaron entonces con la más minuciosa atención
aquellas rayas brillantes que la célebre montaña dirige tan curiosamente hacia
todos los horizontes.
¿Qué venía a ser aquella aureola radiada? ¿Qué fenómeno
geológico había dibujado aquella cabellera ardiente? Esta cuestión preocupaba
con razón a Barbicane.
Y es que, al verla, se prolongaban en todas direcciones
surcos luminosos de bordes prominentes y centros cóncavos, unos como de 20
kilómetros de anchura, otros de 50. Aquellas brillantes ráfagas llegaban por
algunas partes hasta 300 leguas de distancia de Tycho, y parecían cubrir,
especialmente hacia el este, el nordeste y el norte, la mitad del hemisferio
meridional. Una de ellas se extendía hasta el circo Neandoro, situado en el
meridiano 40. Otra iba redondeándose a surcar el mar del Néctar, y a quebrarse
contra la cordillera de los Pirineos, después de recorrer una extensión de 400
leguas. Otra hacia el oeste, cubría con una red luminosa el mar de los Nublados
y el mar de los Humores.
¿Cuál era el origen de aquellos rayos brillantes que
corrían sobre las llanuras como sobre las alturas, cualquiera que fuese su
elevación? Todos partían de un centro común al cráter de Tycho, y emanaban de
él. Herschel atribuía su brillante aspecto a corrientes de lava solidificada de
repente por el frío, opinión que no ha sido aceptada. Otros astrónomos han
tomado aquellos inexplicables surcos por una especie de hileras de peñascos
erráticos, formados en la época misma de la formación de Tycho.
—¿Y por qué no? —preguntó Nicholl a Barbicane, que
enumeraba estas diferentes opiniones refutándolas todas.
—Porque no pueden avenirse a la seguridad de esas líneas
luminosas y la violencia necesaria para lanzar materias volcánicas a semejante
distancia.
—¡Por Dios! —respondió Miguel Ardán—; pues a mí me parece
muy fácil de explicar el origen de esos rayos.
—¿De veras? —dijo Barbicane.
—Indudablemente —continuó Miguel—. Es un hecho idéntico al
que produce el golpe de una bala o piedra sobre un cristal.
—¡Muy bien! —replicó Barbicane sonriendo—; ¿y dónde había
una mano con fuerza bastante para arrojar la piedra que dio ese golpe?
—No hace falta mano —repuso Miguel, que no se daba
fácilmente por vencido—; y en cuanto a la piedra, supongamos que sea un cometa.
—¡Ah sí, los cometas! —exclamó Barbicane—. ¡Cómo se abusa
de ellos! Querido Miguel, tu explicación no es mala, pero tu cometa es inútil.
El golpe que ha producido esa rotura puede haber venido del interior del astro.
Una contracción violenta de la corteza lunar, producida por el frío, ha podido
producir esos rayos gigantescos.
—Pase la contracción, que es como si dijéramos un cólico
lunar —respondió Miguel Ardán.
—Por lo demás —añadió Barbicane—, esa opinión es la de un
sabio inglés, Nasmyth, y me parece que explica perfectamente la disposición,
radiada de esas montañas.
—¡No es tonto ese Nasmyth! —respondió Miguel.
Los viajeros, a quienes el espectáculo no podía apenas
cansar, admiraron por largo rato los esplendores de Tycho. Su proyectil,
impregnado de efluvios luminosos, en aquella doble irradiación del Sol y de la
Luna, debía parecer un globo incandescente. Había pasado, pues, casi
súbitamente de un frío rigurosísimo a un calor intenso; como si la Naturaleza
quisiera prepararlos así a convertirse en selenitas.
¡Convertirse en selenitas! Esta idea volvió a suscitar la
cuestión de la habitabilidad de la Luna. ¿Podrían afirmar algo en pro o en
contra? Miguel Ardán instó a sus dos amigos a formular opinión, y les preguntó
terminantemente si creían que la animalidad y la humanidad se hallasen re
presentadas en el mundo lunar.
—Creo que podemos responder —dijo Barbicane—; pero, a mi
parecer, no se debe plantear la cuestión de esa manera; pido presentarla yo de
otra.
—Como gustes —respondió Miguel.
—Véanlo aquí —prosiguió Barbicane—. El problema es doble,
y exige una doble solución. Primera: ¿es habitable la Luna? Segunda: ¿ha estado
habitada?
—Muy bien —respondió Nicholl—. Averigüemos ante todo si la
Luna es habitable.
—Por mi parte no puedo decir nada —replicó Miguel.
—Y yo respondo, ahora, desde luego, negativamente
—continuó Barbicane—. En su estado actual, con esa envoltura atmosférica,
seguramente muy reducida, con sus mares la mayor parte secos, sus vegetales
insignificantes, sus bruscas alternativas de frío y calor, sus noches y sus
días de trescientas cincuenta y cuatro horas, la Luna no me parece habitable,
ni siquiera propia para el desenvolvimiento de la vida animal, ni suficiente
para las necesidades de la existencia, tal como nosotros la comprendemos.
—Convenido —respondió Nicholl—; pero ¿no puede ser
habitable para seres de distinta organización que la nuestra?
—A eso —dijo Barbicane—, ya es más difícil responder. Sin
embargo, procuraré hacerlo, aunque antes he de preguntar a Nicholl si el
movimiento no le parece el resultado necesario de una existencia cualquiera que
sea su organización.
—Sin duda alguna —respondió Nicholl.
—Pues bien, mi digno compañero; les responderé que hemos
observado los continentes lunares a una distancia de 500 metros a lo sumo, y no
hemos advertido indicios de movimiento en la superficie de la Luna. La
presencia de una humanidad cualquiera se hubiera revelado por alguna obra de
sus manos, por cultivos, por construcciones, por ruinas, aunque no fuera más.
¿Y qué es lo que hemos visto? Por todas partes el trabajo de la Naturaleza; en
ninguna el del hombre. Si en la Luna existen seres representantes del reino
animal, se hallan sepultados en esas insondables cavidades donde no llega a
penetrar la mirada; cosa que yo no puedo admitir, porque habrían dejado huellas
de su paso en esas llanuras que debe cubrir la capa atmosférica, por más
reducida que sea, y esas huellas no se ven por ningún sitio. Queda, pues,
únicamente la hipótesis de una raza de seres vivos enteramente ajenos al
movimiento que es la vida.
—Es decir, criaturas vivas que no viven —dijo Miguel.
—Precisamente —respondió Barbicane—, lo cual no tiene
sentido alguno para nosotros.
—Entonces, ¿podremos formular nuestra opinión? —dijo
Miguel.
—Sí —respondió Nicholl.
—Pues bien —continuó Miguel Ardán—, la comisión científica
reunida en el proyectil del «Gun-Club», después de apoyar sus argumentos en los
hechos nuevamente observados, decide por unanimidad de votos, respecto de la
habitabilidad de la Luna, que dicho planeta no es habitable.
Este acuerdo fue anotado por el presidente Barbicane en su
libro, donde figura el acta de la sesión de diciembre.
—Ahora —dijo Nicholl— pasemos a la segunda cuestión,
completamente independiente de la primera. Pregunto, pues, a tan respetable
comisión: ¿Si la Luna no es habitable, ha estado habitada?
—El ciudadano Barbicane tiene la palabra —dijo Miguel
Ardán.
—Amigos míos —respondió Barbicane—, no he aguardado yo
este viaje para formarme opinión sobre esa habitabilidad pasada de nuestro
satélite. Y añadiré que nuestras observaciones personales no hacen sino
confirmarme en dicha opinión. Creo, afirmo, que la Luna ha estado habitada por
una raza humana organizada como la nuestra; que ha producido animales
conformados anatómicamente como los animales terrestres, pero añado que esas
razas humanas o animales han pasado ya extinguiéndose para siempre.
—Entonces —preguntó Miguel—, ¿supones que la Luna es un
mundo más viejo que la Tierra?
—No —respondió Barbicane con acento de convicción—, es un
mundo que ha vivido más deprisa, y cuya formación y descomposición, han sido,
por consiguiente, más rápidas. Relativamente las fuerzas organizadoras de la
materia han sido mucho más violentas en el interior de la Luna que en el
interior del globo terrestre, como lo prueba de sobra el estado actual de ese
disco resquebrajado, trastornado y abollado por todas partes. La Luna y la
Tierra han sido masas, gaseosas en su origen; estos gases han pasado al estado
líquido bajo diversas influencias, y más tarde se ha formado la masa sólida.
Pero no cabe duda de que nuestro globo se hallaba todavía en el estado gaseoso
o líquido, cuando la Luna, solidificada ya por el enfriamiento, era habitable.
—Eso opino yo también —dijo Nicholl.
—Entonces —continuó Barbicane— la rodeaba una atmósfera.
Las aguas, contenidas por la envoltura gaseosa, no podían evaporarse. Por la
influencia del aire, del agua, de la luz, del calor solar y del calor central,
la vegetación se apoderaba de los continentes preparados para recibirla, y
seguramente la vida se manifestó hacia aquella época, porque la Naturaleza no
se entretiene en cosas inútiles y un mundo tan perfectamente habitable ha
tenido que estar necesariamente habitado.
—Sin embargo —objetó Nicholl—, muchos fenómenos inherentes
a los movimientos de nuestros satélites deberán dificultar la expansión de los
reinos vegetal y animal; por ejemplo, esos días y esas noches de trescientas
cincuenta y cuatro horas.
—En los polos terrestres —dijo Miguel— duran seis meses.
—Argumento de poco valor, puesto que los polos no están
habitados.
—Amigos míos —añadió Barbicane—, tenemos que, si en el
estado actual de la Luna, esas noches y esos días tan largos crean diferencias
de temperatura insoportables para el organismo, no sucedía así en aquella época
de los tiempos históricos. La atmósfera envolvía al disco en una capa fluida,
los vapores tomaban en, ella la forma de nubes, y esta pantalla natural
templaba el ardor de los rayos solares y contenía la irradiación nocturna. La
luz, como el calor, podían fundirse en el aire. Y de aquí provenía un equilibrio
entre estas influencias que no existe hoy, por haber desaparecido esa atmósfera
casi del todo. Además, voy a sorprenderos…
—Sorpréndenos —dijo Miguel Ardán.
—Me inclino a creer que en la época en que la Luna se
hallaba habitada, las noches y los días no duraban trescientas cincuenta y
cuatro horas.
—¿Y por qué?
—Porque según toda probabilidad, el movimiento de la Luna
sobre su eje no era entonces igual a su movimiento de revolución, lo cual es
hoy causa de que cada punto del disco lunar se halle expuesto a los rayos
solares durante quince días consecutivos.
—De acuerdo —respondió Nicholl—, pero, ¿qué razón hay para
sospechar que esos dos movimientos iguales hoy, no lo fueron en otro tiempo?
—La de que esa igualdad ha sido determinada por la
atracción terrestre. Y en tal caso, ¿quién nos dice que esa atracción fuera
bastante fuerte para modificar los movimientos de la Luna en la época en que la
Tierra se hallaba todavía en estado fluido?
—Y después de todo —replicó Nicholl—, ¿quién nos asegura
que la Luna haya sido siempre satélite de la Tierra?
—¿Y quién nos dice —exclamó Miguel Ardán— que la Luna no
existiera desde mucho antes que la Tierra?
Las imaginaciones se desbordaban por el cuerpo ilimitado
de las hipótesis. Barbicane quiso refrenarlas.
—Ésas son opiniones demasiado aventuradas —dijo—, y
encierran problemas verdaderamente irresolubles. No vayamos tan lejos;
admitamos únicamente la insuficiencia de la atracción primordial, y entonces,
por desigualdad de los dos movimientos de atracción y de revolución,
comprenderemos que los días y las noches hayan podido ser en la Luna tan
frecuentes como en la Tierra. Por lo demás, aun sin estas condiciones, era
posible la vida.
—¿Es decir —preguntó Miguel—, que según todos estos
antecedentes, la Humanidad ha desaparecido de la Luna?
—Sí —respondió Barbicane—, después de haber existido, sin
duda, millares de siglos. Luego, poco a poco, por haber empezado a enrarecerse
la atmósfera el disco se hacía inhabitable, como le sucederá un día a la
Tierra, por el enfriamiento.
—¿Por el enfriamiento?
—Naturalmente —respondió Barbicane—. A medida que se
fueron apagando los fuegos interiores, a medida que se fue concentrando la
materia incandescente, la esfera lunar se enfrió. Poco a poco se produjeron las
consecuencias naturales de este fenómeno; desaparición de los seres
organizados, desaparición de la vegetación. Poco después se enrareció la
atmósfera, arrastrada probablemente por la atracción terrestre; desapareciendo
el aire respirable, debía desaparecer también el agua por evaporación. En
aquella época, la Luna, que ya era inhabitable, no estaba habitada; era un
mundo muerto tal y como lo vemos hoy.
—¿Y dices que a la Tierra le está reservada la misma
suerte?
—Es muy probable.
—¿Para cuándo?
—Para cuando el enfriamiento de su corteza sólida la haya
hecho inhabitable.
—¿Y se ha calculado el tiempo que nuestro desgraciado
esferoide tardaría en enfriarse?
—Sin duda.
—¿Y conoces tú esos cálculos?
—¡Pues habla de una vez, sabio cachazudo! —exclamó Miguel
Ardán—. Que me matas de impaciencia.
—Pues bien, amigo Miguel —respondió tranquilamente
Barbicane—; se sabe la disminución de temperatura que la Tierra sufre en el
espacio de un siglo. Y según los cálculos más fundados, la temperatura media se
habrá reducido a cero dentro de cuatrocientos mil años.
—¡Cuatrocientos mil años! —exclamó Miguel—. ¡Ah! ¡Respiro!
¡En verdad te digo que estaba asustado! ¡Al escucharte imaginaba que no
teníamos ni cincuenta mil años de vida!
Barbicane y Nicholl no pudieron menos de reírse de los
temores de su compañero. Después, Nicholl, que deseaba acabar, planteó de nuevo
la cuestión que estaba debatiendo.
—¿Luego la Luna ha estado habitada?
La respuesta fue afirmativa, por unanimidad.
Pero durante aquella discusión, fecunda en teorías un poco
aventuradas, aun cuando reuniese las ideas generales de la ciencia sobre este
punto, el proyectil había corrido rápidamente hacia el Ecuador lunar,
alejándose regularmente del disco. Habían pasado el circo de William y el
paralelo cuarenta a la distancia de 800 kilómetros. Dejaron luego a la derecha
a Pitatus a los 30° seguía al Sur de este mar de los Nublados, a cuyo Norte se
habían aproximado ya. Diferentes circos fueron apareciendo confusamente en la
deslumbradora blancura de la Luna llena, Bouillaud, Purbach, de forma casi
cuadrada con su cráter central, y después Arzachel, cuya montaña interior
brilla con resplandor extraordinario.
Al fin, como el proyecto se alejaba, continuamente, los
perfiles se fueron borrando a la vista de los viajeros, las montañas se
confundieron a lo lejos y todo aquel conjunto maravilloso y extraño del
satélite de la tierra quedó pronto reducido a su imperecedero recuerdo.
Capítulo XIX. Lucha contra lo imposible
Barbicane y sus amigos permanecieron largo rato mudos y
pensativos, mirando aquel mundo que habían visto de lejos, como Moisés la
tierra de Canaán, y del que se alejaban para no volver. La posición del
proyectil, respecto a la Luna, se había modificado, y a la sazón su fondo se
hallaba vuelto hacia la Tierra.
Esta variación, observada por Barbicane, no dejó de
sorprenderle. ¿Si el proyectil debía gravitar en torno del satélite siguiendo
una órbita elíptica, por qué no le presentaba una misma parte, como hace la
Luna respecto de la Tierra? Era éste un punto oscuro.
Observando la marcha del proyectil, se podía conocer que
al separarse de la Luna seguía una curva análoga a la que había trazado al
acercarse; describía, pues, una elipse muy alargada, que se extendería
probablemente hasta el punto de atracción igual, donde se neutralizaban las
influencias de la Tierra y de su satélite.
Tal fue la consecuencia que Barbicane dedujo atinadamente
de los hechos observados; convencimiento de que participaron sus dos amigos.
Al instante empezaron a menudear las preguntas.
—¿Y cuándo volvemos a ese punto muerto? —preguntó Miguel
Ardán.
—¡Eso es lo desconocido! —respondió Barbicane.
—Pero supongo que podrías formular alguna hipótesis…
—Dos —respondió Barbicane—. O la velocidad del proyectil
será insuficiente entonces, y permanecerá eternamente inmóvil en aquella línea
de doble atracción…
—Prefiero la otra hipótesis, sea la que fuese —interrumpió
Miguel Ardán.
—O su velocidad será insuficiente —continuó Barbicane—, y
seguirá su derrotero elíptico para gravitar eternamente en derredor del astro
de la noche.
—¡Revelación poco consoladora! —dijo Miguel—. Pasar al
estado de humildes siervos de la Luna que estamos acostumbrados a considerar
Como una esclava nuestra. ¡Vaya un porvenir que nos espera!
Ni Barbicane ni Nicholl replicaron.
—¿Callan? —prosiguió Miguel, impaciente.
—No hay nada que responder —dijo Nicholl.
—¿Ni nada que intentar?
—No —respondió Barbicane7— ¿Pretenderían luchar contra lo
imposible?
—¿Por qué no? ¿Han de retroceder un francés y dos
americanos ante semejante palabra?
—¿Pero qué quieres hacer?
—Dominar ese movimiento que nos arrastra.
—¿Dominarlo?
—Sí —respondió Miguel animándose—, contenerlo o
modificarlo, utilizarlo, en fin, para el logro de nuestros proyectos.
—¿Y cómo?
—¡Eso es lo que os toca resolver! Si los artilleros no son
dueños de sus proyectiles, no son tales artilleros. ¡Si el proyectil manda al
artillero, es preciso meter a éste en el cañón en lugar de meter a aquél! ¡Vaya
unos sabios, a fe mía! Ahora no saben qué hacer después de haberme inducido…
—¡Inducido! —exclamaron a un tiempo Nicholl y Barbicane—.
¿Qué quieres decir con eso?
—¡No andemos con recriminaciones! —dijo Miguel—. ¡No me
quejo! El paseo es de mi gusto y el proyectil también. Pero me parece que
debemos hacer todo lo humanamente posible para caer en alguna parte, aunque no
caigamos de seguro en la Luna.
—No deseamos otra cosa, amigo Miguel —respondió
Barbicane—, pero carecemos de medios para ello.
—¿No podemos modificar el movimiento del proyectil?
—No.
—¿Ni disminuir su velocidad?
—No.
—¿Ni aun aligerándole como se aligera un barco demasiado
cargado?
—¿Qué quieres arrojar? —respondió Nicholl—. No tenemos
lastre a bordo y, además, me parece que el proyectil, aligerado, marcharía más
aprisa.
—Más despacio —dijo Miguel.
—Más aprisa —replicó Nicholl.
—Ni más aprisa ni más despacio —dijo Barbicane, para poner
paz a sus amigos—, porque flotamos en el vacío, donde no se puede tener en
cuenta el peso específico.
—Pues bien —dijo Miguel, en tono decisivo—, entonces sólo
nos queda una cosa que hacer.
—¿Cuál? —preguntó Nicholl.
—¡Almorzar! —respondió imperturbablemente el audaz
francés, que siempre acababa de este modo en los momentos de apuro.
En efecto, si esta determinación no influía de modo alguno
en la dirección del proyectil, por, lo menos se podría tomar sin inconveniente
y aun con buen éxito desde el punto de vista del estómago. Indudablemente
Miguel tenía ocurrencias felices.
Cenaron, pues, a las dos de la mañana; pero la hora era lo
de menos. Miguel sirvió su comida habitual, terminada por una excelente botella
sacada de la bodega secreta. Si no brotaban ideas en sus cerebros había que
desconfiar del exquisito Chambertin de 1863.
Terminada la comida, empezaron de nuevo las observaciones.
En derredor del proyectil se mantenían a variable
distancia los objetos arrojados fuera. Era, pues, indudable que el proyectil,
en su movimiento de traslación alrededor de la Luna, no había atravesado
atmósfera, porque a no ser así, el peso específico de aquellos objetos habría
modificado su marcha relativa.
Nada había que ver por la parte del esferoide terrestre.
La Tierra no llevaba más que un día de su primer cuarto, había sido nueva la
víspera a medianoche, y hasta que pasasen dos días no se dibujaría su primer
segmento luminoso, viniendo a servir de reloj a los selenitas, puesto que, en
su movimiento de rotación, cada uno de sus puntos pasaba veinticuatro horas
después por el mismo meridiano lunar.
Por el lado de la Luna el espectáculo era diferente; el
astro brillaba en todo su esplendor, en medio de innumerables constelaciones,
cuya luz no empañaban sus rayos. En su disco, las llanuras empezaban a formar
ya esa tinta oscura que se ve desde la Tierra. El resto del nimbo permanecía
brillante, y en medio de su brillantez general, descollaba Tycho como un sol.
Barbicane no podía apreciar de ningún modo la velocidad
del proyectil, pero el razonamiento le demostraba que aquella velocidad debla
disminuir uniformemente, de conformidad con las leyes de la mecánica racional.
En efecto, admitiendo que el proyectil describiera una
órbita alrededor de la Luna, esta órbita sería necesariamente elíptica. La
ciencia prueba que debe ser así. Ningún móvil que circula alrededor de un
cuerpo atrayente falla a esta ley. Todas las órbitas descritas en el espacio
son elípticas, la de los satélites alrededor de los planetas, la de los
planetas alrededor del Sol, la del Sol alrededor del astro desconocido que le
sirve de centro. ¿Qué razón había para que el proyectil del «Gun-Club» dejara
de seguir esta disposición natural?
Ahora bien, en las órbitas elípticas, el cuerpo atrayente
ocupa siempre uno de los focos de la elipse. El satélite se encuentra, pues, un
momento más cerca, y otro momento más lejos del astro en cuyo torno gravita.
Cuando la Tierra está más próxima al Sol, se halla en su
perihelio, y cuando más lejana, en su afelio. Si se habla de la Luna, está más
cerca de la Tierra en su perigeo, y más lejos en su apogeo.
Empleando, pues, términos análogos que puedan enriquecer
la lengua de los astrónomos, si el proyectil permanecía en estado de satélite
de la Luna, se debería decir que se hallaba en su aposelenio, cuando estuviera
más lejos, y en su periselenio, cuando estuviera más cerca del astro de la
noche.
En este último caso el proyectil debía llegar a su máximum
de velocidad; y en el primer caso, quedarse en el mínimum. Ahora bien,
indudablemente marchaba hacia su punto aposelenítico, y Barbicane pensaba con
razón que su velocidad decrecería hasta este punto, para aumentar de nuevo a
medida que volviera a acercarse a la Luna. Y la velocidad sería nula, si aquel
punto se confundía con el de atracción igual.
Barbicane estudiaba las consecuencias de aquellas
diferentes situaciones y trataba de averiguar el partido que podría sacar de
cada una de ellas, cuando fue interrumpido en sus meditaciones por un grito de
Miguel Ardán.
—¡Vive Dios! —exclamó Miguel—. Hay que confesar que somos
tontos de capirote.
—No digo que no —respondió Barbicane—. Pero, ¿por qué?
—Porque tenemos un medio bien sencillo de retardar esa
velocidad que nos aleja de la Luna y no lo empleamos.
—¿Qué medio es ése?
—Utilizar la fuerza de retroceso de nuestros cohetes.
—Verdad es que no hemos aprovechado esa fuerza —respondió
Barbicane—, pero la aprovecharemos.
—¿Cuándo? —preguntó Miguel.
—Cuando llegue el momento oportuno. Notad, amigos, que en
la posición actual del proyectil, posición oblicua todavía respecto del disco
lunar, nuestros cohetes, modificando su dirección podrían apartarlo en vez de
aproximarlo a la Luna. Ahora bien, ¿quieren llegar a la Luna?
—¡Qué duda cabe! —replicó Miguel.
—Pues esperen. Por efecto de una influencia inexplicable,
el proyectil se inclina a volver su fondo hacia la Tierra. Es probable que en
el punto de atracción igual su vértice cónico se dirija enteramente hacia la
Luna. En aquel momento se puede esperar que su velocidad sea nula. Aquél será
el instante de obrar, y bajo el impulso de nuestros cohetes, quizá podremos
provocar una caída directa a la superficie del disco lunar.
—¡Bravo! —exclamó Miguel.
—Eso no lo hemos hecho ni podíamos hacerlo al pasar por
primera vez por el punto muerto a causa de que el proyectil se hallaba animado
todavía de una velocidad demasiado grande.
—Muy bien razonado —dijo Nicholl.
—Esperemos, pues, con paciencia —prosiguió Barbicane—.
Pongamos de parte nuestra todas las probabilidades, y después de haber
desesperado tanto, empiezo a creer que lograremos nuestro objeto.
Esta conclusión mereció los aplausos de Miguel Ardán.
Ninguno, de aquellos tres locos audaces se acordaba ya de que habían convenido
en que la Luna no estaba habitada ni probablemente era habitable; lejos de
esto, iban a hacer todos los esfuerzos posibles por llegar a ella.
Sólo faltaba resolver una cuestión. ¿En qué momento
llegaría el proyectil al punto de atracción igual en que los viajeros se
jugarían el todo por el todo?
Para calcular este momento con una aproximación de
segundos, Barbicane sólo necesitaba consultar sus notas de viaje y las
diferentes alturas tomadas sobre los paralelos lunares. Así, el tiempo empleado
en recorrer la distancia que mediaba entre el punto muerto y el Polo Sur debía
ser igual a la que separaba el Polo Norte del punto muerto. Las horas que
representaban los tiempos recorridos estaban cuidadosamente anotadas, y el
cálculo se simplificaba.
Barbicane dedujo que el proyectil llegaría a dicho punto a
la una de la madrugada del 7 al 8 de diciembre. En el momento en que hacía el
cálculo eran las tres de la madrugada del 6 al 7; faltaban, pues, veintidós
horas, si la marcha del proyectil no sufría alteración, para llegar al punto
apetecido.
Los cohetes habían sido dispuestos ya anteriormente para
amortiguar la caída del proyectil sobre la Luna y a la sazón los audaces
viajeros iban a emplearlos para producir un efecto completamente contrario.
Como quiera que fuese, se hallaban dispuestos y no tenían que hacer más que
esperar el momento de prenderles fuego.
—Ya que no, hay nada que hacer —dijo Nicholl—, voy a
proponer una cosa.
—¿Qué? —preguntó Barbicane.
—Propongo que durmamos.
—¡Vaya una idea! —exclamó Miguel Ardán.
—Llevamos cuarenta horas sin pegar los ojos —dijo
Nicholl—, unas cuantas horas de sueño nos devolverán nuestras fuerzas.
—Me opongo —replicó Miguel.
—Bueno —prosiguió Nicholl—, que cada cual haga lo que
guste; yo, por mi parte, voy a dormir.
Y tendiéndose en un diván, no tardó en roncar
profundamente.
—Este Nicholl es un hombre de buen sentido —dijo, al poco
rato, Barbicane—. Voy a seguir su ejemplo.
Y a los pocos instantes le hacía dúo.
—No se puede negar —dijo Miguel, cuando se vio solo— que
estos hombres prácticos suelen tener buenas ocurrencias.
Y alargando sus piernas y cruzando los brazos sobre la
cabeza se durmió también.
Pero aquel sueño no podía ser duradero ni tranquilo.
Agitaban el ánimo de aquellos tres hombres demasiado cuidadosos, y así fue que
a las siete de la mañana ya estaban otra vez en pie.
El proyectil seguía alejándose de la Luna e inclinando más
y más hacia ella su parte cónica; fenómeno inexplicable hasta entonces, Pero
que servía perfectamente a los designios de Barbicane.
Faltaban diecisiete horas para que llegara el momento de
obrar.
El día se hizo largo. Por más animosos que fueran los
viajeros, se sentían vivamente agitados al acercarse el instante que debía
decirlo todo, su caída hacia la Luna o su eterno encadenamiento en una órbita
inmutable. Contaron, pues, las horas, demasiado lentas para ellos. Barbicane y
Nicholl entregados obstinadamente a sus cálculos, y Miguel yendo y viniendo
entre aquellas paredes estrechas, mientras contemplaba con ojos codiciosos
aquella Luna impasible.
A veces cruzaban rápidamente por su imaginación los
recuerdos de la Tierra, y se figuraban ver a sus amigos del «Gun-Club»,
especialmente al más querido de todos, J. T. Maston. En aquel momento el
respetable, secretario estaría ocupando su puesto en las Montañas Rocosas. ¿Qué
pensarla si veía el proyectil en el espejo de su gigantesco telescopio? Después
de verle desaparecer detrás del Polo Sur de la Luna, le vería reaparecer por el
Polo Norte. ¡Era, pues, satélite de un satélite! ¿Habría lanzado J. T. Maston
por el mundo esta inesperada nueva? ¿Sería éste el desenlace de tan gran
empresa?
Pasó aquel día sin incidente alguno, y llegó la medianoche
terrestre. Iba a comenzar el día 8 de diciembre: una hora después llegaban al
punto de atracción igual. ¿Qué velocidad animaba entonces al proyectil? No se
podía apreciar. Pero ningún error podría inutilizar los cálculos de Barbicane.
A la una de la mañana la velocidad debía ser y sería nula.
Otro nuevo fenómeno había de señalar el punto de parada
del proyectil en la línea neutral. En aquel punto, en que se anulaban las dos
atracciones terrestre y lunar, los objetos «no pesarían», reproduciéndose aquel
singular fenómeno que tanto había sorprendido ya una vez a Barbicane y sus
compañeros. En aquel momento preciso sería menester obrar.
Ya el vértice cónico del proyectil se hallaba
sensiblemente vuelto hacia el disco lunar; y la posición permitía utilizar
perfectamente todo el retroceso producido por el empuje de los cohetes. Las
probabilidades se volverían favorables a los viajeros. Si la velocidad del
proyectil quedaba enteramente anulada en aquel punto muerto, bastaría un
movimiento determinado hacia la Luna, por ligero que fuera, para determinar su
caída.
—La una menos cinco minutos —dijo Nicholl.
—Todo está listo —dijo Miguel Ardán, acercando una mecha
preparada la llama del gas.
—¡Espera! —dijo Barbicane, que tenía en la mano su
cronómetro.
En aquel momento no se dejaba sentir la gravedad, y los
viajeros notaban en sí mismos aquella completa desaparición. Estaban inmediatos
al punto neutral, si no en él mismo.
—¡La una! —dijo Barbicane.
Miguel aplicó la mecha inflamada a un aparato que ponía en
comunicación instantánea a los cohetes. No se oyó detonación alguna en la parte
exterior, donde faltaba el aire. Pero por las lumbreras, vio Barbicane un
fogonazo prolongado que se apagó al punto.
El proyectil sufrió una sacudida que se percibió muy
distante en lo interior.
Los tres amigos miraban, escuchaban sin hablar, respirando
apenas; podían oírse los latidos de sus corazones en medio de aquel absoluto
silencio.
—¿Caemos? —preguntó por último Miguel Ardán.
—No —respondió Nicholl—; puesto que el fondo del proyectil
no se vuelve hacia el disco lunar.
En aquel momento, Barbicane, apartándose del cristal de la
lumbrera, se volvió hacia sus compañeros, los cuales le vieron horriblemente
pálido, con la frente arrugada y los labios contraídos.
—¡Caemos! —dijo.
—¡Ah! —exclamó Miguel Ardán—. ¿Hacia la Luna?
—Hacia la Tierra —respondió Barbicane.
—¡Diablo! —exclamó. Ardán. Añadió luego, filosóficamente—:
¡Bueno! ¡Al entrar en el proyectil pensábamos que no sería fácil salir de él!
Comenzaba, en efecto, aquella espantosa caída. La
velocidad que conservaba el proyectil le había llevado más allá del punto
muerto, sin que pudiera impedirlo la explosión de los cohetes. Aquella
velocidad que, a la ida, había arrastrado al proyectil fuera de la línea
neutral, lo arrastraba también a la vuelta. La física exigía que, en su órbita
elíptica, «volviera a recorrer todos los puntos por donde había pasado antes».
Era una caída terrible; desde una altura de 78.000 leguas
y que ningún muelle ni resorte podía debilitar. Con arreglo a las leyes de la
balística, el proyectil debía dar en la Tierra con una velocidad igual a la que
lo animaba al salir del columbiad, o sea, a una velocidad de 16.000 metros en
el último segundo.
Y para dar una idea de comparación, diremos que se ha
calculado que un objeto arrojado desde la parte más alta de las torres de
Nuestra Señora de París, cuya altura no pasa de los 200 pies, llega al suelo
con una velocidad de 120 leguas por hora. En el caso a que nos referimos, el
proyectil debía caer en la Tierra con una velocidad de «cincuenta y siete mil
seiscientas leguas por hora».
—¡Estamos perdidos! —dijo fríamente, Nicholl.
—Pues bien, si morimos —respondió Barbicane, con una
especie de fervor religioso—, el resultado de nuestro viaje será mucho mayor de
lo que pensábamos. ¡Dios mismo nos dirá su secreto! ¡En la otra vida, el alma
no necesita máquinas ni aparatos para saberlo todo! ¡Se identificará con la
sabiduría eterna!
—En todo caso —replicó Miguel Ardán—, el otro mundo todo
entero bien puede consolarnos de la pérdida de este astro íntimo que se llama
Luna.
Barbicane se cruzó de brazos, en ademán de sublime
resignación.
—¡Hágase la voluntad de Dios! —dijo, con voz profundamente
emocionada.
Capítulo XX. Los sondeos de la Susquehanna
—¡Eh, teniente! ¿Cómo va ese sondeo?
—Creo, caballero, que la operación toca a su fin —contestó
el teniente Bronsfield—; pero ¿quién iba a figurarse semejante profundidad tan
cerca de tierra, a un centenar de leguas únicamente de la costa americana?
—Efectivamente, Bronsfield, es una gran depresión —dijo el
capitán Blomsberry—. Existe en estos lugares un valle submarino, ahondado por
la corriente de Humboldt, que sigue las costas de América hasta el estrecho de
Magallanes.
—Estas grandes profundidades —siguió diciendo el teniente—
son poco favorables para la colocación del cable telegráfico. Es mejor un fondo
plano, como el que tiene el cable americano entre Valentín y Terranova.
—Convengo en ello, Bronsfield. Y con vuestro permiso,
teniente, ¿qué profundidad tenemos ahora?
—Caballero —contestó Bronsfield—, tenemos ahora veintiún
mil quinientos pies de sonda empleada y aún no ha tocado fondo el proyectil que
la sumerge, porque de lo contrario se hubiera elevado la sonda por si sola.
Es un aparato ingenioso el de Brock —dijo el capitán
Blomsberry—. Permite observar los sondeos con gran exactitud.
—¡Toca! —gritó en aquel momento uno de los timoneles de
proa, que vigilaba la operación.
El capitán y el teniente se llegaron inmediatamente al
castillo de proa.
—¿Qué profundidad tenemos? —preguntó el capitán.
—Veintiún mil setecientos sesenta y dos pies —contestó el
teniente apuntando esta cifra en su cuaderno de observaciones.
—Bien, Bronsfield —dijo el capitán—, voy a trasladar este
resultado a mi mapa. Ahora mandad que suban a bordo la sonda. Mientras se lleva
a cabo esta operación, que enciendan las hornillas, y así estaremos dispuestos
a partir cuando vos concluyáis. Son las diez de la noche, y, con vuestro
permiso, teniente, voy a acostarme.
—¡Háganlo, caballero, háganlo! —respondió el teniente
Bronsfield.
El capitán de la Susquehanna, un valiente entre los
valientes, tomó su ponche, que valió interminables muestras de satisfacción al
repostero; se acostó, río sin antes felicitar a su criado por lo bien
acondicionado del lecho, y se durmió con apacible sueño.
Eran las diez de la noche. El día 11 de diciembre concluía
con una noche magnífica.
La Susquehanna, corbeta de 500 caballos de la marina
nacional de los Estados Unidos, se ocupaba en hacer sondeos en el Pacífico, a
100 leguas aproximadamente de la costa americana, hacia la altura de esta
península prolongada que se dibuja en la costa de Nuevo Méjico.
Poco a poco había cesado el viento, y nada agitaba las
capas del aire. El gallardete de la corbeta colgaba inerte, inmóvil, sobre el
mastelero del juanete.
El capitán Johnathan Blomsberry, uno de los más ardientes
socios del «Gun-Club», casado con una Horschbidan, tía del capitán e hija de un
honrado negociante de Kentucky; el capitán Blomsberry, decimos, no hubiera
podido desear mejor tiempo para conducir con un buen resultado sus delicadas
operaciones de sondeo. Su corbeta no había sufrido ninguno de los efectos de la
enorme tempestad que barriendo las nubes amontonadas sobre las Montañas Rocosas
permitió observar la marcha del famoso proyectil. Todo marchaba a su gusto, y
no olvidaba dar gracias al cielo con todo el fervor de un clérigo.
La serie de sondeos verificados por el Susquehanna tenía
por objeto reconocer los fondos más favorables para atender un cable submarino
que pusiera en comunicación la isla Hawai con la costa americana.
Tan vasto proyecto era debido a la iniciativa de una
compañía poderosa. Su director, el inteligente Ciro Field, tenía el pensamiento
de cubrir todas las islas de Oceanía con una extensa red eléctrica; empresa
grandiosa y digna del genio americano.
Se habían encomendado las primeras operaciones de sondeo a
la corbeta Susquehanna. Durante aquella noche se encontraba ésta exactamente a
los 27° 7' de latitud Norte y 41° 37' de longitud Oeste del meridiano de
Washington.
La Luna, a la sazón en su último cuarto, empezaba a surgir
en el horizonte.
Después de retirarse el capitán Blomsberry se reunieron a
popa el teniente Bronsfield y otros oficiales. Cuando asomó la Luna todos los
pensamientos se dirigieron hacia este astro, contemplado entonces por las mira
das de todo un hemisferio. Los mejores anteojos marinos no hubieran podido
descubrir el proyectil errante alrededor de su semiglobo, y, sin embargo, todos
se dirigieron hacia el brillante disco que millones de miradas interrogaban en
aquel mismo instante.
—Partieron hace diez días —dijo entonces el teniente
Bronsfield—. ¿Qué será de ellos?
—Habrán llegado, mi teniente —contestó un joven guardia
marina—, harán en este, momento lo que todo viajero cuando llega a un país
nuevo: pasearse.
—Lo creo, porque vos lo decís —respondió, sonriendo, el
teniente Bronsfield.
—Claro es que no puede dudarse de su llegada —dijo otro de
los oficiales—. El proyectil habrá llegado a la Luna en el momento del
plenilunio, el 5, a medianoche. Estamos a 11 de diciembre, lo que hace seis
días. En seis veces veinticuatro horas, sin oscuridad, hay tiempo para
instalarse, cómodamente. Me parece estar viendo a nuestros valientes
compatriotas acampando en el fondo de un valle, a la orilla de un arroyo
selenita, cerca del proyectil, medió enterrado por la caída, entre residuos
volcánicos, y al capitán Nicholl empezando sus operaciones, mientras que
Barbicane pone en limpio sus apuntes. Miguel Ardán embalsama las soledades
lunares con el perfume de sus «abonos».
—¡Así debe ser! —exclamó el joven guardiamarina,
entusiasmado por la descripción ideal de su superior.
—Es de creer —respondió el teniente, que no se
entusiasmaba tanto—. Desgraciadamente nos faltarán siempre noticias directas
del mundo lunar.
—Perdone, mi teniente —dijo el guardia—; yo opino que el
presidente Barbicane puede escribirnos.
Una explosión de risa acogió esta respuesta.
—Nada de cartas —respondió vivamente el joven—. La
administración de Correos no tiene nada que ver en este asunto.
—¿Acaso será por telégrafo eléctrico? —preguntó
irónicamente un oficial.
—Tampoco —respondió el guardia—; pero es muy fácil
establecer comunicación gráfica con la Tierra.
—¿Y cómo?
—Con el telescopio de Long's Peak. Ya sabéis que aproxima
la Luna a dos leguas únicamente de las Montañas Rocosas, y que permite ver en
su superficie los objetos de nueve pies de diámetro. Construyendo nuestros
ingeniosos amigos un alfabeto gigantesco y escribiendo palabras de cien toesas
y frases de una legua de longitud, podrán enviarnos noticias suyas.
Se aplaudió ruidosamente al joven guardia que, en
realidad, no carecía de imaginación. El teniente Bronsfield convino también en
que la idea era factible. Añadió que, enviando rayos luminosos agrupados en haz
por medio de espejos parabólicos, se podían establecer también comunicaciones
directas; en efecto, estos rayos serían tan visibles en la superficie de Venus
o de Marte como el planeta Neptuno lo es de la Tierra. Acabó diciendo que los
puntos brillantes observados ya sobre los planetas próximos, muy bien podrían
ser señales hechas a la Tierra. Hizo observar, sin embargo, que si se pudiesen
tener noticias del mundo lunar por estos medios, no podría hacerse lo mismo
desde el mundo terrestre, a no ser que los selenitas tuvieran a su disposición
instrumentos apropiados para hacer todas sus observaciones a tan grandes
distancias.
—Evidentemente —respondió uno de los oficiales—; pero lo
que sobre todo debe interesarnos es saber qué ha sido de los viajeros y qué han
visto. Además, si el experimento ha tenido buen éxito, lo que no dudo, volverá
a hacerse otro. El columbiad sigue empotrado en el suelo de la Florida. Con un
proyectil, y pólvora, y siempre que la Luna pase por el cenit, se le podrá
mandar un cargamento de viajeros.
—Es indudable —contestó el teniente Bronsfield— que J. T.
Maston irá un día de éstos a reunirse con sus amigos.
—Pues si quiere —exclamó el joven guardia— estoy dispuesto
a acompañarle.
—¡Oh, no faltarán aficionados! —replicó Bronsfield—. Y
como se abra la mano, bien pronto habrá emigrado a la Luna la mitad de los
habitantes de la Tierra.
Esta conversación de los oficiales de la Susquehanna se
prolongó poco más o menos hasta la una de la mañana. Imposible sería describir
todos los sistemas, todas las teorías emitidas por aquellas atrevidas
inteligencias. Parecía que nada era imposible para los americanos, desde la
tentativa de Barbicane. Hasta tenían el propósito de enviar a las playas
selenitas, no ya una comisión de sabios solamente, sino toda una colonia y un
ejército con infantería, caballería y artillería, para conquistar el mundo lunar.
A la una de la mañana aún no habían concluido la
extracción de la sonda. Todavía faltaban 10,000 pies, y había trabajo para unas
cuantas horas. Los fuegos se hallaban encendidos, según la orden del
comandante, y la caldera estaba en presión, pudiendo partir la Susquehanna en
aquel mismo momento.
En aquel instante (era la una y diecisiete minutos de la
mañana) y cuando el teniente Bronsfield se disponía a entrar en su camarote, le
llamó la atención un silbido lejano y repentino.
Al principio creyeron sus compañeros que el silbido era
causado por un escape de vapor; pero al levantar la cabeza, observaron que el
ruido se oía en las capas más lejanas del aire.
Aún no habían tenido tiempo de dirigirse una pregunta,
cuando el silbido adquirió una intensidad espantosa, y de repente apareció ante
sus ojos deslumbrados un bólido enorme, inflamado por la rapidez de la carrera
y por el frotamiento con las capas atmosféricas.
¡Aquella masa ígnea fue agrandándose a sus ojos, cayó con
el ruido del trueno sobre el bauprés de la corbeta, que quebró al nivel de la
proa y se hundió en las olas con un estampido atronador!
De haber caído unos pies más cerca, la Susquehanna hubiese
zozobrado con tripulación y equipaje.
En aquel instante se presentó a medio vestir el capitán
Blomsberry, y corriendo cómo los demás hacia el castillo de proa, preguntó:
—Con vuestro permiso, señores, ¿qué ha sucedido?
Y el joven guardiamarina, haciéndose intérprete de todos,
exclamó:
—¡Comandante, son «ellos», que vuelven!
Capítulo XXI. Llamamiento de J. T. Maston
Enorme emoción reinaba a bordo del Susquehanna. Oficiales
y marineros olvidaban el terrible peligro que acababan de correr, la
posibilidad de ser aplastados y hundidos, y no pensaban más que en la
catástrofe con que terminaba aquel viaje: la empresa más atrevida de los
tiempos antiguos y modernos, y que costaba la vida a los atrevidos aventureros
que la habían intentado.
«Son ellos que vuelven», había dicho el joven guardia, y
todos le habían comprendido. Nadie ponía en duda que el bólido era el proyectil
del «Gun-Club». En cuanto a la suerte de los viajeros que encerraba, estaban
divididas las opiniones.
—Han muerto —decía uno.
—Viven —respondía otro—. La capa de agua es profunda y la
caída ha sido amortiguada por el agua.
—Pero les habrá faltado el aire —decía otro—, y habrán
muerto asfixiados.
—¡Quemados! —replica otro—. El proyectil no era más que
una masa incandescente al atravesar la atmósfera.
—¡No importa! —exclamó el capitán—. Vivos o muertos, hay
que sacarlos del fondo del mar.
Mientras tanto, sus oficiales, y con su permiso,
celebraban consejo. Se trataba de tomar inmediatamente una resolución. La
apremiante era la de sacar el proyectil, operación difícil aunque no imposible.
Sin embargo, la corbeta no tenía máquinas a propósito, que habrían de ser de
gran potencia y exactitud matemática. Así, pues, resolvieron ir al puerto más
cercano y avisar al «Gun-Club» de la caída del proyectil.
Esta determinación fue tomada por unanimidad y sólo se
discutió la elección del puerto. La costa próxima no presentaba ningún
fondeadero hacia el grado veintisiete de latitud. Más arriba, por encima de la
península de Monterrey, se encontraba la importante ciudad que le ha dado su
nombre; pero situado en los confines de un verdadero desierto, no comunicaba
con el interior por ninguna red telegráfica; y solamente la electricidad podía
transmitir rápidamente la importante noticia de aquel supuesto regreso.
A algunos grados más arriba se abría la bahía de San
Francisco. Por la capital del país del oro serían fáciles las comunicaciones
con el centro de la Unión. Forzando la máquina podía la Susquehanna llegar en
menos de dos días al puerto de San Francisco. Debía partir, pues, sin retraso
alguno.
Estaban encendidos los fuegos y se podía aparejar
inmediatamente. Como faltaban por sacar 2,000 metros de sonda, el capitán
Blomsberry, para no perder un tiempo precioso decidió cortarla por la línea de
flotación.
—Ataremos el cabo a una boya —dijo— y ésta nos indicará el
punto en que ha caído el proyectil.
—Además —respondió el teniente Bronsfield—, sabemos
exactamente nuestra situación: 27° 7' de latitud Norte y 41° 37 de longitud
Oeste.
—Bien, señor Bronsfield —respondió el capitán—, con
vuestro permiso, mandad cortar la cuerda.
Se lanzó al océano una fuerte boya reforzada con
berlingas. Se sujetó a ella el cabo de la sonda; expuesta únicamente al vaivén
del oleaje, no podía derivar mucho.
En aquel momento, el maquinista comunicó al capitán que
había presión suficiente para marchar. El capitán dio gracias por el aviso, y
mandó hacer rumbo Noroeste. La corbeta navegó a todo vapor hacia la bahía de
San Francisco. Eran las tres de la mañana.
Poco eran doscientas veinte leguas para un buque de tan
buena marcha como la Susquehanna. En treinta y seis horas devoró el espacio; y
el 14 de diciembre, a la una y veintisiete minutos de la noche, fondeaba en la
bahía de San Francisco.
Al ver aquel barco de la marina nacional, que llegaba a
toda máquina, con el bauprés roto y el palo de mesana apuntalado, excitó la
curiosidad pública, y una compacta multitud invadió los muelles, esperando el
desembarco.
Así que hubieron fondeado, el capitán Blomsberry y el
teniente Bronsfield pasaron a un bote provisto de ocho remeros, que los llevó
precipitadamente a tierra; saltaron al muelle.
—¿Dónde está el telégrafo? —preguntaron sin responder a
las mil interpelaciones que todo el mundo les dirigía.
El oficial del puerto los condujo en persona a la oficina
del telégrafo, en medio de una gran multitud de curiosos.
Blomsberry y Bronsfield entraron en la oficina, mientras
la multitud se apretujaba a la puerta.
Momentos después un despacho salía en cuatro direcciones
distintas: 1ª , al secretario de la Marina, en Washington; 2ª, al
vicepresidente del «Gun-Club», en Baltimore; 3ª, al señor J. T. Maston, Long's
Peak, en las Montañas Rocosas; y 4ª, al director del observatorio de Cambridge,
en Massachusetts.
El despacho decía:
Caído proyectil del columbiad en el Pacífico, el 12 de
diciembre, a la una y diecisiete minutos de la mañana, a los 20° 7 de longitud
Norte y 41° 27' de longitud Oeste. Enviad instrucciones, Blomsberry, comandante
de la Susquehanna.
Cinco minutos después sabía la noticia toda la ciudad de
San Francisco. Antes de las seis de la tarde, los diferentes Estados de la
Unión conocían la catástrofe, y a las doce de la noche toda Europa se había
enterado por el cable del resultado de la gran tentativa americana.
El imposible describir el efecto producido en el mundo por
aquel inesperado desenlace.
Al recibir el despacho, el secretario de la Marina envió
por telégrafo a la Susquehanna orden de esperar en la bahía de San Francisco,
sin apagar calderas; debía de permanecer día y noche dispuesta a hacerse a la
mar.
El observatorio de Cambridge se reunió en sesión
extraordinaria, y, con la calma propia de las corporaciones científicas,
discutió tranquilamente el punto científico de la cuestión.
En el «Gun-Club» hubo una verdadera explosión. Se hallaban
reunidos todos los artilleros, y el respetable Wilcome, vicepresidente de la
sociedad, estaba leyendo aquel despacho precipitado, en que J. T. Maston y
Belfast participaban haber visto el proyectil por medio del gigantesco
reflector de Long's Peak. Esta comunicación añadía que el proyectil, retenido
por la atracción lunar, hacia el papel de subsatélite en el mundo solar.
Ya sabemos la verdad sobre este punto.
Al llegar el despacho de Blomsberry, que contradecía
terminantemente el telegrama de J. T. Maston, se formaron dos partidos en el
seno del «Gun-Club»: uno, el de los viajeros; otro, el de los que, dando más
crédito a las observaciones de Long's Peak, suponían que se equivocaba el
comandante de la Susquehanna. En opinión de éstos, el supuesto proyectil no era
más que uno de tantos bólidos que cruzan la atmósfera y que, al caer en la
Tierra, había roto el botalón de la corbeta. No era fácil negar esta afirmación,
ya que la velocidad del cuerpo caído había hecho imposible observarlo. El
comandante de la Susquehanna y sus oficiales podían haberse equivocado con la
mejor intención. Había, no obstante, un argumento en su favor, y era que si el
proyectil había caído en la Tierra, su encuentro con el esferoide terrestre no
podía verificarse sino a los 27° de latitud Norte, y teniendo en cuenta el
tiempo de rotación de la Tierra, entre el 41° y 42° de longitud Oeste.
Como quiera que fuese, el «Gun-Club» acordó por unanimidad
que el hermano de Blomsberry, Bilsby y el comandante Elphiston se trasladasen
inmediatamente a San Francisco y se determinaran los medios de sacar el
proyectil de las profundidades del océano.
Tan excelentes hombres partieron al instante, y el
ferrocarril que debía muy pronto atravesar toda la América Central los condujo
a San Luis, donde los esperaban sillas de posta.
Casi al mismo tiempo que el secretario de Marina, el
vicepresidente del «Gun-Club» y el subdirector del observatorio recibían el
despacho de San Francisco; el respetable J. T. Maston sufría la emoción más
violenta de toda su vida, emoción que se le había producido desde el estallido
de su célebre cañón, y que de nuevo estuvo a punto de costarle la existencia.
Se recordará que el secretario del «Gun-Club» había
partido pocos instantes después del proyectil, y casi tan de prisa como él,
hacia su puesto de Long's Peak, en las Montañas Rocosas. Le acompañaba el sabio
Belfast, director del observatorio de Cambridge; apenas llegaron al
observatorio, ambos se instalaron en sus puntos y no se separaron un momento de
la boca de su enorme telescopio.
Sabemos también que el gigantesco instrumento se había
armado con las mismas condiciones de los reflectores «front view» de los
ingleses.
Esta disposición no hacía sufrir más que una reflexión a
los objetos, y por consiguiente era más clara la visión. De ahí resulta que
cuando observaban J. T. Maston y J. Belfast, se hallaban en la parte superior
del instrumento y no en la inferior; y llegaban a ella por una escalera de
caracol, obra maestra de ligereza, abriéndose debajo de ellos aquel pozo de
metal, terminado en un espejo metálico, y que medía 280 pies de profundidad.
Pues bien, los sabios se pasaban la vida en la estrecha
plataforma dispuesta encima del telescopio, y maldecían el día, que ocultaba la
Luna a su vista; y las nubes, que la cubrían obstinadamente durante toda la
noche.
Considérese cuál sería su alegría al poder contemplar, en
la noche del 5 de diciembre, el vehículo que conducía a sus amigos a través del
espacio. Pero a aquel júbilo siguió un amargo desengaño cuando, fiándose de
observaciones incompletas, enviaron su primer telegrama con la afirmación
equivocada de que el proyectil se había convertido en satélite de la Luna, y
que gravitaba en una órbita inmutable.
A partir de entonces, el proyectil no había vuelto a
presentarse a su vista, lo cual se explicaba tanto más fácilmente cuanto que
pasaba detrás del disco invisible a la Luna. Pero cuando debió aparecer de
nuevo sobre el disco visible, puede juzgarse la impaciencia de J. T. Maston y
de su compañero, no menos impaciente que él. A cada minuto de la noche creían
ver de nuevo el proyectil y no lo veían. De ahí nacían entre ellos discusiones
constantes y disputas violentas, Belfast afirmando que el proyectil no estaba
visible, y J. T. Maston sosteniendo que saltaba a los ojos.
—¡Es el proyectil! —repetía J. T. Maston.
—¡No tal! —respondía Belfast—. Es un alud que se desprende
de una montaña lunar.
—¡Pues bien, mañana lo veremos!
—No, ya no se le verá más! Va a ser arrastrado al espacio.
—¡No!
—¡Sí!
Y en aquellos momentos en que llovían interjecciones, la
irritabilidad bien conocida del secretario del «Gun-Club» constituía un peligro
permanente para el respetable Belfast.
Pronto se les hubiera hecho imposible aquella vida en
común; pero un suceso inesperado cortó de repente las eternas discusiones.
En la noche del 14 al 15 de diciembre, los dos
irreconciliables enemigos se hallaban ocupados en observar el disco lunar. J.
T. Maston injuriaba, según su costumbre, al sabio Belfast, que se enfurecía a
su vez. El secretario del «Gun-Club» sostenía por enésima vez que acababa de
divisar el proyectil, añadiendo que había visto la cara de Miguel Ardán a
través del cristal de una de las lumbreras.
Y apoyaba sus argumentos con ademanes que su garfio hacía
temibles. En aquel instante (eran las diez de la noche) llegó a la plataforma
el criado de Belfast y entregó a su amo un pliego que contenía el telegrama del
comandante de la Susquehanna.
Belfast rompió el sobre, leyó el contenido y profirió un
grito.
—¿Qué es? —dijo J. T. Maston.
—¡El proyectil!
—¿Qué ha pasado?
—¡Ha caído en la Tierra!
Un nuevo grito, más bien un alarido, les respondió.
Se volvió a J. T. Maston, y no le vio. El desdichado, que
se había inclinado imprudentemente sobre el tubo de metal, había desparecido en
el inmenso telescopio. ¡Una caída de 280 pies! Belfast, fuera de sí, se
precipitó al orificio del reflector, y suspiró. J. T. Maston, detenido por su
garfio de metal se había quedado enganchado en uno de los puntales que
mantenían abierto el telescopio, y profería gritos temibles.
Llamó a sus ayudantes, se echaron cuerdas y, no sin
trabajo, sacaron al imprudente secretario del «Gun-Club», que salió sano y
salvo por el orificio superior.
—¡Ah! —dijo—. ¡Si llego a romper el espejo!
—Lo habrías pagado —respondió severamente Belfast.
—¿Dónde ha caído ese maldito proyectil? —preguntó J. T.
Maston.
—¡En el Pacífico!
—¡Partamos!
Un cuarto de hora después, los dos sabios bajaban la
cuesta de las Montañas Rocosas, y a los dos días llegaban a San Francisco al
mismo tiempo que sus amigos del «Gun-Club», después de reventar cinco caballos
en el camino salieron al encuentro.
—¿Qué vamos a hacer? —dijeron.
—Pescar el proyectil —respondió J. T. Maston—. Y cuanto
antes.
Capítulo XXII. El salvamento
Sabían con toda exactitud el sitio en que el proyectil se
había sepultado en las aguas; pero faltaban instrumentos para cogerlo y sacarlo
a la superficie; era preciso inventarlos y fabricarlos luego. Mas los
ingenieros americanos no se apuraban por tan poca cosa.
Una vez colocados los garfios, y ayudados por el vapor,
estaban seguros de levantar el proyectil, a pesar de su peso, que, por lo
demás, debía de ser menor, por la densidad del líquido en que se hallaba
sumergido.
Pero no bastaba pescar el proyectil, sino que había que
hacerlo pronto, en interés de los viajeros. Nadie dudaba de que todavía estaban
vivos.
—Sí —repetía sin cesar J. T. Maston, cuya confianza
animaba a todo el mundo—, nuestros amigos son hombres de talento, y no pueden
haber caído como tontos. Están vivos y muy vivos; y, por lo tanto, hay que
darse prisa, para encontrarlos en este estado. ¡No se preocupen por los víveres
ni por el agua; porque de ambas cosas llevan para mucho tiempo! ¡Pero el aire,
el aire! ¡Eso es lo que va a faltarles, y por lo tanto hay que apresurarse!
Y se apresuraron, en efecto. La Susquehanna se aprestaba
para su nuevo destino. Se dispusieron sus máquinas para maniobrar con las
cadenas del tiro. El proyectil de aluminio no pesaba más de 19.230 libras, peso
mucho menos que el del cable trasatlántico, que fue levantado del mismo modo.
La única dificultad era la forma cilindro-cónica del proyectil, que le hacía
difícil de sujetar.
Para obviar este inconveniente, el ingeniero Murchison
corrió a San Francisco, mandó construir garfios enormes de un sistema
automático, que, una vez sujeto al proyectil entre sus enormes tenazas, no le
soltaría más. Mandó preparar asimismo escafandras, que bajo la cubierta
impermeable y resistente, permitían a los buzos reconocer el fondo del mar, y
embarcó también a bordo de la Susquehanna aparatos de aire comprimido, muy
ingeniosamente dispuestos. Eran camarotes con lumbreras, y que el agua,
introducida en ciertos compartimientos, podía arrastrar a grandes
profundidades. Estos aparatos existían en San Francisco, donde habían ido para
la, construcción de un dique submarino; y era una fortuna, porque no, hubiera
habido tiempo para construirlos.
No obstante, a pesar de la perfección de aquellos aparatos
y del talento de los sabios que habían de usarlos, el éxito de la operación no
era muy seguro, ni con mucho. ¡Cuántas eventualidades, desconocidas, puesto que
se trataba de buscar el proyectil a veinte mil pies bajo el agua! Además, aun
en el caso de que pudiera sacársele a la superficie, ¿cómo habían podido los
viajeros soportar el golpe que, sin duda, los veinte mil pies de agua no
habrían podido amortiguar?
Finalmente, había que darse mucha prisa y J. T. Maston
apremiaba día y noche a sus obreros. Él, por su parte, se hallaba dispuesto a
ponerse la escafandra y a ensayar los aparatos de aire, para reconocer la
situación de sus valerosos amigos.
No obstante, a pesar de la diligencia empleada para la
fabricación de los diferentes aparatos, a pesar de las considerables sumas qué
puso a disposición del «Gun-Club» el Gobierno de los Estados Unidos, pasaron
cinco días mortales, ¡cinco siglos! antes de que estuvieran terminados los
preparativos. Durante este tiempo, la opinión pública se hallaba sobreexcitada
en el más alto grado. Por todo el mundo se cruzaban telegramas pues el
salvamento de Barbicane, Nicholl y Miguel Ardán había llegado a ser un asunto
internacional. Todos los pueblos que habían tomado parte en el empréstito al
«Gun-Club» se interesaban en la salvación de los viajeros.
Se embarcaron, por fin, a bordo de la Susquehanna las
cadenas de tiro, las cámaras de aire, los garfios automáticos y todo lo demás.
J. T. Maston el ingeniero Murchison y los delegados del «Gun-Club» ocupaban ya
sus camarotes.
No había más que partir.
A las ocho de la noche del 21 de diciembre zarpó la
corbeta con un mar hermoso, una brisa del noroeste y un frío bastante vivo.
Toda la población de San Francisco se apiñaba en los muelles, conmovida, pero
muda, guardando los vítores para la vuelta.
Se dio la máxima tensión al vapor, y la hélice de la
Susquehanna la empujó con rapidez fuera de la bahía.
Inútil es referir las conversaciones de a bordo entre los
oficiales, marineros y pasajeros. Todos aquellos hombres tenían un solo
pensamiento. Todos aquellos corazones palpitaban bajo la misma emoción. ¿Qué
hacían Barbicane y sus compañeros, mientras los otros corrían a socorrerlos?
¿Se hallarían en estado de intentar alguna atrevida maniobra para conquistar su
libertad? Nadie podía decirlo. ¡La verdad es que cualquier medio es
insuficiente! Aquella prisión de metal sumergida en el océano a dos leguas de
profundidad, desafiaba los esfuerzos de los prisioneros.
El 23 de diciembre, a las ocho de la mañana, después de
una rápida travesía, la Susquehanna debía hallarse en el sitio del siniestro;
pero fue preciso esperar hasta el mediodía para obtener la altura con
exactitud; la boya que sujetaba la sonda no se había visto.
A las doce, el capitán Blomsberry, ayudado de sus
oficiales, que verificaban la observación, tomó la altura en presencia de los
delegados del «Gun-Club». Hubo entonces un momento de ansiedad. Determinada la
situación de la Susquehanna, resultó hallarse unos cuatro minutos al Oeste del
sitio en que el proyectil había desaparecido en el agua tras la estrepitosa
caída.
Se dio, pues, a la corbeta, el rumbo necesario para llegar
a aquel punto.
A las doce y cuarenta y siete minutos, se encontró la
boya, que se hallaba en buen estado y debía haber derivado un poco.
—¡Por fin! —exclamó J. T. Maston.
—¿Empezamos? —preguntó el capitán Blomsberry.
—Sin perder un instante —respondió J. T. Maston.
Se adoptaron las precauciones necesarias para que la
corbeta permaneciese casi inmóvil.
Antes de, pensar en coger el proyectil, quiso el ingeniero
Murchison reconocer la posición del fondo oceánico. Los aparatos submarinos
destinados a ese reconocimiento recibieron su provisión de aire. El manejo de
tales aparatos no deja de ser peligroso, porque a 20.000 pies bajo de la
superficie de las aguas y sufriendo tan grandes presiones, se hallaban
expuestos a roturas cuyas consecuencias serían realmente terribles.
J. T. Maston, el hermano de Blomsberry y el ingeniero
Murchison, sin cuidarse de tales peligros, ocuparon un puesto en las cámaras de
aire. El comandante presenciaba la operación desde el puente, dispuesto a
detener o soltar las cadenas, según fuera necesario. Se había desembarazado la
hélice y dirigido la fuerza de las máquinas al cabrestante, que en un momento
podía izar los aparatos a bordo.
Comenzó el descenso a la una y veinticinco minutos de la
tarde; y la cámara, arrastrada por sus recipientes llenos de agua, desapareció
bajo la superficie del océano.
Los oficiales y marineros de a bordo dividían ya su
interés entre los prisioneros del proyectil y los del aparato submarino. En
cuanto a éstos, se olvidaban de sí mismos, y pegados a los cristales de las
lumbreras, observaban atentamente las masas líquidas que atravesaban.
La bajada fue muy rápida; a las dos y diecisiete minutos,
J. T. Maston y sus compañeros habían llegado al fondo del Pacífico, Pero nada
vieron a no ser un desierto árido, que ni la fauna ni la flora marítima
animaban ya. A la luz de sus lámparas provistas de fuertes reflectores, podían
observar las oscuras capas de agua en un radio muy extenso, pero el proyectil
permanecía invisible para ellos.
Es imposible describir la impaciencia de aquellos
atrevidos buzos. Como su aparato se hallaba en comunicación con la corbeta,
hicieron una señal convenida de antemano, y la Susquehanna paseó por espacio de
una milla la cámara, suspendida a unos cuantos metros del suelo.
En esa forma exploraron toda la llanura submarina
engañados a cada instante por ilusiones de óptica que les traspasaban el
corazón. Aquí una roca, allí una desigualdad del suelo; les parecía el
proyectil deseado; pero luego reconocían su error y se desesperaban.
—Pero ¿dónde están? ¿Dónde están? —exclamaba J. T. Maston.
Y el infeliz llamaba a gritos a Nicholl, Barbicane y.
Miguel Ardán; ¡como si sus pobres amigos pudieran oírle, y menos responderle, a
través de aquel medio impenetrable!
Así continuaron las investigaciones, hasta el momento en
que el aire viciado obligó a los buzos a subir. Esta operación duró desde las
seis hasta las doce de la noche.
—Hasta mañana —dijo J. T. Maston, al poner el pie en la
cubierta de la corbeta.
—Sí —respondió el capitán Blomsberry.
—Y en otro sitio.
—Sí.
Aún no desconfiaba del éxito J. T. Maston, pero sus
compañeros, menos animados ya en las primeras horas, comprendían toda la
dificultad de la empresa. Lo que parecía facilísimo en San Francisco, en medio
del océano se presentaba ya como irrealizable. Las probabilidades de éxito
disminuían en gran proporción, y había que confiar a la casualidad el hallazgo
del proyectil.
El día siguiente, 24 de diciembre, a pesar de las fatigas
de la víspera, se emprendió de nuevo la operación. La corbeta se corrió a unos
cuantos minutos al Oeste, y el aparato, provisto de aire condujo otra vez a los
exploradores a las profundidades del océano.
Todo el día se pasó en pesquisas infructuosas; el lecho
del mar estaba desierto; el 25 transcurrió sin resultado y lo mismo el 26.
Esto era desesperante. Todos pensaban en aquellos
desventurados que llevaban veintiséis días encerrados en el proyectil. Quizá
sintieran en aquel momento los primeros ataques de asfixia, si es que habían
salido salvos de la caída. El aire se agotaba, y con el aire, el valor, el
ánimo.
—El aire puede ser —respondía siempre J. T. Maston—; pero
el valor, no.
El 28, después de otros dos días de reconocimiento, se
perdió toda esperanza. Aquel proyectil era un átomo en la inmensidad del mar;
había que renunciar a encontrarlo.
Pero J. T. Maston no quería oír hablar de marcharse; no,
quería abandonar el sitio sin encontrar por lo menos la sepultura de sus
amigos. Sin embargo, el comandante Blomsberry no podía obstinarse más, y a
pesar de las reclamaciones del digno secretario, dio orden de zarpar.
El 30 de diciembre, a las nueve de la mañana, la
Susquehanna puso la proa al Nordeste, con rumbo hacia la bahía de San
Francisco.
Eran las diez, la corbeta se alejaba del lugar de la
catástrofe, a media máquina y como pesarosa, cuando el marinero que estaba de
vigía en el mastelero de gavia gritó de repente:
¡Una boya a sotavento!
Los oficiales miraron el sitio indicado, y por medio de
sus anteojos reconocieron el objeto señalado, que efectivamente, parecía, una
de esas boyas que sirven para balizar los pasos de las bahías o de los ríos.
Pero lo particular era que en su vértice, que Sobresalía del agua cinco o seis
pies, flotaba un pabellón. Aquella hoja brillaba al sol, como si sus paredes
fueran de plata bruñida.
El comandante Blomsberry, J. T. Maston, los delegados del
«Gun-Club», todos habían subido al puente y examinaban aquel objeto que flotaba
a la ventura sobre las olas.
Todos miraban con febril ansiedad, pero en silencio, sin
atreverse a formular el pensamiento que se les ocurría.
La corbeta se acercó a menos de dos cables; toda la
tripulación se estremeció al reconocer el pabellón americano.
En aquel instante se oyó como un rugido. Era el bueno de
J. T. Maston que acababa de caer sin sentido; porque, olvidándose de que su
brazo derecho se hallaba reemplazado por un garfio de hierro, quiso darse una
palmada en la cabeza, y recibió un golpe terrible que le privó del conocimiento
por completo.
Lo levantaron y le prodigaron auxilios hasta que volvió en
sí; y sus primeras palabras fueron:
—¡Ah! ¡Tres veces brutos! ¡Cuatro veces mentecatos! ¡Cinco
veces estúpidos!
—Pero ¿qué pasa? —dijeron todos.
—¿Que qué pasa?
—¡Sí hable!
—Pues, so tontos, pasa que el proyectil no pesa más que
diecinueve mil doscientas cincuenta libras.
—¿Y qué?
—Y que desaloja veintiocho toneladas, o sea cincuenta y
seis mil libras; y, por consiguiente, ¡flota!
Y con qué expresión acentuó la palabra ¡flota! ¡Y era
verdad! Todos aquellos sabios habían olvidado esta ley fundamental; que por
efecto de la ligereza específica, el proyectil, después de ser arrastrado en su
caída hasta las mayores profundidades del océano, tenía que volver naturalmente
a la superficie. Y en aquel momento flotaba a merced de las olas…
Inmediatamente se echaron al mar los botes, precipitándose
a ellos J. T. Maston y sus amigos. La emoción había llegado al colmo; todos los
corazones palpitaban mientras las lanchas se acercaban al proyectil. ¿Qué
contendría? ¿Vivos o muertos? ¡Vivos, sí! Vivos a no ser que la muerte hubiera
venido a Barbicane y a sus dos amigos después de haber enarbolado aquel
pabellón.
En los botes reinaba un profundo silencio; todos los
corazones latían agitados; los ojos no veían ya. Una de las lumbreras estaba
abierta. Algunos pedazos de cristal que habían quedado en el marco, probaban
que se había roto. Esa lumbrera se hallaba entonces a la altura de cinco pies
sobre las aguas.
Se acercó una lancha, la de J. T. Maston, y éste corrió
hacia el cristal roto…
En aquel momento se oyó la voz alegre y clara de Miguel
Ardán, que gritaba con acento de triunfo:
—¡Blancas, Barbicane, cerrado a blancas!
Barbicane, Miguel Ardán y Nicholl jugaban al dominó.
Capítulo XXIII. Conclusión
No se habrá olvidado la inmensa simpatía que acompañó a
los tres viajeros en el momento de su partida. Dada la emoción que, tanto en el
antiguo mundo como en el nuevo, habían levantado al acometer su empresa, ¿cuál
no sería el entusiasmo que había de acogerlos a la vuelta? Los millones de
espectadores que habían invadido la península de la Florida, ¿no correrían al
encuentro de aquellos aventureros? ¿Aquellas legiones de extranjeros que habían
acudido de todos los puntos del Globo a las riberas americanas, abandonarían el
territorio de la Unión sin volver a ver a Barbicane, Nicholl y Miguel Ardán?
No, la ardiente pasión del público debía responder dignamente a la grandeza de
la empresa. Unos seres humanos que habían dejado el esferoide terrestre y
volvían a él después de aquel extraño viaje a los espacios celestes, no podían
menos de ser recibidos como lo será el profeta Elías cuando vuelva a la Tierra.
Verlos primero, oírlos después, he ahí el deseo general, deseo que se iba a
realizar muy pronto, para todos los habitantes de la Unión americana.
Barbicane, Miguel Ardán, Nicholl y los delegados del
«Gun-Club» llegaron sin demora a Baltimore, donde fueron recibidos con indescriptible
entusiasmo. Estaban próximas a publicarse las notas del presidente Barbicane.
El New York Herald compró el original a un precio que aún se ignora, pero que
debió de ser elevadísimo. En efecto, durante la publicación del Viaje a la
Luna, la tirada de aquel periódico llegó a cinco millones de ejemplares. A los
tres días de la vuelta de los viajeros a la Tierra, se sabían ya los menores
detalles de su expedición: no quedaba más que ver a los héroes de aquella
empresa sobrehumana.
La exploración de Barbicane y sus amigos alrededor de la
Luna había permitido el dominio del satélite de la Tierra. Aquellos sabios lo
habían observado de visu, y en condiciones particulares, Se sabían ya los
sistemas que debían desecharse y los que debían aceptarse, sobre la formación
del astro, sobre su origen y sobre su habitabilidad. Se conocían los secretos
de su pasado, su presente y su porvenir. ¿Qué objeciones podían oponerse a unos
observadores concienzudos que habían medido a menos de 40 kilómetros aquellas
curiosas montañas de Tycho, la más extraña del sistema orográfico lunar? ¿Qué
podía responderse a los sabios cuyas miradas habían penetrado en los abismos
del circo de Platón? ¿Cómo contradecir a aquellos hombres osados, a quienes los
azares de su tentativa habían conducido hasta la parte invisible del disco
lunar? Había ya derecho a poner límites a esa ciencia selenográfica que había
formado el mundo lunar, como Cuvier el esqueleto de un fósil, y decir: ¡la Luna
fue un mundo habitable y habitado antes qué la Tierra! ¡La Luna es hoy un mundo
inhabitable e inhabitado!
Deseoso el «Gun-Club» de celebrar la vuelta del más
ilustre de sus miembros y de sus dos compañeros, organizó un banquete, pero un
banquete digno de los triunfadores y del pueblo americano, en tales
condiciones, que pudieran tomar parte en él todos los habitantes de la Unión.
Todas las cabezas de línea de los ferrocarriles del Estado
se pusieron en comunicación por medio de carriles volantes. En todas las
estaciones, empavesadas con las mismas banderas y adornadas del mismo modo, se
dispusieron mesas servidas uniformemente. A una hora determinada con exactitud
por medio de relojes eléctricos que iban al segundo, se invitó a las
poblaciones a sentarse a las mesas del banquete.
Durante cuatro días, desde el 5 al 9 de enero, estuvieron
suspendidos los trenes, como lo están el domingo todos los ferrocarriles de la
Unión, y todas las vías quedaron libres.
Sólo una locomotora de gran velocidad, y que arrastraba un
coche de honor, tuvo permiso para circular aquellos cuatro días por los
ferrocarriles de los Estados Unidos.
La locomotora, ocupada por un maquinista y un fogonero,
conducía por favor especial, al respetable J. T. Maston, secretario del
«Gun-Club».
El coche conducía al presidente Barbicane, al capitán
Nicholl y a Miguel Ardán.
Al silbido del maquinista y entre toda clase de
aclamaciones, partió el tren de la estación de Baltimore marchando con una
velocidad de 80 kilómetros por hora. Pero ¿qué era esa velocidad comparada con
la que impulsaba a los tres compañeros al salir del columbiad disparados a la
Luna?
En esa forma, fueron pasando de ciudad en ciudad,
encontrando a su paso a las poblaciones sentadas a la mesa, y que les saludaban
con las mismas aclamaciones y los mismos aplausos. Así recorrieron el Este de
la Unión atravesando Pennsylvania, Connecticut, Massachusetts, Vermont, Maine y
Nueva Brunswick; cruzando el Norte y el Oeste por Nueva York, Ohio, Michigan y
Wisconsin; bajaron de nuevo al Sur por Illinois, Missouri, Arkansas, Texas y la
Luisiana; corrieron al Sudeste por Alabama y la Florida; subieron de nuevo por
la Georgia y las Carolinas; visitaron el centro de Tennesse, Kentucky, Virginia
e Indiana y luego, desde la estación de Washington, volvieron a Baltimore;
pudiendo asegurarse en aquellos cuatro días, que todo el pueblo de los Estados
Unidos de América sentado en un inmenso banquete, los había saludado con
indescriptible entusiasmo a un mismo tiempo.
¡Digna apoteosis de aquellos tres héroes, a quienes la
fábula hubiera elevado seguramente a la categoría de semidioses!
Y ahora preguntamos: ¿Produciría algún resultado práctico
esta tentativa sin precedentes en los anales de los viajes? ¿Se establecerán
alguna vez comunicaciones directas con la Luna? ¿Se fundará un servicio de
navegación a través del espacio, para recorrer el mundo solar? ¿Se podrá ir de
uno a otro planeta, de Júpiter a Mercurio, y más adelante de una a otra
estrella, de la Polar a Sirio? ¿Habrá, en fin, un sistema de locomoción que
permita visitar esos soles que pululan en el firmamento?
No es fácil responder a esas preguntas; pero, dado el
audaz ingenio de la raza anglosajona, a nadie extrañará que los americanos
hayan procurado sacar partido de la tentativa del presidente Barbicane.
Así, al poco tiempo de la vuelta de los viajeros, el
público recibió con marcado favor el anuncio de una Sociedad en Comandita
(Limitada) con un capital de cien millones de dólares, dividido en cien mil
acciones de a mil dólares, con el nombre de «Sociedad Nacional de
Comunicaciones Interestelares». Su presidente era Barbicane; su vicepresidente,
el capitán Nicholl; secretario de la administración, J. T. Maston; y director
de los movimientos, Miguel Ardán.
Y como es propio del carácter americano preverlo todo en
los negocios, hasta las quiebras, se nombró de antemano juez comisario al
respetable Harry Treloppe, y síndico a Francisco Dayton.
FIN

